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OBRAS COMPLETAS
DE
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
_______
PERSILES Y SIGISMUNDA
TOMO I
Versión modernizada
Texto electrónico por
Fred F. Jehle
Copyright © 1914 Rodolfo Schevill
Copyright © 1999 Fred F. Jehle &
Purdue Research Foundation
[MAP]
OBRAS COMPLETAS
DE
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
_______
PERSILES
Y
SIGISMUNDA
TOMO I
EDICIÓN PUBLICADA POR
RODOLFO SCHEVILL Y ADOLFO BONILLA
Profesor en la Profesor en la
Universidad de Universidad de
California (Berkeley). Madrid.
MADRID
IMPRENTA DE BERNARDO RODRÍGUEZ
Calle del Barquillo, núm. 8.
M. CM. XIV.
p. IV
p. V
INTRODUCCIÓN
En el Prólogo al lector de las Novelas
ejemplares, escrito durante el verano de 1613,
menciona Cervantes por vez primera los Trabajos
de Persiles, libro que se atreve a competir con
Heliodoro, si ya por atrevido no sale con las
manos en la cabeza. Tales palabras permiten
suponer que la obra estaba bastante adelantada
en aquella fecha; y esto mismo se infiere de un
terceto del Viaje del Parnaso (cap. IV), poema
que se cita ya como terminado en el susodicho
Prólogo de las Novelas:
Yo estoy, cual decir suelen, puesto a pique
para dar a la estampa al gran Persiles,
con que mi nombre y obras multiplique.
Nuevamente promete Cervantes el gran
Persiles en la dedicatoria de las Ocho comedias
(verano de 1615) al conde de Lemos; y, por
último, en la dedicatoria al mismo conde,
fechada en 31 de octubre de 1615, de la Segunda
INTRODUCCIÓN p. VI
parte de Don Quijote, escribe: Con esto me
despido, ofreciendo a V. Ex. los Trabajos de
Persilis (sic) y Sigismunda, libro a quien daré
fin dentro de cuatro meses, Deo volente; el
cual ha de ser, o el más malo, o el mejor que
en nuestra lengua se haya compuesto, quiero
decir de los de entretenimiento; y digo que me
arrepiento de haber dicho el más malo, porque,
según la opinión de mis amigos, ha de llegar al
extremo de bondad posible. Venga V. Excelencia
con la salud que es deseado, que ya estará
Persiles para besarle las manos. Poco más de
los cuatro meses señalados tardó Cervantes en
terminar la obra, cuya patética dedicatoria
escribió en Madrid a 19 de abril de 1616, cuatro
días antes de morir. Aunque no sea fácil determinar
con exactitud cuánto quedaba por redactar
a últimos de octubre de 1615, fecha de la
dedicatoria de la Segunda parte del Quijote, es
lo probable que faltase casi todo el libro IV.
En éste decae notoriamente el estilo: hay
enojosas repeticiones, y todo acaba con desusada
precipitación, como si Cervantes, después de
haber hecho terminar en Roma la larga peregrinación
de sus principales personajes, no supiera
ya qué hacer con ellos. Obsérvese además
que el libro IV es de mucha menor extensión
que los anteriores, dejando harto que desear
la trama y los caracteres.
INTRODUCCIÓN p. VII
Nada concreto podemos afirmar respecto de
la época en que Cervantes imaginó o comenzó
a escribir su extraña novela de aventuras. En
cierto pasaje del Quijote (I, 47) ofrécenos un
curioso esbozo de novela que bien pudiera
referirse al Persiles, aunque nada cabe asegurar
con certeza respecto de esta posible relación:
Dijo --escribe-- que, con todo cuanto mal había
dicho de tales libros (de caballerías), hallaba
en ellos una cosa buena, que era el sujeto que
ofrecían para que un buen entendimiento
pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo
y espacioso campo por donde sin empacho
alguno pudiese correr la pluma, describiendo
naufragios, tormentas, reencuentros y batallas;
pintando un capitán valeroso, con todas las
partes que para ser tal se requieren... Pintando,
ora un lamentable y trágico suceso, ahora un
alegre y no pensado acontecimiento: allí una
hermosísima dama, honesta, discreta y recatada,
aquí un caballero cristiano, valiente y
comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón,
acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado;
... ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo
excelente... De todo esto hay ejemplo en
el Persiles.
Por otra parte, los datos cronológicos que en
la novela figuran son demasiado vagos. El prurito
de la verisimilitud hizo que el autor trajese
INTRODUCCIÓN p. VIII
a cuento caracteres y episodios históricos y
semihistóricos que sólo sirven para confundir
a los lectores. Al principio nos encontramos en
los primeros años del reinado de Felipe II, pues
el bárbaro Antonio (I, 32) dice haber peleado
durante su juventud en Alemania a las órdenes
de Carlos V. Pero poco después (I, 83 y 94)
tropezamos con el irlandés Mauricio, que parece
ser contemporáneo de Rosamunda Clifford,
dama de Enrique II de Inglaterra (1133-1189),
con cuya hija Leonora casó Alfonso VIII de
Castilla. Sin embargo, el mismo Mauricio declara
(I, 310) haber visto a un Carlos V cerrado
en un monasterio; y luego Sinibaldo cuenta la
gloriosa muerte del Emperador (1558) y alude
a las guerras del de Transilvania (I, 320). En
otro lugar (I, 138) habla Cervantes de unos
corsarios, y no irlandeses, ... sino de una isla
rebelada contra Inglaterra; pero como escribe
después de haber ocurrido varias conocidísimas
rebeliones irlandesas de fines del siglo XVI, ¿a
qué otra isla puede referirse, sino a Irlanda?
Más adelante (II, 69) alude al regreso a Madrid
de la Corte de Felipe III, suceso del año 1606;
pero luego (II, 78) leemos que acababan de salir
a luz las Obras de Garcilaso de la Vega, lo cual
aconteció en 1543. Hay también alusión (II, 117)
al destierro de los moriscos, acordado por el
decreto de setiembre del año 1609; y, finalmente,
INTRODUCCIÓN p. IX
el autor alaba la Jerusalén libertada, del
Tasso (II, 243), publicada en 1581, y la Invención
de la Cruz, de López de Zárate, que aún
estaba por publicar. No puede imaginarse, pues,
cronología más enrevesada.
Pero aunque de todo esto no se infiera
claramente cuándo empezó a redactarse el Persiles,
algún medio poseemos para determinarlo de un
modo aproximado. Rasgos hay en los dos
primeros libros, como luego veremos, para los
cuales tuvo en cuenta Cervantes verisímilmente
las costumbres de los indígenas de América. El
historiador a quien más recuerda es el inca
Garcilaso de la Vega, que publicó, en vida de
Cervantes, la Primera Parte de los Comentarios
Reales que tratan de el origen de los Incas, Reyes
que fueron del Perú, de su idolatría, leyes y
gobierno en paz y en guerra, etc. (Lisboa, 1609;
el colofón trae 1608) (1). Desde el primer libro
del Persiles (I, 85), Cervantes, al relatar las
odiosas costumbres de la isla de Mauricio, reproduce
fielmente la descripción del Inca (2). Esta y otras
semejanzas que en su lugar indicamos, nos hacen
pensar que Cervantes leyó con detenimiento
los Comentarios de Garcilaso, y que debió de
comenzar el Persiles después de 1608-1609, o
(l) Hay segunda edición, bastante correcta, de Madrid, 1723.
(2) Véase la nota 86-25 de este tomo.
INTRODUCCIÓN p. X
que, por lo menos, lo escribió casi todo con
posterioridad a esta fecha.
Comoquiera que sea, en 9 de setiembre
de 1616 aprobó Los trabajos de Persiles y
Sigismunda, historia septentrional, el maestro Josef
de Valdivieso, juzgando que, de cuantos libros
nos dejó escritos Cervantes, ninguno es más
ingenioso, más culto ni más entretenido. En
El Escorial, a 24 de los mismos mes y año, el
rey firmó la licencia para poder imprimir la
novela, a favor de la viuda de Cervantes, D.ª
Catalina de Salazar y Vozmediano. La impresión del
texto había terminado en 15 de diciembre, fecha
de la Fe de Erratas, a costa del librero Juan
de Villarroel, el mismo a quien Cervantes había
vendido el privilegio de impresión de las Comedias.
En 2 de abril de 1617 el impresor Juan de
la Cuesta entregó a la Hermandad de Impresores
de Madrid dos ejemplares del Persiles (1).
* * *
Persíles, y no Pérsiles (como todavía dicen
algunos) (2), es la acentuación regular. Ya en la
Crónica de los Cervantistas (3), Hartzenbusch
(1) C. Pérez Pastor, Documentos cervantinos hasta ahora
inéditos; Madrid, 1897; págs. 198 y 317.
(2) Véase el excelente libro de P. Savj-López: Cervantes
(Napoli, 1913), págs. 203 y siguientes.
(3) Año II, núm. 1, pág. 14; 28 de enero de 1873.
INTRODUCCIÓN p. XI
indicó que Persíles es la única pronunciación
autorizada: la única vez --escribe-- que el nombre
Persíles resulta acentuado por el autor (y
de una manera indudable, que es la rima), aparece
consonante de sotíles y fregoníles. En la
comedia Persiles y Sigismunda, del toledano
D. Francisco de Rojas Zorrilla, consuenan (entre
otros ejemplos que pudieran citarse) Persíles
y civíles (1).
Muy común es la idea de que Cervantes, en
esta historia septentrional, revela extensos, si
no exactos, conocimientos respecto del Norte de
Europa (2). Nada más lejos de la verdad. Los
hechos se reducen a lo siguiente: el héroe y la
heroína, naturales, respectivamente, de Thule y
de Frislanda, se nos presentan, después de una
larga serie de peregrinaciones (trabajos era
entonces el vocablo corriente), en los helados
mares del Norte. Desembarcan luego en Lisboa,
(1) Parte 30 de las Comedias famosas de varios autores;
Zaragoza, 1636; pág. 391. Véase el Catálogo de La Barrera, página
685. La primera edición conocida de la comedia de Rojas parece
ser de 1636. Consta, sin embargo, que se representaba en 1633.
Foerster (Spanische Sprachlehre; Berlin, 1880; § 71, pág. 47)
señaló también la pronunciación correcta de Persíles. Véase lo
que más adelante decimos acerca de los nombres de los
personajes.
(2) Consúltense: Fermín Caballero, Pericia geográfica de Miguel
de Cervantes, etc.; Madrid, 1840; y un artículo de C. Larsen
en La España Moderna (núm. 207, año 1906, pág. 21), antes
publicado, con el título de Cervantes' Vorstellungen vom Norden, en
el tomo V, pág. 273, de los Studien zur vergleichenden
Litteraturgeschichte (1905).
INTRODUCCIÓN p. XII
continuando a pie su viaje por tierras de
Portugal, España, Francia e Italia, hasta llegar a
Roma. En vista de que algo más de la mitad de
la obra está dedicada a las regiones septentrionales,
era de suponer que Cervantes mencionase
muchos puertos y ciudades de los que se
tenía conocimiento en España por aquella época.
Pero precisamente los dos primeros libros
aparecen envueltos en la bruma del misterio.
La idea predominante del autor es que aquellos
lejanos mares están sembrados de islas
innominadas: están todos aquellos mares casi
cubiertos de islas, todas o las más despobladas; y
las que tienen gente, es rústica y medio bárbara,
de poca urbanidad y de corazones duros e
insolentes (I, 77). Jamás se hace mención de
la brújula: los barcos en que viajan los
personajes no llevan nunca rumbo fijo, confiándose
al albedrío de la fortuna, de conformidad con
la tradición novelesca. Todo esto parecerá más
lógico cuando se vea que Cervantes buscó su
inspiración en narraciones románticas y de
fantasía, no en historias ni en mapas auténticos. Y
¿qué decir de su cosmografía septentrional? En
ella figuran: Dinamarca, una isla de lobos, otra
nevada y despoblada, Noruega, muchas islas
sin habitantes, Golandia (cuyos moradores
cabían todos en un mesón), Hibernia, Irlanda, una
isla de siete que circundan a Hibernia, Inglaterra,
INTRODUCCIÓN p. XIII
la isla de Policarpo, Scinta (no lejos de
Hibernia), Danea, la isla del Fuego, Bithuania, el
mar glacial, la isla de las Ermitas, Thule,
Frislanda, Islanda y Groenlanda. En resumen:
dejando aparte las alusiones vagas, quedan doce
nombres de lugares septentrionales, número
harto escaso, y aun estamos persuadidos de que
Cervantes ignoraba dónde se hallaban exactamente
esos lugares, algunos de los cuales no
hemos logrado identificar. Dinamarca figura
rara vez en los mapas de aquel tiempo; pero
está mencionada en el texto de ciertos cosmógrafos
(1). En cambio, Danea (Dania), que para
Cervantes es país distinto de Dinamarca (I, 319),
consta en casi todos los mapas del siglo XVII.
Golandia, según todas las ediciones de Tolomeo
(2) que hemos examinado, y según también
todos los cartógrafos del siglo XVI que
hemos podido consultar, no es otra que la isla
(1) Para Don Quijote (I, 10), Dinamarca es un reino a propósito,
como el de Sobradisa, para ser conquistado y regalado luego
al inmortal escudero Sancho. Pedro Apiano, en su Libro de la
Cosmografía (Enveres, 1548), habla (fol. 38 v.) del reino de Dania;
pero añade (fol. 49 v.) que las villas de Seelandia y Scania son
llamadas Dinamarcha. Martín Fernández de Enciso, en su Suma
de Geografía, etc. (Sevilla, 1519), escribe que Dacia, Gocia,
Suecia y Noruega pertenecen al rey «de Degnamarcha» (CII v.);
y Hieronymo Girava, en su Cosmographia y Geographia (Venetia,
1570, pág 150), cuenta que hay en el mar helado una isla,
dicha Islandia, que los antiguos llaman Thile,sotopuesta al rey
de Dania, la cual es frigidísima».
(2) «Ptolomeo... fue el mayor cosmógrafo que se sabe.» (Quijote,
II, 29.)
INTRODUCCIÓN p. XIV
Gotlandia, a pesar de su situación al Este de
Suecia. Las especies de que había en ella una
gran montaña, de que sus habitantes eran católicos,
y de que todos cabían en un mesón (I, 78),
pudieron nacer de que en ciertos mapas
septentrionales se vieran dibujadas en esa isla,
como en otras muchas, una sola montaña, una
iglesia con su cruz, y a veces sólo una casa, lo
cual solía significar que en el lugar había un
monasterio y que se hallaba poblado de cristianos.
El nombre de Hibernia se encuentra en los
mapas tantas veces como el de Irlanda, y la
creencia cervantina de que se trataba de
regiones distintas, pudo proceder de alguno de
los viejos cosmógrafos. Así, Martín Fernández
de Enciso (1) contaba este absurdo: A esta isla
(Hibernia) llaman los mareantes Irlanda, y es
yerro, porque Irlanda está al Norte y Septentrión
de ésta en setenta grados: salvo si, por semejanza
de la otra que se dice Islanda, llaman a ésta
Irlanda; porque Islanda significa estar en mar
helado; y Irlanda, do no está helado. Huelga
decir que no se encuentra ninguna Scinta (I, 143)
ni nada parecido en los mapas, como no se trate
de Schia, isla que figura al Oeste de Escocia en
algunos Tolomeos de mediados del siglo XVI.
La isla del Fuego (I, 261) puede ser reminiscencia
(1) Op cit., CIII.
INTRODUCCIÓN p. XV
de las islas de Fuego que se encuentran
rarísimas veces, pero que ya constan en el famoso
mapamundi de Cantino (1502), donde, al Sur de
Frislanda y al Nordeste de Escocia, se ven las
Ilhas de Fogo. Bituania (I, 267) debe de ser
Lituania, que está en casi todos los mapas,
aunque muchas veces ocupa lugares fantásticos. En
cierta ocasión (I, 281), el piloto, al tomar la
altura, observa que se halla bajo el Norte, en el
paraje de Noruega, en el mar Glacial; éste
figura, con el nombre de Mare congelalum, al
Noroeste de Noruega (Norvegia), o junto a
Groenlanda o Islanda, en bastantes mapas. De Thule
y de Frislanda tratamos en las Notas.
Al entrar en España, Cervantes se encuentra
en casa, y así no es maravilla que en el itinerario
de sus peregrinos figuren unos veinte lugares
conocidos, desde Lisboa hasta la frontera
francesa. Pero, al pisar nuevamente tierra
extranjera, torna la falta de precisión de la ruta.
De Francia sólo se citan: Perpignan, Lenguadoc,
Provenza, una villa, un castillo, un mesón
y el Delfinado. Después de entrar en Italia, los
peregrinos pasan por el Piamonte, el Estado
Milán, Luca y Acquapendente, antes de llegar
a Roma. Menciónase a Florencia, pero no pertenece
al itinerario. En el de Maximino (II, 282)
se citan: el estrecho Hercúleo, Tinacria,
Parténope, Nápoles y Terrachina. De la propia Roma,
INTRODUCCIÓN p. XVI
tantas veces aludida por Cervantes, hay
poquísimos detalles, como si el autor, después de
cuarenta años de ausencia, conservara únicamente
los remotos recuerdos juveniles.
En vista de todo esto, parece vano empeño
indagar fuentes precisas de la geografía cervantina.
Según el credo artístico del autor, tan esencial
para formar juicio sólido del Persiles, todo
ha de perdonarse con tal de que la historia
tenga verisimilitud: Las peregrinaciones largas
siempre traen consigo diversos acontecimientos;
y como la diversidad se compone de cosas
diferentes, es forzoso que los casos lo sean. Bien
nos lo muestra esta historia, cuyos
acontecimientos nos cortan su hilo, poniéndonos en
duda dónde será bien anudarle; porque no todas
las cosas que suceden son buenas para contadas,
y podrían pasar sin serlo y sin quedar
menoscabada la historia: acciones hay que, por
grandes, deben de callarse, y otras que, por
bajas, no deben decirse, puesto que es excelencia
de la historia que, cualquiera cosa que en
ella se escribía, puede pasar al sabor de la
verdad que trae consigo; lo que no tiene la fábula,
a quien conviene guisar sus acciones con tanta
puntualidad y gusto, y con tanta verisimilitud,
que, a despecho y pesar de la mentira, que
hace disonancia en el entendimiento, forme
una verdadera armonía. (II, 100.) Todo esto
INTRODUCCIÓN p. XVII
sería de perlas si lo entendiésemos; pero,
desgraciadamente, no tenemos ahora el mismo
concepto que Cervantes de lo que es verisímil
y puede pasar al sabor de la verdad (1).
Al dejar suelta la rienda a su imaginación, el
autor del Quijote erró el camino por única vez
en el Persiles. Según frase feliz de Alejandro
Humboldt (al hablar del fingido viaje de Niccolò
Zeno), puede decirse que en la obra de Cervantes
se encuentran de la candeur et des descriptions
détaillées d'objets dont rien en Europe
ne pouvait lui avoir donné l'idée.
* * *
Imposible sería, en un estudio preliminar,
ofrecer un resumen satisfactorio de todos los
libros que trae a la memoria la lectura del
Persiles. El análisis de la novela descubre distintos
modelos literarios para la forma exterior y para
el particular espíritu de aventuras que la anima.
Por otra parte, la debida inteligencia del asunto
y de la enorme variedad de episodios y descripciones
(1) Respecto de la verisimilitud de la fábula, véase al doctor
Alonso López Pinciano, en su Filosofía antigua poética, publicada
en 1596 (consúltese la edición Muñoz Peña; Valladolid, 1894;
epístola V): «Las ficciones que no tienen imitación y verisimilitud
no son fábulas, sino disparates, como algunas de las que
antiguamente llamaron milesias, ahora libros de caballerías, los
cuales tienen acontecimientos fuera de toda buena imitación y
semejanza a verdad.»
INTRODUCCIÓN p. XVIII
que la obra contiene, exigiría que se trajese
a cuento casi toda la literatura contemporánea.
En cuanto a la forma, Cervantes mismo
confiesa el tipo en que se inspiró: la maquinaria
novelesca, los cambios escénicos, el modo
de presentar los personajes, la total ausencia de
análisis psicológico de los caracteres, todo ello
pertenece a la novela bizantina, conocida por
Cervantes, y especialmente a Heliodoro, con
quien se atreve a competir (1).
No se ha investigado aún cuánto debe el Persiles,
si bien indirectamente, a otra novela bizantina:
Los amores de Clitofonte y Leucipe, de
Aquiles Tacio, a través de la versión castellana
de Núñez de Reinoso: Historia de los amores
de Clareo y Florisea (1552) (2). Como novelas
(1) Acerca de lo que Cervantes debe al autor de Teágenes y
Cariclea (novela de la cual se publicaron en el siglo XVI dos
versiones castellanas: una anónima [Amberes, 1554], y otra [Alcalá,
1587] por Fernando de Mena), véase a R. Schevill, Studies in
Cervantes. Part II. «Persiles y Sigismunda» (en Modern Philology,
vol. IV, núm. 4, abril 1907). En cuanto a la versión anónima
de Heliodoro, Bartolomé de Villalba y Estaña, en su Pelegrino
curioso (escrito en 1577; véase la edición de la Sociedad de
Bibilófilos Españoles, I, 54), dice:
«También la Etiópica de Heliodoro,
traducida, la muerden los alanos;
¡dichoso el que lo hizo tan secreto,
que, a nombrarse, se viera en gran aprieto!»
Las citas de Heliodoro abundan en la literatura del siglo XVII.
Véanse, por ejemplo, Lope de Vega, en De cosario a cosario
(III, 1.ª), y Francisco de Lugo y Dávila, en la Introducción de su
Teatro popular (Madrid, 1622).
(2) Consúltese a M. Menéndez y Pelayo, Orígenes de la Novela,
I, cccxliii y siguientes.
INTRODUCCIÓN p. XIX
de aventuras, en las que la fortuna rige los
sucesos, parécense en numerosas circunstancias:
el lenguaje es el mismo; los personajes,
que sufren mudanzas y trabajos, se hallan
sometidos a su triste estrella. Algunos de los
nombres son también casi idénticos: el de
Periandra pudo sugerir Periandro, y parece
algo más que una mera coincidencia el que
hallemos en Reinoso una Aurismunda, y, en
Cervantes, Auristela y Sigismunda sean la misma
persona. Igualmente hallamos en Reinoso
grandes mágicos y cosas de encantamiento;
el héroe y la heroína viajan como supuestos
hermanos; si Arnaldo pide a Periandro la
mano de Auristela, Menelao ruega a Clareo que
le dé a Florisea por esposa, respondiendo Clareo
casi en los mismos términos que Periandro;
trátase también, por último, de sueños, de cartas
amatorias, de borrascas, de islas, etc., etc.
Pero si la novela bizantina constituyó el modelo
formal de Persiles, ¿cómo es que Cervantes
escogió los mares del Norte para escenario
de sus dos primeros libros? Indirectamente nos
dice también (II, 285) la narración en que se
inspiró: el supuesto viaje de los hermanos Zeni
por los mares septentrionales, realizado hacia
el año de 1380. Cuando Cervantes moraba en
Italia, debió de hablarse aún de cierto librillo
publicado en Venecia el año 1558 por Niccolò
INTRODUCCIÓN p. XX
Zeno (el menor), dando cuenta de la región
septentrional ignorada, según documentos
familiares que el editor decía poseer (1). No cabe
asegurar que Cervantes tuviese a la vista la
primera edición; pero es más que probable que
conociera la obra, en vista de las analogías
entre su narración y la de Zeno. En la de éste, el
héroe se dirige al Norte, doue, assaltato in
quel mare da una gran fortuna, molti di ando
trasportato dalle onde e da' venti, senza sapere
doue si fosse, quando finalmente scoprendo
terra, ne potendo piu reggersi contra quella
fierissima burasca, ruppe nell' isola Frislanda,
saluandosi gli huomini e gran parte delle robbe
che erano sù la naue, etc. Al llegar a la orilla,
Niccolò Zeno y sus compañeros son atacados
por los indígenas; pero el príncipe del país,
Zichmni, los protege: in ogni modo sarebbeno
stati mal menati, se a buona uentura non faceua
che casualmente si fosse trouato iui uicino un
Prencipe con gente armata, il quale, inteso che
s'era rotta pur all' hora una gran naue nell' isola,
corse al romore ed alle grida che si faceuano
contra i nostri poueri marinai, e cacciati uia
quelli del paese, parlò in latino (2), e dimandò
che genti erano, e di doue ueniuano, e saputo
(1) Véase la nota acerca de Frislanda (II, 278-28).
(2) Cervantes escribe (II, 78): «es uso de los septentrionales ser
toda la gente principal versada en la lengua latina.»
INTRODUCCIÓN p. XXI
che ueniuano d'Italia, e che erano huomini del
medesimo paese, fu presso di grandissima
allegrezza. Onde, promettendo à ciascuno che non
riceuerebbeno alcun dispiacere, e che erano
venuti in luogo nel quale sarebbeno benissimo
trattati e meglio ueduti, li tolse tutti sopra la sua
fede. Esto recuerda el viaje de Periandro y de
los suyos al mar glacial, donde arriban al país
del rey Cratilo, que los recibe con su séquito y
los protege (I, 296 y siguientes). También se habla
en el libro de Zeno de islas despobladas: si
leuarono con una burasca si terribile, che cacciati
in certe seccagine ruppero gran parte delle
lor naui, saluandosi il rimanente in Grislanda,
isola grande, ma dishabitata. Cervantes alude
a siete islas próximas a la de Hibernia (I, 84);
Zeno, refiriéndose a lo que en los mapas sería
Shetland, al Norte de Escocia, dice que el príncipe
assaltò negli stessi canali l'altre Isole,
dette Estlanda, que sono sette. En la
descripción del monasterio de Santo Tomás, escribe
Zeno: ci concorreno in questo monistero frati
di Noruegia, di Suetia e di altri paesi, ma la
maggior parte sono delle Islande. Cervantes
afirma que hay en él religiosos de cuatro naciones:
españoles, franceses, toscanos y latinos
(II, 285), con lo cual agrava el absurdo de Zeno.
El haber molti nauigli che non possono partire
per essere il mare aggiacciato, tenía su
INTRODUCCIÓN p. XXII
representación en muchas láminas de los libros de
aquel tiempo, y pudo dar a Cervantes la idea
del mar glacial (I, 281).
Además de la influencia del viaje de los Zeni,
no es inverisímil que Cervantes, en su historia
septentrional, tuviese también en cuenta el
Viaggio del magnifico Messer Piero Quirino,
Gentilhuomo vinitiano, nel quale... incorre in
uno horribile &. spauentoso naufragio, del
quale alla fine con diuersi accidenti campato,
arriua nella Noruegia &. Suetia, Regni Settentrionali.
Fué impreso este viaje en la colección
de Ramusio, donde, a partir de la edición
de 1574, y en el mismo tomo, pudo también
leer Cervantes el novelesco relato de los Zeni.
No pocas noticias de las contenidas en la
narración de Niccolò Zeno el menor proceden de
dos libros de Olao Magno. Titúlase el primero:
Opera breve, la quale demostra e dechiara
ouero da il modo facile de intendere la charta
ouer delle terre frigidissime di Settentrione, etc.
(Venetia, 1539), obra extraordinariamente rara,
de la cual se conoce un ejemplar completo,
custodiado en la Biblioteca de Munich. Contiene
un curioso mapa de las tierras del Norte, con
texto explicativo. El segundo libro es la Historia
de gentibus septentrionalibus (Romae, 1555),
obra que, como más adelante expondremos,
influyó también de alguna manera en el Persiles.
INTRODUCCIÓN p. XXIII
Y no ha de olvidarse tampoco que existe
otro escritor español del siglo XVI que copió
bastante de Olao Magno: nos referimos a
Antonio de Torquemada, en su Jardín de flores
curiosas, en que se tratan algunas materias de
Humanidad, Filosofía, Teología y Geografía,
con otras cosas curiosas y apacibles (1),
no siendo difícil comprobar que Cervantes utilizó
también esta obra (2), por donde resulta que
algunos pormenores, idénticos en Olao Magno
y en Torquemada, aparecen igualmente en el
Persiles, sin que sea difícil determinar cuál de
los dos era el recordado por Cervantes en cada
caso (3).
Especial estudio merece lo relativo a la
influencia de Olao Magno. Probable es que
Cervantes conociese la hermosa edición veneciana
de la Historia delle genti e della natura delle
cose settentrionali da Olao Magno Gotho,
arcivescovo di Vpsala, etc., impresa el año 1565,
en folio, con magníficas láminas, que no dejaron
(1) Hay varias ediciones de este libro. La primera parece ser
de 1570. Son dignas de consultarse la de Leyda, 1573, y la de
Salamanca, 1577.
(2) Que la conocía bien, échase de ver en el capítulo VI de la
Primera parte del Quijote, donde menciona el Jardín y el
Olivante de Laura, de Torquemada, no sabiendo determinar cuál
de los dos es menos mentiroso.
Ticknor (1849) parece haber sido el primero en hacer notar la
probable influencia del Jardín de flores curiosas en el Persiles.
(3) Véase, por ejemplo, la nota de la página 297-4 de este tomo.
INTRODUCCIÓN p. XXIV
de transcender a ciertas explicaciones que
se leen en el Persiles. Vense, por ejemplo, en
esas láminas hombres con skis, patinando, caballos
que saltan sobre el hielo, terribles naufragios
dibujados con notable realismo (1), navíos
encajados entre helados bloques del mar
glacial, combates entre buques de guerra, etc.,
etcétera, episodios que se repiten todos en el
Persiles. Olao Magno trata extensamente en el
texto de las costumbres septentrionales y de los
animales y monstruos de aquellas regiones;
describe los matrimonios, el modo de elegir
reyes (en vista de sus virtudes personales), etc.,
etcétera; recuerda varias mujeres guerreras, una
de las cuales (Alvida, que se hizo corsario, y
recorría los mares en traje masculino) inspiró,
sin duda, a Cervantes el tipo de Sulpicia, hija de
Cratilo (I, 266); menciona juegos y espectáculos
públicos, y afirma que había en el Norte
hombres y mujeres que se dedicaban a la magia,
que la adivinación estaba muy en boga, y que
hechiceros y encantadores hacían maravillas,
volando por los aires. Mas ha de notarse que
Olao Magno no es un historiador verídico, y que
toma sin escrúpulo muchas noticias de los clásicos
(Estrabón, Plinio y otros), sin olvidar a los
historiadores de Indias.
(1) Véase la nota de la página 273-20 de este tomo.
INTRODUCCIÓN p. XXV
El libro de Torquemada,
que en su Jardín de flores, tan honesto,
dicen tener muy poco miramiento,
pues quebrantó el octavo mandamiento,
como escribía Villalba y Estaña, es una
miscelánea, donde se encuentra un poco de todo.
Habla largamente también de brujos y hechiceros
y de sus expediciones aéreas (en cierto
cuento del tractado tercero menciona un manto
mágico); explica los modos de caminar de la
gente del Norte; trata de sus juegos y fiestas;
alude a los ánades que se engendran de tablas
o maderos sumergidos en las orillas del mar, a
hombres convertidos en lobos, a bestias y pescados
monstruosos (como el fisiter), y a costumbres
varias de aquellas tierras.
De otras misceláneas, muy de moda en el
siglo XVI, parece haber también reminiscencias
en el Persiles; pero sólo citaremos aquí El libro
de las costumbres de todas las gentes del mundo,
de Francisco Thamara (Anvers, 1556) (1); el
De las cosas maravillosas del mundo, de Julio
Solino, traducido por Cristóbal de las Casas
(Sevilla, 1573); y la Silva de varia lección, de
Pero Mexia, de la cual obra hay bastantes
(1) Citamos siempre la edición que hemos tenido a la vista,
aunque no sea la primera.
INTRODUCCIÓN p. XXVI
recuerdos en los escritos cervantinos (1), como los
hay también de los Diálogos del mismo autor.
Ambos libros tratan con cierta extensión de
casi todos los ramos de la ciencia entonces
conocida.
Además de estas obras, que mantienen
estrecha conexión con elementos fantásticos y
seudogeográficos del Persiles, debemos mencionar un
importante grupo de autores que, de la propia
suerte que suministraron bastante materia a algunos
de los ya citados, pudieron sugerir, directa
o indirectamente, algunos pasajes del Persiles.
Trátase de los historiadores de Indias, a que
antes aludimos. Entre las imitaciones de las
costumbres descritas por estos historiadores,
figuran las siguientes: los bárbaros del Persiles se
sirven de tiendas cubiertas de pieles de animales
(I, 21); cubren también el suelo con esas pieles
(I, 22), y las utilizan, sin coserlas, para
vestirse (I, 63); algunos emplean como moneda
pedazos de oro, y perlas (I, 10); sus vasos son de
cortezas de árboles (I, 31); en cuanto a su
alimentación, no es muy exquisita la que Cervantes
les atribuye, pues, según él, por la mayor parte
beben agua y comen frutas secas (I, 22, 31), y, a
veces, pan (I, 43), pero no de trigo, o nueces,
(1) De ella tomó Cervantes, entre otras cosas, la referencia
al «que adoró el plátano» (I, 170), conseja que se cuenta del rey
Jerjes.
INTRODUCCIÓN p. XXVII
avellanas y peras silvestres (I, 44). Usan,
además, balsas de maderos, atados con bejucos y
mimbres (I, 3); sus armas son arcos, saetas y
flechas con punta de pedernal (I, 3), cuchillos
y puñales de piedra (cap. IV). Entre sus más
bárbaras costumbres figuran: los sacrificios
humanos, en los cuales se le saca el corazón a
la víctima (caps. II y IV); y el torpe trato de
las mujeres en las ceremonias matrimoniales
(I, 86) (1). Finalmente, como la generalidad de
los historiadores de Indias habla de los
antípodas, Cervantes se cree en el caso de
mencionarlos también. Claro es que en todo esto hay
muy poco rastro de las verdaderas costumbres
septentrionales del siglo XVII.
Ya hemos advertido que, entre los historiadores
de Indias, Garcilaso de la Vega el Inca parece
haber sido la fuente más accesible a Cervantes
y más cercana al Persiles, pues la primera
parte de su historia salió a luz en 1609 (2).
Entre los sucesos contenidos en este libro y que
pudieron impresionar a Cervantes, influyendo
en el Persiles, mencionaremos la peregrina
aventura de aquel Pedro Serrano que se perdió
en un naufragio, llegó nadando a cierta isla
(1) Véase la nota de la página 86 de este tomo.
(2) Garcilaso copió bastante de otros historiadores (como
Cieza de León, Gómara, Acosta, Agustín de Zárate y otros), sin
especificar nunca sus fuentes, y así es su obra un zurcido de
consejas y de relatos verídicos.
INTRODUCCIÓN p. XXVIII
despoblada, sin agua ni leña, y pasó allí tres años
(cap. VIII) (1). Trátase también en la obra de
Garcilaso de las maneras de sacrificios que
hacían los antiguos indios, los cuales vivos les
abrían por los pechos, y sacaban el corazón con
los pulmones (cap. XI) (2); de los vestidos de
pieles de animales (cap. XIII); de los casamientos
de los indios (cap. XIV); de cómo usaban
éstos de venenos y hechizos, pues también
hubo hombres y mujeres que daban ponzoña,
así para matar con ella de presto o de espacio,
como para sacar de juicio y atontar los que
querían, y para los afear en sus rostros y
cuerpos, etc. Hubo también --añade-- hechiceros
y hechiceras; y este oficio más ordinario lo
usaban las indias que los indios; muchos lo
ejercitaban..., dando y tomando respuestas de las
cosas por venir, etc. (cap. XIV). Esto recuerda
el episodio en el cual la hechicera Zenotia
encanta al joven Antonio para acabar lentamente
con su vida (I, 238 y siguientes), y asímismo
aquel otro de la judía que envenena a Auristela
(II, 261). Cuenta además Garcilaso que,
entre los diversos ingenios que tuvieron los
(1) Es de notar el parecido de esta aventura con la historia
de Robinson Crusoe.
(2) Adviértase que Garcilaso tomó de Cieza de León buena
parte de lo que dice acerca de los antropófagos, sin reparar en
que se trataba de los indios de Nueva Granada, y no de los del
Perú.
INTRODUCCIÓN p. XXIX
indios para pasar los ríos (III, cap. XVI),
hacían [de una madera delgada y liviana] balsas
grandes y chicas de cinco o de siete palos largos,
atados unos con otros, etc., lo cual trae a
la memoria las balsas de los bárbaros del Persiles
(I, 3). Recuérdese, por último, la manera
de obtener el fuego nuevo, con dos palillos
rollizos delgados..., barrenando uno con otro.
... Los indios se sirven de ellos en lugar de
eslabón y pedernal (VI, cap. XXII). Del mismo
modo, los peregrinos hacen fuego ludiendo dos
secos palos (I, 68). También habla Garcilaso de
los cuchillos y navajas de pedernal (I, capítulo
XIV).
Siendo el Persiles una novela de aventuras,
natural era que Cervantes tuviese en cuenta los
modelos que tantas veces recordó en el Quijote,
o sean los libros de caballerías, y especialmente
el Amadís de Gaula, único en su arte. Y así,
no sólo el espíritu del Amadís, sino ciertos
lances de la vida y trabajos de Amadís y de
Oriana, hallaron eco en el Persiles. Entre los
muchos ejemplos que de ello pudieran aducirse,
citaremos algunos. Oriana, hija de Lisuarte y
de Brisena, fué llevada a la corte de Languines
(I, 4), donde la reina la cuidó y educó.
Auristela, hija de Eusebia, fué enviada a Tile,
en poder de Eustoquia, para que seguramente
y sin los sobresaltos de la guerra, en su casa se
INTRODUCCIÓN p. XXX
criase (II, 279). El robo de doncellas es
episodio harto frecuente en Amadís. Así leemos en
él (I, 35): Amadís... oyó dar voces a su señora,
y tornando presto, vio a Arcaláus que ya
cabalgara, y que, tomando a Oriana por el brazo,
la pusiera ante sí, y se iba con ella cuanto
más podía. Amadís fué en pos de él sin detenencia
ninguna, y alcanzólo por aquel gran campo,
y alzando la espada por lo herir, sufrióse de le
dar gran golpe, que la espada era tal, que cuidó
que mataría a él y a su señora... Entonces dejó
Arcaláus caer en tierra a Oriana, por se ir más
ahína, que se temía de muerte, etc. Y en el
Persiles hay un episodio semejante: el del robo
de Feliz Flora (II, 143): Apenas la compasión
les había hecho apear..., cuando fueron asaltados
de seis u ocho hombres armados, que por
las espaldas les acometieron... Uno de los
armados, con descortés movimiento, asió a Feliz
Flora del brazo y la puso en el arzón delantero
de su silla... Antonio... puso una flecha en el
arco, ... y tomando por blanco el robador de
Feliz Flora, disparó tan derechamente la flecha,
que, sin tocar a Feliz Flora sino en una parte
del velo con que se cubría la cabeza, pasó al
salteador el pecho de parte a parte... Los
salteadores... volvieron las espaldas y dejaron el
campo solo. Abundan los ermitaños en los
libros caballerescos, y así Amadís adopta ese
INTRODUCCIÓN p. XXXI
género de vida, pagándose de la soledad y esquiveza
de aquel lugar, y en pensar de allí morir,
recibía algún descanso (II, 5). De la misma
suerte, Rutilio alaba la vida solitaria (I, 309),
y se queda en la isla de las Ermitas. Nótense
además, como detalles del propio género: el
abandono de reciénnacidos (Persiles, II, 22), el
acto de despeñar a alguien de lo alto de un
castillo (II, 141), y la frecuente mención de
Dinamarca (Brisena, en Amadís, es hija del rey de
Denamarca; y allí mismo se habla muchas veces
de la doncella de Denamarca, confidenta, con
Mabilia, de los amores del héroe). En el segundo
libro (I, 304) del Persiles, la extraña historia de
Renato constituye un episodio genuinamente
caballeresco.
De apreciar es igualmente un género literario
que siempre disfrutó en alto grado de la
simpatía de Cervantes: la novela pastoril.
Leyendo el Persiles, se nos antoja evidente que
su autor tornó a hojear más de una vez su primera
producción: la Galatea. El espíritu de ciertas
narraciones, la manera de intercalar determinados
episodios y personajes, hasta las frases,
son a veces idénticos. Un cuento interrumpido
se reanuda de este modo en la Galatea
(I, 77-12) (1): Tornando a repetir Theolinda
(1) Las citas se refieren siempre a nuestra edición.
INTRODUCCIÓN p. XXXII
algunas palabras de lo que antes había dicho,
prosiguió diciendo...; y en el Persiles (II, 243-2):
volvió Periandro a repetir algunas palabras
antes dichas.... Pero lo que más sorprende es la
enfadosa y reiterada discusión acerca de los
celos. Ya en la Galatea (v. gr.: I, 223-17 y
siguientes) insistió Cervantes con demasiado empeño
en la incurable pestilencia de los celos y en
la maldita dolencia de los rabiosos celos
(I, 227), que le inspiró, según confiesa, el
romance que más estimaba; mas en el Persiles
vuelve a la carga con singular tenacidad,
escribiendo frases como éstas: la dura lanza de los
celos (I, 14-32); ¡Oh poderosa fuerza de los
celos! ¡Oh enfermedad, que te pegas al alma de
tal manera, que sólo te despegas con la vida!
... no te precipites a dar lugar en tu imaginación
a esta rabiosa dolencia! (I, 148-5); la fuerza
de los celos es tan poderosa y tan sutil, que se
entra y mezcla con el cuchillo de la misma
muerte (I, 162-17); los celos se engendran,
entre los que bien se quieren, del aire que
pasa, del sol que toca, y aun de la tierra que
pisa (I, 191-21); a este mal no se iguala el de
la ausencia, ni el de los celos (I, 305-7); esta
enfermedad que los amantes llaman celos, que
la llamaran mejor desesperación rabiosa, entran
a la parte con ella la envidia y el menosprecio,
y cuando una vez se apodera del alma enamorada,
INTRODUCCIÓN p. XXXIII
no ay consideración que la sosiegue ni
remedio que la valga (II, 226-10). Pues, en
general, toda la argumentación sobre los celos no
es sino imitación, a veces muy fiel, de una
novela pastoril a la cual debe mucho Cervantes, y
cuya influencia en el autor del Quijote merece
especial estudio: la Diana de Gil Polo. En el
segundo libro (1) de esta obra se lee: [el
tormento de los celos] suele dar a veces mayor
pena que la ausencia de la cosa amada; y
añade: porque son pestilencia de las almas,
frenesía de los pensamientos, rabia que los
cuerpos debilita, etc.; estos rabiosos celos
esparcen tal veneno en los corazones, que
corrompe y gasta cuantos deleites se le llegan;
esta pestilencia de los celos no deja en el alma
parte sana donde pueda recogerse una
alegría; semejante dolencia no pretendí yo
defenderla, etc. En otros casos se echa de ver
asímismo cuánto impresionó a Cervantes la mejor
de las novelas pastoriles, la que él creyó
que debía guardarse como si fuera del mesmo
Apolo: Mas ella... hizo de su extremadísima
hermosura tan improvisa y alegre muestra...
(2), escribe Gil Polo; y Cervantes, en el
Persiles: echándose sus hermosos cabellos a
(1) Véase la edición Menéndez y Pelayo (Orígenes de la
Novela, II), págs. 356, a, y siguientes.
(2) Edición citada, pág. 339.
INTRODUCCIÓN p. XXXIV
las espaldas..., hizo de sí casi divina e improvisa
muestra (I, 227-14). En el mismo Persiles,
el nombre de Taurisa recuerda el Tauriso de la
Diana; y, finalmente, también se observan en
aquella obra reminiscencias de algún episodio
(como el cuento de Marcelio (1), de singular
estilo), para el cual Gil Polo se había inspirado
probablemente en la novela bizantina.
Hubo en la época del Renacimiento una serie
de versiones de autores clásicos que, por su
carácter y lenguaje, y por el influjo que
ejercieron, pertenecen más bien a la literatura
contemporánea que a la antigüedad griega o romana.
Figuran entre esos autores traducidos al
castellano, el ya citado Heliodoro, y, además,
Virgilio, Plinio el Mayor, Plutarco y Apuleyo.
También se aprovechó de ellos Cervantes, adornando
así con recuerdos clásicos ciertos episodios
cuya idea pudo tomar de misceláneas o ficciones
de su tiempo. Habiendo leído, por ejemplo, en
Olao Magno o en Torquemada que las gentes
septentrionales tenían sus espectáculos y juegos
públicos, utilizó la noticia, exornándola con
imitaciones de Heliodoro y, sobre todo, de Virgilio.
Las relaciones entre el Persiles y la Eneida
han sido ya estudiadas (2), y en los oportunos
(1) Edición citada, pág. 345.
(2) Consúltese a R. Schevill, Studies in Cervantes -- Persiles y
Sigismunda, III (en las Publications of Yale University; New
INTRODUCCIÓN p. XXXV
lugares de las Notas trataremos de otras
referencias a los clásicos.
Aunque Cervantes, en el Persiles, inserta, con
notables mejoras, una novela italiana de Giovanni
Giraldi, y quizá imita otra (1), no intenta
reproducir el espíritu del original. Es indudable
que la obra cervantina debe algo a la novela
italiana; pero el genio original de Cervantes le
impulsaba a novelar a su modo, siempre más
noble, más profundo y también menos grosero
que el de los novellieri. Los cuentos o novelas
cortas que Cervantes intercala en el Persiles
tienen el carácter de novelas ejemplares, y aun
a veces dan indicios de que su autor los había
escrito mucho antes, interpolándolos luego en
la narración, aunque no siempre viniesen al
caso, como acontece (I, 69) con el suceso del
enamorado portugués (2).
En cuanto a los nombres de los personajes,
también son, en su mayor parte, imitaciones de
Haven, Conn., 1908). Cervantes, cuyos conocimientos en materia
de idiomas clásicos debieron de ser muy superficiales, leyó
probablemente la Eneida en la versión de Gregorio Hernández de
Velasco.
(1) Véase la nota II, 69-3.
(2) Posible es que incluyese también en el ambiente del
Persiles el recuerdo de La isla bárbara, comedia del divino Miguel
Sánchez, donde hay asímismo naufragios, borrascas, islas
despobladas, amantes que pasan por hermanos, un padre que busca a
su hija, peregrinaciones y otros lances que se leen análogamente
en el Persiles. Véase la edición de Hugo A. Rennert, La isla
bárbara y La guarda cuidadosa (Boston, 1896).
INTRODUCCIÓN p. XXXVI
la literatura contemporánea. El de Persiles, de
cuya acentuación hemos hablado, pertenece a
un grupo de vocablos de análoga forma que
tiene su abolengo en la novela caballeresca.
Así, en Amadís se encuentran Sarquiles,
Granfiles, Gastiles, y todos estos nombres parecen
haberse formado a imitación del de Aquiles
(llamado igualmente Arquiles). El de Guiomar se
lee en el Quijote (II, 60) y en el entremés de El
juez de los divorcios. Cloelia, ama de Auristela,
recuerda el romance Cloelia, virgen romana,
del Coro Febeo de Juan de la Cueva. Mauricio,
oriundo de una isla circunvecina a la de Hibernia,
trae a la memoria los nombres irlandeses; y
el propio Cervantes debió de oír hablar de Jaime
Fitzmauricio, que fomentó una rebelión en Irlanda,
y vino luego a España en 1577 para ofrecer
a D. Juan de Austria la corona de aquel reino,
ofrecimiento que no prosperó por causa de Felipe
II (1). El nombre de Arnaldo figura en los
Diálogos de Mejía. Otros, como el de Constanza
(homónima de la hija de Andrea de Cervantes),
pudieron pertenecer al círculo de amigos o
parientes de Cervantes. El de Auristela se
encuentra después en una obra dramática de
Calderón: Auristela y Lisidante.
* * *
(1) Consúltese a Martin Hume, Españoles é ingleses en el
siglo XVI; Madrid y Londres, 1903; págs. 235 y siguientes.
INTRODUCCIÓN p. XXXVII
El interés más señalado que para nosotros
ofrece el Persiles, consiste en los numerosos
detalles autobiográficos que el curso del relato
encierra. Nunca escribió Cervantes con más
entusiasmo, con amor más fervoroso a su creación,
que en esta obra; y es natural, por lo tanto, que
en ella se descubra algo de lo más recóndito de
su larga vida, algún rincón de su alma, un
trasunto, en suma, de lo mucho que había visto y
experimentado. Por otra parte, es notorio que
él tenía por costumbre reproducir en todos sus
libros recuerdos más o menos velados de su
existencia y trabajos. Así se ha observado
atinadamente una alusión autobiográfica en
ciertos versos de la comedia El gallardo español
(III, 1), que parecen contener alguna referencia
a la partida de Cervantes a Italia en 1569 (1).
Doña Margarita, contando su historia, habla de
un duelo entre su hermano y D. Fernando de
Saavedra, duelo del cual salió herido el
primero, huyendo Saavedra a Italia.
Quedé, si mal no me acuerdo,
en una mala respuesta
que dio mi bizarro hermano
a un caballero de prendas,
(1) Véase a D.ª Blanca de los Ríos de Lampérez, Del Siglo de
Oro; Madrid, 1910 (en el artículo ¿Estudió Cervantes en
Salamanca?, publicado anteriormente en La España Moderna
de 1899).
INTRODUCCIÓN p. XXXVIII
el cual, por satisfacerse,
muy mal herido le deja.
Ausentóse, y fuése a Italia,
según después tuve nuevas.
Luego venimos en conocimiento de que en el
tal Saavedra su discreción igualaba con sus
fuerzas, y que era de insignes costumbres y
claro nombre.
Un episodio análogo a este del Gallardo español
hay en el Persiles, donde Antonio el padre,
a quien se califica de español gallardo
(I, 44-20), refiere un lance semejante al declarar
la historia de su vida y las causas de su
forzosa partida de la patria. Trátase nuevamente
de un duelo consiguiente a cierta mala
respuesta dada por Antonio (I, 33-5) a un
poderoso caballero, que sale malherido de la
contienda. Pero ambos episodios difieren, porque
en el Persiles se declara el agravio, que consistió
en la arrogancia del caballero, el cual trató
de vos a Antonio, que protesta ser hijo de sus
obras y de padres hidalgos. Tentación grande
se experimenta de relacionar los dos lances con
un conocido documento, descubierto y publicado
por Jerónimo Morán en su Vida de Cervantes
(1863), según el cual, en Madrid, a 15 de
setiembre de 1569, se dio Real provisión para
prender a un Miguel de Cervantes: Sepáis
que por los alcaldes de nuestra casa y corte se
INTRODUCCIÓN p. XXXIX
ha procedido y procedió en rebeldía contra un
Miguel de Zervantes, ausente, sobre razón de
haber dado ciertas heridas en esta corte a
Antonio de Sigura, andante en esta corte, sobre lo
cual el dicho Miguel de Zervantes por los dichos
nuestros alcaldes fué condenado a que con
vergüenza pública le fuese cortada la mano
derecha, y en destierro de nuestros reinos por
tiempo de diez años, y en otras penas contenidas en
la dicha sentencia. Cronológicamente, nada
obsta a que este delincuente fuese nuestro
Cervantes. Sábese que por octubre de 1568 debió
de escribir en Madrid, con ocasión del
fallecimiento de la reina, los versos que su maestro
López de Hoyos publicó al siguiente año; pero
no es conocida la residencia del futuro autor del
Quijote desde 1568 hasta últimos de 1569.
Cierto documento de suma importancia nos da a
entender que en esta fecha se hallaba Cervantes
en la corte romana (1). En 22 de diciembre
de 1569 se practicó en Madrid una información
sobre la limpieza de sangre de Miguel de Cervantes,
siendo de notar dos interesantes circunstancias:
en primer término, nada se dice acerca
de que Cervantes se halle al servicio de
Acquaviva, hecho que, de ser cierto, se habría
mencionado en la petición, lo cual hace suponer
(1) C. Pérez Pastor, Documentos cervantinos, II, 11.
INTRODUCCIÓN p. XL
que Cervantes no salió de España con el futuro
Cardenal; en segundo lugar, resulta evidente
que a Cervantes le convenía probar la limpieza
de su linaje, y a este efecto afirman los testigos,
entre otras cosas, que los padres del primero
son habidos por buenos hidalgos, como Antonio
declara en el Persiles (1). Ahora bien: ¿no
aparece posible que en el auténtico duelo, si tal
hubo, el contrario de Cervantes, Antonio de
Sigura, le afeara su linaje, tratándole de vos, por
lo cual quiso aquél vengar la afrenta? ¿No es
posible también que Cervantes, no habiendo
podido justificarse antes de su precipitada fuga,
desease hacerlo desde Roma, por lo cual solicitó
la información susodicha? ¿Citaría Cervantes en
el Persiles el nombre de Antonio, en recuerdo
de semejante lance? Quizá, no atreviéndose a
describir en términos más explícitos aquella
imprudencia de su mocedad, limitóse a dar al
gallardo español el nombre de su enemigo
Antonio de Sigura. De todos modos, Cervantes
(1) En el pleito de Gregorio Romano y Pero García, vecinos
de Valladolid, con Rodrigo de Cervantes (el padre de Miguel),
en 1552-3, uno de los testigos declara también, entre otros, que
«los dichos licenciado Cervantes y Rodrigo de Cervantes que
litiga, siempre los ha tenido en posesión de hombres hijos dalgo y
caballeros, porque por tales los ha visto en el dicho tiempo tratar
en la villa de Alcalá, y entre todos ser habidos e tenidos por tales
hijos dalgo y caballeros, y siempre tener caballos, y justar y jugar
cañas en la dicha villa de Alcalá y en la ciudad de Guadalajara».
(Páginas 87-88 de los Nuevos documentos cervantinos..., recogidos
y anotados por F. Rodríguez Marín; Madrid, 1914.)
INTRODUCCIÓN p. XLI
regresó a España cuando habían transcurrido
doce años desde la sentencia, y, dada la
frecuencia de semejantes duelos, no es de suponer
que nadie se acordara ya del lance. Enlácense
o no tales episodios, nosotros nos limitamos a
enunciar la posibilidad de tal relación con la
partida de Cervantes para Italia (1).
Otros incidentes de la vida de Antonio en el
Persiles nos llevan a pensar que en la pintura
de su carácter quiso Cervantes (como dice en
El gallardo español) mezclar verdades con
fabulosos intentos, recordando algunas de sus
propias aventuras. Recién llegado Antonio a la
casa paterna, donde, además de sus padres,
viven sus hermanas, óyese alboroto de gente, y
llevan allí a cierto conde mortalmente herido en
una pendencia (II, 89 y siguientes). Acomodan al
conde en un lecho, y Constanza y Auristela,
haciendo de enfermeras, no se quitaban de la
cabecera del conde. Éste hace donación de una
espléndida dote a Constanza, y se casa con ella
(1) No deja de ofrecer singular interés lo que Cervantes cuenta
acerca del caso de Antonio en el Persiles: su contrario había
muerto después de hacer las paces con el padre de Antonio y
«se había averiguado que no fué afrenta la que Antonio le hizo»
(II, 86, 87-14 y 89-4). ¿No sería también éste el caso del adversario
de Cervantes?
Algo de autobiográfico debe de tener igualmente el relato del
mozo de La gitanilla que cuenta su desgracia (el duelo y la fuga);
de otro modo, sería difícil explicar tantas alusiones a duelos y
huídas.
INTRODUCCIÓN p. XLII
antes de morir. Pues bien: harto conocido es el
desgraciado suceso de la muerte de D. Gaspar
de Ezpeleta en Valladolid: D. Gaspar, herido y
moribundo, fué llevado a casa de Cervantes, y
las mujeres de la familia de éste hicieron de
enfermeras, sobre todo Magdalena de Cervantes,
que estuvo a su cabecera regalándole hasta el
punto que murió (1). En recompensa, D. Gaspar
le regaló un vestido de seda de la que ella
quisiere, por el amor que la tiene.
No disponemos de suficiente espacio para
puntualizar todos y cada uno de los pormenores
del Persiles que pueden relacionarse con la
biografía de Cervantes. Tales son: la historia de los
cautivos fingidos, con su descripción de la ciudad
de Argel, gomia y tarasca de todas las riberas
del mar Mediterráneo (II, 101 y siguientes)
(2); y el viaje de los peregrinos por España,
Francia e Italia, que bien puede encerrar recuerdos
de las andanzas del autor. Todo lo relativo
al lugar de moriscos (II, 114 y siguientes), es
análogo a otros dramáticos sucesos harto
frecuentes por entonces en la costa de Valencia.
* * *
Fácil era sospechar que la influencia del Persiles
(1) C. Pérez Pastor, Documentos cervantinos, II, 498.
(2) Comp. C. Pérez Pastor, op. cit., I, 242.
INTRODUCCIÓN p. XLIII
como novela no había de ser nunca de gran
importancia. Sin embargo, en el teatro nacional
fué imitada por Rojas Zorrilla en Persiles y
Sigismunda, y, en el extranjero, John Fletcher, en
su grosera farsa The Customs of the Country,
utilizó dos o tres episodios del Persiles, como la
historia de Transila y la del polaco Ortel
Banedre, añadiendo de su propia cosecha lo que de
ningún modo merece recuerdo en la historia
literaria. En la esfera novelística, parece deber
algo al Persiles la obra de Suárez de Mendoza
Eustorgio y Clorilene (1629), novela donde la
inspiración falta en absoluto, y que pertenece,
como la Historia de Hipólito y Aminta (1627),
de Francisco de Quintana, a la serie de libros
cuyos autores siguieron la norma de la novela
bizantina, pero sin arte ni originalidad. A los
contemporáneos de Cervantes debió de agradarles
el Persiles, a juzgar por las diez ediciones
que siguieron a la primera en el siglo XVII,
por las dos versiones francesas de 1618, por
la traducción inglesa de 1619, por la italiana
de 1626, y por algunos juicios de los escritores
de aquel tiempo. Así, Pérez de Montalbán, en
su Para todos (séptimo día de la semana),
coloca a Persiles y Sigismunda entre los amantes
cuyos amores fueron mas celebrados, junto a
Orfeo y Eurídice, a Angélica y Medoro, y a los
Amantes de Teruel. Después las opiniones se
INTRODUCCIÓN p. XLIV
han dividido: unos, como Mayáns en su Retórica
(1), entienden que la historia fingida, si es
larga, admite más episodios; pero no deben ser
tantos, que por ellos desaparezca el asunto
principal, como sucedió a Miguel de Cervantes
Saavedra en su Persiles y Segismunda; otros,
como Luis Fernández-Guerra (2), juzgan que en
ninguna otra obra se contiene tesoro igual de
aventuras y situaciones dramáticas, de
experiencia y de filosofía, de máximas formuladas
soberanamente, acabadas locuciones, giros y
frases gallardos, ... descripciones llenas de
verdad seductora y clarísima.
En rigor, el Persiles, obra de la ancianidad de
Cervantes, es un encantador mosaico de recuerdos
de sus lecturas y de su vida; pero su abigarrado
carácter no era lo más a propósito para
asegurarle duradero éxito. Disponiendo
Cervantes de ancho campo para introducir los más
fantásticos episodios, dejóse embriagar por la
invención (como en la Galatea por la discreción
y por la poesía), y quiso maravillar a toda costa,
acumulando los más peregrinos lances. Según
hemos observado, los mismos principios estéticos
(1) Valencia, 1757; I, 348.
(2) Don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza; Madrid, 1871;
página 215.
Acerca de las opiniones nacionales y extranjeras sobre el
Persiles, véase a R. Schevill, Studies in Cervantes. I. «Persiles
y Sigismunda» (en Modern Philology de julio 1906).
INTRODUCCIÓN p. XLV
de Cervantes impedían que se aplaudiese
el arte del Persiles. Pondera él como indispensable
la verisimilitud de la historia; pero
nunca pecó más contra ella, dejándose llevar
por el ambiente romántico y hasta cierto punto
místico de su relato. Tanto los personajes, como
la tierra que pisan y las regiones que recorren,
no pertenecen a este mundo. De vez en cuando,
sin embargo, tropezamos con el verdadero Cervantes
(1), y entonces hemos de admirar su claro
lenguaje, sus nobles sentimientos, su levantado
ánimo, en todo lo cual se transparenta una vida
llena de trabajos sobrellevados pacientemente,
y henchida de ilusiones que jamás llegaron a
marchitarse. No sería esperanza --nos dice--
aquella a que pidiesen contrastar y derribar
infortunios, pues así como la luz resplandece
más en las tinieblas, así la esperanza ha de
estar más firme en los trabajos: que el desesperarse
en ellos es acción de pechos cobardes, y
no hay mayor pusilanimidad ni bajeza que
entregarse el trabajado, por más que lo sea, a la
desesperación(I, 67).
* * *
Fundamos el texto de nuestra edición en la
(1) Aludimos a los capítulos VIII (episodio de Tozuelo), X
(historia de los fingidos cautivos) y XI (suceso de los moriscos) del
tercer libro, que son de lo mejor escrito de la obra.
INTRODUCCIÓN p. XLVI
madrileña de 1617, primera y única de
importancia, reproduciendo la ortografía,
modernizando la puntuación y anotando las erratas
interesantes, según el sistema que hemos seguido
en La Galatea (1). Conservamos, como en esta
última hicimos, los acentos, casi siempre graves,
del original, omitiéndolos únicamente en los
casos que contravienen a nuestra regla de no
admitirlos sino en vocablos homónimos de más
de una silaba, para facilitar la lectura. El cotejo
con las ediciones que salieron a luz
inmediatamente después de la madrileña, como las de
Pamplona, 1617; Lisboa, 1617; y Bruselas, 1618,
revela escasas variantes, y no dignas de
mención. Las observaciones que consideramos de
interés, constan en las Notas. Desde luego
rechazamos cierta edición fechada en 1617,
contrahecha, al parecer, en el siglo XVIII, e impresa
a dos columnas en mal papel. El ejemplar de la
auténtica que hemos tomado por base, se
conserva en la Biblioteca Nacional.
Berkeley-Madrid, setiembre-octubre de 1914.
(1) Véase nuestra edición, I, xxxiii.
LOS TRABAJOS
DE PERSILES Y
SIGISMUNDA, HISTORIA
Septentrional
POR MIGUEL DE CERVANTES
Saavedra.
DIRIGIDO A DON PEDRO FERNANDEZ DE
Castro, Conde de Lemos, de Andrade, de Villalba; Marqués de
Sarria, Gentilhombre de la Cámara de su Majestad,
Presidente del Consejo supremo de Italia, Comendador de la
Encomienda de la Zarza, de la Orden
de Alcántara.
Escudo del impresor:
una mano, sobre la
cual hay un halcón,
puesto el capirote:
Año debajo, un león echado; 1617
la leyenda dice:
Post tenebras
spero lucem.
Con privilegio. En Madrid. Por Juan de la Cuesta.
________________________________________________________
A costa de Juan de Villarroel, mercader de libros en la Platería.
p. XLVIII
p. XLIX
TASA
Yo, Jerónimo Núñez de León, escribano de Cámara
del rey nuestro señor, de los que en su Consejo residen,
doy fe que, habiéndose visto por los señores del un
libro intitulado Historia de los trabajos de Persiles y 5
Sigismunda, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra,
que con licencia de los dichos señores fue impreso,
tasaron cada pliego de los del dicho libro a
cuatro maravedís, y parece tener cincuenta y ocho pliegos,
que al dicho respeto son doscientos y treinta y dos 10
maravedís, y a este precio mandaron se vendiese, y no
a más, y que esta tasa se ponga al principio de cada
libro de los que se imprimieren. Y para que de ello
conste, de mandamiento de los dichos señores del Consejo,
y de pedimiento de la parte del dicho Miguel de 15
Cervantes, doy esta fe. En Madrid, a veinte y tres de
diciembre, de mil y seiscientos y diez y seis años.
Jerónimo Núñez de León.
Tiene cincuenta y ocho pliegos, que, a cuatro
maravedís, monta seis reales y veinte y ocho maravedís. 20
FE DE ERRATAS
Este libro, intitulado Historia de los trabajos de
Persiles y Sigismunda, corresponde con su original. Dada
en Madrid, a quince días del mes de diciembre, de mil
y seiscientos y diez y seis años. 25
El licenciado Murcia de la Llan(i)a.
p. L
EL REY
Por cuanto por parte de vos, doña Catalina de
Salazar, viuda de Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue
fecha relación que el dicho Miguel de Cervantes había
dejado compuesto un libro intitulado Los trabajos de 5
Persiles, en que había puesto mucho estudio y trabajo, y
nos suplicasteis os mandásemos dar licencia para le
poder imprimir, y privilegio por veinte años, o como la
nuestra merced fuese, lo cual visto por los del nuestro
Consejo, y como por su mandado se hicieron las 10
diligencias que la premática por nos últimamente fecha
sobre la impresión de los libros dispone, fue acordado
que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos
en la dicha razón, y nos tuvímoslo por bien. Por lo cual
os damos licencia y facultad para que, por tiempo de 15
diez años primeros siguientes, que corran y se cuenten
desde el día de la fecha de ella, vos, o la persona que
vuestro poder hubiere, y no otro alguno, podáis imprimir
y vender el dicho libro, que de suso se hace mención,
por el original que en el nuestro Consejo se vio, 20
que va rubricado y firmado al fin de Jerónimo Núñez
de León, nuestro escribano de Cámara de los que en él
residen, con que, antes que se venda, lo traigáis ante
ellos, juntamente con el dicho original, para que se vea
si la dicha impresión está conforme a él, y traigáis fe 25
en pública forma en cómo por corrector por nos nombrado
se vio y corrigió la dicha impresión por su original.
Y mandamos al impresor que imprimiere el dicho
libro, no imprima el principio y primer pliego, ni
entregue más de un solo libro con el original al autor 30
o persona a cuya costa se imprimiere, y no otro alguno,
para efecto de la dicha corrección y tasa, hasta que
primero el dicho libro esté corregido y tasado por los del
nuestro Consejo; y estando así, y no de otra manera,
p. LI
pueda imprimir el dicho libro, principio y primer
pliego, en el cual seguidamente se ponga esta licencia
y privilegio, y la aprobación, tasa y erratas, so pena
de caer e incurrir en las penas contenidas en la premática
y leyes de nuestros reinos que sobre ello disponen. 5
Y mandamos que, durante el tiempo de los dichos diez
años, persona alguna, sin vuestra licencia, no le pueda
imprimir ni vender, so pena que, el que lo imprimiere,
haya perdido y pierda todos y cualesquier libros, moldes
y aparejos que del dicho libro tuviere, y más, 10
incurra en pena de cincuenta mil maravedís, la cual
dicha pena sea la tercia parte para la nuestra cámara,
y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y
la otra tercia parte para la persona que lo denunciare.
Y mandamos a los del nuestro Consejo, Presidentes y 15
Oidores de las nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles
de la nuestra casa y corte, y cancillerías, y a todos
los corregidores, asistentes, gobernadores, alcaldes
mayores y ordinarios, y otros jueces y justicias cualesquier,
de todas las ciudades, villas y lugares de los 20
nuestros reinos y señoríos, que vos guarden y cumplan
esta nuestra cédula, y contra su tenor y forma no vayan
ni pasen en manera alguna. Fecha en San Lorenzo, a
veinte y cuatro días del mes de setiembre, de mil y
seiscientos y diez y seis años. 25
YO EL REY
Por mandado del rey nuestro señor,
Pedro de Contreras.
APROBACION
Por mandado de vuesa alteza he visto el libro de Los 30
trabajos de Persiles, de Miguel de Cervantes Saavedra,
ilustre hijo de nuestra nación, y padre ilustre de
tantos buenos hijos con que dichosamente la ennobleció, y
no hallo en él cosa contra nuestra santa fe católica y
p. LII
buenas costumbres; antes, muchas de honesta y apacible
recreación, y por él se podría decir lo que San Jerónimo
de Orígenes por el comentario sobre los Cantares:
Cum in omnibus omnes, in hoc seipsum superavit
Orígenes, pues de cuantos nos dejó escritos, ninguno 5
es más ingenioso, más culto ni más entretenido; en fin,
cisne de su buena vejez, casi entre los aprietos de la
muerte, cantó este parto de su venerando ingenio. Este
es mi parecer. Salvo, &c. En Madrid, a nueve de
setiembre de mil y seiscientos y diez y seis años. 10
El Maestro Josef de Valdivieso.
p. LIII
DE DON FRANCISCO DE URBINA
a Miguel de Cervantes, insigne y cristiano
ingenio de nuestros tiempos, a quien llevaron los
Terceros de San Francisco a enterrar con la
cara descubierta, como a Tercero que era. 5
EPITAFIO
Caminante, el peregrino
Cervantes aquí se encierra:
su cuerpo cubre la tierra,
no su nombre, que es divino. 10
En fin hizo su camino;
pero su fama no es muerta,
ni sus obras, prenda cierta
de que pudo a la partida,
desde ésta a la eterna vida, 15
ir la cara descubierta.
AL SEPULCRO DE
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA,
ingenio cristiano, por Luis Francisco Calderón.
SONETO 20
En este, ¡oh caminante!, mármol breve,
urna funesta, si no excelsa pira,
cenizas de un ingenio santas mira,
que olvido y tiempo a despreciar se atreve.
p. LIV
No tantas en su orilla arenas mueve
glorioso el Tajo, cuantas hoy admira
lenguas la suya, por quien grata aspira
al lauro España que a su nombre debe.
Lucientes de sus libros gracias fueron, 5
con dulce suspensión, su estilo grave,
religiosa invención, moral decoro.
A cuyo ingenio los de España dieron
la sólida opinión que el mundo sabe,
y al cuerpo, ofrenda de perpetuo lloro. 10
p. LV
A DON
PEDRO FERNANDEZ DE CASTRO
Conde de Lemos, de Andrade, de Villalba;
Marqués de Sarria, Gentilhombre de la Cámara
de su Majestad, Presidente del Consejo supremo 5
de Italia, Comendador de la Encomienda
de la Zarza, de la Orden de Alcántara.
Aquellas coplas antiguas, que fueron en su
tiempo celebradas, que comienzan:
Puesto ya el pie en el estribo, 10
quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi
epístola, porque casi con las mismas palabras
las puedo comenzar, diciendo:
Puesto ya el pie en el estribo,
con las ansias de la muerte, 15
gran señor, ésta te escribo.
Ayer me dieron la extremaunción, y hoy escribo
ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las
esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la
[DEDICATORIA] p. LVI
vida sobre el deseo que tengo de vivir, y
quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a
vuesa excelencia: que podría ser fuese tanto
el contento de ver a vuesa excelencia bueno
en España, que me volviese a dar la vida. Pero 5
si está decretado que la haya de perder, cúmplase
la voluntad de los cielos, y, por lo menos,
sepa vuesa excelencia este mi deseo, y sepa
que tuvo en mí un tan aficionado criado de
servirle, que quiso pasar aun más allá de la muerte 10
mostrando su intención. Con todo esto, como
en profecía, me alegro de la llegada de vuesa
excelencia, regocíjome de verle señalar con el
dedo, y realégrome de que salieron verdaderas
mis esperanzas, dilatadas en la fama de las 15
bondades de vuesa excelencia. Todavía me
quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de
las Semanas del jardín y del famoso Bernardo.
Si a dicha, por buena ventura mía, que ya
no sería ventura, sino milagro, me diese el 20
cielo vida, las verá, y con ellas fin de La
Galatea, de quien sé está aficionado vuesa
excelencia; y con estas obras, continuando mi
deseo, guarde Dios a vuesa excelencia como
puede. De Madrid, a diez y nueve de abril de 25
mil y seiscientos y diez y seis años.
Criado de vuesa excelencia,
Miguel de Cervantes.
p. LVII
PROLOGO
Sucedió, pues, lector amantísimo, que,
viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar
de Esquivias, por mil causas famoso, una por
sus ilustres linajes, y otra por sus ilustrísimos 5
vinos, sentí que a mis espaldas venía picando
con gran prisa uno que, al parecer, traía
deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos
voces que no picásemos tanto. Esperámosle,
y llegó sobre una borrica un estudiante 10
pardal, porque todo venía vestido de pardo,
antiparas, zapato redondo y espada con contera,
valona bruñida y con trenzas iguales; verdad
es no traía más de dos, porque se le venía a un
lado la valona por momentos, y él traía sumo 15
trabajo y cuenta de enderezarla. Llegando a
nosotros, dijo:
--¿Vuesas mercedes van a alcanzar algún
oficio o prebenda a la corte, pues allá está Su
Ilustrísima de Toledo y Su Majestad, ni más 20
ni menos, según la prisa con que caminan,
que en verdad que a mi burra se le ha cantado
el víctor de caminante más de una vez?
PROLOGO p. LVIII
A lo cual respondió uno de mis compañeros:
--El rocín del señor Miguel de Cervantes
tiene la culpa de esto, porque es algo que
pasilargo.
Apenas hubo oído el estudiante el nombre de 5
Cervantes, cuando, apeándose de su cabalgadura,
cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo,
que con toda esta autoridad caminaba,
arremetió a mí, y, acudiendo asirme de la mano
izquierda, dijo: 10
--¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso
todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo
de las Musas!
Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio
de mis alabanzas, parecióme ser descortesía 15
no corresponder a ellas; y así, abrazándole
por el cuello, donde le eché a perder de
todo punto la valona, le dije:
--Ese es un error donde han caído muchos
aficionados ignorantes; yo, señor, soy 20
Cervantes, pero no el regocijo de las Musas, ni
ninguna de las demás baratijas que ha dicho.
Vuesa merced vuelva a cobrar su burra, y
suba, y caminemos en buena conversación lo
poco que nos falta del camino. 25
Hízolo así el comedido estudiante, tuvimos
algún tanto más las riendas, y con paso
asentado seguimos nuestro camino, en el cual se
trató de mi enfermedad, y el buen estudiante
me desahució al momento, diciendo: 30
--Esta enfermedad es de hidropesía, que no
la sanará toda el agua del mar Océano que
PROLOGO p. LIX
dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor
Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose
de comer, que con esto sanará, sin otra
medicina alguna.
--Eso me han dicho muchos --respondí yo--; 5
pero así puedo dejar de beber a todo mi
beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido.
Mi vida se va acabando, y, al paso de las efemérides
de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán
su carrera este domingo, acabaré yo la de mi 10
vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced
a conocerme, pues no me queda espacio para
mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa
merced me ha mostrado.
En esto, llegamos a la puente de Toledo, y yo 15
entré por ella, y él se apartó a entrar por la de
Segovia. Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la
fama cuidado, mis amigos gana de decirla, y yo
mayor gana de escucharla. Tornéle a abrazar,
volvióseme [a] ofrecer, picó a su burra, y 20
dejóme tan mal dispuesto como él iba caballero
en su burra, a quien había dado gran ocasión a
mi pluma para escribir donaires; pero no son
todos los tiempos unos. Tiempo vendrá, quizá,
donde, anudando este roto hilo, diga lo que 25
aquí me falta y lo que sé convenía. ¡A Dios,
gracias; a Dios, donaires; a Dios, regocijados
amigos; que yo me voy muriendo, y deseando
veros presto contentos en la otra vida!
p. 1
LIBRO
PRIMERO
DE LA HISTORIA
DE LOS TRABAJOS
DE PERSILES Y SIGISMUNDA 5
CAPITULO PRIMERO
Voces daba el bárbaro Corsicurbo a la
estrecha boca de una profunda mazmorra, antes
sepultura que prisión de muchos cuerpos vivos
que en ella estaban sepultados; y, aunque su 10
terrible y espantoso estruendo cerca y lejos se
escuchaba, de nadie eran entendidas articuladamente
las razones que pronunciaba, sino de
la miserable Cloelia, a quien sus desventuras en
aquella profundidad tenían encerrada. 15
--Haz, ¡oh Cloelia! --decía el bárbaro--, que,
así como está, ligadas las manos atrás, salga
acá arriba, atado a esa cuerda que descuelgo,
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 2
aquel mancebo que habrá dos días que te entregamos;
y mira bien si, entre las mujeres de la
pasada presa, hay alguna que merezca nuestra
compañía, y gozar de la luz del claro cielo que
nos cubre y del aire saludable que nos rodea. 5
Descolgó en esto una gruesa cuerda de cáñamo,
y, de allí a poco espacio, él y otros cuatro
bárbaros tiraron hacia arriba, en la cual cuerda,
ligado por debajo de los brazos, sacaron asido
fuertemente a un mancebo, al parecer de hasta 10
diez y nueve o veinte años, vestido de lienzo
basto, como marinero, pero hermoso sobre todo
encarecimiento. Lo primero que hicieron los
bárbaros, fue requerir las esposas y cordeles con
que a las espaldas traía ligadas las manos; 15
luego le sacudieron los cabellos, que, como
infinitos anillos de puro oro, la cabeza le cubrían;
limpiáronle el rostro, que cubierto de polvo
tenía, y descubrió una tan maravillosa hermosura,
que suspendió y enterneció los pechos de aquellos 20
que para ser sus verdugos le llevaban. No
mostraba el gallardo mozo en su semblante
género de aflicción alguna; antes, con ojos, al
parecer, alegres, alzó el rostro y miró al cielo
por todas partes, y, con voz clara y no turbada 25
lengua, dijo:
--Gracias os hago, ¡oh inmensos y piadosos
cielos!, de que me habéis traído a morir adonde
vuestra luz vea mi muerte, y no adonde estos
oscuros calabozos, de donde ahora salgo, de 30
sombras caliginosas la cubran; bien querría yo
no morir desesperado, a lo menos, porque soy
LIBRO I, CAPITULO I p. 3
cristiano; pero mis desdichas son tales, que
me llaman y casi fuerzan a desearlo.
Ninguna de estas razones fue entendida de los
bárbaros, por ser dichas en diferente lenguaje
que el suyo; y así, cerrando primero la boca de 5
la mazmorra con una gran piedra, y cogiendo
al mancebo sin desatarle, entre los cuatro
llegaron con él a la marina, donde tenían una
balsa de maderos, y atados unos con otros con
fuertes bejucos y flexibles mimbres. Este artificio 10
les servía, como luego pareció, de bajel, en
que pasaban a otra isla que no dos millas o
tres de allí se parecía. Saltaron luego en los
maderos, y pusieron en medio de ellos, sentado,
al prisionero, y luego uno de los bárbaros asió 15
de un grandísimo arco que en la balsa estaba,
y, poniendo en el una desmesurada flecha, cuya
punta era de pedernal, con mucha presteza le
flechó, y, encarando al mancebo, le señaló por
su blanco, dando señales y muestras de que ya 20
le quería pasar el pecho. Los bárbaros que
quedaban, asieron de tres palos gruesos,
cortados a manera de remos, y el uno se puso a
ser timonero, y los dos a encaminar la balsa a
la otra isla. El hermoso mozo, que por instantes 25
esperaba y temía el golpe de la flecha amenazadora,
encogía los hombros, apretaba los labios,
enarcaba las cejas, y, con silencio profundo,
dentro en su corazón pedía al cielo, no que le
librase de aquel tan cercano como cruel 30
peligro, sino que le diese ánimo para sufrirlo;
viendo lo cual el bárbaro flechero, y sabiendo
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 4
que no había de ser aquél el género de muerte
con que le habían de quitar la vida, hallando la
belleza del mozo piedad en la dureza de su
corazón, no quiso darle dilatada muerte, teniéndole
siempre encarada la flecha al pecho; y así, 5
arrojó de sí el arco, y, llegándose a él, por señas,
como mejor pudo, le dio a entender que no
quería matarle.
En esto estaban, cuando los maderos llegaron
a la mitad del estrecho que las dos islas 10
formaban, en el cual de improviso se levantó
una borrasca que, sin poder remediarlo los
inexpertos marineros, los leños de la balsa se
desligaron y dividieron en partes, quedando
en la una, que sería de hasta seis maderos 15
compuesta, el mancebo, que de otra muerte que
de ser anegado tan poco había que estaba temeroso.
Levantaron remolinos las aguas; pelearon
entre sí los contrapuestos vientos; anegáronse
los bárbaros; salieron los leños del atado 20
prisionero al mar abierto; pasábanle las olas por
cima, no solamente impidiéndole ver el cielo,
pero negándole el poder pedirle tuviese
compasión de su desventura. Y sí tuvo, pues las
continuas y furiosas ondas, que a cada punto 25
le cubrían, no le arrancaron de los leños y se le
llevaron consigo a su abismo: que, como llevaba
atadas las manos a las espaldas, ni podía
asirse, ni usar de otro remedio alguno. De esta
manera que se ha dicho salió a lo raso del mar, 30
que se mostró algún tanto sosegado y tranquilo
al volver una punta de la isla, adonde los leños
LIBRO I, CAPITULO I p. 5
milagrosamente se encaminaron y del furioso
mar se defendieron. Sentóse el fatigado joven,
y, tendiendo la vista a todas partes, casi junto a
él descubrió un navío que en aquel reposo
del alterado mar, como en seguro puerto, se 5
reparaba; descubrieron asimismo los del navío
los maderos y el bulto que sobre ellos venía, y
por certificarse qué podía ser aquello, echaron el
esquife al agua, y llegaron a verlo, y hallando
allí al tan desfigurado como hermoso mancebo, 10
con diligencia y lástima le pasaron a su navío,
dando con el nuevo hallazgo admiración a
cuantos en él estaban. Subió el mozo en brazos
ajenos, y, no pudiendo tenerse en sus pies de
puro flaco, porque había tres días que no había 15
comido, y de puro molido y maltratado de las olas,
dio consigo un gran golpe sobre la cubierta del
navío, el capitán del cual, con ánimo generoso
y compasión natural, mandó que le socorriesen.
Acudieron luego unos a quitarle las ataduras, 20
otros a traer conservas y odoríferos vinos,
con cuyos remedios volvió en sí, como de muerte
a vida, el desmayado mozo, el cual, poniendo
los ojos en el capitán, cuya gentileza y rico
traje le llevó tras sí la vista, y aun la lengua, 25
(y) le dijo:
--Los piadosos cielos te paguen, piadoso
señor, el bien que me has hecho, que mal se
pueden llevar las tristezas del ánimo, si no se
esfuerzan los descaecimientos del cuerpo. Mis 30
desdichas me tienen de manera, que no te puedo
hacer ninguna recompensa de este beneficio, si no
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 6
es con el agradecimiento; y, si se sufre que un
pobre afligido pueda decir de sí mismo alguna
alabanza, yo sé que en ser agradecido ninguno
en el mundo me podrá llevar alguna ventaja.
Y en esto probó a levantarse, para ir a besarle 5
los pies; mas la flaqueza no se lo permitió,
porque tres veces lo probó, y otras tantas volvió
a dar consigo en el suelo; viendo lo cual, el
capitán mandó que le llevasen debajo de cubierta
y le echasen en dos traspontines, y que, 10
quitándole los mojados vestidos, le vistiesen
otros enjutos y limpios, y le hiciesen descansar
y dormir. Hízose lo que el capitán mandó;
obedeció, callando, el mozo, y en el capitán creció
la admiración de nuevo, viéndolo levantar en 15
pie, con la gallarda disposición que tenía, y
luego le comenzó a fatigar el deseo de saber
de él, lo más presto que pudiese, quién era, cómo
se llamaba, y de qué causas había nacido el efecto
que en tanta estrechez le había puesto; pero, 20
excediendo su cortesía a su deseo, quiso que
primero se acudiese a su debilidad, que cumplir
la voluntad suya.
p. 7
CAPITULO SEGUNDO
del libro primero
Reposando dejaron los ministros de la nave
al mancebo, en cumplimiento de lo que su
señor les había mandado; pero como le acosaban 5
varios y tristes pensamientos, no podía el
sueño tomar posesión de sus sentidos, ni menos
lo consintieron unos congojosos suspiros y unas
angustiadas lamentaciones que a sus oídos llegaron,
a su parecer, salidos de entre unas tablas 10
de otro apartamiento que junto al suyo estaba;
y poniéndose con grande atención a escucharlas,
oyó que decían:
--En triste y menguado signo mis padres me
engendraron, y en no benigna estrella mi madre 15
me arrojó a la luz del mundo; y bien digo
arrojó, porque nacimiento como el mío, antes se
puede decir arrojar que nacer. Libre pensé yo
que gozara de la luz del sol en esta vida; pero
engañóme mi pensamiento, pues me veo a pique 20
de ser vendida por esclava: desventura a
quien ninguna puede compararse.
--¡Oh tú, quienquiera que seas! --dijo a esta
sazón el mancebo--. Si es, como decirse suele,
que las desgracias y trabajos, cuando se comunican, 25
suelen aliviarse, llégate aquí, y, por entre
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 8
los espacios descubiertos de estas tablas, cuéntame
los tuyos: que si en mí no hallares alivio,
hallarás quien de ellos se compadezca.
--Escucha, pues --le fue respondido--, que,
en las más breves razones, te contaré las 5
sinrazones que la fortuna me ha hecho. Pero querría
saber primero a quién las cuento. Dime si eres,
por ventura, un mancebo que poco ha hallaron
medio muerto en unos maderos que dicen sirven
de barcos a unos bárbaros que están en esta 10
isla donde habemos dado fondo, reparándonos
de la borrasca que se ha levantado.
--El mismo soy --respondió el mancebo.
--Pues, ¿quién eres? --preguntó la persona
que hablaba. 15
--Dijératelo, si no quisiera que primero me
obligaras con contarme tu vida, que, por las
palabras que poco ha que te oí decir, imagino que
no debe de ser tan buena como quisieras.
A lo que le respondieron: 20
--Escucha, que en cifra te diré mis males. El
capitán y señor de este navío se llama Arnaldo;
es hijo heredero del rey de Dinamarca, a cuyo
poder vino por diferentes y extraños acontecimientos
una principal doncella, a quien yo tuve 25
por señora, a mi parecer, de tanta hermosura,
que, entre las que hoy viven en el mundo, y entre
aquellas que puede pintar en la imaginación
el más agudo entendimiento, puede llevar la
ventaja; su discreción iguala a su belleza, y sus 30
desdichas a su discreción y a su hermosura: su
nombre es Auristela; sus padres, de linaje de
LIBRO I, CAPITULO II p. 9
reyes y de riquísimo estado. Esta, pues, a
quien todas estas alabanzas vienen cortas, se
vio vendida, y comprada de Arnaldo, y con
tanto ahínco y con tantas veras la amó y la
ama, que mil veces de esclava la quiso hacer su 5
señora, admitiéndola por su legítima esposa, y
esto con voluntad del rey, padre de Arnaldo,
que juzgó que las raras virtudes y gentileza de
Auristela mucho más que ser reina merecían;
pero ella se defendía, diciendo no ser posible 10
romper un voto que tenía hecho de guardar
virginidad toda su vida, y que no pensaba quebrarle
en ninguna manera, si bien la solicitasen
promesas o la amenazasen muertes. Pero no
por esto ha dejado Arnaldo de entretener sus 15
esperanzas con dudosas imaginaciones,
arrimándolas a la variación de los tiempos y a la
mudable condición de las mujeres, hasta que
sucedió que, andando mi señora Auristela por
la ribera del mar solazándose, no como esclava, 20
sino como reina, llegaron unos bajeles de
corsarios, y la robaron y llevaron no se sabe
adónde. El príncipe Arnaldo, imaginando que
estos corsarios eran los mismos que la primera
vez se la vendieron, --los cuales corsarios andan 25
por todos estos mares, ínsulas y riberas robando
o comprando las más hermosas doncellas que
hallan, para traerlas por granjería a vender a
esta ínsula donde dicen que estamos, la cual es
habitada de unos bárbaros, gente indómita y 30
cruel, los cuales tienen entre sí por cosa
inviolable y cierta, persuadidos, o ya del demonio, o
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 10
ya de un antiguo hechicero a quien ellos tienen
por sapientísimo varón, que de entre ellos ha
de salir un rey que conquiste y gane gran parte
del mundo; este rey que esperan no saben quién
ha de ser, y, para saberlo, aquel hechicero les dio 5
esta orden: Que sacrificasen todos los hombres
que a su ínsula llegasen, de cuyos corazones,
digo, de cada uno de por sí, hiciesen polvos, y
los diesen a beber a los bárbaros más principales
de la ínsula, con expresa orden que, el que 10
los pasase sin torcer el rostro ni dar muestras
de que le sabía mal, le alzasen por su rey; pero
no ha de ser éste el que conquiste el mundo,
sino un hijo suyo. También les mandó que
tuviesen en la isla todas las doncellas que 15
pudiesen o comprar o robar, y que la más hermosa
de ellas se la entregasen luego al bárbaro cuya
sucesión valerosa prometía la bebida de los
polvos. Estas doncellas compradas o robadas
son bien tratadas de ellos, que sólo en esto 20
muestran no ser bárbaros, y las que compran
son a subidísimos precios, que los pagan en
pedazos de oro sin cuño y en preciosísimas perlas,
de que los mares de las riberas de estas islas
abundan; y a esta causa, llevados de este interés 25
y ganancia, muchos se han hecho corsarios y
mercaderes.-- Arnaldo, pues, que, como te he
dicho, ha imaginado que en esta isla podría ser
que estuviese Auristela, mitad de su alma, sin
la cual no puede vivir, ha ordenado, para 30
certificarse de esta duda, de venderme a mí a los
bárbaros, porque, quedando yo entre ellos, sirva
LIBRO I, CAPITULO II p. 11
de espía de saber lo que desea, y no espera
otra cosa sino que el mar se amanse, para hacer
escala y concluir su venta. Mira, pues, si
con razón me quejo, pues la ventura que me
aguarda es venir a vivir entre bárbaros, que de 5
mi hermosura no me puedo prometer venir a ser
reina, especialmente si la corta suerte hubiese
traído a esta tierra a mi señora la sin par
Auristela. De esta causa nacieron los suspiros que me
has oído, y de estos temores las quejas que me 10
atormentan.
Calló en diciendo esto, y al mancebo se le
atravesó un ñudo en la garganta, pegó la boca
con las tablas, que humedeció con copiosas
lágrimas, y, al cabo de un pequeño espacio, le 15
preguntó si, por ventura, tenía algunos barruntos
de que Arnaldo hubiese gozado de Auristela, o
ya de que Auristela, por estar en otra parte
prendada, desdeñase a Arnaldo y no admitiese tan
gran dádiva como la de un reino, porque a él 20
le parecía que tal vez las leyes del gusto
humano tienen más fuerza que las de la religión.
Respondióle que, aunque ella imaginaba que el
tiempo había podido dar a Auristela ocasión de
querer bien a un tal Periandro, que la había 25
sacado de su patria, caballero generoso, dotado
de todas las partes que le podían hacer amable
de todos aquellos que le conociesen, nunca se
le había oído nombrar en las continuas quejas
que de sus desgracias daba al cielo, ni en otro 30
modo alguno. Preguntóle si conocía ella a aquel
Periandro que decía. Díjole que no, sino que
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 12
por relación sabía ser el que llevó a su señora,
a cuyo servicio ella había venido después que
Periandro, por un extraño acontecimiento, la
había dejado. En esto estaban, cuando de arriba
llamaron a Taurisa, que éste era el nombre de 5
la que sus desgracias había contado, la cual,
oyéndose llamar, dijo:
--Sin duda alguna, el mar está manso y la
borrasca quieta, pues me llaman para hacer de mí
la desdichada entrega. A Dios te queda, quienquiera 10
que seas, y los cielos te libren de ser entregado
para que los polvos de tu abrasado corazón
testifiquen esta vanidad e impertinente
profecía: que también estos insolentes moradores
de esta ínsula buscan corazones que abrasar, 15
como doncellas que guardar para lo que
procuran.
Apartáronse; subió Taurisa a la cubierta; quedó
el mancebo pensativo, y pidió que le diesen
de vestir, que quería levantarse. Trajéronle un 20
vestido de damasco verde, cortado al modo del
que él había traído de lienzo; subió arriba,
recibióle Arnaldo con agradable semblante, sentóle
junto a sí, vistieron a Taurisa rica y
gallardamente, al modo que suelen vestirse las ninfas 25
de las aguas o las hamadríades de los montes.
En tanto que esto se hacía, con admiración del
mozo, Arnaldo le contó todos sus amores y sus
intentos, y aun le pidió consejo de lo que haría,
y le preguntó si los medios que ponía para saber 30
de Auristela iban bien encaminados. El mozo,
que, del razonamiento que había tenido con
LIBRO I, CAPITULO II p. 13
Taurisa, y de lo que Arnaldo le contaba, tenía el
alma llena de mil imaginaciones y sospechas,
discurriendo con velocísimo curso del entendimiento
lo que podía suceder si acaso Auristela
entre aquellos bárbaros se hallase, le respondió: 5
--Señor, yo no tengo edad para saberte
aconsejar; pero tengo voluntad, que me mueve a
servirte, que la vida que me has dado, con el
recibimiento y mercedes que me has hecho, me
obligan a emplearla en tu servicio. Mi nombre 10
es Periandro, de nobilísimos padres nacido, y
al par de mi nobleza corre mi desventura y mis
desgracias, las cuales, por ser tantas, no
conceden ahora lugar para contártelas. Esa
Auristela que buscas, es una hermana mía que 15
también yo ando buscando, que, por varios
acontecimientos, ha un año que nos perdimos. Por el
nombre y por la hermosura que me encareces,
conozco, sin duda, que es mi perdida hermana,
que daría por hallarla, no sólo la vida que 20
poseo, sino el contento que espero recibir de
haberla hallado, que es lo más que puedo
encarecer; y así, como tan interesado en este
hallazgo, voy escogiendo, [entre] otros muchos
medios que en la imaginación fabrico, éste, que, 25
aunque venga a ser con más peligro de mi vida,
será más cierto y más breve: tú, señor Arnaldo,
¿estás determinado de vender esta doncella a
estos bárbaros, para que, estando en su poder,
vea si está en el suyo Auristela, de que te 30
podrás informar volviendo otra vez a vender otra
doncella a los mismos bárbaros, y a Taurisa no
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 14
le faltará modo, o dará señales si está o no
Auristela con las demás que para el efecto que
se sabe los bárbaros guardan y con tanta
solicitud compran?
--Así es la verdad --dijo Arnaldo--; y he 5
escogido antes a Taurisa que a otra, de cuatro
que van en el navío para el mismo efecto, porque
Taurisa la conoce, que ha sido su doncella.
--Todo eso está muy bien pensado --dijo
Periandro--; pero yo soy de parecer que 10
ninguna persona hará esa diligencia tan bien
como yo, pues mi edad, mi rostro, el interés que
se me sigue, juntamente con el conocimiento
que tengo de Auristela, me está incitando a
aconsejarme que tome sobre mis hombros esta 15
empresa. Mira, señor, si vienes en este parecer,
y no lo dilates, que, en los casos arduos y
dificultosos, en un mismo punto han de andar el
consejo y la obra.
Cuadráronle a Arnaldo las razones de Periandro, 20
y, sin reparar en algunos inconvenientes
que se le ofrecían, las puso en obra, y, de
muchos y ricos vestidos de que venía proveído,
por si hallaba a Auristela, vistió a Periandro,
que quedó, al parecer, la más gallarda y hermosa 25
mujer que hasta entonces los ojos humanos
habían visto; pues, si no era la hermosura de
Auristela, ninguna otra podía igualársele. Los
del navío quedaron admirados; Taurisa, atónita;
el príncipe, confuso; el cual, a no pensar que 30
era hermano de Auristela, el considerar que era
varón, le traspasara el alma con la dura lanza
LIBRO I, CAPITULO II p. 15
de los celos, cuya punta se atreve a entrar por
las del más agudo diamante: quiero decir que
los celos rompen toda seguridad y recato, aunque
de él se armen los pechos enamorados. Finalmente,
hecho el metamorfosis de Periandro, se 5
hicieron un poco a la mar, para que de todo en
todo de los bárbaros fuesen descubiertos.
La prisa con que Arnaldo quiso saber de
Auristela, no consintió en que preguntase
primero a Periandro quién eran él y su hermana, y 10
por qué trances habían venido al miserable en
que le había hallado: que todo esto, según buen
discurso, había de preceder a la confianza que de él
hacía; pero como es propia condición de los
amantes ocupar los pensamientos, antes en buscar 15
los medios de alcanzar el fin de su deseo,
que en otras curiosidades, no le dio lugar a que
preguntase lo que fuera bien que supiera, y lo
que supo después, cuando no le estuvo bien el
saberlo. Alongados, pues, un tanto de la isla, 20
como se ha dicho, adornaron la nave con flámulas
y gallardetes, que ellos azotando el aire,
y ellas besando las aguas, hermosísima vista
hacían; el mar tranquilo, el cielo claro, el son de
las chirimías y de otros instrumentos, tan 25
bélicos como alegres, suspendían los ánimos; y los
bárbaros, que de no muy lejos lo miraban,
quedaron más suspensos, y en un momento coronaron
la ribera, armados de arcos y saetas de la
grandeza que otra vez se ha dicho. Poco menos 30
de una milla llegaba la nave a la isla, cuando,
disparando toda la artillería, que traía mucha y
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 16
gruesa, arrojó el esquife al agua, y entrando
en él Arnaldo, Taurisa y Periandro, y otros seis
marineros, pusieron en una lanza un lienzo
blanco, señal de que venían de paz, como es
costumbre casi en todas las naciones de la 5
tierra; y lo que en ésta les sucedió, se cuenta en
el capítulo que se sigue.
p. 17
CAPITULO TERCERO
del primer libro
Como se iba acercando el barco a la ribera,
se iban apiñando los bárbaros, cada uno deseoso
de saber, primero que viese, lo que en él 5
venía; y, en señal que lo recibirían de paz, y
no de guerra, sacaron muchos lienzos y los
campearon por el aire, tiraron infinitas flechas al
viento, y, con increíble ligereza, saltaban
algunos de unas partes en otras. No pudo llegar el 10
barco a bordas con la tierra, por ser la mar baja,
que en aquellas partes crece y mengua como
en las nuestras; pero los bárbaros, hasta cantidad
de veinte, se entraron a pie por la mojada
arena, y llegaron a él casi a tocarse con las 15
manos. Traían sobre los hombros a una mujer
bárbara, pero de mucha hermosura, la cual,
antes que otro alguno hablase, dijo en lengua
polaca:
--A vosotros, quienquiera que seáis, pide 20
nuestro príncipe, o, por mejor decir, nuestro
gobernador, que le digáis quién sois, a qué
venís y qué es lo que buscáis. Si, por ventura,
traéis alguna doncella que vender, se os será
muy bien pagada; pero si son otras mercancías, 25
las vuestras no las hemos menester, porque en
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 18
esta nuestra isla, merced al cielo, tenemos todo
lo necesario para la vida humana, sin tener
necesidad de salir a otra parte a buscarlo.
Entendióla muy bien Arnaldo, y preguntóle
si era bárbara de nación, o si acaso era de las 5
compradas en aquella isla, a lo que le
respondió:
--Respóndeme tú a lo que he preguntado,
que estos mis amos no gustan que en otras
pláticas me dilate sino en aquellas que hacen al 10
caso para su negocio.
Oyendo lo cual, Arnaldo respondió:
--Nosotros somos naturales del reino de
Dinamarca, usamos el oficio de mercaderes y de
corsarios, trocamos lo que podemos, vendemos 15
lo que nos compran, y despachamos lo que
hurtamos; y, entre otras presas que a nuestras
manos han venido, ha sido la de esta doncella --y
señaló a Periandro--, la cual, por ser una de las
más hermosas, o, por mejor decir, la más 20
hermosa del mundo, os la traemos a vender, que
ya sabemos el efecto para que las compran en
esta isla; y si es que ha de salir verdadero el
vaticinio que vuestros sabios han dicho, bien
podéis esperar, de esta sin igual belleza y 25
disposición gallarda, que os dará hijos hermosos y
valientes.
Oyendo esto algunos de los bárbaros,
preguntaron a la bárbara les dijese lo que decía;
díjolo ella, y al momento se partieron cuatro 30
de ellos, y fueron, a lo que pareció, a dar aviso a
su gobernador. En este espacio que volvían,
LIBRO I, CAPITULO III p. 19
preguntó Arnaldo a la bárbara si tenían algunas
mujeres compradas en la isla, y si había alguna
entre ellas de belleza tanta, que pudiese
igualar a la que ellos traían para vender.
--No --dijo la bárbara--; porque, aunque hay 5
muchas, ninguna de ellas se me iguala, porque,
en efecto, yo soy una de las desdichadas para ser
reina de estos bárbaros, que sería la mayor
desventura que me pudiese venir.
Volvieron los que habían ido a la tierra, y con 10
ellos otros muchos y su príncipe, que lo mostró
ser en el rico adorno que traía. Habíase echado
sobre el rostro un delgado y trasparente velo
Periandro, por dar de improviso, como rayo, con
la luz de sus ojos en los de aquellos bárbaros, 15
que con grandísima atención le estaban mirando.
Habló el gobernador con la bárbara, de que
resultó que ella dijo a Arnaldo que su príncipe
decía que mandase alzar el velo a su doncella.
Hízose así: levantóse en pie Periandro, descubrió 20
el rostro, alzó los ojos al cielo, mostró
dolerse de su ventura, extendió los rayos de sus
dos soles a una y otra parte, que, encontrándose
con los del bárbaro capitán, dieron con él en
tierra; a lo menos, así lo dio a entender el 25
hincarse de rodillas, como se hincó, adorando a su
modo en la hermosa imagen, que pensaba ser
mujer; y, hablando con la bárbara, en pocas
razones concertó la venta, y dio por ella todo
lo que quiso pedir Arnaldo, sin replicar palabra 30
alguna. Partieron todos los bárbaros a la isla;
en un instante volvieron con infinitos pedazos
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 20
de oro y con luengas sartas de finísimas
perlas, que sin cuenta y a montón confuso se las
entregaron a Arnaldo, el cual, luego, tomando
de la mano a Periandro, le entregó al bárbaro, y
dijo a la intérprete dijese a su dueño que 5
dentro de pocos días volvería a venderle otra
doncella, si no tan hermosa, a lo menos, tal que
pudiese merecer ser comprada. Abrazó Periandro
a todos los que en el barco venían, casi preñados
los ojos de lágrimas, que no le nacían de corazón 10
afeminado, sino de la consideración de los
rigurosos trances que por él habían pasado; hizo
señal Arnaldo a la nave que disparase la
artillería, y el bárbaro a los suyos que tocasen sus
instrumentos, y en un instante atronó el cielo la 15
artillería y la música de los bárbaros, [y] llenaron
los aires de confusos y diferentes sones. Con
este aplauso, llevado en hombros de los bárbaros,
puso los pies en tierra Periandro, llegó a su
nave Arnaldo y los que con él venían, quedando 20
concertado entre Periandro y Arnaldo que,
si el viento no le forzase, procuraría no
desviarse de la isla sino lo que bastase para no
ser de ella descubierto, y volver a ella a vender,
si fuese necesario, a Taurisa, que, con la seña 25
que Periandro le hiciese, se sabría el sí o el no
del hallazgo de Auristela; y, en caso que no
estuviese en la isla, no faltaría traza para libertar
a Periandro, aunque fuese moviendo guerra a
los bárbaros con todo su poder y el de sus 30
amigos.
p. 21
CAPITULO CUARTO
del libro primero
Entre los que vinieron a concertar la compra
de la doncella, vino con el capitán un bárbaro
llamado Bradamiro, de los más valientes y más 5
principales de toda la isla, menospreciador de
toda ley, arrogante sobre la misma arrogancia,
y atrevido tanto como él mismo, porque no se
halla con quién compararlo. Este, pues, desde
el punto que vio a Periandro, creyendo ser mujer, 10
como todos lo creyeron, hizo designio en su
pensamiento de escogerla para sí, sin esperar a
que las leyes del vaticinio se probasen o
cumpliesen. Así como puso los pies en la ínsula
Periandro, muchos bárbaros, a porfía, le tomaron 15
en hombros, y, con muestras de infinita alegría,
le llevaron a una gran tienda que, entre
otras muchas pequeñas, en un apacible y
deleitoso prado estaban puestas, todas cubiertas
de pieles de animales, cuáles domésticos, cuáles 20
selváticos. La bárbara que había servido de
intérprete de la compra y venta, no se le quitaba
del lado, y con palabras y en lenguaje que él
no entendía, le consolaba.
Ordenó luego el gobernador que pasasen a 25
la ínsula de la prisión y trajesen de ella algún
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 22
varón, si le hubiese, para hacer la prueba de su
engañosa esperanza. Fue obedecido al punto, y,
al mismo instante, tendieron por el suelo pieles
curtidas, olorosas, limpias y lisas, de animales,
para que de manteles sirviesen, sobre las cuales 5
arrojaron y tendieron, sin concierto ni policía
alguna, diversos géneros de frutas secas, y,
sentándose él y algunos de los principales bárbaros
que allí estaban, comenzó a comer y a convidar
por señas a Periandro que lo mismo hiciese. 10
Sólo se quedó en pie Bradamiro, arrimado a su
arco, clavados los ojos en la que pensaba ser
mujer; rogóle el gobernador se sentase, pero
no quiso obedecerle: antes, dando un gran suspiro,
volvió las espaldas y se salió de la tienda. 15
En esto llegó un bárbaro que dijo al capitán
que, al tiempo que habían llegado él y otros
cuatro para pasar a la prisión, llegó a la marina
una balsa, la cual traía un varón y a la mujer
guardiana de la mazmorra, cuyas nuevas pusieron 20
fin a la comida, y levantándose el capitán,
con todos los que allí estaban, acudió a ver
la balsa. Quiso acompañarle Periandro, de lo
que él fue muy contento.
Cuando llegaron, ya estaban en tierra el 25
prisionero y la custodia. Miró atentamente Periandro,
por ver si por ventura conocía al desdichado
a quien su corta suerte había puesto en el mismo
extremo en que él se había visto; pero no pudo
verle el rostro de lleno en lleno, a causa que 30
tenía inclinada la cabeza, y, como de industria,
parecía que no dejaba verse de nadie; pero no
LIBRO I, CAPITULO IV p. 23
dejó de conocer a la mujer que decían ser guardiana
de la prisión, cuya vista y conocimiento le
suspendió el alma y le alborotó los sentidos,
porque claramente, y sin poner duda en ello,
conoció ser Cloelia, ama de su querida Auristela. 5
Quisiérala hablar, pero no se atrevió, por no
entender si acertaría o no en ello; y así,
reprimiendo su deseo como sus labios, estuvo
esperando en lo que pararía semejante acontecimiento.
El gobernador, con deseo de apresurar sus 10
pruebas y dar feliz compañía a Periandro, mandó
que al momento se sacrificase aquel mancebo,
de cuyo corazón se hiciesen los polvos de
la ridícula y engañosa prueba. Asieron al
momento del mancebo muchos bárbaros, sin más 15
ceremonias que atarle un lienzo por los ojos; le
hicieron hincar de rodillas, atándole por atrás
las manos, el cual, sin hablar palabra, como un
manso cordero, esperaba el golpe que le había
de quitar la vida; visto lo cual por la antigua 20
Cloelia, alzó la voz, y, con más aliento que de
sus muchos años se esperaba, comenzó a decir:
--Mira, ¡oh gran gobernador!, lo que haces,
porque ese varón que mandas sacrificar, no lo
es, ni puede aprovechar ni servir en cosa 25
alguna a tu intención, porque es la más hermosa
mujer que puede imaginarse. Habla, hermosísima
Auristela, y no permitas, llevada de la
corriente de tus desgracias, que te quiten la
vida, poniendo tasa a la providencia de los 30
cielos, que te la pueden guardar y conservar
para que felizmente la goces.
PERSILES Y SIGISMUNDA p. 24
A estas razones, los crueles bárbaros detuvieron
el golpe, que ya ya la sombra del cuchillo se
señalaba en la garganta del arrodillado. Mandó
el capitán desatarle, y dar libertad a las manos
y luz a los ojos, y, mirándole con atención, le 5
pareció ver el más hermoso rostro de mujer que
hubiese visto, y juzgó, aunque bárbaro, que, si
no era el de Periandro, ninguno otro en el mundo
podría igualársele. ¡Qué lengua podrá decir, o
qué pluma escribir, lo que sintió Periandro cuando 10
conoció ser Auristela la condenada y la libre!
Quitósele la vista de los ojos, cubriósele el
corazón, y, con pasos torcidos y flojos, fue a
abrazarse con Auristela, a quien dijo, teniéndola
estrechamente entre sus brazos: 15
--¡Oh querida mitad de mi alma, oh firme columna
de mis esperanzas, oh prenda, que no sé si
diga por mi bien o por mi mal hallada, aunque
no será sino por bien, pues de tu vista no
puede proceder mal ninguno! Ves aquí a tu 20
hermano Periandro.
Y esta razón dijo con voz tan baja, que de
nadie pudo ser oída, y prosiguió diciendo:
--Vive, señora y hermana mía, que en esta
isla no hay muerte para las mujeres, y no quieras 25
tú para contigo ser más cruel que sus moradores;
confía en los cielos, que, pues te han librado
hasta aquí de los infinitos peligros en
que te debes de haber visto, te librarán de los que
se pueden temer de aquí adelante. 30
--¡Ay, hermano --respondió Auristela, que
era la misma que por varón pensaba ser
LIBRO I, CAPITULO IV p. 25
sacrificada--; ay, hermano --replicó otra vez--, y
cómo creo que éste en que nos hallamos ha de
ser el último trance que de nuestras desventuras
puede temerse! Suerte dichosa ha sido el
hallarte; pero desdichada ser en tal lugar y en 5
semejante traje.
Lloraban entrambos, cuyas lágrimas vio el
bárbaro Bradamiro, y creyendo que Periandro
las vertía del dolor de la muerte de aquel que
pensó ser su conocido, pariente o amigo, determinó 10
de libertarle, aunque se pusiese a romper
por todo inconveniente; y así, llegándose a
los dos, asió de la una mano a Auristela, y de
la otra a Periandro, y, con semblante
amenazador y ademán soberbio, en alta voz dijo: 15