Cover
De: La interpretación cervantina del Quijote, por Daniel Eisenberg. © 1995 Compañía Literaria, S.A.


[Índice] - [Introducción metodológica] - [Nota sobre los textos] - [Cap. 1. Cervantes y los libros de caballerías castellanos] - [Cap. 2. El libro de caballerías ideal: El “famoso Bernardo] - [Cap. 3. El género de Don Quijote] - [Cap. 4. El humor de Don Quijote] - [Cap. 5. El provecho de Don Quijote] - [Cap. 6. Don Quijote, un clásico. La insuficiencia de la interpretación cervantina] - [Apéndice: La influencia de Don Quijote en el Romanticismo] - [Bibliografía]


Introducción metodológica


   Cada cual tiene el derecho de admirar el Quijote a su manera.
Menéndez Pelayo1
 
Estás en tu casa, donde eres señor della...

Don Quijote, I, 30, 8-9


     En este libro estudio la relación entre Don Quijote y su autor, Cervantes. He intentado averiguar cuáles eran sus propósitos al escribir el libro, qué significado creía que tenía y cómo deseaba que se leyera. Aunque no me propuse interpretar el libro, al evaluar la interpretación de Cervantes me he visto obligado a tomar mi propia posición hermenéutica.
     Mi método ha sido establecer, en lo posible, el contexto literario y la visión del mundo de Cervantes; como no pueden determinarse sólo a partir de Don Quijote, he utilizado otras fuentes, incluidos sus otros libros. Mi punto de partida, sin embargo, ha sido el enfoque explícito de Don Quijote y la lectura preferida de su protagonista, los libros de caballerías castellanos.2 Mi propósito original al reconstruir el punto de vista literario de Cervantes fue entender mejor el humor de Don Quijote, con el que dichos libros están íntimamente relacionados.3
     Cuando este estudio se convirtió, inesperadamente, de artículo breve4 en monografía, me di cuenta de hasta qué punto el libro de Cervantes difiere de lo que él quería que fuera. Está más que claro—ahora—que el ataque humorístico a los libros de caballerías es hoy uno de los elementos menos importantes del libro. No vivimos en el siglo XVII, y los libros de caballerías ya no son peligrosos, si es que alguna vez lo fueron realmente. Ya no creemos en reglas literarias, o por lo menos, en las mismas reglas. Abordamos Don Quijotecon una visión distinta del mundo, de la sociedad y de la naturaleza y función de la literatura. Un enfoque propio del siglo XVII no sería el adecuado.
     No obstante, aunque es posible que la interpretación que un autor hace de su libro sea incompleta, o incluso que lo sea inevitablemente,5 creo que se puede averiguar cómo Cervantes interpretó Don Quijote y que el hacerlo es un punto de partida obligatorio.6 Las frecuentes referencias de los cervantistas a la intención del autor demuestran que mi tema interesa. En el mejor de los casos, sus formulaciones son incompletas.
     No soy el único que opina así. Los estudios cervantinos son tan caóticos, y las posturas tan contradictorias, que cada especialista disiente profundamente de la mayor parte de lo que se ha escrito. Sin embargo, no he tratado, por lo general, la historia de las cuestiones examinadas, que habría aumentado considerablemente el tamaño de este libro. Ya hemos tenido, y recientemente, tres historias críticas de la interpretación del Quijote, y todas ellas han sido objeto de polémica.7 Hay ya otros instrumentos adecuados para ayudar a los que deseen adentrarse en los estudios cervantinos.8
     Sin embargo, hay una cuestión que obliga a una discusión de las teorías anteriores, y como es preliminar a mucho de lo que sigue, la examinaré ahora. Esta cuestión central es la validez de los puntos de vista del canónigo toledano, quien discute la caballería, la literatura caballeresca y el teatro contemporáneo en los capítulos 47, 48 y 49 de la Primera Parte. ¿Son sus principios y observaciones los de Cervantes? Creo que sí.
     El ataque más reciente a la fiabilidad del canónigo es el de Alban Forcione, quien toma la respuesta de Don Quijote como una refutación;9 sin embargo, tal como discutiré en el capítulo 3, la respuesta de Don Quijote no es sino un ejemplo de una argumentación defectuosa. Con más convicción, hace ya algunos años, Bruce Wardropper quitó importancia al canónigo y sus puntos de vista.10 Alberto Porqueras-Mayo y Federico Sánchez y Escribano ya han calificado su artículo de “totalmente desenfocado”;11 E. C. Riley no lo menciona aunque sin duda lo conocía, y yo lo menciono sólo porque Wayne Booth ha criticado a Riley por no discutirlo.12
     Hay numerosos errores en este artículo. Que el canónigo sea ambiguo acerca de los libros de caballerías, como correctamente señala Wardropper, es un argumento a favor de su identificación con Cervantes, antes que de lo contrario. Se comprende que el canónigo crea que el libro de caballerías tiene un gran potencial si aceptamos que Cervantes ha escrito una obra de este género, como propongo en el capítulo 2. No veo a Pero Pérez como adulador (pág. 219), ni puede despacharse de esta forma su aprobación del canónigo. Y finalmente Wardropper dice que el canónigo es “una verdadera creación cervantina” y termina manifestando que encontramos “la misma dicotomía en Cervantes [acerca de la comedia] que la que encontramos en el canónigo” (pág. 221).
     Si queremos entender las convicciones literarias de Cervantes—y difícilmente encontraremos un tema más básico—estamos forzadosa aceptar al canónigo toledano como portavoz. No existe teoría que le excluya y que ofrezca un panorama coherente de las ideas de Cervantes sobre los libros de caballerías, la épica y el teatro. Si lo aceptamos, tenemos donde empezar, y algunas piezas del rompecabezas encajan. Es lo que procuro hacer en este libro.
     Tomar un personaje como representante del autor no es tan arriesgado cuando se trata de literatura clásica como lo es en la literatura moderna. Los autores del pasado tenían más claramente un “mensaje” que comunicar a sus lectores, y expresaban sin rodeos cuál era. Aunque los escritores modernos evitan hacerlo, era corriente basar los personajes literarios en personas reales.13
     Se atribuye generalmente a Cervantes el haber creado el distanciamiento del autor y narradores y personajes independientes, aunque hay precedentes en libros históricos y de caballerías.14 Desde luego, Cervantes hizo mayor uso de estas técnicas, y Don Quijotelas habría de popularizar. Sin embargo, el propósito de Cervantes no era esconderse tras una máscara o hacer progresar la literatura per se sino formar a los lectores, enseñarles a reconocer narradores falsos.
     Puedo generalizar todavía más. En la novela moderna, no se comienza suponiendo una identificación entre personaje y autor; hay que establecer tal identificación si se produce. Sin embargo, la literatura de períodos anteriores se leía de otra manera. Se daba por supuesto que los puntos de vista del autor coincidían con los de los personajes virtuosos; se habría considerado una pérdida de tiempo, incluso un pecado, escribir ideas que el autor creía erróneas. Sólo se incluían afirmaciones falsas para hacer resaltar más la posición correcta, avalada por el autor. Al estudiar Don Quijote, pues, he adoptado la postura de que todos los personajes son portavoces del autor, a menos que haya indicación de lo contrario, como a menudo acontece.
     Pero Cervantes es irónico, me contestarán; no podemos entenderle de una forma tan simple. Sí, Cervantes es irónico, pero no es oscuro, por lo menos no lo es deliberadamente. Es sencillo distinguir las afirmaciones que Cervantes quería que aceptáramos de las que quería que rechazáramos. Cuando Cide Hamete se dirige a su pluma y ataca a Avellaneda, al final del libro, habla en nombre de Cervantes, como todo el mundo acepta. (En este pasaje también se nos dice por qué se escribió el libro.) Cuando dice “¡Bendito sea el poderoso Alá!” (III, 110, 5) no lo hace. Cuando Don Quijote dice a Sancho “Primeramente, o hijo, has de temer a Dios.... Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo” (IV, 51, 4-8; también III, 262, 32-263, 1), expresa la posición de su creador. Cuando dice que en respuesta a una llamada de la corona a todos los caballeros andantes españoles, “tal podría venir entre ellos que solo bastasse a destruir toda la potestad del Turco” (III, 39, 5-7), no lo hace. Cuando Cervantes dice de sí mismo “yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles”, y que podía identificar las letras árabes (I, 129, 27-32), podemos creerle. Pero todos sabemos que finge haber buscado, comprado y traducido la obra. En los casos importantes es así de sencillo.
     El propio texto guía constantemente nuestra interpretación. Nos dice, por ejemplo, que las observaciones de Don Quijote en el capítulo 1 de la Segunda Parte, entre las que está su hipótetico consejo al rey, son “grandes disparates” (III, 49, 21-22); en este capítulo todos—el cura, el barbero y el ama—censuran, de varias maneras, a Don Quijote. A mitad de sus consejos a Sancho, se nos dice que Don Quijote hablaba como una “persona muy cuerda y mejor intencionada. Como muchas vezes en el progresso desta grande historia queda dicho, solamente disparava en tocándole en la cavallería, y en los demás discursos mostrava tener claro y desenfadado entendimiento” (IV, 55, 4-9). Hay que tomar en consideración unas instrucciones tan claras para los lectores.
     El contexto cristiano en el que el libro fue escrito también nos ayuda a interpretarlo. Todos tenemos un alma inmortal; todos podemos salvarnos; todos somos hijos de Dios, e iguales ante Él.15 Los personajes, entonces, no son calificados de malos, y pocas veces siquiera de buenos. Lo que nos dicen acerca de sí mismos puede ser parcial, manipulado, hasta mentiroso. La clave infalible, mencionada repetidas veces, son sus acciones. Cree en las obras, no en las palabras (“Operibus credite, & non verbis”, III, 325, 29-30; IV, 152, 9-10); así Dios nos juzgará a todos nosotros, y así hay que juzgar a los personajes de Cervantes.16 El problema de la ironía, el punto de vista desde el que hemos de ver a los personajes, se simplifica mucho. Diego de Miranda—un nombre significativo, como tantos otros en el libro17 —comparte su dinero con los pobres; Roque Guinart mata. Pero Pérez, a pesar de que se ríe de Alonso Quijano, se toma la molestia de llevarle a casa y le ayuda a recobrar la razón; Sansón Carrasco le insta a “bolver en sí” (IV, 399, 10; adaptado), es decir, a ser loco de nuevo, cuando finalmente está cuerdo.
     Con estas condiciones, se puede reconstruir la interpretación cervantina del Quijote. Al releer lo escrito, veo que he considerado que el propio texto nos dice cómo Cervantes quería que se leyera, que estas indicaciones son claras y sinceras, que los personajes y narradores nos comunican cuáles eran los puntos de vista de Cervantes, qué libros había leído, qué temas le interesaban, incluso cuál era su lenguaje y (hasta cierto punto) cómo era su personalidad. También veo que al documentar mis argumentos he considerado que las intenciones de Cervantes en todas sus obras son más parecidas que distintas,18 al igual que lo son sus personajes. De hecho, con las excepciones que quieran mencionarse, todos los personajes de Cervantes son variaciones de un modelo único, el cristiano, próximo a su propia imagen.
     Por último, quisiera recalcar que este libro no pretende ofrecer la interpretación de Don Quijote, sólo la cervantina. Mi crítica es autorial, y la habilidad que pueda tener para comprender a Cervantes procede en gran parte de la lectura de libros que él también leyó. Mi conocimiento de estos libros dista mucho de ser completo; nadie ha leído todos los libros que Cervantes leyó, ni creo que nadie lo haga. ¿Quién puede hoy leer a Virgilio, Boyardo, Ariosto, Garcilaso, Ercilla, Juan Rufo, Pedro de Padilla, Cristóbal de Mesa, la Crónica de Juan Segundo, Guzmán de Alfarache, La pícara Justina, la Diana, Diana segunda y Diana enamorada, Amadís de Gaula, Cirongilio de Tracia, Belianís de Grecia y muchos otros? Nadie. Significaría dedicar las horas ociosas a ello, y tenemos otros libros que leer, incluida la ingente literatura posterior. El propio Cervantes sería el primero en desaconsejarlo, pues quería que leyéramos los mejores libros. Sólo restringiéndonos a los escritos antes de 1616, y haciendo de ellos nuestra recreación principal, podríamos repetir sus lecturas. No lo hará nadie. Por esta y por muchas otras razones, nunca terminaremos de estudiar sus obras. He hecho lo que he podido.
     Muchos amigos han leído uno o más de los nueve borradores de este libro,19 y han hecho inestimables sugerencias para mejorarlo. Entre ellos figuran Howard Mancing, A. David y Ruth Kossoff, Alan Deyermond, Anthony Close, James Parr, Harvey Sharrer, Thomas Lathrop, Ruth El Saffar, John J. Allen, Gilbert Smith y Ellen Burns. Quisiera agradecerles su gran ayuda, aunque naturalmente soy el único responsable de los errores que quedan. Le agradezco especialmente a Richard Bjornson su continuo estímulo y ayuda, y a los reseñadores de la edición norteamericana la atención que el libro les ha merecido.20
     Se separaron algunos artículos que en un borrador eran capítulos de este libro: “Cervantes y Tasso vueltos a examinar”, en mi Estudios cervantinos(Barcelona: Sirmio, 1991), págs. 37-56, en el cual alego razones contra el influjo en Cervantes de la teoría literaria italiana, específicamente el debate sobre el romanzo, y señalo los numerosos paralelismos entre la persona de Tasso y el personaje de Don Quijote; “El romance visto por Cervantes”, en Estudios cervantinos, págs. 57-82, en el que defiendo que la actitud crítica de Cervantes hacia el romancero es similar a su postura acerca de los libros de caballerías; “Cervantes, Lope y Avellaneda”, en Estudios cervantinos, págs. 119-141, en el cual identifico más alusiones a Lope en Don Quijote, defiendo la tentativa identificación de Avellaneda con Jerónimo de Pasamonte propuesta por Riquer, y sugiero varias consecuencias en Don Quijote; “¿Tenía Cervantes una biblioteca?”, en Estudios cervantinos, págs. 11-36, en el cual ataco el mito de la pobreza de Cervantes; y “La biblioteca de Cervantes”, en Studia hispanica in honorem Martín de Riquer, II (Barcelona: Quaderns Crema, 1987), 271-328, en el cual indico 202 títulos que es probable que Cervantes poseyera, especificando en muchos casos las traducciones y ediciones. Una primera versión del capítulo 2 fue leída en el VIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas (Brown University, 1983) y publicada en Anales cervantinos, 21 (1983 [1984]), 103-117.


     1 “Interpretaciones del Quijote”, en Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, edición nacional (Madrid: CSIC, 1941-1942), I, 303-322, en la pág. 312.
     2 Los he estudiado con anterioridad, independientemente de Cervantes, en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age (Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1982), con una bibliografía relacionada, Castilian Romances of Chivalry in the Sixteenth Century. A Bibliography (London: Grant & Cutler, 1979). (María Carmen Marín Pina y yo preparamos una versión actualizada de esta bibliografía.) Sobre mi uso del nombre genérico para estos libros véase más adelante en esta introducción, y sobre el significado del término libro, véase el capítulo 2.
     El singular “libros de caballería” es un barbarismo acuñado en el siglo XVIII. Ni Cervantes ni ningún autor del siglo XVI lo usó nunca. Véase mi “Un barbarismo: ‘libros de caballería’”, Thesaurus, 30 (1975), 340-341 y “More on libros de caballería and libros de caballerías”, La corónica, 5 (1977), 116-118.
     3 Con mi mayor reconocimiento al clásico artículo de P. E. Russell, “Don Quijote y la risa a carcajadas”, en su Temas de “La Celestina”, traducción al español de Alejandro Pérez (Barcelona: Ariel, 1978), págs. 407-440, y al trabajo de Anthony Close relacionado con éste, “Don Quixote and the ‘Intentionalist Fallacy’”, British Journal of Aesthetics, 12 (1972), 19-39, recogido en On Literary Intention, ed. David Newton-de Molina (Edinburgh: Edinburgh University Press, 1976), págs. 174-193, y The Romantic Approach to “Don Quixote” (Cambridge: Cambridge University Press, 1978). Véase también Ruth El Saffar, “Concerning Change, Continuity, and Other Critical Matters: A Reading of John J. Allen's Don Quixote: Hero or Fool? Part II (Gainesville: University Presses of Florida, 1979)”, Journal of Hispanic Philology, 4 (1980 [1981]), 237-254.
     4 “TeachingDon Quixote as a Funny Book”, en Approaches to Teaching Cervantes' “Don Quixote”, ed. Richard Bjornson (New York: Modern Language Association, 1984), págs. 62-68. Mis conclusiones sobre Don Quijotehan cambiado profundamente desde la composición de este artículo.
     5 Sólo un autor que se entendiera completamente a sí mismo podría dar una interpretación definitiva de su obra; esta es la terrible brecha, confesada de mala gana y después olvidada, en la defensa que E. D. Hirsch, Jr. hace del autor (Validity in Interpretation [New Haven: Yale University Press, 1967], págs. 22-23 y 51-57; reseñan este libro George Dickie, Journal of Aesthetics and Art Criticism, 26 [1968], 550-552, Francis Berry, Review of English Studies, new series, 20 [1969], 246-248, F. W. Bateson, Essays in Criticism, 18 [1968], 337-342 y William H. Gass, Criticism, 10 [1968], 75-76). Para discusiones en torno al problema de la validez en la interpretación, véase Hershel Parker, Flawed Texts and Verbal Icons: Literary Authority in American Fiction (Evanston: Northwestern University Press, 1984), Paul B. Armstrong, “The Conflict of Interpretations and the Limits of Pluralism”, Publications of the Modern Language Association, 98 (1983), 341-352 y P. D. Juhl, Interpretation: An Essay on the Philosophy of Literary Criticism (Princeton: Princeton University Press, 1980), reseñado por David Paul Pace, South Atlantic Review, 47.2 (1982), 114-116, que remitirán al lector a estudios teóricos anteriores. Desde la publicación de la edición original de este libro ha aparecido el utilísimo Historical Criticism and the Meaning of Texts, de J. R. de J. Jackson (London: Routledge, 1989).
     6 “Bien sé que toda obra maestra, una vez realizada, sobrepasa con mucho el intento con que la ejecutó el autor.... Con todo, ese punto de arranque, expresamente declarado por grandes artistas que no eran falsarios o mistificadores, es un dato valiosísimo que debe permanecer en el centro de la búsqueda, y que merece la confrontación más cuidadosa con cuanto se conozca de la obra, la vida y el ambiente del autor, antes de desecharlo porque no se compadece con el modo de pensar de la crítica actual.”(María Rosa Lida de Malkiel, ed., Juan Ruiz, Selección del “Libro de buen amor” y estudios críticos [Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1973], págs. 245-246.)
     7 Por orden cronológico, Arthur Efron, “Satire Denied: A Critical History of English and American Don Quixote Criticism”, tesis, University of Washington, 1964 (resumen en Dissertation Abstracts, 25 [1965], 5274-5275), A. J. Close, el libro citado en la nota 3 de esta introducción (una lista de reseñas se encuentra en la nota 2, 3 del apéndice) y R. M. Flores, Sancho Panza through Three Hundred Seventy-Five Years of Continuations, Imitations and Criticism, 1605-1980 (Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1982), reseñado por Eduardo Urbina, Journal of Hispanic Philology, 7 (1983 [1984]), 224-226, Howard Mancing, Cervantes, 4 (1984), 84-86, Daniel Eisenberg, Bulletin of Hispanic Studies, 61 (1984), 507-508, Mary Cozad, South Atlantic Review, 50.2 (1985), 112-115 y Myra Gann, Nueva revista de filología hispánica, 33 (1984 [1986]), 519-521.
     8 LaSuma cervantina, ed. J. B. Avalle-Arce y E. C. Riley (London: Tamesis, 1971) ofrece una introducción general a las obras de Cervantes y a muchos de los problemas críticos, con bibliografías. Dana Drake ha publicado una serie de bibliografías de Don Quijote: “Don Quixote” (1894-1970): A Selective Annotated Bibliography, tomo I, University of North Carolina Studies in Romance Languages and Literatures, 138 (Chapel Hill: University of North Carolina Department of Romance Languages, 1974); tomo II, Miami: Universal, 1978; tomo III (Don Quijote in World Literature), New York: Garland, 1980; tomo IV, en colaboración con Frederick Viña, extendido hasta 1979, Lincoln, Nebraska: Society of Spanish and Spanish-American Studies, 1984; con Dominick L. Finello, An Analytical and Bibliographical Guide to Criticism on “Don Quijote” (1790-1893) (Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1987), con introducción histórica. También hay un tomo de Bibliografía fundamental que acompaña la edición de Don Quijote de Luis Murillo, 20 edición, Clásicos Castalia, 79 (Madrid: Castalia, 1982). El anuario Anales cervantinosincluye una sección bibliográfica, con resúmenes de los estudios incluidos; éste y la revista de la Cervantes Society of America, Cervantes, serán de gran ayuda para introducir al principiante en los estudios cervantinos.
     9 Cervantes, Aristotle, and the “Persiles” (Princeton: Princeton University Press, 1970), capítulo 3.
     10 “Cervantes' Theory of the Drama”, Modern Philology, 52 (1955), 217-221.
     11 Preceptiva dramática española del renacimiento y el barroco (Madrid: Gredos, 1965), pág. 21, nota 21.
     12 En una reseña del libro de Riley Cervantes's Theory of the Novel (Oxford: Clarendon Press, 1962), Modern Philology, 62 (1964), 163-165. (Riley mencionó el artículo posteriormente, en su “Teoría literaria”, en Suma cervantina, ed. J. B. Avalle-Arce y E. C. Riley [London: Tamesis, 1971], págs. 293-322, en la pág. 303.)
     13 ElCortesano de Castiglione es un ejemplo evidente; la literatura pastoril es otro. En La Galatea, “muchos de los disfraçados pastores della lo eran sólo en el ábito” (I, L, 2-3); para su identificación, véase Francisco López Estrada, Estudio crítico de la “Galatea” de Miguel de Cervantes (La Laguna: Universidad de La Laguna, 1948), págs. 157-167, aunque Geoffrey Stagg, “A Matter of Masks: La Galatea”, en Hispanic Studies in Honour of Joseph Manson (Oxford: Dolphin, 1972), págs. 255-267, sea más escéptico. Jorge de Montemayor declaró en el “Argumento” de La Diana que en ella hay “muy diversas hystorias, de casos que verdaderamente an sucedido aunque van disfraçados debaxo de nombres y estilo pastoril” (ed. Francisco López Estrada, Clásicos castellanos, 127, 40 edición (Madrid: Espasa-Calpe, 1967), pág. 7). Acerca de los personajes históricos ocultos tras los que aparecen en La constante Amarilis, véase J. P. Wickersham Crawford, “Some Notes on La constante Amarilisof Christóval Suárez de Figueroa”, Modern Language Notes, 21 (1906), 8-11; es mejor que la revisión que se encuentra en The Life and Works of Christóbal Suárez de Figueroa, tesis, University of Pennsylvania (publicada: Philadelphia, 1907); las conclusiones de Crawford son avaladas por Juan Bautista Avalle-Arce, La novela pastoril española, 20 edición (Madrid: Istmo, 1974), pág. 215. El uso de personajes reales en la literatura pastoril se remonta a Virgilio y a Teócrito (López Estrada, Los libros de pastores en la literatura española. La órbita previa [Madrid: Gredos, 1974], págs. 487-490).
     14 No hay ningún análisis general de este tema, aunque Cristina González ha prometido una monografía sobre la evolución de la historia a la ficción en los escritos caballerescos españoles.. Fuera de España se han llevado a cabo algunos estudios, de los cuales los que están más estrechamente relacionados son el de Suzanne Fleischman sobre el papel del narrador en “On the Representation of History and Fiction in the Middle Ages”, History and Theory, 3 (1983), 278-310 y el importante libro de Stephen G. Nichols, Jr., Romanesque Signs. Early Medieval Narrative and Iconography (New Haven: Yale University Press, 1983). Hay un enorme cuerpo de prosa medieval y renacentista, que no han estudiado los historiadores porque es demasiado literario ni los críticos literarios porque es demasiado histórico. He mencionado los ejemplos españoles más importantes en mi Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 39-40, pero también hay que estudiar los textos extranjeros. (No se ha examinado la influencia de la crónica seudoturpina en la prosa española, por ejemplo.) El narrador independiente es en sus orígenes un historiador, y los libros de caballerías, como Don Quijote, son historias fingidas; véase mi “The Pseudo-Historicity of the Romances of Chivalry”, en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 119-129.
     15 “Las almas todas son iguales, y de una misma massa en sus principios criadas y formadas por su hazedor” (Persiles, I, 115, 10-12).
     16 Para afirmaciones en el texto sobre la primacía de las obras, véase la nota XREF 75 del capítulo 3 y la nota 78 del capítulo 4. La objeción de que Dios (según Cervantes) no sólo puede juzgar las intenciones, sino que las juzga, no tiene valor. La famosa frase “las obras de caridad que se hazen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada” (III, 444, 30-445, 2) la dice la duquesa en un intento de presionar a Sancho para que se dé los 3.300 azotes que su sirviente, haciéndose pasar por Merlín, ha ordenado. En una persona virtuosa hay armonía entre sus intenciones y sus actos y Dios ayuda a ver que es así (IV, 63, 18-19). “Es muerta la fe sin obras”, dice Don Quijote hacia el final de la primera parte (II, 374, 16), con una mordaz declaración sobre la importancia de la liberalidad con la que los ricos pueden demostrar su agradecimiento. “No es posible ir al cielo sin buenas obras” (“La ilustre fregona”, II, 283, 3-4). Es el camino del infierno el que según el refrán está empedrado con buenas intenciones.
     17 “Miranda” en latín significa algo que se debería observar.
     18 “Todo lo que Cervantes escribió...en los últimos quince años de su vida forma un conjunto cuya originalidad y coherencia se hacen cada vez más evidentes” (Darío Fernández-Morera, “Algunos aspectos del universo cervantino en la comedia Pedro de Urdemalas”, en Cervantes. Su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, ed. Manuel Criado de Val [Madrid: Edi-6, 1981], págs. 239-242, en la pág. 239). Así, pues, considero que la afirmación en el prólogo de las Novelas ejemplares de que su propósito es ejemplar es totalmente sincero, aunque se lleve a cabo de forma imperfecta en el libro.
     19 Se conservan todos menos uno, y han sido depositados en el archivo de la Florida State University, en la Strozier Library.
     20 Carroll Johnson, Hispanic Review, 57 (1989), 95-97; Edward H. Friedman, Hispania,71 (1988), 822-823; Eduardo Urbina, South Central Review, 6 (1989), 110-112; Anthony Close, Journal of Hispanic Philology, 12 (1987 [1988]), 62-66; Antonia Fernández, Incipit, 7 (1987 [1988]), 195-197; Hans-Jorg Neuschäfer, Zeitschrift für romanische Philologie, 104 (1988), 573; Gareth A. Davies, Bulletin of Hispanic Studies, 67 (1990), 188; Alberto Sánchez, Anales cervantinos, 27 (1989 [1990]), 277-279; Monique Joly, Romanische Forschungen, 102 (1990), 112-115; Lesley Lipson, Modern Language Review, 85 (1990), 470-471; Catherine Larson, Cervantes, 11 (1991 [1992]), 103-105; Alan Soons, Iberoromania, 37 (1993), 144-146.


De: La interpretación cervantina del Quijote, por Daniel Eisenberg. © 1995 Compañía Literaria, S.A.
[Índice] - [Introducción metodológica] - [Nota sobre los textos] - [Cap. 1. Cervantes y los libros de caballerías castellanos] - [Cap. 2. El libro de caballerías ideal: El “famoso Bernardo] - [Cap. 3. El género de Don Quijote] - [Cap. 4. El humor de Don Quijote] - [Cap. 5. El provecho de Don Quijote] - [Cap. 6. Don Quijote, un clásico. La insuficiencia de la interpretación cervantina] - [Apéndice: La influencia de Don Quijote en el Romanticismo] - [Bibliografía]


Daniel Eisenberg : <Daniel.Eisenberg@bigfoot.com>
Works of Daniel Eisenberg http://users.ipfw.edu/jehle/deisenbe/index.htm
URL: http://users.ipfw.edu/jehle/deisenbe/interpret/ICQmetod.htm