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De: La interpretación cervantina del Quijote, por Daniel Eisenberg. © 1995 Compañía Literaria, S.A.


[Índice] - [Introducción metodológica] - [Nota sobre los textos] - [Cap. 1. Cervantes y los libros de caballerías castellanos] - [Cap. 2. El libro de caballerías ideal: El “famoso Bernardo] - [Cap. 3. El género de Don Quijote] - [Cap. 4. El humor de Don Quijote] - [Cap. 5. El provecho de Don Quijote] - [Cap. 6. Don Quijote, un clásico. La insuficiencia de la interpretación cervantina] - [Apéndice: La influencia de Don Quijote en el Romanticismo] - [Bibliografía]


Capítulo 1. Cervantes y los libros de caballerías castellanos


La caterva de los libros vanos de cavallerías...
I, 38, 29-30

Lo primero que hizo fue ir a ver sus libros...
I, 108, 10

      El prólogo de la Primera Parte de Don Quijote nos dice que “si bien caigo en la cuenta, este vuestro libro...es una invectiva contra los libros de cavallerías” (I, 36, 31-37, 3), que Cervantes tenía “la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos cavallerescos libros” (I, 38, 4-5). La Primera Parte termina con una larga discusión de los libros de caballerías, que se extiende a lo largo de varios capítulos. La Segunda Parte empieza con una discusión sobre el mismo tema, y Cide Hamete nos dice en la última frase de la obra que “no ha sido otro mi desseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de cavallerías” (IV, 406, 8-11). El protagonista, nos enteramos en el primer capítulo, ha tomado sus nociones de la caballería andante de dichos libros (I, 53, 5-12), y la premisa de toda la obra es su deseo de ser un caballero andante perfecto (I, 351, 6-8). Su identificación con los libros, en cuanto a la caballería, es total.1 Es, por lo tanto, correcto que empecemos nuestro estudio de Don Quijoteexaminando la relación de Cervantes con el género.
     ¿Hasta qué punto conocía Cervantes los libros de caballerías castellanos,2 una “sabrosa leyenda” (I, 343, 10) según muchos personajes de Don Quijote? Son abrumadoras las pruebas de que los conocía muy bien, de que, como el canónigo, había leído por lo menos parte de “todos los más que ay impressos” (II, 341, 2-3),3 y que le habían deparado “algún contento” (II, 362, 19-20).4 En ninguna otra obra se tratan los libros de caballerías tan extensa o profundamente, ni menciona nadie tantos títulos. La larga, elocuente y apasionada defensa del potencial del género que pronuncia el canónigo (II, 343, 23-346, 23) es única. Incluso con nuestro conocimiento imperfecto de las fuentes caballerescas de Cervantes, es evidente que los conocía extensa y directamente y que le influyeron mucho. Alude a detalles de los libros de caballerías, desde el insignificante Fonseca de Tirant lo blanc (I, 101, 20) a la torre navegante de Florambel de Lucea (II, 342, 8-10).5 Se perciben diferencias en la calidad de los libros;6 dos de ellos, Amadís de Gaula y Palmerín de Inglaterra, son objeto de grandes elogios en el examen de la biblioteca de Alonso Quijano (I, 96, 16-21 y 100, 3-18).7 Se puede concluir, por lo que dice en Don Quijote, que Cervantes tenía una opinión favorable de al menos otros dos, Belianís de Grecia y el Espejo de príncipes y caballeros.8 Conocía Amadís lo suficientemente bien para indicar que un nombre sólo se menciona una vez (I, 279, 6-11),9 lo cual indica que, como Alonso Quijano, lo había leído con gran atención, y seguramente más de una vez. La mayoría de las aventuras de Don Quijote, como la de los rebuznadores, por mencionar una (Segunda Parte, capítulos 25 y 27), se burlan de las aventuras narradas en los libros de caballerías; la lengua, el estilo y la forma de la narración, todo muestra su influencia.10 Un conocimiento tan amplio implica que durante cierto tiempo Cervantes se había familiarizado con los libros de caballerías, y que había disfrutado con ellos.
     Sin embargo, cuando escribió Don Quijote Cervantes opinaba que los libros de caballerías castellanos tenían graves defectos. En Don Quijote hay demasiadas críticas explícitas e implícitas a los libros de caballerías, críticas que concuerdan y se complementan, para permitir otra conclusión. Los libros podrían ser buenos—“si me fuera lícito agora y el auditorio lo requiriera, yo dixera cosas acerca de lo que han de tener los libros de cavallerías para ser buenos”, dice el cura (II, 86, 30-87, 1)—pero no lo son. Están de acuerdo en este aspecto, los narradores y los personajes más sabios: el cura, el canónigo, Diego de Miranda. Los libros son mentirosos, “tan lexos de ser verdader[o]s como lo está la mesma mentira de la verdad” (II, 361, 32-362, 1).11 Si se usaran correctamente, “para entretener nuestros ociosos pensamientos” (II, 86, 21-22) se podrían tolerar—los libros por sí mismos son “inocentes” (I, 96, 4-5; compárese IV, 14, 23-25)—pero muchos, entre ellos personas inteligentes, los tienen por verdaderos. Ni como mentiras son buenos, señala el juicioso canónigo12 (II, 341, 14-342, 30); muchas voces coinciden en calificar los libros de disparatados.13 Su monotonía—“tanta mentira junta, y tantas batallas y tantos encantamentos, que quitan el juizio” (II, 86, 17-19)—es abrumadora. El canónigo se queja de la monotonía de los libros con mayor detalle,14 y añade una acusación más grave: no instruyen a los lectores (II, 341, 7-14; también II, 363, 29-32 y 364, 31). Además, tienen defectos de lenguaje y estructura.15
     Los entusiastas de los libros de caballerías son personajes imperfectos. Dorotea16 y Juan Palomeque son ignorantes. Los duques viven a base de préstamos y trampas.17 El primo de la Segunda Parte, capítulo 22, “muy aficionado a leer libros de cavallerías” (III, 277, 25-26), malgasta su talento. El paladín de dichas obras, el protagonista, ha perdido el contacto con la realidad. El texto nos informa que los libros de caballerías han sido la causa de su locura, limitada al tema de la caballería (II, 361, 21-23; IV, 55, 4-9).
     Que un buen conocedor de los libros los atacara es posible. Martín de Riquer ha propuesto una explicación: que Cervantes había leído los libros de caballerías cuando era joven.18 Esta sugerencia es plausible; consta que Juan de Valdés y Fernández de Oviedo los leyeron de jóvenes y los desdeñaron después.19 Los libros de caballerías eran, en parte, lectura juvenil.20
     El hecho de que Cervantes conociera las primeras obras del género también sugiere que eran lecturas de juventud. El ejemplo más evidente, aunque no el único, es Tirant lo blanc, obra cuya traducción castellana de 1511 conocía muy bien.21 Es más probable que libros antiguos se leyeran en fechas tempranas.
     Pero creo más probable que Cervantes, como el canónigo, leyera y rechazara estos libros cuando ya era maduro. Cervantes no nos deja reflejos de tales lecturas en sus primeras obras (La Galatea, comedias y poemas sueltos).22 Sus comentarios sobre los libros de caballerías son minuciosos, agudos y apasionados; es difícil aceptarlos como recuerdos de lecturas juveniles, y el conocimiento que tiene de las primeras obras del género puede explicarse mejor como el de un coleccionista y bibliófilo.23
     Los libros de caballerías atraían a los que seguían o querían seguir la vida de armas. No sabemos si éste fue el deseo del joven Cervantes, aunque sus estudios con López de Hoyos24 y su servicio en Italia con el Cardenal Acquaviva25 sugieren otra orientación. Lo que no se puede negar es que el Cervantes maduro simpatizaba con los soldados y se enorgullecía de su servicio militar. Su herida, su deseo de volver a España y su cautiverio, más que un cambio de opinión, le llevaron a abandonar su carrera militar.26 En su empleo posterior como proveedor de la Armada y recaudador de impuestos, con el que continuaba su apoyo a las fuerzas militares españolas como civil,27 frecuentemente se ausentaba de su casa.28 Viajando por el sur de España, podía muy bien haberse encontrado ocioso. Alguien al que le gustara mucho la lectura (I, 129, 27-29) habría podido dedicarse a leer y a escribir,29 para ocupar sus horas de ocio; los viajeros a menudo llevaban lecturas y, entre ellas, libros de caballerías.30 En las obras de Cervantes la lectura es principalmente una actividad rural, como lo es históricamente la de los libros de caballerías;31 en Don Quijote se asocian la lectura de los libros de caballerías y la ociosidad seis veces,32 y hay también pruebas externas.33 No había muchas otras diversiones en Écija, Castro del Río o, para el caso, Esquivias.34
     Si Cervantes, como creo, poseía una importante biblioteca con estos y otros libros, los habría acumulado después de su vuelta a España en 1580, que coincidió con una oleada de ediciones de los libros de caballerías.35 Los biógrafos a menudo se han preguntado qué ocupaba la mente de Cervantes en la década de 1590 y finales de 1580 cuando no escribía;36 una conjetura razonable es que leía.
     Cuando quiera que adquiriese sus vastos conocimientos de los libros de caballerías, Cervantes, como el canónigo, opinaba que tenían defectos. Podemos, pues, aceptar que la declaración de propósitos citada al principio de este capítulo fue sincera. Por supuesto, hay en Don Quijote temas secundarios, como la importancia de la verdad y la del matrimonio, pero están íntimamente relacionados con los defectos de los libros de caballerías, como se discutirá más adelante. Especialmente en la Segunda Parte, Cervantes parece querer aprovecharse del interés de los lectores por las locuras de Don Quijote y por las sandeces de Sancho (IV, 65, 4-5) para darles “mucha Filosofía moral” junto con el “mucho entretenimiento lícito” (III, 15, 4-7). Sin embargo, se permitió mayor libertad porque los libros de caballerías ya decaían gracias a su Primera Parte,37 y tanto la filosofía moral como el entretenimiento eran precisamente lo que, según el canónigo, faltaba a los libros de caballerías.
     Propongo, por tanto, que aceptemos las palabras de Cervantes literalmente. Hay varios razonamientos a favor de esta postura. En el texto se subraya la importancia de las intenciones: lo que más necesita Sancho para ser un buen gobernador es “buena intención” declaran el canónigo y Don Quijote (II, 375, 14-15; III, 405, 16-17); “mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines”, dice Don Quijote (III, 391, 2-3).38 Un autor que con frecuencia se refiere a las intenciones de sus personajes debe de haber reflexionado sobre las suyas, y si ataca a las mentiras incluso con mayor frecuencia, como lo hace también en otras obras,39 tenemos una poderosa razón para creer que Cervantes decía la verdad.
     Cervantes, además, era un escritor que decía las cosas claras, y otras declaraciones suyas acerca de cómo quería que los lectores le interpretaran son totalmente de fiar. No puedo mejorar la formulación de Oscar Mandel: “Quizás, como se ha sugerido alguna vez, Cervantes tenía opiniones acerca de la religión y el estado que no se atrevía a publicar.40 Pero cuando el tema no era peligroso, Cervantes era transparente. Pocos autores ponen los puntos sobre las íes con más cuidado que él. Cuando Sancho dice algún dislate, alguien—y si no, el mismo Cervantes—nos dice que Sancho acaba de ‘hacer un chiste’. Cuando Sancho gobierna su ínsula con prudencia, tenemos a un mayordomo que nos lo dice, por si no nos damos cuenta. Cuando se le hace una mala pasada a Don Quijote o cuando Don Quijote tiene una de sus alucinaciones, Cervantes viene inmediatamente en ayuda nuestra: ‘La verdad del caso...es’. Cuando de vez en cuando intenta ser irónico...es pesado. Explica sus chistes tan inocentemente como se felicita por su genio. Si Don Quijote no toma una posada por un castillo, Cervantes señala que no ha tomado una posada por un castillo. No puede disimular su alegría por el éxito de la Primera Parte.... Siempre que Don Quijote diserta sobre la vida y las letras, un coro aplaude su sabiduría; y siempre que Sancho está encantador, alguien nos dice que está encantador. El hecho de que use muchos proverbios es cuidadosamente notado. En resumen, para que no haya demasiados testimonios, Cervantes nos ‘prepara’ para aceptar lo que afirma.”41
     Las unánimes y bien documentadas críticas de los primeros lectores, algunos de los cuales tuvieron acceso no sólo a Don Quijote sino al propio Cervantes, apoyan la teoría de que la intención de Cervantes era efectivamente atacar los libros de caballerías. Entre estos lectores figuran los autores de ambas aprobaciones: “cumpl[e] con el acertado assunto en que pretende la expulsión de los libros de Cavallerías, pues con su buena diligencia mañosamente a limpiado de su contagiosa dolencia a estos reinos”, dice Valdivielso (III, 17, 21-25); “su bien seguido assunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de Cavallerías, cuyo contagio avía cundido más de lo que fuera justo”, dice Márquez Torres (III, 19, 11-14), cuya aprobación probablemente la redactó el propio Cervantes.42 Según Avellaneda, Cervantes “no podrá, por lo menos, dexar de confessar tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lición de los vanos libros de cavallerías”.43 Tirso, Faria y Sousa, Calderón, Gracián, Matías de los Reyes, Bartolomé de Góngora, Luis Galindo, Nicolás Antonio y otros escritores del siglo XVII se refieren a Don Quijote como un ataque—un ataque afortunado—contra los libros de caballerías.44 Los primeros traductores del libro al francés y al italiano dicen lo mismo,45 al igual que estudiosos anteriores de los libros de caballerías.46
     Finalmente sugiero en defensa de Don Quijote como un ataque contra los libros de caballerías, el hecho de que a pesar de dos siglos de estudio ansioso no se haya llegado a ningún acuerdo sobre otro propósito de Cervantes. Examinar algunas razones de la resistencia moderna a las claras declaraciones de propósito de Cervantes, que no eran problemáticas para sus contemporáneos, puede ayudar a establecer el orden en los caóticos estudios cervantinos.
     En primer lugar, las declaraciones explícitas de los propósitos del autor están, en la actualidad, completamente pasados de moda. Aunque muchos están de acuerdo en que la literatura debería ser, en cierto sentido, didáctica, y en que la literatura clásica siempre lo es, nos gustan los mensajes sutiles, y preferimos descifrarlos, como si el libro fuera un rompecabezas. Es de la vida misma de donde queremos sacar una lección, y la autoridad del novelista deriva de lo que ha vivido, no de lo que ha pensado o leído. Queremos que nos ofrezca una estampa de la vida, y si estamos dispuestos, sacaremos algún beneficio de él; lo máximo que aceptamos es que oriente sutilmente nuestra interpretación. El respeto a la sabiduría, a la autoridad, a la razón y a la palabra escrita es, gústenos o no, mucho más tenue que en la época de Cervantes. Un autor que nos diga lo que su texto significa adopta una postura de superioridad, y no es el papel que queremos que desempeñe.
     Más importante, sin embargo, ha sido la evolución de la literatura desde 1605. Hace tiempo que los libros de caballerías han desaparecido—desde el siglo XVIII nadie los lee sin leer antes a Cervantes—y los lectores modernos de Don Quijoteempiezan con una perspectiva distinta de la de Cervantes y sus contemporáneos.47 Como la naturaleza y la atracción del género nos son remotas, y sus pretendidos defectos una cuestión caduca, los lectores han encontrado otros valores en el texto, que naturalmente los tiene. Esta lectura moderna ha sido proyectada hacia atrás y recae sobre el autor: es decir, si Don Quijote no se explica sólo como una invectiva contra los libros de caballerías, postura con la que la mayoría de los lectores modernos estarían de acuerdo, el autor por lo tanto no quiso que lo fuera. Los libros de caballerías eran una literatura tan mala—una conclusión que se saca exclusivamente de los comentarios que hay sobre ellos en Don Quijote—que Cervantes no habría empleado su talento para atacarlos; ésta habría sido una meta trivial, indigna de un gran autor. Los libros de caballerías desaparecieron después de Don Quijote;48 por lo tanto estaban ya casi moribundos, y Cervantes no habría azotado el aire, como a veces se dice. Nos enfrentamos a un error de historia literaria.
     En parte, deriva esta confusión de una apreciación inadecuada del papel de los libros de caballerías en la España del siglo XVI.49 Estos libros constituían la principal lectura de recreo y evasión de una época que tenía unas oportunidades de diversión mucho más limitadas que hoy. No sólo reflejaban valores; ayudaban a formarlos, y a excepción de la erudición, no hay rama de la cultura de la España del siglo XVI para la que no sean importantes.50 Los libros de caballerías sugerían a los ociosos y futuros soldados que era más agradable y viril derrotar a los enemigos con las armas que con las palabras, y que los no cristianos eran enemigos y malas personas.51 Acentuaban lo agradable y minimizaban lo desagradable de las expediciones a partes del mundo poco conocidas,52 y crearon los nombres “California” y “Patagonia” para designar territorios entonces recién descubiertos.53 Carlos V era aficionado a ellos,54 y no sólo fue el rey predilecto de Cervantes,55 sino que dirigió la mayor expansión española de todos los tiempos. La considerable influencia de los libros de caballerías en la literatura—las crónicas de Indias,56 la poesía épica, las novelas pastoriles,57 las llamadas picarescas58 —no se ha examinado adecuadamente.59 Los leían incluso futuros santos: el joven Loyola, antes de fundar los Jesuitas, la cuasimilitar orden de los “soldados de Cristo”, móvil y con espíritu práctico, era “muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de caballerías”,60 y la gran reformadora y mística Teresa de Jesús, “inquieta y andariega”, como la describió un contemporáneo suyo,61 fue, de niña, también muy aficionada a ellos.62 Los libros de caballerías eran demasiado caros, por lo menos durante la primera mitad del siglo XVI, para la clase baja, pero cuando los pobres y los analfabetos los oían leer en voz alta, les gustaban tanto como a los nobles.63 Los libros producían adicción, lo que explica su abundancia y en parte su peligro.64
     Los libros de caballerías eran muy populares, pero casi desde el principio había una oposición a ellos. No era tanto una cuestión de defectos literarios, encontrados por teóricos tales como Sánchez de Lima y López Pinciano,65 sino que más bien se les criticaba por los efectos sociales que producían: los libros de caballerías eran considerados peligrosos. Muchos escritores serios comentaron el daño que causaron.66 Apartaban la atención de los lectores de la importantísima salvación de sus almas, y no sólo ocupaban tiempo que podía dedicarse a lecturas históricas o religiosas, sino que con sus falsedades hacían que este tipo de lectura no interesara.67 Los libros quitaban importancia al saber y a la autoridad establecida, y fomentaban la aventura por encima del estudio y las empresas individuales por encima de las colectivas: eran historias de jóvenes enajenados, aunque poco intelectuales.
     Pero su peor defecto era que embellecían el amor, y separaban la sexualidad del fin reproductor. En los libros de caballerías la aprobación paterna o institucional no era necesaria para el matrimonio y el subsiguiente goce; el matrimonio podía ser contraído ante Dios, con una criada por único testigo.68 Incluso este matrimonio secreto se presentaba como opcional.69Está muy notorio el daño que en estos reinos ha hecho y hace a hombres mozos y doncellas...leer...Amadís y todos los libros que después dél se han fingido de su calidad y letura”, dijo la petición de las cortes que en 1555 solicitó sin éxito que se prohibiese no sólo la publicación sino también la lectura de los libros.70 Muchos, entonces, creían que los libros de caballerías eran “en daño de las buenas costumbres” (III, 200, 20), “perjudiciales en la república” (II, 340, 31), populizadores de un “nuevo modo de vida” (II, 362, 26-27). Cervantes no fue el primero en creer que había que eliminarlos, ni mucho menos.
     Tampoco fue Cervantes el primero en tomar medidas en contra de ellos. Un camino que se siguió fue la composición y publicación de lecturas alternativas; eso va mucho más allá del conocido caso de la Caballería celestial y otros libros de caballerías a lo divino.71 Fray Luis de León escribió y publicó De los nombres de Cristo(Salamanca, 1583) como substituto de “la lección de mil libros, no solamente vanos, sino señaladamente dañosos, los cuales, como por arte del demonio, como faltaron los buenos, en nuestra edad, más que en otra, han crecido”; alude claramente a los libros de caballerías.72 Malón de Chaide, en el prólogo de su Conversión de la Magdalena, revela aún más claramente el mismo propósito.73
     Muchas obras históricas y semihistóricas se escribieron con el mismo propósito. Se deduce fácilmente de la Historia de los bandos de los Zegríes y Abencerrajes de Pérez de Hita, comúnmente conocido por las Guerras civiles de Granada, y también se ha visto el mismo motivo oculto en las historias del Nuevo Mundo (supra, nota 56). Sin embargo, este propósito es a menudo explícito. La abreviación delPaso honroso de Juan de Pineda (Salamanca, 1588), “escripta con gran rigor de verdad”, fue publicada para que “los Caballeros de nuestro tiempo...quietassen de aventura tan peligrosa como la de los libros de caballerías fingidas”,74 y Jerónimo Ramírez, en el prólogo de la Mexicana de Gabriel Lasso de la Vega (Madrid, 1954), explica a los lectores que el autor “no ha querido perder el tiempo, celebrando fabulosas aventuras de caballeros incógnitos, como muchos lo han hecho”.75 Bernardino Mendoza publicó sus Comentarios...de lo sucedido en las guerras de los países bajos, desde el año de 1567 hasta el de 1577 (Madrid, 1592), para que “tengan [los soldados españoles] libros para poder dexar los de ficciones”.76 Una de las razones por las que Juan Sánchez Valdés de la Plata escribió su Corónica y Historia general del hombre (Madrid, 1598) fue “porque viendo yo; benigníssimo y discreto lector, que los mancebos y doncellas, y aun los varones ya en edad y estado, gastan su tiempo en leer libros de vanidades enarboladas, que con mayor verdad se dirían sermonarios de Satanás, y blasones de caballería, de Amadi[s]es y Esplandianes, de los cuales no sacan otro provecho ni doctrina, sino en hacer hábito en sus pensamientos de mentiras y vanidades; que es lo que más codicia el diablo, y siendo tanta la afición que tengo a los que leen y quieren aprovechar en las escrituras, ha bastado para hacer esta obra, con la cual los aficionaré a leer en ella y en los autores que en ella alego, y los apartaré de las grandes vanidades y mentiras”.77 Parece probable que incluso unas crónicas fueran recobradas y publicadas con el objetivo de atraer al mismo tipo de lectores. La Crónica de Juan Segundo, por ejemplo, con una portada típicamente caballeresca, fue publicada en 1591 por primera vez desde 1543; el editor fue Juan Boyer, quien con su hermano Benito había publicado anteriormente varios libros de caballerías.78 Lo mismo debió de ocurrir con la Crónica del Gran Capitán (Sevilla, 1580 y 1582; Alcalá, 1584).79
     Estas lecturas alternativas atraían a Cervantes;80 sin embargo, su caso no fue típico. No hay ninguna indicación de que estas publicaciones reemplazaran las lecturas caballerescas excepto entre aquellos que ya tenían cierta disposición intelectual o moral.81 No sorprende, pues, que los que se oponían a los libros de caballerías sintieran la necesidad de utilizar medidas legales contra ellos. En 1531 se prohibió su envío al Nuevo Mundo, supuestamente más vulnerable. Esta prohibición fue reiterada varias veces.82 En la península, no se prohibió nunca la lectura de los libros, según habían pedido las cortes de 1555. Tampoco se prohibió totalmente su publicación, como se solicitó en 1555, como el humanista toledano Alvar Gómez de Castro recomendó al Santo Oficio, probablemente a finales de la década de 157083 y como se recomendó a las cortes unos veinte años después.84 Sin embargo, su publicación tropezó con numerosos obstáculos legales durante el reinado de Felipe II.
     No se publicó jamás ningún libro de caballerías en Madrid, hecho que Pérez Pastor atribuye a la hostilidad de las autoridades eclesiásticas locales.85 Los libros nuevos tenían que publicarse fuera de Castilla,86 y sólo se publicaban en ella reediciones y continuaciones, que evidentemente se consideraban menos ofensivas.87 Ni siquiera esas tuvieron carta blanca: después de 1564 las obras del licencioso Feliciano de Silva fueron publicadas en Zaragoza, Valencia, Bilbao, Évora y Lisboa: en cualquier lugar menos en Castilla. Primaleón fue publicado dos veces en Lisboa y una en Bilbao, pero no en Castilla después de 1563. Lepolemo, el Caballero de la Cruz, también apareció por última vez en 1563, con un colofón falso y sin fecha añadido a hojas impresas entonces pero distribuidas más tarde.
     Entre 1564 y 1575 no se publicó ningún libro de caballerías en Castilla, pero después de dos ediciones de Amadís en 1575 y de las Partes III y IV de Belianísen 1579, en 1580 empezó una gran oleada de ediciones, con dos, tres o cuatro publicaciones al año. Después de 1588 esta oleada de publicaciones terminó bruscamente.88 Lo que esta pauta indica no es un profundo cambio en los gustos del público, sino más bien una alternancia de períodos de tolerancia y de prohibición. Como Marco Antonio de Camos escribió en su Microcosmia y gobierno universal del hombre cristiano (Barcelona: Pablo Malo, 1592), “mejorado se ha el tiempo, en lo que toca a sacar a luz libros vulgares.... Razón era que nos acatásemos algún día los que vivimos en la República Cristiana, del mucho daño y poco provecho que estos libros y otros tales hacen en ella”.89
     Sería un error, sin embargo, deducir que los impedimentos a la publicación de los libros de caballerías en Castilla significaban que faltaba demanda. Indican lo contrario, y el hecho de que los libros de caballerías continuaran publicándose fuera de Castilla lo indica también.90 Hay muchas pruebas adicionales: está fuera de duda que los libros de caballerías conservaban una notable popularidad a principios del siglo XVII, por no decir nada de los últimos años del siglo dieciséis, en los que probablemente surgió la idea de Don Quijote.91 Un portugués que visitaba la capital, Valladolid, cuando se publicó Don Quijote se refiere muchas veces a ellos;92 Mateo Alemán menciona, en la Segunda Parte del Guzmán de Alfarache(1604), la lectura de los libros de caballerías,93 y aparecen en 1604 y 1608 lectores que conocen los títulos de varios de ellos.94 Las continuas críticas de los moralistas, que incluso iban en aumento, documentan la atracción que los libros de caballerías todavía ejercían.95 Los documentos relativos al comercio de libros de finales del siglo XVI y principios del XVII demuestran su continua difusión.96 Martín Sarmiento, el erudito más cercano en el tiempo, afirmó de modo inequívoco que “por los años mil seiscientos todos leían Libros de Caballería[s]” (Noticia, pág. 135). El hecho de que Don Quijote no aboliera completamente la lectura de los libros de caballerías97 es una prueba de su popularidad en la época en que se publicó; figuran en los inventarios de bibliotecas particulares98 y en el comercio de libros99 hasta algún tiempo después. Suárez de Figueroa aconsejaba no leer dichos libros en su Pasajero, publicado en 1617;100 Juan Valladares de Valdelomar aún creía necesario ofrecer lecturas alternativas después de Don Quijote;101 Lope de Vega alabó los libros de caballerías en una dedicatoria de 1620;102 Salas Barbadillo satirizó en 1627 a un “pobre y desvanecido hidalgo..., gran lector de libros de caballerías”, y en su Coronas del Parnaso, publicado en 1635, a un “perro caballero andante” burlesco, Don Florisel de Hircania y Grecia;103 un buen número de obras de teatro del s. XVII se basaron en libros de caballerías;104 Gracián todavía los atacaba en el Criticón (1653);105 y Benito Remigio Noydens, según la portada de su Historia moral del dios Momo de 1666, todavía ofrece “destierro de novelas y libros de caballerías”. Evidentemente, los libros de caballerías no habían muerto ni mucho menos cuando Cervantes escribió la Primera Parte de Don Quijote. Los intelectuales los rechazaban, pero siempre lo habían hecho. Fueron efectivamente “aborrecidos de tantos y alabados de muchos más” (I, 38, 6-7). Su extinción es previsible para nosotros, acaso, pero no lo hubiera sido para ningún contemporáneo.106
     Es fácil entender por qué todos los que se preocupaban por los libros de caballerías consideraban el principio del siglo XVII especialmente peligroso. Al acceder al trono Felipe III, se suprimieron las restricciones establecidas por su padre, el sobrio Felipe II. Mientras que no se había publicado ningún libro de caballerías en Madrid ni ninguno nuevo en Castilla durante casi 50 años, en 1602 se publicó, en la corte, un libro nuevo, Policisne de Boecia.107 También fueron reeditados, después de cuarenta años, algunos relatos cortos caballerescos.108 Especialmente significativo para Don Quijote, considerando las referencias al Marqués de Mantua en los capítulos 5 y 10 de la Primera Parte, fue la publicación en 1598 por primera vez en Castilla desde 1563,109 de la colección de Jerónimo Tremiño de Calatayud de tres romances populares que tratan de esta figura.
     Por lo tanto, los libros de caballerías no sólo conservaban su popularidad, sino que podían haberse considerado una especial amenaza precisamente en la época en que Don Quijote se escribía. ¿Por qué, sin embargo, batalló Cervantes contra ellos? No hay pruebas que demuestren que hubiera observado de forma directa consecuencias perjudiciales cuando “el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderas tantas necedades como contienen” (II, 362, 27-29), aunque es una hipótesis atractiva y hay pruebas de que el vulgo hacía justamente eso.110 Es igualmente posible mantener, de nuevo sin ninguna confirmación, que, ya que los libros podían “turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos” (II, 362, 31-32), el propio Cervantes había sentido los efectos perjudiciales de los libros. No obstante, hay otras causas, bien documentadas, que explican su deseo de “deshazer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de cavallerías” (I, 37, 19-21). Son: el interés de Cervantes por la literatura, sus aspiraciones como escritor y por encima de todo, su religiosidad, patriotismo y preocupación por la verdad.
     Ningún escritor español, antes o después, se ha preocupado tanto por la literatura española como Cervantes. Incluso dejando aparte los extensos discursos sobre la literatura que encontramos en Don Quijote, nadie nombra a tantos autores ni, a tan gran escala, distingue los buenos de los malos. Un libro (el Viaje del Parnaso) y un largo poema incluido en otro (el “Canto de Calíope”, en el Libro VI de La Galatea) son presentaciones patrióticas de los muchos méritos y—en aquél—de los defectos ocasionales de la literatura española. Es lógico, dado su interés por la literatura, que atacara la que le pareciera defectuosa y peligrosa.
     El “Canto de Calíope” y el Viaje del Parnaso son, naturalmente, discusiones sobre la poesía (literatura), incluidas muchas obras en prosa. Sin embargo, los libros de caballerías no se presentaron nunca como literatura, sino como obras históricas,111 y en este aspecto Cervantes es especialmente firme. Su pasión por la verdad en la historia no podía expresarse más claramente: “dev[en] ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apassionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer el camino de la verdad” (I, 132, 26-29). La historia no es sólo “émula del tiempo, depósito de las acciones” y “testigo de lo passado”, es también “exemplo y aviso de lo presente” y “advertencia de lo por venir” (I, 132, 30-133, 1; también I, 178, 7-22). La falta de verdad en la historia también es una ofensa a Dios: “La historia es como cosa sagrada, porque ha de ser verdadera, y donde está la verdad está Dios”;112 por tanto los libros de caballerías son heréticos, promulgadores de un error religioso.113 Teniendo en cuenta las referencias a los verdaderos héroes españoles que se encuentran en Don Quijote (II, 83, 32-84, 18; II, 363, 12-364, 2), podemos concluir que Cervantes creía que la lectura de los libros de caballerías, historias falsas, era perjudicial para la grandeza de España, y lo que era perjudicial para la grandeza de España era contrario a la voluntad divina.
     Ahora bien, si Cervantes era escritor y sabía cómo escribir un buen libro de caballerías (pasaje citado en la pág. 4), y si se sentía particularmente ofendido con los que había, que falsamente proclamaban su historicidad, ¿por qué no los combatió escribiendo uno? Podía ofrecer así una lectura alternativa a todos los que eran “apassionados desta leyenda” (II, 346, 19-20), subsanando la falta de “honesto entretenamiento” del que se quejaban Diego de Miranda (III, 201, 21-26) y el canónigo (II, 353, 11-20; también II, 350, 32-351, 3). Creo que Cervantes lo hizo.
     Los cervantistas hace tiempo que sospechan que la famosa descripción que hace el canónigo del incompleto libro de caballerías ideal (II, 343, 23-346, 23) se refiere a una obra ya existente. “Sería muy propio del sentido de humor de Cervantes y de su ingenio irónico, el proponer como futuro modelo literario, por boca del canónigo, una obra que ya tenía escrita”, dice Juan Bautista Avalle-Arce.114 Desde Schevill y Bonilla se supone que el canónigo describe el Persiles,115 y Avalle-Arce utiliza su discurso para datar la composición de los Libros I y II de esta obra. Algunos de los elementos mencionados por el canónigo ciertamente se encuentran en Persiles, en el que tenemos bárbaros, naufragios, acontecimientos felices y tristes, astrología y quizás algunos otros ingredientes caballerescos. Pero ¿dónde hallamos el “capitán valeroso, con todas las partes que para ser tal se requieren? ¿Dónde el “príncipe cortés, valeroso y bien mirado”? ¿La “bondad y lealtad de vassallos”, las “grandezas y mercedes de señores”, los “rencuentros y batallas”? Y ¿cómo puede decirse que el Persiles, tan bien estructurado, tenga una “escritura desatada”, o que su principal empresa sea mostrarnos “todas aquellas acciones que pueden hazer perfecto a un varón ilustre”? El Persiles no es un libro de caballerías, y no corresponde a la descripción del canónigo.
     Hay un indicio, al principio de Don Quijote, de que Cervantes tenía la intención de escribir una continuación de Belianís de Grecia. El repetido deseo del protagonista (I, 51, 16-20) por sí solo no justificaría esta sugerencia. Pero en el examen de su biblioteca, se aplaza el destino de unos cuantos libros. Uno es La Galatea, para el cual “es menester esperar la segunda parte que [su autor] promete; quiçá con la enmienda alcançará del todo la misericordia que aora se le niega, y entretanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada” (I, 105, 2-6) Tres afirmaciones posteriores mencionando la composición de la Segunda Parte de este libro (en el prólogo de la Parte II de Don Quijote y en las dedicatorias de las Ocho comedias y ocho entremeses y del Persiles) demuestran que el propósito de Cervantes se refleja aquí. Después de una descripción de las mejoras necesarias en Belianís,116 da exactamente el mismo trato al libro: “se les da [los cuatro libros de Belianís] término ultramarino, y como se enmendaren, assí se usará con ellos de misericordia o de justicia; y, en tanto tenedlos vos, compadre, en vuestra casa; mas no los dexéis leer a ninguno” (I, 100, 28-32).117
     No hay pruebas de que Cervantes hubiera escrito ninguna parte de la continuación de Belianís, como sugiere la afirmación anterior.118 No es difícil encontrar una razón: los protagonistas de los libros de caballerías españoles, “los Platires, los Tablantes, Olivantes y Tirantes, los Febos y Belianises”, eran ficticios, al contrario de los héroes caballerescos extranjeros, los “nueve de la fama”,119 “doze de Francia” y los Caballeros de la Tabla Redonda, que fueron reales, puesto que su caballerosidad podía ser revivida (I, 261, 23-27).120 Tal pericia no se encuentra en ningún otro escritor. El tratamiento de la caballería en Don Quijote, incluida toda la discusión entre el canónigo y el protagonista acerca de los fundamentos históricos de la literatura caballeresca, refleja una investigación de primera mano.
     La investigación de Cervantes también incluía, lógicamente, la caballería española. Los guerreros españoles eran los equivalentes modernos de los grandes líderes militares de la antigüedad (II, 363, 12-27), probablemente más valerosos que los desiguales “doze pares de Francia”.121 El canónigo, respondiendo a la defensa que hace Don Quijote de la historicidad de la literatura caballeresca, dice que no puede decir “que no sea verdad algo de lo que vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los cavalleros andantes españoles” (II, 367, 25-28). En contraste con los ejemplos de Don Quijote, sin embargo, que son de duelos y pasos entre cristianos entablados por diversión,122 el canónigo cita casos de “religión militar” (II, 368, 13), actividad caballeresca dirigida contra los enemigos de la cristiandad. Después de algunas menciones a las órdenes militares españolas, Santiago, Calatrava, San Juan y Alcántara (II, 368, 5-10), el canónigo concluye con el Cid y Bernardo del Carpio, cuyas hazañas son muy dudosas (II, 368, 13-16). Aquí, sin duda, un escritor interesado por la caballería, por fomentar la resistencia a la continua amenaza del Islam, por la verdad y por la exactitud histórica, podría encontrar un tema.123
     Hay, pues, otra posibilidad para el libro de caballerías de Cervantes, un libro que “siendo de cavallero andante, por fuerça avía de ser grandíloqua, alta, insigne, magnífica” y, sobre todo, “verdadera” (III, 60, 23-25). De este libro, en contraste con la continuación de Belianís, Cervantes escribió al menos una parte.



     1 Se refiere a ellos con frecuencia, y quiere imitar a su favorito, Amadís, “en todo lo que pudiere” (I, 375, 2); “tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamentos, sucessos, desatinos, amores, desafíos, que en los libros de cavallerías se cuentan, y todo cuanto hablava, pensava o hazía, era encaminado a cosas semejantes” (I, 234, 26-32). Don Quijote, “quinta essencia de los cavalleros andantes” (II, 42, 32), “sabe de memoria todas las ordenanças de la andante cavallería” (III, 178, 16-17; del mismo modo, III, 348, 11-12), razón por la cual él es su “depósito y archivo” (III, 224, 7-10). Véanse también los pasajes citados en la nota 9 del capítulo 4.
     2 Los libros de caballerías que conocían tanto Don Quijote como Cervantes, y que les importaban, eran castellanos: Amadís de Gaula y los libros que le siguieron. Al parecer, Cervantes no sabía ni el nombre de Chrétien de Troyes; el Caballero Zifar no lo menciona nunca; Tirant lo blanc, como se discute más abajo, lo tomó como castellano y posterior al Amadís; incluso Palmerín de Inglaterra, aunque compuesto por “un discreto rey de Portugal” (I, 100, 11), era para él una obra castellana.
     3 Don Quijote tenía, igualmente, “entera noticia” de las “historias” de “muchos y diversos cavalleros” (I, 200, 5-6; III, 48, 20-23); había leído “todas, o las más de sus historias” (III, 104, 1-2), “muchas” (I, 142, 18; II, 343, 20), “infinit[a]s” (I, 278, 29), “todos quantos pudo aver dellos” (I, 50, 21-22). Parece un coleccionista de libros; en un artículo citado en la Introducción (“¿Tenía Cervantes una biblioteca?”) mantengo que la biblioteca y la bibliofilia de Don Quijote reflejan las de su creador.
     4 Lo que es difícil de atribuir a Cervantes en la declaración del canónigo es su insistencia en que no había podido leer ninguno desde el principio al fin; los detallados comentarios que se encuentran en Don Quijote obligan a la conclusión de que, por lo menos, había leído Amadís de Gaula, Palmerín de Inglaterra y Tirant lo blanc enteros. El canónigo posiblemente se refiere a dos períodos distintos en sus lecturas cuando dice “quando los leo, en tanto que no pongo la imaginación en pensar que son todos mentira y liviandad, me dan algún contento; pero quando caigo en la cuenta de lo que son, doy con el mejor dellos en la pared” (II, 362, 17-22).
     5 No se nombra a Florambel, sin embargo, ni tampoco facilita Cervantes el título de “el otro libro donde se cuenta los hechos del conde Tomillas” (I, 210, 12-14), y confunde el título de Felixmarte de Hircania (I, 97, 30-32; que quizás fue un error del cajista de la primera edición en II, 362, 6, pues lo nombra correctamente en II, 83, 5-6). De igual forma, la aventura que se cuenta del Caballero del Febo en el capítulo 15 de la Primera Parte y las de Cirongilio y Felixmarte (“El Cavallero de la Triste Guirnalda”) en el capítulo 32 no se encuentran en sus libros, y como hasta hoy no se han encontrado esas aventuras en otros libros, parece que fueron inventadas por necesidades de la narración. (Compárese la aventura atribuida a Felixmarte en II, 84, 21-31 con la crítica del canónigo en II, 341, 23-342, 3, y la de Cirongilio en II, 84, 31-85, 16 con la fantasía que Don Quijote cuenta al canónigo en II, 370, 20-371, 19.) Quizás Cervantes escribía sin sus libros caballerescos a mano, o no creyó importante ser exacto cuando se refería a ellos.
     6Quál más, quál menos, todos ellos son una mesma cosa” (II, 341, 5-6) implica que de alguna forma no son todos iguales; también la referencia a “el mejor dellos”, citada en la nota 4, implica que algunos son mejores que otros.
     7 Hay un tercer libro de caballerías, Tirant lo blanc, elogiado en el examen de la biblioteca de Don Quijote, pero por razones muy distintas. Se discute en el capítulo 3.
     8 Además de los personajes de Amadís de Gaula, los protagonistas de estos libros son los únicos personajes de los libros de caballerías españoles que escriben sonetos introductorios en Don Quijote. Los sonetos revelan que Cervantes conocía el contenido de estos libros.
     Hay muchos pasajes que sugieren la atracción que Belianís, libro de mucha acción, ejercía en Cervantes. Se comparan las proezas de Don Quijote con las de “los Amadisses, Esplandianes y Belianisses” (IV, 10, 28-29); para derrotar a los turcos, lo único que se necesitaría es “el famoso don Belianís o alguno de los del innumerable linage de Amadís de Gaula” (III, 39, 15-17); Don Quijote, según el epitafio del Monicongo, superó “los Amadises” y “los Belianises” (II, 403, 12 y 15); “el afamado Don Belianís” (I, 100, 21-22), que “tuv[o] a [sus] pies postrada la fortuna” (I, 42, 12), es el caballero del que muchos dicen que es igual a Amadís de Gaula, aunque Don Quijote no comparte esta opinión (I, 351, 22-30). Amadís es “valiente” y Felixmarte de Hircania “valeroso”, pero Belianís es “invencible y valeroso” (I, 168, 13-19; compárese con III, 46, 13-19). No obstante, Belianís sufrió demasiadas luchas y heridas (I, 51, 9-13; I, 100, 23-26; III, 46, 13-19; la implicación de su soneto introductorio, I, 42, 4-16, en el que declara sus logros al conseguir vengarse, sobre el cual véase la nota 79 del capítulo 4). (Lilia E. F. de Orduna ha prometido un extenso artículo explorando lo que según ella es la extraordinaria influencia de Belianís de Grecia en Don Quijote; Howard Mancing también ha tratado este tema en una comunicación inédita.)
     Con respecto al Espejo de príncipes, mencionado en Don Quijote por el nombre de su protagonista, el Caballero del Febo, como mi tesis doctoral era una edición de su Primera Parte (Madrid: Espasa-Calpe, 1975) he querido andar con pies de plomo al afirmar la importancia que tenía para Cervantes. Pero hoy estoy convencido de que lo tuvo en mayor estima que a la mayoría de los demás libros de caballerías. Además del soneto introductorio, la procesión en el palacio del duque está relacionada con el Espejo por la aparición de un personaje del libro, el sabio Lirgandeo (III, 431, 7), a quien Don Quijote también llama, junto con Alquife de Amadís (II, 288, 1). Maese Nicolás, el barbero, sostiene que el Caballero del Febo es superior a Palmerín de Inglaterra y a Amadís de Gaula, aunque hay ironía en su elogio, pues es comparado, con razón, al inconstante y “nada melindroso” amante Galaor (I, 51, 25-32), y el elogio de Amadísy de Palmerín de Inglaterra que se encuentra en el escrutinio de la librería de Don Quijote y en otras partes demuestra claramente que Cervantes creía que estos libros eran superiores.
     Sin embargo, este libro nunca es atacado, como lo fueron otros (su mención en El vizcaíno fingido [Comedias y entremeses IV, 103, 15] únicamente indica que era largo), y debemos concluir que Cervantes lo encontró, a pesar de su inconstante protagonista, digno de elogio; probablemente admiró mucho la moral explícita que se encuentra en la Primera Parte (véase mi edición, I, liii-lv), sin duda el intento más notable de reformar los libros de caballerías desde dentro del género. Creo, por lo tanto, que es correcto considerar el Espejocomo la fuente más probable de algunos elementos de la aventura central de la cueva de Montesinos, más probable que otras fuentes propuestas por Clemencín (en sus anotaciones), María Rosa Lida (véase Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 141-142), Helena Percas de Ponseti (Cervantes y su concepto del arte [Madrid: Gredos, 1975], II, 452-463) y E. C. Riley (“Metamorphosis, Myth and Dream in the Cave of Montesinos”, en Essays on Narrative Fiction in the Iberian Peninsula in Honour of Frank Pierce, ed. R. B. Tate [Oxford: Dolphin, 1982], págs. 105-119, en la pág. 107, nota 5).
     9 John Bowle llamó la atención sobre este párrafo y comprobó su exactitud (A Letter to the Reverend Dr. Percy, concerning a New and Classical Edition of...“Don Quixote” [London, 1777], pág. 25).
     10 La investigación de este tema es muy difícil. Hay unos cincuenta libros de caballerías, largos casi todos ellos, y la mayoría sólo disponibles en sus ediciones originales, que ahora apenas se encuentran; verdaderamente una turbamulta (II, 369, 1) y un mare magnum (III, 356, 2). Su similitud hace que sea especialmente difícil llegar a conclusiones válidas sobre sus influencias o fuentes. Sin embargo, los siguientes estudios, que no pretenden ser exhaustivos, pueden ser útiles: E. C. Riley, “‘El alba bella que las perlas cría’: Dawn-Description in the Novels of Cervantes”, Bulletin of Hispanic Studies, 33 (1956), 125-137; Martín de Riquer, “La Technique parodique du roman médiéval dans le Quichotte”, en La Littérature narrative d'imagination (Paris: Presses Universitaires de France, 1961), págs. 55-69, y sus estudios citados en la nota 18, infra; Hans-Jörg Neuschäfer, Der Sinn der Parodie im “Don Quijote” (Heidelberg: Carl Winter, 1963), R. M. Walker, “Don Quijote and the Novel of Chivalry”, New Vida Hispánica, 12 (1964), 13-14 y 23; Howard Mancing, “The Comic Function of Chivalric Names in Don Quijote”, Names, 21 (1973), 220-235, “Cervantes and the Tradition of Chivalric Parody”, Forum for Modern Language Study, 11 (1975), 177-191 y The Chivalric World of “Don Quijote”. Style, Structure, and Narrative Technique (Columbia: University of Missouri Press, 1982); mis propios “Don Quijote y los libros de caballerías: necesidad de un reexamen” y “The Pseudo-Historicity of the Romances of Chivalry”, en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 131-145 y 119-129 respectivamente; Gregorio C. Martín, “Don Quijote imitador de Amadís”, Estudios iberoamericanos [Porto Alegre, Brasil], 1 (1975), 139-147; Marie Cort Daniels, The Function of Humor in the Spanish Romances of Chivalry (New York: Garland, 1992), que propone que la autoconsciencia literaria y el juego con las convenciones característicos de Don Quijote tienen un precedente en las obras caballerescas de Feliciano de Silva (no incluido en este libro está un extracto de la tesis en que se basa, “Feliciano de Silva: A Sixteenth-Century Reader-Writer of Romance”, en Creation and Re-Creation: Experiments in Literary Form in Early Modern Spain. Studies in Honor of Stephen Gilman, ed. Ronald E. Surtz y Nora Weinerth [Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1983], págs. 77-88); Sydney Cravens, “Feliciano de Silva and his Romances of Chivalry in Don Quijote”, Inti, 7 (primavera, 1978), págs. 28-34; y Eduardo Urbina, “Sancho Panza y Gandalín, escuderos”, en Cervantes and the Renaissance. Papers of the Pomona College Cervantes Symposium. November 16-18, 1978, ed. Michael D. McGaha (Easton, Pennsylvania: Juan de la Cuesta, 1980), págs. 113-124. El popular ensayo de Martín de Riquer, “Cervantes y la caballeresca”, en Suma cervantina, ed. J. B. Avalle-Arce y E. C. Riley (London: Tamesis, 1971), págs. 273-292, es fiel en sus tesis básicas.
     11 También I, 97, 22-28; II, 83, 31; II, 87, 20; 341, 23-342, 21; II, 362, 19 (reflejado en II, 364, 13); II, 401, 2.
     12 “Este señor ha hablado como un bendito y sentenciado como un canónigo”, dice un labrador, sin ironía (IV, 332, 6-8).
     13 I, 37, 6-7; I, 52, 9-10; I, 97, 29; II, 83, 31-32; II, 86, 6; II, 341, 10-11 y 17; II, 346, 22; II, 362, 15; II, 369, 7; II, 401, 2; IV, 398, 5; IV, 406, 10; del mismo modo, I, 59, 19-21. (Nótese también la comparación con los “conocidos disparates” de la comedia, II, 347, 9.) Disparates es, naturalmente, como se llaman las palabras y los actos caballerescos de Don Quijote (I, 90, 3; II, 376, 13; III, 49, 22; III, 221, 24), y el título de la perdida comedia de Calderón acerca de él fue Los disparates de Don Quixote (citado por Russell, “Risa a carcajadas”, pág. 424).
     14 “¿Cómo es posible que aya entendimiento humano que se dé a entender que ha avido en el mundo aquella infinidad de Amadises, y aquella turbamulta de tanto famoso cavallero, tanto emperador de Trapisonda, tanto Felixmarte de Ircania, tanto palafrén, tanta donzella andante, tantas sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas inauditas aventuras, tanto género de encantamentos, tantas batallas, tantos desforados encuentros, tanta bizarría de trajes, tantas princessas enamoradas, tantos escuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto villete, tanto requiebro, tantas mugeres valientes, y, finalmente, tantos y tan disparatados casos como los libros de cavallerías contienen?” (II, 362, 1-17; más brevemente en II, 368, 32-369, 2).
     15 I, 50, 22-51, 8; I, 97, 10; I, 98, 4; II, 342, 31-343, 9.
     16 Dorotea es entusiasta de los libros de caballerías (II, 34, 29-32; II, 61, 30-31), pero ignora que Osuna no es puerto (II, 54, 23-24; II, 61, 32-62, 2), ni puede contar la historia de Micomicona sin equivocaciones.
     17 Véase III, 372, 7-8 y IV, 119, 29-30.
     18 En la introducción de su edición de la traducción española de Tirante el blanco para la Asociación de Bibliófilos de Barcelona (Barcelona, 1947), muy difícil de hallar. Se usó material extraído de esta introducción en su “Introducción a la lectura del Quijote”, págs. vii-lxviii de la edición de Labor de Don Quijote (10 edición, 1958), y después en Cervantes y el “Quijote” (1960), revisado en una segunda edición con el título Aproximación al “Quijote” (Barcelona: Teide, 1967 y reimpresiones) y nuevamente revisado como Nueva aproximación al “Quijote” (Barcelona: Teide, 1989). Riquer es también el autor de un artículo largo y bueno sobre Don Quijote en el Diccionario literario de González Porto-Bompiani, 20 edición (Barcelona: Montaner y Simón, 1967-1968). VIII, 717-756.
     19 Acerca de Valdés, véase Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 11. Oviedo es el autor de un libro de caballerías, Claribalte, publicado por primera vez en 1519 cuando tenía 41 años, aunque escrito antes. En su Memoriaso Quinquagenas, muy posteriores, atacó con dureza los libros de caballerías y otras ficciones (referencias en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 10, nota 5 y pág. 47, nota 30).
     20 No es ésta la impresión que produce Don Quijote, porque se centra en un lector ya mayor, y el libro nos presenta un público lector de todas las edades. Evidentemente las personas maduras leían los libros de caballerías también, pero creo que por término medio sus lectores eran más jóvenes que, por ejemplo, los de poemas épicos. Los que hablan de los peligros de los libros de caballerías, de los cuales se ofrecen ejemplos en las notas 65 y 70 de este capítulo, con frecuencia se refieren a sus efectos en los lectores jóvenes. Juan Páez de Castro, cronista real, dijo en su Memorial de las cosas necesarias para escribir historia que el historiador no debería escribir para aquellos que “como niños se divierten con libros de caballerías” (citado por Benito Sánchez Alonso, Historia de la historiografía española [Madrid: CSIC, 1941-1950], II, 11).
     Además de los jóvenes Valdés y Oviedo, mencionados en la nota precedente, y Loyola, que se mencionará próximamente, Santa Teresa los leyó cuando era joven (véase infra, pág. 21). Los hechos del famoso capitán Fernando de Ávalos, Marqués de Pescara, “se atribuían, bien o mal, al noble ardor y estímulos de la gloria que había criado en su pecho la lección frecuente de historias de caballerías en sus juveniles años”. (Nicolás Antonio, citado por Diego Clemencín en el prólogo de su edición de Don Quijote, pág. 992b de la reimpresión de Ediciones Castilla, 20 edición [Madrid, 1966]. La fuente de la anécdota es Paolo Giovio, Le vite del Gran Capitane e del Marchese di Pescara,volgarizzate da Ludovico Domenichi [Bari: Gius, Laterza, 1931], pág. 207.)
     21 Está claro por la discusión en I, 101, 11-30 que Cervantes usó la traducción castellana, y no la italiana, publicada en 1538 y reimpresa en 1566.
     22 Aparte de Don Quijote, sólo los menciona al final de El vizcaíno fingido; también hay una referencia a Galaor, hermano de Amadís (mencionado cinco veces en Don Quijote: I, 51, 26-32; I, 173, 17; I, 279, 7; II, 403, 13; III, 57, 18-20) en uno de los textos de “La tía fingida” (III, 276, 10), y las “doncellas de Dinamarca” que visitan Carriazo por la noche (“La ilustre fregona”, II, 311, 16-312, 24) son las de Amadís, II, 9.
     23 Véase “¿Tenía Cervantes una biblioteca?”, en mi Estudios cervantinos, págs. 11-36.
     24 Un estudio completo de este humanista, “catedrático del Estudio desta villa de Madrid”, como se describió a sí mismo (Luis Astrana Marín, Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra [Madrid: Reus, 1948-1958], II, 180) es muy conveniente. Hay abundante material: sus publicaciones, su testamento y otros documentos y sus actividades como censor de libros, de las que se encuentran referencias en el tomo 13 de la Bibliografía de la literatura hispánicade José Simón Díaz (Madrid: CSIC, 1984). (Simón no menciona la carta preliminar de Hoyos a la Lira heroica de Francisco Núñez de Oria [1581], citada por Maxime Chevalier, L'Arioste en Espagne [Bordeaux: Institut d'Études Ibériques et Ibéro-Americaines de l'Université de Bordeaux, 1966], pág. 209.) Para una introducción véase Américo Castro, “Erasmo en tiempos de Cervantes”, Revista de filología española, 18 (1931), 329-389, revisado en Hacia Cervantes, 30 edición (Madrid: Taurus, 1967), págs. 222-261, y Astrana, II, 164, 171-173, 176-182, 207-208, y III, 129-133 y 263-268. También se trata de López de Hoyos en la nota 85 de este capítulo.
     Phyllis S. Emerson ha publicado un utilísimo índice a la biografía de Astrana (Lexington, Kentucky: Erasmus Press, 1978).
     25 Acquaviva era “de muchas letras”, y “gustó mucho de algunos cortesanos [de Madrid] de ingenio” (Martín Fernández de Navarrete, Vida de Miguel de Cervantes Saavedra [Madrid, 1819], pág. 14).
     26 Acerca de su deseo de volver a España, véase Astrana, II, 448.
     27 “Su desseo es continuar siempre en el serviçio de V.M.”, encontramos en el famoso Memorial de Cervantes a Felipe II solicitando “un oficio en las Indias” (Astrana, IV, 456). También puede verse su entusiasmo en una carta que le mandó su superior Antonio de Guevara: “vuesa merced procure juntar toda la cantidad [de trigo] que pudiere sin rigor y sin tratar de querer sacarlo de quien no tuviere trigo, porque esto no es justo, de manera que se haga sin ningún ruido ni queja, aunque no se junte toda la cantidad” (Astrana, IV, 263; para más detalles, véase Astrana, IV, 241 y Francisco Rodríguez Marín, Nuevos documentos cervantinos, en su Estudios cervantinos [Madrid: Atlas, 1947], págs. 175-350, en la pág. 343).
     28 “¡Cuántas veces durante su vida Miguel haría el viaje de diez días desde el centro de España a la capital de Andalucía!” (Richard L. Predmore, Cervantes [New York: Dodd, Mead, 1973], pág. 125). Viajaba tanto, por Andalucía por negocios, entre la casa de su mujer en Esquivias y sus propias residencias en Madrid y Valladolid, por no hablar de sus aventuras en el extranjero, que sus biógrafos tienden a señalar cuándo no se desplazaba más bien que lo contrario.
     29 Cervantes escribía La Galatea mientras esperaba noticias de posibles puestos de trabajo, según su carta a Eraso (Astrana, VI, 511-512). En el prólogo de las Ocho comedias declaró que volvió a escribir obras de teatro cuando volvió a su “antigua ociosidad”. También, los libros de caballerías, según Pero Pérez, eran escritos por “ingenios ociosos” (II, 86, 1).
     30 Agustín G. de Amezúa y Mayo nos ha recordado que los viajeros no sólo leían por la noche, sino también viajando, aunque habla de ediciones de bolsillo, físicamente mucho más pequeños que los grandes libros de caballerías (“Camino de Trento. Cómo se viajaba en el siglo XVI”, en sus Opúsculos histórico-literarios [Madrid: CSIC, 1951], III, 212-226, en la pág. 220). Estos libros, sin embargo, también los leían los viajeros, como encontramos en Vergel de oración de Alonso de Horozco (Sevilla, 1544): “El libro que habla de Dios, siendo pequeño, quiebra las manos en tomándole; y los libros vanos llenos de mentiras, pesando un quintal, se van leyendo, según yo vi algún día, quando van por los caminos” (citado por Francisco Rodríguez Marín, Don Quijote, “nueva edición crítica” [Madrid: Atlas, 1947-1949], IX, 60). Una vieja historia acerca de Diego Hurtado de Mendoza, diplomático y autor, dice que en su misión a Italia tomó un ejemplar de Amadís de Gaula, y que este libro, junto con Celestina, constituía todo su material de lectura para el viaje; la anécdota se encuentra en Arte de galantería de Francisco de Portugal, de 1670, citado por Henry Thomas, Las novelas de caballerías españolas y portuguesas, traducción del inglés por Esteban Pujals, anejos de Revista de literatura, 8 (Madrid: CSIC, 1952), pág. 68, y más completa, con la ortografía un poco distinta, en Orígenes de la novela de Menéndez Pelayo, edición nacional, 20 edición (Madrid: CSIC, 1962), I, 372, nota 1. Menéndez Pelayo califica la anécdota de “no muy comprobada” (I, 372) y “poco segura” (III, 391, nota 2), y Ángel González Palencia y Eugenio Mele, Vida y obras de Don Diego Hurtado de Mendoza (Madrid: Instituto de Valencia de don Juan, 1941-1943), III, 240, dicen lo mismo, puesto que Mendoza se llevó a Italia una biblioteca entera. Sin embargo, que se contara la anécdota significa algo. Tomás Rodaja, el futuro licenciado Vidriera, seleccionó libros para su viaje a Italia.
     Como ocurre con frecuencia, el dato más útil lo encontramos en el mismo Quijote. La “maletilla vieja cerrada con una cadenilla” (II, 83, 1) del huésped de Juan Palomeque se parece mucho a una maleta de Cervantes, puesto que contenía no sólo libros de caballerías y libros de historia, sino también manuscritos de sus obras. Sin embargo, la mención del título “Novela de Rinconete y Cortadillo” (II, 334, 17-18) no significaba nada para los lectores de 1605, y parece, en cambio, un intento de incorporar la realidad a la literatura. Recuérdese que fue en el prólogo de las Novelas ejemplares donde Cervantes habló de sus “obras que andan por ahí descarriadas, y, quizá, sin el nombre de su dueño” (I, 21, 5-7), y que en la perdida colección de Porras de la Cámara, donde se encontraron textos de Cervantes sin indicación del autor, figuraba un texto de “Rinconete”.
     31 Hay dos datos a favor de la lectura de los libros de caballerías en las ciudades: se alquilaban ejemplares (nota 63, infra), y en los Coloquios de Palatino y Pinciano de Juan Arce de Otálora encontramos que “en Sevilla dizen que ay officiales que las fiestas a las tardes llevan un libro dessos a las gradas y le leen y muchos moços y officiales y trabajadores que avían de jugar o reñir o estar en la taberna se van allí a oír” (citado en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 161).
     Sin embargo, las pruebas que indican que se leían en el mundo rural son, como mínimo, igual de convincentes. Se enviaban muchos ejemplares al Nuevo Mundo, que era más rural. Avellaneda dijo que la lectura de “libros de cavallerías [es] tan ordinaria en gente rústica y ociosa” (I, 8, 12-13). No se encontraban libros de caballerías en las bibliotecas de las ciudades en tanta cantidad como se publicaban, según documentos examinados por Bartolomé Bennassar, Valladolid au Siècle d'Or. Une ville de Castille et sa campagne au XVIe siècle (Paris-La Haye: Mouton, 1967). Bennassar (pág. 517) señala, correctamente, Valladolid como centro de edición de libros de caballerías; en Valladolid se publicaron ediciones—en algunos casos la primera o única edición—de Tirante el blanco, Felixmarte de Hircania, Cristalián de España, Florisel de Niquea, Lepolemo, Espejo de príncipes y caballeros, II y Policisne de Boecia. Sin embargo, después de estudiar 46 inventarios de libros de bibliotecas de Valladolid durante el período de 1536 a 1599 (véanse págs. 528-529) comenta que había pocos libros de caballerías en ellas. La conclusión tiene que ser que los libros que se publicaron en Valladolid se leían fuera, es decir en aldeas o en fincas rurales.
     32 I, 50, 13-15; II, 81, 9; II, 86, 21-27; II, 341, 1-2; II, 353, 20; II, 361, 28.
     33 Véase el pasaje de Arce de Otálora citado en la nota 31, supra ; el de la petición a las cortes de 1555 citado en la nota 70, infra; Alonso de Fuentes, Suma de filosofía natural (1547), citado por Eustaquio Fernández de Navarrete, “Bosquejo histórico sobre la novela española”, en Novelistas anteriores a Cervantes, II, Biblioteca de autores españoles, 33 (1854; reimpreso en Madrid: Atlas, 1950), págs. v-c, en la pág. xxiii, nota 2; y Juan de Mariana, not inde$edHistoria de España, Libro VIII, capítulo 3 (citado por Rodríguez Marín, nueva edición crítica, IX, 63). Antonio de Guevara, en la dedicación de su Libro del emperador Marco Aurelio con el Reloj de príncipes (citado por Riquer en la primera introducción mencionada en la nota 18, supra) asociaba los libros de caballerías con “pasar el tiempo”; con la lectura de Espejo de príncipes y caballeros su autor Ortúñez pensaba que Martín Cortés podía “passar el tiempo y huir de la ociosidad, que es madre de todos los vicios” (I, 20, 18-20).
     34 En Esquivias vivían su mujer y su familia, y era para Cervantes su hogar más fijo. Castro del Río y Écija eran unas ciudades andaluzas de poca importancia cultural en donde Cervantes permaneció temporadas por negocios de la corona. Según Tomás González, Censo de población de Castilla en el siglo XVI (Madrid, 1829), págs. 235, 335 y 346, Castro el Río tenía 1.152 vecinos (cabezas de familia) en 1587, Écija tenía 6.958 en 1588 y Esquivias 200 en 1571. Cervantes coincidió brevemente en Écija con Cristóbal Mosquera de Figueroa cuando éste era corregidor; se ha comentado porque la presencia de dos figuras literarias en la ciudad era insólita (Rodríguez Marín, Nuevos documentos cervantinos, en su Estudios cervantinos, pág. 338). Acerca de la vida cultural de Esquivias, donde, debido a su situación entre Madrid y Toledo, las compañías teatrales que pasaban por allá representaban obras religiosas por Corpus Christi, véase Jaime Sánchez Romeralo, “El teatro en un pueblo de Castilla en los siglos XVI-XVII: Esquivias, 1588-1638”, en Las constantes estéticas de la “comedia” en el Siglo de Oro, Diálogos hispánicos de Amsterdam, 2 (Amsterdam: Rodopi, 1981), págs. 39-63; con reservas, Gregorio B. Palacín, “Cervantes y Esquivias”, Romance Notes, 10 (1969), 335-341, que contiene información útil, pero afirma rotundamente y sin las reservas necesarias que Esquivias fue el “lugar” de Don Quijote.
     35 “Who Read the Romances of Chivalry”, en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs 89-118, en la pág. 103; véase también Bennassar, Valladolid au Siècle d'Or, pág. 517.
     36 Cuando su ingenio no era precisamente “estéril”, sino “mal cultivado” (I, 29, 9). Eso también ocurriría cuando, según el prólogo de las Ocho comedias, “dex[ó] la pluma”.
     37 Esto es lo que Cervantes creía (IV, 406, 6-13), y hay fundamentos para ello. Véase pág. 15 y nota 48, infra.
     38 He reunido más de 50 referencias a las intenciones en las obras de Cervantes.
     39 Por ejemplo, en “El casamiento engañoso”, cuyo único tema es el destructivo poder del engaño, “viva la verdad y muera la mentira” (III, 143, 9-10).
     40 Esta sugerencia seguramente es correcta. Acerca del rey, Mauricio, un personaje que tiene muchas cosas en común con Cervantes (capítulo 5, nota 69), dice “las verdades de las culpas cometidas en secreto, nadie ha de ser osado de sacarlas en público, especialmente las de los reyes y príncipes que nos goviernan; sí que no toca a un hombre particular reprehender a su rey y señor, ni sembrar en los oídos de sus vasallos las faltas de su príncipe, porque esto no será causa de enmendarle, sino de que los suyos no le estimen” (Persiles, I, 96, 18-28). Se discute en el capítulo 5 que Cervantes creía que los gobernadores (es decir, por debajo del rey) no eran totalmente responsables.
     En las obras de Cervantes hay muchas sugerencias de que no estaba de acuerdo con muchos aspectos del catolicismo contemporáneo; como señala con perspicacia José Luis Abellán, la palabra “cristiano” aparece 179 veces en Don Quijote, pero “católico” sólo 24 (El erasmismo español, 20 edición, Colección austral, 1641 [Madrid: Espasa-Calpe, 1982], pág. 267). Las dos amenazas de excomunión (Astrana, IV, 176, 182, 197-201), a las que Cervantes nunca se refirió, debieron de causarle cierto impacto; se nos informa que eso no preocupa en absoluto a Don Quijote (I, 257, 29-258, 13). La recomendación a Don Quijote de que leyera la Biblia (II, 363, 13-17) es sospechosa. (Quién podía y quién debía leer la Biblia, y de qué manera, era una importante cuestión teológica en el siglo dieciséis.) La visita a Roma con que concluye Persiles trata el material religioso de forma muy parca, y en “El licenciado Vidriera”, el protagonista “visitó sus templos”, pero admiró “su grandeza” (II, 80, 14-15); el Vaticano es un monte, y comenta “la autoridad del Colegio de los Cardenales” y la “magestad del Sumo Pontífice” (II, 81, 2-7). Hay una sorprendente diferencia entre el respetuoso tratamiento de los ex votos dedicados a María (Persiles, II, 48, 3-49, 13) y el crítico de los dedicados a los santos (III, 119, 8-19).
     Parece que Cervantes dudaba acerca de la contribución hecha por muchos monasterios y conventos españoles, cuya laxa adhesión a sus principios básicos fue motivo de varios proyectos de reforma en la iglesia, y cuya proliferación y, en algunos casos, riqueza era un asunto nacional, aunque era peligroso discutirlo abiertamente. La comparación entre frailes y caballeros en el capítulo 8 de la Segunda Parte, incluida la afirmación que “es mayor el número de religiosos que el de los cavalleros” (III, 120, 16-17), es muy atrevida; hay una insinuación mordaz en la observación que los religiosos son “gente medrosa y sin armas” (I, 252, 29). (Para una discusión más detallada, véase el capítulo 2, pág. 68.)
     Cervantes parece atacar las instituciones monásticas en “Rinconete y Cortadillo”, en el cual se subraya la religiosidad y buena vida de los ladrones; entran en una “orden” dirigida por un superior, lo cual es comparado por Rincón con vestir un “hábito honroso” (I, 254, 13), cambian sus nombres, llevan a cabo “oficios” (I, 258, 27) y tienen un noviciado (I, 262, 24-25). Para trabajar en la casa de Carrizales, que es explícitamente comparada con un convento o un monasterio (“El celoso extremeño”, II, 170, 6-8), las mujeres también tenían que pasar “un año de noviciado” y hacer “profesión en aquella vida, determinándose de llevarla hasta el fin de las suyas” (II, 166, 29-168, 11). Varios pasajes apoyan el ataque a la castidad monástica que se encuentra en I, 365, 3-23: la “honestidad / que en las santas celdas mora” es socavada por el baile de la chacona (“La ilustre fregona”, II, 306, 25-32); Cristina, en El viejo celoso, pide “un frailecico pequeñito con quien yo me huelgue” (Comedias y entremeses, IV, 150, 17-18); y se califica a una fregona de “honesta como un fraile novicio” (“La ilustre fregona”, II, 310, 24; hay un pasaje similar en La guarda cuidadosa, Comedias y entremeses IV, 63, 12-17). Hay también indicaciones de que no se cumplen los votos de pobreza: los frailes que llevan parasoles y montan en enormes mulas, grandes como camellos (I, 120, 12-16; I, 122, 7-8), en el mejor de los casos monturas sosegadas (I, 251, 8-10), y el “religioso muy gordo” de “El licenciado Vidriera” (II, 110, 4), parece poco digno. “Los señores clérigos...pocas veces se dejan mal pasar” (I, 259, 9-10; I, 255, 29-31, donde son llamados irónicamente “buenos señores”; también en el “Coloquio de los perros”, III, 238, 6-14); “algunos dineros, especialmente entre frailes y clérigos, que avía más de ocho, hizieron” (“Las dos doncellas”, III, 27, 30-28, 1). Sin dar detalles, hay una actitud negativa hacia la mayoría de los frailes en El rufián dichoso: “poder ser cortesanos los frailes, es cosa clara” (Comedias y entremeses, II, 63, 11-12); “¡en fin, son frailes!” (II, 100, 12); “merece ser Papa tan buen fraile” (II, 101, 30).
     Parece que los Jesuitas tuvieron la aprobación de Cervantes (“Coloquio de los perros”, III, 177, 12-178, 9); el trasfondo de protesta en el pasaje que los alaba (véase Bruce Wardropper, “Cervantes and Education”, en Cervantes and the Renaissance. Papers of the Pomona College Cervantes Symposium, November 16-18, 1978, ed. Michael D. McGaha [Easton, Pennsylvania: Juan de la Cuesta, 1980], págs. 178-193, en las págs. 186-188) parece más una reacción contra el sistema de valores que transmitían que contra la propia orden. Aparte de ellos, parece que Cervantes tuvo sólo buenas palabras para la disciplina y silencio de los cartujos (I, 169, 11-15; III, 231, 27-30) y por el ascetismo y poder persuasivo de los descalzos (“no le harán creer otra cosa frailes descalços”, II, 85, 26-27; del mismo modo en III, 359, 23-24 y IV, 121, 13-14; El rufián dichoso, Comedias y entremeses, II, 105, 30-31). Sin embargo, es notable que Cervantes apenas hable de monjes y monjas, cuando su hermana Luisa había pronunciado sus votos en las carmelitas descalzas, en un convento cercano a su casa familiar en Alcalá (James Fitzmaurice-Kelly, Miguel de Cervantes Saavedra. Reseña documentada de su vida. Traducción española con adiciones y enmiendas revisada por el autor [Buenos Aires: Clydoc, 1944], pág. 37; Astrana, I, 443-59, especialmente pág. 450) y su cuñado Antonio de Salazar era fraile (Fitzmaurice-Kelly, pág. 170; Astrana, III, 435 y VI, 399; no se conoce la orden).
     También encontramos indicaciones de que algunos sacerdotes no eran virtuosos. La afirmación de Sancho “bien predica quien bien vive, y yo no sé otras thologías” (III, 262, 28-29) recibe claramente la aprobación de Don Quijote, y se señala en tres ocasiones las aptitudes de Don Quijote como teológo o predicador (III, 94, 9-12; III, 276, 20-23; III, 347, 28-30). El eclesiástico en el palacio ducal es uno de los personajes más negativos de todo el libro, y la referencia de Sancho a un “cura de aldea” como modelo de sabiduría (IV, 238, 10) parece sincero. Para más comentarios y referencias a pasajes cervantinos que mencionan a los religiosos, con reservas sólo acerca de la directa influencia de Erasmo (pues, entre otras consideraciones, debería considerarse a Mondragón como posible intermediario; véase el capítulo 6, nota 53), pueden consultarse Américo Castro, El pensamiento de Cervantes, 20 edición de Julio Rodríguez-Puértolas (Barcelona-Madrid: Noguer, 1972), capítulo 6; Marcel Bataillon, Erasmo y España, trad. de Antonio Alatorre, 20 edición (México: Fondo de Cultura Económica, 1966), págs. 784-799; Abellán, págs. 266-281; con cautela, Salvador Muñoz Iglesias, Lo religioso en “El Quijote” [sic] (Toledo: Estudio Teológico de San Ildefonso, 1989); Antonio Vilanova, “Don Quijote y el ideal erasmista del perfecto caballero cristiano”, en Actas del Tercer Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (Barcelona: Anthropos, en coedición con el Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid, 1993), chapter 6págs. 69-87; y Francisco Abad, “Las ideas lingüísticas y el erasmismo de Cervantes. Estado actual de estas cuestiones”, en Actas del Tercer Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, págs. 179-190.
     41 “The Function of the Norm in Don Quijote”, Modern Philology, 55 (1958), 154-163, en la pág. 157.
     42 Eso lo sugirió en el siglo XVIII el primer biógrafo de Cervantes, Gregorio Mayáns y Siscar, Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, ed. Antonio Mestre, Clásicos castellanos, 172 (Madrid: Espasa-Calpe, 1972), págs. 56-57.
     Mayáns hizo lo que nadie más ha hecho: comparó la aprobación con otros textos de Márquez Torres, y afirmó que el lenguaje no era el mismo. Su sugerencia fue atacada, con razonamientos superficiales, por Navarrete, Vida, págs. 491-493; explica que el estilo de Márquez Torres, en la aprobación de 1615, no se parece en absoluto al estilo de un libro suyo escrito en 1626 porque “se dejó llevar de la corriente de los escritores de mal gusto que triunfó después de la muerte de Cervantes” (pág. 493).
     La sugerencia de Mayáns está bien fundamentada. Era típico de Cervantes disfrazar su autobombo y cada apartado de la aprobación de Márquez corresponde a una observación hecha por Cervantes:

No hallo en él cosa indigna de un christiano zelo ni que disuene de la decencia devida a buen exemplo.... Su decoro y decencia   En toda ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta, ni un pensamiento menos que católico (III, 68, 20-22)
Su bien seguido assunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de Cavallerías, Llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos cavallerescos libros (I, 38, 4-5)
cuyo contagio avía cundido más de lo que fuera justo, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más (I, 38, 6-7)
como en la lisura del lenguaje castellano a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas (I, 37, 25-26)
no adulterado con enfadosa y estudiada afectación... toda afectación es mala (III, 331, 30)
guarda con tanta cordura las leyes de la reprehensión christiana, el averme reprehendido en público, y tan ásperamente, ha passado todos los límites de la buena reprehensión (III, 389, 20-22)
que aquel que fuere tocado de la enfermedad...se hallará, que es lo más difícil de conseguirse, gustoso y reprehendido. el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente (II, 344, 32-345, 2)
Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel de Cervantes assí nuestra nación como las estranas...España, Francia, Alemania y Flandes Dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impresso, y aun ay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluze que no ha de aver nación ni lengua donde no se traduzga (III, 62, 9-13)

El grande emperador de la China...me escribió una carta...porque quería que el libro que se leyesse [en su colegio] fuesse el de la historia de don Quixote (III, 33, 15-22)

En estos como en los estraños reinos (IV, 406, 3)

General aplauso General aplauso (III, 400, 19)
Certifico con verdad.... La verdad de lo que...digo (Centenares de ejemplos; véase mi Las “Semanas del jardín”, págs. 37-41.)
Apenas oyeron...quando... Apenas oyó...quando (III, 37, 15; III, 306, 25-26; III, 306, 25-26; IV, 247, 25-26).

Para muchos otros ejemplos, véase la voz “apenas” en las concordancias incompletas del Quijote de Enrique Ruiz-Fornells [Madrid: Cultura Hispánica, 1976-1980).

La Galatea, que alguno dellos tiene casi de memoria la primera parte désta Verá...el fin de la Galatea, de quien sé está aficionado vuesa Excelencia (Persiles, dedicatoria)
Era viejo, soldado, Lo que no he podido dexar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si...mi manquedad huviera nacido en alguna taberna.... El soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga (III, 271, 16-27)
hidalgo y pobre.... Estoy muy sin dineros (III, 34, 2-3)
Siendo él pobre, haga rico todo el mundo.... (Este tipo de oposición se discute en el capítulo 6.)
Toca los límites de lisongero elogio.... Si a los oídos de los príncipes llegasse la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja (III, 55, 26-28)
El pico del adulador Será forçoso valerme por mi pico (Novelas ejemplares, prólogo)

     Elias Rivers ha estudiado la aprobación de Márquez Torres, pero sin tomar postura acerca de la intervención de Cervantes en su composición, “On the Prefatory Pages of Don Quixote, Part II”, Modern Language Notes, 75 (1960), 214-221; E. C. Riley menciona con mayor apoyo la intervención cervantina en “Cervantes and the Cynics (‘El licenciado Vidriera’ y ‘El coloquio de los perros’)”, Bulletin of Hispanic Studies, 53 (1976), 189-199, en las págs. 194-195.
     43 I, 8, 10-12. Los paralelismos entre las continuaciones de Cervantes y Avellaneda no son, por ocasionales, menos sorprendentes. Hace tiempo que se considera que indican que uno de ellos tuvo acceso a la obra del otro antes de su publicación (sobre el tema, véase mi “El rucio de Sancho y la fecha de composición de la Segunda Parte de Don Quijote”, traducción de Elvira de Riquer, en mi Estudios cervantinos(Barcelona: Sirmio, 1991), págs. 143-152, en la pág. 152, nota 17). Hay que añadir, sin embargo, que a Avellaneda le importaba más atacar a Cervantes que a los libros de caballerías.
     44 Daniel E. Quilter, “The Image of the Quijote in the Seventeenth Century”, tesis, University of Illinois, 1962, págs. 88-90. Puede leerse el comentario de Matías de los Reyes en Carroll B. Johnson,Matías de los Reyes and the Craft of Fiction, University of California Publications in Modern Philology, 101 (Berkeley: University of California Press, 1973), pág. 220; el de Bartolomé de Góngora en su Corregidor sagaz, ed. Guillermo Lohmann Villena (Madrid: Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1960), pág. 136; el de Luis Galindo en la “nueva edición crítica” de Rodríguez Marín, VIII, 269. Según Nicolás Antonio, “El Don Quijote de la Mancha, festivísima invención de un héroe, nuevo Amadís a lo ridículo, agradó tanto, que oscureció todas las bellezas de las antiguas invenciones de esta clase, que por cierto no eran pocas”. (Citado de la traducción en la “Guía del lector del Quijote”, págs. 11-169 de Justo García Soriano and Justo García Morales, en Don Quijote, 110 edición (Guía is dated 1946).[Madrid: Aguilar, 1966], págs. 11-169, la cita en la pág. 71.)
     45 “Sa lecture (si on la met à profit[)] sauuera la perte du temps, que plusieurs consomment à feuilleter les Romans fabuleux...” (César Oudin, trad. de Le valereux Don Quichotte de la Manche [Paris, 1625], “Au roy”, sin paginar). “Opera gustosissima, e di grandissimo trattenimiento à chi è vago d'impiegar d'ozio in legger battaglie, desfide, incontri, amorosi biglietti, et inaudite prodezzi di Cavalieri erranti” (Lorenzo Franciosini, trad. de L'ingegnoso cittadino Don Chisciotte [Venetia: Andrea Baba, 1622-1625], portada de la Primera Parte).
     46 “Con tan pestíferos materiales, pudo el Autor del Amadís de Gaula hatraher los idiotas a su lectura. Y de ese Libro como de un Caballo troyano, salió toda la canalla de la descendencia de Amadís. Y si Dios y Cervantes no hubiesen atajado ese chorrillo, aun oy se multiplicarían esos ineptos, y perniciosos Libros” (Martín Sarmiento, primer historiador de la literatura española y autor del primer estudio de un libro de caballerías, “Amadís de Gaula”, págs. 87-132 de su Noticia de la verdadera patria (Alcalá) de él [sic] Miguel de Cervantes, escrito en 1761 y publicado por primera vez por Isidro Bonsoms [Barcelona: Álvaro Verdaguer, 1898], pág. 103; es el mismo estudio presentado como inédito por Barton Sholod, “Fray Martín Sarmiento, Amadís de Gaula and the Spanish Chivalric ‘Genre’” Studies in Honor of Mario A. Pei [Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1972], págs. 183-199). Acerca de la postura similar de Riquer, véase la nota 18, supra; acerca de la de Clemencín, la introducción de su edición de Don Quijote (citado en la nota 20, supra), excelente estudio que bien merece leerse.
     47 Esto ya lo dijo Charles Jervas en 1742, según A. P. Burton, “Cervantes the Man Seen through English Eyes”, Bulletin of Hispanic Studies, 45 (1968) 1-15, en la pág. 10. Poco después, Thomas Percy, primer coleccionista moderno de libros de caballerías, señaló que su desaparición afectaba la lectura de Don Quijote, y avisó acerca de una posible pérdida permanente de su sentido: “Como el gusto por estos Viejos Libros de Caballerías está, en nuestros días, totalmente desacreditado, de quinientos lectores ni uno ha visto una línea de estos libros, y por consiguiente deben de perder toda la fina ironía [ridicule] de Cervantes, y los pasajes más ingeniosos les parecerán oscuros e ininteligibles.
     “El intentar suplir esta deficiencia sería, estoy convencido, muy aceptable al Mundo y cada día es más necesario, pues estos viejos Romances son cada vez más escasos y difíciles de encontrar. Dentro de poco estos libros se perderán y se olvidarán por completo, pues quién reimprimirá un libro que nadie va a leer; y cuando esto ocurra, los mejores trazos de Don Quijote se verán envueltos en una Oscuridad impenetrable.
     “Sería un Trabajo muy grato, y los Admiradores del ingenio y del humor estarían muy agradecidos a cualquier Persona competente, que se tomara la Molestia de leer cuidadosamente todos esos Volúmenes de Basura, para seleccionar y rescatar del Olvido, los pasajes e incidentes aludidos en Don Quijote” (pág. xi de una carta a Lockyer Davis, publicada por David Nichol Smith en su prefacio a la reconstrucción de las Ancient Songs chiefly on Moorish Subjects translated from the Spanish de Percy [London: Humphrey Milford, Oxford University Press, 1932], pág. xiii).
     Una generación antes Martín Sarmiento había dicho lo mismo: “Quiso ridiculizar los libros de caballerías y no lo hiciera con acierto y gracia si antes no los hubiese leído y se hubiese familiarizado con ellos: así usa de nombres propios, de voces caballerescas y del estilo y expresiones que idénticamente se hallan en aquellos libros y con especialidad en los cuatro libros de Amadís de Gaula. Y como esos libros y los que siguieron son ya muy raros y muy pocos los han leído, por eso son muy pocos los que pueden leer a D. Quijote con todo el alma que en él puso Cervantes. Por esa razón no sería mal recibido el que algún curioso se dedicase a comentar la historia de D. Quijote con notas literales. No piense en eso el que no leyese antes a Amadísy a otros libros semejantes.” (Conjetura sobre la Ínsula Barataria, citado en Francisco María Tubino, El “Quijote” y la estafeta de Urganda [Sevilla: La Andalucía, 1862], pág. 22; casi el mismo texto en Sarmiento, Noticia, págs. 135-136.)
     La postura de Sarmiento no era la oficial. Como señala Tubino, el primer editor erudito, John Bowle, muy influido por su amigo Percy, hizo lo que Sarmiento había recomendado e incluyó anotaciones en su edición. La Real Academia de la Lengua, al preparar su edición de 1780, mucho mejor conocida y recientemente reimpresa, decidió que estas anotaciones no eran necesarias (Armando Cotarelo Valledor, El “Quijote” académico [Madrid, 1948], págs. 14-15). Es inexplicable y criticable que se haya reproducido en facsímil la edición de la Academia, cuando no existen en España, según la bibliografía de José Simón Díaz, sino unos cuatro ejemplares de la edición de Bowle, mucho más merecedora de una nueva impresión.
     48 Con sólo una excepción, no se publicaron libros de caballerías desde 1605 hasta el siglo XIX. Esta única excepción, el Espejo de príncipes y caballeros, editado en Zaragoza en 1617-1623, puede explicarse en parte como una reacción a la mofa de Zaragoza y los aragoneses en la Segunda Parte de Don Quijote. (Véase mi “Cervantes, Lope y Avellaneda”.)
     49 La siguiente discusión acerca del papel social de los libros de caballerías en la España de los siglos XVI y XVII representa una considerable refinamiento de la que ofrecí en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, capítulo 4.
     50 La novela española es tan rica y tan extensa que nadie ha escrito su historia. El último bosquejo, como lo llama su mismo autor, es de 1854; es el “Bosquejo histórico sobre la novela española” de Eustaquio Fernández de Navarrete. Éste es su comentario sobre el papel de los libros de caballerías en la sociedad española: “El libro de caballerías debe considerarse como la novela de costumbres de la edad media: las exageraciones están en los hechos que refiere, no en las ideas que enuncia; y aun en materia de hechos, no todos los que ahora nos parecen inverosímiles dejaban de tener ejemplos en la vida real de aquellos tiempos. Cuando vemos en la crónica de don Juan II de Castilla caballeros, cuya existencia no es dudosa, irse por esos mundos buscando aventuras, deseando encontrar con quien medir el esfuerzo de su potente brazo en los torneos, y damas a cuyas plantas rendir los trofeos de su victoria; cuando vemos a un sugeto tan grave como Diego de Valera...andar convertido de corte en corte en un matasiete; cuando vemos pasos de armas como el del Puente de checkedÓrbigo [se refiere al Paso honroso; véase nota 73,infra] donde centenares de caballeros de todos los países acudieron a romperse las cabezas y magullarse el cuerpo, por si era más o menos hermosa una dama, a quien la mayor parte de ellos no conocía; cuando todavía un siglo después miramos a Carlos V desafiar a singular batalla a Francisco I [de Francia], exponiendo sus reinos a quedar huérfanos [véase Pero Mexía, Historia del emperador Carlos V, ed. Juan de Mata Carriazo (Madrid: Espasa-Calpe, 1945), págs. 508-521; Cartas de batalla, ed. Antonio Orejudo (Barcelona: Promociones y Publicaciones Universitarias, 1993), págs. 175-201]; y cuando, lo que es más extraño, se nos presenta Felipe II, el príncipe de genio menos poético y especulativo que hubo jamás, haciendo en los regocijos con que le festejaron los estados de Flandes el papel de caballero andante [véase, sobre la participación de Felipe II en las fiestas caballerescas, que después se descubrió que fue exclusivamente para complacer a su padre, Daniel Devoto, “Folklore et politique au Chateau Ténébreux”, en Les Fêtes de la Renaissance. II. Fêtes et cérémonies au temps de Charles Quint, ed. Jean Jacquot (Paris: Centre National de la Recherche Scientifique, 1960), págs. 311-328, y la principal fuente de Devoto, Juan Calvete de Estrella, El felícisimo viaje del príncipe don Felipe (1552), Sociedad de Bibliófilos Españoles, 20 época, 7-8 (Madrid, 1930)], admiramos la verdad de estos libros y reconocemos su influjo. Al presente nos es imposible formar una idea cabal del que recíprocamente ejercieron estos libros en las costumbres y las costumbres en ellos.... Grandes cosas tenían que hacer aquellos siglos; el impulso debía de ser proporcionado. Sin la excitación febril que promovieron por aventuras, ¿hubiera habido muchos que confiándose a unos frágiles maderos se hubiesen entregado al Océano, sin norte ni guía en busca de nuevas regiones, ni se hubiesen expuesto a las hambres y peligros que experimentaron por explorarlas, ni acometer con pocas docenas de hombres imperios poderosísimos?” (págs. xxii-xxiii).
     51 VéaseRomances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 44, 65 y 70.
     52 “Lo que motivó a los españoles a embarcarse en la gran aventura, lo que animaba—daba ánimo y ánima—a la muchedumbre alucinada que de las Antillas partió a todos los extremos de la tierra firme, fue el elemento mágico de los libros de caballerías que seguía operando en un pueblo enamorado de las hazañas descomunales.... La vida de Amadís de Gaula empuja al pueblo a meterse en las caravelas”(Germán Arciniegas, El continente de los siete colores [Madrid: Aguilar, 1989], pág. 170). Sobre el tema, véanse Irving Leonard, Los libros del conquistador, trad. de Mario Monteforte Toledo (México: Fondo de Cultura Económica, 1953) y Ida Rodríguez Prampolini, Amadises de América. La hazaña de Indias como empresa caballeresca, 20 edición revisada (Caracas: Centro de Estudios Latinoamericanos “Rómulo Gallegos”, 1977).
     53 Ruth Putnam y Herbert I. Priestley, California: The Name, University of California Publications in History, 4.4 (Berkeley: University of California Press, 1917), págs. 293-365, y María Rosa Lida de Malkiel, “Para la toponimia argentina: Patagonia”, Hispanic Review, 20 (1952), 321-23, comentado por Marcel Bataillon, “Acerca de los patagones: Retractatio”, Filología, 8 (1962 [1964]), 27-45.
     54 Consta de las fiestas caballerescas celebradas durante su reinado, de su desafío a Francisco I de Francia (véase nota 50, supra), y del prólogo a Belianís de Grecia III-IV, que comenta el interés de Carlos V (véase nota 87, infra). También, Valladolid, donde se publicaban muchos libros (supra, nota 31), era la capital de Carlos V.
     Mientras que se ha estudiado bastante ampliamente la caballería en la cultura hispánica del siglo XV (por ejemplo los estudios de Martín de Riquer, citados en mi Castilian Romances of Chivalry in the Sixteenth Century. A Bibliography, págs. 98-99; Jole Scuderi Ruggieri, Cavalleria e cortesia nella vita e nella cultura di Spagna [Modena: STEM Mucchi, 1980]) no hay ninguna visión de conjunto de lo caballeresco en la España del siglo XVI. He citado algunas fuentes en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 40-42, 70 nota 28, y 113; Tubino tiene otras fuentes, págs. 192-195, y véase la nota 50, supra, y Francisco López Estrada, “Fiestas y literatura en los Siglos de Oro: la Edad Media como asunto festivo (el caso del Quijote)”, Bulletin hispanique, 84 (1982), 291-327, en la pág. 298, nota 16. Es casi seguro que los diez años que Juan de Valdés dijo que había pasado en “palacios y cortes” leyendo libros de caballerías (Diálogo de la lengua, ed. Cristina Barbolani de García [Firenze: D'Anna, 1967], pág. 96) incluyen el tiempo que pasó en la corte de Carlos V. R. O. Jones ha sugerido, en una conferencia inédita, que la abdicación de Carlos y su retiro al monasterio de Yuste pudo haberse inspirado en la abdicación de Lisuarte y su retiro al castillo de Miraflores, en Sergas de Esplandián. (Mis intentos para localizar esta conferencia han fracasado; véase D. W. Cruickshank, “Some Aspects of Spanish Book-Production in the Golden Age”, The Library, 50 serie, 31 [1976], 1-19, en la pág. 19, y R. O. Jones, A Literary History of Spain. The Golden Age: Prose and Poetry(London: Benn, 1971], pág. 56.)
     55 Véase II, 212, 22-25; Persiles, I, 320, 9-12; los poemas celebrando a Carlos alabados durante el escrutinio de la librería (I, 106, 12-18). Cervantes rara vez menciona a otro soberano, aunque Felipe II es alabado en una de sus primeras obras, Cerco de Numancia (Comedias y entremeses, V, 124, 32).
     56 “Una reacción contra el fondo y contra la forma de esos libros se observa en el florecer que ahora inicia la prosa, principalmente en manos de los historiadores de las cosas de Indias (maravillas reales opuestas a las fantasías caballerescas)”, dijo Ramón Menéndez Pidal, “El lenguaje del siglo XVI”, en su La lengua de Cristóbal Colón, Colección austral, 280, 30 edición (Buenos Aires: Espasa-Calpe Argentina, 1947), págs. 49-87, en la pág. 65. Stephanie Merrim, en “‘Un mare magno e oculto’: Anatomy of Fernández de Oviedo's Historia general y natural de las Indias”, Revista de estudios hispánicos[Puerto Rico], 11 (1984), 101-119, examina un ejemplo de una crónica que es en parte una respuesta y una sustitución de los libros de caballerías. Sebastián de Covarrubias (s.v. “fábula”) establece una comparación entre los libros de caballerías y las crónicas de Indias: “Los que avéys leydo las Corónicas de las Indias, cosa que passó ayer, tan cierta y tan sabida, mirad quántas cosas ay en su descubrimiento y en su conquista, que exceden a quanto han imaginado las plumas de los vanos mentirosos que han escrito libros de cavallerías, pues éstas vendrá tiempo que les llamen fábulas y aun las tengan por tales los que fueren poco aficionados a la nación Española y para evitar ese peligro, se avía de aver defendido que ninguno las escriviera poéticamente en verso, sino conservarlas en la pureza de la verdad con que están escritas, por hombres tan graves y tan dignos de fe, sin atavío, afeyte, ni adorno ninguno”. (Tesoro de la lengua castellana o española, ed. Martín de Riquer [Barcelona: Horta, 1943]).
     57 Sobre la influencia de los libros de caballerías en Montemayor, véase Maxime Chevalier, “La Diana de Montemayor y su público en la España del siglo XVI”, en Creación y público en la literatura española, ed. J.-F. Botrel y S. Salaün (Madrid: Castalia, 1974), págs. 40-55.
     58 Véase mi “Does the Picaresque Novel Exist?”, Kentucky Romance Quarterly, 26 (1979), 203-219.
     59 Es un tema muy amplio. Lazarillo de Tormes como héroe anticaballeresco es ahora un tópico (para referencias, Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 47, nota 31). El prolífico Feliciano de Silva desempeñó un papel importante en la introducción de elementos pastoriles en la novela (véase Sydney P. Cravens, Feliciano de Silva y los antecedentes de la novela pastoril en sus libros de caballerías[Chapel Hill: Estudios de Hispanófila, 1976]). La poesía épica del Siglo de Oro español es un tema tan amplio que su relación con los libros de caballerías está casi sin examinar (se ofrecen unas pocas notas en la tesis de Charles Philip Johnson, “Lope de Vega's Contribution to the Spanish Golden Age Epic: An Evaluation”, Florida State, 1974; resumen en Dissertation Abstracts International, 35 [1974], 2993A).
     60 Citado de su Autobiografía (dictada), ed. Cándido de Dalmases, S. I., en sus Obras completas, 40 edición (Madrid: Católica, 1952), pág. 92. El elemento caballeresco en la juventud de Loyola es tan importante que se propuso en una ocasión que Cervantes pensaba en Loyola al crear Don Quijote (Bowle, A Letter to Dr. Percy, pág. 50). El pasaje entero de la autobiografía de Loyola, explicando el origen de su llamada religiosa, dice: “y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de caballerías, sintiéndose bueno, pidió que le diesen algunos dellos para pasar el tiempo; mas en aquella casa no se halló ninguno de los que él solía leer, y así le dieron un Vita Christi y un libro de la vida de los Santos en romance”,
     El amor de Loyola era evidentemente caballeresco. (No se sabe a quién iba dirigido su afecto; sin embargo, las tres personas propuestas, según las anotaciones de Dalmases, pág. 92, nota 7, son mujeres que en otras ocasiones se han asociado a los libros de caballerías; véase Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 42 y 114-117.) A pesar de leer Vita Christi y la Vida de los santos, todavía pensaba “en las cosas del mundo que antes solía pensar. Y de muchas cosas vanas que se le ofrecían, una tenía tanto poseído su corazón, que se estaba luego embebido en pensar en ella dos y tres y cuatro horas sin sentirlo, imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora, los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde ella estaba, los motes, las palabras que le diría, los hechos de armas que haría en su servicio. Y estaba con esto tan envanecido, que no miraba cuán imposible era poderlo alcanzar; porque la señora no era de vulgar nobleza: no condesa, ni duquesa, mas era su estado más alto que ninguno destas” (Autobiografía, pág. 92).
     La vela de las armas de Loyola, inspirada en la de Esplandián en el Libro IV de Amadís de Gaula, es su acción caballeresca más conocida: “Y fuese su camino de Monserrate, pensando, como siempre solía, en las hazañas que había de hacer por amor de Dios. Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y de semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensamiento semejantes a aquéllas; y así se determinó de velar sus armas toda una noche, sin sentarse ni acostarse, mas a ratos en pie y a ratos de rodillas, delante el altar de Nuestra Señora de Monserrate, adonde tenía determinado dejar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo” (Autobiografía, pág. 100). El dejar a su montura escoger la dirección del viaje es otro ejemplo de conducta caballeresca (véase Don Quijote, I, 58, 10-11; I, 83, 11-13; I, 323, 14-15; y Espejo de príncipes y caballeros, III, 41, 12, nota): “Un moro [dijo] tales cosas de Nuestra Señora...que...le venían deseos de ir a buscar el moro y darle de puñaladas por lo que había dicho; y perseverando mucho en el combate destos deseos, a la fin quedó dubio, sin saber lo que era obligado hacer.... Y así, después de cansado de examinar lo que sería bueno hacer, no hallando cosa cierta a que se determinase, se determinó en esto, scilicet, de dejar ir a la mula con la rienda suelta hasta el lugar donde se dividían los caminos; y que si la mula fuese por el camino de la villa, él buscaría el moro y le daría de puñaladas; y si no fuese hacia la villa, sino por el camino real, dejarlo quedar” (Autobiografía, págs. 99-100). (La misma información, ocasionalmente con algún detalle adicional, en la vida de Loyola de Pedro de Rivadeneyra, en Obras escogidasde Rivadeneyra, Biblioteca de autores españoles, 60 [1868; reimpreso en Madrid: Hernando, 1927], págs. 14b, 17a y 18a.)
     Según Pedro de Leturia, S. J., Ignacio en sus Memoriasdeclaraba que tenía “todo el entendimiento lleno” de Amadís y semejantes libros (“Loyola y Castilla”, según nota un extracto de su libro El Gentilhombre Íñigo López de Mendoza en su patria y en su siglo [Barcelona: Labor, 1949], en Ignacio de Loyola en Castilla. Juventud, formación, espiritualidad, ed. Pedro de Leturia, S. J., et al. [Valladolid: Caja de Ahorros Popular de Valladolid y Provincia de Castilla de la Compañía de Jesús, 1989], págs. 11-43, en la pág. 31). También señala Leturia, págs. 16-19, la penetración de los libros de caballerías en Guipúzcoa en las postrimerías del siglo XV y primeros decenios del XVI, y en las págs. 31-34 la influencia del ambiente religioso de Amadís sobre él. Rogelio García Mateo, S. J., comenta “el ideal caballeresco en la espiritualidad de Ignacio de Loyola”, y los vínculos entre la familia de los Loyola y la Orden de la Banda (capítulo 4, nota 35), en “El mundo caballeresco de Ignacio de Loyola”, Archivum Historicum Societatis Iesu, 60 (1991), 5-28, y en “Orígenes del ‘más’ ignaciano”, en Ignacio de Loyola en Castilla. Juventud, formación, espiritualidad, ed. Pedro de Leturia, S. J., et al.(Valladolid: Caja de Ahorros Popular de Valladolid y Provincia de Castilla de la Compañía de Jesús, 1989), págs. 115-127. El mismo autor analiza “Ignacio de Loyola y el Amadís” en “Ignacio de Loyola y el mundo caballeresco”, en Ignacio de Loyola, Magister Artium en París 1528-1535. Libro-homenaje de las Universidades del País Vasco y de la Sorbonne a Ignacio de Loyola en el V Centenario de su Nacimiento, ed. Julio Caro Baroja y Antonio Beristain (Donostia-San Sebastián: Sociedad Gipuzkoana de Ediciones y Publicaciones, 1991), págs. 293-302.
     Rafael Lapesa comenta el origen militar y caballeresco de los jesuitas, llamando a Loyola “caballero andante a lo divino” (pág. 195) en “La Vida de San Ignacio del P. Ribadeneyra”, Revista de filología española, 21 (1934), 29-50; he usado la reimpresión que figura en De la Edad Media a nuestros días de Lapesa, (Madrid: Gredos, 1967), págs. 193-211. Según el P. Sabino Sola, S. J., “En torno al castellano de San Ignacio”, en El centenario ignaciano, 1556-1956, número extraordinario de Razón y fe(enero-febrero, 1956), 243-274 (que conozco sólo por medio de Robert Ricard, “Anexo sobre el lenguaje y estilo de San Ignacio”, en sus Estudios de literatura religiosa española, traducido por Manuel Muñoz Cortés [Madrid: Gredos, 1964], págs. 168-172, en la pág. 168), Loyola, que era vasco, aprendió el castellano correcto leyendo libros de caballerías. Puede tener alguna utilidad el comentario de Rogelio García Mateo, S. J., “La formación cortesano-caballeresca de Ignacio de Loyola y su espiritualidad”, publicado primero (según nota) en Manresa, 58 (1986), en el ya citado tomo Ignacio de Loyola en Castilla, págs. 103-114. Según el resumen publicado en Dissertation Abstracts International, 49 (1989), 3052A-3053A, la tesis de Harry Wells Fogarty, “Approaches to the Process of Personal Transformation: The Spiritual Exercises of Ignatius Loyola and Jung's Method of Active Imagination”, Union Theological Seminary, 1987, analiza el influjo de Amadís de Gaula en la personalidad y visión del mundo de Loyola.
     61 Ramón Menéndez Pidal, “El estilo de Santa Teresa”, en su La lengua de Cristóbal Colón, págs. 128-150, en la pág. 130.
     62 En su Vida, Teresa escribió, refiriéndose a su madre, “era afiçionada a libros de cavallerías y no tan mal tomava este pasatiempo como yo le tomé para mí, porque no perdía su lavor, sino desenbolviémonos para leer en ellos, y por ventura lo açia para no pensar en grandes travajos que tenia y ocupar sus yjos que no anduviesen en otras cosas perdidos; de esto le pesava tanto a mj padre que se avia de tener aviso a que no lo viese. Yo començe a quedarme en costunbre de leerlos y aquella pequeña falta que en ella vi me començo a enfriar los deseos y començar a faltar en lo demas y pareçiame no era malo, con gastar muchas oras de el dia y de la noche en tan vano ejerçiçio aunque ascondida de mi padre. Era tan en estremo lo que en esto me enbevía que si no tenia libro nuevo no me pareçe tenia contento” (capítulo 2; citado por Rodríguez Marín, “nueva edición crítica”, IX, 59).
     P. Francisco de Ribera, en su Vida de Santa Teresa de Jesús de 1590, da más detalles: “El demonio...puso su diligencia en estragar...los dones naturales que Dios había puesto en ella...por dos vías. La primera fue, haciéndola leer libros de caballerías, que es una de sus invenciones, con que ha echado a perder muchas almas recogidas y honestas, porque en casas a donde no se da entrada a mujeres perdidas y destruidoras en la castidad, hartas veces no se niega a estos libros que hombres vanos, con alguna agudeza de entendimiento y con mala voluntad, han compuesto para dar armas al enemigo nuestro, y suelen hacer disimuladamente el mal que aquellas ayudadoras de Satanás por ventura no hicieran. Diose, pues, a estos libros de caballería, sino de vanidades, con gran gusto, y gastaba en ellos mucho tiempo; y como su ingenio era tan excelente, así bebió aquel lenguaje y estilo, que dentro de pocos meses ella y su hermano Rodrigo de Cepeda compusieron un libro de caballerías con sus aventuras y ficciones, y salió tal, que habría harto que decir de él. Sacó de este estudio la ganancia que se suele sacar, aunque ella no sacó tanto mal como otros, porque el Señor, que la tenía guardada para tan grandes cosas, no la dejaba de la mano sino poco. Comenzó a traer galas y olores, y curar sus cabellos y manos, y desear parecer bien, aunque no con mala intención, ni deseando jamás ser ocasión a nadie de ofender a Dios.” (Ed. P. Jaime Pons [Barcelona: Gustavo Gili, 1908], págs. 99-100.) Según la introducción de Pons, pág. xiii, “Hay que hacer constar aquí, para honra de tan verídico narrador, que ni uno solo de los datos algo importantes que él [Ribera] nos suministra ha sido corregido ni rectificado por sus sucesores; y los que pretendieron corregirle han caído lastimosamente en el error. Por manera que, aun en los casos en que las indicaciones suministradas por él son algo generales y poco precisas, jamás se hallan en contradicción con los datos más concretos que nos ha aportado en nuestros días el descubrimiento de documentos contemporáneos.”
     La influencia de las lecturas caballerescas de la joven Teresa en su espiritualidad y en sus escritos posteriores es un tema polémico, como lo es la cuestión más amplia del origen del florecimiento espiritual y místico del siglo XVI español. Ella misma y sus seguidoras carmelitas habrían negado cualquier influencia. Alfred Morel-Fatio encontró esta influencia sólo en frases ocasionales pero sorprendentes: “Parece evidente que Teresa se propuso no escribir nada que recordara su vida y sus ocupaciones mundanales” (“Les lectures de Sainte Thérèse”, Bulletin hispanique, 10 [1908], 17-67, en las págs. 19-20); Robert Ricard la llamó “una influencia difusa y lejana” (“Le Symbolisme du Château intérieurchez sainte Thérèse”, Bulletin hispanique, 67 [1965], 25-41, en la pág. 30). Gaston Etchegoyen, L'Amour divin: essai sur les sources de sainte Thérèse (Bordeaux: Feret, 1923), es más positivo: Teresa adquirió con los libros de caballerías la afición a la lectura que conservó el resto de su vida y su primer impulso para la creación literaria (págs. 44-45). “Los libros de caballerías han tenido en ella una influencia psicológica...y una influencia literaria que aparece sobre todo en el simbolismo militar del combate espiritual y del Castillo interior” (pág. 46). Cristóbal Cuevas García señala el castillo de Miraflores, en Amadís, como la fuente de la imagen del castillo interior de Teresa (“El significante alegórico en el castillo teresiano”, Letras de Deusto, 24 [julio-diciembre, 1982], 77-97, en las págs. 93-96).
     Etchegoyen también señala los libros de caballerías como fuente de las imágenes de oro y joyas que emplea Teresa (pág. 269). Sugiere una influencia más amplia: “si uno se limita a la concepción del amor en los libros de caballerías y en los tratados espirituales del siglo XVI, se observan interesantes analogías de fondo y de forma” (pág. 46)(si nos limitamos a la concepción del amor en las novelas de caballerías y en los tratados espirituales del siglo XVI, se observan interesantes analogías en el fondo y en la forma); “la lectura de los libros de caballerías es menos desfavorable que uno se cree a la génesis de sentimientos místicos” (pág. 67, nota 2) (la lectura de los libros de caballerías es menos desfavorable de lo que pudiera creerse en la génesis de los sentimientos místicos)2). Siguiendo estas indicaciones y en parte basándose en el caso de Teresa, Pedro Sainz Rodríguez ha propuesto que los libros de caballerías influyeron en el misticismo español del siglo XVI (“El problema histórico del misticismo español”, Revista de occidente, 15 [1927], 323-346, en las págs. 335-337; Introducción a la historia de la literatura mística en España[Madrid: Voluntad, 1927], págs. 201-203). E. Allison Peers dijo que era una causa poco probable (“Notes on the Historical Problem of Castilian Mysticism”, Hispanic Review, 10 [1942], 18-33, en la pág. 26); sin embargo, Helena Percas de Ponseti ha reunido, por primera vez, una serie de paralelismos entre las imágenes y el lenguaje místico y caballeresco (Cervantes y su concepto del arte, II, 479-502). Véase también Francisco Márquez Villanueva, “La vocación literaria de Santa Teresa”, Nueva revista de filología hispánica, 32 (1983 [1985]), 355-379, en las págs. 356-57, y Joël Saugnieux, “Culture feminine en Castille au XVIe siècle: Therese d'Avila et les livres”, en su Cultures populaires et cultures savantes en Espagne du Moyen Age aux Lumières(Paris: CNRS, 1982), págs. 45-77 y 158-162. El tema merece ser estudiado a fondo.
     63 Antes y durante el reinado de Carlos V, los costosos libros de caballerías se leían principalmente entre la nobleza y clases acomodadas. En la interesante cita de Florisando, reproducida por María Carmen Marín Pina, “Lectores y lecturas caballerescas en el Quijote”, en Actas del Tercer Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (Barcelona: Anthropos, en coedición con el Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid, 1993), chapter 6págs. 265-279, en la pág. 266 (los leían “personas de diversas calidades, ansí de hombres como mugeres, ansí del palacio como del vulgo”), “vulgo” tiene que referirse a la burguesía.
     Más avanzado el siglo XVI, con la pérdida del patronato real (a Felipe II le interesaba poco la literatura caballeresca o cualquier otra literatura profana), el número de lectores se amplió considerablemente. Los libros eran alquilados a lectores menos acomodados (Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 162; Guzmán de Alfarache, II, iii, 3, pág. 351 del Volumen II de la edición de Benito Brancaforte (20 edición, Madrid: Cátedra, 1981), y leídos a los analfabetos (Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 161). Debe de haber habido algún tipo de mercado del libro usado en las ciudades, aunque sólo fueran tenderetes en el mercado, y Si los ricos cedían sus ropas viejas a los pajes y a otros sirvientes, ¿por qué no también libros? También es posible que algunos ejemplares se transmitieran por el mecanismo que Juan Palomeque ilustra; sus libros fueron dejados por su dueño en la venta.
     El último paso en este proceso es que la literatura caballeresca ha llegado a ser lectura de niños, quienes suelen recibir lo desechado, anticuado o sobrante de los adultos. (Cualquier innovación que se mencione—libros, radio, televisión, bicicletas, odontología—, la disfrutan primero los adultos, y se pone a disposición de los niños sólo después de satisfacer los deseos de aquéllos.) Mucho de la literatura juvenil tradicional, a menudo caballeresca o medieval, es literatura para adultos desechada; una literatura escrita especialmente para niños es muy reciente. Una consecuencia de ello es que los niños de hoy se parecen, por su habilidad para manejar textos escritos, a los adultos de siglos anteriores, quienes a menudo se portaban como niños, algo que pocos historiadores, creo, discutirían. Otra es que la literatura ha progresado mucho; en términos de Cervantes, es más verosímil, de un deleite y provecho más sofisticado.
     64 El ser discreto, según Cervantes, no protegía contra esta adicción. Eran peligrosos incluso para los discretos. Diego de Miranda, que parece tener miedo de ellos, los proscribe de su casa, el cura (capítulo 6 de la Primera Parte) es de una opinión parecida y según el canónigo, hombres “dotos y discretos” pueden también ser “apassionados desta leyenda” (II, 346, 19-20). El que Alonso Quijano, quien en su testamento intenta que su sobrina se mantenga alejada de ellos, sea discreto hace aún mayor el desperdicio de su talento a causa de los libros.
     65 En cuanto a los comentarios de López Pinciano sobre los libros de caballerías, véase Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 11-12. La influencia de López Pinciano en Cervantes ha sido examinada por Jean Canavaggio, “Alonso López Pinciano y la estética literaria de Cervantes en el Quijote”, Anales cervantinos, 7 (1958), 15-107, y E. C. Riley, Teoría de la novela en Cervantes, trad. Carlos Sahagún (Madrid: Taurus, 1966); yo lo he consolidado en “Cervantes y Tasso vueltos a examinar”, y hasta cierto punto en este libro.
     Otro teórico casi tan importante para Cervantes, Miguel Sánchez de Lima, no ha sido estudiado. En su Arte poética en romance castellano (1580) Sánchez coincide con Cervantes en muchos puntos, entre ellos la importancia de seguir las reglas, el gran número de autores que no lo hacen, la pobreza de los poetas, el hecho de que muchos de los que se llaman poetas no merecen este nombre, la diferencia entre la apariencia y la realidad, la abundancia de lisonjeros que importunan a los hombres influyentes, la superioridad de los tiempos pasados, la plaga de “canciones y dichos inhonestos” (pág. 30 de la edición citada), y la existencia de autores españoles que son tan buenos como los clásicos. El comentario de Sánchez de Lima acerca de los libros de caballerías, tomado de la edición de Rafael de Balbín Lucas (Madrid: CSIC, 1944), págs. 42-43, servirá de ejemplo de los ataques al género: “Que dire mas dela Poesia? sino que es tan prouechosa ala Republica Christiana, quanto dañosos y perjudiciales los libros de cauallerías, que no siruen de otra cosa, sino de corromper los animos delos mancebos y donzellas, con las dissoluciones que en ellos se hallan, como si nuestra mala inclinacion no bastasse, pues de algunos no se puede sacar fruto, que para el alma sea de prouecho, sino todo mentiras y vanidades: y pesame en estremo de ver la corrupcion que enesto se vsa, por lo qual se deuia escusar, y tambien por ser mas el daño que dellos resulta ala republica, que no el prouecho, pues no se puede seguir ninguno, porque en los mas dellos no se halla buena platica, pues toda es antigua: tampoco tienen buena Rhetorica, y las sentencias son muy pocas, y essas muy trilladas, ni ay enellos cosas de admiracion, sino son mentiras de tajos y reueses, ni doctrinas de edificacion ni auisos de prouecho.”
     66 Los especialistas han encontrado muchos comentarios hostiles a los libros de caballerías, aunque, como formarían una antología tan sombría, nadie los ha recogido. Los conocidos hace una generación los analiza Riquer en la primera introducción citada en la nota 18, supra. (Para referencias a otras críticas que no sean las mencionadas en este capítulo, véase Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 10, nota 5.) Es verdad que muchos de estos escritores se oponían a otros tipos de literatura profana: la poesía de Garcilaso, obras pastoriles como La Diana, “coplas y farsas de amores y otras vanidades”, como expresó la petición de 1555, y especialmente Celestina.Había que condenar cualquier texto que pudiera fomentar las relaciones ilícitas entre los sexos, o como dice Sebastián de Córdoba, “obras...profanas y amorosas que son dañosas y noscivas mayormente para los mancebos y mugeres sin esperiencia” (Garcilaso a lo divino, ed. Glen R. Gale [Madrid: Castalia, 1971], pág. 83). Sin embargo, los libros de caballerías eran los más criticados, debido en parte a su popularidad, y también porque el amor que presentaban era mucho más sensual y menos contemplativo que el de un autor como Garcilaso.
     67 Por ejemplo, las actitudes de Juan Palomeque (II, 84, 19-85, 18) y Don Quijote (Primera Parte, capítulo 49).
     68 Véase Justina Ruiz de Conde, El amor y el matrimonio secreto en los libros de caballerías (Madrid: Aguilar, 1948). Éste es precisamente el caso de Dorotea (II, 17, 30-22, 27), de la que ya hemos dicho que leía libros de caballerías; también el de Clavijo y Antonomasia, en la historia contada en el capítulo 38 de la Segunda Parte.
     69 “Que los libros de caballerías son incitadores de la sensualidad es, sin duda, la crítica que aparece con más frecuencia en los autores graves” (Riquer, “Cervantes y la caballeresca”, en Suma cervantina, pág. 283).
     Los escritos pornográficos, cuya afinidad con romance y otros tipos de literatura no realista ha sido señalada en varias ocasiones (J. Huizinga, The Waning of the Middle Ages [New York: Doubleday, 1954], pág. 112; Steven Marcus, The Other Victorians (New York; Basic Books, 1966), capítulo 7; Angela Carter, The Sadeian Woman and the Ideology of Pornography [New York: Harper and Row, 1978], pág. 20; John Gordon, The Myth of the Monstrous Male, and other Feminist Fables [New York: Playboy, 1982], pág. 180), ocupan un lugar análogo hasta cierto punto al de los libros de caballerías en la España del Siglo de Oro. Se han hecho las siguientes afirmaciones acerca de los dos géneros.
     Son perjudiciales sobre todo para los jóvenes; afectan la conducta de la gente y la empeoran (aunque los defensores dicen que la mejoran). Estimulan la lujuria. Presentan fantasías como si fueran realidad, y pueden engañar a los que no tienen la experiencia para darse cuenta de ello. Sobre todo, presentan a las mujeres más lascivas de lo que son. Se podrían aceptar obras mejores, pornográficas o caballerescas, pero las que hay son pésimas, y deberían prohibirse. Las escriben escritores de segunda categoría, y son monótonas y aburridas; hay mejores libros para leer, y es sorprendente que obras tan “malas” sean tan populares.
     Se ha prohibido tanto la pornografía como los libros de caballerías, pero las prohibiciones no han sido efectivas. (Véanse las notas 82 y 96, infra.) Ambos tipos de literatura han tenido sus defensores y sus lectores fieles, primero los privilegiados económicamente, después los de medios más modestos.
     Una persona que creyera que la pornografía refleja la realidad (en apoyo de lo cual se podría citar muchas pruebas engañosas), e intentara vivir su vida según tal creencia, seguramente hallaría el mismo sino que Alonso Quijano.
     70 La cursiva es mía. Continúa: “como los mancebos y doncellas por su ociosidad principalmente se ocupan en aquello, desvanécense y aficiónanse en cierta manera a los casos que leen en aquellos libros haber acontecido, ansí de amores como de armas y otras vanidades; y aficionados, cuando se ofrece algún caso semejante, danse a él más a rienda suelta que si no lo oviesen leído: y muchas veces la madre deja encerrada la hija en casa, creyendo la deja recogida, y queda leyendo en estos semejantes libros, que valdría más la llevase consigo”. El documento fue publicado por Clemencín en la introducción de su edición, p. 992 de la edición citada.
     71 Este libro, escrito por Jerónimo de San Pedro, recibió una subvención del municipio valenciano (Francisco Martí Grajales, Ensayo de un diccionario biográfico y bibliográfico de los poetas que florecieron en el reino de Valencia hasta el año 1700 [Madrid, 1927], pág. 429) y según se afirma fue publicado en Valencia en 1554, aunque nadie ha visto ningún ejemplar, y la obra sólo se conoce por la edición de Amberes del mismo año. Acerca de ella, véase George Ticknor, al parecer la última persona que ha visto su Segunda Parte, en su Historia de la literatura española, traducida al castellano, con adiciones y notas críticas, por D. Pascual de Gayangos...y D. Enrique de Vedia (Madrid, 1851-1854), I, 257-260, y Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, I, 449-451. La Tercera Parte de la obra, no publicada, y que estos eruditos consideran problemática, seguramente habría tratado de la Iglesia militante, y podría estar relacionada con la Carolea de Gerónimo Sempere (Valencia, 1560), identificada por Ticknor (I, 257, nota 9) y Gayangos y Vedia, en sus notas a Ticknor (I, 524-525; también el “Discurso preliminar” de Gayangos a su Libros de caballerías, I [único publicado], Biblioteca de autores españoles, 40 [1857, reimpreso en Madrid: Atlas, 1963], págs. iii-lxii, en la pág. lvii, nota 3) con San Pedro.
     Es difícil analizar otras obras afines porque carecemos de un estudio general de la literatura española a lo divino, pedido por Dámaso Alonso hace una generación (Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos, 20 edición aumentada y corregida [Madrid: Gredos, 1952], pág. 220; también 50 edición [Madrid: Gredos, 1976], pág. 220). La Historia y milicia cristiana del caballero Peregrino, de Alonso de Soria (Cuenca, 1601), ha sido estudiada por Pedro Sainz Rodríguez, “Una posible fuente de El criticón de Gracián”, Archivo teológico granadino, 25 (1962), 7-21. H. Salvador Martínez nos ha brindado la primera edición moderna de un libro de caballerías a lo divino, el Caballero del Sol o Peregrinación de la vida del hombre de Pedro Hernández de Villalumbrales (Madrid: Fundación Universitaria Española, 1966), junto con un estudio preliminar en el que comenta otras obras, sobre todo las de San Pedro y Soria. (“El género de los libros de caballerías a lo divino no es tan uniforme como nos ha hecho creer la crítica”, pág. 40.) El Caballero Asisio o Poema de San Francisco y otros santos de su orden de Gabriel de Mata (Bilbao, 1587-89), tiene de caballeresco sólo el título y un grabado en madera típicamente caballeresco en la portada. La Caballería cristiana de Jaime de Alcalá (Valencia, hacia 1515), el único de estos libros que fue editado más de una vez, no es un libro de caballerías, aunque el autor expresa su deseo de atraer a los lectores de ellos (véase mi comentario en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 46, nota 29bis). El Cavallero venturosode Juan Valladares de Valdelomar, que será mencionado de nuevo dentro de poco (pág. 34) debe tener algo en común con este tipo de libro.No he visto los versos Caballero de la Clara Estrella de Andrés de la Losa (Batalla y triunfo del hombre contra los vicios. En el qual se declaran los maravillosos hechos del Caballero de la Clara Estrella, Sevilla: Bartolomé González, 1580), el Libro del caballero cristiano de Juan Hurtado de Mendoza (Antequera, 1577; Sainz Rodríguez, pág. 12, nota 11), ni los Cantos morales de Gabriel de Mata (Valladolid, 1594), que según Menéndez Pelayo “pertenece enteramente al género alegórico caballeresco a lo divino” (I, 452).
     72 Obras completas castellanas, ed. Félix García, O. S. A., 40 edición (Madrid: Católica, 1967), I, 406.
     73 Ed. P. Félix García, I, Clásicos castellanos, 104 (Madrid: La Lectura, 1930), 55-74.
     74 Estas declaraciones están en la licencia (pág. vii en la reproducción de la segunda edición de Sancha [1783] de la serie Textos medievales, 38 [Valencia: Anubar, 1970]). Acerca de las críticas de Pineda a los libros de caballerías, véase Edward Glaser, “Nuevos datos sobre la crítica de los libros de caballerías en los siglos XVI y XVII”, Anuario de estudios medievales, 3 (1966), 393-410, en las págs. 401-402, y para más información sobre el Paso honroso, véase NN41 en mi Castilian Romances of Chivalry in the Sixteenth Century. A Bibliography.
     75 Ed. José Amor y Vázquez, Biblioteca de autores españoles, 232 (Madrid: Atlas, 1970), pág. 10.
     76 Cristóbal Pérez Pastor, Bibliografía madrileña (Madrid, 1891-1907), I, 197.
     77 Citado de Pérez Pastor, I, 322-323; el mismo texto, con variantes significativas, en Tubino, pág. 90.
     78 Disponible en microfilme en la serie Iberian and Latin American Books before 1701, antes Hispanic Culture Series, rollo 85. Juan Boyer sacó a la luz, en 1586, la primera edición desde 1551 de Espejo de caballerías, y la edición de 1583-1586 del Espejo de príncipes y caballeros; Boyer también fue el editor de Historia de las hazañas y hechos del invencible Cavallero Bernardo del Carpio (1585) de Agustín Alonso, que se comenta en el siguiente capítulo. Benito Boyer publicó en 1563 la última edición castellana de Primaleón.
     79 Otros obras probablemente publicadas con el mismo fin son: la Historia del duque Carlos de Borgoña, bisabuelo del emperador Carlos Quinto, de Pedro de Aguilón, (Pamplona: Tomás Porralis, 1586); la Crónica de don Álvaro de Luna, con portada caballeresca (Milán: Juan Antonio de Castellono, 1546; disponible en microfilme en la serie Iberian and Latin American Books before 1701, antes Hispanic Culture Series, rollo 82) y la Conquista de África donde se hallarán agora nuevamente recopilados por Diego de Fuentes muchas y muy notables hazañas de particulares cavalleros (Amberes: Philippo Nucio, 1570). Acerca de obras de este tipo más antiguas, véase mi Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 39-40.
     80 LaCrónica del Gran Capitán es naturalmente uno de los libros encontrados en la maleta en el capítulo 32 de la Primera Parte de Don Quijote. La defensa que hace Don Quijote de la historicidad de la caballería, en el capítulo 49 de la Primera Parte, refleja la lectura del Paso honroso y de la Crónica de Juan II. A Fray Luis, Cervantes dijo por boca de Calíope, “yo reverencio, adoro y sigo” (La Galatea, II, 230, 28). Cervantes nunca menciona a Pérez de Hita o a su obra, pero es muy probable que la conociera; Astrana (VII, 123) ha propuesto que Pérez de Hita es el “zapatero de obra prima” de Parnaso, 37, 11-13, una obra en la que también se atacan los “romances moriscos”, como los que se encuentran en el libro de Pérez de Hita (101, 24-29). Que Cervantes conociera Caballería celestial, prohibido poco después de su publicación, no es más que una posibilidad. Cervantes estaba en contra de mezclar “lo humano con lo divino” (I, 37, 12-14); sin embargo, conocía Caroleade San Pedro, que alabó en I, 106, 13-18.
     81 Es el caso pintado por Cervantes en el personaje del ventero Juan Palomeque, quien rechaza la Crónica del Gran Capitán como pesada, y prefiere Cirongilio de Tracia y Felixmarte de Hircania. Este fracaso era de prever: “Tenemos oy dia mayor copia de libros castellanos que nunca. Han sido compuestos de nuevo, como traduzidos de latín y griego, tan sabrosos por su buen dezir al gusto del que los leyesse, y tan provechossos al que quisiesse aprovechar dellos, que visto lo que pasa de los de cavallerías es más que ceguedad la nuestra” (Francisco Cervantes de Salazar, Instrucción y camino para la sabiduría, en sus Obras[Alcalá de Henares: Joan de Brócar, 1546], fol. xv).
     82 Irving Leonard, Books of the Brave (1949; reimpreso en New York: Gordian Press, 1964), págs. 81-85, quien observa (pág. 85) que todas esas prohibiciones fueron ordenadas por la reina o por el futuro Felipe II, en ausencia de Carlos V. Fue Francisco Rodríguez Marín quien formuló y después documentó la hipótesis de que se repitieron las prohibiciones precisamente porque no eran respetadas (El “Quijote” y Don Quijote en América [Madrid: Sucesores de Hernando, 1911]; reeditado en su Estudios cervantinos, págs. 93-137). Obsérvese cómo se justifica, en una cédula de 1543, el que se impidiera a los indígenas leer los libros: “De llevarse a las dichas Indias libros de romance y materias profanas y fábulas, ansí como son libros de Amadís y otros desta calidad de mentirosas historias, se siguen muchos inconvenientes, porque los indios que supieren leer, dándose a ellos, dexarán los libros de sana y buena dotrina y leyendo los de mentirosas historias, deprenderán en ellos malas costumbres e vicio; y demás desto, de que sepan que aquellos libros de historias vanas han sido compuestos sin haber pasado ansí, podría ser que perdiesen el abtoridad y crédito de nuestra Sagrada Scriptura y otros libros de dotores santos, creyendo, como gente no arraigada en la fee, que todos nuestros libros eran de una abtoridad y manera” (Archivo de Indias, 158-2-4, publicado por José Toribio Medina, Biblioteca hispano-americana [Santiago de Chile: el autor, 1898-1907], VI, xxvi-xxvii).
     83 P. E. Russell, “Secular Literature and the Censors: A Sixteenth-Century Document Re-Examined”, Bulletin of Hispanic Studies, 59 (1982), 219-225, en la pág. 221. Amadísse salvó, sin embargo, porque sus “amores” eran “muy castos”.
     84 Agustín G. de Amezúa y Mayo, Andanzas y meditaciones de un procurador castellano en las Cortes de Madrid de 1592-1598 (Madrid, 1945); págs. 190-191 de la reimpresión en sus Opúsculos histórico-literarios, III, 173-211.
     85 “En la Corte no había un solo autor, traductor, ni editor que se atreviera a poner manos en libros de caballerías” (Pérez Pastor, Bibliografía madrileña, I, xiii-xiv). No es difícil ver los motivos, además del desinterés de Felipe II. El primer censor semioficial, Alejo Venegas, fue prácticamente quien inició los ataques contra los libros de caballerías (véase mi “An Early Censor: Alejo Venegas”, en Medieval, Renaissance and Folklore Studies in Honor of John Esten Keller [Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1980], págs. 229-241). Le sucedió Juan López de Hoyos, cuya hostilidad a las novelas caballerescas podría deducirse por su orientación erasmista (véase Bataillon, Erasmo y España, págs. 615-623 y 733-734), pero se manifiesta en sus censuras. Llega hasta el punto de hacer ininteligible un libro que trataba de la caballería supuestamente auténtica de figuras como Héctor, Arturo, Carlomagno, etc., la Crónica llamada el triunfo de los nueve más preciados Varones de la Fama (Alcalá: Juan Íñiguez de Lequerica, 1585). En su aprobación, López de Hoyos explica que había “cotejado las historias Divinas y humanas, para ajustar los vocablos al uso presente, y a la pulicia Cortesana. Helo hecho con el mejor término que he podido: porque como el autor [Antonio Rodríguez Portugal] es Portugués, quiero dezir, que la traduxo de lengua Francesa, en que ella está compuesta, tiene la lengua barbárica y sin stilo, y en algunas impropriedades muy licenciosa. Va repurgado de todo: y para ello fue importante la diligencia, y que no se passasse folio sin ir muy mirado lo borrado, o mejorado. Va de modo, que el impressor lo verá con facilidad, y emenderá, como va apuntado, y quitará lo que va testado. Con lo qual es una muy exemplar obra, para afficionar a la cavallería a honestos exercicios y obras heroicas, y se puede y deve imprimir como tal.”
     Es posible que la Primera Parte de Don Quijote se publicara sin licencia ni aprobación a causa de esta prohibición no oficial, hecho poco usual que Pérez Pastor comenta (Bibliografía madrileña, II, 85); la Segunda Parte, en cambio, incluía tres documentos. Sí es por esta razón que se publicaron tantas continuaciones y reediciones en la cercana Alcalá.
     86 Los libros nuevos Olivante de Laura (dedicado, insólitamente, a Felipe II) y Febo el troyano se publicaron en Barcelona, y Rosián de Castilla en Lisboa. Era típico publicar fuera de Castilla libros que no podían publicarse allí, como el Arte poético de Luis Zapata (Lisboa: Alexandre Siqueira, 1592), que no se publicó no por su contenido, sino por las malas relaciones de Zapata con la corona.
     87 Obsérvese la licencia (ligeramente modernizada) para la publicación en 1579 de las Partes Tercera y Cuarta de Belianís de Grecia, escrita a petición de Carlos V, como el mismo libro nos dice, quizá para facilitar la extensión de los documentos: “Por quanto por parte de vos Andrés Fernández vezino dela Ciudad de Burgos, nos fue hecha relación diziendo [que el] licenciado Hernández vuestro hermano difunto abogado que fue en esta corte, avía co[m]puesto la historia que dezían de don Belianís de Grecia, que hera muy útil y provechoso para la cavallería y cosas de guerra, y tenía avisos muy necessarios para bien hablar a los que no tienen experiencia, y por nos sele avía dado licencia para imprimir la primera y segunda parte, y hera assí quel dicho licenciado con mucho travajo havía acavado la tercera y quarta parte que no hera de menos effecto que las demás, suplicándonos hos mandásemos dar licencia para poder imprimir la dicha tercera y quarta parte y previlegio por diez años o como la nuestra merced fuesse, lo qual visto por los del nuestro consejo, por quanto enel dicho libro se hizo la diligencia que la pregmática por nos agora nuevamente sobre lo susodicho fecha dispone, fue acordado que devíamos mandar dar esta nuestra carta para vos enla dicha razón & nos tuvímoslo por bien.” (El pasaje del prólogo documentando el interés de Carlos V es reproducido por Thomas, pág. 115.) La licencia para la reedición de 1586 de Cristalián de España sugiere lo mismo: “Por quanto por parte de vos doña Juana Bernal de Gatos, biuda, vezina de la villa de Valladolid, hija y única heredera de Beatriz Bernal, difunta, muger que fue del Bachiller Torres de Gatos, nos fue fecha relación que la dicha vuestra madre avía compuesto un libro intitulado don Cristalián de España, de que hizistes presentación, juntamente con un privilegio original dado a Christóval Pelegrín, el qual lo cedió a la dicha vuestra madre y otra vez se avía impresso con licencia y privilegio del emperador y Rey nuestro señor, que está en gloria. Y porque avía muchos días que se avía cunplido y era pobre y padecía de necesidad nos pedistes y suplicastes os le mandásemos prorrogar y conceder por tiempo de veinte años o como la muestra merced fuesse” (ligeramente modernizado de la cita en la edición de Sidney Stuart Park de Cristalián, tesis, Temple University, 1981, pág. 52).
     En la licencia del 8 de febrero de 1584 a Domingo de Portonariis, y en una aprobación fechada dos días después, publicadas en el libro mismo, se permite la publicación de una reedición de Florisel de Niquea, de Feliciano de Silva, “porque nos consta que el dicho libro ha sido ya otras vezes imprimido”. En las ediciones de Alcalá (1580) y de Medina del Campo (1583) del Espejo de príncipes y caballeros, la licencia dice que “vos, Blas de Robles...hexistes presentación [de la segunda parte], y porque era útil y provechoso, nos pedistes y suplicastes os diéssemos licencia y facultad para le poder imprimir, juntamente con la primera parte, que antes con licencia nuestra se avía impresso” (citado en mi edición del Espejo de príncipes y caballeros, I, lxxii). El más curioso de estos documentos legales, sin embargo, es el antepuesto a las ediciones de 1587 y de 1588 de la Tercera Parte del Espejo de príncipes y caballeros. La fe de erratas de este volumen data del 19 de mayo de 1587; posteriormente, y por tanto totalmente al revés de la práctica normal, y sólo un día antes de la tasa del 13 de junio de 1587, encontramos el siguiente documento del 12 de junio de 1587, dando permiso al autor para hacer lo que ya había hecho y para lo que ya tenía permiso, y ordenándole que entregara el libro para ser sometido a un examen que ya se había llevado a cabo: “Por quanto por parte de vos, el licenciado Marcos Martínez vezino de la villa de Alcalá de Henares nos fue fecha relación, que con licencia nuestra avíais impresso un libro por vos compuesto, intitulado, Tercera parte de Espejo de Príncipes y cavalleros, del qual hizistes presentación, y nos suplicastes os mandássemos dar privilegio por veinte años, o como la nuestra merced fuesse.... Por la presente por os hazer bien y merced os damos licencia y facultad, para que por tiempo de diez años primeros siguientes, que corren y cuentan desde el día de la fecha desta nuestra cédula, podáis hazer imprimir y vender el dicho libro de que de suso se haze mención, y damos licencia y facultad a qualquier impressor destos nuestros reinos que vos nombráredes, para que por esta vez le pueda imprimir, con que después de impresso, antes que se venda, le trayáis al nuestro consejo juntamente con el original que en él se vio, que va rubricado y firmado de Pedro çapata del Marmol escrivano de Cámara...para que se vea si la dicha impressión está conforme al original, o trayáis fe en pública forma, en como por corrector nombrado por nuestro mandado se vio y corregió la dicha impressión.”
     88 Mary Cozad me ha dicho que cree que el manuscrito de 1590 de Lidamarte de Armenia era un ejemplar preparado para la imprenta. Quizás la imposibilidad de su publicación explica su rara portada. (Véase Mary Cozad, “Una curiosidad bibliográfica: la portada de Lidamarte de Armenia [1590], libro de caballerías”, Revista de archivos, bibliotecas y museos,50 serie, 79 [1976], 255-259.)
     89 Citado en Pérez Pastor, Bibliografía madrileña, I, 238. La obra también dice (ambas citas son de la pág. 2 de la segunda edición, Madrid, 1595): “Con que descuido bivían los hombres en esta parte: todo era escrivir cosas prophanas: fábulas, libros de cavallerías, que aunque de los quatro de Amadís era opinión de viejos, que enseñavan un cortés trato y lenguaje, que deven usar los cavalleros (como han de guardar su palabra, y quán leales han de ser, con las demás cosas a este talle) por otra parte ésos con los demás andan llenos de mentiras sin tocar historia verdadera, ni dar documento que sea de alguna utilidad”.
     90 Florisel de Niquea y Primaleón fueron publicados en Lisboa en 1566; Palmerín de Inglaterra (en portugués) en Lisboa en 1567; la Parte IV de Floriselen Zaragoza en 1568; Amadís de Grecia y Primaleón en Lisboa en 1596 y 1598 respectivamente.


     91 Aunque se ha escrito mucho sobre la cronología de la composición de la Primera Parte, poco se puede decir con seguridad. Los únicos datos sólidos son que el libro más reciente mencionado en el escrutinio de la librería de Don Quijote se publicó en 1591, y que, según la declaración de Cervantes en el prólogo de la Primera Parte, fue “engendr[ado] en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación” (I, 29, 13-15); debe de referirse a la Cárcel Real de Sevilla, donde fue encarcelado en 1597 durante unos tres meses. (Rodríguez Marín, en “La cárcel en que se engendró el Quijote”, Apéndice III de su “nueva edición crítica”, habla de un nuevo encarcelamiento en Sevilla en 1601 o en 1602, pero este episodio, “no comprobado de manera absoluta” según Fitzmaurice-Kelly, pág. 129, es refutado por Astrana, V, 460-461, quien, sin embargo, llega a extremos inadmisibles al esbozar la cronología de la composición de Don Quijote.)
     “Engendrado”, sin embargo, no significa más que “concebido mentalmente” (el término es claramente usado en ese sentido en el prólogo de las Novelas ejemplares, I, 23, 13). Esta cuestión se complica más con la asociación de Don Quijote con la subida al trono de Felipe III en 1598 (como se propone más abajo), y con la extendida creencia de que Don Quijote empezó como una obra corta (la primera salida), y fue ampliada posteriormente. (Está última tesis es examinada con escepticismo por Erwin Koppen, “Gab es einen Ur-Quijote? Zu einer Hypothese der Cervantes-Philologie”, Romanistisches Jahrbuch, 27 [1976], 330-346.) Lo máximo que puede afirmarse con seguridad es que alguna parte existía antes de 1600.
     Para una introducción al debate sobre este tema, además del artículo de Koppen, véase Geoffrey Stagg, “Castro del Río, ¿cuna del Quijote?” Clavileño, 36 (noviembre-diciembre,1955), 1-11.
     92 Tomé Pinheiro da Veiga, Fastiginia o Fastos geniales, traducción de Narciso Alonso Cortés (Valladolid, 1916), págs. 37, 49, 70-71, 88, 106 y 132. El título original de la obra es también caballeresco: Fastiginia ou Fastos Geniales tirados da tumba de Merlin, onde forão achados com a Demanda do Santo Brial, pello Arcebispo Turpim. Descubertos e tirados a luz pelo famoso lusitano Fr. Pantaleão, que os achou em hum Mosteyro de Calouros.
     93 Este pasaje se cita en la nota 63, supra.
     94 Jaime Oliver Asín, “El Quijote de 1604”, Boletín de la Real Academia Española, 28 (1948), 89-126, en las págs. 112 y 117-118, nota 2. La fecha de 1604 es sospechosa, pues el documento es el apoyo más firme de la por otra parte mítica edición del Quijote de 1604. Pero si es errónea, el comentario sería más tardío, y más entrado en el siglo XVII el conocimiento de los libros de caballerías que documenta.
     95 “Los ataques contra los libros de caballerías, lejos de disminuir, de hecho se multiplicaron durante las dos últimas décadas del siglo XVI” (Glaser [supra, nota 74], pág. 399). Glaser presenta varios ejemplos del siglo XVII.
     96 Irving Leonard, Romances of Chivalry in the Spanish Indies, with some “Registros” of Shipments of Books in the Spanish Colonies, University of California Publications in Modern Philology, 16.3 (Berkeley: University of California Press, 1933), págs. 213-371; José Torre Revello, El libro, la imprenta y el periodismo en América durante la dominación española, Publicaciones del Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras, 74 (Buenos Aires, 1940), Nos. 24 y 30; Guillermo Lohmann Villena, “Los libros españoles en Indias”, Arbor, 2 (1944), 221-249. Estas fuentes aportan pruebas documentales de los vastos envíos de libros de caballerías al Nuevo Mundo, donde estaban prohibidos, y considerando este hecho y los estrechos vínculos culturales entre las colonias y España durante el período colonial, puede tomarse como indicativo de que también se leían en la península. Los libros de caballerías se encuentran muchas veces en los inventarios de los libreros peninsulares; el hecho de que estaban a la venta indica que había compradores potenciales. (Los libros sin salida en el mercado habrían sido reciclados por el considerable valor de su papel.) El inventario de Juan de Timoneda (1583) fue publicado por José Enrique Serrano y Morales, Reseña histórica...de las imprentas que han existido en Valencia (Valencia, 1898-1899), págs. 548-559, y por E. Juliá Martínez, en su edición de las Obras de Juan de Timoneda, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 20 Época, 19 (Madrid, 1947), I, xl-li; el de Benito Boyer (1592) fue publicado por Cristóbal Pérez Pastor, La imprenta en Medina del Campo (Madrid, 1895), págs. 456-462 (comentado en “Who Read the Romances of Chivalry?”, en mi Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 100, nota 23). No se ha publicado el inventario de Cristóbal López (1606), pero Astrana (VII, 794) informa que contenía muchos libros de caballerías, tantos que pronto deja de catalogarlos.
     97 EvidentementeDon Quijote tuvo cierto impacto en los libros caballerescos. El mismo Cervantes lo dice (nota 37, supra), muchos de sus contemporáneos lo confirman (nota 44, supra) y no se publicaron nuevas obras (acerca de la única reimpresión, véase la nota 48, supra). Lohmann (nota 96, supra) comenta que “las novelas de caballerías [estaban] en voga en las comarcas ultramarinas aun después de iniciarse el XVII” (p. 233), pero a poco tiempo, “en esos impresos mejicanos y limeños de la decimaséptima centuria [de religiosos, críticos] consta muy por menudo que ya nadie se acordaba de las vituperadas novelas de caballerías...porque habían sido sustituidas con las piezas dramáticas” (pp. 233-234).
     Gayangos cita dos pruebas que confirman el estrago que hizo Don Quijote en los libros de caballerías: la primera, que un estudiante de Salamanca se encontró, al volver a su casa en 1623, que sus “libros de caballerías y otros de entretenimiento, a cuya lectura había sido muy aficionado en su mocedad, habían sido entregados a las llamas”. La segunda es que “de varios pasajes de una curiosísima representación que los libreros del reino hicieron, en 1664, al consejo de Castilla, en solicitud de que se les dispensase del pago de alcabala, se deduce que la destrucción de libros caballerescos, verificada después de publicado el Quijote, fue enorme”. (Ambas en el “Discurso preliminar” de Gayangos, pág. lx, nota 1; las fuentes de Gayangos, al parecer, aún están inéditas.) Hay que mencionar que los libros de caballerías del Inca Garcilaso desaparecieron de su biblioteca antes de su muerte; véase José Durand, “La biblioteca del Inca”, Nueva revista de filología hispánica, 2 (1948), 239-264.
     98 Diego de Colmenares, el historiador de Segovia, poseía en el siglo XVII un ejemplar de Primaleón (Encarnación García Dini, “Per una bibliografia dei romanzi di cavalleria: Edizioni del ciclo dei ‘Palmerines’”, en Studi sul “Palmerín de Olivia”. III. Saggi e richerche [Pisa: Istituto di Letteratura Spagnuola e Ispano-americana dell'Università di Pisa, 1966], págs. 5-44, en la pág. 31). Se encontraron muchos en la biblioteca de Melchor Pérez de Soto, estudiada por Donald G. Castanien, “The Mexican Inquisition Censors a Private Library, 1655”, Hispanic American Historical Review, 34 (1954), 374-391. Astrana (VII, 795) informa que se encontraron ejemplares de Primaleóny de Palmerín de Oliva en la biblioteca de Pedro Antonio de Aragón (Chevalier, Lectura y lectores, pág. 44).
     99 Irving Leonard, que ha estudiado extensamente el comercio español de libros de principios del siglo XVII, estaba tan impresionado por la difusión de los libros de caballerías después de Cervantes que cuestionó si Don Quijote había tenido sobre el género el impacto que había querido tener y Cervantes y sus contemporáneos creían que había tenido: “La gran obra maestra de Cervantes..., según se afirma, había dado el golpe de gracia en 1605 a la prolongada moda de los libros de caballerías. Este supuesto, que goza algo de la inviolabilidad de un dogma, se tambalea al ojear esta lista de libros de medio siglo más tarde” (Baroque Times in Old Mexico [Ann Arbor: University of Michigan Press, 1966; publicado por primera vez en 1959], pág. 94). “La burla que Cervantes hizo de las fantásticas aventuras de estos superhombres ficticios no había acabado todavía con su boga” (pág. 120).
     100 Citado por Rodríguez Marín, “nueva edición crítica”, IX, 67.
     101 Su religoso Caballero venturoso, publicada por primera vez por A[dolfo] B[onilla] y S[an] M[artín] y M[anuel] S[errano] y S[anz] (Madrid, 1902), ofrece “caballerías venturosas.... Verás aquí, discreto lector, en este caballero, su audacia y peregrinación peleando con los trances de la variable fortuna, unas veces en levantados puestos y otras en espantosos sobresaltos, como la nave ligera...en las furibundas olas del mar.... Y con particular estudio y deseo de aprovechar, me puse a considerar cómo podría abrir de par en par las puertas del relajado gusto de tantos vanos lectores.... Hallarás, pues, que como autor, sacerdote y solitario, no te pongo aquí ficciones de la Selva de aventuras, no las batallas fingidas del Caballero del Febo; no sátiras y cautelas del agradable Pícaro; no los amores de la pérfida Celestina, y sus embustes, tizones del infierno; ni menos las ridículas y disparatas fisgas de Don Quijote de la Mancha, que mayor [mancha] la deja en las almas de los que lo leen, con el perdimiento de tiempo” (págs. 8-9). El manuscrito de este libro lleva tres censuras, incluida una de Lope; todas están fechadas en la primera mitad de 1617 (pág. 1).
     102 Este pasaje (de la dedicatoria de El desconfiado) es reproducido en la introducción de mi edición del Espejo de príncipes y caballeros, I, L, 49. La alabanza de Lope a los libros de caballerías puede ser una reacción al ataque de Cervantes; véase mi artículo “El romance visto por Cervantes”.
     103 La primera referencia es a su Estafeta del dios Momo, ed. Alfredo Rodríguez (New York: Las Américas, 1968), pág. 36; la segunda es a “La peregrinación sabia”, de las Coronas del Parnaso (véanse págs. 34-48 de la edición de Francisco A. Icaza, Clásicos castellanos, 57 [Madrid: La Lectura, 1924]).
     104 Las que se han identificado han sido enumeradas por Thomas, págs. 61, 88 y 96, y Adolfo de Castro, Discurso acerca de las costumbres públicas y privadas de los españoles en el siglo XVII, fundado en el estudio de las comedias de Calderón (Madrid, 1881), pág. 75; una de éstas es estudiada por Ángel Valbuena Briones, “La influencia de un libro de caballerías en El castillo de Lindabrides”, Revista canadiense de estudios hispánicos, 5 (1981), 373-383.
     105 Edición de Miguel Romera-Navarro, II (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1939), 35-36.
     106 La esclavitud se habría finalmente extinguido en Estados Unidos de motu proprio, pero en 1861, en el momento de comenzar la Guerra Civil norteamericana, ¿cuántos lo preveían, y cuántos abolicionistas habrían querido esperar su extinción?
     107 Este libro lo estudian P. E. Russell, “The Last of the Spanish Chivalric Romances: Don Policisne de Boecia”, en Essays on Narrative Fiction in the Iberian Peninsula in Honour of Frank Pierce, ed. R. B. Tate (Oxford: Dolphin, 1982), págs. 141-152, y anteriormente Rodríguez Marín, “nueva edición crítica”, IX, 54-56 y Astrana, V, 493-496.
     108 No había habido ninguna edición castellana de Tablante de Ricamonte desde 1558, y ninguna desde la de Estella de 1564; sin embargo, fue reimpresa en Sevilla en 1599 y en Alcalá en 1604. No se había publicado la Historia del cavallero Clamades desde 1562, pero apareció dos veces (en Alcalá y en Sevilla) en 1603.Oliveros de Castilla, que no se había publicado desde 1554, apareció en 1604 en Burgos y en Alcalá. La primera edición de Flores y Blanca Flordesde 1564 fue publicada en Alcalá en 1604; la primera edición de Pierres de Provenza desde 1562, en Zaragoza en 1602.
     109 Los romances equivalían para las clases más modestas a los libros de caballerías para las más pudientes: “a esas ficciones [libros de caballerías], sucedieron versos, coplas, y Cantares para que más se radicase en la Juventud, el error, la ociosidad, e ignorancia, y aun el vicio” (Sarmiento, Noticia, pág. 102). Aunque la erudición patriótica ha estimado que el romancero es central a la identidad española (“¿Qué es el Romancero que la esencia de nuestra nacionalidad?” Astrana, VI, 497), parece que Cervantes se opuso a sus inexactitudes históricas, al igual que a las de los libros de caballerías; véase mi artículo “El romance visto por Cervantes”.
     El romance del Marqués de Mantua fue utilizado como libro de texto infantil, como vemos en Mateo Alemán y en Rodrigo Caro (citado por Rodríguez Marín, “nueva edición crítica”, I, 173). La licencia para la edición de 1598 data del 8 de noviembre, menos de dos meses después de la muerte de Felipe II. No se conocen ejemplares de la edición de 1598, pero la licencia es reproducida en la reimpresión de 1608. (Los datos bibliográficos son de Juan Catalina García [López], Ensayo de una tipografía complutense [Madrid, 1889], pág. 254, que da el nombre del autor como “Trebiño”, y de Antonio Rodríguez-Moñino, Diccionario de pliegos sueltos poéticos. Siglo XVI [Madrid: Castalia, 1970].) Esta publicación incluía los romances “De Mantua sale el marqués”, “De Mantua salía apriesa” y “En el nombre de Jesús”, todos ellos incluidos en el famoso Cancionero de romances y en colecciones derivadas, ninguna de las cuales fue tampoco publicada en Castilla.
     110 Marcelino Menéndez Pelayo cita ejemplos en “Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del Quijote”, publicado por primera vez en Revista de archivos, bibliotecas y museos, 30 época, 12 (1905), 309-339, en la pág. 334, y reimpreso por lo menos en siete colecciones distintas, de las cuales la de más fácil consulta probablemente sea sus Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, edición nacional, I (Madrid: CSIC, 1941), 323-356, en las págs. 350-351. (Para otras ediciones, véase mi bibliografía.) El texto completo de Melchor Cano citado por Menéndez Pelayo, en el cual se dice que un sacerdote había creído que todo lo que los “ministros de la república” permitían publicar era verdad, se puede ver en la Vida de Mayáns y Siscar, págs. 33-34; se cita otra crítica en mi libro Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 160. El prólogo del poema épico caballeresco Celidón de Iberia se refiere evidentemente a los libros de caballerías cuando señala que mientras algunos “aman las historias verdaderas...otros, y casi los mas, gustan en estremo de fabulas...ya que no se lean con el intento que los inuentores dellas pretendieron, ninguno ay que leyendolas las vayan juzgando por no acontecidas, y por agenas de verdad” (citado por Frank Pierce, La poesía épica del Siglo de Oro, 20 edición [Madrid: Gredos, 1968], pág. 238). Fernández de Oviedo escribió que “no sé yo con qué seso los que esto saben [que Dios aborrece la mentira] se ocupan en estos tractados viçiosos e noveleros e agenos de toda verdad que de pocos tiempos acá se componen e publican, e andan tan derramados e favorescidos, que sin ninguna verguença no falta quien los alegue y acote, como si fuessen historias veras (citado por Rodríguez Marín, “nueva edición crítica”, IX, 60-61).
     111 Véase mi artículo “The Pseudo-Historicity of the Romances of Chivalry”, ya citado (nota 14, supra).
     112 III, 69, 12-14; véase también III, 49, 1-2, y III, 347, 20-22. Satán es naturalmente el gran mentiroso: véase III, 411, 17-21; “Coloquio de los perros”, III, 214, 23-25; y la famosa condena de los “moros” (es decir, de los que no son cristianos), gente de los que “no se podía esperar verdad alguna” (III, 60, 26-61, 1).
     113 I, 92, 32-93, 2; I, 96, 13-14; II, 83, 21-26; II, 362, 26. En Don Quijote los libros de caballerías frecuentemente son condenados con imágenes religiosas. La destrucción de la biblioteca de Don Quijote parece un acto de la Inquisición. (Al parecer esto fue señalado por primera vez por Wardropper, “Cervantes' Theory of the Drama”, pág. 219; ampliado por Stephan Gilman, “Los inquisidores literarios de Cervantes”, en Actas del Tercer Congreso Internacional de Hispanistas [México: El Colegio de México, 1970], págs. 3-25.) Los libros condenados (II, 398, 22) tenían que ser marcados, como un hereje, con un sambenito (III, 93, 8), y los autores enviados al infierno (“el centro del abismo”, II, 400, 32-401, 2). Como se discute en el capítulo 5 de este libro, en los libros de caballerías la devoción a las mujeres sustituye la devoción a Dios.
     Es dudoso que Cervantes lo supiera, pero la difusión de Amadís en Francia fue atribuida al diablo, que usaba este medio para propagar el protestantismo. En una fecha más tardía se involucró personalmente a Lutero, a quien el libro supuestamente incitó tanto a la lujuria que renunció a su voto de castidad y se casó con una monja. (Véase Julius Schwering, “Luther und Amadis”, Euphorion, 29 [1928], 618-619; Rodríguez Marín, nueva edición crítica, IX, 174; Thomas, págs. 150 y 164; Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 92, nota 6.) Américo Castro (El pensamiento de Cervantes, pág. 61, nota 20) ha señalado que los ataques contra los libros de caballerías coinciden cronológicamente con el Concilio de Trento, que prohibió los matrimonios clandestinos tan típicos de ellos (véase Marcel Bataillon, “Cervantes y el ‘matrimonio cristiano’”, en su Varia lección de clásicos españoles[Madrid: Gredos, 1964], págs. 238-255, en las págs. 249-250). El Concilio de Trento también prohibió el combate caballeresco, como se recuerda en IV, 210, 26-27, aunque de hecho había una larga tradición de oposición eclesiástica (véase Sydney Painter, French Chivalry [1940; reimpr., Ithaca: Cornell University Press, 1957], págs. 89 y 155). Todavía no se ha reconstruido la historia completa.
     114Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional”, en Suma cervantina, pág. 203, nota 8. Avalle-Arce también señala que es en el mismo capítulo donde se menciona el ya escrito “Rinconete y Cortadillo”. También Amezúa acepta sin reservas que el canónigo describe un proyecto cervantino (Cervantes, creador de la novela corta española [Madrid: CSIC, 1956-1958], I, 401-403).
     115 Su edición de Persiles, I, vii. Stanislav Zimic, “El libro de caballerías de Cervantes”, Acta neophilologica, 8 (1975), 3-46, propone que el canónigo se refiere a la comedia cervantina El gallardo español.
     116 Las cuatro partes de Belianís “tienen necessidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada cólera suya, y es menester quitarles todo aquello del Castillo de la Fama y otras impertinencias de más importancia” (I, 100, 24-28).
     117 Eso tendría que entenderse como el deseo de continuar los Libros Primero y Segundo de Belianís, y no las Partes Tercera y Cuarta, publicadas por primera vez en 1579, que no tuvieron éxito aunque fueron escritas a petición de Carlos V (supra, nota 50). (El Belianíspublicado consiste en los Libros Primero y Segundo y PartesTercera y Cuarta.) Don Quixote “alabava en su autor aquel acabar su libro con la promessa de aquella inacabable aventura, y muchas vezes le vino desseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete” (I, 51, 14-17); esto es claramente una alusión al final del Libro Segundo y no a la Parte Cuarta. El episodio del “castillo de la Fama” que debe quitarse (“es menester quitarles todo aquello del castillo de la Fama y otras impertinencias de más importancia”, I, 100, 26-28) también se encuentra en las Partes Tercera y Cuarta (véanse las anotaciones de Clemencín). Quisiera agradecer a Lilia Orduna sus consejos sobre este libro.
     118 En la Biblioteca Nacional de Madrid hay una continuación de Belianís inédita, La quinta parte de don Beleanis [sic] de Grecia y su hijo Velfloran. Con sus grandes echos (MS 13138). No es de Cervantes.
     119 Según la Crónica llamada el triunfo de los nueve más preciados Varones de la Fama (supra, nota 85), los “nueve de la fama” fueron Moisés, David, “Macabeo”, Alejandro, “Héctor Troyano”, Julio César, Artús, Carlomagno y el héroe de las Cruzadas Godofredo de Bouillón.
     120 Otra posible explicación de la decisión de no escribir una continuación de Belianís es la oposición general de Cervantes a las continuaciones, que discutiremos en el capítulo 4.
     121 “Quiero conceder que huvo doze Pares de Francia, pero no quiero creer que hizieron todas aquellas cosas que el arçobispo Turpín dellos escrive; porque la verdad dello es, que fueron cavalleros escogidos por los reyes de Francia, a quien llamaron pares, por ser todos iguales en valor, en calidad y en valentía, a lo menos, si no lo eran, era razón que lo fuessen, y era como una religión de las que aora se usan de Santiago o de Calatrava, que se presupone que los que la professan han de ser o deven ser cavalleros valerosos, valientes y bien nacidos” (II, 367, 29-368, 9). Los libros sobre ellos también fueron dejados en suspenso durante el examen de la biblioteca de Don Quijote (I, 98, 21-99, 19).
     122 Debería tenerse en cuenta que en la medida en que existía la caballería tal como la entendía Don Quijote, era siempre una imitación de una literatura que erróneamente se creía verídica. Véase F. J. C. Hearnshaw, “Chivalry and its Place in History”, en Chivalry. A Series of Studies to Illustrate its Historical Significance and Civilizing Influence, ed. Edgar Prestage (1928; reimpr., New York: AMS, 1974), págs. 1-13; John Fraser, “Medieval Chivalry: Where and When?”, en America and the Patterns of Chivalry (Cambridge: Cambridge University Press, 1982), págs. 37-40; Larry D. Benson, “The Tournament in the Romances of Chrétien de Troyes and L'Histoire de Guillaume Le Marechal”, en Chivalric Literature. Essays on Relations between Literature and Life in the Later Middle Ages, ed. Larry D. Benson y John Leyerle (Kalamazoo, Michigan: Medieval Institute of Western Michigan University, 1980), págs. 1-24, y la introducción a este volumen de los editores, págs. vii-ix; y Martín de Riquer, Caballeros andantes españoles, Colección austral, 1397 (Madrid: Espasa-Calpe, 1967), págs. 168-170. El extenso tratamiento de Huizinga de la distancia entre el ideal caballeresco y la realidad histórica (The Waning of the Middle Ages, publicado por primera vez en 1924) es anterior a todos estos trabajos. Sin embargo, la primera afirmación que conozco acerca del carácter artificial de la caballería es la de J. C. L. Simonde de Sismondi, Historical View of the Literature of the South of Europe (publicado por primera vez en 1813): “No debemos confundir la caballería con el sistema feudal. El sistema feudal puede considerarse la vida real del período que tratamos, con sus ventajas e inconvenientes, sus virtudes y sus vicios. La caballería, por el contrario, es el mundo ideal, tal como existía en la imaginación de los escritores romances. Su carácter esencial es su devoción a la mujer y al honor” (I, 76-77). “Cuanto más atentamente estudiamos la historia, más claramente percibimos cómo el sistema caballeresco es una invención casi enteramente literaria. Es imposible distinguir los países en los que se dice que ha prevalecido. Siempre se representa distante a nosotros en el tiempo y en el espacio; y mientras los historiadores contemporáneos nos dan un informe claro, detallado y completo de los vicios de la corte y de los grandes, de la ferocidad o de la corrupción de los nobles, y del servilismo del pueblo, con gran sorpresa encontramos a los poetas, después de un largo lapso de tiempo, adornando la misma época con una magnífica gracia, virtud y lealtad, producto de su imaginación. Los escritores de romances del siglo XII situaron la edad caballeresca en la época de Carlomagno. El período en el que estos escritores existieron es el indicado por Francisco I. Actualmente, imaginamos que aún podemos ver la caballería floreciendo en las personas de Du Guesclin y Bayard, bajo Carlos V y Francisco I. Pero cuando examinamos uno u otro período, aunque encontramos en los dos algunos espíritus heroicos, tenemos que confesar que es necesario adelantar la edad caballeresca al menos tres o cuatro siglos antes de cualquier período de historia auténtica” (I, 79).
     123 Ver al Cid como caballero andante, como Cervantes al parecer hizo, es una distorsión desde una perspectiva histórica, pero desde el punto de vista de Cervantes menos grave que lo que pueda parecer en un principio. Fue retratado con mayor caballerosidad en el siglo XVI (véase Barbara Matulka, The Cid as a Courtly Hero, from “Amadís” to Corneille [New York: Institute of French Studies, Columbia University, 1928]), pero incluso tal como aparece en el Cantar publicado en el siglo XVIII, es un caballero, que viaja por toda España acompañado de amigos, y que tiene aventuras.


De: La interpretación cervantina del Quijote, por Daniel Eisenberg. © 1995 Compañía Literaria, S.A.
[Índice] - [Introducción metodológica] - [Nota sobre los textos] - [Cap. 1. Cervantes y los libros de caballerías castellanos] - [Cap. 2. El libro de caballerías ideal: El “famoso Bernardo] - [Cap. 3. El género de Don Quijote] - [Cap. 4. El humor de Don Quijote] - [Cap. 5. El provecho de Don Quijote] - [Cap. 6. Don Quijote, un clásico. La insuficiencia de la interpretación cervantina] - [Apéndice: La influencia de Don Quijote en el Romanticismo] - [Bibliografía]


Daniel Eisenberg : <Daniel.Eisenberg@bigfoot.com>
Works of Daniel Eisenberg http://users.ipfw.edu/jehle/deisenbe/index.htm
URL: http://users.ipfw.edu/jehle/deisenbe/interpret/ICQcap1.htm