From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
19.2 (1999): 87-100.
Copyright © 1999, The Cervantes Society of America
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JOSÉ RAMÓN FERNÁNDEZ DE CANO Y MARTÍN |
| A Ángel Gómez Moreno, | |
| sabio maestro y señalado amigo. |
n una de esas notas
esclarecedoras que tanto consuelo traen a quienes se nos antoja imposible
comprimir todo el alcance de nuestra comunicación en una amarga
píldora de diez o doce folios, el profesor Alfredo Baras
Escolá1 se entretuvo en rastrear el
noble linaje literario del modismo pan de trigo y de la frase
hecha buscar pan de trastrigo, que, en lo que atañe a
la literatura escrita en castellano, parece remontarse hasta Gonzalo de Berceo
y sus Milagros de Nuestra
Señora2. De todos es sabido que
el significado principal de buscar pan de trastrigo (que, según
Corominas3, no es otro que el de
1
Vid. BARAS ESCOLÁ, ALFREDO,
Una lectura erótica del
Quijote, en El erotismo y la brujería en
Cervantes [rev. Cervantes, vol. XII,
nº 2, 1992], pp. 79-89, n. 30.
2
Assaz eras varón bien casado comigo, / yo mucho te qería
como a buen amigo, / mas tú andas buscando mejor de pan de trigo;
/ non valdrás más por esso quanto vale un figo
(Milagros de nuestra señora, ed. de VICENTE BELTRÁN
[Barcelona: Planeta, 1983], estrofa 341, p. 67).
3 Vid.
su edición crítica del Libro de buen amor (Madrid: Gredos,
1967), p. 370.
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buscar algo difícil o imposible sin necesidad) pronto se vio enriquecido con una poderosa carga erótica derivada de la fecunda polisemia que el vocablo pan ha arrastrado desde siempre a través del universo del discurso erótico castellano: si el pan de trigo, en virtud de una sabrosa metáfora popular, era el que de ordinario tenía el hombre a su alcance para satisfacer su inmediato apetito, parece evidente que el salir en busca de pan de trastrigo estaba aludiendo también metafórica, pero, desde luego, inequívocamente al intento de vivir una aventura extramatrimonial o, lato sensu, ajena al estricto ámbito de la pareja. Por si la acreditada autoridad de Juan Ruiz no hubiera bastado para legitimar la vigencia de este uso popular del lenguaje4, don Sebastián de Horozco se encargó de otorgarle carta de naturaleza en su Teatro universal de proverbios:
| El hombre que tiene trigo |
| no deve buscar trast[r]igo. |
| Quando ya el hombre es casado |
| y tiene y puede tener |
| su muger de noche al lado, |
| ¿para qué es enamorado |
| ni busca ya a otra muger? |
| Es dino de gran castigo |
| pues en casa ay provisión, |
| que el hombre que tiene trigo |
| no debe buscar trastrigo |
| ni andar ya hecho garçón5. |
Para centrarme con presteza en los textos cervantinos, no voy a acarrear aquí todo el copioso aluvión de referencias explícitas que ilustran de manera palmaria el mencionado rendimiento metafórico del pan en la literatura erótica española, desde la lírica culta y popular del Medioevo6, pasando por la celebrada troba cazurrra de
4
Provar todas las cosas el Apóstol lo manda: / fui a provar
la sierra e fiz loca demanda; / luego perdí la mula, non fallava
vïanda: / quien más de pan de trigo busca, sin de seso
anda (Libro de buen amor, ed. de ALBERTO BLECUA [Barcelona:
Planeta, 1983], estrofa 950, p. 141).
5 HOROZCO,
SEBASTIÁN DE, Teatro universal de proverbios (ed. de JOSÉ
LUIS ALONSO HERNÁNDEZ [Universidades de Groningen y Salamanca: 1986]),
p. 229.
6 Cfr. REYNAL,
VICENTE, El lenguaje erótico medieval a través del Arcipreste
de Hita (Madrid: Playor, 1988), pp. 57-58: En la Edad Media
la panadera u hornera sufría una mala reputación legendaria
de mujer ligera y de alcahueta, como lo comprueban numerosos refranes maliciosos.
Los dos términos sirven para juegos equívocos
[p. 89] en múltiples campos
semánticos entretejidos; tanto pan, alimento en su sentido
denotativo, y horno, significan el órgano
genital, mientras en otro nivel de significado pan simboliza
el cuerpo de Cristo transubstanciado. Palabras secundarias en el mismo campo
semántico son trigo, rumiar y
salvado [. . .]. De hecho, en la literatura
española de fines del Medioevo y comienzos del Renacimiento los campos
semánticos de trigo, moler, cerner,
harina, molino, etc. tienen una simbología
erótica bien caracterizada en determinados contextos
[. . .]. Valga, como muestra, un ejemplo extraído
del Cancionero de burlas: Un fraile y dos sacristanes /
concertaron de moler / más trigo que dos gañanes,
/ y sobar muy bien los panes / y hacer el horno arder
(cito por la ed. de J. A. BELLÓN y P. JAURALDE, Cancionero de obras
de burlas provocantes a risa [Madrid: Akal, 1974], p. 256).
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Cruz cruzada, panadera 7, hasta
llegar por traer a colación sólo un ejemplo de este
siglo al propio Valle-Inclán y sus brillantes (y no sólo
hambrientas de pan) Luces de
Bohemia8. Lo que me propongo ahora en
un proceso estructurado en tres fases que, por obvias limitaciones de espacio
y tiempo, han de quedar apenas esbozadas es, en primer lugar, recordar
que esta visión tan nutritiva del pan tiene cabida en
no pocos pasajes de la obra cervantina; a continuación, mostrar que
el escritor complutense deja también constancia de esa oposición
metafórica entre los usos figurados del pan de trigo y
el pan de trastrigo; y en último término y
aprovechando la bien probada benevolencia que preside este egregio foro de
conspicuos cervantistas, ofrecer una novedosa y arriesgada
interpretación del alcance que, en mi opinión, Cervantes pretende
conferir a las maliciosas connotaciones que pueden desprenderse de estos
jocosos equívocos alimenticios.
Así pues, para entrar en harina de una
vez por todas, bueno será empezar por desmigar aquellos pasajes
cervantinos en los que el pan aporta, por mera adición, algún
significado connotativo erótico. Es el caso, verbigracia, del empleo
intencionado que Cervantes hace de la entonces muy utilizada frase hecha
el pan de la boda, con la que se solía hacer referencia
al derroche prodigado por la liberalidad de quienes corrían con los
gastos de un casorio. Evidentemente, gozar o comer
el pan de la boda equivalía a disfrutar hasta el hartazgo
no solo del excelente pan que se amasaba ex profeso para la solemnidad
7
Vid. VASVARI, LOUISE O., La semiología de la connotación.
La lectura polisémica de «Cruz cruzada, panadera»,
en NRFH, vol. XXXII (1983), pp. 229-324. Vid. también
COMBET, L., Un cas typique de «cazurrismo»: La trova de
la panadera Cruz dans le Libro de Buen Amor, en Les langues
néo-latines (1972), nº 203, pp. 9-33.
8 LA
LUNARES: [. . .] Acostarme no me acuesto . . .
[. . .]. Yo guardo el pan de higos para el gachó
que me sepa camelar. (Luces de Bohemia, ed. de ALONSO ZAMORA
VICENTE [Madrid: Espasa-Calpe, 1970], p. 131. Vid., ibidem,
n. 85).
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del evento, sino de todos los bienes y manjares que los novios o padrinos ponían a disposición de sus invitados, incluida la generosa hospitalidad que, illo tempore, se acostumbraba a brindarles durante bodas y tornabodas. Pero, teniendo en cuenta esa antigua y arraigada contaminación erótica que pesaba sobre el vocablo pan, parece innecesario advertir que, dentro de ese disfrute colectivo del pan de la boda, todo el mundo incluía el particular gozo sexual de los recién desposados. Así, convencido de que el pueblo conoce y usa de contino este significado latente, Francisco de Rojas Zorrilla recurre a él para afirmar con elegancia (id est, sin necesidad de recurrir a términos explícitamente sexuales) que las alegrías del connubio (tanto las económicas como las carnales) distraen, al principio, de otros apetitos:
| El amor se acaba luego, |
| nunca la necesidad. |
| Hoy, con el pan de la boda, |
| no buscaréis otro pan9. |
Pero las referencias sexuales se tornan mucho
más evidentes cuando el alférez Campuzano, al especificar al
licenciado Peralta en qué consistió el pan de la
boda que gozó durante seis días
(espaciándome en casa como el yerno ruin en la del suegro
rico), incluye, junto a los privilegios de pisar ricas
alfombras y alumbrarse con candeleros de plata,
el de haber ajado sábanas de holanda, haciendo
aún más patente si cabe la alusión
a los gozos hallados en el engalanado tálamo
nupcial10.
De la misma manera, otra manida
acuñación léxica que se vale del pan para hacer referencia
al provecho o disfrute de cualquier suerte de bienes es utilizada por Cervantes
para aludir, entre todos los gozos posibles, al placer sexual:
[TRAMPAGOS] |
| Digo que escojo aquí a la Repulida. |
JUAN |
| Con su pan se lo coma, Chiquiznaque. |
CHIQUIZNAQUE |
| Y aun sin pan, que es sabrosa en cualquier modo11. |
9 ROJAS
ZORRILLA, FRANCISCO DE, Entre bobos anda el juego (jornada tercera,
vs. 2739-42). Cito por la ed. de MARÍA GRAZIA PROFETI (Barcelona:
Crítica, 1998), p. 118.
10 Cito por
la edición de El casamiento engañoso de JUAN BAUTISTA
AVALLE-ARCE (Novelas Ejemplares, [Madrid: Castalia, 1982], vol. III,
p. 227).
11 El
Rufián viudo (ed. de EUGENIO ASENSIO, Entremeses [Madrid:
Castalia, 1984], p. 90).
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La misma exclamación aparece en boca
de Sancho para inhibirse a la hora de aprobar o censurar las supuestas relaciones
sexuales entre la reina Madásima y el maestro Elisabat
(allá se lo hayan; con su pan se lo coman; si fueron
amancebados, o no, a Dios habrán dado la
cuenta12), exclamación
que me lleva directamente al terreno en que Cervantes ubica con mayor frecuencia,
a lo largo de toda su obra, la presencia del pan como referente cercano
o remoto de temas, argumentos o, simplemente, significados
eróticos. Porque si se repara en el parlamento sanchesco recién
transcrito, es fácil advertir que en él la carga erótica
no procede de la polisemia de la frase hecha (es decir, de un doble significado
erótico que pudiera arrastrar el con su pan se lo
coman), sino más bien de su proximidad a un argumento
(si fueron o no amancebados) que pertenece de lleno, por
su propia naturaleza, al ámbito de las relaciones sexuales.
He advertido, en efecto, que Cervantes muestra
especial interés por resaltar el vínculo estrecho y constante
que liga a dos necesidades tan prioritarias y, a veces, tan
gratificantes como el yantar y el yogar, encarnada la primera de ellas
en el alimento básico por excelencia: el pan (aunque luego se verá
que no siempre se trata de el pan nuestro de cada día).
Así, los indicios de lujo que mueven a don Quijote a imaginarse que
se halla en algún famoso castillo estriban, entre
otros relevantes detalles, en creer que el abadejo eran truchas;
el pan, candeal; y las rameras, damas, con lo que la susodicha
vecindad patente aquí en la mención explícita
de una de las formas más crudas de contacto sexual: el sexo
mercenario queda ahora reforzada, en el plano formal, por un marcado
paralelismo sintáctico que equipara la importancia de ambas necesidades
primarias.
De idéntica manera, el pan está
presente en otros muchos episodios cervantinos que refieren escarceos y refriegas
atingentes a lances de alcoba, sin que la diversidad genérica o
temática de la variada producción de Cervantes ponga limitaciones
a su como estamos viendo penetrante alcance sicalíptico.
A los citados ejemplos extraídos de El casamiento engañoso,
El rufián viudo y el propio Quijote, pueden añadirse
otras referencias tan sutiles como la de El coloquio de los perros,
o tan evidentes como la del Persiles. Porque tal vez se trate de una
mera incidencia casual el hecho de que a Berganza lo enmudezcan y sobornen
con pedazos de pan, para que no descubra que la criada negra de la casa en
donde lo han recogido bajaba [. . .] a
12
DQ, I, 25 (ed. de MARTÍN DE RIQUER [Barcelona: Planeta, 1980],
p. 256).
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refocilarse con el negro13; pero me temo que resulta ya imposible hablar de mera coincidencia cuando se lee atentamente el relato del bárbaro español que aparece en los primeros lances del Persiles:
Ella, pasado aquel primer espanto, con atentísimos ojos me estuvo mirando, y con las manos me tocaba todo el cuerpo, y de cuando en cuando, ya perdido el miedo, se reía y me abrazaba, y sacando del seno una manera de pan hecho a su modo, que no era de trigo, me lo puso en la boca, y en su lengua me habló, y a lo que después acá he sabido, en lo que decía me rogaba que comiese14.
Si comió o no el
bárbaro de aquel pan, díganlo esta
muchacha y este niño que, según la generosa y
complaciente bárbara, proceden de las
muchas entradas y salidas que ella hizo en la cueva con
su pan escondido en el seno.
No es extraño, pues, que cada vez que
aparezca en la obra cervantina alguna referencia expresa o
tácita a las relaciones amoroso-sexuales, venga de la mano de
una mención explícita del pan. Sin duda, el caso más
representativo es el del disparatado y repetido juramento mantuano,
por vía del cual don Quijote, emulando los votos romancescos del
marqués de Mantua, se obliga a no comer pan a manteles, ni
con su mujer folgar hasta tomar entera venganza
del desaguisado que le fizo quien le
rompió la celada15. De nuevo nos hallamos
ante una contigüidad inmediata entre las acciones de
comer precisamente, pan
y folgar, ahora expresada en una versión libre
del Romancero que reaparecerá no sólo en otros capítulos
del Quijote16, sino también
en un pasaje de Rinconete y Cortadillo:
¡Qué respeto, respondió Cariharta; qué respeto . . . ! Que respetada me vea yo en los infiernos, si más lo fuere. ¿Con aquel
13
El coloquio de los perros, en Novelas Ejemplares (ed. de JUAN
BAUTISTA AVALLE-ARCE [Madrid: Castalia, 1982], vol. III, p. 272).
14 Los trabajos
de Persiles y Segismunda (ed. de JUAN BAUTISTA AVALLE-ARCE [Madrid: Castalia,
1986], p. 80).
15 DQ,
I, 10 (ed. cit., p. 108).
16
Paréceme, señor mío, que todas estas desventuras
que estos días nos han sucedido, sin duda alguna han sido pena del
pecado cometido por vuestra merced contra la orden de su caballería,
no habiendo cumplido el juramento que hizo de no comer pan a manteles
ni con la reina folgar [. . .] (DQ, I, 19; ed. cit.,
pp. 184-85); [. . .] yo le dije de la manera que vuestra
merced, por su servicio, quedaba haciendo penitencia, desnudo de la cintura
arriba, metido entre estas sierras como si fuera salvaje, durmiendo en el
suelo, sin comer pan a manteles ni sin peinarse la barba, llorando
y maldiciendo su fortuna (DQ, I, 31; ed. cit., p. 337);
[. . .] oirá decir cómo yo he hecho un juramento
y voto, a modo de aquel que hizo el marqués de Mantua, de vengar a
su sobrino Baldovinos, cuando le halló para espirar en mitad de la
montiña, que fue de no comer pan a manteles, con las otras
zarandajas que allí añadió, hasta vengarle
(DQ, II, 23; ed. cit., p. 760).
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desalmado había yo de comer más pan en manteles, ni yacer en beco con hombre que en tal me ha puesto?17.
Además, como prueba inequívoca
de que el Romancero está presente en la escritura de Cervantes hasta
el final de sus días, en el Persiles aparece otra reminiscencia
de este juramento
mantuano18. Pero me interesa sobre
todo volver a su primera irrupción en el Quijote, para recalar
en un par de detalles tan curiosos como reveladores. En primer lugar, no
deja de llamar la atención que, de todas las penitencias que se impone
el austero marqués de Mantua en el romance original, don Quijote
sólo elija el no comer y el no folgar, confiriendo de nuevo un
carácter prioritario a ambas actividades y, de paso, equiparando la
suprema valoración que una y otra le merecen. Tanto es así,
que literalmente reconoce no acordarse del resto de las penitencias, entre
las que destacan acciones tan señaladas como la de nunca
peynar mis canas / ni las mis barbas cortare, / de no vestir otras ropas
/ ni renovar mi calçare, / de no entrar en poblado / ni las armas
me quitare, etc. Al respecto, además, es muy curioso que
sea el casto y frugal don Quijote quien tenga tan presentes sólo el
comer y el folgar, mientras que el pantagruélico Sancho, como
demostrará en el capítulo XXXI de esta Primera Parte,
recuerda casi todas las obligaciones que se impuso en su voto original el
marqués de Mantua, salvo el impedimento de
folgar19.
Con todo, la transcendencia que don Quijote
otorga al comer y al folgar se vuelve aún más relevante cuando
el lector, receloso de las continuas trampas intertextuales que Cervantes
se complace en urdir, desconfía de la cita literal y retrocede hasta
las fuentes originales. En efecto, todos sabemos desde Clemencín (pero
la gran maestría de Cervantes logra, en no pocas ocasiones, que se
nos olvide) que en el romance De Mantua salió el
marqués, impreso en el Cancionero de Amberes (s. a.),
no figura en ninguna parte que el colérico tío de Valdovinos
se imponga la áspera obligación de no folgar (ni con la reina,
ni con su mujer, ni con ninguna otra dama que se ponga a su alcance). Lo
que ocurre es que Cervantes achacándoselo a la confusión
mental de su protagonista, como atinadamente observa
17
Rinconete y Cortadillo (ed. de AVALLE-ARCE, ed. cit., vol. I, p. 301).
Yacer en beco: si beco está relacionado con ital.
becco, pico, y si atendemos al sentido en habla rufianesca
de picar, joder [. . .], la expresión
se entiende más fácilmente de lo que creyó Rodríguez
Marín (Ibidem, n. 59).
18 [
]
en tanto que no llegare a efeto este mi justo, si no cristiano, deseo,
juro que mi vestido será negro, mis aposentos lóbregos, mis
manteles tristes y mi compañía la misma soledad
(Persiles, Libro Tercero, cap. 16; ed. cit., p. 386).
19 Vid.
supra, n. 16.
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Vicente Gaos20 está mezclando con no poca malicia el famoso romance con el no menos conocido de Las quejas de doña Jimena, en cuyas diferentes versiones siempre hallan cabida unos versos idénticos o muy similares a los siguientes octosílabos:
| Rey que no haze justicia |
| no devía de reinar, |
| ni cavalgar en cavallo, |
| ni espuela de oro calçar, |
| ni comer pan a manteles |
| ni con la reina holgar, |
| ni oír missa en sagrado |
| porque no merece más21. |
Todo ello me mueve a pensar que el estrecho
parentesco entre el comer pan y el
folgar no está tanto en la mente de don Quijote
como un elemento más, entre todos los rasgos caracterizadores
de la compleja psique del célebre personaje, cuanto en la cabeza
del propio Miguel de Cervantes; el cual, para dejarlo patente en su texto,
llega a mezclar voluntariamente dos romances que sin duda conocía
de memoria. Porque, si bien parece del todo innecesario pararse a demostrar
que la gula y la lujuria no anidan en el carácter sobrio y casto de
Alonso Quijano, tal vez no resulte tan baldío seguir profundizando
en la obsesiva reiteración con que ambos excesos aparecen emparejados
en la obra de un viejo escritor que, entre otras muchas peripecias vitales,
ha sido estudiante en Madrid, soldado en Nápoles y cautivo en Argel.
Para ello, para profundizar en esta senda goliardesca hasta intentar
averiguar adónde puede conducir, voy a centrarme ahora en el estudio
de otra suculenta presentación de estos panes rellenos de generosa
provisión erótica. Me refiero, claro está, al ya casi
olvidado pan de trastrigo.
En el Quijote, Cervantes recurre a esta
acuñación léxica en dos pasajes. En el primero de ellos,
la sobrina la usa para amonestar a su tío en el capítulo VII
de la Primera Parte:
¿Quién duda de eso? dijo la sobrina. Pero, ¿quién le mete a vuesa merced, señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor
20 Cfr.
su edición del Quijote (Madrid: Gredos, 1987), vol. I, p. 209,
n. 86c.
21 Romance
de las quejas de Jimena, impreso en el Cancionero de Amberes
de 1550. (Cito por MICHELLE DÉBAX, Romancero, [Madrid: Alhambra,
1982], p. 196).
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estarse pacífico en su casa, y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar que muchos van por lana y vuelven trasquilados?22.
En una lectura lineal de este fragmento, no parece haber en el reproche de la joven ninguna maliciosa insinuación a los posibles contactos sexuales que su señor tío pudo ir a procurarse cuando salió a buscar pan de trastrigo. El contexto no aporta ningún otro elemento que pueda aludir velada o libremente a esas supuestas relaciones sexuales23, y, por otra parte, tampoco han aparecido hasta ahora en la novela otros indicios que permitan presumir un cierto desorden en la conducta amorosa de Alonso Quijano24. Para encontrar, pues, una sutil referencia erótica en este parlamento de la sobrina, hay que conocer el doble significado de la frase figurada buscar pan de trastrigo, o llegar nada menos que al capítulo LXVII de la Segunda Parte, en donde vuelve a estamparse la referida acuñación, pero ahora preñada de evidentes connotaciones sexuales:
No pienso respondió Sancho ponerle otro alguno sino el de Teresona, que le vendrá bien con su gordura y con el propio que tiene, pues se llama Teresa; y más, que celebrándola yo en mis versos, vengo a descubrir mis castos deseos, pues no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas25.
Está bien claro que Sancho protagonista indiscutible de ese guadianesco Entremés de los Panza que tan agudamente acaba de
22
DQ, I, 7 (ed. cit., p. 84).
23 Salvo para
quienes están al tanto de que ir por lana y volver
trasquilado también podía hacer referencia a cualquier
actividad sexual, ya que la lana era metáfora del vello
púbico (especialmente, del femenino) y, por metonimia, aludía
a toda la región genital de la mujer: Cata el lobo, Juana,
/ que a tu hato un día / dicen que quería / mordelle la
lana (B.N.M., ms. 3985, fo. 248. Cito a través de la
célebre edición de PIERRE ALZIEU, ROBERT JAMMES e YVAN LISSORGUES,
Poesía erótica del Siglo de Oro [Barcelona: Ed.
Crítica, 1984], p. 68.). Allí también se puede hallar
el siguiente ejemplo del mismo uso figurado de lana:
24 Creo que
hay, en los primeros renglones de la novela, una sutilísima alusión
a la impotencia (o, al menos, a la falta de actividad sexual) de Alonso Quijano.
Vid., al respecto, mi artículo
La destrucción del personaje
en la obra cervantina: Andanzas y desventuras del malogrado mozo de campo
y plaza, en rev. Cervantes, vol.
XV, nº 1 (1995), pp. 94-104.
25 DQ,
II, 67 (ed. cit., p. 1094).
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exhumar Guillermo
Serés26 conoce y utiliza con
frecuencia todos los usos figurados del famoso pan de trastrigo,
del que deja bien claro su rasgo más característico: que se
cuece en horno ajeno. Queda, así, nítidamente
establecida y, lo que es más importante, autorizada por la
competencia lingüística del personaje cervantino que mejor domina
los registros populares del lenguaje la oposición entre las
equivalencias pan de trigo = relaciones sexuales con la esposa (o pareja
fija) y pan de trastrigo = relaciones sexuales extramatrimoniales
(o infieles a la pareja estable). O dicho de otro modo: se hace ahora
evidente que comer pan de trigo equivale a mantener relaciones
sexuales moralmente lícitas, mientras que buscar pan de
trastrigo alude inequívocamente, dentro del código de
valores morales de un hispanohablante del Siglo de Oro, a mantener
relaciones sexuales ilícitas.
Claro: en la conciencia lingüística
de quienes han establecido las pautas de conducta sexual aceptables por la
moral vigente, el pan de trigo es el sano, el
limpio, el bueno, el habitual, el
normal, el de todos los días, el que no
se sale de la norma; es ese pan blanco (o
candeal) que, dentro de la simbología más elemental
que identifica blancura con pureza y negrura con maldad, se opone frontalmente
al pan negro (o moreno), es decir, al pan de
trastrigo. Por eso en la ficción caballeresca de don Quijote
el pan negro se torna candeal (id est: pan
de trigo) a la par que las rameras se vuelven
damas, de la misma manera que el recién casado
protagonista de los Engaños de este siglo, incapaz de despojarse
de ciertos hábitos libertinos que regían su envidiable vida
de soltero,
no dejaba por eso [. . .] de buscar su fortuna con otras; dejando muchas veces el pan candeal y albo por hartarse de otro, tan moreno y prieto que apenas los más depravados pícaros sin escrúpulo alguno llegaban a probarlo27.
Es obvio, pues, que el aliciente de la novedad bastaba a veces para orientar las escarceos adulterinos de los varones más lascivos que pueblan la ficción literaria del Siglo de Oro, aun cuando ello supusiera el menosprecio del pan de trigo que tenían a su alcance en
26
SERÉS, GUILLERMO. El entremés de los Panza y el
«Tío Abad» de Sanchico, en Anales Cervantinos,
t. XXXIII (1995-1997), pp. 27-38.
27 LOUBAYSSIN
DE LAMARQUE, FRANCISCO. ENGAÑOS deste siglo. Y Historia svcedida
en nvestros tiempos, diuidida en seys partes (París: [Imprenta
de Iuan Orry], 1615). Cito por el ejemplar impreso que se conserva en la
B.N.M., R-13439, p. 6.
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sus propias esposas, en beneficio del pan de trastrigo que se
cocía en el horno de otras mujeres.
¿Otras mujeres?
Pero . . . , ¿y por qué siempre o
solamente mujeres? ¿Acaso el sambenito de ilícito que
arrastraba el humilde pan de trastrigo sólo anatematizaba
la infidelidad? Si el pan de trigo era el más natural,
¿no podía ser el de trastrigo menos natural, antinatural
o dicho en términos más cercanos a la moral sexual de
la época contra natura? Si el alcance metafórico
de comer pan había dado lugar, por una metonimia tan
lógica como bien asimilada, a que el pan especializase
su significado erótico en la alusión directa a la región
genital femenina, ¿no es admisible suponer que fuera tildado de homosexual
aquél de quien se predicaba que no comía pan, o que comía
pan de cualquier otro género distinto al trigo?
Creo, sin duda, que esto era así, y
merced a ello soy capaz de explicarme otro pasaje cervantino no poco
enigmático. En la comedia El gallardo español,
Margarita sale a escena en hábito de hombre
y como tal procura conducirse en suelo hostil, sin que nadie presuma su
condición femenina. Pero a raíz de una escaramuza armada, su
comportamiento despierta las sospechas de don Fernando:
| Para ser mozo y galán |
| y al parecer bien nacido, |
| muchos desmayos os dan: |
| señal de que habéis comido |
| mucha liebre y poco pan |
| Quien se rinde a su enemigo, |
| en sí presenta testigo |
| de que es cobarde28. |
Es evidente, desde luego, que la cobardía de ese supuesto soldado que es Margarita constituye, a ojos de don Fernando, un comportamiento mujeril o, cuando menos, afeminado (en cualquier caso, impropio del valor que un militar de Siglo de Oro atribuía a la condición masculina). De ahí que se burle de su cobardía recordando la ligereza con que huyen las liebres, para abundar después en esa mengua de virilidad reprochando a la oculta Margarita que ha comido poco pan (o sea y siempre según la mentalidad del personaje, que no se ha portado como un hombre).
28 El
gallardo español, Jornada Segunda, vs. 1983-90. Cito por la
edición de las Obras completas de Cervantes, a cargo de FLORENCIO
SEVILLA ARROYO y ANTONIO REY HAZAS (Madrid: Centro de Estudios Cervantinos,
1995), t. III, pp. 99-100.
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Este ejemplo no permite poner en tela de juicio que, en los registros coloquiales de algunos hispanohablantes de los siglos XVI y XVII, quien no comía pan (o comía un pan extraño, como es el de trastrigo) mostraba una conducta mujeril o afeminada. De ahí que esta interpretación se me antoje perfectamente compatible con la principal lectura erótica de la susodicha frase figurada, y me avale para sostener insisto que, cuando se afirmaba de alguien que salía a buscar pan de trastrigo, se podía estar aludiendo a su infidelidad, a su homosexualidad, o a ambas cosas al mismo tiempo. Sólo así alcanzo a arrojar alguna luz acerca de la tercera ocasión en que Cervantes estampa en una de sus obras la expresión pan de trastrigo, en un fragmento del Viaje del Parnaso que tengo que confesarlo a estas alturas constituye el verdadero origen de todas estas ya dilatadas reflexiones. Me estoy refiriendo, claro está, al diálogo que en la Adjunta al Parnaso sostiene el propio autor con Pancracio de Roncesvalles, donde Cervantes intenta corresponder con la misma moneda al menosprecio de los autores que no han querido representar sus comedias:
PANCRACIO. Pues, ¿por qué no se representan?
MIGUEL. Porque ni los autores me buscan, ni yo los voy a buscar a ellos.
PANCRACIO. No deben de saber que vuesa merced las tiene.
MIGUEL. Sí saben; pero, como tienen sus poetas paniaguados y les va bien con ellos, no buscan pan de trastrigo29.
Mi extrañeza supongo que compartida con todo buen conocedor del vocabulario erótico cervantino nacía del no poder relacionar este uso concreto del pan de trastrigo con ese significado latente ya desvelado en los otros dos casos en que Cervantes recurre a dicha expresión; porque si bien no hallaba, en este uso de la Adjunta al Parnaso, ningún rastro de esa alusión a las relaciones heterosexuales que se hace patente en el discurso de Sancho y de forma menos nítida en el reproche de la sobrina, tenía la certeza de que el trasunto literario del propio Miguel de Cervantes no podía usar inocentemente una acuñación léxica tan preñada de connotaciones maliciosas, y mucho menos en un contexto que transpira todo el resentimiento de un dramaturgo anciano y fracasado. De ahí que no me parezca nada descabellado el descubrir aquí una escondida y acerada pulla contra la excesiva protección y el desmedido aprecio
29
Adjunta al Parnaso, en Viaje del Parnaso (ed. de Florencio
Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas [Madrid: Alianza, 1997], p. 167).
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que ciertos autores manifestaban hacia determinados poetas íntimamente
ligados a ellos, en detrimento de aquellos otros que no tenían por
costumbre canalizar su afecto por tan estrecho conducto. O dicho de otro
modo, creo que Cervantes, en medio de un altivo desprecio que, ya al final
de sus días, busca saldar cuentas con quienes han propiciado su fracaso
como dramaturgo, se deja llevar por la maledicencia e intenta justificar
el favoritismo de que gozan algunos poetas, denunciando las supuestas relaciones
homosexuales que sostienen con los directores de las compañías
que reiteran los estrenos de sus piezas.
Sin necesidad de apelar a la costumbre tan
española de zaherir a quienes no nos favorecen ridiculizando su conducta
sexual, me parece que una insinuación de esta índole es más
que admisible en un autor que conoció al dedillo los entresijos de
la farándula: escribió teatro en sus géneros más
graves y menores, teorizó sobre el teatro en sí, enjuició
las obras de otros dramaturgos, negoció con directores de
compañías, y frecuentó el trato de un sinfín
de representantes y representantas que tenían por cenáculo
habitual la taberna que, en la calle de Tudescos, regentaba Alonso
Rodríguez, el marido de la enigmática Ana Franca de Rojas (o
Villafranca)30. Un autor que, como Cervantes,
tenía sobrados elementos de juicio para opinar que las costumbres
de los comediantes son unas para decirse al oído y otras
para aclamallas en
público31; y que, en justa
coherencia, se complace en poner varias veces en tela de juicio la moralidad
de las gentes del teatro, sobre todo en los últimos años de
su vida32. Un autor, en definitiva, que está
inmerso en una milenaria tradición burlesca que, desde el ridiculizado
afeminamiento de Agatón de Atenas, recorre todas las literaturas
occidentales identificando la figura del cómico teatral (ya sea autor
o representante) con el paradigma de la homosexualidad o, cuando menos, de
una sexualidad ambigua y poco respetuosa con las restricciones morales de
cada época. Es evidente pero ésta ya es materia más
que trillada por los estudiosos del teatro aúreo que esta
visión burlesca se acentúa por el recurso del disfraz y
particularmente, en el caso del teatro isabelino por la necesidad
30 Cfr.
CANAVAGGIO, JEAN. Cervantes, en busca del perfil perdido (Madrid:
Espasa-Calpe, 1992), p. 144.
31 El coloquio
de los perros (ed. cit., p. 315).
32
[. . .] y en todas se le representó grave, alegre,
discreta, aguda, y sobremanera honesta: estremos que se acomodan mal en una
farsanta hermosa (Persiles, ed. cit., p. 284); En
fin, le dijo que si en alguna cosa se verificaba la verdad de un antiguo
refrán castellano, era en las hermosas farsantas, donde la honra y
provecho cabían en un saco (ibidem, p. 286).
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de encarnar sobre las tablas a personajes de distinto sexo que el del intérprete que les da vida; pero, por muy evidente que sea, no quiero dejar de señalar una maliciosa alusión del propio Miguel de Cervantes a ese promiscuo travestismo de que hacen gala comediantes y comediantas:
Decía que había sido opinión de un amigo suyo que el que servía a una comedianta, en solo una servía a muchas damas juntas, como era a una reina, a una ninfa, a una diosa, a una fregona, a una pastora, y muchas veces cabía la suerte en que sirviese en ella a un paje y a un lacayo [. . .]33.
A tenor de estos elocuentes testimonios literarios, y habida cuenta de las peripecias vitales de Cervantes en los ambiguos predios de Talía, creo que bien puede aceptarse mi lectura de ese pasaje del Viaje del Parnaso como una virulenta andanada contra el favoritismo de que gozaron ciertos autores de su tiempo, sin que por ello haya que buscar una referencia directa a ningún dramaturgo concreto. Se trata, más bien, de una tal vez no demasiado justa generalización ofensiva, muy propia de quien intenta minusvalorar globalmente los éxitos de aquellos que han triunfado en la parcela donde él ha fracasado. El recurrir, para ello, a la ridiculización de sus preferencias sexuales es una práctica que insisto no puede sorprender a nadie que conozca bien la idiosincrasia española, y menos en el caso de un autor que, como acertadamente apunta Eugenio Asensio, de las servidumbres del cuerpo eligió el sexo, tema inagotable, pero no en su escalón rudimentario, sino complicado en problemas sociales 34.
33
El licenciado Vidriera, en Novelas ejemplares (ed. de JUAN
BAUTISTA AVALLE-ARCE [Madrid: Castalia, 1982], vol. II, p. 135).
34
Entremeses, ed. de EUGENIO ASENSIO, en Suma cervantina, a cargo
de JUAN BAUTISTA AVALLE-ARCE y EDWARD C. RILEY (Londres: Támesis,
1973), p. 196.
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
| URL: http://users.ipfw.edu/jehle/cervante/csa/articf99/fernande.htm | ||