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OBRAS COMPLETAS
DE
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
________
COMEDIAS Y ENTREMESES
TOMO IV
Versión modernizada
Texto electrónico por
Fred F. Jehle
Copyright © 1918 Rodolfo Schevill
Copyright © 1998 Fred F. Jehle &
Purdue Research Foundation
OBRAS COMPLETAS
DE
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
________
COMEDIAS
Y
ENTREMESES
TOMO IV
EDICIÓN PUBLICADA POR
RODOLFO SCHEVILL Y ADOLFO BONILLA
Profesor en la Profesor en la
Universidad de Universidad de
California (Berkeley). Madrid.
MADRID
IMPRENTA DE BERNARDO RODRÍGUEZ
Calle del Barquillo, núm. 8.
M. CM. XVIII.
p. 3
p. 4
p. 5
ENTREMES DEL
juez de los divorcios.
Sale el juez, y otros dos con él, que son escribano y
procurador, y siéntase en una silla; salen el vejete
y Mariana, su mujer. 5
Mar. Aun bien que está ya el señor juez de
los divorcios sentado en la silla de su
audiencia. De esta vez tengo de quedar
dentro o fuera; de esta vegada tengo
de quedar libre de pedido y alcabala, 10
como el gavilán.
Vej. Por amor de Dios, Mariana, que no
almodonees tanto tu negocio. Habla
paso, por la pasión que Dios pasó.
Mira que tienes atronada a toda la 15
vecindad con tus gritos; y, pues tienes
delante al señor juez, con menos voces
le puedes informar de tu justicia.
Juez. ¿Qué pendencia traéis, buena gente?
Mar. Señor, ¡divorcio, divorcio y más 20
divorcio, y otras mil veces divorcio!
Juez. ¿De quién, o por qué, señora?
Mar. ¿De quién? De este viejo que está
presente.
Juez. ¿Por qué? 25
ENTREMES p. 6
Mar. Porque no puedo sufrir sus impertinencias,
ni estar continuo atenta a curar
todas sus enfermedades, que son
sin número; y no me criaron a mí mis
padres para ser hospitalera ni 5
enfermera. Muy buen dote llevé al poder
de esta espuerta de huesos, que me
tiene consumidos los días de la vida;
cuando entré en su poder, me relumbraba
la cara como un espejo, y ahora 10
la tengo con una vara de frisa
encima. Vuestra merced, señor juez, me
descase, si no quiere que me ahorque.
Mire, mire los surcos que tengo por
este rostro, de las lágrimas que 15
derramo cada día por verme casada con
esta anatomía.
Juez. No lloréis, señora; bajad la voz y
enjugad las lágrimas, que yo os haré
justicia. 20
Mar. Déjeme vuestra merced llorar, que
con esto descanso. En los reinos y en
las repúblicas bien ordenadas, había de
ser limitado el tiempo de los matrimonios,
y de tres en tres años se habían 25
de deshacer o confirmarse de nuevo,
como cosas de arrendamiento; y no
que hayan de durar toda la vida, con
perpetuo dolor de entrambas partes.
Juez. Si ese arbitrio se pudiera o debiera 30
poner en práctica, y por dineros, ya se
hubiera hecho. Pero especificad más,
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 7
señora, las ocasiones que os mueven
a pedir divorcio.
Mar. El invierno de mi marido y la primavera
de mi edad; el quitarme el sueño
por levantarme a medianoche a 5
calentar paños y saquillos de salvado
para ponerle en la ijada; el ponerle
ora aquesto, ora aquella ligadura,
¡que ligado le vea yo a un palo por
justicia!; el cuidado que tengo de 10
ponerle de noche alta [la] cabecera de la
cama, jarabes lenitivos, porque no se
ahogue del pecho; y el estar obligada
a sufrirle el mal olor de la boca, que
le huele mal a tres tiros de arcabuz. 15
Esc. Debe de ser de alguna muela
podrida.
Vej. No puede ser, porque ¡lleve el diablo
la muela ni diente que tengo en toda
ella! 20
Pro. Pues ley hay que dice, según he oído
decir, que por sólo el mal olor de la
boca se puede descasar la mujer del
marido, y el marido de la mujer.
Vej. En verdad, señores, que el mal aliento 25
que ella dice que tengo, no se engendra
de mis podridas muelas, pues no
las tengo, ni menos procede de mi
estómago, que está sanísimo, sino
de esa mala intención de su pecho. Mal 30
conocen vuestras mercedes a esta señora;
pues a fe que, si la conociesen,
ENTREMES p. 8
que la ayunarían o la santiguarían.
Veinte y dos años ha que vivo con
ella mártir, sin haber sido jamás
confesor de sus insolencias, de sus
voces y de sus fantasías, y ya va para 5
dos años que cada día me va dando
vaivenes y empujones hacia la
sepultura, a cuyas voces me tiene medio
sordo, y, a puro reñir, sin juicio. Si me
cura, como ella dice, cúrame a 10
regañadientes, habiendo de ser suave la
mano y la condición del médico. En
resolución, señores: yo soy el que
muero en su poder, y ella es la que
vive en el mío, porque es señora con 15
mero mixto imperio de la hacienda
que tengo.
Mar. ¿Hacienda vuestra? ¿Y qué hacienda
tenéis vos que no la hayáis ganado
con la que llevasteis en mi dote? Y son 20
míos la mitad de los bienes gananciales,
mal que os pese, y de ellos y de
la dote, si me muriese ahora, no os
dejaría valor de un maravedí, porque
veáis el amor que os tengo. 25
Juez. Decid, señor: cuando entrasteis en
poder de vuestra mujer, ¿no entrasteis
gallardo, sano y bien acondicionado?
Vej. Ya he dicho que ha veinte y dos años
que entré en su poder como quien entra 30
en el de un cómitre calabrés a
remar en galeras de por fuerza; y entré
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 9
tan sano, que podía decir y hacer, como
quien juega a las pintas.
Mar. ¡Cedacico nuevo, tres días en
estaca!
Juez. Callad, callad nora en tal mujer 5
de bien, y andad con Dios, que yo no
hallo causa para descasaros; y pues
comisteis las maduras, gustad de las
duras: que no está obligado ningún
marido a tener la velocidad y 10
corrida del tiempo, que no pase por su
puerta y por sus días; y descontad los
malos que ahora os da con los buenos
que os dio cuando pudo. Y no repiquéis
más palabra. 15
Vej. Si fuese posible, recibiría gran
merced que vuestra merced me la hiciese
de despenarme, alzándome esta carcelería;
porque, dejándome así, habiendo
ya llegado a este rompimiento, será 20
de nuevo entregarme al verdugo que
me martirice. Y si no, hagamos una
cosa: enciérrese ella en un monasterio,
y yo en otro; partamos la hacienda,
y de esta suerte podremos vivir en 25
paz y en servicio de Dios lo que nos
queda de la vida.
Mar. ¡Malos años! ¡Bonica soy yo para estar
encerrada! No sino llegaos a la niña,
que es amiga de redes, de tornos, 30
rejas y escuchas. Encerraos vos, que lo
podréis llevar y sufrir, que, ni tenéis
ENTREMES p. 10
ojos con que ver, ni oídos con que
oír, ni pies con que andar, ni mano
con que tocar; que yo, que estoy sana
y con todos mis cinco sentidos cabales
y vivos, quiero usar de ellos a la 5
descubierta, y no por brújula, como
quínola dudosa.
Esc. ¡Libre es la mujer!
Pro. Y prudente el marido; pero no puede
más. 10
Juez. Pues yo no puedo hacer este divorcio,
quia nullam invenio causam.
Entra un soldado bien aderezado, y su mujer,
doña Guiomar.
D.ª Gui. ¡Bendito sea Dios, que se me ha 15
cumplido el deseo que tenía de verme
ante la presencia de vuestra merced, a
quien suplico cuan encarecidamente
puedo sea servido de descasarme
de éste. 20
Juez. ¿Qué cosa es de éste? ¿No tiene otro
nombre? Bien fuera que dijerais
siquiera de este hombre.
D.ª Gui. Si él fuera hombre, no procurara yo
descasarme. 25
Juez. ¿Pues qué es?
D.ª Gui. Un leño.
Sol. ¡Por Dios, que he de ser leño en callar
y en sufrir! Quizá, con no defenderme
ni contradecir a esta mujer, el juez se 30
inclinará a condenarme, y, pensando
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 11
que me castiga, me sacará de cautiverio,
como si por milagro se librase
un cautivo de las mazmorras de
Tetuán.
Pro. Hablad más comedido, señora, y relatad 5
vuestro negocio sin improperios
de vuestro marido; que el señor juez
de los divorcios, que está delante,
mirará rectamente por vuestra justicia.
D.ª Gui. ¿Pues no quieren vuestras mercedes 10
que llame leño a una estatua que no
tiene más acciones que un madero?
Mar. Esta y yo nos quejamos, sin duda, de
un mismo agravio.
D.ª Gui. Digo, en fin, señor mío, que a mí me 15
casaron con este hombre, ya que quiere
vuestra merced que así lo llame;
pero no es este hombre con quien yo
me casé.
Juez. ¿Cómo es eso, que no os entiendo? 20
D.ª Gui. Quiero decir que pensé que me casaba
con un hombre moliente y corriente,
y a pocos días hallé que me había
casado con un leño, como tengo dicho;
porque él no sabe cuál es su mano 25
derecha, ni busca medios ni trazas
para granjear un real con que ayude
a sustentar su casa y familia. Las
mañanas se le pasan en oír misa y en
estarse en la puerta de Guadalajara 30
murmurando, sabiendo nuevas, diciendo
y escuchando mentiras; y las tardes,
ENTREMES p. 12
y aun las mañanas también, se va
de en casa en casa de juego, y allí
sirve de número a los mirones, que,
según he oído decir, es un género de
gente a quien aborrecen en todo extremo 5
los gariteros. A las dos de la tarde
viene a comer, sin que le hayan dado
un real de barato, porque ya no
se usa el darlo. Vuélvese a ir, vuelve
a medianoche, cena si lo halla, y si 10
no, santíguase, bosteza y acuéstase, y
en toda la noche no sosiega, dando
vueltas. Pregúntole qué tiene;
respóndeme que está haciendo un soneto en
la memoria para un amigo que se le 15
ha pedido; y da en ser poeta, como si
fuese oficio con quien no estuviese
vinculada la necesidad del mundo.
Sol. Mi señora doña Guiomar, en todo
cuanto ha dicho, no ha salido de los 20
límites de la razón; y, si yo no la
tuviera en lo que hago, como ella la
tiene en lo que dice, ya había yo de haber
procurado algún favor de palillos
de aquí o de allí, y procurar verme, 25
como se ven otros hombrecitos aguditos
y bulliciosos, con una vara en las
manos, y sobre una mula de alquiler
pequeña, seca y maliciosa, sin mozo
de mulas que le acompañe, porque las 30
tales mulas nunca se alquilan sino a
faltas, y cuando están de nones,
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 13
sus alforjitas a las ancas, en la una
un cuello y una camisa, y en la otra
su medio queso y su pan y su bota,
sin añadir a los vestidos que trae de
rúa, para hacerlos de camino, sino 5
unas polainas y una sola espuela; y
con una comisión, y aun comezón, en
el seno, sale por esa Puente Toledana
raspahilando, a pesar de las malas
mañas de la harona, y, a cabo de 10
pocos días, envía a su casa algún pernil
de tocino y algunas varas de lienzo
crudo, en fin, de aquellas cosas que
valen baratas en los lugares del distrito
de su comisión, y con esto sustenta 15
su casa como el pecador mejor puede.
Pero yo, que, ni tengo oficio, [ni
beneficio], no sé qué hacerme, porque
no hay señor que quiera servirse de mí,
porque soy casado; así que me será 20
forzoso suplicar a vuestra merced,
señor juez, pues ya por pobres son tan
enfadosos los hidalgos, y mi mujer lo
pide, que nos divida y aparte.
D.ª Gui. Y hay más en esto, señor juez: que, 25
como yo veo que mi marido es tan
para poco, y que padece necesidad,
muérome por remediarle; pero no puedo,
porque, en resolución, soy mujer
de bien, y no tengo de hacer vileza. 30
Sol. Por esto sólo merecía ser querida esta
mujer; pero, debajo de este pundonor
ENTREMES p. 14
tiene encubierta la más mala condición
de la tierra. Pide celos sin causa,
grita sin porqué, presume sin hacienda,
y, como me ve pobre, no me estima
en el baile del rey Perico. Y es 5
lo peor, señor juez, que quiere que, a
trueco de la fidelidad que me guarda,
le sufra y disimule millares de millares
de impertinencias y desabrimientos
que tiene. 10
D.ª Gui. ¡Pues no! ¿Y por qué no me habéis vos
de guardar a mí decoro y respeto,
siendo tan buena como soy?
Sol. Oíd, señora doña Guiomar. Aquí, delante
de estos señores, os quiero decir 15
esto: ¿por qué me hacéis cargo de que
sois buena, estando vos obligada a
serlo, por ser de tan buenos padres
nacida, por ser cristiana, y por lo que
debéis a vos misma? Bueno es que 20
quieran las mujeres que las respeten
sus maridos porque son castas y honestas,
como si en sólo esto consistiese
de todo en todo su perfección,
y no echan de ver los desaguaderos 25
por donde desaguan la fineza de otras
mil virtudes que les faltan. ¿Qué se
me da a mí que seáis casta con vos
misma, puesto que se me da mucho,
si os descuidáis de que lo sea vuestra 30
criada, y si andáis siempre rostrituerta,
enojada, celosa, pensativa, manirrota,
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 15
dormilona, perezosa, pendenciera,
gruñidora, con otras insolencias
de este jaez, que bastan a consumir las
vidas de doscientos maridos? Pero, con
todo esto, digo, señor juez, que ninguna 5
cosa de éstas tiene mi señora doña
Guiomar, y confieso que yo soy el
leño, el inhábil, el dejado y el
perezoso, y que, por ley de buen gobierno,
aunque no sea por otra cosa, está 10
vuestra merced obligado a descasarnos:
que desde aquí digo que no tengo
ninguna cosa que alegar contra lo que
mi mujer ha dicho, y que doy el pleito
por concluso, y holgaré de ser 15
condenado.
D.ª Gui. ¿Qué hay que alegar contra lo que
tengo dicho? Que no me dais de comer
a mí ni a vuestra criada; y monta que
[no] son muchas, sino una, y aun ésa 20
sietemesina, que no come por un
grillo.
Esc. Sosiéguense, que vienen nuevos
demandantes.
Entra uno vestido a lo médico, y es cirujano, y Aldonza 25
de Minjaca, su mujer.
Cir. Por cuatro causas bien bastantes
vengo a pedir a vuestra merced, señor
juez, haga divorcio entre mí y la
señora doña Aldonza de Minjaca, mi 30
mujer, que está presente.
ENTREMES p. 16
Juez. ¡Resoluto venís! Decid las cuatro
causas.
Cir. La primera, porque no la puedo ver
más que a todos los diablos; la segunda,
por lo que ella se sabe; la tercera, 5
por lo que yo me callo; la cuarta,
porque no me lleven los demonios, cuando
de esta vida vaya, si he de durar en
su compañía hasta mi muerte.
Pro. ¡Bastantísimamente ha probado su 10
intención!
Min. Señor juez, vuestra merced me oiga,
y advierta que, si mi marido pide por
cuatro causas divorcio, yo le pido por
cuatrocientas. La primera, porque, 15
cada vez que le veo, hago cuenta que
veo al mismo Lucifer; la segunda,
porque fui engañada cuando con él me
casé, porque él dijo que era médico de
pulso, y remaneció cirujano y 20
hombre que hace ligaduras y cura otras
enfermedades, que va decir de esto a
médico, la mitad del justo precio; la
tercera, porque tiene celos del sol que
me toca; la cuarta, que, como no le 25
puedo ver, querría estar apartada de él
dos millones de leguas...
Esc. ¿Quién diablos acertará a concertar
estos relojes, estando las ruedas tan
desconcertadas? 30
Min. La quinta...
Juez. Señora, señora, si pensáis decir aquí
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 17
todas las cuatrocientas causas, yo no
estoy para escucharlas, ni hay lugar
para ello. Vuestro negocio se recibe a
prueba, y andad con Dios, que hay
otros negocios que despachar. 5
Cir. ¿Qué más pruebas, sino que yo no
quiero morir con ella, ni ella gusta de
vivir conmigo?
Juez. Si eso bastase para descasarse los
casados, infinitísimos sacudirían de 10
sus hombros el yugo del matrimonio.
Entra uno vestido de ganapán, con su caperuza
cuarteada.
Gan. Señor juez, ganapán soy, no lo niego,
pero cristiano viejo, y hombre de 15
bien a las derechas; y, si no fuese que
alguna vez me tomo del vino, o él me
toma a mí, que es lo más cierto, ya
hubiera sido prioste en la cofradía de
los hermanos de la carga. Pero, dejando 20
esto aparte, porque hay mucho que
decir en ello, quiero que sepa el señor
juez que, estando una vez muy enfermo
de los vaguidos de Baco, prometí
de casarme con una mujer errada. 25
Volví en mí, sané, y cumplí la promesa,
y caséme con una mujer que saqué
de pecado; púsela a ser placera;
ha salido tan soberbia y de tan mala
condición, que nadie llega a su tabla 30
con quien no riña, ora sobre el peso
ENTREMES p. 18
falto, ora sobre que le llegan a la fruta,
y a dos por tres les da con una pesa
en la cabeza o adonde topa, y los
deshonra hasta la cuarta generación, sin
tener hora de paz con todas sus vecinas 5
ya parleras; y yo tengo de tener
todo el día la espada más lista que
un sacabuche para defenderla, y no
ganamos para pagar penas de pesos
no maduros ni de condenaciones de 10
pendencias. Querría, si vuestra merced
fuese servido, o que me apartase
de ella, o, por lo menos, le mudase
la condición acelerada que tiene en
otra más reportada y más blanda; y 15
prométole a vuestra merced de
descargarle de balde todo el carbón que
comprare este verano: que puedo
mucho con los hermanos mercaderes de
la costilla. 20
Cir. Ya conozco yo a la mujer de este buen
hombre, y es tan mala como mi Aldonza:
que no lo puedo más encarecer.
Juez. Mirad, señores: aunque algunos de los
que aquí estáis habéis dado algunas 25
causas que traen aparejada sentencia
de divorcio, con todo eso, es menester
que conste por escrito y que lo digan
testigos, y así, a todos os recibo
a prueba... Pero ¿qué es esto? ¿Música 30
y guitarras en mi audiencia? ¡Novedad
grande es ésta!
DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 19
Entran dos músicos.
Mús. Señor juez, aquellos dos casados tan
desavenidos que vuestra merced concertó,
redujo y apaciguó el otro día,
están esperando a vuestra merced con 5
una gran fiesta en su casa, y por nosotros
le envía[n] a suplicar sea servido
de hallarse en ella y honrarlos.
Juez. Eso haré yo de muy buena gana; y
pluguiese a Dios que todos los 10
presentes se apaciguasen como ellos.
Pro. De esa manera moriríamos de hambre
los escribanos y procuradores de esta
audiencia. Que no, no, sino todo el
mundo ponga demandas de divorcios: 15
que, al cabo, al cabo, los más se quedan
como se estaban, y nosotros habemos
gozado del fruto de sus pendencias
y necedades.
Mús. Pues en verdad que desde aquí hemos 20
de ir regocijando la fiesta.
Cantan los músicos.
Entre casados de honor,
cuando hay pleito descubierto,
más vale el peor concierto 25
que no el divorcio mejor.
Donde no ciega el engaño
simple en que algunos están,
las riñas de por San Juan
son paz para todo el año. 30
ENTREMES DEL JUEZ DE LOS DIVORCIOS p. 20
Resucita allí el honor,
y el gusto, que estaba muerto,
donde vale el peor concierto
más que el divorcio mejor.
Aunque la rabia de celos 5
es tan fuerte y rigurosa,
si los pide una hermosa,
no son celos, sino cielos.
Tiene esta opinión amor,
que es el sabio más experto: 10
que vale el peor concierto
más que el divorcio mejor.
Fin de este entremés.
p. 21
ENTREMES DEL
rufián viudo, llamado
Trampagos.
Sale Trampagos con un capuz de luto, y con él
Vademécum, su criado, con dos espadas de esgrima. 5
Tram. ¡Vademécum!
Vad. ¿Señor?
Tram. ¿Traes las morenas?
Vad. Tráigolas.
Tram. Está bien. Muestra y camina, 10
y saca aquí la silla de respaldo,
con los otros asientos de por casa.
Vad. ¿Qué asientos? ¿Hay alguno, por
[ventura?
Tram. Saca el mortero puerco, el broquel 15
[saca,
y el banco de la cama.
Vad. Está impedido:
fáltale un pie.
Tram. ¿Y es tacha? 20
Vad. ¡Y no pequeña!
Entrase Vademécum.
Tram. ¡Ah Pericona, Pericona mía,
y aun de todo el concejo! En fin llegóse
ENTREMES p. 22
el tuyo. Yo quedé; tú te has partido,
y es lo peor que no imagino adónde;
aunque, según fue el curso de tu vida,
bien se puede creer piadosamente
que estás en parte... Aún no me 5
[determino
de señalarte asiento en la otra vida.
Tendréla yo sin ti como de muerte.
¡Que no me hallara yo a tu cabecera
cuando diste el espíritu a los aires, 10
para que le acogiera entre mis labios,
y en mi estómago limpio le
[envasara!...
¡Miseria humana, quién de ti confía!
Ayer fui Pericona, hoy tierra fría, 15
como dijo un poeta celebérrimo.
Entra Chiquiznaque, rufián.
Ruf. Mi so Trampagos, ¿es posible sea
voacé tan enemigo suyo,
que se entumbe, se encubra y se 20
[trasponga
debajo de esa sombra bayetuna
el sol hampesco? So Trampagos, basta
tanto gemir, tantos suspiros bastan;
trueque voacé las lágrimas corrientes 25
en limosnas y en misas y oraciones
por la gran Pericona, que Dios haya,
que importan más que llantos y
[sollozos.
Tram. Voacé ha garlado como un tólogo, 30
mi señor Chiquiznaque; pero, en tanto
DEL RUFIAN VIUDO p. 23
que encarrilo mis cosas de otro modo,
tome vuestra merced, y platiquemos
una levada nueva.
Ruf. So Trampagos,
no es éste tiempo de levadas; llueven, 5
o han de llover hoy pésames adunia,
¿y hémonos de ocupar en levadicas?
Entra Vademécum con la silla, muy vieja y rota.
Vad. ¡Bueno! ¡Por vida mía! Quien le quita
a mi señor de líneas y posturas, 10
le quita de los días de la vida.
Tram. Vuelve por el mortero y por el banco,
y el broquel no se olvide, Vademécum.
Vad. Y aun traeré el asador, sartén y platos.
Vuélvese a entrar. 15
Tram. Después platicaremos una treta,
única, a lo que creo, y peregrina:
que el dolor de la muerte de mi ángel
las manos ata y el sentido todo.
Ruf. ¿De qué edad acabó la mal lograda? 20
Tram. Para con sus amigas y vecinas,
treinta y dos años tuvo.
Ruf. ¡Edad lozana!
Tram. Si va a decir verdad, ella tenía
cincuenta y seis; pero de tal manera 25
supo encubrir los años, que me
[admiro.
¡Oh, qué teñir de canas! ¡Oh, qué rizos,
vueltos de plata en oro los cabellos!
ENTREMES p. 24
A seis del mes que viene hará quince
[años
que fue mi tributaria, sin que en ellos
me pusiese en pendencia, ni en
[peligro 5
de verme palmeadas las espaldas.
Quince cuaresmas, si en la cuenta
[acierto,
pasaron por la pobre desde el día
que fue mi cara agradecida prenda, 10
en las cuales, sin duda, susurraron
a sus oídos treinta y más sermones,
y en todos ellos, por respeto mío,
estuvo firme, cual está a las olas
del mar movible la inmovible roca. 15
Cuántas veces me dijo la pobreta,
saliendo de los trances rigurosos
de gritos y plegarias y de ruegos,
sudando y trasudando: ¡Plega al
[cielo, 20
Trampagos mío, que en descuento
[vaya
de mis pecados lo que aquí yo paso
por ti, dulce bien mío!
Ruf. ¡Bravo triunfo! 25
¡Ejemplo raro de inmortal firmeza!
Allá lo habrá hallado.
Tram. ¿Quién lo duda?
Ni aun una sola lágrima vertieron
jamás sus ojos en las sacras pláticas, 30
cual si de esparto o pedernal su
[alma
DEL RUFIAN VIUDO p. 25
formada fuera.
Ruf. ¡Oh hembra benemérita
de griegas y romanas alabanzas!
¿De qué murió?
Tram. ¿De qué? ¡Casi de nada! 5
Los médicos dijeron que tenía
malos los hipocondrios y los hígados,
y que con agua de taray pudiera
vivir, si la bebiera setenta años.
Ruf. ¿No la bebió? 10
Tram. Murióse.
Ruf. Fue una necia;
bebiérala hasta el día del juicio,
que hasta entonces viviera. El yerro
[estuvo 15
en no hacerla sudar.
Tram. Sudó once veces.
Entra Vademécum con los asientos referidos.
Ruf. ¿Y aprovechóle alguna?
Tram. Casi todas: 20
siempre quedaba como un jinjo
[verde,
sana como un peruétano o manzana.
Ruf. Dícenme que tenía ciertas fuentes
en las piernas y brazos. 25
Tram. La sin dicha
era un Aranjuez; pero, con todo,
hoy come en ella la que llaman tierra
de las más blancas y hermosas carnes
que jamás encerraron sus entrañas; 30
y, si no fuera porque habrá dos años
ENTREMES p. 26
que comenzó a dañársele el aliento,
era abrazarla como quien abraza
un tiesto de albahaca o clavellinas.
Ruf. Neguijón debió ser o corrimiento
el que dañó las perlas de su boca; 5
quiero decir, sus dientes y sus muelas.
Tram. Una mañana amaneció sin ellos.
Vad. Así es verdad; mas fue de eso la causa
que anocheció sin ellos. De los finos,
cinco acerté a contarle; de los falsos, 10
doce disimulaba en la covacha.
Tram. ¿Quién te mete a ti en esto, mentecato?
Vad. Acredito verdades.
Tram. Chiquiznaque,
ya se me ha reducido a la memoria 15
la treta de denantes; toma y vuelve
al ademán primero.
Vad. Pongan pausa,
y quédese la treta en ese punto,
que acuden moscovitas al reclamo: 20
la Repulida viene, y la Pizpita,
y la Mostrenca, y el jayán Juan
[Claros.
Tram. Vengan enhorabuena; vengan ellos
en cien mil norabuenas. 25
Entran la Repulida, la Pizpita, la Mostrenca
y el rufián Juan Claros.
Juan. En las mismas
esté mi sor Trampagos.
Rep. ¡Quiera el cielo 30
mudar su oscuridad en luz clarísima!
DEL RUFIAN VIUDO p. 27
Piz. Desollado le viesen ya mis lumbres
de aquel pellejo lóbrego y oscuro.
Mos. ¡Jesús, y qué fantasma noturnina!
¡Quítenmele delante!
Vad. ¡Melindricos! 5
Tram. Fuera yo un Polifemo, un antropófago,
un troglodita, un bárbaro Zoïlo,
un caimán, un caribe, un comevivos,
si de otra suerte me adornara, en
[tiempo 10
de tamaña desgracia.
Juan. Razón tiene.
Tram. ¡He perdido una mina potosisca,
un muro de la yedra de mis faltas,
un árbol de la sombra de mis ansias! 15
Juan. Era la Pericona un pozo de oro.
Tram. Sentarse a prima noche, y, a las horas
que se echa el golpe, hallarse con
[sesenta
numos en cuartos, ¿por ventura es 20
[barro?
Pues todo esto perdí en la que ya
[pudre.
Rep. Confieso mi pecado: siempre tuve
envidia a su no vista diligencia. 25
No puedo más; yo hago lo que puedo,
pero no lo que quiero.
Piz. No te penes,
pues vale más aquel que Dios ayuda
que el que mucho madruga; ya me 30
[entiendes.
Vad. El refrán vino aquí como de molde;
ENTREMES p. 28
tal os dé Dios el sueño, mentecatas.
Mos. Nacidas somos; no hizo Dios a nadie
a quien desamparase. Poco valgo;
pero, en fin, como y ceno, y a mi
[cuyo 5
le traigo más vestido que un
[palmito.
Ninguna es fea como tenga bríos;
feo es el diablo.
Vad. Alega la Mostrenca 10
muy bien de su derecho, y alegara
mejor si se añadiera el ser muchacha
y limpia, pues lo es por todo extremo.
Ruf. En el que está Trampagos me da
[lástima. 15
Tram. Vestíme este capuz; mis dos linternas
convertí en alquitaras.
Vad. ¿De aguardiente?
Tram. ¿Pues tanto cuelo yo, hi de malicias?
Vad. A cuatro lavanderas de la puente 20
puede dar quince y falta en la
[colambre;
miren qué ha de llorar, sino agua
[ardiente.
Juan. Yo soy de parecer que el gran 25
[Trampagos
ponga silencio a su continuo llanto
y vuelva al sicut erat in principio,
digo, a sus olvidadas alegrías,
y tome prenda que las suyas quite: 30
que es bien que el vivo vaya a la
[hogaza,
DEL RUFIAN VIUDO p. 29
como el muerto se va a la sepultura.
Rep. Zonzorino Catón es Chiquiznaque.
Piz. Pequeña soy, Trampagos, pero grande
tengo la voluntad para servirte;
no tengo cuyo, y tengo ochenta 5
[cobas.
Rep. Yo ciento, y soy dispuesta y nada
[lerda.
Mos. Veinte y dos tengo yo, y aun
[veinticuatro, 10
y no soy mema.
Rep. ¡Oh mi Jesús! ¿Qué es esto?
¡Contra mí la Pizpita y la Mostrenca!
¿En tela quieres competir conmigo,
culebrilla de alambre, y tú, pazguata? 15
Piz. ¡Por vida de los huesos de mi abuela,
doña Maribobales, mondaníspolas,
que no la estimo en un feluz
[morisco!
¿Han visto el ángel tonto almidonado, 20
cómo quiere empinarse sobre todas?
Mos. Sobre mí no, a lo menos: que no sufro
carga que no me ajuste y me
[convenga.
Juan. Adviertan que defiendo a la Pizpita. 25
Ruf. Consideren que está la Repulida
debajo de las alas de mi amparo.
Vad. ¡Aquí fue Troya; aquí se hacen rajas;
los de las cachas amarillas salen;
aquí otra vez fue Troya! 30
Rep. Chiquiznaque,
no he menester que nadie me defienda;
ENTREMES p. 30
aparta, tomaré yo la venganza,
rasgando con mis manos pecadoras
la cara de membrillo cuartanario.
Juan. ¡Repulida, respeto al gran Juan Claros!
Piz. ¡Déjala venga; déjala que llegue 5
esa cara de masa mal sobada!
Entra uno muy alborotado.
Uno. ¡Juan Claros, la justicia, la justicia;
el alguacil de la justicia viene
la calle abajo! 10
Entrase luego.
Juan. ¡Cuerpo de mi padre!
No paro más aquí.
Tram. Ténganse todos;
ninguno se alborote, que es mi amigo 15
el alguacil; no hay que tenerle miedo.
Torna a entrar.
Uno. No viene acá; la calle abajo cuela.
Vase.
Ruf. El alma me temblaba ya en las carnes, 20
porque estoy desterrado.
Tram. Aunque viniera,
no nos hiciera mal; yo lo sé cierto:
que no puede chillar, porque está
[untado. 25
Vad. Cese, pues, la pendencia, y mi sor sea
el que escoja la prenda que le cuadre
DEL RUFIAN VIUDO p. 31
o le esquine mejor.
Rep. Yo soy contenta.
Piz. Y yo también.
Mos. Y yo.
Vad. Gracias al cielo, 5
que he hallado a tan gran mal tan gran
[remedio.
Tram. Abúrrome y escojo.
Mos. Dios te guíe.
Rep. Si te aburres, Trampagos, la escogida 10
también será aburrida.
Tram. Errado anduve;
sin aburrirme escojo.
Mos. Dios te guíe.
[Tram.] Digo que escojo aquí a la Repulida. 15
Juan. Con su pan se la coma, Chiquiznaque.
Ruf. Y aun sin pan: que es sabrosa en
[cualquier modo.
Rep. Tuya soy; ponme un clavo y una S
en estas dos mejillas. 20
Piz. ¡Oh hechicera!
Mos. No es sino venturosa; no la envidies,
porque no es muy católico
[Trampagos,
pues ayer enterró a la Pericona, 25
y hoy la tiene olvidada.
Rep. Muy bien dices.
Tram. Este capuz arruga, Vademécum,
y dile al padre que sobre él te
[preste 30
una docena de reales.
Vad. Creo
ENTREMES p. 32
que tengo yo catorce.
Tram. Luego luego
parte, y trae seis azumbres de lo caro.
Alas pon en los pies.
Vad. Y en las espaldas. 5
Entrase Vademécum con el capuz, y queda en cuerpo
Trampagos.
Tram. Por Dios, que si durara la bayeta,
que me pudieran enterrar mañana.
Rep. ¡Ay, lumbre de estas lumbres, que son 10
[tuyas,
y cuán mejor estás en este traje
que en el otro, sombrío y melancólico!
Entran dos músicos sin guitarras.
Mús. Tras el olor del jarro nos venimos 15
yo y mi compadre.
Tram. En hora buena sea.
¿Y las guitarras?
Mús. 1. En la tienda quedan;
vaya por ellas Vademécum. 20
Mús. 2. Vaya...
Mas yo quiero ir por ellas.
Mús. 1. De camino,
Entrase el un músico.
diga a mi oíslo que, si viene alguno 25
al rapio rapis, que me aguarde un
[poco,
que no haré sino colar seis tragos
y cantar dos tonadas y partirme:
DEL RUFIAN VIUDO p. 33
que ya el señor Trampagos, según
[muestra,
está para tomar armas de gusto.
Vuelve Vademécum.
Vad. Ya está en el antesala el jarro. 5
Tram. Tráele.
Vad. No tengo taza.
Tram. Ni Dios te la depare.
¿El cuerno de orinar no está
[estrenado? 10
Tráele. ¡Que te maldiga el cielo santo!
Que eres bastante a deshonrar un
[duque.
Vad. Sosiéguese, que no ha de faltar copa,
y aun copas, aunque sean de 15
[sombreros.
[Aparte.] A buen seguro que éste es
[churrullero.
Entra uno como cautivo, con una cadena al hombro,
y pónese a mirar a todos muy atento, y todos a él. 20
Rep. ¡Jesús! ¿Es visión ésta? ¿Qué es
[aquesto?
¿No es éste Escarramán? El es, sin
[duda.
¡Escarramán del alma, dame, amores, 25
esos brazos, columna de la hampa!
Tram. ¡Oh Escarramán, Escarramán amigo!
¿Cómo es esto? ¿A dicha eres estatua?
Rompe el silencio, y habla a tus
[amigos. 30
ENTREMES p. 34
Piz. ¿Qué traje es éste, y qué cadena es
[ésta?
¿Eres fantasma, a dicha? Yo te toco,
y eres de carne y hueso.
Mos. El es, amiga; 5
no lo puede negar, aunque más calle.
Esc. Yo soy Escarramán; y estén atentos
al cuento breve de mi larga historia.
Vuelve el barbero con dos guitarras, y da la una
al compañero. 10
Dio la galera al traste en Berbería,
donde la furia de un juez me puso
por espalder de la siniestra banda;
mudé de cautiverio y de ventura;
quedé en poder de turcos por esclavo; 15
de allí a dos meses, como el cielo
[plugo,
me levanté con una galeota;
cobré mi libertad, y ya soy mío;
hice voto y promesa inviolable 20
de no mudar de ropa ni de carga
hasta colgarla de los muros santos
de una devota ermita que en mi tierra
llaman de San Millán de la Cogolla;
y éste es el cuento de mi extraña 25
[historia,
digna de atesorarla en mi memoria.
¿La Méndez no estará ya de
[provecho?
¿Vive? 30
Juan. Y está en Granada a sus anchuras.
DEL RUFIAN VIUDO p. 35
Ruf. ¡Allí le duele al pobre todavía!
Esc. ¿Qué se ha dicho de mí en aqueste
[mundo,
en tanto que en el otro me han tenido
mis desgracias y gracia? 5
Mos. Cien mil cosas;
ya te han puesto en la horca los
[farsantes.
Piz. Los muchachos han hecho pepitoria
de todas tus medulas y tus huesos. 10
Rep. Hante vuelto divino; ¿qué más quieres?
Ruf. Cántante por las plazas, por las calles;
báilante en los teatros y en las casas;
has dado que hacer a los poetas
más que dio Troya al mantuano Títiro. 15
Juan. Oyente resonar en los establos.
Rep. Las fregonas te alaban en el río;
los mozos de caballos te almohazan.
Ruf. Túndete el tundidor con sus tijeras;
muy más que el potro rucio eres 20
[famoso.
Mos. Han pasado a las Indias tus
[palmeos,
en Roma se han sentido tus
[desgracias, 25
y hante dado botines sine numero.
Vad. Por Dios, que te han molido como
[alheña,
y te han desmenuzado como flores,
y que eres más sonado y más mocoso 30
que un reloj y que un niño de doctrina.
De ti han dado querella todos cuantos
ENTREMES p. 36
bailes pasaron en la edad del gusto,
con apretada y dura residencia;
pero llevóse el tuyo la excelencia.
Esc. Tenga yo fama, y háganme pedazos.
De Efeso el templo abrasaré por 5
[ella.
Tocan de improviso los músicos, y comienzan a cantar
este romance:
[Mús.] Ya salió de las gurapas
el valiente Escarramán, 10
para asombro de la gura
y para bien de su mal.
Esc. ¿Es aquesto brindarme, por ventura?
¿Piensan se me ha olvidado el
[regodeo? 15
Pues más ligero vengo que solía.
Si no, toquen, y vaya, y fuera ropa.
Piz. ¡Oh flor y fruto de los bailarines,
y qué bueno has quedado!
Vad. Suelto y limpio. 20
Juan. El honrará las bodas de Trampagos.
Esc. Toquen; verán que soy hecho de
[azogue.
Mús. Váyanse todos por lo que cantare,
y no será posible que se yerren. 25
Esc. Toquen, que me deshago y que me
[bullo.
Rep. Ya me muero por verle en la
[estacada.
Mús. Estén alerta todos. 30
Ruf. Ya lo estamos.
DEL RUFIAN VIUDO p. 37
Cantan.
[Mús.] Ya salió de las gurapas
el valiente Escarramán,
para asombro de la gura
y para bien de su mal. 5
Ya vuelve a mostrar al mundo
su felice habilidad,
su ligereza y su brío
y su presencia real.
Pues falta la Coscolina, 10
supla ahora en su lugar
la Repulida olorosa,
más que la flor de azahar;
y, en tanto que se remonda
la Pizpita sin igual, 15
de la gallarda el paseo
nos muestre aquí Escarramán.
Tocan la gallarda; dánzala Escarramán, que le ha de
hacer el bailarín, y, en habiendo hecho una
mudanza, prosíguese el romance. 20
La Repulida comience,
con su brío, a rastrear,
pues ella fue la primera
que nos le vino a mostrar.
Escarramán la acompañe, 25
la Pizpita otro que tal,
Chiquiznaque y la Mostrenca,
con Juan Claros el galán.
¡Vive Dios, que va de perlas!
No se puede desear 30
ENTREMES p. 38
más ligereza o más garbo,
más certeza o más compás.
¡A ello, hijos, a ello!
No se pueden alabar
otras ninfas ni otros rufos 5
que nos pueden igualar.
¡Oh, qué desmayar de manos!
¡Oh, qué huir y qué juntar!
¡Oh, qué nuevos laberintos,
donde hay salir y hay entrar! 10
Muden el baile a su gusto,
que yo le sabré tocar:
el canario o las gambetas,
o al villano se lo dan,
zarabanda o zambapalo, 15
el pésame de ello y más,
el rey don Alonso el Bueno,
gloria de la antigüedad.
Esc. El canario, si le tocan,
a solas quiero bailar. 20
Mús. Tocaréle yo de plata;
tú de oro le bailarás.
Toca el canario, y baila solo Escarramán; y, en
habiéndole bailado, diga:
Esc. Vaya el villano a lo burdo, 25
con la cebolla y el pan,
y acompáñenme los tres.
Mús. Que te bendiga San Juan.
Bailan el villano, como bien saben, y, acabado el
DEL RUFIAN VIUDO p. 39
villano, pida Escarramán el baile que quisiere, y,
acabado, diga Trampagos:
Tram. Mis bodas se han celebrado
mejor que las de Roldán.
Todos digan como digo: 5
¡Viva, viva Escarramán!
Todos. ¡Viva, viva!
p. 40
p. 41
ENTREMES DE LA
elección de los alcaldes de
Daganzo.
Salen el bachiller Pesuña; Pedro Estornudo,
escribano; Panduro, regidor; y Alonso Algarroba, 5
regidor.
Pan. Rellánense, que todo saldrá a cuajo,
si es que lo quiere el cielo benditísimo.
Alg. Mas echémoslo a doce, y no se
[venda. 10
[Pan.] Paz, que no será mucho que salgamos
bien del negocio, si lo quiere el cielo.
[Alg.] Que quiera o que no quiera, es lo que
[importa.
Pan. ¡Algarroba, la luenga se os deslicia! 15
Hablad acomedido y de buen rejo,
que no me suenan bien esas palabras:
Quiera o no quiera el cielo. Por San
[Junco,
que, como presumís de resabido, 20
os arrojáis a trochemoche en todo.
Alg. Cristiano viejo soy a todo ruedo,
y creo en Dios a pies juntillos.
Bach. Bueno;
ENTREMES p. 42
no hay más que desear.
Alg. Y si por suerte
hablé mal, yo confieso que soy ganso,
y doy lo dicho por no dicho.
Est. Basta; 5
no quiere Dios del pecador más malo,
sino que viva y se arrepienta.
Alg. Digo
que vivo y me arrepiento, y que
[conozco 10
que el cielo puede hacer lo que él
[quisiere,
sin que nadie le pueda ir a la mano,
especial cuando llueve.
Pan. De las nubes, 15
Algarroba, cae el agua, no del cielo.
Alg. ¡Cuerpo del mundo! Si es que aquí
[venimos
a reprochar los unos a los otros,
dígannoslo, que a fe que no le falten 20
reproches a Algarroba a cada paso.
Bach. Redeamus ad rem, señor Panduro
y señor Algarroba; no se pase
el tiempo en niñerías excusadas.
¿Juntámonos aquí para disputas 25
impertinentes? Bravo caso es éste,
que siempre que Panduro y Algarroba
están juntos, al punto se levantan
entre ellos mil borrascas y tormentas
de mil contradictorias intenciones. 30
Est. El señor bachiller Pesuña tiene
demasiada razón. Véngase al punto,
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 43
y mírese qué alcaldes nombraremos
para el año que viene, que sean tales,
que no los pueda calumniar Toledo,
sino que los confirme y dé por
[buenos, 5
pues para esto ha sido nuestra junta.
Pan. De las varas hay cuatro pretensores:
Juan Berrocal, Francisco de Humillos,
Miguel Jarrete y Pedro de la Rana,
hombres todos de chapa y de 10
[caletre,
que pueden gobernar, no que a
[Daganzo,
sino a la misma Roma.
Alg. A Romanillos. 15
Est. ¿Hay otro apuntamiento? ¡Por San
[Pito,
que me salga del corro!
Alg. Bien parece
que se llama Estornudo el escribano, 20
que así se le encarama y sube el
[humo.
Sosiéguese, que yo no diré nada.
Pan. ¿Hallarse han, por ventura, en todo el
[sorbe...? 25
Alg. ¿Qué es sorbe? ¿Sorbehuevos? Orbe
[diga
el discreto Panduro, y serle ha sano.
Pan. Digo que en todo el mundo no es
[posible 30
que se hallen cuatro ingenios como
[aquestos
ENTREMES p. 44
de nuestros pretensores.
Alg. Por lo menos,
yo sé que Berrocal tiene el más lindo
distinto...
Est. ¿Para qué? 5
Alg. Para ser sacre
en esto de mojón y catavinos.
En mi casa probó los días pasados
una tinaja, y dijo que sabía
el claro vino a palo, a cuero y hierro. 10
Acabó la tinaja su camino,
y hallóse en el asiento de ella un palo
pequeño, y de él prendía una correa
de cordobán y una pequeña llave.
Est. ¡Oh rara habilidad! ¡Oh raro ingenio! 15
Bien puede gobernar el que tal sabe
a Alanís y a Cazalla, y aun a
[Esquivias.
Alg. Miguel Jarrete es águila.
Bach. ¿En qué modo? 20
Alg. En tirar con un arco de bodoques.
Bach. ¿Qué? ¿Tan certero es?
Alg. Es de manera,
que, si no fuese porque los más tiros
se da en la mano izquierda, no habría 25
[pájaro
en todo este contorno.
Bach. Para alcalde,
es rara habilidad y necesaria.
Alg. ¿Qué diré de Francisco de Humillos? 30
Un zapato remienda como un sastre.
Pues Pedro de la Rana, no hay memoria
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 45
que a la suya se iguale: en ella tiene
del antiguo y famoso perro de Alba
todas las coplas, sin que letra falte.
Pan. Este lleva mi voto.
Est. Y aun el mío. 5
Alg. A Berrocal me atengo.
Bach. Yo a ninguno,
si es que no dan más pruebas de su
[ingenio,
a la jurisprudencia encaminadas. 10
Alg. Yo daré un buen remedio, y es
[aquéste:
hagan entrar los cuatro pretendientes,
y el señor bachiller Pesuña puede
examinarlos, pues del arte sabe, 15
y, conforme a su ciencia, así veremos
quién podrá ser nombrado para el
[cargo.
Est. ¡Vive Dios, que es rarísima
[advertencia! 20
Pan. Aviso es que podrá servir de arbitrio
para Su Jamestad: que, como en corte
hay potramédicos, haya potraalcaldes.
Alg. Prota, señor Panduro, que no potra.
Pan. Como vos no hay friscal en todo el 25
[mundo.
Alg. Fiscal, ¡pese a mis males!
Est. ¡Por Dios santo,
que es Algarroba impertinente!
Alg. Digo 30
que, pues se hace examen de
[barberos,
ENTREMES p. 46
de herradores, de sastres, y se hace
de cirujanos y otras zarandajas,
también se examinasen para alcaldes,
y, al que se hallase suficiente y hábil
para tal menester, que se le diese 5
carta de examen, con la cual podría
el tal examinado remediarse.
Porque, de lata en una blanca caja
la carta acomodando merecida,
a tal pueblo podrá llegar el pobre 10
que le pesen a oro: que hay hogaño
carestía de alcaldes de caletre
en lugares pequeños casi siempre.
Bach. Ello está muy bien dicho y bien
[pensado. 15
Llamen a Berrocal; entre, y veamos
dónde llega la raya de su ingenio.
Alg. Humillos, Rana, Berrocal, Jarrete,
los cuatro pretensores se han entrado;
Entran estos cuatro labradores. 20
ya los tienes presentes.
Bach. Bien venidos
sean vuestras mercedes.
Ber. Bien hallados
vuestras mercedes sean. 25
Pan. Acomódense,
que asientos sobran.
Hum. Siéntome y me siento.
Jar. Todos nos sentaremos, Dios loado.
Ran. ¿De qué os sentís, Humillos? 30
Hum. De que vaya
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 47
tan a la larga nuestro nombramiento.
¿Hémoslo de comprar a gallipavos,
a cántaros de arrope y a
[abiervadas,
y botas de lo añejo tan crecidas, 5
que se arremetan a ser cueros?
[Díganlo,
y pondráse remedio y diligencia.
Bach. No hay sobornos aquí; todos estamos
de un común parecer, y es que, el que 10
[fuere
más hábil para alcalde, ése se tenga
por escogido y por llamado.
Ran. Bueno;
yo me contento. 15
Ber. Y yo.
Bach. Mucho en buen hora.
Hum. También yo me contento.
Jar. De ello gusto.
Bach. ¿Vaya de examen, pues? 20
Hum. De examen venga.
Bach. ¿Sabéis leer, Humillos?
Hum. No, por cierto,
ni tal se probará que en mi linaje
haya persona tan de poco asiento, 25
que se ponga a aprender esas
[quimeras,
que llevan a los hombres al
[brasero,
y a las mujeres a la casa llana. 30
Leer no sé; mas sé otras cosas tales,
que llevan al leer ventajas muchas.
ENTREMES p. 48
Bach. ¿Y cuáles cosas son?
Hum. Sé de memoria
todas cuatro oraciones, y las rezo
cada semana cuatro y cinco veces.
Ran. ¿Y con eso pensáis de ser alcalde? 5
Hum. Con esto, y con ser yo cristiano viejo,
me atrevo a ser un senador romano.
Bach. Está muy bien. Jarrete diga ahora
qué es lo que sabe.
Jar. Yo, señor Pesuña, 10
sé leer, aunque poco; deletreo
y ando en el be-a-ba bien ha tres
[meses,
y en cinco más daré con ello a un cabo;
y, además de esta ciencia que ya aprendo, 15
sé calzar un arado bravamente,
y herrar casi en tres horas cuatro
[pares
de novillos briosos y cerreros;
soy sano de mis miembros, y no tengo 20
sordez ni cataratas, tos ni reumas,
y soy cristiano viejo como todos,
y tiro con un arco como un Tulio.
Alg. ¡Raras habilidades para alcalde,
necesarias y mucha[s]! 25
Bach. Adelante.
¿Qué sabe Berrocal?
Ber. Tengo en la lengua
toda mi habilidad, y en la garganta;
no hay mojón en el mundo que me 30
[llegue:
sesenta y seis sabores estampados
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 49
tengo en el paladar, todos vináticos.
Alg. ¿Y quiere ser alcalde?
Ber. Y lo requiero;
pues cuando estoy armado a lo de
[Baco, 5
así se me aderezan los sentidos,
que me parece a mí que en aquel punto
podría prestar leyes a Licurgo
y limpiarme con Bártulo.
Pan. ¡Pasito, 10
que estamos en concejo!
Ber. No soy nada
melindroso ni puerco; sólo digo
que no se me malogre mi justicia,
que echaré el bodegón por la ventana. 15
Bach. ¿Amenazas aquí? ¡Por vida mía,
mi señor Berrocal, que valen poco!
¿Qué sabe Pedro Rana?
Ran. Como Rana,
habré de cantar mal; pero, con todo, 20
diré mi condición, y no mi ingenio.
Yo, señores, si acaso fuese alcalde,
mi vara no sería tan delgada
como las que se usan de ordinario:
de fina encina o de un roble la haría, 25
y gruesa de dos dedos, temeroso
que no me la encorvase el dulce peso
de un bolsón de ducados, ni otras
[dádivas,
o ruegos, o promesas, o favores 30
que pesan como plomo, y no se
[sienten
ENTREMES p. 50
hasta que os han brumado las
[costillas
del cuerpo y alma; y, junto con aquesto,
sería bien criado y comedido,
parte severo y nada riguroso. 5
Nunca deshonraría al miserable
que ante mí le trajesen sus delitos:
que suele lastimar una palabra
de un juez arrojado, de afrentosa,
mucho más que lastima su sentencia, 10
aunque en ella se intime cruel
[castigo.
No es bien que el poder quite la
[crianza,
ni que la sumisión de un delincuente 15
haga al juez soberbio y arrogante.
Alg. ¡Vive Dios, que ha cantado nuestra
[Rana
mucho mejor que un cisne cuando
[muere! 20
Pan. Mil sentencias ha dicho censorinas.
Alg. De Catón Censorino: bien ha dicho
el regidor Panduro.
Pan. Reprochadme.
Alg. Su tiempo se vendrá. 25
Est. Nunca acá venga.
¡Terrible inclinación es, Algarroba,
la vuestra en reprochar!
Alg. ¡No más, so escriba!
Est. ¡Qué escriba, fariseo! 30
Bach. ¡Por San Pedro,
que son muy demasiadas demasías
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 51
éstas!
Alg. Yo me burlaba.
Est. Y yo me burlo.
Bach. Pues no se burlen más, por vida mía.
Alg. Quien miente, miente. 5
Est. Y quien verdad pronuncia,
dice verdad.
Alg. Verdad.
Est. Pues punto en boca.
Hum. Esos ofrecimientos que ha hecho Rana, 10
son desde lejos. A fe que si él
[empuña
vara, que él se trueque, y sea otro
[hombre
del que ahora parece. 15
Bach. Está de molde
lo que Humillos ha dicho.
Hum. Y más añado:
que, si me dan la vara, verán cómo
no me mudo, ni trueco, ni me cambio. 20
Bach. Pues veis aquí la vara, y haced cuenta
que sois alcalde ya.
Alg. ¡Cuerpo del mundo!
¿La vara le dan zurda?
Hum. ¿Cómo zurda? 25
Alg. ¿Pues no es zurda esta vara? Un sordo
[o mudo
lo podrá echar de ver desde una legua.
Hum. ¿Cómo, pues, si me dan zurda la
[vara, 30
quieren que juzgue yo derecho?
Est. El diablo
ENTREMES p. 52
tiene en el cuerpo este Algarroba;
[miren
dónde jamás se han visto varas zurdas.
Entra uno.
Uno. Señores, aquí están unos gitanos, 5
con unas gitanillas milagrosas,
y, aunque la ocupación se les ha dicho
en que están sus mercedes, todavía
porfían que han de entrar a dar
[solacio 10
a sus mercedes.
Bach. Entren, y veremos
si nos podrán servir para la fiesta
del Corpus, de quien yo soy
[mayordomo. 15
Pan. Entren mucho en buen hora.
Ber. Entren luego.
Hum. Por mí, ya los deseo.
Jar. Pues yo, ¡pajas!
Ran. ¿Ellos no son gitanos? Pues adviertan 20
que no nos hurten las narices.
Uno. Ellos,
sin que los llamen, vienen; ya están
[dentro.
Entran los músicos de gitanos, y dos gitanas bien 25
aderezadas, y al son de este romance, que han de
cantar los músicos, ellas dancen.
[Mús.] Reverencia os hace el cuerpo,
regidores de Daganzo,
hombres buenos de repente, 30
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 53
hombres buenos de pensado,
de caletre prevenidos
para proveer los cargos
que la ambición solicita
entre moros y cristianos. 5
Parece que os hizo el cielo,
el cielo, digo, estrellado,
Sansones para las letras,
y para las fuerzas, Bártulos.
Jar. Todo lo que se canta toca historia. 10
Hum. Ellas y ellos son únicos y ralos.
Alg. Algo tienen de espesos.
Bach. Ea, sufficit.
Mús. Como se mudan los vientos,
como se mudan los ramos, 15
que, desnudos en invierno,
se visten en el verano,
mudaremos nuestros bailes
por puntos y a cada paso,
pues mudarse las mujeres 20
no es nuevo ni extraño caso.
¡Vivan de Daganzo los regidores,
que parecen palmas, puesto que son
[robles!
Bailan. 25
Jar. ¡Brava trova, por Dios!
Hum. Y muy sentida.
Ber. Estas se han de imprimir, para que
[quede
memoria de nosotros en los siglos 30
de los siglos. Amén.
Bach. Callen, si pueden.
ENTREMES p. 54
Mús. Vivan y revivan,
y en siglos veloces
del tiempo los días
pasen con las noches,
sin trocar la edad, 5
que treinta años forme,
ni tocar las hojas
de sus alcornoques.
Los vientos que anegan,
si contrarios corren, 10
cual céfiros blandos
en sus mares soplen.
¡Vivan de Daganzo los regidores,
que palmas parecen, puesto que son
[robles! 15
Bach. El estribillo, en parte, me desplace;
pero, con todo, es bueno.
Ber. Ea, callemos.
Mús. Pisaré yo el polvico,
atán menudico; 20
pisaré yo el polvó,
atán menudó.
Pan. Estos músicos hacen pepitoria
de su cantar.
Hum. Son diablos los gitanos. 25
Mús. Pisaré yo la tierra,
por más que esté dura,
puesto que me abra en ella
amor sepultura,
pues ya mi buena ventura 30
amor la pisó,
atán menudó.
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 55
Pisaré yo lozana
el más duro suelo,
si en él acaso pisas
el mal que recelo.
Mi bien se ha pasado en vuelo, 5
y el polvo dejó,
atán menudó.
Entra un sotasacristán muy mal endeliñado.
Sac. Señores regidores, ¡voto a ...! Digo
que es de bellacos tanto pasatiempo. 10
¿Así se rige el pueblo, noramala,
entre guitarras, bailes y bureos?
Bach. Agarradle, Jarrete.
Jar. Ya le agarro.
Bach. Traigan aquí una manta, que, por 15
[Cristo,
que se ha de mantear este bellaco,
necio, desvergonzado e insolente,
y atrevido además.
Sac. Oigan, señores. 20
Alg. Volveré con la manta a las volanzas.
Entrase Algarroba.
Sac. Miren que les intimo que soy présbiter.
Bach. ¿Tú presbítero, infame?
Sac. Yo presbítero, 25
o de prima tonsura, que es lo mismo.
Pan. Ahora lo veréis, dijo Agrajes.
Sac. No hay Agrajes aquí.
Pan. Pues habrá grajos
ENTREMES p. 56
que te piquen la lengua y aun los
[ojos.
Ran. Dime, desventurado: ¿qué demonio
se revistió en tu lengua? ¿Quién te
[mete 5
a ti en reprehender a la justicia?
¿Has tú de gobernar a la república?
Métete en tus campanas y en tu oficio;
deja a los que gobiernan, que ellos
[saben 10
lo que han de hacer mejor que no
[nosotros:
si fueren malos, ruega por su
[enmienda;
si buenos, porque Dios no nos los 15
[quite.
Bach. Nuestro Rana es un santo y un
[bendito.
Vuelve Algarroba; trae la manta.
Alg. No ha de quedar por manta. 20
Bach. Asgan, pues, todos,
sin que queden gitanos ni gitanas.
¡Arriba, amigos!
Sac. ¡Por Dios, que va de veras!
¡Vive Dios, si me enojo, que bonito 25
soy yo para estas burlas! ¡Por San
[Pedro,
que están descomulgados todos
[cuantos
han tocado los pelos de la manta! 30
Ran. Basta, no más; aquí cese el castigo,
DE LOS ALCALDES DE DAGANZO p. 57
que el pobre debe estar arrepentido.
Sac. Y molido, que es más. De aquí
[adelante,
me coseré la boca con dos cabos
de zapatero. 5
Ran. Aqueso es lo que importa.
Bach. Vénganse los gitanos a mi casa,
que tengo qué decirles.
Git. Tras ti vamos.
Bach. Quedarse ha la elección para mañana, 10
y desde luego doy mi voto a Rana.
Git. ¿Cantaremos, señor?
Bach. Lo que quisiereis.
Pan. No hay quien cante cual nuestro Rana
[canta. 15
Jar. No solamente canta, sino encanta.
Entranse cantando: Pisaré yo el polvico...
p. 58
p. 59
ENTREMES DE LA
guarda cuidadosa.
Sale un soldado a lo pícaro, con una muy mala
banda y un anteojo, y detrás de él un mal sacristán.
Sol. ¿Qué me quieres, sombra vana? 5
Sac. No soy sombra vana, sino cuerpo
macizo.
Sol. Pues, con todo eso, por la fuerza de
mi desgracia te conjuro que me digas
quién eres, y qué es lo que buscas por 10
esta calle.
Sac. A eso te respondo, por la fuerza de
mi dicha, que soy Lorenzo Pasillas,
sotasacristán de esta parroquia, y busco
en esta calle lo que hallo, y tú buscas 15
y no hallas.
Sol. ¿Buscas, por ventura, a Cristinica, la
fregona de esta casa?
Sac. Tu dixisti.
Sol. Pues ven acá, sotasacristán de Satanás. 20
Sac. Pues voy allá, caballo de Ginebra.
Sol. Bueno: sota y caballo; no falta sino el
rey para tomar las manos. Ven acá,
digo otra vez. ¿Y tú no sabes, Pasillas,
que pasado te vea yo con un chuzo, 25
que Cristinica es prenda mía?
ENTREMES p. 60
Sac. ¿Y tú no sabes, pulpo vestido, que esa
prenda la tengo yo rematada, que está
por sus cabales y por mía?
Sol. ¡Vive Dios, que te dé mil cuchilladas
y que te haga la cabeza pedazos! 5
Sac. Con las que le cuelgan de esas calzas,
y con los de ese vestido, se podrá
entretener, sin que se meta con los de
mi cabeza.
Sol. ¿Has hablado alguna vez a Cristina? 10
Sac. Cuando quiero.
Sol. ¿Qué dádivas le has hecho?
Sac. Muchas.
Sol. ¿Cuántas, y cuáles?
Sac. Dile una de estas cajas de carne de 15
membrillo muy grande, llena de cercenaduras
de hostias blancas como la misma
nieve, y de añadidura, cuatro cabos
de velas de cera, asimismo blancas
como un armiño. 20
Sol. ¿Qué más le has dado?
Sac. En un billete envueltos, cien mil deseos
de servirla.
Sol. Y ella, ¿cómo te ha correspondido?
Sac. Con darme esperanzas propincuas de 25
que ha de ser mi esposa.
Sol. ¿Luego no eres de Epístola?
Sac. Ni aun de completas. Motilón soy, y
puedo casarme cada y cuando me viniere
en voluntad, y presto lo veréis. 30
Sol. Ven acá, motilón arrastrado; respóndeme
a esto que preguntarte quiero.
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 61
Si esta muchacha ha correspondido
tan altamente, lo cual yo no creo, a la
miseria de tus dádivas, ¿cómo
corresponderá a la grandeza de las mías?
Que el otro día le envié un billete 5
amoroso, escrito, por lo menos, en un
revés de un memorial que di a Su
Majestad significándole mis servicios y
mis necesidades presentes --que no
cae en mengua el soldado que dice 10
que es pobre--, el cual memorial salió
decretado y remitido al limosnero
mayor. Y sin atender a que, sin duda
alguna, me podía valer cuatro o seis
reales, con liberalidad increíble y con 15
desenfado notable, escribí en el revés
de él, como he dicho, mi billete, y sé
que de mis manos pecadoras llegó a
las suyas casi santas.
Sac. ¿Hasle enviado otra cosa? 20
Sol. Suspiros, lágrimas, sollozos, parasismos,
desmayos, con toda la caterva
de las demostraciones necesarias
que para descubrir su pasión los
buenos enamorados usan y deben de usar 25
en todo tiempo y sazón.
Sac. ¿Hasle dado alguna música
concertada?
Sol. La de mis lamentos y congojas, la(s)
de mis ansias y pesadumbres. 30
Sac. Pues a mí me ha acontecido dársela
con mis campanas a cada paso, y
ENTREMES p. 62
tanto, que tengo enfadada a toda la
vecindad con el continuo ruido que
con ellas hago, sólo por darle contento
y porque sepa que estoy en la torre
ofreciéndome a su servicio; y, aunque 5
haya de tocar a muerto, repico a vísperas
solemnes.
Sol. En eso me llevas ventaja, porque no
tengo qué tocar, ni cosa que lo valga.
Sac. ¿Y de qué manera ha correspondido 10
Cristina a la infinidad de tantos
servicios como le has hecho?
Sol. Con no verme, con no hablarme, con
maldecirme cuando me encuentra por
la calle, con derramar sobre mí las 15
lavazas cuando jabona y el agua
de fregar cuando friega; y esto es cada
día, porque todos los días estoy en
esta calle y a su puerta; porque soy
su guarda cuidadosa; soy, en fin, el 20
perro del hortelano, &c. Yo no la
gozo, ni ha de gozarla ninguno mientras
yo viviere; por eso, váyase de
aquí el señor sotasacristán, que, por
haber tenido y tener respeto a las órdenes 25
que tiene, no le tengo ya rompidos
los cascos.
Sac. A rompérmelos como están rotos esos
vestidos, bien rotos estuvieran.
Sol. El hábito no hace al monje; y tanta 30
honra tiene un soldado roto por causa
de la guerra, como la tiene un colegial
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 63
con el manto hecho añicos, porque
en él se muestra la antigüedad de
sus estudios. Y váyase, que haré lo
que dicho tengo.
Sac. ¿Es porque me ve sin armas? Pues 5
espérese aquí, señor guarda cuidadosa,
y verá quién es Callejas.
Sol. ¿Qué puede ser un Pasillas?
Sac. Ahora lo veréis, dijo Agrajes.
Entrase el sacristán. 10
Sol. ¡Oh mujeres, mujeres, todas, o las más,
mudables y antojadizas! Dejas, Cristina,
a esta flor, a este jardín de la
soldadesca, y acomódaste con el
muladar de un sotasacristán, pudiendo 15
acomodarte con un sacristán entero,
y aun con un canónigo. Pero yo
procuraré que te entre en mal provecho,
si puedo, aguando tu gusto, con ojear
de esta calle y de tu puerta los que 20
imaginare que por alguna vía pueden
ser tus amantes, y así vendré a
alcanzar nombre de la guarda
cuidadosa.
Entra un mozo con su caja y ropa verde, como estos 25
que piden limosna para alguna imagen.
Mozo. Den, por Dios, para la lámpara del
aceite de Señora Santa Lucía, que les
guarde la vista de los ojos. ¡Ah de casa!
¿Dan la limosna? 30
ENTREMES p. 64
Sol. ¡Hola, amigo Santa Lucía! Venid acá.
¿Qué es lo que queréis en esa casa?
Mozo. ¿Ya vuestra merced no lo ve? Limosna
para la lámpara del aceite de Señora
Santa Lucía. 5
Sol. ¿Pedís para la lámpara, o para el aceite
de la lámpara? Que, como decís limosna
para la lámpara del aceite, parece
que la lámpara es del aceite, y
no el aceite de la lámpara. 10
Mozo. Ya todos entienden que pido para
aceite de la lámpara, y no para la
lámpara del aceite.
Sol. ¿Y suélenos dar limosna en esta casa?
Mozo. Cada día, dos maravedís. 15
Sol. ¿Y quién sale a dároslos?
Mozo. Quien se halla más a mano; aunque
las más veces sale una fregoncita que
se llama Cristina, bonita como un oro.
Sol. ¿Así que es la fregoncita bonita como 20
un oro?
Mozo. Y como unas perlas.
Sol. ¿De modo que no os parece mal a vos
la muchacha?
Mozo. Pues aunque yo fuera hecho de leño, 25
no pudiera parecerme mal.
Sol. ¿Cómo os llamáis? Que no querría
volveros a llamar Santa Lucía.
Mozo. Yo, señor, Andrés me llamo.
Sol. Pues, señor Andrés, esté en lo que 30
quiero decirle: tome este cuarto de a
ocho, y haga cuenta que va pagado
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 65
por cuatro días de la limosna que le
dan en esta casa y suele recibir por
mano de Cristina, y váyase con Dios,
y séale aviso que por cuatro días no
vuelva a llegar a esta puerta ni por 5
lumbre, que le romperé las costillas a
coces.
Mozo. Ni aun volveré en este mes, si es que
me acuerdo. No tome vuestra merced
pesadumbre, que ya me voy. 10
Vase.
Sol. No sino dormíos, guarda cuidadosa.
Extra otro mozo vendiendo y pregonando tranzaderas,
holanda de Cambray, randas de Flandes e hilo
portugués. 15
Uno. ¿Compran tranzaderas, randas de Flandes,
holanda, cambray, hilo portugués?
Cristina, a la ventana.
Cris. ¡Hola, Manuel! ¿Traéis vivos para unas
camisas? 20
Uno. Sí traigo, y muy buenos.
Cris. Pues entra, que mi señora los ha
menester.
Sol. ¡Oh estrella de mi perdición, antes que
norte de mi esperanza! Tranzaderas, o 25
como os llamáis, ¿conocéis aquella
doncella que os llamó desde la
ventana?
ENTREMES p. 66
Uno. Sí conozco. Pero ¿por qué me lo
pregunta vuestra merced?
Sol. ¿No tiene muy buen rostro y muy
buena gracia?
Uno. A mí así me lo parece. 5
Sol. Pues también me parece a mí que no
entre dentro de esa casa; si no, ¡por
Dios, de molerle los huesos, sin
dejarle ninguno sano!
Uno. ¿Pues no puedo yo entrar adonde me 10
llaman para comprar mi mercadería?
Sol. Vaya, no me replique, que haré lo que
digo, y luego.
Uno. ¡Terrible caso! ¡Pasito, señor soldado,
que ya me voy! 15
Vase Manuel.
Cristina, a la ventana.
Cris. ¿No entras, Manuel?
Sol. Ya se fue Manuel, señora la de los
vivos, y aun señora la de los muertos, 20
porque a muertos y a vivos tienes
debajo de tu mando y señorío.
Cris. ¡Jesús, y qué enfadoso animal! ¿Qué
quieres en esta calle y en esta puerta?
Entrase Cristina. 25
Sol. ¡Encubrióse y púsose mi sol detrás de
las nubes!
Entra un zapatero con unas chinelas pequeñas
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 67
nuevas en la mano, y, yendo a entrar en casa de
Cristina, detiénele el soldado.
Sol. Señor bueno, ¿busca vuestra merced
algo en esta casa?
Zap. Sí busco. 5
Sol. ¿Y a quién, si fuere posible saberlo?
Zap. ¿Por qué no? Busco a una fregona que
está en esta casa, para darle estas
chinelas que me mandó hacer.
Sol. ¿De manera que vuestra merced es su 10
zapatero?
Zap. Muchas veces la he calzado.
Sol. ¿Y hale de calzar ahora estas
chinelas?
Zap. No será menester; si fueran zapatillos 15
de hombre, como ella los suele traer,
sí calzara.
Sol. Y éstas, ¿están pagadas, o no?
Zap. No están pagadas: que ella me las ha
de pagar ahora. 20
Sol. ¿No me haría vuestra merced una
merced, que sería para mí muy grande,
y es que me fiase estas chinelas,
dándole yo prendas que lo valiesen,
hasta desde aquí a dos días, que espero 25
tener dineros en abundancia?
Zap. Sí haré, por cierto. Venga la prenda:
que, como soy pobre oficial, no puedo
fiar a nadie.
Sol. Yo le daré a vuestra merced un 30
mondadientes que le estimo en mucho, y
no le dejaré por un escudo. ¿Dónde
ENTREMES p. 68
tiene vuestra merced la tienda, para
que vaya a quitarle?
Zap. En la calle Mayor, en un poste de
aquéllos; y llámome Juan Juncos.
Sol. Pues, señor Juan Juncos, el mondadientes 5
es éste, y estímele vuestra merced
en mucho, porque es mío.
Zap. ¿Pues una biznaga, que apenas vale
dos maravedís, quiere vuestra merced
que estime en mucho? 10
Sol. ¡Oh pecador de mí! No la doy yo sino
para recuerdo de mí mismo, porque
cuando vaya a echar mano a la faldriquera
y no halle la biznaga, me venga
a la memoria que la tiene vuestra merced, 15
y vaya luego a quitarla. Sí; a fe
de soldado, que no la doy por otra
cosa; pero si no está contento con ella,
añadiré esta banda y este anteojo: que
al buen pagador no le duelen prendas. 20
Zap. Aunque zapatero, no soy tan descortés,
que tengo de despojar a vuestra
merced de sus joyas y preseas. Vuestra
merced se quede con ellas, que yo me
quedaré con mis chinelas, que es lo 25
que me está más a cuento.
Sol. ¿Cuántos puntos tienen?
Zap. Cinco escasos.
Sol. Más escaso soy yo, chinelas de mis
entrañas, pues no tengo seis reales 30
para pagaros, chinelas de mis entrañas.
Escuche vuestra merced, señor zapatero,
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 69
que quiero glosar aquí de repente
este verso, que me ha salido
medido:
Chinelas de mis entrañas.
Zap. ¿Es poeta vuestra merced? 5
Sol. Famoso, y ahora lo verá; estéme
atento.
Chinelas de mis entrañas.
Glosa.
Es amor tan gran tirano, 10
que, olvidado de la fe
que le guardo siempre en vano,
hoy con la funda de un pie
da a mi esperanza de mano.
Estas son vuestras hazañas, 15
fundas pequeñas y hurañas,
que ya mi alma imagina
que sois, por ser de Cristina,
chinelas de mis entrañas.
Zap. A mí poco se me entiende de trovas; 20
pero éstas me han sonado tan bien,
que me parecen de Lope, como lo
son todas las cosas que son o parecen
buenas.
Sol. Pues, señor, ya que no lleva remedio 25
de fiarme estas chinelas, que no fuera
mucho, y más sobre tan dulces prendas,
por mi mal halladas, llévelo, a
lo menos, de que vuestra merced me
las guarde hasta desde aquí a dos días, 30
ENTREMES p. 70
que yo vaya por ellas; y por ahora,
digo, por esta vez, el señor zapatero
no ha de ver ni hablar a Cristina.
Zap. Yo haré lo que me manda el señor
soldado, porque se me trasluce de qué 5
pies cojea, que son dos: el de la
necesidad y el de los celos.
Sol. Ese no es ingenio de zapatero, sino
de colegial trilingüe.
Zap. ¡Oh celos, celos! ¡Cuán mejor os llamaran 10
duelos, duelos!
Entrase el zapatero.
Sol. No sino no seáis guarda, y guarda
cuidadosa, y veréis cómo se os entra[n]
mosquitos en la cueva donde está el 15
licor de vuestro contento. Pero ¿qué
voz es ésta? Sin duda, es la de mi
Cristina, que se desenfada cantando
cuando barre o friega.
Suenan dentro platos, como que friegan, y cantan: 20
Sacristán de mi vida,
tenme por tuya,
y, fiado en mi fe,
canta aleluya.
Sol. ¡Oídos que tal oyen! Sin duda, el 25
sacristán debe de ser el brinco de su
alma. ¡Oh platera, la más limpia que
tiene, tuvo o tendrá el calendario de
las fregonas! ¿Por qué, así como
limpias esa loza talaveril que traes 30
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 71
entre las manos, y la vuelves en
bruñida y tersa plata, no limpias esa
alma de pensamientos bajos y
sotasacristaniles?
Entra el amo de Cristina. 5
Amo. Galán, ¿qué quiere o qué busca a esta
puerta?
Sol. Quiero más de lo que sería bueno, y
busco lo que no hallo. Pero ¿quién es
vuestra merced que me lo pregunta? 10
Amo. Soy el dueño de esta casa.
Sol. ¿El amo de Cristinica?
Amo. El mismo.
Sol. Pues lléguese vuestra merced a esta
parte, y tome este envoltorio de 15
papeles, y advierta que ahí dentro van
las informaciones de mis servicios, con
veinte y dos fes de veinte y dos
generales debajo de cuyos estandartes
he servido, amén de otras treinta y 20
cuatro de otros tantos maestres de
campo que se han dignado de honrarme
con ellas.
Amo. Pues no ha habido, a lo que yo alcanzo,
tantos generales ni maestres de 25
campo de infantería española de cien
años a esta parte.
Sol. Vuestra merced es hombre pacífico, y
no está obligado a entendérsele mucho
de las cosas de la guerra. Pase 30
los ojos por esos papeles, y verá en
ENTREMES p. 72
ellos, unos sobre otros, todos los
generales y maestres de campo que he
dicho.
Amo. Yo los doy por pasados y vistos; pero
¿de qué sirve darme cuenta de esto? 5
Sol. De que hallará vuestra merced por
ellos ser posible ser verdad una que
ahora diré, y es que estoy
consultado en uno de tres castillos y
plazas que están vacas en el reino de 10
Nápoles, conviene a saber: Gaeta,
Barleta y Rijobes.
Amo. Hasta ahora, ninguna cosa me importa
a mí estas relaciones que vuestra
merced me da. 15
Sol. Pues yo sé que le han de importar,
siendo Dios servido.
Amo. ¿En qué manera?
Sol. En que por fuerza, si no se cae el
cielo, tengo de salir proveído en una 20
de estas plazas, y quiero casarme ahora
con Cristinica; y, siendo yo su marido,
puede vuestra merced hacer de mi
persona y de mi mucha hacienda como
de cosa propia: que no tengo de 25
mostrarme desagradecido a la crianza que
vuestra merced ha hecho a mi querida
y amada consorte.
Amo. Vuestra merced lo ha de los cascos
más que de otra parte. 30
Sol. ¿Pues sabe cuánto le va, señor dulce?
¡Que me la ha de entregar luego luego,
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 73
o no ha de atravesar los umbrales
de su casa!
Amo. ¿Hay tal disparate? ¿Y quién ha de ser
bastante para quitarme que no entre
en mi casa? 5
Vuelve el sotasacristán Pasillas, armado con un
tapador de tinaja y una espada muy mohosa; viene
con él otro sacristán, con un morrión y una vara o
palo, atado a él un rabo de zorra.
Sac. ¡Ea, amigo Grajales, que éste es el 10
turbador de mi sosiego!
Gra. No me pesa sino que traigo las armas
endebles y algo tiernas: que ya
le hubiera despachado al otro mundo
a toda diligencia. 15
Amo. ¡Ténganse, gentiles hombres! ¿Qué
desmán y qué acecinamiento es éste?
Sol. ¡Ladrones! ¿A traición y en cuadrilla?
¡Sacristanes falsos, voto a tal, que os
tengo de horadar, aunque tengáis más 20
órdenes que un ceremonial! ¡Cobarde!
¿A mí con rabo de zorra? ¿Es notarme
de borracho, o piensas que estás
quitando el polvo a alguna imagen
de bulto? 25
Gra. No pienso sino que estoy ojeando los
mosquitos de una tinaja de vino.
A la ventana, Cristina y su ama.
Cris. ¡Señora, señora, que matan a mi
señor! ¡Más de dos mil espadas están 30
ENTREMES p. 74
sobre él, que relumbran que me quitan
la vista!
Ella. Dices verdad, hija mía. ¡Dios sea con
él! ¡Santa Ursula, con las once mil
vírgenes, sea en su guarda! Ven, 5
Cristina, y bajemos a socorrerle como
mejor pudiéremos.
Amo. ¡Por vida de vuestras mercedes,
caballeros, que se tengan, y miren que no
es bien usar de superchería con nadie! 10
Sol. ¡Tente, rabo, y tente, tapadorcillo; no
acabéis de despertar mi cólera, que, si
la acabo de despertar, os mataré, y os
comeré, y os arrojaré por la puerta
falsa dos leguas más allá del infierno! 15
Amo. ¡Ténganse, digo; si no, por Dios que
me descomponga de modo que pese a
alguno!
Sol. Por mí, tenido soy: que te tengo
respeto, por la imagen que tienes en tu 20
casa.
Sac. Pues aunque esa imagen haga milagros,
no os ha de valer esta vez.
Sol. ¿Han visto la desvergüenza de este
bellaco, que me viene a hacer cocos con 25
un rabo de zorra, no habiéndome
espantado ni atemorizado tiros mayores
que el de Dio, que está en Lisboa?
Entran Cristina y su señora.
Ella. ¡Ay, marido mío! ¿Estáis, por desgracia, 30
herido, bien de mi alma?
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 75
Cris. ¡Ay, desdichada de mí! Por el siglo de
mi padre, que son los de la pendencia
mi sacristán y mi soldado.
Sol. Aun bien que voy a la parte con el
sacristán: que también dijo mi 5
soldado.
Amo. No estoy herido, señora; pero sabed
que toda esta pendencia es por
Cristinica.
Ella. ¿Cómo por Cristinica? 10
Amo. A lo que yo entiendo, estos galanes
andan celosos por ella.
Ella. ¿Y es esto verdad, muchacha?
Cris. Sí, señora.
Ella. ¡Mirad con qué poca vergüenza lo dice! 15
¿Y hate deshonrado alguno de ellos?
Cris. Sí, señora.
Ella. ¿Cuál?
Cris. El sacristán me deshonró el otro día,
cuando fui al Rastro. 20
Ella. ¿Cuántas veces os he dicho yo, señor,
que no saliese esta muchacha fuera
de casa; que ya era grande, y no
convenía apartarla de nuestra vista? ¿Qué
dirá ahora su padre, que nos la 25
entregó limpia de polvo y de paja? ¿Y
dónde te llevó, traidora, para
deshonrarte?
Cris. A ninguna parte, sino allí, en mitad de
la calle. 30
Ella. ¿Cómo en mitad de la calle?
Cris. Allí, en mitad de la calle de Toledo, a
ENTREMES p. 76
vista de Dios y de todo el mundo, me
llamó de sucia y de deshonesta, de
poca vergüenza y menos miramiento,
y otros muchos baldones de este jaez; y
todo por estar celoso de aquel soldado. 5
Amo. ¿Luego no ha pasado otra cosa entre
ti ni él sino esa deshonra que en la
calle te hizo?
Cris. No, por cierto; porque luego se le pasa
la cólera. 10
Ella. ¡El alma se me ha vuelto al cuerpo,
que le tenía ya casi desamparado!
Cris. Y más, que todo cuanto me dijo fue
confiado en esta cédula que me ha
dado de ser mi esposo, que la tengo 15
guardada como oro en paño.
Amo. Muestra; veamos.
Ella. Leedla alto, marido.
Amo. Así dice: Digo yo, Lorenzo Pasillas,
sotasacristán de esta parroquia, que 20
quiero bien, y muy bien, a la señora
Cristina de Parraces; y en fe de esta
verdad, le di ésta, firmada de mi nombre,
fecha en Madrid, en el cementerio
de San Andrés, a seis de mayo de este 25
presente año de mil y seiscientos y
once. Testigos, mi corazón, mi
entendimiento, mi voluntad y mi memoria.
Lorenzo Pasillas. ¡Gentil manera de
cédula de matrimonio! 30
Sac. Debajo de decir que la quiero bien, se
incluye todo aquello que ella quisiere
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 77
que yo haga por ella; porque, quien
da la voluntad, lo da todo.
Amo. ¿Luego, si ella quisiese, bien os
casaríais con ella?
Sac. De bonísima gana; aunque perdiese 5
la expectativa de tres mil maravedís
de renta que ha de fundar ahora sobre
mi cabeza una abuela mía, según me
han escrito de mi tierra.
Sol. Si voluntades se toman en cuenta, 10
treinta y nueve días hace hoy que, al
entrar de la Puente Segoviana, di yo
a Cristina la mía, con todos los anejos
a mis tres potencias; y si ella quisiere
ser mi esposa, algo irá a decir de ser 15
castellano de un famoso castillo, a un
sacristán no entero, sino medio, y aun
de la mitad le debe de faltar algo.
Amo. ¿Tienes deseo de casarte, Cristinica?
Cris. Sí tengo. 20
Amo. Pues escoge, de estos dos que se te
ofrecen, el que más te agradare.
Cris. Tengo vergüenza.
Ella. No la tengas; porque el comer y el
casar ha de ser a gusto propio, y no a 25
voluntad ajena.
Cris. Vuestras mercedes, que me han criado,
me darán marido como me convenga;
aunque todavía quisiera escoger.
Sol. Niña, échame el ojo. Mira mi garbo; 30
soldado soy, castellano pienso ser,
brío tengo de corazón, soy el más
ENTREMES p. 78
galán hombre del mundo, y por el hilo
de este vestidillo podrás sacar el ovillo
de mi gentileza.
Sac. Cristina, yo soy músico, aunque de
campanas; para adornar una tumba y 5
colgar una iglesia para fiestas solemnes,
ningún sacristán me puede llevar
ventaja; y estos oficios bien los puedo
ejercitar casado, y ganar de comer
como un príncipe. 10
Amo. Ahora bien, muchacha, escoge de los
dos el que te agrada, que yo gusto
de ello, y con esto pondrás paz entre
dos tan fuertes competidores.
Sol. Yo me allano. 15
Sac. Y yo me rindo.
Cris. Pues escojo al sacristán.
Han entrado los músicos.
Amo. Pues llamen esos oficiales de mi
vecino el barbero, para que con sus 20
guitarras y voces nos entremos a
celebrar el desposorio cantando y
bailando, y el señor soldado será mi
convidado.
Sol. Acepto: 25
que, donde hay fuerza de hecho,
se pierde cualquier derecho.
[Mús.] Pues hemos llegado a tiempo, éste
será el estribillo de nuestra letra.
DE LA GUARDA CUIDADOSA p. 79
Cantan el estribillo.
[Sol.] Siempre escogen las mujeres
aquello que vale menos,
porque excede su mal gusto
a cualquier merecimiento. 5
Ya no se estima el valor,
porque se estima el dinero,
pues un sacristán prefieren
a un roto soldado lego.
Mas no es mucho: que ¿quién vio 10
que fue su voto tan necio,
que a sagrado se acogiese,
que es de delincuentes puerto?
Que adonde hay fuerza, &c.
[Sac.] Como es propio de un soldado, 15
que es sólo en los años viejo,
y se halla sin un cuarto,
porque ha dejado su tercio,
imaginar que ser puede
pretendiente de Gaiferos, 20
conquistando por lo bravo
lo que yo por manso adquiero,
no me afrentan tus razones,
pues has perdido en el juego:
que siempre un picado tiene 25
licencia para hacer fieros.
Que adonde, &c.
Entranse cantando y bailando.
p. 80
p. 81
ENTREMES DEL
vizcaíno fingido.
Entran Solórzano y Quiñones.
Sol. Estas son las bolsas, y, a lo que parecen,
son bien parecidas; y las cadenas 5
que van dentro, ni más ni menos. No
hay sino que vos acudáis con mi
intento: que, a pesar de la taimería
de esta sevillana, ha de quedar esta vez
burlada. 10
Qui. ¿Tanta honra se adquiere, o tanta
habilidad se muestra en engañar a una
mujer, que lo tomáis con tanto ahínco
y ponéis tanta solicitud en ello?
Sol. Cuando las mujeres son como éstas, 15
es gusto el burlarlas; cuanto más, que
esta burla no ha de pasar de los
tejados arriba; quiero decir, que ni ha
de ser con ofensa de Dios, ni con daño
de la burlada: que no son burlas las 20
que redundan en desprecio ajeno.
Qui. Alto. Pues vos lo queréis, sea así.
Digo que yo os ayudaré en todo cuanto
me habéis dicho, y sabré fingir
tan bien como vos, que no lo puedo más 25
encarecer. ¿Adónde vais ahora?
ENTREMES p. 82
Sol. Derecho en casa de la ninfa; y vos no
salgáis de casa, que yo os llamaré a
su tiempo.
Qui. Allí estaré clavado esperando.
Entranse los dos. 5
Salen dona Cristina y doña Brígida; Cristina sin
manto, y Brígida con él, toda asustada y turbada.
Cris. ¡Jesús! ¿Qué es lo que traes, amiga
doña Brígida, que parece que quieres
dar el alma a su Hacedor? 10
Brí. ¡Doña Cristina amiga, hazme aire,
rocíame con un poco de agua este
rostro, que me muero, que me fino, que
se me arranca el alma! ¡Dios sea
conmigo! ¡Confesión a toda prisa! 15
Cris. ¿Qué es esto? ¡Desdichada de mí! ¿No
me dirás, amiga, lo que te ha sucedido?
¿Has visto alguna mala visión?
¿Hante dado alguna mala nueva de
que es muerta tu madre, o de que 20
viene tu marido, o hante robado tus
joyas?
Brí. Ni he visto visión alguna, ni se ha
muerto mi madre, ni viene mi marido,
que aún le faltan tres meses para 25
acabar el negocio donde fue, ni me han
robado mis joyas; pero hame sucedido
otra cosa peor.
Cris. Acaba; dímela, doña Brígida mía, que
me tienes turbada y suspensa hasta 30
saberla.
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 83
Brí. ¡Ay, querida, que también te toca a ti
parte de este mal suceso! Límpiame
este rostro, que él y todo el cuerpo
tengo bañado en sudor más frío que
la nieve. ¡Desdichadas de aquellas que 5
andan en la vida libre, que, si quieren
tener algún poquito de autoridad,
granjeada de aquí o de allí, se la
desjarretan y se la quitan al mejor tiempo!
Cris. Acaba, por tu vida, amiga, y dime lo 10
que te ha sucedido, y qué es la
desgracia, de quien yo también tengo de
tener parte.
Brí. ¡Y cómo si tendrás parte! Y mucha, si
eres discreta, como lo eres. Has de 15
saber, hermana, que, viniendo ahora a
verte, al pasar por la puerta de
Guadalajara, oí que, en medio de infinita
justicia y gente, estaba un pregonero
pregonando que quitaban los coches, 20
y que las mujeres descubriesen los
rostros por las calles.
Cris. ¿Y ésa es la mala nueva?
Brí. ¿Pues para nosotras puede ser peor en
el mundo? 25
Cris. Yo creo, hermana, que debe de ser
alguna reformación de los coches: que
no es posible que los quiten de todo
punto. Y será cosa muy acertada;
porque, según he oído decir, andaba muy 30
decaída la caballería en España,
porque se empanaban diez o doce
ENTREMES p. 84
caballeros mozos en un coche, y azotaban
las calles de noche y de día, sin
acordárseles que había caballos y jineta en
el mundo; y como les falte la comodidad
de las galeras de la tierra, que son 5
los coches, volverán al ejercicio de la
caballería, con quien sus antepasados
se honraron.
Brí. ¡Ay, Cristina de mi alma! Que también
oí decir que, aunque dejan algunos, 10
es con condición que no se presten, ni
que en ellos ande ninguna... Ya me
entiendes.
Cris. Ese mal nos hagan; porque has de
saber, hermana, que está en opinión, 15
entre los que siguen la guerra, cuál es
mejor, la caballería o la infantería, y
hase averiguado que la infantería
española lleva la gala a todas las
naciones. Y ahora podremos las alegres 20
mostrar a pie nuestra gallardía, nuestro
garbo y nuestra bizarría; y más,
yendo descubiertos los rostros, quitando
la ocasión de que ninguno se llame
a engaño si nos sirviese, pues nos 25
ha visto.
Brí. ¡Ay, Cristina! ¡No me digas eso! ¡Qué
linda cosa era ir sentada en la popa
de un coche, llenándola de parte a
parte, dando rostro a quien, y como, y 30
cuando quería! Y en Dios y en mi ánima
te digo que, cuando alguna vez me
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 85
le prestaban, y me veía sentada en él
con aquella autoridad, que me desvanecía
tanto, que creía bien y verdaderamente
que era mujer principal, y
que más de cuatro señoras de título 5
pudieran ser mis criadas.
Cris. ¿Veis, doña Brígida, cómo tengo yo
razón en decir que ha sido bien quitar
los coches, siquiera por quitarnos
a nosotras el pecado de la vanagloria? 10
Y más, que no era bien que un coche
igualase a las no tales con las tales;
pues viendo los ojos extranjeros a una
persona en un coche, pomposa por
galas, reluciente por joyas, echaría a 15
perder la cortesía, haciéndosela a ella
como si fuera a una principal señora.
Así que, amiga, no debes congojarte,
sino acomoda tu brío, y tu limpieza, y
tu manto de soplillo sevillano, y tus 20
nuevos chapines en todo caso con las
virillas de plata, y déjate ir por
esas calles, que yo te aseguro que
no falten moscas a tan buena miel,
si quisieres dejar que a ti se lleguen: 25
que engaño en más va que en besarla
durmiendo.
Brí. Dios te lo pague, amiga, que me has
consolado con tus advertimientos y
consejos. Y en verdad que los pienso 30
poner en práctica, y pulirme y repulirme,
y dar rostro a pie, y pisar el polvico
ENTREMES p. 86
atán menudico, pues no tengo
quien me corte la cabeza: que este
que piensan que es mi marido, no lo
es, aunque me ha dado la palabra de
serlo. 5
Cris. ¡Jesús! ¿Tan a la sorda, y sin llamar,
se entra en mi casa? Señor, ¿qué es lo
que vuestra merced manda?
Entra Solórzano.
Sol. Vuestra merced perdone el atrevimiento, 10
que la ocasión hace al ladrón. Hallé
la puerta abierta, y entréme, dándome
ánimo al entrarme venir a servir
a vuestra merced, y no con palabras,
sino con obras; y si es que puedo 15
hablar delante de esta señora, diré a lo
que vengo y la intención que traigo.
Cris. De la buena presencia de vuestra merced
no se puede esperar sino que han
de ser buenas sus palabras y sus 20
obras. Diga vuestra merced lo que
quisiere, que la señora doña Brígida
es tan mi amiga, que es otra yo misma.
Sol. Con ese seguro y con esa licencia,
hablaré con verdad, y con verdad, 25
señora, soy un cortesano a quien vuestra
merced no conoce.
Cris. Así es la verdad.
Sol. Y ha muchos días que deseo servir a
vuestra merced, obligado a ello de su 30
hermosura, buenas partes y mejor término;
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 87
pero estrecheces, que no faltan,
han sido freno a las obras hasta ahora,
que la suerte ha querido que de
Vizcaya me enviase un grande amigo
mío a un hijo suyo, vizcaíno, muy 5
galán, para que yo le lleve a Salamanca,
y le ponga de mi mano en compañía
que le honre y le enseñe. Porque, para
decir la verdad a vuestra merced, él es
un poco burro y tiene algo de mentecato, 10
y añádesele a esto una tacha
que es lástima decirla, cuanto más
tenerla, y es que se toma algún tanto
un sí es no es del vino; pero no de
manera que de todo en todo pierda el 15
juicio, puesto que se le turba, y cuando
está asomado, y aun casi todo
el cuerpo fuera de la ventana, es cosa
maravillosa su alegría y su liberalidad:
da todo cuanto tiene a quien se lo 20
pide y a quien no se lo pide; y yo
querría que, ya que el diablo se ha de
llevar cuanto tiene, aprovecharme de
alguna cosa, y no he hallado mejor
medio que traerle a casa de vuestra 25
merced, porque es muy amigo de damas,
y aquí le desollaremos cerrado
como a gato. Y, para principio, traigo
aquí a vuestra merced esta cadena en
este bolsillo, que pesa ciento y veinte 30
escudos de oro, la cual tomará vuestra
merced, y me dará diez escudos ahora
ENTREMES p. 88
que yo he menester para ciertas
cosillas, y gastará otros veinte en una
cena esta noche, que vendrá acá nuestro
burro o nuestro búfalo, que le llevo
yo por el naso, como dicen, y a dos 5
idas y venidas se quedará vuestra
merced con toda la cadena, que yo no
quiero más de los diez escudos de ahora.
La cadena es bonísima y de muy
buen oro, y vale algo de hechura. Hela 10
aquí. Vuestra merced la tome.
Cris. Beso a vuestra merced las manos por
la que me ha hecho en acordarse de
mí en tan provechosa ocasión; pero, si
he de decir lo que siento, tanta 15
liberalidad me tiene algo confusa y algún
tanto sospechosa.
Sol. ¿Pues de qué es la sospecha, señora
mía?
Cris. De que podrá ser esta cadena de 20
alquimia: que se suele decir que no es
oro todo lo que reluce.
Sol. Vuestra merced habla discretísimamente,
y no en balde tiene vuestra
merced fama de la más discreta dama 25
de la corte; y hame dado mucho gusto
el ver cuán sin melindres ni rodeos me
ha descubierto su corazón. Pero para
todo hay remedio, si no es para la
muerte. Vuestra merced se cubra su manto, 30
o envíe si tiene de quién fiarse, y
vaya a la platería, y en el contraste se
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 89
pese y toque esa cadena; y cuando
fuera fina, y de la bondad que yo he
dicho, entonces vuestra merced me
dará los diez escudos, harále una
regalaria al borrico, y se quedará 5
con ella.
Cris. Aquí, pared y medio, tengo yo un
platero, mi conocido, que con facilidad
me sacará de duda.
Sol. Eso es lo que yo quiero, y lo que 10
amo, y lo que estimo: que, las cosas
claras, Dios las bendijo.
Cris. Si es que vuestra merced se atreve a
fiarme esta cadena en tanto que me
satisfago, de aquí a un poco podrá 15
venir, que yo tendré los diez escudos
en oro.
Sol. ¡Bueno es eso! ¿Fío mi honra de vuestra
merced, y no le había de fiar la
cadena? Vuestra merced la haga tocar y 20
retocar, que yo me voy, y volveré de
aquí a media hora.
Cris. Y aun antes, si es que mi vecino está
en casa.
Entrase Solórzano. 25
Brí. Esta, Cristina amiga, no sólo es ventura,
sino venturón llovido. ¡Desdichada
de mí, y qué desgraciada que soy,
que nunca topo quien me dé un jarro
de agua, sin que me cueste mi trabajo 30
primero! Sólo me encontré el otro día
ENTREMES p. 90
en la calle a un poeta, que de bonísima
voluntad y con mucha cortesía me
dio un soneto de la historia de Píramo
y Tisbe, y me ofreció trescientos en mi
alabanza. 5
Cris. Mejor fuera que te hubieras encontrado
con un genovés que te diera trescientos
reales.
Brí. Sí, por cierto. ¡Ahí están los genoveses
de manifiesto y para venirse a la mano 10
como halcones al señuelo! Andan
todos melancólicos y tristes con el
decreto.
Cris. Mira, Brígida, de esto quiero que
estés cierta: que vale más un genovés 15
quebrado, que cuatro poetas enteros.
Mas, ¡ay!, el viento corre en popa. Mi
platero es éste. ¿Y qué quiere mi buen
vecino? Que a fe que me ha quitado
el manto de los hombros, que ya me le 20
quería cubrir para buscarle.
Entra el platero.
Plat. Señora doña Cristina, vuestra merced
me ha de hacer una merced: de hacer
todas sus fuerzas por llevar mañana a 25
mi mujer a la comedia, que me
conviene y me importa quedar mañana
en la tarde libre de tener quien me
siga y me persiga.
Cris. Eso haré yo de muy buena gana; y 30
aun si el señor vecino quiere mi casa
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 91
y cuanto hay en ella, aquí la hallará
sola y desembarazada: que bien sé en
qué caen estos negocios.
Plat. No, señora; entretener a mi mujer me
basta. Pero ¿qué quería vuestra merced 5
de mí, que quería ir a buscarme?
Cris. No más sino que me diga el señor
vecino qué pesará esta cadena, y si es
fina, y de qué quilates.
Plat. Esta cadena he tenido yo en mis manos 10
muchas veces, y sé que pesa ciento
y cincuenta escudos de oro de a
veinte y dos quilates; y que, si vuestra
merced la compra y se la dan sin hechura,
no perderá nada en ella. 15
Cris. Alguna hechura me ha de costar, pero
no mucha.
Plat. Mire cómo la concierta la señora
vecina, que yo le haré dar, cuando se
quisiere deshacer de ella, diez ducados 20
de hechura.
Cris. Menos me ha de costar, si yo puedo;
pero mire el vecino no se engañe en
lo que dice de la fineza del oro y
cantidad del peso. 25
Plat. ¡Bueno sería que yo me engañase en
mi oficio! Digo, señora, que dos veces
la he tocado eslabón por eslabón, y la
he pesado, y la conozco como a mis
manos. 30
Brí. Con eso nos contentamos.
Plat. Y, por más señas, sé que la ha llegado
ENTREMES p. 92
a pesar y a tocar un gentilhombre
cortesano que se llama tal de Solórzano.
Cris. Basta, señor vecino. Vaya con Dios,
que yo haré lo que me deja mandado.
Yo la llevaré y entretendré dos horas 5
más, si fuere menester: que bien sé
que no podrá dañar una hora más de
entretenimiento.
Plat. Con vuestra merced me entierren, que
sabe de todo. Y a Dios, señora mía. 10
Entrase el platero.
Brí. ¿No haríamos con este cortesano
Solórzano, que así se debe llamar sin
duda, que trajese con el vizcaíno
para mí alguna ayuda de costa, 15
aunque fuese de algún borgoñón más
borracho que un zaque?
Cris. Por decírselo no quedará. Pero vesle;
aquí vuelve; prisa trae; diligente
anda; sus diez escudos le aguijan y 20
espolean.
Entra Solórzano.
Sol. Pues, señora doña Cristina, ¿ha hecho
vuestra merced sus diligencias? ¿Está
acreditada la cadena? 25
Cris. ¿Cómo es el nombre de vuestra merced,
por su vida?
Sol. Don Esteban de Solórzano me suelen
llamar en mi casa. Pero ¿por qué me
lo pregunta vuestra merced? 30
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 93
Cris. Por acabar de echar el sello a su
mucha verdad y cortesía. Entretenga
vuestra merced un poco a la señora
doña Brígida, en tanto que entro por
los diez escudos. 5
Entrase Cristina.
Brí. Señor don Solórzano, ¿no tendrá vuestra
merced por ahí algún mondadientes
para mí, que en verdad no soy
para desechar, y que tengo yo tan 10
buenas entradas y salidas en mi casa
como la señora doña Cristina? Que, a
no temer que nos oyera alguna, le
dijera yo al señor Solórzano más de
cuatro tachas suyas. Que sepa que 15
tiene las tetas como dos alforjas
vacías, y que no le huele muy bien el
aliento, porque se afeita mucho; y,
con todo eso, la buscan, solicitan y
quieren. Que estoy por arañarme esta 20
cara, más de rabia que de envidia,
por quien no hay quien me dé la mano,
entre tantos que me dan del pie. En
fin, la ventura de las feas.
Sol. No se desespere vuestra merced: que, 25
si yo vivo, otro gallo cantará en su
gallinero.
Vuelve a entrar Cristina.
Cris. He aquí, señor don Esteban, los diez
ENTREMES p. 94
escudos, y la cena se aderezará esta
noche como para un príncipe.
Sol. Pues nuestro burro está a la puerta de
la calle, quiero ir por él. Vuestra
merced me le acaricie, aunque sea como 5
quien toma una píldora.
Vase Solórzano.
Brí. Ya le dije, amiga, que trajese quien
me regalase a mí, y dijo que sí haría,
andando el tiempo. 10
Cris. Andando el tiempo en nosotras, no
hay quien nos regale, amiga; los
pocos años traen la mucha ganancia, y
los muchos la mucha pérdida.
Brí. También le dije cómo vas muy limpia, 15
muy linda y muy agraciada, y que
toda eras ámbar, almizcle, y algalia
entre algodones.
Cris. Ya yo sé, amiga, que tienes muy buenas
ausencias. 20
Brí. [Aparte.] ¡Mirad quién tiene amartelados,
que vale más la suela de mi botín
que las arandelas de su cuello! Otra vez
vuelvo a decir: la ventura de las feas.
Entran Quiñones y Solórzano. 25
Qui. Vizcaíno manos bésame vuestra merced,
que mándeme.
Sol. Dice el señor vizcaíno que besa las
manos de vuestra merced, y que le
mande. 30
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 95
Brí. ¡Ay, qué linda lengua! Yo no la
entiendo, a lo menos; pero paréceme
muy linda.
Cris. Yo beso las del mi señor vizcaíno, y
más adelante. 5
Qui. Pareces buena, hermosa; también
noche esta cenamos; cadena quedas
duermas; nunca basta que doyla.
Sol. Dice mi compañero que vuestra merced
le parece buena y hermosa; que 10
se apareje la cena; que él da la cadena
aunque no duerma acá; que basta que
una vez la haya dado.
Brí. ¿Hay tal Alejandro en el mundo?
¡Venturón, venturón, y cien mil veces 15
venturón!
Sol. Si hay algún poco de conserva y algún
traguito del devoto para el señor
vizcaíno, yo sé que nos valdrá por uno
ciento. 20
Cris. ¡Y cómo si lo hay! Y yo entraré por ello
y se lo daré mejor que al Preste Juan
de las Indias.
Entrase Cristina.
Qui. Dama que quedaste, tan buena como 25
entraste.
Brí. ¿Qué ha dicho, señor Solórzano?
Sol. Que la dama que se queda, que es
vuestra merced, es tan buena como la
que se ha entrado. 30
Brí. ¡Y cómo que está en lo cierto el señor
ENTREMES p. 96
vizcaíno! A fe que en este parecer que
no es nada burro.
Qui. Burro el diablo. Vizcaíno ingenio queréis
cuando tenerlo.
Brí. Ya le entiendo, que dice que el diablo 5
es el burro, y que los vizcaínos, cuando
quieren tener ingenio, le tienen.
Sol. Así es, sin faltar un punto.
Vuelve a salir Cristina con un criado o criada, que
traen una caja de conserva, una garrafa con vino, 10
su cuchillo y servilleta.
Cris. Bien puede comer el señor vizcaíno,
y sin asco, que todo cuanto hay en esta
casa es la quinta esencia de la
limpieza. 15
Qui. Dulce conmigo vino y agua llamas
bueno; santo le muestras; ésta le bebo
y otra también.
Brí. ¡Ay, Dios, y con qué donaire lo dice
el buen señor, aunque no le entiendo! 20
Sol. Dice que con lo dulce también bebe
vino como agua, y que este vino es
de San Martín, y que beberá otra vez.
Cris. Y aun otras ciento; su boca puede ser
medida. 25
Sol. No le den más, que le hace mal; y ya
se le va echando de ver; que le he yo
dicho al señor Azcaray que no beba
vino en ningún modo, y no aprovecha.
Qui. Vamos, que vino que subes y bajas, 30
lengua es grillos y corma es pies.
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 97
Tarde vuelvo, señora; Dios que te
guárdate.
Sol. Miren lo que dice, y verán si tengo yo
razón.
Cris. ¿Qué es lo que ha dicho, señor 5
Solórzano?
Sol. Que el vino es grillo de su lengua y
corma de sus pies, que vendrá esta
tarde, y que vuestras mercedes se
queden con Dios. 10
Brí. ¡Ay, pecadora de mí, y cómo que se le
turban los ojos y se trastraba la lengua!
¡Jesús, que ya va dando traspiés!
¡Pues monta que ha bebido mucho! La
mayor lástima es ésta que he visto en 15
mi vida. ¡Miren qué mocedad y qué
borrachera!
Sol. Ya venía el refrendado de casa. Vuestra
merced, señora Cristina, haga aderezar
la cena, que yo le quiero llevar 20
a dormir el vino, y seremos temprano
esta tarde.
Entranse el vizcaíno y Solórzano.
Cris. Todo estará como de molde. Vayan
vuestras mercedes enhorabuena. 25
Brí. Amiga Cristina, muéstrame esa cadena,
y déjame dar con ella dos filos al
deseo. ¡Ay, qué linda, qué nueva,
qué reluciente y qué barata! Digo,
Cristina, que, sin saber cómo ni cómo 30
no, llueven los bienes sobre ti, y se te
ENTREMES p. 98
entra la ventura por las puertas sin
solicitarla. En efecto, eres venturosa
sobre las venturosas; pero todo lo
merece tu desenfado, tu limpieza y tu
magnífico término, hechizos bastantes 5
a rendir las más descuidadas y
exentas voluntades; y no como yo, que
no soy para dar migas a un gato. Toma
tu cadena, hermana, que estoy para
reventar en lágrimas, y no de envidia 10
que a ti te tengo, sino de lástima que
me tengo a mí.
Vuelve a entrar Solórzano.
Sol. ¡La mayor desgracia nos ha sucedido
del mundo! 15
Brí. ¡Jesús! ¿Desgracia? ¿Y qué es, señor
Solórzano?
Sol. A la vuelta de esta calle, yendo a la
casa, encontramos con un criado del
padre de nuestro vizcaíno, el cual trae 20
cartas y nuevas de que su padre queda
a punto de expirar, y le manda que
al momento se parta, si quiere hallarle
vivo. Trae dinero para la partida, que
sin duda ha de ser luego. Yo le he 25
tomado diez escudos para vuestra
merced, y velos aquí, con los diez que
vuestra merced me dio denantes, y
vuélvaseme la cadena: que, si el padre
vive, el hijo volverá a darla, o yo no 30
seré don Esteban de Solórzano.
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 99
Cris. En verdad que a mí me pesa, y no por
mi interés, sino por la desgracia del
mancebo, que ya le había tomado afición.
Brí. Buenos son diez escudos ganados tan
holgando. Tómalos, amiga, y vuelve 5
la cadena al señor Solórzano.
Gris. Vela aquí, y venga el dinero: que en
verdad que pensaba gastar más de
treinta en la cena.
Sol. Señora Cristina, al perro viejo nunca 10
tus tus, estas tretas con los de las
gallaruzas, y con este perro a otro
hueso.
Cris. ¿Para qué son tantos refranes, señor
Solórzano? 15
Sol. Para que entienda vuestra merced que
la codicia rompe el saco. ¿Tan presto
se desconfió de mi palabra, que quiso
vuestra merced curarse en salud y salir
al lobo al camino, como la gansa de 20
Cantipalos? Señora Cristina, señora
Cristina, lo bien ganado se pierde,
y lo malo, ello y su dueño. Venga
mi cadena verdadera, y tómese vuestra
merced su falsa: que no ha de haber 25
conmigo transformaciones de Ovidio
en tan pequeño espacio. ¡Oh hideputa,
y qué bien que la amoldaron, y qué
presto!
Cris. ¿Qué dice vuestra merced, señor mío, 30
que no le entiendo?
Sol. Digo que no es ésta la cadena que yo
ENTREMES p. 100
dejé a vuestra merced, aunque le parece;
que ésta es de alquimia, y la otra
es de oro de a veinte y dos quilates.
Brí. En mi ánima, que así lo dijo el vecino,
que es platero. 5
Cris. ¿Aun el diablo sería eso?
Sol. El diablo, o la diabla. Mi cadena venga,
y dejémonos de voces, y excúsense
juramentos y maldiciones.
Cris. ¡El diablo me lleve, lo cual querría 10
que no me llevase, si no es ésa la
cadena que vuestra merced me dejó,
y que no he tenido otra en mis manos!
¡Justicia de Dios si tal testimonio
se me levantase! 15
Sol. Que no hay para qué dar gritos, y más
estando ahí el señor corregidor, que
guarda su derecho a cada uno.
Cris. Si a las manos del corregidor llega
este negocio, yo me doy por condenada: 20
que tiene de mí tan mal concepto,
que ha de tener mi verdad por
mentira y mi virtud por vicio. Señor
mío, si yo he tenido otra cadena en
mis manos sino aquésta, de cáncer las 25
vea yo comidas.
Entra un alguacil.
Alg. ¿Qué voces son éstas? ¿Qué gritos,
qué lágrimas y qué maldiciones?
Sol. Vuestra merced, señor alguacil, ha 30
venido aquí como de molde. A esta
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 101
señora del rumbo sevillano le empeñé
una cadena habrá una hora en diez
ducados para cierto efecto; vuelvo
ahora a desempeñarla, y, en lugar de
una que le di que pesaba ciento y 5
cincuenta ducados de oro de veinte
y dos quilates, me vuelve ésta de
alquimia, que no vale dos ducados, y
quiere poner mi justicia a la venta de
la zarza a voces y a gritos, sabiendo 10
que será testigo de esta verdad
esta misma señora, ante quien ha
pasado todo.
Brí. ¡Y cómo si ha pasado! ¡Y aun
repasado! Y en Dios y en mi ánima 15
que estoy por decir que este señor
tiene razón; aunque no puedo imaginar
dónde se pueda haber hecho el trueco,
porque la cadena no ha salido de
aquesta sala. 20
Sol. La merced que el señor alguacil me ha
de hacer, es llevar a la señora al
corregidor, que allá nos averiguaremos.
Cris. Otra vez torno a decir que, si ante el
corregidor me lleva, me doy por 25
condenada.
Brí. Sí; porque no estoy bien con sus
huesos.
Cris. ¡De esta vez me ahorco! ¡De esta vez me
desespero! ¡De esta vez me chupan 30
brujas!
Sol. Ahora bien: yo quiero hacer una cosa
ENTREMES p. 102
por vuestra merced, señora Cristina,
siquiera porque no la chupen brujas, o,
por lo menos, se ahorque. Esta cadena
se parece mucho a la fina del vizcaíno;
él es mentecato y algo borrachuelo; 5
yo se la quiero llevar y darle a
entender que es la suya, y vuestra merced
contente aquí al señor alguacil y gaste
la cena de esta noche; y sosiegue su
espíritu, pues la pérdida no es mucha. 10
Cris. ¡Págueselo a vuestra merced todo el
cielo! Al señor alguacil daré media
docena de escudos, y en la cena gastaré
uno, y quedaré por esclava perpetua
del señor Solórzano. 15
Brí. Y yo me haré rajas bailando en la
fiesta.
Alg. Vuestra merced ha hecho como liberal
y buen caballero, cuyo oficio ha de
ser servir a las mujeres. 20
Sol. Vengan los diez escudos que di
demasiados.
Cris. Helos aquí, y más los seis para el
señor alguacil.
Entran dos músicos, y Quiñones, el vizcaíno. 25
Mús. Todo lo hemos oído, y acá estamos.
Qui. Ahora sí que puede decir a mi señora
Cristina: mamóla una y cien mil
veces.
Brí. ¿Han visto qué claro que habla el 30
vizcaíno?
DEL VIZCAINO FINGIDO p. 103
Qui. Nunca hablo yo turbio, si no es cuando
quiero.
Cris. ¡Que me maten si no me la han dado a
tragar estos bellacos!
Qui. Señores músicos, el romance que les 5
di y que saben, ¿para qué se hizo?
Mús. La mujer más avisada,
o sabe poco, o no nada.
La mujer que más presume
de cortar como navaja 10
los vocablos repulgados
entre las godeñas pláticas;
la que sabe de memoria
a Lofraso y a Diana,
y al Caballero del Febo, 15
con Olivante de Laura;
la que seis veces al mes
al gran don Quijote pasa,
aunque más sepa de aquesto,
o sabe poco, o no nada. 20
La que se fía en su ingenio,
lleno de fingidas trazas,
fundadas en interés,
y en voluntades tiranas;
la que no sabe guardarse, 25
cual dicen, del agua mansa,
y se arroja a las corrientes
que ligeramente pasan;
la que piensa que ella sola
es el colmo de la nata 30
en esto del trato alegre,
o sabe poco, o no nada.
ENTREMES DEL VIZCAINO FINGIDO p. 104
Cris. Ahora bien: yo quedo burlada, y, con
todo esto, convido a vuestras mercedes
para esta noche.
Qui. Aceptamos el convite, y todo saldrá
en la colada. 5
p. 105
ENTREMES DEL
retablo de las maravillas.
Salen Chanfalla y la Chirinos.
Chan. No se te pasen de la memoria, Chirinos,
mis advertimientos, principalmente 5
los que te he dado para este nuevo
embuste, que ha de salir tan a luz como
el pasado del llovista.
Chi. Chanfalla ilustre, lo que en mí fuere,
tenlo como de molde: que tanta 10
memoria tengo como entendimiento, a
quien se junta una voluntad de acertar
a satisfacerte, que excede a las
demás potencias. Pero dime: ¿de qué
sirve este Rabelín que hemos tomado? 15
Nosotros dos solos, ¿no pudiéramos
salir con esta empresa?
Chan. Habíamosle menester como el pan de
la boca, para tocar en los espacios que
tardaren en salir las figuras del retablo 20
de las maravillas.
Chi. Maravilla será si no nos apedrean por
solo el Rabelín, porque tan desventurada
criaturilla no la he visto en todos
los días de mi vida. 25
ENTREMES DEL RETABLO p. 106
Entra el Rabelín.
Rab. ¿Hase de hacer algo en este pueblo,
señor autor? Que ya me muero
porque vuestra merced vea que no me
tomó a carga cerrada. 5
Chi. Cuatro cuerpos de los vuestros no
harán un tercio, cuanto más una
carga. Si no sois más gran músico que
grande, medrados estamos.
Rab. Ello dirá; que en verdad que me han 10
escrito para entrar en una compañía
de partes, por chico que soy.
Chan. Si os han de dar la parte a medida del
cuerpo, casi será invisible. Chirinos,
poco a poco estamos ya en el pueblo, 15
y estos que aquí vienen deben de ser,
como lo son sin duda, el gobernador
y los alcaldes. Salgámosles al encuentro,
y date un filo a la lengua en la
piedra de la adulación; pero no 20
despuntes de aguda.
Salen el gobernador y Benito Repollo, alcalde; Juan
Castrado, regidor; y Pedro Capacho, escribano.
Beso a vuestras mercedes las manos.
¿Quién de vuestras mercedes es el 25
gobernador de este pueblo?
Gob. Yo soy el gobernador. ¿Qué es lo que
queréis, buen hombre?
Chan. A tener yo dos onzas de entendimiento,
hubiera echado de ver que esa 30
DE LAS MARAVILLAS p. 107
peripatética y anchurosa presencia no
podía ser de otro que del dignísimo
gobernador de este honrado pueblo,
que, con venirlo a ser de las Algarrobillas,
lo deseche vuestra merced. 5
Chi. En vida de la señora y de los señoritos,
si es que el señor gobernador los
tiene.
Cap. No es casado el señor gobernador.
Chi. Para cuando lo sea, que no se perderá 10
nada.
Gob. Y bien: ¿qué es lo que queréis, hombre
honrado?
Chi. Honrados días viva vuestra merced,
que así nos honra. En fin, la encina 15
da bellotas, el pero peras, la parra
uvas, y el honrado honra, sin poder
hacer otra cosa.
Ben. Sentencia ciceronianca, sin quitar ni
poner un punto. 20
Cap. Ciceroniana quiso decir el señor alcalde
Benito Repollo.
Ben. Siempre quiero decir lo que es mejor;
sino que las más veces no acierto. En
fin, buen hombre, ¿qué queréis? 25
Chan. Yo, señores míos, soy Montiel, el que
trae el retablo de las maravillas.
Hanme enviado a llamar de la corte los
señores cofrades de los hospitales,
porque no hay autor de comedias en ella, 30
y perecen los hospitales, y con mi ida
se remediará todo.
ENTREMES DEL RETABLO p. 108
Gob. ¿Y qué quiere decir retablo de las
maravillas?
Chan. Por las maravillosas cosas que en él
se enseñan y muestran, viene a ser
llamado retablo de las maravillas; el 5
cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo,
debajo de tales paralelos, rumbos,
astros y estrellas, con tales puntos,
caracteres y observaciones, que
ninguno puede ver las cosas que en 10
él se muestran, que tenga alguna raza
de confeso, o no sea habido y procreado
de sus padres de legítimo matrimonio;
y el que fuere contagiado de estas
dos tan usadas enfermedades, despídase 15
de ver las cosas jamás vistas ni
oídas de mi retablo.
Ben. Ahora echo de ver que cada día se ven
en el mundo cosas nuevas. ¿Y qué?
¿Se llamaba Tontonelo el sabio que el 20
retablo compuso?
Chi. Tontonelo se llamaba, nacido en la
ciudad de Tontonela; hombre de quien
hay fama que le llegaba la barba a la
cintura. 25
Ben. Por la mayor parte, los hombres de
grandes barbas son sabiondos.
Gob. Señor regidor Juan Castrado, yo
determino, debajo de su buen parecer,
que esta noche se despose la señora 30
Teresa Castrada, su hija, de quien yo
soy padrino, y, en regocijo de la fiesta,
DE LAS MARAVILLAS p. 109
quiero que el señor Montiel muestre
en vuestra casa su retablo.
Juan. Eso tengo yo por servir al señor
gobernador, con cuyo parecer me
convengo, entablo y arrimo, aunque haya 5
otra cosa en contrario.
Chi. La cosa que hay en contrario es que, si
no se nos paga primero nuestro trabajo,
así verán las figuras como por el
cerro de Ubeda. ¿Y vuestras mercedes, 10
señores justicias, tienen conciencia y
alma en esos cuerpos? ¡Bueno sería
que entrase esta noche todo el pueblo
en casa del señor Juan Castrado, o
como es su gracia, y viese lo contenido 15
en el tal retablo, y mañana, cuando
quisiésemos mostrarle al pueblo,
no hubiese ánima que le viese! No,
señores; no, señores; ante omnia,
nos han de pagar lo que fuere justo. 20
Ben. Señora autora, aquí no os ha de pagar
ninguna Antona ni ningún Antoño;
el señor regidor Juan Castrado os
pagará más que honradamente, y si
no, el Concejo. ¡Bien conocéis el 25
lugar, por cierto! Aquí, hermana, no
aguardamos a que ninguna Antona
pague por nosotros.
Cap. ¡Pecador de mí, señor Benito Repollo,
y qué lejos da del blanco! No dice la 30
señora autora que pague ninguna
Antona, sino que le paguen adelantado
ENTREMES DEL RETABLO p. 110
y ante todas cosas, que eso quiere
decir ante omnia.
Ben. Mirad, escribano Pedro Capacho,
haced vos que me hablen a derechas,
que yo entenderé a pie llano. Vos, que 5
sois leído y escribido, podéis entender
esas algarabías de allende,
que yo no.
Juan. Ahora bien: ¿contentarse ha el señor
autor con que yo le dé adelantados 10
media docena de ducados? Y más, que
se tendrá cuidado que no entre gente
del pueblo esta noche en mi casa.
Chan. Soy contento, porque yo me fío de la
diligencia de vuestra merced y de su 15
buen término.
Juan. Pues véngase conmigo. Recibirá el
dinero, y verá mi casa y la comodidad que
hay en ella para mostrar ese retablo.
Chan. Vamos; y no se les pase de las mientes 20
las calidades que han de tener los
que se atrevieren a mirar el maravilloso
retablo.
Ben. A mi cargo queda eso; y séle decir
que, por mi parte, puedo ir seguro a 25
juicio, pues tengo el padre alcalde;
cuatro dedos de enjundia de cristiano
viejo rancioso tengo sobre los cuatro
costados de mi linaje: ¡miren si veré
el tal retablo! 30
Cap. Todos le pensamos ver, señor Benito
Repollo.
DE LAS MARAVILLAS p. 111
Juan. No nacimos acá en las malvas, señor
Pedro Capacho.
Gob. Todo será menester, según voy
viendo, señores alcalde, regidor y
escribano. 5
Juan. Vamos, autor, y manos a la obra, que
Juan Castrado me llamo, hijo de Antón
Castrado y de Juana Macha; y no digo
más en abono y seguro que podré ponerme
cara a cara y a pie quedo delante 10
del referido retablo.
Chi. ¡Dios lo haga!
Entranse Juan Castrado y Chanfalla.
Gob. Señora autora, ¿qué poetas se usan
ahora en la corte de fama y rumbo, 15
especialmente de los llamados cómicos?
Porque yo tengo mis puntas y collar
de poeta, y pícome de la farándula y
carátula: veinte y dos comedias
tengo, todas nuevas, que se ven las 20
unas a las otras, y estoy aguardando
coyuntura para ir a la corte y enriquecer
con ellas media docena de autores.
Chi. A lo que vuestra merced, señor gobernador,
me pregunta de los poetas, no 25
le sabré responder, porque hay tantos,
que quitan el sol, y todos piensan que
son famosos; los poetas cómicos son
los ordinarios y que siempre se usan,
y así, no hay para qué nombrarlos. 30
Pero dígame vuestra merced, por su
ENTREMES DEL RETABLO p. 112
vida: ¿cómo es su buena gracia?, ¿cómo
se llama?
Gob. A mí, señora autora, me llaman el
licenciado Gomecillos.
Chi. ¡Válgame Dios!, y ¿que vuestra merced es 5
el señor licenciado Gomecillos, el que
compuso aquellas coplas tan famosas
de Lucifer estaba malo y Tómale
mal de fuera?
Gob. Malas lenguas hubo que me quisieron 10
ahijar estas coplas, y así fueron mías
como del Gran Turco. Las que yo
compuse, y no lo quiero negar, fueron
aquellas que trataron del diluvio de
Sevilla: que, puesto que los poetas son 15
ladrones unos de otros, nunca me precié
de hurtar nada a nadie: con mis versos
me ayude Dios, y hurte el que quisiere.
Vuelve Chanfalla.
Chan. Señores, vuestras mercedes vengan, 20
que todo está a punto, y no falta más
que comenzar.
Chi. ¿Está ya el dinero in corbona?
Chan. Y aun entre las telas del corazón.
Chi. Pues doyte por aviso, Chanfalla, que 25
el gobernador es poeta.
Chan. ¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! Pues dale
por engañado, porque todos los de
humor semejante son hechos a la
mazacona: gente descuidada, crédula, 30
y no nada maliciosa.
DE LAS MARAVILLAS p. 113
Ben. Vamos, autor, que me saltan los pies
por ver esas maravillas.
Entranse todos.
Salen Juana Castrada y Teresa Repolla, labradoras,
la una como desposada, que es la Castrada. 5
Cas. Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla
amiga, que tendremos el retablo
enfrente; y pues sabes las condiciones
que han de tener los miradores del
retablo, no te descuides, que sería una 10
gran desgracia.
Ter. Ya sabes, Juana Castrada, que soy tu
prima, y no digo más. Tan cierto
tuviera yo el cielo como tengo cierto
ver todo aquello que el retablo 15
mostrare. Por el siglo de mi madre, que
me sacase los mismos ojos de mi
cara si alguna desgracia me aconteciese.
¡Bonita soy yo para eso!
Cas. Sosiégate, prima, que toda la gente 20
viene.
Entran el gobernador, Benito Repollo, Juan Castrado,
Pedro Capacho, el autor, y la autora, y el músico, y
otra gente del pueblo, y un sobrino de Benito, que
ha de ser aquel gentilhombre que baila. 25
Chan. Siéntense todos. El retablo ha de estar
detrás de este repostero, y la autora
también, y aquí el músico.
Ben. ¿Músico es éste? Métanle también detrás
del repostero: que, a trueco de no 30
ENTREMES DEL RETABLO p. 114
verle, daré por bien empleado el no
oírle.
Chan. No tiene vuestra merced razón, señor
alcalde Repollo, de descontentarse del
músico, que en verdad que es muy 5
buen cristiano, e hidalgo de solar
conocido.
Gob. Calidades son bien necesarias para
ser buen músico.
Ben. De solar, bien podrá ser; mas de 10
sonar, abrenuncio.
Rab. Eso se merece el bellaco que se viene
a sonar delante de...
Ben. Pues, por Dios, que hemos visto aquí
sonar a otros músicos tan... 15
Gob. Quédese esta razón en el de del señor
Rabel y en el tan del alcalde, que
será proceder en infinito, y el señor
Montiel comience su obra.
Ben. ¡Poca balumba trae este autor para tan 20
gran retablo!
Juan. Todo debe de ser de maravillas.
Chan. ¡Atención, señores, que comienzo! ¡Oh
tú, quienquiera que fuiste, que fabricaste
este retablo con tan maravilloso 25
artificio, que alcanzó renombre de las
maravillas por la virtud que en él se
encierra! Te conjuro, apremio y mando,
que luego incontinente muestres a
estos señores algunas de las tus 30
maravillosas maravillas, para que se
regocijen y tomen placer sin escándalo
DE LAS MARAVILLAS p. 115
alguno. Ea, que ya veo que has otorgado
mi petición, pues por aquella parte
asoma la figura del valentísimo Sansón,
abrazado con las columnas del templo,
para derribarle por el suelo y tomar 5
venganza de sus enemigos. ¡Tente,
valeroso caballero; tente, por la
gracia de Dios Padre! ¡No hagas tal
desaguisado, porque no cojas debajo
y hagas tortilla tanta y tan noble gente 10
como aquí se ha juntado!
Ben. ¡Téngase, cuerpo de tal conmigo!
¡Bueno sería que, en lugar de habernos
venido a holgar, quedásemos aquí
hechos plasta! ¡Téngase, señor Sansón, 15
pesia a mis males, que se lo ruegan
buenos!
Cap. ¿Veisle vos, Castrado?
Juan. ¡Pues no le había de ver! ¿Tengo yo los
ojos en el colodrillo? 20
Gob. [Aparte.] ¡Milagroso caso es éste! Así
veo yo a Sansón ahora, como el Gran
Turco; pues en verdad que me tengo
por legítimo y cristiano viejo.
Chi. ¡Guárdate, hombre, que sale el mismo 25
toro que mató al ganapán en Salamanca!
¡Echate, hombre! ¡Echate, hombre!
¡Dios te libre! ¡Dios te libre!
Chan. ¡Echense todos! ¡Echense todos! ¡Hucho
ho, hucho ho, hucho ho! 30
Echanse todos y alborótanse.
ENTREMES DEL RETABLO p. 116
Ben. ¡El diablo lleva en el cuerpo el torillo!
Sus partes tiene de hosco y de bragado.
Si no me tiendo, me lleva de vuelo.
Juan. Señor autor, haga, si puede, que no
salgan figuras que nos alboroten. Y no 5
lo digo por mí, sino por estas
muchachas, que no les ha quedado gota de
sangre en el cuerpo, de la ferocidad
del toro.
Cas. ¡Y cómo, padre! No pienso volver en 10
mí en tres días. Ya me vi en sus
cuernos, que los tiene agudos como una
lesna.
Juan. No fueras tú mi hija, y no lo vieras.
Gob. [Aparte.] Basta; que todos ven lo que 15
yo no veo; pero al fin habré de decir
que lo veo, por la negra honrilla.
Chi. Esa manada de ratones que allá va,
desciende por línea recta de aquellos
que se criaron en el Arca de Noé; 20
de ellos son blancos, de ellos albarazados,
de ellos jaspeados, y de ellos azules,
y, finalmente, todos son ratones.
Cas. ¡Jesús! ¡Ay de mí! Ténganme, que me
arrojaré por aquella ventana. ¡Ratones! 25
¡Desdichada! Amiga, apriétate las
faldas, y mira no te muerdan. ¡Y monta
que son pocos! Por el siglo de mi
abuela, que pasan de milenta.
Ter. Yo sí soy la desdichada, porque se me 30
entran sin reparo ninguno. Un ratón
morenico me tiene asida de una rodilla.
DE LAS MARAVILLAS p. 117
Socorro venga del cielo, pues en
la tierra me falta.
Ben. Aun bien que tengo gregüescos: que
no hay ratón que se me entre, por
pequeño que sea. 5
Chan. Esta agua que con tanta prisa se
deja descolgar de las nubes, es de la
fuente que da origen y principio al río
Jordán. Toda mujer a quien tocare en
el rostro, se le volverá como de plata 10
bruñida, y a los hombres se les volverán
las barbas como de oro.
Cas. ¿Oyes, amiga? Descubre el rostro, pues
ves lo que te importa. ¡Oh, qué licor tan
sabroso! Cúbrase, padre; no se moje. 15
Juan. Todos nos cubrimos, hija.
Ben. Por las espaldas me ha calado el agua
hasta la canal maestra.
Cap. ¡Yo estoy más seco que un esparto!
Gob. [Aparte.] ¿Qué diablos puede ser esto, 20
que aún no me ha tocado una gota
donde todos se ahogan? ¿Mas si viniera
yo a ser bastardo entre tantos
legítimos?
Ben. Quítenme de allí aquel músico; si no, 25
voto a Dios que me vaya sin ver más
figura. ¡Válgate el diablo por músico
aduendado, y qué hace de menudear
sin cítola y sin son!
Rab. Señor alcalde, no tome conmigo la 30
hincha, que yo toco como Dios ha sido
servido de enseñarme.
ENTREMES DEL RETABLO p. 118
Ben. ¡Dios te había de enseñar, sabandija!
Métete tras la manta; si no, por Dios
que te arroje este banco.
Rab. El diablo creo que me ha traído a
este pueblo. 5
Cap. ¡Fresca es el agua del santo río Jordán!
Y aunque me cubrí lo que pude, todavía
me alcanzó un poco en los bigotes,
y apostaré que los tengo rubios
como un oro. 10
Ben. Y aun peor cincuenta veces.
Chi. Allá van hasta dos docenas de leones
rampantes y de osos colmeneros.
Todo viviente se guarde, que, aunque
fantásticos, no dejarán de dar alguna 15
pesadumbre, y aun de hacer las
fuerzas de Hércules con espadas
desenvainadas.
Juan. Ea, señor autor, cuerpo de nosla, ¿y
ahora nos quiere llenar la casa de 20
osos y de leones?
Ben. ¡Mirad qué ruiseñores y calandrias
nos envía Tontonelo, sino leones y
dragones! Señor autor, [o] salgan
figuras más apacibles, o aquí nos 25
contentamos con las vistas, y Dios le guíe,
y no pare más en el pueblo un
momento.
Cas. Señor Benito Repollo, deje salir ese
oso y leones, siquiera por nosotras, 30
y recibiremos mucho contento.
Juan. Pues, hija, ¿de antes te espantabas de
DE LAS MARAVILLAS p. 119
los ratones, y ahora pides osos y
leones?
Cas. Todo lo nuevo aplace, señor padre.
Chi. Esa doncella que ahora se muestra
tan galana y tan compuesta, es la 5
llamada Herodías, cuyo baile alcanzó
en premio la cabeza del Precursor de
la vida. Si hay quien la ayude a bailar,
verán maravillas.
Ben. Esta sí, ¡cuerpo del mundo!, que es 10
figura hermosa, apacible y reluciente.
¡Hideputa, y cómo que se vuelve la
muchacha! Sobrino Repollo, tú, que
sabes de achaque de castañetas,
ayúdala, y será la fiesta de cuatro 15
capas.
Sob. Que me place, tío Benito Repollo.
Tocan la zarabanda.
Cap. ¡Toma mi abuelo, si es antiguo el baile
de la zarabanda y de la chacona! 20
Ben. Ea, sobrino, ténselas tiesas a esa
bellaca judía. Pero, si ésta es judía,
¿cómo ve estas maravillas?
Chan. Todas las reglas tienen excepción, señor
alcalde. 25
Suena una trompeta o corneta dentro del teatro,
y entra un furrier de compañías.
Fur. ¿Quién es aquí el señor gobernador?
Gob. Yo soy. ¿Qué manda vuestra merced?
Fur. Que luego al punto mande hacer 30
ENTREMES DEL RETABLO p. 120
alojamiento para treinta hombres de
armas que llegarán aquí dentro de media
hora, y aun antes, que ya suena la
trompeta. Y a Dios.
Ben. Yo apostaré que los envía el sabio 5
Tontonelo.
Chan. No hay tal: que ésta es una compañía
de caballos que estaba alojada dos
leguas de aquí.
Ben. Ahora yo conozco bien a Tontonelo, y 10
sé que vos y él sois unos grandísimos
bellacos, no perdonando al músico;
y mirad que os mando que mandéis
a Tontonelo no tenga atrevimiento
de enviar estos hombres de 15
armas, que le haré dar doscientos azotes
en las espaldas, que se vean unos
a otros.
Chan. Digo, señor alcalde, que no los envía
Tontonelo. 20
Ben. Digo que los envía Tontonelo, como
ha enviado las otras sabandijas que
yo he visto.
Cap. Todos las habemos visto, señor Benito
Repollo. 25
Ben. No digo yo que no, señor Pedro
Capacho. ¡No toques más, músico de
entresueños, que te romperé la cabeza!
Vuelve el furrier.
Fur. Ea, ¿está ya hecho el alojamiento?, 30
que ya están los caballos en el pueblo.
DE LAS MARAVILLAS p. 121
Ben. ¿Qué, todavía ha salido con la suya
Tontonelo? ¡Pues yo os voto a tal,
autor de humos y de embelecos, que
me lo habéis de pagar!
Chan. Séanme testigos que me amenaza el 5
alcalde.
Chi. Séanme testigos que dice el alcalde
que lo que manda Su Majestad, lo
manda el sabio Tontonelo.
Ben. ¡Atontoneleada te vean mis ojos, plega 10
a Dios todopoderoso!
Gob. Yo para mí tengo que verdaderamente
estos hombres de armas no deben
de ser de burlas.
Fur. ¿De burlas habían de ser, señor 15
gobernador? ¿Está en su seso?
Juan. Bien pudieran ser atontonelados; como
esas cosas habemos visto aquí. Por
vida del autor, que haga salir otra vez
a la doncella Herodías, porque vea 20
este señor lo que nunca ha visto; quizá
con esto le cohecharemos para que
se vaya presto del lugar.
Chan. Eso en buen hora, y veisla aquí a do
vuelve, y hace de señas a su bailador 25
a que de nuevo la ayude.
Sob. Por mí no quedará, por cierto.
Ben. Eso sí, sobrino; cánsala, cánsala:
vueltas y más vueltas. ¡Vive Dios, que es
un azogue la muchacha! ¡Al hoyo, al 30
hoyo; a ello, a ello!
Fur. ¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de
ENTREMES DEL RETABLO p. 122
doncella es ésta, y qué baile, y qué
Tontonelo?
Cap. ¿Luego no ve la doncella Herodiana
el señor furrier?
Fur. ¡Qué diablos de doncella tengo de ver! 5
Cap. Basta; de ex il[l]is es.
Gob. De ex il[l]is es, de ex il[l]is es.
Juan. De ellos es, de ellos el señor furrier;
de ellos es.
Fur. ¡Soy de la mala puta que los parió! Y 10
por Dios vivo, que, si echo mano a la
espada, que los haga salir por las
ventanas, que no por la puerta.
Cap. Basta; de ex il[l]is es.
Ben. Basta; de ellos es, pues no ve nada. 15
Fur. ¡Canalla barretina, si otra vez me
dicen que soy de ellos, no les dejaré
hueso sano!
Ben. Nunca los confesos ni bastardos
fueron valientes, y por eso no 20
podemos dejar de decir: de ellos es,
de ellos es.
Fur. ¡Cuerpo de Dios con los villanos!
¡Esperad!
Mete mano a la espada y acuchíllase con todos, y el 25
alcalde aporrea al Rabellejo, y (a) la Chirinos
descuelga la manta y dice:
[Chi.] El diablo ha sido la trompeta y la
venida de los hombres de armas;
parece que los llamaron con 30
campanilla.
DE LAS MARAVILLAS p. 123
Chan. El suceso ha sido extraordinario; la
virtud del retablo se queda en su
punto, y mañana lo podemos mostrar al
pueblo, y nosotros mismos podemos
cantar el triunfo de esta batalla, diciendo: 5
¡vivan Chirinos y Chanfalla!
p. 124
p. 125
ENTREMES DE LA
cueva de Salamanca.
Salen Pancracio, Leonarda y Cristina.
Pan. Enjugad, señora, esas lágrimas, y poned
pausa a vuestros suspiros, considerando 5
que cuatro días de ausencia
no son siglos. Yo volveré, a lo más
largo, a los cinco, si Dios no me quita
la vida; aunque será mejor, por no
turbar la vuestra, romper mi palabra y 10
dejar esta jornada, que sin mi presencia
se podrá casar mi hermana.
Leo. No quiero yo, mi Pancracio y mi
señor, que por respeto mío vos
parezcáis descortés. Id enhorabuena y 15
cumplid con vuestras obligaciones,
pues las que os llevan son precisas,
que yo me apretaré con mi llaga y
pasaré mi soledad lo menos mal que
pudiere. Sólo os encargo la vuelta, y 20
que no paséis del término que habéis
puesto. ¡Tenme, Cristina, que se me
aprieta el corazón!
Desmáyase Leonarda.
ENTREMES p. 126
Cris. ¡Oh, que bien hayan las bodas y las
fiestas! En verdad, señor, que, si yo fuera
que vuestra merced, que nunca allá
fuera.
Pan. Entra, hija, por un vidrio de agua para 5
echársela en el rostro. Mas espera;
diréle unas palabras que sé al oído,
que tienen virtud para hacer volver de
los desmayos.
Dícele las palabras; vuelve Leonarda, diciendo: 10
Leo. Basta; ello ha de ser forzoso; no hay
sino tener paciencia. Bien mío, cuanto
más os detuvieis, más dilatáis
mi contento. Vuestro compadre
Leoniso os debe de aguardar ya en 15
el coche. Andad con Dios. Que él os
vuelva tan presto y tan bueno como
yo deseo.
Pan. Mi ángel, si gustas que me quede, no
me moveré de aquí más que una 20
estatua.
Leo. No, no, descanso mío; que mi gusto
está en el vuestro, y por ahora más
que os vais que no os quedéis, pues
es vuestra honra la mía. 25
Cris. ¡Oh espejo del matrimonio! A fe que si
todas las casadas quisiesen tanto a
sus maridos como mi señora Leonarda
quiere al suyo, que otro gallo les
cantase. 30
Leo. Entra, Cristinica, y saca mi manto, que
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 127
quiero acompañar a tu señor hasta
dejarle en el coche.
Pan. No, por mi amor; abrazadme, y quedaos,
por vida mía. Cristinica, ten
cuenta de regalar a tu señora, que yo 5
te mando un calzado cuando vuelva,
como tú le quisieres.
Cris. Vaya, señor, y no lleve pena de mi
señora, porque la pienso persuadir de
manera a que nos holguemos, que no 10
imagine en la falta que vuestra merced
le ha de hacer.
Leo. ¿Holgar yo? ¡Qué bien estás en la
cuenta, niña! Porque, ausente de mi
gusto, no se hicieron los placeres ni las 15
glorias para mí; penas y dolores, sí.
Pan. Ya no lo puedo sufrir. Quedad en paz,
lumbre de estos ojos, los cuales no verán
cosa que les dé placer, hasta volveros
a ver. 20
Entrase Pancracio.
Leo. ¡Allá darás, rayo, en casa de Ana
Díaz! ¡Vayas y no vuelvas! La ida
del humo. ¡Por Dios, que esta vez
no os han de valer vuestras valentías 25
ni vuestros recatos!
Cris. Mil veces temí que con tus extremos
habías de estorbar su partida y nuestros
contentos.
Leo. ¿Si vendrán esta noche los que 30
esperamos?
ENTREMES p. 128
Cris. ¿Pues no? Ya los tengo avisados, y
ellos están tan en ello, que esta tarde
enviaron con la lavandera, nuestra
secretaria, como que eran paños, una
canasta de colar llena de mil regalos y 5
de cosas de comer, que no parece sino
uno de los serones que da el rey el
Jueves Santo a sus pobres; sino que
la canasta es de Pascua, porque hay
en ella empanadas, fiambreras, manjar 10
blanco y dos capones que aún no
están acabados de pelar, y todo
género de fruta de la que hay ahora, y,
sobre todo, una bota de hasta una
arroba de vino de lo de una oreja, 15
que huele que trasciende.
Leo. Es muy cumplido y lo fue siempre mi
Riponce, sacristán de las telas de mis
entrañas.
Cris. ¿Pues qué le falta a mi maese Nicolás, 20
barbero de mis hígados y navaja
de mis pesadumbres, que así me las
rapa y quita cuando le veo, como si
nunca las hubiera tenido?
Leo. ¿Pusiste la canasta en cobro? 25
Cris. En la cocina la tengo, cubierta con un
cernadero por el disimulo.
Llama a la puerta el estudiante Carraolano, y, en
llamando, sin esperar que le respondan, entra.
Leo. Cristina, mira quién llama. 30
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 129
Est. Señoras, yo soy un pobre estudiante.
Cris. Bien se os parece que sois pobre y
estudiante, pues lo uno muestra vuestro
vestido, y el ser pobre, vuestro
atrevimiento. Cosa extraña es ésta, que 5
no hay pobre que espere a que le saquen
la limosna a la puerta, sino que
se entran en las casas hasta el último
rincón, sin mirar si despiertan a quien
duerme, o si no. 10
Est. Otra más blanda respuesta esperaba
yo de la buena gracia de vuestra merced;
cuanto más, que yo no quería ni
buscaba otra limosna, sino alguna
caballeriza o pajar donde defenderme 15
esta noche de las inclemencias del
cielo, que, según se me trasluce, parece
que con grandísimo rigor a la tierra
amenazan.
Leo. ¿Y de dónde bueno sois, amigo? 20
Est. Salmantino soy, señora mía; quiero
decir, que soy de Salamanca. Iba a
Roma con un tío mío, el cual murió
en el camino, en el corazón de Francia;
vine solo; determiné volverme a 25
mi tierra; robáronme los lacayos o
compañeros de Roque Guinarde en
Cataluña, porque él estaba ausente:
que, a estar allí, no consintiera que se
me hiciera agravio, porque es muy 30
cortés y comedido, y además limosnero;
hame tomado a estas santas puertas
ENTREMES p. 130
la noche, que por tales las juzgo,
y busco mi remedio.
Leo. En verdad, Cristina, que me ha movido
a lástima el estudiante.
Cris. Ya me tiene a mí rasgadas las entrañas. 5
Tengámosle en casa esta noche,
pues de las sobras del castillo se podrá
mantener el real; quiero decir, que
en las reliquias de la canasta habrá en
quien adore su hambre; y más, que 10
me ayudará a pelar la volatería que
viene en la cesta.
Leo. ¿Pues cómo, Cristina, quieres que
metamos en nuestra casa testigos de
nuestras liviandades? 15
Cris. Así tiene él talle de hablar por el
colodrillo, como por la boca. Venga acá,
amigo; ¿sabe pelar?
Est. ¿Cómo si sé pelar? No entiendo eso
de saber pelar, si no es que quiere 20
vuestra merced motejarme de pelón;
que no hay para qué, pues yo me confieso
por el mayor pelón del mundo.
Cris. No lo digo yo por eso, en mi ánima,
sino por saber si sabía pelar dos o tres 25
pares de capones.
Est. Lo que sabré responder es que yo,
señoras, por la gracia de Dios, soy
graduado de bachiller por Salamanca, y
no digo... 30
Leo. De esa manera, ¿quién duda sino que
sabrá pelar, no sólo capones, sino
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 131
gansos y avutardas? Y en esto del
guardar secreto, ¿cómo le va? Y a dicha,
¿[es] tentado de decir todo lo que ve,
imagina o siente?
Est. Así pueden matar delante de mí más 5
hombres que carneros en el Rastro,
que yo despliegue mis labios para decir
palabra alguna.
Cris. Pues atúrese esa boca, y cósase
esa lengua con una agujeta de dos 10
cabos, y amuélese esos dientes, y
éntrese con nosotras, y verá misterios, y
cenará maravillas, y podrá medir en
un pajar los pies que quisiere para su
cama. 15
Est. Con siete tendré demasiado: que no
soy nada codicioso ni regalado.
Entran el sacristán Reponce y el barbero.
Sac. ¡Oh, qué enhorabuena estén los
automedontes y guías de los carros de 20
nuestros gustos, las luces de nuestras
tinieblas, y las dos recíprocas voluntades
que sirven de basas y columnas a la
amorosa fábrica de nuestros deseos!
Leo. Eso sólo me enfada de él. Reponce 25
mío, habla, por tu vida, a lo moderno
y de modo que te entienda, y no te
encarames donde no te alcance.
Bar. Eso tengo yo bueno: que hablo más
llano que una suela de zapato: pan 30
ENTREMES p. 132
por vino y vino por pan, o como suele
decirse.
Sac. Sí; que diferencia ha de haber de un
sacristán gramático a un barbero
romancista. 5
Cris. Para lo que yo he menester a mi barbero,
tanto latín sabe, y aún más, que
supo Antonio de Nebrija. Y no se
dispute ahora de ciencia ni de modos
de hablar, que cada uno habla, si no 10
como debe, a lo menos, como sabe. Y
entrémonos, y manos a labor, que hay
mucho que hacer.
Est. Y mucho que pelar.
Sac. ¿Quién es este buen hombre? 15
Leo. Un pobre estudiante salamanqueso
que pide albergo para esta noche.
Sac. Yo le daré un par de reales para cena
y para lecho, y váyase con Dios.
Est. Señor sacristán Reponce, recibo y 20
agradezco la merced y la limosna;
pero yo soy mudo, y pelón además,
como lo ha menester esta señora
doncella que me tiene convidado, y voto
a... de no irme esta noche de esta casa, 25
si todo el mundo me lo manda. Confíese
vuestra merced mucho de enhoramala
de un hombre de mis prendas
que se contenta de dormir en un
pajar; y si lo han por sus capones, 30
péleselos el Turco, y cómanselos ellos,
y nunca del cuero les salgan.
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 133
Bar. Este más parece rufián que pobre; talle
tiene de alzarse con toda la casa.
Cris. No medre yo si no me contenta el brío.
Entrémonos todos, y demos orden en
lo que se ha de hacer; que el pobre 5
pelará, y callará como en misa.
Est. Y aun como en vísperas.
Sac. Puesto me ha miedo el pobre estudiante;
yo apostaré que sabe más latín
que yo. 10
Leo. De ahí le deben de nacer los bríos que
tiene. Pero no te pese, amigo, de
hacer caridad, que vale para todas las
cosas.
Entranse todos. 15
Y sale Leoniso, compadre de Pancracio, y Pancracio.
Com. Luego lo vi yo que nos había de faltar
la rueda. No hay cochero que no sea
temático; si él rodeara un poco y
salvara aquel barranco, ya estuviéramos 20
dos leguas de aquí.
Pan. A mí no se me da nada: que antes
gusto de volverme y pasar esta noche
con mi esposa Leonarda, que en la
venta; porque la dejé esta tarde casi 25
para espirar, del sentimiento de mi
partida.
Com. ¡Gran mujer! ¡De buena os ha dado el
cielo, señor compadre! Dadle gracias
por ello. 30
Pan. Yo se las doy como puedo, y no como
ENTREMES p. 134
debo. No hay Lucrecia que se llegue,
ni Porcia que se le iguale; la honestidad
y el recogimiento han hecho en
ella su morada.
Com. Si la mía no fuera celosa, no tenía yo 5
más que desear. Por esta calle está
más cerca mi casa; tomad, compadre,
por éstas, y estaréis presto en la
vuestra; y veámonos mañana, que [no] me
faltará coche para la jornada. ¡A Dios! 10
Pan. ¡A Dios!
Entranse los dos.
Vuelven a salir el sacristán, el barbero, con sus
guitarras; Leonarda, Cristina y el estudiante. Sale el
sacristán con la sotana alzada y ceñida al cuerpo, 15
danzando al son de su misma guitarra, y a cada
cabriola vaya diciendo estas palabras:
Sac. ¡Linda noche, lindo rato, linda cena y
lindo amor!
Cris. Señor sacristán Reponce, no es éste 20
tiempo de danzar. Dése orden en cenar
y en las demás cosas, y quédense
las danzas para mejor coyuntura.
Sac. ¡Linda noche, lindo rato, linda cena y
lindo amor! 25
Leo. Déjale, Cristina; que en extremo gusto
de ver su agilidad.
Llama Pancracio a la puerta, y dice:
Pan. Gente dormida, ¿no oís? ¿Cómo, y tan
temprano tenéis atrancada la puerta? 30
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 135
Los recatos de mi Leonarda deben de
andar por aquí.
Leo. ¡Ay, desdichada! A la voz y a los golpes,
mi marido Pancracio es éste. Algo
le debe de haber sucedido, pues él se 5
vuelve. Señores, a recogerse a la
carbonera; digo, al desván, donde está el
carbón. Corre, Cristina, y llévalos, que
yo entretendré a Pancracio de modo
que tengas lugar para todo. 10
[Sac.] ¡Fea noche, amargo rato, mala cena y
peor amor!
Cris. ¡Gentil relente, por cierto! ¡Ea, vengan
todos!
Pan. ¿Qué diablos es esto? ¿Cómo no me 15
abrís, lirones?
[Est.] Es el toque, que yo no quiero correr
la suerte de estos señores. Escóndanse
ellos donde quisieren, y llévenme a mí
al pajar; que, si allí me hallan, antes 20
pareceré pobre que adúltero.
Cris. ¡Caminen, que se hunde la casa a
golpes!
Sac. ¡El alma llevo en los dientes!
Bar. ¡Y yo en los calcañares! 25
Entranse todos, y asómase Leonarda a la ventana.
Leo. ¿Quién está ahí? ¿Quién llama?
Pan. Tu marido soy, Leonarda mía. Abreme,
que ha media hora que estoy rompiendo
a golpes estas puertas. 30
Leo. En la voz, bien me parece a mí que
ENTREMES p. 136
oigo a mi cepo Pancracio; pero la voz
de un gallo se parece a la de otro gallo,
y no me aseguro.
Pan. ¡Oh recato inaudito de mujer prudente!
Que yo soy, vida mía, tu marido 5
Pancracio. Abreme con toda seguridad.
Leo. Venga acá; yo lo veré ahora. ¿Qué
hice yo cuando él se partió esta tarde?
Pan. Suspiraste, lloraste, y al cabo te
desmayaste. 10
Leo. Verdad. Pero, con todo esto, dígame:
¿qué señales tengo yo en uno de mis
hombros?
Pan. En el izquierdo tienes un lunar del
grandor de medio real, con tres cabellos 15
como tres mil hebras de oro.
Leo. Verdad. Pero ¿cómo se llama la doncella
de casa?
Pan. Ea, boba; no seas enfadosa. Cristinica
se llama. ¿Qué mas quieres? 20
[Leo.] ¡Cristinica, Cristinica! Tu señor es;
ábrele, niña.
Cris. Ya voy, señora. Que él sea muy bien
venido. ¿Qué es esto, señor de mi
alma? ¿Qué acelerada vuelta es ésta? 25
Leo. ¡Ay, bien mío! Decídnoslo presto, que
el temor de algún mal suceso me tiene
ya sin pulsos.
Pan. No ha sido otra cosa sino que en un
barranco se quebró la rueda del coche, 30
y mi compadre y yo determinamos
volvernos y no pasar la noche en el
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 137
campo, y mañana buscaremos en qué
ir, pues hay tiempo. Pero ¿qué voces
hay?
Dentro, y como de muy lejos, diga el estudiante:
Est. ¡Abranme aquí, señores, que me 5
ahogo!
Pan. ¿Es en casa, o en la calle?
Cris. Que me maten si no es el pobre
estudiante que encerré en el pajar para
que durmiese esta noche. 10
Pan. ¿Estudiante encerrado en mi casa, y
en mi ausencia? ¡Malo! En verdad,
señora, que si no me tuviera asegurado
vuestra mucha bondad, que me causara
algún recelo este encerramiento. 15
Pero ve, Cristina, y ábrele, que se le
debe de haber caído toda la paja a
cuestas.
Cris. Ya voy.
Leo. Señor, que es un pobre salamanqueso 20
que pidió que le acogiésemos esta
noche por amor de Dios, aunque fuese
en el pajar, y ya sabes mi condición,
que no puedo negar nada de lo
que se me pide, y encerrámosle. Pero 25
veisle aquí y mirad cuál sale.
Sale el estudiante y Cristina, él lleno de paja las
barbas, cabeza y vestido.
Est. Si yo no tuviera tanto miedo y fuera
ENTREMES p. 138
menos escrupuloso, yo hubiera excusado
el peligro de ahogarme en el pajar,
y hubiera cenado mejor, y tenido
más blanda y menos peligrosa cama.
Pan. ¿Y quién os había de dar, amigo, mejor 5
cena y mejor cama?
Est. ¿Quién? Mi habilidad. Sino que el temor
de la justicia me tiene atadas las
manos.
Pan. ¡Peligrosa habilidad debe de ser la 10
vuestra, pues os teméis de la justicia!
Est. La ciencia que aprendí en la cueva de
Salamanca, de donde yo soy natural,
si se dejara usar sin miedo de la
santa Inquisición, yo sé que cenara y 15
recenara a costa de mis herederos; y
aun quizá no estoy muy fuera de usarla,
siquiera por esta vez, donde la
necesidad me fuerza y me disculpa;
pero no sé yo si estas señoras serán 20
tan secretas como yo lo he sido.
Pan. No se cure de ellas, amigo, sino haga
lo que quisiere, que yo les haré que
callen; y ya deseo en todo extremo
ver alguna de estas cosas que dicen 25
que se aprenden en la cueva de
Salamanca.
Est. ¿No se contentará vuestra merced con
que le saque aquí dos demonios en
figuras humanas, que traigan a cuestas 30
una canasta llena de cosas fiambres
y comederas?
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 139
Pan. ¿Demonios en mi casa, y en mi
presencia?
Leo. ¡Jesús! ¡Librada sea yo de lo que
librarme no sé!
Cris. ¡El mismo diablo tiene el estudiante 5
en el cuerpo! ¡Plega a Dios que vaya
a buen viento esta parva! ¡Temblándome
está el corazón en el pecho!
Pan. Ahora bien: si ha de ser sin peligro y
sin espantos, yo me holgaré de ver 10
esos señores demonios y a la
canasta de las fiambreras; y torno a
advertir que las figuras no sean
espantosas.
Est. Digo que saldrán en figura del sacristán 15
de la parroquia y en la de un barbero,
su amigo.
Cris. Mas que lo dice por el sacristán
Riponce y por maese Roque, el barbero
de casa. ¡Desdichados de ellos, que se 20
han de ver convertidos en diablos! Y
dígame, hermano: ¿y éstos han de ser
diablos bautizados?
Est. ¡Gentil novedad! ¿Adónde diablos hay
diablos bautizados? ¿O para qué se 25
han de bautizar los diablos? Aunque
podrá ser que éstos lo fuesen, porque
no hay regla sin excepción. Y apártense,
y verán maravillas.
Leo. [Aparte.] ¡Ay, sinventura! ¡Aquí se 30
descose! ¡Aquí salen nuestras maldades a
plaza! ¡Aquí soy muerta!
ENTREMES p. 140
Cris. [Aparte.] Animo, señora; que buen
corazón quebranta mala ventura.
Est. Vosotros, mezquinos, que en la
[carbonera
hallasteis amparo a vuestra desgracia, 5
salid, y en los hombros, con prisa y
[con gracia,
sacad la canasta de la fiambrera.
No me incitéis a que de otra manera
más dura os conjure. ¡Salid! ¿Qué 10
[esperáis?
Mirad que si, a dicha, el salir reusáis,
tendrá mal suceso mi nueva quimera.
Ora bien, yo sé cómo me tengo de
haber con estos demonicos humanos. 15
Quiero entrar allá dentro, y a solas
hacer un conjuro tan fuerte, que los
haga salir más que de paso. Aunque
la calidad de estos demonios más está
en saberlos aconsejar, que en 20
conjurarlos.
Entrase el estudiante.
Pan. Yo digo que si éste sale con lo que ha
dicho, que será la cosa más nueva y
más rara que se haya visto en el mundo. 25
Leo. Sí saldrá: ¿quién lo duda? ¿Pues habíanos
de engañar?
Cris. Ruido anda allá dentro: yo apostaré
que los saca. Pero ve aquí do vuelve
con los demonios y el apatusco de 30
la canasta.
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 141
Leo. ¡Jesús! ¿Qué parecidos son los de la
carga al sacristán Reponce y al barbero
de la plazuela!
Cris. Mira, señora, que, donde hay demonios,
no se ha de decir Jesús. 5
Sac. Digan lo que quisieren, que nosotros
somos como los perros del herrero,
que dormimos al son de las martilladas:
ninguna cosa nos espanta ni turba.
Leo. Lléguense a que yo coma de lo que 10
viene de la canasta; no tomen menos.
Est. Yo haré la salva, y comenzaré por
el vino.
Bebe.
¡Bueno es! ¿Es de Esquivias, señor 15
sacridiablo?
Sac. De Esquivias es, juro a...
Est. Téngase, por vida suya, y no pase
adelante. ¡Amiguito soy yo de diablos
juradores! Demonico, demonico, aquí 20
no venimos a hacer pecados mortales,
sino a pasar una hora de pasatiempo,
y cenar, e irnos con Cristo.
Cris. ¿Y éstos han de cenar con nosotros?
Pan. Sí; que los diablos no comen. 25
Bar. Sí comen algunos, pero no todos; y
nosotros somos de los que comen.
Cris. ¡Ay, señores! Quédense acá los pobres
diablos, pues han traído la cena:
que sería poca cortesía dejarlos ir 30
muertos de hambre, y parecen
ENTREMES p. 142
diablos muy honrados y muy hombres
de bien.
Leo. Como no nos espanten, y si mi marido
gusta, quédense en buen hora.
Pan. Queden, que quiero ver lo que nunca 5
he visto.
Bar. Nuestro Señor pague a vuestras mercedes
la buena obra, señores míos.
Cris. ¡Ay, qué bien criados, qué corteses!
Nunca medre yo, si todos los diablos 10
son como éstos, si no han de ser mis
amigos de aquí adelante.
Sac. Oigan, pues, para que se enamoren
de veras.
Toca el sacristán y canta, y ayúdale el barbero 15
con el último verso no más.
Sac. Oigan los que poco saben
lo que con mi lengua franca
digo del bien que en sí tiene
Bar. la cueva de Salamanca. 20
Sac. Oigan lo que dejó escrito
de ella el bachiller Tudanca
en el cuero de una yegua
que dicen que fue potranca,
en la parte de la piel 25
que confina con el anca,
poniendo sobre las nubes
Bar. la cueva de Salamanca.
Sac. En ella estudian los ricos
y los que no tienen blanca, 30
y sale entera y rolliza
DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 143
la memoria que está manca.
Siéntanse los que allí enseñan
de alquitrán en una banca,
porque estas bombas encierra
Bar. la cueva de Salamanca. 5
Sac. En ella se hacen discretos
los moros de la Palanca,
y el estudiante más burdo
ciencias de su pecho arranca.
A los que estudian en ella, 10
ninguna cosa les manca.
¡Viva, pues, siglos eternos
Bar. la cueva de Salamanca!
Sac. Y nuestro conjurador,
si es, a dicha, de Loranca, 15
tenga en ella cien mil vides
de uva tinta y de uva blanca.
Y al diablo que le acusare,
que le den con una tranca,
y para el tal jamás sirva 20
Bar. la cueva de Salamanca.
Cris. Basta; ¿que también los diablos son
poetas?
Bar. Y aun todos los poetas son diablos.
Pan. Dígame, señor mío, pues los diablos 25
lo saben todo: ¿dónde se inventaron
todos estos bailes de las zarabandas,
zambapalo y de ello me pesa, con el
famoso del nuevo escarramán?
Bar. ¿Adónde? En el infierno: allí tuvieron 30
su origen y principio.
Pan. Yo así lo creo.
ENTREMES DE LA CUEVA DE SALAMANCA p. 144
Leo. Pues en verdad que tengo yo mis puntas
y collar escarramanesco; sino que,
por mi honestidad, y por guardar el
decoro a quien soy, no me atrevo a
bailarle. 5
Sac. Con cuatro mudanzas que yo le
enseñase a vuestra merced cada día, en
una semana saldría única en el baile:
que sé que le falta bien poco.
Est. Todo se andará; por ahora, entrémonos 10
a cenar, que es lo que importa.
Pan. Entremos, que quiero averiguar si los
diablos comen o no, con otras cien
mil cosas que de ellos cuentan. Y, por
Dios, que no han de salir de mi casa 15
hasta que me dejen enseñado en la
ciencia y ciencias que se enseñan en
la cueva de Salamanca.
p. 145
ENTREMES DEL
viejo celoso.
Salen doña Lorenza, y Cristina, su criada,
y Hortigosa, su vecina.
D.ª Lor. Milagro ha sido éste, señora Hortigosa, 5
el no haber dado la vuelta a la llave
mi duelo, mi yugo y mi desesperación.
Este es el primero día, después que
me casé con él, que hablo con persona
de fuera de casa. ¡Que fuera le vea yo 10
de esta vida a él y a quien con él me
casó!
Hor. Ande, mi señora doña Lorenza, no se
queje tanto, que con una caldera vieja
se compra otra nueva. 15
D.ª Lor. Y aun con esos y otros semejantes
villancicos o refranes me engañaron a
mí. ¡Que malditos sean sus dineros,
fuera de las cruces, malditas sus joyas,
malditas sus galas, y maldito todo 20
cuanto me da y promete! ¿De qué me
sirve a mí todo aquesto, si en mitad
de la riqueza estoy pobre, y, en medio
de la abundancia, con hambre?
Cris. En verdad, señora tía, que tienes 25
ENTREMES p. 146
razón: que más quisiera yo andar con
un trapo atrás y otro adelante, y tener
un marido mozo, que verme casada y
enlodada con ese viejo podrido que
tomaste por esposo. 5
D.ª Lor. ¿Yo le tomé, sobrina? A la fe, diómele
quien pudo, y yo, como muchacha,
fui más presta al obedecer que al
contradecir. Pero si yo tuviera tanta
experiencia de estas cosas, antes me 10
tarazara la lengua con los dientes, que
pronunciar aquel sí, que se pronuncia con
dos letras y da que llorar dos mil años.
Pero yo imagino que no fue otra cosa
sino que había de ser ésta, y que las 15
que han de suceder forzosamente, no
hay prevención ni diligencia humana
que las prevenga.
Cris. ¡Jesús y del mal viejo! Toda la noche:
daca el orinal, toma el orinal; 20
levántate, Cristinica, y caliéntame unos
paños, que me muero de la ijada; dame
aquellos juncos, que me fatiga la
piedra. Con más ungüentos y medicinas
en el aposento que si fuera una botica. 25
Y yo, que apenas sé vestirme, tengo
de servirle de enfermera. ¡Pux, pux,
pux! ¡Viejo clueco, tan potroso como
celoso, y el más celoso del mundo!
D.ª Lor. Dice la verdad mi sobrina. 30
Cris. ¡Pluguiera a Dios que nunca yo la
dijera en esto!
DEL VIEJO CELOSO p. 147
Hor. Ahora bien, señora doña Lorenza, vuestra
merced haga lo que le tengo aconsejado,
y verá cómo se halla muy bien
con mi consejo. El mozo es como un
jinjo verde: quiere bien, sabe callar 5
y agradecer lo que por él se hace; y
pues los celos y el recato del viejo no
nos dan lugar a demandas ni a
respuestas, resolución y buen ánimo, que,
por la orden que hemos dado, yo le 10
pondré al galán en su aposento de
vuestra merced y le sacaré, si bien
tuviese el viejo más ojos que Argos y
viese más que un zahorí, que dicen
que ve siete estados debajo de la 15
tierra.
D.ª Lor. Como soy primeriza, estoy temerosa,
y no querría, a trueco del gusto, poner
a riesgo la honra.
Cris. Eso me parece, señora tía, a lo del 20
cantar de Gómez Arias:
Señor Gómez Arias,
doleos de mí:
soy niña y muchacha;
nunca en tal me vi. 25
D.ª Lor. Algún espíritu malo debe de hablar en
ti, sobrina, según las cosas que dices.
Cris. Yo no sé quién habla; pero yo sé que
haría todo aquello que la señora
Hortigosa ha dicho, sin faltar punto. 30
D.ª Lor. ¿Y la honra, sobrina?
ENTREMES p. 148
Cris. ¿Y el holgarnos, tía?
D.ª Lor. ¿Y si se sabe?
Cris. ¿Y si no se sabe?
D.ª Lor. ¿Y quién me asegurará a mí que no
se sepa? 5
Hor. ¿Quién? La buena diligencia, la sagacidad,
la industria, y, sobre todo, el
buen ánimo y mis trazas.
Cris. Mire, señora Hortigosa, tráiganosle galán,
limpio, desenvuelto, un poco atrevido, 10
y, sobre todo, mozo.
Hor. Todas esas partes tiene el que he
propuesto, y otras dos más: que es rico
y liberal.
D.ª Lor. Que no quiero riquezas, señora 15
Hortigosa; que me sobran las joyas, y me
ponen en confusión las diferencias de
colores de mis muchos vestidos. Hasta
eso no tengo que desear, que Dios le
dé salud a Cañizares: más vestida 20
me tiene que un palmito, y con más
joyas que la vidriera de un platero
rico. No me clavara él las ventanas,
cerrara las puertas, visitara a todas
horas la casa, desterrara de ella los 25
gatos y los perros, solamente porque
tienen nombre de varón; que, a trueco
de que no hiciera esto y otras cosas
no vistas en materia de recato, yo
le perdonara sus dádivas y mercedes. 30
Hor. ¿Qué, tan celoso es?
D.ª Lor. Digo que le vendían el otro día una
DEL VIEJO CELOSO p. 149
tapicería a bonísimo precio, y por ser
de figuras no la quiso, y compró otra
de verduras por mayor precio, aunque
no era tan buena. Siete puertas hay antes
que se llegue a mi aposento, fuera 5
de la puerta de la calle, y todas se
cierran con llave, y las llaves no me
ha sido posible averiguar dónde las
esconde de noche.
Cris. Tía, la llave de loba creo que se la 10
pone entre las faldas de la camisa.
D.ª Lor. No lo creas, sobrina: que yo duermo
con él, y jamás le he visto ni sentido
que tenga llave alguna.
Cris. Y más, que toda la noche anda como 15
trasgo por toda la casa, y si acaso dan
alguna música en la calle, les tira de
pedradas porque se vayan. Es un malo,
es un brujo, es un viejo: que no tengo
más que decir. 20
D.ª Lor. Señora Hortigosa, váyase, no venga el
gruñidor y la halle conmigo, que sería
echarlo a perder todo. Y lo que ha de
hacer, hágalo luego: que estoy tan
aburrida, que no me falta sino echarme 25
una soga al cuello, por salir de tan
mala vida.
Hor. Quizá con esta que ahora se comenzará,
se le quitará toda esa mala gana,
y le vendrá otra más saludable y que 30
más la contente.
Cris. Así suceda, aunque me costase a mí
ENTREMES p. 150
un dedo de la mano: que quiero mucho
a mi señora tía, y me muero de verla
tan pensativa y angustiada en poder
de este viejo, y reviejo, y más que viejo,
y no me puedo hartar de decirle viejo. 5
D.ª Lor. Pues en verdad que te quiere bien,
Cristina.
Cris. ¿Deja por eso de ser viejo? Cuanto
más, que yo he oído decir que siempre
los viejos son amigos de niñas. 10
Hor. Así es la verdad, Cristina. Y a Dios,
que, en acabando de comer, doy la
vuelta. Vuestra merced esté muy en lo
que dejamos concertado, y verá cómo
salimos y entramos bien en ello. 15
Cris. Señora Hortigosa, hágame merced de
traerme a mí un frailecico pequeñito
con quien yo me huelgue.
Hor. Yo se le traeré a la niña pintado.
Cris. Que no le quiero pintado, sino vivo, 20
vivo, chiquito como unas perlas.
D.ª Lor. ¿Y si lo ve tío?
Cris. Diréle yo que es un duende, y
tendrá de él miedo, y holgaréme yo.
Hor. Digo que yo le traeré, y a Dios. 25
Vase Hortigosa.
Cris. Mire, tía: si Hortigosa trae al galán y
a mi frailecico, y si señor los viere, no
tenemos más que hacer sino cogerle
entre todos y ahogarle, y echarle en 30
el pozo o enterrarle en la caballeriza.
DEL VIEJO CELOSO p. 151
D.ª Lor. Tal eres tú, que creo lo harías mejor
que lo dices.
Cris. Pues no sea el viejo celoso, y déjenos
vivir en paz, pues no le hacemos mal
alguno, y vivimos como unas santas. 5
Entranse.
Entran Cañizares, viejo, y un compadre suyo.
Cañi. Señor compadre, señor compadre, el
setentón que se casa con quince, o
carece de entendimiento, o tiene gana 10
de visitar el otro mundo lo más presto
que le sea posible. Apenas me casé
con doña Lorencica, pensando tener
en ella compañía y regalo, y persona
que se hallase en mi cabecera y me 15
cerrase los ojos al tiempo de mi
muerte, cuando me embistieron una
turbamulta de trabajos y desasosiegos:
tenía casa, y busqué casar; estaba
posado, y desposéme. 20
Com. Compadre, error fue, pero no muy
grande; porque, según el dicho del
Apóstol, mejor es casarse que
abrasarse.
Cañi. Que no había que abrasar en mí, señor 25
compadre, que con la menor llamarada
quedara hecho ceniza. Compañía
quise, compañía busqué, compañía
hallé; pero Dios lo remedie, por quien
él es. 30
Com. ¿Tiene celos, señor compadre?
ENTREMES p. 152
Cañi. Del sol que mira a Lorencita, del aire
que le toca, de las faldas que la
vapulan.
Com. ¿Dale ocasión?
Cañi. ¡Ni por pienso! Ni tiene por qué, ni 5
cómo, ni cuándo, ni adónde. Las
ventanas, amén de estar con llave, las
guarnecen rejas y celosías; las puertas
jamás se abren; vecina no atraviesa
mis umbrales, ni le atravesará 10
mientras Dios me diere vida. Mirad,
compadre: no les vienen los malos aires
a las mujeres de ir a los jubileos, ni
a las procesiones, ni a todos los actos
de regocijos públicos; donde ellas se 15
mancan, donde ellas se estropean, y
adonde ellas se dañan, es en casa de
las vecinas y de las amigas. Más
maldades encubre una mala amiga, que
la capa de la noche; más conciertos se 20
hacen en su casa y más se concluyen,
que en una asamblea.
Com. Yo así lo creo. Pero si la señora doña
Lorenza no sale de casa, ni nadie entra
en la suya, ¿de qué vive descontento 25
mi compadre?
Cañi. De que no pasará mucho tiempo en
que no caiga Lorencica en lo que le
falta, que será un mal caso, y tan
malo, que en sólo pensarlo le temo, y 30
de temerle me desespero, y de
desesperarme vivo con disgusto.
DEL VIEJO CELOSO p. 153
Com. Y con razón se puede tener ese temer,
porque las mujeres querrían gozar
enteros los frutos del matrimonio.
Cañi. La mía los goza doblados.
Com. Ahí está el daño, señor compadre. 5
Cañi. No, no; ni por pienso; porque es más
simple Lorencica que una paloma, y
hasta ahora no entiende nada de esas
filaterías. Y a Dios, señor compadre
que me quiero entrar en casa. 10
Com. Yo quiero entrar allá, y ver a mi
señora doña Lorenza.
Cañi. Habéis de saber, compadre, que los
antiguos latinos usaban de un refrán
que decía: Amicus usque ad aras, que 15
quiere decir: El amigo hasta el altar;
infiriendo que el amigo ha de hacer
por su amigo todo aquello que no fuere
contra Dios. Y yo digo que mi amigo
usque ad portam, hasta la puerta: 20
que ninguno ha de pasar mis quicios.
Y a Dios, señor compadre, y
perdóneme.
Entrase Cañizares.
Com. En mi vida he visto hombre más recatado, 25
ni más celoso, ni más impertinente.
Pero éste es de aquellos que
traen la soga arrastrando, y de los que
siempre vienen a morir del mal que
temen. 30
Entrase el compadre.
ENTREMES p. 154
Salen doña Lorenza y Cristinica.
Cris. Tía, mucho tarda tío, y más tarda
Hortigosa.
D.ª Lor. Mas que nunca él acá viniese, ni ella
tampoco; porque él me enfada, y ella 5
me tiene confusa.
Cris. Todo es probar, señora tía; y cuando
no saliere bien, darle del codo.
D.ª Lor. ¡Ay, sobrina! Que estas cosas, o yo sé
poco, o sé que todo el daño está en 10
probarlas.
Cris. A fe, señora tía, que tiene poco ánimo,
y que, si yo fuera de su edad, que no
me espantaran hombres armados.
D.ª Lor. Otra vez torno a decir, y diré cien 15
mil veces, que Satanás habla en tu
boca. Mas, ¡ay! ¿Cómo se ha entrado
señor?
Cris. Debe de haber abierto con la llave
maestra. 20
D.ª Lor. ¡Encomiendo yo al diablo sus maestrías
y sus llaves!
Entra Cañizares.
Cañi. ¿Con quién hablabais, doña Lorenza?
D.ª Lor. Con Cristinica hablaba. 25
Cañi. Miradlo bien, doña Lorenza.
D.ª Lor. Digo que hablaba con Cristinica. ¿Con
quién había de hablar? ¿Tengo yo, por
ventura, con quién?
Cañi. No querría que tuvieseis algún 30
DEL VIEJO CELOSO p. 155
soliloquio con vos misma, que redundase
en mi perjuicio.
D.ª Lor. Ni entiendo esos circunloquios que
decís, ni aun los quiero entender; y
tengamos la fiesta en paz. 5
Cañi. Ni aun las vísperas no querría yo tener
en guerra con vos. Pero ¿quién llama
a aquella puerta con tanta prisa?
Mira, Cristinica, quién es, y, si es
pobre, dale limosna y despídele. 10
Cris. ¿Quién está ahí?
Hor. La vecina Hortigosa es, señora Cristina.
Cañi. ¿Hortigosa, y vecina? ¡Dios sea conmigo!
Pregúntale, Cristina, lo que quiere,
y dáselo, con condición que no atraviese 15
esos umbrales.
Cris. ¿Y qué quiere, señora vecina?
Cañi. El nombre de vecina me turba y
sobresalta. Llámala por su propio
nombre, Cristina. 20
Cris. Responda. ¿Y qué quiere, señora
Hortigosa?
Hor. Al señor Cañizares quiero suplicar un
poco, en que me va la honra, la vida
y el alma. 25
Cañi. Decidle, sobrina, a esa señora, que a
mí me va todo eso y más en que no
entre acá dentro.
D.ª Lor. ¡Jesús, y qué condición tan extravagante!
¿Aquí no estoy delante de vos? 30
¿Hanme de comer de ojo? ¿Hanme de
llevar por los aires?
ENTREMES p. 156
Cañi. ¡Entre con cien mil Belcebúes, pues
vos lo queréis!
Cris. Entre, señora vecina.
Cañi. ¡Nombre fatal para mí es el de vecina!
Entra Hortigosa, y trae un guadamecí, y en las pieles 5
de las cuatro esquinas han de venir pintados
Rodamonte, Mandricardo, Rugero y Gradaso, y
Rodamonte venga pintado como arrebozado.
Hor. Señor mío de mi alma, movida e incitada
de la buena fama de vuestra merced, 10
de su gran caridad y de sus muchas
limosnas, me he atrevido de venir
a suplicar a vuestra merced me
haga tanta merced, caridad y limosna
y buena obra, de comprarme este 15
guadamecí, porque tengo un hijo preso
por unas heridas que dio a un tundidor,
y ha mandado la justicia que declare
el cirujano, y no tengo con qué
pagarle, y corre peligro no le echen 20
otros embargos, que podrían ser
muchos, a causa que es muy travieso
mi hijo, y querría echarle hoy o mañana,
si fuese posible, de la cárcel. La
obra es buena, el guadamecí nuevo, y, 25
con todo eso, le daré por lo que vuestra
merced quisiere darme por él: que
en más está la monta, y como esas
cosas he perdido yo en esta vida. Tenga
vuestra merced de esa punta, señora 30
mía, y descojámosle, porque no vea el
DEL VIEJO CELOSO p. 157
señor Cañizares que hay engaño en mis
palabras. Alce más, señora mía, y mire
cómo es bueno de caída. Y las pinturas
de los cuadros parece que están
vivas. 5
Al alzar y mostrar el guadamecí, entra por detrás de él
un galán, y, como Cañizares ve los retratos, dice:
Cañi. ¡Oh, qué lindo Rodamonte! ¿Y qué quiere
el señor rebozadito en mi casa? Aun
si supiese que tan amigo soy yo 10
de estas cosas y de estos rebocitos,
espantarse ía.
Cris. Señor tío, yo no sé nada de rebozados;
y si él ha entrado en casa, la señora
Hortigosa tiene la culpa: que a 15
mí el diablo me lleve si dije ni hice
nada para que él entrase. No, en mi
conciencia; aun el diablo sería si mi
señor tío me echase a mí la culpa de
su entrada. 20
Cañi. Ya yo lo veo, sobrina, que la señora
Hortigosa tiene la culpa; pero no hay
de qué maravillarme, porque ella no
sabe mi condición, ni cuán enemigo
soy de aquestas pinturas. 25
D.ª Lor. Por las pinturas lo dice, Cristinica, y
no por otra cosa.
Cris. Pues por ésas digo yo. ¡Ay, Dios sea
conmigo! Vuelto se me ha el ánima al
cuerpo, que ya andaba por los aires. 30
D.ª Lor. ¡Quemado vea yo ese pico de once
ENTREMES p. 158
varas! En fin, quien con muchachos se
acuesta, &c.
Cris. ¡Ay, desgraciada, y en qué peligro
pudiera haber puesto toda esta baraja!
Cañi. Señora Hortigosa, yo no soy amigo de 5
figuras rebozadas ni por rebozar. Tome
este doblón, con el cual podrá
remediar su necesidad, y váyase de mi
casa lo más presto que pudiere; y ha
de ser luego, y llévese su guadamecí. 10
Hor. Viva vuestra merced más años que Matute
el de Jerusalén, en vida de mi
señora doña..., no sé cómo se llama, a
quien suplico me mande, que la serviré
de noche y de día, con la vida y 15
con el alma, que la debe de tener ella
como la de una tortolica simple.
Cañi. Señora Hortigosa, abrevie y váyase,
y no se esté ahora juzgando almas
ajenas. 20
Hor. Si vuestra merced hubiere menester
algún pegadillo para la madre, téngolos
milagrosos; y si para mal de muelas,
sé unas palabras que quitan el dolor
como con la mano. 25
Cañi. Abrevie, señora Hortigosa, que doña
Lorenza, ni tiene madre, ni dolor de
muelas: que todas las tiene sanas y
enteras, que en su vida se ha sacado
muela alguna. 30
Hor. Ella se las sacará, placiendo al cielo,
porque le dará muchos años de vida,
DEL VIEJO CELOSO p. 159
y la vejez es la total destrucción de la
dentadura.
Cañi. ¡Aquí de Dios, que no será posible
que me deje esta vecina! ¡Hortigosa,
o diablo, o vecina, o lo que eres, vete 5
con Dios, y déjame en mi casa!
Hor. Justa es la demanda, y vuestra merced
no se enoje, que ya me voy.
Vase Hortigosa.
Cañi. ¡Oh vecinas, vecinas! Escaldado quedo 10
aun de las buenas palabras de esta
vecina, por haber salido por boca de
vecina.
D.ª Lor. Digo que tenéis condición de bárbaro
y de salvaje. ¿Y qué ha dicho esta 15
vecina, para que quedéis con la ojeriza
contra ella? Todas vuestras buenas
obras las hacéis en pecado mortal.
Dísteisle dos docenas de reales,
acompañados con otras dos docenas 20
de injurias, ¡boca de lobo, lengua de
escorpión y silo de malicias!
Cañi. No, no; a mal viento va esta parva.
No me parece bien que volváis tanto
por vuestra vecina. 25
Cris. Señora tía, éntrese allí dentro y
desenójese, y deje a tío, que parece que
está enojado.
D.ª Lor. Así lo haré, sobrina, y aun quizá no
me verá la cara en estas dos horas; y 30
ENTREMES p. 160
a fe que yo se la dé a beber, por más
que la rehúse.
Entrase doña Lorenza.
Cris. Tío, ¿no ve cómo ha cerrado de golpe?
Y creo que va a buscar una tranca 5
para asegurar la puerta.
Doña Lorenza, por dentro:
[D.ª Lor.] ¡Cristinica, Cristinica!
Cris. ¿Qué quiere, tía?
D.ª Lor. ¡Si supieses qué galán me ha deparado 10
la buena suerte! Mozo, bien dispuesto,
pelinegro, y que le huele la
boca a mil azahares.
Cris. ¡Jesús, y qué locuras, y qué niñerías!
¿Está loca, tía? 15
D.ª Lor. No estoy sino en todo mi juicio; y en
verdad que, si le vieses, que se te
alegrase el alma.
Cris. ¡Jesús, y qué locuras, y qué niñerías!
Ríñala, tío, porque no se atreva, ni 20
aun burlando, a decir deshonestidades.
Cañi. ¡Bobear, Lorenza! ¡Pues a fe que no
estoy yo de gracia para sufrir esas
burlas!
Dª. Lor. Que no son sino veras; y tan veras, 25
que en este género no pueden ser
mayores.
Cris. ¡Jesús, y qué locuras, y qué niñerías!
Y dígame, tía: ¿está ahí también mi
frailecico? 30
DEL VIEJO CELOSO p. 161
D.ª Lor. No sobrina; pero otra vez vendrá, si
quiere Hortigosa, la vecina.
Cañi. Lorenza, di lo que quisieres; pero no
tomes en tu boca el nombre de vecina,
que me tiemblan las carnes en oírle. 5
D.ª Lor. También me tiemblan a mí por amor
de la vecina.
Cris. ¡Jesús, y qué locuras, y qué niñerías!
D.ª Lor. ¡Ahora echo de ver quién eres, viejo
maldito; que hasta aquí he vivido 10
engañada contigo!
Cris. ¡Ríñala, tío; ríñala, tío; que se
desvergüenza mucho!
D.ª Lor. Lavar quiero a un galán las pocas
barbas que tiene con una bacía llena 15
de agua de ángeles, porque su cara
es como la de un ángel pintado.
Cris. ¡Jesús, y qué locuras, y qué niñerías!
¡Despedácela, tío!
Cañi. No la despedazaré yo a ella, sino a la 20
puerta que la encubre.
D.ª Lor. No hay para qué: vela aquí abierta.
Entre, y verá cómo es verdad cuanto
le he dicho.
Cañi. Aunque sé que te burlas, sí entraré, 25
para desenojarte.
Al entrar Cañizares, danle con una bacía de agua en
los ojos; él vase a limpiar; acuden sobre él Cristina
y doña Lorenza, y en este ínterin sale el galán y
vase. 30
Cañi. ¡Por Dios, que por poco me cegaras,
ENTREMES p. 162
Lorenza! ¡Al diablo se dan las burlas
que se arremeten a los ojos!
D.ª Lor. ¡Mirad con quién me casó mi suerte,
sino con el hombre más malicioso del
mundo! ¡Mirad cómo dio crédito a mis 5
mentiras, por su... fundadas en materia
de celos, que menoscabada y asendereada
sea mi ventura! ¡Pagad vosotros,
cabellos, las deudas de este viejo.
¡Llorad vosotros, ojos, las culpas de este 10
maldito! ¡Mirad en lo que tiene mi
honra y mi crédito, pues de las
sospechas hace certezas, de las mentiras
verdades, de las burlas veras, y de los
entretenimientos maldiciones! ¡Ay, que 15
se me arranca el alma!
Cris. Tía, no dé tantas voces, que se juntará
la vecindad.
De dentro:
Just. ¡Abran esas puertas! ¡Abran luego! ¡Si 20
no, echarélas en el suelo!
D.ª Lor. Abre, Cristinica, y sepa todo el mundo
mi inocencia y la maldad de este viejo.
Cañi. ¡Vive Dios, que creí que te burlabas!
¡Lorenza, calla! 25
Entran el alguacil, y los músicos, y el bailarín,
y Hortigosa.
Alg. ¿Qué es esto? ¿Qué pendencia es ésta?
¿Quién daba aquí voces?
Cañi. Señor, no es nada; pendencias son 30
DEL VIEJO CELOSO p. 163
entre marido y mujer, que luego se
pasan.
Mús. Por Dios, que estábamos mis compañeros
y yo, que somos músicos, aquí,
pared y medio, en un desposorio, y a 5
las voces hemos acudido con no
pequeño sobresalto, pensando que era
otra cosa.
Hor. Y yo también, en mi ánima pecadora.
Cañi. Pues en verdad, señora Hortigosa, 10
que, si no fuera por ella, que no
hubiera sucedido nada de lo sucedido.
Hor. Mis pecados lo habrán hecho: que soy
tan desdichada, que, sin saber por
dónde ni por dónde no, se me echan 15
a mí las culpas que otros cometen.
Cañi. Señores, vuestras mercedes todos se
vuelvan norabuena, que yo les agradezco
su buen deseo; que ya yo y mi
esposa quedamos en paz. 20
D.ª Lor. Sí quedaré, como le pida primero perdón
a la vecina, si alguna cosa mala
pensó contra ella.
Cañi. Si a todas las vecinas de quien yo
pienso mal hubiese de pedir perdón, 25
sería nunca acabar; pero, con todo
eso, yo se le pido a la señora
Hortigosa.
Hor. Y yo le otorgo, para aquí y para
delante de Pero García. 30
Mús. Pues en verdad que no habemos de
haber venido en balde; toquen mis
ENTREMES p. 164
compañeros, y baile el bailarín, y
regocíjense las paces con esta canción.
Cañi. Señores, no quiero música; yo la doy
por recibida.
Mús. Pues aunque no la quiera. 5
El agua de por San Juan
quita vino, y no da pan;
las riñas de por San Juan
todo el año paz nos dan.
Llover el trigo en las eras, 10
las viñas estando en cierne,
no hay labrador que gobierne
bien sus cubas y paneras;
mas las riñas más de veras,
si suceden por San Juan, 15
todo el año paz nos dan.
Baila.
Por la canícula ardiente
está la cólera a punto;
pero, pasando aquel punto, 20
menos activa se siente.
Y así el que dice no miente,
que las riñas por San Juan
todo el año paz nos dan.
Baila. 25
Las riñas de los casados
como aquésta siempre sean,
para que después se vean
sin pensar regocijados.
Sol que sale tras nublados, 30
DEL VIEJO CELOSO p. 165
es contento tras afán;
las riñas de por San Juan
todo el año paz nos dan.
Cañi. Porque vean vuestras mercedes las
revueltas y vueltas en que me ha puesto 5
una vecina, y si tengo razón de estar
mal con las vecinas.
D.ª Lor. Aunque mi esposo está mal con las
vecinas, yo beso a vuestras mercedes
las manos, señoras vecinas. 10
Cris. Y yo también. Mas, si mi vecina me
hubiera traído mi frailecico, yo la
tuviera por mejor vecina. Y a Dios,
señoras vecinas.
Fin de los entremeses. 15
p. 166
EN MADRID
Por la viuda de Alonso Martín.
________________________________
Año MDCXV.
p. 167
ÍNDICE
Páginas.
__________
Entremés del juez de los divorcios.......... 5
Entremés del rufián viudo, llamado
Trampagos................................. 21
Entremés de la elección de los alcaldes de
Daganzo................................... 41
Entremés de la guarda cuidadosa............. 59
Entremés del vizcaíno fingido............... 81
Entremés del retablo de las maravillas...... 105
Entremés de la cueva de Salamanca........... 125
Entremés del viejo celoso................... 145
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Si se encuentran errores de cualquier tipo, favor de avisar a:
Fred F.Jehle
Indiana University - Purdue University Fort Wayne
Fort Wayne, IN 46805-1499 USA
jehle@ipfw.edu