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De: La interpretación cervantina del Quijote, por Daniel Eisenberg. © 1995 Compañía Literaria, S.A.


[Índice] - [Introducción metodológica] - [Nota sobre los textos] - [Cap. 1. Cervantes y los libros de caballerías castellanos] - [Cap. 2. El libro de caballerías ideal: El “famoso Bernardo] - [Cap. 3. El género de Don Quijote] - [Cap. 4. El humor de Don Quijote] - [Cap. 5. El provecho de Don Quijote] - [Cap. 6. Don Quijote, un clásico. La insuficiencia de la interpretación cervantina] - [Apéndice: La influencia de Don Quijote en el Romanticismo] - [Bibliografía]


Capítulo 5. El provecho de Don Quijote


  El fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente.

II, 344, 32-345, 2

 
Libros de cavallerías, los que tratan de hazañas de cavalleros andantes, ficciones gustosas y artificiosas de mucho entretenimiento y poco provecho.

Sebastián de Covarrubias1

     Cervantes, naturalmente, no hubiera introducido alusiones sexuales en su obra si hubiera pensado que iban a “induzir a quien l[a] leyera a algún mal deseo o pensamiento” (Novelas ejemplares, prólogo). A resultas de incluir prostitutas en sus obras, por ejemplo, el lector se sentiría menos inclinado a acudir a ellas, pues son o repugnantes y presumidas,2 o poco honradas; los alcahuetes son “gente idiota y de poco entendimiento” (I, 304, 16).3
     Sin duda, Cervantes creía firmemente que la literatura tenía que ser didáctica, que no solamente tenía que entretener y producir un placer estético, sino que también tenía que educar. Era el provecho lo que el deleite había de facilitar. Este punto de vista está expresado en las discusiones literarias que hay en Don Quijote; Márquez Torres, Valdivielso y Cetina lo mencionan en sus aprobaciones; está ejemplificado en las otras obras de Cervantes4 y es mencionado en sus prólogos. Uno de los mayores defectos que Cervantes veía en los libros de caballerías anteriores era que no ayudaban al lector a ser mejor.5 Naturalmente, Don Quijote iba a ofrecer lo que faltaba en esos libros.
     Una lección que Cervantes quería que el lector aprendiera de Don Quijote era que no leyera más libros de caballerías, o por lo menos que los leyera adecuadamente, dándose cuenta de que son sólo un entretenimiento, no historias verdaderas o guías de conducta. Además de incluir largas discusiones sobre los defectos del género y comentar las deficiencias de muchos libros y las excelencias de muy pocos, Cervantes ilustra los efectos que su lectura produce. Muchos de sus lectores ficticios tienen graves problemas.6 Dorotea y Luscinda, por ejemplo, han perdido su virginidad. Cardenio, abandonado como Amadís a una desesperación poco cristiana y a la abulia, ha perdido su razón.7 Los libros de caballerías enseñan a Maritornes que las relaciones sexuales, aun entre personas que no están casadas, son muy placenteras (II, 81, 24-32), y de ellos la hija del ventero, “semidoncella” como Maritornes (II, 282, 17) aprende cuán cruel es hacer sufrir a los hombres (II, 82, 1-26). Hacen que el ventero se olvide de su mujer,8 y le hacen desear seguir el ejemplo de Don Quijote e imitarlos (II, 81, 14-17; II, 85, 21-22). Sólo los personajes religiosos, el cura y el canónigo, disfrutan de los libros de caballerías con impunidad.9 El seglar ideal, Diego de Miranda, los evita por completo. Es el hidalgo rural y soltero el que los devora apasionadamente, pierde la razón, los dientes, que valen más que diamantes (I, 246, 26-27), y, final y trágicamente, su vida.
     Sin embargo, los hombres necesitan recrearse. Hacen falta medios para llenar las horas de ocio: “No es possible que esté continuo el arco armado, ni la condición y flaqueza humana se pueda sustentar sin alguna lícita recreación”.10 En Don Quijote, donde, significativamente, no se leen libros de caballerías, se ofrecen muchas alternativas. Se pueden escuchar las aventuras que cuenta un veterano de Lepanto sobre su cautiverio en Argel;11 se dice con frecuencia que conversar y escuchar historias, así como cantar, son actividades placenteras.12 Hay “juegos de axedrez, de pelota y de trucos” (II, 86, 24) en la boda de Camacho. Los bailes honestos proporcionan placer, y Sancho se divierte con “bolos” y con el juego de naipes “triunfo embidado” (III, 425, 27-28), aunque la mayoría de los juegos de naipes no son más que juegos fraudulentos y fuentes de riñas.13 Incluso se puede pasar el tiempo creando una “nueva y pastoril Arcadia”, como se hace en el capítulo 58 de la Segunda Parte, y como Don Quijote propone en el capítulo 73.
     Los ejercicios de Diego de Miranda son la caza y la pesca; se sugiere la mejor manera de cazar.14 (La caza también era un ejercicio de Alonso Quijano [I, 50, 4 y 16] antes de que sus lecturas de los libros de caballerías le dejaran “güero el juizio” [I, 355, 20]). Los ociosos cultos pueden leer libros de historia (II, 83, 32-84, 18; II, 363, 17-364, 3), o la Biblia (II, 363, 15-17). Pueden, si la seleccionan cuidadosamente, leer literatura (capítulo 6 de la Primera Parte), y todos pueden disfrutar de la lectura en voz alta (el “Curioso impertinente”), aunque haya pocas obras satisfactorias en español (III, 201, 21-26). Sin embargo, con las “comedias que aora se representan” (II, 347, 5-352, 21), no vale la pena ir al teatro.
     Sin embargo, Cervantes tenía otras cosas, más importantes, que enseñar a sus lectores que cómo llenar sus horas de ocio; es probable, como ha sugerido Mandel con respecto a Don Quijote,15 que otro motivo por el que Cervantes dotó a Don Quijote y Sancho de características positivas, haciéndolos a ambos tan contradictorios, fue que instruyeran al lector. Don Quijote, naturalmente, tiene mucho que decir al lector acerca de los sufrimientos, aportación y fama del soldado. Aunque el mensaje está parcialmente oscurecido por la cuestión de la caballería andante, sin duda es Cervantes quien habla cuando Don Quijote dice que “no ay otra cosa en la tierra más honrada ni de más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego a su rey y señor natural, especialmente en el exercicio de las armas” (III, 309, 18-22).16
     La enseñanza más explícita de la obra, no obstante, se encuentra en los consejos que Don Quijote da a Sancho acerca de cómo gobernar (capítulos 42 y 43 de la Segunda Parte, completado por su carta en el capítulo 51). Mientras que la segunda parte de su consejo es producto de su “locura”, y por lo tanto cómica, la primera es el producto de una “persona muy cuerda” con un “claro y desenfadado entendimiento”, como nos señala el narrador (IV, 55, 5-15). En palabras de Sánchez y Escribano, tenemos en la Segunda Parte “un doctrinal de gobernantes embutido en la novela”.17 Evidentemente Cervantes había pensado en los problemas del gobierno, y seguramente había hablado y leído sobre ellos. Comprendía las cargas de los dirigentes: “los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones”;18 se les molesta, como a Sancho, con “muchos advertimientos impertinentes”, y los que los dan esperan recompensas (III, 37, 8-38, 13; también, III, 90, 28-91, 5). El comentario de Sancho es “los juezes y governadores deven de ser, o han de ser, de bronze” (IV, 123, 13-15). Sólo el corrupto duque disfruta con el poder (IV, 48, 17-20), y cree, bajo un pretexto que Sancho no acepta, que un gobernador tiene tiempo para cazar (III, 425, 2-26).
     Como esta preocupación por el gobierno aparece mucho más claramente a finales de la Segunda Parte, quizás pueda atribuirse a la relación de Cervantes con el virrey de Nápoles, el conde de Lemos, de quien quería ser secretario. Cervantes, sin embargo, había querido ser gobernador desde mucho antes (Astrana, IV, 455); hay cierta amargura en el comentario de Don Quijote de que son los estudiantes, no el soldado, los que “como llevados en el buelo de la favorable fortuna...los hemos visto mandar y governar el mundo desde una silla, trocada su hambre en hartura, su frío en refrigerio, su desnudez en galas y su dormir en una estera en reposar en olandas y damascos” (II, 194, 27-195, 1).
     De hecho, Cervantes había visto “ir más de dos asnos a los goviernos” (III, 420, 9-10), mandar el trabajo a los subordinados (II, 374, 32-375, 6), pero dejar sus cargos con más riqueza que la que tenían cuando llegaron (IV, 184, 17-20).19 La duquesa escribe a Teresa que es difícil encontrar a un buen gobernador (IV, 144, 27-28), pero su carta no es sincera, y ni lo ha buscado ni siquiera quizás sabe en qué consiste ser un buen gobernador. Lo que nos enseña Sancho gobernador es que cualquiera, incluso un pastor de cabras (IV, 172, 22-26), puede ser un gobernador excelente; (IV, 166, 29); “por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno governador...el toque está en que tengan buena intención y desseen acertar en todo” (III, 405, 12-17; también II, 375, 12-19).20 “Los oficios y cargos graves, o adovan, o entorpecen los entendimientos”21 “los que goviernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus juizios” (IV, 84, 23-25; también IV, 62, 19-20).
     Sancho es un gran gobernador porque tiene buen natural y buena intención, y es caritativo,22 cualidades que atraen naturalmente la ayuda divina.23 Si España tuviera gobernadores tan buenos como Sancho, sus problemas se solucionarían fácilmente. En Don Quijote hay numerosas referencias a estos problemas, grandes y pequeños.24 Entre ellos figuran la mala literatura, que puede remediarse con unas simples medidas legales (II, 352, 21-353, 20), concursos literarios y universidades poco honestos (III, 228, 24-30), aunque éstas no parecen haber preocupado demasiado a Cervantes, editores sin escrúpulos,25 el sistema legal burocrático y corrupto,26 médicos ignorantes (IV, 100, 1-3), venteros ni honrados ni cristianos,27 ociosos,28 e incluso grupos aparentemente tan inofensivos como los ermitaños (III, 305, 13-25; III, 306, 26-32). Cervantes, como el cura y Don Quijote, seguramente tenía la intención de ofrecer soluciones a tales problemas a “quien pueda remediallo[s]” (I, 304, 26-27; II, 87, 2-4); mientras tanto, pondrá sobre aviso a sus lectores.
     Las reformas más importantes, sin embargo, son las que uno lleva a cabo en sí mismo (véase IV, 387, 7-9), y así, en la parte juiciosa del consejo que Don Quijote da a Sancho, encontramos recomendaciones que sólo pueden dirigirse al lector: primero temer a Dios, principio de la sabiduría (también III, 262, 32-263, 2), y después conocerse a sí mismo, “el más difícil conocimiento que puede imaginarse” (IV, 51, 9-10).29 Como aprende Sancho, debe aceptarse el papel que Dios ha dado a cada uno, sin desesperarse, como Amadís, Grisóstomo o Cardenio, ni rebelarse contra la voluntad de Dios, sino aprovechando las oportunidades que Él otorga.30
     Hay otra lección importante, además de la anterior. El que aparezca frecuentemente es una reacción a los libros de caballerías,31 y por esta razón la examinaremos con cierto detalle. Es el tema de las relaciones con el sexo contrario, la importancia del matrimonio y de la honestidad.
     Cervantes no tarda en presentar uno de los efectos más perjudiciales de la mala literatura en los lectores fácilmente impresionables: les propone la deificación de la persona amada. Eso es encarnado en Don Quijote: substituye el servicio a Dios por el servicio a las mujeres, y dice que Dulcinea es “señora absoluta de su alma” (II, 284, 18-19).32 Creer en ella es un acto de fe (I, 84, 15-25), y las ofensas a ella son blasfemias, dichas por excomulgados.33 Dulcinea es “única señora de mis más escondidos pensamientos” (I, 213, 4-5) y “único refugio de mis esperanças” (III, 364, 17); de ella espera favores que son “más que milagrosos” (III, 127, 18). En la Primera Parte se encomienda a ella en lugar de encomendarse a Dios antes de entrar en combate (I, 115, 20-22; I, 125, 7-10), pues su dama, y no Dios, es según él la fuente de su vigor.34 Don Quijote ora durante su penitencia y desea confesarse, lo que su ama le recomienda (IV, 395, 1-2), sólo porque son “cosas de Amadís”.35 A pesar de su amistad con un cura ni se confiesa ni oye misa, como hace Diego de Miranda o el histórico Gran Capitán todos los días,36 y sólo pide al cura el ensalmo que restituye la barba (II, 45, 8-14). La Virgen María no es un símbolo religioso, sino una dama a la que hay que servir (II, 392, 28-394, 31). No hace caso de la iglesia que domina El Toboso (III, 123, 14-16), y busca, en cambio, el inexistente palacio de Dulcinea.
     Incluso Sancho observa que el servicio de Don Quijote a las mujeres tiene un carácter religioso (II, 72, 9-20), y que se evita su ira venerando a Dulcinea como si fuera una reliquia (II, 61, 18). Vivaldo (I, 170, 25-171, 4), sin embargo, quien le acompaña al entierro del también poco cristiano Grisóstomo (I, 155, 18-27), le indica que esta conducta es errónea y huele a gentilidad. Grisóstomo, como Don Quijote, no amaba sino que adoraba a su dama;37 su historia muestra “el paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda que el desvariado amor delante de los ojos les pone” (I, 178, 19-22).
     La consecuencia perfecta del amor es naturalmente el matrimonio; el discurso de Don Quijote sobre el matrimonio, al que llama “el fin de más excelencia de los enamorados” (III, 274, 24-25; adaptado), merece el mayor elogio de Sancho. “[El que] es prudente, antes de ponerse en camino busca alguna compañía segura y apazible con quien acompañarse” (III, 242, 8-11). El matrimonio es un sacramento.38 Los personajes no religiosos que son felices o están casados o buscan el matrimonio como la expresión adecuada de su amor y pasión. El juicioso Diego de Miranda está casado, con una mujer de “sólito agrado” (III, 225, 26), y es feliz; su hijo soltero está desorientado. Antonio Moreno, “cavallero rico y discreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable” (IV, 279, 6-7), también está casado con una mujer quien recibe a Ana Félix con “mucho agrado” (IV, 313, 7-8). Los duques y Doña Rodríguez se presentan mucho más favorablemente que la soltera Altisidora, que es, como Angélica, “más antojadiça que discreta” (IV, 361, 1; III, 50, 15-17), “más desenvuelta que recogida” (IV, 120, 18; adaptado). Los hombres que no son felices en su matrimonio, como Sancho, o los que no están casados ni buscan el matrimonio, como Don Quijote y Sansón Carrasco, son los que dejan sus casas, para enfrentarse con infortunios que nos diviertan y edifiquen.
     Cuando la novela deja de centrarse en Don Quijote y Sancho, es para examinar las relaciones entre hombres y mujeres.39 El matrimonio es un tema fundamental en el “Curioso impertinente”, sobre el que contiene muchos consejos. Marcela ilustra la necesidad que tienen las mujeres hermosas de casarse, pues la belleza naturalmente atrae,40 y como es esquiva (I, 190, 26), Marcela causa más daño que la plaga (I, 162, 10-12).41 Cardenio y Dorotea, el mozo de mulas, la hija de Doña Rodríguez y otros, todos muestran la manera correcta y la equivocada de solicitar un hombre a una mujer, o una mujer a un hombre. (Esta forma, naturalmente, no es el método “caballeresco” de Don Quijote, quien es partidario de visitar a una muchacha por la noche, usando una tercera—así defiende la alcahuetería42 —y casarse con ella “robada o de otra cualquier suerte que sea”.43 También vemos cuál es la mejor manera de tratar los problemas si surgen, y se presentan muchos problemas. Incidentalmente aprendemos muchas lecciones, como: “el amor en los moços por la mayor parte no lo es, sino apetito” (I, 341, 3-5), “el amor y la afición con facilidad ciegan los ojos del entendimiento” (III, 242, 2-4), y que “promessas de enamorados...son ligeras de prometer y muy pessadas de cumplir” (IV, 169, 15-17).44 La adecuada elección de la pareja es objeto de cierta atención; hay alusiones pesimistas en las observaciones de Don Quijote que “es menester gran tiento y particular favor del cielo para acertarle” (III, 242, 6-7), y que el matrimonio es “un lazo, que si una vez le echáis al cuello, se buelve en el nudo gordiano” (III, 242, 19-21). Aunque los padres deberían controlar la elección de su hija, porque “tal avría que escogiesse al criado de su padre”,45 deberían tomarse en cuenta sus deseos (I, 161, 11-13), y entre candidatos similares “era bien dexar a la voluntad de su querida hija el escoger a su gusto, cosa digna de imitar de todos los padres que a sus hijos quieren poner en estado”.46
     ¡Cuán a menudo se nos dice en Don Quijoteque las mujeres son virtuosas, que los hombres tienen pensamientos castos, que el amor está dirigido al matrimonio! Cada vez que se presenta a un personaje tal, una voz, ya sea del mismo personaje o del narrador, indica su honestidad. Se observa la misma inquietud en el lenguaje del libro; a pesar de las referencias a las funciones corporales discutidas en el capítulo anterior, se presentan siempre con eufemismos y circunlocuciones, y los personajes sólo usan palabras groseras, como “puta” y su derivado “hideputa”, cuando están coléricos47 o nerviosos (como en II, 421). De esta manera el libro es alegre sin bajezas, pues encontramos “ruzio”, en sustitución de asno (III, 419, 9-11), “suspiros”,48 “rameras” (I, 66, 2), “del partido” (I, 60, 16), “refocilarse” (I, 194, 17-18; I, 209, 7), “yazer” (I, 211, 7), “yogar” (II, 327, 19; IV, 86, 2), “lo que yo tenía guardado más de veinte y tres años ha” (IV, 85, 14-15), “hazer aguas mayores o menores” (II, 357, 10), “dessaguarse” (I, 224, 1), “lo que otro no pudiera hazer por él” (I, 271, 18-19), “lo que no se excusa” (II, 357, 19), “un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo” (I, 272, 9-11), “hueles, y no a ámbar” (I, 273, 1-2), “lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra” (I, 148, 22-23), “las partes que a la vista humana encubrió la honestidad” (I, 174, 8-9), y “cosas, que, por no verlas otra vez, bolvió Sancho la rienda a Rozinante” (I, 372, 12-13), en lugar de otras formas más vulgares de referirse a las mismas cosas o actos.49
     Éstos, más uno que se mencionará dentro de poco, son los principales temas de provecho en Don Quijote. Sin embargo, las enseñanzas del libro no terminan con ellos. Aunque son más abundantes en la Segunda Parte, puesto que Cervantes ya no tenía que atacar tanto a los debilitados libros de caballerías (IV, 406, 11-13), del mismo modo que Cervantes creía que se podía abrir el libro al azar y encontrar humor (supra, pág. 122), es difícil abrir la obra y no encontrar afirmaciones concisas que han de ayudar al lector en su vida diaria o a ser mejor. Estos comentarios son tan variados como la vida misma: “las tristezas no se hizieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado se buelven bestias” (III, 142, 18-20); “pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado es pensar en lo escusado” (IV, 178, 4-6); “el cielo...tiene cuidado de socorrer a los buenos, y aun a los malos” (I, 392, 2-3; del mismo modo, I, 245, 4-9); “siempre dexa la ventura una puerta abierta en las desdichas para dar remedio a ellas” (I, 202, 15-16; también en Persiles, I, 208, 30-209, 1). El abundante uso de refranes, “sentencias breves” (II, 204, 24-25; IV, 57, 19-20; IV, 342, 25), guarda una estrecha relación con ello; la afirmación de Don Quijote, “no ay refrán que no sea verdadero” (I, 281, 19-20), sigue inmediatamente al primer refrán de Sancho.50 El propio libro ilustra algunos de los refranes: “quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda” (III, 357, 5-6) bien puede aplicarse a Alonso Quijano, y Aldonza es el ejemplo viviente, al revés, de “la muger honrada, la pierna quebrada y en casa” (III, 86, 1-2; IV, 138, 29-30; también III, 425, 19-20). En el mismo libro se señala la pertinencia a Don Quijote y Sancho de los refranes “dime con quién andas, dezirte he quien eres” y “no con quien naces, sino con quien paces” (III, 132, 12-14; III, 296, 23-25; IV, 346, 11-15), y en la destrucción de la biblioteca de Don Quijote “se cumplió el refrán...de que pagan a las vezes justos por pecadores” (I, 107, 31-32).51
     Toda esta enseñanza era para asegurar que Don Quijote dejara al lector “alegre con las burlas, enseñado con las veras, admirado de los sucessos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagaz con los exemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud” (II, 351, 14-18).52 Cervantes, en su propia opinión, había escrito “el más gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta agora se aya visto” (III, 68, 18-19). Al ofrecer su libro, entretenido y educativo, esperaba que ya no hubiera más interés por los antiguos libros de caballerías. Había expuesto sus deficiencias, y proporcionado una alternativa.53
     Hay, sin embargo, un área básica en la que el provecho del libro no se corresponde con la intención de Cervantes. Desde Américo Castro se acepta que la naturaleza de la realidad es, en Don Quijote, una cuestión central, más fundamental que la veracidad de los libros impresos. Predmore ha señalado la frecuencia y el cuidado con que el libro distingue entre las cosas que son verdad, las que por inferencia deben serlo, y las que sólo parecen serlo.54 Varios personajes, y no sólo Don Quijote, luchan con el hecho de que las apariencias pueden engañar y que el mundo a menudo no se corresponde con afirmaciones o ideas preconcebidas acerca de él. El Caballero del Bosque y su escudero resultan ser Sansón Carrasco y Tomé Cecial, para sorpresa de Sancho. El Caballero del Verde Gabán, quien cree que no hay caballeros andantes, encuentra a un hombre que dice serlo. Parece que Basilio se ha suicidado, pero no lo ha hecho. El cura y Sansón Carrasco encuentran a un embajador que les da la increíble noticia que Sancho es gobernador, y para confirmarlo presenta cartas de una condesa y valiosos regalos. Un bastón contiene dinero. Un vagabundo que Sancho no reconoce resulta ser Ricote, su vecino y amigo exiliado. Antonio Moreno muestra una cabeza que parece estar encantada. Hay muchos ejemplos, pero “la dificultad de tomar decisiones en un mundo de realidades cambiantes no libera a los hombres de la responsabilidad de tomar tales decisiones”.55 La naturaleza de la realidad no está nunca en duda, pues Cervantes explica cuidadosamente los engaños; como ha dicho Parker, “todo se puede explicar por causas naturales: en cada caso son los hombres, y no las cosas ni los animales, los que engañan”.56 Pero desde el punto de vista de los personajes del libro—que es nuestro punto de vista cuando dejamos de ser lectores—las cosas no son tan sencillas.57      Se nos especifica la forma de encontrar la verdad: es “la...experiencia, madre de las ciencias todas” (I, 281, 21-22). Con frecuencia se menciona el valor de la experiencia, que según Don Quijote “no te dexará mentir ni engañar” (III, 196, 5-6). Es la fuente de los refranes.58 Como se ha señalado (pág. 153), es por “muchas experiencias” que sabemos lo que se necesita para ser un buen gobernador, quien puede beneficiarse de “la esperiencia que dan los años” (III, 66, 6). Del mismo modo, “la experiencia”enseña que “la solicitud...trae a buen fin el pleito dudoso” o, en la guerra, la victoria (II, 319, 28-320, 3). Por “la experiencia” puede comprobarse si son ciertas las pretensiones de “la destreza de la espada” (III, 245, 16-247, 24); de ella se aprende la táctica (II, 211, 26-28) y pone a prueba la armadura (I, 54, 9-10). “La experiencia”muestra “quán mal cumplían los libres las palabras que davan en el cautiverio” (II, 230, 25-27), y “que la música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu” (II, 14, 24-27). Éste es el método por el que Sancho evalúa las declaraciones de su amo: es por la experiencia (II, 400, 12-14), es decir, por los golpes a sus espaldas,59 su “vomitar” (I, 286, 1-2), y especialmente el manteamiento,60 que determina, en la Primera Parte, que las descripciones de la realidad hechas por su amo no son exactas.61
     Desgraciadamente, esta técnica tiene limitaciones. Da resultados distintos a distintas personas: la experiencia de Don Quijote con el bálsamo es distinta de la de Sancho (I, 222, 21-223, 23). El barbero no puede convencer a los demás que su silla de montar es una albarda y no un jaez (II, 309, 19-21), saber que ha adquirido por la “verdad” y la “experiencia”.62 Se puede simplemente tomar el fenómeno inadecuado para la adquisición de experiencia (III, 363, 17). Tampoco se puede determinar la verdad de lo que uno dice que percibe: cuando Sancho afirma, en el capítulo 10 de la Segunda Parte, que ve a la bella Dulcinea, o cuando Don Quijote dice que ve y oye ejércitos en lugar de ovejas, no hay forma de verificar sus asertos. Del mismo modo, es imposible comprobar las intenciones (véase IV, 326, 1). La gente puede decir que es católica y actuar consecuentemente (véase IV, 305, 27-30), pero es imposible saber lo que hay en sus corazones. Un autor puede saber lo que pasa en la cabeza de un personaje (véase IV, 22, 10-12), pero sólo Dios, autor de nuestras vidas y del gran libro que es el mundo,63 puede ver en el interior de la mente de una persona.
     Desde la perspectiva del individuo las consecuencias son todavía más serias. ¿Cómo se puede estar seguro de que lo que uno percibe es la realidad? En el libro se exploran casos en los que ello se pone en duda: enfermedades mentales y sueños.64 Podría pensarse que se puede creer en lo que se toca (III, 146, 28-29), o en lo que se ve (III, 362, 25-27), pero esto falla; se puede estar soñando, pero recibir la misma información sensorial—tacto, vista—que cuando se está despierto (III, 287, 10-18; III, 297, 15-17).65 ¿Cómo se puede estar seguro, entonces, de que se está despierto? Y si se puede estar loco, pero, como Don Quijote, creer que se está cuerdo, ¿cómo podemos estar seguros de que estamos cuerdos? Tal como se formulan, no hay respuestas a estas preguntas; Cervantes se enfrentó a un problema ontológico fundamental, lo que él calificaría de laberinto. La única forma de proceder es examinar la propia conciencia y valorar todas las pruebas, considerando la credibilidad de lo que se ve y de lo que se nos dice. Esto es, desde luego, lo que hace Don Quijote.66
     Esta ya confusa situación empeora cuando se le añade la existencia de lo sobrenatural, que también interesaba a Cervantes.67 Los encantamientos, entrelazados como están en el libro con la caballería, con Dulcinea y con muchas de las aventuras, son el tema de discusión más frecuente en Don Quijote, y el primero que los libros de caballerías metieron en su cabeza (I, 52, 6-10).68 Según Don Quijote, los encantadores pueden hacer que la información sensorial sea engañosa (III, 176, 16-24).
     Sin embargo, a pesar de todas las discusiones sobre los encantamientos, a pesar de todas las veces que se le dice a Don Quijote que los encantamientos no pueden explicar sus desgracias, nadie dice nunca que los encantadores y los encantamientos no existen, ni tampoco Don Quijote menciona a los encantadores, cuando se arrepiente de sus errores en el último capítulo. Desde luego hay encantadores; Mauricio, un “christiano cathólico, y no de aquellos que andan mendigando la fee verdadera entre opiniones” (Persiles, I, 84, 29-31), y el personaje que más se parece a Cervantes en el Persiles,69 explica cuidadosamente que existen (“los ay”, Persiles, I, 117, 28).70 La existencia de los encantadores está documentada en la Biblia, “que no puede faltar un átomo en la verdad” (III, 49, 1-2).71 Sus poderes son limitados: a menos de que sea por envenenamiento no pueden retener a las personas, puesto que no pueden forzar la voluntad, que es libre (I, 304, 31-305, 9; “El licenciado Vidriera”, II, 84, 30-32; Persiles, I, 217, 1-5). No pueden controlar el tiempo, pues sólo puede hacerlo Dios; por lo tanto las historias en las que los personajes hacen largos viajes en períodos de tiempo imposiblemente cortos entran en conflicto con la doctrina católica.72 Tampoco pueden los encantadores cambiar la naturaleza de las cosas.73 Sin embargo, la razón, que según el evidente y comprensible parecer de Cervantes, debería explicar las cuestiones religiosas, es incapaz de explicar estas limitaciones. Así como no puede demostrarse a un no creyente que la religión cristiana es correcta (II, 99, 7-24), no puede demostrarse a Don Quijote, como descubre Sancho, que los poderes de los magos son limitados; las discusiones acerca de lo sobrenatural sólo pueden resolverse invocando a un poder sobrenatural (es decir, la fe).
     Aunque los encantadores no pueden cambiar la naturaleza de las cosas, lo que sí pueden hacer es, a nivel personal, todavía más desastroso: pueden cambiar la apariencia de las cosas. “Todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural los encantos; no quiero dezir que las mudan de en uno en otro ser realmente sino que lo parece, como lo mostró la experiencia en la transformación de Dulcinea”, dice Don Quijote (III, 364, 12-17; véase también II, 355, 9-22, y III, 196, 4-16).74 Lo mismo dice Mauricio: “la fuerça de los hechizos de los maléficos y encantadores...nos haze ver una cosa por otra” (Persiles, I, 117, 27-29). En el “Coloquio de los perros” se identifica como la ciencia llamada tropelía (III, 211, 8-9).75
     Estamos realmente ante un dilema. Así como es imposible convencer a Don Quijote de que está en un error, también es imposible determinar si lo que vemos es la realidad o es producto de las deformaciones de un encantador. Tras el examen del problema ontológico que presenta el soñar, en el episodio de la cueva de Montesinos, nos encontramos, sólo unos capítulos más adelante, con la más clara declaración sobre los encantamientos de toda la obra. No podemos alcanzar conocimientos fiables; como dice Don Quijote en el mismo capítulo, “todo ese mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras” (III, 366, 32-367, 1). Parece que éste es el punto en el que Cervantes dejó a un lado la Segunda Parte de Don Quijote.76


     1 Tesoro de la lengua castellana o española, ed. Martín de Riquer (Barcelona: Horta, 1943), pág. 324.
     2 Es el caso de Maritornes (I, 209, 14; I, 212, 1-21). Las prostitutas que Don Quijote encuentra en su primera salida sólo le parecen hermosas y graciosas a él (I, 61, 3-6).
     3 Véase también “El licenciado Vidriera”, II, 89, 6-10; II, 90, 15-18; y II, 96, 8-12; recordando que por lo que dijo, “ninguno pudiera creer sino que era uno de los más cuerdos del mundo” (II, 111, 13-22).
     4 Para el Persiles, véase Alberto Sánchez, “El Persiles como repertorio de moralidades”, Anales cervantinos, 4 (1954), 199-223, y Alberto Navarro González, “El elemento didáctico en El Persiles”. La ejemplaridad de las Novelas ejemplareses discutible, aunque muchos especialistas modernos aceptarían que Cervantes queríaque fueran ejemplares.
     5 Los libros de caballerías, como otros libros, con frecuencia afirmaban que beneficiarían al lector (Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 45). Para Cervantes este provecho habría sido trivial, comparado con su gran potencial para causar daño, “mezclando con una verdad mil mentiras”, en palabras de Don Quijote (III, 113, 15). En el “Coloquio de los perros” (III, 214, 23-25), nos dicen que eso es lo que hace el diablo.
     6 Aquí difiero de Marín Pina, pág. 270.
     7 En el capítulo 1 se señalaba que Dorotea “avía leído muchos libros de caballerías” (II, 34, 29-30). Como Luscinda toma prestado un libro de caballerías de Cardenio para leer, “de quien era ella muy aficionada” (I, 342, 31), podemos llegar a la conclusión que ambos leían libros de caballerías. Acerca de la naturaleza caballeresca de la penitencia de Cardenio, véase “Arcadio's Inferno”, de Herrero, pág. 297; sobre la pérdida de la virginidad de Luscinda, Herrero, “Sierra Morena as Labyrinth”, pág. 63.
     8 II, 81, 19-23. Aunque la mujer de Juan Palomeque esté contenta de la paz que tiene cuando su marido está escuchando la lectura de un libro, ésta no es una buena manera de abordar sus problemas maritales.
     9 Las barberías eran, al parecer, lugares de lectura (véase I, 365, 28-366, 3; IV, 377, 31-378, 2; y véase “Rinconete y Cortadillo”, I, 288, 5). El barbero, que está escasamente dibujado, ex-soldado (II, 305, 22-27) también ha leído libros de caballerías, aparentemente sin consecuencias nocivas.
     10 II, 353, 20-23. También aparece esta observación en la aprobación de Valdivielso (III, 17, 7-20), y en las Novelas ejemplares (I, 22, 16-26; II, 104, 20-23).
     11 Juergen Hahn, en “El capitán cautivo: The Soldier's Truth and Literary Precept in Don Quijote, Part I”, Journal of Hispanic Philology, 3 (1979 [1980]), 269-303, ha estudiado la historia del cautivo, un “discurso verdadero, a quien podría ser que no llegassen los mentirosos que con curioso y pensado artificio suelen componerse” (II, 202, 4-6), como respuesta a las mentiras de los libros de caballerías. La narración del cautivo (II, 265, 10-11) produce, igual que los libros, “gusto y maravilla” (supra, pág. 100). Sin embargo, la historia de “un soldado español llamado tal de Saavedra”, cuyas hazañas “quedarán en la memoria de aquellas gentes [los moros] por muchos años”, proporcionarían mucho más entretenimiento y admiración (II, 220, 17-28). Véase mi “Cervantes, Lope y Avellaneda” para un estudio más amplio de este tema.
     12 Un ejemplo: “se contavan por entretenimiento en el pueblo los amores de los dos niños Basilio y Quiteria” (III, 240, 24-26).
     13 IV, 127, 1-129, 18; también “Rinconete y Cortadillo”, I, 216, 10-218, 7; y “El licenciado Vidriera”, II, 110, 24-111, 12.
     14 Al estilo de Diego de Miranda (III, 201, 15-17), manera que Don Quijote ridiculiza (III, 213, 29-31). Sin duda prefiere el estilo de los duques, que (como se ve en el capítulo 34 de la Segunda Parte) no corresponde a la descripción del duque (III, 425, 2-16).
     15 “The Function of the Norm”, pág. 156.
     16 Porque “las armas...tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden dessear en esta vida” (II, 192, 30-193, 1).
     17 F[ederico] S[ánchez y] Escribano, “El sentido cervantino del ataque contra los libros de caballerías”, Anales cervantinos, 5 (1955-1956), 19-40, en la pág. 37.
     18 IV, 51, 1-3; del mismo modo, “trae consigo una pesada carga de pensamiento y de incomodidades, que pone sobre sus ombros el desdichado que le cupo en suerte” (III, 164, 29-32).
     19 “Los goviernos insulanos no son todos de buena data; algunos ay torcidos, algunos pobres, algunos malencónicos” (III, 164, 25-28).
     20 Esta teoría, que cualquier hombre bueno, con un poco de instrucción y ayuda, puede ser un buen gobernador, tiene una larga tradición; David y Cincinato son ejemplos evidentes. Sin embargo, también es posible que Cervantes esté recomendando una creencia política islámica. De todas formas, la Topografía e historia general de Argel, publicada en 1612 como obra de Diego de Haedo, y laDescripción de África de Luis del Mármol Carvajal, prestan poca atención a la teoría política y no hay ninguna otra fuente que nos informe de las ideas políticas que Cervantes pudo conocer durante su cautiverio. (Véase Wilhelm Hoenerbach, Cervantes und der Orient. Algier zur Türkenzeit[Walldorf-Hessen: Verlag für Orientkunde Dr. H. Vorndran, 1953]. He sugerido, en “Cervantes, autor de la Topografía e historia general de Argel,publicada por Diego de Haedo”, en prensa en Cervantes,que la obra publicada por Haedo, basada en “relaciones de cautivos”, podría ser obra del mismo Cervantes.(Madrid: Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1927-1929)) Esta idea todavía persiste en el mundo islámico actual; véase V. S. Naipaul, Among the Believers: An Islamic Journey (New York: Knopf, 1982). Cervantes elogia la justicia árabe en dos ocasiones: en el comentario del muchacho de Maese Pedro (III, 329, 26-30) y en “El amante liberal” (I, 158, 25-159, 19). La que Sancho administra es ciertamente rápida y justa; era y es todavía una costumbre islámica (maílis) que un gobernador, como hace Sancho, recibiera regular y personalmente la queja de cualquier persona, por humilde que fuera.
     21 IV, 124, 9-11; compárese III, 78, 8-11; III, 154, 10-20; e incluso I, 29, 8-21.
     22 III, 262, 24-25; III, 415, 1-4; III, 426, 6; IV, 63, 13-18.
     23 “Siempre favorece el cielo los buenos desseos”, IV, 63, 18-19; también II, 375, 17-19; y II, 389, 29-390, 2.
     24 Se trata más ampliamente en el artículo de Sánchez y Escribano citado en la nota 17.
     25 IV, 296, 7-17; también “El licenciado Vidriera”, II, 95, 16-27. El propio Cervantes creía que el dinero que los editores le pagaban por sus obras no era suficiente, aunque los datos de que disponemos parecen demostrar que los pagos reflejaban la realidad editorial de aquella época. Véase mi “¿Tenía Cervantes una biblioteca?”, págs. 22-23.
     26 I, 149, 5-9; capítulo 22 de la Primera Parte; III, 149, 3-5; III, 329, 27-30.
     27 II, 88, 17; I, 63, 1-4; también el comentario sobre Maritornes, I, 229, 19-21.
     28 II, 343, 11-13; IV, 126, 2-8; IV, 166, 22-26.
     29 Sobre esta paradoja, véase Charles D. Presberg, “‘Yo sé quién soy’: Don Quixote, Don Diego de Miranda and the Paradox of Self-Knowledge”, Cervantes, 14.2 (1994), 41-69.
     30 Sancho naturalmente lo hace en la sima (IV, 201,15-203, 9). Como dice unos de sus refranes, “Dios que da la llaga da la medicina” (III, 243, 16); en otra parte, “esta novela nos podría enseñar...cómo sabe el cielo sacar, de las mayores adversidades nuestras, nuestros mayores provechos” (“La española inglesa”, II, 72, 3-8; también Don Quijote, I, 245, 2-3). Sobre este tema véase Juergen Hahn, “Grisóstomo's ‘Canción desesperada’ and Don Quijote's Chivalric Avoidance of Desesperatio”, Kentucky Romance Quarterly, 29 (1982), 293-305. Ruth El Saffar, Novel to Romance. A Study of Cervantes's “Novelas ejemplares” (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1974), págs. 13-17 y 82-85, ha propuesto que esta lección es el mensaje enigmático que según el prólogo, “si bien lo miras”, puede encontrarse en el conjunto de las Novelas ejemplares (I, 22, 10-15).
     31 Cervantes consideraba que otros tipos de literatura también eran deficientes en este aspecto; véase I, 44, 11-12 y IV, 166, 14-17.
     32 Antes había dicho que “el cavallero andante sin amores era...cuerpo sin alma” (I, 55, 26-28). Éstas son exactamente las palabras usadas por López Pinciano para describir a los lectores de los libros de caballerías: “los lectores y autores dellas [fábulas milesias o libros de caballerías], cuerpo sin alma” (III, 177-178).
     33 I, 85, 24-25; II, 58, 10 y 21; III, 143, 2-4.
     34 “Si no fuesse por el valor que ella infunde en mi braço...no le tendría yo para matar una pulga.... ¿Quién pensáis que ha ganado este reino...si no es el valor de Dulzinea, tomando a mi braço por instrumento de sus hazañas? Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser” (II, 58, 24-59, 2). Este tipo de habla tiene evidentes connotaciones religiosas, y se parece mucho a la declaración de Calixto en el Acto I de Celestina, que es “melibeo”, de la religión de Melibea.
     35 I, 375, 8-12. Sin embargo, quiere que le confiese “otro ermitaño”, con quien podría “consolarse”.
     36 III, 201, 32. El Gran Capitán: Hernán Pérez del Pulgar, Breve parte de las hazañas del excelente nombrado Gran Capitán, en Crónicas del Gran Capitán, ed. Antonio Rodríguez Villa, Nueva biblioteca de autores españoles, 10 (Madrid: Bailly-Baillière, 1908), págs. 555-589, en la pág. 586a. Los Caballeros de la Banda tenían que oír misa todos los días (Doctrinal de los cavalleros, fol. Q8r ); los del Paso honroso, que Don Quijote menciona (II, 367, 10-11), también la oían; era su “ordinaria costumbre” (capítulo 23; también págs. 21a, 23a, 35b, 41b, 51a, etc.).
     37 “Dezían que la [Marcela] dexava de querer, y la adorava” (I, 161, 25-26). La esquiva Marcela, que discutiremos en breve, es naturalmente la contrapartida del adorador Grisóstomo.
     38 II, 107, 3-20. El matrimonio es llamado “santo yugo” por Preciosa (“La gitanilla”, I, 57, 8) y Tirsi (La Galatea, II, 64, 20-21); el adversario de Tirsi, Lenio, se refiere a “los sanctos y CHECK SPELLING conjugales lechos” (II, 49, 31). El barbero habla del “blando yugo matrimoñesco”, por el cual las “altas cervices” son “humilladas” (II, 327, 20-21).
     39 El estudio más reciente de este tema en Don Quijote es el de Herrero, “Sierra Morena as Labyrinth”, que da referencias de otras publicaciones anteriores en su nota 9.
     40 I, 185, 27-29; III, 275, 15-16; IV, 325, 1-4; La Galatea, II, 44, 32-45, 4.
     41 Marcela quiere ser libre, pero la otra única persona de las obras de Cervantes que alaba la libertad femenina es Gelasia (La Galatea, II, 267, 6), una mujer que se parece mucho a Marcela. Ambas presentan un gran contraste con Preciosa, quien valora su libertad, pero la retendrá sólo hasta que escoja libremente el hombre con quien quiera casarse (“La gitanilla”, I, 56, 19-57, 11; y I, 81, 16-82, 5). Marcela quiere compartir su belleza con los árboles, los arroyos y la tierra (I, 187, 12-14 y 28-29), que no pueden apreciarla. Aunque el matrimonio pueda ser una “carga”, como ella lo llama (I, 161, 6), es, sin embargo, una institución “justa y santa” (I, 162, 9); Marcela se equivoca, como Don Quijote, al rechazar el matrimonio y usar la honestidad como una excusa para quedarse soltera. Aunque no se la debería culpar de la muerte de Grisóstomo, Marcela es un trastorno para la sociedad (I, 161, 19-163, 16), similar al principio de una novela ejemplar o de una comedia.
     En el mundo caballeresco se censura a las mujeres que hablan de su propia belleza (véase Daniels, Function of Humor, págs. 12-16). Hay un notable contraste entre Marcela y la modesta Dorotea (II, 21, 2-3), Ana Félix (IV, 306, 8-10) o Auristela (Persiles, I, 164, 23-26). El orgullo de Marcela, señalado por Pedro y Anselmo, es otro defecto que comparte con Don Quijote. Don Quijote no presta mucha atención a los consejos que otros le dan, pero Marcela ni siquiera los escucha (“sin querer oír respuesta alguna”, I, 189, 13-14). Su comparación de sí misma con una serpiente venenosa (I, 186, 24-28) pasa por alto la evidente diferencia entre ella y una serpiente, que ella tiene uso de razón; su argumento que en su soledad es “fuego...apartado y espada puesto lexos” (I, 186, 29-187, 15) es falaz, pues ambos objetos son utilizados por los hombres y no son peligrosos si se usan adecuadamente. Es discreta (I, 189, 16), y también lo es Don Quijote; como él, causa admiración, descrita en términos muy similares (compárese I, 184, 23-25 con I, 169, 2-4; y I, 189, 16-18 con I, 121, 20-22). El que no se haya enamorado de uno de los muchos candidatos ideales para el matrimonio que se le han presentado (I, 185, 22-187, 8), y que no son “feos” (está hablando hipotéticamente), es un defecto, no una virtud. Su condición es terrible (I, 163, 14-15), y es, como el renegado Azán Agá (II, 220, 15-16), “enemiga mortal del linaje humano” (I, 176, 27-28). Es una locura perseguirla. (Thomas R. Hart y Steven Rendall dicen algo muy parecido en su análisis del episodio, “Rhetoric and Persuasion in Marcela's Address to the Shepherds”, Hispanic Review, 46 [1978], 287-298. Para una defensa de Marcela y un repaso de la crítica del episodio, que se divide según el género del crítico, como acertadamente señala, véase Ruth Anthony El Saffar, “In Marcela's Case”, en Quixotic Desire. Psychoanalytic Perspectives on Cervantes, ed. Ruth Anthony El Saffar y Diana de Armas Wilson [Ithaca: Cornell University Press, 1993], págs. 157-178.)
     42 I, 304, 4-31. Puede ser una alusión a las actividades de Lope como alcahuete; véase mi “Cervantes, Lope y Avellaneda”.
     43 I, 293, 29-30; I, 295, 26-27; y véase I, 167, 29-32; II, 389, 17-26; y la historia de la Dueña Dolorida, IV, 13, 6-15, 21. Eso no está en contradicción con la adoración a las mujeres que se acaba de mencionar; sino más bien es una consecuencia de ello, como en Celestina.
     44 EnPersiles, se hace la misma observación acerca de un hombre anciano: “no tomava el pulso a su edad.... Ansí halagan y lisongean los lascivos desseos las voluntades, assí engañan los gustos imaginados a los grandes entendimientos” (I, 205, 12-18).
     45 III, 241, 31-32. En La guarda cuidadosa vemos el lamentable resultado de la renuncia de la responsabilidad paterna en este asunto. Angélica sería un ejemplo de una joven cuya insensata elección tuvo consecuencias desastrosas (III, 50, 15-51, 5).
     46 II, 381, 21-24; también Persiles, I, 85, 21-29 y I, 230, 23-231, 6. Sin embargo, la libertad dada a Marcela no sólo para escoger a un esposo sino para aplazar el matrimonio indefinidamente era excesiva; los motivos de su tío son algo sospechosos (I, 160, 5-161, 13). También se hace una observación similar con respecto a los estudios de los jóvenes, estando a favor, incluso, de una mayor libertad en III, 204, 14-21.
     47 Como en III, 378, 25-26 y IV, 108, 10 y 27. “Quando la cólera sale de madre, no tiene la lengua padre” (III, 346, 9-10).
     48 Véase la nota 16 del capítulo 4.
     49 Dice Cipión: “Ésse es el error que tuvo el que dixo que no era torpedad ni vicio nombrar las cosas por sus propios nombres, como si no fuesse mejor, ya que sea forçoso nombrarlas, dezirlas por circunloquios y rodeos, que templen la asquerosidad que causa el oírlas por sus mismos nombres. Las honestas palabras dan indicio de la honestidad del que las pronuncia o las escrive” (“Coloquio de los perros”, III, 183, 9-16).
     50 El padre del cautivo dice lo mismo (II, 204, 22-24). Véase Castro, El pensamiento de Cervantes, págs. 182-185, para más comentarios de Cervantes sobre los refranes.
     51 Este último refrán también es ilustrado en la discusión del destierro de los moriscos (IV, 193, 1-8).
     52 Es la misma actitud expresada en el Prólogo. Don Quijote iba a ser una obra cuya lectura hiciera que “el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente dexe de alabarla” (I, 37, 32-38, 3).
     53 Es el colérico eclesiástico de miras estrechas (III, 382, 16-23; III, 387, 20), un notable contraste con el cura y el canónigo de la Primera Parte, quien aconseja al duque que no lea precisamente el libro que debería leer, Don Quijote (III, 387, 15-19). (El duque había sido lector de libros de caballerías, como se ha indicado en el capítulo 1.)
     54 El mundo del “Quijote”, capítulo 4.
     55 Leland H. Chambers, “Structure and the Search for Truth in the Quijote: Notes Toward a Comprehensive View”, Hispanic Review, 35 (1967), 309-326, en la pág. 312.
     56 A. A. Parker, “Verdad”, pág. 292.
     57 “Las cuestiones más importantes que el libro presenta son aquellas a las que los personajes deben enfrentarse. No hay nada malo en afirmar que el lector sabe que Don Quijote está mirando un teatro de títeres, excepto que no se considera lo que es significativo y atractivo en el episodio—el hecho de que Don Quijote puede estar equivocado y lo está en este asunto” (Cascardi, The Bounds of Reason, pág. 23). “Resolver el problema de los criterios en el Quijote apelando a ‘lo que sabe el lector’ es olvidar que los personajes del libro están encerrados en él, que no pueden oírnos hablar de nuestros juicios, y por tanto no pueden valerse de nuestras certezas. Decir que el lector sabe cómo identificar la venta [distinguiéndola de un castillo] no es decir nada que pueda resolver una disputa entre Don Quijote y el ventero, por ejemplo” (pág. 6). Algo muy parecido había dicho anteriormente Ruth El Saffar: “Cervantes espera que nos hayamos confundido como Don Quijote para decirnos cómo se maquinó la confusión” (“Coughing in Ink and Literary Coffins”, en Approaches to Teaching Cervantes' “Don Quixote”, págs. 50-55, en la pág. 53).
     58 I, 281, 19-21; II, 204, 23-26; IV, 342, 25-27.
     59 I, 201, 15-24; I, 219, 6-22; I, 220, 7-8; I, 287, 4-7; y obsérvese I, 206, 15-207, 11.
     60 I, 233, 6-9; II, 181, 6-16; II, 325, 1-22; III, 65, 11-14.
     61 Hay muchos pasajes en otras obras de Cervantes que alaban la experiencia. En La entretenida se le llama “consejera y maestra” (Comedias y entremeses, III, 16,14), en La casa de los celos “buen testigo” (Comedias y entremeses, I, 168, 18; también I, 171, 21-23). En El laberinto de amor, “son seguras verdades / las que la experiencia apura” (Comedias y entremeses, II, 319, 8-9); en el Persiles, “la esperiencia en todas las cosas es la mejor maestra de las artes” (I, 93, 20-22). “Aunque gitano”, dice Andrés, “la esperiencia me ha mostrado adonde se estiende la poderosa fuerça de amor y las transformaciones que haze hazer a los que coge debaxo de su jurisdicción y mando” (“La gitanilla”, I, 96, 15-19); Elicio advierte a Lenio que “te riges más por el norte de tu parecer y antojo, que no por el que te devías regir, que es el de la verdad y experiencia” (La Galatea, II, 42, 5-8); Auristela dice a Periandro que “en la tabla rasa de mi alma ha pintado la esperiencia y escrito mayores cosas; principalmente ha puesto que en sólo conocer y ver a Dios está la suma gloria, y todos los medios que para este fin se encaminan, son los buenos, son los santos, son los agradables, como son los de la caridad, de la honestidad y el de la virginidad” (Persiles, II, 268, 20-27). Para otros pasajes alabando la experiencia, véase Castro, El pensamiento de Cervantes, pág. 91 y notas.
     62 II, 96, 22-23; II, 162, 1; también II, 100, 21. Es el censurable Fernando quien puede obtener lo que Anselmo buscaba con impertinencia: una demostración de “la fe con que me [Dorotea] amáis” (II, 175, 12-17).
     63 Cristo es llamado “autor de la vida” en Persiles, I, 301, 10-11. La imagen de Dios como autor se encuentra en el popular Introducción al símbolo de la fe de Fray Luis de Granada: “¿Qué es todo este mundo visible, sino un grande y maravilloso libro que vos, Señor, escribistes y ofrecistes a los ojos de todas las naciones del mundo, así de griegos como de bárbaros, así de sabios como de ignorantes; para que en él estudiasen todos, y conociesen quien vos érades?” (ed. José Joaquín de Mora, en Obras de Luis de Granada, I, Biblioteca de autores españoles, 6 [1850; reimpreso en Madrid, 1914], 186b). Santa Teresa también la usó (Vida, capítulo 9), y hay precedentes anteriores.
     64 Hay referencias de pasada a la confusión de los sentidos debido al miedo (I, 239, 32-240, 4) y a la embriaguez (IV, 189, 4-8), causas menos graves de la misma confusión. Aparece el mismo asunto de una forma ligeramente distinta en el “Coloquio de los perros”: “nosotras no sabemos quando vamos de una o de otra manera, porque todo lo que nos passa en la fantasía es tan intensamente, que no ay diferenciarlo de quando vamos real y verdaderamente” (III, 215, 15-19).
     65 También se hace esta observación en el capítulo 50 de la Segunda Parte. Sansón Carrasco quiere tocar al embajador de los duques (IV, 151, 21-23); sin embargo esto no se presenta como una prueba seria de la verdad de lo que se dice (véase IV, 149, 18-21). De igual manera, incluso cuando Sancho, según su amo, “por tus mismos ojos has visto muerta a Altissidora...con la consideración del rigor y el desdén con que yo siempre la he tratado” (IV, 360, 20-25), lo que han visto es todo “fingido” (IV, 367, 32-368, 1).
     66 Como sugiere Cascardi (The Bounds of Reason, págs. 44-51), el problema con el que se enfrenta Tomás Rodaja, el licenciado Vidriera, es similar: cómo saber que no está hecho de vidrio. Para una presentación no técnica de estos problemas ontológicos, véase Douglas R. Hofstadter, Gödel, Escher, Bach: An Eternal Golden Braid (New York: Random House, 1980), capítulo 20. Agradezco a Richard Bjornson que me haya proporcionado esta referencia.
     67 Según Samuel M. Waxman, “Chapters on Magic in Spanish Literature”, Revue hispanique, 38 (1916), 325-463, en la pág. 451, “Don Quijote es una mina de saber mágico”. No ha habido ningún tratado general de las ideas de Cervantes sobre la magia y temas relacionados con ella desde El pensamiento de Cervantes de Castro, págs. 94-104.
     68 Para la historia del estudio de los encantamientos de Don Quijote, véase Bryant L. Creel, “Theoretical Implications in Don Quijote's Idea of Enchantment”, Cervantes,12.1 (1992), 19-44.
     69 Mauricio, como Cervantes, tenía “cansados y ancianos ombros” (Persiles, I, 85, 16-17). Como él, conocía las armas y las letras, y su uso de “la razón” para decidir qué costumbres de su país seguir, aparentando seguir las otras con “apariencias fingidas”, evoca la actitud de Cervantes (Persiles,I, 85, 7-10). Mientras Cervantes tenía una hija de una mujer que no era su esposa, Mauricio tiene una hija a la que debe educar sin la ayuda de su mujer, que ha muerto. Respalda la honestidad (Persiles, I, 86, 16-25), aprecia la “noble compañía” (Persiles,I, 102, 14), y quiere volver a su país. Le interesa la poesía, pero es igualitario, pues dice que “tan capaz es el alma de sastre para ser poeta, como la de un maesse de campo” (Persiles,I, 115, 8-10).
     Mauricio también era “aficionado a la ciencia de la astrología judiciaria” (Persiles, I, 85, 2-3). Evidentemente, Cervantes, como Mauricio, no había “alcançado famoso nombre” en esta ciencia. Pero parece que no puede negarse que sabía mucho de astrología, y la consideraba digna de respeto. (Castro, acabado de citar, es del mismo parecer, así como Green, Western Tradition, II, 240-243). El autor del libro de caballerías ideal podría mostrarse “ya...astrólogo, ya cosmógrafo excelente” (II, 344, 13-14); Grisóstomo volvió de Salamanca “con opinión de muy sabio y muy leído”, y “principalmente, dezían que sabía la ciencia de las estrellas” (I, 156, 28-30); incluso los gitanos son, con orgullo, “astrólogos rústicos” (“La gitanilla”, I, 80, 6-7). En el prólogo de la Primera Parte de Don Quijote se incluye la astrología en una lista de materias muy respetables: “las puntualidades de la verdad...las observaciones de la astrología...las medidas geométricas...la retórica...[el] predicar” (I, 37, 7-11; son naturalmente las “medidas geométricas” las que demuestran “las excelencias de la espada”, III, 245, 13-248, 4).
     Evidentemente Cervantes compartía el “natural desseo que todos los hombres tienen, no [sólo de saber] todo lo passado y presente, sino lo por venir” (Persiles, I, 91, 9-11; compárese Don Quijote, I, 132, 30-133, 1). La astrología no es como “agüeros, que no se fundan sobre natural razón alguna” (Don Quijote, IV, 229, 9-11), ni las predicciones imposibles que proceden de “figuras judiciarias” (III, 323, 14-324, 5): que las estrellas, aunque no controlan, influyen en la conducta de los hombres, era en tiempos de Cervantes una opinión seria; en la actualidad, sin embargo, sólo lo cree el vulgo. Consecuentemente, estudiando los movimientos de las estrellas puede determinarse a qué influencias las personas estarán sometidas en el futuro. El hecho de que las predicciones astrológicas estén frecuentemente equivocadas, como reconoce Mauricio (Persiles, I, 91, 22; I, 91, 30-92, 1) es debido a que la astrología es una ciencia difícil: “ninguna ciencia, en quanto a ciencia, engaña: el engaño está en quien no la sabe, principalmente la del astrología, por la velocidad de los cielos, que se lleva tras sí todas las estrellas” (Persiles, I, 91, 15-19; del mismo modo, La entretenida, III, 13, 13-18).
     70 La afirmación de Mauricio da credibilidad a las pretensiones de Cenotia acerca de sus poderes (Persiles, I, 215, 21-31; I, 217, 28-218, 10). Como dice, “las que tenemos nombre de magas y encantadoras, somos gente de mayor quantía” que las simples hechiceras; sus conocimientos son como los del autor y del caballero andante (Persiles, I, 216, 15-22; capítulo 4, nota 145).
     71 Éxodo, VII. Esto lo indicó Francisco de Vitoria, Relecciones teológicas, ed. Jaime Torrubiano Ripoll (Buenos Aires: Enero, 1946), págs. 614-615, donde se citan otros datos bíblicos bajo la proposición “No todas las obras de los magos son vanas y fingidas”. (Agradezco a David Darst esta referencia. Para una introducción a este tema, en la presentación dramática más importante de la magia en la España del Siglo de Oro, véase su artículo “Teorías de la magia en Ruiz de Alarcón: Análisis e interpretación”, Hispanófila. Número especial dedicado a la comedia, 1 [1974], 71-80.)
     72 Incluye los viajes mágicos de los libros de caballerías (II, 342, 8-14), así como las historias que incluyen viajes diabólicos (el “verdadero cuento del licenciado Torralva”, IV, 40, 1-16; el viaje de Rutilio en Persiles, Libro I, capítulo 8).
     73 Véase el capítulo 3, nota 19. Sólo Dios, quien por ejemplo transformó a la mujer de Lot en una estatua de sal, puede transformar verdaderamente las cosas.
     Si es así, ¿qué tenemos que pensar del “Coloquio de los perros”, donde se nos dice que la Camacha transformó a los dos muchachos en los perros Cipión y Berganza? Riley (Teoría, págs. 308-311) indica cómo el contexto de la narración de Berganza ofrece muchas maneras, distintas a la brujería, de explicar las supuestas transformaciones: como un delirio o sueño de Campuzano, por ejemplo. Sin embargo, creo que tenemos motivos para no intentar comprender cuáles son los hechos verdaderos en el caso del “Coloquio”, pues no tenemos la historia entera. Nos falta el relato de Cipión, donde, se supone, se explicaría esta cuestión: si es un portento, presagiando “alguna calamidad grande” (III, 155, 5-8), y si los perros en realidad “bolverán en su forma verdadera / quando vieren con presta diligencia / derribar los sobervios levantados, / y alçar a los humildes abatidos, / con poderosa mano para hazello” (III, 213, 14-18). (Como curiosidad, menciono que en el siglo XVII un imitador, Ginés Carrillo Cerón, escribió la segunda parte del “Coloquio de los perros”, según Emilio Cotarelo [y Mori], “Un novelista del siglo XVII e imitador de Cervantes, See pp. 640 and 643.  One of his novels is second part of Coloquio de los perros.  Cotarelo says it has episodios más vivos y más rápidos que en Cervantes, donde el relativo a la Camacha de Montilla se hace bastante pesado.desconocido”, Boletín de la Real Academia Española,12 [1925], 640-651.)
     74 “O selvas de encantos llenas, / do jamás se ha visto a penas / cosa en su ser verdadero” (Casa de los celos, I, 179, 23-25). “Aquessa enterrada y muerta / no es Angélica la bella, / sino sombra o imagen della, / que [t]u vista desconcierta” (Casa de los celos, I, 212, 18-21).
     75 También “El licenciado Vidriera”, II, 79, 10. Hay una nota acerca de la tropelía en la edición de La pícara Justina de Francisco López de Úbeda realizada por Julio Puyol y Alonso (Madrid: Sociedad de Bibliófilos Madrileños, 1912), III, 248-249; véase también la edición de El casamiento engañoso y el coloquio de los perros de Agustín G. de Amezúa y Mayo (Madrid: Bailly-Baillière, 1912), págs. 611-612 y su “Un juglar de antaño”, en Homenaje ofrecido a Menéndez Pidal (Madrid: Hernando, 1925), III, 319-324, reimpreso en sus Opúsculos histórico-literarios, III, 71-77. Bruce W. Wardropper examina la relación de “tropelía” con el problema de las apariencias y realidad en “La eutrapelia en las Novelas ejemplaresde Cervantes”, en Actas del séptimo congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, ed. Giuseppe Bellini (Roma: Bulzoni, 1982), I, 153-169, especialmente págs. 162-165; sobre la eutrapelia también hay que leer Joseph R. Jones, “Cervantes y la virtud de la eutrapelia: la moralidad de la literatura de esparcimiento”, Anales cervantinos, 23 (1985), 19-30.
     76 Véase el capítulo 4, nota 107.


De: La interpretación cervantina del Quijote, por Daniel Eisenberg. © 1995 Compañía Literaria, S.A.
[Índice] - [Introducción metodológica] - [Nota sobre los textos] - [Cap. 1. Cervantes y los libros de caballerías castellanos] - [Cap. 2. El libro de caballerías ideal: El “famoso Bernardo] - [Cap. 3. El género de Don Quijote] - [Cap. 4. El humor de Don Quijote] - [Cap. 5. El provecho de Don Quijote] - [Cap. 6. Don Quijote, un clásico. La insuficiencia de la interpretación cervantina] - [Apéndice: La influencia de Don Quijote en el Romanticismo] - [Bibliografía]


Daniel Eisenberg : <Daniel.Eisenberg@bigfoot.com>
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URL: http://users.ipfw.edu/jehle/deisenbe/interpret/ICQcap5.htm