Don Francisco de
Quevedo
(1580-1645)
Don Francisco de Quevedo y Villegas, señor
de la Torre de Juan Abad, nació en Madrid en 1580.
Hizo sus estudios en la universidad de Alcalá
y se graduó en teología a los quince años, sin que fuese
su tierna edad obstáculo para que tuviese una instrucción
variadísima en todos los ramos del saber, y tan completa como se la
podía tener en aquellos tiempos. Conocía igualmente las letras
sagradas y las profanas, y dominaba el griego y el hebreo.
Nada de esto, sin embargo, le impidió
llevar siempre una vida accidentada y llena de contrastes, pues bajaba del
regio alcázar para descender a la baja calle de Segovia y sus alrededores,
donde se encerraban los «misterios» del Madrid de entonces, y donde
frecuentaba toda la chuzma que se refugiaba en aquellos zaquizamíes,
antros de la malandanza, huyendo de la inquisición o de la corchetada
del señor corregidor.
Hombre forzudo como era, aunque patizambo,
y gran esgrimidor, no es de extrañar que tuviera multitud de duelos
y graves pendencias en que solía salir vencedor.
Como consecuencia de uno de dichos duelos,
hubo de huir a Sicilia, pues parece que dio muerte a su adversario, persona
principal.
En aquella isla estaba entonces de virrey el
famoso don Pedro Girón, duque de Osuna, quien le acogió a su
alta protección, y como Quevedo le prestara servicios eminentes tanto
en la isla como en Nápoles, le hizo volver al favor de la corte y
dar el hábito de Santiago, al mismo tiempo que recomendándole
al Conde Duque de Olivares, le obtenía importantes empleos.
Mas sonó en 1620 para el de Osuna la
hora de la desgracia, y por lo tanto para su protegido; quien, incapaz de
una ingratitud, corrió su suerte: tres años y medio pasó
prisionero en la torre de Juan Abad, sin proceso ni cargo alguno en contra
suya. Al cabo de este tiempo logró su libertad y pudo volver a la
corte, donde cayó en gracia al rey don Felipe IV, que deseaba darle
empleos de la más alta consideración.
Pero ya el mundo le cansaba y no quería
sino retirarse a su hogar, para lo cual contrajo matrimonio con doña
Esperanza de Aragón, señora de Cetina, la muerte de cuya dama
desbarató los planes todos por Quevedo concebidos y fue para él
el comienzo de una nueva era de infortunios.
Como se le viese volver a la vida pública
o cortesana, sus enemigos, que temían su sátira y sus excepcionales
talentos en todo orden de cosas, le declararon guerra sin cuartel, y
haciéndole sospechoso a los poderes nacionales por medio de la
publicación de un libelo, fue de nuevo encarcelado en la casa de san
Marcos de León, al mismo tiempo que se le embargaba su hacienda. Tan
duras fueron sus prisiones, y tal era la estrechez y miseria en que se le
tenía, que se le alimentaba y vestía de limosna, y hasta
habiéndosele cancerado tres llagas que le causara la humedad de su
encierro, tuvo él mismo que cauterizárselas, pues no
disponía ni de médico que le atendiese.
Entonces escribió al Conde Duque de
Olivares explicándole su situación, y esto le procuró
algún alivio, hasta que al fin se logró saber quién
era el autor del libelo por que se le había puesto cadenas, y se le
dio libertad.
Entonces volvió a la corte; pero la
miseria en que se veía le impedía continuar en ella y se
tornó a su villa de la Torre de Juan Abad, donde murió de una
enfermedad de pecho cogida en su prisión. Ocurrió esto el 8
de septiembre de 1645, y tenía 65 años de edad.
Como la de Lope de Vega, su labor en versos
y prosa ha sido formidable. Además, ha cultivado todos los géneros,
menos el teatro.
Escribió libros místicos, comentarios
de la historia antigua, como el discurso acerca del asesinato de Julio
César, comentarios acerca de ciertos puntos de la historia de
España, como los que puso a una carta en que el Rey católico
mandaba ahorcar al nuncio del Papa enviado a Nápoles con bulas de
excomunión para ciertos jueces, si sentenciaban en contra de una comunidad
en cierto litigio, porque S. M. Católica entendía que en sus
reinos era señor absoluto e indiscutible en el orden temporal, etc.;
hasta la vida del Buscón y el libro que trata de «todas
las cosas y otras muchas más», y hasta sus letrillas satíricas
y bufas, que hacían que su pluma fuese tan temida como su espada.
Mucha inmundicia se le ha atribuido también,
a causa de su libertad de lenguaje; pero el ojo avisado, a primera vista
sabe distinguir tanto andrajo literario de sus sátiras finas y delicadas,
impregnadas de ingenio y donosura.
(Antología de los mejores poetas castellanos, Rafael Mesa y López. Londres: T. Nelson, 1912.)
Francisco de Quevedo y
Villegas Francisco de Quevedo y Villegas was born at Madrid, the son of good family. His education was received at Alcalá de Henares, but after a duel he fled to Italy and took service under the Duke of Osuna, in whose disgrace he was involved in 1618. Returning to Spain, he found no favorite with Olivares, being accused of having lampooned that favorite. He was imprisoned for four years in the monastery of San Marcos of Leon. He died at Villanueva, leaving a reputation as diplomat, scholar, and poet. His poems are to be found in the Biblioteca de autores españoles (vol. 69). |
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(Hispanic Anthology: Poems Translated from the Spanish by English and North American Poets, collected and arranged by Thomas Walsh. G. P. Putnam's Sons, New York, 1920). |
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