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               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

                   ________


            COMEDIAS Y ENTREMESES

                   TOMO IV


             Versión modernizada


            Texto electrónico por
                Fred F. Jehle



      Copyright © 1918 Rodolfo Schevill
      Copyright © 1998 Fred F. Jehle &
          Purdue Research Foundation


OBRAS COMPLETAS DE MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA ________ COMEDIAS Y ENTREMESES TOMO IV EDICIÓN PUBLICADA POR RODOLFO SCHEVILL Y ADOLFO BONILLA Profesor en la Profesor en la Universidad de Universidad de California (Berkeley). Madrid. MADRID IMPRENTA DE BERNARDO RODRÍGUEZ Calle del Barquillo, núm. 8. M. CM. XVIII.
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p. 5 ENTREMES DEL juez de los divorcios. Sale el juez, y otros dos con él, que son escribano y procurador, y siéntase en una silla; salen el vejete y Mariana, su mujer. 5 Mar. Aun bien que está ya el señor juez de los divorcios sentado en la silla de su audiencia. De esta vez tengo de quedar dentro o fuera; de esta vegada tengo de quedar libre de pedido y alcabala, 10 como el gavilán. Vej. Por amor de Dios, Mariana, que no almodonees tanto tu negocio. Habla paso, por la pasión que Dios pasó. Mira que tienes atronada a toda la 15 vecindad con tus gritos; y, pues tienes delante al señor juez, con menos voces le puedes informar de tu justicia. Juez. ¿Qué pendencia traéis, buena gente? Mar. Señor, ¡divorcio, divorcio y más 20 divorcio, y otras mil veces divorcio! Juez. ¿De quién, o por qué, señora? Mar. ¿De quién? De este viejo que está presente. Juez. ¿Por qué? 25
ENTREMES p. 6 Mar. Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar continuo atenta a curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron a mí mis padres para ser hospitalera ni 5 enfermera. Muy buen dote llevé al poder de esta espuerta de huesos, que me tiene consumidos los días de la vida; cuando entré en su poder, me relumbraba la cara como un espejo, y ahora 10 la tengo con una vara de frisa encima. Vuestra merced, señor juez, me descase, si no quiere que me ahorque. Mire, mire los surcos que tengo por este rostro, de las lágrimas que 15 derramo cada día por verme casada con esta anatomía. Juez. No lloréis, señora; bajad la voz y enjugad las lágrimas, que yo os haré justicia. 20 Mar. Déjeme vuestra merced llorar, que con esto descanso. En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas, había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se habían 25 de deshacer o confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento; y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas partes. Juez. Si ese arbitrio se pudiera o debiera 30 poner en práctica, y por dineros, ya se hubiera hecho. Pero especificad más,
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 7 señora, las ocasiones que os mueven a pedir divorcio. Mar. El invierno de mi marido y la primavera de mi edad; el quitarme el sueño por levantarme a medianoche a 5 calentar paños y saquillos de salvado para ponerle en la ijada; el ponerle ora aquesto, ora aquella ligadura, ¡que ligado le vea yo a un palo por justicia!; el cuidado que tengo de 10 ponerle de noche alta [la] cabecera de la cama, jarabes lenitivos, porque no se ahogue del pecho; y el estar obligada a sufrirle el mal olor de la boca, que le huele mal a tres tiros de arcabuz. 15 Esc. Debe de ser de alguna muela podrida. Vej. No puede ser, porque ¡lleve el diablo la muela ni diente que tengo en toda ella! 20 Pro. Pues ley hay que dice, según he oído decir, que por sólo el mal olor de la boca se puede descasar la mujer del marido, y el marido de la mujer. Vej. En verdad, señores, que el mal aliento 25 que ella dice que tengo, no se engendra de mis podridas muelas, pues no las tengo, ni menos procede de mi estómago, que está sanísimo, sino de esa mala intención de su pecho. Mal 30 conocen vuestras mercedes a esta señora; pues a fe que, si la conociesen,
ENTREMES p. 8 que la ayunarían o la santiguarían. Veinte y dos años ha que vivo con ella mártir, sin haber sido jamás confesor de sus insolencias, de sus voces y de sus fantasías, y ya va para 5 dos años que cada día me va dando vaivenes y empujones hacia la sepultura, a cuyas voces me tiene medio sordo, y, a puro reñir, sin juicio. Si me cura, como ella dice, cúrame a 10 regañadientes, habiendo de ser suave la mano y la condición del médico. En resolución, señores: yo soy el que muero en su poder, y ella es la que vive en el mío, porque es señora con 15 mero mixto imperio de la hacienda que tengo. Mar. ¿Hacienda vuestra? ¿Y qué hacienda tenéis vos que no la hayáis ganado con la que llevasteis en mi dote? Y son 20 míos la mitad de los bienes gananciales, mal que os pese, y de ellos y de la dote, si me muriese ahora, no os dejaría valor de un maravedí, porque veáis el amor que os tengo. 25 Juez. Decid, señor: cuando entrasteis en poder de vuestra mujer, ¿no entrasteis gallardo, sano y bien acondicionado? Vej. Ya he dicho que ha veinte y dos años que entré en su poder como quien entra 30 en el de un cómitre calabrés a remar en galeras de por fuerza; y entré
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 9 tan sano, que podía decir y hacer, como quien juega a las pintas. Mar. ¡Cedacico nuevo, tres días en estaca! Juez. Callad, callad nora en tal mujer 5 de bien, y andad con Dios, que yo no hallo causa para descasaros; y pues comisteis las maduras, gustad de las duras: que no está obligado ningún marido a tener la velocidad y 10 corrida del tiempo, que no pase por su puerta y por sus días; y descontad los malos que ahora os da con los buenos que os dio cuando pudo. Y no repiquéis más palabra. 15 Vej. Si fuese posible, recibiría gran merced que vuestra merced me la hiciese de despenarme, alzándome esta carcelería; porque, dejándome así, habiendo ya llegado a este rompimiento, será 20 de nuevo entregarme al verdugo que me martirice. Y si no, hagamos una cosa: enciérrese ella en un monasterio, y yo en otro; partamos la hacienda, y de esta suerte podremos vivir en 25 paz y en servicio de Dios lo que nos queda de la vida. Mar. ¡Malos años! ¡Bonica soy yo para estar encerrada! No sino llegaos a la niña, que es amiga de redes, de tornos, 30 rejas y escuchas. Encerraos vos, que lo podréis llevar y sufrir, que, ni tenéis
ENTREMES p. 10 ojos con que ver, ni oídos con que oír, ni pies con que andar, ni mano con que tocar; que yo, que estoy sana y con todos mis cinco sentidos cabales y vivos, quiero usar de ellos a la 5 descubierta, y no por brújula, como quínola dudosa. Esc. ¡Libre es la mujer! Pro. Y prudente el marido; pero no puede más. 10 Juez. Pues yo no puedo hacer este divorcio, quia nullam invenio causam. Entra un soldado bien aderezado, y su mujer, doña Guiomar. D.ª Gui. ¡Bendito sea Dios, que se me ha 15 cumplido el deseo que tenía de verme ante la presencia de vuestra merced, a quien suplico cuan encarecidamente puedo sea servido de descasarme de éste. 20 Juez. ¿Qué cosa es de éste? ¿No tiene otro nombre? Bien fuera que dijerais siquiera de este hombre. D.ª Gui. Si él fuera hombre, no procurara yo descasarme. 25 Juez. ¿Pues qué es? D.ª Gui. Un leño. Sol. ¡Por Dios, que he de ser leño en callar y en sufrir! Quizá, con no defenderme ni contradecir a esta mujer, el juez se 30 inclinará a condenarme, y, pensando
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 11 que me castiga, me sacará de cautiverio, como si por milagro se librase un cautivo de las mazmorras de Tetuán. Pro. Hablad más comedido, señora, y relatad 5 vuestro negocio sin improperios de vuestro marido; que el señor juez de los divorcios, que está delante, mirará rectamente por vuestra justicia. D.ª Gui. ¿Pues no quieren vuestras mercedes 10 que llame leño a una estatua que no tiene más acciones que un madero? Mar. Esta y yo nos quejamos, sin duda, de un mismo agravio. D.ª Gui. Digo, en fin, señor mío, que a mí me 15 casaron con este hombre, ya que quiere vuestra merced que así lo llame; pero no es este hombre con quien yo me casé. Juez. ¿Cómo es eso, que no os entiendo? 20 D.ª Gui. Quiero decir que pensé que me casaba con un hombre moliente y corriente, y a pocos días hallé que me había casado con un leño, como tengo dicho; porque él no sabe cuál es su mano 25 derecha, ni busca medios ni trazas para granjear un real con que ayude a sustentar su casa y familia. Las mañanas se le pasan en oír misa y en estarse en la puerta de Guadalajara 30 murmurando, sabiendo nuevas, diciendo y escuchando mentiras; y las tardes,
ENTREMES p. 12 y aun las mañanas también, se va de en casa en casa de juego, y allí sirve de número a los mirones, que, según he oído decir, es un género de gente a quien aborrecen en todo extremo 5 los gariteros. A las dos de la tarde viene a comer, sin que le hayan dado un real de barato, porque ya no se usa el darlo. Vuélvese a ir, vuelve a medianoche, cena si lo halla, y si 10 no, santíguase, bosteza y acuéstase, y en toda la noche no sosiega, dando vueltas. Pregúntole qué tiene; respóndeme que está haciendo un soneto en la memoria para un amigo que se le 15 ha pedido; y da en ser poeta, como si fuese oficio con quien no estuviese vinculada la necesidad del mundo. Sol. Mi señora doña Guiomar, en todo cuanto ha dicho, no ha salido de los 20 límites de la razón; y, si yo no la tuviera en lo que hago, como ella la tiene en lo que dice, ya había yo de haber procurado algún favor de palillos de aquí o de allí, y procurar verme, 25 como se ven otros hombrecitos aguditos y bulliciosos, con una vara en las manos, y sobre una mula de alquiler pequeña, seca y maliciosa, sin mozo de mulas que le acompañe, porque las 30 tales mulas nunca se alquilan sino a faltas, y cuando están de nones,
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 13 sus alforjitas a las ancas, en la una un cuello y una camisa, y en la otra su medio queso y su pan y su bota, sin añadir a los vestidos que trae de rúa, para hacerlos de camino, sino 5 unas polainas y una sola espuela; y con una comisión, y aun comezón, en el seno, sale por esa Puente Toledana raspahilando, a pesar de las malas mañas de la harona, y, a cabo de 10 pocos días, envía a su casa algún pernil de tocino y algunas varas de lienzo crudo, en fin, de aquellas cosas que valen baratas en los lugares del distrito de su comisión, y con esto sustenta 15 su casa como el pecador mejor puede. Pero yo, que, ni tengo oficio, [ni beneficio], no sé qué hacerme, porque no hay señor que quiera servirse de mí, porque soy casado; así que me será 20 forzoso suplicar a vuestra merced, señor juez, pues ya por pobres son tan enfadosos los hidalgos, y mi mujer lo pide, que nos divida y aparte. D.ª Gui. Y hay más en esto, señor juez: que, 25 como yo veo que mi marido es tan para poco, y que padece necesidad, muérome por remediarle; pero no puedo, porque, en resolución, soy mujer de bien, y no tengo de hacer vileza. 30 Sol. Por esto sólo merecía ser querida esta mujer; pero, debajo de este pundonor
ENTREMES p. 14 tiene encubierta la más mala condición de la tierra. Pide celos sin causa, grita sin porqué, presume sin hacienda, y, como me ve pobre, no me estima en el baile del rey Perico. Y es 5 lo peor, señor juez, que quiere que, a trueco de la fidelidad que me guarda, le sufra y disimule millares de millares de impertinencias y desabrimientos que tiene. 10 D.ª Gui. ¡Pues no! ¿Y por qué no me habéis vos de guardar a mí decoro y respeto, siendo tan buena como soy? Sol. Oíd, señora doña Guiomar. Aquí, delante de estos señores, os quiero decir 15 esto: ¿por qué me hacéis cargo de que sois buena, estando vos obligada a serlo, por ser de tan buenos padres nacida, por ser cristiana, y por lo que debéis a vos misma? Bueno es que 20 quieran las mujeres que las respeten sus maridos porque son castas y honestas, como si en sólo esto consistiese de todo en todo su perfección, y no echan de ver los desaguaderos 25 por donde desaguan la fineza de otras mil virtudes que les faltan. ¿Qué se me da a mí que seáis casta con vos misma, puesto que se me da mucho, si os descuidáis de que lo sea vuestra 30 criada, y si andáis siempre rostrituerta, enojada, celosa, pensativa, manirrota,
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 15 dormilona, perezosa, pendenciera, gruñidora, con otras insolencias de este jaez, que bastan a consumir las vidas de doscientos maridos? Pero, con todo esto, digo, señor juez, que ninguna 5 cosa de éstas tiene mi señora doña Guiomar, y confieso que yo soy el leño, el inhábil, el dejado y el perezoso, y que, por ley de buen gobierno, aunque no sea por otra cosa, está 10 vuestra merced obligado a descasarnos: que desde aquí digo que no tengo ninguna cosa que alegar contra lo que mi mujer ha dicho, y que doy el pleito por concluso, y holgaré de ser 15 condenado. D.ª Gui. ¿Qué hay que alegar contra lo que tengo dicho? Que no me dais de comer a mí ni a vuestra criada; y monta que [no] son muchas, sino una, y aun ésa 20 sietemesina, que no come por un grillo. Esc. Sosiéguense, que vienen nuevos demandantes. Entra uno vestido a lo médico, y es cirujano, y Aldonza 25 de Minjaca, su mujer. Cir. Por cuatro causas bien bastantes vengo a pedir a vuestra merced, señor juez, haga divorcio entre mí y la señora doña Aldonza de Minjaca, mi 30 mujer, que está presente.
ENTREMES p. 16 Juez. ¡Resoluto venís! Decid las cuatro causas. Cir. La primera, porque no la puedo ver más que a todos los diablos; la segunda, por lo que ella se sabe; la tercera, 5 por lo que yo me callo; la cuarta, porque no me lleven los demonios, cuando de esta vida vaya, si he de durar en su compañía hasta mi muerte. Pro. ¡Bastantísimamente ha probado su 10 intención! Min. Señor juez, vuestra merced me oiga, y advierta que, si mi marido pide por cuatro causas divorcio, yo le pido por cuatrocientas. La primera, porque, 15 cada vez que le veo, hago cuenta que veo al mismo Lucifer; la segunda, porque fui engañada cuando con él me casé, porque él dijo que era médico de pulso, y remaneció cirujano y 20 hombre que hace ligaduras y cura otras enfermedades, que va decir de esto a médico, la mitad del justo precio; la tercera, porque tiene celos del sol que me toca; la cuarta, que, como no le 25 puedo ver, querría estar apartada de él dos millones de leguas... Esc. ¿Quién diablos acertará a concertar estos relojes, estando las ruedas tan desconcertadas? 30 Min. La quinta... Juez. Señora, señora, si pensáis decir aquí
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 17 todas las cuatrocientas causas, yo no estoy para escucharlas, ni hay lugar para ello. Vuestro negocio se recibe a prueba, y andad con Dios, que hay otros negocios que despachar. 5 Cir. ¿Qué más pruebas, sino que yo no quiero morir con ella, ni ella gusta de vivir conmigo? Juez. Si eso bastase para descasarse los casados, infinitísimos sacudirían de 10 sus hombros el yugo del matrimonio. Entra uno vestido de ganapán, con su caperuza cuarteada. Gan. Señor juez, ganapán soy, no lo niego, pero cristiano viejo, y hombre de 15 bien a las derechas; y, si no fuese que alguna vez me tomo del vino, o él me toma a mí, que es lo más cierto, ya hubiera sido prioste en la cofradía de los hermanos de la carga. Pero, dejando 20 esto aparte, porque hay mucho que decir en ello, quiero que sepa el señor juez que, estando una vez muy enfermo de los vaguidos de Baco, prometí de casarme con una mujer errada. 25 Volví en mí, sané, y cumplí la promesa, y caséme con una mujer que saqué de pecado; púsela a ser placera; ha salido tan soberbia y de tan mala condición, que nadie llega a su tabla 30 con quien no riña, ora sobre el peso
ENTREMES p. 18 falto, ora sobre que le llegan a la fruta, y a dos por tres les da con una pesa en la cabeza o adonde topa, y los deshonra hasta la cuarta generación, sin tener hora de paz con todas sus vecinas 5 ya parleras; y yo tengo de tener todo el día la espada más lista que un sacabuche para defenderla, y no ganamos para pagar penas de pesos no maduros ni de condenaciones de 10 pendencias. Querría, si vuestra merced fuese servido, o que me apartase de ella, o, por lo menos, le mudase la condición acelerada que tiene en otra más reportada y más blanda; y 15 prométole a vuestra merced de descargarle de balde todo el carbón que comprare este verano: que puedo mucho con los hermanos mercaderes de la costilla. 20 Cir. Ya conozco yo a la mujer de este buen hombre, y es tan mala como mi Aldonza: que no lo puedo más encarecer. Juez. Mirad, señores: aunque algunos de los que aquí estáis habéis dado algunas 25 causas que traen aparejada sentencia de divorcio, con todo eso, es menester que conste por escrito y que lo digan testigos, y así, a todos os recibo a prueba... Pero ¿qué es esto? ¿Música 30 y guitarras en mi audiencia? ¡Novedad grande es ésta!
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 19 Entran dos músicos. Mús. Señor juez, aquellos dos casados tan desavenidos que vuestra merced concertó, redujo y apaciguó el otro día, están esperando a vuestra merced con 5 una gran fiesta en su casa, y por nosotros le envía[n] a suplicar sea servido de hallarse en ella y honrarlos. Juez. Eso haré yo de muy buena gana; y pluguiese a Dios que todos los 10 presentes se apaciguasen como ellos. Pro. De esa manera moriríamos de hambre los escribanos y procuradores de esta audiencia. Que no, no, sino todo el mundo ponga demandas de divorcios: 15 que, al cabo, al cabo, los más se quedan como se estaban, y nosotros habemos gozado del fruto de sus pendencias y necedades. Mús. Pues en verdad que desde aquí hemos 20 de ir regocijando la fiesta. Cantan los músicos. “Entre casados de honor, cuando hay pleito descubierto, más vale el peor concierto 25 que no el divorcio mejor. Donde no ciega el engaño simple en que algunos están, las riñas de por San Juan son paz para todo el año. 30
ENTREMES DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 20 Resucita allí el honor, y el gusto, que estaba muerto, donde vale el peor concierto más que el divorcio mejor. Aunque la rabia de celos 5 es tan fuerte y rigurosa, si los pide una hermosa, no son celos, sino cielos. Tiene esta opinión amor, que es el sabio más experto: 10 que vale el peor concierto más que el divorcio mejor.” Fin de este entremés.
p. 21 ENTREMES DEL rufián viudo, llamado Trampagos. Sale Trampagos con un capuz de luto, y con él Vademécum, su criado, con dos espadas de esgrima. 5 Tram. ¡Vademécum! Vad. ¿Señor? Tram. ¿Traes las morenas? Vad. Tráigolas. Tram. Está bien. Muestra y camina, 10 y saca aquí la silla de respaldo, con los otros asientos de por casa. Vad. ¿Qué asientos? ¿Hay alguno, por [ventura? Tram. Saca el mortero puerco, el broquel 15 [saca, y el banco de la cama. Vad. Está impedido: fáltale un pie. Tram. ¿Y es tacha? 20 Vad. ¡Y no pequeña! Entrase Vademécum. Tram. ¡Ah Pericona, Pericona mía, y aun de todo el concejo! En fin llegóse
ENTREMES p. 22 el tuyo. Yo quedé; tú te has partido, y es lo peor que no imagino adónde; aunque, según fue el curso de tu vida, bien se puede creer piadosamente que estás en parte... Aún no me 5 [determino de señalarte asiento en la otra vida. Tendréla yo sin ti como de muerte. ¡Que no me hallara yo a tu cabecera cuando diste el espíritu a los aires, 10 para que le acogiera entre mis labios, y en mi estómago limpio le [envasara!... ¡Miseria humana, quién de ti confía! Ayer fui Pericona, hoy tierra fría, 15 como dijo un poeta celebérrimo. Entra Chiquiznaque, rufián. Ruf. Mi so Trampagos, ¿es posible sea voacé tan enemigo suyo, que se entumbe, se encubra y se 20 [trasponga debajo de esa sombra bayetuna el sol hampesco? So Trampagos, basta tanto gemir, tantos suspiros bastan; trueque voacé las lágrimas corrientes 25 en limosnas y en misas y oraciones por la gran Pericona, que Dios haya, que importan más que llantos y [sollozos. Tram. Voacé ha garlado como un tólogo, 30 mi señor Chiquiznaque; pero, en tanto
DEL RUFIAN VIUDO p. 23 que encarrilo mis cosas de otro modo, tome vuestra merced, y platiquemos una levada nueva. Ruf. So Trampagos, no es éste tiempo de levadas; llueven, 5 o han de llover hoy pésames adunia, ¿y hémonos de ocupar en levadicas? Entra Vademécum con la silla, muy vieja y rota. Vad. ¡Bueno! ¡Por vida mía! Quien le quita a mi señor de líneas y posturas, 10 le quita de los días de la vida. Tram. Vuelve por el mortero y por el banco, y el broquel no se olvide, Vademécum. Vad. Y aun traeré el asador, sartén y platos. Vuélvese a entrar. 15 Tram. Después platicaremos una treta, única, a lo que creo, y peregrina: que el dolor de la muerte de mi ángel las manos ata y el sentido todo. Ruf. ¿De qué edad acabó la mal lograda? 20 Tram. Para con sus amigas y vecinas, treinta y dos años tuvo. Ruf. ¡Edad lozana! Tram. Si va a decir verdad, ella tenía cincuenta y seis; pero de tal manera 25 supo encubrir los años, que me [admiro. ¡Oh, qué teñir de canas! ¡Oh, qué rizos, vueltos de plata en oro los cabellos!
ENTREMES p. 24 A seis del mes que viene hará quince [años que fue mi tributaria, sin que en ellos me pusiese en pendencia, ni en [peligro 5 de verme palmeadas las espaldas. Quince cuaresmas, si en la cuenta [acierto, pasaron por la pobre desde el día que fue mi cara agradecida prenda, 10 en las cuales, sin duda, susurraron a sus oídos treinta y más sermones, y en todos ellos, por respeto mío, estuvo firme, cual está a las olas del mar movible la inmovible roca. 15 Cuántas veces me dijo la pobreta, saliendo de los trances rigurosos de gritos y plegarias y de ruegos, sudando y trasudando: “¡Plega al [cielo, 20 Trampagos mío, que en descuento [vaya de mis pecados lo que aquí yo paso por ti, dulce bien mío!” Ruf. ¡Bravo triunfo! 25 ¡Ejemplo raro de inmortal firmeza! Allá lo habrá hallado. Tram. ¿Quién lo duda? Ni aun una sola lágrima vertieron jamás sus ojos en las sacras pláticas, 30 cual si de esparto o pedernal su [alma
DEL RUFIAN VIUDO p. 25 formada fuera. Ruf. ¡Oh hembra benemérita de griegas y romanas alabanzas! ¿De qué murió? Tram. ¿De qué? ¡Casi de nada! 5 Los médicos dijeron que tenía malos los hipocondrios y los hígados, y que con agua de taray pudiera vivir, si la bebiera setenta años. Ruf. ¿No la bebió? 10 Tram. Murióse. Ruf. Fue una necia; bebiérala hasta el día del juicio, que hasta entonces viviera. El yerro [estuvo 15 en no hacerla sudar. Tram. Sudó once veces. Entra Vademécum con los asientos referidos. Ruf. ¿Y aprovechóle alguna? Tram. Casi todas: 20 siempre quedaba como un jinjo [verde, sana como un peruétano o manzana. Ruf. Dícenme que tenía ciertas fuentes en las piernas y brazos. 25 Tram. La sin dicha era un Aranjuez; pero, con todo, hoy come en ella la que llaman tierra de las más blancas y hermosas carnes que jamás encerraron sus entrañas; 30 y, si no fuera porque habrá dos años
ENTREMES p. 26 que comenzó a dañársele el aliento, era abrazarla como quien abraza un tiesto de albahaca o clavellinas. Ruf. Neguijón debió ser o corrimiento el que dañó las perlas de su boca; 5 quiero decir, sus dientes y sus muelas. Tram. Una mañana amaneció sin ellos. Vad. Así es verdad; mas fue de eso la causa que anocheció sin ellos. De los finos, cinco acerté a contarle; de los falsos, 10 doce disimulaba en la covacha. Tram. ¿Quién te mete a ti en esto, mentecato? Vad. Acredito verdades. Tram. Chiquiznaque, ya se me ha reducido a la memoria 15 la treta de denantes; toma y vuelve al ademán primero. Vad. Pongan pausa, y quédese la treta en ese punto, que acuden moscovitas al reclamo: 20 la Repulida viene, y la Pizpita, y la Mostrenca, y el jayán Juan [Claros. Tram. Vengan enhorabuena; vengan ellos en cien mil norabuenas. 25 Entran la Repulida, la Pizpita, la Mostrenca y el rufián Juan Claros. Juan. En las mismas esté mi sor Trampagos. Rep. ¡Quiera el cielo 30 mudar su oscuridad en luz clarísima!
DEL RUFIAN VIUDO p. 27 Piz. Desollado le viesen ya mis lumbres de aquel pellejo lóbrego y oscuro. Mos. ¡Jesús, y qué fantasma noturnina! ¡Quítenmele delante! Vad. ¡Melindricos! 5 Tram. Fuera yo un Polifemo, un antropófago, un troglodita, un bárbaro Zoïlo, un caimán, un caribe, un comevivos, si de otra suerte me adornara, en [tiempo 10 de tamaña desgracia. Juan. Razón tiene. Tram. ¡He perdido una mina potosisca, un muro de la yedra de mis faltas, un árbol de la sombra de mis ansias! 15 Juan. Era la Pericona un pozo de oro. Tram. Sentarse a prima noche, y, a las horas que se echa el golpe, hallarse con [sesenta numos en cuartos, ¿por ventura es 20 [barro? Pues todo esto perdí en la que ya [pudre. Rep. Confieso mi pecado: siempre tuve envidia a su no vista diligencia. 25 No puedo más; yo hago lo que puedo, pero no lo que quiero. Piz. No te penes, pues vale más aquel que Dios ayuda que el que mucho madruga; ya me 30 [entiendes. Vad. El refrán vino aquí como de molde;
ENTREMES p. 28 tal os dé Dios el sueño, mentecatas. Mos. Nacidas somos; no hizo Dios a nadie a quien desamparase. Poco valgo; pero, en fin, como y ceno, y a mi [cuyo 5 le traigo más vestido que un [palmito. Ninguna es fea como tenga bríos; feo es el diablo. Vad. Alega la Mostrenca 10 muy bien de su derecho, y alegara mejor si se añadiera el ser muchacha y limpia, pues lo es por todo extremo. Ruf. En el que está Trampagos me da [lástima. 15 Tram. Vestíme este capuz; mis dos linternas convertí en alquitaras. Vad. ¿De aguardiente? Tram. ¿Pues tanto cuelo yo, hi de malicias? Vad. A cuatro lavanderas de la puente 20 puede dar quince y falta en la [colambre; miren qué ha de llorar, sino agua [ardiente. Juan. Yo soy de parecer que el gran 25 [Trampagos ponga silencio a su continuo llanto y vuelva al sicut erat in principio, digo, a sus olvidadas alegrías, y tome prenda que las suyas quite: 30 que es bien que el vivo vaya a la [hogaza,
DEL RUFIAN VIUDO p. 29 como el muerto se va a la sepultura. Rep. Zonzorino Catón es Chiquiznaque. Piz. Pequeña soy, Trampagos, pero grande tengo la voluntad para servirte; no tengo cuyo, y tengo ochenta 5 [cobas. Rep. Yo ciento, y soy dispuesta y nada [lerda. Mos. Veinte y dos tengo yo, y aun [veinticuatro, 10 y no soy mema. Rep. ¡Oh mi Jesús! ¿Qué es esto? ¡Contra mí la Pizpita y la Mostrenca! ¿En tela quieres competir conmigo, culebrilla de alambre, y tú, pazguata? 15 Piz. ¡Por vida de los huesos de mi abuela, doña Maribobales, mondaníspolas, que no la estimo en un feluz [morisco! ¿Han visto el ángel tonto almidonado, 20 cómo quiere empinarse sobre todas? Mos. Sobre mí no, a lo menos: que no sufro carga que no me ajuste y me [convenga. Juan. Adviertan que defiendo a la Pizpita. 25 Ruf. Consideren que está la Repulida debajo de las alas de mi amparo. Vad. ¡Aquí fue Troya; aquí se hacen rajas; los de las cachas amarillas salen; aquí otra vez fue Troya! 30 Rep. Chiquiznaque, no he menester que nadie me defienda;
ENTREMES p. 30 aparta, tomaré yo la venganza, rasgando con mis manos pecadoras la cara de membrillo cuartanario. Juan. ¡Repulida, respeto al gran Juan Claros! Piz. ¡Déjala venga; déjala que llegue 5 esa cara de masa mal sobada! Entra uno muy alborotado. Uno. ¡Juan Claros, la justicia, la justicia; el alguacil de la justicia viene la calle abajo! 10 Entrase luego. Juan. ¡Cuerpo de mi padre! No paro más aquí. Tram. Ténganse todos; ninguno se alborote, que es mi amigo 15 el alguacil; no hay que tenerle miedo. Torna a entrar. Uno. No viene acá; la calle abajo cuela. Vase. Ruf. El alma me temblaba ya en las carnes, 20 porque estoy desterrado. Tram. Aunque viniera, no nos hiciera mal; yo lo sé cierto: que no puede chillar, porque está [untado. 25 Vad. Cese, pues, la pendencia, y mi sor sea el que escoja la prenda que le cuadre
DEL RUFIAN VIUDO p. 31 o le esquine mejor. Rep. Yo soy contenta. Piz. Y yo también. Mos. Y yo. Vad. Gracias al cielo, 5 que he hallado a tan gran mal tan gran [remedio. Tram. Abúrrome y escojo. Mos. Dios te guíe. Rep. Si te aburres, Trampagos, la escogida 10 también será aburrida. Tram. Errado anduve; sin aburrirme escojo. Mos. Dios te guíe. [Tram.] Digo que escojo aquí a la Repulida. 15 Juan. Con su pan se la coma, Chiquiznaque. Ruf. Y aun sin pan: que es sabrosa en [cualquier modo. Rep. Tuya soy; ponme un clavo y una S en estas dos mejillas. 20 Piz. ¡Oh hechicera! Mos. No es sino venturosa; no la envidies, porque no es muy católico [Trampagos, pues ayer enterró a la Pericona, 25 y hoy la tiene olvidada. Rep. Muy bien dices. Tram. Este capuz arruga, Vademécum, y dile al padre que sobre él te [preste 30 una docena de reales. Vad. Creo
ENTREMES p. 32 que tengo yo catorce. Tram. Luego luego parte, y trae seis azumbres de lo caro. Alas pon en los pies. Vad. Y en las espaldas. 5 Entrase Vademécum con el capuz, y queda en cuerpo Trampagos. Tram. Por Dios, que si durara la bayeta, que me pudieran enterrar mañana. Rep. ¡Ay, lumbre de estas lumbres, que son 10 [tuyas, y cuán mejor estás en este traje que en el otro, sombrío y melancólico! Entran dos músicos sin guitarras. Mús. Tras el olor del jarro nos venimos 15 yo y mi compadre. Tram. En hora buena sea. ¿Y las guitarras? Mús. 1. En la tienda quedan; vaya por ellas Vademécum. 20 Mús. 2. Vaya... Mas yo quiero ir por ellas. Mús. 1. De camino, Entrase el un músico. diga a mi oíslo que, si viene alguno 25 al rapio rapis, que me aguarde un [poco, que no haré sino colar seis tragos y cantar dos tonadas y partirme:
DEL RUFIAN VIUDO p. 33 que ya el señor Trampagos, según [muestra, está para tomar armas de gusto. Vuelve Vademécum. Vad. Ya está en el antesala el jarro. 5 Tram. Tráele. Vad. No tengo taza. Tram. Ni Dios te la depare. ¿El cuerno de orinar no está [estrenado? 10 Tráele. ¡Que te maldiga el cielo santo! Que eres bastante a deshonrar un [duque. Vad. Sosiéguese, que no ha de faltar copa, y aun copas, aunque sean de 15 [sombreros. [Aparte.] A buen seguro que éste es [churrullero. Entra uno como cautivo, con una cadena al hombro, y pónese a mirar a todos muy atento, y todos a él. 20 Rep. ¡Jesús! ¿Es visión ésta? ¿Qué es [aquesto? ¿No es éste Escarramán? El es, sin [duda. ¡Escarramán del alma, dame, amores, 25 esos brazos, columna de la hampa! Tram. ¡Oh Escarramán, Escarramán amigo! ¿Cómo es esto? ¿A dicha eres estatua? Rompe el silencio, y habla a tus [amigos. 30
ENTREMES p. 34 Piz. ¿Qué traje es éste, y qué cadena es [ésta? ¿Eres fantasma, a dicha? Yo te toco, y eres de carne y hueso. Mos. El es, amiga; 5 no lo puede negar, aunque más calle. Esc. Yo soy Escarramán; y estén atentos al cuento breve de mi larga historia. Vuelve el barbero con dos guitarras, y da la una al compañero. 10 Dio la galera al traste en Berbería, donde la furia de un juez me puso por espalder de la siniestra banda; mudé de cautiverio y de ventura; quedé en poder de turcos por esclavo; 15 de allí a dos meses, como el cielo [plugo, me levanté con una galeota; cobré mi libertad, y ya soy mío; hice voto y promesa inviolable 20 de no mudar de ropa ni de carga hasta colgarla de los muros santos de una devota ermita que en mi tierra llaman de San Millán de la Cogolla; y éste es el cuento de mi extraña 25 [historia, digna de atesorarla en mi memoria. ¿La Méndez no estará ya de [provecho? ¿Vive? 30 Juan. Y está en Granada a sus anchuras.
DEL RUFIAN VIUDO p. 35 Ruf. ¡Allí le duele al pobre todavía! Esc. ¿Qué se ha dicho de mí en aqueste [mundo, en tanto que en el otro me han tenido mis desgracias y gracia? 5 Mos. Cien mil cosas; ya te han puesto en la horca los [farsantes. Piz. Los muchachos han hecho pepitoria de todas tus medulas y tus huesos. 10 Rep. Hante vuelto divino; ¿qué más quieres? Ruf. Cántante por las plazas, por las calles; báilante en los teatros y en las casas; has dado que hacer a los poetas más que dio Troya al mantuano Títiro. 15 Juan. Oyente resonar en los establos. Rep. Las fregonas te alaban en el río; los mozos de caballos te almohazan. Ruf. Túndete el tundidor con sus tijeras; muy más que el potro rucio eres 20 [famoso. Mos. Han pasado a las Indias tus [palmeos, en Roma se han sentido tus [desgracias, 25 y hante dado botines sine numero. Vad. Por Dios, que te han molido como [alheña, y te han desmenuzado como flores, y que eres más sonado y más mocoso 30 que un reloj y que un niño de doctrina. De ti han dado querella todos cuantos
ENTREMES p. 36 bailes pasaron en la edad del gusto, con apretada y dura residencia; pero llevóse el tuyo la excelencia. Esc. Tenga yo fama, y háganme pedazos. De Efeso el templo abrasaré por 5 [ella. Tocan de improviso los músicos, y comienzan a cantar este romance: [Mús.] “Ya salió de las gurapas el valiente Escarramán, 10 para asombro de la gura y para bien de su mal.” Esc. ¿Es aquesto brindarme, por ventura? ¿Piensan se me ha olvidado el [regodeo? 15 Pues más ligero vengo que solía. Si no, toquen, y vaya, y fuera ropa. Piz. ¡Oh flor y fruto de los bailarines, y qué bueno has quedado! Vad. Suelto y limpio. 20 Juan. El honrará las bodas de Trampagos. Esc. Toquen; verán que soy hecho de [azogue. Mús. Váyanse todos por lo que cantare, y no será posible que se yerren. 25 Esc. Toquen, que me deshago y que me [bullo. Rep. Ya me muero por verle en la [estacada. Mús. Estén alerta todos. 30 Ruf. Ya lo estamos.
DEL RUFIAN VIUDO p. 37 Cantan. [Mús.] “Ya salió de las gurapas el valiente Escarramán, para asombro de la gura y para bien de su mal. 5 Ya vuelve a mostrar al mundo su felice habilidad, su ligereza y su brío y su presencia real. Pues falta la Coscolina, 10 supla ahora en su lugar la Repulida olorosa, más que la flor de azahar; y, en tanto que se remonda la Pizpita sin igual, 15 de la gallarda el paseo nos muestre aquí Escarramán.” Tocan la gallarda; dánzala Escarramán, que le ha de hacer el bailarín, y, en habiendo hecho una mudanza, prosíguese el romance. 20 “La Repulida comience, con su brío, a rastrear, pues ella fue la primera que nos le vino a mostrar. Escarramán la acompañe, 25 la Pizpita otro que tal, Chiquiznaque y la Mostrenca, con Juan Claros el galán. ¡Vive Dios, que va de perlas! No se puede desear 30
ENTREMES p. 38 más ligereza o más garbo, más certeza o más compás. ¡A ello, hijos, a ello! No se pueden alabar otras ninfas ni otros rufos 5 que nos pueden igualar. ¡Oh, qué desmayar de manos! ¡Oh, qué huir y qué juntar! ¡Oh, qué nuevos laberintos, donde hay salir y hay entrar! 10 Muden el baile a su gusto, que yo le sabré tocar: el canario o las gambetas, o al villano se lo dan, zarabanda o zambapalo, 15 el pésame de ello y más, el rey don Alonso el Bueno, gloria de la antigüedad.” Esc. El canario, si le tocan, a solas quiero bailar. 20 Mús. Tocaréle yo de plata; tú de oro le bailarás. Toca el canario, y baila solo Escarramán; y, en habiéndole bailado, diga: Esc. Vaya el villano a lo burdo, 25 con la cebolla y el pan, y acompáñenme los tres. Mús. Que te bendiga San Juan. Bailan el villano, como bien saben, y, acabado el
DEL RUFIAN VIUDO p. 39 villano, pida Escarramán el baile que quisiere, y, acabado, diga Trampagos: Tram. Mis bodas se han celebrado mejor que las de Roldán. Todos digan como digo: 5 ¡Viva, viva Escarramán! Todos. ¡Viva, viva!
p. 40
p. 41 ENTREMES DE LA elección de los alcaldes de Daganzo. Salen el bachiller Pesuña; Pedro Estornudo, escribano; Panduro, regidor; y Alonso Algarroba, 5 regidor. Pan. Rellánense, que todo saldrá a cuajo, si es que lo quiere el cielo benditísimo. Alg. Mas echémoslo a doce, y no se [venda. 10 [Pan.] Paz, que no será mucho que salgamos bien del negocio, si lo quiere el cielo. [Alg.] Que quiera o que no quiera, es lo que [importa. Pan. ¡Algarroba, la luenga se os deslicia! 15 Hablad acomedido y de buen rejo, que no me suenan bien esas palabras: “Quiera o no quiera el cielo.” Por San [Junco, que, como presumís de resabido, 20 os arrojáis a trochemoche en todo. Alg. Cristiano viejo soy a todo ruedo, y creo en Dios a pies juntillos. Bach. Bueno;
ENTREMES p. 42 no hay más que desear. Alg. Y si por suerte hablé mal, yo confieso que soy ganso, y doy lo dicho por no dicho. Est. Basta; 5 no quiere Dios del pecador más malo, sino que viva y se arrepienta. Alg. Digo que vivo y me arrepiento, y que [conozco 10 que el cielo puede hacer lo que él [quisiere, sin que nadie le pueda ir a la mano, especial cuando llueve. Pan. De las nubes, 15 Algarroba, cae el agua, no del cielo. Alg. ¡Cuerpo del mundo! Si es que aquí [venimos a reprochar los unos a los otros, dígannoslo, que a fe que no le falten 20 reproches a Algarroba a cada paso. Bach. Redeamus ad rem, señor Panduro y señor Algarroba; no se pase el tiempo en niñerías excusadas. ¿Juntámonos aquí para disputas 25 impertinentes? Bravo caso es éste, que siempre que Panduro y Algarroba están juntos, al punto se levantan entre ellos mil borrascas y tormentas de mil contradictorias intenciones. 30 Est. El señor bachiller Pesuña tiene demasiada razón. Véngase al punto,
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 43 y mírese qué alcaldes nombraremos para el año que viene, que sean tales, que no los pueda calumniar Toledo, sino que los confirme y dé por [buenos, 5 pues para esto ha sido nuestra junta. Pan. De las varas hay cuatro pretensores: Juan Berrocal, Francisco de Humillos, Miguel Jarrete y Pedro de la Rana, hombres todos de chapa y de 10 [caletre, que pueden gobernar, no que a [Daganzo, sino a la misma Roma. Alg. A Romanillos. 15 Est. ¿Hay otro apuntamiento? ¡Por San [Pito, que me salga del corro! Alg. Bien parece que se llama Estornudo el escribano, 20 que así se le encarama y sube el [humo. Sosiéguese, que yo no diré nada. Pan. ¿Hallarse han, por ventura, en todo el [sorbe...? 25 Alg. ¿Qué es sorbe? ¿Sorbehuevos? Orbe [diga el discreto Panduro, y serle ha sano. Pan. Digo que en todo el mundo no es [posible 30 que se hallen cuatro ingenios como [aquestos
ENTREMES p. 44 de nuestros pretensores. Alg. Por lo menos, yo sé que Berrocal tiene el más lindo distinto... Est. ¿Para qué? 5 Alg. Para ser sacre en esto de mojón y catavinos. En mi casa probó los días pasados una tinaja, y dijo que sabía el claro vino a palo, a cuero y hierro. 10 Acabó la tinaja su camino, y hallóse en el asiento de ella un palo pequeño, y de él prendía una correa de cordobán y una pequeña llave. Est. ¡Oh rara habilidad! ¡Oh raro ingenio! 15 Bien puede gobernar el que tal sabe a Alanís y a Cazalla, y aun a [Esquivias. Alg. Miguel Jarrete es águila. Bach. ¿En qué modo? 20 Alg. En tirar con un arco de bodoques. Bach. ¿Qué? ¿Tan certero es? Alg. Es de manera, que, si no fuese porque los más tiros se da en la mano izquierda, no habría 25 [pájaro en todo este contorno. Bach. Para alcalde, es rara habilidad y necesaria. Alg. ¿Qué diré de Francisco de Humillos? 30 Un zapato remienda como un sastre. Pues Pedro de la Rana, no hay memoria
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 45 que a la suya se iguale: en ella tiene del antiguo y famoso perro de Alba todas las coplas, sin que letra falte. Pan. Este lleva mi voto. Est. Y aun el mío. 5 Alg. A Berrocal me atengo. Bach. Yo a ninguno, si es que no dan más pruebas de su [ingenio, a la jurisprudencia encaminadas. 10 Alg. Yo daré un buen remedio, y es [aquéste: hagan entrar los cuatro pretendientes, y el señor bachiller Pesuña puede examinarlos, pues del arte sabe, 15 y, conforme a su ciencia, así veremos quién podrá ser nombrado para el [cargo. Est. ¡Vive Dios, que es rarísima [advertencia! 20 Pan. Aviso es que podrá servir de arbitrio para Su Jamestad: que, como en corte hay potramédicos, haya potraalcaldes. Alg. Prota, señor Panduro, que no potra. Pan. Como vos no hay friscal en todo el 25 [mundo. Alg. Fiscal, ¡pese a mis males! Est. ¡Por Dios santo, que es Algarroba impertinente! Alg. Digo 30 que, pues se hace examen de [barberos,
ENTREMES p. 46 de herradores, de sastres, y se hace de cirujanos y otras zarandajas, también se examinasen para alcaldes, y, al que se hallase suficiente y hábil para tal menester, que se le diese 5 carta de examen, con la cual podría el tal examinado remediarse. Porque, de lata en una blanca caja la carta acomodando merecida, a tal pueblo podrá llegar el pobre 10 que le pesen a oro: que hay hogaño carestía de alcaldes de caletre en lugares pequeños casi siempre. Bach. Ello está muy bien dicho y bien [pensado. 15 Llamen a Berrocal; entre, y veamos dónde llega la raya de su ingenio. Alg. Humillos, Rana, Berrocal, Jarrete, los cuatro pretensores se han entrado; Entran estos cuatro labradores. 20 ya los tienes presentes. Bach. Bien venidos sean vuestras mercedes. Ber. Bien hallados vuestras mercedes sean. 25 Pan. Acomódense, que asientos sobran. Hum. Siéntome y me siento. Jar. Todos nos sentaremos, Dios loado. Ran. ¿De qué os sentís, Humillos? 30 Hum. De que vaya
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 47 tan a la larga nuestro nombramiento. ¿Hémoslo de comprar a gallipavos, a cántaros de arrope y a [abiervadas, y botas de lo añejo tan crecidas, 5 que se arremetan a ser cueros? [Díganlo, y pondráse remedio y diligencia. Bach. No hay sobornos aquí; todos estamos de un común parecer, y es que, el que 10 [fuere más hábil para alcalde, ése se tenga por escogido y por llamado. Ran. Bueno; yo me contento. 15 Ber. Y yo. Bach. Mucho en buen hora. Hum. También yo me contento. Jar. De ello gusto. Bach. ¿Vaya de examen, pues? 20 Hum. De examen venga. Bach. ¿Sabéis leer, Humillos? Hum. No, por cierto, ni tal se probará que en mi linaje haya persona tan de poco asiento, 25 que se ponga a aprender esas [quimeras, que llevan a los hombres al [brasero, y a las mujeres a la casa llana. 30 Leer no sé; mas sé otras cosas tales, que llevan al leer ventajas muchas.
ENTREMES p. 48 Bach. ¿Y cuáles cosas son? Hum. Sé de memoria todas cuatro oraciones, y las rezo cada semana cuatro y cinco veces. Ran. ¿Y con eso pensáis de ser alcalde? 5 Hum. Con esto, y con ser yo cristiano viejo, me atrevo a ser un senador romano. Bach. Está muy bien. Jarrete diga ahora qué es lo que sabe. Jar. Yo, señor Pesuña, 10 sé leer, aunque poco; deletreo y ando en el be-a-ba bien ha tres [meses, y en cinco más daré con ello a un cabo; y, además de esta ciencia que ya aprendo, 15 sé calzar un arado bravamente, y herrar casi en tres horas cuatro [pares de novillos briosos y cerreros; soy sano de mis miembros, y no tengo 20 sordez ni cataratas, tos ni reumas, y soy cristiano viejo como todos, y tiro con un arco como un Tulio. Alg. ¡Raras habilidades para alcalde, necesarias y mucha[s]! 25 Bach. Adelante. ¿Qué sabe Berrocal? Ber. Tengo en la lengua toda mi habilidad, y en la garganta; no hay mojón en el mundo que me 30 [llegue: sesenta y seis sabores estampados
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 49 tengo en el paladar, todos vináticos. Alg. ¿Y quiere ser alcalde? Ber. Y lo requiero; pues cuando estoy armado a lo de [Baco, 5 así se me aderezan los sentidos, que me parece a mí que en aquel punto podría prestar leyes a Licurgo y limpiarme con Bártulo. Pan. ¡Pasito, 10 que estamos en concejo! Ber. No soy nada melindroso ni puerco; sólo digo que no se me malogre mi justicia, que echaré el bodegón por la ventana. 15 Bach. ¿Amenazas aquí? ¡Por vida mía, mi señor Berrocal, que valen poco! ¿Qué sabe Pedro Rana? Ran. Como Rana, habré de cantar mal; pero, con todo, 20 diré mi condición, y no mi ingenio. Yo, señores, si acaso fuese alcalde, mi vara no sería tan delgada como las que se usan de ordinario: de fina encina o de un roble la haría, 25 y gruesa de dos dedos, temeroso que no me la encorvase el dulce peso de un bolsón de ducados, ni otras [dádivas, o ruegos, o promesas, o favores 30 que pesan como plomo, y no se [sienten
ENTREMES p. 50 hasta que os han brumado las [costillas del cuerpo y alma; y, junto con aquesto, sería bien criado y comedido, parte severo y nada riguroso. 5 Nunca deshonraría al miserable que ante mí le trajesen sus delitos: que suele lastimar una palabra de un juez arrojado, de afrentosa, mucho más que lastima su sentencia, 10 aunque en ella se intime cruel [castigo. No es bien que el poder quite la [crianza, ni que la sumisión de un delincuente 15 haga al juez soberbio y arrogante. Alg. ¡Vive Dios, que ha cantado nuestra [Rana mucho mejor que un cisne cuando [muere! 20 Pan. Mil sentencias ha dicho censorinas. Alg. De Catón Censorino: bien ha dicho el regidor Panduro. Pan. Reprochadme. Alg. Su tiempo se vendrá. 25 Est. Nunca acá venga. ¡Terrible inclinación es, Algarroba, la vuestra en reprochar! Alg. ¡No más, so escriba! Est. ¡Qué escriba, fariseo! 30 Bach. ¡Por San Pedro, que son muy demasiadas demasías
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 51 éstas! Alg. Yo me burlaba. Est. Y yo me burlo. Bach. Pues no se burlen más, por vida mía. Alg. Quien miente, miente. 5 Est. Y quien verdad pronuncia, dice verdad. Alg. Verdad. Est. Pues punto en boca. Hum. Esos ofrecimientos que ha hecho Rana, 10 son desde lejos. A fe que si él [empuña vara, que él se trueque, y sea otro [hombre del que ahora parece. 15 Bach. Está de molde lo que Humillos ha dicho. Hum. Y más añado: que, si me dan la vara, verán cómo no me mudo, ni trueco, ni me cambio. 20 Bach. Pues veis aquí la vara, y haced cuenta que sois alcalde ya. Alg. ¡Cuerpo del mundo! ¿La vara le dan zurda? Hum. ¿Cómo zurda? 25 Alg. ¿Pues no es zurda esta vara? Un sordo [o mudo lo podrá echar de ver desde una legua. Hum. ¿Cómo, pues, si me dan zurda la [vara, 30 quieren que juzgue yo derecho? Est. El diablo
ENTREMES p. 52 tiene en el cuerpo este Algarroba; [miren dónde jamás se han visto varas zurdas. Entra uno. Uno. Señores, aquí están unos gitanos, 5 con unas gitanillas milagrosas, y, aunque la ocupación se les ha dicho en que están sus mercedes, todavía porfían que han de entrar a dar [solacio 10 a sus mercedes. Bach. Entren, y veremos si nos podrán servir para la fiesta del Corpus, de quien yo soy [mayordomo. 15 Pan. Entren mucho en buen hora. Ber. Entren luego. Hum. Por mí, ya los deseo. Jar. Pues yo, ¡pajas! Ran. ¿Ellos no son gitanos? Pues adviertan 20 que no nos hurten las narices. Uno. Ellos, sin que los llamen, vienen; ya están [dentro. Entran los músicos de gitanos, y dos gitanas bien 25 aderezadas, y al son de este romance, que han de cantar los músicos, ellas dancen. [Mús.] “Reverencia os hace el cuerpo, regidores de Daganzo, hombres buenos de repente, 30
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 53 hombres buenos de pensado, de caletre prevenidos para proveer los cargos que la ambición solicita entre moros y cristianos. 5 Parece que os hizo el cielo, el cielo, digo, estrellado, Sansones para las letras, y para las fuerzas, Bártulos.” Jar. Todo lo que se canta toca historia. 10 Hum. Ellas y ellos son únicos y ralos. Alg. Algo tienen de espesos. Bach. Ea, sufficit. Mús. “Como se mudan los vientos, como se mudan los ramos, 15 que, desnudos en invierno, se visten en el verano, mudaremos nuestros bailes por puntos y a cada paso, pues mudarse las mujeres 20 no es nuevo ni extraño caso. ¡Vivan de Daganzo los regidores, que parecen palmas, puesto que son [robles!” Bailan. 25 Jar. ¡Brava trova, por Dios! Hum. Y muy sentida. Ber. Estas se han de imprimir, para que [quede memoria de nosotros en los siglos 30 de los siglos. Amén. Bach. Callen, si pueden.
ENTREMES p. 54 Mús. “Vivan y revivan, y en siglos veloces del tiempo los días pasen con las noches, sin trocar la edad, 5 que treinta años forme, ni tocar las hojas de sus alcornoques. Los vientos que anegan, si contrarios corren, 10 cual céfiros blandos en sus mares soplen. “¡Vivan de Daganzo los regidores, que palmas parecen, puesto que son [robles!” 15 Bach. El estribillo, en parte, me desplace; pero, con todo, es bueno. Ber. Ea, callemos. Mús. “Pisaré yo el polvico, atán menudico; 20 pisaré yo el polvó, atán menudó”. Pan. Estos músicos hacen pepitoria de su cantar. Hum. Son diablos los gitanos. 25 Mús. “Pisaré yo la tierra, por más que esté dura, puesto que me abra en ella amor sepultura, pues ya mi buena ventura 30 amor la pisó, atán menudó.
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 55 Pisaré yo lozana el más duro suelo, si en él acaso pisas el mal que recelo. Mi bien se ha pasado en vuelo, 5 y el polvo dejó, atán menudó.” Entra un sotasacristán muy mal endeliñado. Sac. Señores regidores, ¡voto a ...! Digo que es de bellacos tanto pasatiempo. 10 ¿Así se rige el pueblo, noramala, entre guitarras, bailes y bureos? Bach. Agarradle, Jarrete. Jar. Ya le agarro. Bach. Traigan aquí una manta, que, por 15 [Cristo, que se ha de mantear este bellaco, necio, desvergonzado e insolente, y atrevido además. Sac. Oigan, señores. 20 Alg. Volveré con la manta a las volanzas. Entrase Algarroba. Sac. Miren que les intimo que soy présbiter. Bach. ¿Tú presbítero, infame? Sac. Yo presbítero, 25 o de prima tonsura, que es lo mismo. Pan. Ahora lo veréis, dijo Agrajes. Sac. No hay Agrajes aquí. Pan. Pues habrá grajos
ENTREMES p. 56 que te piquen la lengua y aun los [ojos. Ran. Dime, desventurado: ¿qué demonio se revistió en tu lengua? ¿Quién te [mete 5 a ti en reprehender a la justicia? ¿Has tú de gobernar a la república? Métete en tus campanas y en tu oficio; deja a los que gobiernan, que ellos [saben 10 lo que han de hacer mejor que no [nosotros: si fueren malos, ruega por su [enmienda; si buenos, porque Dios no nos los 15 [quite. Bach. Nuestro Rana es un santo y un [bendito. Vuelve Algarroba; trae la manta. Alg. No ha de quedar por manta. 20 Bach. Asgan, pues, todos, sin que queden gitanos ni gitanas. ¡Arriba, amigos! Sac. ¡Por Dios, que va de veras! ¡Vive Dios, si me enojo, que bonito 25 soy yo para estas burlas! ¡Por San [Pedro, que están descomulgados todos [cuantos han tocado los pelos de la manta! 30 Ran. Basta, no más; aquí cese el castigo,
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 57 que el pobre debe estar arrepentido. Sac. Y molido, que es más. De aquí [adelante, me coseré la boca con dos cabos de zapatero. 5 Ran. Aqueso es lo que importa. Bach. Vénganse los gitanos a mi casa, que tengo qué decirles. Git. Tras ti vamos. Bach. Quedarse ha la elección para mañana, 10 y desde luego doy mi voto a Rana. Git. ¿Cantaremos, señor? Bach. Lo que quisiereis. Pan. No hay quien cante cual nuestro Rana [canta. 15 Jar. No solamente canta, sino encanta. Entranse cantando: “Pisaré yo el polvico...”
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p. 59 ENTREMES DE LA guarda cuidadosa. Sale un soldado a lo pícaro, con una muy mala banda y un anteojo, y detrás de él un mal sacristán. Sol. ¿Qué me quieres, sombra vana? 5 Sac. No soy sombra vana, sino cuerpo macizo. Sol. Pues, con todo eso, por la fuerza de mi desgracia te conjuro que me digas quién eres, y qué es lo que buscas por 10 esta calle. Sac. A eso te respondo, por la fuerza de mi dicha, que soy Lorenzo Pasillas, sotasacristán de esta parroquia, y busco en esta calle lo que hallo, y tú buscas 15 y no hallas. Sol. ¿Buscas, por ventura, a Cristinica, la fregona de esta casa? Sac. Tu dixisti. Sol. Pues ven acá, sotasacristán de Satanás. 20 Sac. Pues voy allá, caballo de Ginebra. Sol. Bueno: sota y caballo; no falta sino el rey para tomar las manos. Ven acá, digo otra vez. ¿Y tú no sabes, Pasillas, que pasado te vea yo con un chuzo, 25 que Cristinica es prenda mía?
ENTREMES p. 60 Sac. ¿Y tú no sabes, pulpo vestido, que esa prenda la tengo yo rematada, que está por sus cabales y por mía? Sol. ¡Vive Dios, que te dé mil cuchilladas y que te haga la cabeza pedazos! 5 Sac. Con las que le cuelgan de esas calzas, y con los de ese vestido, se podrá entretener, sin que se meta con los de mi cabeza. Sol. ¿Has hablado alguna vez a Cristina? 10 Sac. Cuando quiero. Sol. ¿Qué dádivas le has hecho? Sac. Muchas. Sol. ¿Cuántas, y cuáles? Sac. Dile una de estas cajas de carne de 15 membrillo muy grande, llena de cercenaduras de hostias blancas como la misma nieve, y de añadidura, cuatro cabos de velas de cera, asimismo blancas como un armiño. 20 Sol. ¿Qué más le has dado? Sac. En un billete envueltos, cien mil deseos de servirla. Sol. Y ella, ¿cómo te ha correspondido? Sac. Con darme esperanzas propincuas de 25 que ha de ser mi esposa. Sol. ¿Luego no eres de Epístola? Sac. Ni aun de completas. Motilón soy, y puedo casarme cada y cuando me viniere en voluntad, y presto lo veréis. 30 Sol. Ven acá, motilón arrastrado; respóndeme a esto que preguntarte quiero.
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 61 Si esta muchacha ha correspondido tan altamente, lo cual yo no creo, a la miseria de tus dádivas, ¿cómo corresponderá a la grandeza de las mías? Que el otro día le envié un billete 5 amoroso, escrito, por lo menos, en un revés de un memorial que di a Su Majestad significándole mis servicios y mis necesidades presentes --que no cae en mengua el soldado que dice 10 que es pobre--, el cual memorial salió decretado y remitido al limosnero mayor. Y sin atender a que, sin duda alguna, me podía valer cuatro o seis reales, con liberalidad increíble y con 15 desenfado notable, escribí en el revés de él, como he dicho, mi billete, y sé que de mis manos pecadoras llegó a las suyas casi santas. Sac. ¿Hasle enviado otra cosa? 20 Sol. Suspiros, lágrimas, sollozos, parasismos, desmayos, con toda la caterva de las demostraciones necesarias que para descubrir su pasión los buenos enamorados usan y deben de usar 25 en todo tiempo y sazón. Sac. ¿Hasle dado alguna música concertada? Sol. La de mis lamentos y congojas, la(s) de mis ansias y pesadumbres. 30 Sac. Pues a mí me ha acontecido dársela con mis campanas a cada paso, y
ENTREMES p. 62 tanto, que tengo enfadada a toda la vecindad con el continuo ruido que con ellas hago, sólo por darle contento y porque sepa que estoy en la torre ofreciéndome a su servicio; y, aunque 5 haya de tocar a muerto, repico a vísperas solemnes. Sol. En eso me llevas ventaja, porque no tengo qué tocar, ni cosa que lo valga. Sac. ¿Y de qué manera ha correspondido 10 Cristina a la infinidad de tantos servicios como le has hecho? Sol. Con no verme, con no hablarme, con maldecirme cuando me encuentra por la calle, con derramar sobre mí las 15 lavazas cuando jabona y el agua de fregar cuando friega; y esto es cada día, porque todos los días estoy en esta calle y a su puerta; porque soy su guarda cuidadosa; soy, en fin, el 20 perro del hortelano, &c. Yo no la gozo, ni ha de gozarla ninguno mientras yo viviere; por eso, váyase de aquí el señor sotasacristán, que, por haber tenido y tener respeto a las órdenes 25 que tiene, no le tengo ya rompidos los cascos. Sac. A rompérmelos como están rotos esos vestidos, bien rotos estuvieran. Sol. El hábito no hace al monje; y tanta 30 honra tiene un soldado roto por causa de la guerra, como la tiene un colegial
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 63 con el manto hecho añicos, porque en él se muestra la antigüedad de sus estudios. Y váyase, que haré lo que dicho tengo. Sac. ¿Es porque me ve sin armas? Pues 5 espérese aquí, señor guarda cuidadosa, y verá quién es Callejas. Sol. ¿Qué puede ser un Pasillas? Sac. Ahora lo veréis, dijo Agrajes. Entrase el sacristán. 10 Sol. ¡Oh mujeres, mujeres, todas, o las más, mudables y antojadizas! Dejas, Cristina, a esta flor, a este jardín de la soldadesca, y acomódaste con el muladar de un sotasacristán, pudiendo 15 acomodarte con un sacristán entero, y aun con un canónigo. Pero yo procuraré que te entre en mal provecho, si puedo, aguando tu gusto, con ojear de esta calle y de tu puerta los que 20 imaginare que por alguna vía pueden ser tus amantes, y así vendré a alcanzar nombre de la guarda cuidadosa. Entra un mozo con su caja y ropa verde, como estos 25 que piden limosna para alguna imagen. Mozo. Den, por Dios, para la lámpara del aceite de Señora Santa Lucía, que les guarde la vista de los ojos. ¡Ah de casa! ¿Dan la limosna? 30
ENTREMES p. 64 Sol. ¡Hola, amigo Santa Lucía! Venid acá. ¿Qué es lo que queréis en esa casa? Mozo. ¿Ya vuestra merced no lo ve? Limosna para la lámpara del aceite de Señora Santa Lucía. 5 Sol. ¿Pedís para la lámpara, o para el aceite de la lámpara? Que, como decís limosna para la lámpara del aceite, parece que la lámpara es del aceite, y no el aceite de la lámpara. 10 Mozo. Ya todos entienden que pido para aceite de la lámpara, y no para la lámpara del aceite. Sol. ¿Y suélenos dar limosna en esta casa? Mozo. Cada día, dos maravedís. 15 Sol. ¿Y quién sale a dároslos? Mozo. Quien se halla más a mano; aunque las más veces sale una fregoncita que se llama Cristina, bonita como un oro. Sol. ¿Así que es la fregoncita bonita como 20 un oro? Mozo. Y como unas perlas. Sol. ¿De modo que no os parece mal a vos la muchacha? Mozo. Pues aunque yo fuera hecho de leño, 25 no pudiera parecerme mal. Sol. ¿Cómo os llamáis? Que no querría volveros a llamar Santa Lucía. Mozo. Yo, señor, Andrés me llamo. Sol. Pues, señor Andrés, esté en lo que 30 quiero decirle: tome este cuarto de a ocho, y haga cuenta que va pagado
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 65 por cuatro días de la limosna que le dan en esta casa y suele recibir por mano de Cristina, y váyase con Dios, y séale aviso que por cuatro días no vuelva a llegar a esta puerta ni por 5 lumbre, que le romperé las costillas a coces. Mozo. Ni aun volveré en este mes, si es que me acuerdo. No tome vuestra merced pesadumbre, que ya me voy. 10 Vase. Sol. No sino dormíos, guarda cuidadosa. Extra otro mozo vendiendo y pregonando tranzaderas, holanda de Cambray, randas de Flandes e hilo portugués. 15 Uno. ¿Compran tranzaderas, randas de Flandes, holanda, cambray, hilo portugués? Cristina, a la ventana. Cris. ¡Hola, Manuel! ¿Traéis vivos para unas camisas? 20 Uno. Sí traigo, y muy buenos. Cris. Pues entra, que mi señora los ha menester. Sol. ¡Oh estrella de mi perdición, antes que norte de mi esperanza! Tranzaderas, o 25 como os llamáis, ¿conocéis aquella doncella que os llamó desde la ventana?
ENTREMES p. 66 Uno. Sí conozco. Pero ¿por qué me lo pregunta vuestra merced? Sol. ¿No tiene muy buen rostro y muy buena gracia? Uno. A mí así me lo parece. 5 Sol. Pues también me parece a mí que no entre dentro de esa casa; si no, ¡por Dios, de molerle los huesos, sin dejarle ninguno sano! Uno. ¿Pues no puedo yo entrar adonde me 10 llaman para comprar mi mercadería? Sol. Vaya, no me replique, que haré lo que digo, y luego. Uno. ¡Terrible caso! ¡Pasito, señor soldado, que ya me voy! 15 Vase Manuel. Cristina, a la ventana. Cris. ¿No entras, Manuel? Sol. Ya se fue Manuel, señora la de los vivos, y aun señora la de los muertos, 20 porque a muertos y a vivos tienes debajo de tu mando y señorío. Cris. ¡Jesús, y qué enfadoso animal! ¿Qué quieres en esta calle y en esta puerta? Entrase Cristina. 25 Sol. ¡Encubrióse y púsose mi sol detrás de las nubes! Entra un zapatero con unas chinelas pequeñas
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 67 nuevas en la mano, y, yendo a entrar en casa de Cristina, detiénele el soldado. Sol. Señor bueno, ¿busca vuestra merced algo en esta casa? Zap. Sí busco. 5 Sol. ¿Y a quién, si fuere posible saberlo? Zap. ¿Por qué no? Busco a una fregona que está en esta casa, para darle estas chinelas que me mandó hacer. Sol. ¿De manera que vuestra merced es su 10 zapatero? Zap. Muchas veces la he calzado. Sol. ¿Y hale de calzar ahora estas chinelas? Zap. No será menester; si fueran zapatillos 15 de hombre, como ella los suele traer, sí calzara. Sol. Y éstas, ¿están pagadas, o no? Zap. No están pagadas: que ella me las ha de pagar ahora. 20 Sol. ¿No me haría vuestra merced una merced, que sería para mí muy grande, y es que me fiase estas chinelas, dándole yo prendas que lo valiesen, hasta desde aquí a dos días, que espero 25 tener dineros en abundancia? Zap. Sí haré, por cierto. Venga la prenda: que, como soy pobre oficial, no puedo fiar a nadie. Sol. Yo le daré a vuestra merced un 30 mondadientes que le estimo en mucho, y no le dejaré por un escudo. ¿Dónde
ENTREMES p. 68 tiene vuestra merced la tienda, para que vaya a quitarle? Zap. En la calle Mayor, en un poste de aquéllos; y llámome Juan Juncos. Sol. Pues, señor Juan Juncos, el mondadientes 5 es éste, y estímele vuestra merced en mucho, porque es mío. Zap. ¿Pues una biznaga, que apenas vale dos maravedís, quiere vuestra merced que estime en mucho? 10 Sol. ¡Oh pecador de mí! No la doy yo sino para recuerdo de mí mismo, porque cuando vaya a echar mano a la faldriquera y no halle la biznaga, me venga a la memoria que la tiene vuestra merced, 15 y vaya luego a quitarla. Sí; a fe de soldado, que no la doy por otra cosa; pero si no está contento con ella, añadiré esta banda y este anteojo: que al buen pagador no le duelen prendas. 20 Zap. Aunque zapatero, no soy tan descortés, que tengo de despojar a vuestra merced de sus joyas y preseas. Vuestra merced se quede con ellas, que yo me quedaré con mis chinelas, que es lo 25 que me está más a cuento. Sol. ¿Cuántos puntos tienen? Zap. Cinco escasos. Sol. Más escaso soy yo, chinelas de mis entrañas, pues no tengo seis reales 30 para pagaros, chinelas de mis entrañas. Escuche vuestra merced, señor zapatero,
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 69 que quiero glosar aquí de repente este verso, que me ha salido medido: “Chinelas de mis entrañas.” Zap. ¿Es poeta vuestra merced? 5 Sol. Famoso, y ahora lo verá; estéme atento. Chinelas de mis entrañas. Glosa. Es amor tan gran tirano, 10 que, olvidado de la fe que le guardo siempre en vano, hoy con la funda de un pie da a mi esperanza de mano. Estas son vuestras hazañas, 15 fundas pequeñas y hurañas, que ya mi alma imagina que sois, por ser de Cristina, chinelas de mis entrañas. Zap. A mí poco se me entiende de trovas; 20 pero éstas me han sonado tan bien, que me parecen de Lope, como lo son todas las cosas que son o parecen buenas. Sol. Pues, señor, ya que no lleva remedio 25 de fiarme estas chinelas, que no fuera mucho, y más sobre tan dulces prendas, por mi mal halladas, llévelo, a lo menos, de que vuestra merced me las guarde hasta desde aquí a dos días, 30
ENTREMES p. 70 que yo vaya por ellas; y por ahora, digo, por esta vez, el señor zapatero no ha de ver ni hablar a Cristina. Zap. Yo haré lo que me manda el señor soldado, porque se me trasluce de qué 5 pies cojea, que son dos: el de la necesidad y el de los celos. Sol. Ese no es ingenio de zapatero, sino de colegial trilingüe. Zap. ¡Oh celos, celos! ¡Cuán mejor os llamaran 10 duelos, duelos! Entrase el zapatero. Sol. No sino no seáis guarda, y guarda cuidadosa, y veréis cómo se os entra[n] mosquitos en la cueva donde está el 15 licor de vuestro contento. Pero ¿qué voz es ésta? Sin duda, es la de mi Cristina, que se desenfada cantando cuando barre o friega. Suenan dentro platos, como que friegan, y cantan: 20 Sacristán de mi vida, tenme por tuya, y, fiado en mi fe, canta aleluya. Sol. ¡Oídos que tal oyen! Sin duda, el 25 sacristán debe de ser el brinco de su alma. ¡Oh platera, la más limpia que tiene, tuvo o tendrá el calendario de las fregonas! ¿Por qué, así como limpias esa loza talaveril que traes 30
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 71 entre las manos, y la vuelves en bruñida y tersa plata, no limpias esa alma de pensamientos bajos y sotasacristaniles? Entra el amo de Cristina. 5 Amo. Galán, ¿qué quiere o qué busca a esta puerta? Sol. Quiero más de lo que sería bueno, y busco lo que no hallo. Pero ¿quién es vuestra merced que me lo pregunta? 10 Amo. Soy el dueño de esta casa. Sol. ¿El amo de Cristinica? Amo. El mismo. Sol. Pues lléguese vuestra merced a esta parte, y tome este envoltorio de 15 papeles, y advierta que ahí dentro van las informaciones de mis servicios, con veinte y dos fes de veinte y dos generales debajo de cuyos estandartes he servido, amén de otras treinta y 20 cuatro de otros tantos maestres de campo que se han dignado de honrarme con ellas. Amo. Pues no ha habido, a lo que yo alcanzo, tantos generales ni maestres de 25 campo de infantería española de cien años a esta parte. Sol. Vuestra merced es hombre pacífico, y no está obligado a entendérsele mucho de las cosas de la guerra. Pase 30 los ojos por esos papeles, y verá en
ENTREMES p. 72 ellos, unos sobre otros, todos los generales y maestres de campo que he dicho. Amo. Yo los doy por pasados y vistos; pero ¿de qué sirve darme cuenta de esto? 5 Sol. De que hallará vuestra merced por ellos ser posible ser verdad una que ahora diré, y es que estoy consultado en uno de tres castillos y plazas que están vacas en el reino de 10 Nápoles, conviene a saber: Gaeta, Barleta y Rijobes. Amo. Hasta ahora, ninguna cosa me importa a mí estas relaciones que vuestra merced me da. 15 Sol. Pues yo sé que le han de importar, siendo Dios servido. Amo. ¿En qué manera? Sol. En que por fuerza, si no se cae el cielo, tengo de salir proveído en una 20 de estas plazas, y quiero casarme ahora con Cristinica; y, siendo yo su marido, puede vuestra merced hacer de mi persona y de mi mucha hacienda como de cosa propia: que no tengo de 25 mostrarme desagradecido a la crianza que vuestra merced ha hecho a mi querida y amada consorte. Amo. Vuestra merced lo ha de los cascos más que de otra parte. 30 Sol. ¿Pues sabe cuánto le va, señor dulce? ¡Que me la ha de entregar luego luego,
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 73 o no ha de atravesar los umbrales de su casa! Amo. ¿Hay tal disparate? ¿Y quién ha de ser bastante para quitarme que no entre en mi casa? 5 Vuelve el sotasacristán Pasillas, armado con un tapador de tinaja y una espada muy mohosa; viene con él otro sacristán, con un morrión y una vara o palo, atado a él un rabo de zorra. Sac. ¡Ea, amigo Grajales, que éste es el 10 turbador de mi sosiego! Gra. No me pesa sino que traigo las armas endebles y algo tiernas: que ya le hubiera despachado al otro mundo a toda diligencia. 15 Amo. ¡Ténganse, gentiles hombres! ¿Qué desmán y qué acecinamiento es éste? Sol. ¡Ladrones! ¿A traición y en cuadrilla? ¡Sacristanes falsos, voto a tal, que os tengo de horadar, aunque tengáis más 20 órdenes que un ceremonial! ¡Cobarde! ¿A mí con rabo de zorra? ¿Es notarme de borracho, o piensas que estás quitando el polvo a alguna imagen de bulto? 25 Gra. No pienso sino que estoy ojeando los mosquitos de una tinaja de vino. A la ventana, Cristina y su ama. Cris. ¡Señora, señora, que matan a mi señor! ¡Más de dos mil espadas están 30
ENTREMES p. 74 sobre él, que relumbran que me quitan la vista! Ella. Dices verdad, hija mía. ¡Dios sea con él! ¡Santa Ursula, con las once mil vírgenes, sea en su guarda! Ven, 5 Cristina, y bajemos a socorrerle como mejor pudiéremos. Amo. ¡Por vida de vuestras mercedes, caballeros, que se tengan, y miren que no es bien usar de superchería con nadie! 10 Sol. ¡Tente, rabo, y tente, tapadorcillo; no acabéis de despertar mi cólera, que, si la acabo de despertar, os mataré, y os comeré, y os arrojaré por la puerta falsa dos leguas más allá del infierno! 15 Amo. ¡Ténganse, digo; si no, por Dios que me descomponga de modo que pese a alguno! Sol. Por mí, tenido soy: que te tengo respeto, por la imagen que tienes en tu 20 casa. Sac. Pues aunque esa imagen haga milagros, no os ha de valer esta vez. Sol. ¿Han visto la desvergüenza de este bellaco, que me viene a hacer cocos con 25 un rabo de zorra, no habiéndome espantado ni atemorizado tiros mayores que el de Dio, que está en Lisboa? Entran Cristina y su señora. Ella. ¡Ay, marido mío! ¿Estáis, por desgracia, 30 herido, bien de mi alma?
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 75 Cris. ¡Ay, desdichada de mí! Por el siglo de mi padre, que son los de la pendencia mi sacristán y mi soldado. Sol. Aun bien que voy a la parte con el sacristán: que también dijo “mi 5 soldado”. Amo. No estoy herido, señora; pero sabed que toda esta pendencia es por Cristinica. Ella. ¿Cómo por Cristinica? 10 Amo. A lo que yo entiendo, estos galanes andan celosos por ella. Ella. ¿Y es esto verdad, muchacha? Cris. Sí, señora. Ella. ¡Mirad con qué poca vergüenza lo dice! 15 ¿Y hate deshonrado alguno de ellos? Cris. Sí, señora. Ella. ¿Cuál? Cris. El sacristán me deshonró el otro día, cuando fui al Rastro. 20 Ella. ¿Cuántas veces os he dicho yo, señor, que no saliese esta muchacha fuera de casa; que ya era grande, y no convenía apartarla de nuestra vista? ¿Qué dirá ahora su padre, que nos la 25 entregó limpia de polvo y de paja? ¿Y dónde te llevó, traidora, para deshonrarte? Cris. A ninguna parte, sino allí, en mitad de la calle. 30 Ella. ¿Cómo en mitad de la calle? Cris. Allí, en mitad de la calle de Toledo, a
ENTREMES p. 76 vista de Dios y de todo el mundo, me llamó de sucia y de deshonesta, de poca vergüenza y menos miramiento, y otros muchos baldones de este jaez; y todo por estar celoso de aquel soldado. 5 Amo. ¿Luego no ha pasado otra cosa entre ti ni él sino esa deshonra que en la calle te hizo? Cris. No, por cierto; porque luego se le pasa la cólera. 10 Ella. ¡El alma se me ha vuelto al cuerpo, que le tenía ya casi desamparado! Cris. Y más, que todo cuanto me dijo fue confiado en esta cédula que me ha dado de ser mi esposo, que la tengo 15 guardada como oro en paño. Amo. Muestra; veamos. Ella. Leedla alto, marido. Amo. Así dice: “Digo yo, Lorenzo Pasillas, sotasacristán de esta parroquia, que 20 quiero bien, y muy bien, a la señora Cristina de Parraces; y en fe de esta verdad, le di ésta, firmada de mi nombre, fecha en Madrid, en el cementerio de San Andrés, a seis de mayo de este 25 presente año de mil y seiscientos y once. Testigos, mi corazón, mi entendimiento, mi voluntad y mi memoria. Lorenzo Pasillas.” ¡Gentil manera de cédula de matrimonio! 30 Sac. Debajo de decir que la quiero bien, se incluye todo aquello que ella quisiere
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 77 que yo haga por ella; porque, quien da la voluntad, lo da todo. Amo. ¿Luego, si ella quisiese, bien os casaríais con ella? Sac. De bonísima gana; aunque perdiese 5 la expectativa de tres mil maravedís de renta que ha de fundar ahora sobre mi cabeza una abuela mía, según me han escrito de mi tierra. Sol. Si voluntades se toman en cuenta, 10 treinta y nueve días hace hoy que, al entrar de la Puente Segoviana, di yo a Cristina la mía, con todos los anejos a mis tres potencias; y si ella quisiere ser mi esposa, algo irá a decir de ser 15 castellano de un famoso castillo, a un sacristán no entero, sino medio, y aun de la mitad le debe de faltar algo. Amo. ¿Tienes deseo de casarte, Cristinica? Cris. Sí tengo. 20 Amo. Pues escoge, de estos dos que se te ofrecen, el que más te agradare. Cris. Tengo vergüenza. Ella. No la tengas; porque el comer y el casar ha de ser a gusto propio, y no a 25 voluntad ajena. Cris. Vuestras mercedes, que me han criado, me darán marido como me convenga; aunque todavía quisiera escoger. Sol. Niña, échame el ojo. Mira mi garbo; 30 soldado soy, castellano pienso ser, brío tengo de corazón, soy el más
ENTREMES p. 78 galán hombre del mundo, y por el hilo de este vestidillo podrás sacar el ovillo de mi gentileza. Sac. Cristina, yo soy músico, aunque de campanas; para adornar una tumba y 5 colgar una iglesia para fiestas solemnes, ningún sacristán me puede llevar ventaja; y estos oficios bien los puedo ejercitar casado, y ganar de comer como un príncipe. 10 Amo. Ahora bien, muchacha, escoge de los dos el que te agrada, que yo gusto de ello, y con esto pondrás paz entre dos tan fuertes competidores. Sol. Yo me allano. 15 Sac. Y yo me rindo. Cris. Pues escojo al sacristán. Han entrado los músicos. Amo. Pues llamen esos oficiales de mi vecino el barbero, para que con sus 20 guitarras y voces nos entremos a celebrar el desposorio cantando y bailando, y el señor soldado será mi convidado. Sol. Acepto: 25 que, donde hay fuerza de hecho, se pierde cualquier derecho. [Mús.] Pues hemos llegado a tiempo, éste será el estribillo de nuestra letra.
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 79 Cantan el estribillo. [Sol.] “Siempre escogen las mujeres aquello que vale menos, porque excede su mal gusto a cualquier merecimiento. 5 Ya no se estima el valor, porque se estima el dinero, pues un sacristán prefieren a un roto soldado lego. Mas no es mucho: que ¿quién vio 10 que fue su voto tan necio, que a sagrado se acogiese, que es de delincuentes puerto? Que adonde hay fuerza, &c. [Sac.] Como es propio de un soldado, 15 que es sólo en los años viejo, y se halla sin un cuarto, porque ha dejado su tercio, imaginar que ser puede pretendiente de Gaiferos, 20 conquistando por lo bravo lo que yo por manso adquiero, no me afrentan tus razones, pues has perdido en el juego: que siempre un picado tiene 25 licencia para hacer fieros. Que adonde, &c.Entranse cantando y bailando.
p. 80
p. 81 ENTREMES DEL vizcaíno fingido. Entran Solórzano y Quiñones. Sol. Estas son las bolsas, y, a lo que parecen, son bien parecidas; y las cadenas 5 que van dentro, ni más ni menos. No hay sino que vos acudáis con mi intento: que, a pesar de la taimería de esta sevillana, ha de quedar esta vez burlada. 10 Qui. ¿Tanta honra se adquiere, o tanta habilidad se muestra en engañar a una mujer, que lo tomáis con tanto ahínco y ponéis tanta solicitud en ello? Sol. Cuando las mujeres son como éstas, 15 es gusto el burlarlas; cuanto más, que esta burla no ha de pasar de los tejados arriba; quiero decir, que ni ha de ser con ofensa de Dios, ni con daño de la burlada: que no son burlas las 20 que redundan en desprecio ajeno. Qui. Alto. Pues vos lo queréis, sea así. Digo que yo os ayudaré en todo cuanto me habéis dicho, y sabré fingir tan bien como vos, que no lo puedo más 25 encarecer. ¿Adónde vais ahora?
ENTREMES p. 82 Sol. Derecho en casa de la ninfa; y vos no salgáis de casa, que yo os llamaré a su tiempo. Qui. Allí estaré clavado esperando. Entranse los dos. 5 Salen dona Cristina y doña Brígida; Cristina sin manto, y Brígida con él, toda asustada y turbada. Cris. ¡Jesús! ¿Qué es lo que traes, amiga doña Brígida, que parece que quieres dar el alma a su Hacedor? 10 Brí. ¡Doña Cristina amiga, hazme aire, rocíame con un poco de agua este rostro, que me muero, que me fino, que se me arranca el alma! ¡Dios sea conmigo! ¡Confesión a toda prisa! 15 Cris. ¿Qué es esto? ¡Desdichada de mí! ¿No me dirás, amiga, lo que te ha sucedido? ¿Has visto alguna mala visión? ¿Hante dado alguna mala nueva de que es muerta tu madre, o de que 20 viene tu marido, o hante robado tus joyas? Brí. Ni he visto visión alguna, ni se ha muerto mi madre, ni viene mi marido, que aún le faltan tres meses para 25 acabar el negocio donde fue, ni me han robado mis joyas; pero hame sucedido otra cosa peor. Cris. Acaba; dímela, doña Brígida mía, que me tienes turbada y suspensa hasta 30 saberla.
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 83 Brí. ¡Ay, querida, que también te toca a ti parte de este mal suceso! Límpiame este rostro, que él y todo el cuerpo tengo bañado en sudor más frío que la nieve. ¡Desdichadas de aquellas que 5 andan en la vida libre, que, si quieren tener algún poquito de autoridad, granjeada de aquí o de allí, se la desjarretan y se la quitan al mejor tiempo! Cris. Acaba, por tu vida, amiga, y dime lo 10 que te ha sucedido, y qué es la desgracia, de quien yo también tengo de tener parte. Brí. ¡Y cómo si tendrás parte! Y mucha, si eres discreta, como lo eres. Has de 15 saber, hermana, que, viniendo ahora a verte, al pasar por la puerta de Guadalajara, oí que, en medio de infinita justicia y gente, estaba un pregonero pregonando que quitaban los coches, 20 y que las mujeres descubriesen los rostros por las calles. Cris. ¿Y ésa es la mala nueva? Brí. ¿Pues para nosotras puede ser peor en el mundo? 25 Cris. Yo creo, hermana, que debe de ser alguna reformación de los coches: que no es posible que los quiten de todo punto. Y será cosa muy acertada; porque, según he oído decir, andaba muy 30 decaída la caballería en España, porque se empanaban diez o doce
ENTREMES p. 84 caballeros mozos en un coche, y azotaban las calles de noche y de día, sin acordárseles que había caballos y jineta en el mundo; y como les falte la comodidad de las galeras de la tierra, que son 5 los coches, volverán al ejercicio de la caballería, con quien sus antepasados se honraron. Brí. ¡Ay, Cristina de mi alma! Que también oí decir que, aunque dejan algunos, 10 es con condición que no se presten, ni que en ellos ande ninguna... Ya me entiendes. Cris. Ese mal nos hagan; porque has de saber, hermana, que está en opinión, 15 entre los que siguen la guerra, cuál es mejor, la caballería o la infantería, y hase averiguado que la infantería española lleva la gala a todas las naciones. Y ahora podremos las alegres 20 mostrar a pie nuestra gallardía, nuestro garbo y nuestra bizarría; y más, yendo descubiertos los rostros, quitando la ocasión de que ninguno se llame a engaño si nos sirviese, pues nos 25 ha visto. Brí. ¡Ay, Cristina! ¡No me digas eso! ¡Qué linda cosa era ir sentada en la popa de un coche, llenándola de parte a parte, dando rostro a quien, y como, y 30 cuando quería! Y en Dios y en mi ánima te digo que, cuando alguna vez me
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 85 le prestaban, y me veía sentada en él con aquella autoridad, que me desvanecía tanto, que creía bien y verdaderamente que era mujer principal, y que más de cuatro señoras de título 5 pudieran ser mis criadas. Cris. ¿Veis, doña Brígida, cómo tengo yo razón en decir que ha sido bien quitar los coches, siquiera por quitarnos a nosotras el pecado de la vanagloria? 10 Y más, que no era bien que un coche igualase a las no tales con las tales; pues viendo los ojos extranjeros a una persona en un coche, pomposa por galas, reluciente por joyas, echaría a 15 perder la cortesía, haciéndosela a ella como si fuera a una principal señora. Así que, amiga, no debes congojarte, sino acomoda tu brío, y tu limpieza, y tu manto de soplillo sevillano, y tus 20 nuevos chapines en todo caso con las virillas de plata, y déjate ir por esas calles, que yo te aseguro que no falten moscas a tan buena miel, si quisieres dejar que a ti se lleguen: 25 que engaño en más va que en besarla durmiendo. Brí. Dios te lo pague, amiga, que me has consolado con tus advertimientos y consejos. Y en verdad que los pienso 30 poner en práctica, y pulirme y repulirme, y dar rostro a pie, y pisar el polvico
ENTREMES p. 86 atán menudico, pues no tengo quien me corte la cabeza: que este que piensan que es mi marido, no lo es, aunque me ha dado la palabra de serlo. 5 Cris. ¡Jesús! ¿Tan a la sorda, y sin llamar, se entra en mi casa? Señor, ¿qué es lo que vuestra merced manda? Entra Solórzano. Sol. Vuestra merced perdone el atrevimiento, 10 que la ocasión hace al ladrón. Hallé la puerta abierta, y entréme, dándome ánimo al entrarme venir a servir a vuestra merced, y no con palabras, sino con obras; y si es que puedo 15 hablar delante de esta señora, diré a lo que vengo y la intención que traigo. Cris. De la buena presencia de vuestra merced no se puede esperar sino que han de ser buenas sus palabras y sus 20 obras. Diga vuestra merced lo que quisiere, que la señora doña Brígida es tan mi amiga, que es otra yo misma. Sol. Con ese seguro y con esa licencia, hablaré con verdad, y con verdad, 25 señora, soy un cortesano a quien vuestra merced no conoce. Cris. Así es la verdad. Sol. Y ha muchos días que deseo servir a vuestra merced, obligado a ello de su 30 hermosura, buenas partes y mejor término;
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 87 pero estrecheces, que no faltan, han sido freno a las obras hasta ahora, que la suerte ha querido que de Vizcaya me enviase un grande amigo mío a un hijo suyo, vizcaíno, muy 5 galán, para que yo le lleve a Salamanca, y le ponga de mi mano en compañía que le honre y le enseñe. Porque, para decir la verdad a vuestra merced, él es un poco burro y tiene algo de mentecato, 10 y añádesele a esto una tacha que es lástima decirla, cuanto más tenerla, y es que se toma algún tanto un sí es no es del vino; pero no de manera que de todo en todo pierda el 15 juicio, puesto que se le turba, y cuando está asomado, y aun casi todo el cuerpo fuera de la ventana, es cosa maravillosa su alegría y su liberalidad: da todo cuanto tiene a quien se lo 20 pide y a quien no se lo pide; y yo querría que, ya que el diablo se ha de llevar cuanto tiene, aprovecharme de alguna cosa, y no he hallado mejor medio que traerle a casa de vuestra 25 merced, porque es muy amigo de damas, y aquí le desollaremos cerrado como a gato. Y, para principio, traigo aquí a vuestra merced esta cadena en este bolsillo, que pesa ciento y veinte 30 escudos de oro, la cual tomará vuestra merced, y me dará diez escudos ahora
ENTREMES p. 88 que yo he menester para ciertas cosillas, y gastará otros veinte en una cena esta noche, que vendrá acá nuestro burro o nuestro búfalo, que le llevo yo por el naso, como dicen, y a dos 5 idas y venidas se quedará vuestra merced con toda la cadena, que yo no quiero más de los diez escudos de ahora. La cadena es bonísima y de muy buen oro, y vale algo de hechura. Hela 10 aquí. Vuestra merced la tome. Cris. Beso a vuestra merced las manos por la que me ha hecho en acordarse de mí en tan provechosa ocasión; pero, si he de decir lo que siento, tanta 15 liberalidad me tiene algo confusa y algún tanto sospechosa. Sol. ¿Pues de qué es la sospecha, señora mía? Cris. De que podrá ser esta cadena de 20 alquimia: que se suele decir que no es oro todo lo que reluce. Sol. Vuestra merced habla discretísimamente, y no en balde tiene vuestra merced fama de la más discreta dama 25 de la corte; y hame dado mucho gusto el ver cuán sin melindres ni rodeos me ha descubierto su corazón. Pero para todo hay remedio, si no es para la muerte. Vuestra merced se cubra su manto, 30 o envíe si tiene de quién fiarse, y vaya a la platería, y en el contraste se
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 89 pese y toque esa cadena; y cuando fuera fina, y de la bondad que yo he dicho, entonces vuestra merced me dará los diez escudos, harále una regalaria al borrico, y se quedará 5 con ella. Cris. Aquí, pared y medio, tengo yo un platero, mi conocido, que con facilidad me sacará de duda. Sol. Eso es lo que yo quiero, y lo que 10 amo, y lo que estimo: que, las cosas claras, Dios las bendijo. Cris. Si es que vuestra merced se atreve a fiarme esta cadena en tanto que me satisfago, de aquí a un poco podrá 15 venir, que yo tendré los diez escudos en oro. Sol. ¡Bueno es eso! ¿Fío mi honra de vuestra merced, y no le había de fiar la cadena? Vuestra merced la haga tocar y 20 retocar, que yo me voy, y volveré de aquí a media hora. Cris. Y aun antes, si es que mi vecino está en casa. Entrase Solórzano. 25 Brí. Esta, Cristina amiga, no sólo es ventura, sino venturón llovido. ¡Desdichada de mí, y qué desgraciada que soy, que nunca topo quien me dé un jarro de agua, sin que me cueste mi trabajo 30 primero! Sólo me encontré el otro día
ENTREMES p. 90 en la calle a un poeta, que de bonísima voluntad y con mucha cortesía me dio un soneto de la historia de Píramo y Tisbe, y me ofreció trescientos en mi alabanza. 5 Cris. Mejor fuera que te hubieras encontrado con un genovés que te diera trescientos reales. Brí. Sí, por cierto. ¡Ahí están los genoveses de manifiesto y para venirse a la mano 10 como halcones al señuelo! Andan todos melancólicos y tristes con el decreto. Cris. Mira, Brígida, de esto quiero que estés cierta: que vale más un genovés 15 quebrado, que cuatro poetas enteros. Mas, ¡ay!, el viento corre en popa. Mi platero es éste. ¿Y qué quiere mi buen vecino? Que a fe que me ha quitado el manto de los hombros, que ya me le 20 quería cubrir para buscarle. Entra el platero. Plat. Señora doña Cristina, vuestra merced me ha de hacer una merced: de hacer todas sus fuerzas por llevar mañana a 25 mi mujer a la comedia, que me conviene y me importa quedar mañana en la tarde libre de tener quien me siga y me persiga. Cris. Eso haré yo de muy buena gana; y 30 aun si el señor vecino quiere mi casa
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 91 y cuanto hay en ella, aquí la hallará sola y desembarazada: que bien sé en qué caen estos negocios. Plat. No, señora; entretener a mi mujer me basta. Pero ¿qué quería vuestra merced 5 de mí, que quería ir a buscarme? Cris. No más sino que me diga el señor vecino qué pesará esta cadena, y si es fina, y de qué quilates. Plat. Esta cadena he tenido yo en mis manos 10 muchas veces, y sé que pesa ciento y cincuenta escudos de oro de a veinte y dos quilates; y que, si vuestra merced la compra y se la dan sin hechura, no perderá nada en ella. 15 Cris. Alguna hechura me ha de costar, pero no mucha. Plat. Mire cómo la concierta la señora vecina, que yo le haré dar, cuando se quisiere deshacer de ella, diez ducados 20 de hechura. Cris. Menos me ha de costar, si yo puedo; pero mire el vecino no se engañe en lo que dice de la fineza del oro y cantidad del peso. 25 Plat. ¡Bueno sería que yo me engañase en mi oficio! Digo, señora, que dos veces la he tocado eslabón por eslabón, y la he pesado, y la conozco como a mis manos. 30 Brí. Con eso nos contentamos. Plat. Y, por más señas, sé que la ha llegado
ENTREMES p. 92 a pesar y a tocar un gentilhombre cortesano que se llama tal de Solórzano. Cris. Basta, señor vecino. Vaya con Dios, que yo haré lo que me deja mandado. Yo la llevaré y entretendré dos horas 5 más, si fuere menester: que bien sé que no podrá dañar una hora más de entretenimiento. Plat. Con vuestra merced me entierren, que sabe de todo. Y a Dios, señora mía. 10 Entrase el platero. Brí. ¿No haríamos con este cortesano Solórzano, que así se debe llamar sin duda, que trajese con el vizcaíno para mí alguna ayuda de costa, 15 aunque fuese de algún borgoñón más borracho que un zaque? Cris. Por decírselo no quedará. Pero vesle; aquí vuelve; prisa trae; diligente anda; sus diez escudos le aguijan y 20 espolean. Entra Solórzano. Sol. Pues, señora doña Cristina, ¿ha hecho vuestra merced sus diligencias? ¿Está acreditada la cadena? 25 Cris. ¿Cómo es el nombre de vuestra merced, por su vida? Sol. Don Esteban de Solórzano me suelen llamar en mi casa. Pero ¿por qué me lo pregunta vuestra merced? 30
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 93 Cris. Por acabar de echar el sello a su mucha verdad y cortesía. Entretenga vuestra merced un poco a la señora doña Brígida, en tanto que entro por los diez escudos. 5 Entrase Cristina. Brí. Señor don Solórzano, ¿no tendrá vuestra merced por ahí algún mondadientes para mí, que en verdad no soy para desechar, y que tengo yo tan 10 buenas entradas y salidas en mi casa como la señora doña Cristina? Que, a no temer que nos oyera alguna, le dijera yo al señor Solórzano más de cuatro tachas suyas. Que sepa que 15 tiene las tetas como dos alforjas vacías, y que no le huele muy bien el aliento, porque se afeita mucho; y, con todo eso, la buscan, solicitan y quieren. Que estoy por arañarme esta 20 cara, más de rabia que de envidia, por quien no hay quien me dé la mano, entre tantos que me dan del pie. En fin, la ventura de las feas. Sol. No se desespere vuestra merced: que, 25 si yo vivo, otro gallo cantará en su gallinero. Vuelve a entrar Cristina. Cris. He aquí, señor don Esteban, los diez
ENTREMES p. 94 escudos, y la cena se aderezará esta noche como para un príncipe. Sol. Pues nuestro burro está a la puerta de la calle, quiero ir por él. Vuestra merced me le acaricie, aunque sea como 5 quien toma una píldora. Vase Solórzano. Brí. Ya le dije, amiga, que trajese quien me regalase a mí, y dijo que sí haría, andando el tiempo. 10 Cris. Andando el tiempo en nosotras, no hay quien nos regale, amiga; los pocos años traen la mucha ganancia, y los muchos la mucha pérdida. Brí. También le dije cómo vas muy limpia, 15 muy linda y muy agraciada, y que toda eras ámbar, almizcle, y algalia entre algodones. Cris. Ya yo sé, amiga, que tienes muy buenas ausencias. 20 Brí. [Aparte.] ¡Mirad quién tiene amartelados, que vale más la suela de mi botín que las arandelas de su cuello! Otra vez vuelvo a decir: la ventura de las feas. Entran Quiñones y Solórzano. 25 Qui. Vizcaíno manos bésame vuestra merced, que mándeme. Sol. Dice el señor vizcaíno que besa las manos de vuestra merced, y que le mande. 30
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 95 Brí. ¡Ay, qué linda lengua! Yo no la entiendo, a lo menos; pero paréceme muy linda. Cris. Yo beso las del mi señor vizcaíno, y más adelante. 5 Qui. Pareces buena, hermosa; también noche esta cenamos; cadena quedas duermas; nunca basta que doyla. Sol. Dice mi compañero que vuestra merced le parece buena y hermosa; que 10 se apareje la cena; que él da la cadena aunque no duerma acá; que basta que una vez la haya dado. Brí. ¿Hay tal Alejandro en el mundo? ¡Venturón, venturón, y cien mil veces 15 venturón! Sol. Si hay algún poco de conserva y algún traguito del devoto para el señor vizcaíno, yo sé que nos valdrá por uno ciento. 20 Cris. ¡Y cómo si lo hay! Y yo entraré por ello y se lo daré mejor que al Preste Juan de las Indias. Entrase Cristina. Qui. Dama que quedaste, tan buena como 25 entraste. Brí. ¿Qué ha dicho, señor Solórzano? Sol. Que la dama que se queda, que es vuestra merced, es tan buena como la que se ha entrado. 30 Brí. ¡Y cómo que está en lo cierto el señor
ENTREMES p. 96 vizcaíno! A fe que en este parecer que no es nada burro. Qui. Burro el diablo. Vizcaíno ingenio queréis cuando tenerlo. Brí. Ya le entiendo, que dice que el diablo 5 es el burro, y que los vizcaínos, cuando quieren tener ingenio, le tienen. Sol. Así es, sin faltar un punto. Vuelve a salir Cristina con un criado o criada, que traen una caja de conserva, una garrafa con vino, 10 su cuchillo y servilleta. Cris. Bien puede comer el señor vizcaíno, y sin asco, que todo cuanto hay en esta casa es la quinta esencia de la limpieza. 15 Qui. Dulce conmigo vino y agua llamas bueno; santo le muestras; ésta le bebo y otra también. Brí. ¡Ay, Dios, y con qué donaire lo dice el buen señor, aunque no le entiendo! 20 Sol. Dice que con lo dulce también bebe vino como agua, y que este vino es de San Martín, y que beberá otra vez. Cris. Y aun otras ciento; su boca puede ser medida. 25 Sol. No le den más, que le hace mal; y ya se le va echando de ver; que le he yo dicho al señor Azcaray que no beba vino en ningún modo, y no aprovecha. Qui. Vamos, que vino que subes y bajas, 30 lengua es grillos y corma es pies.
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 97 Tarde vuelvo, señora; Dios que te guárdate. Sol. Miren lo que dice, y verán si tengo yo razón. Cris. ¿Qué es lo que ha dicho, señor 5 Solórzano? Sol. Que el vino es grillo de su lengua y corma de sus pies, que vendrá esta tarde, y que vuestras mercedes se queden con Dios. 10 Brí. ¡Ay, pecadora de mí, y cómo que se le turban los ojos y se trastraba la lengua! ¡Jesús, que ya va dando traspiés! ¡Pues monta que ha bebido mucho! La mayor lástima es ésta que he visto en 15 mi vida. ¡Miren qué mocedad y qué borrachera! Sol. Ya venía el refrendado de casa. Vuestra merced, señora Cristina, haga aderezar la cena, que yo le quiero llevar 20 a dormir el vino, y seremos temprano esta tarde. Entranse el vizcaíno y Solórzano. Cris. Todo estará como de molde. Vayan vuestras mercedes enhorabuena. 25 Brí. Amiga Cristina, muéstrame esa cadena, y déjame dar con ella dos filos al deseo. ¡Ay, qué linda, qué nueva, qué reluciente y qué barata! Digo, Cristina, que, sin saber cómo ni cómo 30 no, llueven los bienes sobre ti, y se te
ENTREMES p. 98 entra la ventura por las puertas sin solicitarla. En efecto, eres venturosa sobre las venturosas; pero todo lo merece tu desenfado, tu limpieza y tu magnífico término, hechizos bastantes 5 a rendir las más descuidadas y exentas voluntades; y no como yo, que no soy para dar migas a un gato. Toma tu cadena, hermana, que estoy para reventar en lágrimas, y no de envidia 10 que a ti te tengo, sino de lástima que me tengo a mí. Vuelve a entrar Solórzano. Sol. ¡La mayor desgracia nos ha sucedido del mundo! 15 Brí. ¡Jesús! ¿Desgracia? ¿Y qué es, señor Solórzano? Sol. A la vuelta de esta calle, yendo a la casa, encontramos con un criado del padre de nuestro vizcaíno, el cual trae 20 cartas y nuevas de que su padre queda a punto de expirar, y le manda que al momento se parta, si quiere hallarle vivo. Trae dinero para la partida, que sin duda ha de ser luego. Yo le he 25 tomado diez escudos para vuestra merced, y velos aquí, con los diez que vuestra merced me dio denantes, y vuélvaseme la cadena: que, si el padre vive, el hijo volverá a darla, o yo no 30 seré don Esteban de Solórzano.
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 99 Cris. En verdad que a mí me pesa, y no por mi interés, sino por la desgracia del mancebo, que ya le había tomado afición. Brí. Buenos son diez escudos ganados tan holgando. Tómalos, amiga, y vuelve 5 la cadena al señor Solórzano. Gris. Vela aquí, y venga el dinero: que en verdad que pensaba gastar más de treinta en la cena. Sol. Señora Cristina, al perro viejo nunca 10 tus tus, estas tretas con los de las gallaruzas, y con este perro a otro hueso. Cris. ¿Para qué son tantos refranes, señor Solórzano? 15 Sol. Para que entienda vuestra merced que la codicia rompe el saco. ¿Tan presto se desconfió de mi palabra, que quiso vuestra merced curarse en salud y salir al lobo al camino, como la gansa de 20 Cantipalos? Señora Cristina, señora Cristina, lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño. Venga mi cadena verdadera, y tómese vuestra merced su falsa: que no ha de haber 25 conmigo transformaciones de Ovidio en tan pequeño espacio. ¡Oh hideputa, y qué bien que la amoldaron, y qué presto! Cris. ¿Qué dice vuestra merced, señor mío, 30 que no le entiendo? Sol. Digo que no es ésta la cadena que yo
ENTREMES p. 100 dejé a vuestra merced, aunque le parece; que ésta es de alquimia, y la otra es de oro de a veinte y dos quilates. Brí. En mi ánima, que así lo dijo el vecino, que es platero. 5 Cris. ¿Aun el diablo sería eso? Sol. El diablo, o la diabla. Mi cadena venga, y dejémonos de voces, y excúsense juramentos y maldiciones. Cris. ¡El diablo me lleve, lo cual querría 10 que no me llevase, si no es ésa la cadena que vuestra merced me dejó, y que no he tenido otra en mis manos! ¡Justicia de Dios si tal testimonio se me levantase! 15 Sol. Que no hay para qué dar gritos, y más estando ahí el señor corregidor, que guarda su derecho a cada uno. Cris. Si a las manos del corregidor llega este negocio, yo me doy por condenada: 20 que tiene de mí tan mal concepto, que ha de tener mi verdad por mentira y mi virtud por vicio. Señor mío, si yo he tenido otra cadena en mis manos sino aquésta, de cáncer las 25 vea yo comidas. Entra un alguacil. Alg. ¿Qué voces son éstas? ¿Qué gritos, qué lágrimas y qué maldiciones? Sol. Vuestra merced, señor alguacil, ha 30 venido aquí como de molde. A esta
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 101 señora del rumbo sevillano le empeñé una cadena habrá una hora en diez ducados para cierto efecto; vuelvo ahora a desempeñarla, y, en lugar de una que le di que pesaba ciento y 5 cincuenta ducados de oro de veinte y dos quilates, me vuelve ésta de alquimia, que no vale dos ducados, y quiere poner mi justicia a la venta de la zarza a voces y a gritos, sabiendo 10 que será testigo de esta verdad esta misma señora, ante quien ha pasado todo. Brí. ¡Y cómo si ha pasado! ¡Y aun repasado! Y en Dios y en mi ánima 15 que estoy por decir que este señor tiene razón; aunque no puedo imaginar dónde se pueda haber hecho el trueco, porque la cadena no ha salido de aquesta sala. 20 Sol. La merced que el señor alguacil me ha de hacer, es llevar a la señora al corregidor, que allá nos averiguaremos. Cris. Otra vez torno a decir que, si ante el corregidor me lleva, me doy por 25 condenada. Brí. Sí; porque no estoy bien con sus huesos. Cris. ¡De esta vez me ahorco! ¡De esta vez me desespero! ¡De esta vez me chupan 30 brujas! Sol. Ahora bien: yo quiero hacer una cosa
ENTREMES p. 102 por vuestra merced, señora Cristina, siquiera porque no la chupen brujas, o, por lo menos, se ahorque. Esta cadena se parece mucho a la fina del vizcaíno; él es mentecato y algo borrachuelo; 5 yo se la quiero llevar y darle a entender que es la suya, y vuestra merced contente aquí al señor alguacil y gaste la cena de esta noche; y sosiegue su espíritu, pues la pérdida no es mucha. 10 Cris. ¡Págueselo a vuestra merced todo el cielo! Al señor alguacil daré media docena de escudos, y en la cena gastaré uno, y quedaré por esclava perpetua del señor Solórzano. 15 Brí. Y yo me haré rajas bailando en la fiesta. Alg. Vuestra merced ha hecho como liberal y buen caballero, cuyo oficio ha de ser servir a las mujeres. 20 Sol. Vengan los diez escudos que di demasiados. Cris. Helos aquí, y más los seis para el señor alguacil. Entran dos músicos, y Quiñones, el vizcaíno. 25 Mús. Todo lo hemos oído, y acá estamos. Qui. Ahora sí que puede decir a mi señora Cristina: mamóla una y cien mil veces. Brí. ¿Han visto qué claro que habla el 30 vizcaíno?
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 103 Qui. Nunca hablo yo turbio, si no es cuando quiero. Cris. ¡Que me maten si no me la han dado a tragar estos bellacos! Qui. Señores músicos, el romance que les 5 di y que saben, ¿para qué se hizo? Mús.La mujer más avisada, o sabe poco, o no nada. La mujer que más presume de cortar como navaja 10 los vocablos repulgados entre las godeñas pláticas; la que sabe de memoria a Lofraso y a Diana, y al Caballero del Febo, 15 con Olivante de Laura; la que seis veces al mes al gran don Quijote pasa, aunque más sepa de aquesto, o sabe poco, o no nada. 20 La que se fía en su ingenio, lleno de fingidas trazas, fundadas en interés, y en voluntades tiranas; la que no sabe guardarse, 25 cual dicen, del agua mansa, y se arroja a las corrientes que ligeramente pasan; la que piensa que ella sola es el colmo de la nata 30 en esto del trato alegre, o sabe poco, o no nada.”
ENTREMES DEL VIZCAINO FINGIDO p. 104 Cris. Ahora bien: yo quedo burlada, y, con todo esto, convido a vuestras mercedes para esta noche. Qui. Aceptamos el convite, y todo saldrá en la colada. 5
p. 105 ENTREMES DEL retablo de las maravillas. Salen Chanfalla y la Chirinos. Chan. No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis advertimientos, principalmente 5 los que te he dado para este nuevo embuste, que ha de salir tan a luz como el pasado del llovista. Chi. Chanfalla ilustre, lo que en mí fuere, tenlo como de molde: que tanta 10 memoria tengo como entendimiento, a quien se junta una voluntad de acertar a satisfacerte, que excede a las demás potencias. Pero dime: ¿de qué sirve este Rabelín que hemos tomado? 15 Nosotros dos solos, ¿no pudiéramos salir con esta empresa? Chan. Habíamosle menester como el pan de la boca, para tocar en los espacios que tardaren en salir las figuras del retablo 20 de las maravillas. Chi. Maravilla será si no nos apedrean por solo el Rabelín, porque tan desventurada criaturilla no la he visto en todos los días de mi vida. 25
ENTREMES DEL RETABLO p. 106 Entra el Rabelín. Rab. ¿Hase de hacer algo en este pueblo, señor autor? Que ya me muero porque vuestra merced vea que no me tomó a carga cerrada. 5 Chi. Cuatro cuerpos de los vuestros no harán un tercio, cuanto más una carga. Si no sois más gran músico que grande, medrados estamos. Rab. Ello dirá; que en verdad que me han 10 escrito para entrar en una compañía de partes, por chico que soy. Chan. Si os han de dar la parte a medida del cuerpo, casi será invisible. Chirinos, poco a poco estamos ya en el pueblo, 15 y estos que aquí vienen deben de ser, como lo son sin duda, el gobernador y los alcaldes. Salgámosles al encuentro, y date un filo a la lengua en la piedra de la adulación; pero no 20 despuntes de aguda. Salen el gobernador y Benito Repollo, alcalde; Juan Castrado, regidor; y Pedro Capacho, escribano. Beso a vuestras mercedes las manos. ¿Quién de vuestras mercedes es el 25 gobernador de este pueblo? Gob. Yo soy el gobernador. ¿Qué es lo que queréis, buen hombre? Chan. A tener yo dos onzas de entendimiento, hubiera echado de ver que esa 30
DE LAS MARAVILLAS p. 107 peripatética y anchurosa presencia no podía ser de otro que del dignísimo gobernador de este honrado pueblo, que, con venirlo a ser de las Algarrobillas, lo deseche vuestra merced. 5 Chi. En vida de la señora y de los señoritos, si es que el señor gobernador los tiene. Cap. No es casado el señor gobernador. Chi. Para cuando lo sea, que no se perderá 10 nada. Gob. Y bien: ¿qué es lo que queréis, hombre honrado? Chi. Honrados días viva vuestra merced, que así nos honra. En fin, la encina 15 da bellotas, el pero peras, la parra uvas, y el honrado honra, sin poder hacer otra cosa. Ben. Sentencia ciceronianca, sin quitar ni poner un punto. 20 Cap. Ciceroniana quiso decir el señor alcalde Benito Repollo. Ben. Siempre quiero decir lo que es mejor; sino que las más veces no acierto. En fin, buen hombre, ¿qué queréis? 25 Chan. Yo, señores míos, soy Montiel, el que trae el retablo de las maravillas. Hanme enviado a llamar de la corte los señores cofrades de los hospitales, porque no hay autor de comedias en ella, 30 y perecen los hospitales, y con mi ida se remediará todo.
ENTREMES DEL RETABLO p. 108 Gob. ¿Y qué quiere decir retablo de las maravillas? Chan. Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y muestran, viene a ser llamado retablo de las maravillas; el 5 cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo, debajo de tales paralelos, rumbos, astros y estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que ninguno puede ver las cosas que en 10 él se muestran, que tenga alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio; y el que fuere contagiado de estas dos tan usadas enfermedades, despídase 15 de ver las cosas jamás vistas ni oídas de mi retablo. Ben. Ahora echo de ver que cada día se ven en el mundo cosas nuevas. ¿Y qué? ¿Se llamaba Tontonelo el sabio que el 20 retablo compuso? Chi. Tontonelo se llamaba, nacido en la ciudad de Tontonela; hombre de quien hay fama que le llegaba la barba a la cintura. 25 Ben. Por la mayor parte, los hombres de grandes barbas son sabiondos. Gob. Señor regidor Juan Castrado, yo determino, debajo de su buen parecer, que esta noche se despose la señora 30 Teresa Castrada, su hija, de quien yo soy padrino, y, en regocijo de la fiesta,
DE LAS MARAVILLAS p. 109 quiero que el señor Montiel muestre en vuestra casa su retablo. Juan. Eso tengo yo por servir al señor gobernador, con cuyo parecer me convengo, entablo y arrimo, aunque haya 5 otra cosa en contrario. Chi. La cosa que hay en contrario es que, si no se nos paga primero nuestro trabajo, así verán las figuras como por el cerro de Ubeda. ¿Y vuestras mercedes, 10 señores justicias, tienen conciencia y alma en esos cuerpos? ¡Bueno sería que entrase esta noche todo el pueblo en casa del señor Juan Castrado, o como es su gracia, y viese lo contenido 15 en el tal retablo, y mañana, cuando quisiésemos mostrarle al pueblo, no hubiese ánima que le viese! No, señores; no, señores; ante omnia, nos han de pagar lo que fuere justo. 20 Ben. Señora autora, aquí no os ha de pagar ninguna Antona ni ningún Antoño; el señor regidor Juan Castrado os pagará más que honradamente, y si no, el Concejo. ¡Bien conocéis el 25 lugar, por cierto! Aquí, hermana, no aguardamos a que ninguna Antona pague por nosotros. Cap. ¡Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué lejos da del blanco! No dice la 30 señora autora que pague ninguna Antona, sino que le paguen adelantado
ENTREMES DEL RETABLO p. 110 y ante todas cosas, que eso quiere decir ante omnia. Ben. Mirad, escribano Pedro Capacho, haced vos que me hablen a derechas, que yo entenderé a pie llano. Vos, que 5 sois leído y escribido, podéis entender esas algarabías de allende, que yo no. Juan. Ahora bien: ¿contentarse ha el señor autor con que yo le dé adelantados 10 media docena de ducados? Y más, que se tendrá cuidado que no entre gente del pueblo esta noche en mi casa. Chan. Soy contento, porque yo me fío de la diligencia de vuestra merced y de su 15 buen término. Juan. Pues véngase conmigo. Recibirá el dinero, y verá mi casa y la comodidad que hay en ella para mostrar ese retablo. Chan. Vamos; y no se les pase de las mientes 20 las calidades que han de tener los que se atrevieren a mirar el maravilloso retablo. Ben. A mi cargo queda eso; y séle decir que, por mi parte, puedo ir seguro a 25 juicio, pues tengo el padre alcalde; cuatro dedos de enjundia de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi linaje: ¡miren si veré el tal retablo! 30 Cap. Todos le pensamos ver, señor Benito Repollo.
DE LAS MARAVILLAS p. 111 Juan. No nacimos acá en las malvas, señor Pedro Capacho. Gob. Todo será menester, según voy viendo, señores alcalde, regidor y escribano. 5 Juan. Vamos, autor, y manos a la obra, que Juan Castrado me llamo, hijo de Antón Castrado y de Juana Macha; y no digo más en abono y seguro que podré ponerme cara a cara y a pie quedo delante 10 del referido retablo. Chi. ¡Dios lo haga! Entranse Juan Castrado y Chanfalla. Gob. Señora autora, ¿qué poetas se usan ahora en la corte de fama y rumbo, 15 especialmente de los llamados cómicos? Porque yo tengo mis puntas y collar de poeta, y pícome de la farándula y carátula: veinte y dos comedias tengo, todas nuevas, que se ven las 20 unas a las otras, y estoy aguardando coyuntura para ir a la corte y enriquecer con ellas media docena de autores. Chi. A lo que vuestra merced, señor gobernador, me pregunta de los poetas, no 25 le sabré responder, porque hay tantos, que quitan el sol, y todos piensan que son famosos; los poetas cómicos son los ordinarios y que siempre se usan, y así, no hay para qué nombrarlos. 30 Pero dígame vuestra merced, por su
ENTREMES DEL RETABLO p. 112 vida: ¿cómo es su buena gracia?, ¿cómo se llama? Gob. A mí, señora autora, me llaman el licenciado Gomecillos. Chi. ¡Válgame Dios!, y ¿que vuestra merced es 5 el señor licenciado Gomecillos, el que compuso aquellas coplas tan famosas de “Lucifer estaba malo” y “Tómale mal de fuera”? Gob. Malas lenguas hubo que me quisieron 10 ahijar estas coplas, y así fueron mías como del Gran Turco. Las que yo compuse, y no lo quiero negar, fueron aquellas que trataron del diluvio de Sevilla: que, puesto que los poetas son 15 ladrones unos de otros, nunca me precié de hurtar nada a nadie: con mis versos me ayude Dios, y hurte el que quisiere. Vuelve Chanfalla. Chan. Señores, vuestras mercedes vengan, 20 que todo está a punto, y no falta más que comenzar. Chi. ¿Está ya el dinero in corbona? Chan. Y aun entre las telas del corazón. Chi. Pues doyte por aviso, Chanfalla, que 25 el gobernador es poeta. Chan. ¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! Pues dale por engañado, porque todos los de humor semejante son hechos a la mazacona: gente descuidada, crédula, 30 y no nada maliciosa.
DE LAS MARAVILLAS p. 113 Ben. Vamos, autor, que me saltan los pies por ver esas maravillas. Entranse todos. Salen Juana Castrada y Teresa Repolla, labradoras, la una como desposada, que es la Castrada. 5 Cas. Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla amiga, que tendremos el retablo enfrente; y pues sabes las condiciones que han de tener los miradores del retablo, no te descuides, que sería una 10 gran desgracia. Ter. Ya sabes, Juana Castrada, que soy tu prima, y no digo más. Tan cierto tuviera yo el cielo como tengo cierto ver todo aquello que el retablo 15 mostrare. Por el siglo de mi madre, que me sacase los mismos ojos de mi cara si alguna desgracia me aconteciese. ¡Bonita soy yo para eso! Cas. Sosiégate, prima, que toda la gente 20 viene. Entran el gobernador, Benito Repollo, Juan Castrado, Pedro Capacho, el autor, y la autora, y el músico, y otra gente del pueblo, y un sobrino de Benito, que ha de ser aquel gentilhombre que baila. 25 Chan. Siéntense todos. El retablo ha de estar detrás de este repostero, y la autora también, y aquí el músico. Ben. ¿Músico es éste? Métanle también detrás del repostero: que, a trueco de no 30
ENTREMES DEL RETABLO p. 114 verle, daré por bien empleado el no oírle. Chan. No tiene vuestra merced razón, señor alcalde Repollo, de descontentarse del músico, que en verdad que es muy 5 buen cristiano, e hidalgo de solar conocido. Gob. Calidades son bien necesarias para ser buen músico. Ben. De solar, bien podrá ser; mas de 10 sonar, abrenuncio. Rab. Eso se merece el bellaco que se viene a sonar delante de... Ben. Pues, por Dios, que hemos visto aquí sonar a otros músicos tan... 15 Gob. Quédese esta razón en el de del señor Rabel y en el tan del alcalde, que será proceder en infinito, y el señor Montiel comience su obra. Ben. ¡Poca balumba trae este autor para tan 20 gran retablo! Juan. Todo debe de ser de maravillas. Chan. ¡Atención, señores, que comienzo! ¡Oh tú, quienquiera que fuiste, que fabricaste este retablo con tan maravilloso 25 artificio, que alcanzó renombre de las maravillas por la virtud que en él se encierra! Te conjuro, apremio y mando, que luego incontinente muestres a estos señores algunas de las tus 30 maravillosas maravillas, para que se regocijen y tomen placer sin escándalo
DE LAS MARAVILLAS p. 115 alguno. Ea, que ya veo que has otorgado mi petición, pues por aquella parte asoma la figura del valentísimo Sansón, abrazado con las columnas del templo, para derribarle por el suelo y tomar 5 venganza de sus enemigos. ¡Tente, valeroso caballero; tente, por la gracia de Dios Padre! ¡No hagas tal desaguisado, porque no cojas debajo y hagas tortilla tanta y tan noble gente 10 como aquí se ha juntado! Ben. ¡Téngase, cuerpo de tal conmigo! ¡Bueno sería que, en lugar de habernos venido a holgar, quedásemos aquí hechos plasta! ¡Téngase, señor Sansón, 15 pesia a mis males, que se lo ruegan buenos! Cap. ¿Veisle vos, Castrado? Juan. ¡Pues no le había de ver! ¿Tengo yo los ojos en el colodrillo? 20 Gob. [Aparte.] ¡Milagroso caso es éste! Así veo yo a Sansón ahora, como el Gran Turco; pues en verdad que me tengo por legítimo y cristiano viejo. Chi. ¡Guárdate, hombre, que sale el mismo 25 toro que mató al ganapán en Salamanca! ¡Echate, hombre! ¡Echate, hombre! ¡Dios te libre! ¡Dios te libre! Chan. ¡Echense todos! ¡Echense todos! ¡Hucho ho, hucho ho, hucho ho! 30 Echanse todos y alborótanse.
ENTREMES DEL RETABLO p. 116 Ben. ¡El diablo lleva en el cuerpo el torillo! Sus partes tiene de hosco y de bragado. Si no me tiendo, me lleva de vuelo. Juan. Señor autor, haga, si puede, que no salgan figuras que nos alboroten. Y no 5 lo digo por mí, sino por estas muchachas, que no les ha quedado gota de sangre en el cuerpo, de la ferocidad del toro. Cas. ¡Y cómo, padre! No pienso volver en 10 mí en tres días. Ya me vi en sus cuernos, que los tiene agudos como una lesna. Juan. No fueras tú mi hija, y no lo vieras. Gob. [Aparte.] Basta; que todos ven lo que 15 yo no veo; pero al fin habré de decir que lo veo, por la negra honrilla. Chi. Esa manada de ratones que allá va, desciende por línea recta de aquellos que se criaron en el Arca de Noé; 20 de ellos son blancos, de ellos albarazados, de ellos jaspeados, y de ellos azules, y, finalmente, todos son ratones. Cas. ¡Jesús! ¡Ay de mí! Ténganme, que me arrojaré por aquella ventana. ¡Ratones! 25 ¡Desdichada! Amiga, apriétate las faldas, y mira no te muerdan. ¡Y monta que son pocos! Por el siglo de mi abuela, que pasan de milenta. Ter. Yo sí soy la desdichada, porque se me 30 entran sin reparo ninguno. Un ratón morenico me tiene asida de una rodilla.
DE LAS MARAVILLAS p. 117 Socorro venga del cielo, pues en la tierra me falta. Ben. Aun bien que tengo gregüescos: que no hay ratón que se me entre, por pequeño que sea. 5 Chan. Esta agua que con tanta prisa se deja descolgar de las nubes, es de la fuente que da origen y principio al río Jordán. Toda mujer a quien tocare en el rostro, se le volverá como de plata 10 bruñida, y a los hombres se les volverán las barbas como de oro. Cas. ¿Oyes, amiga? Descubre el rostro, pues ves lo que te importa. ¡Oh, qué licor tan sabroso! Cúbrase, padre; no se moje. 15 Juan. Todos nos cubrimos, hija. Ben. Por las espaldas me ha calado el agua hasta la canal maestra. Cap. ¡Yo estoy más seco que un esparto! Gob. [Aparte.] ¿Qué diablos puede ser esto, 20 que aún no me ha tocado una gota donde todos se ahogan? ¿Mas si viniera yo a ser bastardo entre tantos legítimos? Ben. Quítenme de allí aquel músico; si no, 25 voto a Dios que me vaya sin ver más figura. ¡Válgate el diablo por músico aduendado, y qué hace de menudear sin cítola y sin son! Rab. Señor alcalde, no tome conmigo la 30 hincha, que yo toco como Dios ha sido servido de enseñarme.
ENTREMES DEL RETABLO p. 118 Ben. ¡Dios te había de enseñar, sabandija! Métete tras la manta; si no, por Dios que te arroje este banco. Rab. El diablo creo que me ha traído a este pueblo. 5 Cap. ¡Fresca es el agua del santo río Jordán! Y aunque me cubrí lo que pude, todavía me alcanzó un poco en los bigotes, y apostaré que los tengo rubios como un oro. 10 Ben. Y aun peor cincuenta veces. Chi. Allá van hasta dos docenas de leones rampantes y de osos colmeneros. Todo viviente se guarde, que, aunque fantásticos, no dejarán de dar alguna 15 pesadumbre, y aun de hacer las fuerzas de Hércules con espadas desenvainadas. Juan. Ea, señor autor, cuerpo de nosla, ¿y ahora nos quiere llenar la casa de 20 osos y de leones? Ben. ¡Mirad qué ruiseñores y calandrias nos envía Tontonelo, sino leones y dragones! Señor autor, [o] salgan figuras más apacibles, o aquí nos 25 contentamos con las vistas, y Dios le guíe, y no pare más en el pueblo un momento. Cas. Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y leones, siquiera por nosotras, 30 y recibiremos mucho contento. Juan. Pues, hija, ¿de antes te espantabas de
DE LAS MARAVILLAS p. 119 los ratones, y ahora pides osos y leones? Cas. Todo lo nuevo aplace, señor padre. Chi. Esa doncella que ahora se muestra tan galana y tan compuesta, es la 5 llamada Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la cabeza del Precursor de la vida. Si hay quien la ayude a bailar, verán maravillas. Ben. Esta sí, ¡cuerpo del mundo!, que es 10 figura hermosa, apacible y reluciente. ¡Hideputa, y cómo que se vuelve la muchacha! Sobrino Repollo, tú, que sabes de achaque de castañetas, ayúdala, y será la fiesta de cuatro 15 capas. Sob. Que me place, tío Benito Repollo. Tocan la zarabanda. Cap. ¡Toma mi abuelo, si es antiguo el baile de la zarabanda y de la chacona! 20 Ben. Ea, sobrino, ténselas tiesas a esa bellaca judía. Pero, si ésta es judía, ¿cómo ve estas maravillas? Chan. Todas las reglas tienen excepción, señor alcalde. 25 Suena una trompeta o corneta dentro del teatro, y entra un furrier de compañías. Fur. ¿Quién es aquí el señor gobernador? Gob. Yo soy. ¿Qué manda vuestra merced? Fur. Que luego al punto mande hacer 30
ENTREMES DEL RETABLO p. 120 alojamiento para treinta hombres de armas que llegarán aquí dentro de media hora, y aun antes, que ya suena la trompeta. Y a Dios. Ben. Yo apostaré que los envía el sabio 5 Tontonelo. Chan. No hay tal: que ésta es una compañía de caballos que estaba alojada dos leguas de aquí. Ben. Ahora yo conozco bien a Tontonelo, y 10 sé que vos y él sois unos grandísimos bellacos, no perdonando al músico; y mirad que os mando que mandéis a Tontonelo no tenga atrevimiento de enviar estos hombres de 15 armas, que le haré dar doscientos azotes en las espaldas, que se vean unos a otros. Chan. Digo, señor alcalde, que no los envía Tontonelo. 20 Ben. Digo que los envía Tontonelo, como ha enviado las otras sabandijas que yo he visto. Cap. Todos las habemos visto, señor Benito Repollo. 25 Ben. No digo yo que no, señor Pedro Capacho. ¡No toques más, músico de entresueños, que te romperé la cabeza! Vuelve el furrier. Fur. Ea, ¿está ya hecho el alojamiento?, 30 que ya están los caballos en el pueblo.
DE LAS MARAVILLAS p. 121 Ben. ¿Qué, todavía ha salido con la suya Tontonelo? ¡Pues yo os voto a tal, autor de humos y de embelecos, que me lo habéis de pagar! Chan. Séanme testigos que me amenaza el 5 alcalde. Chi. Séanme testigos que dice el alcalde que lo que manda Su Majestad, lo manda el sabio Tontonelo. Ben. ¡Atontoneleada te vean mis ojos, plega 10 a Dios todopoderoso! Gob. Yo para mí tengo que verdaderamente estos hombres de armas no deben de ser de burlas. Fur. ¿De burlas habían de ser, señor 15 gobernador? ¿Está en su seso? Juan. Bien pudieran ser atontonelados; como esas cosas habemos visto aquí. Por vida del autor, que haga salir otra vez a la doncella Herodías, porque vea 20 este señor lo que nunca ha visto; quizá con esto le cohecharemos para que se vaya presto del lugar. Chan. Eso en buen hora, y veisla aquí a do vuelve, y hace de señas a su bailador 25 a que de nuevo la ayude. Sob. Por mí no quedará, por cierto. Ben. Eso sí, sobrino; cánsala, cánsala: vueltas y más vueltas. ¡Vive Dios, que es un azogue la muchacha! ¡Al hoyo, al 30 hoyo; a ello, a ello! Fur. ¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de
ENTREMES DEL RETABLO p. 122 doncella es ésta, y qué baile, y qué Tontonelo? Cap. ¿Luego no ve la doncella Herodiana el señor furrier? Fur. ¡Qué diablos de doncella tengo de ver! 5 Cap. Basta; de ex il[l]is es. Gob. De ex il[l]is es, de ex il[l]is es. Juan. De ellos es, de ellos el señor furrier; de ellos es. Fur. ¡Soy de la mala puta que los parió! Y 10 por Dios vivo, que, si echo mano a la espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la puerta. Cap. Basta; de ex il[l]is es. Ben. Basta; de ellos es, pues no ve nada. 15 Fur. ¡Canalla barretina, si otra vez me dicen que soy de ellos, no les dejaré hueso sano! Ben. Nunca los confesos ni bastardos fueron valientes, y por eso no 20 podemos dejar de decir: de ellos es, de ellos es. Fur. ¡Cuerpo de Dios con los villanos! ¡Esperad! Mete mano a la espada y acuchíllase con todos, y el 25 alcalde aporrea al Rabellejo, y (a) la Chirinos descuelga la manta y dice: [Chi.] El diablo ha sido la trompeta y la venida de los hombres de armas; parece que los llamaron con 30 campanilla.
DE LAS MARAVILLAS p. 123 Chan. El suceso ha sido extraordinario; la virtud del retablo se queda en su punto, y mañana lo podemos mostrar al pueblo, y nosotros mismos podemos cantar el triunfo de esta batalla, diciendo: 5 ¡vivan Chirinos y Chanfalla!
p. 124
p. 125 ENTREMES DE LA cueva de Salamanca. Salen Pancracio, Leonarda y Cristina. Pan. Enjugad, señora, esas lágrimas, y poned pausa a vuestros suspiros, considerando 5 que cuatro días de ausencia no son siglos. Yo volveré, a lo más largo, a los cinco, si Dios no me quita la vida; aunque será mejor, por no turbar la vuestra, romper mi palabra y 10 dejar esta jornada, que sin mi presencia se podrá casar mi hermana. Leo. No quiero yo, mi Pancracio y mi señor, que por respeto mío vos parezcáis descortés. Id enhorabuena y 15 cumplid con vuestras obligaciones, pues las que os llevan son precisas, que yo me apretaré con mi llaga y pasaré mi soledad lo menos mal que pudiere. Sólo os encargo la vuelta, y 20 que no paséis del término que habéis puesto. ¡Tenme, Cristina, que se me aprieta el corazón! Desmáyase Leonarda.
ENTREMES p. 126 Cris. ¡Oh, que bien hayan las bodas y las fiestas! En verdad, señor, que, si yo fuera que vuestra merced, que nunca allá fuera. Pan. Entra, hija, por un vidrio de agua para 5 echársela en el rostro. Mas espera; diréle unas palabras que sé al oído, que tienen virtud para hacer volver de los desmayos. Dícele las palabras; vuelve Leonarda, diciendo: 10 Leo. Basta; ello ha de ser forzoso; no hay sino tener paciencia. Bien mío, cuanto más os detuvieis, más dilatáis mi contento. Vuestro compadre Leoniso os debe de aguardar ya en 15 el coche. Andad con Dios. Que él os vuelva tan presto y tan bueno como yo deseo. Pan. Mi ángel, si gustas que me quede, no me moveré de aquí más que una 20 estatua. Leo. No, no, descanso mío; que mi gusto está en el vuestro, y por ahora más que os vais que no os quedéis, pues es vuestra honra la mía. 25 Cris. ¡Oh espejo del matrimonio! A fe que si todas las casadas quisiesen tanto a sus maridos como mi señora Leonarda quiere al suyo, que otro gallo les cantase. 30 Leo. Entra, Cristinica, y saca mi manto, que
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 127 quiero acompañar a tu señor hasta dejarle en el coche. Pan. No, por mi amor; abrazadme, y quedaos, por vida mía. Cristinica, ten cuenta de regalar a tu señora, que yo 5 te mando un calzado cuando vuelva, como tú le quisieres. Cris. Vaya, señor, y no lleve pena de mi señora, porque la pienso persuadir de manera a que nos holguemos, que no 10 imagine en la falta que vuestra merced le ha de hacer. Leo. ¿Holgar yo? ¡Qué bien estás en la cuenta, niña! Porque, ausente de mi gusto, no se hicieron los placeres ni las 15 glorias para mí; penas y dolores, sí. Pan. Ya no lo puedo sufrir. Quedad en paz, lumbre de estos ojos, los cuales no verán cosa que les dé placer, hasta volveros a ver. 20 Entrase Pancracio. Leo. ¡Allá darás, rayo, en casa de Ana Díaz! ¡Vayas y no vuelvas! La ida del humo. ¡Por Dios, que esta vez no os han de valer vuestras valentías 25 ni vuestros recatos! Cris. Mil veces temí que con tus extremos habías de estorbar su partida y nuestros contentos. Leo. ¿Si vendrán esta noche los que 30 esperamos?
ENTREMES p. 128 Cris. ¿Pues no? Ya los tengo avisados, y ellos están tan en ello, que esta tarde enviaron con la lavandera, nuestra secretaria, como que eran paños, una canasta de colar llena de mil regalos y 5 de cosas de comer, que no parece sino uno de los serones que da el rey el Jueves Santo a sus pobres; sino que la canasta es de Pascua, porque hay en ella empanadas, fiambreras, manjar 10 blanco y dos capones que aún no están acabados de pelar, y todo género de fruta de la que hay ahora, y, sobre todo, una bota de hasta una arroba de vino de lo de una oreja, 15 que huele que trasciende. Leo. Es muy cumplido y lo fue siempre mi Riponce, sacristán de las telas de mis entrañas. Cris. ¿Pues qué le falta a mi maese Nicolás, 20 barbero de mis hígados y navaja de mis pesadumbres, que así me las rapa y quita cuando le veo, como si nunca las hubiera tenido? Leo. ¿Pusiste la canasta en cobro? 25 Cris. En la cocina la tengo, cubierta con un cernadero por el disimulo. Llama a la puerta el estudiante Carraolano, y, en llamando, sin esperar que le respondan, entra. Leo. Cristina, mira quién llama. 30
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 129 Est. Señoras, yo soy un pobre estudiante. Cris. Bien se os parece que sois pobre y estudiante, pues lo uno muestra vuestro vestido, y el ser pobre, vuestro atrevimiento. Cosa extraña es ésta, que 5 no hay pobre que espere a que le saquen la limosna a la puerta, sino que se entran en las casas hasta el último rincón, sin mirar si despiertan a quien duerme, o si no. 10 Est. Otra más blanda respuesta esperaba yo de la buena gracia de vuestra merced; cuanto más, que yo no quería ni buscaba otra limosna, sino alguna caballeriza o pajar donde defenderme 15 esta noche de las inclemencias del cielo, que, según se me trasluce, parece que con grandísimo rigor a la tierra amenazan. Leo. ¿Y de dónde bueno sois, amigo? 20 Est. Salmantino soy, señora mía; quiero decir, que soy de Salamanca. Iba a Roma con un tío mío, el cual murió en el camino, en el corazón de Francia; vine solo; determiné volverme a 25 mi tierra; robáronme los lacayos o compañeros de Roque Guinarde en Cataluña, porque él estaba ausente: que, a estar allí, no consintiera que se me hiciera agravio, porque es muy 30 cortés y comedido, y además limosnero; hame tomado a estas santas puertas
ENTREMES p. 130 la noche, que por tales las juzgo, y busco mi remedio. Leo. En verdad, Cristina, que me ha movido a lástima el estudiante. Cris. Ya me tiene a mí rasgadas las entrañas. 5 Tengámosle en casa esta noche, pues de las sobras del castillo se podrá mantener el real; quiero decir, que en las reliquias de la canasta habrá en quien adore su hambre; y más, que 10 me ayudará a pelar la volatería que viene en la cesta. Leo. ¿Pues cómo, Cristina, quieres que metamos en nuestra casa testigos de nuestras liviandades? 15 Cris. Así tiene él talle de hablar por el colodrillo, como por la boca. Venga acá, amigo; ¿sabe pelar? Est. ¿Cómo si sé pelar? No entiendo eso de saber pelar, si no es que quiere 20 vuestra merced motejarme de pelón; que no hay para qué, pues yo me confieso por el mayor pelón del mundo. Cris. No lo digo yo por eso, en mi ánima, sino por saber si sabía pelar dos o tres 25 pares de capones. Est. Lo que sabré responder es que yo, señoras, por la gracia de Dios, soy graduado de bachiller por Salamanca, y no digo... 30 Leo. De esa manera, ¿quién duda sino que sabrá pelar, no sólo capones, sino
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 131 gansos y avutardas? Y en esto del guardar secreto, ¿cómo le va? Y a dicha, ¿[es] tentado de decir todo lo que ve, imagina o siente? Est. Así pueden matar delante de mí más 5 hombres que carneros en el Rastro, que yo despliegue mis labios para decir palabra alguna. Cris. Pues atúrese esa boca, y cósase esa lengua con una agujeta de dos 10 cabos, y amuélese esos dientes, y éntrese con nosotras, y verá misterios, y cenará maravillas, y podrá medir en un pajar los pies que quisiere para su cama. 15 Est. Con siete tendré demasiado: que no soy nada codicioso ni regalado. Entran el sacristán Reponce y el barbero. Sac. ¡Oh, qué enhorabuena estén los automedontes y guías de los carros de 20 nuestros gustos, las luces de nuestras tinieblas, y las dos recíprocas voluntades que sirven de basas y columnas a la amorosa fábrica de nuestros deseos! Leo. Eso sólo me enfada de él. Reponce 25 mío, habla, por tu vida, a lo moderno y de modo que te entienda, y no te encarames donde no te alcance. Bar. Eso tengo yo bueno: que hablo más llano que una suela de zapato: pan 30
ENTREMES p. 132 por vino y vino por pan, o como suele decirse. Sac. Sí; que diferencia ha de haber de un sacristán gramático a un barbero romancista. 5 Cris. Para lo que yo he menester a mi barbero, tanto latín sabe, y aún más, que supo Antonio de Nebrija. Y no se dispute ahora de ciencia ni de modos de hablar, que cada uno habla, si no 10 como debe, a lo menos, como sabe. Y entrémonos, y manos a labor, que hay mucho que hacer. Est. Y mucho que pelar. Sac. ¿Quién es este buen hombre? 15 Leo. Un pobre estudiante salamanqueso que pide albergo para esta noche. Sac. Yo le daré un par de reales para cena y para lecho, y váyase con Dios. Est. Señor sacristán Reponce, recibo y 20 agradezco la merced y la limosna; pero yo soy mudo, y pelón además, como lo ha menester esta señora doncella que me tiene convidado, y voto a... de no irme esta noche de esta casa, 25 si todo el mundo me lo manda. Confíese vuestra merced mucho de enhoramala de un hombre de mis prendas que se contenta de dormir en un pajar; y si lo han por sus capones, 30 péleselos el Turco, y cómanselos ellos, y nunca del cuero les salgan.
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 133 Bar. Este más parece rufián que pobre; talle tiene de alzarse con toda la casa. Cris. No medre yo si no me contenta el brío. Entrémonos todos, y demos orden en lo que se ha de hacer; que el pobre 5 pelará, y callará como en misa. Est. Y aun como en vísperas. Sac. Puesto me ha miedo el pobre estudiante; yo apostaré que sabe más latín que yo. 10 Leo. De ahí le deben de nacer los bríos que tiene. Pero no te pese, amigo, de hacer caridad, que vale para todas las cosas. Entranse todos. 15 Y sale Leoniso, compadre de Pancracio, y Pancracio. Com. Luego lo vi yo que nos había de faltar la rueda. No hay cochero que no sea temático; si él rodeara un poco y salvara aquel barranco, ya estuviéramos 20 dos leguas de aquí. Pan. A mí no se me da nada: que antes gusto de volverme y pasar esta noche con mi esposa Leonarda, que en la venta; porque la dejé esta tarde casi 25 para espirar, del sentimiento de mi partida. Com. ¡Gran mujer! ¡De buena os ha dado el cielo, señor compadre! Dadle gracias por ello. 30 Pan. Yo se las doy como puedo, y no como
ENTREMES p. 134 debo. No hay Lucrecia que se llegue, ni Porcia que se le iguale; la honestidad y el recogimiento han hecho en ella su morada. Com. Si la mía no fuera celosa, no tenía yo 5 más que desear. Por esta calle está más cerca mi casa; tomad, compadre, por éstas, y estaréis presto en la vuestra; y veámonos mañana, que [no] me faltará coche para la jornada. ¡A Dios! 10 Pan. ¡A Dios! Entranse los dos. Vuelven a salir el sacristán, el barbero, con sus guitarras; Leonarda, Cristina y el estudiante. Sale el sacristán con la sotana alzada y ceñida al cuerpo, 15 danzando al son de su misma guitarra, y a cada cabriola vaya diciendo estas palabras: Sac. ¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor! Cris. Señor sacristán Reponce, no es éste 20 tiempo de danzar. Dése orden en cenar y en las demás cosas, y quédense las danzas para mejor coyuntura. Sac. ¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor! 25 Leo. Déjale, Cristina; que en extremo gusto de ver su agilidad. Llama Pancracio a la puerta, y dice: Pan. Gente dormida, ¿no oís? ¿Cómo, y tan temprano tenéis atrancada la puerta? 30
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 135 Los recatos de mi Leonarda deben de andar por aquí. Leo. ¡Ay, desdichada! A la voz y a los golpes, mi marido Pancracio es éste. Algo le debe de haber sucedido, pues él se 5 vuelve. Señores, a recogerse a la carbonera; digo, al desván, donde está el carbón. Corre, Cristina, y llévalos, que yo entretendré a Pancracio de modo que tengas lugar para todo. 10 [Sac.] ¡Fea noche, amargo rato, mala cena y peor amor! Cris. ¡Gentil relente, por cierto! ¡Ea, vengan todos! Pan. ¿Qué diablos es esto? ¿Cómo no me 15 abrís, lirones? [Est.] Es el toque, que yo no quiero correr la suerte de estos señores. Escóndanse ellos donde quisieren, y llévenme a mí al pajar; que, si allí me hallan, antes 20 pareceré pobre que adúltero. Cris. ¡Caminen, que se hunde la casa a golpes! Sac. ¡El alma llevo en los dientes! Bar. ¡Y yo en los calcañares! 25 Entranse todos, y asómase Leonarda a la ventana. Leo. ¿Quién está ahí? ¿Quién llama? Pan. Tu marido soy, Leonarda mía. Abreme, que ha media hora que estoy rompiendo a golpes estas puertas. 30 Leo. En la voz, bien me parece a mí que
ENTREMES p. 136 oigo a mi cepo Pancracio; pero la voz de un gallo se parece a la de otro gallo, y no me aseguro. Pan. ¡Oh recato inaudito de mujer prudente! Que yo soy, vida mía, tu marido 5 Pancracio. Abreme con toda seguridad. Leo. Venga acá; yo lo veré ahora. ¿Qué hice yo cuando él se partió esta tarde? Pan. Suspiraste, lloraste, y al cabo te desmayaste. 10 Leo. Verdad. Pero, con todo esto, dígame: ¿qué señales tengo yo en uno de mis hombros? Pan. En el izquierdo tienes un lunar del grandor de medio real, con tres cabellos 15 como tres mil hebras de oro. Leo. Verdad. Pero ¿cómo se llama la doncella de casa? Pan. Ea, boba; no seas enfadosa. Cristinica se llama. ¿Qué mas quieres? 20 [Leo.] ¡Cristinica, Cristinica! Tu señor es; ábrele, niña. Cris. Ya voy, señora. Que él sea muy bien venido. ¿Qué es esto, señor de mi alma? ¿Qué acelerada vuelta es ésta? 25 Leo. ¡Ay, bien mío! Decídnoslo presto, que el temor de algún mal suceso me tiene ya sin pulsos. Pan. No ha sido otra cosa sino que en un barranco se quebró la rueda del coche, 30 y mi compadre y yo determinamos volvernos y no pasar la noche en el
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 137 campo, y mañana buscaremos en qué ir, pues hay tiempo. Pero ¿qué voces hay? Dentro, y como de muy lejos, diga el estudiante: Est. ¡Abranme aquí, señores, que me 5 ahogo! Pan. ¿Es en casa, o en la calle? Cris. Que me maten si no es el pobre estudiante que encerré en el pajar para que durmiese esta noche. 10 Pan. ¿Estudiante encerrado en mi casa, y en mi ausencia? ¡Malo! En verdad, señora, que si no me tuviera asegurado vuestra mucha bondad, que me causara algún recelo este encerramiento. 15 Pero ve, Cristina, y ábrele, que se le debe de haber caído toda la paja a cuestas. Cris. Ya voy. Leo. Señor, que es un pobre salamanqueso 20 que pidió que le acogiésemos esta noche por amor de Dios, aunque fuese en el pajar, y ya sabes mi condición, que no puedo negar nada de lo que se me pide, y encerrámosle. Pero 25 veisle aquí y mirad cuál sale. Sale el estudiante y Cristina, él lleno de paja las barbas, cabeza y vestido. Est. Si yo no tuviera tanto miedo y fuera
ENTREMES p. 138 menos escrupuloso, yo hubiera excusado el peligro de ahogarme en el pajar, y hubiera cenado mejor, y tenido más blanda y menos peligrosa cama. Pan. ¿Y quién os había de dar, amigo, mejor 5 cena y mejor cama? Est. ¿Quién? Mi habilidad. Sino que el temor de la justicia me tiene atadas las manos. Pan. ¡Peligrosa habilidad debe de ser la 10 vuestra, pues os teméis de la justicia! Est. La ciencia que aprendí en la cueva de Salamanca, de donde yo soy natural, si se dejara usar sin miedo de la santa Inquisición, yo sé que cenara y 15 recenara a costa de mis herederos; y aun quizá no estoy muy fuera de usarla, siquiera por esta vez, donde la necesidad me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras serán 20 tan secretas como yo lo he sido. Pan. No se cure de ellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo les haré que callen; y ya deseo en todo extremo ver alguna de estas cosas que dicen 25 que se aprenden en la cueva de Salamanca. Est. ¿No se contentará vuestra merced con que le saque aquí dos demonios en figuras humanas, que traigan a cuestas 30 una canasta llena de cosas fiambres y comederas?
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 139 Pan. ¿Demonios en mi casa, y en mi presencia? Leo. ¡Jesús! ¡Librada sea yo de lo que librarme no sé! Cris. ¡El mismo diablo tiene el estudiante 5 en el cuerpo! ¡Plega a Dios que vaya a buen viento esta parva! ¡Temblándome está el corazón en el pecho! Pan. Ahora bien: si ha de ser sin peligro y sin espantos, yo me holgaré de ver 10 esos señores demonios y a la canasta de las fiambreras; y torno a advertir que las figuras no sean espantosas. Est. Digo que saldrán en figura del sacristán 15 de la parroquia y en la de un barbero, su amigo. Cris. Mas que lo dice por el sacristán Riponce y por maese Roque, el barbero de casa. ¡Desdichados de ellos, que se 20 han de ver convertidos en diablos! Y dígame, hermano: ¿y éstos han de ser diablos bautizados? Est. ¡Gentil novedad! ¿Adónde diablos hay diablos bautizados? ¿O para qué se 25 han de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que éstos lo fuesen, porque no hay regla sin excepción. Y apártense, y verán maravillas. Leo. [Aparte.] ¡Ay, sinventura! ¡Aquí se 30 descose! ¡Aquí salen nuestras maldades a plaza! ¡Aquí soy muerta!
ENTREMES p. 140 Cris. [Aparte.] Animo, señora; que buen corazón quebranta mala ventura. Est. Vosotros, mezquinos, que en la [carbonera hallasteis amparo a vuestra desgracia, 5 salid, y en los hombros, con prisa y [con gracia, sacad la canasta de la fiambrera. No me incitéis a que de otra manera más dura os conjure. ¡Salid! ¿Qué 10 [esperáis? Mirad que si, a dicha, el salir reusáis, tendrá mal suceso mi nueva quimera. Ora bien, yo sé cómo me tengo de haber con estos demonicos humanos. 15 Quiero entrar allá dentro, y a solas hacer un conjuro tan fuerte, que los haga salir más que de paso. Aunque la calidad de estos demonios más está en saberlos aconsejar, que en 20 conjurarlos. Entrase el estudiante. Pan. Yo digo que si éste sale con lo que ha dicho, que será la cosa más nueva y más rara que se haya visto en el mundo. 25 Leo. Sí saldrá: ¿quién lo duda? ¿Pues habíanos de engañar? Cris. Ruido anda allá dentro: yo apostaré que los saca. Pero ve aquí do vuelve con los demonios y el apatusco de 30 la canasta.
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 141 Leo. ¡Jesús! ¿Qué parecidos son los de la carga al sacristán Reponce y al barbero de la plazuela! Cris. Mira, señora, que, donde hay demonios, no se ha de decir Jesús. 5 Sac. Digan lo que quisieren, que nosotros somos como los perros del herrero, que dormimos al son de las martilladas: ninguna cosa nos espanta ni turba. Leo. Lléguense a que yo coma de lo que 10 viene de la canasta; no tomen menos. Est. Yo haré la salva, y comenzaré por el vino. Bebe. ¡Bueno es! ¿Es de Esquivias, señor 15 sacridiablo? Sac. De Esquivias es, juro a... Est. Téngase, por vida suya, y no pase adelante. ¡Amiguito soy yo de diablos juradores! Demonico, demonico, aquí 20 no venimos a hacer pecados mortales, sino a pasar una hora de pasatiempo, y cenar, e irnos con Cristo. Cris. ¿Y éstos han de cenar con nosotros? Pan. Sí; que los diablos no comen. 25 Bar. Sí comen algunos, pero no todos; y nosotros somos de los que comen. Cris. ¡Ay, señores! Quédense acá los pobres diablos, pues han traído la cena: que sería poca cortesía dejarlos ir 30 muertos de hambre, y parecen
ENTREMES p. 142 diablos muy honrados y muy hombres de bien. Leo. Como no nos espanten, y si mi marido gusta, quédense en buen hora. Pan. Queden, que quiero ver lo que nunca 5 he visto. Bar. Nuestro Señor pague a vuestras mercedes la buena obra, señores míos. Cris. ¡Ay, qué bien criados, qué corteses! Nunca medre yo, si todos los diablos 10 son como éstos, si no han de ser mis amigos de aquí adelante. Sac. Oigan, pues, para que se enamoren de veras. Toca el sacristán y canta, y ayúdale el barbero 15 con el último verso no más. Sac. “Oigan los que poco saben lo que con mi lengua franca digo del bien que en sí tiene Bar. la cueva de Salamanca. 20 Sac. Oigan lo que dejó escrito de ella el bachiller Tudanca en el cuero de una yegua que dicen que fue potranca, en la parte de la piel 25 que confina con el anca, poniendo sobre las nubes Bar. la cueva de Salamanca. Sac. En ella estudian los ricos y los que no tienen blanca, 30 y sale entera y rolliza
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 143 la memoria que está manca. Siéntanse los que allí enseñan de alquitrán en una banca, porque estas bombas encierra Bar. la cueva de Salamanca. 5 Sac. En ella se hacen discretos los moros de la Palanca, y el estudiante más burdo ciencias de su pecho arranca. A los que estudian en ella, 10 ninguna cosa les manca. ¡Viva, pues, siglos eternos Bar. la cueva de Salamanca! Sac. Y nuestro conjurador, si es, a dicha, de Loranca, 15 tenga en ella cien mil vides de uva tinta y de uva blanca. Y al diablo que le acusare, que le den con una tranca, y para el tal jamás sirva 20 Bar. la cueva de Salamanca.” Cris. Basta; ¿que también los diablos son poetas? Bar. Y aun todos los poetas son diablos. Pan. Dígame, señor mío, pues los diablos 25 lo saben todo: ¿dónde se inventaron todos estos bailes de las zarabandas, zambapalo y de ello me pesa, con el famoso del nuevo escarramán? Bar. ¿Adónde? En el infierno: allí tuvieron 30 su origen y principio. Pan. Yo así lo creo.
ENTREMES DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 144 Leo. Pues en verdad que tengo yo mis puntas y collar escarramanesco; sino que, por mi honestidad, y por guardar el decoro a quien soy, no me atrevo a bailarle. 5 Sac. Con cuatro mudanzas que yo le enseñase a vuestra merced cada día, en una semana saldría única en el baile: que sé que le falta bien poco. Est. Todo se andará; por ahora, entrémonos 10 a cenar, que es lo que importa. Pan. Entremos, que quiero averiguar si los diablos comen o no, con otras cien mil cosas que de ellos cuentan. Y, por Dios, que no han de salir de mi casa 15 hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que se enseñan en la cueva de Salamanca.
p. 145 ENTREMES DEL viejo celoso. Salen doña Lorenza, y Cristina, su criada, y Hortigosa, su vecina. D.ª Lor. Milagro ha sido éste, señora Hortigosa, 5 el no haber dado la vuelta a la llave mi duelo, mi yugo y mi desesperación. Este es el primero día, después que me casé con él, que hablo con persona de fuera de casa. ¡Que fuera le vea yo 10 de esta vida a él y a quien con él me casó! Hor. Ande, mi señora doña Lorenza, no se queje tanto, que con una caldera vieja se compra otra nueva. 15 D.ª Lor. Y aun con esos y otros semejantes villancicos o refranes me engañaron a mí. ¡Que malditos sean sus dineros, fuera de las cruces, malditas sus joyas, malditas sus galas, y maldito todo 20 cuanto me da y promete! ¿De qué me sirve a mí todo aquesto, si en mitad de la riqueza estoy pobre, y, en medio de la abundancia, con hambre? Cris. En verdad, señora tía, que tienes 25
ENTREMES p. 146 razón: que más quisiera yo andar con un trapo atrás y otro adelante, y tener un marido mozo, que verme casada y enlodada con ese viejo podrido que tomaste por esposo. 5 D.ª Lor. ¿Yo le tomé, sobrina? A la fe, diómele quien pudo, y yo, como muchacha, fui más presta al obedecer que al contradecir. Pero si yo tuviera tanta experiencia de estas cosas, antes me 10 tarazara la lengua con los dientes, que pronunciar aquel sí, que se pronuncia con dos letras y da que llorar dos mil años. Pero yo imagino que no fue otra cosa sino que había de ser ésta, y que las 15 que han de suceder forzosamente, no hay prevención ni diligencia humana que las prevenga. Cris. ¡Jesús y del mal viejo! Toda la noche: “daca el orinal, toma el orinal; 20 levántate, Cristinica, y caliéntame unos paños, que me muero de la ijada; dame aquellos juncos, que me fatiga la piedra.” Con más ungüentos y medicinas en el aposento que si fuera una botica. 25 Y yo, que apenas sé vestirme, tengo de servirle de enfermera. ¡Pux, pux, pux! ¡Viejo clueco, tan potroso como celoso, y el más celoso del mundo! D.ª Lor. Dice la verdad mi sobrina. 30 Cris. ¡Pluguiera a Dios que nunca yo la dijera en esto!
DEL VIEJO CELOSO p. 147 Hor. Ahora bien, señora doña Lorenza, vuestra merced haga lo que le tengo aconsejado, y verá cómo se halla muy bien con mi consejo. El mozo es como un jinjo verde: quiere bien, sabe callar 5 y agradecer lo que por él se hace; y pues los celos y el recato del viejo no nos dan lugar a demandas ni a respuestas, resolución y buen ánimo, que, por la orden que hemos dado, yo le 10 pondré al galán en su aposento de vuestra merced y le sacaré, si bien tuviese el viejo más ojos que Argos y viese más que un zahorí, que dicen que ve siete estados debajo de la 15 tierra. D.ª Lor. Como soy primeriza, estoy temerosa, y no querría, a trueco del gusto, poner a riesgo la honra. Cris. Eso me parece, señora tía, a lo del 20 cantar de Gómez Arias: “Señor Gómez Arias, doleos de mí: soy niña y muchacha; nunca en tal me vi.” 25 D.ª Lor. Algún espíritu malo debe de hablar en ti, sobrina, según las cosas que dices. Cris. Yo no sé quién habla; pero yo sé que haría todo aquello que la señora Hortigosa ha dicho, sin faltar punto. 30 D.ª Lor. ¿Y la honra, sobrina?
ENTREMES p. 148 Cris. ¿Y el holgarnos, tía? D.ª Lor. ¿Y si se sabe? Cris. ¿Y si no se sabe? D.ª Lor. ¿Y quién me asegurará a mí que no se sepa? 5 Hor. ¿Quién? La buena diligencia, la sagacidad, la industria, y, sobre todo, el buen ánimo y mis trazas. Cris. Mire, señora Hortigosa, tráiganosle galán, limpio, desenvuelto, un poco atrevido, 10 y, sobre todo, mozo. Hor. Todas esas partes tiene el que he propuesto, y otras dos más: que es rico y liberal. D.ª Lor. Que no quiero riquezas, señora 15 Hortigosa; que me sobran las joyas, y me ponen en confusión las diferencias de colores de mis muchos vestidos. Hasta eso no tengo que desear, que Dios le dé salud a Cañizares: más vestida 20 me tiene que un palmito, y con más joyas que la vidriera de un platero rico. No me clavara él las ventanas, cerrara las puertas, visitara a todas horas la casa, desterrara de ella los 25 gatos y los perros, solamente porque tienen nombre de varón; que, a trueco de que no hiciera esto y otras cosas no vistas en materia de recato, yo le perdonara sus dádivas y mercedes. 30 Hor. ¿Qué, tan celoso es? D.ª Lor. Digo que le vendían el otro día una
DEL VIEJO CELOSO p. 149 tapicería a bonísimo precio, y por ser de figuras no la quiso, y compró otra de verduras por mayor precio, aunque no era tan buena. Siete puertas hay antes que se llegue a mi aposento, fuera 5 de la puerta de la calle, y todas se cierran con llave, y las llaves no me ha sido posible averiguar dónde las esconde de noche. Cris. Tía, la llave de loba creo que se la 10 pone entre las faldas de la camisa. D.ª Lor. No lo creas, sobrina: que yo duermo con él, y jamás le he visto ni sentido que tenga llave alguna. Cris. Y más, que toda la noche anda como 15 trasgo por toda la casa, y si acaso dan alguna música en la calle, les tira de pedradas porque se vayan. Es un malo, es un brujo, es un viejo: que no tengo más que decir. 20 D.ª Lor. Señora Hortigosa, váyase, no venga el gruñidor y la halle conmigo, que sería echarlo a perder todo. Y lo que ha de hacer, hágalo luego: que estoy tan aburrida, que no me falta sino echarme 25 una soga al cuello, por salir de tan mala vida. Hor. Quizá con esta que ahora se comenzará, se le quitará toda esa mala gana, y le vendrá otra más saludable y que 30 más la contente. Cris. Así suceda, aunque me costase a mí
ENTREMES p. 150 un dedo de la mano: que quiero mucho a mi señora tía, y me muero de verla tan pensativa y angustiada en poder de este viejo, y reviejo, y más que viejo, y no me puedo hartar de decirle viejo. 5 D.ª Lor. Pues en verdad que te quiere bien, Cristina. Cris. ¿Deja por eso de ser viejo? Cuanto más, que yo he oído decir que siempre los viejos son amigos de niñas. 10 Hor. Así es la verdad, Cristina. Y a Dios, que, en acabando de comer, doy la vuelta. Vuestra merced esté muy en lo que dejamos concertado, y verá cómo salimos y entramos bien en ello. 15 Cris. Señora Hortigosa, hágame merced de traerme a mí un frailecico pequeñito con quien yo me huelgue. Hor. Yo se le traeré a la niña pintado. Cris. Que no le quiero pintado, sino vivo, 20 vivo, chiquito como unas perlas. D.ª Lor. ¿Y si lo ve tío? Cris. Diréle yo que es un duende, y tendrá de él miedo, y holgaréme yo. Hor. Digo que yo le traeré, y a Dios. 25 Vase Hortigosa. Cris. Mire, tía: si Hortigosa trae al galán y a mi frailecico, y si señor los viere, no tenemos más que hacer sino cogerle entre todos y ahogarle, y echarle en 30 el pozo o enterrarle en la caballeriza.
DEL VIEJO CELOSO p. 151 D.ª Lor. Tal eres tú, que creo lo harías mejor que lo dices. Cris. Pues no sea el viejo celoso, y déjenos vivir en paz, pues no le hacemos mal alguno, y vivimos como unas santas. 5 Entranse. Entran Cañizares, viejo, y un compadre suyo. Cañi. Señor compadre, señor compadre, el setentón que se casa con quince, o carece de entendimiento, o tiene gana 10 de visitar el otro mundo lo más presto que le sea posible. Apenas me casé con doña Lorencica, pensando tener en ella compañía y regalo, y persona que se hallase en mi cabecera y me 15 cerrase los ojos al tiempo de mi muerte, cuando me embistieron una turbamulta de trabajos y desasosiegos: tenía casa, y busqué casar; estaba posado, y desposéme. 20 Com. Compadre, error fue, pero no muy grande; porque, según el dicho del Apóstol, mejor es casarse que abrasarse. Cañi. Que no había que abrasar en mí, señor 25 compadre, que con la menor llamarada quedara hecho ceniza. Compañía quise, compañía busqué, compañía hallé; pero Dios lo remedie, por quien él es. 30 Com. ¿Tiene celos, señor compadre?
ENTREMES p. 152 Cañi. Del sol que mira a Lorencita, del aire que le toca, de las faldas que la vapulan. Com. ¿Dale ocasión? Cañi. ¡Ni por pienso! Ni tiene por qué, ni 5 cómo, ni cuándo, ni adónde. Las ventanas, amén de estar con llave, las guarnecen rejas y celosías; las puertas jamás se abren; vecina no atraviesa mis umbrales, ni le atravesará 10 mientras Dios me diere vida. Mirad, compadre: no les vienen los malos aires a las mujeres de ir a los jubileos, ni a las procesiones, ni a todos los actos de regocijos públicos; donde ellas se 15 mancan, donde ellas se estropean, y adonde ellas se dañan, es en casa de las vecinas y de las amigas. Más maldades encubre una mala amiga, que la capa de la noche; más conciertos se 20 hacen en su casa y más se concluyen, que en una asamblea. Com. Yo así lo creo. Pero si la señora doña Lorenza no sale de casa, ni nadie entra en la suya, ¿de qué vive descontento 25 mi compadre? Cañi. De que no pasará mucho tiempo en que no caiga Lorencica en lo que le falta, que será un mal caso, y tan malo, que en sólo pensarlo le temo, y 30 de temerle me desespero, y de desesperarme vivo con disgusto.
DEL VIEJO CELOSO p. 153 Com. Y con razón se puede tener ese temer, porque las mujeres querrían gozar enteros los frutos del matrimonio. Cañi. La mía los goza doblados. Com. Ahí está el daño, señor compadre. 5 Cañi. No, no; ni por pienso; porque es más simple Lorencica que una paloma, y hasta ahora no entiende nada de esas filaterías. Y a Dios, señor compadre que me quiero entrar en casa. 10 Com. Yo quiero entrar allá, y ver a mi señora doña Lorenza. Cañi. Habéis de saber, compadre, que los antiguos latinos usaban de un refrán que decía: Amicus usque ad aras, que 15 quiere decir: “El amigo hasta el altar”; infiriendo que el amigo ha de hacer por su amigo todo aquello que no fuere contra Dios. Y yo digo que mi amigo usque ad portam, hasta la puerta: 20 que ninguno ha de pasar mis quicios. Y a Dios, señor compadre, y perdóneme. Entrase Cañizares. Com. En mi vida he visto hombre más recatado, 25 ni más celoso, ni más impertinente. Pero éste es de aquellos que traen la soga arrastrando, y de los que siempre vienen a morir del mal que temen. 30 Entrase el compadre.
ENTREMES p. 154 Salen doña Lorenza y Cristinica. Cris. Tía, mucho tarda tío, y más tarda Hortigosa. D.ª Lor. Mas que nunca él acá viniese, ni ella tampoco; porque él me enfada, y ella 5 me tiene confusa. Cris. Todo es probar, señora tía; y cuando no saliere bien, darle del codo. D.ª Lor. ¡Ay, sobrina! Que estas cosas, o yo sé poco, o sé que todo el daño está en 10 probarlas. Cris. A fe, señora tía, que tiene poco ánimo, y que, si yo fuera de su edad, que no me espantaran hombres armados. D.ª Lor. Otra vez torno a decir, y diré cien 15 mil veces, que Satanás habla en tu boca. Mas, ¡ay! ¿Cómo se ha entrado señor? Cris. Debe de haber abierto con la llave maestra. 20 D.ª Lor. ¡Encomiendo yo al diablo sus maestrías y sus llaves! Entra Cañizares. Cañi. ¿Con quién hablabais, doña Lorenza? D.ª Lor. Con Cristinica hablaba. 25 Cañi. Miradlo bien, doña Lorenza. D.ª Lor. Digo que hablaba con Cristinica. ¿Con quién había de hablar? ¿Tengo yo, por ventura, con quién? Cañi. No querría que tuvieseis algún 30
DEL VIEJO CELOSO p. 155 soliloquio con vos misma, que redundase en mi perjuicio. D.ª Lor. Ni entiendo esos circunloquios que decís, ni aun los quiero entender; y tengamos la fiesta en paz. 5 Cañi. Ni aun las vísperas no querría yo tener en guerra con vos. Pero ¿quién llama a aquella puerta con tanta prisa? Mira, Cristinica, quién es, y, si es pobre, dale limosna y despídele. 10 Cris. ¿Quién está ahí? Hor. La vecina Hortigosa es, señora Cristina. Cañi. ¿Hortigosa, y vecina? ¡Dios sea conmigo! Pregúntale, Cristina, lo que quiere, y dáselo, con condición que no atraviese 15 esos umbrales. Cris. ¿Y qué quiere, señora vecina? Cañi. El nombre de vecina me turba y sobresalta. Llámala por su propio nombre, Cristina. 20 Cris. Responda. ¿Y qué quiere, señora Hortigosa? Hor. Al señor Cañizares quiero suplicar un poco, en que me va la honra, la vida y el alma. 25 Cañi. Decidle, sobrina, a esa señora, que a mí me va todo eso y más en que no entre acá dentro. D.ª Lor. ¡Jesús, y qué condición tan extravagante! ¿Aquí no estoy delante de vos? 30 ¿Hanme de comer de ojo? ¿Hanme de llevar por los aires?
ENTREMES p. 156 Cañi. ¡Entre con cien mil Belcebúes, pues vos lo queréis! Cris. Entre, señora vecina. Cañi. ¡Nombre fatal para mí es el de vecina! Entra Hortigosa, y trae un guadamecí, y en las pieles 5 de las cuatro esquinas han de venir pintados Rodamonte, Mandricardo, Rugero y Gradaso, y Rodamonte venga pintado como arrebozado. Hor. Señor mío de mi alma, movida e incitada de la buena fama de vuestra merced, 10 de su gran caridad y de sus muchas limosnas, me he atrevido de venir a suplicar a vuestra merced me haga tanta merced, caridad y limosna y buena obra, de comprarme este 15 guadamecí, porque tengo un hijo preso por unas heridas que dio a un tundidor, y ha mandado la justicia que declare el cirujano, y no tengo con qué pagarle, y corre peligro no le echen 20 otros embargos, que podrían ser muchos, a causa que es muy travieso mi hijo, y querría echarle hoy o mañana, si fuese posible, de la cárcel. La obra es buena, el guadamecí nuevo, y, 25 con todo eso, le daré por lo que vuestra merced quisiere darme por él: que en más está la monta, y como esas cosas he perdido yo en esta vida. Tenga vuestra merced de esa punta, señora 30 mía, y descojámosle, porque no vea el
DEL VIEJO CELOSO p. 157 señor Cañizares que hay engaño en mis palabras. Alce más, señora mía, y mire cómo es bueno de caída. Y las pinturas de los cuadros parece que están vivas. 5 Al alzar y mostrar el guadamecí, entra por detrás de él un galán, y, como Cañizares ve los retratos, dice: Cañi. ¡Oh, qué lindo Rodamonte! ¿Y qué quiere el señor rebozadito en mi casa? Aun si supiese que tan amigo soy yo 10 de estas cosas y de estos rebocitos, espantarse ía. Cris. Señor tío, yo no sé nada de rebozados; y si él ha entrado en casa, la señora Hortigosa tiene la culpa: que a 15 mí el diablo me lleve si dije ni hice nada para que él entrase. No, en mi conciencia; aun el diablo sería si mi señor tío me echase a mí la culpa de su entrada. 20 Cañi. Ya yo lo veo, sobrina, que la señora Hortigosa tiene la culpa; pero no hay de qué maravillarme, porque ella no sabe mi condición, ni cuán enemigo soy de aquestas pinturas. 25 D.ª Lor. Por las pinturas lo dice, Cristinica, y no por otra cosa. Cris. Pues por ésas digo yo. ¡Ay, Dios sea conmigo! Vuelto se me ha el ánima al cuerpo, que ya andaba por los aires. 30 D.ª Lor. ¡Quemado vea yo ese pico de once
ENTREMES p. 158 varas! En fin, quien con muchachos se acuesta, &c. Cris. ¡Ay, desgraciada, y en qué peligro pudiera haber puesto toda esta baraja! Cañi. Señora Hortigosa, yo no soy amigo de 5 figuras rebozadas ni por rebozar. Tome este doblón, con el cual podrá remediar su necesidad, y váyase de mi casa lo más presto que pudiere; y ha de ser luego, y llévese su guadamecí. 10 Hor. Viva vuestra merced más años que Matute el de Jerusalén, en vida de mi señora doña..., no sé cómo se llama, a quien suplico me mande, que la serviré de noche y de día, con la vida y 15 con el alma, que la debe de tener ella como la de una tortolica simple. Cañi. Señora Hortigosa, abrevie y váyase, y no se esté ahora juzgando almas ajenas. 20 Hor. Si vuestra merced hubiere menester algún pegadillo para la madre, téngolos milagrosos; y si para mal de muelas, sé unas palabras que quitan el dolor como con la mano. 25 Cañi. Abrevie, señora Hortigosa, que doña Lorenza, ni tiene madre, ni dolor de muelas: que todas las tiene sanas y enteras, que en su vida se ha sacado muela alguna. 30 Hor. Ella se las sacará, placiendo al cielo, porque le dará muchos años de vida,
DEL VIEJO CELOSO p. 159 y la vejez es la total destrucción de la dentadura. Cañi. ¡Aquí de Dios, que no será posible que me deje esta vecina! ¡Hortigosa, o diablo, o vecina, o lo que eres, vete 5 con Dios, y déjame en mi casa! Hor. Justa es la demanda, y vuestra merced no se enoje, que ya me voy. Vase Hortigosa. Cañi. ¡Oh vecinas, vecinas! Escaldado quedo 10 aun de las buenas palabras de esta vecina, por haber salido por boca de vecina. D.ª Lor. Digo que tenéis condición de bárbaro y de salvaje. ¿Y qué ha dicho esta 15 vecina, para que quedéis con la ojeriza contra ella? Todas vuestras buenas obras las hacéis en pecado mortal. Dísteisle dos docenas de reales, acompañados con otras dos docenas 20 de injurias, ¡boca de lobo, lengua de escorpión y silo de malicias! Cañi. No, no; a mal viento va esta parva. No me parece bien que volváis tanto por vuestra vecina. 25 Cris. Señora tía, éntrese allí dentro y desenójese, y deje a tío, que parece que está enojado. D.ª Lor. Así lo haré, sobrina, y aun quizá no me verá la cara en estas dos horas; y 30
ENTREMES p. 160 a fe que yo se la dé a beber, por más que la rehúse. Entrase doña Lorenza. Cris. Tío, ¿no ve cómo ha cerrado de golpe? Y creo que va a buscar una tranca 5 para asegurar la puerta. Doña Lorenza, por dentro: [D.ª Lor.] ¡Cristinica, Cristinica! Cris. ¿Qué quiere, tía? D.ª Lor. ¡Si supieses qué galán me ha deparado 10 la buena suerte! Mozo, bien dispuesto, pelinegro, y que le huele la boca a mil azahares. Cris. ¡Jesús, y qué locuras, y qué niñerías! ¿Está loca, tía? 15 D.ª Lor. No estoy sino en todo mi juicio; y en verdad que, si le vieses, que se te alegrase el alma. Cris. ¡Jesús, y qué locuras, y qué niñerías! Ríñala, tío, porque no se atreva, ni 20 aun burlando, a decir deshonestidades. Cañi. ¡Bobear, Lorenza! ¡Pues a fe que no estoy yo de gracia para sufrir esas burlas! Dª. Lor. Que no son sino veras; y tan veras, 25 que en este género no pueden ser mayores. Cris. ¡Jesús, y qué locuras, y qué niñerías! Y dígame, tía: ¿está ahí también mi frailecico? 30
DEL VIEJO CELOSO p. 161 D.ª Lor. No sobrina; pero otra vez vendrá, si quiere Hortigosa, la vecina. Cañi. Lorenza, di lo que quisieres; pero no tomes en tu boca el nombre de vecina, que me tiemblan las carnes en oírle. 5 D.ª Lor. También me tiemblan a mí por amor de la vecina. Cris. ¡Jesús, y qué locuras, y qué niñerías! D.ª Lor. ¡Ahora echo de ver quién eres, viejo maldito; que hasta aquí he vivido 10 engañada contigo! Cris. ¡Ríñala, tío; ríñala, tío; que se desvergüenza mucho! D.ª Lor. Lavar quiero a un galán las pocas barbas que tiene con una bacía llena 15 de agua de ángeles, porque su cara es como la de un ángel pintado. Cris. ¡Jesús, y qué locuras, y qué niñerías! ¡Despedácela, tío! Cañi. No la despedazaré yo a ella, sino a la 20 puerta que la encubre. D.ª Lor. No hay para qué: vela aquí abierta. Entre, y verá cómo es verdad cuanto le he dicho. Cañi. Aunque sé que te burlas, sí entraré, 25 para desenojarte. Al entrar Cañizares, danle con una bacía de agua en los ojos; él vase a limpiar; acuden sobre él Cristina y doña Lorenza, y en este ínterin sale el galán y vase. 30 Cañi. ¡Por Dios, que por poco me cegaras,
ENTREMES p. 162 Lorenza! ¡Al diablo se dan las burlas que se arremeten a los ojos! D.ª Lor. ¡Mirad con quién me casó mi suerte, sino con el hombre más malicioso del mundo! ¡Mirad cómo dio crédito a mis 5 mentiras, por su... fundadas en materia de celos, que menoscabada y asendereada sea mi ventura! ¡Pagad vosotros, cabellos, las deudas de este viejo. ¡Llorad vosotros, ojos, las culpas de este 10 maldito! ¡Mirad en lo que tiene mi honra y mi crédito, pues de las sospechas hace certezas, de las mentiras verdades, de las burlas veras, y de los entretenimientos maldiciones! ¡Ay, que 15 se me arranca el alma! Cris. Tía, no dé tantas voces, que se juntará la vecindad. De dentro: Just. ¡Abran esas puertas! ¡Abran luego! ¡Si 20 no, echarélas en el suelo! D.ª Lor. Abre, Cristinica, y sepa todo el mundo mi inocencia y la maldad de este viejo. Cañi. ¡Vive Dios, que creí que te burlabas! ¡Lorenza, calla! 25 Entran el alguacil, y los músicos, y el bailarín, y Hortigosa. Alg. ¿Qué es esto? ¿Qué pendencia es ésta? ¿Quién daba aquí voces? Cañi. Señor, no es nada; pendencias son 30
DEL VIEJO CELOSO p. 163 entre marido y mujer, que luego se pasan. Mús. Por Dios, que estábamos mis compañeros y yo, que somos músicos, aquí, pared y medio, en un desposorio, y a 5 las voces hemos acudido con no pequeño sobresalto, pensando que era otra cosa. Hor. Y yo también, en mi ánima pecadora. Cañi. Pues en verdad, señora Hortigosa, 10 que, si no fuera por ella, que no hubiera sucedido nada de lo sucedido. Hor. Mis pecados lo habrán hecho: que soy tan desdichada, que, sin saber por dónde ni por dónde no, se me echan 15 a mí las culpas que otros cometen. Cañi. Señores, vuestras mercedes todos se vuelvan norabuena, que yo les agradezco su buen deseo; que ya yo y mi esposa quedamos en paz. 20 D.ª Lor. Sí quedaré, como le pida primero perdón a la vecina, si alguna cosa mala pensó contra ella. Cañi. Si a todas las vecinas de quien yo pienso mal hubiese de pedir perdón, 25 sería nunca acabar; pero, con todo eso, yo se le pido a la señora Hortigosa. Hor. Y yo le otorgo, para aquí y para delante de Pero García. 30 Mús. Pues en verdad que no habemos de haber venido en balde; toquen mis
ENTREMES p. 164 compañeros, y baile el bailarín, y regocíjense las paces con esta canción. Cañi. Señores, no quiero música; yo la doy por recibida. Mús. Pues aunque no la quiera. 5 “El agua de por San Juan quita vino, y no da pan; las riñas de por San Juan todo el año paz nos dan. Llover el trigo en las eras, 10 las viñas estando en cierne, no hay labrador que gobierne bien sus cubas y paneras; mas las riñas más de veras, si suceden por San Juan, 15 todo el año paz nos dan. Baila. Por la canícula ardiente está la cólera a punto; pero, pasando aquel punto, 20 menos activa se siente. Y así el que dice no miente, que las riñas por San Juan todo el año paz nos dan. Baila. 25 Las riñas de los casados como aquésta siempre sean, para que después se vean sin pensar regocijados. Sol que sale tras nublados, 30
DEL VIEJO CELOSO p. 165 es contento tras afán; las riñas de por San Juan todo el año paz nos dan.” Cañi. Porque vean vuestras mercedes las revueltas y vueltas en que me ha puesto 5 una vecina, y si tengo razón de estar mal con las vecinas. D.ª Lor. Aunque mi esposo está mal con las vecinas, yo beso a vuestras mercedes las manos, señoras vecinas. 10 Cris. Y yo también. Mas, si mi vecina me hubiera traído mi frailecico, yo la tuviera por mejor vecina. Y a Dios, señoras vecinas. Fin de los entremeses. 15
p. 166 EN MADRID Por la viuda de Alonso Martín. ________________________________ Año MDCXV.
p. 167 ÍNDICE Páginas. __________ Entremés del juez de los divorcios.......... 5 Entremés del rufián viudo, llamado Trampagos................................. 21 Entremés de la elección de los alcaldes de Daganzo................................... 41 Entremés de la guarda cuidadosa............. 59 Entremés del vizcaíno fingido............... 81 Entremés del retablo de las maravillas...... 105 Entremés de la cueva de Salamanca........... 125 Entremés del viejo celoso................... 145
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