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De: La interpretación cervantina del Quijote, por Daniel Eisenberg. © 1995 Compañía Literaria, S.A.


[Índice] - [Introducción metodológica] - [Nota sobre los textos] - [Cap. 1. Cervantes y los libros de caballerías castellanos] - [Cap. 2. El libro de caballerías ideal: El “famoso Bernardo] - [Cap. 3. El género de Don Quijote] - [Cap. 4. El humor de Don Quijote] - [Cap. 5. El provecho de Don Quijote] - [Cap. 6. Don Quijote, un clásico. La insuficiencia de la interpretación cervantina] - [Apéndice: La influencia de Don Quijote en el Romanticismo] - [Bibliografía]


Capítulo 4. El humor de Don Quijote


  Para componer historias y libros de cualquier suerte que sean, es menester un gran juizio y un maduro entendimiento; dezir gracias y escrivir donaires es de grandes ingenios.

III, 69, 5-9


     El humor del Quijote es el aspecto menos estudiado de la obra. Aunque unos cervantistas han mantenido con firmeza que los primeros lectores la percibieron como una obra cómica, y que tal era el deseo de Cervantes,1 ha habido poca discusión sobre lo que es o pretendía ser gracioso.2 Este olvido se explica sólo parcialmente por el hecho de que Don Quijote se ennoblece a medida que el libro avanza. Sus causas son numerosas.
     Una es que aunque se examinan muchos temas en Don Quijote, el humor no figura entre ellos. Con frecuencia se nos dice que se hace o dice algo gracioso, y los personajes ríen, pero aparte de calificar el pasaje humorístico de locura, necedad, disparate, o algún término similar, apenas hay análisis o discusión del humor en la obra. Hay tres explicaciones posibles de esta omisión. En primer lugar, es difícil hablar sobre el humor en presencia de los personajes a cuyas expensas se produce, y uno de estos personajes casi siempre está presente. En segundo, la creación de humor no era un tema importante ni polémico. Era la capa de azúcar o (en otra metáfora de la Siglo de Oro) el cebo usado para pescar al lector. Lo que podía o debía causar risa no era tan importante para Cervantes como los valores morales o la instrucción literaria que quería ofrecer a sus lectores. Finalmente, los personajes serios que discuten cuestiones importantes—los que no forman parte del vulgo—raramente son los que se ríen de Don Quijote (ni de Sancho). Le tratan con respeto, consideran que sus disparates son concertados (II, 376, 12-13), producto de un “boníssimo entendimiento”,3 y distinguen entre sus prudentes palabras y sus disparatadas acciones.4
     La falta de consideraciones sobre el humor en el libro—el que nos anime a reír pero no a meditar sobre nuestra risa—es sin duda una razón por la que los especialistas han eludido el tema del humor de Don Quijote. Otra razón es el prejuicio entre los eruditos contra el humor, que ni es moderno ni está limitado a los estudios hispánicos. (Se remonta a las figuras del payaso y del bufón, de baja condición social, y quizás a la pérdida, antes de la Edad Media, de las observaciones de Aristóteles sobre la comedia.) El humor, como señalan los estudiosos, es un tema difícil, y se considera poco provechoso.5 Los eruditos inevitablemente prefieren tratar de cuestiones serias.
     Un factor todavía más significativo que influye en el estudio del humor de Don Quijote es el cambio cultural. Los libros de humor, incluso todo tipo de humor verbal publicado, son cosa del pasado. Hoy se compra un libro para informarse, conmoverse, animarse o entretenerse, pero no para reír. No hace falta. En la actualidad el humor abunda. El periódico nos lo trae a la puerta todos los días. La televisión y las películas están llenas de humor, y parece que lo tratan mejor que las cuestiones serias—quizás porque son medios visuales. Los libros humorísticos que se publican hoy son recopilaciones de material publicado en otros medios; el autor de novelas cómicas, el P. G. Wodehouse, Evelyn Waugh, Jerome K. Jerome o Álvaro de Laiglesia ha desaparecido.
     El cambio cultural, sin embargo, ha afectado incluso la percepción del humor de una obra. El humor es especialmente propenso a debilitarse con el paso del tiempo. Está unido, quizás inevitablemente, a las circunstancias en que se creó, y cuanto más sofisticado es, también es más efímero. El humor superficial de la farsa es más o menos universal, así pues la escena nocturna en la posada (capítulo 16 de la Primera Parte) todavía se la considera divertida. Pero para comprender el humor que surge de lo que es incongruente y ridículo hay que saber lo que sería congruente y sensato.6 Si hay que explicar estas cosas, “no se entiende” el chiste y se pierde gran parte del humor.
     El mejor humor es, por tanto, perecedero, y es tan difícil para el especialista estudiarlo a varios siglos de distancia como para el lector apreciarlo. Sin embargo, si Don Quijote fue considerado durante mucho tiempo un libro cómico, si frecuentemente nos dice que contiene burlas y que Don Quijote y Sancho hacen reír a la gente hasta que revientan,7 su humor es un tema de estudio necesario.
     En el capítulo anterior dije que el humor de Tirante lo blanc había sido en parte el modelo del de Don Quijote, y señalé que los pasajes comentados sugieren que Cervantes creía que el humor surge del contraste entre lo que ocurre y lo que el lector piensa que sería lo adecuado. Sin embargo, Cervantes no habría considerado a Tirant como modelo fiable porque su humor, en su opinión, no era intencionado. Además, Cervantes se preocupaba menos por lo que se había hecho que por lo que podía o debía hacerse; en otras palabras, le interesaba la teoría, el “arte cómico” (Persiles, II, 19, 10). No se había escrito mucho sobre el humor, pero un teórico abarcó lo suficiente para incluirlo. La Philosophía antigua poética de López Pinciano no sólo proporciona un tratamiento sistemático, sino que es el único estudio del tema que es probable que Cervantes conociera.8 Además, el tratamiento del médico vallisoletano refuerza lo que Cervantes pudo haber tomado de Tirant.
     La risa, explica López Pinciano, se encuentra en dos cosas: “obras y palabras” (III, 33 y 43), en las cuales se encuentra “alguna fealdad y torpeza” (III, 43); “lo ridículo está en lo feo” (III, 33). Cervantes encarna esta teoría creando dos personajes físicamente poco atractivos y sin gracia, y hace que uno de ellos, Don Quijote, sea el representante de las acciones cómicas, y el otro, Sancho, el representante de las palabras cómicas. Aquél, cifra de todos los caballeros andantes,9 hace cosas divertidas porque está loco, y éste, cifra de los escuderos,10 dice cosas graciosas porque es simple.11 La división no está bien definida, pues en ocasiones ambos dicen cosas graciosas y hacen cosas disparatadas, y Don Quijote se vuelve menos loco y Sancho más juicioso.12 Pero esta distinción entre los dos, el uno hombre de acción, y el otro hombre de palabras, es frecuente en el texto. Así es “la locura del amo y la simplicidad del criado” (II, 56, 11-12; también III, 53, 21-23), “las locuras de don Quixote...[y] las sandezes de Sancho” (IV, 65, 3-4), “las locuras del señor [y] las necedades del criado” (III, 53, 30-31), “embista don Quixote, y hable Sancho Pança” (III, 74, 32-75, 1), y en una descripción del libro en su conjunto, “las hazañas de don Quixote y donaires de Sancho”.13
     Según López Pinciano, es difícil definir el humor; “la risa es risa” (III, 32), y sus causas son numerosas (III, 32 y 33). La división entre “obras y palabras” es en realidad sólo la forma en que están divididas “las más cosas del mundo” (III, 33). Sin embargo, finalmente concluye que “lo principal de lo ridículo...consiste en palabras” (III, 45), y eso bien puede ser un motivo por el que el humor verbal, y el papel de Sancho, son cada vez más importantes en Don Quijote: “muchas gracias no se pueden dezir con pocas palabras” (III, 374, 21-22) es el comentario del duque sobre la locuacidad de Sancho. La evolución de Sancho también se explica por la importancia que López Pinciano concede a los simples, puesto que son “unos personajes que suelen más deleytar que quantos salen a las comedias” (III, 59). “Es la persona más apta para la comedia de todas las demás” (III, 60), pues con semejante personaje puede incluirse todo tipo de discurso ridículo.
     Podríamos continuar con este análisis de los comentarios de López Pinciano sobre el humor, señalando la presencia en Don Quijote de ejemplos de los tipos de humor que menciona, como las etimologías,14 preguntas y respuestas,15 y suspiros.16 Pero creo se puede llegar a una conclusión: Don Quijote refleja el pensamiento de López Pinciano sobre el humor. El origen de su humor es, por tanto, “lo feo”, y esto require el conocimiento de lo atractivo para su entendimiento.17
     Más que analizar el humor de Don Quijote en términos de recursos específicos como donaires y disparates, intentaré explicar los cambios culturales y literarios desde la época de Cervantes, y presentar Don Quijote como Cervantes quería que se viera: un libro de caballerías burlesco. Desde esta perspectiva podemos entender que los joviales dijeran “vengan más quixotadas” (III, 74, 32), que Felipe III comentara, al oír a alguien riendo ruidosamente, “aquel estudiante, o está fuera de sí, o lee la historia de Don Quijote”18 y que Tomás Tamayo de Vargas describiera a Cervantes como el autor más festivo de España.19 Me centraré en el protagonista Don Quijote porque es más problemático, dando menos importancia al humor de Sancho, que ha sido más estudiado.20
     El protagonista de un libro de caballerías era siempre joven, apuesto y fuerte. Don Quijote es viejo y feo (I, 50, 1-3; II, 150, 15-16); monta un caballo que no sólo es viejo sino que “parecía de leño” (II, 290, 6).21 Su casco, medio hecho de cartón (I, 53, 29-30), está sujeto por cintas, y tiene que beber con una paja cuando el nudo no puede deshacerse.22 Más que de ser hábil con la espada, se precia de saber hacer jaulas y palillos de dientes.23 En lugar de un rey o un emperador, un ventero le arma caballero, y una prostituta,24 no una virgen, le ciñe la espada.
     Alonso Quijano cree neciamente que basta escoger nombres nuevos para él y su caballo, su dama y sus amigos para convertirse en caballero25 o pastor.26 Sin embargo, el nombre que escoge, Don Quijote de la Mancha, es poco digno. El título de “don”, que no le corresponde, es pretencioso,27 y “Quijote” utiliza un sufijo despreciativo y cómico.28 La parte final de su nombre, sin embargo, es la más cómica.
     Los caballeros andantes literarios eran de reinos extranjeros, cercanos (Inglaterra, Gales), o exóticos (Tracia, Hircania). Viajaban por pintorescas partes del mundo, como China, África del norte y Asia. A menudo visitaban países como Inglaterra y Grecia que durante lar go tiempo se asociaron con la literatura caballeresca. Como se ha dicho en el capítulo 2, Cervantes consideraba que España era un escenario muy apropiado para un libro de caballerías, pero Don Quijote es de una de las regiones menos atractivas, y viaja por ella: la árida y poco poblada llanura de La Mancha, que da origen a su nombre. “La Mancha” es un chiste constante en Don Quijote; de ahí las referencias a sus “anales” (I, 60, 3), “archivos” (I, 32, 13; II, 402, 5) e “ingenios” (I, 126, 13), que se reúnen en la academia ridículamente denominada “de la Argamasilla”,29 “lugar de la Mancha” (II, 402, 15-16). Don Quijote es famoso “no sólo en España, pero en toda la Mancha” (II, 54, 22), y Dulcinea debe de ser “la más bella criatura del orbe, y aun de toda la Mancha” (III, 398, 7-9; véase también III, 159, 10-14). Una mancha era, naturalmente, algo que un caballero debía evitar a toda costa.
     Los caballeros andantes de los libros de caballerías iban acompañados de respetuosos jóvenes aspirantes o admiradores de la caballería. Don Quijote escoge, como “muy a propósito para el oficio escuderil de la cavallería” (I, 77, 15-16), un campesino de mediana edad, infeliz en su matrimonio,30 cómicamente montado en un asno,31 quien al principio no es más que un glotón gordo, locuaz, codicioso, estúpido e ignorante.
     El concepto que tenía Don Quijote de la caballería es una deformación de la ya distorsionada caballería andante de los libros de caballerías. Las hazañas son un paso hacia un fin amoroso; quiere ser útil, pero especialmente a las mujeres; la caballería, en resumen, significa para él servir a las damas.32 Este parecer, que es ahora el estereotipo de la caballería, ha llegado a la cultura moderna por medio de Don Quijote.33 Ningún tratado de caballería—no existen tratados de caballería andante—respalda esta interpretación,34 ni tampoco refleja adecuadamente los libros de caballerías españoles.35
     Las mujeres que más quiere servir, y por quienes quiere ser servido, son doncellas (vírgenes). Don Quijote está fascinado por la lascivia de algunos libros de caballerías que, especialmente los de su favorito Silva,36 están llenos de doncellas que desvisten al caballero (IV, 68, 16-31), lo bañan desnudo (II, 372, 25-26) y se entregan a él “rendida[s] a todo su talante y voluntad” (II, 316, 21-22; también II, 389, 25-26). (El canónigo criticó la ligereza de las mujeres como un ejemplo de la falta de verosimilitud de los libros de caballerías [II, 342, 4-7], y ya he citado—pág. 94—el pasaje en que los ataca por ser “en los amores, lascivo[s]”.) Don Quijote introduce en el romance de Lanzarote, que para él es una historia lasciva (I, 167, 28-168, 8) y una de sus favoritas, una referencia gratuita a las doncellas que sirven al caballero,37 y en su descripción de la Edad de Oro, el elemento más importante es que las doncellas “andavan...por donde quiera” (I, 149, 12-14). Cuando realmente cree, “de todo en todo”, que es un caballero andante (III, 377, 11-15) es cuando las doncellas le sirven en el palacio ducal.38 Es la realización de sus sueños, que sólo había podido satisfacer imaginando que unas rameras eran doncellas (I, 61, 25-30). En su fantasía sobre la vida de caballero que cuenta a Sancho, el centro de atención está en la hija del rey, una doncella (I, 291, 2); en la historia que cuenta al canónigo las únicas personas que encuentra el caballero son doncellas, que le reciben, le sirven y se sientan junto a él. Y todas son hermosas (II, 370, 22-373, 24). No es extraño que Don Quijote parezca irritarse por su compromiso con Dulcinea que él mismo se ha impuesto.39
     Podría decirse en defensa de Don Quijote que mientras su autor favorito es el lascivo Silva, su caballero favorito y guía de su conducta es el relativamente casto Amadís.40 Sin embargo, demuestra todavía más el mal uso que hace de los libros de caballerías al no tener en cuenta que, aunque tarde, Amadís se casa—Esplandián es su “hijo legítimo” (I, 96, 25)—y renegando del matrimonio como fin.41 Pronto olvida la profecía burlesca del barbero, que Don Quijote y Dulcinea se casarán y tendrán hijos (II, 327, 14-27).
     Don Quijote parodia aún más el amor de los libros de caballerías porque no utiliza ningún criterio en su servicio a las mujeres. No le importa a qué clase de mujer sirve; el caballero, según Don Quijote, debe servir a todas las mujeres, “qualesquiera que sean” (I, 349, 18).42 Ni tampoco es necesario que las mujeres le pidan ayuda, como hacen Micomicona y la condesa Trifaldi. Impondrá su ayuda a quienes no la necesitan, como la “princesa” del capítulo 8 de la Primera Parte; después de impedir que los cabreros sigan a Marcela, que no quiere saber nada de los hombres, la sigue él.43
     Don Quijote también desfigura los libros de caballerías cuando dice que era “forçoso” para un caballero tener a una dama;44 para que nos demos cuenta de su error, en el mismo libro se lo señala.45 Es verdad que todos los protagonistas, y la mayoría de los caballeros secundarios, amaron a una o más damas. Sin embargo, si estaban enamorados, amaban a una dama de su misma clase social. Alonso Quijano escoge a una campesina, y piensa para ella un nombre tan ridículo como el suyo, “que no desdixesse mucho del suyo” (I, 56, 23); Dulcinea del Toboso es la pareja apropiada para Don Quijote de la Mancha.46 Aunque se nos diga al principio que Aldonza es “de muy buen parecer” (I, 56, 17-18), pronto nos enteramos de que tiene una voz fuerte y de que huele y se porta como un hombre (I, 363, 13-15 y 20-25; II, 66, 8). Probablemente Sancho escoge a una “soez labradora” como “Dulcinea”,47 quien resulta que también huele y se porta como un hombre (III, 138, 19-24; III, 139, 26-27), debido a cierto parecido.48
     Don Quijote esboza “dos cosas solas” que “incitan a amar más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama” (I, 366, 14-15). La mujer que elige para idealizarla no sólo carece de lo primero, sino que también carece, mucho más desastrosamente, de la otra atracción femenina. La virtud de Aldonza Lorenzo, cuyo nombre ya es vulgar,49 es frecuentemente puesta en duda. El Caballero del Febo, en su soneto introductorio (I, 46, 10), pone al lector en buen camino cuando dice que sólo por Don Quijote podría decirse que Dulcinea es casta. Sancho, que nos recuerda que “suelen andar los amores y los no buenos desseos por los campos como por las ciudades” (IV, 342, 1-3),50 está entusiasmado por la “nada melindrosa” Aldonza,51 quien se burla de todos,52 y le gustaría ir a verla enseguida, pues no la ha visto desde hace tiempo (I, 364, 3-4); este entusiasmo bien puede tener algo que ver con los celos de su mujer, de los que se queja.53 No tenemos que creer a Don Quijote cuando dice que los padres de Aldonza la han educado, como a Marcela (I, 160, 3-4), con “recato y encerramiento” (I, 363, 4-6); Sancho nos dice que aparece en la parte más visible del pueblo, el campanario, y difunde sus deseos a más de media legua de distancia (I, 363, 20-25).
     El propio Don Quijote confirma los fallos de Aldonza en este aspecto básico. Compara el amor que siente por ella con el de una alegre viuda por un “hombre soez, baxo e idiota” (I, 365, 3-25; adaptado). Alaba ridículamente, junto con las parte visibles de su cuerpo, sus partes íntimas.54 Dice que para él es suficiente pensar que es honesta (I, 366, 7-9), y está dispuesto a jurar que “está hoy como la madre que la parió”.55 Sus apreciaciones no borran el impacto que produce su comparación con las dos mujeres que, para los españoles del Siglo de Oro, eran, después de Eva, las peores de todos los tiempos: Helena, cuyo adulterio provocó la destrucción de Troya, y La Cava, por cuyo comportamiento sexual los moros ganaron España.56 De esta forma El Toboso será famoso por Dulcinea (III, 404, 18-25).
     Don Juan hace a Don Quijote la pregunta más ofensiva que se puede hacer a un enamorado: si su dama estaba “parida”,57 “preñada” o “en su entereza” (IV, 250, 26-27). Sin embargo, no podemos dejar este comentario con la explicación que Don Juan ha leído el libro de Avellaneda. Sancho nos dice que Aldonza tiene “çagales” (I, 363, 22). No son sus empleados (serían de su padre, si eso es que lo eran), y las connotaciones pastoriles de la palabra “zagales” confirman que son sus amantes. En la España del Siglo de Oro, sólo una clase de mujer tenía varios amantes; de aquí la sorpresa de Sancho al saber que Dulcinea, “Emperatriz de la Mancha” (I, 84, 5-6), es en realidad Aldonza. La mujer que Don Quijote ha elegido para adorar, “de quien él un tiempo anduvo enamorado” (I, 56, 18), que Sancho conoce bien (I, 363, 13), pero a quien Don Quijote nunca ha hablado,58 es, en términos de Avellaneda, “una ...”, incluso “una grandíssima ...” (I, 47, 5).59
     Aunque crea que todas las mujeres solteras sienten interés por él, y el “rechazarlas” parece satisfacerle mucho, en realidad los demás contactos de Don Quijote con mujeres no tienen más éxito. La primera mujer que toca su mano (II, 285, 28-29) lo deja maniatado (II, 286, 6-9); otra canta su caspa en verso (IV, 75, 16). Incluso a Maritornes, tan repulsiva que haría vomitar a cualquiera que no fuera mulero (I, 212, 20-21), Don Quijote tiene que cogerla y no soltarla. No es nada sorprendente, pues, que la honestidad sea su principal virtud (IV, 69, 5-7), ni que él sea “el más casto enamorado...que de muchos años a esta parte se vio” (I, 38, 20-22); “al cabo de mis años”, reflexiona para sí, “nunca he tropeçado” (IV, 114, 4-5). Convierte su incapacidad en una virtud con una nueva distorsión, que ha llegado a la cultura inglesa procedente de Don Quijote: que su amor, necesariamente casto, es platónico.60
     Hay muchas otra formas en que Don Quijote embrolla y parodia y a los caballeros andantes literarios y sus seguidores. Siguiendo insensatamente lo que ha leído en sus libros, ilustra una de las características de la caballería literaria que Cervantes más desaprobaba: sólo luchará con los que él cree que también son caballeros, de acuerdo con lo que incluso él llama “las leyes del maldito duelo”.61 Se ridiculiza su clasificación de los caballeros como un grupo aparte.62 El ataque es clarísimo cuando no quiere ayudar a alguien que ha sido atacado por “gente escuderil” (II, 299, 6), el ventero Juan Palomeque (capítulo 44 de la Primera Parte).
     Los protagonistas de los libros de caballerías, sin embargo, consideraban el combate como último recurso. Amadís, modelo de Don Quijote, era “tardo en airarse y presto en deponer la ira” (III, 48, 18-19). El combate ineludible tenía unos fines similares a los que Don Quijote esboza en el discurso sobre las armas y las letras (II, 198, 8-11) y en el pronunciado a los rebuznadores (III, 346, 26-347, 8): restablecer las reinas a sus tronos, ayudar a los reyes a rechazar a los enemigos, eliminar las amenazas al orden público. Los soberanos que necesitaban ayuda a menudo pedían los servicios de los caballeros.
     A finales del siglo XVI España, y especialmente Castilla, era “tierra...pacífica” (I, 166, 29-30).63 El cautivo, el propio Cervantes, y Fernando de Saavedra, el gallardo español en la obra que inicia las Ocho comedias, emprenden, muy adecuadamente, actividades caballerescas de importancia nacional fuera de la península. Don Quijote, sin embargo, nunca considera una empresa semejante.64 Al quedarse en España, debe buscar ocasiones de combate, y forzar inocentes a luchar. Deseoso de “meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras” (I, 119, 18-20), ataca ejércitos de ovejas, molesta a mercaderes pacíficos, y libera a criminales, a resultas de lo cual tiene que huir de la “Santa Hermandad” (I, 316, 15-318, 2). En su loco afán de gloria también ataca a molinos de viento, cueros de vino y títeres. Sus simulacros de actividades caballerescas no son inocentes: deja a un personaje con una pierna rota (I, 253, 21), a otro herido (I, 311, 19), y a un arriero con su cabeza “en quatro pedaços” (I, 72, 24-26; adaptado). Andrés ruega a Don Quijote que no le complique su vida con más ayuda (II, 77, 25-32).
     Los caballeros literarios no tenían miedo. Don Quijote se asusta por el ruido de maquinaria accionada por agua (I, 275, 28-30), y el texto sugiere que no sólo teme a la Santa Hermandad, sino que miente acerca de su temor (I, 316, 23-317, 15). El narrador lo llama cobarde cuando no ayuda a Juan Palomeque (II, 299, 13). Deja a Sancho en peligro cuando huye de los rebuznadores (III, 349, 11-17; III, 350, 7-11).
     Los caballeros (III, 229, 20-25), e incluso los cabreros (I, 154, 9-14) sabían hacer medicinas con sustancias corrientes. La del cabrero es eficaz (I, 164, 2-4), pero el remedio que prepara Don Quijote le hace vomitar y produce diarrea a Sancho (I, 222, 23-224, 11).
     Como el cautivo, los caballeros andantes eran humildes y no buscaban la gloria, más bien la evitaban. Como los soldados, la conseguían con sus numerosas hazañas. Don Quijote quiere que su fama sea eterna,65 quiere conseguirla rápida y fácilmente,66 y le gusta alardear.67 Mientras los caballeros a menudo ocultaban su identidad,68 Don Quijote anuncia la suya a los que no la piden;69 el narrador nos especifica que era “vanaglorioso”.70
     Los caballeros se alojaban en castillos. Don Quijote duerme en ventas, y no paga. Roba la bacía de un barbero, se la pone en la cabeza y afirma que es un yelmo famoso. Deja que Sancho se apropie de la silla del barbero.
     Es en este momento cuando Don Quijote proclama su honradez (I, 287, 15-21), una reivindicación en conflicto tanto con sus acciones como con sus palabras. Se esperaba que un caballero se adhiriera a unas normas morales tan altas, que no podía mentir nunca (“las órdenes de cavallería...nos mandan que no digamos mentira alguna”, I, 360, 5-7); incluso la palabra “mentís” significaba un desafío a duelo.71 Los normas de conducta de Don Quijote, sin embargo, no son tan altas. En el primer capítulo se nos dice que “sobre todos [los caballeros andantes literarios] estava bien con Reinaldos de Montalván, y más quando le veía salir de su castillo, y robar quantos topava” (I, 52, 27-30). Un poco más tarde dice que él es este caballero francés deshonroso (I, 107, 16-17), “más ladrón...que Caco” (I, 98, 25), “amigo de ladrones y gente perdida” (III, 49, 30-31).72 Don Quijote desfigura el propósito de la caballería cuando la entiende como medio para adquirir bienes materiales.73 Los caballeros andantes recompensaban a sus escuderos con territorio obtenido por herencia, y muy en segundo lugar por matrimonio;74 la lucha por afán de lucro es la antítesis de la caballería.75
     El entusiasmo de Don Quijote por los criminales es, pues, una ridícula deformación de los principios de la caballería. Además de los galeotes, con quienes hace amistad, encuentra un alma gemela en Roque Guinart, un ladrón conocido (IV, 272, 27), buscado por el virrey.76 Con él, prendido de su caballeresca “nueva manera de vida”77 e impresionado por la fama de Roque (IV, 260, 6-8) y por sus “buenas y concertadas razones” y “buen discurso” (IV, 269, 7 y 10), Don Quijote se olvida de su propio principio, que cada uno es hijo de sus obras.78 Las obras de Roque no concuerdan con sus palabras; además de robar, mata ante los ojos de Don Quijote (IV, 273, 3), y no se contenta con vengarse, sino que quiere vengar a los demás.79 Don Quijote podría estar con él trescientos años (IV, 274, 7-9).
     Los argumentos y explicaciones sofistas de Don Quijote son otra fuente de humor, así como de admiración. Presenta la naturaleza de la bacía del barbero como si fuera una cuestión de gustos: “esso que a ti te parece bazía de barbero me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa” (I, 356, 6-8). Si está en una jaula en un carro de bueyes, y no podía ser un encantamiento, “podría ser que con el tiempo se huviessen mudado [los encantamientos] de unos en otros” (II, 358, 21-23). Creyendo que está cuerdo, dice que es mucho más virtuoso, “la fineza de mi negocio”, actuar locamente sin causa: “bolverse loco un cavallero andante con causa, ni grado ni gracias; el toque está desatinar sin ocasión” (I, 354, 9-12). Y así lo encontramos cabeza abajo, con sus ropas cayendo, “descubriendo [en las palabras honestas de Cervantes] cosas, que, por no verlas otra vez, bolvió Sancho la rienda a Rozinante” (I, 372, 11-13).
     ¿No son esas “las [más] estrañas locuras que buenamente imaginarse pueden” (I, 210, 31-32), las “mayores que pueden imaginarse” (III, 128, 10)? ¿No son suficientes para dar “gusto general a todo el mundo” (IV, 273, 26-27; también IV, 22, 17-18)? ¿No es, con su casco de cartón, bebiendo con una paja, “la más graciosa y estraña figura que se pudiera pensar” (I, 63, 30-31)? Cervantes creía que podía abrirse el libro al azar y siempre encontrar algo cómico (I, 130, 7-9).
     No sólo es Don Quijote un héroe burlesco, su historia es un libro burlesco. Los sabios autores ficticios de los libros de caballerías españoles eran hombres juiciosos, cristianos o simpatizantes con la cristiandad. Los manuscritos se habían conservado cuidadosa y honorablemente.80 La historia de Don Quijote es contada por un perro de autor (I, 133, 4-5; también III, 67, 25), un moro, hecho que le entristece cuando lo sabe, pues “de los moros no se podía esperar verdad alguna; porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas” (III, 60, 28-61, 1). Este moro es un narrador incompetente, que constantemente da detalles innecesarios.81 Su historia se vende como papel viejo (I, 129, 26-27). Otros textos acerca de Don Quijote se descubren en una caja de plomo, no de oro (II, 401, 21).
     Don Quijote teme que su historiador morisco incluya “alguna indecencia” que perjudique “la honestidad de su señora Dulcinea” (III, 61, 2-5). Ya hemos visto como se trataba a Aldonza/Dulcinea, pero hay muchos más elementos ofensivos. En la historia de Don Quijote hay abundantes referencias al cuerpo, de larga tradición en el humor.82 En Don Quijote la gente huele,83 igual que los animales.84 Tienen chinches.85 Orinan86 y defecan.87 Las mujeres tienen la menstruación, o más bien, no la tienen las mujeres encantadas (III, 294, 6-10), de la misma manera que los encantados no hacen sus necesidades (III, 296, 13-14). Las mujeres solteras que no son honestas quedan embarazadas,88 resultado lógico de la lujuria que no vencen ni los animales89 ni algunos personajes menos refinados.90 El asno de Sancho suspira per anum, lo que su dueño y Don Quijote interpretan como un buen augurio.91 ¿He de añadir que la inclusión de tal material en un libro de caballerías, en cuyo noble mundo nunca se encuentra, es muy cómica?

     El personaje perfilado es el protagonista burlesco de una obra burlesca, y no presta atención al lado positivo de Don Quijote. Pone de relieve a Don Quijote tal como es en la Primera Parte, que he citado más frecuentemente que la Segunda Parte.
     El Don Quijote del siglo XVII, y el del propio Cervantes, era principalmente la Primera Parte. Los lectores de aquella época tuvieron una experiencia que nosotros no podemos tener: estuvieron diez años con sólo la Primera Parte, no identificada como tal y dividida en cuatro partes, sugiriendo que era una obra completa, más que parte de una más amplia. Estos primeros lectores no sabían que habría una continuación, pues la promesa al final de la Primera Parte de que habría una era convencional y significaba poco.
     En los diez años que separaron la publicación de la Primera y Segunda Parte, Don Quijote había entrado a formar parte de la cultura española.92 Había inspirado el Caballero puntual de Salas Barbadillo y el Entremés de los romances,93 así como la continuación de Avellaneda, y Guillén de Castro había escrito una adaptación teatral.94 Tanto Don Quijote como Sancho se habían representado en festivales populares. Los lectores llegaban a la Segunda Parte con una orientación hacia la Primera Parte, y en especial al principio de la Primera Parte, de la que nosotros carecemos.95 No esperaban ni deseaban un cambio en los personajes, concepto literario con el que estaban poco familiarizados.
     Puede que fuera eso lo que Cervantes quería; es Cide Hamete, alabando a Alá, quien quiere que los lectores olviden la Primera Parte (III, 110, 5-15). Las palabras de Sansón, “nunca segundas partes fueron buenas” y “de las cosas de don Quixote bastan las escritas” (es decir, en la Primera Parte; III, 74, 27-29), parecen mucho las opiniones de Cervantes. Ataca continuamente las “innumerables” e “infinitas” continuaciones de Amadís,96 y tampoco dio su aprobación a la continuación de Belianís (Partes III-IV).97 En el “escrutinio de la librería”, además de atacar las obras de Feliciano de Silva, continuador de Amadís, el cura también condena la Diana segunda98 y las continuaciones de Ariosto.99 En el Parnaso (45, 32-46, 4) se ataca una continuación de Lofrasso. Al final de la Primera Parte Cervantes prometió a sus lectores que, si era bien recibida, escribiría no una continuación, sino otras obras,100 y trata con humor la posibilidad de escribir una continuación de la Primera Parte. Ya he mencionado la continuación de La Galatea que nunca concluyó, y al parecer nunca escribió la segunda parte del “Coloquio de los perros”, prometida en el texto (III, 152, 3-9).
     Aparte de la queja que hay al principio del capítulo 44, porque no podían incluirse “novelas sueltas ni pegadizas” en la Segunda Parte, limitación que encontraba molesta,101 y la aparente convicción de que un “puntualíssimo escudriñador de los átomos” (IV, 140, 7-8) se había encargado de que no se encontraran incoherencias, no hay pruebas de que Cervantes considerara la Segunda Parte muy distinta de la Primera Parte, y, mucho menos, superior. Cervantes nos dice en los prólogos de las Novelas ejemplares y de la Segunda Parte de Don Quijote (escritos, naturalmente, durante y después de la composición de la Segunda Parte, respectivamente) que lo que tenemos en la Segunda Parte es “don Quixote dilatado”. En el prólogo de la Segunda Parte añade que la segunda parte está “cortada del mismo artífice y del mesmo paño que la primera” (III, 31, 26-28). Apoyan estas afirmaciones diversas voces que observan que Don Quijote y Sancho, tal como aparecen en la Segunda Parte, son los mismos que en la Primera Parte.102
     La respuesta de los lectores de Cervantes—como se ve por la historia de la publicación—sugiere que consideraban la Segunda Parte inferior. Hubo ocho ediciones de la Primera Parte anteriores a la publicación de la Segunda Parte, pero sólo cuatro de la Segunda Parte sin la Primera. Robles, el editor oficial, publicó tres ediciones de la Primera Parte, pero sólo una de la Segunda, y no publicó nunca una edición de las dos partes juntas. En el inventario que se hizo al fallecer Robles, ocho años más tarde, aparecieron muchos ejemplares sin vender de esta única edición de la Segunda Parte.103 Lo mismo podría decirse del Quijote que del Guzmán de Alfarache: la publicación de la Segunda Parte anuló o redujo drásticamente el interés por el libro, del que no hubo ediciones desde 1617 a 1637.
     Por supuesto, el interés por las obras de Cervantes se diluyó por la publicación casi simultánea del Parnaso, las Comedias, o incluso más por el Persiles, que, aunque transitorio, fue un gran éxito, y especialmente por las Novelas ejemplares, la obra de Cervantes que en la España del siglo XVII fue más popular que Don Quijote.104 Pero quizás la reacción de los lectores era simplemente que la Segunda Parte no les gustaba tanto como la Primera; querían más humor, querían ver “embestir” (III, 74, 32) a Don Quijote, y en la Segunda Parte lo hace menos.
     La Segunda Parte no es tan divertida como la Primera. Desde el principio hasta la llegada al castillo de los duques, tiene muchas características de la Primera Parte. Todavía se trata la veracidad de la literatura caballeresca,105 y todavía se encuentran los motivos y arcaísmos caballerescos, tan comunes en la Primera Parte.106 Don Quijote continúa con sus acciones disparatadas, atacando títeres, entrando en una cueva llena de murciélagos, buscando a Dulcinea y suponiendo, sin el menor fundamento, que el mundo le ofrece aventuras a cada paso. Un barco en la orilla del Ebro “derechamente y sin poder ser otra cosa en contrario, me está llamando y combidando a que entre en él...porque éste es estilo de los libros de las historias cavallerescas” (III, 359, 2-8; compárese con III, 45, 28-46, 7). Don Quijote con suero bajándole por la cara, preguntándose si su cerebro se está fundiendo (III, 210, 11-16), es el ridículo Don Quijote que conocemos de la Primera Parte.107
     Naturalmente, Don Quijote al final de la Segunda Parte es pocas veces divertido. De modo significativo, en los pasajes que hablan de la Segunda Parte de Avellaneda, hay la queja que Sancho aparezca “no nada gracioso” (IV, 250, 6; IV, 382, 9-383, 5), pero la distorsión de la que don Quijote se lamenta es que se le describía “ya desenamorado de Dulcinea del Toboso” (IV, 248, 6-7). Don Quijote en estos capítulos finales es desde luego más “el más valiente y el más enamorado y el más comedido [señor] que tiene el mundo”108 que “[e]l más gracioso loco que hay en él” (IV, 321, 28-29). Hace pocas cosas; sus aventuras son tan poco geniales (o en términos de Cervantes, faltos de invención) como ser atropellado por toros (IV, 239, 30-241, 16) y después por cerdos (IV, 346, 24-347, 27), de las que nadie se ríe. Ahora su castidad es consecuencia no de incapacidad sino de la virtud,109 y su cuerpo pero no su espíritu es derrotado por el Caballero de la Blanca Luna (IV, 318, 6-12). Don Quijote, en vez de causar admiración,110 se admira de lo que los demás hacen,111 Nos dicen que todavía es loco y divertido,112 pero no es ni lo uno ni lo otro.
     No es sólo la perspectiva de Don Quijote la que se derrumba en estos capítulos finales. Sancho, habiendo aprendido humildad al ser gobernador de su isla, quiere ser de nuevo gobernador (IV, 290, 28-29), mandar y ser obedecido (IV, 298, 13-14), y habiendo superado anteriormente su codicia,113 le interesa de nuevo el dinero (IV, 372, 23-28; IV, 375, 3-8). Aunque Sancho ha llegado a poseer una gran sabiduría natural, estamos de nuevo ante el Sancho original, cuya sabiduría proviene de lo que le han enseñado.114
     Los duques, cuando proyectan una nueva burla, son censurados por Cide Hamete (IV, 363, 25-29), quien se ha transformado de moro mentiroso en paladín de Don Quijote y “flor de los historiadores” (IV, 276, 25). Sansón se ha portado de forma censurable en toda la Segunda Parte, burlándose del protagonista, de su ama de llaves, de Sancho, y compartiendo con Roque Guinart un reprobable deseo de venganza (III, 192, 26-28). Muestra una falta de aprecio por Don Quijote cuando lo llama, en un epitafio, “el espantajo y el coco del mundo” (IV, 404, 29-30). Sin embargo, pretende estar lleno de “buenos pensamientos” y movido por la “lástima” a ayudar a Don Quijote a recobrar su cordura (IV, 320, 23; IV, 321, 22), que, sin embargo, de alguna forma ya no es deseable (IV, 321, 26-32; IV, 399, 4-10). Roque Guinart es un asesino proscrito, pero rehúsa tomar dinero para sí mismo (IV, 271, 20-26), y lleva a cabo el deber más importante de un líder: proporciona justicia a sus hombres.115 Finalmente, tenemos en el último capítulo un ataque gravísimo a los libros de caballerías, que sorprende y desconcierta al lector, pues no habían sido criticados en cuarenta capítulos.
     La confusión de la sección final de la Segunda Parte tiene una explicación obvia. Cervantes estaba sorprendido y dolido por la continuación de Avellaneda y su ataque contra él en el prólogo. Se refiere repetidamente al libro de Avellaneda en los últimos capítulos,116 dándole, irónicamente, una vitalidad que nunca hubiera tenido sin los ataques cervantinos. En estos capítulos parece que los principales propósitos de Cervantes fueron defender su concepción de Don Quijote y Sancho e insistir, en contra de cierta evidencia, en que Avellaneda no los representaba como él lo había hecho. También quería poner al descubierto que Avellaneda era un historiador falso e impedir que escribiera más. Estos factores, junto con una gran prisa por completar y publicar su continuación y desplazar la de Avellaneda, explican suficientemente su confusión.
     ¿Y la sección central de la Segunda Parte, la visita al castillo de los duques? Ésta es la sección más larga de la Segunda Parte y de toda la obra, con “las mejores aventuras que en esta grande historia se contienen” (III, 420, 19-21). En ella Don Quijote y Sancho todavía son cómicos, aunque menos; los lectores nos preguntamos si es conveniente reírse de ellos.
     El que todos los personajes menos uno se rían del protagonista, y que éste (el eclesiástico) se presente en términos tan negativos, es una clara prueba de que la intención de Cervantes era que riéramos en estos episodios. No hay ironía en la declaración que estas “burlas que llevassen vislumbres y apariencias de aventuras” (III, 421, 10-11), que dieron “que reír a los duques, no sólo aquel tiempo, sino el de toda su vida” (IV, 45, 32-46, 2), son las mejores aventuras del libro. Sin embargo son “mejores” sólo en el sentido que están más elaboradas.117 Ciertamente no son las más divertidas.
     Su humor no está tan logrado por dos motivos. El primero es que no es creado por sus víctimas, y los fallos propios son mucho más divertidos que cualquier cosa que alguien pueda hacernos. Es divertido que una persona haga algo ridículo, pero es más divertido que alguien sea ridículo sin que se dé cuenta. Cuando hay un autor de la burla la víctima no es ridícula, sino ridiculizada. En términos de Cervantes, se han separado la admiración y la risa. Los duques y sus empleados consiguen aquélla; Don Quijote queda sólo para provocar la risa como blanco de sus bromas.
     Los incidentes más divertidos en el palacio de los duques son los que provocan Don Quijote y Sancho. Entre ellos están las sorprendentes interpretaciones erróneas de las aventuras creadas para ellos: el que Don Quijote no se diera cuenta que no era un honor que le lavaran la barba, que las damas barbudas, una de las cuales utiliza un final de palabra masculino (IV, 8, 22-24), son en realidad hombres, que el caballo que se mueve tan suavemente que parece que no se mueva, no se mueve (IV, 39, 1-4; IV, 70, 5-7) y la absurda descripción que hace Sancho de lo que había visto montando Clavileño (IV, 43, 6-45, 26). También incluyen la conducta de Sancho que molesta a su amo: su impropia preocupación por su asno y la historia que narra, ambas en el capítulo 31.
     Un segundo motivo por el que estos episodios no son tan humorísticos como Cervantes creyó que serían es que la corrección exige que la víctima del humor de algún modo se lo merezca.118 En la Primera Parte, el orgullo y los errores de Don Quijote, y la codicia de Sancho, hacen que sus infortunios y apuros sean consecuencias satisfactorias.119 Pero aquí es distinto. Sancho es menos codicioso, más modesto y más prudente. Don Quijote ya no causa daño a los demás, y, si no es humilde, por lo menos no es tan ridículamente vanidoso. Los duques son, de diversas maneras, unos personajes menos admirables que él. Viven a costa de dinero prestado y de trampas (IV, 119, 29-30). Por este motivo pedir al duque que desempeñe el deber más importante de un gobernante, el de hacer justicia,120 es “pedir peras al olmo” (IV, 169, 3-4); la justicia que el duque afirma administrar (IV, 170, 4-8) claramente es de burlas. El duque es vanidoso (III, 425, 12-16), y le gusta el poder (IV, 48, 17-20), lo cual indica su imperfección moral. Su mujer es presumida y vengadora; 121 confunde a Sancho acerca de la realidad.122 Como el diablo (“Coloquio de los perros”, III, 214, 22-23), hablan con “razones torzidas y de muchos sentidos”.123 Por lo tanto su diversión a costa de Don Quijote y Sancho es censurable. Son ellos quienes “reciben su merecido”; nos agrada leer que Sancho, cuando es gobernador, frustra sus intenciones humorísticas, y que, contrariamente a sus deseos, Don Quijote y Tosilos no llegan a “hazerse pedaços” (IV, 217, 9; adaptado).124
     Pero otro tanto puede decirse de ellos: si no administran sus tierras, tampoco Don Quijote cuida de la suya;125 si hablan con “razones torzidas”, también lo hacen otros personajes, narradores y el mismo Cervantes.126 Los duques tratan a Don Quijote y a Sancho con gran cortesía. Don Quijote pasa con ellos sus días más agradables, y Sancho recibe su “ínsula” y como consecuencia gana algo mucho más precioso, conocimiento de sí mismo. Los duques tienen cuidado de que Don Quijote no se dé cuenta de que es objeto de sus burlas (III, 396, 17-21). Sus burlas son correctas, sin dolor o daño a terceros.127 Cuidan de no dañar a Don Quijote (IV, 210, 16-19; IV, 211, 29-212, 4), y lo sienten cuando una burla termina mal, un “mal suceso”.128 Cuando Don Quijote los deja está bien alimentado, descansado y más rico que cuando llegó,129 y en posesión de un método imaginario para deshacer el imaginario encantamiento de Dulcinea. Incluso Teresa ha recibido valiosos regalos, y lo que valora más, prestigio en su pueblo. ¿Cómo podemos decir que esta gente, que no son admirables ni mucho menos, no han actuado inocente o incluso positivamente?
     Lo que tenemos aquí es ambigüedad, que no era ninguna virtud en la época de Cervantes. Si centramos nuestra atención en la complicada estructura de las aventuras creadas por los duques, y dejamos a un lado la cuestión de si Don Quijote merece ser ridiculizado—es decir, si interpretamos los episodios superficialmente—no hay ningún problema; ésas son las mejores aventuras del libro, y deberíamos reír. Pero en el fondo son, en el mejor de casos, inquietantes, y pueden ser muy perturbadoras.
     Esta ambigüedad se remonta a mucho antes de la visita a los duques. Como han señalado Mandel y otros antes que él, Don Quijote es en todo el libro un personaje más interesante, más sabio y más digno, que la gente cuerda con la que se relaciona.130 Incluso en la Primera Parte, Don Quijote es moralmente superior a los que se divierten con él, como Maritornes y la hija del ventero.131 Cuando otros personajes describen la realidad—la bacía y la silla—con mentiras, y se produce una riña, parece que Don Quijote tiene razón cuando para la lucha, valiéndose de “persuasión y buenas razones” (II, 301, 7-8), y explica que el diablo ha hecho que la venta parezca el campo de Agramante.132 Aunque el contexto sea de burla, su amor gana en nobleza cuando señala que hay muchos precedentes de su dama imaginaria, y que su creencia o fe en Dulcinea es la consideración más importante (I, 365, 26-366, 28). El resultado de la combinación de su orgullo y egoísmo (II, 282, 28-283, 20) con su inclinación por la “idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que ay en el mundo” (II, 282, 26-28),133 es igualmente ambiguo. Su ambigüedad se ve incluso en la primera salida, ya en los capítulos 2 y 3, cuando inspira temor al ventero y a los arrieros (I, 62, 15-17; I, 73, 25-27), y logra ganarse el respeto y el tratamiento apropiado de las rameras de la venta (I, 75, 5-30).
     En la primera mitad de la Segunda Parte, mientras el texto nos dice que Don Quijote era “un loco de atar” (III, 132, 9), también nos dice que era extremadamente prudente, más que ningún otro personaje; según Sancho y la sobrina de Don Quijote, sabía “no sólo tomar [un] púlpito en las manos, sino dos en cada dedo y andarse por essas plaças a qué quieres, boca” (III, 276, 20-23; III, 94, 9-12; I, 245, 10-12). Le mueven nobles principios, por los cuales está dispuesto a sacrificarse—al contrario de, por ejemplo, Diego de Miranda: en resumen, quiere “hazer bien a todos y mal a ninguno” (III, 391, 3-4).
     En la Segunda Parte, Don Quijote tiene éxitos en su misión caballeresca. Ayuda a un personaje que realmente lo necesita, Basilio (III, 271, 13-272, 24). Derrota a Sansón Carrasco, y es más feliz estando loco que Sansón cuando está cuerdo (III, 192, 7-9). Aunque le tengan que recordar su obligación de ayudar a las mujeres que lo merezcan, sin su intervención la hija de Doña Rodríguez no habría tenido perspectivas de matrimonio, de lo cual tanto ella como su madre están “contentíssimas”, y Tosilos también está satisfecho (IV, 217, 15-18).
     Sin embargo, un episodio de la primera sección de la Segunda Parte presenta la ambigüedad del protagonista muy claramente porque apenas tiene conexiones con otros episodios. Se trata de la relativamente poco estudiada aventura del león,134 que fue tan importante para Don Quijote que cambió lo que llamaría su nombre apelativo135 del despectivo “Cavallero de la Triste Figura”136 a “Cavallero de los Leones”. Sancho, quien ha expuesto coherentemente las fantasías caballerescas de Don Quijote, describe a su señor desafiando a los leones como “no...loco, sino atrevido” (III, 213, 13-14). Como lo hace en toda la Segunda Parte, Don Quijote se encomienda correctamente primero a Dios, y después a su dama;137 el narrador nos cuenta, sin ironía, que tenía “maravilloso denuedo y coraçón valiente” (III, 216, 28-29).138 Por esta aventura el rey oirá hablar de Don Quijote (III, 220, 30-32). El razonamiento de Don Quijote nunca es más inteligente: es correcto que los encantadores no puedan quitar “esfuerzo y ánimo” (III, 220, 26-27). El paralelismo que establece con el torero (III, 222, 7-10) es válido, y su argumento de que la temeridad es preferible, y más fácil de remediar, que la cobardía (III, 223, 19-224, 3), está, en palabras de Diego de Miranda, “nivelado con el fiel de la misma razón” (III, 224, 6-7), y le lleva más tarde a comentar que las palabras de Don Quijote “borran y deshazen sus hechos” (III, 227, 22-23).
     El análisis que hace el leonero del resultado (que el león tenía la oportunidad de luchar, pero la rechazó, dando a Don Quijote la victoria) es improvisado (III, 218, 28-219, 5). Sin embargo, ha ocurrido algo significativo, o más precisamente, ha dejado de ocurrir. Los leones son los más grandes que se han llevado a España (III, 212, 9-15). Además, están hambrientos, su cuidador les debe dar comida pronto (III, 212, 17-20), y teme que le ataquen sus mulas (III, 214, 9-14). Sin embargo, el león macho, cuyos ojos son feroces (III, 218, 7), no sólo se niega a atacar y a comerse a Don Quijote, sino que ni siquiera sale de su jaula. Y un animal es incapaz de los engaños que los hombres nos infligimos.
     El texto no explica qué ha ocurrido, pero podemos suponer con seguridad que hay una explicación, puesto que las cosas no ocurren por casualidad: “no ay fortuna en el mundo, ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean, vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos” (IV, 328, 26-29).139 La explicación de Don Quijote seguramente sería que el resultado de su desafío al león era la voluntad de Dios, ¿y cómo podemos no estar de acuerdo?
     Sin embargo, el episodio todavía molesta. Cide Hamete nunca parece más distante que en su alabanza de Don Quijote, hiperbólica pero despectiva (III, 217, 3-21). El problema está en el dato citado anteriormente, la descripción que hace el narrador del resultado de lo que llama la “jamás vista locura” de Don Quijote. El león, irónicamente calificado de “generoso” y “más comedido que arrogante”, “no haziendo caso de niñerías ni de bravatas...bolvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quixote” (III, 218, 13-19). Esto es incompatible con la conducta del mismo Don Quijote, y con los comentarios que hacen los personajes sobre él.
     Quisiera solucionar el principal problema interpretativo de Don Quijote y conciliar la orientación textual hacia la risa con las cualidades positivas y los verdaderos logros del protagonista.140 “En verdad que no te he [de] dar este contento” (III, 27, 8-9). Creo que no puede hacerse. La intención del autor es que los lectores se rían de Don Quijote en todo el libro, excepto en el último capítulo. Sin embargo, antes del final, incluso mucho antes, va convirtiéndose en un personaje más digno, menos loco, más virtuoso, y menos gracioso. Hasta cierto punto se ha sacrificado el humor para dar provecho, como se discute en el capítulo siguiente. Sin embargo, en conjunto, no puedo encontrar ningún plan que rija la irregular evolución de Don Quijote, o pruebas de que Cervantes se preocupara por las contradicciones en el texto que publicó o incluso, en muchos casos, que fuera consciente de ello.
     Es posible, sin embargo, explicar en términos generales los orígenes del problema. Es difícil mantener un personaje negativo, y más aún a un protagonista negativo, y la dificultad es mayor cuanto más largo es el libro; los autores, especialmente uno tan preocupado por la caridad como Cervantes,141 llegan naturalmente a sentir simpatía por sus personajes, quererlos o por lo menos “entenderlos”. Don Quijote, además, no era un personaje cualquiera; era uno que guardaba extraordinarios paralelismos con el autor, uno que, más que ningún otro personaje de La Galatea o el Persiles encarnaba las fantasías de Cervantes.
     Había, naturalmente, diferencias fundamentales entre ellos: Don Quijote era soltero y Cervantes estaba casado, Don Quijote era un terrateniente rural y Cervantes un burócrata viajero, pero esencialmente urbano, Cervantes era un patriota cristiano142 y Don Quijote veía la caballería como una ayuda a particulares,143 Cervantes era al mismo tiempo autor y lector mientras que Don Quijote nunca se guió por sus fantasías de autor, y Cervantes era cuerdo mientras Don Quijote era loco. Sin embargo, los paralelos sorprenden. Los dos eran discretos e ingeniosos, no eran jóvenes,144 habían leído mucho y conocían una gran variedad de temas.145 Ambos eran hidalgos de medios modestos;146 ambos eran de Castilla la Nueva.147 Ambos montaban rocines148 y ninguno de los dos tenía todos los dientes.149 Ambos tenían “bigotes grandes” y “nariz corva”; Cervantes tenía un “rostro aguileño” y Don Quijote una “nariz aguileña” (III, 175, 25-26; Novelas ejemplares, prólogo, I, 20, 18-23).
     Ambos estaban favorablemente dispuestos a la vida de armas, y cada uno se veía a sí mismo “más valiente que estudiante” (I, 383, 14). Viajaban por España, y creían que eran líderes incomprendidos,150 y se alababan a sí mismos y a la humildad simultáneamente.151 Cada uno se consideraba “artífice de su ventura”,152 pero había aprendido paciencia en las adversidades;153 ambos recibían dinero de la nobleza. Fueron amenazados con la excomunión (capítulo 1, nota 40). Sabían un poco de italiano y podían citar a Ariosto;154 tenían nociones de árabe.155 Eran aficionados al teatro,156 que, creían, tenía que mejorar.157 Ambos vivían con mujeres, pero no con su esposa, en sus respectivas casas (en Valladolid, en el caso de Cervantes). Tenían opiniones firmes sobre muy distintos temas, y tenían valores parecidos.158 Ambos, naturalmente, conocían bien los libros de caballerías.
     Lo que sigue no está bien documentado, pero son, sin ironía, conjeturas verosímiles. Tanto Cervantes como Don Quijote creían en la importancia de la honestidad.159 A ambos les gustaba el silencio,160 y cada uno creía que era “cortés y amigo de dar gusto a todos” (III, 198, 22). Ambos simpatizaban con el sacerdocio,161 y admiraban la vida ascética.162 Ambos creían que Amadís de Gaula era el mejor libro de caballerías, y que Belianís de Grecia tenía muchas partes buenas;163 en el capítulo 1 propuse que Cervantes pensaba, igual que Alonso Quijano, escribir una continuación de su última obra. Ambos eran “algo curioso[s]”, fatigados por sus “desseos de saber cosas nuevas” (III, 306, 15-16); a los dos, sin embargo, les costaba dormir.164 Ambos tenían una “memoria...grande” (III, 259, 10), y ambos aprendían acerca de sí mismos y acerca del mundo, observando y meditando sus observaciones. Ambos padecían algo de melancolía y disfrutaban con la literatura que la hacía desaparecer; ambos tenían gran afición por los libros, y tenían una biblioteca.165 Ambos disfrutaban con la naturaleza, pero no tenían ningún interés por la agricultura. Puede que ambos hubieran tenido una enfermedad renal;166 ambos consideraban a los niños una carga. Ambos preferían viajar a quedarse en casa, y tenían más contacto con los caballos y los mulos que con perros y gatos; ambos preferían el campo a la ciudad. Ambos querían ayudar a su país, y deseaban autoridad para poder poner sus ideas en práctica;167 ambos sentían nostalgia por tiempos pasados.168 Ambos admiraban la caballería (aunque la entendían de forma distinta), y creían que su resurgimiento era deseable.169 Ambos eran cristianos “nuevos”.170 Los dos creían que eran excelentes, y deseaban la fama, pero tenían dudas, fomentadas por la indiferencia o la hostilidad de la sociedad. Por eso, se sorprendieron por el éxito de la Primera Parte, y estaban más confiados al principio de la Segunda Parte.
     Algunos de estos paralelismos pueden ser accidentales o sin importancia, pero no todos. Llegamos a la conclusión que Don Quijote, más que ningún otro personaje, refleja al autor.171 Si dejamos a un lado sus acciones locas y destructivas, que se concentran en la Primera Parte, Don Quijote es un personaje totalmente admirable. Sólo tendríamos que añadir algunos calificativos a su autodescripción de “valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos” (II, 374, 2-4), y cuestionar si todas estas características pueden atribuirse a su reencarnación en un caballero andante, como cree.172 El verlo de esta forma explica en gran parte el aumento de su talla y sus ingeniosos razonamientos. Está loco, pero también es inteligentísimo.
     Hay un precedente fascinante, en una obra de la que ya hemos hablado mucho, de un personaje que representa, hasta cierto punto, el autor, pero está equivocado, confuso y descaminado. Esta figura es El Pinciano, uno de los tres participantes en los diálogos de la Philosophía antigua poética, de El Pinciano.173 El Pinciano es el personaje que necesita que sus vecinos más eruditos, Fadrique y Hugo, le iluminen; es el que pregunta y los otros responden. Ha oído hablar de Aristóteles y Cicerón, pero no los entiende (III, 33); tiene algunos conocimientos, pero no los suficientes (III, 79); está confuso (III, 98); no entiende (III, 103); saca conclusiones ridículas de sus ingenuas interpretaciones de Aristóteles.174 Sin embargo, a pesar de eso, es el que hace preguntas inteligentes, es el buen observador que va directamente a los puntos débiles de los argumentos de sus interlocutores, con el ejemplo que les cuesta explicar. Su semejanza con Don Quijote es manifiesta.
     En verdad, mientras que en la Primera Parte la sabiduría de Don Quijote es fuente de sorpresas (II, 62, 15-21; II, 361, 17-23), en la Segunda Parte sus dos facetas son tema de comentarios explícitos. Muy al principio (III, 40, 9-44, 24) se cuenta la historia del hombre de la casa de los locos de Sevilla, que creía que estaba cuerdo, que hablaba y escribía con gran sensatez, pero “al cabo disparava con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualavan a sus primeras discreciones”; lo mismo puede decirse de Don Quijote. La descripción del personaje secundario más sabio de la Segunda Parte, el Caballero del Verde Gabán, es bien conocida: Don Quijote era “un cuerdo loco y un loco que tirava a cuerdo” (III, 221, 15-16), opinión repetida por su hijo (“un entreverado loco, lleno de lúzidos intervalos”, III, 231, 22-23) y el narrador (“las entremetidas razones de don Quixote, ya discretas y ya disparatadas”, III, 237, 19-21). Por los primeros consejos de Don Quijote a Sancho, cualquiera lo consideraría una “persona muy cuerda y mejor intencionada”, pero en los segundos “mostró tener gran donaire, y puso su discreción y su locura en un levantado punto”; “a cada paso desacreditavan sus obras su juizio, y su juizio sus obras”, sintetiza el narrador (IV, 55, 4-15). Los que lo encontraron en la venta “quedaron admirados de sus disparates, como del elegante modo con que los contava. Aquí le tenían por discreto, y allí se les deslizava por mentecato, sin saber determinarse qué grado le darían entre las discreción y la locura” (IV, 251, 11-16).
     El texto ofrece una explicación: el vínculo entre el humor y la inteligencia. Cervantes lo indica en primer lugar con Dorotea, quien es a la vez “discreta” y “de gran donaire” (II, 50, 5-6); sigue inmediatamente con la primera alusión a su propio genio cómico (II, 62, 5-13), y con la revelación de la discreción de Sancho.175 En la Segunda Parte, sin embargo, este aspecto se repite en diversas ocasiones. “Las gracias y los donaires, señor don Quixote, como vuessa merced bien sabe, no assientan sobre ingenios torpes”, dice la duquesa.176 “No puede aver gracia donde no ay discreción”, añade Cide Hamete (IV, 65, 31-32). El mismo Don Quijote dice que para ser bobo se debe ser excepcionalmente discreto (III, 69, 9-11). Sus locuras de la Primera Parte se convierten en discretas locuras en la Segunda Parte.177
     Un motivo todavía más importante para la creación de la faceta extremadamente buena de Don Quijote era provocar la risa y la admiración con su contraste con la faceta extremadamente loca. En términos de Cervantes, es el contexto positivo de un personaje admirable y agradable lo que hace destacar la palabra o la acción que produce humor; como dice López Pinciano, no es exactamente “lo feo” lo que es divertido, sino “alguna fealdad”.
     Podemos llegar a esta conclusión por el trato semejante que se da a Sancho. Si Don Quijote es un cuerdo loco, Sancho es un tonto discreto.178 En el mismo discurso, Don Quijote dice que Sancho “duda de todo y créelo todo”—no podría pedirse una declaración más explícita de una caracterización contradictoria—y que es “uno de los más graciosos escuderos que jamás sirvió a cavallero andante”; “el pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento” (III, 404, 27-405, 1). La duquesa relaciona los aspectos positivos de Sancho, el humor y la inteligencia: “de que Sancho el bueno sea gracioso lo estimo yo en mucho, porque es señal que es discreto” (III, 374, 12-14).
     En el texto se presenta el contraste de la personalidad de ambos en términos muy similares, por lo que podemos llegar a la conclusión que las facetas opuestas de los dos personajes tienen la misma función. Sancho “se despeña del monte de su simplicidad al profundo de su ignorancia” (III, 154, 27-28; adaptado), y Don Quijote “se despeña de la alta cumbre de su locura hasta el profundo abismo de su simplicidad” (III, 37, 18-20; adaptado). “Parece que los forxaron a los dos en una mesma turquessa.”179
     Lo que tenemos que sacar en claro de todo eso es que Don Quijote es un personaje sumamente positivo, no sólo “el más delicado entendimiento que avía en toda la Mancha” (I, 92, 9-10), sino también un hombre de acción culto y sensato, el personaje más positivo que Cervantes podía crear, un personaje muy parecido a él mismo. Al mismo tiempo, el texto nos dice muchas veces y después nos recuerda que nos lo ha dicho,180 en el tema de la caballería está loco, increíblemente loco, “rematadamente loco” (IV, 322, 3), “el mayor loco del mundo” (III, 227, 21), una combinación que asombra a los que encuentra. Es precisamente porque un hombre tan admirable tenía “el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo”,181 que expresaba con locuras que “llegaron...al término y raya de las mayores que pueden imaginarse” (III, 128, 9-10), que iba a ser “el más gracioso...hombre del mundo” (IV, 273, 14-15).
     Algunos lectores, naturalmente, encontraron a Sancho más gracioso (III, 65, 29-31; III, 394, 26-30), por cuyo motivo se amplió su papel. Al principio de este capítulo se mencionó una posible explicación: que las palabras, que pueden ser más variadas que las acciones, son intrínsecamente más graciosas. Pero me gustaría sugerir una explicación más: que Sancho también es más gracioso porque sus dos facetas contrastan más dramáticamente; es más contradictorio y menos coherente.
     En Don Quijote existe cierta coherencia, por más contradictoria que sea su personalidad. Es coherente en su visión de sí mismo como caballero andante, sometido a ciertas reglas, amando a su dama, intentando ser útil, y cerrando los ojos ante el conflicto entre el mundo fantástico de sus libros y el mundo real en el que vive. Coherentemente basa su vida y su filosofía en lo que ha leído, y, como ya se ha dicho, está loco hasta el último capítulo, aunque su locura va disminuyendo lenta y sutilmente.
     Sancho, sin embargo, es mucho menos coherente, pues Cervantes pretendía que fuera más gracioso. Podemos concluir por la manera cómo Sancho es tratado que Cervantes prefirió el humor a la coherencia en la caracterización. Lo modifica fácilmente, mucho más que Don Quijote, haciéndolo juicioso o estúpido, entendido o ignorante, según como le convenga para el humor. Descrito en la misma forma superlativa que su amo, es “uno de los más solenes mentecatos de nuestros siglos” (III, 108, 4-5). Sancho no ha leído nunca un libro de caballerías (I, 138, 9-11); desconoce la caballería (I, 232, 22-23), tanto que cree que hay arzobispos andantes (I, 382, 23-27) y que un soberano puede vender a sus súbditos (II, 41, 19-31). Sin embargo, de repente habla con su amo utilizando un bello lenguaje caballeresco (I, 136, 17-23; I, 262, 29-263, 31), con una campesina a la que llama Dulcinea (III, 136, 6-15), y con la duquesa (III, 370, 1-15).182 Sabe citar romances a Doña Rodríguez de Grijalba y a Don Quijote,183 contar historias muy adecuadas (III, 386, 1-14) y rivaliza con Don Quijote en comparaciones (III, 153, 32-154, 5), pero utiliza proverbios “a troche moche” (IV, 58, 12), aunque alguna vez los usa genialmente.184 De hecho, sólo los emplea excesivamente o mal con los personajes que los encuentran graciosos (la duquesa)185 o fastidiosos (Don Quijote).
     Al contrario que otra gente de su pueblo,186 Sancho sabe en la Primera Parte que una ínsula está rodeada de agua.187 Es más gracioso, sin embargo, si la ínsula que en realidad “gobierna” está en tierra firme, y así en la Segunda Parte ignora este elemental hecho geográfico (IV, 196, 6-16); del mismo modo, utiliza con seguridad la expresión “Santiago, y cierra España” (III, 76, 22), pero más tarde desconoce cómicamente su significado (IV, 230, 1-7). Sancho servirá a Don Quijote “fiel y legalmente” (III, 107, 25), pero seis capítulos más adelante encontramos que sus servicios durarán sólo hasta que lleguen a Zaragoza,188 y entonces nos enteramos que le servirá hasta la muerte (III, 412, 27-29). Es “prevaricador del buen lenguaje” (III, 244, 15), pero puede aparecer con la brillante acuñación de “vaziyelmo” (II, 304, 4). Tanto Don Quijote como el narrador lo describen como tonto.189 En su pueblo todos lo ven como un porro,190 y él se aplica estos términos a sí mismo (IV, 389, 21-22; III, 416, 29), añadiendo que tiene un “ruin ingenio” (III, 416, 22). Ni ve las intenciones de las “ridículas ceremonias” (IV, 78, 30) de Barataria ni se da cuenta de que Pedro Recio de Agüero se burla de él (IV, 97, 4-100, 14). Sin embargo es lo suficientemente listo para darse cuenta de que el suicidio de Basilio es falso (III, 270, 10-11), para observar el divertido error en el discurso del diablo (III, 428, 17-20), y para hacer preguntas inteligentes, aunque burlonas del primo (III, 279, 23-280, 30). Aunque sea analfabeto (I, 138, 10-11, y en muchas frases posteriores), sabe tanto que parece que haya estudiado,191 y tiene conocimientos de la composición de libros (III, 75, 10-14) y del teatro (III, 149, 2-11) a los que nunca hubiera podido acceder en su lugar, pero es tan ignorante que cree que si fuera noble, sería adecuado que su propio barbero le siguiera en público (I, 297, 24-27), y no sabe identificar como galeras los “bultos” con “pies” que se mueven en el mar (IV, 276, 10-11). Pone de manifiesto la hiperbólica retórica de Don Quijote cuando, casi a la perfección, repite sus palabras después de la identificación de los batanes (I, 276, 19-27), pero pronto nos dice que tiene tan mala memoria que a menudo olvida su nombre (I, 367, 14-16), y nos reímos de él cuando destroza la carta de Don Quijote para Dulcinea (I, 380, 24-381, 14); su “buena memoria”, no deja de señalarnos el narrador, causó “no poco gusto” al cura y al barbero (I, 381, 15-16). Es lo suficientemente estúpido para partir para El Toboso para encontrar a Dulcinea allí, aunque que se haya acabado de enterar que es en realidad Aldonza Lorenzo, de su mismo pueblo (I, 377, 16-17). Al principio de la Segunda Parte es lo suficientemente listo para darse cuenta de que buscarla allí es una pérdida de tiempo, e inventar su encantamiento. No obstante, es lo bastante estúpido para que la duquesa le convenza de que el encantamiento que él mismo ha inventado es real, y acceder a darse 3.300 golpes para darle fin.
     Gracioso, desde luego. Coherente, no mucho. Naturalmente, hay cierta coherencia en Sancho. A lo largo de todo el libro le interesa la comida, desea el bienestar físico, y nos divierte con sus palabras. Sin embargo Cervantes nos muestra que prefiere el humor a la coherencia del personaje poniendo en boca de los personajes palabras que nunca dirían, si quisiera que fueran coherentes. Don Quijote, que cree que Dulcinea es la mujer más maravillosa que se haya creado, “nunca” la compararía con Helena y La Cava. Sancho, que no tiene ninguna razón para enojar a su amo y teme su cólera (I, 285, 3), “debería saber” que no se debe comparar sus pensamientos con el estiércol (III, 154, 12-14) o inventar detalles tan ofensivos sobre Dulcinea (II, 64, 11-67, 32; III, 111, 20-112, 5). Doña Rodríguez, la “dueña de honor” de la duquesa (IV, 112, 23-25), es llamada “veneranda” por Don Quijote (III, 380, 32) y “reverenda” por el narrador.192 Sin embargo, Cervantes no sólo la presenta sorprendente y cómicamente ignorante,193 sino que pone en su boca la línea más obscena de todo el romancero,194 le hace discutir su falta de virginidad (III, 454, 5-8), y comparar lo que cubre su cuerpo con lo que cubre un muladar.195



     1 Russell y Close, en sus artículos y en el libro citado en la introducción, nota 3. Son predecesores E. M. Wilson, “Cervantes and English Literature of the Seventeenth Century”, Bulletin hispanique, 50 (1948), 27-52; A. A. Parker, “Don Quixote and the Relativity of Truth”, Dublin Review, Vol. 220, N1 441 (otoño, 1947), 28-37, revisado y traducido con el título “El concepto de la verdad en el Quijote”, Revista de filología española, 32 (1948), 287-305, y “Fielding and the Structure of Don Quixote”, Bulletin of Hispanic Studies, 33 (1956), 1-16; e incluso Fitzmaurice-Kelly (véase la introducción de su edición de la traducción de Thomas Shelton [1896; reimpr. New York: AMS, 1967).
     2 Tres estudios de Close, eclipsados por su libro, tratan indirectamente de problemas del humor: “Sancho Panza: Wise Fool”, Modern Language Review, 68 (1973), 344-357, “Don Quixote's Love for Dulcinea: A Study of Cervantine Irony”, Bulletin of Hispanic Studies, 50 (1973), 237-255, y “Don Quixote's Sophistry and Wisdom”, Bulletin of Hispanic Studies, 55 (1978), 103-114. También debería mencionarse su “Cervantes' Arte nuevo de hazer fábulas cómicas en este tiempo”, Cervantes, 2 [1982], 3-22, que trata básicamente de la teoría de la ficción y sólo incidentalmente del humor, y “Characterization and Dialogue in Cervantes's Comedias en prosa”, Modern Language Review, 76 [1981], 338-356; también Jean Canavaggio, “Las figuras del donaire de Cervantes”, en Risa y sociedad en el teatro español del Siglo de Oro (Paris: CNRS, 1980), págs. 51-64.
     Hay un capítulo sobre el humor verbal en El “Quijote” como obra de arte del lenguaje de Helmut Hatzfeld, anejo 83 de la Revista de filología española, 20 edición (Madrid: CSIC, 1966), págs. 153-176, y un estudio de George K. Zucker, “La prevaricación idiomática: un recurso cómico en el Quijote”, Thesaurus,28 (1973), 515-525, y algunos comentarios sobre el humor verbal en Laura J. Gorfkle, Discovering the Comic in “Don Quixote”, North Carolina Studies in the Romance Languages and Literatures, 243 (Chapel Hill: U.N.C. Department of Romance Languages, 1993). Adrienne Laskier Martín relaciona el humor con la locura y la paradoja en Cervantes and the Burlesque Sonnet (Berkeley: University of California Press, 1991), págs. 66-80 (libro reseñado por Emilie L. Bergmann en Cervantes,11.2 [1991], 105-107). No he visto la tesis de Anne Marie Bodensieck, “The Linguistic Comic in Cervantes' Don Quixote de la Mancha”, Wisconsin, 1928, ni la de Ames Haven Corley, “A Study in the Word-Play in Cervantes' Don Quixote”, Yale, 1914. Sin embargo, no se ha intentado hacer con Don Quijoteun estudio similar al de Teresa Aveleyra Arroyo de Anda en El humorismo de Cervantes en sus obras menores (México, 1962) (también “El humorismo de Cervantes”, Anuario de letras, 3 [1962], 128-162), o al de Amelia Agostini de del Río en “El teatro cómico de Cervantes”, Boletín de la Real Academia Española, 44 (1964), 223-307, 475-539 y 45 (1965), 65-116. Más adelante se usará el artículo de D. van Maelsaeke, “The Paradox of Humour: A Comparative Study of Don Quixote”, Theoria [¿Natal, África del Sur?], 28 (1967), 24-42, por su información sobre el romanticismo alemán y Cervantes, pero no es un estudio sobre el humor; el de Roy Johnson, “The Humor of Don Quixote”, Romanic Review, 54 (1963), 161-170, es un tratado sobre el carácter o temperamento del protagonista.
     3 II, 361, 20-21. Sansón Carrasco, en las raras ocasiones en que es amable con Don Quijote (pág. 129, infra), dice que tiene un “boníssimo juizio” (IV, 321, 23-24).
     4 “Lo que hablava era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hazía, disparatado, temerario y tonto” (III, 221, 22-24).
     5 George McFadden, Discovering the Comic (Princeton: Princeton University Press, 1972), pág. 3; C. F. de la Vega, El secreto del humor (Buenos Aires: Nova, 1967), pág. 15 y passim; etc. Sobre el humor, como ha dicho Santiago Vilas, “nadie parece ponerse de acuerdo con nadie” (“Hacia un concepto del humor”, págs. 15-97 de su El humor y la novela española contemporánea [Madrid: Guadarrama, 1968], en la pág. 35). Para un análisis de las nociones tempranas sobre el humor, véase Patricia Keith-Spiegel, “Early Conceptions of Humor: Varieties and Issues”, en Jeffrey H. Goldstein y Paul E. McGhee, eds., The Psychology of Humor. Theoretical Perspectives and Empirical Issues(New York y London: Academic Press, 1972), págs. 4-39. Entre los tratamientos modernos, me han sido útiles Mathematics and Humor de John Allen Paulos (Chicago: University of Chicago Press, 1980), y Bohdan Dziemidok, The Comical. A Philosophical Analysis, trad. de Marek Janiak (Dordrecht: Kluwer, 1993).
     6 En términos de López Pinciano, para saber lo que es feo hay que conocer lo que es bello.
     7 I, 75, 7-9; I, 276, 6-15; II, 391, 20; III, 380, 18-21; IV, 11, 26-27.
     8 ElLibro de la melancolía de Andrés Velázquez (Sevilla, 1585), que Cervantes pudo haber conocido, define el humor en términos distintos a los de Cervantes (la risa es producida por la admiración, más bien que opuesta a ella), y no explica cómo producirla. Hay solamente otra discusión sobre la creación del humor que es fácil que Cervantes conociera, que es la que se encuentra en el libro segundo del Cortesano de Castiglione, pero es una discusión acerca de cómo conseguir el humor en discursos y acciones, más que en obras escritas. No he encontrado ninguna prueba de que Cervantes se inspirara en él ni siquiera para el humor verbal de Don Quijote. Margherita Morreale no menciona a Cervantes en su estudio de la influencia del Cortesano en España, “‘Cortegiano faceto’ y ‘Burlas cortesanas’. Expresiones italianas y españolas para el análisis y descripción de la risa”, Boletín de la Real Academia Española, 35 (1955), 57-83.
     9 “Bien puedes preciarte que en servir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la caterva de cavalleros que han tratado las armas en el mundo” (IV, 11, 4-7); “en él [don Quijote] se encierra y cifra todo el valor del andante cavallería” (IV, 299, 11-12).
     Don Quijote simboliza todos los caballeros andantes. Como dice Sansón Carrasco, después de haber derrotado a Don Quijote, “en sólo este vencimiento hago cuenta que he vencido todos los cavalleros del mundo” (III, 174, 28-30). Véanse también los pasajes citados en la primera nota del capítulo 1.
     10 “En quien [Sancho], a mi parecer, te doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de los libros vanos de cavallerías están esparzidas” (I, 38, 28-30).
     11 Se ha propuesto que los personajes, que tienen ocupaciones tan diversas, con pocas repeticiones (un cura, un canónigo, un eclesiástico, un bandido, un duque, etc.), representan a distintos tipos. Doña Rodríguez era un “exemplo de dueña” (IV, 28, 28), y Dulcinea, según Don Quijote, era “sustento de la hermosura, nata de los donaires y, finalmente, sugeto sobre quien puede assentar bien toda alabança, por ipérbole que sea” (IV, 393, 10-13); en ella “se vienen a hazer verdaderos todos los impossibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas” (I, 174, 1-3).
     12 Así Don Quijote “[dize] grandes disparates” (III, 49, 21-22); “andavan mezcladas sus palabras y sus acciones [de Sancho] con assomos discretos, y tontos” (IV, 154, 11-13). La gradual aproximación de Don Quijote y Sancho es bien conocida; más adelante en este mismo capítulo se estudian sus similitudes. En el texto se señala la influencia de la locura, discreción y cortesía de Don Quijote en Sancho (I, 382, 7-12; III, 154, 8-20; III, 408, 27-32; III, 455, 25-31), aunque el texto también señala que Sancho nunca fue tan loco como su amo (II, 325, 17-22; II, 326, 31-327, 2), ni tan bien hablado (III, 409, 1).
     13 Novelas ejemplares, prólogo, 23, 19-20; así deberíamos entender “las hazañas y donaires de don Quixote y de su escudero” (III, 110, 11-13). Cuando Sancho está solo, como gobernador, entonces encontramos referencias a sus “palabras y acciones” (IV, 210, 10).
     14 III, 46. Las etimologías equivocadas, de las cuales “Ptolomeo” es el mejor ejemplo (III, 362, 5-10), son puestas en boca de Sancho. Varios de sus errores lingüísticos consisten en grotescos intentos de reducir una palabra a lo que cree que son sus componentes originales.
     15 III, 60-62. En boca de Sancho, quien pretende ser experto en preguntas y respuestas (III, 280, 20-25) se ponen preguntas que producen risa por su contraste con un contexto inadecuado. Entre éstas se encuentran, por ejemplo, sus preguntas acerca del fabricante del puñal de Montesinos (III, 288, 30-289, 5), si los ermitaños tienen pollos (III, 305, 11-12), y si los soldados gritan “Santiago y cierra España”porque España está abierta (IV, 230, 1-6).
     16 III, 38-40. Véase Donald McGrady, “The Sospiros of Sancho's Donkey”, Modern Language Notes, 88 (1973), 335-337. Se encuentran otras alusiones a los suspiros en la anécdota del perro hinchado (III, 29, 16-20), y en IV, 71, 1-2.
     17 Son ejemplos de contrastes involuntariamente humorísticos en las comedias “un viejo valiente y un moço cobarde, un lacayo rectórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona” (II, 349, 15-17).
     18 Mayáns fue el primero en incluir este comentario en los estudios cervantinos (Vida, pág. 54). No se ha podido identificar su fuente; Fitzmaurice-Kelly, Reseña documentada,pág. 132, nota 366, indica que no se encuentra en Dichos y hechos del Sr. Rey D. Felipe III de Baltasar Porreño, que a veces se dice que ha sido la fuente de Mayáns.
     19 La frase de Tamayo, “ingenio, aunque lego, el más festivo de España”, se suele citar incompleta. Se halla en Américo Castro, El pensamiento de Cervantes, pág. 121, nota 131. El libro de Tamayo, la Junta de libros, la mayor que España ha visto en su lengua (Biblioteca Nacional, MSS 9752-9753), está todavía inédito. La descripción de Cervantes como “ingenio lego” se halla en Viaje del Parnaso, 88, 23.
     20 Además del artículo de Close citado en la nota 2, supra, hay los de Amado Alonso, “Las prevaricaciones idiomáticas de Sancho”, Nueva revista de filología hispánica, 2 (1948), 1-20; Charles Vincent Aubrun, “Sancho Panza, paysan pour de rire, paysan pour de vrai”, Revista canadiense de estudios hispánicos, 1 (1976), 16-29; Monique Joly, “Ainsi parlait Sancho Pança”, Les langues néo-latines, 69 (1975), 3-37; y otros estudios, que pueden encontrarse en la bibliografía de Flores, Sancho Panza, págs. 163-165.
     21 “Tengo un asno que vale dos vezes más que el cavallo de mi amo” (III, 165, 10-11).
     22 I, 65, 22-27. Eso era “materia de grande risa” (I, 65, 17).
     23 III, 97, 27-98, 2. Don Clavijo, seductor de Antonomasia, sabe hacer jaulas para pájaros, una de las gracias que son suficientes para “derribar una montaña, no que una delicada donzella” (IV, 13, 1-6).
     24 En el capítulo 3 de la Primera Parte. La “buena señora” (I, 75, 12) es identificada como prostituta en I, 60, 16 y I, 61, 29-30.
     25 La importancia que el protagonista atribuye a los nombres es exagerada; escoge el de Rocinante entre “muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hazer en su memoria e imaginación” (I, 54, 29-32). Para escoger su propio nombre tardó “otros ocho días” (I, 55, 7).
     26 IV, 392, 11-12, donde dice que la selección de nombres pastoriles es “lo más principal de aquel negocio”.
     27 III, 56, 15-20. Es irónico que el título “don” se haya introducido en la lengua inglesa como substantivo (cuando no lo es en español) en gran parte debido a la influencia de Don Quijote, cuyo protagonista es frecuentemente llamado “el don” por escritores que sólo conocen la obra en inglés.
     28 Como señala Leo Spitzer (“Linguistic Perspectivism in the [sic] Don Quijote”, en Linguistics and Literary History [Princeton: Princeton University Press, 1948], págs. 41-85, en la pág. 49; “Perspectivismo lingüístico en El Quijote”, en Lingüística y historia literaria, traducción de José Pérez Riesco, 20 edición [Madrid: Gredos, 1961], págs. 135-187, en la pág. 148), Don Quijote cree que su nombre es una honorable derivación de Lanzarote, pero en realidad es poco digno; ‑ote se usa como rima humorística en el poema de Don Quijote, I, 376, 3-28. Para una discusión más amplia de este episodio, véase Luis Murillo, “Lanzarote y Don Quijote”, en Folio. Papers on Foreign Languages and Literatures, 10. Studies in the Literature of Spain. Sixteenth and Seventeenth Centuries, ed. Michael J. Ruggerio (Brockport, New York: Department of Foreign Languages, State University of New York at Brockport, 1977), págs. 55-68, que menciona estudios anteriores y menos extensos sobre este tema.
     29 “Argamasa” es mortero. Cervantes usó este término en comparaciones para representar dureza: “más duro que si fuera hecho de argamassa” (I, 147, 6-7), “más dura que un pedaço de argamasa” (“La ilustre fregona”, II, 310, 25-26).
     30 El matrimonio de Sancho con Teresa es muy infeliz: “súfrala el mesmo Satanás”, dice en III, 277, 15, después de comentar que su mujer “no es muy mala, pero no es muy buena”. Estos comentarios vienen inmediatamente después del discurso de Don Quijote sobre el matrimonio, que provoca una respuesta entusiástica por parte de Sancho. Aunque no está expresado en el texto, puede deducirse cierta conexión entre la reacción de Sancho y el comentario final de Don Quijote, “si la [mujer] traes mala, en trabajo te pondrá el emendarla.... Yo no digo que sea impossible, pero téngolo por dificultoso” (III, 276, 10-13). Ni Don Quijote (III, 356, 14; IV, 52, 18-27) ni Sancho (I, 113, 10-15; II, 399, 25) sienten gran respeto por Teresa, que no quiere que Sancho sea un hombre en su propia casa (III, 107, 14-16). Si su hija Sanchica ha resultado bien, ha sido en opinión de Sancho, “a pesar de su madre” (III, 165, 29-30).
     Generalmente no está muy contento cuando vuelve a casa (III, 80, 18-19), y Teresa tiene motivos para temer que la olvidará (III, 82, 21): a Sancho le resulta fácil olvidar a su mujer cuando trabaja (IV, 369, 32-370, 1). Se da a entender que Teresa no es bella (III, 275, 15-16, y muchas afirmaciones parecidas). En realidad, no sólo es “fuerte, tiessa, nerbuda y avellanada” (IV, 142, 30-31), sino gorda (IV, 340, 3), por cuya razón Sancho sugiere el despectivo nombre pastoril de Teresona (IV, 340, 2). A pesar de que pretende tener “castos desseos” y que desea evitar “casas agenas” (IV, 340, 5-7), está totalmente dispuesto a dar a Altisidora lo que Don Quijote no quiere (IV, 370, 26-27), y declara caballerosamente que desea “servir” a la duquesa (III, 408, 17-26).
     Teresa dice cosas feas cuando “se le antoja” (III, 277, 13-14); afirma que su corazón estaba triste durante la ausencia de su marido, pero lo que le hace feliz son cosas materiales, y da gracias a Dios de que el asno, acerca del cual pregunta primero, ha regresado en mejores condiciones que su esposo (II, 398, 28-399, 14). Las momentáneas apariciones de Teresa en la Segunda Parte, en su correspondencia (capítulo 52), durante la visita del paje (capítulo 50), y en el apócrifo capítulo 5 (III, 83, 29; III, 88, 28) confirman la descripción que hace Sancho de ella: codiciosa, así como “testaruda” (III, 107, 7-12) y vanidosa. Satisfacerla bien podía ser uno de los motivos por los que Sancho se fue de casa con la promesa de que sería gobernador (véase III, 73, 27-30), y, por lo tanto, rico (II, 41, 19-31; III, 447, 1-3; IV, 372, 25-27; quizás IV, 195, 21-23).
     31 “Asnalmente” (I, 111, 13-14).
     32 I, 349, 15-18; II, 389, 26-390, 6; III, 105, 28-106, 1; III, 199, 7-10; III, 451, 3-7; III, 452, 12-16; parodiado en I, 129, 2-13, con palabras que son repetidas en el discurso de la Edad de Oro. (Nótense asimismo las burlescas actividades del ventero, I, 68, 25-28.) Se encuentran afirmaciones algo más precisas acerca de los deberes de un caballero andante en III, 39, 1-24; III, 45, 11-14; III, 237, 7-10; IV, 169, 22-25; y IV, 204, 21-23 (parodiado en II, 396, 30-31).
     33 De la misma manera, el refrán inglés actual “chivalry is dead” (“la caballería está muerta”), que quiere decir que ya no se sirve a las mujeres, refleja una postura ahora olvidada: que en Don Quijote Cervantes había atacado y destruido no sólo un tipo de literatura caballeresca, sino la caballería misma (véase Close, Romantic Approach, capítulo 3).
     34 La conexión creada por Hearnshaw (“Chivalry and its Place in History”, págs. 8-9) entre el comienzo de las Cruzadas en el Concilio de Clermont y el servicio a las mujeres raya en lo excéntrico; compárese el tratamiento de Federico Duncalf, “The Councils of Piacenza and Clermont”, en A History of the Crusades, ed. Kenneth M. Setton, I, 20 edición (Madison: University de Wisconsin Press, 1969), 220-252.
     En el tratado medieval sobre la caballería más famoso, el Libro del orden de caballeríade Lulio, “la función de la orden de caballería era proporcionar la fuerza necesaria para mantener las leyes de Dios y del hombre” (Painter, French Chivalry, pág. 79). El Doctrinal de los cavalleros de Alonso de Cartagena (Burgos: Friedrich Biel, 1487; disponible en microfilme en la serie “Iberian and Latin American Books before 1701” [antes “Hispanic Culture Series”], 317) empieza con Dios y con las leyes, y en Tirant lo blanc, que incluye muchas consideraciones teóricas sobre la caballería, se dice que se fundó para que “la justicia fuese tornada en su honra y prosperidad”, y para que “Dios [fuese] amado, conocido y honrado” (capítulo 32). La protección de las mujeres formaba parte de estos propósitos más amplios. Sobre la deformación de don Quijote de los principios de la caballería, véase ahora Robert W. Felkel, “El trastorno de la caballería en Don Quijote: El héroe cervantino a la luz de los tratados de caballería catalanes”, Anales cervantinos 30 (1992), 99-127.
     35 Incluso en los libros de caballerías españoles, la caballería no significa servir a las mujeres; estos libros se centraban en los hombres, como he señalado en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 70-71, y en “Cervantes y Tasso vueltos a examinar”. Diego Clemencín, que adoptó como propio el parecer de Don Quijote (véase su introducción, págs. 990b-991a de la edición citada), tiene que escoger y seleccionar, y tomar citas fuera de contexto, para respaldar la postura de Don Quijote (nota 9 de Clemencín a I, 11). Como se trata de un punto importante, explicaré cómo Clemencín ha distorsionado los datos. Empieza con una cita de Feliciano de Silva, el autor más licencioso de estos libros y el favorito de Don Quijote, pero esta cita según la cual los caballeros deberían defender a “dueñas y doncellas”, proviene de parte interesada, no de un narrador imparcial (como erróneamente dije en una ocasión). Su cita de Tirant aparece solamente después de un juramento de servicio al rey (como Clemencín sólo da la referencia del capítulo italiano, puede ser útil observar que se encuentra en el capítulo 59 del original).
     Clemencín también cita como pruebas las reglas de los Caballeros de la Banda, incluidas en Doctrinal de los cavalleros de Alonso de Cartagena. (He usado la edición de Burgos: Friedrich Biel, 1487, disponible en microfilme en la serie Iberian and Latin American Books before 1701, antes Hispanic Culture Series, rollo 317; una edición científica la ofrece Isabel García Díaz, “La Orden de la Banda”, Archivum Historicum Societatis Iesu, 60 [1991], 29-89, quien comenta otras ediciones modernas en su pág. 61. La tesis de licenciatura de García Díaz, “La Orden de la Banda en la política de Alfonso XI”, Departamento de Historia Medieval, Universidad de Murcia, 1983, está citada por Rogelio García Mateo, S. J., “Orígenes del ‘más’ ignaciano”, pág. 122, nota 16.) Sin embargo, Clemencín no observa que estas reglas ocupan sólo una pequeña parte de la obra, en la que se da mucha más importancia a la amistad masculina (fols. R5v -8v ). Es cierto que un caballero de esta organización tenía que hacer tres cosas: “guardar lealtat a su señor”, “amar verdaderamente a quien oviere de amar, espeçialmente a aquella en quien pusiere su entinçion” y “amar a sy mismo e preçiarse e tenerse para algo” (fols. 79 Q7v -Q8r ). Pero parece que el segundo de estos deberes está dirigido al matrimonio (véase 86 fol. R3v ); en la ceremonia de investidura, lo que el caballero tenía que jurar era que “en toda la vuestra vida que seades en seruiçio del rey e que seades sienpre vasallo del rey o de alguno de sus fijos”, y “que amedes a los caualleros de la Vanda” (fol. 82 R1r ). La frase que cita Clemencín, “que el cavallero dela vanda deue ayudar alas dueñas e donzellas fijas dalgo”, no es más importante que las instrucciones que los caballeros no jueguen a los dados, coman “manjares suizos” o no vistan de forma poco apropiada (fol. Q8v   80-81).Es cierto que un caballero de esta organización tenía que hacer tres cosas: “guardar lealtad a su señor”, “amar verdaderamente a quien oviese de amar espeçialmente aquel en quien posiere su entinçión” y “amar a sí mesmo e preçiarse e tenerse por algo” (fols. Q7v -8r). Pero parece que el segundo de estos deberes está dirigido al matrimonio (véase fol. R3v); en la ceremonia de investidura, lo que el caballero tenía que jurar era que “en toda vuestra vida que seades en serviçio del rrey o de alguno de sus fijos”, y “que amedes a los cavalleros de la vanda” (fol. R1r). La frase que cita Clemencín, “que el cavallero dela vanda deue ayudar alas dueñas e donzellas fijas dalgo”, no es más importante que las instrucciones que los caballeros no jueguen a los dados, coman “manjares suizos” o no vistan de forma poco apropiada (fol. Q8v). Está muy lejos del amor caballeresco de Don Quijote.
     Dos de los otros ejemplos de Clemencín provienen de obras italianas, Morgante y Leandro el bel (sobre éste, véase Thomas, págs. 229-234). Y tiene dos citas de la última continuación de Belianís de Grecia, y yo puedo añadir una afirmación del prólogo del licencioso Francisco Delgado a la edición de Amadís publicada en Venecia en 1533 (este pasaje es reproducido por Adolfo de Castro, Varias obras inéditas de Cervantes [Madrid, 1874], págs. 436-437); es dudoso aunque no imposible que Cervantes conociera este texto.
     Ésta es una pobre cosecha de un conjunto tan inmenso de obras como son los libros de caballerías castellanos, en los que hay amplia confirmación de una afirmación tal como “desaforados disparates” hecha por el canónigo (véase la nota de Clemencín del capítulo 47 de la Primera Parte).
     36 Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 82-84. En I, 50, 22-24 se revela que Silva es el autor favorito de Alonso Quijano. Creo que la lascivia de las obras de Silva es dejada de lado en Don Quijote para evitar que atraiga a los lectores a ellas. Cervantes dice, en cambio, que son imposibles de entender.
     37 I, 64, 8; Conchita Herdman Marianella estudia este cambio en “Dueñas” and “Doncellas”: A Study of the “Doña Rodríguez” Episode in “Don Quixote”, University of North Carolina Studies in Romance Languages and Literatures, 209 (Chapel Hill: University of North Carolina, 1979), págs. 74-76. Sobre el empleo de romances en Don Quijote, véase Luis Murillo, “Lanzarote and Don Quijote”, y mi “El romance visto por Cervantes”.
     38 III, 376, 30-377, 3; III, 380, 8-14; III, 382, 2-8.
     39 I, 213, 5-8; se olvida de él en I, 294, 25-295, 29 y II, 55, 29-30.
     40 Aun cuando Don Quijote dice que Amadís era “grande amparador de las donzellas” (III, 93, 23), hace la siguiente pregunta retórica: “¿Quién es más honesto...que el famoso Amadís de Gaula?” (III, 46, 13-15), y le utiliza, mucho más tarde, como modelo para protegerse de “ocasiones que le moviessen o forçassen a perder el honesto decoro que a su señora Dulcinea guardava” (IV, 70, 26-30). También se menciona que Amadís servía de modelo para Don Quijote en I, 55, 12-21; I, 351, 22-353, 30; I, 374, 15-375, 10; y II, 376, 5-11.
     41 III, 275, 29-31, aunque véanse los pasajes citados en la nota 39. Es “teniendo a raya los ímpetus de los naturales movimientos” (III, 61, 8-10), “pon[iendo] una muralla en medio de mis desseos y de mi honestidad” (IV, 68, 26-27).
     42 Naturalmente eso no es verdad. Compárese, por ejemplo, con la actitud del Caballero del Febo; véase el capítulo 52 de la Primera Parte del Espejo de príncipes y caballeros.
     43 Marcela es estudiada en el capítulo siguiente.
     44 III, 390, 30-32; también I, 55, 26-28 y I, 172, 14-24.
     45 Galaor, hermano de Amadís, “nunca tuvo dama señalada a quien pudiesse encomendarse, y con todo esto no fue tenido en menos” (I, 172, 28-30). Diego Clemencín, comentando este pasaje, pudo encontrar sólo una regla de los Caballeros de la Banda (nota 35, supra) en apoyo de la afirmación de Don Quijote, pero de nuevo ha citado mal incluso estas reglas. Lo que el texto dice es que “ningún cavallero de la banda estuuiese en la corte sin servir a alguna dama” (cursiva mía); ya se ha señalado que el matrimonio, según estas reglas, es una consecuencia probable.
     46 “El Toboso, un lugar de la Mancha” (I, 173, 29-30). “Del Toboso” es resaltado en el mismo poema que utiliza ‑ote como rima humorística (nota 28, supra), una “añadidura” que “no causó poca risa” (I, 376, 31-32).
     En tiempos de Cervantes, “la mayor parte de la población [de El Toboso] era de moriscos, y...no había nobles, caballeros ni hidalgos”, según un informe de 1576 (citado por Diego Clemencín, nota 38 del capítulo 32 de la Segunda Parte). Pero según dos investigadores recientes, El Toboso no tenía mayor proporción de moriscos que otra comarca: Bernard Loupias, “En marge d'un recensement des morisques de la Ville de El Toboso (1594)”, Bulletin hispanique, 78 (1976), 74-96, y Annie Molinié, “El Toboso: Mythe et réalité”, en Iberica I. Cahiers ibériques et ibéro-américains de l'Université de Paris-Sorbonne, ed. Haïm Vidal Séphiha (Paris: Conseil Scientifique de l'U.E.R. d'Études Ibériques et Latino-américaines, ¿1991?), págs. 203-215. No he podido ver la tesis inédita de Maria Ghazali, El Toboso (1554-1664), citada en el Anuario áureo III, Criticón, 57 (1993), 91.
     47 IV, 251, 2; también III, 132, 23; III, 133, 10 y 17; III, 176, 29.
     48 La familia de Aldonza, los Corchuelos, son labradores; véase I, 363, 14-15 y 22-23; I, 364, 5-7; II, 64, 11-66, 19; e incluso I, 130, 16-19.
     49 Howard Mancing, “The Comic Function of Chivalric Names in Don Quijote”, pág. 223; Augustin Redondo, “Del personaje de Aldonza Lorenzo al de Dulcinea del Toboso: Algunos aspectos de la invención cervantina”, Anales cervantinos, 21 (1983 [1984]), 9-22, en las págs. 11-12. Una Aldonza de Minjaca aparece en El juez de los divorcios.
     50 En su contexto, la declaración de Elicio implica lo mismo: “ay en la rústica vida nuestra tantos resbaladeros y trabajos, como se encierran en la cortesana vuestra” (La Galatea, II, 34, 24-26).
     51 I, 364, 3-4. Melindre era una forma de conducta, “la afectada y demasiada delicadeza” (Diccionario de autoridades), que se asociaba a una actitud distante. Marcela es melindrosa (I, 161, 14-15); la muerte, sin embargo, no lo es (III, 262, 6-7), ni lo es Galaor, el inconstante hermano de Amadís (I, 51, 30-31). La hija de Juan Palomeque no entiende por qué las damas de los caballeros son melindrosas en lugar de favorecer a sus pretendientes (II, 82, 17-23).
     52 I, 363, 27-28. Esta palabra tiene un sentido sexual: véase Don Quijote, I, 305, 27-30; IV, 119, 22 y 28; IV, 217, 2; “La gitanilla”, I, 54, 25-28; “La señora Cornelia”, III, 126, 24-28; el Cancionero de obras de burlas; El burlador de Sevilla; Comedia llamada Serafina, ed. Glen F. Dille (Carbondale and Edwardsville: Southern Illinois University Press, 1979), pág. 58, línea 1697; Comedia Florinea, ed. Marcelino Menéndez Pelayo en Orígenes de la novela, Nueva biblioteca de autores españoles, 1, 7, 14 y 21 (Madrid: Bailly-Baillière, 1905-1915), III, 200b. La conexión entre el sentido sexual y los estudiados en el capítulo anterior es que una mujer crédula podía ser seducida (burlada) si se le daba una falsa (de burlas) promesa de matrimonio.
     53 III, 277, 13-15; III, 321, 9-11. Sancho, como Maritornes y la hija de Juan Palomeque (II, 81, 24-82, 23), “gust[a] mucho destas cosas de amores” (I, 321, 20), y su apoyo al matrimonio de Clavijo y Antonomasia, que está embarazada (IV, 17, 22-26), da a entender que aprueba su indulgencia sexual. El propio Don Quijote sugiere que Sancho es mujeriego: “No te muestres, aunque por ventura lo seas—lo cual yo no creo—, codicioso, mugeriego ni glotón” (IV, 160, 24-26); aunque Don Quijote diga que no lo cree, Sancho ha demostrado ya que es codicioso y glotón, lo que Don Quijote tampoco cree. Lo que recalca es que Sancho no debe mostrarlo; como dice en otra parte, “menos mal haze el hipócrita que se finge bueno que el público pecador” (III, 305, 23-25; véase también III, 276, 5-8 y IV, 284, 26-29).
     54 I, 174, 8-12. Acerca del conocimiento que tenía de sus partes íntimas, véase la nota 58, infra.
     55 Es decir, que era tan virgen como su madre, I, 374, 10-11; confirmado en I, 129, 9-14: “donzella huvo en los passados tiempos que...se fue tan entera a la sepultura como la madre que la avía parido”. La forma vulgar pero maestra, rara vez vista por escrito, es usada por Sancho (II, 180, 22), y por un capellán en “Rinconete y Cortadillo” (I, 236, 3): “la puta que (me) parió” (“la mala puta que los parió”, El retablo de las maravillas, Comedias y entremeses, IV, 122, 10). El colérico Don Quijote usa “la muy hideputa puta que os parió” (II, 390, 27).
     56 “La Cava”significaba en árabe “mujer mala” (II, 252, 8-14); es decir, puta (agradezco al orientalista Julio Cortés el que me lo haya confirmado). Aun cuando Rodrigo, el rey cristiano, según Mariana (I, 179) “le hizo fuerza”, otras fuentes mantienen que La Cava no era, ni mucho menos, inocente. La conocida balada “En Ceuta está Don Julián” la culpa a ella más que a Rodrigo, y en la caballeresca Crónica sarracina de Pedro del Corral se observa que “si ella quisiera dar bozes, que bien fuera oída de la reina, mas callóse con lo que el rey quiso fazer” (ed. Ramón Menéndez Pidal, Floresta de leyendas heroicas españolas. Rodrigo, el último godo, I, 219).
     En contraste con Homero, en cuyas obras la conducta de Helena es ambigua (Kenneth John Atchity, Homer's “Iliad”: The Shield of Memory [Carbondale and Edwardsville: Southern Illinois University Press, 1978], págs. 22-29), en la tradición clásica posterior y en la medieval Helena no está exenta de culpa por la destrucción de Troya; véase The Trojan War. The Chronicles of Dictys of Crete and Dares the Phrygian, traducido por M. Frazer, Jr. (Bloomington: Indiana University Press, 1966), págs. 28 y 141. En La antigua, memorable y sangrienta destruición de Troya.... A imitación de Dares, troyano, y Dictis, cretense griego de Joaquín Romero de Cepeda (Toledo: Pero López de Haro, 1583), pág. 90, Helena, aunque estaba casada con Menelao, “oyendo dezir de la gran hermosura y majestad del infante Paris vino...al templo de Venus por velle, adonde Paris se enamoró della, y ella dél, y finalmente la llevó consigo, y se casó con ella, por cuya causa suscedió después la miserable destruición de Troya, que esta historia trata” (fol. 90r-v); más tarde hace la declaración oficial que desea quedarse con Paris antes que volver a Grecia (fol. 94v). La versión de Juan de Mena de la Ilias latina, La Ylíada en romance, impresa en 1519, es aún más pintoresca. Helena, “con grandes lloros”, dice lo siguiente a su amante Paris: “¿Veniste, Paris, llama de mis amores, sobrepujado y vencido de las armas de mi marido, el antiguo? La qual pelea de los muros yo vi, et avergonçéme averlo visto como te oviesse derribado el violente Menelao, ensuziando et trayendo por el ýlico polvo las tus crines y cabellos. Allí temí yo, mezquina, que la dórica espada de Menelao apartasse los nuestros dulces besos; entonces todo el color fuyera de la mi cara, la voluntad a mí dexada, et la mi sangre desamparó los mis miembros” (ed. Martín de Riquer [Barcelona: Selecciones Bibliófilas, 1949], págs. 95 y 97). Poco más o menos lo mismo puede encontrarse en la Crónica troyana; véase el Libro tercero, capítulos 13-14 (fol. 32r-v de la edición de Jacome Cromberger, Sevilla, 1552, disponible en microfilme en la serie Iberian and Latin American Books before 1701, antes Hispanic Culture Series, rollo 65).
     57 Incluso la mujer del Lazarillo, en el Tratado Séptimo, se molesta mucho por la acusación de que había “parido tres veces”. ¿Qué les había pasado a los niños? ¿Los mataron o abandonaron? Eso es lo que da a entender el hecho de que no estén allí, lo cual es motivo de murmuración.)
     58 I, 362, 31-363, 4; III, 124, 26-28; también I, 56, 17-20. En el primero de estos pasajes Don Quijote dice que la ha visto cuatro veces, pero sólo una vez ella se dio cuenta de que la estaba mirando; por lo visto, la última, poniendo fin a esta actividad. En el segundo pasaje afirma que nunca la ha visto. Creo que es más probable que el primero sea el correcto, porque el segundo está combinado con la falsa—obviamente falsa—afirmación de Don Quijote que ha hablado de esto con Sancho “mil vezes”.
     No es halagador considerar cómo Aldonza no se dio cuenta de que Alonso Quijano la estaba mirando. La interpretación más lógica es que la estaba espiando; ella creía que nadie la estaba mirando, o creía que estaba en un lugar donde no había nadie. Si detuvo a Don Quijote (véase también I, 59, 14-17), no quería que la observaran.
     59 La palabra que falta, que Cervantes evita usar, es “puta”. No significaba necesariamente, y en el caso de Aldonza ciertamente no significaba, una mujer que cobraba sus amores, sin más bien “la muger ruin que se da a muchos” (Diccionario de autoridades); Covarrubias da “la ramera o ruin muger”.
     60 “No soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes” (III, 390, 32-391, 1; también I, 362, 27-29; repetido por Sansón en III, 62, 30-31).
     La identificación del amor platónico con el amor casto arranca aquí, en las palabras de Don Quijote. Otis Green, que ha estudiado el amor en la España renacentista, ha señalado que el amor de Don Quijote, que no va a “estenderse a más que a un honesto mirar” (I, 362, 29-30), “sin que se estiendan más sus pensamientos que a servilla” (II, 72, 12-13), no es el amor platónico sino el amor cortés medieval (véase Spain and the Western Tradition, I [Madison: University of Wisconsin Press, 1963; 20 edición, 1968], pág. 186, nota 96 y pág. 194; véase también José Filguera Valverde, “Don Quijote y el amor trovadoresco”, Revista de filología española, 32 [1948], 493-519).
     Los conocimientos que tenía Cervantes sobre el amor platónico probablemente procedían de las Anotaciones a Garcilaso de Herrera (Garcilaso de la Vega y sus comentaristas, pág. 239), donde, por supuesto, el amor no sexual es el más elevado de los tres tipos de amor platónico, pero no se identifica con el amor platónico. Sin embargo, evidentemente Cervantes leyó a más de un autor sobre este tema (véase Geoffrey Stagg, “Plagiarism in La Galatea”, Filologia romanza, 6 [1959], 255-276), y la naturaleza del amor era, entonces como ahora, objeto de considerable debate e incluso de confusión. Se atribuían a Platón pareceres diversos (aunque no el de Don Quijote). Ficino acuñó el término; para su interpretación, véase Jerome Schwartz, “Aspects of Androgyny in the Renaissance”, en Human Sexuality in the Middle Ages and Renaissance, ed. Douglas Radcliff-Umstead, University of Pittsburgh Publications on the Middle Ages and the Renaissance, 4 (Pittsburgh: Center for Medieval and Renaissance Studies, 1978), págs. 121-131, y Edgar Wind, Pagan Mysteries in the Renaissance, edición revisada y ampliada (New York: W. W. Norton, 1968), en especial el capítulo 4; también puede ser útil el capítulo 6 de Baldesar Castiglione de J. R. Woodhouse (Edinburgh: Edinburgh University Press, 1978). Para los autores del siglo XVI que escribieron sobre el amor y que Cervantes empleó, Bembo, Mario Equicola, y León Hebreo, véase el estudio algo anticuado de Nesca A. Robb, Neoplatonism of the Italian Renaissance(London: Allen & Unwin, 1935), capítulo 6; para ver una tentativa del siglo XX de entender el punto de vista de Platón sobre el amor, véase Hans Kelsen, “Die platonische Liebe”, Imago, 19 (1933), 34-98 y 225-255; traducido por George B. Wilbur, “Platonic Love”, American Imago, 3 (1942), 3-110; véase también el comentario de C. S. Lewis, The Allegory of Love (1936; reimpreso en New York: Oxford University Press, 1958), pág. 5. Sin embargo, se recomienda especialmente al lector interesado por este tema la bella traducción que hizo el Inca Garcilaso de una obra que merece la pena ser estudiada, los Diálogos de amor de León Hebreo (ed. P. Carmelo Sáenz de Santa María, S. I., en Obras completas del Inca Garcilaso de la Vega, Biblioteca de autores españoles, 132-135 [Madrid: Atlas, 1965], I).
     Una cuestión algo distinta pero también importante es el punto de vista de Cervantes acerca del amor casto. Hay indicios de que, como ideal teórico, prefería la castidad al amor físico y al matrimonio. Lo sugiere, por ejemplo, la prudencia de un personaje tan juicioso como Preciosa: “si la virginidad se ha de inclinar, ha de ser a este santo yugo, que entonces no sería perderla, sino emplearla en ferias que felizes ganancias prometen” (“La gitanilla”, I, 57, 7-10). El pretendido amor platónico de Tomás por Constanza, “limpio” y no “vulgar”, “que no se estiende a más que a servir y a procurar que ella me quiera, pagándome con honesta voluntad lo que a la mía, también honesta, se deve” (“La ilustre fregona”, II, 301, 11-302, 7), no excluye el matrimonio como consecuencia, aunque sólo el matrimonio de su amigo Carriazo, menos refinado, produce descendencia (II, 352, 23-26). Afirmaciones en La Galatea y cerca del final de Persiles declaran, como era de suponer, que el supremo placer en esta vida viene de la unión de las almas. (“Como sea hazaña de tanta dificultad reduzir una voluntad agena a que sea una propria con la mía, y juntar dos differentes almas en tan dissoluble ñ checkedñudo [sic] y estrecheza que de las dos sean uno los pensamientos y una todas las obras, no es mucho que, por conseguir tan alta empresa, se padezca más que por otra cosa alguna, pues, después de conseguida, satisfaze y alegra sobre todas las que en esta vida se dessean” [La Galatea, II, 68, 8-17]; “ha gozarse dos almas que son una...no ay contentos con que igualarse” [Persiles, II, 204, 10-12].)
     Se deduce, considerando el decepcionante resultado de su matrimonio, en sentido emocional y reproductivo, un rechazo tardío de la sexualidad por Cervantes. (Véase, con algunas reservas, W. Rozenblat, “¿Por qué escribió Cervantes El juez de los divorcios?”, Anales cervantinos, 12 [1973], 129-135.) Sin embargo, por lo menos en la época de la composición de La Galatea y de su matrimonio, Cervantes creía que dado nuestro estado de perdición y nuestras breves vidas (véase La Galatea, II, 61, 20-62, 17), Dios había destinado que el amor por una mujer condujera al matrimonio, unión sexual y reproducción; no llegar al matrimonio y permanecer célibe sería un error. La jerarquía de amores de Herrera debería comparase con la de Tirsi (La Galatea, II, 61, 1-18), donde encontramos el amor deleitable tratado mucho más amablemente (como también en Parnaso, 60, 25-27). El rechazo de la sexualidad, y la aceptación del papel asexual que la sociedad y la iglesia destinaron al anciano, deben haberle sido dolorosos y reticentes. (Véase, por ejemplo, la emoción que hay en el rechazo de Don Quijote a las doncellas de la duquesa, y la amenaza que él cree que representan [IV, 68, 16-31], o las objeciones a ciertos versos, como en IV, 13, 27-14, 8. Como se ha citado en la nota 41, supra, el deseo sexual es un “natural movimiento”.)
     61 III, 393, 27-28; también I, 200, 32-201, 13; I, 231, 22-23; III, 92, 1-8; III, 348, 11-12.
     62 I, 78, 22-81, 17; I, 124, 1-3; I, 119, 20-28; III, 392, 31-394, 9. En una ocasión se ofrece ridículamente a ayudar a Sancho con “vozes y advertimientos saludables”, si quiere, de forma poco caballeresca, vengarse de “quien no fuere armado cavallero” (III, 150, 25-31), y después del manteamiento declaró que si no fuera por su “encantamiento”, “yo te hiziera vengado...aunque en ello supiera contravenir a las leyes de la cavallería, que, como ya muchas vezes te he dicho, no consienten que cavallero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuere en defensa de su propria vida y persona, en caso de urgente y gran necessidad” (I, 231, 19-27). Antes de ser “armado” por el ventero, Don Quijote sólo luchará con los que cree que no son caballeros (I, 73, 15-24).
     63 Cervantes constantemente describe la España rural pacífica y satisfecha; lo único que perturba la paz son los bandidos catalanes, y, en la costa, los corsarios moros.
     64 Su alusión a la posibilidad de emplear caballeros andantes para derrotar a los turcos (III, 39, 1-24) es una recomendación al rey, no un plan personal. Es evidentemente una parodia, como lo es su idea, inmediatamente después de su derrota ante el Caballero de la Blanca Luna, de que podría rescatar a Gaspar Gregorio de Argelia (IV, 313, 12-29).
     65 I, 53, 14-15; I, 351, 4-5; II, 200, 3-32; II, 337, 6-17; III, 116, 18-117, 14; III, 390, 9-14; III, 400, 2-7; IV, 339, 5-8.
     66 En sólo un día, el día que ve los rebaños, Don Quijote espera “hazer obras que queden escritas en el libro de la fama por todos los venideros siglos” (I, 234, 12-14). Quiere ser famoso con “una hazaña”, que pueda hacer con “comodidad”, evitando el “peligro” y las “locuras de daño” (I, 351, 4-11; I, 353, 5 y 29). “Ahorrar caminos y trabajos para llegar a la inaccesible cumbre del templo de la fama”, seguir “la estrechíssima [senda] de la andante cavallería, bastante para hazerle emperador en daca las pajas” (III, 236d, 27-237, 2); con sólo “dos dedos de ventura, está en potencia propinqua [el cavallero andante] de ser el mayor señor del mundo” (IV, 18, 11-13).
     67 “Bien te puedes llamar dichosa sobre quantas oy viven en la tierra...pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado cavallero como lo es y será don Quixote de la Mancha. El qual, como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de cavallería, y oy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la sinrazón y cometió la crueldad” (I, 82, 25-83, 2; otros pasajes jactanciosos: II, 191, 16-17; II, 285, 26-286, 4; y III, 390, 28-30). Don Quijote en la Primera Parte se siente muy frustrado porque el mundo no valora suficientemente sus “hazañas”, y no puede descansar y disfrutar la fama que cree que se merece.
     68 Como hace Gaiferos, III, 330, 18-26. Don Quijote, aunque se da cuenta de que es necesario mantener el anonimato (I, 64, 12-17), sólo sabe asumirlo una vez, en un discurso muy caballeresco: III, 176, 9-13.
     69 I, 64, 10-17; I, 81, 11-15; I, 123, 10-14; III, 199, 18; IV, 235, 6-9.
     70 III, 190, 4. Acerca de la vanagloria, que Diego de Miranda evita (III, 202, 1-5), véase el “Coloquio de los perros”, III, 170, 26-171, 7.
     71 Se refleja aquí la costumbre medieval de utilizar el duelo, parodiado en el combate con Tosilos, como medio para determinar cuál de las dos partes en conflicto dice la verdad; se suponía que Dios ayudaba al combatiente que lo más lo merecía (véase IV, 213, 31-32). Las mentiras son en Don Quijote frecuente motivo de desafío: I, 79, 9-14; I, 124, 5-6; I, 317, 1-5; I, 345, 11-17; I, 349,y 30-32; II, 49, 27-29; II, 302, 4; II, 305, 9-12; II, 310, 4; III, 175, 9-11; IV, 248, 12-13; véase también “Rinconete y Cortadillo”, I, 296, 4-8, La casa de los celos, I, 160, 13 y I, 162, 17, y sobre la costumbre, “The Mentita”, capítulo 4 (págs. 55-72) de Frederick Robertson Bryson, The Point of Honor in Sixteenth-Century Italy: An Aspect of the Life of the Gentleman (New York: Publications of the Institute of French Studies [of] Columbia University, 1935). La oposición de Don Quijote a las mentiras es indicada en III, 297, 4; III, 302, 19-23; III, 383, 24-25; y IV, 18, 5-6; ya hemos visto, sin embargo (pág. 119), que en la Primera Parte se sugiere que mentía.
     72 Reinaldos de Montalbán era, como Bernardo del Carpio, adversario de Orlando, pero era el adversario malo mientras que Bernardo era el virtuoso (véase I, 107, 13-19). Reinaldos se encuentra en diversas obras que tratan de la materia de Francia, entre ellas los poemas de Boyardo y Ariosto, el Espejo de caballerías, y La Trapesonda, también llamado el Libro de Don Renaldos. En este libro acaba reformándose; en el Espejo de caballerías, I, capítulo 46, Reinaldos explica que sólo robaba a los que no eran cristianos, para alimentar a su ejército.
     73 I, 110, 23-25; I, 111, 16-19; I, 112, 27-30; I, 287, 20-21; II, 374, 1-9 y 17-18; IV, 18, 11-13. De la misma manera que quería alcanzar rápidamente la fama, Don Quijote también espera que las riquezas le lleguen con toda prontitud: “en quítame allá essas pajas” (I, 110, 24); “antes de seis días” (I, 112, 27); “en pocos días” (II, 374, 9); “presto” (II, 374, 17).
     74 Es por medio del matrimonio que el caballero en una de las fantasías de Don Quijote llega a ser rey, y recompensa a su escudero (I, 294, 2-4). Don Quijote, naturalmente, no sigue este método.
     75 Don Quijote de hecho confirma esto: “Nunca yo acostumbro...despojar a los que venço, ni es uso de cavallería quitarles los cavallos y dexarlos a pie” (I, 287, 15-17).
     76 IV, 274, 19-20. Sobre Roque, véase la bibliografía en el capítulo 3, notas 27 y 85. Aunque Roque Guinart aparezca en La cueva de Salamanca menos avaricioso que sus hombres (Comedias y entremeses, IV, 129, 26-32), en Don Quijote no se trata muy positivamente su liberalidad (IV, 271, 20-23; IV, 272, 2-3).
     77 IV, 268, 17. Los libros de caballerías también presentaban un “nuevo modo de vida” (supra, pág. 26).
     78 I, 80, 27; III, 401, 23; de forma parecida, III, 222, 3-4. Este punto de vista es expresado por otros en II, 339, 32, y Persiles, I, 33, 30-31. También se manifiesta la prioridad de las obras sobre las palabras en III, 325, 29-30; IV, 289, 3-12; y “La gitanilla”, I, 56, 18-19.
     79 IV, 269, 1-2; por eso, como Don Quijote, está dispuesto a ayudar a la descaminada Claudia Jerónima, cuya desgracia autoinflingida demuestra el error de la venganza, que Cervantes ataca frecuentemente (I, 286, 18-20, aunque compárese 25-29; II, 218, 4-5; III, 150, 32-151, 2; III, 347, 11-27; “Coloquio de los perros”, III, 241, 10-13). Don Quijote también está dispuesto a vengarse en otras ocasiones (I, 195, 5-8; I, 231, 18-21; I, 254, 18-21), que asocia con la conducta de Reinaldos de Montalbán (I, 107, 16-22), y se niega a vengar el rucio sólo porque los ofensores no son caballeros (III, 150, 25-31).
     80 Como se habían conservado las obras de Homero y debía hacerse con Palmerín de Inglaterra (I, 100, 3-7). Véase Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 84 y 124-129.
     81 Véase la nota 80 del capítulo 3.
     82 Véase “Scatology in Continental Satirical Writings from Aristophanes to Rabelais”, capítulo 1 de Swift and Scatological Satire de Jae Num Lee (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1971).
     83 I, 212, 8-10; I, 273, 1-2; II, 66, 8-19; III, 139, 26.
     84 I, 194, 19; II, 290, 3-7; III, 178, 1.
     85 III, 363, 20-22.
     86 IV, 69, 10-13; IV, 174, 22-23; véase también I, 305, 18-19.
     87 I, 224, 1-5; I, 271, 23-273, 2; II, 357, 7-22.
     88 IV, 16, 1; IV, 176, 12; lo que implica IV, 250, 25-26.
     89 I, 194, 17-18; II, 290, 1-8; véase III, 197, 20-22.
     90 I, 209, 6-14; IV, 86, 1-2.
     91 III, 110, 21-27. Véanse el artículo de McGrady citado en la nota 16 de este capítulo.
     92 Para estudios de la temprana influencia de Don Quijote en España, véase el artículo de Alberto Navarro González, “El ingenioso Don Quijote en la España del siglo XVII”, Anales cervantinos, 6 (1957), 1-48, reimpreso en su libro El Quijote español del siglo XVII (Madrid: Rialp, 1964), págs. 255-321, la tesis de Quilter, y “Risa a carcajadas” de Russell. Este último consiste, en un grado considerable, en una refutación de la tesis de Navarro, que en la España del siglo XVII se consideraba que Don Quijote era algo más que una figura ridícula; véase también la reseña que Juan Bautista Avalle-Arce ha escrito sobre el libro de Navarro en Hispanic Review, 36 (1968), 66-68. (En una larga nota, Navarro ha respondido a los críticos de este artículo; se encuentra en “El elemento didáctico en El Persiles [sic] de Cervantes”, Actas del I Simposio de literatura española, ed. Alberto Navarro González [Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 1981], págs. 279-307, en la pág. 280, nota 1.)
     93 Luis Murillo, aprovechando datos del estudio de Asensio sobre el género, ha establecido que contrariamente a lo que creyó Menéndez Pidal, el Entremés es posterior a Don Quijote, Primera Parte (“Cervantes y el Entremés de los romances”, en Actas del VIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas [Madrid: Istmo, 1986], II, 353-357). Entre los defensores anteriores de esta misma postura encontramos a Schevill y Bonilla (en su edición, I, 415-418), Rodríguez Marín (Apéndice IX de su “nueva edición crítica”), Cotarelo (citado por Rodríguez Marín), y Astrana (VI, 478-497).
     94 John G. Weiger ha mantenido que Don Quijote de la Mancha y El curioso impertinente de Castro son posteriores a 1615 (“Guillén de Castro: apostilla cronológica”, Segismundo, 14 [1980], 103-120).
     Las dos novelas intercaladas de la Primera Parte también habían sido adaptadas al teatro por Massinger, Field, y Shakespeare y Fletcher (véase Edwin B. Knowles, “Cervantes and English Literature”, en Cervantes Across the Centuries, ed. Ángel Flores y M. J. Benardete [New York: Dryden Press, 1947], págs. 267-293, en la pág. 268). Se ha llegado a la conclusión de que el perdido Cardenio de Shakespeare y Fletcher, representado dos veces en la corte inglesa en 1613, pervive en una adaptación del siglo XVIII, The Double Falsehood, del editor de Shakespeare Lewis Theobald; véase el artículo de John Freehafer, “Cardenio, by Shakespeare and Fletcher”, Publications of the Modern Language Association, 84 (1969), 501-513. Sin ni siquiera mencionar el artículo de Freehafer, hay una nueva propuesta según la cual el texto es una falsificación: Harriet C. Frazier, A Babble of Ancestral Voices. Shakespeare, Cervantes, and Theobald (The Hague: Mouton, 1974); véase la reseña de Freehafer (la única que he podido encontrar), en The Scribblerian, 8 (1975), 51. Brean S. Hammond también apoya la teoría de que el texto de Shakespeare y Fletcher pervive en la adaptación de Theobald, en “Theobald's Double Falsehood: An ‘Agreeable Cheat’?”, Notes and Queries, 229 (1984), 2-3, y la acepta Charles David Ley en la introducción a su traducción de la obra, identificada en la portada como la Historia de Cardenio de Shakespeare y Fletcher (Madrid: José Esteban, 1987). Kenneth Muir ha anunciado un artículo sobre “Cervantes, Cardenio and Shakespeare” para “Bulletin of Hispanic Studies” (1923-1993): Essays in Memory of E. Allison Peers (Liverpool: Liverpool University Press, en prensa), y la comunicación de Tomás PabónWashington COllege, Md., “Cardenio en Cervantes, Shakespeare y Fletcher”, está en prensa en las Actas del Segundo Congreso Napoli, 4-9 de abril de 1994, Internacional de la Asociación de Cervantistas.
     95 Avellanedathe personality of Sancho, his wife “Mari Gutiérrez,” DUlcinea as putatoma su concepto de la obra de Cervantes sobre todo del principio de la obra. Las primeras adaptaciones se basaron en los primeros capítulos: el Entremés de los romances, el entremés de Francisco de Ávila, basado esencialmente en los capítulos 2 y 3 (María Francisca Vilches de Frutos, “Don Quijote y el Entremés famoso de los invencibles hechos de Don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila: dos experimentos del paso de la novela al entremés a través de la parodia”, Criticón, 30 [1985], 183-200), y, al parecer, Pascual del Rábano (Ricardo Senabre, “Una temprana parodia delQuijote. Don Pascual del Rábano”, en Estudios sobre literatura y arte dedicados al profesor Emilio Orozco Díaz, recogidos y publicados por A. Gallego Morell, Andrés Soria y Nicolás Marín [Granada: Universidad de Granada, 1979], III, 349-361). Cuando Salas Barbadillo, en su Estafeta del Dios Momo, describe un hidalgo rural, cazando de día y leyendo libros de caballerías por la noche, con una familia que consiste en “un mozo, un rocín, dos galgos”, sólo refleja el principio de Don Quijote(ed. Rodríguez, pág. 36-37). La queja de los lectores acerca de los “infinitos palos” que Don Quijote recibió en la Primera Parte (III, 64, 8-13) debe de referirse a los palos que le dieron en los capítulos 4 y 15 de la Primera Parte (I, 86, 16-27; I, 195, 20-32; I, 199, 12-13).
     Debido a este proceso, la primera aventura de Don Quijote y Sancho, la de los molinos de viento, aunque ni siquiera típica de la Primera Parte, se convirtió en el símbolo visual del libro. (Acerca de la tendencia de considerar el principio de una obra como representativo del conjunto, véanse los comentarios de Howard Mancing en “A Note on the Formation of Character Image in the Classical Spanish Novel”, Philological Quarterly, 54 [1975], 528-531, quien observa que “Don Quijote...es un clásico ejemplo de un libro que se empieza frecuentemente pero pocas veces se termina” [pág. 531, nota 9]. E. C. Riley es de otra opinión sobre la fama del episodio de los molinos de viento: véase “Don Quixote: from Text to Icon”, en A Celebration of Cervantes on the Fourth Centenary of “La Galatea”, 1585-1985. Selected Papers, ed. John J. Allen, Elias Rivers y Harry Sieber, Cervantes, special issue [1988], 103-115, en las págs. 112-115.)
     96 I, 96, 24-97; I, 168, 13-14; II, 362, 4; II, 368, 32; II, 404, 13-15; III, 39, 16-17; III, 394, 13-14; IV, 398, 25-27; quizás también IV, 10, 28-29.
     97 Véase el capítulo 1, nota 114. Fue el loco Don Quijote quien “alabava en su autor aquel acabar su libro con la promessa de aquella inacabable aventura” (I, 51, 14-16).
     98 LaDiana enamorada de Gil Polo naturalmente es muy alabada (I, 103, 9-10), pero no es una segunda parte, ni tampoco fue publicada, como lo fue la Diana segunda, junto con la Diana de Montemayor (véase Orígenes de la novela, I, 226).
     99 ElRoncesvalles y el Bernardo del Carpio citados en I, 99, 20-24. Se considera que estos poemas son continuaciones de Ariosto (Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, I, 226).
     100 II, 402, 10-12; véase también I, 33, 3-5.

     101 IV, 64, 10-19; IV, 65, 11. Las palabras de Ercilla en el prólogo de la Segunda Parte de La araucana muestran un evidente paralelismo: “Por haber prometido de proseguir esta historia no con poca dificultad y pesadumbre la he continuado; y aunque esta Segunda Parte de la Araucana no muestre el trabajo que me cuesta, todavía quien la leyere podrá considerar el que se habrá pasado en escribir dos libros de materia tan áspera y de poca variedad, pues desde el principio hasta el fin no contiene sino una misma cosa, y haber de caminar siempre por el rigor de una verdad y camino tan desierto y estéril, paréceme que no habrá gusto que no se canse de seguirme. Así temeroso desto, quisiera mil veces mezclar algunas cosas diferentes; pero acordé de no mudar estilo” (ed. Marcos A. Morínigo e Isaías Lerner [Madrid: Castalia, 1979], II, 9).
     102 III, 61, 21-31; III, 107, 28-108, 7; III, 221, 16-20; III, 371, 3-13; III, 387, 13-16; IV, 235, 12-20; IV, 251, 31-252, 5; IV, 260, 21-26; IV, 276, 20-25.
     103 Jean Michel Laspéras, “El fondo de librería de Francisco de Robles, editor de Cervantes”, Cuadernos bibliográficos, 38 (1979), 107-138, en la pág. 136, especifica correctamente 366 ejemplares (Laspéras está equivocado cuando afirma en la pág. 137 que Robles tenía en existencia 145 ejemplares de las ediciones de 1605 de la Primera Parte y 146 ejemplares de la edición de 1608; el inventario especifica sólo 142 o 145 ejemplares, según dos cuentas distintas [fol. 1344r; fol. 1375r], de una edición sin especificar, seguramente la de 1608.) Es posible, naturalmente, que la única edición de la Segunda Parte fuera mayor que las de la Primera Parte, como sugieren Philippe Berger y François Lopez (en unas consideraciones que siguen a “Don Quichotte et son public” de Maxime Chevalier, en Livre et lecture en Espagne et en France sous l'ancien régime [Paris: A.D.P.F., 1981], págs. 119-123, las consideraciones en págs. 124-125, y esta observación en la pág. 124). Sin embargo, hoy existen menos ejemplares de la primera edición de la Segunda Parte, y se supone que la impresión de la Segunda Parte tenía la misma tirada. Laspéras sugiere (pág. 138) que estas circunstancias pueden explicar por qué Robles no publicó el Persiles.
     104 El comentario de Márquez Torres, sutilmente analizado por Jean Canavaggio (“El licenciado Márquez Torres y su aprobación a la Segunda Parte del Quijote: las lecturas cervantinas de unos caballeros franceses”, en Studies in Honor of Bruce W. Wardropper, ed. Dian Fox, Harry Sieber y Robert ter Horst [Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1989], págs. 33-39), sin duda se refiere a la reacción en España, donde hubo más ediciones de las Novelas ejemplares. En el extranjero, en cambio, su obra más popular fue Don Quijote. Los datos se encuentran en Palau, o en las tablas de Franco Meregalli, “Profilo storico della critica cervantina nel Settecento”, en Rappresentazione artistica e rappresentazione scientifica nel Secolo dei lumi, ed. Vittore Branca ([Firenze]: Sansoni, 1970), págs. 187-210.
     105 Véase mi artículo “El romance visto por Cervantes”, págs. 75-77, para una explicación en estos términos del episodio del retablo de Maese Pedro.
     106 Véase Howard Mancing, The Chivalric World of “Don Quijote”, págs. 130-132. Sobre el lenguaje caballeresco de Don Quijote, en véase Bernard Darbord, “Los caracteres lingüísticos del discurso de don Quijote, caballero andante”, en Actas del coloquio cervantino. Würzburg, 1983, ed. Theodor Berchem y Hugo Laitenberger, Spanische Forschungen der Görresgesellschaft, zweite reihe, 23 (Münster: Aschendorffsche, 1987), págs. 21-26.
     107 He sugerido en “El rucio de Sancho” que este punto (es decir, inmediatamente antes de la llegada al palacio de los duques) divide los capítulos que fueron escritos poco después de la publicación de la Primera Parte y los escritos años más tarde. Nicolás Marín apoya esta tesis, “Camino y destino aragonés de Don Quijote”, Anales cervantinos, 17 (1978), 54-66; también “Cervantes frente a Avellaneda: La duquesa y Barbara”, en Cervantes. Su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, ed. Manuel Criado de Val (Madrid: Edi-6, 1981), págs. 831-835; y “Reconocimiento y expiación. Don Juan, Don Jerónimo, Don Álvaro, Don Quijote”, en Estudios sobre literatura y arte dedicados al profesor Emilio Orozco Díaz, recogidos y publicados por A. Gallego Morell, Andrés Soria y Nicolás Marín (Granada: Universidad de Granada, 1979), II, 323-342. Geoffrey Stagg proporciona una prueba más al señalar (en “La Galatea y ‘Las dos doncellas’”, pág. 125) que hay seis referencias a la destinación Zaragoza en los capítulos 4-26, y a partir de allí ninguna hasta el capítulo 52.
     108 IV, 235, 13-15; de modo parecido, IV, 252, 3-4; y IV, 382, 23-30. Sin embargo, Roque Guinart se da cuenta de que “la enfermedad de don Quixote tocava más en locura que en valentía” (IV, 260, 19-21)
     109 En el capítulo final Don Quijote dice que fueron sus “costumbres” las que le dieron el “renombre de Bueno” (IV, 398, 24-25; también se alaban sus “costumbres” en II, 401, 30-31). Encontramos una explicación probable en III, 207, 13-15: “si el poeta fuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos”.
     110 Don Quijote causa admiración en estos capítulos finales sólo por contraste con Avellaneda (IV, 251, 12; IV, 253, 27), y debido a su “estraña figura”, a la que se presta menos atención que a la sabiduría de Sancho (IV, 332, 23-25). Sin embargo, Sancho aún puede causar admiración (IV, 369, 7).
     111 IV, 269, 6; IV, 274, 8; IV, 283, 8; IV, 284, 2; IV, 288, 16; IV, 293, 27-28; IV, 305, 8; IV, 311, 10.
     112 IV, 260, 19-21; IV, 284, 26-285, 2; IV, 321, 26-322, 8; IV, 322, 22-27. El narrador llama “nueva locura” a la idea de Don Quijote de pasar su año de reclusión como pastor (IV, 392, 19), seguramente reflejando la opinión de los demás personajes. Debemos observar, sin embargo, que el narrador está en un error; la idea de Don Quijote de ser pastor no es una “nueva locura”, puesto que adoptaría esta vida sabiendo muy bien que sólo era una forma agradable de pasar cierto tiempo.
     La vida que se describía en los libros de pastores era evidentemente de considerable interés para Cervantes, a juzgar por los distintos personajes que imitan esos libros. De la misma manera que la “Novela de Rinconete y Cortadillo” y la inconclusa historia de Eugenio y Leandra ofrecían material potencial para una continuación de la Primera Parte, en el plan pastoril de Don Quijote hay el fantasma de una nueva continuación. En ella Cervantes pudiera atacar el error de basar la vida en la literatura pastoril, llamada por Berganza “no verdad alguna” (“Coloquio de los perros”, III, 166, 15), y por el narrador en Don Quijote“más...encarecimiento de poetas que verdades” (I, 389, 9-10); el propio Don Quijote hace poco más o menos el mismo comentario (I, 365, 25-366, 7). (Para una explicación más amplia véase Javier Herrero, “Arcadia's Inferno: Cervantes' Attack on Pastoral”, Bulletin of Hispanic Studies, 65 [1978], 289-299.)
     113 III, 365, 29-357, 6; IV, 184, 16-17; IV, 195, 24-28; IV, 196, 23-25.
     114 “Muy filósofo estás, Sancho...muy a lo discreto hablas; no sé quién te lo enseña”, es el comentario de Don Quijote cuando Sancho dice “he oído dezir que esta que llaman por aí Fortuna es una muger borracha y antojadiza y, sobre todo, ciega” (IV, 328, 18-25). Compárese con la defensa que hace Sancho de su propia sabiduría en III, 280, 18-25.
     115 IV, 267, 14-15. Acerca de los deberes de un gobernador, véase la nota 120, infra.
     116 IV, 247, 17-253, 31; IV, 276, 20-25; IV, 297, 1-17; IV, 366, 11-25; IV, 381, 15-385, 26; IV, 403, 1-12; IV, 404, 7-11; IV, 405, 1-406, 3. La discusión de las personalidades de Don Quijote y Sancho en el capítulo 58 de la Segunda Parte (IV, 235, 12-32) da a entender que Cervantes conocía el libro de Avellaneda. En el capítulo 30 se refiere a la posibilidad de que Sancho hubiera sido “troca[do] en la estampa” (III, 371, 11-13). Sugiere, aunque ciertamente no prueba, que Cervantes, aunque no lo hubiera visto, sabía algo del libro que estaba a punto de ser publicado, y por esta razón reanudó la composición de la Segunda Parte de Don Quijote, que había dejado a un lado hacía algún tiempo. (La discusión en el capítulo 14 entre Don Quijote y Sansón Carrasco disfrazado como el Caballero del Bosque acerca de si el Caballero había derrotado a Don Quijote o a “otro que le pareciesse”, probablemente no se refería a Avellaneda.) Para una información más detallada, véanse las referencias en la nota 107, supra.
     117 Véase III, 444, 12-14 y IV, 39, 11-14. De igual forma, el gobierno de Sancho iba a ser elaborado, con muchos actores e instrucciones, para hacerlo más parecido a un hecho real.
     118 Una excepción sería el humor que el payaso u otro cómico profesional producen a su propia costa. Precisamente porque el público sabe que es una diversión artificial por la que ha pagado dinero, no se viola el sentido del decoro.
     119 Estudiado por John J. Allen, Don Quixote: Hero or Fool? A Study in Narrative Technique [Part I] (Gainesville: University of Florida Press, 1969). Sobre el libro de Allen véase la reseña de Ruth El Saffar, Modern Language Notes, 85 (1970), 269-273.
     120 El canónigo, aconsejando a Sancho acerca de lo que es gobernar (II, 374, 28-375, 15), sólo menciona el deber de hacer justicia. La parte sensata del consejo que le da Don Quijote (IV, 51, 4-54, 25) es una explicación acerca de cómo hay que administrar la justicia, que es lo que Sancho cuenta que hizo cuando era gobernador (“he...sentenciado pleitos”, IV, 207, 32). Don Quijote había dicho, mucho antes, que los caballeros andantes, “ministros de Dios en la tierra”, eran “braços por quien se executa en ella su justicia” (I, 169, 31-170, 10).
     121 IV, 140, 28-141, 8. Su empleada Altisidora es incluida en esta condena.
     122 III, 415, 23-416, 13. La duquesa, naturalmente, no es el primer personaje que juega con la realidad para engañar a otro personaje; el mismo Sancho engañó a Don Quijote (I, 265, 7-11; III, 132, 4-133, 2). Sin embargo, en un caso Sancho lo hace por un motivo caritativo, el impedir que Don Quijote “[tiente] a Dios acometiendo tan desaforado hecho” (I, 263, 7-8), es decir, atacando a lo que se descubre que son batanes. En el segundo miente porque Don Quijote le ha pedido algo imposible, encontrar a Dulcinea. La mentira del cura y del barbero acerca de la desaparición de la biblioteca de Don Quijote fue “uno de los remedios...para el mal de su amigo” (I, 108, 1-2), y ellos y Dorotea se valieron de un engaño sólo para persuadir a Don Quijote de que abandonara Sierra Morena (I, 384, 4-29). Los engaños de Sansón, aunque emprendidos con un entusiasmo realmente sospechoso, son para ayudar a Don Quijote (III, 190, 17-191, 14). La disputa del yelmo y de la albarda, aunque no tuviera otro propósito que el de divertir, fue iniciada por el propio Don Quijote, y no puede compararse con el engaño de la duquesa a un simple, inventando encantadores y distorsionando la realidad.
     123 Por ejemplo, “todo quanto vuestra merced dize va con pie de plomo” (III, 402, 2-3); “el buen Sancho, pensando ser el engañador, es el engañado, y no ay poner más duda en esta verdad que en las cosas que nunca vimos” (III, 416, 1-4); “Sancho amigo, la ínsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva; raízes tiene tan hondas echadas en los abismos de la tierra, que no la arrancarán ni mudarán de donde está a tres tirones.... Siempre que bolviéredes hallaréis vuestra ínsula donde la dexáis” (IV, 33, 11-27).
     124 El que el duque encarcelara a Tosilos da a entender que él y su mujer estaban entre “los más” que están “tristes y melancólicos” por el resultado (IV, 217, 8-10). “Hazerse pedaços”, sin embargo, no significaba hacerse daño, puesto que el duque cuidadosamente dio instrucciones, citadas en el párrafo siguiente, para cualquier castigo físico. El uso que hace Andrés de esta expresión (II, 77, 27), su uso en “El celoso extremeño” (II, 198, 28), así como la definición del Diccionario de autoridades (“estar hecho pedazos” es “estar muy cansado o fatigado”), lo apoyan.
     125 I, 50, 16-17. Nos lo recuerda el desagradable eclesiástico en III, 388, 3, y el castellano en Barcelona; IV, 284, 31-32.
     126 Vemos que Cervantes emplea el mismo lenguaje en primera persona, entre otros lugares, en el prólogo de la Segunda Parte: “Quisieras tú que lo [Avellaneda] diera del asno, del mentecato y del atrevido; pero no me passa por el pensamiento” (III, 27, 12-14); “del tal [Lope] adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa” (III, 28, 18-20). Un lenguaje similar es puesto en boca de Sancho cuando habla con la duquesa: “Sansón Carrasco...es persona bachillerada por Salamanca; y los tales no pueden mentir, si no es quando se les antoja y les viene muy a cuento” (III, 417, 30-418, 2). También encontramos al narrador haciendo afirmaciones que evidentemente son falsas: “Verdad es que la gallardía del cuerpo [de Maritornes] suplía las demás faltas” (I, 205, 19-20); en el mismo tono, Sancho llama el bálsamo de su patrón “aquel benditíssimo brevaje” (I, 286, 1).
     127 “No son burlas las que duelen, ni ay passatiempos que valgan si son con daño de tercero” (IV, 279, 10-12; del mismo modo, “Coloquio de los perros”, III, 196, 3). Así es exactamente como termina la aventura de Clavileño: “sin daño de barras” (IV, 42, 15). Se manda dar los 3.300 golpes de Sancho (un número imposiblemente grande; véase III, 46, 3 y IV, 24, 8), que van a “sacaros un poco de sangre (III, 441, 27-28), previendo que no se darán, y naturalmente sólo los reciben los árboles. El “daño” puede entenderse como “daño del alma [o] del cuerpo” (Novelas ejemplares, I, 22, 19); crear burlas no es “daño”.
     128 IV, 95, 2-5. Esta burla tenía que haber sido “más risueña que dañosa” (IV, 90, 32).
     129 IV, 219, 16-22. Incluso se le da este regalo de la mejor manera, anónimamente; en los términos de Diego de Miranda, “sin hazer alarde de las buenas obras” (III, 202, 1-2).
     130 “The Concept of the Norm in Don Quixote”, pág. 161.
     131 Como lo hacen en el capítulo 43 de la Primera Parte. Sin embargo, Maritornes es un personaje que duplica, en miniatura, la evolución de Don Quijote. Cuando aparece por primera vez, su fealdad es extrema hasta el punto de ser burlesca (I, 205, 16-23; I, 211, 32-212, 23). Es una puta (I, 209, 6-11; I, 214, 13), cuyas “nobles”intenciones se malgastan (I, 209, 11-18). Sin embargo, poco después ayuda a alguien necesitado, demostrando “unas sombras y lexos de christiana” (I, 229, 16-21); más tarde aboga por Don Quijote (I, 386, 11-15). Parece que el adjetivo “buena” que se le aplica (I, 209, 11; I, 386, 11) cambia de irónico a sincero.
     132 II, 311, 14-312, 2. El narrador confirma la función del diablo, II, 313, 12-18.
     133 Según Tirsi, hay tres variedades del amor: provechoso, honesto y deleitable (La Galatea, II, 61, 1-18). En el Parnaso, 60, 25-26, es la poesía la que es “la cifra do se apura lo provechoso, honesto y deleitable”.
     134 Edith Rogers proporciona un resumen de los comentarios anteriores sobre este episodio en “Don Quijote and the Peaceable Lion”, Hispania, 68 (1985), 9-14. Miguel Garci-Gómez ha reunido numerosos precedentes literarios en “La tradición del león reverente: glosas para los episodios en Mio Cid, Palmerín de Oliva, Don Quijote y otros”, Kentucky Romance Quarterly, 19 (1972), 255-284; también hay que tener en cuenta el tratamiento de los leones en la Historia natural de Plinio el Viejo (VII, 17-21), que Cervantes conocía por la traducción parcial de Jerónimo de Huerta de 1599 (véase Persiles, I, 117, 12-13, y la nota de los editores), y el martirio de los primeros cristianos echados a los leones. Hay otro encuentro con un león apacible en Trato de Argel (V, 81, 17-83, 32).
     135 I, 256, 29-30; III, 239, 1-2.
     136 Véase Russell, “Risa a carcajadas”, págs. 418-419, acerca del significado original de este nombre.
     137 También lo hace antes de la batalla con Tosilos (IV, 212, 32-213, 2), antes, con el Caballero de la Blanca Luna (IV, 317, 16-19), y antes de entrar en batalla con el Caballero de los Espejos, dice que ganará “si Dios, si mi señora y mi braço me valen” (III, 183, 7-8).
     138 Anticipado en el propio comentario de Don Quijote a su sobrina, que el caballero andante tiene que enfrentarse a peligros increíbles “con gentil continente y con intrépido coraçón” (III, 92, 17-18).
     139 “No se mueve la hoja sin la voluntad de Dios” (“Rinconete y Cortadillo”, I, 316, 30-31); “no acaso, como parecía, sino con particular providencia del cielo, se avían todos juntado en lugar donde menos ninguno pensava” (II, 174, 5-8). Del mismo modo, “por una de dos causas vienen los que parecen males a las gentes: a los malos, por castigo, y a los buenos, por mejora” (Persiles, I, 309, 16-18).
     140 Naturalmente, el mismo problema existe con Sancho. Si me centro en Don Quijote es porque se ha estudiado mucho más a Sancho, y porque el problema de la actitud adecuada con respecto a Don Quijote es más fundamental.
     141 Bruno Damiani, “Caridad en Don Quijote”, Anales cervantinos, 18 (1979-1980), 67-85. “Miguel de Cervantes es tan tolerante e indulgente con las debilidades del individuo como Quevedo sancionador”, es el resumen de George A. Shipley (“Lazarillo de Tormes Was Not a Hardworking, Clean-Living Water Carrier”, en Hispanic Studies in Honor of Alan D. Deyermond. A North American Tribute, ed. John S. Miletich [Madison: Hispanic Seminary of Medieval Studies, 1986], págs. 247-255, en la pág. 251).
     142 Puede deducirse que Cervantes era un patriota cristiano por su orgullo por haber participado en la batalla de Lepanto (III, 27, 19-28, 5), por su posterior trabajo para el rey como comisario y recaudador y por las declaraciones que hicieron sobre él muchos testigos cuando solicitó un cargo a la corona. Para éstas, Pedro Torres Lanzas, ed., “Información de Miguel de Cervantes de lo que ha servido a S.M. y de lo que ha hecho estando captivo en Argel...”, Revista de archivos, bibliotecas y museos, 30 época, 12 (1905), 345-397. Esta edición, en opinión de Astrana Marín “incorrectamente leída, mal puntuada y peor dispuesta tipográficamente” y con “muchos errores de impresión” III, 105, nota 1), fue reimpresa (sin confesarlo) en Madrid, Ed. El Árbol, 1981. Una parte del documento, transcrita de nuevo por Mario Gómez Moriana y con evidentes errores de impresión, fue publicada como “Curriculum Vitae Miguel de Cervantes Saavedra” en el tomo Autobiography in Early Modern Spain, ed. Nicholas Spadaccini and Jenaro Taléns (Minneapolis: Prisma Institute, 1988), págs. 249-264.
     No hay nada que estimule más el patriotismo que el estar ausente de la patria (véanse los comentarios de Ricote, IV, 193, 12-27), y más aún si la residencia en el extranjero es una cárcel. El encarcelamiento fue la experiencia central de la vida de Cervantes (véase mi “¿Por qué volvió Cervantes de Argel?”, Actas del Primer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, en prensa, y bibliografía citada allí.)
     143 Don Quijote relaciona la caballería y los intereses nacionales sólo una vez, en un discurso muy burlesco (III, 36, 29-39, 32); no hace caso de la sugerencia de Sancho de que encuentre a un soberano a quien servir (I, 289, 7-27).
     144 “Don Quixote no tuv[o] privilegio del cielo para detener el curso de la suya [vida]” (IV, 396, 7-9); en el prólogo de la Segunda Parte, “como si huviera sido en mi mano aver detenido el tiempo que no passasse por mí” (III, 27, 17-19). En 1597, cuando estaba encarcelado en la Cárcel Real de Sevilla y estaba “engendrando” Don Quijote (véase el capítulo 1, nota 91), la edad de Cervantes habría sido la misma que la de Don Quijote: “fris[ando]...con los cinquenta años” (I, 50, 1-2).
     145 Sancho dice acerca de su amo que “para todo tiene abilidad” (I, 383, 16-17). Estaba “admirado de lo que sabía, pareciéndole que no devía de aver historia en el mundo, ni sucesso que no lo tuviesse cifrado en la uña y clavado en la memoria” (IV, 228, 23-27; también III, 276, 23-27). El mismo Don Quijote dice que “de todo sabían y han de saber los cavalleros andantes” (I, 245, 13-14); “[la caballería andante] es una ciencia...que encierra en sí todas o las más ciencias del mundo” (III, 229, 12-230, 17). Estas afirmaciones de Don Quijote acerca de los amplios conocimientos que necesitaban los caballeros andantes son muy similares a la declaración de Cide Hamete que tiene “habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo” (IV, 65, 12-13), la afirmación del canónigo acerca de la variedad de conocimientos que el autor de un libro de caballerías puede mostrar por él (II, 343, 23-345, 7, especialmente 344, 13-17), la comparación que establece Don Quijote entre “la poesía” y “una donzella...a quien tienen cuidado de enriquezer, pulir y adornar...todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella” (III, 205, 25-31; también “El licenciado Vidriera”, II, 92, 26-29 y Parnaso, 57, 19-60, 3), y lo que dice Cenotia acerca de los conocimientos de magas y encantadoras (Persiles, I, 216, 15-26). En primera persona, Cervantes dijo en el prólogo de la Primera Parte que era “poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé dezir sin ellos” (I, 32, 17-19).
     146 Acerca de Cervantes, véase Rodríguez Marín, Nuevos documentos cervantinos, en sus Estudios cervantinos, pág. 333; obsérvese que un testigo llamó al padre de Cervantes “hidalgo de solar conocido” (pág. 228), el mismo término que Cervantes utiliza para sí mismo en I, 295, 3.
     147 Madrid, en cambio, era lingüística y socialmente parte de Castilla la Vieja. Véase mi “Cervantes' Consonants”, Cervantes, 10.2 (1990 [1991]), 3-14.
     148 Persiles, I, lviii, 2. Esta afirmación de Cervantes sobre su caballo, después de la publicación de Don Quijote, es especialmente significativa.
     149 I, 246, 16-20; Novelas ejemplares, I, 20, 24.
     150 Véase el capítulo 2, nota 32.
     151 “No hay ocasión en que Cervantes no se elogie, bien que excusándose por salir de los límites de su natural modestia; tantas veces ocurre esto que no es posible verla nunca ni creer en ella”(Nicolás Marín, “Belardo furioso. Una carta de Lope mal leída”, Anales cervantinos, 12 [1973], 3-37, en la pág. 21). Son ejemplos la dedicatoria y el prólogo de las Novelas ejemplares (I, 21, 19-32; I, 25, 14-17), el prólogo de la Segunda Parte de Don Quijote (III, 28, 24-26), el prólogo de las Ocho comedias y ocho entremeses (I, 5, 3-5), y la Adjunta al Parnaso (124, 16-17). Cervantes también se alaba en boca de otros, cuya alabanza puede entonces rechazar (Persiles, I, lviii, 11-22; también Adjunta al Parnaso, 121, 17-19), así como en boca de sus personajes (II, 62, 5-13; III, 61, 29-62, 2). Don Quijote también se alaba frecuentemente a sí mismo (pág. 120, supra), utiliza casi los mismos términos que Cervantes (I, 208, 12-17; III, 199, 20-21); otros personajes de Cervantes también lo hacen (“La señora Cornelia”, III, 86, 28-31 y III, 95, 26-29; “El casamiento engañoso”, III, 136, 19-21).
     152 IV, 328, 29-329; Parnaso, 56, 24.
     153 Prólogo de las Novelas ejemplares, I, 21, 10-11; Don Quijote, III, 62, 27-28; IV, 252, 16-20.
     154 I, 98, 32-99, 3; II, 406, 7; IV, 294, 17-19. Don Quijote también cita a Ariosto en español (III, 50, 29-30), el mismo pasaje que Cervantes citó en italiano al final de la Primera Parte.
     155 Cervantes: “caracteres que conocí ser arávigos” (I, 129, 31-32). Don Quijote: “Cide...en arábigo quiere dezir señor” (III, 58, 27-28); eso no era de dominio público, como lo es hoy entre los hispanistas. Pueden encontrarse más ejemplos en Josep M. Sola-Solé, “El árabe y los arabismos en Cervantes”, en Estudios literarios de hispanistas norteamericanos dedicados a Helmut Hatzfeld con motivo de su 80 aniversario, ed. Josep M. Sola-Solé, Alessandro Crisafulli y Bruno Damiani (Barcelona: Hispam, 1974), págs. 209-222, reimpreso en Sobre árabes, judíos y marranos y su impacto en la lengua y literatura españolas de Sola-Solé (Barcelona: Puvill, 1983), págs. 87-103. Tienen que hacerse dos adiciones a la discusión de Sola-Solé: Cervantes sabía cómo debía empezar un libro en árabe, alabando a Alá (capítulo 8 de la Segunda Parte), y, como el turco en aquella época se escribía con el mismo alfabeto y no se distinguía tanto del árabe como hoy, véase el artículo de Samir Rizk y Rafael Osuna, “An Obscene Expression in Cervantes”, Thesaurus, 26 (1971), 620-622.
     156 III, 147, 1-3; prólogo de las Ocho comedias; Adjunta al Parnaso, 124, 13-16.
     157 Capítulo 48 de la Primera Parte; III, 332, 19-24.
     158 Para dar sólo un ejemplo evidente, la cita de Terencio que pronuncia Don Quijote, “más bien parece el soldado muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida” (III, 310, 14-15), y que también se encuentra en Persiles, II, 207, 12-13, es casi la misma afirmación atribuida a Cervantes en el informe de su servicio naval: “no hacía lo que debía, metiéndose so cubierta, sino que mejor hera morir como buen soldado, en servicio de dios y del rrei” (“Información”—supra, nota 142—, pág. 348).
     159 El carácter honesto de Cervantes es mencionado varias veces en el documento citado en la nota 142.
     160 Sobre este tema véase Alan Trueblood, “El silencio en el Quijote”, Nueva revista de filología hispánica,12 (1958), 160-180 y 13 (1959), 98-100.
     161 El amigo de Cervantes en el prólogo de la Primera Parte le advierte que no predique (I, 37, 11-12). Ya se han citado los comentarios de Sancho y de la sobrina de Don Quijote sobre sus aptitudes como predicador (pág. 134). En Trato de Argel, Sayavedra tiene tendencias de predicador (Comedias y entremeses, V, 21, 1-3).
     162 Para Don Quijote, véase pág. 93. El caso de Cervantes es más complicado; su aprecio por las comodidades de la vida italiana, y las numerosas referencias entusiásticas a la comida y al vino en sus obras (especialmente en “El licenciado Vidriera”, II, 78, 32-79, 18; quizás también en Persiles, I, lix, 5-7), muestran su afición a los placeres corporales. No obstante, también parece claro que su ideal era ascético: no sólo el religioso sino también el soldado, con quien simpatizaba y se identificaba, tenía que soportar incomodidades sin quejarse. Es difícil no atribuir a Cervantes el punto de vista del protagonista de su única obra religiosa, fray Cristóbal de la Cruz: “Es bestia la carne nuestra, / y, si rienda se le da, / tan desbocada se muestra, / que nadie la bolverá / de la siniestra a la diestra... / La luxuria está en el vino, / y a la crápula y regalo / todo vicio le es vezino” (El rufián dichoso, Comedias y entremeses, II, 54, 31-55, 12).
     163 Véase la nota 40 de este capítulo y la nota 8 del capítulo 1.
     164 Al principio Alonso Quijano padecía de insomnio, y al final un largo sueño precede su vuelta a la cordura. (Aunque el estudio de Green ha sido criticado por Deborah Kong, “A Study of the Medical Theory of the Humours and its Application to selected Spanish Literature of the Golden Age” [tesis, Edinburgh, 1980], según Riley, “Don Quixote” [London: Allen & Unwin, 1986], págs. 48-49, y por Chester S. Halka, “Don Quijote in the Light of Huarte's Examen de ingenios; A Reexamination”, Anales cervantinos, 19 [1981], 3-13, fue Green, en “El ingenioso hidalgo”, el que señaló primero la importancia del sueño en la obra. Véase también el artículo de Daniel L. Heiple, “Renaissance Medical Psychology in Don Quijote”, Ideologies & Literature, 9 [1979], 65-72.) Suele trasnochar durante todo el libro: cuando lee sus libros, en las ventas, en su segunda salida (I, 111, 24-25), durante aventuras tales como la del cuerpo muerto y los batanes; el que los amantes desdichados no duerman se ajusta a su predisposición (I, 118, 25-31; I, 163, 1-5; I, 164, 8-10; III, 243, 1-7). Cuando está dormido se despierta fácilmente (por ejemplo, en IV, 344, 8-16; en cierto sentido, el episodio de los cueros de vino en el capítulo 35 de la Primera Parte). Se levanta temprano (I, 57, 11-20; III, 250, 4-10), puesto que es un “gran madrugador” (I, 50, 3-4). Su único sueño verdaderamente satisfactorio o profundo, interrumpido a gran pesar suyo, es el de la cueva de Montesinos.
     Se llega a la conclusión de que Cervantes tenía dificultades para dormir por su aprecio por el “buen sueño”. En sus obras califica al sueño, como al amor, de “dulce”. Para pasajes de Cervantes en alabanza del sueño véase mi Las “Semanas del jardín”, págs. 107-108.
     165 Don Quijote tenía “más de trescientos libros, que son el regalo de mi alma y el entretenimiento de mi vida” (I, 343, 28-29). Sobre Cervantes, véase mi artículo “¿Tenía Cervantes una biblioteca?”
     166 III, 226, 26-27. El alcahuete de los galeotes también tenía un “mal de orina” (I, 305, 19); Cañizares, el “viejo celoso”, padecía de “la hijada”, “la piedra” y tenía que orinar frecuentemente (El viejo celoso, Comedias y entremeses, IV, 146, 19-24); y el “vejete” de El juez de los divorcios también padecía de “la hijada” (Comedias y entremeses, IV, 7, 7).
     Cervantes describió su enfermedad como “idropesía”, (Persiles, I, lviii, 31), exceso de líquidos en el cuerpo, que parece que Cervantes había relacionado con una sed excesiva (además del pasaje citado, véase Don Quijote, III, 262, 15-16). Autoridades médicas modernas (Gómez Ocaña, Historia clínica de Cervantes [Madrid, 1899], citado por Ramón León Máinez, págs. 566-567, y José Riquelme Salazar, Consideraciones médicas sobre la obra cervantina [Madrid, 1947], citado por Alberto Sánchez, “Estado actual de los estudios biográficos”, Suma cervantina, págs. 3-24, en las págs. 22-23), aunque no están de acuerdo sobre la causa de la muerte de Cervantes, coinciden en que Cervantes no murió de una enfermedad renal. Sin embargo, teniendo en cuenta la medicina de su época, cuando se creía que una de las causas propuestas por estas autoridades, diabetes, era una enfermedad del riñón, es probable que Cervantes creyeraque ésta era su enfermedad; durante mucho tiempo se ha asociado la hidropesía con un ataque de riñón, de lo que puede ser un síntoma. Cervantes escribió un soneto para un libro de urología, el Tratado nuevamente impresso de todas las enfermedades de los riñones, vexiga y carnosidades de la verga y orinade Francisco Díaz (Madrid, 1588), que apoya esta sugerencia. (El soneto está reproducido en Poesías sueltas [Comedias y entremeses, VI], 49.)
     167 Véase, por ejemplo, la defensa que hace Don Quijote (III, 229, 14-17) de la habilidad del caballero andante para administrar justicia, que, como se ha dicho anteriormente, era según la teoría política de Cervantes el principal deber de un dirigente. En el capítulo siguiente se discuten los cambios que eran convenientes en aquella sociedad.
     168 Muchas veces se afirma en las obras de Cervantes que los tiempos pasados eran mejores, cuando los héroes eran heroicos y supuestamente reinaba la virtud; sin embargo, a menudo se descarta erróneamente este tema como un topos literario. Véase Castro, El pensamiento de Cervantes, págs. 173-181, y Harry Levin, The Myth of the Golden Age in the Renaissance (Bloomington: Indiana University Press, 1969), especialmente el capítulo 6.
     169 Don Quijote lo dice explícitamente (I, 261, 17-32; III, 45, 4-47, 5; III, 199, 4; III, 230, 25-231, 11); he deducido la opinión de Cervantes por la forma en que trata el tema de la caballería, es decir, por las pruebas que ya he presentado en este libro.
     170 Cristianos “nuevos”, también llamados despectivamente conversos, eran personas que se habían convertido al cristianismo o cuyos antepasados eran conversos. La mayoría eran descendientes de judíos, quienes, cuando se enfrentaron en 1492 al decreto de expulsión, escogieron la conversión antes que el exilio. Víctimas en el siglo dieciséis de una discriminación cada vez más severa, a menudo negaban su ascendencia.
     Desde el final de la Guerra Civil Española en 1939, y en parte en respuesta al catolicismo en cuyos términos los vencedores definían la cultura española, ha habido un movimiento, iniciado y dirigido por Américo Castro, para mostrar el error de esta imagen católica de España. (Para sus orígenes inmediatamente después de la guerra civil, véase Vicente Lloréns, “Los años de Princeton”, en Estudios sobre la obra de Américo Castro, ed. Pedro Laín Entralgo [Madrid: Taurus, 1971], págs. 285-302. Se encuentra algún precedente en la revista literaria de la guerra civil, Hora de España; véase Kessel Schwartz, “The Past as Prologue in Hora de España”, Romance Notes, 10 [1968], 15-19.) Además de afirmar que las culturas judía e islámica de la edad media española fueron esenciales para la formación de la nación española, Castro y otros han mantenido que figuras muy ilustres de la cultura española del siglo XVI (Fernando de Rojas, Luis Vives, Bartolomé de Las Casas, Santa Teresa, Feliciano de Silva, Jorge de Montemayor, Fray Luis de León, Alonso de Ercilla, Mateo Alemán, etc.) eran cristianos nuevos, con antepasados judíos. A. David Kossoff ha mantenido recientemente que de cinco probabilidades había cuatro de que un escritor de aquel período perteneciente a la clase media (y la mayoría de los escritores eran de la clase media) tuviera ese origen (“Fuentes de El perro del hortelano y una teoría de la España del Siglo de Oro”, en Estudios sobre literatura y arte dedicados al profesor Emilio Orozco Díaz, recogidos y publicados por A. Gallego Morell, Andrés Soria y Nicolás Marín [Granada: Universidad de Granada, 1979], II, 209-213). Además, pocas personas tenían “sangre” totalmente pura, las leyes de “pureza de sangre” se aplicaban discriminatoriamente, y las documentaciones fraudulentas estaban muy extendidas.
     Como el catolicismo militante español es básico en su identidad histórica, esta línea de estudio es delicada, y ha provocado polémicas acaloradas e incluso difamatorias (véase A. A. Sicroff, “En torno a las ideas de Américo Castro”, en Actas del Quinto Congreso Internacional de Hispanistas [Bordeaux: Instituto de estudios Ibéricos e Iberoamericanos de la Universidad de Bordeaux III, 1977], I, 105-119). El hecho de que haya sido presentada polémicamente desde el principio ha conducido a una desafortunada polarización de las opiniones. (No conozco una introducción mejor que el libro de José Luis Gómez-Martínez, Américo Castro y el origen de los españoles: Historia de una polémica [Madrid: Gredos, 1975], que incluye una bibliografía de 23 páginas.) Sobre el tema de los conversos las pruebas no son siempre claras ni bien tratadas (aunque a veces son totalmente claras y tratadas con rigor). Incluso cuando es así, se cuestiona la importancia de tal ascendencia.
     Datos sobre la familia de Cervantes, además del trato poco halagador a los cristianos viejos en La elección de los alcaldes de Daganzo, El retablo de las maravillas y El juez de los divorcios, sugiere que formaba parte de este grupo. Su padre y su bisabuelo eran cirujanos, y él mismo, en vida posterior, era recaudador de impuestos, dos de los numerosos oficios que los judíos ejercían en la Edad Media, y sus descendientes en el Siglo de Oro. Una hermana suya era carmelita descalza (capítulo 1, nota 40), orden constituida principalmente por cristianos nuevos. Cervantes se sentía marginado y mal remunerado; el análisis de Hermida Balado, págs. 158-159, lo confirma. Sus escritos evidencian que se tomó en serio el Catolicismo, tan en serio como para tener opiniones distintas de las que tenían las autoridades religiosas españolas de su época (capítulo 1, nota 40). Eso es más típico de los cristianos nuevos que de los viejos. (Para una discusión más amplia, véase Antonio Domínguez Ortíz, Los judeoconversos en España y América [Madrid: Istmo, 1971], págs. 213-214; no sé lo que Domínguez quiere decir por el “tono despreciativo en que [Cervantes] habla de los judíos”, ni la identidad de los escritores no especificados con que Domínguez lo compara. Nicolás Kanellos niega el antisemitismo de Cervantes en “The Anti-Semitism of Cervantes' Los baños de Argel y La gran sultana: A Reappraisal”, Bulletin of the Comediantes, 27 [1975], 48-52; en La casa de los celos, se llama a los judíos “el pueblo que de Dios fue amigo” [I, 198, 26].)
     No hay pruebas directas de que Cervantes tuviera la intención de presentar a Don Quijote como cristiano nuevo. Lo que llama la atención, sin embargo, es cuán enérgicamente Sancho es presentado como cristiano viejo. Primero es una conclusión del narrador (I, 274, 25-28), después Sancho dice tres veces “christiano viejo soy” (I, 296, 26; II, 339, 29-30; III, 67, 8-9), y que tiene “quatro dedos de enjundia de christiano viejo” (III, 78, 14-16; adaptado). Añade que es “enemigo mortal...de los judíos” (III, 114, 7) y que si Cide Hamete ha dado a entender que no es cristiano viejo, “nos avían de oír los sordos” (III, 67, 9-10). Aparentemente es “un labrador de los que siempre blasonan de christianos viejos”, tal como son descritos y atacados en “El licenciado Vidriera” (II, 90, 4-10) y en los entremeses que se acaban de mencionar. Don Quijote nunca hace esta afirmación acerca de sí mismo—no puede esperarse que proclame “soy un cristiano nuevo”—sino más bien critica a Sancho por ser, aunque un cristiano viejo, un mal cristiano (I, 286, 18-20; compárese II, 218, 4-5), que no teme a Dios (III, 262, 32-263, 2). La respuesta de Sancho a esta acusación es que él es como “cada hijo de vezino”.
     171 A veces se considera a Diego de Miranda el personaje representativo del autor, por su hostilidad a los libros de caballerías (III, 201, 20-21) y por el parecido de su descripción física (III, 198, 7-10) con la que Cervantes da de sí mismo en el prólogo de las Novelas ejemplares (I, 20, 18-21, 2). Sin embargo, como se acaba de señalar (pág. 137), Don Quijote también tiene algunos rasgos físicos parecidos (III, 175, 23-27), y tiene mucho más en común con Cervantes que Miranda. Miranda, un labrador rico (III, 201, 11-12; III, 226, 12-13)—Cervantes no lo era—, no hace nada; no tiene, o no demuestra, patriotismo, ni ideas, ni ningún interés por el debate. Es difícil imaginar a Cervantes divirtiéndose, como Miranda, con la caza y la pesca (III, 201, 14-15). Miranda no comparte el entusiasmo de Cervantes por la literatura. Sólo tiene una reducida biblioteca de seis docenas de libros, limitados a historia y devoción, mientras que la de Cervantes tenía que ser más grande y variada (véase mi “¿Tenía Cervantes una biblioteca?”, ya citado). También tenía un hijo, mientras que Cervantes no tenía ninguno.
     Sancho, que muestra “buen natural y discreción” (III, 262, 24-25), también refleja al autor, aunque no tanto. Cervantes, igual que Sancho, apreciaba la comida, comida con libertad (véase I, 146, 12-18), el vino y el descanso (nota 162, supra). A Cervantes también le gustaban los refranes, y los usaba cuando escribía en primera persona: “debaxo de mi manto al Rey mato” (I, 30, 10-11); “castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya” (III, 27, 14-15). La brusca salida de Sancho de casa de Don Quijote, con “desmayo de estómago”, para volver con una respuesta a las preguntas de Sansón acerca del robo del asno y la pérdida de cien escudos, tiene resonancias de su creador (III, 71, 12-21). Pero los paralelismos son menores.
     172 Ésta es la respuesta de Don Quijote a la relación, dada por el canónigo, de beneficios intelectuales que obtendría si leyera libros de historia (II, 363, 29-32).
     173 Sanford Shepard, El Pinciano y las teorías literarias del Siglo de Oro, 20 edición (Madrid: Gredos, 1970), pág. 27, señala que la Philosophía antigua poética, para su autor, era una obra de literatura, así como un tratado sobre poesía. Según Shepard, en el sistema clasificatorio del propio Pinciano, es un ejemplo de “poesía dramática”.
     174 Forcione,Cervantes, Aristotle, and the “Persiles”, pág. 84.
     175 Éste es también el primer contraste de sus dos facetas: primero “¡O, qué necio y qué simple eres!, y después “¡Válate el diablo por villano...y qué de discreciones dizes a las veces!” (II, 72, 6 y 23-25).
     176 III, 374, 14-16. Don Quijote usa una imagen muy parecida: “sobre el cimiento de la necedad no assienta ningún discreto edificio” (IV, 62, 12-13).
     177 IV, 55, 15; IV, 273, 24-25; IV, 392, 23-24; III, 31, 32.
     178 III, 405, 1-3; IV, 85, 1-3; IV, 154, 13; IV, 362, 21; IV, 369, 7-9.
     179 III, 53, 29-30; se dice lo mismo de Auristela y Periandro (“la naturaleza avía...formado en una misma turquessa a él y a Auristela”, II, 244, 27-29). En varios puntos de la Segunda Parte se presenta a Don Quijote y Sancho como equivalentes: III, 108, 6-7; III, 367, 21-24; IV, 363, 10-11 y 29. De la misma forma que Don Quijote podía predicar (supra, pág. 134), también podría Sancho: “Dígote, Sancho, que, así como tienes buen natural y discreción, pudieras tomar un púlpito en la mano y irte por esse mundo predicando lindezas” (III, 262, 24-27).
     180 II, 62, 15-21; II, 361, 17-23; III, 108, 6-7; III, 221, 12-22; III, 229, 1-231, 15; IV, 55, 6-15; IV, 321, 23-25.
     181 I, 53, 4-5. Se aplican los mismos superlativos, “el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo”, al loco sevillano que hinchó un perro (III, 29, 10-12).
     182 Véanse además los pasajes citados en la nota 87 del capítulo 3. La repentina decisión de Sancho de esconder al cura y al barbero “el lugar y la suerte dónde y cómo su amo quedava” (I, 378, 13-19) es también, al parecer, una conducta caballeresca sorprendente para él.
     183 III, 378, 10-17; IV, 257, 29-31. Es verdad que en la España del Siglo de Oro la gente corriente conocía los romances, pero este hecho no explica el uso que Sancho hace de ellos. Más que cantarlos por placer, como el labrador de El Toboso (III, 125, 24-27), los cita para aclarar algunos puntos en sus discusiones, exactamente como hace Don Quijote (I, 167, 28-168, 8), Maese Pedro (III, 334, 28-32) y el narrador (III, 156, 7-10).
     184 “Al buen callar llaman Sancho” (IV, 61, 13-14). Aunque la forma original de este proverbio debe de haber sido “santo”, el cambio, con el juego de palabras, a “Sancho” está bien documentado antes de Cervantes, y puede considerarse que es la forma que conocía. Además de los ejemplos citados por Schevill-Bonilla y Rodríguez Marín, se encuentra en Los refranes que recopiló Ýñigo López de Mendoça y en el Libro de refranes de Pedro Valles (he utilizado las ediciones de Valladolid: Francisco Fernández de Córdoba, 1541 y Zaragoza: Juana Millán, 1549, respectivamente). Ticknor, quien considera que la forma con “Sancho” es la original, cita las últimas recopilaciones de Garay y Hernán Núñez (History of Spanish Literature—el pasaje, de su discusión del Buscapié, no figura en la traducción española—, sexta edición norteamericana [Boston: Houghton, Mifflin, 1891], III, 504).
     185 “El señor governador Sancho a cada paso los dize [refranes]; y aunque muchos no vienen a propósito, todavía dan gusto, y mi señora la duquessa y el duque los celebran mucho” (IV, 151, 7-11).
     186 Ni la mujer de Sancho (II, 399, 23-24) ni la sobrina de Don Quijote (III, 52, 23-25) entiende la arcaica palabra “ínsula”.
     187 I, 278, 19-20; II, 396, 29-30; y véase I, 141, 24-32.
     188 III, 171, 32-172, 2; véase también III, 368, 17-19.
     189 Don Quijote: III, 426, 15; IV, 35, 19; IV, 238, 19. El narrador: III, 111, 6; III, 368, 15; IV, 123, 8; IV, 363, 29. También le llaman frecuentemente simple y necio (para ejemplos, véase el apéndice 4 del Sancho Panza de Flores).
     190 IV, 172, 22-24; véase también III, 89, 6.
     191 II, 72, 24-25; IV, 328, 23-25; también II, 357, 16-18 y III, 280, 18-19.
     192 III, 377, 19; IV, 111, 11-12. Sus “tocas” son “reverendíssimas” (IV, 115, 18-19).
     193 “La tenían por boba y de buena pasta” (IV, 168, 6-7), confirmado en la descripción del narrador, “la sandez y dessemboltura de doña Rodríguez, y de su mal andante hija” (IV, 171, 14-16).
     194 “Ya me comen, ya me comen / por do más pecado avía” (III, 414, 8-9).
     195 III, 454, 23-26. Un muladar era “el lugar o sitio donde se echa el estiércol o basura que sale de las casas” (Diccionario de autoridades).


De: La interpretación cervantina del Quijote, por Daniel Eisenberg. © 1995 Compañía Literaria, S.A.
[Índice] - [Introducción metodológica] - [Nota sobre los textos] - [Cap. 1. Cervantes y los libros de caballerías castellanos] - [Cap. 2. El libro de caballerías ideal: El “famoso Bernardo] - [Cap. 3. El género de Don Quijote] - [Cap. 4. El humor de Don Quijote] - [Cap. 5. El provecho de Don Quijote] - [Cap. 6. Don Quijote, un clásico. La insuficiencia de la interpretación cervantina] - [Apéndice: La influencia de Don Quijote en el Romanticismo] - [Bibliografía]


Daniel Eisenberg : <Daniel.Eisenberg@bigfoot.com>
Works of Daniel Eisenberg http://users.ipfw.edu/jehle/deisenbe/index.htm
URL: http://users.ipfw.edu/jehle/deisenbe/interpret/ICQcap4.htm