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               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______

            PERSILES Y SIGISMUNDA

                    TOMO I


             Versión modernizada


            Texto electrónico por
                Fred F. Jehle


      Copyright © 1914 Rodolfo Schevill
       Copyright © 1999 Fred F. Jehle &
          Purdue Research Foundation


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OBRAS COMPLETAS DE MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA _______ PERSILES Y SIGISMUNDA TOMO I EDICIÓN PUBLICADA POR RODOLFO SCHEVILL Y ADOLFO BONILLA Profesor en la Profesor en la Universidad de Universidad de California (Berkeley). Madrid. MADRID IMPRENTA DE BERNARDO RODRÍGUEZ Calle del Barquillo, núm. 8. M. CM. XIV.
p. IV
p. V INTRODUCCIÓN En el “Prólogo al lector” de las Novelas ejemplares, escrito durante el verano de 1613, menciona Cervantes por vez primera los Trabajos de Persiles, libro “que se atreve a competir con Heliodoro, si ya por atrevido no sale con las manos en la cabeza”. Tales palabras permiten suponer que la obra estaba bastante adelantada en aquella fecha; y esto mismo se infiere de un terceto del Viaje del Parnaso (cap. IV), poema que se cita ya como terminado en el susodicho Prólogo de las Novelas: “Yo estoy, cual decir suelen, puesto a pique para dar a la estampa al gran Persiles, con que mi nombre y obras multiplique.” Nuevamente promete Cervantes “el gran Persiles” en la dedicatoria de las Ocho comedias (verano de 1615) al conde de Lemos; y, por último, en la dedicatoria al mismo conde, fechada en 31 de octubre de 1615, de la Segunda
INTRODUCCIÓN p. VI parte de Don Quijote, escribe: “Con esto me despido, ofreciendo a V. Ex. los Trabajos de Persilis (sic) y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro de cuatro meses, Deo volente; el cual ha de ser, o el más malo, o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo, porque, según la opinión de mis amigos, ha de llegar al extremo de bondad posible. Venga V. Excelencia con la salud que es deseado, que ya estará Persiles para besarle las manos.” Poco más de los cuatro meses señalados tardó Cervantes en terminar la obra, cuya patética dedicatoria escribió en Madrid a 19 de abril de 1616, cuatro días antes de morir. Aunque no sea fácil determinar con exactitud cuánto quedaba por redactar a últimos de octubre de 1615, fecha de la dedicatoria de la Segunda parte del Quijote, es lo probable que faltase casi todo el libro IV. En éste decae notoriamente el estilo: hay enojosas repeticiones, y todo acaba con desusada precipitación, como si Cervantes, después de haber hecho terminar en Roma la larga peregrinación de sus principales personajes, no supiera ya qué hacer con ellos. Obsérvese además que el libro IV es de mucha menor extensión que los anteriores, dejando harto que desear la trama y los caracteres.
INTRODUCCIÓN p. VII Nada concreto podemos afirmar respecto de la época en que Cervantes imaginó o comenzó a escribir su extraña novela de aventuras. En cierto pasaje del Quijote (I, 47) ofrécenos un curioso esbozo de novela que bien pudiera referirse al Persiles, aunque nada cabe asegurar con certeza respecto de esta posible relación: “Dijo --escribe-- que, con todo cuanto mal había dicho de tales libros (de caballerías), hallaba en ellos una cosa buena, que era el sujeto que ofrecían para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma, describiendo naufragios, tormentas, reencuentros y batallas; pintando un capitán valeroso, con todas las partes que para ser tal se requieren... Pintando, ora un lamentable y trágico suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento: allí una hermosísima dama, honesta, discreta y recatada, aquí un caballero cristiano, valiente y comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón, acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado; ... ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente...” De todo esto hay ejemplo en el Persiles. Por otra parte, los datos cronológicos que en la novela figuran son demasiado vagos. El prurito de la “verisimilitud” hizo que el autor trajese
INTRODUCCIÓN p. VIII a cuento caracteres y episodios históricos y semihistóricos que sólo sirven para confundir a los lectores. Al principio nos encontramos en los primeros años del reinado de Felipe II, pues el bárbaro Antonio (I, 32) dice haber peleado durante su juventud en Alemania a las órdenes de Carlos V. Pero poco después (I, 83 y 94) tropezamos con el irlandés Mauricio, que parece ser contemporáneo de Rosamunda Clifford, dama de Enrique II de Inglaterra (1133-1189), con cuya hija Leonora casó Alfonso VIII de Castilla. Sin embargo, el mismo Mauricio declara (I, 310) haber visto “a un Carlos V cerrado en un monasterio”; y luego Sinibaldo cuenta “la gloriosa muerte” del Emperador (1558) y alude a las “guerras del de Transilvania” (I, 320). En otro lugar (I, 138) habla Cervantes de unos “corsarios, y no irlandeses, ... sino de una isla rebelada contra Inglaterra”; pero como escribe después de haber ocurrido varias conocidísimas rebeliones irlandesas de fines del siglo XVI, ¿a qué otra isla puede referirse, sino a Irlanda? Más adelante (II, 69) alude al regreso a Madrid de la Corte de Felipe III, suceso del año 1606; pero luego (II, 78) leemos que acababan de salir a luz las Obras de Garcilaso de la Vega, lo cual aconteció en 1543. Hay también alusión (II, 117) al destierro de los moriscos, acordado por el decreto de setiembre del año 1609; y, finalmente,
INTRODUCCIÓN p. IX el autor alaba la Jerusalén libertada, del Tasso (II, 243), publicada en 1581, y la Invención de la Cruz, de López de Zárate, que aún estaba por publicar. No puede imaginarse, pues, cronología más enrevesada. Pero aunque de todo esto no se infiera claramente cuándo empezó a redactarse el Persiles, algún medio poseemos para determinarlo de un modo aproximado. Rasgos hay en los dos primeros libros, como luego veremos, para los cuales tuvo en cuenta Cervantes verisímilmente las costumbres de los indígenas de América. El historiador a quien más recuerda es el inca Garcilaso de la Vega, que publicó, en vida de Cervantes, la Primera Parte de los Comentarios Reales que tratan de el origen de los Incas, Reyes que fueron del Perú, de su idolatría, leyes y gobierno en paz y en guerra, etc. (Lisboa, 1609; el colofón trae 1608) (1). Desde el primer libro del Persiles (I, 85), Cervantes, al relatar las odiosas costumbres de la isla de Mauricio, reproduce fielmente la descripción del Inca (2). Esta y otras semejanzas que en su lugar indicamos, nos hacen pensar que Cervantes leyó con detenimiento los Comentarios de Garcilaso, y que debió de comenzar el Persiles después de 1608-1609, o (l) Hay segunda edición, bastante correcta, de Madrid, 1723. (2) Véase la nota 86-25 de este tomo.
INTRODUCCIÓN p. X que, por lo menos, lo escribió casi todo con posterioridad a esta fecha. Comoquiera que sea, en 9 de setiembre de 1616 aprobó Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia septentrional, el maestro Josef de Valdivieso, juzgando que, de cuantos libros nos dejó escritos Cervantes, “ninguno es más ingenioso, más culto ni más entretenido”. En El Escorial, a 24 de los mismos mes y año, el rey firmó la licencia para poder imprimir la novela, a favor de la viuda de Cervantes, D.ª Catalina de Salazar y Vozmediano. La impresión del texto había terminado en 15 de diciembre, fecha de la Fe de Erratas, a costa del librero Juan de Villarroel, el mismo a quien Cervantes había vendido el privilegio de impresión de las Comedias. En 2 de abril de 1617 el impresor Juan de la Cuesta entregó a la Hermandad de Impresores de Madrid dos ejemplares del Persiles (1). * * * Persíles, y no Pérsiles (como todavía dicen algunos) (2), es la acentuación regular. Ya en la Crónica de los Cervantistas (3), Hartzenbusch (1) C. Pérez Pastor, Documentos cervantinos hasta ahora inéditos; Madrid, 1897; págs. 198 y 317. (2) Véase el excelente libro de P. Savj-López: Cervantes (Napoli, 1913), págs. 203 y siguientes. (3) Año II, núm. 1, pág. 14; 28 de enero de 1873.
INTRODUCCIÓN p. XI indicó que Persíles es la única pronunciación autorizada: “la única vez --escribe-- que el nombre Persíles resulta acentuado por el autor (y de una manera indudable, que es la rima), aparece consonante de sotíles y fregoníles”. En la comedia Persiles y Sigismunda, del toledano D. Francisco de Rojas Zorrilla, consuenan (entre otros ejemplos que pudieran citarse) Persíles y civíles (1). Muy común es la idea de que Cervantes, en esta historia septentrional, revela extensos, si no exactos, conocimientos respecto del Norte de Europa (2). Nada más lejos de la verdad. Los hechos se reducen a lo siguiente: el héroe y la heroína, naturales, respectivamente, de Thule y de Frislanda, se nos presentan, después de una larga serie de peregrinaciones (trabajos era entonces el vocablo corriente), en los helados mares del Norte. Desembarcan luego en Lisboa, (1) Parte 30 de las Comedias famosas de varios autores; Zaragoza, 1636; pág. 391. Véase el Catálogo de La Barrera, página 685. La primera edición conocida de la comedia de Rojas parece ser de 1636. Consta, sin embargo, que se representaba en 1633. Foerster (Spanische Sprachlehre; Berlin, 1880; § 71, pág. 47) señaló también la pronunciación correcta de Persíles. Véase lo que más adelante decimos acerca de los nombres de los personajes. (2) Consúltense: Fermín Caballero, Pericia geográfica de Miguel de Cervantes, etc.; Madrid, 1840; y un artículo de C. Larsen en La España Moderna (núm. 207, año 1906, pág. 21), antes publicado, con el título de Cervantes' Vorstellungen vom Norden, en el tomo V, pág. 273, de los Studien zur vergleichenden Litteraturgeschichte (1905).
INTRODUCCIÓN p. XII continuando a pie su viaje por tierras de Portugal, España, Francia e Italia, hasta llegar a Roma. En vista de que algo más de la mitad de la obra está dedicada a las regiones septentrionales, era de suponer que Cervantes mencionase muchos puertos y ciudades de los que se tenía conocimiento en España por aquella época. Pero precisamente los dos primeros libros aparecen envueltos en la bruma del misterio. La idea predominante del autor es que aquellos lejanos mares están sembrados de islas innominadas: “están todos aquellos mares casi cubiertos de islas, todas o las más despobladas; y las que tienen gente, es rústica y medio bárbara, de poca urbanidad y de corazones duros e insolentes” (I, 77). Jamás se hace mención de la brújula: los barcos en que viajan los personajes no llevan nunca rumbo fijo, confiándose “al albedrío de la fortuna”, de conformidad con la tradición novelesca. Todo esto parecerá más lógico cuando se vea que Cervantes buscó su inspiración en narraciones románticas y de fantasía, no en historias ni en mapas auténticos. Y ¿qué decir de su cosmografía septentrional? En ella figuran: Dinamarca, una isla de lobos, otra nevada y despoblada, Noruega, muchas islas sin habitantes, Golandia (cuyos moradores cabían todos en un mesón), Hibernia, Irlanda, una isla de siete que circundan a Hibernia, Inglaterra,
INTRODUCCIÓN p. XIII la isla de Policarpo, Scinta (no lejos de Hibernia), Danea, la isla del Fuego, Bithuania, el mar glacial, la isla de las Ermitas, Thule, Frislanda, Islanda y Groenlanda. En resumen: dejando aparte las alusiones vagas, quedan doce nombres de lugares septentrionales, número harto escaso, y aun estamos persuadidos de que Cervantes ignoraba dónde se hallaban exactamente esos lugares, algunos de los cuales no hemos logrado identificar. Dinamarca figura rara vez en los mapas de aquel tiempo; pero está mencionada en el texto de ciertos cosmógrafos (1). En cambio, Danea (Dania), que para Cervantes es país distinto de Dinamarca (I, 319), consta en casi todos los mapas del siglo XVII. Golandia, según todas las ediciones de Tolomeo (2) que hemos examinado, y según también todos los cartógrafos del siglo XVI que hemos podido consultar, no es otra que la isla (1) Para Don Quijote (I, 10), Dinamarca es un reino a propósito, como el de Sobradisa, para ser conquistado y regalado luego al inmortal escudero Sancho. Pedro Apiano, en su Libro de la Cosmografía (Enveres, 1548), habla (fol. 38 v.) del reino de Dania; pero añade (fol. 49 v.) que las villas de Seelandia y Scania son llamadas Dinamarcha. Martín Fernández de Enciso, en su Suma de Geografía, etc. (Sevilla, 1519), escribe que Dacia, Gocia, Suecia y Noruega pertenecen al rey «de Degnamarcha» (CII v.); y Hieronymo Girava, en su Cosmographia y Geographia (Venetia, 1570, pág 150), cuenta que hay en el mar helado una isla, dicha Islandia, que los antiguos llaman Thile,“sotopuesta al rey de Dania, la cual es frigidísima». (2) «Ptolomeo... fue el mayor cosmógrafo que se sabe.» (Quijote, II, 29.)
INTRODUCCIÓN p. XIV Gotlandia, a pesar de su situación al Este de Suecia. Las especies de que había en ella una gran montaña, de que sus habitantes eran católicos, y de que todos cabían en un mesón (I, 78), pudieron nacer de que en ciertos mapas septentrionales se vieran dibujadas en esa isla, como en otras muchas, una sola montaña, una iglesia con su cruz, y a veces sólo una casa, lo cual solía significar que en el lugar había un monasterio y que se hallaba poblado de cristianos. El nombre de Hibernia se encuentra en los mapas tantas veces como el de Irlanda, y la creencia cervantina de que se trataba de regiones distintas, pudo proceder de alguno de los viejos cosmógrafos. Así, Martín Fernández de Enciso (1) contaba este absurdo: “A esta isla (Hibernia) llaman los mareantes Irlanda, y es yerro, porque Irlanda está al Norte y Septentrión de ésta en setenta grados: salvo si, por semejanza de la otra que se dice Islanda, llaman a ésta Irlanda; porque Islanda significa estar en mar helado; y Irlanda, do no está helado.” Huelga decir que no se encuentra ninguna Scinta (I, 143) ni nada parecido en los mapas, como no se trate de Schia, isla que figura al Oeste de Escocia en algunos Tolomeos de mediados del siglo XVI. La isla del Fuego (I, 261) puede ser reminiscencia (1) Op cit., CIII.
INTRODUCCIÓN p. XV de las islas de Fuego que se encuentran rarísimas veces, pero que ya constan en el famoso mapamundi de Cantino (1502), donde, al Sur de Frislanda y al Nordeste de Escocia, se ven las Ilhas de Fogo. Bituania (I, 267) debe de ser Lituania, que está en casi todos los mapas, aunque muchas veces ocupa lugares fantásticos. En cierta ocasión (I, 281), el piloto, al tomar la altura, observa que se halla bajo el Norte, en el paraje de Noruega, “en el mar Glacial”; éste figura, con el nombre de Mare congelalum, al Noroeste de Noruega (Norvegia), o junto a Groenlanda o Islanda, en bastantes mapas. De Thule y de Frislanda tratamos en las Notas. Al entrar en España, Cervantes se encuentra en casa, y así no es maravilla que en el itinerario de sus peregrinos figuren unos veinte lugares conocidos, desde Lisboa hasta la frontera francesa. Pero, al pisar nuevamente tierra extranjera, torna la falta de precisión de la ruta. De Francia sólo se citan: Perpignan, Lenguadoc, Provenza, una villa, un castillo, un mesón y el Delfinado. Después de entrar en Italia, los peregrinos pasan por el Piamonte, el Estado Milán, Luca y Acquapendente, antes de llegar a Roma. Menciónase a Florencia, pero no pertenece al itinerario. En el de Maximino (II, 282) se citan: el estrecho Hercúleo, Tinacria, Parténope, Nápoles y Terrachina. De la propia Roma,
INTRODUCCIÓN p. XVI tantas veces aludida por Cervantes, hay poquísimos detalles, como si el autor, después de cuarenta años de ausencia, conservara únicamente los remotos recuerdos juveniles. En vista de todo esto, parece vano empeño indagar fuentes precisas de la geografía cervantina. Según el credo artístico del autor, tan esencial para formar juicio sólido del Persiles, todo ha de perdonarse con tal de que la historia tenga verisimilitud: “Las peregrinaciones largas siempre traen consigo diversos acontecimientos; y como la diversidad se compone de cosas diferentes, es forzoso que los casos lo sean. Bien nos lo muestra esta historia, cuyos acontecimientos nos cortan su hilo, poniéndonos en duda dónde será bien anudarle; porque no todas las cosas que suceden son buenas para contadas, y podrían pasar sin serlo y sin quedar menoscabada la historia: acciones hay que, por grandes, deben de callarse, y otras que, por bajas, no deben decirse, puesto que es excelencia de la historia que, cualquiera cosa que en ella se escribía, puede pasar al sabor de la verdad que trae consigo; lo que no tiene la fábula, a quien conviene guisar sus acciones con tanta puntualidad y gusto, y con tanta verisimilitud, que, a despecho y pesar de la mentira, que hace disonancia en el entendimiento, forme una verdadera armonía.” (II, 100.) Todo esto
INTRODUCCIÓN p. XVII sería de perlas si lo entendiésemos; pero, desgraciadamente, no tenemos ahora el mismo concepto que Cervantes de lo que es “verisímil” y “puede pasar al sabor de la verdad” (1). Al dejar suelta la rienda a su imaginación, el autor del Quijote erró el camino por única vez en el Persiles. Según frase feliz de Alejandro Humboldt (al hablar del fingido viaje de Niccolò Zeno), puede decirse que en la obra de Cervantes se encuentran “de la candeur et des descriptions détaillées d'objets dont rien en Europe ne pouvait lui avoir donné l'idée”. * * * Imposible sería, en un estudio preliminar, ofrecer un resumen satisfactorio de todos los libros que trae a la memoria la lectura del Persiles. El análisis de la novela descubre distintos modelos literarios para la forma exterior y para el particular espíritu de aventuras que la anima. Por otra parte, la debida inteligencia del asunto y de la enorme variedad de episodios y descripciones (1) Respecto de la verisimilitud de la fábula, véase al doctor Alonso López Pinciano, en su Filosofía antigua poética, publicada en 1596 (consúltese la edición Muñoz Peña; Valladolid, 1894; epístola V): «Las ficciones que no tienen imitación y verisimilitud no son fábulas, sino disparates, como algunas de las que antiguamente llamaron milesias, ahora libros de caballerías, los cuales tienen acontecimientos fuera de toda buena imitación y semejanza a verdad.»
INTRODUCCIÓN p. XVIII que la obra contiene, exigiría que se trajese a cuento casi toda la literatura contemporánea. En cuanto a la forma, Cervantes mismo confiesa el tipo en que se inspiró: la maquinaria novelesca, los cambios escénicos, el modo de presentar los personajes, la total ausencia de análisis psicológico de los caracteres, todo ello pertenece a la novela bizantina, conocida por Cervantes, y especialmente a Heliodoro, con quien “se atreve a competir” (1). No se ha investigado aún cuánto debe el Persiles, si bien indirectamente, a otra novela bizantina: Los amores de Clitofonte y Leucipe, de Aquiles Tacio, a través de la versión castellana de Núñez de Reinoso: Historia de los amores de Clareo y Florisea (1552) (2). Como novelas (1) Acerca de lo que Cervantes debe al autor de Teágenes y Cariclea (novela de la cual se publicaron en el siglo XVI dos versiones castellanas: una anónima [Amberes, 1554], y otra [Alcalá, 1587] por Fernando de Mena), véase a R. Schevill, Studies in Cervantes. Part II. «Persiles y Sigismunda» (en Modern Philology, vol. IV, núm. 4, abril 1907). En cuanto a la versión anónima de Heliodoro, Bartolomé de Villalba y Estaña, en su Pelegrino curioso (escrito en 1577; véase la edición de la Sociedad de Bibilófilos Españoles, I, 54), dice: «También la Etiópica de Heliodoro, traducida, la muerden los alanos; ¡dichoso el que lo hizo tan secreto, que, a nombrarse, se viera en gran aprieto!» Las citas de Heliodoro abundan en la literatura del siglo XVII. Véanse, por ejemplo, Lope de Vega, en De cosario a cosario (III, 1.ª), y Francisco de Lugo y Dávila, en la Introducción de su Teatro popular (Madrid, 1622). (2) Consúltese a M. Menéndez y Pelayo, Orígenes de la Novela, I, cccxliii y siguientes.
INTRODUCCIÓN p. XIX de aventuras, en las que “la fortuna” rige los sucesos, parécense en numerosas circunstancias: el lenguaje es el mismo; los personajes, que sufren “mudanzas” y “trabajos”, se hallan sometidos a su “triste estrella”. Algunos de los nombres son también casi idénticos: el de “Periandra” pudo sugerir “Periandro”, y parece algo más que una mera coincidencia el que hallemos en Reinoso una “Aurismunda”, y, en Cervantes, Auristela y Sigismunda sean la misma persona. Igualmente hallamos en Reinoso “grandes mágicos” y “cosas de encantamiento”; el héroe y la heroína viajan como supuestos hermanos; si Arnaldo pide a Periandro la mano de Auristela, Menelao ruega a Clareo que le dé a Florisea por esposa, respondiendo Clareo casi en los mismos términos que Periandro; trátase también, por último, de sueños, de cartas amatorias, de borrascas, de islas, etc., etc. Pero si la novela bizantina constituyó el modelo formal de Persiles, ¿cómo es que Cervantes escogió los mares del Norte para escenario de sus dos primeros libros? Indirectamente nos dice también (II, 285) la narración en que se inspiró: el supuesto viaje de los hermanos Zeni por los mares septentrionales, realizado hacia el año de 1380. Cuando Cervantes moraba en Italia, debió de hablarse aún de cierto librillo publicado en Venecia el año 1558 por Niccolò
INTRODUCCIÓN p. XX Zeno (el menor), dando cuenta de la región septentrional ignorada, según documentos familiares que el editor decía poseer (1). No cabe asegurar que Cervantes tuviese a la vista la primera edición; pero es más que probable que conociera la obra, en vista de las analogías entre su narración y la de Zeno. En la de éste, el héroe se dirige al Norte, “doue, assaltato in quel mare da una gran fortuna, molti di ando trasportato dalle onde e da' venti, senza sapere doue si fosse, quando finalmente scoprendo terra, ne potendo piu reggersi contra quella fierissima burasca, ruppe nell' isola Frislanda, saluandosi gli huomini e gran parte delle robbe che erano sù la naue, etc.” Al llegar a la orilla, Niccolò Zeno y sus compañeros son atacados por los indígenas; pero el príncipe del país, Zichmni, los protege: “in ogni modo sarebbeno stati mal menati, se a buona uentura non faceua che casualmente si fosse trouato iui uicino un Prencipe con gente armata, il quale, inteso che s'era rotta pur all' hora una gran naue nell' isola, corse al romore ed alle grida che si faceuano contra i nostri poueri marinai, e cacciati uia quelli del paese, parlò in latino (2), e dimandò che genti erano, e di doue ueniuano, e saputo (1) Véase la nota acerca de Frislanda (II, 278-28). (2) Cervantes escribe (II, 78): «es uso de los septentrionales ser toda la gente principal versada en la lengua latina.»
INTRODUCCIÓN p. XXI che ueniuano d'Italia, e che erano huomini del medesimo paese, fu presso di grandissima allegrezza. Onde, promettendo à ciascuno che non riceuerebbeno alcun dispiacere, e che erano venuti in luogo nel quale sarebbeno benissimo trattati e meglio ueduti, li tolse tutti sopra la sua fede.” Esto recuerda el viaje de Periandro y de los suyos al mar glacial, donde arriban al país del rey Cratilo, que los recibe con su séquito y los protege (I, 296 y siguientes). También se habla en el libro de Zeno de islas despobladas: “si leuarono con una burasca si terribile, che cacciati in certe seccagine ruppero gran parte delle lor naui, saluandosi il rimanente in Grislanda, isola grande, ma dishabitata.” Cervantes alude a siete islas próximas a la de Hibernia (I, 84); Zeno, refiriéndose a lo que en los mapas sería Shetland, al Norte de Escocia, dice que el príncipe “assaltò negli stessi canali l'altre Isole, dette Estlanda, que sono sette”. En la descripción del monasterio de Santo Tomás, escribe Zeno: “ci concorreno in questo monistero frati di Noruegia, di Suetia e di altri paesi, ma la maggior parte sono delle Islande.” Cervantes afirma que hay en él religiosos de cuatro naciones: “españoles, franceses, toscanos y latinos” (II, 285), con lo cual agrava el absurdo de Zeno. El haber “molti nauigli che non possono partire per essere il mare aggiacciato”, tenía su
INTRODUCCIÓN p. XXII representación en muchas láminas de los libros de aquel tiempo, y pudo dar a Cervantes la idea del mar glacial (I, 281). Además de la influencia del viaje de los Zeni, no es inverisímil que Cervantes, en su historia septentrional, tuviese también en cuenta el Viaggio del magnifico Messer Piero Quirino, Gentilhuomo vinitiano, nel quale... incorre in uno horribile &. spauentoso naufragio, del quale alla fine con diuersi accidenti campato, arriua nella Noruegia &. Suetia, Regni Settentrionali. Fué impreso este viaje en la colección de Ramusio, donde, a partir de la edición de 1574, y en el mismo tomo, pudo también leer Cervantes el novelesco relato de los Zeni. No pocas noticias de las contenidas en la narración de Niccolò Zeno el menor proceden de dos libros de Olao Magno. Titúlase el primero: Opera breve, la quale demostra e dechiara ouero da il modo facile de intendere la charta ouer delle terre frigidissime di Settentrione, etc. (Venetia, 1539), obra extraordinariamente rara, de la cual se conoce un ejemplar completo, custodiado en la Biblioteca de Munich. Contiene un curioso mapa de las tierras del Norte, con texto explicativo. El segundo libro es la Historia de gentibus septentrionalibus (Romae, 1555), obra que, como más adelante expondremos, influyó también de alguna manera en el Persiles.
INTRODUCCIÓN p. XXIII Y no ha de olvidarse tampoco que existe otro escritor español del siglo XVI que copió bastante de Olao Magno: nos referimos a Antonio de Torquemada, en su Jardín de flores curiosas, en que se tratan algunas materias de Humanidad, Filosofía, Teología y Geografía, con otras cosas curiosas y apacibles (1), no siendo difícil comprobar que Cervantes utilizó también esta obra (2), por donde resulta que algunos pormenores, idénticos en Olao Magno y en Torquemada, aparecen igualmente en el Persiles, sin que sea difícil determinar cuál de los dos era el recordado por Cervantes en cada caso (3). Especial estudio merece lo relativo a la influencia de Olao Magno. Probable es que Cervantes conociese la hermosa edición veneciana de la Historia delle genti e della natura delle cose settentrionali da Olao Magno Gotho, arcivescovo di Vpsala, etc., impresa el año 1565, en folio, con magníficas láminas, que no dejaron (1) Hay varias ediciones de este libro. La primera parece ser de 1570. Son dignas de consultarse la de Leyda, 1573, y la de Salamanca, 1577. (2) Que la conocía bien, échase de ver en el capítulo VI de la Primera parte del Quijote, donde menciona el Jardín y el Olivante de Laura, de Torquemada, no sabiendo determinar cuál de los dos es menos mentiroso. Ticknor (1849) parece haber sido el primero en hacer notar la probable influencia del Jardín de flores curiosas en el Persiles. (3) Véase, por ejemplo, la nota de la página 297-4 de este tomo.
INTRODUCCIÓN p. XXIV de transcender a ciertas explicaciones que se leen en el Persiles. Vense, por ejemplo, en esas láminas hombres con skis, patinando, caballos que saltan sobre el hielo, terribles naufragios dibujados con notable realismo (1), navíos encajados entre helados bloques del mar glacial, combates entre buques de guerra, etc., etcétera, episodios que se repiten todos en el Persiles. Olao Magno trata extensamente en el texto de las costumbres septentrionales y de los animales y monstruos de aquellas regiones; describe los matrimonios, el modo de elegir reyes (en vista de sus virtudes personales), etc., etcétera; recuerda varias mujeres guerreras, una de las cuales (Alvida, que se hizo corsario, y recorría los mares en traje masculino) inspiró, sin duda, a Cervantes el tipo de Sulpicia, hija de Cratilo (I, 266); menciona juegos y espectáculos públicos, y afirma que había en el Norte hombres y mujeres que se dedicaban a la magia, que la adivinación estaba muy en boga, y que hechiceros y encantadores hacían maravillas, volando por los aires. Mas ha de notarse que Olao Magno no es un historiador verídico, y que toma sin escrúpulo muchas noticias de los clásicos (Estrabón, Plinio y otros), sin olvidar a los historiadores de Indias. (1) Véase la nota de la página 273-20 de este tomo.
INTRODUCCIÓN p. XXV El libro de Torquemada, “que en su Jardín de flores, tan honesto, dicen tener muy poco miramiento, pues quebrantó el octavo mandamiento”, como escribía Villalba y Estaña, es una miscelánea, donde se encuentra un poco de todo. Habla largamente también de brujos y hechiceros y de sus expediciones aéreas (en cierto cuento del tractado tercero menciona un manto mágico); explica los modos de caminar de la gente del Norte; trata de sus juegos y fiestas; alude a los ánades que se engendran de tablas o maderos sumergidos en las orillas del mar, a hombres convertidos en lobos, a bestias y pescados monstruosos (como el fisiter), y a costumbres varias de aquellas tierras. De otras misceláneas, muy de moda en el siglo XVI, parece haber también reminiscencias en el Persiles; pero sólo citaremos aquí El libro de las costumbres de todas las gentes del mundo, de Francisco Thamara (Anvers, 1556) (1); el De las cosas maravillosas del mundo, de Julio Solino, traducido por Cristóbal de las Casas (Sevilla, 1573); y la Silva de varia lección, de Pero Mexia, de la cual obra hay bastantes (1) Citamos siempre la edición que hemos tenido a la vista, aunque no sea la primera.
INTRODUCCIÓN p. XXVI recuerdos en los escritos cervantinos (1), como los hay también de los Diálogos del mismo autor. Ambos libros tratan con cierta extensión de casi todos los ramos de la ciencia entonces conocida. Además de estas obras, que mantienen estrecha conexión con elementos fantásticos y seudogeográficos del Persiles, debemos mencionar un importante grupo de autores que, de la propia suerte que suministraron bastante materia a algunos de los ya citados, pudieron sugerir, directa o indirectamente, algunos pasajes del Persiles. Trátase de los historiadores de Indias, a que antes aludimos. Entre las imitaciones de las costumbres descritas por estos historiadores, figuran las siguientes: los bárbaros del Persiles se sirven de tiendas cubiertas de pieles de animales (I, 21); cubren también el suelo con esas pieles (I, 22), y las utilizan, sin coserlas, para vestirse (I, 63); algunos emplean como moneda pedazos de oro, y perlas (I, 10); sus vasos son de cortezas de árboles (I, 31); en cuanto a su alimentación, no es muy exquisita la que Cervantes les atribuye, pues, según él, por la mayor parte beben agua y comen frutas secas (I, 22, 31), y, a veces, pan (I, 43), pero no de trigo, o nueces, (1) De ella tomó Cervantes, entre otras cosas, la referencia al «que adoró el plátano» (I, 170), conseja que se cuenta del rey Jerjes.
INTRODUCCIÓN p. XXVII avellanas y peras silvestres (I, 44). Usan, además, balsas de maderos, atados con bejucos y mimbres (I, 3); sus armas son arcos, saetas y flechas con punta de pedernal (I, 3), cuchillos y puñales de piedra (cap. IV). Entre sus más bárbaras costumbres figuran: los sacrificios humanos, en los cuales se le saca el corazón a la víctima (caps. II y IV); y el torpe trato de las mujeres en las ceremonias matrimoniales (I, 86) (1). Finalmente, como la generalidad de los historiadores de Indias habla de los antípodas, Cervantes se cree en el caso de mencionarlos también. Claro es que en todo esto hay muy poco rastro de las verdaderas costumbres septentrionales del siglo XVII. Ya hemos advertido que, entre los historiadores de Indias, Garcilaso de la Vega el Inca parece haber sido la fuente más accesible a Cervantes y más cercana al Persiles, pues la primera parte de su historia salió a luz en 1609 (2). Entre los sucesos contenidos en este libro y que pudieron impresionar a Cervantes, influyendo en el Persiles, mencionaremos la peregrina aventura de aquel Pedro Serrano que se perdió en un naufragio, llegó nadando a cierta isla (1) Véase la nota de la página 86 de este tomo. (2) Garcilaso copió bastante de otros historiadores (como Cieza de León, Gómara, Acosta, Agustín de Zárate y otros), sin especificar nunca sus fuentes, y así es su obra un zurcido de consejas y de relatos verídicos.
INTRODUCCIÓN p. XXVIII despoblada, sin agua ni leña, y pasó allí tres años (cap. VIII) (1). Trátase también en la obra de Garcilaso de las maneras de sacrificios que hacían los antiguos indios, los cuales “vivos les abrían por los pechos, y sacaban el corazón con los pulmones” (cap. XI) (2); de los vestidos de pieles de animales (cap. XIII); de los casamientos de los indios (cap. XIV); de cómo usaban éstos de venenos y hechizos, pues “también hubo hombres y mujeres que daban ponzoña, así para matar con ella de presto o de espacio, como para sacar de juicio y atontar los que querían, y para los afear en sus rostros y cuerpos, etc.” “Hubo también --añade-- hechiceros y hechiceras; y este oficio más ordinario lo usaban las indias que los indios; muchos lo ejercitaban..., dando y tomando respuestas de las cosas por venir, etc.” (cap. XIV). Esto recuerda el episodio en el cual la hechicera Zenotia encanta al joven Antonio para acabar lentamente con su vida (I, 238 y siguientes), y asímismo aquel otro de la judía que envenena a Auristela (II, 261). Cuenta además Garcilaso que, entre los “diversos ingenios que tuvieron los (1) Es de notar el parecido de esta aventura con la historia de Robinson Crusoe. (2) Adviértase que Garcilaso tomó de Cieza de León buena parte de lo que dice acerca de los antropófagos, sin reparar en que se trataba de los indios de Nueva Granada, y no de los del Perú.
INTRODUCCIÓN p. XXIX indios para pasar los ríos” (III, cap. XVI), “hacían [de una madera delgada y liviana] balsas grandes y chicas de cinco o de siete palos largos, atados unos con otros, etc.”, lo cual trae a la memoria las balsas de los bárbaros del Persiles (I, 3). Recuérdese, por último, la manera de obtener el fuego nuevo, “con dos palillos rollizos delgados..., barrenando uno con otro. ... Los indios se sirven de ellos en lugar de eslabón y pedernal” (VI, cap. XXII). Del mismo modo, los peregrinos hacen fuego ludiendo dos secos palos (I, 68). También habla Garcilaso de los cuchillos y navajas de pedernal (I, capítulo XIV). Siendo el Persiles una novela de aventuras, natural era que Cervantes tuviese en cuenta los modelos que tantas veces recordó en el Quijote, o sean los libros de caballerías, y especialmente el Amadís de Gaula, “único en su arte”. Y así, no sólo el espíritu del Amadís, sino ciertos lances de la vida y “trabajos” de Amadís y de Oriana, hallaron eco en el Persiles. Entre los muchos ejemplos que de ello pudieran aducirse, citaremos algunos. Oriana, hija de Lisuarte y de Brisena, fué llevada a la corte de Languines (I, 4), donde la reina la cuidó y educó. Auristela, hija de Eusebia, fué enviada a Tile, “en poder de Eustoquia, para que seguramente y sin los sobresaltos de la guerra, en su casa se
INTRODUCCIÓN p. XXX criase” (II, 279). El robo de doncellas es episodio harto frecuente en Amadís. Así leemos en él (I, 35): “Amadís... oyó dar voces a su señora, y tornando presto, vio a Arcaláus que ya cabalgara, y que, tomando a Oriana por el brazo, la pusiera ante sí, y se iba con ella cuanto más podía. Amadís fué en pos de él sin detenencia ninguna, y alcanzólo por aquel gran campo, y alzando la espada por lo herir, sufrióse de le dar gran golpe, que la espada era tal, que cuidó que mataría a él y a su señora... Entonces dejó Arcaláus caer en tierra a Oriana, por se ir más ahína, que se temía de muerte, etc.” Y en el Persiles hay un episodio semejante: el del robo de Feliz Flora (II, 143): “Apenas la compasión les había hecho apear..., cuando fueron asaltados de seis u ocho hombres armados, que por las espaldas les acometieron... Uno de los armados, con descortés movimiento, asió a Feliz Flora del brazo y la puso en el arzón delantero de su silla... Antonio... puso una flecha en el arco, ... y tomando por blanco el robador de Feliz Flora, disparó tan derechamente la flecha, que, sin tocar a Feliz Flora sino en una parte del velo con que se cubría la cabeza, pasó al salteador el pecho de parte a parte... Los salteadores... volvieron las espaldas y dejaron el campo solo.” Abundan los ermitaños en los libros caballerescos, y así Amadís adopta ese
INTRODUCCIÓN p. XXXI género de vida, “pagándose de la soledad y esquiveza de aquel lugar, y en pensar de allí morir, recibía algún descanso” (II, 5). De la misma suerte, Rutilio alaba “la vida solitaria” (I, 309), y se queda en la isla de las Ermitas. Nótense además, como detalles del propio género: el abandono de reciénnacidos (Persiles, II, 22), el acto de despeñar a alguien de lo alto de un castillo (II, 141), y la frecuente mención de Dinamarca (Brisena, en Amadís, es hija del rey de Denamarca; y allí mismo se habla muchas veces de la “doncella de Denamarca”, confidenta, con Mabilia, de los amores del héroe). En el segundo libro (I, 304) del Persiles, la extraña historia de Renato constituye un episodio genuinamente caballeresco. De apreciar es igualmente un género literario que siempre disfrutó en alto grado de la simpatía de Cervantes: la novela pastoril. Leyendo el Persiles, se nos antoja evidente que su autor tornó a hojear más de una vez su primera producción: la Galatea. El espíritu de ciertas narraciones, la manera de intercalar determinados episodios y personajes, hasta las frases, son a veces idénticos. Un cuento interrumpido se reanuda de este modo en la Galatea (I, 77-12) (1): “Tornando a repetir Theolinda (1) Las citas se refieren siempre a nuestra edición.
INTRODUCCIÓN p. XXXII algunas palabras de lo que antes había dicho, prosiguió diciendo...”; y en el Persiles (II, 243-2): “volvió Periandro a repetir algunas palabras antes dichas...”. Pero lo que más sorprende es la enfadosa y reiterada discusión acerca de los celos. Ya en la Galatea (v. gr.: I, 223-17 y siguientes) insistió Cervantes con demasiado empeño en “la incurable pestilencia de los celos” y en la “maldita dolencia de los rabiosos celos” (I, 227), que le inspiró, según confiesa, el romance que más estimaba; mas en el Persiles vuelve a la carga con singular tenacidad, escribiendo frases como éstas: “la dura lanza de los celos” (I, 14-32); “¡Oh poderosa fuerza de los celos! ¡Oh enfermedad, que te pegas al alma de tal manera, que sólo te despegas con la vida! ... no te precipites a dar lugar en tu imaginación a esta rabiosa dolencia!” (I, 148-5); “la fuerza de los celos es tan poderosa y tan sutil, que se entra y mezcla con el cuchillo de la misma muerte” (I, 162-17); “los celos se engendran, entre los que bien se quieren, del aire que pasa, del sol que toca, y aun de la tierra que pisa” (I, 191-21); “a este mal no se iguala el de la ausencia, ni el de los celos” (I, 305-7); “esta enfermedad que los amantes llaman celos, que la llamaran mejor desesperación rabiosa, entran a la parte con ella la envidia y el menosprecio, y cuando una vez se apodera del alma enamorada,
INTRODUCCIÓN p. XXXIII no ay consideración que la sosiegue ni remedio que la valga” (II, 226-10). Pues, en general, toda la argumentación sobre los celos no es sino imitación, a veces muy fiel, de una novela pastoril a la cual debe mucho Cervantes, y cuya influencia en el autor del Quijote merece especial estudio: la Diana de Gil Polo. En el segundo libro (1) de esta obra se lee: “[el tormento de los celos] suele dar a veces mayor pena que la ausencia de la cosa amada”; y añade: “porque son pestilencia de las almas, frenesía de los pensamientos, rabia que los cuerpos debilita, etc.”; “estos rabiosos celos esparcen tal veneno en los corazones, que corrompe y gasta cuantos deleites se le llegan”; “esta pestilencia de los celos no deja en el alma parte sana donde pueda recogerse una alegría”; “semejante dolencia no pretendí yo defenderla”, etc. En otros casos se echa de ver asímismo cuánto impresionó a Cervantes la mejor de las novelas pastoriles, la que él creyó que debía guardarse “como si fuera del mesmo Apolo”: “Mas ella... hizo de su extremadísima hermosura tan improvisa y alegre muestra...” (2), escribe Gil Polo; y Cervantes, en el Persiles: “echándose sus hermosos cabellos a (1) Véase la edición Menéndez y Pelayo (Orígenes de la Novela, II), págs. 356, a, y siguientes. (2) Edición citada, pág. 339.
INTRODUCCIÓN p. XXXIV las espaldas..., hizo de sí casi divina e improvisa muestra” (I, 227-14). En el mismo Persiles, el nombre de Taurisa recuerda el Tauriso de la Diana; y, finalmente, también se observan en aquella obra reminiscencias de algún episodio (como el cuento de Marcelio (1), de singular estilo), para el cual Gil Polo se había inspirado probablemente en la novela bizantina. Hubo en la época del Renacimiento una serie de versiones de autores clásicos que, por su carácter y lenguaje, y por el influjo que ejercieron, pertenecen más bien a la literatura contemporánea que a la antigüedad griega o romana. Figuran entre esos autores traducidos al castellano, el ya citado Heliodoro, y, además, Virgilio, Plinio el Mayor, Plutarco y Apuleyo. También se aprovechó de ellos Cervantes, adornando así con recuerdos clásicos ciertos episodios cuya idea pudo tomar de misceláneas o ficciones de su tiempo. Habiendo leído, por ejemplo, en Olao Magno o en Torquemada que las gentes septentrionales tenían sus espectáculos y juegos públicos, utilizó la noticia, exornándola con imitaciones de Heliodoro y, sobre todo, de Virgilio. Las relaciones entre el Persiles y la Eneida han sido ya estudiadas (2), y en los oportunos (1) Edición citada, pág. 345. (2) Consúltese a R. Schevill, Studies in Cervantes -- Persiles y Sigismunda, III (en las Publications of Yale University; New
INTRODUCCIÓN p. XXXV lugares de las Notas trataremos de otras referencias a los clásicos. Aunque Cervantes, en el Persiles, inserta, con notables mejoras, una novela italiana de Giovanni Giraldi, y quizá imita otra (1), no intenta reproducir el espíritu del original. Es indudable que la obra cervantina debe algo a la novela italiana; pero el genio original de Cervantes le impulsaba a novelar a su modo, siempre más noble, más profundo y también menos grosero que el de los novellieri. Los cuentos o novelas cortas que Cervantes intercala en el Persiles tienen el carácter de novelas ejemplares, y aun a veces dan indicios de que su autor los había escrito mucho antes, interpolándolos luego en la narración, aunque no siempre viniesen al caso, como acontece (I, 69) con el suceso del enamorado portugués (2). En cuanto a los nombres de los personajes, también son, en su mayor parte, imitaciones de Haven, Conn., 1908). Cervantes, cuyos conocimientos en materia de idiomas clásicos debieron de ser muy superficiales, leyó probablemente la Eneida en la versión de Gregorio Hernández de Velasco. (1) Véase la nota II, 69-3. (2) Posible es que incluyese también en el ambiente del Persiles el recuerdo de La isla bárbara, comedia del divino Miguel Sánchez, donde hay asímismo naufragios, borrascas, islas despobladas, amantes que pasan por hermanos, un padre que busca a su hija, peregrinaciones y otros lances que se leen análogamente en el Persiles. Véase la edición de Hugo A. Rennert, La isla bárbara y La guarda cuidadosa (Boston, 1896).
INTRODUCCIÓN p. XXXVI la literatura contemporánea. El de Persiles, de cuya acentuación hemos hablado, pertenece a un grupo de vocablos de análoga forma que tiene su abolengo en la novela caballeresca. Así, en Amadís se encuentran Sarquiles, Granfiles, Gastiles, y todos estos nombres parecen haberse formado a imitación del de Aquiles (llamado igualmente Arquiles). El de Guiomar se lee en el Quijote (II, 60) y en el entremés de El juez de los divorcios. Cloelia, ama de Auristela, recuerda el romance “Cloelia, virgen romana”, del Coro Febeo de Juan de la Cueva. Mauricio, oriundo de una isla circunvecina a la de Hibernia, trae a la memoria los nombres irlandeses; y el propio Cervantes debió de oír hablar de Jaime Fitzmauricio, que fomentó una rebelión en Irlanda, y vino luego a España en 1577 para ofrecer a D. Juan de Austria la corona de aquel reino, ofrecimiento que no prosperó por causa de Felipe II (1). El nombre de Arnaldo figura en los Diálogos de Mejía. Otros, como el de Constanza (homónima de la hija de Andrea de Cervantes), pudieron pertenecer al círculo de amigos o parientes de Cervantes. El de Auristela se encuentra después en una obra dramática de Calderón: Auristela y Lisidante. * * * (1) Consúltese a Martin Hume, Españoles é ingleses en el siglo XVI; Madrid y Londres, 1903; págs. 235 y siguientes.
INTRODUCCIÓN p. XXXVII El interés más señalado que para nosotros ofrece el Persiles, consiste en los numerosos detalles autobiográficos que el curso del relato encierra. Nunca escribió Cervantes con más entusiasmo, con amor más fervoroso a su creación, que en esta obra; y es natural, por lo tanto, que en ella se descubra algo de lo más recóndito de su larga vida, algún rincón de su alma, un trasunto, en suma, de lo mucho que había visto y experimentado. Por otra parte, es notorio que él tenía por costumbre reproducir en todos sus libros recuerdos más o menos velados de su existencia y trabajos. Así se ha observado atinadamente una alusión autobiográfica en ciertos versos de la comedia El gallardo español (III, 1), que parecen contener alguna referencia a la partida de Cervantes a Italia en 1569 (1). Doña Margarita, contando su historia, habla de un duelo entre su hermano y D. Fernando de Saavedra, duelo del cual salió herido el primero, huyendo Saavedra a Italia. “Quedé, si mal no me acuerdo, en una mala respuesta que dio mi bizarro hermano a un caballero de prendas, (1) Véase a D.ª Blanca de los Ríos de Lampérez, Del Siglo de Oro; Madrid, 1910 (en el artículo “¿Estudió Cervantes en Salamanca?”, publicado anteriormente en La España Moderna de 1899).
INTRODUCCIÓN p. XXXVIII el cual, por satisfacerse, muy mal herido le deja. Ausentóse, y fuése a Italia, según después tuve nuevas.” Luego venimos en conocimiento de que en el tal Saavedra “su discreción igualaba con sus fuerzas”, y que era “de insignes costumbres y claro nombre”. Un episodio análogo a este del Gallardo español hay en el Persiles, donde Antonio el padre, a quien se califica de “español gallardo” (I, 44-20), refiere un lance semejante al declarar la historia de su vida y las causas de su forzosa partida de la patria. Trátase nuevamente de un duelo consiguiente a cierta “mala respuesta” dada por Antonio (I, 33-5) a un poderoso caballero, que sale malherido de la contienda. Pero ambos episodios difieren, porque en el Persiles se declara el agravio, que consistió en la arrogancia del caballero, el cual trató de vos a Antonio, que protesta ser hijo de sus obras y “de padres hidalgos”. Tentación grande se experimenta de relacionar los dos lances con un conocido documento, descubierto y publicado por Jerónimo Morán en su Vida de Cervantes (1863), según el cual, en Madrid, a 15 de setiembre de 1569, se dio Real provisión para prender a un Miguel de Cervantes: “Sepáis que por los alcaldes de nuestra casa y corte se
INTRODUCCIÓN p. XXXIX ha procedido y procedió en rebeldía contra un Miguel de Zervantes, ausente, sobre razón de haber dado ciertas heridas en esta corte a Antonio de Sigura, andante en esta corte, sobre lo cual el dicho Miguel de Zervantes por los dichos nuestros alcaldes fué condenado a que con vergüenza pública le fuese cortada la mano derecha, y en destierro de nuestros reinos por tiempo de diez años, y en otras penas contenidas en la dicha sentencia.” Cronológicamente, nada obsta a que este delincuente fuese nuestro Cervantes. Sábese que por octubre de 1568 debió de escribir en Madrid, con ocasión del fallecimiento de la reina, los versos que su maestro López de Hoyos publicó al siguiente año; pero no es conocida la residencia del futuro autor del Quijote desde 1568 hasta últimos de 1569. Cierto documento de suma importancia nos da a entender que en esta fecha se hallaba Cervantes en la corte romana (1). En 22 de diciembre de 1569 se practicó en Madrid una información sobre la limpieza de sangre de Miguel de Cervantes, siendo de notar dos interesantes circunstancias: en primer término, nada se dice acerca de que Cervantes se halle al servicio de Acquaviva, hecho que, de ser cierto, se habría mencionado en la petición, lo cual hace suponer (1) C. Pérez Pastor, Documentos cervantinos, II, 11.
INTRODUCCIÓN p. XL que Cervantes no salió de España con el futuro Cardenal; en segundo lugar, resulta evidente que a Cervantes le convenía probar la limpieza de su linaje, y a este efecto afirman los testigos, entre otras cosas, que los padres del primero “son habidos por buenos hidalgos”, como Antonio declara en el Persiles (1). Ahora bien: ¿no aparece posible que en el auténtico duelo, si tal hubo, el contrario de Cervantes, Antonio de Sigura, le afeara su linaje, tratándole de vos, por lo cual quiso aquél vengar la afrenta? ¿No es posible también que Cervantes, no habiendo podido justificarse antes de su precipitada fuga, desease hacerlo desde Roma, por lo cual solicitó la información susodicha? ¿Citaría Cervantes en el Persiles el nombre de Antonio, en recuerdo de semejante lance? Quizá, no atreviéndose a describir en términos más explícitos aquella imprudencia de su mocedad, limitóse a dar al gallardo español el nombre de su enemigo Antonio de Sigura. De todos modos, Cervantes (1) En el pleito de Gregorio Romano y Pero García, vecinos de Valladolid, con Rodrigo de Cervantes (el padre de Miguel), en 1552-3, uno de los testigos declara también, entre otros, que «los dichos licenciado Cervantes y Rodrigo de Cervantes que litiga, siempre los ha tenido en posesión de hombres hijos dalgo y caballeros, porque por tales los ha visto en el dicho tiempo tratar en la villa de Alcalá, y entre todos ser habidos e tenidos por tales hijos dalgo y caballeros, y siempre tener caballos, y justar y jugar cañas en la dicha villa de Alcalá y en la ciudad de Guadalajara». (Páginas 87-88 de los Nuevos documentos cervantinos..., recogidos y anotados por F. Rodríguez Marín; Madrid, 1914.)
INTRODUCCIÓN p. XLI regresó a España cuando habían transcurrido doce años desde la sentencia, y, dada la frecuencia de semejantes duelos, no es de suponer que nadie se acordara ya del lance. Enlácense o no tales episodios, nosotros nos limitamos a enunciar la posibilidad de tal relación con la partida de Cervantes para Italia (1). Otros incidentes de la vida de Antonio en el Persiles nos llevan a pensar que en la pintura de su carácter quiso Cervantes (como dice en El gallardo español) “mezclar verdades con fabulosos intentos”, recordando algunas de sus propias aventuras. Recién llegado Antonio a la casa paterna, donde, además de sus padres, viven sus hermanas, óyese alboroto de gente, y llevan allí a cierto conde mortalmente herido en una pendencia (II, 89 y siguientes). Acomodan al conde en un lecho, y Constanza y Auristela, haciendo de enfermeras, “no se quitaban de la cabecera del conde”. Éste hace donación de una espléndida dote a Constanza, y se casa con ella (1) No deja de ofrecer singular interés lo que Cervantes cuenta acerca del caso de Antonio en el Persiles: su contrario había muerto después de hacer las paces con el padre de Antonio y «se había averiguado que no fué afrenta la que Antonio le hizo» (II, 86, 87-14 y 89-4). ¿No sería también éste el caso del adversario de Cervantes? Algo de autobiográfico debe de tener igualmente el relato del mozo de La gitanilla que cuenta su desgracia (el duelo y la fuga); de otro modo, sería difícil explicar tantas alusiones a duelos y huídas.
INTRODUCCIÓN p. XLII antes de morir. Pues bien: harto conocido es el desgraciado suceso de la muerte de D. Gaspar de Ezpeleta en Valladolid: D. Gaspar, herido y moribundo, fué llevado a casa de Cervantes, y las mujeres de la familia de éste hicieron de enfermeras, sobre todo Magdalena de Cervantes, “que estuvo a su cabecera regalándole hasta el punto que murió” (1). En recompensa, D. Gaspar le regaló “un vestido de seda de la que ella quisiere, por el amor que la tiene”. No disponemos de suficiente espacio para puntualizar todos y cada uno de los pormenores del Persiles que pueden relacionarse con la biografía de Cervantes. Tales son: la historia de los cautivos fingidos, con su descripción de la ciudad de Argel, “gomia y tarasca de todas las riberas del mar Mediterráneo” (II, 101 y siguientes) (2); y el viaje de los peregrinos por España, Francia e Italia, que bien puede encerrar recuerdos de las andanzas del autor. Todo lo relativo al lugar de moriscos (II, 114 y siguientes), es análogo a otros dramáticos sucesos harto frecuentes por entonces en la costa de Valencia. * * * Fácil era sospechar que la influencia del Persiles (1) C. Pérez Pastor, Documentos cervantinos, II, 498. (2) Comp. C. Pérez Pastor, op. cit., I, 242.
INTRODUCCIÓN p. XLIII como novela no había de ser nunca de gran importancia. Sin embargo, en el teatro nacional fué imitada por Rojas Zorrilla en Persiles y Sigismunda, y, en el extranjero, John Fletcher, en su grosera farsa The Customs of the Country, utilizó dos o tres episodios del Persiles, como la historia de Transila y la del polaco Ortel Banedre, añadiendo de su propia cosecha lo que de ningún modo merece recuerdo en la historia literaria. En la esfera novelística, parece deber algo al Persiles la obra de Suárez de Mendoza Eustorgio y Clorilene (1629), novela donde la inspiración falta en absoluto, y que pertenece, como la Historia de Hipólito y Aminta (1627), de Francisco de Quintana, a la serie de libros cuyos autores siguieron la norma de la novela bizantina, pero sin arte ni originalidad. A los contemporáneos de Cervantes debió de agradarles el Persiles, a juzgar por las diez ediciones que siguieron a la primera en el siglo XVII, por las dos versiones francesas de 1618, por la traducción inglesa de 1619, por la italiana de 1626, y por algunos juicios de los escritores de aquel tiempo. Así, Pérez de Montalbán, en su Para todos (séptimo día de la semana), coloca a Persiles y Sigismunda entre los amantes cuyos amores fueron “mas celebrados”, junto a Orfeo y Eurídice, a Angélica y Medoro, y a los Amantes de Teruel. Después las opiniones se
INTRODUCCIÓN p. XLIV han dividido: unos, como Mayáns en su Retórica (1), entienden que “la historia fingida, si es larga, admite más episodios; pero no deben ser tantos, que por ellos desaparezca el asunto principal, como sucedió a Miguel de Cervantes Saavedra en su Persiles y Segismunda”; otros, como Luis Fernández-Guerra (2), juzgan que en ninguna otra obra se contiene “tesoro igual de aventuras y situaciones dramáticas, de experiencia y de filosofía, de máximas formuladas soberanamente, acabadas locuciones, giros y frases gallardos, ... descripciones llenas de verdad seductora y clarísima”. En rigor, el Persiles, obra de la ancianidad de Cervantes, es un encantador mosaico de recuerdos de sus lecturas y de su vida; pero su abigarrado carácter no era lo más a propósito para asegurarle duradero éxito. Disponiendo Cervantes de ancho campo para introducir los más fantásticos episodios, dejóse embriagar por la invención (como en la Galatea por la discreción y por la poesía), y quiso maravillar a toda costa, acumulando los más peregrinos lances. Según hemos observado, los mismos principios estéticos (1) Valencia, 1757; I, 348. (2) Don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza; Madrid, 1871; página 215. Acerca de las opiniones nacionales y extranjeras sobre el Persiles, véase a R. Schevill, Studies in Cervantes. I. «Persiles y Sigismunda» (en Modern Philology de julio 1906).
INTRODUCCIÓN p. XLV de Cervantes impedían que se aplaudiese el arte del Persiles. Pondera él como indispensable la “verisimilitud” de la historia; pero nunca pecó más contra ella, dejándose llevar por el ambiente romántico y hasta cierto punto místico de su relato. Tanto los personajes, como la tierra que pisan y las regiones que recorren, no pertenecen a este mundo. De vez en cuando, sin embargo, tropezamos con el verdadero Cervantes (1), y entonces hemos de admirar su claro lenguaje, sus nobles sentimientos, su levantado ánimo, en todo lo cual se transparenta una vida llena de “trabajos” sobrellevados pacientemente, y henchida de ilusiones que jamás llegaron a marchitarse. “No sería esperanza --nos dice-- aquella a que pidiesen contrastar y derribar infortunios, pues así como la luz resplandece más en las tinieblas, así la esperanza ha de estar más firme en los trabajos: que el desesperarse en ellos es acción de pechos cobardes, y no hay mayor pusilanimidad ni bajeza que entregarse el trabajado, por más que lo sea, a la desesperación”(I, 67). * * * Fundamos el texto de nuestra edición en la (1) Aludimos a los capítulos VIII (episodio de Tozuelo), X (historia de los fingidos cautivos) y XI (suceso de los moriscos) del tercer libro, que son de lo mejor escrito de la obra.
INTRODUCCIÓN p. XLVI madrileña de 1617, primera y única de importancia, reproduciendo la ortografía, modernizando la puntuación y anotando las erratas interesantes, según el sistema que hemos seguido en La Galatea (1). Conservamos, como en esta última hicimos, los acentos, casi siempre graves, del original, omitiéndolos únicamente en los casos que contravienen a nuestra regla de no admitirlos sino en vocablos homónimos de más de una silaba, para facilitar la lectura. El cotejo con las ediciones que salieron a luz inmediatamente después de la madrileña, como las de Pamplona, 1617; Lisboa, 1617; y Bruselas, 1618, revela escasas variantes, y no dignas de mención. Las observaciones que consideramos de interés, constan en las Notas. Desde luego rechazamos cierta edición fechada en 1617, contrahecha, al parecer, en el siglo XVIII, e impresa a dos columnas en mal papel. El ejemplar de la auténtica que hemos tomado por base, se conserva en la Biblioteca Nacional. Berkeley-Madrid, setiembre-octubre de 1914. (1) Véase nuestra edición, I, xxxiii.
LOS TRABAJOS DE PERSILES Y SIGISMUNDA, HISTORIA Septentrional POR MIGUEL DE CERVANTES Saavedra. DIRIGIDO A DON PEDRO FERNANDEZ DE Castro, Conde de Lemos, de Andrade, de Villalba; Marqués de Sarria, Gentilhombre de la Cámara de su Majestad, Presidente del Consejo supremo de Italia, Comendador de la Encomienda de la Zarza, de la Orden de Alcántara. Escudo del impresor: una mano, sobre la cual hay un halcón, puesto el capirote: Año debajo, un león echado; 1617 la leyenda dice: “Post tenebras spero lucem.” Con privilegio. En Madrid. Por Juan de la Cuesta. ________________________________________________________ A costa de Juan de Villarroel, mercader de libros en la Platería.
p. XLVIII
p. XLIX TASA Yo, Jerónimo Núñez de León, escribano de Cámara del rey nuestro señor, de los que en su Consejo residen, doy fe que, habiéndose visto por los señores del un libro intitulado Historia de los trabajos de Persiles y 5 Sigismunda, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, que con licencia de los dichos señores fue impreso, tasaron cada pliego de los del dicho libro a cuatro maravedís, y parece tener cincuenta y ocho pliegos, que al dicho respeto son doscientos y treinta y dos 10 maravedís, y a este precio mandaron se vendiese, y no a más, y que esta tasa se ponga al principio de cada libro de los que se imprimieren. Y para que de ello conste, de mandamiento de los dichos señores del Consejo, y de pedimiento de la parte del dicho Miguel de 15 Cervantes, doy esta fe. En Madrid, a veinte y tres de diciembre, de mil y seiscientos y diez y seis años. Jerónimo Núñez de León. Tiene cincuenta y ocho pliegos, que, a cuatro maravedís, monta seis reales y veinte y ocho maravedís. 20 FE DE ERRATAS Este libro, intitulado Historia de los trabajos de Persiles y Sigismunda, corresponde con su original. Dada en Madrid, a quince días del mes de diciembre, de mil y seiscientos y diez y seis años. 25 El licenciado Murcia de la Llan(i)a.
p. L EL REY Por cuanto por parte de vos, doña Catalina de Salazar, viuda de Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue fecha relación que el dicho Miguel de Cervantes había dejado compuesto un libro intitulado Los trabajos de 5 Persiles, en que había puesto mucho estudio y trabajo, y nos suplicasteis os mandásemos dar licencia para le poder imprimir, y privilegio por veinte años, o como la nuestra merced fuese, lo cual visto por los del nuestro Consejo, y como por su mandado se hicieron las 10 diligencias que la premática por nos últimamente fecha sobre la impresión de los libros dispone, fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos en la dicha razón, y nos tuvímoslo por bien. Por lo cual os damos licencia y facultad para que, por tiempo de 15 diez años primeros siguientes, que corran y se cuenten desde el día de la fecha de ella, vos, o la persona que vuestro poder hubiere, y no otro alguno, podáis imprimir y vender el dicho libro, que de suso se hace mención, por el original que en el nuestro Consejo se vio, 20 que va rubricado y firmado al fin de Jerónimo Núñez de León, nuestro escribano de Cámara de los que en él residen, con que, antes que se venda, lo traigáis ante ellos, juntamente con el dicho original, para que se vea si la dicha impresión está conforme a él, y traigáis fe 25 en pública forma en cómo por corrector por nos nombrado se vio y corrigió la dicha impresión por su original. Y mandamos al impresor que imprimiere el dicho libro, no imprima el principio y primer pliego, ni entregue más de un solo libro con el original al autor 30 o persona a cuya costa se imprimiere, y no otro alguno, para efecto de la dicha corrección y tasa, hasta que primero el dicho libro esté corregido y tasado por los del nuestro Consejo; y estando así, y no de otra manera,
p. LI pueda imprimir el dicho libro, principio y primer pliego, en el cual seguidamente se ponga esta licencia y privilegio, y la aprobación, tasa y erratas, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en la premática y leyes de nuestros reinos que sobre ello disponen. 5 Y mandamos que, durante el tiempo de los dichos diez años, persona alguna, sin vuestra licencia, no le pueda imprimir ni vender, so pena que, el que lo imprimiere, haya perdido y pierda todos y cualesquier libros, moldes y aparejos que del dicho libro tuviere, y más, 10 incurra en pena de cincuenta mil maravedís, la cual dicha pena sea la tercia parte para la nuestra cámara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y la otra tercia parte para la persona que lo denunciare. Y mandamos a los del nuestro Consejo, Presidentes y 15 Oidores de las nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles de la nuestra casa y corte, y cancillerías, y a todos los corregidores, asistentes, gobernadores, alcaldes mayores y ordinarios, y otros jueces y justicias cualesquier, de todas las ciudades, villas y lugares de los 20 nuestros reinos y señoríos, que vos guarden y cumplan esta nuestra cédula, y contra su tenor y forma no vayan ni pasen en manera alguna. Fecha en San Lorenzo, a veinte y cuatro días del mes de setiembre, de mil y seiscientos y diez y seis años. 25 YO EL REY Por mandado del rey nuestro señor, Pedro de Contreras. APROBACION Por mandado de vuesa alteza he visto el libro de Los 30 trabajos de Persiles, de Miguel de Cervantes Saavedra, ilustre hijo de nuestra nación, y padre ilustre de tantos buenos hijos con que dichosamente la ennobleció, y no hallo en él cosa contra nuestra santa fe católica y
p. LII buenas costumbres; antes, muchas de honesta y apacible recreación, y por él se podría decir lo que San Jerónimo de Orígenes por el comentario sobre los Cantares: Cum in omnibus omnes, in hoc seipsum superavit Orígenes, pues de cuantos nos dejó escritos, ninguno 5 es más ingenioso, más culto ni más entretenido; en fin, cisne de su buena vejez, casi entre los aprietos de la muerte, cantó este parto de su venerando ingenio. Este es mi parecer. Salvo, &c. En Madrid, a nueve de setiembre de mil y seiscientos y diez y seis años. 10 El Maestro Josef de Valdivieso.
p. LIII DE DON FRANCISCO DE URBINA a Miguel de Cervantes, insigne y cristiano ingenio de nuestros tiempos, a quien llevaron los Terceros de San Francisco a enterrar con la cara descubierta, como a Tercero que era. 5 EPITAFIO Caminante, el peregrino Cervantes aquí se encierra: su cuerpo cubre la tierra, no su nombre, que es divino. 10 En fin hizo su camino; pero su fama no es muerta, ni sus obras, prenda cierta de que pudo a la partida, desde ésta a la eterna vida, 15 ir la cara descubierta. AL SEPULCRO DE MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA, ingenio cristiano, por Luis Francisco Calderón. SONETO 20 En este, ¡oh caminante!, mármol breve, urna funesta, si no excelsa pira, cenizas de un ingenio santas mira, que olvido y tiempo a despreciar se atreve.
p. LIV No tantas en su orilla arenas mueve glorioso el Tajo, cuantas hoy admira lenguas la suya, por quien grata aspira al lauro España que a su nombre debe. Lucientes de sus libros gracias fueron, 5 con dulce suspensión, su estilo grave, religiosa invención, moral decoro. A cuyo ingenio los de España dieron la sólida opinión que el mundo sabe, y al cuerpo, ofrenda de perpetuo lloro. 10
p. LV A DON PEDRO FERNANDEZ DE CASTRO Conde de Lemos, de Andrade, de Villalba; Marqués de Sarria, Gentilhombre de la Cámara de su Majestad, Presidente del Consejo supremo 5 de Italia, Comendador de la Encomienda de la Zarza, de la Orden de Alcántara. Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: “Puesto ya el pie en el estribo”, 10 quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras las puedo comenzar, diciendo: “Puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, 15 gran señor, ésta te escribo.” Ayer me dieron la extremaunción, y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la
[DEDICATORIA] p. LVI vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a vuesa excelencia: que podría ser fuese tanto el contento de ver a vuesa excelencia bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero 5 si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, y, por lo menos, sepa vuesa excelencia este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle, que quiso pasar aun más allá de la muerte 10 mostrando su intención. Con todo esto, como en profecía, me alegro de la llegada de vuesa excelencia, regocíjome de verle señalar con el dedo, y realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas, dilatadas en la fama de las 15 bondades de vuesa excelencia. Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de las Semanas del jardín y del famoso Bernardo. Si a dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura, sino milagro, me diese el 20 cielo vida, las verá, y con ellas fin de La Galatea, de quien sé está aficionado vuesa excelencia; y con estas obras, continuando mi deseo, guarde Dios a vuesa excelencia como puede. De Madrid, a diez y nueve de abril de 25 mil y seiscientos y diez y seis años. Criado de vuesa excelencia, Miguel de Cervantes.
p. LVII PROLOGO Sucedió, pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes, y otra por sus ilustrísimos 5 vinos, sentí que a mis espaldas venía picando con gran prisa uno que, al parecer, traía deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces que no picásemos tanto. Esperámosle, y llegó sobre una borrica un estudiante 10 pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparas, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales; verdad es no traía más de dos, porque se le venía a un lado la valona por momentos, y él traía sumo 15 trabajo y cuenta de enderezarla. Llegando a nosotros, dijo: --¿Vuesas mercedes van a alcanzar algún oficio o prebenda a la corte, pues allá está Su Ilustrísima de Toledo y Su Majestad, ni más 20 ni menos, según la prisa con que caminan, que en verdad que a mi burra se le ha cantado el víctor de caminante más de una vez?
PROLOGO p. LVIII A lo cual respondió uno de mis compañeros: --El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa de esto, porque es algo que pasilargo. Apenas hubo oído el estudiante el nombre de 5 Cervantes, cuando, apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo, que con toda esta autoridad caminaba, arremetió a mí, y, acudiendo asirme de la mano izquierda, dijo: 10 --¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las Musas! Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía 15 no corresponder a ellas; y así, abrazándole por el cuello, donde le eché a perder de todo punto la valona, le dije: --Ese es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes; yo, señor, soy 20 Cervantes, pero no el regocijo de las Musas, ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho. Vuesa merced vuelva a cobrar su burra, y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino. 25 Hízolo así el comedido estudiante, tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo: 30 --Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que
PROLOGO p. LIX dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará, sin otra medicina alguna. --Eso me han dicho muchos --respondí yo--; 5 pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y, al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi 10 vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado. En esto, llegamos a la puente de Toledo, y yo 15 entré por ella, y él se apartó a entrar por la de Segovia. Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decirla, y yo mayor gana de escucharla. Tornéle a abrazar, volvióseme [a] ofrecer, picó a su burra, y 20 dejóme tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, a quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir donaires; pero no son todos los tiempos unos. Tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que 25 aquí me falta y lo que sé convenía. ¡A Dios, gracias; a Dios, donaires; a Dios, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!
p. 1 LIBRO PRIMERO DE LA HISTORIA DE LOS TRABAJOS DE PERSILES Y SIGISMUNDA 5 CAPITULO PRIMERO Voces daba el bárbaro Corsicurbo a la estrecha boca de una profunda mazmorra, antes sepultura que prisión de muchos cuerpos vivos que en ella estaban sepultados; y, aunque su 10 terrible y espantoso estruendo cerca y lejos se escuchaba, de nadie eran entendidas articuladamente las razones que pronunciaba, sino de la miserable Cloelia, a quien sus desventuras en aquella profundidad tenían encerrada. 15 --Haz, ¡oh Cloelia! --decía el bárbaro--, que, así como está, ligadas las manos atrás, salga acá arriba, atado a esa cuerda que descuelgo,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 2 aquel mancebo que habrá dos días que te entregamos; y mira bien si, entre las mujeres de la pasada presa, hay alguna que merezca nuestra compañía, y gozar de la luz del claro cielo que nos cubre y del aire saludable que nos rodea. 5 Descolgó en esto una gruesa cuerda de cáñamo, y, de allí a poco espacio, él y otros cuatro bárbaros tiraron hacia arriba, en la cual cuerda, ligado por debajo de los brazos, sacaron asido fuertemente a un mancebo, al parecer de hasta 10 diez y nueve o veinte años, vestido de lienzo basto, como marinero, pero hermoso sobre todo encarecimiento. Lo primero que hicieron los bárbaros, fue requerir las esposas y cordeles con que a las espaldas traía ligadas las manos; 15 luego le sacudieron los cabellos, que, como infinitos anillos de puro oro, la cabeza le cubrían; limpiáronle el rostro, que cubierto de polvo tenía, y descubrió una tan maravillosa hermosura, que suspendió y enterneció los pechos de aquellos 20 que para ser sus verdugos le llevaban. No mostraba el gallardo mozo en su semblante género de aflicción alguna; antes, con ojos, al parecer, alegres, alzó el rostro y miró al cielo por todas partes, y, con voz clara y no turbada 25 lengua, dijo: --Gracias os hago, ¡oh inmensos y piadosos cielos!, de que me habéis traído a morir adonde vuestra luz vea mi muerte, y no adonde estos oscuros calabozos, de donde ahora salgo, de 30 sombras caliginosas la cubran; bien querría yo no morir desesperado, a lo menos, porque soy
LIBRO I, CAPITULO I p. 3 cristiano; pero mis desdichas son tales, que me llaman y casi fuerzan a desearlo. Ninguna de estas razones fue entendida de los bárbaros, por ser dichas en diferente lenguaje que el suyo; y así, cerrando primero la boca de 5 la mazmorra con una gran piedra, y cogiendo al mancebo sin desatarle, entre los cuatro llegaron con él a la marina, donde tenían una balsa de maderos, y atados unos con otros con fuertes bejucos y flexibles mimbres. Este artificio 10 les servía, como luego pareció, de bajel, en que pasaban a otra isla que no dos millas o tres de allí se parecía. Saltaron luego en los maderos, y pusieron en medio de ellos, sentado, al prisionero, y luego uno de los bárbaros asió 15 de un grandísimo arco que en la balsa estaba, y, poniendo en el una desmesurada flecha, cuya punta era de pedernal, con mucha presteza le flechó, y, encarando al mancebo, le señaló por su blanco, dando señales y muestras de que ya 20 le quería pasar el pecho. Los bárbaros que quedaban, asieron de tres palos gruesos, cortados a manera de remos, y el uno se puso a ser timonero, y los dos a encaminar la balsa a la otra isla. El hermoso mozo, que por instantes 25 esperaba y temía el golpe de la flecha amenazadora, encogía los hombros, apretaba los labios, enarcaba las cejas, y, con silencio profundo, dentro en su corazón pedía al cielo, no que le librase de aquel tan cercano como cruel 30 peligro, sino que le diese ánimo para sufrirlo; viendo lo cual el bárbaro flechero, y sabiendo
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 4 que no había de ser aquél el género de muerte con que le habían de quitar la vida, hallando la belleza del mozo piedad en la dureza de su corazón, no quiso darle dilatada muerte, teniéndole siempre encarada la flecha al pecho; y así, 5 arrojó de sí el arco, y, llegándose a él, por señas, como mejor pudo, le dio a entender que no quería matarle. En esto estaban, cuando los maderos llegaron a la mitad del estrecho que las dos islas 10 formaban, en el cual de improviso se levantó una borrasca que, sin poder remediarlo los inexpertos marineros, los leños de la balsa se desligaron y dividieron en partes, quedando en la una, que sería de hasta seis maderos 15 compuesta, el mancebo, que de otra muerte que de ser anegado tan poco había que estaba temeroso. Levantaron remolinos las aguas; pelearon entre sí los contrapuestos vientos; anegáronse los bárbaros; salieron los leños del atado 20 prisionero al mar abierto; pasábanle las olas por cima, no solamente impidiéndole ver el cielo, pero negándole el poder pedirle tuviese compasión de su desventura. Y sí tuvo, pues las continuas y furiosas ondas, que a cada punto 25 le cubrían, no le arrancaron de los leños y se le llevaron consigo a su abismo: que, como llevaba atadas las manos a las espaldas, ni podía asirse, ni usar de otro remedio alguno. De esta manera que se ha dicho salió a lo raso del mar, 30 que se mostró algún tanto sosegado y tranquilo al volver una punta de la isla, adonde los leños
LIBRO I, CAPITULO I p. 5 milagrosamente se encaminaron y del furioso mar se defendieron. Sentóse el fatigado joven, y, tendiendo la vista a todas partes, casi junto a él descubrió un navío que en aquel reposo del alterado mar, como en seguro puerto, se 5 reparaba; descubrieron asimismo los del navío los maderos y el bulto que sobre ellos venía, y por certificarse qué podía ser aquello, echaron el esquife al agua, y llegaron a verlo, y hallando allí al tan desfigurado como hermoso mancebo, 10 con diligencia y lástima le pasaron a su navío, dando con el nuevo hallazgo admiración a cuantos en él estaban. Subió el mozo en brazos ajenos, y, no pudiendo tenerse en sus pies de puro flaco, porque había tres días que no había 15 comido, y de puro molido y maltratado de las olas, dio consigo un gran golpe sobre la cubierta del navío, el capitán del cual, con ánimo generoso y compasión natural, mandó que le socorriesen. Acudieron luego unos a quitarle las ataduras, 20 otros a traer conservas y odoríferos vinos, con cuyos remedios volvió en sí, como de muerte a vida, el desmayado mozo, el cual, poniendo los ojos en el capitán, cuya gentileza y rico traje le llevó tras sí la vista, y aun la lengua, 25 (y) le dijo: --Los piadosos cielos te paguen, piadoso señor, el bien que me has hecho, que mal se pueden llevar las tristezas del ánimo, si no se esfuerzan los descaecimientos del cuerpo. Mis 30 desdichas me tienen de manera, que no te puedo hacer ninguna recompensa de este beneficio, si no
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 6 es con el agradecimiento; y, si se sufre que un pobre afligido pueda decir de sí mismo alguna alabanza, yo sé que en ser agradecido ninguno en el mundo me podrá llevar alguna ventaja. Y en esto probó a levantarse, para ir a besarle 5 los pies; mas la flaqueza no se lo permitió, porque tres veces lo probó, y otras tantas volvió a dar consigo en el suelo; viendo lo cual, el capitán mandó que le llevasen debajo de cubierta y le echasen en dos traspontines, y que, 10 quitándole los mojados vestidos, le vistiesen otros enjutos y limpios, y le hiciesen descansar y dormir. Hízose lo que el capitán mandó; obedeció, callando, el mozo, y en el capitán creció la admiración de nuevo, viéndolo levantar en 15 pie, con la gallarda disposición que tenía, y luego le comenzó a fatigar el deseo de saber de él, lo más presto que pudiese, quién era, cómo se llamaba, y de qué causas había nacido el efecto que en tanta estrechez le había puesto; pero, 20 excediendo su cortesía a su deseo, quiso que primero se acudiese a su debilidad, que cumplir la voluntad suya.
p. 7 CAPITULO SEGUNDO del libro primero Reposando dejaron los ministros de la nave al mancebo, en cumplimiento de lo que su señor les había mandado; pero como le acosaban 5 varios y tristes pensamientos, no podía el sueño tomar posesión de sus sentidos, ni menos lo consintieron unos congojosos suspiros y unas angustiadas lamentaciones que a sus oídos llegaron, a su parecer, salidos de entre unas tablas 10 de otro apartamiento que junto al suyo estaba; y poniéndose con grande atención a escucharlas, oyó que decían: --En triste y menguado signo mis padres me engendraron, y en no benigna estrella mi madre 15 me arrojó a la luz del mundo; y bien digo arrojó, porque nacimiento como el mío, antes se puede decir arrojar que nacer. Libre pensé yo que gozara de la luz del sol en esta vida; pero engañóme mi pensamiento, pues me veo a pique 20 de ser vendida por esclava: desventura a quien ninguna puede compararse. --¡Oh tú, quienquiera que seas! --dijo a esta sazón el mancebo--. Si es, como decirse suele, que las desgracias y trabajos, cuando se comunican, 25 suelen aliviarse, llégate aquí, y, por entre
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 8 los espacios descubiertos de estas tablas, cuéntame los tuyos: que si en mí no hallares alivio, hallarás quien de ellos se compadezca. --Escucha, pues --le fue respondido--, que, en las más breves razones, te contaré las 5 sinrazones que la fortuna me ha hecho. Pero querría saber primero a quién las cuento. Dime si eres, por ventura, un mancebo que poco ha hallaron medio muerto en unos maderos que dicen sirven de barcos a unos bárbaros que están en esta 10 isla donde habemos dado fondo, reparándonos de la borrasca que se ha levantado. --El mismo soy --respondió el mancebo. --Pues, ¿quién eres? --preguntó la persona que hablaba. 15 --Dijératelo, si no quisiera que primero me obligaras con contarme tu vida, que, por las palabras que poco ha que te oí decir, imagino que no debe de ser tan buena como quisieras. A lo que le respondieron: 20 --Escucha, que en cifra te diré mis males. El capitán y señor de este navío se llama Arnaldo; es hijo heredero del rey de Dinamarca, a cuyo poder vino por diferentes y extraños acontecimientos una principal doncella, a quien yo tuve 25 por señora, a mi parecer, de tanta hermosura, que, entre las que hoy viven en el mundo, y entre aquellas que puede pintar en la imaginación el más agudo entendimiento, puede llevar la ventaja; su discreción iguala a su belleza, y sus 30 desdichas a su discreción y a su hermosura: su nombre es Auristela; sus padres, de linaje de
LIBRO I, CAPITULO II p. 9 reyes y de riquísimo estado. Esta, pues, a quien todas estas alabanzas vienen cortas, se vio vendida, y comprada de Arnaldo, y con tanto ahínco y con tantas veras la amó y la ama, que mil veces de esclava la quiso hacer su 5 señora, admitiéndola por su legítima esposa, y esto con voluntad del rey, padre de Arnaldo, que juzgó que las raras virtudes y gentileza de Auristela mucho más que ser reina merecían; pero ella se defendía, diciendo no ser posible 10 romper un voto que tenía hecho de guardar virginidad toda su vida, y que no pensaba quebrarle en ninguna manera, si bien la solicitasen promesas o la amenazasen muertes. Pero no por esto ha dejado Arnaldo de entretener sus 15 esperanzas con dudosas imaginaciones, arrimándolas a la variación de los tiempos y a la mudable condición de las mujeres, hasta que sucedió que, andando mi señora Auristela por la ribera del mar solazándose, no como esclava, 20 sino como reina, llegaron unos bajeles de corsarios, y la robaron y llevaron no se sabe adónde. El príncipe Arnaldo, imaginando que estos corsarios eran los mismos que la primera vez se la vendieron, --los cuales corsarios andan 25 por todos estos mares, ínsulas y riberas robando o comprando las más hermosas doncellas que hallan, para traerlas por granjería a vender a esta ínsula donde dicen que estamos, la cual es habitada de unos bárbaros, gente indómita y 30 cruel, los cuales tienen entre sí por cosa inviolable y cierta, persuadidos, o ya del demonio, o
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 10 ya de un antiguo hechicero a quien ellos tienen por sapientísimo varón, que de entre ellos ha de salir un rey que conquiste y gane gran parte del mundo; este rey que esperan no saben quién ha de ser, y, para saberlo, aquel hechicero les dio 5 esta orden: Que sacrificasen todos los hombres que a su ínsula llegasen, de cuyos corazones, digo, de cada uno de por sí, hiciesen polvos, y los diesen a beber a los bárbaros más principales de la ínsula, con expresa orden que, el que 10 los pasase sin torcer el rostro ni dar muestras de que le sabía mal, le alzasen por su rey; pero no ha de ser éste el que conquiste el mundo, sino un hijo suyo. También les mandó que tuviesen en la isla todas las doncellas que 15 pudiesen o comprar o robar, y que la más hermosa de ellas se la entregasen luego al bárbaro cuya sucesión valerosa prometía la bebida de los polvos. Estas doncellas compradas o robadas son bien tratadas de ellos, que sólo en esto 20 muestran no ser bárbaros, y las que compran son a subidísimos precios, que los pagan en pedazos de oro sin cuño y en preciosísimas perlas, de que los mares de las riberas de estas islas abundan; y a esta causa, llevados de este interés 25 y ganancia, muchos se han hecho corsarios y mercaderes.-- Arnaldo, pues, que, como te he dicho, ha imaginado que en esta isla podría ser que estuviese Auristela, mitad de su alma, sin la cual no puede vivir, ha ordenado, para 30 certificarse de esta duda, de venderme a mí a los bárbaros, porque, quedando yo entre ellos, sirva
LIBRO I, CAPITULO II p. 11 de espía de saber lo que desea, y no espera otra cosa sino que el mar se amanse, para hacer escala y concluir su venta. Mira, pues, si con razón me quejo, pues la ventura que me aguarda es venir a vivir entre bárbaros, que de 5 mi hermosura no me puedo prometer venir a ser reina, especialmente si la corta suerte hubiese traído a esta tierra a mi señora la sin par Auristela. De esta causa nacieron los suspiros que me has oído, y de estos temores las quejas que me 10 atormentan. Calló en diciendo esto, y al mancebo se le atravesó un ñudo en la garganta, pegó la boca con las tablas, que humedeció con copiosas lágrimas, y, al cabo de un pequeño espacio, le 15 preguntó si, por ventura, tenía algunos barruntos de que Arnaldo hubiese gozado de Auristela, o ya de que Auristela, por estar en otra parte prendada, desdeñase a Arnaldo y no admitiese tan gran dádiva como la de un reino, porque a él 20 le parecía que tal vez las leyes del gusto humano tienen más fuerza que las de la religión. Respondióle que, aunque ella imaginaba que el tiempo había podido dar a Auristela ocasión de querer bien a un tal Periandro, que la había 25 sacado de su patria, caballero generoso, dotado de todas las partes que le podían hacer amable de todos aquellos que le conociesen, nunca se le había oído nombrar en las continuas quejas que de sus desgracias daba al cielo, ni en otro 30 modo alguno. Preguntóle si conocía ella a aquel Periandro que decía. Díjole que no, sino que
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 12 por relación sabía ser el que llevó a su señora, a cuyo servicio ella había venido después que Periandro, por un extraño acontecimiento, la había dejado. En esto estaban, cuando de arriba llamaron a Taurisa, que éste era el nombre de 5 la que sus desgracias había contado, la cual, oyéndose llamar, dijo: --Sin duda alguna, el mar está manso y la borrasca quieta, pues me llaman para hacer de mí la desdichada entrega. A Dios te queda, quienquiera 10 que seas, y los cielos te libren de ser entregado para que los polvos de tu abrasado corazón testifiquen esta vanidad e impertinente profecía: que también estos insolentes moradores de esta ínsula buscan corazones que abrasar, 15 como doncellas que guardar para lo que procuran. Apartáronse; subió Taurisa a la cubierta; quedó el mancebo pensativo, y pidió que le diesen de vestir, que quería levantarse. Trajéronle un 20 vestido de damasco verde, cortado al modo del que él había traído de lienzo; subió arriba, recibióle Arnaldo con agradable semblante, sentóle junto a sí, vistieron a Taurisa rica y gallardamente, al modo que suelen vestirse las ninfas 25 de las aguas o las hamadríades de los montes. En tanto que esto se hacía, con admiración del mozo, Arnaldo le contó todos sus amores y sus intentos, y aun le pidió consejo de lo que haría, y le preguntó si los medios que ponía para saber 30 de Auristela iban bien encaminados. El mozo, que, del razonamiento que había tenido con
LIBRO I, CAPITULO II p. 13 Taurisa, y de lo que Arnaldo le contaba, tenía el alma llena de mil imaginaciones y sospechas, discurriendo con velocísimo curso del entendimiento lo que podía suceder si acaso Auristela entre aquellos bárbaros se hallase, le respondió: 5 --Señor, yo no tengo edad para saberte aconsejar; pero tengo voluntad, que me mueve a servirte, que la vida que me has dado, con el recibimiento y mercedes que me has hecho, me obligan a emplearla en tu servicio. Mi nombre 10 es Periandro, de nobilísimos padres nacido, y al par de mi nobleza corre mi desventura y mis desgracias, las cuales, por ser tantas, no conceden ahora lugar para contártelas. Esa Auristela que buscas, es una hermana mía que 15 también yo ando buscando, que, por varios acontecimientos, ha un año que nos perdimos. Por el nombre y por la hermosura que me encareces, conozco, sin duda, que es mi perdida hermana, que daría por hallarla, no sólo la vida que 20 poseo, sino el contento que espero recibir de haberla hallado, que es lo más que puedo encarecer; y así, como tan interesado en este hallazgo, voy escogiendo, [entre] otros muchos medios que en la imaginación fabrico, éste, que, 25 aunque venga a ser con más peligro de mi vida, será más cierto y más breve: tú, señor Arnaldo, ¿estás determinado de vender esta doncella a estos bárbaros, para que, estando en su poder, vea si está en el suyo Auristela, de que te 30 podrás informar volviendo otra vez a vender otra doncella a los mismos bárbaros, y a Taurisa no
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 14 le faltará modo, o dará señales si está o no Auristela con las demás que para el efecto que se sabe los bárbaros guardan y con tanta solicitud compran? --Así es la verdad --dijo Arnaldo--; y he 5 escogido antes a Taurisa que a otra, de cuatro que van en el navío para el mismo efecto, porque Taurisa la conoce, que ha sido su doncella. --Todo eso está muy bien pensado --dijo Periandro--; pero yo soy de parecer que 10 ninguna persona hará esa diligencia tan bien como yo, pues mi edad, mi rostro, el interés que se me sigue, juntamente con el conocimiento que tengo de Auristela, me está incitando a aconsejarme que tome sobre mis hombros esta 15 empresa. Mira, señor, si vienes en este parecer, y no lo dilates, que, en los casos arduos y dificultosos, en un mismo punto han de andar el consejo y la obra. Cuadráronle a Arnaldo las razones de Periandro, 20 y, sin reparar en algunos inconvenientes que se le ofrecían, las puso en obra, y, de muchos y ricos vestidos de que venía proveído, por si hallaba a Auristela, vistió a Periandro, que quedó, al parecer, la más gallarda y hermosa 25 mujer que hasta entonces los ojos humanos habían visto; pues, si no era la hermosura de Auristela, ninguna otra podía igualársele. Los del navío quedaron admirados; Taurisa, atónita; el príncipe, confuso; el cual, a no pensar que 30 era hermano de Auristela, el considerar que era varón, le traspasara el alma con la dura lanza
LIBRO I, CAPITULO II p. 15 de los celos, cuya punta se atreve a entrar por las del más agudo diamante: quiero decir que los celos rompen toda seguridad y recato, aunque de él se armen los pechos enamorados. Finalmente, hecho el metamorfosis de Periandro, se 5 hicieron un poco a la mar, para que de todo en todo de los bárbaros fuesen descubiertos. La prisa con que Arnaldo quiso saber de Auristela, no consintió en que preguntase primero a Periandro quién eran él y su hermana, y 10 por qué trances habían venido al miserable en que le había hallado: que todo esto, según buen discurso, había de preceder a la confianza que de él hacía; pero como es propia condición de los amantes ocupar los pensamientos, antes en buscar 15 los medios de alcanzar el fin de su deseo, que en otras curiosidades, no le dio lugar a que preguntase lo que fuera bien que supiera, y lo que supo después, cuando no le estuvo bien el saberlo. Alongados, pues, un tanto de la isla, 20 como se ha dicho, adornaron la nave con flámulas y gallardetes, que ellos azotando el aire, y ellas besando las aguas, hermosísima vista hacían; el mar tranquilo, el cielo claro, el son de las chirimías y de otros instrumentos, tan 25 bélicos como alegres, suspendían los ánimos; y los bárbaros, que de no muy lejos lo miraban, quedaron más suspensos, y en un momento coronaron la ribera, armados de arcos y saetas de la grandeza que otra vez se ha dicho. Poco menos 30 de una milla llegaba la nave a la isla, cuando, disparando toda la artillería, que traía mucha y
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 16 gruesa, arrojó el esquife al agua, y entrando en él Arnaldo, Taurisa y Periandro, y otros seis marineros, pusieron en una lanza un lienzo blanco, señal de que venían de paz, como es costumbre casi en todas las naciones de la 5 tierra; y lo que en ésta les sucedió, se cuenta en el capítulo que se sigue.
p. 17 CAPITULO TERCERO del primer libro Como se iba acercando el barco a la ribera, se iban apiñando los bárbaros, cada uno deseoso de saber, primero que viese, lo que en él 5 venía; y, en señal que lo recibirían de paz, y no de guerra, sacaron muchos lienzos y los campearon por el aire, tiraron infinitas flechas al viento, y, con increíble ligereza, saltaban algunos de unas partes en otras. No pudo llegar el 10 barco a bordas con la tierra, por ser la mar baja, que en aquellas partes crece y mengua como en las nuestras; pero los bárbaros, hasta cantidad de veinte, se entraron a pie por la mojada arena, y llegaron a él casi a tocarse con las 15 manos. Traían sobre los hombros a una mujer bárbara, pero de mucha hermosura, la cual, antes que otro alguno hablase, dijo en lengua polaca: --A vosotros, quienquiera que seáis, pide 20 nuestro príncipe, o, por mejor decir, nuestro gobernador, que le digáis quién sois, a qué venís y qué es lo que buscáis. Si, por ventura, traéis alguna doncella que vender, se os será muy bien pagada; pero si son otras mercancías, 25 las vuestras no las hemos menester, porque en
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 18 esta nuestra isla, merced al cielo, tenemos todo lo necesario para la vida humana, sin tener necesidad de salir a otra parte a buscarlo. Entendióla muy bien Arnaldo, y preguntóle si era bárbara de nación, o si acaso era de las 5 compradas en aquella isla, a lo que le respondió: --Respóndeme tú a lo que he preguntado, que estos mis amos no gustan que en otras pláticas me dilate sino en aquellas que hacen al 10 caso para su negocio. Oyendo lo cual, Arnaldo respondió: --Nosotros somos naturales del reino de Dinamarca, usamos el oficio de mercaderes y de corsarios, trocamos lo que podemos, vendemos 15 lo que nos compran, y despachamos lo que hurtamos; y, entre otras presas que a nuestras manos han venido, ha sido la de esta doncella --y señaló a Periandro--, la cual, por ser una de las más hermosas, o, por mejor decir, la más 20 hermosa del mundo, os la traemos a vender, que ya sabemos el efecto para que las compran en esta isla; y si es que ha de salir verdadero el vaticinio que vuestros sabios han dicho, bien podéis esperar, de esta sin igual belleza y 25 disposición gallarda, que os dará hijos hermosos y valientes. Oyendo esto algunos de los bárbaros, preguntaron a la bárbara les dijese lo que decía; díjolo ella, y al momento se partieron cuatro 30 de ellos, y fueron, a lo que pareció, a dar aviso a su gobernador. En este espacio que volvían,
LIBRO I, CAPITULO III p. 19 preguntó Arnaldo a la bárbara si tenían algunas mujeres compradas en la isla, y si había alguna entre ellas de belleza tanta, que pudiese igualar a la que ellos traían para vender. --No --dijo la bárbara--; porque, aunque hay 5 muchas, ninguna de ellas se me iguala, porque, en efecto, yo soy una de las desdichadas para ser reina de estos bárbaros, que sería la mayor desventura que me pudiese venir. Volvieron los que habían ido a la tierra, y con 10 ellos otros muchos y su príncipe, que lo mostró ser en el rico adorno que traía. Habíase echado sobre el rostro un delgado y trasparente velo Periandro, por dar de improviso, como rayo, con la luz de sus ojos en los de aquellos bárbaros, 15 que con grandísima atención le estaban mirando. Habló el gobernador con la bárbara, de que resultó que ella dijo a Arnaldo que su príncipe decía que mandase alzar el velo a su doncella. Hízose así: levantóse en pie Periandro, descubrió 20 el rostro, alzó los ojos al cielo, mostró dolerse de su ventura, extendió los rayos de sus dos soles a una y otra parte, que, encontrándose con los del bárbaro capitán, dieron con él en tierra; a lo menos, así lo dio a entender el 25 hincarse de rodillas, como se hincó, adorando a su modo en la hermosa imagen, que pensaba ser mujer; y, hablando con la bárbara, en pocas razones concertó la venta, y dio por ella todo lo que quiso pedir Arnaldo, sin replicar palabra 30 alguna. Partieron todos los bárbaros a la isla; en un instante volvieron con infinitos pedazos
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 20 de oro y con luengas sartas de finísimas perlas, que sin cuenta y a montón confuso se las entregaron a Arnaldo, el cual, luego, tomando de la mano a Periandro, le entregó al bárbaro, y dijo a la intérprete dijese a su dueño que 5 dentro de pocos días volvería a venderle otra doncella, si no tan hermosa, a lo menos, tal que pudiese merecer ser comprada. Abrazó Periandro a todos los que en el barco venían, casi preñados los ojos de lágrimas, que no le nacían de corazón 10 afeminado, sino de la consideración de los rigurosos trances que por él habían pasado; hizo señal Arnaldo a la nave que disparase la artillería, y el bárbaro a los suyos que tocasen sus instrumentos, y en un instante atronó el cielo la 15 artillería y la música de los bárbaros, [y] llenaron los aires de confusos y diferentes sones. Con este aplauso, llevado en hombros de los bárbaros, puso los pies en tierra Periandro, llegó a su nave Arnaldo y los que con él venían, quedando 20 concertado entre Periandro y Arnaldo que, si el viento no le forzase, procuraría no desviarse de la isla sino lo que bastase para no ser de ella descubierto, y volver a ella a vender, si fuese necesario, a Taurisa, que, con la seña 25 que Periandro le hiciese, se sabría el sí o el no del hallazgo de Auristela; y, en caso que no estuviese en la isla, no faltaría traza para libertar a Periandro, aunque fuese moviendo guerra a los bárbaros con todo su poder y el de sus 30 amigos.
p. 21 CAPITULO CUARTO del libro primero Entre los que vinieron a concertar la compra de la doncella, vino con el capitán un bárbaro llamado Bradamiro, de los más valientes y más 5 principales de toda la isla, menospreciador de toda ley, arrogante sobre la misma arrogancia, y atrevido tanto como él mismo, porque no se halla con quién compararlo. Este, pues, desde el punto que vio a Periandro, creyendo ser mujer, 10 como todos lo creyeron, hizo designio en su pensamiento de escogerla para sí, sin esperar a que las leyes del vaticinio se probasen o cumpliesen. Así como puso los pies en la ínsula Periandro, muchos bárbaros, a porfía, le tomaron 15 en hombros, y, con muestras de infinita alegría, le llevaron a una gran tienda que, entre otras muchas pequeñas, en un apacible y deleitoso prado estaban puestas, todas cubiertas de pieles de animales, cuáles domésticos, cuáles 20 selváticos. La bárbara que había servido de intérprete de la compra y venta, no se le quitaba del lado, y con palabras y en lenguaje que él no entendía, le consolaba. Ordenó luego el gobernador que pasasen a 25 la ínsula de la prisión y trajesen de ella algún
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 22 varón, si le hubiese, para hacer la prueba de su engañosa esperanza. Fue obedecido al punto, y, al mismo instante, tendieron por el suelo pieles curtidas, olorosas, limpias y lisas, de animales, para que de manteles sirviesen, sobre las cuales 5 arrojaron y tendieron, sin concierto ni policía alguna, diversos géneros de frutas secas, y, sentándose él y algunos de los principales bárbaros que allí estaban, comenzó a comer y a convidar por señas a Periandro que lo mismo hiciese. 10 Sólo se quedó en pie Bradamiro, arrimado a su arco, clavados los ojos en la que pensaba ser mujer; rogóle el gobernador se sentase, pero no quiso obedecerle: antes, dando un gran suspiro, volvió las espaldas y se salió de la tienda. 15 En esto llegó un bárbaro que dijo al capitán que, al tiempo que habían llegado él y otros cuatro para pasar a la prisión, llegó a la marina una balsa, la cual traía un varón y a la mujer guardiana de la mazmorra, cuyas nuevas pusieron 20 fin a la comida, y levantándose el capitán, con todos los que allí estaban, acudió a ver la balsa. Quiso acompañarle Periandro, de lo que él fue muy contento. Cuando llegaron, ya estaban en tierra el 25 prisionero y la custodia. Miró atentamente Periandro, por ver si por ventura conocía al desdichado a quien su corta suerte había puesto en el mismo extremo en que él se había visto; pero no pudo verle el rostro de lleno en lleno, a causa que 30 tenía inclinada la cabeza, y, como de industria, parecía que no dejaba verse de nadie; pero no
LIBRO I, CAPITULO IV p. 23 dejó de conocer a la mujer que decían ser guardiana de la prisión, cuya vista y conocimiento le suspendió el alma y le alborotó los sentidos, porque claramente, y sin poner duda en ello, conoció ser Cloelia, ama de su querida Auristela. 5 Quisiérala hablar, pero no se atrevió, por no entender si acertaría o no en ello; y así, reprimiendo su deseo como sus labios, estuvo esperando en lo que pararía semejante acontecimiento. El gobernador, con deseo de apresurar sus 10 pruebas y dar feliz compañía a Periandro, mandó que al momento se sacrificase aquel mancebo, de cuyo corazón se hiciesen los polvos de la ridícula y engañosa prueba. Asieron al momento del mancebo muchos bárbaros, sin más 15 ceremonias que atarle un lienzo por los ojos; le hicieron hincar de rodillas, atándole por atrás las manos, el cual, sin hablar palabra, como un manso cordero, esperaba el golpe que le había de quitar la vida; visto lo cual por la antigua 20 Cloelia, alzó la voz, y, con más aliento que de sus muchos años se esperaba, comenzó a decir: --Mira, ¡oh gran gobernador!, lo que haces, porque ese varón que mandas sacrificar, no lo es, ni puede aprovechar ni servir en cosa 25 alguna a tu intención, porque es la más hermosa mujer que puede imaginarse. Habla, hermosísima Auristela, y no permitas, llevada de la corriente de tus desgracias, que te quiten la vida, poniendo tasa a la providencia de los 30 cielos, que te la pueden guardar y conservar para que felizmente la goces.
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 24 A estas razones, los crueles bárbaros detuvieron el golpe, que ya ya la sombra del cuchillo se señalaba en la garganta del arrodillado. Mandó el capitán desatarle, y dar libertad a las manos y luz a los ojos, y, mirándole con atención, le 5 pareció ver el más hermoso rostro de mujer que hubiese visto, y juzgó, aunque bárbaro, que, si no era el de Periandro, ninguno otro en el mundo podría igualársele. ¡Qué lengua podrá decir, o qué pluma escribir, lo que sintió Periandro cuando 10 conoció ser Auristela la condenada y la libre! Quitósele la vista de los ojos, cubriósele el corazón, y, con pasos torcidos y flojos, fue a abrazarse con Auristela, a quien dijo, teniéndola estrechamente entre sus brazos: 15 --¡Oh querida mitad de mi alma, oh firme columna de mis esperanzas, oh prenda, que no sé si diga por mi bien o por mi mal hallada, aunque no será sino por bien, pues de tu vista no puede proceder mal ninguno! Ves aquí a tu 20 hermano Periandro. Y esta razón dijo con voz tan baja, que de nadie pudo ser oída, y prosiguió diciendo: --Vive, señora y hermana mía, que en esta isla no hay muerte para las mujeres, y no quieras 25 tú para contigo ser más cruel que sus moradores; confía en los cielos, que, pues te han librado hasta aquí de los infinitos peligros en que te debes de haber visto, te librarán de los que se pueden temer de aquí adelante. 30 --¡Ay, hermano --respondió Auristela, que era la misma que por varón pensaba ser
LIBRO I, CAPITULO IV p. 25 sacrificada--; ay, hermano --replicó otra vez--, y cómo creo que éste en que nos hallamos ha de ser el último trance que de nuestras desventuras puede temerse! Suerte dichosa ha sido el hallarte; pero desdichada ser en tal lugar y en 5 semejante traje. Lloraban entrambos, cuyas lágrimas vio el bárbaro Bradamiro, y creyendo que Periandro las vertía del dolor de la muerte de aquel que pensó ser su conocido, pariente o amigo, determinó 10 de libertarle, aunque se pusiese a romper por todo inconveniente; y así, llegándose a los dos, asió de la una mano a Auristela, y de la otra a Periandro, y, con semblante amenazador y ademán soberbio, en alta voz dijo: 15 --Ninguno sea osado, si es que estima en algo su vida, de tocar a estos dos, aun en un solo cabello; esta doncella es mía, porque yo la quiero, y este hombre ha de ser libre, porque ella lo quiere. 20 Apenas hubo dicho esto, cuando el bárbaro gobernador, indignado e impaciente sobremanera, puso una grande y aguda flecha en el arco, y, desviándole de sí cuanto pudo extenderse el brazo izquierdo, puso la empulguera 25 con el derecho junto al diestro oído, y disparó la flecha con tan buen tino y con tanta furia, que en un instante llegó a la boca de Bradamiro, y se la cerró, quitándole el movimiento de la lengua y sacándole el alma, con que dejó 30 admirados, atónitos y suspensos a cuantos allí estaban. Pero no hizo tan a su salvo el tiro, tan
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 26 atrevido como certero, que no recibiese por el mismo estilo la paga de su atrevimiento, porque un hijo de Corsicurbo el bárbaro, que se ahogó en el pasaje de Periandro, pareciéndole ser más ligeros sus pies que las flechas de su 5 arco, en dos brincos se puso junto al capitán, y, alzando el brazo, le envainó en el pecho un puñal que, aunque de piedra, era más fuerte y agudo que si de acero forjado fuera. Cerró el capitán en sempiterna noche los ojos, y dio con 10 su muerte venganza a la de Bradamiro, alborotó los pechos y los corazones de los parientes de entrambos, puso las armas en las manos de todos, y, en un instante, incitados de la venganza y cólera, comenzaron a enviar muertes en las 15 flechas de unas partes a otras; acabadas las flechas, como no se acabaron las manos ni los puñales, arremetieron los unos a los otros, sin respetar el hijo al padre, ni el hermano al hermano: antes, como si de muchos tiempos atrás 20 fueran enemigos mortales por muchas injurias recibidas, con las uñas se despedazaban, y con los puñales se herían, sin haber quien los pusiese en paz. Entre estas flechas, entre estas heridas, entre 25 estos golpes y entre estas muertes, estaban juntos la antigua Cloelia, la doncella intérprete, Periandro y Auristela, todos apiñados, y todos llenos de confusión y de miedo. En mitad de esta furia, llevados en vuelo algunos bárbaros de los 30 que debían de ser de la parcialidad de Bradamiro, se desviaron de la contienda y fueron a
LIBRO I, CAPITULO IV p. 27 poner fuego a una selva que estaba allí cerca, como a hacienda del gobernador; comenzaron a arder los árboles, y a favorecer la ira el viento, que, aumentando las llamas y el humo, todos temieron ser ciegos y abrasados. Llegábase la 5 noche, que, aunque fuera clara, se oscureciera, cuanto más siendo oscura y tenebrosa; los gemidos de los que morían, las voces de los que amenazaban, los estallidos del fuego, no en los corazones de los bárbaros ponían miedo alguno, 10 porque estaban ocupados con la ira y la venganza: poníanle, sí, en los de los miserables apiñados, que no sabían qué hacerse, adónde irse o cómo valerse, y, en esta sazón tan confusa, no se olvidó el cielo de socorrerles, por tan extraña 15 novedad, que la tuvieron por milagro. Ya casi cerraba la noche, y, como se ha dicho, oscura y temerosa, y solas las llamas de la abrasada selva daban luz bastante para divisar las cosas, cuando un bárbaro mancebo se llegó a Periandro, 20 y, en lengua castellana, que de él fue bien entendida, le dijo: --Sígueme, hermosa doncella, y di que hagan lo mismo las personas que contigo están, que yo os pondré en salvo, si los cielos me ayudan. 25 No le respondió palabra Periandro, sino hizo que Auristela, Cloelia y la intérprete se animasen y, le siguiesen; y así, pisando muertos y hollando armas, siguieron al joven bárbaro que les guiaba. Llevaban las llamas de la ardiente 30 selva a las espaldas, que les servían de viento que el paso les aligerase. Los muchos años de
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 28 Cloelia y los pocos de Auristela, no permitían que al paso de su guía tendiesen el suyo, viendo lo cual el bárbaro, robusto y de fuerzas, asió de Cloelia y se la echó al hombro, y Periandro hizo lo mismo de Auristela; la intérprete, menos 5 tierna, más animosa, con varonil brío los seguía. De esta manera, cayendo y levantando, como decirse suele, llegaron a la marina, y habiendo andado como una milla por ella, hacia la banda del norte, se entró el bárbaro por una espaciosa 10 cueva, en quien la saca del mar entraba y salía. Pocos pasos anduvieron por ella, torciéndose a una y otra parte, estrechándose en una y alargándose en otra, ya agazapados, ya inclinados, ya agobiados al suelo, y ya en pie y derechos, 15 hasta que salieron, a su parecer, a un campo raso, pues les pareció que podían libremente enderezarse, que así se lo dijo su guiador, no pudiendo verlo ellos por la oscuridad de la noche y porque las luces de los encendidos 20 montes, que entonces con más rigor ardían, allí llegar no podían. --¡Bendito sea Dios --dijo el bárbaro en la misma lengua castellana--, que nos ha traído a este lugar, que, aunque en él se puede temer 25 algún peligro, no será de muerte! En esto vieron que hacia ellos venía corriendo una gran luz, bien así como cometa, o, por mejor decir, exhalación que por el aire camina. Esperáranla con temor, si el bárbaro no 30 dijera: --Este es mi padre, que viene a recibirme.
LIBRO I, CAPITULO IV p. 29 Periandro, que, aunque no muy despiertamente, sabía hablar la lengua castellana, le dijo: --El cielo te pague, ¡oh ángel humano, o quienquiera que seas!, el bien que nos has hecho, que, aunque no sea otro que el dilatar 5 nuestra muerte, lo tenemos por singular beneficio. Llegó en esto la luz, que la traía uno, al parecer bárbaro, cuyo aspecto la edad de poco más de cincuenta años le señalaba. Llegando, puso la luz en tierra, que era un grueso palo de tea, 10 y a brazos abiertos se fue a su hijo, a quien preguntó en castellano que qué le había sucedido que con tal compañía volvía. --Padre --respondió el mozo--, vamos a nuestro rancho, que hay muchas cosas que decir y 15 muchas más que pensar: la isla se abrasa; casi todos los moradores de ella quedan hechos ceniza o medio abrasados; estas pocas reliquias que aquí veis, por impulso del cielo las he hurtado a las llamas y al filo de los bárbaros puñales. 20 Vamos, señor, como tengo dicho, a nuestro rancho, para que la caridad de mi madre y de mi hermana se muestre y ejercite en acariciar a estos mis cansados y temerosos huéspedes. Guió el padre; siguiéronle todos; animóse 25 Cloelia, pues caminó a pie; no quiso dejar Periandro la hermosa carga que llevaba, por no ser posible que le diese pesadumbre, siendo Auristela único bien suyo en la tierra. Poco anduvieron, cuando llegaron a una altísima peña, 30 al pie de la cual descubrieron un anchísimo espacio o cueva, a quien servían de techo y de
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 30 paredes las mismas peñas. Salieron, con teas encendidas en las manos, dos mujeres vestidas al traje bárbaro: la una muchacha de hasta quince años, y la otra hasta treinta; ésta hermosa, pero la muchacha hermosísima. La una dijo: 5 --¡Ay, padre y hermano mío! Y la otra no dijo más sino: --¡Seáis bien venido, regalado hijo de mi alma! La intérprete estaba admirada de oír hablar 10 en aquella parte, y a mujeres que parecían bárbaras, otra lengua de aquella que en la isla se acostumbraba; y cuando les iba a preguntar qué misterio tenía saber ellas aquel lenguaje, lo estorbó mandar el padre a su esposa y a su 15 hija que aderezasen con lanudas pieles el suelo de la inculta cueva. Ellas le obedecieron, arrimando a las paredes las teas; en un instante, solícitas y diligentes, sacaron de otra cueva que más adentro se hacía pieles de cabras y ovejas 20 y de otros animales, con que quedó el suelo adornado y se reparó el frío, que comenzaba a fatigarles.
p. 31 CAPITULO QUINTO De la cuenta que dio de sí el bárbaro español a sus nuevos huéspedes. Presta y breve fue la cena; pero, por cenarla sin sobresalto, la hizo sabrosa. Renovaron las 5 teas, y, aunque quedó ahumado el aposento, quedó caliente. Las vajillas que en la cena sirvieron, ni fueron de plata ni de Pisa: las manos de la bárbara y bárbaro pequeños fueron los platos, y unas cortezas de árboles, un poco más 10 agradables que de corcho, fueron los vasos. Quedóse Candia lejos, y sirvió en su lugar agua pura, limpia y frigidísima. Quedóse dormida Cloelia, porque los luengos años más amigos son del sueño que de otra cualquiera conversación, 15 por gustosa que sea; acomodóla la bárbara grande en el segundo apartamiento, haciéndole de pieles así colchones como frazadas; volvió a sentarse con los demás, a quien el español dijo en lengua castellana de esta manera: 20 --Puesto que estaba en razón que yo supiera primero, señores míos, algo de vuestra hacienda y sucesos antes que os dijera los míos, quiero, por obligaros, que los sepáis, porque los vuestros no se me encubran después que los míos 25 hubiereis oído. Yo, según la buena suerte quiso, nací en España, en una de las mejores
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 32 provincias de ella; echáronme al mundo padres medianamente nobles; criáronme como ricos; llegué a las puertas de la Gramática, que son aquéllas por donde se entra a las demás ciencias; inclinóme mi estrella, si bien en parte a las 5 letras, mucho más a las armas; no tuve amistad en mis verdes años ni con Ceres ni con Baco, y así, en mí siempre estuvo Venus fría. Llevado, pues, de mi inclinación natural, dejé mi patria, y fuime a la guerra que entonces la 10 majestad del César Carlos Quinto hacía en Alemania contra algunos potentados de ella. Fueme Marte favorable, alcancé nombre de buen soldado, honróme el emperador, tuve amigos, y, sobre todo, aprendí a ser liberal y bien criado, que 15 estas virtudes se aprenden en la escuela del Marte cristiano. Volví a mi patria, honrado y rico, con propósito de estarme en ella algunos días gozando de mis padres, que aún vivían, y de los amigos que me esperaban; pero esta que 20 llaman fortuna, que yo no sé lo que se sea, envidiosa de mi sosiego, volviendo la rueda que dicen que tiene, me derribó de su cumbre, adonde yo pensé que estaba puesto, al profundo de la miseria en que me veo, tomando por instrumento 25 para hacerlo a un caballero, hijo segundo de un titulado que junto a mi lugar el de su Estado tenía. ”Éste, pues, vino a mi pueblo a ver unas fiestas; estando en la plaza en una rueda o corro 30 de hidalgos y caballeros, donde yo también hacía número, volviéndose a mí, con ademán
LIBRO I, CAPITULO V p. 33 arrogante y risueño me dijo: “Bravo estáis, señor Antonio; mucho le ha aprovechado la plática de Flandes y de Italia, porque en verdad que está bizarro; y sepa el buen Antonio que yo le quiero mucho.” Yo le respondí 5 --porque yo soy aquel Antonio--: “Beso a vuesa señoría las manos mil veces por la merced que me hace; en fin, vuesa señoría hace como quien es en honrar a sus compatriotas y servidores; pero, con todo eso, quiero que vuesa señoría 10 entienda que las galas yo me las llevé de mi tierra a Flandes, y con la buena crianza nací del vientre de mi madre; así que, por esto, ni merezco ser alabado, ni vituperado; y, con todo, bueno o malo que yo sea, soy muy servidor de 15 vuesa señoría, a quien suplico me honre como merecen mis buenos deseos.” Un hidalgo que estaba a mi lado, grande amigo mío, me dijo, y no tan bajo, que no lo pudo oír el caballero: “Mirad, amigo Antonio, cómo habláis, que al 20 señor don Fulano no le llamamos acá señoría.” A lo que respondió el caballero antes que yo respondiese: “El buen Antonio habla bien, porque me trata al modo de Italia, donde, en lugar de merced, dicen señoría.” “Bien sé --dije 25 yo-- los usos y las ceremonias de cualquiera buena crianza; y el llamar a vuesa señoría Señoría, no es al modo de Italia, sino porque entiendo que el que me ha de llamar vos ha de ser señoría a modo de España; y yo, por ser hijo 30 de mis obras y de padres hidalgos, merezco el merced de cualquier señoría; y quien otra cosa
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 34 dijere --y esto echando mano a mi espada-- está muy lejos de ser bien criado.” Y, diciendo y haciendo, le di dos cuchilladas en la cabeza muy bien dadas, con que le turbé de manera que no supo lo que le había acontecido, ni hizo 5 cosa en su desagravio que fuese de provecho, y yo sustenté la ofensa, estándome quedo con mi espada desnuda en la mano; pero, pasándosele la turbación, puso mano a su espada, y, con gentil brío, procuró vengar su injuria; mas 10 yo no le dejé poner en efecto su honrada determinación, ni a él la sangre que le corría de la cabeza, de una de las dos heridas. Alborotáronse los circunstantes, pusieron mano contra mí, retiréme a casa de mis padres, contéles el caso, 15 y, advertidos del peligro en que estaba, me proveyeron de dineros y de un buen caballo, aconsejándome a que me pusiese en cobro, porque me había granjeado muchos, fuertes y poderosos enemigos. Hícelo así, y en dos días pisé la 20 raya de Aragón, donde respiré algún tanto de mi no vista prisa. En resolución, con poco menos diligencia me puse en Alemania, donde volví a servir al emperador; allí me avisaron que mi enemigo me buscaba, con otros muchos, 25 para matarme del modo que pudiese; temí este peligro, como era razón que lo temiese; volvíme a España, porque no hay mejor asilo que el que promete la casa del mismo enemigo; vi a mis padres de noche; tornáronme a proveer 30 de dineros y joyas, con que vine a Lisboa, y me embarqué en una nave que estaba con las
LIBRO I, CAPITULO V p. 35 velas en alto para partirse en Inglaterra, en la cual iban algunos caballeros ingleses que habían venido, llevados de su curiosidad, a ver a España, y habiéndola visto toda, o, por lo menos, las mejores ciudades de ella, se volvían a 5 su patria. ”Sucedió, pues, que yo me revolví sobre una cosa de poca importancia con un marinero inglés, a quien fue forzoso darle un bofetón; llamó este golpe la cólera de los demás marineros y 10 de toda la chusma de la nave, que comenzaron a tirarme todos los instrumentos arrojadizos que les vinieron a las manos; retiréme al castillo de popa, y tomé por defensa a uno de los caballeros ingleses, poniéndome a sus espaldas, cuya 15 defensa me valió de modo, que no perdí luego la vida. Los demás caballeros sosegaron la turba, pero fue con condición que me arrojasen a la mar o que me diesen el esquife o barquilla de la nave, en que me volviese a España o 20 adonde el cielo me llevase. Hízose así: diéronme la barca, proveída con dos barriles de agua, uno de manteca y alguna cantidad de bizcocho; agradecí a mis valedores la merced que me hacían; entré en la barca con solos dos 25 remos; alargóse la nave; vino la noche oscura; halléme solo en la mitad de la inmensidad de aquellas aguas, sin tomar otro camino que aquel que le concedía el no contrastar contra las olas ni contra el viento; alcé los ojos al cielo; 30 encomendéme a Dios con la mayor devoción que pude; miré al norte, por donde distinguí el
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 36 camino que hacía, pero no supe el paraje en que estaba. ”Seis días y seis noches anduve de esta manera, confiando más en la benignidad de los cielos que en la fuerza de mis brazos, los 5 cuales, ya cansados y sin vigor alguna del continuo trabajo, abandonaron los remos, que quité de los escalamos, y los puse dentro la barca, para servirme de ellos cuando el mar lo consintiese o las fuerzas me ayudasen. Tendíme de largo 10 a largo de espaldas en la barca, cerré los ojos, y en lo secreto de mi corazón no quedó santo en el cielo a quien no llamase en mi ayuda; y en mitad de este aprieto, y en medio de esta necesidad --cosa dura de creer--, me sobrevino un 15 sueño tan pesado, que, borrándome de los sentidos el sentimiento, me quedé dormido --tales son las fuerzas de lo que pide y ha menester nuestra naturaleza--; pero allá en el sueño me representaba la imaginación mil géneros de 20 muertes espantosas, pero todas en el agua, y en algunas de ellas me parecía que me comían lobos y despedazaban fieras; de modo que, dormido y despierto, era una muerte dilatada mi vida. De este no apacible sueño me despertó con 25 sobresalto una furiosa ola del mar, que, pasando por cima de la barca, la llenó de agua. Reconocí el peligro; volví como mejor pude el mar al mar; torné a valerme de los remos, que ninguna cosa me aprovecharon; vi que el mar se ensoberbecía, 30 azotado y herido de un viento ábrego que en aquellas partes parece que más que en otros
LIBRO I, CAPITULO V p. 37 mares muestra su poderío; vi que era simpleza oponer mi débil barca a su furia, y, con mis flacas y desmayadas fuerzas, a su rigor; y, así, torné a recoger los remos y a dejar correr la barca por donde las olas y el viento quisiesen 5 llevarla. Reiteré plegarias, añadí promesas, aumenté las aguas del mar con las que derramaba de mis ojos, no de temor de la muerte, que tan cercana se me mostraba, sino por el de la pena que mis malas obras merecían. 10 Finalmente, no sé a cabo de cuántos días y noches que anduve vagamundo por el mar, siempre más inquieto y alterado, me vine a hallar junto a una isla despoblada de gente humana, aunque llena de lobos que por ella a manadas 15 discurrían. Lleguéme al abrigo de una peña que en la ribera estaba, sin osar saltar en tierra, por temor de los animales que había visto; comí del bizcocho, ya remojado, que la necesidad y la hambre no reparan en nada; llegó la noche, 20 menos oscura que había sido la pasada; pareció que el mar se sosegaba, y prometía más quietud el venidero día; miré al cielo; vi las estrellas con aspecto de prometer bonanza en las aguas y sosiego en el aire. 25 ”Estando en esto, me pareció, por entre la dudosa luz de la noche, que la peña que me servía de puerto se coronaba de los mismos lobos que en la marina había visto, y que uno de ellos --como es la verdad-- me dijo en voz 30 clara y distinta y en mi propia lengua: “Español, hazte a lo largo, y busca en otra parte tu
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 38 ventura, si no quieres en ésta morir hecho pedazos por nuestras uñas y dientes; y no preguntes quién es el que esto te dice, sino da gracias al cielo de que has hallado piedad entre las mismas fieras.” Si quedé espantado o no, a vuestra 5 consideración lo dejo; pero no fue bastante la turbación mía para dejar de poner en obra el consejo que se me había dado: apreté los escalamos, até los remos, esforcé los brazos, y salí al mar descubierto; mas, como suele acontecer que 10 las desdichas y aflicciones turban la memoria de quien las padece, no os podré decir cuántos fueron los días que anduve por aquellos mares, tragando, no una, sino mil muertes a cada paso, hasta que, arrebatada mi barca en los brazos de 15 una terrible borrasca, me hallé en esta isla, donde di al través con ella en la misma parte y lugar adonde está la boca de la cueva por donde aquí entrasteis. Llegó la barca a dar casi en seco por la cueva adentro, pero volvíala a sacar la 20 resaca; viendo yo lo cual, me arrojé de ella, y, clavando las uñas en la arena, no di lugar a que la resaca al mar me volviese; y, aunque con la barca me llevaba el mar la vida, pues me quitaba la esperanza de cobrarla, holgué de mudar 25 género de muerte y quedarme en tierra: que, como se dilate la vida, no se desmaya la esperanza. A este punto llegaba el bárbaro español, que este título le daba su traje, cuando, en la estancia más adentro, donde habían dejado a 30 Cloelia, se oyeron tiernos gemidos y sollozos. Acudieron al instante con luces Auristela,
LIBRO I, CAPITULO V p. 39 Periandro y todos los demás, a ver qué sería, y hallaron que Cloelia, arrimadas las espaldas a la peña, sentada en las pieles, tenía los ojos clavados en el cielo y casi quebrados. Llegóse a ella Auristela, y, a voces compasivas y dolorosas, 5 le dijo: --¿Qué es esto, ama mía? Cómo, ¿y es posible que me queréis dejar en esta soledad, y a tiempo que más he menester valerme de vuestros consejos? 10 Volvió en sí algún tanto Cloelia, y, tomando la mano de Auristela, le dijo: --Ves ahí, hija de mi alma, lo que tengo tuyo; yo quisiera que mi vida durara hasta que la tuya se viera en el sosiego que merece; pero si 15 no lo permite el cielo, mi voluntad se ajusta con la suya, y de la mejor que es en mi mano le ofrezco mi vida. Lo que te ruego es, señora mía, que, cuando la buena suerte quisiere, que sí querrá, que te veas en tu Estado, y mis padres 20 aun fueren vivos, o alguno de mis parientes, les digas cómo yo muero cristiana en la fe de Jesucristo y en la que tiene, que es la misma, la santa iglesia católica romana; y no te digo más, porque no puedo. 25 Esto dicho, y muchas veces pronunciando el nombre de Jesús, cerró los ojos en tenebrosa noche, a cuyo espectáculo también cerró los suyos Auristela con un profundo desmayo, hiciéronse fuentes los de Periandro, y ríos los de todos 30 los circunstantes. Acudió Periandro a socorrer a Auristela, la cual, vuelta en sí, acrecentó
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 40 las lágrimas, y comenzó suspiros nuevos, y dijo razones que movieran a lástima a las piedras. Ordenóse que otro día la sepultasen, y, quedando en guarda del cuerpo muerto la doncella bárbara y su hermano, los demás se fueron a 5 reposar lo poco que de la noche les faltaba.
p. 41 CAPITULO SEXTO Donde el bárbaro español prosigue su historia. Tardó aquel día en mostrarse al mundo, al parecer, más de lo acostumbrado, a causa que el humo y pavesas del incendio de la isla, que 5 aún duraba, impedía que los rayos del sol por aquella parte no pasasen a la tierra. Mandó el bárbaro español a su hijo que saliese de aquel sitio, como otras veces solía, y se informase de lo que en la isla pasaba. Con 10 alborotado sueño pasaron los demás aquella noche, porque el dolor y sentimiento de la muerte de su ama Cloelia, no consintió que Auristela durmiese, y el no dormir de Auristela tuvo en continua vigilia a Periandro, el cual, con Auristela, 15 salió al raso de aquel sitio, y vio que era hecho y fabricado de la naturaleza, como si la industria y el arte le hubieran compuesto. Era redondo, cercado de altísimas y peladas peñas, y, a su parecer, tanteó que bojaba poco más de una 20 legua, todo lleno de árboles silvestres, que ofrecían frutos, si bien ásperos, comestibles a lo menos; estaba crecida la hierba, porque las muchas aguas que de las peñas salían, las tenían en perpetua verdura; todo lo cual le admiraba y 25 suspendía. Y llegó en esto el bárbaro español, y dijo:
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 42 --Venid, señores, y daremos sepultura a la difunta, y fin a mi comenzada historia. Hiciéronlo así, y enterraron a Cloelia en lo hueco de una peña, cubriéndola con tierra y con otras peñas menores. Auristela le rogó que le 5 pusiese una cruz encima, para señal de que aquel cuerpo había sido cristiano. El español respondió que él traería una gran cruz que en su estancia tenía, y la pondría encima de aquella sepultura. Diéronle todos el último vale; renovó 10 el llanto Auristela, cuyas lágrimas sacaron al momento las de los ojos de Periandro. En tanto, pues, que el mozo bárbaro volvía, se volvieron todos a encerrar en el cóncavo de la peña donde habían dormido, por defenderse del 15 frío, que con rigor amenazaba, y, habiéndose sentado en las blandas pieles, pidió el bárbaro silencio, y prosiguió su cuento en esta forma: --Cuando me dejó la barca en que venía en la arena, y la mar tornó a cobrarla --ya dije que 20 con ella se me fue la esperanza de la libertad, pues aun ahora no la tengo de cobrarla--, entré aquí dentro, vi este sitio, y parecióme que la naturaleza le había hecho y formado para ser teatro donde se representase la tragedia de mis 25 desgracias. Admiróme el no ver gente alguna, sino algunas cabras monteses y animales pequeños de diversos géneros; rodeé todo el sitio, hallé esta cueva cavada en estas peñas, y señaléla para mi morada; finalmente, habiéndolo 30 rodeado todo, volví a la entrada que aquí me había conducido, por ver si oía voz humana o
LIBRO I, CAPITULO VI p. 43 descubría quién me dijese en qué parte estaba, y la buena suerte y los piadosos cielos, que aún del todo no me tenían olvidado, me depararon una muchacha bárbara, de hasta edad de quince años, que por entre las peñas, riscos y escollos 5 de la marina, pintadas conchas y apetitoso marisco andaba buscando. Pasmóse viéndome, pegáronsele los pies en la arena, soltó las cogidas conchuelas, y derramósele el marisco; y cogiéndola entre mis brazos, sin decirla palabra, 10 ni ella a mí tampoco, me entré por la cueva adelante, y la traje a este mismo lugar donde ahora estamos. Púsela en el suelo, beséle las manos, halaguéle el rostro con las mías, e hice todas las señales y demostraciones que pude 15 para mostrarme blando y amoroso con ella. Ella, pasado aquel primer espanto, con atentísimos ojos me estuvo mirando, y con las manos me tocaba todo el cuerpo, y de cuando en cuando, ya perdido el miedo, se reía y me abrazaba, 20 y sacando del seno una manera de pan hecho a su modo, que no era de trigo, me lo puso en la boca, y en su lengua me habló, y, a lo que después acá he sabido, en lo que decía me rogaba que comiese. Yo lo hice así, porque lo 25 había bien menester; ella me asió por la mano y me llevó a aquel arroyo que allí está, donde asimismo, por señas, me rogó que bebiese. Yo no me hartaba de mirarla, pareciéndome antes ángel del cielo, que bárbara de la tierra. 30 Volví a la entrada de la cueva, y allí, con señas y con palabras que ella no entendía, le supliqué,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 44 como si ella las entendiera, que volviese a verme; con esto la abracé de nuevo, y ella, simple y piadosa, me besó en la frente, y me hizo claras y ciertas señas de que volvería a verme. Hecho esto, torné a pisar este sitio y a 5 requerir y probar la fruta de que algunos árboles estaban cargados, y hallé nueces y avellanas, y algunas peras silvestres; di gracias a Dios del hallazgo, y alenté las desmayadas esperanzas de mi remedio. Pasé aquella noche en este 10 mismo lugar, esperé el día, y en él esperé también la vuelta de mi bárbara hermosa, de quien comencé a temer y a recelar que me había de descubrir y entregarme a los bárbaros, de quien imaginé estar llena esta isla; pero sacóme de este 15 temor el verla volver algo entrado el día, bella como el sol, mansa como una cordera, no acompañada de bárbaros que me prendiesen, sino cargada de bastimentos que me sustentasen. Aquí llegaba de su historia el español gallardo, 20 cuando llegó el que había ido a saber lo que en la isla pasaba, el cual dijo que casi toda estaba abrasada, y todos o los más de los bárbaros muertos, unos a hierro, y otros a fuego; y que si algunos había vivos, eran los que en 25 algunas balsas de maderos se habían entrado del mar, por huir en el agua el fuego de la tierra; que bien podían salir de allí y pasear la isla por la parte que el fuego les diese licencia, y que cada uno pensase qué remedio se tomaría para 30 escapar de aquella tierra maldita, que por allí cerca había otras islas de gente menos bárbara
LIBRO I, CAPITULO VI p. 45 habitadas: que quizá, mudando de lugar, mudarían de ventura. --Sosiégate, hijo, un poco, que estoy dando cuenta a estos señores de mis sucesos, y no me falta mucho, aunque mis desgracias son 5 infinitas. --No te canses, señor mío --dijo la bárbara grande--, en referirlos tan por extenso, que podrá ser que te canses, o que canses; déjame a mí que cuente lo que queda, a lo menos hasta 10 este punto en que estamos. --Soy contento --respondió el español--, porque me le dará muy grande el ver cómo las relatas. --Es, pues, el caso --replicó la bárbara-- que 15 mis muchas entradas y salidas en este lugar, le dieron bastante para que de mí y de mi esposo naciesen esta muchacha y este niño. Llamo esposo a este señor, porque, antes que me conociese del todo, me dio palabra de serlo, al modo 20 que él dice que se usa entre verdaderos cristianos; hame enseñado su lengua, y yo a él la mía, y en ella asimismo me enseñó la ley católica cristiana; diome agua de bautismo en aquel arroyo, aunque no con las ceremonias 25 que él me ha dicho que en su tierra se acostumbran; declaróme su fe como él la sabe, la cual yo asenté en mi alma y en mi corazón, donde le he dado el crédito que he podido darle; creo en la Santísima Trinidad, Dios 30 Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, tres personas distintas, y que todas tres son un solo
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 46 Dios verdadero, y que, aunque es Dios el Padre, y Dios el Hijo, y Dios el Espíritu Santo, no son tres dioses distintos y apartados, sino un solo Dios verdadero; finalmente, creo todo lo que tiene y cree la santa iglesia católica romana, 5 regida por el Espíritu Santo y gobernada por el Sumo Pontífice, vicario y visorrey de Dios en la tierra, sucesor legítimo de San Pedro, su primer pastor después de Jesucristo, primero y universal pastor de su esposa la Iglesia. Díjome 10 grandezas de la siempre Virgen María, reina de los cielos y señora de los ángeles y nuestra, tesoro del Padre, relicario del Hijo y amor del Espíritu Santo, amparo y refugio de los pecadores. Con éstas me ha enseñado otras cosas, que no 15 las digo, por parecerme que las dichas bastan para que entendáis que soy católica cristiana. Yo, simple y compasiva, le entregué un alma rústica, y él, merced a los cielos, me la ha vuelta discreta y cristiana; entreguéle mi cuerpo, no 20 pensando que en ello ofendía a nadie, y de este entrego resultó haberle dado dos hijos, como los que aquí veis, que acrecientan el número de los que alaban al Dios verdadero; en veces le traje alguna cantidad de oro de lo que abunda esta 25 isla, y algunas perlas que yo tengo guardadas, esperando el día, que ha de ser tan dichoso, que nos saque de esta prisión y nos lleve adonde con libertad y certeza, y sin escrúpulo, seamos unos de los del rebaño de Cristo, en quien 30 adoro en aquella cruz que allí veis. Esto que he dicho, me pareció a mí era lo que le faltaba por
LIBRO I, CAPITULO VI p. 47 decir a mi señor Antonio --que así se llamaba el español bárbaro, el cual dijo: --Dices verdad, Ricla mía --que éste era el propio nombre de la bárbara; con cuya variable historia admiraron a los presentes, y 5 despertaron mil alabanzas que les dieron y mil buenas esperanzas que les anunciaron, especialmente Auristela, que quedó aficionadísima a las dos bárbaras, madre e hija. El mozo bárbaro, que también, como su padre, 10 se llamaba Antonio, dijo a esta sazón no ser bien estarse allí ociosos, sin dar traza y orden cómo salir de aquel encerramiento, porque si el fuego de la isla, que a más andar ardía, sobrepujase las altas sierras, o, traídas 15 del viento, cayesen en aquel sitio, todos se abrasarían. --Dices verdad, hijo --respondió el padre. --Soy de parecer --dijo Ricla-- que aguardemos dos días, porque de una isla que está tan 20 cerca de ésta, que algunas veces, estando el sol claro y el mar tranquilo, alcanzó la vista a verla, de ella vienen a ésta sus moradores a vender y a trocar lo que tienen con lo que tenemos, y a trueco por trueco. Yo saldré de aquí, y pues ya 25 no hay nadie que me escuche o que me impida, pues ni oyen ni impiden los muertos, concertaré que me vendan una barca por el precio que quisieren, que la he menester para escaparme con mis hijos y mi marido, que encerrados en 30 una cueva tengo, de la riguridad del fuego. Pero quiero que sepáis que estas barcas son fabricadas
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 48 de madera, y cubiertas de cueros fuertes de animales, bastantes a defender que no entre agua por los costados; pero, a lo que he visto y notado, nunca ellos navegan sino con mar sosegado, y no traen aquellos lienzos que he visto 5 que traen otras barcas que suelen llegar a nuestras riberas a vender doncellas o varones para la vana superstición que habréis oído decir que en esta isla ha muchos tiempos que se acostumbra, por donde vengo a entender que estas tales 10 barcas no son buenas para fiarlas del mar grande y de las borrascas y tormentas que dicen que suceden a cada paso. A lo que añadió Periandro: --¿No ha usado el señor Antonio de este 15 remedio, en tantos años como ha que está aquí encerrado? --No --respondió Ricla--, porque no me han dado lugar los muchos ojos que miran para poder concertarme con los dueños de las barcas, 20 y por no poder hallar excusa que dar para la compra. --Así es --dijo Antonio--, y no por no fiarme de la debilidad de los bajeles; pero ahora que me ha dado el cielo este consejo, pienso tomarle, 25 y mi hermosa Ricla estará atenta a ver cuando vengan los mercaderes de la otra isla, y, sin reparar en precio, comprará una barca con todo el necesario matalotaje, diciendo que la quiere para lo que tiene dicho. 30 En resolución, todos vinieron en este parecer, y, saliendo de aquel lugar, quedaron admirados
LIBRO I, CAPITULO VI p. 49 de ver el estrago que el fuego había hecho y las armas. Vieron mil diferentes géneros de muertes, de quien la cólera, sinrazón y enojo suelen ser inventores; vieron asimismo que los bárbaros que habían quedado vivos, recogiéndose a 5 sus balsas, desde lejos estaban mirando el riguroso incendio de su patria, y algunos se habían pasado a la isla que servía de prisión a los cautivos. Quisiera Auristela que pasaran a la isla, a ver si en la oscura mazmorra quedaban algunos; 10 pero no fue menester, porque vieron venir una balsa, y en ella hasta veinte personas, cuyo traje dio a entender ser los miserables que en la mazmorra estaban. Llegaron a la marina, besaron la tierra, y casi dieron muestras de 15 adorar el fuego, por haberles dicho el bárbaro que los sacó del calabozo oscuro, que la isla se abrasaba y que ya no tenían que temer a los bárbaros. Fueron recibidos de los libres amigablemente, y consolados en la mejor manera que les 20 fue posible; algunos contaron sus miserias, y otros las dejaron en silencio, por no hallar palabras para decirlas. Ricla se admiró de que hubiese habido bárbaro tan piadoso que los sacase, y de que no hubiesen pasado a la isla de 25 la prisión parte de aquellos que a las balsas se habían recogido. Uno de los prisioneros dijo que el bárbaro que los había libertado, en lengua italiana les había dicho todo el suceso miserable de la abrasada isla, aconsejándoles que 30 pasasen a ella a satisfacerse de sus trabajos con el oro y perlas que en ella hallarían, y que
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 50 él vendría, en otra balsa que allá quedaba, a tenerles compañía y a dar traza en su libertad. Los sucesos que contaron fueron tan diferentes, tan extraños y tan desdichados, que unos les sacaban las lágrimas a los ojos, y otros la 5 risa del pecho. En esto vieron venir hacia la isla hasta seis barcas de aquellas de quien Ricla había dado noticia; hicieron escala, pero no sacaron mercadería alguna, por no parecer bárbaro que la 10 comprase. Concertó Ricla todas las barcas con las mercancías, sin tener intención de llevarlas. No quisieron venderle sino las cuatro, porque les quedasen dos para volverse. Hízose el precio con liberalidad notable, sin que en él hubiese 15 tanto más cuanto. Fue Ricla a su cueva, y, en pedazos de oro no acuñado, como se ha dicho, pagó todo lo que quisieron. Dieron dos barcas a los que habían salido de la mazmorra, y en otras dos se embarcaron, en la una todos los 20 bastimentos que pudieron recoger, con cuatro personas de las recién libres, y en la otra se entraron Auristela, Periandro, Antonio el padre y Antonio el hijo, con la hermosa Ricla y la discreta Transila, y la gallarda Constanza, hija de 25 Ricla y de Antonio. Quiso Auristela ir a despedirse de los huesos de su querida Cloelia; acompañáronla todos; lloró sobre la sepultura, y, entre lágrimas de tristeza y entre muestras de alegría, volvieron a embarcarse, habiendo primero 30 en la marina hincádose de rodillas y suplicado al cielo, con tierna y devota oración, les
LIBRO I, CAPITULO VI p. 51 diese feliz viaje y los enseñase el camino que tomarían. Sirvió la barca de Periandro de capitana, a quien siguieron los demás, y, al tiempo que querían dar los remos al agua, porque velas no las tenían, llegó a la orilla del mar 5 un bárbaro gallardo, que a grandes voces, en lengua toscana, dijo: --Si por ventura sois cristianos los que vais en esas barcas, recoged a este que lo es, y por el verdadero Dios os lo suplica. 10 Uno de las otras barcas dijo: --Este bárbaro, señores, es el que nos sacó de la mazmorra. Si queréis corresponder a la bondad que parece que tenéis --y esto encaminando su plática a los de la barca primera--, 15 bien será que le paguéis el bien que nos hizo con el que le hacéis recogiéndole en nuestra compañía. Oyendo lo cual Periandro, le mandó llegase su barca a tierra, y le recogiese en la que 20 llevaba los bastimentos. Hecho esto, alzaron las voces con alegres acentos, y, tomando los remos en las manos, dieron alegre principio a su viaje.
p. 52 CAPITULO SEPTIMO del primer libro Cuatro millas, poco más o menos, habrían navegado las cuatro barcas, cuando descubrieron una poderosa nave que, con todas las velas 5 tendidas y viento en popa, parecía que venía a embestirles. Periandro dijo, habiéndola visto: --Sin duda, este navío debe de ser el de Arnaldo, que vuelve a saber de mi suceso, y tuviéralo yo por muy bueno ahora no verle. 10 Había ya contado Periandro a Auristela todo lo que con Arnaldo le había pasado, y lo que entre los dos dejaron concertado. Turbóse Auristela, que no quisiera volver al poder de Arnaldo, de quien había dicho, aunque breve y 15 sucintamente, lo que en un año que estuvo en su poder le había acontecido. No quisiera ver juntos a los dos amantes, que, puesto que Arnaldo estaría seguro con el fingido hermanazgo suyo y de Periandro, todavía el temor de que podía ser 20 descubierto el parentesco la fatigaba, y más que ¿quién le quitaría a Periandro no estar celoso, viendo a los ojos tan poderoso contrario? Que no hay discreción que valga ni amorosa fe que asegure al enamorado pecho, cuando, por su 25 desventura, entran en él celosas sospechas. Pero de todas éstas le aseguró el viento, que volvió
LIBRO I, CAPITULO VII p. 53 en un instante el soplo que daba de lleno y en popa a las velas en contrario, de modo que a vista suya, y en un momento breve, dejó la nave derribar las velas de alto a bajo, y en otro instante casi invisible las izaron y levantaron hasta 5 las gavias, y la nave comenzó a correr en popa por el contrario rumbo que venía, alongándose de las barcas con toda prisa. Respiró Auristela, cobró nuevo aliento Periandro; pero los demás que en las barcas iban quisieran mudarlas, 10 entrándose en la nave, que, por su grandeza, más seguridad de las vidas y más feliz viaje pudiera prometerles. En menos de dos horas se les encubrió la nave, a quien quisieran seguir, si pudieran; mas no les fue posible, ni pudieron 15 hacer otra cosa que encaminarse a una isla cuyas altas montañas, cubiertas de nieve, hacían parecer que estaban cerca, distando de allí más de seis leguas. Cerraba la noche, algo oscura; picaba el viento largo y en popa, que fue alivio 20 a los brazos, que, volviendo a tomar los remos, se dieron prisa a tomar la isla. La media noche sería, según el tanteo que el bárbaro Antonio hizo del norte y de las guardas, cuando llegaron a ella, y, por herir blandamente 25 las aguas en la orilla, y ser la resaca de poca consideración, dieron con las barcas en tierra, y, a fuerza de brazos, las vararon. Era la noche fría, de tal modo, que les obligó a buscar reparos para el hielo; pero no hallaron ninguno. Ordenó 30 Periandro que todas las mujeres se entrasen en la barca capitana, y, apiñándose en ella, con la
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 54 compañía y estrechez, templasen el frío; hízose así, y los hombres hicieron cuerpo de guarda a la barca, paseándose como centinelas de una parte a otra, esperando el día para descubrir en qué parte estaban, porque no pudieron 5 saber por entonces si era o no despoblada la isla; y como es cosa natural que los cuidados destierran el sueño, ninguno de aquella cuidadosa compañía pudo cerrar los ojos, lo cual visto por el bárbaro Antonio, dijo al bárbaro 10 italiano que, para entretener el tiempo y no sentir tanto la pesadumbre de la mala noche, fuese servido de entretenerles contándoles los sucesos de su vida, porque no podían dejar de ser peregrinos y raros, pues en tal traje y en tal 15 lugar le habían puesto. --Haré yo eso de muy buena gana --respondió el bárbaro italiano--, aunque temo que, por ser mis desgracias tantas, tan nuevas y tan extraordinarias, no me habéis de dar crédito alguno. 20 A lo que dijo Periandro: --En las que a nosotros nos han sucedido, nos hemos ensayado y dispuesto a creer cuantas nos contaren, puesto que tengan más de lo imposible que de lo verdadero. 25 --Lleguémonos aquí --respondió el bárbaro--, al borde de esta barca donde están estas señoras; quizá alguna, al son de la voz de mi cuento, se quedará dormida, y quizá alguna, desterrando el sueño, se mostrará compasiva: que es 30 alivio al que cuenta sus desventuras, ver u oír que hay quien se duela de ellas.
LIBRO I, CAPITULO VII p. 55 --A lo menos, por mí --respondió Ricla de dentro de la barca--, y, a pesar del sueño, tengo lágrimas que ofrecer a la compasión de vuestra corta suerte, del largo tiempo de vuestras fatigas. 5 Casi lo mismo dijo Auristela, y así, todos rodearon la barca, y con atento oído estuvieron escuchando lo que el que parecía bárbaro decía, el cual comenzó su historia de esta manera:
p. 56 CAPITULO OCTAVO Donde Rutilio da cuenta de su vida. --Mi nombre es Rutilio; mi patria, Sena, una(s) de las más famosas ciudades de Italia; mi oficio, maestro de danzar, único en él, y 5 venturoso, si yo quisiera. Había en Sena un caballero rico, a quien el cielo dio una hija más hermosa que discreta, a la cual trató de casar su padre con un caballero florentín, y, por entregársela adornada de gracias adquiridas, ya que las del 10 entendimiento le faltaban, quiso que yo la enseñase a danzar: que la gentileza, gallardía y disposición del cuerpo, en los bailes honestos más que en otros pasos se señalan, y a las damas principales les está muy bien saberlos, para las 15 ocasiones forzosas que les pueden suceder. Entré a enseñarla los movimientos del cuerpo; pero movíla los del alma, pues, como no discreta, como he dicho, rindió la suya a la mía, y la suerte, que de corriente larga traía encaminadas mis 20 desgracias, hizo que, para que los dos nos gozásemos, yo la sacase de en casa de su padre y la llevase a Roma. Pero como el amor no da baratos sus gustos, y los delitos llevan a las espaldas el castigo, pues siempre se teme, en el 25 camino nos prendieron a los dos, por la diligencia que su padre puso en buscarnos. Su confesión
LIBRO I, CAPITULO VIII p. 57 y la mía, que fue decir que yo llevaba a mi esposa, y ella se iba con su marido, no fue bastante para no agravar mi culpa, tanto, que obligó al juez, movió y convenció a sentenciarme a muerte. Apartáronme en la prisión con los ya 5 condenados a ella por otros delitos no tan honrados como el mío. ”Visitóme en el calabozo una mujer que decían estaba presa por fatucherie, que en castellano se llaman hechiceras, que la alcaidesa de 10 la cárcel había hecho soltar de las prisiones y llevádola a su aposento, a título de que con hierbas y palabras había de curar a una hija suya de una enfermedad que los médicos no acertaban a curarla. Finalmente, por abreviar mi 15 historia, pues no hay razonamiento que, aunque sea bueno, siendo largo, lo parezca, viéndome yo atado y con el cordel a la garganta, sentenciado al suplicio, sin orden ni esperanza de remedio, di el sí a lo que la hechicera me 20 pidió de ser su marido si me sacaba de aquel trabajo. Díjome que no tuviese pena, que aquella misma noche del día que sucedió esta plática, ella rompería las cadenas y los cepos, y, a pesar de otro cualquier impedimento, me 25 pondría en libertad, y en parte donde no me pudiesen ofender mis enemigos, aunque fuesen muchos y poderosos. Túvela, no por hechicera, sino por ángel que enviaba el cielo para mi remedio; esperé la noche, y, en la 30 mitad de su silencio, llegó a mí y me dijo que asiese de la punta de una caña que me puso
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 58 en la mano, diciéndome la siguiese. Turbéme algún tanto; pero como el interés era tan grande, moví los pies para seguirla, y hallélos sin grillos y sin cadenas, y las puertas de toda la prisión de par en par abiertas, y los prisioneros 5 y guardas en profundísimo sueño sepultados. En saliendo a la calle, tendió en el suelo mi guiadora un manto, y mandándome que pusiese los pies en él, me dijo que tuviese buen ánimo, que por entonces dejase mis devociones; 10 luego vi mala señal, luego conocí que quería llevarme por los aires, y aunque, como cristiano bien enseñado, tenía por burla todas estas hechicerías, como es razón que se tengan, todavía el peligro de la muerte, como ya he dicho, 15 me dejó atropellar por todo, y, en fin, puse los pies en la mitad del manto, y ella ni más ni menos, murmurando unas razones que yo no pude entender, y el manto comenzó a levantarse en el aire, y yo comencé a temer poderosamente, 20 y en mi corazón no tuvo santo la letanía a quien no llamase en mi ayuda. Ella debió de conocer mi miedo y presentir mis rogativas, y volvióme a mandar que las dejase. “¡Desdichado de mí! --dije--. ¿Qué bien puedo esperar 25 si se me niega el pedirle a Dios, de quien todos los bienes vienen?” En resolución, cerré los ojos y dejéme llevar de los diablos, que no son otras las postas de las hechiceras, y, al parecer, cuatro horas o poco más había volado, 30 cuando me hallé al crepúsculo del día en una tierra no conocida. Tocó el manto el suelo, y mi
LIBRO I, CAPITULO VIII p. 59 guiadora me dijo: “En parte estás, amigo Rutilio, que todo el género humano no podrá ofenderte.” Y diciendo esto, comenzó a abrazarme no muy honestamente; apartéla de mí con los brazos, y, como mejor pude, divisé que la que 5 me abrazaba era una figura de lobo, cuya visión me heló el alma, me turbó los sentidos y dio con mi mucho ánimo al través; pero como suele acontecer que, en los grandes peligros, la poca esperanza de vencerlos saca del ánimo desesperadas 10 fuerzas, las pocas mías me pusieron en la mano un cuchillo que acaso en el seno traía, y con furia y rabia se le hinqué por el pecho a la que pensé ser loba, la cual, cayendo en el suelo, perdió aquella fea figura, y hallé muerta 15 y corriendo sangre a la desventurada encantadora. ”Considerad, señores, cuál quedaría yo, en tierra no conocida y sin persona que me guiase. Estuve esperando el día muchas horas; pero 20 nunca acababa de llegar, ni por los horizontes se descubría señal de que el sol viniese. Apartéme de aquel cadáver, porque me causaba horror y espanto el tenerle cerca de mí. Volvía muy a menudo los ojos al cielo, contemplaba el 25 movimiento de las estrellas, y parecíame, según el curso que habían hecho, que ya había de ser de día. Estando en esta confusión, oí que venía hablando, por junto de donde estaba, alguna gente, y así fue verdad; y, saliéndoles al 30 encuentro, les pregunté en mi lengua toscana que me dijesen qué tierra era aquélla, y uno de
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 60 ellos, asimismo en italiano, me respondió: “Esta tierra es Noruega; pero ¿quién eres tú que lo preguntas, y en lengua que en estas partes hay muy pocos que la entiendan?” “Yo soy --respondí-- un miserable que, por huir de la 5 muerte, he venido a caer en sus manos.” Y en breves razones le di cuenta de mi viaje, y aun de la muerte de la hechicera. Mostró condolerse el que me hablaba, y díjome: “Puedes, buen hombre, dar infinitas gracias al cielo por haberte 10 librado del poder de estas maléficas hechiceras, de las cuales hay mucha abundancia en estas septentrionales partes. Cuéntase de ellas que se convierten en lobos, así machos como hembras, porque de entrambos géneros hay maléficos y 15 encantadores. Cómo esto pueda ser, yo lo ignoro, y como cristiano que soy católico, no lo creo; pero la experiencia me muestra lo contrario. Lo que puedo alcanzar, es que todas estas transformaciones son ilusiones del demonio, y 20 permisión de Dios y castigo de los abominables pecados de este maldito género de gente.” Preguntéle qué hora podría ser, porque me parecía que la noche se alargaba y el día nunca venía. Respondióme que en aquellas partes remotas se 25 repartía el año en cuatro tiempos: tres meses había de noche oscura, sin que el sol pareciese en la tierra en manera alguna; y tres meses había de crepúsculo del día, sin que bien fuese noche ni bien fuese día; otros tres meses había 30 de día claro continuado, sin que el sol se escondiese; y otros tres de crepúsculo de la noche;
LIBRO I, CAPITULO VIII p. 61 y que la sazón en que estaban era la del crepúsculo del día: así que, esperar la claridad del sol, por entonces era esperanza vana, y que también lo sería esperar yo volver a mi tierra tan presto, si no fuese cuando llegase la sazón 5 del día grande, en la cual parten navíos de estas partes a Inglaterra, Francia y España con algunas mercancías. Preguntóme si tenía algún oficio en que ganar de comer, mientras llegaba tiempo de volverme a mi tierra. Díjele que era 10 bailarín, y grande hombre de hacer cabriolas, y que sabía jugar de manos sutilísimamente. Rióse de gana el hombre, y me dijo que aquellos ejercicios u oficios, o como llamarlos quisiese, no corrían en Noruega ni en todas aquellas 15 partes. Preguntóme si sabría oficio de orífice. Díjele que tenía habilidad para aprender lo que me enseñase. “Pues veníos, hermano, conmigo, aunque primero será bien que demos sepultura a esta miserable.” 20 ”Hicímoslo así, y llevóme a una ciudad donde toda la gente andaba por las calles con palos de tea encendidos en las manos, negociando lo que les importaba. Preguntéle en el camino que cómo o cuándo había venido a aquella tierra, y 25 que si era verdaderamente italiano. Respondió que uno de sus pasados abuelos se había casado en ella, viniendo de Italia a negocios que le importaban, y a los hijos que tuvo les enseñó su lengua, y de uno en otro se extendió por todo su 30 linaje, hasta llegar a él, que era uno de sus cuartos nietos: “y así, como vecino y morador tan
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 62 antiguo, llevado de la afición de mis hijos y mujer, me he quedado hecho carne y sangre entre esta gente, sin acordarme de Italia ni de los parientes que allá dijeron mis padres que tenían.” ”Contar yo ahora la casa donde entré, la mujer 5 e hijos que hallé, y criados --que tenía muchos--, el gran caudal, el recibimiento y agasajo que me hicieron, sería proceder en infinito; basta decir, en suma, que yo aprendí su oficio, y en pocos meses ganaba de comer por mi trabajo. 10 En este tiempo se llegó el de llegar el día grande, y mi amo y maestro --que así le puedo llamar-- ordenó de llevar gran cantidad de su mercancía a otras islas por allí cercanas y a otras bien apartadas. Fuime con él, así por curiosidad, 15 como por vender algo que ya tenía de caudal, en el cual viaje vi cosas dignas de admiración y espanto, y otras de risa y contento: noté costumbres, advertí en ceremonias no vistas y de ninguna otra gente usadas; en fin, a cabo de 20 dos meses, corrimos una borrasca que nos duró cerca de cuarenta días, al cabo de los cuales dimos en esta isla de donde hoy salimos, entre unas peñas, donde nuestro bajel se hizo pedazos, y ninguno de los que en él venían quedó vivo 25 sino yo.
p. 63 CAPITULO NONO Donde Rutilio prosigue la historia de su vida. ”Lo primero que se me ofreció a la vista, antes que viese otra cosa alguna, fue un bárbaro pendiente y ahorcado de un árbol, por 5 donde conocí que estaba en tierra de bárbaros salvajes, y luego el miedo me puso delante mil géneros de muertes, y, no sabiendo qué hacerme, alguna o todas juntas las tenía y las esperaba. En fin, como la necesidad, según se dice, 10 es maestra de sutilizar el ingenio, di en un pensamiento harto extraordinario, y fue que descolgué al bárbaro del árbol, y, habiéndome desnudado de todos mis vestidos, que enterré en la arena, me vestí de los suyos, que me vinieron 15 bien, pues no tenían otra hechura que ser de pieles de animales, no cosidos ni cortados a medida, sino ceñidos por el cuerpo, como lo habéis visto. Para disimular la lengua, y que por ella no fuese conocido por extranjero, me fingí 20 mudo y sordo, y con esta industria me entré por la isla adentro, saltando y haciendo cabriolas en el aire. ”A poco trecho descubrí una gran cantidad de bárbaros, los cuales me rodearon, y en su 25 lengua unos y otros, con gran prisa, me preguntaron --a lo que después acá he entendido--
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 64 quién era, cómo me llamaba, adónde venía y adónde iba. Respondíles con callar y hacer todas las señales de mudo más aparentes que pude, y luego reiteraba los saltos y menudeaba las cabriolas. Salíme de entre ellos; siguiéronme 5 los muchachos, que no me dejaban adondequiera que iba. Con esta industria pasé por bárbaro y por mudo, y los muchachos, por verme saltar y hacer gestos, me daban de comer de lo que tenían. De esta manera he pasado tres 10 años entre ellos, y aun pasara todos los de mi vida sin ser conocido. Con la atención y curiosidad, noté su lengua y aprendí mucha parte de ella; supe la profecía que de la duración de su reino tenía profetizada un antiguo y sabio 15 bárbaro a quien ellos daban gran crédito; he visto sacrificar algunos varones para hacer la experiencia de su cumplimiento, y he visto comprar algunas doncellas para el mismo efecto, hasta que sucedió el incendio de la isla que 20 vosotros, señores, habéis visto. Guardéme de las llamas; fui a dar aviso a los prisioneros de la mazmorra donde vosotros, sin duda, habréis estado; vi estas barcas, acudí a la marina, hallaron en vuestros generosos pechos lugar mis ruegos, 25 recogísteisme en ellas, por lo que os doy infinitas gracias, y ahora espero en la del cielo, que, pues nos sacó de tanta miseria a todos, nos ha de dar en este que pretendemos felicísimo viaje. 30 Aquí dio fin Rutilio a su plática, con que dejó admirados y contentos a los oyentes. Llegóse
LIBRO I, CAPITULO IX p. 65 el día, áspero, turbio, y con señales de nieve muy ciertas. Diole Auristela a Periandro lo que Cloelia le había dado la noche que murió, que fueron dos pelotas de cera, que la una, como se vio, cubría una cruz de diamantes, tan rica, que 5 no acertaron a estimarla, por no agraviar su valor, y la otra, dos perlas redondas, asimismo de inestimable precio. Por estas joyas vinieron en conocimiento de que Auristela y Periandro eran gente principal, puesto que mejor declaraba 10 esta verdad su gentil disposición y agradable trato. El bárbaro Antonio, viniendo el día, se entró un poco por la isla; pero no descubrió otra cosa que montañas y sierras de nieve, y, volviendo a las barcas, dijo que la isla era 15 despoblada, y que convenía partirse de allí luego a buscar otra parte donde recogerse del frío que amenazaba y proveerse de los mantenimientos que presto le harían falta. Echaron con presteza las barcas al agua, embarcáronse todos, y pusieron 20 las proas en otra isla que no lejos de allí se descubría. En esto, yendo navegando con el espacio que podían prometer dos remos, que no llevaba más cada barca, oyeron que de la una de las otras dos salía una voz blanda, suave, de 25 manera que les hizo estar atentos a escucharla. Notaron, especialmente el bárbaro Antonio el padre que notó, que lo que se cantaba era en lengua portuguesa, que él sabía muy bien. Calló la voz, y de allí a poco volvió a cantar en 30 castellano, y no a otro tono de instrumentos, que al de remos que sesgamente por el tranquilo
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 66 mar las barcas impelían, y notó que lo que cantaron fue esto: Mar sesgo, viento largo, estrella clara, camino, aunque no usado, alegre y cierto, al hermoso, al seguro, al capaz puerto 5 llevan la nave vuestra, única y rara. En Scilas ni en Caribdis no repara, ni en peligro que el mar tenga encubierto, siguiendo su derrota al descubierto, que limpia honestidad su curso para. 10 Con todo, si os faltare la esperanza del llegar a este puerto, no por eso giréis las velas, que será simpleza. Que es enemigo amor de la mudanza, y nunca tuvo próspero suceso 15 el que no se quilata en la firmeza. La bárbara Ricla dijo, en callando la voz: --Despacio debe de estar y ocioso el cantor que en semejante tiempo da su voz a los vientos. 20 Pero no lo juzgaron así Periandro y Auristela, porque le tuvieron por más enamorado que ocioso al que cantado había: que los enamorados fácilmente reconcilian los ánimos, y traban amistad con los que conocen que padecen su 25 misma enfermedad. Y así, con licencia de los demás que en su barca venían, aunque no fuera menester pedirla, hizo que el cantor se pasase a su barca, así por gozar de cerca de su voz,
LIBRO I, CAPITULO IX p. 67 como saber de sus sucesos; porque persona que en tales tiempos cantaba, o sentía mucho, o no tenía sentimiento alguno. Juntáronse las barcas, pasó el músico a la de Periandro, y todos los de ella le hicieron agradable recogida. 5 En entrando el músico, en medio portugués y en medio castellano, dijo: --Al cielo, y a vosotros, señores, y a mi voz, agradezco esta mudanza y esta mejora de navío, aunque creo que con mucha brevedad le 10 dejaré libre de la carga de mi cuerpo, porque las penas que siento en el alma, me van dando señales de que tengo la vida en sus últimos términos. --Mejor lo hará el cielo --respondió Periandro--, 15 que, pues yo soy vivo, no habrá trabajos que puedan matar a alguno. --No sería esperanza aquella --dijo a esta sazón Auristela-- a que pudiesen contrastar y derribar infortunios, pues así como la luz 20 resplandece más en las tinieblas, así la esperanza ha de estar más firme en los trabajos: que, el desesperarse en ellos, es acción de pechos cobardes, y no hay mayor pusilanimidad ni bajeza que entregarse el trabajado, por más que lo sea, 25 a la desesperación. --El alma ha de estar --dijo Periandro-- el un pie en los labios y el otro en los dientes, si es que hablo con propiedad, y no ha de dejar de esperar su remedio, porque sería agraviar a 30 Dios, que no puede ser agraviado, poniendo tasa y coto a sus infinitas misericordias.
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 68 --Todo es así --respondió el músico--, y yo lo creo, a despecho y pesar de las experiencias que en el discurso de mi vida en mis muchos males tengo hechas. No por estas pláticas dejaban de bogar, de 5 modo que, antes de anochecer, con dos horas, llegaron a una isla también despoblada, aunque no de árboles, porque tenía muchos, y llenos de fruto que, aunque pasado de sazón y seco, se dejaba comer. Saltaron todos en tierra, en la 10 cual vararon las barcas, y con gran prisa se dieron a desgajar árboles y hacer una gran barraca para defenderse aquella noche del frío; hicieron asimismo fuego, ludiendo dos secos palos el uno con el otro, artificio tan sabido 15 como usado, y, como todos trabajaban, en un punto se vio levantada la pobre máquina, donde se recogieron todos, supliendo con mucho fuego la incomodidad del sitio, pareciéndoles aquella choza dilatado alcázar. Satisficieron la 20 hambre, y acomodáranse a dormir luego, si el deseo que Periandro tenía de saber el suceso del músico, no lo estorbara, porque le rogó, si era posible, les hiciese sabedores de sus desgracias, pues no podían ser venturas las que en 25 aquellas partes le habían traído. Era cortés el cantor, y así, sin hacerse de rogar, dijo:
p. 69 CAPITULO DIEZ De lo que contó el enamorado portugués. --Con más breves razones de las que sean posibles daré fin a mi cuento, con darle al de mi vida, si es que tengo de dar crédito a cierto 5 sueño que la pasada noche me turbó el alma. Yo, señores, soy portugués de nación, noble en sangre, rico en los bienes de fortuna, y no pobre en los de naturaleza; mi nombre es Manuel de Sosa Coitiño; mi patria, Lisboa; y mi 10 ejercicio, el de soldado. Junto a las casas de mis padres, casi pared en medio, estaba la de otro caballero del antiguo linaje de los Pereiras, el cual tenía sola una hija, única heredera de sus bienes, que eran muchos, báculo y esperanza 15 de la prosperidad de sus padres; la cual, por el linaje, por la riqueza, y por la hermosura, era deseada de todos los mejores del reino de Portugal; y yo, que, como más vecino de su casa, tenía más comodidad de verla, la miré, la 20 conocí y la adoré con una esperanza, más dudosa que cierta, de que podría ser viniese a ser mi esposa; y por ahorrar de tiempo, y por entender que con ella habían de valer poco requiebros, promesas ni dádivas, determiné de 25 que un pariente mío se la pidiese a sus padres para esposa mía, pues ni en el linaje, ni en la
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 70 hacienda, ni aun en la edad, diferenciábamos en nada. La respuesta que trajo fue que su hija Leonora aún no estaba en edad de casarse; que dejase pasar dos años, que le daba la palabra de no disponer de su hija en todo aquel tiempo 5 sin hacerme sabedor de ello. Llevé este primer golpe en los hombros de mi paciencia y en el escudo de la esperanza; pero no dejé por esto de servirla públicamente a sombra de mi honesta pretensión, que luego se supo por toda la 10 ciudad; pero ella, retirada en la fortaleza de su prudencia y en los retretes de su recato, con honestidad y licencia de sus padres, admitía mis servicios, y daba a entender que, si no los agradecía con otros, por lo menos, no los 15 desestimaba. ”Sucedió que, en este tiempo, mi rey me envió por capitán general a una de las fuerzas que tiene en Berbería, oficio de calidad y de confianza. Llegóse el día de mi partida, y pues 20 en él no llegó el de mi muerte, no hay ausencia que mate ni dolor que consuma. Hablé a su padre, hícele que me volviese a dar la palabra de la espera de los dos años; túvome lástima, porque era discreto, y consintió que me despidiese 25 de su mujer y de su hija Leonor, la cual, en compañía de su madre, salió a verme a una sala, y salieron con ella la honestidad, la gallardía y el silencio. Pasméme cuando vi tan cerca de mí tanta hermosura; quise hablar, y anudóseme la 30 voz a la garganta y pegóseme al paladar la lengua, y, ni supe, ni pude hacer otra cosa que callar,
LIBRO I, CAPITULO X p. 71 y dar con mi silencio indicio de mi turbación, la cual vista por el padre, que era tan cortés como discreto, se abrazó conmigo y dijo: “Nunca, señor Manuel de Sosa, los días de partida dan licencia a la lengua que se desmande, 5 y puede ser que este silencio hable en su favor de vuesa merced más que alguna otra retórica. Vuesa merced vaya a ejercer su cargo, y vuelva en buen punto, que yo no faltaré ninguno en lo que tocare a servirle. Leonora, mi 10 hija, es obediente, y mi mujer desea darme gusto, y yo tengo el deseo que he dicho: que, con estas tres cosas, me parece que puede esperar vuesa merced buen suceso en lo que deseo.” Estas palabras todas me quedaron en la 15 memoria y en el alma impresas de tal manera, que no se me han olvidado, ni se me olvidarán en tanto que la vida me durare. Ni la hermosa Leonora ni su madre me dijeron palabra, ni yo pude, como he dicho, decir alguna. Partíme a 20 Berbería; ejercité mi cargo, con satisfacción de mi rey, dos años; volví a Lisboa; hallé que la fama y hermosura de Leonora había salido ya de los límites de la ciudad y del reino, y extendídose por Castilla y otras partes, de las cuales 25 venían embajadas de príncipes y señores que la pretendían por esposa; pero como ella tenía la voluntad tan sujeta a la de sus padres, no miraba si era o no solicitada. ”En fin, viendo yo pasado el término de los 30 dos años, volví a suplicar a su padre me la diese por esposa. ¡Ay de mí, que no es posible que
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 72 me detenga en estas circunstancias, porque a las puertas de mi vida está llamando la muerte, y temo que no me ha de dar espacio para contar mis desventuras: que, si así fuese, no las tendría yo por tales! Finalmente, un día me 5 avisaron que, para un domingo venidero, me entregarían a mi deseada Leonora, cuya nueva faltó poco para no quitarme la vida de contento. Convidé a mis parientes, llamé a mis amigos, hice galas, envié presentes, con todos los requisitos 10 que pudiesen mostrar ser yo el que me casaba, y Leonora la que había de ser mi esposa. Llegóse este día, y yo fui acompañado de todo lo mejor de la ciudad a un monasterio de monjas que se llama de la Madre de Dios, adonde me dijeron 15 que mi esposa, desde el día de antes, me esperaba: que había sido su gusto que en aquel monasterio se celebrase su desposorio, con licencia del arzobispo de la ciudad. Detúvose algún tanto el lastimado caballero, 20 como para tomar aliento de proseguir su plática, y luego dijo: --Llegué al monasterio, que real y pomposamente estaba adornado; salieron a recibirme casi toda la gente principal del reino, que allí 25 aguardándome estaba, con infinitas señoras de la ciudad de las más principales; hundíase el templo de música, así de voces como de instrumentos, y en esto salió por la puerta del claustro la sin par Leonora, acompañada de la priora 30 y de otras muchas monjas, vestida de raso blanco acuchillado, con saya entera a lo castellano,
LIBRO I, CAPITULO X p. 73 tomadas las cuchilladas con ricas y gruesas perlas. Venía forrada la saya en tela de oro verde; traía los cabellos sueltos por las espaldas, tan rubios, que deslumbraban los del sol, y tan luengos, que casi besaban la tierra; la cintura, collar 5 y anillos que traía, opiniones hubo que valían un reino; torno a decir que salió tan bella, tan costosa, tan gallarda y tan ricamente compuesta y adornada, que causó envidia en las mujeres y admiración en los hombres. De mí sé decir que 10 quedé tal con su vista, que me hallé indigno de merecerla, por parecerme que la agraviaba, aunque yo fuera el emperador del mundo. ”Estaba hecho un modo de teatro en mitad del cuerpo de la iglesia, donde desenfadadamente, 15 y sin que nadie lo empachase, se había de celebrar nuestro desposorio. Subió en él primero la hermosa doncella, donde al descubierto mostró su gallardía y gentileza; pareció a todos los ojos que la miraban lo que suele parecer la 20 bella aurora al despuntar del día, o lo que dicen las antiguas fábulas que parecía la casta Diana en los bosques; y algunos creo que hubo tan discretos, que no la acertaron a comparar sino a sí misma. Subí yo al teatro, pensando que subía 25 a mi cielo, y, puesto de rodillas ante ella, casi di demostración de adorarla. Alzóse una voz en el templo, procedida de otras muchas, que decía: “Vivid felices y luengos años en el mundo, ¡oh dichosos y bellísimos amantes!; coronen 30 presto hermosísimos hijos vuestra mesa, y a largo andar se dilate vuestro amor en vuestros
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 74 nietos; no sepan los rabiosos celos ni las dudosas sospechas la morada de vuestros pechos; ríndase la envidia a vuestros pies, y la buena fortuna no acierte a salir de vuestra casa.” Todas estas razones y deprecaciones santas me 5 colmaban el alma de contento, viendo con qué gusto general llevaba el pueblo mi ventura. En esto, la hermosa Leonora me tomó por la mano, y así, en pie como estábamos, alzando un poco la voz, me dijo: “Bien sabéis, señor Manuel de 10 Sosa, cómo mi padre os dio palabra que no dispondría de mi persona en dos años, que se habían de contar desde el día que me pedisteis fuese yo vuestra esposa; y también, si mal no me acuerdo, os dije yo, viéndome acosada de 15 vuestra solicitud, y obligada de los infinitos beneficios que me habéis hecho, más por vuestra cortesía que por mis merecimientos, que yo no tomaría otro esposo en la tierra sino a vos. Esta palabra mi padre os la ha cumplido, como habéis 20 visto, y yo os quiero cumplir la mía, como veréis; y así, porque sé que los engaños, aunque sean honrosos y provechosos, tienen un no sé qué de traición cuando se dilatan y entretienen, quiero, del que os parecerá que os he hecho, 25 sacaros en este instante. Yo, señor mío, soy casada, y en ninguna manera, siendo mi esposo vivo, puedo casarme con otro; yo no os dejo por ningún hombre de la tierra, sino por uno del cielo, que es Jesucristo, Dios y hombre 30 verdadero: él es mi esposo, a él le di la palabra primero que a vos; a él sin engaño y de toda
LIBRO I, CAPITULO X p. 75 mi voluntad, y a vos con disimulación y sin firmeza alguna. Yo confieso que, para escoger esposo en la tierra, ninguno os pudiera igualar; pero, habiéndole de escoger en el cielo, ¿quién como Dios? Si esto os parece traición o 5 descomedido trato, dadme la pena que quisiereis y el nombre que se os antojare, que no habrá muerte, promesa o amenaza que me aparte del crucificado esposo mío.” Calló, y al mismo punto la priora y las otras monjas comenzaron a 10 desnudarla y a cortarle la preciosa madeja de sus cabellos. Yo enmudecí, y, por no dar muestra de flaqueza, tuve cuenta con reprimir las lágrimas que me venían a los ojos; e hincándome otra vez de rodillas ante ella, casi por fuerza le besé 15 la mano; y ella, cristianamente compasiva, me echó los brazos al cuello; alcéme en pie, y, alzando la voz de modo que todos me oyesen, dije: “Maria optimam partem elegit”. Y diciendo esto, me bajé del teatro, y, acompañado 20 de mis amigos, me volví a mi casa, adonde, yendo y viniendo con la imaginación en este extraño suceso, vine casi a perder el juicio; y ahora, por la misma causa, vengo a perder la vida. Y, dando un gran suspiro, se le salió el alma, 25 y dio consigo en el suelo.
p. 76 CAPITULO ONCENO del primer libro Acudió con presteza Periandro a verle, y halló que había expirado de todo punto, dejando a todos confusos y admirados del triste y no 5 imaginado suceso. --Con este sueño --dijo a esta sazón Auristela-- se ha excusado este caballero de contarnos qué le sucedió en la pasada noche, los trances por donde vino a tan desastrado término 10 y a la prisión de los bárbaros, que, sin duda, debían de ser casos tan desesperados como peregrinos. A lo que añadió el bárbaro Antonio: --¿Por maravilla hay desdichado sólo que lo 15 sea en sus desventuras? Compañeros tienen las desgracias, y por aquí o por allí siempre son grandes, y entonces lo dejan de ser, cuando acaban con la vida del que las padece. Dieron luego orden de enterrarle como mejor 20 pudieron: sirvióle de mortaja su mismo vestido; de tierra, la nieve; y de cruz, la que le hallaron en el pecho en un escapulario, que era la de Christus, por ser caballero de su hábito; y no fuera menester hallarle esta honrosa señal para 25 enterarse de su nobleza, pues las habían dado bien claras su grave presencia y razonar discreto.
LIBRO I, CAPITULO XI p. 77 No faltaron lágrimas que le acompañasen, porque la compasión hizo su oficio, y las sacó de todos los ojos de los circunstantes. Amaneció en esto; volvieron las barcas al agua, pareciéndoles que el mar les esperaba sosegado y 5 blando, y, entre tristes y alegres, entre temor y esperanza, siguieron su camino, sin llevar parte cierta adonde encaminarle. Están todos aquellos mares casi cubiertos de islas, todas o las más despobladas, y las que tienen gente, es rústica 10 y medio bárbara, de poca urbanidad y de corazones duros e insolentes; y, con todo esto, deseaban topar alguna que los acogiese, porque imaginaban que no podían ser tan crueles sus moradores, que no lo fuesen más las montañas 15 de nieve y los duros y ásperos riscos de las que atrás dejaban. Diez días más navegaron, sin tomar puerto, playa o abrigo alguno, dejando a entrambas partes, diestra y siniestra, islas pequeñas que no prometían estar pobladas de 20 gente, puesta la mira en una gran montaña que a la vista se les ofrecía, y pugnaban con todas sus fuerzas llegar a ella con la mayor brevedad que pudiesen, porque ya sus barcas hacían agua, y los bastimentos, a más andar, iban 25 faltando. En fin, más con la ayuda del cielo, como se debe creer, que con las de sus brazos, llegaron a la deseada isla, y vieron andar dos personas por la marina, a quien con grandes voces preguntó 30 Transila qué tierra era aquélla, quién la gobernaba, y si era de cristianos católicos.
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 78 Respondiéronle, en lengua que el[la] entendió, que aquella isla se llamaba Golandia, y que era de católicos, puesto que estaba despoblada, por ser tan poca la gente que tenía, que no ocupaba más de una casa que servía de mesón a la 5 gente que llegaba a un puerto (que) detrás de un peñón que señaló con la mano: “Y si vosotros, quienquiera que seáis, queréis repararos de algunas faltas, seguidnos con la vista, que nosotros os pondremos en el puerto.” Dieron gracias 10 a Dios los de las barcas, y siguieron por la mar a los que los guiaban por la tierra, y, al volver del peñón que les habían señalado, vieron un abrigo que podía llamarse puerto, y en él hasta diez o doce bajeles, de ellos chicos, de ellos 15 medianos y de ellos grandes, y fue grande la alegría que de verlos recibieron, pues les daba esperanza de mudar de navíos, y seguridad de caminar con certeza a otras partes. Llegaron a tierra; salieron así gente de los navíos como 20 del mesón a recibirles; saltó en tierra, en hombros de Periandro y de los dos bárbaros, padre e hijo, la hermosa Auristela, vestida con el vestido y adorno con que fue Periandro vendido a los bárbaros por Arnaldo; salió con ella la 25 gallarda Transila, y la bella bárbara Constanza, con Ricla, su madre, y todos los demás de las barcas acompañaron este escuadrón gallardo. De tal manera causó admiración, espanto y asombro la bellísima escuadra en los de la mar y la 30 tierra, que todos se postraron en el suelo y dieron muestras de adorar a Auristela; mirábanla
LIBRO I, CAPITULO XI p. 79 callando, y con tanto respeto, que no acertaban a mover las lenguas, por no ocuparse en otra cosa que en mirar. La hermosa Transila, como ya había hecho experiencia de que entendían su lengua, fue la primera que rompió el silencio, 5 diciéndoles: --A vuestro hospedaje nos ha traído la nuestra, hasta hoy, contraria fortuna. En nuestro traje y en nuestra mansedumbre echaréis de ver que antes buscamos paz que guerra, porque no hacen 10 batalla las mujeres ni los varones afligidos. Acogednos, señores, en vuestro hospedaje y en vuestros navíos, que las barcas que aquí nos han conducido, aquí dejan el atrevimiento y la voluntad de tornar otra vez a entregarse a la 15 inestabilidad del mar. Si aquí se cambia por oro o por plata lo necesario que se busca, con facilidad y abundancia seréis recompensados de lo que nos diereis: que, por subidos precios que lo vendáis, lo recibiremos como si fuese dado. 20 Uno ¡milagro extraño! que parecía ser de la gente de los navíos, en lengua española respondió: --De corto entendimiento fuera, hermosa señora, el que dudara la verdad que dices: que, 25 puesto que la mentira se disimula, y el daño se disfraza con la máscara de la verdad y del bien, no es posible que haya tenido lugar de acogerse a tan gran belleza como la vuestra. El patrón de este hospedaje es cortesísimo, y todos 30 los de estas naves, ni más ni menos. Mirad si os da más gusto volveros a ellas, o entrar en el
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 80 hospedaje, que en ellas y en él seréis recibidos y tratados como vuestra presencia merece. Entonces, viendo el bárbaro Antonio, u oyendo, por mejor decir, hablar su lengua, dijo: --Pues el cielo nos ha traído a parte que 5 suene en mis oídos la dulce lengua de mi nación, casi tengo ya por cierto el fin de mis desgracias. Vamos, señores, al hospedaje, y, en reposando algún tanto, daremos orden en volver a nuestro camino, con más seguridad que la que hasta 10 aquí hemos traído. En esto, un grumete, que estaba en lo alto de una gavia, dijo a voces, en lengua inglesa: --Un navío se descubre que, con tendidas velas, y mar y viento en popa, viene la vuelta 15 de este abrigo. Alborotáronse todos, y, en el mismo lugar donde estaban, sin moverse un paso, se pusieron a esperar el bajel que tan cerca se descubría, y cuando estuvo junto, vieron que las hinchadas 20 velas las atravesaban unas cruces rojas, y conocieron que, en una bandera que traía en el peñolo de la mayor gavia, venían pintadas las armas de Inglaterra. Disparó, en llegando, dos piezas de gruesa artillería, y luego hasta obra 25 de veinte arcabuces; de la tierra les fue hecha señal de paz y de alegres voces, porque no tenían artillería con que responderle.
p. 81 CAPITULO DOCE del primer libro Donde se cuenta de qué parte y quién eran los que venían en el navío. Hecha, como se ha dicho, la salva de entrambas 5 partes, así del navío como de la tierra, al momento echaron áncoras los de la nave, y arrojaron el esquife al agua, en el cual el primero que saltó, después de cuatro marineros que le adornaron con tapetes y asieron de los 10 remos, fue un anciano varón, al parecer de edad de sesenta años, vestido de una ropa de terciopelo negro que le llegaba a los pies, forrada en felpa negra, y ceñida con una de las que llaman colonias de seda; en la cabeza traía un 15 sombrero alto y puntiagudo, asimismo, al parecer, de felpa. Tras él bajó al esquife un gallardo y brioso mancebo, de poco más edad de veinte y cuatro años, vestido, a lo marinero, de terciopelo negro, una espada dorada en las manos y 20 una daga en la cinta. Luego, como si los arrojaran, echaron de la nave al esquife un hombre lleno de cadenas y una mujer con él enredada y presa con las cadenas mismas: él de hasta cuarenta años de edad, y ella de más de 25 cincuenta; él brioso y despechado, y ella melancólica
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 82 y triste. Impelieron el esquife los marineros; en un instante llegaron a tierra, adonde, en sus hombros y en los de otros soldados arcabuceros que en el barco venían, sacaron a tierra al viejo, y al mozo, y a los dos prisioneros. 5 Transila, que, como los demás, había estado atentísima mirando los que en el esquife venían, volviéndose a Auristela, le dijo: --Por tu vida, señora, que me cubras el rostro con ese velo que traes atado al brazo, 10 porque, o yo tengo poco conocimiento, o son algunos de los que vienen en este barco personas que yo conozco y me conocen. Hízolo así Auristela, y en esto llegaron los de la barca a juntarse con ellos, y todos se 15 hicieron bien criados recibimientos. Fuese derecho el anciano de la felpa a Transila, diciendo: --Si mi ciencia no me engaña, y la fortuna no me desfavorece, próspera habrá sido la mía con este hallazgo. 20 Y diciendo y haciendo, alzó el velo del rostro de Transila, y se quedó desmayado en sus brazos, que ella se los ofreció y se los puso, porque no diese en tierra. Sin duda se puede creer que este caso de tanta novedad y tan no 25 esperado puso en admiración a los circunstantes, y más cuando le oyeron decir a Transila: --¡Oh padre de mi alma! ¿Qué venida es ésta? ¿Quién trae a vuestras venerables canas y a vuestros cansados años por tierras tan apartadas 30 de la vuestra? --¿Quién le ha de traer --dijo a esta sazón el
LIBRO I, CAPITULO XII p. 83 brioso mancebo--, sino el buscar la ventura que sin vos le faltaba? El y yo, dulcísima señora y esposa mía, venimos buscando el norte que nos ha de guiar adonde hallemos el puerto de nuestro descanso; pero pues ya, gracias sean dadas 5 a los cielos, le habemos hallado, haz, señora, que vuelva en sí tu padre Mauricio, y consiente que de su alegría reciba yo parte, recibiéndole a él como a padre, y a mí como a tu legítimo esposo. Volvió en sí Mauricio, y sucedióle en su 10 desmayo Transila. Acudió Auristela a su remedio; pero no osó llegar a ella Ladislao, que éste era el nombre de su esposo, por guardar el honesto decoro que a Transila se le debía; pero como los desmayos que suceden de alegres y no 15 pensados acontecimientos, o quitan la vida en un instante, o no duran mucho, fue pequeño espacio el en que estuvo Transila desmayada. El dueño de aquel mesón u hospedaje dijo: --Venid, señores, todos, adonde, con más 20 comodidad y menos frío del que aquí hace, os deis cuenta de vuestros sucesos. Tomaron su consejo y fuéronse al mesón, y hallaron que era capaz de alojar una flota. Los dos encadenados se fueron por su pie, ayudándoles 25 a llevar sus hierros los arcabuceros que, como en guarda, con ellos venían; acudieron a sus naves algunos, y, con tanta prisa como buena voluntad, trajeron de ellas los regalos que tenían. Hízose lumbre, pusiéronse las mesas, y, 30 sin tratar entonces de otra cosa, satisficieron todos la hambre más con muchos géneros de
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 84 pescados que con carnes, porque no sirvió otra que la de muchos pájaros que se crían en aquellas partes, de tan extraña manera, que, por ser rara y peregrina, me obliga a que aquí la cuente. Híncanse unos palos en la orilla de la mar y 5 entre los escollos donde las aguas llegan, los cuales palos, de allí a poco tiempo, todo aquello que cubre el agua se convierte en dura piedra, y, lo que queda fuera del agua, se pudre y se corrompe, de cuya corrupción se engendra 10 un pequeño pajarillo que, volando a la tierra, se hace grande, y tan sabroso de comer, que es uno de los mejores manjares que se usan; y, donde hay más abundancia de ellos, es en las provincias de Hibernia y de Irlanda, el cual pájaro se llama 15 barnaclas. El deseo que tenían todos de saber los sucesos de los recién llegados, les hacía parecer larga la comida, la cual acabada, el anciano Mauricio dio una gran palmada en la mesa, como dando señal de pedir que con atención le 20 escuchasen. Enmudecieron todos, y el silencio les selló los labios, y la curiosidad les abrió los oídos, viendo lo cual, Mauricio soltó la voz en tales razones: --En una isla, de siete que están circunvecinas 25 a la de Hibernia, nací yo, y tuvo principio mi linaje, tan antiguo, bien como aquel que es de los Mauricios, que, en decir este apellido, le encarezco todo lo que puedo; soy cristiano católico, y no de aquellos que andan 30 mendigando la fe verdadera entre opiniones; mis padres me criaron en los estudios, así de las
LIBRO I, CAPITULO XII p. 85 armas como de las letras --si se puede decir que las armas se estudian--; he sido aficionado a la ciencia de la astrología judiciaria, en la cual he alcanzado famoso nombre; caséme, en teniendo edad para tomar estado, con una hermosa y 5 principal mujer de mi ciudad, de la cual tuve esta hija que está aquí presente; seguí las costumbres de mi patria, a lo menos en cuanto a las que parecían ser niveladas con la razón, y, en las que no, con apariencias fingidas, mostraba 10 seguirlas, que tal vez la disimulación es provechosa; creció esta muchacha a mi sombra, porque le faltó la de su madre a dos años después de nacida, y a mí me faltó el arrimo de mi vejez y me sobró el cuidado de criar la hija, y por 15 salir de él, que es carga difícil de llevar de cansados y ancianos hombros, en llegando a casi edad de darle esposo en que le diese arrimo y compañía, lo puse en efecto, y el que le escogí fue este gallardo mancebo que tengo a mi lado, que 20 se llama Ladislao, tomando consentimiento primero de mi hija, por parecerme acertado y aun conveniente que los padres casen a sus hijas con su beneplácito y gusto, pues no les dan compañía por un día, sino por todos aquellos 25 que les durare la vida; y, de no hacer esto así, se han seguido, siguen y seguirán millares de inconvenientes, que los más suelen parar en desastrados sucesos. Es, pues, de saber que en mi patria hay una costumbre, entre muchas malas 30 la peor de todas, y es que, concertado el matrimonio, y llegado el día de la boda, en una
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 86 casa principal, para esto diputada, se juntan los novios y sus hermanos, si los tienen, con todos los parientes más cercanos de entrambas partes, y con ellos el regimiento de la ciudad, los unos para testigos y los otros para verdugos, 5 que así los puedo y debo llamar. Está la desposada en un rico apartamiento esperando lo que no sé cómo pueda decirlo sin que la vergüenza no me turbe la lengua; está esperando, digo, a que entren los hermanos de su esposo, 10 si los tiene, y algunos de sus parientes más cercanos, de uno en uno, a coger las flores de su jardín y a manosear los ramilletes que ella quisiera guardar intactos para su marido: costumbre bárbara y maldita, que va contra todas las 15 leyes de la honestidad y del buen decoro, porque ¿qué dote puede llevar más rico una doncella, que serlo, ni qué limpieza puede ni debe agradar más al esposo, que la que la mujer lleva a su poder en su entereza? La honestidad 20 siempre anda acompañada con la vergüenza, y la vergüenza con la honestidad; y si la una o la otra comienzan a desmoronarse y a perderse, todo el edificio de la hermosura dará en tierra, y será tenido en precio bajo y asqueroso. 25 Muchas veces había yo intentado de persuadir a mi pueblo dejase esta prodigiosa costumbre; pero apenas lo intentaba, cuando se me daba en la boca con mil amenazas de muerte, donde vine a verificar aquel antiguo adagio que vulgarmente 30 se dice: que la costumbre es otra naturaleza, y el mudarla se siente como la muerte. Finalmente,
LIBRO I, CAPITULO XII p. 87 mi hija se encerró en el retraimiento dicho, y estuvo esperando su perdición; y cuando quería ya entrar un hermano de su esposo a dar principio al torpe trato, veis aquí donde veo salir, con una lanza terciada en las manos, a la 5 gran sala donde toda la gente estaba, a Transila, hermosa como el sol, brava como una leona, y airada como una tigre. Aquí llegaba de su historia el anciano Mauricio, escuchándole todos con la atención posible, 10 cuando, revistiéndosele a Transila el mismo espíritu que tuvo al tiempo que se vio en el mismo acto y ocasión que su padre contaba, levantándose en pie, con lengua a quien suele turbar la cólera, con el rostro hecho brasa y los 15 ojos fuego, en efecto, con ademán que la pudiera hacer menos hermosa, si es que los accidentes tienen fuerzas de menoscabar las grandes hermosuras, quitándole a su padre las palabras de la boca, dijo las del siguiente capítulo. 20
p. 88 CAPITULO TRECE Donde Transila prosigue la historia a quien su padre dio principio. --Salí --dijo Transila--, como mi padre ha dicho, a la gran sala, y, mirando a todas partes, 5 en alta y colérica voz dije: “Haceos adelante vosotros, aquéllos cuyas deshonestas y bárbaras costumbres van contra las que guarda cualquier bien ordenada república. Vosotros, digo, más lascivos que religiosos, que, con apariencia 10 y sombra de ceremonias vanas, queréis cultivar los ajenos campos sin licencia de sus legítimos dueños. Veisme aquí, gente mal perdida y peor aconsejada; venid, venid, que la razón, puesta en la punta de esta lanza, defenderá mi partido y 15 quitará las fuerzas a vuestros malos pensamientos, tan enemigos de la honestidad y de la limpieza.” Y, en diciendo esto, salté en mitad de la turba, y, rompiendo por ella, salí a la calle, acompañada de mi mismo enojo, y llegué a la 20 marina, donde, cifrando mil discursos, que en aquel tiempo hice, en uno, me arrojé en un pequeño barco que, sin duda, me deparó el cielo. Asiendo de dos pequeños remos, me alargué de la tierra todo lo que pude; pero viendo que 25 se daban prisa a seguirme en otros muchos barcos, más bien parados y de mayores fuerzas
LIBRO I, CAPITULO XIII p. 89 impelidos, y que no era posible escaparme, solté los remos y volví a tomar mi lanza, con intención de esperarles y dejar llevarme a su poder, si no perdiendo la vida, vengando primero en quien pudiese mi agravio. Vuelvo a 5 decir otra vez que el cielo, conmovido de mi desgracia, avivó el viento y llevó el barco, sin impelerle los remos, el mar adentro, hasta que llegó a una corriente o raudal que le arrebató como en peso y le llevó más adentro, quitando 10 la esperanza a los que tras mí venían de alcanzarme, que no se aventuraron a entrarse en la desenfrenada corriente que por aquella parte el mar llevaba. --Así es verdad --dijo a esta sazón su 15 esposo Ladislao--, porque, como me llevabas el alma, no pude dejar de seguirte. Sobrevino la noche, y perdímoste de vista, y aun perdimos la esperanza de hallarte viva, si no fuese en las lenguas de la fama, que desde aquel punto 20 tomó a su cargo el celebrar tal hazaña por siglos eternos. --Es, pues, el caso --prosiguió Transila-- que, aquella noche, un viento que de la mar soplaba, me trajo a la tierra, y en la marina hallé unos 25 pescadores que benignamente me recogieron y albergaron, y aun me ofrecieron marido, si no le tenía, y creo sin aquellas condiciones de quien yo iba huyendo. Pero la codicia humana, que reina y tiene su señorío aun entre las peñas y 30 riscos del mar, y en los corazones duros y campestres, se entró aquella noche en los pechos de
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 90 aquellos rústicos pescadores, y acordaron entre sí que, pues de todos era la presa que en mí tenían, y que no podía ser dividida en partes para poder repartirme, que me vendiesen a unos corsarios que aquella tarde habían descubierto 5 no lejos de sus pesquerías. Bien pudiera yo ofrecerles mayor precio del que ellos pudieran pedir a los corsarios; pero no quise tomar ocasión de recibir bien alguno de ninguno de mi bárbara patria, y así, al amanecer, habiendo 10 llegado allí los piratas, me vendieron no sé por cuánto, habiéndome primero despojado de las joyas que llevaba de desposada. Lo que sé decir es que me trataron los corsarios con mejor término que mis ciudadanos, y me dijeron que no 15 fuese melancólica, porque no me llevaban para ser esclava, sino para esperar ser reina y aun señora de todo el universo, si ya no mentían ciertas profecías de los bárbaros de aquella isla, de quien tanto se hablaba por el mundo. 20 De cómo llegué, del recibimiento que los bárbaros me hicieron, de cómo aprendí su lengua en este tiempo que ha que falté de vuestra presencia, de sus ritos y ceremonias y costumbres, del vano asunto de sus profecías, y del 25 hallazgo de estos señores con quien vengo, y del incendio de la isla, que ya queda abrasada, y de nuestra libertad, diré otra vez, que, por ahora, basta lo dicho, y quiero dar lugar a que mi padre me diga qué ventura le ha traído a 30 dármela tan buena cuando menos la esperaba. Aquí dio fin Transila a su plática, teniendo a
LIBRO I, CAPITULO XIII p. 91 todos colgados de la suavidad de su lengua y admirados del extremo de su hermosura, que, después de la de Auristela, ninguna se le igualaba. Mauricio, su padre, entonces dijo: --Ya sabes, hermosa Transila, querida hija, 5 cómo mis estudios y ejercicios, entre otros muchos gustosos y loables, me llevaron tras sí los de la astrología judiciaria, como aquellos que, cuando aciertan, cumplen el natural deseo que todos los hombres tienen, no [sólo de saber] 10 todo lo pasado y presente, sino lo por venir. Viéndote, pues, perdida, noté el punto, observé los astros, miré el aspecto de los planetas, señalé los sitios y casas necesarias para que respondiese mi trabajo a mi deseo, porque 15 ninguna ciencia, en cuanto a ciencia, engaña: el engaño está en quien no la sabe, principalmente la del astrología, por la velocidad de los cielos, que se lleva tras sí todas las estrellas, las cuales no influyen en este lugar lo que en aquél, ni en 20 aquél lo que en éste; y así, el astrólogo judiciario, si acierta alguna vez en sus juicios, es por arrimarse a lo más probable y a lo más experimentado, y el mejor astrólogo del mundo, puesto que muchas veces se engaña, es el demonio, 25 porque no solamente juzga de lo por venir por la ciencia que sabe, sino también por las premisas y conjeturas; y como ha tanto tiempo que tiene experiencia de los casos pasados y tanta noticia de los presentes, con facilidad se 30 arroja a juzgar de los por venir, lo que no tenemos los aprendices de esta ciencia, pues hemos
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 92 de juzgar siempre a tiento y con poca seguridad. Con todo eso, alcancé que tu perdición había de durar dos años, y que te había de cobrar este día, y en esta parte, para remozar mis canas y para dar gracias a los cielos del hallazgo de mi 5 tesoro, alegrando mi espíritu con tu presencia, puesto que sé que ha de ser a costa de algunos sobresaltos: que, por la mayor parte, las buenas andanzas no vienen sin el contrapeso de desdichas, las cuales tienen jurisdicción y un modo 10 de licencia de entrarse por los buenos sucesos, para darnos a entender que, ni el bien es eterno, ni el mal durable. --Los cielos serán servidos --dijo a esta sazón Auristela, que había gran tiempo que 15 callaba-- de darnos próspero viaje, pues nos le promete tan buen hallazgo. La mujer prisionera, que había estado escuchando con grande atención el razonamiento de Transila, se puso en pie, a pesar de sus cadenas 20 y al de la fuerza que le hacía para que no se levantase el que con ella venía preso, y, con voz levantada, dijo:
p. 93 CAPITULO CATORCE del primer libro Donde se declara quién eran los que tan aherrojados venían. --Si es que los afligidos tienen licencia para 5 hablar ante los venturosos, concédaseme a mí por esta vez, donde la brevedad de mis razones templará el fastidio que tuviereis de escucharlas. Haste quejado --dijo, volviéndose a Transila--, señora doncella, de la bárbara costumbre 10 de los de tu ciudad, como si lo fuera aliviar el trabajo a los menesterosos y quitar la carga a los flacos; sí que no es error, por bueno que sea un caballo, pasearle la carrera primero que se ponga en él, ni va contra la honestidad el uso 15 y costumbre si en él no se pierde la honra, y se tiene por acertado lo que no lo parece; sí que mejor gobernará el timón de una nave el que hubiere sido marinero, que no el que sale de las escuelas de la tierra para ser piloto: la 20 experiencia en todas las cosas es la mejor maestra de las artes, y así, mejor te fuera entrar experimentada en la compañía de tu esposo, que rústica e inculta. Apenas oyó esta razón última el hombre 25 que consigo venía atado, cuando dijo,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 94 poniéndole el puño cerrado junto al rostro, amenazándola: --¡Oh Rosamunda, o, por mejor decir, Rosa inmunda!, porque munda, ni lo fuiste, ni lo eres, ni lo serás en tu vida, si vivieses más años que 5 los mismos tiempos, y así, no me maravillo de que te parezca mal la honestidad ni el buen recato, a que están obligadas las honradas doncellas. Sabed, señores --mirando a todos los circunstantes, prosiguió--, que esta mujer que 10 aquí veis, atada como loca, y libre como atrevida, es aquella famosa Rosamunda, dama que ha sido concubina y amiga del rey de Inglaterra, de cuyas impúdicas costumbres hay largas historias y longísimas memorias entre 15 todas las gentes del mundo. Ésta mandó al rey, y, por añadidura, a todo el reino; puso leyes, quitó leyes; levantó caídos viciosos y derribó levantados virtuosos; cumplió sus gustos, tan torpe como públicamente, en menoscabo de la autoridad 20 del rey, y en muestra de sus torpes apetitos, que fueron tantas las muestras, y tan torpes y tantos sus atrevimientos, que, rompiendo los lazos de diamantes y las redes de bronce con que tenía ligado el corazón del rey, le 25 movieron a apartarla de sí y a menospreciarla en el mismo grado que la había tenido en precio. Cuando ésta estaba en la cumbre de su rueda y tenía asida por la guedeja a la fortuna, vivía yo despechado y con deseos de mostrar al 30 mundo cuán mal estaban empleados los de mi rey y señor natural; tengo un cierto espíritu
LIBRO I, CAPITULO XIV p. 95 satírico y maldiciente, una pluma veloz y una lengua libre; deléitanme las maliciosas agudezas, y, por decir una, perderé yo, no sólo un amigo, pero cien mil vidas; no me ataban la lengua prisiones, ni enmudecían destierros, ni 5 atemorizaban amenazas, ni enmendaban castigos; finalmente, a entrambos a dos llegó el día de nuestra última paga: a ésta mandó el rey que nadie, en toda la ciudad ni en todos sus reinos y señoríos, le diese, ni dado ni por dineros, 10 otro algún sustento que pan y agua, y que a mí, junto con ella, nos trajesen a una de las muchas islas que por aquí hay que fuese despoblada, y aquí nos dejasen: pena que para mí ha sido más mala que quitarme la vida, porque, la 15 que con ella paso, es peor que la muerte. --Mira, Clodio --dijo a esta sazón Rosamunda--, cuán mal me hallo yo en tu compañía, que mil veces me ha venido al pensamiento de arrojarme en la profundidad del mar, y, si lo he 20 dejado de hacer, es por no llevarte conmigo: que si en el infierno pudiera estar sin ti, se me aliviaran las penas. Yo confieso que mis torpezas han sido muchas, pero han caído sobre sujeto flaco y poco discreto; mas las tuyas han 25 cargado sobre varoniles hombros y sobre discreción experimentada, sin sacar de ellas otra ganancia que una delectación más ligera que la menuda paja que en volubles remolinos revuelve el viento; tú has lastimado mil ajenas honras, 30 has aniquilado ilustres créditos, has descubierto secretos escondidos, y contaminado linajes
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 96 claros; haste atrevido a tu rey, a tus ciudadanos, a tus amigos y a tus mismos parientes, y, en son de decir gracias, te has desgraciado con todo el mundo. Bien quisiera yo que quisiera el rey que, en pena de mis delitos, acabara con 5 otro género de muerte la vida en mi tierra, y no con el de las heridas que a cada paso me da tu lengua, de la cual tal vez no están seguros los cielos ni los santos. --Con todo eso --dijo Clodio--, jamás me 10 ha acusado la conciencia de haber dicho alguna mentira. --A tener tú conciencia --dijo Rosamunda-- de las verdades que has dicho, tenías harto de que acusarte: que no todas las verdades han de 15 salir en público ni a los ojos de todos. --Sí --dijo a esta sazón Mauricio--, sí que tiene razón Rosamunda: que las verdades de las culpas cometidas en secreto, nadie ha de ser osado de sacarlas en público, especialmente las 20 de los reyes y príncipes que nos gobiernan; sí que no toca a un hombre particular reprender a su rey y señor, ni sembrar en los oídos de sus vasallos las faltas de su príncipe, porque esto no será causa de enmendarle, sino de que 25 los suyos no le estimen; y si la corrección ha de ser fraterna entre todos, ¿por qué no ha de gozar de este privilegio el príncipe? ¿Por qué le han de decir públicamente y en el rostro sus defectos? Que tal vez la reprensión pública y mal 30 considerada, suele endurecer la condición del que la recibe, y volverle antes pertinaz que
LIBRO I, CAPITULO XIV p. 97 blando; y como es forzoso que la reprensión caiga sobre culpas verdaderas o imaginadas, nadie quiere que le reprendan en público, y así, dignamente, los satíricos, los maldicientes, los malintencionados, son desterrados y echados 5 de sus casas, sin honra y con vituperio, sin que les quede otra alabanza que llamarse agudos sobre bellacos, y bellacos sobre agudos, y es como lo que suele decirse: la traición contenta; pero el traidor enfada. Y hay más: que las honras 10 que se quitan por escrito, como vuelan y pasan de gente en gente, no se pueden reducir a restitución, sin la cual no se perdonan los pecados. --Todo lo sé --respondió Clodio--; pero, si quieren que no hable o escriba, córtenme la 15 lengua y las manos, y aun entonces pondré la boca en las entrañas de la tierra, y daré voces como pudiere, y tendré esperanza que de allí salgan las cañas del rey Midas. --Ahora bien --dijo a esta sazón Ladislao--; 20 háganse estas paces; casemos a Rosamunda con Clodio: quizá con la bendición del sacramento del matrimonio, y con la discreción de entrambos, mudando de estado, mudarán de vida. --Aun bien --dijo Rosamunda--, que tengo 25 aquí un cuchillo con que podré hacer una o dos puertas en mi pecho por donde salga el alma, que ya tengo casi puesta en los dientes en sólo haber oído este tan desastrado y desatinado casamiento. 30 --Yo no me mataré --dijo Clodio--, porque, aunque soy murmurador y maldiciente, el gusto
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 98 que recibo de decir mal, cuando lo digo bien, es tal, que quiero vivir, porque quiero decir mal; verdad es que pienso guardar la cara a los príncipes, porque ellos tienen largos brazos y alcanzan adonde quieren y a quien quieren, y 5 ya la experiencia me ha mostrado que no es bien ofender a los poderosos, y la caridad cristiana enseña que por el príncipe bueno se ha de rogar al cielo por su vida y por su salud, y por el malo, que le mejore y enmiende. 10 --Quien todo eso sabe --dijo el bárbaro Antonio--, cerca está de enmendarse; no hay pecado tan grande, ni vicio tan apoderado, que, con el arrepentimiento, no se borre o quite del todo. La lengua maldiciente es como espada de dos 15 filos, que corta hasta los huesos, o como rayo del cielo, que, sin romper la vaina, rompe y desmenuza el acero que cubre; y aunque las conversaciones y entretenimientos se hacen sabrosos con la sal de la murmuración, todavía 20 suelen tener los dejos las más veces amargos y desabridos. Es tan ligera la lengua como el pensamiento, y si son malas las preñeces de los pensamientos, las empeoran los partos de la lengua; y como sean las palabras como las piedras 25 que se sueltan de la mano, que no se pueden revocar ni volver a la parte donde salieron hasta que han hecho su efecto, pocas veces el arrepentirse de haberlas dicho menoscaba la culpa del que las dijo, aunque ya tengo dicho que 30 un buen arrepentimiento es la mejor medicina que tienen las enfermedades del alma.
p. 99 CAPITULO QUINCE del primer libro de esta grande historia En esto estaban, cuando entró un marinero en el hospedaje, diciendo a voces: --Un bajel grande viene con las velas tendidas 5 encaminado a este puerto, y hasta ahora no he descubierto señal que me dé a entender de qué parte sea. Apenas dijo esto, cuando llegó a sus oídos el son horrible de muchas piezas de artillería 10 que el bajel disparó al entrar del puerto, todas limpias y sin bala alguna, señal de paz, y no de guerra; de la misma manera le respondió el bajel de Mauricio y toda la arcabucería de los soldados que en él venían. Al momento todos los 15 que estaban en el hospedaje salieron a la marina, y en viendo Periandro el bajel recién llegado, conoció ser el de Arnaldo, príncipe de Dinamarca, de que no recibió contento alguno: antes se le revolvieron las entrañas, y el 20 corazón le comenzó a dar saltos en el pecho. Los mismos accidentes y sobresaltos recibió en el suyo Auristela, como aquella que por larga experiencia sabía la voluntad que Arnaldo le tenía, y no podía acomodar su corazón a pensar 25 cómo podría ser que las voluntades de Arnaldo y Periandro se aviniesen bien, sin que la
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 100 rigurosa y desesperada flecha de los celos no les atravesase las almas. Ya estaba Arnaldo en el esquife de la nave, y ya llegaba a la orilla, cuando se adelantó Periandro a recibirle; pero Auristela no se movió del lugar donde primero 5 puso el pie, y aun quisiera que allí se le hincaran en el suelo y se volvieran en torcidas raíces, como se volvieron los de la hija de Peneo cuando el ligero corredor Apolo la seguía. Arnaldo, que vio a Periandro, le conoció, y, sin esperar 10 que los suyos le sacasen en hombros a tierra, de un salto que dio desde la popa del esquife, se puso en ella, y en los brazos de Periandro, que con ellos abiertos le recibió, y Arnaldo le dijo: --Si yo fuese tan venturoso, amigo Periandro, 15 que contigo hallase a tu hermana Auristela, ni tendría mal que temer, ni otro bien mayor que esperar. --Conmigo está, valeroso señor --respondió Periandro--: que los cielos, atentos a favorecer 20 tus virtuosos y honestos pensamientos, te la han guardado con la entereza que también ella por sus buenos deseos merece. Ya en esto se había comunicado por la nueva gente y por la que en la tierra estaba quién era 25 el príncipe que en la nave venía, y todavía estaba Auristela como estatua, sin voz, inmovible, y junto a ella la hermosa Transila, y las dos, al parecer bárbaras, Ricla y Constanza. Llegó Arnaldo, y, puesto de hinojos ante Auristela, le dijo: 30 --¡Seas bien hallada, norte por donde se guían mis honestos pensamientos, y estrella fija
LIBRO I, CAPITULO XV p. 101 que me lleva al puerto donde han de tener reposo mis buenos deseos! A todo esto no respondió palabra Auristela: antes le vinieron las lágrimas a los ojos, que comenzaron a bañar sus rosadas mejillas. Confuso 5 Arnaldo de tal acidente, no supo determinarse si de pesar o de alegría podía proceder semejante acontecimiento; mas Periandro, que todo lo notaba, y en cualquier movimiento de Auristela tenía puesto[s] los ojos, sacó a 10 Arnaldo de duda, diciéndole: --Señor, el silencio y las lágrimas de mi hermana nacen de admiración y de gusto: la admiración, del verte en parte tan no esperada; y las lágrimas, del gusto de haberte visto; ella es 15 agradecida, como lo deben ser las bien nacidas, y conoce las obligaciones en que la has puesto de servirte, con las mercedes y limpio tratamiento que siempre le has hecho. Fuéronse con esto al hospedaje; volvieron a 20 colmarse las mesas de manjares; llenáronse de regocijo los pechos, porque se llenaron las tazas de generosos vinos: que, cuando se trasiegan por la mar de un cabo a otro, se mejoran de manera, que no hay néctar que se les iguale. 25 Esta segunda comida se hizo por respeto del príncipe Arnaldo. Contó Periandro al príncipe lo que le sucedió en la isla bárbara, con la libertad de Auristela, con todos los sucesos y puntos que hasta aquí se han contado, con que 30 se suspendió Arnaldo, y de nuevo se alegraron y admiraron todos los presentes.
p. 102 CAPITULO DIEZ Y SEIS del primer libro de Persiles y Sigismunda En esto, el patrón del hospedaje dijo: --No sé si diga que me pesa de la bonanza que prometen en el mar las señales del cielo: 5 el sol se pone claro y limpio, cerca ni lejos no se descubre celaje alguno, las olas hieren la tierra blanda y suavemente, y las aves salen al mar a espaciarse: que todos éstos son indicios de serenidad firme y duradera, cosa que ha de 10 obligar a que me dejen solo tan honrados huéspedes como la fortuna a mi hospedaje ha traído. --Así será --dijo Mauricio--: que, puesto que vuestra noble compañía se ha de tener por agradable y cara, el deseo de volver a nuestras 15 patrias no consiente que mucho tiempo la gocemos. De mí sé decir que esta noche, a la primera guarda, me pienso hacer a la vela, si con mi parecer viene el de mi piloto y el de estos señores soldados que en el navío vienen. 20 A lo que añadió Arnaldo: --Siempre la pérdida del tiempo no se puede cobrar, y la que se pierde en la navegación es irremediable. En efecto; entre todos los que en el puerto 25 estaban, quedó de acuerdo que en aquella noche fuesen de partida la vuelta de Inglaterra, a
LIBRO I, CAPITULO XVI p. 103 quien todos iban encaminados. Levantóse Arnaldo de la mesa, y, asiendo de la mano a Periandro, le sacó fuera del hospedaje, donde a solas, y sin ser oído de nadie, le dijo: --No es posible, Periandro amigo, sino que 5 tu hermana Auristela te habrá dicho la voluntad que, en dos años que estuvo en poder del rey mi padre, le mostré, tan ajustada con sus honestos deseos, que jamás me salieron palabras a la boca que pudiesen turbar sus castos 10 intentos; nunca quise saber más de su hacienda de aquello que ella quiso decirme, pintándola en mi imaginación, no como persona ordinaria y de bajo estado, sino como a reina de todo el mundo, porque su honestidad, su gravedad, su 15 discreción, tan en extremo extremada, no me daba lugar a que otra cosa pensase. Mil veces me le ofrecí por su esposo, y esto con voluntad de mi padre, y aun me parecía que era corto mi ofrecimiento. Respondióme siempre que, hasta verse 20 en la ciudad de Roma, adonde iba a cumplir un voto, no podía disponer de su persona; jamás me quiso decir su calidad ni la de sus padres, ni yo, como ya he dicho, le importuné me la dijese, pues ella sola, por sí misma, sin que 25 traiga dependencia de otra alguna nobleza, merece, no solamente la corona de Dinamarca, sino de toda la monarquía de la tierra. Todo esto te he dicho, Periandro, para que, como varón de discurso y entendimiento, consideres que no es 30 muy baja la ventura que está llamando a las puertas de tu comodidad y la de tu hermana, a
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 104 quien desde aquí me ofrezco por su esposo, y prometo de cumplir este ofrecimiento cuando ella quisiere y adonde quisiere: aquí, debajo de estos pobres techos, o en los dorados de la famosa Roma; y asimismo te ofrezco de 5 contenerme en los límites de la honestidad y buen decoro, si bien viese consumirme en los ahíncos y deseos que trae consigo la concupiscencia desenfrenada y la esperanza propincua, que suele fatigar más que la apartada. 10 Aquí dio fin a su plática Arnaldo, y estuvo atentísimo a lo que Periandro había de responderle, que fue: --Bien conozco, valeroso príncipe Arnaldo, la obligación en que yo y mi hermana te 15 estamos por las mercedes que hasta aquí nos has hecho y por la que ahora de nuevo nos haces: a mí, por ofrecerte por mi hermano, y a ella, por esposo; pero, aunque parezca locura que dos miserables peregrinos, desterrados de su 20 patria, no admitan luego luego el bien que se les ofrece, te sé decir no ser posible el recibirle, como es posible el agradecerle. Mi hermana y yo vamos, llevados del destino y de la elección, a la santa ciudad de Roma, y, hasta vernos en ella, 25 parece que no tenemos ser alguno ni libertad para usar de nuestro albedrío. Si el cielo nos llevare a pisar la santísima tierra y adorar sus reliquias santas, quedaremos en disposición de disponer de nuestras hasta ahora impedidas 30 voluntades, y entonces será la mía toda empleada en servirte. Séte decir también que, si llegares al
LIBRO I, CAPITULO XVI p. 105 cumplimiento de tu buen deseo, llegarás a tener una esposa de ilustrísimo linaje nacida, y un hermano que lo sea mejor que cuñado, y, entre las muchas mercedes que entrambos a dos hemos recibido, te suplico me hagas a mí una, 5 y es que no me preguntes más de nuestra hacienda y de nuestra vida, porque no me obligues a que sea mentiroso, inventando quimeras que decirte mentirosas y falsas, por no poder contarte las verdaderas de nuestra historia. 10 --Dispón de mí --respondió Arnaldo--, hermano mío, a toda tu voluntad y gusto, haciendo cuenta que yo soy cera, y tú el sello que has de imprimir en mí lo que quisieres; y, si te parece, sea nuestra partida esta noche a Inglaterra, que 15 de allí fácilmente pasaremos a Francia y a Roma, en cuyo viaje, y del modo que quisiereis, pienso acompañaros, si de ello gustareis. Aunque le pesó a Periandro de este último ofrecimiento, le admitió, esperando en el tiempo y 20 en la dilación, que tal vez mejora los sucesos; y abrazándose los dos cuñados en esperanza, se volvieron al hospedaje a dar traza en su partida. Había visto Auristela cómo Arnaldo y Periandro habían salido juntos, y estaba temerosa 25 del fin que podía tener el de su plática; y puesto que conocía la modestia en el príncipe Arnaldo, y la mucha discreción de Periandro, mil géneros de temores la sobresaltaban, pareciéndole que, como el amor de Arnaldo igualaba a 30 su poder, podía remitir a la fuerza sus ruegos: que tal vez en los pechos de los desdeñados
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 106 amantes se convierte la paciencia en rabia, y la cortesía en descomedimiento; pero, cuando los vio venir tan sosegados y pacíficos, cobró casi los perdidos espíritus. Clodio el maldiciente, que ya había sabido quién era Arnaldo, 5 se le echó a los pies, y le suplicó le mandase quitar la cadena y apartar de la compañía de Rosamunda. Mauricio le contó luego la condición, la culpa y la pena de Clodio y la de Rosamunda. Movido a compasión de ellos, hizo, por 10 un capitán que los traía a su cargo, que los desherrasen y se los entregasen, que él tomaba a su cargo alcanzarles perdón de su rey, por ser su grande amigo; viendo lo cual, el maldiciente Clodio dijo: 15 --Si todos los señores se ocupasen en hacer buenas obras, no habría quien se ocupase en decir mal de ellos; pero ¿por qué ha de esperar el que obra mal que digan bien de él? Y si las obras virtuosas y bien hechas son calumniadas 20 de la malicia humana, ¿por qué no lo serán las malas? ¿Por qué ha de esperar el que siembra cizaña y maldad, de buen fruto su cosecha? Llévame contigo, ¡oh príncipe!, y verás cómo pongo sobre el cerco de la luna tus alabanzas. 25 --No, no --respondió Arnaldo--; no quiero que me alabes por las obras que en mí son naturales; y más, que la alabanza tanto es buena, cuanto es bueno el que la dice, y tanto es mala, cuanto es vicioso y malo el que alaba: que si la 30 alabanza es premio de la virtud, si el que alaba es virtuoso, es alabanza; y si vicioso, vituperio.
p. 107 CAPITULO DIEZ Y SIETE del primer libro Da cuenta Arnaldo del suceso de Taurisa. Con gran deseo estaba Auristela de saber lo que Arnaldo y Periandro pasaron en la plática 5 que tuvieron fuera del hospedaje, y aguardaba comodidad para preguntárselo a Periandro, y para saber de Arnaldo qué se había hecho su doncella Taurisa; y, como si Arnaldo le adivinara los pensamientos, le dijo: 10 --Las desgracias que has pasado, hermosa Auristela, te habrán llevado de la memoria las que tenías en obligación de acordarte de ellas, entre las cuales querría que hubiesen borrado de ella a mí mismo, que, con sola la imaginación 15 de pensar que algún tiempo he estado en ella, viviría contento, pues no puede haber olvido de aquello de quien no se ha tenido acuerdo: el olvido presente cae sobre la memoria del acuerdo pasado; pero, como quiera que sea, 20 acuérdesete de mí o no te acuerdes, de todo lo que hicieres estoy contento: que los cielos, que me han destinado para ser tuyo, no me dejan hacer otra cosa; mi albedrío lo es para obedecerte. Tu hermano Periandro me ha contado 25 muchas de las cosas que después que te robaron
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 108 de mi reino te han sucedido: unas me han admirado, otras suspendido, y éstas y aquéllas espantado. Veo asimismo que tienen fuerza las desgracias para borrar de la memoria algunas obligaciones que parecen forzosas: ni me 5 has preguntado por mi padre, ni por Taurisa, tu doncella; a él dejé yo bueno, y con deseo de que te buscase y te hallase; a ella la traje conmigo, con intención de venderla a los bárbaros, para que sirviese de espía y viese si la 10 fortuna te había llevado a su poder. De cómo vino al mío tu hermano Periandro, ya él te lo habrá contado, y el concierto que entre los dos hicimos; y aunque muchas veces he probado volver a la isla bárbara, los vientos contrarios 15 no me han dejado, y ahora volvía con la misma intención y con el mismo deseo, el cual me ha cumplido el cielo con bienes de tantas ventajas como son de tenerte en mi presencia, alivio universal de mis cuidados. Taurisa, tu doncella, 20 habrá dos días que la entregué a dos caballeros amigos míos que encontré en medio de ese mar, que en un poderoso navío iban a Irlanda, a causa que Taurisa iba muy mala y con poca seguridad de la vida; y como este navío en que 25 yo ando más se puede llamar de corsario que de hijo de rey, viendo que en él no había regalos ni medicinas, que piden los enfermos, se la entregué para que la llevasen a Irlanda y la entregasen a su príncipe, que la regalase, 30 curase y guardase hasta que yo mismo fuese por ella. Hoy he dejado apuntado con tu
LIBRO I, CAPITULO XVII p. 109 hermano Periandro que nos partamos mañana, o ya para Inglaterra, o ya para España o Francia: que, a doquiera que arribemos, tendremos segura comodidad para poner en efecto los honestos pensamientos que tu hermano me ha dicho 5 que tienes; y yo en este entretanto llevaré sobre los hombros de mi paciencia mis esperanzas, sustentadas con el arrimo de tu buen entendimiento. Con todo esto, te ruego, señora, y te suplico, que mires si con nuestro parecer viene y 10 ajusta el tuyo, que, si algún tanto disuena, no le pondremos en ejecución. --Yo no tengo otra voluntad --respondió Auristela-- sino la de mi hermano Periandro, ni él, pues es discreto, querrá salir un punto de la 15 tuya. --Pues si así es --replicó Arnaldo--, no quiero mandar, sino obedecer, porque no digan que, por la calidad de mi persona, me quiero alzar con el mando a mayores. 20 Esto fue lo que pasó a Arnaldo con Auristela, la cual se lo contó todo a Periandro, y aquella noche Arnaldo, Periandro, Mauricio, Ladislao y los dos capitanes, y el navío inglés, con todos los que salieron de la isla bárbara, 25 entraron en consejo y ordenaron su partida en la forma siguiente:
p. 110 CAPITULO DIEZ Y OCHO del primer libro Donde Mauricio sabe por la astrología un mal suceso que les avino en el mar. En la nave donde vinieron Mauricio y Ladislao, 5 los capitanes y soldados que trajeron a Rosamunda y a Clodio, se embarcaron todos aquellos que salieron de la mazmorra y prisión de la isla bárbara, y en el navío de Arnaldo se acomodaron Ricla y Constanza, y los dos 10 Antonios, padre e hijo, Ladislao, Mauricio y Transila, sin consentir Arnaldo que se quedasen en tierra Clodio y Rosamunda; Rutilio se acomodó con Arnaldo. Hicieron agua aquella noche, recogiendo y comprando del huésped todos los 15 bastimentos que pudieron, y, habiendo mirado los puntos más convenientes para su partida, dijo Mauricio que, si la buena suerte les escapaba de una mala que les amenazaba muy propincua, tendría buen suceso su viaje; y que el 20 tal peligro, puesto que era de agua, no había de suceder, si sucediese, por borrasca ni tormenta del mar ni de tierra, sino por una traición, mezclada y aun forjada del todo de deshonestos y lascivos deseos. Periandro, que siempre 25 andaba sobresaltado con la compañía de Arnaldo,
LIBRO I, CAPITULO XVIII p. 111 vino a temer si aquella traición había de ser fabricada por el príncipe para alzarse con la hermosa Auristela, pues la había de llevar en su navío; pero opúsose a todo este mal pensamiento la generosidad de su ánimo, y no quiso creer 5 lo que temía, por parecerle que, en los pechos de los valerosos príncipes, no deben hallar acogida alguna las traiciones; pero no por esto dejó de pedir y rogar a Mauricio mirase muy bien de qué parte les podía venir el daño que les 10 amenazaba. Mauricio respondió que no lo sabía, puesto que le tenía por cierto, aunque templaba su rigor con que ninguno de los que en él se hallasen había de perder la vida, sino el sosiego y la quietud, y habían de ver rompidos la mitad 15 de sus designios, sus más bien encaminadas esperanzas. A lo que Periandro le replicó que detuviesen algunos días la partida: quizá, con la tardanza del tiempo, se mudarían o se templarían los influjos rigurosos de las estrellas. 20 --No --replicó Mauricio--; mejor es arrojarnos en las manos de este peligro, pues no llega a quitar la vida, que no intentar otro camino que nos lleve a perderla. --Ea, pues --dijo Periandro--; echada está la 25 suerte; partamos en buen hora, y haga el cielo lo que ordenado tiene, pues nuestra diligencia no lo puede excusar. Satisfizo Arnaldo al huésped magníficamente, con muchos dones, el buen hospedaje, y unos 30 en unos navíos, y otros en otros, cada cual según y como vio que más le convenía, dejó el
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 112 puerto desembarazado y se hizo a la vela. Salió el navío de Arnaldo adornado de ligeras flámulas y banderetas, y de pintados y vistosos gallardetes. Al zarpar los hierros y tirar las áncoras, disparó así la gruesa como la menuda 5 artillería; rompieron los aires los sones de las chirimías y los de otros instrumentos músicos y alegres; oyéronse las voces de los que decían, reiterándolo a menudo: “¡Buen viaje, buen viaje!” A todo esto, no alzaba la cabeza de sobre el 10 pecho la hermosa Auristela, que, casi como présaga del mal que le había de venir, iba pensativa; mirábala Periandro, y remirábala Arnaldo, teniéndola cada uno hecha blanco de sus ojos, fin de sus pensamientos y principio de sus 15 alegrías. Acabóse el día; entróse la noche, clara, serena, despejando un aire blando los celajes, que parece que se iban a juntar si los dejaran. Puso los ojos en el cielo Mauricio, y de nuevo tornó a mirar en su imaginación las señales de 20 la figura que había levantado, y de nuevo confirmó el peligro que les amenazaba; pero nunca supo atinar de qué parte les vendría. Con esta confusión y sobresalto se quedó dormido encima de la cubierta de la nave, y, de allí a poco, 25 despertó despavorido, diciendo a grandes voces: --¡Traición, traición, traición! ¡Despierta, príncipe Arnaldo, que los tuyos nos matan! A cuyas voces se levantó Arnaldo, que no dormía, puesto que estaba echado junto a 30 Periandro en la misma cubierta, y dijo: --¿Qué has, amigo Mauricio? ¿Quién nos
LIBRO I, CAPITULO XVIII p. 113 ofende o quién nos mata? Todos los que en este navío vamos ¿no somos amigos? ¿No son todos los más vasallos y criados míos? ¿El cielo no está claro y sereno, el mar tranquilo y blando, y el bajel, sin tocar en escollo ni en 5 bajío, no navega? ¿Hay alguna rémora que nos detenga? Pues si no hay nada de esto, ¿de qué temes, que así con tus sobresaltos nos atemorizas? --No sé --replicó Mauricio--; haz, señor, que 10 bajen los buzanos a la sentina, que, si no es sueño, a mí me parece que nos vamos anegando. No hubo bien acabado esta razón, cuando cuatro o seis marineros se dejaron calar al fondo del navío, y le requirieron todo, porque 15 eran famosos buzanos, y no hallaron costura alguna por donde entrase agua al navío, y vueltos a la cubierta, dijeron que el navío iba sano y enero, y que el agua de la sentina estaba turbia y hedionda, señal clara de que no 20 entraba agua nueva en la nave. --Así debe de ser --dijo Mauricio--; sino que yo, como viejo, en quien el temor tiene su asiento de ordinario, hasta los sueños me espantan; y plega a Dios que este mi sueño lo 25 sea, que yo me holgaría de parecer viejo temeroso, antes que verdadero judiciario. Arnaldo le dijo: --Sosegaos, buen Mauricio, porque vuestros sueños le quitan a estas señoras. 30 --Yo lo haré así, si puedo--respondió Mauricio.
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 114 Y tornándose a echar sobre la cubierta, quedó el navío lleno de muy sosegado silencio, en el cual Rutilio, que iba sentado al pie del árbol mayor, convidado de la serenidad de la noche, de la comodidad del tiempo, o de la voz, que la 5 tenía extremada, al son del viento, que dulcemente hería en las velas, en su propia lengua toscana, comenzó a cantar esto, que, vuelto en lengua española, así decía: Huye el rigor de la invencible mano, 10 advertido, y enciérrase en el arca de todo el mundo el general monarca con las reliquias del linaje humano. El dilatado asilo, el soberano lugar rompe los fueros de la Parca, 15 que entonces, fiera y licenciosa, abarca cuanto alienta y respira el aire vano. Vense en la excelsa máquina encerrarse el león y el cordero, y, en segura paz, la paloma al fiero halcón unida; 20 sin ser milagro, lo discorde amarse: que, en el común peligro y desventura, la natural inclinación se olvida. El que mejor entendió lo que cantó Rutilio, fue el bárbaro Antonio, el cual le dijo 25 asimismo: --Bien canta Rutilio, y si, por ventura, es suyo el soneto que ha cantado, no es mal poeta; aunque ¿cómo lo puede ser bueno un oficial? Pero no digo bien: que yo me acuerdo haber 30
LIBRO I, CAPITULO XVIII p. 115 visto en mi patria, España, poetas de todos los oficios. Esto dijo en voz que la oyó Mauricio, el príncipe y Periandro, que no dormían, y Mauricio dijo: 5 --Posible cosa es que un oficial sea poeta, porque la poesía no está en las manos, sino en el entendimiento, y tan capaz es el alma del sastre para ser poeta, como la de un maese de campo; porque las almas todas son iguales, y 10 de una misma masa en sus principios criadas y formadas por su hacedor, y, según la caja y temperamento del cuerpo donde las encierra, así parecen ellas más o menos discretas, y atienden y se aficionan a saber las ciencias, 15 artes o habilidades a que las estrellas más las inclinan; pero más principalmente y propia se dice que el poeta nascitur. Así que no hay que admirar de que Rutilio sea poeta, aunque haya sido maestro de danzar. 20 --Y tan grande --replicó Antonio--, que ha hecho cabriolas en el aire más arriba de las nubes. --Así es --respondió Rutilio, que todo esto estaba escuchando--: que yo las hice casi junto 25 al cielo cuando me trajo, caballero en el manto, aquella hechicera desde Toscana, mi patria, hasta Noruega, donde la maté, que se había convertido en figura de loba, como ya otras veces he contado. 30 --Eso de convertirse en lobas y lobos algunas gentes de estas septentrionales, es un error
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 116 grandísimo --dijo Mauricio--, aunque admitido de muchos. --¿Pues cómo es esto --dijo Arnaldo--, que comúnmente se dice, y se tiene por cierto, que en Inglaterra andan por los campos manadas de 5 lobos, que de gentes humanas se han convertido en ellos? --Eso --respondió Mauricio-- no puede ser en Inglaterra, porque, en aquella isla templada y fertilísima, no sólo no se crían lobos, pero 10 ninguno otro animal nocivo, como si dijésemos serpientes, víboras, sapos, arañas y escorpiones: antes es cosa llana y manifiesta que, si algún animal ponzoñoso traen de otras partes a Inglaterra, en llegando a ella, muere; y si de 15 la tierra de esta isla llevan a otra parte a alguna tierra, y cercan con ella a alguna víbora, no osa ni puede salir del cerco que la aprisiona y rodea, hasta quedar muerta. Lo que se ha de entender de esto de convertirse en lobos, es que 20 hay una enfermedad, a quien llaman los médicos manía lupina, que es de calidad que, al que la padece, le parece que se ha convertido en lobo, y aúlla como lobo, y se juntan con otros heridos del mismo mal, y andan en manadas por 25 los campos y por los montes, ladrando ya como perros, o ya aullando como lobos; despedazan los árboles, matan a quien encuentran, y comen la carne cruda de los muertos, y hoy día sé yo que hay en la isla de Sicilia, que es la mayor del 30 mar Mediterráneo, gentes de este género, a quien los sicilianos llaman lobos menar, los cuales,
LIBRO I, CAPITULO XVIII p. 117 antes que les dé tan pestífera enfermedad, lo sienten, y dicen a los que están junto a ellos que se aparten y huyan de ellos, o que los aten o encierren, porque, si no se guardan, los hacen pedazos a bocados, y los desmenuzan, si pueden, 5 con las uñas, dando terribles y espantosos ladridos. Y es esto tanta verdad, que, entre los que se han de casar, se hace información bastante de que ninguno de ellos es tocado de esta enfermedad; y si después, andando el tiempo, 10 la experiencia muestra lo contrario, se dirime el matrimonio. También es opinión de Plinio, según lo escribe en el lib. 8, cap. 22, que entre los árcades hay un género de gente, la cual, pasando un lago, cuelga los vestidos que lleva 15 de una encina, y se entra desnudo la tierra dentro, y se junta con la gente que allí halla de su linaje en figura de lobos, y está con ellos nueve años, al cabo de los cuales vuelve a pasar el lago, y cobra su perdida figura. Pero 20 todo esto se ha de tener por mentira, y, si algo hay, pasa en la imaginación, y no realmente. --No sé --dijo Rutilio--; lo que sé, es que maté la loba, y hallé muerta a mis pies la hechicera. 25 --Todo eso puede ser --replicó Mauricio--, porque la fuerza de los hechizos de los maléficos y encantadores, que los hay, nos hace ver una cosa por otra; y quede desde aquí asentado que no hay gente alguna que mude en otra 30 su primer naturaleza. --Gusto me ha dado grande --dijo Arnaldo--
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 118 el saber esta verdad, porque también yo era uno de los crédulos de este error; y lo mismo debe de ser lo que las fábulas cuentan de la conversión en cuervo del rey Artus, de Inglaterra, tan creída de aquella discreta nación, que 5 se abstienen de matar cuervos en toda la isla. --No sé --respondió Mauricio-- de dónde tomó principio esa fábula, tan creída como mal imaginada. En esto fueron razonando casi toda la noche, 10 y, al despuntar del día, dijo Clodio, que hasta allí había estado oyendo y callando: --Yo soy un hombre a quien no se le da por averiguar estas cosas un dinero; ¿qué se me da a mí que haya lobos hombres o no, o que los 15 reyes anden en figuras de cuervos o de águilas?; aunque, si se hubiesen de convertir en aves, antes querría que fuesen en palomas, que en milanos. --Paso, Clodio; no digas mal de los reyes, 20 que me parece que te quieres dar algún filo a la lengua para cortarles el crédito. --No --respondió Clodio--; que el castigo me ha puesto una mordaza en la boca, o, por mejor decir, en la lengua, que no consiente que la 25 mueva, y así, antes pienso de aquí adelante reventar callando, que alegrarme hablando. Los dichos agudos, las murmuraciones dilatadas, si a unos alegran, a otros entristecen. Contra el callar, no hay castigo ni respuesta. Vivir quiero en 30 paz los días que me quedan de la vida, a la sombra de tu generoso amparo, puesto que por
LIBRO I, CAPITULO XVIII p. 119 momentos me fatigan ciertos ímpetus maliciosos que me hacen bailar la lengua en la boca, y malográrseme entre los dientes más de cuatro verdades, que andan por salir a la plaza del mundo. ¡Sírvase Dios con todo! 5 A lo que dijo Auristela: --De estimar es, ¡oh Clodio!, el sacrificio que haces al cielo de tu silencio. Rosamunda, que era una de las llegadas a la conversación, volviéndose a Auristela, dijo: 10 --El día que Clodio fuere callado, seré yo buena, porque en mí la torpeza y en él la murmuración son naturales, puesto que más esperanza puedo yo tener de enmendarme, que no él, porque la hermosura se envejece con los 15 años, y, faltando la belleza, menguan los torpes deseos; pero sobre la lengua del maldiciente no tiene jurisdicción el tiempo; y así, los ancianos murmuradores hablan más cuanto más viejos, porque han visto más, y todos los gustos 20 de los otros sentidos, los han cifrado y recogido a la lengua. --Todo es malo --dijo Transila--. Cada cual por su camino va a parar a su perdición. --El que nosotros ahora hacemos --dijo Ladislao-- 25 próspero y feliz ha de ser, según el viento se muestra favorable, y el mar tranquilo. --Así se mostraba esta pasada noche --dijo la bárbara Constanza--; pero el sueño del señor Mauricio nos puso en confusión y alboroto tanto, 30 que ya yo pensé que nos había sorbido el mar a todos.
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 120 --En verdad, señora --respondió Mauricio--, que, si yo no estuviera enseñado en la verdad católica, y me acordara de lo que dice Dios en el Levítico: “No seáis agoreros, ni deis crédito a los sueños, porque no a todos es dado el 5 entenderlos”, que me atreviera a juzgar del sueño que me puso en tan gran sobresalto, el cual, según a mi parecer, no me vino por algunas de las causas de donde suelen proceder los sueños, que, cuando no son revelaciones divinas o 10 ilusiones del demonio, proceden, o de los muchos manjares, que suben vapores al cerebro, con que turban el sentido común, o ya de aquello que el hombre trata más de día. Ni el sueño que a mí me turbó cae debajo de la observación 15 de la astrología, porque, sin guardar puntos ni observar astros, señalar rumbos ni mirar imágenes, me pareció ver visiblemente que, en un gran palacio de madera, donde estábamos todos los que aquí vamos, llovían rayos del cielo 20 que le abrían todo, y, por las bocas que hacían, descargaban las nubes, no sólo un mar, sino mil mares de agua; de tal manera, que, creyendo que me iba anegando, comencé a dar voces y a hacer los mismos ademanes que suele hacer 25 el que se anega; y aún no estoy tan libre de este temor, que no me queden algunas reliquias en el alma. Y como sé que no hay más cierta astrología que la prudencia, de quien nacen los acertados discursos, ¿qué mucho que, yendo 30 navegando en un navío de madera, tema rayos del cielo, nubes del aire y aguas de la mar?
LIBRO I, CAPITULO XVIII p. 121 Pero lo que más me confunde y suspende, es que, si algún daño nos amenaza, no ha de ser de ningún elemento que destinada y precisamente se disponga a ello, sino de una traición, forjada, como ya otra vez he dicho, en algunos 5 lascivos pechos. --No me puedo persuadir --dijo a esta sazón Arnaldo-- que, entre los que van por el mar navegando, puedan entremeterse las blanduras de Venus ni los apetitos de su torpe hijo; al casto 10 amor bien se le permite andar entre los peligros de la muerte, guardándose para mejor vida. Esto dijo Arnaldo, por dar a entender a Auristela y a Periandro, y a todos aquellos que sus 15 deseos conocían, cuán ajustados iban sus movimientos con los de la razón; y prosiguió diciendo: --El príncipe, justa razón es que viva seguro entre sus vasallos, que, el temor de las 20 traiciones, nace de la injusta vida del príncipe. --Así es --respondió Mauricio--, y aun es bien que así sea; pero dejemos pasar este día, que, si él da lugar a que llegue la noche sin sobresaltarnos, yo pediré y las daré albricias del 25 buen suceso. Iba el sol a esta sazón a ponerse en los brazos de Tetis, y el mar se estaba con el mismo sosiego que hasta allí había tenido; soplaba favorable el viento; por parte ninguna se 30 descubrían celajes que turbasen los marineros; el cielo, la mar, el viento, todos juntos y cada
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 122 uno de por sí, prometían felicísimo viaje, cuando el prudente Mauricio dijo en voz turbada y alta: --¡Sin duda nos anegamos! ¡Anegámonos, sin duda! 5
p. 123 CAPITULO DIEZ Y NUEVE del primero libro Donde se da cuenta de lo que dos soldados hicieron, y la división de Periandro y Auristela. A cuyas voces respondió Arnaldo: 5 --¿Cómo es esto, ¡oh gran Mauricio! ¿Qué aguas nos sorben o qué mares nos tragan? ¿Qué olas nos embisten? La respuesta que le dieron a Arnaldo, fue ver salir debajo de la cubierta a un marinero 10 despavorido, echando agua por la boca y por los ojos, diciendo con palabras turbadas y mal compuestas: --Todo este navío se ha abierto por muchas partes; el mar se ha entrado en él tan a rienda 15 suelta, que presto le veréis sobre esta cubierta. Cada uno atienda a su salud y a la conversación de la vida. Acógete, ¡oh príncipe Arnaldo!, al esquife o a la barca, y lleva contigo las prendas que más estimas, antes que tomen entera 20 posesión de ellas estas amargas aguas. Estancó en esto el navío, sin poderse mover, por el peso de las aguas, de quien ya estaba lleno; amainó el piloto todas las velas de golpe, y todos, sobresaltados y temerosos, acudieron 25 a buscar su remedio: el príncipe y Periandro
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 124 fueron al esquife, y, arrojándole al mar, pusieron en él a Auristela, Transila, Ricla y a la bárbara Constanza, entre las cuales, viendo que no se acordaban de ella, se arrojó Rosamunda, y tras ella mandó Arnaldo entrase Mauricio. En este 5 tiempo andaban dos soldados descolgando la barca que al costado del navío venía asida, y el uno de ellos, viendo que el otro quería ser el primero que entrase dentro, sacando un puñal de la cinta, se le envainó en el pecho, diciendo 10 a voces: --Pues nuestra culpa ha sido fabricada tan sin provecho, esta pena te sirva a ti de castigo, y a mí de escarmiento; a lo menos, el poco tiempo que me queda de vida. 15 Y diciendo esto, sin querer aprovecharse del acogimiento que la barca les ofrecía, desesperadamente se arrojó al mar, diciendo a voces, y con mal articuladas palabras: --Oye, ¡oh Arnaldo!, la verdad que te dice este 20 traidor, que en tal punto es bien que la diga: yo y aquel a quien me viste pasar el pecho, por muchas partes abrimos y taladramos este navío, con intención de gozar de Auristela y de Transila, recogiéndolas en el esquife; pero, habiendo 25 visto yo haber salido mi designio contrario de mi pensamiento, a mi compañero quité la vida, y a mí me doy la muerte. Y, con esta última palabra, se dejó ir al fondo de las aguas, que le estorbaron la respiración 30 del aire y le sepultaron en perpetuo silencio; y aunque todos andaban confusos y ocupados,
LIBRO I, CAPITULO XIX p. 125 buscando, como se ha dicho, en el común peligro algún remedio, no dejó de oír las razones Arnaldo del desesperado, y él y Periandro acudieron a la barca, y habiendo, antes que entrasen en ella, ordenado que entrase en el esquife 5 Antonio el mozo, sin acordarse de recoger algún bastimento, él, Ladislao, Antonio el padre, Periandro y Clodio, se entraron en la barca, y fueron a abordar con el esquife, que algún tanto se había apartado del navío, sobre el cual ya 10 pasaban las aguas, y no se parecía de él sino el árbol mayor, como en señal que allí estaba sepultado. Llegóse en esto la noche, sin que la barca pudiese alcanzar al esquife, desde el cual daba voces Auristela llamando a su 15 hermano Periandro, que la respondía, reiterando muchas veces su para él dulcísimo nombre. Transila y Ladislao hacían lo mismo, y encontrábanse en los aires las voces de “¡Dulcísimo esposo mío” y ”¡Amada esposa mía!”, donde 20 se rompían sus designios y se deshacían sus esperanzas con la imposibilidad de no poder juntarse, a causa que la noche se cubría de oscuridad, y los vientos comenzaron a soplar de partes diferentes. 25 En resolución, la barca se apartó del esquife, y, como más ligera y menos cargada, voló por donde el mar y el viento quisieron llevarla; el esquife, más con la pesadumbre que con la carga de los que en él iban, se quedó como si 30 aposta quisieran que no navegara. Pero cuando la noche cerró con más oscuridad que al principio,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 126 comenzaron a sentir de nuevo la desgracia sucedida; vierónse en mar no conocida, amenazados de todas las inclemencias del cielo, y faltos de la comodidad que les podía ofrecer la tierra; el esquife sin remos y sin bastimentos, y 5 la hambre sólo detenida de la pesadumbre que sintieron. Mauricio, que había quedado por patrón y por marinero del esquife, ni tenía con qué, ni sabía cómo guiarle: antes, según los llantos, gemidos y suspiros de los que en él iban, 10 podía temer que ellos mismos le anegarían; miraba las estrellas, y, aunque no parecían de todo en todo, algunas, que por entre la oscuridad se mostraban, le daban indicio de venidera serenidad, pero no le mostraban en qué parte se 15 hallaba. No consintió el sentimiento que el sueño aliviase su angustia, porque se les pasó la noche velando, y se vino el día, no a más andar, como dicen, sino para más penar, porque con él descubrieron por todas partes el mar 20 cerca y lejos, por ver si topaban los ojos con la barca que les llevaba(n) las almas, o alguno otro bajel que les prometiese ayuda y socorro en su necesidad; pero no descubrieron otra cosa que una isla a su mano izquierda, que juntamente 25 los alegró y los entristeció: nació la alegría de ver cerca la tierra, y la tristeza, de la imposibilidad de poder llegar a ella, si ya el viento no los llevase. Mauricio era el que más confiaba de la salud de todos, por haber hallado, 30 como se ha dicho, en la figura que, como judiciario, había levantado, que aquel suceso no
LIBRO I, CAPITULO XIX p. 127 amenazaba muerte, sino descomodidades casi mortales. Finalmente, el favor de los cielos se mezcló con los vientos, que poco a poco llevaron el esquife a la isla, y les dio lugar de tomarle en la 5 tierra en una espaciosa playa, no acompañada de gente alguna, sino de mucha cantidad de nieve, que toda la cubría. Miserables son y temerosas las fortunas del mar, pues los que las padecen se huelgan de trocarlas con las mayores 10 que en la tierra se les ofrezcan. La nieve de la desierta playa les pareció blanda arena, y la soledad, compañía. Unos en brazos de otros desembarcaron; el mozo Antonio fue el Atlante de Auristela y de Transila, en cuyos hombros 15 también desembarcaron Rosamunda y Mauricio, y todos se recogieron al abrigo de un peñón que no lejos de la playa se mostraba, habiendo antes, como mejor pudieron, varado el esquife en tierra, poniendo en él, después de en Dios, su 20 esperanza. Antonio, considerando que la hambre había de hacer su oficio, y que ella había de ser bastante a quitarles las vidas, aprestó su arco, que siempre de las espaldas le colgaba, y dijo que él quería ir a descubrir la tierra, por 25 ver si hallaba gente en ella, o alguna caza que socorriese su necesidad. Vinieron todos con su parecer, y así se entró con ligero paso por la isla, pisando, no tierra, sino nieve, tan dura, por estar helada, que le parecía pisar sobre 30 pedernales. Siguióle, sin que él lo echase de ver, la torpe Rosamunda, sin ser impedida de los
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 128 demás, que creyeron que alguna natural necesidad la forzaba a dejarlos. Volvió la cabeza Antonio a tiempo, y en lugar donde nadie los podía ver, y viendo junto a sí a Rosamunda, le dijo: 5 --La cosa de que menos necesidad tengo, en esta que ahora padecemos, es la de tu compañía. ¿Qué quieres, Rosamunda? Vuélvete, que ni tú tienes armas con que matar género de caza alguna, ni yo podré acomodar el paso a 10 esperarte. ¿Qué me sigues? --¡Oh inexperto mozo --respondió la mujer torpe--, y cuán lejos estás de conocer la intención con que te sigo y la deuda que me debes! 15 Y en esto se llegó junto a él, y prosiguió diciendo: --Ves aquí, ¡oh nuevo cazador, más hermoso que Apolo!, otra nueva Dafne, que no te huye, sino que te sigue. No mires que ya a mi belleza 20 la marchita el rigor de edad, ligera siempre, sino considera en mí a la que fue Rosamunda; domadora de las cervices de los reyes y de la libertad de los más exentos hombres. Yo te adoro, generoso joven, y aquí, entre estos hielos 25 y nieves, el amoroso fuego me está haciendo ceniza el corazón. Gocémonos, y tenme por tuya, que yo te llevaré a parte donde llenes las manos de tesoros, para ti, sin duda alguna, de mí recogidos y guardados, si llegamos a 30 Inglaterra, donde mil bandos de muerte tienen amenazada mi vida. Escondido te llevaré adonde te
LIBRO I, CAPITULO XIX p. 129 entregues en más oro que tuvo Midas, y en más riquezas que acumuló Craso. Aquí dio fin a su plática, pero no al movimiento de sus manos, que arremetieron a detener las de Antonio, que de sí las apartaba, y, 5 entre esta tan honesta como torpe contienda, decía Antonio: --¡Detente, o arpía! ¡No turbes ni afees las limpias mesas de Fineo! ¡No fuerces, oh bárbara egipcia, ni incites la castidad y limpieza de este 10 que no es tu esclavo! ¡Tarázate la lengua, sierpe maldita; no pronuncies con deshonestas palabras lo que tienes escondido en tus deshonestos deseos! ¡Mira el poco lugar que nos queda desde este punto al de la muerte, que nos está 15 amenazando con la hambre y con la incertidumbre de la salida de este lugar, que, puesto que fuera cierta, con otra intención la acompañara que con la que me has descubierto! ¡Desvíate de mí y no me sigas, que castigaré tu atrevimiento 20 y publicaré tu locura! Si te vuelves, mudaré propósito y pondré en silencio tu desvergüenza; si no me dejas, te quitaré la vida. Oyendo lo cual la lasciva Rosamunda, se le cubrió el corazón, de manera que no dio lugar 25 a suspiros, a ruegos ni a lágrimas. Dejóla Antonio, sagaz y advertido; volvióse Rosamunda, y él siguió su camino; pero no halló en él cosa que le asegurase, porque las nieves eran muchas, y los caminos ásperos, y la gente 30 ninguna; y advirtiendo que, si adelante pasaba, podía perder el camino de vuelta, se volvió a
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 130 juntar con la compañía. Alzaron todos las manos al cielo, y pusieron los ojos en la tierra, como admirados de su desventura. A Mauricio dijeron que volvieran al mar el esquife, pues no era posible remediarse en la imposibilidad y 5 soledad de la isla.
p. 131 CAPITULO VEINTE De un notable caso que sucedió en la isla nevada. A poco tiempo que pasó el día, desde lejos vieron venir una nave gruesa, que les levantó 5 las esperanzas de tener remedio. Amainó las velas, y pareció que se dejaba detener las áncoras, y con diligencia presta arrojaron el esquife a la mar, y se vinieron a la playa, donde ya los tristes se arrojaban al esquife. Auristela dijo 10 que sería bien que aguardasen los que venían, por saber quién eran. Llegó el esquife de la nave y encalló en la fría nieve, y saltaron en ella dos, al parecer, gallardos y fuertes mancebos, de extremada disposición y brío, los cuales 15 sacaron encima de sus hombros a una hermosísima doncella, tan sin fuerzas y tan desmayada, que parecía que no le daba lugar para llegar a tocar la tierra. Llamaron a voces los que estaban ya embarcados en el otro esquife, y les 20 suplicaron que se desembarcasen, a ser testigos de un suceso que era menester que los tuviese. Respondió Mauricio que no había remos para encaminar el esquife, si no les prestaban los del suyo. Los marineros, con los suyos, 25 guiaron los del otro esquife y volvieron a pisar la nieve; luego los valientes jóvenes
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 132 asieron de dos tablachinas, con que cubrieron los pechos, y, con dos cortadoras espadas en los brazos, saltaron de nuevo en tierra. Auristela, llena de sobresalto y temor, casi con certidumbre de algún nuevo mal, acudió a ver la desmayada 5 y hermosa doncella, y lo mismo hicieron todos los demás. Los caballeros dijeron: --Esperad, señores, y estad atentos a lo que queremos deciros. --Este caballero y yo --dijo el uno-- tenemos 10 concertado de pelear por la posesión de esa enferma doncella que ahí veis; la muerte ha de dar la sentencia en favor del otro, sin que haya otro medio alguno que ataje en ninguna manera nuestra amorosa pendencia, si ya no es 15 que ella, de su voluntad, ha de escoger cuál de nosotros dos ha de ser su esposo, con que hará envainar nuestras espadas y sosegar nuestros espíritus. Lo que pedimos es que no estorbéis en manera alguna nuestra porfía, la cual 20 lleváramos hasta el cabo, sin tener temor que nadie nos la estorbara, si no os hubiéramos menester para que mirarais. Si estas soledades pueden ofrecer algún remedio para dilatar siquiera la vida de esa doncella, que es tan poderosa para 25 acabar las nuestras, la prisa que nos obliga a dar conclusión a nuestro negocio, no nos da lugar para preguntaros por ahora quién sois, ni cómo estáis en este lugar tan solo, y tan sin remos, que no los tenéis, según parece, para 30 desviaros de esta isla tan sola, que aun de animales no es habitada.
LIBRO I, CAPITULO XX p. 133 Mauricio les respondió que no saldrían un punto de lo que querían; y luego echaron los dos mano a las espadas, sin querer que la enferma doncella declarase primero su voluntad, remitiendo antes su pendencia a las armas que 5 a los deseos de la dama. Arremetieron el uno contra el otro, y, sin mirar reglas, movimientos, entradas, salidas y compases, a los primeros golpes el uno quedó pasado el corazón de parte a parte, y el otro abierta la cabeza por 10 medio; éste, le concedió el cielo tanto espacio de vida, que le tuvo de llegar a la doncella y juntar su rostro con el suyo, diciéndole: --¡Vencí, señora! ¡Mía eres! Y, aunque ha de durar poco el bien de poseerte, el pensar que 15 un solo instante te podré tener por mía, me tengo por el más venturoso hombre del mundo. Recibe, señora, esta alma, que envuelta en estos últimos alientos te envío; dales lugar en tu pecho, sin que pidas licencia a tu honestidad, 20 pues el nombre de esposo a todo esto da licencia. La sangre de la herida bañó el rostro de la dama, la cual estaba tan sin sentido, que no respondió palabra. Los dos marineros que habían 25 guiado el esquife de la nave, saltaron en tierra y fueron con presteza a requerir así al muerto de la estocada como al herido en la cabeza, el cual, puesta su boca con la de su tan caramente comprada esposa, envió su alma a los aires, y dejó 30 caer el cuerpo sobre la tierra. Auristela, que todas estas acciones había estado mirando, antes
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 134 de descubrir y mirar atentamente el rostro de la enferma señora, llegó de propósito a mirarla, y, limpiándole la sangre que había llovido del muerto enamorado, conoció ser su doncella Taurisa, la que lo había sido al tiempo que ella 5 estuvo en poder del príncipe Arnaldo, que le había dicho la dejaba en poder de dos caballeros que la llevasen a Irlanda, como queda dicho. Auristela quedó suspensa, quedó atónita, quedó más triste que la tristeza misma, y más 10 cuando vino a conocer que la hermosa Taurisa estaba sin vida. --¡Ay --dijo a esta sazón--, con qué prodigiosas señales me va mostrando el cielo mi desventura, que, si se rematara con acabarse mi 15 vida, pudiera llamarla dichosa, que los males que tienen fin en la muerte, como no se dilaten y entretengan, hacen dichosa la vida! ¿Qué red barredera es ésta con que cogen los cielos todos los caminos de mi descanso? ¿Qué imposibles 20 son estos que descubro a cada paso de mi remedio? Mas, pues aquí son excusados los llantos y son de ningún provecho los gemidos, demos el tiempo que he de gastar en ellos por ahora a la piedad, y enterremos los muertos, y 25 no congoje yo por mi parte los vivos. Y luego pidió a Mauricio pidiese a los marineros del esquife volviesen al navío por instrumentos para hacer las sepulturas. Hízolo así Mauricio, y fue a la nave con intención de 30 concertarse con el piloto o capitán que hubiese para que los sacase de aquella isla y los llevase
LIBRO I, CAPITULO XX p. 135 adondequiera que fuesen. En este entretanto tuvieron lugar Auristela y Transila de acomodar a Taurisa para enterrarla, y la piedad y honestidad cristiana no consintió que la desnudasen. Volvió Mauricio con los instrumentos, habiendo 5 negociado todo aquello que quiso. Hízose la sepultura de Taurisa; pero los marineros no quisieron, como católicos, que se hiciese ninguna a los muertos en el desafío. Rosamunda, que, después que volvió de haber declarado su mal 10 pensamiento al bárbaro Antonio, nunca había alzado los ojos del suelo, que sus pecados se los tenían aterrados, al tiempo que iban a sepultar a Taurisa, levantando el rostro, dijo: --Si os preciáis, señores, de caritativos, y si 15 anda en vuestros pechos al par la justicia y la misericordia, usad de estas dos virtudes conmigo. Yo, desde el punto que tuve uso de razón, no la tuve, porque siempre fui mala. Con los años verdes, y con la hermosura mucha, con la libertad 20 demasiada, y con la riqueza abundante, se fueron apoderando de mí los vicios de tal manera, que han sido y son en mí como accidentes inseparables. Ya sabéis, como yo alguna vez he dicho, que he tenido el pie sobre las cervices 25 de los reyes, y he traído a la mano que he querido las voluntades de los hombres; pero el tiempo, salteador y robador de la humana belleza de las mujeres, se entró por la mía tan sin yo pensarlo, que primero me he visto fea que 30 desengañada. Mas como los vicios tienen asiento en el alma, que no envejece, no quieren dejarme;
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 136 y, como yo no les hago resistencia, sino que me dejo ir con la corriente de mis gustos, heme ido ahora con el que me da el ver siquiera a este bárbaro muchacho, el cual, aunque le he descubierto mi voluntad, no corresponde a la mía, 5 que es de fuego, con la suya, que es de helada nieve; véome despreciada y aborrecida, en lugar de estimada y bien querida: golpes que no se pueden resistir con poca paciencia y con mucho deseo. Ya, ya la muerte me va pisando las 10 faldas, y extiende la mano para alcanzarme de la vida; por lo que veis que debe la bondad del pecho que la tiene al miserable que se le encomienda, os suplico que cubráis mi fuego con hielo, y me enterréis en esa sepultura; que, 15 puesto que mezcléis mis lascivos huesos con los de esa casta doncella, no los contaminarán: que las reliquias buenas siempre lo son dondequiera que estén. Y, volviéndose al mozo Antonio, prosiguió: 20 --Y tú, arrogante mozo, que ahora tocas o estás para tocar los márgenes y rayas del deleite, pide al cielo que te encamine de modo que, ni te solicite edad larga, ni marchita belleza; y si yo he ofendido tus recientes oídos, que 25 así los puedo llamar, con mis inadvertidas y no castas palabras, perdóname, que, los que piden perdón en este trance, por cortesía siquiera, merecen ser, si no perdonados, a lo menos escuchados. 30 Esto diciendo, dio un suspiro, envuelto en un mortal desmayo.
p. 137 CAPITULO VEINTE Y UNO del primer libro de los trabajos de Persiles y Sigismunda. --Yo no sé --dijo Mauricio a esta sazón-- qué quiere este que llaman amor por estas montañas, 5 por estas soledades y riscos, por entre estas nieves y hielos, dejándose allá los Pafos, Gnydos, las Cipres, los Elíseos Campos, de quien huye la hambre y no llega incomodidad alguna. En el corazón sosegado, en el ánimo quieto, 10 tiene el amor deleitable su morada, que no en las lágrimas ni en los sobresaltos. Auristela, Transila, Constanza y Ricla quedaron atónitas del suceso, y con callar le admiraron, y, finalmente, con no pocas lágrimas 15 enterraron a Taurisa; y después de haber vuelto Rosamunda del pesado desmayo, se recogieron y embarcaron en el esquife de la nave, donde fueron bien recibidos y regalados de los que en ella estaban, satisfaciendo luego todos la 20 hambre que les aquejaba; sólo Rosamunda, que estaba tal, que por momentos llamaba a las puertas de la muerte. Alzaron velas, lloraron algunos los capitanes muertos, e instituyeron luego uno que lo fuese de todos, y siguieron 25 su viaje, sin llevar parte conocida donde le
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 138 encaminasen, porque era de corsarios, y no irlandeses, como a Arnaldo le había[n] dicho, sino de una isla rebelada contra Inglaterra. Mauricio, mal contento de aquella compañía, siempre iba temiendo algún revés de su acelerada 5 costumbre y mal modo de vivir; y, como viejo y experimentado en las cosas del mundo, no le cabía el corazón en el pecho, temiendo que la mucha hermosura de Auristela, la gallardía y buen parecer de su hija Transila, los pocos años y nuevo 10 traje de Constanza, no despertasen en aquellos corsarios algún mal pensamiento. Servíales de Argos el mozo Antonio, de lo que sirvió el pastor de Anfriso; eran los ojos de los dos centinelas no dormidas, pues por sus cuartos la hacían 15 a las mansas y hermosas ovejuelas que debajo de su solicitud y vigilancia se amparaban. Rosamunda, con los continuos desdenes, vino a enflaquecer, de manera que una noche la hallaron en una cámara del navío sepultada en 20 perpetuo silencio. Harto habían llorado; mas no dejaron de sentir su muerte compasiva y cristianamente. Sirvióla el ancho mar de sepultura, donde no tuvo harta agua para apagar el fuego que causó en su pecho el gallardo Antonio, el 25 cual y todos rogaron muchas veces a los corsarios que los llevasen de una vez a Irlanda o a Hibernia, si ya no quisiesen a Inglaterra o Escocia; pero ellos respondían que, hasta haber hecho una buena y rica presa, no habían de 30 tocar en tierra alguna, si ya no fuese a hacer agua o a tomar bastimentos necesarios. La
LIBRO I, CAPITULO XXI p. 139 bárbara Ricla bien comprara a pedazos de oro que los llevaran a Inglaterra; pero no osaba descubrirlos, porque no se los robasen antes que se los pidiesen. Dioles el capitán estancia aparte, y acomodóles de manera que les aseguró 5 de la insolencia que podían temer de los soldados. De esta manera anduvieron casi tres meses por el mar de unas partes a otras: ya tocaban en una isla, ya en otra, y ya se salían al mar descubierto, 10 propia costumbre de corsarios que buscan su ganancia, las veces que había calma y el mar sosegado no les dejaba navegar. El nuevo capitán del navío se iba a entretener a la estancia de sus pasajeros, y con pláticas discretas y 15 cuentos graciosos, pero siempre honestos, los entretenía, y Mauricio hacía lo mismo. Auristela, Transila, Ricla y Constanza, más se ocupaban en pensar en la ausencia de las mitades de su alma, que en escuchar al capitán ni a Mauricio; 20 con todo esto, estuvieron un día atentas a la historia que en este siguiente capítulo se cuenta, que el capitán les dijo.
p. 140 CAPITULO VEINTE Y DOS Donde el capitán da cuenta de las grandes fiestas que acostumbraba a hacer en su reino el rey Policarpo. --Una de las islas que están junto a la de 5 Hibernia me dio el cielo por patria: es tan grande, que toma nombre de reino, el cual no se hereda, ni viene por sucesión de padre a hijo; sus moradores le eligen a su beneplácito, procurando siempre que sea el más virtuoso y mejor 10 hombre que en él se hallara; y, sin intervenir de por medio ruegos o negociaciones, y sin que los soliciten promesas ni dádivas, de común consentimiento de todos sale el rey, y toma el cetro absoluto del mando, el cual le dura 15 mientras le dura la vida o mientras no se empeora en ella. Y con esto, los que no son reyes, procuran ser virtuosos para serlo; y los que lo son, pugnan serlo más, para no dejar de ser reyes; con esto se cortan las alas a la ambición, se 20 atierra la codicia, y, aunque la hipocresía suele andar lista, a largo andar se le cae la máscara, y queda sin el alcanzado premio; con esto los pueblos viven quietos, campea la justicia y resplandece la misericordia, despáchanse con 25 brevedad los memoriales de los pobres, y los que dan los ricos, no por serlo son mejor despachados;
LIBRO I, CAPITULO XXII p. 141 no agobian la vara de la justicia las dádivas ni la carne y sangre de los parentescos: todas las negociaciones guardan sus puntos y andan en sus quicios; finalmente, reino es donde se vive sin temor de los insolentes, y donde 5 cada uno goza lo que es suyo. ”Esta costumbre, a mi parecer justa y santa, puso el cetro del reino en las manos de Policarpo, varón insigne y famoso así en las armas como en las letras, el cual tenía, cuando vino 10 a ser rey, dos hijas de extremada belleza, la mayor llamada Policarpa, y la menor, Sinforosa; no tenían madre, que no les hizo falta, cuando murió, sino en la compañía: que sus virtudes y agradables costumbres eran ayas de sí mismas, 15 dando maravilloso ejemplo a todo el reino. Con estas buenas partes, así ellas como el padre se hacían amables, se estimaban de todos. Los reyes, por parecerles que la melancolía en los vasallos suele despertar malos 20 pensamientos, procuran tener alegre el pueblo y entretenido con fiestas públicas, y a veces con ordinarias comedias; principalmente, solemnizaban el día que fueron asuntos al reino, con hacer que se renovasen los juegos que los 25 gentiles llamaban Olímpicos, en el mejor modo que podían. Señalaban premio a los corredores, honraban a los diestros, coronaban a los tiradores, y subían al cielo de la alabanza a los que derribaban a otros en la tierra. Hacíase 30 este espectáculo junto a la marina, en una espaciosa playa, a quien quitaban el sol infinita
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 142 cantidad de ramos entretejidos, que la dejaban a la sombra; ponían en la mitad un suntuoso teatro, en el cual sentado el rey y la real familia, miraban los apacibles juegos. Llegóse un día de estos, y Policarpo procuró aventajarse en 5 magnificencia y grandeza en solemnizarle sobre todos cuantos hasta allí se habían hecho; y cuando ya el teatro estaba ocupado con su persona y con los mejores del reino, y cuando ya los instrumentos bélicos y los apacibles querían dar 10 señal que las fiestas se comenzasen, y cuando ya cuatro corredores, mancebos ágiles y sueltos, tenían los pies izquierdos delante, y los derechos alzados, que no les impedía otra cosa el soltarse a la carrera sino soltar una cuerda que 15 les servía de raya y de señal, que, en soltándola, habían de volar a un término señalado, donde habían de dar fin a su carrera, digo que, en este tiempo, vieron venir por la mar un barco que le blanqueaban los costados el ser recién 20 despalmado, y le facilitaban el romper del agua seis remos que de cada banda traía, impelidos de doce, al parecer, gallardos mancebos, de dilatadas espaldas y pechos y de nervudos brazos; venían vestidos de blanco todos, si no el que 25 guiaba el timón, que venía de encarnado, como marinero. Llegó con furia el barco a la orilla, y el encallar en ella y el saltar todos los que en él venían en tierra, fue una misma cosa. Mandó Policarpo que no saliesen a la carrera hasta 30 saber qué gente era aquélla, y a lo que venía, puesto que imaginó que debían de venir a hallarse
LIBRO I, CAPITULO XXII p. 143 en las fiestas y a probar su gallardía en los juegos. El primero que se adelantó a hablar al rey fue el que servía de timonero, mancebo de poca edad, cuyas mejillas, desembarazadas y limpias, mostraban ser de nieve y de grana; 5 los cabellos, anillos de oro; y cada una parte de las del rostro tan perfecta, y todas juntas tan hermosas, que formaban un compuesto admirable. Luego la hermosa presencia del mozo arrebató la vista y aun los corazones de cuantos le 10 miraron, y yo desde luego le quedé aficionadísimo. Lo que dijo al rey: ”--Señor, estos mis compañeros y yo, habiendo tenido noticia de estos juegos, venimos a servirte y hallarnos en ellos, y no de lejas tierras, 15 sino desde una nave que dejamos en la isla Scinta, que no está lejos de aquí; y como el viento no hizo a nuestro propósito para encaminar aquí la nave, nos aprovechamos de esta barca, y de los remos, y de la fuerza de 20 nuestros brazos. Todos somos nobles y deseosos de ganar honra, y, por la que debes hacer, como rey que eres, a los extranjeros que a tu presencia llegan, te suplicamos nos concedas licencia para mostrar o nuestras fuerzas o 25 nuestros ingenios, en honra y provecho nuestro, y gusto tuyo. ”--Por cierto --respondió Policarpo--, agraciado joven, que vos pedís lo que queréis con tanta gracia y cortesía, que sería cosa injusta el 30 negároslo. Honrad mis fiestas en lo que quisiereis; dejadme a mí el cargo de premiároslo:
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 144 que, según vuestra gallarda presencia muestra, poca esperanza dejáis a ninguno de alcanzar los primeros premios. ”Dobló la rodilla el hermoso mancebo e inclinó la cabeza, en señal de crianza y agradecimiento, 5 y en dos brincos se puso ante la cuerda que detenía a los cuatro ligeros corredores; sus doce compañeros se pusieron a un lado, a ser espectadores de la carrera. Sonó una trompeta, soltaron la cuerda, y arrojáronse al vuelo los cinco; 10 pero aún no habrían dado veinte pasos, cuando con más de seis se les aventajó el recién venido, y, a los treinta, ya los llevaba de ventaja más de quince; finalmente, se los dejó a poco más de la mitad del camino, como si fueran estatuas 15 inmovibles, con admiración de todos los circunstantes, especialmente de Sinforosa, que le seguía con la vista, así corriendo como estando quedo, porque la belleza y agilidad del mozo era bastante para llevar tras sí las voluntades, no 20 sólo (de) los ojos de cuantos le miraban. Noté yo esto, porque tenía los míos atentos a mirar a Policarpa, objeto dulce de mis deseos, y, de camino, miraba los movimientos de Sinforosa. Comenzó luego la envidia a apoderarse de los 25 pechos de los que se habían de probar en los juegos, viendo con cuánta facilidad se había llevado el extranjero el precio de la carrera. Fue el segundo certamen el de la esgrima: tomó el ganancioso la espada negra, con la cual, a seis 30 que le salieron, cada uno de por sí, les cerró las bocas, mosqueó las narices, les selló los ojos y
LIBRO I, CAPITULO XXII p. 145 les santiguó las cabezas, sin que a él le tocasen, como decirse suele, un pelo de la ropa. Alzó la voz el pueblo, y, de común consentimiento, le dieron el premio primero. Luego se acomodaron otros seis a la lucha, donde con 5 mayor gallardía dio de sí muestra el mozo: descubrió sus dilatadas espaldas, sus anchos y fortísimos pechos, y los nervios y músculos de sus fuertes brazos, con los cuales, y con destreza y maña increíble, hizo que las espaldas de los 10 seis luchadores, a despecho y pesar suyo, quedasen impresas en la tierra. Asió luego de una pesada barra que estaba hincada en el suelo, porque le dijeron que era el tirarla el cuarto certamen: sopesóla, y haciendo de señas a la 15 gente que estaba delante para que le diesen lugar donde el tiro cupiese, tomando la barra por la una punta, sin volver el brazo atrás, la impelió con tanta fuerza, que, pasando los límites de la marina, fue menester que el mar se 20 los diese, en el cual bien adentro quedó sepultada la barra. Esta monstruosidad, notada de sus contrarios, les desmayó los bríos, y no osaron probarse en la contienda. Pusiéronle luego la ballesta en las manos, y algunas flechas, y 25 mostráronle un árbol muy alto y muy liso, al cabo del cual estaba hincada una media lanza, y en ella, de un hilo, estaba asida una paloma, a la cual habían de tirar no más de un tiro los que en aquel certamen quisiesen probarse. Uno, que 30 presumía de certero, se adelantó y tomó la mano, creo yo, pensando derribar la paloma antes que
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 146 otro; tiró, y clavó su flecha casi en el fin de la lanza, del cual golpe azorada la paloma, se levantó en el aire; y luego, otro no menos presumido que el primero, tiró con tan gentil certería, que rompió el hilo donde estaba asida la 5 paloma, que, suelta y libre del lazo que la detenía, entregó su libertad al viento y batió las alas con prisa. Pero el ya acostumbrado a ganar los primeros premios, disparó su flecha; y, como si mandara lo que había de hacer, y ella tuviera 10 entendimiento para obedecerle, así lo hizo, pues, dividendo el aire con un rasgado y tendido silbo, llegó a la paloma y le pasó el corazón de parte a parte, quitándole a un mismo punto el vuelo y la vida. Renováronse con esto 15 las voces de los presentes y las alabanzas del extranjero, el cual en la carrera, en la esgrima, en la lucha, en la barra, y en el tirar de la ballesta, y entre otras muchas pruebas que no cuento, con grandísimas ventajas se llevó los 20 primeros premios, quitando el trabajo a sus compañeros de probarse en ellas. Cuando se acabaron los juegos, sería el crepúsculo de la noche; y cuando el rey Policarpo quería levantarse de su asiento, con los jueces que con 25 él estaban, para premiar al vencedor mancebo, vio que, puesto de rodillas ante él, le dijo: ”--Nuestra nave quedó sola y desamparada; la noche cierra algo oscura; los premios que puedo esperar, que por ser de tu mano se deben 30 estimar en lo posible, quiero, ¡oh gran señor!, que los dilates hasta otro tiempo, que con
LIBRO I, CAPITULO XXII p. 147 más espacio y comodidad pienso volver a servirte. ”Abrazóle el rey, preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba Periandro. Quitóse en esto la bella Sinforosa una guirnalda de flores con 5 que adornaba su hermosísima cabeza, y la puso sobre la del gallardo mancebo; y, con honesta gracia, le dijo al ponérsela: ”--Cuando mi padre sea tan venturoso de que volváis a verle, veréis cómo no vendréis a 10 servirle, sino a ser servido.
p. 148 CAPITULO VEINTE Y TRES De lo que sucedió a la celosa Auristela cuando supo que su hermano Periandro era el que había ganado los premios del certamen. ¡Oh poderosa fuerza de los celos! ¡Oh enfermedad, 5 que te pegas al alma de tal manera, que sólo te despegas con la vida! ¡Oh hermosísima Auristela! ¡Detente, no te precipites a dar lugar en tu imaginación a esta rabiosa dolencia! Pero ¿quién podrá tener a raya los pensamientos, que 10 suelen ser tan ligeros y sutiles, que, como no tienen cuerpo, pasan las murallas, traspasan los pechos, y ven lo más escondido de las almas? Esto se ha dicho, porque, en oyendo pronunciar Auristela el nombre de Periandro, su 15 hermano, y habiendo oído antes las alabanzas de Sinforosa, y el favor que en ponerle la guirnalda le había hecho, rindió el sufrimiento a las sospechas y entregó la paciencia a los gemidos, y, dando un gran suspiro, y abrazándose con 20 Transila, dijo: --Querida amiga mía, ruega al cielo que, sin haberse perdido tu esposo Ladislao, se pierda mi hermano Periandro. ¿No le ves en la boca de este valeroso capitán, honrado como vencedor, 25 coronado como valeroso, atento más a los favores de una doncella que a los cuidados que le debían
LIBRO I, CAPITULO XXIII p. 149 dar los destierros y pasos de esta su hermana? Ándase buscando palmas y trofeos por las tierras ajenas, y déjase entre los riscos, y entre las peñas, y entre las montañas que suele levantar la mar alterada, a esta su hermana, que, por 5 su consejo y por su gusto, no hay peligro de muerte donde no se halle. Estas razones escuchaba atentísimamente el capitán del navío, y no sabía qué conclusión sacar de ellas; sólo paró en decir, pero no dijo 10 nada, porque en un instante y en un momentáneo punto le arrebató la palabra de la boca un viento que se levantó tan súbito y tan recio, que le hizo poner en pie, sin responder a Auristela, y dando voces a los marineros que amainasen 15 las velas y las templasen y asegurasen. Acudió toda la gente a la faena; comenzó la nave a volar en popa, con mar tendido y largo, por donde el viento quiso llevarla. Recogióse Mauricio, con los de su compañía, a su 20 estancia, por dejar hacer libremente su oficio a los marineros. Allí preguntó Transila a Auristela qué sobresalto era aquel que tal la había puesto, que a ella le había parecido haberle causado el haber oído nombrar el nombre de Periandro, y 25 no sabía por qué las alabanzas y buenos sucesos de un hermano pudiesen dar pesadumbre. --¡Ay, amiga! --respondió Auristela--. De tal manera estoy obligada a tener en perpetuo silencio una peregrinación que hago, que, hasta 30 darle fin, aunque primero llegue el de la vida, soy forzada a guardarle. En sabiendo quién soy,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 150 que sí sabrás, si el cielo quiere, verás las disculpas de mis sobresaltos; sabiendo la causa de do nacen, verás castos pensamientos acometidos, pero no turbados; verás desdichas sin ser buscadas, y laberintos que, por venturas no 5 imaginadas, han tenido salida de sus enredos. ¿Ves cuán grande es el nudo del parentesco de un hermano? Pues sobre éste tengo yo otro mayor con Periandro. ¿Ves asimismo cuán propio es de los enamorados ser celosos? Pues con más 10 propiedad tengo yo celos de mi hermano. Este capitán, amiga, ¿no exageró la hermosura de Sinforosa, y ella, al coronar las sienes de Periandro, ¿no le miró? Sí, sin duda. Y mi hermano, ¿no es del valor y de la belleza que tú has 15 visto? ¿Pues qué mucho que haya despertado en el pensamiento de Sinforosa alguno que le haga olvidar de su hermana? --Advierte, señora --respondió Transila--, que, todo cuanto el capitán ha contado, sucedió 20 antes de la prisión de la ínsula bárbara, y que después acá os habéis visto y comunicado, donde habrá hallado que, ni él tiene amor a nadie, ni cuida de otra cosa que de darte gusto; y no creo yo que las fuerzas de los celos lleguen a 25 tanto, que alcancen a tenerlos una hermana de un su hermano. --Mira, hija Transila --dijo Mauricio--, que las condiciones de amor son tan diferentes como injustas, y sus leyes tan muchas como variables; 30 procura ser tan discreta, que no apures los pensamientos ajenos, ni quieras saber más de nadie
LIBRO I, CAPITULO XXIII p. 151 de aquello que quisiere decirte: la curiosidad en los negocios propios se puede sutilizar y atildar; pero en los ajenos, que no nos importa, ni por pensamiento. Esto que oyó Auristela a Mauricio, la hizo 5 tener cuenta con su discreción y con su lengua, porque la de Transila, poco necia, llevaba camino de hacerle sacar a plaza toda su historia. Amansó en tanto el viento, sin haber dado lugar a que los marineros temiesen ni los pasajeros 10 se alborotasen. Volvió el capitán a verlos y a proseguir su historia, por haber quedado cuidadoso del sobresalto que Auristela tomó oyendo el nombre de Periandro. Deseaba Auristela volver a la plática pasada, y saber del capitán 15 si los favores que Sinforosa había hecho a Periandro, se extendieron a más que coronarle, y así, se lo preguntó modestamente y con recato de no dar a entender su pensamiento. Respondió el capitán que Sinforosa no tuvo lugar de 20 hacer más merced, que así se han de llamar los favores de las damas, a Periandro, aunque, a pesar de la bondad de Sinforosa, a él le fatigaban ciertas imaginaciones que tenía de que no estaba muy libre de tener en la suya a 25 Periandro, porque siempre que, después de partido, se hablaba de las gracias de Periandro, ella las subía y las levantaba sobre los cielos, y, por haberle ella mandado que saliese en un navío a buscar a Periandro, y le hiciese volver a ver 30 a su padre, confirmaba más sus sospechas. --¿Cómo? ¿Y es posible --dijo Auristela--
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 152 que las grandes señoras, las hijas de los reyes, las levantadas sobre el trono de la fortuna, se han de humillar a dar indicios de que tienen los pensamientos en humildes sujetos colocados? Y siendo verdad, como lo es, que la grandeza 5 y majestad no se aviene bien con el amor, antes son repugnantes entre sí el amor y la grandeza, hase de seguir que Sinforosa, reina hermosa y libre, no se había de cautivar de la primera vista de un no conocido mozo, cuyo estado 10 no prometía ser grande el venir guiando un timón de una barca, con doce compañeros desnudos, como lo son todos los que gobiernan los remos. --Calla, hija Auristela --dijo Mauricio--, que 15 en ningunas otras acciones de la naturaleza se ven mayores milagros ni más continuos que en las del amor, que, por ser tantos y tales los milagros, se pasan en silencio y no se echa de ver en ellos, por extraordinarios que sean. El 20 amor junta los cetros con los cayados, la grandeza con la bajeza, hace posible lo imposible, iguala diferentes estados, y viene a ser poderoso como la muerte. Ya sabes tú, señora, y sé yo muy bien, la gentileza, la gallardía y el 25 valor de tu hermano Periandro, cuyas partes forman un compuesto de singular hermosura; y es privilegio de la hermosura rendir las voluntades y atraer los corazones de cuantos la conocen, y cuanto la hermosura es mayor y más conocida, 30 es más amada y estimada; así que no sería milagro que Sinforosa, por principal que sea,
LIBRO I, CAPITULO XXIII p. 153 ame a tu hermano, porque no le amaría como a Periandro a secas, sino como a hermoso, como a valiente, como a diestro, como a ligero, como a sujeto donde todas las virtudes están recogidas y cifradas. 5 --¿Que Periandro es hermano de esta señora? --dijo el capitán. --Sí --respondió Transila--; por cuya ausencia ella vive en perpetua tristeza, y todos nosotros, que la queremos bien, y a él le conocimos, 10 en llanto y amargura. Luego le contaron todo lo sucedido del naufragio de la nave de Arnaldo, la división del esquife y de la barca, con todo aquello que fue bastante para darle a entender lo sucedido hasta 15 el punto en que estaban; en el cual punto deja el autor el primer libro de esta grande historia, y pasa al segundo, donde se contarán cosas que, aunque no pasan de la verdad, sobrepujan a la imaginación, pues apenas pueden caber en 20 la más sutil y dilatada sus acontecimientos. Fin del primer libro de Los trabajos de Persiles y Sigismunda
p. 154
p. 155 LIBRO SEGUNDO DE LOS TRABAJOS DE PERSILES Y SIGISMUNDA CAPITULO PRIMERO Donde se cuenta cómo el navío se volcó, con 5 todos los que dentro de él iban. Parece que el autor de esta historia sabía más de enamorado que de historiador, porque casi este primer capítulo de la entrada del segundo libro le gasta todo en una definición de celos, 10 ocasionados de los que mostró tener Auristela por lo que le contó el capitán del navío; pero en esta traducción, que lo es, se quita por prolija, y por cosa en muchas partes referida y ventilada, y se viene a la verdad del caso, que fue 15 que, cambiándose el viento y enmarañándose las nubes, cerró la noche oscura y tenebrosa, y los truenos, dando por mensajeros a los relámpagos, tras quien se siguen, comenzaron a turbar los marineros y a deslumbrar la vista de 20
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 156 todos los de la nave, y comenzó la borrasca con tanta furia, que no pudo ser prevenida de la diligencia y arte de los marineros, y así, a un mismo tiempo les cogió la turbación y la tormenta; pero no por esto dejó cada uno de acudir 5 a su oficio y a hacer la faena que vieron ser necesaria, si no para excusar la muerte, para dilatar la vida: que los atrevidos que de unas tablas la fían, la sustentan cuanto pueden, hasta poner su esperanza en un madero que acaso 10 la tormenta desclavó de la nave, con el cual se abrazan, y tienen a gran ventura tan duros abrazos. Mauricio se abrazó con Transila, su hija; Antonio, con Ricla y con Constanza, su madre y hermana; sola la desgraciada Auristela quedó 15 sin arrimo, sino el que le ofrecía su congoja, que era el de la muerte, a quien ella de buena gana se entregara, si lo permitiera la cristiana y católica religión, que con muchas veras procuraba guardar; y así, se recogió entre ellos, y 20 hechos un ñudo, o, por mejor decir, un ovillo, se dejaron calar casi hasta la postrera parte del navío, por excusar el ruido espantoso de los truenos, y la interpolada luz de los relámpagos, y el confuso estruendo de los marineros. Y en 25 aquella semejanza del limbo se excusaron de no verse unas veces tocar el cielo con las manos, levantándose el navío sobre las mismas nubes, y otras veces barrer la gavia las arenas del mar profundo. Esperaban la muerte cerrados los 30 ojos, o, por mejor decir, la temían sin verla: que la figura de la muerte, en cualquier traje
LIBRO II, CAPITULO I p. 157 que venga, es espantosa, y la que coge a un desapercebido en todas sus fuerzas y salud, es formidable. La tormenta creció de manera, que agotó la ciencia de los marineros, la solicitud del capitán, y, finalmente, la esperanza de 5 remedio en todos. Ya no se oían voces que mandaban hágase esto o aquello, sino gritos de plegarias y votos que se hacían, y a los cielos se enviaban; y llegó a tanto esta miseria y estrechez, que Transila no se acordaba de Ladislao, 10 Auristela de Periandro: que uno de los efectos poderosos de la muerte, es borrar de la memoria todas las cosas de la vida, y pues llega a hacer que no se sienta la pasión celosa, téngase por dicho que puede lo imposible. No había allí 15 reloj de arena que distinguiese las horas, ni aguja que señalase el viento, ni buen tino que atinase el lugar donde estaban: todo era confusión, todo era grita, todo suspiros y todo plegarias. Desmayó el capitán, abandonáronse los 20 marineros, rindiéronse las humanas fuerzas, y poco a poco el desmayo llamó al silencio, que ocupó las voces de los más de los míseros que se quejaban. Atrevióse el mar insolente a pasearse por cima de la cubierta del navío, y aun 25 a visitar las más altas gavias, las cuales también ellas, casi como en venganza de su agravio, besaron las arenas de su profundidad. Finalmente, al parecer del día, si se puede llamar día el que no trae consigo claridad alguna, 30 la nave se estuvo queda y estancó, sin moverse a parte alguna, que es uno de los peligros,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 158 fuera del de anegarse, que le puede suceder a un bajel; finalmente, combatida de un huracán furioso, como si la volvieran con algún artificio, puso la gavia mayor en la hondura de las aguas, y la quilla descubrió a los cielos, 5 quedando hecha sepultura de cuantos en ella estaban. ¡A Dios, castos pensamientos de Auristela; a Dios, bien fundados designios; sosegaos, pasos, tan honrados como santos; no esperéis 10 otros mausoleos ni otras pirámides ni agujas que las que os ofrecen esas mal breadas tablas! Y vos, ¡oh Transila!, ejemplo claro de honestidad, en los brazos de vuestro discreto anciano padre podéis celebrar las bodas, si no 15 con vuestro esposo Ladislao, a lo menos con la esperanza, que ya os habrá conducido a mejor tálamo. Y tú, ¡oh Ricla!, cuyos deseos te llevaban a tu descanso, recoge en tus brazos a Antonio y a Constanza, tus hijos, y ponlos en la 20 presencia del que ahora te ha quitado la vida para mejorártela en el cielo. En resolución, el volcar de la nave, y la certeza de la muerte de los que en ella iban, puso las razones referidas en la pluma del autor 25 de esta grande y lastimosa historia, y, asimismo puso las que se oirán en el siguiente capítulo.
p. 159 CAPITULO SEGUNDO del segundo libro Donde se cuenta un extraño suceso. Parece que el volcar de la nave volcó, o, por mejor decir, turbó el juicio del autor de esta 5 historia, porque a este segundo capítulo le dio cuatro o cinco principios, casi como dudando qué fin en él tomaría. En fin, se resolvió diciendo que las dichas y las desdichas suelan andar tan juntas, que tal vez no hay medio que las 10 divida; andan el pesar y el placer tan apareados, que es simple el triste que se desespera y el alegre que se confía, como lo da fácilmente a entender este extraño suceso. Sepultóse la nave, como queda dicho, en las aguas; quedaron 15 los muertos sepultados sin tierra; deshiciéronse sus esperanzas, quedando imposibl[e] a todo su remedio; pero los piadosos cielos, que de muy atrás toman la corriente de remediar nuestras desventuras, ordenaron que la nave, llevada 20 poco a poco de las olas, ya mansas y recogidas, a la orilla del mar, [diese] en una playa que por entonces su apacibilidad y mansedumbre podía servir de seguro puerto; y, no lejos estaba un puerto capacísimo de muchos bajeles, 25 en cuyas aguas, como en espejos claros, se
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 160 estaba mirando una ciudad populosa, que, por una alta loma, sus vistosos edificios levantaba. Vieron los de la ciudad el bulto de la nave, y creyeron ser el de alguna ballena o de otro gran pescado que, con la borrasca pasada, había dado 5 al través. Salió infinita gente a verlo, y, certificándose ser navío, lo dijeron al rey Policarpo, que era el señor de aquella ciudad, el cual, acompañado de muchos, y de sus dos hermosas hijas, Policarpa y Sinforosa, salió también, y 10 ordenó que, con cabrestantes, con tornos y con barcas, con que hizo rodear toda la nave, la tirasen y encaminasen al puerto. Saltaron algunos encima del buco, y dijeron al rey que dentro de él sonaban golpes, y aun casi se oían 15 voces de vivos. Un anciano caballero que se halló junto al rey, le dijo: --Yo me acuerdo, señor, haber visto en el mar Mediterráneo, en la ribera de Génova, una galera de España que, por hacer el cur con la vela, 20 se volcó como está ahora este bajel, quedando la gavia en la arena y la quilla al cielo; y, antes que la volviesen o enderezasen, habiendo primero oído rumor, como en éste se oye, aserraron el bajel por la quilla, haciendo un buco 25 capaz de ver lo que dentro estaba; y el entrar la luz dentro, y el salir por él el capitán de la misma galera y otros cuatro compañeros suyos, fue todo uno. Yo vi esto, y está escrito este caso en muchas historias españolas, y aun podría ser 30 viniesen ahora las personas que segunda vez nacieron al mundo del vientre de esta galera; y si
LIBRO II, CAPITULO II p. 161 aquí sucediese lo mismo, no se ha de tener a milagro, sino a misterio: que los milagros suceden fuera del orden de la naturaleza, y los misterios son aquellos que parecen milagros y no lo son, sino casos que acontecen raras veces. 5 --¿Pues a qué aguardamos? --dijo el rey--. Siérrese luego el buco, y veamos este misterio: que si este vientre vomita vivos, yo lo tendré por milagro. Grande fue la prisa que se dieron a serrar 10 el bajel, y grande el deseo que todos tenían de ver el parto. Abrióse, en fin, una gran concavidad, que descubrió muertos muertos y vivos que lo parecían; metió uno el brazo, y asió de una doncella, que el palpitarle el corazón 15 daba señales de tener vida; otros hicieron lo mismo, y cada uno sacó su presa, y algunos, pensando sacar vivos, sacaban muertos: que no todas veces los pescadores son dichosos. Finalmente, dándoles el aire y la luz a los medio 20 vivos, respiraron y cobraron aliento; limpiáronse los rostros, fregáronse los ojos, estiraron los brazos, y, como quien despierta de un pesado sueño, miraron a todas partes, y hallóse Auristela en los brazos de Arnaldo, Transila en los 25 de Clodio, Ricla y Constanza en los de Rutilio, Antonio el padre y Antonio el hijo en los de ninguno, porque se salió por sí mismo, y lo mismo hizo Mauricio. Arnaldo quedó más atónito y suspenso que los resucitados, y más 30 muerto que los muertos. Miróle Auristela, y, no conociéndole, la primera palabra que le dijo
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 162 fue --que ella fue la primera que rompió el silencio de todos--: --¿Por ventura, hermano, está entre esta gente la bellísima Sinforosa? --¡Santos cielos, qué es esto! --dijo entre sí 5 Arnaldo--. ¿Qué memorias de Sinforosa son éstas, en tiempo que no es razón que se tenga acuerdo de otra cosa que de dar gracias al cielo por las recibidas mercedes? Pero, con todo esto, la respondió, y dijo que 10 sí estaba, y le preguntó que cómo la conocía; porque Arnaldo ignoraba lo que Auristela con el capitán del navío, que le contó los triunfos de Periandro, había pasado, y no pudo alcanzar la causa por la cual Auristela preguntaba por 15 Sinforosa: que, si la alcanzara, quizá dijera que la fuerza de los celos es tan poderosa y tan sutil, que se entra y mezcla con el cuchillo de la misma muerte, y va a buscar al alma enamorada en los últimos trances de la vida. 20 Ya después que pasó algún tanto el pavor en los resucitados, que así pueden llamarse, y la admiración en los vivos que los sacaron, y el discurso en todos dio lugar a la razón, confusamente unos a otros se preguntaban cómo los 25 de la tierra estaban allí, y los del navío venían allí. Policarpo, en esto, viendo que el navío, al abrirle la boca, se le había llenado de agua en el lugar del aire que tenía, mandó llevarle a jorro al puerto, y que con artificios le sacasen 30 a tierra, lo cual se hizo con mucha presteza. Salieron asimismo a tierra toda la gente que
LIBRO II, CAPITULO II p. 163 ocupaba la quilla del navío, que fueron recibidos del rey Policarpo y de sus hijas, y de todos los principales ciudadanos, con tanto gusto como admiración; pero lo que más les puso en ella, principalmente a Sinforosa, fue ver la incomparable 5 hermosura de Auristela; fue también a la parte de esta admiración la belleza de Transila, y el gallardo y nuevo traje, pocos años y gallardía de la bárbara Constanza, de quien no desdecía el buen parecer y donaire de Ricla, su 10 madre; y, por estar la ciudad cerca, sin prevenirse de quien los llevase, fueron todos a pie a ella. Ya en este tiempo había llegado Periandro a hablar a su hermana Auristela, Ladislao a Transila, y el bárbaro padre a su mujer y a su 15 hija, y los unos a los otros se fueron dando cuenta de sus sucesos; sola Auristela, ocupada toda en mirar a Sinforosa, callaba; pero en fin habló a Periandro, y le dijo: --¿Por ventura, hermano, esta hermosísima 20 doncella que aquí va es Sinforosa, la hija del rey Policarpo? --Ella es --respondió Periandro--; sujeto donde tienen su asiento la belleza y la cortesía. --Muy cortés debe de ser --respondió 25 Auristela--, porque es muy hermosa. --Aunque no lo fuera tanto --respondió Periandro--, las obligaciones que yo la tengo me obligaran, ¡oh querida hermana mía!, a que me lo pareciera. 30 --Si por obligaciones va, y vos por ellas encarecéis las hermosuras, la mía os ha de
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 164 parecer la mayor de la tierra, según os tengo obligado. --Con las cosas divinas --replicó Periandro-- no se han de comparar las humanas; las hipérboles alabanzas, por más que lo sean, han de 5 parar en puntos limitados: decir que una mujer es más hermosa que un ángel, es encarecimiento de cortesía, pero no de obligación. Sola en ti, dulcísima hermana mía, se quiebran reglas, y cobran fuerzas de verdad los 10 encarecimientos que se dan a tu hermosura. --Si mis trabajos y mis desasosiegos, ¡oh hermano mío!, no turbaran la mía, quizá creyera ser verdaderas las alabanzas que de ella dices; pero yo espero en los piadosos cielos que 15 algún día ha de reducir a sosiego mi desasosiego, y a bonanza mi tormenta, y, en este entretanto, con el encarecimiento que puedo, te suplico que no te quiten ni borren de la memoria lo que me debes otras ajenas hermosuras ni 20 otras obligaciones, que en la mía y en las mías podrás satisfacer el deseo y llenar el vacío de tu voluntad, si miras que, juntando a la belleza de mi cuerpo, tal cual ella es, (a) la de mi alma, hallarás un compuesto de hermosura que te 25 satisfaga. Confuso iba Periandro oyendo las razones de Auristela; juzgábala celosa, cosa nueva para él, por tener por larga experiencia conocido que la discreción de Auristela jamás se atrevió a 30 salir de los límites de la honestidad; jamás su lengua se movió a declarar sino honestos y castos
LIBRO II, CAPITULO II p. 165 pensamientos, jamás le dijo palabra que no fuese digna de decirse a un hermano en público y en secreto. Iba Arnaldo envidioso de Periandro; Ladislao, alegre con su esposa Transila; Mauricio, con su hija y yerno; Antonio el 5 grande, con su mujer e hijos; Rutilio, con el hallazgo de todos; y el maldiciente Clodio, con la ocasión que se le ofrecía de contar, dondequiera que se hallase, la grandeza de tan extraño suceso. Llegaron a la ciudad, y el 10 liberal Policarpo honró a sus huéspedes real y magníficamente, y a todos los mandó alojar en su palacio, aventajándose en el tratamiento de Arnaldo, que ya sabía que era el heredero de Dinamarca, y que los amores de Auristela le 15 habían sacado de su reino; y, así como vio la belleza de Auristela, halló su peregrinación en el pecho de Policarpo disculpa. Casi en su mismo cuarto Policarpo y Sinforosa alojaron a Auristela, de la cual no quitaba la vista Sinforosa, 20 dando gracias al cielo de haberla hecho, no amante, sino hermana de Periandro; y, así por su extremada belleza, como por el parentesco tan estrecho que con Periandro tenía, la adoraba, y no sabía un punto desviarse de ella: 25 desmenuzábale sus acciones, notábale las palabras, ponderaba su donaire, hasta el sonido y órgano de la voz le daba gusto. Auristela casi por el mismo modo y con los mismos afectos miraba a Sinforosa, aunque en las dos eran diferentes 30 las intenciones: Auristela miraba con celos, y Sinforosa con sencilla benevolencia. Algunos
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 166 días estuvieron en la ciudad, descansando de los trabajos pasados, y dando traza de volver Arnaldo a Dinamarca, o adonde Auristela y Periandro quisieran, mostrando, como siempre lo mostraba, no tener otra voluntad que la de los 5 dos hermanos. Clodio, que con ociosidad y vista curiosa había mirado los movimientos de Arnaldo, y cuán oprimido le tenía el cuello el amoroso yugo, un día que se halló solo con él, le dijo: --Yo, que siempre los vicios de los príncipes 10 he reprendido en público, sin guardar el debido decoro que a su grandeza se debe, sin temer el daño que nace del decir mal, quiero ahora sin tu licencia decirte en secreto lo que te suplico con paciencia me escuches: que, lo que 15 se dice aconsejando, en la intención halla disculpa lo que no agrada. Confuso estaba Arnaldo, no sabiendo en qué iban a parar las prevenciones del razonamiento de Clodio, y, por saberlo, determinó de 20 escucharle, y así le dijo que dijese lo que quisiese; y Clodio, con este salvoconducto, prosiguió diciendo: --Tú, señor, amas a Auristela; mal dije amas, adoras, dijera mejor, y, según he sabido, no 25 sabes más de su hacienda ni de quién es, que aquello que ella ha querido decirte, que no te ha dicho nada. Hasla tenido en tu poder más de dos años, en los cuales has hecho, según se ha de creer, las diligencias posibles por 30 enternecer su dureza, amansar su rigor y rendir su voluntad a la tuya por los medios honestísimos
LIBRO II, CAPITULO II p. 167 y eficaces del matrimonio, y en la misma entereza se está hoy que el primero día que la solicitaste, de donde arguyo que, cuanto a ti te sobra de paciencia, le falta a ella de conocimiento; y has de considerar que algún gran 5 misterio encierra desechar una mujer un reino y un príncipe que merece ser amado. Misterio también encierra ver una doncella vagamunda, llena de recato de encubrir su linaje, acompañada de un mozo que, como dice que lo es, 10 podría no ser su hermano, de tierra en tierra, de isla en isla, sujeta a las inclemencias del cielo y a las borrascas de la tierra, que suelen ser peores que las del mar alborotado. De los bienes que reparten los cielos entre los mortales, 15 los que más se han de estimar son los de la honra, a quien se posponen los de la vida; los gustos de los discretos hanse de medir con la razón, y no con los mismos gustos. Aquí llegaba Clodio, mostrando querer 20 proseguir con un filosófico y grave razonamiento, cuando entró Periandro, y le hizo callar con su llegada, a pesar de su deseo y aun del de Arnaldo, que quisiera escucharle; entraron asimismo Mauricio, Ladislao y Transila, y con 25 ellos Auristela, arrimada al hombro de Sinforosa, mal dispuesta, de modo que fue menester llevarla al lecho, causando con su enfermedad tales sobresaltos y temores en los pechos de Periandro y Arnaldo, que, a no encubrirlos con 30 discreción, también tuvieran necesidad de los médicos, como Auristela.
p. 168 CAPITULO TERCERO del segundo libro Apenas supo Policarpo la indisposición de Auristela, cuando mandó llamar sus médicos que la visitasen; y como los pulsos son lenguas 5 que declaran la enfermedad que se padece, hallaron en los de Auristela que no era del cuerpo su dolencia, sino del alma; pero antes que ellos conoció su enfermedad Periandro, y Arnaldo la entendió en parte, y Clodio mejor 10 que todos. Ordenaron los médicos que en ninguna manera la dejasen sola, y que procurasen entretenerla y divertirla con música, si ella quisiese, o con otros algunos alegres entretenimientos. Tomó Sinforosa a su cargo su salud, 15 y ofrecióle su compañía a todas horas, ofrecimiento no de mucho gusto para Auristela, porque quisiera no tener tan a la vista la causa que pensaba ser de su enfermedad, de la cual no pensaba sanar, porque estaba determinada de 20 no decirlo: que su honestidad le ataba la lengua, su valor se oponía a su deseo. Finalmente, despejaron todos la estancia donde estaba, y quedáronse solas con ella Sinforosa y Policarpa, a quien con ocasión bastante despidió 25 Sinforosa, y apenas se vio sola con Auristela, cuando, poniendo su boca con la suya, y
LIBRO II, CAPITULO III p. 169 apretándole reciamente las manos, con ardientes suspiros pareció que quería trasladar su alma en el cuerpo de Auristela; afectos que de nuevo la turbaron, y así le dijo: --¿Qué es esto, señora mía? Que estas muestras 5 me dan a entender que estáis más enferma que yo, y más lastimada el alma que la mía. Mirad si os puedo servir en algo, que, para hacerlo, aunque está la carne enferma, tengo sana la voluntad. 10 --Dulce amiga mía --respondió Sinforosa--, cuanto puedo agradezco tu ofrecimiento, y con la misma voluntad con que te obligas te respondo, sin que en esta parte tengan alguna comedimientos fingidos ni tibias obligaciones. Yo, 15 hermana mía, que con este nombre has de ser llamada, en tanto que la vida me durare, amo, quiero bien, adoro. ¿Díjelo? No; que la vergüenza, y el ser quien soy, son mordazas de mi lengua. Pero ¿tengo de morir callando? ¿Ha de 20 sanar mi enfermedad por milagro? ¿Es, por ventura, capaz de palabras el silencio? ¿Han de tener dos recatados y vergonzosos ojos virtud y fuerza para declarar los pensamientos infinitos de un alma enamorada? 25 Esto iba diciendo Sinforosa, con tantas lágrimas y con tantos suspiros, que movieron a Auristela a enjugarle los ojos y a abrazarla, y a decirla: --No se te mueran, ¡oh apasionada señora!, 30 las palabras en la boca; despide de ti por algún pequeño espacio la confusión y el empacho, y
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 170 hazme tu secretaria: que los males comunicados, si no alcanzan sanidad, alcanzan alivio. Si tu pasión es amorosa, como lo imagino, sin duda, bien sé que eres de carne, aunque pareces de alabastro, y bien sé que nuestras almas 5 están siempre en continuo movimiento, sin que puedan dejar de estar atentas a querer bien a algún sujeto a quien las estrellas las inclinan, que no se ha de decir que las fuerzan. Dime, señora, a quién quieres, a quién amas y a 10 quién adoras: que, como no des en el disparate de amar a un toro, ni en el que dio el que adoró el plátano, como sea hombre el que, según tú dices, adoras, no me causará espanto ni maravilla. Mujer soy como tú; mis deseos tengo, 15 y hasta ahora, por honra del alma, no me han salido a la boca, que bien pudiera, como señales de la calentura; pero al fin habrán de romper por inconvenientes y por imposibles, y, siquiera en mi testamento, procuraré que se sepa 20 la causa de mi muerte. Estábala mirando Sinforosa. Cada palabra que decía, la estimaba como si fuera sentencia salida por la boca de un oráculo. --¡Ay, señora --dijo--, y cómo creo que los 25 cielos te han traído por tan extraño rodeo, que parece milagro, a esta tierra, condolidos de mi dolor y lastimados de mi lástima! Del vientre oscuro de la nave te volvieron a la luz del mundo, para que mi oscuridad tuviese luz, y 30 mis deseos salida de la confusión en que están; y así, por no tenerme ni tenerte más suspensa,
LIBRO II, CAPITULO III p. 171 sabrás que a esta isla llegó tu hermano Periandro. Y sucesivamente le contó del modo que había llegado, los triunfos que alcanzó, los contrarios que venció, y los premios que ganó, del modo 5 que ya queda contado; díjole también cómo las gracias de su hermano Periandro habían despertado en ella un modo de deseo que no llegaba a ser amor, sino benevolencia; pero que después, con la soledad y ociosidad, yendo y viniendo 10 el pensamiento a contemplar sus gracias, el amor se le fue pintando, no como hombre particular, sino como a un príncipe: que, si no lo era, merecía serlo. --Esta pintura me la grabó en el alma, y yo 15 inadvertida, dejé que me la grabase, sin hacerle resistencia alguna; y así, poco a poco, vine a quererle, a amarle y aun a adorarle, como he dicho. Más dijera Sinforosa, si no volviera Policarpa, 20 deseosa de entretener a Auristela, cantando al son de una arpa que en las manos traía. Enmudeció Sinforosa, quedó perdida Auristela; pero el silencio de la una y el perdimiento de la otra, no fueron parte para que dejasen de 25 prestar atentos oídos a la sin par en música Policarpa, que de esta manera comenzó a cantar en su lengua lo que después dijo el bárbaro Antonio que en la castellana decía: Cintia, si desengaños no son parte 30 para cobrar la libertad perdida,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 172 da riendas al dolor, suelta la vida, que no es valor ni es honra el no quejarte. Y el generoso ardor que, parte a parte, tiene tu libre voluntad rendida, será de tu silencio el homicida 5 cuando pienses por él eternizarte. Salga con la doliente ánima fuera la enferma voz, que es fuerza y es cordura decir la lengua lo que al alma toca. Quejándote, sabrá el mundo siquiera 10 cuán grande fue de amor tu calentura, pues salieron señales a la boca. Ninguno como Sinforosa entendió los versos de Policarpa, la cual era sabedora de todos sus deseos; y, puesto que tenía determinado de 15 sepultarlos en las tinieblas del silencio, quiso aprovecharse del consejo de su hermana, diciendo a Auristela sus pensamientos, como ya se los había comenzado a decir. Muchas veces se quedaba Sinforosa con Auristela, dando a entender 20 que más por cortés que por su gusto propio la acompañaba. En fin, una vez, tornando a anudar la plática pasada, le dijo: --Óyeme otra vez, señora mía, y no te cansen mis razones, que, las que me bullen en el alma, 25 no dejan sosegar la lengua; reventaré si no las digo, y este temor, a pesar de mi crédito, hará que sepas que muero por tu hermano, cuyas virtudes, de mí conocidas, levaron tras sí mis enamorados deseos, y, sin entremeterme en 30 saber quién son sus padres, la patria o
LIBRO II, CAPITULO III p. 173 riquezas, ni el punto en que le ha levantado la fortuna, solamente atiendo a la mano liberal con que la naturaleza le ha enriquecido. Por sí solo le quiero, por sí solo le amo, y por sí solo le adoro; y por ti sola, y por quien eres, te suplico que, 5 sin decir mal de mis precipitados pensamientos, me hagas el bien que pudieres. Innumerables riquezas me dejó mi madre en su muerte, sin sabiduría de mi padre; hija soy de un rey, que, puesto que sea por elección, en fin es rey; la 10 edad, ya la ves; la hermosura no se te encubre que, tal cual es, ya que no merezca ser estimada, no merece ser aborrecida. Dame, señora, a tu hermano por esposo; daréte yo a mí misma por hermana, repartiré contigo mis riquezas, 15 procuraré darte esposo que después, y aun antes de los días de mi padre, le elijan por rey los de este reino; y cuando esto no pueda ser, mis tesoros podrán comprar otros reinos. Teníale a Auristela de las manos Sinforosa, 20 bañándoselas en lágrimas, en tanto que estas tiernas razones la decía; acompañábale en ellas Auristela, juzgando en sí misma cuáles y cuántos suelen ser los aprietos de un corazón enamorado; y aunque se le representaba en Sinforosa 25 una enemiga, la tenía lástima: que un generoso pecho no quiere vengarse cuando puede, cuanto más que Sinforosa no la había ofendido en cosa alguna que la obligase a venganza: su culpa era la suya, sus pensamientos los 30 mismos que ella tenía, su intención la que a ella traía desatinada; finalmente, no podía culparla,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 174 sin que ella primero no quedase convencida del mismo delito. Lo que procuró apurar fue si la había favorecido alguna vez, aunque fuese en cosas leves, o si con la lengua o con los ojos había descubierto su amorosa voluntad a su 5 hermano. Sinforosa la respondió que jamás había tenido atrevimiento de alzar los ojos a mirar a Periandro, sino con el recato que a ser quien era debía, y que al paso de sus ojos había andado el recato de su lengua. 10 --Bien creo eso --respondió Auristela--; pero ¿es posible que él no ha dado muestras de quererte? Sí habrá, porque no le tengo por tan de piedra, que no le enternezca y ablande una belleza tal como la tuya; y así, soy de parecer 15 que, antes que yo rompa esta dificultad, procures tú hablarle, dándole ocasión para ello con algún honesto favor: que tal vez los impensados favores despiertan y encienden los más tibios y descuidados pechos; que, si una vez él responde 20 a tu deseo, seráme fácil a mí hacerle que de todo en todo le satisfaga. Todos los principios, amiga, son dificultosos, y en los de amor dificultosísimos. No te aconsejo yo que te deshonestes ni te precipites: que los favores que 25 hacen las doncellas a los que aman, por castos que sean, no lo parecen, y no se ha de aventurar la honra por el gusto; pero, con todo esto, puede mucho la discreción, y el amor, sutil maestro de encaminar los pensamientos, a los más 30 turbados ofrece lugar y coyuntura de mostrarlos sin menoscabo de su crédito.
p. 175 CAPITULO CUARTO del segundo libro Donde se prosigue la historia y amores de Sinforosa. Atenta estaba la enamorada Sinforosa a las 5 discretas razones de Auristela, y, no respondiendo a ellas, sino volviendo a anudar las del pasado razonamiento, le dijo: --Mira, amiga y señora, hasta dónde llegó el amor que engendró en mi pecho el valor que 10 conocí en tu hermano, que hice que un capitán de la guarda de mi padre le fuese a buscar, y le trajese, por fuerza o de grado, a mi presencia, y el navío en que se embarcó es el mismo en que tú llegaste, porque en él, entre los 15 muertos, le han hallado sin vida. --Así debe de ser --respondió Auristela--: que él me contó gran parte de lo que tú me has dicho, de modo que ya yo tenía noticia, aunque algo confusa, de tus pensamientos, los cuales, 20 si es posible, quiero que sosiegues hasta que se los descubras a mi hermano o hasta que yo tome a cargo tu remedio, que será luego que me descubras lo que con él te hubiere sucedido: que ni a ti te faltará lugar para hablarle, ni 25 a mí tampoco.
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 176 De nuevo volvió Sinforosa a agradecer a Auristela su ofrecimiento, y de nuevo volvió Auristela a tenerla lástima. En tanto que entre las dos esto pasaba, se las había Arnaldo con Clodio, que moría por turbar o por deshacer los 5 amorosos pensamientos de Arnaldo; y hallándole solo, si solo se puede hallar quien tiene ocupada el alma de amorosos deseos, le dijo: --El otro día te dije, señor, la poca seguridad que se puede tener de [la] voluble condición 10 de las mujeres, y que Auristela, en efecto, es mujer, aunque parece un ángel, y que Periandro es hombre, aunque sea su hermano; y no por esto quiero decir que engendres en tu pecho alguna mala sospecha, sino que críes algún 15 discreto recato; y si por ventura te dieren lugar de que discurras por el camino de la razón, quiero que tal vez consideres quién eres, la soledad de tu padre, la falta que haces a tus vasallos, la contingencia en que te pones de perder tu 20 reino, que es la misma en que está la nave donde falta el piloto que la gobierne. Mira que los reyes están obligados a casarse, no con la hermosura, sino con el linaje; no con la riqueza, sino con la virtud, por la obligación que 25 tienen de dar buenos sucesores a sus reinos. Desmengua y apoca el respeto que se debe al príncipe, el verle cojear en la sangre, y no basta decir que la grandeza de rey es en sí tan poderosa, que iguala consigo misma la bajeza de la 30 mujer que escogiere. El caballo y la yegua de casta generosa y conocida, prometen crías de
LIBRO II, CAPITULO IV p. 177 valor admirable, más que las no conocidas y de baja estirpe; entre la gente común tiene lugar de mostrarse poderoso el gusto; pero no le ha de tener entre la noble; así que, ¡oh señor mío!, o te vuelve a tu reino, o procura con el recato 5 no dejar engañarte. Y perdona este atrevimiento, que, ya que tengo fama de maldiciente y murmurador, no la quiero tener de malintencionado; debajo de tu amparo me traes, al escudo de tu valor se ampara mi vida, con tu sombra no 10 temo las inclemencias del cielo, que ya con mejores estrellas parece que va mejorando mi condición, hasta aquí depravada. --Yo te agradezco, ¡oh Clodio! --dijo Arnaldo--, el buen consejo que me has dado; pero 15 no consiente ni permite el cielo que le reciba. Auristela es buena, Periandro es su hermano, y yo no quiero creer otra cosa, porque ella ha dicho que lo es: que, para mí, cualquiera cosa que dijere, ha de ser verdad. Yo la adoro sin 20 disputas: que el abismo casi infinito de su hermosura, lleva tras sí el de mis deseos, que no pueden parar sino en ella, y por ella he tenido, tengo y he de tener vida. Así que, Clodio, no me aconsejes más, porque tus palabras se llevarán 25 los vientos, y mis obras te mostrarán cuán vanos serán para conmigo tus consejos. Encogió los hombros Clodio, bajó la cabeza, y apartóse de su presencia, con propósito de no servir más de consejero, porque, el que lo ha de 30 ser, requiere tener tres cualidades: la primera, autoridad; la segunda, prudencia; y la tercera, ser
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 178 llamado. Estas revoluciones, trazas y máquinas amorosas andaban en el palacio de Policarpo, y en los pechos de los confusos amantes, Auristela celosa, Sinforosa enamorada, Periandro turbado, y Arnaldo pertinaz; Mauricio haciendo designios 5 de volver a su patria contra la voluntad de Transila, que no quería volver a la presencia de gente tan enemiga del buen decoro como la de su tierra; Ladislao, su esposo, no osaba ni quería contradecirla; Antonio el padre moría 10 por verse con sus hijos y mujer en España, y Rutilio, en Italia, su patria. Todos deseaban, pero a ninguno se le cumplían sus deseos: condición de la naturaleza humana, que, puesto que Dios la crio perfecta, nosotros, por nuestra 15 culpa, la hallamos siempre falta, la cual falta siempre la ha de haber mientras no dejáremos de desear. Sucedió, pues, que casi de industria dio lugar Sinforosa a que Periandro se viese solo con Auristela, deseosa que se diese principio 20 a tratar de su causa y a la vista de su pleito, en cuya sentencia consistía la de su vida o muerte. Las primeras palabras que Auristela dijo a Periandro, fueron: --Esta nuestra peregrinación, hermano y señor 25 mío, tan llena de trabajos y sobresaltos, tan amenazadora de peligros, cada día y cada momento me hace temer los de la muerte, y querría que diésemos traza de asegurar la vida, sosegándola en una parte, y ninguna hallo tan 30 buena como ésta donde estamos: que aquí se te ofrecen riquezas en abundancia, no en promesas,
LIBRO II, CAPITULO IV p. 179 sino en verdad, y mujer noble y hermosísima en todo extremo, digna, no de que te ruegue, como te ruega, sino de que tú la ruegues, la pidas y la procures. En tanto que Auristela esto decía, la miraba 5 Periandro con tanta atención, que no movía las pestañas de los ojos; corría muy aprisa con el discurso de su entendimiento, para hallar adónde podrían ir encaminadas aquellas razones; pero, pasando adelante con ellas, Auristela 10 le sacó de su confusión, diciendo: --Digo, hermano, que con este nombre te he de llamar en cualquier estado que tomes, digo que Sinforosa te adora y te quiere por esposo; dice que tiene riquezas increíbles, y yo digo 15 que tiene creíble hermosura; digo creíble, porque es tal, que no ha menester que exageraciones la levanten ni hipérboles la engrandezcan; y, en lo que he echado de ver, es de condición blanda, de ingenio agudo, y de proceder tan 20 discreto como honesto. Con todo esto que te he dicho, no dejo de conocer lo mucho que mereces, por ser quien eres; pero, según los casos presentes, no te estará mal esta compañía. Fuera estamos de nuestra patria; tú, perseguido 25 de tu hermano, y yo de mi corta suerte; nuestro camino a Roma, cuanto más le procuramos, más se dificulta y alarga; mi intención no se muda, pero tiembla, y no querría que, entre temores y peligros, me saltease la muerte, y así, 30 pienso acabar la vida en religión, y querría que tú la acabases en buen estado. ----7--T-+--r print
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 180 Aquí dio fin Auristela a su razonamiento, y principio a unas lágrimas que desdecían y borraban todo cuanto había dicho; sacó los brazos honestamente fuera de la colcha, tendiólos por el lecho, y volvió la cabeza a la parte contraria 5 de donde estaba Periandro, el cual, viendo estos extremos, y habiendo oído sus palabras, sin ser poderoso a otra cosa, se le quitó la vista de los ojos, se le añudó la garganta y se le trabó la lengua, y dio consigo en el suelo de rodillas, 10 y arrimó la cabeza al lecho; volvió Auristela la suya, y, viéndole desmayado, le puso la mano en el rostro y le enjugó las lágrimas, que, sin que él lo sintiese, hilo a hilo le bañaban las mejillas. 15
p. 181 CAPITULO QUINTO del segundo libro De lo que pasó entre el rey Policarpo y su hija Sinforosa. Efectos vemos en la naturaleza de quien 5 ignoramos las causas: adormécense o entorpécense a uno los dientes de ver cortar con un cuchillo un paño; tiembla tal vez un hombre de un ratón, y yo le he visto temblar de ver cortar un rábano, y a otro he visto levantarse de una 10 mesa de respeto, por ver poner unas aceitunas. Si se pregunta la causa, no hay saber decirla, y los que más piensan que aciertan a decirla, es decir que las estrellas tienen cierta antipatía con la complexión de aquel hombre, que le inclina 15 o mueve a hacer aquellas acciones, temores y espantos, viendo las cosas sobredichas y otras semejantes que a cada paso vemos. Una de las definiciones del hombre, es decir que es animal risible, porque sólo el hombre se ríe, y no otro 20 ningún animal; y yo digo que también se puede decir que es animal llorable, animal que llora; y así como por la mucha risa se descubre el poco entendimiento, por el mucho llorar, el poco discurso. Por tres cosas es lícito que 25 llore el varón prudente: la una, por haber pecado;
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 182 la segunda, por alcanzar perdón de él; la tercera, por estar celoso: las demás lágrimas no dicen bien en un rostro grave. Veamos, pues, desmayado a Periandro, y, ya que no llore de pecador ni arrepentido, llore de celoso, que no faltará 5 quien disculpe sus lágrimas, y aun las enjugue, como hizo Auristela, la cual, con más artificio que verdad, le puso en aquel estado. Volvió en fin en sí, y, sintiendo pasos en la estancia, volvió la cabeza, y vio a sus espaldas a Ricla y 10 a Constanza, que entraban a ver a Auristela, que lo tuvo a buena suerte: que, a dejarle solo, no hallara palabras con que responder a su señora, y así se fue a pensarlas y a considerar en los consejos que le había dado. Estaba también 15 Sinforosa con deseo de saber qué auto se había proveído en la audiencia de Amor en la primera vista de su pleito, y sin duda que fuera la primera que entrara a ver a Auristela, y no Ricla y Constanza; pero estorbóselo llegar un recado 20 de su padre el rey, que la mandaba ir a su presencia luego y sin excusa alguna. Obedecióle, fue a verle, y hallóle retirado y solo; hízola Policarpo sentar junto a sí, y, al cabo de algún espacio que estuvo callando, con voz baja, como 25 que se recataba de que no le oyesen, la dijo: --Hija, puesto que tus pocos años no están obligados a sentir qué cosa sea esto que llaman amor, ni los muchos míos estén ya sujetos a su jurisdicción, todavía tal vez sale de su curso la 30 naturaleza, y se abrasan las niñas verdes, y se secan y consumen los viejos ancianos.
LIBRO II, CAPITULO V p. 183 Cuando esto oyó Sinforosa, imaginó, sin duda, que su padre sabía sus deseos; pero, con todo eso, calló, y no quiso interrumpirle hasta que más se declarase; y, en tanto que él se declaraba, a ella le estaba palpitando el corazón 5 en el pecho. Siguió, pues, su padre diciendo: --Después, ¡oh hija mía!, que me faltó tu madre, me acogí a la sombra de tus regalos, cubríme con tu amparo, gobernéme por tus consejos, y he guardado, como has visto, las leyes de la 10 viudez con toda puntualidad y recato, tanto por el crédito de mi persona, como por guardar la fe católica que profeso; pero después que han venido estos nuevos huéspedes a nuestra ciudad, se ha desconcertado el reloj de mi 15 entendimiento, se ha turbado el curso de mi buena vida, y, finalmente, he caído desde la cumbre de mi presunción discreta hasta el abismo bajo de no sé qué deseos, que, si los callo, me matan, y, si los digo, me deshonran. No más 20 suspensión, hija; no más silencio, amiga; no más; y si quieres que más haya, sea el decirte que muero por Auristela. El calor de su hermosura tierna ha encendido los huesos de mi edad madura; en las estrellas de sus ojos han tomado 25 lumbre los míos, ya oscuros; la gallardía de su persona ha alentado la flojedad de la mía. Querría, si fuese posible, a ti y a tu hermana daros una madrastra que su valor disculpe el dárosla. Si tú vienes con mi parecer, no se me dará 30 nada del qué dirán, y cuando por ésta, si pareciere locura, me quitaren el reino, reine yo en
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 184 los brazos de Auristela, que no habrá monarca en el mundo que se me iguale. Es mi intención, hija, que tú se la digas, y alcances de ella el sí que tanto me importa, que, a lo que creo, no se le hará muy dificultoso el darle, si con su 5 discreción recompensa y contrapone mi autoridad a mis años, y mi riqueza a los suyos. Bueno es ser reina, bueno es mandar; gusto dan las honras, y no todos los pasatiempos se cifran en los casamientos iguales. En albricias del sí que 10 me has de traer de esta embajada que llevas, te mando una mejora en tu suerte, que, si eres discreta, como lo eres, no has de acertar a desearla mejor. Mira: cuatro cosas ha de procurar tener y sustentar el hombre principal, y son: 15 buena mujer, buena casa, buen caballo y buenas armas. Las dos primeras, tan obligada está la mujer a procurarlas como el varón, y aun más, porque no ha de levantar la mujer al marido, sino el marido a la mujer; las majestades, 20 las grandezas altas, no las aniquilan los casamientos humildes, porque, en casándose, igualan consigo a sus mujeres; así que, séase Auristela quien fuere, que, siendo mi esposa, será reina, y su hermano Periandro mi cuñado, 25 el cual, dándotelo yo por esposo, y honrándole con título de mi cuñado, vendrás tú también a ser estimada, tanto por ser su esposa, como por ser mi hija. --¿Pues cómo sabes tú, señor --dijo Sinforosa--, 30 que no es Periandro casado, y, ya que no lo sea, quiera serlo conmigo?
LIBRO II, CAPITULO V p. 185 --De que no lo sea --respondió el rey-- me lo da a entender el verle andar peregrinando por extrañas tierras, cosa que lo estorban los casamientos grandes; de que lo quiera ser tuyo, me lo certifica y asegura su discreción, que es 5 mucha, y caerá en la cuenta de lo que contigo gana; y pues la hermosura de su hermana la hace ser reina, no será mucho que la tuya le haga tu esposo. Con estas últimas palabras y con esta grande 10 promesa, paladeó el rey la esperanza de Sinforosa, y saboreóle el gusto de sus deseos, y así, sin ir contra los de su padre, prometió ser casamentera, y admitió las albricias de lo que no tenía negociado; sólo le dijo que mirase lo 15 que hacía en darle por esposo a Periandro, que, puesto que sus habilidades acreditaban su valor, todavía sería bueno no arrojarse sin que primero la experiencia y el trato de algunos días le asegurase; y diera ella porque en 20 aquel punto se le dieran por esposo, todo el bien que acertara a desearse en este mundo, los siglos que tuviera de vida: que, las doncellas virtuosas y principales, uno dice la lengua, y otro piensa el corazón. 25 Esto pasaron Policarpo y su hija, y en otra estancia se movió otra conversación y plática entre Rutilio y Clodio. Era Clodio, como se ha visto en lo que de su vida y costumbres queda escrito, hombre malicioso sobre discreto, de donde 30 le nacía ser gentil maldiciente: que el tonto y simple, ni sabe murmurar, ni maldecir; y
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 186 aunque no es bien decir bien mal, como ya otra vez se ha dicho, con todo esto, alaban al maldiciente discreto: que la agudeza maliciosa, no hay conversación que no la ponga en punto y dé sabor, como la sal a los manjares, y, por lo 5 menos, al maldiciente agudo, si le vituperan y condenan por perjudicial, no dejan de absolverle y alabarle por discreto. Este, pues, nuestro murmurador, a quien su lengua desterró de su patria en compañía de la torpe y viciosa Rosamunda, 10 habiendo dado igual pena el rey de Inglaterra a su maliciosa lengua como a la torpeza de Rosamunda, hallándose solo con Rutilio, le dijo: --Mira, Rutilio; necio es, y muy necio, el que, descubriendo un secreto a otro, le pide 15 encarecidamente que le calle, porque le importa la vida en que lo que le dice no se sepa. Digo yo ahora: ven acá, descubridor de tus pensamientos y derramador de tus secretos: si a ti, con importarte la vida, como dices, los descubres al 20 otro a quien se los dices, que no le importa nada el descubrirlos, ¿cómo quieres que los cierre y recoja debajo de la llave del silencio? ¿Qué mayor seguridad puedes tomar de que no se sepa lo que sabes, sino no decirlo? Todo esto sé, Rutilio, 25 y, con todo esto, me salen a la lengua y a la boca ciertos pensamientos, que rabian porque los ponga en voz y los arroje en las plazas antes que se me pudran en el pecho o reviente con ellos. Ven acá, Rutilio: ¿qué hace aquí este 30 Arnaldo, siguiendo el cuerpo de Auristela como si fuese su misma sombra, dejando su reino a la
LIBRO II, CAPITULO V p. 187 discreción de su padre, viejo y quizá caduco, perdiéndose aquí, anegándose allí, llorando acá, suspirando acullá, lamentándose amargamente de la fortuna que él mismo se fabrica? ¿Qué diremos de esta Auristela y de este su hermano, 5 mozos vagamundos, encubridores de su linaje, quizá por poner en duda si son o no principales? Que, el que está ausente de su patria, donde nadie le conoce, bien puede darse los padres que quisiere, y, con la discreción y artificio, parecer, 10 en sus costumbres, que son hijos del sol y de la luna. No niego yo que no sea virtud digna de alabanza mejorarse cada uno; pero ha de ser sin perjuicio de tercero. El honor y la alabanza son premios de la virtud, que siendo firme y sólida 15 se le deben; mas no se le debe a la ficticia e hipócrita. ¿Quién puede ser este luchador, este esgrimidor, este corredor y saltador, este Ganimedes, este lindo, este aquí vendido, acullá comprado, este Argos de esta ternera de Auristela, 20 que apenas nos la deja mirar por brújula, que, ni sabemos, ni hemos podido saber de este par, tan sin par en hermosura, de dónde vienen ni a dó van? Pero lo que más me fatiga de ellos es que, por los once cielos que dicen que hay, 25 te juro, Rutilio, que no me puedo persuadir que sean hermanos, y que, puesto que lo sean, no puedo juzgar bien de que ande tan junta esta hermandad por mares, por tierras, por desiertos, por campañas, por hospedajes y mesones. 30 Lo que gastan sale de las alforjas, saquillos y repuestos, llenos de pedazos de oro, de las
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 188 bárbaras Ricla y Constanza. Bien veo que aquella cruz de diamantes, y aquellas dos perlas que trae Auristela, valen un gran tesoro; pero no son prendas que se cambian ni truecan por menudo. Pues pensar que siempre han de hallar reyes 5 que los hospeden y príncipes que los favorezcan, es hablar en lo excusado. ¿Pues qué diremos, Rutilio, ahora, de la fantasía de Transila y de la astrología de su padre, ella que revienta de valiente, y él que se precia de ser el mayor 10 judiciario del mundo? Yo apostaré que Ladislao, su esposo de Transila, tomara ahora estar en su patria, en su casa y en su reposo, aunque pasara por el estatuto y condición de los de su tierra, y no verse en la ajena, a la discreción del 15 que quisiere darles lo que han menester. ¿Y este nuestro bárbaro español, en cuya arrogancia debe estar cifrada la valentía del orbe? Yo pondré que, si el cielo le lleva a su patria, que ha de hacer corrillos de gente, mostrando a su 20 mujer y a sus hijos envueltos en sus pellejos, pintando la isla bárbara en un lienzo, y señalando con una vara el lugar do estuvo encerrado quince años, la mazmorra de los prisioneros, y la esperanza inútil y ridícula de los bárbaros, y 25 el incendio no pensado de la isla; bien así como hacen los que, libres de la esclavitud turquesca, con las cadenas al hombro, habiéndolas quitado de los pies, cuentan sus desventuras con lastimeras voces y humildes plegarias en tierra 30 de cristianos. Pero esto pase, que, aunque parezca que cuentan imposibles, a mayores
LIBRO II, CAPITULO V p. 189 peligros está sujeta la condición humana, y los de un desterrado, por grandes que sean, pueden ser creederos. --¿Adónde vas a parar, oh Clodio? --dijo Rutilio. 5 --Voy a parar --respondió Clodio-- en decir de ti que mal podrás usar tu oficio en estas regiones, donde sus moradores no danzan ni tienen otros pasatiempos sino lo que les ofrece Baco, en sus tazas risueño, y en sus bebidas 10 lascivo; pararé también en mí, que, habiendo escapado de la muerte por la benignidad del cielo y por la cortesía de Arnaldo, ni al cielo doy gracias, ni a Arnaldo tampoco: antes querría procurar que, aunque fuese a costa de 15 su desdicha, nosotros enmendásemos nuestra ventura. Entre los pobres pueden durar las amistades, porque la igualdad de la fortuna sirve de eslabonar los corazones; pero entre los ricos y los pobres no puede haber amistad 20 duradera, por la desigualdad que hay entre la riqueza y la pobreza. --Filósofo estás, Clodio --replicó Rutilio--; pero yo no puedo imaginar qué medio podremos tomar para mejorar, como dices, nuestra 25 suerte, si ella comenzó a no ser buena desde nuestro nacimiento. Yo no soy tan letrado como tú; pero bien alcanzo que, los que nacen de padres humildes, si no los ayuda demasiadamente el cielo, ellos por sí solos pocas veces se 30 levantan adonde sean señalados con el dedo, si la virtud no les da la mano. ¿Pero a ti, quién te la
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 190 ha de dar, si la mayor que tienes es decir mal de la misma virtud; y a mí, quién me ha de levantar, pues, cuando más lo procure, no podré subir más de lo que se alza una cabriola? Yo danzador, tú murmurador; yo condenado a la horca 5 en mi patria, tú desterrado de la tuya por maldiciente: mira qué bien podremos esperar que nos mejore. Suspendióse Clodio con las razones de Rutilio, con cuya suspensión dio fin a este capítulo 10 el autor de esta grande historia.
p. 191 CAPITULO SEXTO del segundo libro Todos tenían con quien comunicar sus pensamientos: Policarpo con su hija, y Clodio con Rutilio; sólo el suspenso Periandro los comunicaba 5 consigo mismo: que le engendraron tanto(s) las razones de Auristela, que no sabía a cuál acudir que le aliviase su pesadumbre. --¡Válgame Dios! ¿Qué es esto? --decía entre sí mismo--. ¿Ha perdido el juicio Auristela? 10 ¡Ella mi casamentera! ¿Cómo es posible que haya dado al olvido nuestros conciertos? ¿Qué tengo yo que ver con Sinforosa? ¿Qué reinos ni qué riquezas me pueden a mí obligar a que deje a mi hermana Sigismunda, si no es dejando 15 de ser yo Persiles? En pronunciando esta palabra, se mordió la lengua y miró a todas partes, a ver si alguno le escuchaba; y asegurándose que no, prosiguió diciendo: 20 --Sin duda, Auristela está celosa: que los celos se engendran, entre los que bien se quieren, del aire que pasa, del sol que toca, y aun de la tierra que pisa. ¡Oh señora mía, mira lo que haces, no hagas agravio a tu valor ni a tu 25 belleza, ni me quites a mí la gloria de mis firmes pensamientos, cuya honestidad y firmeza me va
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 192 labrando una inestimable corona de verdadero amante! Hermosa, rica y bien nacida es Sinforosa; pero, en tu comparación, es fea, es pobre y de linaje humilde. Considera, señora, que el amor nace y se engendra en nuestros pechos, o 5 por elección, o por destino: el que por destino, siempre está en su punto; el que por elección, puede crecer o menguar, según pueden menguar o crecer las causas que nos obligan y mueven a querernos. Y siendo esta verdad tan 10 verdad como lo es, hallo que mi amor no tiene términos que le encierre[n], ni palabras que le declare[n]; casi puedo decir que desde las mantillas y fajas de mi niñez te quise bien, y aquí pongo yo la razón del destino; con la edad, y con el 15 uso de la razón, fue creciendo en mí el conocimiento, y fueron creciendo en ti las partes que te hicieron amable; vilas, contemplélas, conocílas, grabélas en mi alma, y de la tuya y la mía hice un compuesto tan uno y tan solo, que 20 estoy por decir que tendrá mucho que hacer la muerte en dividirle. Deja, pues, bien mío, Sinforosas; no me ofrezcas ajenas hermosuras, ni me convides con imperios ni monarquías, ni dejes que suene en mis oídos el dulce nombre 25 de hermano con que me llamas. Todo esto que estoy diciendo entre mí, quisiera decírtelo a ti por los mismos términos con que lo voy fraguando en mi imaginación; pero no será posible, porque la luz de tus ojos, y más si me 30 miran airados, ha de turbar mi vista y enmudecer mi lengua. Mejor será escribírtelo en un
LIBRO II, CAPITULO VI p. 193 papel, porque las razones serán siempre unas, y las podrás ver muchas veces, viendo siempre en ellas una verdad misma, una fe confirmada, y un deseo loable y digno de ser creído; y así, determino de escribirte. 5 Quietóse con esto algún tanto, pareciéndole que con más advertido discurso pondría su alma en la pluma que en la lengua. Dejemos escribiendo a Periandro, y vamos a oír lo que dice Sinforosa a Auristela; la cual Sinforosa, con 10 deseo de saber lo que Periandro había respondido a Auristela, procuró verse con ella a solas, y darle de camino noticia de la intención de su padre, creyendo que, apenas se la habría declarado, cuando alcanzase el sí de su 15 cumplimiento, puesta en pensar que pocas veces se desprecian las riquezas ni los señoríos, especialmente de las mujeres, que por naturaleza las más son codiciosas, como las más son altivas y soberbias. Cuando Auristela vio a Sinforosa, 20 no le plugo mucho su llegada, porque no tenía qué responderle, por no haber visto más a Periandro; pero Sinforosa, antes de tratar de su causa, quiso tratar de la de su padre, imaginándose que, con aquellas nuevas que a Auristela 25 llevaba, tan dignas de dar gusto, la tendría de su parte, en quien pensaba estar el todo de su buen suceso, y así le dijo: --Sin duda alguna, bellísima Auristela, que los cielos te quieren bien, porque me parece 30 que quieren llover sobre ti venturas y más venturas. Mi padre, el rey, te adora, y conmigo te
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 194 envía a decir que quiere ser tu esposo; y en albricias del sí que le has de dar, y yo se le he de llevar, me ha prometido a Periandro por esposo. Ya, señora, eres reina; ya Periandro es mío; ya las riquezas te sobran, y si tus gustos en las 5 canas de mi padre no te sobraren, sobrarte han en los del mando y en los de los vasallos, que estarán continuo atentos a tu servicio. Mucho te he dicho, amiga y señora mía, y mucho has de hacer por mí: que de un gran valor no se puede 10 esperar menos que un grande agradecimiento. Comience en nosotras a verse en el mundo dos cuñadas que se quieren bien, y dos amigas que sin doblez se amen, que sí verán, si tu discreción no se olvida de sí misma. Y dime ahora 15 qué es lo que respondió tu hermano a lo que de mí le dijiste, que estoy confiada de la buena respuesta, porque bien simple sería el que no recibiese tus consejos como de un oráculo. A lo que respondió Auristela: 20 --Mi hermano Periandro es agradecido como principal caballero, y es discreto como andante peregrino: que el ver mucho y el leer mucho aviva los ingenios de los hombres. Mis trabajos y los de mi hermano nos van leyendo en cuánto 25 debemos estimar el sosiego, y pues que el que nos ofreces es tal, sin duda imagino que le habremos de admitir; pero hasta ahora no me ha respondido nada Periandro, ni sé de su voluntad cosa que pueda alentar tu esperanza ni 30 desmayarla. Da, ¡oh bella Sinforosa!, algún tiempo al tiempo, y déjanos considerar el bien de tus
LIBRO II, CAPITULO VI p. 195 promesas, porque, puestas en obra, sepamos estimarlas. Las obras que no se han de hacer más de una vez, si se yerran, no se pueden enmendar en la segunda, pues no la tienen; y el casamiento es una de estas acciones, y así, es menester 5 que se considere bien antes que se haga, puesto que los términos de esta consideración los doy por pasados, y hallo que tú alcanzarás tus deseos, y yo admitiré tus promesas y consejos. Y vete, hermana, y haz llamar de mi parte a 10 Periandro, que quiero saber de él alegres nuevas que decirte, y aconsejarme con él de lo que me conviene, como con hermano mayor, a quien debo tener respeto y obediencia. Abrazóla Sinforosa, y dejóla, por hacer venir 15 a Periandro a que la viese; el cual, en este tiempo, encerrado y solo, había tomado la pluma, y, de muchos principios que en un papel borró y tornó a escribir, quitó y añadió, en fin salió con uno que se dice decía de esta manera: 20 “No he osado fiar de mi lengua lo que de mi pluma, ni aun de ella fío algo, pues no puede escribir cosa que sea de momento el que por instantes está esperando la muerte. Ahora vengo a conocer que no todos los discretos saben 25 aconsejar en todos los casos; aquellos, sí, que tienen experiencia, en aquellos sobre quien se les pide el consejo. Perdóname que no admito el tuyo, por parecerme, o que no me conoces, o que te has olvidado de ti misma; vuelve, 30 señora, en ti, y no te haga una vana presunción
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 196 celosa salir de los límites de la gravedad y peso de tu raro entendimiento. Considera quién eres, y no se te olvide de quién yo soy, y verás en ti el término del valor que puede desearse, y en mí el amor y la firmeza que puede imaginarse; 5 y firmándote en esta consideración discreta, no temas que ajenas hermosuras me enciendan, ni imagines que a tu incomparable virtud y belleza otra alguna se anteponga. Sigamos nuestro viaje, cumplamos nuestro voto, y 10 quédense aparte celos infructuosos y mal nacidas sospechas. La partida de esta tierra solicitaré con toda diligencia y brevedad, porque me parece que, en salir de ella, saldré, del infierno de mi tormento, a la gloria de verte sin celos.” 15 Esto fue lo que escribió Periandro, y lo que dejó en limpio al cabo de haber hecho seis borradores; y, doblando el papel, se fue a ver a Auristela, de cuya parte ya le habían llamado.
p. 197 CAPITULO SEPTIMO del segundo libro, dividido en dos partes [primera parte] Rutilio y Clodio, aquellos dos que querían enmendar su humilde fortuna, confiados el uno 5 de su ingenio y el otro de su poca vergüenza, se imaginaron merecedores el uno de Policarpa y el otro de Auristela; a Rutilio le contentó mucho la voz y el donaire de Policarpa, y a Clodio la sin igual belleza de Auristela, y andaban 10 buscando ocasión cómo descubrir sus pensamientos sin que les viniese mal por declararlos: que es bien que tema un hombre bajo y humilde que se atreve a decir a una mujer principal lo que no había de atreverse a pensarlo siquiera; 15 pero tal vez acontece que la desenvoltura de una poco honesta, aunque principal señora, da motivo a que un hombre humilde y bajo ponga en ella los ojos y le declare sus pensamientos. Ha de ser anejo a la mujer principal 20 el ser grave, el ser compuesta y recatada, sin que por esto sea soberbia, desabrida y descuidada; tanto ha de parecer más humilde y más grave una mujer, cuanto es más señora. Pero en estos dos caballeros y nuevos amantes, no 25 nacieron sus deseos de las desenvolturas y
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 198 poca gravedad de sus señoras; pero, nazcan de do nacieren, Rutilio, en fin, escribió un papel a Policarpa, y Clodio a Auristela, del tenor que se sigue: Rutilio a Policarpa 5 “Señora, yo soy extranjero, y, aunque te diga grandezas de mi linaje, como no tengo testigos que las confirmen, quizá no hallarán crédito en tu pecho; aunque, para confirmación de que soy ilustre en linaje, basta que he tenido 10 atrevimiento de decirte que te adoro. Mira qué pruebas quieres que haga para confirmarte en esta verdad, que a ti estará el pedirlas, y a mí el hacerlas; y pues te quiero para esposa, imagina que deseo como quien soy, y que merezco 15 como deseo: que de altos espíritus es aspirar a las cosas altas. Dame siquiera con los ojos respuesta de este papel, que, en la blandura o rigor de tu vista, veré la sentencia de mi muerte o de mi vida.” 20 Cerró el papel Rutilio, con intención de dársele a Policarpa, arrimándose al parecer de los que dicen: díselo tú una vez, que no falta[rá] quien se lo acuerde ciento. Mostróselo primero a Clodio, y Clodio le mostró a él otro que para 25 Auristela tenía escrito, que es éste que se sigue:
LIBRO II, CAPITULO VII p. 199 Clodio a Auristela “Unos entran en la red amorosa con el cebo de la hermosura, otros con los del donaire y gentileza, otros con los del valor que consideran en la persona a quien determinan rendir su 5 voluntad; pero yo por diferente manera he puesto mi garganta a su yugo, mi cerviz a su coyunda, mi voluntad a sus fueros, y mis pies a sus grillos, que ha sido por la de la lástima: que ¿cuál es el corazón de piedra que no la tendrá, 10 hermosa señora, de verte vendida y comprada, y en tan estrechos pasos puesta, que has llegado al último de la vida por momentos? El hierro y despiadado acero ha amenazado tu garganta, el fuego ha abrasado las ropas de tus 15 vestidos, la nieve tal vez te ha tenido yerta, y la hambre enflaquecida, y de amarilla tez cubiertas las rosas de tus mejillas, y, finalmente, el agua te ha sorbido y vomitado; y estos trabajos no sé con qué fuerzas los llevas, pues no 20 te las pueden dar las pocas de un rey vagamundo, y que te sigue por sólo el interés de gozarte, ni las de tu hermano, si lo es, son tantas, que te puedan alentar en tus miserias. No fíes, señora, de promesas remotas, y arrímate a 25 las esperanzas propincuas, y escoge un modo de vida que te asegure la que el cielo quisiere darte. Mozo soy, habilidad tengo para saber vivir en los más últimos rincones de la tierra;
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 200 yo daré traza cómo sacarte de ésta y librarte de las importunaciones de Arnaldo, y, sacándote de este Egipto, te llevaré a la tierra de promisión, que es España, o Francia, o Italia, ya que no puedo vivir en Inglaterra, dulce y amada patria 5 mía; y, sobre todo, me ofrezco a ser tu esposo, y desde luego te acepto por mi esposa.” Habiendo oído Rutilio el papel de Clodio, dijo: --Verdaderamente, nosotros estamos faltos 10 de juicio, pues nos queremos persuadir que podemos subir al cielo sin alas, pues las que nos da nuestra pretensión son las de la hormiga. Mira, Clodio: yo soy de parecer que rasguemos estos papeles, pues no nos ha forzado a 15 escribirlos ninguna fuerza amorosa, sino una ociosa y baldía voluntad, porque el amor ni nace ni puede crecer si no es al arrimo de la esperanza, y, faltando ella, falta él de todo punto. Pues ¿por qué queremos aventurarnos a perder, y no a 20 ganar, en esta empresa? Que el declararla, y el ver a nuestras gargantas arrimado el cordel o el cuchillo, ha de ser todo uno; demás, que, por mostrarnos enamorados, habremos de parecer, sobre desagradecidos, traidores. ¿Tú no ves la 25 distancia que hay de un maestro de danzar que enmendó su oficio con aprender el de platero, a una hija de un rey, y la que hay de un desterrado murmurador a la que desecha y menosprecia reinos? Mordámonos la lengua, y llegue 30 nuestro arrepentimiento a do ha llegado nuestra
LIBRO II, CAPITULO VII p. 201 necedad. A lo menos, este mi papel se dará primero al fuego o al viento que a Policarpa. --Haz tú lo que quisieres del tuyo --respondió Clodio--, que el mío, aunque no le dé a Auristela, le pienso guardar por honra de mi ingenio; 5 aunque temo que, si no se le doy, toda la vida me ha de morder la conciencia de haber tenido este arrepentimiento, porque el tentar no todas las veces daña. Estas razones pasaron entre los dos fingidos 10 amantes, y atrevidos y necios de veras. Llegóse, en fin, el punto de hablar a solas Periandro con Auristela, y entró a verla, con intención de darle el papel que había escrito; pero, así como la vio, olivdándose de todos los discursos y 15 disculpas que llevaba prevenidas, le dijo: --Señora, mírame bien, que yo soy Periandro, que fui el que fue Persiles, y soy el que tú quieres que sea Periandro. El nudo con que están atadas nuestras voluntades, nadie le puede 20 desatar sino la muerte; y, siendo esto así, ¿de qué te sirve darme consejos tan contrarios a esta verdad? Por todos los cielos, y por ti misma, más hermosa que ellos, te ruego que no nombres más a Sinforosa, ni imagines que su 25 belleza ni sus tesoros han de ser parte a que yo olvide las minas de tus virtudes y la hermosura incomparable tuya, así del cuerpo como del alma. Esta mía, que respira por la tuya, te ofrezco de nuevo, no con mayores ventajas que 30 aquellas con que te la ofrecí la vez primera que mis ojos te vieron, porque no hay cláusula que
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 202 añadir a la obligación en que quedé de servirte, el punto que en mis potencias se imprimió el conocimiento de tus virtudes. Procura, señora, tener salud, que yo procuraré la salida de esta tierra, y dispondré lo mejor que pudiere 5 nuestro viaje: que, aunque Roma es el cielo de la tierra, no está puesta en el cielo, y no habrá trabajos ni peligros que nos nieguen del todo el llegar a ella, puesto que los haya para dilatar el camino; tente al tronco y a las ramas de tu 10 mucho valor, y no imagines que ha de haber en el mundo quien se le oponga. En tanto que Periandro esto decía, le estaba mirando Auristela con ojos tiernos, y con lágrimas de celos y compasión nacidas; pero, en 15 fin, haciendo efecto en su alma las amorosas razones de Periandro, dio lugar a la verdad que en ellas venía encerrada, y respondióle seis u ocho palabras, que fueron: --Sin hacerme fuerza, dulce amado, te creo; 20 confiada, te pido que con brevedad salgamos de esta tierra: que, en otra, quizá convaleceré de la enfermedad celosa que en este lecho me tiene. --Si yo hubiera dado, señora --respondió 25 Periandro--, alguna ocasión a tu enfermedad, llevara en paciencia tus quejas, y en mis disculpas hallaras tú el remedio de tus lástimas; pero como no te he ofendido, no tengo de qué disculparme. Por quien eres, te suplico que alegres 30 los corazones de los que te conocen, y sea brevemente, pues faltando la ocasión de tu
LIBRO II, CAPITULO VII p. 203 enfermedad, no hay para qué nos mates con ella. Pondré en efecto lo que me mandas: saldremos de esta tierra con la brevedad posible. --¿Sabes cuánto te importa, Periandro? --respondió Auristela--; pues has de saber que me 5 van lisonjeando promesas y apretando dádivas; y no como quiera: que, por lo menos, me ofrecen este reino. Policarpo el rey quiere ser mi esposo; hámelo enviado a decir con Sinforosa, su hija, y ella, con el favor que piensa tener 10 en mí siendo su madrastra, quiere que seas su esposo. Si esto puede ser, tú lo sabes, y si estamos en peligro, considéralo, y, conforme a esto, aconséjate con tu discreción, y busca el remedio que nuestra necesidad pide. Y perdóname, 15 que la fuerza de las sospechas han sido las que me han forzado a ofenderte; pero estos yerros fácilmente los perdona el amor. --De él se dice --replicó Periandro-- que no puede estar sin celos, los cuales, cuando de 20 débiles y flacas ocasiones nacen, le hacen crecer, sirviendo de espuelas a la voluntad, que, de puro confiada, se entibia, o, a lo menos, parece que se desmaya. Y, por lo que debes a tu buen entendimiento, te ruego que, de aquí adelante, 25 me mires, no con mejores ojos, pues no los puede haber en el mundo tales como los tuyos, sino con voluntad más llana y menos puntuosa, no levantando algún descuido mío, más pequeño que un grano de mostaza, a ser monte que llegue 30 a los cielos, llegando a los celos; y, en lo demás, con tu buen juicio entretén al rey y a
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 204 Sinforosa, que no la ofenderás en fingir palabras que se encaminan a conseguir buenos deseos. Y queda en paz, no engendre en algún mal pecho alguna mala sospecha nuestra larga plática. 5 Con esto la dejó Periandro, y, al salir de la estancia, encontró con Clodio y Rutilio: Rutilio acabando de romper el papel que había escrito a Policarpa, y Clodio doblando el suyo para ponérselo en el seno; Rutilio arrepentido de su 10 loco pensamiento, y Clodio satisfecho de su habilidad y ufano de su atrevimiento; pero andará el tiempo y llegará el punto donde diera él por no haberle escrito la mitad de la vida, si es que las vidas pueden partirse. 15
p. 205 CAPITULO SEPTIMO del segundo libro [segunda parte] Andaba el rey Policarpo alborozado con sus amorosos pensamientos, y deseoso, además, 5 de saber la resolución de Auristela, tan confiado y tan seguro que había de corresponder a lo que deseaba, que ya consigo mismo trazaba las bodas, concertaba las fiestas, inventaba las galas, y aun hacía mercedes en esperanza del 10 venidero matrimonio. Pero, entre todos estos designios, no tomaba el pulso a su edad, ni igualaba con discreción la disparidad que hay de diez y siete años a setenta; y, cuando fueran sesenta, es también grande la distancia: así halagan y 15 lisonjean los lascivos deseos las voluntades, así engañan los gustos imaginados a los grandes entendimientos, así tiran y llevan tras sí las blandas imaginaciones a los que no se resisten en los encuentros amorosos. Con diferentes 20 pensamientos estaba Sinforosa, que no se aseguraba de su suerte, por ser cosa natural que, quien mucho desea, mucho teme; y las cosas que podían poner alas a su esperanza, como eran su valor, su linaje y hermosura, esas 25 mismas se las cortaban, por ser propio de los
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 206 amantes rendidos pensar siempre que no tienen partes que merezcan ser amadas de los que bien quieren. Andan el amor y el temor tan apareados, que, a doquiera que volváis la cara, los veréis juntos; y no es soberbio el amor, como 5 algunos dicen, sino humilde, agradable y manso; y tanto, que suele perder de su derecho por no dar a quien bien quiere pesadumbre; y más, que como todo amante tiene en sumo precio y estima la cosa que ama, huye de que de su parte 10 nazca alguna ocasión de perderla. Todo esto, con mejores discursos que su padre, consideraba la bella Sinforosa, y, entre temor y esperanza puesta, fue a ver a Auristela y a saber de ella lo que esperaba y temía. En fin se vio Sinforosa 15 con Auristela, y sola, que era lo que ella más deseaba; y era tanto el deseo que tenía de saber las nuevas de su buena o mala andanza, que, así como entró a verla, sin que la hablase palabra, se la puso a mirar ahincadamente, por 20 ver si en los movimientos de su rostro le daba señales de su vida o muerte. Entendióla Auristela, y, a media risa, quiero decir, con muestras alegres, le dijo: --Llegaos, señora, que a la raíz del árbol de 25 vuestra esperanza no ha puesto el temor segur para cortar. Bien es verdad que vuestro bien y el mío se han de dilatar algún tanto; pero en fin llegarán, porque, aunque hay inconvenientes que suelen impedir el cumplimiento de los justos 30 deseos, no por eso ha de tener la desesperación fuerzas para no esperarle. Mi hermano dice
LIBRO II, CAPITULO VII p. 207 que el conocimiento que tiene de tu valor y hermosura no solamente le obliga, pero que le fuerza a quererte, y tiene a bien y a merced particular la que le haces en querer ser suya; pero antes que venga a tan dichosa posesión, 5 ha menester defraudar las esperanzas que el príncipe Arnaldo tiene de que yo he de ser su esposa, y sin duda lo fuera yo, si el serlo tú de mi hermano no lo estorbara: que has de saber, hermana mía, que así puedo yo vivir sin 10 Periandro, como puede vivir un cuerpo sin alma: allí tengo de vivir donde él viviere, él es el espíritu que me mueve y el alma que me anima; y siendo esto así, y él se casa en esta tierra contigo, ¿cómo podré yo vivir en la de Arnaldo 15 en ausencia de mi hermano? Para excusar este desmán que me amenaza, ordena que nos vamos con él a su reino, desde el cual le pediremos licencia para ir a Roma a cumplir un voto cuyo cumplimiento nos sacó de nuestra 20 tierra; y está claro, como la experiencia me lo ha mostrado, que no ha de salir un punto de mi voluntad. Puestos, pues, en nuestra libertad, fácil cosa será dar la vuelta a esta isla, donde, burlando sus esperanzas, veamos el fin de las 25 nuestras, yo casándome con tu padre, y mi hermano contigo. A lo que respondió Sinforosa: --No sé, hermana, con qué palabras podré encarecer la merced que me has hecho con las 30 que me has dicho, y así la dejaré en su punto, porque no sé cómo explicarlo; pero esto que
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 208 ahora decirte quiero, recíbelo antes por advertimiento que por consejo: ahora estás en esta tierra, y en poder de mi padre, que te podrá y querrá defender de todo el mundo, y no será bien que se ponga en contingencia la seguridad 5 de tu posesión. No le ha de ser posible a Arnaldo llevaros por fuerza a ti y a tu hermano, y hale de ser forzoso, si no querer, a lo menos, consentir lo que mi padre quisiere, que le tiene en su reino y en su casa. Asegúrame tú, 10 ¡oh hermana!, que tienes voluntad de ser mi señora, siendo esposa de mi padre, y que tu hermano no se ha de desdeñar de ser mi señor y esposo: que yo te daré llanas todas las dificultades e inconvenientes que para llegar a este 15 efecto pueda poner Arnaldo. A lo que respondió Auristela: --Los varones prudentes, por los casos pasados y por los presentes, juzgan los que están por venir. A hacernos fuerza pública o secreta 20 tu padre en nuestra detención, ha de irritar y despertar la cólera de Arnaldo, que en fin es rey poderoso, a lo menos lo es más que tu padre, y los reyes, burlados y engañados, fácilmente se acomodan a vengarse; y así, en lugar 25 de haber recibido con nuestro parentesco gusto, recibiríais daño, trayéndoos la guerra a vuestras mismas casas. Y si dijeres que este temor se ha de tener siempre, ora nos quedemos aquí, ora volvamos después, considerando que nunca 30 los cielos aprietan tanto los males, que no dejen alguna luz con que se descubra la de su remedio,
LIBRO II, CAPITULO VII p. 209 soy de parecer que nos vamos con Arnaldo, y que tú misma, con tu discreción y aviso, solicites nuestra partida: que en esto solicitarás y abreviarás nuestra vuelta, y aquí, si no en reinos tan grandes como los de Arnaldo, a lo 5 menos en paz más segura, gozaré yo de la prudencia de tu padre, y tú de la gentileza y bondad de mi hermano, sin que se dividan y aparten nuestras almas. Oyendo las cuales razones, Sinforosa, loca 10 de contento, se abalanzó a Auristela y le echó los brazos al cuello, midiéndole la boca y los ojos con sus hermosos labios. En esto vieron entrar por la sala a los dos, al parecer, bárbaros, padre e hijo, y a Ricla y Constanza, y 15 luego tras ellos entraron Mauricio, Ladislao y Transila, deseosos de ver y hablar a Auristela y saber en qué punto estaba su enfermedad, que los tenía a ellos sin salud. Despidióse Sinforosa más alegre y más engañada que cuando 20 había entrado: que los corazones enamorados creen con mucha facilidad aun las sombras de las promesas de su gusto. El anciano Mauricio, después de haber pasado con Auristela las ordinarias preguntas y respuestas que suelen 25 pasar entre los enfermos y los que los visitan, dijo: --Si los pobres, aunque mendigos, suelen llevar con pesadumbre el verse desterrados o ausentes de su patria, donde no dejaron sino 30 los terrones que los sustentaban, ¿qué sentirán los ausentes que dejaron en su tierra los bienes
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 210 que de la fortuna pudieran prometerse? Digo esto, señora, porque mi edad, que con presurosos pasos me va acercando al último fin, me hace desear verme en mi patria, adonde mis amigos, mis parientes y mis hijos me cierren los 5 ojos y me den el último vale. Este bien y merced conseguiremos todos cuantos aquí estamos, pues todos somos extranjeros y ausentes, y todos, a lo que creo, tenemos en nuestras patrias lo que no hallaremos en las ajenas, si tú, 10 señora, quisieres solicitar nuestra partida, o, a lo menos, teniendo por bien que nosotros la procuremos, puesto que no será posible el dejarte, porque tu generosa condición y rara hermosura, acompañada de la discreción, que 15 admira, es la piedra imán de nuestras voluntades. --A lo menos --dijo a esta sazón Antonio el padre--, de la mía y de las de mi mujer e hijos lo es de suerte, que primero dejaré la vida, que 20 dejar la compañía de la señora Auristela, si es que ella no se desdeña de la nuestra. --Yo os agradezco, señores --respondió Auristela--, el deseo que me habéis mostrado, y aunque no está en mi mano corresponder a 25 él como debía, todavía haré que le pongan en efecto el príncipe Arnaldo y mi hermano Periandro, sin que sea parte mi enfermedad, que ya es salud, a impedirle. En tanto, pues, que llega el feliz día y punto de nuestra partida, 30 ensanchad los corazones, y no deis lugar que reine en ellos la melancolía, ni penséis en peligros
LIBRO II, CAPITULO VII p. 211 venideros: que, pues el cielo de tantos nos ha sacado, sin que otros nos sobrevengan, nos llevará a nuestras dulces patrias: que los males que no tienen fuerzas para acabar la vida, no la han de tener para acabar la paciencia. 5 Admirados quedaron todos de la respuesta de Auristela, porque en ella se descubrió su corazón piadoso y su discreción admirable. Entró en este instante el rey Policarpo, alegre sobre manera, porque ya había sabido de Sinforosa, su 10 hija, las prometidas esperanzas del cumplimiento de sus entre castos y lascivos deseos: que los ímpetus amorosos que suelen parecer en los ancianos, se cubren y disfrazan con la capa de la hipocresía: que no hay hipócrita, si no es 15 conocido por tal, que dañe a nadie sino a sí mismo, y los viejos, con la sombra del matrimonio, disimulan sus depravados apetitos. Entraron con el rey Arnaldo y Periandro, y dándole el parabién a Auristela de la mejoría, mandó el 20 rey que, aquella noche, en señal de la merced que del cielo todos en la mejoría de Auristela habían recibido, se hiciesen luminarias en la ciudad, y fiestas y regocijos ocho días continuos. Periandro lo agradeció, como hermano de 25 Auristela, y Arnaldo, como amante que pretendía ser su esposo. Regocijábase Policarpo allá entre sí mismo en considerar cuán suavemente se iba engañado Arnaldo, el cual, admirado con la mejoría de Auristela, sin que supiese 30 los designios de Policarpo, buscaba modos de salir de su ciudad, pues tanto cuanto más se
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 212 dilataba su partida, tanto más, a su parecer, se alongaba el cumplimiento de su deseo. Mauricio, también deseoso de volver a su patria, acudió a su ciencia, y halló en ella que grandes dificultades habían de impedir su partida; 5 comunicólas con Arnaldo y Periandro, que ya habían sabido los intentos de Sinforosa y Policarpo, que les puso en mucho cuidado, por saber cierto, cuando el amoroso deseo se apodera de los pechos poderosos, suele romper por 10 cualquiera dificultad, hasta llegar al fin de ellos; no se miran respetos, ni se cumplen palabras, ni guardan obligaciones; y así, no había para qué fiarse en las pocas o ninguna en que Policarpo les estaba. En resolución, quedaron los 15 tres de acuerdo que Mauricio buscase un bajel, de muchos que en el puerto estaban, que los llevase a Inglaterra secretamente, que para embarcarse no faltaría modo convenible, y que, en este entretanto, no mostrase ninguno señales 20 de que tenían noticia de los designios de Policarpo. Todo esto se comunicó con Auristela, la cual aprobó su parecer, y entró en nuevos cuidados de mirar por su salud y por la de todos. 25
p. 213 CAPITULO OCTAVO del segundo libro Da Clodio el papel a Auristela; Antonio, el bárbaro, le mata por yerro. Dice la historia que llegó a tanto la 5 insolencia o, por mejor decir, la desvergüenza de Clodio, que tuvo atrevimiento de poner en las manos de Auristela el desvergonzado papel que la había escrito, engañada con que le dijo que eran unos versos devotos, dignos de ser leídos y 10 estimados. Abrió Auristela el papel, y pudo con ella tanto la curiosidad, que no dio lugar al enojo para dejarle de leer hasta el cabo; leyóle, en fin, y volviéndole a cerrar, puestos los ojos en Clodio, y no echando por ellos rayos de 15 amorosa luz, como las más veces solía, sino centellas de rabioso fuego, le dijo: --Quítateme de delante, hombre maldito y desvergonzado: que, si la culpa de este tu atrevido disparate, entendiera que había nacido de 20 algún descuido mío que menoscabara mi crédito y mi honra, en mí misma castigara tu atrevimiento; el cual no ha de quedar sin castigo, si ya entre tu locura y mi paciencia no se pone el tenerte lástima. 25 Quedó atónito Clodio, y diera él por no
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 214 haberse atrevido la mitad de la vida, como ya se ha dicho; rodeáronle luego el alma mil temores, y no se daba más término de vida, que lo que tardasen en saber su bellaquería Arnaldo o Periandro; y, sin replicar palabra, bajó los ojos, 5 volvió las espaldas, y dejó sola a Auristela, cuya imaginación ocupó un temor, no vano, sino muy puesto en razón, de que Clodio, desesperado, había de dar en traidor, aprovechándose de los intentos de Policarpo, si acaso a su noticia 10 viniese, y determinó darla de aquel caso a Periandro y Arnaldo. Sucedió en este tiempo que, estando Antonio el mozo solo en su aposento, entró a deshora una mujer en él, de hasta cuarenta años de 15 edad, que, con el brío y donaire, debía de encubrir otros diez, vestida, no al uso de aquella tierra, sino al de España; y aunque Antonio no conocía de usos sino de los que había visto en los de la bárbara isla donde se había criado y 20 nacido, bien conoció ser extranjera de aquella tierra. Levantóse Antonio a recibirla cortésmente, porque no era tan bárbaro que no fuese bien criado; sentáronse, y la dama --si en tantos años de edad es justo se le dé este nombre--, 25 después de haber estado atenta mirando el rostro de Antonio, dijo: --Parecerte ha novedad, ¡oh mancebo!, esta mi venida a verte, porque no debes de estar en uso de ser visitado de mujeres, habiéndote criado, 30 según he sabido, en la isla bárbara, y no entre bárbaros, sino entre riscos y peñas, de las cuales,
LIBRO II, CAPITULO VIII p. 215 si como sacaste la belleza y brío que tienes, has sacado también la dureza en las entrañas, la blandura de las mías temo que no me ha de ser de provecho. No te desvíes, sosiégate y no te alborotes, que no está hablando contigo 5 algún monstruo ni persona que quiera decirte ni aconsejarte cosas que vayan fuera de la naturaleza humana; mira que te hablo español, que es la lengua que tú sabes, cuya conformidad suele engendrar amistad entre los que no se 10 conocen. Mi nombre es Cenotia; soy natural de España, nacida y criada en Alhama, ciudad del reino de Granada; conocida por mi nombre en todos los de España, y aun entre otros muchos, porque mi habilidad no consiente que mi nombre 15 se encubra, haciéndome conocida mis obras. Salí de mi patria habrá cuatro años, huyendo de la vigilancia que tienen los mastines veladores que en aquel reino tienen del católico rebaño; mi estirpe es agarena; mis ejercicios, los de 20 Zoroastes, y en ellos soy única. ¿Ves este sol que nos alumbra? Pues si, para señal de lo que puedo, quieres que le quite los rayos y le asombre con nubes, pídemelo, que haré que a esta claridad suceda en un punto oscura noche; o ya, si 25 quisieres ver temblar la tierra, pelear los vientos, alterarse el mar, encontrarse los montes, bramar las fieras, u otras espantosas señales que nos representen la confusión del caos primero, pídelo, que tú quedarás satisfecho, y yo 30 acreditada. Has de saber asimismo que en aquella ciudad de Alhama siempre ha habido alguna mujer
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 216 de mi nombre, la cual, con el apellido de Cenotia, hereda esta ciencia, que no nos enseña a ser hechiceras, como algunos nos llaman, sino a ser encantadoras y magas, nombres que nos vienen más al propio. Las que son hechiceras, 5 nunca hacen cosa que para alguna cosa sea de provecho: ejercitan sus bulerías con cosas, al parecer, de burlas, como son habas mordidas, agujas sin puntas, alfileres sin cabeza, y cabellos cortados en crecientes o menguantes de luna; 10 usan de caracteres que no entienden, y, si algo alcanzan, tal vez, de lo que pretenden, es, no en virtud de sus simplicidades, sino porque Dios permite, para mayor condenación suya, que el demonio las engañe. Pero nosotras, las que 15 tenemos nombre de magas y de encantadoras, somos gente de mayor cuantía: tratamos con las estrellas, contemplamos el movimiento de los cielos, sabemos la virtud de las hierbas, de las plantas, de las piedras, de las palabras, y, 20 juntando lo activo a lo pasivo, parece que hacemos milagros, y nos atrevemos a hacer cosas tan estupendas, que causan admiración a las gentes, de donde nace nuestra buena o mala fama: buena, si hacemos bien con nuestra 25 habilidad; mala, si hacemos mal con ella. Pero como la naturaleza parece que nos inclina antes al mal que al bien, no podemos tener tan a raya los deseos, que no se deslicen a procurar el mal ajeno: que ¿quién quitará al airado y 30 ofendido que no se vengue? ¿Quién al amante desdeñado que no quiera, si puede, reducir a ser
LIBRO II, CAPITULO VIII p. 217 querido del que le aborrece? Puesto que en mudar las voluntades, sacarlas de su quicio, como esto es ir contra el libre albedrío, no hay ciencia que lo pueda, ni virtud de hierbas que lo alcancen. 5 A todo esto que la española Cenotia decía, la estaba mirando Antonio, con deseo grande de saber qué suma tendría tan larga cuenta; pero la Cenotia prosiguió diciendo: --Dígote, en fin, bárbaro discreto, que la 10 persecución de los que llaman inquisidores en España, me arrancó de mi patria: que, cuando se sale por fuerza de ella, antes se puede llamar arrancada que salida. Vine a esta isla por extraños rodeos, por infinitos peligros, casi siempre 15 como si estuvieran cerca, volviendo la cabeza atrás, pensando que me mordían las faldas los perros, que aun hasta aquí temo; dime presto a conocer al rey antecesor de Policarpo; hice algunas maravillas, con que dejé maravillado 20 al pueblo; procuré hacer vendible mi ciencia tan en mi provecho, que tengo juntos más de treinta mil escudos en oro; y, estando atenta a esta ganancia, he vivido castamente, sin procurar otro algún deleite, ni le procurara si mi 25 buena o mi mala fortuna no te hubieran traído a esta tierra, que en tu mano está darme la suerte que quisieres. Si te parezco fea, yo haré de modo que me juzgues por hermosa; si son pocos treinta mil escudos que te ofrezco, alarga 30 tu deseo y ensancha los sacos de la codicia y los senos, y comienza desde luego a contar
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 218 cuantos dineros acertares a desear. Para tu servicio sacaré las perlas que encubren las conchas del mar, rendiré y traeré a tus manos las aves que rompen el aire, haré que te ofrezcan sus frutos las plantas de la tierra, haré que brote 5 del abismo lo más precioso que en él se encierra, haréte invencible en todo, blando en la paz, temido en la guerra; en fin, enmendaré tu suerte de manera que seas siempre envidiado, y no envidioso. Y, en cambio de estos bienes que te he 10 dicho, no te pido que seas mi esposo, sino que me recibas por tu esclava: que, para ser tu esclava, no es menester que me tengas voluntad como para ser esposa, y, como yo sea tuya, en cualquier modo que lo sea, viviré contenta. 15 Comienza, pues, ¡oh generoso mancebo!, a mostrarte prudente, mostrándote agradecido: mostrarte has prudente, si, antes que me agradezcas estos deseos, quisieres hacer experiencia de mis obras; y, en señal de que así lo harás, 20 alégrame el alma ahora con darme alguna señal de paz, dándome a tocar tu valerosa mano. Y diciendo esto, se levantó para ir a abrazarle. Antonio, viendo lo cual, lleno de confusión, como si fuera la más retirada doncella del 25 mundo, y como si enemigos combatieran el castillo de su honestidad, se puso a defenderle, y, levantándose, fue a tomar su arco, que siempre, o le traía consigo, o le tenía junto a sí, y poniendo en él una flecha, hasta veinte pasos desviado 30 de la Cenotia, le encaró la flecha. No le contentó mucho a la enamorada dama la postura
LIBRO II, CAPITULO VIII p. 219 amenazadora de muerte de Antonio, y, por huir el golpe, desvió el cuerpo, y pasó la flecha volando por junto a la garganta --en esto más bárbaro Antonio de lo que parecía en su traje--. Pero no fue el golpe de la flecha en vano, porque 5 a este instante entraba por la puerta de la estancia el maldiciente Clodio, que le sirvió de blanco, y le pasó la boca y la lengua, y le dejó la vida en perpetuo silencio: castigo merecido a sus muchas culpas. Volvió la Cenotia la cabeza, 10 vio el mortal golpe que había hecho la flecha, temió la segunda, y, sin aprovecharse de lo mucho que con su ciencia se prometía, llena de confusión y de miedo, tropezando aquí y cayendo allí, salió del aposento, con intención de 15 vengarse del cruel y desamorado mozo.
p. 220 CAPITULO NUEVE del segundo libro No le quedó sabrosa la mano a Antonio del golpe que había hecho: que, aunque acertó errando, como no sabía las culpas de Clodio, y había 5 visto la de la Cenotia, quisiera haber sido mejor certero. Llegóse a Clodio, por ver si le quedaban algunas reliquias de vida, y vio que todas se las había llevado la muerte; cayó en la cuenta de su yerro, y túvose verdaderamente por bárbaro. 10 Entró en esto su padre, y, viendo la sangre y el cuerpo muerto de Clodio, conoció por la flecha que aquel golpe había sido hecho por la mano de su hijo. Preguntóselo, y respondióle que sí; quiso saber la causa, y también se la 15 dijo; admiróse el padre; lleno de indignación, le dijo: --Ven acá, bárbaro; si a los que te aman y te quieren procuras quitar la vida, ¿qué harás a los que te aborrecen? Si tanto presumes de casto y 20 honesto, defiende tu castidad y honestidad con el sufrimiento: que los peligros semejantes no se remedian con las armas ni con esperar los encuentros, sino con huir de ellos. Bien parece que no sabes lo que le sucedió a aquel 25 mancebo hebreo que dejó la capa en manos de la lasciva señora que le solicitaba. Dejaras tú,
LIBRO II, CAPITULO IX p. 221 ignorante, esa tosca piel que traes vestida, y ese arco, con que presumes vencer a la misma valentía; no le armaras contra la blandura de una mujer rendida, que, cuando lo está, rompe por cualquier inconveniente que a su deseo se 5 oponga. Si con esta condición pasas adelante en el discurso de tu vida, por bárbaro serás tenido, hasta que la acabes, de todos los que te conocieren. No digo yo que ofendas a Dios en ningún modo, sino que reprendas, y no castigues, 10 a las que quisieren turbar tus honestos pensamientos; y aparéjate para más de una batalla, que la verdura de tus años y el gallardo brío de tu persona, con muchas batallas te amenazan; y no pienses que has de ser siempre 15 solicitado, que alguna vez solicitarás, y, sin alcanzar tus deseos, te alcanzará la muerte en ellos. Escuchaba Antonio a su padre, los ojos puestos en el suelo, tan vergonzoso como 20 arrepentido. Y lo que le respondió, fue: --No mires, señor, lo que hice, y pésame de haberlo hecho; procuraré enmendarme de aquí adelante, de modo que no parezca bárbaro por riguroso, ni lascivo por manso; dése orden de 25 enterrar a Clodio, y de hacerle la satisfacción más conveniente que ser pudiere. Ya en esto había volado por el palacio la muerte de Clodio; pero [no] la causa de ella, porque la encubrió la enamorada Cenotia, diciendo 30 sólo que, sin saber por qué, el bárbaro mozo le había muerto. Llegó esta nueva a los oídos de
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 222 Auristela, que aún se tenía el papel de Clodio en las manos, con intención de mostrársele a Periandro o a Arnaldo, para que castigasen su atrevimiento; pero viendo que el cielo había tomado a su cargo el castigo, rompió el papel, y 5 no quiso que saliesen a luz las culpas de los muertos: consideración tan prudente como cristiana. Y bien que Policarpo se alborotó con el suceso, teniéndose por ofendido de que nadie en su casa vengase sus injurias, no quiso 10 averiguar el caso, sino remitióselo al príncipe Arnaldo, el cual, a ruego de Auristela y al de Transila, perdonó a Antonio y mandó enterrar a Clodio, sin averiguar la culpa de su muerte, creyendo ser verdad lo que Antonio decía, que 15 por yerro le había muerto, sin descubrir los pensamientos de Cenotia, porque a él no le tuviesen de todo en todo por bárbaro. Pasó el rumor del caso, enterraron a Clodio, quedó Auristela vengada, como si en su generoso pecho 20 albergara género de venganza alguna, así como albergaba en el de la Cenotia, que bebía, como dicen, los vientos imaginando cómo vengarse del cruel flechero, el cual, de allí a dos días, se sintió mal dispuesto, y cayó en la cama con tanto 25 descaecimiento, que los médicos dijeron que se le acababa la vida, sin conocer de qué enfermedad. Lloraba Ricla, su madre, y su padre Antonio tenía de dolor el corazón consumido; no se podía alegrar Auristela ni Mauricio; Ladislao y 30 Transila sentían la misma pesadumbre; viendo lo cual, Policarpo acudió a su consejera
LIBRO II, CAPITULO IX p. 223 Cenotia, y le rogó procurase algún remedio a la enfermedad de Antonio, la cual, por no conocerla los médicos, ellos no sabían hallarle. Ella le dio buenas esperanzas, asegurándole que de aquella enfermedad no moriría; pero que convenía 5 dilatar algún tanto la cura. Creyóla Policarpo como si se lo dijera un oráculo. De todos estos sucesos no le pesaba mucho a Sinforosa, viendo que por ellos se detendría la partida de Periandro, en cuya vista tenía librado el alivio de 10 su corazón: que, puesto que deseaba que se partiese, pues no podía volver si no se partía, tanto gusto le daba el verle, que no quisiera que se partiera. Llegó una sazón y coyuntura donde Policarpo y sus dos hijas, Arnaldo, Periandro y 15 Auristela, Mauricio, Ladislao y Transila, y Rutilio, que después que escribió el billete a Policarpa, aunque le había roto, de arrepentido andaba triste y pensativo, bien así como el culpado, que piensa que cuantos le miran son 20 sabidores de su culpa, digo que la compañía de los ya nombrados se halló en la estancia del enfermo Antonio, a quien todos fueron a visitar, a pedimento de Auristela, que así a él como a sus padres los estimaba y quería mucho, obligada 25 del beneficio que el mozo bárbaro le había hecho cuando los sacó del fuego de la isla y la llevó al serrallo de su padre; y más, que como en las comunes desventuras se reconcilian los ánimos y se traban las amistades, por haber sido 30 tantas las que en compañía de Ricla y de Constanza y de los dos Antonios había pasado, ya
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 224 no solamente por obligación, mas por elección y destino los amaba. Estando, pues, juntos, como se ha dicho, un día, Sinforosa rogó encarecidamente a Periandro les contase algunos sucesos de su vida, especialmente se holgaría de 5 saber de dónde venía la primera vez que llegó a aquella isla, cuando ganó los premios de todos los juegos y fiestas que aquel día se hicieron, en memoria de haber sido el de la elección de su padre; a lo que Periandro respondió que sí 10 haría si se le permitiese comenzar el cuento de su historia, y no del mismo principio, porque éste no lo podía decir ni descubrir a nadie hasta verse en Roma con Auristela, su hermana. Todos le dijeron que hiciese su gusto, que de 15 cualquier cosa que él dijese le recibirían; y el que más contento sintió fue Arnaldo, creyendo descubrir, por lo que Periandro dijese, algo que descubriese quién era. Con este salvoconducto, Periandro dijo de esta manera: 20
p. 225 CAPITULO DECIMO del segundo libro Cuenta Periandro el suceso de su viaje. --El principio y preámbulo de mi historia, ya que queréis, señores, que os la cuente, quiero 5 que sea éste: que nos contempléis a mi hermana y a mí, con una anciana ama suya, embarcados en una nave cuyo dueño, en el lugar de parecer mercader, era un gran corsario. Las riberas de una isla barríamos, quiero decir que 10 íbamos tan cerca de ella, que distintamente conocíamos, no solamente los árboles, pero sus diferencias. Mi hermana, cansada de haber andado algunos días por el mar, deseó salir a recrearse a la tierra; pidióselo al capitán, y 15 como sus ruegos tienen siempre fuerza de mandamiento, consintió el capitán en el de su ruego, y, en la pequeña barca de la nave, con solo un marinero, nos echó en tierra a mí y a mi hermana, y a Cloelia, que éste era el nombre de su 20 ama. Al tomar tierra, vio el marinero que un pequeño río, por una pequeña boca, entraba a dar al mar su tributo; hacíanle sombra por una y otra ribera gran cantidad de verdes y hojosos árboles, a quien servían de cristalinos espejos 25 sus transparentes aguas. Rogámosle se entrase
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 226 por el río, pues la amenidad del sitio nos convidaba. Hízolo así, y comenzó a subir por el río arriba; y, habiendo perdido de vista la nave, soltando los remos, se detuvo y dijo: “Mirad, señores, del modo que habéis de hacer este viaje, y 5 haced cuenta que esta pequeña barca que ahora os lleva es vuestro navío, porque no habéis de volver más al que en la mar os queda aguardando, si ya esta señora no quiere perder la honra, y vos, que decís que sois su hermano, 10 la vida.” Díjome, en fin, que el capitán del navío quería deshonrar a mi hermana y darme a mí la muerte, y que atendiésemos a nuestro remedio, que él nos seguiría y acompañaría en todo lugar y en todo acontecimiento. Si nos 15 turbamos con esta nueva, júzguelo el que estuviere acostumbrado a recibirlas malas de los bienes que espera. Agradecíle el aviso, y ofrecíle la recompensa cuando nos viésemos en más feliz estado. “Aun bien --dijo Cloelia--, 20 que traigo conmigo las joyas de mi señora.” Y aconsejándonos los cuatro de lo que hacer debíamos, fue parecer del marinero que nos entrásemos el río adentro: quizá descubriríamos algún lugar que nos defendiese, si acaso 25 los de la nave viniesen a buscarnos. “Mas no vendrán --dijo--, porque no hay gente en todas estas islas, que no piense ser corsarios todos cuantos surcan estas riberas, y, en viendo la nave o naves, luego toman las armas para 30 defenderse; y, si no es con asaltos nocturnos y secretos, nunca salen medrados los corsarios.”
LIBRO II, CAPITULO X p. 227 Parecióme bien su consejo; tomé yo el un remo, y ayudéle a llevar el trabajo. Subimos por el río arriba, y, habiendo andado como dos millas, llegó a nuestros oídos el son de muchos y varios instrumentos formado, y luego se nos ofreció 5 a la vista una selva de árboles movibles que de la una ribera a la otra ligeramente cruzaban; llegamos más cerca, y conocimos ser barcas enramadas lo que parecían árboles, y que el son le formaban los instrumentos que tañían 10 los que en ellas iban. Apenas nos hubieron descubierto, cuando se vinieron a nosotros y rodearon nuestro barco por todas partes. Levantóse en pie mi hermana, y, echándose sus hermosos cabellos a las espaldas, tomados por 15 la frente con una cinta leonada o listón que le dio su ama, hizo de sí casi divina e improvisa muestra: que, como después supe, por tal la tuvieron todos los que en las barcas venían, los cuales, a voces, como dijo el marinero, que 20 las entendía, decían: “¿Qué es esto? ¿Qué deidad es esta que viene a visitarnos y a dar el parabién al pescador Carino y a la sin par Selviana de sus felicísimas bodas?” Luego dieron cabo a nuestra barca, y nos llevaron a 25 desembarcar no lejos del lugar donde nos habían encontrado. ”Apenas pusimos los pies en la ribera, cuando un escuadrón de pescadores, que así lo mostraban ser en su traje, nos rodearon, y uno por 30 uno, llenos de admiración y reverencia, llegaron a besar las orillas del vestido de Auristela, la
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 228 cual, a pesar del temor que la acongojaba de las nuevas que la habían dado, se mostró a aquel punto tan hermosa, que yo disculpo el error de aquellos que la tuvieron por divina. Poco desviados de la ribera, vimos un tálamo en 5 gruesos troncos de sabina sustentado, cubierto de verde juncia, y oloroso con diversas flores que servían de alcatifas al suelo; vimos asimismo levantarse de unos asientos dos mujeres y dos hombres, ellas mozas, y ellos gallardos mancebos: 10 la una hermosa sobremanera, y la otra fea sobremanera; el uno gallardo y gentil hombre, y el otro no tanto; y todos cuatro se pusieron de rodillas ante Auristela, y el más gentil hombre dijo: “¡Oh tú, quienquiera que seas, que no 15 puedes ser sino cosa del cielo! Mi hermano y yo, con el extremo a nuestras fuerzas posible, te agradecemos esta merced que nos haces honrando nuestras pobres y ya de hoy más ricas bodas. Ven, señora, y si, en lugar de los palacios 20 de cristal que en el profundo mar dejas, como una de sus habitadoras, hallares en nuestros ranchos las paredes de conchas y los tejados de mimbres, o, por mejor decir, las paredes de mimbres y los tejados de conchas, hallarás, por lo 25 menos, los deseos de oro y las voluntades de perlas para servirte. Y hago esta comparación, que parece impropia, porque no hallo cosa mejor que el oro, ni más hermosa que las perlas.” Inclinóse a abrazarle Auristela, confirmando con 30 su gravedad, cortesía y hermosura, la opinión que de ella tenían. El pescador menos gallardo se
LIBRO II, CAPITULO X p. 229 apartó a dar orden a la demás turba a que levantasen las voces en alabanzas de la recién venida extranjera, y que tocasen todos los instrumentos en señal del regocijo. Las dos pescadoras, fea y hermosa, con sumisión humilde, 5 besaron las manos a Auristela, y ella las abrazó cortés y amigablemente. El marinero, contentísimo del suceso, dio cuenta a los pescadores del navío que en el mar quedaba, diciéndoles que era de corsarios, de quien se temía que 10 habían de venir por aquella doncella, que era una principal señora, hija de reyes: que, para mover los corazones a su defensa, le pareció ser necesario levantan este testimonio a mi hermana. Apenas entendieron esto, cuando dejaron los 15 instrumentos regocijados y acudieron a los bélicos, que tocaron ¡arma, arma!, por entrambas riberas. ”Llegó en esto la noche; recogímonos al mismo rancho de los desposados, pusiéronse centinelas 20 hasta la misma boca del río, cebáronse las nasas, tendiéronse las redes, y acomodáronse los anzuelos, todo con intención de regalar y servir a sus nuevos huéspedes; y, por más honrarlos, los dos recién desposados no 25 quisieron aquella noche pasarla con sus esposas, sino dejar los ranchos solos a ellas, y a Auristela y a Cloelia, y que ellos, con sus amigos, conmigo y con el marinero, se les hiciese guarda y centinela; y aunque sobraba la claridad del 30 cielo por la que ofrecía la de la creciente luna, y en la tierra ardían las hogueras que el nuevo
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 230 regocijo había encendido, quisieron los desposados que canásemos en el campo los varones, y dentro del rancho las mujeres. Hízose así, y fue la cena tan abundante, que pareció que la tierra se quiso aventajar al mar, y el mar a la 5 tierra, en ofrecer la una sus carnes y la otra sus pescados. Acabada la cena, Carino me tomó por la mano, y, paseándose conmigo por la ribera, después de haber dado muestras de tener apasionada el alma, con sollozos y con suspiros me 10 dijo: “Por tener milagrosa esta tu llegada a tal sazón y tal coyuntura, que con ella has dilatado mis bodas, tengo por cierto que mi mal ha de tener remedio mediante tu consejo; y así, aunque me tengas por loco, y por hombre de mal 15 conocimiento y de peor gusto, quiero que sepas que, de aquellas dos pescadoras que has visto, la una fea y la otra hermosa, a mí me ha cabido en suerte de que sea mi esposa la más bella, que tiene por nombre Selviana; pero no sé qué 20 te diga, ni sé qué disculpa dar de la culpa que tengo ni del yerro que hago: yo adoro a Leoncia, que es la fea, sin poder ser parte a hacer otra cosa. Con todo esto, te quiero decir una verdad, sin que me engañe en creerla: que, a los 25 ojos de mi alma, por las virtudes que en la de Leoncia descubro, ella es la más hermosa mujer del mundo; y hay más en esto: que de Solercio, que es el nombre del otro desposado, tengo más de un barrunto que muere por 30 Selviana. De modo que nuestras cuatro voluntades están trocadas, y esto ha sido por querer todos
LIBRO II, CAPITULO X p. 231 cuatro obedecer a nuestros padres y a nuestros parientes, que han concertado estos matrimonios; y no puedo yo pensar en qué razón se consiente que, la carga que ha de durar toda la vida, se la eche el hombre sobre sus hombros, no 5 por el suyo, sino por el gusto ajeno. Y, aunque esta tarde habíamos de dar el consentimiento y el sí del cautiverio de nuestras voluntades, no por industria, sino por ordenación del cielo, que así lo quiero creer, se estorbó con vuestra 10 venida. De modo que aún nos queda tiempo para enmendar nuestra ventura, y para esto te pido consejo, pues como extranjero, y no parcial de ninguno, sabrás aconsejarme; porque tengo determinado que, si no se descubre alguna 15 senda que me lleve a mi remedio, de ausentarme de estas riberas, y no parecer en ellas en tanto que la vida me durare, ora mis padres se enojen, o mis parientes me riñan, o mis amigos se enfaden.” Atentamente le estuve escuchando, 20 y de improviso me vino a la memoria su remedio, y a la lengua estas mismas palabras: “No hay para qué te ausentes, amigo; a lo menos, no ha de ser antes que yo hable con mi hermana Auristela, que es aquella hermosísima doncella 25 que has visto. Ella es tan discreta, que parece que tiene entendimiento divino, como tiene hermosura divina.” ”Con esto nos volvimos a los ranchos, y yo conté a mi hermana todo lo que con el pescador 30 había pasado, y ella halló en su discreción el modo cómo sacar verdaderas mis palabras y el
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 232 contento de todos, y fue que, apartándose con Leoncia y Selviana a una parte, les dijo: “Sabed, amigas, que de hoy más lo habéis de ser verdaderas mías: que, juntamente con este buen parecer que el cielo me ha dado, me dotó de un 5 entendimiento perspicaz y agudo, de tal modo, que, viendo el rostro de una persona, le leo el alma y le adivino los pensamientos. Para prueba de esta verdad, os presentaré a vosotras por testigos: tú, Leoncia, mueres por Carino, y 10 tú, Selviana, por Solercio; la virginal vergüenza os tiene mudas, pero por mi lengua se romperá vuestro silencio, y por mi consejo, que, sin duda alguna, será admitido, se igualarán vuestros deseos. Callad, y dejadme hacer, que, 15 o yo no tendré discreción, o vosotras tendréis feliz fin en vuestros deseos.” Ellas, sin responder palabra, sino con besarla infinitas veces las manos, y abrazándola estrechamente, confirmaron ser verdad cuanto había dicho, 20 especialmente en lo de sus trocadas aficiones. ”Pasóse la noche; vino el día, cuya alborada fue regocijadísima, porque con nuevos y verdes ramos parecieron adornadas las barcas de los pescadores; sonaron los instrumentos con 25 nuevos y alegres sones; alzaron las voces todos, con que se aumentó la alegría; salieron los desposados para irse a poner en el tálamo donde habían estado el día de antes; vistiéronse Selviana y Leoncia de nuevas ropas de boda. Mi 30 hermana, de industria, se aderezó y compuso con los mismos vestidos que tenía, y, con ponerse
LIBRO II, CAPITULO X p. 233 una cruz de diamantes sobre su hermosa frente, y unas perlas en sus orejas, joyas de tanto valor, que hasta ahora nadie les ha sabido dar su justo precio, como lo veréis cuando os las enseñe, mostró ser imagen sobre el mortal curso 5 levantada. Llevaba asidas de las manos a Selviana y a Leoncia, y, puesta encima del teatro donde el tálamo estaba, llamó e hizo llegar junto a sí a Carino y a Solercio. Carino llegó temblando y confuso de no saber lo que yo había 10 negociado, y, estando ya el sacerdote a punto para darles las manos y hacer las católicas ceremonias que se usan, mi hermana hizo señales que la escuchasen; luego se extendió un mudo silencio por toda la gente, tan callado, que 15 apenas los aires se movían. Viéndose, pues, prestar grato oído de todos, dijo en alta y sonora voz: “Esto quiere el cielo.” Y, tomando por la mano a Selviana, se la entregó a Solercio, y asiendo de la de Leoncia, se la dio a Carino. 20 “Esto, señores --prosiguió mi hermana--, es, como ya he dicho, ordenación del cielo, y gusto no accidental, sino propio de estos venturosos desposados, como lo muestra la alegría de sus rostros y el sí que pronuncian sus lenguas.” 25 Abrazáronse los cuatro, con cuya señal todos los circunstantes aprobaron su trueco, y confirmaron, como ya he dicho, ser sobrenatural el entendimiento y belleza de mi hermana, pues así había trocado aquellos casi hechos 30 casamientos con sólo mandarlo. ”Celebróse la fiesta, y luego salieron de entre
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 234 las barcas del río cuatro despalmadas, vistosas por las diversas colores con que venían pintadas, y los remos, que eran seis de cada banda, ni más ni menos; las banderetas, que venían muchas por los filaretes, asimismo eran de varios 5 colores; los doce remeros de cada una venían vestidos de blanquísimo y delgado lienzo, de aquel mismo modo que yo vine cuando entré la vez primera en esta isla. Luego conocí que querían las barcas correr el palio, que se mostraba 10 puesto en el árbol de otra barca, desviada de las cuatro como tres carreras de caballo; era el palio de tafetán verde listado de oro, vistoso y grande, pues alcanzaba a besar y aun a pasearse por las aguas. El rumor de la gente y el son 15 de los instrumentos era tan grande, que no se dejaba entender lo que mandaba el capitán del mar, que en otra pintada barca venía. Apartáronse las enramadas barcas a una y otra parte del río, dejando un espacio llano en medio, por 20 donde las cuatro competidoras barcas volasen, sin estorbar la vista a la infinita gente que desde el tálamo y desde ambas riberas estaba atenta a mirarlas; y estando ya los bogadores asidos de las manillas de los remos, descubiertos 25 los brazos, donde se parecían los gruesos nervios, las anchas venas y los torcidos músculos, atendían la señal de la partida, impacientes por la tardanza, y fogosos, bien así como lo suele estar el generoso can de Irlanda, cuando su 30 dueño no le quiere soltar de la traílla a hacer la presa que a la vista se le muestra.
LIBRO II, CAPITULO X p. 235 ”Llegó, en fin, la señal esperada, y a un mismo tiempo arrancaron todas cuatro barcas, que no por el agua, sino por el viento parecía que volaban. Una de ellas, que llevaba por insignia un vendado Cupido, se adelantó de las demás 5 casi tres cuerpos de la misma barca, cuya ventaja dio esperanza a todos cuantos la miraban de que ella sería la primera que llegase a ganar el deseado premio. Otra que venía tras ella, iba alentando sus esperanzas, confiada en 10 el tesón durísimo de sus remeros; pero viendo que la primera en ningún modo desmayaba, estuvieron por soltar los remos sus bogadores. Pero son diferentes los fines y acontecimientos de las cosas de aquello que se imagina, porque 15 aunque es ley que, los combates y contiendas, que ninguno de los que miran favorezca a ninguna de las partes con señales, con voces o con otro algún género que parezca que pueda servir de aviso al combatiente, viendo la gente de la 20 ribera que la barca de la insignia de Cupido se aventajaba tanto a las demás, sin mirar a leyes, creyendo que ya la victoria era suya, dijeron a voces muchos: “¡Cupido vence; el Amor es invencible!”, a cuyas voces, por escucharlas, 25 parece que aflojaron un tanto los remeros del Amor. Aprovechóse de esta ocasión la segunda barca, que detrás de la del Amor venía, la cual traía por insignia al Interés, en figura de un gigante pequeño, pero muy ricamente 30 aderezado, e impelió los remos con tanta fuerza, que llegó a igualarse el Interés con el Amor, y,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 236 arrimándosele a un costado, le hizo pedazos todos los remos de la diestra banda, habiendo primero la del Interés recogido los suyos y pasado adelante, dejando burladas las esperanzas de los que primero habían cantado la victoria por 5 el Amor, y volvieron a decir: “¡El Interés vence, el Interés vence!” La barca tercera traía por insignia a la Diligencia, en figura de una mujer desnuda, llena de alas por todo el cuerpo, que, a traer trompeta en las manos, antes pareciera 10 fama que diligencia. Viendo el buen suceso del Interés, alentó su confianza, y sus remeros se esforzaron de modo que llegaron a igualar con el Interés; pero, por el mal gobierno del timonero, se embarazó con las dos barcas primeras, de 15 modo que los unos ni los otros remos fueron de provecho. Viendo lo cual la postrera, que traía por insignia a la Buena Fortuna, cuando estaba desmayada y casi para dejar la empresa, viendo el intricado enredo de las demás barcas, 20 desviándose algún tanto de ellas por no caer en el mismo embarazo, apretó, como decirse suele, los puños, y, deslizándose por un lado, pasó delante de todas. Cambiáronse los gritos de los que miraban, cuyas voces sirvieron de aliento 25 a sus bogadores, que, embebidos en el gusto de verse mejorados, les parecía que, si los que quedaban atrás entonces les llevaran la misma ventaja, no dudaran de alcanzarlos ni de ganar el premio, como lo ganaron, más por ventura que 30 por ligereza. En fin, la Buena Fortuna fue la que la tuvo buena entonces, y la mía de ahora no
LIBRO II, CAPITULO X p. 237 lo sería si yo adelante pasase con el cuento de mis muchos y extraños sucesos; y así, os ruego, señores, dejemos esto en este punto, que esta noche le daré fin, si es posible que le puedan tener mis desventuras. 5 Esto dijo Periandro, a tiempo que al enfermo Antonio le tomó un terrible desmayo; viendo lo cual su padre, casi como adivino de dónde procedía, los dejó a todos y se fue, como después parecerá, a buscar a la Cenotia, con la cual 10 le sucedió lo que se dirá en el siguiente capítulo.
p. 238 CAPITULO ONCE del segundo libro Paréceme que, si no se arrimara la paciencia al gusto que tenían Arnaldo y Policarpo de mirar a Auristela, y Sinforosa de ver a Periandro, 5 ya la hubieran perdido escuchando su larga plática, de quien juzgaron Mauricio y Ladislao que había sido algo larga, y traída no muy a propósito, pues, para contar sus desgracias propias, no había para qué contar los placeres ajenos. Con 10 todo eso, les dio gusto, y quedaron con él esperando oír el fin de su historia, por el donaire siquiera y buen estilo con que Periandro la contaba. Halló Antonio el padre a la Cenotia que buscaba, en la cámara del rey, por lo menos, y 15 en viéndola, puesta una desenvainada daga en las manos, con cólera española y discurso ciego, arremetió a ella, diciéndola, la asió del brazo izquierdo, y, levantando la daga en alto, la dijo: 20 --Dame, ¡oh hechicera!, a mi hijo vivo y sano, y luego; si no, haz cuenta que el punto de tu muerte ha llegado. Mira si tienes su vida envuelta en algún envoltorio de agujas sin ojos o de alfileres sin cabezas; mira, ¡oh pérfida!, si la 25 tienes escondida en algún quicio de puerta o en alguna otra parte que sólo tú la sabes.
LIBRO II, CAPITULO XI p. 239 Pasmóse Cenotia, viendo que la amenazaba una daga desnuda en las manos de un español colérico, y, temblando, le prometió de darle la vida y salud de su hijo; y aun le prometiera de darle la salud de todo el mundo, si se la pidiera: 5 de tal manera se le había entrado el temor en el alma. Y así le dijo: --Suéltame, español, y envaina tu acero, que los que tiene tu hijo le han conducido al término en que está; y pues sabes que las 10 mujeres somos naturalmente vengativas, y más cuando nos llama a la venganza el desdén y el menosprecio, no te maravilles si la dureza de tu hijo me ha endurecido el pecho. Aconséjale que se humane de aquí adelante con los rendidos, y 15 no menosprecie a los que piedad le pidieren, y vete en paz, que mañana estará tu hijo en disposición de levantarse bueno y sano. --Cuando así no sea --respondió Antonio--, ni a mí me faltará industria para hallarte, ni 20 cólera para quitarte la vida. Y con esto la dejó, y ella quedó tan entregada al miedo, que, olvidándose de todo agravio, sacó del quicio de una puerta los hechizos que había preparado para consumir la vida poco a 25 poco del riguroso mozo, que con los de su donaire y gentileza la tenía rendida. Apenas hubo sacado la Cenotia sus endemoniados preparamentos de la puerta, cuando salió la salud perdida de Antonio a plaza, cobrando en su rostro 30 las primeras colores, los ojos vista alegre, y las desmayadas fuerzas esforzado brío, de lo que
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 240 recibieron general contento cuantos le conocían; y, estando con él a solas, su padre le dijo: --En todo cuanto quiero ahora decirte, ¡oh hijo!, quiero advertirte que adviertas que se encaminan mis razones a aconsejarte que no 5 ofendas a Dios en ninguna manera; y bien habrás echado de ver esto en quince o diez y seis años que ha que te enseño la ley que mis padres me enseñaron, que es la católica, la verdadera, y en la que se han de salvar y se han salvado 10 todos los que han entrado hasta aquí y han de entrar de aquí adelante en el reino de los cielos. Esta santa ley nos enseña que no estamos obligados a castigar a los que nos ofenden, sino a aconsejarlos la enmienda de sus delitos: que 15 el castigo toca al juez, y la reprensión a todos, como sea con las condiciones que después te diré. Cuando te convidaren a hacer ofensas que redunden en deservicio de Dios, no tienes para qué armar el arco, ni disparar flechas, ni decir 20 injuriosas palabras: que, con no recibir el consejo, y apartarte de la ocasión, quedarás vencedor en la pelea, y libre y seguro de verte otra vez en el trance que ahora te has visto: la Cenotia te tenía hechizado, y con hechizos de tiempo 25 señalado, poco a poco, en menos [de] diez días, perdieras la vida, si Dios y mi buena diligencia no lo hubiera estorbado. Y vente conmigo, porque alegres a todos tus amigos con tu vista; y escuchemos los sucesos de Periandro, que los 30 ha de acabar de contar esta noche. Prometióle Antonio a su padre de poner en
LIBRO II, CAPITULO XI p. 241 obra todos sus consejos, con el ayuda de Dios, a pesar de todas las persuasiones y lazos que contra su honestidad le armasen. La Cenotia, en esto, corrida, afrentada y lastimada de la soberbia desamorada del hijo, y de la temeridad 5 y cólera del padre, quiso por mano ajena vengar su agravio, sin privarse de la presencia de su desamorado bárbaro; y, con este pensamiento y resuelta determinación, se fue al rey Policarpo y le dijo: 10 --Ya sabes, señor, cómo, después que vine a tu casa y a tu servicio, siempre he procurado no apartarme en él con la solicitud posible; sabes también, fiado en la verdad que de mí tienes conocida, que me tienes hecha archivo de tus 15 secretos, y sabes, como prudente, que, en los casos propios, y más si se ponen de por medio deseos amorosos, suelen errarse los discursos que, al parecer, van más acertados; y por esto querría que, en el que ahora tienes hecho de dejar 20 ir libremente a Arnaldo y a toda su compañía, vas fuera de toda razón y de todo término. Dime: si no puedes presente rendir a Auristela, ¿cómo la rendirás ausente? ¿Y cómo querrá ella cumplir su palabra, volviendo a tomar por 25 esposo a un varón anciano, que en efecto lo eres, que las verdades que uno conoce de sí mismo no nos pueden engañar, teniéndose ella de su mano a Periandro, que podría ser que no fuese su hermano, y a Arnaldo, príncipe mozo y que 30 no la quiere para menos que para ser su esposa? No dejes, señor, que la ocasión que ahora
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 242 se te ofrece te vuelva la calva en lugar de la guedeja, y puedes tomar ocasión de detenerlos de querer castigar la insolencia y atrevimiento que tuvo este monstruo bárbaro que viene en su compañía de matar en tu misma casa a aquel 5 que dicen que se llamaba Clodio: que, si así lo haces, alcanzarás fama que alberga en tu pecho, no el favor, sino la justicia. Estaba escuchando Policarpo atentísimamente a la maliciosa Cenotia, que, con cada palabra 10 que le decía, le atravesaba como si fuera con agudos clavos el corazón, y luego, luego quisiera correr a poner en efecto sus consejos. Ya le parecía ver a Auristela en brazos de Periandro, no como en los de su hermano, sino como 15 en los de su amante; ya se la contemplaba con la corona en la cabeza del reino de Dinamarca, y que Arnaldo hacía burla de sus amorosos designios; en fin, la rabia de la endemoniada enfermedad de los celos se le apoderó del alma en 20 tal manera, que estuvo por dar voces y pedir venganza de quien en ninguna cosa le había ofendido. Pero viendo la Cenotia cuán sazonado le tenía, y cuán pronto para ejecutar todo aquello que más le quisiese aconsejar, le dijo 25 que se sosegase por entonces, y que esperasen a que aquella noche acabase de contar Periandro su historia, porque el tiempo se le diese de pensar lo que más convenía. Agradecióselo Policarpo, y ella, cruel y enamorada, daba 30 trazas en su pensamiento cómo cumpliese el deseo del rey y el suyo. Llegó en esto la noche;
LIBRO II, CAPITULO XI p. 243 juntáronse a conversación como la vez pasada; volvió Periandro a repetir algunas palabras antes dichas, para que viniese con concierto a anudar el hilo de su historia, que la había dejado en el certamen de las barcas. 5
p. 244 CAPITULO DOCE del segundo libro Prosigue Periandro su agradable historia, y el robo de Auristela. La que con más gusto escuchaba a Periandro 5 era la bella Sinforosa, estando pendiente de sus palabras como con las cadenas que salían de la boca de Hércules: tal era la gracia y donaire con que Periandro contaba sus sucesos. Finalmente, los volvíó anudar, como se ha dicho, 10 prosiguiendo de esta manera: --Al Amor, al Interés y a la Diligencia dejó atrás la Buena Fortuna: que sin ella vale poco la diligencia, no es de provecho el interés, ni el amor puede usar de sus fuerzas. La fiesta de mis 15 pescadores, tan regocijada como pobre, excedió a las de los triunfos romanos: que tal vez en la llaneza y en la humildad suelen esconderse los regocijos más aventajados. Pero como las venturas humanas estén por la mayor parte 20 pendientes de hilos delgados, y los de la mudanza fácilmente se quiebran y desbaratan, como se quebraron las de mis pescadores, y se retorcieron y fortificaron mis desgracias, aquella noche la pasamos todos en una isla pequeña 25 que en la mitad del río se hacía, convidados
LIBRO II, CAPITULO XII p. 245 del verde sitio y apacible lugar. Holgábanse los desposados, que, sin muestras de parecer que lo eran, con honestidad y diligencia de dar gusto a quien se le había dado tan grande poniéndolos en aquel deseado y venturoso estado, 5 (y así) ordenaron que en aquella isla del río se renovasen las fiestas y se continuasen por tres días. La sazón del tiempo, que era la del verano, la comodidad del sitio, el resplandor de la luna, el susurro de las fuentes, la fruta 10 de los árboles, el olor de las flores, cada cosa de éstas de por sí, y todas juntas, convidaban a tener por acertado el parecer de que allí estuviésemos el tiempo que las fiestas durasen. 15 ”Pero, apenas nos habíamos reducido a la isla, cuando, de entre un pedazo de bosque que en ella estaba, salieron hasta cincuenta salteadores armados a la ligera, bien como aquellos que quieren robar y huir, todo a un mismo punto; 20 y como los descuidados acometidos suelen ser vencidos con su mismo descuido, casi sin ponernos en defensa, turbados con el sobresalto, antes nos pusimos a mirar que acometer a los ladrones, los cuales, como hambrientos lobos, 25 arremetieron al rebaño de las simples ovejas, y se llevaron, si no en la boca, en los brazos, a mi hermana Auristela, a Cloelia, su ama, y a Selviana y a Leoncia, como si solamente vinieran a ofenderlas, porque se dejaron muchas otras 30 mujeres a quien la naturaleza había dotado de singular hermosura. Yo, a quien el extraño caso
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 246 más colérico que suspenso me puso, me arrojé tras los salteadores, los seguí con los ojos y con las voces, afrentándolos, como si ellos fueran capaces de sentir afrentas, solamente para irritarlos a que mis injurias les moviesen a 5 volver a tomar venganza de ellas; pero ellos, atentos a salir con su intento, o no oyeron, o no quisieron vengarse, y así se desparecieron; y luego los desposados y yo, con algunos de los principales pescadores, nos juntamos, como 10 suele decirse, a consejo, sobre qué haríamos para enmendar nuestro yerro y cobrar nuestras prendas. Uno dijo: “No es posible sino que alguna nave de salteadores está en la mar, y en parte donde con facilidad ha echado esta gente 15 en tierra, quizá sabidores de nuestra junta y de nuestras fiestas. Si esto es así, como sin duda lo imagino, el mejor remedio es que salgan algunos barcos de los nuestros, y les ofrezcan todo el rescate que por la presa quisieren, sin 20 detenerse en él, tanto más cuanto que las prendas de esposas, hasta las mismas vidas de sus mismos esposos merecen en rescate.” “Yo seré --dije entonces-- el que haré esa diligencia: que, para conmigo, tanto vale la prenda de mi 25 hermana, como si fuera la vida de todos los del mundo.” Lo mismo dijeron Carino y Solercio, ellos llorando en público, y yo muriendo en secreto. ”Cuando tomamos esta resolución, comenzaba 30 anochecer; pero, con todo eso, nos entramos en un barco los desposados y yo, con seis
LIBRO II, CAPITULO XII p. 247 remeros; pero, cuando salimos al mar descubierto, había acabado de cerrar la noche, por cuya oscuridad no vimos bajel alguno. Determinamos de esperar el venidero día, por ver si con la claridad descubríamos algún navío, y quiso 5 la suerte que descubriésemos dos, el uno que salía del abrigo de la tierra, y el otro que venía a tomarla; conocí que el que dejaba la tierra era el mismo de quien habíamos salido a la isla, así en las banderas como en las velas, que 10 venían cruzadas con una cruz roja; los que venían de fuera las traían verdes, y los unos y los otros eran corsarios. Pues como yo imaginé que el navío que salía de la isla era el de los salteadores de la presa, hice poner en una lanza una 15 bandera blanca de seguro; vine arrimando al costado del navío, para tratar del rescate, llevando cuidado de que no me prendiese. Asomóse el capitán al borde, y, cuando quise alzar la voz para hablarle, puedo decir que me la 20 turbó y suspendió y cortó en la mitad del camino un espantoso trueno que formó el disparar de un tiro de artillería de la nave de fuera, en señal que desafiaba a la batalla al navío de tierra. Al mismo punto le fue respondido con 25 otro no menos poderoso, y, en un instante, se comenzaron a cañonear las dos naves, como si fueran de dos conocidos e irritados enemigos. Desvióse nuestro barco de en mitad de la furia, y desde lejos estuvimos mirando la batalla; 30 y habiendo jugado la artillería casi una hora, se aferraron los dos navíos con una no vista furia.
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 248 Los del navío de fuera, o más venturosos, o, por mejor decir, más valientes, saltaron en el navío de tierra, y en un instante desembarazaron toda la cubierta, quitando la vida a sus enemigos sin dejar a ninguno con ella. Viéndose, pues, 5 libres de sus ofensores, se dieron a saquear el navío de las cosas más preciosas que tenía, que por ser de corsarios no era mucho, aunque en mi estimación eran las mejores del mundo, porque se llevaron de las primeras a mi hermana, 10 a Selviana, a Leoncia y a Cloelia, con que enriquecieron su nave, pareciéndoles que en la hermosura de Auristela llevaban un precioso y nunca visto rescate. Quise llegar con mi barca a hablar con el capitán de los vencedores; pero 15 como mi ventura andaba siempre en los aires, uno de tierra sopló, y hizo apartar el navío. No pude llegar a él, ni ofrecer imposibles por el rescate de la presa, y así fue forzoso el volvernos, sin ninguna esperanza de cobrar nuestra 20 pérdida; y, por no ser otra la derrota que el navío llevaba que aquella que el viento le permitía, no pudimos por entonces juzgar el camino que haría, ni señal que nos diese a entender quiénes fuesen los vencedores, para juzgar siquiera, 25 sabiendo su patria, las esperanzas de nuestro remedio. El voló, en fin, por el mar adelante, y nosotros, desmayados y tristes, nos entramos en el río, donde todos los barcos de los pescadores nos estaban esperando. No sé si os 30 diga, señores, lo que es forzoso deciros: un cierto espíritu se entró entonces en mi pecho, que,
LIBRO II, CAPITULO XII p. 249 sin mudarme el ser, me pareció que le tenía más que de hombre, y así, levantándome en pie sobre la barca, hice que la rodeasen todas las demás y estuviesen atentos a estas o otras semejantes razones que les dije: “La baja 5 fortuna jamás se enmendó con la ociosidad ni con la pereza; en los ánimos encogidos nunca tuvo lugar la buena dicha; nosotros mismos nos fabricamos nuestra ventura, y no hay alma que no sea capaz de levantarse a su asiento; los 10 cobardes, aunque nazcan ricos, siempre son pobres, como los avaros mendigos. Esto os digo, ¡oh amigos míos!, para moveros e incitaros a que mejoréis vuestra suerte y a que dejéis el pobre ajuar de unas redes y de unos estrechos barcos, 15 y busquéis los tesoros que tiene en sí encerrados el generoso trabajo: llamo generoso, al trabajo del que se ocupa en cosas grandes. Si suda el cavador rompiendo la tierra, y apenas saca premio que le sustente más que un día, sin 20 ganar fama alguna, ¿por qué no tomará en lugar de la azada una lanza, y, sin temor del sol ni de todas las inclemencias del cielo, procurará ganar con el sustento fama que le engrandezca sobre los demás hombres? La guerra, así como 25 es madrastra de los cobardes, es madre de los valientes, y los premios que por ella se alcanzan, se pueden llamar ultramundanos. ¡Ea, pues, amigos, juventud valerosa, poned los ojos en aquel navío que se lleva las caras prendas de 30 vuestros parientes, encerrándonos en estotro que en la ribera nos dejaron, casi, a lo que creo,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 250 por ordenación de cielo! Vamos tras él, y hagámonos piratas, no codiciosos, como son los demás, sino justicieros, como lo seremos nosotros. A todos se nos entiende el arte de la marinería; bastimentos hallaremos en el navío, con todo lo 5 necesario a la navegación, porque sus contrarios no le despojaron más que de las mujeres; y si es grande el agravio que hemos recibido, grandísima es la ocasión que para vengarle se nos ofrece. Sígame, pues, el que quisiere, que 10 yo os suplico, y Carino y Solercio os lo ruegan, que bien sé que no me han de dejar en esta valerosa empresa.” ”Apenas hube acabado de decir estas razones, cuando se oyó un murmureo por todas las 15 barcas, procedido de que unos con otros se aconsejaban de lo que harían, y entre todos salió una voz que dijo: “Embárcate, generoso huésped, y sé nuestro capitán y nuestra guía, que todos te seguiremos.” Esta tan improvisa 20 resolución de todos me sirvió de feliz auspicio, y, por temer que la dilación de poner en obra mi buen pensamiento, no les diese ocasión de madurar su discurso, me adelanté con mi barco, al cual siguieron otros casi cuarenta; llegué a 25 reconocer el navío: entré dentro, escudriñéle todo, miré lo que tenía y lo que le faltaba, y hallé todo lo que me pudo pedir el deseo que fuese necesario para el viaje. Aconsejéles que ninguno volviese a tierra, por quitar la ocasión 30 de que el llanto de las mujeres y el de los queridos hijos no fuese parte para dejar de poner
LIBRO II, CAPITULO XII p. 251 en efecto resolución tan gallarda. Todos lo hicieron así, y desde allí se despidieron con la imaginación de sus padres, hijos y mujeres. ¡Caso extraño, y que ha menester que la cortesía ayude a darle crédito! Ninguno volvíó a tierra, 5 ni se acomodó de más vestidos de aquellos con que había entrado en el navío, en el cual, sin repartir los oficios, todos servían de marineros y de pilotos, excepto yo, que fui nombrado por capitán por gusto de todos. Y, 10 encomendándome a Dios, comencé luego a ejercer mi oficio, y lo primero que mandé fue desembarazar el navío de los muertos que habían sido en la pasada refriega, y limpiarle de la sangre, de que estaba lleno; ordené que se buscasen todas 15 las armas, así ofensivas como defensivas, que en él había, y, repartiéndolas entre todos, di a cada uno la que, a mi parecer, mejor le estaba; requerí los bastimentos, y, conforme a la gente, tanteé para cuantos días serían 20 bastantes, poco más a menos. Hecho esto, y hecha oración al cielo, suplicándole encaminase nuestro viaje y favoreciese nuestros tan honrados pensamientos, mandé izar las velas, que aún se estaban atadas a las entenas, y que las 25 diéramos al viento, que, como se ha dicho, soplaba de la tierra, y, tan alegres como atrevidos, y tan atrevidos como confiados, comenzamos a navegar por la misma derrota que nos pareció que llevaba el navío de la presa. 30 Veisme aquí, señores que me estáis escuchando, hecho pescador y casamentero rico con mi
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 252 querida hermana, y pobre sin ella, robado de salteadores, y subido al grado de capitán contra ellos: que las vueltas de mi fortuna no tienen un punto donde paren, ni términos que las encierren. 5 --No más --dijo a esta sazón Arnaldo--; no más, Periandro amigo; que, puesto que tú no te canses de contar tus desgracias, a nosotros nos fatiga el oírlas, por ser tantas. A lo que respondió Periandro: 10 --Yo, señor Arnaldo, soy hecho como esto que se llama lugar, que es donde todas las cosas caben, y no hay ninguna fuera del lugar, y en mí le tienen todas las que son desgraciadas, aunque, por haber hallado a mi hermana 15 Auristela, las juzgo por dichosas: que, el mal que se acaba sin acabar la vida, no lo es. A esto dijo Transila: --Yo, por mí, digo, Periandro, que no entiendo esa razón; sólo entiendo que le será muy 20 grande si no cumplís el deseo que todos tenemos de saber los sucesos de vuestra historia, que me va pareciendo ser tales, que han de dar ocasión a muchas lenguas que los cuenten y muchas injuriosas plumas que la escriban. 25 Suspensa me tiene el veros capitán de salteadores; juzgué merecer este nombre vuestros pescadores valientes, y estaré esperando, también suspensa, cuál fue la primera hazaña que hicisteis y la aventura primera con que 30 encontrasteis. --Esta noche, señora --respondió Periandro--,
LIBRO II, CAPITULO XII p. 253 daré fin, si fuere posible, al cuento, que aun hasta ahora se está en sus principios. Quedando todos de acuerdo que aquella noche volviesen a la misma plática, por entonces dio fin Periandro a la suya. 5
p. 254 CAPITULO TRECE del segundo libro Da cuenta Periandro de un notable caso que le sucedió en el mar. La salud del enechizado Antonio volvió su 5 gallardía a su primera entereza, y con ella se volvieron a renovar en Cenotia sus mal nacidos deseos, los cuales también renovaron [en] su corazón los temores de verse de él ausente: que, los desahuciados de tener en sus males remedio, 10 nunca acaban de desengañarse que lo están, en tanto que ven presente la causa de donde nacen. Y así, procuraba, con todas las trazas que podía imaginar su agudo entendimiento, de que no saliesen de la ciudad ninguno de aquellos 15 huéspedes, y así, volvió a aconsejar a Policarpo que en ninguna manera dejase sin castigo el atrevimiento del bárbaro homicida, y que, por lo menos, ya que no le diese la pena conforme al delito, le debía prender y castigarle 20 siquiera con amenazas, dando lugar que el favor se opusiese por entonces a la justicia, como tal vez se suele hacer en mas importantes ocasiones. No la quiso tomar Policarpo en la que este consejo le ofrecía, diciendo a la 25 Cenotia que era agraviar la autoridad del príncipe
LIBRO II, CAPITULO XIII p. 255 Arnaldo, que debajo de su amparo le traía, y enfadar a su querida Auristela, que como a su hermano le trataba; y más, que aquel delito fue accidental y forzoso, y nacido más de desgracia que de malicia; y más, que no tenía parte 5 que le pidiese, y que todos cuantos le conocían, afirmaban que aquella pena era condigna de su culpa, por ser el mayor maldiciente que se conocía. --¿Cómo es esto, señor --replicó la Cenotia--, 10 que habiendo quedado el otro día entre nosotros de acuerdo de prenderle, con cuya ocasión la tomases de detener a Auristela, ahora estás tan lejos de tomarle? Ellos se te irán, ella no volverá, tú llorarás entonces tu perplejidad y tu 15 mal discurso, a tiempo cuando ni te aprovechen las lágrimas, ni [puedas] enmendar en la imaginación lo que ahora con nombre de piadoso quieres hacer. Las culpas que comete el enamorado en razón de cumplir su deseo, no lo son, 20 en razón de que no es suyo ni es él el que las comete, sino el amor, que manda su voluntad. Rey eres, y de los reyes las injusticias y rigores son bautizadas con nombre de severidad. Si prendes a este mozo, darás lugar a la justicia, 25 y soltándole, a la misericordia, y en lo uno y en lo otro confirmarás el nombre que tienes de bueno. De esta manera aconsejaba la Cenotia a Policarpo, el cual, a solas y en todo lugar, iba y 30 venía con el pensamiento en el caso, sin saber revolverse de qué modo podía detener a
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 256 Auristela sin ofender a Arnaldo, de cuyo valor y poder era razón temiese; pero, en medio de estas consideraciones, y en el de las que tenía Sinforosa, que, por no estar tan recatada ni tan cruel como la Cenotia, deseaba la partida de 5 Periandro, por entrar en la esperanza de la vuelta, se llegó el término de que Periandro volviese a proseguir su historia, que la siguió en esta manera: --Ligera volaba mi nave por donde el viento 10 quería llevarla, sin que se le opusiese a su camino la voluntad de ninguno de los que íbamos en ella, dejando todos en el albedrío de la fortuna nuestro viaje, cuando, desde lo alto de la gavia vimos caer a un marinero, que, antes 15 que llegase a la cubierta del navío, quedó suspenso de un cordel que traía anudado a la garganta. Llegué con prisa, y cortésele, con que estorbé no se le acortase la vida. Quedó como muerto, y estuvo fuera de sí casi dos 20 horas, al cabo de las cuales volvíó en sí, y preguntándole la causa de su desesperación, dijo: “Dos hijos tengo, el uno de tres y el otro de cuatro años, cuya madre no pasa de los veinte y dos, y cuya pobreza pasa de lo posible, 25 pues sólo se sustentaba del trabajo de estas manos; y estando yo ahora encima de aquella gavia, volví los ojos al lugar donde los dejaba, y, casi como si alcanzara a verlos, los vi hincados de rodillas, las manos levantadas al cielo, 30 rogando a Dios por la vida de su padre, y llamándome con palabras tiernas; vi asimismo
LIBRO II, CAPITULO XIII p. 257 llorar a su madre, dándome nombres de cruel sobre todos los hombres. Esto imaginé con tan gran vehemencia, que me fuerza a decir que lo vi, para no poner duda en ello. Y el ver que esta nave vuela y me aparta de ellos, y que no sé 5 dónde vamos, y la poca o ninguna obligación que me obligó a entrar en ella, me trastornó el sentido, y la desesperación me puso este cordel en las manos, y yo le di a mi garganta, por acabar en un punto los siglos de pena que me 10 amenazaba.” ”Este suceso movió a lástima a cuantos le escuchábamos, y, habiéndole consolado, y casi asegurado que presto daríamos la vuelta contentos y ricos, le pusimos dos hombres de guarda 15 que le estorbasen volver a poner en ejecución su mal intento, y así le dejamos; y yo, porque este suceso no despertase en la imaginación de alguno de los demás el querer imitarle, les dije que “la mayor cobardía del 20 mundo era el matarse, porque el homicida de sí mismo, es señal que le falta el ánimo para sufrir los males que teme. Y ¿qué mayor mal puede venir a un hombre que la muerte? Y siendo esto así, no es locura el dilatarla: con la vida 25 se enmiendan y mejoran las malas suertes, y, con la muerte desesperada, no sólo no se acaban y se mejoran, pero se empeoran y comienzan de nuevo. Digo esto, compañeros míos, porque no os asombre el suceso que habéis 30 visto de este nuestro desesperado: que aun hoy comenzamos a navegar, y el ánimo me está
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 258 diciendo que nos aguardan y esperan mil felices sucesos.” Todos dieron la voz a uno para responder por todos, el cual de esta manera dijo: ”Valeroso capitán, en las cosas que mucho se consideran, siempre se hallan muchas dificultades, 5 y en los hechos valerosos que se acometen, alguna parte se ha de dar a la razón, y muchas a la ventura; y en la buena que hemos tenido en haberte elegido por nuestro capitán, vamos seguros y confiados de alcanzar los buenos 10 sucesos que dices. Quédense nuestras mujeres, quédense nuestros hijos, lloren nuestros ancianos padres, visite la pobreza a todos: que los cielos, que sustentan los gusarapos del agua, tendrán cuidado de sustentar los hombres de 15 la tierra. Manda, señor, izar las velas; pon centinelas en las gavias, por ver si descubren en qué podamos mostrar que, no temerarios, sino atrevidos, son los que aquí vamos a servirte.” Agradecíles la respuesta, hice izar todas las 20 velas, y, habiendo navegado aquel día, al amanecer del siguiente, la centinela de la gavia mayor dijo a grandes voces: “¡Navío, navío!” Preguntáronle qué derrota llevaba y que de qué tamaño parecía. Respondió que era tan grande 25 como el nuestro, y que le teníamos por la proa. “Alto, pues --dije--, amigos; tomad las armas en las manos, y mostrad con estos, si son corsarios, el valor que os ha hecho dejar vuestras redes.” 30 ”Hice luego cargar las velas, y, en poco más de dos horas, descubrimos y alcanzamos el navío,
LIBRO II, CAPITULO XIII p. 259 al cual embestimos de golpe, y, sin hallar defensa alguna, saltaron en él más de cuarenta de mis soldados, que no tuvieron en quien ensangrentar las espadas, porque solamente traía algunos marineros y gente de servicio; y 5 mirándolo bien todo, hallaron en un apartamiento, puestos en un cepo de hierro por la garganta, desviados uno de otro casi dos varas, a un hombre de muy buen parecer y a una mujer más que medianamente hermosa, y en otro aposento 10 hallaron, tendido en un rico lecho, a un venerable anciano, de tanta autoridad, que obligó su presencia a que todos le tuviésemos respeto. No se movió del lecho, porque no podía; pero, levantándose un poco, alzó la cabeza y dijo: 15 “Envainad, señores, vuestras espadas, que en este navío no hallaréis ofensores en quien ejercitarlas; y si la necesidad os hace y fuerza a usar este oficio de buscar vuestra ventura a costa de las ajenas, a parte habéis llegado que os 20 hará dichosos, no porque en este navío haya riquezas ni alhajas que os enriquezcan, sino porque yo voy en él, que soy Leopoldio, el rey de los danaos.” Este nombre de rey me avivó el deseo de saber qué sucesos habían traído a un 25 rey estar tan solo y tan sin defensa alguna. Lleguéme a él, y preguntéle si era verdad lo que decía, porque, aunque su grave presencia prometía serlo, el poco aparato con que navegaba hacía poner en duda el creerle. “Manda, señor 30 --respondió el anciano--, que esta gente se sosiegue, y escúchame un poco, que en breves
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 260 razones te contaré cosas grandes.” Sosegáronse mis compañeros, y ellos y yo estuvimos atentos a lo que decir quería, que fue esto: “El cielo me hizo rey del reino de Danea, que heredé de mis padres, que también fueron 5 reyes y lo heredaron de sus pasados, sin haberles introducido a serlo la tiranía ni otra negociación alguna. Caséme en mi mocedad con una mujer mi igual; murióse, sin dejarme sucesión alguna. Corrió el tiempo, y muchos años 10 me contuve en los límites de una honesta viudez; pero, al fin, por culpa mía, que, de los pecados que se cometen, nadie ha de echar la culpa a otro sino a sí mismo, digo que, por culpa mía, tropecé y caí en la de enamorarme de una 15 dama de mi mujer, que, a ser ella la que debía, hoy fuera el día que fuera reina, y no se viera atada y puesta en un cepo, como ya debéis de haber visto. Esta, pues, pareciéndole [no] ser injusto anteponer los rizos de un criado mío a mis 20 canas, se envolvió con él, y no solamente tuvo gusto de quitarme la honra, sino que procuró, junto con ella, quitarme la vida, maquinando contra mi persona con tan extrañas trazas, con tales embustes y rodeos, que, a no ser avisado 25 con tiempo, mi cabeza estuviera fuera de mis hombros, en una escarpia, al viento, y las suyas coronadas del reino de Danea. Finalmente, yo descubrí sus intentos a tiempo cuando ellos también tuvieron noticia de que yo lo sabía. 30 Una noche, en un pequeño navío que estaba con las velas en alto para partirse, por huir del
LIBRO II, CAPITULO XIII p. 261 castigo de su culpa y de la indignación de mi furia, se embarcaron. Súpelo, volé a la marina en las alas de mi cólera, y hallé que habría veinte horas que habían dado las suyas al viento; y yo, ciego del enojo, y turbado con el deseo de la 5 venganza, sin hacer algún prudente discurso, me embarqué en este navío, y los seguí, no con autoridad y aparato de rey, sino como particular enemigo. Hallélos a cabo de diez días en una isla que llaman del Fuego; cogílos, y 10 descuidados, y puestos en ese cepo que habréis visto, los llevaba a Danea para darles, por justicia y procesos fulminados, la debida pena a su delito. Esta es pura verdad: lo[s] delincuentes ahí están, que, aunque no quieran, la 15 acreditan; yo soy el rey de Danea, que os prometo cien mil monedas de oro, no porque las traiga aquí, sino porque os doy mi palabra de ponéroslas y enviároslas donde quisiereis, para cuya seguridad, si no basta mi palabra, llevadme 20 con vosotros en vuestro navío, y dejad que en este mío, y vuestro, vaya alguno de los míos a Danea, y traiga este dinero donde le ordenareis. Y no tengo más que deciros.” ”Mirábanse mis compañeros unos a otros, y 25 diéronme la vez de responder por todos, aunque no era menester, pues yo, como capitán, lo podía y debía hacer. Con todo esto, quise tomar parecer con Carino y con Solercio, y con algunos de los demás, porque no entendiesen que me 30 quería alzar de hecho con el mando que de su voluntad ellos tenían dado; y así, la respuesta
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 262 que di al rey, fue decirle: “Señor, a los que aquí venimos, no nos puso la necesidad las armas en las manos, ni ninguno otro deseo que de ambiciosos tenga semejanza; buscando vamos ladrones, a castigar vamos salteadores, y a 5 destruir piratas; y pues tú estás tan lejos de ser persona de este género, segura está tu vida de nuestras armas: antes, si has menester que con ellas te sirvamos, ninguna cosa habrá que nos lo impida; y aunque agradecemos la rica promesa 10 de tu rescate, soltamos la promesa, que, pues no estás cautivo, no estás obligado al cumplimiento de ella. Sigue en paz tu camino, y, en recompensa que vas de nuestro encuentro mejor de lo que pensaste, te suplicamos perdones 15 a tus ofensores: que la grandeza del rey algún tanto resplandece más en ser misericordiosos que justicieros.” Quisiérase humillar Leopoldio a mis pies; pero no lo consintió ni mi cortesía ni su enfermedad. Pedíle me diese alguna pólvora, 20 si llevaba, y partiese con nosotros de sus bastimentos, lo cual se hizo al punto. Aconsejéle asimismo que, si no perdonaba a sus dos enemigos, los dejase en mi navío, que yo los pondría en parte donde no la tuviesen más de 25 ofenderle. Dijo que sí haría, porque la presencia del ofensor suele renovar la injuria en el ofendido. Ordené que luego nos volviésemos a nuestro navío, con la pólvora y bastimentos que el rey partió con nosotros, y queriendo 30 pasar a los dos prisioneros, ya sueltos y libres del pesado cepo, no dio lugar un recio viento
LIBRO II, CAPITULO XIII p. 263 que de improviso se levantó, de modo que apartó los dos navíos, sin dejar que otra vez se juntasen. Desde el borde de mi nave me despedí del rey a voces y él, en los brazos de los suyos, salió de su lecho y se despidió de 5 nosotros; y yo me despido ahora, porque la segunda hazaña me fuerza a descansar para entrar en ella.
p. 264 CAPITULO CATORCE del segundo libro A todos dio general gusto de oír el modo con que Periandro contaba su extraña peregrinación, si no fue a Mauricio, que, llegándose al 5 odio de Transila, su hija, le dijo: --Paréceme, Transila, que con menos palabras y más sucintos discursos pudiera Periandro contar los de su vida; porque no había para qué detenerse en decirnos tan por extenso las 10 fiestas de las barcas, ni aun los casamientos de los pescadores, porque los episodios que para ornato de las historias se ponen, no han de ser tan grandes como la misma historia; pero yo, sin duda, creo que Periandro nos quiere mostrar 15 la grandeza de su ingenio y la elegancia de sus palabras. --Así debe de ser --respondió Transila--; pero lo que yo sé decir es que, ora se dilate o se sucinte en lo que dice, todo es bueno y todo 20 da gusto. Pero ninguno le recebía mayor, como ya creo que otra vez se ha dicho, como Sinforosa, que, cada palabra que Periandro decía, así le regalaba el alma, que la sacaba de sí misma. 25 Los revueltos pensamientos de Policarpo, no le dejaban estar muy atento a los razonamientos
LIBRO II, CAPITULO XIV p. 265 de Periandro, y quisiera que no le quedara más que decir, porque le dejara a él más que hacer: que las esperanzas propincuas de alcanzar el bien que se desea, fatigan mucho más que las remotas y apartadas. Y era tanto el deseo que 5 Sinforosa tenía de oír el fin de la historia de Periandro, que solicitó el volverse a juntar otro día, en el cual Periandro prosiguió su cuento en esta forma: --Contemplad, señores, a mis marineros, 10 compañeros y soldados, más ricos de fama que de oro, y a mí con algunas sospechas de que no les hubiese parecido bien mi liberalidad; y puesto que nació tan de su voluntad como de la mía en la libertad de Leopoldio, como no son 15 todas unas las condiciones de los hombres, bien podía yo temer no estuviesen todos contentos, y que les pareciese que sería difícil recompensar la pérdida de cien mil monedas de oro, que tantas eran las que prometió Leopoldio por su 20 rescate, y esta consideración me movió a decirles: “Amigos míos, nadie esté triste por la perdida ocasión de alcanzar el gran tesoro que nos ofreció el rey, porque os hago saber que una onza de buena fama vale más que una libra de 25 perlas; y esto no lo puede saber sino el que comienza a gustar de la gloria que da el tener buen nombre. El pobre a quien la virtud enriquece, suele llegar a ser famoso, como el rico, si es vicioso, puede venir y viene a ser infame: 30 la liberalidad es una de las más agradables virtudes, de quien se engendra la buena fama; y
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 266 es tan verdad esto, que no hay liberal mal puesto, como no hay avaro que no lo sea.” ”Más iba a decir, pareciéndome que me daban todos tan gratos oídos como mostraban sus alegres semblantes, cuando me quitó las palabras 5 de la boca el descubrir un navío que, no lejos del nuestro, a orza, por delante de nosotros pasaba. Hice tocar a arma, y dile caza con todas las velas tendidas, y en breve rato me le puse a tiro de cañon; y disparando uno sin bala, 10 en señal de que amainase, lo hizo así, soltando las velas de alto a bajo. Llegando más cerca, vi en él uno de los más extraños espectáculos del mundo: vi que, pendientes de las entenas y de las jarcias, venían más de cuarenta hombres 15 ahorcados; admiróme el caso, y abordando con el navío, saltaron mis soldados en él, sin que nadie se lo defendiese. Hallaron la cubierta llena de sangre y de cuerpos de hombres semivivos, unos con las cabezas partidas, y otros 20 con las manos cortadas; tal vomitando sangre, y tal vomitando el alma; éste gimiendo dolorosamente, y aquél gritando sin paciencia alguna. Esta mortandad y fracaso, daba señales de haber sucedido sobremesa, porque los manjares nadaban 25 entre la sangre, y los vasos mezclados con ella guardaban el olor del vino. En fin, pisando muertos y hollando heridos, pasaron los míos adelante, y en el castillo de popa hallaron puestas en escuadrón hasta doce hermosísimas 30 mujeres, y delante de ellas una, que mostraba ser su capitana, armada de un coselete blanco,
LIBRO II, CAPITULO XIV p. 267 y tan terso y limpio, que pudiera servir de espejo, a quererse mirar en él; traía puesta la gola, pero no las escarcelas ni los brazaletes; el morrión sí, que era de hechura de una enroscada sierpe, a quien adornaban infinitas y diversas 5 piedras de colores varios; tenía un venablo en las manos, tachonado de arriba abajo con clavos de oro, con una gran cuchilla, de agudo y luciente acero forjada, con que se mostraba tan briosa y tan gallarda, que bastó a detener su 10 vista la furia de mis soldados, que con admirada atención se pusieron a mirarla. Yo, que de mi nave la estaba mirando, por verla mejor, pasé a su navío, a tiempo cuando ella estaba diciendo: “Bien creo, ¡oh soldados!, que os pone 15 más admiración que miedo este pequeño escuadrón de mujeres que a la vista se os ofrece, el cual, después de la venganza que hemos tomado de nuestros agravios, no hay cosa que pueda engendrar en nosotras temor alguno; embestid, 20 si venís sedientos de sangre, y derramad la nuestra, quitándonos las vidas: que, como no nos quitéis las honras, las daremos por bien empleadas. Sulpicia es mi nombre; sobrina soy de Cratilo, rey de Bituania; casóme mi tío con el 25 gran Lampidio, tan famoso por linaje, como rico de los bienes de naturaleza y de los de la fortuna. Ibamos los dos a ver al rey, mi tío, con la seguridad que nos podía ofrecer ir entre nuestros vasallos y criados, todos obligados por las 30 buenas obras que siempre les hicimos; pero la hermosura y el vino, que suelen trastornar los
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 268 más vivos entendimientos, les borró las obligaciones de la memoria, y en su lugar les puso los gustos de la lascivia. Anoche bebieron de modo que les sepultó en profundo sueño, y algunos, medio dormidos, acudieron a poner las manos 5 en mi esposo, y, quitándole la vida, dieron principio a su abominable intento. Pero como es cosa natural defender cada uno su vida, nosotras, por morir vengadas siquiera, nos pusimos en defensa, aprovechándonos del poco tiento 10 y borrachez con que nos acometían, y, con algunas armas que les quitamos, y con cuatro criados que, libres del humo de Baco, nos acudieron, hicimos en ellos lo que muestran esos muertos que están sobre esa cubierta; y 15 pasando adelante con nuestra venganza, habemos hecho que esos árboles y esas entenas produzcan el fruto que de ellas veis pendiente: cuarenta son los ahorcados, y, si fueran cuarenta mil, también murieran, porque su poca o ninguna 20 defensa, y nuestra cólera, a toda esta crueldad, si por ventura lo es, se extendía. Riqueza traigo que poder repartir, aunque mejor diría que vosotros podáis tomar; sólo puedo añadir que os las entregaré de buena gana; tomadlas, señores, 25 y no toquéis en nuestras honras, pues con ellas antes quedareis infames que ricos.” ”Pareciéronme tan bien las razones de Sulpicia, que, puesto que yo fuera verdadero corsario, me ablandara. Uno de mis pescadores dijo 30 a este punto: “¡Que me maten si no se nos ofrece aquí hoy otro rey Leopoldio con quien nuestro
LIBRO II, CAPITULO XIV p. 269 valeroso capitán muestre su general condición! ¡Ea, señor Periandro; vaya libre Sulpicia, que nosotros no queremos más de la gloria de haber vencido nuestros naturales apetitos!” “Así será --respondí yo--, pues vosotros, amigos, lo 5 queréis; y entended que obras tales nunca las deja el cielo sin buena paga, como, a las que son malas, sin castigo. Despojad esos árboles de tan mal fruto, y limpiad esa cubierta, y entregad a esas señoras, junto con la libertad, la 10 voluntad de servirlas.” Púsose en efecto mi mandamiento, y, llena de admiración y de espanto, se me humilló Sulpicia, la cual, como persona que no acertaba a saber lo que le había sucedido, tampoco acertaba a responderme; y lo que hizo 15 fue mandar a una de sus damas le hiciese traer los cofres de sus joyas y de sus dineros. Hízolo así la dama, y en un instante, como aparecidos o llovidos del cielo, me pusieron delante cuatro cofres llenos de joyas y dineros; abriólos 20 Sulpicia, e hizo muestra de aquel tesoro a los ojos de mis pescadores, cuyo resplandor, quizá, y aun sin quizá, cegó en algunos la intención que de ser liberales tenían; porque hay mucha diferencia de dar lo que se posee y se tiene 25 en las manos, a dar lo que está en esperanzas de poseerse. Sacó Sulpicia un rico collar de oro, resplandeciente por las ricas piedras que en él venían engastadas, y diciendo: “Toma, capitán valeroso, esta prenda rica, no por otra cosa 30 que por serlo la voluntad con que se te ofrece: dádiva es de una pobre viuda que ayer se vio en
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 270 la cumbre de la buena fortuna, por verse en poder de su esposo, y hoy se ve sujeta a la discreción de estos soldados que te rodean, entre los cuales puedes repartir estos tesoros, que, según se dice, tienen fuerzas para quebrantar las 5 peñas.” A lo que yo respondí: “Dádivas de tan gran señora, se han de estimar como si fuesen mercedes.” Y, tomando el collar, me volví a mis soldados y les dije: “Esta joya es ya mía, soldados y amigos míos, y así, puedo disponer 10 de ella como cosa propia, cuyo precio, por ser, a mi parecer, inestimable, no conviene que se dé a uno solo; tómele y guárdele el que quisiere, que, en hallando quien le compre, se dividirá el precio entre todos, y quédese sin tocar lo 15 que la gran Sulpicia os ofrece, porque vuestra fama quede con este hecho frisando con el cielo.” A lo que uno respondió: “Quisiéramos, ¡oh buen capitán!, que no nos hubieras prevenido con el consejo que nos has dado, porque vieras 20 que de nuestra voluntad correspondíamos a la tuya. Vuelve el collar a Sulpicia; la fama que nos prometes, no hay collar que la ciña ni límite que la contenga.” Quedé contentísimo de la respuesta de mis soldados, y Sulpicia, admirada 25 de su poca codicia. Finalmente, ella me pidió que le diese doce soldados de los míos que le sirviesen de guarda y de marineros, para llevar su nave a Bituania. Hízose así, contentísimos los doce que escogí, sólo por saber 30 que iban a hacer bien. Proveyónos Sulpicia de generosos vinos y de muchas conservas, de que
LIBRO II, CAPITULO XIV p. 271 carecíamos. Soplaba el viento próspero para el viaje de Sulpicia y para el nuestro, que no llevaba determinado paradero. Despedímonos de ella; supo mi nombre y el de Carino y Solercio, y, dándonos a los tres sus brazos, con los ojos 5 abrazó a todos los demás, ella llorando lágrimas de placer y tristeza nacidas: de tristeza, por la muerte de su esposo; de alegría, por verse libre de las manos que pensó ser de salteadores, nos dividimos y apartamos. 10 ”Olvidaba de deciros cómo volví el collar a Sulpicia, y ella le recibió a fuerza de mis importunaciones, y casi tuvo a afrenta que le estimase yo en tan poco que se le volviese. Entré en consulta con los míos sobre qué derrota 15 tomaríamos, y concluyóse que la que el viento llevase, pues por ella habían de caminar los demás navíos que por el mar navegasen; o, por lo menos, si el viento no hiciese a su propósito, harían bordos hasta que les viniese a cuento. 20 Llegó en esto la noche, clara y serena, y yo, llamando a un pescador marinero que nos servía de maestro y piloto, me senté en el castillo de popa, y, con ojos atentos, me puse a mirar el cielo. 25 --Apostaré --dijo a esta sazón Mauricio a Transila, su hija--, que se pone ahora Periandro a describirnos toda la celeste esfera, como si importase mucho a lo que va contando el declararnos los movimientos del cielo. Yo, por 30 mí, deseando estoy que acabe, porque el deseo que tengo de salir de esta tierra, no da lugar
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 272 a que me entretenga ni ocupe en saber cuáles son fijas o cuáles erráticas estrellas; cuanto más, que yo sé de sus movimientos más de lo que el me puede decir. En tanto que Mauricio y Transila esto con 5 sumisa voz hablaban, cobró aliento Periandro para proseguir su historia en esta forma:
p. 273 CAPITULO QUINCE del segundo libro --Comenzaba a tomar posesión el sueño y el silencio de los sentidos de mis compañeros, y yo me acomodaba a preguntar al que estaba 5 conmigo muchas cosas de las necesarias para saber usar el arte de la marinería, cuando, de improvisa, comenzaron a llover, no gotas, sino nubes enteras de agua sobre la nave, de modo que no parecía sino que el mar todo se había 10 subido a la región del viento, y desde allí se dejaba descolgar sobre el navío. Alborotámonos todos, y, puestos en pie, mirando a todas partes, por unas vimos el cielo claro, sin dar muestras de borrasca alguna, cosa que nos puso en 15 miedo y en admiración. En esto, el que estaba conmigo dijo: “Sin duda alguna, esta lluvia procede de la que derraman por las ventanas que tienen más abajo de los ojos aquellos monstruosos pescados que se llaman náufragos; 20 y, si esto es así, en gran peligro estamos de perdernos: menester es disparar toda la artillería, con cuyo ruido se espantan.” En esto, vi alzar y poner en el navío un cuello como de serpiente terrible, que, arrebatando un marinero, 25 se le engulló y tragó de improvisa, sin tener necesidad de mascarle. “Náufragos son --dijo
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 274 el piloto--; con balas o sin ellas, que el ruido, y no el golpe, como tengo dicho, es el que ha de librarnos.” Traía el miedo confusos y agazapados los marineros, que no osaban levantarse en pie por no ser arrebatados de aquellos vestiglos; 5 con todo eso, se dieron prisa a disparar la artillería y a dar voces unos, y acudir otros a la bomba para volver el agua al agua. Tendimos todas las velas, y, como si huyéramos de alguna gruesa armada de enemigos, huimos el sobre 10 estante peligro, que fue el mayor [en] que hasta entonces nos habíamos visto. ”Otro día, al crepúsculo de la noche, nos hallamos en la ribera de una isla no conocida por ninguno de nosotros, y, con designio de hacer 15 agua en ella, quisimos esperar el día sin apartarnos de su ribera. Amainamos las velas, arrojamos las ancoras, y entregamos al reposo y al sueño los trabajados cuerpos, de quien el sueño tomó posesión blanda y suavemente. En fin, 20 nos desembarcamos todos y pisamos la amenísima ribera, cuya arena, vaya fuera todo encarecimiento, la formaban granos de oro y de menudas perlas. Entrando más adentro, se nos ofrecieron a la vista prados cuyas hierbas no eran 25 verdes por ser hierbas, sino por ser esmeraldas, en el cual verdor las tenían, no cristalinas aguas, como suele decirse, sino corrientes de líquidos diamantes formados, que, cruzando por todo el prado, sierpes de cristal parecían. Descubrimos 30 luego una selva de árboles de diferentes géneros, tan hermosos, que nos suspendieron las
LIBRO II, CAPITULO XV p. 275 almas y alegraron los sentidos: de algunos pendían ramos de rubíes que parecían guindas, o guindas que parecían granos de rubíes; de otros pendían camuesas, cuyas mejillas la una era de rosa, la otra de finísimo topacio; en aquél se 5 mostraban las peras, cuyo olor era de ámbar, y cuyo color de los que forma en el cielo cuando el sol se traspone. En resolución, todas las frutas de quien tenemos noticia estaban allí en su sazón, sin que las diferencias del año las estorbasen: 10 todo allí era primavera, todo verano, todo estío sin pesadumbre, y todo otoño agradable, con extremo increíble. Satisfacía a todos nuestros cinco sentidos lo que mirábamos: a los ojos, con la belleza y la hermosura; a los oídos, con 15 el ruido manso de las fuentes y arroyos, y con el son de los infinitos pajarillos, que, con no aprendidas voces formado, los cuales, saltando de árbol en árbol y de rama en rama, parecía que en aquel distrito tenían cautiva su libertad, 20 y que no querían ni acertaban a cobrarla; al olfato, con el olor que de sí despedían las hierbas, las flores y los frutos; al gusto, con la prueba que hicimos de la suavidad de ellos; al tacto, con tenerlos en las manos, con que nos parecía 25 tener en ellas las perlas del Sur, los diamantes de las Indias y el oro del Tibar. --Pésame --dijo a esta sazón Ladislao a su suegro, Mauricio-- que se haya muerto Clodio: que a fe que le había dado bien que decir 30 Periandro en lo que va diciendo. --Callad, señor --dijo Transila, su esposa--,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 276 que, por más que digáis, no podréis decir que no prosigue bien su cuento Periandro. El cual, como se ha dicho, cuando algunas razones se entremetían de los circunstantes, el tomaba aliento para proseguir en las suyas: 5 que, cuando son largas, aunque sean buenas, antes enfadan que alegran. --No es nada lo que hasta aquí he dicho --prosiguió Periandro--, porque, a lo que resta por decir, falta entendimiento que lo perciba, y 10 aun cortesías que lo crean. Volved, señores, los ojos, y haced cuenta que veis salir del corazón de una peña, como nosotros lo vimos, sin que la vista nos pudiese engañar, digo que vimos salir de la abertura de la peña, primero un 15 suavísimo son, que hirió nuestros oídos y nos hizo estar atentos, de diversos instrumentos de música formado; luego salió un carro que no sabré decir de qué materia, aunque diré su forma, que era de una nave rota que escapaba de 20 alguna gran borrasca; tirábanla doce poderosísimos jimios, animales lascivos. Sobre el carro venía una hermosísima dama, vestida de una rozagante ropa de varias y diversas colores adornada, coronada de amarillas y amargas 25 adelfas. Venía arrimada a un bastón negro, y en el fija una tablachina o escudo, donde venían estas letras: SENSUALIDAD. Tras ella salieron otras muchas hermosas mujeres, con diferentes instrumentos en las manos, formando una música, 30 ya alegre, y ya triste, pero todas singularmente regocijadas. Todos mis compañeros y yo
LIBRO II, CAPITULO XV p. 277 estábamos atónitos, como si fuéramos estatuas sin voz, de dura piedra formados. Llegóse a mi la Sensualidad, y, con voz entre airada y suave, me dijo: “Costarte ha, generoso mancebo, el ser mi enemigo, si no la vida, a lo menos el 5 gusto.” Y diciendo esto, pasó adelante, y las doncellas de la música arrebataron, que así se puede decir, siete u ocho de mis marineros, y se los llevaron consigo, y volvieron a entrarse, siguiendo a su señora, por la abertura de la peña. 10 Volvíme yo entonces a los míos para preguntarles qué les parecía de lo que habían visto; pero estorbólo otra voz o voces que llegaron a nuestros oídos, bien diferentes que las pasadas, porque eran más suaves y regaladas, y formábanlas un 15 escuadrón de hermosísimas, al parecer, doncellas, y, según la guía que traían, éranlo, sin duda, porque venía delante mi hermana Auristela, que, a no tocarme tanto, gastara algunas palabras en alabanza de su más que humana 20 hermosura. ¿Qué me pidieran a mi entonces que no diera, en albricias de tan rico hallazgo? Que, a pedirme la vida, no la negara, si no fuera por no perder el bien tan sin pensarlo hallado. Traía mi hermana a sus dos lados dos doncellas, 25 de las cuales la una me dijo: “La Continencia y la Pudicicia, amigas y compañeras, acompañamos perpetuamente a la Castidad, que en figura de tu querida hermana Auristela hoy ha querido disfrazarse, ni la dejaremos hasta 30 que con dichoso fin le de a sus trabajos y peregrinaciones en la alma ciudad de Roma.”
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 278 Entonces yo, a tan felices nuevas atento, y de tan hermosa vista admirado, y de tan nuevo y extraño acontecimiento, por su grandeza y por su novedad, mal seguro, alcé la voz, para mostrar con la lengua la gloria que en el alma tenía, y 5 queriendo decir: “¡Oh únicas consoladoras de mi alma; oh ricas prendas, por mi bien halladas, dulces y alegres en este y en otro cualquier tiempo!”, fue tanto el ahínco que puse en decir esto, que rompí el sueño, y la visión hermosa 10 desapareció, y yo me hallé en mi navío con todos los míos, sin que faltase alguno de ellos. A lo que dijo Constanza: --¿Luego, señor Periandro, dormíais? --Si --respondió--; porque todos mis bienes 15 son soñados. --En verdad --replicó Constanza--, que ya quería preguntar a mi señora Auristela adónde había estado el tiempo que no había parecido. --De tal manera --respondió Auristela-- ha 20 contado su sueño mi hermano, que me iba haciendo dudar si era verdad o no lo que decía. A lo que añadió Mauricio: --Esas son fuerzas de la imaginación, en quien suelen representarse las cosas con tanta 25 vehemencia, que se aprehenden de la memoria, de manera que quedan en ella, siendo mentiras, como si fueran verdades. A todo esto, callaba Arnaldo, y consideraba los afectos y demostraciones con que Periandro 30 contaba su historia, y de ninguno de ellos podía sacar en limpio las sospechas que en su alma
LIBRO II, CAPITULO XV p. 279 había infundido el ya muerto maldiciente Clodio de no ser Auristela y Periandro verdaderos hermanos. Con todo eso, dijo: --Prosigue, Periandro, tu cuento sin repetir sueños, porque los ánimos trabajados siempre 5 los engendran muchos, y confusos, y porque la sin par Sinforosa está esperando que llegues a decir de donde venías la primera vez que a esta isla llegaste, de donde saliste coronado de vencedor de las fiestas que por la elección de su 10 padre cada año en ella se hacen. --El gusto de lo que soñé --respondió Periandro-- me hizo no advertir de cuán poco fruto son las digresiones en cualquiera narración, cuando ha de ser sucinta, y no dilatada. 15 Callaba Policarpo, ocupando la vista en mirar a Auristela, y el pensamiento en pensar en ella; y así, para el importaba muy poco, o nada, que callase o que hablase Periandro, el cual, advertido ya de que algunos se cansaban de su 20 larga plática, determinó de proseguirla, abreviándola, y siguiéndola en las menos palabras que pudiese; y así dijo:
p. 280 CAPITULO DIEZ Y SEIS del segundo libro Prosigue Periandro su historia. --Desperté del sueño, como he dicho; tomé consejo con mis compañeros qué derrota 5 tomaríamos, y salió decretado que por donde el viento nos llevase: que, pues íbamos en busca de corsarios, los cuales nunca navegan contra viento, era cierto el hallarlos. Y había llegado a tanto mi simpleza, que pregunté a Carino y a 10 Solercio si habían visto a sus esposas en compañía de mi hermana Auristela, quando yo la vi soñando. Riéronse de mi pregunta, y obligáronme, y aun forzáronme, a que les contase mi sueño. Dos meses anduvimos por el mar sin que 15 nos sucediese cosa de consideración alguna, puesto que le escombramos de más de sesenta navíos de corsarios, que, por serlo verdaderos, adjudicamos sus robos a nuestro navío y le llenamos de innumerables despojos, con que mis 20 compañeros iban alegres, y no les pesaba de haber trocado el oficio de pescadores en el de piratas, porque ellos no eran ladrones sino de ladrones, ni robaban sino lo robado. ”Sucedió, pues, que un porfiado viento nos 25 salteó una noche, que, sin dar lugar a que
LIBRO II, CAPITULO XVI p. 281 amainásemos algún tanto o temblásemos las velas, en aquel término que las halló, las tendió y acosó, de modo que, como he dicho, más de un mes navegamos por una misma derrota; tanto, que, tomando mi piloto el altura del polo donde 5 nos tomó el viento, y tanteando las leguas que hacíamos por hora, y los días que habíamos navegado, hallamos ser cuatrocientas leguas, poco más o menos. Volvió el piloto a tomar la altura, y vio que estaba debajo del norte, en el 10 paraje de Noruega, y, con voz grande y mayor tristeza, dijo: “Desdichados de nosotros, que, si el viento no nos concede a dar la vuelta para seguir otro camino, en este se acabará el de nuestra vida, porque estamos en el mar glacial, digo, 15 en el mar helado, y, si aquí nos saltea el hielo, quedaremos empedrados en estas aguas.” Apenas hubo dicho esto, cuando sentimos que el navío tocaba por los lados y por la quilla como en movibles peñas, por donde se conoció que 20 ya el mar se comenzaba a helar, cuyos montes de hielo, que por de dentro se formaban, impedían el movimiento del navío. Amainamos de golpe, porque, topando en ellos, no se abriese, y en todo aquel día y aquella noche se congelaron 25 las aguas tan duramente, y se apretaron de modo, que, cogiéndonos en medio, dejaron al navío engastado en ellas, como lo suele estar la piedra en el anillo. Casi como en un instante comenzó el hielo a entumecer los cuerpos y a 30 entristecer nuestras almas, y haciendo el miedo su oficio, considerando el manifiesto peligro, no
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 282 nos dimos más días de vida que los que pudiese sustentar el bastimento que en el navío hubiese, en el cual bastimento desde aquel punto se puso tasa, y se repartió por orden, tan miserable y estrechamente, que desde luego 5 comenzó a matarnos la hambre. Tendimos la vista por todas partes, y no topamos con ella en cosa que pudiese alentar nuestra esperanza, si no fue con un bulto negro que, a nuestro parecer, estaría de nosotros seis o ocho millas; pero 10 luego imaginamos que debía de ser algún navío a quien la común desgracia de hielo tenía aprisionado. Este peligro sobrepuja y se adelanta a los infinitos en que de perder la vida me he visto, porque un miedo dilatado y un 15 temor no vencido, fatiga más el alma que una repentina muerte: que en el acabar súbito se ahorran los miedos y los temores que la muerte trae consigo, que suelen ser tan malos como la misma muerte. Esta, pues, que nos amenazaba, 20 tan hambrienta como larga, nos hizo tomar una resolución, si no desesperada, temeraria, por lo menos, y fue que consideramos que, si los bastimentos se nos acababan, el morir de hambre era la más rabiosa muerte que puede caber en 25 la imaginación humana; y así, determinamos de salirnos del navío y caminar por encima del hielo, y ir a ver si, en el que se parecía, habría alguna cosa de que aprovecharnos, o ya de grado, o ya por fuerza. 30 ”Púsose en obra nuestro pensamiento, y en un instante vieron las aguas sobre sí formado,
LIBRO II, CAPITULO XVI p. 283 con pies enjutos, un escuadrón pequeño, pero de valentísimos soldados; y siendo yo la guía, resbalando, cayendo y levantado, llegamos al otro navío, que lo era casi tan grande como el nuestro. Había gente en él, que, puesta sobre el 5 borde, adivinando la intención de nuestra venida, a voces comenzó uno a decirnos: “¿A qué venís, gente desesperada? ¿Qué buscáis? ¿Venís, por venturas, a apresurar nuestra muerte y a morir con nosotros? Volveos a vuestro navío, 10 y, si os faltan bastimentos, roed las jarcias, y encerrad en vuestros estómagos los embreados leños, si es posible; porque pensar que os hemos de dar acogida, será pensamiento vano y contra los preceptos de la caridad, que ha de 15 comenzar de sí mismo. Dos meses dicen que suele durar este hielo que nos detiene; para quince días tenemos sustento; si es bien que le repartamos con vosotros, a vuestra consideración lo dejo.” A lo que yo le respondí: “En los 20 apretados peligros, toda razón se atropella, no hay respeto que valga, ni buen término que se guarde. Acogednos en vuestro navío de grado, y juntaremos en él el bastimento que en el nuestro queda, y comámoslo amigablemente, antes que 25 la precisa necesidad nos haga mover las armas y usar de la fuerza.” Esto le respondí yo, creyendo no decían verdad en la cantidad del bastimento que señalaban; pero ellos, viéndose superiores y aventajados en el puesto, no 30 temieron nuestras amenazas ni admitieron nuestros ruegos: antes arremetieron a las armas, y se
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 284 pusieron en orden de defenderse. Los nuestros, a quien la desesperación, de valientes, hizo valentísimos, añadiendo a la temeridad nuevos bríos, arremetieron al navío, y casi sin recibir herida le entraron y le ganaron, y alzóse una voz entre 5 nosotros que a todos los quitásemos la vida, por ahorrar de balas y de estómagos por donde se fuese el bastimento que en el navío hallásemos. Yo fui de parecer contrario, y, quizá por tenerle bueno, en esto nos socorrió el cielo, 10 como después diré; aunque primero quiero deciros que este navío era el de los corsarios que habían robado a mi hermana y a las dos recién desposadas pescadoras. Apenas le hube reconocido, cuando dije a voces: “¿Adónde tenéis, ladrones, 15 nuestras almas? ¿Adónde están las vidas que nos robasteis? ¿Qué habéis hecho de mi hermana Auristela, y de las dos, Selviana y Leoncia, partes, mitades de los corazones de mis buenos amigos Carino y Solercio?” A lo que uno 20 me respondió: “Esas mujeres pescadoras que dices, las vendió nuestro capitán, que ya es muerto, a Arnaldo, príncipe de Dinamarca.” --Así es la verdad --dijo a esta sazón Arnaldo--, que yo compré a Auristela y a Cloelia, 25 su ama, y a otras dos hermosísimas doncellas, de unos piratas que me las vendieron, y no por el precio que ellas merecían. --¡Válgame Dios --dijo Rutilio en esto--, y por qué rodeos y con qué eslabones se viene 30 a engarzar la peregrina historia tuya, oh Periandro!
LIBRO II, CAPITULO XVI p. 285 --Por lo que debes al deseo que todos tenemos de servirte --añadió Sinforosa--, que abrevies tu cuento, ¡oh historiador tan verdadero como gustoso! --Sí haré --respondió Periandro--, si es 5 posible que grandes cosas en breves términos puedan encerrarse.
p. 286 CAPITULO DIEZ Y SIETE del segundo libro Toda esta tardanza del cuento de Periandro, se declaraba tan en contrario del gusto de Policarpo, que, ni podía estar atento para 5 escucharle, ni le daba lugar a pensar maduramente lo que debía hacer para quedarse con Auristela. Sin perjuicio de la opinión que tenía de generoso y de verdadero, ponderaba la calidad de sus huéspedes, entre los cuales se le ponía 10 delante Arnaldo, príncipe de Dinamarca, no por elección, sino por herencia; descubría en el modo de proceder de Periandro, en su gentileza y brío, algún gran personaje; y en la hermosura de Auristela, el de alguna gran señora. 15 Quisiera buenamente lograr sus deseos a pie llano, sin rodeos ni invenciones, cubriendo toda dificultad y todo parecer contrario con el velo del matrimonio, que, puesto que su mucha edad no lo permitía, todavía podía disimularlo, 20 porque en cualquier tiempo es mejor casarse que abrasarse. Acuciaba y solicitaba sus pensamientos los que solicitaban y aquejaban a la embaidora Cenotia, con la cual se concertó que, antes de dar otra audiencia a Periandro, se 25 pusiese en efecto su designio, que fue que, de allí a dos noches, tocasen un arma fingida en la
LIBRO II, CAPITULO XVII p. 287 ciudad y se pegase fuego al palacio por tres o cuatro partes, de modo que obligase a los que en él asistían a ponerse en cobro, donde era forzoso que interviniese la confusión y el alboroto, en medio del cual previno gente que 5 robasen al bárbaro mozo Antonio y a la hermosa Auristela, y asimismo ordenó a Policarpa, su hija, que, conmovida de lástima cristiana, avisase a Arnaldo y a Periandro el peligro que les amenazaba, sin descubrirles el robo, sino 10 mostrándoles el modo de salvarse, que era que acudiesen a la marina, donde en el puerto hallarían una saetía que los acogiese. Llegóse la noche, y, a las tres horas de ella, comenzó el arma, que puso en confusión y 15 alboroto a toda la gente de la ciudad; comenzó a resplandecer el fuego, en cuyo ardor se aumentaba el que Policarpo en su pecho tenía; acudió su hija, no alborotada, sino con reposo, a dar noticia a Arnaldo y a Periandro de los designios de 20 su traidor y enamorado padre, que se entendían a quedarse con Auristela y con el bárbaro mozo, sin quedar con indicios que le infamasen; oyendo lo cual, Arnaldo y Periandro llamaron a Auristela, a Mauricio, Transila, Ladislao, a los 25 bárbaros padre y hijo, a Ricla, a Constanza y a Rutilio, y, agradeciendo a Policarpa su aviso, se hicieron todos un montón, y, puestos delante los varones, siguiendo el consejo de Policarpa, hallaron paso desembarazado hasta el puerto, 30 y segura embarcación en la saetía, cuyo piloto y marineros estaban avisados y cohechados de
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 288 Policarpo que, en el mismo punto que aquella gente, que, al parecer, huida, se embarcase, se hiciesen al mar, y no parasen con ella hasta Inglaterra, o hasta otra parte más lejos de aquella isla. Entre la confusa gritería y el continuo 5 vocear: “¡Alarma, alarma!”, entre los estallidos del fuego abrasador, que como si supiera que tenía licencia del dueño de aquellos palacios para que los abrasase, andaba encubierto Policarpo, mirando si salía cierto el robo de 10 Auristela, y asimismo solicitaba el de Antonio la hechicera Cenotia; pero, viendo que se habían embarcado todos, sin quedar ninguno, como la verdad se lo decía y el alma se lo pronosticaba, acudió a mandar que todos los baluartes y 15 todos los navíos que estaban en el puerto, disparasen la artillería contra el navío de los que en él huían, con lo cual de nuevo se aumentó el estruendo, y el miedo discurrió por los ánimos de todos los moradores de la ciudad, que 20 no sabían qué enemigos los asaltaban, o qué intempestivos acontecimientos les acometían. En esto, la enamorada Sinforosa, ignorante del caso, puso el remedio en sus pies, y sus esperanza[s] en su inocencia, y, con pasos 25 desconcertados y temerosos, se subió a una alta torre de palacio, a su parecer, parte segura del fuego que lo demás del palacio iba consumiendo. Acertó a encerrarse con ella su hermana Policarpa, que le conto como si lo hubiera visto la 30 huida de sus huéspedes, cuyas nuevas quitaron el sentido a Sinforosa, y en Policarpa pusieron
LIBRO II, CAPITULO XVII p. 289 el arrepentimiento de haberlas dado. Amanecía en esto el alba, risueña para todos los que con ella esperaban descubrir la causa o causas de la presente calamidad, y en el pecho de Policarpo anochecía la noche de la mayor tristeza que 5 pudiera imaginarse. Mordíase las manos Cenotia, y maldecía su engañadora ciencia y las promesas de sus malditos maestros. Sola Sinforosa se estaba aún en su desmayo, y sola su hermana lloraba su desgracia, sin descuidarse de 10 hacerle los remedios que ella podía para hacerla volver en su acuerdo. Volvió, en fin; tendió la vista por el mar, vio volar la saetía donde iba la mitad de su alma, o la mejor parte de ella, y, como si fuera otra engañada y nueva 15 Dido, que de otro fugitivo Eneas se quejaba, enviando suspiros al cielo, lágrimas a la tierra y voces al aire, dijo estas o otras semejantes razones: --¡Oh hermoso huésped, venido por mi mal a 20 estas riberas, no engañador, por cierto, que aún no he sido yo tan dichosa que me dijeses palabras amorosas para engañarme! Amaina esas velas, o templalas algún tanto, para que se dilate el tiempo de que mis ojos vean ese 25 navío, cuya vista, sólo porque vas en él, me consuela. Mira, señor, que huyes de quien te sigue, que te alejas de quien te busca, y das muestras de que aborreces a quien te adora. Hija soy de un rey, y me contento con ser 30 esclava tuya; y, si no tengo hermosura que pueda satisfacer a tus ojos, tengo deseos que puedan
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 290 llenar los vacíos de los mejores que el amor tiene. No repares en que se abrase toda esta ciudad: que, si vuelves, habrá servido este incendio de luminarias por la alegría de tu vuelta. Riquezas tengo, acelerado fugitivo mío, y puestas 5 en parte donde no las hallará el fuego aunque más las busque, porque las guarda el cielo para ti solo. A esta sazón, volvió a hablar con su hermana, y le dijo: 10 --¿No te parece, hermana mía, que ha amainado algún tanto las velas? ¿No te parece que no camina tanto? ¡Ay, Dios! ¿Si se habrá arrepentido? ¡Ay, Dios, si la rémora de mi voluntad le detiene el navío! 15 --¡Ay, hermana! --respondió Policarpa--. No te engañes, que los deseos y los engaños suelen andar juntos. El navío vuela, sin que le detenga la rémora de tu voluntad, como tú dices, sino que le impele el viento de tus muchos 20 suspiros. Salteólas en esto el rey, su padre, que quiso ver de la alta torre también, como su hija, no la mitad, sino toda su alma que se le ausentaba, aunque ya no se descubría. Los hombres que 25 tomaron a su cargo encender el fuego del palacio, le tuvieron también de apagarle. Supieron los ciudadanos la causa del alboroto y el mal nacido deseo de su rey Policarpo, y los embustes y consejos de la hechicera Cenotia, y 30 aquel mismo día le depusieron del reino, y colgaron a Cenotia de una entena. Sinforosa y
LIBRO II, CAPITULO XVII p. 291 Policarpa fueron respetadas como quien eran, y la ventura que tuvieron fue tal, que correspondió a sus merecimientos; pero no en modo que Sinforosa alcanzase el fin feliz de sus deseos, porque la suerte de Periandro mayores venturas 5 le tenía guardadas. Los del navío, viéndose todos juntos y todos libres, no se hartaban de dar gracias al cielo de su buen suceso. De ellos supieron otra vez los traidores designios de Policarpo; pero no les parecieron tan traidores, 10 que no hallase en ellos disculpa el haber sido por el amor forjados: disculpa bastante de mayores yerros, que, cuando ocupa a un alma la pasión amorosa, no hay discurso con que acierte ni razón que no atropelle. Hacíales el 15 tiempo claro, y, aunque el viento era largo, estaba el mar tranquilo. Llevaban la mira de su viaje puesta en Inglaterra, adonde pensaban tomar el designio que más les conviniese, y con tanto sosiego navegaban, que no les sobresaltaba 20 ningún recelo, ni miedo de ningún suceso adverso. Tres días duró la apacibilidad del mar, y tres días sopló próspero el viento, hasta que, al cuarto, a poner del sol, se comenzó a turbar el viento y a desasosegarse el mar, y el recelo 25 de alguna gran borrasca comenzó a turbar a los marineros: que la inconstancia de nuestras vidas y la del mar simbolizan en no prometer seguridad ni firmeza alguna largo tiempo. Pero quiso la buena suerte que, cuando les apretaba 30 este temor, descubriesen cerca de sí una isla, que luego de los marineros fue conocida, y
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 292 dijeron que se llamaba la de las Ermitas, de que no poco se alegraron, porque en ella sabían que estaban dos calas capaces de guarecerse en ellas de todos vientos más de veinte navíos; tales, en fin, que pudieran servir de abrigados 5 puertos. Dijeron también que, en una de las ermitas, servía de ermitaño un caballero principal francés llamado Renato, y en la otra ermita servía de ermitaña una señora francesa llamada Eusebia, cuya historia de los dos era la 10 más peregrina que se hubiese visto. El deseo de saberla, y el de repararse de la tormenta si viniese, hizo a todos que encaminasen allá la proa. Hízose así, con tanto acertamiento, que dieron luego con una de las calas, donde dieron 15 fondo, sin que nadie se lo impidiese; y, estando informado Arnaldo de que en la isla no había otra persona alguna que la del ermitaño y ermitaña referidos, por dar contento a Auristela y a Transila, que fatigadas del mar venían, con 20 parecer de Mauricio, Ladislao, Rutilio y Periandro, mandó echar el esquife al agua, y que saliesen todos a tierra a pasar la noche en sosiego, libres de los vaivenes del mar. Y aunque se hizo así, fue parecer del bárbaro Antonio 25 que él y su hijo, y Ladislao y Rutilio, se quedasen en el navío guardándole, pues la fe de sus marineros, poco experimentada, no les debía asegurar de modo que se fiasen de ellos. Y, en efecto, los que se quedaron en el navío fueron 30 los dos Antonios, padre y hijo, con todos los marineros, que la mejor tierra para ellos es las
LIBRO II, CAPITULO XVII p. 293 tablas embreadas de sus naves: mejor les huele la pez, la brea y la resina de sus navíos, que a la demás gente las rosas, las flores y los amarantos de los jardines. A la sombra de una peña, los de la tierra se repararon del viento, y, a la 5 claridad de mucha lumbre que de ramas cortadas en un instante hicieron, se defendieron del frío, y ya, como acostumbradas a pasar muchas veces calamidades semejantes, pasaron la de esta noche sin pesadumbre alguna; y más con el 10 alivio que Periandro les causó con volver, por ruego de Transila, a proseguir su historia, que, puesto que el lo rehusaba, añadiendo ruegos Arnaldo, Ladislao y Mauricio, ayudándoles Auristela, la ocasión y el tiempo, la hubo de 15 proseguir en esta forma:
p. 294 CAPITULO DIEZ Y OCHO del segundo libro --Si es verdad, como lo es, ser dulcísima cosa contar en tranquilidad la tormenta, y en la paz presente los peligros de la pasada guerra, y 5 en la salud la enfermedad padecida, dulce me ha de ser a mí ahora contar mis trabajos en este sosiego, que, puesto que no puedo decir que estoy libre de ellos todavía, según han sido grandes y muchos, puedo afirmar que estoy en 10 descanso, por ser condición de la humana suerte que, cuando los bienes comienzan a crecer, parece que unos se van llamando a otros, y que no tienen fin donde parar, y los males por el mismo consiguiente. Los trabajos que yo hasta aquí 15 he padecido, imagino que han llegado al último paradero de la miserable fortuna, y que es forzoso que declinen: que, cuando en el extremo de los trabajos no sucede el de la muerte, que es el último de todos, ha de seguirse la mudanza, no 20 de mal a mal, sino de mal a bien, y de bien a más bien; y este en que estoy, teniendo a mi hermana conmigo, verdadera y precisa causa de todos mis males y mis bienes, me asegura y promete que tengo de llegar a la cumbre de los 25 más felices que acierte a desearme. ”Y así, con este dichoso pensamiento, digo
LIBRO II, CAPITULO XVIII p. 295 que quedé en la nave de mis contrarios, ya rendidos, donde supe, como ya he dicho, la venta que habían hecho de mi hermana y de las dos recién desposadas pescadoras, y de Cloelia, al príncipe Arnaldo, que aquí está presente. En 5 tanto que los míos andaban escudriñando y tanteando los bastimentos que había en el empedrado navío, a deshora, y de improvisa, de la parte de tierra descubrimos que sobre los hielos caminaba un escuadrón de armada gente, de más 10 de cuatro mil personas formado. Dejónos más helados que el mismo mar vista semejante, aprestando las armas, más por muestra de ser hombres, que con pensamiento de defenderse. Caminaban sobre solo un pie, dándose con el 15 derecho sobre el calcaño izquierdo, con que se impelían y resbalaban sobre el mar grandísimo trecho, y luego, volviendo a reiterar el golpe, tornaban a resbalar otra gran pieza de camino; y de esta suerte, en un instante fueron 20 con nosotros y nos rodearon por todas partes, y uno de ellos, que, como después supe, era el capitán de todos, llegándose cerca de nuestro navío, a trecho que pudo ser oído, asegurando la paz con un paño blanco que volteaba sobre 25 el brazo, en lengua polaca, con voz clara, dijo: “Cratilo, rey de Bituania y señor de estos mares, tiene por costumbre de requerirlos con gente armada, y sacar de ellos los navíos que del hielo están detenidos, a lo menos la gente y la 30 mercancía que tuvieren, por cuyo beneficio se paga con tomarla por suya. Si vosotros gustareis de
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 296 aceptar este partido, sin defenderos, gozareis de las vidas y de la libertad, que no se os ha de cautivar en ningún modo; miradlo, y si no, aparejaos a defenderos de nuestras armas, continuo vencedoras.” 5 ”Contentóme la brevedad y la resolución del que nos hablaba. Respondíle que me dejase tomar parecer con nosotros mismos, y fue el que mis pescadores me dieron, decir que el fin de todos los males, y el mayor de ellos, era el 10 acabar la vida, la cual se había de sustentar por todos los medios posibles, como no fuesen por los de la infamia; y que, pues en los partidos que nos ofrecían no intervenía ninguna, y del perder la vida estábamos tan ciertos, como 15 dudosos de la defensa, sería bien rendirnos, y dar lugar a la mala fortuna que entonces nos perseguía, pues podría ser que nos guardase para mejor ocasión. Casi esta misma respuesta di al capitán del escuadrón, y al punto, más con apariencia 20 de guerra que con muestras de paz, arremetieron al navío, y en un instante le desvalijaron todo, y trasladaron cuanto en él había, hasta la misma artillería y jarcias, a unos cueros de bueyes que sobre el hielo tendieron; liándolos 25 por encima, aseguraron poderlos llevar tirándolos con cuerdas, sin que se perdiese cosa alguna. Robaron asimismo lo que hallaron en el otro nuestro navío, y, poniéndonos a nosotros sobre otras pieles, alzando una alegre vocería, 30 nos tiraron y nos llevaron a tierra, que debía de estar desde el lugar del navío como veinte
LIBRO II, CAPITULO XVIII p. 297 millas. Paréceme a mí que debía de ser cosa de ver caminar tanta gente por cima de las aguas a pie enjuto, sin usar allí el cielo alguno de sus milagros. ”En fin, aquella noche llegamos a la ribera, 5 de la cual no salimos hasta otro día por la mañana, que la vimos coronada de infinito número de gente, que a ver la presa de los helados y yertos habían venido. Venía entre ellos, sobre un hermoso caballo, el rey Cratilo, que, por las 10 insignias reales con que se adornaba, conocimos ser quien era; venía a su lado, asimismo a caballo, una hermosísima mujer, armada de unas armas blancas, a quien no podían acabar de encubrir un velo negro con que venían cubiertas. 15 Llevóme tras sí la vista, tanto su buen parecer, como la gallardía del rey Cratilo, y, mirándola con atención, conocí ser la hermosa Sulpicia, a quien la cortesía de mis compañeros pocos días [antes] habían dado la libertad que entonces gozaba. 20 Acudió el rey a ver los rendidos, y, llevándome el capitán asido de la mano, le dijo: “En este solo mancebo, ¡oh valeroso rey Cratilo!, me parece que te presento la más rica presa que en razón de persona humana hasta ahora humanos 25 ojos han visto.” “¡Santos cielos! --dijo a esta sazón la hermosa Sulpicia, arrojándose del caballo al suelo--. O yo no tengo vista en los ojos, o es éste mi libertador, Periandro.” Y el decir esto, y añudarme el cuello con sus brazos, 30 fue todo uno, cuyas extrañas y amorosas muestras obligaron también a Cratilo a que del caballo
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 298 se arrojase y con las mismas señales de alegría me recibiese. Entonces la desmayada esperanza de algún buen suceso estaba lejos de los pechos de mis pescadores; pero cobrando aliento en las muestras alegres con que vieron 5 recibirme, les hizo brotar por los ojos el contento, y por las bocas las gracias que dieron a Dios del no esperado beneficio: que ya le contaban, no por beneficio, sino por singular y conocida merced. Sulpicia dijo a Cratilo: “Este mancebo 10 es un sujeto donde tiene su asiento la suma cortesía, y su albergue la misma liberalidad; y aunque yo tengo hecha esta experiencia, quiero que tu discreción la acredite, sacando por su gallarda presencia --y en esto bien se ve que 15 hablaba como agradecida, y aun como engañada-- en limpio esta verdad que te digo. Este fue el que me dio libertad después de la muerte de mi marido; éste el que no despreció mis tesoros, sino el que no los quiso; éste fue el que, 20 después de recibidas mis dádivas, me las volvió mejoradas, con el deseo de dármelas mayores, si pudiera; éste fue, en fin, el que, acomodándose, o, por mejor decir, haciendo acomodar a su gusto el de sus soldados, dándome doce 25 que me acompañasen, me tiene ahora en tu presencia.” Yo entonces, a lo que creo, rojo el rostro con las alabanzas, o ya aduladoras o demasiadas, que de mí oía, no supe más que hincarme de rodillas ante Cratilo, pidiéndole las 30 manos, que no me las dio para besárselas, sino para levantarme del suelo. En este entretanto,
LIBRO II, CAPITULO XVIII p. 299 los doce pescadores que habían venido en guarda de Sulpicia, andaban entre la demás gente buscando a sus compañeros, abrazándose unos a otros, y, llenos de contento y regocijo, se contaban sus buenas y malas suertes: los del mar 5 exageraban su hielo, y los de la tierra sus riquezas. “A mí --decía el uno-- me ha dado Sulpicia esta cadena de oro.” “A mí --decía otro-- esta joya, que vale por dos de esas cadenas,” “A mí --replicaba este-- me dio tanto dinero.” 10 Y aquél repetía: “Más me ha dado a mí en este solo anillo de diamantes, que a todos vosotros juntos.” ”A todas estas pláticas puso silencio un gran rumor que se levantó entre la gente, causado 15 del que hacía un poderosísimo caballo bárbaro, a quien dos valientes lacayos traían del freno, sin poderse averiguar con él. Era de color morcillo, pintado todo de moscas blancas, que sobremanera le hacían hermoso; venía en pelo, 20 porque no consentía ensillarse del mismo rey; pero no le guardaba este respeto después de puesto encima, no siendo bastantes a detenerle mil montes de embarazos que ante él se pusieran, de lo que el rey estaba tan pesaroso, que 25 diera una ciudad a quien sus malos siniestros le quitara. Todo esto me contó el rey breve y sucintamente, y yo me resolví con mayor brevedad a hacer lo que ahora os diré. Aquí llegaba Periandro con su plática, cuando, 30 a un lado de la peña donde estaban recogidos los del navío, oyó Arnaldo un ruido como
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 300 de pasos de persona que hacia ellos se encaminaba. Levantóse en pie, puso mano a su espada, y, con esforzado denuedo, estuvo esperando el suceso. Calló asimismo Periandro, y las mujeres con miedo, y los varones con ánimo, 5 especialmente Periandro, atendían lo que sería. Y, a la escasa luz de la luna, que, cubierta de nubes, no dejaba verse, vieron que hacia ellos venían dos bultos, que no pudieran diferenciar lo que eran, si uno de ellos con voz clara no 10 dijera: --No os alborote, señores, quienquiera que seáis, nuestra improvisa llegada, pues sólo venimos a serviros. Esta estancia que tenéis, desierta y sola, la podéis mejorar, si quisiereis, 15 en la nuestra, que en la cima de esta montaña está puesta; luz y lumbre hallaréis en ella, y manjares, que, si no delicados y costosos, son, por lo menos, necesarios y de gusto. Yo le respondí: 20 --¿Sois, por ventura, Renato y Eusebia, los limpios y verdaderos amantes en quien la fama ocupa sus lenguas, diciendo el bien que en ellos se encierra? --Si dijerais los desdichados --respondió 25 el bulto--, acertarais en ello; pero, en fin, nosotros somos los que decís, y los que os ofrecimos con voluntad sincera el acogimiento que puede daros nuestra estrechez. Arnaldo fue de parecer que se tomase el 30 consejo que se les ofrecía, pues el rigor del tiempo que amenazaba les obligaba a ello.
LIBRO II, CAPITULO XVIII p. 301 Levantáronse todos, y, siguiendo a Renato y a Eusebia, que les sirvieron de guías, llegaron a la cumbre de una montañuela, donde vieron dos ermitas, más cómodas para pasar la vida en su pobreza, que para alegrar la vista con su rico 5 adorno. Entraron dentro, y, en la que parecía algo mayor, hallaron luces, que de dos lámparas procedían, con que podían distinguir los ojos lo que dentro estaba, que era un altar con tres devotas imágenes: la una, del autor de la 10 vida, ya muerto y crucificado; la otra, de la reina de los cielos y de la señora de la alegría, triste, y puesta en pie, del que tiene los pies sobre todo el mundo; y la otra, del amado discípulo, que vio más estando durmiendo, que vieron 15 cuantos ojos tiene el cielo en sus estrellas. Hincáronse de rodillas, y, hecha la debida oración con devoto respeto, les llevó Renato a una estancia que estaba junto a la ermita, a quien se entraba por una puerta que junto al altar se 20 hacía. Finalmente, pues las menudencias no piden ni sufren relaciones largas, se dejarán de contar las que allí pasaron, así de la pobre cena, como del estrecho regalo, que sólo se alargaba en la bondad de los ermitaños, de quien 25 se notaron los pobres vestidos, la edad, que tocaba en los márgenes de la vejez, la hermosura de Eusebia, donde todavía resplandecían las muestras de haber sido rara en todo extremo. Auristela, Transila y Constanza se quedaron en 30 aquella estancia, a quien sirvieron de camas secas espadañas, con otras hierbas, para dar gusto
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 302 al olfato [más] que a otro sentido alguno. Los hombres se acomodaron en la ermita, en diferentes puestos, tan fríos como duros, y tan duros como fríos. Corrió el tiempo como suele; voló la noche, y amaneció el día claro y sereno; 5 descubrióse la mar tan cortés y bien criada, que parecía que estaba convidando a que la gozasen volviéndose a embarcar; y, sin duda alguna, se hiciera así, si el piloto de la nave no subiera a decir que no se fiasen de las muestras del 10 tiempo, que, puesto que prometían serenidad tranquila, los efectos habían de ser muy contrarios. Salió con su parecer, pues todos se atuvieron a él: que, en el arte de la marinería, más sabe el más simple marinero, que el mayor 15 letrado del mundo. Dejaron sus herbosos lechos las damas, y los varones sus duras piedras, y salieron a ver desde aquella cumbre la amenidad de la pequeña isla, que sólo podía bojar hasta doce millas; pero tan llena de árboles 20 fructíferos, tan fresca por muchas aguas, tan agradable por las hierbas verdes, y tan olorosa por las flores, que, en un igual grado y a un mismo tiempo, podía satisfacer a todos cinco sentidos. Pocas horas se había entrado por el día, cuando 25 los dos venerables ermitaños llamaron a sus huéspedes, y, tendiendo dentro de la ermita verdes y secas espadañas, formaron sobre el suelo una agradable alfombra, quizá más vistosa que las que suelen adornar los palacios de los 30 reyes. Luego tendieron sobre ella diversidad de frutas, así verdes como secas, y pan no tan
LIBRO II, CAPITULO XVIII p. 303 reciente que no semejase bizcocho, coronando la mesa asimismo de vasos de corcho, con maestría labrados, de fríos y líquidos cristales llenos. El adorno, las frutas, las puras y limpias aguas, que, a pesar de la parda color de los 5 corchos, mostraban su claridad, y la necesidad juntamente, obligó a todos, y aun les forzó, por mejor decir, a que alrededor de la mesa se sentasen. Hiciéronlo así, y, después de la tan breve como sabrosa comida, Arnaldo suplicó a 10 Renato que les contase su historia y la causa que a la estrechez de tan pobre vida le había conducido; el cual, como era caballero, a quien es aneja siempre la cortesía, sin que segunda vez se lo pidiesen, de esta manera comenzó el 15 cuento de su verdadera historia:
p. 304 CAPITULO DIEZ Y NUEVE del segundo libro Cuenta Renato la ocasión que tuvo para irse a la isla de las Ermitas. --Cuando los trabajos pasados se cuentan en 5 prosperidades presentes, suele ser mayor el gusto que se recibe en contarlos, que fue el pesar que se recibió en sufrirlos. Esto no podré decir de los míos, pues no los cuento fuera de la borrasca, sino en mitad de la tormenta. Nací en 10 Francia; engendráronme padres nobles, ricos y bien intencionados; criéme en los ejercicios de caballero; medí mis pensamientos con mi estado; pero, con todo eso, me atreví a ponerlos en la señora Eusebia, dama de la reina en Francia, 15 a quien sólo con los ojos la di a entender que la adoraba, y ella, o ya descuidada, o no advertida, ni con sus ojos ni con su lengua me dio a entender que me entendía. Y aunque el disfavor y los desdenes suelen matar al amor en sus 20 principios, faltándole el arrimo de la esperanza, con quien suele crecer, en mí fue al contrario, porque del silencio de Eusebia tomaba alas mi esperanza con que subir hasta el cielo de merecerla. Pero la envidia o la demasiada curiosidad 25 de Libsomiro, caballero asimismo francés, no
LIBRO II, CAPITULO XIX p. 305 menos rico que noble, alcanzó a saber mis pensamientos, y, sin ponerlos en el punto que debía, me tuvo más envidia que lástima, habiendo de ser al contrario; porque hay dos males en el amor que llegan a todo extremo: el uno es 5 querer y no ser querido; el otro, querer y ser aborrecido; y a este mal no se iguala el de la ausencia ni el de los celos. En resolución, sin haber yo ofendido a Libsomiro, un día se fue al rey, y le dijo cómo yo tenía trato ilícito con 10 Eusebia, en ofensa de la majestad real, y contra la ley que debía guardar como caballero, cuya verdad la acreditaría con sus armas, porque no quería que le mostrase la pluma ni otros testigos, por no turbar la decencia de Eusebia, a 15 quien una y mil veces acusaba de impúdica y mal intencionada. ”Con esta información, alborotado el rey, me mandó mandar, y me contó lo que Libsomiro de mí le había contado; disculpé mi inocencia, volví 20 por la honra de Eusebia, y, por el más comedido medio que pude, desmentí a mi enemigo. Remitióse la prueba a las armas. No quiso el rey darnos campo en ninguna tierra de su reino, por no ir contra la ley católica, que los prohíbe. 25 Diónosle una de las ciudades libres de Alemania. Llegóse el día de la batalla; pareció en el puesto con las armas que se habían señalado, que eran espada y rodela, sin otro artificio alguno; hicieron los padrinos y los jueces las ceremonias 30 que en tales casos se acostumbran; partiéronnos el sol, y dejáronnos. Entré yo confiado
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 306 y animoso, por saber indubitablemente que llevaba la razón conmigo, y la verdad de mi parte; de mi contrario bien sé yo que entró animoso, y más soberbio y arrogante que seguro de su conciencia. ¡Oh soberanos cielos! ¡Oh juicios de 5 Dios inescrutables! Yo hice lo que pude; yo puse mis esperanzas en Dios y en la limpieza de mis no ejecutados deseos; sobre mí no tuvo poder el miedo, ni la debilidad de los brazos, ni la puntualidad de los movimientos; y, con todo 10 eso, y no saber decir el cómo, me hallé tendido en el suelo, y la punta de la espada de mi enemigo puesta sobre mis ojos, amenazándome de presta y inevitable muerte. “Aprieta --dije yo entonces--, ¡oh más venturoso que valiente 15 vencedor mío!, esta punta de espada, y sácame el alma, pues tan mal ha sabido defender su cuerpo; no esperes a que me rinda, que no ha de confesar mi lengua la culpa que no tengo. Pecados sí tengo yo que merecen mayores castigos; 20 pero no quiero añadirles este de levantarme testimonio a mí mismo, y así, más quiero morir con honra que vivir deshonrado.” “Si no te rindes, Renato --respondió mi contrario--, esta punta llegará hasta el celebro, y hará que 25 con tu sangre firmes y confirmes mi verdad y tu pecado.” Llegaron en esto los jueces, y tomáronme por muerto, y dieron a mi enemigo el lauro de la vitoria. Sacáronle del campo en hombros de sus amigos, y a mí me dejaron solo, en 30 poder del quebranto y de la confusión, con más tristeza que heridas, y no con tanto dolor como
LIBRO II, CAPITULO XIX p. 307 yo pensaba, pues no fue bastante a quitarme la vida, ya que no me la quitó la espada de mi enemigo. ”Recogiéronme mis criados. Volvíme a la patria. Ni en el camino, ni en ella, tenía atrevimiento 5 para alzar los ojos al cielo, que me parecía que sobre sus párpados cargaba el peso de la deshonra y la pesadumbre de la infamia; de los amigos que me hablaban, pensaba que me ofendían; el claro cielo para mí estaba cubierto de 10 oscuras tinieblas; ni un corrillo acaso se hacía en las calles, de los vecinos del pueblo, de quien no pensase que sus pláticas no naciesen de mi deshonra; finalmente, yo me hallé tan apretado de mis melancolías, pensamientos y confusas 15 imaginaciones, que, por salir de ellas, o, a lo menos, aliviarlas, o acabar con la vida, determiné salir de mi patria, y, renunciando mi hacienda en otro hermano menor que tengo, en un navío, con algunos de mis criados, quise 20 desterrarme y venir a estas septentrionales partes, a buscar lugar donde no me alcanzase la infamia de mi infame vencimiento, y donde el silencio sepultase mi nombre. Hallé esta isla acaso; contentóme el sitio, y, con el ayuda de mis 25 criados, levanté esta ermita, y encerréme en ella. Despedílos; diles orden que cada un año viniesen a verme, para que enterrasen mis huesos. El amor que me tenían, las promesas que les hice, y los dones que les di, les obligaron a 30 cumplir mis ruegos, que no los quiero llamar mandamientos. Fuéronse, y dejáronme entregado a
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 308 mi soledad, donde hallé tan buena compañía en estos arboles, en estas hierbas y plantas, en estas claras fuentes, en estos bulliciosos y frescos arroyuelos, que de nuevo me tuve lástima a mi mismo de no haber sido vencido muchos tiempos 5 antes, pues con aquel trabajo hubiera venido antes al descanso de gozarlos. ¡Oh soledad, alegre compañía de los tristes! ¡Oh silencio, voz agradable a los oídos, donde llegas, sin que la adulación ni la lisonja te acompañen! ¡Oh, qué 10 de cosas dijera, señores, en alabanza de la santa soledad y del sabroso silencio! Pero estórbamelo el deciros primero cómo dentro de un año volvieron mis criados, y trajeron consigo a mi adorada Eusebia, que es esta señora ermitaña que 15 veis presente, a quien mis criados dijeron en el término que yo quedaba, y ella, agradecida a mis deseos, y condolida de mi infamia, quiso, ya que no en la culpa, serme compañera en la pena, y, embarcándose con ellos, dejó su 20 patria y padres, sus regalos y sus riquezas, y lo más que dejó fue la honra, pues la dejó al vano discurso del vulgo, casi siempre engañado, pues con su huida confirmaba su yerro y el mío. Recebíla como ella esperaba que yo la recibiese, 25 y la soledad y la hermosura, que habían de encender nuestros comenzados deseos, hicieron el efecto contrario, merced al cielo y a la honestidad suya. Dímonos las manos de legítimos esposos, enterramos el fuego en la nieve, y en 30 paz y en amor, como dos estatuas movibles, ha que vivimos en este lugar casi diez años, en los
LIBRO II, CAPITULO XIX p. 309 cuales no se ha pasado ninguno en que mis criados no vuelvan a verme, proveyéndome de algunas cosas que en esta soledad es forzoso que me falten. Traen alguna vez consigo algún religioso que nos confiese. Tenemos en la 5 ermita suficientes ornamentos para celebrar los divinos oficios; dormimos a parte, comemos juntos, hablamos del cielo, menospreciamos la tierra, y, confiados en la misericordia de Dios, esperamos la vida eterna. 10 Con esto dio fin a su plática Renato, y con esto dio ocasión a que todos los circunstantes se admirasen de su suceso, no porque les pareciese nuevo dar castigos el cielo contra la esperanza de los pensamientos humanos, pues se 15 sabe que por una de dos causas vienen los que parecen males a las gentes: a los malos, por castigo, y a los buenos, por mejora; y en el número de los buenos pusieron a Renato, con el cual gastaron algunas palabras de consuelo, y 20 ni más ni menos con Eusebia, que se mostró prudente en los agradecimientos y consolada en su estado. --¡Oh vida solitaria! --dijo a esta sazón Rutilio, que, sepultado en silencio, había estado 25 escuchando la historia de Renato--. ¡Oh vida solitaria --dijo--, santa, libre y segura, que infunde el cielo en las regaladas imaginaciones! ¡Quién te amara, quién te abrazara, quién te escogiera, y quién, finalmente, te gozara! 30 --Dices bien --dijo Mauricio--, amigo Rutilio. Pero esas consideraciones han de caer sobre
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 310 grandes sujetos; porque no nos ha de causar maravilla que un rústico pastor se retire a la soledad del campo, ni nos ha de admirar que, un pobre que en la ciudad muere de hambre, se recoja a la soledad, donde no le ha de faltar el 5 sustento. Modos hay de vivir que los sustenta la ociosidad y la pereza, y no es pequeña pereza dejar yo el remedio de mis trabajos en las ajenas, aunque misericordiosas, manos. Si yo viera a un Aníbal cartaginés encerrado en una 10 ermita, como vi a un Carlos V cerrado en un monasterio, suspendiérame y admirárame; pero que se retire un plebeyo, que se recoja un pobre, ni me admira, ni me suspende. Fuera va de este cuento Renato, que le trajeron a estas 15 soledades, no la pobreza, sino la fuerza que nació de su buen discurso. Aquí tiene en la carestía abundancia, y en la soledad compañía, y, el no tener más que perder, le hace vivir más seguro. 20 A lo que añadió Periandro: --Si, como tengo pocos, tuviera muchos años, en trances y ocasiones me ha puesto mi fortuna, que tuviera por suma felicidad que la soledad me acompañara, y en la sepultura del 25 silencio se sepultara mi nombre; pero no me dejan resolver mis deseos ni mudar de vida la prisa que me da el caballo de Cratilo, en quien quedé de mi historia. Todos se alegraron oyendo esto, por ver que 30 quería Periandro volver a su tantas veces comenzado y no acabado cuento, que fue así:
p. 311 CAPITULO VEINTE del segundo libro Cuenta lo que le sucedió con el caballo tan estimado de Cratilo como famoso. --La grandeza, la ferocidad y la hermosura 5 del caballo que os he descrito, tenían tan enamorado a Cratilo, y tan deseoso de verle manso, como a mí de mostrar que deseaba servirle, pareciéndome que el cielo me presentaba ocasión para hacerme agradable a los ojos de quien 10 por señor tenía, y a poder acreditar con algo las alabanzas que la hermosa Sulpicia de mí al rey había dicho. Y así, no tan maduro como presuroso, fui donde estaba el caballo, y subí en él sin poner el pie en el estribo, pues no le 15 tenía, y arremetí con él, sin que el freno fuese parte para detenerle, y llegué a la punta de una peña que sobre la mar pendía, y, apretándole de nuevo las piernas, con tan mal grado suyo como gusto mío, le hice volar por el aire y dar 20 con entrambos en la profundidad del mar; y en la mitad del vuelo me acordé que, pues el mar estaba helado, me había de hacer pedazos con el golpe, y tuve mi muerte y la suya por cierta. Pero no fue así, porque el cielo, que para otras 25 cosas que él sabe me debe de tener guardado,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 312 hizo que las piernas y brazos del poderoso caballo resistiesen el golpe, sin recibir yo otro daño que haberme sacudido de sí el caballo y echado a rodar, resbalando, por gran espacio. Ninguno hubo en la ribera que no pensase y 5 creyese que yo quedaba muerto; pero, cuando me vieron levantar en pie, aunque tuvieron el suceso a milagro, juzgaron a locura mi atrevimiento. Duro se le hizo a Mauricio el terrible salto 10 del caballo tan sin lisión: que quisiera él, por lo menos, que se hubiera quebrado tres o cuatro piernas, porque no dejara Periandro tan a la cortesía de los que le escuchaban la creencia de tan desaforado salto; pero el crédito que 15 todos tenían de Periandro, les hizo no pasar adelante con la duda del no creerle: que, así como es pena del mentiroso que, cuando diga verdad, no se le crea, así es gloria del bien acreditado el ser creído cuando diga mentira. 20 Y como no pudieron estorbar los pensamientos de Mauricio la plática de Periandro, prosiguió la suya, diciendo: --Volví a la ribera con el caballo, volví asimismo a subir en él, y, por los mismos pasos 25 que primero, le incité a saltar segunda vez; pero no fue posible, porque, puesto en la punta de la levantada peña, hizo tanta fuerza por no arrojarse, que puso las ancas en el suelo y rompió las riendas, quedándose clavado en la tierra. 30 Cubrióse luego de un sudor de pies a cabeza, tan lleno de miedo, que le volvió de león en
LIBRO II, CAPITULO XX p. 313 cordero, y de animal indomable en generoso caballo, de manera que los muchachos se atrevieron a manosearle, y los caballerizos del rey, enjaezándole, subieron en él y le corrieron con seguridad, y él mostró su ligereza y su bondad, 5 hasta entonces jamás vista; de lo que el rey quedó contentísimo, y Sulpicia alegre, por ver que mis obras habían respondido a sus palabras. ”Tres meses estuvo en su rigor el hielo, y estos se tardaron en acabar un navío que el rey 10 tenía comenzado para correr en convenible tiempo aquellos mares, limpiándolos de corsarios, enriqueciéndose con sus robos. En este entretanto, le hice algunos servicios en la caza, donde me mostré sagaz y experimentado, y gran 15 sufridor de trabajos; porque en ningún ejercicio corresponde así al de la guerra como el de la caza, a quien es anejo el cansancio, la sed y la hambre, y aun a veces la muerte. La liberalidad de la hermosa Sulpicia se mostró conmigo 20 y con los míos extremada, y la cortesía de Cratilo le corrió parejas. Los doce pescadores que trajo consigo Sulpicia, estaban ya ricos, y los que conmigo se perdieron, estaban ganados. Acabóse el navío; mandó el rey aderezarle y 25 pertrecharle de todas las cosas necesarias largamente, y luego me hizo capitán de él, a toda mi voluntad, sin obligarme a que hiciese cosa más de aquella que fuese de mi gusto. Y después de haberle besado las manos por tan gran beneficio, 30 le dije que me diese licencia de ir a buscar a mi hermana Auristela, de quien tenía noticia que
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 314 estaba en poder del rey de Dinamarca. Cratilo me la dio para todo aquello que quisiese hacer, diciéndome que a más le tenía obligado mi buen término, hablando como rey, a quien es anejo tanto el hacer mercedes, como la afabilidad y, 5 si se puede decir, la buena crianza. Esta tuvo Sulpicia en todo extremo, acompañándola con la liberalidad, con la cual, ricos y contentos, yo y los míos nos embarcamos, sin que quedase ninguno. 10 ”La primer derrota que tomamos fue a Dinamarca, donde creí hallar a mi hermana, y lo que hallé fueron nuevas de que, de la ribera del mar, a ella y a otras doncellas las habían robado corsarios. Renováronse mis trabajos, y comenzaron 15 de nuevo mis lástimas, a quien acompañaron las de Carino y Solercio, los cuales creyeron que en la desgracia de mi hermana y en su prisión se debía de comprehender la de sus esposas. 20 --Sospecharon bien --dijo a esta sazón Arnaldo. Y prosiguiendo, Periandro dijo: --Barrimos todos los mares, rodeamos todas o las mas islas de estos contornos, preguntando 25 siempre por nuevas de mi hermana, pareciéndome a mí, con paz sea dicho de todas las hermosas del mundo, que la luz de su rostro no podía estar encubierta por ser oscuro el lugar donde estuviese, y que la suma discreción suya 30 había de ser el hilo que la sacase de cualquier laberinto. Prendimos corsarios, soltamos
LIBRO II, CAPITULO XX p. 315 prisioneros, restituimos haciendas a sus dueños, alzámonos con las mal ganadas de otros, y con esto, colmando nuestro navío de mil diferentes bienes de fortuna, quisieron los míos volver a sus redes y a sus casas y a los brazos de sus 5 hijos, imaginando Carino y Solercio ser posible hallar a sus esposas en su tierra, ya que en las ajenas no las hallaban. Antes de esto llegamos a aquella isla, que, a lo que creo, se llama Scinta, donde supimos las fiestas de Policarpo, 10 y a todos nos vino voluntad de hallarnos en ellas. No pudo llegar nuestra nave, por ser el viento contrario, y así, en traje de marineros bogadores, nos entramos en aquel barco luengo, como ya queda dicho. Allí gané los premios, 15 allí fui coronado por vencedor de todas las contiendas, y de allí tomó ocasión Sinforosa de desear saber quién yo era, como se vio por las diligencias que para ello hizo. Vuelto al navío, y resueltos los míos de dejarme, los rogué 20 que me dejasen el barco, como en premio de los trabajos que con ellos había pasado. Dejáronmele, y aun me dejaran el navío, si yo le quisiera, diciéndome que, si me dejaban solo, no era otra la ocasión sino porque les parecía ser 25 solo mi deseo, y tan imposible de alcanzarle, como lo había mostrado la experiencia en las diligencias que habíamos hecho para conseguirle. ”En resolución, con seis pescadores que quisieron seguirme, llevados del premio que les di 30 y del que les ofrecí, abrazando a mis amigos, me embarqué, y puse la proa en la isla bárbara, de
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 316 cuyos moradores sabía ya la costumbre y la falsa profecía que los tenía engañados, la cual no os refiero porque se que la sabéis. Di al través en aquella isla; fui preso, y llevado donde estaban los vivos enterrados; sacáronme otro 5 día para ser sacrificado; sucedió la tormenta del mar; desbaratáronse los leños que servían de barcas; salí al mar ancho en un pedazo de ellas, con cadenas que me rodeaban el cuello y esposas que me ataban las manos; caí en las 10 misericordiosas del príncipe Arnaldo, que está presente, por cuya orden entré en la isla para ser espía que investigase si estaba en ella mi hermana, no sabiendo que yo fuese hermano de Auristela, la cual otro día vino en traje de varón 15 a ser sacrificada. Conocíla, dolióme su dolor, previne su muerte con decir que era hembra, como ya lo había dicho Cloelia, su ama, que la acompañaba; y el modo como allí las dos vinieron, ella lo dirá cuando quisiere. Lo que en 20 la isla nos sucedió, ya lo sabéis, y con esto, y con lo que a mi hermana le queda por decir, quedaréis satisfechos de casi todo aquello que acertare a pediros el deseo en la certeza de nuestros sucesos. 25
p. 317 CAPITULO VEINTIUNO del segundo libro No sé si tenga por cierto, de manera que ose afirmar, que Mauricio y algunos de los más oyentes se holgaron de que Periandro pusiese fin 5 en su plática, porque las más veces, las que son largas, aunque sean de importancia, suelen ser desabridas. Este pensamiento pudo tener Auristela, pues no quiso acreditarle con comenzar por entonces la historia de sus acontecimientos, 10 que, puesto que habían sido pocos desde que fue robada de poder de Arnaldo hasta que Periandro la halló en la isla bárbara, no quiso añadirlos hasta mejor coyuntura; ni, aunque quisiera, tuviera lugar para hacerlo, porque se lo 15 estorbara una nave que vieron venir por alta mar, encaminada a la isla, con todas las velas tendidas, de modo que en breve rato llegó a una de las calas de la isla, y luego fue de Renato conocida, el cual dijo: 20 --Esta es, señores, la nave donde mis criados y mis amigos suelen visitarme algunas veces. Ya en esto, echa la zaloma y arrojado el esquife al agua, se llenó de gente, que salió a la ribera, donde ya estaban para recibirle Renato 25 y todos los que con él estaban. Hasta veinte serían los desembarcados, entre los cuales salió
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 318 uno de gentil presencia, que mostró ser señor de todos los demás, el cual, apenas vio a Renato, cuando con los brazos abiertos se vino a él, diciéndole: --Abrázame, hermano, en albricias de que te 5 traigo las mejores nuevas que pudieras desear. Abrazóle Renato, porque conoció ser su hermano Sinibaldo, a quien dijo: --Ningunas nuevas me pueden ser más agradables, ¡oh hermano mío!, que ver tu presencia: 10 que, puesto que en el siniestro estado en que me veo, ninguna alegría sería bien que me alegrase, el verte, pasa adelante, y tiene excepción en la común regla de mi desgracia. Sinibaldo se volvió luego a abrazar a 15 Eusebia, y le dijo: --Dadme también vos los brazos, señora, que también me debéis las albricias de las nuevas que traigo, las cuales no será bien dilatarlas, porque no se dilate más vuestra pena. Sabed, 20 señores, que vuestro enemigo es muerto de una enfermedad que, habiendo estado seis días antes que muriese sin habla, se la dio el cielo seis horas antes que despidiese el alma, en el cual espacio, con muestras de un grande arrepentimiento, 25 confesó la culpa en que había caído de haberos acusado falsamente; confesó su envidia, declaró su malicia, y, finalmente, hizo todas las demostraciones bastantes a manifestar su pecado. Puso en los secretos juicios de Dios el haber 30 salido vencedora su maldad contra la bondad vuestra, y no sólo se contentó con decirlo, sino
LIBRO II, CAPITULO XXI p. 319 que quiso que quedase por instrumento público esta verdad; la cual sabida por el rey, también por público instrumento os volvió vuestra honra, y os declaró a ti, ¡oh hermano!, por vencedor, y a Eusebia por honesta y limpia, y 5 ordenó que fueseis buscados, y que, hallados, os llevasen a su presencia, para recompensaros con su magnanimidad y grandeza las estrecheces en que os debéis de haber visto. Si éstas son nuevas dignas de que os den gusto, a vuestra 10 buena consideración lo dejo. --Son tales --dijo entonces Arnaldo--, que no ay acrecentamiento de vida que las aventaje, ni posesión de no esperadas riquezas que las lleguen; porque la honra perdida y vuelta a cobrar 15 con extremo, no tiene bien alguno la tierra que se le iguale. Gocéisle luengos años, señor Renato, y gócele en vuestra compañía la sin par Eusebia, yedra de vuestro muro, olmo de vuestra yedra, espejo de vuestro gusto, y ejemplo de 20 bondad y agradecimiento. Este mismo parabién, aunque con palabras diferentes, les dieron todos, y luego pasaron a preguntarle por nuevas de lo que en Europa pasaba y en otras partes de la tierra, de quien 25 ellos, por andar en el mar, tenían poca noticia. Sinibaldo respondió que, de lo que más se trataba, era de la calamidad en que estaba puesto por el rey de los danaos, Leopoldio, el rey antiguo de Dinamarca, y por otros allegados que 30 a Leopoldio favorecían. Contó asimismo cómo se murmuraba que, por la ausencia de Arnaldo,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 320 príncipe heredero de Dinamarca, estaba su padre tan a pique de perderse, del cual príncipe decían que, cual mariposa, se iba tras la luz de unos bellos ojos de una su prisionera, tan no conocida por linaje, que no se sabía quién 5 fuesen sus padres. Contó con esto guerras del de Transilvania, movimientos del turco, enemigo común del genero humano; dio nuevas de la gloriosa muerte de Carlos V, rey de España y emperador romano, terror de los enemigos de 10 la Iglesia y asombro de los secuaces de Mahoma; dijo asimismo otras cosas más menudas, que unas alegraron y otras suspendieron, y las unas y las otras dieron gusto a todos, si no fue al pensativo Arnaldo, que, desde el punto que 15 oyó la opresión de su padre, puso los ojos en el suelo y la mano en la mejilla, y, al cabo de un buen espacio que así estuvo, quitó los ojos de la tierra, y, poniéndolos en el cielo, exclamando en voz alta, dijo: 20 --¡Oh amor, oh honra, oh compasión paterna, y cómo me apretáis el alma! Perdóname, amor, que, no porque me aparto, te dejo; espérame, ¡oh honra!, que, no porque tenga amor, dejaré de seguirte; consuélate, ¡oh padre!, que ya vuelvo; 25 esperadme, vasallos, que el amor nunca hizo ninguno cobarde, ni lo he de ser yo en defenderos, pues soy el mejor y el más bien enamorado del mundo. Para la sin par Auristela quiero ir a ganar lo que [sé] que es mio, y para 30 poder merecer, por ser rey, lo que no merezco por ser amante: que el amante pobre, si la ventura a
LIBRO II, CAPITULO XXI p. 321 manos llenas no le favorece, casi no es posible que llegue a feliz fin su deseo. Rey la quiero pretender, rey la he de servir, amante la he de adorar; y, si con todo esto no la pudiere merecer, culparé más a mi suerte que a su 5 conocimiento. Todos los circunstantes quedaron suspensos oyendo las razones de Arnaldo; pero el que más lo quedó de todos fue Sinibaldo, a quien Mauricio había dicho cómo aquel era el príncipe de 10 Dinamarca, y aquella, mostrándole a Auristela, la prisionera que decían que le traía rendido. Puso algo más de propósito los ojos en Auristela Sinibaldo, y luego juzgó a discreción la que en Arnaldo parecía locura, porque la belleza de 15 Auristela, como otras veces se ha dicho, era tal, que cautivaba los corazones de cuantos la miraban, y hallaban en ella disculpa todos los errores que por ella se hicieran. Es, pues, el caso, que aquel mismo día se concertó que Renato 20 y Eusebia se volviesen a Francia, llevando en su navío a Arnaldo para dejarle en su reino, el cual quiso llevar consigo a Mauricio y a Transila, su hija, y a Ladislao, su yerno, y que, en el navío de la huida, prosiguiendo su 25 viaje, fuesen a España Periandro, los dos Antonios, Auristela, Ricla y la hermosa Constanza. Rutilio, viendo este repartimiento, estuvo esperando a qué parte le echarían; pero, antes que la declarasen, puesto de rodillas ante Renato, 30 le suplicó le hiciese heredero de sus alhajas, y le dejase en aquella isla, siquiera para que no
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 322 faltase en ella quien encendiese el farol que guiase a los perdidos navegantes; porque él quería acabar bien la vida, hasta entonces mala. Reforzaron todos su cristiana petición, y el buen Renato, que era tan cristiano como liberal, 5 le concedió todo cuanto pedía, diciéndole que quisiera que fueran de importancia las cosas que le dejaba, puesto que eran todas las necesarias para cultivar la tierra y pasar la vida humana; a lo que añadió Arnaldo que él le prometía, 10 si se viese pacífico en su reino, de enviarle cada un año un bajel que le socorriese. A todos hizo señales de besar los pies Rutilio, y todos le abrazaron, y los más de ellos lloraron de ver la santa resolución del nuevo ermitaño: 15 que, aunque la nuestra no se enmiende, siempre da gusto ver enmendar la ajena vida, si no es que llega a tanto la protervidad nuestra, que querríamos ser el abismo que a otros abismos llamase. 20 Dos días tardaron en disponerse y acomodarse para seguir cada uno su viaje, y, al punto de la partida, hubo corteses comedimientos, especialmente entre Arnaldo, Periandro y Auristela; y aunque entre ellos se mezclaron amorosas 25 razones, todas fueron honestas y comedidas, pues no alborotaron el pecho de Periandro. Lloró Transila; no tuvo enjutos los ojos Mauricio, ni lo estuvieron los de Ladislao; gimió Ricla, enternecióse Constanza, y su padre y su hermano 30 también se mostraron tiernos. Andaba Rutilio de unos en otros, ya vestido con los hábitos
LIBRO II, CAPITULO XXI p. 323 de ermitaño de Renato, despidiéndose de éstos y de aquéllos, mezclando sollozos y lágrimas todo a un tiempo. Finalmente, convidándoles el sosegado tiempo, y un viento que podía servir a diferentes viajes, se embarcaron, y 5 le dieron las velas, y Rutilio mil bendiciones, puesto en lo alto de las ermitas. Y aquí dio fin a este segundo libro el autor de esta peregrina historia.
p.324 INDICE Páginas _______ Introducción.................................. V Portada de la primera edición................. XLVII Tasa.......................................... XLIX Fe de erratas................................. XLlX Licencia...................................... L Aprobación.................................... LI De don Francisco de Urbina a Miguel de Cervantes, insigne y cristiano ingenio de nuestros tiempos, a quien llevaron los Terceros de san Francisco a enterrar con la cara descubierta, como a Tercero que era......... LIII Al sepulcro de Miguel de Cervantes Saavedra, ingenio cristiano, por Luis Francisco Calderón.................................... LIII A don Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos....................................... LV Prologo....................................... LVII LIBRO PRIMERO Capítulo I..................................... 1 Capítulo II.................................... 7 Capítulo III................................... 17 Capítulo IV.................................... 21 Capítulo V.--De la cuenta que dio de sí el bárbaro español a sus nuevos huéspedes....... 31
INDICE p. 325 Páginas _______ Capítulo VI.--Donde el bárbaro español prosigue su historia.................................. 41 Capítulo VII................................... 52 Capítulo VIII.--Donde Rutilio da cuenta de su vida......................................... 56 Capítulo IX.--Donde Rutilio prosigue la historia de su vida.......................... 63 Capítulo X.--De lo que contó el enamorado portugués.................................... 69 Capítulo XI.................................... 76 Capítulo XII.--Donde se cuenta de qué parte y quién eran los que venían en el navío...... 81 Capítulo XIII.--Donde Transila prosigue la historia a quien su padre dio principio...... 88 Capítulo XIV.--Donde se declara quién eran los que tan aherrojados venían............... 93 Capítulo XV.................................... 99 Capítulo XVI................................... 102 Capítulo XVII.--Da cuenta Arnaldo del suceso de Taurisa................................... 107 Capítulo XVIII.--Donde Mauricio sabe por la astrología un mal suceso que les avino en el mar....................................... 110 Capítulo XIX.--Donde se da cuenta de lo que dos soldados hicieron, y la división de Periandro y Auristela ....................... 123 Capítulo XX.--De un notable caso que sucedió en la isla nevada............................ 131 Capítulo XXI................................... 137 Capítulo XXII.--Donde el capitán da cuenta de las grandes fiestas que acostumbraba a hacer en su reino el rey Policarpo........... 140 Capítulo XXIII.--De lo que sucedió a la celosa Auristela cuando supo que su hermano Periandro era el que había ganado los premios del certamen................................. 148
INDICE p. 326 Páginas _______ LIBRO SEGUNDO Capítulo I.--Donde se cuenta cómo el navío se volcó, con todos los que dentro de él iban... 155 Capítulo II.--Donde se cuenta un extraño suceso....................................... 159 Capítulo III................................... 168 Capítulo IV.--Donde se prosigue la historia y amores de Sinforosa ......................... 175 Capítulo V.--De lo que pasó entre el rey Policarpo y su hija Sinforosa................ 181 Capítulo VI.................................... 191 Capítulo VII (primera parte)................... 197 Capítulo VII (segunda parte)................... 205 Capítulo VIII.--Da Clodio el papel a Auristela; Antonio, el bárbaro, le mata por yerro....... 213 Capítulo IX.................................... 22O Capítulo X.--Cuenta Periandro el suceso de su viaje..................................... 225 Capítulo XI.................................... 238 Capítulo XII.--Prosigue Periandro su agradable historia, y el robo de Auristela............. 244 Capítulo XIII.--Da cuenta Periandro de un notable caso que le sucedió en el mar........ 254 Capítulo XIV................................... 264 Capítulo XV.................................... 273 Capítulo XVI.--Prosigue Periandro su historia.. 280 Capítulo XVII.................................. 286 Capítulo XVIII ................................ 294 Capítulo XIX.--Cuenta Renato la ocasión que tuvo para irse a la isla de las Ermitas...... 304 Capítulo XX.--Cuenta lo que le sucedió con el caballo tan estimado de Cratilo como famoso....................................... 311 Capítulo XXI. ................................. 317


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