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               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______

            PERSILES Y SIGISMVNDA

                    TOMO I




            Texto electrónico por
                Fred F. Jehle


      Copyright © 1914 Rodolfo Schevill
       Copyright © 2000 Fred F. Jehle &
          Purdue Research Foundation


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OBRAS COMPLETAS DE MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA _______ PERSILES Y SIGISMVNDA TOMO I EDICIÓN PUBLICADA POR RODOLFO SCHEVILL Y ADOLFO BONILLA Profesor en la Profesor en la Universidad de Universidad de California (Berkeley). Madrid. MADRID IMPRENTA DE BERNARDO RODRÍGUEZ Calle del Barquillo, núm. 8. M. CM. XIV.
p. IV
p. V INTRODUCCIÓN En el “Prólogo al letor” de las Novelas exemplares, escrito durante el verano de 1613, menciona Cervantes por vez primera los Trabajos de Persiles, libro “que se atreve a competir con Heliodoro, si ya por atrevido no sale con las manos en la cabeza”. Tales palabras permiten suponer que la obra estaba bastante adelantada en aquella fecha; y esto mismo se infiere de un terceto del Viage del Parnaso (cap. IV), poema que se cita ya como terminado en el susodicho Prólogo de las Novelas: “Yo estoy, cual decir suelen, puesto a pique para dar a la estampa al gran Persiles, con que mi nombre y obras multiplique.” Nuevamente promete Cervantes “el gran Persiles” en la dedicatoria de las Ocho comedias (verano de 1615) al conde de Lemos; y, por último, en la dedicatoria al mismo conde, fechada en 31 de octubre de 1615, de la Segunda
INTRODUCCIÓN p. VI parte de Don Quixote, escribe: “Con esto me despido, ofreciendo a V. Ex. los Trabajos de Persilis (sic) y Sigismunda, libro a quien dare fin dentro de quatro meses, Deo volente; el qual ha de ser, o el más malo, o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero dezir de los de entretenimiento; y digo que me arrepiento de auer dicho el más malo, porque, segun la opinion de mis amigos, ha de llegar al estremo de bondad possible. Venga V. Excelencia con la salud que es desseado, que ya estará Persiles para besarle las manos.” Poco más de los cuatro meses señalados tardó Cervantes en terminar la obra, cuya patética dedicatoria escribió en Madrid a 19 de abril de 1616, cuatro días antes de morir. Aunque no sea fácil determinar con exactitud cuánto quedaba por redactar a últimos de octubre de 1615, fecha de la dedicatoria de la Segunda parte del Quixote, es lo probable que faltase casi todo el libro IV. En éste decae notoriamente el estilo: hay enojosas repeticiones, y todo acaba con desusada precipitación, como si Cervantes, después de haber hecho terminar en Roma la larga peregrinación de sus principales personajes, no supiera ya qué hacer con ellos. Obsérvese además que el libro IV es de mucha menor extensión que los anteriores, dejando harto que desear la trama y los caracteres.
INTRODUCCIÓN p. VII Nada concreto podemos afirmar respecto de la época en que Cervantes imaginó o comenzó a escribir su extraña novela de aventuras. En cierto pasaje del Quixote (I, 47) ofrécenos un curioso esbozo de novela que bien pudiera referirse al Persiles, aunque nada cabe asegurar con certeza respecto de esta posible relación: “Dixo --escribe-- que, con todo quanto mal auia dicho de tales libros (de cauallerias), hallaua en ellos vna cosa buena, que era el sujeto que ofrecian para que vn buen entendimiento pudiesse mostrarse en ellos, porque dauan largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiesse correr la pluma, describiendo naufragios, tormentas, rencuentros y batallas; pintando vn capitan valeroso, con todas las partes que para ser tal se requieren... Pintando, ora vn lamentable y tragico sucesso, aora vn alegre y no pensado acontecimiento: alli vna hermosissima dama, honesta, discreta y recatada, aqui vn cauallero christiano, valiente y comedido; aculla vn desaforado barbaro fanfarron, aca vn principe cortés, valeroso y bien mirado; ... ya puede mostrarse astrologo, ya cosmografo excelente...” De todo esto hay ejemplo en el Persiles. Por otra parte, los datos cronológicos que en la novela figuran son demasiado vagos. El prurito de la “verisimilitud” hizo que el autor trajese
INTRODUCCIÓN p. VIII a cuento caracteres y episodios históricos y semihistóricos que sólo sirven para confundir a los lectores. Al principio nos encontramos en los primeros años del reinado de Felipe II, pues el bárbaro Antonio (I, 32) dice haber peleado durante su juventud en Alemania a las órdenes de Carlos V. Pero poco después (I, 83 y 94) tropezamos con el irlandés Mauricio, que parece ser contemporáneo de Rosamunda Clifford, dama de Enrique II de Inglaterra (1133-1189), con cuya hija Leonora casó Alfonso VIII de Castilla. Sin embargo, el mismo Mauricio declara (I, 310) haber visto “a vn Carlos V cerrado en vn monasterio”; y luego Sinibaldo cuenta “la gloriosa muerte” del Emperador (1558) y alude a las “guerras del de Transiluania” (I, 320). En otro lugar (I, 138) habla Cervantes de unos “cossarios, y no irlandesses, ... sino de vna isla rebelada contra Inglaterra”; pero como escribe después de haber ocurrido varias conocidísimas rebeliones irlandesas de fines del siglo XVI, ¿a qué otra isla puede referirse, sino a Irlanda? Más adelante (II, 69) alude al regreso a Madrid de la Corte de Felipe III, suceso del año 1606; pero luego (II, 78) leemos que acababan de salir a luz las Obras de Garcilasso de la Vega, lo cual aconteció en 1543. Hay también alusión (II, 117) al destierro de los moriscos, acordado por el decreto de setiembre del año 1609; y, finalmente,
INTRODUCCIÓN p. IX el autor alaba la Jerusalén libertada, del Tasso (II, 243), publicada en 1581, y la Invención de la Cruz, de López de Zárate, que aun estaba por publicar. No puede imaginarse, pues, cronología más enrevesada. Pero aunque de todo esto no se infiera claramente cuándo empezó a redactarse el Persiles, algún medio poseemos para determinarlo de un modo aproximado. Rasgos hay en los dos primeros libros, como luego veremos, para los cuales tuvo en cuenta Cervantes verisímilmente las costumbres de los indígenas de América. El historiador a quien más recuerda es el inca Garcilasso de la Vega, que publicó, en vida de Cervantes, la Primera Parte de los Commentarios Reales que tratan de el origen de los Incas, Reyes que fueron del Peru, de su idolatria, leyes y gouierno en paz y en guerra, etc. (Lisboa, 1609; el colofón trae 1608) (1). Desde el primer libro del Persiles (I, 85), Cervantes, al relatar las odiosas costumbres de la isla de Mauricio, reproduce fielmente la descripción del Inca (2). Esta y otras semejanzas que en su lugar indicamos, nos hacen pensar que Cervantes leyó con detenimiento los Commentarios de Garcilasso, y que debió de comenzar el Persiles después de 1608-1609, o (l) Hay segunda edición, bastante correcta, de Madrid, 1723. (2) Véase la nota 86-25 de este tomo.
INTRODUCCIÓN p. X que, por lo menos, lo escribió casi todo con posterioridad a esta fecha. Comoquiera que sea, en 9 de setiembre de 1616 aprobó Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional, el maestro Josef de Valdivieso, juzgando que, de cuantos libros nos dejó escritos Cervantes, “ninguno es más ingenioso, más culto ni más entretenido”. En El Escorial, a 24 de los mismos mes y año, el rey firmó la licencia para poder imprimir la novela, a favor de la viuda de Cervantes, D.ª Catalina de Salazar y Vozmediano. La impresión del texto había terminado en 15 de diciembre, fecha de la Fee de Erratas, a costa del librero Juan de Villarroel, el mismo a quien Cervantes había vendido el privilegio de impresión de las Comedias. En 2 de abril de 1617 el impresor Juan de la Cuesta entregó a la Hermandad de Impresores de Madrid dos ejemplares del Persiles (1). * * * Persíles, y no Pérsiles (como todavía dicen algunos) (2), es la acentuación regular. Ya en la Crónica de los Cervantistas (3), Hartzenbusch (1) C. Pérez Pastor, Documentos cervantinos hasta ahora inéditos; Madrid, 1897; págs. 198 y 317. (2) Véase el excelente libro de P. Savj-López: Cervantes (Napoli, 1913), págs. 203 y siguientes. (3) Año II, núm. 1, pág. 14; 28 de enero de 1873.
INTRODUCCIÓN p. XI indicó que Persíles es la única pronunciación autorizada: “la única vez --escribe-- que el nombre Persíles resulta acentuado por el autor (y de una manera indudable, que es la rima), aparece consonante de sotíles y fregoníles”. En la comedia Persiles y Sigismunda, del toledano D. Francisco de Rojas Zorrilla, consuenan (entre otros ejemplos que pudieran citarse) Persíles y civíles (1). Muy común es la idea de que Cervantes, en esta historia septentrional, revela extensos, si no exactos, conocimientos respecto del Norte de Europa (2). Nada más lejos de la verdad. Los hechos se reducen a lo siguiente: el héroe y la heroína, naturales, respectivamente, de Thule y de Frislanda, se nos presentan, después de una larga serie de peregrinaciones (trabajos era entonces el vocablo corriente), en los helados mares del Norte. Desembarcan luego en Lisboa, (1) Parte 30 de las Comedias famosas de varios autores; Zaragoza, 1636; pág. 391. Véase el Catálogo de La Barrera, página 685. La primera edición conocida de la comedia de Rojas parece ser de 1636. Consta, sin embargo, que se representaba en 1633. Foerster (Spanische Sprachlehre; Berlin, 1880; § 71, pág. 47) señaló también la pronunciación correcta de Persíles. Véase lo que más adelante decimos acerca de los nombres de los personajes. (2) Consúltense: Fermín Caballero, Pericia geográfica de Miguel de Cervantes, etc.; Madrid, 1840; y un artículo de C. Larsen en La España Moderna (núm. 207, año 1906, pág. 21), antes publicado, con el título de Cervantes' Vorstellungen vom Norden, en el tomo V, pág. 273, de los Studien zur vergleichenden Litteraturgeschichte (1905).
INTRODUCCIÓN p. XII continuando a pie su viaje por tierras de Portugal, España, Francia e Italia, hasta llegar a Roma. En vista de que algo más de la mitad de la obra está dedicada a las regiones septentrionales, era de suponer que Cervantes mencionase muchos puertos y ciudades de los que se tenía conocimiento en España por aquella época. Pero precisamente los dos primeros libros aparecen envueltos en la bruma del misterio. La idea predominante del autor es que aquellos lejanos mares están sembrados de islas innominadas: “estan todos aquellos mares casi cubiertos de islas, todas o las mas despobladas; y las que tienen gente, es rustica y medio barbara, de poca vrbanidad y de coraçones duros e insolentes” (I, 77). Jamás se hace mención de la brújula: los barcos en que viajan los personajes no llevan nunca rumbo fijo, confiándose “al albedrio de la fortuna”, de conformidad con la tradición novelesca. Todo esto parecerá más lógico cuando se vea que Cervantes buscó su inspiración en narraciones románticas y de fantasía, no en historias ni en mapas auténticos. Y ¿qué decir de su cosmografía septentrional? En ella figuran: Dinamarca, una isla de lobos, otra nevada y despoblada, Noruega, muchas islas sin habitantes, Golandia (cuyos moradores cabían todos en un mesón), Ibernia, Irlanda, una isla de siete que circundan a Ibernia, Inglaterra,
INTRODUCCIÓN p. XIII la isla de Policarpo, Scinta (no lejos de Ibernia), Danea, la isla del Fuego, Bithuania, el mar glacial, la isla de las Ermitas, Thule, Frislanda, Islanda y Groenlanda. En resumen: dejando aparte las alusiones vagas, quedan doce nombres de lugares septentrionales, número harto escaso, y aun estamos persuadidos de que Cervantes ignoraba dónde se hallaban exactamente esos lugares, algunos de los cuales no hemos logrado identificar. Dinamarca figura rara vez en los mapas de aquel tiempo; pero está mencionada en el texto de ciertos cosmógrafos (1). En cambio, Danea (Dania), que para Cervantes es país distinto de Dinamarca (I, 319), consta en casi todos los mapas del siglo XVII. Golandia, según todas las ediciones de Tolomeo (2) que hemos examinado, y según también todos los cartógrafos del siglo XVI que hemos podido consultar, no es otra que la isla (1) Para Don Quijote (I, 10), Dinamarca es un reino a propósito, como el de Sobradisa, para ser conquistado y regalado luego al inmortal escudero Sancho. Pedro Apiano, en su Libro de la Cosmographia (Enveres, 1548), habla (fol. 38 v.) del reino de Dania; pero añade (fol. 49 v.) que las villas de Seelandia y Scania son llamadas Dinamarcha. Martín Fernández de Enciso, en su Suma de Geographia, etc. (Sevilla, 1519), escribe que Dacia, Gocia, Suecia y Noruega pertenecen al rey «de Degnamarcha» (CII v.); y Hieronymo Girava, en su Cosmographia y Geographia (Venetia, 1570, pág 150), cuenta que hay en el mar helado una isla, dicha Islandia, que los antiguos llaman Thile,“sotopuesta al rey de Dania, la qual es frigidissima». (2) «Ptolomeo... fue el mayor cosmografo que se sabe.» (Quixote, II, 29.)
INTRODUCCIÓN p. XIV Gotlandia, a pesar de su situación al Este de Suecia. Las especies de que había en ella una gran montaña, de que sus habitantes eran católicos, y de que todos cabían en un mesón (I, 78), pudieron nacer de que en ciertos mapas septentrionales se vieran dibujadas en esa isla, como en otras muchas, una sola montaña, una iglesia con su cruz, y a veces sólo una casa, lo cual solía significar que en el lugar había un monasterio y que se hallaba poblado de cristianos. El nombre de Ibernia se encuentra en los mapas tantas veces como el de Irlanda, y la creencia cervantina de que se trataba de regiones distintas, pudo proceder de alguno de los viejos cosmógrafos. Así, Martín Fernández de Enciso (1) contaba este absurdo: “A esta isla (Ibernia) llaman los mareantes Irlanda, y es yerro, porque Irlanda está al Norte y Setentrion desta en setenta grados: saluo si, por semejanza de la otra que se dize Islanda, llaman a esta Irlanda; porque Islanda sinifica estar en mar elado; y Irlanda, do no está elado.” Huelga decir que no se encuentra ninguna Scinta (I, 143) ni nada parecido en los mapas, como no se trate de Schia, isla que figura al Oeste de Escocia en algunos Tolomeos de mediados del siglo XVI. La isla del Fuego (I, 261) puede ser reminiscencia (1) Op cit., CIII.
INTRODUCCIÓN p. XV de las islas de Fuego que se encuentran rarísimas veces, pero que ya constan en el famoso mapamundi de Cantino (1502), donde, al Sur de Frislanda y al Nordeste de Escocia, se ven las Ilhas de Fogo. Bituania (I, 267) debe de ser Lituania, que está en casi todos los mapas, aunque muchas veces ocupa lugares fantásticos. En cierta ocasión (I, 281), el piloto, al tomar la altura, observa que se halla bajo el Norte, en el paraje de Noruega, “en el mar Glacial”; éste figura, con el nombre de Mare congelalum, al Noroeste de Noruega (Norvegia), o junto a Groenlanda o Islanda, en bastantes mapas. De Thule y de Frislanda tratamos en las Notas. Al entrar en España, Cervantes se encuentra en casa, y así no es maravilla que en el itinerario de sus peregrinos figuren unos veinte lugares conocidos, desde Lisboa hasta la frontera francesa. Pero, al pisar nuevamente tierra extranjera, torna la falta de precisión de la ruta. De Francia sólo se citan: Perpignan, Lenguadoc, Provenza, una villa, un castillo, un mesón y el Delfinado. Después de entrar en Italia, los peregrinos pasan por el Piamonte, el Estado de Milán, Luca y Acquapendente, antes de llegar a Roma. Menciónase a Florencia, pero no pertenece al itinerario. En el de Maximino (II, 282) se citan: el estrecho Hercúleo, Tinacria, Parténope, Nápoles y Terrachina. De la propia Roma,
INTRODUCCIÓN p. XVI tantas veces aludida por Cervantes, hay poquísimos detalles, como si el autor, después de cuarenta años de ausencia, conservara únicamente los remotos recuerdos juveniles. En vista de todo esto, parece vano empeño indagar fuentes precisas de la geografía cervantina. Según el credo artístico del autor, tan esencial para formar juicio sólido del Persiles, todo ha de perdonarse con tal de que la historia tenga verisimilitud: “Las peregrinaciones largas siempre traen consigo diuersos acontecimientos; y como la diuersidad se compone de cosas diferentes, es forçoso que los casos lo sean. Bien nos lo muestra esta historia, cuyos acontecimientos nos cortan su hilo, poniendonos en duda dónde será bien anudarle; porque no todas las cosas que suceden son buenas para contadas, y podrian passar sin serlo y sin quedar menoscabada la historia: acciones ay que, por grandes, deuen de callarse, y otras que, por baxas, no deuen dezirse, puesto que es excelencia de la historia que, qualquiera cosa que en ella se escriuia, puede passar al sabor de la verdad que trae consigo; lo que no tiene la fabula, a quien conuiene guissar sus acciones con tanta puntualidad y gusto, y con tanta verissimilitud, que, ha despecho y pesar de la mentira, que haze dissonancia en el entendimiento, forme vna verdadera armonia.” (II, 100.) Todo esto
INTRODUCCIÓN p. XVII sería de perlas si lo entendiésemos; pero, desgraciadamente, no tenemos ahora el mismo concepto que Cervantes de lo que es “verissimil” y “puede passar al sabor de la verdad” (1). Al dejar suelta la rienda a su imaginación, el autor del Quixote erró el camino por única vez en el Persiles. Según frase feliz de Alejandro Humboldt (al hablar del fingido viaje de Niccolò Zeno), puede decirse que en la obra de Cervantes se encuentran “de la candeur et des descriptions détaillées d'objets dont rien en Europe ne pouvait lui avoir donné l'idée”. * * * Imposible sería, en un estudio preliminar, ofrecer un resumen satisfactorio de todos los libros que trae a la memoria la lectura del Persiles. El análisis de la novela descubre distintos modelos literarios para la forma exterior y para el particular espíritu de aventuras que la anima. Por otra parte, la debida inteligencia del asunto y de la enorme variedad de episodios y descripciones (1) Respecto de la verisimilitud de la fábula, véase al doctor Alonso López Pinciano, en su Filosofía antigua poética, publicada en 1596 (consúltese la edición Muñoz Peña; Valladolid, 1894; epístola V): «Las ficciones que no tienen imitación y verisimilitud no son fábulas, sino disparates, como algunas de las que antiguamente llamaron milesias, agora libros de caballerias, los cuales tienen acontecimientos fuera de toda buena imitacion y semejanza a verdad.»
INTRODUCCIÓN p. XVIII que la obra contiene, exigiría que se trajese a cuento casi toda la literatura contemporánea. En cuanto a la forma, Cervantes mismo confiesa el tipo en que se inspiró: la maquinaria novelesca, los cambios escénicos, el modo de presentar los personajes, la total ausencia de análisis psicológico de los caracteres, todo ello pertenece a la novela bizantina, conocida por Cervantes, y especialmente a Heliodoro, con quien “se atreve a competir” (1). No se ha investigado aún cuánto debe el Persiles, si bien indirectamente, a otra novela bizantina: Los amores de Clitofonte y Leucipe, de Aquiles Tacio, a través de la versión castellana de Núñez de Reinoso: Historia de los amores de Clareo y Florisea (1552) (2). Como novelas (1) Acerca de lo que Cervantes debe al autor de Teágenes y Cariclea (novela de la cual se publicaron en el siglo XVI dos versiones castellanas: una anónima [Amberes, 1554], y otra [Alcalá, 1587] por Fernando de Mena), véase a R. Schevill, Studies in Cervantes. Part II. «Persiles y Sigismunda» (en Modern Philology, vol. IV, núm. 4, abril 1907). En cuanto a la versión anónima de Heliodoro, Bartolomé de Villalba y Estaña, en su Pelegrino curioso (escrito en 1577; véase la edición de la Sociedad de Bibilófilos Españoles, I, 54), dice: «Tanbien la Etiopica de Heliodoro, traducida, la muerden los alanos; ¡dichoso el que lo hizo tan secreto, que, a nombrarse, se viera en gran aprieto!» Las citas de Heliodoro abundan en la literatura del siglo XVII. Véanse, por ejemplo, Lope de Vega, en De cosario a cosario (III, 1.ª), y Francisco de Lugo y Dávila, en la Introducción de su Teatro popular (Madrid, 1622). (2) Consúltese a M. Menéndez y Pelayo, Orígenes de la Novela, I, cccxliii y siguientes.
INTRODUCCIÓN p. XIX de aventuras, en las que “la fortuna” rige los sucesos, parécense en numerosas circunstancias: el lenguaje es el mismo; los personajes, que sufren “mudanzas” y “trabajos”, se hallan sometidos a su “triste estrella”. Algunos de los nombres son también casi idénticos: el de “Periandra” pudo sugerir “Periandro”, y parece algo más que una mera coincidencia el que hallemos en Reinoso una “Aurismunda”, y, en Cervantes, Auristela y Sigismunda sean la misma persona. Igualmente hallamos en Reinoso “grandes mágicos” y “cosas de encantamiento”; el héroe y la heroína viajan como supuestos hermanos; si Arnaldo pide a Periandro la mano de Auristela, Menelao ruega a Clareo que le dé a Florisea por esposa, respondiendo Clareo casi en los mismos términos que Periandro; trátase también, por último, de sueños, de cartas amatorias, de borrascas, de islas, etc., etc. Pero si la novela bizantina constituyó el modelo formal de Persiles, ¿cómo es que Cervantes escogió los mares del Norte para escenario de sus dos primeros libros? Indirectamente nos dice también (II, 285) la narración en que se inspiró: el supuesto viaje de los hermanos Zeni por los mares septentrionales, realizado hacia el año de 1380. Cuando Cervantes moraba en Italia, debió de hablarse aún de cierto librillo publicado en Venecia el año 1558 por Niccolò
INTRODUCCIÓN p. XX Zeno (el menor), dando cuenta de la región septentrional ignorada, según documentos familiares que el editor decía poseer (1). No cabe asegurar que Cervantes tuviese a la vista la primera edición; pero es más que probable que conociera la obra, en vista de las analogías entre su narración y la de Zeno. En la de éste, el héroe se dirige al Norte, “doue, assaltato in quel mare da una gran fortuna, molti di ando trasportato dalle onde e da' venti, senza sapere doue si fosse, quando finalmente scoprendo terra, ne potendo piu reggersi contra quella fierissima burasca, ruppe nell' isola Frislanda, saluandosi gli huomini e gran parte delle robbe che erano sù la naue, etc.” Al llegar a la orilla, Niccolò Zeno y sus compañeros son atacados por los indígenas; pero el príncipe del país, Zichmni, los protege: “in ogni modo sarebbeno stati mal menati, se a buona uentura non faceua che casualmente si fosse trouato iui uicino un Prencipe con gente armata, il quale, inteso che s'era rotta pur all' hora una gran naue nell' isola, corse al romore ed alle grida che si faceuano contra i nostri poueri marinai, e cacciati uia quelli del paese, parlò in latino (2), e dimandò che genti erano, e di doue ueniuano, e saputo (1) Véase la nota acerca de Frislanda (II, 278-28). (2) Cervantes escribe (II, 78): «es vso de los setentrionales ser toda la gente principal versada en la lengua latina.»
INTRODUCCIÓN p. XXI che ueniuano d'Italia, e che erano huomini del medesimo paese, fu presso di grandissima allegrezza. Onde, promettendo à ciascuno che non riceuerebbeno alcun dispiacere, e che erano venuti in luogo nel quale sarebbeno benissimo trattati e meglio ueduti, li tolse tutti sopra la sua fede.” Esto recuerda el viaje de Periandro y de los suyos al mar glacial, donde arriban al país del rey Cratilo, que los recibe con su séquito y los protege (I, 296 y siguientes). También se habla en el libro de Zeno de islas despobladas: “si leuarono con una burasca si terribile, che cacciati in certe seccagine ruppero gran parte delle lor naui, saluandosi il rimanente in Grislanda, isola grande, ma dishabitata.” Cervantes alude a siete islas próximas a la de Ibernia (I, 84); Zeno, refiriéndose a lo que en los mapas sería Shetland, al Norte de Escocia, dice que el príncipe “assaltò negli stessi canali l'altre Isole, dette Estlanda, que sono sette”. En la descripción del monasterio de Santo Tomás, escribe Zeno: “ci concorreno in questo monistero frati di Noruegia, di Suetia e di altri paesi, ma la maggior parte sono delle Islande.” Cervantes afirma que hay en él religiosos de cuatro naciones: “españoles, franceses, toscanos y latinos” (II, 285), con lo cual agrava el absurdo de Zeno. El haber “molti nauigli che non possono partire per essere il mare aggiacciato”, tenía su
INTRODUCCIÓN p. XXII representación en muchas láminas de los libros de aquel tiempo, y pudo dar a Cervantes la idea del mar glacial (I, 281). Además de la influencia del viaje de los Zeni, no es inverisímil que Cervantes, en su historia septentrional, tuviese también en cuenta el Viaggio del magnifico Messer Piero Quirino, Gentilhuomo vinitiano, nel quale... incorre in uno horribile &. spauentoso naufragio, del quale alla fine con diuersi accidenti campato, arriua nella Noruegia &. Suetia, Regni Settentrionali. Fué impreso este viaje en la colección de Ramusio, donde, a partir de la edición de 1574, y en el mismo tomo, pudo también leer Cervantes el novelesco relato de los Zeni. No pocas noticias de las contenidas en la narración de Niccolò Zeno el menor proceden de dos libros de Olao Magno. Titúlase el primero: Opera breve, la quale demostra e dechiara ouero da il modo facile de intendere la charta ouer delle terre frigidissime di Settentrione, etc. (Venetia, 1539), obra extraordinariamente rara, de la cual se conoce un ejemplar completo, custodiado en la Biblioteca de Munich. Contiene un curioso mapa de las tierras del Norte, con texto explicativo. El segundo libro es la Historia de gentibus septentrionalibus (Romae, 1555), obra que, como más adelante expondremos, influyó también de alguna manera en el Persiles.
INTRODUCCIÓN p. XXIII Y no ha de olvidarse tampoco que existe otro escritor español del siglo XVI que copió bastante de Olao Magno: nos referimos a Antonio de Torquemada, en su Jardin de flores curiosas, en que se tratan algunas materias de Humanidad, Philosophia, Theologia y Geographia, con otras cosas curiosas y apazibles (1), no siendo difícil comprobar que Cervantes utilizó también esta obra (2), por donde resulta que algunos pormenores, idénticos en Olao Magno y en Torquemada, aparecen igualmente en el Persiles, sin que sea difícil determinar cuál de los dos era el recordado por Cervantes en cada caso (3). Especial estudio merece lo relativo a la influencia de Olao Magno. Probable es que Cervantes conociese la hermosa edición veneciana de la Historia delle genti e della natura delle cose settentrionali da Olao Magno Gotho, arcivescovo di Vpsala, etc., impresa el año 1565, en folio, con magníficas láminas, que no dejaron (1) Hay varias ediciones de este libro. La primera parece ser de 1570. Son dignas de consultarse la de Leyda, 1573, y la de Salamanca, 1577. (2) Que la conocía bien, échase de ver en el capítulo VI de la Primera parte del Quixote, donde menciona el Jardin y el Olivante de Laura, de Torquemada, no sabiendo determinar cuál de los dos es menos mentiroso. Ticknor (1849) parece haber sido el primero en hacer notar la probable influencia del Jardin de flores curiosas en el Persiles. (3) Véase, por ejemplo, la nota de la página 297-4 de este tomo.
INTRODUCCIÓN p. XXIV de transcender a ciertas explicaciones que se leen en el Persiles. Vense, por ejemplo, en esas láminas hombres con skis, patinando, caballos que saltan sobre el hielo, terribles naufragios dibujados con notable realismo (1), navíos encajados entre helados bloques del mar glacial, combates entre buques de guerra, etc., etcétera, episodios que se repiten todos en el Persiles. Olao Magno trata extensamente en el texto de las costumbres septentrionales y de los animales y monstruos de aquellas regiones; describe los matrimonios, el modo de elegir reyes (en vista de sus virtudes personales), etc., etcétera; recuerda varias mujeres guerreras, una de las cuales (Alvida, que se hizo corsario, y recorría los mares en traje masculino) inspiró, sin duda, a Cervantes el tipo de Sulpicia, hija de Cratilo (I, 266); menciona juegos y espectáculos públicos, y afirma que había en el Norte hombres y mujeres que se dedicaban a la magia, que la adivinación estaba muy en boga, y que hechiceros y encantadores hacían maravillas, volando por los aires. Mas ha de notarse que Olao Magno no es un historiador verídico, y que toma sin escrúpulo muchas noticias de los clásicos (Estrabón, Plinio y otros), sin olvidar a los historiadores de Indias. (1) Véase la nota de la página 273-20 de este tomo.
INTRODUCCIÓN p. XXV El libro de Torquemada, “que en su Jardin de flores, tan honesto, dizen tener muy poco miramiento, pues quebrantó el octauo mandamiento”, como escribía Villalba y Estaña, es una miscelánea, donde se encuentra un poco de todo. Habla largamente también de brujos y hechiceros y de sus expediciones aéreas (en cierto cuento del tractado tercero menciona un manto mágico); explica los modos de caminar de la gente del Norte; trata de sus juegos y fiestas; alude a los ánades que se engendran de tablas o maderos sumergidos en las orillas del mar, a hombres convertidos en lobos, a bestias y pescados monstruosos (como el fisiter), y a costumbres varias de aquellas tierras. De otras misceláneas, muy de moda en el siglo XVI, parece haber también reminiscencias en el Persiles; pero sólo citaremos aquí El libro de las costumbres de todas las gentes del mundo, de Francisco Thamara (Anvers, 1556) (1); el De las cosas maravillosas del mundo, de Julio Solino, traducido por Cristóbal de las Casas (Sevilla, 1573); y la Silva de varia lecion, de Pero Mexia, de la cual obra hay bastantes (1) Citamos siempre la edición que hemos tenido a la vista, aunque no sea la primera.
INTRODUCCIÓN p. XXVI recuerdos en los escritos cervantinos (1), como los hay también de los Diálogos del mismo autor. Ambos libros tratan con cierta extensión de casi todos los ramos de la ciencia entonces conocida. Además de estas obras, que mantienen estrecha conexión con elementos fantásticos y seudogeográficos del Persiles, debemos mencionar un importante grupo de autores que, de la propia suerte que suministraron bastante materia a algunos de los ya citados, pudieron sugerir, directa o indirectamente, algunos pasajes del Persiles. Trátase de los historiadores de Indias, a que antes aludimos. Entre las imitaciones de las costumbres descritas por estos historiadores, figuran las siguientes: los bárbaros del Persiles se sirven de tiendas cubiertas de pieles de animales (I, 21); cubren también el suelo con esas pieles (I, 22), y las utilizan, sin coserlas, para vestirse (I, 63); algunos emplean como moneda pedazos de oro, y perlas (I, 10); sus vasos son de cortezas de árboles (I, 31); en cuanto a su alimentación, no es muy exquisita la que Cervantes les atribuye, pues, según él, por la mayor parte beben agua y comen frutas secas (I, 22, 31), y, a veces, pan (I, 43), pero no de trigo, o nueces, (1) De ella tomó Cervantes, entre otras cosas, la referencia al «que adoró el plátano» (I, 170), conseja que se cuenta del rey Jerjes.
INTRODUCCIÓN p. XXVII avellanas y peras silvestres (I, 44). Usan, además, balsas de maderos, atados con bejucos y mimbres (I, 3); sus armas son arcos, saetas y flechas con punta de pedernal (I, 3), cuchillos y puñales de piedra (cap. IV). Entre sus más bárbaras costumbres figuran: los sacrificios humanos, en los cuales se le saca el corazón a la víctima (caps. II y IV); y el torpe trato de las mujeres en las ceremonias matrimoniales (I, 86) (1). Finalmente, como la generalidad de los historiadores de Indias habla de los antípodas, Cervantes se cree en el caso de mencionarlos también. Claro es que en todo esto hay muy poco rastro de las verdaderas costumbres septentrionales del siglo XVII. Ya hemos advertido que, entre los historiadores de Indias, Garcilasso de la Vega el Inca parece haber sido la fuente más accesible a Cervantes y más cercana al Persiles, pues la primera parte de su historia salió a luz en 1609 (2). Entre los sucesos contenidos en este libro y que pudieron impresionar a Cervantes, influyendo en el Persiles, mencionaremos la peregrina aventura de aquel Pedro Serrano que se perdió en un naufragio, llegó nadando a cierta isla (1) Véase la nota de la página 86 de este tomo. (2) Garcilasso copió bastante de otros historiadores (como Cieza de León, Gómara, Acosta, Agustín de Zárate y otros), sin especificar nunca sus fuentes, y así es su obra un zurcido de consejas y de relatos verídicos.
INTRODUCCIÓN p. XXVIII despoblada, sin agua ni leña, y pasó allí tres años (cap. VIII) (1). Trátase también en la obra de Garcilasso de las maneras de sacrificios que hacían los antiguos indios, los cuales “viuos les abrian por los pechos, y sacauan el corazon con los pulmones” (cap. XI) (2); de los vestidos de pieles de animales (cap. XIII); de los casamientos de los indios (cap. XIV); de cómo usaban éstos de venenos y hechizos, pues “tambien huuo hombres y mugeres que dauan ponçoña, assi para matar con ella de presto o de espacio, como para sacar de juicio y atontar los que querían, y para los afear en sus rostros y cuerpos, etc.” “Huuo tambien --añade-- hechizeros y hechizeras; y este oficio mas ordinario lo usauan las indias que los indios; muchos lo exercitauan..., dando y tomando respuestas de las cosas por venir, etc.” (cap. XIV). Esto recuerda el episodio en el cual la hechicera Zenotia encanta al joven Antonio para acabar lentamente con su vida (I, 238 y siguientes), y asímismo aquel otro de la judía que envenena a Auristela (II, 261). Cuenta además Garcilasso que, entre los “diuersos ingenios que tuuieron los (1) Es de notar el parecido de esta aventura con la historia de Robinson Crusoe. (2) Adviértase que Garcilasso tomó de Cieza de León buena parte de lo que dice acerca de los antropófagos, sin reparar en que se trataba de los indios de Nueva Granada, y no de los del Perú.
INTRODUCCIÓN p. XXIX indios para passar los rios” (III, cap. XVI), “hacian [de una madera delgada y liuiana] balsas grandes y chicas de cinco o de siete palos largos, atados vnos con otros, etc.”, lo cual trae a la memoria las balsas de los bárbaros del Persiles (I, 3). Recuérdese, por último, la manera de obtener el fuego nueuo, “con dos palillos rollizos delgados..., barrenando uno con otro. ... Los indios se sirven dellos en lugar de eslabon y pedernal” (VI, cap. XXII). Del mismo modo, los peregrinos hacen fuego ludiendo dos secos palos (I, 68). También habla Garcilasso de los cuchillos y navajas de pedernal (I, capítulo XIV). Siendo el Persiles una novela de aventuras, natural era que Cervantes tuviese en cuenta los modelos que tantas veces recordó en el Quixote, o sean los libros de caballerías, y especialmente el Amadís de Gaula, “vnico en su arte”. Y así, no sólo el espiritu del Amadís, sino ciertos lances de la vida y “trabajos” de Amadís y de Oriana, hallaron eco en el Persiles. Entre los muchos ejemplos que de ello pudieran aducirse, citaremos algunos. Oriana, hija de Lisuarte y de Brisena, fué llevada a la corte de Languines (I, 4), donde la reina la cuidó y educó. Auristela, hija de Eusebia, fué enviada a Tile, “en poder de Eustoquia, para que seguramente y sin los sobresaltos de la guerra, en su casa se
INTRODUCCIÓN p. XXX criasse” (II, 279). El robo de doncellas es episodio harto frecuente en Amadís. Así leemos en él (I, 35): “Amadis... oyó dar voces a su señora, e tornando presto, vio a Arcalaus que ya cabalgara, e que, tomando a Oriana por el brazo, la pusiera ante si, e se iba con ella cuanto más podía. Amadis fué en pos dél sin detenencia ninguna, e alcanzólo por aquel gran campo, e alzando la espada por lo herir, sufrióse de le dar gran golpe, que la espada era tal, que cuidó que mataría a él e a su señora... Entonces dejó Arcalaus caer en tierra a Oriana, por se ir más ahina, que se temía de muerte, etc.” Y en el Persiles hay un episodio semejante: el del robo de Feliz Flora (II, 143): “Apenas la compassion les auia hecho apear..., quando fueron assaltados de seys o ocho hombres armados, que por las espaldas les acometieron... Vno de los armados, con descortes mouimiento, assio a Feliz Flora del braço y la puso en el arçon delantero de su silla... Antonio... puso vna flecha en el arco, ... y tomando por blanco el robador de Feliz Flora, disparó tan derechamente la flecha, que, sin tocar a Feliz Flora sino en vna parte del velo con que se cubria la cabeça, passó al salteador el pecho de parte a parte... Los salteadores... voluieron las espaldas y dexaron el campo solo.” Abundan los ermitaños en los libros caballerescos, y así Amadís adopta ese
INTRODUCCIÓN p. XXXI género de vida, “pagándose de la soledad y esquiveza de aquel lugar, y en pensar de allí morir, recebía algún descanso” (II, 5). De la misma suerte, Rutilio alaba “la vida solitaria” (I, 309), y se queda en la isla de las Ermitas. Nótense además, como detalles del propio género: el abandono de reciénnacidos (Persiles, II, 22), el acto de despeñar a alguien de lo alto de un castillo (II, 141), y la frecuente mención de Dinamarca (Brisena, en Amadís, es hija del rey de Denamarca; y allí mismo se habla muchas veces de la “doncella de Denamarca”, confidenta, con Mabilia, de los amores del héroe). En el segundo libro (I, 304) del Persiles, la extraña historia de Renato constituye un episodio genuinamente caballeresco. De apreciar es igualmente un género literario que siempre disfrutó en alto grado de la simpatía de Cervantes: la novela pastoril. Leyendo el Persiles, se nos antoja evidente que su autor tornó a hojear más de una vez su primera producción: la Galatea. El espíritu de ciertas narraciones, la manera de intercalar determinados episodios y personajes, hasta las frases, son a veces idénticos. Un cuento interrumpido se reanuda de este modo en la Galatea (I, 77-12) (1): “Tornando a repetir Theolinda (1) Las citas se refieren siempre a nuestra edición.
INTRODUCCIÓN p. XXXII algunas palabras de lo que antes hauia dicho, prosiguio diziendo...”; y en el Persiles (II, 243-2): “voluio Periandro a repetir algunas palabras antes dichas...”. Pero lo que más sorprende es la enfadosa y reiterada discusión acerca de los celos. Ya en la Galatea (v. gr.: I, 223-17 y siguientes) insistió Cervantes con demasiado empeño en “la incurable pestilencia de los celos” y en la “maldita dolencia de los rabiosos celos” (I, 227), que le inspiró, según confiesa, el romance que más estimaba; mas en el Persiles vuelve a la carga con singular tenacidad, escribiendo frases como éstas: “la dura lança de los zelos” (I, 14-32); “¡O poderosa fuerça de los zelos! ¡O enfermedad, que te pegas al alma de tal manera, que sólo te despegas con la vida! ... no te precipites a dar lugar en tu imaginacion a esta rabiosa dolencia!” (I, 148-5); “la fuerça de los zelos es tan poderosa y tan sutil, que se entra y mezcla con el cuchillo de la misma muerte” (I, 162-17); “los zelos se engendran, entre los que bien se quieren, del ayre que passa, del sol que toca, y aun de la tierra que pisa” (I, 191-21); “a este mal no se yguala el de la ausencia, ni el de los zelos” (I, 305-7); “esta enfermedad que los amantes llaman zelos, que la llamaran mejor desesperacion rabiosa, entran a la parte con ella la inuidia y el menosprecio, y quando vna vez se apodera del alma enamorada,
INTRODUCCIÓN p. XXXIII no hay consideracion que la sossiegue ni remedio que la valga” (II, 226-10). Pues, en general, toda la argumentación sobre los celos no es sino imitación, a veces muy fiel, de una novela pastoril a la cual debe mucho Cervantes, y cuya influencia en el autor del Quixote merece especial estudio: la Diana de Gil Polo. En el segundo libro (1) de esta obra se lee: “[el tormento de los celos] suele dar a veces mayor pena que la ausencia de la cosa amada”; y añade: “porque son pestilencia de las almas, frenesía de los pensamientos, rabia que los cuerpos debilita, etc.”; “estos rabiosos celos esparcen tal veneno en los corazones, que corrompe y gasta cuantos deleites se le llegan”; “esta pestilencia de los celos no deja en el alma parte sana donde pueda recogerse una alegría”; “semejante dolencia no pretendi yo defenderla”, etc. En otros casos se echa de ver asímismo cuánto impresionó a Cervantes la mejor de las novelas pastoriles, la que él creyó que debía guardarse “como si fuera del mesmo Apolo”: “Mas ella... hizo de su extremadissima hermosura tan improvisa y alegre muestra...” (2), escribe Gil Polo; y Cervantes, en el Persiles: “echandose sus hermosos cabellos a (1) Véase la edición Menéndez y Pelayo (Orígenes de la Novela, II), págs. 356, a, y siguientes. (2) Edición citada, pág. 339.
INTRODUCCIÓN p. XXXIV las espaldas..., hizo de si casi diuina e improuisa muestra” (I, 227-14). En el mismo Persiles, el nombre de Taurisa recuerda el Tauriso de la Diana; y, finalmente, también se observan en aquella obra reminiscencias de algún episodio (como el cuento de Marcelio (1), de singular estilo), para el cual Gil Polo se había inspirado probablemente en la novela bizantina. Hubo en la época del Renacimiento una serie de versiones de autores clásicos que, por su carácter y lenguaje, y por el influjo que ejercieron, pertenecen más bien a la literatura contemporánea que a la antigüedad griega o romana. Figuran entre esos autores traducidos al castellano, el ya citado Heliodoro, y, además, Virgilio, Plinio el Mayor, Plutarco y Apuleyo. También se aprovechó de ellos Cervantes, adornando así con recuerdos clásicos ciertos episodios cuya idea pudo tomar de misceláneas o ficciones de su tiempo. Habiendo leído, por ejemplo, en Olao Magno o en Torquemada que las gentes septentrionales tenían sus espectáculos y juegos públicos, utilizó la noticia, exornándola con imitaciones de Heliodoro y, sobre todo, de Virgilio. Las relaciones entre el Persiles y la Eneida han sido ya estudiadas (2), y en los oportunos (1) Edición citada, pág. 345. (2) Consúltese a R. Schevill, Studies in Cervantes -- Persiles y Sigismunda, III (en las Publications of Yale University; New
INTRODUCCIÓN p. XXXV lugares de las Notas trataremos de otras referencias a los clásicos. Aunque Cervantes, en el Persiles, inserta, con notables mejoras, una novela italiana de Giovanni Giraldi, y quizá imita otra (1), no intenta reproducir el espíritu del original. Es indudable que la obra cervantina debe algo a la novela italiana; pero el genio original de Cervantes le impulsaba a novelar a su modo, siempre más noble, más profundo y también menos grosero que el de los novellieri. Los cuentos o novelas cortas que Cervantes intercala en el Persiles tienen el carácter de novelas ejemplares, y aun a veces dan indicios de que su autor los había escrito mucho antes, interpolándolos luego en la narración, aunque no siempre viniesen al caso, como acontece (I, 69) con el suceso del enamorado portugués (2). En cuanto a los nombres de los personajes, también son, en su mayor parte, imitaciones de Haven, Conn., 1908). Cervantes, cuyos conocimientos en materia de idiomas clásicos debieron de ser muy superficiales, leyó probablemente la Eneida en la versión de Gregorio Hernández de Velasco. (1) Véase la nota II, 69-3. (2) Posible es que incluyese también en el ambiente del Persiles el recuerdo de La isla bárbara, comedia del divino Miguel Sánchez, donde hay asímismo naufragios, borrascas, islas despobladas, amantes que pasan por hermanos, un padre que busca a su hija, peregrinaciones y otros lances que se leen análogamente en el Persiles. Véase la edición de Hugo A. Rennert, La isla bárbara y La guarda cuidadosa (Boston, 1896).
INTRODUCCIÓN p. XXXVI la literatura contemporánea. El de Persiles, de cuya acentuación hemos hablado, pertenece a un grupo de vocablos de análoga forma que tiene su abolengo en la novela caballeresca. Así, en Amadís se encuentran Sarquiles, Granfiles, Gastiles, y todos estos nombres parecen haberse formado a imitación del de Aquiles (llamado igualmente Arquiles). El de Guiomar se lee en el Quixote (II, 60) y en el entremés de El juez de los divorcios. Cloelia, ama de Auristela, recuerda el romance “Cloelia, virgen romana”, del Coro Febeo de Juan de la Cueva. Mauricio, oriundo de una isla circunvecina a la de Ibernia, trae a la memoria los nombres irlandeses; y el propio Cervantes debió de oir hablar de Jaime Fitzmauricio, que fomentó una rebelión en Irlanda, y vino luego a España en 1577 para ofrecer a D. Juan de Austria la corona de aquel reino, ofrecimiento que no prosperó por causa de Felipe II (1). El nombre de Arnaldo figura en los Diálogos de Mejía. Otros, como el de Constanza (homónima de la hija de Andrea de Cervantes), pudieron pertenecer al círculo de amigos o parientes de Cervantes. El de Auristela se encuentra después en una obra dramática de Calderón: Auristela y Lisidante. * * * (1) Consúltese a Martin Hume, Españoles é ingleses en el siglo XVI; Madrid y Londres, 1903; págs. 235 y siguientes.
INTRODUCCIÓN p. XXXVII El interés más señalado que para nosotros ofrece el Persiles, consiste en los numerosos detalles autobiográficos que el curso del relato encierra. Nunca escribió Cervantes con más entusiasmo, con amor más fervoroso a su creación, que en esta obra; y es natural, por lo tanto, que en ella se descubra algo de lo más recóndito de su larga vida, algún rincón de su alma, un trasunto, en suma, de lo mucho que había visto y experimentado. Por otra parte, es notorio que él tenía por costumbre reproducir en todos sus libros recuerdos más o menos velados de su existencia y trabajos. Así se ha observado atinadamente una alusión autobiográfica en ciertos versos de la comedia El gallardo español (III, 1), que parecen contener alguna referencia a la partida de Cervantes a Italia en 1569 (1). Doña Margarita, contando su historia, habla de un duelo entre su hermano y D. Fernando de Saavedra, duelo del cual salió herido el primero, huyendo Saavedra a Italia. “Quedé, si mal no me acuerdo, en una mala respuesta que dió mi bizarro hermano a un caballero de prendas, (1) Véase a D.ª Blanca de los Ríos de Lampérez, Del Siglo de Oro; Madrid, 1910 (en el artículo “¿Estudió Cervantes en Salamanca?”, publicado anteriormente en La España Moderna de 1899).
INTRODUCCIÓN p. XXXVIII el cual, por satisfacerse, muy mal herido le deja. Ausentóse, y fuése a Italia, según después tuve nuevas.” Luego venimos en conocimiento de que en el tal Saavedra “su discreción igualaba con sus fuerzas”, y que era “de insignes costumbres y claro nombre”. Un episodio análogo a este del Gallardo español hay en el Persiles, donde Antonio el padre, a quien se califica de “español gallardo” (I, 44-20), refiere un lance semejante al declarar la historia de su vida y las causas de su forzosa partida de la patria. Trátase nuevamente de un duelo consiguiente a cierta “mala respuesta” dada por Antonio (I, 33-5) a un poderoso caballero, que sale malherido de la contienda. Pero ambos episodios difieren, porque en el Persiles se declara el agravio, que consistió en la arrogancia del caballero, el cual trató de vos a Antonio, que protesta ser hijo de sus obras y “de padres hidalgos”. Tentación grande se experimenta de relacionar los dos lances con un conocido documento, descubierto y publicado por Jerónimo Morán en su Vida de Cervantes (1863), según el cual, en Madrid, a 15 de setiembre de 1569, se dió Real provisión para prender a un Miguel de Cervantes: “Sepades que por los alcaldes de nuestra casa y corte se
INTRODUCCIÓN p. XXXIX ha procedido y procedió en rebeldía contra un Miguel de Zervantes, ausente, sobre razón de haber dado ciertas heridas en esta corte a Antonio de Sigura, andante en esta corte, sobre lo cual el dicho Miguel de Zervantes por los dichos nuestros alcaldes fué condenado a que con vergüenza pública le fuese cortada la mano derecha, y en destierro de nuestros reinos por tiempo de diez años, y en otras penas contenidas en la dicha sentencia.” Cronológicamente, nada obsta a que este delincuente fuese nuestro Cervantes. Sábese que por octubre de 1568 debió de escribir en Madrid, con ocasión del fallecimiento de la reina, los versos que su maestro López de Hoyos publicó al siguiente año; pero no es conocida la residencia del futuro autor del Quixote desde 1568 hasta últimos de 1569. Cierto documento de suma importancia nos da a entender que en esta fecha se hallaba Cervantes en la corte romana (1). En 22 de diciembre de 1569 se practicó en Madrid una información sobre la limpieza de sangre de Miguel de Cervantes, siendo de notar dos interesantes circunstancias: en primer término, nada se dice acerca de que Cervantes se halle al servicio de Acquaviva, hecho que, de ser cierto, se habría mencionado en la petición, lo cual hace suponer (1) C. Pérez Pastor, Documentos cervantinos, II, 11.
INTRODUCCIÓN p. XL que Cervantes no salió de España con el futuro Cardenal; en segundo lugar, resulta evidente que a Cervantes le convenía probar la limpieza de su linaje, y a este efecto afirman los testigos, entre otras cosas, que los padres del primero “son habidos por buenos hidalgos”, como Antonio declara en el Persiles (1). Ahora bien: ¿no aparece posible que en el auténtico duelo, si tal hubo, el contrario de Cervantes, Antonio de Sigura, le afeara su linaje, tratándole de vos, por lo cual quiso aquél vengar la afrenta? ¿No es posible también que Cervantes, no habiendo podido justificarse antes de su precipitada fuga, desease hacerlo desde Roma, por lo cual solicitó la información susodicha? ¿Citaría Cervantes en el Persiles el nombre de Antonio, en recuerdo de semejante lance? Quizá, no atreviéndose a describir en términos más explícitos aquella imprudencia de su mocedad, limitóse a dar al gallardo español el nombre de su enemigo Antonio de Sigura. De todos modos, Cervantes (1) En el pleito de Gregorio Romano y Pero García, vecinos de Valladolid, con Rodrigo de Cervantes (el padre de Miguel), en 1552-3, uno de los testigos declara también, entre otros, que «los dichos liçençiado Çerbantes y Rodrigo de Çerbantes que litiga, sienpre los a tenydo en posesion de honbres hijos dalgo y caballeros, porque por tales los a visto en el dicho tienpo tratar en la villa de Alcalá, e entre todos ser abidos e tenydos por tales hijos dalgo e caballeros, e sienpre tener caballos, e justar y jugar cañas en la dicha villa de Alcalá e en la ciudad de Guadalajara». (Páginas 87-88 de los Nuevos documentos cervantinos..., recogidos y anotados por F. Rodríguez Marín; Madrid, 1914.)
INTRODUCCIÓN p. XLI regresó a España cuando habían transcurrido doce años desde la sentencia, y, dada la frecuencia de semejantes duelos, no es de suponer que nadie se acordara ya del lance. Enlácense o no tales episodios, nosotros nos limitamos a enunciar la posibilidad de tal relación con la partida de Cervantes para Italia (1). Otros incidentes de la vida de Antonio en el Persiles nos llevan a pensar que en la pintura de su carácter quiso Cervantes (como dice en El gallardo español) “mezclar verdades con fabulosos intentos”, recordando algunas de sus propias aventuras. Recién llegado Antonio a la casa paterna, donde, además de sus padres, viven sus hermanas, óyese alboroto de gente, y llevan allí a cierto conde mortalmente herido en una pendencia (II, 89 y siguientes). Acomodan al conde en un lecho, y Constanza y Auristela, haciendo de enfermeras, “no se quitaban de la cabecera del conde”. Éste hace donación de una espléndida dote a Constanza, y se casa con ella (1) No deja de ofrecer singular interés lo que Cervantes cuenta acerca del caso de Antonio en el Persiles: su contrario había muerto después de hacer las paces con el padre de Antonio y «se había averiguado que no fué afrenta la que Antonio le hizo» (II, 86, 87-l4 y 89-4). ¿No sería también éste el caso del adversario de Cervantes? Algo de autobiográfico debe de tener igualmente el relato del mozo de La gitanilla que cuenta su desgracia (el duelo y la fuga); de otro modo, sería difícil explicar tantas alusiones a duelos y huídas.
INTRODUCCIÓN p. XLII antes de morir. Pues bien: harto conocido es el desgraciado suceso de la muerte de D. Gaspar de Ezpeleta en Valladolid: D. Gaspar, herido y moribundo, fué llevado a casa de Cervantes, y las mujeres de la familia de éste hicieron de enfermeras, sobre todo Magdalena de Cervantes, “que estuvo a su cabecera regalándole hasta el punto que murió” (1). En recompensa, D. Gaspar le regaló “un vestido de seda de la que ella quisiere, por el amor que la tiene”. No disponemos de suficiente espacio para puntualizar todos y cada uno de los pormenores del Persiles que pueden relacionarse con la biografía de Cervantes. Tales son: la historia de los cautivos fingidos, con su descripción de la ciudad de Argel, “gomia y tarasca de todas las riberas del mar Mediterráneo” (II, 101 y siguientes) (2); y el viaje de los peregrinos por España, Francia e Italia, que bien puede encerrar recuerdos de las andanzas del autor. Todo lo relativo al lugar de moriscos (II, 114 y siguientes), es análogo a otros dramáticos sucesos harto frecuentes por entonces en la costa de Valencia. * * * Fácil era sospechar que la influencia del Persiles (1) C. Pérez Pastor, Documentos cervantinos, II, 498. (2) Comp. C. Pérez Pastor, op. cit., I, 242.
INTRODUCCIÓN p. XLIII como novela no había de ser nunca de gran importancia. Sin embargo, en el teatro nacional fué imitada por Rojas Zorrilla en Persiles y Sigismunda, y, en el extranjero, John Fletcher, en su grosera farsa The Customs of the Country, utilizó dos o tres episodios del Persiles, como la historia de Transila y la del polaco Ortel Banedre, añadiendo de su propia cosecha lo que de ningún modo merece recuerdo en la historia literaria. En la esfera novelística, parece deber algo al Persiles la obra de Suárez de Mendoza Eustorgio y Clorilene (1629), novela donde la inspiración falta en absoluto, y que pertenece, como la Historia de Hipólito y Aminta (1627), de Francisco de Quintana, a la serie de libros cuyos autores siguieron la norma de la novela bizantina, pero sin arte ni originalidad. A los contemporáneos de Cervantes debió de agradarles el Persiles, a juzgar por las diez ediciones que siguieron a la primera en el siglo XVII, por las dos versiones francesas de 1618, por la traducción inglesa de 1619, por la italiana de 1626, y por algunos juicios de los escritores de aquel tiempo. Así, Pérez de Montalbán, en su Para todos (séptimo día de la semana), coloca a Persiles y Sigismunda entre los amantes cuyos amores fueron “mas celebrados”, junto a Orfeo y Eurídice, a Angélica y Medoro, y a los Amantes de Teruel. Después las opiniones se
INTRODUCCIÓN p. XLIV han dividido: unos, como Mayáns en su Rhetorica (1), entienden que “la historia fingida, si es larga, admite más episodios; pero no deven ser tantos, que por ellos desaparezca el assunto principal, como sucedió a Miguel de Cervantes Saavedra en su Persiles i Segismunda”; otros, como Luis Fernández-Guerra (2), juzgan que en ninguna otra obra se contiene “tesoro igual de aventuras y situaciones dramáticas, de experiencia y de filosofía, de máximas formuladas soberanamente, acabadas locuciones, giros y frases gallardos, ... descripciones llenas de verdad seductora y clarísima”. En rigor, el Persiles, obra de la ancianidad de Cervantes, es un encantador mosaico de recuerdos de sus lecturas y de su vida; pero su abigarrado carácter no era lo más a propósito para asegurarle duradero éxito. Disponiendo Cervantes de ancho campo para introducir los más fantásticos episodios, dejóse embriagar por la invención (como en la Galatea por la discreción y por la poesía), y quiso maravillar a toda costa, acumulando los más peregrinos lances. Según hemos observado, los mismos principios estéticos (1) Valencia, 1757; I, 348. (2) Don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza; Madrid, 1871; página 215. Acerca de las opiniones nacionales y extranjeras sobre el Persiles, véase a R. Schevill, Studies in Cervantes. I. «Persiles y Sigismunda» (en Modern Philology de julio 1906).
INTRODUCCIÓN p. XLV de Cervantes impedían que se aplaudiese el arte del Persiles. Pondera él como indispensable la “verissimilitud” de la historia; pero nunca pecó más contra ella, dejándose llevar por el ambiente romántico y hasta cierto punto místico de su relato. Tanto los personajes, como la tierra que pisan y las regiones que recorren, no pertenecen a este mundo. De vez en cuando, sin embargo, tropezamos con el verdadero Cervantes (1), y entonces hemos de admirar su claro lenguaje, sus nobles sentimientos, su levantado ánimo, en todo lo cual se transparenta una vida llena de “trabajos” sobrellevados pacientemente, y henchida de ilusiones que jamás llegaron a marchitarse. “No sería esperança --nos dice-- aquella a que pudiessen contrastar y derribar infortunios, pues assi como la luz resplandece mas en las tinieblas, assi la esperança ha de estar mas firme en los trabajos: que el desesperarse en ellos es acción de pechos cobardes, y no ay mayor pusilanimidad ni baxeza que entregarse el trabajado, por mas que lo sea, a la desesperacion”(I, 67). * * * Fundamos el texto de nuestra edición en la (1) Aludimos a los capítulos VIII (episodio de Tozuelo), X (historia de los fingidos cautivos) y XI (suceso de los moriscos) del tercer libro, que son de lo mejor escrito de la obra.
INTRODUCCIÓN p. XLVI madrileña de 1617, primera y única de importancia, reproduciendo la ortografía, modernizando la puntuación y anotando las erratas interesantes, según el sistema que hemos seguido en La Galatea (1). Conservamos, como en esta última hicimos, los acentos, casi siempre graves, del original, omitiéndolos únicamente en los casos que contravienen a nuestra regla de no admitirlos sino en vocablos homónimos de más de una silaba, para facilitar la lectura. El cotejo con las ediciones que salieron a luz inmediatamente después de la madrileña, como las de Pamplona, 1617; Lisboa, 1617; y Bruselas, 1618, revela escasas variantes, y no dignas de mención. Las observaciones que consideramos de interés, constan en las Notas. Desde luego rechazamos cierta edición fechada en 1617, contrahecha, al parecer, en el siglo XVIII, e impresa a dos columnas en mal papel. El ejemplar de la auténtica que hemos tomado por base, se conserva en la Biblioteca Nacional. Berkeley-Madrid, setiembre-octubre de 1914. (1) Véase nuestra edición, I, xxxiii.
LOS TRABAIOS DE PERSILES Y SIGISMVNDA, HISTORIA Setentrional POR MIGVEL DE CERVANTES Saauedra. DIRIGIDO A DON PEDRO FERNANDEZ DE Castro, Conde de Lemos, de Andrade, de Villalua; Marques de Sarria, Gentilhombre de la Camara de su Magestad, Presidente del Consejo supremo de Italia, Comendador de la Encomienda de la Zarça, de la Orden de Alcantara. Escudo del impresor: una mano, sobre la cual hay un halcón, puesto el capirote: Año debajo, un león echado; 1617 la leyenda dice: “Post tenebras spero lucem.” Con priuilegio. En Madrid. Por Iuan de la Cuesta. ________________________________________________________ A costa de Iuan de Villarroel, mercader de libros en la Plateria.
p. XLVIII
p. XLIX TASSA Yo, Geronimo Nuñez de Leon, escriuano de Camara del rey nuestro señor, de los que en su Consejo residen, doy fee que, auiendose visto por los señores del vn libro intitulado Historia de los trabajos de Persiles y 5 Sigismunda, compuesto por Miguel de Ceruantes Saauedra, que con licencia de los dichos señores fue impresso, tassaron cada pliego de los del dicho libro a quatro marauedis, y parece tener cincuenta y ocho pliegos, que al dicho respeto son dozientos y treynta y dos 10 marauedis, y a este precio mandaron se vendiesse, y no a mas, y que esta tassa se ponga al principio de cada libro de los que se imprimieren. E para que de ello conste, de mandamiento de los dichos señores del Consejo, y de pedimiento de la parte del dicho Miguel de 15 Ceruantes, doy esta fee. En Madrid, a veynte y tres de Deziembre, de mil y seyscientos y diez y seys años. Geronimo Nuñez de Leon. Tiene cincuenta y ocho pliegos, que, a quatro marauedis, monta seys reales y veynte y ocho marauedis. 20 FEE DE ERRATAS Este libro, intitulado Historia de los trabajos de Persiles y Sigismunda, corresponde con su original. Dada en Madrid, a quinze dias del mes de Diziembre, de mil y seyscientos y diez y seys años. 25 El licenc[i]ado Murcia de la Llan(i)a.
p. L EL REY Por quanto por parte de vos, doña Catalina de Salazar, biuda de Miguel de Ceruantes Saauedra, nos fue fecha relacion que el dicho Miguel de Ceruantes auia dexado compuesto vn libro intitulado Los trabajos de 5 Persiles, en que auia puesto mucho estudio y trabajo, y nos suplicastes os mandassemos dar licencia para le poder imprimir, y priuilegio por veinte años, o como la nuestra merced fuesse, lo qual visto por los del nuestro Consejo, y como por su mandado se hizieron las 10 diligencias que la prematica por nos vltimamente fecha sobre la impression de los libros dispone, fue acordado que deuiamos mandar dar esta nuestra cedula para vos en la dicha razon, y nos tuuimoslo por bien. Por lo qual os damos licencia y facultad para que, por tiempo de 15 diez años primeros siguientes, que corran y se cuenten desde el dia de la fecha della, vos, o la persona que vuestro poder huuiere, y no otro alguno, podais imprimir y vender el dicho libro, que de suso se haze mencion, por el original que en el nuestro Consejo se vio, 20 que va rubricado y firmado al fin de Geronimo Nuñez de Leon, nuestro escriuano de Camara de los que en el residen, con que, antes que se venda, lo traygais ante ellos, juntamente con el dicho original, para que se vea si la dicha impression está conforme a el, y traygais 25 fee en pública forma en cómo por corretor por nos nombrado se vio y corrigio la dicha impression por su original. Y mandamos al impressor que imprimiere el dicho libro, no imprima el principio y primer pliego, ni entregue mas de vn solo libro con el original al autor 30 o persona a cuya costa se imprimiere, y no otro alguno, para efeto de la dicha correcion y tassa, hasta que primero el dicho libro esté corregido y tassado por los del nuestro Consejo; y estando assi, y no de otra manera,
p. LI pueda imprimir el dicho libro, principio y primer pliego, en el qual seguidamente se ponga esta licencia y priuilegio, y la aprouacion, tassa y erratas, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en la prematica y leyes de nuestros reynos que sobre ello disponen. 5 Y mandamos que, durante el tiempo de los dichos diez años, persona alguna, sin vuestra licencia, no le pueda imprimir ni vender, so pena que, el que lo imprimiere, aya perdido y pierda todos (*) y qualesquier libros, moldes y aparejos que del dicho (*) libro tuuiere, y mas, 10 incurra en pena de cincuenta mil marauedis, la qual dicha pena sea la tercia parte para la nuestra camara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y la otra tercia parte para la persona que lo denunciare. Y mandamos a los del nuestro Consejo, Presidentes y 15 Oidores de las nuestras Audiencias, alcaldes, alguaziles de la nuestra casa y corte, y chancillerias, y a todos los corregidores, assistentes, gouernadores, alcaldes mayores y ordinarios, y otros juezes y justicias qualesquier, de todas las ciudades, villas y lugares de los 20 nuestros reynos y señorios, que vos guarden y cumplan esta nuestra cedula, y contra su tenor y forma no vayan ni passen en manera alguna. Fecha en san Lorenço, a veynte y quatro dias del mes de Setiembre, de mil y seyscientos y diez y seys años. 25 YO EL REY Por mandado del rey nuestro señor, Pedro de Contreras. APROVACION Por mandado de vuessa alteza he visto el libro de los 30 trabajos de Persiles, de Miguel de Ceruantes Saauedra, illustre hijo de nuestra nacion, y padre illustre de tantos buenos hijos con que dichosamente la enoblezio, y no hallo en el cosa contra nuestra santa fe catolica y
p. LII buenas costumbres; antes, muchas de honesta y apazible recreacion, y por el se podria dezir lo que San Geronimo de Origenes por el comentario sobre los Cantares: Cùm in omnibus omnes, in hoc seipsum superauit Origenes, pues de quantos nos dexó escritos, ninguno 5 es mas ingenioso, mas culto ni mas entretenido; en fin, cisne de su buena vegez, casi entre los aprietos de la muerte, cantó este parto de su venerando ingenio. Este es mi parecer. Saluo, &c. En Madrid, a nueue de Setiembre de mil y seyscientos y diez y seys años. 10 El Maestro Iosef de Valdiuiesso (*).
p. LIII DE DON FRANCISCO DE VRBINA (*) a Miguel de Ceruantes, insigne y christiano ingenio de nuestros tiempos, a quien lleuaron los Terceros de san Francisco a enterrar con la cara descubierta, como a Tercero que era. 5 EPITAFIO Caminante, el peregrino Ceruantes aqui se encierra: su cuerpo cubre la tierra, no su nombre, que es diuino. 10 En fin hizo su camino; pero su fama no es muerta, ni sus obras, prenda cierta de que pudo a la partida, desde esta a la eterna vida, 15 yr la cara descubierta. A EL SEPVLCRO DE MIGVEL DE CERVANTES SAAVEDRA, ingenio christiano, por Luys Francisco Calderon. SONETO 20 En este, ¡o caminante!, marmol breue, vrna funesta, si no excelsa pira, cenizas de vn ingenio santas mira, que oluido y tiempo a despreciar se atreue.
p. LIV No tantas en su orilla arenas mueue glorioso el Tajo, quantas oy admira lenguas la suya, por quien grata aspira a el lauro España que a su nombre deue. Luzientes de sus libros gracias fueron, 5 con dulce suspension, su estilo graue, religiosa inuencion, moral decoro. A cuyo ingenio los de España dieron la solida opinion que el mundo sabe, y a el cuerpo, ofrenda de perpetuo lloro. 10
p. LV A DON PEDRO FERNANDEZ DE CASTRO Conde de Lemos (*), de Andrade, de Villalua; Marques de Sarria, Gentilhombre de la Camara de su Magestad, Presidente del Consejo supremo 5 de Italia, Comendador de la Encomienda de la Zarça, de la Orden de Alcantara. Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comiençan: “Puesto ya el pie en el estriuo” (*), 10 quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epistola, porque casi con las mismas palabras las puedo començar, diziendo: “Puesto ya el pie en el estriuo, con las ansias de la muerte, 15 gran señor, esta te escriuo.” Ayer me dieron la estremauncion, y oy escriuo esta; el tiempo es breue, las ansias crecen, las esperanças menguan, y, con todo esto, lleuo la
[DEDICATORIA] p. LVI vida sobre el desseo que tengo de viuir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a vuessa excelencia: que podria ser fuesse tanto el contento de ver a vuessa excelencia bueno en España, que me voluiesse a dar la vida. Pero 5 si está decretado que la aya de perder, cumplase la voluntad de los cielos, y, por lo menos, sepa vuessa excelencia este mi desseo, y sepa que tuuo en mi vn tan aficionado criado de seruirle, que quiso passar aun mas alla de la muerte 10 mostrando su intencion. Con todo esto, como en profecia, me alegro de la llegada de vuessa excelencia, regozijome de verle señalar con el dedo, y realegrome de que salieron verdaderas mis esperanças, dilatadas en la fama de las 15 bondades de vuessa excelencia. Todauia me quedan en el alma ciertas reliquias y assomos de las Semanas del jardin (*) y del famoso Bernardo. Si a dicha, por buena ventura mia, que ya no sería ventura, sino milagro, me diesse el 20 cielo vida, las verá, y con ellas fin de La Galatea, de quien se está aficionado vuessa excelencia; y con estas obras, continuando mi desseo, guarde Dios a vuessa excelencia como puede. De Madrid, a diez y nueue de abril de 25 mil y seyscientos y diez y seys años. Criado de vuessa excelencia, Miguel de Ceruantes.
p. LVII PROLOGO Sucedio, pues, lector amantissimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquiuias (*), por mil causas famoso, vna por sus illustres linages, y otra por sus illustrissimos 5 vinos, senti que a mis espaldas venía picando con gran priessa vno que, al parecer, traia desseo de alcançarnos, y aun lo mostro dandonos vozes que no picassemos tanto. Esperamosle, y llegó sobre vna borrica vn estudiante 10 pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparas, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenças yguales; verdad es no traia mas de dos, porque se le venía a vn lado la valona por momentos, y el traia sumo 15 trabajo y cuenta de endereçarla. Llegando a nosotros, dixo: --¿Vuessas mercedes van a alcançar algun oficio o prebenda a la corte, pues alla está Su Illustrissima de Toledo y Su Magestad, ni mas 20 ni menos, segun la priessa con que caminan, que en verdad que a mi burra se le ha cantado el victor de caminante mas de vna vez?
PROLOGO p. LVIII A lo qual respondio vno de mis compañeros: --El rozin del señor Miguel de Ceruantes tiene la culpa desto, porque es algo que (*) pasilargo. Apenas huuo oido el estudiante el nombre de 5 Ceruantes, quando, apeandose de su caualgadura, cayendosele aqui el coxin y alli el portamanteo, que con toda esta autoridad caminaua, arremetio a mi, y, acudiendo assirme de la mano yzquierda, dixo: 10 --¡Si, si; este es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regozijo de las Musas! Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanças, pareciome ser descortesia 15 no corresponder a ellas; y assi, abrazandole por el cuello, donde le eché a perder de todo punto la valona, le dixe: --Esse es vn error donde han caido muchos aficionados ignorantes; yo, señor, soy 20 Ceruantes, pero no el regozijo de las Musas, ni ninguna (*) de las demas baratijas que ha dicho. Vuessa merced vuelua a cobrar su burra, y suba, y caminemos en buena conuersacion lo poco que nos falta del camino. 25 Hizolo assi el comedido estudiante, tuuimos algun tanto mas las riendas, y con paso assentado seguimos nuestro camino, en el qual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me deshaució al momento, diziendo: 30 --Esta enfermedad es de ydropesia, que no la sanará toda el agua del mar Oceano que
PROLOGO p. LIX dulcemente se beuiesse. Vuessa merced, señor Zeruantes, ponga tassa al beuer, no oluidandose de comer, que con esto sanará, sin otra medicina alguna. --Esso me han dicho muchos --respondi yo--; 5 pero assi puedo dexar de beuer a todo mi beneplacito, como si para sólo esso huuiera nacido. Mi vida se va acabando, y, al paso de las efemeridas de mis pulsos, que, a mas tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi 10 vida. En fuerte punto ha llegado vuessa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuessa merced me ha mostrado. En esto, llegamos a la puente de Toledo, y yo 15 entré por ella, y el se apartó a entrar por la de Segouia. Lo que se dira de mi sucesso, tendra la fama cuydado, mis amigos gana de dezilla, y yo mayor gana de escuchalla. Tornéle a abraçar, voluioseme [a] (*) ofrecer, picó a su burra, y 20 dexóme tan mal dispuesto como el yua cauallero en su burra, a quien auia dado gran ocasion a mi pluma para escriuir donayres; pero no son todos los tiempos vnos. Tiempo vendra, quiça, donde, anudando este roto hilo, diga lo que 25 aqui me falta y lo que sé conuenia. ¡A Dios, gracias; a Dios, donayres; a Dios, regozijados amigos; que yo me voy muriendo, y desseando veros presto contentos en la otra vida! (*)
p. 1 LIBRO PRIMERO DE LA HISTORIA DE LOS TRABAIOS DE PERSILES Y SIGISMVNDA 5 CAPITVLO PRIMERO Vozes daua el barbaro Corsicurbo a la estrecha boca de vna profunda mazmorra, antes sepultura que prision de muchos cuerpos viuos que en ella estauan sepultados; y, au[n]que su 10 terrible y espantoso estruendo cerca y lexos se escuchaua, de nadie eran entendidas articuladamente las razones que pronunciaua, sino de la miserable Cloelia, a quien sus desuenturas en aquella profundidad tenian encerrada (*). 15 --Haz, ¡o Cloelia! --dezia el barbaro--, que, assi como está, ligadas las manos atras, salga aca arriba, atado a essa cuerda que descuelgo,
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 2 aquel mancebo que aura dos dias que te entregamos; y mira bien si, entre las mugeres de la passada presa, ay alguna que merezca nuestra compañia, y gozar de la luz del claro cielo que nos cubre y del ayre saludable que nos rodea. 5 Descolgo en esto vna gruessa cuerda de cañamo, y, de alli a poco espacio, el y otros quatro barbaros tiraron hazia arriba, en la qual cuerda, ligado por debaxo de los braços, sacaron assido fuertemente a vn mancebo, al parecer de hasta 10 diez y nueue o veynte años, vestido de lienço basto, como marinero, pero hermoso sobre todo encarecimiento. Lo primero que hizieron los (*) barbaros, fue requerir las esposas y cordeles con que a las espaldas trahia ligadas las manos; 15 luego le sacudieron los cabellos, que, como infinitos anillos de puro oro, la cabeça le cubrian; limpiaronle el rostro, que cubierto de poluo tenia, y descubrio vna tan marauillosa hermosura, que suspendio y enternecio los pechos de aquellos 20 que para ser sus verdugos le lleuauan. No mostraua el gallardo moço en su semblante genero de aflicion alguna; antes, con ojos, al parecer, alegres, alçó el rostro y miró al cielo por todas partes, y, con voz clara y no turbada 25 lengua, dixo: --Gracias os hago, ¡o inmensos y piadosos cielos!, de que me aueys trahido a morir adonde vuestra luz vea mi muerte, y no adonde estos escuros calabozos, de donde agora salgo, de 30 sombras caliginosas la cubran; bien querria yo no morir desesperado, a lo menos, porque soy
LIBRO I, CAPITVLO I p. 3 christiano; pero mis desdichas son tales, que me llaman y casi fuerçan a dessearlo. Ninguna destas razones fue entendida de los barbaros, por ser dichas en diferente lenguage que el suyo; y assi, cerrando primero la boca de 5 la mazmorra con vna gran piedra, y cogiendo al mancebo sin desatarle, entre los quatro llegaron con el a la marina, donde tenian vna balsa de maderos, y atados vnos con otros con fuertes bexucos y flexibles mimbres. Este artificio 10 les seruia, como luego parecio, de baxel, en que passauan a otra isla que no dos millas o tres de alli se parecia. Saltaron luego en los maderos, y pusieron en medio dellos, sentado, al prisionero, y luego vno de los barbaros assio 15 de vn grandissimo arco que en la balsa estaua, y, poniendo en el vna desmesurada flecha, cuya punta era de pedernal, con mucha presteza le flechó, y, encarando al mancebo, le señaló por su blanco, dando señales y muestras de que ya 20 le queria passar el pecho. Los barbaros que quedauan, assieron de tres palos gruessos, cortados a manera de remos, y el vno se puso a ser timonero, y los dos a encaminar la balsa a la otra isla. El hermoso moço, que por instantes 25 esperaua y temia el golpe de la flecha amenazadora, encogia los ombros, apretaua los labios, enarcaua las cejas, y, con silencio profundo, dentro en su coraçon pedia al cielo, no que le librasse de aquel tan cercano como cruel 30 peligro, sino que le diesse ánimo para sufrillo; viendo lo qual el barbaro flechero, y sabiendo
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 4 que no auia de ser aquel el genero de muerte con que le auian de quitar la vida, hallando la belleza del moço piedad en la dureza de su coraçon, no quiso darle dilatada muerte, teniendole siempre encarada la flecha al pecho; y assi, 5 arrojó de si el arco, y, llegandose a el, por señas, como mejor pudo, le dio a entender que no queria matarle. En esto estauan, quando los maderos llegaron a la mitad del estrecho que las dos islas 10 formauan, en el qual de improuiso se leuantó vna borrasca que, sin poder remediallo los inexpertos marineros, los leños de la balsa se desligaron y diuidieron en partes, quedando en la vna, que sería de hasta seys maderos 15 compuesta, el mancebo, que de otra muerte que de ser anegado tan poco auia que estaua temeroso. Leuantaron remolinos las aguas; pelearon entre si los contrapuestos vientos; anegaronse los barbaros; salieron los leños del atado 20 prisionero al mar abierto; passauanle las olas por cima, no solamente impidiendole ver el cielo, pero negandole el poder pedirle tuuiesse compassion de su desuentura. Y si tuuo, pues las continuas y furiosas ondas, que a cada punto 25 le cubrian, no le arrancaron de los leños y se le lleuaron consigo a su abismo: que, como lleuaua atadas las manos a las espaldas, ni podia assirse, ni vsar de otro remedio alguno. Desta manera que se ha dicho salio a lo raso del mar, 30 que se mostro algun tanto sossegado y tranquilo al boluer vna punta de la isla, adonde los leños
LIBRO I, CAPITVLO I p. 5 milagrosamente se encaminaron y del furioso mar se defendieron. Sentose el fatigado jouen, y, tendiendo la vista a todas partes, casi junto a el descubrio vn nauio que en aquel reposo (*) del alterado mar, como en seguro puerto, se 5 reparaua; descubrieron assimismo los del nauio los maderos y el bulto que sobre ellos venía, y por certificarse qué podia ser aquello, echaron el esquife al agua, y llegaron a verlo, y hallando alli al tan desfigurado como hermoso mancebo, 10 con diligencia y lástima le passaron a su nauio, dando con el nueuo hallazgo admiracion a quantos en el estauan. Subio el moço en braços agenos, y, no pudiendo tenerse en sus pies de puro flaco, porque auia tres dias que no auia 15 comido, y de puro molido y maltratado de las olas, dio consigo vn gran golpe sobre la cubierta del nauio, el capitan del qual, con ánimo generoso y compassion natural, mandó que le socorriessen. Acudieron luego vnos a quitarle las ataduras, 20 otros a traer conseruas y odoriferos vinos, con cuyos remedios boluio en si, como de muerte a vida, el desmayado moço, el qual, poniendo los ojos en el capitan, cuya gentileza y rico trage le lleuó tras si la vista, y aun la lengua, 25 (y) le dixo: --Los piadosos cielos te paguen, piadoso señor, el bien que me has hecho, que mal se pueden lleuar las tristezas del ánimo, si no se esfuerçan los descaecimientos del cuerpo. Mis 30 desdichas me tienen de manera, que no te puedo hazer ninguna recompensa deste beneficio, si no
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 6 es con el agradecimiento; y, si se sufre que vn pobre afligido pueda dezir de si mismo alguna alabança, yo se que en ser agradecido ninguno en el mundo me podra lleuar alguna ventaja. Y en esto prouo a leuantarse, para yr a besarle 5 los pies; mas la flaqueza no se lo permitio, porque tres vezes lo prouo, y otras tantas boluio a dar consigo en el suelo; viendo lo qual, el capitan mandó que le lleuassen debaxo de cubierta y le echassen en dos traspontines, y que, 10 quitandole los mojados vestidos, le vistiessen otros enjutos y limpios, y le hiziessen descansar y dormir. Hizose lo que el capitan mandó; obedecio, callando, el moço, y en el capitan crecio la admiracion de nueuo, viendolo leuantar en 15 pie, con la gallarda disposicion que tenia, y luego le començo a fatigar el desseo de saber del, lo mas presto que pudiesse, quién era, cómo se llamaua, y de qué causas auia nacido el efeto que en tanta estrecheza le auia puesto; pero, 20 excediendo su cortesia a su desseo, quiso que primero se acudiesse a su debilidad, que cumplir la voluntad suya.
p. 7 CAPITVLO SEGVNDO del libro primero Reposando dexaron los ministros de la naue al mancebo, en cumplimiento de lo que su señor les auia mandado; pero como le acossauan 5 varios y tristes pensamientos, no podia el sueño tomar possession de sus sentidos, ni menos lo consintieron vnos congojosos suspiros y vnas angustiadas lamentaciones que a sus oydos llegaron, a su parecer, salidos de entre vnas tablas 10 de otro apartamiento que junto al suyo estaua; y poniendose con grande atencion a escucharlas, oyo que dezian: --En triste y menguado signo mis padres me engendraron, y en no benigna estrella mi madre 15 me arrojó a la luz del mundo; y bien digo arrojó, porque nacimiento como el mio, antes se puede dezir arrojar que nacer. Libre pense yo que gozara de la luz del sol en esta vida; pero engañóme mi pensamiento, pues me veo a pique 20 de ser vendida por esclaua: desuentura a quien ninguna puede compararse. --¡O tu, quienquiera que seas! --dixo a esta sazon el mancebo--. Si es, como dezirse suele, que las desgracias y trabajos, quando se comunican, 25 suelen aliuiarse, llegate aqui, y, por entre
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 8 los espacios descubiertos destas tablas, cuentame los tuyos: que si en mi no hallares aliuio, hallarás quien dellos se compadezca. --Escucha, pues --le fue respondido--, que, en las mas breues razones, te contaré las 5 sinrazones que la fortuna me ha hecho. Pero querria saber primero a quién las cuento. Dime si eres, por ventura, vn mancebo que poco ha hallaron medio muerto en vnos maderos que dizen siruen de varcos a vnos barbaros que estan en esta 10 isla donde auemos dado fondo, reparandonos de la borrasca que se ha leuantado. --El mismo soy --respondio el mancebo. --Pues, ¿quién eres? --preguntó la persona que hablaua. 15 --Dixeratelo, si no quisiera que primero me obligaras con contarme tu vida, que, por las palabras que poco ha que te oi dezir, imagino que no deue de ser tan buena como quisieras. A lo que le respondieron: 20 --Escucha, que en cifra te dire mis males. El capitan y señor deste nauio se llama Arnaldo; es hijo heredero del rey de Dinamarca, a cuyo poder vino por diferentes y estraños acontecimientos vna principal donzella, a quien yo tuue 25 por señora, a mi parecer, de tanta hermosura, que, entre las que oy viuen en el mundo, y entre aquellas que puede pintar en la imaginacion el mas agudo entendimiento, puede lleuar la ventaja; su discrecion yguala a su belleza, y sus 30 desdichas a su discrecion y a su hermosura: su nombre es Auristela; sus padres, de linage de
LIBRO I, CAPITVLO II p. 9 reyes y de riquissimo estado. Esta, pues, a quien todas estas alabanças vienen cortas, se vio vendida, y comprada de Arnaldo, y con tanto ahinco y con tantas veras la amó y la ama, que mil vezes de esclaua la quiso hazer su 5 señora, admitiendola por su legitima esposa, y esto con voluntad del rey, padre de Arnaldo, que juzgó que las raras virtudes y gentileza de Auristela mucho mas que ser reyna merecian; pero ella se defendia, diziendo no ser possible 10 romper vn voto que tenia hecho de guardar virginidad toda su vida, y que no pensaua quebrarle en ninguna manera, si bien la solicitassen promessas o la amenazassen muertes. Pero no por esto ha dexado Arnaldo de entretener sus 15 esperanças con dudosas imaginaciones, arrimandolas a la variacion de los tiempos y a la mudable condicion de las mugeres, hasta que sucedio que, andando mi señora Auristela por la ribera del mar solazandose, no como esclaua, 20 sino como reyna, llegaron vnos baxeles de cossarios, y la robaron y lleuaron no se sabe adónde. El principe Arnaldo, imaginando que estos cossarios eran los mismos que la primera vez se la vendieron, --los quales cossarios andan 25 por todos estos mares, insulas y riberas robando o comprando las mas hermosas donzellas que hallan, para traellas por grangeria a vender a esta insula donde dizen que estamos, la qual es habitada de vnos barbaros, gente indomita y 30 cruel, los quales tienen entre si por cosa inuiolable y cierta, persuadidos, o ya del demonio, o
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 10 ya de vn antiguo hechizero a quien ellos tienen por sapientissimo varon, que de entre ellos ha de salir vn rey que conquiste y gane gran parte del mundo; este rey que esperan no saben quién ha de ser, y, para saberlo, aquel hechizero les dio 5 esta orden: Que sacrificassen todos los hombres que a su insula llegassen, de cuyos coraçones, digo, de cada vno de por si, hiziessen poluos, y los diessen a beuer a los barbaros mas principales de la insula, con expressa orden que, el que 10 los passasse sin torcer el rostro ni dar muestras de que le sabía mal, le alçassen por su rey; pero no ha de ser este el que conquiste el mundo, sino vn hijo suyo. Tambien les mandó que tuuiessen en la isla todas las donzellas que 15 pudiessen o comprar o robar, y que la mas hermosa dellas se la entregassen luego al barbaro cuya sucession valerosa prometia la beuida de los poluos. Estas donzellas compradas o robadas son bien tratadas de ellos, que sólo en esto 20 muestran no ser barbaros, y las que compran son a subidissimos precios, que los pagan en pedaços de oro sin cuño y en preciosissimas perlas, de que los mares de las riberas destas islas abundan; y a esta causa, lleuados deste interes 25 y ganancia, muchos se han hecho cossarios y mercaderes.-- Arnaldo, pues, que, como te he dicho, ha imaginado que en esta isla podria ser que estuuiesse Auristela, mitad de su alma, sin la qual no puede viuir, ha ordenado, para 30 certificarse desta duda, de venderme a mi a los barbaros, porque, quedando yo entre ellos, sirua
LIBRO I, CAPITVLO II p. 11 de espia de saber lo que dessea, y no espera otra cosa sino que el mar se amanse, para hazer escala y concluyr su venta. Mira, pues, si con razon me quexo, pues la ventura que me aguarda es venir a viuir entre barbaros, que de 5 mi hermosura no me puedo prometer venir a ser reyna, especialmente si la corta suerte huuiesse traido a esta tierra a mi señora la sin par Auristela. De esta causa nacieron los suspiros que me has oydo, y destos temores las quexas que me 10 atormentan. Calló en diziendo esto, y al mancebo se le atrauessó vn ñudo en la garganta, pegó la boca con las tablas, que humedecio con copiosas lagrimas, y, al cabo de vn pequeño espacio, le 15 preguntó si, por ventura, tenia algunos barruntos de que Arnaldo huuiesse gozado de Auristela, o ya de que Auristela, por estar en otra parte prendada, desdeñasse a Arnaldo y no admitiesse tan gran dadiua como la de vn reyno, porque a el 20 le parecia que tal vez las leyes del gusto humano tienen mas fuerça que las de la religion. Respondiole que, aunque ella imaginaua que el tiempo auia podido dar a Auristela ocasion de querer bien a vn tal Periandro, que la auia 25 sacado de su patria, cauallero generoso, dotado de todas las partes que le podian hazer amable de todos aquellos que le conociessen, nunca se le auia oydo nombrar en las continuas quexas que de sus desgracias daua al cielo, ni en otro 30 modo alguno. Preguntóle si conocia ella a aquel Periandro que dezia. Dixole que no, sino que
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 12 por relacion sabía ser el que lleuó a su señora, a cuyo seruicio ella auia venido despues que Periandro, por vn estraño acontecimiento, la auia dexado. En esto estauan, quando de arriba llamaron a Taurisa, que este era el nombre de 5 la que sus desgracias auia contado, la qual, oyendose llamar, dixo: --Sin duda alguna, el mar está manso y la borrasca quieta, pues me llaman para hazer de mi la desdichada entrega. A Dios te queda, quienquiera 10 que seas, y los cielos te libren de ser entregado para que los poluos de tu abrasado coraçon testifiquen esta vanidad e impertinente profecia: que tambien estos insolentes moradores desta insula buscan coraçones que abrasar, 15 como donzellas que guardar para lo que procuran. Apartaronse; subio Taurisa a la cubierta; quedó el mancebo pensatiuo, y pidio que le diessen de vestir, que queria leuantarse. Truxeronle vn 20 vestido de damasco verde, cortado al modo del que el auia trahido de lienço; subio arriba, recibiole Arnaldo con agradable semblante, sentole junto a si, vistieron a Taurisa rica y gallardamente, al modo que suelen vestirse las ninfas 25 de las aguas o las amadriades de los montes. En tanto que esto se hazía, con admiracion del moço, Arnaldo le conto todos sus amores y sus intentos, y aun le pidio consejo de lo que haria, y le preguntó si los medios que ponia para saber 30 de Auristela yuan bien encaminados. El moço, que, del razonamiento que auia tenido con
LIBRO I, CAPITVLO II p. 13 Taurisa, y de lo que Arnaldo le contaua, tenia el alma llena de mil imaginaciones y sospechas, discurriendo con velocissimo curso del entendimiento lo que podria suceder si acaso Auristela entre aquellos barbaros se hallasse, le respondio: 5 --Señor, yo no tengo edad para saberte aconsejar; pero tengo voluntad, que me mueue a seruirte, que la vida que me has dado, con el recibimiento y mercedes que me has hecho, me obligan a emplearla en tu seruicio. Mi nombre 10 es Periandro, de nobilissimos padres nacido, y al par de mi nobleza corre mi desuentura y mis desgracias, las quales, por ser tantas, no conceden aora lugar para contartelas. Essa Auristela que buscas, es vna hermana mia que 15 tambien yo ando buscando, que, por varios acontecimientos, ha vn año que nos perdimos. Por el nombre y por la hermosura que me encareces, conozco, sin duda, que es mi perdida hermana, que daria por hallarla, no sólo la vida que 20 posseo, sino el contento que espero recebir de auerla hallado, que es lo mas que puedo encarecer; y assi, como tan interessado en este hallazgo, voy escogiendo, [entre] otros muchos medios que en la imaginacion fabrico, este, que, 25 aunque venga a ser con mas peligro de mi vida, será mas cierto y mas breue: tu, señor Arnaldo, ¿estás determinado de vender esta donzella a estos barbaros, para que, estando en su poder, vea si está en el suyo Auristela, de que te 30 podras informar boluiendo otra vez a vender otra donzella a los mismos barbaros, y a Taurisa no
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 14 le faltará modo, o dara señales si está o no Auristela con las demas que para el efeto que se sabe los barbaros guardan y con tanta solicitud compran? --Assi es la verdad --dixo Arnaldo--; y he 5 escogido antes a Taurisa que a otra, de quatro que van en el nauio para el mismo efeto, porque Taurisa la conoce, que ha sido su donzella. --Todo esso está muy bien pensado-- dixo Periandro--; pero yo soy de parecer que 10 ninguna persona hara essa diligencia tambien como yo, pues mi edad, mi rostro, el interes que se me sigue, juntamente con el conocimiento que tengo de Auristela, me está incitando a aconsejarme que tome sobre mis ombros esta 15 empresa. Mira, señor, si vienes en este parecer, y no lo dilates, que, en los casos arduos y dificultosos, en vn mismo punto han de andar el consejo y la obra. Quadraronle a Arnaldo las razones de Periandro, 20 y, sin reparar en algunos inconuenientes que se le ofrecian, las puso en obra, y, de muchos y ricos vestidos de que venía proueydo, por si hallaua a Auristela, vistio a Periandro, que quedó, al parecer, la mas gallarda y hermosa 25 muger que hasta entonces los ojos humanos auian visto; pues, si no era la hermosura de Auristela, ninguna otra podia ygualarsele. Los del nauio quedaron admirados; Taurisa, atonita; el principe, confuso; el qual, a no pensar que 30 era hermano de Auristela, el considerar que era varon, le traspassara el alma con la dura lança
LIBRO I, CAPITVLO II p. 15 de los zelos, cuya punta se atreue a entrar por las del mas agudo diamante: quiero dezir que los zelos rompen toda seguridad y recato, aunque del se armen los pechos enamorados. Finalmente, hecho el metamorfosis de Periandro, se 5 hizieron vn poco a la mar, para que de todo en todo de los barbaros fuessen descubiertos. La priessa con que Arnaldo quiso saber de Auristela, no consintio en que preguntasse primero a Periandro quién eran el y su hermana, y 10 por qué trances auian venido al miserable en que le auia hallado: que todo esto, segun buen discurso, auia de preceder a la confiança que del hazía; pero como es propia condicion de los amantes ocupar los pensamientos, antes en buscar 15 los medios de alcançar el fin de su desseo, que en otras curiosidades, no le dio lugar a que preguntasse lo que fuera bien que supiera, y lo que supo despues, quando no le estuuo bien el saberlo. Alongados, pues, vn tanto de la isla, 20 como se ha dicho, adornaron la naue con flamulas y gallardetes, que ellos açotando el ayre, y ellas besando las aguas, hermosissima vista hazian; el mar tranquilo, el cielo claro, el son de las chirimias y de otros instrumentos, tan 25 belicos como alegres, suspendian los animos; y los barbaros, que de no muy lexos lo mirauan, quedaron mas suspensos, y en vn momento coronaron la ribera, armados de arcos y saetas de la grandeza que otra vez se ha dicho. Poco menos 30 de vna milla llegaua la naue a la isla, quando, disparando toda la artilleria, que traia mucha y
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 16 gruessa, arrojó el esquife al agua, y entrando en el Arnaldo, Taurisa y Periandro, y otros seis marineros, pusieron en vna lança vn lienço blanco, señal de que venian de paz, como es costumbre casi en todas las naciones de la 5 tierra; y lo que en esta les sucedio, se cuenta en el capitulo que se sigue.
p. 17 CAPITVLO TERCERO del primer libro Como se yua acercando el barco a la ribera, se yuan apiñando los barbaros, cada vno desseoso de saber, primero que viesse, lo que en el 5 venía (*); y, en señal que lo recibirian de paz, y no de guerra, sacaron muchos lienços y los campearon por el ayre, tiraron infinitas flechas al viento, y, con increible ligereza, saltauan algunos de vnas partes en otras. No pudo llegar el 10 barco a bordas con la tierra, por ser la mar baxa, que en aquellas partes crece y mengua como en las nuestras; pero los barbaros, hasta cantidad de veynte, se entraron a pie por la mojada arena, y llegaron a el casi a tocarse con las 15 manos. Traian sobre los ombros a vna muger barbara, pero de mucha hermosura, la qual, antes que otro alguno hablasse, dixo en lengua polaca: --A vosotros, quienquiera que seais, pide 20 nuestro principe, o, por mejor dezir, nuestro gouernador, que le digais quién sois, a qué venis y qué es lo que buscais. Si, por ventura, traheis alguna donzella que vender, se os será muy bien pagada; pero si son otras mercancias, 25 las vuestras no las hemos menester, porque en
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 18 esta nuestra isla, merced al cielo, tenemos todo lo necessario para la vida humana, sin tener necessidad de salir a otra parte a buscarlo. Entendiola muy bien Arnaldo, y preguntóle si era barbara de nacion, o si acaso era de las 5 compradas en aquella isla, a lo que le respondio: --Respondeme tu a lo que he preguntado, que estos mis amos no gustan que en otras pláticas me dilate sino en aquellas que hazen al 10 caso para su negocio. Oyendo lo qual, Arnaldo respondio: --Nosotros somos naturales del reyno de Dinamarca, vsamos el oficio de mercaderes y de cossarios, trocamos lo que podemos, vendemos 15 lo que nos compran, y despachamos lo que hurtamos; y, entre otras presas que a nuestras manos han venido, ha sido la de esta donzella --y señaló a Periandro--, la qual, por ser vna de las mas hermosas, o, por mejor dezir, la mas 20 hermosa del mundo, os la trahemos a vender, que ya sabemos el efeto para que las compran en esta isla; y si es que ha de salir verdadero el vaticinio que vuestros sabios han dicho, bien podeis esperar, desta sin ygual belleza y 25 disposicion gallarda, que os dara hijos hermosos y valientes. Oyendo esto algunos de los barbaros, preguntaron a la barbara les dixesse lo que dezia; dixolo ella, y al momento se partieron quatro 30 dellos, y fueron, a lo que parecio, a dar auiso a su gouernador. En este espacio que boluian,
LIBRO I, CAPITVLO III p. 19 preguntó Arnaldo a la barbara si tenian algunas mugeres compradas en la isla, y si auia alguna entre ellas de belleza tanta, que pudiesse ygualar a la que ellos trahian para vender. --No --dixo la barbara--; porque, aunque ay 5 muchas, ninguna dellas se me yguala, porque, en efeto, yo soy vna de las desdichadas para ser reyna destos barbaros, que sería la mayor desuentura que me pudiesse venir. Boluieron los que auian ydo a la tierra, y con 10 ellos otros muchos y su principe, que lo mostro ser en el rico adorno que traia. Auiase echado sobre el rostro vn delgado y trasparente velo Periandro, por dar de improuiso, como rayo, con la luz de sus ojos en los de aquellos barbaros, 15 que con grandissima atencion le estauan mirando. Habló el gouernador con la barbara, de que resultó que ella dixo a Arnaldo que su principe dezia que mandasse alçar el velo a su donzella. Hizose assi: leuantóse en pie Periandro, descubrio 20 el rostro, alçó los ojos al cielo, mostro dolerse de su ventura, estendio los rayos de sus dos soles a vna y otra parte, que, encontrandose con los del barbaro capitan, dieron con el en tierra; a lo menos, assi lo dio a entender el 25 hincarse de rodillas, como se hincó, adorando a su modo en la hermosa imagen, que pensaua ser muger; y, hablando con la barbara, en pocas razones concerto la venta, y dio por ella todo lo que quiso pedir Arnaldo, sin replicar palabra 30 alguna. Partieron todos los barbaros a la isla; en vn instante boluieron con infinitos pedaços
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 20 de oro y con luengas sartas de finissimas perlas, que sin cuenta y a monton confuso se las entregaron a Arnaldo, el qual, luego, tomando de la mano a Periandro, le entregó al barbaro, y dixo a la intérprete dixesse a su dueño que 5 dentro de pocos dias bolueria a venderle otra donzella, si no tan hermosa, a lo menos, tal que pudiesse merecer ser comprada. Abraçó Periandro a todos los que en el barco venian, casi preñados los ojos de lagrimas, que no le nacian de coraçon 10 afeminado, sino de la consideracion de los rigurosos trances que por el auian passado; hizo señal Arnaldo a la naue que disparasse la artilleria, y el barbaro a los suyos que tocassen sus instrumentos, y en vn instante atrono el cielo la 15 artilleria y la musica de los barbaros, [y] llenaron los ayres de confusos y diferentes sones. Con este aplauso, lleuado en ombros de los barbaros, puso los pies en tierra Periandro, llegó a su naue Arnaldo y los que con el venian, quedando 20 concertado entre Periandro y Arnaldo que, si el viento no le forçasse, procuraria no desuiarse de la isla sino lo que bastasse para no ser de ella descubierto, y boluer a ella a vender, si fuesse necessario, a Taurisa, que, con la seña 25 que Periandro le hiziesse, se sabria el si o el no del hallazgo de Auristela; y, en caso que no estuuiesse en la isla, no faltaria traça para libertar a Periandro, aunque fuesse mouiendo guerra a los barbaros con todo su poder y el de sus 30 amigos.
p. 21 CAPITVLO QVARTO del libro primero Entre los que vinieron a concertar la compra de la donzella, vino con el capitan vn barbaro llamado Bradamiro, de los mas valientes y mas 5 principales de toda la isla, menospreciador de toda ley, arrogante sobre la misma arrogancia, y atreuido tanto como el mismo, porque no se halla con quien compararlo. Este, pues, desde el punto que vio a Periandro, creyendo ser muger, 10 como todos lo creyeron, hizo dissinio en su pensamiento de escogerla para si, sin esperar a que las leyes del vaticinio se prouassen o cumpliessen. Assi como puso los pies en la insula Periandro, muchos barbaros, a porfia, le tomaron 15 en ombros, y, con muestras de infinita alegria, le lleuaron a vna gran tienda que, entre otras muchas pequeñas, en vn apazible y deleytoso prado estauan puestas, todas cubiertas de pieles de animales, quales domesticos, quales 20 seluaticos. La barbara que auia seruido de intérprete de la compra y venta, no se le quitaua del lado, y con palabras y en lenguage que el no entendia, le consolaua. Ordenó luego el gouernador que passassen a 25 la insula de la prision y traxessen de ella algun
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 22 varon, si le huuiesse, para hazer la prueua de su engañosa esperança. Fue obedecido al punto, y, al mismo instante, tendieron por el suelo pieles curtidas, olorosas, limpias y lissas, de animales, para que de manteles siruiessen, sobre las quales 5 arrojaron y tendieron, sin concierto ni policia alguna, diuersos generos de frutas secas, y, sentandose el y algunos de los principales barbaros que alli estauan, començo a comer y a combidar por señas a Periandro que lo mismo hiziesse. 10 Sólo se quedó en pie Bradamiro, arrimado a su arco, clauados los ojos en la que pensaua ser muger; rogole el gouernador se sentasse, pero no quiso obedecerle: antes, dando vn gran sospiro, boluio las espaldas y se salio de la tienda. 15 En esto llegó vn barbaro que dixo al capitan que, al tiempo que auian llegado el y otros quatro para passar a la prision, llegó a la marina vna balsa, la qual traia vn varon y a la muger guardiana de la mazmorra, cuyas nueuas pusieron 20 fin a la comida, y leuantandose el capitan, con todos los que alli estauan, acudio a ver la balsa. Quiso acompañarle Periandro, de lo que el fue muy contento. Quando llegaron, ya estauan en tierra el 25 prisionero y la custodia. Miró atentamente Periandro, por ver si por ventura conocia al desdichado a quien su corta suerte auia puesto en el mismo estremo en que el se auia visto; pero no pudo verle el rostro de lleno en lleno, a causa que 30 tenia inclinada la cabeça, y, como de industria, parecia que no dexaua verse de nadie; pero no
LIBRO I, CAPITVLO IV p. 23 dexó de conocer a la muger que dezian ser guardiana de la prision, cuya vista y conocimiento le suspendio el alma y le alborotó los sentidos, porque claramente, y sin poner duda en ello, conocio ser Cloelia, ama de su querida Auristela. 5 Quisierala hablar, pero no se atreuio, por no entender si acertaria o no en ello; y assi, reprimiendo su desseo como sus labios, estuuo esperando en lo que pararia semejante acontecimiento. El gouernador, con desseo de apressurar sus 10 prueuas y dar felice compañia a Periandro, mandó que al momento se sacrificasse aquel mancebo, de cuyo coraçon se hiziessen los poluos de la ridicula y engañosa prueua. Assieron al momento del mancebo muchos barbaros, sin mas 15 ceremonias que atarle vn lienço por los ojos; le hizieron hincar de rodillas, atandole por atras las manos, el qual, sin hablar palabra, como vn manso cordero, esperaua el golpe que le auia de quitar la vida; visto lo qual por la antigua 20 Cloelia, alçó la voz, y, con mas aliento que de sus muchos años se esperaua, començo a dezir: --Mira, ¡o gran gouernador!, lo que hazes, porque esse varon que mandas sacrificar, no lo es, ni puede aprouechar ni seruir en cosa 25 alguna a tu intencion, porque es la mas hermosa muger que puede imaginarse. Habla, hermosissima Auristela, y no permitas, lleuada de la corriente de tus desgracias, que te quiten la vida, poniendo tassa a la prouidencia de los 30 cielos, que te la pueden guardar y conseruar para que felicemente la gozes.
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 24 A estas razones, los crueles barbaros detuuieron el golpe, que ya ya la sombra del cuchillo se señalaua en la garganta del arrodillado. Mandó el capitan desatarle, y dar libertad a las manos y luz a los ojos, y, mirandole con atencion, le 5 parecio ver el mas hermoso rostro de muger que huuiesse visto, y juzgó, aunque barbaro, que, si no era el de Periandro, ninguno otro en el mundo podria ygualarsele. ¡Qué lengua podra dezir, o qué pluma escriuir, lo que sintio Periandro quando 10 conocio ser Auristela la condenada y la libre! Quitósele la vista de los ojos, cubriosele el coraçon, y, con pasos torzidos y floxos, fue a abraçarse con Auristela, a quien dixo, teniendola estrechamente entre sus braços: 15 --¡O querida mitad de mi alma, o firme coluna de mis esperanças, o prenda, que no se si diga por mi bien o por mi mal hallada, aunque no será sino por bien, pues de tu vista no puede proceder mal ninguno! Ves aqui a tu 20 hermano Periandro. Y esta razon dixo con voz tan baxa, que de nadie pudo ser oida, y prosiguio diziendo: --Viue, señora y hermana mia, que en esta isla no ay muerte para las mugeres, y no quieras 25 tu para contigo ser mas cruel que sus moradores; confia en los cielos, que, pues te han librado hasta [a]qui de los infinitos peligros en que te deues de auer visto, te librarán de los que se pueden temer de aqui adelante. 30 --¡Ay, hermano --respondio Auristela, que era la misma que por varon pensaua ser
LIBRO I, CAPITVLO IV p. 25 sacrificada--; ay, hermano --replicó otra vez--, y cómo creo que este en que nos hallamos ha de ser el vltimo trance que de nuestras desuenturas puede temerse! Suerte dichosa ha sido el hallarte; pero desdichada ser en tal lugar y en 5 semejante trage. Llorauan entrambos, cuyas lagrimas vio el barbaro Bradamiro, y creyendo que Periandro las vertia del dolor de la muerte de aquel que penso ser su conocido, pariente o amigo, determinó 10 de libertarle, aunque se pusiesse a romper por todo inconueniente; y assi, llegandose a los dos, assio de la vna mano a Auristela, y de la otra a Periandro, y, con semblante amenazador y ademan soberuio, en alta voz dixo: 15 --Ninguno sea osado, si es que estima en algo su vida, de tocar a estos dos, aun en vn solo cabello; esta donzella es mia, porque yo la quiero, y este hombre ha de ser libre, porque ella lo quiere. 20 Apenas huuo dicho esto, quando el barbaro gouernador, indignado e impaciente sobremanera, puso vna grande y aguda flecha en el arco, y, desuiandole de si quanto pudo estenderse el braço yzquierdo, puso la enpulguera 25 con el derecho junto al diestro oido, y disparó la flecha con tan buen tino y con tanta furia, que en vn instante llegó a la boca de Bradamiro, y se la cerró, quitandole el mouimiento de la lengua y sacandole el alma, con que dexó 30 admirados, atonitos y suspensos a quantos alli estauan. Pero no hizo tan a su saluo el tiro, tan
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 26 atreuido como certero, que no recibiesse por el mismo estilo la paga de su atreuimiento, porque vn hijo de Corsicurbo el barbaro, que se ahogó en el passage de Periandro, pareciendole ser mas ligeros sus pies que las flechas de su 5 arco, en dos brincos se puso junto al capitan, y, alçando el braço, le enuainó en el pecho vn puñal que, aunque de piedra, era mas fuerte y agudo que si de azero forjado fuera. Cerró el capitan en sempiterna noche los ojos, y dio con 10 su muerte vengança a la de Bradamiro, alborotó los pechos y los coraçones de los parientes de entrambos, puso las armas en las manos de todos, y, en vn instante, incitados de la vengança y colera, començaron a embiar muertes en las 15 flechas de vnas partes a otras; acabadas las flechas, como no se acabaron las manos ni los puñales, arremetieron los vnos a los otros, sin respetar el hijo al padre, ni el hermano al hermano: antes, como si de muchos tiempos atras 20 fueran enemigos mortales por muchas injurias recebidas, con las vñas se despedaçauan, y con los puñales se herian, sin auer quien los pusiesse en paz. Entre estas flechas, entre estas heridas, entre 25 estos golpes y entre estas muertes, estauan juntos la antigua Cloelia, la donzella intérprete, Periandro y Auristela, todos apiñados, y todos llenos de confusion y de miedo. En mitad desta furia, lleuados en buelo algunos barbaros de los 30 que deuian de ser de la parcialidad de Bradamiro, se desuiaron de la contienda y fueron a
LIBRO I, CAPITVLO IV p. 27 poner fuego a vna selua que estaua alli cerca, como a hazienda del gouernador; començaron a arder los arboles, y a fauorecer la ira el viento, que, aumentando las llamas y el humo, todos temieron ser ciegos y abrasados. Llegauase la 5 noche, que, aunque fuera clara, se escureciera, quanto mas siendo escura y tenebrosa; los gemidos de los que morian, las vozes de los que amenazauan, los estallidos del fuego, no en los coraçones de los barbaros ponian miedo alguno, 10 porque estauan ocupados con la ira y la vengança: ponianle, si, en los de los miserables apiñados, que no sabian qué hazerse, adónde yrse o cómo valerse, y, en esta sazon tan confusa, no se oluidó el cielo de socorrerles, por tan estraña 15 nouedad, que la tuuieron por milagro. Ya casi cerraua la noche, y, como se ha dicho, escura y temerosa, y solas las llamas de la abrasada selua dauan luz bastante para diuisar las cosas, quando vn barbaro mancebo se llegó a Periandro, 20 y, en lengua castellana, que del fue bien entendida, le dixo: --Sigueme, hermosa donzella, y di que hagan lo mismo las personas que contigo estan, que yo os pondre en saluo, si los cielos me ayudan. 25 No le respondio palabra Periandro, sino hizo que Auristela, Cloelia y la intérprete se animassen y, le siguiessen; y assi, pisando muertos y hollando armas, siguieron al jouen barbaro que les guiaua. Lleuauan las llamas de la ardiente 30 selua a las espaldas, que les seruian de viento que el paso les aligerasse. Los muchos años de
PERSILES Y SIGISMVNDA p. 28 Cloelia y los pocos de Auristela, no permitian que al paso de su guia tendiessen el suyo, viendo lo qual el barbaro, robusto y de fuerças, assio de Cloelia y se la echó al ombro, y Periandro hizo lo mismo de Auristela; la intérprete, menos 5 tierna, mas animosa, con