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Capítulo 1. Cervantes y los libros de caballerías castellanos
La caterva de los libros vanos de cavallerías...
I, 38, 29-30
Lo primero que hizo fue ir a ver sus libros...
I, 108, 10
El prólogo de la Primera Parte
de Don Quijote nos dice que si bien caigo en la cuenta, este
vuestro libro...es una invectiva contra los libros de cavallerías
(I, 36, 31-37, 3), que Cervantes tenía la mira puesta a derribar
la máquina mal fundada destos cavallerescos libros (I, 38, 4-5).
La Primera Parte termina con una larga discusión de los libros de
caballerías, que se extiende a lo largo de varios capítulos.
La Segunda Parte empieza con una discusión sobre el mismo tema, y
Cide Hamete nos dice en la última frase de la obra que no ha
sido otro mi desseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas
y disparatadas historias de los libros de cavallerías (IV, 406,
8-11). El protagonista, nos enteramos en el primer capítulo, ha tomado
sus nociones de la caballería andante de dichos libros (I, 53, 5-12),
y la premisa de toda la obra es su deseo de ser un caballero andante perfecto
(I, 351, 6-8). Su identificación con los libros, en cuanto a la
caballería, es total.1 Es, por lo tanto,
correcto que empecemos nuestro estudio de Don Quijoteexaminando la
relación de Cervantes con el género.
¿Hasta qué punto conocía
Cervantes los libros de caballerías
castellanos,2 una sabrosa leyenda
(I, 343, 10) según muchos personajes de Don Quijote? Son
abrumadoras las pruebas de que los conocía muy bien, de que, como
el canónigo, había leído por lo menos parte de todos
los más que ay impressos (II, 341,
2-3),3 y que le habían deparado
algún contento (II, 362,
19-20).4 En ninguna otra obra se tratan los
libros de caballerías tan extensa o profundamente, ni menciona nadie
tantos títulos. La larga, elocuente y apasionada defensa del potencial
del género que pronuncia el canónigo (II, 343, 23-346, 23)
es única. Incluso con nuestro conocimiento imperfecto de las fuentes
caballerescas de Cervantes, es evidente que los conocía extensa y
directamente y que le influyeron mucho. Alude a detalles de los libros de
caballerías, desde el insignificante Fonseca de Tirant lo blanc
(I, 101, 20) a la torre navegante de Florambel de Lucea (II, 342,
8-10).5 Se perciben diferencias en la calidad
de los libros;6 dos de ellos, Amadís
de Gaula y Palmerín de Inglaterra, son objeto de grandes
elogios en el examen de la biblioteca de Alonso Quijano (I, 96, 16-21 y 100,
3-18).7 Se puede concluir, por lo que dice
en Don Quijote, que Cervantes tenía una opinión favorable
de al menos otros dos, Belianís de Grecia y el Espejo de
príncipes y caballeros.8 Conocía
Amadís lo suficientemente bien para indicar que un nombre
sólo se menciona una vez (I, 279,
6-11),9 lo cual indica que, como Alonso Quijano,
lo había leído con gran atención, y seguramente más
de una vez. La mayoría de las aventuras de Don Quijote, como la de
los rebuznadores, por mencionar una (Segunda Parte, capítulos 25 y
27), se burlan de las aventuras narradas en los libros de caballerías;
la lengua, el estilo y la forma de la narración, todo muestra su
influencia.10 Un conocimiento tan amplio
implica que durante cierto tiempo Cervantes se había familiarizado
con los libros de caballerías, y que había disfrutado con
ellos.
Sin embargo, cuando escribió Don
Quijote Cervantes opinaba que los libros de caballerías castellanos
tenían graves defectos. En Don Quijote hay demasiadas
críticas explícitas e implícitas a los libros de
caballerías, críticas que concuerdan y se complementan, para
permitir otra conclusión. Los libros podrían ser
buenossi me fuera lícito agora y el auditorio lo requiriera,
yo dixera cosas acerca de lo que han de tener los libros de cavallerías
para ser buenos, dice el cura (II, 86, 30-87, 1)pero no lo son.
Están de acuerdo en este aspecto, los narradores y los personajes
más sabios: el cura, el canónigo, Diego de Miranda. Los libros
son mentirosos, tan lexos de ser verdader[o]s como lo está la
mesma mentira de la verdad (II, 361, 32-362,
1).11 Si se usaran correctamente, para
entretener nuestros ociosos pensamientos (II, 86, 21-22) se podrían
tolerarlos libros por sí mismos son inocentes (I,
96, 4-5; compárese IV, 14, 23-25)pero muchos, entre ellos personas
inteligentes, los tienen por verdaderos. Ni como mentiras son buenos,
señala el juicioso
canónigo12 (II, 341, 14-342, 30);
muchas voces coinciden en calificar los libros de
disparatados.13 Su
monotoníatanta mentira junta, y tantas batallas y tantos
encantamentos, que quitan el juizio (II, 86, 17-19)es abrumadora.
El canónigo se queja de la monotonía de los libros con mayor
detalle,14 y añade una acusación
más grave: no instruyen a los lectores (II, 341, 7-14; también
II, 363, 29-32 y 364, 31). Además, tienen defectos de lenguaje y
estructura.15
Los entusiastas de los libros de caballerías
son personajes imperfectos. Dorotea16 y Juan
Palomeque son ignorantes. Los duques viven a base de préstamos y
trampas.17 El primo de la Segunda Parte,
capítulo 22, muy aficionado a leer libros de
cavallerías (III, 277, 25-26), malgasta su talento. El paladín
de dichas obras, el protagonista, ha perdido el contacto con la realidad.
El texto nos informa que los libros de caballerías han sido la causa
de su locura, limitada al tema de la caballería (II, 361, 21-23; IV,
55, 4-9).
Que un buen conocedor de los libros los atacara
es posible. Martín de Riquer ha propuesto una explicación:
que Cervantes había leído los libros de caballerías
cuando era joven.18 Esta sugerencia es plausible;
consta que Juan de Valdés y Fernández de Oviedo los leyeron
de jóvenes y los desdeñaron
después.19 Los libros de caballerías
eran, en parte, lectura juvenil.20
El hecho de que Cervantes conociera las primeras
obras del género también sugiere que eran lecturas de juventud.
El ejemplo más evidente, aunque no el único, es Tirant lo
blanc, obra cuya traducción castellana de 1511 conocía
muy bien.21 Es más probable que libros
antiguos se leyeran en fechas tempranas.
Pero creo más probable que Cervantes,
como el canónigo, leyera y rechazara estos libros cuando ya era maduro.
Cervantes no nos deja reflejos de tales lecturas en sus primeras obras (La
Galatea, comedias y poemas
sueltos).22 Sus comentarios sobre los libros
de caballerías son minuciosos, agudos y apasionados; es difícil
aceptarlos como recuerdos de lecturas juveniles, y el conocimiento que tiene
de las primeras obras del género puede explicarse mejor como el de
un coleccionista y
bibliófilo.23
Los libros de caballerías atraían
a los que seguían o querían seguir la vida de armas. No sabemos
si éste fue el deseo del joven Cervantes, aunque sus estudios con
López de Hoyos24 y su servicio en
Italia con el Cardenal Acquaviva25 sugieren
otra orientación. Lo que no se puede negar es que el Cervantes maduro
simpatizaba con los soldados y se enorgullecía de su servicio militar.
Su herida, su deseo de volver a España y su cautiverio, más
que un cambio de opinión, le llevaron a abandonar su carrera
militar.26 En su empleo posterior como proveedor
de la Armada y recaudador de impuestos, con el que continuaba su apoyo a
las fuerzas militares españolas como
civil,27 frecuentemente se ausentaba de su
casa.28 Viajando por el sur de España,
podía muy bien haberse encontrado ocioso. Alguien al que le gustara
mucho la lectura (I, 129, 27-29) habría podido dedicarse a leer y
a escribir,29 para ocupar sus horas de ocio;
los viajeros a menudo llevaban lecturas y, entre ellas, libros de
caballerías.30 En las obras de Cervantes
la lectura es principalmente una actividad rural, como lo es históricamente
la de los libros de caballerías;31
en Don Quijote se asocian la lectura de los libros de caballerías
y la ociosidad seis veces,32 y hay también
pruebas externas.33 No había muchas
otras diversiones en Écija, Castro del Río o, para el caso,
Esquivias.34
Si Cervantes, como creo, poseía una
importante biblioteca con estos y otros libros, los habría acumulado
después de su vuelta a España en 1580, que coincidió
con una oleada de ediciones de los libros de
caballerías.35 Los biógrafos
a menudo se han preguntado qué ocupaba la mente de Cervantes en la
década de 1590 y finales de 1580 cuando no
escribía;36 una conjetura razonable
es que leía.
Cuando quiera que adquiriese sus vastos
conocimientos de los libros de caballerías, Cervantes, como el
canónigo, opinaba que tenían defectos. Podemos, pues, aceptar
que la declaración de propósitos citada al principio de este
capítulo fue sincera. Por supuesto, hay en Don Quijote temas
secundarios, como la importancia de la verdad y la del matrimonio, pero
están íntimamente relacionados con los defectos de los libros
de caballerías, como se discutirá más adelante.
Especialmente en la Segunda Parte, Cervantes parece querer aprovecharse del
interés de los lectores por las locuras de Don Quijote y por las sandeces
de Sancho (IV, 65, 4-5) para darles mucha Filosofía moral
junto con el mucho entretenimiento lícito (III, 15, 4-7).
Sin embargo, se permitió mayor libertad porque los libros de
caballerías ya decaían gracias a su Primera
Parte,37 y tanto la filosofía moral
como el entretenimiento eran precisamente lo que, según el canónigo,
faltaba a los libros de caballerías.
Propongo, por tanto, que aceptemos las palabras
de Cervantes literalmente. Hay varios razonamientos a favor de esta postura.
En el texto se subraya la importancia de las intenciones: lo que más
necesita Sancho para ser un buen gobernador es buena intención
declaran el canónigo y Don Quijote (II, 375, 14-15; III, 405, 16-17);
mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, dice Don
Quijote (III, 391, 2-3).38 Un autor que con
frecuencia se refiere a las intenciones de sus personajes debe de haber
reflexionado sobre las suyas, y si ataca a las mentiras incluso con mayor
frecuencia, como lo hace también en otras
obras,39 tenemos una poderosa razón
para creer que Cervantes decía la verdad.
Cervantes, además, era un escritor que
decía las cosas claras, y otras declaraciones suyas acerca de cómo
quería que los lectores le interpretaran son totalmente de fiar. No
puedo mejorar la formulación de Oscar Mandel: Quizás,
como se ha sugerido alguna vez, Cervantes tenía opiniones acerca de
la religión y el estado que no se atrevía a
publicar.40 Pero cuando el tema no era peligroso,
Cervantes era transparente. Pocos autores ponen los puntos sobre las íes
con más cuidado que él. Cuando Sancho dice algún dislate,
alguieny si no, el mismo Cervantesnos dice que Sancho acaba de
hacer un chiste. Cuando Sancho gobierna su ínsula con
prudencia, tenemos a un mayordomo que nos lo dice, por si no nos damos cuenta.
Cuando se le hace una mala pasada a Don Quijote o cuando Don Quijote tiene
una de sus alucinaciones, Cervantes viene inmediatamente en ayuda nuestra:
La verdad del caso...es. Cuando de vez en cuando intenta ser
irónico...es pesado. Explica sus chistes tan inocentemente como se
felicita por su genio. Si Don Quijote no toma una posada por un castillo,
Cervantes señala que no ha tomado una posada por un castillo. No puede
disimular su alegría por el éxito de la Primera Parte.... Siempre
que Don Quijote diserta sobre la vida y las letras, un coro aplaude su
sabiduría; y siempre que Sancho está encantador, alguien nos
dice que está encantador. El hecho de que use muchos proverbios es
cuidadosamente notado. En resumen, para que no haya demasiados testimonios,
Cervantes nos prepara para aceptar lo que
afirma.41
Las unánimes y bien documentadas
críticas de los primeros lectores, algunos de los cuales tuvieron
acceso no sólo a Don Quijote sino al propio Cervantes, apoyan
la teoría de que la intención de Cervantes era efectivamente
atacar los libros de caballerías. Entre estos lectores figuran los
autores de ambas aprobaciones: cumpl[e] con el acertado assunto en
que pretende la expulsión de los libros de Cavallerías, pues
con su buena diligencia mañosamente a limpiado de su contagiosa dolencia
a estos reinos, dice Valdivielso (III, 17, 21-25); su bien seguido
assunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de Cavallerías,
cuyo contagio avía cundido más de lo que fuera justo,
dice Márquez Torres (III, 19, 11-14), cuya aprobación probablemente
la redactó el propio Cervantes.42
Según Avellaneda, Cervantes no podrá, por lo menos, dexar
de confessar tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lición
de los vanos libros de
cavallerías.43 Tirso, Faria
y Sousa, Calderón, Gracián, Matías de los Reyes,
Bartolomé de Góngora, Luis Galindo, Nicolás Antonio
y otros escritores del siglo XVII se refieren a Don Quijote como un
ataqueun ataque afortunadocontra los libros de
caballerías.44 Los primeros traductores
del libro al francés y al italiano dicen lo
mismo,45 al igual que estudiosos anteriores
de los libros de
caballerías.46
Finalmente sugiero en defensa de Don
Quijote como un ataque contra los libros de caballerías, el hecho
de que a pesar de dos siglos de estudio ansioso no se haya llegado a ningún
acuerdo sobre otro propósito de Cervantes. Examinar algunas razones
de la resistencia moderna a las claras declaraciones de propósito
de Cervantes, que no eran problemáticas para sus contemporáneos,
puede ayudar a establecer el orden en los caóticos estudios
cervantinos.
En primer lugar, las declaraciones explícitas
de los propósitos del autor están, en la actualidad, completamente
pasados de moda. Aunque muchos están de acuerdo en que la literatura
debería ser, en cierto sentido, didáctica, y en que la literatura
clásica siempre lo es, nos gustan los mensajes sutiles, y preferimos
descifrarlos, como si el libro fuera un rompecabezas. Es de la vida misma
de donde queremos sacar una lección, y la autoridad del novelista
deriva de lo que ha vivido, no de lo que ha pensado o leído. Queremos
que nos ofrezca una estampa de la vida, y si estamos dispuestos, sacaremos
algún beneficio de él; lo máximo que aceptamos es que
oriente sutilmente nuestra interpretación. El respeto a la
sabiduría, a la autoridad, a la razón y a la palabra escrita
es, gústenos o no, mucho más tenue que en la época de
Cervantes. Un autor que nos diga lo que su texto significa adopta una postura
de superioridad, y no es el papel que queremos que desempeñe.
Más importante, sin embargo, ha sido
la evolución de la literatura desde 1605. Hace tiempo que los libros
de caballerías han desaparecidodesde el siglo XVIII nadie los
lee sin leer antes a Cervantesy los lectores modernos de Don
Quijoteempiezan con una perspectiva distinta de la de Cervantes y sus
contemporáneos.47 Como la naturaleza
y la atracción del género nos son remotas, y sus pretendidos
defectos una cuestión caduca, los lectores han encontrado otros valores
en el texto, que naturalmente los tiene. Esta lectura moderna ha sido proyectada
hacia atrás y recae sobre el autor: es decir, si Don Quijote
no se explica sólo como una invectiva contra los libros de
caballerías, postura con la que la mayoría de los lectores
modernos estarían de acuerdo, el autor por lo tanto no quiso que lo
fuera. Los libros de caballerías eran una literatura tan malauna
conclusión que se saca exclusivamente de los comentarios que hay sobre
ellos en Don Quijoteque Cervantes no habría empleado
su talento para atacarlos; ésta habría sido una meta trivial,
indigna de un gran autor. Los libros de caballerías desaparecieron
después de Don Quijote;48 por
lo tanto estaban ya casi moribundos, y Cervantes no habría azotado
el aire, como a veces se dice. Nos enfrentamos a un error de historia
literaria.
En parte, deriva esta confusión de una
apreciación inadecuada del papel de los libros de caballerías
en la España del siglo XVI.49 Estos
libros constituían la principal lectura de recreo y evasión
de una época que tenía unas oportunidades de diversión
mucho más limitadas que hoy. No sólo reflejaban valores; ayudaban
a formarlos, y a excepción de la erudición, no hay rama de
la cultura de la España del siglo XVI para la que no sean
importantes.50 Los libros de caballerías
sugerían a los ociosos y futuros soldados que era más agradable
y viril derrotar a los enemigos con las armas que con las palabras, y que
los no cristianos eran enemigos y malas
personas.51 Acentuaban lo agradable y minimizaban
lo desagradable de las expediciones a partes del mundo poco
conocidas,52 y crearon los nombres
California y Patagonia para designar territorios
entonces recién descubiertos.53 Carlos
V era aficionado a ellos,54 y no sólo
fue el rey predilecto de Cervantes,55 sino
que dirigió la mayor expansión española de todos los
tiempos. La considerable influencia de los libros de caballerías en
la literaturalas crónicas de
Indias,56 la poesía épica,
las novelas pastoriles,57 las llamadas
picarescas58 no se ha examinado
adecuadamente.59 Los leían incluso
futuros santos: el joven Loyola, antes de fundar los Jesuitas, la cuasimilitar
orden de los soldados de Cristo, móvil y con espíritu
práctico, era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que
suelen llamar de
caballerías,60 y la gran reformadora
y mística Teresa de Jesús, inquieta y andariega,
como la describió un contemporáneo
suyo,61 fue, de niña, también
muy aficionada a ellos.62 Los libros de
caballerías eran demasiado caros, por lo menos durante la primera
mitad del siglo XVI, para la clase baja, pero cuando los pobres y los analfabetos
los oían leer en voz alta, les gustaban tanto como a los
nobles.63 Los libros producían
adicción, lo que explica su abundancia y en parte su
peligro.64
Los libros de caballerías eran muy
populares, pero casi desde el principio había una oposición
a ellos. No era tanto una cuestión de defectos literarios, encontrados
por teóricos tales como Sánchez de Lima y López
Pinciano,65 sino que más bien se les
criticaba por los efectos sociales que producían: los libros de
caballerías eran considerados peligrosos. Muchos escritores serios
comentaron el daño que causaron.66
Apartaban la atención de los lectores de la importantísima
salvación de sus almas, y no sólo ocupaban tiempo que podía
dedicarse a lecturas históricas o religiosas, sino que con sus falsedades
hacían que este tipo de lectura no
interesara.67 Los libros quitaban importancia
al saber y a la autoridad establecida, y fomentaban la aventura por encima
del estudio y las empresas individuales por encima de las colectivas: eran
historias de jóvenes enajenados, aunque poco intelectuales.
Pero su peor defecto era que embellecían
el amor, y separaban la sexualidad del fin reproductor. En los libros de
caballerías la aprobación paterna o institucional no era necesaria
para el matrimonio y el subsiguiente goce; el matrimonio podía ser
contraído ante Dios, con una criada por único
testigo.68 Incluso este matrimonio secreto
se presentaba como opcional.69
Está muy notorio el daño que en estos reinos ha
hecho y hace a hombres mozos y doncellas...leer...Amadís y
todos los libros que después dél se han fingido de su calidad
y letura, dijo la petición de las cortes que en 1555 solicitó
sin éxito que se prohibiese no sólo la publicación sino
también la lectura de los
libros.70 Muchos, entonces, creían
que los libros de caballerías eran en daño de las buenas
costumbres (III, 200, 20), perjudiciales en la república
(II, 340, 31), populizadores de un nuevo modo de vida (II, 362,
26-27). Cervantes no fue el primero en creer que había que eliminarlos,
ni mucho menos.
Tampoco fue Cervantes el primero en tomar medidas
en contra de ellos. Un camino que se siguió fue la composición
y publicación de lecturas alternativas; eso va mucho más allá
del conocido caso de la Caballería celestial y otros libros
de caballerías a lo divino.71 Fray
Luis de León escribió y publicó De los nombres de
Cristo(Salamanca, 1583) como substituto de la lección de
mil libros, no solamente vanos, sino señaladamente dañosos,
los cuales, como por arte del demonio, como faltaron los buenos, en nuestra
edad, más que en otra, han crecido; alude claramente a los libros
de caballerías.72 Malón de
Chaide, en el prólogo de su Conversión de la Magdalena,
revela aún más claramente el mismo
propósito.73
Muchas obras históricas y
semihistóricas se escribieron con el mismo propósito. Se deduce
fácilmente de la Historia de los bandos de los Zegríes y
Abencerrajes de Pérez de Hita, comúnmente conocido por
las Guerras civiles de Granada, y también se ha visto el mismo
motivo oculto en las historias del Nuevo Mundo (supra, nota 56). Sin
embargo, este propósito es a menudo explícito. La abreviación
delPaso honroso de Juan de Pineda (Salamanca, 1588), escripta
con gran rigor de verdad, fue publicada para que los Caballeros
de nuestro tiempo...quietassen de aventura tan peligrosa como la de los libros
de caballerías fingidas,74 y
Jerónimo Ramírez, en el prólogo de la Mexicana
de Gabriel Lasso de la Vega (Madrid, 1954), explica a los lectores que el
autor no ha querido perder el tiempo, celebrando fabulosas aventuras
de caballeros incógnitos, como muchos lo han
hecho.75 Bernardino Mendoza publicó
sus Comentarios...de lo sucedido en las guerras de los países bajos,
desde el año de 1567 hasta el de 1577 (Madrid, 1592), para que
tengan [los soldados españoles] libros para poder dexar los
de ficciones.76 Una de las razones
por las que Juan Sánchez Valdés de la Plata escribió
su Corónica y Historia general del hombre (Madrid, 1598) fue
porque viendo yo; benigníssimo y discreto lector, que los mancebos
y doncellas, y aun los varones ya en edad y estado, gastan su tiempo en leer
libros de vanidades enarboladas, que con mayor verdad se dirían
sermonarios de Satanás, y blasones de caballería, de Amadi[s]es
y Esplandianes, de los cuales no sacan otro provecho ni doctrina, sino en
hacer hábito en sus pensamientos de mentiras y vanidades; que es lo
que más codicia el diablo, y siendo tanta la afición que tengo
a los que leen y quieren aprovechar en las escrituras, ha bastado para hacer
esta obra, con la cual los aficionaré a leer en ella y en los autores
que en ella alego, y los apartaré de las grandes vanidades y
mentiras.77 Parece probable que incluso
unas crónicas fueran recobradas y publicadas con el objetivo de atraer
al mismo tipo de lectores. La Crónica de Juan Segundo, por
ejemplo, con una portada típicamente caballeresca, fue publicada en
1591 por primera vez desde 1543; el editor fue Juan Boyer, quien con su hermano
Benito había publicado anteriormente varios libros de
caballerías.78 Lo mismo debió
de ocurrir con la Crónica del Gran Capitán (Sevilla,
1580 y 1582; Alcalá,
1584).79
Estas lecturas alternativas atraían
a Cervantes;80 sin embargo, su caso no fue
típico. No hay ninguna indicación de que estas publicaciones
reemplazaran las lecturas caballerescas excepto entre aquellos que ya
tenían cierta disposición intelectual o
moral.81 No sorprende, pues, que los que
se oponían a los libros de caballerías sintieran la necesidad
de utilizar medidas legales contra ellos. En 1531 se prohibió su
envío al Nuevo Mundo, supuestamente más vulnerable. Esta
prohibición fue reiterada varias
veces.82 En la península, no se
prohibió nunca la lectura de los libros, según habían
pedido las cortes de 1555. Tampoco se prohibió totalmente su
publicación, como se solicitó en 1555, como el humanista toledano
Alvar Gómez de Castro recomendó al Santo Oficio, probablemente
a finales de la década de 157083 y
como se recomendó a las cortes unos veinte años
después.84 Sin embargo, su
publicación tropezó con numerosos obstáculos legales
durante el reinado de Felipe II.
No se publicó jamás ningún
libro de caballerías en Madrid, hecho que Pérez Pastor atribuye
a la hostilidad de las autoridades eclesiásticas
locales.85 Los libros nuevos tenían
que publicarse fuera de Castilla,86 y sólo
se publicaban en ella reediciones y continuaciones, que evidentemente se
consideraban menos ofensivas.87 Ni siquiera
esas tuvieron carta blanca: después de 1564 las obras del licencioso
Feliciano de Silva fueron publicadas en Zaragoza, Valencia, Bilbao, Évora
y Lisboa: en cualquier lugar menos en Castilla. Primaleón fue
publicado dos veces en Lisboa y una en Bilbao, pero no en Castilla después
de 1563. Lepolemo, el Caballero de la Cruz, también apareció
por última vez en 1563, con un colofón falso y sin fecha
añadido a hojas impresas entonces pero distribuidas más
tarde.
Entre 1564 y 1575 no se publicó ningún
libro de caballerías en Castilla, pero después de dos ediciones
de Amadís en 1575 y de las Partes III y IV de
Belianísen 1579, en 1580 empezó una gran oleada de
ediciones, con dos, tres o cuatro publicaciones al año. Después
de 1588 esta oleada de publicaciones terminó
bruscamente.88 Lo que esta pauta indica no
es un profundo cambio en los gustos del público, sino más bien
una alternancia de períodos de tolerancia y de prohibición.
Como Marco Antonio de Camos escribió en su Microcosmia y gobierno
universal del hombre cristiano (Barcelona: Pablo Malo, 1592), mejorado
se ha el tiempo, en lo que toca a sacar a luz libros vulgares.... Razón
era que nos acatásemos algún día los que vivimos en
la República Cristiana, del mucho daño y poco provecho que
estos libros y otros tales hacen en
ella.89
Sería un error, sin embargo, deducir
que los impedimentos a la publicación de los libros de caballerías
en Castilla significaban que faltaba demanda. Indican lo contrario, y el
hecho de que los libros de caballerías continuaran publicándose
fuera de Castilla lo indica
también.90 Hay muchas pruebas adicionales:
está fuera de duda que los libros de caballerías conservaban
una notable popularidad a principios del siglo XVII, por no decir nada de
los últimos años del siglo dieciséis, en los que
probablemente surgió la idea de Don
Quijote.91 Un portugués que visitaba
la capital, Valladolid, cuando se publicó Don Quijote se refiere
muchas veces a ellos;92 Mateo Alemán
menciona, en la Segunda Parte del Guzmán de Alfarache(1604),
la lectura de los libros de
caballerías,93 y aparecen en 1604
y 1608 lectores que conocen los títulos de varios de
ellos.94 Las continuas críticas de
los moralistas, que incluso iban en aumento, documentan la atracción
que los libros de caballerías todavía
ejercían.95 Los documentos relativos
al comercio de libros de finales del siglo XVI y principios del XVII demuestran
su continua difusión.96 Martín
Sarmiento, el erudito más cercano en el tiempo, afirmó de modo
inequívoco que por los años mil seiscientos todos leían
Libros de Caballería[s] (Noticia, pág. 135). El
hecho de que Don Quijote no aboliera completamente la lectura
de los libros de caballerías97 es
una prueba de su popularidad en la época en que se publicó;
figuran en los inventarios de bibliotecas
particulares98 y en el comercio de
libros99 hasta algún tiempo después.
Suárez de Figueroa aconsejaba no leer dichos libros en su
Pasajero, publicado en 1617;100 Juan
Valladares de Valdelomar aún creía necesario ofrecer lecturas
alternativas después de Don
Quijote;101 Lope de Vega alabó
los libros de caballerías en una dedicatoria de
1620;102 Salas Barbadillo satirizó
en 1627 a un pobre y desvanecido hidalgo..., gran lector de libros
de caballerías, y en su Coronas del Parnaso, publicado
en 1635, a un perro caballero andante burlesco, Don Florisel
de Hircania y Grecia;103 un buen número
de obras de teatro del s. XVII se basaron en libros de
caballerías;104 Gracián
todavía los atacaba en el Criticón
(1653);105 y Benito Remigio Noydens, según
la portada de su Historia moral del dios Momo de 1666, todavía
ofrece destierro de novelas y libros de caballerías.
Evidentemente, los libros de caballerías no habían muerto ni
mucho menos cuando Cervantes escribió la Primera Parte de Don
Quijote. Los intelectuales los rechazaban, pero siempre lo habían
hecho. Fueron efectivamente aborrecidos de tantos y alabados de muchos
más (I, 38, 6-7). Su extinción es previsible para nosotros,
acaso, pero no lo hubiera sido para ningún
contemporáneo.106
Es fácil entender por qué todos
los que se preocupaban por los libros de caballerías consideraban
el principio del siglo XVII especialmente peligroso. Al acceder al trono
Felipe III, se suprimieron las restricciones establecidas por su padre, el
sobrio Felipe II. Mientras que no se había publicado ningún
libro de caballerías en Madrid ni ninguno nuevo en Castilla durante
casi 50 años, en 1602 se publicó, en la corte, un libro
nuevo, Policisne de Boecia.107
También fueron reeditados, después de cuarenta años,
algunos relatos cortos caballerescos.108
Especialmente significativo para Don Quijote, considerando las referencias
al Marqués de Mantua en los capítulos 5 y 10 de la Primera
Parte, fue la publicación en 1598 por primera vez en Castilla desde
1563,109 de la colección de
Jerónimo Tremiño de Calatayud de tres romances populares que
tratan de esta figura.
Por lo tanto, los libros de caballerías
no sólo conservaban su popularidad, sino que podían haberse
considerado una especial amenaza precisamente en la época en que Don
Quijote se escribía. ¿Por qué, sin embargo, batalló
Cervantes contra ellos? No hay pruebas que demuestren que hubiera observado
de forma directa consecuencias perjudiciales cuando el vulgo ignorante
venga a creer y a tener por verdaderas tantas necedades como contienen
(II, 362, 27-29), aunque es una hipótesis atractiva y hay pruebas
de que el vulgo hacía justamente
eso.110 Es igualmente posible mantener,
de nuevo sin ninguna confirmación, que, ya que los libros podían
turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos
(II, 362, 31-32), el propio Cervantes había sentido los efectos
perjudiciales de los libros. No obstante, hay otras causas, bien documentadas,
que explican su deseo de deshazer la autoridad y cabida que en el mundo
y en el vulgo tienen los libros de cavallerías (I, 37, 19-21).
Son: el interés de Cervantes por la literatura, sus aspiraciones como
escritor y por encima de todo, su religiosidad, patriotismo y preocupación
por la verdad.
Ningún escritor español, antes
o después, se ha preocupado tanto por la literatura española
como Cervantes. Incluso dejando aparte los extensos discursos sobre la literatura
que encontramos en Don Quijote, nadie nombra a tantos autores ni,
a tan gran escala, distingue los buenos de los malos. Un libro (el Viaje
del Parnaso) y un largo poema incluido en otro (el Canto de
Calíope, en el Libro VI de La Galatea) son presentaciones
patrióticas de los muchos méritos yen aquélde
los defectos ocasionales de la literatura española. Es lógico,
dado su interés por la literatura, que atacara la que le pareciera
defectuosa y peligrosa.
El Canto de Calíope y el
Viaje del Parnaso son, naturalmente, discusiones sobre la poesía
(literatura), incluidas muchas obras en prosa. Sin embargo, los libros de
caballerías no se presentaron nunca como literatura, sino como obras
históricas,111 y en este aspecto
Cervantes es especialmente firme. Su pasión por la verdad en la historia
no podía expresarse más claramente: dev[en] ser los
historiadores puntuales, verdaderos y no nada apassionados, y que ni el
interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan
torcer el camino de la verdad (I, 132, 26-29). La historia no es sólo
émula del tiempo, depósito de las acciones y
testigo de lo passado, es también exemplo y aviso
de lo presente y advertencia de lo por venir (I, 132, 30-133,
1; también I, 178, 7-22). La falta de verdad en la historia también
es una ofensa a Dios: La historia es como cosa sagrada, porque ha de
ser verdadera, y donde está la verdad está
Dios;112 por tanto los libros de
caballerías son heréticos, promulgadores de un error
religioso.113 Teniendo en cuenta las referencias
a los verdaderos héroes españoles que se encuentran en Don
Quijote (II, 83, 32-84, 18; II, 363, 12-364, 2), podemos concluir que
Cervantes creía que la lectura de los libros de caballerías,
historias falsas, era perjudicial para la grandeza de España, y lo
que era perjudicial para la grandeza de España era contrario a la
voluntad divina.
Ahora bien, si Cervantes era escritor y sabía
cómo escribir un buen libro de caballerías (pasaje citado en
la pág. 4), y si se sentía particularmente ofendido con los
que había, que falsamente proclamaban su historicidad, ¿por qué
no los combatió escribiendo uno? Podía ofrecer así una
lectura alternativa a todos los que eran apassionados desta leyenda
(II, 346, 19-20), subsanando la falta de honesto entretenamiento
del que se quejaban Diego de Miranda (III, 201, 21-26) y el canónigo
(II, 353, 11-20; también II, 350, 32-351, 3). Creo que Cervantes lo
hizo.
Los cervantistas hace tiempo que sospechan
que la famosa descripción que hace el canónigo del incompleto
libro de caballerías ideal (II, 343, 23-346, 23) se refiere a una
obra ya existente. Sería muy propio del sentido de humor de
Cervantes y de su ingenio irónico, el proponer como futuro modelo
literario, por boca del canónigo, una obra que ya tenía
escrita, dice Juan Bautista
Avalle-Arce.114 Desde Schevill y Bonilla
se supone que el canónigo describe el
Persiles,115 y Avalle-Arce utiliza
su discurso para datar la composición de los Libros I y II de esta
obra. Algunos de los elementos mencionados por el canónigo ciertamente
se encuentran en Persiles, en el que tenemos bárbaros, naufragios,
acontecimientos felices y tristes, astrología y quizás algunos
otros ingredientes caballerescos. Pero ¿dónde hallamos el
capitán valeroso, con todas las partes que para ser tal se
requieren? ¿Dónde el príncipe cortés, valeroso
y bien mirado? ¿La bondad y lealtad de vassallos,
las grandezas y mercedes de señores, los rencuentros
y batallas? Y ¿cómo puede decirse que el Persiles,
tan bien estructurado, tenga una escritura desatada, o que su
principal empresa sea mostrarnos todas aquellas acciones que pueden
hazer perfecto a un varón ilustre? El Persiles no es
un libro de caballerías, y no corresponde a la descripción
del canónigo.
Hay un indicio, al principio de Don
Quijote, de que Cervantes tenía la intención de escribir
una continuación de Belianís de Grecia. El repetido
deseo del protagonista (I, 51, 16-20) por sí solo no justificaría
esta sugerencia. Pero en el examen de su biblioteca, se aplaza el destino
de unos cuantos libros. Uno es La Galatea, para el cual es menester
esperar la segunda parte que [su autor] promete; quiçá con
la enmienda alcançará del todo la misericordia que aora se
le niega, y entretanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada
(I, 105, 2-6) Tres afirmaciones posteriores mencionando la composición
de la Segunda Parte de este libro (en el prólogo de la Parte II de
Don Quijote y en las dedicatorias de las Ocho comedias y ocho
entremeses y del Persiles) demuestran que el propósito
de Cervantes se refleja aquí. Después de una descripción
de las mejoras necesarias en
Belianís,116 da exactamente
el mismo trato al libro: se les da [los cuatro libros de
Belianís] término ultramarino, y como se enmendaren,
assí se usará con ellos de misericordia o de justicia; y, en
tanto tenedlos vos, compadre, en vuestra casa; mas no los dexéis leer
a ninguno (I, 100,
28-32).117
No hay pruebas de que Cervantes hubiera escrito
ninguna parte de la continuación de Belianís, como sugiere
la afirmación anterior.118 No es
difícil encontrar una razón: los protagonistas de los libros
de caballerías españoles, los Platires, los Tablantes,
Olivantes y Tirantes, los Febos y Belianises, eran ficticios, al contrario
de los héroes caballerescos extranjeros, los nueve de la
fama,119 doze de Francia
y los Caballeros de la Tabla Redonda, que fueron reales, puesto que su
caballerosidad podía ser revivida (I, 261,
23-27).120 Tal pericia no se encuentra en
ningún otro escritor. El tratamiento de la caballería en Don
Quijote, incluida toda la discusión entre el canónigo y
el protagonista acerca de los fundamentos históricos de la literatura
caballeresca, refleja una investigación de primera mano.
La investigación de Cervantes también
incluía, lógicamente, la caballería española.
Los guerreros españoles eran los equivalentes modernos de los grandes
líderes militares de la antigüedad (II, 363, 12-27), probablemente
más valerosos que los desiguales doze pares de
Francia.121 El canónigo,
respondiendo a la defensa que hace Don Quijote de la historicidad de la
literatura caballeresca, dice que no puede decir que no sea verdad
algo de lo que vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a
los cavalleros andantes españoles (II, 367, 25-28). En contraste
con los ejemplos de Don Quijote, sin embargo, que son de duelos y pasos entre
cristianos entablados por
diversión,122 el canónigo
cita casos de religión militar (II, 368, 13), actividad
caballeresca dirigida contra los enemigos de la cristiandad. Después
de algunas menciones a las órdenes militares españolas, Santiago,
Calatrava, San Juan y Alcántara (II, 368, 5-10), el canónigo
concluye con el Cid y Bernardo del Carpio, cuyas hazañas son muy dudosas
(II, 368, 13-16). Aquí, sin duda, un escritor interesado por la
caballería, por fomentar la resistencia a la continua amenaza del
Islam, por la verdad y por la exactitud histórica, podría encontrar
un tema.123
Hay, pues, otra posibilidad para el libro de
caballerías de Cervantes, un libro que siendo de cavallero andante,
por fuerça avía de ser grandíloqua, alta, insigne,
magnífica y, sobre todo, verdadera (III, 60, 23-25).
De este libro, en contraste con la continuación de
Belianís, Cervantes escribió al menos una parte.
1 Se refiere
a ellos con frecuencia, y quiere imitar a su favorito, Amadís, en
todo lo que pudiere (I, 375, 2); tenía a todas horas y
momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamentos, sucessos,
desatinos, amores, desafíos, que en los libros de cavallerías
se cuentan, y todo cuanto hablava, pensava o hazía, era encaminado
a cosas semejantes (I, 234, 26-32). Don Quijote, quinta essencia
de los cavalleros andantes (II, 42, 32), sabe de memoria todas
las ordenanças de la andante cavallería (III, 178, 16-17;
del mismo modo, III, 348, 11-12), razón por la cual él es su
depósito y archivo (III, 224, 7-10). Véanse
también los pasajes citados en la nota 9 del capítulo 4.
2 Los libros de
caballerías que conocían tanto Don Quijote como Cervantes,
y que les importaban, eran castellanos: Amadís de Gaula y los
libros que le siguieron. Al parecer, Cervantes no sabía ni el nombre
de Chrétien de Troyes; el Caballero Zifar no lo menciona nunca;
Tirant lo blanc, como se discute más abajo, lo tomó
como castellano y posterior al Amadís; incluso Palmerín
de Inglaterra, aunque compuesto por un discreto rey de Portugal
(I, 100, 11), era para él una obra castellana.
3 Don Quijote tenía,
igualmente, entera noticia de las historias de
muchos y diversos cavalleros (I, 200, 5-6; III, 48, 20-23);
había leído todas, o las más de sus historias
(III, 104, 1-2), muchas (I, 142, 18; II, 343, 20),
infinit[a]s (I, 278, 29), todos quantos pudo aver dellos
(I, 50, 21-22). Parece un coleccionista de libros; en un artículo
citado en la Introducción (¿Tenía Cervantes una
biblioteca?) mantengo que la biblioteca y la bibliofilia de Don Quijote
reflejan las de su creador.
4 Lo que es difícil
de atribuir a Cervantes en la declaración del canónigo es su
insistencia en que no había podido leer ninguno desde el principio
al fin; los detallados comentarios que se encuentran en Don Quijote
obligan a la conclusión de que, por lo menos, había leído
Amadís de Gaula, Palmerín de Inglaterra y Tirant
lo blanc enteros. El canónigo posiblemente se refiere a dos
períodos distintos en sus lecturas cuando dice quando los leo,
en tanto que no pongo la imaginación en pensar que son todos mentira
y liviandad, me dan algún contento; pero quando caigo en la cuenta
de lo que son, doy con el mejor dellos en la pared (II, 362, 17-22).
5 No se nombra a
Florambel, sin embargo, ni tampoco facilita Cervantes el título
de el otro libro donde se cuenta los hechos del conde Tomillas
(I, 210, 12-14), y confunde el título de Felixmarte de Hircania
(I, 97, 30-32; que quizás fue un error del cajista de la primera
edición en II, 362, 6, pues lo nombra correctamente en II, 83, 5-6).
De igual forma, la aventura que se cuenta del Caballero del Febo en el
capítulo 15 de la Primera Parte y las de Cirongilio y Felixmarte
(El Cavallero de la Triste Guirnalda) en el capítulo 32
no se encuentran en sus libros, y como hasta hoy no se han encontrado esas
aventuras en otros libros, parece que fueron inventadas por necesidades de
la narración. (Compárese la aventura atribuida a Felixmarte
en II, 84, 21-31 con la crítica del canónigo en II, 341, 23-342,
3, y la de Cirongilio en II, 84, 31-85, 16 con la fantasía que Don
Quijote cuenta al canónigo en II, 370, 20-371, 19.) Quizás
Cervantes escribía sin sus libros caballerescos a mano, o no creyó
importante ser exacto cuando se refería a ellos.
6 Quál
más, quál menos, todos ellos son una mesma cosa (II,
341, 5-6) implica que de alguna forma no son todos iguales; también
la referencia a el mejor dellos, citada en la nota 4, implica
que algunos son mejores que otros.
7 Hay un tercer libro
de caballerías, Tirant lo blanc, elogiado en el examen de la
biblioteca de Don Quijote, pero por razones muy distintas. Se discute en
el capítulo 3.
8 Además de
los personajes de Amadís de Gaula, los protagonistas de estos
libros son los únicos personajes de los libros de caballerías
españoles que escriben sonetos introductorios en Don Quijote.
Los sonetos revelan que Cervantes conocía el contenido de estos
libros.
Hay muchos pasajes que sugieren la atracción
que Belianís, libro de mucha acción, ejercía
en Cervantes. Se comparan las proezas de Don Quijote con las de los
Amadisses, Esplandianes y Belianisses (IV, 10, 28-29); para derrotar
a los turcos, lo único que se necesitaría es el famoso
don Belianís o alguno de los del innumerable linage de Amadís
de Gaula (III, 39, 15-17); Don Quijote, según el epitafio del
Monicongo, superó los Amadises y los Belianises
(II, 403, 12 y 15); el afamado Don Belianís (I, 100, 21-22),
que tuv[o] a [sus] pies postrada la fortuna (I, 42, 12), es el
caballero del que muchos dicen que es igual a Amadís de Gaula, aunque
Don Quijote no comparte esta opinión (I, 351, 22-30). Amadís
es valiente y Felixmarte de Hircania valeroso, pero
Belianís es invencible y valeroso (I, 168, 13-19;
compárese con III, 46, 13-19). No obstante, Belianís sufrió
demasiadas luchas y heridas (I, 51, 9-13; I, 100, 23-26; III, 46, 13-19;
la implicación de su soneto introductorio, I, 42, 4-16, en el que
declara sus logros al conseguir vengarse, sobre el cual véase la nota
79 del capítulo 4). (Lilia E. F. de Orduna ha prometido un extenso
artículo explorando lo que según ella es la extraordinaria
influencia de Belianís de Grecia en Don Quijote; Howard
Mancing también ha tratado este tema en una comunicación
inédita.)
Con respecto al Espejo de príncipes,
mencionado en Don Quijote por el nombre de su protagonista, el Caballero
del Febo, como mi tesis doctoral era una edición de su Primera Parte
(Madrid: Espasa-Calpe, 1975) he querido andar con pies de plomo al afirmar
la importancia que tenía para Cervantes. Pero hoy estoy convencido
de que lo tuvo en mayor estima que a la mayoría de los demás
libros de caballerías. Además del soneto introductorio, la
procesión en el palacio del duque está relacionada con el
Espejo por la aparición de un personaje del libro, el sabio
Lirgandeo (III, 431, 7), a quien Don Quijote también llama, junto
con Alquife de Amadís (II, 288, 1). Maese Nicolás, el
barbero, sostiene que el Caballero del Febo es superior a Palmerín
de Inglaterra y a Amadís de Gaula, aunque hay ironía en su
elogio, pues es comparado, con razón, al inconstante y nada
melindroso amante Galaor (I, 51, 25-32), y el elogio de
Amadísy de Palmerín de Inglaterra que se encuentra
en el escrutinio de la librería de Don Quijote y en otras partes demuestra
claramente que Cervantes creía que estos libros eran superiores.
Sin embargo, este libro nunca es atacado, como
lo fueron otros (su mención en El vizcaíno fingido
[Comedias y entremeses IV, 103, 15] únicamente indica que era
largo), y debemos concluir que Cervantes lo encontró, a pesar de su
inconstante protagonista, digno de elogio; probablemente admiró mucho
la moral explícita que se encuentra en la Primera Parte (véase
mi edición, I, liii-lv), sin duda el intento más notable de
reformar los libros de caballerías desde dentro del género.
Creo, por lo tanto, que es correcto considerar el Espejocomo la fuente
más probable de algunos elementos de la aventura central de la cueva
de Montesinos, más probable que otras fuentes propuestas por
Clemencín (en sus anotaciones), María Rosa Lida (véase
Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 141-142),
Helena Percas de Ponseti (Cervantes y su concepto del arte [Madrid:
Gredos, 1975], II, 452-463) y E. C. Riley (Metamorphosis, Myth and
Dream in the Cave of Montesinos, en Essays on Narrative Fiction
in the Iberian Peninsula in Honour of Frank Pierce, ed. R. B. Tate [Oxford:
Dolphin, 1982], págs. 105-119, en la pág. 107, nota 5).
9 John Bowle llamó
la atención sobre este párrafo y comprobó su exactitud
(A Letter to the Reverend Dr. Percy, concerning a New and Classical Edition
of...Don Quixote [London, 1777], pág. 25).
10 La investigación
de este tema es muy difícil. Hay unos cincuenta libros de
caballerías, largos casi todos ellos, y la mayoría sólo
disponibles en sus ediciones originales, que ahora apenas se encuentran;
verdaderamente una turbamulta (II, 369, 1) y un mare magnum (III,
356, 2). Su similitud hace que sea especialmente difícil llegar a
conclusiones válidas sobre sus influencias o fuentes. Sin embargo,
los siguientes estudios, que no pretenden ser exhaustivos, pueden ser
útiles: E. C. Riley, El alba bella que las perlas
cría: Dawn-Description in the Novels of Cervantes,
Bulletin of Hispanic Studies, 33 (1956), 125-137; Martín de
Riquer, La Technique parodique du roman médiéval dans
le Quichotte, en La Littérature narrative
d'imagination (Paris: Presses Universitaires de France, 1961), págs.
55-69, y sus estudios citados en la nota 18, infra; Hans-Jörg
Neuschäfer, Der Sinn der Parodie im Don Quijote
(Heidelberg: Carl Winter, 1963), R. M. Walker, Don Quijote and
the Novel of Chivalry, New Vida Hispánica, 12 (1964),
13-14 y 23; Howard Mancing, The Comic Function of Chivalric Names in
Don Quijote, Names, 21 (1973), 220-235, Cervantes
and the Tradition of Chivalric Parody, Forum for Modern Language
Study, 11 (1975), 177-191 y The Chivalric World of Don
Quijote. Style, Structure, and Narrative Technique (Columbia:
University of Missouri Press, 1982); mis propios Don Quijote
y los libros de caballerías: necesidad de un reexamen y The
Pseudo-Historicity of the Romances of Chivalry, en Romances of Chivalry
in the Spanish Golden Age, págs. 131-145 y 119-129 respectivamente;
Gregorio C. Martín, Don Quijote imitador de Amadís,
Estudios iberoamericanos [Porto Alegre, Brasil], 1 (1975), 139-147;
Marie Cort Daniels, The Function of Humor in the Spanish Romances of
Chivalry (New York: Garland, 1992), que propone que la autoconsciencia
literaria y el juego con las convenciones característicos de Don
Quijote tienen un precedente en las obras caballerescas de Feliciano
de Silva (no incluido en este libro está un extracto de la tesis en
que se basa, Feliciano de Silva: A Sixteenth-Century Reader-Writer
of Romance, en Creation and Re-Creation: Experiments in Literary
Form in Early Modern Spain. Studies in Honor of Stephen Gilman, ed. Ronald
E. Surtz y Nora Weinerth [Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1983], págs.
77-88); Sydney Cravens, Feliciano de Silva and his Romances of Chivalry
in Don Quijote, Inti, 7 (primavera, 1978), págs.
28-34; y Eduardo Urbina, Sancho Panza y Gandalín, escuderos,
en Cervantes and the Renaissance. Papers of the Pomona College Cervantes
Symposium. November 16-18, 1978, ed. Michael D. McGaha (Easton, Pennsylvania:
Juan de la Cuesta, 1980), págs. 113-124. El popular ensayo de Martín
de Riquer, Cervantes y la caballeresca, en Suma cervantina,
ed. J. B. Avalle-Arce y E. C. Riley (London: Tamesis, 1971), págs.
273-292, es fiel en sus tesis básicas.
11 También
I, 97, 22-28; II, 83, 31; II, 87, 20; 341, 23-342, 21; II, 362, 19 (reflejado
en II, 364, 13); II, 401, 2.
12 Este señor
ha hablado como un bendito y sentenciado como un canónigo, dice
un labrador, sin ironía (IV, 332, 6-8).
13 I, 37, 6-7; I,
52, 9-10; I, 97, 29; II, 83, 31-32; II, 86, 6; II, 341, 10-11 y 17; II, 346,
22; II, 362, 15; II, 369, 7; II, 401, 2; IV, 398, 5; IV, 406, 10; del mismo
modo, I, 59, 19-21. (Nótese también la comparación con
los conocidos disparates de la comedia, II, 347, 9.) Disparates
es, naturalmente, como se llaman las palabras y los actos caballerescos de
Don Quijote (I, 90, 3; II, 376, 13; III, 49, 22; III, 221, 24), y el título
de la perdida comedia de Calderón acerca de él fue Los
disparates de Don Quixote (citado por Russell, Risa a
carcajadas, pág. 424).
14
¿Cómo es posible que aya entendimiento humano que se dé
a entender que ha avido en el mundo aquella infinidad de Amadises, y aquella
turbamulta de tanto famoso cavallero, tanto emperador de Trapisonda, tanto
Felixmarte de Ircania, tanto palafrén, tanta donzella andante, tantas
sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas inauditas aventuras, tanto
género de encantamentos, tantas batallas, tantos desforados encuentros,
tanta bizarría de trajes, tantas princessas enamoradas, tantos escuderos
condes, tantos enanos graciosos, tanto villete, tanto requiebro, tantas mugeres
valientes, y, finalmente, tantos y tan disparatados casos como los libros
de cavallerías contienen? (II, 362, 1-17; más brevemente
en II, 368, 32-369, 2).
15 I, 50, 22-51,
8; I, 97, 10; I, 98, 4; II, 342, 31-343, 9.
16 Dorotea es entusiasta
de los libros de caballerías (II, 34, 29-32; II, 61, 30-31), pero
ignora que Osuna no es puerto (II, 54, 23-24; II, 61, 32-62, 2), ni puede
contar la historia de Micomicona sin equivocaciones.
17 Véase III,
372, 7-8 y IV, 119, 29-30.
18 En la
introducción de su edición de la traducción española
de Tirante el blanco para la Asociación de Bibliófilos
de Barcelona (Barcelona, 1947), muy difícil de hallar. Se usó
material extraído de esta introducción en su
Introducción a la lectura del Quijote, págs.
vii-lxviii de la edición de Labor de Don Quijote (10 edición,
1958), y después en Cervantes y el Quijote (1960),
revisado en una segunda edición con el título
Aproximación al Quijote (Barcelona: Teide, 1967
y reimpresiones) y nuevamente revisado como Nueva aproximación
al Quijote (Barcelona: Teide, 1989). Riquer es también
el autor de un artículo largo y bueno sobre Don Quijote en
el Diccionario literario de González Porto-Bompiani, 20
edición (Barcelona: Montaner y Simón, 1967-1968). VIII,
717-756.
19 Acerca de
Valdés, véase Romances of Chivalry in the Spanish Golden
Age, pág. 11. Oviedo es el autor de un libro de caballerías,
Claribalte, publicado por primera vez en 1519 cuando tenía
41 años, aunque escrito antes. En su Memoriaso
Quinquagenas, muy posteriores, atacó con dureza los libros
de caballerías y otras ficciones (referencias en Romances of Chivalry
in the Spanish Golden Age, pág. 10, nota 5 y pág. 47, nota
30).
20 No es ésta
la impresión que produce Don Quijote, porque se centra en un
lector ya mayor, y el libro nos presenta un público lector de todas
las edades. Evidentemente las personas maduras leían los libros de
caballerías también, pero creo que por término medio
sus lectores eran más jóvenes que, por ejemplo, los de poemas
épicos. Los que hablan de los peligros de los libros de caballerías,
de los cuales se ofrecen ejemplos en las notas 65 y 70 de este capítulo,
con frecuencia se refieren a sus efectos en los lectores jóvenes.
Juan Páez de Castro, cronista real, dijo en su Memorial de las
cosas necesarias para escribir historia que el historiador no debería
escribir para aquellos que como niños se divierten con libros
de caballerías (citado por Benito Sánchez Alonso,
Historia de la historiografía española [Madrid: CSIC,
1941-1950], II, 11).
Además de los jóvenes Valdés
y Oviedo, mencionados en la nota precedente, y Loyola, que se mencionará
próximamente, Santa Teresa los leyó cuando era joven (véase
infra, pág. 21). Los hechos del famoso capitán Fernando
de Ávalos, Marqués de Pescara, se atribuían, bien
o mal, al noble ardor y estímulos de la gloria que había criado
en su pecho la lección frecuente de historias de caballerías
en sus juveniles años. (Nicolás Antonio, citado por Diego
Clemencín en el prólogo de su edición de Don
Quijote, pág. 992b de la reimpresión de Ediciones Castilla,
20 edición [Madrid, 1966]. La fuente de la anécdota es Paolo
Giovio, Le vite del Gran Capitane e del Marchese di Pescara,volgarizzate
da Ludovico Domenichi [Bari: Gius, Laterza, 1931], pág. 207.)
21 Está claro
por la discusión en I, 101, 11-30 que Cervantes usó la
traducción castellana, y no la italiana, publicada en 1538 y reimpresa
en 1566.
22 Aparte de Don
Quijote, sólo los menciona al final de El vizcaíno
fingido; también hay una referencia a Galaor, hermano de Amadís
(mencionado cinco veces en Don Quijote: I, 51, 26-32; I, 173, 17;
I, 279, 7; II, 403, 13; III, 57, 18-20) en uno de los textos de La
tía fingida (III, 276, 10), y las doncellas de
Dinamarca que visitan Carriazo por la noche (La ilustre
fregona, II, 311, 16-312, 24) son las de Amadís, II,
9.
23 Véase
¿Tenía Cervantes una biblioteca?, en mi Estudios
cervantinos, págs. 11-36.
24 Un estudio completo
de este humanista, catedrático del Estudio desta villa de
Madrid, como se describió a sí mismo (Luis Astrana
Marín, Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
[Madrid: Reus, 1948-1958], II, 180) es muy conveniente. Hay abundante material:
sus publicaciones, su testamento y otros documentos y sus actividades como
censor de libros, de las que se encuentran referencias en el tomo 13 de la
Bibliografía de la literatura hispánicade José
Simón Díaz (Madrid: CSIC, 1984). (Simón no menciona
la carta preliminar de Hoyos a la Lira heroica de Francisco
Núñez de Oria [1581], citada por Maxime Chevalier, L'Arioste
en Espagne [Bordeaux: Institut d'Études Ibériques et
Ibéro-Americaines de l'Université de Bordeaux, 1966], pág.
209.) Para una introducción véase Américo Castro,
Erasmo en tiempos de Cervantes, Revista de filología
española, 18 (1931), 329-389, revisado en Hacia Cervantes,
30 edición (Madrid: Taurus, 1967), págs. 222-261, y Astrana,
II, 164, 171-173, 176-182, 207-208, y III, 129-133 y 263-268. También
se trata de López de Hoyos en la nota 85 de este capítulo.
Phyllis S. Emerson ha publicado un utilísimo
índice a la biografía de Astrana (Lexington, Kentucky: Erasmus
Press, 1978).
25 Acquaviva era
de muchas letras, y gustó mucho de algunos cortesanos
[de Madrid] de ingenio (Martín Fernández de Navarrete,
Vida de Miguel de Cervantes Saavedra [Madrid, 1819], pág.
14).
26 Acerca de su deseo
de volver a España, véase Astrana, II, 448.
27 Su desseo
es continuar siempre en el serviçio de V.M., encontramos en
el famoso Memorial de Cervantes a Felipe II solicitando un oficio
en las Indias (Astrana, IV, 456). También puede verse su entusiasmo
en una carta que le mandó su superior Antonio de Guevara: vuesa
merced procure juntar toda la cantidad [de trigo] que pudiere sin rigor y
sin tratar de querer sacarlo de quien no tuviere trigo, porque esto no es
justo, de manera que se haga sin ningún ruido ni queja, aunque no
se junte toda la cantidad (Astrana, IV, 263; para más detalles,
véase Astrana, IV, 241 y Francisco Rodríguez Marín,
Nuevos documentos cervantinos, en su Estudios cervantinos [Madrid:
Atlas, 1947], págs. 175-350, en la pág. 343).
28
¡Cuántas veces durante su vida Miguel haría el viaje
de diez días desde el centro de España a la capital de
Andalucía! (Richard L. Predmore, Cervantes [New York:
Dodd, Mead, 1973], pág. 125). Viajaba tanto, por Andalucía
por negocios, entre la casa de su mujer en Esquivias y sus propias residencias
en Madrid y Valladolid, por no hablar de sus aventuras en el extranjero,
que sus biógrafos tienden a señalar cuándo no se desplazaba
más bien que lo contrario.
29 Cervantes
escribía La Galatea mientras esperaba noticias de posibles
puestos de trabajo, según su carta a Eraso (Astrana, VI, 511-512).
En el prólogo de las Ocho comedias declaró que volvió
a escribir obras de teatro cuando volvió a su antigua
ociosidad. También, los libros de caballerías, según
Pero Pérez, eran escritos por ingenios ociosos (II, 86,
1).
30 Agustín
G. de Amezúa y Mayo nos ha recordado que los viajeros no sólo
leían por la noche, sino también viajando, aunque habla de
ediciones de bolsillo, físicamente mucho más pequeños
que los grandes libros de caballerías (Camino de Trento. Cómo
se viajaba en el siglo XVI, en sus Opúsculos
histórico-literarios [Madrid: CSIC, 1951], III, 212-226, en la
pág. 220). Estos libros, sin embargo, también los leían
los viajeros, como encontramos en Vergel de oración de Alonso
de Horozco (Sevilla, 1544): El libro que habla de Dios, siendo
pequeño, quiebra las manos en tomándole; y los libros vanos
llenos de mentiras, pesando un quintal, se van leyendo, según yo vi
algún día, quando van por los caminos (citado por Francisco
Rodríguez Marín, Don Quijote, nueva edición
crítica [Madrid: Atlas, 1947-1949], IX, 60). Una vieja historia
acerca de Diego Hurtado de Mendoza, diplomático y autor, dice que
en su misión a Italia tomó un ejemplar de Amadís
de Gaula, y que este libro, junto con Celestina, constituía
todo su material de lectura para el viaje; la anécdota se encuentra
en Arte de galantería de Francisco de Portugal, de 1670, citado
por Henry Thomas, Las novelas de caballerías españolas y
portuguesas, traducción del inglés por Esteban Pujals,
anejos de Revista de literatura, 8 (Madrid: CSIC, 1952), pág.
68, y más completa, con la ortografía un poco distinta, en
Orígenes de la novela de Menéndez Pelayo, edición
nacional, 20 edición (Madrid: CSIC, 1962), I, 372, nota 1. Menéndez
Pelayo califica la anécdota de no muy comprobada (I, 372)
y poco segura (III, 391, nota 2), y Ángel González
Palencia y Eugenio Mele, Vida y obras de Don Diego Hurtado de Mendoza
(Madrid: Instituto de Valencia de don Juan, 1941-1943), III, 240, dicen lo
mismo, puesto que Mendoza se llevó a Italia una biblioteca entera.
Sin embargo, que se contara la anécdota significa algo. Tomás
Rodaja, el futuro licenciado Vidriera, seleccionó libros para su viaje
a Italia.
Como ocurre con frecuencia, el dato más
útil lo encontramos en el mismo Quijote. La maletilla
vieja cerrada con una cadenilla (II, 83, 1) del huésped de Juan
Palomeque se parece mucho a una maleta de Cervantes, puesto que contenía
no sólo libros de caballerías y libros de historia, sino
también manuscritos de sus obras. Sin embargo, la mención del
título Novela de Rinconete y Cortadillo (II, 334, 17-18)
no significaba nada para los lectores de 1605, y parece, en cambio, un intento
de incorporar la realidad a la literatura. Recuérdese que fue en el
prólogo de las Novelas ejemplares donde Cervantes habló
de sus obras que andan por ahí descarriadas, y, quizá,
sin el nombre de su dueño (I, 21, 5-7), y que en la perdida
colección de Porras de la Cámara, donde se encontraron textos
de Cervantes sin indicación del autor, figuraba un texto de
Rinconete.
31 Hay dos datos
a favor de la lectura de los libros de caballerías en las ciudades:
se alquilaban ejemplares (nota 63, infra), y en los Coloquios de
Palatino y Pinciano de Juan Arce de Otálora encontramos que en
Sevilla dizen que ay officiales que las fiestas a las tardes llevan un libro
dessos a las gradas y le leen y muchos moços y officiales y trabajadores
que avían de jugar o reñir o estar en la taberna se van allí
a oír (citado en Romances of Chivalry in the Spanish Golden
Age, pág. 161).
Sin embargo, las pruebas que indican que se
leían en el mundo rural son, como mínimo, igual de convincentes.
Se enviaban muchos ejemplares al Nuevo Mundo, que era más rural.
Avellaneda dijo que la lectura de libros de cavallerías [es]
tan ordinaria en gente rústica y ociosa (I, 8, 12-13). No se
encontraban libros de caballerías en las bibliotecas de las ciudades
en tanta cantidad como se publicaban, según documentos examinados
por Bartolomé Bennassar, Valladolid au Siècle d'Or. Une
ville de Castille et sa campagne au XVIe siècle (Paris-La
Haye: Mouton, 1967). Bennassar (pág. 517) señala, correctamente,
Valladolid como centro de edición de libros de caballerías;
en Valladolid se publicaron edicionesen algunos casos la primera o
única ediciónde Tirante el blanco, Felixmarte de Hircania,
Cristalián de España, Florisel de Niquea, Lepolemo, Espejo
de príncipes y caballeros, II y Policisne de Boecia. Sin
embargo, después de estudiar 46 inventarios de libros de bibliotecas
de Valladolid durante el período de 1536 a 1599 (véanse págs.
528-529) comenta que había pocos libros de caballerías en ellas.
La conclusión tiene que ser que los libros que se publicaron en Valladolid
se leían fuera, es decir en aldeas o en fincas rurales.
32 I, 50, 13-15;
II, 81, 9; II, 86, 21-27; II, 341, 1-2; II, 353, 20; II, 361, 28.
33 Véase el
pasaje de Arce de Otálora citado en la nota 31, supra ; el
de la petición a las cortes de 1555 citado en la nota 70,
infra; Alonso de Fuentes, Suma de filosofía natural
(1547), citado por Eustaquio Fernández de Navarrete, Bosquejo
histórico sobre la novela española, en Novelistas
anteriores a Cervantes, II, Biblioteca de autores españoles, 33
(1854; reimpreso en Madrid: Atlas, 1950), págs. v-c, en la pág.
xxiii, nota 2; y Juan de Mariana, not inde$edHistoria de España,
Libro VIII, capítulo 3 (citado por Rodríguez Marín,
nueva edición crítica, IX, 63). Antonio de Guevara, en la
dedicación de su Libro del emperador Marco Aurelio con el Reloj
de príncipes (citado por Riquer en la primera introducción
mencionada en la nota 18, supra) asociaba los libros de caballerías
con pasar el tiempo; con la lectura de Espejo de príncipes
y caballeros su autor Ortúñez pensaba que Martín
Cortés podía passar el tiempo y huir de la ociosidad,
que es madre de todos los vicios (I, 20, 18-20).
34 En Esquivias
vivían su mujer y su familia, y era para Cervantes su hogar más
fijo. Castro del Río y Écija eran unas ciudades andaluzas de
poca importancia cultural en donde Cervantes permaneció temporadas
por negocios de la corona. Según Tomás González, Censo
de población de Castilla en el siglo XVI (Madrid, 1829), págs.
235, 335 y 346, Castro el Río tenía 1.152 vecinos (cabezas
de familia) en 1587, Écija tenía 6.958 en 1588 y Esquivias
200 en 1571. Cervantes coincidió brevemente en Écija con
Cristóbal Mosquera de Figueroa cuando éste era corregidor;
se ha comentado porque la presencia de dos figuras literarias en la ciudad
era insólita (Rodríguez Marín, Nuevos documentos
cervantinos, en su Estudios cervantinos, pág. 338). Acerca
de la vida cultural de Esquivias, donde, debido a su situación entre
Madrid y Toledo, las compañías teatrales que pasaban por allá
representaban obras religiosas por Corpus Christi, véase Jaime
Sánchez Romeralo, El teatro en un pueblo de Castilla en los
siglos XVI-XVII: Esquivias, 1588-1638, en Las constantes estéticas
de la comedia en el Siglo de Oro, Diálogos
hispánicos de Amsterdam, 2 (Amsterdam: Rodopi, 1981), págs.
39-63; con reservas, Gregorio B. Palacín, Cervantes y
Esquivias, Romance Notes, 10 (1969), 335-341, que contiene
información útil, pero afirma rotundamente y sin las reservas
necesarias que Esquivias fue el lugar de Don Quijote.
35 Who Read
the Romances of Chivalry, en Romances of Chivalry in the Spanish
Golden Age, págs 89-118, en la pág. 103; véase
también Bennassar, Valladolid au Siècle d'Or, pág.
517.
36 Cuando su ingenio
no era precisamente estéril, sino mal
cultivado (I, 29, 9). Eso también ocurriría cuando,
según el prólogo de las Ocho comedias, dex[ó]
la pluma.
37 Esto es lo que
Cervantes creía (IV, 406, 6-13), y hay fundamentos para ello. Véase
pág. 15 y nota 48, infra.
38 He reunido más
de 50 referencias a las intenciones en las obras de Cervantes.
39 Por ejemplo, en
El casamiento engañoso, cuyo único tema es el
destructivo poder del engaño, viva la verdad y muera la
mentira (III, 143, 9-10).
40 Esta sugerencia
seguramente es correcta. Acerca del rey, Mauricio, un personaje que tiene
muchas cosas en común con Cervantes (capítulo 5, nota 69),
dice las verdades de las culpas cometidas en secreto, nadie ha de ser
osado de sacarlas en público, especialmente las de los reyes y
príncipes que nos goviernan; sí que no toca a un hombre particular
reprehender a su rey y señor, ni sembrar en los oídos de sus
vasallos las faltas de su príncipe, porque esto no será causa
de enmendarle, sino de que los suyos no le estimen (Persiles,
I, 96, 18-28). Se discute en el capítulo 5 que Cervantes creía
que los gobernadores (es decir, por debajo del rey) no eran totalmente
responsables.
En las obras de Cervantes hay muchas sugerencias
de que no estaba de acuerdo con muchos aspectos del catolicismo
contemporáneo; como señala con perspicacia José Luis
Abellán, la palabra cristiano aparece 179 veces en Don
Quijote, pero católico sólo 24 (El erasmismo
español, 20 edición, Colección austral, 1641 [Madrid:
Espasa-Calpe, 1982], pág. 267). Las dos amenazas de excomunión
(Astrana, IV, 176, 182, 197-201), a las que Cervantes nunca se refirió,
debieron de causarle cierto impacto; se nos informa que eso no preocupa en
absoluto a Don Quijote (I, 257, 29-258, 13). La recomendación a Don
Quijote de que leyera la Biblia (II, 363, 13-17) es sospechosa. (Quién
podía y quién debía leer la Biblia, y de qué
manera, era una importante cuestión teológica en el siglo
dieciséis.) La visita a Roma con que concluye Persiles trata
el material religioso de forma muy parca, y en El licenciado
Vidriera, el protagonista visitó sus templos, pero
admiró su grandeza (II, 80, 14-15); el Vaticano es un
monte, y comenta la autoridad del Colegio de los Cardenales y
la magestad del Sumo Pontífice (II, 81, 2-7). Hay una
sorprendente diferencia entre el respetuoso tratamiento de los ex votos
dedicados a María (Persiles, II, 48, 3-49, 13) y el crítico
de los dedicados a los santos (III, 119, 8-19).
Parece que Cervantes dudaba acerca de la
contribución hecha por muchos monasterios y conventos españoles,
cuya laxa adhesión a sus principios básicos fue motivo de varios
proyectos de reforma en la iglesia, y cuya proliferación y, en algunos
casos, riqueza era un asunto nacional, aunque era peligroso discutirlo
abiertamente. La comparación entre frailes y caballeros en el
capítulo 8 de la Segunda Parte, incluida la afirmación que
es mayor el número de religiosos que el de los cavalleros
(III, 120, 16-17), es muy atrevida; hay una insinuación mordaz en
la observación que los religiosos son gente medrosa y sin
armas (I, 252, 29). (Para una discusión más detallada,
véase el capítulo 2, pág. 68.)
Cervantes parece atacar las instituciones
monásticas en Rinconete y Cortadillo, en el cual se subraya
la religiosidad y buena vida de los ladrones; entran en una orden
dirigida por un superior, lo cual es comparado por Rincón con vestir
un hábito honroso (I, 254, 13), cambian sus nombres, llevan
a cabo oficios (I, 258, 27) y tienen un noviciado (I, 262, 24-25).
Para trabajar en la casa de Carrizales, que es explícitamente comparada
con un convento o un monasterio (El celoso extremeño,
II, 170, 6-8), las mujeres también tenían que pasar un
año de noviciado y hacer profesión en aquella vida,
determinándose de llevarla hasta el fin de las suyas (II, 166,
29-168, 11). Varios pasajes apoyan el ataque a la castidad monástica
que se encuentra en I, 365, 3-23: la honestidad / que en las santas
celdas mora es socavada por el baile de la chacona (La ilustre
fregona, II, 306, 25-32); Cristina, en El viejo celoso, pide
un frailecico pequeñito con quien yo me huelgue (Comedias
y entremeses, IV, 150, 17-18); y se califica a una fregona de honesta
como un fraile novicio (La ilustre fregona, II, 310, 24;
hay un pasaje similar en La guarda cuidadosa, Comedias y entremeses
IV, 63, 12-17). Hay también indicaciones de que no se cumplen los
votos de pobreza: los frailes que llevan parasoles y montan en enormes mulas,
grandes como camellos (I, 120, 12-16; I, 122, 7-8), en el mejor de los casos
monturas sosegadas (I, 251, 8-10), y el religioso muy gordo de
El licenciado Vidriera (II, 110, 4), parece poco digno. Los
señores clérigos...pocas veces se dejan mal pasar (I,
259, 9-10; I, 255, 29-31, donde son llamados irónicamente buenos
señores; también en el Coloquio de los perros,
III, 238, 6-14); algunos dineros, especialmente entre frailes y
clérigos, que avía más de ocho, hizieron (Las
dos doncellas, III, 27, 30-28, 1). Sin dar detalles, hay una actitud
negativa hacia la mayoría de los frailes en El rufián
dichoso: poder ser cortesanos los frailes, es cosa clara
(Comedias y entremeses, II, 63, 11-12); ¡en fin, son
frailes! (II, 100, 12); merece ser Papa tan buen fraile
(II, 101, 30).
Parece que los Jesuitas tuvieron la
aprobación de Cervantes (Coloquio de los perros, III,
177, 12-178, 9); el trasfondo de protesta en el pasaje que los alaba (véase
Bruce Wardropper, Cervantes and Education, en Cervantes and
the Renaissance. Papers of the Pomona College Cervantes Symposium, November
16-18, 1978, ed. Michael D. McGaha [Easton, Pennsylvania: Juan de la
Cuesta, 1980], págs. 178-193, en las págs. 186-188) parece
más una reacción contra el sistema de valores que transmitían
que contra la propia orden. Aparte de ellos, parece que Cervantes tuvo sólo
buenas palabras para la disciplina y silencio de los cartujos (I, 169, 11-15;
III, 231, 27-30) y por el ascetismo y poder persuasivo de los
descalzos (no le harán creer otra cosa frailes
descalços, II, 85, 26-27; del mismo modo en III, 359, 23-24
y IV, 121, 13-14; El rufián dichoso, Comedias y entremeses,
II, 105, 30-31). Sin embargo, es notable que Cervantes apenas hable de monjes
y monjas, cuando su hermana Luisa había pronunciado sus votos en las
carmelitas descalzas, en un convento cercano a su casa familiar en Alcalá
(James Fitzmaurice-Kelly, Miguel de Cervantes Saavedra. Reseña
documentada de su vida. Traducción española con adiciones y
enmiendas revisada por el autor [Buenos Aires: Clydoc, 1944], pág.
37; Astrana, I, 443-59, especialmente pág. 450) y su cuñado
Antonio de Salazar era fraile (Fitzmaurice-Kelly, pág. 170; Astrana,
III, 435 y VI, 399; no se conoce la orden).
También encontramos indicaciones de
que algunos sacerdotes no eran virtuosos. La afirmación de Sancho
bien predica quien bien vive, y yo no sé otras
thologías (III, 262, 28-29) recibe claramente la aprobación
de Don Quijote, y se señala en tres ocasiones las aptitudes de Don
Quijote como teológo o predicador (III, 94, 9-12; III, 276, 20-23;
III, 347, 28-30). El eclesiástico en el palacio ducal es uno de los
personajes más negativos de todo el libro, y la referencia de Sancho
a un cura de aldea como modelo de sabiduría (IV, 238,
10) parece sincero. Para más comentarios y referencias a pasajes
cervantinos que mencionan a los religiosos, con reservas sólo acerca
de la directa influencia de Erasmo (pues, entre otras consideraciones,
debería considerarse a Mondragón como posible intermediario;
véase el capítulo 6, nota 53), pueden consultarse Américo
Castro, El pensamiento de Cervantes, 20 edición de Julio
Rodríguez-Puértolas (Barcelona-Madrid: Noguer, 1972),
capítulo 6; Marcel Bataillon, Erasmo y España, trad.
de Antonio Alatorre, 20 edición (México: Fondo de Cultura
Económica, 1966), págs. 784-799; Abellán, págs.
266-281; con cautela, Salvador Muñoz Iglesias, Lo religioso en
El Quijote [sic] (Toledo: Estudio Teológico de San
Ildefonso, 1989); Antonio Vilanova, Don Quijote y el ideal erasmista
del perfecto caballero cristiano, en Actas del Tercer Coloquio
Internacional de la Asociación de Cervantistas (Barcelona: Anthropos,
en coedición con el Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid, 1993),
chapter 6págs. 69-87; y Francisco Abad, Las ideas
lingüísticas y el erasmismo de Cervantes. Estado actual de estas
cuestiones, en Actas del Tercer Coloquio Internacional de la
Asociación de Cervantistas, págs. 179-190.
41 The Function
of the Norm in Don Quijote, Modern Philology, 55 (1958),
154-163, en la pág. 157.
42 Eso lo sugirió
en el siglo XVIII el primer biógrafo de Cervantes, Gregorio Mayáns
y Siscar, Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, ed. Antonio Mestre,
Clásicos castellanos, 172 (Madrid: Espasa-Calpe, 1972), págs.
56-57.
Mayáns hizo lo que nadie más
ha hecho: comparó la aprobación con otros textos de Márquez
Torres, y afirmó que el lenguaje no era el mismo. Su sugerencia fue
atacada, con razonamientos superficiales, por Navarrete, Vida, págs.
491-493; explica que el estilo de Márquez Torres, en la aprobación
de 1615, no se parece en absoluto al estilo de un libro suyo escrito en 1626
porque se dejó llevar de la corriente de los escritores de mal
gusto que triunfó después de la muerte de Cervantes
(pág. 493).
La sugerencia de Mayáns está
bien fundamentada. Era típico de Cervantes disfrazar su autobombo
y cada apartado de la aprobación de Márquez corresponde a una
observación hecha por Cervantes:
| No hallo en él cosa indigna de un christiano zelo ni que disuene de la decencia devida a buen exemplo.... Su decoro y decencia | En toda ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta, ni un pensamiento menos que católico (III, 68, 20-22) |
| Su bien seguido assunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de Cavallerías, | Llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos cavallerescos libros (I, 38, 4-5) |
| cuyo contagio avía cundido más de lo que fuera justo, | aborrecidos de tantos y alabados de muchos más (I, 38, 6-7) |
| como en la lisura del lenguaje castellano | a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas (I, 37, 25-26) |
| no adulterado con enfadosa y estudiada afectación... | toda afectación es mala (III, 331, 30) |
| guarda con tanta cordura las leyes de la reprehensión christiana, | el averme reprehendido en público, y tan ásperamente, ha passado todos los límites de la buena reprehensión (III, 389, 20-22) |
| que aquel que fuere tocado de la enfermedad...se hallará, que es lo más difícil de conseguirse, gustoso y reprehendido. | el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente (II, 344, 32-345, 2) |
| Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel de Cervantes assí nuestra nación como las estranas...España, Francia, Alemania y Flandes | Dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impresso,
y aun ay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a mí se
me trasluze que no ha de aver nación ni lengua donde no se traduzga
(III, 62, 9-13)
El grande emperador de la China...me escribió una carta...porque quería que el libro que se leyesse [en su colegio] fuesse el de la historia de don Quixote (III, 33, 15-22) En estos como en los estraños reinos (IV, 406, 3) |
| General aplauso | General aplauso (III, 400, 19) |
| Certifico con verdad.... La verdad de lo que...digo | (Centenares de ejemplos; véase mi Las Semanas del jardín, págs. 37-41.) |
| Apenas oyeron...quando... | Apenas oyó...quando (III, 37, 15; III, 306, 25-26; III,
306, 25-26; IV, 247, 25-26).
Para muchos otros ejemplos, véase la voz apenas en las concordancias incompletas del Quijote de Enrique Ruiz-Fornells [Madrid: Cultura Hispánica, 1976-1980). |
| La Galatea, que alguno dellos tiene casi de memoria la primera parte désta | Verá...el fin de la Galatea, de quien sé está aficionado vuesa Excelencia (Persiles, dedicatoria) |
| Era viejo, soldado, | Lo que no he podido dexar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si...mi manquedad huviera nacido en alguna taberna.... El soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga (III, 271, 16-27) |
| hidalgo y pobre.... | Estoy muy sin dineros (III, 34, 2-3) |
| Siendo él pobre, haga rico todo el mundo.... | (Este tipo de oposición se discute en el capítulo 6.) |
| Toca los límites de lisongero elogio.... | Si a los oídos de los príncipes llegasse la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja (III, 55, 26-28) |
| El pico del adulador | Será forçoso valerme por mi pico (Novelas ejemplares, prólogo) |
Elias Rivers ha estudiado la
aprobación de Márquez Torres, pero sin tomar postura acerca
de la intervención de Cervantes en su composición, On
the Prefatory Pages of Don Quixote, Part II, Modern Language
Notes, 75 (1960), 214-221; E. C. Riley menciona con mayor apoyo la
intervención cervantina en Cervantes and the Cynics (El
licenciado Vidriera y El coloquio de los perros),
Bulletin of Hispanic Studies, 53 (1976), 189-199, en las págs.
194-195.
43 I, 8, 10-12. Los
paralelismos entre las continuaciones de Cervantes y Avellaneda no son, por
ocasionales, menos sorprendentes. Hace tiempo que se considera que indican
que uno de ellos tuvo acceso a la obra del otro antes de su publicación
(sobre el tema, véase mi El rucio de Sancho y la fecha de
composición de la Segunda Parte de Don Quijote,
traducción de Elvira de Riquer, en mi Estudios
cervantinos(Barcelona: Sirmio, 1991), págs. 143-152, en la pág.
152, nota 17). Hay que añadir, sin embargo, que a Avellaneda le importaba
más atacar a Cervantes que a los libros de caballerías.
44 Daniel E. Quilter,
The Image of the Quijote in the Seventeenth Century, tesis,
University of Illinois, 1962, págs. 88-90. Puede leerse el comentario
de Matías de los Reyes en Carroll B. Johnson,Matías de los
Reyes and the Craft of Fiction, University of California Publications
in Modern Philology, 101 (Berkeley: University of California Press, 1973),
pág. 220; el de Bartolomé de Góngora en su Corregidor
sagaz, ed. Guillermo Lohmann Villena (Madrid: Sociedad de Bibliófilos
Españoles, 1960), pág. 136; el de Luis Galindo en la nueva
edición crítica de Rodríguez Marín, VIII,
269. Según Nicolás Antonio, El Don Quijote de la
Mancha, festivísima invención de un héroe, nuevo
Amadís a lo ridículo, agradó tanto, que oscureció
todas las bellezas de las antiguas invenciones de esta clase, que por cierto
no eran pocas. (Citado de la traducción en la Guía
del lector del Quijote, págs. 11-169 de Justo García
Soriano and Justo García Morales, en Don Quijote, 110 edición
(Guía is dated 1946).[Madrid: Aguilar, 1966], págs. 11-169,
la cita en la pág. 71.)
45 Sa lecture
(si on la met à profit[)] sauuera la perte du temps, que plusieurs
consomment à feuilleter les Romans fabuleux... (César
Oudin, trad. de Le valereux Don Quichotte de la Manche [Paris, 1625],
Au roy, sin paginar). Opera gustosissima, e di grandissimo
trattenimiento à chi è vago d'impiegar d'ozio in legger battaglie,
desfide, incontri, amorosi biglietti, et inaudite prodezzi di Cavalieri
erranti (Lorenzo Franciosini, trad. de L'ingegnoso cittadino Don
Chisciotte [Venetia: Andrea Baba, 1622-1625], portada de la Primera
Parte).
46 Con tan
pestíferos materiales, pudo el Autor del Amadís de Gaula hatraher
los idiotas a su lectura. Y de ese Libro como de un Caballo troyano, salió
toda la canalla de la descendencia de Amadís. Y si Dios y Cervantes
no hubiesen atajado ese chorrillo, aun oy se multiplicarían esos ineptos,
y perniciosos Libros (Martín Sarmiento, primer historiador de
la literatura española y autor del primer estudio de un libro de
caballerías, Amadís de Gaula, págs.
87-132 de su Noticia de la verdadera patria (Alcalá) de él
[sic] Miguel de Cervantes, escrito en 1761 y publicado por primera vez
por Isidro Bonsoms [Barcelona: Álvaro Verdaguer, 1898], pág.
103; es el mismo estudio presentado como inédito por Barton Sholod,
Fray Martín Sarmiento, Amadís de Gaula and the
Spanish Chivalric Genre Studies in Honor of Mario A.
Pei [Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1972], págs.
183-199). Acerca de la postura similar de Riquer, véase la nota 18,
supra; acerca de la de Clemencín, la introducción de
su edición de Don Quijote (citado en la nota 20, supra),
excelente estudio que bien merece leerse.
47 Esto ya lo dijo
Charles Jervas en 1742, según A. P. Burton, Cervantes the Man
Seen through English Eyes, Bulletin of Hispanic Studies, 45
(1968) 1-15, en la pág. 10. Poco después, Thomas Percy, primer
coleccionista moderno de libros de caballerías, señaló
que su desaparición afectaba la lectura de Don Quijote, y
avisó acerca de una posible pérdida permanente de su sentido:
Como el gusto por estos Viejos Libros de Caballerías está,
en nuestros días, totalmente desacreditado, de quinientos lectores
ni uno ha visto una línea de estos libros, y por consiguiente deben
de perder toda la fina ironía [ridicule] de Cervantes, y los
pasajes más ingeniosos les parecerán oscuros e
ininteligibles.
El intentar suplir esta deficiencia
sería, estoy convencido, muy aceptable al Mundo y cada día
es más necesario, pues estos viejos Romances son cada vez más
escasos y difíciles de encontrar. Dentro de poco estos libros se
perderán y se olvidarán por completo, pues quién
reimprimirá un libro que nadie va a leer; y cuando esto ocurra, los
mejores trazos de Don Quijote se verán envueltos en una Oscuridad
impenetrable.
Sería un Trabajo muy grato, y
los Admiradores del ingenio y del humor estarían muy agradecidos a
cualquier Persona competente, que se tomara la Molestia de leer cuidadosamente
todos esos Volúmenes de Basura, para seleccionar y rescatar del Olvido,
los pasajes e incidentes aludidos en Don Quijote (pág.
xi de una carta a Lockyer Davis, publicada por David Nichol Smith en su prefacio
a la reconstrucción de las Ancient Songs chiefly on Moorish Subjects
translated from the Spanish de Percy [London: Humphrey Milford, Oxford
University Press, 1932], pág. xiii).
Una generación antes Martín Sarmiento
había dicho lo mismo: Quiso ridiculizar los libros de
caballerías y no lo hiciera con acierto y gracia si antes no los hubiese
leído y se hubiese familiarizado con ellos: así usa de nombres
propios, de voces caballerescas y del estilo y expresiones que
idénticamente se hallan en aquellos libros y con especialidad en los
cuatro libros de Amadís de Gaula. Y como esos libros y los
que siguieron son ya muy raros y muy pocos los han leído, por eso
son muy pocos los que pueden leer a D. Quijote con todo el alma que
en él puso Cervantes. Por esa razón no sería mal recibido
el que algún curioso se dedicase a comentar la historia de D. Quijote
con notas literales. No piense en eso el que no leyese antes a
Amadísy a otros libros semejantes. (Conjetura sobre
la Ínsula Barataria, citado en Francisco María Tubino,
El Quijote y la estafeta de Urganda [Sevilla: La
Andalucía, 1862], pág. 22; casi el mismo texto en Sarmiento,
Noticia, págs. 135-136.)
La postura de Sarmiento no era la oficial.
Como señala Tubino, el primer editor erudito, John Bowle, muy influido
por su amigo Percy, hizo lo que Sarmiento había recomendado e
incluyó anotaciones en su edición. La Real Academia de la Lengua,
al preparar su edición de 1780, mucho mejor conocida y recientemente
reimpresa, decidió que estas anotaciones no eran necesarias (Armando
Cotarelo Valledor, El Quijote académico [Madrid,
1948], págs. 14-15). Es inexplicable y criticable que se haya reproducido
en facsímil la edición de la Academia, cuando no existen en
España, según la bibliografía de José Simón
Díaz, sino unos cuatro ejemplares de la edición de Bowle, mucho
más merecedora de una nueva impresión.
48 Con sólo
una excepción, no se publicaron libros de caballerías desde
1605 hasta el siglo XIX. Esta única excepción, el Espejo
de príncipes y caballeros, editado en Zaragoza en 1617-1623, puede
explicarse en parte como una reacción a la mofa de Zaragoza y los
aragoneses en la Segunda Parte de Don Quijote. (Véase mi
Cervantes, Lope y Avellaneda.)
49 La siguiente
discusión acerca del papel social de los libros de caballerías
en la España de los siglos XVI y XVII representa una considerable
refinamiento de la que ofrecí en Romances of Chivalry in the Spanish
Golden Age, capítulo 4.
50 La novela
española es tan rica y tan extensa que nadie ha escrito su historia.
El último bosquejo, como lo llama su mismo autor, es de 1854; es el
Bosquejo histórico sobre la novela española de
Eustaquio Fernández de Navarrete. Éste es su comentario sobre
el papel de los libros de caballerías en la sociedad española:
El libro de caballerías debe considerarse como la novela de
costumbres de la edad media: las exageraciones están en los hechos
que refiere, no en las ideas que enuncia; y aun en materia de hechos, no
todos los que ahora nos parecen inverosímiles dejaban de tener ejemplos
en la vida real de aquellos tiempos. Cuando vemos en la crónica de
don Juan II de Castilla caballeros, cuya existencia no es dudosa, irse por
esos mundos buscando aventuras, deseando encontrar con quien medir el esfuerzo
de su potente brazo en los torneos, y damas a cuyas plantas rendir los trofeos
de su victoria; cuando vemos a un sugeto tan grave como Diego de Valera...andar
convertido de corte en corte en un matasiete; cuando vemos pasos de armas
como el del Puente de checkedÓrbigo [se refiere al Paso honroso;
véase nota 73,infra] donde centenares de caballeros de todos
los países acudieron a romperse las cabezas y magullarse el cuerpo,
por si era más o menos hermosa una dama, a quien la mayor parte de
ellos no conocía; cuando todavía un siglo después miramos
a Carlos V desafiar a singular batalla a Francisco I [de Francia], exponiendo
sus reinos a quedar huérfanos [véase Pero Mexía,
Historia del emperador Carlos V, ed. Juan de Mata Carriazo (Madrid:
Espasa-Calpe, 1945), págs. 508-521; Cartas de batalla, ed.
Antonio Orejudo (Barcelona: Promociones y Publicaciones Universitarias, 1993),
págs. 175-201]; y cuando, lo que es más extraño, se
nos presenta Felipe II, el príncipe de genio menos poético
y especulativo que hubo jamás, haciendo en los regocijos con que le
festejaron los estados de Flandes el papel de caballero andante [véase,
sobre la participación de Felipe II en las fiestas caballerescas,
que después se descubrió que fue exclusivamente para complacer
a su padre, Daniel Devoto, Folklore et politique au Chateau
Ténébreux, en Les Fêtes de la Renaissance. II.
Fêtes et cérémonies au temps de Charles Quint, ed.
Jean Jacquot (Paris: Centre National de la Recherche Scientifique, 1960),
págs. 311-328, y la principal fuente de Devoto, Juan Calvete de Estrella,
El felícisimo viaje del príncipe don Felipe (1552),
Sociedad de Bibliófilos Españoles, 20 época, 7-8 (Madrid,
1930)], admiramos la verdad de estos libros y reconocemos su influjo. Al
presente nos es imposible formar una idea cabal del que recíprocamente
ejercieron estos libros en las costumbres y las costumbres en ellos.... Grandes
cosas tenían que hacer aquellos siglos; el impulso debía de
ser proporcionado. Sin la excitación febril que promovieron por aventuras,
¿hubiera habido muchos que confiándose a unos frágiles
maderos se hubiesen entregado al Océano, sin norte ni guía
en busca de nuevas regiones, ni se hubiesen expuesto a las hambres y peligros
que experimentaron por explorarlas, ni acometer con pocas docenas de hombres
imperios poderosísimos? (págs. xxii-xxiii).
51
VéaseRomances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs.
44, 65 y 70.
52 Lo que
motivó a los españoles a embarcarse en la gran aventura, lo
que animabadaba ánimo y ánimaa la muchedumbre alucinada
que de las Antillas partió a todos los extremos de la tierra firme,
fue el elemento mágico de los libros de caballerías que
seguía operando en un pueblo enamorado de las hazañas
descomunales.... La vida de Amadís de Gaula empuja al pueblo a meterse
en las caravelas(Germán Arciniegas, El continente de los
siete colores [Madrid: Aguilar, 1989], pág. 170). Sobre el tema,
véanse Irving Leonard, Los libros del conquistador, trad. de
Mario Monteforte Toledo (México: Fondo de Cultura Económica,
1953) y Ida Rodríguez Prampolini, Amadises de América. La
hazaña de Indias como empresa caballeresca, 20 edición
revisada (Caracas: Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo
Gallegos, 1977).
53 Ruth Putnam y
Herbert I. Priestley, California: The Name, University of California
Publications in History, 4.4 (Berkeley: University of California Press, 1917),
págs. 293-365, y María Rosa Lida de Malkiel, Para la
toponimia argentina: Patagonia, Hispanic Review, 20 (1952),
321-23, comentado por Marcel Bataillon, Acerca de los patagones:
Retractatio, Filología, 8 (1962 [1964]), 27-45.
54 Consta de las
fiestas caballerescas celebradas durante su reinado, de su desafío
a Francisco I de Francia (véase nota 50, supra), y del
prólogo a Belianís de Grecia III-IV, que comenta el
interés de Carlos V (véase nota 87, infra). También,
Valladolid, donde se publicaban muchos libros (supra, nota 31), era
la capital de Carlos V.
Mientras que se ha estudiado bastante ampliamente
la caballería en la cultura hispánica del siglo XV (por ejemplo
los estudios de Martín de Riquer, citados en mi Castilian Romances
of Chivalry in the Sixteenth Century. A Bibliography, págs. 98-99;
Jole Scuderi Ruggieri, Cavalleria e cortesia nella vita e nella cultura
di Spagna [Modena: STEM Mucchi, 1980]) no hay ninguna visión de
conjunto de lo caballeresco en la España del siglo XVI. He citado
algunas fuentes en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age,
págs. 40-42, 70 nota 28, y 113; Tubino tiene otras fuentes, págs.
192-195, y véase la nota 50, supra, y Francisco López
Estrada, Fiestas y literatura en los Siglos de Oro: la Edad Media como
asunto festivo (el caso del Quijote), Bulletin hispanique,
84 (1982), 291-327, en la pág. 298, nota 16. Es casi seguro que los
diez años que Juan de Valdés dijo que había pasado en
palacios y cortes leyendo libros de caballerías
(Diálogo de la lengua, ed. Cristina Barbolani de García
[Firenze: D'Anna, 1967], pág. 96) incluyen el tiempo que pasó
en la corte de Carlos V. R. O. Jones ha sugerido, en una conferencia
inédita, que la abdicación de Carlos y su retiro al monasterio
de Yuste pudo haberse inspirado en la abdicación de Lisuarte y su
retiro al castillo de Miraflores, en Sergas de Esplandián.
(Mis intentos para localizar esta conferencia han fracasado; véase
D. W. Cruickshank, Some Aspects of Spanish Book-Production in the Golden
Age, The Library, 50 serie, 31 [1976], 1-19, en la pág.
19, y R. O. Jones, A Literary History of Spain. The Golden Age: Prose
and Poetry(London: Benn, 1971], pág. 56.)
55 Véase II,
212, 22-25; Persiles, I, 320, 9-12; los poemas celebrando a Carlos
alabados durante el escrutinio de la librería (I, 106, 12-18). Cervantes
rara vez menciona a otro soberano, aunque Felipe II es alabado en una de
sus primeras obras, Cerco de Numancia (Comedias y entremeses,
V, 124, 32).
56 Una
reacción contra el fondo y contra la forma de esos libros se observa
en el florecer que ahora inicia la prosa, principalmente en manos de los
historiadores de las cosas de Indias (maravillas reales opuestas a las
fantasías caballerescas), dijo Ramón Menéndez
Pidal, El lenguaje del siglo XVI, en su La lengua de
Cristóbal Colón, Colección austral, 280, 30
edición (Buenos Aires: Espasa-Calpe Argentina, 1947), págs.
49-87, en la pág. 65. Stephanie Merrim, en Un mare
magno e oculto: Anatomy of Fernández de Oviedo's Historia
general y natural de las Indias, Revista de estudios
hispánicos[Puerto Rico], 11 (1984), 101-119, examina un ejemplo
de una crónica que es en parte una respuesta y una sustitución
de los libros de caballerías. Sebastián de Covarrubias (s.v.
fábula) establece una comparación entre los libros
de caballerías y las crónicas de Indias: Los que avéys
leydo las Corónicas de las Indias, cosa que passó ayer, tan
cierta y tan sabida, mirad quántas cosas ay en su descubrimiento y
en su conquista, que exceden a quanto han imaginado las plumas de los vanos
mentirosos que han escrito libros de cavallerías, pues éstas
vendrá tiempo que les llamen fábulas y aun las tengan por tales
los que fueren poco aficionados a la nación Española y para
evitar ese peligro, se avía de aver defendido que ninguno las escriviera
poéticamente en verso, sino conservarlas en la pureza de la verdad
con que están escritas, por hombres tan graves y tan dignos de fe,
sin atavío, afeyte, ni adorno ninguno. (Tesoro de la lengua
castellana o española, ed. Martín de Riquer [Barcelona:
Horta, 1943]).
57 Sobre la influencia
de los libros de caballerías en Montemayor, véase Maxime Chevalier,
La Diana de Montemayor y su público en la España
del siglo XVI, en Creación y público en la literatura
española, ed. J.-F. Botrel y S. Salaün (Madrid: Castalia,
1974), págs. 40-55.
58 Véase mi
Does the Picaresque Novel Exist?, Kentucky Romance
Quarterly, 26 (1979), 203-219.
59 Es un tema muy
amplio. Lazarillo de Tormes como héroe anticaballeresco es ahora un
tópico (para referencias, Romances of Chivalry in the Spanish Golden
Age, pág. 47, nota 31). El prolífico Feliciano de Silva
desempeñó un papel importante en la introducción de
elementos pastoriles en la novela (véase Sydney P. Cravens, Feliciano
de Silva y los antecedentes de la novela pastoril en sus libros de
caballerías[Chapel Hill: Estudios de Hispanófila, 1976]).
La poesía épica del Siglo de Oro español es un tema
tan amplio que su relación con los libros de caballerías está
casi sin examinar (se ofrecen unas pocas notas en la tesis de Charles Philip
Johnson, Lope de Vega's Contribution to the Spanish Golden Age Epic:
An Evaluation, Florida State, 1974; resumen en Dissertation Abstracts
International, 35 [1974], 2993A).
60 Citado de su
Autobiografía (dictada), ed. Cándido de Dalmases, S.
I., en sus Obras completas, 40 edición (Madrid: Católica,
1952), pág. 92. El elemento caballeresco en la juventud de Loyola
es tan importante que se propuso en una ocasión que Cervantes pensaba
en Loyola al crear Don Quijote (Bowle, A Letter to Dr. Percy, pág.
50). El pasaje entero de la autobiografía de Loyola, explicando el
origen de su llamada religiosa, dice: y porque era muy dado a leer
libros mundanos y falsos, que suelen llamar de caballerías,
sintiéndose bueno, pidió que le diesen algunos dellos para
pasar el tiempo; mas en aquella casa no se halló ninguno de los que
él solía leer, y así le dieron un Vita Christi
y un libro de la vida de los Santos en romance,
El amor de Loyola era evidentemente caballeresco.
(No se sabe a quién iba dirigido su afecto; sin embargo, las tres
personas propuestas, según las anotaciones de Dalmases, pág.
92, nota 7, son mujeres que en otras ocasiones se han asociado a los libros
de caballerías; véase Romances of Chivalry in the Spanish
Golden Age, págs. 42 y 114-117.) A pesar de leer Vita Christi
y la Vida de los santos, todavía pensaba en las cosas
del mundo que antes solía pensar. Y de muchas cosas vanas que se le
ofrecían, una tenía tanto poseído su corazón,
que se estaba luego embebido en pensar en ella dos y tres y cuatro horas
sin sentirlo, imaginando lo que había de hacer en servicio de una
señora, los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde
ella estaba, los motes, las palabras que le diría, los hechos de armas
que haría en su servicio. Y estaba con esto tan envanecido, que no
miraba cuán imposible era poderlo alcanzar; porque la señora
no era de vulgar nobleza: no condesa, ni duquesa, mas era su estado más
alto que ninguno destas (Autobiografía, pág. 92).
La vela de las armas de Loyola, inspirada en
la de Esplandián en el Libro IV de Amadís de Gaula,
es su acción caballeresca más conocida: Y fuese su camino
de Monserrate, pensando, como siempre solía, en las hazañas
que había de hacer por amor de Dios. Y como tenía todo el
entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y de
semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensamiento semejantes
a aquéllas; y así se determinó de velar sus armas toda
una noche, sin sentarse ni acostarse, mas a ratos en pie y a ratos de rodillas,
delante el altar de Nuestra Señora de Monserrate, adonde tenía
determinado dejar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo
(Autobiografía, pág. 100). El dejar a su montura escoger
la dirección del viaje es otro ejemplo de conducta caballeresca
(véase Don Quijote, I, 58, 10-11; I, 83, 11-13; I, 323, 14-15;
y Espejo de príncipes y caballeros, III, 41, 12, nota): Un
moro [dijo] tales cosas de Nuestra Señora...que...le venían
deseos de ir a buscar el moro y darle de puñaladas por lo que había
dicho; y perseverando mucho en el combate destos deseos, a la fin quedó
dubio, sin saber lo que era obligado hacer.... Y así, después
de cansado de examinar lo que sería bueno hacer, no hallando cosa
cierta a que se determinase, se determinó en esto, scilicet, de dejar
ir a la mula con la rienda suelta hasta el lugar donde se dividían
los caminos; y que si la mula fuese por el camino de la villa, él
buscaría el moro y le daría de puñaladas; y si no fuese
hacia la villa, sino por el camino real, dejarlo quedar
(Autobiografía, págs. 99-100). (La misma información,
ocasionalmente con algún detalle adicional, en la vida de Loyola de
Pedro de Rivadeneyra, en Obras escogidasde Rivadeneyra, Biblioteca
de autores españoles, 60 [1868; reimpreso en Madrid: Hernando, 1927],
págs. 14b, 17a y 18a.)
Según Pedro de Leturia, S. J., Ignacio
en sus Memoriasdeclaraba que tenía todo el entendimiento
lleno de Amadís y semejantes libros (Loyola y
Castilla, según nota un extracto de su libro El Gentilhombre
Íñigo López de Mendoza en su patria y en su siglo
[Barcelona: Labor, 1949], en Ignacio de Loyola en Castilla. Juventud,
formación, espiritualidad, ed. Pedro de Leturia, S. J., et
al. [Valladolid: Caja de Ahorros Popular de Valladolid y Provincia de
Castilla de la Compañía de Jesús, 1989], págs.
11-43, en la pág. 31). También señala Leturia, págs.
16-19, la penetración de los libros de caballerías en
Guipúzcoa en las postrimerías del siglo XV y primeros decenios
del XVI, y en las págs. 31-34 la influencia del ambiente religioso
de Amadís sobre él. Rogelio García Mateo, S.
J., comenta el ideal caballeresco en la espiritualidad de Ignacio de
Loyola, y los vínculos entre la familia de los Loyola y la Orden
de la Banda (capítulo 4, nota 35), en El mundo caballeresco
de Ignacio de Loyola, Archivum Historicum Societatis Iesu, 60
(1991), 5-28, y en Orígenes del más
ignaciano, en Ignacio de Loyola en Castilla. Juventud, formación,
espiritualidad, ed. Pedro de Leturia, S. J., et al.(Valladolid:
Caja de Ahorros Popular de Valladolid y Provincia de Castilla de la
Compañía de Jesús, 1989), págs. 115-127. El mismo
autor analiza Ignacio de Loyola y el Amadís en
Ignacio de Loyola y el mundo caballeresco, en Ignacio de Loyola,
Magister Artium en París 1528-1535. Libro-homenaje de las Universidades
del País Vasco y de la Sorbonne a Ignacio de Loyola en el V Centenario
de su Nacimiento, ed. Julio Caro Baroja y Antonio Beristain (Donostia-San
Sebastián: Sociedad Gipuzkoana de Ediciones y Publicaciones, 1991),
págs. 293-302.
Rafael Lapesa comenta el origen militar y
caballeresco de los jesuitas, llamando a Loyola caballero andante a
lo divino (pág. 195) en La Vida de San Ignacio
del P. Ribadeneyra, Revista de filología española,
21 (1934), 29-50; he usado la reimpresión que figura en De la Edad
Media a nuestros días de Lapesa, (Madrid: Gredos, 1967), págs.
193-211. Según el P. Sabino Sola, S. J., En torno al castellano
de San Ignacio, en El centenario ignaciano, 1556-1956, número
extraordinario de Razón y fe(enero-febrero, 1956), 243-274
(que conozco sólo por medio de Robert Ricard, Anexo sobre el
lenguaje y estilo de San Ignacio, en sus Estudios de literatura
religiosa española, traducido por Manuel Muñoz Cortés
[Madrid: Gredos, 1964], págs. 168-172, en la pág. 168), Loyola,
que era vasco, aprendió el castellano correcto leyendo libros de
caballerías. Puede tener alguna utilidad el comentario de Rogelio
García Mateo, S. J., La formación cortesano-caballeresca
de Ignacio de Loyola y su espiritualidad, publicado primero (según
nota) en Manresa, 58 (1986), en el ya citado tomo Ignacio de Loyola
en Castilla, págs. 103-114. Según el resumen publicado
en Dissertation Abstracts International, 49 (1989), 3052A-3053A, la
tesis de Harry Wells Fogarty, Approaches to the Process of Personal
Transformation: The Spiritual Exercises of Ignatius Loyola and Jung's
Method of Active Imagination, Union Theological Seminary, 1987, analiza
el influjo de Amadís de Gaula en la personalidad y visión
del mundo de Loyola.
61 Ramón
Menéndez Pidal, El estilo de Santa Teresa, en su La
lengua de Cristóbal Colón, págs. 128-150, en la
pág. 130.
62 En su Vida,
Teresa escribió, refiriéndose a su madre, era
afiçionada a libros de cavallerías y no tan mal tomava este
pasatiempo como yo le tomé para mí, porque no perdía
su lavor, sino desenbolviémonos para leer en ellos, y por ventura
lo açia para no pensar en grandes travajos que tenia y ocupar sus
yjos que no anduviesen en otras cosas perdidos; de esto le pesava tanto a
mj padre que se avia de tener aviso a que no lo viese. Yo començe
a quedarme en costunbre de leerlos y aquella pequeña falta que en
ella vi me començo a enfriar los deseos y començar a faltar
en lo demas y pareçiame no era malo, con gastar muchas oras de el
dia y de la noche en tan vano ejerçiçio aunque ascondida de
mi padre. Era tan en estremo lo que en esto me enbevía que si no tenia
libro nuevo no me pareçe tenia contento (capítulo 2;
citado por Rodríguez Marín, nueva edición
crítica, IX, 59).
P. Francisco de Ribera, en su Vida de Santa
Teresa de Jesús de 1590, da más detalles: El
demonio...puso su diligencia en estragar...los dones naturales que Dios
había puesto en ella...por dos vías. La primera fue,
haciéndola leer libros de caballerías, que es una de sus
invenciones, con que ha echado a perder muchas almas recogidas y honestas,
porque en casas a donde no se da entrada a mujeres perdidas y destruidoras
en la castidad, hartas veces no se niega a estos libros que hombres vanos,
con alguna agudeza de entendimiento y con mala voluntad, han compuesto para
dar armas al enemigo nuestro, y suelen hacer disimuladamente el mal que aquellas
ayudadoras de Satanás por ventura no hicieran. Diose, pues, a estos
libros de caballería, sino de vanidades, con gran gusto, y gastaba
en ellos mucho tiempo; y como su ingenio era tan excelente, así
bebió aquel lenguaje y estilo, que dentro de pocos meses ella y su
hermano Rodrigo de Cepeda compusieron un libro de caballerías con
sus aventuras y ficciones, y salió tal, que habría harto que
decir de él. Sacó de este estudio la ganancia que se suele
sacar, aunque ella no sacó tanto mal como otros, porque el Señor,
que la tenía guardada para tan grandes cosas, no la dejaba de la mano
sino poco. Comenzó a traer galas y olores, y curar sus cabellos y
manos, y desear parecer bien, aunque no con mala intención, ni deseando
jamás ser ocasión a nadie de ofender a Dios. (Ed. P.
Jaime Pons [Barcelona: Gustavo Gili, 1908], págs. 99-100.) Según
la introducción de Pons, pág. xiii, Hay que hacer constar
aquí, para honra de tan verídico narrador, que ni uno solo
de los datos algo importantes que él [Ribera] nos suministra ha sido
corregido ni rectificado por sus sucesores; y los que pretendieron corregirle
han caído lastimosamente en el error. Por manera que, aun en los casos
en que las indicaciones suministradas por él son algo generales y
poco precisas, jamás se hallan en contradicción con los datos
más concretos que nos ha aportado en nuestros días el
descubrimiento de documentos contemporáneos.
La influencia de las lecturas caballerescas
de la joven Teresa en su espiritualidad y en sus escritos posteriores es
un tema polémico, como lo es la cuestión más amplia
del origen del florecimiento espiritual y místico del siglo XVI
español. Ella misma y sus seguidoras carmelitas habrían negado
cualquier influencia. Alfred Morel-Fatio encontró esta influencia
sólo en frases ocasionales pero sorprendentes: Parece evidente
que Teresa se propuso no escribir nada que recordara su vida y sus ocupaciones
mundanales (Les lectures de Sainte Thérèse,
Bulletin hispanique, 10 [1908], 17-67, en las págs. 19-20);
Robert Ricard la llamó una influencia difusa y lejana
(Le Symbolisme du Château intérieurchez sainte
Thérèse, Bulletin hispanique, 67 [1965], 25-41,
en la pág. 30). Gaston Etchegoyen, L'Amour divin: essai sur les
sources de sainte Thérèse (Bordeaux: Feret, 1923), es más
positivo: Teresa adquirió con los libros de caballerías la
afición a la lectura que conservó el resto de su vida y su
primer impulso para la creación literaria (págs. 44-45). Los
libros de caballerías han tenido en ella una influencia
psicológica...y una influencia literaria que aparece sobre todo en
el simbolismo militar del combate espiritual y del Castillo
interior (pág. 46). Cristóbal Cuevas García
señala el castillo de Miraflores, en Amadís, como la
fuente de la imagen del castillo interior de Teresa (El significante
alegórico en el castillo teresiano, Letras de
Deusto, 24 [julio-diciembre, 1982], 77-97, en las págs. 93-96).
Etchegoyen también señala los
libros de caballerías como fuente de las imágenes de oro y
joyas que emplea Teresa (pág. 269). Sugiere una influencia más
amplia: si uno se limita a la concepción del amor en los libros
de caballerías y en los tratados espirituales del siglo XVI, se observan
interesantes analogías de fondo y de forma (pág. 46)(si
nos limitamos a la concepción del amor en las novelas de caballerías
y en los tratados espirituales del siglo XVI, se observan interesantes
analogías en el fondo y en la forma); la lectura de los libros
de caballerías es menos desfavorable que uno se cree a la génesis
de sentimientos místicos (pág. 67, nota 2) (la lectura
de los libros de caballerías es menos desfavorable de lo que pudiera
creerse en la génesis de los sentimientos místicos)2). Siguiendo
estas indicaciones y en parte basándose en el caso de Teresa, Pedro
Sainz Rodríguez ha propuesto que los libros de caballerías
influyeron en el misticismo español del siglo XVI (El problema
histórico del misticismo español, Revista de
occidente, 15 [1927], 323-346, en las págs. 335-337;
Introducción a la historia de la literatura mística en
España[Madrid: Voluntad, 1927], págs. 201-203). E. Allison
Peers dijo que era una causa poco probable (Notes on the Historical
Problem of Castilian Mysticism, Hispanic Review, 10 [1942],
18-33, en la pág. 26); sin embargo, Helena Percas de Ponseti ha reunido,
por primera vez, una serie de paralelismos entre las imágenes y el
lenguaje místico y caballeresco (Cervantes y su concepto del
arte, II, 479-502). Véase también Francisco Márquez
Villanueva, La vocación literaria de Santa Teresa, Nueva
revista de filología hispánica, 32 (1983 [1985]), 355-379,
en las págs. 356-57, y Joël Saugnieux, Culture feminine
en Castille au XVIe siècle: Therese d'Avila et les livres, en
su Cultures populaires et cultures savantes en Espagne du Moyen Age aux
Lumières(Paris: CNRS, 1982), págs. 45-77 y 158-162. El
tema merece ser estudiado a fondo.
63 Antes y durante
el reinado de Carlos V, los costosos libros de caballerías se leían
principalmente entre la nobleza y clases acomodadas. En la interesante cita
de Florisando, reproducida por María Carmen Marín Pina,
Lectores y lecturas caballerescas en el Quijote, en Actas
del Tercer Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas
(Barcelona: Anthropos, en coedición con el Ministerio de Asuntos
Exteriores, Madrid, 1993), chapter 6págs. 265-279, en la pág.
266 (los leían personas de diversas calidades, ansí de
hombres como mugeres, ansí del palacio como del vulgo),
vulgo tiene que referirse a la burguesía.
Más avanzado el siglo XVI, con la
pérdida del patronato real (a Felipe II le interesaba poco la literatura
caballeresca o cualquier otra literatura profana), el número de lectores
se amplió considerablemente. Los libros eran alquilados a lectores
menos acomodados (Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age,
pág. 162; Guzmán de Alfarache, II, iii, 3, pág.
351 del Volumen II de la edición de Benito Brancaforte (20 edición,
Madrid: Cátedra, 1981), y leídos a los analfabetos (Romances
of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 161). Debe de haber
habido algún tipo de mercado del libro usado en las ciudades, aunque
sólo fueran tenderetes en el mercado, y Si los ricos cedían
sus ropas viejas a los pajes y a otros sirvientes, ¿por qué no
también libros? También es posible que algunos ejemplares se
transmitieran por el mecanismo que Juan Palomeque ilustra; sus libros fueron
dejados por su dueño en la venta.
El último paso en este proceso es que
la literatura caballeresca ha llegado a ser lectura de niños, quienes
suelen recibir lo desechado, anticuado o sobrante de los adultos. (Cualquier
innovación que se mencionelibros, radio, televisión,
bicicletas, odontología, la disfrutan primero los adultos, y
se pone a disposición de los niños sólo después
de satisfacer los deseos de aquéllos.) Mucho de la literatura juvenil
tradicional, a menudo caballeresca o medieval, es literatura para adultos
desechada; una literatura escrita especialmente para niños es muy
reciente. Una consecuencia de ello es que los niños de hoy se parecen,
por su habilidad para manejar textos escritos, a los adultos de siglos
anteriores, quienes a menudo se portaban como niños, algo que pocos
historiadores, creo, discutirían. Otra es que la literatura ha progresado
mucho; en términos de Cervantes, es más verosímil, de
un deleite y provecho más sofisticado.
64 El ser discreto,
según Cervantes, no protegía contra esta adicción. Eran
peligrosos incluso para los discretos. Diego de Miranda, que parece tener
miedo de ellos, los proscribe de su casa, el cura (capítulo 6 de la
Primera Parte) es de una opinión parecida y según el
canónigo, hombres dotos y discretos pueden también
ser apassionados desta leyenda (II, 346, 19-20). El que Alonso
Quijano, quien en su testamento intenta que su sobrina se mantenga alejada
de ellos, sea discreto hace aún mayor el desperdicio de su talento
a causa de los libros.
65 En cuanto a los
comentarios de López Pinciano sobre los libros de caballerías,
véase Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs.
11-12. La influencia de López Pinciano en Cervantes ha sido examinada
por Jean Canavaggio, Alonso López Pinciano y la estética
literaria de Cervantes en el Quijote, Anales cervantinos,
7 (1958), 15-107, y E. C. Riley, Teoría de la novela en
Cervantes, trad. Carlos Sahagún (Madrid: Taurus, 1966); yo lo
he consolidado en Cervantes y Tasso vueltos a examinar, y hasta
cierto punto en este libro.
Otro teórico casi tan importante para
Cervantes, Miguel Sánchez de Lima, no ha sido estudiado. En su Arte
poética en romance castellano (1580) Sánchez coincide con
Cervantes en muchos puntos, entre ellos la importancia de seguir las reglas,
el gran número de autores que no lo hacen, la pobreza de los poetas,
el hecho de que muchos de los que se llaman poetas no merecen este nombre,
la diferencia entre la apariencia y la realidad, la abundancia de lisonjeros
que importunan a los hombres influyentes, la superioridad de los tiempos
pasados, la plaga de canciones y dichos inhonestos (pág.
30 de la edición citada), y la existencia de autores españoles
que son tan buenos como los clásicos. El comentario de Sánchez
de Lima acerca de los libros de caballerías, tomado de la edición
de Rafael de Balbín Lucas (Madrid: CSIC, 1944), págs. 42-43,
servirá de ejemplo de los ataques al género: Que dire
mas dela Poesia? sino que es tan prouechosa ala Republica Christiana, quanto
dañosos y perjudiciales los libros de cauallerías, que no siruen
de otra cosa, sino de corromper los animos delos mancebos y donzellas, con
las dissoluciones que en ellos se hallan, como si nuestra mala inclinacion
no bastasse, pues de algunos no se puede sacar fruto, que para el alma sea
de prouecho, sino todo mentiras y vanidades: y pesame en estremo de ver la
corrupcion que enesto se vsa, por lo qual se deuia escusar, y tambien por
ser mas el daño que dellos resulta ala republica, que no el prouecho,
pues no se puede seguir ninguno, porque en los mas dellos no se halla buena
platica, pues toda es antigua: tampoco tienen buena Rhetorica, y las sentencias
son muy pocas, y essas muy trilladas, ni ay enellos cosas de admiracion,
sino son mentiras de tajos y reueses, ni doctrinas de edificacion ni auisos
de prouecho.
66 Los especialistas
han encontrado muchos comentarios hostiles a los libros de caballerías,
aunque, como formarían una antología tan sombría, nadie
los ha recogido. Los conocidos hace una generación los analiza Riquer
en la primera introducción citada en la nota 18, supra. (Para
referencias a otras críticas que no sean las mencionadas en este
capítulo, véase Romances of Chivalry in the Spanish Golden
Age, pág. 10, nota 5.) Es verdad que muchos de estos escritores
se oponían a otros tipos de literatura profana: la poesía de
Garcilaso, obras pastoriles como La Diana, coplas y farsas de
amores y otras vanidades, como expresó la petición de
1555, y especialmente Celestina.Había que condenar cualquier
texto que pudiera fomentar las relaciones ilícitas entre los sexos,
o como dice Sebastián de Córdoba, obras...profanas y
amorosas que son dañosas y noscivas mayormente para los mancebos y
mugeres sin esperiencia (Garcilaso a lo divino, ed. Glen R.
Gale [Madrid: Castalia, 1971], pág. 83). Sin embargo, los libros de
caballerías eran los más criticados, debido en parte a su
popularidad, y también porque el amor que presentaban era mucho más
sensual y menos contemplativo que el de un autor como Garcilaso.
67 Por ejemplo, las
actitudes de Juan Palomeque (II, 84, 19-85, 18) y Don Quijote (Primera Parte,
capítulo 49).
68 Véase Justina
Ruiz de Conde, El amor y el matrimonio secreto en los libros de
caballerías (Madrid: Aguilar, 1948). Éste es precisamente
el caso de Dorotea (II, 17, 30-22, 27), de la que ya hemos dicho que leía
libros de caballerías; también el de Clavijo y Antonomasia,
en la historia contada en el capítulo 38 de la Segunda Parte.
69 Que los
libros de caballerías son incitadores de la sensualidad es, sin duda,
la crítica que aparece con más frecuencia en los autores
graves (Riquer, Cervantes y la caballeresca, en Suma
cervantina, pág. 283).
Los escritos pornográficos, cuya afinidad
con romance y otros tipos de literatura no realista ha sido señalada
en varias ocasiones (J. Huizinga, The Waning of the Middle Ages [New
York: Doubleday, 1954], pág. 112; Steven Marcus, The Other
Victorians (New York; Basic Books, 1966), capítulo 7; Angela Carter,
The Sadeian Woman and the Ideology of Pornography [New York: Harper
and Row, 1978], pág. 20; John Gordon, The Myth of the Monstrous
Male, and other Feminist Fables [New York: Playboy, 1982], pág.
180), ocupan un lugar análogo hasta cierto punto al de los libros
de caballerías en la España del Siglo de Oro. Se han hecho
las siguientes afirmaciones acerca de los dos géneros.
Son perjudiciales sobre todo para los
jóvenes; afectan la conducta de la gente y la empeoran (aunque los
defensores dicen que la mejoran). Estimulan la lujuria. Presentan fantasías
como si fueran realidad, y pueden engañar a los que no tienen la
experiencia para darse cuenta de ello. Sobre todo, presentan a las mujeres
más lascivas de lo que son. Se podrían aceptar obras mejores,
pornográficas o caballerescas, pero las que hay son pésimas,
y deberían prohibirse. Las escriben escritores de segunda categoría,
y son monótonas y aburridas; hay mejores libros para leer, y es
sorprendente que obras tan malas sean tan populares.
Se ha prohibido tanto la pornografía
como los libros de caballerías, pero las prohibiciones no han sido
efectivas. (Véanse las notas 82 y 96, infra.) Ambos tipos de
literatura han tenido sus defensores y sus lectores fieles, primero los
privilegiados económicamente, después los de medios más
modestos.
Una persona que creyera que la pornografía
refleja la realidad (en apoyo de lo cual se podría citar muchas pruebas
engañosas), e intentara vivir su vida según tal creencia,
seguramente hallaría el mismo sino que Alonso Quijano.
70 La cursiva es
mía. Continúa: como los mancebos y doncellas por su ociosidad
principalmente se ocupan en aquello, desvanécense y aficiónanse
en cierta manera a los casos que leen en aquellos libros haber acontecido,
ansí de amores como de armas y otras vanidades; y aficionados, cuando
se ofrece algún caso semejante, danse a él más a rienda
suelta que si no lo oviesen leído: y muchas veces la madre deja encerrada
la hija en casa, creyendo la deja recogida, y queda leyendo en estos semejantes
libros, que valdría más la llevase consigo. El documento
fue publicado por Clemencín en la introducción de su edición,
p. 992 de la edición citada.
71 Este libro, escrito
por Jerónimo de San Pedro, recibió una subvención del
municipio valenciano (Francisco Martí Grajales, Ensayo de un
diccionario biográfico y bibliográfico de los poetas que
florecieron en el reino de Valencia hasta el año 1700 [Madrid,
1927], pág. 429) y según se afirma fue publicado en Valencia
en 1554, aunque nadie ha visto ningún ejemplar, y la obra sólo
se conoce por la edición de Amberes del mismo año. Acerca de
ella, véase George Ticknor, al parecer la última persona que
ha visto su Segunda Parte, en su Historia de la literatura española,
traducida al castellano, con adiciones y notas críticas, por D. Pascual
de Gayangos...y D. Enrique de Vedia (Madrid, 1851-1854), I, 257-260,
y Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, I, 449-451.
La Tercera Parte de la obra, no publicada, y que estos eruditos consideran
problemática, seguramente habría tratado de la Iglesia militante,
y podría estar relacionada con la Carolea de Gerónimo
Sempere (Valencia, 1560), identificada por Ticknor (I, 257, nota 9) y Gayangos
y Vedia, en sus notas a Ticknor (I, 524-525; también el Discurso
preliminar de Gayangos a su Libros de caballerías, I
[único publicado], Biblioteca de autores españoles, 40 [1857,
reimpreso en Madrid: Atlas, 1963], págs. iii-lxii, en la pág.
lvii, nota 3) con San Pedro.
Es difícil analizar otras obras afines
porque carecemos de un estudio general de la literatura española a
lo divino, pedido por Dámaso Alonso hace una generación
(Poesía española. Ensayo de métodos y límites
estilísticos, 20 edición aumentada y corregida [Madrid:
Gredos, 1952], pág. 220; también 50 edición [Madrid:
Gredos, 1976], pág. 220). La Historia y milicia cristiana del caballero
Peregrino, de Alonso de Soria (Cuenca, 1601), ha sido estudiada por Pedro
Sainz Rodríguez, Una posible fuente de El criticón
de Gracián, Archivo teológico granadino, 25 (1962),
7-21. H. Salvador Martínez nos ha brindado la primera edición
moderna de un libro de caballerías a lo divino, el Caballero del
Sol o Peregrinación de la vida del hombre de Pedro
Hernández de Villalumbrales (Madrid: Fundación Universitaria
Española, 1966), junto con un estudio preliminar en el que comenta
otras obras, sobre todo las de San Pedro y Soria. (El género
de los libros de caballerías a lo divino no es tan uniforme como nos
ha hecho creer la crítica, pág. 40.) El Caballero
Asisio o Poema de San Francisco y otros santos de su orden de
Gabriel de Mata (Bilbao, 1587-89), tiene de caballeresco sólo el
título y un grabado en madera típicamente caballeresco en la
portada. La Caballería cristiana de Jaime de Alcalá
(Valencia, hacia 1515), el único de estos libros que fue editado más
de una vez, no es un libro de caballerías, aunque el autor expresa
su deseo de atraer a los lectores de ellos (véase mi comentario en
Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 46, nota
29bis). El Cavallero venturosode Juan Valladares de Valdelomar, que
será mencionado de nuevo dentro de poco (pág. 34) debe tener
algo en común con este tipo de libro.No he visto los versos Caballero
de la Clara Estrella de Andrés de la Losa (Batalla y triunfo
del hombre contra los vicios. En el qual se declaran los maravillosos hechos
del Caballero de la Clara Estrella, Sevilla: Bartolomé González,
1580), el Libro del caballero cristiano de Juan Hurtado de Mendoza
(Antequera, 1577; Sainz Rodríguez, pág. 12, nota 11), ni los
Cantos morales de Gabriel de Mata (Valladolid, 1594), que según
Menéndez Pelayo pertenece enteramente al género
alegórico caballeresco a lo divino (I, 452).
72 Obras completas
castellanas, ed. Félix García, O. S. A., 40 edición
(Madrid: Católica, 1967), I, 406.
73 Ed. P. Félix
García, I, Clásicos castellanos, 104 (Madrid: La Lectura, 1930),
55-74.
74 Estas declaraciones
están en la licencia (pág. vii en la reproducción de
la segunda edición de Sancha [1783] de la serie Textos medievales,
38 [Valencia: Anubar, 1970]). Acerca de las críticas de Pineda a los
libros de caballerías, véase Edward Glaser, Nuevos datos
sobre la crítica de los libros de caballerías en los siglos
XVI y XVII, Anuario de estudios medievales, 3 (1966), 393-410,
en las págs. 401-402, y para más información sobre el
Paso honroso, véase NN41 en mi Castilian Romances of Chivalry
in the Sixteenth Century. A Bibliography.
75 Ed. José
Amor y Vázquez, Biblioteca de autores españoles, 232 (Madrid:
Atlas, 1970), pág. 10.
76 Cristóbal
Pérez Pastor, Bibliografía madrileña (Madrid,
1891-1907), I, 197.
77 Citado de Pérez
Pastor, I, 322-323; el mismo texto, con variantes significativas, en Tubino,
pág. 90.
78 Disponible en
microfilme en la serie Iberian and Latin American Books before 1701,
antes Hispanic Culture Series, rollo 85. Juan Boyer sacó a
la luz, en 1586, la primera edición desde 1551 de Espejo de
caballerías, y la edición de 1583-1586 del Espejo de
príncipes y caballeros; Boyer también fue el editor de
Historia de las hazañas y hechos del invencible Cavallero Bernardo
del Carpio (1585) de Agustín Alonso, que se comenta en el siguiente
capítulo. Benito Boyer publicó en 1563 la última
edición castellana de Primaleón.
79 Otros obras
probablemente publicadas con el mismo fin son: la Historia del duque Carlos
de Borgoña, bisabuelo del emperador Carlos Quinto, de Pedro de
Aguilón, (Pamplona: Tomás Porralis, 1586); la Crónica
de don Álvaro de Luna, con portada caballeresca (Milán:
Juan Antonio de Castellono, 1546; disponible en microfilme en la serie
Iberian and Latin American Books before 1701, antes Hispanic Culture
Series, rollo 82) y la Conquista de África donde se hallarán
agora nuevamente recopilados por Diego de Fuentes muchas y muy notables
hazañas de particulares cavalleros (Amberes: Philippo Nucio, 1570).
Acerca de obras de este tipo más antiguas, véase mi Romances
of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 39-40.
80 LaCrónica
del Gran Capitán es naturalmente uno de los libros encontrados
en la maleta en el capítulo 32 de la Primera Parte de Don
Quijote. La defensa que hace Don Quijote de la historicidad de la
caballería, en el capítulo 49 de la Primera Parte, refleja
la lectura del Paso honroso y de la Crónica de Juan II.
A Fray Luis, Cervantes dijo por boca de Calíope, yo reverencio,
adoro y sigo (La Galatea, II, 230, 28). Cervantes nunca menciona
a Pérez de Hita o a su obra, pero es muy probable que la conociera;
Astrana (VII, 123) ha propuesto que Pérez de Hita es el zapatero
de obra prima de Parnaso, 37, 11-13, una obra en la que
también se atacan los romances moriscos, como los que
se encuentran en el libro de Pérez de Hita (101, 24-29). Que Cervantes
conociera Caballería celestial, prohibido poco después
de su publicación, no es más que una posibilidad. Cervantes
estaba en contra de mezclar lo humano con lo divino (I, 37, 12-14);
sin embargo, conocía Caroleade San Pedro, que alabó
en I, 106, 13-18.
81 Es el caso pintado
por Cervantes en el personaje del ventero Juan Palomeque, quien rechaza la
Crónica del Gran Capitán como pesada, y prefiere
Cirongilio de Tracia y Felixmarte de Hircania. Este fracaso
era de prever: Tenemos oy dia mayor copia de libros castellanos que
nunca. Han sido compuestos de nuevo, como traduzidos de latín y griego,
tan sabrosos por su buen dezir al gusto del que los leyesse, y tan provechossos
al que quisiesse aprovechar dellos, que visto lo que pasa de los de
cavallerías es más que ceguedad la nuestra (Francisco
Cervantes de Salazar, Instrucción y camino para la
sabiduría, en sus Obras[Alcalá de Henares: Joan
de Brócar, 1546], fol. xv).
82 Irving Leonard,
Books of the Brave (1949; reimpreso en New York: Gordian Press, 1964),
págs. 81-85, quien observa (pág. 85) que todas esas prohibiciones
fueron ordenadas por la reina o por el futuro Felipe II, en ausencia de Carlos
V. Fue Francisco Rodríguez Marín quien formuló y
después documentó la hipótesis de que se repitieron
las prohibiciones precisamente porque no eran respetadas (El
Quijote y Don Quijote en América [Madrid: Sucesores
de Hernando, 1911]; reeditado en su Estudios cervantinos, págs.
93-137). Obsérvese cómo se justifica, en una cédula
de 1543, el que se impidiera a los indígenas leer los libros: De
llevarse a las dichas Indias libros de romance y materias profanas y
fábulas, ansí como son libros de Amadís y otros
desta calidad de mentirosas historias, se siguen muchos inconvenientes, porque
los indios que supieren leer, dándose a ellos, dexarán los
libros de sana y buena dotrina y leyendo los de mentirosas historias,
deprenderán en ellos malas costumbres e vicio; y demás desto,
de que sepan que aquellos libros de historias vanas han sido compuestos sin
haber pasado ansí, podría ser que perdiesen el abtoridad y
crédito de nuestra Sagrada Scriptura y otros libros de dotores santos,
creyendo, como gente no arraigada en la fee, que todos nuestros libros eran
de una abtoridad y manera (Archivo de Indias, 158-2-4, publicado por
José Toribio Medina, Biblioteca hispano-americana [Santiago
de Chile: el autor, 1898-1907], VI, xxvi-xxvii).
83 P. E. Russell,
Secular Literature and the Censors: A Sixteenth-Century Document
Re-Examined, Bulletin of Hispanic Studies, 59 (1982), 219-225,
en la pág. 221. Amadísse salvó, sin embargo,
porque sus amores eran muy castos.
84 Agustín
G. de Amezúa y Mayo, Andanzas y meditaciones de un procurador
castellano en las Cortes de Madrid de 1592-1598 (Madrid, 1945); págs.
190-191 de la reimpresión en sus Opúsculos
histórico-literarios, III, 173-211.
85 En la Corte
no había un solo autor, traductor, ni editor que se atreviera a poner
manos en libros de caballerías (Pérez Pastor,
Bibliografía madrileña, I, xiii-xiv). No es difícil
ver los motivos, además del desinterés de Felipe II. El primer
censor semioficial, Alejo Venegas, fue prácticamente quien inició
los ataques contra los libros de caballerías (véase mi An
Early Censor: Alejo Venegas, en Medieval, Renaissance and Folklore
Studies in Honor of John Esten Keller [Newark, Delaware: Juan de la Cuesta,
1980], págs. 229-241). Le sucedió Juan López de Hoyos,
cuya hostilidad a las novelas caballerescas podría deducirse por su
orientación erasmista (véase Bataillon, Erasmo y
España, págs. 615-623 y 733-734), pero se manifiesta en
sus censuras. Llega hasta el punto de hacer ininteligible un libro que trataba
de la caballería supuestamente auténtica de figuras como
Héctor, Arturo, Carlomagno, etc., la Crónica llamada el
triunfo de los nueve más preciados Varones de la Fama (Alcalá:
Juan Íñiguez de Lequerica, 1585). En su aprobación,
López de Hoyos explica que había cotejado las historias
Divinas y humanas, para ajustar los vocablos al uso presente, y a la pulicia
Cortesana. Helo hecho con el mejor término que he podido: porque como
el autor [Antonio Rodríguez Portugal] es Portugués, quiero
dezir, que la traduxo de lengua Francesa, en que ella está compuesta,
tiene la lengua barbárica y sin stilo, y en algunas impropriedades
muy licenciosa. Va repurgado de todo: y para ello fue importante la diligencia,
y que no se passasse folio sin ir muy mirado lo borrado, o mejorado. Va de
modo, que el impressor lo verá con facilidad, y emenderá, como
va apuntado, y quitará lo que va testado. Con lo qual es una muy exemplar
obra, para afficionar a la cavallería a honestos exercicios y obras
heroicas, y se puede y deve imprimir como tal.
Es posible que la Primera Parte de Don
Quijote se publicara sin licencia ni aprobación a causa de esta
prohibición no oficial, hecho poco usual que Pérez Pastor comenta
(Bibliografía madrileña, II, 85); la Segunda Parte,
en cambio, incluía tres documentos. Sí es por esta razón
que se publicaron tantas continuaciones y reediciones en la cercana Alcalá.
86 Los libros nuevos
Olivante de Laura (dedicado, insólitamente, a Felipe II) y
Febo el troyano se publicaron en Barcelona, y Rosián de
Castilla en Lisboa. Era típico publicar fuera de Castilla libros
que no podían publicarse allí, como el Arte poético
de Luis Zapata (Lisboa: Alexandre Siqueira, 1592), que no se publicó
no por su contenido, sino por las malas relaciones de Zapata con la corona.
87 Obsérvese
la licencia (ligeramente modernizada) para la publicación en 1579
de las Partes Tercera y Cuarta de Belianís de Grecia, escrita
a petición de Carlos V, como el mismo libro nos dice, quizá
para facilitar la extensión de los documentos: Por quanto por
parte de vos Andrés Fernández vezino dela Ciudad de Burgos,
nos fue hecha relación diziendo [que el] licenciado Hernández
vuestro hermano difunto abogado que fue en esta corte, avía co[m]puesto
la historia que dezían de don Belianís de Grecia, que hera
muy útil y provechoso para la cavallería y cosas de guerra,
y tenía avisos muy necessarios para bien hablar a los que no tienen
experiencia, y por nos sele avía dado licencia para imprimir la
primera y segunda parte, y hera assí quel dicho licenciado con
mucho travajo havía acavado la tercera y quarta parte que no hera
de menos effecto que las demás, suplicándonos hos mandásemos
dar licencia para poder imprimir la dicha tercera y quarta parte y previlegio
por diez años o como la nuestra merced fuesse, lo qual visto por los
del nuestro consejo, por quanto enel dicho libro se hizo la diligencia que
la pregmática por nos agora nuevamente sobre lo susodicho fecha dispone,
fue acordado que devíamos mandar dar esta nuestra carta para vos enla
dicha razón & nos tuvímoslo por bien. (El pasaje
del prólogo documentando el interés de Carlos V es reproducido
por Thomas, pág. 115.) La licencia para la reedición de 1586
de Cristalián de España sugiere lo mismo: Por
quanto por parte de vos doña Juana Bernal de Gatos, biuda, vezina
de la villa de Valladolid, hija y única heredera de Beatriz Bernal,
difunta, muger que fue del Bachiller Torres de Gatos, nos fue fecha
relación que la dicha vuestra madre avía compuesto un libro
intitulado don Cristalián de España, de que hizistes
presentación, juntamente con un privilegio original dado a
Christóval Pelegrín, el qual lo cedió a la dicha
vuestra madre y otra vez se avía impresso con licencia y privilegio
del emperador y Rey nuestro señor, que está en gloria.
Y porque avía muchos días que se avía cunplido y era
pobre y padecía de necesidad nos pedistes y suplicastes os le
mandásemos prorrogar y conceder por tiempo de veinte años o
como la muestra merced fuesse (ligeramente modernizado de la cita en
la edición de Sidney Stuart Park de Cristalián, tesis,
Temple University, 1981, pág. 52).
En la licencia del 8 de febrero de 1584 a Domingo
de Portonariis, y en una aprobación fechada dos días después,
publicadas en el libro mismo, se permite la publicación de una
reedición de Florisel de Niquea, de Feliciano de Silva,
porque nos consta que el dicho libro ha sido ya otras vezes
imprimido. En las ediciones de Alcalá (1580) y de Medina del
Campo (1583) del Espejo de príncipes y caballeros, la licencia
dice que vos, Blas de Robles...hexistes presentación [de la
segunda parte], y porque era útil y provechoso, nos pedistes y suplicastes
os diéssemos licencia y facultad para le poder imprimir, juntamente
con la primera parte, que antes con licencia nuestra se avía
impresso (citado en mi edición del Espejo de príncipes
y caballeros, I, lxxii). El más curioso de estos documentos legales,
sin embargo, es el antepuesto a las ediciones de 1587 y de 1588 de la Tercera
Parte del Espejo de príncipes y caballeros. La fe de erratas
de este volumen data del 19 de mayo de 1587; posteriormente, y por tanto
totalmente al revés de la práctica normal, y sólo un
día antes de la tasa del 13 de junio de 1587, encontramos el siguiente
documento del 12 de junio de 1587, dando permiso al autor para hacer lo que
ya había hecho y para lo que ya tenía permiso, y ordenándole
que entregara el libro para ser sometido a un examen que ya se había
llevado a cabo: Por quanto por parte de vos, el licenciado Marcos
Martínez vezino de la villa de Alcalá de Henares nos fue fecha
relación, que con licencia nuestra avíais impresso un
libro por vos compuesto, intitulado, Tercera parte de Espejo de
Príncipes y cavalleros, del qual hizistes presentación, y nos
suplicastes os mandássemos dar privilegio por veinte años,
o como la nuestra merced fuesse.... Por la presente por os hazer bien y merced
os damos licencia y facultad, para que por tiempo de diez años
primeros siguientes, que corren y cuentan desde el día de la fecha
desta nuestra cédula, podáis hazer imprimir y vender el dicho
libro de que de suso se haze mención, y damos licencia y facultad
a qualquier impressor destos nuestros reinos que vos nombráredes,
para que por esta vez le pueda imprimir, con que después de impresso,
antes que se venda, le trayáis al nuestro consejo juntamente con el
original que en él se vio, que va rubricado y firmado de Pedro
çapata del Marmol escrivano de Cámara...para que se vea si
la dicha impressión está conforme al original, o trayáis
fe en pública forma, en como por corrector nombrado por nuestro mandado
se vio y corregió la dicha impressión.
88 Mary Cozad me
ha dicho que cree que el manuscrito de 1590 de Lidamarte de Armenia
era un ejemplar preparado para la imprenta. Quizás la imposibilidad
de su publicación explica su rara portada. (Véase Mary Cozad,
Una curiosidad bibliográfica: la portada de Lidamarte de
Armenia [1590], libro de caballerías, Revista de archivos,
bibliotecas y museos,50 serie, 79 [1976], 255-259.)
89 Citado en Pérez
Pastor, Bibliografía madrileña, I, 238. La obra
también dice (ambas citas son de la pág. 2 de la segunda
edición, Madrid, 1595): Con que descuido bivían los hombres
en esta parte: todo era escrivir cosas prophanas: fábulas, libros
de cavallerías, que aunque de los quatro de Amadís era
opinión de viejos, que enseñavan un cortés trato y lenguaje,
que deven usar los cavalleros (como han de guardar su palabra, y quán
leales han de ser, con las demás cosas a este talle) por otra parte
ésos con los demás andan llenos de mentiras sin tocar historia
verdadera, ni dar documento que sea de alguna utilidad.
90 Florisel de
Niquea y Primaleón fueron publicados en Lisboa en 1566;
Palmerín de Inglaterra (en portugués) en Lisboa en 1567;
la Parte IV de Floriselen Zaragoza en 1568; Amadís de
Grecia y Primaleón en Lisboa en 1596 y 1598
respectivamente.
91 Aunque se ha escrito
mucho sobre la cronología de la composición de la Primera Parte,
poco se puede decir con seguridad. Los únicos datos sólidos
son que el libro más reciente mencionado en el escrutinio de la
librería de Don Quijote se publicó en 1591, y que, según
la declaración de Cervantes en el prólogo de la Primera Parte,
fue engendr[ado] en una cárcel, donde toda incomodidad tiene
su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación (I,
29, 13-15); debe de referirse a la Cárcel Real de Sevilla, donde fue
encarcelado en 1597 durante unos tres meses. (Rodríguez Marín,
en La cárcel en que se engendró el Quijote,
Apéndice III de su nueva edición crítica,
habla de un nuevo encarcelamiento en Sevilla en 1601 o en 1602, pero este
episodio, no comprobado de manera absoluta según
Fitzmaurice-Kelly, pág. 129, es refutado por Astrana, V, 460-461,
quien, sin embargo, llega a extremos inadmisibles al esbozar la cronología
de la composición de Don Quijote.)
Engendrado, sin embargo, no significa
más que concebido mentalmente (el término es claramente
usado en ese sentido en el prólogo de las Novelas ejemplares,
I, 23, 13). Esta cuestión se complica más con la asociación
de Don Quijote con la subida al trono de Felipe III en 1598 (como
se propone más abajo), y con la extendida creencia de que Don
Quijote empezó como una obra corta (la primera salida), y fue
ampliada posteriormente. (Está última tesis es examinada con
escepticismo por Erwin Koppen, Gab es einen Ur-Quijote? Zu einer
Hypothese der Cervantes-Philologie, Romanistisches Jahrbuch,
27 [1976], 330-346.) Lo máximo que puede afirmarse con seguridad es
que alguna parte existía antes de 1600.
Para una introducción al debate sobre
este tema, además del artículo de Koppen, véase Geoffrey
Stagg, Castro del Río, ¿cuna del Quijote?
Clavileño, 36 (noviembre-diciembre,1955), 1-11.
92 Tomé Pinheiro
da Veiga, Fastiginia o Fastos geniales, traducción de Narciso
Alonso Cortés (Valladolid, 1916), págs. 37, 49, 70-71, 88,
106 y 132. El título original de la obra es también caballeresco:
Fastiginia ou Fastos Geniales tirados da tumba de Merlin, onde forão
achados com a Demanda do Santo Brial, pello Arcebispo Turpim. Descubertos
e tirados a luz pelo famoso lusitano Fr. Pantaleão, que os achou em
hum Mosteyro de Calouros.
93 Este pasaje se
cita en la nota 63, supra.
94 Jaime Oliver
Asín, El Quijote de 1604, Boletín de
la Real Academia Española, 28 (1948), 89-126, en las págs.
112 y 117-118, nota 2. La fecha de 1604 es sospechosa, pues el documento
es el apoyo más firme de la por otra parte mítica edición
del Quijote de 1604. Pero si es errónea, el comentario sería
más tardío, y más entrado en el siglo XVII el conocimiento
de los libros de caballerías que documenta.
95 Los ataques
contra los libros de caballerías, lejos de disminuir, de hecho se
multiplicaron durante las dos últimas décadas del siglo XVI
(Glaser [supra, nota 74], pág. 399). Glaser presenta varios
ejemplos del siglo XVII.
96 Irving Leonard,
Romances of Chivalry in the Spanish Indies, with some Registros
of Shipments of Books in the Spanish Colonies, University of California
Publications in Modern Philology, 16.3 (Berkeley: University of California
Press, 1933), págs. 213-371; José Torre Revello, El libro,
la imprenta y el periodismo en América durante la dominación
española, Publicaciones del Instituto de Investigaciones
Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras, 74 (Buenos
Aires, 1940), Nos. 24 y 30; Guillermo Lohmann Villena, Los libros
españoles en Indias, Arbor, 2 (1944), 221-249. Estas
fuentes aportan pruebas documentales de los vastos envíos de libros
de caballerías al Nuevo Mundo, donde estaban prohibidos, y considerando
este hecho y los estrechos vínculos culturales entre las colonias
y España durante el período colonial, puede tomarse como indicativo
de que también se leían en la península. Los libros
de caballerías se encuentran muchas veces en los inventarios de los
libreros peninsulares; el hecho de que estaban a la venta indica que había
compradores potenciales. (Los libros sin salida en el mercado habrían
sido reciclados por el considerable valor de su papel.) El inventario de
Juan de Timoneda (1583) fue publicado por José Enrique Serrano y Morales,
Reseña histórica...de las imprentas que han existido en
Valencia (Valencia, 1898-1899), págs. 548-559, y por E. Juliá
Martínez, en su edición de las Obras de Juan de Timoneda,
Sociedad de Bibliófilos Españoles, 20 Época, 19 (Madrid,
1947), I, xl-li; el de Benito Boyer (1592) fue publicado por Cristóbal
Pérez Pastor, La imprenta en Medina del Campo (Madrid, 1895),
págs. 456-462 (comentado en Who Read the Romances of
Chivalry?, en mi Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age,
pág. 100, nota 23). No se ha publicado el inventario de Cristóbal
López (1606), pero Astrana (VII, 794) informa que contenía
muchos libros de caballerías, tantos que pronto deja de catalogarlos.
97 EvidentementeDon
Quijote tuvo cierto impacto en los libros caballerescos. El mismo Cervantes
lo dice (nota 37, supra), muchos de sus contemporáneos lo confirman
(nota 44, supra) y no se publicaron nuevas obras (acerca de la única
reimpresión, véase la nota 48, supra). Lohmann (nota
96, supra) comenta que las novelas de caballerías [estaban]
en voga en las comarcas ultramarinas aun después de iniciarse el
XVII (p. 233), pero a poco tiempo, en esos impresos mejicanos
y limeños de la decimaséptima centuria [de religiosos,
críticos] consta muy por menudo que ya nadie se acordaba de las
vituperadas novelas de caballerías...porque habían sido sustituidas
con las piezas dramáticas (pp. 233-234).
Gayangos cita dos pruebas que confirman el
estrago que hizo Don Quijote en los libros de caballerías:
la primera, que un estudiante de Salamanca se encontró, al volver
a su casa en 1623, que sus libros de caballerías y otros de
entretenimiento, a cuya lectura había sido muy aficionado en su mocedad,
habían sido entregados a las llamas. La segunda es que de
varios pasajes de una curiosísima representación que los libreros
del reino hicieron, en 1664, al consejo de Castilla, en solicitud de que
se les dispensase del pago de alcabala, se deduce que la destrucción
de libros caballerescos, verificada después de publicado el
Quijote, fue enorme. (Ambas en el Discurso preliminar
de Gayangos, pág. lx, nota 1; las fuentes de Gayangos, al parecer,
aún están inéditas.) Hay que mencionar que los libros
de caballerías del Inca Garcilaso desaparecieron de su biblioteca
antes de su muerte; véase José Durand, La biblioteca
del Inca, Nueva revista de filología hispánica,
2 (1948), 239-264.
98 Diego de Colmenares,
el historiador de Segovia, poseía en el siglo XVII un ejemplar de
Primaleón (Encarnación García Dini, Per
una bibliografia dei romanzi di cavalleria: Edizioni del ciclo dei
Palmerines, en Studi sul Palmerín de
Olivia. III. Saggi e richerche [Pisa: Istituto di Letteratura Spagnuola
e Ispano-americana dell'Università di Pisa, 1966], págs. 5-44,
en la pág. 31). Se encontraron muchos en la biblioteca de Melchor
Pérez de Soto, estudiada por Donald G. Castanien, The Mexican
Inquisition Censors a Private Library, 1655, Hispanic American
Historical Review, 34 (1954), 374-391. Astrana (VII, 795) informa que
se encontraron ejemplares de Primaleóny de Palmerín
de Oliva en la biblioteca de Pedro Antonio de Aragón (Chevalier,
Lectura y lectores, pág. 44).
99 Irving Leonard,
que ha estudiado extensamente el comercio español de libros de principios
del siglo XVII, estaba tan impresionado por la difusión de los libros
de caballerías después de Cervantes que cuestionó si
Don Quijote había tenido sobre el género el impacto
que había querido tener y Cervantes y sus contemporáneos
creían que había tenido: La gran obra maestra de
Cervantes..., según se afirma, había dado el golpe de gracia
en 1605 a la prolongada moda de los libros de caballerías. Este supuesto,
que goza algo de la inviolabilidad de un dogma, se tambalea al ojear esta
lista de libros de medio siglo más tarde (Baroque Times in
Old Mexico [Ann Arbor: University of Michigan Press, 1966; publicado
por primera vez en 1959], pág. 94). La burla que Cervantes hizo
de las fantásticas aventuras de estos superhombres ficticios no
había acabado todavía con su boga (pág. 120).
100 Citado por
Rodríguez Marín, nueva edición crítica,
IX, 67.
101 Su religoso
Caballero venturoso, publicada por primera vez por A[dolfo] B[onilla]
y S[an] M[artín] y M[anuel] S[errano] y S[anz] (Madrid, 1902), ofrece
caballerías venturosas.... Verás aquí, discreto
lector, en este caballero, su audacia y peregrinación peleando con
los trances de la variable fortuna, unas veces en levantados puestos y otras
en espantosos sobresaltos, como la nave ligera...en las furibundas olas del
mar.... Y con particular estudio y deseo de aprovechar, me puse a considerar
cómo podría abrir de par en par las puertas del relajado gusto
de tantos vanos lectores.... Hallarás, pues, que como autor, sacerdote
y solitario, no te pongo aquí ficciones de la Selva de aventuras,
no las batallas fingidas del Caballero del Febo; no sátiras
y cautelas del agradable Pícaro; no los amores de la pérfida
Celestina, y sus embustes, tizones del infierno; ni menos las
ridículas y disparatas fisgas de Don Quijote de la Mancha,
que mayor [mancha] la deja en las almas de los que lo leen, con el perdimiento
de tiempo (págs. 8-9). El manuscrito de este libro lleva tres
censuras, incluida una de Lope; todas están fechadas en la primera
mitad de 1617 (pág. 1).
102 Este pasaje
(de la dedicatoria de El desconfiado) es reproducido en la
introducción de mi edición del Espejo de príncipes
y caballeros, I, L, 49. La alabanza de Lope a los libros de caballerías
puede ser una reacción al ataque de Cervantes; véase mi
artículo El romance visto por Cervantes.
103 La primera
referencia es a su Estafeta del dios Momo, ed. Alfredo Rodríguez
(New York: Las Américas, 1968), pág. 36; la segunda es a La
peregrinación sabia, de las Coronas del Parnaso (véanse
págs. 34-48 de la edición de Francisco A. Icaza, Clásicos
castellanos, 57 [Madrid: La Lectura, 1924]).
104 Las que se han
identificado han sido enumeradas por Thomas, págs. 61, 88 y 96, y
Adolfo de Castro, Discurso acerca de las costumbres públicas y
privadas de los españoles en el siglo XVII, fundado en el estudio
de las comedias de Calderón (Madrid, 1881), pág. 75; una
de éstas es estudiada por Ángel Valbuena Briones, La
influencia de un libro de caballerías en El castillo de
Lindabrides, Revista canadiense de estudios hispánicos,
5 (1981), 373-383.
105 Edición
de Miguel Romera-Navarro, II (Philadelphia: University of Pennsylvania Press,
1939), 35-36.
106 La esclavitud
se habría finalmente extinguido en Estados Unidos de motu proprio,
pero en 1861, en el momento de comenzar la Guerra Civil norteamericana,
¿cuántos lo preveían, y cuántos abolicionistas
habrían querido esperar su extinción?
107 Este libro lo
estudian P. E. Russell, The Last of the Spanish Chivalric Romances:
Don Policisne de Boecia, en Essays on Narrative Fiction in
the Iberian Peninsula in Honour of Frank Pierce, ed. R. B. Tate (Oxford:
Dolphin, 1982), págs. 141-152, y anteriormente Rodríguez
Marín, nueva edición crítica, IX, 54-56
y Astrana, V, 493-496.
108 No había
habido ninguna edición castellana de Tablante de Ricamonte
desde 1558, y ninguna desde la de Estella de 1564; sin embargo, fue reimpresa
en Sevilla en 1599 y en Alcalá en 1604. No se había publicado
la Historia del cavallero Clamades desde 1562, pero apareció
dos veces (en Alcalá y en Sevilla) en 1603.Oliveros de Castilla,
que no se había publicado desde 1554, apareció en 1604 en Burgos
y en Alcalá. La primera edición de Flores y Blanca
Flordesde 1564 fue publicada en Alcalá en 1604; la primera
edición de Pierres de Provenza desde 1562, en Zaragoza en
1602.
109 Los romances
equivalían para las clases más modestas a los libros de
caballerías para las más pudientes: a esas ficciones
[libros de caballerías], sucedieron versos, coplas, y Cantares para
que más se radicase en la Juventud, el error, la ociosidad, e ignorancia,
y aun el vicio (Sarmiento, Noticia, pág. 102). Aunque
la erudición patriótica ha estimado que el romancero es central
a la identidad española (¿Qué es el Romancero que
la esencia de nuestra nacionalidad? Astrana, VI, 497), parece que Cervantes
se opuso a sus inexactitudes históricas, al igual que a las de los
libros de caballerías; véase mi artículo El romance
visto por Cervantes.
El romance del Marqués de Mantua fue
utilizado como libro de texto infantil, como vemos en Mateo Alemán
y en Rodrigo Caro (citado por Rodríguez Marín, nueva
edición crítica, I, 173). La licencia para la edición
de 1598 data del 8 de noviembre, menos de dos meses después de la
muerte de Felipe II. No se conocen ejemplares de la edición de 1598,
pero la licencia es reproducida en la reimpresión de 1608. (Los datos
bibliográficos son de Juan Catalina García [López],
Ensayo de una tipografía complutense [Madrid, 1889], pág.
254, que da el nombre del autor como Trebiño, y de Antonio
Rodríguez-Moñino, Diccionario de pliegos sueltos poéticos.
Siglo XVI [Madrid: Castalia, 1970].) Esta publicación incluía
los romances De Mantua sale el marqués, De Mantua
salía apriesa y En el nombre de Jesús, todos
ellos incluidos en el famoso Cancionero de romances y en colecciones
derivadas, ninguna de las cuales fue tampoco publicada en Castilla.
110 Marcelino
Menéndez Pelayo cita ejemplos en Cultura literaria de Miguel
de Cervantes y elaboración del Quijote, publicado por
primera vez en Revista de archivos, bibliotecas y museos, 30 época,
12 (1905), 309-339, en la pág. 334, y reimpreso por lo menos en siete
colecciones distintas, de las cuales la de más fácil consulta
probablemente sea sus Estudios y discursos de crítica histórica
y literaria, edición nacional, I (Madrid: CSIC, 1941), 323-356,
en las págs. 350-351. (Para otras ediciones, véase mi
bibliografía.) El texto completo de Melchor Cano citado por Menéndez
Pelayo, en el cual se dice que un sacerdote había creído que
todo lo que los ministros de la república permitían
publicar era verdad, se puede ver en la Vida de Mayáns y Siscar,
págs. 33-34; se cita otra crítica en mi libro Romances of
Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 160. El prólogo
del poema épico caballeresco Celidón de Iberia se refiere
evidentemente a los libros de caballerías cuando señala que
mientras algunos aman las historias verdaderas...otros, y casi los
mas, gustan en estremo de fabulas...ya que no se lean con el intento que
los inuentores dellas pretendieron, ninguno ay que leyendolas las vayan juzgando
por no acontecidas, y por agenas de verdad (citado por Frank Pierce,
La poesía épica del Siglo de Oro, 20 edición
[Madrid: Gredos, 1968], pág. 238). Fernández de Oviedo
escribió que no sé yo con qué seso los que esto
saben [que Dios aborrece la mentira] se ocupan en estos tractados viçiosos
e noveleros e agenos de toda verdad que de pocos tiempos acá se componen
e publican, e andan tan derramados e favorescidos, que sin ninguna
verguença no falta quien los alegue y acote, como si fuessen historias
veras (citado por Rodríguez Marín, nueva edición
crítica, IX, 60-61).
111 Véase
mi artículo The Pseudo-Historicity of the Romances of
Chivalry, ya citado (nota 14, supra).
112 III, 69, 12-14;
véase también III, 49, 1-2, y III, 347, 20-22. Satán
es naturalmente el gran mentiroso: véase III, 411, 17-21; Coloquio
de los perros, III, 214, 23-25; y la famosa condena de los
moros (es decir, de los que no son cristianos), gente de los
que no se podía esperar verdad alguna (III, 60, 26-61,
1).
113 I, 92, 32-93,
2; I, 96, 13-14; II, 83, 21-26; II, 362, 26. En Don Quijote los libros
de caballerías frecuentemente son condenados con imágenes
religiosas. La destrucción de la biblioteca de Don Quijote parece
un acto de la Inquisición. (Al parecer esto fue señalado por
primera vez por Wardropper, Cervantes' Theory of the Drama,
pág. 219; ampliado por Stephan Gilman, Los inquisidores literarios
de Cervantes, en Actas del Tercer Congreso Internacional de
Hispanistas [México: El Colegio de México, 1970], págs.
3-25.) Los libros condenados (II, 398, 22) tenían que ser marcados,
como un hereje, con un sambenito (III, 93, 8), y los autores enviados al
infierno (el centro del abismo, II, 400, 32-401, 2). Como se
discute en el capítulo 5 de este libro, en los libros de caballerías
la devoción a las mujeres sustituye la devoción a Dios.
Es dudoso que Cervantes lo supiera, pero la
difusión de Amadís en Francia fue atribuida al diablo,
que usaba este medio para propagar el protestantismo. En una fecha más
tardía se involucró personalmente a Lutero, a quien el libro
supuestamente incitó tanto a la lujuria que renunció a su voto
de castidad y se casó con una monja. (Véase Julius Schwering,
Luther und Amadis, Euphorion, 29 [1928], 618-619;
Rodríguez Marín, nueva edición crítica, IX, 174;
Thomas, págs. 150 y 164; Romances of Chivalry in the Spanish Golden
Age, pág. 92, nota 6.) Américo Castro (El pensamiento
de Cervantes, pág. 61, nota 20) ha señalado que los ataques
contra los libros de caballerías coinciden cronológicamente
con el Concilio de Trento, que prohibió los matrimonios clandestinos
tan típicos de ellos (véase Marcel Bataillon, Cervantes
y el matrimonio cristiano, en su Varia lección
de clásicos españoles[Madrid: Gredos, 1964], págs.
238-255, en las págs. 249-250). El Concilio de Trento también
prohibió el combate caballeresco, como se recuerda en IV, 210, 26-27,
aunque de hecho había una larga tradición de oposición
eclesiástica (véase Sydney Painter, French Chivalry
[1940; reimpr., Ithaca: Cornell University Press, 1957], págs. 89
y 155). Todavía no se ha reconstruido la historia completa.
114 Los
trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional, en Suma
cervantina, pág. 203, nota 8. Avalle-Arce también señala
que es en el mismo capítulo donde se menciona el ya escrito
Rinconete y Cortadillo. También Amezúa acepta sin
reservas que el canónigo describe un proyecto cervantino (Cervantes,
creador de la novela corta española [Madrid: CSIC, 1956-1958],
I, 401-403).
115 Su edición
de Persiles, I, vii. Stanislav Zimic, El libro de caballerías
de Cervantes, Acta neophilologica, 8 (1975), 3-46, propone que
el canónigo se refiere a la comedia cervantina El gallardo
español.
116 Las cuatro partes
de Belianís tienen necessidad de un poco de ruibarbo
para purgar la demasiada cólera suya, y es menester quitarles todo
aquello del Castillo de la Fama y otras impertinencias de más
importancia (I, 100, 24-28).
117 Eso tendría
que entenderse como el deseo de continuar los Libros Primero y Segundo de
Belianís, y no las Partes Tercera y Cuarta, publicadas por
primera vez en 1579, que no tuvieron éxito aunque fueron escritas
a petición de Carlos V (supra, nota 50). (El
Belianíspublicado consiste en los Libros Primero y Segundo
y PartesTercera y Cuarta.) Don Quixote alabava en su autor aquel
acabar su libro con la promessa de aquella inacabable aventura, y muchas
vezes le vino desseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como
allí se promete (I, 51, 14-17); esto es claramente una alusión
al final del Libro Segundo y no a la Parte Cuarta. El episodio del
castillo de la Fama que debe quitarse (es menester quitarles
todo aquello del castillo de la Fama y otras impertinencias de más
importancia, I, 100, 26-28) también se encuentra en las Partes
Tercera y Cuarta (véanse las anotaciones de Clemencín). Quisiera
agradecer a Lilia Orduna sus consejos sobre este libro.
118 En la Biblioteca
Nacional de Madrid hay una continuación de Belianís
inédita, La quinta parte de don Beleanis [sic] de Grecia
y su hijo Velfloran. Con sus grandes echos (MS 13138). No es de
Cervantes.
119 Según
la Crónica llamada el triunfo de los nueve más preciados
Varones de la Fama (supra, nota 85), los nueve de la fama
fueron Moisés, David, Macabeo, Alejandro, Héctor
Troyano, Julio César, Artús, Carlomagno y el héroe
de las Cruzadas Godofredo de Bouillón.
120 Otra posible
explicación de la decisión de no escribir una continuación
de Belianís es la oposición general de Cervantes a las
continuaciones, que discutiremos en el capítulo 4.
121 Quiero
conceder que huvo doze Pares de Francia, pero no quiero creer que hizieron
todas aquellas cosas que el arçobispo Turpín dellos escrive;
porque la verdad dello es, que fueron cavalleros escogidos por los reyes
de Francia, a quien llamaron pares, por ser todos iguales en valor, en calidad
y en valentía, a lo menos, si no lo eran, era razón que
lo fuessen, y era como una religión de las que aora se usan de
Santiago o de Calatrava, que se presupone que los que la professan han
de ser o deven ser cavalleros valerosos, valientes y bien nacidos
(II, 367, 29-368, 9). Los libros sobre ellos también fueron dejados
en suspenso durante el examen de la biblioteca de Don Quijote (I, 98, 21-99,
19).
122 Debería
tenerse en cuenta que en la medida en que existía la caballería
tal como la entendía Don Quijote, era siempre una imitación
de una literatura que erróneamente se creía verídica.
Véase F. J. C. Hearnshaw, Chivalry and its Place in History,
en Chivalry. A Series of Studies to Illustrate its Historical Significance
and Civilizing Influence, ed. Edgar Prestage (1928; reimpr., New York:
AMS, 1974), págs. 1-13; John Fraser, Medieval Chivalry: Where
and When?, en America and the Patterns of Chivalry (Cambridge:
Cambridge University Press, 1982), págs. 37-40; Larry D. Benson,
The Tournament in the Romances of Chrétien de Troyes and
L'Histoire de Guillaume Le Marechal, en Chivalric Literature.
Essays on Relations between Literature and Life in the Later Middle Ages,
ed. Larry D. Benson y John Leyerle (Kalamazoo, Michigan: Medieval Institute
of Western Michigan University, 1980), págs. 1-24, y la introducción
a este volumen de los editores, págs. vii-ix; y Martín de Riquer,
Caballeros andantes españoles, Colección austral, 1397
(Madrid: Espasa-Calpe, 1967), págs. 168-170. El extenso tratamiento
de Huizinga de la distancia entre el ideal caballeresco y la realidad
histórica (The Waning of the Middle Ages, publicado por primera
vez en 1924) es anterior a todos estos trabajos. Sin embargo, la primera
afirmación que conozco acerca del carácter artificial de la
caballería es la de J. C. L. Simonde de Sismondi, Historical View
of the Literature of the South of Europe (publicado por primera vez en
1813): No debemos confundir la caballería con el sistema feudal.
El sistema feudal puede considerarse la vida real del período que
tratamos, con sus ventajas e inconvenientes, sus virtudes y sus vicios. La
caballería, por el contrario, es el mundo ideal, tal como existía
en la imaginación de los escritores romances. Su carácter esencial
es su devoción a la mujer y al honor (I, 76-77). Cuanto
más atentamente estudiamos la historia, más claramente percibimos
cómo el sistema caballeresco es una invención casi enteramente
literaria. Es imposible distinguir los países en los que se dice que
ha prevalecido. Siempre se representa distante a nosotros en el tiempo y
en el espacio; y mientras los historiadores contemporáneos nos dan
un informe claro, detallado y completo de los vicios de la corte y de los
grandes, de la ferocidad o de la corrupción de los nobles, y del
servilismo del pueblo, con gran sorpresa encontramos a los poetas, después
de un largo lapso de tiempo, adornando la misma época con una
magnífica gracia, virtud y lealtad, producto de su imaginación.
Los escritores de romances del siglo XII situaron la edad caballeresca en
la época de Carlomagno. El período en el que estos escritores
existieron es el indicado por Francisco I. Actualmente, imaginamos que aún
podemos ver la caballería floreciendo en las personas de Du Guesclin
y Bayard, bajo Carlos V y Francisco I. Pero cuando examinamos uno u otro
período, aunque encontramos en los dos algunos espíritus heroicos,
tenemos que confesar que es necesario adelantar la edad caballeresca al menos
tres o cuatro siglos antes de cualquier período de historia
auténtica (I, 79).
123 Ver al Cid como
caballero andante, como Cervantes al parecer hizo, es una distorsión
desde una perspectiva histórica, pero desde el punto de vista de Cervantes
menos grave que lo que pueda parecer en un principio. Fue retratado con mayor
caballerosidad en el siglo XVI (véase Barbara Matulka, The Cid
as a Courtly Hero, from Amadís to Corneille [New York:
Institute of French Studies, Columbia University, 1928]), pero incluso tal
como aparece en el Cantar publicado en el siglo XVIII, es un caballero,
que viaja por toda España acompañado de amigos, y que tiene
aventuras.