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               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______

           DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                TOMOS III Y IV




            Texto electrónico por
                Fred F. Jehle


      Copyright © 1941 Rodolfo Schevill
       Copyright © 1996 Fred F. Jehle &
          Purdue Research Foundation

               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______


                 DON QVIXOTE

                 DE LA MANCHA


                TOMOS III Y IV

            EDICIÓN PUBLICADA POR

 RODOLFO SCHEVILL     Y      ADOLFO BONILLA
  Profesor en la             Profesor en la
  Universidad de             Universidad de
California (Berkeley).           Madrid.


                    MADRID
           GRÁFICAS REUNIDAS, S. A.
                 M. CM. XXXV.


            Advertencia preliminar


  La impresión del texto de la primera edición
de la Segunda Parte de Don Quijote no resultó
tan descuidada y deficiente como la de la
Primera Parte de 1605, aunque ni el papel ni
el tipo resulten mayormente recomendables.
Desde el principio se notan letras rotas o caídas;
entre aquéllas figuran t, f, la s larga (ƒ),
n y u; hay confusión entre e y c, r y t; la
paginación está errada en bastantes ocasiones; la
puntuación en casi todas partes es execrable,
no obstante mostrar discreción al servirse de
los signos ortográficos en alguno que otro
pasaje difícil. Por consiguiente, es raro que
se pueda apelar al original para determinar
el sentido de la frase por medio de la puntuación
primitiva. En la Primera Parte se lee más
Vuestra Merced (además de v. m. sin resolver),
y en la Segunda, Vuessa Merced (al lado de
v. merced y v. m.). Habiendo optado por Vuestra
Merced al disolver v. m. en la Parte I, he
seguido este mismo sistema en la Parte II. A
__________
  (*) En la segunda mitad de la Parte II, es
decir en el Tomo IV, R. Schevill cambió de
parecer y optó por vuessa merced para disolver
la abreviatura v.m. Para que concuerden los
dos tomos de la Parte II, he resuelto esta
abreviatura en este Tomo III en vuessa merced.
F.J.

menudo se presentaba la tentación de
enmendar pequeños defectos de lenguaje en el
original, y muchos editores lo han hecho sin
indicar el cambio; pero he de insistir que el
resultado así conseguido no representa el texto
de Cervantes. Para no abultar demasiadamente
estos volúmenes no me he explayado en el
comentario de términos, frases o nombres ya
tratados por otros editores. Tampoco he incluido
voces y giros registrados por el diccionario
académico. Las abreviaturas se resuelven como
en los demás tomos. No hago caso de variantes,
omisiones ni adiciones caprichosas de las
ediciones posteriores a la muerte de Cervantes,
a menos que tengan especial importancia para
aclarar el texto.
  La Segunda Parte no ofrece ningunas
dificultades que desenredar de tanta monta como
la Primera, vbgr., la pérdida del rucio y su
hallazgo, ambos sin explicar, o los pasajes
viciados por omisiones o trastornos de frases
enteras. El problema que más ha dado que
conjeturar a los cervantistas, y que todavía queda
en pie a pesar de sus esfuerzos, es la solución
del misterio que nos encubre el verdadero
nombre de Alonso Fernández de Avellaneda, autor
del falso Quijote, “de aquel que dizen que se
engendró en Tordesillas, y nació en Tarragona”.
¿Quién era este escritor, y de qué modo se
relacionaba su existencia con la de Cervantes?
Se cree, por lo común, que Cervantes no llegó
nunca a conocer al historiador fingido; si supiese
quién fuera, se hace difícil de interpretar
su silencio sobre el caso. ¿Sería posible que no
quisiera mentarle para no embrollarse con él,
ni andar en dares y tomares con el mundo
malicioso de los literatos? Se ha exagerado
mucho la importancia de la identidad del
supuesto autor, y no es probable que el saber
su nombre nos explique jamás las semejanzas
notables entre ciertos rasgos de su libro y
algunos de la Segunda Parte de Cervantes.
Todas las conjeturas sobre Avellaneda, hasta
ahora divulgadas, han perdido terreno poco
a poco, y su verdadera persona se mantiene
todavía desconocida. En un artículo que acaba
de publicar D. Emilio Cotarelo en el Boletín de
la Academia Española (junio de 1934), el erudito
académico cree haber encontrado por fin en
Guillén de Castro al autor del falso Quijote. Si
no me equivoco, tampoco ha dado con la solución,
la cual necesita pruebas más terminantes
para convencernos y dispersar definitivamente
nuestras dudas. No siendo este prólogo el lugar
a propósito para refutar esta nueva hipótesis,
trataré de ella en otra ocasión.
  En cuanto a la obra de Avellaneda, la crítica
hostil ha aflojado mucho su tono intolerante, y
promete cambiar todavía más hasta ver en el
desconocido novelista un escritor de dotes muy
apreciables. En el siglo XIX los críticos se
complacían en hallar en el Quijote de Avellaneda
una obra pornográfica y licenciosa, y, por lo
general, de pocos, o ningunos méritos. Pero
la única base de todo criterio recto en la
evaluación artística viene a ser una crítica
comparada, según la cual ha de señalarse el cambio
del gusto estético de estas materias. Es
evidente que el siglo XIX, en consecuencia de una
sensibilidad falsa y pasajera, veía en las
páginas de Avellaneda aspectos censurables en
los cuales ya no se hace tanto hincapié ahora.
Si algunos escritores de dicho siglo encontraban
en el novelista tordesillesco fealdades
“que levantaban el estómago en cada página”
(M. y P.), ¿qué dirían de la tendencia franca y
sobremanera naturalista de ciertos novelistas
modernos? Toda crítica ha de ser relativa, y,
por lo tanto, nos inclinamos hoy día a reconocer
que hay en Avellaneda muchas vulgaridades,
una nota prosaica, monotonía en los episodios,
ocasionada por falta de invención, lo
cual tiende a fatigar al lector. El desconocido
autor carece, sobre todo, de esa cualidad
luminosa del genio de Cervantes. Pero llegamos a
tal conclusión solamente después de una
comparación imprescindible del lenguaje, del
contenido y del arte de Avellaneda con las
bellezas eternas de la obra del más grande de los
literatos españoles.
  En cambio, juzgada por sí sola la novela
de Avellaneda, sería un dislate manifiesto no
querer admitir que hay en ella muchos rasgos
admirables. Desde luego, lejos de estar toda la
obra llena de episodios groseros y brutales,
está escrita en un castellano vigoroso, con
estilo claro, y sin tacha ni de culteranismo, ni
de retórica falsa. Si Avellaneda se deja
arrastrar algunas veces por su humor espontáneo
--por otro lado, casi siempre sano-- a proferir
una palabra o un pensamiento arriesgado,
o si se deja vencer por el mal gusto hasta
pintarnos, una sola vez, una escena realmente
atrevida, y aun ofensiva (cuento del Rico
desesperado), hay que advertir, con plena justicia,
que esto sucede en contadísimas páginas, y,
que además, por supuesto, no causa mayor
efecto en el paladar del lector acostumbrado
a las producciones modernas. Nos preguntamos
hoy si no sería la novela alguna composición
de los años juveniles o estudiantiles del autor
desconocido. Hasta el humor quevedesco, los
chistes francos y la risa estrepitosa nos llevan
a tal conclusión. Lo que parece poco menos
que milagroso es que el autor no hubiese
escrito más obra que ésta. Y, sin embargo, ni su
estilo ni su contenido, recuerdan los de ningún
otro escritor coetáneo.
  Con este tomo y el que ha de seguir pronto
termino el comentario a las obras de Cervantes.
Han de finalizar la colección un índice y
una breve memoria acerca de la vida del gran
autor. Durante los muchos años consagrados
al trabajo de dilucidar sus escritos, me he
atrevido a abrigar una sola esperanza: la de que
se haya adelantado algo en el establecimiento
de un texto fidedigno de sus obras completas.
Al terminar la faena laboriosa de comentarista
(ocupación por lo común despreciada), no me
hago la ilusión de haber publicado estos
volúmenes cervantinos sin muchos defectos, que
son de lamentar, ni numerosas equivocaciones,
que nadie querrá disculpar. No me ha de valer
el que todo estudio de lenguaje sea difícil, ni
que no hubiera bastado una vida entera dedicada
a pesquisas y averiguaciones para dar con
la verdad en cada caso. Para tratar del sentido
de las voces o de los giros usados en tiempos
lejanos, todo investigador se ve obligado, a
menudo, a discurrir sobre lo que en realidad
no entiende; y para llevar a cabo semejante
empresa hay que tener en cuenta la prisa
ineludible y el desmayarse de las fuerzas:
condiciones de una obra que tiene afinidad, según
una comparación de Escalígero, con la faena
de laborear las minas y el trabajo del yunque.
Para nada sirve alegar inadvertencias causadas
por rutinarios deberes del día, ni olvidos
producidos por traiciones de la memoria en el
momento de mayor urgencia. Se nos escapa hoy
lo que se sabía ayer y que se recordará, sin ser
llamado, mañana. ¡Felices los que sean escogidos
para proseguir una labor tan espiritualmente
grata con la seguridad de poderla dejar
mejorada en tercio y quinto con sus esfuerzos!
Me tendré por afortunado si para el edificio
que ellos levanten se vieran necesitados a
utilizar algunas de las piedras por mí allegadas.

                                     R. S.

Berkeley, otoño de 1934.


                SEGVNDA PARTE

                DEL INGENIOSO

                CAVALLERO DON

                QVIXOTE DE LA

                    MANCHA

      Por Miguel de Ceruantes Saauedra,
          autor de su primera parte

Dirigida a don Pedro Fernandez de Castro, Conde de
  Lemos, de Andrade y de Villalua, Marques de
 Sarria, Gentilhombre de la Camara de Su Magestad,
Comendador de la Encomienda de Peñafiel, y la Zarça
  de la Orden de Alcantara, Virrey, Gouernador
    y Capitan General del Reyno de Napoles,
       y Presidente del Supremo Consejo
                  de Italia.


              Escudo del impresor:
              una mano, sobre
              la cual hay un
              halcón, puesto el
     Año      capirote; debajo,      1615
              un león echado; la
              leyenda dice: Post
                tenebras spero
                   lvcem.


                CON PRIVILEGIO
__________________________________________________
      EN MADRID, por Iuan de la Cuesta.
   Vendese en casa de Francisco de Robles,
        librero del Rey nuestro señor.


                    TASSA

  Yo, Hernando de Vallejo, Escriuano de Camara
del Rey nuestro señor, de los que residen
en su Consejo, doy fe: que auiendose visto
por los señores del vn libro que compuso
Miguel de Ceruantes Saauedra, intitulado don
Quixote de la Mancha, segunda parte, que con
licencia de su Magestad fue impresso, le
tassaron a quatro marauedis cada pliego en papel,
el qual tiene setenta y tres pliegos, que al
dicho respeto suma y monta docientos y
nouenta y dos marauedis, y mandaron que esta
tassa se pon[g]a al principio de cada volumen
del dicho libro, para que se sepa y entienda,
lo que por el se ha de pedir, y lleuar, sin
que se exceda en ello en manera alguna, como
consta y parece por el auto y decreto orig[i]nal
sobre ello dado, y que queda en mi poder, a
que me refiero, y de mandamiento de los
dichos señores del Consejo, y de pedimiento de
la parte del dicho Miguel de Ceruantes di esta
fee en Madrid, a veynte y vno dias del mes de
otubre de mil y seis cientos y quinze años.

                         Hernando de Vallejo.


                FEE DE ERRATAS


  Vi este libro intitulado Segunda parte de don
Quixote de la Mancha, compuesto por Miguel
de Ceruantes Saauedra, y no ay en el cosa
digna de notar que no corresponda a su original.
Dada en Madrid a veynte y vno de otubre,
mil y seiscientos y quinze.

     El Licenciado Francisco Murcia de la Llana.


                  APROVACION

  Por comission y mandado de los señores del
Consejo, he hecho ver el libro contenido en
este memorial; no contiene cosa contra la fe
ni buenas costumbres, antes es libro de mucho
entretenimiento licito, mezclado de mucha
Filosofia moral; puedesele dar licencia para
imprimirle.
  En Madrid, a cinco de nouiembre de mil
seyscientos y quinze.

                  Doctor Gutierre de Cetina.


                  APROVACION

  Por comission y mandado de los señores del
Consejo he visto la segunda parte de don
Quixote de la Mancha, por Miguel de Ceruantes
Saauedra; no contiene cosa contra nuestra
santa fe catolica, ni buenas costumbres: antes
muchas de honesta recreacion y apazible
diuertimiento, que los antiguos juzgaron conuenientes
a sus Republicas, pues aun [en] la seuera de
los Lacedemonios leuantaron estatua a la risa,
y los de Tesalia la dedicaron fiestas, como lo
dize Pausanias, referido de Bosio, lib. 2 de
signis Eccles., cap. 10, alentando animos
marchitos y espiritus melancolicos, de que se
acordo Tulio en el primero de legibus, y el poeta
diziendo: “Interpone tuis interdum gaudia
curis”, lo qual haze el autor mezclando las
veras a las burlas, lo dulce a lo prouechoso y
lo moral a lo faceto, dissimulando en el cebo
del donayre el ançuelo de la reprehension, y
cumpliendo con el acertado assunto en que
pretende la expulsion de los libros de Cauallerias,
pues con su buena diligencia mañosamente
a limpiado de su contagiosa dolencia a
estos reynos. Es obra muy digna de su grande
ingenio, honra y lustre de nuestra nacion,
admiracion y inuidia de las estrañas. Este es mi
parecer, saluo, etc. En Madrid, a 17 de março
de 1615.

               El M. Ioseph de Valdiuielso.


                  APROVACION

  Por comission del señor Doctor Gutierre de
Cetina, vicario general desta villa de Madrid,
Corte de su Magestad, he visto este libro de la
segunda parte del Ingenioso Cauallero don
Quixote de la Mancha, por Miguel de Ceruantes
Saauedra, y no hallo en el cosa indigna de vn
christiano zelo ni que disuene de la decencia
deuida a buen exemplo, ni virtudes morales:
antes mucha erudicion y aprouechamiento, assi
en la continencia de su bien seguido assunto
para extirpar los vanos y mentirosos libros de
Cauallerias, cuyo contagio auia cundido mas de
lo que fuera justo, como en la lisura del
lenguage castellano, no adulterado con enfadosa y
estudiada afectacion, vicio con razon aborrecido
de hombres cuerdos, y en la correcion de
vicios que generalmente toca, ocasionado de sus
agudos discursos, guarda con tanta cordura las
leyes de reprehension christiana, que aquel que
fuere tocado de la enfermedad que pretende
curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas
gustosamente aura beuido, quando menos lo
imagine, sin empacho ni asco alguno, lo
prouechoso de la detestacion de su vicio, con que
se hallará, que es lo mas dificil de conseguirse,
gustoso y reprehendido.
  Ha auido muchos que por no auer sabido
templar ni mezclar a proposito lo vtil con lo
dulce han dado con todo su molesto trabajo en
tierra, pues no pudiendo imitar a Diogenes en
lo filosofo y docto, atreuida, por no dezir
licenciosa y desalumbradamente, le pretenden
imitar en lo cinico, entregandose a maldicientes,
inuentando casos que no passaron para hazer
capaz al vicio que tocan de su aspera
reprehension, y por ventura descubren caminos para
seguirle hasta entonces ignorados, con que
vienen a quedar, si no reprehensores, a lo
menos maestros del. Hazense odiosos a los bien
entendidos, con el pueblo pierden el credito, si
alguno tuuieron, para admitir sus escritos y los
vicios que arrojada e imprudentemente quisieren
corregir en muy peor estado que antes,
que no todas las postemas a vn mismo tiempo
estan dispuestas para admitir las recetas o
cauterios; antes algunos mucho mejor reciben las
blandas y suaues medicinas, con cuya aplicacion
el atentado y docto medico consigue el
fin de resoluerlas, termino que muchas vezes
es mejor que no el que se alcança con el rigor
del hierro.
  Bien diferente han sentido de los escritos de
Miguel de Ceruantes assi nuestra nacion como
las estrañas, pues como a milagro dessean ver
el autor de libros que con general aplauso, assi
por su decoro y decencia como por la suauidad
y blandura de sus discursos han recebido España,
Francia, Italia, Alemania y Flandes.
  Certifico con verdad que en veynte y cinco
de febrero deste año de seyscientos y quinze,
auiendo ydo el illustrissimo señor don Bernardo
de Sandoual y Rojas, cardenal arçobispo
de Toledo, mi señor, a pagar la visita que a Su
Illustrissima hizo el embaxador de Francia, que
vino a tratar cosas tocantes a los casamientos
de sus principes y los de España, muchos
caualleros francesses de los que vinieron
acompañando al embaxador, tan corteses como
entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a
mi y a otros capellanes del cardenal mi señor,
desseosos de saber qué libros de ingenio
andauan mas validos, y tocando a caso en este
que yo estaua censurando, apenas oyeron el
nombre de Miguel de Ceruantes, quando se
començaron a hazer lenguas, encareciendo la
estimacion en que assi en Francia como en los
reynos sus confinantes, se tenian sus obras,
la Galatea, que alguno dellos tiene casi de
memoria la primera parte desta, y las Nouelas.
Fueron tantos sus encare[ci]mientos, que me
ofreci lleuarles que viessen el autor dellas, que
estimaron con mil demostraciones de viuos
desseos. Preguntaronme muy por menor su
edad, su profession, calidad y cantidad.
Halleme obligado a dezir que era viejo, soldado,
hidalgo y pobre, a que vno respondio estas
formales palabras:
  “Pues ¿a tal hombre no le tiene España muy
rico y sustentado del erario publico?”
  Acudio otro de aquellos caualleros con este
pensamiento y con mucha agudeza, y dixo:
  “Si necessidad le ha de obligar a escriuir,
plega a Dios que nunca tenga abundancia para
que con sus obras, siendo el pobre, haga rico
a todo el mundo.”
  Bien creo que está, para censura, vn poco
larga, alguno dira que toca los limites de
lisongero elogio: mas la verdad de lo que
cortamente digo deshaze en el critico la sospecha y
en mi el cuydado; ademas que el dia de oy no
se lisongea a quien no tiene con que cebar el
pico del adulador que, aunque afectuosa y
falsamente dize de burlas, pretende ser remunerado
de veras. En Madrid, a veynte y siete de
febrero de mil y seyscientos y quinze.

              El Licenciado Marquez Torres.


                  PRIVILEGIO

  Por quanto por parte de vos, Miguel de
Ceruantes Saauedra, nos fue fecha relacion que
auiades compuesto la segunda parte de don
Quixote de la Mancha, de la qual haziades
presentacion, y por ser libro de historia
agradable y honesta, y aueros costado mucho
trabajo y estudio, nos suplicastes os
mandassemos dar licencia para le poder imprimir y
priuilegio por veynte años, o como la nuestra
merced fuesse, lo qual visto por los del
nuestro Consejo, por quanto en el dicho libro se
hizo la diligencia que la prematica, por nos
sobre ello fecha, dispone, fue acordado que
deuiamos mandar dar esta nuestra cedula en
la dicha razon, y nos tuuimoslo por bien. Por
la qual vos damos licencia y facultad para que
por tiempo y espacio de diez años cumplidos
primeros siguientes, que corran y se cuenten
desde el dia de la fecha de esta nuestra cedula
en adelante, vos, o la persona que para ello
vuestro poder ouiere, y no otra alguna,
podais imprimir y vender el dicho libro que de
suso se haze mencion, y por la presente damos
licencia y facultad a qualquier impressor de
nuestros reynos que nombraredes para que
durante el dicho tiempo le pueda imprimir por
el original, que en el nuestro Consejo se vio
que va rubricado y firmado al fin de Hernando
de Vallejo, nuestro escriuano de Camara, y
vno de los que en el residen, con que antes y
primero que se venda lo traygais ante ellos,
juntamente con el dicho original, para que se
vea si la dicha impression está conforme a el,
o traygais fe en publica forma, como por
corretor por nos nombrado se vio y corrigio la
dicha impression por el dicho original, y mas
al dicho impressor que ansi imprimiere el
dicho libro no imprima el principio y primer
pliego del, ni entregue mas de vn solo libro
con el original al autor y persona a cuya costa
lo imprimiere, ni a otra alguna, para efecto de
la dicha correcion y tassa, hasta que antes y
primero el dicho libro esté corregido y tassado
por los del nuestro Consejo, y estando hecho,
y no de otra manera, pueda imprimir el dicho
principio y primer pliego, en el qual imediatamente
ponga esta nuestra licencia y la aprouacion,
tassa y erratas, ni lo podais vender, ni
vendais vos ni otra persona alguna, hasta que
esté el dicho libro en la forma susodicha, so
pena de caer e incurrir en las penas contenidas
en la dicha prematica y leyes de nuestros
reynos que sobre ello disponen, y mas, que
durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra
licencia no le pueda imprimir ni vender, so
pena que el que lo imprimiere y vendiere aya
perdido y pierda qualesquiera libros, moldes
y aparejos que del tuuiere, y mas incurra en
pena de cincuenta mil marauedis por cada vez
que lo contrario hiziere, de la qual dicha pena
sea la tercia parte para nuestra Camara, y la
otra tercia parte para el juez que lo
sentenciare, y la otra tercia parte para el que lo
denunciare; y mas a los del nuestro Consejo,
Presidentes, Oydores de las nuestras Audiencias,
Alcaldes, Alg[u]aziles de la nuestra Casa
y Corte y Chancillerias, y a otras qualesquiera
justicias de todas las ciudades, villas y lugares
de los nuestros reynos y señorios y a cada
vno en su juridicion, ansi a los que agora son
como a los que seran de aqui adelante, que
vos guarden y cumplan esta nuestra cedula y
merced, que ansi vos hazemos, y contra ella
no vayan ni passen en manera alguna, so
pena de la nuestra merced y de diez mil
marauedis para la nuestra Camara.
  Dada en Madrid, a treynta dias del mes de
Março de mil y seiscientos y quinze años.

                  YO EL REY

          Por mandado del Rey nuestro señor,
                   Pedro de Contreras


              PROLOGO AL LECTOR

  Valame Dios, y con quanta gana deues de
estar esperando aora, lector illustre, o quier
plebeyo, este prologo, creyendo hallar en el
venganças, riñas y vituperios del autor del
segundo don Quixote, digo de aquel que dizen
que se engendró en Tordesillas y nacio en
Tarragona. Pues en verdad que no te he
dar este contento, que puesto que los agrauios
despiertan la colera en los mas humildes
pechos, en el mio ha de padecer excepcion esta
regla; quisieras tu que lo diera del asno, del
mentecato y del atreuido; pero no me passa
por el pensamiento: castíguele su pecado, con
su pan se lo coma y alla se lo aya.
  Lo que no he podido dexar de sentir es que
me note de viejo y de manco, como si
huuiera sido en mi mano auer detenido el tiempo
que no passasse por mi, o si mi manquedad
huuiera nacido en alguna taberna, sino en la
mas alta ocasion que vieron los siglos passados,
los presentes, ni esperan ver los venideros.
Si mis heridas no resplandecen en los ojos
de quien las mira, son estimadas, a lo menos,
en la estimacion de los que saben dónde se
cobraron; que el soldado mas bien parece
muerto en la batalla que libre en la fuga, y
es esto en mi de manera, que si aora me
propusieran y facilitaran vn impossible, quisiera
antes auerme hallado en aquella faccion
prodigiosa que sano aora de mis heridas sin auerme
hallado en ella. Las que el soldado muestra
en el rostro y en los pechos, estrellas son
que guian a los demas al cielo de la honra, y
al de dessear la justa alabança, y hase de
aduertir que no se escriue con las canas, sino con
el entendimiento, el qual suele mejorarse con
los años.
  He sentido tambien que me llame inuidioso,
y que, como a ignorante, me descriua qué cosa
sea la inuidia; que en realidad de verdad,
de dos que ay yo no conozco sino a la santa,
a la noble y bien intencionada; y siendo esto
assi, como lo es, no tengo yo de perseguir a
ningun sacerdote, y mas si tiene por añadidura
ser familiar del Santo Oficio, y si el lo
dixo, por quien parece que lo dixo, engañose
de todo en todo; que del tal adoro el ingenio,
admiro las obras y la ocupacion continua y
virtuosa. Pero, en efecto, le agradezco a este
señor autor el dezir que mis Nouelas son mas
satiricas que exemplares, pero que son buenas;
y no lo pudieran ser si no tuuieran de todo.
  Pareceme que me dizes que ando muy limitado
y que me contengo mucho en los terminos
de mi modestia, sabiendo que no se ha
añadir aflicion al afligido, y que la que deue
de tener este señor sin duda es grande, pues
no ossa parecer a campo abierto y al cielo
claro, encubriendo su nombre, fingiendo su
patria, como si huuiera hecho alguna traycion
de lesa magestad. Si por ventura llegares a
conocerle, dile de mi parte que no me tengo
por agrauiado; que bien se lo que son
tentaciones del demonio, y que vna de las mayores
es ponerle a vn hombre en el entendimiento
que puede componer y imprimir vn libro con
que gane tanta fama como dineros, y tantos
dineros quanta fama, y para confirmacion desto
quiero que en tu buen donayre y gracia le
cuentes este cuento.
  Auia en Seuilla vn loco que dio en el mas
gracioso disparate y tema que dio loco en el
mundo. Y fue que hizo vn cañuto de caña
puntiagudo en el fin, y, en cogiendo algun perro
en la calle, o en qualquiera otra parte, con el
vn pie le cogia el suyo, y el otro le alçaua con
la mano, y como mejor podia le acomodaua el
cañuto en la parte que, soplandole, le ponia
redondo como vna pelota, y, en teniendolo
desta suerte, le daua dos palmaditas en la barriga
y le soltaua, diziendo a los circunstantes,
que siempre eran muchos: “¿Pensarán vuessas
mercedes aora que es poco trabajo inchar vn
perro?” “¿Pensará vuessa merced aora que es
poco trabajo hazer vn libro?” --Y si este cuento
no le quadrare, dirasle, lector amigo, este,
que tambien es de loco y de perro.
  Auia en Cordoua otro loco que tenia por
costumbre de traer encima de la cabeça vn
pedaço de losa de marmol, o vn canto no muy
liuiano, y, en topando algun perro descuydado,
se le ponia junto, y a plomo dexaua caer
sobre el el peso. Amohinauase el perro y,
dando ladridos y aullidos, no paraua en tres
calles.
  Sucedio, pues, que entre los perros que
descargó la carga, fue vno vn perro de vn
bonetero, a quien queria mucho su dueño. Baxó el
canto, diole en la cabeça, alçó el grito el molido
perro, violo y sintiolo su amo, assio de vna
vara de medir y salio al loco, y no le dexó
huesso sano; y cada palo que le daua dezia:
  “Perro ladron, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel,
que era podenco mi perro?”
  Y, repitiendole el nombre de podenco
muchas vezes, embió al loco echo vna alheña.
Escarmento el loco y retirose, y en mas de vn
mes no salio a la plaça, al cabo del qual
tiempo boluio con su inuencion y con mas carga.
Llegauase donde estaua el perro y, mirandole
muy bien de hito en hito y, sin querer ni
atreuerse a descargar la piedra, dezia: “Este es
podenco; guarda.” En efeto, todos quantos
perros topaua, aunque fuessen alanos o gozques,
dezia que eran podencos, y assi, no solto
mas el canto.
  Quiça de esta suerte le podra acontecer a
este historiador, que no se atreuera a soltar
mas la presa de su ingenio en libros que, en
siendo malos, son mas duros que las peñas.
  Dile tambien que de la amenaza que me
haze, que me ha de quitar la ganancia con su
libro, no se me da vn ardite; que acomodandome
al entremes famoso de la Perendenga,
le respondo que me viua el Veynteyquatro
mi señor, y Christo con todos. Viua el gran
Conde de Lemos, cuya christiandad y liberalidad
bien conocida contra todos los golpes de
mi corta fortuna me tiene en pie, y viuame la
suma caridad del illustrissimo de Toledo don
Bernardo de Sandoual y Rojas, y siquiera
no aya emprentas en el mundo, y siquiera se
impriman contra mi mas libros que tienen
letras las coplas de Mingo Rebulgo. Estos dos
principes, sin que los solicite adulacion mia, ni
otro genero de aplauso, por sola su bondad,
han tomado a su cargo el hazerme merced
y fauorecerme; en lo que me tengo por mas
dichoso y mas rico que si la fortuna por camino
ordinario me huuiera puesto en su cumbre.
La honra puedela tener el pobre, pero no el
vicioso: la pobreza puede anublar a la nobleza,
pero no escurecerla del todo; pero como la
virtud de alguna luz de si, aunque sea por los
inconuenientes y resquicios de la estrecheza,
viene a ser estimada de los altos y nobles
espiritus, y, por el consiguiente, fauorecida.
  Y no le digas mas, ni yo quiero dezirte mas
a ti, sino aduertirte que consideres que esta
segunda parte de don Quixote que te ofrezco,
es cortada del mismo artifice y del mesmo paño
que la primera, y que en ella te doy a don
Quixote dilatado y, finalmente, muerto y
sepultado, por que ninguno se atreua a leuantarle
nueuos testimonios, pues bastan los passados,
y basta tambien que vn hombre honrado aya
dado noticia destas discretas locuras, sin querer
de nueuo entrarse en ellas; que la abundancia
de las cosas, aunque sean buenas, haze que no
se estimen, y la carestia, aun de las malas, se
estima en algo. Oluidaseme de dezirte, que
esperes el Persiles que ya estoy acabando y la
segunda parte de Galatea.


        DEDICATORIA AL CONDE DE LEMOS

  Embiando a Vuestra Excelencia los dias
passados mis Comedias, antes impressas que
representadas, si bien me acuerdo, dixe que
don Quixote quedaua calçadas las espuelas
para yr a besar las manos a Vuestra Excelencia,
y aora digo que se las ha calçado y se ha
puesto en camino, y si el alla llega me parece
que aure hecho algun seruicio a Vuestra
Excelencia, porque es mucha la priessa que de
infinitas partes me dan a que le embie, para
quitar el hamago y la nausea que ha causado otro
don Quixote, que con nombre de segunda parte
se ha disfraçado y corrido por el orbe; y el que
mas ha mostrado dessearle ha sido el grande
Emperador de la China, pues en lengua
chinesca aura vn mes que me escriuio vna carta
con vn propio, pidiendome, o por mejor
dezir, suplicandome, se le embiasse porque queria
fundar vn colegio donde se leyesse la lengua
castellana, y queria que el libro que se leyesse
fuesse el de la historia de don Quixote;
juntamente con esto me dezia que fuesse yo a ser
el Rector del tal colegio.
  Preguntele al portador si su magestad le
auia dado para mi alguna ayuda de costa.
Respondiome que ni por pensamiento.
  “Pues, hermano”, le respondi yo, “vos os
podeys boluer a vuestra China a las diez o a las
veynte o a las que venis despachado, porque yo
no estoy con salud para ponerme en tan largo
viage. Ademas, que, sobre estar enfermo, estoy
muy sin dineros, y, emperador por emperador
y monarca por monarca, en Napoles tengo al
grande Conde de Lemos, que, sin tantos titulillos
de colegios ni rectorias, me sustenta, me
ampara y haze mas merced que la que yo
acierto a dessear.”
  Con esto le despedi, y con esto me despido,
ofreciendo a Vuestra Excelencia Los trabajos
de Persilis y Sigismunda, libro a quien dare
fin dentro de quatro meses, Deo volente; el qual
ha de ser, o el mas malo, o el mejor que en
nuestra lengua se haya compuesto, quiero
dezir de los de entretenimiento, y digo que me
arrepiento de auer dicho el mas malo, porque
segun la opinion de mis amigos ha de llegar al
estremo de bondad possible.
  Venga Vuestra Excelencia con la salud que
es desseado, que ya estara Persiles para besarle
las manos, y yo, los pies, como criado que soy
de Vuestra Excelencia.
  De Madrid, vltimo de otubre de mil
seyscientos y quinze.
  Criado de Vuestra Excelencia,

              Miguel de Ceruantes Saauedra.


               Capitulo primero

 De lo que el cura y el barbero passaron con
     don Quixote cerca de su enfermedad.

  Cuenta Zide Hamete Benengeli en la segunda
parte desta historia, y tercera salida de
don Quixote, que el cura y el barbero se
estuuieron casi vn mes sin verle, por no renouarle
y traerle a la memoria las cosas passadas.
Pero no por esto dexaron de visitar a su sobrina
y a su ama, encargandolas tuuiessen cuenta
con regalarle, dandole a comer cosas confortatiuas
y apropiadas para el coraçon y el celebro,
de donde procedia, segun buen discurso, toda
su mala ventura. Las quales dixeron que assi
lo hazian, y lo harian con la voluntad y
cuydado possible, porque echauan de ver que su
señor por momentos yua dando muestras de
estar en su entero juyzio, de lo qual recibieron
los dos gran contento por parecerles que auian
acertado en auerle traydo encantado en el
carro de los bueyes, como se conto en la
primera parte desta tan grande como puntual
historia, en su vltimo capitulo. Y, assi,
determinaron de visitarle y hazer esperiencia de su
mejoria, aunque tenian casi por impossible que
la tuuiesse, y acordaron de no tocarle en
ningun punto de la andante caualleria, por no
ponerse a peligro de descosser los de la herida,
que tan tiernos estauan.
  Visitaronle, en fin, y hallaronle sentado en
la cama, vestida vna almilla de vayeta verde,
con vn bonete colorado toledano, y estaua tan
seco y amoxamado, que no parecia sino hecho
de carne momia. Fueron del muy bien recebidos,
preguntaronle por su salud, y el dio cuenta
de si y de ella con mucho juyzio y con
muy elegantes palabras. Y en el discurso de
su platica vinieron a tratar en esto que llaman
razon de estado y modos de gouierno,
enmendando este abuso y condenando aquel;
reformando vna costumbre y desterrando otra,
haziendose cada vno de los tres vn nueuo
legislador, vn Licurgo moderno o vn Solon
flamante; y de tal manera renouaron la Republica,
que no parecio sino que la auian puesto
en vna fragua y sacado otra de la que pusieron;
y habló don Quixote con tanta discrecion
en todas las materias que se tocaron, que los
dos essaminadores creyeron indubitadamente
que estaua del todo bueno y en su entero
juyzio.
  Hallaronse presentes a la platica la sobrina
y ama, y no se hartauan de dar gracias a Dios
de ver a su señor con tan buen entendimiento;
pero el cura, mudando el proposito primero,
que era de no tocarle en cosa de cauallerias,
quiso hazer de todo en todo esperiencia si la
sanidad de don Quixote era falsa o verdadera;
y assi, de lance en lance vino a contar algunas
nueuas que auian venido de la Corte, y, entre
otras, dixo que se tenia por cierto que el
Turco baxaua con vna poderosa armada, y que no
se sabia su designio, ni adonde auia de
descargar tan gran nublado, y con este temor, con
que casi cada año nos toca arma, estaua puesta
en ella toda la christiandad, y su magestad
auia hecho proueer las costas de Napoles y
Sicilia y la Isla de Malta.
  A esto respondio don Quixote:
  “Su magestad ha hecho como prudentissimo
guerrero en proueer sus estados con tiempo
porque no le halle dessapercebido el enemigo,
pero si se tomara mi consejo, aconsejarale yo
que vsara de vna preuencion, de la qual su
magestad la hora de agora deue estar muy
ageno de pensar en ella.”
  Apenas oyo esto el cura, quando dixo
entre si:
  “Dios te tenga de su mano, pobre don
Quixote, que me parece que te despeñas de la
alta cumbre de tu locura hasta el profundo
abismo de tu simplicidad.”
  Mas el barbero, que ya auia dado en el
mesmo pensamiento que el cura, preguntó a
don Quixote quál era la aduertencia de la
preuencion que dezia era bien se hiziesse;
quiza podria ser tal, que se pusiesse en la lista
de los muchos aduertimientos impertinentes
que se suelen dar a los principes.
  “El mio, señor rapador”, dixo don Quixote,
“no sera impertinente, sino perteneciente.”
  “No lo digo por tanto”, replicó el barbero,
“sino porque tiene mostrado la esperiencia
que todos o los mas arbitrios, que se dan a su
magestad, o son impossibles o disparatados,
o en daño del rey o del reyno.”
  “Pues el mio”, respondio don Quixote, “ni
es impossible ni disparatado, sino el mas facil,
el mas justo y el mas mañero y breue que puede
caber en pensamiento de arbitrante alguno.”
  “Ya tarda en dezirle vuessa merced, señor
don Quixote”, dixo el cura.
  “No querria”, dixo don Quixote, “que le
dixesse yo aqui agora, y amaneciesse mañana
en los oydos de los señores consejeros, y se
lleuasse otro las gracias y el premio de mi
trabajo.”
  “Por mi”, dixo el barbero, “doy la palabra,
para aqui y para delante de Dios, de no dezir
lo que vuessa merced dixere a rey ni a roque,
ni a hombre terrenal: juramento que aprendi
del romance del cura que en el prefacio auisó
al rey del ladron que le auia robado las cien
doblas y la su mula la andariega.”
  “No se historias”, dixo don Quixote, “pero
se que es bueno esse juramento, en fee de que
se que es hombre de bien el señor barbero.”
  “Quando no lo fuera”, dixo el cura, “yo le
abono y salgo por el, que en este caso no
hablará mas que vn mudo, so pena de pagar
lo juzgado y sentenciado.”
  “Y a vuessa merced ¿quién le fia, señor
cura?”, dixo don Quixote.
  “Mi profession”, respondio el cura, “que es
de guardar secreto.”
  “¡Cuerpo de tal!”, dixo a esta sazon don
Quixote. “¿Ay mas sino mandar su magestad por
publico pregon que se junten en la Corte para
vn dia señalado todos los caualleros andantes
que vagan por España, que aunque no
viniessen sino media docena, tal podria venir
entre ellos que solo bastasse a destruyr toda
la potestad del Turco? Estenme vuessas
mercedes atentos y vayan conmigo. ¿Por ventura,
es cosa nueua deshazer vn solo cauallero
andante vn exercito de docientos mil hombres,
como si todos juntos tuuieran vna sola garganta,
o fueran hechos de alfeñique? Si no,
diganme, ¿quántas historias estan llenas destas
marauillas? ¡Auia, en hora mala para mi, que
no quiero dezir para otro, de viuir oy el famoso
don Belianis o alguno de los del inumerable
linage de Amadis de Gaula!; que si alguno
destos oy viuiera y con el Turco se afrontara,
a fee que no le arrendara la ganancia; pero
Dios mirará por su pueblo y deparará alguno,
que, si no tan brauo como los passados andantes
caualleros, a lo menos, no les sera inferior
en el animo; y Dios me entiende y no digo
mas.”
  “¡Hai!”, dixo a este punto la sobrina, “¡que
me maten, si no quiere mi señor boluer a ser
cauallero andante!”
  A lo que dixo don Quixote:
  “Cauallero andante he de morir, y baxe o
suba el Turco quando el quisiere y quan
poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios
me entiende.”
  A esta sazon dixo el barbero:
  “Suplico a vuessas mercedes que se me de
licencia para contar vn cuento breue que
sucedio en Seuilla, que, por venir aqui como de
molde, me da gana de contarle.”
  Dio la licencia don Quixote, y el cura y los
demas le prestaron atencion, y el començo
desta manera:
  “En la casa de los locos de Seuilla estaua vn
hombre a quien sus parientes auian puesto alli
por falto de juyzio; era graduado en Canones
por Osuna, pero aunque lo fuera por Salamanca,
segun opinion de muchos, no dexara de
ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos
años de recogimiento se dio a entender que
estaua cuerdo y en su entero juyzio, y con esta
imaginacion escriuio al arçobispo, suplicandole
encarecidamente, y con muy concertadas
razones, le mandasse sacar de aquella miseria
en que viuia, pues por la misericordia de Dios
auia ya cobrado el juyzio perdido, pero que
sus parientes, por gozar de la parte de su
hazienda, le tenian alli, y, a pesar de la verdad,
querian que fuesse loco hasta la muerte.
  ”El arçobispo, persuadido de muchos villetes
concertados y discretos, mandó a vn capellan
suyo se informasse del retor de la casa si era
verdad lo que aquel licenciado le escriuia, y
que assimesmo hablasse con el loco, y que si
le pareciesse que tenia juyzio, le sacasse y
pusiesse en libertad. Hizolo assi el capellan, y el
retor le dixo que aquel hombre aun se estaua
loco; que puesto que hablaua muchas vezes
como persona de grande entendimiento, al
cabo disparaua con tantas necedades, que en
muchas y en grandes igualauan a sus primeras
discreciones, como se podia hazer la esperiencia
hablandole. Quiso hazerla el capellan, y,
poniendole con el loco, habló con el vna hora y
mas, y en todo aquel tiempo jamas el loco dixo
razon torzida ni disparatada, antes habló tan
atentadamente que el capellan fue forçado a
creer que el loco estaua cuerdo; y entre otras
cosas que el loco le dixo fue que el retor le
tenia ojeriza, por no perder los regalos que sus
parientes le hazian por que dixesse que aun
estaua loco, y con luzidos interualos, y que el
mayor contrario que en su desgracia tenia era
su mucha hazienda, pues por gozar della sus
enemigos ponian dolo y dudauan de la merced
que nuestro Señor le auia hecho en boluerle
de bestia en hombre; finalmente, el habló de
manera, que hizo sospechoso al retor, codiciosos
y desalmados a sus parientes, y a el tan
discreto, que el capellan se determinó a
lleuarsele consigo, a que el arçobispo le viesse y
tocasse con la mano la verdad de aquel
negocio.
  ”Con esta buena fee, el buen capellan pidio
al retor mandasse dar los vestidos con que alli
auia entrado el licenciado; boluio a dezir el
retor que mirasse lo que hazia, porque sin duda
alguna el licenciado aun se estaua loco; no
siruieron de nada para con el capellan las
preuenciones y aduertimientos del retor para que
dexasse de lleuarle; obedecio el retor, viendo
ser orden del arçobispo; pusieron al licenciado
sus vestidos, que eran nueuos y decentes, y
como el se vio vestido de cuerdo y desnudo
de loco, suplicó al capellan que por caridad le
diesse licencia para yr a despedirse de sus
compañeros los locos; el capellan dixo que el le
queria acompañar y ver los locos que en la
casa auia; subieron, en efeto, y con ellos
algunos que se hallaron presentes, y llegado el
licenciado a vna xaula adonde estaua vn loco
furioso, aunque entonces sossegado y quieto,
le dixo:
  «Hermano mio, mire si me manda algo, que
»me voy a mi casa; que ya Dios ha sido seruido
»por su infinita bondad y misericordia, sin yo
»merecerlo, de boluerme mi juyzio; ya estoy
»sano y cuerdo, que acerca del poder de Dios
»ninguna cosa es impossible; tenga grande
»esperança y confiança en El, que pues a mi me
»ha buelto a mi primero estado, tambien le boluera
»a el, si en El confia; yo tendre cuydado de
»embiarle algunos regalos que coma, y comalos
»en todo caso, que le hago saber que imagino,
»como quien ha passado por ello, que todas
»nuestras locuras proceden de tener los
»estomagos vazios y los celebros llenos de ayre;
»esfuercesse, esfuercese, que el descaecimiento
»en los infortunios apoca la salud y acarrea la
»muerte.»
  ”Todas estas razones del licenciado escuchó
otro loco que estaua en otra xaula, frontero de
la del furioso, y leuantandose de vna estera
vieja, donde estaua echado y desnudo en cueros,
preguntó a grandes vozes quién era el que
se yua sano y cuerdo; el licenciado respondio:
  «Yo soy, hermano, el que me voy; que ya no
»tengo necessidad de estar mas aqui, por lo que
»doy infinitas gracias a los cielos que tan
»grande merced me han hecho.»
  «Mirad lo que dezis, licenciado, no os engañe
»el diablo», replicó el loco; «sossegad el pie y
»estaos quedito en vuestra casa y ahorrareis la
»buelta.»
  «Yo se que estoy bueno», replicó el
licenciado, «y no aura para que tornar a andar
»estaciones.»
  «¿Vos bueno?», dixo el loco; «agora bien, ello
»dira; andad con Dios, pero yo os voto a Iupiter,
»cuya magestad yo represento en la tierra, que
»por solo este pecado que oy comete Seuilla en
»sacaros desta casa y en teneros por cuerdo,
»tengo de hazer vn tal castigo en ella, que quede
»memoria del por todos los siglos de los siglos,
»amen. ¿No sabes tu, licenciadillo menguado,
»que lo podre hazer, pues, como digo, soy
»Iupiter tonante, que tengo en mis manos los rayos
»abrassadores con que puedo y suelo amenazar
»y destruyr el mundo? Pero con sola vna cosa
»quiero castigar a este ignorante pueblo, y es
»con no llouer en el, ni en todo su distrito y
»contorno, por tres enteros años, que se han de
»contar desde el dia y punto en que ha sido
»hecha esta amenaza en adelante. ¿Tu libre, tu
»sano, tu cuerdo; y yo loco, y yo enfermo, y yo
»atado? Assi pienso llouer como pensar
»ahorcarme.»
  ”A las vozes y a las razones del loco
estuuieron los circustantes atentos; pero nuestro
licenciado, boluiendose a nuestro capellan y
asiendole de las manos, le dixo:
  «No tenga vuessa merced pena, señor mio,
»ni haga caso de lo que este loco ha dicho; que
»si el es Iupiter y no quisiere llouer, yo que soy
»Neptuno, el padre y el dios de las aguas,
»llouere todas las vezes que se me antojare y
»fuere menester.»
  ”A lo que respondio el capellan:
  «Con todo esso, señor Neptuno, no sera bien
»enojar al señor Iupiter; vuessa merced se
»quede en su casa; que otro dia, quando aya mas
»comodidad y mas espacio, bolueremos por
»vuessa merced.»
  ”Riose el retor y los presentes, por cuya risa
se medio corrio el capellan; desnudaron al
licenciado, quedose en casa y acabose el
cuento.”
  “Pues ¿este es el cuento, señor barbero”, dixo
don Quixote, “que, por venir aqui como de molde,
no podia dexar de contarle? ¡A, señor rapista,
señor rapista, y quán ciego es aquel que no
vee por tela de cedazo! Y ¿es possible que
vuessa merced no sabe que las comparaciones que
se hazen de ingenio a ingenio, de valor a valor,
de hermosura a hermosura y de linage a linage
son siempre odiosas y mal recebidas? Yo, señor
barbero, no soy Neptuno el dios de las aguas,
ni procuro que nadie me tenga por discreto, no
lo siendo; solo me fatigo por dar a entender al
mundo en el error en que está, en no renouar
en si el felicissimo tiempo donde campeaua la
orden de la andante caualleria; pero no es
merecedora la deprauada edad nuestra de gozar
tanto bien como el que gozaron las edades
donde los andantes caualleros tomaron a su
cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa
de los reynos, el amparo de las donzellas, el
socorro de los huerfanos y pupilos, el castigo
de los soberuios y el premio de los humildes.
Los mas de los caualleros que agora se vsan,
antes les cruxen los damascos, los brocados y
otras ricas telas de que se visten, que la malla
con que se arman; ya no ay cauallero que
duerma en los campos, sugeto al rigor del cielo,
armado de todas armas desde los pies a la
cabeça; y ya no ay quien, sin sacar los pies
de los estriuos, arrimado a su lança, solo
procure descabeçar, como dizen, el sueño como
lo hazian los caualleros andantes. Ya no ay
ninguno que saliendo deste bosque entre en
aquella montaña, y de alli, pise vna esteril y
desierta playa del mar, las mas vezes proceloso
y alterado; y, hallando en ella y en su orilla
vn pequeño batel sin remos, vela, mastil, ni
xarcia alguna, con intrepido coraçon se arroge
en el, entregandose a las implacables olas del
mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le
baxan al abismo, y el, puesto el pecho a la
incontrastable borrasca, quando menos se cata,
se halla tres mil y mas leguas distante del
lugar donde se embarcó; y, saltando en tierra
remota y no conocida le suceden cosas dignas
de estar escritas, no en pergaminos, sino en
bronces.
  ”Mas agora ya triunfa la pereza de la diligencia,
la ociosidad del trabajo, el vicio de la
virtud, la arrogancia de la valentia y la teorica
de la practica de las armas, que solo viuieron
y resplandecieron en las edades del oro y en
los andantes caualleros. Si no, diganme, ¿quién
mas honesto y mas valiente que el famoso
Amadis de Gaula? ¿Quién mas discreto que
Palmerin de Inglaterra? ¿Quién mas acomodado
y manual que Tirante el Blanco? ¿Quién
mas galan que Lisuarte de Grecia? ¿Quién mas
acuchillado ni acuchillador que don Belianis?
¿Quién mas intrepido que Perion de Gaula?
O ¿quién mas acometedor de peligros que
Felixmarte de Yrcania? O ¿quién mas sincero
que Esplandian? ¿Quién mas arrojado que don
Ceriongilio de Tracia? ¿Quién mas brauo
que Rodamonte? ¿Quién mas prudente que el
rey Sobrino? ¿Quién mas atreuido que
Reynaldos? ¿Quién mas inuencible que Roldan? Y
¿quién mas gallardo y mas cortés que Rugero,
de quien decienden oy los duques de Ferrara,
segun Turpin en su Cosmografia?
  ”Todos estos caualleros, y otros muchos que
pudiera dezir, señor cura, fueron caualleros
andantes, luz y gloria de la caualleria. Destos,
o tales como estos, quisiera yo que fueran los
de mi arbitrio, que a serlo, su magestad se
hallara bien seruido, y ahorrara de mucho gasto,
y el Turco se quedara pelando las barbas; y,
con esto, no quiero quedar en mi casa, pues
no me saca el capellan della, y [si] Iupiter,
como ha dicho el barbero, no llouiere, aqui
estoy yo que llouere quando se me antojare;
digo esto, por que sepa el señor Vazia que le
entiendo.”
  “En verdad, señor don Quixote”, dixo el
barbero, “que no lo dixe por tanto, y assi me
ayude Dios como fue buena mi intencion, y que
no deue vuessa merced sentirse.”
  “Si puedo sentirme o no”, respondio don
Quixote “yo me lo se.”
  A esto dixo el cura:
  “Aun bien que yo casi no he hablado palabra
hasta aora, y no quisiera quedar con vn
escrupulo que me roe y escarua la conciencia,
nacido de lo que aqui el señor don Quixote ha
dicho.”
  “Para otras cosas mas”, respondio don Quixote,
“tiene licencia el señor cura, y assi puede
dezir su escrupulo, porque no es de gusto andar
con la conciencia escrupulosa.”
  “Pues con esse beneplacito”, respondio el
cura, “digo que mi escrupulo es que no me
puedo persuadir en ninguna manera a que
toda la caterua de caualleros andantes que
vuessa merced, señor don Quixote, ha referido,
ayan sido real y verdaderamente personas de
carne y huesso en el mundo; antes imagino
que todo es ficcion, fabula y mentira, y sueños
contados por hombres despiertos o, por mejor
dezir, medio dormidos.”
  “Esse es otro error”, respondio don Quixote,
“en que han caydo muchos que no creen que
aya auido tales caualle[r]os en el mundo, y yo
muchas vezes, con diuersas gentes y ocasiones,
he procurado sacar a la luz de la verdad este
casi comun engaño; pero algunas vezes no he
salido con mi intencion y otras si, sustentandola
sobre los ombros de la verdad, la qual verdad
es tan cierta, que estoy por dezir que con
mis propios ojos vi a Amadis de Gaula, que
era vn hombre alto de cuerpo, blanco de rostro,
bien puesto de barba, aunque negra, de vista
entre blanda y rigurosa, corto de razones, tardo
en ayrarse y presto en deponer la ira; y del
modo que he delineado a Amadis, pudiera, a
mi parecer, pintar y [describir] todos quantos
caualleros andantes andan en las historias en
el orbe; que por la aprehension que tengo de
que fueron como sus historias cuentan, y por
las hazañas que hizieron y condiciones que
tuuieron, se pueden sacar por buena filosofia
sus faciones, sus colores y estaturas.”
  “¿Qué tan grande le parece a vuessa
merced, mi señor don Quixote”, preguntó el
barbero, “deuia de ser el gigante Morgante?”
  “En esto de gigantes”, respondio don Quixote,
“ay diferentes opiniones, si los ha auido o
no en el mundo: pero la Santa Escritura, que
no puede faltar vn atomo en la verdad, nos
muestra que los huuo, contandonos la historia
de aquel filisteazo de Golias, que tenia siete
codos y medio de altura, que es vna desmesurada
grandeza. Tambien en la isla de Sicilia se
han hallado canillas y espaldas tan grandes,
que su grandeza manifiesta que fueron gigantes
sus dueños, y tan grandes, como grandes
torres, que la geometria saca esta verdad de
duda. Pero con todo esto no sabre dezir con
certidumbre qué tamaño tuuiesse Morgante,
aunque imagino que no deuio de ser muy
alto; y mueueme a ser deste parecer hallar en
la historia donde se haze mencion particular
de sus hazañas, que muchas vezes dormia
debaxo de techado, y pues hallaua casa donde
cupiesse, claro está que no era desmesurada
su grandeza.”
  “Assi es”, dixo el cura.
  El qual, gustando de oyrle dezir tan grandes
disparates, le preguntó que qué sentia acerca
de los rostros de Reynaldos de Montaluan y de
don Roldan, y de los demas doze Pares de
Francia, pues todos auian sido caualleros
andantes.
  “De Reynaldos”, respondio don Quixote,
“me atreuo a dezir que era ancho de rostro,
de color bermejo, los ojos bayladores y algo
saltados, puntoso y colerico en demasia, amigo
de ladrones y de gente perdida; de Roldan
o Rotolando o Orlando, que con todos estos
nombres le nombran las historias, soy de parecer,
y me afirmo, que fue de mediana estatura,
ancho de espaldas, algo esteuado, moreno de
rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y
de vista amenazadora, corto de razones, pero
muy comedido y bien criado.”
  “Si no fue Roldan mas gentilhombre que
vuessa merced ha dicho”, replicó el cura, “no
fue marauilla que la señora Angelica la Bella
le desdeñasse y dexasse por la gala, brio y
donayre que deuia de tener el morillo
barbiponiente a quien ella se entregó, y anduuo
discreta de adamar antes la blandura de Medoro,
que la aspereça de Roldan.”
  “Essa Angelica”, respondio don Quixote,
“señor cura, fue vna donzella destrayda,
andariega y algo antojadiza, y tan lleno dexó
el mundo de sus impertinencias como de la
fama de su hermosura: despreció mil señores,
mil valientes y mil discretos, y contentose con
vn pagezillo barbiluzio, sin otra hazienda ni
nombre que el que le pudo dar de agradecido
la amistad que guardó a su amigo. El gran
cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no
atreuerse o por no querer cantar lo que a esta
señora le sucedio despues de su ruyn entrego,
que no deuieron ser cosas demasiadamente
honestas, la dexó, donde dixo:

        Y como del Catay recibio el cetro,
      quiza otro cantará con mejor plectro.

  ”Y, sin duda, que esto fue como profecia, que
los poetas tambien se llaman vates, que quiere
dezir adiuinos; veese esta verdad clara: porque
despues aca vn famoso poeta andaluz lloró
y cantó sus lagrimas, y otro famoso y vnico
poeta castellano cantó su hermosura.”
  “Digame, señor don Quixote”, dixo a esta
sazon el barbero, “¿no ha auido algun poeta
que aya hecho alguna satira a essa señora
Angelica entre tantos como la han alabado?”
  “Bien creo yo”, respondio don Quixote, “que
si Sacripante o Roldan fueran poetas, que ya
me huuieran xabonado a la donzella, porque
es propio y natural de los poetas desdeñados
y no admitidos de sus damas --fingidas, o
[no] fingidas-- en efeto, de aquellas a quien
ellos escogieron por señoras de sus pensamientos,
vengarse con satiras y libelos, vengança,
por cierto, indigna de pechos generosos; pero
hasta agora no ha llegado a mi noticia ningun
verso infamatorio contra la señora Angelica,
que truxo rebuelto el mundo.”
  “Milagro”, dixo el cura.
  Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina,
que ya auian dexado la conuersacion, dauan
grandes vozes en el patio, y acudieron todos
al ruydo.

                 Capitulo II

Que trata de la notable pendencia que
  Sancho Pança tuuo con la sobrina y ama de
  don Quixote, con otros sugetos graciosos.

  Cuenta la Historia que las vozes que oyeron
don Quixote, el cura y el barbero eran de la
sobrina y ama, que las dauan, diziendo a
Sancho Pança, que pugnaua por entrar a ver a
don Quixote, y ellas le defendian la puerta:
  “¿Qué quiere este mostrenco en esta casa?
Ydos a la vuestra, hermano; que vos soys, y
no otro, el que destrae y sonsaca a mi señor y
le lleua por essos andurriales.”
  A lo que Sancho respondio:
  “Ama de Satanas, el sonsacado y el destraydo
y el lleuado por essos andurriales soy
yo, que no tu amo; el me lleuó por essos
mundos, y vosotras os engañays en la mitad del
justo precio; el me sacó de mi casa con
engañifas, prometiendome vna insula, que hasta
agora la espero.”
  “Malas insulas te ahoguen”, respondio la
sobrina, “Sancho maldito, y ¿qué son insulas?
¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilon,
que tu eres?”
  “No es de comer”, replicó Sancho, “sino de
gouernar y regir mejor que quatro ciudades
y que quatro alcaldes de Corte.”
  “Con todo esso”, dixo el ama, “no entrareis
aca, saco de maldades y costal de malicias; id
a gouernar vuestra casa y a labrar vuestros
pegujares, y dexaos de pretender insulas ni
insulos.”
  Grande gusto recebian el cura y el barbero
de oyr el coloquio de los tres; pero don
Quixote, temeroso que Sancho se descosiesse y
desbuchasse algun monton de maliciosas
necedades y tocasse en puntos que no le estarian
bien a su credito, le llamó y hizo a las dos que
callassen y le dexassen entrar; entró Sancho, y
el cura y el barbero se despidieron de don
Quixote, de cuya salud dessesperaron, viendo
quán puesto estaua en sus desuariados
pensamientos y quán embeuido en la simplicidad
de sus mal andantes cauallerias, y, assi, dixo el
cura al barbero:
  “Vos vereis, compadre, como, quando menos
lo pensemos, nuestro hidalgo sale otra vez a
bolar la ribera.”
  “No pongo yo duda en esso”, respondio el
barbero; “pero no me marauillo tanto de la
locura del cauallero como de la simplicidad del
escudero, que tan creydo tiene aquello de la
insula, que creo que no se lo sacarán del casco
quantos dessengaños pueden imaginarse.”
  “Dios los remedie”, dixo el cura, “y
estemos a la mira: veremos en lo que para esta
maquina de disparates de tal cauallero y de
tal escudero; que parece que los forxaron a los
dos en vna mesma turquessa, y que las locuras
del señor sin las necedades del criado no
valian vn ardite.”
  “Assi es”, dixo el barbero, “y holgara
mucho saber qué tratarán aora los dos.”
  “Yo seguro”, respondio el cura, “que la
sobrina del ama nos lo cuenta despues, que no
son de condicion que dexarán de escucharlo.”
  En tanto, don Quixote se encerro con Sancho
en su aposento, y, estando solos, le dixo:
  “Mucho me pesa, Sancho, que ayas dicho y
digas que yo fuy el que te saqué de tus
casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis
casas; juntos salimos, juntos fuymos y juntos
peregrinamos; vna misma fortuna y vna misma
suerte ha corrido por los dos; si a ti te mantearon
vna vez, a mi me han molido ciento, y esto
es lo que te lleuo de ventaja.”
  “Esso estaua puesto en razon”, respondio
Sancho, “porque, segun vuessa merced dize,
mas anexas son a los caualleros andantes las
desgracias que a sus escuderos.”
  “Engañaste, Sancho”, dixo don Quixote,
“segun aquello, quando caput dolet, &c.”
  “No entiendo otra lengua que la mia”,
respondio Sancho.
  “Quiero dezir”, dixo don Quixote, “que
quando la cabeça duele, todos los miembros
duelen, y, assi, siendo yo tu amo y señor, soy
tu cabeça y tu mi parte, pues eres mi criado, y
por esta razon el mal que a mi me toca o
tocare, a ti te ha de doler y a mi el tuyo.”
  “Assi auia de ser, dixo Sancho; “pero
quando a mi me manteauan como a miembro, se
estaua mi cabeça detras de las bardas,
mirandome bolar por los ayres, sin sentir dolor
alguno, y pues los miembros estan obligados a
dolerse del mal de la cabeça, auia de estar
obligada ella a dolerse dellos.”
  “¿Querras tu dezir agora, Sancho”, respondio
don Quixote, “que no me dolia yo quando
a ti te manteauan? Y si lo dizes, no lo digas,
ni lo pienses, pues mas dolor sentia yo entonces
en mi espiritu que tu en tu cuerpo; pero
dexemos esto a parte por agora, que tiempo
aura donde lo ponderemos y pongamos en su
punto; y dime, Sancho amigo, ¿qué es lo que
dizen de mi por esse lugar, en qué opinion me
tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué
los caualleros? ¿Qué dizen de mi valentia,
qué de mis hazañas y qué de mi cortesia?
¿Qué se platica del assumpto que he tomado
de resucitar y boluer al mundo la ya oluidada
orden caualleresca? Finalmente, quiero,
Sancho, me digas lo que acerca desto ha llegado
a tus oydos, y esto me has de dezir, sin añadir
al bien ni quitar al mal cosa alguna; que de
los vassallos leales es dezir la verdad a sus
señores en su ser y figura propia, sin que la
adulacion la acreciente, o otro vano respeto la
disminuya; y quiero que sepas, Sancho, que si
a los oydos de los principes llegasse la verdad
desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros
siglos correrian, otras edades serian tenidas
por mas de hierro que la nuestra, que entiendo
que de las que aora se vsan es la dorada;
siruate este aduertimiento, Sancho, para que
discreta y bien intencionadamente pongas en mis
oydos la verdad de las cosas que supieres de
lo que te he preguntado.”
  “Esso hare yo de muy buena gana, señor
mio”, respondio Sancho, “con condicion que
vuessa merced no se ha de enojar de lo que
dixere, pues quiere que lo diga en cueros sin
vestirlo de otras ropas de aquellas con que
llegaron a mi noticia.”
  “En ninguna manera me enojaré”, respondio
don Quixote; “bien puedes, Sancho, hablar
libremente y sin rodeo alguno.”
  “Pues lo primero que digo”, dixo, “es que
el vulgo tiene a vuessa merced por grandissimo
loco y a mi por no menos mentecato. Los
hidalgos dizen que, no conteniendose vuessa
merced en los limites de la hidalguia, se ha
puesto don y se ha arremetido a cauallero, con
quatro cepas y dos yugadas de tierra y con vn
trapo atras y otro adelante. Dizen los caualleros
que no querrian que los hidalgos se opusiessen
a ellos, especialmente aquellos hidalgos
escuderiles que dan humo a los çapatos y
toman los puntos de las medias negras con
seda verde.”
  “Esso”, dixo don Quixote, “no tiene que ver
conmigo, pues ando siempre bien vestido y
jamas remendado; roto, bien podria ser, y el
roto mas de las armas que del tiempo.”
  “En lo que toca”, prosiguio Sancho, “a
la valentia, cortesia, hazañas y assumpto de
vuessa merced, ay diferentes opiniones: vnos
dizen «loco, pero gracioso»; otros, «valiente,
»pero desgraciado»; otros, «cortés, pero
»impertinente»; y por aqui van discurriendo en tantas
cosas, que ni a vuessa merced ni a mi nos
dexan huesso sano.”
  “Mira, Sancho”, dixo don Quixote, “donde
quiera que está la virtud en eminente grado,
es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos
varones que passaron dexó de ser calumniado
de la malicia. Iulio Cesar, animosissimo,
prudentissimo y valentissimo capitan, fue
notado de ambicioso y algun tanto no limpio, ni
en sus vestidos ni en sus costumbres.
Alexandro, a quien sus hazañas le alcançaron el
renombre de Magno, dizen del que tuuo sus
ciertos puntos de borracho. De Hercules, el de
los muchos trabajos, se cuenta que fue lasciuo
y muelle. De don Galaor, hermano de Amadis
de Gaula, se murmura que fue mas que
demasiadamente rixoso, y de su hermano, que fue
lloron. Assi que, o Sancho, entre las tantas
calumnias de buenos bien pueden passar las
mias, como no sean mas de las que has dicho.”
  “Ai está el toque, cuerpo de mi padre”,
replicó Sancho.
  “Pues ¿ay mas?”, preguntó don Quixote.
  “Aun la cola falta por dessollar”, dixo
Sancho: “lo de hasta aqui son tortas y pan
pintado; mas si vuessa merced quiere saber todo lo
que ay acerca de las caloñas que le ponen,
yo le traere aqui luego al momento quien se
las diga todas, sin que les falte vna meaja; que
anoche llegó el hijo de Bartolome Carrasco, que
viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller,
y, yendole yo a dar la bienvenida, me dixo
que andaua ya en libros la historia de vuessa
merced con nombre del ingenioso Hidalgo don
Quixote de la Mancha; y dize que me mientan
a mi en ella con mi mesmo nombre de Sancho
Pança, y a la señora Dulcinea del Toboso, con
otras cosas que passamos nosotros a solas, que
me hize cruzes de espantado, cómo las pudo
saber el historiador que las escriuio.”
  “Yo te asseguro, Sancho”, dixo don Quixote,
“que deue de ser algun sabio encantador el
autor de nuestra historia; que a los tales no se
les encubre nada de lo que quieren escriuir.”
  “Y ¡cómo”, dixo Sancho, “si era sabio y
encantador, pues --segun dize el bachiller
Sanson Carrasco, que assi se llama el que dicho
tengo-- que el autor de la historia se llama
Cide Hamete Berengena!”
  “Esse nombre es de moro”, respondio don
Quixote.
  “Assi sera”, respondio Sancho, “porque por
la mayor parte he oydo dezir que los moros
son amigos de berengenas.”
  “Tu deues, Sancho”, dixo don Quixote,
“errarte en el sobrenombre de esse Cide, que
en arabigo quiere dezir señor.”
  “Bien podria ser”, replicó Sancho; “mas si
vuessa merced gusta que yo le haga venir
aqui, yre por el en bolandas.”
  “Harasme mucho placer, amigo”, dixo don
Quixote; “que me tiene suspenso lo que me
has dicho, y no comere bocado que bien me
sepa hasta ser informado de todo.”
  “Pues yo voy por el”, respondio Sancho.
  Y, dexando a su señor, se fue a buscar al
bachiller, con el qual boluio de alli a poco
espacio, y entre los tres passaron vn graciosissimo
coloquio.

                 Capitulo III

Del ridiculo razonamiento que passó entre don
  Quixote, Sancho Pança y el bachiller Sanson
  Carrasco.

  Pensatiuo a demas quedó don Quixote, esperando
al bachiller Carrasco, de quien esperaua
oir las nueuas de si mismo puestas en libro
como auia dicho Sancho, y no se podia persuadir
a que tal historia huuiesse, pues aun no
estaua enxuta en la cuchilla de su espada la
sangre de los enemigos que auia muerto, y ya
querian que anduuiessen en estampa sus altas
cauallerias. Con todo esso, imaginó que algun
sabio, o ya amigo [o] enemigo, por arte de
encantamento las aura dado a la estampa: si
amigo, para engrandecerlas y leuantarlas sobre
las mas señaladas de cauallero andante; si
enemigo, para aniquilarlas y ponerlas debaxo de
las mas viles que de algun vil escudero se
huuiessen escrito, puesto, dezia entre si, que
nunca hazañas de escuderos se escriuieron: y
quando fuesse verdad que la tal historia
huuiesse, siendo de cauallero andante, por fuerça
auia de ser grandiloqua, alta, insigne,
magnifica y verdadera.
  Con esto se consolo algun tanto, pero
desconsolole pensar que su autor era moro, segun
aquel nombre de Cide, y de los moros no se
podia esperar verdad alguna; porque todos son
embelecadores, falsarios y quimeristas. Temiase
no huuiesse tratado sus amores con alguna
indecencia que redundasse en menoscabo y
perjuyzio de la honestidad de su señora Dulcinea
del Toboso; desseaua que huuiesse declarado
su fidelidad y el decoro que siempre la
auia guardado, menospreciando reynas, emperatrices
y donzellas de todas calidades, teniendo
a raya los impetus de los naturales mouimientos;
y, assi, embuelto y rebuelto en estas y
otras muchas imaginaciones, le hallaron Sancho
y Carrasco, a quien don Quixote recibio con
mucha cortesia.
  Era el bachiller, aun que se llamaua Sanson,
no muy grande de cuerpo, aunque muy gran
socarron, de color macilenta, pero de muy buen
entendimiento; tendria hasta veinte y quatro
años, cariredondo, de nariz chata y de boca
grande, señales todas de ser de condicion
maliciosa y amigo de donayres y de burlas, como
lo mostro en viendo a don Quixote, poniendose
delante del de rodillas, diziendole:
  “Deme vuestra grandeza las manos, señor
don Quixote de la Mancha; que por el habito de
San Pedro que visto, aunque no tengo otras
ordenes que las quatro primeras, que es vuessa
merced vno de los mas famosos caualleros
andantes que ha auido, ni aun aura en toda
la redondez de la tierra. Bien aya Cide Hamete
Benengeli que la historia de vuestras grandezas
dexó escritas, y rebien aya el curioso que
tuuo cuydado de hazerlas traduzir de arabigo
en nuestro vulgar castellano para vniuersal
entretenimiento de las gentes.”
  Hizole leuantar don Quixote, y dixo:
  “¿Dessa manera verdad es que ay historia
mia, y que fue moro y sabio el que la compuso?”
  “Es tan verdad, señor”, dixo Sanson, “que
tengo para mi, que el dia de oy estan impressos
mas de doze mil libros de la tal historia;
si no, digalo Portugal, Barcelona y Valencia,
donde se han impresso, y aun ay fama que se
está imprimiendo en Amberes, y a mi se me
trasluze que no ha de auer nacion ni lengua
donde no se traduzga.”
  “Vna de las cosas”, dixo a esta sazon don
Quixote, “que mas deue de dar contento a vn
hombre virtuoso y eminente es verse, viuiendo,
andar con buen nombre por las lenguas de las
gentes, impreso y en estampa; dixe con buen
nombre: porque siendo al contrario, ninguna
muerte se le ygualara.”
  “Si por buena fama y si por buen nombre
va”, dixo el bachiller, “solo vuessa merced
lleua la palma a todos los caualleros andantes;
porque el moro en su lengua y el christiano en
la suya tuuieron cuydado de pintarnos muy al
viuo la gallardia de vuessa merced, el animo
grande en acometer los peligros, la paciencia
en las aduersidades y el sufrimiento, assi en
las desgracias como en las heridas, la
honestidad y continencia en los amores tan
platonicos de vuessa merced y de mi señora doña
Dulcinea del Toboso.”
  “Nunca”, dixo a este punto Sancho Pança, “he
oido llamar con don a mi señora Dulcinea, sino
solamente la señora Dulcinea del Toboso, y ya
en esto anda errada la historia.”
  “No es objecion de importancia essa”,
respondio Carrasco.
  “No por cierto”, respondio don Quixote.
“Pero digame vuessa merced, señor bachiller,
¿qué hazañas mias son las que mas se
ponderan en essa historia?”
  “En esso”, respondio el bachiller, “ay
diferentes opiniones, como ay diferentes gustos:
vnos se atienen a la auentura de los molinos
de viento, que a vuessa merced le parecieron
Briareos y gigantes; otros, a la de los batanes;
este, a la descripcion de los dos exercitos, que
despues parecieron ser dos manadas de carneros;
aquel encarece la del muerto que lleuauan
a enterrar a Segouia; vno dize que a todas se
auentaja la de la libertad de los galeotes; otro,
que ninguna yguala a la de los dos gigantes
benitos, con la pendencia del valeroso
vizcaino.”
  “Digame, señor bachiller”, dixo a esta sazon
Sancho, “¿entra ay la auentura de los
yangueses, quando a nuestro buen Rozinante se le
antojó pedir cotufas en el golfo?”
  “No se le quedó nada”, respondio Sanson,
“al sabio en el tintero; todo lo dize y todo lo
apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen
Sancho hizo en la manta.”
  “En la manta no hize yo cabriolas”, respondio
Sancho; “en el aire si, y aun mas de las
que yo quisiera.”
  “A lo que yo imagino”, dixo don Quixote,
“no ay historia humana en el mundo que no
tenga sus altibaxos, especialmente las que
tratan de cauallerias, las quales nunca pueden
estar llenas de prosperos sucessos.”
  “Con todo esso”, respondio el bachiller,
“dizen algunos que han leydo la historia, que se
holgaran se les huuiera oluidado a los autores
della algunos de los infinitos palos que
en diferentes encuentros dieron al señor don
Quixote.”
  “Ay entra la verdad de la historia”, dixo
Sancho.
  “Tambien pudieran callarlos por equidad”,
dixo don Quixote, “pues las acciones que ni
mudan, ni alteran la verdad de la historia, no
ay para qué escriuirlas, si han de redundar en
menosprecio del señor de la historia. A fee que
no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le
pinta, ni tan prudente Vlisses como le descriue
Homero.”
  “Assi es”, replicó Sanson; “pero vno es
escriuir como poeta y otro como historiador; el
poeta puede contar o cantar las cosas, no como
fueron, sino como deuian ser, y el historiador
las ha de escriuir, no como deuian ser, sino
como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad
cosa alguna.”
  “Pues si es que se anda a dezir verdades
esse señor moro”, dixo Sancho, “a buen seguro
que entre los palos de mi señor se hallen
los mios; porque nunca a su merced le tomaron
la medida de las espaldas, que no me la
tomassen a mi de todo el cuerpo; pero no ay
de que marauillarme, pues como dize el mismo
señor mio, del dolor de la cabeça han de
participar los miembros.”
  “Socarron soys, Sancho”, respondio don
Quixote; “a fee que no os falta memoria, quando
vos quereis tenerla.”
  “Quando yo quisiesse oluidarme de los
garrotazos que me han dado”, dixo Sancho, “no
lo consentiran los cardenales, que aun se estan
frescos en las costillas.”
  “Callad, Sancho”, dixo don Quixote, “y no
interrumpais al señor bachiller, a quien suplico
passe adelante en dezirme lo que se dize de
mi en la referida historia.”
  “Y de mi”, dixo Sancho; “que tambien dizen
que soy yo vno de los principales presonages
della.”
  “Personages, que no presonages, Sancho
amigo”, dixo Sanson.
  “Otro reprochador de voquibles tenemos”,
dixo Sancho; “pues andense a esso y no
acabaremos en toda la vida.”
  “Mala me la de Dios, Sancho”, respondio el
bachiller, “si no soys vos la segunda persona
de la historia, y que ay tal que precia mas
oyros hablar a vos que al mas pintado de toda
ella, puesto que tambien ay quien diga que
anduuistes demasiadamente de credulo en creer
que podia ser verdad el gouierno de aquella
insula ofrecida por el señor don Quixote, que
está presente.”
  “Aun ay sol en las vardas”, dixo don
Quixote, “y mientras mas fuere entrando en edad
Sancho, con la esperiencia que dan los años,
estara mas idoneo y mas habil para ser
gouernador, que no está agora.”
  “Por Dios, señor”, dixo Sancho, “la isla que
yo no gouernasse con los años que tengo, no
la gouernaré con los años de Matusalen; el
daño está en que la dicha insula se entretiene,
no se dónde, y no en faltarme a mi el caletre
para gouernarla.”
  “Encomendadlo a Dios, Sancho”, dixo don
Quixote; “que todo se hara bien, y quiça mejor
de lo que vos pensais; que no se mueue la
hoja en el arbol sin la voluntad de Dios.”
  “Assi es verdad”, dixo Sanson, “que si Dios
quiere, no le faltarán a Sancho mil islas que
gouernar, quanto mas vna.”
  “Gouernador he visto por ay”, dixo Sancho,
“que a mi parecer no llegan a la suela de
mi çapato, y, con todo esso, los llaman señoria,
y se siruen con plata.”
  “Essos no son gouernadores de insulas”,
replicó Sanson, “sino de otros gouiernos mas
manuales; que los que gouiernan insulas, por
lo menos, han de saber gramatica.”
  “Con la grama bien me auendria yo”, dixo
Sancho, “pero con la tica ni me tiro ni me
pago, porque no la entiendo; pero dexando
esto del gouierno en las manos de Dios, que
me eche a las partes donde mas de mi se sirua,
digo, señor bachiller Sanson Carrasco, que
infinitamente me ha dado gusto que el autor de
la historia aya hablado de mi de manera, que
no enfadan las cosas que de mi se cuentan;
que a fe de buen escudero que si huuiera dicho
de mi cosas que no fueran muy de christiano
viejo, como soy, que nos auian de oyr los
sordos.”
  “Esso fuera hazer milagros”, respondio
Sanson.
  “Milagros o no milagros”, dixo Sancho,
“cada vno mire cómo habla o cómo escriue de
las presonas, y no ponga a troche moche lo
primero que le viene al magin.”
  “Vna de las tachas que ponen a la tal historia”,
dixo el bachiller, “es que su autor puso
en ella vna nouela intitulada: El Curioso
Impertinente, no por mala ni por mal razonada,
sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que
ver con la historia de su merced del señor don
Quixote.”
  “Yo apostaré”, replicó Sancho, “que ha
mezclado el hideperro berzas con capachos.”
  “Aora digo”, dixo don Quixote, “que no ha
sido sabio el autor de mi historia, sino algun
ignorante hablador que, a tiento y sin algun
discurso, se puso a escriuirla, salga lo que
saliere, como hazia Orbaneja, el pintor de
Vbeda, al qual preguntandole qué pintaua,
respondio: «Lo que saliere»; tal vez pintaua vn
gallo de tal suerte y tan mal parecido, que era
menester que con letras goticas escriuiesse
junto a el: «este es gallo»; y assi deue de ser de
mi historia, que tendra necessidad de comento
para entenderla.”
  “Esso no”, respondio Sanson; “porque es tan
clara, que no ay cosa que dificultar en ella; los
niños la manosean, los moços la leen, los
hombres la entienden y los viejos la celebran,
y, finalmente, es tan trillada y tan leyda, y tan
sabida de todo genero de gentes, que apenas
han visto algun rocin flaco, quando dizen: «Alli
»va Rocinante», y los que mas se han dado a su
letura son los pages. No ay antecamara de
señor, donde no se halle vn don Quixote; vnos
le toman, si otros le dexan; estos le embisten y
aquellos le piden; finalmente, la tal historia es
del mas gustoso y menos perjudicial entretenimiento
que hasta agora se aya visto; porque
en toda ella no se descubre, ni por semejas, vna
palabra deshonesta, ni vn pensamiento menos
que catolico.”
  “A escriuir de otra suerte”, dixo don Quixote,
“no fuera escriuir verdades, sino mentiras, y
los historiadores que de mentiras se valen
auian de ser quemados, como los que hazen
moneda falsa, y no se yo que le mouio al autor
a valerse de nouelas y cuentos agenos, auiendo
tanto que escriuir en los mios; sin duda se
deuio de atener al refran: «De paja y de heno,
»&c.». Pues en verdad que en solo manifestar
mis pensamientos, mis sospiros, mis lagrimas,
mis buenos desseos y mis acometimientos
pudiera hazer vn volumen mayor, o tan
grande, que el que pueden hazer todas las
obras del Tostado. En efeto, lo que yo
alcanço, señor bachiller, es que para componer
historias y libros de qualquier suerte que sean, es
menester vn gran juyzio y vn maduro entendimiento;
dezir gracias y escriuir donayres es de
grandes ingenios; la mas discreta figura de la
comedia es la del bobo, porque no lo ha de
ser el que quiere dar a entender que es simple.
La historia es como cosa sagrada, porque ha
de ser verdadera, y donde está la verdad está
Dios, en quanto a verdad, pero no obstante esto
ay algunos que assi componen y arrojan libros
de si, como si fuessen buñuelos.”
  “No ay libro tan malo”, dixo el bachiller,
“que no tenga algo bueno.”
  “No ay duda en esso”, replicó don Quixote,
“pero muchas vezes acontece, que los que
tenian meritamente grangeada y alcançada gran
fama por sus escritos, en dandolos a la estampa,
la perdieron del todo, o la menoscabaron
en algo.”
  “La causa desso es”, dixo Sanson, “que como
las obras impressas se miran despacio,
facilmente se veen sus faltas, y tanto mas se
escudriñan quanto es mayor la fama del que las
compuso. Los hombres famosos por sus ingenios,
los grandes poetas, los ilustres historiadores,
siempre, o las mas vezes, son embidiados
de aquellos que tienen por gusto y por particular
entretenimiento juzgar los escritos agenos,
sin auer dado algunos propios a la luz del
mundo.”
  “Esso no es de marauillar”, dixo don
Quixote, “porque muchos teologos ay que no son
buenos para el pulpito, y son bonissimos para
conocer las faltas o sobras de los que
predican.”
  “Todo esso es assi, señor don Quixote”,
dixo Carrasco; “pero quisiera yo que los tales
censuradores fueran mas misericordiosos y menos
escrupulosos, sin atenerse a los atomos del
sol clarissimo de la obra de que murmuran,
que si aliquando bonus dormitat Homerus,
consideren lo mucho que estuuo despierto por
dar la luz de su obra con la menos sombra
que pudiesse, y quiça podria ser que lo que a
ellos les parece mal, fuessen lunares que a las
vezes acrecientan la hermosura del rostro que
los tiene, y, assi, digo que es grandissimo el
riesgo a que se pone el que imprime vn libro,
siendo de toda impossibilidad impossible
componerle tal, que satisfaga y contente a todos
los que le leyeren.”
  “El que de mi trata”, dixo don Quixote, “a
pocos aura contentado.”
  “Antes es al reues”, [replicó Sanson], “que
como de stultorum infinitus est numerus,
infinitos son los que han gustado de la tal
historia. Y algunos han puesto falta y dolo en la
memoria del autor, pues se le oluida de contar
quién fue el ladron que hurtó el ruzio a Sancho,
que alli no se declara, y solo se infiere de
lo escrito que se le hurtaron, y de alli a poco le
vemos a cauallo sobre el mesmo jumento, sin
auer parecido; tambien dizen que se le oluidó
poner lo que Sancho hizo de aquellos cien
escudos que halló en la maleta en Sierra Morena,
que nunca mas los nombra, y ay muchos que
desean saber qué hizo dellos, o en qué los
gastó, que es vno de los puntos sustanciales que
faltan en la obra.”
  Sancho respondio:
  “Yo, señor Sanson, no estoy aora para
ponerme en cuentas ni cuentos; que me ha
tomado vn desmayo de estomago, que si no le
reparo con dos tragos de lo añejo me pondra
en la espina de Santa Lucia; en casa lo
tengo, mi oislo me aguarda, en acabando de
comer dare la buelta, y sati[s]fare a vuessa
merced y a todo el mundo de lo que preguntar
quisieren, assi de la perdida del jumento, como
del gasto de los cien escudos.”
  Y, sin esperar respuesta ni dezir otra palabra,
se fue a su casa. Don Quixote pidio y rogo al
bachiller se quedasse a hazer penitencia con
el; tuuo el bachiller el embite, quedose,
añadiose al ordinario vn par de pichones, tratose
en la mesa de cauallerias, siguiole el humor
Carrasco, acabose el banquete, durmieron la
siesta, boluio Sancho y renouose la platica
passada.

                 Capitulo IV

Donde Sancho Pança satisfaze al bachiller
  Sanson Carrasco de sus dudas y preguntas,
  con otros sucessos dignos de saberse y de
  contarse.

  Boluio Sancho a casa de don Quixote, y
boluiendo al passado razonamiento, dixo:
  “A lo que el señor Sanson dixo que se
desseaua saber quién, o cómo, o quándo se me
hurtó el jumento, respondiendo digo, que la
noche misma que huyendo de la Santa Hermandad
nos entramos en Sierra Morena, despues
de la auentura sin ventura de los galeotes,
y de la del difunto que lleuauan a Segouia, mi
señor y yo nos metimos entre vna espesura,
adonde mi señor, arrimado a su lança, y yo
sobre mi ruzio, molidos y cansados de las
passadas refriegas, nos pusimos a dormir como si
fuera sobre quatro colchones de pluma;
especialmente yo dormi con tan pesado sueño, que
quienquiera que fue tuuo lugar de llegar y
suspenderme sobre quatro estacas que puso a
los quatro lados de la albarda, de manera, que
me dexó a cauallo sobre ella y me sacó debaxo
de mi al ruzio, sin que yo lo sintiesse.”
  “Esso es cosa facil”, [dixo Sanson], “y no
acontecimiento nueuo; que lo mesmo le sucedio
a Sacripante quando, estando en el cerco
de Albraca, con essa misma inuencion le sacó
el cauallo de entre las piernas aquel famoso
ladron llamado Brunelo.”
  “Amanecio”, prosiguio Sancho, “y apenas
me huue estremecido, quando, faltando las
estacas, di conmigo en el suelo vna gran caida,
miré por el jumento y no le vi, acudieronme
lagrimas a los ojos y hize vna lamentacion,
que si no la puso el autor de nuestra historia,
puede hazer cuenta que no puso cosa buena.
Al cabo de no se quántos dias, viniendo con la
señora princesa Micomicona, conoci mi asno,
y que venia sobre el en habito de gitano aquel
Gines de Passamonte, aquel embustero y
grandissimo maleador que quitamos mi señor y
yo de la cadena.”
  “No está en esso el yerro”, replicó Sanson,
“sino en que antes de auer parecido el jumento,
dize el autor que yua a cauallo Sancho en el
mesmo ruzio.”
  “A esso”, dixo Sancho, “no se qué responder,
sino que el historiador se engañó o ya
seria descuido del impressor.”
  “Assi es, sin duda”, dixo Sanson, “pero, ¿qué
se hizieron los cien escudos?; ¿deshizieronse?”
  Respondio Sancho:
  “Yo los gasté en pro de mi persona y de la
de mi muger y de mis hijos, y ellos han sido
causa de que mi muger lleue en paciencia los
caminos y carreras que he andado siruiendo a
mi señor don Quixote; que si al cabo de tanto
tiempo boluiera sin blanca y sin el jumento
a mi casa, negra ventura me esperaua; y si ay
mas que saber de mi, aqui estoy, que respondere
al mesmo rey en presona, y nadie tiene para
qué meterse en si truxe o no truxe, si gasté o no
gasté; que si los palos que me dieron en estos
viages se huuieran de pagar a dinero, aunque
no se tassaran sino a quatro marauedis cada
vno, en otros cien escudos no auia para
pagarme la mitad; y cada vno meta la mano en
su pecho y no se ponga a juzgar lo blanco por
negro y lo negro por blanco; que cada vno es
como Dios le hizo, y aun peor muchas vezes.”
  “Yo tendre cuidado”, dixo Carrasco, “de acusar
al autor de la historia que si otra vez la
imprimiere, no se le oluide esto que el buen
Sancho ha dicho, que sera realçarla vn buen
coto mas de lo que ella se está.”
  “¿Ay otra cosa que enmendar en essa leyenda,
señor bachiller?”, preguntó don Quixote.
  “Si deue de auer”, respondio el; “pero
ninguna deue de ser de la importancia de las ya
referidas.”
  “Y ¿por ventura”, dixo don Quixote,
“promete el autor segunda parte?”
  “Si promete”, re[s]pondio Sanson; “pero dize
que no ha hallado ni sabe quién la tiene, y, assi,
estamos en duda si saldra o no; y, assi, por esto,
como porque algunos dizen: «Nunca segundas
»partes fueron buenas», y otros: «De las cosas de
»don Quixote bastan las escritas», se duda que
no ha de auer segunda parte, aunque algunos
que son mas jouiales que saturninos dizen:
«Vengan mas quixotadas, embista don Quixote,
»y hable Sancho Pança, y sea lo que fuere; que
»con esso nos contentamos».”
  “Y ¿a qué se atiene el autor?”
  “A que”, respondio Sanson, “en hallando
que halle la historia que el va buscando con
extraordinarias diligencias, la dara luego a la
estampa, lleuado mas del interes que de darla
se le sigue, que de otra alabança alguna.”
  A lo que dixo Sancho:
  “¿Al dinero y al interes mira el autor?
Marauilla sera que acierte, porque no hara sino
harbar, harbar como sastre en visperas de pasquas,
y las obras que se hazen a priessa nunca se
acaban con la perfecion que requieren; atienda
esse señor moro, o lo que es, a mirar lo que
haze; que yo y mi señor le daremos tanto ripio
a la mano en materia de auenturas y de
sucessos diferentes, que pueda componer no solo
segunda parte, sino ciento; deue de pensar el
buen hombre, sin duda, que nos dormimos
aqui en las pajas; pues tenganos el pie al
herrar y vera del que cosqueamos. Lo que yo se
dezir es que si mi señor tomasse mi consejo, ya
auiamos de estar en essas campañas deshaziendo
agrauios y endereçando tuertos, como es
vso y costumbre de los buenos andantes
caualleros.”
  No auia bien acabado de dezir estas razones
Sancho, quando llegaron a sus oidos relinchos
de Rozinante, los quales relinchos tomó don
Quixote por felicissimo aguero, y determinó de
hazer de alli a tres o quatro dias otra salida, y,
declarando su intento al bachiller, le pidio consejo
por qué parte començaria su jornada; el qual le
respondio que era su parecer que fuesse al
reyno de Aragon y a la ciudad de Zaragoça,
adonde de alli a pocos dias se auian de hazer
vnas solenissimas justas por la fiesta de San
Iorge, en las quales podria ganar fama sobre
todos los caualleros aragonesses, que seria
ganarla sobre todos los del mundo. Alabole ser
honradissima y valentissima su determinacion,
y aduirtiole que anduuiesse mas atentado en
acometer los peligros, a causa que su vida no
era suya, sino de todos aquellos que le auian
de menester para que los amparasse y
socorriesse en sus desuenturas.
  “Desso es lo que yo reniego, señor Sanson”,
dixo a este punto Sancho; “que assi acomete
mi señor a cien hombres armados, como vn
muchacho goloso a media dozena de badeas;
¡cuerpo del mundo, señor bachiller, si, que tiempos
ay de acometer, y tiempos de retirar; si,
no ha de ser todo «Santiago, y cierra, España!»
Y mas, que yo he oido dezir, y creo que a mi
señor mismo, si mal no me acuerdo, que en
los estremos de cobarde y de temerario está el
medio de la valentia, y si esto es assi, no quiero
que huya sin tener para qué, ni que acometa
quando la demasia pide otra cosa; pero, sobre
todo, auiso a mi señor que si me ha de lleuar
consigo, ha de ser con condicion que el se lo ha
de batallar todo, y que yo no he de estar
obligado a otra cosa que a mirar por su persona en
lo que tocare a su limpieza y a su regalo; que
en esto yo le bailaré el agua delante; pero
pensar que tengo de poner mano a la espada,
aunque sea contra villanos malandrines de acha y
capellina, es pensar en lo escusado. Yo,
señor Sanson, no pienso grangear fama de
valiente, sino del mejor y mas leal escudero que
jamas siruio a cauallero andante; y si mi señor
don Quixote, obligado de mis muchos y buenos
seruicios, quisiere darme alguna insula de
las muchas que su merced dize que se ha de
topar por ay, recibire mucha merced en ello; y
quando no me la diere, nacido soy, y no ha
de viuir el hombre en oto de otro, sino de
Dios, y mas, que tan bien, y aun quiça mejor,
me sabra el pan desgouernado que siendo
gouernador. Y ¿se yo, por ventura, si en essos
gouiernos me tiene aparejada el diablo alguna
çancadilla donde tropiece y caiga y me haga
las muelas? Sancho naci y Sancho pienso
morir; pero si con todo esto, de buenas a buenas,
sin mucha solicitud y sin mucho riesgo, me
deparasse el cielo alguna insula o otra cosa
semejante, no soy tan necio que la desechasse;
que tambien se dize: «quando te dieren la
»baquilla, corre con la soguilla», y «quando viene
»el bien, metelo en tu casa».”
  “Vos, hermano Sancho”, dixo Carrasco, “aueis
hablado como vn cathedratico; pero con todo
esso confiad en Dios y en el señor don Quixote,
que os ha de dar vn reyno, no que vna
insula.”
  “Tanto es lo demas como lo de menos”,
respondio Sancho; “aunque sé dezir al señor
Carrasco, que no echará mi señor el reyno que
me diera en saco roto; que yo he tomado el
pulso a mi mismo, y me hallo con salud para
regir reynos y gouernar insulas, y esto ya otras
vezes lo he dicho a mi señor.”
  “Mirad, Sancho”, dixo Sanson, “que los
oficios mudan las costumbres, y podria ser que,
viendoos gouernador, no conociessedes a la
madre que os pario.”
  “Esso alla se ha de entender”, respondio
Sancho, “con los que nacieron en las maluas,
y no con los que tienen sobre el alma quatro
dedos de enjundia de christianos viejos como
yo los tengo: ¡no, sino llegaos a mi condicion,
que sabra vsar de desagradecimiento con
alguno!”
  “Dios lo haga”, dixo don Quixote, “y ello
dira quando el gouierno venga; que ya me
parece que le trayo entre los ojos.”
  Dicho esto, rogo al bachiller que, si era
poeta, le hiziesse merced de componerle vnos
versos que tratassen de la despedida que pensaua
hazer de su señora Dulcinea del Toboso, y que
aduirtiesse que en el principio de cada verso
auia de poner vna letra de su nombre, de
manera, que al fin de los versos, juntando
las primeras letras, se leyesse Dulcinea del
Toboso.
  El bachiller respondio que puesto que el
no era de los famosos poetas que auia en
España, que dezian que no eran sino tres y
medio, que no dexaria de componer los tales
metros, aunque hallaua vna dificultad grande en
su composicion a causa que las letras que
contenian el nombre eran diez y siete, y que si
hazia quatro castellanas de a quatro versos,
sobrara vna letra, y si de a cinco, a quien
llaman dezimas o redondillas, faltauan tres
letras; pero con todo esso procuraria embeuer
vna letra lo mejor que pudiesse, de manera, que
en las quatro castellanas se incluyesse el
nombre de Dulcinea del Toboso.
  “Ha de ser assi en todo caso”, dixo don
Quixote; “que si alli no va el nombre patente y
de manifiesto, no ay muger que crea que para
ella se hizieron los metros.”
  Quedaron en esto y en que la partida seria de
alli a ocho dias; encargó don Quixote al
bachiller la tuuiesse secreta, especialmente al
cura y a maesse Nicolas y a su sobrina y al
ama, porque no estoruassen su honrada y
valerosa determinacion; todo lo prometio
Carrasco. Con esto se despidio, encargando a don
Quixote que de todos sus buenos o malos sucessos
le auisasse, auiendo comodidad, y, assi,
se despidieron, y Sancho fue a poner en orden
lo necessario para su jornada.

                  Capitulo V

De la discreta y graciosa platica que passó
  entre Sancho Pança y su muger Teresa
  Pança, y otros sucessos dignos de felice
  recordacion.

  Llegando a escriuir el traductor desta historia
este quinto capitulo, dize que le tiene por
apocrifo, porque en el habla Sancho Pança con
otro estilo del que se podia prometer de su
corto ingenio, y dize cosas tan sutiles, que no
tiene por possible que el las supiesse; pero que
no quiso dexar de traduzirlo, por cumplir con
lo que a su oficio deuia, y, assi, prosiguio
diziendo:
  Llegó Sancho a su casa tan regozijado y
alegre, que su muger conocio su alegria a tiro de
ballesta, tanto, que la obligó a preguntarle:
  “¿Qué trae[i]s, Sancho amigo, que tan
alegre venis?”
  A lo que el respondio:
  “Muger mia, si Dios quisiera, bien me holgara
yo de no estar tan contento como muestro.”
  “No os entiendo, marido”, replicó ella, “y no
se qué quereis dezir en esso de que os holgaredes,
si Dios quisiera, de no estar contento;
que maguer tonta, no se yo quién recibe
gusto de no tenerle.”
  “Mirad, Teresa”, respondio Sancho: “yo estoy
alegre porque tengo determinado de boluer a
seruir a mi amo don Quixote, el qual quiere la
vez tercera salir a buscar las auenturas, y
yo bueluo a salir con el porque lo quiere assi
mi necessidad, junto con la esperança que me
alegra de pensar si podre hallar otros cien
escudos como los ya gastados, puesto que me
entristeze el auerme de apartar de ti y de mis
hijos; y si Dios quisiera darme de comer a pie
enxuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos
y encrucijadas, pues lo podia hazer a poca
costa y no mas de quererlo, claro está que mi
alegria fuera mas firme y valedera, pues que la
que tengo va mezclada con la tristeza del
dexarte; assi, que dixe bien que holgara, si Dios
quisiera, de no estar contento.”
  “Mirad, Sancho”, replicó Teresa; “despues
que os hizistes miembro de cauallero andante,
hablais de tan rodeada manera, que no ay
quien os entienda.”
  “Basta que me entienda Dios, muger”,
respondio Sancho, “que El es el entendedor de
todas las cosas, y quedese esto aqui; y aduertid,
hermana, que os conuiene tener cuenta estos
tres dias con el ruzio, de manera, que esté para
armas tomar; dobladle los piensos, requerid
la albarda y las demas xarcias, porque no vamos
a bodas, sino a rodear el mundo, y a tener
dares y tomares con gigantes, con endriagos y
con vestiglos, y a oyr siluos, rugidos, bramidos
y baladros, y aun todo esto fuera flores de
cantueso, si no tuuieramos que entender con
yanguesses y con moros encantados.”
  “Bien creo yo, marido”, replicó Teresa, “que,
los escuderos andantes no comen el pan de
valde, y, assi, quedaré rogando a nuestro Señor
os saque presto de tanta mala ventura.”
  “Yo os digo, muger”, respondio Sancho,
“que si no pensasse antes de mucho tiempo
verme gouernador de vna insula, aqui me
caeria muerto.”
  “Esso no, marido mio”, dixo Teresa; “viua
la gallina, aunque sea con su pepita; viuid vos,
y lleuese el diablo quantos gouiernos ay en el
mundo. Sin gouierno salistes del vientre de
vuestra madre, sin gouierno aueys viuido hasta
aora, y sin gouierno os yreys o os lleuarán a la
sepultura quando Dios fuere seruido. Como
essos ay en el mundo que viuen sin gouierno,
y no por esso dexan de viuir y de ser contados
en el numero de las gentes. La mejor salsa del
mundo es la hambre, y como esta no falta a
los pobres, siempre comen con gusto. Pero
mirad, Sancho, si por ventura os vieredes con
algun gouierno, no os oluideys de mi y de
vuestros hijos. Aduertid que Sanchico tiene ya
quinze años cabales, y es razon que vaya a la
escuela, si es que su tio, el abad, le ha de
dexar hecho de la Iglesia. Mirad tambien que
Mari Sancha, vuestra hija, no se morira si la
casamos, que me va dando barruntos que
dessea tanto tener marido como vos desseays
veros con gouierno, y en fin en fin, mejor
parece la hija mal casada que bien
abarraganada.”
  “A buena fe”, respondio Sancho, “que si
Dios me llega a tener algo que de gouierno,
que tengo de casar, muger mia, a Mari Sancha
tan altamente que no la alcancen sino con
llamarla señor[i]a.”
  “Esso no, Sancho”, respondio Teresa;
“casadla con su ygual, que es lo mas acertado;
que si de los çuecos la sacays a chapines y de
saya parda de catorzeno a verdugado y saboyanas
de seda, y de vna Marica y vn tu a vna
doña tal y señoria, no se ha de hallar la
mochacha y a cada paso ha de caer en mil faltas,
descubriendo la hilaza de su tela basta y
grossera.”
  “Calla, boba”, dixo Sancho, “que todo sera
vsarlo dos o tres años; que despues le vendra
el señorio y la grauedad como de molde, y
quando no, ¿qué importa? Sease ella señoria
y venga lo que viniere.”
  “Medios, Sancho, con vuestro estado”,
respondio Teresa, “no os querays alçar a mayores
y aduertid al refran que dize: al hijo de tu
vezino limpiale las narizes y metele en tu casa.
Por cierto que seria gentil cosa casar a nuestra
Maria con vn condazo, o con [vn] cauallerote
que quando se le antojase la pusiesse como
nueua, llamandola de villana, hija del
destripaterrones y de la pelaruecas. ¡No en mis dias,
marido; para esso por cierto he criado yo a mi
hija! Traed vos dineros, Sancho, y el casarla
dexadlo a mi cargo; que ai está Lope Tocho, el
hijo de Iuan Tocho, moço rollizo y sano, y que
le conocemos, y se que no mira de mal ojo a
la mochacha, y con este que es nuestro ygual
estara bien casada, y le tendremos siempre a
nuestros ojos, y seremos todos vnos, padres y
hijos, nietos y yernos, y andara la paz y la
bendicion de Dios entre todos nosotros, y no
casarmela vos aora en essas cortes y en essos
palacios grandes, adonde ni a ella la
entiendan ni ella se entienda.”
  “Ven aca, bestia y muger de Barrabas”,
replicó Sancho; “¿por qué quieres tu aora, sin
qué ni para qué, estoruarme que no case a mi
hija con quien me de nietos que se llamen
señoria? Mira, Teresa, siempre he oydo dezir a
mis mayores que el que no sabe gozar de la
ventura quando le viene, que no se deue quexar
si se le passa. Y no seria bien que, aora
que está llamando a nuestra puerta, se la
cerremos; dexemonos lleuar deste viento fauorable
que nos sopla.” (Por este modo de hablar
y por lo que mas abaxo dize Sancho, dixo el
tradutor desta historia que tenia por apocrifo
este capitulo.)
  “¿No te parece, animalia”, prosiguio Sancho,
“que sera bien dar con mi cuerpo en algun
gouierno prouechoso que nos saque el pie del
lodo? Y casesse a Mari Sancha con quien yo
quisiere, y veras como te llaman a ti doña
Teresa Pança, y te sientas en la iglesia sobre
alcatifa, almohadas y arambeles, a pesar y
despecho de las hidalgas del pueblo. No, sino
estaos siempre en vn ser, sin crecer ni
menguar, como figura de paramento, y en esto no
hablemos mas, que Sanchica ha de ser
condessa, aunque tu mas me digas.”
  “¿Veis quanto dezis, marido?”, respondio
Teresa. “Pues con todo esso temo que este
condado de mi hija ha de ser su perdicion;
vos hazed lo que quisieredes, ora la hagays
duquessa o princessa; pero seos dezir que no
sera ello con voluntad ni consentimiento mio.
Siempre, hermano, fuy amiga de la ygualdad,
y no puedo ver entonos sin fundamentos. Teresa
me pusieron en el bautismo, nombre mondo
y escueto, sin añadiduras, ni cortapisas, ni
arrequiues de dones ni donas; Cascajo se llamó
mi padre, y a mi, por ser vuestra muger, me
llaman Teresa Pança, que a buena razon me
auian de llamar Teresa Cascajo. Pero alla van
reyes do quieren leyes, y con este nombre me
contento, sin que me le pongan vn don encima
que pese tanto, que no le pueda lleuar, y no
quiero dar que dezir a los que me vieren andar
vestida a lo condesil o a lo de gouernadora,
que luego diran: «¡Mirad que entonada va la
»pazpuerca: ayer no se hartaua de estirar de
»vn copo de estopa, y yua a missa cubierta la
»cabeça con la falda de la saya en lugar de
»manto, y ya oy va con verdugado, con broches y con
»entono, como si no la conociessemos!» Si Dios
me guarda mis siete o mis cinco sentidos, o los
que tengo, no pienso dar ocasion de verme en
tal aprieto. Vos, hermano, ydos a ser gouierno
o insulo, y entonaos a vuestro gusto; que mi
hija ni yo por el siglo de mi madre que no nos
hemos de mudar vn paso de nuestra aldea: la
muger honrada, la pierna quebrada y en casa;
y la donzella honesta, el hazer algo es su
fiesta; ydos con vuestro don Quixote a vuestras
auenturas y dexadnos a nosotras con nuestras
malas venturas; que Dios nos las mejorará
como seamos buenas. Y yo no se por cierto
quién le puso a el don que no tuuieron sus
padres ni sus aguelos.”
  “Aora digo”, replicó Sancho, “que tienes
algun familiar en esse cuerpo. ¡Valate Dios, la
muger, y qué de cosas has ensartado vnas en
otras, sin tener pies ni cabeça! ¿Qué tiene que
ver el Cascajo, los broches, los refranes y el
entono con lo que yo digo? Ven acá, mentecata
e ignorante, que assi te puedo llamar, pues
no entiendes mis razones y vas huyendo de la
dicha. Si yo dixera que mi hija se arrojara de
vna torre abaxo, o que se fuera por essos mundos,
como se quiso yr la infanta doña Vrraca,
tenias razon de no venir con mi gusto; pero si
en dos paletas y en menos de vn abrir y cerrar
de ojos te la chanto vn don y vna señoria
acuestas, y te la saco de los rastrojos, y te la
pongo en toldo y en peana y en vn estrado de
mas almohadas de velludo, que tuuieron moros
en su linage los Almohadas de Marruecos,
¿por qué no has de consentir y querer lo que
yo quiero?”
  “¿Sabeys por qué, marido?”, respondio Teresa:
“por el refran que dize: Quien te cubre te
descubre. Por el pobre todos passan los ojos
como de corrida, y en el rico los detienen, y si
el tal rico fue vn tiempo pobre, alli es el
murmurar, y el mal dezir, y el peor perseuerar de
los maldizientes, que los ay por essas calles a
montones, como enxambres de abejas.”
  “Mira, Teresa”, respondio Sancho, “y escucha
lo que agora quiero dezirte, quiça no lo
auras oydo en todos los dias de tu vida, y yo
agora no hablo de mio; que todo lo que pienso
dezir son sentencias del padre predicador que
la quaresma passada predicó en este pueblo,
el qual, si mal no me acuerdo, dixo que todas
las cosas presentes que los ojos estan mirando
se presentan, estan y assisten en nuestra
memoria mucho mejor y con mas vehemencia
que las cosas passadas.” (Todas estas razones
que aqui va diziendo Sancho son las segundas
por quien dize el tradutor que tiene por apocrifo
este capitulo, que exceden a la capacidad
de Sancho. El qual prosiguio diziendo:) “De
donde nace que quando vemos alguna persona
bien adereçada y con ricos vestidos compuesta
y con ponpa de criados, parece que por
fuerça nos mueue y combida a que la tengamos
respeto, puesto que la memoria en aquel
instante nos represente alguna baxeza en que
vimos a la tal persona; la qual inominia, aora
sea de pobreza, o de linage, como ya passó,
no es, y solo es lo que vemos presente. Y si
este a quien la fortuna sacó del borrador de
su baxeza --que por estas mesmas razones lo
dixo el padre--, a la alteza de su prosperidad,
fuere bien criado, liberal y cortés con
todos, y no se pusiere en cuentos con aquellos
que por antiguedad son nobles, ten por cierto,
Teresa, que no aura quien se acuerde de lo
que fue, sino que reuerencien lo que es, si no
fueren los inuidiosos, de quien ninguna
prospera fortuna está segura.”
  “Yo no os entiendo, marido”, replicó Teresa;
“hazed lo que quisieredes y no me quebreys
mas la cabeça con vuestras arengas y retoricas.
Y si estays rebuelto en hazer lo que dezys...”
  “Resuelto has de dezir, muger”, dixo Sancho,
“y no rebuelto.”
  “No os pongays a disputar, marido, conmigo”,
respondio Teresa; “yo hablo como Dios es
seruido y no me meto en mas dibuxos; y digo,
que si estays porfiando en tener gouierno, que
lleueys con vos a vuestro hijo Sancho, para
que desde agora le enseñeys a tener gouierno;
que bien es que los hijos hereden y aprendan
los oficios de sus padres.”
  “En teniendo gouierno”, dixo Sancho, “embiaré
por el por la posta, y te embiaré dineros
que no me faltarán, pues nunca falta quien se
los preste a los gouernadores quando no los
tienen, y vistele de modo que dissimule lo que
es y parezca lo que ha de ser.”
  “Embiad vos dinero”, dixo Teresa, “que yo
os lo vistire como vn palmito.”
  “En efecto, ¿quedamos de acuerdo”, dixo
Sancho, “de que ha de ser condessa nuestra
hija?”
  “El dia que yo la viere condessa”, respondio
Teresa, “esse hare cuenta que la entierro; pero
otra vez os digo que hagays lo que os diere
gusto; que con esta carga nacemos las mugeres
de estar obedientes a sus maridos aunque
sean vnos porros.”
  Y, en esto, començo a llorar tan de veras como
si ya viera muerta y enterrada a Sanchica.
Sancho la consolo diziendole que ya que la
huuiesse de hazer condessa, la haria todo lo
mas tarde que ser pudiesse. Con esto se acabó
su platica, y Sancho boluio a ver a don Quixote
para dar orden en su partida.

                 Capitulo VI

De lo que le passó a don Quixote con su sobrina
  y con su ama, y es vno de los importantes
  capitulos de toda la historia.

  En tanto que Sancho Pança y su muger Teresa
Cascajo passaron la impertinente referida
platica, no estauan ociosas la sobrina y el ama
de don Quixote, que por mil señales yuan
coligiendo que su tio y señor queria desgarrarse
la vez tercera y boluer al exercicio de su, para
ellas, mal andante caualleria; procurauan por
todas las vias possibles aparta[r]le de tan mal
pensamiento, pero todo era predicar en desierto
y majar en hierro frio. Con todo esto, entre
otras muchas razones que con el passaron, le
dixo el ama:
  “En verdad, señor mio, que si vuessa merced
no afirma el pie llano y se está quedo en su
casa y se dexa de andar por los montes y por
los valles como anima en pena, buscando essas
que dizen que se llaman auenturas, a quien yo
llamo desdichas, que me tengo de quexar en
voz y en grita a Dios y al rey, que pongan
remedio en ello.”
  A lo que respondio don Quixote:
  “Ama, lo que Dios respondera a tus quexas
yo no lo se, ni lo que ha de responder su
magestad tan poco, y solo se que si yo fuera rey,
me escusara de responder a tanta infinidad de
memoriales impertinentes como cada dia le
dan; que vno de los mayores trabajos que los
reyes tienen entre otros muchos es el estar
obligados a escuchar a todos y a responder a
todos, y, assi, no querria yo que cosas mias le
diessen pesadumbre.”
  A lo que dixo el ama:
  “Diganos, señor, ¿en la corte de su magestad
no ay caualleros?”
  “Si”, respondio don Quixote, “y muchos, y
es razon que los aya para adorno de la grandeza
de los principes y para ostentacion de la
magestad real.”
  “Pues ¿no seria vuessa merced”, replicó
ella, “vno de los que a pie quedo siruiessen a
su rey y señor, estandose en la corte?”
  “Mira, amiga”, respondio don Quixote, “no
todos los caualleros pueden ser cortesanos, ni
todos los cortesanos pueden ni deuen ser
caualleros andantes; de todos ha de auer en el
mundo, y aunque todos seamos caualleros, va
mucha diferencia de los vnos a los otros: porque
los cortesanos, sin salir de sus aposentos
ni de los vmbrales de la corte, se passean por
todo el mundo, mirando vn mapa, sin costarles
blanca, ni padecer calor ni frio, hambre ni sed.
Pero nosotros los caualleros andantes verdaderos,
al sol, al frio, al ayre, a las inclemencias
del cielo, de noche y de dia, a pie y a cauallo,
medimos toda la tierra con nuestros mismos
pies. Y no solamente conocemos los enemigos
pintados, sino en su mismo ser, y en todo trance
y en toda ocasion los acometemos, sin mirar
en niñerias, ni en las leyes de los desafios, si
lleua o no lleua mas corta la lança o la espada,
si trae sobre si reliquias o algun engaño encubierto,
si se ha de partir y hazer tajadas el sol,
o no, con otras ceremonias deste jaez, que se
vsan en los desafios particulares de persona
a persona, que tu no sabes y yo si.
  ”Y has de saber mas: que el buen cauallero
andante, aunque vea diez gigantes que con las
cabeças no solo tocan, sino passan las nubes,
y que a cada vno le siruen de piernas dos
grandissimas torres, y que los braços semejan
arboles de gruessos y poderosos nauios, y cada
ojo como vna gran rueda de molino y mas
ardiendo que vn horno de vidrio, no le han de
espantar en manera alguna, antes con gentil
continente y con intrepido coraçon los ha de
acometer y embestir, y, si fuere possible,
vencerlos y desbaratarlos en vn pequeño instante,
aunque viniessen armados de vnas conchas de
vn cierto pescado que dizen que son mas
duras que si fuessen de diamantes, y en lugar de
espadas truxessen cuchillos tajantes de
damasquino azero, o porras ferradas con puntas
assimismo de azero, como yo las he visto mas de
dos vezes. Todo esto he dicho, ama mia, porque
veas la diferencia que ay de vnos caualleros
a otros, y seria razon que no huuiesse principe
que no estimasse en mas esta segunda, o
por mejor dezir, primera especie de caualleros
andantes; que, segun leemos en sus historias,
tal ha auido entre ellos, que ha sido la salud
no solo de vn reyno, sino de muchos.”
  “¡A, señor mio!”, dixo a esta sazon la sobrina,
“aduierta vuessa merced que todo esso que
dize de los caualleros andantes es fabula y
mentira, y sus historias, ya que no las quemassen,
merecian que a cada vna se le echasse vn
sanbenito, o alguna señal en que fuesse conocida
por infame y por gastadora de las buenas
costumbres.”
  “Por el Dios que me sustenta”, dixo don
Quixote, “que si no fueras mi sobrina
derechamente, como hija de mi misma hermana, que
auia de hazer vn tal castigo en ti por la
blasfemia que has dicho, que sonara por todo el
mundo. ¿Cómo que es possible que vna rapaza
que apenas sabe menear doze palillos de randas
se atreua a poner lengua y a censurar las
historias de los caualleros andantes? ¿Qué dixera
el señor Amadis si lo tal oyera? Pero a
buen seguro que el te perdonara, porque fue el
mas humilde y cortés cauallero de su tiempo, y
demas, grande amparador de las donzellas; mas
tal te pudiera auer oydo, que no te fuera bien
dello; que no todos son cortesses ni bien
mirados: algunos ay follones y descomedidos. Ni
todos los que se llaman caualleros lo son de
todo en todo, que vnos son de oro, otros de
alquimia y todos parecen caualleros, pero no
todos pueden estar al toque de la piedra de la
verdad. Hombres baxos ay que rebientan por
parecer caualleros, y, caualleros altos ay que
parece que aposta mueren por parecer hombres
baxos; aquellos se lleuantan, o con la ambicion,
o con la virtud, estos se abaxan, o con
la floxedad, o con el vicio, y es menester
aprouecharnos del conocimiento discreto para
distinguir estas dos maneras de caualleros tan
parecidos en los nombres y tan distantes en las
acciones.”
  “Valame Dios”, dixo la sobrina; “que sepa
vuessa merced tanto, señor tio, que si fuesse
menester en vna necessidad, podria subir en vn
pulpito e yrse a predicar por essas calles, y
que, con todo esto, de en vna ceguera tan
grande y en vna sandez tan conocida, que se
de a entender que es valiente, siendo viejo,
que tiene fuerças, estando enfermo, y que
endereça tuertos, estando por la edad agobiado,
y, sobre todo, que es cauallero, no lo siendo,
porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no
lo son los pobres.”
  “Tienes mucha razon, sobrina, en lo que
dizes”, respondio don Quixote, “y cosas te
pudiera yo dezir cerca de los linages, que te
admiraran, pero por no mezclar lo diuino con lo
humano, no las digo. Mirad, amigas, a quatro
suertes de linages, y estadme atentas, se
pueden reduzir todos los que ay en el mundo, que
son estas: vnos que tuuieron principios humildes
y se fueron estendiendo y dilatando hasta
llegar a vna suma grandeza; otros, que tuuieron
principios grandes y los fueron conseruando,
y los conseruan y mantienen en el ser que
començaron; otros, que aunque tuuieron
principios grandes, acauaron en punta como
piramide, auiendo diminuido y aniquilado su
principio hasta parar en nonada, como lo es la
punta de la piramide, que respeto de su bassa
o assiento no es nada; otros ay, y estos son los
mas, que ni tuuieron principio bueno, ni razonable
medio, y assi tendran el fin, sin nombre,
como el linage de la gente plebeya y
ordinaria.
  ”De los primeros que tuuieron principio
humilde y subieron a la grandeza que agora
conseruan te sirua de exemplo la casa Otomana,
que de vn humilde y baxo pastor que le dio
principio, está en la cumbre que le vemos.
Del segundo linage, que tuuo principio en
grandeza y la conserua sin aumentarla, seran
exemplo muchos principes que por herencia lo son,
y se conseruan en ella sin aumentarla ni
diminuirla, conteniendose en los limites de sus
estados pacificamente. De los que començaron
grandes y acabaron en punta ay millares de
exemplos. Porque todos los Faraones y Tolomeos
de Egypto, los Cesares de Roma, con toda
la caterba, si es que se le puede dar este
nombre, de infinitos principes, monarcas, señores,
medos, asirios, persas, griegos y barbaros,
todos estos linages y señorios han acabado en
punta y en nonada, assi ellos como los que les
dieron principio, pues no sera possible hallar
agora ninguno de sus decendientes, y si le
hallassemos, seria en baxo y humilde estado.
Del linage plebeyo no tengo que dezir, sino
que sirue solo de acrecentar el numero de los
que viuen, sin que merezcan otra fama ni otro
elogio sus grandezas.
  “De todo lo dicho quiero que infirays, bobas
mias, que es grande la confusion que ay entre
los linages, y que solos aquellos parecen grandes
y illustres que lo muestran en la virtud y
en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dixe
virtudes, riquezas y liberalidades, porque el
grande que fuere vicioso sera vicioso grande,
y el rico no liberal sera vn auaro mendigo; que
al posseedor de las riquezas no le haze dichoso
el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas
como quiera, sino el saberlas bien gastar. Al
cauallero pobre no le queda otro camino para
mostrar que es cauallero, sino el de la virtud,
siendo afable, bien criado, cortés y comedido
y oficioso; no soberuio, no arrogante, no
murmurador y, sobre todo, caritatiuo; que con dos
marauedis que con animo alegre de al pobre,
se mostrará tan liberal como el que a campana
herida da limosna, y no aura quien le vea
adornado de las referidas virtudes que, aunque no
le conozca, dexe de juzgarle y tenerle por de
buena casta, y el no serlo seria milagro; y
siempre la alabança fue premio de la virtud, y
los virtuosos no pueden dexar de ser alabados.
  ”Dos caminos ay, hijas, por donde pueden yr
los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el
vno es el de las letras, otro, el de las armas.
Yo tengo mas armas que letras, y naci, segun
me inclino a las armas, debaxo de la influencia
del planeta Marte; assi, que casi me es forçoso
seguir por su camino, y por el tengo de yr
a pesar de todo el mundo, y sera en valde
cansaros en persuadirme a que no quiera yo
lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y
la razon pide y, sobre todo, mi voluntad dessea.
Pues con saber, como se, los innumerables
trabajos que son anexos al andante caualleria,
se tambien los infinitos bienes que se alcançan
con ella. Y se que la senda de la virtud es muy
estrecha, y el camino del vicio ancho y espacioso.
Y se que sus fines y paraderos son diferentes,
porque el del vicio, dilatado y espacioso,
acaba en muerte, y el de la virtud, angosto
y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se
acaba, sino en la que no tendra fin. Y se, como
dize el gran poeta castellano nuestro, que:

      “Por estas asperezas se camina
    de la inmortalidad al alto asiento,
    do nunca arriba, quien de alli declina.”

  “¡Ay desdichada de mi!”, dixo la sobrina,
“que tambien mi señor es poeta. Todo lo sabe,
todo lo alcança; yo apostaré que si quisiera
ser albañil, que supiera fabricar vna casa como
vna xaula.”
  “Yo te prometo, sobrina”, respondio don
Quixote, “que si estos pensamientos cauallerescos
no me lleuassen tras si todos los sentidos,
que no auria cosa que yo no hiziesse, ni
curiosidad que no saliesse de mis manos,
especialmente xaulas y palillos de dientes.”
  A este tiempo llamaron a la puerta, y
preguntando quién llamaua, respondio Sancho
Pança que el era, y apenas le huuo conocido
el ama, quando corrio a esconderse por no
verle: tanto le aborrecia. Abriole la sobrina,
salio a recebirle con los braços abiertos su señor
don Quixote, y encerraronse los dos en su
aposento, donde tuuieron otro coloquio que no le
haze ventaja el passado.

                 Capitulo VII

De lo que passó don Quixote con su escudero,
       con otros sucessos famosissimos.

  Apenas vio el ama que Sancho Pança se
encerraua con su señor, quando dio en la
cuenta de sus tratos, y, imaginando que de
aquella consulta auia de salir la resolucion de
su tercera salida, y, tomando su manto, toda
llena de congoxa y pesadumbre, se fue a buscar
al bachiller Sanson Carrasco, pareciendole
que por ser bien hablado y amigo fresco de su
señor, le podria persuadir a que dexasse tan
desuariado proposito.
  Hallole passeandose por el patio de su casa, y,
viendole, se dexó caer ante sus pies, trasudando
y congoxosa. Quando la vio Carrasco con
muestras tan doloridas y sobresaltadas, le dixo:
  “¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha
acontecido, que parece que se le quiere arrancar
el alma?”
  “No es nada, señor Sanson mio, sino que mi
amo se sale, salese sin duda.”
  “Y ¿por dónde se sale, señora?”, preguntó
Sanson. “¿Hasele roto alguna parte de su
cuerpo?”
  “No se sale”, respondio ella, “sino por la
puerta de su locura. Quiero dezir, señor bachiller
de mi anima, que quiere salir otra vez, que
con esta sera la tercera, a buscar por esse
mundo lo que el llama venturas, que yo no
puedo entender como les da este nombre. La
vez primera nos le boluieron atrauesado sobre
vn jumento, molido a palos. La segunda vino
en vn carro de bueyes, metido y encerrado en
vna xaula, adonde el se daua a entender que
estaua encantado, y venia tal el triste, que no
le conociera la madre que le pario: flaco,
amarillo, los ojos hundidos en los vltimos
camaranchones del celebro; que para auerle de boluer
algun tanto en si, gasté mas de seiscientos
hueuos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y
mis gallinas que no me dexarán mentir.”
  “Esso creo yo muy bien”, respondio el
bachiller; “que ellas son tan buenas, tan gordas y
tan bien criadas, que no diran vna cosa por
otra si rebentassen. En efecto, señora ama, ¿no
ay otra cosa, ni ha sucedido otro desman
alguno, sino el que se teme que quiere hazer el
señor don Quixote?”
  “No, señor”, respondio ella.
  “Pues no tenga pena”, respondio el bachiller,
“sino vayase en hora buena a su casa, y
tengame adereçado de almorzar alguna cosa
caliente, y, de camino, vaya rezando la oracion
de Santa Apolonia, si es que la sabe; que yo yre
luego alla y vera marauillas.”
  “Cuytada de mi”, replicó el ama: “la oracion
de Santa Apolonia dize vuessa merced que
reze; esso fuera si mi amo lo huuiera de las
muelas, pero no lo ha sino de los cascos.”
  “Yo se lo que digo, señora ama; vayase y
no se ponga a disputar conmigo, pues sabe que
soy bachiller por Salamanca, que no ay mas
que bachillear”, respondio Carrasco.
  Y, con esto, se fue el ama, y el bachiller fue
luego a buscar al cura, a comunicar con el lo
que se dira a su tiempo.
  En el que estuuieron encerrados don Quixote
y Sancho passaron las razones que con mucha
puntualidad y verdadera relacion cuenta la
historia. Dixo Sancho a su amo:
  “Señor, ya yo tengo reluzida a mi muger a
que me dexe yr con vuessa merced adonde
quisiere lleuarme.”
  “Reduzida has de dezir, Sancho”, dixo don
Quixote, “que no reluzida.”
  “Vna o dos vezes”, respondio Sancho, “si
mal no me acuerdo, he suplicado a vuessa
merced que no me emiende los vocablos, si es
que entiende lo que quiero dezir en ellos, y que
quando no los entienda, diga, «Sancho, o diablo,
»no te entiendo»; y si yo no me declarare,
entonces podra emendarme; que yo soy tan focil.”
  “No te entiendo, Sancho”, dixo luego don
Quixote, “pues no se qué quiere dezir soy
ta[n] focil.”
  “Tan focil quiere dezir”, respondio Sancho,
“Soy tan assi.”
  “Menos te entiendo agora”, replicó don
Quixote.
  “Pues si no me puede entender”, respondio
Sancho, “no se cómo lo diga; no se mas, y
Dios sea conmigo.”
  “Ya, ya caygo”, respondio don Quixote, “en
ello. Tu quieres dezir que eres tan docil, blando
y mañero, que tomarás lo que yo te dixere, y
passarás por lo que te enseñare.”
  “Apostaré yo”, dixo Sancho, “que desde el
emprincipio me caló y me entendio, sino que
quiso turbarme por oyrme dezir otras
docientas patochadas.”
  “Podra ser”, replicó don Quixote; “y, en
efecto, ¿qué dize Teresa?”
  “Teresa dize”, dixo Sancho, “que ate bien
mi dedo con vuessa merced, y que hablen
cartas y callen barbas, porque quien destaja no
baraja, pues mas vale vn toma que dos te dare.
Y yo digo que el consejo de la muger es poco,
y el que no le toma es loco.”
  “Y yo lo digo tambien”, respondio don
Quixote. “Dezid, Sancho amigo; passá adelante,
que hablays oy de perlas.”
  “Es el caso”, replicó Sancho, “que como
vuessa merced mejor sabe, todos estamos
sugetos a la muerte, y que oy somos y mañana
no, y que tan presto se va el cordero como el
carnero, y que nadie puede prometerse en
este mundo mas horas de vida de las que
Dios quisiere darle, porque la muerte es sorda,
y quando llega a llamar a las puertas de nuestra
vida, siempre va de priesa, y no la haran
detener ni ruegos, ni fuerças, ni ceptros, ni
mitras, segun es publica voz y fama, y segun nos
lo dizen por essos pulpitos.”
  “Todo esso es verdad”, dixo don Quixote.
“Pero no se donde vas a parar.”
  “Voy a parar”, dixo Sancho, “en que vuessa
merced me señale salario conocido de lo que
me ha de dar cada mes, el tiempo que le
siruiere, y que el tal salario se me pague de su
hazienda; que no quiero estar a mercedes que
llegan tarde, o mal, o nunca; con lo mio me
ayude Dios. En fin, yo quiero saber lo que gano,
poco o mucho que sea; que sobre vn hueuo
pone la gallina, y muchos pocos hazen vn mucho,
y mientras se gana algo no se pierde nada.
Verdad sea, que si sucediesse, lo qual ni lo
creo, ni lo espero, que vuessa merced me diesse
la insula que me tiene prometida, no soy tan
ingrato, ni lleuo las cosas tan por los cabos,
que no querre que se aprecie lo que montare
la renta de la tal insula, y se descuente de mi
salario gata por cantidad.”
  “Sancho amigo”, respondio don Quixote, “a
las vezes tan buena suele ser vna gata como
vna rata.”
  “Ya entiendo”, dixo Sancho: “yo apostaré
que auia de dezir rata y no gata, pero no
importa nada, pues vuessa merced me ha
entendido.”
  “Y tan entendido”, respondio don Quixote,
“que he penetrado lo vltimo de tus pensamientos,
y se al blanco que tiras con las inumerables
saetas de tus refranes. Mira, Sancho, yo bien
te señalaria salario, si huuiera hallado en alguna
de las historias de los caualleros andantes
exemplo que me descubriesse y mostrasse por algun
pequeño resquicio, qué es lo que solian ganar
cada mes o cada año; pero yo he leydo todas,
o las mas de sus historias, y no me acuerdo
auer leydo que ningun cauallero andante aya
señalado conocido salario a su escudero. Solo
se que todos seruian a merced, y que quando
menos se lo pensauan, si a sus señores les auia
corrido bien la suerte, se hallauan premiados
con vna insula o con otra cosa equiualente, y,
por lo menos, quedauan con titulo y señoria.
Si con estas esperanças y aditamentos vos,
Sancho, gustais de boluer a seruirme, sea en buena
hora; que pensar que yo he de sacar de sus
terminos y quicios la antigua vsança de la
caualleria andante, es pensar en lo escusado.
Assi que, Sancho mio, bolueos a vuestra casa y
declarad a vuestra Teresa mi intencion, y si
ella gustare y vos gustaredes de estar a merced
conmigo, bene quidem, y si no, tan amigos como
de antes; que si al palomar no le falta cebo, no
le faltarán palomas. Y aduertid, hijo, que vale
mas buena esperança que ruin possession, y
buena quexa que mala paga. Hablo de esta
manera, Sancho, por daros a entender que tambien
como vos se yo arrojar refranes como llouidos.
Y, finalmente, quiero dezir, y os digo, que si
no quereys venir a merced conmigo, y correr la
suerte que yo corriere, que Dios quede con vos
y os haga vn santo; que a mi no me faltarán
escuderos mas obedientes, mas solicitos y no
tan empachados, ni tan habladores como vos.”
  Quando Sancho oyo la firme resolucion de
su amo, se le anubló el cielo y se le cayeron
las alas del coraçon, porque tenia creydo que
su señor no se yria sin el por todos los aueres
del mundo, y, assi, estando suspenso y pensatiuo,
entró Sanson Carrasco y la sobrina,
desseosos de oyr con qué razones persuadia a
su señor que no tornasse a buscar las auenturas.
Llegó Sanson, socarron famoso, y, abraçandole
como la vez primera, y con voz leuantada,
le dixo:
  “¡O flor de la andante caualleria, o luz
resplandeciente de las armas, o honor y espejo de
la nacion española!; plega a Dios todopoderoso
donde mas largamente se contiene, que la
persona o personas que pusieren impedimento
y estoruaren tu tercera salida, que no la hallen
en el laberinto de sus desseos, ni jamas se les
cumpla lo que mas dessearen.”
  Y, boluiendose al ama, le dixo:
  “Bien puede la señora ama no rezar mas la
oracion de Santa Apolonia; que yo se que es
determinacion precisa de las esferas que el
señor don Quixote buelua a executar sus altos
y nueuos pensamientos, y yo encargaria mucho
mi conciencia si no intimasse y persuadiesse a
este cauallero que no tenga mas tiempo encogida
y detenida la fuerça de su valeroso braço
y la bondad de su animo valentissimo, porque
defrauda con su tardança el derecho de los
tuertos, el amparo de los huerfanos, la honra
de las donzellas, el fauor de las viudas y el
arrimo de las casadas, y otras cosas deste jaez,
que tocan, atañen, dependen y son anejas a la
orden de la caualleria andante. Ea, señor don
Quixote mio, hermoso y brauo, antes oy que
mañana se ponga vuessa merced y su grandeza
en camino, y si alguna cosa faltare para ponerle
en execucion, aqui estoy yo para suplirla
con mi persona y hazienda, y si fuere necessidad
seruir a tu magnificencia de escudero,
lo tendre a felicissima ventura.”
  A esta sazon dixo don Quixote, boluiendose
a Sancho:
  “¿No te dixe yo, Sancho, que me auian de
sobrar escuderos? Mira quién se ofrece a serlo
sino el inaudito bachiller Sanson Carrasco,
perpetuo trastulo y regozijador de los
patios de las escuelas salmanticenses, sano de
su persona, agil de sus miembros, callado,
sufridor assi del calor como del frio, assi de la
hambre como de la sed, con todas aquellas
partes que se requieren para ser escudero de
vn cauallero andante; pero no permita el
cielo que por seguir mi gusto desxarrete y
quiebre la coluna de las letras y el vaso de las
ciencias y tronque la palma eminente de las
buenas y liberales artes. Quedese el nueuo
Sanson en su patria, y, honrandola, honre
juntamente las canas de sus ancianos padres;
que yo con qualquier escudero estare contento,
ya que Sancho no se digna de venir conmigo.”
  “Si digno”, respondio Sancho, enternecido y
llenos de lagrimas los ojos, y prosiguio: “No
se dira por mi, señor mio, «el pan comido y la
»compañia desecha»; si, que no vengo yo de
alguna alcurnia desagradecida; que ya sabe
todo el mundo, y especialmente mi pueblo,
quién fueron los Panças de quien yo deciendo,
y mas, que tengo conocido y calado por
muchas buenas obras y por mas buenas
palabras el desseo que vuessa merced tiene de
hazerme merced, y si me he puesto en cuentas
de tanto mas quanto acerca de mi salario, ha
sido por complazer a mi muger, la qual quando
toma la mano a persuadir vna cosa, no ay
maço que tanto apriete los aros de vna cuba
como ella aprieta a que se haga lo que quiere;
pero, en efeto, el hombre ha de ser hombre,
y la muger, muger, y pues yo soy hombre
dondequiera, que no lo puedo negar, tambien
lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare;
y, assi, no ay mas que hazer sino que vuessa
merced ordene su testamento con su codicilo,
en modo que no se pueda rebolcar, y pongamonos
luego en camino, porque no padezca el
alma del señor Sanson, que dize que su
conciencia le lita que persuada a vuessa merced
a salir vez tercera por esse mundo; y yo de
nueuo me ofrezco a seruir a vuessa merced
fiel y legalmente, tambien y mejor que quantos
escuderos han seruido a caualleros andantes
en los passados y presentes tiempos.”
  Admirado quedó el bachiller de oir el
termino y modo de hablar de Sancho Pança, que,
puesto que auia leido la primera historia de su
señor, nunca creyo que era tan gracioso como
alli le pintan; pero oyendole dezir aora
testamento y codicilo que no se pueda rebolcar, en
lugar de testamento y codicilo que no se pueda
reuocar, creyo todo lo que del auia leido, y
confirmolo por vno de los mas solenes mentecatos
de nuestros siglos, y dixo entre si que
tales dos locos como amo y moço no se aurian
visto en el mundo.
  Finalmente, don Quixote y Sancho se
abraçaron y quedaron amigos, y con parecer y
beneplacito del gran Carrasco, que por entonces
era su oraculo, se ordenó que de alli a tres
dias fuesse su partida, en los quales auria
lugar de adereçar lo necessario para el viage,
y de buscar vna celada de encaxe, que en
todas maneras dixo don Quixote que la auia
de lleuar. Ofreciosela Sanson, porque sabia no
se la negaria vn amigo suyo que la tenia,
puesto que estaua mas escura por el orin y el
moho que clara y limpia por el terso acero.
  Las maldiciones que las dos, ama y
sobrina, echaron al bachiller no tuuieron cuento;
mesaron sus cabellos, arañaron sus rostros, y
al modo de las endechaderas que se
vsauan, lamentauan la partida como si fuera
la muerte de su señor. El designo que tuuo
Sanson para persuadirle a que otra vez saliesse
fue hazer lo que adelante cuenta la historia,
todo por consejo del cura y del barbero, con
quien el antes lo auia comunicado.
  En resolucion, en aquellos tres dias don
Quixote y Sancho se acomodaron de lo que
les parecio conuenirles, y, auiendo aplacado
Sancho a su muger, y don Quixote a su sobrina
y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo
viesse sino el bachiller, que quiso acompañarles
media legua del lugar, se pusieron en
camino del Toboso, Don Quixote sobre su buen
Rocinante y Sancho sobre su antiguo ruzio,
proueidas las alforjas de cosas tocantes a la
bucolica, y la bolsa, de dineros, que le dio don
Quixote para lo que se ofreciesse. Abraçole
Sanson y suplicole le auisasse de su buena o
mala suerte, para alegrarse con esta o
entristecerse con aquella, como las leyes de su
amistad pedian; prometioselo don Quixote, dio
Sanson la buelta a su lugar, y los dos tomaron
la de la gran ciudad del Toboso.

                Capitulo VIII

Donde se cuenta lo que le sucedio a don
  Quixote, yendo a ver su señora Dulcinea
  del Toboso.

  ¡Bendito sea el poderoso Ala!, dize Hamete
Benengeli al comienço deste octauo capitulo;
¡bendito sea Ala!, repite tres vezes, y dize que
da estas bendiciones por ver que tiene ya en
campaña a don Quixote y a Sancho, y que los
letores de su agradable historia pueden hazer
cuenta que desde este punto comiençan las hazañas
y donaires de don Quixote y de su escudero;
persuadeles que se les oluiden las passadas
cauallerias del ingenioso hidalgo, y pongan
los ojos en las que estan por venir, que desde
agora en el camino del Toboso comiençan,
como las otras començaron en los campos de
Montiel, y no es mucho lo que pide para tanto
como el promete, y, assi, prosigue diziendo:
  Solos quedaron don Quixote y Sancho, y
apenas se huuo apartado Sanson, quando
començo a relinchar Rocinante y a sospirar el
ruzio, que de entrambos, cauallero y escudero,
fue tenido a buena señal y por felicissimo
aguero, aunque, si se ha de contar la
verdad, mas fueron los sospiros y rebuznos del
ruzio que los relinchos del rocin, de donde
coligio Sancho que su ventura auia de
sobrepujar y ponerse encima de la de su señor,
fundandose no se si en astrologia judiciaria
que el se sabia, puesto que la historia no lo
declara; solo le oyeron dezir que quando
tropeçaua o caia, se holgara no auer salido de
casa, porque del tropeçar o caer no se sacaua
otra cosa sino el çapato roto o las costillas
quebradas, y aunque tonto, no andaua en esto muy
fuera de camino.
  Dixole don Quixote:
  “Sancho amigo, la noche se nos va entrando
a mas andar y con mas escuridad de la que
auiamos menester para alcançar a ver con el
dia al Toboso, adonde tengo determinado de
yr antes que en otra auentura me ponga, y alli
tomaré la bendicion y buena licencia de la sin
par Dulcinea, con la qual licencia pienso y
tengo por cierto de acabar y dar felice cima a
toda peligrosa auentura, porque ninguna cosa
desta vida haze mas valientes a los caualleros
andantes que verse fauorecidos de sus damas.”
  “Yo assi lo creo”, respondio Sancho; “pero
tengo por dificultoso que vuessa merced pueda
hablarla, ni verse con ella en parte, a lo menos,
que pueda recebir su bendicion, si ya no se la
echa desde las bardas del corral, por donde yo
la vi la vez primera, quando le lleué la carta
donde yuan las nueuas de las sandezes y
locuras que vuessa merced quedaua haziendo en
el coraçon de Sierra Morena.”
  “¿Bardas de corral se te antojaron aquellas,
Sancho”, dixo don Quixote, “adonde o por
donde viste aquella jamas bastantemente
alabada gentileza y hermosura? No deuian de ser
sino galerias, o corredores, o lonjas, o como
las llaman, de ricos y reales palacios.”
  “Todo pudo ser”, respondio Sancho, “pero
a mi bardas me parecieron, si no es que soy
falto de memoria.”
  “Con todo esso, vamos alla, Sancho”, replicó
don Quixote; “que como yo la vea, esso se me
da que sea por bardas que por ventanas, o por
resquicios, o verjas de jardines; que qualquier
rayo que del sol de su belleza llegue a mis
ojos alumbrará mi entendimiento y fortalezera
mi coraçon de modo, que quede vnico
y sin ygual en la discrecion y en la valentia.”
  “Pues en verdad, señor”, respondio Sancho,
“que quando yo vi esse sol de la señora
Dulcinea del Toboso, que no estaua tan claro que
pudiesse echar de si rayos algunos, y deuio de
ser que como su merced estaua ahechando
aquel trigo que dixe, el mucho poluo que sacaua
se le puso como nube ante el rostro y se le
escurecio.”
  “¡Que todauia das, Sancho”, dixo don Quixote,
“en dezir, en pensar, en creer y en porfiar
que mi señora Dulcinea ahechaua trigo, siendo
esso vn menester y exercicio que va desuiado
de todo lo que hazen y deuen hazer las personas
principales que estan constituidas y guardadas
para otros exercicios y entretenimientos,
que muestran a tiro de ballesta su principalidad!
Mal se te acuerdan a ti, o Sancho, aquellos
versos de nuestro poeta, donde nos pinta
las labores que hazian, alla en sus moradas de
cristal, aquellas quatro ninfas que del Tajo
amado sacaron las cabeças, y se sentaron a
labrar en el prado verde aquellas ricas telas que
alli el ingenioso poeta nos descriue, que todas
eran de oro, sirgo y perlas contestas y texidas.
Y desta manera deuia de ser el de mi
señora quando tu la viste, sino que la embidia
que algun mal encantador deue de tener a mis
cosas, todas las que me han de dar gusto trueca
y buelue en diferentes figuras que ellas tienen,
y, assi, temo que en aquella historia que
dizen que anda impressa de mis hazañas, si
por ventura ha sido su autor algun sabio mi
enemigo, aura puesto vnas cosas por otras,
mezclando con vna verdad mil mentiras,
diuertiendose a contar otras acciones fuera de lo
que requiere la continuacion de vna verdadera
historia. ¡O embidia, rayz de infinitos males y
carcoma de las virtudes! Todos los vicios,
Sancho, traen vn no se qué de deleyte consigo;
pero el de la embidia no trae sino disgustos,
rancores y rabias.”
  “Esso es lo que yo digo tambien”, respondio
Sancho, “y pienso que en essa leyenda o historia
que nos dixo el bachiller Carrasco que de
nosotros auia visto, deue de andar mi honra a
coche aca, cinchado, y, como dizen, al estricote,
aqui y alli, barriendo las calles. Pues a fe
de bueno, que no he dicho yo mal de ningun
encantador ni tengo tantos bienes que pueda ser
embidiado; bien es verdad que soy algo
malicioso y que tengo mis ciertos assomos de
vellaco; pero todo lo cubre y tapa la gran capa
de la simpleza mia, siempre natural y nunca
artificiosa, y quando otra cosa no tuuiesse sino
el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente,
en Dios y en todo aquello que tiene y
cree la santa Iglesia Catolica Romana, y el ser
enemigo mortal, como lo soy, de los judios,
deuian los historiadores tener misericordia de
mi y tratarme bien en sus escritos; pero digan
lo que quisieren, que desnudo naci, desnudo me
hallo, ni pierdo ni gano; aunque por verme
puesto en libros y andar por esse mundo de
mano en mano, no se me da vn higo que digan
de mi todo lo que quisieren.”
  “Esso me parece, Sancho”, dixo don Quixote,
“a lo que sucedio a vn famoso poeta destos
tiempos, el qual, auiendo hecho vna maliciosa
satira contra todas las damas cortesanas, no
puso ni nombró en ella a vna dama que se
podia dudar si lo era o no; la qual, viendo que
no estaua en la lista de las demas, se quexó al
poeta, diziendole que qué auia visto en ella
para no ponerla en el numero de las otras,
y que alargasse la satira y la pusiesse en el
ensanche; si no, que mirasse para lo que auia
nacido; hizolo assi el poeta, y pusola qual no
digan dueñas, y ella quedó satisfecha por verse
con fama, aunque infame; tambien viene con
esto lo que cuentan de aquel pastor que puso
fuego y abrasó el templo famoso de Diana,
contado por vna de las siete marauillas del
mundo, solo porque quedasse viuo su nombre
en los siglos venideros; y aunque se mandó
que nadie le nombrasse ni hiziesse por palabra
o por escrito mencion de su nombre, porque
no consiguiesse el fin de su desseo, todauia se
supo que se llamaua Erostrato; tambien alude
a esto lo que sucedio al grande emperador
Carlo Quinto con vn cauallero en Roma.
  ”Quiso ver el emperador aquel famoso templo
de la Rotunda, que en la antiguedad se
llamó el templo de todos los dioses, y aora, con
mejor vocacion, se llama de todos los santos,
y es el edificio que mas entero ha quedado de
los que alçó la gentilidad en Roma, y es el
que mas conserua la fama de la grandiosidad
y magnificencia de sus fundadores. El es de
hechura de vna media naranja, grandissimo en
estremo y está muy claro, sin entrarle otra luz
que la que le concede vna ventana o, por
mejor dezir, claraboya redonda que está en su
cima, desde la qual mirando el emperador el
edificio, estaua con el y a su lado vn cauallero
romano declarandole los primores y sutilezas
de aquella gran maquina y memorable arquitetura,
y, auiendose quitado de la claraboya,
dixo al emperador:
  «Mil vezes, sacra magestad, me vino
»desseo de abraçarme con vuestra magestad y
»arrojarme de aquella claraboya abaxo por
»dexar de mi fama eterna en el mundo.»
  «Yo os agradezco», respondio el emperador,
«el no auer puesto tan mal pensamiento en
»efeto, y de aqui adelante no os pondre yo
»en ocasion que boluais a hazer prueua de
»vuestra lealtad, y, assi, os mando que jamas
»me hableis, ni esteis donde yo estuuiere»,
y tras estas palabras le hizo vna gran merced.
  ”Quiero dezir, Sancho, que el desseo de
alcançar fama es actiuo en gran manera: ¿quién
piensas tu que arrojó a Horacio del puente
abaxo, armado de todas armas, en la profundidad
del Tibre?; ¿quién abrasó el braço y la
mano a Mucio?; ¿quién impelio a Curcio a lançarse
en la profunda sima ardiente que aparecio
en la mitad de Roma?; ¿quién contra todos
los agueros que en contra se le auian mostrado,
hizo passar el Rubicon a [Iulio] Cesar?;
y, con exemplos mas modernos, ¿quién barrenó
los nauios y dexó en seco y aislados los
valerosos españoles guiados por el cortesissimo
Cortés en el nueuo mundo? Todas estas,
y otras grandes y diferentes hazañas son,
fueron y seran obras de la fama que los mortales
dessean como premios y parte de la inmortalidad
que sus famosos hechos merecen, puesto
que los christianos, catolicos y andantes
caualleros mas auemos de atender a la gloria de
los siglos venideros, que es eterna en las
regiones etereas y celestes, que a la vanidad de la
fama que en este presente y acabable siglo
se alcança; la qual fama, por mucho que dure,
en fin se ha de acabar con el mesmo mundo,
que tiene su fin señalado; assi, o Sancho, que
nuestras obras no han de salir del limite que
nos tiene puesto la religion christiana que
professamos. Hemos de matar en los gigantes
a la soberuia; a la embidia, en la generosidad
y buen pecho; a la ira, en el reposado
continente y quietud del animo; a la gula y al
sueño, en el poco comer que comemos y en el
mucho velar que velamos; a la [lujuria] y
lasciuia, en la lealtad que guardamos a las que
hemos hecho señoras de nuestros pensamientos;
a la pereza, con andar por todas las partes
del mundo buscando las ocasiones que nos
puedan hazer y hagan, sobre christianos,
famosos caualleros. Ves aqui, Sancho, los medios
por donde se alcançan los estremos de
alabanças que consigo trae la buena fama.”
  “Todo lo que vuessa merced hasta aqui me
ha dicho”, dixo Sancho, “lo he entendido muy
bien, pero con todo esso querria que vuessa
merced me sorbiesse vna duda que agora en
este punto me ha venido a la memoria.”
  “Assoluiesse quieres dezir, Sancho”, dixo
don Quixote; “di en buenora; que yo
respondere lo que supiere.”
  “Digame, señor”, prosiguio Sancho, “essos
Iulios o Agostos, y todos essos caualleros
hazañosos que ha dicho, que ya son muertos,
¿dónde estan agora?”
  “Los gentiles”, respondio don Quixote, “sin
duda estan en el infierno; los christianos, si
fueron buenos christianos, o estan en el
purgatorio o en el cielo.”
  “Está bien”, dixo Sancho, “pero sepamos
aora, essas sepulturas donde estan los cuerpos
dessos señorazos, ¿tienen delante de si lamparas
de plata, o estan adornadas las paredes de
sus capillas de muletas, de mortajas, de
cabelleras, de piernas y de ojos de cera? Y si desto
no, ¿de qué estan adornadas?”
  A lo que respondio don Quixote:
  “Los sepulcros de los gentiles fueron por la
mayor parte suntuosos templos; las cenizas del
cuerpo de Iulio Cesar se pusieron sobre vna
piramide de piedra de desmesurada grandeza,
a quien oy llaman en Roma la Aguja de San
Pedro. Al emperador Adriano le siruio de
sepultura vn castillo tan grande como vna buena
aldea, a quien llamaron Moles Adriani, que
agora es el castillo de Santangel en Roma; la
reyna Artemisa sepultó a su marido Mausoleo
en vn sepulcro que se tuuo por vna de las siete
marauillas del mundo; pero ninguna destas
sepulturas, ni otras muchas que tuuieron los
gentiles, se adornaron con mortajas, ni con
otras ofrendas y señales que mostrassen ser
santos los que en ellas estauan sepultados.”
  “A esso voy”, replicó Sancho, “y digame
agora, ¿quál es mas: resucitar a vn muerto, o
matar a vn gigante?”
  “La respuesta está en la mano”, respondio
don Quixote: “mas es resucitar a vn muerto.”
  “Cogido le tengo”, dixo Sancho; “luego la
fama del que resucita muertos, da vista a los
ciegos, endereza los coxos y da salud a los
enfermos, y delante de sus sepulturas arden
lamparas y estan llenas sus capillas de gentes
deuotas que de rodillas adoran sus reliquias,
mejor fama sera para este y para el otro siglo,
que la que dexaron y dexaren quantos emperadores
gentiles y caualleros andantes ha auido
en el mundo.”
  “Tambien confiesso essa verdad”, respondio
don Quixote.
  “Pues esta fama, estas gracias, estas
prerogatiuas, como llaman a esto”, respondio
Sancho, “tienen los cuerpos y las reliquias de los
santos, que con aprouacion y licencia de nuestra
santa madre Iglesia tienen lamparas, velas,
mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos,
piernas, con que aumentan la deuocion y
engrandecen su christiana fama; los cuerpos de
los santos o sus reliquias lleuan los reyes sobre
sus ombros, besan los pedaços de sus huessos,
adornan y enriquezen con ellos sus oratorios y
sus mas preciados altares...”
  “¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo
lo que has dicho?”, dixo don Quixote.
  “Quiero dezir”, dixo Sancho, “que nos demos
a ser santos y alcançaremos mas breuemente
la buena fama que pretendemos; y aduierta,
señor, que ayer o antes de ayer, que
segun ha poco se puede dezir desta manera,
canonizaron o beatificaron dos frailecitos
descalços, cuyas cadenas de hierro con que ceñian
y atormentauan sus cuerpos se tiene aora a
gran ventura el besarlas y tocarlas, y estan en
mas veneracion que está, segun dixe, la espada
de Roldan en la armeria del rey nuestro señor,
que Dios guarde; assi que, señor mio, mas
vale ser humilde frailecito de qualquier orden
que sea, que valiente y andante cauallero; mas
alcançan con Dios dos dozenas de diciplinas
que dos mil lançadas, ora las den a gigantes,
ora a vestiglos o a endri[a]gos.”
  “Todo esso es assi”, respondio don Quixote;
“pero no todos podemos ser frailes, y muchos
son los caminos por donde lleua Dios a los
suyos al cielo; religion es la caualleria,
caualleros santos ay en la gloria.”
  “Si”, respondio Sancho, “pero yo he oido
dezir que ay mas frailes en el cielo que
caualleros andantes.”
  “Esso es”, respondio don Quixote, “porque
es mayor el numero de los religiosos que el de
los caualleros.”
  “Muchos son los andantes”, dixo Sancho.
  “Muchos”, respondio don Quixote, “pero
pocos los que merecen nombre de caualleros.”
  En estas y otras semejantes platicas se les
passó aquella noche y el dia siguiente, sin
acontecerles cosa que de contar fuesse, de que
no poco le pesó a don Quixote; en fin, otro dia
al anochecer descubrieron la gran ciudad
del Toboso, con cuya vista se le alegraron los
espiritus a don Quixote y se le entristecieron a
Sancho, porque no sabia la casa de Dulcinea,
ni en su vida la auia visto, como no la auia
visto su señor; de modo que el vno por verla,
y el otro por no auerla visto, estauan
alborotados, y no imaginaua Sancho qué auia de
hazer quando su dueño le embiasse al Toboso;
finalmente, ordenó don Quixote entrar en la
ciudad entrada la noche, y en tanto que la hora
se llegaua, se quedaron entre vnas enzinas que
cerca del Toboso estauan; y, llegado el
determinado punto, entraron en la ciudad, donde les
sucedio cosas que a cosas llegan.

                 Capitulo IX

    Donde se cuenta lo que en el se vera.

          Media noche era por filo,

poco mas a menos, quando don Quixote y Sancho
dexaron el monte y entraron en el Toboso;
estaua el pueblo en vn sossegado silencio,
porque todos sus vezinos dormian y reposauan a
pierna tendida, como suele dezirse. Era la noche
entreclara, puesto que quisiera Sancho que
fuera del todo escura por hallar en su escuridad
disculpa de su sandez; no se oia en todo el
lugar sino ladridos de perros, que atronauan los
oidos de don Quixote y turbauan el coraçon de
Sancho; de quando en quando rebuznaua vn
jumento, gruñian puercos, mayauan gatos, cuyas
vozes de diferentes sonidos se aumentauan
con el silencio de la noche, todo lo qual tuuo
el enamorado cauallero a mal aguero, pero,
con todo esto, dixo a Sancho:
  “Sancho hijo, guia al palacio de Dulcinea;
quiça podra ser que la hallemos despierta.”
  “¿A qué palacio tengo de guiar, cuerpo del
sol”, respondio Sancho, “que en el que yo vi
a su grandeza no era sino casa muy pequeña?”
  “Deuia de estar retirada entonces”, respondio
don Quixote, “en algun pequeño apartamiento
de su alcaçar, solazandose a solas con
sus donzellas, como es vso y costumbre de las
altas señoras y princesas.”
  “Señor”, dixo Sancho, “ya que vuessa merced
quiere, a pesar mio, que sea alcaçar la casa
de mi señora Dulcinea, ¿es hora esta, por ventura,
de hallar la puerta abierta?; ¿y sera bien
que demos aldauazos para que nos oyan y nos
abran, metiendo en alboroto y rumor toda la
gente?; ¿vamos por dicha a llamar a la casa
de nuestras mancebas, como hazen los
abarraganados, que llegan y llaman y entran a
qualquier hora, por tarde que sea?”
  “Hallemos primero vna por vna el alcaçar”,
replicó don Quixote; “que entonces yo te dire,
Sancho, lo que sera bien que hagamos, y
aduierte, Sancho, que yo veo poco, [o] que aquel
bulto grande y sombra que desde aqui se descubre,
la deue de hazer el palacio de Dulcinea.”
  “Pues guie vuessa merced”, respondio Sancho;
“quiça sera assi: aunque yo lo vere con
los ojos y lo tocaré con las manos, y assi lo
creere yo como creer que es aora de dia.”
  Guio don Quixote, y auiendo andado como
docientos pasos, dio con el bulto que hazia la
sombra, y vio vna gran torre, y luego conocio
que el tal edificio no era alcaçar, sino la iglesia
principal del pueblo. Y dixo:
  “Con la iglesia hemos dado, Sancho.”
  “Ya lo veo”, respondio Sancho, “y plega a
Dios que no demos con nuestra sepultura; que
no es buena señal andar por los cimenterios a
tales horas, y mas auiendo yo dicho a vuessa
merced, si mal no acuerdo, que la casa desta
señora ha de estar en vna callejuela sin salida.”
  “Maldito seas de Dios, mentecato”, dixo
don Quixote; “¿adónde has tu hallado que los
alcaçares y palacios reales esten edificados en
callejuelas sin salida?”
  “Señor”, respondio Sancho, “en cada tierra
su vso; quiça se vsa aqui en el Toboso edificar
en callejuelas los palacios y edificios grandes;
y, assi, suplico a vuessa merced me dexe
buscar por estas calles o callejuelas que se me
ofrecen; podria ser que en algun rincon topasse
con esse alcaçar, que le vea yo comido de
perros, que assi nos trae corridos y
asendereados.”
  “Habla con respeto, Sancho, de las cosas de
mi señora”, dixo don Quixote, “y tengamos la
fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el
caldero.”
  “Yo me reportaré”, respondio Sancho, “pero
¿con qué paciencia podre lleuar que quiera
vuessa merced que de sola vna vez que vi la casa
de nuestra ama la aya de saber siempre, y
hallarla a media noche, no hallandola vuessa
merced, que la deue de auer visto millares de
vezes?”
  “Tu me haras desesperar, Sancho”, dixo don
Quixote; “ven aca, herege, ¿no te he dicho mil
vezes que en todos los dias de mi vida no he
visto a la sin par Dulcinea, ni jamas atrauesse
los vmbrales de su palacio, y que solo estoy
enamorado de oidas, y de la gran fama que
tiene de hermosa y discreta?”
  “Aora lo oygo”, respondio Sancho, “y digo
que pues vuessa merced no la ha visto, ni yo
tampoco.”
  “Esso no puede ser”, replicó don Quixote;
“que, por lo menos, ya me has dicho tu que la
viste ahechando trigo, quando me truxiste la
respuesta de la carta que le embié contigo.”
  “No se atenga a esso, señor”, respondio
Sancho, “porque le hago saber que tambien fue de
oidas la vista y la respuesta que le truxe;
porque assi se yo quien es la señora Dulcinea,
como dar vn puño en el cielo.”
  “Sancho, Sancho”, respondio don Quixote,
“tiempos ay de burlar, y tiempos donde caen y
parecen mal las burlas. No porque yo diga que
ni he visto ni hablado a la señora de mi alma
has tu de dezir tambien que ni la has hablado
ni visto, siendo tan al reues como sabes.”
  Estando los dos en estas platicas, vieron que
venia a passar por donde estauan vno con dos
mulas, que por el ruido que hazia el arado, que
arrastraua por el suelo, juzgaron que deuia de
ser labrador, que auria madrugado antes del
dia a yr a su labrança, y assi fue la verdad;
venia el labrador cantando aquel romance
que dizen:

      “Mala la huuistes, franceses,
    en essa de Roncesualles.”

  “Que me maten, Sancho”, dixo en oyendole
don Quixote, “si nos ha de suceder cosa buena
esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando
esse villano?”
  “Si oigo”, respondio Sancho, “pero ¿qué
haze a nuestro proposito la caça de
Roncesualles? Assi pudiera cantar el romance de
Calainos, que todo fuera vno para sucedernos
bien o mal en nuestro negocio.”
  Llegó en esto el labrador, a quien don
Quixote preguntó:
  “¿Sabreisme dezir, buen amigo, que buena
ventura os de Dios, dónde son por aqui los
palacios de la sin par princesa doña Dulcinea
del Toboso?”
  “Señor”, respondio el moço, “yo soy forastero
y ha pocos dias que estoy en este pueblo
siruiendo a vn labrador rico en la labrança del
campo; en essa casa frontera viuen el cura y
el sacristan del lugar: entrambos o qualquier
dellos sabra dar a vuessa merced razon dessa
señora princesa, porque tienen la lista de todos
los vezinos del Toboso; aunque para mi tengo
que en todo el no viue princesa alguna, muchas
señoras si, principales, que cada vna en
su casa puede ser princesa.”
  “Pues entre essas”, dixo don Quixote, “deue
de estar, amigo, esta por quien te pregunto.”
  “Podria ser”, respondio el moço; “y a Dios,
que ya viene el alua.”
  Y, dando a sus mulas, no atendio a mas
preguntas.
  Sancho, que vio suspenso a su señor, y assaz
mal contento, le dixo:
  “Señor, ya se viene a mas andar el dia y no
sera acertado dexar que nos halle el sol en la
calle; mejor sera que nos salgamos fuera de la
ciudad, y que vuessa merced se embosque en
alguna floresta aqui cercana, y yo boluere de
dia, y no dexaré ostugo en todo este lugar,
donde no busque la casa, alcaçar o palacio de mi
señora, y assaz seria de desdichado si no le
hallase, y hallandole, hablaré con su merced,
y le dire dónde y cómo queda vuessa merced
esperando que le de orden y traça para verla,
sin menoscabo de su honra y fama.”
  “Has dicho, Sancho”, dixo don Quixote, “mil
sentencias encerradas en el circulo de breues
palabras; el consejo que aora me has dado le
apetezco y recibo de bonissima gana; ven, hijo,
y vamos a buscar donde me embosque; que tu
bolueras, como dizes, a buscar, a ver y hablar
a mi señora, de cuya discrecion y cortesia
espero mas que milagrosos fauores.”
  Rabiaua Sancho por sacar a su amo del
pueblo, porque no aueriguasse la mentira de la
respuesta que de parte de Dulcinea le auia
lleuado a Sierra Morena, y, assi, dio priessa a la
salida, que fue luego, y a dos millas de[l] lugar
hallaron vna floresta o bosque, donde don
Quixote se emboscó, en tanto que Sancho boluia
a la ciudad a hablar a Dulcinea, en cuya
embaxada le sucedieron cosas que piden nueua
atencion y nueuo credito.

                  Capitulo X

Donde se cuenta la industria que Sancho tuuo
  para encantar a la señora Dulcinea, y de
  otros sucessos tan ridiculos como verdaderos.

  Llegando el autor desta grande historia a
contar lo que en este capitulo cuenta, dize que
quisiera passarle en silencio, temeroso de que
no auia de ser creido; porque las locuras de
don Quixote llegaron aqui al termino y raya
de las mayores que pueden imaginarse, y aun
passaron dos tiros de ballesta mas alla de las
mayores; finalmente, aunque con este miedo y
rezelo, las escriuio de la misma manera que el
las hizo, sin añadir ni quitar a la historia vn
atomo de la verdad, sin darsele nada por las
objeciones que podian ponerle de mentiroso;
y tuuo razon, porque la verdad adelgaza, y no
quiebra, y siempre anda sobre la mentira, como
el azeite sobre el agua; y, assi, prosiguiendo su
historia, dize, que assi como don Quixote se emboscó
en la floresta, encinar, o selua junto al gran
Toboso, mandó a Sancho boluer a la ciudad, y
que no boluiesse a su presencia sin auer primero
hablado de su parte a su señora, pidiendola
fuesse seruida de dexarse ver de su cautiuo
cauallero, y se dignasse de echarle su bendicion,
para que pudiesse esperar por ella felicissimos
sucessos de todos sus acometimientos y
dificultosas empresas. Encargose Sancho de
hazerlo assi como se le mandaua, y de
traerla tan buena respuesta, como le truxo la vez
primera.
  “Anda, hijo”, replicó don Quixote, “y no te
turbes quando te vieres ante la luz del sol de
hermosura que vas a buscar. Dichoso tu sobre
todos los escuderos del mundo; ten memoria y
no se te passe della, cómo te recibe, si muda las
colores el tiempo que la estuuieres dando mi
embaxada, si se desasossiega y turba, oyendo
mi nombre; si no cabe en la almohada si acaso
la hallas sentada en el estrado rico de su
autoridad, y si está en pie, mirala, si se pone aora
sobre el vno, aora sobre el otro pie; si te repite
la respuesta que te diere, dos o tres vezes; si la
muda de blanda en aspera, de azeda en amorosa;
si leuanta la mano al cabello para componerle,
aunque no esté desordenado; finalmente,
hijo, mira todas sus acciones y mouimientos;
porque si tu me los relatares como ellos fueron,
sacaré yo lo que ella tiene escondido en lo
secreto de su coraçon acerca de lo que al fecho
de mis amores toca; que has de saber, Sancho,
si no lo sabes, que entre los amantes las acciones
y mouimientos exteriores que muestran,
quando de sus amores se trata, son certissimos
correos que traen las nueuas de lo que alla en
lo interior del alma passa. Ve, amigo, y guiete
otra mejor ventura que la mia, y bueluate otro
mejor sucesso del que yo quedo temiendo y
esperando en esta amarga soledad en que me
dexas.”
  “Yo yre y boluere presto”, dixo Sancho, “y
ensanche vuessa merced, señor mio, esse
coraçoncillo, que le deue de tener agora no mayor
que vna abellana, y considere que se suele
dezir que buen coraçon quebranta mala ventura,
y que donde no ay tocinos no ay estacas; y
tambien se dize, donde no piensa, salta la liebre;
digolo porque si esta noche no hallamos
los palacios o alcaçares de mi señora, agora
que es de dia los pienso hallar, quando menos
lo piense, y hallados, dexenme a mi con
ella.”
  “Por cierto, Sancho”, dixo don Quixote, “que
siempre traes tus refranes tan a pelo de lo que
tratamos, quanto me de Dios mejor ventura en
lo que desseo.”
  Esto dicho, boluio Sancho las espaldas y
vareó su ruzio, y don Quixote se quedó a cauallo,
descansando sobre los estriuos y sobre el
arrimo de su lança, lleno de tristes y confusas
imaginaciones, donde le dexaremos, yendonos
con Sancho Pança, que no menos confuso y
pensatiuo se apartó de su señor que el
quedaua; y tanto, que apenas huuo salido del
bosque, quando, boluiendo la cabeça y viendo
que don Quixote no parecia, se apeó del
jumento, y, sentandose al pie de vn arbol,
començo a hablar consigo mesmo y a dezirse:
  “Sepamos agora, Sancho hermano, ¿adónde
va vuessa merced? ¿Va a buscar algun jumento
que se le aya perdido? No por cierto. Pues
¿qué va a buscar? Voy a buscar, como quien
no dize nada, a vna princessa, y en ella al sol
de la hermosura, y a todo el cielo junto. Y
¿adónde pensays hallar esso que dezys,
Sancho? ¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso.
Y bien, y ¿de parte de quién la vays a buscar?
De parte del famoso Cauallero don Quixote
de la Mancha, que desfaze los tuertos y
da de comer al que ha sed y de beuer al que
ha hambre. Todo esso está muy bien; y
¿sabeys su casa, Sancho? Mi amo dize que han
de ser vnos reales palacios o vnos soberuios
alcaçares. Y ¿aueysla visto algun dia por
ventura? Ni yo ni mi amo la auemos visto
jamas. Y ¿pareceos que fuera acertado y bien
hecho que si los del Toboso supiessen que estays
vos aqui con intencion de yr a sonsacarles
sus princessas y a dessassossegarles sus
damas, viniessen y os moliessen las costillas a
puros palos y no os dexassen huesso sano? En
verdad que tendrian mucha razon, quando no
considerassen que soy mandado, y que

      mensagero soys, amigo,
      no mereceys culpa, non.

No os fieys en esso, Sancho, porque la gente
manchega es tan colerica como honrada y no
consiente cosquillas de nadie. Viue Dios, que
si os huele, que os mando mala ventura.
¡Oxte, puto!; ¡alla daras, rayo! No, sino andeme
yo buscando tres pies al gato por el gusto
ageno; y mas, que assi sera buscar a Dulcinea por
el Toboso como a Marica por Rabena o al
bachiller en Salamanca; el diablo, el diablo me
ha metido a mi en esto, que otro no.”
  Este soliloquio passó consigo Sancho, y lo
que sacó del fue que boluio a dezirse: “Aora
bien, todas las cosas tienen remedio, si no es
la muerte, debaxo de cuyo yugo hemos de
passar todos, mal que nos pese, al acabar de
la vida. Este mi amo por mil señales he visto
que es vn loco de atar, y aun tambien yo no
le quedo en zaga, pues soy mas mentecato que
el, pues le sigo y le siruo, si es verdadero el
refran que dize: «dime con quién andas, dezirte
»he quién eres», y el otro de «no con quien
»naces, sino con quien paces». Siendo, pues,
loco, como lo es, y de locura que las mas vezes
toma vnas cosas por otras y juzga lo blanco
por negro y lo negro por blanco, como le
parecio quando dixo que los molinos de viento
eran gigantes, y las mulas de los religiosos
dromedarios, y las manadas de carneros exercitos
de enemigos, y otras muchas cosas a este
tono, no sera muy dificil hazerle creer que vna
labradora, la primera que me topare por aqui,
es la señora Dulcinea, y quando el no lo crea,
juraré yo, y si el jurare, tornaré yo a jurar, y
si porfiare, porfiaré yo mas, y de manera, que
tengo de tener la mia siempre sobre el hito,
venga lo que viniere; quiça con esta porfia
acabaré con el que no me embie otra vez a
semejantes mensagerias, viendo quán mal
recado le traygo dellas, o quiça pensará, como
yo imagino, que algun mal encantador de
estos que el dize que le quieren mal la aura
mudado la figura por hazerle mal y daño.”
  Con esto que pensó Sancho Pança quedó
sossegado su espiritu, y tuuo por bien acabado
su negocio, (y) deteniendose alli hasta la tarde,
por dar lugar a que don Quixote pensasse que
le [a]uia tenido para yr y boluer del Toboso; y
sucediole todo tan bien, que, quando se leuantó
para subir en el ruzio, vio que del Toboso
hazia donde el estaua venian tres labradoras
sobre tres pollinos, o pollinas, que el autor no
lo declara, aunque mas se puede creer que
eran borricas, por ser ordinaria caualleria de
las aldeanas; pero como no va mucho en
esto, no ay para qué detenernos en
aueriguarlo.
  En resolucion, assi como Sancho vio a las
labradoras, a paso tirado boluio a buscar a su
señor don Quixote, y hallole suspirando y
diziendo mil amorosas lamentaciones. Como don
Quixote le vio, le dixo:
  “¿Qué ay, Sancho amigo? ¿Podre señalar
este dia con piedra blanca, o con negra?”
  “Mejor sera”, respondio Sancho, “que vuessa
merced le señale con almagre, como retulos
de catedras, porque le echen bien de ver
los que le vieren.”
  “De esse modo”, replicó don Quixote,
“buenas nueuas traes.”
  “Tan buenas”, respondio Sancho, “que no
tiene mas que hazer vuessa merced sino picar
a Rozinante y salir a lo raso a ver a la señora
Dulcinea del Toboso, que con otras dos,
donzellas suyas, viene a ver a vuessa merced.”
  “Santo Dios, ¿qué es lo que dizes, Sancho
amigo?”, dixo don Quixote. “Mira no me
engañes, ni quieras con falsas alegrias alegrar
mis verdaderas tristezas.”
  “¿Qué sacaria yo de engañar a vuessa
merced”, respondio Sancho, “y mas estando tan
cerca de descubrir mi verdad? Pique, señor,
y venga, y vera venir a la princessa, nuestra
ama, vestida y adornada, en fin, como quien
ella es. Sus donzellas y ella todas son vna
ascua de oro. Todas maçorcas de perlas,
todas son diamantes, todas rubies, todas telas
de brocado de mas de diez altos. Los cabellos
sueltos por las espaldas, que son otros tantos
rayos del sol, que andan jugando con el viento,
y, sobre todo, vienen a cauallo sobre tres
cananeas remendadas, que no ay mas que ver.”
  “Hacaneas, querras dezir, Sancho.”
  “Poca diferencia ay”, respondio Sancho, “de
cananeas a hacaneas; pero vengan sobre lo
que vinieren, ellas vienen las mas galanas
señoras que se puedan dessear, especialmente
la princessa Dulcinea, mi señora, que pasma
los sentidos.”
  “Vamos, Sancho hijo”, respondio don Quixote,
“y en albricias destas no esperadas como
buenas nueuas te mando el mejor despojo que
ganare en la primera auentura que tuuiere, y
si esto no te contenta, te mando las crias que
este año me dieren las tres yeguas mias, que
tu sabes que quedan para parir en el prado
concegil de nuestro pueblo.”
  “A las crias me atengo”, respondio Sancho,
“porque de ser buenos los despojos de la
primera auentura no está muy cierto.”
  Ya en esto, salieron de la selua y descubrieron
cerca a las tres aldeanas. Tendio don Quixote
los ojos por todo el camino del Toboso, y
como no vio sino a las tres labradoras, turbose
todo, y preguntó a Sancho si las auia dexado
fuera de la ciudad.
  “¿Cómo fuera de la ciudad?”, respondio;
“¿por ventura tiene vuessa merced los ojos en
el colodrillo, que no vee que son estas las que
aqui vienen, resplandecientes como el mismo
sol a medio dia?”
  “Yo no veo, Sancho”, dixo don Quixote,
“sino a tres labradoras sobre tres borricos.”
  “Agora me libre Dios del diablo”, respondio
Sancho; “y ¿es possible que tres hacaneas, o
como se llaman, blancas como el hampo de la
nieue, le parezcan a vuessa merced borricos?
¡Viue el Señor, que me pele estas barbas si tal
fuesse verdad!”
  “Pues yo te digo, Sancho amigo”, dixo don
Quixote, “que es tan verdad que son borricos,
o borricas, como yo soy don Quixote y tu Sancho
Pança; a lo menos, a mi tales me parecen.”
  “Calle, señor”, dixo Sancho, “no diga la tal
palabra, sino despauile essos ojos y venga a
hazer reuerencia a la señora de sus
pensamientos, que ya llega cerca.”
  Y, diziendo esto, se adelantó a recebir a las
tres aldeanas, y, apeandose del ruzio, tuuo del
cabestro al jumento de vna de las tres labradoras,
y, hincando ambas rodillas en el suelo,
dixo:
  “Reyna y princessa y duquessa de la hermosura,
vuestra altiuez y grandeza sea seruida
de recebir en su gracia y buen talente al
cautiuo cauallero vuestro, que alli está hecho
piedra marmol, todo turbado y sin pulsos de verse
ante vuestra magnifica presencia. Yo soy Sancho
Pança su escudero, y el es el assendereado
cauallero don Quixote de la Mancha, llamado
por otro nombre el Cauallero de la Triste
Figura.”
  A esta sazon ya se auia puesto don Quixote
de hinojos junto a Sancho, y miraua con ojos
desencajados y vista turbada a la que Sancho
llamaua reyna y señora, y como no descubria
en ella sino vna moça aldeana y no de muy
buen rostro, porque era cariredonda y chata,
estaua suspenso y admirado, sin osar desplegar
los labios. Las labradoras estauan assimismo
atonitas, viendo aquellos dos hombres tan
diferentes hincados de rodillas, que no dexauan
passar adelante a su compañera. Pero
rompiendo el silencio la detenida, toda
desgraciada y mohina dixo:
  “Apartense nora en tal del camino, y
dexenmos passar; que vamos de priesa.”
  A lo que respondio Sancho:
  “¡O princessa y señora vniuersal del Toboso!
¿Cómo vuestro magnanimo coraçon no se enternece
viendo arrodillado ante vuestra sublimada
presencia a la coluna y sustento de la andante
caualleria?”
  Oyendo lo qual otra de las dos, dixo:
  “¡Mas jo, que te estrego, burra de mi
suegro!; mirad con qué se vienen los señoritos 
aora a hazer burla de las aldeanas, como
si aqui no supiessemos echar pullas como ellos;
vayan su camino e dexenmos hazer el nueso,
y serles ha sano.”
  “Leuantate, Sancho”, dixo a este punto don
Quixote; “que ya veo que la Fortuna, de mi mal
no harta, tiene tomados los caminos todos por
donde pueda venir algun contento a esta anima
mezquina que tengo en las carnes. Y tu, ¡o
estremo del valor que puede dessearse, termino de
la humana gentileza, vnico remedio deste
afligido coraçon que te adora!, ya que el maligno
encantador me persigue y ha puesto nubes y
cataratas en mis ojos, y para solo ellos y no
para otros ha mudado y transformado tu sin
ygual hermosura y rostro en el de vna
labradora pobre, si ya tambien el mio no le ha
cambiado en el de algun vestiglo para hazerle
aborrecible a tus ojos, no dexes de mirarme
blanda y amorosamente, echando de ver en
esta sumision y arrodillamiento que a tu
contrahecha hermosura hago, la humildad con que
mi alma te adora.”
  “¡Tomá qué, mi aguelo!”, respondio la
aldeana; “amiguita soy yo de oyr resquebraxos.
Apartense y dexenmos yr y agradecerselo
hemos.”
  Apartose Sancho y dexola yr, contentissimo
de auer salido bien de su enredo.
  Apenas se vio libre la aldeana que auia hecho
la figura de Dulcinea, quando, picando a su
cananea con vn aguijon que en vn palo traia,
dio a correr por el prado adelante. Y como la
borrica sentia la punta del aguijon que le
fatigaua mas de lo ordinario, començo a dar
corcobos, de manera, que dio con la señora
Dulcinea en tierra; lo qual visto por don Quixote,
acudio a leuantarla, y Sancho a componer y
cinchar el albarda, que tambien vino a la
barriga de la pollina. Acomodada, pues, la
albarda, y quiriendo don Quixote leuantar a su
encantada señora en los braços sobre la
jumenta, la señora, leuantandose del suelo, le
quitó de aquel trabajo, porque haziendose algun
tanto atras, tomó vna corridica, y puestas
ambas manos sobre las ancas de la pollina, dio
con su cuerpo mas ligero que vn halcon sobre
la albarda, y quedó a horcajadas, como si fuera
hombre; y entonces dixo Sancho:
  “Viue Roque, que es la señora nuestra ama
mas ligera que vn a[l]cotan y que puede
enseñar a subir a la gineta al mas diestro
cordoues o mexicano. El arzon trasero de la silla
passó de vn salto, y sin espuelas haze correr
la hacanea como vna zebra, y no le van
en zaga sus donzellas, que todas corren como
el viento.”
  Y assi era la verdad, porque en viendose
a cauallo Dulcinea, todas picaron tras ella y
dispararon a correr, sin boluer la cabeça atras
por espacio de mas de media legua. Siguiolas
don Quixote con la vista, y quando vio que no
parecian, boluiendose a Sancho, le dixo:
  “¿Sancho, qué te parece quán mal quisto soy
de encantadores? Y mira hasta dónde se estiende
su malicia y la ogeriza que me tienen, pues
me han querido priuar del contento que
pudiera darme ver en su ser a mi señora. En
efecto, yo naci para exemplo de desdichados
y para ser blanco y terrero donde tomen la
mira y assiesten las flechas de la mala fortuna.
Y has tambien de aduertir, Sancho, que no se
contentaron estos traydores de auer buelto y
transformado a mi Dulcinea, sino que la
transformaron y boluieron en vna figura tan baxa y
tan fea como la de aquella aldeana, y
juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las
principales señoras, que es el buen olor, por
andar siempre entre ambares y entre flores;
porque te hago saber, Sancho, que quando
llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea,
segun tu dizes, que a mi me parecio borrica,
me dio vn olor de ajos crudos, que me
encalabrinó y atosigó el alma.”
  “¡O canalla!”, gritó a esta sazon Sancho, “¡o
encantadores aziagos y mal intencionados, y
quién os viera a todos ensartados por las
agallas como sardinas en lercha! Mucho sabeys,
mucho podeys y mucho mas hazeys; bastaros
deuiera, vellacos, auer mudado las perlas
de los ojos de mi señora en agallas
alcornoqueñas y sus cabellos de oro purissimo en
cerdas de cola de buey bermejo, y, finalmente,
todas sus faciones de buenas en malas, sin que
le tocarades en el olor; que por el siquiera
sacaramos lo que estaua encubierto debaxo de
aquella fea corteza, aunque, para dezir verdad,
nunca yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la
qual subia de punto y quilates vn lunar que
tenia sobre el labio derecho a manera de
vigote, con siete o ocho cabellos rubios como
hebras de oro y largos de mas de vn palmo.”
  “A esse lunar”, dixo don Quixote, “segun la
correspondencia que tienen entre si los del
rostro con los del cuerpo, ha de tener otro
Dulcinea en la tabla del muslo que corresponde al
lado donde tiene el del rostro; pero muy luengos
para lunares son pelos de la grandeza que
has significado.”
  “Pues yo se dezir a vuessa merced”,
respondio Sancho, “que le parecian alli como
nacidos.”
  “Yo lo creo, amigo”, replicó don Quixote,
“porque ninguna cosa puso la naturaleza
en Dulcinea que no fuesse perfecta y bien
acabada, y assi, si tuuiera cien lunares como el
que dizes, en ella no fueran lunares, sino lunas
y estrellas resplandecientes. Pero dime,
Sancho, ¿aquella que a mi me parecio albarda que
tu adereçaste, era silla rasa, o sillon?”
  “No era”, respondio Sancho, “sino silla a la
gineta, con vna cubierta de campo que vale la
mitad de vn reyno, segun es de rica.”
  “Y ¡que no viesse yo todo esso, Sancho!”,
dixo don Quixote; “aora torno a dezir, y dire
mil vezes, que soy el mas desdichado de los
hombres.”
  Harto tenia que hazer el socarron de Sancho
en dissimular la risa, oyendo las sandezes de su
amo, tan delicadamente engañado. Finalmente,
despues de otras muchas razones que entre los
dos passaron, boluieron a subir en sus bestias
y siguieron el camino de Zaragoça, adonde
pensauan llegar a tiempo que pudiessen
hallarse en vnas solenes fiestas que en aquella
insigne ciudad cada año suelen hazerse. Pero
antes que alla llegassen les sucedieron cosas,
que por muchas, grandes y nueuas, merecen ser
escritas y leydas, como se vera adelante.

                 Capitulo XI

De la estraña auentura que le sucedio al valeroso
  don Quixote con el carro o carreta de las
  Cortes de la Muerte.

  Pensatiuo a demas yua don Quixote por su
camino adelante, considerando la mala burla
que le auian hecho los encantadores, boluiendo
a su señora Dulcinea en la mala figura de la
aldeana, y no imaginaua qué remedio tendria
para boluerla a su ser primero, y estos
pensamientos le lleuauan tan fuera de si, que,
sin sentirlo, solto las riendas a Rocinante, el
qual, sintiendo la libertad que se le daua, a
cada paso se detenia a pacer la verde yerua,
de que aquellos campos abundauan; de su
embelesamiento le boluio Sancho Pança,
diziendole:
  “Señor, las tristezas no se hizieron para las
bestias, sino para los hombres; pero si los
hombres las sienten demasiado se bueluen bestias;
vuessa merced se reporte y buelua en si y coja
las riendas a Rozinante, y auiue y despierte, y
muestre aquella gallardia que conuiene que
tengan los caualleros andantes. ¿Qué diablos
es esto? ¿Qué descaecimiento es este?
¿Estamos aqui, o en Francia? Mas que se lleue
Satanas a quantas Dulcineas ay en el mundo,
pues vale mas la salud de vn solo cauallero
andante que todos los encantos y
transformaciones de la tierra.”
  “Calla, Sancho”, respondio don Quixote con
voz no muy desmayada; “calla, digo, y no
digas blasfemias contra aquella encantada
señora; que de su desgracia y desuentura yo solo
tengo la culpa: de la inuidia que me tienen los
malos ha nacido su mala andança.”
  “Assi lo digo yo”, respondio Sancho: “quien
la vido y la vee aora, ¿quál es el coraçon que
no llora?”
  “Esso puedes tu dezir bien, Sancho”, replicó
don Quixote, “pues la viste en la entereza
caual de su hermosura; que el encanto no
se estendio a turbarte la vista ni a encubrirte
su belleza; contra mi solo y contra mis ojos
se endereza la fuerça de su veneno. Mas con
todo esto he caydo, Sancho, en vna cosa, y es
que me pintaste mal su hermosura, porque, si
mal no me acuerdo, dixiste que tenia los ojos
de perlas, y los ojos que parecen de perlas,
antes son de besugo que de dama, y a lo que
yo creo, los de Dulcinea deuen ser de verdes
esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos
que les siruen de cejas. Y essas perlas quitalas
de los ojos y passalas a los dientes; que sin
duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por
los dientes.”
  “Todo puede ser”, respondio Sancho, “porque
tambien me turbó a mi su hermosura como a
vuessa merced su fealdad; pero encomendemoslo
todo a Dios, que El es el sabidor de las
cosas que han de suceder en este valle de
lagrimas, en este mal mundo que tenemos, donde
apenas se halla cosa que esté sin mezcla de
maldad, embuste y vellaqueria. De vna cosa
me pesa, señor mio, mas que de otras: que es
pensar qué medio se ha de tener quando vuessa
merced vença a algun gigante o otro cauallero,
y le mande que se vaya a presentar ante
la hermosura de la señora Dulcinea, ¿adónde la
ha de hallar este pobre gigante o este pobre y
misero cauallero vencido? Pareceme que los
veo andar por el Toboso hechos vnos bausanes
buscando a mi señora Dulcinea, y aunque
la encuentren en mitad de la calle, no la
conoceran mas que a mi padre.”
  “Quiça, Sancho”, respondio don Quixote, “no
se estendera el encantamento a quitar el
conocimiento de Dulcinea a los vencidos y
presentados gigantes y caualleros, y en vno o dos de
los primeros que yo vença y le embie haremos
la experiencia, si la ven o no, mandandoles
que bueluan a darme relacion de lo que acerca
desto les huuiere sucedido.”
  “Digo, señor”, replicó Sancho, “que me ha
parecido bien lo que vuessa merced ha dicho,
y que con esse artificio vendremos en conocimiento
de lo que desseamos, y si es que ella a
solo vuessa merced se encubre, la desgracia
mas sera de vuessa merced que suya; pero
como la señora Dulcinea tenga salud y
contento, nosotros por aca nos auendremos y lo
passaremos lo mejor que pudieremos, buscando
nuestras auenturas, y dexando al tiempo
que haga de las suyas; que el es el mejor
medico destas y de otras mayores
enfermedades.”
  Responder queria don Quixote a Sancho
Pança; pero estoruoselo vna carreta que salio al
traues del camino, cargada de los mas diuersos
y estraños personages y figuras que pudieron
imaginarse. El que guiaua las mulas y seruia
de carretero era vn feo demonio. Venia la carreta
descubierta al cielo abierto, sin toldo ni
çarço. La primera figura que se ofrecio a los
ojos de don Quixote, fue la de la misma Muerte,
con rostro humano; junto a ella venia vn
angel con vnas grandes y pintadas alas. Al vn
lado estaua vn emperador con vna corona, al
parecer de oro, en la cabeça. A los pies de la
Muerte estaua el dios que llaman Cupido, sin
venda en los ojos, pero con su arco, carcax y
saetas. Venia tambien vn cauallero armado de
punta en blanco, excepto que no traia morrion,
ni celada, sino vn sombrero lleno de plumas de
diuersas colores; con estas venian otras personas
de diferentes trages y rostros. Todo lo qual
visto de improuiso en alguna manera alborotó
a don Quixote, y puso miedo en el coraçon de
Sancho; mas luego se alegró don Quixote,
creyendo que se le ofrecia alguna nueua y
peligrosa auentura, y con este pensamiento, y con
animo dispuesto de acometer qualquier peligro,
se puso delante de la carreta, y, con voz alta y
amenazadora, dixo:
  “Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres,
no tardes en dezirme quién eres, a do vas y
quién es la gente que lleuas en tu carricoche,
que mas parece la barca de Caron que carreta
de las que se vsan.”
  A lo qual mansamente, deteniendo el diablo
la carreta, respondio:
  “Señor, nosotros somos recitantes de la
compañia de Angulo el malo; hemos hecho en
vn lugar que está detras de aquella loma, esta
mañana, que es la octaua del Corpus, el auto
de Las Cortes de la Muerte, y hemosle de
hazer esta tarde en aquel lugar que desde aqui
se parece, y por estar tan cerca y escusar el
trabajo de desnudarnos y boluernos a vestir, nos
vamos vestidos con los mesmos vestidos que
representamos. Aquel mancebo va de Muerte,
el otro de Angel. Aquella muger, que es la del
autor, va de Reyna, el otro de Soldado, aquel de
Emperador, y yo de Demonio, y soy vna de las
principales figuras del auto, porque hago en
esta compañia los primeros papeles. Si otra
cosa vuessa merced dessea saber de nosotros,
preguntemelo, que yo le sabre responder con
toda puntualidad; que como soy demonio, todo
se me alcança.”
  “Por la fe de cauallero andante”, respondio
don Quixote, “que assi como vi este carro
imaginé que alguna grande auentura se me ofrecia,
y aora digo que es menester tocar las apariencias
con la mano para dar lugar al desengaño.
Andad con Dios, buena gente, y hazed vuestra
fiesta; y mirad si mandays algo en que pueda
seros de prouecho; que lo haré con buen animo
y buen talante, porque desde mochacho fuy
aficionado a la caratula, y en mi mocedad se
me yuan los ojos tras la farandula.”
  Estando en estas platicas quiso la suerte que
llegasse vno de la compañia, que venia vestido
de bogiganga, con muchos cascabeles, y en la
punta de vn palo traia tres bexigas de vaca
hinchadas; el qual moarracho, llegandose a don
Quixote, començo a esgrimir el palo y a sacudir
el suelo con las bexigas y a dar grandes
saltos, sonando los cascabeles, cuya mala vision
assi alborotó a Rozinante, que, sin ser poderoso
a detenerle don Quixote, tomando el freno entre
los dientes, dio a correr por el campo con mas
ligereza que jamas prometieron los huesos de
su notomia. Sancho, que consideró el peligro
en [que] yua su amo de ser derribado, saltó
del ruzio, y a toda priesa fue a valerle; pero
quando a el llegó, ya estaua en tierra, y junto
a el Rozinante, que con su amo vino al suelo:
ordinario fin y paradero de las lozanias de
Rozinante y de sus atreuimientos.
  Mas apenas huuo dexado su caualleria Sancho
por acudir a don Quixote, quando el demonio
baylador de las bexigas saltó sobre el
ruzio, y, sacudiendole con ellas, el miedo y
ruydo, mas que el dolor de los golpes, le hizo
volar por la campaña hazia el lugar donde
yuan a hazer la fiesta. Miraua Sancho la carrera
de su ruzio y la cayda de su amo, y no sabia
a quál de las dos necessidades acudiria primero.
Pero, en efecto, como buen escudero y como
buen criado, pudo mas con el el amor de su
señor que el cariño de su jumento, puesto que
cada vez que veia leuantar las bexigas en el
ayre y caer sobre las ancas de su ruzio, eran
para el tartagos y sustos de muerte, y antes
quisiera que aquellos golpes se los dieran a el
en las niñas de los ojos que en el mas minimo
pelo de la cola de su asno. Con esta perplexa
tribulacion llegó donde estaua don Quixote,
harto mas maltrecho de lo que el quisiera, y,
ayudandole a subir sobre Rozinante, le dixo:
  “Señor, el Diablo se ha lleuado al ruzio.”
  “¿Qué diablo?”, preguntó don Quixote.
  “El de las bexigas”, respondio Sancho.
  “Pues yo le cobraré”, replicó don Quixote,
“si bien se encerrasse con el en los mas hondos
y escuros calaboços del infierno. Sigueme,
Sancho; que la carreta va despacio, y con las
mulas della satisfare la perdida del ruzio.”
  “No ay para qué hazer essa diligencia,
señor”, respondio Sancho; “vuessa merced
temple su colera; que, segun me parece, ya el
Diablo ha dexado el ruzio, y buelue a la
querencia.”
  Y assi era la verdad, porque auiendo caydo
el Diablo con el ruzio, por imitar a don Quixote
y a Rozinante, el Diablo se fue a pie al pueblo,
y el jumento se boluio a su amo.
  “Con todo esso”, dixo don Quixote, “sera
bien castigar el descomedimiento de aquel
demonio en alguno de los de la carreta, aunque
sea el mesmo Emperador.”
  “Quitesele a vuessa merced esso de la
imaginacion”, replicó Sancho, “y tome mi consejo,
que es que nunca se tome con farsantes, que
es gente fauorecida. Recitante he visto yo estar
preso por dos muertes y salir libre y sin costas.
Sepa vuessa merced que, como son gentes alegres
y de plazer, todos los fauorecen, todos los
amparan, ayudan y estiman, y mas siendo de
aquellos de las compañias reales y de titulo,
que todos, o los mas, en sus trages y
compostura parecen vnos principes.”
  “Pues con todo”, respondio don Quixote,
“no se me ha de yr el demonio farsante
alabando, aunque le fauorezca todo el genero
humano.”
  Y, diziendo esto, boluio a la carreta, que ya
estaua bien cerca del pueblo; [y] yua dando
vozes, diziendo:
  “Deteneos, esperad, turba alegre y regozijada;
que os quiero dar a entender cómo se han
de tratar los jumentos y alimañas que siruen
de caualleria a los escuderos de los caualleros
andantes.”
  Tan altos eran los gritos de don Quixote,
que los oyeron y entendieron los de la carreta,
y, juzgando por las palabras la intencion del
que las dezia, en vn instante saltó la Muerte de
la carreta, y tras ella, el Emperador, el Diablo
carretero y el Angel, sin quedarse la Reyna ni
el dios Cupido, y todos se cargaron de piedras
y se pusieron en ala, esperando recebir a don
Quixote en las puntas de sus guijarros. Don
Quixote que los vio puestos en tan gallardo
esquadron, los braços leuantados con ademan
de despedir poderosamente las piedras, detuuo
las riendas a Rozinante y pusose a pensar de
qué modo los acometeria con menos peligro
de su persona. En esto que se detuuo, llegó
Sancho, y viendole en talle de acometer al
bien formado esquadron, le dixo:
  “Assaz de locura seria intentar tal empresa;
considere vuessa merced, señor mio, que para
sopa de arroyo y tente, bonete, no ay arma
defensiua en el mundo, sino es embutirse y
encerrarse en vna campana de bronze, y tambien
se ha de considerar que es mas temeridad
que valentia acometer vn hombre solo a vn
exercito donde está la Muerte y pelean en
persona emperadores, y a quien ayudan los buenos
y los malos angeles; y si esta consideracion
no le mueue a estarse quedo, mueuale saber de
cierto que entre todos los que alli estan,
aunque parecen reyes, principes y emperadores,
no ay ningun cauallero andante.”
  “Aora si”, dixo don Quixote, “has dado,
Sancho, en el punto que puede y deue mudarme de
mi ya determinado intento. Yo no puedo ni
deuo sacar la espada, como otras vezes muchas
te he dicho, contra quien no fuere armado
cauallero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la
vengança del agrauio que a tu ruzio se le ha
hecho; que yo desde aqui te ayudaré con
vozes y aduertimientos saludables.”
  “No ay para qué, señor”, respondio Sancho,
“tomar vengança de nadie, pues no es de buenos
christianos tomarla de los agrauios, quanto
mas que yo acabaré con mi asno que ponga
su ofensa en las manos de mi voluntad, la
qual es de viuir pacificamente los dias que los
cielos me dieren de vida.”
  “Pues essa es tu determinacion”, replicó don
Quixote, “Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho
christiano y Sancho sincero, dexemos estas
fantasmas y boluamos a buscar mejores y mas
calificadas auenturas; que yo veo esta tierra
de talle que no han de faltar en ella muchas y
muy milagrosas.”
  Boluio las riendas luego, Sancho fue a tomar
su ruzio, la Muerte con todo su esquadron
bolante boluieron a su carreta y prosiguieron su
viage, y este felice fin tuuo la temerosa
auentura de la carreta de la Muerte, gracias sean
dadas al saludable consejo que Sancho Pança
dio a su amo, al qual el dia siguiente le sucedio
otra con vn enamorado y andante cauallero,
de no menos suspension que la passada.

                 Capitulo XII

De la estraña auentura que le sucedio al
  valero[so] don Quixote con el brauo Cauallero de
  los Espejos.

  La noche que siguio al dia del rencuentro de
la Muerte la passaron don Quixote y su escudero
debaxo de vnos altos y sombrosos arboles,
auiendo, a persuasion de Sancho, comido
don Quixote de lo que venia en el repuesto
del ruzio, y, entre la cena, dixo Sancho a su
señor:
  “Señor, qué tonto huuiera andado yo, si
huuiera escogido en albricias los despojos de la
primera auentura que vuessa merced acabara,
antes que las crias de las tres yeguas. En efecto,
en efecto, mas vale paxaro en mano que buytre
volando.”
  “Todauia”, respondio don Quixote, “si tu,
Sancho, me dexaras acometer, como yo queria,
te huuieran cabido en despojos, por lo menos,
la corona de oro de la Emperatriz y las pintadas
alas de Cupido; que yo se las quitara al
redropelo y te las pusiera en las manos.”
  “Nunca los cetros y coronas de los emperadores
farsantes”, respondio Sancho Pança, “fueron
de oro puro, sino de oropel o hoja de lata.”
  “Assi es verdad”, replicó don Quixote,
“porque no fuera acertado que los atauios de la
comedia fueran finos, sino fingidos y
aparentes como lo es la mesma comedia, con
la qual quiero, Sancho, que estes bien, teniendola
en tu gracia, y por el mismo consiguiente
a los que las representan y a los que las
componen, porque todos son instrumentos de hazer
vn gran bien a la Republica, poniendonos vn
espejo a cada paso delante, donde se veen
al viuo las acciones de la vida humana, y
ninguna comparacion ay que mas al viuo nos
represente lo que somos y lo que auemos de ser
como la comedia y los comediantes: si no, dime,
¿no has visto tu representar alguna comedia
adonde se introduzen reyes, emperadores y
pontifices, caualleros, damas y otros diuersos
personages? Vno haze el rufian, otro el embustero,
este el mercader, aquel el soldado, otro
el simple discreto, otro el enamorado simple.
Y, acabada la comedia, y desnudandose de
los vestidos della, quedan todos los recitantes
yguales.”
  “Si he visto”, respondio Sancho.
  “Pues lo mesmo”, dixo don Quixote, “acontece
en la comedia y trato deste mundo, donde
vnos hazen los emperadores, otros los pontifices,
y, finalmente, todas quantas figuras se
pueden introduzir en vna comedia; pero, en
llegando al fin, que es quando se acaba la vida,
a todos les quita la muerte las ropas que los
diferenciauan, y quedan yguales en la
sepultura.”
  “Braua comparacion”, dixo Sancho, “aunque
no tan nueua que yo no la aya oydo muchas
y diuersas vezes, como aquella del juego
del axedrez, que mientras dura el juego, cada
pieça tiene su particular oficio, y, en
acabandose el juego, todas se mezclan, juntan y
barajan, y dan con ellas en vna bolsa, que es
como dar con la vida en la sepultura.”
  “Cada dia, Sancho”, dixo don Quixote, “te
vas haziendo menos simple y mas discreto.”
  “Si, que algo se me ha de pegar de la
discrecion de vuessa merced”, respondio Sancho;
“que las tierras que de suyo son esteriles
y secas, estercolandolas y cultiuandolas,
vienen a dar buenos frutos; quiero dezir que la
conuersacion de vuessa merced ha sido el
estiercol que sobre la esteril tierra de mi seco
ingenio ha caydo; la cultiuacion, el tiempo que
ha que le siruo y comunico, y con esto espero
de dar frutos de mi que sean de bendicion,
tales, que no desdigan ni deslizen de los
senderos de la buena criança que vuessa merced
ha hecho en el agostado entendimiento mio.”
  Riose don Quixote de las afectadas razones
de Sancho, y pareciole ser verdad lo que dezia
de su emienda, porque de quando en quando
hablaua de manera que le admiraua, puesto
que todas o las mas vezes que Sancho queria
hablar de oposicion, y a lo cortesano, acabaua
su razon con despeñarse del monte de su
simplicidad al profundo de su ignorancia, y en lo
que el se mostraua mas elegante y memorioso
era en traer refranes, viniessen o no viniessen
a pelo de lo que trataua, como se aura visto
y se aura notado en el discurso desta historia.
  En estas y en otras platicas se les passó
gran parte de la noche, y a Sancho le vino en
voluntad de dexar caer las compuertas de los
ojos, como el dezia quando queria dormir,
y, desaliñando al ruzio, le dio pasto abundoso
y libre. No quitó la silla a Rozinante por
ser expreso mandamiento de su señor que
en el tiempo que anduuiessen en campaña, o
no durmiessen debaxo de techado, no desaliñasse
a Rozinante: antigua vsança establecida
y guardada de los andantes caualleros, quitar
el freno y colgarle del arzon de la silla; pero
¿quitar la silla al cauallo?, ¡guarda!; y assi lo hizo
Sancho, y le dio la misma libertad que al ruzio,
cuya amistad del y de Rozinante fue tan vnica
y tan trauada, que ay fama, por tradicion de
padres a hijos, que el autor desta verdadera
historia hizo particulares capitulos della; mas
que, por guardar la decencia y decoro que a
tan heroyca historia se deue, no los puso en
ella, puesto que algunas vezes se descuyda
deste su prosupuesto, y escriue que assi como
las dos bestias se juntauan, acudian a rascarse
el vno al otro, y que, despues de cansados
y satisfechos, cruzaua Rozinante el pescuezo
sobre el cuello del ruzio, que le sobraua de la
otra parte mas de media vara, y mirando los
dos atentamente al suelo, se solian estar de
aquella manera tres dias, a lo menos, todo el
tiempo que les dexauan o no les compelia la
hambre a buscar sustento.
  Digo que dizen que dexó el autor escrito
que los auia comparado en la amistad a la que
tuuieron Niso y Eurialo, y Pilades y Orestes,
y si esto es assi, se podia echar de ver, para
vniuersal admiracion, quán firme deuio ser la
amistad destos dos pacificos animales, y para
confusion de los hombres, que tan mal saben
guardarse amistad los vnos a los otros. Por
esto se dixo:

      «No ay amigo para amigo,
      las cañas se bueluen lanças...”

y el otro que cantó:

      De amigo a amigo la chinche, etc.

Y no le parezca a alguno que anduuo el
autor algo fuera de camino en auer comparado
la amistad destos animales a la de los
hombres; que de las bestias han recebido
muchos aduertimientos los hombres y aprendido
muchas cosas de importancia, como son:
de las cigueñas, el cristel; de los perros, el
vomito y el agradecimiento; de las grullas, la
vigilancia; de las hormigas, la prouidencia; de
los elefantes, la honestidad; y la lealtad del
cauallo. Finalmente, Sancho se quedó dormido
al pie de vn alcornoque, y don Quixote,
dormitando al de vna robusta enzina.
  Pero poco espacio de tiempo auia passado
quando le desperto vn ruydo que sintio a sus
espaldas, y, leuantandose con sobresalto, se
puso a mirar y a escuchar de dónde el ruydo
procedia, y vio que eran dos hombres a cauallo,
y que el vno, dexandose derribar de la silla,
dixo al otro:
  “Apeate, amigo, y quita los frenos a los
cauallos; que, a mi parecer, este sitio abunda de
yerua para ellos y del silencio y soledad que
han menester mis amorosos pensamientos.”
  El dezir esto y el tenderse en el suelo todo
fue a vn mesmo tiempo, y al arrojarse hizieron
ruydo las armas de que venia armado,
manifiesta señal por donde conocio don Quixote
que deuia de ser cauallero andante, y, llegandose
a Sancho, que dormia, le trabó del braço,
y con no pequeño trabajo le boluio en su
acuerdo, y con voz baxa le dixo:
  “Hermano Sancho, auentura tenemos.”
  “Dios nos la de buena”, respondio Sancho;
“y ¿adónde está, señor mio, su merced de essa
señora auentura?”
  “¿Adónde, Sancho?”, replicó don Quixote.
“Buelue los ojos y mira, y veras alli tendido vn
andante cauallero, que, a lo que a mi se me
trasluze, no deue de estar demasiadamente
alegre, porque le vi arrojar del cauallo y
tenderse en el suelo con algunas muestras de
despecho, y al caer le cruxieron las armas.”
  “Pues ¿en qué halla vuessa merced”, dixo
Sancho, “que esta sea auentura?”
  “No quiero yo dezir”, respondio don
Quixote, “que esta sea auentura del todo, sino
principio della; que por aqui se comiençan las
auenturas. Pero escucha; que, a lo que parece,
templando está vn laud o viguela, y segun
escupe y se desembaraça el pecho, deue de
prepararse para cantar algo.”
  “A buena fe que es assi”, respondio Sancho,
“y que deue de ser cauallero enamorado.”
  “No ay ninguno de los andantes que no lo
sea”, dixo don Quixote, “y escuchemosle; que
por el hilo sacaremos el ouillo de sus
pensamientos, si es que canta; que de la abundancia
del coraçon habla la lengua.”
  Replicar queria Sancho a su amo; pero la
voz del Cauallero del Bosque, que no era muy
mala ni muy buena, lo estoruó, y estando los
dos atonitos, oyeron que lo que cantó fue
este

                 «SONETO.

      Dadme, señora, vn termino que siga,
    conforme a vuestra voluntad cortado;
    que sera de la mia assi estimado,
    que por jamas vn punto del desdiga.
      Si gustays que callando mi fatiga
    muera, contadme ya por acabado;
    si quereys que os la cuente en desusado
    modo, hare que el mesmo Amor la diga.
      A prueua de contrarios estoy hecho,
    de blanda cera y de diamante duro,
    y a las leyes de amor el alma ajust[o].
      Blando qual es, o fuerte, ofrezco el pecho;
    entallad o imprimid lo que os de gusto,
    que de guardarlo eternamente juro.»

  Con vn ¡ay! arrancado, al parecer, de lo intimo
de su coraçon, dio fin a su canto el Cauallero
del Bosque, y de alli a vn poco, con voz
doliente y lastimada, dixo:
  “¡O la mas hermosa y la mas ingrata muger
del orbe!, ¿cómo que sera possible, serenissima
Casildea de Vandalia, que has de consentir
que se consuma y acabe en continuas peregrinaciones
y en asperos y duros trabajos este tu
cautiuo cauallero? ¿No basta ya que he hecho
que te confiessen por la mas hermosa del mundo
todos los caualleros de Nauarra, todos los
leoneses, todos los tartesios, todos los castellanos
y, finalmente, todos los caualleros de la
Mancha?”
  “Esso no”, dixo a esta sazon don Quixote,
“que yo soy de la Mancha y nunca tal he
confessado, ni podia, ni deuia confessar vna cosa
tan perjudicial a la belleza de mi señora, y este
tal cauallero ya vees tu, Sancho, que desuaria;
pero escuchemos: quiça se declarará mas.”
  “Si hará”, replicó Sancho; “que termino
lleua de quexarse vn mes a[r]reo.”
  Pero no fue assi, porque auiendo entreoydo
el Cauallero del Bosque que hablauan cerca del,
sin passar adelante en su lamentacion se puso
en pie, y dixo con voz sonora y comedida:
  “¿Quién va alla, qué gente?; ¿es por ventura
de la del numero de los contentos, o la del
de los afligidos?”
  “De los afligidos”, respondio don Quixote.
  “Pues lleg[u]ese a mi”, respondio el del
Bosque, “y hara cuenta que se llega a la mesma
tristeza y a la aflicion mesma.”
  Don Quixote, que se vio responder tan tierna
y comedidamente, se llegó a el, y Sancho ni
mas ni menos; el cauallero lamentador assio a
don Quixote del braço, diziendo:
  “Sentaos aqui, señor cauallero; que para
entender que lo soys y de los que professan la
andante caualleria, bastame el aueros hallado
en este lugar, donde la soledad y el sereno os
hazen compañia, naturales lechos y propias
estancias de los caualleros andantes.”
  A lo que respondio don Quixote:
  “Cauallero soy y de la profession que
dezis, y aunque en mi alma tienen su propio
assiento las tristezas, las desgracias y las
desuenturas, no por esso se ha ahuyentado della
la compassion que tengo de las agenas
desdichas; de lo que contaste[s] poco ha,
colegi que las vuestras son enamoradas, quiero
dezir, del amor que teneis a aquella hermosa
ingrata que en vuestras lamentaciones
nombrastes.”
  Ya quando esto passauan, estauan sentados
juntos sobre la dura tierra en buena paz y
compañia, como si al romper del dia no se
huuieran de romper las cabeças.
  “¿Por ventura, señor cauallero”, preguntó
el del Bosque a don Quixote: “soys
enamorado?”
  “Por desuentura, lo soy”, respondio don
Quixote, “aunque los daños que nacen de los
bien colocados pensamientos, antes se deuen
tener por gracias que por desdichas.”
  “Assi es la verdad”, replicó el del Bosque,
“si no nos turbassen la razon y el entendimiento
los desdenes, que siendo muchos, parecen
venganças.”
  “Nunca fuy desdeñado de mi señora”,
respondio don Quixote.
  “No, por cierto”, dixo Sancho, que alli
junto estaua, “porque es mi señora como
vna borrega mansa: es mas blanda que vna
manteca.”
  “¿Es vuestro escudero este?”, preguntó el
del Bosque.
  “Si es”, respondio don Quixote.
  “Nunca he visto yo escudero”, replicó el del
Bosque, “que se atreua a hablar donde habla
su señor; a lo menos, ai está esse mio, que es tan
grande como su padre, y no se prouará que aya
desplegado el labio donde yo hablo.”
  “Pues a fe”, dixo Sancho, “que he hablado
yo y puedo hablar delante de otro tan..., y aun
quedese aqui; que es peor meneallo.”
  El escudero del Bosque assio por el braço a
Sancho, diziendole:
  “Vamonos los dos donde podamos hablar
escuderilmente todo quanto quisieremos, y
dexemos a estos señores amos nuestros que se
den de las astas contandose las historias de
sus amores; que a buen seguro que les ha de
coger el dia en ellas y no las han de auer
acabado.”
  “Sea en buena hora”, dixo Sancho, “y yo le
dire a vuessa merced quien soy, para que vea
si puedo entrar en dozena con los mas
hablantes escuderos.”
  Con esto se apartaron los dos escuderos,
entre los quales passó vn tan gracioso
coloquio, como fue graue el que passó entre sus
señores.

                 Capitulo XIII

Donde se prosigue la auentura del Cauallero
  del Bosque, con el discreto, nueuo y suaue
  coloquio que passó entre los dos escuderos.

  Diuididos estauan caualleros y escuderos,
estos contandose sus vidas, y aquellos sus
amores; pero la historia cuenta primero el
razonamiento de los moços y luego prosigue el de
los amos, y, assi, dize que, apartandose vn poco
dellos, el del Bosque dixo a Sancho:
  “Trabajosa vida es la que passamos y viuimos,
señor mio, estos que somos escuderos de
caualleros andantes; en verdad que comemos
el pan en el sudor de nuestros rostros, que
es vna de las maldiciones que echó Dios a
nuestros primeros padres.”
  “Tambien se puede dezir”, añadio Sancho,
“que lo comemos en el yelo de nuestros cuerpos,
porque ¿quién mas calor y mas frio que los
miserables escuderos de la andante caualleria?;
y aun menos mal si comieramos, pues los duelos
con pan son menos; pero tal vez ay que se
nos passa vn dia y dos sin desayunarnos, si no
es del viento que sopla.”
  “Todo esso se puede lleuar y conlleuar”, dixo
el del Bosque, “con la esperança que tenemos
del premio, porque si demasiadamente no es
desgraciado el cauallero andante a quien vn
escudero sirue, por lo menos, a pocos lances se
vera premiado con vn hermoso gouierno de
qualque insula, o con vn condado de buen
parecer.”
  “Yo”, replicó Sancho, “ya he dicho a mi
amo que me contento con el gouierno de alguna
insula, y el es tan noble y tan liberal que
me le ha prometido muchas y diuersas vezes.”
  “Yo”, dixo el del Bosque, “con vn canonicato
quedaré satisfecho de mis seruicios, y ya
me le tiene mandado mi amo, y ¡qué tal!”
  “Deue de ser”, dixo Sancho, “su amo de
vuessa merced cauallero a lo eclesiastico, y
podra hazer essas mercedes a sus buenos
escuderos, pero el mio es meramente lego, aunque
yo me acuerdo quando le querian aconsejar
personas discretas, aunque, a mi parecer,
mal intencionadas, que procurasse ser arçobispo;
pero el no quiso sino ser emperador, y yo
estaua entonces temblando si le venia en voluntad
de ser de la Iglesia, por no hallarme suficiente
de tener beneficios por ella, porque le
hago saber a vuessa merced que, aunque parezco
hombre, soy vna bestia para ser de la
Iglesia.”
  “Pues en verdad que lo yerra vuessa merced”,
dixo el del Bosque, “a causa que los gouiernos
insulanos no son todos de buena data;
algunos ay torcidos, algunos pobres, algunos
malenconicos y, finalmente, el mas erguido y
bien dispuesto trae consigo vna pesada carga
de pensamientos y de incomodidades, que
pone sobre sus ombros el desdichado que le
cupo en suerte. Harto mejor seria que los que
professamos esta maldita seruidumbre nos
retirassemos a nuestras casas, y alli nos
entretuuiessemos en exercicios mas suaues, como si
dixessemos, caçando o pescando; que ¿qué
escudero ay tan pobre en el mundo a quien le
falte vn rozin, y vn par de galgos, y vna caña
de pescar, con que entretenerse en su aldea?”
  “A mi no me falta nada desso”, respondio
Sancho; “verdad es que no tengo rozin, pero
tengo vn asno que vale dos vezes mas que el
cauallo de mi amo. Mala pascua me de Dios, y
sea la primera que viniere, si le trocara por el,
aunque me diessen quatro fanegas de cebada
encima; a burla tendra vuessa merced el valor
de mi ruzio; que ruzio es el color de mi
jumento. Pues galgos, no me auian de faltar,
auiendolos sobrados en mi pueblo; y mas, que
entonces es la caça mas gustosa, quando se
haze a costa agena.”
  “Real y verdaderamente”, respondio el del
Bosque, “señor escudero, que tengo propuesto
y determinado de dexar estas borracherias
destos caualleros, y retirarme a mi aldea y criar
mis h[i]jitos, que tengo tres como tres
orientales perlas.”
  “Dos tengo yo”, dixo Sancho, “que se pueden
presentar al Papa en persona, especialmente
vna muchacha, a quien crio para condessa,
si Dios fuere seruido, aunque a pesar de
su madre.”
  “Y ¿qué edad tiene essa señora que se cria
para condessa?”, preguntó el del Bosque.
  “Quinze años, dos mas a menos“, respondio
Sancho; “pero es tan grande como vna lança,
y tan fresca como vna mañana de abril, y
tiene vna fuerça de vn ganapan.”
  “Partes son essas”, respondio el del Bosque,
“no solo para ser condessa, sino para ser ninfa
del verde bosque. ¡O hideputa puta, y qué
rexo deue de tener la vellaca!”
  A lo que respondio Sancho, algo mohino:
  “Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo sera
ninguna de las dos, Dios quiriendo, mientras
yo viuiere. Y hablese mas comedidamente; que
para auerse criado vuessa merced entre caualleros
andantes, que son la mesma cortesia, no
me parecen muy concertadas essas palabras.”
  “¡O, qué mal se le entiende a vuessa merced”,
replicó el del Bosque, “de achaque de
alabanças, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que
quando algun cauallero da vna buena lançada
al toro en la plaça, o quando alguna persona
haze alguna cosa bien hecha, suele dezir el
vulgo: «¡o hideputa puto, y qué bien que lo ha
»hecho!», y aquello que parece vituperio en
aquel termino, es alabança notable? Y renegad
vos, señor, de los hijos o hijas que no hazen
obras que merezcan se les den a sus padres
loores semejantes.”
  “Si reniego”, respondio Sancho; “y desse
modo y por essa misma razon podia echar
vuessa merced a mi, y hijos, y a mi muger
toda vna puteria encima, porque todo
quanto hazen y dizen son estremos dignos de
semejantes alabanças; y para boluerlos a ver,
ruego yo a Dios me saque de pecado mortal,
que lo mesmo sera si me saca deste peligroso
oficio de escudero, en el qual he incurrido
segunda vez, cebado y engañado de vna bolsa
con cien ducados que me hallé vn dia en el
coraçon de Sierra Morena; y el diablo me pone
ante los ojos aqui, alli, aca no, sino aculla, vn
talego lleno de doblones, que me parece que a
cada paso le toco con la mano y me abraço
con el, y lo lleuo a mi casa, y echo censos, y
fundo rentas, y viuo como vn principe, y el rato
que en esto pienso se me hazen faciles y
lleuaderos quantos trabajos padezco con este
mentecato de mi amo, de quien se que tiene mas
de loco que de cauallero.”
  “Por esso”, respondio el del Bosque, “dizen
que la codicia rompe el saco, y si va a tratar
dellos, no ay otro mayor en el mundo que mi
amo, porque es de aquellos que dizen:
«cuydados agenos matan al asno»; pues porque
cobre otro cauallero el juyzio que ha perdido,
se haze el loco, y anda buscando lo que no
se si despues de hallado le ha de salir a los
hozicos.”
  “Y ¿es enamorado por dicha?”
  “Si”, dixo el del Bosque, “de vna tal Casildea
de Vandalia, la mas cruda y la mas asada
señora que en todo el orbe puede hallarse;
pero no coxea del pie de la crudeza; que otros
mayores embustes le gruñen en las entrañas, y
ello dira antes de muchas horas.”
  “No ay camino tan llano”, replicó Sancho,
“que no tenga algun tropezon o barranco; en
otras casas cuezen habas, y en la mia, a
calderadas; mas acompañados y paniaguados deue
de tener la locura que la discrecion. Mas si es
verdad lo que comunmente se dize, que el tener
compañeros en los trabajos suele seruir de
aliuio en ellos, con vuessa merced podre
consolarme, pues sirue a otro amo tan tonto como
el mio.”
  “Tonto, pero valiente”, respondio el del
Bosque, “y mas vellaco que tonto y que valiente.”
  “Esso no es el mio”, respondio Sancho;
“digo que no tiene nada de vellaco, antes tiene
vna alma como vn cantaro; no sabe hazer mal
a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia
alguna; vn niño le hara entender que es de noche
en la mitad del dia, y por esta senzillez le quiero
como a las telas de mi coraçon, y no me amaño
a dexarle, por mas disparates que haga.”
  “Con todo esso, hermano y señor”, dixo el
del Bosque, “si el ciego guia al ciego, ambos
van a peligro de caer en el hoyo. Mejor es
retirarnos con buen compas de pies y boluernos a
nuestras querencias; que los que buscan
auenturas no siempre las hallan buenas.”
  Escupia Sancho a menudo, al parecer, vn
cierto genero de saliua pegajosa y algo seca, lo
qual visto y notado por el caritatiuo bosqueril
escudero, dixo:
  “Pareceme que de lo que hemos hablado se
nos pegan al paladar las lenguas; pero yo
traygo vn despegador pendiente del arzon de mi
cauallo, que es tal como bueno.”
  Y, leuantandose, boluio desde alli a vn poco
con vna gran bota de vino y vna empanada de
media vara, y no es encarecimiento, porque
era de vn conejo albar tan grande, que Sancho,
al tocarla, entendio ser de algun cabron, no que
de cabrito; lo qual visto por Sancho, dixo:
  “Y ¿esto trae vuessa merced consigo, señor?”
  “Pues ¿qué se pensaua”, respondio el otro;
“soy yo por ventura algun escudero de agua y
lana? Mejor repuesto traygo yo en las ancas
de mi cauallo que lleua consigo quando va de
camino vn general.”
  Comio Sancho sin hazerse de rogar, y
tragaua a escuras bocados de nudos de suelta,
y dixo:
  “Vuessa merced si que es escudero fiel y
legal, moliente y corriente, magnifico y grande,
como lo muestra este banquete, que si no ha
venido aqui por arte de encantamento, parecelo,
a lo menos; y no como yo, mezquino y
malauenturado, que solo traygo en mis alforjas vn
poco de queso, tan duro, que pueden descalabrar
con ello a vn gigante; a quien hazen
compañia quatro dozenas de algarrobas y otras
tantas de auellanas y nuezes, mercedes a la
estrecheza de mi dueño y a la opinion que
tiene y orden que guarda de que los caualleros
andantes no se han de mantener y sustentar
sino con frutas secas y con las yeruas del
campo.”
  “Por mi fe, hermano”, replicó el del Bosque,
“que yo no tengo hecho el estomago a tagarninas,
ni a piruetanos, ni a rayzes de los montes;
alla se lo ayan con sus opiniones y leyes
cauallerescas nuestros amos, y coman lo que ellos
mandaren; fiambreras traygo y esta bota colgando
del arzon de la silla, por si o por no; y
es tan deuota mia, y quierola tanto, que
pocos ratos se passan sin que la de mil besos
y mil abraços.”
  Y, diziendo esto, se la puso en las manos a
Sancho, el qual, empinandola puesta a la boca,
estuuo mirando las estrellas vn quarto de hora,
y, en acabando de beuer, dexó caer la cabeça a
vn lado, y, dando vn gran suspiro, dixo:
  “¡O hideputa, vellaco, y cómo es catolico!”
  “¿Veis ai”, dixo el del Bosque, en oyendo el
hideputa de Sancho, “como aueis alabado este
vino, llamandole hideputa?”
  “Digo”, respondio Sancho, “que confiesso
que conozco que no es deshonra llamar hijo
de puta a nadie quando cae debaxo del
entendimiento de alabarle. Pero digame, señor, por
el siglo de lo que mas quiere: ¿este vino es de
Ciudad Real?”
  “¡Brauo moxon!”, respondio el del Bosque;
“en verdad que no es de otra parte, y que
tiene algunos años de ancianidad.”
  “¡A mi con esso!”, dixo Sancho; “no tomeys
menos, sino que se me fuera a mi por alto dar
alcance a su conocimiento. ¿No sera bueno,
señor escudero, que tenga yo vn instinto tan
grande y tan natural en esto de conocer vinos,
que en dandome a oler qualquiera, acierto la
patria, el linage, el sabor, y la dura y las
bueltas que ha de dar, con todas las circunstancias
al vino atañederas? Pero no ay de que
marauillarse, si tuue en mi linage por parte de mi
padre los dos mas excelentes moxones que en
luengos años conocio la Mancha; para prueua
de lo qual les sucedio lo que aora dire.
Dieronles a los dos a prouar del vino de vna cuba,
pidiendoles su parecer del estado, qualidad,
bondad o malicia del vino; el vno lo prouo con
la punta de la lengua, el otro no hizo mas de
llegarlo a las narizes. El primero dixo que
aquel vino sabia a hierro, el segundo dixo
que mas sabia a cordouan. El dueño dixo que
la cuba estaua limpia y que el tal vino no tenia
adobo alguno, por donde huuiesse tomado
sabor de hierro ni de cordouan. Con todo esso,
los dos famosos moxones se afirmaron en lo
que auian dicho. Anduuo el tiempo, vendiose
el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella
vna llaue pequeña pendiente de vna correa de
cordouan. Porque vea vuessa merced si
quien viene desta ralea podra dar su parecer
en semejantes causas.”
  “Por esso digo”, dixo el del Bosque, “que
nos dexemos de andar buscando auenturas,
y pues tenemos hogaças, no busquemos tortas,
y boluamonos a nuestras choças; que alli nos
hallará Dios si El quiere.”
  “Hasta que mi amo llegue a Zaragoça, le
seruire; que despues todos nos
entenderemos.”
  Finalmente, tanto hablaron y tanto beuieron
los dos buenos escuderos, que tuuo necessidad
el sueño de atarles las lenguas y templarles la
sed, que quitarsela fuera impossible; y, assi,
assidos entrambos de la ya casi vazia bota,
con los bocados a medio mascar en la boca,
se quedaron dormidos, donde los dexaremos
por aora, por contar lo que el Cauallero del
Bosque passó con el de la Triste Figura.

                 Capitulo XIV

  Donde se prosigue la auentura del Cauallero
                  del Bosque.

  Entre muchas razones que passaron don Quixote
y el Cauallero de la Selua, dize la historia
que el del Bosque dixo a don Quixote:
  “Finalmente, señor cauallero, quiero que
sepays que mi destino, o por mejor dezir, mi
eleccion me truxo a enamorar de la sin par
Casildea de Vandalia; llamola sin par, porque
no le tiene, assi en la grandeza del cuerpo
como en el estremo del estado y de la hermosura.
Esta tal Casildea, pues, que voy contando,
pagó mis buenos pensamientos y comedidos
desseos con hazerme ocupar, como su madrina
a Hercules, en muchos y diuersos peligros,
prometiendome al fin de cada vno, que en el fin
del otro llegaria el de mi esperança; pero assi
se han ydo eslabonando mis trabajos, que no
tienen cuento, ni yo se quál ha de ser el
vltimo que de principio al cumplimiento de mis
buenos desseos. Vna vez me mandó que fuesse
a desafiar a aquella famosa giganta de Seuilla
llamada la Giralda, que es tan valiente y
fuerte como hecha de bronze, y sin mudarse de vn
lugar es la mas mouible y voltaria muger del
mundo. Llegué, vila y vencila, y hizela estar
queda y a raya, porque en mas de vna semana
no soplaron sino vientos nortes. Vez tambien
huuo, que me mandó fuesse a tomar en peso
las antiguas piedras de los valientes toros de
Guisando, empresa mas para encomendarse
a ganapanes que a caualleros; otra vez me
mandó que me precipitasse y sumiesse en la
sima de Cabra, peligro inaudito y
temeroso, y que le truxesse particular relacion
de lo que en aquella escura profundidad se
encierra. Detuue el mouimiento a la Giralda,
pesé los toros de Guisando, despeñeme en la
sima y saqué a luz lo escondido de su abismo,
y mis esperanças, muertas que muertas,
y sus mandamientos y desdenes, viuos que
viuos.
  ”En resolucion, vltimamente me ha mandado
que discurra por todas las prouincias de
España y haga confessar a todos los andantes
caualleros, que por ellas vagaren, que ella sola
es la mas auentajada en hermosura de quantas
oy viuen, y que yo soy el mas valiente y el
mas bien enamorado cauallero del orbe; en
cuya demanda he andado ya la mayor parte
de España, y en ella he vencido muchos
caualleros; que se han atreuido a contradezirme.
Pero de lo que yo mas me precio y vfano es
de auer vencido en singular batalla a aquel
tan famoso cauallero don Quixote de la
Mancha, y hechole confessar que es mas hermosa
mi Casildea que su Dulcinea, y en solo este
vencimiento hago cuenta que he vencido todos
los caualleros del mundo, porque el tal don
Quixote que digo los ha vencido a todos, y
auiendole yo vencido a el, su gloria, su fama
y su honra se ha transferido y passado a mi
persona:

     Y tanto el vencedor es mas honrado,
   quanto mas el vencido es reputado.

  ”Assi, que ya corren por mi cuenta y son
mias las inumerables hazañas del ya referido
don Quixote.”
  Admirado quedó don Quixote de oyr al
Cauallero del Bosque, y estuuo mil vezes por
dezirle que mentia, y ya tuuo el mentis en el
pico de la lengua; pero reportose lo mejor que
pudo por hazerle confessar por su propia boca
su mentira, y, assi, sossegadamente le dixo:
  “De que vuessa merced, señor cauallero,
aya vencido a los mas caualleros andantes de
España, y aun de todo el mundo, no digo nada;
pero de que aya vencido a don Quixote de la
Mancha, pongolo en duda; podria ser que
fuesse otro que le pareciesse, aunque ay pocos
que le parezcan.”
  “¿Cómo no?”, replicó el del Bosque; “por el
cielo que nos cubre que peleé con don Quixote,
y le venci y rendi, y es vn hombre alto
de cuerpo, seco de rostro, estirado y abellanado
de miembros, entrecano, la nariz aguileña
y algo corba, de vigotes grandes, negros
y caydos. Campea debaxo del nombre del Cauallero
de la Triste Figura, y trae por escudero
a vn labrador llamado Sancho Pança, oprime
el lomo y rige el freno de vn famoso cauallo
llamado Rozinante, y, finalmente, tiene por
señora de su voluntad a vna tal Dulcinea del
Toboso, llamada vn tiempo Aldonça Lorenço;
como la mia, que, por llamarse Casilda y ser
de la Andaluzia, yo la llamo Casildea de
Vandalia; si todas estas señas no bastan para
acreditar mi verdad, aqui está mi espada que la
hara dar credito a la mesma incredulidad.”
  “Sossegaos, señor cauallero”, dixo don
Quixote, “y escuchad lo que deziros quiero. Aueis
de saber que esse don Quixote que dezis es
el mayor amigo que en este mundo tengo, y
tanto, que podre dezir que le tengo en lugar
de mi misma persona, y que por las señas que
del me aueis dado, tan puntuales y ciertas, no
puedo pensar sino que sea el mismo que aueis
vencido. Por otra parte, veo con los ojos y toco
con las manos no ser possible ser el mesmo,
si ya no fuesse que como el tiene muchos
enemigos encantadores, especialmente vno que de
ordinario le persigue, no aya alguno dellos
tomado su figura para dexarse vencer, por
defraudarle de la fama que sus altas cauallerias
le tienen grangeada y adquirida, por todo lo
descubierto de la tierra. Y, para confirmacion
desto, quiero tambien que sepays que los tales
encantadores, sus contrarios, no ha mas de
dos dias que transformaron la figura y persona
de la hermosa Dulcinea del Toboso en vna
aldeana soez y baxa, y desta manera auran
transformado a don Quixote; y si todo esto no
basta para enteraros en esta verdad que digo,
aqui está el mesmo don Quixote que la sustentará
con sus armas, a pie o a cauallo, o de
qualquiera suerte que os agradare.”
  Y, diziendo esto, se leuantó en pie y se
empuñó en la espada, esperando qué resolucion
tomaria el Cauallero del Bosque, el qual, con
voz assimismo sossegada, respondio y dixo:
  “Al buen pagador no le duelen prendas; el
que vna vez, señor don Quixote, pudo venceros
transformado, bien podra tener esperança de
rendiros en vuestro propio ser. Mas porque no
es bien que los caualleros hagan sus fechos
de armas ascuras, como los salteadores y
rufianes, esperemos el dia para que el sol vea
nuestras obras. Y ha de ser condicion de nuestra
batalla que el vencido ha de quedar a la
voluntad del vencedor, para que haga del todo lo
que quisiere, con tal que sea decente a
cauallero lo que se le ordenare.”
  “Soy mas que contento dessa condicion y
conuenencia”, respondio don Quixote.
  Y, en diziendo esto, se fueron donde estauan
sus escuderos, y los hallaron roncando y en la
misma forma que estauan quando les salteó el
sueño. Despertaronlos y mandaronles que tuuiessen
a punto los cauallos, porque en saliendo
el sol auian de hazer los dos vna sangrienta,
singular y desigual batalla; a cuyas nueuas
quedó Sancho atonito y pasmado, temeroso de
la salud de su amo por las valentias que auia
oydo dezir del suyo al escudero del Bosque;
pero, sin hablar palabra, se fueron los dos
escuderos a buscar su ganado; que ya todos tres
cauallos y el ruzio se auian olido y estauan
todos juntos.
  En el camino dixo el del Bosque a Sancho:
  “Ha de saber, hermano, que tienen por
costumbre los peleantes de la Andaluzia, quando
son padrinos de alguna pendencia, no estarse
ociosos, mano sobre mano, en tanto que sus
ahijados riñen; digolo porque esté aduertido,
que mientras nuestros dueños riñeren nosotros
tambien hemos de pelear y hazernos astillas.”
  “Essa costumbre, señor escudero”, respondio
Sancho, “alla puede correr y passar con
los rufianes y peleantes que dize; pero con los
escuderos de los caualleros andantes, ni por
pienso. A lo menos, yo no he oydo dezir a mi
amo semejante costumbre, y sabe de memoria
todas las ordenanças de la andante caualleria.
Quanto mas que yo quiero que sea verdad
y ordenança expresa el pelear los escuderos
en tanto que sus señores pelean; pero yo no
quiero cumplirla, sino pagar la pena que estuuiere
puesta a los tales pacificos escuderos, que
yo asseguro que no passe de dos libras de cera,
y mas quiero pagar las tales libras, que se que
me costarán menos que las hilas que podre
gastar en curarme la cabeça, que ya me la cuento
por partida y diuidida en dos partes; ay mas:
que me impossibilita el reñir el no tener
espada, pues en mi vida me la puse.”
  “Para esso se yo vn buen remedio”, dixo el
del Bosque; “yo traygo aqui dos talegas de
lienço de vn mesmo tamaño; tomareys vos la
vna y yo la otra, y riñiremos a talegazos con
armas yguales.”
  “Dessa manera, sea en buena hora”, respondio
Sancho, “porque antes seruira la tal pelea
de despoluorearnos que de herirnos.”
  “No ha de ser assi”, replicó el otro, “porque
se han de echar dentro de las talegas, porque
no se las lleue el ayre, media dozena de guijarros
lindos y pelados que pesen tanto los vnos
como los otros, y desta manera nos pondremos
atalegar sin hazernos mal ni daño.”
  “Mirad, ¡cuerpo de mi padre”, respondio
Sancho, “qué martas cebollinas o qué
copos de algodon cardado pone en las talegas
para no quedar molidos los cascos y hechos
alheña los huesos! Pero aunque se llenaran de
capullos de seda, sepa, señor mio, que no he
de pelear; peleen nuestros amos y alla se lo
ayan, y beuamos y viuamos nosotros; que
el tiempo tiene cuydado de quitarnos las vidas,
sin que andemos buscando apetites para que
se acaben antes de llegar su sazon y termino,
y que se cayan de maduras.”
  “Con todo”, replicó el del Bosque, “hemos
de pelear siquiera media hora.”
  “Esso, no”, respondio Sancho; “no sere yo
tan descortes ni tan desagradecido, que con
quien he comido y he beuido trabe question
alguna, por minima que sea; quanto mas que
estando sin colera y sin enojo, ¿quién diablos
se ha de amañar a reñir a secas?”
  “Para esso”, dixo el del Bosque, “yo dare vn
suficiente remedio, y es que antes que
comencemos la pelea, yo me llegaré bonitamente a
vuessa merced y le dare tres o quatro bofetadas
que de con el a mis pies, con las quales
le hare despertar la colera aunque esté con
mas sueño que vn liron.”
  “Contra esse corte se yo otro”, respondio
Sancho, “que no le va en zaga: cogere yo vn
garrote, y antes que vuessa merced llegue a
despertarme la colera hare yo dormir a garrotazos
de tal suerte la suya, que no despierte
si no fuere en el otro mundo, en el qual se
sabe que no soy yo hombre que me dexo manosear
el rostro de nadie; y cada vno mire por
el virote. Aunque lo mas acertado seria dexar
dormir su colera a cada vno; que no sabe
nadie el alma de nadie, y tal suele venir por
lana que buelue tresquilado, y Dios bendixo
la paz y maldixo las riñas; porque si vn gato
acosado, encerrado y apretado se buelue en
leon, yo, que soy hombre, Dios sabe en lo que
podre boluerme, y, assi, desde aora intimo a
vuessa merced, señor escudero, que corra por
su cuenta todo el mal y daño que de nuestra
pendencia resultare.”
  “Está bien”, replicó el del Bosque;
“amanezera Dios y medraremos.”
  En esto, ya començauan a gorgear en los
arboles mil suertes de pintados paxarillos, y en
sus diuersos y alegres cantos parecia que dauan
la norabuena y saludauan a la fresca aurora,
que ya por las puertas y balcones del Oriente
yua descubriendo la hermosura de su rostro,
sacudiendo de sus cabellos vn numero infinito
de liquidas perlas, en cuyo suaue licor bañandose
las yeruas, parecia assimesmo [que] ellas
brotauan y llouian blanco y menudo aljofar;
los sauzes destilauan maná sabroso, reianse las
fuentes, murmurauan los arroyos, alegrauanse
las seluas y enriquezianse los prados con su
venida. Mas apenas dio lugar la claridad del
dia para ver y diferenciar las cosas, quando la
primera que se ofrecio a los ojos de Sancho
Pança fue la nariz del escudero del Bosque,
que era tan grande, que casi le hazia sombra
a todo el cuerpo. Cuentase, en efecto, que era
de demasiada grandeza, corba en la mitad
y toda llena de berrugas, de color amoratado,
como de verengena; baxauale dos dedos mas
abaxo de la boca, cuya grandeza, color, berrugas
y encorbamiento assi le afeauan el rostro,
que, en viendole Sancho, començo a herir de
pie y de mano como niño con alferezia, y
propuso en su coraçon de dexarse dar dozientas
bofetadas antes que despertar la colera para
reñir con aquel vestiglo.
  Don Quixote miró a su contendor y hallole
ya puesta y calada la celada, de modo que no
le pudo ver el rostro, pero notó que era
hombre membrudo, y no muy alto de cuerpo. Sobre
las armas traia vna sobreuista o casaca de vna
tela, al parecer, de oro finissimo, sembradas por
ella muchas lunas pequeñas de resplandecientes
espejos, que le hazian en grandissima manera
galan y vistoso; bolauanle sobre la celada
grande cantidad de plumas verdes, amarillas
y blancas; la lança que tenia arrimada a vn
arbol era grandissima y gruessa, y de vn hierro
azerado de mas de vn palmo.
  Todo lo miró y todo lo notó don Quixote, y
juzgó de lo visto y mirado que el ya dicho
cauallero deuia de ser de grandes fuerças;
pero no por esso temio como Sancho Pança,
antes con gentil denuedo dixo al Cauallero de
los Espejos:
  “Si la mucha gana de pelear, señor cauallero,
no os gasta la cortesia, por ella os pido
que alceys la visera vn poco, porque yo vea si
la gallardia de vuestro rostro responde a la de
vuestra disposicion.”
  “O vencido o vencedor que salgays desta
empresa, señor cauallero”, respondio el de los
Espejos, “os quedará tiempo y espacio
demasiado para verme, y si aora no satisfago a
vuestro desseo, es por parecerme que hago
notable agrauio a la hermosa Casildea de
Vandalia en dilatar el tiempo que tardare en
alçarme la visera, sin hazeros confessar lo que
ya sabeys que pretendo.”
  “Pues en tanto que subimos a cauallo”, dixo
don Quixote, “bien podeys dezirme si soy yo
aquel don Quixote que dixistes auer vencido.”
  “A esso vos respondemos”, dixo el de los
Espejos, “que pareceys como se parece vn
hueuo a otro al mismo cauallero que yo venci;
pero, segun vos dezis que le persiguen
encantadores, no osaré afirmar si soys el contenido
o no.”
  “Esso me basta a mi”, respondio don Quixote,
“para que crea vuestro engaño; empero,
para sacaros del de todo punto, vengan nuestros
cauallos; que en menos tiempo que el que
tardarades en alçaros la visera, si Dios, si mi
señora y mi braço me valen, vere yo vuestro
rostro, y vos vereis que no soy yo el vencido
don Quixote que pensays.”
  Con esto, acortando razones, subieron a
cauallo, y don Quixote boluio las riendas a
Rozinante para tomar lo que conuenia del campo
para boluer a encontrar a su contrario, y lo
mesmo hizo el de los Espejos; pero no se auia
apartado don Quixote veynte pasos, quando se
oyo llamar del de los Espejos, y partiendo los
dos el camino, el de los Espejos le dixo:
  “Aduertid, señor cauallero, que la condicion
de nuestra batalla es que el vencido, como
otra vez he dicho, ha de quedar a discrecion
del vencedor.”
  “Ya la se”, respondio do[n] Quixote, “con tal
que lo que se le impusiere y mandare al
vencido han de ser cosas que no salgan de los
limites de la caualleria.”
  “Assi se entiende”, respondio el de los
Espejos.
  Ofrecieronsele en esto a la vista de don
Quixote las estrañas narizes del escudero, y no se
admiró menos de verlas que Sancho, tanto, que
le juzgó por algun monstro, o por hombre nueuo
y de aquellos que no se vsan en el mundo.
Sancho, que vio partir a su amo para tomar
carrera, no quiso quedar solo con el narigudo,
temiendo que con solo vn passagonçalo
con aquellas narizes en las suyas seria
acabada la pendencia suya, quedando del golpe,
o del miedo, tendido en el suelo, y fuesse
tras su amo, assido a vna accion de
Rozinante, y quando le parecio que ya era tiempo
que boluiesse, le dixo:
  “Suplico a vuessa merced, señor mio, que
antes que buelua a encontrarse me ayude a
subir sobre aquel alcornoque, de donde podre
ver mas a mi sabor, mejor que desde el suelo, el
gallardo encuentro que vuessa merced ha de
hazer con este cauallero.”
  “Antes creo, Sancho”, dixo don Quixote,
“que te quieres encaramar y subir en andamio
por ver sin peligro los toros.”
  “La verdad que diga”, respondio Sancho,
“las desaforadas narizes de aquel escudero me
tienen atonito y lleno de espanto, y no me
atreuo a estar junto a el.”
  “Ellas son tales”, dixo don Quixote, “que a
no ser yo quien soy, tambien me asombraran,
y, assi, ven, ayudarte he a subir donde dizes.”
  En lo que se detuuo don Quixote en que
Sancho subiesse en el alcornoque, tomó el de
los Espejos del campo lo que le parecio
necessario, y creyendo que lo mismo auria hecho
don Quixote, sin esperar son de trompeta ni
otra señal que los auisasse, boluio las riendas
a su cauallo, que no era mas ligero ni de mejor
parecer que Rozinante, y a todo su correr, que
era vn mediano trote, yua a encontrar a su
enemigo; pero viendole ocupado en la subida de
Sancho, detuuo las riendas y parose en la
mitad de la carrera, de lo que el cauallo quedó
agradecidissimo, a causa que ya no podia
mouerse. Don Quixote, que le parecio que ya su
enemigo venia volando, arrimó reziamente las
espuelas a las trashijadas hijadas de Rozinante,
y le hizo aguijar de manera, que cuenta la
historia que esta sola vez se conocio auer corrido
algo, porque todas las demas siempre fueron
trotes declarados, y con esta no vista furia llegó
donde el de los Espejos estaua hincando a su
cauallo las espuelas hasta los botones, sin que
le pudiesse mouer vn solo dedo del lugar
donde auia hecho estanco de su carrera.
  En esta buena sazon y coyuntura halló don
Quixote a su contrario embaraçado con su
cauallo y ocupado con su lança, que nunca, o no
acerto, o no tuuo lugar de ponerla en ristre.
  Don Quixote, que no miraua en estos
inconuenientes, a saluamano y sin peligro alguno
encontro al de los Espejos con tanta fuerça, que
mal de su grado le hizo venir al suelo por las
ancas del cauallo, dando tal cayda, que sin
mouer pie ni mano, dio señales de que estaua
muerto.
  Apenas le vio caydo Sancho, quando se
deslizó del alcornoque, y a toda priesa vino
donde su señor estaua, el qual, apeandose de
Rozinante, fue sobre el de los Espejos, y quitandole
las lazadas del yelmo para ver si era muerto,
y para que le diesse el ayre, si acaso estaua
viuo, [y] vio... ¿quién podra dezir lo que vio,
sin causar admiracion, marauilla y espanto a
los que lo oyeren? Vio, dize la historia, el rostro
mesmo, la misma figura, el mesmo aspecto, la
misma fisonomia, la mesma efigie, la pespetiua
mesma del bachiller Sanson Carrasco,
y assi como la vio, en altas vozes dixo:
  “Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y
no lo has creer; aguija, hijo, y aduierte lo
que puede la magia, lo que pueden los
hechizeros y los encantadores.”
  Llegó Sancho, y como vio el rostro del
bachiller Carrasco, començo a hazerse mil cruzes
y a santiguarse otras tantas; en todo esto, no
daua muestras de estar viuo el derribado
cauallero, y Sancho dixo a don Quixote:
  “Soy de parecer, señor mio, que, por si o por
no, vuessa merced hinque y meta la espada
por la boca a este que parece el bachiller
Sanson Carrasco: quiça matará en el a alguno de
sus enemigos los encantadores.”
  “No dizes mal”, dixo don Quixote, “porque
de los enemigos, los menos.”
  Y, sacando la espada para poner en efecto
el auiso y consejo de Sancho, llegó el escudero
del de los Espejos, ya sin las narizes que tan
feo le auian hecho, y a grandes vozes dixo:
  “Mire vuessa merced lo que haze, señor don
Quixote; que esse que tiene a los pies es el
bachiller Sanson Carrasco, su amigo, y yo soy
su escudero.”
  Y, viendole Sancho sin aquella fealdad
primera, le dixo:
  “Y ¿las narizes?”
  A lo que el respondio:
  “Aqui las tengo, en la faldriquera.”
  Y, echando mano a la derecha, sacó vnas
narizes de pasta y barniz de mascara, de la
manifatura que quedan delineadas, y mirandole
mas y mas Sancho, con voz admiratiua y
grande, dixo:
  “¡Santa Maria, y valme!, ¿este no es Tomé
Cecial, mi vezino y mi compadre?”
  “Y ¡cómo si lo soy!”, respondio el ya
desnarigado escudero. “Tomé Cecial soy, compadre y
amigo Sancho Pança, y luego os dire los
arcaduzes, embustes y enredos por donde soy aqui
venido, y, en tanto, pedid y suplicad al señor
vuestro amo que no toque, maltrate, hiera ni
mate al Cauallero de los Espejos que a sus pies
tiene, porque sin duda alguna es el atreuido y
mal aconsejado [d]el bachiller Sanson
Carrasco, nuestro compatrioto.”
  En esto, boluio en si el de los Espejos, lo qual
visto por don Quixote, le puso la punta desnuda
de su espada encima del rostro, y le dixo:
  “Muerto soys, cauallero, si no confessays que
la sin par Dulcinea del Toboso se auentaja en
belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y demas
de esto aueys de prometer, si de esta contienda
y cayda quedarades con vida, de yr a
la ciudad del Toboso, y presentaros en su
presencia de mi parte, para que haga de vos lo
que mas en voluntad le viniere; y si os dexare
en la vuestra, assimismo aueys de boluer a
buscarme --que el rastro de mis hazañas os seruira
de guia que os trayga donde yo estuuiere-- y
a dezirme lo que con ella huuieredes passado;
condiciones que, conforme a las que pusimos
antes de nuestra batalla, no salen de los
terminos de la andante caualleria.”
  “Confiesso”, dixo el caydo cauallero, “que
vale mas el çapato descosido y suzio de la
señora Dulcinea del Toboso, que las barbas mal
peynadas, aunque limpias, de Casildea, y prometo
de yr y boluer de su presencia a la vuestra
y daros entera y particular cuenta de lo que
me pedis.”
  “Tambien aueis de confessar y creer”,
añadio don Quixote, “que aquel cauallero que
vencistes no fue ni pudo ser don Quixote de
la Mancha, sino otro que se le parecia, como
yo confiesso y creo que vos, aunque pareceys el
bachiller Sanson Carrasco, no lo soys, sino otro
que le parece, y que en su figura aqui me le
han puesto mis enemigos para que detenga y
temple el impetu de mi colera, y para que vse
blandamente de la gloria del vencimiento.”
  “Todo lo confiesso, juzgo y siento como vos
lo creeys, juzgays y sentis”, respondio el
derrengado cauallero. “Dexadme leuantar, os
ruego, si es que lo permite el golpe de mi cayda,
que assaz maltrecho me tiene.”
  Ayudole a leuantar don Quixote y Tomé
Cecial su escudero, del qual no apartaua los
ojos Sancho, preguntandole cosas, cuyas
respuestas le dauan manifiestas señales de que
verdaderamente era el Tomé Cecial que dezia;
mas la aprehension que en Sancho auia hecho
lo que su amo dixo, de que los encantadores
auian mudado la figura del Cauallero de los
Espejos en la del bachiller Carrasco, no le dexaua
dar credito a la verdad que con los ojos estaua
mirando. Finalmente, se quedaron con este
engaño amo y moço, y el de los Espejos y su
escudero, mohinos y mal andantes, se apartaron
de don Quixote y Sancho, con intencion de
buscar algun lugar donde vizmarle y entablarle
las costillas. Don Quixote y Sancho boluieron
a proseguir su camino de Zaragoça, donde los
dexa la historia, por dar cuenta de quien era
el cauallero de los Espejos y su narigante
escudero.

                  Capitulo XV

 Donde se cuenta y da noticia de quién era el
    Cauallero de los Espejos y su escudero.

  En estremo contento, vfano y vanaglorioso
yua don Quixote por auer alcançado vitoria
de tan valiente cauallero como el se imaginaua
que era el de los Espejos, de cuya caualleresca
palabra esperaua saber si el encantamento
de su señora passaua adelante, pues era
forçoso que el tal vencido cauallero boluiesse,
so pena de no serlo, a darle razon de lo que
con ella le huuiesse sucedido. Pero vno
pensaua don Quixote y otro el de los Espejos,
puesto que por entonces no era otro su
pensamiento sino buscar donde vizmarse, como
se ha dicho.
  Dize, pues, la historia que quando el
bachiller Sanson Carrasco aconsejó a don Quixote
que boluiesse a proseguir sus dexadas
cauallerias, fue por auer entrado primero en bureo
con el cura y el barbero, sobre qué medio se
podria tomar para reduzir a don Quixote a que
se estuuiesse en su casa quieto y sossegado,
sin que le alborotassen sus mal buscadas
auenturas, de cuyo consejo salio por voto comun
de todos y parecer particular de Carrasco, que
dexassen salir a don Quixote, pues el detenerle
parecia impossible, y que Sanson le saliesse
al camino como cauallero andante, y trabasse
batalla con el, pues no faltaria sobre qué, y le
venciesse, teniendolo por cosa facil, y que
fuesse pacto y concierto que el vencido
quedasse a merced del vencedor, y, assi, vencido
don Quixote, le auia de mandar el bachiller
cauallero se boluiesse a su pueblo y casa, y no
saliesse della en dos años, o hasta tanto que
por el le fuesse mandado otra cosa; lo qual era
claro que don Quixote, vencido, cumpliria
indubitablemente, por no contrauenir y faltar a las
leyes de la caualleria, y podria ser que en el
tiempo de su reclusion se le oluidassen sus
vanidades, o se diesse lugar de buscar a su
locura algun conueniente remedio.
  Aceptolo Carrasco, y ofreciosele por escudero
Tomé Cecial, compadre y vezino de Sancho
Pança, hombre alegre y de luzios cascos.
Armose Sanson como queda referido y Tomé
Cecial acomodó sobre sus naturales narizes las
falsas y de mascara ya dichas, porque no fuesse
conocido de su compadre quando se viessen,
y, assi, siguieron el mismo viage que lleuaua
don Quixote, y llegaron casi a hallarse en la
auentura del carro de la Muerte. Y, finalmente,
dieron con ellos en el bosque, donde les sucedio
todo lo que el prudente ha leydo, y si no
fuera por los pensamientos extraordinarios de
don Quixote, que se dio a entender que el
bachiller no era el bachiller, el señor bachiller
quedara impossibilitado para siempre de graduarse
de licenciado, por no auer hallado nidos
donde penso hallar paxaros.
  Tomé Cecial, que vio quán mal auia logrado
sus desseos y el mal paradero que auia tenido
su camino, dixo al bachiller:
  “Por cierto, señor Sanson Carrasco, que
tenemos nuestro merecido; con facilidad se piensa
y se acomete vna empresa, pero con dificultad
las mas vezes se sale della; don Quixote
loco, nosotros cuerdos, el se va sano y riendo,
vuessa merced queda molido y triste. Sepamos,
pues, aora, quál es mas loco, ¿el que lo es por
no poder menos, o el que lo es por su
voluntad?”
  A lo que respondio Sanson:
  “La diferencia que ay entre essos dos locos
es que el que lo es por fuerça lo sera siempre,
y el que lo es de grado, lo dexará de ser
quando quisiere.”
  “Pues assi es”, dixo Tomé Cecial, “yo fuy
por mi voluntad loco quando quise hazerme
escudero de vuessa merced, y por la
misma quiero dexar de serlo y voluerme a mi
casa.”
  “Esso os cumple”, respondio Sanson, “porque
pensar que yo he de boluer a la mia hasta
auer molido a palos a don Quixote es pensar
en lo escusado, y no me lleuará aora a buscarle
el desseo de que cobre su juyzio, sino el
de la vengança; que el dolor grande de mis
costillas no me dexa hazer mas piadosos
discursos.”
  En esto fueron razonando los dos, hasta
que llegaron a vn pueblo donde fue ventura
hallar vn algebrista con quien se curó el
Sanson desgraciado. Tomé Cecial se boluio y le
dexó, y el quedó imaginando su vengança, y
la historia buelue a hablar del a su
tiempo, por no dexar de regozijarse aora con don
Quixote.

                 Capitulo XVI

De lo que sucedio a don Quixote con vn discreto
            cauallero de la Mancha.

  Con la alegria, contento y vfanidad que se
ha dicho, seguia don Quixote su jornada,
imaginandose por la passada vitoria ser el
cauallero andante mas valiente que tenia en
aquella edad el mundo; daua por acabadas y a
felize fin conduzidas quantas auenturas
pudiessen sucederle de alli adelante; tenia en
poco a los encantos y a los encantadores, no
se acordaua de los inumerables palos que en
el discurso de sus cauallerias le auian dado, ni
de la pedrada que le derribó la mitad de los
dientes, ni del desagradecimiento de los
galeotes, ni del atreuimiento y lluuia de estacas
de los yangueses. Finalmente, dezia entre si,
que si el hallara arte, modo o manera cómo
desencantar a su señora Dulcinea, no inuidiara
a la mayor ventura que alcançó o pudo alcançar
el mas venturoso cauallero andante de los
passados siglos.
  En estas imaginaciones yua todo ocupado,
quando Sancho le dixo:
  “¿No es bueno, señor, que aun todauia
traygo entre los ojos las desaforadas narizes, y
mayores de marca, de mi compadre Tomé Cecial?”
  “Y ¿crees tu, Sancho, por ventura, que el
Cauallero de los Espejos era el bachiller Carrasco,
y su escudero Tomé Cecial, tu compadre?”
  “No se qué me diga a esso”, respondio
Sancho, “solo se que las señas que me dio de mi
casa, muger y hijos, no me las podria dar otro
que el mesmo, y la cara, quitadas las narizes,
era la misma de Tomé Cecial, como yo se la
he visto muchas vezes en mi pueblo y pared
en medio de mi misma casa, y el tono de la
habla era todo vno.”
  “Estemos a razon, Sancho”, replicó don
Quixote: “Ven acá, ¿en qué consideracion puede
caber que el bachiller Sanson Carrasco viniesse
como cauallero andante armado de armas ofensiuas
y defensiuas, a pelear conmigo? ¿He sido
yo su enemigo, por ventura? ¿Hele dado yo
jamas ocasion para tenerme ogeriza? ¿Soy yo
su ribal, o haze el profession de las armas para
tener inuidia a la fama que yo por ellas he
ganado?”
  “Pues ¿qué diremos, señor”, respondio Sancho,
“a esto de parecerse tanto aquel cauallero,
sea el que se fuere, al bachiller Carrasco, y
su escudero a Tomé Cecial, mi compadre? Y si
ello es encantamento como vuessa merced ha
dicho, ¿no auia en el mundo otros dos a quien
se parecieran?”
  “Todo es artificio y traça”, respondio don
Quixote, “de los malignos magos que me
persiguen, los quales, anteuiendo que yo auia de
quedar vencedor en la contienda, se preuinieron
de que el cauallero vencido mostrasse el
rostro de mi amigo el bachiller, porque la amistad
que le tengo se pusiesse entre los filos de
mi espada y el rigor de mi braço, y templasse la
justa ira de mi coraçon, y desta manera
quedasse con vida el que con embelecos y falsias
procuraua quitarme la mia. Para prueua
de lo qual ya sabes, ¡o Sancho!, por experiencia
que no te dexará mentir ni engañar, quán facil
sea a los encantadores mudar vnos rostros en
otros, haziendo de lo hermoso feo y de lo feo
hermoso, pues no ha dos dias que viste por
tus mismos ojos la hermosura y gallardia de
la sin par Dulcinea en toda su entereza y
natural conformidad, y yo la vi en la fealdad y
baxeza de vna zafia labradora, con cataratas
en los ojos y con mal olor en la boca; y mas,
que el peruerso encantador que se atreuio a
hazer vna transformacion tan mala, no es
mucho que aya hecho la de Sanson Carrasco y la
de tu compadre, por quitarme la gloria del
vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me
consuelo, porque, en fin, en qualquiera
figura que aya sido, he quedado vencedor de mi
enemigo.”
  “Dios sabe la verdad de todo”, respondio
Sancho.
  Y como el sabia que la transformacion de
Dulcinea auia sido traça y embeleco suyo, no
le satisfazian las quimeras de su amo; pero no
le quiso replicar, por no dezir alguna palabra
que descubriesse su embuste.
  En estas razones estauan, quando los alcançó
vn hombre que detras dellos por el mismo
camino venia sobre vna muy hermosa yegua
tordilla, vestido vn gauan de paño fino verde,
gironado de terciopelo leonado, con vna
montera del mismo terciopelo; el adereço de la
yegua era de campo, y de la gineta, assimismo
de morado y verde; traia vn alfange morisco
pendiente de vn ancho tahali de verde y
oro, y los borzeguies eran de la labor del
tahali; las espuelas no eran doradas, sino dadas
con vn barniz verde, tan tersas y bruñidas,
que, por hazer labor con todo el vestido,
parecian mejor que si fuera[n] de oro puro. Quando
llegó a ellos el caminante los saludó
cortesmente, y, picando a la yegua, se passaua de
largo; pero don Quixote le dixo:
  “Señor galan, si es que vuessa merced lleua
el camino que nosotros y no importa el darse
priesa, merced recibiria en que nos fuessemos
juntos.”
  “En verdad”, respondio el de la yegua, “que
no me passara tan de largo, si no fuera por
temor que con la compañia de mi yegua no se
alborotara esse cauallo.”
  “Bien puede, señor”, respondio a esta sazon
Sancho, “bien puede tener las riendas a su
yegua, porque nuestro cauallo es el mas
honesto y bien mirado del mundo; jamas en
semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y
vna vez que se desmandó (h)a hazerla, la
lastamos mi señor y yo con las setenas. Digo otra
vez, que puede vuessa merced detenerse, si
quisiere; que aunque se la den entre dos platos,
a buen seguro que el cauallo no la arrostre.”
  Detuuo la rienda el caminante, admirandose
de la apostura y rostro de don Quixote, el qual
yua sin celada, que la lleuaua Sancho como
maleta en el arzon delantero de la albarda del
ruzio, y si mucho miraua el de lo verde a don
Quixote, mucho mas miraua don Quixote al de
lo verde, pareciendole hombre de chapa; la edad
mostraua ser de cincuenta años, las canas pocas
y el rostro aguileño, la vista entre alegre y
graue; finalmente, en el trage y apostura daua
a entender ser hombre de buenas prendas.
  Lo que juzgó de don Quixote de la Mancha
el de lo verde fue que semejante manera ni
parecer de hombre no le auia visto jamas;
admirole la longura de su cauallo, la grandeza
de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su
rostro, sus armas, su ademan y compostura,
figura y retrato no visto por luengos tiempos
atras en aquella tierra. Notó bien don Quixote
la atencion con que el caminante le miraua, y
leyole en la suspenssion su desseo, y como era
tan cortés y tan amigo de dar gusto a todos,
antes que le preguntasse nada le salio al
camino, diziendole:
  “Esta figura que vuessa merced en mi ha
visto, por ser tan nueua y tan fuera de las que
comunmente se vsan, no me marauillaria yo
de que le huuiesse marauillado; pero dexará
vuessa merced de estarlo, quando le diga,
como le digo, que soy cauallero

      destos que dizen las gentes,
      que a sus auenturas van.

Sali de mi patria, empeñé mi hazienda, dexé mi
regalo y entregueme en los braços de la Fortuna
que me lleuassen donde mas fuesse seruida.
Quise resucitar la ya muerta andante caualleria,
y ha muchos dias que, tropeçando aqui, cayendo
alli, despeñandome aca y leuantandome aculla,
he cumplido gran parte de mi desseo, socorriendo
viudas, amparando donzellas y fauoreciendo
casadas, huerfanos y pupilos, propio y natural
oficio de caualleros andantes, y, assi, por mis
valerosas, muchas y christianas hazañas he
merecido andar ya en estampa en casi todas o las
mas naciones del mundo; treynta mil volumenes
se han impresso de mi historia, y lleua camino
de imprimirse treynta mil vezes de millares,
si el cielo no lo remedia. Finalmente, por
encerrarlo todo en breues palabras, o en vna sola,
digo que yo soy don Quixote de la Mancha, por
otro nombre llamado el Cauallero de la Triste
Figura, y puesto que las propias alabanças
enuilezen, esme forçoso dezir yo tal vez las mias,
y esto se entiende quando no se halla presente
quien las diga; assi que, señor gentilhombre, ni
este cauallo, [ni] esta lança, ni este escudo ni
escudero, ni todas juntas estas armas, ni la
amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza
os podra admirar de aqui adelante, auiendo ya
sabido quién soy y la profession que hago.”
  Calló en diziendo esto don Quixote, y el de
lo verde, segun se tardaua en responderle,
parecia que no acertaua a hazerlo; pero de alli a
buen espacio le dixo:
  “Acertastes, señor cauallero, a conocer por
mi suspension mi desseo; pero no aueys acertado
a quitarme la marauilla que en mi causa
el aueros visto; que puesto que como vos,
señor, dezys, que el saber ya quién soys me
la podria quitar, no ha sido assi, antes, agora
que lo se, quedo mas suspenso y marauillado.
¿Cómo y es possible que ay oy caualleros
andantes en el mundo, y que ay historias
impressas de verdaderas cauallerias? No me puedo
persuadir que aya oy en la tierra quien fauorezca
viudas, ampare donzellas, ni honre casadas,
ni socorra huerfanos, y no lo creyera si en
vuessa merced no lo huuiera visto con mis
ojos. Bendito sea el cielo, que con essa historia
que vuessa merced dize que está impressa de
sus altas y verdaderas cauallerias, se auran
puesto en oluido las innumerables de los fingidos
caualleros andantes, de que estaua lleno el mundo,
tan en daño de las buenas costumbres y tan en
perjuyzio y descredito de las buenas historias.”
  “Ay mucho que dezir”, respondio don
Quixote, “en razon de si son fingidas o no las
historias de los andantes caualleros.”
  “Pues ¿ay quien dude”, respondio el Verde,
“que no son falsas las tales historias?”
  “Yo lo dudo”, respondio don Quixote; “y
quedese esto aqui; que si nuestra jornada dura,
espero en Dios de dar a entender a vuessa
merced que ha hecho mal en yrse con la corriente
de los que tienen por cierto que no son
verdaderas.”
  Desta vltima razon de don Quixote tomó
barruntos el caminante de que don Quixote
deuia de ser algun mentecato, y aguardaua
que con otras lo confirmasse; pero antes que
se diuertiessen en otros razonamientos, don
Quixote le rogo le dixesse quién era, pues el
le auia dado parte de su condicion y de su
vida. A lo que respondio el del Verde Gauan:
  “Yo, señor Cauallero de la Triste Figura, soy
vn hidalgo, natural de vn lugar donde yremos
a comer oy, si Dios fuere seruido; soy mas que
medianamente rico, y es mi nombre don Diego
de Miranda; passo la vida con mi muger y con
mis hijos y con mis amigos; mis exercicios son
el de la caça y pesca, pero no mantengo ni
halcon, ni galgos, sino algun perdigon manso
o algun huron atreuido; tengo hasta seys
dozenas de libros, quáles de romance y quáles
de latin, de historia algunos y de deuocion
otros; los de cauallerias aun no han entrado
por los vmbrales de mis puertas; hogeo mas
los que son profanos que los deuotos, como
sean de honesto entretenimiento, que deleyten
con el lenguage y admiren y suspendan con
la inuencion, puesto que destos ay muy pocos
en España. Alguna vez como con mis vezinos
y amigos, y muchas vezes los combido; son
mis combites limpios y asseados y no nada
escassos; ni gusto de murmurar, ni consiento que
delante de mi se murmure; no escudriño las
vidas agenas, ni soy linze de los hechos de los
otros; oygo missa cada dia, reparto de mis
bienes con los pobres, sin hazer alarde de las
buenas obras por no dar entrada en mi coraçon
a la hipocresia y vanagloria, enemigos
que blandamente se apoderan del coraçon mas
recatado; procuro poner en paz los que se que
estan desauenidos. Soy deuoto de Nuestra
Señora y confio siempre en la misericordia
infinita de Dios Nuestro Señor.”
  Atentissimo estuuo Sancho a la relacion de
la vida y entretenimientos del hidalgo, y,
pareciendole buena y santa, y que quien la hazia
deuia de hazer milagros, se arrojó del ruzio y
con gran priesa le fue a assir del estriuo
derecho, y con deuoto coraçon y casi lagrimas le
besó los pies vna y muchas vezes. Visto lo
qual por el hidalgo, le preguntó:
  “¿Qué hazeys, hermano? ¿Qué besos son
estos?”
  “Dexenme besar”, respondio Sancho, “porque
me parece vuessa merced el primer santo
a la gineta que he visto en todos los dias de
mi vida.”
  “No soy santo”, respondio el hidalgo, “sino
gran pecador; vos si, hermano, que deueys
de ser bueno, como vuestra simplicidad lo
muestra.”
  Boluio Sancho a cobrar la albarda, auiendo
sacado a plaça la risa de la profunda
malencolia de su amo y causado nueua admiracion
a don Diego.
  Preguntole don Quixote que quántos hijos
tenia, y dixole que vna de las cosas en que
ponian el sumo bien los antiguos filosofos,
que carecieron del verdadero conocimiento de
Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los
de la fortuna, en tener muchos amigos y en
tener muchos y buenos hijos.
  “Yo, señor don Quixote”, respondio el hidalgo,
“tengo vn hijo que a no tenerle quiça me
juzgara por mas dichoso de lo que soy, y no
porque el sea malo, sino porque no es tan
bueno como yo quisiera; sera de edad de diez
y ocho años, los seis ha estado en Salamanca,
aprendiendo las lenguas latina y griega,
y quando quise que passasse a estudiar otras
ciencias, hallele tan embeuido en la de la
Poesia, si es que se puede llamar ciencia, que no
es possible hazerle arrostrar la de las Leyes,
que yo quisiera que estudiara, ni de la reyna
de todas, la Theologia; qu[i]siera yo que fuera
corona de su linage, pues viuimos en siglo
donde nuestros reyes premian altamente las
virtuosas y buenas letras, porque letras sin
virtud son perlas en el muladar. Todo el dia se le
passa en aueriguar si dixo bien o mal Homero
en tal verso de la Iliada, si Marcial anduuo
deshonesto o no en tal epigrama, si se han de
entender de vna manera o otra tales y tales
versos de Virgilio. En fin, todas sus
conuersaciones son con los libros de los referidos
poetas, y con los de Horacio, Persio, Iuuenal y
Tibulo; que de los modernos romancistas no
haze mucha cuenta, y con todo el mal cariño
que muestra tener a la poesia de romance, le
tiene agora desuanecidos los pensamientos el
hazer vna glossa a quatro versos que le han
embiado de Salamanca, y pienso que son de
justa literaria.”
  A todo lo qual respondio don Quixote:
  “Los hijos, señor, son pedaços de las entrañas
de sus padres, y, assi, se han de querer, o
buenos o malos que sean, como se quieren las
almas que nos dan vida; a los padres toca el
encaminarlos desde pequeños por los pasos
de la virtud, de la buena criança y de las
buenas y christianas costumbres, para que, quando
grandes, sean baculo de la vejez de sus padres
y gloria de su posteridad; y en lo de forçarles
que estudien esta o aquella ciencia no lo
tengo por acertado, aunque el persuadirles no
sera dañoso; y quando no se [h]a de estudiar
para pane lucrando, siendo tan venturoso el
estudiante, que le dio el cielo padres que se lo
dexen, seria yo de parecer que le dexen seguir
aquella ciencia a que mas le vieren inclinado,
y aunque la de la poesia es menos vtil que
deleytable, no es de aquellas que suelen
deshonrar a quien las possee.
  “La poesia, señor hidalgo, a mi parecer, es
como vna donzella tierna y de poca edad y en
todo estremo hermosa, a quien tienen cuydado
de enriquezer, pulir y adornar otras muchas
donzellas, que son todas las otras ciencias, y ella se
ha de seruir de todas, y todas se han de autorizar
con ella; pero esta tal donzella no quiere ser
manoseada, ni trayda por las calles, ni publicada
por las esquinas de las plaças ni por los
rincones de los palacios. Ella es hecha de vna
alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar
la boluera en oro purissimo de inestimable
precio; hala de tener, el que la tuuiere, a raya,
no dexandola correr en torpes satyras ni en
desalmados sonetos; no ha de ser vendible en
ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroycos,
en lamentables tragedias, o en comedias
alegres y artificiosas; no se ha de dexar
tratar de los truhanes ni del ignorante vulgo,
incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en
ella se encierran. Y no penseys, señor, que yo
llamo aqui vulgo solamente a la gente plebeya
y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque
sea señor y principe, puede y deue entrar
en numero de vulgo.
  “Y, assi, el que con los requisitos que he dicho
tratare y tuuiere a la poesia, sera famoso y
estimado su nombre en todas las naciones polticas
del mundo. Y a lo que dezys, señor, que vuestro
hijo no estima mucho la poesia de romance,
doyme a entender que no anda muy acertado
en ello, y la razon es esta: el grande Homero
no escriuio en latin porque era griego, ni
Virgilio no escriuio en griego porque era latino.
En resolucion, todos los poetas antiguos
escriuieron en la lengua que mamaron en la leche,
y no fueron a buscar las estrangeras para declarar
la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto
assi, razon seria se estendiesse esta costumbre
por todas las naciones, y que no se desestimasse
el poeta aleman porque escriue en su
lengua, ni el castellano, ni aun el vizcayno
que escriue en la suya.
  ”Pero vuestro hijo, a lo que yo, señor,
imagino, no deue de estar mal con la poesia de
romance, sino con los poetas que son meros
romancistas, sin saber otras lenguas ni otras
ciencias que adornen y despierten y ayuden a
su natural impulso, y aun en esto puede auer
yerro. Porque, segun es opinion verdadera, el
poeta nace...: quieren dezir que del vientre
de su madre el poeta natural sale poeta; y con
aquella inclinacion que le dio el cielo, sin mas
estudio ni artificio, compone cosas que haze
verdadero al que dixo: Est Deus in nobis, etc..
Tambien digo que el natural poeta que se ayudare
del arte sera mucho mejor y se auentajará
al poeta que solo por saber el arte quisiere
serlo; la razon es porque el arte no se auentaja
a la naturaleza, sino perficionala; assi que,
mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con
la naturaleza, sacarán vn perfetissimo poeta.
  ”Sea, pues, la conclusion de mi platica,
señor hidalgo, que vuessa merced dexe caminar
a su hijo por donde su estrella le llama; que,
siendo el tan buen estudiante como deue de
ser, y, auiendo ya subido felicemente el primer
escalon de las [ciencias], que es el de las
lenguas, con ellas por si mesmo subira a la
cumbre de las letras humanas, las quales tan
bien parecen en vn cauallero de capa y espada,
y assi le adornan, honran y engrandecen como
las mitras a los obispos, o como las garnachas
a los peritos jurisconsultos. Riña vuessa merced
a su hijo si hiziere satyras que perjudiquen
las honras agenas, y castiguele y rompaselas;
pero si hiziere sermones al modo de
Horacio, donde reprehenda los vicios en general,
como tan elegantemente el lo hizo, alabele,
porque licito es al poeta escriuir contra la
inuidia y dezir en sus versos mal de los
inuidiosos, y assi de los otros vicios, con que no
señale persona alguna; pero ay poetas que a trueco
de dezir vna malicia se pondran a peligro que
los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta
fuere casto en sus costumbres, lo sera tambien
en sus versos: la pluma es lengua del alma;
quales fueren los conceptos que en ella se
engendraren, tales seran sus escritos, y quando
los reyes y principes veen la milagrosa ciencia
de la poesia en sugetos prudentes, virtuosos y
graues, los honran, los estiman y los enriquezen,
y aun los coronan con las hojas del arbol
a quien no ofende el rayo, como en señal que
no han de ser ofendidos de nadie los que con
tales coronas veen honradas y adornadas
sus sienes.”
  Admirado quedó el del Verde Gauan del
razonamiento de don Quixote, y tanto, que fue
perdiendo de la opinion que con el tenia de ser
mentecato. Pero a la mitad desta platica, Sancho,
por no ser muy de su gusto, se auia desuiado
del camino a pedir vn poco de leche a vnos
pastores que alli junto estauan ordeñando
vnas ouejas, y en esto, ya boluia a renouar la
platica el hidalgo, satisfecho en estremo de la
discrecion y buen discurso de don Quixote,
quando, alçando don Quixote la cabeça, vio que
por el camino por donde ellos yuan venia vn
carro lleno de vanderas reales; y, creyendo que
deuia de ser alguna nueua auentura, a grandes
vozes llamó a Sancho que viniesse a darle la
celada, el qual Sancho, oyendose llamar, dexó
a los pastores, y a toda priesa picó al ruzio y
llegó donde su amo estaua, a quien sucedio
vna espantosa y desatinada auentura.

                 Capitulo XVII

De donde se declaró el vltimo punto y estremo
  adonde llegó y pudo llegar el inaudito animo
  de don Quixote con la felizemente acabada
  auentura de los leones.

  Cuenta la historia que quando don Quixote
daua vozes a Sancho que le truxesse el yelmo,
estaua el comprando vnos requesones que los
pastores le vendian, y acossado de la mucha
priesa de su amo, no supo que hazer dellos, ni
en qué traerlos, y por no perderlos, que ya los
tenia pagados, acordo de echarlos en la celada
de su señor, y con este buen recado boluio a
ver lo que le queria; el qual, en llegando, le
dixo:
  “Dame, amigo, essa celada; que yo se poco
de auenturas, o lo que alli descubro es alguna
que me ha de necessitar, y me necessita, a
tomar mis armas.”
  El del Verde Gauan, que esto oyo, tendio la
vista por todas partes, y no descubrio otra cosa
que vn carro que hazia ellos venia, con dos o
tres vanderas pequeñas, que le dieron a entender
que el tal carro deuia de traer moneda de
su magestad, y, assi, se lo dixo a don Quixote;
pero el no le dio credito, siempre creyendo y
pensando que todo lo que le sucediesse auian
de ser auenturas y mas auenturas, y, assi,
respondio al hidalgo:
  “Hombre apercebido, medio combatido; no se
pierde nada en que yo me aperciba; que se por
experiencia que tengo enemigos visibles e
inuisibles, y no se quándo, ni adónde, ni en qué
tiempo, ni en qué figuras me han de acometer.”
  Y, boluiendose a Sancho, le pidio la celada,
el qual, como no tuuo lugar de sacar los
requesones, le fue forçoso darsela como estaua.
Tomola don Quixote, y sin que echasse de ver lo
que dentro venia, con toda priesa se la encaxó
en la cabeça, y como los requesones se apretaron
y exprimieron, començo a correr el suero
por todo el rostro y barbas de don Quixote, de
lo que recibio tal susto, que dixo a Sancho:
  “¿Qué sera esto, Sancho, que parece que se
me ablandan los cascos o se me derriten los
sesos, o que sudo de los pies a la cabeça? Y si
es que sudo, en verdad que no es de miedo; sin
duda creo que es terrible la auentura que agora
quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me
limpie; que el copioso sudor me ciega los ojos.”
  Calló Sancho y diole vn paño, y dio, con el,
gracias a Dios de que su señor no huuiesse
caydo en el caso. Limpiose don Quixote y quitose
la celada, por ver qué cosa era la que, a su
parecer, le enfriaua la cabeça, y viendo aquellas
gachas blancas dentro de la celada, las llegó a
las narizes, y, en oliendolas, dixo:
  “¡Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso
que son requesones los que aqui me has puesto,
traydor, vergante y mal mirado escudero!”
  A lo que con gran flema y dissimul[a]cion
respondio Sancho:
  “Si son requesones, demelos vuessa merced,
que yo me los comere; pero comalos el diablo,
que deuio de ser el que ahi los puso. ¿Yo auia
de tener atreuimiento de ensuziar el yelmo de
vuessa merced? ¡Hallado le aueis el atreuido! A
la fe, señor, a lo que Dios me da a entender,
tambien deuo yo de tener encantadores que me
persiguen, como a hechura y miembro de vuessa
merced, y auran puesto ahi essa inmundicia
para mouer a colera su paciencia, y hazer que
me muela, como suele, las costillas. Pues en
verdad que esta vez han dado salto en vago;
que yo confio en el buen discurso de mi señor,
que aura considerado que ni yo tengo requesones,
ni leche, ni otra cosa que lo valga, y que
si la tuuiera, antes la pusiera en mi estomago
que en la celada.”
  “Todo puede ser”, dixo don Quixote.
  Y todo lo miraua el hidalgo, y de todo se
admiraua, especialmente quando, despues de
auerse limpiado don Quixote cabeça, rostro y
barbas y celada, se la encaxó, y afirmandose
bien en los estriuos, requiriendo la espada y
assiendo la lança, dixo:
  “Aora venga lo que viniere; que aqui estoy
con animo de tomarme con el mesmo Satanas
en persona.”
  Llegó, en esto, el carro de las vanderas, en el
qual no venia otra gente que el carretero en las
mulas, y vn hombre sentado en la delantera.
Pusose don Quixote delante, y dixo:
  “¿Adónde vays, hermanos? ¿Qué carro es
este, qué lleuays en el y qué vanderas son
aquestas?”
  A lo que respondio el carretero:
  “El carro es mio; lo que va en el son dos
brauos leones enxaulados, que el General de
Oran embia a la Corte, presentados a su magestad;
las vanderas son del rey nuestro señor, en
señal que aqui va cosa suya.”
  “Y ¿son grandes los leones?”, preguntó don
Quixote.
  “Tan grandes”, respondio el hombre que
yua a la puerta del carro, “que no han passado
mayores, ni tan grandes, de Africa a España
jamas, y yo soy el leonero y he passado otros,
pero como estos ninguno; son hembra y macho,
el macho va en esta xaula primera, y la
hembra en la de atras, y aora van hambrientos,
porque no han comido oy; y, assi, vuessa
merced se desuie; que es menester llegar presto
donde les demos de comer.”
  A lo que dixo don Quixote, sonriendose
vn poco:
  “¿Leoncitos a mi?, ¿a mi leoncitos, y a
tales horas? Pues por Dios que han de ver essos
señores que aca los embian, si soy yo hombre
que se espanta de leones. Apeaos, buen hombre,
y pues soys el leonero, abrid essas xaulas y
echadme essas bestias fuera; que en mitad desta
campaña les dare a conocer quién es don
Quixote de la Mancha, a despecho y pesar de los
encantadores que a mi los embian.”
  “Ta, ta”, dixo a esta sazon entre si el
hidalgo, “dado ha señal de quien es nuestro
buen cauallero; los requesones sin duda le
han ablandado los cascos y madurado los
sesos.”
  Llegóse, en esto, a el Sancho, y dixole:
  “Señor, por quien Dios es, que vuessa
merced haga de manera que mi señor don Quixote
no se tome con estos leones; que si se toma,
aqui nos han de hazer pedaços a todos.”
  “Pues ¿tan loco es vuestro amo”, respondio
el hidalgo, “que temeys y creeys que se ha de
tomar con tan fieros animales?”
  “No es loco”, respondio Sancho, “sino
atreuido.”
  “Yo hare que no lo sea”, replicó el hidalgo.
  Y, llegandose a don Quixote, que estaua
dando priesa al leonero que abriesse las xaulas,
le dixo:
  “Señor cauallero: los caualleros andantes
han de acometer las auenturas que prometen
esperança de salir bien dellas, y no aquellas
que de [todo] en todo la quitan; porque la valentia
que se entra en la juridicion de la temeridad,
mas tiene de locura que de fortaleza. Quanto
mas que estos leones no vienen contra vuessa
merced, ni lo sueñan; van presentados a su
magestad, y no sera bien detenerlos ni impedirles
su viage.”
  “Vayase vuessa merced, señor hidalgo”,
respondio don Quixote, “(h)a entender con su
perdigon manso y con su huron atreuido, y
dexe a cada vno hazer su oficio; este es el mio,
y yo se si vienen a mi o no estos señores
leones.”
  Y, boluiendose al leonero, le dixo:
  “¡Voto a tal, don vellaco, que si no abris luego
luego las xaulas, que con esta lança os he de
coser con el carro!”
  El carretero, que vio la determinacion de
aquella armada fantasma, le dixo:
  “Señor mio, vuessa merced sea seruido, por
caridad, dexarme desunzir las mulas y ponerme
en saluo con ellas, antes que se desenuaynen
los leones, porque si me las matan, quedaré
rematado para toda mi vida; que no tengo otra
hazienda sino este carro y estas mulas.”
  “¡O hombre de poca fe!”, respondio don Quixote;
“apeate y desunze y haz lo que quisieres,
que presto veras que trabajaste en vano, y que
pudieras ahorrar desta diligencia.”
  Apeose el carretero y desunzio a gran priesa,
y el leonero dixo a grandes vozes:
  “Seanme testigos quantos aqui estan, como
contra mi voluntad y forçado abro las xaulas y
suelto los leones, y de que protesto a este
señor que todo el mal y daño que estas bestias
hizieren corra y vaya por su cuenta, con mas
mis salarios y derechos; vuestras mercedes,
señores, se pongan en cobro antes que abra; que
yo seguro estoy que no me han de hazer
daño.”
  Otra vez le persuadio el hidalgo que no
hiziesse locura semejante, que era tentar a
Dios acometer tal disparate. A lo que respondio
don Quixote, que el sabia lo que hazia.
Respondiole el hidalgo que lo mirasse bien,
que el entendia que se engañaua.
  “Aora, señor”, replicó don Quixote, “si
vuessa merced no quiere ser oyente desta que
a su parecer ha de ser tragedia, pique la
tordilla y pongase en saluo.”
  Oydo lo qual por Sancho, con lagrimas en
los ojos le suplicó desistiesse de tal empresa,
en cuya comparacion auian sido tortas y pan
pintado la de los molinos de viento y la
temerosa de los batanes y, finalmente, todas las
hazañas que auia acometido en todo el discurso
de su vida.
  “Mire, señor”, dezia Sancho, “que aqui no
ay encanto ni cosa que lo valga; que yo he
visto por entre las verjas y resquizios de la
xaula vna vña de leon verdadero, y saco por
ella que el tal leon, cuya deue de ser la
tal vña, es mayor que vna montaña.”
  “El miedo, a lo menos”, respondio don
Quixote, “te le hara parecer mayor que la mitad
del mundo. Retirate, Sancho, y dexame, y si
aqui muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto:
acudiras a Dulcinea, y no te digo mas.”
  A estas añadio otras razones con que quitó
las esperanças de que no auia de dexar de
proseguir su desuariado intento. Quisiera el
del Verde Gauan oponersele, pero viose desigual
en las armas, y no le parecio cordura tomarse
con vn loco, que ya se lo auia parecido
de todo punto don Quixote, el qual, boluiendo
a dar priesa al leonero y a reyterar las amenazas,
dio ocasion al hidalgo a que picase la
yegua y Sancho al ruzio y el carretero a sus
mulas, procurando todos apartarse del carro lo
mas que pudiessen, antes que los leones se
desembanastassen.
  Lloraua Sancho la muerte de su señor, que
aquella vez sin duda creya que llegaua en las
garras de los leones, maldezia su ventura y
llamaua menguada la hora en que le vino al
pensamiento boluer a seruirle; pero no por
llorar y lamentarse dexaua de aporrear al ruzio
para que se alexasse del carro. Viendo, pues,
el leonero que ya los que yuan huyendo estauan
bien desuiados, tornó a requerir y (h)a
intimar a don Quixote lo que ya le auia requerido
e intimado, el qual respondio que lo oia
y que no se curasse de mas intimaciones y
requirimientos; que todo seria de poco fruto, y
que se diesse priessa. En el espacio que tardó
el leonero en abrir la xaula primera, estuuo
considerando don Quixote si seria bien hazer
la batalla antes a pie que a cauallo. Y, en fin, se
determinó de hazerla a pie, temiendo que Rozinante
se espantaria con la vista de los leones;
por esto saltó del cauallo, arrojó la lança y
embraçó el escudo, y, desenuaynando la espada,
paso ante paso, con marauilloso denuedo y
coraçon valiente, se fue a poner delante del
carro, encomendandose a Dios de todo coraçon,
y luego a su señora Dulcinea.
  Y es de saber que, llegando a este paso
el autor de esta verdadera historia, exclama
y dize:
  “¡O fuerte y sobre todo encarecimiento
animoso don Quixote de la Mancha, espejo donde
se pueden mirar todos los valientes del mundo,
segundo y nueuo don Manuel de Leon, que
fue gloria y honra de los españoles caualleros!
¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa
hazaña, o con qué razones la hare creyble a
los siglos venideros, o qué alabanças aura
que no te conuengan y quadren, aunque sean
hiperboles sobre todos los hiperboles? Tu a
pie, tu solo, tu intrepido, tu magnanimo, con
sola vna espada, y no de las del perrillo
cortadoras, con vn escudo no de muy luziente y
limpio azero, estás aguardando y atendiendo
los dos mas fieros leones que jamas criaron las
africanas seluas. Tus mismos hechos sean los
que te alaben, valeroso manchego; que yo los
dexo aqui en su punto, por faltarme palabras
con que encarecerlos.”
  Aqui cessó la referida exclamacion del autor
y passó adelante, anudando el hilo de la
historia, diziendo:
  Que visto el leonero ya puesto en postura
a don Quixote, y que no podia dexar de soltar
al leon macho, so pena de caer en la desgracia
del indignado y atreuido cauallero, abrio de
par en par la primera xaula donde estaua,
como se ha dicho, el leon, el qual parecio de
grandeza extraordinaria y de espantable y fea
catadura. Lo primero que hizo fue reboluerse
en la xaula, donde venia echado, y tender la
garra y despereçarse todo; abrio luego la boca
y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos
de lengua que sacó fuera se despoluoreó los
ojos y se lauo el rostro; hecho esto, sacó la
cabeça fuera de la xaula y miró a todas partes
con los ojos hechos brasas, vista y ademan
para poner espanto a la misma temeridad. Solo
don Quixote lo miraua atentamente, desseando
que saltasse ya del carro, y viniesse con el a
las manos, entre las quales pensaua hazerle
pedaços.
  Hasta aqui llegó el extremo de su jamas
vista locura. Pero el generoso leon, mas
comedido que arrogante, no haziendo caso de
niñerias ni de brauatas, despues de auer mirado a
vna y otra parte, como se ha dicho, boluio las
espaldas y enseñó sus traseras partes a don
Quixote, y con gran flema y remanso se boluio
a echar en la xaula. Viendo lo qual, don
Quixote mandó al leonero que le diesse de palos
y le irritasse para echarle fuera.
  “Esso no hare yo”, respondio el leonero,
“porque si yo le instigo, el primero a quien hara
pedaços sera a mi mismo. Vuessa merced, señor
cauallero, se contente con lo hecho, que es
todo lo que puede dezirse en genero de valentia,
y no quiera tentar segunda fortuna. El leon
tiene abierta la puerta, en su mano está salir
o no salir, pero pues no ha salido hasta aora,
no saldra en todo el dia. La grandeza del
coraçon de vuessa merced ya está bien declarada;
ningun brauo peleante, segun a mi se me
alcança, está obligado a mas que a desafiar a
su enemigo y esperarle en campaña, y si el
contrario no acude, en el se queda la infamia, y
el esperante gana la corona del vencimiento.”
  “Assi es verdad”, respondio don Quixote;
“cierra, amigo, la puerta, y dame por
testimonio en la mejor forma que pudieres lo que
aqui me has visto hazer. Conuiene a saber:
como tu abriste al leon, yo le esperé, el no
salio, boluile a esperar, boluio a no salir y
boluiose acostar. No deuo mas, y encantos
afuera; y Dios ayude a la razon, y a la verdad,
y a la verdadera caualleria; y cierra, como he
dicho, en tanto que hago señas a los huydos
y ausentes, para que sepan de tu boca esta
hazaña.”
  Hizolo assi el leonero, y don Quixote,
poniendo en la punta de la lança el lienço con
que se auia limpiado el rostro de la lluuia de
los requesones, començo a llamar a los que
no dexauan de huyr ni de boluer la cabeça a
cada paso, todos en tropa y antecogidos del
hidalgo; pero alcançando Sancho a ver la
señal del blanco paño, dixo:
  “Que me maten si mi señor no ha vencido
a las fieras bestias, pues nos llama.”
  Detuuieronse todos y con[o]cieron que el que
hazia las señas era don Quixote, y, perdiendo
alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron
acercando hasta donde claramente oyeron
las vozes de don Quixote, que los llamaua.
Finalmente, boluieron al carro, y, en llegando,
dixo don Quixote al carretero:
  “Bolued, hermano, a vnzir vuestras mulas y
a proseguir vuestro viage, y tu, Sancho, dale
dos escudos de oro para el y para el leonero,
en recompensa de lo que por mi se han
detenido.”
  “Essos dare yo de muy buena gana”,
respondio Sancho; “pero ¿qué se han hecho los
leones? ¿Son muertos, o viuos?”
  Entonces el leonero, menudamente y por sus
pausas, conto el fin de la contienda, exagerando
como el mejor pudo y supo el valor de don
Quixote, de cuya vista el leon, acobardado,
no quiso ni osó salir de la xaula, puesto que
auia tenido vn buen espacio abierta la puerta
de la xaula; y que por auer el dicho a aquel
cauallero que era tentar a Dios irritar al leon
para que por fuerça saliesse, como el queria
que se irritasse, mal de su grado, y contra toda
su voluntad, auia permitido que la puerta se
cerrasse.
  “¿Qué te parece desto, Sancho?”, dixo don
Quixote. “¿Ay encantos que valgan contra la
verdadera valentia? Bien podran los encantadores
quitarme la ventura, pero el esfuerzo y
el animo, sera impossible.”
  Dio los escudos Sancho, vnzio el carretero,
besó las manos el leonero a don Quixote por
la merced recebida, y prometiole de contar
aquella valerosa hazaña al mismo rey quando
en la corte se viesse.
  “Pues si acaso su magestad preguntare
quién la hizo, direisle que el Cauallero de los
Leones, que de aqui adelante quiero que en
este se trueque, cambie, buelua y mude el
que hasta aqui he tenido del Cauallero de la
Triste Figura, y en esto sigo la antigua vsança
de los andantes caualleros, que se mudauan
los nombres quando querian, o quando les
venia a cuento.”
  Siguio su camino el carro, y don Quixote,
Sancho y el del Verde Gauan prosiguieron el
suyo. En todo este tiempo no auia hablado
palabra don Diego de Miranda, todo atento a
mirar y a notar los hechos y palabras de don
Quixote, pareciendole que era vn cuerdo loco
y vn loco que tiraua a cuerdo. No auia aun
llegado a su noticia la primera parte de su
historia; que si la huuiera leydo, cessara la
admiracion en que lo ponian sus hechos y sus
palabras, pues ya supiera el genero de su locura;
pero como no la sabia, ya le tenia por cuerdo
y ya por loco, porque lo que hablaua era
concertado, elegante y bien dicho, y lo que hazia,
disparatado, temerario y tonto, y dezia entre
si, «¿Qué mas locura puede ser que ponerse la
»celada llena de requesones y darse a entender
»que le ablandaua[n] los cascos los enca[n]tadores,
»y qué mayor temeridad y disparate que
»querer pelear por fuerza con leones?»
  Destas imaginaciones y deste soliloquio le
sacó don Quixote, diziendole:
  “¿Quién duda, señor don Diego de Miranda,
que vuessa merced no me tenga en su opinion
por vn hombre disparatado y loco? Y no seria
mucho que assi fuesse, porque mis obras no
pueden dar testimonio de otra cosa; pues, con
todo esto, quiero que vuessa merced aduierta
que no soy tan loco ni tan menguado como
deuo de auerle parecido. Bien parece vn
gallardo cauallero a los ojos de su rey, en la
mitad de vna gran plaça, dar vna lançada con
felize sucesso a vn brauo toro. Bien parece vn
cauallero armado de resplandecientes armas
passar la tela en alegres justas delante de las
damas, y bien parecen todos aquellos caualleros
que en exercicios militares, o que lo parezcan,
entretienen y alegran y, si se puede dezir,
honran las cortes de sus principes; pero sobre
todos estos parece mejor vn cauallero andante,
que por los desiertos, por las soledades, por
las encrucijadas, por las seluas y por los
montes anda buscando peligrosas auenturas, con
intencion de darles dichosa y bien afortunada
cima, solo por alcançar gloriosa fama y duradera.
Mejor parece, digo, vn cauallero andante
socorriendo a vna viuda en algun despoblado
que vn cortesano cauallero requebrando a vna
donzella en las ciudades. Todos los caualleros
tienen sus particulares exercicios: sirua a las
damas el cortesano, autorize la corte de su rey
con libreas, sustente los caualleros pobres con
el esplendido plato de su mesa, concierte
justas, mantenga torneos y muestrese grande,
liberal y magnifico y buen christiano sobre
todo, y desta manera cumplira con sus
precisas obligaciones.
  ”Pero el andante cauallero busque los rincones
del mundo, entrese en los mas intricados
laberintos, acometa a cada paso lo impossible,
resista en los paramos despoblados los ardientes
rayos del sol en la mitad del verano, y en
el inuierno la dura inclemencia de los vientos
y de los yelos; no le asombren leones, ni le
espanten vestiglos, ni atemorizen endriagos; que
buscar estos, acometer aquellos y vencerlos a
todos son sus principales y verdaderos
exercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser
vno del numero de la andante caualleria, no
puedo dexar de acometer todo aquello que a
mi me pareciere que cae debaxo de la juridicion
de mis exercicios, y assi, el acometer los
leones que aora acometi derechamente me
tocaua, puesto que conoci ser temeridad
esoruitante, porque bien se lo que es valentia, que
es vna virtud que está puesta entre dos estremos
viciosos, como son la couardia y la temeridad;
pero menos mal sera que el que es valiente
toque y suba al punto de temerario, que no
que baxe y toque en el punto de couarde; que
assi como es mas facil venir el prodigo a ser
liberal que al auaro, assi es mas facil dar el
temerario en verdadero valiente que no el
couarde subir a la verdadera valentia; y en esto
de acometer auenturas, creame vuessa merced,
señor don Diego, que antes se [h]a de perder
por carta de mas que de menos, porque mejor
suena en las orejas de los que lo oyen, «el tal
»cauallero es temerario y atreuido», que no
«el tal cauallero es timido y couarde».”
  “Digo, señor don Quixote”, respondio don
Diego, “que todo lo que vuessa merced ha
dicho y hecho va niuelado con el fiel de la
misma razon, y que entiendo que si las
ordenanças y leyes de la caualleria andante se
perdiessen, se hallarian en el pecho de vuessa
merced como en su mismo deposito y archiuo;
y demonos priesa, que se haze tarde, y
lleguemos a mi aldea y casa, donde descansará
vuessa merced del passado trabajo, que si no ha
sido del cuerpo, ha sido del espiritu, que suele
tal vez redundar en cansancio del cuerpo.”
  “Tengo el ofrecimiento a gran fauor y merced,
señor don Diego”, respondio don Quixote.
  Y, picando mas de lo que hasta entonces,
serian como las dos de la tarde quando
llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a
quien don Quixote llamaua el Cauallero del
Verde Gauan.

                Capitulo XVIII

De lo que sucedio a don Quixote en el castillo
  o casa del Cauallero del Verde Gauan, con
  otras cosas extrauagantes.

  Halló don Quixote ser la casa de don Diego
de Miranda ancha como de aldea; las armas,
empero, aunque de piedra tosca, encima de la
puerta de la calle, la bodega en el patio, la
cueua en el portal, y muchas tinajas a la redonda,
que, por ser del Toboso, le renouaron las
memorias de su encantada y transformada
Dulcinea; y, sospirando y sin mirar lo que dezia,
ni delante de quien estaua, dixo:

     “¡O dulces prendas, por mi mal halladas;
   dulces y alegres quando Dios queria!

  ”¡O tobosescas tinajas, que me aueys traydo
a la memoria la dulce prenda de mi mayor
amargura!”
  Oyole dezir esto el estudiante poeta, hijo de
don Diego, que con su madre auia salido a
recebirle, y madre y hijo quedaron suspensos de
ver la extraña figura de don Quixote, el qual,
apeandose de Rozinante, fue con mucha cortesia
a pedirle las manos para besarselas, y don
Diego dixo:
  “Recebid, señora, con vuestro solito agrado
al señor don Quixote de la Mancha, que
es el que teneis delante, andante cauallero, y
el mas valiente y el mas discreto que tiene el
mundo.”
  La señora, que doña Cristina se llamaua, le
recibio con muestras de mucho amor y de mucha
cortesia, y don Quixote se le ofrecio con
assaz de discretas y comedidas razones; casi
los mismos comedimientos passó con el estudiante,
que, en oyendole hablar don Quixote, le
tuuo por discreto y agudo.
  Aqui pinta el autor todas las circunstancias
de la casa de don Diego, pintandonos en ellas
lo que contiene vna casa de vn cauallero labrador
y rico; pero al traductor desta historia le
parecio passar estas y otras semejantes
menudencias en silencio, porque no venian bien con
el proposito principal de la historia, la qual
mas tiene su fuerça en la verdad que en las
frias digressiones.
  Entraron a don Quixote en vna sala, desarmole
Sancho, quedó en valones y en jubon de
camuça, todo visunto con la mugre de las armas;
el cuello era valona a lo estudiantil, sin
almidon y sin randas; los borzeguies eran
datilados, y encerados los çapatos; ciñose su buena
espada, que pendia de vn tahali de lobos
marinos, que es opinion que muchos años fue
enfermo de los riñones; cubriose vn herreruelo
de buen paño pardo; pero antes de todo con
cinco calderos o seys de agua, que en la
cantidad de los calderos ay alguna diferencia, se
lauó la cabeça y rostro, y todauia se quedó el
agua de color de suero, merced a la golosina
de Sancho y a la compra de sus negros
requesones, que tan blanco pusieron a su amo.
  Con los referidos atauios y con gentil donayre
y gallardia salio don Quixote a otra sala,
donde el estudiante le estaua esperando para
entretenerle en tanto que las mesas se ponian;
que por la venida de tan noble huesped queria
la señora doña Cristina mostrar que sabia y
podia regalar a los que a su casa llegassen.
  En tanto que don Quixote se estuuo
desarmando, tuuo lugar don Lorenço, que assi se
llamaua el hijo de don Diego, de dezir a su
padre:
  “¿Quién diremos, señor, que es este cauallero
que vuessa merced nos ha traydo a casa? Que
el nombre, la figura y el dezir que es
cauallero andante, a mi y a mi madre nos tiene
suspensos.”
  “No se lo que te diga, hijo”, respondio don
Diego; “solo te sabre dezir, que le he visto
hazer cosas del mayor loco del mundo, y dezir
razones tan discretas que borran y deshazen
sus hechos; hablale tu y toma el pulso a lo que
sabe, y, pues eres discreto, juzga de su
discrecion o tonteria lo que mas puesto en razon
estuuiere; aunque, para dezir verdad, antes le
tengo por loco que por cuerdo.”
  Con esto se fue don Lorenço a entretener a
don Quixote, como queda dicho, y entre otras
platicas que los dos passaron, dixo don
Quixote a don Lorenço:
  “El señor don Diego de Miranda, padre de
vuessa merced, me ha dado noticia de la rara
habilidad y sutil ingenio que vuessa merced
tiene, y, sobre todo, que es vuessa merced vn
gran poeta.”
  “Poeta bien podra ser”, respondio don Lorenço,
“pero grande, ni por pensamiento; verdad
es que yo soy algun tanto aficionado a la
poesia y a leer los buenos poetas; pero no de
manera que se me pueda dar el nombre de
grande que mi padre dize.”
  “No me parece mal essa humildad”, respondio
don Quixote, “porque no ay poeta que no
sea arrogante y piense de si que es el mayor
poeta del mundo.”
  “No ay regla sin excepcion”, respondio don
Lorenço, “y alguno aura que lo sea y no lo
piense.”
  “Pocos”, respondio don Quixote; “pero
digame vuessa merced, ¿qué versos son los que
agora trae entre manos, que me ha dicho el
señor su padre que le traen algo inquieto y
pensatiuo? Y si es alguna glossa, a mi se me
entiende algo de achaque de glossas, y holgaria
saberlos; y si es que son de justa literaria,
procure vuessa merced lleuar el segundo premio,
que el primero siempre se lleua el fauor
o la gran calidad de la persona, el segundo se
le lleua la mera justicia, y el tercero viene a ser
segundo, y el primero, a esta cuenta, sera el
tercero, al modo de las licencias que se dan
en las vniuersidades; pero con todo esto,
gran personage es el nombre de primero.”
  “Hasta aora”, dixo entre si don Lorenço, “no
os podre yo juzgar por loco; vamos adelante.”
  Y dixole:
  “Pareceme que vuessa merced ha cursado
las escuelas: ¿qué ciencias ha oydo?”
  “La de la caualleria andante”, respondio
don Quixote, “que es tan buena como la de la
poesia, y aun dos deditos mas.”
  “No se que ciencia sea essa”, replicó don
Lorenço, “y hasta aora no ha llegado a mi
noticia.”
  “Es vna ciencia”, replicó don Quixote, “que
encierra en si todas o las mas ciencias del
mundo, a causa que el que la professa ha de
ser jurisperito y saber las leyes de la justicia
distributiua y comutatiua, para dar a cada vno
lo que es suyo y lo que le conuiene; ha de ser
theologo, para saber dar razon de la christiana
ley que professa, clara y distintamente,
adondequiera que le fuere pedido; ha de ser medico,
y principalmente heruolario, para conocer en
mitad de los despoblados y desiertos las yeruas
que tienen virtud de sanar las heridas, que
no ha de andar el cauallero andante a cada
triquete buscando quien se las cure; ha de ser
astrologo, para conocer por las estrellas
quantas horas son passadas de la noche y en qué
parte y en qué clima del mundo se halla; ha de
saber las matematicas, porque a cada paso se
le ofrecera tener necessidad dellas, y, dexando
aparte que ha de estar adornado de todas las
virtudes theologales y cardinales, decendiendo
a otras menudencias, digo que ha de saber
nadar como dizen que nadaua el pexe Nicolas
o Nicolao; ha de saber herrar vn cauallo y
aderezar la silla y el freno, y, boluiendo a lo de
arriba, ha de guardar la fe a Dios y a su dama;
ha de ser casto en los pensamientos, honesto
en las palabras, liberal en las obras, valiente
en los hechos, sufrido en los trabajos, caritatiuo
con los menesterosos y, finalmente, mantenedor
de la verdad, aunque le cueste la vida el
defenderla. De todas estas grandes y minimas
partes se compone vn buen cauallero andante,
porque vea vuessa merced, señor don Lorenço,
si es ciencia mocosa lo que aprende el cauallero
que la estudia y la professa, y si se puede
ygualar a las mas estiradas que en los ginasios
y escuelas se enseñan.”
  “Si esso es assi”, replicó don Lorenço, “yo
digo que se auentaja essa ciencia a todas.”
  “¿Cómo si es assi?”, respondio don Quixote.
  “Lo que yo quiero dezir”, dixo don Lorenço,
“es que dudo que aya auido, ni que los ay
aora, caualleros andantes y adornados de
virtudes tantas.”
  “Muchas vezes he dicho lo que bueluo a
dezir aora”, respondio don Quixote: “que la
mayor parte de la gente del mundo está de
parecer de que no ha auido en el caualleros
andantes, y por parecerme a mi que si el cielo
milagrosamente no les da a entender la verdad
de que los huuo y de que los ay, qualquier
trabajo que se tome ha de ser en vano, como
muchas vezes me lo ha mostrado la experiencia,
no quiero detenerme agora en sacar a
vuessa merced del error, que con los muchos
tiene; lo que pienso hazer es el rogar al
cielo le saque del, y le de a entender quán
prouechosos y quán necessarios fueron al
mundo los caualleros andantes en los passados
siglos, y quán vtiles fueran en el presente, si
se vsaran; pero triunfan aora, por pecados de
las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el
regalo.”
  “Escapado se nos ha nuestro huesped”, dixo
a esta sazon entre si don Lorenço; “pero con
todo esso, el es loco vizarro, y yo seria
mentecato floxo si assi no lo creyesse.”
  Aqui dieron fin a su platica, porque los
llamaron a comer. Preguntó don Diego a su hijo
qué auia sacado en limpio del ingenio del
huesped, a lo que el respondio:
  “No le sacarán del borrador de su locura
quantos medicos y buenos escriuanos tiene el
mundo; el es vn entreuerado loco, lleno de
luzidos interualos.”
  Fueronse a comer, y la comida fue tal como
don Diego auia dicho en el camino que la
solia dar a sus combidados: limpia, abundante
y sabrosa; pero de lo que mas se contentó don
Quixote fue del marauilloso silencio que en
toda la casa auia, que semejaua vn monasterio
de cartuxos. Leuantados, pues, los ma[n]teles
y dadas gracias a Dios, y agua a las manos,
don Quixote pidio ahincadamente a don Lorenço,
dixesse los versos de la justa literaria.
A lo que el respondio, que por no parecer de
aquellos poetas que quando les ruegan digan
sus versos los niegan, y quando no se los
piden los vomitan, “yo dire mi glossa, de la
qual no espero premio alguno; que solo por
exercitar el ingenio la he hecho.”
  “Vn amigo y discreto”, respondio don Quixote,
“era de parecer que no se auia de cansar
nadie en glossar versos, y la razon, dezia el,
era que jamas la glossa podia llegar al texto,
y que muchas o las mas vezes yua la glossa
fuera de la intencion y proposito de lo que
pedia lo que se glossaua, y mas que las leyes
de la glossa eran demasiadamente estrechas:
que no sufrian interrogantes, ni dixo, ni dire,
ni hazer nombres de verbos, ni mudar el sentido,
con otras ataduras y estrechezas con que
van atados los que glossan, como vuessa
merced deue de saber.”
  “Verdaderamente, señor don Quixote”, dixo
don Lorenço, “que desseo coger a vuessa
merced en vn mal latin continuado, y no puedo,
porque se me desliza de entre las manos como
anguila.”
  “No entiendo”, respondio don Quixote, “lo
que vuessa merced dize ni quiere dezir en
esso del deslizarme.”
  “Yo me dare a entender”, respondio don
Lorenço, “y por aora esté vuessa merced atento
a los versos glossados y a la glossa, que
dizen desta manera:

         ¡Si mi fue tornasse a es,
       sin esperar mas sera,
       o viniesse el tiempo ya
       de lo que sera despues!

                GLOSSA

         Al fin, como todo passa,
       se passó el bien que me dio
       fortuna, vn tiempo no escassa,
       y nunca me le boluio,
       ni abundante ni por tassa.
       Siglos ha ya que me vees,
       fortuna, puesto a tus pies;
       buelueme a ser venturoso;
       que sera mi ser dichoso
       si mi fue tornasse a es.
         No quiero otro gusto o gloria,
       otra palma o vencimiento,
       otro triunfo, otra vitoria,
       sino boluer al contento
       que es pessar en mi memoria.
       Si tu me buelues allá,
       fortuna, templado está
       todo el rigor de mi fuego,
       y mas si este bien es luego,
       sin esperar mas sera.
         Cosas impossibles pido,
       pues boluer el tiempo a ser
       despues que vna vez ha sido,
       no ay en la tierra poder
       que a tanto se aya estendido.
       Corre el tiempo, buela y va
       ligero y no boluera,
       y herraria el que pidiesse
       o que el tiempo ya se fuesse,
       o boluiesse el tiempo ya.
         Viuo en perplexa vida,
       ya esperando, ya temiendo,
       es muerte muy conocida,
       y es mucho mejor muriendo
       buscar al dolor salida.
       A mi me fuera interes
       acabar, mas no lo es,
       pues, con discurso mejor,
       me da la vida el temor
       de lo que sera despues.”

  En acabando de dezir su glossa don Lorenço,
se leuantó en pie don Quixote, y en voz
leuantada que parecia grito, assiendo con su mano
la derecha de don Lorenço, dixo:
  “Viuen los cielos donde mas altos estan,
mancebo generoso, que soys el mejor poeta
del orbe, y que mereceys estar laureado, no
por Chipre, ni por Gaeta, como dixo vn poeta
que Dios perdone, sino por las Academias
de Atenas, si oy viuieran, y por las que oy viuen
de Paris, Bolonia y Salamanca; plega al cielo
que los juezes que os quitaren el premio
primero, Febo los assaetee y las Musas jamas
atrauiessen los vmbrales de sus casas.
Dezidme, señor, si soys seruido, algunos versos
mayores; que quiero tomar de todo en todo el
pulso a vuestro admirable ingenio.”
  ¿No es bueno que dizen que se holgo don
Lorenço de verse alabar de don Quixote, aunque
le tenia por loco? ¡O fuerça de la adulacion,
a quánto te estiendes y quán dilatados limites
son los de tu juridicion agradable! Esta verdad
acreditó don Lorenço, pues concedio con la
demanda y desseo de don Quixote, diziendole
este soneto a la fabula o historia de Piramo y
Tisbe:

                 “SONETO

     El muro rompe la donzella hermosa,
   que de Piramo abrio el gallardo pecho;
   parte el Amor de Chipre y va derecho
   a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.
     Habla el silencio alli, porque no osa
   la voz entrar por tan estrecho estrecho;
   las almas si, que amor suele de hecho
   facilitar la mas dificil cosa.
     Salio el desseo de compas, y el paso
   de la imprudente virgen solicita
   por su gusto su muerte. Ved que historia:
     que a entrambos en vn punto ¡o estraño caso!
   los mata, los encubre y resucita
   vna espada, vn sepulcro, vna memoria.”

  “¡Bendito sea Dios!”, dixo don Quixote,
auiendo oydo el soneto a don Lorenço, “que
entre los infinitos poetas consumidos que ay,
he visto vn consumado poeta, como lo es
vuessa merced, señor mio; que assi me lo da a
entender el artificio deste soneto.”
  Quatro dias estuuo don Quixote regaladissimo
en la casa de don Diego, al cabo de los
quales le pidio licencia para yrse, diziendole
que le agradecia la merced y buen tratamiento
que en su casa auia recebido, pero que por no
parecer bien que los caualleros andantes se
den muchas horas a[l] ocio y al regalo se queria
yr a cumplir con su oficio, buscando las auenturas,
de quien tenia noticia que aquella tierra
abundaua, donde esperaua entretener el tiempo
hasta que llegasse el dia de las justas de
Zaragoça, que era el de su derecha derrota, y
que primero auia de entrar en la cueua de
Montesinos, de quien tantas y tan admirables
cosas en aquellos contornos se contauan,
sabiendo e inquiriendo assimismo el nacimiento
y verdaderos manantiales de las siete lagunas
llamadas comunmente de Ruydera.
  Don Diego y su hijo le alabaron su honrosa
determinacion, y le dixeron que tomasse de su
casa y de su hazienda todo lo que en grado le
viniesse; que le seruirian con la voluntad
possible, que a ello les obligaua el valor de su
persona y la honrosa profession suya. Llegose,
en fin, el dia de su partida, tan alegre para don
Quixote como triste y aziago para Sancho Pança,
que se hallaua muy bien con la abundancia
de la casa de don Diego, y rehusaua de boluer
a la hambre que se vsa en las florestas [y]
despoblados, y a la estrecheza de sus mal proueydas
alforjas; con todo esto, las llenó y colmó de
lo mas necessario que le parecio. Y al
despedirse, dixo don Quixote a don Lorenço:
  “No se si he dicho a vuessa merced otra vez,
y si lo he dicho, lo bueluo a dezir, que quando
vuessa merced quisiere ahorrar caminos y
trabajos para llegar a la inacessible cumbre del
templo de la fama, no tiene que hazer otra
cosa sino dexar a vna parte la senda de la
poesia, algo estrecha, y tomar la estrechissima
de la andante caualleria, bastante para hazerle
emperador en daca las pajas.”
  Con estas razones acabó don Quixote de
cerrar el processo de su locura, y mas con las
que añadio, diziendo:
  “Sabe Dios si quisiera lleuar conmigo al
señor don Lorenço para enseñarle cómo se
han de perdonar los sugetos y supeditar y
acozear los soberuios, virtudes anejas a la
profession que yo professo; pero pues no lo pide
su poca edad, ni lo querran consentir sus loables
exercicios, solo me contento con aduertirle
a vuessa merced, que siendo poeta podra
ser famoso, si se guia mas por el parecer ageno
que por el propio, porque no ay padre ni madre
a quien sus hijos les parezcan feos, y en
los que lo son del entendimiento corre mas
este engaño.”
  De nueuo se admiraron padre y hijo de las
entremetidas razones de don Quixote, ya
discretas y ya disparatadas, y del tema y teson
que lleuaua de acudir de todo en todo a la
busca de sus desuenturadas auenturas, que las
tenia por fin y blanco de sus desseos; reyteraronse
los ofrecimientos y comedimientos, y con
la buena licencia de la señora del castillo, don
Quixote y Sancho, sobre Rozinante y el ruzio,
se partieron.

                 Capitulo XIX

Donde se cuenta la auentura del pastor
  enamorado, con otros, en verdad, graciosos
  sucessos.

  Poco trecho se auia alongado don Quixote
del lugar de don Diego, quando encontro con
dos como clerigos o como estudiantes y con dos
labradores que sobre quatro bestias asnales
venian caualleros; el vno de los estudiantes traia
como en portamanteo, en vn lienço de vocazi
verde embuelto, al parecer, vn poco de grana
blanca y dos pares de medias de cordellate; el
otro no traia otra cosa que dos espadas negras
de esgrima, nueuas, y con sus çapatillas. Los
labradores traian otras cosas que dauan indicio y
señal que venian de alguna villa grande, donde
las auian comprado y las lleuauan a su aldea;
y, assi, estudiantes como labradores cayeron en
la misma admiracion en que caian todos aquellos
que la vez primera veyan a don Quixote, y
morian por saber qué hombre fuesse aquel tan
fuera del vso de los otros hombres. Saludoles
don Quixote, y despues de saber el camino que
lleuauan, que era el mesmo que el hazia, les
ofrecio su compañia, y les pidio detuuiessen el
paso, porque caminauan mas sus pollinas que
su cauallo, y para obligarlos, en breues razones
les dixo quién era, y su oficio y profession,
que era de cauallero andante, que yua a buscar
las auenturas por todas las partes del mundo.
Dixoles que se llamaua de nombre propio don
Quixote de la Mancha, y por el apelatiuo el
Cauallero de los Leones. Todo esto para los
labradores era hablarles en griego o en
gerigonça, pero no para los estudiantes, que luego
entendieron la flaqueza del celebro de don
Quixote; pero, con todo esso, le mirauan con
admiracion y con respecto, y vno dellos le
dixo:
  “Si vuessa merced, señor cauallero, no lleua
camino determinado, como no le suelen lleuar
los que buscan las auenturas, vuessa merced
se venga con nosotros, vera vna de las mejores
bodas y mas ricas que hasta el dia de oy se
auran celebrado en la Mancha, ni en otras
muchas leguas a la redonda.”
  Preguntole don Quixote si eran de algun
principe que assi las ponderaua.
  “No son”, respondio el estudiante, “sino de
vn labrador y vna labradora: el, el mas rico de
toda esta tierra, y ella, la mas hermosa que han
visto los hombres. El aparato con que se han de
hazer es estraordinario y nueuo, porque se han
de celebrar en vn prado que está junto al pueblo
de la nouia, a quien por excelencia llaman
Quiteria la hermosa, y el desposado se llama
Camacho el rico, ella de edad de diez y ocho
años y el de veinte y dos, ambos para en vno,
aunque algunos curiosos, que tienen de memoria
los linages de todo el mundo, quieren dezir
que el de la hermosa Quiteria se auentaja al
de Camacho; pero ya no se mira en esto, que
las riquezas son poderosas de soldar muchas
quiebras. En efecto, el tal Camacho es liberal,
y hasele antojado de enramar y cubrir todo el
prado por arriba, de tal suerte, que el sol se ha
de ver en trabajo, si quiere entrar a visitar las
yeruas verdes de que está cubierto el suelo.
Tiene assimesmo maheridas danças, assi de
espadas como de cascabel menudo, que ay en
su pueblo quien los repique y sacuda por
estremo; de çapateadores no digo nada, que es vn
juyzio los que tiene muñidos; pero ninguna de
las cosas referidas, ni otras muchas que he
dexado por referir, ha de hazer mas memorables
estas bodas, sino las que imagino que hara en
ellas el despechado Basilio.
  ”Es este Basilio vn zagal vezino del mesmo
lugar de Quiteria, el qual tenia su casa pared
y medio de la de los padres de Quiteria, de
donde tomó ocasion el amor de renouar al
mundo los ya oluidados amores de Piramo y
Tisbe, porque Basilio se enamoró de Quiteria
desde sus tiernos y primeros años, y ella fue
correspondiendo a su desseo con mil honestos
fauores. Tanto, que se contauan por entretenimiento
en el pueblo los amores de los dos niños
Basilio y Quiteria. Fue creciendo la edad, y acordo
el padre de Quiteria de estoruar a Basilio la
ordinaria entrada que en su casa tenia, y por
quitarse de andar rezeloso y lleno de
sospechas, ordenó de casar a su hija con el rico
Camacho, no pareciendole ser bien casarla con
Basilio, que no tenia tantos bienes de fortuna
como de naturaleza, pues si va (h)a dezir las
verdades sin inuidia, el es el mas agil mancebo
que conocemos, gran tirador de barra, luchador
estremado y gran jugador de pelota; corre
como vn gamo, salta mas que vna cabra y birla
a los bolos como por encantamento; canta
como vna calandria y toca vna guitarra que la
haze hablar, y, sobre todo, juega vna espada
como el mas pintado.”
  “Por essa sola gracia”, dixo a esta sazon don
Quixote, “merecia esse mancebo no solo casarse
con la hermosa Quiteria, sino con la mesma
reyna Ginebra, si fuera oy viua, a pesar de
Lanzarote y de todos aquellos que estoruarlo
quisieran.”
  “A mi muger con esso”, dixo Sancho Pança,
que hasta entonces auia ydo callando y
escuchando, “la qual no quiere sino que cada vno
case con su ygual, ateniendose al refran que
dizen, «cada oueja con su pareja»; lo que yo
quisiera es, que esse buen Basilio, que ya me
le voy aficionando, se casara con essa señora
Quiteria; que buen siglo ayan y buen poso, yua
a dezir al rebes, los que estoruan que se casen
los que bien se quieren.”
  “Si todos los que bien se quieren se huuiessen
de casar”, dixo don Quixote, “quitariase
la elecion y juridicion a los padres de
casar sus hijos con quien y quando deuen, y
si a la voluntad de las hijas quedasse escoger
los maridos, tal auria que escogiesse al criado
de su padre, y tal al que vio passar por la
calle, a su parecer, vizarro y entonado, aunque
fuesse vn desbaratado espadachin; que el amor
y la aficion con facilidad ciegan los ojos del
entendimiento, tan necessarios para escoger
estado, y el del matrimonio está muy a peligro
de errarse, y es menester gran tiento y
particular fauor del cielo para acertarle. Quiere
hazer vno vn viage largo, y si es prudente,
antes de ponerse en camino busca alguna
compañia segura y apazible con quien
acompañarse. Pues ¿por qué no hara lo mesmo
el que ha de caminar toda la vida hasta el
paradero de la muerte, y mas si la compañia
le ha de acompañar en la cama, en la mesa y
en todas partes, como es la de la muger con
su marido? La de la propia muger no es
mercaduria que vna vez comprada se buelue, o se
trueca o cambia, porque es accidente inseparable
que dura lo que dura la vida. Es vn lazo,
que si vna vez le echays al cuello, se buelue
en el nudo gordiano, que si no le corta la
guadaña de la muerte, no ay desatarle. Muchas
mas cosas pudiera dezir en esta materia, si no
lo estoruara el desseo que tengo de saber si le
queda mas que dezir al señor licenciado
acerca de la historia de Basilio.”
  A lo que respondio el estudiante bachiller, o
licenciado, como le llamó don Quixote, (que):
  “De todo no me queda mas que dezir, sino
que desde el punto que Basilio supo que la
hermosa Quiteria se casaua con Camacho el
rico, nunca mas le han visto reyr, ni hablar
razon concertada, y siempre anda pensatiuo y
triste, hablando entre si mismo, con que da
ciertas y claras señales de que se le ha buelto
el juyzio; come poco y duerme poco, y lo que
come son frutas, y en lo que duerme, si duerme,
es en el campo sobre la dura tierra como
animal bruto; mira de quando en quando al
cielo, y otras vezes claua los ojos en la tierra,
con tal embelesamiento, que no parece sino
estatua vestida que el ayre le mueue la ropa. En
fin, el da tales muestras de tener apassionado el
coraçon, que tememos todos los que le
conocemos que el dar el si mañana la hermosa
Quiteria ha de ser la sentencia de su muerte.”
  “Dios lo hara mejor”, dixo Sancho, “que
Dios que da la llaga da la medicina; nadie
sabe lo que está por venir, de aqui a mañana
muchas horas ay, y en vna, y aun en vn momento,
se cae la casa; yo he visto llouer y hazer
sol, todo a vn mesmo punto; tal se acuesta
sano la noche, que no se puede mouer otro
dia; y diganme, ¿por ventura aura quien se
alabe que tiene echado vn clauo a la rodaja
de la Fortuna? No, por cierto, y entre el si y el
no de la muger no me atreueria yo a poner
vna punta de alfiler, porque no cabria; denme
a mi que Quiteria quiera de buen coraçon y de
buena voluntad a Basilio, que yo le dare a el
vn saco de buena ventura; que el amor, segun
yo he oydo dezir, mira con vnos antojos que
hazen parecer oro al cobre, a la pobreza
riqueza y a las lagañas perlas.”
  “¿Adónde vas a parar, Sancho, que seas
maldito?”, dixo don Quixote. “Que quando comienças
a ensartar refranes y cuentos, no te puede
esperar sino el mesmo Iudas, que te lleue.
Dime, animal, ¿qué sabes tu de clauos, ni de
rodajas, ni de otra cosa ninguna?”
  “O, pues si no me entienden”, respondio
Sancho, “no es marauilla que mis sentencias sean
tenidas por disparates; pero no importa, yo me
entiendo y se que no he dicho muchas
necedades en lo que he dicho, sino que vuessa
merced, señor mio, siempre es friscal de mis
dichos y aun de mis hechos.”
  “Fiscal has de dezir”, dixo don Quixote,
“que no friscal, preuaricador del buen lenguage,
que Dios te confunda.”
  “No se apunte vuessa merced conmigo”,
respondio Sancho, “pues sabe que no me he
criado en la corte, ni he estudiado en
Salamanca, para saber si añado o quito alguna
letra a mis vocablos. Si, que valgame Dios, no
ay para qué obligar al sayagues a que hable
como el toledano, y toledanos puede auer que
no las corten en el ayre en esto del hablar
polido.”
  “Assi es”, dixo el licenciado, “porque no
pueden hablar tan bien los que se crian en las
Tenerias y en Zocodouer como los que se
passean casi todo el dia por el claustro de la
Iglesia Mayor, y todos son toledanos; el
lenguage puro, el propio, el elegante y claro
está en los discretos cortesanos, aunque ayan
nacido en Majalahonda; dixe discretos, porque
ay muchos que no lo son, y la discrecion es la
gramatica del buen lenguage que se acompaña
con el vso; yo, señores, por mis pecados he
estudiado canones en Salamanca, y picome
algun tanto de dezir mi razon con palabras
claras, llanas y significantes.”
  “Si no os picarades mas de saber mas menear
las negras que lleuais que la lengua”, dixo
el otro estudiante, “vos lleuarades el primero
en licencias, como lleuastes cola.”
  “Mirad, bachiller”, respondio el licenciado,
“vos estais en la mas errada opinion del
mundo acerca de la destreza de la espada,
teniendola por vana.”
  “Para mi no es opinion, sino verdad assentada”,
replicó Corchuelo; “y si quereys que os
lo muestre con la experiencia, espadas traeis,
comodidad ay, yo pulsos y fuerças tengo, que
acompañadas de mi animo, que no es poco, os
haran confessar que yo no me engaño; apeaos
y vsad de vuestro compas de pies, de vuestros
circulos y vuestros angulos y ciencia, que yo
espero de hazeros ver estrellas a medio dia
con mi destreza moderna y zafia, en quien
espero, despues de Dios, que está por nacer
hombre que me haga boluer las espaldas, y
que no le ay en el mundo a quien yo no le
haga perder tierra.”
  “En esso de boluer o no las espaldas, no me
meto”, replicó el diestro, “aunque podria ser
que en la parte donde la vez primera clauassedes
el pie, alli os abriessen la sepultura; quiero
dezir, que alli quedassedes muerto por la
despreciada destreza.”
  “Aora se vera”, respondio Corchuelo.
  Y, apeandose con gran presteza de su jumento,
tiró con furia de vna de las espadas que
lleuaua el licenciado en el suyo.
  “No ha de ser assi”, dixo a este instante don
Quixote, “que yo quiero ser el maestro desta
esgrima y el juez desta muchas vezes no
aueriguada question.”
  Y, apeandose de Rozinante y assiendo de
su lança, se puso en la mitad del camino, a
tiempo que ya el licenciado, con gentil donayre
de cuerpo y compas de pies, se yua contra
Corchuelo, que contra el se vino lançando,
como dezirse suele, fuego por los ojos; los
otros dos labradores del acompañamiento, sin
apearse de sus pollinas, siruieron de aspetatores
en la mortal tragedia; las cuchilladas,
estocadas, altibaxos, reueses y mandobles que
tiraua Corchuelo eran sin numero, mas espesas
que higado y mas menudas que granizo.
Arremetia como vn leon irritado; pero saliale
al encuentro vn tapaboca de la çapatilla de
la espada del licenciado, que en mitad de
su furia le detenia y se la hazia besar como si
fuera reliquia, aunque no con tanta deuocion
como las reliquias deuen y suelen besarse.
  Finalmente, el licenciado le contó a estocadas
todos los botones de vna media sotanilla
que traia vestida, haziendole tiras los
faldamentos como colas de pulpo, derribole el
sombrero dos vezes y cansole de manera, que de
despecho, colera y rabia assio la espada por la
empuñadura y arrojola por el ayre con tanta
fuerça, que vno de los labradores assistentes,
que era escriuano, que fue por ella, dio
despues por testimonio que la alongo de si casi
tres quartos de legua, el qual testimonio sirue
y ha seruido para que se conozca y vea con
toda verdad como la fuerça es vencida del
arte.
  Sentose cansado Corchuelo y, llegandose a
el Sancho, le dixo:
  “Mia fe, señor bachiller, si vuessa merced
toma mi consejo, de aqui adelante no ha de
desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a
tirar la barra, pues tiene edad y fuerças para
ello; que destos a quien llaman diestros he
oydo dezir que meten vna punta de vna espada
por el ojo de vna aguja.”
  “Yo me contento”, respondio Corchuelo, “de
auer caydo de mi burra, y de que me aya
mostrado la experiencia la verdad de quien tan
lexos estaua.”
  Y, leuantandose abraçó al licenciado y
quedaron mas amigos que de antes; y no queriendo
esperar al escriuano, que auia ydo por la
espada, por parecerle que tardaria mucho, (y)
assi determinaron seguir por llegar temprano a
la aldea de Quiteria, de donde todos eran.
  En lo que faltaua del camino les fue contando
el licenciado las excelencias de la espada,
con tantas razones demostratiuas, y con tantas
figuras y demostraciones matematicas, que
todos quedaron enterados de la bondad de la
ciencia, y Corchuelo reduzido de su pertinacia.
  Era anochecido, pero antes que llegassen
les parecio a todos que estaua delante del
pueblo vn cielo lleno de inumerables y
resplandecientes estrellas. Oyeron assimismo
confusos y suaues sonidos de diuersos instrumentos
como de flautas, tamborinos, salterios,
albogues, panderos y sonajas, y quando
llegaron cerca vieron que los arboles de vna
enramada que a mano auian puesto a la entrada
del pueblo estauan todos llenos de luminarias,
a quien no ofendia el viento, que entonces no
soplaua sino tan manso, que no tenia fuerça
para mouer las hojas de los arboles; los musicos
eran los regozijadores de la boda, que en
diuersas quadrillas por aquel agradable sitio
andauan, vnos baylando, y otros cantando, y
otros tocando la diuersidad de los referidos
instrumentos; en efecto, no parecia sino que
por todo aquel prado andaua corriendo la
alegria y saltando el contento.
  Otros muchos andauan ocupados en leuantar
andamios, de donde con comodidad pudiessen
ver otro dia las representaciones y
danças que se auian de hazer en aquel lugar,
dedicado para solenizar las bodas del rico
Camacho y las exequias de Basilio. No quiso
entrar en el lugar don Quixote, aunque se lo
pidieron assi el labrador como el bachiller;
pero el dio por disculpa, bastantissima a su
parecer, ser costumbre de los caualleros
andantes dormir por los campos y florestas antes
que en los poblados, aunque fuesse debaxo
de dorados techos, y, con esto, se desuió vn
poco del camino, bien contra la voluntad de
Sancho, viniendosele a la memoria el buen
alojamiento que auia tenido en el castillo o
casa de don Diego.

                  Capitulo XX

   Donde se cuentan las bodas de Camacho el
   rico con el sucesso de Basilio el pobre.

  Apenas la blanca aurora auia dado lugar a
que el luziente Febo, con el ardor de sus
calientes rayos las liquidas perlas de sus
cabellos de oro enxugasse, quando don Quixote,
sacudiendo la pereza de sus miembros, se
puso en pie y llamó a su escudero Sancho,
que aun todauia roncaua, lo qual visto por
don Quixote, antes que le despertasse le dixo:
  “¡O tu, bienauenturado sobre quantos viuen
sobre la haz de la tierra, pues, sin tener inuidia
ni ser inuidiado, duermes con sossegado
espiritu, ni te persiguen encantadores ni
sobresaltan encantamentos! Duerme[s], digo otra vez,
y lo dire otras ciento, sin que te tengan en
contina vigilia zelos de tu dama, ni te
desuelen pensamientos de pagar deudas que
deuas, ni de lo que has de hazer para comer
otro dia tu y tu pequeña y angustiada familia,
ni la ambicion te inquieta, ni la pompa vana
del mundo te fatiga, pues los limites de tus
desseos no se estienden a mas que a pensar
tu jumento; que el de tu persona sobre mis
ombros le tienes puesto, contrapeso y carga
que puso la naturaleza y la costumbre a los
señores. Duerme el criado y está velando el
señor, pensando cómo le ha de sustentar,
mejorar y hazer mercedes; la congoxa de ver que
el cielo se haze de bronze sin acudir a la tierra
con el conueniente rozio no aflige al criado,
sino al señor, que ha de sustentar en la esterilidad
y hambre al que le siruio en la fertilidad
y abundancia.”
  A todo esto no respondio Sancho porque
dormia, ni despertara tan presto si don Quixote
con el cuento de la lança no le hiziera
boluer en si. Desperto, en fin, soñoliento y
perezoso, y, boluiendo el rostro a todas partes,
dixo:
  “De la parte desta enramada, si no me engaño,
sale vn tufo y olor harto mas de torreznos
assados que de juncos y tomillos; bodas
que por tales olores comiençan, para mi
santiguada que deuen de ser abundantes y
generosas.”
  “Acaba, gloton”, dixo don Quixote; “ven,
yremos a ver estos desposorios, por ver lo que
haze el desdeñado Basilio.”
  “Mas que haga lo que quisiere”, respondio
Sancho; “no fuera el pobre, y casarase con
Quiteria; ¿no ay mas sino no tener vn quarto
y querer ca[sa]rse por las nubes? A la fe,
señor, yo soy de parecer que el pobre deue de
contentarse con lo que hallare, y no pedir
cotufas en el golfo; yo apostaré vn braço que
puede Camacho emboluer en reales a Basilio,
y si esto es assi, como deue de ser, bien boba
fuera Quiteria en desechar las galas y las
joyas que le deue de auer dado y le puede
dar Camacho, por escoger el tirar de la barra y
el jugar de la negra de Basilio. Sobre vn buen
tiro de barra o sobre vna gentil treta de espada
no dan vn quartillo de vino en la taberna;
habilidades y gracias que no son vendibles, mas
que las tenga el conde Dirlos; pero quando
las tales gracias caen sobre quien tiene buen
dinero, tal sea mi vida como ellas parecen;
sobre vn buen cimiento se puede leuantar vn
buen edificio, y el mejor cimiento y çanja del
mundo es el dinero.”
  “Por quien Dios es, Sancho”, dixo a esta
sazon don Quixote, “que concluyas con tu
arenga, que tengo para mi que si te dexassen
seguir en las que a cada paso comienças, no
te quedaria tiempo para comer ni para dormir;
que todo le gastarias en hablar.”
  “Si vuessa merced tuuiera buena memoria”,
replicó Sancho, “deuierase acordar de los
capitulos de nuestro concierto antes que esta
vltima vez saliessemos de casa; vno dellos fue
que me auia de dexar hablar todo aquello que
quisiesse, con que no fuesse contra el proximo,
ni contra la autoridad de vuessa merced, y
hasta agora me parece que no he contrauenido
contra el tal capitulo.”
  “Yo no me acuerdo, Sancho”, respondio
don Quixote, “del tal capitulo, y puesto que
sea assi, quiero que calles y vengas; que ya
los instrumentos que anoche oymos bueluen a
alegrar los valles, y sin duda los desposorios
se celebrarán en el frescor de la mañana, y no
en el calor de la tarde.”
  Hizo Sancho lo que su señor le mandaua, y
poniendo la silla a Rozinante y la albarda al
ruzio, subieron los dos, y paso ante paso se
fueron entrando por la enramada. Lo primero que
se le ofrecio a la vista de Sancho fue, espetado
en vn assador de vn olmo entero, vn entero
nouillo, y en el fuego donde se auia de assar
ardia vn mediano monte de leña, y seys ollas
que alrededor de la hoguera estauan no se
auian hecho en la comun turquesa de las
demas ollas, porque eran seys medias tinajas,
que cada vna cabia vn rastro de carne, assi
embeuian y encerrauan en si carneros enteros,
sin echarse de ver como si fueran palominos;
las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin
pluma que estauan colgadas por los arboles
para sepultarlas en las ollas no tenian numero;
los paxaros y caça de diuersos generos eran
infinitos, colgados de los arboles para que el
ayre los enfriasse. Conto Sancho mas de sesenta
zaques de mas de a dos arrobas cada vno
y todos llenos, segun despues parecio, de
generosos vinos; assi auia rimeros de pan
blanquissimo como los suele auer de montones de
trigo en las heras; los quesos puestos como
ladrillos en reja[le]s formauan vna muralla, y
dos calderas de azeyte mayores que las de vn
tinte seruian de freir cosas de masa, que con
dos valientes palas las sacauan fritas y las
zabullian en otra caldera de preparada miel que
alli junto estaua. Los cozineros y cozineras
passauan de cincuenta, todos limpios, todos
diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre
del nouillo estauan doze tiernos y pequeños
lechones que, cosidos por encima, seruian
de darle sabor y enternecerle; las especias
de diuersas suertes no parecia auerlas
comprado por libras, sino por arrobas, y todas
estauan de manifiesto en vna grande arca.
Finalmente, el aparato de la boda era rustico,
pero tan abundante, que podia sustentar a vn
exercito.
  Todo lo miraua Sancho Pança, y todo lo
contemplaua, y de todo se aficionaua: primero le
cautiuaron y rindieron el desseo las ollas, de
quien el tomara de bonissima gana vn mediano
puchero; luego le aficionaron la voluntad
los zaques y, vltimamente, las frutas de sarten,
si es que se podian llamar sartenes las tan
orondas calderas; y, assi, sin poderlo sufrir ni
ser en su mano hazer otra cosa, se llegó a vno
de los solicitos cozineros, y con corteses y
hambrientas razones le rogo le dexasse mojar
vn mendrugo de pan en vna de aquellas ollas.
A lo que el cozinero respondio:
  “Hermano, este dia no es de aquellos sobre
quien tiene juridicion la hambre, merced al
rico Camacho; apeaos y mirad si ay por ay vn
cucharon, y espumad vna gallina o dos, y buen
prouecho os hagan.”
  “No veo ninguno”, respondio Sancho.
  “Esperad”, dixo el cozinero; “¡pecador de mi,
y qué melindroso y para poco deueis de ser!”
  Y, diziendo esto, assio de vn caldero y,
encaxandole en vna de las medias tinajas, sacó en
el tres gallinas y dos gansos, y dixo a Sancho:
  “Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma
en tanto que se llega la hora del yantar.”
  “No tengo en qué echarla”, respondio Sancho.
  “Pues lleuaos”, dixo el cozinero, “la cuchara
y todo; que la riqueza y el contento de
Camacho todo lo suple.”
  En tanto, pues, que esto passaua Sancho,
estaua don Quixote mirando como por vna parte
de la enramada entrauan hasta doze labradores
sobre doze hermosissimas yeguas, con ricos y
vistosos jaezes de campo y con muchos cascaueles
en los petrales, y todos vestidos de regozijo
y fiestas, los quales, en concertado tropel,
corrieron no vna sino muchas carreras por el
prado, con regozijada algazara y grita, diziendo:
  “Viuan Camacho y Quiteria, el tan rico
como ella hermosa, y ella la mas hermosa
del mundo.”
  Oyendo lo qual don Quixote, dixo entre si:
  “Bien parece que estos no han visto a mi
Dulcinea del Toboso; que si la huuieran visto,
ellos se fueran a la mano en las alabanças
desta su Quiteria.”
  De alli a poco començaron a entrar por
diuersas partes de la enramada muchas y
diferentes danças, entre los quales venia vna de
espadas, de hasta veinte y quatro zagales de
gallardo parecer y brio, todos vestidos de
delgado y blanquissimo lienço, con sus paños de
tocar labrados de varias colores de fina seda,
y al que los guiaua, que era vn ligero mancebo,
preguntó vno de los de las yeguas si se
auia herido alguno de los dançantes.
  “Por aora, bendito sea Dios, no se ha herido
nadie, todos vamos sanos.”
  Y luego començo a enredarse con los demas
compañeros, con tantas bueltas y con tanta
destreza, que aunque don Quixote estaua hecho
a ver semejantes danças, ninguna le auia
parecido tan bien como aquella. Tambien le
parecio bien otra que entró de donzellas
hermosissimas, tan moças, que, al parecer,
ninguna baxaua de catorze ni llegaua a diez y ocho
años, vestidas todas de palmilla verde, los
cabellos parte trançados y parte sueltos, pero
todos tan rubios que con los del sol podian
tener competencia, sobre los quales traian
guirnaldas de jazmines, rosas, amaranto y
madreselua compuestas; guiaualas vn venerable
viejo y vna anciana matrona, pero mas ligeros
y sueltos que sus años prometian. Haziales el
son vna gayta zamorana, y ellas, lleuando
en los rostros y en los ojos a la honestidad y
en los pies a la ligereza, se mostrauan las
mejores bayladoras del mundo.
  Tras esta entró otra dança de artificio y de
las que llaman habladas: era de ocho ninfas,
repartidas en dos hileras; de la vna hilera era
guia el dios Cupido, y de la otra el Interes,
aquel adornado de alas, arco, aljaua y saetas;
este, vestido de ricas y diuersas colores de oro
y seda; las ninfas que al Amor seguian traian
a las espaldas en pargamino blanco y letras
grandes escritos sus nombres: Poesia era el
titulo de la primera, el de la segunda Discrecion,
el de la tercera Buen linage, el de la quarta
Valentia; del modo mesmo venian señaladas
las que al Interes seguian: dezia Liberalidad el
titulo de la primera, Dadiua el de la segunda,
Tesoro el de la tercera y el de la quarta
Possession pacifica. Delante de todos venia vn
castillo de madera a quien tirauan quatro saluages,
todos vestidos de yedra y de cañamo teñido
de verde, tan al natural, que por poco espantaran
a Sancho. En la frontera del castillo y en
todas quatro partes de sus quadros traia escrito,
Castillo del buen recato; hazianles el son
quatro diestros tañedores de tamboril y flauta;
començaua la dança Cupido, y auiendo hecho
dos mudanças, alçaua los ojos y flechaua el
arco contra vna donzella que se ponia entre
las almenas del castillo, a la qual desta suerte
dixo:

         “Yo soy el dios poderoso
       en el ayre y en la tierra
       y en el ancho mar vndoso,
       y en quanto el abismo encierra
       en su baratro espantoso.
         Nunca conoci qué es miedo,
       todo quanto quiero puedo,
       aunque quiera lo impossible,
       y en todo lo que es possible
       mando, quito, pongo y vedo.”

  Acabó la copla, disparó vn[a] flecha por lo
alto del castillo y retirose a su puesto. Salio
luego el Interes y hizo otras dos mudanças;
callaron los tamborinos, y el dixo:

         “Soy quien puede mas que Amor,
       y es Amor el que me guia,
       soy de la estirpe mejor
       que el cielo en la tierra cria,
       mas conocida y mayor.
         Soy el Interes en quien
       pocos suelen obrar bien,
       y obrar sin mi es gran milagro,
       y qual soy te me consagro
       por siempre jamas, amen.”

  Retirose el Interes y hizose adelante la
Poesia, la qual, despues de auer hecho sus
mudanças como los demas, puestos los ojos en la
donzella del castillo, dixo:

         “En dulcisissimos conceptos,
       la dulcissima Poesia,
       altos, graues y discretos,
       señora, el alma te embia,
       embuelta entre mil sonetos.
         Si acaso no te importuna
       mi porfia, tu fortuna,
       de otras muchas inuidiada,
       sera por mi leuantada
       sobre el cerco de la luna.”

  Desuiose la Poesia y de la parte del Interes
salio la Liberalidad, y despues de hechas sus
mudanças, dixo:

         “Llaman Liberalidad
       al dar, que el estremo huye
       de la prodigalidad,
       y del contrario, que arguye
       tibia y floxa voluntad.
         Mas yo por te engrandezer,
       de oy mas prodiga he de ser;
       que aunque es vicio, es vicio honrado
       y de pecho enamorado,
       que en el dar se echa de ver.”

  Deste modo salieron y se retiraron todas las
(dos) figuras de las dos esquadras, y cada vno
hizo sus mudanças y dixo sus versos, algunos
elegantes y algunos ridiculos, y solo tomó de
memoria don Quixote, que la tenia grande, los
ya referidos; y luego se mezclaron todos,
haziendo y deshaziendo lazos con gentil donayre
y desemboltura, y quando passaua el Amor por
delante del castillo disparaua por alto sus
flechas, pero el Interes quebraua en el alcancias
doradas.
  Finalmente, despues de auer baylado vn
buen espacio, el Interes sacó vn bolson que le
formaua el pellejo de vn gran gato romano,
que parecia estar lleno de dineros, y arrojandole
al castillo, con el golpe se desencaxaron
las tablas y se cayeron, dexando a la donzella
descubierta y sin defensa alguna; llegó el
Interes con las figuras de su valia, y echandola
vna gran cadena de oro al cuello, mostraron
prenderla, rendirla y cautiuarla; lo qual visto
por el Amor y sus valedores, hizieron ademan
de quitarsela, y todas las demostraciones que
hazian eran al son de los tamborinos, baylando
y dançando concertadamente; pusieronlos
en paz los saluages, los quales con mucha
presteza boluieron a armar y a encaxar las
tablas del castillo, y la donzella se encerro en
el como de nueuo, y con esto se acabó la dança,
con gran contento de los que la mirauan.
  Preguntó don Quixote a vna de las ninfas,
que quién la auia compuesto y ordenado.
Respondiole que vn beneficiado de aquel pueblo,
que tenia gentil caletre para semejantes
inuenciones.
  “Yo apostaré”, dixo don Quixote, “que deue
de ser mas amigo de Camacho que de Basilio
el tal bachiller o beneficiado, y que deue de
tener mas de satirico que de visperas; bien
[h]a encaxado en la dança las habilidades de
Basilio y las riquezas de Camacho.”
  Sancho Pança, que lo escuchaua todo, dixo:
  “El rey es mi gallo, a Camacho me atengo.”
  “En fin”, dixo don Quixote, “bien se parece,
Sancho, que eres villano y de aquellos que
dizen, viua quien vence.”
  “No se de los que soy”, respondio Sancho,
“pero bien se que nunca de ollas de Basilio
sacaré yo tan elegante espuma como es esta
que he sacado de las de Camacho.”
  Y enseñole el caldero lleno de gansos y de
gallinas, y, assiendo de vna, començo a comer
con mucho donayre y gana, y dixo:
  “¡A la barba de las habilidades de Basilio!;
que tanto vales quanto tienes, y tanto tienes
quanto vales. Dos linages solos ay en el
mundo, como dezia vna aguela mia, que son el
tener y el no tener, aunque ella al del tener se
atenia, y el dia de oy, mi señor don Quixote,
antes se toma el pulso al auer que al saber:
vn asno cubierto de oro parece mejor que vn
cauallo enalbardado. Assi que bueluo a dezir
que a Camacho me atengo, de cuyas ollas son
abundantes espumas gansos y gallinas, liebres
y conejos, y de las de Basilio seran, si viene a
mano, y aunque no venga sino al pie,
aguachirle.”
  “¿Has acabado tu arenga, Sancho?”, dixo
don Quixote.
  “Aurela acabado”, respondio Sancho, “porque
veo que vuessa merced recibe pesadumbre
con ella; que si esto no se pusiera de por
medio, obra auia cortada para tres dias.”
  “Plega a Dios, Sancho”, replicó don Quixote,
“que yo te vea mudo antes que me muera.”
  “Al paso que lleuamos”, respondio Sancho,
“antes que vuessa merced se muera estare yo
mascando barro, y entonces podra ser que
esté tan mudo que no hable palabra hasta la
fin del mundo, o, por lo menos, hasta el dia del
juyzio.”
  “Aunque esso assi suceda, ¡o Sancho!”,
respondio don Quixote, “nunca llegará tu silencio
a do ha llegado lo que has hablado, hablas y
tienes de hablar en tu vida, y mas, que está
muy puesto en razon natural que primero
llegue el dia de mi muerte que el de la tuya, y
assi, jamas pienso verte mudo, ni aun quando
estes beuiendo o durmiendo, que es lo que
puedo encarecer.”
  “A buena fe, señor”, respondio Sancho, “que
no ay que fiar en la descarnada, digo en la
muerte, la qual tambien come cordero como
carnero, y a nuestro cura he oydo dezir que con
ygual pie pisaua las altas torres de los reyes
como las humildes choças de los pobres;
tiene esta señora mas de poder que de melindre,
no es nada asquerosa, de todo come y a
todo haze, y de toda suerte de gentes, edades
y preeminencias hinche sus alforjas; no es
segador que duerme las siestas, que a todas horas
siega, y corta assi la seca como la verde yerua,
y no parece que masca, sino que engulle y
traga quanto se le pone delante, porque tiene
hambre canina, que nunca se harta; y aunque
no tiene barriga, da a entender que está
hidropica y sedienta de beuer solas las vidas de
quantos viuen, como quien se beue vn jarro de
agua fria.”
  “No mas, Sancho”, dixo a este punto don
Quixote, “tente en buenas y no te dexes
caer, que en verdad que lo que has dicho
de la muerte por tus rusticos terminos, es lo
que pudiera dezir vn buen predicador. Digote,
Sancho, que, [a]si como tienes buen natural
y discrecion, pudieras tomar vn pulpito en
la mano y yrte por esse mundo predicando
lindezas.”
  “Bien predica quien bien viue”, respondio
Sancho, “y yo no se otras thologias.”
  “Ni las has menester”, dixo don Quixote;
“pero yo no acabo de entender, ni alcançar,
cómo siendo el principio de la sabiduria el
temor de Dios, tu, que temes mas a vn lagarto
que a El, sabes tanto.”
  “Iuzgue vuessa merced, señor, de sus
cauallerias”, respondio Sancho, “y no se meta en
juzgar de los temores o valentias agenas; que
tan gentil temeroso soy yo de Dios como cada
hijo de vezino, y dexeme vuessa merced
despabilar esta espuma, que lo demas todas son
palabras ociosas de que nos han de pedir
cuenta en la otra vida.”
  Y, diziendo esto, començo de nueuo a dar
assalto a su caldero con tan buenos alientos,
que desperto los de don Quixote, y sin duda
le ayudara, si no lo impidiera lo que es fuerça
se diga adelante.

                 Capitulo XXI

   Donde se prosiguen las bodas de Camacho,
         con otros gustosos sucessos.

  Quando estauan don Quixote y Sancho en las
razones referidas en el capitulo antecedente, se
oyeron grandes vozes y gran ruydo, y dauanlas
y causauanle los de las yeguas, que con
larga carrera y grita yuan a recebir a los nouios,
que, rodeados de mil generos de instrumentos y
de inuenciones, venian acompañados del cura
y de la parentela de entrambos y de toda la
gente mas luzida de los lugares circunuezinos,
todos vestidos de fiesta. Y como Sancho vio a
la nouia, dixo:
  “A buena fe que no viene vestida de labradora,
sino de garrida palaciega. ¡Pardiez que
segun diuiso, que las patenas que auia de traer
son ricos corales, y la palmilla verde de Cuenca
es terciopelo de treynta pelos, y montas que la
guarnicion es de tiras de lienço blanco! ¡Voto
a mi que es de raso; pues, tomadme las manos
adornadas con sortijas de azauache! No medre
yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y
empedrados con pelrras blancas como vna
quajada, que cada vna deue de valer vn ojo de la
cara. ¡O hideputa y qué cabellos, que si no son
postizos, no los he visto mas luengos ni mas
rubios en toda mi vida! ¡No sino ponedla tacha
en el brio y en el talle, y no la compareys a
vna palma que se mueue cargada de razimos
de datiles, que lo mesmo parecen los dixes que
trae pendientes de los cabellos y de la garganta!
Iuro en mi anima que ella es vna chapada
moça y que puede passar por los bancos de
Flandes.”
  Riose don Quixote de las rusticas alabanças
de Sancho Pança; pareciole que, fuera de su
señora Dulcinea del Toboso, no auia visto
muger mas hermosa jamas; venia la hermosa
Quiteria algo descolorida, y deuia de ser de la
mala noche que siempre passan las nouias en
componerse para el dia venidero de sus bodas.
Yuanse acercando a vn teatro que a vn lado del
prado estaua adornado de alfombras y ramos,
adonde se auian de hazer los desposorios y de
donde auian de mirar las danças y las
inuenciones. Y a la sazon que llegauan al puesto,
oyeron a sus espaldas grandes vozes, y vna
que dezia:
  “¡Esperaos vn poco, gente tan inconsiderada
como presurosa!”
  A cuyas vozes y palabras todos voluieron la
cabeça, y vieron que las daua vn hombre vestido,
al parecer, de vn sayo negro gironado de
carmesi a llamas; venia coronado, como se vio
luego, con vna corona de funesto cipres, en
las manos traia vn baston grande; en llegando
mas cerca fue conocido de todos por el
gallardo Basilio, y todos estuuieron suspensos,
esperando en qué auian de parar sus vozes y sus
palabras, temiendo algun mal sucesso de su
venida en sazon semejante.
  Llegó, en fin, cansado y sin aliento, y puesto
delante de los desposados, hincando el baston
en el suelo, que tenia el cuento de vna punta
de azero, mudada la color, puestos los ojos en
Quiteria, con voz tremente y ronca estas
razones dixo:
  “Bien sabes, desconocida Quiteria, que
conforme a la santa ley que professamos, que,
viuiendo yo, tu no puedes tomar esposo; y
juntamente no ignoras, que por esperar yo que el
tiempo y mi diligencia mejorassen los bienes
de mi fortuna, no he querido dexar de guardar
el decoro que a tu honra conuenia; pero tu,
echando a las espaldas todas las obligaciones
que deues a mi buen desseo, quieres hazer
señor de lo que es mio a otro, cuyas riquezas
le siruen no solo de buena fortuna, sino de
bonissima ventura. Y para que la tenga colmada,
y no como yo pienso que la merece, sino
como se la quieren dar los cielos, yo, por mis
manos, deshare el impossible o el inconueniente
que puede estoruarsela, quitandome a mi de
por medio. ¡Viua, viua el rico Camacho con la
ingrata Quiteria largos y felices siglos, y muera,
muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las
alas de su dicha y le puso en la sepultura!”
  Y, diziendo esto, assio del baston que tenia
hincado en el suelo, y, quedandose la mitad del
en la tierra, mostro que seruia de vayna a vn
mediano estoque que en el se ocultaua, y
puesta la que se podia llamar empuñadura en
el suelo, con ligero desenfado y determinado
proposito se arrojó sobre el, y en vn punto
mostro la punta sangrienta a las espaldas, con la
mitad del azerada cuchilla, quedando el triste
bañado en su sangre y tendido en el suelo, de
sus mismas armas traspassado.
  Acudieron luego sus amigos a fauorecerle,
condolidos de su miseria y lastimosa desgracia,
y, dexando don Quixote a Rozinante, acudio
a fauorecerle y le tomó en sus braços, y halló
que aun no auia espirado. Quisieronle sacar el
estoque, pero el cura, que estaua presente, fue
de parecer que no se le sacassen antes de
confessarle, porque el sacarsele y el espirar seria
todo a vn tiempo; pero boluiendo vn poco en
si Basilio, con voz doliente y desmayada dixo:
  “Si quisiesses, cruel Quiteria, darme en este
vltimo y forçoso trance la mano de esposa, aun
pensaria que mi temeridad tendria desculpa,
pues en ella alcancé el bien de ser tuyo.”
  El cura, oyendo lo qual, le dixo que atendiesse
a la salud del alma antes que a los gustos
del cuerpo, y que pidiesse muy de veras a Dios
perdon de sus pecados y de su desesperada
determinacion.
  A lo qual replicó Basilio que en ninguna
manera se confessaria si primero Quiteria no le
daua la mano de ser su esposa; que aquel contento
le adobaria la voluntad y le daria aliento
para confessarse.
  En oyendo don Quixote la peticion del herido,
en altas vozes dixo que Basilio pedia vna
cosa muy justa y puesta en razon y, ademas,
muy hazedera, y que el señor Camacho quedaria
tan honrado recibiendo a la señora Quiteria
viuda del valeroso Basilio, como si la
recibiera del lado de su padre: “Aqui no ha de
auer mas de vn si, que no tenga otro efecto
que el pronunciarle, pues el talamo de estas
bodas ha de ser la sepultura.”
  Todo lo oia Camacho y todo le tenia suspenso
y confuso, sin saber qué hazer ni qué dezir;
pero las vozes de los amigos de Basilio fueron
tantas, pidiendole que consintiesse que
Quiteria le diesse la mano de esposa, porque su
alma no se perdiesse, partiendo desesperado
desta vida, que le mouieron, y aun forçaron, a
dezir que si Quiteria queria darsela, que el se
contentaua, pues todo era dilatar por vn
momento el cumplimiento de sus desseos.
  Luego acudieron todos a Quiteria, y vnos
con ruegos y otros con lagrimas y otros con
eficaces razones la persu[a]dian que diesse la
mano al pobre Basilio, y ella, mas dura que vn
marmol y mas sesga que vna estatua, mostraua
que ni sabia, ni podia, ni queria responder
palabra; ni la respondiera, si el cura no la dixera
que se determinasse presto en lo que auia de
hazer, porque tenia Basilio ya el alma en los
dientes, y no daua lugar a esperar inresolutas
determinaciones.
  Entonces la hermosa Quiteria, sin responder
palabra alguna, turbada, al parecer, triste y
pesarosa, llegó donde Basilio estaua, ya los
ojos bueltos, el aliento corto y apresurado,
murmurando entre los dientes el nombre de
Quiteria, dando muestras de morir como gentil y
no como christiano. Llegó, en fin, Quiteria, y
puesta de rodillas le pidio la mano por señas,
y no por palabras. Desencaxó los ojos Basilio,
y mirandola atentamente, le dixo:
  “¡O Quiteria, que has venido a ser piadosa a
tiempo, quando tu piedad ha de seruir de
cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya
no tengo fuerças para lleuar la gloria que me
das en escogerme por tuyo, ni para suspender
el dolor que tan apriesa me va cubriendo los
ojos con la espantosa sombra de la muerte! Lo
que te suplico es, ¡o fatal estrella mia!, que la
mano que me pides y quieres darme no sea por
cumplimiento, ni para engañarme de nueuo,
sino que confiesses y digas que, sin hazer
fuerça a tu voluntad, me la entregas y me la das
como a tu legitimo esposo, pues no es razon
que en vn trance como este me engañes ni
vses de fingimientos con quien tantas verdades
ha tratado contigo.”
  Entre estas razones se desmayaua; de modo
que todos los presentes pensauan que cada
desmayo se auia de lleuar el alma consigo.
  Quiteria, toda honesta y toda vergonçosa,
assiendo con su derecha mano la de Basilio,
le dixo:
  “Ninguna fuerça fuera bastante a torcer mi
voluntad, y, assi, con la mas libre que tengo te
doy la mano de legitima esposa, y recibo la
tuya, si es que me la das de tu libre aluedrio,
sin que la turbe ni contraste la calamidad en
que tu discurso acelerado te ha puesto.”
  “Si doy”, respondio Basilio, “no turbado ni
confuso, sino con el claro entendimiento que
el cielo quiso darme, y assi me doy y me
entrego por tu esposo.”
  “Y yo por tu esposa”, respondio Quiteria,
“aora viuas largos años, aora te lleuen de mis
braços a la sepultura.”
  “Para estar tan herido este mancebo”, dixo
a este punto Sancho Pança, “mucho habla;
haganle que se dexe de requiebros, y que atienda
a su alma; que, a mi parecer, mas la tiene en
la lengua que en los dientes.”
  Estando, pues, assidos de las manos Basilio
y Quiteria, el cura, tierno y lloroso, los echó
la bendicion y pidio al cielo diesse buen poso al
alma del nueuo desposado, el qual assi como
recibio la bendicion, con presta ligereza se
leuantó en pie, y con no vista desemboltura
se sacó el estoque a quien seruia de vayna su
cuerpo.
  Quedaron todos los circunstantes admirados,
y algunos dellos, mas simples que curiosos, en
altas vozes començaron a dezir:
  “¡Milagro, milagro!”
  Pero Basilio replicó:
  “No milagro, milagro, sino industria,
industria.”
  El cura, desatentado y atonito, acudio con
ambas manos a tentar la herida, y halló que la
cuchilla auia passado, no por la carne y
costillas de Basilio, sino por vn cañon hueco de
hierro que, lleno de sangre, en aquel lugar bien
acomodado tenia, preparada la sangre, segun
despues se supo, de modo que no se elasse.
  Finalmente, el cura y Camacho, con todos los
mas circunstantes, se tuuieron por burlados y
escarnidos. La esposa no dio muestras de pesarle
de la burla, antes oyendo dezir que aquel
casamiento, por auer sido engañoso, no auia
de ser valedero, dixo que ella le confirmaua
de nueuo, de lo qual coligieron todos que de
consentimiento y sabiduria de los dos se auia
trazado aquel caso; de lo que quedó Camacho
y sus valedores tan corridos, que remitieron su
vengança a las manos, y, desenuaynando muchas
espadas, arremetieron a Basilio, en cuyo
fauor en vn instante se desenuaynaron casi
otras tantas. Y tomando la delantera a cauallo
don Quixote, con la lança sobre el braço, y
bien cubierto de su escudo, se hazia dar lugar
de todos. Sancho, a quien jamas pluguieron ni
solazaron semejantes fechurias, se acogio a las
tinajas donde auia sacado su agradable
espuma, pareciendole aquel lugar como sagrado,
que auia de ser tenido en respeto. Don Quixote
a grandes vozes dezia:
  “Teneos, señores, teneos, que no es razon
tomeys vengança de los agrauios que el amor
nos haze; y aduertid que el amor y la guerra
son vna misma cosa, y assi como en la guerra
es cosa licita y acostumbrada vsar de ardides y
estratagemas para vencer al enemigo, assi en
las contiendas y competencias amorosas se
tienen por buenos los embustes y marañas que
se hazen para conseguir el fin que se dessea,
como no sean en menoscabo y deshonra de la
cosa amada. Quiteria era de Basilio y Basilio
de Quiteria por justa y fauorable disposicion
de los cielos. Camacho es rico y podra comprar
su gusto, quando, donde y como quisiere;
Basilio no tiene mas desta oueja, y no se la ha
de quitar alguno, por poderoso que sea; que a
los dos que Dios junta no podra separar el
hombre, y el que lo intentare, primero ha de
passar por la punta desta lança.”
  Y, en esto, la blandió tan fuerte y tan
diestramente, que puso pauor en todos los que no le
conocian; y tan intensamente se fixó en la
imaginacion de Camacho el desden de Quiteria,
que se la borró de la memoria en vn instante,
y, assi, tuuieron lugar con el las persuasiones
del cura, que era varon prudente y bien
intencionado, con las quales quedó Camacho y los
de su parcialidad pacificos y sossegados; en
señal de lo qual boluieron las espadas a sus
lugares, culpando mas a la facilidad de
Quiteria que a la industria de Basilio; haziendo
discurso Camacho, que si Quiteria queria bien a
Basilio donzella, tambien le quisiera casada,
y que deuia de dar gracias al cielo, mas
por auersela quitado, que por auersela dado.
  Consolado, pues, y pacifico Camacho y los
de su mesnada, todos los de la de Basilio se
sossegaron, y el rico Camacho, por mostrar
que no sentia la burla ni la estimaua en nada,
quiso que las fiestas passassen adelante como
si realmente se desposara; pero no quisieron
assistir a ellas Basilio ni su esposa ni sequazes,
y, assi, se fueron a la aldea de Basilio,
que tambien los pobres virtuosos y discretos
tienen quien los siga, honre y ampare, como
los ricos tienen quien los lisongee y acompañe.
Lleuaronse consigo a don Quixote, estimandole
por hombre de valor y de pelo en pecho.
A solo Sancho se le escurecio el alma por
verse impossibilitado de aguardar la esplendida
comida y fiestas de Camacho, que duraron
hasta la noche; y, assi, assender[e]ado y
triste, siguio a su señor, que con la quadrilla de
Basilio yua, y assi se dexó atras las ollas de
Egypto, aunque las lleuaua en el alma; cuya ya
casi consumida y acabada espuma que en el
caldero lleuaua, le representaua la gloria y la
abundancia del bien que perdia, y, assi,
congoxado y pensatiuo, aunque sin hambre, sin
apearse del ruzio, siguio las huellas de
Rozinante.

                 Capitulo XXII

Donde se da cuenta [de] la grande auentura
  de la cueua de Montesinos, que está en el
  coraçon de la Mancha, a quien dio felice
  cima el valeroso don Quixote de la Mancha.

  Grandes fueron y muchos los regalos que
los desposados hizieron a don Quixote, obligados
de las muestras que auia dado, defendiendo
su causa, y al par de la valentia le graduaron
la discrecion, teniendole por vn Cid en las
armas y por vn Ciceron en la elocuencia. El
buen Sancho se refociló tres dias a costa de
los nouios, de los quales se supo que no fue
traça comunicada con la hermosa Quiteria el
herirse fingidamente, sino industria de Basilio,
esperando della el mesmo sucesso que se auia
visto; bien es verdad que confesso que auia
dado parte de su pensamiento a algunos de
sus amigos, para que al tiempo necessario
fauoreciessen su intencion y abonassen su engaño.
  “No se pueden ni deuen llamar engaños”,
dixo don Quixote, “los que ponen la mira en
virtuosos fines.”
  Y que el de casarse los enamorados era el
fin de mas excelencia, aduirtiendo que el
mayor contrario que el amor tiene es la hambre
y la continua necessidad, porque el amor es
todo alegria, regozijo y contento, y mas
quando el amante está en possession de la cosa
amada, contra quien son enemigos opuestos
y declarados la necessidad y la pobreza; y que
todo esto dezia con intencion de que se
dexasse el señor Basilio de exercitar las
habilidades que sabe, que aunque le dauan fama,
no le dauan dineros, y que atendiesse a grangear
hazienda por medios licitos e
industriosos, que nunca faltan a los prudentes y
aplicados.
  “El pobre honrado, si es que puede ser
honrado el pobre, tiene prenda en tener muger
hermosa, que quando se la quitan, le quitan la
honra y se la matan. La muger hermosa y
honrada, cuyo marido es pobre, merece ser
coronada con laureles y palmas de vencimiento
y triunfo; la hermosura por si sola atrae las
voluntades de quantos la miran y conocen,
y como a señuelo gustoso se le abaten las
aguilas reales y los paxaros altaneros; pero si
a la tal hermosura se le junta la necessidad
y estrecheza, tambien la embisten los cueruos,
los milanos y las otras aues de rapiña, y la
que está a tantos encuentros firme, bien
merece llamarse corona de su marido.
  ”Mirad, discreto Basilio”, añadio don
Quixote, “opinion fue de no se qué sabio que no
auia en todo el mundo sino vna sola muger
buena, y daua por consejo, que cada vno pensasse
y creyesse que aquella sola buena era la
suya, y assi viuiria contento. Yo no soy casado
ni hasta agora me ha venido en pensamiento
serlo, y con todo esto me atreueria a dar consejo
al que me lo pidiesse [d]el modo que auia de
buscar la muger con quien se quisiesse casar.
Lo primero, le aconsejaria que mirasse mas a
la fama que a la hazienda, porque la buena
muger no alcança la buena fama solamente con
ser buena, sino con parecerlo; que mucho mas
dañan a las honras de las mugeres las desembolturas
y libertades publicas que las maldades
secretas. Si traes buena muger a tu casa, facil
cosa seria conseruarla y aun mejorarla en aquella
bondad; pero si la traes mala, en trabajo te
pondra el enmendarla; que no es muy hazedero
passar de vn estremo a otro. Yo no digo que
sea impossible, pero tengolo por dificultoso.”
  Oia todo esto Sancho, y dixo entre si:
  “Este mi amo, quando yo hablo cosas de
meollo y de sustancia, suele dezir que podria
yo tomar vn pulpito en las manos y yrme por
esse mundo adelante predicando lindezas, y
yo digo del, que quando comiença a enhilar
sentencias y a dar consejos, no solo puede tomar
[vn] pulpito en las manos, sino dos en cada
dedo y andarse por essas plaças a qué quieres,
boca. ¡Valate el diablo por cauallero andante
que tantas cosas sabes! Yo pensaua en mi anima
que solo podia saber aquello que tocaua a
sus cauallerias, pero no ay cosa donde no
pique y dexe de meter su cucharada.”
  Murmuraua esto algo Sancho, y
entreoyole su señor y preguntole:
  “¿Qué murmuras, Sancho?”
  “No digo nada ni murmuro de nada”, respondio
Sancho, “solo estaua diziendo entre mi,
que quisiera auer oydo lo que vuessa merced
aqui ha dicho antes que me casara, que quiça
dixera yo agora: el buey suelto bien se lame.”
  “¿Tan mala es tu Teresa, Sancho?”, dixo don
Quixote.
  “No es muy mala”, respondio Sancho, “pero
no es muy buena, a lo menos, no es tan buena
como yo quisiera.”
  “Mal hazes, Sancho”, dixo don Quixote, “en
dezir mal de tu muger, que en efecto es madre
de tus hijos.”
  “No nos deuemos nada”, respondio Sancho;
“que tambien ella dize mal de mi quando se le
antoja, especialmente quando está zelosa; que
entonces sufrala el mesmo Satanas.”
  Finalmente, tres dias estuuieron con los
nouios, donde fueron regalados y seruidos como
cuerpos de rey. Pidio don Quixote al diestro
licenciado le diesse vna guia que le encaminasse
a la cueua de Montesinos, porque tenia
gran desseo de entrar en ella y ver a ojos
vistas si eran verdaderas las marauillas que de
ella se dezian por todos aquellos contornos.
El licenciado le dixo que le daria a vn primo
suyo, famoso estudiante y muy aficionado a
leer libros de cauallerias, el qual con mucha
voluntad le pondria a la boca de la mesma
cueua y le enseñaria las lagunas de Ruydera,
famosas ansimismo en toda la Mancha y
aun en toda España, y dixo[l]e que lleuaria
con el gustoso entretenimiento, a causa que
era moço que sabia hazer libros para imprimir,
y para dirigirlos a principes. Finalmente, el
primo vino con vna pollina preñada, cuya
albarda cubria vn gayado tapete o arpillera.
Ensilló Sancho a Rozinante y adereçó al ruzio,
proueyó sus alforjas, a las quales acompañaron
las del primo, assimismo bien proueydas,
y, encomendandose a Dios y despediendose de
todos, se pusieron en camino, tomando la
derrota de la famosa cueua de Montesinos.
  En el camino preguntó don Quixote al primo
de qué genero y calidad eran sus exercicios, su
pr[o]fession y estudios. A lo que el respondio:
que su profession era ser humanista, sus
exercicios y estudios componer libros para dar a la
estampa, todos de gran prouecho y no menos
entretenimiento para la republica; que el vno se
intitulaua El de las libreas, donde pinta
setecientas y tres libreas con sus colores, motes y
cifras, de donde podian sacar y tomar las que
quisiessen en tiempo de fiestas y regozijos los
caualleros cortesanos, sin andarlas mendigando
de nadie, ni lambicando, como dizen, el
cerbelo por sacarlas conformes a sus desseos e
intenciones.
  “Porque doy al zeloso, al desdeñado, al
oluidado y al ausente las que les conuienen, que
les vendran mas justas que pecadoras. Otro
libro tengo tambien, a quien he de llamar
Metamorfoseos, o Ouidio español, de inuencion
nueua y rara, porque en el, imitando a Ouidio
a lo burlesco, pinto quién fue la Giralda de
Seuilla y el Angel de la Madalena, quién el
Caño de Vecinguerra de Cordoua, quiénes los
toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes
de Leganitos y Lauapies en Madrid, no oluidandome
de la del Piojo, de la del Caño Dorado y
de la Priora, y esto, con sus alegorias,
metaforas y translaciones, de modo, que alegran,
suspenden y enseñan a vn mismo punto.
  ”Otro libro tengo que le llamo Suplemento a
Virgilio Polidoro, que trata de la inuencion
de las cosas, que es de grande erudicion y
estudio, a causa que las cosas que se dexó de
dezir Polidoro de gran sustancia, las aueriguo
yo y las declaro por gentil estilo. Oluidosele a
Virgilio de declararnos quién fue el primero
que tuuo catarro en el mundo, y el primero que
tomó las vnciones para curarse del morbo galico,
y yo lo declaro al pie de la letra y lo autorizo
con mas de veynte y cinco autores: porque
vea vuessa merced si he trabajado bien y si
ha de ser vtil el tal libro a todo el mundo.”
  Sancho, que auia estado muy atento a la
narracion del primo, le dixo:
  “Digame, señor, assi Dios le de buena
manderecha en la impression de sus libros,
¿sabriame dezir, que si sabra, pues todo lo sabe,
quién fue el primero que se rascó en la cabeça?;
que yo para mi tengo que deuio de ser nuestro
padre Adan.”
  “Si seria”, respondio el primo, “porque
Adan no ay duda sino que tuuo cabeça y
cabellos, y siendo esto assi, y siendo el primer
hombre del mundo, alguna vez se rascaria.”
  “Assi lo creo yo”, respondio Sancho; “pero
digame aora: ¿quién fue el primer bolteador
del mundo?”
  “En verdad, hermano”, respondio el primo,
“que no me sabre determinar por aora, hasta
que lo estudie; yo lo estudiaré en boluiendo
adonde tengo mis libros, y yo os satisfare
quando otra vez nos veamos; que no ha de
ser esta la postrera.”
  “Pues mire, señor”, replicó Sancho, “no tome
trabajo en esto, que aora he caydo en la
cuenta de lo que le he preguntado; sepa que el
primer bolteador del mundo fue Lucifer, quando
le echaron o arrojaron del cielo, que vino
bolteando hasta los abismos.”
  “Tienes razon, amigo”, dixo el primo.
  Y dixo don Quixote:
  “Essa pregunta y respuesta no es tuya,
Sancho; a alguno las has oydo dezir.”
  “Calle, señor”, replicó Sancho, “que a buena
fe que si me doy a preguntar y a responder,
que no acabe de aqui a mañana. Si, que para
preguntar necedades y responder disparates
no he menester yo andar buscando ayuda de
vezinos.”
  “Mas has dicho, Sancho, de lo que sabes”,
dixo don Quixote; “que ay algunos que se
cansan en saber y aueriguar cosas que despues
de sabidas y aueriguadas no importan vn
ardite al entendimiento ni a la memoria.”
  En estas y otras gustosas platicas se les
passó aquel dia, y a la noche se aluergaron en
vna pequeña aldea, adonde el primo dixo a
don Quixote que desde alli a la cueua de
Montesinos no auia mas de dos leguas, y
que si lleuaua determinado de entrar en ella,
era menester prou[e]erse de sogas para atarse
y descolgarse en su profundidad.
  Don Quixote dixo que aunque llegasse al
abismo, auia de ver donde paraua, y, assi,
compraron casi cien braças de soga, y otro dia, a
las dos de la tarde, llegaron a la cueua, cuya
boca es espaciosa y ancha, pero llena de
cambroneras y cabrahigos, de çarças y malezas,
tan espesas y intricadas, que de todo en todo
la ciegan y encubren. En viendola, se apearon
el primo, Sancho y don Quixote, al qual los
dos le ataron luego fortissimamente con las
sogas; y en tanto que le faxauan y ceñian, le
dixo Sancho:
  “Mire vuessa merced, señor mio, lo que
haze, no se quiera sepultar en vida, ni se
ponga adonde parezca frasco que le ponen a
enfriar en algun pozo. Si que a vuessa merced
no le toca ni atañe ser el escudriñador desta
que deue de ser peor que mazmorra.”
  “Ata y calla”, respondio don Quixote; “que
tal empresa como aquesta, Sancho amigo, para
mi estaua guardada.”
  Y entonces dixo la guia:
  “Suplico a vuessa merced, señor don Quixote,
que mire bien y especule con cien ojos lo
que ay alla dentro: quiça aura cosas que las
ponga yo en el libro de mis Transformaciones.”
  “En manos está el pandero que le sabra
bien tañer”, respondio Sancho Pança.
  Dicho esto, y acabada la ligadura de don
Quixote, que no fue sobre el arnes, sino sobre
el jubon de armar, dixo don Quixote:
  “Inaduertidos hemos andado en no auernos
proueydo de algun esquilon pequeño, que fuera
atado junto a mi en esta mesma soga, con
cuyo sonido se entendiera que todauia baxaua
y estaua viuo; pero pues ya no es possible, a
la mano de Dios, que me guie.”
  Y luego se hincó de rodillas y hizo vna
oracion en voz baxa al cielo, pidiendo a Dios le
ayudasse y le diesse buen sucesso en aquella,
al parecer, peligrosa y nueua auentura, y en
voz alta dixo luego:
  “¡O señora de mis acciones y mouimientos,
clarissima y sin par Dulcinea del Toboso! Si es
possible que lleguen a tus oydos las plegarias
y rogaciones deste tu venturoso amante, por
tu inaudita belleza te ruego las escuches; que
no son otras que rogarte no me niegues tu
fauor y amparo aora que tanto le he menester.
Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme
en el abismo que aqui se me representa,
solo porque conozca el mundo que si tu me
fauoreces, no aura impossible a quien yo no
acometa y acabe.”
  Y, en diziendo esto, se acercó a la sima, vio
no ser possible descolgarse ni hazer lugar a la
entrada, si no era a fuerça de braços o a
cuchilladas, y assi, poniendo mano a la espada,
començo a derribar y a cortar de aquellas
malezas que a la boca de la cueua estauan, por
cuyo ruydo y estruendo salieron por ella vna
infinidad de grandissimos cueruos y grajos, tan
espesos y con tanta priesa, que dieron con
don Quixote en el suelo; y si el fuera tan
agorero como catolico christiano, lo tuuiera a
mala señal y escusara de encerra[r]se en lugar
semejante. Finalmente, se leuantó, y viendo
que no salian mas cueruos ni otras aues
noturnas, como fueron murcielagos, que assimismo
entre los cueruos salieron, dandole soga el
primo y Sancho (y) se dexó calar al fondo
de la caberna espantosa, y al entrar, echandole
Sancho su bendicion y haziendo sobre el
mil cruces, dixo:
  “¡Dios te guie y la Peña de Francia, junto con
la Trinidad de Gaeta, flor, nata y espuma de
los caualleros andantes! ¡Alla vas, valenton del
mundo, coraçon de azero, braços de bronze!
¡Dios te guie, otra vez, y te buelua libre, sano y
sin cautela a la luz desta vida que dexas por
enterrarte en esta escuridad que buscas!”
  Casi las mismas plegarias y deprecaciones
hizo el primo.
  Yua don Quixote dando vozes que le diessen
soga y mas soga, y ellos se la dauan poco a
poco, y quando las vozes, que acanaladas por
la cueua salian, dexaron de oyrse, ya ellos
tenian descolgadas las cien braças de soga, y
fueron de parecer de boluer a subir a don
Quixote, pues no le podian dar mas cuerda; con
todo esso, se detuuieron como media hora, al
cabo del qual espacio boluieron a recoger la
soga con mucha facilidad y sin peso alguno,
señal que les hizo imaginar que don Quixote
se quedaua dentro, y, creyendolo assi Sancho,
lloraua amargamente y tiraua con mucha priesa
por desengañarse; pero llegando, a su parecer,
a poco mas de las ochenta braças, sintieron
peso, de que en estremo se alegraron. Finalmente,
a las diez, vieron distintamente a don
Quixote, a quien dio vozes Sancho, diziendole:
  “Sea vuessa merced muy bien buelto, señor
mio, que ya pensauamos que se quedaua alla
para casta.”
  Pero no respondia palabra don Quixote, y,
sacandole del todo, vieron que traia cerrados
los ojos, con muestras de estar dormido.
Tendieronle en el suelo y desliaronle, y con todo
esto, no despertaua. Pero tanto le boluieron y
reboluieron, sacudieron y menearon, que al
cabo de vn buen espacio boluio en si,
desperezandose, bien como si de algun graue y
profundo sueño despertara, y, mirando a vna y otra
parte como espantado, dixo:
  “Dios os lo perdone, amigos, que me aueis
quitado de la mas sabrosa y agradable vida y
vista que ningun humano ha visto ni passado.
En efecto: aora acabo de conocer que todos los
contentos desta vida passan como sombra y
sueño, o se marchitan como la flor del campo.
¡O desdichado Montesinos; o mal ferido
Durandarte; o sin ventura Belerma; o lloroso
Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera,
que mostrays en vuestras aguas las que lloraron
vuestros hermosos ojos!”
  Con [atencion es]cuchauan el primo y
Sancho las palabras de don Quixote, que las dezia
como si con dolor inmenso las sacara de las
entrañas. Suplicaronle les diesse a entender lo
que dezia, y les dixesse lo que en aquel infierno
auia visto.
  “¿Infierno le llamais?”, dixo don Quixote;
“pues no le llameis ansi, porque no lo merece,
como luego vereis.”
  Pidio que le diessen algo de comer, que traia
grandissima hambre; tendieron la harpillera
del primo sobre la verde yerua, acudieron a la
despensa de sus alforjas, y, sentados todos tres
en buen amor y compaña, merendaron y cenaron
todo junto. Leuantada la harpillera, dixo
don Quixote de la Mancha:
  “No se leuante nadie y estadme, hijos, todos
atentos.”

                Capitulo XXIII

De las admirables cosas que el estremado don
  Quixote conto que auia visto en la profunda
  cueua de Montesinos, cuya impossibilidad
  y grandeza haze que se tenga esta auentura
  por apocrifa.

  Las quatro de la tarde serian, quando el sol
entre nubes cubierto, con luz escasa y templados
rayos, dio lugar a don Quixote para que
sin calor y pesadumbre contasse a sus dos
clarissimos oyentes lo que en la cueua de
Montesinos auia visto, y començo en el modo
siguiente:
  “A obra de doze o catorze estados de la
profundidad desta mazmorra, a la derecha mano,
se haze vna concauidad y espacio capaz de
poder caber en ella vn gran carro con sus
mulas; entrale vna pequeña luz por vnos
resquizios o agujeros, que lexos le responden,
abiertos en la superficie de la tierra; esta
concauidad y espacio vi yo a tiempo, quando
ya yua cansado y mohino de verme, pendiente
y colgado de la soga, caminar por aquella escura
region abaxo, sin lleuar cierto ni determinado
camino, y, assi, determiné entrarme en
ella y descansar vn poco; di vozes pidiendoos
que no descolgassedes mas soga hasta que yo
os lo dixesse, pero no deuistes de oyrme; fuy
recogiendo la soga que embiauades, y, haziendo
della vna rosca o rimero, me sente sobre el,
pensatiuo a demas, considerando lo que hazer
deuia para calar al fondo, no teniendo quien
me sustentasse; y estando en este pensamiento
y confusion, de repente, y sin procurarlo, me
salteó vn sueño profundissimo, y quando
menos lo pensaua, sin saber cómo ni cómo no,
desperte del y me hallé en la mitad del mas
bello, ameno y deleytoso prado que puede criar
la naturaleza, ni imaginar la mas discreta
imaginacion humana. Despauilé los ojos,
limpiemelos y vi que no dormia, sino que realmente
estaua despierto; con todo esto me tente la
cabeça y los pechos, por certificarme si era yo
mismo el que alli estaua, o alguna fantasma
vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento,
los discursos concertados, que entre mi
hazia, me certificaron que yo era alli entonces
el que soy aqui aora.
  ”Ofrecioseme luego a la vista vn real y
suntuoso palacio o alcaçar, cuyos muros y paredes
parecian de transparente y claro cristal
fabricados, del qual abriendose dos grandes
puertas, vi que por ellas salia y hazia mi se venia
vn venerable anciano, vestido con vn capuz de
bayeta morada, que por el suelo le arrastraua;
ceñiale los ombros y los pechos vna beca de
colegial de raso verde, cubriale la cabeça vna
gorra milanesa negra, y la barba, canissima,
le passaua de la cintura; no traia arma ninguna,
sino vn rosario de cuentas en la mano,
mayores que medianas nuezes, y los diezes
assimismo como hueuos medianos de auestruz; el
continente, el paso, la grauedad y la anchissima
presencia, cada cosa de por si y todas juntas,
me suspendieron y admiraron. Llegose a mi,
y lo primero que hizo fue abraçarme estrechamente
y luego dezirme: «Luengos tiempos ha,
»valeroso cauallero don Quixote de la Mancha,
»que los que estamos en estas soledades
»encantados esperamos verte, para que des
»noticia al mundo de lo que encierra y cubre
»la profunda cueua por donde has entrado,
»llamada la cueua de Montesinos; hazaña solo
»guardada para ser acometida de tu inuencible
»coraçon y de tu animo stupendo. Ven conmigo,
»señor clarissimo, que te quiero mostrar
»las marauillas que este transparente alcaçar
»solapa, de quien yo soy alcayde y guarda
»mayor perpetua, porque soy el mismo
»Montesinos, de quien la cueua toma nombre.»
  ”Apenas me dixo que era Montesinos, quando
le pregunté si fue verdad lo que en el mundo
de acarriba se contaua, que el auia sacado
de la mitad del pecho, con vna pequeña daga,
el coraçon de su grande amigo Durandarte y
lleuadole a la señora Belerma, como el se
lo mandó al punto de su muerte.
  ”Respondiome que en todo dezian verdad,
sino en la daga; porque no fue daga, ni
pequeña, sino vn puñal buydo, mas agudo que
vna lezna.”
  “Deuia de ser”, dixo a este punto Sancho, “el
tal puñal de Ramon de Hozes el seuillano.”
  “No se”, prosiguio don Quixote, “pero no
seria desse puñalero, porque Ramon de Hozes
fue ayer, y lo de Roncesualles, donde acontecio
esta desgracia, ha muchos años, y esta
aueriguacion no es de importancia, ni turba ni
altera la verdad y contesto de la historia.”
  “Assi es”, respondio el primo; “prosiga
vuessa merced, señor don Quixote, que le escucho
con el mayor gusto del mundo.”
  “No con menor lo cuento yo”, respondio don
Quixote; “y assi digo, que el venerable Montesinos
me metio en el cristalino palacio, donde
en vna sala baxa fresquissima sobremodo y
toda de alabastro, estaua vn sepulcro de marmol
con gran maestria fabricado, sobre el qual
vi a vn cauallero tendido de largo a largo, no
de bronze, ni de marmol, ni de jaspe hecho,
como los suele auer en otros sepulcros, sino de
pura carne y de puros huesos. Tenia la mano
derecha, que, a mi parecer, es algo peluda y
neruosa, señal de tener muchas fuerças su
dueño, puesta sobre el lado del coraçon; y antes
que preguntasse nada a Montesinos, viendome
suspenso mirando al del sepulcro, me dixo:
  «Este es mi amigo Durandarte, flor y espejo
»de los caualleros enamorados y valientes de su
»tiempo; tienele aqui encantado, como me tiene
»a mi y a otros muchos y muchas, Merlin, aquel
»frances encantador, que dizen que fue hijo del
»diablo; y lo que yo creo es que no fue hijo del
»diablo, sino que supo, como dizen, vn punto
»mas que el diablo. El cómo o para qué nos
»encantó nadie lo sabe, y ello dira andando los
»tiempos, que no estan muy lexos, segun imagino;
»lo que a mi me admira es que se, tan cierto
»como aora es de dia, que Durandarte acabó
»los de su vida en mis braços, y que despues
»de muerto le saqué el coraçon con mis propias
»manos, y en verdad que deuia de pesar
»dos libras, porque segun los naturales, el que
»tiene mayor coraçon es dotado de mayor valentia
»del que le tiene pequeño; pues siendo
»esto assi, y que realmente murio este cauallero,
»¿cómo aora se quexa y sospira de quando en
»quando, como si estuuiesse viuo?»
  ”Esto dicho, el misero Durandarte, dando
vna gran voz, dixo:

          «¡O mi primo Montesinos!,
        lo postrero que os rogaua,
        que quando yo fuere muerto
        y mi anima arrancada,
        que lleueis mi coraçon
        adonde Belerma estaua,
        sacandomele del pecho,
        ya con puñal, ya con daga.»

  ”Oyendo lo qual el venerable Montesinos, se
puso de rodillas ante el lastimado cauallero, y
con lagrimas en los ojos le dixo:
  «Ya señor Durandarte, carissimo primo mio,
»ya hize lo que me mandastes en el azyago dia
»de nuestra perdida; yo os saqué el coraçon lo
»mejor que pude, sin que os dexasse vna
»minima parte en el pecho; yo le limpié con vn
»pañizuelo de puntas, yo parti con el de carrera
»para Francia, auiendoos primero puesto en el
»seno de la tierra, con tantas lagrimas, que
»fueron bastantes a lauarme las manos y limpiarme
»con ellas la sangre que tenian de aueros andado
»en las entrañas; y por mas señas, primo de
»mi alma, en el primero lugar que topé saliendo
»de Roncesualles, eché vn poco de sal en vuestro
»coraçon, porque no oliesse mal y fuesse, si
»no fresco, a lo menos, amojamado a la presencia
»de la señora Belerma, la qual, con vos
»y conmigo y con Guadiana, vuestro escudero,
»y con la dueña Ruydera y sus siete hijas y dos
»sobrinas, y con otros muchos de vuestros
»conocidos y amigos, nos tiene aqui encantados
»el sabio Merlin ha muchos años; y aunque
»passan de quinientos, no se ha muerto ninguno
»de nosotros; solamente faltan Ruydera y sus
»hijas y sobrinas, las quales llorando, por
»compassion que deuio de tener Merlin dellas, las
»conuirtio en otras tantas lagunas, que aora en
»el mundo de los viuos y en la prouincia de la
»Mancha las llaman las lagunas de Ruydera;
»las siete son de los reyes de España, y las dos
»sobrinas, de los caualleros de vna Orden
»santissima que llaman de San Iuan. Guadiana,
»vuestro escudero, plañendo assimesmo vuestra
»desgracia, fue conuertido en vn rio llamado
»de su mesmo nombre, el qual quando llegó a la
»superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo,
»fue tanto el pesar que sintio de ver que os
»dexaua, que se sumergio en las entrañas de la
»tierra; pero como no es possible dexar de acudir
»a su natural corriente, de quando en quando
»sale y se muestra donde el sol y las gentes le
»vean; vanle administrando de sus aguas las
»referidas lagunas, con las quales y con otras
»muchas que se llegan, entra pomposo y grande
»en Portugal. Pero con todo esto, por donde
»quiera que va, muestra su tristeza y melancolia
»y no se precia de criar en sus aguas pezes
»regalados y de estima, sino burdos y dessabridos,
»bien diferentes de los del Tajo dorado;
»y esto que agora os digo, ¡o primo mio!,
»os lo he dicho muchas vezes, y como no me
»respondeis, imagino que no me days credito,
»o no me oys, de lo que yo recibo tanta pena
»qual Dios lo sabe.
  »Vnas nueuas os quiero dar aora, las quales,
»ya que no siruan de aliuio a vuestro dolor, no
»os le aumentarán en ninguna manera. Sabed
»que teneis aqui en vuestra presencia, y abrid
»los ojos y vereislo, aquel gran cauallero de
»quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio
»Merlin, aquel don Quixote de la Mancha, digo,
»que de nueuo y con mayores ventajas que en
»los passados siglos ha resucitado en los
»presentes la ya oluidada andante caualleria, por
»cuyo medio y fauor podria ser que nosotros
»fuessemos desencantados: que las grandes
»hazañas para los grandes hombres estan
»guardadas.»
  «Y quando assi no sea», respondio el
lastimado Durandarte con voz desmayada y baxa,
«quando assi no sea, ¡o primo!, digo, paciencia
»y barajar.» Y, boluiendose de lado, tornó a
su acostumbrado silencio, sin hablar mas
palabra.
  ”Oyeronse en esto grandes alaridos y llantos,
acompañados de profundos gemidos y angustiados
sollozos; bolui la cabeça y vi por las
paredes de cristal que por otra sala passaua
vna procession de dos hileras de hermosissimas
donzellas, todas vestidas de luto, con turbantes
blancos sobre las cabeças, al modo turquesco;
al cabo y fin de las hileras venia vna
señora, que en la grauedad lo parecia, assimismo
vestida de negro, con tocas blancas tan
tendidas y largas, que besauan la tierra. Su
turbante era mayor dos vezes que el mayor de
alguna de las otras; era cexijunta y la nariz
algo chata, la boca grande, pero colorados los
labios; los dientes, que tal vez los descubria,
mostrauan ser ralos y no bien puestos, aunque
eran blancos como vnas peladas almendras;
traia en las manos vn lienço delgado, y entre
el, a lo que pude diuisar, vn coraçon de carne
momia, segun venia seco y amojamado; dixome
Montesinos como toda aquella gente de la
procession eran siruientes de Durandarte y de
Belerma, que alli con sus dos señores estauan
encantados, y que la vltima que traia el coraçon
entre el lienço y en las manos era la señora
Belerma, la qual, con sus donzellas, quatro
dias en la semana hazian aquella procession
y cantauan, o, por mejor dezir, llorauan
endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado
coraçon de su primo; y que si me auia parecido
algo fea, o no tan hermosa como tenia la fama,
era la causa las malas noches y peores dias
que en aquel encantamento passaua, como lo
podia ver en sus grandes ojeras y en su color
quebradiza.
  «Y no toma ocasion su amarillez y sus
»ojeras de estar con el mal mensil, ordinario en
»las mugeres, porque ha muchos meses, y aun
»años, que no le tiene, ni assoma por sus
»puertas, sino del dolor que siente su coraçon por
»el que de contino tiene en las manos, que le
»renueua y trae a la memoria la desgracia de
»su mal logrado amante; que si esto no fuera,
»apenas la ygualara en hermosura, donayre
»y brio la gran Dulcinea del Toboso, tan
»celebrada en todos estos contornos y aun en todo
»el mundo.»
  «Cepos quedos», dixe yo entonces, «señor don
»Montesinos: cuente vuessa merced su historia
»como deue, que ya sabe que toda comparacion
»es odiosa, y, assi, no ay para qué comparar
»a nadie con nadie; la sin par Dulcinea
»del Toboso es quien es, y la señora doña
»Belerma es quien es y quien ha sido, y quedese
»aqui.»
  ”A lo que el me respondio:
  «Señor don Quixote, perdoneme vuessa
»merced, que yo confiesso que anduue mal y
»no dixe bien en dezir que apenas ygualara la
»señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me
»bastaua a mi auer entendido por no se qué
»barruntos que vuessa merced es su cauallero,
»para que me mordiera la lengua antes de
»compararla sino con el mismo cielo.»
  ”Con esta satisfacion que me dio el gran
Montesinos, se quietó mi coraçon del
sobresalto que recebi en oyr que a mi señora la
comparauan con Belerma.”
  “Y aun me marauillo yo”, dixo Sancho, “de
como vuessa merced no se subio sobre el vejote,
y le molio a cozes todos los huessos y le
peló las barbas, sin dexarle pelo en ellas.”
  “No, Sancho amigo”, respondio don Quixote;
“no me estaua a mi bien hazer esso, porque
estamos todos obligados a tener respeto a los
ancianos, aunque no sean caualleros, y
principalmente a los que lo son y estan encantados;
yo se bien que no nos quedamos a deuer nada
en otras muchas demandas y respuestas que
entre los dos passamos.”
  A esta sazon dixo el primo:
  “Yo no se, señor don Quixote, cómo vuessa
merced en tan poco espacio de tiempo como
ha que está alla baxo, aya visto tantas cosas
y hablado y respondido tanto.”
  “¿Quánto ha que baxé?”, preguntó don
Quixote.
  “Poco mas de vna hora”, respondio Sancho.
  “Esso no puede ser”, replicó don Quixote,
“porque alla me anochecio y amanecio, y tornó
a anochecer y amanecer tres vezes; de modo
que, a mi cuenta, tres dias he estado en
aquellas partes remotas y escondidas a la vista
nuestra.”
  “Verdad deue de dezir mi señor”, dixo
Sancho; “que como todas las cosas que le han
sucedido son por encantamento, quiça lo que a
nosotros nos parece vn hora, deue de parecer
alla tres dias con sus noches.”
  “Assi sera”, respondio don Quixote.
  “Y ¿ha comido vuessa merced en todo este
tiempo, señor mio?”, preguntó el primo.
  “No me he desayunado de bocado”, respondio
don Quixote, “ni aun he tenido hambre, ni
por pensamiento.”
  “Y ¿los encantados comen?”, dixo el primo.
  “No comen”, respondio don Quixote, “ni
tienen escrementos mayores, aunque es opinion
que les crecen las vñas, las barbas y los
cabellos.”
  “¿Y duermen por ventura los encantados,
señor?”, preguntó Sancho.
  “No, por cierto”, respondio don Quixote; “a
lo menos, en estos tres dias que yo he estado
con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo
tampoco.”
  “Aqui encaxa bien el refran”, dixo Sancho,
“de dime con quién andas, dezirte he quién
eres; andase vuessa merced con encantados,
ayunos y vigilantes, mirad si es mucho que ni
coma ni duerma mientras con ellos anduuiere;
pero perdoneme vuessa merced, señor mio,
si le digo que de todo quanto aqui ha dicho,
lleueme Dios, que yua a dezir el diablo, si le
creo cosa alguna.”
  “¿Cómo no?”, dixo el primo, “Pues ¿auia de
mentir el señor don Quixote, que, aunque
quisiera, no ha tenido lugar para componer e
imaginar tanto millon de mentiras?”
  “Yo no creo que mi señor miente”,
respondio Sancho.
  “Si no ¿qué crees?”, le preguntó don Quixote.
  “Creo”, respondio Sancho, “que aquel Merlin
o aquellos encantadores que encantaron a
toda la chusma que vuessa merced dize que
ha visto y comunicado alla baxo, le encaxaron
en el magin o la memoria toda essa maquina
que nos ha contado, y todo aquello que por
contar le queda.”
  “Todo esso pudiera ser, Sancho”, replicó
don Quixote; “pero no es assi, porque lo que he
contado lo vi por mis propios ojos y lo toqué
con mis mismas manos; pero ¿qué diras quando
te diga yo aora como entre otras infinitas
cosas y marauillas que me mostro Montesinos,
las quales despacio y a sus tiempos te las yre
contando en el discurso de nuestro viage, por
no ser todas deste lugar, me mostro tres
labradoras que por aquellos amenissimos campos
yuan saltando y brincando como cabras, y
apenas las huue visto, quando conoci ser la
vna la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras
dos aquellas mismas labradoras que venian
con ella, que hablamos a la salida del Toboso?
Pregunté a Montesinos si las conocia;
respondiome que no, pero que el imaginaua que
deuian de ser algunas señoras principales
encantadas, que pocos dias auia que en aquellos
prados auian parecido, y que no me marauillasse
desto, porque alli estauan otras muchas
señoras de los passados y presentes siglos,
encantadas en diferentes y estrañas figuras, entre
las quales conocia el a la reina Ginebra y su
dueña Quintañona, escanciando el vino a
Lançarote quando de Bretaña vino.”
  Quando Sancho Pança oyo dezir esto a su
amo, penso perder el juyzio o morirse de risa;
que como el sabia la verdad del fingido
encanto de Dulcinea, de quien el auia sido el
encantador y el leuantador de tal testimonio,
acabó de conocer indubitablemente que su
señor estaua fuera de juyzio y loco de todo
punto, y, assi, le dixo:
  “En mala coyuntura y en peor sazon y en
aziago dia baxó vuessa merced, caro patron
mio, al otro mundo, y en mal punto se encontro
con el señor Montesinos, que tal nos le ha
buelto. Bien se estaua vuessa merced acarriba
con su entero juyzio, tal qual Dios se le auia
dado, hablando sentencias y dando consejos a
cada paso, y no agora, contando los mayores
disparates que pueden imaginarse.”
  “Como te conozco, Sancho”, respondio don
Quixote, “no hago caso de tus palabras.”
  “Ni yo tampoco de las de vuessa merced”,
replicó Sancho, “siquiera me hiera, siquiera
me mate por las que le he dicho o por las que
le pienso dezir si en las suyas no se corrige y
enmienda. Pero digame vuessa merced, aora
que estamos en paz: ¿cómo o en qué conocio
a la señora nuestra ama? Y si la habló, ¿qué
dixo y qué le respondio?”
  “Conocila”, respondio don Quixote, “en que
trae los mesmos vestidos que traia quando tu
me la mostraste; hablela, pero no me respondio
palabra, antes me boluio las espaldas, y se
fue huyendo con tanta priessa, que no la alcançara
vna xara; quise seguirla, y lo hiziera si no
me aconsejara Montesinos que no me cansasse
en ello, porque seria en balde, y mas, porque
se llegaua la hora donde me conuenia boluer
a salir de la sima. Dixome assimesmo que
andando el tiempo se me daria auiso cómo
auian de ser desencantados el y Belerma y
Durandarte, con todos los que alli estauan;
pero lo que mas pena me dio de las que alli
vi y noté, fue que estandome diziendo Montesinos
estas razones, se llegó a mi por vn lado,
sin que yo la viesse venir, vna de las dos
compañeras de la sin ventura Dulcinea, y llenos
los ojos de lagrimas, con turbada y baxa voz
me dixo: «Mi señora Dulcinea del Toboso besa
»a vuessa merced las manos, y suplica a
»vuessa merced se la haga de hazerla saber cómo
»está; y que, por estar en vna gran necessidad
»assimismo suplica a vuessa merced, quan
»encarecidamente puede, sea seruido de prestarle
»sobre este faldellin que aqui traygo, de
»cotonia, nueuo, media dozena de reales, o los
»que vuessa merced tuuiere; que ella da su
»palabra de boluerselos con mucha breuedad.»
  ”Suspendiome y admirome el tal recado, y,
boluiendome al señor Montesinos, le pregunté:
»¿Es possible, señor Montesinos, que los
»encantados principales padecen necessidad?» A lo
que el me respondio: «Creame vuessa merced,
»señor don Quixote de la Mancha, que esta
»que llaman necessidad adonde quiera se vsa,
»y por todo se estiende y a todos alcança, y aun
»hasta los encantados no perdona; y pues
»la señora Dulcinea del Toboso embia a pedir
»essos seis reales y la prenda es buena, segun
»parece, no ay sino darselos; que sin duda
»deue de estar puesta en algun grande aprieto.»
«Prenda, no la tomaré yo», le respondi,
«ni menos le dare lo que pide, porque no tengo
»sino solos quatro reales.» Los quales le di,
que fueron los que tu, Sancho, me diste el otro
dia para dar limosna a los pobres que topasse
por los caminos, y le dixe: «Dezid, amiga mia,
»a vuessa señora, que a mi me pesa en el alma
»de sus trabajos, y que quisiera ser vn Fucar
»para remediarlos; y que le hago saber que yo
»no puedo ni deuo tener salud, careciendo de
»su agradable vista y discreta conuersacion, y
»que le suplico quan encarecidamente puedo,
»sea seruida su merced de dexarse ver y tratar
»deste su cautiuo seruidor y assendereado
»cauallero. Direisle tambien que quando menos
»se lo piense oyra dezir como yo he hecho vn
»juramento y voto, a modo de aquel que hizo
»el marques de Mantua, de vengar a su sobrino
»Baldouinos quando le halló para espirar en
»mitad de la montiña, que fue de no comer
»pan a manteles, con las otras zarandajas que
»alli añadio, hasta vengarle; y assi le hare yo
»de no sossegar y de andar las siete partidas
»del mundo, con mas puntualidad que las
»anduuo el infante don Pedro de Portugal,
»hasta desencantarla.» «Todo esso y mas deue
»vuessa merced a mi señora», me respondio
la donzella; y tomando los quatro reales, en
lugar de hazerme vna reuerencia, hizo vna
cabriola, que se leuantó dos varas de medir
en el ayre.”
  “¡O santo Dios!”, dixo a este tiempo dando
vna gran voz Sancho, “¿es possible que tal
ay en el mundo y que tengan en el tanta
fuerça los encantadores y encantamentos, que
ayan trocado el buen juyzio de mi señor en
vna tan disparatada locura? ¡O señor, señor!;
por quien Dios es, que vuessa merced mire
por si y buelua por su honra, y no de credito
a essas vaciedades que le tienen menguado y
descabalado el sentido.”
  “Como me quieres bien, Sancho, hablas
dessa manera”, dixo don Quixote, “y como no
estás experimentado en las cosas del mundo,
todas las cosas que tienen algo de dificultad
te parecen impossibles; pero andara el tiempo,
como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas
de las que alla abaxo he visto, que te haran
creer las que aqui he contado, cuya verdad
ni admite replica ni disputa.”

                 Capitulo XXIV

Donde se cuentan mil çarandajas tan
  impertinentes como necessarias al verdadero
  entendimiento desta grande historia.

  Dize el que traduxo esta grande historia del
original, de la que escriuio su primer autor
Cide Hamete Benengeli, que llegando al capitulo
de la auentura de la cueua de Montesinos,
en el margen del estauan escritas de mano del
mesmo Hamete estas mismas razones:
  “No me puedo dar a entender, ni me puedo
persuadir, que al valeroso don Quixote le
passasse puntualmente todo lo que en el
antecedente capitulo queda escrito; la razon es
que todas las auenturas hasta aqui sucedidas
han sido contingibles y verisimiles; pero esta
desta cueua no le hallo entrada alguna para
tenerla por verdadera, por yr tan fuera de los
terminos razonables; pues pensar yo que don
Quixote mintiesse, siendo el mas verdadero
hidalgo y el mas noble cauallero de sus tiempos,
no es possible; que no dixera el vna mentira
si le assaetearan. Por otra parte, considero
que el la conto y la dixo con todas las
circunstancias dichas, y que no pudo fabricar en tan
breue espacio tan gran maquina de disparates,
y si esta auentura parece apocrifa, yo no tengo
la culpa, y assi, sin afirmarla por falsa o
verdadera la escriuo. Tu, letor, pues eres prudente,
juzga lo que te pareciere, que yo no deuo ni
puedo mas, puesto que se tiene por cierto que
al tiempo de su fin y muerte dizen que se retrató
della y dixo que el la auia inuentado, por
parecerle que conuenia y quadraua bien con
las auenturas que auia leydo en sus
historias.”
  Y luego prosigue diziendo:
  Espantose el primo, assi del atreuimiento de
Sancho Pança como de la paciencia de su amo,
y juzgó que del contento que tenia de auer
visto a su señora Dulcinea del Toboso, aunque
encantada, le nacia aquella condicion blanda
que entonces mostraua, porque si assi no
fuera, palabras y razones le dixo Sancho, que
merecian molerle a palos; porque realmente le
parecio que auia andado atreuidillo con su
señor, a quien le dixo:
  “Yo, señor don Quixote de la Mancha, doy
por bien empleadissima la jornada que con
vuessa merced he hecho, porque en ella he
grangeado quatro cosas. La primera, auer
conocido a vuessa merced, que lo tengo a gran
felicidad. La segunda, auer sabido lo que se
encierra en esta cueua de Montesinos, con las
mutaciones de Guadiana y de las lagunas de
Ruidera, que me seruiran para el Ouidio español
que traygo entre manos. La tercera, entender
la antiguedad de los naypes, que, por lo
menos, ya se vsauan en tiempo del emperador
Carlo Magno, segun puede colegirse de las
palabras que vuessa merced dize que dixo
Durandarte, quando al cabo de aquel grande
espacio que estuuo hablando con el Montesinos,
el desperto, diziendo: «Paciencia y barajar»,
y esta razon y modo de hablar no la pudo
aprender encantado, sino quando no lo estaua,
en Francia y en tiempo del referido emperador
Carlo Magno, y esta aueriguacion me viene
pintiparada para el otro libro que voy componiendo,
que es Suplemento de Virgilio Polidoro,
en la inuencion de las antiguedades, y creo
que en el suyo no se acordo de poner la de los
naypes, como la pondre yo aora; que sera de
mucha importancia, y mas, alegando autor tan
graue y tan verdadero como es el señor
Durandarte. La quarta es auer sabido con
certidumbre el nacimiento del rio Guadiana, hasta
aora ignorado de las gentes.”
  “Vuessa merced tiene razon”, dixo don
Quixote; “pero querria yo saber, ya que Dios
le haga merced de que se le de licencia para
imprimir essos sus libros, que lo dudo, ¿a quién
piensa dirigirlos?”
  “Señores y grandes ay en España a quien
puedan dirigirse”, dixo el primo.
  “No muchos”, respondio don Quixote, “y no
porque no lo merezcan, sino que no quieren
admitirlos por no obligarse a la satisfacion que
parece se deue al trabajo y cortesia de sus
autores. Vn principe conozco yo que puede
suplir la falta de los demas con tantas ventajas,
que si me atreuiere a dezirlas, quiça
despertará la inuidia en mas de quatro generosos
pechos; pero quedese esto aqui para otro
tiempo mas comodo, y vamos a buscar adonde
recogernos esta noche.”
  “No lexos de aqui”, respondio el primo,
“está vna hermita donde haze su habitacion
vn hermitaño, que dizen ha sido soldado, y
está en opinion de ser vn buen christiano,
y muy discreto y caritatiuo ademas. Iunto con
la hermita tiene vna pequeña casa que el ha
labrado a su costa, pero, con todo, aunque
chica, es capaz de recibir huespedes.”
  “¿Tiene, por ventura, gallinas el tal
hermitaño?”, preguntó Sancho.
  “Pocos hermitaños estan sin ellas”, respondio
don Quixote, “porque no son los que agora
se vsan como aquellos de los desiertos de
Egypto, que se vestian de hojas de palma y
comian rayzes de la tierra. Y no se entienda
que por dezir bien de aquellos, no lo digo de
aquestos, sino que quiero dezir que al rigor y
estrecheza de entonces no llegan las penitencias
de los de agora; pero no por esto dexan
de ser todos buenos, a lo menos, yo por buenos
los juzgo, y quando todo corra turbio, menos
mal haze el hipocrita que se finge bueno que
el publico pecador.”
  Estando en esto, vieron que hazia donde
ellos estauan venia vn hombre a pie,
caminando a priesa y dando varazos a vn macho
que venia cargado de lanças y de alabardas;
quando llegó a ellos, los saludó y passó de
largo; don Quixote le dixo:
  “Buen hombre; deten[e]os, que parece que
vays con mas diligencia que esse macho ha
menester.”
  “No me puedo detener, señor”, respondio el
hombre, “porque las armas que veys que aqui
lleuo han de seruir mañana, y, assi, me es forçoso
el no detenerme, y a Dios; pero si quisieredes
saber para qué las lleuo, en la venta que
está mas arriba de la hermita pienso alojar
esta noche, y si es que hazeis este mesmo
camino, alli me hallareys, donde os contaré
marauillas, y a Dios otra vez.”
  Y de tal manera aguijó el macho, que no
tuuo lugar don Quixote de preguntarle qué
marauillas eran las que pensaua dezirles, y
como el era algo curioso y siempre le
fatigauan desseos de saber cosas nueuas, ordenó
que al momento se partiessen y fuessen a
passar la noche en la venta, sin tocar en la
hermita, donde quisiera el primo que se
quedaran.
  Hizose assi, subieron a cauallo y siguieron
todos tres el derecho camino de la venta --a la
qual llegaron vn poco antes de anochezer--.
Dixo el primo a don Quixote que llegassen a
ella a beuer vn trago. Apenas oyo esto
Sancho Pança, quando encaminó el ruzio a la
hermita, y lo mismo hizieron don Quixote y el
primo; pero la mala suerte de Sancho parece que
ordenó que el hermitaño no estuuiesse en casa,
que assi se lo dixo vna sotahermitaño que en
la hermita hallaron; pidieronle de lo caro,
respondio que su señor no lo tenia, pero que si
querian agua barata, que se la daria de muy
buena gana.
  “Si yo la tuuiera de agua”, respondio Sancho,
“pozos ay en el camino, donde la huuiera
satisfecho. ¡A, bodas de Camacho y abundancia
de la casa de don Diego, y quántas vezes os
tengo de echar menos!”
  Con esto dexaron la hermita y picaron hazia
la venta, y a poco trecho toparon vn mancebito
que delante dellos yua caminando no con
mucha priesa, y assi le alcançaron; lleuaua la
espada sobre el ombro y en ella puesto vn bulto
o emboltorio, al parecer, de sus vestidos, que,
al parecer, deuian de ser los calçones o greguescos,
y herreruelo, y alguna camisa, porque traia
puesta vna ropilla de terciopelo, con algunas
vislumbres de raso, y la camisa, de fuera; las
medias eran de seda y los çapatos quadrados,
a vso de Corte; la edad llegaria a diez y ocho
o diez y nueue años, alegre de rostro y, al
parecer, agil de su persona; yua cantando
seguidillas para entretener el trabajo del camino;
quando llegaron a el, acabaua de cantar vna,
que el primo tomó de memoria, que dizen que
dezia:

     “A la guerra me lleua mi necessidad.
   Si tuuiera dineros, no fuera, en verdad.”

  El primero que le habló fue don Quixote,
diziendole:
  “Muy a la ligera camina vuessa merced,
señor galan, y ¿adónde bueno?; sepamos, si es
que gusta dezirlo.”
  A lo que el moço respondio:
  “El caminar tan a la ligera lo causa el calor
y la pobreza, y el adónde voy es a la guerra.”
  “¿Cómo la pobreza?”, preguntó don Quixote;
“que por el calor bien puede ser.”
  “Señor”, replicó el mancebo, “yo lleuo en
este emboltorio vnos greguescos de terciopelo,
compañeros desta ropilla; si los gasto en
el camino, no me podre honrar con ellos en la
ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y,
assi, por esto, como por orearme, voy desta manera
hasta alcançar vnas compañias de infanteria,
que no estan doze leguas de aqui, donde
assentaré mi plaça, y no faltarán bagajes en
que caminar de alli adelante, hasta el
embarcadero, que dizen ha de ser en Cartagena; y
mas quiero tener por amo y por señor al rey y
seruirle en la guerra, que no a vn pelon en la
corte.”
  “Y ¿lleua vuessa merced alguna ventaja por
ventura?”, preguntó el primo.
  “Si yo huuiera seruido a algun grande de
España o algun principal personage”, respondio
el moço, “a buen seguro que yo la lleuara,
que esso tiene el seruir a los buenos; que del
tinelo suelen salir a ser alferez o capitanes, o
con algun buen entretenimiento; pero yo,
desuenturado, serui siempre a catariberas y a
gente aduenediza, de racion y quitacion tan misera
y atenuada, que en pagar el almidonar vn cuello
se consumia la mitad della, y seria tenido a
milagro que vn page auenturero alcançasse
alguna siquiera razonable ventura.”
  “Y digame por su vida, amigo”, preguntó
don Quixote, “¿es possible que en los años que
siruio no ha podido alcançar alguna librea?”
  “Dos me han dado”, respondio el page,
“pero assi como el que se sale de alguna
religion antes de professar le quitan el habito y le
bueluen sus vestidos, assi me boluian a mi los
mios mis amos, que, acabados los negocios a
que venian a la corte, se boluian a sus casas y
recogian las libreas que por sola ostentacion
auian dado.”
  “Notable espilorcheria, como dize el
italiano”, dixo don Quixote; “pero con todo esso,
tenga a felice ventura el auer salido de la corte
con tan buena intencion como lleua, porque no
ay otra cosa en la tierra mas honrada ni de
mas prouecho que seruir a Dios, primeramente,
y luego a su rey y señor natural, especialmente
en el exercicio de las armas, por las quales se
alcançan, si no mas riquezas, a lo menos, mas
honra que por las letras, como yo tengo dicho
muchas vezes; que puesto que han fundado
mas mayorazgos las letras que las armas, todauia
lleuan vn no se qué los de las armas a los
de las letras, con vn si se qué de esplendor, que
se halla en ellos, que los auentaja a todos. Y
esto que aora le quiero dezir, lleuelo en la
memoria, que le sera de mucho prouecho y aliuio
en su trabajos, y es que aparte la imaginacion
de los sucessos aduersos que le podran venir;
que el peor de todos es la muerte, y como esta
sea buena, el mejor de todos es el morir.
Preguntaronle a Iulio Cesar, aquel valeroso
emperador romano, quál era la mejor muerte;
respondio que la impensada, la de repente y no
preuista, y aunque respondio como gentil y
ageno del conocimiento del verdadero Dios,
con todo esso, dixo bien, para ahorrarse del
sentimiento humano; que puesto caso que os maten
en la primera faccion y refriega, o ya de vn tiro
de artilleria, o bolado de vna mina, ¿qué
importa?, todo es morir y acabose la obra; y segun
Terencio, mas bien parece el soldado muerto
en la batalla que viuo y saluo en la huyda, y
tanto alcança de fama el buen soldado, quanto
tiene de obediencia a sus capitanes y a los que
mandarle pueden. Y aduertid, hijo, que al soldado
mejor le está el oler a poluora que algalia,
y que si la vejez os coge en este honroso exercicio,
aunque sea lleno de heridas y estropeado o
coxo, a lo menos, no os podra coger sin honra,
y tal, que no os la podra menoscabar la pobreza;
quanto mas que ya se va dando orden como
se entretengan y remedien los soldados viejos
y estropeados, porque no es bien que se haga
con ellos lo que suelen hazer los que ahorran
y dan libertad a sus negros quando ya son
viejos y no pueden seruir, y, echandolos de casa
con titulo de libres, los hazen esclauos de la
hambre, de quien no piensan ahorrarse sino
con la muerte. Y por aora no os quiero dezir
mas, sino que subays a las ancas deste mi
cauallo hasta la venta, y alli cenareys conmigo,
y por la mañana seguireis el camino, que os le
de Dios tan bueno como vuestros desseos
merecen.”
  El page no aceptó el convite de las ancas,
aunque si el de cenar con el en la venta, y a
esta sazon dizen que dixo Sancho entre si:
  “¡Valate Dios por señor! Y ¿es possible que
hombre que sabe dezir tales, tantas y tan
buenas cosas como aqui ha dicho, diga que ha
visto los disparates impossibles que cuenta de
la cueua de Montesinos? Aora bien, ello dira.”
  Y en esto llegaron a la venta a tiempo que
anochezia, y no sin gusto de Sancho, por ver
que su señor la juzgó por verdadera venta y no
por castillo, como solia. No huuieron bien
entrado, quando don Quixote preguntó al ventero
por el hombre de las lanças y alabardas, el
qual le respondio que en la caualleriza estaua
acomodando el macho; lo mismo hizieron de
sus jumentos el sobrino y Sancho, dando a
Rozinante el mejor pesebre y el mejor lugar de
la caualleriza.

                 Capitulo XXV

Donde se apunta la auentura del rebuzno y la
  graciosa del titerero, con las memorables
  adiuinanças del mono adiuino.

  No se le cozia el pan a don Quixote, como
suele dezirse, hasta oyr y saber las marauillas
prometidas del hombre condutor de las armas;
fuele a buscar donde el ventero le auia dicho
que estaua, y hallole, y dixole que en todo
caso le dixesse luego lo que le auia de dezir
despues, acerca de lo que le auia preguntado en
el camino. El hombre le respondio:
  “Mas despacio, y no en pie, se ha de tomar
el cuento de mis marauillas: dexeme vuessa
merced, señor bueno, acabar de dar recado a
mi bestia, que yo le dire cosas que le admiren.”
  “No quede por esso”, respondio don
Quixote; “que yo os ayudaré a todo.”
  Y assi lo hizo, aechandole la ceuada y
limpiando el pesebre, humildad que obligó al
hombre a contarle con buena voluntad lo que
le pedia, y, sentandose en vn poyo y don
Quixote junto a el, teniendo por senado y
auditorio al primo, al page, a Sancho Pança y al
ventero, començo a dezir desta manera:
  “Sabran vuessas mercedes que en vn lugar
que está quatro leguas y media desta venta,
sucedio que a vn regidor del, por industria y
engaño de vna muchacha criada suya, y esto
es largo de contar, le faltó vn asno, y aunque
el tal regidor hizo las diligencias possibles por
hallarle, no fue possible. Quinze dias serian
passados, segun es publica voz y fama, que el
asno faltaua, quando, estando en la plaça el
regidor perdidoso, otro regidor del mismo pueblo
le dixo: «Dadme albricias, compadre, que
»vuestro jumento ha parecido.» «Yo os las mando
»y buenas, compadre», respondio el otro; «pero
»sepamos dónde ha parecido.» «En el monte»,
respondio el hallador, «le vi esta mañana,
»sin albarda y sin aparejo alguno, y tan flaco
»que era vna compassion miralle; quisele
»antecoger delante de mi y traerosle, pero está
»ya tan montaraz y tan vraño, que quando
»llegué a el, se fue huyendo y se entró en
»lo mas escondido del monte; si quereis que
»boluamos los dos a buscarle, dexadme poner
»esta borrica en mi casa, que luego bueluo.»
«Mucho plazer me hareis», dixo el del
jumento, «e yo procuraré pagaroslo en la
»mesma moneda.»
  ”Con estas circunstancias todas y de la
mesma manera que yo lo voy contando lo cuentan
todos aquellos que estan enterados en la
verdad deste caso; en resolucion, los dos
regidores, a pie y mano a mano, se fueron al
monte, y llegando al lugar y sitio donde pensaron
hallar el asno, no le hallaron, ni parecio por
todos aquellos contornos, aunque mas le
buscaron; viendo, pues, que no parecia, dixo el
regidor que le auia visto al otro:
  «Mirad, compadre, vna traça me ha venido
»al pensamiento, con la qual, sin duda alguna,
»podremos descubrir este animal aunque esté
»metido en las entrañas de la tierra, no que del
»monte, y es que yo se rebuznar marauillosamente,
»y si vos sabeis algun tanto, dad el
»hecho por concluydo.» «¿Algun tanto dezis,
»compadre?», dixo el otro; «por Dios que no
»de la ventaja a nadie, ni aun a los mesmos
»asnos.» «Aora lo veremos,» respondio el
regidor segundo, «porque tengo determinado que
»os vais vos por vna parte del monte y yo por
»otra, de modo que le rodeemos y andemos
»todo, y de trecho en trecho rebuznaréis vos
»y rebuznaré yo, y no podra ser menos sino
»que el asno nos oya y nos responda, si es
»que está en el monte.» A lo que respondio el
dueño del jumento: «Digo, compadre, que la
»traça es excelente y digna de vuestro gran
»ingenio.»
  ”Y, diuidiendose los dos, segun el acuerdo,
sucedio que casi a vn mesmo tiempo rebuznaron,
y cada vno, engañado del rebuzno del otro,
acudieron a buscarse, pensando que ya el jumento
auia parecido; y en viendose, dixo el perdidoso:
«¿Es possible, compadre, que no fue mi
»asno el que rebuznó?» «No fue sino yo»,
respondio el otro. «Aora digo», dixo el dueño,
«que de vos a vn asno, compadre, no ay alguna
»diferencia, en quanto toca al rebuznar,
»porque en mi vida he visto ni oido cosa mas
»propia.» «Essas alabanças y encarecimiento»,
respondio el de la traça, «mejor os atañen
»y tocan a vos que a mi, compadre; que por
»el Dios que me crio que podeis dar dos
»rebuznos de ventaja al mayor y mas perito
»rebuznador del mundo; porque el sonido que
»teneis es alto, lo sostenido de la voz, a su
»tiempo y compas, los dexos, muchos y
»apresurados, y, en resolucion, yo me doy por
»vencido y os rindo la palma y doy la vandera
»desta rara habilidad.» «Aora digo», respondio
el dueño, «que me tendre y estimaré en
»mas de aqui adelante y pensaré que se
»alguna cosa, pues tengo alguna gracia; que
»puesto que pensara que rebuznaua bien, nunca
»entendi que llegaua al estremo que dezis.»
«Tambien dire yo aora», respondio el segundo,
»que ay raras habilidades perdidas en el
»mundo y que son mal empleadas en aquellos que
»no saben aprouecharse dellas.» «Las nuestras»,
respondio el dueño, «si no es en casos
»semejantes como el que traemos entre manos,
»no nos pueden seruir en otros, y aun en este
»plega a Dios que nos sean de prouecho.»
  ”Esto dicho, se tornaron a diuidir y a boluer
a sus rebuznos, y a cada paso se engañauan y
boluian a juntarse, hasta que se dieron por
contraseño que para entender que eran ellos
y no el asno, rebuznassen dos vezes, vna tras
otra; con esto, doblando a cada paso los rebuznos,
rodearon todo el monte sin que el perdido
jumento respondiesse, ni aun por señas. Mas
¿cómo auia de responder el pobre y mal
logrado, si le hallaron en lo mas escondido del
bosque comido de lobos? Y, en viendole, dixo
su dueño: «Ya me marauillaua yo de que el
»no respondia, pues a no estar muerto, el
»rebuznara si nos oyera, o no fuera asno; pero a
»trueco de aueros oydo rebuznar con tanta
»gracia, compadre, doy por bien empleado el
»trabajo que he tenido en buscarle, aunque le he
»hallado muerto.» «En buena mano está,
»compadre», respondio el otro, «pues si bien canta
»el abad, no le va en zaga el monazillo.»
  ”Con esto, desconsolados y roncos, se
boluieron a su aldea, adonde contaron a sus
amigos, vezinos y conocidos quanto les auia
acontecido en la busca del asno, exagerando
el vno la gracia del otro en el rebuznar, todo
lo qual se supo y se estendio por los lugares
circunuezinos. Y el diablo, que no duerme,
como es amigo de sembrar y derramar renzillas
y discordia por doquiera, leuantando caramillos
en el viento y grandes quimeras de nonada,
ordenó e hizo que las gentes de los otros
pueblos, en viendo a alguno de nuestra aldea,
rebuznasse[n], como dandoles en rostro con el
rebuzno de nuestros regidores. Dieron en ello
los muchachos, que fue dar en manos y en
bocas de todos los demonios del infierno, y fue
cundiendo el rebuzno de en vno en otro pueblo,
de manera, que son conocidos los naturales
del pueblo del rebuzno, como son conocidos
y diferenciados los negros de los blancos, y
ha llegado a tanto la desgracia desta burla, que
muchas vezes con mano armada y formado
esquadron han salido contra los burladores los
burlados a darse la batalla, sin poderlo
remediar rey ni roque, ni temor, ni verguença.
Yo creo que mañana o essotro dia han de salir
en campaña los de mi pueblo, que son los del
rebuzno, contra otro lugar que está a dos
leguas del nuestro, que es vno de los que mas
nos persiguen, y por salir bien apercebidos,
lleuo compradas estas lanças y alabardas que
aueis visto. Y estas son las marauillas que
dixe que os auia de contar, y si no os lo han
parecido, no se otras.”
  Y, con esto, dio fin a su platica el buen
hombre, y, en esto, entró por la puerta de la
venta vn hombre todo vestido de camuça,
medias, greguescos y jubon, y con voz leuantada
dixo:
  “Señor huesped, ¿ay posada? Que viene aqui
el mono adiuino y el retablo de la libertad de
Melisendra.”
  “¡Cuerpo de tal”, dixo el ventero, “que aqui
está el señor masse Pedro!; buena noche se
nos apareja.”
  Oluidauaseme de dezir como el tal masse
Pedro traia cubierto el ojo yzquierdo y casi
medio carrillo con vn parche de tafetan verde,
señal que todo aquel lado deuia de estar
enfermo; y el ventero prosiguio diziendo:
  “Sea bien venido vuessa merced, señor
masse Pedro; ¿adónde está el mono y el
retablo, que no los veo?”
  “Ya llegan cerca”, respondio el todo camuça,
“sino que yo me he adelantado a saber si
ay posada.”
  “Al mismo duque de Alua se la quitara para
darsela al señor masse Pedro”, respondio el
ventero; “llegue el mono y el retablo, que
gente ay esta noche en la venta que pagará el
verle y las habilidades del mono.”
  “Sea en buenora”, respondio el del parche,
“que yo moderaré el precio, y con sola la costa
me daré por bien pagado; y yo bueluo a hazer
que camine la carreta, donde viene el mono y
el retablo.”
  Y luego se boluio a salir de la venta.
  Preguntó luego don Quixote al ventero qué
masse Pedro era aquel, y qué retablo y qué
mono traia.
  A lo que respondio el ventero:
  “Este es vn famoso titerero que ha muchos
dias que anda por esta Mancha de Aragon enseñando
vn retablo de Melisendra [libertada]
por el famoso don Gayferos, que es vna de las
mejores y mas bien representadas historias
que de muchos años a esta parte en este reyno
se han visto; trae assimismo consigo vn mono
de la mas rara habilidad que se vio entre
monos, ni se imaginó entre hombres, porque si le
preguntan algo, está atento a lo que le pregunta[n],
y luego salta sobre los ombros de su
amo, y llegandosele al oydo le dize la respuesta
de lo que le preguntan, y maesse Pedro la
declara luego; y de las cosas passadas dize
mucho mas que de las que estan por venir, y
aunque no todas vezes acierta en todas, en las
mas no yerra, de modo, que nos haze creer que
tiene el diablo en el cuerpo; dos reales lleua
por cada pregunta, si es que el mono responde,
quiero dezir, si responde el amo por el, despues
de auerle hablado al oydo; y, assi, se cree
que el tal maesse Pedro está riquissimo; y es
hombre galante, como dizen en Italia, y bon
compaño, y dase la mejor vida del mundo;
habla mas que seys y beue mas que doze, todo
a costa de su lengua y de su mono y de su
retablo.”
  En esto, boluio maesse Pedro, y en vna carreta
venia el retablo, y el mono, grande y sin
cola, con las posaderas de fieltro, pero no de
mala cara, y apenas le vio don Quixote,
quando le preguntó:
  “Digame vuessa merced, señor adiuino, ¿qué
pexe pillamo?, ¿qué ha de ser de nosotros?;
y vea aqui mis dos reales.”
  Y mandó a Sancho que se los diesse a
maesse Pedro, el qual respondio por el mono
y dixo:
  “Señor, este animal no responde, ni da
noticia de las cosas que estan por venir; de las
passadas sabe algo, y de las presentes, algun
tanto.”
  “¡Voto a rrus!”, dixo Sancho, “no de yo vn
ardite porque me digan lo que por mi ha
passado, porque ¿quién lo puede saber mejor
que yo mesmo?; y pagar yo porque me digan
lo que se, seria vna gran necedad; pero pues
sabe las cosas presentes, e aqui mis dos reales
y digame el señor monissimo qué haze aora
mi muger Teresa Pança y en qué se
entretiene.”
  No quiso tomar maesse Pedro el dinero,
diziendo:
  “No quiero recebir adelantados los premios
sin que ayan precedido los seruicios.”
  Y, dando con la mano derecha dos golpes
sobre el ombro yzquierdo, en vn brinco se le
puso el mono en el, y, llegando la boca al oydo,
daua diente con diente muy a priesa; y, auiendo
hecho este ademan por espacio de vn credo,
de otro brinco se puso en el suelo; y al punto
con grandissima priessa se fue maesse Pedro a
poner de rodillas ante don Quixote, y
abraçandole las piernas dixo:
  “Estas piernas abraço, bien assi como si
abraçara las dos colunas de Hercules, ¡o
resucitador insigne de la ya puesta en oluido
andante caualleria, o no jamas como se deue
alabado cauallero don Quixote de la Mancha,
animo de los desmayados, arrimo de los que
van a caer, braço de los caydos, baculo y
consuelo de todos los desdichados!”
  Quedó pasmado don Quixote, absorto Sancho,
suspenso el primo, atonito el page, abobado
el del rebuzno, confuso el ventero y,
finalmente, espantados todos los que oyeron
las razones del titerero, el qual prosiguio,
diziendo:
  “Y tu, ¡o buen Sancho Pança!, el mejor escudero
y del mejor cauallero del mundo: alegrate,
que tu buena muger Teresa está buena, y esta
es la hora en que ella está rastrillando vna libra
de lino, y por mas señas, tiene a su lado
yzquierdo vn jarro desbocado que cabe vn buen
porqué de vino, con que se entretiene en su
trabajo.”
  “Esso creo yo muy bien”, respondio Sancho,
“porque es ella vna bienauenturada, y a no
ser zelosa, no la trocara yo por la giganta
Andandona, que, segun mi señor, fue vna
muger muy cabal y muy de pro, y es mi Teresa de
aquellas que no se dexan mal passar, aunque
sea a costa de sus herederos.”
  “Aora digo”, dixo a esta sazon don Quixote,
“que el que lee mucho y anda mucho, vee
mucho y sabe mucho. Digo esto, porque ¿qué
persuasion fuera bastante para persuadirme
que ay monos en el mundo que adiuinen, como
lo he visto aora por mis propios ojos?: porque
yo soy el mesmo don Quixote de la Mancha,
que este buen animal ha dicho, puesto que se
ha estendido algun tanto en mis alabanças;
pero como quiera que yo me sea, doy gracias
al cielo, que me dotó de vn animo blando y
compassiuo, inclinado siempre a hazer bien a
todos y mal a ninguno.”
  “Si yo tuuiera dineros”, dixo el page,
“preguntara al señor mono que me ha de suceder
en la peregrinacion que lleuo.”
  A lo que respondio maesse Pedro, que ya se
auia leuantado de los pies de don Quixote:
  “Ya he dicho que esta bestezuela no responde
a lo por venir, que si respondiera no importara
no auer dineros; que por seruicio del señor
don Quixote, que está presente, dexara yo
todos los interesses del mundo, y agora porque
se lo deuo y por darle gusto, quiero armar mi
retablo y dar plazer a quantos estan en la venta,
sin paga alguna.”
  Oyendo lo qual el ventero, alegre sobremanera,
señaló el lugar donde se podia poner el
retablo, que en vn punto fue hecho. Don Quixote
no estaua muy contento con las adiuinanças
del mono, por parecerle no ser a proposito
que vn mono adiuinasse, ni las de por venir, ni
las passadas cosas, y, assi, en tanto que maesse
Pedro acomodaua el retablo, se retiró don
Quixote con Sancho a vn rincon de la caualleriza,
donde, sin ser oydos de nadie, le dixo:
  “Mira, Sancho, yo he considerado bien la
estraña habilidad deste mono, y hallo por mi
cuenta que sin duda este maesse Pedro, su
amo, deue de tener hecho pacto, tacito o
espreso, con el demonio.”
  “Si el patio es espeso y del demonio”, dixo
Sancho, “sin duda deue de ser muy suzio patio;
pero ¿de qué prouecho le es al tal maesse
Pedro tener essos patios?”
  “No me entiendes, Sancho; no quiero dezir
sino que deue de tener hecho algun concierto
con el demonio, de que infunda essa habilidad
en el mono, con que gane de comer, y despues
que esté rico le dara su alma, que es lo que
este vniuersal enemigo pretende; y hazeme
creer esto el ver que el mono no responde
sino a las cosas passadas o presentes, y la
sabiduria del diablo no se puede estender a mas,
que las por venir no las sabe, si no es por
conjeturas, y no todas vezes; que a solo Dios está
reseruado conocer los tiempos y los momentos,
y para El no ay passado ni porvenir, que todo
es presente; y siendo esto assi, como lo es, está
claro que este mono habla con el estilo del
diablo, y estoy marauillado como no le han
acusado al Santo Oficio, y examinadole, y sacado
de quajo en virtud de quién adiuina; porque
cierto está que este mono no es astrologo, ni su
amo ni el alçan, ni saben alçar estas figuras que
llaman judiciarias, que tanto aora se vsan
en España, que no hay mugercilla, ni page, ni
çapatero de viejo que no presuma de alçar vna
figura, como si fuera vna sota de naypes del
suelo, echando a perder con sus mentiras e
ignorancias la verdad marauillosa de la
ciencia. De vna señora se yo, que preguntó a vno
destos figureros que si vna perrilla de falda,
pequeña, que tenia, si se empreñaria y pariria,
y quántos y de qué color serian los perros que
pariesse; a lo que el señor judiciario, despues
de auer alçado la figura, respondio que la
perrica se empreñaria y pariria tres perricos,
el vno verde, el otro encarnado y el otro de
mezcla, con tal condicion, que la tal perra se
cubriesse entre las onze y doze del dia o de la
noche, y que fuesse en lunes o en sabado; y lo
que sucedio fue que de alli a dos dias se murio
la perra de ahita, y el señor leuantador quedó
acreditado en el lugar por acertadissimo
judiciario, como lo quedan todos o los mas
leuantadores.”
  “Con todo esso querria”, dixo Sancho, “que
vuessa merced dixesse a maesse Pedro
preguntasse a su mono si es verdad lo que a
vuessa merced le passó en la cueua de
Montesinos; que yo para mi tengo, con perdon de
vuessa merced, que todo fue embeleco y
mentira, o, por lo menos, cosas soñadas.”
  “Todo podria ser”, respondio don Quixote;
“pero yo hare lo que me aconsejas, puesto que
me ha de quedar vn no se qué de escrupulo.”
  Estando en esto, llegó maesse Pedro a buscar
a don Quixote y dezirle que ya estaua en orden
el retablo, que su merced viniesse a verle
porque lo merecia; don Quixote le comunicó su
pensamiento y le rogo preguntasse luego a su
mono le dixesse si ciertas cosas que auia
passado en la cueua de Montesinos auian sido
soñadas o verdaderas, porque a el le parecia
que tenian de todo. A lo que maesse Pedro, sin
responder palabra, boluio a traer el mono, y
puesto delante de don Quixote y de Sancho,
dixo:
  “Mirad, señor mono, que este cauallero quiere
saber si ciertas cosas que le passaron en vna
cueua llamada de Montesinos, si fueron falsas,
o verdaderas.”
  Y, haziendole la acostumbrada señal, el
mono se le subio en el ombro yzquierdo, y
hablandole al parecer en el oydo, dixo luego
maesse Pedro:
  “El mono dize que parte de las cosas que
vuessa merced vio o passó en la dicha cueua
son falsas, y parte verissimiles, y que esto es lo
que sabe, y no otra cosa, en quanto a esta
pregunta; y que si vuessa merced quisiere saber
mas, que el viernes venidero respondera a todo
lo que se le preguntare; que por aora se le ha
acabado la virtud, que no le vendra hasta el
viernes, como dicho tiene.”
  “¿No lo dezia yo”, dixo Sancho, “que no se
me podia assentar que todo lo que vuessa merced,
señor mio, ha dicho de los acontecimientos
de la cueua era verdad, ni aun la mitad?”
  “Los sucessos lo diran, Sancho”, respondio
don Quixote; “que el tiempo, descubridor de
todas las cosas, no se dexa ninguna que no las
saque a la luz del sol, aunque esté escondida
en los senos de la tierra; y por aora baste esto,
y vamonos a ver el retablo del buen maesse
Pedro, que para mi tengo que deue de tener
alguna nouedad.”
  “¿Cómo alguna?”, respondio maesse Pedro;
“sesenta mil encierra en si este mi retablo:
digole a vuessa merced, mi señor don Quixote,
que es vna de las cosas mas de ver que oy
tiene el mundo, y operibus credite & non
verbis; y manos a labor, que se haze
tarde, y tenemos mucho que hazer y que dezir
y que mostrar.”
  Obedecieronle don Quixote y Sancho, y
vinieron donde ya estaua el retablo puesto y
descubierto, lleno por todas partes de candelillas
de cera encendidas, que le hazian vistoso
y resplandeciente. En llegando, se metio maesse
Pedro dentro del, que era el que auia de manejar
las figuras del artificio, y fuera se puso vn
muchacho, criado del maesse Pedro, para seruir
de interprete y declarador de los misterios del
tal retablo; tenia vna varilla en la mano con
que señalaua las figuras que salian. Puestos,
pues, todos quantos auia en la venta, y algunos
en pie, frontero del retablo, y acomodados don
Quixote, Sancho, el page y el primo en los
mejores lugares, el truxaman començo a dezir
lo que oyra y vera el que le oyere, o viere el
capitulo siguiente.

                Capitulo XXVI

Donde se prosigue la graciosa auentura del
  titerero, con otras cosas en verdad harto
  buenas.

    “Callaron todos, tirios y troyanos,”

quiero dezir, pendientes estauan todos los que
el retablo mirauan de la boca del declarador
de sus marauillas, quando se oyeron sonar en
el retablo cantidad de atabales, y trompetas, y
dispararse mucha artilleria, cuyo rumor passó
en tiempo breue, y luego alçó la voz el
muchacho, y dixo:
  “Esta verdadera historia que aqui a vuessas
mercedes se representa, es sacada al pie de la
letra de las coronicas francessas y de los
romances españoles que andan en boca de las
gentes y de los muchachos por essas calles; trata
de la libertad que dio el señor don Gayferos a
su esposa Melisendra, que estaua cautiua en
España, en poder de moros, en la ciudad de
Sansueña, que assi se llamaua entonces la que
oy se llama Zaragoça; y vean vuessas mercedes
alli como está jugando a las tablas don
Gayferos, segun aquello que se canta:

    Iugando está a las tablas don Gayferos
  que ya de Melisendra está oluidado;

y aquel personage, que alli asoma con corona
en la cabeça y ceptro en las manos, es el
emperador Carlo Magno, padre putatiuo de la
tal Melisendra, el qual, mohino de ver el ocio y
descuydo de su yerno, le sale a reñir; y
aduiertan con la vehemencia y ahinco que le riñe,
que no parece sino que le quiere dar con el
ceptro media dozena de coscorrones, y aun ay
autores que dizen que se los dio, y muy bien
dados, y despues de auerle dicho muchas cosas
acerca del peligro que corria su honra en no
procurar la libertad de su esposa, dizen que
le dixo:

    «harto os he dicho, miradlo».

Miren vuessas mercedes tambien como el
emperador buelue las espaldas y dexa despechado
a don Gayferos, el qual ya ven como arroja
impaciente de la colera lexos de si el tablero
y las tablas, y pide a priesa las armas, y a don
Roldan, su primo, pide prestada su espada
Durindana, y como don Roldan no se la quiere
prestar, ofreciendole su compañia en la dificil
empresa en que se pone; pero el valeroso
enojado no lo quiere aceptar, antes dize que el
solo es bastante para sacar a su esposa, si bien
estuuiesse metida en el mas hondo centro de
la tierra; y, con esto, se entra a armar para
ponerse luego en camino.
  ”Bueluan vuessas mercedes los ojos a aquella
torre que alli parece, que se presupone que
es vna de las torres del alcaçar de Zaragoça,
que aora llaman la Aljaferia, y aquella dama
que en aquel valcon parece, vestida a lo moro,
es la sin par Melisendra, que desde alli muchas
vezes se ponia a mirar el camino de Francia, y
puesta la imaginacion en Paris y en su esposo,
se consolaua en su cautiuerio. Miren tambien
vn nueuo caso que aora sucede, quiça no visto
jamas. ¿No veen aquel moro que callandico y
pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se
llega por las espaldas de Melisendra? Pues
miren como la da vn beso en mitad de los
labios, y la priesa que ella se da a escupir y a
limpiarselos con la blanca manga de su camisa,
y como se lamenta y se arranca de pesar sus
hermosos cabellos, como si ellos tuuieran la
culpa del maleficio. Miren tambien como aquel
graue moro que está en aquellos corredores es
el rey Marsilio de Sansueña, el qual, por auer
visto la insolencia del moro, puesto que era vn
pariente y gran priuado suyo, le mandó luego
prender y que le den dozientos açotes,
lleuandole por las calles acostumbradas de la
ciudad,

        con chilladores delante,
        y enuaramiento detras;

y veys aqui donde salen a executar la sentencia,
aun bien apenas no auiendo sido puesta
en execucion la culpa, porque entre moros no
ay traslado a la parte, ni a prueua y estese como
entre nosotros.”
  “Niño, niño”, dixo con voz alta a esta sazon
don Quixote: “Seguid vuestra historia linea
recta y no os metais en las curuas o
transuersales; que para sacar vna verdad en limpio
menester son muchas prueuas y reprueuas.”
  Tambien dixo maesse Pedro desde dentro:
  “Muchacho, no te metas en dibuxos, sino
haz lo que esse señor te manda, que sera lo
mas acertado; sigue tu canto llano y no te
metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de
sotiles.”
  “Yo lo hare assi”, respondio el muchacho, y
prosiguio, diziendo:
  “Esta figura que aqui parece a cauallo
cubierta con vna capa gascona, es la mesma de
don Gayferos; [aqui] su esposa, ya vengada
del atreuimiento del enamorado moro, con
mejor y mas sossegado semblante se ha puesto a
los miradores de la torre, y habla con su esposo
creyendo que es algun passagero, con quien
passó todas aquellas razones y coloquios de
aquel romance que dizen:

       «Cauallero, si a Francia ydes,
     por Gayferos preguntad.»

Las quales no digo yo aora, porque de la prolixidad
se suele engendrar el fastidio; basta ver
como don Gayferos se descubre, y que por los
ademanes alegres que Melisendra haze, se nos
da a entender que ella le ha conocido, y mas
aora que veemos se descuelga del valcon, para
ponerse en las ancas del cauallo de su buen
esposo; mas ¡ay, sin ventura!, que se le ha assido
vna punta del faldellin de vno de los hierros
del valcon, y está pendiente en el ayre, sin
poder llegar al suelo. Pero veys como el piadoso
cielo socorre en las mayores necessidades, pues
llega don Gayferos, y sin mirar si se rasgará o
no el rico faldellin, asse della, y mal su grado
la haze baxar al suelo, y luego de vn brinco
la pone sobre las ancas de su cauallo, a
horcajadas como hombre, y la manda que se tenga
fuertemente y le eche los braços por las
espaldas, de modo que los cruze en el pecho,
porque no se cayga, a causa que no estaua la
señora Melisendra acostumbrada a semejantes
cauallerias. Veys tambien como los relinchos
del cauallo dan señales que va contento con la
valiente y hermosa carga que lleua en su señor
y en su señora. Veys como bueluen las espaldas
y salen de la ciudad, y alegres y regozijados
toman de Paris la via. ¡Vays en paz, o par
sin par de verdaderos amantes; llegueis a
saluamento a vuestra desseada patria, sin que la
fortuna ponga estoruo en vuestro felice viage;
los ojos de vuestros amigos y parientes os vean
gozar en paz tranquila los dias --que los de
Nestor sean--, que os quedan de la vida!”
  Aqui alçó otra vez la voz maesse Pedro, y
dixo:
  “Llaneza, muchacho, no te encumbres; que
toda afectacion es mala.”
  No respondio nada el interprete, antes
prosiguio, diziendo:
  “No faltaron algunos ociosos ojos, que lo
suelen ver todo, que no viessen la baxada y
la subida de Melisendra, de quien dieron noticia
al rey Marsilio, el qual mandó luego tocar al
arma, y miren con qué priesa: que ya la ciudad
se hunde con el son de las campanas, que en
todas las torres de las mezquitas suenan.”
  “Esso no”, dixo a esta sazon don Quixote;
“en esto de las campanas anda muy impropio
maesse Pedro, porque entre moros no se vsan
campanas, sino atabales y vn genero de
dulzaynas que parecen nuestras chirimias, y esto
de sonar campanas en Sansueña sin duda que
es vn gran disparate.”
  Lo qual oydo por maesse Pedro, cessó el
tocar, y dixo:
  “No mire vuessa merced en niñerias, señor
don Quixote, ni quiera lleuar las cosas tan por
el cabo, que no se le halle. ¿No se representan
por ay casi de ordinario mil comedias llenas de
mil impropiedades y disparates, y, con todo
esso, corren felicissimamente su carrera y se
escuchan, no solo con aplauso, sino con
admiracion y todo? Prosigue, muchacho, y dexa
dezir, que como yo llene mi talego, siquiera
represente mas impropiedades que tiene
atomos el sol.”
  “Assi es la verdad”, replicó don Quixote.
  Y el muchacho dixo:
  “Miren quánta y quán luzida caualleria sale
de la ciudad en siguimiento de los dos
catolicos amantes, quántas trompetas que suenan,
quántas dulzaynas que tocan y quántos
atabales y atambores que retumban; temome que
los han de alcançar y los han de boluer atados
a la cola de su mismo cauallo, que seria vn
horrendo espetaculo.”
  Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y
tanto estruendo don Quixote, pareciole ser
bien dar ayuda a los que huian, y,
leuantandose en pie, en voz alta dixo:
  “No consentire yo que en mis dias y en mi
presencia se le haga supercheria a tan
famoso cauallero y a tan atreuido enamorado como
don Gayferos. ¡Deteneos, mal nacida canalla,
no le siguays ni persigays; si no, conmigo
sois en la batalla!”
  Y, diziendo y haziendo, desenuaynó la espada,
y de vn brinco se puso junto al retablo y
con acelerada y nunca vista furia començo a
llouer cuchilladas sobre la titerera morisma,
derribando a vnos, descabeçando a otros,
estropeando a este, destroçando a aquel, y entre
otros muchos, tiró vn altibaxo tal, que si maesse
Pedro no se abaxa, se encoge y agazapa, le
cercenara la cabeça con mas facilidad que si
fuera hecha de masa de maçapan. Daua vozes
maesse Pedro, diziendo:
  “Detengase vuessa merced, señor don Quixote,
y aduierta que estos que derriba, destroza
y mata no son verdaderos moros, sino vnas
figurillas de pasta; ¡mire, pecador de mi, que me
destruye y echa a perder toda mi hazienda!”
  Mas no por esto dexaua de menudear don
Quixote cuchilladas, mandobles, tajos y
rebeses como llouidos. Finalmente, en menos de
dos credos dio con todo el retablo en el suelo,
hechas pedaços y desmenuzadas todas sus jarcias
y figuras, el rey Marsilio mal herido y el
emperador Carlo Magno, partida la corona y la
cabeça en dos partes. Alborotose el senado
de los oyentes, huyose el mono por los tejados
de la venta, temio el primo, acobardose el
page, y hasta el mesmo Sancho Pança tuuo
pauor grandissimo, porque como el juró despues
de passada la borrasca, jamas auia visto
a su señor con tan desatinada colera. Hecho,
pues, el general destroço del retablo,
sossegose vn poco don Quixote y dixo:
  “Quisiera yo tener aqui delante en este punto
todos aquellos que no creen ni quieren creer de
quánto prouecho sean en el mundo los caualleros
andantes; miren si no me hallara yo aqui
presente qué fuera del buen don Gayferos y de
la hermosa Melisendra; a buen seguro que esta
fuera ya la hora que los huuieran alcançado
estos canes y les huuieran hecho algun desaguisado.
En resolucion, ¡viua la andante caualleria
sobre quantas cosas oy viuen en la tierra!”
  “Viua en hora buena”, dixo a esta sazon
con voz enfermiza maesse Pedro, “y muera
yo, pues soy tan desdichado que puedo dezir
con el rey don Rodrigo:

        Ayer fuy señor de España,
      y oy no tengo vna almena
      que pueda dezir que es mia.

No ha media hora, ni aun vn mediano momento,
que me vi señor de reyes y de emperadores,
llenas mis cauallerizas y mis cofres y
sacos de infinitos cauallos y de innumerables
galas, y agora me veo desolado y abatido,
pobre y mendigo, y, sobre todo, sin mi mono,
que a fe que primero que le buelua a mi poder
me han de sudar los dientes, y todo por la
furia mal considerada deste señor cauallero,
de quien se dize que ampara pupilos y endereza
tu[e]rtos, y haze otras obras caritatiuas,
y en mi solo ha venido a faltar su intencion
generosa, que sean benditos y alabados los
cielos alla donde tienen mas leuantados sus
assientos. En fin, el Cauallero de la Triste
Figura auia de ser aquel que auia de desfigurar
las mias.”
  Enterneciose Sancho Pança con las razones
de maesse Pedro, y dixole:
  “No llores, maesse Pedro, ni te lamentes,
que me quiebras el coraçon; porque te hago
saber que es mi señor don Quixote tan catolico
y escrupuloso christiano, que si el cae en la
cuenta de que te ha hecho algun agrauio, te lo
sabra y te lo querra pagar y satisfazer con
muchas ventajas.”
  “Con que me pagasse el señor don Quixote
alguna parte de las hechuras que me ha deshecho,
quedaria contento, y su merced asseguraria
su conciencia, porque no se puede saluar
quien tiene lo ageno contra la voluntad de su
dueño y no lo restituye.”
  “Assi es”, dixo don Quixote; “pero hasta
aora yo no se que tenga nada vuestro, maesse
Pedro.”
  “¿Cómo no?”, respondio maesse Pedro. “Y
estas reliquias que estan por este duro y esteril
suelo, ¿quién las esparcio y aniquiló sino la
fuerça inuencible desse poderoso braço? Y
¿cuyos eran sus cuerpos sino mios? Y ¿con
quién me sustentaua yo sino con ellos?”
  “Aora acabo de creer”, dixo a este punto
don Quixote, “lo que otras muchas vezes he
creydo: que estos encantadores que me
persiguen no hazen sino ponerme las figuras
como ellas son delante de los ojos, y luego me
las mudan y truecan en las que ellos quieren.
Real y verdaderamente os digo, señores que
me ois, que a mi me parecio todo lo que aqui
ha passado que passaua al pie de la letra: que
Melisendra era Melisendra; don Gayferos, don
Gayferos; Marsilio, Marsilio, y Carlo Magno,
Carlo Magno. Por esso se me alteró la colera, y,
por cumplir con mi profession de cauallero
andante, quise dar ayuda y fauor a los que huian,
y con este buen proposito hize lo que aueys
visto; si me ha salido al rebes no es culpa mia,
sino de los malos que me persiguen; y, con
todo esto, deste mi hierro, aunque no ha
procedido de malicia, quiero yo mismo condenarme
en costas; vea maesse Pedro lo que quiere
por las figuras deshechas; que yo me ofrezco
a pagarselo luego en buena y corriente moneda
castellana.”
  Inclinosele maesse Pedro, diziendole:
  “No esperaua yo menos de la inaudita
christiandad del valeroso don Quixote de la
Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos
los necessitados y menesterosos vagamundos;
y aqui el señor ventero y el gran Sancho seran
medianeros y apreciadores entre vuessa merced
y mi de lo que valen o podian valer las ya
deshechas figuras.”
  El ventero y Sancho dixeron que assi lo
harian, y luego maesse Pedro alçó del suelo,
con la cabeça menos, al rey Marsilio de
Zaragoça, y dixo:
  “Ya se vee quán impossible es boluer a este
rey a su ser primero, y, assi, me parece, saluo
mejor juyzio, que se me de por su muerte, fin
y acabamiento quatro reales y medio.”
  “Adelante”, dixo don Quixote.
  “Pues por esta abertura de arriba abaxo”,
prosiguio maesse Pedro, tomando en las
manos al partido emperador Carlo Magno, “no
seria mucho que pidiesse yo cinco reales y vn
quartillo.”
  “No es poco”, dixo Sancho.
  “Ni mucho”, replicó el ventero; “mediese la
partida y señalensele cinco reales.”
  “Densele todos cinco y quartillo”, dixo don
Quixote; “que no está en vn quartillo mas a
menos la monta desta notable desgracia, y acabe
presto maesse Pedro, que se haze hora de cenar
y yo tengo ciertos barruntos de hambre.”
  “Por esta figura”, dixo maesse Pedro, “que
está sin narizes y vn ojo menos, que es de la
hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo
justo, dos reales y doze marauedis.”
  “Aun ai seria el diablo”, dixo don Quixote,
“si ya no estuuiesse Melisendra con su esposo,
por lo menos, en la raya de Francia, porque el
cauallo en que yuan a mi me parecio que antes
bolaua que corria, y, assi, no ay para qué
venderme a mi el gato por liebre, presentandome
aqui a Melisendra desnarigada, estando
la otra, si viene a mano, aora holgandose en
Francia con su esposo a pierna tendida. Ayude
Dios con lo suyo a cada vno, señor maesse
Pedro, y caminemos todos con pie llano y con
intencion sana, y prosiga.”
  Maesse Pedro, que vio que don Quixote
yzqui[e]rdeaua y que boluia a su primer tema,
no quiso que se le escapasse, y, assi, le dixo:
  “Esta no deue de ser Melisendra, sino alguna
de las donzellas que la seruian, y, assi, con
sesenta marauedis que me den por ella,
quedaré contento y bien pagado.”
  Desta manera fue poniendo precio a otras
muchas destroçadas figuras, que despues los
moderaron los dos juezes arbitros, con
satisfacion de las partes, que llegaron a quarenta
reales y tres quartillos, y ademas desto, que
luego lo desembolsó Sancho, pidio maesse Pedro
dos reales por el trabajo de tomar el mono.
  “Daselos, Sancho”, dixo don Quixote, “no
para tomar el mono, sino la mona, y dozientos
diera yo aora en albricias a quien me dixera
con certidumbre que la señora doña Melisendra
y el señor don Gayferos estauan ya en
Francia y entre los suyos.”
  “Ninguno nos lo podra dezir mejor que mi
mono”, dixo maesse Pedro, “pero no aura diablo
que aora le tome; aunque imagino que el cariño
y la hambre le han de forçar (h)a que me busque
esta noche, y amanecera Dios, y veremonos.”
  En resolucion, la borrasca del retablo se
acabó y todos cenaron en paz y en buena
compañia, a costa de don Quixote, que era
liberal en todo estremo. Antes que amaneciesse
se fue el que lleuaua las lanças y las alabardas,
y ya despues de amanecido se vinieron a
despedir de don Quixote el primo y el page, el
vno para boluerse a su tierra, y el otro, a
proseguir su camino, para ayuda del qual le dio
don Quixote vna dozena de reales. Maesse
Pedro no quiso boluer a entrar en mas dimes
ni diretes con don Quixote, a quien el conocia
muy bien, y, assi, madrugó antes que el sol, y,
cogiendo las reliquias de su retablo y a su
mono, se fue tambien a buscar sus auenturas.
El ventero, que no conocia a don Quixote,
tan admirado le tenian sus locuras como su
liberalidad. Finalmente, Sancho le pagó muy bien
por orden de su señor, y, despidiendose del,
casi a las ocho del dia dexaron la venta y se
pusieron en camino, donde los dexaremos yr,
que assi conuiene, para dar lugar a contar
otras cosas pertenecientes a la declaracion
desta famosa historia.

                Capitulo XXVII

Donde se da cuenta quiénes eran maesse
  Pedro y su mono, con el mal sucesso que don
  Quixote tuuo en la auentura del rebuzno,
  que no la acabó como el quisiera y como lo
  tenia pensado.

  Entra Cide Hamete, coronista desta grande
historia, con estas palabras en este capitulo:
  “Iuro como catolico christiano”; a lo que su
traductor dize que el jurar Cide Hamete como
catolico christiano, siendo el moro, como sin
duda lo era, no quiso dezir otra cosa, sino que
assi como el catolico christiano, quando jura,
jura o deue jurar verdad y dezirla en lo que
dixere, assi el la dezia como si jurara como
christiano catolico en lo que queria escriuir de
don Quixote, especialmente en dezir quién era
maesse Pedro y quién el mono adiuino que
traia admirados todos aquellos pueblos con
sus adiuinanças.
  Dize, pues, que bien se acordará el que
huuiere leydo la primera parte desta historia de
aquel Gines de Passamonte a quien, entre otros
galeotes, dio libertad don Quixote en Sierra
Morena, beneficio que despues le fue mal
agradecido y peor pagado de aquella gente maligna
y mal acostumbrada. Este Gines de Passamonte,
a quien don Quixote llamaua Ginessillo de
Parapilla, fue el que hurtó a Sancho Pança el
ruzio, que por no auerse puesto el cómo ni
el quándo en la primera parte, por culpa de los
impressores, ha dado en qué entender a
muchos, que atribuian a poca memoria del autor
la falta de emprenta. Pero, en resolucion,
Gines le hurtó estando sobre el durmiendo
Sancho Pança, vsando de la traça y modo que
vsó Brunelo quando, estando Sacripante sobre
Albraca, le sacó el cauallo de entre las piernas,
y despues le cobró Sancho, como se ha
contado. Este Gines, pues, temeroso de no ser
hallado de la justicia que le buscaua para
castigarle de sus infinitas vellaquerias y delitos,
que fueron tantos y tales, que el mismo
compuso vn gran volumen contandolos, determinó
passarsse al reyno de Aragon y cubrirse el ojo
yzquierdo, acomodandose al oficio de titerero;
que esto y el jugar de manos lo sabia hazer
por estremo.
  Sucedio, pues, que de vnos christianos ya
libres que venian de Berberia compró aquel
mono, a quien enseñó que en haziendole
cierta señal, se le subiesse en el ombro y le
murmurasse, o lo pareciesse, al oydo. Hecho esto,
antes que entrasse en el lugar donde entraua
con su retablo y mono, se informaua en el
lugar más cercano, o de quien el mejor podia,
qué cosas particulares huuiessen sucedido en el
tal lugar y a qué personas, y lleuandolas bien
en la memoria, lo primero que hazia era mostrar
su retablo, el qual vnas vezes era de vna
historia y otras de otra, pero todas alegres y
regozijadas y conocidas. Acabada la muestra
proponia las habilidades de su mono, diziendo
al pueblo que adiuinaua todo lo passado
y lo presente, pero que en lo de por venir
no se daua maña; por la respuesta de cada
pregunta pedia dos reales y de algunas hazia
varato, segun tomaua el pulso a los preguntantes,
y como tal vez llegaua a las casas de
quien el sabia los sucessos de los que en ella
morauan, aunque no le preguntassen nada,
por no pagarle, el hazia la seña al mono y
luego dezia que le auia dicho tal y tal cosa,
que venia de molde con lo sucedido; con esto
cobraua credito inefable y andauanse todos
tras el; otras vezes, como era tan discreto,
respondia de manera, que las respuestas venian
bien con las preguntas, y como nadie le apuraua
ni apretaua a que dixesse como adeuinaua
su mono, a todos hazia monas y llenaua
sus esqueros.
  Assi como entró en la venta conocio a don
Quixote y a Sancho, por cuyo conocimiento
le fue facil poner en admiracion a don Quixote
y a Sancho Pança y a todos los que en ella
estauan; pero huuierale de costar caro, si don
Quixote baxara vn poco mas la mano, quando
cortó la cabeça al rey Marsilio y destruyó toda
su caualleria, como queda dicho en el
antecedente capitulo.
  Esto es lo que ay que dezir de maesse Pedro
y de su mono. Y, boluiendo a don Quixote de
la Mancha, digo que despues de auer salido
de la venta, determinó de ver primero las
riberas del rio Hebro y todos aquellos contornos,
antes de entrar en la ciudad de Zaragoça,
pues le daua tiempo para todo el mucho que
faltaua desde alli a las justas. Con esta
intencion siguio su camino, por el qual anduuo dos
dias sin acontecerle cosa digna de ponerse en
escritura, hasta que al tercero, al subir de vna
loma, oyo vn gran rumor de atambores, de
trompetas y arcabuzes; al principio penso que
algun tercio de soldados passaua por aquella
parte, y por verlos picó a Rozinante y subio la
loma arriba, y quando estuuo en la cumbre vio
al pie della, a su parecer, mas de dozientos
hombres armados de diferentes suertes de
armas, como si dixessemos lanzones, ballestas,
partesanas, alabardas y picas, y algunos
arcabuzes y muchas rodelas. Baxó del recuesto y
acercose al esquadron, tanto, que distintamente
vio las vanderas, juzgó de las colores y notó
las empressas que en ellas traian, especialmente
vna que en vn estandarte o giron de raso
blanco venia, en el qual estaua pintado muy al
viuo vn asno como vn pequeño sardesco, la
cabeça leuantada, la boca abierta y la lengua
de fuera, en acto y postura como si estuuiera
rebuznando; alrededor del estauan escritos de
letras grandes estos dos versos:

         “No rebuznaron en valde
       el vno y el otro alcalde.”

  Por esta insignia sacó don Quixote que aquella
gente deuia de ser del pueblo del rebuzno,
y assi se lo dixo a Sancho, declarandole lo que
en el estandarte venia escrito; dixole tambien
que el que les auia dado noticia de aquel caso
se auia errado en dezir que dos regidores auian
sido los que rebuznaron; pero, que segun los
versos del estandarte, no auian sido sino
alcaldes. A lo que respondio Sancho Pança:
  “Señor, en esso no ay que reparar, que bien
puede ser que los regidores que entonces
rebuznaron viniessen con el tiempo a ser alcaldes
de su pueblo, y, assi, se pueden llamar con
entrambos titulos, quanto mas que no haze al
caso a la verdad de la historia ser los rebuznadores
alcaldes o regidores, como ellos vna por
vna ayan rebuznado, porque tan a pique está
de rebuznar vn alcalde como vn regidor.”
  Finalmente, conocieron y supieron como el
pueblo corrido salia a pelear con otro que le
corria mas de lo justo y de lo que se deuia a
la buena vezindad. Fuesse llegando a ellos don
Quixote, no con poca pesadumbre de Sancho,
que nunca fue amigo de hallarse en semejantes
jornadas. Los del esquadron le recogieron
en medio, creyendo que era alguno de los de
su parcialidad. Don Quixote, alçando la visera,
con gentil brio y continente llegó hasta el
estandarte del asno, y alli se le pusieron alrededor
todos los mas principales del exercito, por
verle, admirados con la admiracion acostumbrada,
en que caian todos aquellos que la vez
primera le mirauan. Don Quixote, que los
vio tan atentos a mirarle, sin que ninguno le
hablasse ni le preguntasse nada, quiso aprouecharse
de aquel silencio y, rompiendo el suyo,
alçó la voz y dixo:
  “Buenos señores, quan encarecidamente
puedo os suplico que no interrumpays vn
razonamiento que quiero hazeros, hasta que
veays que os disgusta y enfada; que si esto
sucede, con la mas minima señal que me hagays,
pondre vn sello en mi boca y echaré vna
mordaza a mi lengua.”
  Todos le dixeron que dixesse lo que
quisiesse, que de buena gana le escucharian. Don
Quixote, con esta licencia, prosiguio, diziendo:
  “Yo, señores mios, soy cauallero andante,
cuyo exercicio es el de las armas, y cuya
profession la de fauorecer a los necessitados de
fauor y acudir a los menesterosos. Dias ha que
he sabido vuestra desgracia y la causa que os
mueue a tomar las armas a cada paso, para
vengaros de vuestros enemigos. Y, auiendo
discurrido vna y muchas vezes en mi entendimiento
sobre vuestro negocio, hallo, segun las
leyes del duelo, que estays engañados en
teneros por afrentados, porque ningun particular
puede afrentar a vn pueblo entero, si no es
retandole de traydor por junto, porque no sabe
en particular quién cometio la traycion porque
le reta. Exemplo desto tenemos en don Diego
Ordoñez de Lara, que retó a todo el pueblo
zamorano, porque ignoraua que solo Vellido
Dolfos auia cometido la traycion de matar a
su rey, y, assi, retó a todos y a todos tocaua la
vengança y la respuesta; aunque bien es verdad
que el señor don Diego anduuo algo demasiado
y aun pasó muy adelante de los limites
del reto, porque no tenia para qué retar a
los muertos, a las aguas, ni a los panes, ni a
los que estauan por nacer, ni a las otras menudencias
que alli se declaran; pero ¡vaya!, pues
quando la colera sale de madre, no tiene la
lengua padre, ayo ni freno que la corrija.
Siendo, pues, esto assi, que vno solo no puede
afrentar a reyno, prouincia, ciudad, republica ni
pueblo entero, queda en limpio que no ay para
qué salir a la vengança del reto de la tal
afrenta, pues no lo es; porque ¡bueno seria que se
matassen a cada paso los del pueblo de la Reloxa
con quien se lo llama, ni los cazoleros,
verengeneros, vallenatos, xauoneros, ni los de
otros nombres y apellidos que andan por ahi
en boca de los muchachos y de gente de poco
mas a menos! ¡Bueno seria, por cierto, que
todos estos insignes pueblos se corriessen y
vengassen y anduuiessen contino hechas las
espadas sacabuches a qualquier pendencia, por
pequeña que fuesse! No, no, ni Dios lo permita
o quiera; los varones prudentes, las republicas
bien concertadas, por quatro cosas han de
tomar las armas y desenuaynar las espadas y
poner a riesgo sus personas, vidas y haziendas:
la primera, por defender la fe catolica;
la segunda, por defender su vida, que es de
ley natural y diuina; la tercera, en defensa de
su honra, de su familia y hazienda; la quarta,
en seruicio de su rey en la guerra justa, y si le
quisieremos añadir la quinta, que se puede
contar por segunda, es en defensa de su patria.
A estas cinco causas, como capitales, se
pueden agregar algunas otras que sean justas
y razonables y que obliguen a tomar las
armas; pero tomarlas por niñerias y por cosas
que antes son de risa y passatiempo que de
afrenta, parece que quien las toma carece de
todo razonable discurso, quanto mas que el
tomar vengança injusta, que justa no puede
auer alguna que lo sea, va derechamente contra
la santa ley que professamos, en la qual se
nos manda que hagamos bien a nuestros
enemigos y que amemos a los que nos aborrecen,
mandamiento que aunque parece algo dificultoso
de cumplir, no lo es sino para aquellos
que tienen menos de Dios que del mundo, y
mas de carne que de espiritu; porque Iesu
Christo, Dios y hombre verdadero, que nunca
mintio, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador
nuestro, dixo que su yugo era suaue y su carga
liuiana, y, assi, no nos auia de mandar cosa
que fuesse impossible el cumplirla. Assi que,
mis señores, vuessas mercedes estan obligados
por leyes diuinas y humanas a sossegarse.”
  “El diablo me lleue”, dixo a esta sazon Sancho
entre si, “si este mi amo no es tologo, y si
no lo es, que lo parece como vn gueuo a otro.”
  Tomó vn poco de aliento don Quixote, y,
viendo que todauia le prestauan silencio, quiso
passar adelante en su platica, como passara si
no se pusiera en medio la agudeza de
Sancho, el qual, viendo que su amo se detenia,
tomó la mano por el, diziendo:
  “Mi señor don Quixote de la Mancha, que
vn tiempo se llamó el Cauallero de la Triste
Figura y aora se llama el Cauallero de los
Leones, es vn hidalgo muy atentado que sabe
latin y romance como vn bachiller, y en todo
quanto trata y aconseja procede como muy
buen soldado, y tiene todas las leyes y
ordenanças de lo que llaman el duelo en la vña, y
assi no ay mas que hazer sino dexarse lleuar
por lo que el dixere, y sobre mi si lo erraren;
quanto mas que ello se está dicho que es
necedad correrse por solo oyr vn rebuzno; que
yo me acuerdo, quando muchacho, que rebuznaua
cada y quando que se me antojaua, sin
que nadie me fuesse a la mano, y con tanta
gracia y propiedad, que en rebuznando yo,
rebuznauan todos los asnos del pueblo, y no por
esso dexaua de ser hijo de mis padres, que
eran honradissimos; y aunque por esta habilidad
era inuidiado de mas de quatro de los estirados
de mi pueblo, no se me daua dos ardites.
Y porque se vea que digo verdad, esperen
y escuchen; que esta ciencia es como la del
nadar que, vna vez aprendida, nunca se oluida.”
  Y luego, puesta la mano en las narizes,
començo a rebuznar tan reziamente, que todos
los cercanos valles retumbaron. Pero vno de
los que estauan junto a el, creyendo que hazia
burla dellos, alçó vn varapalo que en la mano
tenia y diole tal golpe con el, que sin ser
poderoso a otra cosa, dio con Sancho Pança en el
suelo. Don Quixote, que vio tan mal parado a
Sancho, arremetio al que le auia dado, con la
lança sobre mano; pero fueron tantos los que
se pusieron en medio, que no fue possible
vengarle; antes, viendo que llouia sobre el vn
nublado de piedras y que le amenazauan mil
encaradas ballestas y no menos cantidad de
arcabuzes, boluio las riendas a Rozinante, y a
todo lo que su galope pudo se salio de entre
ellos, encomendandose de todo coraçon a Dios,
que de aquel peligro le librasse, temiendo a
cada paso no le entrasse alguna vala por las
espaldas y le saliesse al pecho, y a cada punto
recogia el aliento, por ver si le faltaua.
  Pero los del esquadron se contentaron con verle
huyr, sin tirarle. A Sancho le pusieron sobre
su jumento, apenas buelto en si y le dexaron yr
tras su amo, no porque el tuuiesse sentido para
regirle; pero el ruzio siguio las huellas de
Rozinante, sin el qual no se hallaua vn punto.
  Alongado, pues, don Quixote buen trecho,
boluio la cabeça y vio que Sancho venia, y
atendiole, viendo que ninguno le seguia. Los
del esquadron se estuuieron alli hasta la noche,
y por no auer salido a la batalla sus contrarios
se boluieron a su pueblo regozi[j]ados
y alegres, y si ellos supieran la costumbre
antigua de los griegos, leuantaran en aquel lugar
y sitio vn trofeo.

               Capitulo XXVIII

  De cosas que dize Benengeli que las sabra
  quien le leyere, si las lee con atencion.

  Quando el valiente huye la supercheria está
descubierta, y es de varones prudentes guardarse
para mejor ocasion. Esta verdad se verificó
en don Quixote, el qual, dando lugar a la
furia del pueblo y a las malas intenciones de
aquel indignado escuadron, puso pies en
poluorosa, y sin acordarse de Sancho ni del
peligro en que le dexaua, se apartó tanto quanto
le parecio que bastaua, para estar seguro.
Seguiale Sancho atrauessado en su jumento,
como queda referido. Llegó, en fin, ya buelto
en su acuerdo, y al llegar se dexó caer del
ruzio a los pies de Rozinante, todo ansioso,
todo molido y todo apaleado. Apeose don
Quixote para catarle las feridas, pero como le
hallase sano de los pies a la cabeça, con assaz
colera le dixo:
  “¡Tan en hora mala supistes vos rebuznar,
Sancho! Y ¿dónde hallastes vos ser bueno el
nombrar la soga en casa del ahorcado? A
musica de rebuznos ¿qué contrapunto se auia
de lleuar sino de varapalos? Y dad gracias a
Dios, Sancho, que ya que os santiguaron con
vn palo, no os hizieron el per signum cruzis con
vn alfange.”
  “No estoy para responder”, respondio
Sancho, “porque me parece que hablo por las
espaldas; subamos y apartemonos de aqui, que
yo pondre silencio en mis rebuznos; pero no
[puedo] dexar de dezir que los caualleros
andantes huyen, y dexan a sus buenos
escuderos molidos como alheña o como cibera en
poder de sus enemigos.”
  “No huye el que se retira”, respondio don
Quixote, “porque has de saber, Sancho, que
la valentia que no se funda sobre la basa de
la prudencia se llama temeridad, y las hazañas
del temerario mas se atribuyen a la buena
fortuna que a su animo. Y, assi, yo confiesso que
me he retirado, pero no huydo, y en esto e
imitado a muchos valientes, que se han guardado
para tiempos mejores, y desto estan las
historias llenas, las quales, por no serte a ti de
prouecho ni a mi de gusto, no te las refiero
aora.”
  En esto, ya estaua a cauallo Sancho, ayudado
de don Quixote, el qual assimismo subio
en Rozinante, y poco a poco se fueron a
emboscar en vna alameda que hasta vn quarto de
legua de alli se parecia. De quando en quando
daua Sancho vnos ayes profundissimos y vnos
gemidos dolorosos. Y, preguntandole don
Quixote la causa de tan amargo sentimiento,
respondio que desde la punta del espinazo hasta
la nuca del celebro le dolia de manera, que le
sacaua de sentido.
  “La causa desse dolor deue de ser, sin duda”,
dixo don Quixote, “que como era el palo con
que te dieron largo y tendido, te cogio todas
las espaldas, donde entran todas essas partes
que te duelen; y si mas te cogiera, mas te
doliera.”
  “Por Dios”, dixo Sancho, “que vuessa merced
me ha sacado de vna gran duda, y que me
la ha declarado por lindos terminos. ¡Cuerpo
de mi!, ¿tan encubierta estaua la causa de mi
dolor, que ha sido menester dezirme que me
duele todo todo aquello que alcançó el palo?
Si me dolieran los touillos, aun pudiera ser que
se anduuiera adiuinando el por qué me dolian;
pero dolerme lo que me molieron no es mucho
adiuinar. A la fe, señor nuestro amo, el mal
ageno de pelo cuelga, y cada dia voy
descubriendo tierra de lo poco que puedo esperar
de la compañia que con vuessa merced tengo,
porque si esta vez me ha dexado apalear, otra
y otras ciento bolueremos a los manteamientos
de marras y a otras muchacherias, que si
aora me han salido a las espaldas, despues
me saldran a los ojos. Harto mejor haria yo,
sino que soy vn barbaro y no hare nada que
bueno sea en toda mi vida, harto mejor haria
yo, bueluo a dezir, en boluerme a mi casa y a
mi muger y a mis hijos, y sustentarla y criarlos
con lo que Dios fue[sse] seruido de darme, y no
andarme tras vuessa merced por caminos sin
camino, y por sendas y carreras que no las
tienen, beuiendo mal y comiendo peor. Pues
¡tomadme el dormir! Contad, hermano escudero,
siete pies de tierra, y si quisieredes mas, tomad
otros tantos, que en vuestra mano está escudillar,
y tendeos a todo vuestro buen talante, que
quemado vea yo y hecho poluos al primero
que dio puntada en la andante caualleria, o, a
lo menos, al primero que quiso ser escudero
de tales tontos como deuieron ser todos los
caualleros andantes passados; de los presentes
no digo nada, que por ser vuessa merced vno
dellos los tengo respeto, y porque se que sabe
vuessa merced vn punto mas que el diablo en
quanto habla y en quanto piensa.”
  “Haria yo vna buena apuesta con vos,
Sancho”, dixo don Quixote, “que aora que vays
hablando, sin que nadie os vaya a la mano,
que no os duele nada en todo vuestro cuerpo.
Hablad, hijo mio, todo aquello que os viniere
al pensamiento y a la boca; que a trueco de
que a vos no os duela nada, tendre yo por gusto
el enfado que me dan vuestras impertinencias,
y si tanto desseays bolueros a vuestra
casa con vuestra muger y hijos, no permita
Dios que yo os lo impida; dineros teneys mios,
mirad quánto ha que esta tercera vez salimos
de nuestro pueblo, y mirad lo que podeys y
deueys ganar cada mes, y pagaos de vuestra
mano.”
  “Quando yo seruia”, respondio Sancho, “a
Tomé Carrasco, el padre del bachiller Sanson
Carrasco, que vuessa merced bien conoce, dos
ducados ganaua cada mes, amen de la comida;
con vuessa merced no se lo que puedo ganar,
puesto que se que tiene mas trabajo el escudero
del cauallero andante que el que sirue a
vn labrador; que, en resolucion, los que
seruimos a labradores, por mucho que trabajemos
de dia, por mal que suceda, a la noche
cenamos olla y dormimos en cama, en la qual no
he dormido despues que ha que siruo a vuessa
merced, si no ha sido el tiempo breue que
estuuimos en casa de don Diego de Miranda,
y la gira que tuue con la espuma que saqué de
las ollas de Camacho, y lo que comi y beui y
dormi en casa de Basilio; todo el otro tiempo
he dormido en la dura tierra al cielo abierto,
sugeto a lo que dizen inclemencias del cielo,
sustentandome con rajas de queso y mendrugos
de pan, y beuiendo aguas, ya de arroyos,
ya de fuentes, de las que encontramos por
essos andurriales donde andamos.”
  “Confiesso”, dixo don Quixote, “que todo lo
que dizes, Sancho, sea verdad; ¿quánto parece
que os deuo dar mas de lo que os daua Tomé
Carrasco?”
  “A mi parecer”, dixo Sancho, “con dos
reales mas que vuessa merced añadiesse cada
mes me tendria por bien pagado. Esto es quanto
al salario de mi trabajo; pero en quanto a
satisfazerme a la palabra y promessa que
vuessa merced me tiene hecha de darme el
gouierno de vna insula, seria justo que se me
añadiessen otros seys reales, que por todos
serian treynta.”
  “Está muy bien”, replicó don Quixote “y
conforme al salario que vos os aueis señalado,
25 dias ha que salimos de nuestro pueblo:
contad, Sancho, rata por cantidad y mirad lo
que os deuo, y pagaos, como os tengo dicho,
de vuestra mano.”
  “¡O cuerpo de mi!”, dixo Sancho, “que va
vuessa merced muy errado en esta cuenta,
porque en lo de la promessa de la insula se ha
de contar desde el dia que vuessa merced me
la prometio, hasta la presente hora en que
estamos.”
  “Pues ¿qué tanto ha, Sancho, que os la
prometi?”, dixo don Quixote.
  “Si yo mal no me acuerdo”, respondio Sancho,
“deue de auer mas de 20 años, tres dias
mas a menos.”
  Diose don Quixote vna gran palmada en la
frente, y començo a reyr muy de gana, y
dixo:
  “Pues no anduue yo en Sierra Morena, ni en
todo el discurso de nuestras salidas, sino dos
meses apenas, y ¿dizes, Sancho, que ha 20
años que te prometi la insula? Aora digo que
quieres que se consuma en tus salarios el
dinero que tienes mio, y si esto es assi y tu
gustas dello, desde aqui te lo doy y buen
prouecho te haga; que a trueco de verme sin tan
mal escudero, holgareme de quedarme pobre y
sin blanca. Pero dime, preuaricador de las
ordenanças escuderiles de la andante caualleria,
¿dónde has visto tu, o leydo, que ningun
escudero de cauallero andante se aya puesto con
su señor, en [tanto mas quanto] me aueis
de dar cada mes porque os sirua? Entrate,
entrate, malandrin, follon y vestiglo, que todo
lo pareces, entrate, digo, por el mare magnum
de sus historias, y si hallares que algun
escudero aya dicho, ni pensado, lo que aqui has
dicho, quiero que me le claues en la frente, y,
por añadidura, me hagas quatro mamonas
selladas en mi rostro. Buelue las riendas, o el
cabestro, al ruzio, y bueluete a tu casa, porque
vn solo paso desde aqui no has de passar mas
adelante conmigo. ¡O pan mal conocido!;
¡o promessas mal colocadas!; ¡o hombre que
tiene mas de bestia que de persona! ¿Aora
quando yo pensaua ponerte en estado, y tal, que
a pesar de tu muger te llamaran señoria, te
despides? ¿Aora te vas, quando yo venia con
intencion firme y valedera de hazerte señor de la
mejor insula del mundo? En fin, como tu has
dicho otras vezes, no es la miel, etc.; asno eres,
y asno has de ser y en asno has de parar quando
se te acabe el curso de la vida, que para
mi tengo que antes llegará ella a su vltimo
termino que tu caygas y des en la cuenta de
que eres bestia.”
  Miraua Sancho a don Quixote de en hito en
hito, en tanto que los tales vituperios le dezia;
y compungiose de manera, que le vinieron las
lagrimas a los ojos, y con voz dolorida y
enferma le dixo:
  “Señor mio, yo confiesso que, para ser del
todo asno, no me falta mas de la cola; si
vuessa merced quiere ponermela, yo la dare por
bien puesta y le seruire como jumento todos
los dias que me quedan de mi vida. Vuessa
merced me perdone y se duela de mi mocedad,
y aduierta que se poco, y que si hablo
mucho, mas procede de enfermedad que de
malicia; mas quien yerra y se enmienda, a Dios
se encomienda.”
  “Marauillarame yo, Sancho, si no mezclaras
algun refrancico en tu coloquio. Aora bien, yo
te perdono con que te emiendes y con que
no te muestres de aqui adelante tan amigo de
tu interes, sino que procures ensanchar el
coraçon y te alientes y animes a esperar el
cumplimiento de mis promessas, que, aunque se
tarda, no se impossibilita.”
  Sancho respondio que si haria, aunque sacasse
fuerças de flaqueza. Con esto, se metieron
en la alameda, y don Quixote se acomodó al
pie de vn olmo y Sancho al de vna haya, que
estos tales arboles y otros sus semejantes
siempre tienen pies, y no manos. Sancho passó la
noche penosamente, porque el varapalo se
hazia mas sentir con el sereno. Don Quixote la
passó en sus continuas memorias, pero con
todo esso dieron los ojos al sueño, y al salir
del alua siguieron su camino buscando las
riberas del famoso Ebro, donde les sucedio lo
que se contará en el capitulo venidero.

                Capitulo XXIX

    De la famosa auentura del barco encantado.

  Por sus pasos contados y por contar, dos
dias despues que salieron de la alameda,
llegaron don Quixote y Sancho al rio Hebro, y el
verle fue de gran gusto a don Quixote, porque
contempló y miró en el la amenidad de sus
riberas, la claridad de sus aguas, el sossiego
de su curso y la abundancia de sus liquidos
cristales, cuya alegre vista renouo en su
memoria mil amorosos pensamientos; especialmente,
fue y vino en lo que auia visto en la
cueua de Montesinos, que, puesto que el mono
de maesse Pedro le auia dicho que parte de
aquellas cosas eran verdad y parte mentira, el
se atenia mas a las verdaderas que a las
mentirosas, bien al rebes de Sancho, que todas las
tenia por la mesma mentira.
  Yendo, pues, desta manera, se le ofrecio a la
vista vn pequeño barco sin remos, ni otras
jarcias algunas, que estaua atado en la orilla a
vn tronco de vn arbol que en la ribera estaua.
Miró don Quixote a todas partes y no vio
persona alguna, y luego, sin mas ni mas se apeó
de Rozinante y mandó a Sancho que lo mesmo
hiziesse del ruzio, y que a entrambas bestias
las atasse muy bien, juntas, al tronco de vn
alamo o sauze que alli estaua. Preguntole
Sancho la causa de aquel subito apeamiento y
de aquel ligamiento. Respondio don Quixote:
  “Has de saber, Sancho, que este barco que
aqui está, derechamente y sin poder ser otra
cosa en contrario, me está llamando y
combidando a que entre en el, y vaya en el a dar
socorro a algun cauallero o a otra necessitada
y principal persona, que deue de estar puesta
en alguna grande cuyta, porque este es estilo
de los libros de las historias cauallerescas y de
los encantadores que en ellas se entremeten
y platican: quando algun cauallero está puesto
en algun trabajo, que no puede ser librado del
sino por la mano de otro cauallero, puesto que
esten distantes el vno del otro dos o tres mil
leguas y aun mas, o le arrebatan en vna nube,
o le deparan vn barco donde se entre, y, en
menos de vn abrir y cerrar de ojos, le lleuan,
o por los ayres o por la mar, donde quieren
y adonde es menester su ayuda. Assi que, ¡o
Sancho!, este barco está puesto aqui para el
mesmo efecto, y esto es tan verdad como es
aora de dia, y antes que este se passe, ata
juntos al ruzio y a Rozinante, y a la mano de
Dios que nos guie; que no dexaré de embarcarme
si me lo pidiessen frayles descalços.”
  “Pues assi es”, respondio Sancho, “y vuessa
merced quiere dar a cada paso en estos que
no se si los llame disparates, no ay sino
obedecer y baxar la cabeça, atendiendo al refran:
haz lo que tu amo te manda y sientate con el
a la mesa. Pero con todo esto, por lo que toca
al descargo de mi conciencia, quiero aduertir
a vuessa merced que a mi me parece que
este tal barco no es de los encantados, sino
de algunos pescadores deste rio, porque en el
se pescan las mejores sabogas del mundo.”
  Esto dezia mientras ataua las bestias
Sancho, dexandolas a la protecion y amparo de
los encantadores, con harto dolor de su anima.
Don Quixote le dixo que no tuuiesse pena del
desamparo de aquellos animales; que el que
los lleuaria a ellos por tan longinquos caminos
y regiones tendria cuenta de sustentarlos.
  “No entiendo esso de logicuos”, dixo Sancho,
“ni he oydo tal vocablo en todos los dias
de mi vida.”
  “Longinquos”, respondio don Quixote, “quiere
dezir apartados, y no es marauilla que no lo
entiendas, que no estás tu obligado a saber
latin, como algunos que presumen que lo
saben, y lo ignoran.”
  “Ya estan atados”, replicó Sancho; “¿qué
hemos de hazer aora?”
  “¿Qué?”, respondio don Quixote; “santiguarnos
y leuar ferro, quiero dezir, embarcarnos
y cortar la amarra con que este barco está
atado.”
  Y, dando vn salto en el, siguiendole Sancho,
cortó el cordel, y el barco se fue apartando
poco a poco de la ribera, y quando Sancho se
vio obra de dos varas dentro del rio, començo
a temblar, temiendo su perdicion; pero ninguna
cosa le dio mas pena que el oyr roznar al
ruzio y el ver que Rozinante pugnaua por
desatarse, y dixole a su señor:
  “El ruzio rebuzna, condolido de nuestra
ausencia, y Rozinante procura ponerse en libertad
para arrojarse tras nosotros. ¡O carissimos
amigos, quedaos en paz, y la locura que nos
aparta de vosotros, conuertida en desengaño, nos
buelua a vuestra presencia!”
  Y en esto, començo a llorar tan amargamente,
que don Quixote, mohino y colerico, le dixo:
  “¿De qué temes, couarde criatura? ¿De qué
lloras, coraçon de mantequillas? ¿Quién te
persigue o quién te acosa, animo de raton casero,
o qué te falta, menesteroso en la mitad de
las entrañas de la abundancia? ¿Por dicha vas
caminando a pie y descalço por las montañas
rifeas, sino sentado en vna tabla como vn
archiduque, por el sesgo curso deste agradable
rio, de donde en breue espacio saldremos al
mar dilatado? Pero ya auemos de auer salido,
y caminado, por lo menos, setecientas o
ochocientas leguas, y si yo tuuiera aqui vn
astrolabio con que tomar la altura del polo,
yo te dixera las que hemos caminado, aunque,
o yo se poco, o ya hemos passado o passaremos
presto por la linea equinocial que diuide
y corta los dos contrapuestos polos en ygual
distancia.”
  “Y quando lleguemos a essa leña que vuessa
merced dize”, preguntó Sancho, “¿quánto
auremos caminado?”
  “Mucho”, replicó don Quixote, “porque de
trecientos y sesenta grados que contiene el
globo del agua y de la tierra, segun el
computo de Ptolomeo, que fue el mayor
cosmografo que se sabe, la mitad auremos
caminado, llegando a la linea que he dicho.”
  “Por Dios”, dixo Sancho, “que vuessa merced
me trae por testigo de lo que dize a vna gentil
persona, puto y gafo, con la añadidura de meon
o meo, o no se cómo.”
  Riose don Quixote de la interpretacion que
Sancho auia dado al nombre y al computo y
cuenta del cosmografo Ptolomeo, y dixole:
  “Sabras, Sancho, que los españoles y los
que se embarcan en Cadiz para yr a las Indias
Orientales, vna de las señales que tienen
para entender que han passado la linea equinocial
que te he dicho, es que a todos los que
van en el nauio se les mueren los piojos, sin
que les quede ninguno, ni en todo el vagel le
hallarán si le pesan a oro, y, assi, puedes,
Sancho, passear vna mano por vn muslo, y si
topares cosa viua, saldremos desta duda, y si no,
passado auemos.”
  “Yo no creo nada desso”, respondio Sancho,
“pero con todo hare lo que vuessa merced me
manda, aunque no se para qué ay necessidad
de hazer essas experiencias, pues yo veo con
mis mismos ojos que no nos auemos apartado
de la ribera cinco varas, ni hemos decantado
de donde estan las alemañas dos varas, porque
alli estan Rozinante y el ruzio en el propio
lugar do los dexamos, y tomada la mira como
yo la tomo aora, voto a tal que no nos
mouemos ni andamos al paso de vna hormiga.”
  “Haz, Sancho, la aueriguacion que te he dicho
y no te cures de otra, que tu no sabes qué cosa
sean coluros, lineas, paralelos, zodiacos, cliticas,
polos, solsticios, equinocios, planetas,
signos, puntos, medidas de que se compone la
esfera celeste y terrestre; que si todas estas
cosas supieras, o parte dellas, vieras
claramente qué de paralelos hemos cortado, qué de
signos visto y qué de imagines hemos dexado
atras y vamos dexando aora. Y tornote a dezir
que te tientes y pesques; que yo para mi tengo
que estás mas limpio que vn pl[i]ego de papel
liso y blanco.”
  Tentose Sancho, y, llegando con la mano
bonitamente y con tiento hazia la corba
yzquierda, alçó la cabeça y miró a su amo, y dixo:
  “O la experiencia es falsa, o no hemos
llegado adonde vuessa merced dize, ni con muchas
leguas.”
  “Pues ¿qué?”, preguntó don Quixote; “¿has
topado algo?”
  “Y aun algos”, respondio Sancho.
  Y, sacudiendose los dedos, se lauó toda la
mano en el rio, por el qual sossegadamente
se deslizaua el barco por mitad de la corriente,
sin que le mouiesse alguna inteligencia secreta
ni algun encantador escondido, sino el mismo
curso del agua, blando entonces y suaue.
  En esto, descubrieron vnas grandes hazeñas
que en la mitad del rio estauan, y apenas las
huuo visto don Quixote, quando con voz alta
dixo a Sancho:
  “¿Vees? Alli, ¡o amigo!, se descubre la ciudad,
castillo o fortaleza donde deue de estar algun
cauallero oprimido, o alguna reyna, infanta
o princessa malparada, para cuyo socorro soy
aqui traydo.”
  “¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo,
dize vuessa merced, señor?”, dixo Sancho; “¿no
echa de ver que aquellas son hazeñas que
estan en el rio, donde se muele el trigo?”
  “Calla, Sancho”, dixo don Quixote, “que
aunque parecen hazeñas, no lo son, y ya te he
dicho que todas las cosas trastruecan y mudan
de su ser natural los encantos; no quiero
dezir que las mudan de en vno en otro ser
realmente, sino que lo parece, como lo mostro
la experiencia en la transformacion de
Dulcinea, vnico refugio de mis esperanças.”
  En esto, el barco, entrado en la mitad de la
corriente del rio, començo a caminar no tan
lentamente como hasta alli. Los molineros de
las hazeñas, que vieron venir aquel barco por
el rio y que se yua a embocar por el raudal de
las ruedas, salieron con presteza muchos dellos
con varas largas a detenerle, y como salian
enharinados y cubiertos los rostros y los
vestidos del poluo de la harina, representauan vna
mala vista; dauan vozes grandes, diziendo:
  “¡Demonios de hombres! ¿Dónde vays?
¿Venis desesperados, que quereys ahogaros
y hazeros pedaços en estas ruedas?”
  “¿No te dixe yo, Sancho”, dixo a esta sazon
don Quixote, “que auiamos llegado donde he
de mostrar a do llega el valor de mi braço?
Mira qué de malandrines y follones me salen al
encuentro; mira quántos vestiglos se me
oponen; mira quántas feas cataduras nos hazen
cocos; pues ¡aora lo vereis, bellacos!”
  Y, puesto en pie en el barco, con grandes
vozes començo a amenazar a los molineros,
diziendoles:
  “¡Canalla maluada y peor aconsejada, dexad
en su libertad y libre aluedrio a la persona que
en essa vuestra fortaleza o prision teneis
oprimida, alta o baxa, de qualquiera suerte o
calidad que sea; que yo soy don Quixote de la
Mancha, llamado el Cauallero de los Leones
por otro nombre, a quien está reseruada por
orden de los altos cielos el dar fin felice a esta
auentura!”
  Y, diziendo esto, echó mano a su espada y
començo a esgrimirla en el ayre contra los
molineros, los quales, oyendo y no entendiendo
aquellas sandezes, se pusieron con sus varas
a detener el barco que ya yua entrando en el
raudal y canal de las ruedas. Pusose Sancho
de rodillas, pidiendo deuotamente al cielo le
librasse de tan manifiesto peligro, como lo hizo
por la industria y presteza de los molineros,
que, oponiendose con sus palos al barco, le
detuuieron, pero no de manera, que dexassen de
trastornar el barco y dar con don Quixote y con
Sancho al traues en el agua; pero vinole bien a
don Quixote, que sabia nadar como vn ganso,
aunque el peso de las armas le lleuó al fondo
dos vezes, y si no fuera por los molineros,
que se arrojaron al agua y los sacaron como
en peso a entrambos, alli auia sido Troya para
los dos.
  Puestos, pues, en tierra, mas mojados que
muertos de sed, Sancho, puesto de rodillas, las
manos juntas y los ojos clauados al cielo,
pidio a Dios con vna larga y deuota plegaria le
librasse de alli adelante de los atreuidos
desseos y acometimientos de su señor. Llegaron,
en esto, los pescadores dueños del barco, a
quien auian hecho pedaços las ruedas de las
hazeñas, y viendole roto, acometieron a
desnudar a Sancho y a pedir a don Quixote se lo
pagasse, el qual, con gran sossiego, como si no
huuiera passado nada por el, dixo a los
molineros y pescadores que el pagaria el barco de
bonissima gana, con condicion que le diessen
libre y sin cautela a la persona o personas que
en aquel castillo estauan oprimidas.
  “¿Qué personas o qué castillo dize”,
respondio vno de los molineros, “hombre sin
juyzio?; ¿quiereste lleuar, por ventura, las que
vienen a moler trigo a estas hazeñas?”
  “Basta”, dixo entre si don Quixote, “aqui sera
predicar en desierto querer reduzir a esta
canalla a que por ruegos haga virtud alguna. Y
en esta auentura se deuen de auer encontrado
dos valientes encantadores, y el vno estorua
lo que el otro intenta; el vno me deparó el
barco y el otro dio conmigo al traues. Dios lo
remedie; que todo este mundo es maquinas
y traças, contrarias vnas de otras. Yo no
puedo mas.”
  Y, alçando la voz, prosiguio diziendo y
mirando a las hazeñas:
  “Amigos, qualesquiera que seays, que en
essa prision quedays encerrados, perdonadme,
que por mi desgracia y por la vuestra yo no os
puedo sacar de vuestra cuyta; para otro
cauallero deue de estar guardada y reseruada esta
auentura.”
  En diziendo esto, se concerto con los pescadores
y pagó por el barco 50 reales, que los dio
Sancho de muy mala gana, diziendo:
  “A dos barcadas como esta(s), daremos con
todo el caudal al fondo.”
  Los pescadores y molineros estauan admirados,
mirando aquellas dos figuras tan fuera
del vso, al parecer, de los otros hombres, y no
acabauan de entender a do se encaminauan las
razones y preguntas que don Quixote les dezia,
y, teniendolos por locos, les dexaron y se
recogieron a sus hazeñas, y los pescadores a sus
ranchos. Boluieron a sus bestias y a ser bestias,
don Quixote y Sancho; y este fin tuuo la
auentura del encantado barco.

                 Capitulo XXX

De lo que le auino a don Quixote con vna bella
                  caçadora.

  Assaz melancolicos y de mal talante llegaron
a sus animales cauallero y escudero, esp[e]cialmente
Sancho, a quien llegaua al alma llegar
al caudal del dinero, pareciendole que todo lo
que del se quitaua era quitarselo a el de las
niñas de sus ojos. Finalmente, sin hablarse
palabra, se pusieron a cauallo y se apartaron del
famoso rio, Don Quixote, sepultado en los
pensamientos de sus amores, y Sancho, en los de
su acrecentamiento, que por entonces le parecia
que estaua bien lexos de tenerle, porque
maguer era tonto, bien se le alcançaua que
las acciones de su amo, todas o las mas, eran
disparates, y buscaua ocasion de que, sin entrar
en cuentas ni en despedimientos con su señor,
vn dia se desgarrasse y se fuesse a su casa;
pero la fortuna ordenó las cosas muy al reues
de lo que el temia.
  Sucedio, pues, que otro dia, al poner del sol,
y al salir de vna selua, tendio don Quixote la
vista por vn verde prado, y en lo vltimo del vio
gente, y, llegandose cerca, conocio que eran
caçadores de altaneria; llegose mas, y entre ellos
vio vna gallarda señora sobre vn palafren o
hacanea blanquissima, adornada de guarniciones
verdes y con vn sillon de plata. Venia la
señora assimismo vestida de verde, tan bizarra
y ricamente, que la misma bizarria venia
transformada en ella. En la mano yzquierda traia vn
azor, señal que dio a entender a don Quixote
ser aquella alguna gran señora, que deuia serlo
de todos aquellos caçadores, como era la
verdad, y, assi, dixo a Sancho:
  “Corre, hijo Sancho, y di a aquella señora
del palafren y del azor, que yo, el Cauallero de
los Leones, besa las manos a su gran fermosura,
y que si su grandeza me da licencia, se las
yre a besar y a seruirla en quanto mis fuerças
pudieren y su alteza me mandare; y mira,
Sancho, cómo hablas, y ten cuenta de no encaxar
algun refran de los tuyos en tu embaxada.”
  “Hallado os le aueis el encaxador”, respondio
Sancho. “¡A mi con esso!; ¡si, que no es esta
la vez primera que he lleuado embaxadas a
altas y crecidas señoras en esta vida!”
  “Si no fue la que lleuaste a la señora
Dulcinea”, replicó don Quixote, “yo no se que ayas
lleuado otra, a lo menos, en mi poder.”
  “Assi es verdad”, respondio Sancho, “pero
al buen pagador no le duelen prendas, y en
casa llena presto se guisa la cena; quiero dezir
que a mi no ay que dezirme ni aduertirme de
nada; que para todo tengo y de todo se me
alcança vn poco.”
  “Yo lo creo, Sancho”, dixo don Quixote; “ve
en buena hora y Dios te guie.”
  Partio Sancho de carrera, sacando de su paso
al ruzio, y llegó donde la bella caçadora estaua,
y apeandose, puesto ante ella de hinojos, le dixo:
  “Hermosa señora: aquel cauallero que alli se
parece, llamado el Cauallero de los Leones, es
mi amo, y yo soy vn escudero suyo, a quien
llaman en su casa Sancho Pança; este tal
Cauallero de los Leones, que no ha mucho que se
llamaua el de la Triste Figura, embia por mi a
dezir a vuestra grandeza sea seruida de darle
licencia para que, con su proposito y
beneplacito y consentimiento, el venga a poner en
obra su desseo, que no es otro, segun el dize
y yo pienso, que de seruir a vuestra encumbrada
altaneria y fermosura; que en darsela
vuestra señoria hara cosa que redunde en su
pro, y el recibira señaladissima merced y
contento.”
  “Por cierto, buen escudero”, respondio la
señora, “vos aueys dado la embaxada vuestra
con todas aquellas circunstancias que las tales
embaxadas piden: leuantaos del suelo, que
escudero de tan gran cauallero como es el de la
Triste Figura, de quien ya tenemos aca mucha
noticia, no es justo que esté de hinojos;
leuantaos, amigo, y dezid a vuestro señor que venga
mucho en hora buena a seruirse de mi y del
duque, mi marido, en vna casa de plazer que
aqui tenemos.”
  Leuantose Sancho, admirado assi de la
hermosura de la buena señora como de su mucha
criança y cortesia, y mas de lo que le auia dicho
que tenia noticia de su señor el Cauallero de
la Triste Figura, y que si no le auia llamado
el de los Leones, deuia de ser por auersele
puesto tan nueuamente. Preguntole la
duquessa --cuyo titulo aun no se sabe:
  “Dezidme, hermano escudero, este vuestro
señor, ¿no es vno de quien anda impressa vna
historia que se llama del Ingenioso Hidalgo
don Quixote de la Mancha, que tiene por señora
de su alma a vna tal Dulcinea del Toboso?”
  “El mesmo es, señora”, respondio Sancho,
“y aquel escudero suyo que anda, o deue de
andar, en la tal historia, a quien llaman Sancho
Pança, soy yo, si no es que me trocaron en la
cuna, quiero dezir, que me trocaron en la
estampa.”
  “De todo esso me huelgo yo mucho”, dixo
la duquessa; “yd, hermano Pança, y dezid a
vuestro señor que el sea el bien llegado y el
bien venido a mis estados, y que ninguna cosa
me pudiera venir que mas contento me diera.”
  Sancho, con esta tan agradable respuesta,
con grandissimo gusto boluio a su amo, a
quien conto todo lo que la gran señora le auia
dicho, leuantando con sus rusticos terminos a
los cielos su mucha fermosura, su gran donayre
y cortesia. Don Quixote se gallardeó en
la silla; pusose bien en los estriuos, acomodose
la visera, arremetio a Rozinante y con gentil
denuedo fue a besar las manos a la duquessa;
la qual, haziendo llamar al duque, su marido,
le conto, en tanto que don Quixote llegaua,
toda la embaxada suya, y los dos, por auer
leydo la primera parte desta historia y auer
entendido por ella el disparatado humor de
don Quixote, con grandissimo gusto y con
desseo de conocerle, le atendian, con prosupuesto
de seguirle el humor y conceder con el
en quanto les dixesse, tratandole como a
cauallero andante los dias que con ellos se
detuuiesse, con todas las ceremonias acostumbradas
en los libros de cauallerias, que ellos auian
leydo, y aun les eran muy aficionados.
  En esto, llegó don Quixote, alçada la visera,
y dando muestras de apearse, acudio Sancho
a tenerle el estriuo; pero fue tan desgraciado,
que al apearse del ruzio, se le assio vn pie en
vna soga del albarda, de tal modo, que no fue
possible desenredarle, antes quedó colgado
del, con la boca y los pechos en el suelo. Don
Quixote, que no tenia en costumbre apearse
sin que le tuuiessen el estriuo, pensando que
ya Sancho auia llegado a tenersele, descargó
de golpe el cuerpo y lleuose tras si la silla de
Rozinante, que deuia de estar mal cinchado, y
la silla y el vinieron al suelo, no sin verguença
suya y de muchas maldiciones que entre
dientes echó al desdichado de Sancho, que aun
todauia tenia el pie en la corma.
  El duque mandó a sus caçadores que acudiessen
al cauallero y al escudero, los quales
leuantaron a don Quixote maltrecho de la
cayda, y, renqueando y como pudo, fue a hincar
las rodillas ante los dos señores; pero el
duque no lo consintio en ninguna manera;
antes, apeandose de su cauallo, fue a abraçar a
don Quixote, diziendole:
  “A mi me pesa, señor Cauallero de la Triste
Figura, que la primera que vuessa merced ha
hecho en mi tierra aya sido tan mala como se
ha visto; pero descuydos de escuderos suelen
ser causa de otros peores sucessos.”
  “El que yo he tenido en veros, valeroso
principe”, respondio don Quixote, “es
impossible ser malo, aunque mi cayda no parara
hasta el profundo de los abismos, pues de alli
me leuantara y me sacara la gloria de aueros
visto. Mi escudero, que Dios maldiga, mejor
desata la lengua para dezir malicias que ata y
cincha vna silla para que esté firme; pero
como quiera que yo me halle, caydo o leuantado,
a pie o a cauallo, siempre estare al seruicio
vuestro y al de mi señora la duquessa,
digna consorte vuestra y digna señora de la
hermosura y vniuersal princessa de la
cortesia.”
  “Pasito, mi señor don Quixote de la
Mancha”, dixo el duque; “que adonde está mi
señora doña Dulcinea del Toboso, no es razon
que se alaben otras fermosuras.”
  Ya estaua a esta sazon libre Sancho Pança
del lazo, y, hallandose alli cerca, antes que su
amo respondiesse, dixo:
  “No se puede negar, sino afirmar, que es
muy hermosa mi señora Dulcinea del Toboso;
pero donde menos se piensa se leuanta la
liebre, que yo he oydo dezir que esto que llaman
naturaleza es como vn alcaller que haze vasos
de barro, y el que haze vn vaso hermoso tambien
puede hazer dos, y tres, y ciento; digolo,
porque mi señora la duquessa a fee que no
va en zaga a mi ama la señora Dulcinea del
Toboso.”
  Boluiose don Quixote a la duquessa y dixo:
  “Vuestra grandeza imagine que no tuuo
cauallero andante en el mundo escudero mas
hablador ni mas gracioso del que yo tengo, y
el me sacará verdadero si algunos dias quisiere
vuestra gran celsitud seruirse de mi.”
  A lo que respondio la duquessa:
  “De que Sancho el bueno sea gracioso lo
estimo yo en mucho, porque es señal que es
discreto; que las gracias y los donayres, señor
don Quixote, como vuessa merced bien sabe,
no assientan sobre ingenios torpes; y pues el
buen Sancho es gracioso y donayroso, desde
aqui le confirmo por discreto.”
  “Y hablador”, añadio don Quixote.
  “Tanto que mejor”, dixo el duque,
“porque muchas gracias no se pueden dezir con
pocas palabras; y porque no se nos vaya el
tiempo en ellas, venga el gran Cauallero de la
Triste Figura.”
  “De los Leones ha de dezir vuestra alteza”,
dixo Sancho; “que ya no ay Triste Figura ni
Figuro.”
  “Sea el de los Leones”, prosiguio el duque:
“digo que venga el señor Cauallero de los
Leones a vn castillo mio que está aqui cerca,
donde se le hara el acogimiento que a tan alta
persona se deue justamente, y el que yo y la
duquessa solemos hazer a todos los
caualleros andantes que a el llegan.”
  Ya en esto Sancho auia adereçado y cinchado
bien la silla a Rozinante, y, subiendo en
el don Quixote, y el duque en vn hermoso
cauallo, pusieron a la duquessa en medio y
encaminaron al castillo. Mandó la duquessa a
Sancho que fuesse junto a ella, porque gustaua
infinito de oyr sus discreciones. No se
hizo de rogar Sancho, y entretexiose entre los
tres y hizo quarto en la conuersacion, con gran
gusto de la duquessa y del duque, que tuuieron
a gran ventura acoger en su castillo tal
cauallero andante y tal escudero andado.

                Capitulo XXXI

     Que trata de muchas y grandes cosas.

  Suma era la alegria que lleuaua consigo
Sancho viendose, a su parecer, en priuança con
la duquessa, porque se le figuraua que auia
de hallar en su castillo lo que en la casa de
don Diego y en la de Basilio, siempre aficionado
a la buena vida, y, assi, tomaua la ocasion
por la melena en esto del regalarse cada y
quando que se le ofrecia.
  Cuenta, pues, la historia, que antes que a la
[casa] de plazer o castillo llegassen, se
adelantó el duque y dio orden a todos sus criados
del modo que auian de tratar a don Quixote, el
qual como llegó con la duquessa a las puertas
del castillo, al instante salieron del dos lacayos
o palafreneros, vestidos hasta en pies de vnas
ropas que llaman de leuantar, de finissimo
raso carmesi, y, cogiendo a don Quixote en
braços, sin ser oydo ni visto, le dixeron:
  “Vaya la vuestra grandeza a apear a mi
señora la duquessa.”
  Don Quixote lo hizo, y huuo grandes
comedimientos entre los dos sobre el caso; pero, en
efecto, vencio la porfia de la duquessa y no
quiso decender o baxar del palafren sino en
los braços del duque, diziendo que no se
hallaua digna de dar a tan gran cauallero tan
inutil carga. En fin, salio el duque a apearla,
y al entrar en vn gran patio, llegaron dos
hermosas donzellas y echaron sobre los ombros a
don Quixote vn gran manto de finissima escarlata,
y en vn instante se coronaron todos los
corredores del patio de criados y criadas de
aquellos señores, diziendo a grandes vozes:
  “Bien sea venido la flor y la nata de los
caualleros andantes.”
  Y todos, o los mas, derramauan pomos de
aguas olorosas sobre don Quixote y sobre los
duques, de todo lo qual se admiraua don Quixote,
y aquel fue el primer dia que de todo en
todo conocio y creyo ser cauallero andante
verdadero, y no fantastico, viendose tratar del
mesmo modo que el auia leydo se tratauan los
tales caualleros en los passados siglos.
  Sancho, desamparando al ruzio, se cosio con
la duquessa y se entró en el castillo, y,
remordiendole la conciencia de que dexaua al
jumento solo, se llegó a vna reuerenda dueña,
que con otras a recebir a la duquessa auia
salido, y con voz baxa le dixo:
  “Señora Gonçalez, o como es su gracia de
vuessa merced ...”
  “Doña Rodriguez de Grijalua me llamo”,
respondio la dueña; “¿qué es lo que mandays,
hermano?”
  A lo que respondio Sancho:
  “Querria que vuessa merced me la hiziesse
de salir a la puerta del castillo, donde hallará
vn asno ruzio mio; vuessa merced sea seruida
de mandarle poner, o ponerle, en la caualleriza,
porque el pobrezito es vn poco medroso, y no
se hallará a estar solo, en ninguna de las
maneras.”
  “Si tan discreto es el amo como el moço”,
respondio la dueña, “medradas estamos.
Andad, hermano, mucho de enhoramala para vos
y para quien aca os truxo, y tened cuenta con
vuestro jumento, que las dueñas desta casa
no estamos acostumbradas a semejantes
haziendas.”
  “Pues en verdad”, respondio Sancho, “que
he oydo yo dezir a mi señor, que es zahori de
las historias, contando aquella de Lanzarote:

         Quando de Bretaña vino,
       que damas curauan del,
       y dueñas del su rozino;

y que en el particular de mi asno, que no le
trocara yo con el rozin del señor Lanzarote.”
  “Hermano, si soys juglar”, replicó la dueña,
“guardad vuestras gracias para donde lo
parezcan y se os paguen; que de mi no podreys
lleuar sino vna higa.”
  “Aun bien”, respondio Sancho, “que sera
bien madura, pues no perdera vuessa merced
la quinola de sus años por punto menos.”
  “Hijo de puta”, dixo la dueña, toda ya encendida
en colera, “si soy vieja o no, a Dios
dare la cuenta, que no a vos, vellaco harto de
ajos.”
  Y esto dixo en voz tan alta, que lo oyo la
duquessa, y, boluiendo y viendo a la dueña tan
alborotada y tan encarnizados los ojos, le
preguntó con quién las auia.
  “Aqui las he”, respondio la dueña, “con este
buen hombre que me ha pedido encarecidamente
que vaya a poner en la caualleriza a vn
asno suyo que está a la puerta del castillo,
trayendome por exemplo que assi lo hizieron
no se dónde, que vnas damas curaron a vn tal
Lanzarote, y vnas dueñas a su rozino, y, sobre
todo, por buen termino me ha llamado vieja.”
  “Esso tuuiera yo por afrenta”, respondio
la duquessa, “mas que quantas pudieran
dezirme.”
  Y, hablando con Sancho, le dixo:
  “Aduertid, Sancho amigo, que doña Rodriguez
es muy moça, y que aquellas tocas mas
las trae por autoridad y por la vsança, que por
los años.”
  “Malos sean los que me quedan por viuir”,
respondio Sancho, “si lo dixe por tanto; solo
lo dixe porque es tan grande el cariño que
tengo a mi jumento, que me parecio que no
podia encomendarle a persona mas caritatiua
que a la señora doña Rodriguez.”
  Don Quixote, que todo lo oia, le dixo:
  “¿Platicas son estas, Sancho, para este lugar?”
  “Señor”, respondio Sancho, “cada vno ha
de hablar de su menester donde quiera que
estuuiere. Aqui se me acordo del ruzio y aqui
hablé del, y si en la caualleriza se me acordara,
alli hablara.”
  A lo que dixo el duque:
  “Sancho está muy en lo cierto y no ay que
culparle en nada; al ruzio se le dara recado
a pedir de boca, y descuyde Sancho; que se le
tratará como a su mesma persona.”
  Con estos razonamientos, gustosos a todos,
sino a don Quixote, llegaron a lo alto, y
entraron a don Quixote en vna sala adornada de
telas riquissimas de oro y de brocado; seys
donzellas le desarmaron y siruieron de pages,
todas industriadas y aduertidas del duque y de
la duquessa de lo que auian de hazer, y de
cómo auian de tratar a don Quixote para que
imaginasse y viesse que le tratauan como
cauallero andante. Quedó don Quixote, despues
de desarmado, en sus estrechos greguescos
y en su jubon de camuza, seco, alto, tendido,
con las quixadas, que por de dentro se besaua
la vna con la otra: figura que, a no tener cuenta
las donzellas que le seruian con dissimular
la risa, que fue vna de las precisas ordenes que
sus señores les auian dado, rebentaran riendo.
  Pidieronle que se dexasse desnudar para
vna camisa; pero nunca lo consintio, diziendo
que la honestidad parecia tan bien en los
caualleros andantes como la valentia. Con todo,
dixo que diessen la camisa a Sancho, y,
encerrandose con el en vna quadra donde estaua
vn rico lecho, se desnudó y vistio la camisa, y
viendose solo con Sancho, le dixo:
  “Dime, truhan moderno y majadero antiguo,
¿parecete bien deshonrar y afrentar a vna
dueña tan veneranda y tan digna de respeto como
aquella? ¿Tiempos eran aquellos para acordarte
del ruzio? ¿O señores son estos para dexar
mal passar a las bestias, tratando tan
elegantemente a sus dueños? Por quien Dios es,
Sancho, que te reportes y que no descubras la
hilaza de manera, que caygan en la cuenta de
que eres de villana y grossera tela texido. Mira,
pecador de ti, que en tanto mas es tenido el
señor, quanto tiene mas honrados y bien nacidos
criados, y que vna de las ventajas mayores
que lleuan los principes a los demas hombres
es que se siruen de criados tan buenos como
ellos. ¿No aduiertes, angustiado de ti y mal
auenturado de mi, que si veen que tu eres vn
grossero villano o vn mentecato gracioso,
pensarán que yo soy algun echacueruos o algun
cauallero de mohatra? No, no, Sancho amigo;
huye, huye destos inconuinientes; que quien
tropieça en hablador y en gracioso, al primer
puntapie cae y da en truhan desgraciado; enfrena
la lengua, considera y rumia las palabras
antes que te salgan de la boca, y aduierte
que hemos llegado a parte donde, con el fauor
de Dios y valor de mi braço, hemos de salir
mejorados en tercio y quinto, en fama y en
hazienda.”
  Sancho le prometio, con muchas veras, de
coserse la boca o morderse la lengua antes de
hablar palabra que no fuesse muy a proposito
y bien considerada, como el se lo mandaua,
y que descuydasse acerca de lo tal; que nunca
por el se descubriria quién ellos eran. Vistiose
don Quixote, pusose su tahali con su espada,
echose el manton de escarlata a cuestas, pusose
vna montera de raso verde que las donzellas
le dieron, y con este adorno salio a la gran
sala, adonde halló a las donzellas puestas en
ala, tantas a vna parte como a otra, y todas
con adereço de darle aguamanos, la qual
le dieron con muchas reuerencias y ceremonias.
  Luego llegaron doze pages con el maestresala
para lleuarle a comer, que ya los señores
le aguardauan. Cogieronle en medio, y lleno
de pompa y magestad, le lleuaron a otra sala
donde estaua puesta vna rica mesa con solos
quatro seruicios; la duquessa y el duque salieron
a la puerta de la sala a recebirle, y con ellos
vn graue eclesiastico destos que gouiernan las
casas de los principes; destos que, como no
nacen principes, no aciertan a enseñar cómo
lo han de ser los que lo son; destos que
quieren que la grandeza de los grandes se mida
con la estrecheza de sus animos; destos que
queriendo mostrar a los que ellos gouiernan a
ser limitados, les hazen ser miserables; destos
tales, digo, que deuia de ser el graue religioso
que con los duques salio a recebir a don
Quixote. Hizieronse mil corteses comedimientos,
y, finalmente, cogiendo a don Quixote en
medio, se fueron assentar a la mesa.
  Combidó el duque a don Quixote con la
cabecera de la mesa, y aunque el lo reusó, las
importunaciones del duque fueron tantas, que
la huuo de tomar. El eclesiastico se sento
frontero, y el duque y la duquessa a los dos lados.
A todo estaua presente Sancho, embobado y
atonito de ver la honra que a su señor aquellos
principes le hazian, y, viendo las muchas
ceremonias y ruegos que passaron entre el duque y
don Quixote para hazerle sentar a la cabecera
de la mesa, dixo:
  “Si sus mercedes me dan licencia, les contaré
vn cuento que passó en mi pueblo, acerca
desto de lo[s] assientos.”
  Apenas huuo dicho esto Sancho, quando don
Quixote temblo, creyendo, sin duda alguna, que
auia de dezir alguna necedad. Mirole Sancho
y entendiole, y dixo:
  “No tema vuessa merced, señor mio, que yo
me desmande ni que diga cosa que no venga
muy a pelo; que no se me han oluidado los
consejos que poco ha vuessa merced me dio
sobre el hablar mucho o poco, o bien o mal.”
  “Yo no me acuerdo de nada, Sancho”, respondio
don Quixote; “di lo que quisieres, como
lo digas presto.”
  “Pues lo que quiero dezir”, dixo Sancho, “es
tan verdad, que mi señor don Quixote, que está
presente, no me dexará mentir.”
  “Por mi”, replicó don Quixote, “miente tu,
Sancho, quanto quisieres, que yo no te yre a la
mano; pero mira lo que vas a dezir.”
  “Tan mirado y remirado lo tengo, que a buen
saluo está el que repica, como se vera por la
obra.”
  “Bien sera”, dixo don Quixote, “que
vuestras grandezas manden echar de aqui a este
tonto, que dira mil patochadas.”
  “Por vida del duque”, dixo la duquessa, “que
no se ha de apartar de mi Sancho vn punto;
quierole yo mucho, porque se que es muy
discreto.”
  “Discretos dias”, dixo Sancho, “viua vuestra
santidad por el buen credito que de mi tiene,
aunque en mi no lo aya. Y el cuento que quiero
dezir es este. Combidó (a) vn hidalgo de mi
pueblo, muy rico y principal, porque venia de
los Alamos de Medina del Campo, que casó con
doña Mencia de Quiñones, que fue hija de don
Alonso de Marañon, cauallero del habito de
Santiago, que se ahogó en la Herradura, por
quien huuo aquella pendencia años ha en nuestro
lugar, que a lo que entiendo, mi señor don
Quixote se halló en ella, de donde salio herido
Tomasillo el Trabieso, el hijo de Baluastro el
herrero. ¿No es verdad todo esto, señor nuestro
amo? Digalo por su vida, porque estos señores
no me tengan por algun hablador mentiroso.”
  “Hasta aora”, dixo el eclesiastico, “mas os
tengo por hablador que por mentiroso; pero de
aqui adelante no se por lo que os tendre.”
  “Tu das tantos testigos, Sancho, y tantas
señas, que no puedo dexar de dezir que deues
de dezir verdad; passa adelante y acorta el
cuento, porque lleuas camino de no acabar en
dos dias.”
  “No ha de acortar tal”, dixo la duquessa,
“por hazerme a mi plazer; antes le ha de
contar de la manera que le sabe, aunque no le
acabe en seys dias; que si tantos fuessen, serian
para mi los mejores que huuiesse lleuado en
mi vida.”
  “Digo, pues, señores mios”, prosiguio Sancho,
“que este tal hidalgo, que yo conozco como
a mis manos, porque no ay de mi casa a la suya
vn tiro de ballesta, combidó vn labrador
pobre, pero honrado.”
  “Adelante, hermano”, dixo a esta sazon el
religioso; “que camino lleuays de no parar con
vuestro cuento hasta el otro mundo.”
  “A menos de la mitad pararé, si Dios fuere
seruido”, respondio Sancho; “y, assi, digo, que
llegando el tal labrador a casa del dicho
hidalgo combidador, que buen poso aya su
anima, que ya es muerto, y por mas señas
dizen que hizo vna muerte de vn angel, que yo
no me hallé presente, que auia ydo por aquel
tiempo a segar a Tembleque...”
  “Por vida vuestra, hijo, que boluays presto
de Tembleque, y que sin enterrar al hidalgo,
si no quereis hazer mas exequias, acabeis
vuestro cuento.”
  “Es pues, el caso”, replicó Sancho, “que
estando los dos para assentarse a la mesa, que
parece que aora los veo mas que nunca...”
  Gran gusto recebian los duques del disgusto
que mostraua tomar el buen religioso de la
dilacion y pausas con que Sancho contaua su
cuento, y don Quixote se estaua consumiendo
en colera y en rabia.
  “Digo, assi”, dixo Sancho, “que estando
como he dicho los dos para sentarse a la mesa,
el labrador porfiaua con el hidalgo que tomasse
la cabecera de la mesa, y el hidalgo porfiaua
tambien que el labrador la tomasse, porque en
su casa se auia de hazer lo que el mandasse;
pero el labrador, que presumia de cortés y bien
criado, jamas quiso, hasta que el hidalgo,
mohino, poniendole ambas manos sobre los ombros,
le hizo sentar por fuerça, diziendole: «Sentaos,
»majagranzas; que adonde quiera que yo me
»siente sera vuestra cabecera.» Y este es el
cuento, y en verdad que creo que no ha sido
aqui traydo fuera de proposito.”
  Pusose don Quixote de mil colores, que sobre
lo moreno le jaspeauan y se le parecian; los
señores dissimularon la risa, porque don
Quixote no acabase de correrse, auiendo
entendido la malicia de Sancho, y por mudar de
platica y hazer que Sancho no prosiguiesse con
otros disparates, preguntó la duquessa a don
Quixote que qué nueuas tenia de la señora
Dulcinea, y que si le auia embiado aquellos dias
algunos presentes de gigantes o malandrines,
pues no podia dexar de auer vencido muchos.
  A lo que don Quixote respondio:
  “Señora mia, mis desgracias, aunque
tuuieron principio, nunca tendran fin; gigantes he
vencido, y follones y malandrines le he embiado;
pero ¿adónde la auian de hallar, si está
encantada y buelta en la mas fea labradora que
imaginar se puede?”
  “No se”, dixo Sancho Pança; “a mi me parece
la mas hermosa criatura del mundo; a lo
menos, en la ligereza y en el brincar, bien se yo
que no dara ella la ventaja a vn bolteador; a
buena fe, señora duquessa, assi salta desde el
suelo sobre vna borrica como si fuera vn gato.”
  “¿Aueisla visto vos encantada, Sancho?”,
preguntó el duque.
  “Y ¡cómo si la he visto!”, respondio Sancho.
“Pues ¿quién diablos, sino yo, fue el primero
que cayo en el achaque del encantorio? Tan
encantada está como mi padre.”
  El eclesiastico, que oyo dezir de gigantes, de
follones y de encantos, cayo en la cuenta de
que aquel deuia de ser don Quixote de la Mancha,
cuya historia leya el duque de ordinario, y
el se lo auia reprehendido muchas vezes,
diziendole que era disparate leer tales
disparates, y enterandose ser verdad lo que el
sospechaua, con mucha colera, hablando con el
duque, le dixo:
  “Vuestra excelencia, señor mio, tiene que
dar cuenta a nuestro Señor de lo que haze este
buen hombre. Este don Quixote, o don Tonto, o
como se llama, imagino yo que no deue de ser
tan mentecato como vuestra excelencia quiere
que sea, dandole ocasiones a la mano para que
lleue adelante sus sandezes y vaziedades.”
  Y, boluiendo la platica a don Quixote, le dixo:
  “Y a vos, alma de cantaro, ¿quién os ha
encaxado en el celebro que soys cauallero
andante y que venceys gigantes y prendeys
malandrines? Andad en hora buena, y en tal se os
diga: bolueos a vuestra casa y criad vuestros
hijos si los teneys, y curad de vuestra hazienda,
y dexad de andar vagando por el mundo,
papando viento y dando que reyr a quantos os
conocen y no conocen. ¿En dónde, ¡nora tal!,
aueys vos hallado que huuo ni ay aora caualleros
andantes? ¿Dónde ay gigantes en España o
malandrines en la Mancha, ni Dulcineas encantadas,
ni toda la caterua de las simplicidades
que de vos se cuentan?”
  Atento estuuo don Quixote a las razones de
aquel venerable varon, y, viendo que ya
callaua, sin guardar respeto a los duques, con
semblante ayrado y alborotado rostro, se puso en
pie y dixo... Pero esta respuesta capitulo por si
merece.

                Capitulo XXXII

De la respuesta que dio don Quixote a su
  reprehensor, con otros graues y graciosos
  sucessos.

  Leuantado, pues, en pie don Quixote,
temblando de los pies a la cabeça como azogado,
con presurosa y turbada lengua dixo:
  “El lugar donde estoy y la presencia ante
quien me hallo, y el respeto que siempre tuue
y tengo al estado que vuessa merced professa,
tienen y atan las manos de mi justo enojo; y
assi por lo que he dicho como por saber que
saben todos que las armas de los togados son
las mesmas que las de la muger, que son la
lengua, entraré con la mia en ygual batalla
con vuessa merced, de quien se deuia esperar
antes buenos consejos que infames vituperios;
las reprehensiones santas y bien intencionadas
otras circunstancias requieren y otros puntos
piden. A lo menos, el auerme reprehendido en
publico, y tan asperamente, ha passado todos
los limites de la buena reprehension, pues las
primeras mejor assientan sobre la blandura que
sobre la aspereza, y no es bien, que sin tener
conocimiento del pecado que se reprehende,
llamar al pecador sin mas ni mas mentecato
y tonto. Si no, digame vuessa merced, ¿por
quál de las mentecaterias que en mi ha visto
me condena y vitupera, y me manda que me
vaya a mi casa a tener cuenta en el gouierno
della y de mi muger y de mis hijos, sin saber
si la tengo o los tengo? ¿No ay mas sino a
troche moche entrarse por las casas agenas a
gouernar sus dueños, y, auiendose criado algunos
en la estrecheza de algun pupilage, sin auer
visto mas mundo que el que puede contenerse
en veynte o treynta leguas de distrito, meterse
de rondon a dar leyes a la caualleria y a juzgar
de los caualleros andantes? ¿Por ventura es
asumpto vano, o es tiempo mal gastado el que
se gasta en vagar por el mundo, no buscando
los regalos del, sino las asperezas por donde
los buenos suben al assiento de la inmortalidad?
Si me tuuieran por tonto los caualleros,
los magnificos, los generosos, los altamente
nacidos, tuuieralo por afrenta inreparable; pero
de que me tengan por sandio los estudiantes,
que nunca entraron ni pisaron las sendas de la
caualleria, no se me da vn ardite: cauallero soy
y cauallero he de morir si plaze al Altissimo.
  ”Vnos van por el ancho campo de la ambicion
soberuia, otros por el de la adulacion seruil y
baxa, otros por el de la hipocresia engañosa y
algunos por el de la verdadera religion; pero
yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta
senda de la caualleria andante, por cuyo
exercicio desprecio la hazienda, pero no la honra;
yo he satisfecho agrauios, enderezado tuertos,
castigado insolencias, vencido gigantes y
atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no mas
de porque es forçoso que los caualleros andantes
lo sean, y siendolo, no soy de los enamorados
viciosos, sino de los platonicos continentes.
Mis intenciones siempre las enderezo a buenos
fines, que son de hazer bien a todos y mal a
ninguno; si el que esto entiende, si el que esto
obra, si el que desto trata merece ser llamado
bobo, diganlo vuestras grandezas, duque y
duquessa excelentes.”
  “Bien, por Dios”, dixo Sancho; “no diga mas
vuessa merced, señor y amo mio, en su abono,
porque no ay mas que dezir, ni mas que pensar,
ni mas que perseuerar en el mundo; y mas,
que negando este señor, como ha negado, que
no ha auido en el mundo ni los ay, caualleros
andantes, ¿qué mucho que no sepa ninguna de
las cosas que ha dicho?”
  “Por ventura”, dixo el eclesiastico, “¿soys
vos, hermano, aquel Sancho Pança que dizen,
a quien vuestro amo tiene prometida vna
insula?”
  “Si soy”, respondio Sancho, “y soy quien
la merece tambien como otro qualquiera; soy
quien juntate a los buenos y seras vno dellos,
y soy yo de aquellos no con quien naces sino
con quien paces, y de los quien a buen arbol
se arrima buena sombra le cobija; yo me he
arrimado a buen señor, y ha muchos meses
que ando en su compañia y he de ser otro
como el, Dios queriendo; y viua el y viua yo,
que ni a el le faltarán imperios que mandar,
ni a mi insulas que gouernar.”
  “No, por cierto, Sancho amigo”, dixo a esta
sazon el duque; “que yo, en nombre del señor
don Quixote, os mando el gouierno de vna que
tengo de nones, de no pequeña calidad.”
  “Hincate de rrodillas, Sancho”, dixo don
Quixote, “y besa los pies a su excelencia, por
la merced que te ha hecho.”
  Hizolo assi Sancho. Lo qual visto por el
eclesiastico, se leuantó de la mesa mohino
a demas, diziendo:
  “Por el habito que tengo, que estoy por
dezir que es tan sandio vuestra excelencia como
estos pecadores; mirad si no han de ser ellos
locos, pues los cuerdos canonizan sus locuras;
quedese vuestra excelencia con ellos; que en
tanto que estuuieren en casa, me estare yo en
la mia, y me escusaré de reprehender lo que
no puedo remediar.”
  Y, sin dezir mas, ni comer mas, se fue, sin
que fuessen parte a detenerle los ruegos de
los duques, aunque el duque no le dixo mucho,
impedido de la risa que su impertinente colera
le auia causado. Acabó de reyr, y dixo a don
Quixote:
  “Vuessa merced, señor Cauallero de los
Leones, ha respondido por si tan altamente, que
no le queda cosa por satisfazer deste, que
aunque parece agrauio, no lo es en ninguna
manera, porque assi como no agrauian las mugeres,
no agrauian los eclesiasticos, como vuessa
merced mejor sabe.”
  “Assi es”, respondio don Quixote, “y la
causa es que el que no puede ser agrauiado, no
puede agrauiar a nadie. Las mugeres, los niños
y los eclesiasticos, como no pueden defenderse,
aunque sean ofendidos, no pueden ser afrentados,
porque entre el agrauio y la afrenta ay
esta diferencia, como mejor vuestra excelencia
sabe. La afrenta viene de parte de quien la
puede hazer y la haze y la sustenta; el agrauio
puede venir de qualquier parte sin que afrente.
Sea exemplo: está vno en la calle descuydado,
llegan diez con mano armada, y, dandole de
palos, pone mano a la espada y haze su deuer;
pero la muchedumbre de los contrarios se le
opone y no le dexa salir con su intencion,
que es de vengarse; este tal queda agrauiado,
pero no afrentado, y lo mesmo confirmará otro
exemplo: está vno buelto de espaldas, llega
otro y dale de palos, y en dandoselos huye y
no espera, y el otro le sigue y no alcança; este
que recibio los palos, recibio agrauio, mas no
afrenta, porque la afrenta ha de ser sustentada.
Si el que le dio los palos, aunque se los
dio a hurta cordel, pusiera mano a su espada
y se estuuiera quedo haziendo rostro a su
enemigo, quedara el apaleado agrauiado y
afrentado juntamente; agrauiado, porque le dieron
a traycion; afrentado, porque el que le dio
sustentó lo que auia hecho, sin boluer las
espaldas y a pie quedo. Y, assi, segun las leyes
del maldito duelo, yo puedo estar agrauiado,
mas no afrentado, porque los niños no sienten,
ni las mugeres, ni pueden huyr, ni tienen para
que esperar, y lo mesmo los constituydos en
la sacra religion, porque estos tres generos de
gente carecen de armas ofensiuas y defensiuas,
y, assi, aunque naturalmente esten obligados a
defenderse, no lo estan para ofender a nadie,
y aunque poco ha dixe que yo podia estar
agrauiado, agora digo que no, en ninguna
manera, porque quien no puede recebir afrenta,
menos la puede dar; por las quales razones yo
no deuo sentir, ni siento, las que aquel buen
hombre me ha dicho; solo quisiera que esperara
algun poco para darle a entender en el
error en que está en pensar y dezir que no
ha auido, ni los ay, caualleros andantes en el
mundo; que si lo tal oyera Amadis, o vno de
los infinitos de su linage, yo se que no le fuera
bien a su merced.”
  “Esso juro yo bien”, dixo Sancho; “cuchillada
le huuieran dado, que le abrieran de arriba
abaxo como vna granada o como a vn melon
muy maduro. ¡Bonitos eran ellos para sufrir
semejantes cosquillas! Para mi santiguada que
tengo por cierto que si Reynaldos de Montaluan
huuiera oydo estas razones al hombrecito,
tapaboca le huuiera dado que no hablara mas
en tres años; ¡no sino tomarase con ellos, y
viera cómo escapaua de sus manos!”
  Perecia de risa la duquessa en oyendo
hablar a Sancho, y en su opinion le tenia por
mas gracioso y por mas loco que a su amo,
y muchos huuo en aquel tiempo que fueron
deste mismo parecer. Finalmente, don Quixote
se sossego y la comida se acabó, y, en
leuantando los manteles, llegaron quatro
donzellas: la vna, con vna fuente de plata, y la
otra, con vn aguamanil assimismo de plata, y
la otra, con dos blanquissimas y riquissimas
toallas al ombro, y la quarta, descubiertos los
braços hasta la mitad, y en sus blancas manos,
que sin duda eran blancas, vna redonda pella
de xauon napolitano. Llegó la de la fuente, y
con gentil donayre y desemboltura encaxó la
fuente debaxo de la barba de don Quixote; el
qual, sin hablar palabra, admirado de semejante
ceremonia, creyendo que deuia ser vsança
de aquella tierra en lugar de las manos
lauar las barbas, (y) assi tendio la suya todo
quanto pudo, y al mismo punto començo a llouer
el aguamanil, y la donzella del xauon le
manoseó las barbas con mucha priessa,
leuantando copos de nieue, que no eran menos
blancas las xauonaduras, no solo por las barbas,
mas por todo el rostro y por los ojos del
obediente cauallero, tanto que se los hizieron
cerrar por fuerça.
  El duque y la duquessa, que de nada desto
eran sabidores, estauan esperando en que
auia de parar tan extraordinario lauatorio.
La donzella barbera, quando le tuuo con vn
palmo de xauonadura, fingio que se le auia
acabado el agua, y mandó a la del aguamanil
fuesse por ella; que el señor don Quixote
esperaria. Hizolo assi, y quedó don Quixote con
la mas estraña figura y mas para hazer reyr
que se pudiera imaginar. Mirauanle todos los
que presentes estauan, que eran muchos, y
como le veian con media vara de cuello, mas
que medianamente moreno, los ojos cerrados
y las barbas llenas de xauon, fue gran
marauilla y mucha discrecion poder dissimular la
risa; las donzellas de la burla tenian los ojos
baxos, sin osar mirar a sus señores; a ellos les
retozaua la colera y la risa en el cuerpo, y no
sabian a qué acudir: o a castigar el atreuimiento
de las muchachas, o darles premio por el gusto
que recibian de ver a don Quixote de aquella
suerte.
  Finalmente, la donzella del aguamanil vino
y acabaron de lauar a don Quixote, y luego la
que traia las toallas le limpió y le enxugó muy
reposadamente, y, haziendole todas quatro a
la par vna grande y profunda inclinacion y
reuerencia, se querian yr, pero el duque, porque
don Quixote no cayesse en la burla, llamó a la
donzella de la fuente, diziendole:
  “Venid y lauadme a mi, y mirad que no se
os acabe el agua.”
  La muchacha, aguda y diligente, llegó y
puso la fuente al duque como a don Quixote,
y, dandose prisa, le lauaron y xauonaron muy
bien, y, dexandole enxuto y limpio, haziendo
reuerencias se fueron; despues se supo que
auia jurado el duque que si a el no le lauaran
como a don Quixote auia de castigar su
desemboltura, lo qual auian enmendado
discretamente con auerle a el xauonado.
  Estaua atento Sancho a las ceremonias de
aquel lauatorio y dixo entre si:
  “¡Valame Dios! ¿Si sera tambien vsança en
esta tierra lauar las barbas a los escuderos
como a los caualleros? Porque en Dios y en mi
anima que lo he bien menester, y aun que
si me las rapassen a nauaja, lo tendria a
mas beneficio.”
  “¿Qué dezis entre vos, Sancho?”, preguntó
la duquessa.
  “Digo, señora”, respondio el, “que en las
cortes de los otros principes siempre he oydo
dezir que en leuantando los manteles dan
agua a las manos, pero no lexia a las barbas;
y que por esso es bueno viuir mucho por ver
mucho, aunque tambien dizen que el que larga
vida viue mucho mal ha de passar, puesto que
passar por vn lauatorio de estos antes es gusto
que trabajo.”
  “No tengais pena, amigo Sancho”, dixo la
duquessa, “que yo haré que mis donzellas os
lauen, y aun os metan en colada, si fuere
menester.”
  “Con las barbas me contento”, respondio
Sancho, “por aora, a lo menos; que andando
el tiempo, Dios dixo lo que sera.”
  “Mirad, maestresala”, dixo la duquessa, “lo
que el buen Sancho pide, y cumplidle su
voluntad al pie de la letra.”
  El maestresala respondio que en todo seria
seruido el señor Sancho, y, con esto, se fue a
comer y lleuó consigo a Sancho, quedandose
a la mesa los duques y don Quixote, hablando
en muchas y diuersas cosas, pero todas tocantes
al exercicio de las armas y de la andante
caualleria. La duquessa rogo a don Quixote
que le delineasse y descriuiesse, pues parecia
tener felice memoria, la hermosura y facciones
de la señora Dulcinea del Toboso, que,
segun lo que la fama pregonaua de su belleza,
tenia por entendido que deuia de ser la mas
bella criatura del orbe, y aun de toda la
Mancha. Sospiró don Quixote oyendo lo que la
duquessa le mandaua, y dixo:
  “Si yo pudiera sacar mi coraçon y ponerle
ante los ojos de vuestra grandeza, aqui sobre
esta mesa y en vn plato, quitara el trabajo a mi
lengua de dezir lo que apenas se puede pensar,
porque vuestra excelencia la viera en el toda
retratada; pero ¿para qué es ponerme yo aora a
delinear y descriuir punto por punto y parte
por parte la hermosura de la sin par Dulcinea,
siendo carga digna de otros ombros que de los
mios, empresa en quien se deuian ocupar los
pinzeles de Parrasio, de Timantes y de Apeles,
y los buriles de Lisipo, para pintarla y grauarla
en tablas, en marmoles y en bronzes, y la
retorica ciceroniana y demostina para alabarla?”
  “¿Qué quiere dezir demostina, señor don
Quixote?”, preguntó la duquessa; “que es
vocablo que no le he oydo en todos los dias de
mi vida.”
  “Retorica demostina”, respondio don
Quixote, “es lo mismo que dezir retorica de
Demostenes, como ciceroniana de Ciceron, que
fueron los dos mayores retoricos del mundo.”
  “Assi es”, dixo el duque, “y aueis andado
deslumbrada en la tal pregunta; pero, con todo
esso, nos daria gran gusto el señor don Quixote
si nos la pintasse; que a buen seguro que
aunque sea en rasguño y bosquexo, que ella salga
tal, que la tengan inuidia las mas hermosas.”
  “Si hiziera, por cierto”, respondio don
Quixote, “si no me la huuiera borrado de la idea
la desgracia que poco ha que le sucedio, que
es tal, que mas estoy para llorarla que para
describirla, porque auran de saber vuestras
grandezas, que yendo los dias passados a
besarle las manos y a recebir su bendicion,
beneplacito y licencia para esta tercera salida,
hallé otra de la que buscaua: hallela encantada
y conuertida de princessa en labradora, de
hermosa en fea, de angel en diablo, de olorosa
en pestifera, de bien hablada en rustica, de
reposada en brincadora, de luz en tinieblas,
y, finalmente, de Dulcinea del Toboso en vna
villana de Sayago.”
  “¡Valame Dios!”, dando vna gran voz dixo
a este instante el duque: “¿Quién ha sido el
que tanto mal ha hecho al mundo? ¿Quién ha
quitado del la belleza que le alegraua, el
donayre que le entretenia y la honestidad que le
acreditaua?”
  “¿Quién?”, respondio don Quixote. “¿Quién
puede ser sino algun maligno encantador de
los muchos inuidiosos que me persiguen? Esta
raza maldita, nacida en el mundo para
escurecer y aniquilar las hazañas de los buenos
y para dar luz y leuantar los fechos de los
malos. Perseguido me han encantadores,
encantadores me persiguen y encantadores me
persiguiran hasta dar conmigo y con mis altas
cauallerias en el profundo abismo del oluido;
y en aquella parte me dañan y hieren donde
veen que mas lo siento, porque quitarle a vn
cauallero andante su dama es quitarle los ojos
con que mira, y el sol con que se alumbra, y el
sustento con que se mantiene. Otras muchas
vezes lo he dicho, y aora lo bueluo a dezir,
que el cauallero andante sin dama es como
el arbol sin hojas, el edificio sin cimiento, y
la sombra sin cuerpo de quien se cause.”
  “No ay mas que dezir”, dixo la duquessa;
“pero si con todo esso hemos de dar credito a
la historia que del señor don Quixote de pocos
dias a esta parte ha salido a la luz del mundo,
con general aplauso de las gentes, della se
colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuessa
merced ha visto a la señora Dulcinea, y que
esta tal señora no es en el mundo, sino que es
dama fantastica, que vuessa merced la engendró
y pario en su entendimiento, y la pintó con
todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.”
  “En esso ay mucho que dezir”, respondio
don Quixote; “Dios sabe si ay Dulcinea o no
[en] el mundo, o si es fantastica o no es
fantastica; y estas no son de las cosas cuya
aueriguacion se ha de lleuar hasta el cabo. Ni yo
engendré ni pari a mi señora, puesto que la
contemplo como conuiene que sea vna dama
que contenga en si las partes que puedan
hazerla famosa en todas las del mundo, como
son: hermosa sin tacha, graue sin soberuia,
amorosa con honestidad, agradecida por cortés,
cortés por bien criada y, finalmente, alta por
linage, a causa que sobre la buena sangre
resplandece y campea la hermosura con mas
grados de perfecion que en las hermosas
humildemente nacidas.”
  “Assi es”, dixo el duque, “pero hame de
dar licencia el señor don Quixote para que
diga lo que me fuerça a dezir la historia que
de sus hazañas he leydo, de donde se infiere,
que, puesto que se conceda que ay Dulcinea
en el Toboso o fuera del, y que sea hermosa
en el sumo grado que vuessa merced nos la
pinta, en lo de la alteza del linage no corre
parejas con las Orianas, con las Alastrajareas,
con las Madasimas, ni con otras deste jaez,
de quien estan llenas las historias que vuessa
merced bien sabe.”
  “A esso puedo dezir”, respondio don Quixote,
“que Dulcinea es hija de sus obras y que
las virtudes adoban la sangre, y que en mas se
ha de estimar y tener vn humilde virtuoso, que
vn vicioso leuantado. Quanto mas que
Dulcinea tiene vn giron que la puede lleuar a ser
reyna de corona y ceptro: que el merecimiento
de vna muger hermosa y virtuosa a hazer mayores
milagros se estiende, y aunque no formalmente,
virtualmente tiene en si encerradas
mayores venturas.”
  “Digo, señor don Quixote”, dixo la duquessa,
“que en todo quanto vuessa merced dize va
con pie de plomo y, como suele dezirse, con
la sonda en la mano, y que yo, desde aqui
adelante, creere y hare creer a todos los de mi
casa, y aun al duque mi señor si fuere menester,
que ay Dulcinea en el Toboso y que viue oy
dia, y es hermosa, y principalmente nacida y
merecedora que vn tal cauallero como es el
señor don Quixote la sirua, que es lo mas que
puedo ni se encarecer. Pero no puedo dexar
de formar vn escrupulo y tener algun no se
que de ogeriza contra Sancho Pança; el escrupulo
es que dize la historia referida que el tal
Sancho Pança halló a la tal señora Dulcinea,
quando de parte de vuessa merced le lleuó
vna epistola, ahechando vn costal de trigo,
y, por mas señas, dize que era rubion, cosa
que me haze dudar en la alteza de su linage.”
  A lo que respondio don Quixote:
  “Señora mia, sabra la vuestra grandeza que
todas o las mas cosas que a mi me suceden
van fuera de los terminos ordinarios de las que
a los otros caualleros andantes acontecen, o ya
sean encaminadas por el querer inescrutable
de los hados, o ya vengan encaminadas por la
malicia de algun encantador inuidioso, y como
es cosa ya aueriguada que todos o los mas
caualleros andantes y famosos, vno tenga gracia
de no poder ser encantado, otro, de ser de
tan impenetrables carnes que no pueda ser
herido, como lo fue el famoso Roldan, vno de
los Doze Pares de Francia, de quien se cuenta
que no podia ser ferido sino por la planta del
pie yzquierdo, y que esto auia de ser con la
punta de vn alfiler gordo y no con otra suerte
de arma alguna; y, assi, quando Bernardo del
Carpio le mató en Ronce[s]ualles, viendo,
que no le podia llagar con fierro, le leuantó
del suelo entre los braços y le ahogó,
acordandose entonces de la muerte que dio Hercules
a Anteon, aquel feroz gigante que dezian ser
hijo de la tierra. Quiero inferir de lo dicho,
que podria ser que yo tuuiesse alguna gracia
destas, no del no poder ser ferido, porque
muchas vezes la experiencia me ha mostrado que
soy de carnes blandas y no nada impenetrables,
ni la de no poder ser encantado, que ya
me he visto metido en vna xaula, donde todo
el mundo no fuera poderoso a encerra[r]me,
si no fuera a fuerças de encantamentos; pero
pues de aquel me libré, quiero creer que no
ha de auer otro alguno que me empezca, y,
assi, viendo estos encantadores que con mi
persona no pueden vsar de sus malas mañas,
venganse en las cosas que mas quiero, y quieren
quitarme la vida maltratando la de Dulcinea,
por quien yo viuo; y, assi, creo que quando
mi escudero le lleuó mi embaxada, se la
conuirtieron en villana y ocupada en tan baxo
exercicio como es el de ahechar trigo; pero ya
tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubion
ni trigo, sino granos de perlas orientales; y
para prueua desta verdad quiero dezir a
vuestras magnitudes, como viniendo poco ha por
el Toboso, jamas pude hallar los palacios de
Dulcinea; y que otro dia, auiendola visto
Sancho, mi escudero, en su mesma figura, que es
la mas bella del orbe, a mi me parecio vna
labradora tosca y fea y no nada bien razonada,
siendo la discrecion del mundo. Y pues yo no
estoy encantado ni lo puedo estar, segun buen
discurso, ella es la encantada, la ofendida y la
mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han
vengado de mi mis enemigos, y por ella viuire
yo en perpetuas lagrimas hasta verla en su
pristino estado.
  ”Todo esto he dicho para que nadie repare
en lo que Sancho dixo del cernido ni del ahecho
de Dulcinea; que pues a mi me la mudaron,
no es marauilla que a el se la cambiassen.
Dulcinea es principal y bien nacida, y de los
hidalgos linages que ay en el Toboso, que son
muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro
que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea,
por quien su lugar sera famoso y nombrado
en los venideros siglos, como lo ha sido
Troya por Elena, y España por la Caba, aunque
con mejor titulo y fama; por otra parte, quiero
que entiendan vuestras señorias que Sancho
Pança es vno de los mas graciosos escuderos
que jamas siruio a cauallero andante: tiene a
vezes vnas simplicidades tan agudas, que el
pensar si es simple o agudo causa no pequeño
contento; tiene malicias que le condenan por
vellaco, y descuydos que le confirman por bobo;
duda de todo y creelo todo; quando pienso que
se va a despeñar de tonto, sale con vnas
discreciones que le leuantan al cielo. Finalmente,
yo no le trocaria con otro escudero, aunque me
diessen de añadidura vna ciudad; y, assi, estoy
en duda si sera bien embiarle al gouierno de
quien vuestra grandeza le ha hecho merced,
aunque veo en el vna cierta aptitud para esto
de gouernar, que atusandole tantico el
entendimiento, se saldria con qualquiera gouierno
como el rey con sus alcabalas. Y mas que ya
por muchas experiencias sabemos que no es
menester ni mucha habilidad ni muchas letras
para ser vno gouernador, pues ay por ai ciento
que apenas saben leer y gouiernan como vnos
girifaltes; el toque está en que tengan buena
intencion y desseen acertar en todo, que nunca
les faltará quien les aconseje y encamine
en lo que han de hazer, como los gouernadores
caualleros y no letrados, que sentencian con
assessor. Aconsejariale yo que ni tome coecho,
ni pierda derecho, y otras cosillas que me
quedan en el estomago, que saldran a su tiempo
para vtilidad de Sancho, y prouecho de la
insula que gouernare.”
  A este punto llegauan de su coloquio el
duque, la duquessa y don Quixote, quando
oyeron muchas vozes y gran rumor de gente en
el palacio, y a deshora entró Sancho en la sala,
todo assustado, con vn cernadero por bauador,
y tras el muchos moços, o, por mejor dezir,
picaros de cozina, y otra gente menuda, y vno venia
con vn artesoncillo de agua que, en la color
y poca limpieza, mostraua ser de fregar; seguiale
y perseguiale el de la artesa, y procuraua
con toda solicitud ponersela y encaxarsela
debaxo de las barbas, y otro picaro mostraua
quererselas lauar.
  “¿Qué es esto, hermanos?”, preguntó la
duquessa. “¿Qué es esto? ¿Qué quereis a esse
buen hombre? ¿Cómo y no considerays que
está electo gouernador?”
  A lo que respondio el picaro barbero:
  “No quiere este señor dexarse lauar como
es vsança y como se la lauó el duque mi señor
y el señor su amo.”
  “Si quiero”, respondio Sancho con mucha
colera; “pero querria que fuesse con toallas
mas limpias, con lexia mas clara y con manos
no tan suzias; que no ay tanta diferencia de mi
a mi amo, que a el le lauen con agua de angeles
y a mi con lexia de diablos; las vsanças
de las tierras y de los palacios de los principes
tanto son buenas quanto no dan pesadumbre;
pero la costumbre del lauatorio que aqui se vsa
peor es que de diciplinantes; yo estoy limpio
de barbas, y no tengo necessidad de semejantes
refrigerios, y el que se llegare a lauarme
ni a tocarme a vn pelo de la cabeça, digo, de mi
barba, hablando con el deuido acatamiento, le
dare tal puñada, que le dexe el puño engastado
en los cascos; que estas tales ceremonias y
xauonaduras mas parecen burlas que gasajos
de huespedes.”
  Perecida de risa estaua la duquessa, viendo
la colera y oyendo las razones de Sancho; pero
no dio mucho gusto a don Quixote verle tan
mal adeliñado con la jaspeada toalla, y tan
rodeado de tantos entretenidos de cozina, y, assi,
haziendo vna profunda reuerencia a los duques,
como que les pedia licencia para hablar, con
voz reposada dixo a la canalla:
  “¡Ola, señores caualleros!, vuessas mercedes
dexen al mancebo y bueluanse por donde vinieron,
o por otra parte si se les antojare; que
mi escudero es limpio tanto como otro, y essas
artesillas son para el estrechas, y penantes
bucaros; tomen mi consejo y dexenle, porque
ni el ni yo sabemos de achaque de burlas.”
  Cogiole la razon de la boca Sancho, y
prosiguio diziendo:
  “No sino lleguense a hazer burla del mostrenco,
que assi lo sufrire como aora es de noche;
traygan aqui vn peyne, o lo que quisieren,
y almoazenme estas barbas, y si sacaren dellas
cosa que ofenda a la limpieza, que me
trasquilen a cruzes.”
  A esta sazon, sin dexar la risa, dixo la
duquessa:
  “Sancho Pança tiene razon en todo quanto
ha dicho, y la tendra en todo quanto dixere; el
es limpio, y, como el dize, no tiene necessidad
de lauarse, y si nuestra vsança no le contenta,
su alma en su palma; quanto mas que vosotros,
ministros de la limpieza, aueis andado
demasiadamente de remisos y descuydados, y no se si
diga atreuidos, a traer a tal personage y a
tales barbas en lugar de fuentes y aguamaniles
de oro puro y de alemanas toallas, artesillas y
dornajos de palo y rodillas de aparadores; pero,
en fin, soys malos y mal nacidos, y no podeis
dexar, como malandrines que soys, de mostrar
la ogeriza que teneis con los escuderos de los
andantes caualleros.”
  Creyeron los apicarados ministros, y aun el
maestresala que venia con ellos, que la duquessa
hablaua de veras, y, assi, quitaron el cernadero
del pecho de Sancho, y todos confusos y
casi corridos se fueron y le dexaron; el qual,
viendose fuera de aquel a su parecer sumo
peligro, se fue a hincar de rodillas ante la
duquessa, y dixo:
  “De grandes señoras grandes mercedes se
esperan; esta que la vuestra merced oy me ha
fecho, no puede pagarse con menos sino es con
dessear verme armado cauallero andante para
ocuparme todos los dias de mi vida en seruir a
tan alta señora. Labrador soy, Sancho Pança
me llamo, casado soy, hijos tengo y de escudero
siruo; si con alguna destas cosas puedo
seruir a vuestra grandeza, menos tardaré yo en
obedecer que vuestra señoria en mandar.”
  “Bien parece, Sancho”, respondio la duquessa,
“que aueis aprendido a ser cortés en la
escuela de la misma cortesia; bien parece, quiero
dezir, que os aueis criado a los pechos del
señor don Quixote, que deue de ser la nata de
los comedimientos y la flor de las ceremonias
o cirimonias, como vos dezis; bien aya tal señor
y tal criado, el vno, por norte de la andante
caualleria, y el otro, por estrella de la escuderil
fidelidad; leuantaos, Sancho amigo, que yo
satisfare vuestras cortesias con hazer que el
duque, mi señor, lo mas presto que pudiere, os
cumpla la merced prometida del gouierno.”
  Con esto cessó la platica, y don Quixote se
fue a reposar la siesta, y la duquessa pidio a
Sancho que, si no tenia mucha gana de dormir,
viniesse a passar la tarde con ella y con sus
donzellas en vna muy fresca sala. Sancho
respondio, que aunque era verdad que tenia por
costumbre dormir quatro o cinco horas las siestas
del verano, que por seruir a su bondad, el
procuraria con todas sus fuerças no dormir
aquel dia ninguna, y vendria obediente a su
mandado, y fuesse; el duque dio nueuas
ordenes como se tratasse a don Quixote como a
cauallero andante, sin salir vn punto del estilo,
como cue[n]tan que se tratauan los antiguos
caualleros.

               Capitulo XXXIII

De la sabrosa platica que la duquessa y sus
  donzellas passaron con Sancho Pança, digna
  de que se lea y de que se note.

  Cuenta, pues, la historia, que Sancho no
durmio aquella siesta, sino que por cumplir su
palabra, vino en comiendo a ver a la duquessa; la
qual, con el gusto que tenia de oyrle, le hizo
sentar junto a si en vna silla baxa, aunque Sancho,
de puro bien criado, no queria sentarse;
pero la duquessa le dixo que se sentasse como
gouernador y hablasse como escudero, puesto
que por entrambas cosas merecia el mismo
escaño del Cid Ruy Diaz Campeador.
  Encogio Sancho los ombros, obedecio y
sentose, y todas las donzellas y dueñas de la
duquessa la rodearon atentas, con grandissimo
silencio, a escuchar lo que diria; pero la
duquessa fue la que habló primero, diziendo:
  “Aora que estamos solos, y que aqui no nos
oye nadie, querria yo que el señor gouernador
me asoluiesse ciertas dudas que tengo, nacidas
de la historia que del gran don Quixote anda
ya impressa, vna de las quales dudas es que
pues el buen Sancho nunca vio a Dulcinea,
digo, a la señora Dulcinea del Toboso, ni le
lleuó la carta del señor don Quixote, porque
se quedó en el libro de memoria en Sierra
Morena, cómo se atreuio a fingir la respuesta y
aquello de que la halló aechando trigo, siendo
todo burla y mentira, y tan en daño de la buena
opinion de la sin par Dulcinea, y todas que
no vienen bien con la calidad y fidelidad de los
buenos escuderos.”
  A estas razones, sin responder con alguna,
se leuan[t]ó Sancho de la silla, y con pasos
quedos, el cuerpo agouiado y el dedo puesto
sobre los labios, anduuo por toda la sala leuantando
los doseles, y luego, esto hecho, se boluio
assentar y dixo:
  “Aora, señora mia, que he visto que no nos
escucha nadie de solapa, fuera de los circunstantes,
sin temor ni sobresalto, respondere a lo
que se me ha preguntado y a todo aquello que
se me preguntare; y lo primero que digo es
que yo tengo a mi señor don Quixote por loco
rematado, puesto que algunas vezes dize
cosas que, a mi parecer y aun de todos aquellos
que le escuchan, son tan discretas y por tan
buen carril encaminadas, que el mesmo Satanas
no las podria dezir mejores; pero, con todo
esto, verdaderamente y sin escrupulo, a mi se
me ha assentado que es vn mentecato. Pues
como yo tengo esto en el magin, me atreuo a
hazerle creer lo que no lleua pies ni cabeça,
como fue aquello de la respuesta de la carta, y
lo de aura seys o ocho dias, que aun no está en
historia, conuiene a saber: lo del encanto de mi
señora doña Dulcinea, que le he dado a entender
que está encantada, no siendo mas verdad
que por los cerros de Vbeda.”
  Rogole la duquessa que le contasse aquel
encantamento o burla, y Sancho se lo conto
todo del mesmo modo que auia passado, de
que no poco gusto recibieron los oyentes; y,
prosiguiendo en su platica, dixo la duquessa:
  “De lo que el buen Sancho me ha contado
me anda brincando vn escrupulo en el alma, y
vn cierto susurro llega a mis oydos, que me
dize: pues don Quixote de la Mancha es loco,
menguado y mentecato, y Sancho Pança su
escudero lo conoce, y, con todo esso, le sirue y
le sigue y va atenido a las vanas promessas
suyas, sin duda alguna deue de ser el mas loco
y tonto que su amo; y, siendo esto assi, como
lo es, mal contado te sera, señora duquessa, si
al tal Sancho Pança le das insula que gouierne,
porque el que no sabe gouernarse a si,
¿cómo sabra gouernar a otros?”
  “Par Dios, señora”, dixo Sancho, “que esse
escrupulo viene con parto derecho; pero digale
vuessa merced que hable claro, o como quisiere,
que yo conozco que dize verdad; que si yo
fuera discreto, dias ha que auia de auer dexado
a mi amo. Pero esta fue mi suerte y esta mi
mal andança; no puedo mas, seguirle tengo,
somos de vn mismo lugar, he comido su pan,
quierole bien, es agradecido, diome sus pollinos,
y, sobre todo, yo soy fiel, y, assi es impossible
que nos pueda apartar otro sucesso que el
de la pala y açadon. Y si vuestra altaneria no
quisiere que se me de el prometido gouierno,
de menos me hizo Dios, y podria ser que el no
darmele redundasse en pro de mi conciencia;
que maguera tonto se me entiende aquel
refran de por su mal le nacieron alas a la
hormiga; y aun podria ser que se fuesse mas ayna
Sancho escudero al cielo que no Sancho
gouernador. Tan buen pan hazen aqui como en
Francia, y de noche todos los gatos son pardos,
y assaz de desdichada es la persona que a las
dos de la tarde no se ha desayunado; y no ay
estomago que sea vn palmo mayor que otro,
el qual se puede llenar, como suele dezirse, de
paja y de heno, y las auezitas del campo
tienen a Dios por su proueedor y despensero;
y mas calientan quatro varas de paño de Cuenca
que otras quatro de limiste de Segouia;
y al dexar este mundo y meternos la tierra
adentro, por tan estrecha senda va el principe
como el jornalero, y no ocupa mas pies de
tierra el cuerpo del papa que el del sacristan,
aunque sea mas alto el vno que el otro; que al
entrar en el hoyo todos nos ajustamos y
encogemos, o nos hazen ajustar y encoger, mal que
nos pese, y a buenas noches; y torno a dezir
que si vuestra señoria no me quisiere dar la
insula por tonto, yo sabre no darseme nada por
discreto; y yo he oydo dezir que detras de la
cruz está el diablo, y que no es oro todo lo
que reluze; y que de entre los bueyes, arados
y coyundas sacaron al labrador Bamba para
ser rey de España, y de entre los brocados,
passatiempos y riquezas sacaron a Rodrigo
para ser comido de culebras, si es que las
trobas de los romances antiguos no mienten.”
  “Y ¡cómo que no mienten!”, dixo a esta
sazon doña Rodriguez, la dueña, que era vna de
las escuchantes, “que vn romance ay que dize,
que metieron al rey Rodrigo viuo viuo en vna
tumba llena de sapos, culebras y lagartos, y que
de alli a dos dias dixo el rey desde dentro de
la tumba, con voz doliente y baxa:

        «Ya me comen, ya me comen
      por do mas pecado auia.»

Y, segun esto, mucha razon tiene este señor
en dezir que quiere mas ser mas labrador
que rey, si le han de comer sabandijas.”
  No pudo la duquessa tener la risa oyendo
la simplicidad de su dueña, ni dexó de admirarse
en oyr las razones y refranes de Sancho,
a quien dixo:
  “Ya sabe el buen Sancho que lo que vna
vez promete vn cauallero, procura cumplirlo,
aunque le cueste la vida. El duque, mi señor y
marido, aunque no es de los andantes, no por
esso dexa de ser cauallero, y, assi, cumplira la
palabra de la prometida insula, a pesar de la
inuidia y de la malicia del mundo. Esté Sancho
de buen animo; que quando menos lo piense
se vera sentado en la silla de su insula, y en la
de su estado, y empuñará su gouierno, que con
otro de brocado de tres altos lo deseche.
Lo que yo le encargo es que mire cómo gouierna
sus vassallos, aduirtiendo que todos son
leales y bien nacidos.”
  “Esso de gouernarlos bien”, respondio
Sancho, “no ay para qué encargarmelo, porque yo
soy caritatiuo de mio y tengo compassion de
los pobres, y a quien cueze y amasa no le
hurtes hogaza; y para mi santiguada que no
me han de echar dado falso; soy perro viejo y
entiendo todo tus, tus, y se despauilarme a sus
tiempos, y no consiento que me anden musarañas
ante los ojos, porque se dónde me aprieta
el çapato; digolo, porque los buenos tendran
conmigo mano y concauidad y los malos, ni pie
ni entrada. Y pareceme a mi que en esto de
los gouiernos todo es començar, y podria ser
que a quinze dias de gouernador me comiesse
las manos tras el oficio y supiesse mas del
que de la labor del campo en que me he
criado.”
  “Vos teneis razon, Sancho”, dixo la
duquessa; “que nadie nace enseñado, y de los
hombres se hazen los obispos, que no de las
piedras; pero boluiendo a la platica que poco
ha tratauamos del encanto de la señora
Dulcinea, tengo por cosa cierta y mas que
aueriguada que aquella imaginacion que Sancho
tuuo de burlar a su señor, y darle a entender
que la labradora era Dulcinea, y que si su
señor no la conocia deuia de ser por estar
encantada, toda fue inuencion de alguno de los
encantadores que al señor don Quixote
persiguen; porque real y verdaderamente yo se de
buena parte que la villana que dio el brinco
sobre la pollina era y es Dulcinea del Toboso,
y que el buen Sancho, pensando ser el
engañador, es el engañado, y no ay poner mas
duda en esta verdad que en las cosas que
nunca vimos; y sepa el señor Sancho Pança,
que tambien tenemos aca encantadores que
nos quieren bien y nos dizen lo que passa por
el mundo, pura y se[n]zillamente, sin enredos
ni maquinas; y creame Sancho que la villana
brincadora era y es Dulcinea del Toboso, que
está encantada como la madre que la pario; y
quando menos nos pensemos, la auemos de
ver en su propia figura, y entonces saldra
Sancho del engaño en que viue.”
  “Bien puede ser todo esso”, dixo Sancho
Pança, “y agora quiero creer lo que mi amo
cuenta de lo que vio en la cueua de Montesinos,
donde dize que vio a la señora Dulcinea
del Toboso en el mesmo trage y habito que yo
dixe que la auia visto quando la encanté por
solo mi gusto; y todo deuio de ser al reues,
como vuessa merced, señora mia, dize, porque
de mi ruin ingenio no se puede ni deue presumir
que fabricasse en vn instante tan agudo
embuste, ni creo yo que mi amo es tan loco
que con tan flaca y magra persuasion como la
mia creyesse vna cosa tan fuera de todo
termino; pero, señora, no por esto sera bien que
vuestra bondad me tenga por maleuolo, pues
no esta obligado vn porro como yo a taladrar
los pensamientos y malicias de los pessimos
encantadores; yo fingi aquello por escaparme
de las riñas de mi señor don Quixote, y no
con intencion de ofenderle; y si ha salido al
reues, Dios está en el cielo, que juzga los
coraçones.”
  “Assi es la verdad”, dixo la duquessa; “pero
digame agora Sancho qué es esto que dize de
la cueua de Montesinos; que gustaria saberlo.”
  Entonces Sancho Pança le conto punto por
punto lo que queda dicho acerca de la tal
auentura. Oyendo lo qual, la duquessa dixo:
  “Deste sucesso se puede inferir que pues el
gran don Quixote dize que vio alli a la mesma
labradora que Sancho vio a la salida del
Toboso, sin duda es Dulcinea, y que andan por
aqui los encantadores muy listos y
demasiadamente curiosos.”
  “Esso digo yo”, dixo Sancho Pança; “que si
mi señora Dulcinea del Toboso está encantada,
su daño; que yo no me tengo de tomar
con los enemigos de mi amo, que deuen de
ser muchos y malos; verdad sea que la que yo
vi fue vna labradora, y por labradora la tuue y
por tal labradora la juzgué; y si aquella era
Dulcinea, no ha de estar a mi cuenta, ni ha de
correr por mi, o sobre ello, morena. No sino
andense a cada triquete conmigo a dime y
direte, Sancho lo dixo, Sancho lo hizo, Sancho
tornó y Sancho boluio, como si Sancho fuesse
algun quienquiera, y no fuesse el mismo Sancho
Pança, el que anda ya en libros por esse
mundo adelante, segun me dixo Sanson Carrasco,
que, por lo menos, es persona bachillerada
por Salamanca; y los tales no pueden
mentir, si no es quando se les antoja o les viene
muy a cuento; assi que no ay para qué nadie
se tome conmigo, y pues que tengo buena
fama y, segun oi dezir a mi señor, que mas vale
el buen nombre que las muchas riquezas,
encaxenme esse gouierno y veran marauillas;
que quien ha sido buen escudero sera buen
gouernador.”
  “Todo quanto aqui ha dicho el buen Sancho”,
dixo la duquessa, “son sentencias catonianas,
o, por lo menos, sacadas de las mesmas
entrañas del mismo Micael Verino, florentibus
occidit annis. En fin, en fin, hablando a su
modo, debaxo de mala capa suele auer buen
beuedor.”
  “En verdad, señora”, respondio Sancho,
“que en mi vida he beuido de malicia; con
sed, bien podria ser, porque no tengo nada de
hipocrita; beuo quando tengo gana, y quando
no la tengo, y quando me lo dan, por no parecer
o melindroso o mal criado; que a vn brindis
de vn amigo, ¿qué coraçon ha de auer tan
de marmol que no haga la razon?; pero, aunque
las calço, no las ensuzio; quanto mas que los
escuderos de los caualleros andantes casi de
ordinario beuen agua, porque siempre andan
por florestas, seluas y prados, montañas y riscos,
sin hallar vna misericordia de vino, si dan
por ella vn ojo.”
  “Yo lo creo assi”, respondio la duquessa,
“y por aora vayase Sancho a reposar, que
despues hablaremos mas largo y daremos
orden como vaya presto a encaxarse, como
el dize, aquel gouierno.”
  De nueuo le besó las manos Sancho a la
duquessa, y le suplicó le hiziesse merced de
que se tuuiesse buena cuenta con su ruzio,
porque era la lumbre de sus ojos.
  “¿Qué ruzio es este?”, preguntó la
duquessa.
  “Mi asno”, respondio Sancho, “que por no
nombrarle con este nombre, le suelo llamar el
ruzio, y a esta señora dueña le rogue, quando
entré en este castillo, tuuiesse cuenta con el, y
azorose de manera, como si la huuiera dicho
que era fea o vieja, deuiendo ser mas propio y
natural de las dueñas pensar jumentos que
autorizar las salas. ¡O, valame Dios, y quán mal
estaua con estas señoras vn hidalgo de mi
lugar!”
  “Seria algun villano”, dixo doña Rodriguez,
la dueña; “que si el fuera hidalgo y bien nacido,
el las pusiera sobre el cuerno de la luna.”
  “Agora bien”, dixo la duquessa, “no aya
mas; calle doña Rodriguez y sossieguese el
señor Pança, y quedesse a mi cargo el regalo
del ruzio, que por ser alhaja de Sancho, le
pondre yo sobre las niñas de mis ojos.”
  “En la caualleriza basta que esté”, respondio
Sancho, “que sobre las niñas de los ojos de
vuestra grandeza, ni el ni yo somos dignos de
estar solo vn momento; y assi lo consintiria yo
como darme de puñaladas, que aunque dize
mi señor que en las cortesias antes se ha de
perder por carta de mas que de menos, en las
jumentiles y assininas se ha de yr con el
compas en la mano y con medido termino.”
  “Lleuele”, dixo la duquessa, “Sancho al
gouierno, y allá le podra regalar como
quisiere, y aun jubilarle del trabajo.”
  “No piense vuessa merced, señora duquessa,
que ha dicho mucho”, dixo Sancho; “que
yo he visto yr mas de dos asnos a los gouiernos,
y que lleuasse yo el mio no seria cosa
nueua.”
  Las razones de Sancho renouaron en la
duquessa la risa y el contento, y, embiandole a
reposar, ella fue a dar cuenta al duque de lo
que con el auia passado; y entre los dos dieron
traça y orden de hazer vna burla a don Quixote
que fuesse famosa y viniesse bien con el
estilo caualleresco; en el qual le hizieron
muchas, tan propias y discretas, que son las
mejores auenturas que en esta grande historia se
contienen.

                Capitulo XXXIV

Que cuenta de la noticia que se tuuo de cómo
  se auia de desencantar la sin par Dulcinea
  del Toboso, que es vna de las auenturas mas
  famosas deste libro.

  Grande era el gusto que recebian el duque
y la duquessa de la conuersacion de don Quixote
y de la de Sancho Pança, y, confirmandose
en la intencion que tenian de hazerles algunas
burlas que lleuassen vislumbres y apariencias
de auenturas, tomaron motiuo de la que don
Quixote ya les auia contado de la cueua de
Montesinos, para hazerle vna que fuesse famosa
--pero de lo que mas la duquessa se admiraua
era que la simplicidad de Sancho fuesse
tanta, que huuiesse venido a creer ser verdad
infalible que Dulcinea del Toboso estuuiesse
encantada, auiendo sido el mesmo el encantador
y el embustero de aquel negocio--; y, assi,
auiendo dado orden a sus criados de todo lo
que auian de hazer, de alli a seys dias le
lleuaron a caça de monteria, con tanto aparato
de monteros y caçadores como pudiera lleuar
vn rey coronado. Dieronle a don Quixote vn
vestido de monte y a Sancho otro verde, de
finissimo paño; pero don Quixote no se le
quiso poner, diziendo que otro dia auia de
boluer al duro exercicio de las armas, y que no
podia lleuar consigo guardarropas ni reposterias.
Sancho si tomó el que le dieron, con intencion
de venderle en la primera ocasion que
pudiesse.
  Llegado, pues, el esperado dia, armose don
Quixote, vistiose Sancho, y encima de su ruzio,
que no le quiso dexar, aunque le dauan vn
cauallo, se metio entre la tropa de los monteros;
la duquessa salio bizarramente aderezada,
y don Quixote, de puro cortes y comedido,
tomó la rienda de su palafren, aunque el
duque no queria consentirlo, y, finalmente,
llegaron a vn bosque que entre dos altissimas
montañas estaua, donde, tomados los puestos,
paranzas y veredas, y repartida la gente por
diferentes puestos, se començo la caça con
grande estruendo, grita y vozeria, de manera,
que vnos a otros no podian oyrse, assi por el
ladrido de los perros, como por el son de las
bozinas. Apeose la duquessa, y con vn agudo
venablo en las manos, se puso en vn puesto
por donde ella sabia que solian venir algunos
jaualies. Apeose assimismo el duque y don
Quixote y pusieronse a sus lados; Sancho se
puso detras de todos, sin apearse del ruzio, a
quien no osara desamparar, porque no le
sucediesse algun desman.
  Y apenas auian sentado el pie y puesto[se]
en ala con otros muchos criados suyos, quando
acosado de los perros y seguido de los caçadores
vieron que hazia ellos venia vn desmesurado
jauali, cruxiendo dientes y colmillos y
arrojando espuma por la boca, y, en viendole,
embraçando su escudo y puesta mano a su
espada, se adelantó a recebirle don Quixote;
lo mesmo hizo el duque con su venablo; pero
a todos se adelantara la duquessa si el duque
no se lo estoruara. Solo Sancho, en viendo al
valiente animal, desamparó al ruzio y dio a
correr quanto pudo; y, procurando subirse
sobre vna alta encina, no fue possible; antes,
estando ya a la mitad del, assido de vna
rama, pugnando subir a la cima, fue tan
corto de ventura y tan desgraciado, que se
desgajó la rama, y al venir al suelo, se quedó
en el ayre, assido de vn gancho de la encina,
sin poder llegar al suelo, y, viendose assi, y que
el sayo verde se le rasgaua, y pareciendole
que si aquel fiero animal alli allegaua le podia
alcançar, començo a dar tantos gritos y a pedir
socorro con tanto ahinco, que todos los que le
oian y no le veian creyeron que estaua entre
los dientes de alguna fiera.
  Finalmente, el colmilludo jauali quedó
atrauessado de las cuchillas de muchos venablos
que se le pusieron delante, y, boluiendo la
cabeça don Quixote a los gritos de Sancho, que
ya por ellos le auia conocido, viole pendiente
de la encina, y la cabeça abaxo, y al ruzio junto
a el, que no le desamparó en su calamidad; y
dize Cide Hamete que pocas vezes vio a Sancho
Pança sin ver al ruzio, ni al ruzio sin ver a
Sancho: tal era la amistad y buena fe que entre
los dos se guardauan. Llegó don Quixote y
descolgo a Sancho, el qual, viendose libre y en el
suelo, miró lo desgarrado del sayo de monte,
y pesole en el alma; que penso que tenia en el
vestido vn mayorazgo.
  En esto, atrauessaron al jauali poderoso sobre
vna azemila, y, cubriendole con matas de
romero y con ramas de mirto, le lleuaron, como
en señal de vitoriosos despojos, a vnas grandes
tiendas de campaña que en la mitad del bosque
estauan puestas, donde hallaron las mesas en
orden y la comida aderezada, tan sumptuosa y
grande, que se echaua bien de ver en ella la
grandeza y magnificencia de quien la daua.
  Sancho, mostrando las llagas a la duquessa
de su roto vestido, dixo:
  “Si esta caça fuera de liebres o de paxarillos,
seguro estuuiera mi sayo de verse en este
estremo; yo no se qué gusto se recibe de esperar
a vn animal que si os alcança con vn colmillo,
os puede quitar la vida; yo me acuerdo auer
oydo cantar vn romance antiguo, que dize:

         De los osos seas comido
         como Fabila el nombrado.”

  “Esse fue vn rey godo”, dixo don Quixote,
“que yendo a caça de monteria, le comio
vn oso.”
  “Esso es lo que yo digo”, respondio Sancho,
“que no querria yo que los principes y los reyes
se pusiessen en semejantes peligros, a trueco
de vn gusto que parece que no le auia de ser,
pues consiste en matar a vn animal que no ha
cometido delito alguno.”
  “Antes os engañais, Sancho”, respondio el
duque, “porque el exercicio de la caça de monte
es el mas conueniente y necessario para los
reyes y principes que otro alguno. La caça es
vna imagen de la guerra: ay en ella estratagemas,
astucias, insidias para vencer a su saluo al
enemigo; padecense en ella frios grandissimos
y calores intolerables, menoscabase el ocio y el
sueño, corroboranse las fuerças, agilitanse los
miembros del que la vsa, y, en resolucion, es
exercicio que se puede hazer sin perjuyzio de
nadie y con gusto de muchos; y lo mejor que el
tiene es que no es para todos, como lo es el de
los otros generos de caça, excepto el de la
bolateria, que tambien es solo para reyes y grandes
señores. Assi que, ¡o Sancho!, mudad de opinion,
y, quando seays gouernador, ocupaos en la
caça y vereys como os vale vn pan por ciento.”
  “Esso no”, respondio Sancho; “el buen
gouernador la pierna quebrada, y en casa; bueno
seria que viniessen los negociantes a buscarle
fatigados, y el estuuiesse en el monte
holgandose; assi enhoramala andaria el gouierno.
Mia fe, señor, la caça y los passatiempos mas
han de ser para los holgaçanes que para los
gouernadores; en lo que yo pienso entretenerme,
es en jugar al triunfo embidado las pascuas,
y a los bolos los domingos y fiestas; que essas
caças ni caços no dizen con mi condicion ni
hazen con mi conciencia.”
  “Plega a Dios, Sancho, que assi sea, porque
del dicho al hecho ay gran trecho.”
  “Aya lo que huuiere”, replicó Sancho, “que
al buen pagador no le duelen prendas, y mas
vale al que Dios ayuda, que al que mucho
madruga; y tripas lleuan pies, que no pies a
tripas; quiero dezir que si Dios me ayuda, y
yo hago lo que deuo con buena intencion, sin
duda que gouernaré mejor que vn gerifalte;
no sino ponganme el dedo en la boca, y veran
si aprieto o no.”
  “¡Maldito seas de Dios y de todos sus
santos, Sancho maldito”, dixo don Quixote, “y
quándo sera el dia, como otras muchas vezes
he dicho, donde yo te vea hablar sin refranes
vna razon corriente y concertada! Vuestras
grandezas dexen a este tonto, señores mios,
que les molera las almas, no solo puestas entre
dos, sino entre dos mil refranes traydos tan a
sazon y tan a tiempo quanto le de Dios a el la
salud, o a mi si los querria escuchar.”
  “Los refranes de Sancho Pança”, dixo la
duquessa, “puesto que son mas que los del
Comendador Griego, no por esso son en
menos de estimar por la breuedad de las
sentencias. De mi se dezir que me dan mas gusto
que otros, aunque sean mejor traydos y con
mas sazon acomodados.”
  Con estos y otros entretenidos razonamientos
salieron de la tienda al bosque, y en requerir
algunas paranzas (y) presto se les pasó el dia
y se les vino la noche, y no tan clara ni tan
sesga como la sazon del tiempo pedia, que era en
la mitad del verano; pero vn cierto claro escuro
que truxo consigo, ayudó mucho a la intencion
de los duques; y, assi, como començo a anochezer,
vn poco mas adelante del crepusculo, a deshora
parecio que todo el bosque por todas quatro
partes se ardia; y luego se oyeron por aqui
y por alli, y por aca y por aculla, infinitas
cornetas y otros instrumentos de guerra, como de
muchas tropas de caualleria que por el bosque
passaua; la luz del fuego, el son de los belicos
instrumentos, casi cegaron y atronaron los ojos
y los oydos de los circunstantes y aun de todos
los que en el bosque estauan.
  Luego se oyeron infinitos lelilies al vso de
moros quando entran en las batallas; sonaron
trompetas y clarines, retumbaron tambores,
resonaron pifaros, casi todos a vn tiempo, tan
contino y tan apriesa, que no tuuiera sentido el
que no quedara sin el al son confuso de tantos
instrumentos. Pasmose el duque, suspendiose
la duquessa, admirose don Quixote, temblo
Sancho Pança, y, finalmente, aun hasta los
mesmos sabidores de la causa se espantaron;
con el temor les cogio el silencio, y vn postillon
(que) en trage de demonio les passó por
delante, tocando en vez de corneta vn hueco
y desmesurado cuerno, que vn ronco y
espantoso son despedia.
  “Ola, hermano correo”, dixo el duque, “¿quién
soys, adónde vays y qué gente de guerra es la
que por este bosque parece que atrauiessa?”
  A lo que respondio el correo con voz
horrisona y desenfadada:
  “Yo soy el diablo; voy a buscar a don Quixote
de la Mancha; la gente que por aqui viene
son seys tropas de encantadores, que sobre vn
carro triunfante traen a la sin par Dulcinea del
Toboso; encantada viene con el gallardo
frances Montesinos a dar orden a don Quixote de
cómo ha de ser desencantada la tal señora.”
  “Si vos fuerades diablo, como dezis y como
vuestra figura muestra, ya huuierades conocido
al tal cauallero don Quixote de la Mancha,
pues le teneys delante.”
  “En Dios y en mi conciencia”, respondio el
diablo, “que no miraua en ello, porque traygo
en tantas cosas diuertidos los pensamientos,
que de la principal, a que venia, se me
oluidaua.”
  “Sin duda“, dixo Sancho, “que este demonio
deue de ser hombre de bien y buen christiano,
porque a no serlo, no jurara en Dios y en mi
conciencia. Aora, yo tengo para mi que aun en
el mesmo infierno deue de auer buena gente.”
  Luego el demonio, sin apearse, encaminando
la vista a don Quixote, dixo:
  “A ti, el Cauallero de los Leones --que entre
las garras dellos te vea yo--, me embia el
desgraciado pero valiente cauallero Montesinos,
mandandome que de su parte te diga que le esperes
en el mismo lugar que te topare, a causa que
trae consigo a la que llaman Dulcinea del
Toboso, con orden de darte la que es menester
para desencantarla; y por no ser para mas mi
venida, no ha de ser mas mi estada; los
demonios como yo queden contigo y los angeles
buenos con estos señores.”
  Y, en diziendo esto, tocó el desaforado cuerno
y boluio las espaldas y fuesse sin esperar
respuesta de ninguno.
  Renouose la admiracion en todos, especialmente
en Sancho y don Quixote; en Sancho, en
ver que, a despecho de la verdad, querian que
estuuiesse encantada Dulcinea; en don Quixote,
por no poder assegurarse si era verdad o no
lo que le auia passado en la cueua de
Montesinos; y, estando eleuado en estos
pensamientos, el duque le dixo:
  “¿Piensa vuessa merced esperar, señor don
Quixote?”
  “¿Pues no?” respondio el. “Aqui esperaré
intrepido y fuerte, si me viniesse a embestir
todo el infierno.”
  “Pues si yo veo otro diablo y oygo otro
cuerno como el passado, assi esperaré yo aqui
como en Flandes”, dixo Sancho.
  En esto, se cerro mas la noche, y començaron
a discurrir muchas luzes por el bosque,
bien assi como discurren por el cielo las
exhalaciones secas de la tierra, que parecen a
nuestra vista estrellas que corren; oyose, assimismo,
vn espantoso ruydo, al modo de aquel que se
causa de las ruedas macizas que suelen traer
los carros de bueyes, de cuyo chirrio aspero
y continuado se dize que huyen los lobos y los
osos, si los ay por donde passan. Añadiose
a toda esta tempestad otra que las aumentó
todas, que fue que parecia verdaderamente
que a las quatro partes del bosque se estauan
dando a vn mismo tiempo quatro rencuentros
o batallas, porque alli sonaua el duro estruendo
de espantosa artilleria; aculla se disparauan
infinitas escopetas; cerca casi sonauan las
vozes de los combatientes; lexos se reyterauan
los lililies agarenos.
  Finalmente, las cornetas, los cuernos, las
bozinas, los clarines, las trompetas, los tambores,
la artilleria, los arcabuzes y, sobre todo, el
temeroso ruydo de los carros, formauan todos
juntos vn son tan confuso y tan horrendo, que
fue menester que don Quixote se valiesse de
todo su coraçon para sufrirle; pero el de
Sancho vino a tierra y dio con el desmayado en
las faldas de la duquessa, la qual le recibio en
ellas y a gran priessa mandó que le echassen
agua en el rostro. Hizose assi, y el boluio en su
acuerdo a tiempo que ya vn carro de las rechinantes
ruedas llegaua a aquel puesto; tirauanle
quatro perezosos bueyes, todos cubiertos de
paramentos negros; en cada cuerno traian
atada y encendida vna grande acha de cera, y
encima del carro venia hecho vn assiento alto,
sobre el qual venia sentado vn venerable viejo
con vna barba mas blanca que la mesma nieue,
y tan luenga que le passaua de la cintura; su
vestidura era vna ropa larga de negro vocazi;
que por venir el carro lleno de infinitas luzes
se podia bien diuisar y discernir todo lo que en
el venia. Guiauanle dos feos demonios vestidos
del mesmo vocazi, con tan feos rostros, que
Sancho, auiendolos visto vna vez, cerro los ojos
por no verlos otra. Llegando, pues, el carro
a ygualar al puesto, se leuantó de su alto
assiento el viejo venerable, y puesto en pie, dando
vna gran voz, dixo:
  “Yo soy el sabio Lirgandeo.”
  Y passó el carro adelante, sin hablar mas
palabra.
  Tras este passó otro carro de la misma
manera, con otro viejo entronizado, el qual,
haziendo que el carro se detuuiesse, con voz
no menos graue que el otro, dixo:
  “Yo soy el sabio Alquife, el grande amigo
de Vrganda la Desconocida.”
  Y passó adelante.
  Luego, por el mismo continente llegó otro
carro; pero el que venia sentado en el trono no
era viejo como los demas, sino hombron robusto
y de mala catadura, el qual, al llegar,
leuantandose en pie como los otros, dixo con voz
mas ronca y mas endiablada:
  “Yo soy Arcalaus, el encantador, enemigo mortal
de Amadis de Gaula y de toda su parentela.”
  Y passó adelante.
  Poco desuiados de alli hizieron alto estos
tres carros y cessó el enfadoso ruydo de sus
ruedas; y luego se oyo otro, no ruydo, sino vn
son de vna suaue y concertada musica
formado, con que Sancho se alegró y lo tuuo a
buena señal; y, assi, dixo a la duquessa, de
quien vn punto ni vn paso se apartaua:
  “Señora, donde ay musica no puede auer
cosa mala.”
  “Tampoco donde ay luzes y claridad”,
respondio la duquessa.
  A lo que replicó Sancho:
  “Luz da el fuego, y claridad las hogueras,
como lo vemos en las que nos cercan, y bien
podria ser que nos abrasassen; pero la musica
siempre es indicio de regozijos y de fiestas.”
  “Ello dira”, dixo don Quixote, que todo lo
escuchaua, y dixo bien, como se muestra en el
capitulo siguiente.

                Capitulo XXXV

Donde se prosigue la noticia que tuuo don
  Quixote del desencanto de Dulcinea con
  otros admirable[s] sucessos.

  Al compas de la agradable musica vieron
que hazia ellos venia vn carro de los que
llaman triunfales, tirado de seys mulas
pardas encubertadas, empero, de lienço blanco,
y sobre cada vna venia vn diciplinante de
luz, assimesmo vestido de blanco, con vna
acha de cera grande, encendida, en la mano;
era el carro dos vezes, y aun tres, mayor que
los passados, y los lados y encima del,
ocupauan doze otros diciplinantes albos como la
nieue, todos con sus achas encendidas, vista
que admiraua y espantaua juntamente; y en
vn leuantado trono venia sentada vna ninfa
vestida de mil velos de tela de plata, brillando
por todos ellos infinitas hojas de argenteria de
oro, que la hazian, si no rica, a lo menos,
vistosamente vestida; traia el rostro cubierto con vn
transparente y delicado cendal, de modo, que,
sin impedirlo sus lizos, por entre ellos se
descubria vn hermosissimo rostro de donzella; y
las muchas luzes dauan lugar para distinguir
la belleza y los años, que, al parecer, no
llegauan a veynte ni baxauan de diez y siete; junto
a ella venia vna figura vestida de vna ropa de
las que llaman rozagantes, hasta los pies,
cubierta la cabeça con vn velo negro; pero al
punto que llegó el carro a estar frente a frente
de los duques y de don Quixote, cessó la musica
de las chirimias, y luego la de las harpas
y laudes que en el carro sonauan; y, leuantandose
en pie la figura de la ropa, la apartó a
entrambos lados, y, quitandose el velo del
rostro, descubrio patentemente ser la mesma
figura de la Muerte descarnada y fea, de que don
Quixote recibio pesadumbre, y Sancho miedo,
y los duques hizieron algun sentimiento temeroso.
Alçada y puesta en pie esta Muerte viua,
con voz algo dormida y con lengua no muy
despierta, començo a dezir desta manera:

     “Yo soy Merlin, aquel que las historias
   dizen que tuue por mi padre al diablo,
   (mentira autorizada de los tiempos),
   principe de la magica y monarca
   y archiuo de la ciencia zoroastrica,
   emulo a las edades y a los siglos,
   que solapar pretenden las hazañas
   de los andantes brauos caualleros,
   a quien yo tuue y tengo gran cariño.
     Y puesto que es de los encantadores,
   de los magos o magicos contino
   dura la condicion, aspera y fuerte,
   la mia es tierna, blanda y amorosa,
   y amiga de hazer bien a todas gentes.
     En las cauernas lobregas de Dite,
   donde estaua mi alma entretenida
   en formar ciertos rombos y caráteres,
   llegó la voz doliente de la bella
   y sin par Dulcinea del Toboso.
     Supe su encantamento y su desgracia,
   y su trasformacion de gentil dama
   en rustica aldeana: condolime,
   y encerrando mi espiritu en el hueco
   desta espantosa y fiera notomia,
   despues de auer rebuelto cien mil libros
   desta mi ciencia endemoniada y torpe,
   vengo a dar el remedio que conuiene
   a tamaño dolor, a mal tamaño.
     ¡O tu, gloria y honor de quantos visten
   las tunicas de azero y de diamante,
   luz y farol, sendero, norte y guia
   de aquellos que, dexando el torpe sueño
   y las ociosas plumas, se acomodan
   a vsar el exercicio intolerable
   de las sangrientas y pesadas armas!;
   a ti digo, ¡o varon, como se deue,
   por jamas alabado!, a ti, valiente
   juntamente y discreto don Quixote,
   de la Mancha esplendor, de España estrella,
   que para recobrar su estado primo
   la sin par Dulcinea del Toboso,
   es menester que Sancho, tu escudero,
   se de tres mil açotes y trecientos
   en ambas sus valientes posaderas,
   al ayre descubiertas, y de modo,
   que le escuezan, le amarguen y le enfaden;
   y en esto se resueluen todos quantos
   de su desgracia han sido los autores,
   y a esto es mi venida, mis señores.”

  “¡Voto a tal!”, dixo a esta sazon Sancho; “no
digo yo tres mil açotes, pero assi me dare yo
tres, como tres puñaladas; ¡valate el diablo por
modo de desencantar; yo no se qué tienen que
ver mis posas con los encantos! Par Dios que
si el señor Merlin no ha hallado otra manera
como desencantar a la señora Dulcinea del
Toboso, encantada se podra yr a la sepultura.”
  “Tomaros he yo”, dixo don Quixote, “don
villano, harto de ajos, y amarraros he a vn
arbol, desnudo como vuestra madre os pario, y
no digo yo tres mil y trecientos, sino seys mil
y seys cientos açotes os dare, tan bien pegados,
que no se os caygan a tres mil y trecientos
tirones; y no me repliqueys palabra, que os
arrancaré el alma.”
  Oyendo lo qual Merlin, dixo:
  “No ha de ser assi, porque los açotes que ha
de recebir el buen Sancho, han de ser por su
voluntad y no por fuerça, y en el tiempo que
el quisiere; que no se le pone termino señalado;
pero permitesele que si el quisiere redemir
su vexacion por la mitad de este vapulamiento,
puede dexar que se los de agena mano,
aunque sea algo pesada.”
  “Ni agena, ni propia, ni pesada, ni por
pesar”, replicó Sancho: “a mi no me ha de
tocar alguna mano. ¿Pari yo, por ventura, a la
señora Dulcinea del Toboso, para que paguen
mis posas lo que pecaron sus ojos? El señor
mi amo si, que es parte suya, pues la llama
a cada paso mi vida, mi alma, sustento y arrimo
suyo, se puede y deue açotar por ella y hazer
todas las diligencias necessarias para su
desencanto. Pero ¿açotarme yo?; abernuncio.”
  Apenas acabó de dezir esto Sancho, quando
leuantandose en pie la argentada ninfa que
junto al espiritu de Merlin venia, quitandose el
sutil velo del rostro, le descubrio tal, que a
todos parecio mas que demasiadamente
hermoso, y con vn desenfado varonil y con vna
voz no muy adamada, hablando derechamente
con Sancho Pança, dixo:
  “¡O malauenturado escudero, alma de cantaro,
coraçon de alcornoque, de entrañas guigeñas
y apederna[l]adas!; si te mandaran, ladron,
desuellacaras, que te arrojaras de vna
alta torre al suelo, si te pidieran, enemigo del
genero humano, que te comieras vna dozena
de sapos, dos de lagartos y tres de culebras, si
te persuadieran a que mataras a tu muger y a
tus hijos con algun truculento y agudo alfange,
no fuera marauilla que te mostraras melindroso
y esquiuo. Pero hazer caso de tres mil y
trecientos açotes, que no ay niño de la Doctrina,
por ruyn que sea, que no se los lleue cada mes,
admira, adarua, espanta a todas las entrañas
piadosas de los que lo escuchan y aun las
de todos aquellos que lo vinieren a saber con
el discurso del tiempo. Pon ¡o miserable y
endurecido animal!, pon, digo, essos tus ojos de
mochuelo espantadizo en las niñas destos
mios, comparados a rutilantes estrellas, y
veraslos llorar hilo a hilo y madexa a madexa,
haziendo surcos, carreras y sendas por los
hermosos campos de mis mexillas. Mueuate,
socarron y mal intencionado monstro, que la
edad tan florida mia, que aun se está todauia
en el diez y ... de los años, pues tengo diez y
nueue y no llego a veynte, se consume y
marchita debaxo de la corteza de vna rustica
labradora; y si aora no lo parezco es merced
particular que me ha hecho el señor Merlin,
que está presente, solo porque te enternezca
mi belleza; que las lagrimas de vna afligida
hermosura bueluen en algodon los riscos y los
tigres en ouejas. Date, date en essas carnazas,
bestion indomito, y saca de haron esse brio
que a solo comer y mas comer te inclina; y
pon en libertad la lisura de mis carnes, la
mansedumbre de mi condicion y la belleza de mi
faz; y si por mi no quieres ablandarte ni
reduzirte a algun razonable termino, hazlo por esse
pobre cauallero que a tu lado tienes, por tu
amo, digo, de quien estoy viendo el alma, que
la tiene atrauessada en la garganta, no diez
dedos de los labios, que no espera sino tu
rigida o blanda repuesta, o para salirse por la
boca, o para boluerse al estomago.”
  Tentose oyendo esto la garganta don
Quixote, y dixo, boluiendose al duque:
  “Por Dios, señor, que Dulcinea ha dicho
la verdad, que aqui tengo el alma
atrauessada en la garganta, como vna nuez de
ballesta.”
  “¿Qué dezis vos a esto, Sancho?”, preguntó
la duquessa.
  “Digo, señora”, respondio Sancho, “lo que
tengo dicho: que de los açotes auernuncio.”
  “Abrrenuncio aueis de dezir, Sancho, y no
como dezis”, dixo el duque.
  “Dexeme vuestra grandeza”, respondio
Sancho; “que no estoy agora para mirar en
sotilezas, ni en letras mas a menos, porque me
tienen tan turbado estos açotes que me han de
dar o me tengo de dar, que no se lo que me
digo ni lo que me hago; pero querria yo saber
de la señora, mi señora doña Dulcinea del
Toboso, adonde aprendio el modo de rogar
que tiene; viene a pedirme que me abra las
carnes a açotes, y llamame alma de cantaro y
bestion indomito, con vna tiramira de malos
nombres, que el diablo los sufra. ¿Por ventura
son mis carnes de bronze?, ¿o vame a mi algo
en que se desencante o no? ¿Qué canasta de
ropa blanca, de camisas, de tocadores y de
escarpines, a[n]que no los gasto, trae delante
de si para ablandarme, sino vn vituperio y otro,
sabiendo aquel refran que dizen por ay, que
vn asno cargado de oro sube ligero por vna
montaña, y que dadiuas quebrantan peñas, y
a Dios rogando y con el maço dando, y que
mas vale vn toma que dos te dare? Pues el
señor, mi amo, que auia de traerme la mano
por el cerro y halagarme para que yo me
hiziesse de lana y de algodon cardado, dize que
si me coge me amarrará desnudo a vn arbol,
y me doblará la parada de los açotes; y auian
de considerar estos lastimados señores que no
solamente piden que se açote vn escudero,
sino vn gouernador; como quien dize: beue con
g[u]indas. Aprendan, aprendan mucho de enhoramala
a saber rogar, y a saber pedir, y a tener
criança; que no son todos los tiempos vnos, ni
estan los hombres siempre de vn buen humor;
estoy yo aora rebentando de pena por ver mi
sayo verde roto, y vienen a pedirme que me
açote de mi voluntad, estando ella tan agena
dello, como de boluerme cazique.”
  “Pues en verdad, amigo Sancho”, dixo el
duque, “que si no os ablandais mas que vna
breua madura, que no aueis de empuñar el
gouierno. Bueno seria que yo embiasse a mis
insulanos vn gouernador cruel, de entrañas
pedernalinas, que no se doblega a las lagrimas
de las afligidas donzellas ni a los ruegos
de discretos, imperiosos y antiguos encantadores
y sabios. En resolucion, Sancho: o vos
aueis de ser açotado, o os han de açotar, o no
aueis de ser gouernador.”
  “Señor”, respondio Sancho, “¿no se me darian
dos dias de termino para pensar lo [que]
me está mejor?”
  “No, en ninguna manera”, dixo Merlin;
“aqui, en este instante y en este lugar ha de
quedar assentado lo que ha de ser deste negocio:
o Dulcinea boluera a la cueua de Montesinos
y a su pristino estado de labradora, o ya,
en el ser que está sera lleuada a los Eliseos
campos, donde estara esperando se cumpla el
numero del vapulo.”
  “Ea, buen Sancho”, dixo la duquessa, “buen
animo y buena correspondencia al pan que aueis
comido del señor don Quixote, a quien todos
deuemos seruir y agradar por su buena condicion
y por sus altas cauallerias. Dad el si, hijo,
desta açotayna, y vayase el diablo para diablo y
el temor para mezquino; que vn buen coraçon
quebranta mala ventura, como vos bien sabeis.”
  A estas razones respondio con estas
disparatadas Sancho, que, hablando con Merlin, le
preguntó:
  “Digame vuessa merced, señor Merlin:
quando llegó aqui el diablo correo, (y) dio a
mi amo vn recado del señor Montesinos, mandandole
de su parte que le esperasse aqui, porque
venia a dar orden de que la señora doña Dulcinea
del Toboso se desencantasse, y hasta agora
no hemos visto a Montesinos ni a sus
semejas.”
  A lo qual respondio Merlin:
  “El diablo, amigo Sancho, es vn ignorante y
vn grandissimo bellaco; yo le embié en busca
de vuestro amo, pero no con recado de Montesinos,
sino mio, porque Montesinos se está en
su cueua, entendiendo, o por mejor dezir,
esperando su desencanto, que aun le falta la cola
por desollar; si os deue algo o teneys alguna
cosa que negociar con el, yo os lo traere y
pondre donde vos mas quisieredes; y por agora
acabad de dar el si desta diciplina, y creedme
que os sera de mucho prouecho, assi para
el alma como para el cuerpo: para el alma,
por la caridad con que la hareys; para el
cuerpo, porque yo se que soys de complexion
sanguinea, y no os podra hazer daño sacaros vn
poco de sangre.”
  “Muchos medicos ay en el mundo, hasta los
encantadores son medicos”, replicó Sancho;
“pero, pues todos me lo dizen, aunque yo no me
lo veo, digo que soy contento de darme los tres
mil y trecientos açotes, con condicion que me
los tengo de dar cada y quando que yo quisiere,
sin que se me ponga tassa en los dias ni
en el tiempo; y yo procuraré salir de la deuda
lo mas presto que sea possible, porque goze
el mundo de la hermosura de la señora doña
Dulcinea del Toboso, pues, segun parece, al
rebes de lo que yo pensaua, en efecto es
hermosa. Ha de ser tambien condicion, que no [he]
de estar obligado a sacarme sangre con la
diciplina, y que si algunos açotes fueren de
mosqueo, se me han de tomar en cuenta. Y ten, que
si me errare en el numero, el señor Merlin,
pues lo sabe todo, ha de tener cuydado de
contarlos y de auisarme los que me faltan o
los que me sobran.”
  “De las sobras no aura que auisar”,
respondio Merlin, “porque llegando al cabal
numero, luego quedará de improuiso desencantada
la señora Dulcinea, y vendra a buscar,
como agradecida, al buen Sancho y a darle las
gracias y aun premios por la buena obra. Assi
que no ay de qué tener escrupulo de las sobras
ni de las faltas, ni el cielo permita que
yo engañe a nadie, aunque sea en vn pelo de
la cabeça.”
  “Ea, pues, a la mano de Dios”, dixo Sancho;
“yo consiento en mi mala ventura, digo, que
yo acepto la penitencia con las condiciones
apuntadas.”
  Apenas dixo estas vltimas palabras Sancho,
quando boluio a sonar la musica de las
chirimias y se boluieron a disparar infinitos
arcabuzes, y don Quixote se colgo del cuello de
Sancho, dandole mil besos en la frente y en las
mexillas. La duquessa y el duque y todos los
circunstantes dieron muestras de auer recebido
grandissimo contento, y el carro començo a
caminar, y al passar la hermosa Dulcinea
inclinó la cabeça a los duques y hizo vna gran
reuerencia a Sancho.
  Y ya, en esto, se venia a mas andar el alua
alegre y risueña; las florezillas de los campos
se descollauan y erguian, y los liquidos
cristales de los arroyuelos, murmurando por entre
blancas y pardas guijas, yuan a dar tributo a
los rios que los esperauan; la tierra alegre,
el cielo claro, el ayre limpio, la luz serena,
cada vno por si y todos juntos dauan manifiestas
señales que el dia que al aurora venia pisando
las faldas auia de ser sereno y claro. Y
satisfechos los duques de la caça y de auer
conseguido su intencion tan discreta y
felizemente, se boluieron a su castillo con
prosupuesto de segundar en sus burlas; que para
ellos no auia veras que mas gusto les diessen.

                Capitulo XXXVI

Donde se cuenta la estraña y jamas imaginada
  auentura de la dueña Dolorida, alias
  de la condessa Trifaldi, con vna carta que
  Sancho Pança escriuio a su muger, Teresa
  Pança.

  Tenia vn mayordomo el duque de muy burlesco
y desenfadado ingenio, el qual hizo la
figura de Merlin y acomodó todo el aparato
de la auentura passada, compuso los versos y
hizo que vn page hiziesse a Dulcinea. Finalmente,
con interuencion de sus señores ordenó
otra del mas gracioso y estraño artificio que
puede imaginarse. Preguntó la duquessa a
Sancho otro dia si auia començado la tarea
de la penitencia que auia de hazer por el
desencanto de Dulcinea; dixo que si, y que aquella
noche se auia dado cinco açotes. Preguntole
la duquessa que con qué se los auia dado;
respondio que con la mano.
  “Esso”, replicó la duquessa, “mas es darse
de palmadas que de açotes; yo tengo para mi
que el sabio Merlin no estara contento con
tanta blandura; menester sera que el buen
Sancho haga alguna diciplina de abroxos, o de
las de canelones, que se dexen sentir, porque
la letra con sangre entra, y no se ha de dar tan
barata la libertad de vna tan gran señora como
lo es Dulcinea por tan poco precio; y aduierta
Sancho que las obras de caridad que se hazen
tibia y floxamente no tienen merito ni valen
nada.”
  A lo que respondio Sancho:
  “Deme vuestra señoria alguna diciplina o
ramal conueniente, que yo me dare con el, como
no me duela demasiado; porque hago saber a
vuessa merced que, aunque soy rustico, mis
carnes tienen mas de algodon que de esparto,
y no sera bien que yo me descrie por el
prouecho ageno.”
  “Sea en buena hora”, respondio la duquessa;
“yo os dare mañana vna diciplina que os
venga muy al justo y se acomode con la
ternura de vuestras carnes, como si fueran sus
hermanas propias.”
  A lo que dixo Sancho:
  “Sepa vuestra alteza, señora mia de mi anima,
que yo tengo escrita vna carta a mi muger
Teresa Pança, dandole cuenta de todo lo que me
ha sucedido despues que me aparté della; aqui
la tengo en el seno, que no le falta mas de
ponerle el sobreescrito; querria que vuestra
discrecion la leyesse, porque me parece que va
conforme a lo de gouernador, digo, al modo
que deuen de escriuir los gouernadores.”
  “Y ¿quién la notó?”, preguntó la duquessa.
  “¿Quién la auia de notar sino yo, pecador de
mi?”, respondio Sancho.
  “Y ¿escriuistesla vos?”, dixo la duquessa.
  “Ni por pienso”, respondio Sancho, “porque
yo no se leer ni escriuir, puesto que se firmar.”
  “Veamosla”, dixo la duquessa; “que a buen
seguro que vos mostreis en ella la calidad y
suficiencia de vuestro ingenio.”
  Sacó Sancho vna carta abierta del seno, y,
tomandola la duquessa, vio que dezia desta
manera:

        CARTA DE SANCHO PANÇA A TERESA
               PANÇA, SV MVGER

  “Si buenos açotes me dauan, bien cauallero
me yua; si buen gouierno me tengo, buenos
açotes me cuesta. Esto no lo entenderas tu,
Teresa mia, por aora; otra vez lo sabras. Has
de saber, Teresa, que tengo determinado que
andes en coche, que es lo que haze al caso,
porque todo otro andar es andar a gatas. Muger
de vn gouernador eres, ¡mira si te roera nadie los
çancajos! Ai te embio vn vestido verde de
caçador que me dio mi señora la duquessa;
acomodale en modo que sirua de saya y cuerpos a
nuestra hija. Don Quixote, mi amo, segun he
oydo dezir en esta tierra, es vn loco cuerdo y
vn mentecato gracioso, y que yo no le voy en
zaga. Hemos estado en la cueua de Montesinos,
y el sabio Merlin ha echado mano de mi para
el desencanto de Dulcinea del Toboso, que por
alla se llama Aldonça Lorenço; con tres mil y
trecientos açotes menos cinco, que me he de
dar, quedará desencantada como la madre que
la pario. No diras desto nada a nadie, porque
pon lo tuyo en concejo, y vnos diran que es
blanco y otros que es negro.
  ”De aqui a pocos dias me partire al gouierno,
adonde voy con grandissimo desseo de hazer
dineros, porque me han dicho que todos los
gouernadores nueuos van con este mesmo desseo;
tomarele el pulso y auisarete si has de venir a
estar conmigo o no. El ruzio está bueno, y se
te encomienda mucho, y no lo pienso dexar
aunque me lleuaran a ser Gran Turco. La
duquessa, mi señora, te besa mil vezes las manos;
bueluele el retorno con dos mil, que no ay cosa
que menos cueste ni valga mas barata, segun
dize mi amo, que los buenos comedimientos.
No ha sido Dios seruido de depararme otra
maleta con otros cien escudos como la de marras;
pero no te de pena, Teresa mia, que en saluo está
el que repica, y todo saldra en la colada del
gouierno; sino que me ha dado gran pena que
me dizen que si vna vez le prueuo, que me
tengo de comer las manos tras el, y si assi
fuesse, no me costaria muy barato, aunque los
estropeados y mancos ya tienen su calongia
en la limosna que piden; assi que, por vna
via o por otra, tu has de ser rica, de buena
ventura. Dios te la de, como puede, y a mi me
guarde para seruirte. Deste castillo, a veynte
de julio 1614.
                    Tu marido el gouernador,
                          Sancho Pança.”

  En acabando la duquessa de leer la carta,
dixo a Sancho:
  “En dos cosas anda vn poco descaminado el
buen gouernador: la vna, en dezir o dar a
entender que este gouierno se le han dado por los
açotes que se ha de dar, sabiendo el, que no lo
puede negar, que quando el duque, mi señor,
se le prometio, no se soñaua auer açotes en el
mundo; la otra es, que se muestra en ella muy
codicioso, y no querria que oregano fuesse,
porque la codicia rompe el saco, y el gouernador
codicioso haze la justicia desgouernada.”
  “Yo no lo digo por tanto, señora”, respondio
Sancho, “y si a vuessa merced le parece que
la tal carta no va como ha de yr, no ay sino
rasgarla y hazer otra nueua, y podria ser que
fuesse peor si me lo dexan a mi caletre.”
  “No, no”, replicó la duquessa; “buena está
esta, y quiero que el duque la vea.”
  Con esto se fueron a vn jardin donde auian
de comer aquel dia; mostro la duquessa la carta
de Sancho al duque, de que recibio grandissimo
contento. Comieron, y despues de alçado
los manteles, y despues de auerse entretenido
vn buen espacio con la sabrosa conuersacion
de Sancho, a deshora se oyo el son tristissimo
de vn pifaro y el de vn ronco y destemplado
tambor; todos mostraron alborotarse con la
confusa, marcial y triste armonia, especialmente
don Quixote, que no cabia en su assiento de
puro alborotado; de Sancho no ay que dezir,
sino que el miedo le lleuó a su acostumbrado
refugio, que era el lado o faldas de la
duquessa, porque real y verdaderamente el son que
se escuchaua era tristissimo y malencolico.
Y, estando todos assi suspensos, vieron entrar
por el jardin adelante dos hombres vestidos de
luto, tan luengo y tendido que les arrastraua
por el suelo; estos venian tocando dos grandes
tambores, assimismo cubiertos de negro. A su
lado venia el pifaro, negro y pizmiento como los
demas; seguia a los tres vn personage de cuerpo
agigantado, amantado, no que vestido, con
vna negrissima loba, cuya falda era assimismo
desaforada de grande; por encima de la loba le
ceñia y atrauessaua vn ancho taheli, tambien
negro, de quien pendia vn desmesurado alfange
de guarniciones y vayna negra. Venia cubierto
el rostro con vn trasparente velo negro, por
quien se entreparecia vna longissima barba,
blanca como la nieue. Mouia el paso al son de
los tambores con mucha grauedad y reposo.
En fin, su grandeza, su contoneo, su negrura y
su acompañamiento pudiera y pudo suspender
a todos aquellos que, sin conocerle, le miraron.
  Llegó, pues, con el espacio y proso[po]peya
referida a hincarse de rodillas ante el duque,
que en pie, con los demas que alli estauan, le
atendia. Pero el duque en ninguna manera le
consintio hablar hasta que se leuantasse. Hizolo
assi el espantajo prodigioso, y, puesto en pie,
alçó el antifaz del rostro y hizo patente la mas
horrenda, la mas larga, la mas blanca y mas
poblada barba que hasta entonces humanos ojos
auian visto, y luego desencaxó y arrancó del
ancho y dilatado pecho vna voz graue y sonora,
y poniendo los ojos en el duque, dixo:
  “Altissimo y poderoso señor: a mi me llaman
Trifaldin el de la Barba Blanca, soy escudero de
la condessa Trifaldi, por otro nombre llamada
la dueña Dolorida, de parte de la qual traygo
a vuestra grandeza vna embaxada, y es que la
vuestra magnificencia sea seruida de darla
facultad y licencia para entrar a dezirle su cuyta,
que es vna de las mas nueuas y mas admirables
que el mas cuytado pensamiento del orbe
pueda auer pensado; y primero quiere saber si
está en este vuestro castillo el valeroso
y jamas vencido cauallero don Quixote de la
Mancha, en cuya busca viene a pie, y sin
desayunarse, desde el reyno de Candaya hasta este
vuestro estado, cosa que se puede y deue tener
a milagro, o a fuerça de encantamento; ella
queda a la puerta desta fortaleza o casa de
campo, y no aguarda para entrar sino vuestro
beneplacito; dixe.”
  Y tosio luego, y manoseose la barba de arriba
abaxo con entrambas manos, y con mucho
sossiego estuuo atendiendo la respuesta del
duque, que fue:
  “Ya, buen escudero Trifaldin de la Blanca
Barba, ha muchos dias que tenemos noticia de
la desgracia de mi señora la condessa Trifaldi,
a quien los encantadores la hazen llamar la
dueña Dolorida; bien podeys, estupendo
escudero, dezirle que entre y que aqui está el
valiente cauallero don Quixote de la Mancha, de
cuya condicion generosa puede prometerse con
seguridad todo amparo y toda ayuda, y assimismo
le podreys dezir de mi parte que si mi
fauor le fuere necessario, no le ha de faltar,
pues ya me tiene obligado a darsele el ser
cauallero, a quien es anejo y concerniente
fauorecer a toda suerte [de] mugeres, en especial a
las dueñas viudas, menoscabadas y
doloridas, qual lo deue estar su señoria.”
  Oyendo lo qual Trifaldin, inclinó la rodilla
hasta el suelo, y, haziendo al pifaro y tambores
señal que tocassen, al mismo son y al mismo
paso que auia entrado, se boluio a salir del
jardin, dexando a todos admirados de su
presencia y compostura. Y, boluiendose el duque
a don Quixote, le dixo:
  “En fin, famoso cauallero, no pueden las
tinieblas de la malicia ni de la ignorancia
encubrir y escurecer la luz del valor y de la
virtud. Digo esto, porque apenas ha seys dias
que la vuestra bondad está en este castillo,
quando ya os vienen a buscar de lueñas y
apartadas tierras; y no en carroças ni en
dromedarios, sino a pie y en ayunas, los tristes,
los afligidos, confiados que han de hallar en
esse fortissimo braço el remedio de sus cuytas
y trabajos, merced a vuestras grandes hazañas,
que corren y rodean todo lo descubierto de la
tierra.”
  “Quisiera yo, señor duque”, respondio don
Quixote, “que estuuiera aqui presente aquel
bendito religioso, que a la mesa el otro dia
mostro tener tan mal talante y tan mala ogeriza
contra los caualleros andantes, para que viera
por vista de ojos si los tales caualleros son
necessarios en el mundo; tocara, por lo menos, con
la mano que los extraordinariamente afligidos
y desconsolados, en casos grandes y en desdichas
inormes, no van a buscar su remedio a las
casas de los letrados, ni a la de los sacristanes
de las aldeas, ni al cauallero que nunca ha
acertado a salir de los terminos de su lugar, ni
al perezoso cortesano, que antes busca nueuas
para referirlas y contarlas que procura hazer
obras y hazañas para que otros las cuenten y
las escriuan; el remedio de las cuytas, el
socorro de las necessidades, el amparo de las
donzellas, el consuelo de las viudas, en ninguna
suerte de personas se halla mejor que en los
caualleros andantes, y de serlo yo doy infinitas
gracias al cielo, y doy por muy bien empleado
qualquier desman y trabajo que en este tan
honroso exercicio pueda sucederme. Venga
esta dueña y pida lo que quisiere; que yo le
libraré su remedio en la fuerça de mi braço y
en la intrepida resolucion de mi animoso
espiritu.”

               Capitulo XXXVII

  Donde se prosigue la famosa auentura de la
               dueña Dolorida.

  En estremo se holgaron el duque y la
duquessa de ver quán bien yua respondiendo a
su intencion don Quixote, y a esta sazon dixo
Sancho:
  “No querria yo que esta señora dueña pusiesse
algun tropiezo a la promessa de mi gouierno,
porque yo he oydo dezir a vn boticario
toledano, que hablaua como vn silguero, que
donde interuiniessen dueñas no podia suceder
cosa buena. ¡Valame Dios y qué mal estaua con
ellas el tal boticario!; de lo que yo saco que,
pues todas las dueñas son enfadosas e
impertinentes, de qualquiera calidad y condicion que
sean, ¿qué seran las que son doloridas, como
han dicho que es esta condessa Tres Faldas o
Tres Colas?; que en mi tierra faldas y colas,
colas y faldas, todo es vno.”
  “Calla, Sancho amigo”, dixo don Quixote,
“que pues esta señora dueña de tan lueñes
tierras viene a buscarme, no deue ser de aquellas
que el boticario tenia en su numero; quanto
mas que esta es condessa, y quando las
condessas siruen de dueñas, sera siruiendo a
reynas y a emperatrizes, que en sus casas son
señorissimas que se siruen de otras dueñas.”
  A esto respondio doña Rodriguez, que se
halló presente:
  “Dueñas tiene mi señora la duquessa en su
seruicio, que pudieran ser condessas, si la
fortuna quisiera; pero alla van leyes do quieren
reyes, y nadie diga mal de las dueñas, y mas
de las antiguas y donzellas, que aunque yo no
lo soy, bien se me alcança y se me trasluze la
ventaja que haze vna dueña donzella a vna
dueña viuda, y quien a nosotras trasquiló, las
tixeras le quedaron en la mano.”
  “Con todo esso”, replicó Sancho, “ay tanto
que trasquilar en las dueñas, segun mi barbero,
quanto sera mejor no menear el arroz,
aunque se pegue.”
  “Siempre los escuderos”, respondio doña
Rodriguez, “son enemigos nuestros; que como
son duendes de las antesalas y nos veen a cada
paso, los ratos que no rezan, que son muchos,
los gastan en murmurar de nosotras,
desenterrandonos los huesos y enterrandonos la fama.
Pues mandoles yo a los leños mouibles, que,
mal que les pese, hemos de viuir en el mundo
y en las casas principales, aunque muramos de
hambre y cubramos con vn negro mongil
nuestras delicadas o no delicadas carnes, como
quien cubre o tapa vn muladar con vn tapiz en
dia de procession. A fe que si me fuera dado y
el tiempo lo pidiera, que yo diera a entender,
no solo a los presentes, sino a todo el mundo,
como no ay virtud que no se encierre en vna
dueña.”
  “Yo creo”, dixo la duquessa, “que mi buena
doña Rodriguez tiene razon, y muy grande;
pero conuiene que aguarde tiempo para boluer
por si y por las demas dueñas, para confundir
la mala opinion de aquel mal boticario y
desarraygar la que tiene en su pecho el gran
Sancho Pança.”
  A lo que Sancho respondio:
  “Despues que tengo humos de gouernador
se me han quitado los vaguidos de escudero
y no se me da por quantas dueñas ay vn
cabrahigo.”
  Adelante passaran con el coloquio dueñesco,
si no oyeran que el pifaro y los tambores
boluian a sonar, por donde entendieron que la
dueña Dolorida entraua; preguntó la duquessa
al duque si seria bien yr a recebirla, pues era
condessa y persona principal.
  “Por lo que tiene de condessa”, respondio
Sancho, antes que el duque respondiesse, “bien
estoy en que vuestras grandezas salgan a
recebirla; pero por lo de dueña, soy de parecer que
no se mueuan vn paso.”
  “¿Quién te mete a ti en esto, Sancho?”, dixo
don Quixote.
  “¿Quién, señor?”, respondio Sancho. “Yo me
meto, que puedo meterme, como escudero que
ha aprendido los terminos de la cortesia en la
escuela de vuessa merced, que es el mas cortés
y bien criado cauallero que ay en toda la
cortesania, y en estas cosas, segun he oydo
dezir a vuessa merced, tanto se pierde por carta
de mas como por carta de menos, y al buen
entendedor, pocas palabras.”
  “Assi es como Sancho dize”, dixo el duque;
“veremos el talle de la condessa, y por el
tantearemos la cortesia que se le deue.”
  En esto, entraron los tambores y el pifaro,
como la vez primera.
  Y aqui, con este breue capitulo dio fin el
autor, y començo el otro, siguiendo la mesma
auentura, que es vna de las mas notables de la
historia.

               Capitulo XXXVIII

 Donde se cuenta la que dio de su mala andança
              la dueña Dolorida.

  Detras de los tristes musicos començaron a
entrar por el jardin adelante hasta cantidad de
doze dueñas, repartidas en dos hileras, todas
vestidas de vnos mongiles anchos, al parecer,
de anascote batanado, con vnas tocas blancas
de delgado canequi, tan luengas, que solo el
ribete del mongil descubrian. Tras ellas venia
la condessa Trifaldi, a quien traia de la mano
el escudero Trifaldin de la Blanca Barba, vestida
de finissima y negra vayeta por frisar, que, a
venir frisada, descubriera cada grano del
grandor de vn garuanzo de los buenos de
Martos. La cola o falda, o como llamarla
quisieren, era de tres puntas, las quales se
sustentauan en las manos de tres pages assimesmo
vestidos de luto, haziendo vna vistosa y
matematica figura con aquellos tres angulos acutos,
que las tres puntas formauan, por lo qual cayeron
todos los que la falda puntiaguda miraron,
que por ella se deuia llamar la Condessa
Trifaldi, como si dixessemos la Condessa de las
tres faldas; y, assi, dize Benengeli que fue
verdad, y que de su propio apellido se llamó
la Condessa Lobuna, a causa que se criauan
en su condado muchos lobos, y que, si como
eran lobos fueran zorras, la llamaran la
Condessa Zorruna, por ser costumbre en aquellas
partes tomar los señores la denominacion de
sus nombres de la cosa, o cosas, en que mas
sus estados abundan; empero esta condessa,
por fauorecer la nouedad de su falda, dexó el
Lobuna, y tomó el Trifaldi.
  Venian las doze dueñas y la señora a paso
de procession, cubiertos los rostros con vnos
velos negros, y no trasparentes como el de
Trifaldin, sino tan apretados que ninguna cosa
se trasluzian.
  Assi como acabó de parecer el dueñesco
esquadron, el duque, la duquessa y don Quixote
se pusieron en pie, y todos aquellos que la
espaciosa procession mirauan. Pararon las
doze dueñas y hizieron calle, por medio de la
qual la Dolorida se adelantó, sin dexarla de la
mano Trifaldin; viendo lo qual el duque, la
duquessa y don Quixote, se adelantaron obra
de doze pasos a recebirla. Ella puesta[s] las
rodillas en el suelo, con voz antes basta y ronca
que sutil y dilicada, dixo:
  “Vuestras grandezas sean seruidas de no
hazer tanta cortesia a este su criado, digo a
esta su criada, porque segun soy de dolorida,
no acertaré a responder a lo que deuo, a causa
que mi estraña y jamas vista desdicha me ha
lleuado el entendimiento, no se adónde, y deue
de ser muy lexos, pues quanto mas le busco,
menos le hallo.”
  “Sin el estaria”, respondio el duque, “señora
condessa, el que no descubriese por vuestra
persona vuestro valor, el qual, sin mas ver, es
merecedor de toda la nata de la cortesia,
y de toda la flor de las bien criadas
ceremonias.”
  Y, leuantandola de la mano, la lleuó a assentar
en vna silla junto a la duquessa, la qual la
recibio assimismo con mucho comedimiento.
  Don Quixote callaua, y Sancho andaua
muerto por ver el rostro de la Trifaldi y de
alguna de sus muchas dueñas; pero no fue
possible, hasta que ellas de su grado y
voluntad se descubrieron. Sossegados todos y
puestos en silencio, estauan esperando quién le
auia de romper, y fue la dueña Dolorida con
estas palabras:
  “Confiada estoy, señor poderosissimo,
hermosissima señora y discretissimos circunstantes,
que ha de hallar mi cuytissima en vuestros
valerosissimos pechos acogimiento, no menos
placido que generoso y doloroso; porque ella
es tal, que es bastante a enternecer los
marmoles, y a ablandar los diamantes, y a
molificar los azeros de los mas endurecidos
coraçones del mundo; pero antes que salga a la
plaza de vuestros oydos, por no dezir orejas,
quisiera que me hizieran sabidora si está en
este gremio, corro y compañia, el acendradissimo
cauallero don Quixote de la Manchissima,
y su escuderissimo Pança.”
  “El Pança”, antes que otro respondiesse,
dixo Sancho, “aqui está, y el don Quixotissimo
assimismo; y, assi, podreys, dolorosissima
dueñissima, dezir lo que quisieridissimis; que todos
estamos prontos y aparejadissimos a ser
vuestros seruidorissimos.”
  En esto, se leuantó don Quixote, y, encaminando
sus razones a la Dolorida dueña, dixo:
  “Si vuestras cuytas, angustiada señora, se
pueden prometer alguna esperança de
remedio por algun valor o fuerças de algun
andante cauallero, aqui estan las mias, que,
aunque flacas y breues, todas se emplearán en
vuestro seruicio. Yo soy don Quixote de la
Mancha, cuyo asumpto es acudir a toda suerte
de menesterosos, y siendo esto assi, como lo
es, no aueis menester, señora, captar
beneuolencias, ni buscar preambulos, sino a la llana
y sin rodeos dezir vuestros males; que oydos
os escuchan, que sabran, si no remediarlos,
dolerse dellos.”
  Oyendo lo qual la Dolorida dueña, hizo
señal de querer arrojarse a los pies de don
Quixote, y aun se arrojó, y pugnando por
abraçarselos, dezia:
  “Ante estos pies y piernas me arrojo, o
cauallero inuicto, por ser los que son basas y
colunas de la andante caualleria; estos pies
quiero besar, de cuyos pasos pende y cuelga
todo el remedio de mi desgracia, ¡o valeroso
andante, cuyas verdaderas fazañas dexan atras
y escurecen las fabulosas de los Amadisses,
Esplandianes y Belianisses!”
  Y, dexando a don Quixote, se boluio a Sancho
Pança y, assiendole de las manos, le dixo:
  “¡O tu el mas leal escudero que jamas siruio
a cauallero andante en los presentes, ni en los
passados siglos, mas luengo en bondad que la
barba de Trifaldin, mi acompañador que está
presente!, bien puedes preciarte que en seruir
al gran don Quixote sirues en cifra a toda la
caterua de caualleros que han tratado las
armas en el mundo. Conjurote, por lo que
deues a tu bondad fidelissima, me seas buen
intercessor con tu dueño, para que luego
fauorezca a esta humilissima y desdichadissima
condessa.”
  A lo que respondio Sancho:
  “De que sea mi bondad, señoria mia, tan
larga y grande, como la barba de vuestro
escudero, a mi me haze muy poco al caso;
barbada y con vigotes tenga yo mi alma quando
desta vida vaya, que es lo que importa; que
de las barbas de aca poco o nada me curo;
pero, sin essas socaliñas ni plegarias, yo
rogaré a mi amo, que se que me quiere bien,
y mas agora que me ha menester para cierto
negocio, que fauorezca y ayude a vuessa merced
en todo lo que pudiere; vuessa merced
desembaule su cuyta, y cuentenosla, y dexe
hazer; que todos nos entenderemos.”
  Rebentauan de risa con estas cosas los
duques, como aquellos que auian tomado el
pulso a la tal auentura, y alabauan entre si la
agudeza y dissimulacion de la Trifaldi, la qual,
boluiendose assentar, dixo:
  “Del famoso reyno de Candaya, que cae entre
la gran Trapobana y el mar del Sur, dos
leguas mas alla del cabo Comorin, fue
señora la reyna doña Maguncia, viuda del rey
Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimonio
tuuieron y procrearon a la infanta Antonomasia,
heredera del reyno, la qual dicha infanta
Antonomasia se crio; y crecio debaxo de mi
tutela y doctrina, por ser yo la mas antigua y
la mas principal dueña de su madre. Sucedio,
pues, que yendo dias y viniendo dias, la niña
Antonomasia llegó a edad de catorze años,
con tan gran perfecion de hermosura, que no
la pudo subir mas de punto la naturaleza.
Pues ¡digamos agora que la discrecion era
mocosa! Assi era discreta como bella, y era la
mas bella del mundo, y lo es, si ya los hados
inuidiosos y las parcas endurecidas no la han
cortado la estambre de la vida; pero no auran,
que no han de permitir los cielos que se haga
tanto mal a la tierra, como seria lleuarse en
agraz el razimo del mas hermoso veduño del
suelo.
  ”De esta hermosura, y no como se deue
encarecida de mi torpe lengua, se enamoró vn
numero infinito de principes, assi naturales
como estrangeros, entre los quales osó leuantar
los pensamientos al cielo de tanta belleza
vn cauallero particular, que en la corte estaua,
confiado en su mocedad y en su bizarria y en
sus muchas habilidades y gracias, y facilidad y
felicidad de ingenio; porque hago saber a
vuestras grandezas, si no lo tienen por enojo,
que tocaua vna guitarra que la hazia hablar, y
mas que era poeta y gran baylarin, y sabia
hazer vna xaula de paxaros, que solamente
a hazerlas pudiera ganar la vida, quando se
viera en estrema necessidad; que todas estas
partes y gracias son bastantes a derribar vna
montaña, no que vna delicada donzella. Pero
toda su gentileza y buen donayre, y todas sus
gracias y habilidades fueran poca o ninguna
parte para rendir la fortaleza de mi niña, si el
ladron desuellacaras no vsara del remedio de
rendirme a mi primero. Primero quiso el
malandrin y desalmado vagamundo grangearme
la voluntad, y coecharme el gusto, para que
yo, mal alcayde, le entregasse las llaues de la
fortaleza que guardaua.
  ”En resolucion, el me aduló el entendimiento,
y me rindio la voluntad con no se qué
dixes y brincos que me dio; pero lo que mas
me hizo postrar y dar conmigo por el suelo
fueron vnas coplas que le oi cantar vna noche,
desde vna reja que caia a vna callejuela donde
el estaua, que si mal no me acuerdo dezian:

         De la dulce mi enemiga
       nace vn mal que al alma hiere,
       y por mas tormento, quiere
       que se sienta y no se diga.

  ”Pareciome la troba de perlas, y su voz, de
almibar, y despues aca, digo, desde entonces,
viendo el mal en que cai por estos y otros
semejantes versos, he considerado que de las
buenas y concertadas republicas se auian de
desterrar los poetas, como aconsejaua Platon,
a lo menos los lasciuos, porque escriuen
vnas coplas, no como las del marques de
Mantua, que entretienen y hazen llorar los
niños y a las mugeres, sino vnas agudezas
que a modo de blandas espinas os atrauiessan
el alma, y como rayos os hieren en ella,
dexando sano el vestido, y otra vez cantó:

         Ven, muerte, tan escondida,
       que no te sienta venir;
       porque el placer del morir
       no me torne a dar la vida.

  ”Y deste jaez otras coplitas y estrambotes
que, cantados encantan, y escritos suspenden;
pues ¿qué quando se humillan a componer vn
genero de verso que en Candaya se vsaua
entonces, a quien ellos llamauan seguidillas?
Alli era el brincar de las almas, el retozar de
la risa, el dessassossiego de los cuerpos, y,
finalmente, el azogue de todos los sentidos. Y
assi, digo, señores mios, que los tales trobadores
con justo titulo los deuian desterrar a las
Islas de los Lagartos. Pero no tienen ellos
la culpa, sino los simples que los alaban, y
las bobas que los creen. Y si yo fuera la buena
dueña que deuia, no me auian de mouer sus
trasnochados conceptos, ni auia de creer ser
verdad aquel dezir: «Viuo muriendo, ardo en
»el yelo, tiemblo en el fuego, espero sin
»esperança, partome y quedome», con otros
impossibles desta ralea, de que estan sus
escritos llenos. Pues ¿qué quando prometen el
fenix de Arabia, la corona de Aridiana, los
cauallos del Sol, del Sur las perlas, de Tibar
el oro, y de Pancaya el balsamo? Aqui es
donde ellos alargan mas la pluma, como les
cuesta poco prometer lo que jamas piensan,
ni pueden cumplir. Pero ¿dónde me diuierto?
¡Ay de mi desdichada! ¿Qué locura, o qué
desatino me lleua a contar las agenas faltas,
teniendo tanto que dezir de las mias? ¡Ay de mi,
otra vez, sin ventura!, que no me rindieron los
versos, sino mi simplicidad; no me ablandaron
las musicas, sino mi liuiandad; mi mucha
ignorancia y mi poco aduertimiento abrieron el
camino y desembaraçaron la senda a los pasos
de don Clauijo, que este es el nombre del referido
cauallero; y assi, siendo yo la medianera,
el se halló vna y muy muchas vezes en la
estancia de la por mi y no por el engañada
Antonomasia, debaxo del titulo de verdadero
esposo; que aunque pecadora, no consintiera
que, sin ser su marido, la llegara a la vira de
la suela de sus çapatillas. ¡No, no, esso no; el
matrimonio ha de yr adelante en qualquier
negocio destos, que por mi se tratare!
Solamente huuo vn daño en este negocio, que fue
el de la desigualdad, por ser don Clauijo vn
cauallero particular, y la infanta Antonomasia
heredera, como ya he dicho, del reyno.
  ”Algunos dias estuuo encubierta y solapada
en la sagazidad de mi recato esta maraña,
hasta que me parecio que la yua descubriendo a
mas andar no se qué hinchazon del vientre de
Antonomasia, cuyo temor nos hizo entrar en
bureo a los tres, y salio del, que antes que se
saliesse a luz el mal recado, don Clauijo
pidiesse ante el vicario por su muger a
Antonomasia, en fe de vna cedula, que de ser su
esposa la infanta le auia hecho, notada por mi
ingenio con tanta fuerça, que las de Sanson no
pudieran romperla. Hizieronse las diligencias,
vio el vicario la cedula, tomó el tal vicario la
confession a la señora, confessó de plano,
mandola depositar en casa de vn alguazil de corte
muy honrado.”
  A esta sazon dixo Sancho:
  “Tambien en Candaya ay alguaziles de corte,
poetas y seguidillas: por lo que puedo jurar
que imagino que todo el mundo es vno; pero
dese vuessa merced priesa, señora Trifaldi, que
es tarde, y ya me muero por saber el fin desta
tan larga historia.”
  “Si hare”, respondio la condessa.

                Capitulo XXXIX

Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable
                  historia.

  De qualquiera palabra que Sancho dezia la
duquessa gustaua tanto, como se desesperaua
don Quixote, y, mandandole que callasse, la
Dolorida prosiguio, diziendo:
  “En fin, al cabo de muchas demandas y
respuestas, como la infanta se estaua siempre en
sus treze, sin salir ni variar de la primera
declaracion, el vicario sentenció en fauor de don
Clauijo, y se la entregó por su legitima esposa,
de lo que recibio tanto enojo la reyna doña
Maguncia, madre de la infanta Antonomasia,
que dentro de tres dias la enterramos.”
  “Deuio de morir, sin duda”, dixo Sancho.
  “Claro está”, respondio Trifaldin; “que en
Candaya no se entierran las personas viuas,
sino las muertas.”
  “Ya se ha visto, señor escudero”, replicó
Sancho, “enterrar vn desmayado, creyendo ser
muerto, y pareciame a mi que estaua la reyna
Maguncia obligada a desmayarse antes que a
morirse; que con la vida muchas cosas se
remedian, y no fue tan grande el disparate de
la infanta, que obligasse a sentirle tanto;
quando se huuiera casado essa señora con algun
page suyo, o con otro criado de su casa, como
han hecho otras muchas, segun he oydo dezir,
fuera el daño sin remedio; pero el auerse
casado con vn cauallero tan gentilhombre, y tan
entendido como aqui nos le han pintado, en
verdad en verdad, que aunque fue necedad,
no fue tan grande como se piensa. Porque segun
las reglas de mi señor, que está presente
y no me dexará mentir, assi como se hazen de
los hombres letrados los obispos, se pueden
hazer de los caualleros, y mas si son andantes,
los reyes y los emperadores.”
  “Razon tienes, Sancho”, dixo don Quixote,
“porque vn cauallero andante, como tenga dos
dedos de ventura, está en potencia propinqua
de ser el mayor señor del mundo. Pero passe
adelante la señora Dolorida; que a mi se me
trasluze que le falta por contar lo amargo
desta hasta aqui dulce historia.”
  “Y ¡cómo si queda lo amargo!”, respondio la
condessa; “y tan amargo, que en su comparacion
son dulces las tueras, y sabrosas las adelfas.
Muerta, pues, la reyna, y no desmay[a]da,
la enterramos, y apenas la cubrimos con la
tierra, y apenas le dimos el vltimo vale, quando,
quis talia fando temperet a lachrymis?,
puesto sobre vn cauallo de madera, parecio
encima de la sepultura de la reyna el gigante
Malambruno, primo cormano de Maguncia,
que junto con ser cruel era encantador, el qual
con sus artes, en vengança de la muerte de su
cormana, y por castigo del atreuimiento de don
Clauijo, y por despecho de la demasia de
Antonomasia, los dexó encantados sobre la mesma
sepultura, a ella, conuertida en vna ximia de
bronze, y a el, en vn espantoso cocodrilo de vn
metal no conocido, y entre los dos está vn
padron assimismo de metal, y en el escritas en
lengua siriaca vnas letras, que, auiendose
declarado en la candayesca, y aora en la
castellana, encierran esta sentencia: «No cobrarán
»su primera forma estos dos atreuidos amantes,
»hasta que el valeroso Manchego venga conmigo
»a las manos en singular batalla; que para solo
»su gran valor guardan los hados esta nunca
»vista auentura.»
  ”Hecho esto, sacó de la vayna vn ancho y
desmesurado alfange, y, assiendome a mi por
los cabellos, hizo finta de querer segarme la
gola, y cortarme cercen la cabeça. Turbeme,
pegoseme la voz a la garganta, quedé mohina
en todo estremo; pero con todo me esforce lo
mas que pude, y, con voz tembladora y doliente,
le dixe tantas y tales cosas, que le hizieron
suspender la execucion de tan riguroso
castigo. Finalmente, hizo traer ante si todas
las dueñas de palacio, que fueron estas que
estan presentes, y despues de auer exagerado
nuestra culpa, y vituperado las condiciones de
las dueñas, sus malas mañas y peores traças,
y, cargando a todas la culpa que yo sola tenia,
dixo que no queria con pena capital castigarnos,
sino con otras penas dilatadas, que nos
diessen vna muerte ciuil y continua, y en aquel
mismo momento y punto que acabó de dezir
esto, sentimos todas que se nos abrian los
poros de la cara, y que por toda ella nos
punçauan como con puntas de agujas; acudimos
luego con las manos a los rostros, y hallamonos
de la manera que aora vereis.”
  Y luego la Dolorida y las demas dueñas
alçaron los antifazes con que cubiertas venian,
y descubrieron los rostros todos poblados de
barbas, quales rubias, quales negras, quales
blancas, y quales albarraçadas, de cuya vista
mostraron quedar admirados el duque y la
duquessa, pasmados don Quixote y Sancho, y
atonitos todos los presentes, y la Trifaldi
prosiguio:
  “Desta manera nos castigó aquel follon y
mal intencionado de Malambruno, cubriendo la
blandura y moruidez de nuestros rostros con
la aspereza destas cerdas; que pluguiera al
cielo que antes con su desmesurado alfange
nos huuiera derribado las testas, que no que
nos assombrara la luz de nuestras caras con
esta borra que nos cubre, porque si entramos
en cuenta, señores mios --y esto que voy a
dezir agora, lo quisiera dezir hechos mis ojos
fuentes, pero la consideracion de nuestra
desgracia y los mares que hasta aqui han llouido,
los tienen sin humor y secos como aristas, y,
assi, lo dire sin lagrimas--, digo, pues, que
¿adónde podra yr vna dueña con barbas? ¿Qué
padre, o qué madre se dolera della? ¿Quién la
dara ayuda? Pues aun quando tiene la tez lisa,
y el rostro martyrizado con mil suertes de
menjurges y mudas, apenas halla quien bien la
quiera, ¿qué hara quando descubra hecho vn
bosque su rostro? ¡O dueñas y compañeras
mias, en desdichado punto nacimos, en hora
menguada nuestros padres nos engendraron!”
  Y, diziendo esto, dio muestras de
desmayarse.

                 Capitulo XL

 De cosas que atañen y tocan a esta auentura
         y a esta memorable historia.

  Real y verdaderamente todos los que gustan
de semejantes historias como esta deuen de
mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor
primero, por la curiosidad que tuuo en contarnos
las seminimas della, sin dexar cosa, por
menuda que fuesse, que no la sacasse a luz
distintamente. Pinta los pensamientos, descubre
las imaginaciones, responde a las tacitas,
aclara las dudas, resuelue los argumentos;
finalmente, los atomos del mas curioso desseo
manifiesta: ¡O autor celeberrimo! ¡O don
Quixote dichoso! ¡O Dulcinea famosa! ¡O Sancho
Pança gracioso! Todos juntos y cada vno de
por si viuais siglos infinitos, para gusto y
general passatiempo de los viuientes.
  Dize, pues, la historia que assi como Sancho
vio desmayada a la Dolorida, dixo:
  “Por la fe de hombre de bien juro, y por el
siglo de todos mis passados los Panças, que
jamas he oydo ni visto, ni mi amo me ha
contado, ni en su pensamiento ha cabido
semejante auentura como esta. Valgate mil
Satanases, por no maldezirte, por encantador y
gigante, Malambruno, y ¿no hallaste otro genero
de castigo que dar a estas pecadoras, sino
el de barbarlas? ¿Cómo y no fuera mejor, y a
ellas les estuuiera mas a cuento, quitarles la
mitad de las narizes de medio arriba, aunque
hablaran gangoso, que no ponerles barbas?
Apostaré yo que no tienen hazienda para
pagar a quien las rape.”
  “Assi es la verdad, señor”, respondio vna
de las doze; “que no tenemos hazienda para
mondarnos, y, assi, hemos tomado algunas de
nosotras por remedio ahorratiuo de vsar de
vnos pegotes o parches pegajosos, y,
aplicandolos a los rostros y tirando de golpe,
quedamos rasas y lisas como fondo de mortero de
piedra; que puesto que ay en Candaya mugeres
que andan de casa en casa a quitar el bello y
a pulir las cejas y hazer otros menjurges
tocantes a mugeres, nosotras las dueñas de mi
señora por jamas quisimos admitirlas, porque
las mas oliscan a terceras, auiendo dexado de
ser primas; y si por el señor don Quixote no
somos remediadas, con barbas nos lleuarán a
la sepultura.”
  “Yo me pelaria las mias”, dixo don Quixote,
“en tierra de moros, si no remediasse las
vuestras.”
  A este punto boluio de su desmayo la
Trifaldi, y dixo:
  “El retintin dessa promessa, valeroso
cauallero, en medio de mi desmayo llegó a mis
oydos, y ha sido parte para que yo del buelua
y cobre todos mis sentidos, y assi, de nueuo os
suplico, andante inclito y señor indomable,
vuestra graciosa promessa se conuierta en
obra.”
  “Por mi no quedará”, respondio don Quixote;
“ved, señora, qué es lo que tengo de hazer;
que el animo está muy pronto para seruiros.”
  “Es el caso”, respondio la Dolorida, “que
desde aqui al reyno de Candaya, si se va por
tierra, ay cinco mil leguas, dos mas a menos;
pero si se va por el ayre, y por la linea recta,
ay tres mil y dozientas y veynte y siete. Es
tambien de saber que Malambruno me dixo
que quando la suerte me deparasse al cauallero
nuestro libertador, que el le embiaria vna
caualgadura harto mejor y con menos malicias
que las que son de retorno, porque ha de ser
aquel mesmo cauallo de madera sobre quien
lleuó el valeroso Pierres robada a la linda
Magalona, el qual cauallo se rige por vna
clauija que tiene en la frente, que le sirue de
freno, y buela por el ayre con tanta ligereza,
que parece que los mesmos diablos le lleuan.
Este tal cauallo, segun es tradicion antigua, fue
compuesto por aquel sabio Merlin; prestosele
a Pierres que era su amigo, con el qual hizo
grandes viages y robó, como se ha dicho, a la
linda Magalona, lleuandola a las ancas por el
ayre, dexando embobados a quantos desde la
tierra los mirauan; y no le prestaua sino a
quien el queria o mejor se lo pagaua, y desde
el gran Pi[e]rres hasta aora no sabemos que
aya subido alguno en el. De alli le ha sacado
Malambruno con sus artes y le tiene en su poder,
y se sirue del en sus viages, que los haze
por momentos, por diuersas partes del mundo,
y oy está aqui y mañana en Francia, y otro dia
en Potosi, y es lo bueno que el tal cauallo ni
come, ni duerme, ni gasta herraduras, y lleua
vn portante por los ayres, sin tener alas, que
el que lleua encima puede lleua[r] vna taça
llena de agua en la mano, sin que se le derrame
gota, segun camina llano y reposado; por
lo qual la linda Magalona se holgaua mucho
de andar cauallera en el.”
  A esto dixo Sancho:
  “Para andar reposado y llano, mi ruzio,
puesto que no anda por los ayres; pero, por
la tierra, yo le cutire con quantos portantes
ay en el mundo.”
  Rieronse todos y la Dolorida prosiguio:
  “Y este tal cauallo, si es que Malambruno
quiere dar fin a nuestra desgracia, antes que
sea media hora entrada la noche estara en
nuestra presencia; porque el me significó que
la señal que me daria por donde yo entendiesse
que auia hallado el cauallero que buscaua,
seria embiarme el cauallo, donde fuesse,
con comodidad y presteza.”
  “Y ¿quántos caben en esse cauallo?”
preguntó Sancho.
  La Dolorida respondio:
  “Dos personas, la vna en la silla y la otra
en las ancas, y por la mayor parte estas tales
dos personas son cauallero y escudero, quando
falta alguna robada donzella.”
  “Querria yo saber, señora Dolorida”, dixo
Sancho, “qué nombre tiene esse cauallo.”
  “El nombre”, respondio la Dolorida, “no es
como el cauallo de Belorofonte, que se llamaua
Pegaso, ni como el del Magno Alexandro, llamado
Buzefalo, ni como el del furioso Orlando,
cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte,
que fue el de Reynaldos de Montaluan, ni
Frontino como el de Rugero, ni Bootes ni Peritoa,
como dizen que se llaman los del Sol, ni
tampoco se llama Orelia, como el cauallo en que
el desdichado Rodrigo, vltimo rey de los godos,
entró en la batalla donde perdio la vida y
el reyno.”
  “Yo apostaré”, dixo Sancho, “que pues no
le han dado ninguno dessos famosos nombres
de cauallos tan conocidos, que tampoco le
auran dado el de mi amo, Rozinante, que en
ser propio excede a todos los que se han
nombrado.”
  “Assi es”, respondio la barbada condessa;
“pero todauia le quadra mucho, porque se
llama Clauileño el Aligero, cuyo nombre
conuiene con el ser de leño y con la clauija que
trae en la frente, y con la ligereza con que
camina, y assi, en quanto al nombre, bien
puede competir con el famoso Rozinante.”
  “No me descontenta el nombre”, replicó
Sancho; “pero ¿con qué freno o con qué
xaquima se gouierna?”
  “Ya he dicho”, respondio la Trifaldi, “que
con la clauija, que boluiendola a vna parte o a
otra el cauallero que va encima, le haze
caminar como quiere, o ya por los ayres, o ya
rastreando y casi barriendo la tierra, o por el
medio, que es el que se busca y se ha de tener
en todas las acciones bien ordenadas.”
  “Ya lo querria ver”, respondio Sancho; “pero
pensar que tengo de subir en el, ni en la silla
ni en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Bueno
es que apenas puedo tenerme en mi ruzio, y
sobre vn albarda mas blanda que la mesma
seda, y querrian aora que me tuuiesse en vnas
ancas de tabla sin coxin ni almohada alguna!
Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las
barbas a nadie; cada qual se rape como mas
le viniere a cuento; que yo no pienso acompañar
a mi señor en tan largo viage, quanto mas
que yo no deuo de hazer al caso para el
rapamiento destas barbas como lo soy para el
desencanto de mi señora Dulcinea.”
  “Si soys, amigo”, respondio la Trifaldi; “y
tanto que sin vuestra presencia entiendo que
no haremos nada.”
  “¡Aqui del rey!”, dixo [S]ancho. “¿Qué tienen
que ver los escuderos con las auenturas de
sus señores? ¿Hanse de lleuar ellos la fama
de las que acaban, y hemos de lleuar nosotros
el trabajo? ¡Cuerpo de mi! Aun si dixessen los
historiadores: «El tal cauallero acabó la tal y
»tal auentura; pero con ayuda de fulano su
»escudero, sin el qual fuera impossible el acabarla»;
»pero, ¡que escriuan a secas: «Don Paralipomenon
»de las Tres Estrellas acabó la auentura
»de los seys vest[i]glos», sin nombrar la persona
de su escudero que se halló presente a todo,
como si no fuera en el mundo! Aora, señores,
bueluo a dezir que mi señor se puede yr solo,
y buen prouecho le haga; que yo me quedaré
aqui en compañia de la duquessa mi señora,
y podria ser que quando boluiesse hallasse
mejorada la causa de la señora Dulcinea en
tercio y quinto; porque pienso, en los ratos
ociosos y desocupados, darme vna tanda de
açotes, que no me la cubra pelo.”
  “Con todo esso, le aueis de acompañar si
fuere necessario, buen Sancho, porque os lo
rogarán buenos; que no han de quedar por
vuestro inutil temor tan poblados los rostros
destas señoras, que cierto seria mal caso.”
  “¡Aqui del rey otra vez!”, replicó Sancho.
“Quando esta caridad se hiziera por algunas
donzellas recogidas, o por algunas niñas de la
doctrina, pudiera el hombre auentura[r]se a
qualquier trabajo; pero que lo sufra por quitar
las barbas a dueñas, ¡mal año! Mas que las
viesse yo a todas con barbas desde la mayor
hasta la menor, y de la mas melindrosa hasta
la mas repulgada.”
  “Mal estais con las dueñas, Sancho amigo”,
dixo la duquessa; “mucho os vais tras la opinion
del boticario toledano; pues a fe que
no teneis razon: que dueñas ay en mi casa que
pueden ser exemplo de dueñas; que aqui está
mi doña Rodriguez que no me dexará dezir
otra cosa.”
  “Mas que la diga vuestra excelencia”, dixo
Rodriguez; “que Dios sabe la verdad de todo,
y buenas o malas, barbadas o lampiñas que
seamos las dueñas, tambien nos pario nuestra
madre como a las otras mugeres, y pues
Dios nos echó en el mundo, El sabe para qué,
y a su misericordia me atengo, y no a las
barbas de nadie.”
  “Aora bien, señora Rodriguez”, dixo don
Quixote, “y señora Trifaldi y compañia, yo
espero en el cielo que mirará con buenos ojos
vuestras cuytas; que Sancho hara lo que yo le
mandare, ya viniesse Clauileño, y ya me viesse
con Malambruno; que yo se que no auria nauaja
que con mas facilidad rapase a vuestras
mercedes como mi espada raparia de los ombros
la cabeça de Malambruno; que Dios sufre
a los malos, pero no para siempre.”
  “¡Ay!”, dixo a esta sazon la Dolorida. “Con
benignos ojos miren a vuestra grandeza,
valeroso cauallero, todas las estrellas de las
regiones celestes e infundan en vuestro animo
toda prosperidad y valentia para ser escudo y
a[m]paro del vituperoso y abatido genero
dueñesco, abominado de boticarios, murmurado
de escuderos y socaliñado de pages; que mal
aya la vellaca que en la flor de su edad no se
metio primero a ser monja, que a dueña.
¡Desdichadas de nosotras las dueñas; que aunque
vengamos por linea recta de varon en varon
del mismo Hector el troyano, no dexaran de
echaros vn vos nuestras señoras si pensassen
por ello ser reynas! ¡O gigante Malambruno,
que aunque eres encantador, eres certissimo
en tus promessas! Embianos ya al sin par
Clauileño, para que nuestra desdicha se acabe;
que si entra el calor y estas nuestras barbas
duran, ¡guay de nuestra ventura!”
  Dixo esto con tanto sentimiento la Trifaldi,
que sacó las lagrimas de los ojos de todos los
circunstantes, y aun arrasó los de Sancho, y
propuso en su coraçon de acompañar a su señor
hasta las vltimas partes del mundo, si es
que en ello consistiesse quitar la lana de
aquellos venerables rostros.

                 Capitulo XLI

    De la venida de Clauileño, con el fin
           desta dilatada auentura.

  Llegó en esto la noche, y con ella el punto
determinado en que el famoso cauallo Clauileño
viniesse, cuya tardança fatigaua ya a don
Quixote, pareciendole que, pues Malambruno
se detenia en embiarle, o que el no era el
cauallero para quien estaua guardada aquella
auentura, o que Malambruno no osaua venir con el
a singular batalla. Pero veis aqui, quando a
deshora entraron por el jardin quatro saluages
vestidos todos de verde yedra, que sobre sus
ombros traian vn gran cauallo de madera;
pusieronle de pies en el suelo, y vno de los
saluages dixo:
  “Suba sobre esta maquina el que tuuiere
animo para ello...”
  “Aqui”, dixo Sancho, “yo no subo, porque
ni tengo animo, ni soy cauallero.”
  Y el saluage prosiguio, diziendo:
  “Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo
tiene, y fiese del valeroso Malambruno, que si
no fuere de su espada, de ninguna otra ni de
otra malicia sera ofendido; y no ay mas que
torcer esta clauija que sobre el cuello trae
puesta, que el los lleuará por los ayres adonde
los atiende Malambruno; pero porque la alteza
y sublimidad del camino no les cause vaguidos,
se han de cubrir los ojos hasta que el cauallo
relinche, que sera señal de auer dado fin
a su viage.”
  Esto dicho, dexando a Clauileño, con gentil
continente se boluieron por donde auian venido.
La Dolorida, assi como vio al cauallo, casi
con lagrimas dixo a don Quixote:
  “Valeroso cauallero, las promessas de
Malambruno han sido ciertas, el cauallo esta en
casa, nuestras barbas crecen, y cada vna de
nosotras y con cada pelo dellas te suplicamos
nos rapes y tundas, pues no está en mas sino
en que subas en el con tu escudero y des felice
principio a vuestro nueuo viage.”
  “Esso hare yo, señora condessa Trifaldi, de
muy buen grado y de mejor talante, sin ponerme
a tomar coxin, ni calçarme espuelas, por no
detenerme; tanta es la gana que tengo de veros
a vos, señora, y a todas estas dueñas rasas y
mondas.”
  “Esso no hare yo”, dixo Sancho, “ni de malo
ni de buen talante, en ninguna manera; y si es
que este rapamiento no se puede hazer sin que
yo suba a las ancas, bien puede buscar mi
señor otro escudero que le acompañe, y estas
señoras otro modo de alisarse los rostros; que
yo no soy bruxo, para gustar de andar por los
ayres. Y ¿qué diran mis insulanos quando
sepan que su gouernador se anda passeando por
los vientos? Y otra cosa mas: que auiendo tres
mil y tantas leguas de aqui a Candaya, si el
cauallo se cansa, o el gigante se enoja,
tardaremos en dar la buelta media dozena de años,
y ya ni aura insula, ni insulos en el mundo que
me conoz[c]an; y pues se dize comunmente que
en la tardança va el peligro y que quando te
dieren la vaquilla, acudas con la soguilla,
perdonenme las barbas destas señoras, que bien
se está San Pedro en Roma; quiero dezir que
bien me estoy en esta casa, donde tanta merced
se me haze, y de cuyo dueño tan gran bien
espero, como es verme gouernador.”
  A lo que el duque dixo:
  “Sancho amigo, la insula que yo os he
prometido no es mouible ni fugitiua; rayzes tiene
tan hondas echadas en los abismos de la tierra,
que no la arrancarán ni mudarán de donde
está a tres tirones; y pues vos sabeis que se yo
que no ay ningun genero de oficio destos de
mayor cantia que no se grangee con alguna
suerte de cohecho, qual mas, qual menos, el
que yo quiero lleuar por este gouierno es que
vais con vuestro señor don Quixote a dar cima
y cabo a esta memorable auentura; que aora
boluais sobre Clauileño con la breuedad que
su ligereza promete, ora la contraria fortuna os
trayga y buelua a pie, hecho romero, de meson
en meson, y de venta en venta, siempre que
boluieredes hallaréis vuestra insula donde la
dexais, y a vuestros insulanos con el mesmo
desseo de recebiros por su gouernador que
siempre han tenido, y mi voluntad sera la
mesma, y no pongais duda en esta verdad, señor
Sancho; que seria hazer notorio agrauio al
desseo que de seruiros tengo.”
  “No mas, señor”, dixo Sancho; “yo soy vn
pobre escudero y no puedo lleuar a cuestas
tantas cortesias; suba mi amo, tapenme estos
ojos, y encomiendenme a Dios, y auisenme si
quando vamos por essas altanerias podre
encomendarme a nuestro Señor, o inuocar los
angeles que me fauorezcan.”
  A lo que respondio Trifaldi:
  “Sancho, bien podeis encomendaros a Dios,
o a quien quisieredes; que Malambruno, aunque
es encantador, es christiano y haze sus
encantamentos con mucha sagazidad y con
mucho tiento, sin meterse con nadie.”
  “Ea, pues”, dixo Sancho; “Dios me ayude y
la Santissima Trinidad de Gaeta.”
  “Desde la memorable auentura de los batanes”,
dixo don Quixote, “nunca e visto a Sancho
con tanto temor como aora, y si yo fuera
tan agorero como otros, su pusilanimidad me
hiziera algunas cosquillas en el animo; pero
llegaos aqui, Sancho; que con licencia destos
señores os quiero hablar aparte dos palabras.”
  Y, apartando a Sancho entre vnos arboles del
jardin, y, assiendole ambas las manos, le dixo:
  “Ya vees, Sancho hermano, el largo viage
que nos espera, y que sabe Dios quándo
bolueremos del, ni la comodidad y espacio que
nos daran los negocios; y, assi, querria que
aora te retirasses en tu aposento, como que
vas a buscar alguna cosa necessaria para el
camino, y en vn daca la[s] pajas te diesses a
buena cuenta de los tres mil y trecientos açotes
a que estás obligado, siquiera quinientos,
que dados te los tendras; que el començar
las cosas es tenerlas medio acabadas.”
  “¡Par Dios”, dixo Sancho, “que vuessa
merced deue de ser menguado! Esto es como
aquello que dizen: «¿En priesa me vees y
»donzellez me demandas?» ¿Aora que tengo de yr
sentado en vna tabla rasa, quiere vuessa
merced que me lastime las posas? En verdad en
verdad que no tiene vuessa merced razon. Vamos
aora a rapar estas dueñas; que a la buelta
yo le prometo a vuessa merced, como quien
soy, de darme tanta priessa a salir de mi
obligacion que vuessa merced se contente, y no le
digo mas.”
  Y don Quixote respondio:
  “Pues con essa promessa, buen Sancho, voy
consolado, y creo que la cumpliras, porque, en
efecto, aunque tonto, eres hombre veridico.”
  “No soy verde, sino moreno”, dixo Sancho,
“pero aunque fuera de mezcla, cumpliera mi
palabra.”
  Y, con esto, se boluieron a subir en
Clauileño, y al subir dixo don Quixote:
  “Tapaos, Sancho, y subid, Sancho; que quien
de tan lueñes tierras embia por nosotros no
sera para engañarnos, por la poca gloria que
le puede redundar de engañar a quien del se
fia, y puesto que todo sucediesse al rebes de lo
que imagino, la gloria de auer emprendido
esta hazaña no la podra escurecer malicia
alguna.”
  “Vamos, señor”, dixo Sancho, “que las
barbas y lagrimas destas señoras las tengo
clauadas en el coraçon, y no comere bocado que
bien me sepa hasta verlas en su primera lisura.
Suba vuessa merced, y tapese primero; que
si yo tengo de yr a las ancas, claro está que
primero sube el de la silla.”
  “Assi es la verdad”, replicó don Quixote.
  Y, sacando vn pañuelo de la faldriquera,
pidio a la Dolorida que le cubriesse muy bien
los ojos, y, auiendoselos cubierto, se boluio a
descubrir y dixo:
  “Si mal no me acuerdo, yo he leydo en Virgilio
aquello del Paladion de Troya, que
fue vn cauallo de madera que los griegos
presentaron a la diosa Palas, el qual yua preñado
de caualleros armados, que despues fueron la
total ruyna de Troya; y, assi, sera bien ver
primero lo que Clauileño trae en su estomago.”
  “No ay para qué”, dixo la Dolorida; “que yo
le fio, y se que Malambruno no tiene nada de
malicioso ni de traydor; vuessa merced, señor
don Quixote, suba sin pauor alguno, y a mi
daño si alguno le sucediere.”
  Pareciole a don Quixote que qualquiera cosa
que replicasse acerca de su seguridad seria
poner en detrimento su valentia, y, assi, sin
mas altercar, subio sobre Clauileño, y le tento
la clauija, que facilmente se rodeaua, y como
no tenia estriuos y le colgauan las piernas, no
parecia sino figura de tapiz flamenco, pintada o
texida, en algun romano triunfo. De mal
talante, y poco a poco, llegó a subir Sancho, y
acomodandose lo mejor que pudo en las ancas,
las halló algo duras y no nada blandas, y pidio
al duque que, si fuesse possible, le acomodassen
de algun coxin, o de alguna almohada,
aunque fuesse del estrado de su señora la
duquessa o del lecho de algun page, porque las
ancas de aquel cauallo mas parecian de
marmol que de leño.
  A esto dixo la Trifaldi que ningun jaez ni
ningun genero de adorno sufria sobre si
Clauileño; que lo que podia hazer era ponerse a
mugeriegas, y que assi no sentiria tanto la
dureza. Hizolo assi Sancho, y diziendo: “A Dios”,
se dexó vendar los ojos, y ya despues de vendados,
se boluio a descubrir, y, mirando a todos
los del jardin tiernamente y con lagrimas, dixo
que le ayudassen en aquel trance con sendos
paternostres y sendas auemarias, por que Dios
deparasse quien por ellos los dixesse quando
en semejantes trances se viessen. A lo que dixo
don Quixote:
  “Ladron, ¿estás puesto en la horca por ventura,
o en el vltimo termino de la vida, para vsar
de semejantes plegarias? ¿No estás, desalmada
y couarde criatura, en el mismo lugar que ocupó
la linda Magalona, del qual decendio, no a la
sepultura, sino a ser reyna de Francia, si no
mienten las historias? Y yo, que voy a tu lado,
¿no puedo ponerme al del valeroso Pierres,
que oprimio este mismo lugar que yo aora
oprimo? Cubrete, cubrete, animal descoraçonado,
y no te salga a la boca el temor que tienes,
a lo menos, en presencia mia.”
  “Tapenme”, respondio Sancho, “y pues no
quieren que me encomiende a Dios ni que sea
encomendado, ¿qué mucho que tema no ande
por aqui alguna region de diablos que den
con nosotros en Peraluillo?”
  Cubrieronse, y, sintiendo don Quixote que
estaua como auia de estar, tento la clauija, y
apenas huuo puesto los dedos en ella, quando
todas las dueñas y quantos estauan presentes
leuantaron las vozes, diziendo:
  “¡Dios te guie, valeroso cauallero! ¡Dios sea
contigo, escudero intrepido! ¡Ya, ya vais por
essos ayres, rompiendolos con mas velozidad
que vna saeta! ¡Ya començays a suspender y
admirar a quantos desde la tierra os estan
mirando! ¡Tente, valeroso Sancho, que te
bamboleas, mira no cayas; que sera peor tu cayda
que la del atreuido moço que quiso regir el
carro del Sol, su padre!”
  Oyo Sancho las vozes, y, apretandose con
su amo, y ciñiendole con los braços, le dixo:
  “Señor, ¿cómo dizen estos que vamos tan
altos, si alcançan aca sus vozes y no parece
sino que estan aqui hablando, junto a
nosotros?”
  “No repares en esso, Sancho; que como estas
cosas y estas bolaterias van fuera de los
cursos ordinarios, de mil leguas veras y oyras
lo que quisieres. Y no me aprietes tanto, que
me derribas; y en verdad, que no se de que te
turbas ni te espantas; que osaré jurar que en
todos los dias de mi vida he subido en
caualgadura de paso mas llano. No parece sino que
no nos mouemos de vn lugar. Destierra, amigo,
el miedo; que, en efecto, la cosa va como
ha de yr, y el viento lleuamos en popa.”
  “Assi es la verdad”, respondio Sancho; “que
por este lado me da vn viento tan rezio, que
parece que con mil fuelles me estan soplando.”
  Y assi era ello; que vnos grandes fuelles le
estauan haziendo ayre: tambien traçada estaua
la tal auentura por el duque, y la duquessa, y su
mayordomo, que no le faltó requisito que la
dexasse de hazer perfecta. Sintiendose pues
soplar don Quixote, dixo:
  “Sin duda alguna, Sancho, que ya deuemos
de llegar a la segunda region del ayre, adonde
se engendra el granizo, las nieues; los
truenos, los relampagos, y los rayos se engendran
en la tercera region, y si es que desta manera
vamos subiendo, presto daremos en la region
del fuego, y no se yo cómo templar esta
clauija para que no subamos donde nos abrasemos.”
  En esto, con vnas estopas ligeras de
encenderse y apagarse, desde lexos, pendientes de
vna caña, les calentauan los rostros. Sancho,
que sintio el calor, dixo:
  “Que me maten si no estamos ya en el lugar
del fuego, o bien cerca, porque vna gran parte
de mi barba se me ha chamuscado, y estoy,
señor, por descubrirme y ver en que parte
estamos.”
  “No hagas tal”, respondio don Quixote,“y
acuerdate del verdadero cuento del licenciado
Torralua, a quien lleuaron los diablos en
bolandas por el ayre, cauallero en vna caña,
cerrados los ojos, y en doze horas llegó a Roma,
y se apeó en Torre de Nona, que es vna
calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y
assalto y muerte de Borbon, y por la
mañana ya estaua de buelta en Madrid, donde dio
cuenta de todo lo que auia visto; el qual
assimismo dixo que quando yua por el ayre le
mandó el diablo que abriesse los ojos, y los
abrio, y se vio tan cerca, a su parecer, del
cuerpo de la luna, que la pudiera assir con
la mano, y que no osó mirar a la tierra por no
desuanecerse. Assi que, Sancho, no ay para
qué descubrirnos; que el que nos lleua a cargo,
el dara cuenta de nosotros. Y quiça vamos
tomando puntas y subiendo en alto, para
dexarnos caer de vna sobre el reyno de Candaya,
como haze el sacre o nebli sobre la
garça para cogerla, por mas que se remonte; y
aunque nos parece que no ha media hora que
nos partimos del jardin, creeme que deuemos
de auer hecho gran camino.”
  “No se lo que es”, respondio Sancho Pança;
“solo se dezir que si la señora Magallanes, o
Magalona, se contentó destas ancas, que
no deuia de ser muy tierna de carnes.”
  Todas estas platicas de los dos valientes
oian el duque y la duquessa y los del jardin, de
que recibian estraordinario contento; y,
queriendo dar remate a la estraña y bien fabricada
auentura, por la cola de Clauileño le pegaron
fuego con vnas estopas, y al punto, por estar
el cauallo lleno de cohetes tronadores, bolo
por los ayres con estraño ruydo, y dio con don
Quixote y con Sancho Pança en el suelo, medio
chamuscados.
  En este tiempo ya se auian desparecido
del jardin todo el barbado esquadron de las
dueñas, y la Trifaldi y todo, y los del jardin
quedaron como desmayados, tendidos por el
suelo. Don Quixote y Sancho se leuantaron
maltrechos, y, mirando a todas partes, quedaron
atonitos de verse en el mesmo jardin de donde
auian partido, y de ver tendido por tierra tanto
numero de gente. Y crecio mas su admiracion
quando a vn lado del jardin vieron hincada
vna gran lança en el suelo, y pendiente della
y de dos cordones de seda verde vn pergamino
liso y blanco, en el qual con grandes letras de
oro estaua escrito lo siguiente:
  “El inclito cauallero don Quixote de la Mancha
fenecio y acabó la auentura de la condessa
Trifaldi, por otro nombre llamada la dueña
Dolorida, y compañia, con solo intentarla.
  ”Malambruno se da por contento y satisfecho
a toda su voluntad, y las barbas de las dueñas
ya quedan lisas y mondas, y los reyes don
Clauijo y Antonomasia, en su pristino estado;
y quando se cumpliere el escuderil vapulo, la
blanca paloma se vera libre de los pestiferos
girifaltes que la persiguen y en braços de su
querido arrullador; que assi está ordenado por
el sabio Merlin, protoencantador de los
encantadores.”
  Auiendo, pues, don Quixote leydo las letras
del pergamino, claro entendio que del
desencanto de Dulcinea hablauan, y, dando muchas
gracias al cielo de que con tan poco peligro
huuiesse acabado tan gran fecho, reduziendo a
su passada tez los rostros de las venerables
dueñas, que ya no parecian, se fue adonde el
duque y la duquessa aun no auian buelto en
si, y, trauando de la mano al duque, le dixo:
  “¡Ea, buen señor, buen animo, buen animo;
que todo es nada! La auentura es ya acabada
sin daño de barras, como lo muestra claro el
escrito que en aquel padron está puesto.”
  El duque, poco a poco y como quien de vn
pesado sueño recuerda, fue boluiendo en si, y
por el mismo tenor la duquessa y todos los que
por el jardin estauan caydos, con tales muestras
de marauilla y espanto, que casi se podian
dar a entender auerles acontecido de veras lo
que tan bien sabian fingir de burlas. Leyo el
duque el cartel con los ojos medio cerrados, y
luego, con los braços abiertos, fue a abraçar a
don Quixote, diziendole ser el mas buen
cauallero que en ningun siglo se huuiesse visto.
  Sancho andaua mirando por la Dolorida,
por ver qué rostro tenia sin las barbas, y si era
tan hermosa sin ellas como su gallarda
disposicion prometia; pero dixeronle que assi como
Clauileño baxó ardiendo por los ayres y dio en
el suelo, todo el esquadron de las dueñas con
la Trifaldi auia desaparecido, y que ya yuan
rapadas y sin cañones. Preguntó la duquessa
a Sancho que cómo le auia ydo en aquel largo
viage. A lo qual Sancho respondio:
  “Yo, señora, senti que yuamos, segun mi
señor me dixo, bolando por la region del fuego,
y quise descubrirme vn poco los ojos; pero
mi amo, a quien pedi licencia para descubrirme,
no la consintio; mas yo, que tengo no se qué
briznas de curioso y de dessear saber lo que
se me estorua y impide, bonitamente, y sin que
nadie lo viesse, por junto a las narizes aparté
tanto quanto el pañizuelo que me tapaua los
ojos, y por alli miré hazia la tierra, y
pareciome que toda ella no era mayor que vn grano
de mostaza, y los hombres que andauan sobre
ella poco mayores que auellanas, por que se
vea quán altos deuiamos de yr entonces.”
  A esto dixo la duquessa:
  “Sancho amigo, mirad lo que dezis; que a lo
que parece vos no vistes la tierra, sino los
hombres que andauan sobre ella; y está claro que
si la tierra os parecio como vn grano de
mostaza, y cada hombre como vna auellana, vn
hombre solo auia de cubrir toda la tierra.”
  “Assi es verdad”, respondio Sancho, “pero
con todo esso la descubri por vn ladito, y la vi
toda.”
  “Mirad, Sancho”, dixo la duquessa, “que por
vn ladito no se vee el todo de lo que se mira.”
  “Yo no se essas miradas”, replicó Sancho;
“solo se que sera bien que vuestra señoria
entienda que, pues bolauamos por encantamento,
por encantamento podia yo ver toda la
tierra y todos los hombres por do quiera que
los mirara. Y si esto no se me cree, tampoco
creera vuessa merced como, descubriendome
por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo,
que no auia de mi a el palmo y medio, y por
lo que puedo jurar, señora mia, que es muy
grande a demas; y sucedio que yuamos por
parte donde estan las siete cabrillas, y, en Dios
y en mi anima, que como yo en mi niñez fuy
en mi tierra cabrerizo, que assi como las vi, me
dio vna gana de entretenerme con ellas vn
rato. Y si no le cumpliera, me parece que
rebentara. Vengo, pues, y tomo, y ¿qué hago?
Sin dezir nada a nadie, ni a mi señor tampoco,
bonita y pasitamente me apeé de Clauileño y
me entretuue con las cabrillas, que son como
vnos alhelies y como vnas flores, casi tres
quartos de hora, y Clauileño no se mouio de vn
lugar, ni passó adelante.”
  “Y ¿en tanto que el buen Sancho se entretenia
con las cabras”, preguntó el duque, “en qué
se entretenia el señor don Quixote?”
  A lo que don Quixote respondio:
  “Como todas estas cosas y estos tales sucessos
van fuera del orden natural, no es mucho
que Sancho diga lo que dize; de mi se dezir
que ni me descubri por alto, ni por baxo, ni vi
el cielo, ni la tierra, ni la mar, ni las arenas.
Bien es verdad que senti que passaua por la
region del ayre, y aun que tocaua a la del
fuego; pero que passassemos de alli, no lo puedo
creer, pues, estando la region del fuego entre
el cielo de la luna y la vltima region del ayre,
no podiamos llegar al cielo donde estan las
siete cabrillas, que Sancho dize, sin abrasarnos;
y pues no nos asuramos, o Sancho miente, o
Sancho sueña.”
  “Ni miento, ni sueño”, respondio Sancho;
“si no, preguntenme las señas de las tales
cabras, y por ellas veran si digo verdad o no.”
  “Digalas, pues, Sancho”, dixo la duquessa.
  “Son”, respondio Sancho, “las dos verdes,
las dos encarnadas, las dos azules, y la vna de
mezcla.”
  “Nueua manera de cabras es essa”, dixo el
duque, “y por esta nuestra region del suelo no
se vsan tales colores, digo, cabras de tales
colores.”
  “Bien claro está esso”, dixo Sancho; “si, que
diferencia ha de auer de las cabras del cielo a
las del suelo.”
  “Dezidme, Sancho”, preguntó el duque, “¿vistes
alla entre essas cabras algun cabron?”
  “No señor”, respondio Sancho, “pero oi dezir
que ninguno passaua de los cuernos de la luna.”
  No quisieron preguntarle mas de su viage,
porque les parecio que lleuaua Sancho hilo de
passearse por todos los cielos, y dar nueuas
de quanto alla passaua, sin auerse mouido del
jardin. En resolucion, este fue el fin de la
auentura de la dueña Dolorida, que dio que reyr a
los duques, no solo aquel tiempo, sino el de
toda su vida, y que contar a Sancho siglos, si
los viuiera; y, llegándose don Quixote a Sancho
al oydo, le dixo:
  “Sancho, pues vos quereis que se os crea lo
que aueis visto en el cielo, yo quiero que
vos me creais a mi lo que vi en la cueua de
Montesinos; y no os digo mas.”

                Capitulo XLII

De los consejos que dio don Quixote a Sancho
  Pança antes que fuesse a gouernar la insula,
  con otras cosas bien consideradas.

  Con el felice y gracioso sucesso de la auentura
de la Dolorida quedaron tan contentos los
duques, que determinaron passar con las burlas
adelante, viendo el acomodado sugeto que
tenian para que se tuuiessen por veras; y assi,
auiendo dado la traça y ordenes que sus
criados y sus vassallos auian de guardar con
Sancho en el gouierno de la insula prometida,
otro dia, que fue el que sucedio al buelo de
Clauileño, dixo el duque a Sancho que se
adeliñasse y compusiesse para yr a ser
gouernador; que ya sus insulanos le estauan
esperando como el agua de mayo. Sancho se le
humilló, y le dixo:
  “Despues que baxé del cielo, y despues que
desde su alta cumbre miré la tierra y la vi tan
pequeña, se templó en parte en mi la gana
que tenia tan grande de ser gouernador, porque
¿qué grandeza es mandar en vn grano de
mostaza, o qué dignidad o imperio el gouernar
a media dozena de hombres tamaños como
auellanas, que, a mi parecer, no auia mas en toda
la tierra? Si vuestra señoria fuesse seruido
de darme vna tantica parte del cielo, aunque
no fuesse mas de media legua, la tomaria de
mejor gana que la mayor insula del mundo.”
  “Mirad, amigo Sancho”, respondio el duque,
“yo no puedo dar parte del cielo a nadie,
aunque no sea mayor que vna vña; que a solo
Dios estan reseruadas essas mercedes y
gracias. Lo que puedo dar, os doy, que es vna
insula hecha y derecha, redonda y bien
proporcionada, y sobremanera fertil y abundosa,
donde, si vos os sabeis dar maña, podeis con
las riquezas de la tierra grangear las del cielo.”
  “Aora bien”, respondio Sancho, “venga essa
insula; que yo pugnaré por ser tal gouernador,
que, a pesar de vellacos, me vaya al cielo. Y
esto no es por codicia que yo tenga de salir de
mis casillas, ni de leuantarme a mayores, sino
por el desseo que tengo de prouar a qué sabe
el ser gouernador.”
  “Si vna vez lo prouays, Sancho”, dixo el
duque, “comeros heis las manos tras el
gouierno, por ser dulcissima cosa el mandar y
ser obedecido. A buen seguro que quando
vuestro dueño llegue a ser emperador, que lo
sera sin duda, segun van encaminadas sus
cosas, que no se lo arranquen comoquiera, y
que le duela y le pese en la mitad del alma del
tiempo que huuiere dexado de serlo.”
  “Señor”, replicó Sancho, “yo imagino que
es bueno mandar, aunque sea a vn hato de
ganado.”
  “Con vos me entierren, Sancho, que sabeis
de todo”, respondio el duque; “y yo espero que
sereis tal gouernador como vuestro juyzio
promete. Y quedese esto aqui, y aduertid que
mañana en esse mesmo dia aueis de yr al gouierno
de la insula, y esta tarde os acomodarán
del trage conueniente que aueis de lleuar,
y de todas las cosas necessarias a vuestra
partida.”
  “Vistanme”, dixo Sancho, “como quisieren;
que de qualquier manera que vaya vestido,
sere Sancho Pança.”
  “Assi es verdad”, dixo el duque; “pero los
trages se han de acomodar con el oficio, o
dignidad, que se professa; que no seria bien
que vn jurisperito se vistiesse como soldado, ni
vn soldado como vn sacerdote. Vos, Sancho,
yreis vestido parte de letrado, y parte de
capitan, porque en la insula que os doy tanto son
menester las armas como las letras y las letras
como las armas.”
  “Letras”, respondio Sancho, “pocas tengo,
porque aun no se el A, B, C; pero bastame
tener el Christus en la memoria para ser buen
gouernador. De las armas manejaré las que
me dieren, hasta caer, y Dios delante.”
  “Con tan buena memoria”, dixo el duque,
“no podra Sancho errar en nada.”
  En esto, llegó don Quixote, y, sabiendo lo
que passaua, y la celeridad con que Sancho se
auia de partir a su gouierno, con licencia del
duque, le tomó por la mano, y se fue con el a
su estancia, con intencion de aconsejarle cómo
se auia de auer en su oficio.
  Entrados, pues, en su aposento, cerro tras si
la puerta, y hizo casi por fuerça que Sancho
se sentase junto a el, y con reposada voz le
dixo:
  “Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo,
de que antes y primero que yo aya encontrado
con alguna buena dicha, te aya salido a ti a
recebir y a encontrar la buena ventura. Yo, que
en mi buena suerte te tenia librada la paga de
tus seruicios, me veo en los principios de
auentajarme, y tu, antes de tiempo, contra la ley
del razonable discurso, te vees premiado de
tus desseos. Otros cohechan, importunan,
solicitan, madrugan, ruegan, porfian, y no alcançan
lo que pretenden; y llega otro, y sin saber
cómo ni cómo no, se halla con el cargo y
oficio que otros muchos pretendieron. Y aqui
entra y encaxa bien el dezir que ay buena y
mala fortuna en las pretensiones. Tu, que para
mi, sin duda alguna, eres vn porro, sin madrugar
ni trasnochar, y sin hazer diligencia alguna,
con solo el aliento que te ha tocado de la
andante caualleria, sin mas ni mas te vees
gouernador de vna insula, como quien no dize
nada. Todo esto digo, o Sancho, para que no
atribuyas a tus merecimientos la merced recebida,
sino que des gracias al cielo, que dispone
suauemente las cosas, y despues las daras a la
grandeza que en si encierra la profession de
la caualleria andante. Dispuesto, pues, el
coraçon a creer lo que te he dicho, está, o hijo,
atento a este tu Caton, que quiere aconsejarte
y ser norte y guia que te encamine y saque a
seguro puerto deste mar proceloso, donde vas
a engolfarte; que los oficios y grandes cargos
no son otra cosa sino vn golfo profundo de
confusiones.
  ”Primeramente, o hijo, has de temer a Dios,
porque en el temerle está la sabiduria, y siendo
sabio, no podras errar en nada.
  ”Lo segundo, has de poner los ojos en quien
eres, procurando conocerte a ti mismo, que es
el mas dificil conocimiento que puede
imaginarse; del conocerte saldra el no hincharte
como la rana que quiso ygualarse con el buey;
que si esto hazes, vendra a ser feos pies
de la rueda de tu locura la consideracion de
auer guardado puercos en tu tierra.”
  “Assi es la verdad”, respondio Sancho,“pero
fue quando muchacho; pero despues, algo
hombrecillo, gansos fueron los que guardé,
que no puercos. Pero esto pareceme a mi que
no haze al caso; que no todos los que
gouiernan vienen de casta de reyes.”
  “Assi es verdad”, replicó don Quixote; “por
lo qual los no de principios nobles deuen
acompañar la grauedad del cargo que exercitan
con vna blanda suauidad que, guiada por
la prudencia, los libre de la murmuracion
maliciosa, de quien no ay estado que se escape.
  ”Haz gala, Sancho, de la humildad de tu
linage, y no te desprecies de dezir que vienes
de labradores; porque viendo que no te corres,
ninguno se pondra a correrte, y preciate mas
de ser humilde virtuoso que pecador soberuio.
Inumerables son aquellos que de baxa estirpe
nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia
e imperatoria, y desta verdad te pudiera
traer tantos exemplos que te cansaran.
  ”Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud,
y te precias de hazer hechos virtuosos, no
ay para qué tener embidia a los que los
tienen, principes y señores; porque la sangre se
hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale
por si sola lo que la sangre no vale.
  ”Siendo esto assi, como lo es, que si acaso
viniere a verte quando estes en tu insula
alguno de tus parientes, no le desheches, ni le
afrentes; antes le has de acoger, agasajar y
regalar; que con esto satisfaras al cielo, que
gusta que nadie se desprecie de lo que el hizo,
y corresponderas a lo que deues a la
naturaleza bien concertada.
  ”Si truxeres a tu muger contigo --porque no
es bien que los que assisten a gouiernos de
mucho tiempo esten sin las propias--, enseñala,
doctrinala y desbastala de su natural rudeza,
porque todo lo que suele adquirir vn gouernador
discreto, suele perder y derramar vna
muger rustica y tonta.
  ”Si acaso enuiudares --cosa que pu[e]de
suceder-- y con el cargo mejorares de consorte,
no la tomes tal, que te sirua de anzuelo y
de caña de pescar, y del no quiero de tu
capilla; porque en verdad te digo que de todo
aquello que la muger del juez recibiere, ha de
dar cuenta el marido en la residencia vniuersal,
donde pagará con el quatro tanto en la
muerte las partidas de que no se huuiere hecho
cargo en la vida.
  ”Nunca te guies por la ley del encaxe, que
suele tener mucha cabida con los ignorantes
que presumen de agudos.
  ”Hallen en ti mas compassion las lagrimas
del pobre, pero no mas justicia, que las
informaciones del rico.
  ”Procura descubrir la verdad por entre las
promessas y dadiuas del rico, como por entre
los sollozos e importunidades del pobre.
  ”Quando pudiere y deuiere tener lugar la
equidad, no cargues todo el rigor de la ley al
delinquente; que no es mejor la fama del juez
riguroso que la del compassiuo.
  ”Si acaso doblares la vara de la justicia, no
sea con el peso de la dadiua, sino con el de la
misericordia.
  ”Quando te sucediere juzgar algun pleyto
de algun tu enemigo, aparta las mientes de tu
injuria, y ponlos en la verdad del caso.
  ”No te ciegue la passion propia en la causa
agena; que los yerros que en ella hizieres las
mas vezes seran sin remedio, y si le tuuieren,
sera a costa de tu credito y aun de tu hazienda.
  ”Si alguna muger hermosa veniere a pedirte
justicia, quita los ojos de sus lagrimas, y tus
oydos de sus gemidos, y considera de espacio
la sustancia de lo que pide, si no quieres que se
anegue tu razon en su llanto y tu bondad en
sus suspiros.
  ”Al que has de castigar con obras no trates
mal con palabras, pues le basta al desdichado
la pena del suplicio, sin la añadidura de las
malas razones.
  ”Al culpado que cayere debaxo de tu juridicion,
considerale hombre miserable, sugeto
a las condiciones de la deprauada naturaleza
nuestra, y en todo quanto fuere de tu parte, sin
hazer agrauio a la contraria, muestratele
piadoso y clemente; porque aunque los atributos
de Dios todos son yguales, mas resplandece y
campea, a nuestro ver, el de la misericordia que
el de la justicia.
  ”Si estos preceptos y estas reglas sigues,
Sancho, seran luengos tus dias, tu fama sera
eterna, tus premios colmados, tu felizidad
indezible, casarás tus hijos como quisieres, titulos
tendran ellos y tus nietos, viuiras en paz, y
beneplacito de las gentes, y en los vltimos pasos
de la vida te alcançará el de la muerte en vejez
suaue y madura, y cerrarán tus ojos las
tiernas y delicadas manos de tus terceros
neteçuelos. Esto que hasta aqui te he dicho son
documentos que han de adornar tu alma; escucha
aora los que han de seruir para adorno del
cuerpo.”

                Capitulo XLIII

De los consejos segundos que dio don Quixote
               a Sancho Pança.

  ¿Quién oyera el passado razonamiento de
don Quixote que no le tuuiera por persona muy
cuerda y mejor intencionada? Pero como muchas
vezes en el progresso desta grande historia
queda dicho, solamente disparaua en tocandole
en la caualleria, y en los demas discursos
mostraua tener claro y desenfadado entendimiento,
de manera, que a cada paso desacreditauan
sus obras su juyzio, y su juyzio sus obras;
pero en esta destos segundos documentos que
dio a Sancho mostro tener gran donayre, y puso
su discrecion y su locura en vn leuantado punto.
  Atentissimamente le escuchaua Sancho y
procuraua conseruar en la memoria sus consejos,
como quien pensaua guardarlos y salir por
ellos a buen parto de la preñez de su gouierno.
Prosiguio, pues, don Quixote, y dixo:
  “En lo que toca a cómo has de gouernar tu
persona y casa, Sancho, lo primero que te
encargo es que seas limpio, y que te cortes las
vñas, sin dexarlas crecer, como algunos hazen, a
quien su ignorancia les ha dado a entender que
las vñas largas les hermosean las manos, como
si aquel escremento y añadidura que se dexan
de cortar fuesse vña, siendo antes garras de
cernicalo lagartigero: puerco y extraordinario
abuso.
  ”No andes, Sancho, desceñido y floxo; que el
vestido descompuesto da indicios de animo
desmaçalado, si ya la descompostura y floxedad
no cae debaxo de socarroneria, como se
juzgó en la de Iulio Cesar.
  ”Toma con discrecion el pulso a lo que pudiere
valer tu oficio, y si sufriere que des librea
a tus criados, dasela honesta y prouechosa mas
que vistosa y bizarra, y repartela entre tus
criados y los pobres: quiero dezir, que si has de
vestir seys pages, viste tres y otros tres pobres,
y, assi, tendras pages para el cielo y para el
suelo; y este nueuo modo de dar librea no la
alcançan los vanagloriosos.
  ”No comas ajos ni cebollas, porque no saquen
por el olor tu villaneria. Anda despacio;
habla con reposo, pero no de manera que
parezca que te escu[c]has a ti mismo; que toda
afectacion es mala.
  ”Come poco y cena mas poco; que la salud
de todo el cuerpo se fragua en la oficina del
estomago.
  ”Se templado en el beuer, considerando que
el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple
palabra.
  ”Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos
carrillos, ni de erutar delante de nadie.”
  “Esso de erutar no entiendo”, dixo Sancho.
  Y don Quixote le dixo:
  “Erutar, Sancho, quiere dezir regoldar; y
este es vno de los mas torpes vocablos que
tiene la lengua castellana, aunque es muy
sinificatiuo; y, assi, la gente curiosa se ha acogido
al latin, y al regoldar dize erutar, y a los
regueldos, erutaciones; y quando algunos no
entienden estos terminos, importa poco, que el
vso los yra introduziendo con el tiempo, que
con facilidad se entiendan, y esto es enriquezer
la lengua sobre quien tiene poder el vulgo y
el vso.”
  “En verdad, señor”, dixo Sancho, “que vno
de los consejos y auisos que pienso lleuar en
la memoria ha de ser el de no regoldar, porque
lo suelo hazer muy a menudo.”
  “Erutar, Sancho, que no regoldar”, dixo don
Quixote.
  “Erutar dire de aqui adelante”, respondio
Sancho, “y a fee que no se me oluide.”
  “Tambien, Sancho, no has de mezclar en tus
platicas la muchedumbre de refranes que sueles;
que puesto que los refranes son sentencias
breues, muchas vezes los traes tan por los
cabellos, que mas parecen disparates que
sentencias.”
  “Esso Dios lo puede remediar”, respondio
Sancho, “porque se mas refranes que vn libro,
y vienenseme tantos juntos a la boca quando
hablo, que riñen por salir vnos con otros; pero
la lengua va arrojando los primeros que
encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo
tendre cuenta de aqui adelante de dezir los
que conuengan a la grauedad de mi cargo;
que en casa llena presto se guisa la cena; y
quien destaja no baraja; y a buen saluo está
el que repica; y el dar y el tener seso ha
menester.”
  “¡Esso si, Sancho!”, dixo don Quixote. “¡Encaxa,
ensarta, enhila refranes; que nadie te va
a la mano! Castigame mi madre, y yo
trompogelas. Estoyte diziendo que escuses
refranes, y en vn instante has echado aqui vna
letania dellos, que assi quadran con lo que
vamos tratando como por los cerros de Vbeda.
Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal
vn refran traydo a proposito; pero cargar y
ensartar refranes a troche moche haze la
platica desmayada y baxa.
  ”Quando subieres a cauallo, no vayas echando
el cuerpo sobre el arzon postrero, ni lleues
las piernas tiessas y tiradas y desuiadas de la
barriga del cauallo, ni tampoco vayas tan
floxo, que parezca que vas sobre el ruzio; que
el andar a cauallo a vnos haze caualleros, a
otros cauallerizos.
  ”Sea moderado tu sueño; que el que no
madruga con el sol no goza del dia; y aduierte,
o Sancho, que la diligencia es madre de la
buena ventura, y la pereza, su contraria, jamas
llegó al termino que pide vn buen desseo.
  ”Este vltimo consejo que aora darte quiero
--puesto que no sirua para adorno del cuerpo--,
quiero que le lleues muy en la memoria,
que creo que no te sera de menos prouecho
que los que hasta aqui te he dado; y es que
jamas te pongas a disputar de linages, a lo
menos comparandolos entre si, pues, por fuerça,
en los que se comparan vno ha de ser el mejor,
y del que abatieres seras aborrecido, y del que
leuantares, en ninguna manera premiado.
  ”Tu vestido sera calça entera, ropilla larga,
herreruelo vn poco mas largo; greguescos, ni
por pienso; que no les estan bien ni a los
caualleros, ni a los gouernadores.
  ”Por aora, esto se me ha ofrecido, Sancho,
que aconsejarte; andara el tiempo, y segun las
ocasiones, assi seran mis documentos, como
tu tengas cuydado de auisarme el estado en
que te hallares.”
  “Señor”, respondio Sancho, “bien veo que
todo quanto vuessa merced me ha dicho son
cosas buenas, santas y prouechosas; pero ¿de
qué han de seruir, si de ninguna me acuerdo?
Verdad sea que aquello de no dexarme crecer
las vñas, y de casarme otra vez, si se ofreciere,
no se me passará del magin; pero essotros
badulaques y enredos y reboltillos, no se me
acuerda ni acordará mas dellos que de las
nubes de antaño, y, assi, sera menester que
se me den por escrito; que puesto que no se
leer ni escriuir, yo se los dare a mi confessor
para que me los encaxe y recapacite quando
fuere menester.”
  “¡Ha, pecador de mi”, respondio don Quixote,
“y qué mal parece en los gouernadores el
no saber leer ni escriuir! Porque has de saber,
o Sancho, que no saber vn hombre leer o ser
çurdo arguye vna de dos cosas: o que fue hijo
de padres demasi[a]do de humildes y baxos, o
el tan trauiesso y malo, que no pudo entrar en
el [el] buen vso (*), ni la buena doctrina. Gran
falta es la que lleuas contigo, y, assi, querria
que aprendiesses a firmar siquiera.”
  “Bien se firmar mi nombre”, respondio
Sancho; “que quando fuy prioste en mi lugar
aprendi a hazer vnas letras como de marca de
fardo, que dezian que dezia mi nombre; quanto
mas que fingire que tengo tullida la mano
derecha, y hare que firme otro por mi; que para
todo ay remedio, si no es para la muerte; y
teniendo yo el mando y el palo, hare lo que
quisiere; quanto mas que el que tiene el padre
alcalde.... Y siendo yo gouernador, que es
mas que ser alcalde, ¡llegaos, que la dexan ver!
No sino popen y caloñenme; que vendran por
lana y bolueran trasquilados; y a quien Dios
quiere bien, la casa le sabe; y las necedades
del rico por sentencias passan en el mundo; y
siendolo yo, siendo gouernador y juntamente
liberal, como lo pienso ser, no aura falta que
se me parezca. No sino hazeos miel, y paparos
han moscas; tanto vales quanto tienes, dezia
vna mi aguela; y del hombre arraygado no te
veras vengado.”
  “¡O, maldito seas de Dios, Sancho!”, dixo a
esta sazon don Quixote. “¡Sesenta mil satanases
te lleuen a ti y a tus refranes! Vna hora ha
que los estás ensartando y dandome con cada
vno tragos de tormento. Yo te asseguro que
estos refranes te han de lleuar vn dia a la
horca; por ellos te han de quitar el gouierno
tus vassallos, o ha de auer entre ellos
comunidades. Dime: ¿dónde los hallas, ignorante, o
cómo los aplicas, mentecato?; que para dezir
yo vno, y aplicarle bien, sudo y trabajo como
si cauasse.”
  “Por Dios, señor nuestro amo”, replicó
Sancho, “que vuessa merced se quexa de bien
pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que
yo me sirua de mi hazienda, que ninguna otra
tengo, ni otro caudal alguno sino refranes y
mas refranes? Y aora se me ofrecen quatro,
que venian aqui pintiparados, o como peras
en tabaque; pero no los dire, porque al buen
callar llaman Sancho.”
  “Esse Sancho no eres tu”, dixo don Quixote;
“porque no solo no eres buen callar, sino mal
hablar y mal porfiar; y, con todo esso, querria
saber qué quatro refranes te ocurrian aora a la
memoria, que venian aqui a proposito; que yo
ando recorriendo la mia, que la tengo buena,
y ninguno se me ofrece.”
  “¿Qué mejores”, dixo Sancho, “que «entre
»dos muelas cordales nunca pongas tus
»pulgares», y «a ydos de mi casa y ¿qué quereis
»con mi muger?, no ay responder», y «si da el
»cantaro en la piedra, o la piedra en el cantaro,
»mal para el cantaro», todos los quales vienen
a pelo? Que nadie se tome con su gouernador,
ni con el que le manda, porque saldra
lastimado, como el que pone el dedo entre dos
muelas cordales, y aunque no sean cordales,
como sean muelas no importa; y a lo que
dixere el gouernador no ay que replicar, como
al «salios de mi casa, y ¿qué quereis con mi
»muger?» Pues lo de la piedra en el cantaro,
vn ciego lo vera. Assi, que es menester que el
que vee la mota en el ojo ageno, vea la viga
en el suyo, porque no se diga por el
«espantose la muerta de la degollada»; y vuessa
merced sabe bien que mas sabe el necio en su
casa que el cuerdo en la agena.”
  “Esso no, Sancho”, respondio don Quixote;
“que el necio en su casa ni en la agena sabe
nada, a causa que sobre el cimiento de la
necedad no assienta ningun discreto edificio. Y
dexemos esto aqui, Sancho; que si mal gouernares,
tuya sera la culpa, y mia la verguença;
mas consuelome que he hecho lo que deuia
en aconsejarte con las veras, y con la
discrecion a mi possible; con esto salgo de mi
obligacion, y de mi promessa. Dios te guie,
Sancho, y te gouierne en tu gouierno, y a mi me
saque del escrupulo que me queda que has de
dar con toda la insula patas arriba, cosa que
pudiera yo escusar con descubrir al duque
quien eres, diziendole que toda essa gordura,
y essa personilla que tienes, no es otra cosa
que vn costal lleno de refranes y de malicias.”
  “Señor”, replicó Sancho, “si a vuessa merced
le parece que no soy de pro para este gouierno,
desde aqui le suelto; que mas quiero vn
solo negro de la vña de mi alma que a todo
mi cuerpo, y assi me sustentaré Sancho a
secas con pan y cebolla como gouernador con
perdizes y capones; y mas, que mientras se
duerme, todos son yguales, los grandes y los
menores, los pobres y los ricos, y si vuessa
merced mira en ello, vera que solo vuessa
merced me ha puesto en esto de gouernar;
que yo no se mas de gouiernos de insulas que
vn buytre, y si se imagina que por ser gouernador
me ha de lleuar el diablo, mas me quiero
yr Sancho al cielo que gouernador al infierno.”
  “Por Dios, Sancho”, dixo don Quixote, “que
por solas estas vltimas razones que has dicho
juzgo que mereces ser gouernador de mil
insulas; buen natural tienes, sin el qual no ay
ciencia que valga; encomiendate a Dios, y
procura no errar en la primera intencion; quiero
dezir que siempre tengas intento y firme
proposito de acertar en quantos negocios te
ocurrieren, porque siempre fauorece el cielo los
buenos desseos. Y vamonos a comer; que creo
que ya estos señores nos aguardan.”

                Capitulo XLIV

Cómo Sancho Pança fue lleuado al gouierno,
  y de la estraña auentura que en el castillo
  sucedio a don Quixote.

  Dizen que en el propio original desta historia
se lee que llegando Cide Hamete a escriuir este
capitulo, no le traduxo su interprete como el le
auia escrito, que fue vn modo de quexa que
tuuo el moro de si mismo por auer tomado
entre manos vna historia tan seca y tan
limitada como esta de don Quixote, por parecerle
que siempre auia de hablar del y de Sancho,
sin osar estenderse a otras digresiones y
episodios mas graues y mas entretenidos, y dezia
que el yr siempre atenido el entendimiento, la
mano y la pluma a escriuir de vn solo sugeto,
y hablar por las bocas de pocas personas era
vn trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaua
en el de su autor, y que, por huyr deste
inconueniente, auia vsado en la primera parte
del artificio de algunas nouelas, como fueron
la del Curioso Impertinente, y la del Capitan
cautiuo, que estan como separadas de la historia,
puesto que las demas que alli se cuentan
son casos sucedidos al mismo don Quixote, que
no podian dexar de escriuirse. Tambien penso,
como el dize, que muchos, lleuados de la
atencion que piden las hazañas de don Quixote, no
la darian a las nouelas, y passarian por ellas, o
con priessa, o con enfado, sin aduertir la gala
y artificio que en si contienen, el qual se
mostrara bien al descubierto, quando por si solas,
sin arrimarse a las locuras de don Quixote, ni
a las sandezes de Sancho, salieran a luz. Y,
assi, en esta segunda parte no quiso ingerir
nouelas sueltas, ni pegadizas, sino algunos
episodios que lo pareciessen, nacidos de los
mesmos sucessos que la verdad ofrece, y aun
estos, limitadamente y con solas las palabras
que bastan a declar[ar]los; y pues se contiene
y cierra en los estrechos limites de la
narracion, teniendo habilidad, suficiencia y
entendimiento para tratar del vniuerso todo, pide
no se desprecie su trabajo, y se le den alabanças
no por lo que escriue, sino por lo que ha
dexado de escriuir.
  Y luego prosigue la historia diziendo que
en acabando de comer don Quixote el dia que
dio los consejos a Sancho, aquella tarde
se los dio escritos para que el buscasse quien
se los leyesse; pero apenas se los huuo dado,
quando se le cayeron y vinieron a manos del
duque, que los comunicó con la duquessa, y
los dos se admiraron de nueuo de la locura
y del ingenio de don Quixote. Y, assi, lleuando
adelante sus burlas, aquella tarde embiaron a
Sancho con mucho acompañamiento al lugar
que para el auia de ser insula.
  Acaecio, pues, que el que le lleuaua a cargo
era vn mayordomo del duque, muy discreto y
muy gracioso, que no puede auer gracia donde
no ay discrecion, el qual auia hecho la persona
de la condessa Trifaldi, con el [do]nayre que
queda referido, y, con esto, y con yr industriado
de sus señores de cómo se auia de auer con
Sancho, salio con su intento marauillosamente.
Digo, pues, que acaecio que assi como Sancho
vio al tal mayordomo, se le figuró en su rostro
el mesmo de la Trifaldi, y, boluiendose a su
señor, le dixo:
  “Señor, o a mi me ha de lleuar el diablo de
aqui de donde estoy en justo y en creyente,
o vuessa merced me ha de confessar que el
rostro deste mayordomo del duque, que aqui
está, es el mesmo de la Dolorida.”
  Miró don Quixote atentamente al mayordomo,
y, auiendole mirado, dixo a Sancho:
  “No ay para que te lleue el diablo, Sancho,
ni en justo ni en creyente --que no se lo que
quieres dezir--; que el rostro de la Dolorida es
el del mayordomo, pero no por esso el mayordomo
es la Dolorida; que a serlo, implicaria
contradicion muy grande, y no es tiempo aora
de hazer estas aueriguaciones; que seria
entrarnos en intricados laberintos. Creeme,
amigo, que es menester rogar a nuestro Señor
muy de veras que nos libre a los dos de malos
hechizeros y de malos encantadores.”
  “No es burla, señor”, replicó Sancho, “sino
que denantes le oi hablar, y no parecio sino que
la voz de la Trifaldi me sonaua en los oydos.
Aora bien, yo callaré; pero no dexaré de andar
aduertido de aqui adelante, a ver si descubre
otra señal que confirme o desfaga mi sospecha.”
  “Assi lo has de hazer, Sancho”, dixo don
Quixote, “y darasme auiso de todo lo que en
este caso descubrieres, y de todo aquello que
en el gouierno te sucediere.”
  Salio, en fin, Sancho, acompañado de mucha
gente, vestido a lo letrado, y encima vn gauan
muy ancho de chamelote de aguas, leonado,
con vna montera de lo mesmo, sobre vn macho
a la gineta, y, detras del, por orden del duque,
yua el ruzio con jaezes y ornamentos jumentiles
de seda, y flamantes. Boluia Sancho la cabeça
de quando en quando a mirar a su asno, con
cuya compañia yua tan contento, que no se
trocara con el emperador de Alemaña.
  Al despedirse de los duques les besó las
manos, y tomó la bendicion de su señor, que se
la dio con lagrimas, y Sancho la recibio con
pucheritos.
  Dexa, lector amable, yr en paz y en hora
buena al buen Sancho, y espera dos fanegas
de risa, que te ha de causar el saber cómo se
portó en su cargo, y en tanto atiende a saber
lo que le passó a su amo aquella noche; que
si con ello no rieres, por lo menos desplegarás
los labios con risa de ximia, porque los
sucessos de don Quixote, o se han de celebrar
con admiracion o con risa.
  Cuentase, pues, que apenas se huuo partido
Sancho, quando don Quixote sintio su soledad,
y si le fuera possible reuocarle la comission y
quitarle el gouierno, lo hiziera. Conocio la
duquessa su melancolia, y preguntole que de qué
estaua triste; que si era por la ausencia de
Sancho, que escuderos, dueñas y donzellas
auia en su casa que le seruirian muy a
satisfacion de su desseo.
  “Verdad es, señora mia”, respondio don
Quixote, “que siento la ausencia de Sancho;
pero no es essa la causa principal que me haze
parecer que estoy triste, y de los muchos
ofrecimientos que vuestra excelencia me haze
solamente acepto y escojo el de la voluntad con
que se me hazen; y en lo demas suplico a
vuestra excelencia que dentro de mi aposento
consienta y permita que yo solo sea el que me
sirua.”
  “En verdad”, dixo la duquessa, “señor don
Quixote, que no ha de ser assi: que le han de
seruir quatro donzellas de las mias, hermosas
como vnas flores.”
  “Para mi”, respondio don Quixote, “no seran
ellas como flores, sino como espinas que me
punzen el alma. Assi entrarán ellas en mi
aposento, ni cosa que lo parezca, como bolar. Si es
que vuestra grandeza quiere lleuar adelante el
hazerme merced, sin yo merecerla, dexeme que
yo me las aya conmigo y que yo me sirua de
mis puertas adentro; que yo ponga vna muralla
en medio de mis desseos y de mi honestidad, y
no quiero perder esta costumbre por la
liberalidad que vuestra alteza quiere mostrar
conmigo. Y, en resolucion, antes dormire vestido
que consentir que nadie me desnude.”
  “¡No mas, no mas, señor don Quixote!”,
replicó la duquessa; “por mi digo que dare orden
que ni aun vna mosca entre en su estancia, no
que vna donzella; no soy yo persona que
por mi se ha de descaualar la decencia del señor
don Quixote; que, segun se me ha trasluzido,
la que mas campea entre sus muchas virtudes
es la de la honestidad. Desnudese vuessa
merced y vistase a sus solas y a su modo, como
y quando quisiere; que no aura quien lo
impida, pues dentro de su aposento hallará los
vasos necessarios al menester del que duerme a
puerta cerrada, porque ninguna natural necessidad
le obligue a que la abra. Viua mil siglos
la gran Dulcinea del Toboso, y sea su nombre
estendido por toda la redondez de la tierra,
pues merecio ser amada de tan valiente y tan
honesto cauallero, y los benignos cielos
infundan en el coraçon de Sancho Pança, nuestro
gouernador, vn desseo de acabar presto sus
diciplinas, para que buelua a gozar el mundo
de la belleza de tan gran señora.”
  A lo qual dixo don Quixote:
  “Vuestra altitud ha hablado como quien es;
que en la boca de las buenas señoras no ha
de auer ninguna que sea mala, y mas venturosa
y mas conocida sera en el mundo Dulcinea
por auerla alabado vuestra grandeza, que
por todas las alabanças que puedan darle los
mas eloquentes de la tierra.”
  “Agora bien, señor don Quixote”, replicó la
duquessa, “la hora de cenar se llega y el
duque deue de esperar; venga vuessa merced y
cenemos, y acostarase temprano; que el viage
que ayer hizo de Candaya no fue tan corto,
que no aya causado algun molimiento.”
  “No siento ninguno, señora”, respondio don
Quixote, “porque osaré jurar a vuestra
excelencia que en mi vida he subido sobre bestia
mas reposada, ni de mejor paso que Clauileño,
y no se yo qué le pudo mouer a Malambruno
para deshazerse de tan ligera y tan gentil
caualgadura, y abrasarla assi, sin mas ni mas.”
  “A esso se puede imaginar”, respondio la
duquessa, “que, arrepentido del mal que auia
hecho a la Trifaldi y compañia, y a otras
personas, y de las maldades que, como hechizero
y encantador, deuia de auer cometido, quiso
concluyr con todos los instrumentos de su
oficio, y como a principal y que mas le traia
dessassossegado, vagando de tierra en tierra,
abrasó a Clauileño; que con sus abrasadas
cenizas, y con el trofeo del cartel queda eterno
el valor del gran don Quixote de la Mancha.”
  De nueuo nueuas gracias dio don Quixote a
la duquessa, y, en cenando don Quixote, se
retiró en su aposento solo, sin consentir que
nadie entrasse con el a seruirle: tanto se temia
de encontrar ocasiones que le mouiessen o
forçassen a perder el honesto decoro que a su
señora Dulcinea guardaua, siempre puesta en la
imaginacion la bondad de Amadis, flor y espejo
de los andantes caualleros. Cerro tras si
la puerta, y a la luz de dos velas de cera se
desnudó, y al descalçarse --¡o desgracia indigna
de tal persona!-- se le soltaron, no su[s]piros,
ni otra cosa que desacreditassen la limpieza
de su policia, sino hasta dos dozenas de
puntos de vna media, que quedó hecha zelosia.
Afligiose en estremo el buen señor, y diera
el por tener alli vn adarme de seda verde vna
onça de plata; digo seda verde, porque las
medias eran verdes.
  Aqui exclamó Benengeli, y escriuiendo, dixo:
  “¡O pobreza, pobreza, no se yo con qué
razon se mouio aquel gran poeta cordoues, a
llamarte dadiua santa desagradecida! Yo,
aunque moro, bien se, por la comunicacion que
he tenido con christianos, que la santidad
consiste en la caridad, humildad, fee, obediencia y
pobreza; pero, con todo esso, digo que ha de
tener mucho de Dios el que se viniere a
contentar con ser pobre, si no es de aquel modo
de pobreza de quien dize vno de sus mayores
santos: «Tened todas las cosas como si no las
»tuuiessedes», y a esto llaman pobreza de
espiritu; pero tu, segunda pobreza, que eres de la
que yo hablo, ¿por qué quieres estrellarte con
los hidalgos y bien nacidos mas que con la
otra gente? ¿Por qué los obligas a dar pantalia
a los çapatos, y a que los botones de sus
ropillas vnos sean de seda, otros de cerdas y
otros de vidro? ¿Por qué sus cuellos, por la
mayor parte, han de ser siempre escarolados, y
no abiertos con molde?” Y en esto se echará
de ver que es antiguo el vso del almidon y de
los cuellos abiertos. Y prosiguió: “Miserable
del bien nacido que va dando pistos a su honra,
comiendo mal, y a puerta cerrada, haziendo
hipocrita al palillo de dientes con que sale a
la calle despues de no auer comido cosa que le
obligue a limpiarselos; miserable de aquel,
digo, que tiene la honra espantadiza, y piensa
que desde vna legua se le descubre el remiendo
del çapato, el trassudor del sombrero, la hilaza
del herreruelo y la hambre de su estomago!”
  Todo esto se le renouo a don Quixote en la
soltura de sus puntos; pero consolose con ver
que Sancho le auia dexado vnas botas de
camino, que penso ponerse otro dia.
  Finalmente, el se recosto pensatiuo y pesaroso,
assi de la falta que Sancho le hazia,
como de la inreparable desgracia de sus
medias, a quien tomara los puntos aunque fuera
con seda de otra color, que es vna de las
mayores señales de miseria que vn hidalgo puede
dar en el discurso de su prolixa estrecheza.
Mató las velas, hazia calor y no podia dormir;
leuantose del lecho y abrio vn poco la ventana
de vna rexa que daua sobre vn hermoso jardin,
y al abrirla, sintio y oyo que andaua y
hablaua gente en el jardin. Pusose a escuchar
atentamente; leuantaron la voz los de abaxo,
tanto, que pudo oyr estas razones:
  “No me porfies, o Emerencia, que cante, pues
sabes que desde el punto que este forastero
entró en este castillo, y mis ojos le miraron, yo
no se cantar, sino llorar; quanto mas que el
sueño de mi señora tiene mas de ligero que de
pessado, y no querria que nos hallasse aqui por
todo el tesoro del mundo; y, puesto caso que
durmiesse y no despertasse, en vano seria mi
canto si duerme y no despierta para oyrle este
nueuo Eneas, que ha llegado a mis regiones
para dexarme escarnida.”
  “No des en esso, Altisidora amiga”,
respondieron; “que sin duda la duquessa y quantos
ay en essa casa duermen, si no es el señor de
tu coraçon y el despertador de tu alma; porque
aora senti que abria la ventana de la reja de su
estancia, y sin duda deue de estar despierto.
Canta, lastimada mia, en tono baxo y suaue, al
son de tu arpa, y quando la duquessa nos sienta,
le echaremos la culpa al calor que haze.”
  “No está en esso el punto, o Emerencia”,
respondio la Altisidora, “sino en que no querria
que mi canto descubriesse mi coraçon y fuesse
juzgada de los que no tienen noticia de las
fuerças poderosas de amor por donzella antojadiza
y liuiana. Pero venga lo que viniere; que
mas vale verguença en cara que manzilla en
coraçon.”
  Y, en esto, sintio tocar vna harpa
suauissimamente; oyendo lo qual quedó don Quixote
pasmado, porque en aquel instante se le vinieron
a la memoria las infinitas auenturas semejantes
a aquella de ventanas, rejas y jardines,
musicas, requiebros y desuanecimientos que en los
sus desuanecidos libros de cauallerias auia
leydo. Luego imaginó que alguna donzella de
la duquessa estaua del enamorada, y que la
honestidad la forçaua a tener secreta su voluntad,
temio no le rindiesse, y propuso en su
pensamiento el no dexarse vencer; y,
encomendandose de todo buen animo y buen talante a
su señora Dulcinea del Toboso, determinó de
escuchar la musica, y para dar a entender que
alli estaua, dio vn fingido estornudo, de que no
poco se alegraron las donzellas, que otra cosa
no desseauan sino que don Quixote las oyesse.
Recorrida, pues, y afinada la harpa, Altisidora
dio principio a este romance:

        ¡O tu, que estás en tu lecho,
      entre sabanas de olanda,
      durmiendo a pierna tendida
      de la noche a la mañana,
        cauallero el mas valiente
      que ha produzido la Mancha,
      mas honesto y mas bendito
      que el oro fino de Arabia!
        Oye a vna triste donzella,
      bien crecida y mal lograda,
      que en la luz de tus dos soles
      se siente abrasar el alma.
        Tu buscas tus auenturas,
      y agenas desdichas hallas;
      das las feridas, y niegas
      el remedio de sanarlas.
        Dime, valeroso jouen,
      que Dios prospere tus ansias,
      si te criaste en la Libia,
      o en las montañas de Iaca;
        si sierpes te dieron leche;
      si a dicha fueron tus amas
      la aspereza de las seluas
      y el horror de las montañas.
        Muy bien puede Dulcinea,
      donzella rolliza y sana,
      preciarse de que ha rendido
      a vna tigre y fiera braua.
        Por esto sera famosa,
      desde Henares a Xarama,
      desde el Tajo a Mançanares,
      desde Pisuerga hasta Arlanza.
        Trocárame yo por ella,
      y diera encima vna saya
      de las mas gayadas mias,
      que de oro le adornan franjas.
        ¡O, quién se viera en tus braços,
      o si no, junto a tu cama,
      rascandote la cabeça,
      y matandote la caspa!
        Mucho pido, y no soy digna
      de merced tan señalada:
      los pies quisiera traerte;
      que a vna humilde esto le basta.
        ¡O, qué de cofias te diera,
      qué de escarpines de plata,
      qué de calças de damasco,
      qué de herreruelos de olanda!
        ¡Qué de finissimas perlas,
      cada qual como vna agalla,
      que, a no tener compañeras,
      las solas fueran llamadas!
        No mires de tu Tarpeya
      este incendio que me abrasa,
      Neron manchego del mundo,
      ni le auiues con tu saña.
        Niña soy, pulzela tierna;
      mi edad de quinze no passa;
      catorze tengo y tres meses
      te juro en Dios y en mi anima.
        No soy renca, ni soy coxa,
      ni tengo nada de manca;
      los cabellos, como lirios,
      que, en pie, por el suelo arrastran.
        Y, aunque es mi boca aguileña,
      y la nariz algo chata,
      ser mis dientes de topacios
      mi belleza al cielo ensalça.
        Mi voz, ya ves, si me escuchas,
      que a la que es mas dulce yguala,
      y soy de disp[o]sicion
      algo menos que mediana.
        Estas y otras gracias miras:
      son despojos de tu aljaua;
      desta casa soy donzella,
      y Altisidora me llaman.

  Aqui dio fin el canto de la malferida
Altisidora, y començo el asombro del requirido don
Quixote, el qual, dando vn gran suspiro, dixo
entre si:
  “¡Que tengo de ser tan desdichado andante,
que no ha de auer donzella que me mire que
de mi no se enamore! ¡Que tenga de ser tan
corta de ventura la sin par Dulcinea del Toboso,
que no la han de dexar a solas gozar de la
incomparable firmeza mia! ¿Qué la quereis,
reynas? ¿A qué la perseguis, emperatrizes?
¿Para qué la acosays, donzellas de a catorze a
quinze años? Dexad, dexad a la miserable que
triunfe, se goze y vfane con la suerte que amor
quiso darle en rendirle mi coraçon y entregarle
mi alma. Mirad, caterba enamorada, que para
sola Dulcinea soy de masa y de alfenique,
y para todas las demas soy de pedernal; para
ella soy miel, y para vosotras azibar; para mi
sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la
honesta, la gallarda y la bien nacida, y las demas,
las feas, las necias, las liuianas y las de peor
linage; para ser yo suyo, y no de otra alguna,
me arrojó la naturaleza al mundo. Llore o
cante Altisidora, desesperese madama por quien
me aporrearon en el castillo del moro encantado;
que yo tengo de ser de Dulcinea, cozido o
asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar
de todas las potestades hechizeras de la tierra.”
  Y, con esto, cerro de golpe la ventana, y,
despechado y pesaroso, como si le huuiera
acontecido alguna gran desgracia, se acosto en
su lecho, donde le dexaremos por aora, porque
nos está llamando el gran Sancho Pança, que
quiere dar principio a su famoso gouierno.

                 Capitulo XLV

De cómo el gran Sancho Pança tomó la possession
  de su insula, y del modo que començo
  a gouernar.

  ¡O perpetuo descubridor de los antipodas,
hacha del mundo, ojo del cielo, meneo dulce de
las cantimploras, Timbrio aqui, Febo alli,
tirador aca, medico aculla, padre de la poesia,
inuentor de la musica, tu que siempre sales y
aunque lo parece, nunca te pones! ¡A ti digo,
o sol, con cuya ayuda el hombre engendra al
hombre!: a ti digo que me fauorezcas y
alumbres la escuridad de mi ingenio, para
que pueda discurrir por sus puntos en la
narracion del gouierno del gran Sancho Pança;
que, sin ti, yo me siento tibio, desmaçalado y
confuso.
  Digo, pues, que con todo su acompañamiento
llegó Sancho a vn lugar de hasta mil vezinos,
que era de los mejores que el duque tenia;
dieronle a entender que se llamaua la insula
Barataria, o ya porque el lugar se llamaua
Baratario, o ya por el barato con que se le auia
dado el gouierno. Al llegar a las puertas de la
villa, que era cercada, salio el regimiento del
pueblo a recebirle; tocaron las campanas, y
todos los vezinos dieron muestras de general
alegria, y con mucha pompa le lleuaron a la
iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego, con
algunas ridiculas ceremonias, le entregaron las
llaues del pueblo, y le admitieron por perpetuo
gouernador de la insula Barataria.
  El trage, las barbas, la gordura y pequeñez
del nueuo gouernador tenia admirada a toda
la gente que el busilis del cuento no sabia, y
aun a todos los que lo sabian, que eran
muchos. Finalmente, en sacandole de la iglesia, le
lleuaron a la silla del juzgado y le sentaron en
ella, y el mayordomo del duque le dixo:
  “Es costumbre antigua en esta insula, señor
gouernador, que el que viene a tomar possession
desta famosa insula está obligado a responder
a vna pregunta que se le hiziere, que
sea algo intricada y dificultosa, de cuya
respuesta el pueblo toma y toca el pulso del
ingenio de su nueuo gouernador; y, assi, o se
alegra, o se entristeze con su venida.”
  En tanto que el mayordomo dezia esto a
Sancho, estaua el mirando vnas grandes y muchas
letras que en la pared frontera de su silla
estauan escritas, y como el no sabia leer, preguntó
que qué eran aquellas pinturas que en aquella
pared estauan; fuele respondido:
  “Señor, alli está escrito y notado el dia en
que vuessa señoria tomó possession desta insula,
y dize el epitafio: «Oy dia, a tantos de tal
»mes y de tal año, tomó la possession desta
»insula el señor don Sancho Pança, que muchos
»años la goze.»”
  “Y ¿a quién llaman don Sancho Pança?”,
preguntó Sancho.
  “A vuessa señoria”, respondio el mayordomo;
“que en esta insula no ha entrado otro Pança,
sino el que está sentado en essa silla.”
  “Pues aduertid, hermano”, dixo Sancho, “que
yo no tengo don, ni en todo mi linage le ha
auido: Sancho Pança me llaman a secas, y
Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi aguelo, y
todos fueron Panças sin añadiduras de dones
ni donas; y yo imagino que en esta insula deue
de auer mas dones que piedras; pero basta,
Dios me entiende, y podra ser que si el
gouierno me dura quatro dias, yo escardaré estos
dones, que por la muchedumbre deuen de enfadar
como los mosquitos. Passe adelante con su
pregunta el señor mayordomo; que yo respondere
lo mejor que supiere, ora se entristezca, o
no se entristezca el pueblo.”
  A este instante entraron en el juzgado dos
hombres, el vno vestido de labrador, y el otro
de sastre, porque traia vna[s] tijeras en la mano;
y el sastre dixo:
  “Señor gouernador, yo y este hombre labrador
venimos ante vuessa merced en razon que
este buen hombre llegó a mi tienda ayer --que
yo, con perdon de los presentes, soy sastre
examinado, que Dios sea bendito--, y,
poniendome vn pedaço de paño en las manos, me
pr[e]guntó: «Señor, ¿auria en este paño harto
»para hazerme vna caperuza?» Yo, tanteando
el paño, le respondi que si; el deuiose de
imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien,
que, sin duda, yo le queria hurtar alguna parte
del paño, fundandose en su malicia y en la
mala opinion de los sastres; y replicome que
mirasse si auria para dos. Adiuinele el
pensamiento, y dixele que si; y el, cauallero en su
dañada y primera intencion, fue añadiendo
caperuzas, y yo añadiendo sies, hasta que
llegamos a cinco caperuzas, y aora en este punto
acaba de venir por ellas; yo se las doy, y no
me quiere pagar la hechura; antes me pide que
le pague o buelua su paño.”
  “Es todo esto assi, hermano?”, preguntó
Sancho.
  “Si señor”, respondio el hombre; “pero hagale
vuessa merced que muestre las cinco
caperuzas que me ha hecho.”
  “De buena gana”, respondio el sastre.
  Y, sacando encontinente la mano debaxo
del herreruelo, mostro en ella cinco caperuzas
puestas en las cinco cabeças de los dedos de
la mano, y dixo:
  “E aqui las cinco caperuzas que este buen
hombre me pide, y en Dios y en mi conciencia
que no me ha quedado nada del paño, y yo
daré la obra a vista de veedores del oficio.”
  Todos los presentes se rieron de la multitud
de las caperuzas, y del nueuo pleyto. Sancho
se puso a considerar vn poco, y dixo:
  “Pareceme que en este pleyto no ha de auer
largas dilaciones, sino juzgar luego a juyzio
de buen varon, y, assi, yo doy por sentencia
que el sastre pierda las hechuras, y el labrador
el paño, y las caperuzas se lleuen a los presos
de la carcel, y no aya mas.”
  Si la sentencia passada de la bolsa del
ganadero mouio a admiracion a los circunstantes,
esta les prouocó a risa; pero, en fin, se
hizo lo que mandó el gouernador; ante el
qual se presentaron dos hombres ancianos, el
vno traia vna cañaheja por baculo, y el sin
baculo dixo:
  “Señor, a este buen hombre le presté dias
ha 10 escudos de oro en oro, por hazerle
plazer y buena obra, con condicion que me los
boluiesse quando se los pidiesse. Passaronse
muchos dias sin pedirselos, por no ponerle en
mayor necessidad, de boluermelos, que la que
el tenia quando yo se los presté: pero por
parecerme que se descuydaua en la paga, se
los he pedido vna y muchas vezes, y no
solamente no me los buelue, pero me los niega, y
dize que nunca tales 10 escudos le presté,
y que si se los presté, que ya me los ha buelto.
Yo no tengo testigos ni del prestado, ni de la
buelta, porque no me los ha buelto. Querria
que vuessa merced le tomasse juramento y, si
jurare que me los ha buelto, yo se los perdono
para aqui y para delante de Dios.”
  “¿Qué dezys vos a esto, buen viejo del
baculo?”, dixo Sancho.
  A lo que dixo el viejo:
  “Yo, señor, confiesso que me los prestó,
y baxe vuessa merced essa vara, y, pues el
lo dexa en mi juramento, yo juraré como
se los he buelto y pagado real y
verdaderamente.”
  Baxó el gouernador la vara, y, en tanto, el
viejo del baculo dio el baculo al otro viejo,
que se le tuuiesse en tanto que juraua, como
si le embaraçara mucho, y luego puso la mano
en la cruz de la vara, diziendo que era verdad,
que se le auian prestado aquellos diez escudos
que se le pedian; pero que el se los auia buelto
de su mano a la suya, y que por no caer en
ello se los boluia a pedir por momentos.
Viendo lo qual el gran gouernador, preguntó al
acreedor qué respondia a lo que dezia su
contrario; y dixo que sin duda alguna su deudor
deuia de dezir verdad, porque le tenia por
hombre de bien y buen christiano, y que a el
se le deuia de auer oluidado el cómo y quándo
se los auia buelto, y que desde alli en adelante
jamas le pidiria nada. Tornó a tomar su baculo
el deudor, y, baxando la cabeça, se salio del
juzgado. Visto lo qual Sancho, y que sin mas
ni mas se yua, y viendo tambien la paciencia
del demandante, inclinó la cabeça sobre el
pecho, y, poniendose el indice de la mano
derecha sobre las cejas y las narizes, estuuo
como pensatiuo vn pequeño espacio, y luego
alçó la cabeça y mandó que le llamassen al
viejo del baculo, que ya se auia ydo.
Truxeronsele, y, en viendole Sancho, le dixo:
  “Dadme, buen hombre, esse baculo; que le
he menester.”
  “De muy buena gana”, respondio el viejo:
“ele aqui, señor.”
  Y pusosele en la mano.
  Tomole Sancho, y, dandosele al otro viejo,
le dixo:
  “Andad con Dios, que ya vais pagado.”
  “¿Yo, señor?”, respondio el viejo. “Pues, ¿vale
esta cañaheja 10 escudos de oro?”
  “Si”, dixo el gouernador, “o si no, yo soy el
mayor porro del mundo, y aora se vera si
tengo yo caletre para gouernar todo vn reyno.”
  Y mandó que alli delante de todos se rompiesse
y abriesse la caña. Hizose assi, y en el
coraçon della hallaron 10 escudos en oro.
Quedaron todos admirados, y tuuieron a su
gouernador por vn nueuo Salomon. Preguntaronle
de dónde auia colegido que en aquella
cañaheja estauan aquellos 10 escudos, y
respondio que de auerle visto dar el viejo que
juraua, a su contrario, aquel baculo en tanto
que hazia el juramento, y jurar que se los auia
dado real y verdaderamente, y que, en acabando
de jurar, le tornó a pedir el baculo, le
vino a la imaginacion que dentro del estaua
la paga de lo que pedian. De donde se podia
colegir que los que gouiernan, aunque sean
vnos tontos, tal vez los encamina Dios en sus
juyzios; y mas, que el auia oydo contar otro
caso como aquel al cura de su lugar, y que el
tenia tan gran memoria, que a no oluidarsele
todo aquello de que queria acordarse, no huuiera
tal memoria en toda la insula. Finalmente,
el vn viejo corrido, y el otro pagado, se
fueron, y los presentes quedaron admirados.
Y el que escriuia las palabras, hechos y
mouimientos de Sancho, no acabaua de determinarse
si le tendria y pondria por tonto, o por
discreto.
  Luego, acabado este pleyto, entró en el
juzgado vna muger, assida fuertemente de vn
hombre vestido de ganadero rico, la qual venia
dando grandes vozes, diziendo:
  “¡Iusticia, señor gouernador, justicia, y si no
la hallo en la tierra, la yre a buscar al cielo!
Señor gouernador de mi anima, este mal hombre
me ha cogido en la mitad desse campo, y
se ha aprouechado de mi cuerpo como si fuera
trapo mal lauado, y, desdichada de mi, me ha
lleuado lo que yo tenia guardado mas de
veynte y tres años ha, defendiendolo de moros
y christianos, de naturales y estrangeros,
y yo, siempre dura como vn alcornoque,
conseruandome entera como la salamanquesa en
el fuego, o como la lana entre las çarças, para
que este buen hombre llegasse aora con sus
manos limpias a manosearme.”
  “Aun esso está por aueriguar, si tiene limpias
o no las manos este galan”, dixo Sancho.
  Y, boluiendose al hombre, le dixo qué
dezia y respondia a la querella de aquella
muger; el qual, todo turbado, respondio:
  “Señores, yo soy vn pobre ganadero de
ganado de cerda, y esta mañana salia deste
lugar, de vender, con perdon sea dicho,
quatro puercos, que me lleuaron de alcaualas y
socaliñas poco menos de lo que ellos valian;
boluiame a mi aldea, topé en el camino a esta
buena dueña, y el diablo, que todo lo añasca
y todo lo cueze, hizo que yogassemos juntos;
paguele lo soficiente, y ella, mal contenta,
assio de mi, y no me ha dexado hasta traerme
a este puesto. Dize que la forçe, y miente,
para el juramento que hago o pienso hazer;
y esta es toda la verdad, sin faltar meaja.”
  Entonces el gouernador le preguntó si traia
consigo algun dinero en plata. El dixo que
hasta veynte ducados tenia en el seno en vna
bolsa de cuero; mandó que la sacasse y se la
entregasse assi como estaua a la querellante;
el lo hizo temblando, tomola [la] muger, y,
haziendo mil zalemas a todos, y, rogando a
Dios por la vida y salud del señor gouernador,
que assi miraua por las huerfanas menesterosas
y donzellas; y, con esto, se salio del
juzgado, lleuando la bolsa assida con entrambas
manos, aunque primero miró si era de plata la
moneda que lleuaua dentro.
  Apenas salio, quando Sancho dixo al ganadero,
que ya se le saltauan las lagrimas, y los
ojos y el coraçon se yuan tras su bolsa:
  “Buen hombre, yd tras aquella muger, y
quitadle la bolsa, aunque no quiera, y bolued
aqui con ella.”
  Y no lo dixo a tonto ni a sordo, porque
luego partio como vn rayo y fue a lo que se le
mandaua. Todos los presentes estauan suspensos,
esperando el fin de aquel pleyto, y de
alli [a] poco boluieron el hombre y la muger,
mas assidos y aferrados que la vez primera,
ella la saya leuantada, y en el regazo puesta
la bolsa, y el hombre pugnando por quitarsela,
mas no era possible, segun la muger la
defendia, la qual daua vozes, diziendo:
  “¡Iusticia de Dios, y del mundo! ¡Mire vuessa
merced, señor gouernador, la poca verguença
y el poco temor deste desalmado, que en mitad
de poblado y en mitad de la calle me ha
querido quitar la bolsa que vuessa merced mandó
darme!”
  “Y ¿haosla quitado?”, preguntó el
gouernador.
  “¿Cómo quitar?”, respondio la muger; “antes
me dexara yo quitar la vida que me quiten la
bolsa. ¡Bonita es la niña; otros gatos me han
de echar a las barbas, que no este desuenturado
y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, maços
y escoplos no seran bastantes a sacarmela de
las vñas, ni aun garras de leones; antes el
anima de en mitad en mitad de las carnes!”
  “Ella tiene razon”, dixo el hombre, “y yo me
doy por rendido y sin fuerças, y confiesso que
las mias no son bastantes para quitarsela, y
déxola.”
  Entonces el gouernador dixo a la muger:
  “Mostrad, honrada y valiente, essa bolsa.”
  Ella se la dio luego, y el gouernador se la
boluio al hombre y dixo a la esforçada, y no
forçada:
  “Hermana mia, si el mismo aliento y valor
que aueis mostrado para defender esta bolsa le
mostrarades, y aun la mitad menos, para
defender vuestro cuerpo, las fuerças de Hercules
no os hizieran fuerça; andad con Dios y mucho
de en hora mala, y no pareis en toda esta
insula ni en seys leguas a la redonda, so pena
de docientos açotes. ¡Andad luego, digo,
churrillera, desuergonçada y embaydora!”
  Espantose la muger y fuesse cabizbaxa y
mal contenta, y el gouernador dixo al hombre:
  “Buen hombre, andad con Dios a vuestro
lugar con vuestro dinero, y de aqui adelante,
si no le quereis perder, procurad que no os
venga en voluntad de yogar con nadie.”
  El hombre le dio las gracias lo peor que supo
y fuesse, y los circunstantes quedaron admirados
de nueuo de los juyzios y sentencias de su
nueuo gouernador. Todo lo qual notado de
su coronista fue luego escrito al duque, que
con gran desseo lo estaua esperando.
  Y quedese aqui el buen Sancho; que es mucha
la priessa que nos da su amo, alboroçado
con la musica de Altisidora.

                Capitulo XLVI

Del temeroso espanto cencerril y gatuno que
  recibio don Quixote en el discurso de los
  amores de la enamorada Altisidora.

  Dexamos al gran don Quixote embuelto en
los pensamientos que le auia causado la
musica de la enamorada donzella Altisidora.
Acostose con ellos, y como si fueran pulgas, no
le dexaron dormir ni sossegar vn punto, y
juntauansele los que le faltauan de sus medias; pero
como es ligero el tiempo y no ay barranco que
le detenga, corrio cauallero en las horas, y con
mucha presteza llegó la de la mañana. Lo qual
visto por don Quixote, dexó las blandas plumas,
y no nada perezoso, se vistio su acamuçado
vestido y se calçó sus botas de camino,
por encubrir la desgracia de sus medias;
arrojose encima su manton de escarlata y pusose
en la cabeça vna montera de terciopelo verde,
guarnecida de pasamanos de plata, colgo el
taheli de sus ombros con su buena y tajadora
espada, assio vn gran rosario que consigo
contino traia, y, con gran prosopopeya y contoneo
salio a la antesala, donde el duque y la
duquessa estauan ya vestidos y como esperandole,
y al passar por vna galeria, estauan aposta
esperandole Altisidora y la otra donzella su
amiga; y assi como Altisidora vio a don Quixote,
fingio desmayarse, y su amiga la recogio
en sus faldas, y con gran presteza la yua a
desabrochar el pecho. Don Quixote que lo vio,
llegandose a ellas, dixo:
  “Ya se yo de qué proceden estos
accidentes.”
  “No se yo de qué”, respondio la amiga,
“porque Altisidora es la donzella mas sana de
toda esta casa, y yo nunca la he sentido vn ¡ay!
en quanto ha que la conozco; que mal ayan
quantos caualleros andantes ay en el mundo,
si es que todos son desagradecidos. Vayase
vuessa merced, señor don Quixote; que no boluera
en si esta pobre niña en tanto que vuessa
merced aqui estuuiere.”
  A lo que respondio don Quixote:
  “Haga vuessa merced, señora, que se me
ponga vn laud esta noche en mi aposento; que
yo consolaré lo mejor que pudiere a esta
lastimada donzella; que en los principios amorosos
los desengaños prestos suelen ser remedios
calificados.”
  Y, con esto, se fue, por que no fuesse notado
de los que alli le viessen. No se huuo bien
apartado, quando, boluiendo en si la
desmayada Altisidora, dixo a su compañera:
  “Menester sera que se le ponga el laud; que
sin duda don Quixote quiere darnos musica, y
no sera mala, siendo suya.”
  Fueron luego a dar cuenta a la duquessa de
lo que passaua, y del laud que pedia don Quixote,
y ella, alegre sobremodo, concerto con
el duque y con sus donzellas de hazerle vna
burla que fuesse mas risueña que dañosa, y
con mucho contento esperauan la noche, que
se vino tan apriessa como se auia venido el
dia, el qual passaron los duques en sabrossas
platicas con don Quixote. Y la duquessa
aquel dia real y verdaderamente despachó a
vn page suyo, que auia hecho en la selua la
figura encantada de Dulcinea, a Teresa Pança,
con la carta de su marido Sancho Pança,
y con el lio de ropa que auia dexado para
que se le embiasse, encargandole le tru[x]esse
buena relacion de todo lo que con ella
passasse.
  Hecho esto, y llegadas las onze horas de la
noche, halló don Quixote vna vihuela en su
aposento; templola, abrio la rexa, y sintio que
andaua gente en el jardin, y, auiendo recorrido
los trastes de la vihuela, y afinandola lo mejor
que supo, escupio y remondose el pecho, y
luego, con vna voz ronquilla aunque entonada,
cantó el siguiente romance, que el mismo
aquel dia auia compuesto:

          Suelen las fuerças de amor
        sacar de quicio a las almas,
        tomando por instrumento
        la ociosidad descuydada.
          Suele el coser y el labrar
        y el estar siempre ocupada
        ser antidoto al veneno
        de las amorosas ansias.
          Las donzellas recogidas
        que aspiran a ser casadas...
        la honestidad es la dote
        y voz de sus alabanças.
          Los andantes caualleros
        y los que en la Corte andan
        requiebranse con las libres;
        con las honestas se casan.
          Ay amores de Leuante,
        que entre huespedes se tratan,
        que llegan presto al Poniente,
        porque en el partirse acaban.
          El amor recien venido
        que oy llegó, y se va mañana,
        las imagines no dexa
        bien impressas en el alma.
          Pintura sobre pintura,
        ni se muestra ni señala;
        y do ay primera belleza,
        la segunda no haze baça.
          Dulcinea del Toboso
        del alma en la tabla rasa
        tengo pintada, de modo
        que es impossible borrarla.
          La firmeza en los amantes
        es la parte mas preciada,
        por quien haze Amor milagros,
        y assi mesmo los leuanta.

  Aqui llegaua don Quixote de su canto, a
quien estauan escuchando el duque y la duquessa,
Altisidora y casi toda la gente del castillo,
quando de improuiso, desde encima de vn
corredor que sobre la rexa de don Quixote a
plomo caia, descolgaron vn cordel donde venian
mas de cien [cen]cerros assidos, y luego
tras ellos derramaron vn gran saco de gatos,
que assimismo traian cencerros menores atados
a las colas. Fue tan grande el ruydo de los
cencerros y el mayar de los gatos, que aunque
los duques auian sido inuentores de la burla,
todauia les sobresaltó, y, temeroso don Quixote,
quedó pasmado; y quiso la suerte que dos o
tres gatos se entraron por la rexa de su estancia,
y, dando de vna parte a otra, parecia que
vna region de diablos andaua en ella.
Apagaron las velas que en el aposento ardian, y
andauan buscando por do escaparse; el descolgar
y subir del cordel de los grandes cencerros
no cessaua; la mayor parte de la gente del
castillo, que no sabia la verdad del caso, estaua
suspensa y admirada.
  Leuantose don Quixote en pie, y, poniendo
mano a la espada, començo a tirar estocadas
por la rexa y a dezir a grandes vozes:
  “¡Afuera malignos encantadores, afuera
canalla hechizeresca; que yo soy don Quixote de
la Mancha, contra quien no valen ni tienen
fuerça vuestras malas intenciones!”
  Y, boluiendose a los gatos que andauan por
el aposento, les tiró muchas cuchilladas; ellos
acudieron a la rexa, y por alli se salieron, aunque
vno, viendose tan acosado de las cuchilladas
de don Quixote, le saltó al rostro y le assio de
las narizes con las vñas y los dientes, por
cuyo dolor don Quixote començo a dar los
mayores gritos que pudo. Oyendo lo qual el duque
y la duquessa, y considerando lo que podia ser,
con mucha presteza acudieron a su estancia, y,
abriendo con llaue maestra, vieron al pobre
cauallero pugnando con todas sus fuerças por
arrancar el gato de su rostro. Entraron con
luzes, y vieron la desigual pelea; acudio el
duque a despartirla, y don Quixote dixo a vozes:
  “¡No me le quite nadie, dexenme mano a
mano con este demonio, con este hechizero,
con este encantador; que yo le dare a entender
de mi a el, quién es don Quixote de la
Mancha!”
  Pero el gato, no curandose destas amenazas,
gruñia y apretaua; mas, en fin, el duque
se le desarraygó y le echó por la rexa.
  Quedó don Quixote acriuado el rostro y no
muy sanas las narizes, aunque muy despechado
porque no le auian dexado fenecer la batalla
que tan trabada tenia con aquel malandrin
encantador. Hizieron traer azeyte de Aparicio,
y la misma Altisidora, con sus blanquis[si]mas
manos, le puso vnas vendas por todo lo herido,
y, al ponerselas, con voz baxa le dixo:
  “Todas estas malandanças te suceden,
empedernido cauallero, por el pecado de tu dureza
y pertinacia; y plega a Dios que se le oluide
a Sancho tu escudero el açotarse, porque
nunca salga de su encanto esta tan amada tuya
Dulcinea, ni tu la gozes, ni llegues a
talamo con ella, a lo menos viuiendo yo, que te
adoro.”
  A todo esto no respondio don Quixote otra
palabra, si no fue dar vn profundo suspiro, y
luego se tendio en su lecho, agradeciendo a
los duques la merced, no porque el tenia temor
de aquella canalla gatesca, encantadora y
cencerruna, sino porque auia conocido la buena
intencion con que auian venido a socorrerle.
Los duques le dexaron sossegar y se fueron
pesarosos del mal sucesso de la burla; que no
creyeron que tan pesada y costosa le saliera a
don Quixote aquella auentura: que le costo
cinco dias de encerramiento y de cama, donde
le sucedio otra auentura mas gustosa que la
pasada, la qual no quiere su historiador contar
aora, por acudir a Sancho Pança, que andaua
muy solicito y muy gracioso en su gouierno.

                Capitulo XLVII

   Donde se prosigue cómo se portaua Sancho
            Pança en su gouierno.

  Cuenta la historia que desde el juzgado
lleuaron a Sancho Pança a vn suntuoso palacio,
adonde en vna gran sala estaua puesta vna
real y limpissima mesa; y assi como Sancho
entró en la sala, sonaron chirimias y salieron
quatro pages a darle aguamanos, que Sancho
recibio con mucha grauedad.
  Cessó la musica, sentose Sancho a la cabecera
de la mesa, porque no auia mas de aquel
assiento, y no otro seruicio en toda ella. Pusose
a su lado en pie vn personage, que despues
mostro ser medico, con vna varilla de vallena
en la mano. Leuantaron vna riquissima y blanca
toalla con que estauan cubiertas las frutas y
mucha diuersidad de platos de diuersos
manjares; vno que parecia estudiante echó la
bendicion, y vn page puso vn babador randado a
Sancho, otro que hazia el oficio de maestresala
llegó vn plato de fruta delante, pero
apenas huuo comido vn bocado, quando el de la
varilla tocando con ella en el plato, se le
quitaron de delante con grandissima celeridad; pero
el maestresala le llegó otro, de otro manjar;
yua a prouarle Sancho, pero antes que llegasse
a el ni le gustasse, ya la varilla auia tocado en
el, y vn page alçadole con tanta presteza como
el de la fruta. Visto lo qual por Sancho, quedó
suspenso, y, mirando a todos, preguntó si se auia
de comer aquella comida como juego de maessecoral.
A lo qual respondio el de la vara:
  “No se ha de comer, señor gouernador, sino
como es vso y costumbre en las otras insulas
donde ay gouernadores. Yo, señor, soy medico,
y estoy asalariado en esta insula para serlo
de los gouernadores della, y miro por su salud
mucho mas que por la mia, estudiando de
noche y de dia y tanteando la complexion del
gouernador, para acertar a curarle quando cayere
enfermo; y lo principal que hago es assistir
a sus comidas y cenas, y a dexarle comer
de lo que me parece que le conuiene, y a
quitarle lo que imagino que le ha de hazer daño
y ser nociuo al estomago; y, assi, mandé
quitar el plato de la fruta, por ser
demasiadamente humeda, y el plato del otro manjar
tambien le mandé quitar, por ser demasiadamente
caliente y tener muchas especies, que
acrecientan la sed; y el que mucho beue, mata y
consume el humedo radical, donde consiste
la vida.”
  “Dessa manera, aquel plato de perdizes que
estan alli asadas, y, a mi parecer, bien
sazonadas, no me haran algun daño.”
  A lo que el medico respondio:
  “Essas no comera el señor gouernador en
tanto que yo tuuiere vida.”
  “Pues ¿por qué?”, dixo Sancho.
  Y el medico respondio:
  “Porque nuestro maestro Hipocrates, norte
y luz de la medicina, en vn aforismo suyo dize:
Omnis saturatio mala, perdizes autem pesssima.
Quiere dezir: «toda hartazga es mala;
»pero la de las perdizes, malissima.»”
  “Si esso es assi”, dixo Sancho, “vea el señor
doctor de quantos manjares ay en esta mesa,
quál me hara mas prouecho y quál menos
daño, y dexeme comer del sin que me le apalee;
porque por vida del gouernador, y assi Dios
me le dexe gozar, que me muero de hambre, y
el negarme la comida, aunque le pese al señor
doctor y el mas me diga, antes sera quitarme la
vida que aumentarmela.”
  “Vuessa merced tiene razon, señor
gouernador”, respondio el medico, “y assi es mi
parecer que vuessa merced no coma de aquellos
conejos guisados que alli estan, porque es
manjar peliagudo; de aquella ternera, si no
fuera asada y en adobo, aun se pudiera prouar;
pero no ay para qué.”
  Y Sancho dixo:
  “Aquel platonazo que está mas adelante
vahando me parece que es olla podrida, que,
por la diuersidad de cosas que en las tales ollas
podridas ay, no podre dexar de topar con
alguna que me sea de gusto y de prouecho.”
  “Absit”, dixo el medico; “vaya lexos de
nosotros tan mal pensamiento; no ay cosa en el
mundo de peor mantenimiento que vna olla
podrida. Alla las ollas podridas para los canonigos,
o para los retores de colegios, o para las
bodas labradorescas, y dexennos libres las
mesas de los gouernadores, donde ha de assistir
todo primor y toda atildadura. Y la razon es
porque siempre y a doquiera y de quienquiera
son mas estimadas las medicinas simples que
las compuestas, porque en las simples no se
puede errar, y en las compuestas si, alterando
la cantidad de las cosas de que son compuestas;
mas lo que yo se que ha de comer el señor
gouernador aora, para conseruar su salud y
corroborarla es vn ciento de cañutillos de
suplicaciones, y vnas tajadicas subtiles de
carne de membrillo, que le assienten el estomago,
y le ayuden a la digestion.”
  Oyendo esto Sancho, se arrimó sobre el espaldar
de la silla, y miró de hito en hito al tal
medico, y con voz graue le preguntó cómo se
llamaua, y dónde auia estudiado.
  A lo que el respondio:
  “Yo, señor gouernador, me llamo el doctor
Pedro Rezio de Aguero, y soy natural de vn
lugar llamado Tirteafuera, que está entre
Caraquel y Almodobar del Campo, a la mano
derecha, y tengo el grado de doctor por la
Vniuersidad de Osuna.”
  A lo que respondio Sancho, todo encendido
en colera:
  “Pues, señor doctor Pedro Rezio de mal
Aguero, natural de Tirteafuera, lugar que está
a la derecha mano, como vamos de Caraquel a
Almodobar del Campo, graduado en Osuna,
quiteseme luego delante; si no, voto al sol que
tome vn garrote y que a garrotazos, començando
por el, no me ha de quedar medico en toda
la insula, a lo menos, de aquellos que yo
entienda que son ignorantes; que a los medicos
sabios, prudentes y discretos los pondre sobre
mi cabeça y los honraré como a personas
diuinas. Y bueluo a dezir que se me vaya Pedro
Rezio de aqui; si no, tomaré esta silla donde
estoy sentado, y se la estrellaré en la cabeça,
y pidanmelo en residencia; que yo me descargaré
con dezir que hize seruicio a Dios en
matar a vn mal medico, verdugo de la republica.
Y denme de comer, o si no, tomense su
gouierno; que oficio que no da de comer a su
dueño no vale dos habas.”
  Alborotose el doctor viendo tan colerico al
gouernador, y quiso hazer tirteafuera de la sala,
sino que en aquel instante sono vna corneta de
posta en la calle, y, assomandose el
maestresala a la ventana, boluio, diziendo:
  “Correo viene del duque mi señor; algun
despacho deue de traer de importancia.”
  Entró el correo sudando y asustado, y,
sacando vn pliego del seno, le puso en las manos
del gouernador, y Sancho le puso en las del
mayordomo, a quien mandó leyesse el sobreescrito
que dezia assi: «A don Sancho Pança,
» gouernador de la insula Barataria, en su
»propia mano, o en las de su secretario.» Oyendo
lo qual Sancho, dixo:
  “¿Quién es aqui mi secretario?”
  Y vno de los que presentes estauan
respondio:
  “Yo, señor, porque se leer y escriuir, y soy
vizcayno.”
  “Con essa añadidura”, dixo Sancho, “bien
podeis ser secretario del mismo emperador;
abrid esse pliego, y mirad lo que dize.”
  Hizolo assi el rezien nacido secretario, y,
auiendo leydo lo que dezia, dixo que era negocio
para tratarle a solas. Mandó Sancho despejar
la sala, y que no quedassen en ella sino
el mayordomo y el maestresala, y los demas y
el medico se fueron, y luego el secretario leyo
la carta que assi dezia:
  “A mi noticia ha llegado, señor don Sancho
Pança, que vnos enemigos mios y dessa insula
la han de dar vn asalto furioso no se qué
noche; conuiene velar y estar alerta, porque no
le tomen desapercebido. Se tambien por espias
verdaderas que han entrado en esse lugar
quatro personas disfraçadas para quitaros la
vida porque se temen de vuestro ingenio; abrid
el ojo y mirad quién llega a hablaros, y no
comais de cosa que os presentaren. Yo tendre
cuydado de socorreros si os vieredes en trabajo,
y en todo hareis como se espera de vuestro
entendimiento. Deste lugar a 16 de agosto
a las quatro de la mañana. Vuestro amigo, El
duque.”
  Quedó atonito Sancho, y mostraron quedarlo
assimismo los circunstantes, y, boluiendose al
mayordomo, le dixo:
  “Lo que agora se ha de hazer, y ha de ser
luego, es meter en vn calaboço al doctor Recio,
porque si alguno me ha de matar, [h]a de ser
el, y de muerte adminicula y pessima, como
es la de la hambre.”
  “Tambien”, dixo el maestresala, “me parece
a mi que vuessa merced no coma de todo
lo que está en esta mesa, porque lo han
presentado vnas monjas, y, como suele dezirse,
detras de la cruz está el diablo.”
  “No lo niego”, respondio Sancho, “y, por
aora, denme vn pedaço de pan, y obra de
quatro libras de vuas; que en ellas no podra
venir veneno, porque, en efecto, no puedo
passar sin comer, y si es que hemos de estar
prontos para estas batallas que nos amenazan,
menester sera estar bien mantenidos, porque
tripas lleuan coraçon, que no coraçon tripas, y
vos, secretario, responded al duque mi señor,
y dezidle que se cumplira lo que manda como
lo manda, sin faltar punto, y dareys de mi
parte vn besamanos a mi señora la duquessa, y
que le suplico no se le oluide de embiar con
vn propio mi carta y mi lio a mi muger Teresa
Pança; que en ello recibire mucha merced, y
tendre cuydado de [ser]uirla con todo lo que
mis fuerças alcançaren, y de camino podeys
encaxar vn besamanos a mi señor don Quixote
de la Mancha, porque vea que soy pan
agradecido; y vos, como buen secretario y como
buen vizcayno, podeys añadir todo lo que
quisieredes y mas viniere a cuento. Y alcense
estos manteles y denme a mi de comer; que yo
me auendre con quantas espias y matadores y
encantadores vinieren sobre mi y sobre mi
insula.”
  En esto, entró vn page y dixo:
  “Aqui está vn labrador negociante que quiere
hablar a vuessa señoria en vn negocio, segun
el dize, de mucha importancia.”
  “Estraño caso es este”, dixo Sancho, “destos
negociantes. ¿Es possible que sean tan necios,
que no echen de ver que semejantes horas
como estas no son en las que han de venir a
negociar? ¿Por ventura los que gouernamos,
los que somos juezes, no somos hombres de
carne y de hueso, y que es menester que nos
dexen descansar el tiempo que la necessidad
pide, sino que quieren que seamos hechos de
piedra marmol? Por Dios y en mi conciencia
que si me dura el gouierno --que no durará
segun se me trasluze--, que yo ponga en
pretina a mas de vn negociante. Agora dezid a
esse buen hombre que entre; pero aduiertase
primero no sea alguno de los espias, o
matador mio.”
  “No, señor”, respondio el page, “porque
parece vna alma de cantaro, y yo se poco, o el
es tan bueno como el buen pan.”
  “No ay que temer”, dixo el mayordomo;
“que aqui estamos todos.”
  “¿Seria possible”, dixo Sancho, “maestresala,
que agora que no está aqui el doctor Pedro
Rezio, que comiesse yo alguna cosa de peso y
de sustancia, aunque fuesse vn pedaço de pan
y vna cebolla?”
  “Esta noche, a la cena, se satisfara la falta
de la comida, y quedará vuessa señoria
satisfecho y pagado”, dixo el maestresala.
  “Dios lo haga”, respondio Sancho.
  Y, en esto, entró el labrador, que era de muy
buena presencia, y de mil leguas se le echaua
de ver que era bueno y buena alma.
  Lo primero que dixo fue:
  “¿Quién es aqui el señor gouernador?”
  “¿Quién ha de ser”, respondio el secretario,
“sino el que está sentado en la silla?”
  “Humillome, pues, a su presencia”, dixo el
labrador.
  Y, poniendose de rodillas, le pidio la mano
para besarsela. Negosela Sancho y mandó que
se leuantase y dixesse lo que quisiesse. Hizolo
assi el labrador, y luego dixo:
  “Yo, señor, soy labrador, natural de Miguel
Turra, vn lugar que está dos leguas de
Ciudareal.”
  “Otro Tirteafuera tenemos”, dixo Sancho;
“dezid, hermano; que lo que yo os se dezir es
que se muy bien a Miguel Turra, y que no está
muy lexos de mi pueblo.”
  “Es, pues, el caso, señor”, prosiguio el
labrador, “que yo por la misericord[i]a de Dios
soy casado en paz y en haz de la san[ta] Yglesia
catolica romana; tengo dos hijos estudiantes,
que el menor estudia para bachiller y el
mayor para licenciado; soy viudo porque se
murio mi muger, o, por mejor dezir, me la mató
vn mal medico, que la purgó estando preñada,
y si Dios fuera seruido que saliera a luz el
parto, y fuera hijo, yo le pusiera a estudiar
para doctor, porque no tuuiera inuidia a sus
hermanos el bachiller y el licenciado.”
  “De modo”, dixo Sancho, “que si vuestra
muger no se huuiera muerto, o la huuieran
muerto, ¿vos no fuerades agora viudo?”
  “No, señor, en ninguna manera”, respondio
el labrador.
  “Medrados estamos”, replicó Sancho; “adelante
hermano; que es hora de dormir mas que
de negociar.”
  “Digo, pues”, dixo el labrador, “que este mi
hijo que ha de ser bachiller se enamoró en el
mesmo pueblo de vna donzella llamada Clara
Perlerina, hija de Andres Perlerino, labrador
riquissimo; y este nombre de Perlerines no les
viene de abolengo ni otra alcurnia, sino porque
todos los deste linage son perlaticos, y, por
mejorar el nombre, los llaman Perlerines,
aunque si va dezir la verdad, la donzella es
como vna perla oriental, y mirada por el lado
derecho parece vna flor del campo, por el
yzquierdo no tanto, porque le falta aquel ojo que
se le saltó de viruelas; y aunque los hoyos del
rostro son muchos y grandes, dizen los que la
quieren bien que aquellos no son hoyos, sino
sepulturas donde se sepultan las almas de sus
amantes. Es tan limpia, que por no ensuziar la
cara, trae las narizes, como dizen, arremangadas,
que no parece sino que van huyendo de
la boca, y con todo esto parece bien por estremo,
porque tiene la boca grande, y a no faltarle
diez o doze dientes y muelas, pudiera passar
y echar raya entre las mas bien formadas. De
los labios no tengo que dezir, porque son tan
sutiles y delicados, que si se vsaran aspar
labios, pudieran hazer dellos vna madexa; pero
como tienen diferente color de la que en los
labios se vsa comunmente, parecen milagrosos,
porque son jaspeados de azul y verde, y
auerengenado; y perdoneme el señor gouernador,
si por tan menudo voy pintando las partes de
la que al fin al fin ha de ser mi hija; que la
quiero bien, y no me parece mal.”
  “Pintad lo que quisieredes”, dixo Sancho;
“que yo me voy recreando en la pintura, y si
huuiera comido, no huuiera mejor postre para
mi que vuestro retrato.”
  “Esso tengo yo por seruir”, respondio el
labrador; “pero tiempo vendra en que seamos,
si aora no somos. Y digo, señor, que si pudiera
pintar su gentileza y la altura de su cuerpo,
fuera cosa de admiracion; pero no puede ser a
causa de que ella está agouiada y encogida, y
tiene las rodillas con la boca, y con todo esso,
se echa bien de ver que si se pudiera leuantar
diera con la cabeça en el techo, y ya ella
huuiera dado la mano de esposa a mi bachiller,
sino que no la puede estender, que está
añudada; y con todo, en las vñas largas y
acanaladas se muestra su bondad y buena
hechura.”
  “Está bien”, dixo Sancho, “y hazed cuenta,
hermano, que ya la aueis pintado de los pies
a la cabeça. ¿Qué es lo que quereis aora? Y
venid al punto sin rodeos ni callejuelas, ni
retazos ni añadiduras.”
  “Querria, señor”, respondio el labrador,
“que vuessa merced me hiziesse merced de
darme vna carta de fauor para mi consuegro,
suplicandole sea seruido de que este
casamiento se haga, pues no somos desiguales en
los bienes de fortuna, ni en los de la
naturaleza; porque, para dezir la verdad, señor
gouernador, mi hijo es endemoniado, y no ay dia
que tres o quatro vezes no le atormenten los
malignos espiritus; y de auer caydo vna vez
en el fuego tiene el rostro arrugado como
pergamino, y los ojos algo llorosos y manantiales;
pero tiene vna condicion de vn angel, y
si no es que se aporrea y se da de puñadas el
mesmo a si mesmo, fuera vn bendito.”
  “¿Quereis otra cosa, buen hombre?”, replicó
Sancho.
  “Otra cosa querria”, dixo el labrador, “sino
que no me atreuo a dezirlo; pero, vaya, que,
en fin, no se me ha de podrir en el pecho,
pegue o no pegue. Digo, señor, que querria
que vuessa merced me diesse trecientos o
seyscientos ducados para ayuda [a] la dote
de mi bachiller, digo, para ayuda de poner
su casa, porque, en fin, han de viuir por si,
sin estar sugetos a las impertinencias de los
suegros.”
  “Mirad si quereys otra cosa”, dixo Sancho,
“y no la dexeis de dezir por empacho ni por
verguença.”
  “No por cierto”, respondio el labrador.
  Y apenas dixo esto, quando, leuantandose
en pie el gouernador, assio de la silla en que
estaua sentado, y dixo:
  “¡Voto a tal, don patan rustico y mal mirado,
que si no os apartays y ascondeis luego de mi
presencia, que con esta silla os rompa y abra
la cabeça! Hideputa, vellaco, pintor del mesmo
demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme
seyscientos ducados? Y ¿dónde los tengo yo,
hediondo? Y ¿por qué te los auia de dar, aunque
los tuuiera, socarron y mentecato? Y ¿qué
se me da a mi de Miguel Turra, ni de todo el
linage de los Perlerines? ¡Va de mi, digo; si no,
por vida del duque mi señor que haga lo que
tengo dicho! ¡Tu no deues de ser de Miguel
Turra, sino algun socarron que para tentarme
te ha embiado aqui el infierno! Dime,
desalmado, aun no ha dia y medio que tengo el
gouierno, y ¿ya quieres que tenga seyscientos
ducados?”
  Hizo de señas el maestresala al labrador
que se saliesse de la sala, el qual lo hizo
cabizbaxo, y, al parecer, temeroso de que
el gouernador no executasse su colera; que
el vellacon supo hazer muy bien su oficio.
Pero dexemos con su colera a Sancho, y
andese la paz en el corro, y boluamos a don
Quixote, que le dexamos vendado el rostro
y curado de las gatescas heridas, de las
quales no sanó en ocho dias; en vno de los
quales le sucedio lo que Cide Hamete promete
de contar con la puntualid[ad] y verdad que
suele contar las cosas desta historia, por
minimas que sean.

               Capitulo XLVIII

De lo que le sucedio a don Quixote con doña
  Rodriguez, la dueña de la duquessa, con
  otros acontecimientos dignos de escritura y
  de memoria eterna.

  A demas estaua mohino y malencolico el
malferido don Quixote, vendado el rostro y
señalado, no por la mano de Dios, sino por las
vñas de vn gato, desdichas anejas a la andante
caualleria. Seys dias estuuo sin salir en
publico, en vna noche de los quales, estando
despierto y desuelado, pensando en sus desgracias
y en el perseguimiento de Altisidora, sintio
que con vna llaue abrian la puerta de su
aposento, y luego imaginó que la enamorada
donzella venia para sobresaltar su honesti[d]ad y
ponerle en condicion de faltar a la fee que
guardar deuia a su señora Dulcinea del Toboso.
  “No”, dixo, creyendo a su imaginacion, y
esto, con voz que pudiera ser oyda, “no ha
de ser parte la mayor hermosura de la tierra
para que yo dexe de adorar la que tengo grauada
y estampada en la mitad de mi coraçon, y
en lo mas escondido de mis entrañas, ora estes,
señora mia, transformada en cebolluda labradora,
ora en ninfa del dorado Tajo, texiendo
telas de oro y sirgo compuestas, ora te tenga
Merlin o Montesinos donde ellos quisieren; que
adondequiera eres mia y adoquiera he sido yo,
y he de ser, tuyo.”
  El acabar estas razones y el abrir de la
puerta fue todo vno. Pusose en pie sobre la
cama, embuelto de arriba abaxo en vna colcha
de raso amarillo, vna galocha en la cabeça, y
el rostro y los vigotes vendados; el rostro, por
los aruños, los vigotes, porque no se le
desmayassen y cayessen, en el qual trage parecia
la mas extraordinaria fantasma que se pudiera
pensar. Clauó los ojos en la puerta, y quando
esperaua ver entrar por ella a la rendida y
lastimada Altisidora, vio entrar a vna reuerendissima
dueña con vnas tocas blancas repulgadas
y luengas, tanto, que la cubrian y enmantauan
desde los pies a la cabeça. Entre los dedos de
la mano yzquierda traia vna media vela
encendida, y con la derecha se hazia sombra,
porque no le diesse la luz en los ojos, a quien
cubrian vnos muy grandes antojos; venia
pisando quedito, y mouia los pies blandamente.
Mirola don Quixote desde su atalaya, y quando
vio su adeliño y notó su silencio, penso que
alguna bruja o maga venia en aquel trage a
hazer en el alguna mala fechuria, y començó
a santiguarse con mucha priesa. Fuesse llegando
la vision, y quando llegó a la mitad del
aposento, alçó los ojos y vio la priessa con que
se estaua haziendo cruces don Quixote, y si el
quedó medroso en ver tal figura, ella quedó
espantada en ver la suya, porque assi como le
vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con
las vendas que le desfigurauan, dio vna gran
voz diziendo:
  “Iesus, ¿qué es lo que veo?”
  Y con el sobresalto se le cayo la vela de las
manos, y, viendose a escuras, boluio las
espaldas para yrse, y con el miedo tropeço en
sus faldas y dio consigo vna gran cayda.
  Don Quixote, temeroso, començo a dezir:
  “Conjurote, fantasma, o lo que eres, que me
digas quién eres, y que me digas qué es lo que
de mi quieres. Si eres alma en pena, dimelo;
que yo hare por ti todo quanto mis fuerças
alcançaren, porque soy catolico christiano, y
amigo de hazer bien a todo el mundo; que
para esto tomé la orden de la caualleria
andante que professo, cuyo exercicio aun hasta
hazer bien a las animas de purgatorio se
estiende.”
  La brumada dueña, que oyo conjurarse, por
su temor coligio el de don Quixote, y con voz
afligida y baxa le respondio:
  “Señor don Quixote, si es que acaso vuessa
merced es don Quixote, yo no soy fantasma,
ni vision, ni alma de purgatorio, como vuessa
merced deue de auer pensado, sino doña
Rodriguez, la dueña de honor de mi señora la
duquessa, que con vna necessidad, de aquellas
que vuessa merced suele remediar, a vuessa
merced vengo.”
  “Digame, señora doña Rodriguez”, dixo don
Quixote; “¿por ventura viene vuessa merced
a hazer alguna terceria? Porque le hago
saber que no soy de prouecho para nadie,
merced a la sin par belleza de mi señora
Dulcinea del Toboso. Digo, en fin, señora doña
Rodriguez, que como vuessa merced salue y
dexe a vna parte todo recado amoroso, puede
boluer a encender su vela, y buelua, y
departiremos de todo lo que mas mandare y mas en
gusto le viniere, saluando, como digo, todo
incitatiuo melindre.”
  “¿Yo recado de nadie, señor mio?”, respondio
la dueña. “Mal me conoce vuessa merced;
si, que aun no estoy en edad tan prolongada,
que me acoja a semejantes niñerias, pues, Dios
loado, mi alma me tengo en las carnes, y
todos mis dientes y muelas en la boca, amen de
vnos pocos que me han vsurpado vnos catarros,
que en esta tierra de Aragon son tan
ordinarios; pero espereme vuessa merced vn
poco; saldre a encender mi vela, y boluere en
vn instante a contar mis cuytas, como a
remediador de todas las del mundo.”
  Y, sin esperar respuesta, se salio del
aposento, donde quedó don Quixote sossegado y
pensatiuo esperandola; pero luego le
sobreuinieron mil pensamientos acerca de aquella
nueua auentura, y pareciale ser mal hecho y
peor pensado ponerse en peligro de romper
a su señora la fee prometida, y deziase a si
mismo:
  “¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y
mañoso, querra engañarme agora con vna dueña,
lo que no ha podido con emperatrizes, reynas,
duquessas, marquessas ni condessas? Que yo
he oydo dezir muchas vezes y a muchos discretos
que, si el puede, antes os la dara roma que
aguileña; y ¿quién sabe, si esta soledad,
esta ocasion y este silencio despertará mis
desseos que duermen, y haran que al cabo de mis
años venga a caer donde nunca he tropeçado?
Y en casos semejantes, mejor es huyr que
esperar la batalla. Pero yo no deuo de estar en
mi juyzio, pues tales disparates digo y pienso;
que no es possible que vna dueña toquiblanca,
larga y antojuna pueda mouer ni leuantar
pensamiento lasciuo en el mas desalmado pecho
del mundo. ¿Por ventura ay dueña en la tierra
que tenga buenas carnes? ¿Por ventura ay
dueña en el orbe que dexe de ser impertinente,
frunzida y melindrosa? ¡Afuera, pues, caterba
dueñesca, inutil para ningun humano regalo!
¡O, quán bien hazia aquella señora de quien
se dize que tenia dos dueñas de bulto con sus
antojos y almohadillas al cabo de su estrado,
como que estauan labrando, y tanto le seruian
para la autoridad de la sala aquellas estatuas,
como las dueñas verdaderas!”
  Y, diziendo esto, se arrojó del lecho con
intencion de cerrar la puerta y no dexar entrar
a la señora Rodriguez; mas quando la llegó a
cerrar, ya la señora Rodriguez boluia, encendida
vna vela de cera blanca, y quando ella vio
a don Quixote de mas cerca, embuelto en la
colcha, con las vendas, galocha o becoquin,
temio de nueuo, y, retirandose atras como dos
pasos, dixo:
  “¿Estamos seguras, señor cauallero? Porque
no tengo a muy honesta señal auerse vuessa
merced leuantado de su lecho.”
  “Esso mesmo es bien que yo pregunte,
señora”, respondio don Quixote, “y, assi,
pregunto si estare yo seguro de ser acometido y
forçado.”
  “¿De quién o a quién pedis, señor cauallero,
essa seguridad?”, respondio la dueña.
  “A vos, y de vos la pido”, replicó don
Quixote; “porque ni yo soy de marmol, ni vos de
bronze, ni aora son las diez del dia, sino media
noche, y aun vn poco mas, segun imagino, y
en vna estancia mas cerrada y secreta que lo
deuio de ser la cueua donde el traydor y
atreuido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido.
Pero dadme, señora, la mano; que yo no quiero
otra seguridad mayor que la de mi continencia
y recato, y la que ofrecen essas
reuerendissimas tocas.”
  Y, diziendo esto, besó su derecha mano y le
assio de la suya, que ella le dio con las
mesmas ceremonias.
  Aqui haze Cide Hamete vn parentesis, y dize
que por Mahoma que diera por ver yr a los
dos assi assidos y trauados desde la puerta al
lecho la mejor almalafa de dos que tenia.
  Entrose, en fin, don Quixote en su lecho, y
quedose doña Rodriguez sentada en vna silla,
algo desuiada de la cama, no quitandose los
antojos ni la vela. Don Quixote se acorrucó y
se cubrio todo, no dexando mas de el rostro
descubierto y, auiendose los dos sossegado, el
primero que rompio el silencio fue don Quixote,
diziendo:
  “Puede vuessa merced aora, mi señora doña
Rodriguez, descoserse y desbuchar todo aquello
que tiene dentro de su cuytado coraçon y
lastimadas entrañas; que sera de mi escuchada
con castos oydos y socorrida con piadosas
obras.”
  “Assi lo creo yo”, respondio la dueña; “que
de la gentil y agradable presencia de vuessa
merced no se podia esperar sino tan christiana
respuesta. Es, pues, el caso, señor don Quixote,
que aunque vuessa merced me vee sentada en
esta silla y en la mitad del reyno de Aragon, y
en habito de dueña aniquilada y assendereada,
soy natural de las Asturias de Ouiedo y de
linage, que atrauiessan por el muchos de los
mejores de aquella prouincia. Pero mi corta
suerte y el descuydo de mis padres, que
empobrecieron antes de tiempo sin saber cómo ni
cómo no, me truxeron a la corte, a Madrid,
donde, por bien de paz, y por escusar mayores
desuenturas, mis padres me acomodaron a seruir
de donzella de labor a vna principal señora;
y quiero hazer sabidor a vuessa merced que en
hazer vaynillas y labor blanca, ninguna me ha
echado el pie adelante en toda la vida. Mis
padres me dexaron siruiendo y se boluieron a
su tierra, y de alli a pocos años se deuieron de
yr al cielo, porque eran a demas buenos y
catolicos christianos; quedé huerfana y atenida
al miserable salario y a las angustiadas
merce[de]s que a las tales criadas se suele dar en
palacio; y, en este tiempo, sin que diesse yo
ocasion a ello, se enamoró de mi vn escudero
de casa, hombre ya en dias, barbudo y
apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey,
porque era montañes. No tratamos tan
secretamente nuestros amores, que no viniessen
a noticia de mi señora, la qual, por escusar
dimes y diretes, nos casó en paz y en haz de la
santa madre Iglesia catolica romana, de cuyo
matrimonio nacio vna hija para rematar con
mi ventura, si alguna tenia, no porque yo
muriesse del parto, que le tuue derecho y en
sazon, sino porque desde alli a poco murio mi
esposo de vn cierto espanto que tuuo, que a
tener aora lugar para contarle, yo se que vuessa
merced se admirara.”
  Y, en esto, començo a llorar tiernamente,
y dixo:
  “Perdoneme vuessa merced, señor don Quixote;
que no va mas en mi mano, porque todas
las vezes que me acuerdo de mi mal logrado
se me arrasan los ojos de lagrimas. ¡Valame
Dios, y con qué autoridad lleuaua a mi señora
a las ancas de vna poderosa mula, negra como
el mismo azauache!; que entonces no se vsauan
coches ni sillas, como agora dizen que se vsan,
y las señoras yuan a las ancas de sus escuderos.
Esto, a lo menos, no puedo dexar de contarlo,
porque se note la criança y puntualidad
de mi buen marido. Al entrar de la calle de
Santiago, en Madrid, que es algo estrecha,
venia a salir por ella vn alcalde de Corte, con
dos alguaziles delante, y, assi como mi buen
escudero le vio, boluio las riendas a la mula,
dando señal de boluer a acompañarle. Mi
señora, que yua a las ancas, con voz baxa le
dezia: «¿Qué hazeys, desuenturado, no veys
»que voy aqui?» El alcalde, de comedido,
detuuo la rienda al cauallo, y dixole: «Seguid,
»señor, vuestro camino; que yo soy el que
»deuo acompañar a mi señora doña Casilda»,
que assi era el nombre de mi ama. Todauia
porfiaua mi marido con la gorra en la mano,
a querer yr acompañando al alcalde; viendo
lo qual mi señora, llena de colera y enojo, sacó
vn alfiler gordo, o creo que vn punzon del
estuche, y clauosele por los lomos, de manera,
que mi marido dio vna gran voz, y torcio el
cuerpo de suerte, que dio con su señora en
el suelo.
  ”Acudieron dos lacayos suyos a leuantarla,
y lo mismo hizo el alcalde y los alguaziles;
alborotose la puerta de Guadalajara, digo, la
gente valdia que en ella estaua. Vinose a pie
mi ama, y mi marido acudio en casa de vn
barbero, diziendo que lleuaua passadas de
parte a parte las entrañas. Diuulgose la cortesia
de mi esposo, tanto, que los muchachos le corrian
por las calles, y por esto, y porque el era
algun tanto corto de vista, mi señora (la
duquessa) le despidio, de cuyo pesar, sin duda
alguna, tengo para mi que se le causó el mal
de la muerte; quedé yo viuda y desamparada y
con hija acuestas, que yua creciendo en
hermosura como la espuma de la mar. Finalmente,
como yo tuuiesse fama de gran labrandera, mi
señora la duquessa, que estaua rezien casada
con el duque mi señor, quiso traerme consigo
a este reyno de Aragon, y a mi hija ni mas ni
menos, adonde, yendo dias y viniendo dias,
crecio mi hija, y con ella todo el donayre del
mundo; canta como vna calandria, dança como
el pensamiento, bayla como vna perdida, lee y
escriue como vn maestro de escuela, y cuenta
como vn auariento. De su limpieza no digo
nada; que el agua que corre no es mas limpia,
y deue de tener agora, si mal no me acuerdo,
diez y seys años, cinco meses y tres dias, vno
mas a menos.
  ”En resolucion, desta mi muchacha se
enamoró vn hijo de vn labrador riquissimo que
está en vna aldea del duque mi señor, no muy
lexos de aqui; en efecto, no se cómo ni cómo
no, ellos se juntaron, y debaxo de la palabra
de ser su esposo burló a mi hija y no se la
quiere cumplir, y aunque el duque mi señor lo
sabe, porque yo me he quexado a el, no vna,
sino muchas vezes, y pedidole mande que el
tal labrador se case con mi hija, haze orejas de
mercader, y apenas quiere oyrme, y es la causa
que como el padre del burlador es tan rico, y
le presta dineros y le sale por fiador de sus
trampas por momentos, no le quiere
descontentar, ni dar pesadumbre en ningun modo.
Querria, pues, señor mio, que vuessa merced
tomasse a cargo el deshazer este agrauio, o ya
por ruegos, o ya por armas, pues segun todo
el mundo dize, vuessa merced nacio en el para
deshazerlos y para endereçar los tuertos y
amparar los miserables; y pongasele a vuessa
merced por delante la horfandad de mi hija, su
gentileza, su mocedad con todas las buenas
partes que he dicho que tiene; que en Dios y
en mi conciencia que de quantas donzellas
tiene mi señora, que no ay ninguna que llegue
a la suela de su çapato, y que vna que llaman
Altisidora, que es la que tienen por mas
desembuelta y gallarda, puesta en comparacion de mi
hija no la llega con dos leguas. Porque quiero
que sepa vuessa merced, señor mio, que no es
todo oro lo que reluze, porque esta Altisidorilla
tiene mas de presuncion que de hermosura, y
mas de desembuelta que de recogida, ademas
que no está muy sana; que tiene vn cierto
aliento cansado, que no ay sufrir el estar junto
a ella vn momento, y aun mi señora la
duquessa... quiero callar, que se suele dezir que
las paredes tienen oydos.”
  “¿Qué tiene mi señora la duquessa, por vida
mia, señora doña Rodriguez?”, preguntó don
Quixote.
  “Con esse conjuro”, respondio la dueña, “no
puedo dexar de responder a lo que se me
pregunta, con toda verdad. ¿Vee vuessa merced,
señor don Quixote, la hermosura de mi señora
la duquessa, aquella tez de rostro que no
parece sino de vna espada acicalada y tersa,
aquellas dos mexillas de leche y de carmin, que
en la vna tiene el sol y en la otra la luna,
y aquella gallardia con que va pisando y aun
despreciando el suelo, que no parece sino
que va derramando salud donde passa? Pues
sepa vuessa merced que lo puede agradecer
primero a Dios, y luego a dos fuentes que
tiene en las dos piernas, por donde se desagua
todo el mal humor de quien dizen los medicos
que está llena.”
  “¡Santa Maria!”, dixo don Quixote; “y ¿es
possible que mi señora la duquessa tenga tales
desaguaderos? No lo creyera si me lo dixeran
frayles descalços; pero pues la señora doña
Rodriguez lo dize, deue de ser assi. Pero tales
fuentes y en tales lugares no deuen de manar
humor, sino ambar liquido. Verdaderamente
que aora acabo de creer que esto de hazerse
fuentes deue de ser cosa importante para
salud.”
  Apenas acabó don Quixote de dezir esta
razon, quando con vn gran golpe abrieron las
puertas del aposento, y del sobresalto del
golpe se le cayó a doña Rodriguez la vela de la
mano y quedó la estancia como boca de lobo,
como suele dezirse. Luego sintio la pobre dueña
que la assian de la garganta con dos manos
tan fuertemente, que no la dexauan gañir,
y que otra persona con mucha presteza sin
hablar palabra le alçaua las faldas, y con vna
al parecer chinela le començo a dar tantos
açotes, que era vna compassion; y aunque don
Quixote se la tenia, no se meneaua del lecho,
y no sabia qué podia ser aquello, y estauase
quedo y callando, y aun temiendo no viniesse
por el la tanda y tunda açotesca. Y no fue vano
su temor, porque, en dexando molida a la
dueña los callados verdugos --la qual no osaua
quexarse--, acudieron a don Quixote, y,
desemboluiendole de la sabana y de la colcha, le
pellizcaron tan amenudo y tan reziamente, que
no pudo dexar de defenderse a puñadas, y todo
esto en silencio admirable.
  Duró la batalla casi media hora, salieronse
las fantasmas, recogio doña Rodriguez sus
faldas, y, gimiendo su desgracia, se salio por la
puerta afuera, sin dezir palabra a don Quixote,
el qual doloroso y pellizcado, confuso y
pensatiuo, se quedó solo, donde le dexaremos
desseoso de saber quién auia sido el peruerso
encantador que tal le auia puesto. Pero ello se
dira a su tiempo; que Sancho Pança nos llama,
y el buen concierto de la historia lo pide.

                Capitulo XLIX

De lo que le sucedio a Sancho Pança rondando
                  su insula.

  Dexamos al gran gouernador enojado y
mohino con el labrador pintor y socarron, el
qual industriado del mayordomo, y el mayordomo
del duque, se burlauan de Sancho; pero
el se las tenia tiesas a todos, maguera tonto,
bronco y rollizo, y dixo a los que con el
estauan, y al doctor Pedro Rezio, que como se
acabó el secreto de la carta del duque auia
buelto a entrar en la sala:
  “Aora verdaderamente que entiendo que los
juezes y gouernadores deuen de ser, o han de
ser, de bronze para no sentir las importunidades
de los negociantes, que a todas horas y a
todos tiempos quieren que los escuchen y
despachen, atendiendo solo a su negocio, venga
lo que viniere. Y si el pobre del juez no los
escucha y despacha, o porque no puede, o porque
no es aquel el tiempo diputado para darles
audiencia, luego les maldizen y murmuran,
y les roen los huesos y aun les deslindan los
linages. Negociante necio, negociante mentecato,
no te apresures, espera sazon y coyuntura
para negociar, no vengas a la hora del
comer, ni a la del dormir; que los juezes son
de carne y de hueso, y han de dar a la
naturaleza lo que naturalmente les pide, si no es
yo, que no le doy de comer a la mia, merced
al señor doctor Pedro Rezio Tirteafuera, que
está delante, que quiere que muera de hambre,
y afirma que esta muerte es vida, que assi se
la de Dios a el y a todos los de su ralea, digo,
a la de los malos medicos; que la de los buenos
palmas y lauros merecen.”
  Todos los que conocian a Sancho Pança se
admirauan, oyendole hablar tan elegantemente,
y no sabian a qué atribuirlo sino a que los
oficios y cargos graues, o adouan, o entorpecen
los entendimentos. Finalmente, el doctor
Pedro Rezio Aguero de Tirteafuera prometio de
darle de cenar aquella noche, aunque excediesse
de todos los aforismos de Hipocrates.
Con esto quedó contento el gouernador, y
esperaua con grande ansia llegasse la noche y la
hora de cenar, y aunque el tiempo, al parecer
suyo, se estaua quedo sin mouerse de vn lugar,
todauia se llegó por el [el] tanto desseado,
donde le dieron de cenar vn salpicon de vaca con
cebolla, y vnas manos cozidas de ternera, algo
entrada en dias. Entregose en todo con mas
gusto que si le huuieran dado francolines de
Milan, faysanes de Roma, ternera de Sorrento,
perdizes de Moron, o gansos de Lauajos, y
entre la cena, boluiendose al doctor, le dixo:
  “Mirad, señor doctor, de aqui adelante no
os cureys de darme a comer cosas regaladas
ni manjares esquisitos, porque sera sacar a mi
estomago de sus quizios, el qual está acostumbrado
a cabra, a vaca, a tozino, a cezina, a
nabos y a cebollas, y si acaso le dan otros
manjares de palacio los recibe con melindre,
y algunas vezes con asco. Lo que el maestresala
puede hazer es traerme estas que llaman
ollas podridas, que mientras mas podridas son,
mejor huelen, y en ellas puede embaular y
encerrar todo lo que el quisiere, como sea de
comer, que yo se lo agradecere y se lo pagaré
algun dia; y no se burle nadie conmigo, porque
o somos, o no somos: viuamos todos y comamos
en buena paz compaña, pues quando
Dios amanece, para todos amanece. Yo
gouernaré esta insula sin perdonar derecho ni
lleuar cohecho, y todo el mundo trayga el ojo
alerta y mire por el virote, porque les hago
saber que el diablo está en Cantillana, y que
si me dan ocasion, han de ver marauillas. ¡No
sino hazeos miel, y comeros han moscas!”
  “Por cierto, señor gouernador”, dixo el
maestresala, “que vuessa merced tiene mucha razon
en quanto ha dicho, y que yo ofrezco, en
nombre de todos los insulanos desta insula, que
han de seruir a vuessa merced con toda
puntualidad, amor y beneuolencia, porque el
suaue modo de gouernar, que en estos principios
vuessa merced ha dado, no les da lugar
de hazer ni de pensar cosa que en deseruicio
de vuessa merced redunde.”
  “Yo lo creo”, respondio Sancho, “y serian
ellos vnos necios si otra cosa hiziessen o
pensasen; y bueluo a dezir que se tenga cuenta
con mi sustento y con el de mi ruzio, que es
lo que en este negocio importa y haze mas al
caso, y, en siendo hora, vamos a rondar; que
es mi intencion limpiar esta insula de todo
genero de inmundicia, y de gente vagabunda,
holgazana y mal entretenida; porque quiero
que sepais, amigos, que la gente valdia y
perezosa es en la republica lo mesmo que los
zanganos en las colmenas, que se comen la
miel que las trabajadoras abejas hazen. Pienso
fauorecer a los labradores, guardar sus
preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos,
y, sobre todo, tener respeto a la religion y a la
honra de los religiosos. ¿Qué os parece desto,
amigos?; ¿digo algo, o quiebrome la cabeça?”
  “Dize tanto vuessa merced, señor gouernador”,
dixo el mayordomo, “que estoy admirado
de ver que vn hombre tan sin letras como
vuessa merced, que a lo que creo no tiene
ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de
sentencias y de auisos, tan fuera de todo
aquello que del ingenio de vuessa merced
esperauan los que nos embiaron y los que aqui
venimos. Cada dia se veen cosas nueuas en el
mundo, las burlas se bueluen en veras, y los
burladores se hallan burlados.”
  Llegó la noche y cenó el gouernador con
licencia del señor doctor Rezio. Adereçaronse
de ronda, salio con el mayordomo, secretario
y maestresala, y el coronista que tenia
cuydado de poner en memoria sus hechos, y
alguaziles y escriuanos: tantos, que podian
formar vn mediano escuadron. Yua Sancho en
medio, con su vara, que no auia mas que ver,
y pocas calles andadas del lugar, sintieron
ruydo de cuchilladas; acudieron alla y hallaron
que eran dos solos hombres los que reñian,
los quales, viendo venir a la justicia, se
estuuieron quedos, y el vno dellos dixo:
  “Aqui de Dios y del rey. ¿Cómo y que se
ha de sufrir que roben en poblado en este
pueblo, y que salga a saltear en el en la
mitad de las calles?”
  “Sossegaos, hombre de bien”, dixo Sancho,
“y contadme qué es la causa desta pendencia;
que yo soy el gouernador.”
  El otro contrario dixo:
  “Señor gouernador, yo la dire con toda
breuedad. Vuessa merced sabra que este
gentilhombre acaba de ganar aora en esta casa de
juego que está aqui frontero mas de mil reales,
y sabe Dios cómo, y, hallandome yo presente,
juzgué mas de vna suerte dudosa en su fauor,
contra todo aquello que me dictaua la conciencia;
alçose con la ganancia, y quando esperaua
que me auia de dar algun escudo, por lo
menos, de barato, como es vso y costumbre
darle a los hombres principales como yo, que
estamos assistentes para bien y mal passar,
y para apoyar sinrazones y euitar pendencias,
el embolsó su dinero y se salio de la casa; yo
vine despechado tras el, y con buenas y
cortesses palabras le he pedido que me diesse
siquiera ocho reales, pues sabe que yo soy
hombre honrado y que no tengo oficio ni
beneficio, porque mis padres no me le enseñaron,
ni me le dexaron; y el socarron, que no es
mas ladron Caco, ni mas fullero
Andradilla, no queria darme mas de quatro
r[e]ales, porque vea vuessa merced, señor
gouernador, ¡qué poca verguença y qué poca
conciencia! Pero a fee que si vuessa merced
no llegara, que yo le hiziera vomitar la
ganancia, y que auia de saber con quántas entraua
la romana.”
  “¿Qué dezis vos a esto?”, preguntó Sancho.
  Y el otro respondio que era verdad quanto
su contrario dezia, y no auia querido darle
mas de quatro reales, porque se los daua
muchas vezes; y los que esperan barato han de
ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que
les dieren, sin ponerse en cuentas con los
gananciosos, si ya no supiessen de cierto que
son fulleros y que lo que ganan es mal
ganado; y que para señal que el era hombre de
bien, y no ladron, como dezia, ninguna auia
mayor que el no auerle querido dar nada; que
siempre los fulleros son tributarios de los
mirones, que los conocen.
  “Assi es”, dixo el mayordomo; “vea vuessa
merced, señor gouernador, qué es lo que se ha
de hazer destos hombres.”
  “Lo que se ha de hazer es esto”, respondio
Sancho: “vos, ganancioso, bueno o malo, o
indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador
cien reales, y mas aueis de desembolsar
treynta para los pobres de la carcel; y vos, que
no teneis oficio ni beneficio, y andais de nones
en esta insula, tomad luego essos cien reales,
y mañana en todo el dia salid desta insula
desterrado por diez años, so pena, si lo
quebrantaredes, los cumplais en la otra vida,
colgandoos yo de vna picota, o, a lo menos, el
verdugo por mi mandado. Y ninguno me
replique, que le assentaré la mano.”
  Desembolsó el vno, recibio el otro, este se
salio de la insula, y aquel se fue a su casa,
y el gouernador quedó diziendo:
  “Aora, yo podre poco, o quitaré estas casas
de juego; que a mi se me trasluze que son
muy perjudiciales.”
  “Esta, a lo menos”, dixo vn escriuano, “no la
podra vuessa merced quitar, porque la tiene
vn gran personage, y mas es, sin comparacion,
lo que el pierde al año que lo que saca de los
naypes. Contra otros garitos de menor cantia
podra vuessa merced mostrar su poder, que
son los que mas daño hazen y mas insolencias
encubren; que en las casas de los caualleros
principales y de los señores no se atreuen los
famosos fulleros a vsar de sus tretas, y pues
el vicio del juego se ha buelto en exercicio
comun, mejor es que se juegue en casas
principales que no en la de algun oficial, donde
cogen a vn desdichado de media noche abaxo
y le desuellan viuo.”
  “Agora, escriuano”, dixo Sancho, “yo se que
ay mucho que dezir en esso.”
  Y, en esto, llego vn corchete que traia assido
a vn moço, y dixo:
  “Señor gouernador, este mancebo venia hazia
nosotros, y assi como columbró la justicia,
boluio las espaldas y començo a correr como
vn gamo, señal que deue de ser algun delinquente.
Yo parti tras el, y si no fuera porque
tropeço, y cayo, no le alcançara jamas.”
  “¿Porqué huias, hombre?”, preguntó Sancho.
  A lo que el moço respondio:
  “Señor, por escusar de responder a las
muchas preguntas que las justicias hazen.”
  “¿Que oficio tienes?”
  “Texedor.”
  “¿Y qué texes?”
  “Hierros de lanças, con licencia buena de
vuessa merced.”
  “¿Graciosico me soys? ¿De chocarrero os
picais? Está bien. Y ¿adónde yuades aora?”
  “Señor, a tomar el ayre.”
  “Y ¿adónde se toma el ayre en esta insula?”
  “Adonde sopla.”
  “Bueno: respondeis muy a proposito, discreto
soys, mancebo; pero hazed cuenta que yo
soy el ayre, y que os soplo en popa, y os encamino
a la carcel. Assilde, ola, y lleuadle; que
yo hare que duerma alli sin ayre esta noche.”
  “¡Par Dios”, dixo el moço, “assi me haga
vuessa merced dormir en la carcel como
hazerme rey!”
  “Pues ¿por qué no te hare yo dormir en la
carcel?”, respondio Sancho. “¿No tengo yo
poder para prenderte y soltarte cada y quando
que quisiere?”
  “Por mas poder que vuessa merced tenga”,
dixo el moço, “no sera bastante para hazerme
dormir en la carcel.”
  “¿Cómo que no?”, replicó Sancho; “lleualde
luego donde vera por sus ojos el desengaño,
aunque mas el alcayde quiera vsar con el de su
interesal liberalidad; que yo le pondre pena
de dos mil ducados si te dexa salir vn paso de
la carcel.”
  “Todo esso es cosa de risa”, respondio el
moço; “el caso es que no me haran dormir en
la carcel quantos oy viuen.”
  “Dime, demonio”, dixo Sancho, “¿tienes
algun angel que te saque y que te quite los
grillos que te pienso mandar echar?”
  “Aora, señor gouernador”, respondio el
moço con muy buen donayre, “estemos a razon
y vengamos al punto. Prosuponga vuessa
merced que me manda lleuar a la carcel y que
en ella me echan grillos y cadenas, y que me
meten en vn calaboço, y se le ponen al alcayde
graues penas si me dexa salir, y que el lo
cumple como se le manda; con todo esto, si yo no
quiero dormir, y estarme despierto toda la
noche sin pegar pestaña, ¿será vuessa merced
bastante con todo su poder para hazerme
dormir, si yo no quiero?”
  “No por cierto”, dixo el secretario, “y el
hombre ha salido con su intencion.”
  “De modo”, dixo Sancho, “que no dexareis
de dormir por otra cosa que por vuestra
voluntad, y no por contrauenir a la mia.”
  “No, señor”, dixo el moço, “ni por pienso.”
  “Pues, andad con Dios”, dixo Sancho, “ydos
a dormir a vuestra casa, y Dios os de buen
sueño; que yo no quiero quitarosle; pero
aconsejoos que de aqui adelante no os burleis con
la justicia, porque topareis con alguna que os
de con la burla en los cascos.”
  Fuesse el moço, y el gouernador prosiguio
con su ronda. Y de alli a poco vinieron dos
corchetes que traian a vn hombre assido, y
dixeron:
  “Señor gouernador, este que parece hombre
no lo es, sino muger, y no fea, que viene
vestida en habito de hombre.”
  Llegaronle a los ojos dos o tres lanternas, a
cuyas luzes descubrieron vn rostro de vna muger,
al parecer, de 16 o pocos mas años; recogidos
los cabellos con vna redezilla de oro y
seda verde, hermosa como mil perlas.
Miraronla de arriba abaxo, y vieron que venia
con vnas medias de seda encarnada, con ligas
de tafetan blanco, y rapacejos de oro y aljofar;
los greguescos eran verdes, de tela de oro, y
vna saltaembarca o rropilla de lo mesmo,
suelta, debaxo de la qual traia vn jubon de
tela finissima de oro y blanco, y los çapatos
eran blancos y de hombre. No traia espada
ceñida, sino vna riquissima daga, y en los dedos
muchos y muy buenos anillos. Finalmente, la
moça parecia bien a todos, y ninguno la conocio
de quantos la vieron, y los naturales del
lugar dixeron que no podian pensar quién
fuesse, y los consabidores de las burlas que se
auian de hazer a Sancho fueron los que mas
se admiraron, porque aquel sucesso y hallazgo
no venia ordenado por ellos, y, assi, estauan
dudosos, esperando en qué pararia el caso.
  Sancho quedó pasmado de la hermosura de
la moça y preguntole quién era, adónde yua, y
qué ocasion le auia mouido para vestirse en
aquel habito. Ella, puestos los ojos en tierra,
con honestissima verguença, respondio:
  “No puedo, señor, dezir tan en publico lo
que tanto me importaua fuera secreto; vna cosa
quiero que se entienda: que no soy ladron ni
persona facinorosa, sino vna donzella desdichada
a quien la fuerça de vnos zelos a hecho
romper el decoro que a la honestidad se deue.”
  Oyendo esto el mayordomo, dixo a Sancho:
  “Haga, señor gouernador, apartar la gente,
porque esta señora con menos empacho pueda
dezir lo que quisiere.”
  Mandolo assi el gouer[n]ador, apartaronse
todos, si no fueron el mayordomo, maestresala
y el secretario. Viendose, pues, solos, la
donzella prosiguio diziendo:
  “Yo, señores, soy hija de Pedro Perez
Mazorca, arrendador de las lanas deste lugar, el
qual suele muchas vezes yr en casa de mi
padre.”
  “Esso no lleua camino”, dixo el mayordomo,
“señora, porque yo conozco muy bien a Pedro
Perez, y se que no tiene hijo ninguno, ni varon
ni hembra, y mas, que dezis que es vuestro
padre, y luego añadis que suele yr muchas
vezes en casa de vuestro padre.”
  “Ya yo auia dado en ello”, dixo Sancho.
  “Aora, señores, yo estoy turbada, y no se lo
que me digo”, respondio la donzella; “pero la
verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana,
que todos vuessas mercedes deuen de
conocer.”
  “Aun esso lleua camino”, respondio el
mayordomo; “que yo conozco a Diego de la Llana,
y se que es vn hidalgo principal y rico, y que
tiene vn hijo y vna hija, y que despues que
enuiudó no ha auido nadie en todo este
lugar, que pueda dezir que ha visto el rostro de
su hija; que la tiene tan encerrada que no da
lugar al sol que la vea, y, con todo esto, la
fama dize que es en estremo hermosa.”
  “Assi es la verdad”, respondio la donzella,
“y essa hija soy yo; si la fama miente o no en
mi hermosura, ya os aureys, señores,
desengañado, pues me aueis visto.”
  Y, en esto, començo a llorar tiernamente.
Viendo lo qual el secretario, se llegó al oydo
del maestresala, y le dixo muy paso:
  “Sin duda alguna que a esta pobre donzella
le deue de auer sucedido algo de importancia,
pues en tal trage y a tales horas, y siendo tan
principal, anda fuera de su casa.”
  “No ay dudar en esso”, respondio el maestresala,
“y mas, que essa sospecha la confirman
sus lagrimas.”
  Sancho la consolo con las mejores razones
que el supo, y le pidio que sin temor alguno
les dixesse lo que le auia sucedido; que todos
procurarian remediarlo con muchas veras, y
por todas las vias possibles.
  “Es el caso, señores”, respondio ella, “que
mi padre me ha tenido encerrada diez años ha,
que son los mismos que a mi madre come la
tierra. En casa dizen missa en vn rico oratorio,
y yo en todo este tiempo no he visto que el
sol del cielo de dia, y la luna y las estrellas de
noche; ni se qué son calles, plaças ni templos,
ni aun hombres, fuera de mi padre y de vn
hermano mio, y de Pedro Perez el arrendador,
que por entrar de ordinario en mi casa, se me
antojó dezir que era mi padre, por no declarar
el mio. Este encerramiento y este negarme el
salir de casa, siquiera a la iglesia, ha muchos
dias y meses que me trae muy desconsolada;
quisiera yo ver el mundo, o, a lo menos, el
pueblo donde naci, pareciendome que este desseo
no yua contra el buen decoro que las donzellas
principales deuen guardar a si mesmas. Quando
oia dezir que corrian toros y jugauan cañas,
y se representauan comedias, preguntaua a mi
hermano, que es vn año menor que yo, que me
dixesse que cosas eran aquellas, y otras
muchas que yo no he visto; el me lo declaraua
por los mejores modos que sabia, pero todo
era encenderme mas el desseo de verlo. Finalmente,
por abreuiar el cuento de mi perdicion,
digo que yo rogue y pedi a mi hermano, que
nunca tal pidiera ni tal rogara...”
  Y tornó a renouar el llanto. El mayordomo
le dixo:
  “Prosiga vuessa merced, señora, y acabe de
dezirnos lo que le ha sucedido; que nos tienen a
todos suspensos sus palabras y sus lagrimas.”
  “Pocas me quedan por dezir”, respondio la
donzella, “aunque muchas lagrimas si que
llorar, porque los mal colocados desseos no
pueden traer consigo otros descuentos que los
semejantes.”
  Auiase sentado en el alma del maestresala
la belleza de la donzella, y llegó otra vez su
lanterna para verla de nueuo, y pareciole que
no eran lagrimas las que lloraua, sino aljofar o
rozio de los prados, y aun las subia de punto,
y las llegaua a perlas orientales, y estaua
desseando que su desgracia no fuesse tanta como
dauan a entender los indicios de su llanto y de
sus suspiros. Desesperauase el gouernador de
la tardança que tenia la moça en dilatar su
historia, y dixole que acabasse de tenerlos mas
suspensos; que era tarde y faltaua mucho que
andar del pueblo. Ella entre interrotos sollozos
y mal formados suspiros, dixo:
  “No es otra mi desgracia ni mi infortunio es
otro sino que yo rogue a mi hermano que me
vistiesse en habitos de hombre con vno de sus
vestidos, y que me sacasse vna noche a ver
todo el pueblo quando nuestro padre durmiesse.
El, importunado de mis ruegos, condecendio
con mi desseo, y, poniendome este vestido,
y el, vestiendose de otro mio, que le está como
nacido, porque el no tiene pelo de barba
y no parece sino vna donzella hermosissima,
esta noche, deue de auer vna hora, poco mas
o menos, nos salimos de casa, y, guiados de
nuestro moço y desbaratado discurso, hemos
rodeado todo el pueblo, y quando queriamos
boluer a casa, vimos venir vn gran tropel
de gente, y mi hermano me dixo: «Hermana,
»esta deue de ser la ronda; aligera los pies y
»pon alas en ellos, y vente tras mi corriendo,
»porque no nos conozcan; que nos sera mal
»contado.» Y, diziendo esto, boluio las espaldas
y començo, no digo a correr, sino a bolar;
yo, a menos de seys pasos, cai con el sobresalto,
y entonces llegó el ministro de la justicia
que me truxo ante vuessas mercedes, adonde
por mala y antojadiza me veo auergonçada
ante tanta gente.”
  “En efecto, señora”, dixo Sancho, “¿no os ha
sucedido otro desman alguno, ni zelos, como
vos al principio de vuestro cuento dixistes, no
os sacaron de vuestra casa?”
  “No me ha sucedido nada, ni me sacaron
zelos, sino solo el desseo de ver mundo, que no
se estendia a mas que a ver las calles de este
lugar.”
  Y acabó de confirmar ser verdad lo que la
donzella dezia llegar los corchetes con su
hermano preso, a quien alcançó vno dellos,
quando se huyó de su hermana; no traia sino vn
faldellin rico y vna mantellina de damasco azul
con pasamanos de oro fino, la cabeça sin toca
ni con otra cosa adornada que sus mesmos
cabellos, que eran sortijas de oro, segun eran
rubios y enrizados. Apartaronse con [el] el
gouernador, mayordomo y maestresala, y sin que
lo oyesse su hermana, le preguntaron cómo
venia en aquel trage, y el, con no menos
verguença y empacho conto lo mesmo que su
hermana auia contado, de que recibio gran gusto
el enamorado maestresala; pero el gouernador
les dixo:
  “Por cierto, señores, que esta ha sido vna
gran rapazeria, y para contar esta necedad y
atreuimiento no eran menester tantas largas ni
tantas lagrimas y suspiros; que con dezir:
«Somos fulano y fulana, que nos salimos a
»espaciar de casa de nuestros padres con esta
»inuencion, solo por curiosidad, sin otro designio
»alguno», se acabara el cuento, y no
gemidicos, y lloramicos, y darle.”
  “Assi es la verdad”, respondio la donzella;
“pero sepan vuessas mercedes que la turbacion
que he tenido ha sido tanta, que no me ha
dexado guardar el termino que deuia.”
  “No se ha perdido nada”, respondio Sancho:
“vamos, y dexaremos a vuessas mercedes
en casa de su padre; quiça no los aura echado
menos. Y de aqui adelante no se muestren
tan niños, ni tan desseosos de ver mundo; que
la donzella honrada, la pierna quebrada, y en
casa; y la muger y la gallina, por andar se
pierden ayna; y la que es desseosa de ver, tambien
tiene desseo de ser vista. No digo mas.”
  El mancebo agradecio al gouernador la merced
que queria hazerles de boluerlos a su casa,
y, assi, se encaminaron hazia ella, que no estaua
muy lexos de alli. Llegaron, pues, y, tirando
el hermano vna china a vna rexa, al momento
baxó vna criada que los estaua esperando
y les abrio la puerta, y ellos se entraron,
dexando a todos admirados, assi de su gentileza
y hermosura, como del desseo que tenian
de ver mundo de noche, y sin salir del lugar;
pero todo lo atribuyeron a su poca edad.
  Quedó el maestresala traspassado su coraçon,
y propuso de luego otro dia pedirsela por
muger a su padre, teniendo por cierto que no se
la negaria, por ser el criado del duque, y aun
a Sancho le vinieron desseos y barruntos de
casar al moço con Sanchica su hija, y determinó
de ponerlo en platica a su tiempo, dandose a
entender que a vna hija de vn gouernador ningun
marido se le podia negar. Con esto se acabó
la ronda de aquella noche, y de alli a dos
dias el gouierno, con que se destroncaron y
borraron todos sus designios, como se vera
adelante.

                  Capitulo L

Donde se declara quien fueron los encantadores
  y verdugos que açotaron a la dueña y
  pellizcaron y arañaron a don Quixote, con el
  sucesso que tuuo el page que lleuó la carta
  a Teresa Sancha, muger de Sancho Pança.

  Dize Cide Hamete, puntualissimo escudriñador
de los atomos desta verdadera historia,
que el tiempo que doña Rodriguez salio de su
aposento para yr a la estancia de don Quixote,
otra dueña que con ella dormia lo sintio, y que
como todas las dueñas son amigas de saber,
entender y oler, se fue tras ella con tanto
silencio, que la buena Rodriguez no lo echó de ver,
y, assi como la dueña la vio entrar en la estancia
de don Quixote, por que no faltasse en ella
la general costumbre que todas las dueñas
tienen de ser chismosas, al momento lo fue a
poner en pico a su señora la duquessa, de
como doña Rodriguez quedaua en el aposento
de don Quixote; la duquessa se lo dixo al duque
y le pidio licencia para que ella y Altisidora
viniessen a ver lo que aquella dueña queria
con don Quixote. El duque se la dio, y las dos,
con gran tiento y sossiego, paso ante paso,
llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento,
y tan cerca, que oian todo lo que dentro
hablauan, y quando oyo la duquessa que
Rodriguez auia echado en la calle el aranxuez de
sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos Altisidora,
y, assi, llenas de colera, y desseosas de
vengança, entraron de golpe en el aposento, y
acreuillaron a don Quixote, y vapularon a la
dueña del modo que queda contado; porque
las afrentas que van derechas contra la hermosura
y presuncion de las mugeres, despierta en
ellas en gran manera la ira, y enciende el
desseo de vengarse. Conto la duquessa al duque
lo que le auia passado, de lo que se holgo
mucho; y la duquessa, prosiguiendo con su
intencion de burlarse y recibir passatiempo con
don Quixote, despachó al page que auia hecho
la figura de Dulcinea en el concierto de su
desencanto --que tenia bien oluidado Sancho
Pança con la ocupacion de su gouierno--, a
Teresa Pança su muger, con la carta de su
marido, y con otra suya, y con vna gran sarta de
corales ricos presentados.
  Dize, pues, la historia, que el page era muy
discreto y agudo, y, con desseo de seruir a sus
señores, partio de muy buena gana al lugar de
Sancho, y, antes de entrar en el, vio en vn
arroyo estar lauando cantidad de mugeres, a quien
preguntó si le sabrian dezir si en aquel lugar
viuia vna muger llamada Teresa Pança, muger
de vn cierto Sancho Pança, escudero de vn
cauallero llamado don Quixote de la Mancha, a
cuya pregunta se leuantó en pie vna moçuela
que estaua lauando, y dixo:
  “Essa Teresa Pança es mi madre, y esse tal
Sancho mi señor padre, y el tal cauallero
nuestro amo.”
  “Pues venid, donzella”, dixo el page, “y
mostradme a vuestra madre, porque le traygo
vna carta y vn presente del tal vuestro padre.”
  “Esso hare yo de muy buena gana, señor
mio”, respondio la moça, que mostraua ser de
edad de catorze años, poco mas a menos; y,
dexando la ropa que lauaua a otra compañera,
sin tocarse ni calçarse, que estaua en piernas y
desgreñada, saltó delante de la caualgadura
del page, y dixo:
  “Venga vuessa merced; que a la entrada del
pueblo está nuestra casa, y mi madre en ella,
con harta pena por no auer sabido muchos dias
ha de mi señor padre.”
  “Pues yo se las lleuo tan buenas”, dixo el
page, “que tiene que dar bien gracias a Dios
por ellas.”
  Finalmente, saltando, corriendo y brincando
llegó al pueblo la muchacha, y, antes de entrar
en su casa, dixo a vozes desde la puerta:
  “Salga, madre Teresa, salga, salga; que viene
aqui vn señor que trae cartas y otras cosas de
mi buen padre.”
  A cuyas vozes salio Teresa Pança su madre,
hilando vn copo de estopa, con vna saya parda.
Parecia, segun era de corta, que se la auian
cortado por vergonçoso lugar; con vn corpezuelo
assimismo pardo, y vna camisa de pechos.
No era muy vieja, aunque mostraua passar
de los quarenta; pero fuerte, tiessa, nerbuda
y auellanada, la qual, viendo a su hija, y al
page a cauallo, le dixo:
  “¿Qué es esto, niña, qué señor es este?”
  “Es vn seruidor de mi señora doña Teresa
Pança”, respondio el page; y, diziendo y
haziendo, se arrojó del cauallo, y se fue con
mucha humildad a poner de hinojos ante la
señora Teresa, diziendo:
  “Deme vuessa merced sus manos, mi señora
doña Teresa, bien assi como muger legitima y
particular del señor don Sancho Pança,
gouernador propio de la insula Barataria.”
  “Ay, señor mio, quitese de ai, no haga esso”,
respondio Teresa; “que yo no soy nada
palaciega, sino vna pobre labradora, hija de vn
estripaterrones y muger de vn escudero
andante, y no de gouernador alguno.”
  “Vuessa merced”, respondio el page, “es
muger dignissima de vn gouernador
archidignissimo, y para prueua desta verdad reciba
vuessa merced esta carta y este presente.”
  Y sacó al instante de la faldriquera vna sarta
de corales con estremos de oro, y se la echó
al cuello, y dixo:
  “Esta carta es del señor gouernador, y otra
que traygo y estos corales son de mi señora la
duquessa que a vuessa merced me embia.”
  Quedó pasmada Teresa, y su hija ni mas
ni menos, y la muchacha dixo:
  “Que me maten si no anda por aqui nuestro
señor amo don Quixote, que deue de auer
dado a padre el gouierno o condado que
tantas vezes le auia prometido.”
  “Assi es la verdad”, respondio el page; “que
por respeto del señor don Quixote es aora el
señor Sancho gouernador de la insula
Barataria, como se vera por esta carta.”
  “Leamela vuessa merced, señor gentilhombre”,
dixo Teresa, “porque aunque yo se hilar,
no se leer migaja.”
  “Ni yo tampoco”, añadio Sanchica; “pero
esperenme aqui; que yo yre a llamar quien la
lea, ora sea el cura mesmo, o el bachiller
Sanson Carrasco, que vendran de muy buena gana
por saber nueuas de mi padre.”
  “No ay para que se llame a nadie; que yo no
se hilar, pero se leer y la leere.”
  Y, assi, se la leyo toda, que por quedar ya
referida no se pone aqui, y luego sacó otra de
la duquessa, que dezia desta manera:
  “Amiga Teresa: las buenas partes de la
bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho
me mouieron y obligaron a pedir a mi marido
el duque le diesse vn gouierno de vna insula,
de muchas que tiene. Tengo noticia que
gouierna como vn girifalte, de lo que yo estoy
muy contenta y el duque mi señor por el
consiguiente, por lo que doy muchas gracias al
cielo de no auerme engañado en auerle escogido
para el tal gouierno; porque quiero que sepa
la señora Teresa que con dificultad se halla vn
buen gouernador en el mundo, y tal me haga
a mi Dios como Sancho gouierna. Ai le embio,
querida mia, vna sarta de corales con estremos
de oro; yo me holgara que fuera de perlas
orientales; pero quien te da el hueso, no
te querria ver muerta; tiempo vendra en que nos
conozcamos y nos comuniquemos, y Dios sabe
lo que sera. Encomiendeme a Sanchica, su hija,
y digale de mi parte que se apareje; que la
tengo de casar altamente quando menos lo
piense. Dizenme que en esse lugar ay bellotas
gordas; embieme hasta dos dozenas, que las
estimaré en mucho por ser de su mano, y
escriuame largo, auisandome de su salud y de su
bienestar, y si huuiere menester alguna cosa,
no tiene que hazer mas que boquear; que su
boca sera medida. Y Dios me la guarde. Deste
lugar. Su amiga que bien la quiere,

                            La Duquessa.”

  “¡Ay!”, dixo Teresa, en oyendo la carta, “y
¡qué buena y qué llana y qué humilde señora!
Con estas tales señoras me entierren a
mi, y no las hidalgas que en este pueblo se
vsan, que piensan que por ser hidalgas no las
ha de tocar el viento, y van a la iglesia con
tanta fantasia, como si fuessen las mesmas
reynas, que no parece sino que tienen a deshonra
el mirar a vna labradora. Y veis aqui donde
esta buena señora, con ser duquessa, me llama
amiga, y me trata como si fuera su ygual; que
ygual la vea yo con el mas alto campanario
que ay en la Mancha. Y en lo que toca a las
bellotas, señor mio, yo le embiaré a su señoria
vn celemin, que por gordas las pueden venir a
ver a la mira y a la marauilla. Y por aora,
Sanchica, atiende a que se regale este señor; pon
en orden este cauallo, y saca de la caualleriza
gueuos, y corta tozino adunia, y demosle de
comer como a vn principe; que las buenas
nueuas que nos ha traydo y la buena cara que el
tiene lo merece todo, y, en tanto, saldre yo a
dar a mis vezinas las nueuas de nuestro contento,
y al padre cura, y a maesse Nicolas el barbero,
que tan amigos son y han sido de tu padre.”
  “Si hare, madre”, respondio Sanchica; “pero
mire que me ha de dar la mitad dessa sarta;
que no tengo yo por tan boba a mi señora la
duquessa, que se la auia de embiar a ella toda.”
  “Todo es para ti, hija”, respondio Teresa;
“pero dexamela traer algunos dias al cuello,
que verdaderamente parece que me alegra el
coraçon.”
  “Tambien se alegrarán”, dixo el page, “quando
vean el lio que viene en este portamanteo,
que es vn vestido de paño finissimo que el
gouernador solo vn dia lleuó a caça, el qual todo
le embia para la señora Sanchica.”
  “Que me viua el mil años”, respondio
Sanchica, “y el que lo trae, ni mas ni menos, y
aun dos mil, si fuere necessidad.”
  Saliose en esto Teresa fuera de casa, con
las cartas, y con la sarta al cuello, y yua
tañendo en las cartas como si fuera en vn pandero,
y, encontrandose acaso con el cura y Sanson
Carrasco, començo a baylar, y a dezir:
  “¡A fee que agora que no ay pariente pobre!
¡Gouiernito tenemos! ¡No sino tomese
conmigo la mas pintada hidalga; que yo la pondre
como nueua!”
  “¿Qué es esto, Teresa Pança, que locuras son
estas y qué papeles son essos?”
  “No es otra la locura, sino que estas son
cartas de duquessas y de gouernadores, y estos
que traygo al cuello son corales finos, las
auemarias y los padres nuestros son de oro de
martillo, y yo soy gouernadora.”
  “De Dios en ayusso no os entendemos,
Teresa, ni sabemos lo que os dezis.”
  “Ai lo podran ver ellos”, respondio Teresa.
  Y dioles las cartas. Leyolas el cura de modo
que las oyo Sanson Carrasco, y Sanson y el
cura se miraron el vno al otro como admirados
de lo que auian leydo. Y preguntó el bachiller
quién auia traydo aquellas cartas; respondio
Teresa que se viniessen con ella a su casa y
verian el mensagero, que era vn mancebo
como vn pino de oro, y que le traia otro
presente que valia mas de tanto. Quitole el
cura los corales del cuello y mirolos, y remirolos,
y, certificandose que eran finos, tornó a
admirarse de nueuo, y dixo:
  “Por el habito que tengo, que no se qué me
diga ni qué me piense de estas cartas y destos
presentes; por vna parte veo y toco la fineza
de estos corales, y por otra leo que vna
duquessa embia a pedir dos dozenas de
bellotas.”
  “Adereçame essas medidas”, dixo entonces
Carrasco. “Agora bien, vamos a ver al portador
deste pliego; que del nos informaremos de
las dificultades que se nos ofrecen.”
  Hizieronlo assi, y boluiose Teresa con ellos;
hallaron al page criuando vn poco de ceuada
para su caualgadura, y a Sanchica cortando vn
torrezno para empedrarle con gueuos y dar
de comer al page, cuya presencia y buen adorno
contentó mucho a los dos, y despues de auerle
saludado cortesmente, y el a ellos, le preguntó
Sanson les dixesse nueuas assi de don Quixote,
como de Sancho Pança; que puesto que auian
leydo las cartas de Sancho y de la señora
duquessa, todauia estauan confusos y no acabauan
de atinar qué seria aquello del gouierno
de Sancho, y mas de vna insula, siendo todas
o las mas que ay en el mar Mediterraneo de su
magestad.
  A lo que el page respondio:
  “De que el señor Sancho Pança sea
gouernador no ay que dudar en ello; de que sea
insula, o no, la que gouierna, en esso no me
entremeto; pero basta que sea vn lugar de mas
de mil vezinos, y en quanto a lo de las
bellotas, digo que mi señora la duquessa es tan
llana y tan humilde --que no dezia él embiar
a pedir bellotas a vna labradora; pero que le
acontecia embiar a pedir vn peyne prestado a
vna vezina suya--. Porque quiero que sepan
vuessas mercedes que las señoras de Aragon,
aunque son tan principales, no son tan puntuosas
y leuantadas como las señoras castellanas;
con mas llaneza tratan con las gentes.”
  Estando en la mitad destas platicas saltó
Sanchica con vn halda de gueuos, y preguntó
al page:
  “Digame, señor, ¿mi señor padre trae por
ventura calças atacadas despues que es
gouernador?”
  “No he mirado en ello”, respondio el page,
“pero si deue de traer.”
  “¡Ay Dios mio”, replicó Sanchica, “y que
sera de ver a mi padre con pedorreras! ¿No es
bueno sino que desde que naci tengo desseo
de ver a mi padre con calças atacadas?”
  “Como con essas cosas le vera vuessa
merced si viue”, respondio el page. “Par Dios,
terminos lleua de caminar con papahigo,
con solos dos meses que le dure el
gouierno.”
  Bien echaron de ver el cura y el bachiller
que el page hablaua socarronamente; pero la
fineza de los corales y el vestido de caça que
Sancho embiaua lo deshazia todo; que ya Teresa
les auia mostrado el vestido, y no dexaron
de reyrse del desseo de Sanchica, y mas,
quando Teresa dixo:
  “Señor cura, eche cata por ai si ay alguien
que vaya a Madrid o a Toledo, para que me
compre vn verdugado redondo, hecho y derecho,
y sea al vso y de los mejores que huuiere;
que en verdad en verdad que tengo de honrar
el gouierno de mi marido en quanto yo pudiere,
y aun que si me enojo, me tengo de yr a
essa corte, y echar vn coche como todas; que
la que tiene marido gouernador muy bien le
puede traer y sustentar.”
  “Y ¡cómo, madre!”, dixo Sanchica. “Pluguiesse
a Dios que fuesse antes oy que mañana, aunque
dixessen los que me viessen yr sentada con
mi señora madre en aquel coche: «¡Mirad la tal
»por qual, hija del harto de ajos, y cómo va
»sentada y tendida en el coche, como si fuera vna
»papesa!» Pero pisen ellos los lodos y andeme
yo en mi coche, leuantado[s] los pies del
suelo. ¡Mal año y mal mes para quantos
murmuradores ay en el mundo; y andeme yo caliente,
y riase la gente! ¿Digo bien, madre mia?”
  “Y ¡cómo que dizes bien, hija!”, respondio
Teresa; “y todas estas venturas, y aun mayores,
me las tiene profetizadas mi buen Sancho,
y verás tu, hija, como no para hasta hazerme
condessa; que todo es començar a ser
venturosas, y como yo he oydo dezir muchas vezes
a tu buen padre, que assi como lo es tuyo, lo
es de los refranes, quando te dieren la vaquilla,
corre con soguilla; quando te dieren vn
gouierno, cogele; quando te dieren vn condado,
agarrale, y quando te hizieren tus, tus, con
alguna buena dadiua, embasala. ¡No sino
dormios, y no respondais a las venturas y
buenas dichas que estan llamando a la puerta de
vuestra casa!”
  “Y ¿qué se me da a mi”, añadio Sanchica,
“que diga el que quisiere quando me vea
entonada y fantasiosa: «Viose el perro en bragas
»de cerro...», y lo demas?”
  Oyendo lo qual el cura, dixo:
  “Yo no puedo creer sino que todos los deste
linage de los Panças nacieron cada vno con
vn costal de refranes en el cuerpo; ninguno
dellos he visto, que no los derrame a todas
horas y en todas las platicas que tienen.”
  “Assi es la verdad”, dixo el page; “que el
señor gouernador Sancho a cada paso los dize;
y aunque muchos no vienen a proposito, todauia
dan gusto, y mi señora la duquessa y el
duque los celebran mucho.”
  “¿Que todauia se afirma vuessa merced, señor
mio”, dixo el bachiller, “ser verdad esto
del gouierno de Sancho, y de que ay duquessa
en el mundo que le embie presentes y le
escriua? Porque nosotros, aunque tocamos los
presentes y hemos leydo las cartas no lo
creemos, y pensamos que esta es vna de las cosas
de don Quixote nuestro compatrioto, que todas
piensa que son hechas por encantamento; y,
assi, estoy por dezir que quiero tocar y palpar
a vuessa merced, por ver si es embaxador
fantastico, o hombre de carne y huesso.”
  “Señores, yo no se mas de mi”, respondio
el page, “sino que soy embaxador verdadero,
y que el señor Sancho Pança es gouernador
efectiuo; y que mis señores duque y duquessa
pueden dar, y han dado, el tal gouierno; y que
he oydo dezir que en el se porta valentissimamente
el tal Sancho Pança. Si en esto ay
encantamento o no, vuessas mercedes lo disputen
alla entre ellos; que yo no se otra cosa para
el juramento que hago, que es por vida de mis
padres; que los tengo viuos y los amo y los
quiero mucho.”
  “Bien podra ello ser assi”, replicó el
bachiller; pero, dubitat Augustinus.”
  “Dude quien dudare”, respondio el page; “la
verdad es la que he dicho, y esta que ha de
andar siempre sobre la mentira como el azeyte
sobre el agua; y si no, operibus credite, & non
verbis: vengase alguno de vuessas mercedes
conmigo, y veran con los ojos lo que no creen
por los oydos.”
  “Essa yda a mi toca”, dixo Sanchica; “lleueme
vuessa merced, señor, a las hancas de su
rozin; que yo yre de muy buena gana a ver a
mi señor padre.”
  “Las hijas de los gouernadores no han de yr
solas por los caminos, sino acompañadas de
carroças y literas, y de gran numero de
siruientes.”
  “Par Dios”, respondio Sancha, “tambien
me vaya yo sobre vna pollina como sobre vn
coche. ¡Hallado la aueis la melindrosa!”
  “Calla, mochacha”, dixo Teressa, “que no
sabes lo que te dizes, y este señor está en lo
cierto; que tal el tiempo, tal el tiento: quando
Sancho, Sancha, y quando gouernador, señora,
y no se si diga algo.”
  “Mas dize la señora Teressa de lo que
piensa”, dixo el page; “y denme de comer y
despachenme luego, porque pienso boluerme esta
tarde.”
  A lo que dixo el cura:
  “Vuessa merced se vendra a hazer penitencia
conmigo; que la señora Teressa mas tiene
voluntad que alhajas para seruir a tan buen
huesped.”
  Reusolo el page; pero, en efecto, lo huuo de
conceder por su mejora; y el cura le lleuó consigo
de buena gana por tener lugar de preguntarle
de espacio por don Quixote y sus hazañas.
El bachiller se ofrecio de escriuir las cartas
a Teressa, de la respuesta; pero ella no quiso
que el bachiller se metiesse en sus cosas; que
le tenia por algo burlon. Y, assi, dio vn bollo y
dos hueuos a vn monazillo, que sabia escriuir,
el qual le escriuio dos cartas, vna para su
marido, y otra para la duquessa, notadas de su
mismo caletre, que no son las peores que en
esta grande historia se ponen, como se vera
adelante.

                 Capitulo LI

 Del progresso del gouierno de Sancho Pança,
    con otros sucessos tales como buenos.

  Amanecio el dia que se siguio a la noche
de la ronda del gouernador, la qual el maestresala
passó sin dormir, ocupado el pensamiento
en el rostro, brio y belleza de la disfraçada
donzella; y el mayordomo ocupó lo que della
faltaua en escriuir a sus señores lo que
Sancho Pança hazia y dezia, tan admirado de sus
hechos como de sus dichos: porque andauan
mezcladas sus palabras y sus acciones con
assomos discretos, y tontos. Leuantose, en fin,
el señor gouernador, y por orden del doctor
Pedro Rezio le hizieron dessayunar con vn poco
de conserua y quatro tragos de agua fria, cosa
que la trocara Sancho con vn pedaço de pan y
vn razimo de vuas. Pero viendo que aquello
era mas fuerça que voluntad, passó por ello
con harto dolor de su alma y fatiga de su
estomago, haziendole creer Pedro Rezio que los
manjares pocos y delicados auiuauan el
ingenio, que era lo que mas conuenia a las
personas constituydas en mandos y en oficios
graues, donde se han de aprouechar no tanto de
las fuerças corporales, como de las del
entendimiento. Con esta sofisteria padecia hambre
Sancho, y tal, que en su secreto maldezia el
gouierno, y aun a quien se le auia dado; pero
con su hambre y con su conserua se puso a
juzgar aquel dia, y lo primero que se le ofrecio
fue vna pregunta que vn forastero le hizo,
estando presentes a todo el mayordomo y los
demas acolitos, que fue:
  “Señor: vn caudaloso rio diuidia dos terminos
de vn mismo señorio --y esté vuessa merced
atento, porque el caso es de importancia y
algo dificultoso--. Digo, pues, que sobre este
rio estaua vna puente, y al cabo della vna
horca y vna como casa de audiencia, en la
qual de ordinario auia quatro juezes que
juzgauan la ley que puso el dueño del rio, de la
puente y del señorio, que era en esta forma:
«Si alguno passare por esta puente de vna
»parte a otra, ha de jurar primero adónde y a
»qué va; y si jurare verdad, dexenle passar, y
»si dixere mentira, muera por ello ahorcado en
»la horca que alli se muestra, sin remission
»alguna.» Sabida esta ley y la rigurosa
condicion della, passauan muchos, y luego en lo
que jurauan se echaua de ver que dezian verdad,
y los juezes lo[s] dexauan passar libremente.
Sucedio, pues, que tomando juramento
a vn hombre, juró y dixo que para el juramento
que hazia, que yua a morir en aquella
horca que alli estaua, y no a otra cosa.
Repararon los juezes en el juramento y dixeron:
«Si a este hombre le dexamos passar libremente,
»mintio en su juramento, y conforme a
»la ley deue morir; y si le ahorcamos, el juró
»que yua a morir en aquella horca, y, auiendo
»jurado verdad, por la misma ley deue ser
» libre.» Pidese a vuessa merced, señor
gouernador, qué haran los juezes de tal hombre;
que aun hasta agora estan dudosos y suspensos,
y, auiendo tenido noticia del agudo y eleuado
entendimiento de vuessa merced, me embiaron
a mi, a que suplicasse a vuessa merced
de su parte diesse su parecer en tan intricado
y dudoso caso.”
  A lo que respondio Sancho:
  “Por cierto que essos señores juezes que a
mi os embian lo pudieran auer escusado,
porque yo soy vn hombre que tengo mas de
mostrenco que de agudo; pero, con todo esso,
repetidme otra vez el negocio de modo que yo
le entienda; quiza podria ser que diesse en
el hito.”
  Boluio otra y otra vez el preguntante a referir
lo que primero auia dicho, y Sancho dixo:
  “A mi parecer, este negocio en dos paletas
le declararé yo, y es assi: el tal hombre jura
que va a morir en la horca, y si muere en ella
juró verdad, y por la ley puesta merece ser
libre, y que passe la puente; y si no le ahorcan,
juró mentira, y por la misma ley merece que
le ahorquen.”
  “Assi es como el señor gouernador dize”,
dixo el mensagero; “y quanto a la entereza y
entendimiento del caso, no ay mas que pedir
ni que dudar.”
  “Digo yo, pues, agora”, replicó Sancho,
“que deste hombre aquella parte que juró verdad
la dexen passar, y la que dixo mentira la
ahorquen, y desta manera se cumplira al pie
de la letra la condicion del passage.”
  “Pues, señor gouernador”, replicó el
preguntador, “sera necessario que el tal hombre
se diuida en [dos] partes, en mentirosa y verdadera,
y si se diuide, por fuerça ha de morir; y,
assi, no se consigue cosa alguna de lo que la
ley pide, y es de necessidad espresa que se
cumpla con ella.”
  “Venid aca, señor buen hombre”, respondio
Sancho; “este passagero que dezis, o yo soy
vn porro, o el tiene la misma razon para morir
que para viuir y passar la puente; porque si la
verdad le salua, la mentira le condena
igualmente; y siendo esto assi, como lo es, soy de
parecer que digais a essos señores que a mi
os embiaron que, pues estan en vn fil las
razones de condenarle o assoluerle, que le dexen
passar libremente, pues siempre es alabado
mas el hazer bien que mal; y esto lo diera
firmado de mi nombre si supiera firmar, y yo en
este caso no he hablado de mio, sino que se
me vino a la memoria vn precepto, entre otros
muchos, que me dio mi amo don Quixote la
noche antes que viniesse a ser gouernador
desta insula, que fue que quando la justicia
estuuiesse en duda, me decantasse y acogiesse
a la misericordia; y ha querido Dios que
agora se me acordasse, por venir en este caso
como de molde.”
  “Assi es”, respondio el mayordomo, “y
tengo para mi que el mismo Licurgo, que dio
leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor
sentencia que la que el gran Pança ha dado; y
acabese con esto la audiencia desta mañana,
y yo dare orden como el señor gouernador
coma muy a su gusto.”
  “Esso pido, y barras derechas”, dixo Sancho;
“denme de comer y llueuan casos y dudas
sobre mi; que yo las despauilaré en el ayre.”
  Cumplio su palabra el mayordomo,
pareciendole ser cargo de conciencia matar de
hambre a tan discreto gouernador; y mas, que
pensaua concluyr con el aquella misma noche,
haziendole la burla vltima, que traia en
comission de hazerle.
  Sucedio, pues, que auiendo comido aquel dia
contra las reglas y aforismos del doctor
Tirteafuera, al leuantar de los manteles entró vn
correo con vna carta de don Quixote para el
gouernador; mandó Sancho al secretario que la
leyesse para si, y que si no viniesse en ella
alguna cosa digna de secreto, la leyesse en voz
alta. Hizolo assi el secretario, y, repasandola
primero, dixo:
  “Bien se puede leer en voz alta; que lo que
el señor don Quixote escriue a vuessa merced
merece estar estampado y escrito con letras
de oro, y dize assi:

CARTA DE DON QVIXOTE DE LA MANCHA A
  SANCHO PANÇA, GOVERNADOR DE LA INSVLA
  BARATARIA.

  «Quando esperaua oyr nueuas de tus
»descuydos e impertinencias, Sancho amigo, las
»ohi de tus discreciones, de que di por ello
»gracias particulares al cielo, el qual del
»estiercol sabe leuantar los pobres y de los
»tontos hazer discretos. Dizenme que gouiernas
»como si fuesses hombre, y que eres hombre
»como si fuesses bestia, segun es la humildad
»con que te tratas; y quiero que aduiertas,
»Sancho, que muchas vezes conuiene, y es necessario,
»por la autoridad del oficio, yr contra la
»humildad del coraçon; porque el buen adorno
»de la persona que está puesta en graues
»cargos ha de ser conforme a lo que ellos piden,
»y no a la medida de lo que su humilde
»condicion le inclina. Vistete bien, que vn palo
»compuesto no parece palo. No digo que traygas
»dixes ni galas, ni que siendo juez te vistas
»como soldado, sino que te adornes con el
»habito que tu oficio requiere, con tal que sea
»limpio y bien compuesto.
  »Para ganar la voluntad del pueblo que
»gouiernas, entre otras, has de hazer dos cosas:
»la vna, ser bien criado con todos, aunque esto
»ya otra vez te lo he dicho; y la otra, procurar
»la abundancia de los mantenimientos; que no
»ay cosa que mas fatigue el coraçon de los
»pobres que la hambre y la carestia.
  »No hagas muchas pragmaticas, y si las
»hizieres, procura que sean buenas y, sobre todo,
»que se guarden y cumplan; que las pragmaticas
»que no se guardan lo mismo es que si no
»lo fuessen; antes dan a entender que el
»principe que tuuo discrecion y autoridad para
»hazerlas, no tuuo valor para hazer que se
»guardassen, y las leyes que atemorizan y no
»se executan vienen a ser como la viga, rey
»de las ranas, que al principio las espantó, y
»con el tiempo la menospreciaron y se
»subieron sobre ella.
  »Se padre de las virtudes y padrastro de los
»vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre
»blando, y escoge el medio entre estos dos
»estremos; que en esto está el punto de la
»discrecion. Visita las carceles, las carnicerias y
»las plaças; que la presencia del gouernador
»en lugares tales es de mucha importancia:
»consuela a los presos que esperan la breuedad
»de su despacho, es coco a los carniceros
»que por entonces igualan los pesos, y es
»espantajo a las placeras por la misma razon.
»No te muestres, aunque por ventura lo seas
»--lo qual yo no creo--, codicioso, mugeriego
»ni gloton; porque en sabiendo el pueblo y los
»que te tratan tu inclinacion determinada, por
»alli te daran bateria, hasta derribarte en el
»profundo de la perdicion.
  »Mira y remira, passa y repassa los consejos
»y documentos que te di por escrito antes que
»de aqui partiesses a tu gouierno, y verás como
»hallas en ellos, si los guardas, vna ayuda de
»costa que te sobrelleue los trabajos y dificultades
»que a cada paso a los gouernadores se les
»ofrecen. Escriue a tus señores y muestrateles
»agradecido; que la ingratitud es hija de la
»soberuia, y vno de los mayores pecados que
»se sabe, y la persona que es agradecida a los
»que bien le han hecho da indicio que tambien
»lo sera a Dios, que tantos bienes le hizo y de
»contino le haze.
  »La señora duquessa despachó vn propio con
»tu vestido y otro presente a tu muger Teressa
»Pança; por momentos esperamos respuesta.
  »Yo he estado vn poco mal dispuesto de vn
»cierto gateamiento que me sucedio no muy a
»cuento de mis narizes, pero no fue nada; que
»si ay encantadores que me maltraten, tambien
»los ay que me defiendan. Auisame si el
»mayordomo que está contigo tuuo que ver en las
»acciones de la Trifaldi, como tu sospechaste;
»y de todo lo que te sucediere me yras dando
»auiso, pues es tan corto el camino, quanto mas
»que yo pienso dexar presto esta vida ociosa
»en que estoy, pues no naci para ella. Vn
»negocio se me ha ofrecido, que creo que me
»ha de poner en desgracia destos señores. Pero
»aunque se me da mucho, no se me da nada,
»pues en fin, en fin, tengo de cumplir antes con
»mi profession que con su gusto, conforme a lo
»que suele dezirse: Amicus Plato, sed magis
»amica veritas: Digote este latin porque me
»doy a entender que despues que eres gouernador
»lo auras aprendido. Y a Dios, el qual te
»guarde de que ninguno te tenga lastima.

            Tu amigo, don Quixote de la Mancha.»

  Oyó Sancho la carta con mucha atencion,
y fue celebrada y tenida por discreta de los
que la oyeron, y luego Sancho se leuantó de
la messa, y, llamando al secretario, se encerro
con el en su estancia, y sin dilatarlo mas quiso
responder luego a su señor don Quixote, y
dixo al secretario que sin añadir ni quitar cosa
alguna fuesse escriuiendo lo que el le dixesse;
y assi lo hizo, y la carta de la respuesta fue
del tenor siguiente:

     CARTA DE SANCHO PANÇA A DON QVIXOTE
                DE LA MANCHA.

  “La ocupacion de mis negocios es tan grande,
que no tengo lugar para rascarme la cabeça,
ni aun para cortarme las vñas, y, assi,
las traygo tan crecidas qual Dios lo remedie.
Digo esto, señor mio de mi alma, porque
vuessa merced no se espante, si hasta agora
no he dado auiso de mi bien o mal estar en
este gouierno, en el qual tengo mas hambre
que quando andauamos los dos por las seluas
y por los despoblados.
  ”Escriuiome el duque mi señor el otro dia,
dandome auiso que auian entrado en esta
insula ciertas espias para matarme, y hasta
agora yo no he descubierto otra que vn cierto
doctor que está en este lugar assalariado para
matar a quantos gouernadores aqui vinieren;
llamase el doctor Pedro Rezio, y es natural de
Tirteafuera; porque vea vuessa merced qué
nombre para no temer que he de morir a sus
manos. Este tal doctor dize el mismo de si
mismo que el no cura las enfermedades quando
las ay, sino que las preuiene para que no
vengan, y las medecinas que vsa son dieta y
mas dieta, hasta poner la persona en los
huessos mondos, como si no fuesse mayor
mal la flaqueza que la calentura. Finalmente,
el me va matando de hambre, y yo me voy
muriendo de despecho, pues quando pense
venir a este gouierno a comer caliente y a
beuer frio, y a recrear el cuerpo entre sabanas
de olanda, sobre colchones de pluma, he venido
a hazer penitencia como si fuera hermitaño,
y como no la hago de mi voluntad, pienso
que al cabo al cabo me ha de lleuar el diablo.
  ”Hasta agora no he tocado derecho ni lleuado
cohecho, y no puedo pensar en qué va esto;
porque aqui me han dicho que los gouernadores
que a esta insula suelen venir, antes de
entrar en ella, o les han dado o les han prestado
los del pueblo muchos dineros, y que esta
es ordinaria vsança en los demas que van a
gouiernos, no solamente en este.
  ”Anoche, andando de ronda, topé vna muy
hermosa donzella en trage de varon y vn
hermano suyo en habito de muger; de la moça se
enamoró mi maestresala, y la escogio en su
imaginacion para su muger, segun el ha dicho, y
yo escogi al moço para mi yerno; oy los dos
pondremos en platica nuestros pensamientos
con el padre de entrambos, que es vn tal
Diego de la Llana, hidalgo y christiano viejo
quanto se quiere.
  ”Yo visito las plaças como vuessa merced
me lo aconseja, y ayer hallé vna tendera que
vendia auellanas nueuas, y aueriguele que
auia mezclado con vna hanega de auellanas
nueuas otra de viejas, vanas y podridas;
apliquelas todas para los niños de la Doctrina,
que las sabrian bien distinguir, y sentenciela
que por quinze dias no entrasse en la plaça.
Hanme dicho que lo hize valerosamente; lo
que se dezir a vuessa merced es que es fama en
este pueblo que no ay gente mas mala que
las placeras, porque todas son desuergonçadas,
dessalmadas y atreuidas, y yo assi lo creo por
las que he visto en otros pueblos.
  ”De que mi señora la duquessa aya escrito
a mi muger Teressa Pança y embiadole el
presente que vuessa merced dize, estoy muy
satisfecho, y procuraré de mostrarme agradecido
a su tiempo: bessele vuessa merced las
manos de mi parte, diziendo que digo yo que
no lo ha echado en saco roto, como lo vera
por la obra. No querria que vuessa merced
tuuiesse trauacuentas de disgusto con essos
mis señores, porque si vuessa merced se enoja
con ellos, claro está que ha de redundar en mi
daño, y no sera bien que pues se me da a mi
por consejo que sea agradecido, que vuessa
merced no lo sea con quien tantas mercedes le
tiene hechas, y con tanto regalo ha sido
tratado en su castillo.
  ”Aquello del gateado no entiendo, pero
imagino que deue de ser alguna de las malas
fechorias que con vuessa merced suelen vsar
los malos encantadores; yo lo sabre quando
nos veamos. Quisiera embiarle a vuessa merced
alguna cosa, pero no se qué embie, si no
es algunos cañutos de geringas, que para con
begigas los hazen en esta insula muy curiosos,
aunque si me dura el oficio, yo buscaré qué
embiar, de haldas o de mangas. Si me
escriuiere mi muger Teressa Pança, pague vuessa
merced el porte y embieme la carta; que tengo
grandissimo desseo de saber del estado de mi
casa, de mi muger y de mis hijos. Y, con esto,
Dios libre a vuessa merced de mal intencionados
encantadores y a mi me saque con bien y
en paz deste gouierno, que lo dudo, porque le
pienso dexar con la vida, segun me trata el
doctor Pedro Rezio.

        Criado de vuessa merced, Sancho Pança
                   el gouernador.”

  Cerro la carta el secretario y despachó luego
al correo, y juntandose los burladores de
Sancho, dieron orden entre si cómo despacharle
del gouierno; y aquella tarde la passó Sancho
en hazer algunas ordenanças tocantes al buen
gouierno de la que el imaginaua ser insula; y
ordenó que no huuiesse regatones de los
bastimentos en la republica; y que pudiessen
meter en ella vino de las partes que quisiessen,
con aditamento que declarassen el lugar de
donde era, para ponerle el precio segun su
estimacion, bondad y fama; y el que lo aguasse
o le mudasse el nombre, perdiesse la vida por
ello. Moderó el precio de todo calçado,
principalmente el de los çapatos, por parecerle que
corria con exoruitancia. Puso tassa en los
salarios de los criados que caminauan a rienda
suelta por el camino del interesse. Puso
grauissimas penas a los que cantassen cantares
lasciuos y descompuestos, ni de noche ni de
dia. Ordenó que ningun ciego cantasse milagro
en coplas si no truxesse testimonio autentico
de ser verdadero, por parecerle que los
mas que los ciegos cantan son fingidos, en
perjuyzio de los verdaderos.
  Hizo y creó vn alguazil de pobres, no para
que los persiguiesse, sino para que los
examinasse si lo eran; porque a la sombra de la
manquedad fingida y de la llaga falsa andan los
braços ladrones y la salud borracha. En
resolucion, el ordenó cosas tan buenas, que hasta
oy se guardan en aquel lugar y se nombran:
Las constituciones del gran gouernador Sancho
Pança.

                 Capitulo LII

Donde se cuenta la auentura de la segunda
  dueña Dolorida, o Angustiada, llamada por
  otro nombre doña Rodriguez.

  Cuenta Cide Hamete que estando ya don
Quixote sano de sus aruños, le parecio que la
vida que en aquel castillo tenia era contra
toda la orden de caualleria que professaua, y,
assi, determinó de pedir licencia a los duques
para partirse a Zaragoça, cuyas fiestas llegauan
cerca, adonde pensaua ganar el arnes que en
las tales fiestas se conquista. Y, estando vn dia
a la messa con los duques, y començando a
poner en obra su intencion, y pedir la licencia,
veis aqui a deshora entrar por la puerta de la
gran sala dos mugeres, como despues parecio,
cubiertas de luto de los pies a la cabeça, y la
vna dellas, llegandose a don Quixote, se le
echó a los pies, tendida de largo a largo, la boca
cosida con los pies de don Quixote, y daua vnos
gemidos tan tristes, tan profundos y tan
dolorosos, que puso en confusion a todos los que
la oian y mirauan; y, aunque los duques
pensaron que seria alguna burla que sus criados
querian hazer a don Quixote, todauia, viendo
con el ahinco que la muger suspiraua, gemia y
lloraua, los tuuo dudosos y suspensos, hasta que
don Quixote, compasiuo, la leuantó del suelo,
y hizo que se descubriesse y quitasse el manto
de sobre la faz llorosa. Ella lo hizo assi, y
mostro ser --lo que jamas se pudiera pensar--,
porque descubrio el rostro de doña Rodriguez, la
dueña de casa, y la otra enlutada era su hija,
la burlada del hijo del labrador rico.
Admiraronse todos aquellos que la conocian, y mas
los duques que ninguno; que puesto que la
tenian por boba y de buena pasta, no por tanto,
que viniesse a hazer locuras. Finalmente,
doña Rodriguez, boluiendose a los señores,
les dixo:
  “Vuessas excelencias sean seruidos de darme
licencia que yo departa vn poco con este
cauallero, porque assi conuiene para salir con
bien del negocio en que me ha puesto el
atreuimiento de vn mal intencionado villano.”
  El duque dixo que el se la daua y que
departiesse con el señor don Quixote quanto le
viniesse en desseo. Ella, endereçando la voz y
el rostro a don Quixote, dixo:
  “Dias ha, valeroso cauallero, que os tengo
dada cuenta de la sinrazon y alebosia que vn
mal labrador tiene fecha a mi muy querida y
amada fija, que es esta desdichada que aqui está
presente, y vos me auedes prometido de boluer
por ella, endereçandole el tuerto que le tienen
fecho, y agora ha llegado a mi noticia que os
queredes partir deste castillo, en busca de las
buena[s] venturas que Dios os depare; y, assi,
querria que antes que os escurriessedes por
essos caminos, dessafiassedes a este rustico
indomito y le hiziessedes que se casasse con
mi hija, en cumplimiento de la palabra que le
dio de ser su esposo, antes y primero que
yogasse con ella; porque pensar que el duque
mi señor me ha de hazer justicia es pedir peras
al olmo, por la ocasion que ya a vuessa merced
en puridad tengo declarada. Y, con esto,
nuestro Señor de a vuessa merced mucha
salud, y a nosotras no nos dessampare.”
  A cuyas razones respondio don Quixote, con
mucha grauedad y prosopopeya:
  “Buena dueña, templad vuestras lagrimas, o
por mejor dezir, enjugadlas y ahorrad de
vuestros suspiros; que yo tomo a mi cargo el
remedio de vuestra hija, a la qual le huuiera
estado mejor no auer sido tan facil en creer
promessas de enamorados, las quales, por la
mayor parte, son ligeras de prometer y muy
pessadas de cumplir; y, assi, con licencia del
duque mi señor, yo me partire luego en busca
desse dessalmado mancebo, y le hallaré y le
dessafiaré y le mataré cada y quando que se
escusare de cumplir la prometida palabra; que
el principal assumpto de mi profession es perdonar
a los humildes y castigar a los soberuios;
quiero dezir, acorrer a los miserables y
destruyr a los rigurosos.”
  “No es menester”, respondio el duque, “que
vuessa merced se ponga en trabajo de buscar al
rustico de quien esta buena dueña se quexa,
ni es menester tampoco que vuessa merced
me pida a mi licencia para dessafiarle; que yo
le doy por dessafiado, y tomo a mi cargo de
hazerle saber este dessafio, y que le acete, y
venga a responder por si a este mi castillo,
donde a entrambos dare campo seguro, guardando
todas las condiciones que en tales actos
suelen y deuen guardarse, guardando igualmente
su justicia a cada vno, como estan obligados
a guardarla todos aquellos principes que
dan campo franco a los que se combaten en los
terminos de sus señorios.”
  “Pues con esse seguro y con buena licencia
de vuestra grandeza”, replicó don Quixote,
“desde aqui digo que por esta vez renuncio mi
hidalguia y me allano y ajusto con la llaneza
del dañador, y me hago igual con el, habilitandole
para poder combatir conmigo; y, assi,
aunque ausente, le dessafio y repto en razon
de que hizo mal en defraudar a esta pobre, que
fue donzella y ya por su culpa no lo es; y que
le ha de cumplir la palabra que le dio de ser su
legitimo esposo, o morir en la demanda.”
  Y luego, descalçandose vn guante, le arrojó
en mitad de la sala, y el duque le alçó, diziendo
que como ya auia dicho, el acetaua el tal
dessafio en nombre de su vassallo, y señalaua
el plaço de alli a seis dias, y el campo en la
plaça de aquel castillo, y las armas las
acostumbradas de los caualleros: lança y escudo y
arnes trançado, con todas las demas pieças, sin
engaño, supercheria o supersticion alguna,
examinadas y vistas por los juezes del campo.
  “Pero ante todas cosas es menester que esta
buena dueña y esta mala donzella pongan el
derecho de su justicia en manos del señor don
Quixote; que de otra manera no se hara nada
ni llegará a deuida execucion el tal dessafio.”
  “Yo si pongo”, respondio la dueña.
  “Y yo tambien”, añadio la hija, toda llorosa
y toda vergonçosa y de mal talante.
  Tomado, pues, este apuntamiento, y auiendo
imaginado el duque lo que auia de hazer en
el caso, las enlutadas se fueron, y ordenó la
duquessa que de alli adelante no las tratassen
como a sus criadas, sino como a señoras auentureras
que venian a pedir justicia a su casa; y,
assi, les dieron quarto aparte y las siruieron
como a forasteras, no sin espanto de las demas
criadas que no sabian en que auia de parar la
sandez y dessemboltura de doña Rodriguez, y
de su mal andante hija.
  Estando en esto, para acabar de regozijar
la fiesta y dar buen fin a la comida, veis aqui
donde entró por la sala el page que lleuó las
cartas y presentes a Teressa Pança, muger del
gouernador Sancho Pança, de cuya llegada
recibieron gran contento los duques, desseosos
de saber lo que le auia sucedido en su viage,
y, preguntandoselo, respondio el page que no
lo podia dezir tan en publico, ni con breues
palabras; que sus excelencias fuessen seruidos
de dexarlo para a solas, y que entretanto se
entretuuiessen con aquellas cartas. Y, sacando
dos cartas, las puso en manos de la duquessa.
La vna dezia en el sobreescrito: Carta para mi
señora la duquessa tal, de no se donde y la
otra: A mi marido Sancho Pança, gouernador
de la Insula Barataria, que Dios prospere mas
años que a mi.
  No se le cozia el pan, como suele dezirse, a
la duquessa hasta leer su carta, y, abriendola
y leydo para si, y viendo que la podia leer en
voz alta para que el duque y los circunstantes
la oyessen, leyo desta manera:

     CARTA DE TERESSA PANÇA A LA DVQVESSA

  “Mucho contento me dio, señora mia, la
carta que vuessa grandeza me escriuio, que en
verdad que la tenia bien desseada. La sarta de
corales es muy buena, y el vestido de caça de
mi marido no le va en zaga. De que vuessa
señoria aya hecho gouernador a Sancho mi
consorte ha recebido mucho gusto todo este
lugar, puesto que no ay quien lo crea,
principalmente el cura, y masse Nicolas el barbero,
y Sanson Carrasco el bachiller; pero a mi no
se me da nada; que como ello sea assi, como
lo es, diga cada vno lo que quisiere, aunque,
si va a dezir verdad, a no venir los corales y
el vestido, tampoco yo lo creyera; porque en
este pueblo todos tienen a mi marido por vn
porro, y que sacado de gouernar vn hato de
cabras, no pueden imaginar para qué gouierno
pueda ser bueno. Dios lo haga, y lo encamine
como vee que lo han menester sus hijos.
  ”Yo, señora de mi alma, estoy determinada,
con licencia de vuessa merced, de meter este
buen dia en mi casa, yendome a la corte a
tenderme en vn coche, para quebrar los ojos a
mil embidiosos que ya tengo. Y, assi, suplico
a vuessa excelencia mande a mi marido, me
embie algun dinerillo, y que sea algo qué,
porque en la corte son los gastos grandes; que
el pan vale a real, y la carne la libra a treynta
marauedis, que es vn juyzio; y si quisiere que
no vaya, que me lo auise con tiempo, porque
me estan bullendo los pies por ponerme en
camino; que me dizen mis amigas y mis
vezinas que si yo y mi hija andamos orondas y
pomposas en la corte, vendra a ser conocido
mi marido por mi mas que yo por el, siendo
forçoso que pregunten muchos: «¿Quién son
»estas señoras deste coche?» Y vn criado mio
responder: «La muger y la hija de Sancho
»Pança, gouernador de la Insula Barataria», y
desta manera sera conocido Sancho, y yo sere
estimada, y a Roma por todo.
  ”Pesame, quanto pesarme puede, que este
año no se han cogido vellotas en este pueblo;
con todo esso, embio a vuessa alteza hasta
medio celemin, que vna a vna las fuy yo a coger
y a escoger al monte, y no las hallé mas
mayores; yo quisiera que fueran como hueuos de
abestruz.
  ”No se le oluide a vuestra pomposidad de
escriuirme; que yo tendre cuydado de la
respuesta, auisando de mi salud y de todo lo que
huuiere que auisar deste lugar, donde quedo
rogando a nuestro Señor guarde a vuestra
grandeza, y a mi no oluide. Sancha mi hija
y mi hijo bessan a vuessa merced las
manos.

  ”La que tiene mas desseo de ver a vuessa señoria
   que de escriuirla. Su criada, Teressa Pança.”

  Grande fue el gusto que todos recibieron de
oyr la carta de Teressa Pança, principalmente
los duques, y la duquessa pidio parecer a don
Quixote si seria bien abrir la carta que venia
para el gouernador, que imaginaua deuia de
ser bonissima. Don Quixote dixo que el la
abriria por darles gusto, y assi lo hizo, y vio
que dezia desta manera:

    CARTA DE TERESSA PANÇA A SANCHO PANÇA
                  SV MARIDO

  “Tu carta recibi, Sancho mio de mi alma, y
yo te prometo y juro como catolica christiana
que no faltaron dos dedos para boluerme loca
de contento. Mira, hermano, quando yo llegué
a oyr que eres gouernador, me pense alli caer
muerta de puro gozo; que ya sabes tu que
dizen que assi mata la alegria subita como el
dolor grande. A Sanchica tu hija se le fueron
las aguas sin sentirlo de puro contento; el
vestido que me embiaste tenia delante, y los
corales que me embió mi señora la duquessa al
cuello, y las cartas en las manos, y el portador
dellas alli presente, y, con todo esso, creia y
pensaua que era todo sueño lo que veia y lo
que tocaua; porque ¿quién podia pensar que
vn pastor de cabras auia de venir a ser
gouernador de insulas? Ya sabes tu, amigo, que
dezia mi madre que era menester viuir mucho
para ver mucho; digolo porque pienso ver mas,
si viuo mas, porque no pienso parar hasta
verte arrendador o alcaualero, que son oficios
que aunque lleua el diablo a quien mal los vsa,
en fin en fin siempre tienen y manejan dineros.
Mi señora la duquessa te dira el desseo que
tengo de yr a la corte; mirate en ello, y
auisame de tu gusto; que yo procuraré honrarte en
ella andando en coche.
  ”El cura, el barbero, el bachiller y aun el
sacristan no pueden creer que eres gouernador y
dizen que todo es embeleco, o cosas de
encantamento, como son todas las de don Quixote
tu amo, y dize Sanson que ha de yr a buscarte
y a sacarte el gouierno de la cabeça, y a don
Quixote la locura de los cascos; yo no hago
sino reyrme, y mirar mi sarta, y dar traça del
vestido que tengo de hazer del tuyo a nuestra
hija. Vnas bellotas embié a mi señora la
duquessa; yo quisiera que fueran de oro. Embiame
tu algunas sartas de perlas, si se vsan en
essa insula.
  ”Las nueuas deste lugar son que la Berrueca
casó a su hija con vn pintor de mala mano,
que llegó a este pueblo a pintar lo que saliesse;
mandole el concejo pintar las armas de su
magestad sobre las puertas del Ayuntamiento,
pidio dos ducados, dieronselos adelantados,
trabajó ocho dias, al cabo de los quales no
pintó nada y dixo que no acertaua a pintar
tantas baratijas; boluio el dinero, y, con todo
esso, se casó a titulo de buen oficial; verdad
es que ya ha dexado el pinzel y tomado el
açada, y va al campo como gentilhombre. El
hijo de Pedro de Lobo se ha ordenado de grados
y corona, con intencion de hazerse clerigo;
supolo Minguilla, la nieta de Mingo Siluato,
y hale puesto demanda de que la tiene dada
palabra de casamiento; malas lenguas quieren
dezir que ha estado encinta del, pero el lo
niega a pies juntillas.
  ”Ogaño no ay azeytunas, ni se halla vna
gota de vinagre en todo este pueblo. Por aqui
passó vna compañia de soldados; lleuaronse de
camino tres moças deste pueblo, no te quiero
dezir quién son; quiça bolueran y no faltará
quien las tome por mugeres, con sus tachas
buenas o malas. Sanchica haze puntas de randas,
gana cada dia ocho marauedis horros, que
los va echando en vna alcanzia para ayuda a
su axuar; pero aora que es hija de vn gouernador
tu le daras la dote sin que ella lo trabaje.
La fuente de la plaça se secó, vn rayo cayo
en la picota, y alli me las den todas. Espero
respuesta desta, y la resolucion de mi yda a la
corte; y, con esto, Dios te me guarde mas años
que a mi, o tantos; porque no querria dexarte
sin mi en este mundo.

                  ”Tu muger, Teresa Pança.”

  Las cartas fueron solenizadas, reydas,
estimadas y admiradas, y para acabar de echar el
sello llegó el correo, el que traia la que Sancho
embiaua a don Quixote, que assimesmo se leyo
publicamente, la qual puso en duda la sandez
del gouernador.
  Retirose la duquessa para saber del page lo
que le auia sucedido en el lugar de Sancho, el
qual se lo conto muy por estenso sin dexar
circunstancia que no refiriesse; diole las bellotas,
y mas vn queso que Teresa le dio por ser muy
bueno, que se auentajaua a los de Tronchon.
Recibiolo la duquessa con grandissimo gusto,
con el qual la dexaremos, por contar el fin que
tuuo el gouierno del gran Sancho Pança, flor y
espejo de todos los insulanos gouernadores.

                Capitulo LIII

Del fatigado fin y remate que tuuo el gouierno
               de Sancho Pança.

  Pensar que en esta vida las cosas della han
de durar siempre en vn estado es pensar en lo
escusado. Antes parece que ella anda todo en
redondo, digo, a la redonda: la primauera sigue
al verano, el verano al estio, el estio al
otoño, y el otoño al inuierno, y el inuierno a la
primauera, y assi torna a andarse el tiempo
con esta rueda continua. Sola la vida humana
corre a su fin, ligera mas que el tiempo,
sin esperar renouarse, sino es en la otra que no
tiene terminos que la limiten. Esto dize Cide
Hamete, filosofo mahometico; porque esto de
entender la ligereza e instabilidad de la vida
presente y la duracion de la eterna que se
espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la
luz natural, lo han entendido; pero aqui
nuestro autor lo dize por la presteza con que se
acabó, se consumio, se deshizo, se fue como
en sombra y humo el gouierno de Sancho.
  El qual, estando la septima noche de los dias
de su gouierno en su cama, no harto de pan ni
de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de
hazer estatutos y pragmaticas, quando el sueño
a despecho y pesar de la hambre le començaua
a cerrar los parpados, oyo tan gran ruydo
de campanas y de vozes, que no parecia sino
que toda la insula se hundia. Sentose en la
cama y estuuo atento y escuchando, por ver
si daua en la cuenta de lo que podia ser la
causa de tan grande alboroto; pero no solo no
lo supo, pero añadiendose al ruydo de vozes y
campanas el de infinitas trompetas y
atambores, quedó mas confuso y lleno de temor y
espanto, y, leuantandose en pie, se puso vnas
chinelas por la humedad del suelo, y sin
ponerse sobreropa de leuantar, ni cosa que se
pareciesse, salio a la puerta de su aposento, a
tiempo quando vio venir por vnos corredores
mas de veynte personas con hachas encendidas
en las manos, y con las espadas desenuaynadas,
gritando todos a grandes vozes:
  “¡Arma, arma, señor gouernador, arma!; que
han entrado infinitos enemigos en la insula, y
somos perdidos si vuestra industria y valor no
nos socorre.”
  Con este ruydo, furia y alboroto llegaron
donde Sancho estaua, atonito y embelesado
de lo que oia y veia, y quando llegaron a el,
vno le dixo:
  “Armese luego vuessa señoria, si no quiere
perderse y que toda esta insula se pierda.”
  “¿Qué me tengo de armar”, respondio Sancho,
“ni qué se yo de armas ni de socorros?
Estas cosas mejor sera dexarlas para mi amo
don Quixote, que en dos paletas las despachará,
y pondra en cobro; que yo, pecador fui a
Dios, no se me entiende nada destas priessas.”
  “¡Ha, señor gouernador!”, dixo otro. “¿Qué
relente es esse? Armese vuessa merced; que
aqui le traemos armas ofensiuas y defensiuas,
y salga a essa plaça y sea nuestra guia y
nuestro capitan, pues de derecho le toca el
serlo, siendo nuestro gouernador.”
  “Armenme nora buena”, replicó Sancho.
  Y al momento le truxeron dos paueses, que
venian proueydos dellos, y le pusieron encima
de la camisa, sin dexarle tomar otro vestido, vn
paues delante y otro detras, y por vnas concauidades
que traian hechas, le sacaron los braços
y le liaron muy bien con vnos cordeles, de
modo, que quedó emparedado y entablado, derecho
como vn huso, sin poder doblar las rodillas,
ni menearse vn solo paso. Pusieronle en
las manos vna lança, a la qual se arrimó para
poder tenerse en pie. Quando assi le tuuieron,
le dixeron que caminasse y los guiasse y animasse
a todos; que siendo el su norte, su lanterna
y su luzero, tendrian buen fin sus negocios.
  “¿Cómo tengo de caminar, desuenturado
yo”, respondio Sancho, “que no puedo jugar
las choquezuelas de las rodillas, porque me lo
impiden estas tablas que tan cosidas tengo
con mis carnes? Lo que han de hazer es
lleuarme en braços y ponerme atrauessado, o en
pie, en algun postigo; que yo le guardaré, o
con esta lança o con mi cuerpo.”
  “Ande, señor gouernador”, dixo otro, “que
mas el miedo que las tablas le impiden el paso;
acabe y meneese; que es tarde y los enemigos
crecen, y las vozes se aumentan, y el peligro
carga.”
  Por cuyas persuasiones y vituperios prouo el
pobre gouernador a mouerse, y fue dar consigo
en el suelo tan gran golpe que penso que
se auia hecho pedaços. Quedó como galapago
encerrado y cubierto con sus conchas, o como
medio tozino metido entre dos artesas, o bien
assi como varca que da al traues en la arena,
y no por verle caydo aquella gente burladora
le tuuieron compassion alguna; antes, apagando
las antorchas tornaron a reforçar las vozes
y a reyterar el ¡arma! con tan gran priessa,
passando por encima del pobre Sancho, dandole
infinitas cuchilladas sobre los paueses,
que si el no se recogiera y encogiera metiendo
la cabeça entre los paueses, lo passara muy
mal el pobre gouernador; el qual, en aquella
estrecheza recogido, sudaua y trassudaua, y de
todo coraçon se encomendaua a Dios que de
aquel peligro le sacasse. Vnos tropeçauan en
el, otros caian, y tal huuo que se puso encima
vn buen espacio, y, desde alli, como desde
atalaya, gouernaua los exercitos, y a grandes
vozes dezia:
  “¡Aqui de los nuestros: que por esta parte
cargan mas los enemigos! ¡Aquel portillo se
guarde, aquella puerta se cierre, aquellas
escalas se tranquen! ¡Vengan alcanzias, pez y
resina en calderas de azeyte ardiendo!
¡Trincheense las calles con colchones!”
  En fin, el nombraua con todo ahinco todas
las varatijas e instrumentos y pertrechos de
guerra, con que suele defenderse el assalto de
vna ciudad, y el molido Sancho, que lo
escuchaua y sufria todo, dezia entre si:
  “¡O, si mi Señor fuesse seruido que se acabasse
ya de perder esta insula, y me viesse yo,
o muerto, o fuera desta grande angustia!”
  Oyo el cielo su peticion, y quando menos lo
esperaua, oyo vozes que dezian:
  “¡Vitoria, vitoria, los enemigos van de
vencida! ¡Ea, señor gouernador, leuantese vuessa
merced!; y venga a gozar del vencimiento, y a
repartir los despojos que se han tomado a los
enemigos, por el valor desse inuencible braço.”
  “Leuantenme”, dixo con voz doliente el
dolorido Sancho.
  Ayudaronle a leuantar, y, puesto en pie, dixo:
  “El enemigo que yo huuiere vencido quiero
que me le clauen en la frente. Yo no quiero
repartir despojos de enemigos, sino pedir y
suplicar a algun amigo, si es que le tengo, que
me de vn trago de vino, que me seco; y me
enxugue este sudor, que me hago agua.”
  Limpiaronle, truxeronle el vino, desliaronle
los paueses, sentose sobre su lecho, y desmayose
del temor del sobresalto y del trabajo. Ya
les pesaua a los de la burla, de auersela hecho
tan pesada; pero el auer buelto en si Sancho
les templó la pena que les auia dado su
desmayo. Preguntó qué hora era; respondieronle
que ya amanezia. Calló, y, sin dezir otra cosa,
començo a vestirse, todo sepultado en silencio,
y todos le mirauan y esperauan en qué auia de
parar la priessa con que se vestia. Vistiose, en
fin, y poco a poco, porque estaua molido y no
podia yr mucho a mucho, se fue a la caualleriza,
siguiendole todos los que alli se hallauan,
y, llegandose al ruzio, le abraçó y le dio vn
beso de paz en la frente y, no sin lagrimas en
los ojos, le dixo:
  “Venid vos aca, compañero mio y amigo mio,
y conlleuador de mis trabajos y miserias;
quando yo me auenia con vos, y no tenia otros
pensamientos que los que me dauan los cuydados
de remendar vuestros aparejos y de sustentar
vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas,
mis dias y mis años; pero despues que os dexé,
y me subi sobre las torres de la ambicion y de
la soberuia, se me han entrado por el alma
adentro mil miserias, mil trabajos y quatro mil
dessassossi[e]gos.”
  Y, en tanto que estas razones yua diziendo,
yua assimesmo enalbardando el asno, sin que
nadie nada le dixesse. Enalbardado, pues, el
ruzio, con gran pena y pesar subio sobre el, y,
encaminando sus palabras y razones al mayordomo,
al secretario, al maestresala y a Pedro
Rezio el doctor, y a otros muchos que alli
presentes estauan, dixo:
  “Abrid camino, señores mios, y dexadme
boluer a mi antigua libertad; dexadme que
vaya a buscar la vida passada, para que me
resucite de esta muerte presente. Yo no naci
para ser gouernador, ni para defender insulas
ni ciudades de los enemigos que quisieren
acometerlas; mejor se me entiende a mi de
arar y cabar, podar y ensarmentar las viñas
que de dar leyes ni de defender prouincias ni
reynos; bien se está San Pedro en Roma; quiero
dezir que bien se está cada vno vsando el
oficio para que fue nacido: mejor me está a mi
vna hoz en la mano que vn cetro de gouernador;
mas quiero hartarme de gazpachos que
estar sugeto a la miseria de vn medico
impertinente que me mate de hambre, y mas quiero
recostarme a la sombra de vna encina en el
verano, y arroparme con vn zamarro de dos
pelos en el inuierno, en mi libertad, que
acostarme con la sugecion del gouierno entre
sauanas de olanda, y vestirme de martas
cebollinas. Vuessas mercedes se queden con Dios y
digan al duque mi señor que desnudo naci,
desnudo me hallo, ni pierdo ni gano; quiero
dezir que sin blanca entré en este gouierno, y
sin ella salgo, bien al reues de como suelen
salir los gouernadores de otras insulas. Y
apartense, dexenme yr; que me voy a bizmar, que
creo que tengo brumadas todas las costillas,
merced a los enemigos que esta noche se han
passeado sobre mi.”
  “No ha de ser assi, señor gouernador”, dixo
el doctor Rezio; “que yo le dare a vuessa
merced vna beuida contra caydas y molimientos,
que luego le buelua en su pristina entereza y
vigor, y en lo de la comida yo prometo a
vuessa merced de enmendarme, dexandole
comer abundantemente de todo aquello que
quisiere.”
  “Tarde piache”, respondio Sancho; “assi
dexaré de yrme como boluerme turco. No son
estas burlas para dos vezes. Por Dios que assi
me quede en este ni admita otro gouierno,
aunque me le diessen entre dos platos, como
bolar al cielo sin alas. Yo soy del linage de
los Panças, que todos son testarudos, y si vna
vez dizen nones, nones han de ser, aunque
sean pares, a pesar de todo el mundo.
Quedense en esta caualleriza las alas de la
hormiga, que me leuantaron en el ayre para que
me comiessen venzejos y otros paxaros, y
boluamonos a andar por el suelo con pie llano;
que si no le adornaren çapatos picados de
cordouan, no le faltarán alpargatas toscas de
cuerda. Cada oueja con su pareja, y nadie
tienda mas la pierna de quanto fuere larga la
sabana; y dexenme passar, que se me haze
tarde.”
  A lo que el mayordomo dixo:
  “Señor gouernador, de muy buena gana
dexaramos yr a vuessa merced, puesto que
nos pesara mucho de perderle; que su ingenio
y su christiano proceder obligan a dessearle.
Pero ya se sabe que todo gouernador está
obligado, antes que se ausente de la parte
donde ha gouernado, dar primero residencia;
dela vuessa merced de los diez dias que
ha que tiene el gouierno, y vayase a la paz de
Dios.”
  “Nadie me la puede pedir”, respondio
Sancho, “si no es quien ordenare el duque mi
señor. Yo voy a verme con el y a el se la dare
de molde; quanto mas que saliendo yo desnudo
como salgo, no es menester otra señal
para dar a entender que he gouernado como
vn angel.”
  “Par Dios que tiene razon el gran Sancho”,
dixo el doctor Rezio, “y que soy de parecer
que le dexemos yr, porque el duque ha de
gustar infinito de verle.”
  Todos vinieron [en] ello, y le dexaron yr,
ofreciendole primero compañia y todo aquello
que quisiesse para el regalo de su persona y
para la comodidad de su viage. Sancho dixo
que no queria mas de vn poco de ceuada para
el ruzio, y medio queso y medio pan para el;
que pues el camino era tan corto, no auia
menester mayor ni mejor reposteria. Abraçaronle
todos, y el, llorando, abraçó a todos, y los dexó
admirados assi de sus razones como de su
determinacion tan resoluta y tan discreta.

                 Capitulo LIV

 Que trata de cosas tocantes a esta historia
             y no a otra alguna.

  Resoluieronse el duque y la duquessa de
que el desafio que don Quixote hizo a su vassallo
por la causa ya referida passasse adelante;
y puesto que el moço estaua en Flandes, a
donde se auia ydo huyendo por no tener por
suegra a doña Rodriguez, ordenaron de poner
en su lugar a vn lacayo gascon que se llamaua
Tosilos, industriandole primero muy bien de
todo lo que auia de hazer.
  De alli a dos dias dixo el duque a don
Quixote como desde alli a quatro vendria su
contrario, y se presentaria en el campo armado
como cauallero, y sustentaria como la donzella
mentia por mitad de la barba, y aun por toda
la barba entera, si se afirmaua que el le
huuiesse dado palabra de casamiento. Don Quixote
recibio mucho gusto con las tales nueuas,
y se prometio a si mismo de hazer marauillas
en el caso, y tuuo a gran ventura auersele
ofrecido ocasion donde aquellos señores
pudiessen ver hasta dónde se estendia el valor
de su poderoso braço. Y, assi, con alboroço y
contento esperaua los quatro dias que se le
yuan haziendo, a la cuenta de su desseo,
quatrocientos siglos.
  Dexemoslos passar nosotros, como dexamos
passar otras cosas, y vamos a acompañar a
Sancho, que entre alegre y triste venia
caminando sobre el ruzio a buscar a su amo, cuya
compañia le agradaua mas que ser
gouernador de todas las insulas del mundo.
  Sucedio, pues, que no auiendose alongado
mucho de la insula de su gouierno --que el
nunca se puso a aueriguar si era insula, ciudad,
villa o lugar la que gouernaua--, vio que
por el camino por donde el yua venian seys
peregrinos con sus bordones, de estos
estrangeros que piden la limosna cantando, los
quales, en llegando a el, se pusieron en ala, y,
leuanta[n]do las vozes todos juntos, començaron
a cantar en su lengua lo que Sancho no pudo
entender, si no fue vna palabra que claramente
pronunciaua limosna, por donde entendio,
que era limosna la que en su canto pedian; y
como el, segun dize Cide Hamete, era caritatiuo
a demas, sacó de sus alforjas medio pan y
medio queso, de que venia proueydo, y dioselo,
diziendoles por señas que no tenia otra
cosa que darles. Ellos lo recibieron de muy
buena gana y dixeron: guelte, guelte.
  “No entiendo”, respondio Sancho, “qué es
lo que me pedis, buena gente.”
  Entonces vno de ellos sacó vna bolsa del
seno, y mostrosela a Sancho, por donde entendio
que le pedian dineros, y el, poniendose el
dedo pulgar en la garganta, y estendiendo la
mano arriba, les dio a entender que no tenia
ostugo de moneda, y, picando al ruzio,
rompio por ellos; y al passar, auiendole estado
mirando vno dellos con mucha atencion, arremetio
a el, echandole los braços por la cintura, en
voz alta y muy castellana dixo:
  “¡Valame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es
possible que tengo en mis braços al mi caro
amigo, al mi buen vezino Sancho Pança? Si
tengo, sin duda, porque yo ni duermo, ni estoy
aora borracho.”
  Admirose Sancho de verse nombrar por su
nombre, y de verse abraçar del estrangero
peregrino, y despues de auerle estado mirando,
sin hablar palabra, con mucha atencion, nunca
pudo conocerle; pero viendo su suspension
el peregrino, le dixo:
  “¿Cómo y es possible, Sancho Pança hermano,
que no conoces a tu vezino Ricote el morisco,
tendero de tu lugar?”
  Entonces Sancho le miró con mas atencion,
y començo a rafigurarle, y, finalmente, le
vino a conocer de todo punto, y, sin apearse
del jumento, le echó los braços al cuello, y le
dixo:
  “¿Quién diablos te auia de conocer, Ricote,
en esse trage de moharracho que traes? Dime:
¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes
atreuimiento de boluer a España, donde si te
cogen y conocen, tendras harta mala ventura?#148;
  “Si tu no me descubres, Sancho”, respondio
el peregrino, “seguro estoy; que en este trage
no aura nadie que me conozca; y apartemonos
del camino a aquella alameda que alli parece,
donde quieren comer y reposar mis compañeros,
y alli comeras con ellos, que son muy apazible
gente. Yo tendre lugar de contarte lo que
me ha sucedido despues que me parti de nuestro
lugar, por obedecer el vando de su magestad,
que con tanto rigor a los desdichados
de mi nacion amenazaua, segun oyste.”
  Hizolo assi Sancho, y, hablando Ricote a los
demas peregrinos, se apartaron a la alameda,
que se parecia, bien desuiados del camino real.
Arrojaron los bordones, quitaronse las muzetas
o esclauinas y quedaron en pelota, y todos ellos
eran moços, y muy gentiles hombres, excepto
Ricote, que ya era hombre entrado en años.
Todos traian alforjas, y todas, segun parecio,
venian bien proueydas, a lo menos, de cosas
incitatiuas y que llaman a la sed de dos leguas.
  Tendieronse en el suelo, y, haziendo manteles
de las yeruas, pusieron sobre ellas pan,
sal, cuchillos, nuezes, rajas de queso, huessos
mondos de xamon, que si no se dexauan mascar,
no defendian el ser chupados. Pusieron
assimismo vn manjar negro que dizen que se
llama cabial, y es hecho de hueuos de
pescados, gran despertador de la colambre. No
faltaron azeytunas, aunque secas y sin adouo
alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo
que mas campeó en el campo de aquel banquete
fueron seys botas de vino, que cada vno
sacó la suya de su alforja; hasta el buen Ricote,
que se auia transformado de morisco en aleman,
o en tudesco, sacó la suya, que en grandeza
podia competir con las cinco. Començaron
a comer con grandissimo gusto y muy de
espacio, saboreandose con cada bocado, que
le tomauan con la punta del cuchillo, y muy
poquito de cada cosa, y luego al punto todos
a vna leuantaron los braços y las botas en el
ayre; puestas las bocas en su boca, clauados
los ojos en el cielo, no parecia sino que ponian
en el la punteria, y desta manera meneando
las cabeças a vn lado y a otro, señales que
acreditauan el gusto que recebian, se
estuuieron vn buen espacio trassegando en sus
estomagos las entrañas de las vasijas.
  Todo lo miraua Sancho, y de ninguna cosa
se dolia, antes por cumplir con el refran que
el muy bien sabia, de «quando a Roma fueres
»haz como vieres», pidio a Ricote la bota, y tomó
su punteria como los demas, y no con menos
gusto que ellos. Quatro vezes dieron lugar las
botas para ser empinadas, pero la quinta no
fue possible, porque ya estauan mas enxutas
y secas que vn esparto, cosa que puso mustia
la alegria que hasta alli auian mostrado. De
quando en quando juntaua alguno su mano
derecha con la de Sancho, y dezia:
  “Español y tudesqui tuto vno: bon
compaño.”
  Y Sancho respondia:
  “Bon compaño, jura Di”, y disparaua con
vna risa que le duraua vn hora, sin acordarse
entonces de nada de lo que le auia sucedido
en su gouierno; porque sobre el rato y tiempo
quando se come y beue, poca jurisdicion suelen
tener los cuydados. Finalmente, el acabarsele
el vino fue principio de vn sueño que dio a
todos, quedandose dormidos sobre las mismas
mesas y manteles. Solos Ricote y Sancho
quedaron alerta, porque auian comido mas y
beuido menos, y, apartando Ricote a Sancho, se
sentaron al pie de vna haya, dexando a los
peregrinos sepultados en dulce sueño, y Ricote,
sin tropeçar nada en su lengua morisca, en la
pura castellana le dixo las siguientes razones:
  “Bien sabes, o Sancho Pança, vezino y amigo
mio, como el pregon y vando que su magestad
mandó publicar contra los de mi nacion,
puso terror y espanto en todos nosotros, a lo
menos, en mi le puso de suerte que me parece
que antes del tiempo que se nos concedia para
que hiziessemos ausencia de España, ya tenia
el rigor de la pena executado en mi persona y
en la de mis hijos. Ordené, pues, a mi parecer,
como prudente, bien assi como el que sabe
que para tal tiempo le han de quitar la casa
donde viue, y se prouee de otra donde mudarse,
ordené, digo, de salir yo solo sin mi familia
de mi pueblo, y yr a buscar donde lleuarla con
comodidad, y sin la priessa con que los demas
salieron. Porque bien vi y vieron todos
nuestros ancianos que aquellos pregones no eran
solo amenazas, como algunos dezian, sino
verdaderas leyes que se auian de poner en
execucion a su determinado tiempo. Y forçauame a
creer esta verdad saber yo los ruynes y
disparatados intentos que los nuestros tenian, y
tales, que me parece que fue inspiracion diuina
la que mouio a su magestad a poner en efecto
tan gallarda resolucion, no porque todos
fuessemos culpados; que algunos auia christianos
firmes y verdaderos. Pero eran tan pocos que no
se podian oponer a los que no lo eran, y no era
bien criar la sierpe en el seno, teniendo los
enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa
razon fuymos castigados con la pena del
destierro, blanda y suaue al parecer de algunos;
pero al nuestro la mas terrible que se nos podia
dar. Doquiera que estamos lloramos por España;
que, en fin, nacimos en ella y es nuestra
patria natural. En ninguna parte hallamos el
acogimiento que nuestra desuentura dessea, y
en Berberia y en todas las partes de Africa
donde esperauamos ser recebidos, acogidos y
regalados, alli es donde mas nos ofenden y
maltratan. No hemos conocido el bien hasta
que le hemos perdido, y es el desseo tan grande
que casi todos tenemos de boluer a España,
que los mas de aquellos, y son muchos, que
saben la lengua como yo, se bueluen a ella, y
dexan alla sus mugeres y sus hijos desamparados:
tanto es el amor que la tienen; y agora
conozco y experimento lo que suele dezirse:
que es dulce el amor de la patria.
  ”Sali, como digo, de nuestro pueblo, entré en
Francia, y aunque alli nos hazian buen
acogimiento, quise verlo todo, passé a Italia, y
llegué a Alemania, y alli me parecio que se podia
viuir con mas libertad, porque sus habitadores
no miran en muchas delicadezas: cada vno
viue como quiere, porque en la mayor parte
della se viue con libertad de conciencia. Dexé
tomada casa en vn pueblo junto a Augusta;
junteme con estos peregrinos que tienen por
costumbre de venir a España, muchos dellos
cada año, a visitar los santuarios della; que los
tienen por sus Indias, y por certissima grangeria
y conocida ganancia. Andanla casi toda, y
no ay pueblo ninguno de donde no salgan
comidos y beuidos, como suele dezirse, y con vn
real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su
viage salen con mas de cien escudos de sobra,
que trocados en oro, o ya en el hueco de los
bordones, o entre los remiendos de las esclauinas,
o con la industria que ellos pueden los
sacan del reyno, y los passan a sus tierras, a
pesar de las guardas de los puestos y puertos
donde se registran.
  ”Aora es mi intencion, Sancho, sacar el
tesoro que dexé enterrado, que por estar fuera
del pueblo lo podre hazer sin peligro, y
escriuir o passar desde Valencia a mi hija y a mi
muger, que se que está en Argel, y dar traça
como traerlas a algun puerto de Francia, y desde
alli lleuarlas a Alemania, donde esperaremos
lo que Dios quisiere hazer de nosotros.
Que, en resolucion, Sancho, yo se cierto que la
Ricota mi hija y Francisca Ricota mi muger son
catolicas christianas, y aunque yo no lo soy
tanto, todauia tengo mas de christiano que de
moro, y ruego siempre a Dios me abra los ojos
del entendimiento y me de a conocer cómo le
tengo de seruir. Y lo que me tiene admirado
es no saber por qué se fue mi muger y mi hija
antes a Berberia que a Francia, adonde podia
viuir como christiana.”
  A lo que respondio Sancho:
  “Mira, Ricote, esso no deuio estar en su
mano, porque las lleuó Iuan Tiopieyo, el hermano
de tu muger, y como deue de ser fino moro,
fuesse a lo mas bien parado; y sete dezir otra
cosa que creo: que vas en valde a buscar lo
que dexaste encerrado, porque tuuimos
nueuas que auian quitado a tu cuñado y tu
muger muchas perlas y mucho dinero en oro,
que lleuauan por registrar.”
  “Bien puede ser esso”, replicó Ricote; “pero
yo se, Sancho, que no tocaron a mi encierro,
porque yo no les descubri donde estaua,
temeroso de algun desman, y assi, si tu, Sancho,
quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y
a encubrirlo, yo te dare docientos escudos,
con que podras remediar tus necesidades,
que ya sabes que se yo que las tienes, muchas.”
  “Yo lo hiziera”, respondio Sancho; “pero no
soy nada codicioso, que a serlo vn oficio dexé
yo esta mañana de las manos, donde pudiera
hazer las paredes de mi casa de oro, y comer
antes de seys meses en platos de plata; y assi,
por esto, como por parecerme haria traycion a
mi rey en dar fauor a sus enemigos, no fuera
contigo, si como me prometes docientos escudos
me dieras aqui de contado quatrocientos.”
  “Y ¿qué oficio es el que has dexado,
Sancho?”, preguntó Ricote.
  “He dexado de ser gouernador de vna
insula”, respondio Sancho, “y tal, que a buena
fee que no hallen otra como ella a tres tirones.”
  “Y ¿dónde está essa insula?”, preguntó
Ricote.
  “¿Adónde?”, respondio Sancho. “Dos leguas
de aqui, y se llama la insula Barataria.”
  “Calla, Sancho”, dixo Ricote; “que las
insulas estan alla dentro de la mar; que no ay
insulas en la tierra firme.”
  “¿Cómo no?”, replicó Sancho. “Digote, Ricote
amigo, que esta mañana me parti della, y
ayer estuue en ella gouernando a mi plazer,
como vn sagitario; pero, con todo esso, la he
dexado, por parecerme oficio peligroso el de
los gouernadores.”
  “Y ¿qué has ganado en el gouierno?”,
preguntó Ricote.
  “He ganado”, respondio Sancho, “el auer
conocido que no soy bueno para gouernar, si
no es vn hato de ganado, y que las riquezas
que se ganan en los tales gouiernos son a
costa de perder el descanso y el sueño y aun el
sustento; porque en las insulas deuen de
comer poco los gouernadores, especialmente si
tienen medicos que miren por su salud.”
  “Yo no te entiendo, Sancho”, dixo Ricote;
“pero pareceme que todo lo que dizes es disparate;
que ¿quién te auia de dar a ti insulas que
gouernasses? ¿Faltauan hombres en el mundo
mas habiles para gouernadores que tu eres?
Calla, Sancho, y buelue en ti y mira si quieres
venir conmigo, como te he dicho, a ayudarme
a sacar el tesoro que dexé escondido; que en
verdad que es tanto que se puede llamar tesoro,
y te dare con que viuas, como te he dicho.”
  “Ya te he dicho, Ricote”, replicó Sancho,
“que no quiero; contentate que por mi no seras
descubierto, y prosigue en buena hora tu
camino y dexame seguir el mio; que yo se que
lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su
dueño.”
  “No quiero porfiar, Sancho”, dixo Ricote;
“pero dime: ¿hallastete en nuestro lugar quando
se partio del mi muger, mi hija y mi cuñado?”
  “Si hallé”, respondio Sancho, “y sete dezir
que salio tu hija tan hermosa, que salieron a
verla quantos auia en el pueblo, y todos dezian
que era la mas bella criatura del mundo. Yua
llorando y abraçaua a todas sus amigas y
conocidas y a quantos llegauan a verla, y a todos
pedia la encomendassen a Dios y a Nuestra
Señora su madre; y esto, con tanto sentimiento,
que a mi me hizo llorar, que no suelo ser muy
lloron. Y a fee que muchos tuuieron desseo de
esconderla y salir a quitarsela en el camino;
pero el miedo de yr contra el mandado del rey
los detuuo. Principalmente se mostro mas
apassionado don Pedro Gregorio, aquel mancebo
mayorazgo rico que tu conoces, que dizen que
la queria mucho, y despues que ella se partio,
nunca mas el ha parecido en nuestro lugar, y
todos pensamos que yua tras ella para robarla;
pero hasta aora no se ha sabido nada.”
  “Siempre tuue yo mala sospecha”, dixo
Ricote, “de que esse cauallero adamaua a mi
hija; pero fiado en el valor de mi Ricota, nunca
me dio pesadumbre el saber que la queria bien;
que ya auras oydo dezir, Sancho, que las
moriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por
amores con christianos viejos, y mi hija, que,
a lo que yo creo, atendia a ser mas christiana
que enamorada, no se curaria de las solicitudes
de esse señor mayorazgo.”
  “Dios lo haga”, replicó Sancho; “que a
entrambos les estaria mal, y dexame partir de
aqui, Ricote amigo; que quiero llegar esta
noche adonde está mi señor don Quixote.”
  “Dios vaya contigo, Sancho hermano; que
ya mis compañeros se rebullen, y tambien es
hora que prosigamos nuestro camino.”
  Y luego se abraçaron los dos, y Sancho subio
en su ruzio y Ricote se arrimó a su bordon,
y se apartaron.

                 Capitulo LV

 De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y
        otras, que no ay mas que ver.

  El auerse detenido Sancho con Ricote no le
dio lugar a que aquel dia llegasse al castillo
del duque, puesto que llegó media legua del,
donde le tomó la noche algo escura y cerrada.
Pero como era verano, no le dio mucha
pesadumbre, y, assi, se apartó del camino, con
intencion de esperar la mañana, y quiso su corta
y desuenturada suerte, que, buscando lugar
donde mejor acomodarse, cayeron el y el ruzio
en vna honda y escurissima sima que entre
vnos edificios muy antiguos estaua, y al
tiempo del caer, se encomendo a Dios de todo
coraçon, pensando que no auia de parar hasta el
profundo de los abismos, y no fue assi, porque
a poco mas de tres estados dio fondo el ruzio,
y el se halló encima del, sin auer recebido
lision ni daño alguno. Tentose todo el cuerpo y
recogio el aliento por ver si estaua sano, o
agujereado, por alguna parte, y, viendose
bueno, entero y catolico de salud, no se hartaua
de dar gracias a Dios nuestro Señor de la
merced que le auia hecho; porque sin duda penso
que estaua hecho mil pedaços. Tento assimismo
con las manos por las paredes de la sima,
por ver si seria possible salir della sin ayuda de
nadie; pero todas las halló rasas y sin assidero
alguno, de lo que Sancho se congojó mucho,
especialmente quando oyo que el ruzio se
quexaua tierna y dolorosamente, y no era mucho,
ni se lamentaua de vicio, que a la verdad no
estaua muy bien parado.
  “¡Ay”, dixo entonces Sancho Pança, “y quán
no pensados sucessos suelen suceder a cada
paso a los que viuen en este miserable mundo!
¿Quién dixera que el que ayer se vio
entronizado gouernador de vna insula, mandando a
sus siruientes y a sus vassallos, oy se auia de
ver sepultado en vna sima, sin auer persona
alguna que le remedie, ni criado, ni vassallo
que acuda a su socorro? Aqui auremos de
perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos
morimos antes, el de molido y quebrantado, y
yo de pesaroso. A lo menos, no sere yo tan
venturoso como lo fue mi señor don Quixote de
la Mancha, quando decendio y baxó a la cueua
de aquel encantado Montesinos, donde halló
quien le regalasse mejor que en su casa; que
no parece sino que se fue a mesa puesta y a
cama hecha; alli vio el visiones hermosas y
apazibles, y yo vere aqui, a lo que creo, sapos
y culebras. ¡Desdichado de mi!, y en qué han
parado mis locuras y fantasias? De aqui sacarán
mis huessos, quando el cielo sea seruido
que me descubran, mondos, blancos y raydos,
y los de mi buen ruzio con ellos, por donde
quiça se echará de ver quien somos, a lo
menos, de los que tuuieren noticia [de] que nunca
Sancho Pança se apartó de su asno, ni su asno
de Sancho Pança; otra vez digo: ¡miserables
de nosotros, que no ha querido nuestra corta
suerte que muriessemos en nuestra patria, y
entre los nuestros, donde ya que no hallara
remedio nuestra desgracia, no faltara quien dello
se doliera, y en la hora vltima de nuestro
passamiento nos cerrara los ojos!
  ”¡O compañero y amigo mio, qué mal pago
te he dado de tus buenos seruicios! Perdoname,
y pide a la fortuna, en el mejor modo que
supieres, que nos saque deste miserable trabajo
en que estamos puestos los dos; que yo
prometo de ponerte vna corona de laurel en la
cabeça, que no parezcas sino vn laureado
poeta, y de darte los piensos doblados.”
  Desta manera se lamentaua Sancho Pança,
y su jumento le escuchaua sin responderle
palabra alguna, tal era el aprieto y angustia en
que el pobre se hallaua. Finalmente, auiendo
passado toda aquella noche en miserables
quexas y lamentaciones, vino el dia, con cuya
claridad y resplandor vio Sancho que era
impossible de toda impossibilidad salir de aquel
pozo, sin ser ayudado, y començo a lamentarse
y dar vozes, por ver si alguno le oia; pero
todas sus vozes eran dadas en desierto, pues
por todos aquellos contornos no auia persona
que pudiesse escucharle, y entonces se acabó
de dar por muerto. Estaua el ruzio boca arriba
y Sancho Pança le acomodó de modo, que le
puso en pie, que apenas se podia tener; y,
sacando de las alforjas, que tambien auian
corrido la mesma fortuna de la cayda, vn pedaço
de pan, lo dio a su jumento, que no le supo
mal, y dixole Sancho, como si lo entendiera:
  “Todos los duelos con pan son buenos.”
  En esto, descubrio a vn lado de la sima vn
agujero, capaz de caber por el vna persona,
si se agouiaua y encogia; acudio a el Sancho
Pança, y, agazapandose, se entró por el y vio
que por de dentro era espacioso y largo; y
pudolo ver porque por lo que se podia llamar
techo entraua vn rayo de sol que lo descubria
todo. Vio tambien que se dilataua y alargaua
por otra concauidad espaciosa; viendo lo qual
boluio a salir adonde estaua el jumento, y con
vna piedra començo a desmoronar la tierra del
agujero de modo, que en poco espacio hizo
lugar donde con facilidad pudiesse entrar el
asno, como lo hizo, y, cogiendole del cabestro,
començo a caminar por aquella gruta adelante,
por ver si hallaua alguna salida por otra parte.
A vezes yua a escuras, y a vezes sin luz, pero
ninguna vez sin miedo.
  “¡Valame Dios todo poderoso!”, dezia entre
si. “Esta, que para mi es desuentura, mejor
fuera para auentura de mi amo don Quixote; el
si que tuuiera estas profundidades y mazmorras
por jardines floridos, y por palacios de
Galiana, y esperara salir de esta escuridad
y estrecheza a algun florido prado. Pero yo
sin ventura, falto de consejo y menoscabado
de animo, a cada paso pienso que debaxo de
los pies de improuiso se ha de abrir otra
sima mas profunda que la otra, que acabe
de tragarme. Bien vengas, mal, si vienes
solo.”
  Desta manera, y con estos pensamientos le
parecio que auria caminado poco mas de media
legua, al cabo de la qual descubrio vna confusa
claridad que parecio ser ya de dia, y que
por alguna parte entraua, que daua indicio de
tener fin abierto aquel, para el, camino de la
otra vida.
  Aqui le dexa Cide Hamete Benengeli, y buelue
a tratar [de] don Quixote, que alboroçado y
contento esperaua el plaço de la batalla que
auia de hazer con el robador de la honra de
la hija de doña Rodriguez, a quien pensaua
endereçar el tuerto y desaguisado que
malamente le tenian fecho.
  Sucedio, pues, que saliendose vna mañana
a imponerse y ensayarse en lo que auia de
hazer en el trance en que otro dia pensaua
verse, dando vn repelon o arremetida a
Rozinante, llegó a poner los pies tan junto a vna
cueua, que a no tirarle fuertemente las riendas,
fuera impossible no caer en ella. En fin, le
detuuo, y no cayo; y, llegandose algo mas cerca
sin apearse, miró aquella hondura, y, estandola
mirando, oyo grandes vozes dentro, y,
escuchando atentamente, pudo percebir y entender
que el que las daua dezia:
  “¡Ha de arriba! ¿Ay algun christiano que me
escuche, o algun cauallero caritatiuo que se
duela de vn pecador enterrado en vida, o
vn desdichado desgouernado gouernador?”
  Pareciole a don Quixote que oia la voz
de Sancho Pança, de que quedó suspenso y
assombrado, y, leuantando la voz todo lo que
pudo, dixo:
  “¿Quién está alla baxo, quién se quexa?”
  “¿Quién puede estar aqui, o quién se ha de
quexar”, respondieron, “sino el assendereado
de Sancho Pança, gouernador, por sus pecados
y por su mala andança, de la insula Barataria,
escudero que fue del famoso cauallero don
Quixote de la Mancha?”
  Oyendo lo qual don Quixote, se le dobló la
admiracion, y se le acrecento el pasmo,
viniendosele al pensamiento que Sancho
Pança deuia de ser muerto, y que estaua alli
penando su alma; y, lleuado desta imaginacion
dixo:
  “Conjurote por todo aquello que puedo
conjurarte, como catolico christiano, que me digas
quién eres, y si eres alma en pena, dime qué
quieres que haga por ti; que pues es mi
profession fauorecer y acorrer a los necessitados
deste mundo, tambien lo sere para acorrer y
ayudar a los menesterosos del otro mundo,
que no pueden ayudarse por si propios.”
  “Dessa manera”, respondieron, “vuessa
merced que me habla deue de ser mi señor don
Quixote de la Mancha, y aun en el organo de
la voz no es otro, sin duda.”
  “Don Quixote soy”, replicó don Quixote; “el
que professo socorrer y ayudar en sus necessidades
a los viuos y a los muertos. Por esso,
dime quién eres; que me tienes atonito. Porque
si eres mi escudero Sancho Pança, y te has
muerto, como no te ayan lleuado los diablos,
y por la misericordia de Dios estes en el
purgatorio, sufragios tiene nuestra santa madre la
Iglesia Catolica Romana bastantes a sacarte de
las penas en que estás, y yo, que lo solicitaré
con ella, por mi parte, con quanto mi hazienda
alcançare; por esso acaba de declararte, y dime
quién eres.”
  “¡Voto a tal!”, respondieron, “y por el
nacimiento de quien vuessa merced quisiere juro,
señor don Quixote de la Mancha, que yo soy
su escudero Sancho Pança, y que nunca me he
muerto en todos los dias de mi vida, sino que
auiendo dexado mi gouierno por cosas y causas
que es menester mas espacio para dezirlas,
anoche cai en esta sima donde yago, el ruzio
conmigo, que no me dexará mentir, pues, por
mas señas, está aqui conmigo.”
  Y ay mas; que no parece sino que el jumento
entendio lo que Sancho dixo, porque al momento
començo a rebuznar, tan rezio, que toda
la cueua retumbaua.
  “Famoso testigo”, dixo don Quixote; “el
rebuzno conozco como si le pariera, y tu voz
oygo, Sancho mio. Esperame, yre al castillo del
duque que está aqui cerca, y traere quien te
saque desta sima, donde tus pecados te deuen
de auer puesto.”
  “Vaya vuessa merced”, dixo Sancho, “y
buelua presto, por vn solo Dios; que ya no lo
puedo lleuar el estar aqui sepultado en vida, y
me estoy muriendo de miedo.”
  Dexole don Quixote y fue al castillo a
contar a los duques el suceso de Sancho Pança,
de que no poco se marauillaron, aunque bien
entendieron que deuia de auer caydo por la
correspondencia de aquella gruta, que de
tiempos inmemoriales estaua alli hecha; pero no
podian pensar cómo auia dexado el gouierno,
sin tener ellos auiso de su venida. Finalmente,
como dizen, lleuaron sogas y maromas, y a
costa de mucha gente y de mucho trabajo
sacaron al ruzio y a Sancho Pança de aquellas
tinieblas a la luz del sol.
  Viole vn estudiante, y dixo:
  “Desta manera auian de salir de sus gouiernos
todos los malos gouernadores, como sale
este pecador del profundo del abismo: muerto
de hambre, descolorido y sin blanca, a lo que
yo creo.”
  Oyolo Sancho, y dixo:
  “Ocho dias o diez ha, hermano murmurador,
que entré a gouernar la insula que me dieron,
en los quales no me vi harto de pan siquiera
vn hora; en ellos me han perseguido medicos
y enemigos me han brumado los güesos, ni
he tenido lugar de hazer cohechos ni de cobrar
derechos, y, siendo esto assi, como lo es, no
merecia yo, a mi parecer, salir de esta manera.
Pero el hombre pone y Dios dispone, y Dios
sabe lo mejor y lo que le está bien a cada vno,
y qual el tiempo tal el tiento, y nadie diga
desta agua no beuere; que adonde se piensa
que ay tozinos no ay estacas, y Dios me
entiende y basta y no digo mas, aunque pudiera.”
  “No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre
de lo que oyeres; que sera nunca acabar.
Ven tu con segura conciencia, y digan lo que
dixeren, y es querer atar las lenguas de los
maldizientes lo mesmo que querer poner puertas
al campo. Si el gouernador sale rico de su
gouierno dizen del que ha sido vn ladron, y si
sale pobre, que ha sido vn para poco y vn
mentecato.”
  “A buen seguro”, respondio Sancho, “que
por esta vez antes me han de tener por tonto
que por ladron.”
  En estas platicas llegaron, rodeados de
muchachos y de otra mucha gente, al castillo,
adonde en vnos corredores estauan ya el duque
y la duquessa, esperando a don Quixote y
a Sancho, el qual no quiso subir a ver al duque
sin que primero no huuiesse acomodado al ruzio
en la caualleriza, porque dezia que auia passado
muy mala noche en la posada, y luego subio
a ver a sus señores, ante los quales puesto
de rodillas, dixo:
  “Yo, señores, porque lo quiso assi vuestra
grandeza, sin ningun merecimiento mio, fuy a
gouernar vuestra insula Barataria, en la qual
entré desnudo, y desnudo me hallo, ni pierdo,
ni gano; si he gouernado bien o mal, testigos
he tenido delante, que diran lo que quisieren.
He declarado dudas, sentenciado pleytos, y
siempre muerto de hambre, por auerlo querido
assi el doctor Pedro Rezio, natural de
Tirteafuera, medico insulano, y gouernadoresco.
Acometieronnos enemigos de noche, y, auiendonos
puesto en grande aprieto, dizen los de la
insula que salieron libres y con vitoria por el
valor de mi braço; que tal salud les de Dios
como ellos dizen verdad.
  ”En resolucion, en este tiempo yo he tanteado
las cargas que trae consigo y las obligaciones
el gouernar, y he hallado por mi cuenta que
no las podran lleuar mis ombros, ni son peso
de mis costillas, ni flechas de mi aljaua; y, assi,
antes que diesse conmigo al traues el gouierno,
he querido yo dar con el gouierno al traues,
y ayer de mañana dexé la insula como la hallé,
con las mismas calles, casas y texados que
tenia quando entré en ella. No he pedido
prestado a nadie ni metidome en grangerias, y
aunque pensaua hazer algunas ordenanças
prouechosas, no hize ninguna, temeroso que no se
auian de guardar; que es lo mesmo hazerlas
que no hazerlas. Sali, como digo, de la insula,
sin otro acompañamiento que el de mi ruzio;
cai en vna sima, vineme por ella adelante,
hasta que esta mañana, con la luz del sol, vi la
salida; pero no tan facil, que a no depararme
el cielo a mi señor don Quixote, alli me
quedara hasta la fin del mundo. Assi que, mis
señores duque y duquessa, aqui está vuestro
gouernador Sancho Pança, que ha grangeado en
solos diez dias que ha tenido el gouierno a
conocer que no se le ha de dar nada por ser
gouernador, no que de vna insula, sino de todo
el mundo. Y con este presupuesto, besando a
vuessas mercedes los pies, imitando al juego
de los muchachos que dizen: «salta tu, y
»damela tu», doy vn salto del gouierno y me
passo al seruicio de mi señor don Quixote; que,
en fin, en el, aunque como el pan con sobresalto,
hartome, a lo menos, y para mi, como yo
esté harto, esso me haze que sea de çanahorias
que de perdizes.”
  Con esto dio fin a su larga platica Sancho,
temiendo siempre don Quixote que auia de
dezir en ella millares de disparates, y quando
le vio acabar con tan pocos, dio en su coraçon
gracias al cielo, y el duque abraçó a Sancho y
le dixo que le pesaua en el alma de que
huuiesse dexado tan presto el gouierno; pero que
el haria de suerte que se le diesse en su estado
otro oficio de menos carga y de mas prouecho.
Abraçole la duquessa assimismo, y mandó que
le regalassen, porque daua señales de venir
mal molido y peor parado.

                 Capitulo LVI

De la descomunal y nunca vista batalla que
  passó entre don Quixote de la Mancha y el
  lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la
  dueña doña Rodriguez.

  No quedaron arrepentidos los duques de la
burla hecha a Sancho Pança del gouierno que
le dieron, y mas que aquel mismo dia vino su
mayordomo y les conto punto por punto todas
casi las palabras y acciones que Sancho auia
dicho y hecho en aquellos dias, y, finalmente,
les encarecio el assalto de la insula y el miedo
de Sancho, y su salida, de que no pequeño
gusto recibieron.
  Despues desto, cuenta la historia que se llegó
el dia de la batalla aplaçada, y, auiendo el
duque vna y muy muchas vezes aduertido a su
lacayo Tosilos cómo se auia de auenir con don
Quixote para vencerle sin matarle ni herirle,
ordenó que se quitassen los hierros a las lanças,
diziendo a don Quixote que no permitia la
christiandad de que el se preciaua que aquella
batalla fuesse con tanto riesgo y peligro de las
vidas, y que se contentasse con que le daua
campo franco en su tierra, puesto que yua contra
el decreto del santo Concilio, que prohiue
los tales desafios, y no quisiesse lleuar por todo
rigor aquel trance tan fuerte.
  Don Quixote dixo que su excelencia
dispusiesse las cosas de aquel negocio como mas
fuesse seruido; que el le obedeceria en todo.
Llegado, pues, el temeroso dia, y, auiendo
mandado el duque que delante de la plaça del
castillo se hiziesse vn espacioso cadahalso,
donde estuuiessen los juezes del campo, y las
dueñas, madre y hija, demandantes, auia acudido
de todos los lugares y aldeas circunuecinas
infinita gente a ver la nouedad de aquella
batalla; que nunca otra tal no auian visto ni
oydo dezir en aquella tierra los que viuian, ni
los que auian muerto.
  El primero que entró en el campo y estacada
fue el maestro de las ceremonias, que tanteó el
campo, y le passeó todo, porque en el no
huuiesse algun engaño ni cosa encubierta donde
se tropeçasse y cayesse. Luego entraron las
dueñas y se sentaron en sus assientos, cubiertas
con los mantos hasta los ojos, y aun hasta los
pechos, con muestras de no pequeño sentimiento.
Presente don Quixote en la estacada,
de alli a poco, acompañado de muchas trompetas,
assomó por vna parte de la plaça, sobre
vn poderoso cauallo, hundiendola toda, el
grande lacayo Tosilos, calada la visera y todo
encambronado con vnas fuertes y luzientes armas.
El cauallo mostraua ser frison, ancho y de color
tordillo; de cada mano y pie le pendia vna
arroba de lana.
  Venia el valeroso combatiente bien informado
del duque su señor de cómo se auia de
portar con el valeroso don Quixote de la
Mancha, aduertido que en ninguna manera le
matasse, sino que procurasse huyr el primer
encuentro, por escusar el peligro de su muerte,
que estaua cierto si de lleno en lleno le
encontrasse. Passeó la plaça, y, llegando donde las
dueñas estauan, se puso algun tanto a mirar a
la que por esposo le pedia; llamó el maesse de
campo a don Quixote, que ya se auia presentado
en la plaça, y junto con Tosilos habló a las
dueñas, preguntandoles si consentian que
boluiesse por su derecho don Quixote de la
Mancha. Ellas dixeron que si, y que todo lo que en
aquel caso hiziesse lo dauan por bien hecho,
por firme y por valedero.
  Ya en este tiempo estauan el duque y la
duquessa puestos en vna galeria que caia sobre
la estacada, toda la qual estaua coronada de
infinita gente que esperaua ver el riguroso
trance nunca visto. Fue condicion de los
combatientes que si don Quixote vencia, su
contrario se auia de casar con la hija de doña
Rodriguez; y si el fuesse vencido, quedaua
libre su contendor de la palabra que se le
pedia, sin dar otra satisfacion alguna.
  Partioles el maestro de las ceremonias el
sol y puso a los dos cada vno en el puesto
donde auian de estar. Sonaron los atambores,
llenó el ayre el son de las trompetas, temblaua
debaxo de los pies la tierra, estauan suspensos
los coraçones de la mirante turba, temiendo
vnos y esperando otros el bueno o el mal
sucesso de aquel caso. Finalmente, don Quixote,
encomendandose de todo su coraçon a Dios
nuestro Señor, y a la señora Dulcinea del
Toboso, estaua aguardando que se le diesse
señal precisa de la arremetida.
  Empero nuestro lacayo tenia diferentes
pensamientos; no pensaua el sino en lo que agora
dire: Parece ser que quando estuuo mirando a
su enemiga le parecio la mas hermosa muger
que auia visto en toda su vida, y el niño
ceg[u]eçuelo a quien suelen llamar de ordinario
Amor por essas calles, no quiso perder la
ocasion que se le ofrecio de triunfar de vna alma
lacayuna y ponerla en la lista de sus trofeos,
y, assi, llegandose a el bonitamente, sin que
nadie le viesse, le embasó al pobre lacayo vna
flecha de dos varas por el lado yzquierdo y le
passó el coraçon de parte a parte, y pudolo
hazer bien al seguro, porque el amor es
inuissible y entra y sale por do quiere, sin que
nadie le pida cuenta de sus hechos.
  Digo, pues, que quando dieron la señal de
la arremetida, estaua nuestro lacayo transportado,
pensando en la hermosura de la que ya
auia hecho señora de su libertad, y, assi, no
atendio al son de la trompeta, como hizo don
Quixote, que apenas la huuo oydo, quando
arremetio; y, a todo el correr que permitia
Rozinante, partio contra su enemigo, y, viendole
partir su buen escudero Sancho, dixo a
grandes vozes:
  “¡Dios te guie, nata y flor de los andantes
caualleros; Dios te de la vitoria, pues lleuas la
razon de tu parte!”
  Y aunque Tosilos vio venir contra si a don
Quixote, no se mouio vn paso de su puesto;
antes, con grandes vozes, llamó al maesse de
campo, el qual, venido a ver lo que queria,
le dixo:
  “Señor, ¿esta batalla no se haze porque yo
me case, o no me case, con aquella señora?”
  “Assi es”, le fue respondido.
  “Pues yo”, dixo el lacayo, “soy temeroso de
mi conciencia y pondriala en gran cargo si
passasse adelante en esta batalla, y assi digo
que yo me doy por vencido y que quiero
casarme luego con aquella señora.”
  Quedó admirado el maesse de campo de las
razones de Tosilos, y como era vno de los
sabidores de la maquina de aquel caso, no le
supo responder palabra. Detuuose don Quixote
en la mitad de su carr[e]ra, viendo que su
enemigo no le acometia. El duque no sabia la
ocasion porque no se passaua adelante en la
batalla; pero el maesse de campo le fue a
declarar lo que Tosilos dezia, de lo que quedó
suspenso y colerico en estremo.
  En tanto que esto passaua, Tosilos se llegó
adonde doña Rodriguez estaua, y dixo a
grandes vozes:
  “Yo, señora, quiero casarme con vuestra
hija, y no quiero alcançar por pleytos ni
contiendas lo que puedo alcançar por paz, y sin
peligro de la muerte.”
  Oyo esto el valeroso don Quixote, y dixo:
  “Pues esto assi es, yo quedo libre y suelto de
mi promessa; casense en hora buena, y pues
Dios nuestro Señor se la dio, San Pedro se la
bendiga.”
  El duque auia baxado a la plaça del castillo,
y llegandose a Tosilos, le dixo:
  “¿Es verdad, cauallero, que os days por
vencido, y que, instigado de vuestra temerosa
conciencia, os quereys casar con esta
donzella?”
  “Si, señor”, respondio Tosilos.
  “El haze muy bien”, dixo a esta sazon
Sancho Pança; “porque lo que has de dar al
mur, dalo al gato, y sacarte ha de cuydado.”
  Yuase Tosilos desenlaçando la celada, y
rogaua que a priessa le ayudassen, porque le
yuan faltando los espiritus del aliento, y no
podia verse encerrado tanto tiempo en la
estrecheza de aquel aposento. Quitaronsela
a priessa, y quedó descubierto y patente su
rostro de lacayo. Viendo lo qual doña Rodriguez
y su hija, dando grandes vozes, dixeron:
  “¡Este es engaño, engaño es este! ¡A Tosilos,
el lacayo del duque mi señor, nos han puesto
en lugar de mi verdadero esposo! ¡Iusticia de
Dios y del rey, de tanta malicia, por no dezir
bellaqueria!”
  “No vos acuyteys, señoras”, dixo don Quixote;
“que ni esta es malicia, ni es bellaqueria,
y si la es, y no ha sido la causa el duque,
sino los malos encantadores que me persiguen,
los quales inuidiosos de que yo alcançasse la
gloria deste vencimiento, han conuertido el
rostro de vuestro esposo en el de este que dezis
que es lacayo del duque. Tomad mi consejo, y,
a pesar de la malicia de mis enemigos, casaos
con el; que, sin duda, es el mismo que vos
desseais alcançar por esposo.”
  El duque, que esto oyó, estuuo por romper
en risa toda su colera, y dixo:
  “Son tan extraordinarias las cosas que suceden
al señor don Quixote, que estoy por cre[e]r
que este mi lacayo no lo es; pero vsemos deste
ardid y maña; dilatemos el casamiento quinze
dias, si quieren, y tengamos encerrado a este
personage que nos tiene dudosos, en los quales
podria ser que boluiesse a su pristina figura;
que no ha de durar tanto el rancor que los
encantadores tienen al señor don Quixote, y
mas, yendoles tan poco en vsar estos
embelecos y transformaciones.”
  “O, señor”, dixo Sancho, “que ya tienen
estos malandrines por vso y costumbre de
mudar las cosas de vnas en otras, que tocan a
mi amo. Vn cauallero que vencio los dias
passados, llamado el de los Espejos, le boluieron
en la figura del bachiller Sanson Carrasco,
natural de nuestro pueblo y grande amigo
nuestro, y a mi señora Dulcinea del Toboso la
han buelto en vna rustica labradora, y, assi,
imagino que este lacayo ha de morir y viuir
lacayo todos los dias de su vida.”
  A lo que dixo la hija de Rodriguez:
  “Sease quien fuere este que me pide por
esposa --que yo se lo agradezco--; que mas
quiero ser muger legitima de vn lacayo, que
no amiga y burlada de vn cauallero, puesto
que el que a mi me burló no lo es.”
  En resolucion, todos estos quentos y
sucessos pararon en que Tosilos se recogiesse
hasta ver en que paraua su transformacion;
aclamaron todos la vitoria por don Quixote, y
los mas quedaron tristes y melancolicos de ver
que no se auian hecho pedaços los tan esperados
combatientes, bien assi como los mochachos
quedan tristes, quando no sale el ahorcado
que esperan, porque le ha perdonado, o
la parte, o la justicia. Fuesse la gente,
boluieronse el duque y don Quixote al castillo,
encerraron a Tosilos, quedaron doña Rodriguez y
su hija contentissimas de ver que por vna via o
por otra aquel caso auia de parar en
casamiento, y Tosilos no esperaua menos.

                Capitulo LVII

Que trata de cómo don Quixote se despidio del
  duque, y de lo que le sucedio con la discreta
  y desembuelta Altisidora, donzella de la
  duquessa.

  Ya le parecio a don Quixote que era bien
salir de tanta ociosidad como la que en aquel
castillo tenia; que se imaginaua ser grande la
falta que su persona hazia en dexarse estar
encerrado y pereçoso entre los infinitos regalos
y deleytes que como a cauallero andante aquellos
señores le hazian, y pareciale que auia de
dar cuenta estrecha al cielo de aquella ociosidad
y encerramiento; y, assi, pidio vn dia licencia
a los duques para partirse. Dieronsela con
muestras de que en gran manera les pesaua
de que los dexasse. Dio la duquessa las cartas
de su muger a Sancho Pança, el qual lloró con
ellas, y dixo:
  “¿Quién pensara que esperanças tan grandes
como las que en el pecho de mi muger Teresa
Pança engendraron las nueuas de mi gouierno
auian de parar en boluerme yo agora a las
arrastradas auenturas de mi amo don Quixote
de la Mancha? Con todo esto, me contento de
ver que mi Teresa correspondio a ser quien es,
embiando las bellotas a la duquessa; que a no
auerselas embiado, quedando yo pesaroso, se
mostrara ella desagradecida. Lo que me
consuela es que esta dadiua no se le puede dar
nombre de cohecho, porque ya tenia yo el
gouierno quando ella las embió, y está puesto en
razon que los que reciben algun beneficio,
aunque sea con niñerias, se muestren agradecidos.
En efecto, yo entré desnudo en el gouierno y
salgo desnudo del; y, assi, podre dezir con
segura conciencia, que no es poco: «desnudo naci,
»desnudo me hallo, ni pierdo ni gano».”
  Esto passaua entre si Sancho el dia de la
partida; y saliendo don Quixote, auiendose
despedido la noche antes de [los] duques, vna
mañana se presentó armado en la plaça del
castillo. Mirauanle de los corredores toda la
gente del castillo, y assimismo los duques
salieron a verle. Estaua Sancho sobre su ruzio,
con sus alforjas, maleta y repuesto, contentissimo,
porque el mayordomo del duque, el que
fue la Trifaldi, le auia dado vn bolsico con
docientos escudos de oro, para suplir los
menesteres del camino, y esto aun no lo sabia
don Quixote.
  Estando como queda dicho, mirandole todos,
a deshora entre las otras dueñas y donzellas de
la duquessa, que le mirauan, alço la voz la
desembuelta y discreta Altisidora, y en son
lastimero dixo:

       Escucha, mal cauallero,
     deten vn poco las riendas;
     no fatigues las hijadas
     de tu mal regida bestia.
       Mira, falso, que no huyes
     de alguna serpiente fiera,
     sino de vna corderilla
     que está muy lexos de oueja.
       Tu has burlado, monstruo horrendo,
     la mas hermosa donzella
     que Diana vio en sus montes,
     que Venus miró en sus seluas.
       Cruel Vireno, fugitiuo Eneas,
     Barrabas te acompañe; alla te auengas.

       Tu lleuas ¡lleuar impio!
     en las garras de tus cerras
     las entrañas de vna humilde,
     como enamorada, tierna.
       Lleuaste tres tocadores,
     y vnas ligas, de vnas piernas
     que al marmol puro se igualan
     en lisas, blancas y negras.
       Lleuaste dos mil suspiros,
     que, a ser de fuego, pudieran
     abrassar a dos mil Troyas,
     si dos mil Troyas huuiera.
       Cruel Vireno, fugitiuo Eneas,
     Barrabas te acompañe; alla te auengas.

       De esse Sancho tu escudero
     las entrañas sean tan tercas
     y tan duras, que no salga
     de su encanto Dulcinea.
       De la culpa que tu tienes
     lleue la triste la pena;
     que justos por pecadores
     tal vez pagan en mi tierra.
       Tus mas finas auenturas
     en desuenturas se bueluan,
     en sueños tus passatiempos,
     en oluidos tus firmeças.
       Cruel Vireno, fugitiuo Eneas,
     Barrabas te acompañe; alla te auengas.
       Seas tenido por falso
     desde Seuilla a Marchena,
     desde Granada hasta Loja,
     de Londres a Ing[a]laterra.
       Si jugares al reynado,
     los cientos, o la primera,
     los reyes huyan de ti;
     ases, ni sietes no veas.
       Si te cortares los callos,
     sangre las heridas viertan;
     y quedente los raygones
     si te sacares las muelas.
       Cruel Vireno, fugitiuo Eneas,
     Barrabas te acompañe; halla te auengas.

  En tanto que de la suerte que se ha dicho se
quexaua la lastimada Altisidora, la estuuo
mirando don Quixote, y, sin responderla palabra,
boluiendo el rostro a Sancho, le dixo:
  “Por el siglo de tus passados, Sancho mio,
te conjuro que me digas vna verdad; dime,
¿lleuas por ventura, los tres tocadores, y las
ligas que esta enamorada donzella dize?”
  A lo que Sancho respondio:
  “Los tres tocadores si lleuo; pero las ligas,
como por los cerros de Vueda.”
  Quedó la duquessa admirada de la dessemboltura
de Altissidora, que aunque la tenia por
atreuida, graciosa y dessembuelta, no en grado
que se atreuiera a semejantes dessembolturas;
y como no estaua aduertida desta burla, crecio
mas su admiracion. El duque quiso reforçar el
donayre, y dixo:
  “No me parece bien, señor cauallero, que
auiendo recebido en este mi castillo el buen
acogimiento que en el se os ha hecho, os ayais
atreuido a lleuaros tres tocadores, por lo
menos, si por lo mas las ligas de mi donzella;
indicios son de mal pecho y muestras que no
corresponden a vuestra fama. Boluedle las
ligas; si no, yo os dessafio a mortal batalla,
sin tener temor que malandrines encantadores
me bueluan ni muden el rostro, como han hecho
en el de Tosilos mi lacayo, el que entró
con vos en batalla.”
  “No quiera Dios”, respondio don Quixote,
“que yo dessembayne mi espada contra vuestra
ilustrissima persona, de quien tantas mercedes
he recebido. Los tocadores boluere, porque
dize Sancho que los tiene; las ligas es
impossible, porque ni yo las he recebido ni el
tampoco, y si esta vuestra donzella quisiere
mirar sus escondrijos, a buen seguro que las
halle. Yo, señor duque, jamas he sido ladron,
ni lo pienso ser en toda mi vida, como Dios no
me dexe de su mano. Esta donzella habla, como
ella dize, como enamorada, de lo que yo no le
tengo culpa, y, assi, no tengo de qué pedirle
perdon, ni a ella, ni a vuestra excelencia, a
quien suplico me tenga en mejor opinion, y me
de de nueuo licencia para seguir mi camino.”
  “Deosle Dios tan bueno”, dixo la duquessa,
“señor don Quixote, que siempre oygamos buenas
nueuas de vuestras fechurias; y andad con
Dios, que mientras mas os deteneis, mas
aumentais el fuego de los pechos de las donzellas
que os miran. Y a la mia yo la castigaré
de modo, que de aqui adelante no se
desmande con la vista ni con las palabras.”
  “Vna no mas quiero que me escuches, ¡o
valeroso don Quixote!”, dixo entonces Altissidora,
“y es que te pido perdon del latrocinio
de las ligas, porque en Dios y en mi anima,
que las tengo puestas, y he caydo en el descuydo
del que yendo sobre el asno, le buscaua.”
  “¿No lo dixe yo?”, dixo Sancho. “¡Bonico
soy yo para encubrir hurtos! Pues a quererlos
hazer, de paleta me auia venido la ocasion en
mi gouierno.”
  Abaxó la cabeça don Quixote y hizo reuerencia
a los duques y a todos los circunstantes,
y, boluiendo las riendas a Rocinante, siguiendole
Sancho sobre el ruzio, se salio del castillo,
endereçando su camino a Zaragoça.

                Capitulo LVIII

Que trata de cómo menudearon sobre don
  Quixote auenturas tantas, que no se dauan
  vagar vnas a otras.

  Quando don Quixote se vio en la campaña
rasa, libre y dessembaraçado de los requiebros
de Altissidora, le parecio que estaua en su
centro y que los espiritus se le renouauan para
prosseguir de nueuo el assumpto de sus
cauallerias, y, boluiendose a Sancho, le dixo:
  “La libertad, Sancho, es vno de los mas
preciosos dones que a los hombres dieron los
cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros
que encierra la tierra ni el mar encubre; por la
libertad, assi como por la honra, se puede y
deue auenturar la vida; y, por el contrario, el
cautiuerio es el mayor mal que puede venir a
los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien
has visto el regalo, la abundancia que en este
castillo, que dexamos, hemos tenido; pues en
metad de aquellos banquetes sazonados y de
aquellas beuidas de nieue me parecia a mi que
estaua metido entre las estrecheças de la
hambre; porque no lo gozaua con la libertad que
lo gozara si fueran mios; que las obligaciones
de las recompensas de los beneficios y mercedes
recebidas son ataduras que no dexan campear
al animo libre. ¡Venturoso aquel a quien
el cielo dio vn pedaço de pan, sin que le quede
obligacion de agradecerlo a otro que al mismo
cielo!”
  “Con todo esso”, dixo Sancho, “que vuessa
merced me ha dicho, no es bien que se quede[n]
sin agradecimiento de nuestra parte docientos
escudos de oro, que en vna bolsilla me dio el
mayordomo del duque, que como pictima y
confortatiuo la lleuo puesta sobre el coraçon,
para lo que se ofreciere; que no siempre hemos
de hallar castillos donde nos regalen, que tal
vez toparemos con algunas ventas donde nos
apaleen.”
  En estos y otros razonamientos yuan los
andantes cauallero y escudero, quando vieron,
auiendo andado poco mas de vna legua, que
encima de la yerua de vn pradillo verde,
encima de sus capas, estauan comiendo hasta vna
dozena de hombres, vestidos de labradores;
junto a si tenian vnas como sabanas blancas,
con que cubrian alguna cosa que debaxo estaua;
estauan empinadas y tendidas y de trecho
a trecho puestas. Llegó don Quixote a los
que comian, y, saludandolos primero cortesmente,
les preguntó que qué era lo que aquellos
lienços cubrian. Vno de ellos le respondio:
  “Señor, debaxo destos lienços estan vnas
imagines de reliebe y entabladura, que han
de seruir en vn retablo que hazemos en nuestra
aldea; lleuamoslas cubiertas porque no se
desfloren, y en ombros porque no se quiebren.”
  “Si sois seruidos”, respondio don Quixote,
“holgaria de verlas, pues imagines que con
tanto recato se lleuan, sin duda deuen de ser
buenas.”
  “Y, ¡cómo si lo son!”, dixo otro; “si no,
digalo lo que cuesta; que en verdad que no ay
ninguna que no esté en mas de cincuenta
ducados, y porque vea vuessa merced esta verdad,
espere vuessa merced, y verla ha por vista
de ojos.”
  Y, leuantandose, dexó de comer, y fue a
quitar la cubierta de la primera imagen, que
mostro ser la de San Iorge puesto a cauallo, con
vna serpiente enroscada a los pies, y la lança
atrauessada por la boca, con la fiereça que
suele pintarse. Toda la imagen parecia vna
asqua de oro, como suele dezirse; viendola don
Quixote, dixo:
  “Este cauallero fue vno de los mejores
andantes que tuuo la milicia diuina; llamose don
San Iorge, y fue, ademas, defendedor de
donzellas. Veamos esta otra.”
  Descubriola el hombre, y parecio ser la de
San Martin, puesto a cauallo, que partia la
capa con el pobre, y apenas la huuo visto don
Quixote, quando dixo:
  “Este cauallero tambien fue de los auentureros
christianos, y creo que fue mas liberal
que valiente, como lo puedes echar de ver,
Sancho, en que está partiendo la capa con el
pobre, y le da la mitad, y sin duda deuia de ser
entonces inuierno, que si no, el se la diera
toda, segun era de caritatiuo.”
  “No deuio de ser esso”, dixo Sancho, “sino
que se deuio de atener al refran que dizen:
«que para dar y tener, sesso es menester».”
  Riose don Quixote, y pidio que quitassen
otro lienço, debaxo del qual se descubrio la
imagen del patron de las Españas a cauallo, la
espada ensangrentada, atropellando moros y
pisando cabeças, y, en viendola, dixo don
Quixote:
  “Este si que es cauallero y de las esquadras
de Christo; este se llama don San Diego
Matamoros, vno de los mas valientes santos y
caualleros que tuuo el mundo y tiene agora el
cielo.”
  Luego descubrieron otro lienço y parecio
que encubria la cayda de San Pablo del cauallo
abaxo, con todas las circunstancias que en
el retablo de su conuersion suelen pintarse;
quando le vido tan al viuo, que dixeran que
Christo le hablaua y Pablo respondia.
  “Este”, dixo don Quixote, “fue el mayor
enemigo que tuuo la iglesia de Dios nuestro
Señor en su tiempo, y el mayor defensor suyo
que tendra jamas, cauallero andante por la
vida, y santo a pie quedo por la muerte;
trabajador incansable en la viña del Señor,
doctor de las gentes, a quien siruieron de
escuelas los cielos, y de cathedratico y maestro
que le enseñasse, el mismo Iesu Christo.”
  No auia mas imagines, y, assi, mandó don
Quixote que las boluiessen a cubrir, y dixo a
los que las lleuauan:
  “Por buen aguero he tenido, hermanos, auer
visto lo que he visto, porque estos santos y
caualleros professaron lo que yo professo, que
es el exercicio de las armas; sino que la
diferencia que ay entre mi y ellos es que ellos
fueron santos y pelearon a lo diuino, y yo soy
pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron
el cielo a fuerça de braços, porque el cielo
padece fuerça, y yo hasta agora no se lo que
conquisto a fuerça de mis trabajos; pero si mi
Dulcinea del Toboso saliesse de los que
padece, mejorandose mi ventura y adobandoseme
el juyzio, podria ser que encaminasse mis
pasos por mejor camino del que lleuo.”
  “Dios lo oyga y el pecado sea sordo”, dixo
Sancho a esta ocasion.
  Admiraronse los hombres assi de la figura
como de las razones de don Quixote, sin entender
la mitad de lo que en ellas dezir queria.
Acabaron de comer, cargaron con sus imagines
y, despidiendose de don Quixote, siguieron
su viage.
  Quedó Sancho de nueuo como si jamas huuiera
conocido a su señor, admirado de lo que
sabia, pareciendole que no deuia de auer
historia en el mundo, ni sucesso que no lo
tuuiesse cifrado en la vña y clauado en la
memoria, y dixole:
  “En verdad, señor nuestramo, que si esto
que nos ha sucedido oy se puede llamar auentura,
ella ha sido de las mas suaues y dulces
que en todo el discurso de nuestra peregrinacion
nos ha sucedido; della auemos salido sin
palos y sobressalto alguno, ni hemos echado
mano a las espadas, ni hemos batido la tierra
con los cuerpos, ni quedamos hambrientos.
¡Bendito sea Dios, que tal me ha dexado ver
con mis propios ojos!”
  “Tu dizes bien, Sancho”, dixo don Quixote;
“pero has de aduertir que no todos los tiempos
son vnos ni corren de vna misma suerte, y esto
que el vulgo suele llamar comunmente agueros,
que no se fundan sobre natural razon alguna,
del que es discreto han de ser tenidos y juzgados
por buenos acontecimientos. Leuantase
vno destos agoreros por la mañana, sale de
su casa, encuentrase con vn frayle de la orden
del bienauenturado San Francisco, y como si
huuiera encontrado con vn grifo, buelue las
espaldas, y bueluese a su casa. Derramasele al
otro Mendoça la sal encima de la mesa, y
derramasele a el la melancolia por el coraçon;
como si estuuiesse obligada la naturaleza a
dar señales de las venideras desgracias con
cosas tan de poco momento como las referidas.
El discreto y christiano no ha de andar en
puntillos con lo que quiere hazer el cielo. Llega
Cipion a Africa, tropieça en saltando en tierra,
tienenlo por mal aguero sus soldados, pero el,
abraçandose con el suelo, dixo: «No te me podras
»huyr, Africa, porque te tengo assida y entre
»mis braços.» Assi que, Sancho, el auer
encontrado con estas imagines ha sido para mi
felicissimo acontecimiento.”
  “Yo assi lo creo”, respondio Sancho, “y
querria que vuessa merced me dixesse qué es
la causa porque dizen los españoles quando
quieren dar alguna batalla, inuocando aquel
San Diego Matamoros: «¡Santiago, y cierra
»España!» ¿Está por ventura España abierta, y de
modo, que es menester cerrarla, o qué
ceremonia es esta?”
  “Simplicissimo eres, Sancho”, respondio don
Quixote, “y mira que este gran cauallero de la
cruz bermeja haselo dado Dios a España por
patron y amparo suyo, especialmente en los
rigurosos trances que con los moros los españoles
han tenido, y, assi, le inuocan y llaman
como a defensor suyo en todas las batallas
que acometen, y muchas vezes le han visto
visiblemente en ellas, derribando, atropellando,
destruyendo y matando los agarenos esquadrones;
y desta verdad se pudiera traer muchos
exemplos que en las verdaderas historias
españolas se cuentan.”
  Mudó Sancho platica y dixo a su amo:
  “Marauillado estoy, señor, de la dessemboltura
de Altissidora, la donzella de la duquessa;
brauamente la deue de tener herida y
traspassada aquel que llaman Amor, que dizen que
es vn rapaz cegueçuelo que, con estar lagañoso,
o por mejor dezir, sin vista, si toma por
blanco vn coraçon, por pequeño que sea, le
acierta y traspassa de parte a parte con sus
flechas. He oydo dezir tambien que en la
verguença y recato de las donzellas se despuntan
y embotan las amorosas saetas; pero en esta
Altissidora mas parece que se aguzan que
despuntan.”
  “Aduierte, Sancho”, dixo don Quixote, “que
el amor ni mira respetos ni guarda terminos
de razon en sus discursos, y tiene la misma
condicion que la muerte, que assi acomete los
altos alcaçares de los reyes como las humildes
choças de los pastores, y quando toma entera
possession de vna alma, lo primero que haze
es quitarle el temor y la verguença; y, assi,
sin ella declaró Altissidora sus desseos, que
engendraron en mi pecho antes confussion
que lastima.”
  “Crueldad notoria”, dixo Sancho;
“dessagradecimiento inaudito. Yo de mi se dezir que
me rindiera y auassallara la mas minima razon
amorosa suya. ¡Hideputa, y qué coraçon de
marmol, qué entrañas de bronce y qué alma
de argamassa! Pero no puedo pensar qué es lo
que vio esta donzella en vuessa merced que
assi la rindiesse y auassallasse; qué gala, qué
brio, qué donayre, qué rostro, qué cada cosa
por si destas, o todas juntas, le enamoraron;
que en verdad, en verdad, que muchas vezes
me paro a mirar a vuessa merced desde la punta
del pie hasta el vltimo cabello de la cabeça,
y que veo mas cosas para espantar que para
enamorar; y, auiendo yo tambien oydo dezir
que la hermosura es la primera y principal
parte que enamora, no teniendo vuessa merced
ninguna, no se yo de qué se enamoró la
pobre.”
  “Aduierte, Sancho”, respondio don Quixote,
“que ay dos maneras de hermosura: vna del
alma, y otra del cuerpo; la del alma campea y
se muestra en el entendimiento, en la honestidad,
en el buen proceder, en la liberalidad y
en la buena criança, y todas estas partes caben
y pueden estar en vn hombre feo, y quando se
pone la mira en esta hermosura y no en la del
cuerpo, suele nazer el amor con impetu y
con ventajas. Yo, Sancho, bien veo que no soy
hermoso, pero tambien conozco que no soy
disforme, y bastale a vn hombre de bien no ser
monstruo para ser bien querido, como tenga
los dotes del alma que te he dicho.”
  En estas razones y platicas se yuan entrando
por vna selua que fuera del camino estaua, y a
deshora, sin pensar en ello, se halló don
Quixote enredado entre vnas redes de hilo verde,
que desde vnos arboles a otros estauan
tendidas; y, sin poder imaginar qué pudiesse ser
aquello, dixo a Sancho:
  “Pareceme, Sancho, que esto destas redes
deue de ser vna de las mas nueuas auenturas
que pueda imaginar. Que me maten si los
encantadores que me persiguen no quieren
enredarme en ellas, y detener mi camino, como en
vengança de la riguridad que con Altissidora
he tenido. Pues mandoles yo que aunque estas
redes, si como son hechas de hilo verde fueran
de durissimos diamantes, o mas fuertes que
aquella con que el zeloso dios de los herreros
enredó a Venus y a Marte, assi la rompiera
como si fuera de juncos marinos o de hilachas
de algodon.”
  Y, queriendo passar adelante y romperlo
todo, al improuisso se le ofrecieron delante,
saliendo de entre vnos arboles, dos hermosissimas
pastoras, a lo menos, vestidas como pastoras,
sino que los pellicos y sayas eran de fino
brocado, digo, que las sayas eran riquissimos
faldellines de tabi de oro. Traian los cabellos
sueltos por las espaldas, que en rubios podian
competir con los rayos del mismo sol; los
quales se coronauan con dos guirnaldas, de verde
laurel y de rojo amaranto texidas. La edad, al
parecer, ni baxaua de los quinze, ni passaua de
los diez y ocho. Vista fue esta que admiró a
Sancho, suspendio a don Quixote, hizo parar al
sol en su carrera para verlas, y tuuo en
marauilloso silencio a todos quatro; en fin, quien
primero habló fue vna de las dos zagalas, que
dixo a don Quixote:
  “Detened, señor cauallero, el paso, y no
rompais las redes; que no para daño vuestro,
sino para nuestro passatiempo ay estan
tendidas; y porque se que nos aueis de preguntar
para qué se han puesto, y quién somos, os lo
quiero dezir en breues palabras. En vna aldea
que está hasta dos leguas de aqui, donde ay
mucha gente principal y muchos hidalgos y
ricos, entre muchos amigos y parientes se
concerto que con sus hijos, mugeres y hijas,
vezinos, amigos y parientes nos viniessemos a
holgar a este sitio, que es vno de los mas
[a]gradables de todos estos contornos, formando
entre todos vna nueua y pastoril Arcadia,
vistiendonos las donzellas de zagalas, y los
mancebos de pastores; traemos estudiadas dos
eglogas, vna del famoso poeta Garcilasso, y
otra de[l] excelentissimo Camoes, en su misma
lengua portuguessa, las quales hasta agora
no hemos representado. Ayer fue el primero
dia que aqui llegamos; tenemos entre estos
ramos plantadas algunas tiendas que dizen se
llaman de campaña, en el margen de vn abundoso
arroyo que todos estos prados fertiliza;
tendimos la noche passada estas redes de estos
arboles, para engañar los simples paxarillos
que, oxeados con nuestro ruydo, vinieren a dar
en ellas. Si gustais, señor, de ser nuestro
huesped, sereis agasajado liberal y cortesmente;
porque por agora en este sitio no ha de entrar
la pessadumbre ni la melancolia.”
  Calló y no dixo mas. A lo que respondio don
Quixote:
  “Por cierto, hermosissima señora, que no
deuio de quedar mas suspenso ni admirado
Anteon, quando vio al improuiso bañarse en
las aguas a Diana, como yo he quedado atonito
en ver vuestra belleza. Alabo el assumpto
de vuestros entretenimientos, y el de vuestros
ofrecimientos agradezco, y si os puedo seruir,
con seguridad de ser obedecidas, me lo podeis
mandar; porque no es [otra] la profession
mia, sino de mostrarme agradecido y bienhechor
con todo genero de gente, en especial,
con la principal que vuestras personas
representa[n], y si como estas redes, que deuen de
ocupar algun pequeño espacio, ocuparan toda
la redondez de la tierra, buscara yo nueuos
mundos por do passar, sin romperlas; y porque
deis algun credito a esta mi exageracion, ved
que os lo promete, por lo menos, don Quixote
de la Mancha, si es que ha llegado a vuestros
oydos este nombre.”
  “¡Ay, amiga de mi alma”, dixo entonces la
otra zagala, “y qué ventura tan grande nos ha
sucedido! ¿Ves este señor que tenemos
delante? Pues hagote saber que es el mas
valiente y el mas enamorado y el mas
comedido que tiene el mundo, si no es que nos
miente y nos engaña vna historia que de sus
hazañas anda impressa y yo he leydo. Yo
apostaré que este buen hombre que viene consigo
es vn tal Sancho Pança, su escudero, a
cuyas gracias no ay ningunas que se le igualen.”
  “Assi es la verdad”, dixo Sancho; “que yo
soy esse gracioso y esse escudero que vuessa
merced dize, y este señor es mi amo, el
mismo don Quixote de la Mancha historiado y
referido.”
  “¡Ai!”, dixo la otra, “supliquemosle, amiga,
que se quede; que nuestros padres y nuestros
hermanos gustarán infinito dello; que tambien
he oido yo dezir de su valor y de sus gracias
lo mismo que tu me has dicho, y, sobre todo,
dizen del que es el mas firme y mas leal
enamorado que se sabe, y que su dama es vna
tal Dulcinea del Toboso, a quien en toda
España la dan la palma de la hermosura.”
  “Con razon se la dan”, dixo don Quixote,
“si ya no lo pone en duda vuestra sin igual
belleza; no os canseis, señoras, en detenerme,
porque las precissas obligaciones de mi
profession no me dexan repossar en ningun cabo.”
  Llegó en esto adonde los quatro estauan vn
hermano de vna de las dos pastoras, vestido
assimismo de pastor, con la riqueza y galas
que a las de las zagalas correspondia. Contaronle
ellas que el que con ellas estaua era el
valeroso don Quixote de la Mancha, y el otro
su escudero Sancho, de quien tenia el ya
noticia por auer leydo su historia. Ofreciosele
el gallardo pastor, pidiole que se viniesse con el
a sus tiendas; huuolo de conceder don Quixote,
y assi lo hizo.
  Llegó, en esto, el oxeo, llenaronse las redes
de paxarillos diferentes, que, engañados de la
color de las redes caian en el peligro de que
yuan huyendo; juntaronse en aquel sitio mas
de treynta personas, todas biçarramente de
pastores y pastoras vestidas, y en vn instante
quedaron enteradas de quienes eran don
Quixote y su escudero, de que no poco contento
recibieron, porque ya tenian del noticia
por su historia. Acudieron a las tiendas,
hallaron las mesas puestas, ricas, abundantes y
limpias; honraron a don Quixote, dandole el
primer lugar en ellas; mirauanle todos y
admirauanse de verle.
  Finalmente, alçados los manteles, con gran
reposo alçó don Quixote la voz, y dixo:
  “Entre los pecados mayores que los hombres
cometen, aunque algunos dizen que es la
soberuia, yo digo que es el dessagradecimiento,
ateniendome a lo que suele dezirse: que de los
dessagradecidos está lleno el infierno. Este
pecado, en quanto me ha sido possible, he
procurado yo huyr desde el instante que tuue vso
de razon, y si no puedo pagar las buenas
obras que me hazen con otras obras, pongo
en su lugar los desseos de hazerlas, y quando
estos no bastan, las publico, porque quien dize
y publica las buenas obras que recibe, tambien
las recompensara con otras si pudiera; porque,
por la mayor parte los que reciben son inferiores
a los que dan, y, assi, es Dios sobre todos,
porque es dador sobre todos, y no pueden
corresponder las dadiuas del hombre a las de
Dios con igualdad, por infinita distancia; y esta
estrecheça y cortedad, en cierto modo, la suple
el agradecimiento. Yo, pues, agradecido a la
merced que aqui se me ha hecho, no pudiendo
corresponder a la misma medida, conteniendome
en los estrechos limites de mi poderio,
ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi
cosecha, y, assi, digo, que sustentaré dos dias
naturales, en metad de esse camino real que
va a Zaragoça, que estas señoras zagalas
contrahechas que aqui estan son las mas hermosas
donzellas, y mas cortesses, que ay en el mundo,
exceta[n]do solo a la sin par Dulcinea del
Toboso, vnica señora de mis pensamientos, con
paz sea dicho de quantos y quantas me
escuchan.”
  Oyendo lo qual Sancho, que con grande
atencion le auia estado escuchando, dando
vna gran voz, dixo:
  “¿Es possible que aya en el mundo personas
que se atreuan a dezir y a jurar que este mi
señor es loco? Digan vuessas mercedes señores
pastores, ¿ay cura de aldea, por discreto y por
estudiante que sea, que pueda dezir lo que mi
amo ha dicho, ni ay cauallero andante, por mas
fama que tenga de valiente, que pueda ofrecer
lo que mi amo aqui ha ofrecido?”
  Boluiose don Quixote a Sancho, y,
encendido el rostro, y colerico, le dixo:
  “¿Es possible, o Sancho, que aya en todo el
orbe alguna persona que diga que no eres
tonto, aforrado de lo mismo, con no se qué
ribetes de malicioso y de bellaco? ¿Quién te
mete a ti en mis cosas, y en aueriguar si soy
discreto o maxadero? Calla y no me repliques,
sino ensilla, si está dessensillado Rocinante;
vamos a poner en efecto mi ofrecimiento; que
con la razon que va de mi parte, puedes dar
por vencidos a todos quantos quisieren
contradezirla.”
  Y con gran furia y muestras de enojo se
leuantó de la silla, dexando admirados a los
circunstantes, haziendoles dudar si le podian
tener por loco, o por cuerdo. Finalmente,
auiendole persuadido que no se pusiesse en tal
demanda, que ellos dauan por bien conocida su
agradecida voluntad, y que no eran menester
nueuas demostraciones para conocer su animo
valeroso, pues bastauan las que en la historia
de los hechos se referian, con todo esto, salio
don Quixote con su intencion, y, puesto sobre
Rocinante, embraçando su escudo y tomando
su lança, se puso en la mitad de vn real camino
que no lexos del verde prado estaua. Siguiole
Sancho sobre su ruzio, con toda la gente del
pastoral rebaño, desseosos de ver en qué
paraua su arrogante y nunca visto ofrecimiento.
  Puesto, pues, don Quixote en mitad del
camino, como os he dicho, hirio el ayre con
semejantes palabras:
  “¡O vosotros, passageros y viandantes,
caualleros, escuderos, gente de a pie y de a cauallo
que por este camino passais o aueis de passar
en estos dos dias siguientes, sabed que don
Quixote de la Mancha, cauallero andante, está
aqui puesto para defender que a todas las
hermosuras y cortesias del mundo exceden las que
se encierran en las ninfas habitadoras destos
prados y bosques, dexando a vn lado a la
señora de mi alma, Dulcinea del Toboso. Por
esso, el que fuere de parecer contrario, acuda;
que aqui le espero!”
  Dos vezes repitio estas mismas razones, y
dos vezes no fueron oydas de ningun
auenturero. Pero la suerte, que sus cosas yua
encaminando de mejor en mejor, ordenó, que de
alli a poco se descubriesse por el camino
muchedumbre de hombres de a cauallo, y muchos
dellos con lanças en las manos, caminando
todos apiñados de tropel y a gran priessa.
No los huuieron bien visto los que con don
Quixote estauan, quando boluiendo las
espaldas se apartaron bien lexos del camino;
porque conocieron que si esperauan les podia
suceder algun peligro. Solo don Quixote, con
intrepido coraçon, se estuuo quedo, y Sancho
Pança se escudó con las hancas de Rocinante.
  Llegó el tropel de los lanceros, y vno dellos
que venia mas delante, a grandes vozes
començo a dezir a don Quixote:
  “¡Apartate, hombre del diablo, del camino;
que te haran pedaços estos toros!”
  “¡Ea, canalla”, respondio don Quixote, “para
mi no ay toros que valgan, aunque sean de los
mas brauos que cria Xarama en sus riberas!
Confessad, malandrines, assi, a carga cerrada,
que es verdad lo que yo aqui he publicado; si
no, conmigo sois en batalla.”
  No tuuo lugar de responder el baquero, ni
don Quixote le tuuo de desuiarse, aunque quisiera;
y, assi, el tropel de los toros brauos y el
de los mansos cabestros, con la multitud de
los baqueros y otras gentes que a encerrar los
lleuauan a vn lugar donde otro dia auian de
correrse, passaron sobre don Quixote y sobre
Sancho, Rocinante y el ruzio, dando con todos
ellos en tierra, echandole a rodar por el
suelo. Quedó molido Sancho, espantado don
Quixote, aporreado el ruzio y no muy catolico
Rocinante; pero, en fin, se leuantaron todos,
y don Quixote a gran priessa, tropeçando aqui
y cayendo alli, començo a correr tras la vacada,
diziendo a vozes:
  “¡Deteneos y esperad, canalla malandrina;
que vn solo cauallero os espera, el qual no
tiene condicion, ni es de parecer de los que
dizen que al enemigo que huye, hazerle la
puente de plata!”
  Pero no por esso se detuuieron los apressurados
corredores, ni hizieron mas caso de sus
amenazas que de las nubes de antaño.
Detuuole el cansa[n]cio a don Quixote, y mas
enojado que vengado se sento en el camino,
esperando a que Sancho, Rocinante y el ruzio
llegassen. Llegaron, boluieron a subir amo y
moço, y sin boluer a despedirse de la Arcadia
fingida o contrahecha y, con mas verguença
que gusto, siguieron su camino.

                 Capitulo LIX

Donde se cuenta del extraordinario sucesso,
  que se puede tener por auentura, que le
  sucedio a don Quixote.

  Al poluo y al cansancio que don Quixote y
Sancho sacaron del descomedimiento de los
toros socorrio vna fuente clara y limpia que
entre vna fresca arboleda hallaron, en el
margen de la qual, dexando libres sin xaquima y
freno al ruzio y a Rocinante, los dos
assendereados amo y moço se sentaron; acudio Sancho
a la reposteria de sus alforjas, y dellas sacó de
lo que el solia llamar condumio; enxuagose la
boca, lauose don Quixote el rostro, con cuyo
refrigerio cobraron aliento los espiritus
desalentados. No comia don Quixote de puro
pessaroso, ni Sancho no ossaua tocar a los
manjares que delante tenia, de puro comedido, y
esperaua a que su señor hiziesse la salua;
pero viendo que, lleuado de sus imaginaciones,
no se acordaua de lleuar el pan a la boca, no
abrio la suya, y, atropellando por todo
genero de criança, començo a embaular en el
estomago el pan y queso que se le ofrecia.
  “Come, Sancho amigo”, dixo don Quixote;
“sustenta la vida, que mas que a mi te importa,
y dexame morir a mi a manos de mis
pensamientos y a fuerças de mis desgracias. Yo,
Sancho, naci para viuir muriendo, y tu para
morir comiendo, y porque veas que te digo
verdad en esto, considerame impresso en
historias, famoso en las armas, comedido en mis
acciones, respetado de principes, solicitado de
donzellas; al cabo al cabo quando esperaua
palmas, triunfos y coronas grangeadas y
merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto
esta mañana pisado y acoceado y molido de
los pies de animales inmundos y soeces. Esta
consideracion me embota los dientes, entorpece
la[s] muelas, y entomece las manos y quita
de todo en todo la gana del comer, de manera,
que pienso dexarme morir de hambre: muerte
la mas cruel de las muertes.”
  “Dessa manera”, dixo Sancho, sin dexar de
mascar apriessa, “no aprouará vuessa merced
aquel refran que dizen: «muera Marta, y muera
»harta»; yo, a lo menos, no pienso matarme
a mi mismo. Antes pienso hazer como el çapatero,
que tira el cuero con los dientes hasta que
le haze llegar donde el quiere; yo tiraré mi
vida comiendo hasta que llegue al fin que le
tiene determinado el cielo, y sepa, señor, que
no ay mayor locura que la que toca en querer
desesperarse como vuessa merced, y creame y
despues de comido, echese a dormir vn poco
sobre los colchones verdes destas yeruas, y
vera como quando despierte se halla algo mas
aliuiado.”
  Hizolo assi son Quixote, pareciendole que
las razones de Sancho mas eran de filosofo
que de mentecato, y dixole:
  “Si tu, o Sancho, quisiesses hazer por mi lo
que yo aora te dire, serian mis aliuios mas
ciertos y mis pesadumbres no tan grandes, y
es que mientras yo duermo, obedeciendo tus
consejos, tu te desuiasses vn poco lexos de
aqui, y con las riendas de Rozinante, echando
al ayre tus carnes, te diesses trecientos o
quatrocientos açotes a buena cuenta de los tres
mil y tantos que te has de dar por el desencanto
de Dulcinea; que es lastima no pequeña que
aquella pobre señora esté encantada por tu
descuydo y negligencia.”
  “Ay mucho que dezir en esso”, dixo Sancho;
“durmamos por aora entrambos, y despues,
Dios dixo lo que sera. Sepa vuessa merced
que esto de açotarse vn hombre a sangre fria
es cosa rezia, y mas si caen los açotes sobre
vn cuerpo mal sustentado y peor comido; tenga
paciencia mi señora Dulcinea; que quando
menos se cate, me vera hecho vna criua, de
açotes; y hasta la muerte todo es vida, quiero
dezir que aun yo la tengo, junto con el desseo
de cumplir con lo que he prometido.”
  Agradeciendoselo don Quixote, comio algo,
y Sancho mucho, y echaronse a dormir
entrambos, dexando a su aluedrio y sin orden
alguna pacer del abundosa yerua de que
aquel prado estaua lleno a los dos continuos
compañeros y amigos Rozinante y el ruzio.
Despertaron algo tarde, boluieron a subir y a
seguir su camino, dandose priessa para llegar
a vna venta, que, al parecer, vna legua de alli
se descubria: digo que era venta, porque don
Quixote la llamó assi, fuera del vso que tenia
de llamar a todas las ventas castillos.
  Llegaron, pues, a ella, preguntaron al huesped
si auia posada. Fueles respondido que si,
con toda la comodidad y regalo que pudiera
hallar en Zaragoça. Apearonse, y recogio Sancho
su reposteria en vn aposento, de quien el
huesped le dio la llaue; lleuó las bestias a la
caualleriza, echoles sus piensos, salio a ver lo
que don Quixote, que estaua sentado sobre vn
poyo, le mandaua, dando particulares gracias
al cielo de que a su amo no le huuiesse
parecido castillo aquella venta.
  Llegose la hora del cenar, recogieronse a su
estancia. Preguntó Sancho al huesped que qué
tenia para darles de cenar. A lo que el
huesped respondio que su boca seria medida, y,
assi, que pidiesse lo que quisiesse; que de las
paxaricas del ayre, de las aues de la tierra y
de los pescados del mar estaua proueyda
aquella venta.
  “No es menester tanto”, respondio Sancho;
“que con vn par de pollos que nos assen,
tendremos lo suficiente, porque mi señor es
delicado y come poco, y yo no soy traganton en
demasia.”
  Respondiole el huesped que no tenia pollos,
porque los milanos los tenian asolados.
  “Pues mande el señor huesped”, dixo
Sancho, “assar vna polla que sea tierna.”
  “¿Polla? ¡Mi padre!”, respondio el huesped;
en verdad en verdad que enbie ayer a la
ciudad a vender mas de cincuenta; pero fuera
de pollas pida vuessa merced lo que quisiere.”
  “Dessa manera”, dixo Sancho, “no faltará
ternera o cabrito.”
  “En casa, por aora”, respondio el huesped,
“no lo ay, porque se ha acabado; pero la
semana que viene lo aura de sobra.”
  “¡Medrados estamos con esso!”, respondio
Sancho; “yo pondre que se vienen a resumirse
todas estas faltas en las sobras que deue
de auer de tocino y hueuos.”
  “Por Dios”, respondio el huesped, “que es
gentil relente el que mi huesped tiene, pues
hele dicho que ni tengo pollas ni gallinas, y
quiere que tenga hueuos; discurra, si quisiere,
por otras delicadezas, y dexese de pedir
gallinas.”
  “Resoluamonos, cuerpo de mi”, dixo Sancho,
“y digame finalmente lo que tiene, y dexese
de discurrimientos, señor huesped.”
  Dixo el ventero:
  “Lo que real y verdaderamente tengo son
dos vñas de vaca que parecen manos de ternera,
o dos manos de ternera que parecen vñas
de vaca; estan cozidas, con sus garuanços,
cebollas y tozino, y la hora de aora estan
diziendo: «¡Coméme, coméme!».”
  “Por mias las marco desde aqui”, dixo Sancho,
“y nadie las toque; que yo las pagaré mejor
que otro, porque para mi ninguna otra cosa
pudiera esperar de mas gusto, y no se me daria
nada que fuessen manos como fuessen vñas.”
  “Nadie las tocará”, dixo el ventero, “porque
otros huespedes que tengo, de puro principales,
traen consigo cozinero, despensero y
reposteria.”
  “Si por principales va”, dixo Sancho,
“ninguno mas que mi amo; pero el oficio que el
trae no permite despensas ni botillerias; ai nos
tendemos en mitad de vn prado, y nos
hartamos de bellotas o de nisperos.”
  Esta fue la platica que Sancho tuuo con el
ventero, sin querer Sancho passar adelante en
responderle; que ya le auia preguntado qué
oficio o qué exercicio era el de su amo.
  Llegose, pues, la hora de cenar, recogiose
a su estancia don Quixote, truxo el huesped la
olla assi como estaua, y sentose a cenar muy
de proposito. Parece ser que en otro aposento
que junto al de don Quixote estaua, que no le
diuidia mas que vn sutil tabique, oyo dezir don
Quixote:
  “Por vida de vuessa merced, señor don
Geronimo, que en tanto que trae la cena
leamos otro capitulo de la Segunda parte de don
Quixote de la Mancha.”
  Apenas oyo su nombre don Quixote, quando
se puso en pie, y con oydo alerto escuchó
lo que del tratauan, y oyo que el tal don
Geronimo referido respondio:
  “¿Para qué quiere vuessa merced, señor don
Iuan, que leamos estos disparates [si] el
que huuiere leydo la primera parte de la
historia de don Quixote de la Mancha no es
possible que pueda tener gusto en leer esta
segunda?”
  “Con todo esso”, dixo el don Iuan, “sera
bien leerla, pues no ay libro tan malo que no
tenga alguna cosa buena. Lo que a mi en este
mas desplaze es que pinta a don Quixote ya
desenamorado de Dulcinea del Toboso.”
  Oyendo lo qual don Quixote, lleno de ira y
de despecho, alçó la voz, y dixo:
  “Quienquiera que dixere que don Quixote
de la Mancha ha oluidado, ni puede oluidar, a
Dulcinea del Toboso, yo le hare entender con
armas yguales que va muy lexos de la verdad,
porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede
ser oluidada, ni en don Quixote puede caber
oluido. Su blason es la firmeza, y su profession
el guardarla con suauidad y sin hazerse
fuerça alguna.”
  “¿Quién es el que nos responde?”,
respondieron del otro aposento.
  “¿Quién ha de ser”, respondio Sancho, “sino
el mismo don Quixote de la Mancha, que hara
bueno quanto ha dicho, y aun quanto dixere?;
que al buen pagador no le duelen prendas.”
  Apenas huuo dicho esto Sancho, quando entraron
por la puerta de su aposento dos caualleros,
que tales lo parecian, y vno dellos, echando
los braços al cuello de don Quixote, le dixo:
  “Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro
nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar
vuestra presencia; sin duda vos, señor,
soys el verdadero don Quixote de la Mancha,
norte y luzero de la andante caualleria, a
despecho y pesar del que ha querido vsurpar
vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas,
como lo ha hecho el autor deste libro que aqui
os entrego.”
  Y, poniendole vn libro en las manos, que
traia su compañero, le tomó don Quixote, y,
sin responder palabra, començo a hojearle, y
de alli a vn poco se le boluio, diziendo:
  “En esto poco que he visto he hallado tres
cosas en este autor, dignas de reprehension.
La primera es algunas palabras que he leydo
en el prologo. La otra, que el lenguage es aragones,
porque tal vez escriue sin articulos; y
la tercera, que mas le confirma por ignorante,
es que yerra y se desuia de la verdad en lo
mas principal de la historia, porque aqui dize
que la muger de Sancho Pança mi escudero se
llama Mari Gutierrez, y no llama tal, sino
Teresa Pança; y quien en esta parte tan
principal yerra, bien se podra temer que yerra en
todas las demas de la historia.”
  A esto dixo Sancho:
  “¡Donosa cosa de historiador! ¡Por cierto,
bien deue de estar en el cuento de nuestros
sucessos, pues llama a Teresa Pança, mi
muger, Mari Gutierrez! Torne a tomar el libro,
señor, y mire si ando yo por ay, y si me ha
mudado el nombre.”
  “Por lo que he oydo hablar, amigo”, dixo
don Geronimo, “sin duda deueis de ser Sancho
Pança, el escudero del señor don Quixote.”
  “Si soy”, respondio Sancho, “y me precio
dello.”
  “Pues a fe”, dixo el cauallero, “que no os
trata este autor moderno con la limpieça que
en vuestra persona se muestra: pintaos comedor
y simple, y no nada gracioso, y muy otro
del Sancho que en la primera parte de la
historia de vuestro amo se descriue.”
  “Dios se lo perdone”, dixo Sancho; “dexarame
en mi rincon, sin acordarse de mi, porque
quien las sabe las tañe, y bien se está San
Pedro en Roma.”
  Los dos caualleros pidieron a don Quixote
se passasse a su estancia a cenar con ellos;
que bien sabian que en aquella venta no auia
cosas pertenecientes para su persona. Don
Quixote, que siempre fue comedido, condecendio
con su demanda, y cenó con ellos; quedose
Sancho con la olla con mero mixto imperio;
sentose en cabecera de mesa, y con el el
ventero, que no menos que Sancho estaua de sus
manos y de sus vñas aficionado.
  En el discurso de la cena preguntó don Iuan
a don Quixote qué nueuas tenia de la señora
Dulcinea del Toboso, si se auia casado, si
estaua parida o preñada, o si estando en su
entereza se acordaua --guardando su honestidad
y buen decoro--, de los amorosos pensamientos
del señor don Quixote. A lo que el
respondio:
  “Dulcinea se está entera, y mis pensamientos
mas firmes que nunca; las correspondencias,
en su sequedad antigua; su hermosura,
en la de vna soez labradora transformada.”
  Y luego les fue contando punto por punto
el encanto de la señora Dulcinea, y lo que le
auia sucedido en la cueua de Montesinos, con
la orden que el sabio Merlin le auia dado, para
desencantarla, que fue la de los açotes de
Sancho.
  Sumo fue el contento que los dos caualleros
recibieron de oyr contar a don Quixote los
estraños sucessos de su historia, y, assi,
quedaron admirados de sus disparates, como del
elegante modo con que los contaua. Aqui le tenian
por discreto, y alli se les deslizaua por
mentecato, sin saber determinarse qué grado le
darian entre la discrecion y la locura.
  Acabó de cenar Sancho, y, dexando hecho
equis al ventero, se passó a la estancia de
su amo, y, en entrando, dixo:
  “Que me maten, señores, si el autor deste
libro que vuessas mercedes tienen [no] quiere
que no comamos buenas migas juntos; yo
querria que ya que me llama comilon, como
vuessas [mercedes] dizen, no me llamasse
tambien borracho.”
  “Si llama”, dixo don Geronimo; “pero no
me acuerdo en qué manera, aunque se que son
malsonantes las razones, y ademas, mentirosas,
segun yo echo de ver en la fisonomia del
buen Sancho, que está presente.”
  “Creanme vuessas mercedes”, dixo Sancho,
“que el Sancho y el don Quixote dessa historia
deuen de ser otros que los que andan en
aquella que compuso Cide Hamete Benengeli, que
somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y
enamorado, y yo, simple, gracioso, y no
comedor ni borracho.”
  “Yo assi lo creo”, dixo don Iuan, “y si fuera
possible, se auia de mandar que ninguno fuera
osado a tratar de las cosas del gran don Quixote,
si no fuesse Cide Hamete su primer autor;
bien assi como mandó Alexandro que ninguno
fuesse osado a retratarle sino Apeles.”
  “Retrateme el que quisiere”, dixo don
Quixote, “pero no me maltrate; que muchas vezes
suele caerse la paciencia quando la cargan de
injurias.”
  “Ninguna”, dixo don Iuan, “se le puede
hazer al señor don Quixote, de quien el no se
pueda vengar, si no la repara en el escudo de
su paciencia, que, a mi parecer, es fuerte y
grande.”
  En estas y otras platicas se passó gran parte
de la noche, y aunque don Iuan quisiera que
don Quixote leyera mas del libro, por ver lo
que discantaua, no lo pudieron acabar con el,
diziendo que el lo daua por leydo y lo
confirmaua por todo necio, y que no queria, si
acaso llegasse a noticia de su autor que le auia
tenido en sus manos, se alegrasse con pensar
que le auia leydo, pues de las cosas obscenas
y torpes los pensamientos se han de apartar,
quanto mas los ojos. Preguntaronle que adónde
lleuaua determinado su viage. Respondio que
a Zaragoça a hallarse en las justas del arnes
que en aquella ciu[d]ad suelen hazerse todos
los años. Dixole don Iuan que aquella nueua
historia contaua como do[n] Quixote, sea
quien se quisiere, se auia hallado en ella en
vna sortija falta de inuencion, pobre de letras,
pobrissima de libreas, aunque rica de
simplicidades.
  “Por el mismo caso”, respondio don Quixote,
“no pondre los pies en Zaragoça, y, assi,
sacaré a la plaça del mundo la mentira desse
historiador moderno, y echarán de ver las
gentes como yo no soy el don Quixote que el
dize.”
  “Hara muy bien”, dixo don Geronimo; “y
otras justas ay en Barcelona, donde podra el
señor don Quix[o]te mostrar su valor.”
  “Assi lo pienso hazer”, dixo don Quixote,
“y vuessas mercedes me den licencia, pues ya
es hora, para yrme al lecho, y me tengan y
pongan en el numero de sus mayores amigos
y se[r]uidores.”
  “Y a mi tambien”, dixo Sancho; “quiça sere
bueno para algo.”
  Con esto, se despidieron, y don Quixote y
Sancho se retiraron a su aposento, dexando a
don Iuan y a don Geronimo admirados de ver
la mezcla que auia hecho de su discrecion y
de su locura, y verdaderamente creyeron que
estos eran los verdaderos don Quixote y Sancho,
y no los que descriuia su autor aragones.
Madrugó don Quixote, y, dando golpes al
tabique del otro aposento, se despidio de sus
huespedes; pagó Sancho al ventero
magnificamente, y aconsejole que alabasse menos
la prouision de su venta, o la tuuiesse mas
proueyda.

                  Capitulo LX

     De lo que sucedio a don Quixote yendo
                 a Barcelona.

  Era fresca la mañana, y daua muestras de
serlo assimesmo el dia en que don Quixote
salio de la venta, informandose primero quál
era el mas derecho camino para yr a Barcelona,
sin tocar en Zaragoça; tal era el desseo que
tenia de sacar mentiroso aquel nueuo
historiador que tanto dezian que le vituperaua.
  Sucedio, pues, que en mas de seys dias no
le sucedio cosa digna de ponerse en escritura,
al cabo de los quales, yendo fuera de camino,
le tomó la noche entre vnas espessas encinas, o
alcornoques; que en esto no guarda la
puntualidad Cide Hamete que en otras cosas suele.
Apearonse de sus bestias amo y moço, y
acomodandose a los troncos de los arboles,
Sancho, que auia merendado aquel dia, se dexó
entrar de rondon por las puertas del sueño,
pero don Quixote, a quien desuelauan sus
imaginaciones mucho mas que la hambre, no podia
pegar sus ojos, antes yua y venia con el
pensamiento por mil generos de lugares. Ya le
parecia hallarse en la cueua de Montesinos; ya
ver brincar y subir sobre su pollina a la
conuertida en labradora Dulcinea; ya que le sonauan
en los oydos las palabras del sabio Merlin, que
le referian las condiciones y diligencias que se
auian [de] hazer y tener en el desencanto de
Dulcinea. Desesperauase de ver la floxedad y
caridad poca de Sancho su escudero, pues, a lo
que creia, solos cinco açotes se auia dado,
numero desigual y pequeño para los infinitos que
le faltauan, y desto recibio tanta pesadumbre
y enojo, que hizo este discurso:
  “Si nudo gordiano cortó el Magno Alexandro,
diziendo: «Tanto monta cortar como desatar»,
»y no por esso dexó de ser vniuersal
señor de toda la Asia, ni mas ni menos podria
suceder aora en el desencanto de Dulcinea, si
yo açotasse a Sancho a pesar suyo; que si la
condicion deste remedio está en que Sancho
reciba los tres mil y tantos açotes, ¿qué se me
da a mi que se los de el, o que se los de otro,
pues la sustancia está en que el los reciba,
lleguen por do llegaren?”
  Con esta imaginacion se llegó a Sancho,
auiendo primero tomado las riendas de
Rozinante, y, acomodadolas en modo que pudiesse
açotarle con ellas, començole a quitar las
cintas, que es opinion que no tenia mas que la
delantera, en que se sustentauan los
greguescos; pero apenas huuo llegado, quando
Sancho desperto en todo su acuerdo, y dixo:
  “¿Qué es esto? ¿Quién me toca y desencinta?”
  “Yo soy”, respondio don Quixote, “que vengo
a suplir tus faltas y a remediar mis trabajos;
vengote a açotar, Sancho, y a descargar en
parte la deuda a que te obligaste. Dulcinea
perece, tu viues en descuydo, yo muero desseando,
y, assi, desatacate por tu voluntad; que
la mia es de darte en esta soledad por lo
menos dos mil açotes.”
  “Esso no”, dixo Sancho; “vuessa merced se
esté quedo: si no, por Dios verdadero que nos
han de oyr los sordos. Los açotes a que yo me
obligué han de ser voluntarios, y no por fuerça,
y aora no tengo gana de açotarme. Basta que
doy a vuessa merced mi palabra de vapularme
y mosquearme quando en voluntad me
viniere.”
  “No ay dexarlo a tu cortesia, Sancho”, dixo
don Quixote, “porque eres duro de coraçon, y
aunque villano, blando de carnes.”
  Y, assi, procuraua, y pugnaua por desenlazarle.
Viendo lo qual Sancho Pança, se puso en
pie, y, arremetiendo a su amo, se abraçó con
el a braço partido, y, echa[n]dole vna çan[ca]dilla,
dio con el en el suelo boca arriba; pusole la
rodilla derecha sobre el pecho, y con las manos
le tenia las manos, de modo que ni le dexaua
rodear ni alentar. Don Quixote le dezia:
  “¿Cómo, traydor? ¿Contra tu amo y señor
natural te desmandas? ¿Con quien te da su pan
te atreues?”
  “Ni quito rey, ni pongo rey”, respondio
Sancho, “sino ayudome a mi, que soy mi señor.
Vuessa merced me prometa que se estara quedo
y no tratará de açotarme por agora; que yo
le dexaré libre y desembaraçado; donde no,

         aqui moriras, traydor,
         enemigo de doña Sancha.”

  Prometioselo don Quixote, y juró por vida de
sus pensamientos no tocarle en el pelo de la
ropa, y que dexaria en toda su voluntad y
aluedrio el açotarse quando quisiesse. Leuantose
Sancho, y desuiose de aquel lugar vn buen
espacio, y, yendo a arrimarse a otro arbol,
sintio que le tocauan en la cabeça, y, alçando las
manos, topó con dos pies de persona, con
çapatos y calças. Temblo de miedo, acudio a otro
arbol y sucediole lo mesmo; dio vozes, llamando
a don Quixote que le fauoreciesse. Hizolo
assi don Quixote, y, preguntandole qué le auia
sucedido y de qué tenia miedo, le respondio
Sancho que todos aquellos arboles estauan
llenos de pies y de piernas humanas. Tentolos
don Quixote, y cayo luego en la cuenta de lo
que podia ser, y dixole a Sancho:
  “No tienes de qué tener miedo, porque estos
pies y piernas que tientas y no vees, sin duda
son de algunos foragidos y vandoleros que en
estos arboles estan ahorcados; que por aqui los
suele ahorcar la justicia, quando los coge, de
veynte en veynte, y de treynta en treynta, por
donde me doy a entender que deuo de estar
cerca de Barcelona.”
  Y assi era la verdad, como el lo auia
imaginado.
  Al parecer, alçaron los ojos y vieron los
razimos de aquellos arboles, que eran cuerpos
de vandoleros. Ya, en esto, amanecia, y si los
muertos los auian espantado, no menos los
atribularon mas de quarenta vandoleros viuos
que de improuiso les rodearon, diziendoles en
lengua catalana que estuuiessen quedos y se
detuuiessen, hasta que llegasse su capitan.
  Hallose don Quixote a pie, su cauallo sin
freno, su lança arrimada a vn arbol, y,
finalmente, sin defensa alguna, y, assi, tuuo por
bien de cruzar las manos e inclinar la cabeça,
guardandose para mejor sazon y coyuntura.
Acudieron los vandoleros a espulgar al ruzio,
y a no dexarle ninguna cosa de quantas en las
a[l]forjas y la maleta traia, y auinole bien a
Sancho, que en vna ventrera que tenia ceñida
venian los escudos del duque y los que auian
sacado de su tierra; y con todo esso, aquella
buena gente le escardara y le mirara hasta lo
que entre el cuero y la carne tuuiera escondido,
si no llegara en aquella sazon su capitan, el
qual mostro ser de hasta edad de treynta y
quatro años, robusto, mas que de mediana
proporcion, de mirar graue y color morena.
Venia sobre vn poderoso cauallo, vestida la
acerada cota, y con quatro pistoletes, que en
aquella tierra se llaman pedreñales, a los lados.
Vio que sus escuderos, que assi llaman a los
que andan en aquel exercicio, yuan a despojar
a Sancho Pança; mandoles que no lo hiziessen,
y fue luego obedecido, y, assi, se escapó la
ventrera. Admirole ver lança arrimada al
arbol, escudo en el suelo, y a don Quixote
armado y pensatiuo, con la mas triste y
melancolica figura que pudiera formar la misma
tristeza. Llegose a el, diziendole:
  “No esteis tan triste, buen hombre, porque no
aueis caydo en las manos de algun cruel Osiris,
sino en las de Roque Guinart, que
tienen mas de compassiuas que de rigurosas.”
  “No es mi tristeza”, respondio don Quixote,
“auer caydo en tu poder, o valeroso Roque,
cuya fama no ay limites en la tierra que la
encierren, sino por auer sido tal mi descuydo,
que me ayan cogido tus soldados sin el freno,
estando yo obligado, segun la orden de la
andante caualleria, que professo, a viuir contino
alerta, siendo a todas horas centinela de mi
mismo; porque te hago saber, o gran Roque,
que si me hallaran sobre mi cauallo, con mi
lança y con mi escudo, no les fuera muy facil
rendirme: porque yo soy don Quixote de la
Mancha, aquel que de sus hazañas tiene lleno
todo el orbe.”
  Luego Roque Guinart conocio que la
enfermedad de don Quixote tocaua mas en locura
que en valentia, y aunque algunas vezes le
auia oydo nombrar, nunca tuuo por verdad sus
hechos, ni se pudo persuadir a que semejante
humor reynase en coraçon de hombre, y
holgose en estremo de auerle encontrado, para
tocar de cerca lo que de lexos del auia oydo,
y, assi, le dixo:
  “Valeroso cauallero, no os despecheis, ni
tengais a siniestra fortuna esta en que os
hallais; que podia ser que en estos tropieços
vuestra torcida suerte se endereçasse; que el
cielo, por estraños y nunca vistos rodeos, de
los hombres no imaginados, suele leuantar los
caydos y enriquezer los pobres.”
  Ya le yua a dar las gracias don Quixote,
quando sintieron a sus espaldas vn ruydo
como de tropel de cauallos, y no era sino vno
solo, sobre el qual venia a toda furia vn
mancebo, al parecer, de hasta veynte años, vestido
de damasco verde, con passamanos de oro,
greguescos y saltaembarca, con sombrero
terciado a la balona, botas enceradas y justas,
espuelas, daga y espada doradas, vna escopeta
pequeña en las manos y dos pistolas a los
lados. Al ruydo, boluio Roque la cabeça y vio
esta hermosa figura, la qual, en llegando a
el, dixo:
  “En tu busca venia, o valeroso Roque, para
hallar en ti, si no remedio, a lo menos aliuio en
mi desdicha, y por no tenerte suspenso, porque
se que no me has conocido, quiero dezirte
quién soy; y soy Claudia Geronima, hija de
Simon Forte, tu singular amigo, y enemigo
particular de Clauquel Torrellas, que assimismo lo
es tuyo por ser vno de los de tu contrario vando;
y ya sabes que este Torrellas tiene vn hijo
que don Vicente Torrellas se llama, o, a lo
menos, se llamaua no ha dos horas. Este, pues
--por abreuiar el cuento de mi desuentura, te
dire en breues palabras la que me ha causado--,
viome, requebrome, escuchele, enamoreme
a hurto de mi padre, porque no ay muger,
por retirada que esté y recatada que sea, a quien
no le sobre tiempo para poner en execucion y
efecto sus atropellados desseos. Finalmente, el
me prometio de ser mi esposo, y yo le di la
palabra de ser suya, sin que en obras passassemos
adelante. Supe ayer que, oluidado de lo que
me deuia, se casaua con otra, y que esta
mañana yua a desposarse, nueua que me turbó el
sentido y acabó la paciencia; y, por no estar mi
padre en el lugar, le tuue yo de ponerme en el
trage que vees, y, apresurando el paso a este
cauallo, alcançé a don Vicente obra de vna
legua de aqui, y, sin ponerme a dar quexas ni a
oyr disculpas, le disparé esta escopeta, y,
por añadidura estas dos pistolas, y a lo que creo
le deui de encerrar mas de dos balas en el
cuerpo, abriendole puertas por donde embuelta
en su sangre saliesse mi honra. Alli le dexo
entre sus criados, que no osaron ni pudieron
ponerse en su defensa. Vengo a buscarte para
que me passes a Francia, donde tengo parientes
con quien viua, y, assimesmo, a rogarte
defiendas a mi padre, porque los muchos de
don Vicente no se atreuan a tomar en el
desaforada vengança.”
  Roque, admirado de la gallardia, bizarria,
buen talle y sucesso de la hermosa Claudia,
le dixo:
  “Ven, señora, y vamos a ver si es muerto tu
enemigo; que despues veremos lo que mas te
importare.”
  Don Quixote que estaua escuchando
atentamente lo que Claudia auia dicho y lo que
Roque Guinart respondio, dixo:
  “No tiene nadie para qué tomar trabajo en
defender a esta señora; que lo tomo yo a mi
cargo. Denme mi cauallo y mis armas, y
esperrenme aqui; que yo yre a buscar a esse
cauallero y, muerto o viuo, le hare cumplir la
palabra prometida a tanta belleza.”
  “Nadie dude de esto”, dixo Sancho, “porque
mi señor tiene muy buena mano para
casamentero, pues no ha muchos dias que hizo
casar a otro que tambien negaua a otra donzella
su palabra, y si no fuera porque los encantadores
que le persiguen le mudaron su verdadera
figura en la de vn lacayo, esta fuera la
hora que ya la tal donzella no lo fuera.”
  Roque, que atendia mas a pensar en el sucesso
de la hermosa Claudia que en las razones
de amo y moço, no las entendio; y, mandando
a sus escuderos que boluiessen a Sancho
todo quanto le auian quitado del ruzio,
mandandoles assimesmo que se retirassen a la
parte donde aquella noche auian estado aloxados,
y luego se partio con Claudia a toda priessa
a buscar al herido o muerto don Vicente.
Llegaron al lugar donde le encontro Claudia, y no
hallaron en el sino rezien derramada sangre;
pero tendiendo la vista por todas partes,
descubrieron por vn recuesto arriba alguna gente, y
dieronse a entender, como era la verdad, que deuia
ser don Vicente, a quien sus criados, o muerto
o viuo, lleuauan, o para curarle o para enterrarle;
dieronse priessa a alcançarlos, que, como
yuan de espacio, con facilidad lo hizieron.
  Hallaron a don Vicente en los braços de sus
criados, a quien con cansada y debilitada voz
rogaua que le dexassen alli morir, porque el
dolor de las heridas no consentia que mas
adelante passasse. Arrojaronse de los cauallos
Claudia y Roque, llegaronse a el; temieron los
criados la presencia de Roque, y Claudia se
turbó en ver la de don Vicente, y, assi, entre
enternecida y rigurosa se llegó a el, y,
assiendole de las manos, le dixo:
  “Si tu me dieras estas conforme a nuestro
concierto, nunca tu te vieras en este paso.”
  Abrio los casi cerrados ojos el herido
cauallero, y, conociendo a Claudia, le dixo:
  “Bien veo, hermosa y engañada señora, que
tu has sido la que me has muerto, pena no
merecida ni deuida a mis desseos, con los
quales, ni con mis obras, jamas quise ni supe
ofenderte.”
  “Luego, ¿no es verdad”, dixo Claudia, “que
yuas esta mañana a desposarte con Leonora,
la hija del rico Baluastro?”
  “No, por cierto”, respondio don Vicente; “mi
mala fortuna le deuio de lleuar estas nueuas,
para que, zelosa, me quitasses la vida, la qual
pues la dexo en tus manos y en tus braços,
tengo mi suerte por venturosa. Y para assegurarte
desta verdad, aprieta la mano y recibeme
por esposo, si quisieres; que no tengo otra
mayor satisfacion que darte del agrauio que
piensas que de mi has recebido.”
  Apretole la mano Claudia, y apretosele a
ella el coraçon de manera, que sobre la sangre
y pecho de don Vicente se quedó desmayada,
y a el le tomó vn mortal parasismo. Confuso
estaua Roque y no sabia qué hazerse. Acudieron
los criados a buscar agua que echarles en
los rostros, y truxeronla, con que se los
bañaron. Boluio de su desmayo Claudia, pero no
de su parasismo don Vicente, porque se le acabó
la vida. Visto lo qual de Claudia, auiendose
enterado que ya su dulce esposo no viuia,
rompio los ayres con suspiros, hirio los cielos
con quexas, maltrató sus cabellos entregandolos
al viento, afeó su rostro con sus propias
manos, con todas las muestras de dolor y
sentimiento que de vn lastimado pecho pudieran
imaginarse.
  “¡O cruel e inconsiderada muger”, dezia, “con
qué facilidad te mouiste a poner en execucion
tan mal pensamiento! ¡O fuerça rabiosa de los
zelos, a qué desesperado fin conduzis a quien
os da acogida en su pecho! ¡O esposo mio,
cuya desdichada suerte, por ser prenda mia, te
ha lleuado del talamo a la sepultura!”
  Tales y tan tristes eran las quexas de
Claudia, que sacaron las lagrimas de los ojos de
Roque, no acostumbrados a verterlas en ninguna
ocasion. Llorauan los criados, desmayauase
a cada paso Claudia, y todo aquel circuito
parecia campo de tristeza y lugar de desgracia.
Finalmente, Roque Guinart ordenó a los criados
de don Vicente que lleuassen su cuerpo al
lugar de su padre, que estaua alli cerca, para
que le diessen sepultura. Claudia dixo a Roque
que querria yrse a vn monasterio donde era
abadessa vna tia suya, en el qual pensaua
acabar la vida, de otro mejor esposo y mas
eterno acompañada. Alabole Roque su buen
proposito, ofreciosele de acompañarla hasta
donde quisiesse, y de defender a su padre de
los parientes y de todo el mundo, si ofenderle
quisiesse. No quiso su compañia Claudia en
ninguna manera, y, agradeciendo sus ofrecimientos
con las mejores razones que supo, se
despedio del llorando; los criados de don
Vicente lleuaron su cuerpo, y Roque se boluio
a los suyos, y este fin tuuieron los amores
de Claudia Geronima. Pero, ¿qué mucho, si
texieron la trama de su lamentable historia
las fuerças inuencibles y rigurosas de los
zelos?
  Halló Roque Guinart a sus escuderos en la
parte donde les auia ordenado, y a don Quixote
entre ellos sobre Rozinante, haziendoles vna
platica en que les persuadia dexassen aquel
modo de viuir tan peligroso assi para el alma
como para el cuerpo; pero como los mas eran
gascones, gente rustica y desbaratada, no les
entraua bien la platica de don Quixote. Llegado
que fue Roque, preguntó a Sancho Pança si le
auian buelto y restituydo las alhajas y presseas
que los suyos del ruzio le auian quitado. Sancho
respondio que si, sino que le faltauan tres
tocadores que valian tres ciudades.
  “¿Qué es lo que dizes, hombre?”, dixo vno
de los presentes; “que yo los tengo y no valen
tres reales.”
  “Assi es”, dixo don Quixote, “pero estimalos
mi escudero en lo que ha dicho, por auermelos
dado quien me los dio.”
  Mandoselos boluer al punto Roque Guinart,
y, mandando poner los suyos en ala, mandó
traer alli delante todos los vestidos, joyas y
dineros, y todo aquello que desde la vltima
reparticion auian robado, y, haziendo breuemente
el tanteo, boluiendo lo no repartible, y
reduziendolo a dineros, lo repartio por toda su
compañia con tanta legalidad y prudencia, que
no pasó vn punto ni defraudó nada de la justicia
distributiua. Hecho esto, con lo qual todos
quedaron contentos, satisfechos y pagados,
dixo Roque a don Quixote:
  “Si no se guardasse esta puntualidad con
estos, no se podria viuir con ellos.”
  A lo que dixo Sancho:
  “Segun lo que aqui he visto es tan buena la
justicia, que es necessaria que se vse aun entre los
mesmos ladrones.”
  Oyolo vn escudero, y enarboló el mocho de
vn arcabuz, con el qual sin duda le abriera la
cabeça a Sancho, si Roque Guinart no le diera
vozes que se detuuiesse. Pasmose Sancho y
propuso de no descosser los labios en tanto que
entre aquella gente estuuiesse. Llegó, en esto,
vno o algunos de aquellos escuderos que
estauan puestos por centinelas por los caminos,
para ver la gente que por ellos venia y dar
auiso a su mayor de lo que passaua, y este
dixo:
  “Señor, no lexos de aqui, por el camino que
va a Barcelona, viene vn gran tropel de gente.”
  A lo que respondio Roque:
  “¿Has echado de ver si son de los que nos
buscan, o de los que nosotros buscamos?”
  “No sino de los que buscamos”, respondio el
escudero.
  “Pues salid todos”, replicó Roque, “y
trahedmelos aqui luego, sin que se os escape
ninguno.”
  Hizieronlo assi, y, quedandose solos don
Quixote, Sancho y Roque, aguardaron a ver lo
que los escuderos traian, y en este entretanto
dixo Roque a don Quixote:
  “Nueua manera de vida le deue de parecer
al señor don Quixote la nuestra, nueuas auenturas,
nueuos sucessos, y todos peligrosos; y no
me marauillo que assi le parezca, porque
realmente le confiesso que no ay modo de viuir
mas inquieto ni mas sobresaltado que el nuestro.
A mi me han puesto en el no se qué desseos
de vengança, que tienen fuerça de turbar los
mas sossegados coraçones; yo de mi natural
soy compassiuo y bien intencionado; pero,
como tengo dicho, el querer vengarme de vn
agrauio que se me hizo, assi da con todas mis
buenas inclinaciones en tierra, que perseuero
en este estado a despecho y pessar de lo que
entiendo. Y como vn abismo llama a otro y vn
pecado a otro pecado, hanse eslabonado las
venganças de manera, que no solo las mias,
pero las agenas tomo a mi cargo. Pero Dios
es seruido de que, aunque me veo en la mitad
del laberinto de mis confussiones, no pierdo la
esperança de salir del a puerto seguro.”
  Admirado quedó don Quixote de oyr hablar
a Roque tan buenas y concertadas razones,
porque el se pensaua que entre los de oficios
semejantes de robar, matar y saltear, no podia
auer alguno que tuuiesse buen discurso, y
respondiole:
  “Señor Roque, el principio de la salud está en
conocer la enfermedad, y en querer tomar el
enfermo las medicinas que el medico le ordena;
vuessa merced está enfermo, conoce su dolencia,
y el cielo, o Dios, por mejor dezir, que es
nuestro medico, le aplicará medicinas que le
sanen, las quales suelen sanar poco a poco, y
no de repente y por milagro; y mas, que los
pecadores discretos estan mas cerca de
enmendarse que los simples, y pues vuessa merced
ha mostrado en sus razones su prudencia, no
ay sino tener buen animo y esperar mejoria de
la enfermedad de su conciencia. Y si vuessa
merced quiere ahorrar camino y ponerse con
facilidad en el de su saluacion, vengase
conmigo; que yo le enseñaré a ser cauallero
andante, donde se passan tantos trabajos y
desuenturas, que, tomandolas por penitencia, en
dos paletas le pondran en el cielo.”
  Riose Roque del consejo de don Quixote, a
quien, mudando platica, conto el tragico
sucesso de Claudia Geronyma, de que le pessó
en estremo a Sancho; que no le auia parecido
mal la belleza, dessemboltura y brio de la moça.
Llegaron, en esto, los escuderos de la pressa,
trayendo consigo dos caualleros a cauallo
y dos peregrinos a pie, y vn coche de mugeres
con hasta seis criados, que a pie y a cauallo
las acompañauan, con otros dos moços de mulas
que los caualleros traian. Cogieronlos los
escuderos en medio, guardando vencidos y
vencedores gran silencio, esperando a que el gran
Roque Guinart hablasse. El qual preguntó a los
caualleros que quién eran y adónde yuan, y qué
dinero lleuauan. Vno dellos le respondio:
  “Señor, nosotros somos dos capitanes de
infanteria española; tenemos nuestras
compañias en Napoles y vamos a embarcarnos en
quatro galeras que dizen estan en Barcelona,
con orden de passar a Sicilia. Lleuamos hasta
docientos o trecientos escudos, con que, a
nuestro parecer, vamos ricos y contentos, pues
la estrecheça ordinaria de los soldados no
permite mayores tesoros.”
  Preguntó Roque a los peregrinos lo mesmo
que a los capitanes; fuele respondido que yuan
a embarcarse para passar a Roma, y que entre
entrambos podian lleuar hasta sesenta reales.
Quiso saber tambien quién yua en el coche y
adónde, y el dinero que lleuauan; y vno de los
de a cauallo dixo:
  “Mi señora doña Guiomar de Quiñones, muger
del regente de la Vicaria de Napoles, con
vna hija pequeña, vna donzella y vna dueña, son
las que van en el coche; acompañamosla seis
criados, y los dineros son seiscientos escudos.”
  “De modo”, dixo Roque Guinart, “que ya
tenemos aqui nouecientos escudos y sesenta
reales; mis soldados deuen de ser hasta sesenta;
mirese a cómo le cabe a cada vno, porque
yo soy mal contador.”
  Oyendo dezir esto los salteadores, leuantaron
la voz, diziendo: “¡Viua Roque Guinart
muchos años, a pessar de los lladres que su
perdicion procuran!”
  Mostraron afligirse los capitanes, entristeziose
la señora regenta y no se holgaron nada
los peregrinos, viendo la confiscacion de sus
bienes. Tuuolos assi vn rato suspensos Roque;
pero no quiso que passasse adelante su tristeza,
que ya se podia conocer a tiro de arcabuz, y,
boluiendose a los capitanes, dixo:
  “Vuessas mercedes, señores capitanes, por
cortesia sean seruidos de prestarme sesenta
escudos, y la señora regenta ochenta para
contentar esta esquadra que me acompaña; porque
el abad de lo que canta yanta. Y luego puedense
yr su camino libre y dessembaraçadamente,
con vn saluoconduto que yo les dare,
para que si toparen otras de algunas esquadras
mias, que tengo diuididas por estos contornos,
no les hagan daño; que no es mi intencion de
agrauiar a soldados, ni a muger alguna,
especialmente, a las que son principales.”
  Infinitas y bien dichas fueron las razones con
que los capitanes agradecieron a Roque su
cortesia y liberalidad; que por tal la tuuieron
en dexarles su mismo dinero. La señora doña
Guiomar de Quiñones se quiso arrojar del
coche para besar los pies y las manos del gran
Roque; pero el no lo consintio en ninguna
manera; antes le pidio perdon del agrauio, que le
[hazia], forçado de cumplir con las obligaciones
precissas de su mal oficio. Mandó la señora
regenta a vn criado suyo diesse luego los
ochenta escudos que le auian repartido, y ya los
capitanes auian dessembolsado los sesenta. Yuan
los peregrinos a dar toda su miseria; pero
Roque les dixo que se estuuiessen quedos, y,
boluiendose a los suyos, les dixo:
  “Destos escudos dos tocan a cada vno, y
sobran veynte; los diez se den a estos peregrinos,
y los otros diez a este buen escudero, porque
pueda dezir bien de esta auentura.”
  Y, trayendole adereço de escriuir, de que
siempre andaua proueydo Roque, les dio por
escrito vn saluoconduto para los mayorales de
sus esquadras, y, despidiendose dellos, los
dexó yr libres y admirados de su nobleza, de
su gallarda disposicion y estraño proceder,
teniendole mas por vn Alexandro Magno, que
por ladron conocido. Vno de los escuderos dixo
en su lengua gascona y catalana:
  “Este nuestro capitan mas es para frade, que
para bandolero; si de aqui adelante quisiere
mostrarse liberal, sealo con su hazienda, y no
con la nuestra.”
  No lo dixo tan paso el desuenturado, que
dexasse de oyrlo Roque, el qual, echando mano
a la espada, le abrio la cabeça casi en dos
partes, diziendole:
  “Desta manera castigo yo a los
deslenguados y atreuidos.”
  Pasmaronse todos y ninguno le osó dezir
palabra; tanta era la obediencia que le tenian.
Apartose Roque a vna parte y escriuio vna
carta a vn su amigo, a Barcelona, dandole
auiso como estaua consigo el famoso don Quixote
de la Mancha, aquel cauallero andante de
quien tantas cosas se dezian, y que le hazia
saber que era el mas gracioso y el mas entendido
hombre del mundo, y que de alli a quatro
dias, que era el de San Iuan Bautista, se le
pondria en mitad de la playa de la ciudad,
armado de todas sus armas, sobre Rozinante su
cauallo, y a su escudero Sancho sobre vn asno,
y que diesse noticia desto a sus amigos los
Niarros, para que con el se solazassen; que el
quisiera que carecieran deste gusto los
Cadells, sus contrarios; pero que esto era
impossible, a causa que las locuras y discreciones
de don Quixote, y los donayres de su escudero
Sancho Pança no podian dexar de dar gusto
general a todo el mundo. Despachó esta carta
con vno de sus escuderos que, mudando
el trage de bandolero en el de vn labrador,
entró en Barcelona y la dio a quien yua.

                 Capitulo LXI

De lo que le sucedio a don Quixote en la
  entrada de Barcelona, con otras [cosas]
  que tienen mas de lo verdadero que de lo
  discreto.

  Tres dias y tres noches estuuo don Quixote
con Roque, y si estuuiera trecientos años, no le
faltara qué mirar y admirar en el modo de su
vida; aqui amanezian, aculla comian, vnas vezes
huian sin saber de quién, y otras eperauan
sin saber a quién. Dormian en pie,
interrompiendo el sueño, mudandose de vn lugar a
otro. Todo era poner espias, escuchar
centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuzes,
aunque traian pocos, porque todos se seruian
de pedreñales. Roque passaua las noches
apartado de los suyos en partes y lugares donde
ellos no pudiessen saber donde estaua,
porque los muchos bandos que el visorrey de
Barcelona auia echado sobre su vida, le traian
inquieto y temeroso, y no se osaua fiar de
ninguno, temiendo que los mismos suyos, o le
auian de matar, o entregar a la justicia: vida,
por cierto, miserable y enfadosa.
  En fin, por caminos desusados, por atajos y
sendas encubiertas partieron Roque, don Quixote
y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona.
Llegaron a su playa la vispera de San
Iuan, en la noche, y abraçando Roque a don
Quixote y a Sancho, a quien dio los diez
escudos prometidos, que hasta entonces no se los
auia dado, los dexó, con mil ofrecimientos que
de la vna a la otra parte se hizieron. Boluiose
Roque; quedose don Quixote esperando el dia,
assi, a cauallo como estaua, y no tardó mucho
quando començo a descubrirse por los balcones
del Oriente la faz de la blanca Aurora,
alegrando las yeruas y las flores, en lugar de
alegrar el oydo, aunque al mesmo instante
alegraron tambien el oydo el son de muchas
chirimias y atabales, ruydo de cascaueles, «trapa,
»trapa, aparta, aparta», de corredores que,
al parecer, de la ciudad salian. Dio lugar la
Aurora al sol, que, vn rostro mayor que el
de vna rodela, por el mas baxo orizonte poco a
poco se yua leuantando. Tendieron don Quixote
y Sancho la vista por todas partes, vieron
el mar hasta entonces dellos no visto; parecioles
espaciosissimo y largo, harto mas que las
lagunas de Ruydera que en la Mancha auian
visto; vieron las galeras que estauan en la
playa, las quales, abatiendo las tiendas, se
descubrieron llenas de flamulas y gallardetes, que
tremolauan al viento y bessauan y barrian el
agua. Dentro sonauan clarines, trompetas y
chirimias, que cerca y lexos llenauan el ayre
de suaues y belicosos acentos. Començaron a
mouerse y a hazer modo de escaramuça
por las sossegadas aguas, correspondiendoles
casi al mismo modo infinitos caualleros que
de la ciudad, sobre hermosos cauallos y con
vistosas libreas, salian. Los soldados de las
galeras disparauan infinita artilleria, a quien
respondian los que estauan en las murallas y
fuertes de la ciudad; y la artilleria gruessa con
espantoso estruendo rompia los vientos, a quien
respondian los cañones de cruxia de las galeras.
El mar alegre, la tierra jocunda, el ayre claro,
solo tal vez turbio del humo de la artilleria,
parece que yua infundiendo y engendrando
gusto subito en todas las gentes.
  No podia imaginar Sancho cómo pudiessen
tener tantos pies aquellos bultos que por el mar
se mouian. En esto, llegaron corriendo con grita,
lililies y algazara los de las libreas, adonde
don Quixote suspenso y atonito estaua, y vno
dellos, que era el auisado de Roque, dixo en
alta voz a don Quixote:
  “Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo,
el farol, la estrella y el norte de toda la
caualleria andante, donde mas largamente se
contiene. Bien sea venido, digo, el valeroso don
Quixote de la Mancha, no el falso, no el
ficticio, no el apocrifo, que en falsas historias
estos dias nos han mostrado, sino el verdadero,
el legal y el fiel que nos descriuio Cide Amete
Benengeli, flor de los historiadores.”
  No respondio don Quixote palabra, ni los
caualleros esperaron a que la respondiesse, sino,
boluiendose y reboluiendose con los demas
que los seguian, començaron a hazer vn rebuelto
caracol al derredor de don Quixote, el qual,
boluiendose a Sancho, dixo:
  “Estos bien nos han conocido; yo apostaré
que han leydo nuestra historia, y aun la del
aragones recien impressa.”
  Boluio otra vez el cauallero que habló a don
Quixote, y dixole:
  “Vuessa merced, señor don Quixote, se venga
con nosotros; que todos somos sus seruidores,
y grandes amigos de Roque Guinart.”
  A lo que don Quixote respondio:
  “Si cortesias engendran cortesias, la vuestra,
señor cauallero, es hija o parienta muy cercana
de las del gran Roque. Lleuadme do quisieredes,
que yo no tendre otra voluntad que la
vuestra, y mas, si la quer[e]is ocupar en
vuestro seruicio.”
  Con palabras no menos comedidas que estas
le respondio el cauallero, y, encerrandole todos
en medio, al son de las chirimias y de los
atabales, se encaminaron con el a la ciudad; al
entrar de la qual, el malo, que todo lo malo
ordena, y los muchachos que son mas malos
que el malo, dos dellos, trauiessos y atreuidos,
se entraron por toda la gente, y, alçando
el vno de la cola del ruzio, y el otro la de
Rocinante, les pusieron y encaxaron sendos manojos
de aliagas. Sintieron los pobres animales
las nueuas espuelas, y, apretando las colas,
aumentaron su disgusto de manera, que, dando
mil corcobos, dieron con sus dueños en tierra.
Don Quixote, corrido y afrentado, acudio a quitar
el plumage de la cola de su matalote, y Sancho
el de su ruzio. Quisieran los que guiauan a
don Quixote castigar el atreuimiento de los
muchachos, y no fue possible, porque se
encerraron entre mas de otros mil que los seguian.
Boluieron a subir don Quixote y Sancho; con
el mismo aplauso y musica llegaron a la casa
de su guia, que era grande y principal, en fin,
como de cauallero rico, donde le dexaremos
por agora, porque assi lo quiere Cide Hamete.

                Capitulo LXII

Que trata de la auentura de la cabeça encantada,
  con otras niñerias que no pueden dexar
  de contarse.

  Don Antonio Moreno se llamaua el huesped
de don Quixote, cauallero rico y discreto, y
amigo de holgarse a lo honesto y afable. El
qual, viendo en su casa a don Quixote, andaua
buscando modos como, sin su perjuyzio,
sacasse a plaça sus locuras. Porque no son
burlas las que duelen, ni ay passatiempos que
valgan si son con daño de tercero. Lo primero
que hizo fue hazer dessarmar a don Quixote y
sacarle a vistas con aquel su estrecho y
acamuzado vestido --como ya otras vezes le
hemos descrito y pintado-- a vn valcon que salia
a vna calle de las mas principales de la ciudad,
a vista de las gentes y de los muchachos que
como a mona le mirauan. Corrieron de nueuo
delante del los de las libreas, como si para el
solo, no para alegrar aquel festiuo dia, se
las huuieran puesto. Y Sancho estaua contentissimo,
por parecerle que se auia hallado, sin
saber cómo ni cómo no, otras bodas de
Camacho, otra casa como la de don Diego de
Miranda y otro castillo como el del duque.
  Comieron aquel dia con don Antonio algunos
de sus amigos, honrando todos y tratando
a don Quixote como a cauallero andante, de lo
qual, hueco y pomposo, no cabia en si de
contento. Los donayres de Sancho fueron tantos,
que de su boca andauan como colgados todos
los criados de casa y todos quantos le oian.
Estando a la messa, dixo don Antonio a Sancho:
  “Aca tenemos noticia, buen Sancho, que
sois tan amigo de manjar blanco y de albondiguillas,
que si os sobran, las guardais en el
seno para el otro dia.”
  “No, señor, no es assi”, respondio Sancho,
“porque tengo mas de limpio que de goloso, y
mi señor don Quixote, que está delante, sabe
bien que con vn puño de bellotas o de nueces
nos solemos passar entrambos ocho dias. Verdad
es que si tal vez me sucede que me den la
vaquilla, corro con la soguilla; quiero dezir,
que como lo que me dan, y vso de los tiempos
como los hallo; y quienquiera que huuiere dicho
que yo soy comedor auentajado y no limpio,
tengase por dicho que no acierta; y de otra
manera dixera esto, si no mirara a las barbas
honradas que estan a la mesa.”
  “Por cierto”, dixo don Quixote, “que la
parsimonia y limpieça con que Sancho come se
puede escriuir y grauar en laminas de bronce,
para que quede en memoria eterna en los siglos
venideros; verdad es que quando el tiene
hambre parece algo tragon, porque come
apriessa y masca a dos carrillos. Pero la
limpieça siempre la tiene en su punto, y en el
tiempo que fue gouernador aprendio a comer
a lo melindroso, tanto, que comia con tenedor
las vuas, y aun los granos de la granada.”
  “¿Cómo?”, dixo don Antonio; “¿gouernador
ha sido Sancho?”
  “Si”, respondio Sancho, “y de vna insula
llamada la Barataria; diez dias la gouerne a
pedir de boca; en ellos perdi el sossiego y
aprendi a despreciar todos los gouiernos del
mundo; sali huyendo della, cai en vna cueua
donde me tuue por muerto, de la qual sali viuo
por m[i]lagro.”
  Conto don Quixote por menudo todo el
sucesso del gouierno de Sancho, con que dio
gran gusto a los oyentes. Leuantados los
manteles, y tomando don Antonio por la mano a
don Quixote, se entró con el en vn apartado
aposento, en el qual no auia otra cosa de
adorno que vna mesa, al parecer, de jaspe,
que sobre vn pie de lo mesmo se sostenia, sobre
la qual estaua puesta al modo de las cabeças
de los emperadores romanos, de los pechos
arriba, vna que semejaua ser de bronce.
Passeose don Antonio con don Quixote por todo
el aposento, rodeando muchas vezes la mesa,
despues de lo qual dixo:
  “Agora, señor don Quixote, que estoy enterado
que no nos oye y escucha alguno, y está
cerrada la puerta, quiero contar a vuessa
merced vna de las mas raras auenturas, o, por
mejor dezir, nouedades que imaginarse pueden,
con condicion que lo que a vuessa merced
dixere lo ha de depositar en los vltimos
retretes del secreto.”
  “Assi lo juro”, respondio don Quixote, “y
aun le echaré vna losa encima para mas
seguridad; porque quiero que sepa vuessa merced,
señor don Antonio --que ya sabia su
nombre--, que está hablando con quien, aunque
tiene oydos para oyr, no tiene lengua para
hablar; assi que con seguridad puede vuessa
merced trasladar lo que tiene en su pecho en
el mio y hazer cuenta que lo ha arrojado en
los abismos del silencio.”
  “En fee de essa promessa”, respondio don
Antonio, “quiero poner a vuessa merced en
admiracion con lo que viere y oyere, y darme
a mi algun aliuio de la pena que me causa no
tener con quien comunicar mis secretos, que
no son para fiarse de todos.”
  Suspenso estaua don Quixote, esperando en
qué auian de parar tantas preuenciones. En
esto, tomandole la mano don Antonio, se la
passeó por la cabeça de bronce, y por toda la
mesa, y por el pie de jaspe sobre que se
sostenia, y luego dixo:
  “Esta cabeça, señor don Quixote, ha sido
hecha y fabricada por vno de los mayores
encantadores y hechizeros que ha tenido
el mundo, que creo era polaco de nacion y
dicipulo del famoso Escotillo, de quien
tantas marauillas se quentan, el qual estuuo
aqui en mi casa, y por precio de mil escudos
que le di labró esta cabeça que tiene propiedad
y virtud de responder a quantas cosas al
oydo le preguntaren. Guardó rumbos, pintó
caracteres, obseruó astros, miró puntos, y,
finalmente, la sacó con la perfecion que
veremos mañana; porque los viernes está muda, y
oy, que lo es, nos ha de hazer esperar hasta
mañana. En este tiempo podra vuessa merced
preuenirse de lo que querra preguntar; que
por esperiencia se que dize verdad en quanto
responde.”
  Admirado quedó don Quixote de la virtud y
propiedad de la cabeça, y estuuo por no creer
a don Antonio. Pero por ver quán poco tiempo
auia para hazer la experiencia, no quiso dezirle
otra cosa sino que le agradecia el auerle
descubierto tan gran secreto. Salieron del
aposento, cerro la puerta don Antonio con llaue y
fueronse a la sala donde los demas caualleros
estauan.
  En este tiempo les auia contado Sancho
muchas de las auenturas y sucessos que a su
amo auian acontecido. Aquella tarde sacaron
a passear a don Quixote, no armado, sino de
rua, vestido vn balandran de paño leonado,
que pudiera hazer sudar en aquel tiempo al
mismo yelo. Ordenaron con sus criados que
entretuuiessen a Sancho, de modo, que no le
dexassen salir de casa. Yua don Quixote, no
sobre Rocinante, sino sobre vn gran macho de
paso llano y muy bien adereçado. Pusieronle
el balandran, y en las espaldas, sin que lo
viesse, le cosieron vn pargamino donde le
escriuieron con letras grandes: Este es don
Quixote de la Mancha. En començando el passeo,
lleuaua el retulo los ojos de quantos venian a
verle, y como leian: Este es don Quixote de la
Mancha, admirauase don Quixote de ver que
quantos le mirauan le nombrauan y conocian;
y, boluiendose a don Antonio, que yua a su
lado, le dixo:
  “Grande es la prerrogatiua que encierra en
si la andante caualleria, pues haze conocido y
famoso al que la professa por todos los terminos
de la tierra. Si no, mire vuessa merced,
señor don Antonio, que hasta los muchachos
desta ciudad, sin nunca auerme visto, me
conocen.”
  “Assi es, señor don Quixote”, respondio don
Antonio; “que assi como el fuego no puede
estar escondido y encerrado, la virtud no
puede dexar de ser conocida, y la que se
alcança por la profession de las armas
resplandece y campea sobre todas las otras.”
  Acaecio, pues, que yendo don Quixote con
el aplauso que se ha dicho, vn castellano que
leio el retulo de las espaldas, alçó la voz,
diziendo:
  “¡Valgate el diablo por don Quixote de la
Mancha! ¿Cómo que hasta aqui has llegado
sin auerte muerto los infinitos palos que tienes
acuestas? Tu eres loco, y si lo fueras a solas y
dentro de las puertas de tu locura, fuera menos
mal; pero tienes propiedad de boluer locos y
mentecatos a quantos te tratan y comunican;
si no, mirenlo por estos señores que te
acompañan. Bueluete, mentecato, a tu casa, y mira
por tu hazienda, por tu muger y tus hijos, y
dexate destas vaziedades que te carcomen el
sesso y te desnatan el entendimiento.”
  “Hermano”, dixo don Antonio, “seguid vuestro
camino y no deis consejos a quien no os
los pide; el señor don Quixote de la
Mancha es muy cuerdo y nosotros, que le
acompañamos, no somos necios; la virtud se ha
de honrar dondequiera que se hallare, y
andad enhoramala, y no os metais donde no os
llaman.”
  “Pardiez, vuessa merced tiene razon”,
respondio el castellano; “que aconsejar a este
buen hombre es dar coces contra el aguijon;
pero, con todo esso, me da muy gran lastima
que el buen ingenio que dizen que tiene en
todas las cosas este mentecato, se le dessague
por la canal de su andante caualleria; y la
enhoramala que vuessa merced dixo sea para mi
y para todos mis descendientes si de oy mas,
aunque viuiesse mas años que Matusalen,
diere consejo a nadie, aunque me lo pida.”
  Apartose el consejero, siguio adelante el
passeo; pero fue tanta la priessa que los
muchachos y toda la gente tenia leyendo el
retulo, que se le huuo de quitar don Antonio,
como que le quitaua otra cosa. Llegó la noche,
boluieronse a casa, huuo sarao de damas,
porque la muger de don Antonio, que era vna
señora principal y alegre, hermosa y discreta,
combidó a otras sus amigas a que viniessen a
honrar a su huesped y a gustar de sus nunca
vistas locuras. Vinieron algunas, cenose
esplendidamente y començose el sarao casi a las
diez de la noche. Entre las damas auia dos
de gusto picaro, y burlonas, y con ser muy
honestas, eran algo descompuestas, por dar lugar
que las burlas alegrassen sin enfado. Estas
dieron tanta priessa en sacar a dançar a don
Quixote, que le molieron, no solo el cuerpo,
pero el anima; era cosa de ver la figura de don
Quixote, largo, tendido, flaco, amarillo,
estrecho en el vestido, dessayrado, y, sobre todo,
no nada ligero. Requebrauanle como a hurto
las damiselas, y el, tambien como a hurto, las
desdeñaua; pero viendose apretar de
requiebros, alçó la voz, y dixo:
  “Fugite, partes aduersae. ¡Dexadme en
mi sossiego, pensamientos mal venidos! Alla
os auenid, señoras, con vuestros desseos; que
la que es reyna de los mios, la sin par
Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos
otros que los suyos me auassallen y rindan.”
  Y, diziendo esto, se sento en mitad de la
sala en el suelo, molido y quebrantado de tan
baylador exercicio. Hizo don Antonio que le
lleuassen en pesso a su lecho, y el primero
que assio del fue Sancho, diziendole:
  “¡Nora en tal, señor nuestro amo, lo aueis
baylado! ¿Pensais que todos los valientes son
dançadores, y todos los andantes caualleros
baylarines? Digo que si lo pensais, que estays
engañado: hombre ay que se atreuera a matar
a vn gigante antes que hazer vna cabriola; si
huuierades de çapatear, yo supliera vuestra
falta, que çapateo como vn girifalte; pero en
lo del dançar no doy puntada.”
  Con estas y otras razones dio que reyr
Sancho a los del sarao, y dio con su amo en la
cama, arropandole para que sudasse la
frialdad de su bayle.
  Otro dia le parecio a don Antonio ser bien
hazer la experiencia de la cabeça encantada, y
con don Quixote, Sancho y otros dos amigos,
con las dos señoras que auian molido a don
Quixote en el bayle, que aquella propia noche
se auian quedado con la muger de don Antonio,
se encerro en la estancia donde estaua la
cabeça. Contoles la propiedad que tenia,
encargoles el secreto y dixoles que aquel era el
primero dia donde se auia de prouar la virtud
de la tal cabeça encantada. Y si no eran los
dos amigos de don Antonio, ninguna otra persona
sabia el busilis del encanto, y aun si don
Antonio no se le huuiera descubierto primero
a sus amigos, tambien ellos cayeran en la
admiracion en que los demas cayeron, sin ser
possible otra cosa; con tal traça y tal orden
estaua fabricada.
  El primero que se llegó al oydo de la cabeça
fue el mismo don Antonio, y dixole en voz
sumissa, pero no tanto que de todos no fuesse
entendida:
  “Dime, cabeça, por la virtud que en ti
se encierra, ¿qué pensamientos tengo yo
agora?”
  Y la cabeça le respondio, sin mouer los
labios, con voz clara y distinta, de modo, que
fue de todos entendida, esta razon:
  “Yo no juzgo de pensamientos.”
  Oyendo lo qual todos quedaron atonitos, y
mas, viendo que en todo el aposento ni al
derredor de la mesa no auia persona humana
que responder pudiesse.
  “¿Quántos estamos aqui?”, tornó a preguntar
don Antonio, y fuele respondido por el propio
tenor, paso:
  “Estais tu y tu muger, con dos amigos
tuyos, y dos amigas della, y vn cauallero
famoso llamado don Quixote de la Mancha, y
vn su escudero que Sancho Pança tiene por
nombre.”
  ¡Aqui si que fue el admirarse de nueuo; aqui
si que fue el erizarse los cabellos a todos, de
puro espanto! Y, apartandose don Antonio
de la cabeça, dixo:
  “¡Esto me basta para darme a entender que
no fui engañado del que te me vendio, cabeça
sabia, cabeça habladora, cabeça respondona,
y admirable cabeça! Llegue otro, y preguntele
lo que quisiere.”
  Y como las mugeres de ordinario son
presurossas y amigas de saber, la primera que se
llegó fue vna de las dos amigas de la muger
de don Antonio, y lo que le preguntó fue:
  “Dime, cabeça, ¿qué hare yo para ser muy
hermosa?”
  Y fuele respondido:
  “Se muy honesta.”
  “No te pregunto mas”, dixo la preguntanta.
  Llegó luego la compañera, y dixo:
  “Querria saber, cabeça, si mi marido me
quiere bien o no.”
  Y respondieronle:
  “Mira las obras que te