De: Propuestas teorico-metodológicas para el estudio de la literatura hispanica medieval, ed. Lillian van der Walde (Mexico: Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa), in press.
(As sent to Mexico)
Daniel Eisenberg
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Atención: hay caracteres especiales en las transcripciones de palabras árabes. Una barra horizontal sobre las aes de Ihatah y Inan, y sobre las segundas aes de Allah, Gharnata y Akhbar. También sobre la i de Khatib y fi y la i final de Maghribi. De la palabra Maghribi, la g y la h están subrayadas. [Desafortunadamente, faltan las barras horizontales sobre las letras en esta versión electrónica. -FJ.]
He dejado de enseñar la literatura
española medieval. Aunque comencé como medievalista, con una
tesina sobre la General Estoria de Alfonso X
1, he cambiado mi carrera a otros campos de investigación
y de enseñanza.
En parte, mis experiencias han sido especialmente
agudas porque enseño principalmente a estudiantes extranjeros
norteamericanos en su mayor parte. Estos estudiantes dominan imperfectamente
el castellano. No entiendo en qué estarán pensando los que
diseñan programas de estudio que comienzan con el Cid. Para
estos estudiantes, su primer contacto con otra cultura que la suya, a veces
su primer contacto con la literatura escrita, es este texto
lingüística y culturalmente remoto.
He pensado muchas veces que la historia de
la literatura debería enseñarse al revés, comenzando
con las obras actuales, las más cercanas a nosotros, las más
accesibles. Después pasando a estudiar sus antecedentes, sus fuentes,
sus modelos y por último, como remate o como curso avanzado, las tinieblas
de la literatura oral de la que ha descendido toda la literatura escrita.
No se hace así, y acaso podéis imaginar el absurdo que es comenzar
la enseñanza de la cultura española con el Cantar del
Çid o peor todavía, las jarchas. Pero es la realidad.
No es sólo una cuestión de
enseñar a extranjeros, o de cómo enseñarles. Al pasar
los años, me ha molestado cada vez más la temática de
algunas de las obras que tenía que enseñar. Las Coplas
de Jorge Manrique enseñan que se gana el cielo con sangre de moros.
En el Cantar, Rodrigo Díaz de Vivar estafa a judíos,
mata a moros y cobra parias como si fueran justas y normales. No hay nada
paralelo en las otras literaturas cristianas peninsulares, ni en la literatura
hispanoárabe aunque sí, curiosamente, en la
hispanojudía.
Se empobrece a la literatura española.
Pero el colmo fue mi progresiva realización
de la visión empobrecida de la literatura medieval española
que se encontraba en todas las antologías e historias de la literatura
a mi alcance. Un ejemplo obvio. Todos sabéis que en Valencia se
publicó en 1490 una novela importante, Tirant lo blanch. ¿En
qué antología, en qué historia de la literatura
española se encuentra? Sí en alguna, pero son raras excepciones
que hay que buscar. ¿Y El collar de la paloma? Creo que en ninguna.
La literatura medieval española suele identificarse con la literatura
medieval castellana, y unas pocas veces con las literaturas cristianas
hispánicas. Las clases, las antologías, las historias de la
literatura española, en cuanto al período medieval,
incluyen lo castellano y casi exclusivamente lo castellano. Lo no castellano,
y desde luego lo no cristiano, no puede ser español.
Después de comenzar a fijarme en ello,
he notado cuán general es esta actitud. Se puede reunir fácilmente
ejemplos. Coged no cualquier historia, pero casi cualquier historia de la
literatura medieval. Por citar una entre muchas: Breve historia de la
literatura española de Carlos Alvar, José-Carlos Mainer
y Rosa Navarro (Madrid, Alianza, 1996). Toda esta literatura "española"
está escrita en lengua castellana; la catalana, entonces, no es
española. Charles Faulhaber estudia las bibliotecas perdidas de la
España medieval, y no se le ocurre mencionar las más ricas:
las cordobesas del Califato2. Un coloquio
sobre "Las lenguas de la España medieval" se limita a las literaturas
románicas. Para mayor sorpresa, se celebró hace poco en la
Universidad de Nuevo México un coloquio sobre "Mil años de
literatura ibérica", nada menos, que se limita a las literaturas
románicas.
Lo cual significa, desde luego, un empobrecimiento
cultural de España espeluznante, absurdo. Dejo aparte las literaturas
orales posibles o ciertas, como la vasca y la germánica, de las cuales
no nos ha llegado ni una línea. Hablando sólo de literaturas
escritas, entre el fin del imperio romano y 1492 hubo en lo que hoy es
España literaturas hispanolatina, hispanoárabe, hispanojudía,
castellana, gallega y valenciana-mallorquina. De estas seis literaturas la
castellana, no la más rica de ellas, ha quedado "canonizada" como
única representante del período.
La visión de España que se refleja.
Nos toca a los medievalistas corregir este
enfoque manipulado. Pero la tarea pide atrevimiento. Tras la posición
privilegiada de la literatura castellana en las historias y clases de literatura
española, está una definición de España. Para
cambiar la definición de "literatura española medieval", trabajo
previo es la redefinición de la España medieval. Y no se puede
definir la España medieval sin disponer, abierta o tácitamente,
de la definición de España.
Este problema, este enigma que es España,
se produjo, se desarrolló, se concretó o se reafirmó
durante la llamada "edad media". Son materia de controversia los posibles
o ciertos cambios, según la persona, que ocurrieron en la península
ibérica entre el fin del imperio romano y el reinado de Carlos V.
¿Existió "España", tal como ahora la entendemos, en 711?
O ¿no llegó a existir hasta el matrimonio de Fernando e Isabel?
O ¿hasta la conquista de Granada? Es una cuestión cien por cien
medieval, que nosotros los medievalistas tenemos que meditar.
La derecha católica ha sabido y sabe
exactamente qué es España. Un país creado por los visigodos
que implantaron el catolicismo. Cristiano, casto y varonil, fue invadido
de moros paganos y degenerados. Un heroico esfuerzo logró conquistarles
y después expulsar a todos aquellos que no aceptaron el cristianismo,
y también a algunos de éstos. Se trata de una visión
de España que ha campeado durante más de 500 años. Fue
la de Isabel la Católica. Los castellanos son más españoles
que los que hablan otras lenguas. España es no sólo un país
católico, sino el país católico. El castellano
es el español, la literatura castellana es la literatura española,
y la historia de Castilla es la historia de España. No sería
una exageración, creo, denominarla también la visión
de los habsburgos, y del franquismo (aunque no sé si la del General
Franco en persona). Y esta visión no se defiende hoy en día
como correcta. Aquella España de Rodrigo el último godo, del
Cid, de la Reconquista, ya ha pasado a la historia. Pero tampoco tengo noticia
de que se busque un sustituto de esa visión caducada, ni que se intenta
rectificar sus errores.
Si Santiago, por ejemplo, es todavía
patrón de España, y el Rey va a Santiago de Compostela el 25
de julio, el día compostelano, para hablar de España, constituye
una afirmación de una cierta identidad del país. Y todos nosotros
los medievalistas sabemos, después de las investigaciones
del pasado siglo, que esta identidad compostelana está basada en mitos,
para no decir mentiras3. Todos ellos creados,
fomentados y mantenidos no por motivos religiosos, sino políticos.
Esta visión tradicional de España,
que era la de Menéndez Pidal, entre otros muchos, ya no satisface,
al menos a muchos. Falta algo. Con la libertad de culto, pierde su vigencia
la noción de una España cristiana, defensora militante del
catolicismo, unida políticamente por las bodas de Isabel y Fernando
de Aragón, y religiosamente por la prohibición del judaísmo
en 1492 y, poco después, la prohibición del culto islámico.
Hace falta una reexaminación, y en la medida que resulte necesaria,
una redefinición de su realidad histórica. El autoconocimiento
es un paso previo para alcanzar la sabiduría y la paz espiritual.
No quiero decir con ello que Isabel o sus
historiadores hayan creado este mito. Remonta a siglos anteriores a ella
y ellos, fortalecido con documentos falsificados, milagros inventados e historias
noveladas. Entre ellos figuran los mitos de Rodrigo, el último godo,
de Santiago enterrado en Galicia y de la batalla de Clavijo. Tampoco quisiera
decir que los cristianos fueron los únicos mixtificadores. Los
judíos tenían también su mito de ser los primeros
dueños de la península, llegados antes de Cristo, hecho que
la arqueología no apoya. Los musulmanes también tenían
mitos: uno de ellos el de la "conquista" de España, origen del mito
de la "reconquista".
Pero repito: la definición no sólo
de la literatura española, sino de España misma está
en manos de nosotros, los medievalistas. Somos los filósofos que podemos
salir de la cueva, para ver la luz del sol. Es nuestra responsabilidad el
meditar lo que estamos haciendo, y no transmitir mentiras a nuestros estudiantes.
O para decirlo con términos cristianos: "La verdad os hará
libres" (Juan 8.32), reza el escudo de la universidad donde estudié:
veritas vos liberabit. O en el refrán citado por Cervantes
(Persiles III, 10), "la verdad es hija de Dios".
Cómo definir a España. La teoría de Américo
Castro.
La cuestión es, si la entiendo
correctamente, cuáles son las características esenciales que
definen a España, y hasta cuándo remontan estas
características. ¿Qué contribuyeron los iberos, los celtas,
los cartagineses, los griegos, los romanos, los hebreos, los suevos, los
godos, los bereberes y árabes, los franceses?
Las opiniones son más diversas de lo
que se piensa. Todos sabemos, creo, que según Américo Castro,
la nación española es producto de la convivencia de las tres
religiones o "leyes", como entonces se las llamaba en la
península desde 711 hasta 1492. Influido por los horrores de la Guerra
Civil, y casi el único saldo positivo de ella, desde su refugio de
Princeton pudo formular una visión nueva de la historia española.
Y entendió que la Guerra Civil era realmente una guerra religiosa,
y al mismo tiempo, inseparablemente, una guerra sobre la definición
de España.
Para Don Américo, los judíos
y moros no son elementos extraños a España, sino contribuyentes
a la nacionalidad española. Otros opinan que España comenzó
con los visigodos, quienes implantaron el catolicismo, y que todo el
período hispanomusulmán es una interrupción en la historia
de "España". La primera historia publicada de la literatura
"española", sin embargo, en el siglo XVIII, comenzó con la
literatura hispanolatina, la cual llenó todos sus 11 tomos publicados.
Y según Cervantes, los numantinos celtíberos
eran españoles.4
La imposibilidad de una definición.
Hay otros candidatos todavía para los
primeros españoles. El debate es circular: desde las características
de los primeros españoles se define a España, y desde la
definición de España se identifica a los primeros españoles.
Sin un punto firme de arranque, es una cuestión imposible de resolver
a través de la investigación histórica. La
documentación para seguir las huellas primitivas de aquellas
características de España, sean las que sean, falta. Pero aun
si existiera, falta el necesario acuerdo sobre las características
que definen a España.
¿Séneca es español? Enhorabuena.
Pero ¿no lo es Marcial también? ¿Los celtíberos?
Posiblemente. Pero ¿por qué no las puellae gaditanae, las
bailarinas eróticas de la antigüedad, y la cultura que las
produjo5?
Se necesita un mito.
La definición de España tiene
que ser mítica. Los mitos son esenciales a cualquier nación,
realmente fundamentales. Como el rancio mito de la España
católica, militante y castellana no es viable hoy en día, voy
a proponerles la creación de un mito nuevo. Éste, como cualquier
mito "nacional", al fin y al cabo es otra simplificación selectiva
del caos que es la historia de un país. Pero espero que sea menos
falso, menos manipulado y menos interesado que el de Isabel la Católica
y los habsburgos. Para el período medieval, al menos, la historia
de España es más que la historia de Castilla. La literatura
española medieval es más que la cristiana y mucho más
que la castellana. El cristianismo sólo es una de tres grandes religiones
que coexistían en una relativa armonía.
Y por cambios muy pequeños en sus
orígenes, la historia de España y Europa pudo haber sido otra.
Me fascina, a veces incluso me tortura el meditar todas estas Españas
posibles que no han podido ser, porque convenía a alguno que un documento
se falsificara, una verdad se suprimiera, una persona se muriera.
¿Cómo hubiera sido España sin los cluniacenses? ¿Si
el rito mozárabe no se hubiera suprimido? ¿Si los curas podían
casarse? ¿Sin el camino de Santiago? ¿Con Santa Teresa como patrona?
¿Sin el Compromiso de Caspe? ¿Si Juana la Beltraneja fuera reina
en lugar de Isabel? ¿Si los judíos no se expulsaran? ¿Si
Fernando de Talavera continuase como arzobispo de
Granada?6 ¿Si Felipe el Hermoso no se
muriera asesinado? ¿Si se aceptara que los moros del siglo VIII no
conquistaron España, ni tenían que conquistarla, pues se les
abrieron las puertas de las ciudades, descontentos sus vecinos con el
régimen visigodo?
Lo que sabemos.
Manos a la obra. El nuevo mito tiene que basarse
en la verdad en cuanto se pueda. Aunque al fin y al cabo acabaremos con un
mito, todavía tenemos que basarnos en la verdad, la santa verdad,
en cuanto podamos.
Esta verdad, no es tan fácil de encontrar.
No existe una historia religiosa de España, ni incluso una historia
de las órdenes religiosas. Algunos textos importantes para la historia
de la llamada "Edad Media" española no han sido traducidos - entre
ellos, la enciclopedia de cultura granadina llamada
Ih
t
h
(El círculo, lo que incluye todo), del polígrafo Ibn
al-Kh
tib7. Una historia musulmana de la "reconquista",
con la "conquista" nunca designada "reconquista" de Granada
no despierta interés en
España8. Textos poéticos y estudios
de crítica literaria descansan en sus lenguas
originales9. Peor todavía, algunas
traducciones han sido censuradas10. El colmo,
que el Cardenal Cisneros, para algunos un héroe, hizo en 1499-1500
una hoguera de 5.000 manuscritos en árabe en Granada, para que se
perdieran estos textos11.
Lo que sí sabemos, a pesar de estos
"inconvenientes", es lo siguiente. Primero, la península ibérica
fue, desde la caída de los visigodos hasta la hegemonía castellana,
un país de una relativa tolerancia religiosa. El exclusivismo cristiano
es una aberración. El deseo de los visigodos de imponer una fe única
contribuyó a su desaparición política. El concepto de
"Reconquista", de restaurar un supuesto dominio del catolicismo, es tardío
a la vez que mítico.
Al mismo tiempo, España fue un país
de espiritualidad, cuna del misticismo moderno. Fue un país de
pensamiento, de ciencias, de bibliotecas. También España fue
un país de producción y riqueza agrícola, de lo cual
los frutales han quedado, pero mucho, como la producción de seda,
ha desparecido. Por último, y aquí acaso lo más sensible,
era un país de hedonismo y sensualidad, de decorado, poesía,
música, caligrafía, donde los placeres sensuales y sexuales
se celebraban, cuando el documento diplomático era un poema y el
pergamino, una obra de arte.
La Edad "Media", una Edad de Oro.
La España unida y monolítica
creada por Isabel la Católica y continuada por los habsburgos es falsa,
producto de una manipulación. La España "medieval", tolerante,
sabia y sensual, es la verdadera. Incluso el término "medioevo" carece
de sentido en España, por válido que sea para Italia o Francia.
En vez de una edad "media", España tuvo una edad de plenitud, seguida
de una decadencia que comenzó no en el siglo XVI ó XVII, sino
en el XI, con la toma de Toledo por Alfonso VI, y la llegada de los
cluniacenses.
En esa Edad de Oro, durante el Califato y los
reinos de Taifas, España era, sin discusión, el país
más avanzado de Europa. Poseía las bibliotecas más copiosas,
la poesía más fina, la música más elaborada,
el sistema legal y gobierno más desarrollados y las ciencias y artes
prácticas en el más alto nivel. España sobresalía
como en ningún otro período. Era también la sociedad
más cosmopolita de Europa, si no del mundo entero. El que quería
ensanchar sus horizontes intelectuales o culturales iría no a Oxford
o París, sino a Toledo o a Córdoba.
La edad "media" deja de ser un intervalo de
oscuridad entre las glorias del imperio romano y el Renacimiento, sino el
cenit, el tiempo de esplendor y plenitud entre dos períodos de
represión e ignorancia, el visigodo y el castellano, éste que
se extiende hasta la muerte del Caudillo. Es todo un capítulo, un
capítulo glorioso y netamente español, que falta en las historias
de Europa.
Idemnizar a los perjudicados.
Existe en España ahora la libertad de
culto, y se ha levantado, después de 500 años, la orden de
destierro de los judíos. Pero no se ha invitado a los descendientes
de los exiliados a volver, a recobrar su antigua ciudadanía
española, o a recuperar sus antiguos terrenos, como ha pasado en Alemania
después de la caída de la muralla de Berlín y pasará
en Cuba cuando Castro muere. ¿Qué debe España a los
descendientes de los judíos perjudicados, todavía
castellanohablantes hasta el siglo XX? Forzados a abandonar su país
su país sin poder llevar dinero, obligados a
vender sus casas y terrenos por precios lúdicos, o abandonarlos...
Y ¿fueron justos los bien documentados repartimientos de las
ciudades conquistadas?
Nadie es perfecto, y todos cometemos errores.
Pero si uno reconoce haber cometido un error, lo noble y correcto es, en
lo posible, rectificarlo o reducir sus consecuencias. Lo que hizo, otra vez,
Alemania, con las víctimas de los campos de concentración y
exterminación, y con sus herederos. En los EE.UU. se habla de reparaciones
a los descendientes de los esclavos12. La
rectificación de los errores pasados lleva, espiritualmente, a la
paz y descanso y orgullo nacionales.
1 "The
General estoria: Sources and Sources Treatment", Zeitschrift für
romanische Philologie, 89, 1973, 206-227.
2 Charles Faulhaber,
Libros y bibliotecas en la España medieval, Londres, Grant
& Cutler, 1987.
3 T. D. Kendrick,
Saint James in Spain, Londres, Methuen, 1960.
4 Véase
Rachel Schmidt, "The Development of Hispanitas in Spanish
Sixteenth-Century Versions of the Fall of Numancia," Renaissance and
Reformation, 19 (1995), 27-45.
5 Richard Hitchcock,
"The Girls from Cádiz and the Kharjas", Journal of Hispanic
Philology, 15 1991 [pero 1992], 103-116.
6 Talavera
creía que con la predicación y las explicaciones de las verdades
cristianas en su propia lengua, se podría convertir pacíficamente
a los granadinos conquistados. Fue remplazado por el intolerante Cisneros,
el confesor de Isabel la Católica, quien caracterizó la obra
de Talavera como echar perlas a los cerdos. Véase Daniel Eisenberg,
"Cisneros y la quema de los manuscritos granadinos", Journal of Hispanic
Philology, 16, 1992, 107-124. Disponible en la red a
http://bigfoot.com/~Daniel.Eisenberg/cisneros.htm.
7 Ibn al-Khatib,
La historia de Granada, llamada al-Ihatah f iakhbar Gharnata (en
árabe). Cairo, Dar al Maaref, 1956. En Tánger en 1988 se publicaron
extractos de la obra
8 Muhammad `Abd
Allah `Inan, Nihayat al-Andalus, ¿Cairo?, s.e., 1966.
9 Por ejemplo,
Mahrus Minshawi Jali, Abu Nuwas al-Andalus ibn Sahl
al-Isracili, Cairo, Dar al-Fikr al-cArabi, 1986.
10 Un ejemplo
entre varios: Ibn Sacid al-Maghribi, Moorish Poetry:
The Pennants. Trad. A. J. Arberry. Cambridge, Cambridge UP, 1953.
11 Véase
el artículo citado en la nota 6. Este acto de destrucción
serviría como inspiración por la destrucción de los
manuscritos mayas por otro franciscano del mismo monasterio.
12 Randall Robinson,
The Debt. What America Owes to Blacks. Nueva York, Dutton, 2000.