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               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______

          DON QUIJOTE DE LA MANCHA

                TOMOS III Y IV


             Versión modernizada
                sin paginación


            Texto electrónico por
                Fred F. Jehle


      Copyright © 1941 Rodolfo Schevill
       Copyright © 1997 Fred F. Jehle &
          Purdue Research Foundation

               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______


                 DON QUIJOTE

                 DE LA MANCHA


                TOMOS III Y IV

            EDICIÓN PUBLICADA POR

 RODOLFO SCHEVILL     Y      ADOLFO BONILLA
  Profesor en la             Profesor en la
  Universidad de             Universidad de
California (Berkeley).           Madrid.


                    MADRID
           GRÁFICAS REUNIDAS, S. A.
                 M. CM. XXXV.


            Advertencia preliminar


  La impresión del texto de la primera edición
de la Segunda Parte de Don Quijote no resultó
tan descuidada y deficiente como la de la
Primera Parte de 1605, aunque ni el papel ni
el tipo resulten mayormente recomendables.
Desde el principio se notan letras rotas o
caídas; entre aquéllas figuran t, f, la s larga(ƒ),
n y u; hay confusión entre e y c, r y t; la
paginación está errada en bastantes ocasiones; la
puntuación en casi todas partes es execrable,
no obstante mostrar discreción al servirse de
los signos ortográficos en alguno que otro
pasaje difícil. Por consiguiente, es raro que
se pueda apelar al original para determinar
el sentido de la frase por medio de la puntuación
primitiva. En la Primera Parte se lee más
Vuestra Merced (además de v. m. sin resolver),
y en la Segunda, Vuessa Merced (al lado de
v. merced y v. m.). Habiendo optado por Vuestra
Merced al disolver v. m. en la Parte I, he
seguido este mismo sistema en la Parte II. A
menudo se presentaba la tentación de
enmendar pequeños defectos de lenguaje en el
original, y muchos editores lo han hecho sin
indicar el cambio; pero he de insistir que el
resultado así conseguido no representa el texto
de Cervantes. Para no abultar demasiadamente
estos volúmenes no me he explayado en el
comentario de términos, frases o nombres ya
tratados por otros editores. Tampoco he incluido
voces y giros registrados por el diccionario
académico. Las abreviaturas se resuelven como
en los demás tomos. No hago caso de variantes,
omisiones ni adiciones caprichosas de las
ediciones posteriores a la muerte de Cervantes,
a menos que tengan especial importancia para
aclarar el texto.
  La Segunda Parte no ofrece ningunas
dificultades que desenredar de tanta monta como
la Primera, vbgr., la pérdida del rucio y su
hallazgo, ambos sin explicar, o los pasajes
viciados por omisiones o trastornos de frases
enteras. El problema que más ha dado que
conjeturar a los cervantistas, y que todavía queda
en pie a pesar de sus esfuerzos, es la solución
del misterio que nos encubre el verdadero
nombre de Alonso Fernández de Avellaneda, autor
del falso Quijote, “de aquel que dicen que se
engendró en Tordesillas, y nació en Tarragona”.
¿Quién era este escritor, y de qué modo se
relacionaba su existencia con la de Cervantes?
Se cree, por lo común, que Cervantes no llegó
nunca a conocer al historiador fingido; si
supiese quién fuera, se hace difícil de interpretar
su silencio sobre el caso. ¿Sería posible que no
quisiera mentarle para no embrollarse con él,
ni andar en dares y tomares con el mundo
malicioso de los literatos? Se ha exagerado
mucho la importancia de la identidad del
supuesto autor, y no es probable que el saber
su nombre nos explique jamás las semejanzas
notables entre ciertos rasgos de su libro y
algunos de la Segunda Parte de Cervantes.
Todas las conjeturas sobre Avellaneda, hasta
ahora divulgadas, han perdido terreno poco
a poco, y su verdadera persona se mantiene
todavía desconocida. En un artículo que acaba
de publicar D. Emilio Cotarelo en el Boletín de
la Academia Española (junio de 1934), el erudito
académico cree haber encontrado por fin en
Guillén de Castro al autor del falso Quijote. Si
no me equivoco, tampoco ha dado con la solución,
la cual necesita pruebas más terminantes
para convencernos y dispersar definitivamente
nuestras dudas. No siendo este prólogo el lugar
a propósito para refutar esta nueva hipótesis,
trataré de ella en otra ocasión.
  En cuanto a la obra de Avellaneda, la crítica
hostil ha aflojado mucho su tono intolerante, y
promete cambiar todavía más hasta ver en el
desconocido novelista un escritor de dotes muy
apreciables. En el siglo XIX los críticos se
complacían en hallar en el Quijote de Avellaneda
una obra pornográfica y licenciosa, y, por lo
general, de pocos, o ningunos méritos. Pero
la única base de todo criterio recto en la
evaluación artística viene a ser una crítica
comparada, según la cual ha de señalarse el cambio
del gusto estético de estas materias. Es
evidente que el siglo XIX, en consecuencia de una
sensibilidad falsa y pasajera, veía en las
páginas de Avellaneda aspectos censurables en
los cuales ya no se hace tanto hincapié ahora.
Si algunos escritores de dicho siglo encontraban
en el novelista tordesillesco fealdades
“que levantaban el estómago en cada página”
(M. y P.), ¿qué dirían de la tendencia franca y
sobremanera naturalista de ciertos novelistas
modernos? Toda crítica ha de ser relativa, y,
por lo tanto, nos inclinamos hoy día a reconocer
que hay en Avellaneda muchas vulgaridades,
una nota prosaica, monotonía en los
episodios, ocasionada por falta de invención, lo
cual tiende a fatigar al lector. El desconocido
autor carece, sobre todo, de esa cualidad
luminosa del genio de Cervantes. Pero llegamos a
tal conclusión solamente después de una
comparación imprescindible del lenguaje, del
contenido y del arte de Avellaneda con las
bellezas eternas de la obra del más grande de los
literatos españoles.
  En cambio, juzgada por sí sola la novela
de Avellaneda, sería un dislate manifiesto no
querer admitir que hay en ella muchos rasgos
admirables. Desde luego, lejos de estar toda la
obra llena de episodios groseros y brutales,
está escrita en un castellano vigoroso, con
estilo claro, y sin tacha ni de culteranismo, ni
de retórica falsa. Si Avellaneda se deja
arrastrar algunas veces por su humor espontáneo
--por otro lado, casi siempre sano-- a proferir
una palabra o un pensamiento arriesgado,
o si se deja vencer por el mal gusto hasta
pintarnos, una sola vez, una escena realmente
atrevida, y aun ofensiva (cuento del Rico
desesperado), hay que advertir, con plena justicia,
que esto sucede en contadísimas páginas, y,
que además, por supuesto, no causa mayor
efecto en el paladar del lector acostumbrado
a las producciones modernas. Nos preguntamos
hoy si no sería la novela alguna composición
de los años juveniles o estudiantiles del autor
desconocido. Hasta el humor quevedesco, los
chistes francos y la risa estrepitosa nos llevan
a tal conclusión. Lo que parece poco menos
que milagroso es que el autor no hubiese
escrito más obra que ésta. Y, sin embargo, ni su
estilo ni su contenido, recuerdan los de ningún
otro escritor coetáneo.
  Con este tomo y el que ha de seguir pronto
termino el comentario a las obras de Cervantes.
Han de finalizar la colección un índice y
una breve memoria acerca de la vida del gran
autor. Durante los muchos años consagrados
al trabajo de dilucidar sus escritos, me he
atrevido a abrigar una sola esperanza: la de que
se haya adelantado algo en el establecimiento
de un texto fidedigno de sus obras completas.
Al terminar la faena laboriosa de comentarista
(ocupación por lo común despreciada), no me
hago la ilusión de haber publicado estos
volúmenes cervantinos sin muchos defectos, que
son de lamentar, ni numerosas equivocaciones,
que nadie querrá disculpar. No me ha de valer
el que todo estudio de lenguaje sea difícil, ni
que no hubiera bastado una vida entera dedicada
a pesquisas y averiguaciones para dar con
la verdad en cada caso. Para tratar del sentido
de las voces o de los giros usados en tiempos
lejanos, todo investigador se ve obligado, a
menudo, a discurrir sobre lo que en realidad
no entiende; y para llevar a cabo semejante
empresa hay que tener en cuenta la prisa
ineludible y el desmayarse de las fuerzas:
condiciones de una obra que tiene afinidad, según
una comparación de Escalígero, con la faena
de laborear las minas y el trabajo del yunque.
Para nada sirve alegar inadvertencias causadas
por rutinarios deberes del día, ni olvidos
producidos por traiciones de la memoria en el
momento de mayor urgencia. Se nos escapa hoy
lo que se sabía ayer y que se recordará, sin ser
llamado, mañana. ¡Felices los que sean escogidos
para proseguir una labor tan espiritualmente
grata con la seguridad de poderla dejar
mejorada en tercio y quinto con sus esfuerzos!
Me tendré por afortunado si para el edificio
que ellos levanten se vieran necesitados a
utilizar algunas de las piedras por mí allegadas.

                                     R. S.

Berkeley, otoño de 1934.


                SEGUNDA PARTE

                DEL INGENIOSO

                CABALLERO DON

                QUIJOTE DE LA

                    MANCHA

      Por Miguel de Cervantes Saavedra,
          autor de su primera parte

Dirigida a don Pedro Fernández de Castro, Conde de
   Lemos, de Andrade y de Villalba, Marqués de
 Sarria, Gentilhombre de la Cámara de Su Majestad,
Comendador de la Encomienda de Peñafiel, y la Zarza
  de la Orden de Alcántara, Virrey, Gobernador
   y Capitán General del Reino de Nápoles,
       y Presidente del Supremo Consejo
                  de Italia.


              Escudo del impre-
              sor: una mano, so-
              bre la cual hay un
              halcón, puesto el
     Año      capirote; debajo,      1615
              un león echado; la
              leyenda dice: Post
                tenebras spero
                   lucem.


                CON PRIVILEGIO
__________________________________________________
      EN MADRID, por Juan de la Cuesta.
   Véndese en casa de Francisco de Robles,
        librero del Rey nuestro señor.


                     TASA

  Yo, Hernando de Vallejo, Escribano de Cámara
del Rey nuestro señor, de los que residen
en su Consejo, doy fe: que habiéndose visto
por los señores de él un libro que compuso
Miguel de Cervantes Saavedra, intitulado don
Quijote de la Mancha, segunda parte, que con
licencia de su Majestad fue impreso, le tasaron
a cuatro maravedís cada pliego en papel,
el cual tiene setenta y tres pliegos, que al
dicho respeto suma y monta doscientos y
noventa y dos maravedís, y mandaron que esta
tasa se ponga al principio de cada volumen
del dicho libro, para que se sepa y entienda,
lo que por él se ha de pedir, y llevar, sin
que se exceda en ello en manera alguna, como
consta y parece por el auto y decreto original
sobre ello dado, y que queda en mi poder, a
que me refiero, y de mandamiento de los
dichos señores del Consejo, y de pedimento de
la parte del dicho Miguel de Cervantes di esta
fe en Madrid, a veinte y uno días del mes de
octubre de mil y seiscientos y quince años.

                         Hernando de Vallejo.


                FE DE ERRATAS

  Vi este libro intitulado Segunda parte de don
Quijote de la Mancha, compuesto por Miguel
de Cervantes Saavedra, y no hay en él cosa
digna de notar que no corresponda a su original.
Dada en Madrid a veinte y uno de octubre,
mil y seiscientos y quince.

   El Licenciado Francisco Murcia de la Llana.


                  APROBACION

  Por comisión y mandado de los señores del
Consejo, he hecho ver el libro contenido en
este memorial. No contiene cosa contra la fe
ni buenas costumbres, antes es libro de mucho
entretenimiento lícito, mezclado de mucha
filosofía moral; puédesele dar licencia para
imprimirle.
  En Madrid, a cinco de noviembre de mil
seiscientos y quince.

                Doctor Gutierre de Cetina.


                  APROBACION

  Por comisión y mandado de los señores del
Consejo he visto la Segunda parte de don
Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes
Saavedra; no contiene cosa contra nuestra
santa fe católica, ni buenas costumbres: antes
muchas de honesta recreación y apacible divertimiento,
que los antiguos juzgaron convenientes
a sus Repúblicas, pues aun [en] la severa de
los lacedemonios levantaron estatua a la risa,
y los de Tesalia la dedicaron fiestas, como lo
dice Pausanias, referido de Bosio, lib. 2 De
signis Eccles., cap. 10, alentando ánimos
marchitos y espíritus melancólicos, de que se
acordó Tulio en el primero De legibus, y el poeta
diciendo: “Interpone tuis interdum gaudia
curis”, lo cual hace el autor mezclando las
veras a las burlas, lo dulce a lo provechoso y
lo moral a lo faceto, disimulando en el cebo
del donaire el anzuelo de la reprensión, y
cumpliendo con el acertado asunto en que
pretende la expulsión de los libros de
caballerías, pues con su buena diligencia
mañosamente ha limpiado de su contagiosa dolencia a
estos reinos. Es obra muy digna de su grande
ingenio, honra y lustre de nuestra nación,
admiración y envidia de las extrañas. Este es mi
parecer, salvo, etc. En Madrid, a 17 de marzo
de 1615.

             El M. Joseph de Valdivielso.


                  APROBACION

  Por comisión del señor Doctor Gutierre de
Cetina, vicario general de esta villa de Madrid,
Corte de su Majestad, he visto este libro de la
segunda parte del Ingenioso Caballero don
Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes
Saavedra, y no hallo en él cosa indigna de un
cristiano celo ni que disuene de la decencia
debida a buen ejemplo, ni virtudes morales:
antes mucha erudición y aprovechamiento, así
en la continencia de su bien seguido asunto
para extirpar los vanos y mentirosos libros de
caballerías, cuyo contagio había cundido más de
lo que fuera justo, como en la lisura del
lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y
estudiada afectación, vicio con razón aborrecido
de hombres cuerdos, y en la corrección de
vicios que generalmente toca, ocasionado de sus
agudos discursos, guarda con tanta cordura las
leyes de reprensión cristiana, que aquel que
fuere tocado de la enfermedad que pretende
curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas
gustosamente habrá bebido, cuando menos lo
imagine, sin empacho ni asco alguno, lo
provechoso de la detestación de su vicio, con que
se hallará, que es lo más difícil de conseguirse,
gustoso y reprendido.
  Ha habido muchos que por no haber sabido
templar ni mezclar a propósito lo útil con lo
dulce han dado con todo su molesto trabajo en
tierra, pues no pudiendo imitar a Diógenes en
lo filósofo y docto, atrevida, por no decir
licenciosa y desalumbradamente, le pretenden
imitar en lo cínico, entregándose a maldicientes,
inventando casos que no pasaron para hacer
capaz al vicio que tocan de su áspera
reprensión, y por ventura descubren caminos para
seguirle hasta entonces ignorados, con que
vienen a quedar, si no reprensores, a lo menos
maestros de él. Hácense odiosos a los bien
entendidos, con el pueblo pierden el crédito, si
alguno tuvieron, para admitir sus escritos y los
vicios que arrojada e imprudentemente quisieren
corregir en muy peor estado que antes,
que no todas las postemas a un mismo tiempo
están dispuestas para admitir las recetas o
cauterios; antes algunos mucho mejor reciben las
blandas y suaves medicinas, con cuya aplicación
el atentado y docto médico consigue el
fin de resolverlas, término que muchas veces
es mejor que no el que se alcanza con el rigor
del hierro.
  Bien diferente han sentido de los escritos de
Miguel de Cervantes así nuestra nación como
las extrañas, pues como a milagro desean ver
el autor de libros que con general aplauso, así
por su decoro y decencia como por la suavidad
y blandura de sus discursos han recibido
España, Francia, Italia, Alemania y Flandes.
  Certifico con verdad que en veinte y cinco
de febrero de este año de seiscientos y quince,
habiendo ido el ilustrísimo señor don Bernardo
de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo
de Toledo, mi señor, a pagar la visita que a Su
Ilustrísima hizo el embajador de Francia, que
vino a tratar cosas tocantes a los casamientos
de sus príncipes y los de España, muchos
caballeros franceses de los que vinieron
acompañando al embajador, tan corteses como
entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a
mí y a otros capellanes del cardenal mi señor,
deseosos de saber qué libros de ingenio
andaban más validos, y tocando a caso en este
que yo estaba censurando, apenas oyeron el
nombre de Miguel de Cervantes, cuando se
comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la
estimación en que así en Francia como en los
reinos sus confinantes, se tenían sus obras,
la Galatea, que alguno de ellos tiene casi de
memoria la primera parte de ésta, y las Novelas.
Fueron tantos sus encarecimientos, que me
ofrecí llevarles que viesen el autor de ellas, que
estimaron con mil demostraciones de vivos
deseos. Preguntáronme muy por menor su
edad, su profesión, calidad y cantidad. Halléme
obligado a decir que era viejo, soldado,
hidalgo y pobre, a que uno respondió estas
formales palabras:
  “Pues ¿a tal hombre no le tiene España muy
rico y sustentado del erario público?”
  Acudió otro de aquellos caballeros con este
pensamiento y con mucha agudeza, y dijo:
  “Si necesidad le ha de obligar a escribir,
plega a Dios que nunca tenga abundancia para
que con sus obras, siendo él pobre, haga rico
a todo el mundo.”
  Bien creo que está, para censura, un poco
larga, alguno dirá que toca los límites de
lisonjero elogio: mas la verdad de lo que
cortamente digo deshace en el crítico la sospecha y
en mí el cuidado; además que el día de hoy no
se lisonjea a quien no tiene con qué cebar el
pico del adulador que, aunque afectuosa y
falsamente dice de burlas, pretende ser remunerado
de veras. En Madrid, a veinte y siete de
febrero de mil y seiscientos y quince.

            El Licenciado Márquez Torres.


                  PRIVILEGIO

  Por cuanto por parte de vos, Miguel de
Cervantes Saavedra, nos fue fecha relación que
habíais compuesto la Segunda parte de don
Quijote de la Mancha, de la cual hacíais
presentación, y por ser libro de historia
agradable y honesta, y haberos costado mucho
trabajo y estudio, nos suplicasteis os
mandásemos dar licencia para le poder imprimir y
privilegio por veinte años, o como la nuestra
merced fuese, lo cual visto por los del nuestro
Consejo, por cuanto en el dicho libro se
hizo la diligencia que la pragmática, por nos
sobre ello fecha, dispone, fue acordado que
debíamos mandar dar esta nuestra cédula en
la dicha razón, y nos tuvímoslo por bien. Por
la cual vos damos licencia y facultad para que
por tiempo y espacio de diez años cumplidos
primeros siguientes, que corran y se cuenten
desde el día de la fecha de esta nuestra cédula
en adelante, vos, o la persona que para ello
vuestro poder hubiere, y no otra alguna,
podáis imprimir y vender el dicho libro que de
suso se hace mención, y por la presente damos
licencia y facultad a cualquier impresor de
nuestros reinos que nombrareis para que
durante el dicho tiempo le pueda imprimir por
el original, que en el nuestro Consejo se vio
que va rubricado y firmado al fin de Hernando
de Vallejo, nuestro escribano de Cámara, y
uno de los que en él residen, con que antes y
primero que se venda lo traigáis ante ellos,
juntamente con el dicho original, para que se
vea si la dicha impresión está conforme a él,
o traigáis fe en pública forma, como por
corrector por nos nombrado se vio y corrigió la
dicha impresión por el dicho original, y más
al dicho impresor que así imprimiere el
dicho libro no imprima el principio y primer
pliego de él, ni entregue más de un solo libro
con el original al autor y persona a cuya costa
lo imprimiere, ni a otra alguna, para efecto de
la dicha corrección y tasa, hasta que antes y
primero el dicho libro esté corregido y tasado
por los del nuestro Consejo, y estando hecho,
y no de otra manera, pueda imprimir el dicho
principio y primer pliego, en el cual
inmediatamente ponga esta nuestra licencia y la
aprobación, tasa y erratas, ni lo podáis vender, ni
vendáis vos ni otra persona alguna, hasta que
esté el dicho libro en la forma susodicha, so
pena de caer e incurrir en las penas contenidas
en la dicha pragmática y leyes de nuestros
reinos que sobre ello disponen, y más, que durante
el dicho tiempo persona alguna sin vuestra
licencia no le pueda imprimir ni vender, so
pena que el que lo imprimiere y vendiere haya
perdido y pierda cualesquiera libros, moldes
y aparejos que de él tuviere, y más incurra en
pena de cincuenta mil maravedís por cada vez
que lo contrario hiciere, de la cual dicha pena
sea la tercia parte para nuestra Cámara, y la
otra tercia parte para el juez que lo
sentenciare, y la otra tercia parte para el que lo
denunciare; y más a los del nuestro Consejo,
Presidentes, Oidores de las nuestras Audiencias,
Alcaldes, Alguaciles de la nuestra Casa
y Corte y Chancillerías, y a otras cualesquiera
justicias de todas las ciudades, villas y lugares
de los nuestros reinos y señoríos y a cada
uno en su jurisdicción, así a los que ahora son
como a los que serán de aquí adelante, que
vos guarden y cumplan esta nuestra cédula y
merced, que así vos hacemos, y contra ella
no vayan ni pasen en manera alguna, so
pena de la nuestra merced y de diez mil
maravedís para la nuestra Cámara.
  Dada en Madrid, a treinta días del mes de
marzo de mil y seiscientos y quince años.

                  YO EL REY

          Por mandado del Rey nuestro señor,
                   Pedro de Contreras


            PROLOGO AL LECTOR

  Válgame Dios, y con cuánta gana debes de
estar esperando ahora, lector ilustre, o quier
plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él
venganzas, riñas y vituperios del autor del
segundo don Quijote, digo de aquel que dicen
que se engendró en Tordesillas y nació en
Tarragona. Pues en verdad que no te he
dar este contento, que puesto que los agravios
despiertan la cólera en los más humildes
pechos, en el mío ha de padecer excepción esta
regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del
mentecato y del atrevido; pero no me pasa
por el pensamiento: castíguele su pecado, con
su pan se lo coma y allá se lo haya.
  Lo que no he podido dejar de sentir es que
me note de viejo y de manco, como si hubiera
sido en mi mano haber detenido el tiempo
que no pasase por mí, o si mi manquedad
hubiera nacido en alguna taberna, sino en la
más alta ocasión que vieron los siglos pasados,
los presentes, ni esperan ver los venideros.
Si mis heridas no resplandecen en los ojos
de quien las mira, son estimadas, a lo menos,
en la estimación de los que saben dónde se
cobraron; que el soldado más bien parece
muerto en la batalla que libre en la fuga, y
es esto en mí de manera, que si ahora me
propusieran y facilitaran un imposible, quisiera
antes haberme hallado en aquella facción
prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin
haberme hallado en ella. Las que el soldado
muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son
que guían a los demás al cielo de la honra, y
al de desear la justa alabanza, y hase de
advertir que no se escribe con las canas, sino con
el entendimiento, el cual suele mejorarse con
los años.
  He sentido también que me llame envidioso,
y que, como a ignorante, me describa qué cosa
sea la envidia; que en realidad de verdad,
de dos que hay yo no conozco sino a la santa,
a la noble y bien intencionada. Y siendo esto
así, como lo es, no tengo yo de perseguir a
ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura
ser familiar del Santo Oficio, y si él lo
dijo, por quien parece que lo dijo, engañóse
de todo en todo; que del tal adoro el ingenio,
admiro las obras y la ocupación continua y
virtuosa. Pero, en efecto, le agradezco a este
señor autor el decir que mis Novelas son más
satíricas que ejemplares, pero que son buenas;
y no lo pudieran ser si no tuvieran de todo.
  Paréceme que me dices que ando muy
limitado y que me contengo mucho en los
términos de mi modestia, sabiendo que no se ha
añadir aflicción al afligido, y que la que debe
de tener este señor sin duda es grande, pues
no osa parecer a campo abierto y al cielo
claro, encubriendo su nombre, fingiendo su
patria, como si hubiera hecho alguna traición
de lesa majestad. Si por ventura llegares a
conocerle, dile de mi parte que no me tengo
por agraviado; que bien sé lo que son
tentaciones del demonio, y que una de las mayores
es ponerle a un hombre en el entendimiento
que puede componer e imprimir un libro con
que gane tanta fama como dineros, y tantos
dineros cuanta fama, y para confirmación de esto
quiero que en tu buen donaire y gracia le
cuentes este cuento.
  Había en Sevilla un loco que dio en el más
gracioso disparate y tema que dio loco en el
mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña
puntiagudo en el fin, y, en cogiendo algún perro
en la calle, o en cualquiera otra parte, con el
un pie le cogía el suyo, y el otro le alzaba con
la mano, y como mejor podía le acomodaba el
cañuto en la parte que, soplándole, le ponía
redondo como una pelota, y, en teniéndolo
de esta suerte, le daba dos palmaditas en la
barriga y le soltaba, diciendo a los circunstantes,
que siempre eran muchos: “¿Pensarán vuestras
mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un
perro?” “¿Pensará vuestra merced ahora que es
poco trabajo hacer un libro?” --Y si este cuento
no le cuadrare, dirásle, lector amigo, éste,
que también es de loco y de perro.
  Había en Córdoba otro loco que tenía por
costumbre de traer encima de la cabeza un
pedazo de losa de mármol, o un canto no muy
liviano, y, en topando algún perro descuidado,
se le ponía junto, y a plomo dejaba caer
sobre él el peso. Amohinábase el perro y,
dando ladridos y aullidos, no paraba en tres
calles.
  Sucedió, pues, que entre los perros que
descargó la carga, fue uno un perro de un
bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó el
canto, diole en la cabeza, alzó el grito el
molido perro, violo y sintiólo su amo, asió de una
vara de medir y salió al loco, y no le dejó
hueso sano; y cada palo que le daba decía:
  “Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel,
que era podenco mi perro?”
  Y, repitiéndole el nombre de podenco
muchas veces, envió al loco hecho una alheña.
Escarmentó el loco y retiróse, y en más de un
mes no salió a la plaza, al cabo del cual
tiempo volvió con su invención y con más carga.
Llegábase donde estaba el perro y, mirándole
muy bien de hito en hito y, sin querer ni
atreverse a descargar la piedra, decía: “Este es
podenco; guarda.” En efecto, todos cuantos
perros topaba, aunque fuesen alanos o gozques,
decía que eran podencos, y así, no soltó
más el canto.
  Quizá de esta suerte le podrá acontecer a
este historiador, que no se atreverá a soltar
más la presa de su ingenio en libros que, en
siendo malos, son más duros que las peñas.
  Dile también que de la amenaza que me
hace, que me ha de quitar la ganancia con su
libro, no se me da un ardite; que acomodándome
al entremés famoso de La Perendenga,
le respondo que me viva el Veinticuatro
mi señor, y Cristo con todos. Viva el gran
Conde de Lemos, cuya cristiandad y liberalidad
bien conocida contra todos los golpes de
mi corta fortuna me tiene en pie, y vívame la
suma caridad del ilustrísimo de Toledo don
Bernardo de Sandoval y Rojas, y siquiera
no haya imprentas en el mundo, y siquiera se
impriman contra mí más libros que tienen
letras las coplas de Mingo Revulgo. Estos dos
príncipes, sin que los solicite adulación mía, ni
otro género de aplauso, por sola su bondad,
han tomado a su cargo el hacerme merced
y favorecerme; en lo que me tengo por más
dichoso y más rico que si la fortuna por camino
ordinario me hubiera puesto en su cumbre.
La honra puédela tener el pobre, pero no el
vicioso: la pobreza puede anublar a la nobleza,
pero no oscurecerla del todo; pero como la
virtud dé alguna luz de sí, aunque sea por los
inconvenientes y resquicios de la estrechez,
viene a ser estimada de los altos y nobles
espíritus, y, por el consiguiente, favorecida.
  Y no le digas más, ni yo quiero decirte más
a ti, sino advertirte que consideres que esta
Segunda parte de don Quijote que te ofrezco,
es cortada del mismo artífice y del mismo paño
que la primera, y que en ella te doy a don
Quijote dilatado y, finalmente, muerto y
sepultado, porque ninguno se atreva a levantarle
nuevos testimonios, pues bastan los pasados,
y basta también que un hombre honrado haya
dado noticia de estas discretas locuras, sin querer
de nuevo entrarse en ellas; que la abundancia
de las cosas, aunque sean buenas, hace que no
se estimen, y la carestía, aun de las malas, se
estima en algo. Olvídaseme de decirte, que
esperes el Persiles que ya estoy acabando y la
Segunda parte de Galatea.


        DEDICATORIA AL CONDE DE LEMOS

  Enviando a Vuestra Excelencia los días
pasados mis Comedias, antes impresas que
representadas, si bien me acuerdo, dije que
don Quijote quedaba calzadas las espuelas
para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia,
y ahora digo que se las ha calzado y se ha
puesto en camino, y si él allá llega me parece
que habré hecho algún servicio a Vuestra
Excelencia, porque es mucha la prisa que de
infinitas partes me dan a que le envíe, para
quitar el hámago y la náusea que ha causado otro
Don Quijote, que con nombre de segunda parte
se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que
más ha mostrado desearle ha sido el grande
Emperador de la China, pues en lengua chinesca
habrá un mes que me escribió una carta
con un propio, pidiéndome, o por mejor decir,
suplicándome, se le enviase porque quería
fundar un colegio donde se leyese la lengua
castellana, y quería que el libro que se leyese
fuese el de la historia de don Quijote;
juntamente con esto me decía que fuese yo a ser
el Rector del tal colegio.
  Preguntéle al portador si su majestad le
había dado para mí alguna ayuda de costa.
Respondióme que ni por pensamiento.
  “Pues, hermano”, le respondí yo, “vos os
podéis volver a vuestra China a las diez o a las
veinte o a las que venís despachado, porque yo
no estoy con salud para ponerme en tan largo
viaje. Además, que, sobre estar enfermo, estoy
muy sin dineros, y, emperador por emperador
y monarca por monarca, en Nápoles tengo al
grande Conde de Lemos, que, sin tantos titulillos
de colegios ni rectorías, me sustenta, me
ampara y hace más merced que la que yo
acierto a desear.”
  Con esto le despedí, y con esto me despido,
ofreciendo a Vuestra Excelencia Los trabajos
de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré
fin dentro de cuatro meses, Deo volente; el cual
ha de ser, o el más malo, o el mejor que en
nuestra lengua se haya compuesto, quiero
decir de los de entretenimiento, y digo que me
arrepiento de haber dicho el más malo, porque
según la opinión de mis amigos ha de llegar al
extremo de bondad posible.
  Venga Vuestra Excelencia con la salud que
es deseado, que ya estará Persiles para besarle
las manos, y yo, los pies, como criado que soy
de Vuestra Excelencia.
  De Madrid, último de octubre de mil
seiscientos y quince.
  Criado de Vuestra Excelencia,

              Miguel de Cervantes Saavedra.


               Capítulo primero

  De lo que el cura y el barbero pasaron con
     don Quijote cerca de su enfermedad.

  Cuenta Cide Hamete Benengeli en la segunda
parte de esta historia, y tercera salida de
don Quijote, que el cura y el barbero se
estuvieron casi un mes sin verle, por no renovarle
y traerle a la memoria las cosas pasadas.
Pero no por esto dejaron de visitar a su
sobrina y a su ama, encargándolas tuviesen cuenta
con regalarle, dándole a comer cosas confortativas
y apropiadas para el corazón y el cerebro,
de donde procedía, según buen discurso, toda
su mala ventura. Las cuales dijeron que así
lo hacían, y lo harían con la voluntad y
cuidado posible, porque echaban de ver que su
señor por momentos iba dando muestras de
estar en su entero juicio, de lo cual recibieron
los dos gran contento por parecerles que habían
acertado en haberle traído encantado en el
carro de los bueyes, como se contó en la
primera parte de esta tan grande como puntual
historia, en su último capítulo. Y, así,
determinaron de visitarle y hacer experiencia de su
mejoría, aunque tenían casi por imposible que
la tuviese, y acordaron de no tocarle en
ningún punto de la andante caballería, por no
ponerse a peligro de descoser los de la herida,
que tan tiernos estaban.
  Visitáronle, en fin, y halláronle sentado en
la cama, vestida una almilla de bayeta verde,
con un bonete colorado toledano, y estaba tan
seco y amojamado, que no parecía sino hecho
de carne momia. Fueron de él muy bien
recibidos, preguntáronle por su salud, y él dio
cuenta de sí y de ella con mucho juicio y con
muy elegantes palabras. Y en el discurso de
su plática vinieron a tratar en esto que llaman
razón de estado y modos de gobierno,
enmendando este abuso y condenando aquél;
reformando una costumbre y desterrando otra,
haciéndose cada uno de los tres un nuevo
legislador, un Licurgo moderno o un Solón
flamante; y de tal manera renovaron la república,
que no pareció sino que la habían puesto
en una fragua y sacado otra de la que pusieron;
y habló don Quijote con tanta discreción
en todas las materias que se tocaron, que los
dos examinadores creyeron indubitablemente
que estaba del todo bueno y en su entero
juicio.
  Halláronse presentes a la plática la sobrina
y ama, y no se hartaban de dar gracias a Dios
de ver a su señor con tan buen entendimiento;
pero el cura, mudando el propósito primero,
que era de no tocarle en cosa de caballerías,
quiso hacer de todo en todo experiencia si la
sanidad de don Quijote era falsa o verdadera.
Y así, de lance en lance vino a contar algunas
nuevas que habían venido de la corte, y, entre
otras, dijo que se tenía por cierto que el
Turco bajaba con una poderosa armada, y que no
se sabía su designio, ni adónde había de
descargar tan gran nublado, y con este temor, con
que casi cada año nos toca arma, estaba puesta
en ella toda la cristiandad, y su majestad
había hecho proveer las costas de Nápoles y
Sicilia y la isla de Malta.
  A esto respondió don Quijote:
  “Su majestad ha hecho como prudentísimo
guerrero en proveer sus estados con tiempo
porque no le halle desapercibido el enemigo,
pero si se tomara mi consejo, aconsejárale yo
que usara de una prevención, de la cual su
majestad la hora de ahora debe estar muy
ajeno de pensar en ella.”
  Apenas oyó esto el cura, cuando dijo
entre sí:
  “Dios te tenga de su mano, pobre don
Quijote, que me parece que te despeñas de la
alta cumbre de tu locura hasta el profundo
abismo de tu simplicidad.”
  Mas el barbero, que ya había dado en el
mismo pensamiento que el cura, preguntó a
don Quijote cuál era la advertencia de la
prevención que decía era bien se hiciese;
quizá podría ser tal, que se pusiese en la lista
de los muchos advertimientos impertinentes
que se suelen dar a los príncipes.
  “El mío, señor rapador”, dijo don Quijote,
“no será impertinente, sino perteneciente.”
  “No lo digo por tanto”, replicó el barbero,
“sino porque tiene mostrado la experiencia
que todos o los más arbitrios, que se dan a su
majestad, o son imposibles o disparatados,
o en daño del rey o del reino.”
  “Pues el mío”, respondió don Quijote, “ni
es imposible ni disparatado, sino el más fácil,
el más justo y el más mañero y breve que
puede caber en pensamiento de arbitrante alguno.”
  “Ya tarda en decirle vuestra merced, señor
don Quijote”, dijo el cura.
  “No querría”, dijo don Quijote, “que le
dijese yo aquí ahora, y amaneciese mañana
en los oídos de los señores consejeros, y se
llevase otro las gracias y el premio de mi
trabajo.”
  “Por mí”, dijo el barbero, “doy la palabra,
para aquí y para delante de Dios, de no decir
lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque,
ni a hombre terrenal: juramento que aprendí
del romance del cura que en el prefacio avisó
al rey del ladrón que le había robado las cien
doblas y la su mula la andariega.”
  “No sé historias”, dijo don Quijote, “pero
sé que es bueno ese juramento, en fe de que
sé que es hombre de bien el señor barbero.”
  “Cuando no lo fuera”, dijo el cura, “yo le
abono y salgo por él, que en este caso no
hablará más que un mudo, so pena de pagar
lo juzgado y sentenciado.”
  “Y a vuestra merced ¿quién le fía, señor
cura?”, dijo don Quijote.
  “Mi profesión”, respondió el cura, “que es
de guardar secreto.”
  “¡Cuerpo de tal!”, dijo a esta sazón don
Quijote. “¿Hay más sino mandar su majestad por
público pregón que se junten en la corte para
un día señalado todos los caballeros andantes
que vagan por España, que aunque no
viniesen sino media docena, tal podría venir
entre ellos que solo bastase a destruir toda
la potestad del Turco? Esténme vuestras
mercedes atentos y vayan conmigo. ¿Por ventura,
es cosa nueva deshacer un solo caballero
andante un ejército de doscientos mil hombres,
como si todos juntos tuvieran una sola garganta,
o fueran hechos de alfeñique? Si no, díganme,
¿cuántas historias están llenas de estas
maravillas? ¡Había, en hora mala para mí, que
no quiero decir para otro, de vivir hoy el
famoso don Belianís o alguno de los del innumerable
linaje de Amadís de Gaula!; que si alguno
de éstos hoy viviera y con el Turco se afrontara,
a fe que no le arrendara la ganancia. Pero
Dios mirará por su pueblo y deparará alguno,
que, si no tan bravo como los pasados
andantes caballeros, a lo menos, no les será inferior
en el ánimo; y Dios me entiende y no digo
más.”
  “¡Ay!”, dijo a este punto la sobrina, “¡que
me maten, si no quiere mi señor volver a ser
caballero andante!”
  A lo que dijo don Quijote:
  “Caballero andante he de morir, y baje o
suba el Turco cuando él quisiere y cuan
poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios
me entiende.”
  A esta sazón dijo el barbero:
  “Suplico a vuestras mercedes que se me dé
licencia para contar un cuento breve que
sucedió en Sevilla, que, por venir aquí como de
molde, me da gana de contarle.”
  Dio la licencia don Quijote, y el cura y los
demás le prestaron atención, y él comenzó
de esta manera:
  “En la casa de los locos de Sevilla estaba un
hombre a quien sus parientes habían puesto allí
por falto de juicio; era graduado en cánones
por Osuna, pero aunque lo fuera por Salamanca,
según opinión de muchos, no dejara de
ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos
años de recogimiento se dio a entender que
estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta
imaginación escribió al arzobispo, suplicándole
encarecidamente, y con muy concertadas
razones, le mandase sacar de aquella miseria
en que vivía, pues por la misericordia de Dios
había ya cobrado el juicio perdido, pero que
sus parientes, por gozar de la parte de su
hacienda, le tenían allí, y, a pesar de la verdad,
querían que fuese loco hasta la muerte.
  ”El arzobispo, persuadido de muchos billetes
concertados y discretos, mandó a un capellán
suyo se informase del rector de la casa si era
verdad lo que aquel licenciado le escribía, y
que asimismo hablase con el loco, y que si
le pareciese que tenía juicio, le sacase y
pusiese en libertad. Hízolo así el capellán, y el
rector le dijo que aquel hombre aún se estaba
loco; que puesto que hablaba muchas veces
como persona de grande entendimiento, al
cabo disparaba con tantas necedades, que en
muchas y en grandes igualaban a sus primeras
discreciones, como se podía hacer la experiencia
hablándole. Quiso hacerla el capellán, y,
poniéndole con el loco, habló con él una hora y
más, y en todo aquel tiempo jamás el loco dijo
razón torcida ni disparatada, antes habló tan
atentadamente que el capellán fue forzado a
creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras
cosas que el loco le dijo fue que el rector le
tenía ojeriza, por no perder los regalos que sus
parientes le hacían por que dijese que aún
estaba loco, y con lúcidos intervalos, y que el
mayor contrario que en su desgracia tenía era
su mucha hacienda, pues por gozar de ella sus
enemigos ponían dolo y dudaban de la merced
que Nuestro Señor le había hecho en volverle
de bestia en hombre. Finalmente, él habló de
manera, que hizo sospechoso al rector, codiciosos
y desalmados a sus parientes, y a él tan
discreto, que el capellán se determinó a
llevársele consigo, a que el arzobispo le viese y
tocase con la mano la verdad de aquel
negocio.
  ”Con esta buena fe, el buen capellán pidió
al rector mandase dar los vestidos con que allí
había entrado el licenciado; volvió a decir el
rector que mirase lo que hacía, porque sin duda
alguna el licenciado aún se estaba loco. No
sirvieron de nada para con el capellán las
prevenciones y advertimientos del rector para que
dejase de llevarle; obedeció el rector, viendo
ser orden del arzobispo. Pusieron al licenciado
sus vestidos, que eran nuevos y decentes, y
como él se vio vestido de cuerdo y desnudo
de loco, suplicó al capellán que por caridad le
diese licencia para ir a despedirse de sus
compañeros los locos; el capellán dijo que él le
quería acompañar y ver los locos que en la
casa había. Subieron, en efecto, y con ellos
algunos que se hallaron presentes, y llegado el
licenciado a una jaula adonde estaba un loco
furioso, aunque entonces sosegado y quieto,
le dijo:
  «Hermano mío, mire si me manda algo, que
»me voy a mi casa; que ya Dios ha sido servido
»por su infinita bondad y misericordia, sin yo
»merecerlo, de volverme mi juicio. Ya estoy
»sano y cuerdo, que acerca del poder de Dios
»ninguna cosa es imposible; tenga grande
»esperanza y confianza en El, que pues a mí me
»ha vuelto a mi primero estado, también le volverá
»a él, si en El confía. Yo tendré cuidado de
»enviarle algunos regalos que coma, y cómalos
»en todo caso, que le hago saber que imagino,
»como quien ha pasado por ello, que todas
»nuestras locuras proceden de tener los
»estómagos vacíos y los cerebros llenos de aire;
»esfuércese, esfuércese, que el descaecimiento
»en los infortunios apoca la salud y acarrea la
»muerte.»
  ”Todas estas razones del licenciado escuchó
otro loco que estaba en otra jaula, frontero de
la del furioso, y levantándose de una estera
vieja, donde estaba echado y desnudo en cueros,
preguntó a grandes voces quién era el que
se iba sano y cuerdo; el licenciado respondió:
  «Yo soy, hermano, el que me voy; que ya no
»tengo necesidad de estar más aquí, por lo que
»doy infinitas gracias a los cielos que tan
»grande merced me han hecho.»
  «Mirad lo que decís, licenciado, no os engañe
»el diablo», replicó el loco; «sosegad el pie y
»estaos quedito en vuestra casa y ahorraréis la
»vuelta.»
  «Yo sé que estoy bueno», replicó el
licenciado, «y no habrá para qué tornar a andar
»estaciones.»
  «¿Vos bueno?», dijo el loco; «ahora bien, ello
»dirá. Andad con Dios, pero yo os voto a Júpiter,
»cuya majestad yo represento en la tierra, que
»por solo este pecado que hoy comete Sevilla en
»sacaros de esta casa y en teneros por cuerdo,
»tengo de hacer un tal castigo en ella, que quede
»memoria de él por todos los siglos de los siglos,
»amén. ¿No sabes tú, licenciadillo menguado,
»que lo podré hacer, pues, como digo, soy Júpiter
»Tonante, que tengo en mis manos los rayos
»abrasadores con que puedo y suelo amenazar
»y destruir el mundo? Pero con sola una cosa
»quiero castigar a este ignorante pueblo, y es
»con no llover en él, ni en todo su distrito y
»contorno, por tres enteros años, que se han de
»contar desde el día y punto en que ha sido
»hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, tú
»sano, tú cuerdo; y yo loco, y yo enfermo, y yo
»atado? Así pienso llover como pensar
»ahorcarme.»
  ”A las voces y a las razones del loco
estuvieron los circunstantes atentos; pero nuestro
licenciado, volviéndose a nuestro capellán y
asiéndole de las manos, le dijo:
  «No tenga vuestra merced pena, señor mío,
»ni haga caso de lo que este loco ha dicho; que
»si él es Júpiter y no quisiere llover, yo que soy
»Neptuno, el padre y el dios de las aguas,
»lloveré todas las veces que se me antojare y
»fuere menester.»
  ”A lo que respondió el capellán:
  «Con todo eso, señor Neptuno, no será bien
»enojar al señor Júpiter. Vuestra merced se
»quede en su casa; que otro día, cuando haya más
»comodidad y más espacio, volveremos por
»vuestra merced.»
  ”Riose el rector y los presentes, por cuya risa
se medio corrió el capellán; desnudaron al
licenciado, quedóse en casa y acabóse el
cuento.”
  “Pues ¿éste es el cuento, señor barbero”, dijo
don Quijote, “que, por venir aquí como de molde,
no podía dejar de contarle? ¡Ah, señor rapista,
señor rapista, y cuán ciego es aquel que no
ve por tela de cedazo! Y ¿es posible que
vuestra merced no sabe que las comparaciones que
se hacen de ingenio a ingenio, de valor a valor,
de hermosura a hermosura y de linaje a linaje
son siempre odiosas y mal recibidas? Yo, señor
barbero, no soy Neptuno el dios de las aguas,
ni procuro que nadie me tenga por discreto, no
lo siendo. Sólo me fatigo por dar a entender al
mundo en el error en que está, en no renovar
en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la
orden de la andante caballería; pero no es
merecedora la depravada edad nuestra de gozar
tanto bien como el que gozaron las edades
donde los andantes caballeros tomaron a su
cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa
de los reinos, el amparo de las doncellas, el
socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo
de los soberbios y el premio de los humildes.
Los más de los caballeros que ahora se usan,
antes les crujen los damascos, los brocados y
otras ricas telas de que se visten, que la malla
con que se arman; ya no hay caballero que
duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo,
armado de todas armas desde los pies a la
cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies
de los estribos, arrimado a su lanza, sólo
procure descabezar, como dicen, el sueño como
lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay
ninguno que saliendo de este bosque entre en
aquella montaña, y de allí, pise una estéril y
desierta playa del mar, las más veces proceloso
y alterado; y, hallando en ella y en su orilla
un pequeño batel sin remos, vela, mástil, ni
jarcia alguna, con intrépido corazón se arroje
en él, entregándose a las implacables olas del
mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le
bajan al abismo, y él, puesto el pecho a la
incontrastable borrasca, cuando menos se cata,
se halla tres mil y más leguas distante del
lugar donde se embarcó. Y, saltando en tierra
remota y no conocida le suceden cosas dignas
de estar escritas, no en pergaminos, sino en
bronces.
  ”Mas ahora ya triunfa la pereza de la diligencia,
la ociosidad del trabajo, el vicio de la
virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica
de la práctica de las armas, que sólo vivieron
y resplandecieron en las edades del oro y en
los andantes caballeros. Si no, díganme, ¿quién
más honesto y más valiente que el famoso
Amadís de Gaula? ¿Quién más discreto que
Palmerín de Inglaterra? ¿Quién más acomodado
y manual que Tirante el Blanco? ¿Quién
más galán que Lisuarte de Grecia? ¿Quién más
acuchillado ni acuchillador que don Belianís?
¿Quién más intrépido que Perión de Gaula?
O ¿quién más acometedor de peligros que
Felixmarte de Hircania? O ¿quién más sincero
que Esplandián? ¿Quién más arrojado que don
Cirongilio de Tracia? ¿Quién más bravo
que Rodamonte? ¿Quién más prudente que el
rey Sobrino? ¿Quién más atrevido que
Reinaldos? ¿Quién más invencible que Roldán? Y
¿quién más gallardo y más cortés que Rugero,
de quien descienden hoy los duques de Ferrara,
según Turpín en su Cosmografía?
  ”Todos estos caballeros, y otros muchos que
pudiera decir, señor cura, fueron caballeros
andantes, luz y gloria de la caballería. De éstos,
o tales como éstos, quisiera yo que fueran los
de mi arbitrio, que a serlo, su majestad se
hallara bien servido, y ahorrara de mucho gasto,
y el Turco se quedara pelando las barbas; y,
con esto, no quiero quedar en mi casa, pues
no me saca el capellán de ella, y [si] Júpiter,
como ha dicho el barbero, no lloviere, aquí
estoy yo que lloveré cuando se me antojare.
Digo esto, porque sepa el señor Bacía que le
entiendo.”
  “En verdad, señor don Quijote”, dijo el
barbero, “que no lo dije por tanto, y así me
ayude Dios como fue buena mi intención, y que
no debe vuestra merced sentirse.”
  “Si puedo sentirme o no”, respondió don
Quijote “yo me lo sé.”
  A esto dijo el cura:
  “Aun bien que yo casi no he hablado palabra
hasta ahora, y no quisiera quedar con un
escrúpulo que me roe y escarba la conciencia,
nacido de lo que aquí el señor don Quijote ha
dicho.”
  “Para otras cosas más”, respondió don Quijote,
“tiene licencia el señor cura, y así puede
decir su escrúpulo, porque no es de gusto andar
con la conciencia escrupulosa.”
  “Pues con ese beneplácito”, respondió el
cura, “digo que mi escrúpulo es que no me
puedo persuadir en ninguna manera a que
toda la caterva de caballeros andantes que
vuestra merced, señor don Quijote, ha referido,
hayan sido real y verdaderamente personas de
carne y hueso en el mundo; antes imagino
que todo es ficción, fábula y mentira, y sueños
contados por hombres despiertos o, por mejor
decir, medio dormidos.”
  “Ese es otro error”, respondió don Quijote,
“en que han caído muchos que no creen que
haya habido tales caballeros en el mundo, y yo
muchas veces, con diversas gentes y ocasiones,
he procurado sacar a la luz de la verdad este
casi común engaño; pero algunas veces no he
salido con mi intención y otras sí, sustentándola
sobre los hombros de la verdad, la cual
verdad es tan cierta, que estoy por decir que con
mis propios ojos vi a Amadís de Gaula, que
era un hombre alto de cuerpo, blanco de rostro,
bien puesto de barba, aunque negra, de vista
entre blanda y rigurosa, corto de razones, tardo
en airarse y presto en deponer la ira. Y del
modo que he delineado a Amadís, pudiera, a
mi parecer, pintar y [describir] todos cuantos
caballeros andantes andan en las historias en
el orbe; que por la aprensión que tengo de
que fueron como sus historias cuentan, y por
las hazañas que hicieron y condiciones que
tuvieron, se pueden sacar por buena filosofía
sus facciones, sus colores y estaturas.”
  “¿Qué tan grande le parece a vuestra merced,
mi señor don Quijote”, preguntó el barbero,
“debía de ser el gigante Morgante?”
  “En esto de gigantes”, respondió don Quijote,
“hay diferentes opiniones, si los ha habido o
no en el mundo: pero la Santa Escritura, que
no puede faltar un átomo en la verdad, nos
muestra que los hubo, contándonos la historia
de aquel filisteazo de Golías, que tenía siete
codos y medio de altura, que es una desmesurada
grandeza. También en la isla de Sicilia se
han hallado canillas y espaldas tan grandes,
que su grandeza manifiesta que fueron gigantes
sus dueños, y tan grandes, como grandes
torres, que la geometría saca esta verdad de
duda. Pero con todo esto no sabré decir con
certidumbre qué tamaño tuviese Morgante,
aunque imagino que no debió de ser muy
alto; y muéveme a ser de este parecer hallar en
la historia donde se hace mención particular
de sus hazañas, que muchas veces dormía
debajo de techado, y pues hallaba casa donde
cupiese, claro está que no era desmesurada
su grandeza.”
  “Así es”, dijo el cura.
  El cual, gustando de oírle decir tan grandes
disparates, le preguntó que qué sentía acerca
de los rostros de Reinaldos de Montalbán y de
don Roldán, y de los demás doce Pares de
Francia, pues todos habían sido caballeros
andantes.
  “De Reinaldos”, respondió don Quijote,
“me atrevo a decir que era ancho de rostro,
de color bermejo, los ojos bailadores y algo
saltados, puntoso y colérico en demasía, amigo
de ladrones y de gente perdida; de Roldán
o Rotolando u Orlando, que con todos estos
nombres le nombran las historias, soy de parecer,
y me afirmo, que fue de mediana estatura,
ancho de espaldas, algo estevado, moreno de
rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y
de vista amenazadora, corto de razones, pero
muy comedido y bien criado.”
  “Si no fue Roldán más gentilhombre que
vuestra merced ha dicho”, replicó el cura, “no
fue maravilla que la señora Angélica la Bella
le desdeñase y dejase por la gala, brío y
donaire que debía de tener el morillo
barbiponiente a quien ella se entregó, y anduvo
discreta de adamar antes la blandura de Medoro,
que la aspereza de Roldán.”
  “Esa Angélica”, respondió don Quijote,
“señor cura, fue una doncella distraída,
andariega y algo antojadiza, y tan lleno dejó
el mundo de sus impertinencias como de la
fama de su hermosura: despreció mil señores,
mil valientes y mil discretos, y contentóse con
un pajecillo barbilucio, sin otra hacienda ni
nombre que el que le pudo dar de agradecido
la amistad que guardó a su amigo. El gran
cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no
atreverse o por no querer cantar lo que a esta
señora le sucedió después de su ruin entrego,
que no debieron ser cosas demasiadamente
honestas, la dejó, donde dijo:

        Y como del Catay recibió el cetro,
      quizá otro cantará con mejor plectro.

  ”Y, sin duda, que esto fue como profecía, que
los poetas también se llaman vates, que quiere
decir adivinos; vese esta verdad clara: porque
después acá un famoso poeta andaluz lloró
y cantó sus lágrimas, y otro famoso y único
poeta castellano cantó su hermosura.”
  “Dígame, señor don Quijote”, dijo a esta
sazón el barbero, “¿no ha habido algún poeta
que haya hecho alguna sátira a esa señora
Angélica entre tantos como la han alabado?”
  “Bien creo yo”, respondió don Quijote, “que
si Sacripante o Roldán fueran poetas, que ya
me hubieran jabonado a la doncella, porque
es propio y natural de los poetas desdeñados
y no admitidos de sus damas --fingidas, o
[no] fingidas-- en efecto, de aquéllas a quien
ellos escogieron por señoras de sus pensamientos,
vengarse con sátiras y libelos, venganza,
por cierto, indigna de pechos generosos; pero
hasta ahora no ha llegado a mi noticia ningún
verso infamatorio contra la señora Angélica,
que trajo revuelto el mundo.”
  “Milagro”, dijo el cura.
  Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina,
que ya habían dejado la conversación, daban
grandes voces en el patio, y acudieron todos
al ruido.


                 Capítulo II

Que trata de la notable pendencia que
  Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de
  don Quijote, con otros sujetos graciosos.

  Cuenta la historia que las voces que oyeron
don Quijote, el cura y el barbero eran de
la sobrina y ama, que las daban, diciendo a
Sancho Panza, que pugnaba por entrar a ver a
don Quijote, y ellas le defendían la puerta:
  “¿Qué quiere este mostrenco en esta casa?
Idos a la vuestra, hermano; que vos sois, y
no otro, el que distrae y sonsaca a mi señor y
le lleva por esos andurriales.”
  A lo que Sancho respondió:
  “Ama de Satanás, el sonsacado y el distraído
y el llevado por esos andurriales soy
yo, que no tu amo; él me llevó por esos
mundos, y vosotras os engañáis en la mitad del
justo precio. El me sacó de mi casa con
engañifas, prometiéndome una ínsula, que hasta
ahora la espero.”
  “Malas ínsulas te ahoguen”, respondió la
sobrina, “Sancho maldito, y ¿qué son ínsulas?
¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilón,
que tú eres?”
  “No es de comer”, replicó Sancho, “sino de
gobernar y regir mejor que cuatro ciudades
y que cuatro alcaldes de corte.”
  “Con todo eso”, dijo el ama, “no entraréis
acá, saco de maldades y costal de malicias; id
a gobernar vuestra casa y a labrar vuestros
pegujares, y dejaos de pretender ínsulas ni
ínsulos.”
  Grande gusto recibían el cura y el barbero
de oír el coloquio de los tres; pero don
Quijote, temeroso que Sancho se descosiese y
desbuchase algún montón de maliciosas
necedades y tocase en puntos que no le estarían
bien a su crédito, le llamó e hizo a las dos que
callasen y le dejasen entrar. Entró Sancho, y
el cura y el barbero se despidieron de don
Quijote, de cuya salud desesperaron, viendo
cuán puesto estaba en sus desvariados
pensamientos y cuán embebido en la simplicidad
de sus malandantes caballerías, y, así, dijo el
cura al barbero:
  “Vos veréis, compadre, cómo, cuando menos
lo pensemos, nuestro hidalgo sale otra vez a
volar la ribera.”
  “No pongo yo duda en eso”, respondió el
barbero; “pero no me maravillo tanto de la
locura del caballero como de la simplicidad del
escudero, que tan creído tiene aquello de la
ínsula, que creo que no se lo sacarán del casco
cuantos desengaños pueden imaginarse.”
  “Dios los remedie”, dijo el cura, “y
estemos a la mira: veremos en lo que para esta
máquina de disparates de tal caballero y de
tal escudero; que parece que los forjaron a los
dos en una misma turquesa, y que las locuras
del señor sin las necedades del criado no
valían un ardite.”
  “Así es”, dijo el barbero, “y holgara
mucho saber qué tratarán ahora los dos.”
  “Yo seguro”, respondió el cura, “que la
sobrina del ama nos lo cuenta después, que no
son de condición que dejarán de escucharlo.”
  En tanto, don Quijote se encerró con Sancho
en su aposento, y, estando solos, le dijo:
  “Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y
digas que yo fui el que te saqué de tus
casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis
casas; juntos salimos, juntos fuimos y juntos
peregrinamos; una misma fortuna y una misma
suerte ha corrido por los dos. Si a ti te
mantearon una vez, a mí me han molido ciento, y esto
es lo que te llevo de ventaja.”
  “Eso estaba puesto en razón”, respondió
Sancho, “porque, según vuestra merced dice,
más anejas son a los caballeros andantes las
desgracias que a sus escuderos.”
  “Engáñaste, Sancho”, dijo don Quijote,
“según aquello, cuando caput dolet, &c.”
  “No entiendo otra lengua que la mía”,
respondió Sancho.
  “Quiero decir”, dijo don Quijote, “que
cuando la cabeza duele, todos los miembros
duelen, y, así, siendo yo tu amo y señor, soy
tu cabeza y tú mi parte, pues eres mi criado, y
por esta razón el mal que a mí me toca o
tocare, a ti te ha de doler y a mí el tuyo.”
  “Así había de ser, dijo Sancho; “pero
cuando a mí me manteaban como a miembro, se
estaba mi cabeza detrás de las bardas,
mirándome volar por los aires, sin sentir dolor
alguno, y pues los miembros están obligados a
dolerse del mal de la cabeza, había de estar
obligada ella a dolerse de ellos.”
  “¿Querrás tú decir ahora, Sancho”, respondió
don Quijote, “que no me dolía yo cuando
a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas,
ni lo pienses, pues más dolor sentía yo entonces
en mi espíritu que tú en tu cuerpo; pero
dejemos esto aparte por ahora, que tiempo
habrá donde lo ponderemos y pongamos en su
punto. Y dime, Sancho amigo, ¿qué es lo que
dicen de mí por ese lugar, en qué opinión me
tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué
los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía,
qué de mis hazañas y qué de mi cortesía?
¿Qué se platica del asunto que he tomado
de resucitar y volver al mundo la ya olvidada
orden caballeresca? Finalmente, quiero, Sancho,
me digas lo que acerca de esto ha llegado
a tus oídos, y esto me has de decir, sin añadir
al bien ni quitar al mal cosa alguna; que de
los vasallos leales es decir la verdad a sus
señores en su ser y figura propia, sin que la
adulación la acreciente, u otro vano respeto la
disminuya. Y quiero que sepas, Sancho, que si
a los oídos de los príncipes llegase la verdad
desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros
siglos correrían, otras edades serían tenidas
por más de hierro que la nuestra, que entiendo
que de las que ahora se usan es la dorada;
sírvate este advertimiento, Sancho, para que
discreta y bienintencionadamente pongas en mis
oídos la verdad de las cosas que supieres de
lo que te he preguntado.”
  “Eso haré yo de muy buena gana, señor
mío”, respondió Sancho, “con condición que
vuestra merced no se ha de enojar de lo que
dijere, pues quiere que lo diga en cueros sin
vestirlo de otras ropas de aquéllas con que
llegaron a mi noticia.”
  “En ninguna manera me enojaré”, respondió
don Quijote; “bien puedes, Sancho, hablar
libremente y sin rodeo alguno.”
  “Pues lo primero que digo”, dijo, “es que
el vulgo tiene a vuestra merced por grandísimo
loco y a mí por no menos mentecato. Los
hidalgos dicen que, no conteniéndose vuestra
merced en los límites de la hidalguía, se ha
puesto don y se ha arremetido a caballero, con
cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un
trapo atrás y otro adelante. Dicen los
caballeros que no querrían que los hidalgos se
opusiesen a ellos, especialmente aquellos
hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y
toman los puntos de las medias negras con
seda verde.”
  “Eso”, dijo don Quijote, “no tiene que ver
conmigo, pues ando siempre bien vestido y
jamás remendado; roto, bien podría ser, y el
roto más de las armas que del tiempo.”
  “En lo que toca”, prosiguió Sancho, “a
la valentía, cortesía, hazañas y asunto de
vuestra merced, hay diferentes opiniones: unos
dicen «loco, pero gracioso»; otros, «valiente,
»pero desgraciado»; otros, «cortés, pero
»impertinente». Y por aquí van discurriendo en tantas
cosas, que ni a vuestra merced ni a mí nos
dejan hueso sano.”
  “Mira, Sancho”, dijo don Quijote, “dondequiera
que está la virtud en eminente grado,
es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos
varones que pasaron dejó de ser calumniado
de la malicia. Julio César, animosísimo,
prudentísimo y valentísimo capitán, fue notado
de ambicioso y algún tanto no limpio, ni
en sus vestidos ni en sus costumbres.
Alejandro, a quien sus hazañas le alcanzaron el
renombre de Magno, dicen de él que tuvo sus
ciertos puntos de borracho. De Hércules, el de
los muchos trabajos, se cuenta que fue lascivo
y muelle. De don Galaor, hermano de Amadís
de Gaula, se murmura que fue más que
demasiadamente rijoso, y de su hermano, que fue
llorón. Así que, oh Sancho, entre las tantas
calumnias de buenos bien pueden pasar las
mías, como no sean más de las que has dicho.”
  “Ahí está el toque, cuerpo de mi padre”,
replicó Sancho.
  “Pues ¿hay más?”, preguntó don Quijote.
  “Aún la cola falta por desollar”, dijo
Sancho: “lo de hasta aquí son tortas y pan
pintado. Mas si vuestra merced quiere saber todo lo
que hay acerca de las caloñas que le ponen,
yo le traeré aquí luego al momento quien se
las diga todas, sin que les falte una meaja; que
anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, que
viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller,
y, yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo
que andaba ya en libros la historia de vuestra
merced con nombre del Ingenioso Hidalgo don
Quijote de la Mancha. Y dice que me mientan
a mí en ella con mi mismo nombre de Sancho
Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con
otras cosas que pasamos nosotros a solas, que
me hice cruces de espantado, cómo las pudo
saber el historiador que las escribió.”
  “Yo te aseguro, Sancho”, dijo don Quijote,
“que debe de ser algún sabio encantador el
autor de nuestra historia; que a los tales no se
les encubre nada de lo que quieren escribir.”
  “Y ¡cómo”, dijo Sancho, “si era sabio y
encantador, pues --según dice el bachiller
Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho
tengo-- que el autor de la historia se llama
Cide Hamete Berenjena!”
  “Ese nombre es de moro”, respondió don
Quijote.
  “Así será”, respondió Sancho, “porque por
la mayor parte he oído decir que los moros
son amigos de berenjenas.”
  “Tú debes, Sancho”, dijo don Quijote,
“errarte en el sobrenombre de ese Cide, que
en arábigo quiere decir señor.”
  “Bien podría ser”, replicó Sancho; “mas si
vuestra merced gusta que yo le haga venir
aquí, iré por él en volandas.”
  “Harásme mucho placer, amigo”, dijo don
Quijote; “que me tiene suspenso lo que me
has dicho, y no comeré bocado que bien me
sepa hasta ser informado de todo.”
  “Pues yo voy por él”, respondió Sancho.
  Y, dejando a su señor, se fue a buscar al
bachiller, con el cual volvió de allí a poco
espacio, y entre los tres pasaron un graciosísimo
coloquio.


                 Capítulo III

Del ridículo razonamiento que pasó entre don
  Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón
  Carrasco.

  Pensativo además quedó don Quijote, esperando
al bachiller Carrasco, de quien esperaba
oír las nuevas de sí mismo puestas en libro
como había dicho Sancho, y no se podía persuadir
a que tal historia hubiese, pues aún no
estaba enjuta en la cuchilla de su espada la
sangre de los enemigos que había muerto, y ya
querían que anduviesen en estampa sus altas
caballerías. Con todo eso, imaginó que algún
sabio, o ya amigo [o] enemigo, por arte de
encantamiento las habrá dado a la estampa: si
amigo, para engrandecerlas y levantarlas sobre
las más señaladas de caballero andante; si
enemigo, para aniquilarlas y ponerlas debajo de
las más viles que de algún vil escudero se
hubiesen escrito, puesto, decía entre sí, que
nunca hazañas de escuderos se escribieron: y
cuando fuese verdad que la tal historia
hubiese, siendo de caballero andante, por fuerza
había de ser grandílocua, alta, insigne,
magnífica y verdadera.
  Con esto se consoló algún tanto, pero
desconsolóle pensar que su autor era moro, según
aquel nombre de Cide, y de los moros no se
podía esperar verdad alguna; porque todos son
embelecadores, falsarios y quimeristas. Temíase
no hubiese tratado sus amores con alguna
indecencia que redundase en menoscabo y
perjuicio de la honestidad de su señora Dulcinea
del Toboso. Deseaba que hubiese declarado
su fidelidad y el decoro que siempre la
había guardado, menospreciando reinas,
emperatrices y doncellas de todas calidades,
teniendo a raya los ímpetus de los naturales
movimientos; y, así, envuelto y revuelto en estas y
otras muchas imaginaciones, le hallaron Sancho
y Carrasco, a quien don Quijote recibió con
mucha cortesía.
  Era el bachiller, aunque se llamaba Sansón,
no muy grande de cuerpo, aunque muy gran
socarrón, de color macilenta, pero de muy buen
entendimiento; tendría hasta veinte y cuatro
años, carirredondo, de nariz chata y de boca
grande, señales todas de ser de condición
maliciosa y amigo de donaires y de burlas, como
lo mostró en viendo a don Quijote, poniéndose
delante de él de rodillas, diciéndole:
  “Déme vuestra grandeza las manos, señor
don Quijote de la Mancha; que por el hábito de
San Pedro que visto, aunque no tengo otras
órdenes que las cuatro primeras, que es vuestra
merced uno de los más famosos caballeros
andantes que ha habido, ni aun habrá en toda
la redondez de la tierra. Bien haya Cide Hamete
Benengeli que la historia de vuestras grandezas
dejó escritas, y rebién haya el curioso que
tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo
en nuestro vulgar castellano para universal
entretenimiento de las gentes.”
  Hízole levantar don Quijote, y dijo:
  “¿De esa manera verdad es que hay historia
mía, y que fue moro y sabio el que la compuso?”
  “Es tan verdad, señor”, dijo Sansón, “que
tengo para mí, que el día de hoy están impresos
más de doce mil libros de la tal historia;
si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia,
donde se han impreso, y aun hay fama que se
está imprimiendo en Amberes, y a mí se me
trasluce que no ha de haber nación ni lengua
donde no se traduzca.”
  “Una de las cosas”, dijo a esta sazón don
Quijote, “que más debe de dar contento a un
hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo,
andar con buen nombre por las lenguas de las
gentes, impreso y en estampa; dije con buen
nombre: porque siendo al contrario, ninguna
muerte se le igualara.”
  “Si por buena fama y si por buen nombre
va”, dijo el bachiller, “sólo vuestra merced
lleva la palma a todos los caballeros andantes;
porque el moro en su lengua y el cristiano en
la suya tuvieron cuidado de pintarnos muy al
vivo la gallardía de vuestra merced, el ánimo
grande en acometer los peligros, la paciencia
en las adversidades y el sufrimiento, así en
las desgracias como en las heridas, la
honestidad y continencia en los amores tan
platónicos de vuestra merced y de mi señora doña
Dulcinea del Toboso.”
  “Nunca”, dijo a este punto Sancho Panza, “he
oído llamar con don a mi señora Dulcinea, sino
solamente la señora Dulcinea del Toboso, y ya
en esto anda errada la historia.”
  “No es objeción de importancia ésa”,
respondió Carrasco.
  “No por cierto”, respondió don Quijote.
“Pero dígame vuestra merced, señor bachiller,
¿qué hazañas mías son las que más se ponderan
en esa historia?”
  “En eso”, respondió el bachiller, “hay
diferentes opiniones, como hay diferentes gustos:
unos se atienen a la aventura de los molinos
de viento, que a vuestra merced le parecieron
Briareos y gigantes; otros, a la de los batanes;
éste, a la descripción de los dos ejércitos, que
después parecieron ser dos manadas de carneros;
aquél encarece la del muerto que llevaban
a enterrar a Segovia; uno dice que a todas se
aventaja la de la libertad de los galeotes; otro,
que ninguna iguala a la de los dos gigantes
benitos, con la pendencia del valeroso
vizcaíno.”
  “Dígame, señor bachiller”, dijo a esta sazón
Sancho, “¿entra ahí la aventura de los
yangüeses, cuando a nuestro buen Rocinante se le
antojó pedir cotufas en el golfo?”
  “No se le quedó nada”, respondió Sansón,
“al sabio en el tintero; todo lo dice y todo lo
apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen
Sancho hizo en la manta.”
  “En la manta no hice yo cabriolas”, respondió
Sancho; “en el aire sí, y aun más de las
que yo quisiera.”
  “A lo que yo imagino”, dijo don Quijote,
“no hay historia humana en el mundo que no
tenga sus altibajos, especialmente las que
tratan de caballerías, las cuales nunca pueden
estar llenas de prósperos sucesos.”
  “Con todo eso”, respondió el bachiller,
“dicen algunos que han leído la historia, que se
holgaran se les hubiera olvidado a los autores
de ella algunos de los infinitos palos que
en diferentes encuentros dieron al señor don
Quijote.”
  “Ahí entra la verdad de la historia”, dijo
Sancho.
  “También pudieran callarlos por equidad”,
dijo don Quijote, “pues las acciones que ni
mudan, ni alteran la verdad de la historia, no
hay para qué escribirlas, si han de redundar en
menosprecio del señor de la historia. A fe que
no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le
pinta, ni tan prudente Ulises como le describe
Homero.”
  “Así es”, replicó Sansón; “pero uno es
escribir como poeta y otro como historiador; el
poeta puede contar o cantar las cosas, no como
fueron, sino como debían ser, y el historiador
las ha de escribir, no como debían ser, sino
como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad
cosa alguna.”
  “Pues si es que se anda a decir verdades
ese señor moro”, dijo Sancho, “a buen seguro
que entre los palos de mi señor se hallen
los míos; porque nunca a su merced le
tomaron la medida de las espaldas, que no me la
tomasen a mí de todo el cuerpo. Pero no hay
de qué maravillarme, pues como dice el mismo
señor mío, del dolor de la cabeza han de
participar los miembros.”
  “Socarrón sois, Sancho”, respondió don
Quijote; “a fe que no os falta memoria, cuando
vos queréis tenerla.”
  “Cuando yo quisiese olvidarme de los
garrotazos que me han dado”, dijo Sancho, “no
lo consentirán los cardenales, que aún se están
frescos en las costillas.”
  “Callad, Sancho”, dijo don Quijote, “y no
interrumpáis al señor bachiller, a quien suplico
pase adelante en decirme lo que se dice de
mí en la referida historia.”
  “Y de mí”, dijo Sancho; “que también dicen
que soy yo uno de los principales presonajes
de ella.”
  “Personajes, que no presonajes, Sancho
amigo”, dijo Sansón.
  “Otro reprochador de voquibles tenemos”,
dijo Sancho; “pues ándense a eso y no
acabaremos en toda la vida.”
  “Mala me la dé Dios, Sancho”, respondió el
bachiller, “si no sois vos la segunda persona
de la historia, y que hay tal que precia más
oíros hablar a vos que al más pintado de toda
ella, puesto que también hay quien diga que
anduvisteis demasiadamente de crédulo en creer
que podía ser verdad el gobierno de aquella
ínsula ofrecida por el señor don Quijote, que
está presente.”
  “Aún hay sol en las bardas”, dijo don
Quijote, “y mientras más fuere entrando en edad
Sancho, con la experiencia que dan los años,
estará más idóneo y más hábil para ser
gobernador, que no está ahora.”
  “Por Dios, señor”, dijo Sancho, “la isla que
yo no gobernase con los años que tengo, no
la gobernaré con los años de Matusalén; el
daño está en que la dicha ínsula se entretiene,
no sé dónde, y no en faltarme a mí el caletre
para gobernarla.”
  “Encomendadlo a Dios, Sancho”, dijo don
Quijote; “que todo se hará bien, y quizá mejor
de lo que vos pensáis; que no se mueve la
hoja en el árbol sin la voluntad de Dios.”
  “Así es verdad”, dijo Sansón, “que si Dios
quiere, no le faltarán a Sancho mil islas que
gobernar, cuanto más una.”
  “Gobernador he visto por ahí”, dijo Sancho,
“que a mi parecer no llegan a la suela de
mi zapato, y, con todo eso, los llaman señoría,
y se sirven con plata.”
  “Esos no son gobernadores de ínsulas”,
replicó Sansón, “sino de otros gobiernos más
manuales; que los que gobiernan ínsulas, por
lo menos, han de saber gramática.”
  “Con la grama bien me avendría yo”, dijo
Sancho, “pero con la tica ni me tiro ni me
pago, porque no la entiendo. Pero dejando
esto del gobierno en las manos de Dios, que
me eche a las partes donde más de mí se sirva,
digo, señor bachiller Sansón Carrasco, que
infinitamente me ha dado gusto que el autor de
la historia haya hablado de mí de manera, que
no enfadan las cosas que de mí se cuentan;
que a fe de buen escudero que si hubiera dicho
de mí cosas que no fueran muy de cristiano
viejo, como soy, que nos habían de oír los
sordos.”
  “Eso fuera hacer milagros”, respondió
Sansón.
  “Milagros o no milagros”, dijo Sancho,
“cada uno mire cómo habla o cómo escribe de
las personas, y no ponga a trochemoche lo
primero que le viene al magín.”
  “Una de las tachas que ponen a la tal historia”,
dijo el bachiller, “es que su autor puso
en ella una novela intitulada: El curioso
impertinente, no por mala ni por mal razonada,
sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que
ver con la historia de su merced del señor don
Quijote.”
  “Yo apostaré”, replicó Sancho, “que ha
mezclado el hideperro berzas con capachos.”
  “Ahora digo”, dijo don Quijote, “que no ha
sido sabio el autor de mi historia, sino algún
ignorante hablador que, a tiento y sin algún
discurso, se puso a escribirla, salga lo que
saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de
Ubeda, al cual preguntándole qué pintaba,
respondió: «Lo que saliere». Tal vez pintaba un
gallo de tal suerte y tan mal parecido, que era
menester que con letras góticas escribiese
junto a él: «éste es gallo». Y así debe de ser de
mi historia, que tendrá necesidad de comento
para entenderla.”
  “Eso no”, respondió Sansón; “porque es tan
clara, que no hay cosa que dificultar en ella. Los
niños la manosean, los mozos la leen, los
hombres la entienden y los viejos la celebran,
y, finalmente, es tan trillada y tan leída, y tan
sabida de todo género de gentes, que apenas
han visto algún rocín flaco, cuando dicen: «Allí
»va Rocinante», y los que más se han dado a su
lectura son los pajes. No hay antecámara de
señor, donde no se halle un Don Quijote; unos
le toman, si otros le dejan; éstos le embisten y
aquéllos le piden. Finalmente, la tal historia es
del más gustoso y menos perjudicial entretenimiento
que hasta ahora se haya visto; porque
en toda ella no se descubre, ni por semejas, una
palabra deshonesta, ni un pensamiento menos
que católico.”
  “A escribir de otra suerte”, dijo don Quijote,
“no fuera escribir verdades, sino mentiras, y
los historiadores que de mentiras se valen
habían de ser quemados, como los que hacen
moneda falsa, y no sé yo qué le movió al autor
a valerse de novelas y cuentos ajenos, habiendo
tanto que escribir en los míos; sin duda se
debió de atener al refrán: «De paja y de heno,
»&c.». Pues en verdad que en sólo manifestar
mis pensamientos, mis suspiros, mis lágrimas,
mis buenos deseos y mis acometimientos
pudiera hacer un volumen mayor, o tan
grande, que el que pueden hacer todas las
obras del Tostado. En efecto, lo que yo alcanzo,
señor bachiller, es que para componer historias
y libros de cualquier suerte que sean, es
menester un gran juicio y un maduro entendimiento;
decir gracias y escribir donaires es de
grandes ingenios. La más discreta figura de la
comedia es la del bobo, porque no lo ha de
ser el que quiere dar a entender que es simple.
La historia es como cosa sagrada, porque ha
de ser verdadera, y donde está la verdad está
Dios, en cuanto a verdad, pero no obstante esto
hay algunos que así componen y arrojan libros
de sí, como si fuesen buñuelos.”
  “No hay libro tan malo”, dijo el bachiller,
“que no tenga algo bueno.”
  “No hay duda en eso”, replicó don Quijote,
“pero muchas veces acontece, que los que
tenían méritamente granjeada y alcanzada gran
fama por sus escritos, en dándolos a la estampa,
la perdieron del todo, o la menoscabaron
en algo.”
  “La causa de eso es”, dijo Sansón, “que como
las obras impresas se miran despacio,
fácilmente se ven sus faltas, y tanto más se
escudriñan cuanto es mayor la fama del que las
compuso. Los hombres famosos por sus ingenios,
los grandes poetas, los ilustres historiadores,
siempre, o las más veces, son envidiados
de aquellos que tienen por gusto y por particular
entretenimiento juzgar los escritos ajenos,
sin haber dado algunos propios a la luz del
mundo.”
  “Eso no es de maravillar”, dijo don Quijote,
“porque muchos teólogos hay que no son
buenos para el púlpito, y son bonísimos para
conocer las faltas o sobras de los que
predican.”
  “Todo eso es así, señor don Quijote”,
dijo Carrasco; “pero quisiera yo que los tales
censuradores fueran más misericordiosos y menos
escrupulosos, sin atenerse a los átomos del
sol clarísimo de la obra de que murmuran,
que si aliquando bonus dormitat Homerus,
consideren lo mucho que estuvo despierto por
dar la luz de su obra con la menos sombra
que pudiese, y quizá podría ser que lo que a
ellos les parece mal, fuesen lunares que a las
veces acrecientan la hermosura del rostro que
los tiene, y, así, digo que es grandísimo el
riesgo a que se pone el que imprime un libro,
siendo de toda imposibilidad imposible
componerle tal, que satisfaga y contente a todos
los que le leyeren.”
  “El que de mí trata”, dijo don Quijote, “a
pocos habrá contentado.”
  “Antes es al revés”, [replicó Sansón], “que
como de stultorum infinitus est numerus,
infinitos son los que han gustado de la tal
historia. Y algunos han puesto falta y dolo en la
memoria del autor, pues se le olvida de contar
quién fue el ladrón que hurtó el rucio a Sancho,
que allí no se declara, y sólo se infiere de
lo escrito que se le hurtaron, y de allí a poco le
vemos a caballo sobre el mismo jumento, sin
haber parecido; también dicen que se le olvidó
poner lo que Sancho hizo de aquellos cien
escudos que halló en la maleta en Sierra Morena,
que nunca más los nombra, y hay muchos que
desean saber qué hizo de ellos, o en qué los
gastó, que es uno de los puntos sustanciales que
faltan en la obra.”
  Sancho respondió:
  “Yo, señor Sansón, no estoy ahora para
ponerme en cuentas ni cuentos; que me ha
tomado un desmayo de estómago, que si no le
reparo con dos tragos de lo añejo me pondrá
en la espina de Santa Lucía. En casa lo
tengo, mi oíslo me aguarda, en acabando de
comer daré la vuelta, y satisfaré a vuestra
merced y a todo el mundo de lo que preguntar
quisieren, así de la pérdida del jumento, como
del gasto de los cien escudos.”
  Y, sin esperar respuesta ni decir otra palabra,
se fue a su casa. Don Quijote pidió y rogó al
bachiller se quedase a hacer penitencia con
él; tuvo el bachiller el envite, quedóse,
añadióse al ordinario un par de pichones, tratóse
en la mesa de caballerías, siguióle el humor
Carrasco, acabóse el banquete, durmieron la
siesta, volvió Sancho y renovóse la plática
pasada.


                 Capítulo IV

Donde Sancho Panza satisface al bachiller
  Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas,
  con otros sucesos dignos de saberse y de
  contarse.

  Volvió Sancho a casa de don Quijote, y
volviendo al pasado razonamiento, dijo:
  “A lo que el señor Sansón dijo que se
deseaba saber quién, o cómo, o cuándo se me
hurtó el jumento, respondiendo digo, que la
noche misma que huyendo de la Santa Hermandad
nos entramos en Sierra Morena, después
de la aventura sin ventura de los galeotes,
y de la del difunto que llevaban a Segovia, mi
señor y yo nos metimos entre una espesura,
adonde mi señor, arrimado a su lanza, y yo
sobre mi rucio, molidos y cansados de las
pasadas refriegas, nos pusimos a dormir como si
fuera sobre cuatro colchones de pluma;
especialmente yo dormí con tan pesado sueño, que
quienquiera que fue tuvo lugar de llegar y
suspenderme sobre cuatro estacas que puso a
los cuatro lados de la albarda, de manera, que
me dejó a caballo sobre ella y me sacó debajo
de mí al rucio, sin que yo lo sintiese.”
  “Eso es cosa fácil”, [dijo Sansón], “y no
acontecimiento nuevo; que lo mismo le sucedió
a Sacripante cuando, estando en el cerco
de Albraca, con esa misma invención le sacó
el caballo de entre las piernas aquel famoso
ladrón llamado Brunelo.”
  “Amaneció”, prosiguió Sancho, “y apenas
me hube estremecido, cuando, faltando las
estacas, di conmigo en el suelo una gran caída,
miré por el jumento y no le vi, acudiéronme
lágrimas a los ojos e hice una lamentación,
que si no la puso el autor de nuestra historia,
puede hacer cuenta que no puso cosa buena.
Al cabo de no sé cuántos días, viniendo con la
señora princesa Micomicona, conocí mi asno,
y que venía sobre él en hábito de gitano aquel
Ginés de Pasamonte, aquel embustero y
grandísimo maleador que quitamos mi señor y
yo de la cadena.”
  “No está en eso el yerro”, replicó Sansón,
“sino en que antes de haber parecido el jumento,
dice el autor que iba a caballo Sancho en el
mismo rucio.”
  “A eso”, dijo Sancho, “no sé qué responder,
sino que el historiador se engañó o ya
sería descuido del impresor.”
  “Así es, sin duda”, dijo Sansón, “pero, ¿qué
se hicieron los cien escudos?; ¿deshiciéronse?”
  Respondió Sancho:
  “Yo los gasté en pro de mi persona y de la
de mi mujer y de mis hijos, y ellos han sido
causa de que mi mujer lleve en paciencia los
caminos y carreras que he andado sirviendo a
mi señor don Quijote; que si al cabo de tanto
tiempo volviera sin blanca y sin el jumento
a mi casa, negra ventura me esperaba. Y si hay
más que saber de mí, aquí estoy, que responderé
al mismo rey en persona, y nadie tiene para
qué meterse en si traje o no traje, si gasté o no
gasté; que si los palos que me dieron en estos
viajes se hubieran de pagar a dinero, aunque
no se tasaran sino a cuatro maravedís cada
uno, en otros cien escudos no había para
pagarme la mitad. Y cada uno meta la mano en
su pecho y no se ponga a juzgar lo blanco por
negro y lo negro por blanco; que cada uno es
como Dios le hizo, y aun peor muchas veces.”
  “Yo tendré cuidado”, dijo Carrasco, “de acusar
al autor de la historia que si otra vez la
imprimiere, no se le olvide esto que el buen
Sancho ha dicho, que será realzarla un buen
coto más de lo que ella se está.”
  “¿Hay otra cosa que enmendar en esa leyenda,
señor bachiller?”, preguntó don Quijote.
  “Sí debe de haber”, respondió él; “pero
ninguna debe de ser de la importancia de las ya
referidas.”
  “Y ¿por ventura”, dijo don Quijote, “promete
el autor segunda parte?”
  “Sí promete”, respondió Sansón; “pero dice
que no ha hallado ni sabe quién la tiene, y, así,
estamos en duda si saldrá o no. Y, así, por esto,
como porque algunos dicen: «Nunca segundas
»partes fueron buenas», y otros: «De las cosas de
»don Quijote bastan las escritas», se duda que
no ha de haber segunda parte, aunque algunos
que son más joviales que saturninos dicen:
«Vengan más quijotadas, embista don Quijote,
»y hable Sancho Panza, y sea lo que fuere; que
»con eso nos contentamos».”
  “Y ¿a qué se atiene el autor?”
  “A que”, respondió Sansón, “en hallando
que halle la historia que él va buscando con
extraordinarias diligencias, la dará luego a la
estampa, llevado más del interés que de darla
se le sigue, que de otra alabanza alguna.”
  A lo que dijo Sancho:
  “¿Al dinero y al interés mira el autor?
Maravilla será que acierte, porque no hará sino
harbar, harbar como sastre en vísperas de Pascuas,
y las obras que se hacen aprisa nunca se
acaban con la perfección que requieren. Atienda
ese señor moro, o lo que es, a mirar lo que
hace; que yo y mi señor le daremos tanto ripio
a la mano en materia de aventuras y de
sucesos diferentes, que pueda componer no sólo
segunda parte, sino ciento. Debe de pensar el
buen hombre, sin duda, que nos dormimos
aquí en las pajas; pues ténganos el pie al
herrar y verá del qué cosqueamos. Lo que yo sé
decir es que si mi señor tomase mi consejo, ya
habíamos de estar en esas campañas deshaciendo
agravios y enderezando tuertos, como es
uso y costumbre de los buenos andantes
caballeros.”
  No había bien acabado de decir estas razones
Sancho, cuando llegaron a sus oídos relinchos
de Rocinante, los cuales relinchos tomó don
Quijote por felicísimo agüero, y determinó de
hacer de allí a tres o cuatro días otra salida, y,
declarando su intento al bachiller, le pidió consejo
por qué parte comenzaría su jornada; el cual le
respondió que era su parecer que fuese al
reino de Aragón y a la ciudad de Zaragoza,
adonde de allí a pocos días se habían de hacer
unas solemnísimas justas por la fiesta de San
Jorge, en las cuales podría ganar fama sobre
todos los caballeros aragoneses, que sería
ganarla sobre todos los del mundo. Alabóle ser
honradísima y valentísima su determinación,
y advirtióle que anduviese más atentado en
acometer los peligros, a causa que su vida no
era suya, sino de todos aquellos que le habían
de menester para que los amparase y socorriese
en sus desventuras.
  “De eso es lo que yo reniego, señor Sansón”,
dijo a este punto Sancho; “que así acomete
mi señor a cien hombres armados, como un
muchacho goloso a media docena de badeas.
¡Cuerpo del mundo, señor bachiller, sí, que
tiempos hay de acometer, y tiempos de retirar; sí,
no ha de ser todo «Santiago, y cierra, España!»
Y más, que yo he oído decir, y creo que a mi
señor mismo, si mal no me acuerdo, que en
los extremos de cobarde y de temerario está el
medio de la valentía, y si esto es así, no quiero
que huya sin tener para qué, ni que acometa
cuando la demasía pide otra cosa. Pero, sobre
todo, aviso a mi señor que si me ha de llevar
consigo, ha de ser con condición que él se lo ha
de batallar todo, y que yo no he de estar
obligado a otra cosa que a mirar por su persona en
lo que tocare a su limpieza y a su regalo; que
en esto yo le bailaré el agua delante; pero
pensar que tengo de poner mano a la espada,
aunque sea contra villanos malandrines de hacha y
capellina, es pensar en lo excusado. Yo,
señor Sansón, no pienso granjear fama de
valiente, sino del mejor y más leal escudero que
jamás sirvió a caballero andante; y si mi señor
don Quijote, obligado de mis muchos y buenos
servicios, quisiere darme alguna ínsula de
las muchas que su merced dice que se ha de
topar por ahí, recibiré mucha merced en ello. Y
cuando no me la diere, nacido soy, y no ha
de vivir el hombre en hoto de otro, sino de
Dios, y más, que tan bien, y aun quizá mejor,
me sabrá el pan desgobernado que siendo
gobernador. Y ¿sé yo, por ventura, si en esos
gobiernos me tiene aparejada el diablo alguna
zancadilla donde tropiece y caiga y me haga
las muelas? Sancho nací y Sancho pienso
morir. Pero si con todo esto, de buenas a buenas,
sin mucha solicitud y sin mucho riesgo, me
deparase el cielo alguna ínsula u otra cosa
semejante, no soy tan necio que la desechase;
que también se dice: «cuando te dieren la
»vaquilla, corre con la soguilla», y «cuando viene
»el bien, mételo en tu casa».”
  “Vos, hermano Sancho”, dijo Carrasco, “habéis
hablado como un catedrático; pero con todo
eso confiad en Dios y en el señor don
Quijote, que os ha de dar un reino, no que una
ínsula.”
  “Tanto es lo de más como lo de menos”,
respondió Sancho; “aunque sé decir al señor
Carrasco, que no echará mi señor el reino que
me diera en saco roto; que yo he tomado el
pulso a mí mismo, y me hallo con salud para
regir reinos y gobernar ínsulas, y esto ya otras
veces lo he dicho a mi señor.”
  “Mirad, Sancho”, dijo Sansón, “que los
oficios mudan las costumbres, y podría ser que,
viéndoos gobernador, no conocieseis a la
madre que os parió.”
  “Eso allá se ha de entender”, respondió
Sancho, “con los que nacieron en las malvas,
y no con los que tienen sobre el alma cuatro
dedos de enjundia de cristianos viejos como
yo los tengo: ¡no, sino llegaos a mi condición,
que sabrá usar de desagradecimiento con
alguno!”
  “Dios lo haga”, dijo don Quijote, “y ello
dirá cuando el gobierno venga; que ya me
parece que le traigo entre los ojos.”
  Dicho esto, rogó al bachiller que, si era
poeta, le hiciese merced de componerle unos
versos que tratasen de la despedida que pensaba
hacer de su señora Dulcinea del Toboso, y que
advirtiese que en el principio de cada verso
había de poner una letra de su nombre, de
manera, que al fin de los versos, juntando
las primeras letras, se leyese Dulcinea del
Toboso.
  El bachiller respondió que puesto que él
no era de los famosos poetas que había en
España, que decían que no eran sino tres y
medio, que no dejaría de componer los tales
metros, aunque hallaba una dificultad grande en
su composición a causa que las letras que
contenían el nombre eran diez y siete, y que si
hacía cuatro castellanas de a cuatro versos,
sobrara una letra, y si de a cinco, a quien
llaman décimas o redondillas, faltaban tres
letras; pero con todo eso procuraría embeber
una letra lo mejor que pudiese, de manera, que
en las cuatro castellanas se incluyese el
nombre de Dulcinea del Toboso.
  “Ha de ser así en todo caso”, dijo don
Quijote; “que si allí no va el nombre patente y
de manifiesto, no hay mujer que crea que para
ella se hicieron los metros.”
  Quedaron en esto y en que la partida sería de
allí a ocho días; encargó don Quijote al
bachiller la tuviese secreta, especialmente al
cura y a maese Nicolás y a su sobrina y al
ama, porque no estorbasen su honrada y
valerosa determinación; todo lo prometió
Carrasco. Con esto se despidió, encargando a don
Quijote que de todos sus buenos o malos
sucesos le avisase, habiendo comodidad, y, así,
se despidieron, y Sancho fue a poner en orden
lo necesario para su jornada.


                  Capítulo V

De la discreta y graciosa plática que pasó
  entre Sancho Panza y su mujer Teresa
  Panza, y otros sucesos dignos de feliz
  recordación.

  Llegando a escribir el traductor de esta historia
este quinto capítulo, dice que le tiene por
apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con
otro estilo del que se podía prometer de su
corto ingenio, y dice cosas tan sutiles, que no
tiene por posible que él las supiese; pero que
no quiso dejar de traducirlo, por cumplir con
lo que a su oficio debía, y, así, prosiguió
diciendo:
  Llegó Sancho a su casa tan regocijado y
alegre, que su mujer conoció su alegría a tiro de
ballesta, tanto, que la obligó a preguntarle:
  “¿Qué traéis, Sancho amigo, que tan alegre
venís?”
  A lo que él respondió:
  “Mujer mía, si Dios quisiera, bien me holgara
yo de no estar tan contento como muestro.”
  “No os entiendo, marido”, replicó ella, “y no
sé qué queréis decir en eso de que os holgareis,
si Dios quisiera, de no estar contento;
que maguer tonta, no sé yo quién recibe
gusto de no tenerle.”
  “Mirad, Teresa”, respondió Sancho: “yo estoy
alegre porque tengo determinado de volver a
servir a mi amo don Quijote, el cual quiere la
vez tercera salir a buscar las aventuras, y
yo vuelvo a salir con él porque lo quiere así
mi necesidad, junto con la esperanza que me
alegra de pensar si podré hallar otros cien
escudos como los ya gastados, puesto que me
entristece el haberme de apartar de ti y de mis
hijos. Y si Dios quisiera darme de comer a pie
enjuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos
y encrucijadas, pues lo podía hacer a poca
costa y no más de quererlo, claro está que mi
alegría fuera más firme y valedera, pues que la
que tengo va mezclada con la tristeza del
dejarte; así, que dije bien que holgara, si Dios
quisiera, de no estar contento.”
  “Mirad, Sancho”, replicó Teresa; “después
que os hicisteis miembro de caballero andante,
habláis de tan rodeada manera, que no hay
quien os entienda.”
  “Basta que me entienda Dios, mujer”,
respondió Sancho, “que El es el entendedor de
todas las cosas, y quédese esto aquí; y advertid,
hermana, que os conviene tener cuenta estos
tres días con el rucio, de manera, que esté para
armas tomar. Dobladle los piensos, requerid
la albarda y las demás jarcias, porque no
vamos a bodas, sino a rodear el mundo, y a tener
dares y tomares con gigantes, con endriagos y
con vestiglos, y a oír silbos, rugidos, bramidos
y baladros, y aun todo esto fuera flores de
cantueso, si no tuviéramos que entender con
yangüeses y con moros encantados.”
  “Bien creo yo, marido”, replicó Teresa, “que,
los escuderos andantes no comen el pan de
balde, y, así, quedaré rogando a nuestro Señor
os saque presto de tanta mala ventura.”
  “Yo os digo, mujer”, respondió Sancho,
“que si no pensase antes de mucho tiempo
verme gobernador de una ínsula, aquí me
caería muerto.”
  “Eso no, marido mío”, dijo Teresa; “viva
la gallina, aunque sea con su pepita; vivid vos,
y llévese el diablo cuantos gobiernos hay en el
mundo. Sin gobierno salisteis del vientre de
vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta
ahora, y sin gobierno os iréis o os llevarán a la
sepultura cuando Dios fuere servido. Como
ésos hay en el mundo que viven sin gobierno,
y no por eso dejan de vivir y de ser contados
en el número de las gentes. La mejor salsa del
mundo es la hambre, y como ésta no falta a
los pobres, siempre comen con gusto. Pero
mirad, Sancho, si por ventura os viereis con
algún gobierno, no os olvidéis de mí y de
vuestros hijos. Advertid que Sanchico tiene ya
quince años cabales, y es razón que vaya a la
escuela, si es que su tío, el abad, le ha de
dejar hecho de la Iglesia. Mirad también que
Mari Sancha, vuestra hija, no se morirá si la
casamos, que me va dando barruntos que
desea tanto tener marido como vos deseáis
veros con gobierno, y en fin en fin, mejor
parece la hija mal casada que bien
abarraganada.”
  “A buena fe”, respondió Sancho, “que si
Dios me llega a tener algo qué de gobierno,
que tengo de casar, mujer mía, a Mari Sancha
tan altamente que no la alcancen sino con
llamarla señor[í]a.”
  “Eso no, Sancho”, respondió Teresa;
“casadla con su igual, que es lo más acertado;
que si de los zuecos la sacáis a chapines y de
saya parda de catorceno a verdugado y saboyanas
de seda, y de una Marica y un  a una
doña tal y señoría, no se ha de hallar la
muchacha y a cada paso ha de caer en mil faltas,
descubriendo la hilaza de su tela basta y
grosera.”
  “Calla, boba”, dijo Sancho, “que todo será
usarlo dos o tres años; que después le vendrá
el señorío y la gravedad como de molde, y
cuando no, ¿qué importa? Séase ella señoría
y venga lo que viniere.”
  “Medíos, Sancho, con vuestro estado”,
respondió Teresa, “no os queráis alzar a mayores
y advertid al refrán que dice: al hijo de tu
vecino límpiale las narices y métele en tu casa.
Por cierto que sería gentil cosa casar a
nuestra María con un condazo, o con [un] caballerote
que cuando se le antojase la pusiese como
nueva, llamándola de villana, hija del
destripaterrones y de la pelarruecas. ¡No en mis días,
marido; para eso por cierto he criado yo a mi
hija! Traed vos dineros, Sancho, y el casarla
dejadlo a mi cargo; que ahí está Lope Tocho, el
hijo de Juan Tocho, mozo rollizo y sano, y que
le conocemos, y sé que no mira de mal ojo a
la muchacha, y con éste que es nuestro igual
estará bien casada, y le tendremos siempre a
nuestros ojos, y seremos todos unos, padres e
hijos, nietos y yernos, y andará la paz y la
bendición de Dios entre todos nosotros, y no
casármela vos ahora en esas cortes y en esos
palacios grandes, adonde ni a ella la
entiendan ni ella se entienda.”
  “Ven acá, bestia y mujer de Barrabás”,
replicó Sancho; “¿por qué quieres tú ahora, sin
qué ni para qué, estorbarme que no case a mi
hija con quien me dé nietos que se llamen
señoría? Mira, Teresa, siempre he oído decir a
mis mayores que el que no sabe gozar de la
ventura cuando le viene, que no se debe quejar
si se le pasa. Y no sería bien que, ahora
que está llamando a nuestra puerta, se la
cerremos; dejémonos llevar de este viento
favorable que nos sopla.” (Por este modo de hablar
y por lo que más abajo dice Sancho, dijo el
traductor de esta historia que tenía por apócrifo
este capítulo.)
  “¿No te parece, animalia”, prosiguió Sancho,
“que será bien dar con mi cuerpo en algún
gobierno provechoso que nos saque el pie del
lodo? Y cásese a Mari Sancha con quien yo
quisiere, y verás cómo te llaman a ti doña
Teresa Panza, y te sientas en la iglesia sobre
alcatifa, almohadas y arambeles, a pesar y
despecho de las hidalgas del pueblo. No, sino
estaos siempre en un ser, sin crecer ni
menguar, como figura de paramento, y en esto no
hablemos más, que Sanchica ha de ser
condesa, aunque tú más me digas.”
  “¿Veis cuanto decís, marido?”, respondió
Teresa. “Pues con todo eso temo que este
condado de mi hija ha de ser su perdición.
Vos haced lo que quisiereis, ora la hagáis
duquesa o princesa; pero séos decir que no
será ello con voluntad ni consentimiento mío.
Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad,
y no puedo ver entonos sin fundamentos.
Teresa me pusieron en el bautismo, nombre
mondo y escueto, sin añadiduras, ni cortapisas, ni
arrequives de dones ni donas; Cascajo se llamó
mi padre, y a mí, por ser vuestra mujer, me
llaman Teresa Panza, que a buena razón me
habían de llamar Teresa Cascajo. Pero allá van
reyes do quieren leyes, y con este nombre me
contento, sin que me le pongan un don encima
que pese tanto, que no le pueda llevar, y no
quiero dar que decir a los que me vieren andar
vestida a lo condesil o a lo de gobernadora,
que luego dirán: «¡Mirad que entonada va la
»pazpuerca: ayer no se hartaba de estirar de
»un copo de estopa, e iba a misa cubierta la
»cabeza con la falda de la saya en lugar de
»manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con
»entono, como si no la conociésemos!» Si Dios
me guarda mis siete o mis cinco sentidos, o los
que tengo, no pienso dar ocasión de verme en
tal aprieto. Vos, hermano, idos a ser gobierno
o ínsulo, y entonaos a vuestro gusto; que mi
hija ni yo por el siglo de mi madre que no nos
hemos de mudar un paso de nuestra aldea: la
mujer honrada, la pierna quebrada y en casa.
Y la doncella honesta, el hacer algo es su
fiesta. Idos con vuestro don Quijote a vuestras
aventuras y dejadnos a nosotras con nuestras
malas venturas; que Dios nos las mejorará
como seamos buenas. Y yo no sé por cierto
quién le puso a él don que no tuvieron sus
padres ni sus abuelos.”
  “Ahora digo”, replicó Sancho, “que tienes
algún familiar en ese cuerpo. ¡Válgate Dios, la
mujer, y qué de cosas has ensartado unas en
otras, sin tener pies ni cabeza! ¿Qué tiene que
ver el Cascajo, los broches, los refranes y el
entono con lo que yo digo? Ven acá, mentecata
e ignorante, que así te puedo llamar, pues
no entiendes mis razones y vas huyendo de la
dicha. Si yo dijera que mi hija se arrojara de
una torre abajo, o que se fuera por esos
mundos, como se quiso ir la infanta doña Urraca,
tenías razón de no venir con mi gusto; pero si
en dos paletas y en menos de un abrir y cerrar
de ojos te la chanto un don y una señoría
a cuestas, y te la saco de los rastrojos, y te la
pongo en toldo y en peana y en un estrado de
más almohadas de velludo, que tuvieron moros
en su linaje los Almohadas de Marruecos,
¿por qué no has de consentir y querer lo que
yo quiero?”
  “¿Sabéis por qué, marido?”, respondió Teresa:
“por el refrán que dice: Quien te cubre te
descubre. Por el pobre todos pasan los ojos
como de corrida, y en el rico los detienen, y si
el tal rico fue un tiempo pobre, allí es el
murmurar, y el mal decir, y el peor perseverar de
los maldicientes, que los hay por esas calles a
montones, como enjambres de abejas.”
  “Mira, Teresa”, respondió Sancho, “y escucha
lo que ahora quiero decirte, quizá no lo
habrás oído en todos los días de tu vida, y yo
ahora no hablo de mío; que todo lo que pienso
decir son sentencias del padre predicador que
la cuaresma pasada predicó en este pueblo,
el cual, si mal no me acuerdo, dijo que todas
las cosas presentes que los ojos están mirando
se presentan, están y asisten en nuestra
memoria mucho mejor y con más vehemencia
que las cosas pasadas.” (Todas estas razones
que aquí va diciendo Sancho son las segundas
por quien dice el traductor que tiene por
apócrifo este capítulo, que exceden a la capacidad
de Sancho. El cual prosiguió diciendo:) “De
donde nace que cuando vemos alguna persona
bien aderezada y con ricos vestidos compuesta
y con pompa de criados, parece que por
fuerza nos mueve y convida a que la tengamos
respeto, puesto que la memoria en aquel
instante nos represente alguna bajeza en que
vimos a la tal persona; la cual ignominia, ahora
sea de pobreza, o de linaje, como ya pasó,
no es, y sólo es lo que vemos presente. Y si
éste a quien la fortuna sacó del borrador de
su bajeza --que por estas mismas razones lo
dijo el padre--, a la alteza de su prosperidad,
fuere bien criado, liberal y cortés con
todos, y no se pusiere en cuentos con aquellos
que por antigüedad son nobles, ten por cierto,
Teresa, que no habrá quien se acuerde de lo
que fue, sino que reverencien lo que es, si no
fueren los envidiosos, de quien ninguna
próspera fortuna está segura.”
  “Yo no os entiendo, marido”, replicó Teresa;
“haced lo que quisiereis y no me quebréis
más la cabeza con vuestras arengas y retóricas.
Y si estáis revuelto en hacer lo que decís...”
  “Resuelto has de decir, mujer”, dijo Sancho,
“y no revuelto.”
  “No os pongáis a disputar, marido, conmigo”,
respondió Teresa; “yo hablo como Dios es
servido y no me meto en más dibujos. Y digo,
que si estáis porfiando en tener gobierno, que
llevéis con vos a vuestro hijo Sancho, para
que desde ahora le enseñéis a tener gobierno;
que bien es que los hijos hereden y aprendan
los oficios de sus padres.”
  “En teniendo gobierno”, dijo Sancho, “enviaré
por él por la posta, y te enviaré dineros
que no me faltarán, pues nunca falta quien se
los preste a los gobernadores cuando no los
tienen, y vístele de modo que disimule lo que
es y parezca lo que ha de ser.”
  “Enviad vos dinero”, dijo Teresa, “que yo
os lo vestiré como un palmito.”
  “En efecto, ¿quedamos de acuerdo”, dijo
Sancho, “de que ha de ser condesa nuestra
hija?”
  “El día que yo la viere condesa”, respondió
Teresa, “ése haré cuenta que la entierro. Pero
otra vez os digo que hagáis lo que os diere
gusto; que con esta carga nacemos las mujeres
de estar obedientes a sus maridos aunque
sean unos porros.”
  Y, en esto, comenzó a llorar tan de veras como
si ya viera muerta y enterrada a Sanchica.
Sancho la consoló diciéndole que ya que la
hubiese de hacer condesa, la haría todo lo
más tarde que ser pudiese. Con esto se acabó
su plática, y Sancho volvió a ver a don Quijote
para dar orden en su partida.


                 Capítulo VI

De lo que le pasó a don Quijote con su sobrina
  y con su ama, y es uno de los importantes
  capítulos de toda la historia.

  En tanto que Sancho Panza y su mujer Teresa
Cascajo pasaron la impertinente referida
plática, no estaban ociosas la sobrina y el ama
de don Quijote, que por mil señales iban
coligiendo que su tío y señor quería desgarrarse
la vez tercera y volver al ejercicio de su, para
ellas, mal andante caballería; procuraban por
todas las vías posibles apartarle de tan mal
pensamiento, pero todo era predicar en desierto
y majar en hierro frío. Con todo esto, entre
otras muchas razones que con él pasaron, le
dijo el ama:
  “En verdad, señor mío, que si vuestra merced
no afirma el pie llano y se está quedo en su
casa y se deja de andar por los montes y por
los valles como ánima en pena, buscando esas
que dicen que se llaman aventuras, a quien yo
llamo desdichas, que me tengo de quejar en
voz y en grita a Dios y al rey, que pongan
remedio en ello.”
  A lo que respondió don Quijote:
  “Ama, lo que Dios responderá a tus quejas
yo no lo sé, ni lo que ha de responder su
majestad tampoco, y sólo sé que si yo fuera rey,
me excusara de responder a tanta infinidad de
memoriales impertinentes como cada día le
dan; que uno de los mayores trabajos que los
reyes tienen entre otros muchos es el estar
obligados a escuchar a todos y a responder a
todos, y, así, no querría yo que cosas mías le
diesen pesadumbre.”
  A lo que dijo el ama:
  “Díganos, señor, ¿en la corte de su majestad
no hay caballeros?”
  “Sí”, respondió don Quijote, “y muchos, y
es razón que los haya para adorno de la grandeza
de los príncipes y para ostentación de la
majestad real.”
  “Pues ¿no sería vuestra merced”, replicó
ella, “uno de los que a pie quedo sirviesen a
su rey y señor, estándose en la corte?”
  “Mira, amiga”, respondió don Quijote, “no
todos los caballeros pueden ser cortesanos, ni
todos los cortesanos pueden ni deben ser
caballeros andantes; de todos ha de haber en el
mundo, y aunque todos seamos caballeros, va
mucha diferencia de los unos a los otros: porque
los cortesanos, sin salir de sus aposentos
ni de los umbrales de la corte, se pasean por
todo el mundo, mirando un mapa, sin costarles
blanca, ni padecer calor ni frío, hambre ni sed.
Pero nosotros los caballeros andantes verdaderos,
al sol, al frío, al aire, a las inclemencias
del cielo, de noche y de día, a pie y a caballo,
medimos toda la tierra con nuestros mismos
pies. Y no solamente conocemos los enemigos
pintados, sino en su mismo ser, y en todo trance
y en toda ocasión los acometemos, sin mirar
en niñerías, ni en las leyes de los desafíos, si
lleva o no lleva más corta la lanza o la espada,
si trae sobre sí reliquias o algún engaño encubierto,
si se ha de partir y hacer tajadas el sol,
o no, con otras ceremonias de este jaez, que se
usan en los desafíos particulares de persona
a persona, que tú no sabes y yo sí.
  ”Y has de saber más: que el buen caballero
andante, aunque vea diez gigantes que con las
cabezas no sólo tocan, sino pasan las nubes,
y que a cada uno le sirven de piernas dos
grandísimas torres, y que los brazos semejan
árboles de gruesos y poderosos navíos, y cada
ojo como una gran rueda de molino y más
ardiendo que un horno de vidrio, no le han de
espantar en manera alguna, antes con gentil
continente y con intrépido corazón los ha de
acometer y embestir, y, si fuere posible,
vencerlos y desbaratarlos en un pequeño instante,
aunque viniesen armados de unas conchas de
un cierto pescado que dicen que son más duras
que si fuesen de diamantes, y en lugar de
espadas trajesen cuchillos tajantes de
damasquino acero, o porras ferradas con puntas
asimismo de acero, como yo las he visto más de
dos veces. Todo esto he dicho, ama mía,
porque veas la diferencia que hay de unos
caballeros a otros, y sería razón que no hubiese
príncipe que no estimase en más esta segunda, o
por mejor decir, primera especie de caballeros
andantes; que, según leemos en sus historias,
tal ha habido entre ellos, que ha sido la salud
no sólo de un reino, sino de muchos.”
  “¡Ah, señor mío!”, dijo a esta sazón la sobrina,
“advierta vuestra merced que todo eso que
dice de los caballeros andantes es fábula y
mentira, y sus historias, ya que no las
quemasen, merecían que a cada una se le echase un
sambenito, o alguna señal en que fuese conocida
por infame y por gastadora de las buenas
costumbres.”
  “Por el Dios que me sustenta”, dijo don
Quijote, “que si no fueras mi sobrina
derechamente, como hija de mi misma hermana, que
había de hacer un tal castigo en ti por la
blasfemia que has dicho, que sonara por todo el
mundo. ¿Cómo que es posible que una rapaza
que apenas sabe menear doce palillos de randas
se atreva a poner lengua y a censurar las
historias de los caballeros andantes? ¿Qué
dijera el señor Amadís si lo tal oyera? Pero a
buen seguro que él te perdonara, porque fue el
más humilde y cortés caballero de su tiempo, y
demás, grande amparador de las doncellas. Mas
tal te pudiera haber oído, que no te fuera bien
de ello; que no todos son corteses ni bien
mirados: algunos hay follones y descomedidos. Ni
todos los que se llaman caballeros lo son de
todo en todo, que unos son de oro, otros de
alquimia y todos parecen caballeros, pero no
todos pueden estar al toque de la piedra de la
verdad. Hombres bajos hay que revientan por
parecer caballeros, y, caballeros altos hay que
parece que aposta mueren por parecer hombres
bajos; aquéllos se levantan, o con la ambición,
o con la virtud, éstos se abajan, o con
la flojedad, o con el vicio, y es menester
aprovecharnos del conocimiento discreto para
distinguir estas dos maneras de caballeros tan
parecidos en los nombres y tan distantes en las
acciones.”
  “Válgame Dios”, dijo la sobrina; “que sepa
vuestra merced tanto, señor tío, que si fuese
menester en una necesidad, podría subir en un
púlpito e irse a predicar por esas calles, y
que, con todo esto, dé en una ceguera tan
grande y en una sandez tan conocida, que se
dé a entender que es valiente, siendo viejo,
que tiene fuerzas, estando enfermo, y que
endereza tuertos, estando por la edad agobiado,
y, sobre todo, que es caballero, no lo siendo,
porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no
lo son los pobres.”
  “Tienes mucha razón, sobrina, en lo que
dices”, respondió don Quijote, “y cosas te
pudiera yo decir cerca de los linajes, que te
admiraran, pero por no mezclar lo divino con lo
humano, no las digo. Mirad, amigas, a cuatro
suertes de linajes, y estadme atentas, se pueden
reducir todos los que hay en el mundo, que
son éstas: unos que tuvieron principios humildes
y se fueron extendiendo y dilatando hasta
llegar a una suma grandeza; otros, que tuvieron
principios grandes y los fueron conservando,
y los conservan y mantienen en el ser que
comenzaron; otros, que aunque tuvieron
principios grandes, acabaron en punta como
pirámide, habiendo diminuido y aniquilado su
principio hasta parar en nonada, como lo es la
punta de la pirámide, que respeto de su basa
o asiento no es nada; otros hay, y éstos son los
más, que ni tuvieron principio bueno, ni
razonable medio, y así tendrán el fin, sin nombre,
como el linaje de la gente plebeya y
ordinaria.
  ”De los primeros que tuvieron principio
humilde y subieron a la grandeza que ahora
conservan te sirva de ejemplo la casa Otomana,
que de un humilde y bajo pastor que le dio
principio, está en la cumbre que le vemos.
Del segundo linaje, que tuvo principio en
grandeza y la conserva sin aumentarla, serán
ejemplo muchos príncipes que por herencia lo son,
y se conservan en ella sin aumentarla ni
diminuirla, conteniéndose en los límites de sus
estados pacíficamente. De los que comenzaron
grandes y acabaron en punta hay millares de
ejemplos. Porque todos los Faraones y Tolomeos
de Egipto, los Césares de Roma, con toda
la caterva, si es que se le puede dar este
nombre, de infinitos príncipes, monarcas, señores,
medos, asirios, persas, griegos y bárbaros,
todos estos linajes y señoríos han acabado en
punta y en nonada, así ellos como los que les
dieron principio, pues no será posible hallar
ahora ninguno de sus descendientes, y si le
hallásemos, sería en bajo y humilde estado.
Del linaje plebeyo no tengo que decir, sino
que sirve sólo de acrecentar el número de los
que viven, sin que merezcan otra fama ni otro
elogio sus grandezas.
  “De todo lo dicho quiero que infiráis, bobas
mías, que es grande la confusión que hay entre
los linajes, y que solos aquéllos parecen
grandes e ilustres que lo muestran en la virtud y
en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dije
virtudes, riquezas y liberalidades, porque el
grande que fuere vicioso será vicioso grande,
y el rico no liberal será un avaro mendigo; que
al poseedor de las riquezas no le hace dichoso
el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas
como quiera, sino el saberlas bien gastar. Al
caballero pobre no le queda otro camino para
mostrar que es caballero, sino el de la virtud,
siendo afable, bien criado, cortés y comedido
y oficioso; no soberbio, no arrogante, no
murmurador y, sobre todo, caritativo; que con dos
maravedís que con ánimo alegre dé al pobre,
se mostrará tan liberal como el que a campana
herida da limosna, y no habrá quien le vea
adornado de las referidas virtudes que, aunque no
le conozca, deje de juzgarle y tenerle por de
buena casta, y el no serlo sería milagro. Y
siempre la alabanza fue premio de la virtud, y
los virtuosos no pueden dejar de ser alabados.
  ”Dos caminos hay, hijas, por donde pueden ir
los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el
uno es el de las letras, otro, el de las armas.
Yo tengo más armas que letras, y nací, según
me inclino a las armas, debajo de la influencia
del planeta Marte; así, que casi me es forzoso
seguir por su camino, y por él tengo de ir
a pesar de todo el mundo, y será en balde
cansaros en persuadirme a que no quiera yo
lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y
la razón pide y, sobre todo, mi voluntad desea.
Pues con saber, como sé, los innumerables
trabajos que son anejos al andante caballería,
sé también los infinitos bienes que se alcanzan
con ella. Y sé que la senda de la virtud es muy
estrecha, y el camino del vicio ancho y espacioso.
Y sé que sus fines y paraderos son diferentes,
porque el del vicio, dilatado y espacioso,
acaba en muerte, y el de la virtud, angosto
y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se
acaba, sino en la que no tendrá fin. Y sé, como
dice el gran poeta castellano nuestro, que:

      “Por estas asperezas se camina
    de la inmortalidad al alto asiento,
    do nunca arriba, quien de allí declina.”

  “¡Ay desdichada de mí!”, dijo la sobrina,
“que también mi señor es poeta. Todo lo sabe,
todo lo alcanza; yo apostaré que si quisiera
ser albañil, que supiera fabricar una casa como
una jaula.”
  “Yo te prometo, sobrina”, respondió don
Quijote, “que si estos pensamientos
caballerescos no me llevasen tras sí todos los
sentidos, que no habría cosa que yo no hiciese, ni
curiosidad que no saliese de mis manos,
especialmente jaulas y palillos de dientes.”
  A este tiempo llamaron a la puerta, y
preguntando quién llamaba, respondió Sancho
Panza que él era, y apenas le hubo conocido
el ama, cuando corrió a esconderse por no
verle: tanto le aborrecía. Abrióle la sobrina,
salió a recibirle con los brazos abiertos su señor
don Quijote, y encerráronse los dos en su
aposento, donde tuvieron otro coloquio que no le
hace ventaja el pasado.


                Capítulo VI[I]

 De lo que pasó don Quijote con su escudero,
        con otros sucesos famosísimos.

  Apenas vio el ama que Sancho Panza se
encerraba con su señor, cuando dio en la
cuenta de sus tratos, e, imaginando que de
aquella consulta había de salir la resolución de
su tercera salida, y, tomando su manto, toda
llena de congoja y pesadumbre, se fue a buscar
al bachiller Sansón Carrasco, pareciéndole
que por ser bien hablado y amigo fresco de su
señor, le podría persuadir a que dejase tan
desvariado propósito.
  Hallóle paseándose por el patio de su casa, y,
viéndole, se dejó caer ante sus pies, trasudando
y congojosa. Cuando la vio Carrasco con
muestras tan doloridas y sobresaltadas, le dijo:
  “¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha
acontecido, que parece que se le quiere arrancar
el alma?”
  “No es nada, señor Sansón mío, sino que mi
amo se sale, sálese sin duda.”
  “Y ¿por dónde se sale, señora?”, preguntó
Sansón. “¿Hásele roto alguna parte de su
cuerpo?”
  “No se sale”, respondió ella, “sino por la
puerta de su locura. Quiero decir, señor bachiller
de mi ánima, que quiere salir otra vez, que
con ésta sera la tercera, a buscar por ese
mundo lo que él llama venturas, que yo no
puedo entender cómo les da este nombre. La
vez primera nos le volvieron atravesado sobre
un jumento, molido a palos. La segunda vino
en un carro de bueyes, metido y encerrado en
una jaula, adonde él se daba a entender que
estaba encantado, y venía tal el triste, que no
le conociera la madre que le parió: flaco, amarillo,
los ojos hundidos en los últimos camaranchones
del cerebro; que para haberle de volver
algún tanto en sí, gasté más de seiscientos
huevos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y
mis gallinas que no me dejarán mentir.”
  “Eso creo yo muy bien”, respondió el bachiller;
“que ellas son tan buenas, tan gordas y
tan bien criadas, que no dirán una cosa por
otra si reventasen. En efecto, señora ama, ¿no
hay otra cosa, ni ha sucedido otro desmán
alguno, sino el que se teme que quiere hacer el
señor don Quijote?”
  “No, señor”, respondió ella.
  “Pues no tenga pena”, respondió el bachiller,
“sino váyase en hora buena a su casa, y
téngame aderezado de almorzar alguna cosa
caliente, y, de camino, vaya rezando la oración
de Santa Apolonia, si es que la sabe; que yo iré
luego allá y verá maravillas.”
  “Cuitada de mí”, replicó el ama: “la oración
de Santa Apolonia dice vuestra merced que
rece; eso fuera si mi amo lo hubiera de las
muelas, pero no lo ha sino de los cascos.”
  “Yo sé lo que digo, señora ama; váyase y
no se ponga a disputar conmigo, pues sabe que
soy bachiller por Salamanca, que no hay más
que bachillear”, respondió Carrasco.
  Y, con esto, se fue el ama, y el bachiller fue
luego a buscar al cura, a comunicar con él lo
que se dirá a su tiempo.
  En el que estuvieron encerrados don Quijote
y Sancho pasaron las razones que con mucha
puntualidad y verdadera relación cuenta la
historia. Dijo Sancho a su amo:
  “Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a
que me deje ir con vuestra merced adonde
quisiere llevarme.”
  “Reducida has de decir, Sancho”, dijo don
Quijote, “que no relucida.”
  “Una o dos veces”, respondió Sancho, “si
mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra
merced que no me enmiende los vocablos, si es
que entiende lo que quiero decir en ellos, y que
cuando no los entienda, diga, «Sancho, o
»diablo, no te entiendo». Y si yo no me declarare,
entonces podrá enmendarme; que yo soy tan fócil.”
  “No te entiendo, Sancho”, dijo luego don
Quijote, “pues no sé qué quiere decir soy
tan fócil.”
  “Tan fócil quiere decir”, respondió Sancho,
“Soy tan así.”
  “Menos te entiendo ahora”, replicó don
Quijote.
  “Pues si no me puede entender”, respondió
Sancho, “no sé cómo lo diga; no sé más, y
Dios sea conmigo.”
  “Ya, ya caigo”, respondió don Quijote, “en
ello. Tú quieres decir que eres tan dócil, blando
y mañero, que tomarás lo que yo te dijere, y
pasarás por lo que te enseñare.”
  “Apostaré yo”, dijo Sancho, “que desde el
emprincipio me caló y me entendió, sino que
quiso turbarme por oírme decir otras
doscientas patochadas.”
  “Podrá ser”, replicó don Quijote; “y, en
efecto, ¿qué dice Teresa?”
  “Teresa dice”, dijo Sancho, “que ate bien
mi dedo con vuestra merced, y que hablen
cartas y callen barbas, porque quien destaja no
baraja, pues más vale un toma que dos te daré.
Y yo digo que el consejo de la mujer es poco,
y el que no le toma es loco.”
  “Y yo lo digo también”, respondió don
Quijote. “Decid, Sancho amigo; pasad adelante,
que habláis hoy de perlas.”
  “Es el caso”, replicó Sancho, “que como
vuestra merced mejor sabe, todos estamos
sujetos a la muerte, y que hoy somos y mañana
no, y que tan presto se va el cordero como el
carnero, y que nadie puede prometerse en
este mundo más horas de vida de las que
Dios quisiere darle, porque la muerte es sorda,
y cuando llega a llamar a las puertas de
nuestra vida, siempre va de prisa, y no la harán
detener ni ruegos, ni fuerzas, ni cetros, ni
mitras, según es pública voz y fama, y según nos
lo dicen por esos púlpitos.”
  “Todo eso es verdad”, dijo don Quijote.
“Pero no sé dónde vas a parar.”
  “Voy a parar”, dijo Sancho, “en que vuestra
merced me señale salario conocido de lo que
me ha de dar cada mes, el tiempo que le
sirviere, y que el tal salario se me pague de su
hacienda; que no quiero estar a mercedes que
llegan tarde, o mal, o nunca. Con lo mío me
ayude Dios. En fin, yo quiero saber lo que gano,
poco o mucho que sea; que sobre un huevo
pone la gallina, y muchos pocos hacen un mucho,
y mientras se gana algo no se pierde nada.
Verdad sea, que si sucediese, lo cual ni lo
creo, ni lo espero, que vuestra merced me diese
la ínsula que me tiene prometida, no soy tan
ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos,
que no querré que se aprecie lo que montare
la renta de la tal ínsula, y se descuente de mi
salario gata por cantidad.”
  “Sancho amigo”, respondió don Quijote, “a
las veces tan buena suele ser una gata como
una rata.”
  “Ya entiendo”, dijo Sancho: “yo apostaré
que había de decir rata y no gata, pero no
importa nada, pues vuestra merced me ha
entendido.”
  “Y tan entendido”, respondió don Quijote,
“que he penetrado lo último de tus pensamientos,
y sé al blanco que tiras con las innumerables
saetas de tus refranes. Mira, Sancho, yo bien
te señalaría salario, si hubiera hallado en alguna
de las historias de los caballeros andantes
ejemplo que me descubriese y mostrase por algún
pequeño resquicio, qué es lo que solían ganar
cada mes o cada año; pero yo he leído todas,
o las más de sus historias, y no me acuerdo
haber leído que ningún caballero andante haya
señalado conocido salario a su escudero. Sólo
sé que todos servían a merced, y que cuando
menos se lo pensaban, si a sus señores les había
corrido bien la suerte, se hallaban premiados
con una ínsula o con otra cosa equivalente, y,
por lo menos, quedaban con título y señoría.
Si con estas esperanzas y aditamentos vos,
Sancho, gustáis de volver a servirme, sea en buena
hora; que pensar que yo he de sacar de sus
términos y quicios la antigua usanza de la
caballería andante, es pensar en lo excusado.
Así que, Sancho mío, volveos a vuestra casa y
declarad a vuestra Teresa mi intención, y si
ella gustare y vos gustareis de estar a merced
conmigo, bene quidem, y si no, tan amigos como
de antes; que si al palomar no le falta cebo, no
le faltarán palomas. Y advertid, hijo, que vale
más buena esperanza que ruin posesión, y
buena queja que mala paga. Hablo de esta
manera, Sancho, por daros a entender que también
como vos sé yo arrojar refranes como llovidos.
Y, finalmente, quiero decir, y os digo, que si
no queréis venir a merced conmigo, y correr la
suerte que yo corriere, que Dios quede con vos
y os haga un santo; que a mí no me faltarán
escuderos más obedientes, más solícitos y no
tan empachados, ni tan habladores como vos.”
  Cuando Sancho oyó la firme resolución de
su amo, se le anubló el cielo y se le cayeron
las alas del corazón, porque tenía creído que
su señor no se iría sin él por todos los haberes
del mundo, y, así, estando suspenso y
pensativo, entró Sansón Carrasco y la sobrina,
deseosos de oír con qué razones persuadía a
su señor que no tornase a buscar las aventuras.
Llegó Sansón, socarrón famoso, y, abrazándole
como la vez primera, y con voz levantada,
le dijo:
  “¡Oh flor de la andante caballería, oh luz
resplandeciente de las armas, oh honor y espejo de
la nación española!; plega a Dios todopoderoso
donde más largamente se contiene, que la
persona o personas que pusieren impedimento
y estorbaren tu tercera salida, que no la hallen
en el laberinto de sus deseos, ni jamás se les
cumpla lo que más desearen.”
  Y, volviéndose al ama, le dijo:
  “Bien puede la señora ama no rezar más la
oración de Santa Apolonia; que yo sé que es
determinación precisa de las esferas que el
señor don Quijote vuelva a ejecutar sus altos
y nuevos pensamientos, y yo encargaría mucho
mi conciencia si no intimase y persuadiese a
este caballero que no tenga más tiempo encogida
y detenida la fuerza de su valeroso brazo
y la bondad de su ánimo valentísimo, porque
defrauda con su tardanza el derecho de los
tuertos, el amparo de los huérfanos, la honra
de las doncellas, el favor de las viudas y el
arrimo de las casadas, y otras cosas de este jaez,
que tocan, atañen, dependen y son anejas a la
orden de la caballería andante. Ea, señor don
Quijote mío, hermoso y bravo, antes hoy que
mañana se ponga vuestra merced y su grandeza
en camino, y si alguna cosa faltare para ponerle
en ejecución, aquí estoy yo para suplirla
con mi persona y hacienda, y si fuere necesidad
servir a tu magnificencia de escudero,
lo tendré a felicísima ventura.”
  A esta sazón dijo don Quijote, volviéndose
a Sancho:
  “¿No te dije yo, Sancho, que me habían de
sobrar escuderos? Mira quién se ofrece a serlo
sino el inaudito bachiller Sansón Carrasco,
perpetuo trastulo y regocijador de los patios
de las escuelas salmanticenses, sano de
su persona, ágil de sus miembros, callado,
sufridor así del calor como del frío, así de la
hambre como de la sed, con todas aquellas
partes que se requieren para ser escudero de
un caballero andante; pero no permita el
cielo que por seguir mi gusto desjarrete y
quiebre la columna de las letras y el vaso de las
ciencias y tronque la palma eminente de las
buenas y liberales artes. Quédese el nuevo
Sansón en su patria, y, honrándola, honre
juntamente las canas de sus ancianos padres;
que yo con cualquier escudero estaré contento,
ya que Sancho no se digna de venir conmigo.”
  “Sí digno”, respondió Sancho, enternecido y
llenos de lágrimas los ojos, y prosiguió: “No
se dirá por mí, señor mío, «el pan comido y la
»compañía desecha». Sí, que no vengo yo de
alguna alcurnia desagradecida; que ya sabe
todo el mundo, y especialmente mi pueblo,
quién fueron los Panzas de quien yo desciendo,
y más, que tengo conocido y calado por
muchas buenas obras y por más buenas
palabras el deseo que vuestra merced tiene de
hacerme merced, y si me he puesto en cuentas
de tanto más cuanto acerca de mi salario, ha
sido por complacer a mi mujer, la cual cuando
toma la mano a persuadir una cosa, no hay
mazo que tanto apriete los aros de una cuba
como ella aprieta a que se haga lo que quiere.
Pero, en efecto, el hombre ha de ser hombre,
y la mujer, mujer, y pues yo soy hombre
dondequiera, que no lo puedo negar, también
lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare;
y, así, no hay más que hacer sino que vuestra
merced ordene su testamento con su codicilo,
en modo que no se pueda revolcar, y pongámonos
luego en camino, porque no padezca el
alma del señor Sansón, que dice que su
conciencia le lita que persuada a vuestra merced
a salir vez tercera por ese mundo. Y yo de
nuevo me ofrezco a servir a vuestra merced
fiel y legalmente, tan bien y mejor que cuantos
escuderos han servido a caballeros andantes
en los pasados y presentes tiempos.”
  Admirado quedó el bachiller de oír el
término y modo de hablar de Sancho Panza, que,
puesto que había leído la primera historia de su
señor, nunca creyó que era tan gracioso como
allí le pintan; pero oyéndole decir ahora
testamento y codicilo que no se pueda revolcar, en
lugar de testamento y codicilo que no se pueda
revocar, creyó todo lo que de él había leído, y
confirmólo por uno de los más solemnes mentecatos
de nuestros siglos, y dijo entre sí que
tales dos locos como amo y mozo no se habrían
visto en el mundo.
  Finalmente, don Quijote y Sancho se
abrazaron y quedaron amigos, y con parecer y
beneplácito del gran Carrasco, que por entonces
era su oráculo, se ordenó que de allí a tres
días fuese su partida, en los cuales habría
lugar de aderezar lo necesario para el viaje,
y de buscar una celada de encaje, que en
todas maneras dijo don Quijote que la había
de llevar. Ofreciósela Sansón, porque sabía no
se la negaría un amigo suyo que la tenía,
puesto que estaba más oscura por el orín y el
moho que clara y limpia por el terso acero.
  Las maldiciones que las dos, ama y sobrina,
echaron al bachiller no tuvieron cuento;
mesaron sus cabellos, arañaron sus rostros, y
al modo de las endechaderas que se usaban,
lamentaban la partida como si fuera
la muerte de su señor. El designio que tuvo
Sansón para persuadirle a que otra vez saliese
fue hacer lo que adelante cuenta la historia,
todo por consejo del cura y del barbero, con
quien él antes lo había comunicado.
  En resolución, en aquellos tres días don
Quijote y Sancho se acomodaron de lo que
les pareció convenirles, y, habiendo aplacado
Sancho a su mujer, y don Quijote a su sobrina
y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo
viese sino el bachiller, que quiso acompañarles
media legua del lugar, se pusieron en
camino del Toboso, Don Quijote sobre su buen
Rocinante y Sancho sobre su antiguo rucio,
proveídas las alforjas de cosas tocantes a la
bucólica, y la bolsa, de dineros, que le dio don
Quijote para lo que se ofreciese. Abrazóle
Sansón y suplicóle le avisase de su buena o
mala suerte, para alegrarse con ésta o
entristecerse con aquélla, como las leyes de su
amistad pedían; prometióselo don Quijote, dio
Sansón la vuelta a su lugar, y los dos tomaron
la de la gran ciudad del Toboso.


                Capítulo VIII

Donde se cuenta lo que le sucedió a don
  Quijote, yendo a ver su señora Dulcinea
  del Toboso.

  «¡Bendito sea el poderoso Alá!», dice Hamete
Benengeli al comienzo de este octavo capítulo;
«¡bendito sea Alá!», repite tres veces, y dice que
da estas bendiciones por ver que tiene ya en
campaña a don Quijote y a Sancho, y que los
lectores de su agradable historia pueden hacer
cuenta que desde este punto comienzan las
hazañas y donaires de don Quijote y de su
escudero. Persuádeles que se les olviden las
pasadas caballerías del ingenioso hidalgo, y pongan
los ojos en las que están por venir, que desde
ahora en el camino del Toboso comienzan,
como las otras comenzaron en los campos de
Montiel, y no es mucho lo que pide para tanto
como él promete, y, así, prosigue diciendo:
  Solos quedaron don Quijote y Sancho, y
apenas se hubo apartado Sansón, cuando
comenzó a relinchar Rocinante y a suspirar el
rucio, que de entrambos, caballero y escudero,
fue tenido a buena señal y por felicísimo
agüero, aunque, si se ha de contar la verdad,
más fueron los suspiros y rebuznos del
rucio que los relinchos del rocín, de donde
coligió Sancho que su ventura había de
sobrepujar y ponerse encima de la de su señor,
fundándose no sé si en astrología judiciaria
que él se sabía, puesto que la historia no lo
declara; sólo le oyeron decir que cuando
tropezaba o caía, se holgara no haber salido de
casa, porque del tropezar o caer no se sacaba
otra cosa sino el zapato roto o las costillas
quebradas, y aunque tonto, no andaba en esto muy
fuera de camino.
  Díjole don Quijote:
  “Sancho amigo, la noche se nos va entrando
a más andar y con más oscuridad de la que
habíamos menester para alcanzar a ver con el
día al Toboso, adonde tengo determinado de
ir antes que en otra aventura me ponga, y allí
tomaré la bendición y buena licencia de la sin
par Dulcinea, con la cual licencia pienso y
tengo por cierto de acabar y dar feliz cima a
toda peligrosa aventura, porque ninguna cosa
de esta vida hace más valientes a los caballeros
andantes que verse favorecidos de sus damas.”
  “Yo así lo creo”, respondió Sancho; “pero
tengo por dificultoso que vuestra merced pueda
hablarla, ni verse con ella en parte, a lo menos,
que pueda recibir su bendición, si ya no se la
echa desde las bardas del corral, por donde yo
la vi la vez primera, cuando le llevé la carta
donde iban las nuevas de las sandeces y
locuras que vuestra merced quedaba haciendo en
el corazón de Sierra Morena.”
  “¿Bardas de corral se te antojaron aquéllas,
Sancho”, dijo don Quijote, “adonde o por
donde viste aquella jamás bastantemente
alabada gentileza y hermosura? No debían de ser
sino galerías, o corredores, o lonjas, o como
las llaman, de ricos y reales palacios.”
  “Todo pudo ser”, respondió Sancho, “pero
a mí bardas me parecieron, si no es que soy
falto de memoria.”
  “Con todo eso, vamos allá, Sancho”, replicó
don Quijote; “que como yo la vea, eso se me
da que sea por bardas que por ventanas, o por
resquicios, o verjas de jardines; que cualquier
rayo que del sol de su belleza llegue a mis
ojos alumbrará mi entendimiento y fortalecerá
mi corazón de modo, que quede único
y sin igual en la discreción y en la valentía.”
  “Pues en verdad, señor”, respondió Sancho,
“que cuando yo vi ese sol de la señora
Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro que
pudiese echar de sí rayos algunos, y debió de
ser que como su merced estaba ahechando
aquel trigo que dije, el mucho polvo que sacaba
se le puso como nube ante el rostro y se le
oscureció.”
  “¡Que todavía das, Sancho”, dijo don Quijote,
“en decir, en pensar, en creer y en porfiar
que mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo
eso un menester y ejercicio que va desviado
de todo lo que hacen y deben hacer las personas
principales que están constituidas y guardadas
para otros ejercicios y entretenimientos,
que muestran a tiro de ballesta su principalidad!
Mal se te acuerdan a ti, oh Sancho,
aquellos versos de nuestro poeta, donde nos pinta
las labores que hacían, allá en sus moradas de
cristal, aquellas cuatro ninfas que del Tajo
amado sacaron las cabezas, y se sentaron a
labrar en el prado verde aquellas ricas telas que
allí el ingenioso poeta nos describe, que todas
eran de oro, sirgo y perlas contestas y
tejidas. Y de esta manera debía de ser el de mi
señora cuando tú la viste, sino que la envidia
que algún mal encantador debe de tener a mis
cosas, todas las que me han de dar gusto
trueca y vuelve en diferentes figuras que ellas
tienen, y, así, temo que en aquella historia que
dicen que anda impresa de mis hazañas, si
por ventura ha sido su autor algún sabio mi
enemigo, habrá puesto unas cosas por otras,
mezclando con una verdad mil mentiras,
divirtiéndose a contar otras acciones fuera de lo
que requiere la continuación de una verdadera
historia. ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y
carcoma de las virtudes! Todos los vicios,
Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo;
pero el de la envidia no trae sino disgustos,
rencores y rabias.”
  “Eso es lo que yo digo también”, respondió
Sancho, “y pienso que en esa leyenda o historia
que nos dijo el bachiller Carrasco que de
nosotros había visto, debe de andar mi honra a
coche acá, cinchado, y, como dicen, al estricote,
aquí y allí, barriendo las calles. Pues a fe
de bueno, que no he dicho yo mal de ningún
encantador ni tengo tantos bienes que pueda ser
envidiado. Bien es verdad que soy algo
malicioso y que tengo mis ciertos asomos de
bellaco; pero todo lo cubre y tapa la gran capa
de la simpleza mía, siempre natural y nunca
artificiosa, y cuando otra cosa no tuviese sino
el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente,
en Dios y en todo aquello que tiene y
cree la santa Iglesia Católica Romana, y el ser
enemigo mortal, como lo soy, de los judíos,
debían los historiadores tener misericordia de
mí y tratarme bien en sus escritos. Pero digan
lo que quisieren, que desnudo nací, desnudo me
hallo, ni pierdo ni gano; aunque por verme
puesto en libros y andar por ese mundo de
mano en mano, no se me da un higo que digan
de mí todo lo que quisieren.”
  “Eso me parece, Sancho”, dijo don Quijote,
“a lo que sucedió a un famoso poeta de estos
tiempos, el cual, habiendo hecho una maliciosa
sátira contra todas las damas cortesanas, no
puso ni nombró en ella a una dama que se
podía dudar si lo era o no. La cual, viendo que
no estaba en la lista de las demás, se quejó al
poeta, diciéndole que qué había visto en ella
para no ponerla en el número de las otras,
y que alargase la sátira y la pusiese en el
ensanche; si no, que mirase para lo que había
nacido. Hízolo así el poeta, y púsola cual no
digan dueñas, y ella quedó satisfecha por verse
con fama, aunque infame; también viene con
esto lo que cuentan de aquel pastor que puso
fuego y abrasó el templo famoso de Diana,
contado por una de las siete maravillas del
mundo, sólo porque quedase vivo su nombre
en los siglos venideros; y aunque se mandó
que nadie le nombrase ni hiciese por palabra
o por escrito mención de su nombre, porque
no consiguiese el fin de su deseo, todavía se
supo que se llamaba Eróstrato; también alude
a esto lo que sucedió al grande emperador
Carlos Quinto con un caballero en Roma.
  ”Quiso ver el emperador aquel famoso
templo de la Rotunda, que en la antigüedad se
llamó el templo de todos los dioses, y ahora, con
mejor vocación, se llama de todos los santos,
y es el edificio que más entero ha quedado de
los que alzó la gentilidad en Roma, y es el
que más conserva la fama de la grandiosidad
y magnificencia de sus fundadores. El es de
hechura de una media naranja, grandísimo en
extremo y está muy claro, sin entrarle otra luz
que la que le concede una ventana o, por
mejor decir, claraboya redonda que está en su
cima, desde la cual mirando el emperador el
edificio, estaba con él y a su lado un caballero
romano declarándole los primores y sutilezas
de aquella gran máquina y memorable arquitectura,
y, habiéndose quitado de la claraboya,
dijo al emperador:
  «Mil veces, sacra majestad, me vino
»deseo de abrazarme con vuestra majestad y
»arrojarme de aquella claraboya abajo por
»dejar de mí fama eterna en el mundo.»
  «Yo os agradezco», respondió el emperador,
»el no haber puesto tan mal pensamiento en
»efecto, y de aquí adelante no os pondré yo
»en ocasión que volváis a hacer prueba de
»vuestra lealtad, y, así, os mando que jamás
»me habléis, ni estéis donde yo estuviere»,
y tras estas palabras le hizo una gran merced.
  ”Quiero decir, Sancho, que el deseo de
alcanzar fama es activo en gran manera: ¿quién
piensas tú que arrojó a Horacio del puente
abajo, armado de todas armas, en la profundidad
del Tibre? ¿Quién abrasó el brazo y la
mano a Mucio? ¿Quién impelió a Curcio a
lanzarse en la profunda sima ardiente que
apareció en la mitad de Roma? ¿Quién contra todos
los agüeros que en contra se le habían mostrado,
hizo pasar el Rubicón a [Julio] César?
Y, con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó
los navíos y dejó en seco y aislados los
valerosos españoles guiados por el cortesísimo
Cortés en el nuevo mundo? Todas éstas,
y otras grandes y diferentes hazañas son,
fueron y serán obras de la fama que los mortales
desean como premios y parte de la inmortalidad
que sus famosos hechos merecen, puesto
que los cristianos, católicos y andantes
caballeros más hemos de atender a la gloria de
los siglos venideros, que es eterna en las
regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la
fama que en este presente y acabable siglo
se alcanza; la cual fama, por mucho que dure,
en fin se ha de acabar con el mismo mundo,
que tiene su fin señalado. Así, oh Sancho, que
nuestras obras no han de salir del límite que
nos tiene puesto la religión cristiana que
profesamos. Hemos de matar en los gigantes
a la soberbia; a la envidia, en la generosidad
y buen pecho; a la ira, en el reposado
continente y quietud del ánimo; a la gula y al
sueño, en el poco comer que comemos y en el
mucho velar que velamos; a la [lujuria] y
lascivia, en la lealtad que guardamos a las que
hemos hecho señoras de nuestros pensamientos;
a la pereza, con andar por todas las partes
del mundo buscando las ocasiones que nos
puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos
caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios
por donde se alcanzan los extremos de
alabanzas que consigo trae la buena fama.”
  “Todo lo que vuestra merced hasta aquí me
ha dicho”, dijo Sancho, “lo he entendido muy
bien, pero con todo eso querría que vuestra
merced me sorbiese una duda que ahora en
este punto me ha venido a la memoria.”
  “Absolviese quieres decir, Sancho”, dijo
don Quijote; “di en buen hora; que yo
responderé lo que supiere.”
  “Dígame, señor”, prosiguió Sancho, “esos
Julios o Agostos, y todos esos caballeros
hazañosos que ha dicho, que ya son muertos,
¿dónde están ahora?”
  “Los gentiles”, respondió don Quijote, “sin
duda están en el infierno; los cristianos, si
fueron buenos cristianos, o están en el
purgatorio o en el cielo.”
  “Está bien”, dijo Sancho, “pero sepamos
ahora, esas sepulturas donde están los cuerpos
de esos señorazos, ¿tienen delante de sí lámparas
de plata, o están adornadas las paredes de
sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras,
de piernas y de ojos de cera? Y si de esto
no, ¿de qué están adornadas?”
  A lo que respondió don Quijote:
  “Los sepulcros de los gentiles fueron por la
mayor parte suntuosos templos; las cenizas del
cuerpo de Julio César se pusieron sobre una
pirámide de piedra de desmesurada grandeza,
a quien hoy llaman en Roma la Aguja de San
Pedro. Al emperador Adriano le sirvió de
sepultura un castillo tan grande como una buena
aldea, a quien llamaron Moles Adriani, que
ahora es el castillo de Santángel en Roma. La
reina Artemisa sepultó a su marido Mausoleo
en un sepulcro que se tuvo por una de las siete
maravillas del mundo; pero ninguna de estas
sepulturas, ni otras muchas que tuvieron los
gentiles, se adornaron con mortajas, ni con
otras ofrendas y señales que mostrasen ser
santos los que en ellas estaban sepultados.”
  “A eso voy”, replicó Sancho, “y dígame
ahora, ¿cuál es más: resucitar a un muerto, o
matar a un gigante?”
  “La respuesta está en la mano”, respondió
don Quijote: “más es resucitar a un muerto.”
  “Cogido le tengo”, dijo Sancho; “luego la
fama del que resucita muertos, da vista a los
ciegos, endereza los cojos y da salud a los
enfermos, y delante de sus sepulturas arden
lámparas y están llenas sus capillas de gentes
devotas que de rodillas adoran sus reliquias,
mejor fama será para éste y para el otro siglo,
que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores
gentiles y caballeros andantes ha habido
en el mundo.”
  “También confieso esa verdad”, respondió
don Quijote.
  “Pues esta fama, estas gracias, estas
prerrogativas, como llaman a esto”, respondió
Sancho, “tienen los cuerpos y las reliquias de los
santos, que con aprobación y licencia de nuestra
santa madre Iglesia tienen lámparas, velas,
mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos,
piernas, con que aumentan la devoción y
engrandecen su cristiana fama; los cuerpos de
los santos o sus reliquias llevan los reyes sobre
sus hombros, besan los pedazos de sus huesos,
adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y
sus más preciados altares...”
  “¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo
lo que has dicho?”, dijo don Quijote.
  “Quiero decir”, dijo Sancho, “que nos
demos a ser santos y alcanzaremos más
brevemente la buena fama que pretendemos; y
advierta, señor, que ayer o antes de ayer, que
según ha poco se puede decir de esta manera,
canonizaron o beatificaron dos frailecitos
descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían
y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a
gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en
más veneración que está, según dije, la
espada de Roldán en la armería del rey nuestro
señor, que Dios guarde. Así que, señor mío, más
vale ser humilde frailecito de cualquier orden
que sea, que valiente y andante caballero; más
alcanzan con Dios dos docenas de disciplinas
que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes,
ora a vestiglos o a endriagos.”
  “Todo eso es así”, respondió don Quijote;
“pero no todos podemos ser frailes, y muchos
son los caminos por donde lleva Dios a los
suyos al cielo; religión es la caballería,
caballeros santos hay en la gloria.”
  “Sí”, respondió Sancho, “pero yo he oído
decir que hay más frailes en el cielo que
caballeros andantes.”
  “Eso es”, respondió don Quijote, “porque
es mayor el número de los religiosos que el de
los caballeros.”
  “Muchos son los andantes”, dijo Sancho.
  “Muchos”, respondió don Quijote, “pero
pocos los que merecen nombre de caballeros.”
  En éstas y otras semejantes pláticas se les
pasó aquella noche y el día siguiente, sin
acontecerles cosa que de contar fuese, de que
no poco le pesó a don Quijote; en fin, otro día
al anochecer descubrieron la gran ciudad
del Toboso, con cuya vista se le alegraron los
espíritus a don Quijote y se le entristecieron a
Sancho, porque no sabía la casa de Dulcinea,
ni en su vida la había visto, como no la había
visto su señor; de modo que el uno por verla,
y el otro por no haberla visto, estaban
alborotados, y no imaginaba Sancho qué había de
hacer cuando su dueño le enviase al Toboso.
Finalmente, ordenó don Quijote entrar en la
ciudad entrada la noche, y en tanto que la hora
se llegaba, se quedaron entre unas encinas que
cerca del Toboso estaban; y, llegado el
determinado punto, entraron en la ciudad, donde les
sucedió cosas que a cosas llegan.


                 Capítulo IX

    Donde se cuenta lo que en él se verá.

          Media noche era por filo,

poco más a menos, cuando don Quijote y Sancho
dejaron el monte y entraron en el Toboso;
estaba el pueblo en un sosegado silencio,
porque todos sus vecinos dormían y reposaban a
pierna tendida, como suele decirse. Era la noche
entreclara, puesto que quisiera Sancho que
fuera del todo oscura por hallar en su oscuridad
disculpa de su sandez. No se oía en todo el
lugar sino ladridos de perros, que atronaban los
oídos de don Quijote y turbaban el corazón de
Sancho; de cuando en cuando rebuznaba un
jumento, gruñían puercos, mayaban gatos, cuyas
voces de diferentes sonidos se aumentaban
con el silencio de la noche, todo lo cual tuvo
el enamorado caballero a mal agüero, pero,
con todo esto, dijo a Sancho:
  “Sancho hijo, guía al palacio de Dulcinea;
quizá podrá ser que la hallemos despierta.”
  “¿A qué palacio tengo de guiar, cuerpo del
sol”, respondió Sancho, “que en el que yo vi
a su grandeza no era sino casa muy pequeña?”
  “Debía de estar retirada entonces”, respondió
don Quijote, “en algún pequeño apartamiento
de su alcázar, solazándose a solas con
sus doncellas, como es uso y costumbre de las
altas señoras y princesas.”
  “Señor”, dijo Sancho, “ya que vuestra merced
quiere, a pesar mío, que sea alcázar la casa
de mi señora Dulcinea, ¿es hora ésta, por ventura,
de hallar la puerta abierta? ¿Y será bien
que demos aldabazos para que nos oigan y nos
abran, metiendo en alboroto y rumor toda la
gente? ¿Vamos por dicha a llamar a la casa
de nuestras mancebas, como hacen los
abarraganados, que llegan y llaman y entran a
cualquier hora, por tarde que sea?”
  “Hallemos primero una por una el alcázar”,
replicó don Quijote; “que entonces yo te diré,
Sancho, lo que será bien que hagamos, y
advierte, Sancho, que yo veo poco, [o] que aquel
bulto grande y sombra que desde aquí se descubre,
la debe de hacer el palacio de Dulcinea.”
  “Pues guíe vuestra merced”, respondió
Sancho; “quizá será así: aunque yo lo veré con
los ojos y lo tocaré con las manos, y así lo
creeré yo como creer que es ahora de día.”
  Guio don Quijote, y habiendo andado como
doscientos pasos, dio con el bulto que hacía la
sombra, y vio una gran torre, y luego conoció
que el tal edificio no era alcázar, sino la iglesia
principal del pueblo. Y dijo:
  “Con la iglesia hemos dado, Sancho.”
  “Ya lo veo”, respondió Sancho, “y plega a
Dios que no demos con nuestra sepultura; que
no es buena señal andar por los cementerios a
tales horas, y más habiendo yo dicho a vuestra
merced, si mal no acuerdo, que la casa de esta
señora ha de estar en una callejuela sin salida.”
  “Maldito seas de Dios, mentecato”, dijo
don Quijote; “¿adónde has tú hallado que los
alcázares y palacios reales estén edificados en
callejuelas sin salida?”
  “Señor”, respondió Sancho, “en cada tierra
su uso; quizá se usa aquí en el Toboso edificar
en callejuelas los palacios y edificios
grandes. Y, así, suplico a vuestra merced me deje
buscar por estas calles o callejuelas que se me
ofrecen; podría ser que en algún rincón topase
con ese alcázar, que le vea yo comido de
perros, que así nos trae corridos y
asendereados.”
  “Habla con respeto, Sancho, de las cosas de
mi señora”, dijo don Quijote, “y tengamos la
fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el
caldero.”
  “Yo me reportaré”, respondió Sancho, “pero
¿con qué paciencia podré llevar que quiera
vuestra merced que de sola una vez que vi la casa
de nuestra ama la haya de saber siempre, y
hallarla a medianoche, no hallándola vuestra
merced, que la debe de haber visto millares de
veces?”
  “Tú me harás desesperar, Sancho”, dijo don
Quijote; “ven acá, hereje, ¿no te he dicho mil
veces que en todos los días de mi vida no he
visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé
los umbrales de su palacio, y que sólo estoy
enamorado de oídas, y de la gran fama que
tiene de hermosa y discreta?”
  “Ahora lo oigo”, respondió Sancho, “y digo
que pues vuestra merced no la ha visto, ni yo
tampoco.”
  “Eso no puede ser”, replicó don Quijote;
“que, por lo menos, ya me has dicho tú que la
viste ahechando trigo, cuando me trajiste la
respuesta de la carta que le envié contigo.”
  “No se atenga a eso, señor”, respondió
Sancho, “porque le hago saber que también fue de
oídas la vista y la respuesta que le traje;
porque así sé yo quién es la señora Dulcinea,
como dar un puño en el cielo.”
  “Sancho, Sancho”, respondió don Quijote,
“tiempos hay de burlar, y tiempos donde caen y
parecen mal las burlas. No porque yo diga que
ni he visto ni hablado a la señora de mi alma
has tú de decir también que ni la has hablado
ni visto, siendo tan al revés como sabes.”
  Estando los dos en estas pláticas, vieron que
venía a pasar por donde estaban uno con dos
mulas, que por el ruido que hacía el arado, que
arrastraba por el suelo, juzgaron que debía de
ser labrador, que habría madrugado antes del
día a ir a su labranza, y así fue la verdad;
venía el labrador cantando aquel romance
que dicen:

      “Mala la hubisteis, franceses,
    en esa de Roncesvalles.”

  “Que me maten, Sancho”, dijo en oyéndole
don Quijote, “si nos ha de suceder cosa buena
esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando
ese villano?”
  “Sí oigo”, respondió Sancho, “pero ¿qué
hace a nuestro propósito la caza de
Roncesvalles? Así pudiera cantar el romance de
Calaínos, que todo fuera uno para sucedernos
bien o mal en nuestro negocio.”
  Llegó en esto el labrador, a quien don
Quijote preguntó:
  “¿Sabréisme decir, buen amigo, que buena
ventura os dé Dios, dónde son por aquí los
palacios de la sin par princesa doña Dulcinea
del Toboso?”
  “Señor”, respondió el mozo, “yo soy forastero
y ha pocos días que estoy en este pueblo
sirviendo a un labrador rico en la labranza del
campo; en esa casa frontera viven el cura y
el sacristán del lugar: entrambos o cualquier
de ellos sabrá dar a vuestra merced razón de esa
señora princesa, porque tienen la lista de todos
los vecinos del Toboso. Aunque para mí tengo
que en todo él no vive princesa alguna, muchas
señoras sí, principales, que cada una en
su casa puede ser princesa.”
  “Pues entre ésas”, dijo don Quijote, “debe
de estar, amigo, ésta por quien te pregunto.”
  “Podría ser”, respondió el mozo; “y a Dios,
que ya viene el alba.”
  Y, dando a sus mulas, no atendió a más
preguntas.
  Sancho, que vio suspenso a su señor, y asaz
malcontento, le dijo:
  “Señor, ya se viene a más andar el día y no
será acertado dejar que nos halle el sol en la
calle; mejor será que nos salgamos fuera de la
ciudad, y que vuestra merced se embosque en
alguna floresta aquí cercana, y yo volveré de
día, y no dejaré ostugo en todo este lugar,
donde no busque la casa, alcázar o palacio de mi
señora, y asaz sería de desdichado si no le
hallase, y hallándole, hablaré con su merced,
y le diré dónde y cómo queda vuestra merced
esperando que le dé orden y traza para verla,
sin menoscabo de su honra y fama.”
  “Has dicho, Sancho”, dijo don Quijote, “mil
sentencias encerradas en el círculo de breves
palabras; el consejo que ahora me has dado le
apetezco y recibo de bonísima gana. Ven, hijo,
y vamos a buscar donde me embosque; que tú
volverás, como dices, a buscar, a ver y hablar
a mi señora, de cuya discreción y cortesía
espero más que milagrosos favores.”
  Rabiaba Sancho por sacar a su amo del
pueblo, porque no averiguase la mentira de la
respuesta que de parte de Dulcinea le había
llevado a Sierra Morena, y, así, dio prisa a la
salida, que fue luego, y a dos millas del lugar
hallaron una floresta o bosque, donde don
Quijote se emboscó, en tanto que Sancho volvía
a la ciudad a hablar a Dulcinea, en cuya
embajada le sucedieron cosas que piden nueva
atención y nuevo crédito.


                  Capítulo X

Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo
  para encantar a la señora Dulcinea, y de
  otros sucesos tan ridículos como verdaderos.

  Llegando el autor de esta grande historia a
contar lo que en este capítulo cuenta, dice que
quisiera pasarle en silencio, temeroso de que
no había de ser creído; porque las locuras de
don Quijote llegaron aquí al término y raya
de las mayores que pueden imaginarse, y aun
pasaron dos tiros de ballesta más allá de las
mayores. Finalmente, aunque con este miedo y
recelo, las escribió de la misma manera que él
las hizo, sin añadir ni quitar a la historia un
átomo de la verdad, sin dársele nada por las
objeciones que podían ponerle de mentiroso;
y tuvo razón, porque la verdad adelgaza, y no
quiebra, y siempre anda sobre la mentira, como
el aceite sobre el agua. Y, así, prosiguiendo su
historia, dice, que así como don Quijote se emboscó
en la floresta, encinar, o selva junto al gran
Toboso, mandó a Sancho volver a la ciudad, y
que no volviese a su presencia sin haber primero
hablado de su parte a su señora, pidiéndola
fuese servida de dejarse ver de su cautivo
caballero, y se dignase de echarle su bendición,
para que pudiese esperar por ella felicísimos
sucesos de todos sus acometimientos y
dificultosas empresas. Encargóse Sancho de
hacerlo así como se le mandaba, y de traerle
tan buena respuesta, como le trajo la vez
primera.
  “Anda, hijo”, replicó don Quijote, “y no te
turbes cuando te vieres ante la luz del sol de
hermosura que vas a buscar. Dichoso tú sobre
todos los escuderos del mundo. Ten memoria y
no se te pase de ella, cómo te recibe, si muda las
colores el tiempo que la estuvieres dando mi
embajada, si se desasosiega y turba, oyendo
mi nombre; si no cabe en la almohada si acaso
la hallas sentada en el estrado rico de su
autoridad, y si está en pie, mírala, si se pone ahora
sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite
la respuesta que te diere, dos o tres veces; si la
muda de blanda en áspera, de aceda en amorosa;
si levanta la mano al cabello para componerle,
aunque no esté desordenado. Finalmente,
hijo, mira todas sus acciones y movimientos;
porque si tú me los relatares como ellos fueron,
sacaré yo lo que ella tiene escondido en lo
secreto de su corazón acerca de lo que al fecho
de mis amores toca; que has de saber, Sancho,
si no lo sabes, que entre los amantes las
acciones y movimientos exteriores que muestran,
cuando de sus amores se trata, son certísimos
correos que traen las nuevas de lo que allá en
lo interior del alma pasa. Ve, amigo, y guíete
otra mejor ventura que la mía, y vuélvate otro
mejor suceso del que yo quedo temiendo y
esperando en esta amarga soledad en que me
dejas.”
  “Yo iré y volveré presto”, dijo Sancho, “y
ensanche vuestra merced, señor mío, ese
corazoncillo, que le debe de tener ahora no mayor
que una avellana, y considere que se suele
decir que buen corazón quebranta mala ventura,
y que donde no hay tocinos no hay estacas; y
también se dice, donde no piensa, salta la
liebre. Dígolo porque si esta noche no hallamos
los palacios o alcázares de mi señora, ahora
que es de día los pienso hallar, cuando menos
lo piense, y hallados, déjenme a mí con
ella.”
  “Por cierto, Sancho”, dijo don Quijote, “que
siempre traes tus refranes tan a pelo de lo que
tratamos, cuanto me dé Dios mejor ventura en
lo que deseo.”
  Esto dicho, volvió Sancho las espaldas y
vareó su rucio, y don Quijote se quedó a caballo,
descansando sobre los estribos y sobre el
arrimo de su lanza, lleno de tristes y confusas
imaginaciones, donde le dejaremos, yéndonos
con Sancho Panza, que no menos confuso y
pensativo se apartó de su señor que él
quedaba; y tanto, que apenas hubo salido del
bosque, cuando, volviendo la cabeza y viendo
que don Quijote no parecía, se apeó del
jumento, y, sentándose al pie de un árbol,
comenzó a hablar consigo mismo y a decirse:
  “Sepamos ahora, Sancho hermano, ¿adónde
va vuestra merced? ¿Va a buscar algún jumento
que se le haya perdido? No por cierto. Pues
¿qué va a buscar? Voy a buscar, como quien
no dice nada, a una princesa, y en ella al sol
de la hermosura, y a todo el cielo junto. Y
¿adónde pensáis hallar eso que decís, Sancho?
¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso.
Y bien, y ¿de parte de quién la vais a
buscar? De parte del famoso Caballero don
Quijote de la Mancha, que desface los tuertos y
da de comer al que ha sed y de beber al que
ha hambre. Todo eso está muy bien; y
¿sabéis su casa, Sancho? Mi amo dice que han
de ser unos reales palacios o unos soberbios
alcázares. Y ¿habéisla visto algún día por
ventura? Ni yo ni mi amo la hemos visto
jamás. Y ¿paréceos que fuera acertado y bien
hecho que si los del Toboso supiesen que estáis
vos aquí con intención de ir a sonsacarles
sus princesas y a desasosegarles sus damas,
viniesen y os moliesen las costillas a
puros palos y no os dejasen hueso sano? En
verdad que tendrían mucha razón, cuando no
considerasen que soy mandado, y que

      mensajero sois, amigo,
      no merecéis culpa, no.

No os fieis en eso, Sancho, porque la gente
manchega es tan colérica como honrada y no
consiente cosquillas de nadie. Vive Dios, que
si os huele, que os mando mala ventura.
¡Oxte, puto!; ¡allá darás, rayo! No, sino ándeme
yo buscando tres pies al gato por el gusto
ajeno; y más, que así será buscar a Dulcinea por
el Toboso como a Marica por Ravena o al
bachiller en Salamanca. El diablo, el diablo me
ha metido a mí en esto, que otro no.”
  Este soliloquio pasó consigo Sancho, y lo
que sacó de él fue que volvió a decirse:
  “Ahora bien, todas las cosas tienen remedio, si no
es la muerte, debajo de cuyo yugo hemos de
pasar todos, mal que nos pese, al acabar de
la vida. Este mi amo por mil señales he visto
que es un loco de atar, y aun también yo no
le quedo en zaga, pues soy más mentecato que
él, pues le sigo y le sirvo, si es verdadero el
refrán que dice: «dime con quién andas, decirte
»he quién eres», y el otro de «no con quien
»naces, sino con quien paces». Siendo, pues,
loco, como lo es, y de locura que las más veces
toma unas cosas por otras y juzga lo blanco
por negro y lo negro por blanco, como le
pareció cuando dijo que los molinos de viento
eran gigantes, y las mulas de los religiosos
dromedarios, y las manadas de carneros ejércitos
de enemigos, y otras muchas cosas a este
tono, no será muy difícil hacerle creer que una
labradora, la primera que me topare por aquí,
es la señora Dulcinea, y cuando él no lo crea,
juraré yo, y si él jurare, tornaré yo a jurar, y
si porfiare, porfiaré yo más, y de manera, que
tengo de tener la mía siempre sobre el hito,
venga lo que viniere; quizá con esta porfía
acabaré con él que no me envíe otra vez a
semejantes mensajerías, viendo cuán mal
recado le traigo de ellas, o quizá pensará, como
yo imagino, que algún mal encantador de
estos que él dice que le quieren mal la habrá
mudado la figura por hacerle mal y daño.”
  Con esto que pensó Sancho Panza quedó
sosegado su espíritu, y tuvo por bien acabado
su negocio, (y) deteniéndose allí hasta la tarde,
por dar lugar a que don Quijote pensase que
le había tenido para ir y volver del Toboso. Y
sucedióle todo tan bien, que, cuando se levantó
para subir en el rucio, vio que del Toboso
hacia donde él estaba venían tres labradoras
sobre tres pollinos, o pollinas, que el autor no
lo declara, aunque más se puede creer que
eran borricas, por ser ordinaria caballería de
las aldeanas; pero como no va mucho en
esto, no hay para qué detenernos en
averiguarlo.
  En resolución, así como Sancho vio a las
labradoras, a paso tirado volvió a buscar a su
señor don Quijote, y hallóle suspirando y
diciendo mil amorosas lamentaciones. Como don
Quijote le vio, le dijo:
  “¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré señalar
este día con piedra blanca, o con negra?”
  “Mejor será”, respondió Sancho, “que vuestra
merced le señale con almagre, como rétulos
de cátedras, porque le echen bien de ver
los que le vieren.”
  “De ese modo”, replicó don Quijote, “buenas
nuevas traes.”
  “Tan buenas”, respondió Sancho, “que no
tiene más que hacer vuestra merced sino picar
a Rocinante y salir a lo raso a ver a la señora
Dulcinea del Toboso, que con otras dos,
doncellas suyas, viene a ver a vuestra merced.”
  “Santo Dios, ¿qué es lo que dices, Sancho
amigo?”, dijo don Quijote. “Mira no me engañes,
ni quieras con falsas alegrías alegrar
mis verdaderas tristezas.”
  “¿Qué sacaría yo de engañar a vuestra
merced”, respondió Sancho, “y más estando tan
cerca de descubrir mi verdad? Pique, señor,
y venga, y verá venir a la princesa, nuestra
ama, vestida y adornada, en fin, como quien
ella es. Sus doncellas y ella todas son una
ascua de oro. Todas mazorcas de perlas,
todas son diamantes, todas rubíes, todas telas
de brocado de más de diez altos. Los cabellos
sueltos por las espaldas, que son otros tantos
rayos del sol, que andan jugando con el viento,
y, sobre todo, vienen a caballo sobre tres
cananeas remendadas, que no hay más que ver.”
  “Hacaneas, querrás decir, Sancho.”
  “Poca diferencia hay”, respondió Sancho, “de
cananeas a hacaneas; pero vengan sobre lo
que vinieren, ellas vienen las más galanas
señoras que se puedan desear, especialmente
la princesa Dulcinea, mi señora, que pasma
los sentidos.”
  “Vamos, Sancho hijo”, respondió don Quijote,
“y en albricias de estas no esperadas como
buenas nuevas te mando el mejor despojo que
ganare en la primera aventura que tuviere, y
si esto no te contenta, te mando las crías que
este año me dieren las tres yeguas mías, que
tú sabes que quedan para parir en el prado
concejil de nuestro pueblo.”
  “A las crías me atengo”, respondió Sancho,
“porque de ser buenos los despojos de la
primera aventura no está muy cierto.”
  Ya en esto, salieron de la selva y descubrieron
cerca a las tres aldeanas. Tendió don Quijote
los ojos por todo el camino del Toboso, y
como no vio sino a las tres labradoras, turbóse
todo, y preguntó a Sancho si las había dejado
fuera de la ciudad.
  “¿Cómo fuera de la ciudad?”, respondió;
“¿por ventura tiene vuestra merced los ojos en
el colodrillo, que no ve que son éstas las que
aquí vienen, resplandecientes como el mismo
sol a mediodía?”
  “Yo no veo, Sancho”, dijo don Quijote,
“sino a tres labradoras sobre tres borricos.”
  “Ahora me libre Dios del diablo”, respondió
Sancho; “y ¿es posible que tres hacaneas, o
como se llaman, blancas como el ampo de la
nieve, le parezcan a vuestra merced borricos?
¡Vive el Señor, que me pele estas barbas si tal
fuese verdad!”
  “Pues yo te digo, Sancho amigo”, dijo don
Quijote, “que es tan verdad que son borricos,
o borricas, como yo soy don Quijote y tú Sancho
Panza; a lo menos, a mí tales me parecen.”
  “Calle, señor”, dijo Sancho, “no diga la tal
palabra, sino despabile esos ojos y venga a
hacer reverencia a la señora de sus
pensamientos, que ya llega cerca.”
  Y, diciendo esto, se adelantó a recibir a las
tres aldeanas, y, apeándose del rucio, tuvo del
cabestro al jumento de una de las tres labradoras,
e, hincando ambas rodillas en el suelo,
dijo:
  “Reina y princesa y duquesa de la hermosura,
vuestra altivez y grandeza sea servida
de recibir en su gracia y buen talante al
cautivo caballero vuestro, que allí está hecho
piedra mármol, todo turbado y sin pulsos de verse
ante vuestra magnífica presencia. Yo soy Sancho
Panza su escudero, y él es el asendereado
caballero don Quijote de la Mancha, llamado
por otro nombre el Caballero de la Triste
Figura.”
  A esta sazón ya se había puesto don Quijote
de hinojos junto a Sancho, y miraba con ojos
desencajados y vista turbada a la que Sancho
llamaba reina y señora, y como no descubría
en ella sino una moza aldeana y no de muy
buen rostro, porque era carirredonda y chata,
estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar
los labios. Las labradoras estaban asimismo
atónitas, viendo aquellos dos hombres tan
diferentes hincados de rodillas, que no dejaban
pasar adelante a su compañera. Pero rompiendo
el silencio la detenida, toda desgraciada
y mohína dijo:
  “Apártense nora en tal del camino, y
déjennos pasar; que vamos de prisa.”
  A lo que respondió Sancho:
  “¡Oh princesa y señora universal del Toboso!
¿Cómo vuestro magnánimo corazón no se enternece
viendo arrodillado ante vuestra sublimada
presencia a la columna y sustento de la andante
caballería?”
  Oyendo lo cual otra de las dos, dijo:
  “¡Mas jo, que te estriego, burra de mi
suegro! Mirad con qué se vienen los señoritos
ahora a hacer burla de las aldeanas, como
si aquí no supiésemos echar pullas como ellos;
vayan su camino y déjennos hacer el nuestro,
y serles ha sano.”
  “Levántate, Sancho”, dijo a este punto don
Quijote; “que ya veo que la Fortuna, de mi mal
no harta, tiene tomados los caminos todos por
donde pueda venir algún contento a esta ánima
mezquina que tengo en las carnes. Y tú, ¡oh
extremo del valor que puede desearse, término de
la humana gentileza, único remedio de este
afligido corazón que te adora!, ya que el maligno
encantador me persigue y ha puesto nubes y
cataratas en mis ojos, y para sólo ellos y no
para otros ha mudado y transformado tu sin
igual hermosura y rostro en el de una
labradora pobre, si ya también el mío no le ha
cambiado en el de algún vestiglo para hacerle
aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme
blanda y amorosamente, echando de ver en
esta sumisión y arrodillamiento que a tu
contrahecha hermosura hago, la humildad con que
mi alma te adora.”
  “¡Tomad qué, mi abuelo!”, respondió la
aldeana; “amiguita soy yo de oír resquebrajos.
Apártense y déjennos ir y agradecérselo
hemos.”
  Apartóse Sancho y dejóla ir, contentísimo
de haber salido bien de su enredo.
  Apenas se vio libre la aldeana que había hecho
la figura de Dulcinea, cuando, picando a su
cananea con un aguijón que en un palo traía,
dio a correr por el prado adelante. Y como la
borrica sentía la punta del aguijón que le
fatigaba más de lo ordinario, comenzó a dar
corcovos, de manera, que dio con la señora
Dulcinea en tierra; lo cual visto por don Quijote,
acudió a levantarla, y Sancho a componer y
cinchar el albarda, que también vino a la
barriga de la pollina. Acomodada, pues, la
albarda, y queriendo don Quijote levantar a su
encantada señora en los brazos sobre la
jumenta, la señora, levantándose del suelo, le
quitó de aquel trabajo, porque haciéndose algún
tanto atrás, tomó una corridica, y puestas
ambas manos sobre las ancas de la pollina, dio
con su cuerpo más ligero que un halcón sobre
la albarda, y quedó a horcajadas, como si fuera
hombre; y entonces dijo Sancho:
  “Vive Roque, que es la señora nuestra ama
más ligera que un alcotán y que puede
enseñar a subir a la jineta al más diestro
cordobés o mexicano. El arzón trasero de la silla
pasó de un salto, y sin espuelas hace correr
la hacanea como una cebra, y no le van
en zaga sus doncellas, que todas corren como
el viento.”
  Y así era la verdad, porque en viéndose
a caballo Dulcinea, todas picaron tras ella y
dispararon a correr, sin volver la cabeza atrás
por espacio de más de media legua. Siguiólas
don Quijote con la vista, y cuando vio que no
parecían, volviéndose a Sancho, le dijo:
  “¿Sancho, qué te parece cuán malquisto soy
de encantadores? Y mira hasta dónde se extiende
su malicia y la ojeriza que me tienen, pues
me han querido privar del contento que
pudiera darme ver en su ser a mi señora. En
efecto, yo nací para ejemplo de desdichados
y para ser blanco y terrero donde tomen la
mira y asesten las flechas de la mala fortuna.
Y has también de advertir, Sancho, que no se
contentaron estos traidores de haber vuelto y
transformado a mi Dulcinea, sino que la
transformaron y volvieron en una figura tan baja y
tan fea como la de aquella aldeana, y
juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las
principales señoras, que es el buen olor, por
andar siempre entre ámbares y entre flores;
porque te hago saber, Sancho, que cuando
llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea,
según tú dices, que a mí me pareció borrica,
me dio un olor de ajos crudos, que me
encalabrinó y atosigó el alma.”
  “¡Oh canalla!”, gritó a esta sazón Sancho, “¡oh
encantadores aciagos y malintencionados, y
quién os viera a todos ensartados por las
agallas como sardinas en lercha! Mucho sabéis,
mucho podéis y mucho más hacéis. Bastaros
debiera, bellacos, haber mudado las perlas
de los ojos de mi señora en agallas
alcornoqueñas y sus cabellos de oro purísimo en
cerdas de cola de buey bermejo, y, finalmente,
todas sus facciones de buenas en malas, sin que
le tocarais en el olor; que por él siquiera
sacáramos lo que estaba encubierto debajo de
aquella fea corteza, aunque, para decir verdad,
nunca yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la
cual subía de punto y quilates un lunar que
tenía sobre el labio derecho a manera de
bigote, con siete u ocho cabellos rubios como
hebras de oro y largos de más de un palmo.”
  “A ese lunar”, dijo don Quijote, “según la
correspondencia que tienen entre sí los del
rostro con los del cuerpo, ha de tener otro
Dulcinea en la tabla del muslo que corresponde al
lado donde tiene el del rostro; pero muy luengos
para lunares son pelos de la grandeza que
has significado.”
  “Pues yo sé decir a vuestra merced”,
respondió Sancho, “que le parecían allí como
nacidos.”
  “Yo lo creo, amigo”, replicó don Quijote,
“porque ninguna cosa puso la naturaleza
en Dulcinea que no fuese perfecta y bien
acabada, y así, si tuviera cien lunares como el
que dices, en ella no fueran lunares, sino lunas
y estrellas resplandecientes. Pero dime,
Sancho, ¿aquella que a mí me pareció albarda que
tú aderezaste, era silla rasa, o sillón?”
  “No era”, respondió Sancho, “sino silla a la
jineta, con una cubierta de campo que vale la
mitad de un reino, según es de rica.”
  “Y ¡que no viese yo todo eso, Sancho!”,
dijo don Quijote; “ahora torno a decir, y diré
mil veces, que soy el más desdichado de los
hombres.”
  Harto tenía que hacer el socarrón de Sancho
en disimular la risa, oyendo las sandeces de su
amo, tan delicadamente engañado. Finalmente,
después de otras muchas razones que entre los
dos pasaron, volvieron a subir en sus bestias
y siguieron el camino de Zaragoza, adonde
pensaban llegar a tiempo que pudiesen hallarse
en unas solemnes fiestas que en aquella
insigne ciudad cada año suelen hacerse. Pero
antes que allá llegasen les sucedieron cosas,
que por muchas, grandes y nuevas, merecen ser
escritas y leídas, como se verá adelante.


                 Capítulo XI

De la extraña aventura que le sucedió al valeroso
  don Quijote con el carro o carreta de las
  Cortes de la Muerte.

  Pensativo además iba don Quijote por su
camino adelante, considerando la mala burla
que le habían hecho los encantadores, volviendo
a su señora Dulcinea en la mala figura de la
aldeana, y no imaginaba qué remedio tendría
para volverla a su ser primero, y estos
pensamientos le llevaban tan fuera de sí, que,
sin sentirlo, soltó las riendas a Rocinante, el
cual, sintiendo la libertad que se le daba, a
cada paso se detenía a pacer la verde hierba,
de que aquellos campos abundaban; de su
embelesamiento le volvió Sancho Panza,
diciéndole:
  “Señor, las tristezas no se hicieron para las
bestias, sino para los hombres; pero si los
hombres las sienten demasiado se vuelven bestias;
vuestra merced se reporte y vuelva en sí y coja
las riendas a Rocinante, y avive y despierte, y
muestre aquella gallardía que conviene que
tengan los caballeros andantes. ¿Qué diablos
es esto? ¿Qué descaecimiento es éste?
¿Estamos aquí, o en Francia? Mas que se lleve
Satanás a cuantas Dulcineas hay en el mundo,
pues vale más la salud de un solo caballero
andante que todos los encantos y
transformaciones de la tierra.”
  “Calla, Sancho”, respondió don Quijote con
voz no muy desmayada; “calla, digo, y no
digas blasfemias contra aquella encantada
señora; que de su desgracia y desventura yo solo
tengo la culpa: de la envidia que me tienen los
malos ha nacido su mala andanza.”
  “Así lo digo yo”, respondió Sancho: “quien
la vio y la ve ahora, ¿cuál es el corazón que
no llora?”
  “Eso puedes tú decir bien, Sancho”, replicó
don Quijote, “pues la viste en la entereza
cabal de su hermosura; que el encanto no
se extendió a turbarte la vista ni a encubrirte
su belleza. Contra mí solo y contra mis ojos
se endereza la fuerza de su veneno. Mas con
todo esto he caído, Sancho, en una cosa, y es
que me pintaste mal su hermosura, porque, si
mal no me acuerdo, dijiste que tenía los ojos
de perlas, y los ojos que parecen de perlas,
antes son de besugo que de dama, y a lo que
yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes
esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos
que les sirven de cejas. Y esas perlas quítalas
de los ojos y pásalas a los dientes; que sin
duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por
los dientes.”
  “Todo puede ser”, respondió Sancho, “porque
también me turbó a mí su hermosura como a
vuestra merced su fealdad; pero encomendémoslo
todo a Dios, que El es el sabedor de las
cosas que han de suceder en este valle de
lágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde
apenas se halla cosa que esté sin mezcla de
maldad, embuste y bellaquería. De una cosa
me pesa, señor mío, más que de otras: que es
pensar qué medio se ha de tener cuando vuestra
merced venza a algún gigante u otro caballero,
y le mande que se vaya a presentar ante
la hermosura de la señora Dulcinea, ¿adónde la
ha de hallar este pobre gigante o este pobre y
mísero caballero vencido? Paréceme que los
veo andar por el Toboso hechos unos bausanes
buscando a mi señora Dulcinea, y aunque
la encuentren en mitad de la calle, no la
conocerán más que a mi padre.”
  “Quizá, Sancho”, respondió don Quijote, “no
se extenderá el encantamiento a quitar el
conocimiento de Dulcinea a los vencidos y
presentados gigantes y caballeros, y en uno o dos de
los primeros que yo venza y le envíe haremos
la experiencia, si la ven o no, mandándoles
que vuelvan a darme relación de lo que acerca
de esto les hubiere sucedido.”
  “Digo, señor”, replicó Sancho, “que me ha
parecido bien lo que vuestra merced ha dicho,
y que con ese artificio vendremos en conocimiento
de lo que deseamos, y si es que ella a
sólo vuestra merced se encubre, la desgracia
más será de vuestra merced que suya. Pero
como la señora Dulcinea tenga salud y
contento, nosotros por acá nos avendremos y lo
pasaremos lo mejor que pudiéremos, buscando
nuestras aventuras, y dejando al tiempo
que haga de las suyas; que él es el mejor
médico de éstas y de otras mayores
enfermedades.”
  Responder quería don Quijote a Sancho
Panza; pero estorbóselo una carreta que salió al
través del camino, cargada de los más diversos
y extraños personajes y figuras que pudieron
imaginarse. El que guiaba las mulas y servía
de carretero era un feo demonio. Venía la carreta
descubierta al cielo abierto, sin toldo ni
zarzo. La primera figura que se ofreció a los
ojos de don Quijote, fue la de la misma Muerte,
con rostro humano; junto a ella venía un
ángel con unas grandes y pintadas alas. Al un
lado estaba un emperador con una corona, al
parecer de oro, en la cabeza. A los pies de la
Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin
venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y
saetas. Venía también un caballero armado de
punta en blanco, excepto que no traía morrión,
ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de
diversas colores; con éstas venían otras personas
de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual
visto de improviso en alguna manera alborotó
a don Quijote, y puso miedo en el corazón de
Sancho; mas luego se alegró don Quijote,
creyendo que se le ofrecía alguna nueva y
peligrosa aventura, y con este pensamiento, y con
ánimo dispuesto de acometer cualquier peligro,
se puso delante de la carreta, y, con voz alta y
amenazadora, dijo:
  “Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres,
no tardes en decirme quién eres, a dó vas y
quién es la gente que llevas en tu carricoche,
que más parece la barca de Carón que carreta
de las que se usan.”
  A lo cual mansamente, deteniendo el Diablo
la carreta, respondió:
  “Señor, nosotros somos recitantes de la
compañía de Angulo el malo; hemos hecho en
un lugar que está detrás de aquella loma, esta
mañana, que es la octava del Corpus, el auto
de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de
hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí
se parece, y por estar tan cerca y excusar el
trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos
vamos vestidos con los mismos vestidos que
representamos. Aquel mancebo va de Muerte,
el otro de Angel. Aquella mujer, que es la del
autor, va de Reina, el otro de Soldado, aquel de
Emperador, y yo de Demonio, y soy una de las
principales figuras del auto, porque hago en
esta compañía los primeros papeles. Si otra
cosa vuestra merced desea saber de nosotros,
pregúntemelo, que yo le sabré responder con
toda puntualidad; que como soy demonio, todo
se me alcanza.”
  “Por la fe de caballero andante”, respondió
don Quijote, “que así como vi este carro imaginé
que alguna grande aventura se me ofrecía,
y ahora digo que es menester tocar las apariencias
con la mano para dar lugar al desengaño.
Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra
fiesta. Y mirad si mandáis algo en que pueda
seros de provecho; que lo haré con buen ánimo
y buen talante, porque desde muchacho fui
aficionado a la carátula, y en mi mocedad se
me iban los ojos tras la farándula.”
  Estando en estas pláticas quiso la suerte que
llegase uno de la compañía, que venía vestido
de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la
punta de un palo traía tres vejigas de vaca
hinchadas; el cual moharracho, llegándose a don
Quijote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir
el suelo con las vejigas y a dar grandes
saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visión
así alborotó a Rocinante, que, sin ser poderoso
a detenerle don Quijote, tomando el freno entre
los dientes, dio a correr por el campo con más
ligereza que jamás prometieron los huesos de
su anatomía. Sancho, que consideró el peligro
en [que] iba su amo de ser derribado, saltó
del rucio, y a toda prisa fue a valerle; pero
cuando a él llegó, ya estaba en tierra, y junto
a él Rocinante, que con su amo vino al suelo:
ordinario fin y paradero de las lozanías de
Rocinante y de sus atrevimientos.
  Mas apenas hubo dejado su caballería
Sancho por acudir a don Quijote, cuando el
demonio bailador de las vejigas saltó sobre el
rucio, y, sacudiéndole con ellas, el miedo y
ruido, más que el dolor de los golpes, le hizo
volar por la campaña hacia el lugar donde
iban a hacer la fiesta. Miraba Sancho la carrera
de su rucio y la caída de su amo, y no sabía
a cuál de las dos necesidades acudiría primero.
Pero, en efecto, como buen escudero y como
buen criado, pudo más con él el amor de su
señor que el cariño de su jumento, puesto que
cada vez que veía levantar las vejigas en el
aire y caer sobre las ancas de su rucio, eran
para él tártagos y sustos de muerte, y antes
quisiera que aquellos golpes se los dieran a él
en las niñas de los ojos que en el más mínimo
pelo de la cola de su asno. Con esta perpleja
tribulación llegó donde estaba don Quijote,
harto más maltrecho de lo que él quisiera, y,
ayudándole a subir sobre Rocinante, le dijo:
  “Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.”
  “¿Qué diablo?”, preguntó don Quijote.
  “El de las vejigas”, respondió Sancho.
  “Pues yo le cobraré”, replicó don Quijote,
“si bien se encerrase con él en los más
hondos y oscuros calabozos del infierno. Sígueme,
Sancho; que la carreta va despacio, y con las
mulas de ella satisfaré la pérdida del rucio.”
  “No hay para qué hacer esa diligencia,
señor”, respondió Sancho; “vuestra merced
temple su cólera; que, según me parece, ya el
Diablo ha dejado el rucio, y vuelve a la
querencia.”
  Y así era la verdad, porque habiendo caído
el Diablo con el rucio, por imitar a don Quijote
y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al pueblo,
y el jumento se volvió a su amo.
  “Con todo eso”, dijo don Quijote, “será
bien castigar el descomedimiento de aquel
demonio en alguno de los de la carreta, aunque
sea el mismo Emperador.”
  “Quítesele a vuestra merced eso de la
imaginación”, replicó Sancho, “y tome mi consejo,
que es que nunca se tome con farsantes, que
es gente favorecida. Recitante he visto yo estar
preso por dos muertes y salir libre y sin costas.
Sepa vuestra merced que, como son gentes alegres
y de placer, todos los favorecen, todos los
amparan, ayudan y estiman, y más siendo de
aquellos de las compañías reales y de título,
que todos, o los más, en sus trajes y
compostura parecen unos príncipes.”
  “Pues con todo”, respondió don Quijote,
“no se me ha de ir el demonio farsante
alabando, aunque le favorezca todo el género
humano.”
  Y, diciendo esto, volvió a la carreta, que ya
estaba bien cerca del pueblo; [e] iba dando
voces, diciendo:
  “Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada;
que os quiero dar a entender cómo se han
de tratar los jumentos y alimañas que sirven
de caballería a los escuderos de los caballeros
andantes.”
  Tan altos eran los gritos de don Quijote,
que los oyeron y entendieron los de la carreta,
y, juzgando por las palabras la intención del
que las decía, en un instante saltó la Muerte de
la carreta, y tras ella, el Emperador, el Diablo
carretero y el Angel, sin quedarse la Reina ni
el dios Cupido, y todos se cargaron de piedras
y se pusieron en ala, esperando recibir a don
Quijote en las puntas de sus guijarros. Don
Quijote que los vio puestos en tan gallardo
escuadrón, los brazos levantados con ademán
de despedir poderosamente las piedras, detuvo
las riendas a Rocinante y púsose a pensar de
qué modo los acometería con menos peligro
de su persona. En esto que se detuvo, llegó
Sancho, y viéndole en talle de acometer al
bien formado escuadrón, le dijo:
  “Asaz de locura sería intentar tal empresa;
considere vuestra merced, señor mío, que para
sopa de arroyo y tente, bonete, no hay arma
defensiva en el mundo, si no es embutirse y
encerrarse en una campana de bronce, y también
se ha de considerar que es más temeridad
que valentía acometer un hombre solo a un
ejército donde está la Muerte y pelean en
persona emperadores, y a quien ayudan los buenos
y los malos ángeles. Y si esta consideración
no le mueve a estarse quedo, muévale saber de
cierto que entre todos los que allí están,
aunque parecen reyes, príncipes y emperadores,
no hay ningún caballero andante.”
  “Ahora sí”, dijo don Quijote, “has dado,
Sancho, en el punto que puede y debe mudarme de
mi ya determinado intento. Yo no puedo ni
debo sacar la espada, como otras veces muchas
te he dicho, contra quien no fuere armado
caballero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la
venganza del agravio que a tu rucio se le ha
hecho; que yo desde aquí te ayudaré con
voces y advertimientos saludables.”
  “No hay para qué, señor”, respondió Sancho,
“tomar venganza de nadie, pues no es de buenos
cristianos tomarla de los agravios, cuanto
más que yo acabaré con mi asno que ponga
su ofensa en las manos de mi voluntad, la
cual es de vivir pacíficamente los días que los
cielos me dieren de vida.”
  “Pues ésa es tu determinación”, replicó don
Quijote, “Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho
cristiano y Sancho sincero, dejemos estas
fantasmas y volvamos a buscar mejores y más
calificadas aventuras; que yo veo esta tierra
de talle que no han de faltar en ella muchas y
muy milagrosas.”
  Volvió las riendas luego, Sancho fue a tomar
su rucio, la Muerte con todo su escuadrón
volante volvieron a su carreta y prosiguieron su
viaje, y este feliz fin tuvo la temerosa
aventura de la carreta de la Muerte, gracias sean
dadas al saludable consejo que Sancho Panza
dio a su amo, al cual el día siguiente le
sucedió otra con un enamorado y andante
caballero, de no menos suspensión que la pasada.


                 Capítulo XII

De la extraña aventura que le sucedió al
  valeroso don Quijote con el bravo Caballero de
  los Espejos.

  La noche que siguió al día del reencuentro de
la Muerte la pasaron don Quijote y su escudero
debajo de unos altos y sombrosos árboles,
habiendo, a persuasión de Sancho, comido
don Quijote de lo que venía en el repuesto
del rucio, y, entre la cena, dijo Sancho a su
señor:
  “Señor, qué tonto hubiera andado yo, si
hubiera escogido en albricias los despojos de la
primera aventura que vuestra merced acabara,
antes que las crías de las tres yeguas. En efecto,
en efecto, más vale pájaro en mano que buitre
volando.”
  “Todavía”, respondió don Quijote, “si tú,
Sancho, me dejaras acometer, como yo quería,
te hubieran cabido en despojos, por lo menos,
la corona de oro de la Emperatriz y las pintadas
alas de Cupido; que yo se las quitara al
redropelo y te las pusiera en las manos.”
  “Nunca los cetros y coronas de los emperadores
farsantes”, respondió Sancho Panza, “fueron
de oro puro, sino de oropel u hoja de lata.”
  “Así es verdad”, replicó don Quijote,
“porque no fuera acertado que los atavíos de la
comedia fueran finos, sino fingidos y
aparentes como lo es la misma comedia, con
la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola
en tu gracia, y por el mismo consiguiente
a los que las representan y a los que las
componen, porque todos son instrumentos de hacer
un gran bien a la república, poniéndonos un
espejo a cada paso delante, donde se ven
al vivo las acciones de la vida humana, y
ninguna comparación hay que más al vivo nos
represente lo que somos y lo que hemos de ser
como la comedia y los comediantes: si no, dime,
¿no has visto tú representar alguna comedia
adonde se introducen reyes, emperadores y
pontífices, caballeros, damas y otros diversos
personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero,
éste el mercader, aquél el soldado, otro
el simple discreto, otro el enamorado simple.
Y, acabada la comedia, y desnudándose de
los vestidos de ella, quedan todos los recitantes
iguales.”
  “Sí he visto”, respondió Sancho.
  “Pues lo mismo”, dijo don Quijote, “acontece
en la comedia y trato de este mundo, donde
unos hacen los emperadores, otros los pontífices,
y, finalmente, todas cuantas figuras se
pueden introducir en una comedia; pero, en
llegando al fin, que es cuando se acaba la vida,
a todos les quita la muerte las ropas que los
diferenciaban, y quedan iguales en la
sepultura.”
  “Brava comparación”, dijo Sancho, “aunque
no tan nueva que yo no la haya oído muchas
y diversas veces, como aquella del juego
del ajedrez, que mientras dura el juego, cada
pieza tiene su particular oficio, y, en
acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y
barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es
como dar con la vida en la sepultura.”
  “Cada día, Sancho”, dijo don Quijote, “te
vas haciendo menos simple y más discreto.”
  “Sí, que algo se me ha de pegar de la
discreción de vuestra merced”, respondió Sancho;
“que las tierras que de suyo son estériles
y secas, estercolándolas y cultivándolas,
vienen a dar buenos frutos. Quiero decir que la
conversación de vuestra merced ha sido el
estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco
ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que
ha que le sirvo y comunico, y con esto espero
de dar frutos de mí que sean de bendición,
tales, que no desdigan ni deslicen de los
senderos de la buena crianza que vuestra merced
ha hecho en el agostado entendimiento mío.”
  Riose don Quijote de las afectadas razones
de Sancho, y parecióle ser verdad lo que decía
de su enmienda, porque de cuando en cuando
hablaba de manera que le admiraba, puesto
que todas o las más veces que Sancho quería
hablar de oposición, y a lo cortesano, acababa
su razón con despeñarse del monte de su
simplicidad al profundo de su ignorancia, y en lo
que él se mostraba más elegante y memorioso
era en traer refranes, viniesen o no viniesen
a pelo de lo que trataba, como se habrá visto
y se habrá notado en el discurso de esta historia.
  En éstas y en otras pláticas se les pasó
gran parte de la noche, y a Sancho le vino en
voluntad de dejar caer las compuertas de los
ojos, como él decía cuando quería dormir,
y, desaliñando al rucio, le dio pasto abundoso
y libre. No quitó la silla a Rocinante por
ser expreso mandamiento de su señor que
en el tiempo que anduviesen en campaña, o
no durmiesen debajo de techado, no desaliñase
a Rocinante: antigua usanza establecida
y guardada de los andantes caballeros, quitar
el freno y colgarle del arzón de la silla; pero
¿quitar la silla al caballo?, ¡guarda! Así lo hizo
Sancho, y le dio la misma libertad que al rucio,
cuya amistad de él y de Rocinante fue tan única
y tan trabada, que hay fama, por tradición de
padres a hijos, que el autor de esta verdadera
historia hizo particulares capítulos de ella; mas
que, por guardar la decencia y decoro que a
tan heroica historia se debe, no los puso en
ella, puesto que algunas veces se descuida
de este su presupuesto, y escribe que así como
las dos bestias se juntaban, acudían a rascarse
el uno al otro, y que, después de cansados
y satisfechos, cruzaba Rocinante el pescuezo
sobre el cuello del rucio, que le sobraba de la
otra parte más de media vara, y mirando los
dos atentamente al suelo, se solían estar de
aquella manera tres días, a lo menos, todo el
tiempo que les dejaban o no les compelía la
hambre a buscar sustento.
  Digo que dicen que dejó el autor escrito
que los había comparado en la amistad a la que
tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades y Orestes,
y si esto es así, se podía echar de ver, para
universal admiración, cuán firme debió ser la
amistad de estos dos pacíficos animales, y para
confusión de los hombres, que tan mal saben
guardarse amistad los unos a los otros. Por
esto se dijo:

      «No hay amigo para amigo,
      las cañas se vuelven lanzas...”

y el otro que cantó:

      De amigo a amigo la chinche, etc.

Y no le parezca a alguno que anduvo el
autor algo fuera de camino en haber comparado
la amistad de estos animales a la de los
hombres; que de las bestias han recibido
muchos advertimientos los hombres y aprendido
muchas cosas de importancia, como son:
de las cigüeñas, el cristel; de los perros, el
vómito y el agradecimiento; de las grullas, la
vigilancia; de las hormigas, la providencia; de
los elefantes, la honestidad; y la lealtad del
caballo. Finalmente, Sancho se quedó dormido
al pie de un alcornoque, y don Quijote,
dormitando al de una robusta encina.
  Pero poco espacio de tiempo había pasado
cuando le despertó un ruido que sintió a sus
espaldas, y, levantándose con sobresalto, se
puso a mirar y a escuchar de dónde el ruido
procedía, y vio que eran dos hombres a caballo,
y que el uno, dejándose derribar de la silla,
dijo al otro:
  “Apéate, amigo, y quita los frenos a los
caballos; que, a mi parecer, este sitio abunda de
hierba para ellos y del silencio y soledad que
han menester mis amorosos pensamientos.”
  El decir esto y el tenderse en el suelo todo
fue a un mismo tiempo, y al arrojarse hicieron
ruido las armas de que venía armado,
manifiesta señal por donde conoció don Quijote
que debía de ser caballero andante, y, llegándose
a Sancho, que dormía, le trabó del brazo,
y con no pequeño trabajo le volvió en su
acuerdo, y con voz baja le dijo:
  “Hermano Sancho, aventura tenemos.”
  “Dios nos la dé buena”, respondió Sancho;
“y ¿adónde está, señor mío, su merced de esa
señora aventura?”
  “¿Adónde, Sancho?”, replicó don Quijote.
“Vuelve los ojos y mira, y verás allí tendido un
andante caballero, que, a lo que a mí se me
trasluce, no debe de estar demasiadamente
alegre, porque le vi arrojar del caballo y
tenderse en el suelo con algunas muestras de
despecho, y al caer le crujieron las armas.”
  “Pues ¿en qué halla vuestra merced”, dijo
Sancho, “que ésta sea aventura?”
  “No quiero yo decir”, respondió don
Quijote, “que ésta sea aventura del todo, sino
principio de ella; que por aquí se comienzan las
aventuras. Pero escucha; que, a lo que parece,
templando está un laúd o vihuela, y según
escupe y se desembaraza el pecho, debe de
prepararse para cantar algo.”
  “A buena fe que es así”, respondió Sancho,
“y que debe de ser caballero enamorado.”
  “No hay ninguno de los andantes que no lo
sea”, dijo don Quijote, “y escuchémosle; que
por el hilo sacaremos el ovillo de sus
pensamientos, si es que canta; que de la abundancia
del corazón habla la lengua.”
  Replicar quería Sancho a su amo; pero la
voz del Caballero del Bosque, que no era muy
mala ni muy buena, lo estorbó, y estando los
dos atónitos, oyeron que lo que cantó fue
este

                 «SONETO.

      Dadme, señora, un término que siga,
    conforme a vuestra voluntad cortado;
    que será de la mía así estimado,
    que por jamás un punto de él desdiga.
      Si gustáis que callando mi fatiga
    muera, contadme ya por acabado;
    si queréis que os la cuente en desusado
    modo, haré que el mismo Amor la diga.
      A prueba de contrarios estoy hecho,
    de blanda cera y de diamante duro,
    y a las leyes de amor el alma ajusto.
      Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho;
    entallad o imprimid lo que os dé gusto,
    que de guardarlo eternamente juro.»

  Con un ¡ay! arrancado, al parecer, de lo íntimo
de su corazón, dio fin a su canto el Caballero
del Bosque, y de allí a un poco, con voz
doliente y lastimada, dijo:
  “¡Oh la más hermosa y la más ingrata mujer
del orbe!, ¿cómo que será posible, serenísima
Casildea de Vandalia, que has de consentir
que se consuma y acabe en continuas peregrinaciones
y en ásperos y duros trabajos este tu
cautivo caballero? ¿No basta ya que he hecho
que te confiesen por la más hermosa del mundo
todos los caballeros de Navarra, todos los
leoneses, todos los tartesios, todos los castellanos
y, finalmente, todos los caballeros de la
Mancha?”
  “Eso no”, dijo a esta sazón don Quijote,
“que yo soy de la Mancha y nunca tal he
confesado, ni podía, ni debía confesar una cosa
tan perjudicial a la belleza de mi señora, y este
tal caballero ya ves tú, Sancho, que desvaría;
pero escuchemos: quizá se declarará más.”
  “Sí hará”, replicó Sancho; “que término
lleva de quejarse un mes arreo.”
  Pero no fue así, porque habiendo entreoído
el Caballero del Bosque que hablaban cerca de él,
sin pasar adelante en su lamentación se puso
en pie, y dijo con voz sonora y comedida:
  “¿Quién va allá, qué gente?; ¿es por ventura
de la del número de los contentos, o la del
de los afligidos?”
  “De los afligidos”, respondió don Quijote.
  “Pues lléguese a mí”, respondió el del
Bosque, “y hará cuenta que se llega a la misma
tristeza y a la aflicción misma.”
  Don Quijote, que se vio responder tan tierna
y comedidamente, se llegó a él, y Sancho ni
más ni menos; el caballero lamentador asió a
don Quijote del brazo, diciendo:
  “Sentaos aquí, señor caballero; que para
entender que lo sois y de los que profesan la
andante caballería, bástame el haberos hallado
en este lugar, donde la soledad y el sereno os
hacen compañía, naturales lechos y propias
estancias de los caballeros andantes.”
  A lo que respondió don Quijote:
  “Caballero soy y de la profesión que
decís, y aunque en mi alma tienen su propio
asiento las tristezas, las desgracias y las
desventuras, no por eso se ha ahuyentado de ella
la compasión que tengo de las ajenas
desdichas; de lo que contasteis poco ha,
colegí que las vuestras son enamoradas, quiero
decir, del amor que tenéis a aquella hermosa
ingrata que en vuestras lamentaciones
nombrasteis.”
  Ya cuando esto pasaban, estaban sentados
juntos sobre la dura tierra en buena paz y
compañía, como si al romper del día no se
hubieran de romper las cabezas.
  “¿Por ventura, señor caballero”, preguntó
el del Bosque a don Quijote: “sois
enamorado?”
  “Por desventura, lo soy”, respondió don
Quijote, “aunque los daños que nacen de los
bien colocados pensamientos, antes se deben
tener por gracias que por desdichas.”
  “Así es la verdad”, replicó el del Bosque,
“si no nos turbasen la razón y el entendimiento
los desdenes, que siendo muchos, parecen
venganzas.”
  “Nunca fui desdeñado de mi señora”,
respondió don Quijote.
  “No, por cierto”, dijo Sancho, que allí
junto estaba, “porque es mi señora como
una borrega mansa: es más blanda que una
manteca.”
  “¿Es vuestro escudero éste?”, preguntó el
del Bosque.
  “Sí es”, respondió don Quijote.
  “Nunca he visto yo escudero”, replicó el del
Bosque, “que se atreva a hablar donde habla
su señor; a lo menos, ahí está ese mío, que es tan
grande como su padre, y no se probará que haya
desplegado el labio donde yo hablo.”
  “Pues a fe”, dijo Sancho, “que he hablado
yo y puedo hablar delante de otro tan..., y aún
quédese aquí; que es peor menearlo.”
  El escudero del Bosque asió por el brazo a
Sancho, diciéndole:
  “Vámonos los dos donde podamos hablar
escuderilmente todo cuanto quisiéremos, y
dejemos a estos señores amos nuestros que se
den de las astas contándose las historias de
sus amores; que a buen seguro que les ha de
coger el día en ellas y no las han de haber
acabado.”
  “Sea en buena hora”, dijo Sancho, “y yo le
diré a vuestra merced quién soy, para que vea
si puedo entrar en docena con los más
hablantes escuderos.”
  Con esto se apartaron los dos escuderos,
entre los cuales pasó un tan gracioso
coloquio, como fue grave el que pasó entre sus
señores.


                 Capítulo XIII

Donde se prosigue la aventura del Caballero
  del Bosque, con el discreto, nuevo y suave
  coloquio que pasó entre los dos escuderos.

  Divididos estaban caballeros y escuderos,
éstos contándose sus vidas, y aquéllos sus
amores; pero la historia cuenta primero el
razonamiento de los mozos y luego prosigue el de
los amos. Y, así, dice que, apartándose un poco
de ellos, el del Bosque dijo a Sancho:
  “Trabajosa vida es la que pasamos y vivimos,
señor mío, estos que somos escuderos de
caballeros andantes; en verdad que comemos
el pan en el sudor de nuestros rostros, que
es una de las maldiciones que echó Dios a
nuestros primeros padres.”
  “También se puede decir”, añadió Sancho,
“que lo comemos en el hielo de nuestros cuerpos,
porque ¿quién más calor y más frío que los
miserables escuderos de la andante caballería?
Y aun menos mal si comiéramos, pues los duelos
con pan son menos; pero tal vez hay que se
nos pasa un día y dos sin desayunarnos, si no
es del viento que sopla.”
  “Todo eso se puede llevar y conllevar”, dijo
el del Bosque, “con la esperanza que tenemos
del premio, porque si demasiadamente no es
desgraciado el caballero andante a quien un
escudero sirve, por lo menos, a pocos lances se
verá premiado con un hermoso gobierno de
cualquier ínsula, o con un condado de buen
parecer.”
  “Yo”, replicó Sancho, “ya he dicho a mi
amo que me contento con el gobierno de alguna
ínsula, y él es tan noble y tan liberal que
me le ha prometido muchas y diversas veces.”
  “Yo”, dijo el del Bosque, “con un canonicato
quedaré satisfecho de mis servicios, y ya
me le tiene mandado mi amo, y ¡qué tal!”
  “Debe de ser”, dijo Sancho, “su amo de
vuestra merced caballero a lo eclesiástico, y
podrá hacer esas mercedes a sus buenos
escuderos, pero el mío es meramente lego, aunque
yo me acuerdo cuando le querían aconsejar
personas discretas, aunque, a mi parecer,
malintencionadas, que procurase ser arzobispo;
pero él no quiso sino ser emperador, y yo
estaba entonces temblando si le venía en voluntad
de ser de la Iglesia, por no hallarme suficiente
de tener beneficios por ella, porque le
hago saber a vuestra merced que, aunque
parezco hombre, soy una bestia para ser de la
Iglesia.”
  “Pues en verdad que lo yerra vuestra
merced”, dijo el del Bosque, “a causa que los
gobiernos insulanos no son todos de buena data;
algunos hay torcidos, algunos pobres, algunos
melancólicos y, finalmente, el más erguido y
bien dispuesto trae consigo una pesada carga
de pensamientos y de incomodidades, que
pone sobre sus hombros el desdichado que le
cupo en suerte. Harto mejor sería que los que
profesamos esta maldita servidumbre nos
retirásemos a nuestras casas, y allí nos
entretuviésemos en ejercicios más suaves, como si
dijésemos, cazando o pescando; que ¿qué
escudero hay tan pobre en el mundo a quien le
falte un rocín, y un par de galgos, y una caña
de pescar, con que entretenerse en su aldea?”
  “A mí no me falta nada de eso”, respondió
Sancho; “verdad es que no tengo rocín, pero
tengo un asno que vale dos veces más que el
caballo de mi amo. Mala pascua me dé Dios, y
sea la primera que viniere, si le trocara por él,
aunque me diesen cuatro fanegas de cebada
encima. A burla tendrá vuestra merced el valor
de mi rucio; que rucio es el color de mi
jumento. Pues galgos, no me habían de faltar,
habiéndolos sobrados en mi pueblo; y más, que
entonces es la caza más gustosa, cuando se
hace a costa ajena.”
  “Real y verdaderamente”, respondió el del
Bosque, “señor escudero, que tengo propuesto
y determinado de dejar estas borracherías
de estos caballeros, y retirarme a mi aldea y criar
mis hijitos, que tengo tres como tres orientales
perlas.”
  “Dos tengo yo”, dijo Sancho, “que se pueden
presentar al Papa en persona, especialmente
una muchacha, a quien crío para condesa,
si Dios fuere servido, aunque a pesar de
su madre.”
  “Y ¿qué edad tiene esa señora que se cría
para condesa?”, preguntó el del Bosque.
  “Quince años, dos más a menos“, respondió
Sancho; “pero es tan grande como una lanza,
y tan fresca como una mañana de abril, y
tiene una fuerza de un ganapán.”
  “Partes son ésas”, respondió el del Bosque,
“no sólo para ser condesa, sino para ser ninfa
del verde bosque. ¡Oh hideputa puta, y qué
rejo debe de tener la bellaca!”
  A lo que respondió Sancho, algo mohíno:
  “Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será
ninguna de las dos, Dios queriendo, mientras
yo viviere. Y háblese más comedidamente; que
para haberse criado vuestra merced entre
caballeros andantes, que son la misma cortesía, no
me parecen muy concertadas esas palabras.”
  “¡Oh, qué mal se le entiende a vuestra merced”,
replicó el del Bosque, “de achaque de
alabanzas, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que
cuando algún caballero da una buena lanzada
al toro en la plaza, o cuando alguna persona
hace alguna cosa bien hecha, suele decir el
vulgo: «¡oh hideputa puto, y qué bien que lo ha
»hecho!», y aquello que parece vituperio en
aquel término, es alabanza notable? Y renegad
vos, señor, de los hijos o hijas que no hacen
obras que merezcan se les den a sus padres
loores semejantes.”
  “Sí reniego”, respondió Sancho; “y de ese
modo y por esa misma razón podía echar
vuestra merced a mí, y hijos, y a mi mujer
toda una putería encima, porque todo
cuanto hacen y dicen son extremos dignos de
semejantes alabanzas; y para volverlos a ver,
ruego yo a Dios me saque de pecado mortal,
que lo mismo será si me saca de este peligroso
oficio de escudero, en el cual he incurrido
segunda vez, cebado y engañado de una bolsa
con cien ducados que me hallé un día en el
corazón de Sierra Morena. Y el diablo me pone
ante los ojos aquí, allí, acá no, sino acullá, un
talego lleno de doblones, que me parece que a
cada paso le toco con la mano y me abrazo
con él, y lo llevo a mi casa, y echo censos, y
fundo rentas, y vivo como un príncipe, y el rato
que en esto pienso se me hacen fáciles y
llevaderos cuantos trabajos padezco con este
mentecato de mi amo, de quien sé que tiene más
de loco que de caballero.”
  “Por eso”, respondió el del Bosque, “dicen
que la codicia rompe el saco, y si va a tratar
de ellos, no hay otro mayor en el mundo que mi
amo, porque es de aquellos que dicen:
«cuidados ajenos matan al asno»; pues porque
cobre otro caballero el juicio que ha perdido,
se hace el loco, y anda buscando lo que no
sé si después de hallado le ha de salir a los
hocicos.”
  “Y ¿es enamorado por dicha?”
  “Sí”, dijo el del Bosque, “de una tal
Casildea de Vandalia, la más cruda y la más asada
señora que en todo el orbe puede hallarse.
Pero no cojea del pie de la crudeza; que otros
mayores embustes le gruñen en las entrañas, y
ello dirá antes de muchas horas.”
  “No hay camino tan llano”, replicó Sancho,
“que no tenga algún tropezón o barranco; en
otras casas cuecen habas, y en la mía, a
calderadas. Más acompañados y paniaguados debe
de tener la locura que la discreción. Mas si es
verdad lo que comúnmente se dice, que el tener
compañeros en los trabajos suele servir de
alivio en ellos, con vuestra merced podré
consolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como
el mío.”
  “Tonto, pero valiente”, respondió el del
Bosque, “y más bellaco que tonto y que valiente.”
  “Eso no es el mío”, respondió Sancho;
“digo que no tiene nada de bellaco, antes tiene
una alma como un cántaro; no sabe hacer mal
a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia
alguna. Un niño le hará entender que es de noche
en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero
como a las telas de mi corazón, y no me amaño
a dejarle, por más disparates que haga.”
  “Con todo eso, hermano y señor”, dijo el
del Bosque, “si el ciego guía al ciego, ambos
van a peligro de caer en el hoyo. Mejor es
retirarnos con buen compás de pies y volvernos a
nuestras querencias; que los que buscan
aventuras no siempre las hallan buenas.”
  Escupía Sancho a menudo, al parecer, un
cierto género de saliva pegajosa y algo seca, lo
cual visto y notado por el caritativo bosqueril
escudero, dijo:
  “Paréceme que de lo que hemos hablado se
nos pegan al paladar las lenguas; pero yo
traigo un despegador pendiente del arzón de mi
caballo, que es tal como bueno.”
  Y, levantándose, volvió desde allí a un poco
con una gran bota de vino y una empanada de
media vara, y no es encarecimiento, porque
era de un conejo albar tan grande, que Sancho,
al tocarla, entendió ser de algún cabrón, no que
de cabrito; lo cual visto por Sancho, dijo:
  “Y ¿esto trae vuestra merced consigo, señor?”
  “Pues ¿qué se pensaba”, respondió el otro;
“soy yo por ventura algún escudero de agua y
lana? Mejor repuesto traigo yo en las ancas
de mi caballo que lleva consigo cuando va de
camino un general.”
  Comió Sancho sin hacerse de rogar, y
tragaba a oscuras bocados de nudos de suelta,
y dijo:
  “Vuestra merced sí que es escudero fiel y
legal, moliente y corriente, magnífico y grande,
como lo muestra este banquete, que si no ha
venido aquí por arte de encantamiento, parécelo,
a lo menos; y no como yo, mezquino y
malaventurado, que sólo traigo en mis alforjas un
poco de queso, tan duro, que pueden descalabrar
con ello a un gigante; a quien hacen
compañía cuatro docenas de algarrobas y otras
tantas de avellanas y nueces, mercedes a la
estrechez de mi dueño y a la opinión que
tiene y orden que guarda de que los caballeros
andantes no se han de mantener y sustentar
sino con frutas secas y con las hierbas del
campo.”
  “Por mi fe, hermano”, replicó el del Bosque,
“que yo no tengo hecho el estómago a tagarninas,
ni a piruétanos, ni a raíces de los montes;
allá se lo hayan con sus opiniones y leyes
caballerescas nuestros amos, y coman lo que ellos
mandaren. Fiambreras traigo y esta bota colgando
del arzón de la silla, por sí o por no; y
es tan devota mía, y quiérola tanto, que
pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos
y mil abrazos.”
  Y, diciendo esto, se la puso en las manos a
Sancho, el cual, empinándola puesta a la boca,
estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora,
y, en acabando de beber, dejó caer la cabeza a
un lado, y, dando un gran suspiro, dijo:
  “¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico!”
  “¿Veis ahí”, dijo el del Bosque, en oyendo el
hideputa de Sancho, “cómo habéis alabado este
vino, llamándole hideputa?”
  “Digo”, respondió Sancho, “que confieso
que conozco que no es deshonra llamar hijo
de puta a nadie cuando cae debajo del
entendimiento de alabarle. Pero dígame, señor, por
el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de
Ciudad Real?”
  “¡Bravo mojón!”, respondió el del Bosque;
“en verdad que no es de otra parte, y que
tiene algunos años de ancianidad.”
  “¡A mí con eso!”, dijo Sancho; “no toméis
menos, sino que se me fuera a mí por alto dar
alcance a su conocimiento. ¿No será bueno,
señor escudero, que tenga yo un instinto tan
grande y tan natural en esto de conocer vinos,
que en dándome a oler cualquiera, acierto la
patria, el linaje, el sabor, y la dura y las
vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias
al vino atañederas? Pero no hay de qué
maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi
padre los dos más excelentes mojones que en
luengos años conoció la Mancha; para prueba
de lo cual les sucedió lo que ahora diré.
Diéronles a los dos a probar del vino de una cuba,
pidiéndoles su parecer del estado, cualidad,
bondad o malicia del vino; el uno lo probó con
la punta de la lengua, el otro no hizo más de
llegarlo a las narices. El primero dijo que
aquel vino sabía a hierro, el segundo dijo
que más sabía a cordobán. El dueño dijo que
la cuba estaba limpia y que el tal vino no tenía
adobo alguno, por donde hubiese tomado
sabor de hierro ni de cordobán. Con todo eso,
los dos famosos mojones se afirmaron en lo
que habían dicho. Anduvo el tiempo, vendióse
el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella
una llave pequeña pendiente de una correa de
cordobán. Porque vea vuestra merced si
quien viene de esta ralea podrá dar su parecer
en semejantes causas.”
  “Por eso digo”, dijo el del Bosque, “que
nos dejemos de andar buscando aventuras,
y pues tenemos hogazas, no busquemos tortas,
y volvámonos a nuestras chozas; que allí nos
hallará Dios si El quiere.”
  “Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le
serviré; que después todos nos
entenderemos.”
  Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron
los dos buenos escuderos, que tuvo necesidad
el sueño de atarles las lenguas y templarles la
sed, que quitársela fuera imposible; y, así,
asidos entrambos de la ya casi vacía bota,
con los bocados a medio mascar en la boca,
se quedaron dormidos, donde los dejaremos
por ahora, por contar lo que el Caballero del
Bosque pasó con el de la Triste Figura.


                 Capítulo XIV

  Donde se prosigue la aventura del Caballero
                  del Bosque.

  Entre muchas razones que pasaron don Quijote
y el Caballero de la Selva, dice la historia
que el del Bosque dijo a don Quijote:
  “Finalmente, señor caballero, quiero que
sepáis que mi destino, o por mejor decir, mi
elección me trajo a enamorar de la sin par
Casildea de Vandalia; llámola sin par, porque
no le tiene, así en la grandeza del cuerpo
como en el extremo del estado y de la hermosura.
Esta tal Casildea, pues, que voy contando,
pagó mis buenos pensamientos y comedidos
deseos con hacerme ocupar, como su madrina
a Hércules, en muchos y diversos peligros,
prometiéndome al fin de cada uno, que en el fin
del otro llegaría el de mi esperanza; pero así
se han ido eslabonando mis trabajos, que no
tienen cuento, ni yo sé cuál ha de ser el
último que dé principio al cumplimiento de mis
buenos deseos. Una vez me mandó que fuese
a desafiar a aquella famosa giganta de Sevilla
llamada la Giralda, que es tan valiente y
fuerte como hecha de bronce, y sin mudarse de un
lugar es la más movible y voltaria mujer del
mundo. Llegué, vila y vencíla, e hícela estar
queda y a raya, porque en más de una semana
no soplaron sino vientos nortes. Vez también
hubo, que me mandó fuese a tomar en peso
las antiguas piedras de los valientes toros de
Guisando, empresa más para encomendarse
a ganapanes que a caballeros; otra vez me
mandó que me precipitase y sumiese en la
sima de Cabra, peligro inaudito y temeroso,
y que le trajese particular relación
de lo que en aquella oscura profundidad se
encierra. Detuve el movimiento a la Giralda,
pesé los toros de Guisando, despeñéme en la
sima y saqué a luz lo escondido de su abismo,
y mis esperanzas, muertas que muertas,
y sus mandamientos y desdenes, vivos que
vivos.
  ”En resolución, últimamente me ha mandado
que discurra por todas las provincias de
España y haga confesar a todos los andantes
caballeros que por ellas vagaren, que ella sola
es la más aventajada en hermosura de cuantas
hoy viven, y que yo soy el más valiente y el
más bien enamorado caballero del orbe; en
cuya demanda he andado ya la mayor parte
de España, y en ella he vencido muchos
caballeros; que se han atrevido a contradecirme.
Pero de lo que yo más me precio y ufano es
de haber vencido en singular batalla a aquel
tan famoso caballero don Quijote de la
Mancha, y héchole confesar que es más hermosa
mi Casildea que su Dulcinea, y en sólo este
vencimiento hago cuenta que he vencido todos
los caballeros del mundo, porque el tal don
Quijote que digo los ha vencido a todos, y
habiéndole yo vencido a él, su gloria, su fama
y su honra se ha transferido y pasado a mi
persona:

     Y tanto el vencedor es más honrado,
   cuanto más el vencido es reputado.

  ”Así, que ya corren por mi cuenta y son
mías las innumerables hazañas del ya referido
don Quijote.”
  Admirado quedó don Quijote de oír al
Caballero del Bosque, y estuvo mil veces por
decirle que mentía, y ya tuvo el mentís en el
pico de la lengua; pero reportóse lo mejor que
pudo por hacerle confesar por su propia boca
su mentira, y, así, sosegadamente le dijo:
  “De que vuestra merced, señor caballero,
haya vencido a los más caballeros andantes de
España, y aun de todo el mundo, no digo nada;
pero de que haya vencido a don Quijote de la
Mancha, póngolo en duda. Podría ser que
fuese otro que le pareciese, aunque hay pocos
que le parezcan.”
  “¿Cómo no?”, replicó el del Bosque; “por el
cielo que nos cubre que peleé con don Quijote,
y le vencí y rendí, y es un hombre alto
de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado
de miembros, entrecano, la nariz aguileña
y algo corva, de bigotes grandes, negros
y caídos. Campea debajo del nombre del Caballero
de la Triste Figura, y trae por escudero
a un labrador llamado Sancho Panza, oprime
el lomo y rige el freno de un famoso caballo
llamado Rocinante, y, finalmente, tiene por
señora de su voluntad a una tal Dulcinea del
Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo;
como la mía, que, por llamarse Casilda y ser
de la Andalucía, yo la llamo Casildea de
Vandalia. Si todas estas señas no bastan para
acreditar mi verdad, aquí está mi espada que la
hará dar crédito a la misma incredulidad.”
  “Sosegaos, señor caballero”, dijo don Quijote,
“y escuchad lo que deciros quiero. Habéis
de saber que ese don Quijote que decís es
el mayor amigo que en este mundo tengo, y
tanto, que podré decir que le tengo en lugar
de mi misma persona, y que por las señas que
de él me habéis dado, tan puntuales y ciertas, no
puedo pensar sino que sea el mismo que habéis
vencido. Por otra parte, veo con los ojos y toco
con las manos no ser posible ser el mismo,
si ya no fuese que como él tiene muchos
enemigos encantadores, especialmente uno que de
ordinario le persigue, no haya alguno de ellos
tomado su figura para dejarse vencer, por
defraudarle de la fama que sus altas caballerías
le tienen granjeada y adquirida, por todo lo
descubierto de la tierra. Y, para confirmación
de esto, quiero también que sepáis que los
tales encantadores, sus contrarios, no ha más de
dos días que transformaron la figura y persona
de la hermosa Dulcinea del Toboso en una
aldeana soez y baja, y de esta manera habrán
transformado a don Quijote; y si todo esto no
basta para enteraros en esta verdad que digo,
aquí está el mismo don Quijote que la
sustentará con sus armas, a pie o a caballo, o de
cualquiera suerte que os agradare.”
  Y, diciendo esto, se levantó en pie y se
empuñó en la espada, esperando qué resolución
tomaría el Caballero del Bosque, el cual, con
voz asimismo sosegada, respondió y dijo:
  “Al buen pagador no le duelen prendas; el
que una vez, señor don Quijote, pudo venceros
transformado, bien podrá tener esperanza de
rendiros en vuestro propio ser. Mas porque no
es bien que los caballeros hagan sus fechos
de armas a oscuras, como los salteadores y
rufianes, esperemos el día para que el sol vea
nuestras obras. Y ha de ser condición de nuestra
batalla que el vencido ha de quedar a la voluntad
del vencedor, para que haga de él todo lo
que quisiere, con tal que sea decente a
caballero lo que se le ordenare.”
  “Soy más que contento de esa condición y
conveniencia”, respondió don Quijote.
  Y, en diciendo esto, se fueron donde estaban
sus escuderos, y los hallaron roncando y en la
misma forma que estaban cuando les salteó el
sueño. Despertáronlos y mandáronles que tuviesen
a punto los caballos, porque en saliendo
el sol habían de hacer los dos una sangrienta,
singular y desigual batalla; a cuyas nuevas
quedó Sancho atónito y pasmado, temeroso de
la salud de su amo por las valentías que había
oído decir del suyo al escudero del Bosque.
Pero, sin hablar palabra, se fueron los dos
escuderos a buscar su ganado; que ya todos tres
caballos y el rucio se habían olido y estaban
todos juntos.
  En el camino dijo el del Bosque a Sancho:
  “Ha de saber, hermano, que tienen por
costumbre los peleantes de la Andalucía, cuando
son padrinos de alguna pendencia, no estarse
ociosos, mano sobre mano, en tanto que sus
ahijados riñen; dígolo porque esté advertido,
que mientras nuestros dueños riñeren nosotros
también hemos de pelear y hacernos astillas.”
  “Esa costumbre, señor escudero”, respondió
Sancho, “allá puede correr y pasar con
los rufianes y peleantes que dice; pero con los
escuderos de los caballeros andantes, ni por
pienso. A lo menos, yo no he oído decir a mi
amo semejante costumbre, y sabe de memoria
todas las ordenanzas de la andante caballería.
Cuanto más que yo quiero que sea verdad
y ordenanza expresa el pelear los escuderos
en tanto que sus señores pelean; pero yo no
quiero cumplirla, sino pagar la pena que estuviere
puesta a los tales pacíficos escuderos, que
yo aseguro que no pase de dos libras de cera,
y más quiero pagar las tales libras, que sé que
me costarán menos que las hilas que podré
gastar en curarme la cabeza, que ya me la cuento
por partida y dividida en dos partes. Hay mas:
que me imposibilita el reñir el no tener
espada, pues en mi vida me la puse.”
  “Para eso sé yo un buen remedio”, dijo el
del Bosque; “yo traigo aquí dos talegas de
lienzo de un mismo tamaño; tomaréis vos la
una y yo la otra, y reñiremos a talegazos con
armas iguales.”
  “De esa manera, sea en buena hora”, respondió
Sancho, “porque antes servirá la tal pelea
de despolvorearnos que de herirnos.”
  “No ha de ser así”, replicó el otro, “porque
se han de echar dentro de las talegas, porque
no se las lleve el aire, media docena de guijarros
lindos y pelados que pesen tanto los unos
como los otros, y de esta manera nos pondremos
atalegar sin hacernos mal ni daño.”
  “Mirad, ¡cuerpo de mi padre”, respondió
Sancho, “qué martas cebollinas o qué copos
de algodón cardado pone en las talegas
para no quedar molidos los cascos y hechos
alheña los huesos! Pero aunque se llenaran de
capullos de seda, sepa, señor mío, que no he
de pelear. Peleen nuestros amos y allá se lo
hayan, y bebamos y vivamos nosotros; que
el tiempo tiene cuidado de quitarnos las vidas,
sin que andemos buscando apetites para que
se acaben antes de llegar su sazón y término,
y que se caigan de maduras.”
  “Con todo”, replicó el del Bosque, “hemos
de pelear siquiera media hora.”
  “Eso, no”, respondió Sancho; “no seré yo
tan descortés ni tan desagradecido, que con
quien he comido y he bebido trabe cuestión
alguna, por mínima que sea. Cuanto más que
estando sin cólera y sin enojo, ¿quién diablos
se ha de amañar a reñir a secas?”
  “Para eso”, dijo el del Bosque, “yo daré un
suficiente remedio, y es que antes que
comencemos la pelea, yo me llegaré bonitamente a
vuestra merced y le daré tres o cuatro bofetadas
que dé con él a mis pies, con las cuales
le haré despertar la cólera aunque esté con
más sueño que un lirón.”
  “Contra ese corte sé yo otro”, respondió
Sancho, “que no le va en zaga: cogeré yo un
garrote, y antes que vuestra merced llegue a
despertarme la cólera haré yo dormir a garrotazos
de tal suerte la suya, que no despierte
si no fuere en el otro mundo, en el cual se
sabe que no soy yo hombre que me dejo manosear
el rostro de nadie; y cada uno mire por
el virote. Aunque lo más acertado sería dejar
dormir su cólera a cada uno; que no sabe
nadie el alma de nadie, y tal suele venir por
lana que vuelve trasquilado, y Dios bendijo
la paz y maldijo las riñas; porque si un gato
acosado, encerrado y apretado se vuelve en
león, yo, que soy hombre, Dios sabe en lo que
podré volverme, y, así, desde ahora intimo a
vuestra merced, señor escudero, que corra por
su cuenta todo el mal y daño que de nuestra
pendencia resultare.”
  “Está bien”, replicó el del Bosque;
“amanecerá Dios y medraremos.”
  En esto, ya comenzaban a gorjear en los
árboles mil suertes de pintados pajarillos, y en
sus diversos y alegres cantos parecía que daban
la norabuena y saludaban a la fresca aurora,
que ya por las puertas y balcones del Oriente
iba descubriendo la hermosura de su rostro,
sacudiendo de sus cabellos un número infinito
de líquidas perlas, en cuyo suave licor bañándose
las hierbas, parecía asimismo [que] ellas
brotaban y llovían blanco y menudo aljófar;
los sauces destilaban maná sabroso, reíanse las
fuentes, murmuraban los arroyos, alegrábanse
las selvas y enriquecíanse los prados con su
venida. Mas apenas dio lugar la claridad del
día para ver y diferenciar las cosas, cuando la
primera que se ofreció a los ojos de Sancho
Panza fue la nariz del escudero del Bosque,
que era tan grande, que casi le hacía sombra
a todo el cuerpo. Cuéntase, en efecto, que era
de demasiada grandeza, corva en la mitad
y toda llena de verrugas, de color amoratado,
como de berenjena; bajábale dos dedos más
abajo de la boca, cuya grandeza, color,
verrugas y encorvamiento así le afeaban el rostro,
que, en viéndole Sancho, comenzó a herir de
pie y de mano como niño con alferecía, y
propuso en su corazón de dejarse dar doscientas
bofetadas antes que despertar la cólera para
reñir con aquel vestiglo.
  Don Quijote miró a su contendor y hallóle
ya puesta y calada la celada, de modo que no
le pudo ver el rostro, pero notó que era
hombre membrudo, y no muy alto de cuerpo. Sobre
las armas traía una sobrevesta o casaca de una
tela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por
ella muchas lunas pequeñas de resplandecientes
espejos, que le hacían en grandísima manera
galán y vistoso; volábanle sobre la celada
grande cantidad de plumas verdes, amarillas
y blancas. La lanza que tenía arrimada a un
árbol era grandísima y gruesa, y de un hierro
acerado de más de un palmo.
  Todo lo miró y todo lo notó don Quijote, y
juzgó de lo visto y mirado que el ya dicho
caballero debía de ser de grandes fuerzas;
pero no por eso temió como Sancho Panza,
antes con gentil denuedo dijo al Caballero de
los Espejos:
  “Si la mucha gana de pelear, señor caballero,
no os gasta la cortesía, por ella os pido
que alcéis la visera un poco, porque yo vea si
la gallardía de vuestro rostro responde a la de
vuestra disposición.”
  “O vencido o vencedor que salgáis de esta
empresa, señor caballero”, respondió el de los
Espejos, “os quedará tiempo y espacio
demasiado para verme, y si ahora no satisfago a
vuestro deseo, es por parecerme que hago
notable agravio a la hermosa Casildea de
Vandalia en dilatar el tiempo que tardare en
alzarme la visera, sin haceros confesar lo que
ya sabéis que pretendo.”
  “Pues en tanto que subimos a caballo”, dijo
don Quijote, “bien podéis decirme si soy yo
aquel don Quijote que dijisteis haber vencido.”
  “A eso vos respondemos”, dijo el de los
Espejos, “que parecéis como se parece un
huevo a otro al mismo caballero que yo vencí;
pero, según vos decís que le persiguen
encantadores, no osaré afirmar si sois el contenido
o no.”
  “Eso me basta a mí”, respondió don Quijote,
“para que crea vuestro engaño. Empero,
para sacaros de él de todo punto, vengan
nuestros caballos; que en menos tiempo que el que
tardarais en alzaros la visera, si Dios, si mi
señora y mi brazo me valen, veré yo vuestro
rostro, y vos veréis que no soy yo el vencido
don Quijote que pensáis.”
  Con esto, acortando razones, subieron a
caballo, y don Quijote volvió las riendas a
Rocinante para tomar lo que convenía del campo
para volver a encontrar a su contrario, y lo
mismo hizo el de los Espejos; pero no se había
apartado don Quijote veinte pasos, cuando se
oyó llamar del de los Espejos, y partiendo los
dos el camino, el de los Espejos le dijo:
  “Advertid, señor caballero, que la condición
de nuestra batalla es que el vencido, como
otra vez he dicho, ha de quedar a discreción
del vencedor.”
  “Ya la sé”, respondió don Quijote, “con tal
que lo que se le impusiere y mandare al
vencido han de ser cosas que no salgan de los
límites de la caballería.”
  “Así se entiende”, respondió el de los
Espejos.
  Ofreciéronsele en esto a la vista de don
Quijote las extrañas narices del escudero, y no se
admiró menos de verlas que Sancho, tanto, que
le juzgó por algún monstruo, o por hombre
nuevo y de aquellos que no se usan en el mundo.
Sancho, que vio partir a su amo para tomar
carrera, no quiso quedar solo con el narigudo,
temiendo que con sólo un pasagonzalo
con aquellas narices en las suyas sería
acabada la pendencia suya, quedando del golpe,
o del miedo, tendido en el suelo, y fuese
tras su amo, asido a una acción de Rocinante,
y cuando le pareció que ya era tiempo
que volviese, le dijo:
  “Suplico a vuestra merced, señor mío, que
antes que vuelva a encontrarse me ayude a
subir sobre aquel alcornoque, de donde podré
ver más a mi sabor, mejor que desde el suelo, el
gallardo encuentro que vuestra merced ha de
hacer con este caballero.”
  “Antes creo, Sancho”, dijo don Quijote,
“que te quieres encaramar y subir en andamio
por ver sin peligro los toros.”
  “La verdad que diga”, respondió Sancho,
“las desaforadas narices de aquel escudero me
tienen atónito y lleno de espanto, y no me
atrevo a estar junto a él.”
  “Ellas son tales”, dijo don Quijote, “que a
no ser yo quien soy, también me asombraran,
y, así, ven, ayudarte he a subir donde dices.”
  En lo que se detuvo don Quijote en que
Sancho subiese en el alcornoque, tomó el de
los Espejos del campo lo que le pareció
necesario, y creyendo que lo mismo habría hecho
don Quijote, sin esperar son de trompeta ni
otra señal que los avisase, volvió las riendas
a su caballo, que no era más ligero ni de mejor
parecer que Rocinante, y a todo su correr, que
era un mediano trote, iba a encontrar a su
enemigo; pero viéndole ocupado en la subida de
Sancho, detuvo las riendas y paróse en la
mitad de la carrera, de lo que el caballo quedó
agradecidísimo, a causa que ya no podía
moverse. Don Quijote, que le pareció que ya su
enemigo venía volando, arrimó reciamente las
espuelas a las trasijadas ijadas de Rocinante,
y le hizo aguijar de manera, que cuenta la
historia que esta sola vez se conoció haber corrido
algo, porque todas las demás siempre fueron
trotes declarados, y con esta no vista furia llegó
donde el de los Espejos estaba hincando a su
caballo las espuelas hasta los botones, sin que
le pudiese mover un solo dedo del lugar donde
había hecho estanco de su carrera.
  En esta buena sazón y coyuntura halló don
Quijote a su contrario embarazado con su
caballo y ocupado con su lanza, que nunca, o no
acertó, o no tuvo lugar de ponerla en ristre.
  Don Quijote, que no miraba en estos
inconvenientes, a salvamano y sin peligro alguno
encontró al de los Espejos con tanta fuerza, que
mal de su grado le hizo venir al suelo por las
ancas del caballo, dando tal caída, que sin
mover pie ni mano, dio señales de que estaba
muerto.
  Apenas le vio caído Sancho, cuando se
deslizó del alcornoque, y a toda prisa vino
donde su señor estaba, el cual, apeándose de
Rocinante, fue sobre el de los Espejos, y
quitándole las lazadas del yelmo para ver si era
muerto, y para que le diese el aire, si acaso estaba
vivo, [y] vio... ¿quién podrá decir lo que vio,
sin causar admiración, maravilla y espanto a
los que lo oyeren? Vio, dice la historia, el rostro
mismo, la misma figura, el mismo aspecto, la
misma fisonomía, la misma efigie, la
perspectiva misma del bachiller Sansón Carrasco,
y así como la vio, en altas voces dijo:
  “Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y
no lo has creer; aguija, hijo, y advierte lo
que puede la magia, lo que pueden los
hechiceros y los encantadores.”
  Llegó Sancho, y como vio el rostro del
bachiller Carrasco, comenzó a hacerse mil cruces
y a santiguarse otras tantas; en todo esto, no
daba muestras de estar vivo el derribado
caballero, y Sancho dijo a don Quijote:
  “Soy de parecer, señor mío, que, por sí o por
no, vuestra merced hinque y meta la espada
por la boca a este que parece el bachiller
Sansón Carrasco: quizá matará en él a alguno de
sus enemigos los encantadores.”
  “No dices mal”, dijo don Quijote, “porque
de los enemigos, los menos.”
  Y, sacando la espada para poner en efecto
el aviso y consejo de Sancho, llegó el escudero
del de los Espejos, ya sin las narices que tan
feo le habían hecho, y a grandes voces dijo:
  “Mire vuestra merced lo que hace, señor don
Quijote; que ese que tiene a los pies es el
bachiller Sansón Carrasco, su amigo, y yo soy
su escudero.”
  Y, viéndole Sancho sin aquella fealdad
primera, le dijo:
  “Y ¿las narices?”
  A lo que él respondió:
  “Aquí las tengo, en la faldriquera.”
  Y, echando mano a la derecha, sacó unas
narices de pasta y barniz de máscara, de la
manufactura que quedan delineadas, y mirándole
más y más Sancho, con voz admirativa y grande,
dijo:
  “¡Santa María, y váleme!, ¿éste no es Tomé
Cecial, mi vecino y mi compadre?”
  “Y ¡cómo si lo soy!”, respondió el ya
desnarigado escudero. “Tomé Cecial soy, compadre y
amigo Sancho Panza, y luego os diré los
arcaduces, embustes y enredos por donde soy aquí
venido, y, en tanto, pedid y suplicad al señor
vuestro amo que no toque, maltrate, hiera ni
mate al Caballero de los Espejos que a sus pies
tiene, porque sin duda alguna es el atrevido y
mal aconsejado del bachiller Sansón Carrasco,
nuestro compatriota.”
  En esto, volvió en sí el de los Espejos, lo cual
visto por don Quijote, le puso la punta desnuda
de su espada encima del rostro, y le dijo:
  “Muerto sois, caballero, si no confesáis que
la sin par Dulcinea del Toboso se aventaja en
belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y
además de esto habéis de prometer, si de esta
contienda y caída quedarais con vida, de ir a
la ciudad del Toboso, y presentaros en su
presencia de mi parte, para que haga de vos lo
que más en voluntad le viniere. Y si os dejare
en la vuestra, asimismo habéis de volver a
buscarme --que el rastro de mis hazañas os servirá
de guía que os traiga donde yo estuviere-- y
a decirme lo que con ella hubiereis pasado;
condiciones que, conforme a las que pusimos
antes de nuestra batalla, no salen de los
términos de la andante caballería.”
  “Confieso”, dijo el caído caballero, “que
vale más el zapato descosido y sucio de la
señora Dulcinea del Toboso, que las barbas mal
peinadas, aunque limpias, de Casildea, y prometo
de ir y volver de su presencia a la vuestra
y daros entera y particular cuenta de lo que
me pedís.”
  “También habéis de confesar y creer”,
añadió don Quijote, “que aquel caballero que
vencisteis no fue ni pudo ser don Quijote de
la Mancha, sino otro que se le parecía, como
yo confieso y creo que vos, aunque parecéis el
bachiller Sansón Carrasco, no lo sois, sino otro
que le parece, y que en su figura aquí me le
han puesto mis enemigos para que detenga y
temple el ímpetu de mi cólera, y para que use
blandamente de la gloria del vencimiento.”
  “Todo lo confieso, juzgo y siento como vos
lo creéis, juzgáis y sentís”, respondió el
derrengado caballero. “Dejadme levantar, os
ruego, si es que lo permite el golpe de mi caída,
que asaz maltrecho me tiene.”
  Ayudóle a levantar don Quijote y Tomé
Cecial su escudero, del cual no apartaba los
ojos Sancho, preguntándole cosas, cuyas
respuestas le daban manifiestas señales de que
verdaderamente era el Tomé Cecial que decía;
mas la aprensión que en Sancho había hecho
lo que su amo dijo, de que los encantadores
habían mudado la figura del Caballero de los
Espejos en la del bachiller Carrasco, no le dejaba
dar crédito a la verdad que con los ojos estaba
mirando. Finalmente, se quedaron con este
engaño amo y mozo, y el de los Espejos y su
escudero, mohínos y malandantes, se apartaron
de don Quijote y Sancho, con intención de
buscar algún lugar donde bizmarle y entablarle
las costillas. Don Quijote y Sancho volvieron
a proseguir su camino de Zaragoza, donde los
deja la historia, por dar cuenta de quién era
el Caballero de los Espejos y su narigante
escudero.


                  Capítulo XV

 Donde se cuenta y da noticia de quién era el
    Caballero de los Espejos y su escudero.

  En extremo contento, ufano y vanaglorioso
iba don Quijote por haber alcanzado victoria
de tan valiente caballero como él se imaginaba
que era el de los Espejos, de cuya caballeresca
palabra esperaba saber si el encantamiento
de su señora pasaba adelante, pues era
forzoso que el tal vencido caballero volviese,
so pena de no serlo, a darle razón de lo que
con ella le hubiese sucedido. Pero uno
pensaba don Quijote y otro el de los Espejos,
puesto que por entonces no era otro su
pensamiento sino buscar donde bizmarse, como
se ha dicho.
  Dice, pues, la historia que cuando el
bachiller Sansón Carrasco aconsejó a don Quijote
que volviese a proseguir sus dejadas caballerías,
fue por haber entrado primero en bureo
con el cura y el barbero, sobre qué medio se
podría tomar para reducir a don Quijote a que
se estuviese en su casa quieto y sosegado,
sin que le alborotasen sus mal buscadas
aventuras, de cuyo consejo salió por voto común
de todos y parecer particular de Carrasco, que
dejasen salir a don Quijote, pues el detenerle
parecía imposible, y que Sansón le saliese
al camino como caballero andante, y trabase
batalla con él, pues no faltaría sobre qué, y le
venciese, teniéndolo por cosa fácil, y que
fuese pacto y concierto que el vencido
quedase a merced del vencedor, y, así, vencido
don Quijote, le había de mandar el bachiller
caballero se volviese a su pueblo y casa, y no
saliese de ella en dos años, o hasta tanto que
por él le fuese mandado otra cosa; lo cual era
claro que don Quijote, vencido, cumpliría
indubitablemente, por no contravenir y faltar a las
leyes de la caballería, y podría ser que en el
tiempo de su reclusión se le olvidasen sus
vanidades, o se diese lugar de buscar a su
locura algún conveniente remedio.
  Aceptólo Carrasco, y ofreciósele por escudero
Tomé Cecial, compadre y vecino de Sancho
Panza, hombre alegre y de lucios cascos.
Armóse Sansón como queda referido y Tomé
Cecial acomodó sobre sus naturales narices las
falsas y de máscara ya dichas, porque no fuese
conocido de su compadre cuando se viesen,
y, así, siguieron el mismo viaje que llevaba
don Quijote, y llegaron casi a hallarse en la
aventura del carro de la Muerte. Y, finalmente,
dieron con ellos en el bosque, donde les sucedió
todo lo que el prudente ha leído, y si no
fuera por los pensamientos extraordinarios de
don Quijote, que se dio a entender que el
bachiller no era el bachiller, el señor bachiller
quedara imposibilitado para siempre de graduarse
de licenciado, por no haber hallado nidos
donde pensó hallar pájaros.
  Tomé Cecial, que vio cuán mal había logrado
sus deseos y el mal paradero que había tenido
su camino, dijo al bachiller:
  “Por cierto, señor Sansón Carrasco, que
tenemos nuestro merecido. Con facilidad se piensa
y se acomete una empresa, pero con dificultad
las más veces se sale de ella; don Quijote
loco, nosotros cuerdos, él se va sano y riendo,
vuestra merced queda molido y triste. Sepamos,
pues, ahora, cuál es más loco, ¿el que lo es por
no poder menos, o el que lo es por su
voluntad?”
  A lo que respondió Sansón:
  “La diferencia que hay entre esos dos locos
es que el que lo es por fuerza lo será siempre,
y el que lo es de grado, lo dejará de ser
cuando quisiere.”
  “Pues así es”, dijo Tomé Cecial, “yo fui
por mi voluntad loco cuando quise hacerme
escudero de vuestra merced, y por la
misma quiero dejar de serlo y volverme a mi
casa.”
  “Eso os cumple”, respondió Sansón, “porque
pensar que yo he de volver a la mía hasta
haber molido a palos a don Quijote es pensar
en lo excusado, y no me llevará ahora a buscarle
el deseo de que cobre su juicio, sino el
de la venganza; que el dolor grande de mis
costillas no me deja hacer más piadosos
discursos.”
  En esto fueron razonando los dos, hasta
que llegaron a un pueblo donde fue ventura
hallar un algebrista con quien se curó el
Sansón desgraciado. Tomé Cecial se volvió y le
dejó, y él quedó imaginando su venganza, y
la historia vuelve a hablar de él a su tiempo,
por no dejar de regocijarse ahora con don
Quijote.


                 Capítulo XVI

De lo que sucedió a don Quijote con un discreto
            caballero de la Mancha.

  Con la alegría, contento y ufanidad que se
ha dicho, seguía don Quijote su jornada,
imaginándose por la pasada victoria ser el
caballero andante más valiente que tenía en
aquella edad el mundo; daba por acabadas y a
feliz fin conducidas cuantas aventuras
pudiesen sucederle de allí adelante. Tenía en
poco a los encantos y a los encantadores, no
se acordaba de los innumerables palos que en
el discurso de sus caballerías le habían dado, ni
de la pedrada que le derribó la mitad de los
dientes, ni del desagradecimiento de los
galeotes, ni del atrevimiento y lluvia de estacas
de los yangüeses. Finalmente, decía entre sí,
que si él hallara arte, modo o manera cómo
desencantar a su señora Dulcinea, no envidiara
a la mayor ventura que alcanzó o pudo alcanzar
el más venturoso caballero andante de los
pasados siglos.
  En estas imaginaciones iba todo ocupado,
cuando Sancho le dijo:
  “¿No es bueno, señor, que aún todavía traigo
entre los ojos las desaforadas narices, y mayores
de marca, de mi compadre Tomé Cecial?”
  “Y ¿crees tú, Sancho, por ventura, que el
Caballero de los Espejos era el bachiller Carrasco,
y su escudero Tomé Cecial, tu compadre?”
  “No sé qué me diga a eso”, respondió Sancho,
“sólo sé que las señas que me dio de mi
casa, mujer e hijos, no me las podría dar otro
que él mismo, y la cara, quitadas las narices,
era la misma de Tomé Cecial, como yo se la
he visto muchas veces en mi pueblo y pared
en medio de mi misma casa, y el tono de la
habla era todo uno.”
  “Estemos a razón, Sancho”, replicó don
Quijote: “Ven acá, ¿en qué consideración puede
caber que el bachiller Sansón Carrasco viniese
como caballero andante armado de armas ofensivas
y defensivas, a pelear conmigo? ¿He sido
yo su enemigo, por ventura? ¿Hele dado yo
jamás ocasión para tenerme ojeriza? ¿Soy yo
su rival, o hace él profesión de las armas para
tener envidia a la fama que yo por ellas he
ganado?”
  “Pues ¿qué diremos, señor”, respondió Sancho,
“a esto de parecerse tanto aquel caballero,
sea el que se fuere, al bachiller Carrasco, y
su escudero a Tomé Cecial, mi compadre? Y si
ello es encantamiento como vuestra merced ha
dicho, ¿no había en el mundo otros dos a quien
se parecieran?”
  “Todo es artificio y traza”, respondió don
Quijote, “de los malignos magos que me
persiguen, los cuales, anteviendo que yo había de
quedar vencedor en la contienda, se previnieron
de que el caballero vencido mostrase el
rostro de mi amigo el bachiller, porque la
amistad que le tengo se pusiese entre los filos de
mi espada y el rigor de mi brazo, y templase la
justa ira de mi corazón, y de esta manera
quedase con vida el que con embelecos y
falsías procuraba quitarme la mía. Para prueba
de lo cual ya sabes, ¡oh Sancho!, por experiencia
que no te dejará mentir ni engañar, cuán fácil
sea a los encantadores mudar unos rostros en
otros, haciendo de lo hermoso feo y de lo feo
hermoso, pues no ha dos días que viste por
tus mismos ojos la hermosura y gallardía de
la sin par Dulcinea en toda su entereza y
natural conformidad, y yo la vi en la fealdad y
bajeza de una zafia labradora, con cataratas
en los ojos y con mal olor en la boca; y más,
que el perverso encantador que se atrevió a
hacer una transformación tan mala, no es mucho
que haya hecho la de Sansón Carrasco y la
de tu compadre, por quitarme la gloria del
vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me
consuelo, porque, en fin, en cualquiera figura
que haya sido, he quedado vencedor de mi
enemigo.”
  “Dios sabe la verdad de todo”, respondió
Sancho.
  Y como él sabía que la transformación de
Dulcinea había sido traza y embeleco suyo, no
le satisfacían las quimeras de su amo; pero no
le quiso replicar, por no decir alguna palabra
que descubriese su embuste.
  En estas razones estaban, cuando los alcanzó
un hombre que detrás de ellos por el mismo
camino venía sobre una muy hermosa yegua
tordilla, vestido un gabán de paño fino verde,
jironado de terciopelo leonado, con una
montera del mismo terciopelo; el aderezo de la
yegua era de campo, y de la jineta, asimismo
de morado y verde. Traía un alfanje morisco
pendiente de un ancho tahalí de verde y
oro, y los borceguíes eran de la labor del
tahalí; las espuelas no eran doradas, sino
dadas con un barniz verde, tan tersas y bruñidas,
que, por hacer labor con todo el vestido,
parecían mejor que si fueran de oro puro. Cuando
llegó a ellos el caminante los saludó
cortésmente, y, picando a la yegua, se pasaba de
largo; pero don Quijote le dijo:
  “Señor galán, si es que vuestra merced lleva
el camino que nosotros y no importa el darse
prisa, merced recibiría en que nos fuésemos
juntos.”
  “En verdad”, respondió el de la yegua, “que
no me pasara tan de largo, si no fuera por
temor que con la compañía de mi yegua no se
alborotara ese caballo.”
  “Bien puede, señor”, respondió a esta sazón
Sancho, “bien puede tener las riendas a su
yegua, porque nuestro caballo es el más
honesto y bien mirado del mundo; jamás en
semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y
una vez que se desmandó a hacerla, la lastamos
mi señor y yo con las setenas. Digo otra
vez, que puede vuestra merced detenerse, si
quisiere; que aunque se la den entre dos platos,
a buen seguro que el caballo no la arrostre.”
  Detuvo la rienda el caminante, admirándose
de la apostura y rostro de don Quijote, el cual
iba sin celada, que la llevaba Sancho como
maleta en el arzón delantero de la albarda del
rucio, y si mucho miraba el de lo verde a don
Quijote, mucho más miraba don Quijote al de
lo verde, pareciéndole hombre de chapa; la edad
mostraba ser de cincuenta años, las canas pocas
y el rostro aguileño, la vista entre alegre y
grave; finalmente, en el traje y apostura daba
a entender ser hombre de buenas prendas.
  Lo que juzgó de don Quijote de la Mancha
el de lo verde fue que semejante manera ni
parecer de hombre no le había visto jamás;
admiróle la longura de su caballo, la grandeza
de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su
rostro, sus armas, su ademán y compostura,
figura y retrato no visto por luengos tiempos
atrás en aquella tierra. Notó bien don Quijote
la atención con que el caminante le miraba, y
leyóle en la suspensión su deseo, y como era
tan cortés y tan amigo de dar gusto a todos,
antes que le preguntase nada le salió al
camino, diciéndole:
  “Esta figura que vuestra merced en mí ha
visto, por ser tan nueva y tan fuera de las que
comúnmente se usan, no me maravillaría yo
de que le hubiese maravillado; pero dejará
vuestra merced de estarlo, cuando le diga,
como le digo, que soy caballero

      de estos que dicen las gentes,
      que a sus aventuras van.

Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi
regalo y entreguéme en los brazos de la Fortuna
que me llevasen donde más fuese servida.
Quise resucitar la ya muerta andante caballería,
y ha muchos días que, tropezando aquí, cayendo
allí, despeñándome acá y levantándome acullá,
he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo
viudas, amparando doncellas y favoreciendo
casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural
oficio de caballeros andantes, y, así, por mis
valerosas, muchas y cristianas hazañas he
merecido andar ya en estampa en casi todas o las
más naciones del mundo; treinta mil volúmenes
se han impreso de mi historia, y lleva camino
de imprimirse treinta mil veces de millares,
si el cielo no lo remedia. Finalmente, por
encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola,
digo que yo soy don Quijote de la Mancha, por
otro nombre llamado el Caballero de la Triste
Figura, y puesto que las propias alabanzas
envilecen, esme forzoso decir yo tal vez las mías,
y esto se entiende cuando no se halla presente
quien las diga; así que, señor gentilhombre, ni
este caballo, [ni] esta lanza, ni este escudo ni
escudero, ni todas juntas estas armas, ni la
amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza
os podrá admirar de aquí adelante, habiendo ya
sabido quién soy y la profesión que hago.”
  Calló en diciendo esto don Quijote, y el de
lo verde, según se tardaba en responderle,
parecía que no acertaba a hacerlo; pero de allí a
buen espacio le dijo:
  “Acertasteis, señor caballero, a conocer por
mi suspensión mi deseo. Pero no habéis acertado
a quitarme la maravilla que en mí causa
el haberos visto; que puesto que como vos,
señor, decís, que el saber ya quién sois me
la podría quitar, no ha sido así, antes, ahora
que lo sé, quedo más suspenso y maravillado.
¿Cómo y es posible que hay hoy caballeros
andantes en el mundo, y que hay historias
impresas de verdaderas caballerías? No me puedo
persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca
viudas, ampare doncellas, ni honre casadas,
ni socorra huérfanos, y no lo creyera si en
vuestra merced no lo hubiera visto con mis
ojos. Bendito sea el cielo, que con esa historia
que vuestra merced dice que está impresa de
sus altas y verdaderas caballerías, se habrán
puesto en olvido las innumerables de los fingidos
caballeros andantes, de que estaba lleno el mundo,
tan en daño de las buenas costumbres y tan en
perjuicio y descrédito de las buenas historias.”
  “Hay mucho que decir”, respondió don
Quijote, “en razón de si son fingidas o no las
historias de los andantes caballeros.”
  “Pues ¿hay quien dude”, respondió el Verde,
“que no son falsas las tales historias?”
  “Yo lo dudo”, respondió don Quijote; “y
quédese esto aquí; que si nuestra jornada dura,
espero en Dios de dar a entender a vuestra
merced que ha hecho mal en irse con la corriente
de los que tienen por cierto que no son
verdaderas.”
  De esta última razón de don Quijote tomó
barruntos el caminante de que don Quijote
debía de ser algún mentecato, y aguardaba
que con otras lo confirmase; pero antes que
se divirtiesen en otros razonamientos, don
Quijote le rogó le dijese quién era, pues él
le había dado parte de su condición y de su
vida. A lo que respondió el del Verde Gabán:
  “Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy
un hidalgo, natural de un lugar donde iremos
a comer hoy, si Dios fuere servido; soy más que
medianamente rico, y es mi nombre don Diego
de Miranda. Paso la vida con mi mujer y con
mis hijos y con mis amigos; mis ejercicios son
el de la caza y pesca, pero no mantengo ni
halcón, ni galgos, sino algún perdigón manso
o algún hurón atrevido. Tengo hasta seis
docenas de libros, cuáles de romance y cuáles
de latín, de historia algunos y de devoción
otros; los de caballerías aún no han entrado
por los umbrales de mis puertas. Hojeo más
los que son profanos que los devotos, como
sean de honesto entretenimiento, que deleiten
con el lenguaje y admiren y suspendan con
la invención, puesto que de éstos hay muy pocos
en España. Alguna vez como con mis vecinos
y amigos, y muchas veces los convido; son
mis convites limpios y aseados y no nada
escasos. Ni gusto de murmurar, ni consiento que
delante de mí se murmure; no escudriño las
vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los
otros. Oigo misa cada día, reparto de mis
bienes con los pobres, sin hacer alarde de las
buenas obras por no dar entrada en mi corazón
a la hipocresía y vanagloria, enemigos
que blandamente se apoderan del corazón más
recatado; procuro poner en paz los que sé que
están desavenidos. Soy devoto de Nuestra
Señora y confío siempre en la misericordia
infinita de Dios Nuestro Señor.”
  Atentísimo estuvo Sancho a la relación de
la vida y entretenimientos del hidalgo, y,
pareciéndole buena y santa, y que quien la hacía
debía de hacer milagros, se arrojó del rucio y
con gran prisa le fue a asir del estribo
derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le
besó los pies una y muchas veces. Visto lo
cual por el hidalgo, le preguntó:
  “¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son
éstos?”
  “Déjenme besar”, respondió Sancho, “porque
me parece vuestra merced el primer santo
a la jineta que he visto en todos los días de
mi vida.”
  “No soy santo”, respondió el hidalgo, “sino
gran pecador; vos sí, hermano, que debéis
de ser bueno, como vuestra simplicidad lo
muestra.”
  Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo
sacado a plaza la risa de la profunda
melancolía de su amo y causado nueva admiración
a don Diego.
  Preguntóle don Quijote que cuántos hijos
tenía, y díjole que una de las cosas en que
ponían el sumo bien los antiguos filósofos,
que carecieron del verdadero conocimiento de
Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los
de la fortuna, en tener muchos amigos y en
tener muchos y buenos hijos.
  “Yo, señor don Quijote”, respondió el hidalgo,
“tengo un hijo que a no tenerle quizá me
juzgara por más dichoso de lo que soy, y no
porque él sea malo, sino porque no es tan
bueno como yo quisiera; será de edad de diez
y ocho años, los seis ha estado en Salamanca,
aprendiendo las lenguas latina y griega,
y cuando quise que pasase a estudiar otras
ciencias, halléle tan embebido en la de la
Poesía, si es que se puede llamar ciencia, que no
es posible hacerle arrostrar la de las Leyes,
que yo quisiera que estudiara, ni de la reina
de todas, la Teología. Quisiera yo que fuera
corona de su linaje, pues vivimos en siglo
donde nuestros reyes premian altamente las
virtuosas y buenas letras, porque letras sin
virtud son perlas en el muladar. Todo el día se le
pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero
en tal verso de la Ilíada, si Marcial anduvo
deshonesto o no en tal epigrama, si se han de
entender de una manera u otra tales y tales
versos de Virgilio. En fin, todas sus
conversaciones son con los libros de los referidos
poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y
Tibulo; que de los modernos romancistas no
hace mucha cuenta, y con todo el mal cariño
que muestra tener a la poesía de romance, le
tiene ahora desvanecidos los pensamientos el
hacer una glosa a cuatro versos que le han
enviado de Salamanca, y pienso que son de
justa literaria.”
  A todo lo cual respondió don Quijote:
  “Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas
de sus padres, y, así, se han de querer, o
buenos o malos que sean, como se quieren las
almas que nos dan vida; a los padres toca el
encaminarlos desde pequeños por los pasos
de la virtud, de la buena crianza y de las
buenas y cristianas costumbres, para que, cuando
grandes, sean báculo de la vejez de sus padres
y gloria de su posteridad. Y en lo de forzarles
que estudien esta o aquella ciencia no lo
tengo por acertado, aunque el persuadirles no
será dañoso; y cuando no se ha de estudiar
para pane lucrando, siendo tan venturoso el
estudiante, que le dio el cielo padres que se lo
dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir
aquella ciencia a que más le vieren inclinado,
y aunque la de la poesía es menos útil que
deleitable, no es de aquellas que suelen
deshonrar a quien las posee.
  ”La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es
como una doncella tierna y de poca edad y en
todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado
de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas,
que son todas las otras ciencias, y ella se
ha de servir de todas, y todas se han de autorizar
con ella; pero esta tal doncella no quiere ser
manoseada, ni traída por las calles, ni publicada
por las esquinas de las plazas ni por los
rincones de los palacios. Ella es hecha de una
alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar
la volverá en oro purísimo de inestimable
precio; hala de tener, el que la tuviere, a raya,
no dejándola correr en torpes sátiras ni en
desalmados sonetos. No ha de ser vendible en
ninguna manera, si ya no fuere en poemas
heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias
alegres y artificiosas; no se ha de dejar
tratar de los truhanes ni del ignorante vulgo,
incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en
ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo
llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya
y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque
sea señor y príncipe, puede y debe entrar
en número de vulgo.
  ”Y, así, el que con los requisitos que he dicho
tratare y tuviere a la poesía, será famoso y
estimado su nombre en todas las naciones políticas
del mundo. Y a lo que decís, señor, que vuestro
hijo no estima mucho la poesía de romance,
doyme a entender que no anda muy acertado
en ello, y la razón es ésta: el grande Homero
no escribió en latín porque era griego, ni
Virgilio no escribió en griego porque era latino.
En resolución, todos los poetas antiguos
escribieron en la lengua que mamaron en la leche,
y no fueron a buscar las extranjeras para
declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto
así, razón sería se extendiese esta costumbre
por todas las naciones, y que no se desestimase
el poeta alemán porque escribe en su
lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno
que escribe en la suya.
  ”Pero vuestro hijo, a lo que yo, señor,
imagino, no debe de estar mal con la poesía de
romance, sino con los poetas que son meros
romancistas, sin saber otras lenguas ni otras
ciencias que adornen y despierten y ayuden a
su natural impulso, y aun en esto puede haber
yerro. Porque, según es opinión verdadera, el
poeta nace...: quieren decir que del vientre
de su madre el poeta natural sale poeta; y con
aquella inclinación que le dio el cielo, sin más
estudio ni artificio, compone cosas que hace
verdadero al que dijo: Est Deus in nobis, etc.
También digo que el natural poeta que se ayudare
del arte será mucho mejor y se aventajará
al poeta que sólo por saber el arte quisiere
serlo; la razón es porque el arte no se aventaja
a la naturaleza, sino perfecciónala. Así que,
mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con
la naturaleza, sacarán un perfectísimo poeta.
  ”Sea, pues, la conclusión de mi plática,
señor hidalgo, que vuestra merced deje caminar
a su hijo por donde su estrella le llama; que,
siendo él tan buen estudiante como debe de
ser, y, habiendo ya subido felizmente el primer
escalón de las [ciencias], que es el de las
lenguas, con ellas por sí mismo subirá a la
cumbre de las letras humanas, las cuales tan
bien parecen en un caballero de capa y espada,
y así le adornan, honran y engrandecen como
las mitras a los obispos, o como las garnachas
a los peritos jurisconsultos. Riña vuestra
merced a su hijo si hiciere sátiras que
perjudiquen las honras ajenas, y castíguele y
rómpaselas; pero si hiciere sermones al modo de
Horacio, donde reprenda los vicios en general,
como tan elegantemente él lo hizo, alábele,
porque lícito es al poeta escribir contra la
envidia y decir en sus versos mal de los
envidiosos. Y así de los otros vicios, con que no
señale persona alguna; pero hay poetas que a trueco
de decir una malicia se pondrán a peligro que
los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta
fuere casto en sus costumbres, lo será también
en sus versos: la pluma es lengua del alma;
cuales fueren los conceptos que en ella se
engendraren, tales serán sus escritos, y cuando
los reyes y príncipes ven la milagrosa ciencia
de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y
graves, los honran, los estiman y los enriquecen,
y aun los coronan con las hojas del árbol
a quien no ofende el rayo, como en señal que
no han de ser ofendidos de nadie los que con
tales coronas ven honradas y adornadas
sus sienes.”
  Admirado quedó el del Verde Gabán del
razonamiento de don Quijote, y tanto, que fue
perdiendo de la opinión que con él tenía de ser
mentecato. Pero a la mitad de esta plática,
Sancho, por no ser muy de su gusto, se había
desviado del camino a pedir un poco de leche a unos
pastores que allí junto estaban ordeñando
unas ovejas, y en esto, ya volvía a renovar la
plática el hidalgo, satisfecho en extremo de la
discreción y buen discurso de don Quijote,
cuando, alzando don Quijote la cabeza, vio que
por el camino por donde ellos iban venía un
carro lleno de banderas reales; y, creyendo que
debía de ser alguna nueva aventura, a grandes
voces llamó a Sancho que viniese a darle la
celada, el cual Sancho, oyéndose llamar, dejó
a los pastores, y a toda prisa picó al rucio y
llegó donde su amo estaba, a quien sucedió
una espantosa y desatinada aventura.


                 Capítulo XVII

De donde se declaró el último punto y extremo
  adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo
  de don Quijote con la felizmente acabada
  aventura de los leones.

  Cuenta la historia que cuando don Quijote
daba voces a Sancho que le trajese el yelmo,
estaba él comprando unos requesones que los
pastores le vendían, y acosado de la mucha
prisa de su amo, no supo qué hacer de ellos, ni
en qué traerlos, y por no perderlos, que ya los
tenía pagados, acordó de echarlos en la celada
de su señor, y con este buen recado volvió a
ver lo que le quería; el cual, en llegando, le
dijo:
  “Dame, amigo, esa celada; que yo sé poco
de aventuras, o lo que allí descubro es alguna
que me ha de necesitar, y me necesita, a tomar
mis armas.”
  El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la
vista por todas partes, y no descubrió otra cosa
que un carro que hacia ellos venía, con dos o
tres banderas pequeñas, que le dieron a entender
que el tal carro debía de traer moneda de
su majestad, y, así, se lo dijo a don Quijote;
pero él no le dio crédito, siempre creyendo y
pensando que todo lo que le sucediese habían
de ser aventuras y más aventuras, y, así,
respondió al hidalgo:
  “Hombre apercibido, medio combatido. No se
pierde nada en que yo me aperciba; que sé por
experiencia que tengo enemigos visibles e
invisibles, y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué
tiempo, ni en qué figuras me han de acometer.”
  Y, volviéndose a Sancho, le pidió la celada,
el cual, como no tuvo lugar de sacar los
requesones, le fue forzoso dársela como estaba.
Tomóla don Quijote, y sin que echase de ver lo
que dentro venía, con toda prisa se la encajó
en la cabeza, y como los requesones se apretaron
y exprimieron, comenzó a correr el suero
por todo el rostro y barbas de don Quijote, de
lo que recibió tal susto, que dijo a Sancho:
  “¿Qué será esto, Sancho, que parece que se
me ablandan los cascos o se me derriten los
sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si
es que sudo, en verdad que no es de miedo; sin
duda creo que es terrible la aventura que ahora
quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me
limpie; que el copioso sudor me ciega los ojos.”
  Calló Sancho y diole un paño, y dio, con él,
gracias a Dios de que su señor no hubiese
caído en el caso. Limpióse don Quijote y quitóse
la celada, por ver qué cosa era la que, a su
parecer, le enfriaba la cabeza, y viendo aquellas
gachas blancas dentro de la celada, las llegó a
las narices, y, en oliéndolas, dijo:
  “¡Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso
que son requesones los que aquí me has puesto,
traidor, bergante y mal mirado escudero!”
  A lo que con gran flema y disimulación
respondió Sancho:
  “Si son requesones, démelos vuestra merced,
que yo me los comeré; pero cómalos el diablo,
que debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había
de tener atrevimiento de ensuciar el yelmo de
vuestra merced? ¡Hallado le habéis el atrevido! A
la fe, señor, a lo que Dios me da a entender,
también debo yo de tener encantadores que me
persiguen, como a hechura y miembro de vuestra
merced, y habrán puesto ahí esa inmundicia
para mover a cólera su paciencia, y hacer que
me muela, como suele, las costillas. Pues en
verdad que esta vez han dado salto en vago;
que yo confío en el buen discurso de mi señor,
que habrá considerado que ni yo tengo requesones,
ni leche, ni otra cosa que lo valga, y que
si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago
que en la celada.”
  “Todo puede ser”, dijo don Quijote.
  Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se
admiraba, especialmente cuando, después de
haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y
barbas y celada, se la encajó, y afirmándose
bien en los estribos, requiriendo la espada y
asiendo la lanza, dijo:
  “Ahora venga lo que viniere; que aquí estoy
con ánimo de tomarme con el mismo Satanás
en persona.”
  Llegó, en esto, el carro de las banderas, en el
cual no venía otra gente que el carretero en las
mulas, y un hombre sentado en la delantera.
Púsose don Quijote delante, y dijo:
  “¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es
éste, qué lleváis en él y qué banderas son
aquéstas?”
  A lo que respondió el carretero:
  “El carro es mío; lo que va en él son dos
bravos leones enjaulados, que el General de
Orán envía a la Corte, presentados a su majestad.
Las banderas son del rey nuestro señor, en
señal que aquí va cosa suya.”
  “Y ¿son grandes los leones?”, preguntó don
Quijote.
  “Tan grandes”, respondió el hombre que
iba a la puerta del carro, “que no han pasado
mayores, ni tan grandes, de Africa a España
jamás, y yo soy el leonero y he pasado otros,
pero como éstos ninguno; son hembra y macho,
el macho va en esta jaula primera, y la
hembra en la de atrás, y ahora van hambrientos,
porque no han comido hoy. Y, así, vuestra
merced se desvíe; que es menester llegar presto
donde les demos de comer.”
  A lo que dijo don Quijote, sonriéndose
un poco:
  “¿Leoncitos a mí?, ¿a mí leoncitos, y a
tales horas? Pues por Dios que han de ver esos
señores que acá los envían, si soy yo hombre
que se espanta de leones. Apeaos, buen hombre,
y pues sois el leonero, abrid esas jaulas y
echadme esas bestias fuera; que en mitad de esta
campaña les daré a conocer quién es don
Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los
encantadores que a mí los envían.”
  “Ta, ta”, dijo a esta sazón entre sí el
hidalgo, “dado ha señal de quien es nuestro
buen caballero; los requesones sin duda le
han ablandado los cascos y madurado los
sesos.”
  Llegóse, en esto, a él Sancho, y díjole:
  “Señor, por quien Dios es, que vuestra
merced haga de manera que mi señor don Quijote
no se tome con estos leones; que si se toma,
aquí nos han de hacer pedazos a todos.”
  “Pues ¿tan loco es vuestro amo”, respondió
el hidalgo, “que teméis y creéis que se ha de
tomar con tan fieros animales?”
  “No es loco”, respondió Sancho, “sino
atrevido.”
  “Yo haré que no lo sea”, replicó el hidalgo.
  Y, llegándose a don Quijote, que estaba
dando prisa al leonero que abriese las jaulas,
le dijo:
  “Señor caballero: los caballeros andantes
han de acometer las aventuras que prometen
esperanza de salir bien de ellas, y no aquellas
que de [todo] en todo la quitan; porque la valentía
que se entra en la jurisdicción de la temeridad,
más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto
más que estos leones no vienen contra vuestra
merced, ni lo sueñan; van presentados a su
majestad, y no será bien detenerlos ni impedirles
su viaje.”
  “Váyase vuestra merced, señor hidalgo”,
respondió don Quijote, “a entender con su
perdigón manso y con su hurón atrevido, y
deje a cada uno hacer su oficio; éste es el mío,
y yo sé si vienen a mí o no estos señores
leones.”
  Y, volviéndose al leonero, le dijo:
  “¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego
luego las jaulas, que con esta lanza os he de
coser con el carro!”
  El carretero, que vio la determinación de
aquella armada fantasma, le dijo:
  “Señor mío, vuestra merced sea servido, por
caridad, dejarme desuncir las mulas y ponerme
en salvo con ellas, antes que se desenvainen
los leones, porque si me las matan, quedaré
rematado para toda mi vida; que no tengo otra
hacienda sino este carro y estas mulas.”
  “¡Oh hombre de poca fe!”, respondió don
Quijote; “apéate y desunce y haz lo que quisieres,
que presto verás que trabajaste en vano, y que
pudieras ahorrar de esta diligencia.”
  Apeóse el carretero y desunció a gran prisa,
y el leonero dijo a grandes voces:
  “Séanme testigos cuantos aquí están, como
contra mi voluntad y forzado abro las jaulas y
suelto los leones, y de que protesto a este
señor que todo el mal y daño que estas bestias
hicieren corra y vaya por su cuenta, con más
mis salarios y derechos. Vuestras mercedes,
señores, se pongan en cobro antes que abra; que
yo seguro estoy que no me han de hacer
daño.”
  Otra vez le persuadió el hidalgo que no
hiciese locura semejante, que era tentar a
Dios acometer tal disparate. A lo que respondió
don Quijote, que él sabía lo que hacía.
Respondióle el hidalgo que lo mirase bien,
que él entendía que se engañaba.
  “Ahora, señor”, replicó don Quijote, “si
vuestra merced no quiere ser oyente de esta que
a su parecer ha de ser tragedia, pique la
tordilla y póngase en salvo.”
  Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en
los ojos le suplicó desistiese de tal empresa,
en cuya comparación habían sido tortas y pan
pintado la de los molinos de viento y la
temerosa de los batanes y, finalmente, todas las
hazañas que había acometido en todo el discurso
de su vida.
  “Mire, señor”, decía Sancho, “que aquí no
hay encanto ni cosa que lo valga; que yo he
visto por entre las verjas y resquicios de la
jaula una uña de león verdadero, y saco por
ella que el tal león, cuya debe de ser la
tal uña, es mayor que una montaña.”
  “El miedo, a lo menos”, respondió don
Quijote, “te le hará parecer mayor que la mitad
del mundo. Retírate, Sancho, y déjame, y si
aquí muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto:
acudirás a Dulcinea, y no te digo más.”
  A éstas añadió otras razones con que quitó
las esperanzas de que no había de dejar de
proseguir su desvariado intento. Quisiera el
del Verde Gabán oponérsele, pero viose
desigual en las armas, y no le pareció cordura
tomarse con un loco, que ya se lo había parecido
de todo punto don Quijote, el cual, volviendo
a dar prisa al leonero y a reiterar las
amenazas, dio ocasión al hidalgo a que picase la
yegua y Sancho al rucio y el carretero a sus
mulas, procurando todos apartarse del carro lo
más que pudiesen, antes que los leones se
desembanastasen.
  Lloraba Sancho la muerte de su señor, que
aquella vez sin duda creía que llegaba en las
garras de los leones, maldecía su ventura y
llamaba menguada la hora en que le vino al
pensamiento volver a servirle; pero no por
llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio
para que se alejase del carro. Viendo, pues,
el leonero que ya los que iban huyendo
estaban bien desviados, tornó a requerir y a
intimar a don Quijote lo que ya le había
requerido e intimado, el cual respondió que lo oía
y que no se curase de más intimaciones y
requerimientos; que todo sería de poco fruto, y
que se diese prisa. En el espacio que tardó
el leonero en abrir la jaula primera, estuvo
considerando don Quijote si sería bien hacer
la batalla antes a pie que a caballo. Y, en fin, se
determinó de hacerla a pie, temiendo que Rocinante
se espantaría con la vista de los leones;
por esto saltó del caballo, arrojó la lanza y
embrazó el escudo, y, desenvainando la espada,
paso ante paso, con maravilloso denuedo y
corazón valiente, se fue a poner delante del
carro, encomendándose a Dios de todo corazón,
y luego a su señora Dulcinea.
  Y es de saber que, llegando a este paso
el autor de esta verdadera historia, exclama
y dice:
  “¡Oh fuerte y sobre todo encarecimiento
animoso don Quijote de la Mancha, espejo donde
se pueden mirar todos los valientes del mundo,
segundo y nuevo don Manuel de León, que
fue gloria y honra de los españoles caballeros!
¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa
hazaña, o con qué razones la haré creíble a
los siglos venideros, o qué alabanzas habrá
que no te convengan y cuadren, aunque sean
hipérboles sobre todos los hipérboles? Tú a
pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con
sola una espada, y no de las del perrillo
cortadoras, con un escudo no de muy luciente y
limpio acero, estás aguardando y atendiendo
los dos más fieros leones que jamás criaron las
africanas selvas. Tus mismos hechos sean los
que te alaben, valeroso manchego; que yo los
dejo aquí en su punto, por faltarme palabras
con que encarecerlos.”
  Aquí cesó la referida exclamación del autor
y pasó adelante, anudando el hilo de la
historia, diciendo:
  Que visto el leonero ya puesto en postura
a don Quijote, y que no podía dejar de soltar
al león macho, so pena de caer en la desgracia
del indignado y atrevido caballero, abrió de
par en par la primera jaula donde estaba,
como se ha dicho, el león, el cual pareció de
grandeza extraordinaria y de espantable y fea
catadura. Lo primero que hizo fue revolverse
en la jaula, donde venía echado, y tender la
garra y desperezarse todo; abrió luego la boca
y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos
de lengua que sacó fuera se despolvoreó los
ojos y se lavó el rostro. Hecho esto, sacó la
cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes
con los ojos hechos brasas, vista y ademán
para poner espanto a la misma temeridad. Sólo
don Quijote lo miraba atentamente, deseando
que saltase ya del carro, y viniese con él a
las manos, entre las cuales pensaba hacerle
pedazos.
  Hasta aquí llegó el extremo de su jamás
vista locura. Pero el generoso león, más comedido
que arrogante, no haciendo caso de niñerías
ni de bravatas, después de haber mirado a
una y otra parte, como se ha dicho, volvió las
espaldas y enseñó sus traseras partes a don
Quijote, y con gran flema y remanso se volvió
a echar en la jaula. Viendo lo cual, don
Quijote mandó al leonero que le diese de palos
y le irritase para echarle fuera.
  “Eso no haré yo”, respondió el leonero,
“porque si yo le instigo, el primero a quien hará
pedazos será a mí mismo. Vuestra merced, señor
caballero, se contente con lo hecho, que es
todo lo que puede decirse en género de valentía,
y no quiera tentar segunda fortuna. El león
tiene abierta la puerta, en su mano está salir
o no salir, pero pues no ha salido hasta ahora,
no saldrá en todo el día. La grandeza del
corazón de vuestra merced ya está bien
declarada; ningún bravo peleante, según a mí se me
alcanza, está obligado a más que a desafiar a
su enemigo y esperarle en campaña, y si el
contrario no acude, en él se queda la infamia, y
el esperante gana la corona del vencimiento.”
  “Así es verdad”, respondió don Quijote;
“cierra, amigo, la puerta, y dame por
testimonio en la mejor forma que pudieres lo que
aquí me has visto hacer. Conviene a saber:
como tú abriste al león, yo le esperé, él no
salió, volvíle a esperar, volvió a no salir y
volvióse acostar. No debo más, y encantos
afuera; y Dios ayude a la razón, y a la verdad,
y a la verdadera caballería. Y cierra, como he
dicho, en tanto que hago señas a los huidos
y ausentes, para que sepan de tu boca esta
hazaña.”
  Hízolo así el leonero, y don Quijote,
poniendo en la punta de la lanza el lienzo con
que se había limpiado el rostro de la lluvia de
los requesones, comenzó a llamar a los que
no dejaban de huir ni de volver la cabeza a
cada paso, todos en tropa y antecogidos del
hidalgo; pero alcanzando Sancho a ver la
señal del blanco paño, dijo:
  “Que me maten si mi señor no ha vencido
a las fieras bestias, pues nos llama.”
  Detuviéronse todos y conocieron que el que
hacía las señas era don Quijote, y, perdiendo
alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron
acercando hasta donde claramente oyeron
las voces de don Quijote, que los llamaba.
Finalmente, volvieron al carro, y, en llegando,
dijo don Quijote al carretero:
  “Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y
a proseguir vuestro viaje, y tú, Sancho, dale
dos escudos de oro para él y para el leonero,
en recompensa de lo que por mí se han
detenido.”
  “Esos daré yo de muy buena gana”,
respondió Sancho; “pero ¿qué se han hecho los
leones? ¿Son muertos, o vivos?”
  Entonces el leonero, menudamente y por sus
pausas, contó el fin de la contienda, exagerando
como él mejor pudo y supo el valor de don
Quijote, de cuya vista el león, acobardado,
no quiso ni osó salir de la jaula, puesto que
había tenido un buen espacio abierta la puerta
de la jaula; y que por haber él dicho a aquel
caballero que era tentar a Dios irritar al león
para que por fuerza saliese, como él quería
que se irritase, mal de su grado, y contra toda
su voluntad, había permitido que la puerta se
cerrase.
  “¿Qué te parece de esto, Sancho?”, dijo don
Quijote. “¿Hay encantos que valgan contra la
verdadera valentía? Bien podrán los encantadores
quitarme la ventura, pero el esfuerzo y
el ánimo, será imposible.”
  Dio los escudos Sancho, unció el carretero,
besó las manos el leonero a don Quijote por
la merced recibida, y prometióle de contar
aquella valerosa hazaña al mismo rey cuando
en la corte se viese.
  “Pues si acaso su majestad preguntare
quién la hizo, diréisle que el Caballero de los
Leones, que de aquí adelante quiero que en
éste se trueque, cambie, vuelva y mude el
que hasta aquí he tenido del Caballero de la
Triste Figura, y en esto sigo la antigua usanza
de los andantes caballeros, que se mudaban
los nombres cuando querían, o cuando les
venía a cuento.”
  Siguió su camino el carro, y don Quijote,
Sancho y el del Verde Gabán prosiguieron el
suyo. En todo este tiempo no había hablado
palabra don Diego de Miranda, todo atento a
mirar y a notar los hechos y palabras de don
Quijote, pareciéndole que era un cuerdo loco
y un loco que tiraba a cuerdo. No había aún
llegado a su noticia la primera parte de su
historia; que si la hubiera leído, cesara la
admiración en que lo ponían sus hechos y sus
palabras, pues ya supiera el género de su locura.
Pero como no la sabía, ya le tenía por cuerdo
y ya por loco, porque lo que hablaba era
concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía,
disparatado, temerario y tonto, y decía entre
sí: «¿Qué más locura puede ser que ponerse la
»celada llena de requesones y darse a entender
»que le ablandaban los cascos los encantadores,
»y qué mayor temeridad y disparate que
»querer pelear por fuerza con leones?»
  De estas imaginaciones y de este soliloquio le
sacó don Quijote, diciéndole:
  “¿Quién duda, señor don Diego de Miranda,
que vuestra merced no me tenga en su opinión
por un hombre disparatado y loco? Y no sería
mucho que así fuese, porque mis obras no
pueden dar testimonio de otra cosa; pues, con
todo esto, quiero que vuestra merced advierta
que no soy tan loco ni tan menguado como
debo de haberle parecido. Bien parece un
gallardo caballero a los ojos de su rey, en la
mitad de una gran plaza, dar una lanzada con
feliz suceso a un bravo toro. Bien parece un
caballero armado de resplandecientes armas
pasar la tela en alegres justas delante de las
damas, y bien parecen todos aquellos caballeros
que en ejercicios militares, o que lo parezcan,
entretienen y alegran y, si se puede decir,
honran las cortes de sus príncipes; pero sobre
todos éstos parece mejor un caballero andante,
que por los desiertos, por las soledades, por
las encrucijadas, por las selvas y por los
montes anda buscando peligrosas aventuras, con
intención de darles dichosa y bien afortunada
cima, sólo por alcanzar gloriosa fama y duradera.
Mejor parece, digo, un caballero andante
socorriendo a una viuda en algún despoblado
que un cortesano caballero requebrando a una
doncella en las ciudades. Todos los caballeros
tienen sus particulares ejercicios: sirva a las
damas el cortesano, autorice la corte de su rey
con libreas, sustente los caballeros pobres con
el espléndido plato de su mesa, concierte
justas, mantenga torneos y muéstrese grande,
liberal y magnífico y buen cristiano sobre
todo, y de esta manera cumplirá con sus
precisas obligaciones.
  ”Pero el andante caballero busque los rincones
del mundo, éntrese en los más intricados
laberintos, acometa a cada paso lo imposible,
resista en los páramos despoblados los ardientes
rayos del sol en la mitad del verano, y en
el invierno la dura inclemencia de los vientos
y de los hielos. No le asombren leones, ni le
espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos; que
buscar éstos, acometer aquéllos y vencerlos a
todos son sus principales y verdaderos
ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser
uno del número de la andante caballería, no
puedo dejar de acometer todo aquello que a
mí me pareciere que cae debajo de la jurisdicción
de mis ejercicios, y así, el acometer los
leones que ahora acometí derechamente me
tocaba, puesto que conocí ser temeridad
exorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que
es una virtud que está puesta entre dos extremos
viciosos, como son la cobardía y la temeridad.
Pero menos mal será que el que es valiente
toque y suba al punto de temerario, que no
que baje y toque en el punto de cobarde; que
así como es más fácil venir el pródigo a ser
liberal que al avaro, así es más fácil dar el
temerario en verdadero valiente que no el
cobarde subir a la verdadera valentía. Y en esto
de acometer aventuras, créame vuestra merced,
señor don Diego, que antes se ha de perder
por carta de más que de menos, porque mejor
suena en las orejas de los que lo oyen, «el tal
»caballero es temerario y atrevido», que no
«el tal caballero es tímido y cobarde».”
  “Digo, señor don Quijote”, respondió don
Diego, “que todo lo que vuestra merced ha
dicho y hecho va nivelado con el fiel de la
misma razón, y que entiendo que si las
ordenanzas y leyes de la caballería andante se
perdiesen, se hallarían en el pecho de vuestra
merced como en su mismo depósito y archivo;
y démonos prisa, que se hace tarde, y
lleguemos a mi aldea y casa, donde descansará
vuestra merced del pasado trabajo, que si no ha
sido del cuerpo, ha sido del espíritu, que suele
tal vez redundar en cansancio del cuerpo.”
  “Tengo el ofrecimiento a gran favor y merced,
señor don Diego”, respondió don Quijote.
  Y, picando más de lo que hasta entonces,
serían como las dos de la tarde cuando
llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a
quien don Quijote llamaba el Caballero del
Verde Gabán.


                Capítulo XVIII

De lo que sucedió a don Quijote en el castillo
  o casa del Caballero del Verde Gabán, con
  otras cosas extravagantes.

  Halló don Quijote ser la casa de don Diego
de Miranda ancha como de aldea; las armas,
empero, aunque de piedra tosca, encima de la
puerta de la calle, la bodega en el patio, la
cueva en el portal, y muchas tinajas a la
redonda, que, por ser del Toboso, le renovaron las
memorias de su encantada y transformada
Dulcinea. Y, suspirando y sin mirar lo que decía,
ni delante de quién estaba, dijo:

     “¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas;
   dulces y alegres cuando Dios quería!

  ”¡Oh tobosescas tinajas, que me habéis traído
a la memoria la dulce prenda de mi mayor
amargura!”
  Oyóle decir esto el estudiante poeta, hijo de
don Diego, que con su madre había salido a
recibirle, y madre e hijo quedaron suspensos de
ver la extraña figura de don Quijote, el cual,
apeándose de Rocinante, fue con mucha cortesía
a pedirle las manos para besárselas, y don
Diego dijo:
  “Recibid, señora, con vuestro sólito agrado
al señor don Quijote de la Mancha, que
es el que tenéis delante, andante caballero, y
el más valiente y el más discreto que tiene el
mundo.”
  La señora, que doña Cristina se llamaba, le
recibió con muestras de mucho amor y de mucha
cortesía, y don Quijote se le ofreció con
asaz de discretas y comedidas razones; casi
los mismos comedimientos pasó con el estudiante,
que, en oyéndole hablar don Quijote, le
tuvo por discreto y agudo.
  Aquí pinta el autor todas las circunstancias
de la casa de don Diego, pintándonos en ellas
lo que contiene una casa de un caballero labrador
y rico; pero al traductor de esta historia le
pareció pasar estas y otras semejantes
menudencias en silencio, porque no venían bien con
el propósito principal de la historia, la cual
más tiene su fuerza en la verdad que en las
frías digresiones.
  Entraron a don Quijote en una sala, desarmóle
Sancho, quedó en valones y en jubón de
camuza, todo bisunto con la mugre de las armas;
el cuello era valona a lo estudiantil, sin
almidón y sin randas; los borceguíes eran
datilados, y encerados los zapatos; ciñóse su buena
espada, que pendía de un tahalí de lobos
marinos, que es opinión que muchos años fue
enfermo de los riñones; cubrióse un herreruelo
de buen paño pardo; pero antes de todo con
cinco calderos o seis de agua, que en la
cantidad de los calderos hay alguna diferencia, se
lavó la cabeza y rostro, y todavía se quedó el
agua de color de suero, merced a la golosina
de Sancho y a la compra de sus negros
requesones, que tan blanco pusieron a su amo.
  Con los referidos atavíos y con gentil donaire
y gallardía salió don Quijote a otra sala,
donde el estudiante le estaba esperando para
entretenerle en tanto que las mesas se ponían;
que por la venida de tan noble huésped quería
la señora doña Cristina mostrar que sabía y
podía regalar a los que a su casa llegasen.
  En tanto que don Quijote se estuvo
desarmando, tuvo lugar don Lorenzo, que así se
llamaba el hijo de don Diego, de decir a su
padre:
  “¿Quién diremos, señor, que es este caballero
que vuestra merced nos ha traído a casa? Que
el nombre, la figura y el decir que es
caballero andante, a mí y a mi madre nos tiene
suspensos.”
  “No sé lo que te diga, hijo”, respondió don
Diego; “sólo te sabré decir, que le he visto
hacer cosas del mayor loco del mundo, y decir
razones tan discretas que borran y deshacen
sus hechos. Háblale tú y toma el pulso a lo que
sabe, y, pues eres discreto, juzga de su
discreción o tontería lo que más puesto en razón
estuviere; aunque, para decir verdad, antes le
tengo por loco que por cuerdo.”
  Con esto se fue don Lorenzo a entretener a
don Quijote, como queda dicho, y entre otras
pláticas que los dos pasaron, dijo don
Quijote a don Lorenzo:
  “El señor don Diego de Miranda, padre de
vuestra merced, me ha dado noticia de la rara
habilidad y sutil ingenio que vuestra merced
tiene, y, sobre todo, que es vuestra merced un
gran poeta.”
  “Poeta bien podrá ser”, respondió don
Lorenzo, “pero grande, ni por pensamiento.
Verdad es que yo soy algún tanto aficionado a la
poesía y a leer los buenos poetas; pero no de
manera que se me pueda dar el nombre de
grande que mi padre dice.”
  “No me parece mal esa humildad”, respondió
don Quijote, “porque no hay poeta que no
sea arrogante y piense de sí que es el mayor
poeta del mundo.”
  “No hay regla sin excepción”, respondió don
Lorenzo, “y alguno habrá que lo sea y no lo
piense.”
  “Pocos”, respondió don Quijote; “pero
dígame vuestra merced, ¿qué versos son los que
ahora trae entre manos, que me ha dicho el
señor su padre que le traen algo inquieto y
pensativo? Y si es alguna glosa, a mí se me
entiende algo de achaque de glosas, y holgaría
saberlos. Y si es que son de justa literaria,
procure vuestra merced llevar el segundo
premio, que el primero siempre se lleva el favor
o la gran calidad de la persona, el segundo se
le lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser
segundo, y el primero, a esta cuenta, será el
tercero, al modo de las licencias que se dan
en las universidades; pero con todo esto,
gran personaje es el nombre de primero.”
  “Hasta ahora”, dijo entre sí don Lorenzo, “no
os podré yo juzgar por loco; vamos adelante.”
  Y díjole:
  “Paréceme que vuestra merced ha cursado
las escuelas: ¿qué ciencias ha oído?”
  “La de la caballería andante”, respondió
don Quijote, “que es tan buena como la de la
poesía, y aun dos deditos más.”
  “No sé qué ciencia sea ésa”, replicó don
Lorenzo, “y hasta ahora no ha llegado a mi
noticia.”
  “Es una ciencia”, replicó don Quijote, “que
encierra en sí todas o las más ciencias del
mundo, a causa que el que la profesa ha de
ser jurisperito y saber las leyes de la justicia
distributiva y conmutativa, para dar a cada uno
lo que es suyo y lo que le conviene. Ha de ser
teólogo, para saber dar razón de la cristiana
ley que profesa, clara y distintamente,
adondequiera que le fuere pedido. Ha de ser médico,
y principalmente herbolario, para conocer en
mitad de los despoblados y desiertos las hierbas
que tienen virtud de sanar las heridas, que
no ha de andar el caballero andante a cada
triquete buscando quien se las cure. Ha de ser
astrólogo, para conocer por las estrellas
cuántas horas son pasadas de la noche y en qué
parte y en qué clima del mundo se halla. Ha de
saber las matemáticas, porque a cada paso se
le ofrecerá tener necesidad de ellas, y, dejando
aparte que ha de estar adornado de todas las
virtudes teologales y cardinales, descendiendo
a otras menudencias, digo que ha de saber
nadar como dicen que nadaba el peje Nicolás
o Nicolao. Ha de saber herrar un caballo y
aderezar la silla y el freno, y, volviendo a lo de
arriba, ha de guardar la fe a Dios y a su dama.
Ha de ser casto en los pensamientos, honesto
en las palabras, liberal en las obras, valiente
en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo
con los menesterosos y, finalmente, mantenedor
de la verdad, aunque le cueste la vida el
defenderla. De todas estas grandes y mínimas
partes se compone un buen caballero andante,
porque vea vuestra merced, señor don Lorenzo,
si es ciencia mocosa lo que aprende el caballero
que la estudia y la profesa, y si se puede
igualar a las más estiradas que en los gimnasios
y escuelas se enseñan.”
  “Si eso es así”, replicó don Lorenzo, “yo
digo que se aventaja esa ciencia a todas.”
  “¿Cómo si es así?”, respondió don Quijote.
  “Lo que yo quiero decir”, dijo don Lorenzo,
“es que dudo que haya habido, ni que los hay
ahora, caballeros andantes y adornados de
virtudes tantas.”
  “Muchas veces he dicho lo que vuelvo a
decir ahora”, respondió don Quijote: “que la
mayor parte de la gente del mundo está de
parecer de que no ha habido en él caballeros
andantes, y por parecerme a mí que si el cielo
milagrosamente no les da a entender la verdad
de que los hubo y de que los hay, cualquier
trabajo que se tome ha de ser en vano, como
muchas veces me lo ha mostrado la experiencia,
no quiero detenerme ahora en sacar a
vuestra merced del error, que con los muchos
tiene. Lo que pienso hacer es el rogar al
cielo le saque de él, y le dé a entender cuán
provechosos y cuán necesarios fueron al
mundo los caballeros andantes en los pasados
siglos, y cuán útiles fueran en el presente, si
se usaran; pero triunfan ahora, por pecados de
las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el
regalo.”
  “Escapado se nos ha nuestro huésped”, dijo
a esta sazón entre sí don Lorenzo; “pero con
todo eso, él es loco bizarro, y yo sería
mentecato flojo si así no lo creyese.”
  Aquí dieron fin a su plática, porque los
llamaron a comer. Preguntó don Diego a su hijo
qué había sacado en limpio del ingenio del
huésped, a lo que él respondió:
  “No le sacarán del borrador de su locura
cuantos médicos y buenos escribanos tiene el
mundo; él es un entreverado loco, lleno de
lúcidos intervalos.”
  Fuéronse a comer, y la comida fue tal como
don Diego había dicho en el camino que la
solía dar a sus convidados: limpia, abundante
y sabrosa; pero de lo que más se contentó don
Quijote fue del maravilloso silencio que en
toda la casa había, que semejaba un monasterio
de cartujos. Levantados, pues, los manteles
y dadas gracias a Dios, y agua a las manos,
don Quijote pidió ahincadamente a don Lorenzo,
dijese los versos de la justa literaria.
A lo que él respondió, que por no parecer de
aquellos poetas que cuando les ruegan digan
sus versos los niegan, y cuando no se los
piden los vomitan, “yo diré mi glosa, de la
cual no espero premio alguno; que sólo por
ejercitar el ingenio la he hecho.”
  “Un amigo y discreto”, respondió don Quijote,
“era de parecer que no se había de cansar
nadie en glosar versos, y la razón, decía él,
era que jamás la glosa podía llegar al texto,
y que muchas o las más veces iba la glosa
fuera de la intención y propósito de lo que
pedía lo que se glosaba, y más que las leyes
de la glosa eran demasiadamente estrechas:
que no sufrían interrogantes, ni dijo, ni diré,
ni hacer nombres de verbos, ni mudar el sentido,
con otras ataduras y estrecheces con que
van atados los que glosan, como vuestra
merced debe de saber.”
  “Verdaderamente, señor don Quijote”, dijo
don Lorenzo, “que deseo coger a vuestra
merced en un mal latín continuado, y no puedo,
porque se me desliza de entre las manos como
anguila.”
  “No entiendo”, respondió don Quijote, “lo
que vuestra merced dice ni quiere decir en
eso del deslizarme.”
  “Yo me daré a entender”, respondió don
Lorenzo, “y por ahora esté vuestra merced
atento a los versos glosados y a la glosa, que
dicen de esta manera:

         ¡Si mi fue tornase a es,
       sin esperar más será,
       o viniese el tiempo ya
       de lo que será después!

                GLOSA

         Al fin, como todo pasa,
       se pasó el bien que me dio
       fortuna, un tiempo no escasa,
       y nunca me le volvió,
       ni abundante ni por tasa.
       Siglos ha ya que me ves,
       fortuna, puesto a tus pies.
       Vuélveme a ser venturoso;
       que será mi ser dichoso
       si mi fue tornase a es.
         No quiero otro gusto o gloria,
       otra palma o vencimiento,
       otro triunfo, otra victoria,
       sino volver al contento
       que es pesar en mi memoria.
       Si tú me vuelves allá,
       fortuna, templado está
       todo el rigor de mi fuego,
       y más si este bien es luego,
       sin esperar más será.
         Cosas imposibles pido,
       pues volver el tiempo a ser
       después que una vez ha sido,
       no hay en la tierra poder
       que a tanto se haya extendido.
       Corre el tiempo, vuela y va
       ligero y no volverá,
       y erraría el que pidiese
       o que el tiempo ya se fuese,
       o volviese el tiempo ya.
         Vivo en perpleja vida,
       ya esperando, ya temiendo,
       es muerte muy conocida,
       y es mucho mejor muriendo
       buscar al dolor salida.
       A mí me fuera interés
       acabar, mas no lo es,
       pues, con discurso mejor,
       me da la vida el temor
       de lo que será después.”

  En acabando de decir su glosa don Lorenzo,
se levantó en pie don Quijote, y en voz
levantada que parecía grito, asiendo con su mano
la derecha de don Lorenzo, dijo:
  “Viven los cielos donde más altos están,
mancebo generoso, que sois el mejor poeta
del orbe, y que merecéis estar laureado, no
por Chipre, ni por Gaeta, como dijo un poeta
que Dios perdone, sino por las Academias
de Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven
de París, Bolonia y Salamanca; plega al cielo
que los jueces que os quitaren el premio
primero, Febo los asaetee y las Musas jamás
atraviesen los umbrales de sus casas. Decidme,
señor, si sois servido, algunos versos
mayores; que quiero tomar de todo en todo el
pulso a vuestro admirable ingenio.”
  ¿No es bueno que dicen que se holgó don
Lorenzo de verse alabar de don Quijote,
aunque le tenía por loco? ¡Oh fuerza de la adulación,
a cuánto te extiendes y cuán dilatados límites
son los de tu jurisdicción agradable! Esta verdad
acreditó don Lorenzo, pues concedió con la
demanda y deseo de don Quijote, diciéndole
este soneto a la fábula o historia de Píramo y
Tisbe:

                 “SONETO

     El muro rompe la doncella hermosa,
   que de Píramo abrió el gallardo pecho;
   parte el Amor de Chipre y va derecho
   a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.
     Habla el silencio allí, porque no osa
   la voz entrar por tan estrecho estrecho;
   las almas sí, que amor suele de hecho
   facilitar la más difícil cosa.
     Salió el deseo de compás, y el paso
   de la imprudente virgen solicita
   por su gusto su muerte. Ved qué historia:
     que a entrambos en un punto ¡oh extraño caso!
   los mata, los encubre y resucita
   una espada, un sepulcro, una memoria.”

  “¡Bendito sea Dios!”, dijo don Quijote,
habiendo oído el soneto a don Lorenzo, “que
entre los infinitos poetas consumidos que hay,
he visto un consumado poeta, como lo es
vuestra merced, señor mío; que así me lo da a
entender el artificio de este soneto.”
  Cuatro días estuvo don Quijote regaladísimo
regaladísimo en la casa de don Diego, al cabo de los
cuales le pidió licencia para irse, diciéndole
que le agradecía la merced y buen tratamiento
que en su casa había recibido, pero que por no
parecer bien que los caballeros andantes se
den muchas horas al ocio y al regalo se quería
ir a cumplir con su oficio, buscando las aventuras,
de quien tenía noticia que aquella tierra
abundaba, donde esperaba entretener el tiempo
hasta que llegase el día de las justas de
Zaragoza, que era el de su derecha derrota, y
que primero había de entrar en la cueva de
Montesinos, de quien tantas y tan admirables
cosas en aquellos contornos se contaban,
sabiendo e inquiriendo asimismo el nacimiento
y verdaderos manantiales de las siete lagunas
llamadas comúnmente de Ruidera.
  Don Diego y su hijo le alabaron su honrosa
determinación, y le dijeron que tomase de su
casa y de su hacienda todo lo que en grado le
viniese; que le servirían con la voluntad
posible, que a ello les obligaba el valor de su
persona y la honrosa profesión suya. Llegóse,
en fin, el día de su partida, tan alegre para don
Quijote como triste y aciago para Sancho Panza,
que se hallaba muy bien con la abundancia
de la casa de don Diego, y rehusaba de volver
a la hambre que se usa en las florestas [y]
despoblados, y a la estrechez de sus mal proveídas
alforjas; con todo esto, las llenó y colmó de
lo más necesario que le pareció. Y al despedirse,
dijo don Quijote a don Lorenzo:
  “No sé si he dicho a vuestra merced otra vez,
y si lo he dicho, lo vuelvo a decir, que cuando
vuestra merced quisiere ahorrar caminos y
trabajos para llegar a la inaccesible cumbre del
templo de la fama, no tiene que hacer otra
cosa sino dejar a una parte la senda de la
poesía, algo estrecha, y tomar la estrechísima
de la andante caballería, bastante para hacerle
emperador en daca las pajas.”
  Con estas razones acabó don Quijote de
cerrar el proceso de su locura, y más con las
que añadió, diciendo:
  “Sabe Dios si quisiera llevar conmigo al
señor don Lorenzo para enseñarle cómo se
han de perdonar los sujetos y supeditar y
acocear los soberbios, virtudes anejas a la
profesión que yo profeso; pero pues no lo pide
su poca edad, ni lo querrán consentir sus loables
ejercicios, sólo me contento con advertirle
a vuestra merced, que siendo poeta podrá
ser famoso, si se guía más por el parecer ajeno
que por el propio, porque no hay padre ni
madre a quien sus hijos les parezcan feos, y en
los que lo son del entendimiento corre más
este engaño.”
  De nuevo se admiraron padre e hijo de las
entremetidas razones de don Quijote, ya
discretas y ya disparatadas, y del tema y tesón
que llevaba de acudir de todo en todo a la
busca de sus desventuradas aventuras, que las
tenía por fin y blanco de sus deseos; reiteráronse
los ofrecimientos y comedimientos, y con
la buena licencia de la señora del castillo, don
Quijote y Sancho, sobre Rocinante y el rucio,
se partieron.


                 Capítulo XIX

Donde se cuenta la aventura del pastor
  enamorado, con otros, en verdad, graciosos
  sucesos.

  Poco trecho se había alongado don Quijote
del lugar de don Diego, cuando encontró con
dos como clérigos o como estudiantes y con dos
labradores que sobre cuatro bestias asnales
venían caballeros. El uno de los estudiantes traía
como en portamanteo, en un lienzo de bocací
verde envuelto, al parecer, un poco de grana
blanca y dos pares de medias de cordellate; el
otro no traía otra cosa que dos espadas negras
de esgrima, nuevas, y con sus zapatillas. Los
labradores traían otras cosas que daban indicio y
señal que venían de alguna villa grande, donde
las habían comprado y las llevaban a su aldea;
y, así, estudiantes como labradores cayeron en
la misma admiración en que caían todos aquellos
que la vez primera veían a don Quijote, y
morían por saber qué hombre fuese aquél tan
fuera del uso de los otros hombres. Saludóles
don Quijote, y después de saber el camino que
llevaban, que era el mismo que él hacía, les
ofreció su compañía, y les pidió detuviesen el
paso, porque caminaban más sus pollinas que
su caballo, y para obligarlos, en breves razones
les dijo quién era, y su oficio y profesión,
que era de caballero andante, que iba a buscar
las aventuras por todas las partes del mundo.
Díjoles que se llamaba de nombre propio don
Quijote de la Mancha, y por el apelativo el
Caballero de los Leones. Todo esto para los
labradores era hablarles en griego o en
jerigonza, pero no para los estudiantes, que luego
entendieron la flaqueza del cerebro de don
Quijote; pero, con todo eso, le miraban con
admiración y con respeto, y uno de ellos le
dijo:
  “Si vuestra merced, señor caballero, no lleva
camino determinado, como no le suelen llevar
los que buscan las aventuras, vuestra merced
se venga con nosotros, verá una de las mejores
bodas y más ricas que hasta el día de hoy se
habrán celebrado en la Mancha, ni en otras
muchas leguas a la redonda.”
  Preguntóle don Quijote si eran de algún
príncipe que así las ponderaba.
  “No son”, respondió el estudiante, “sino de
un labrador y una labradora: él, el más rico de
toda esta tierra, y ella, la más hermosa que han
visto los hombres. El aparato con que se han de
hacer es extraordinario y nuevo, porque se han
de celebrar en un prado que está junto al pueblo
de la novia, a quien por excelencia llaman
Quiteria la hermosa, y el desposado se llama
Camacho el rico, ella de edad de diez y ocho
años y él de veinte y dos, ambos para en uno,
aunque algunos curiosos, que tienen de memoria
los linajes de todo el mundo, quieren decir
que el de la hermosa Quiteria se aventaja al
de Camacho; pero ya no se mira en esto, que
las riquezas son poderosas de soldar muchas
quiebras. En efecto, el tal Camacho es liberal,
y hásele antojado de enramar y cubrir todo el
prado por arriba, de tal suerte, que el sol se ha
de ver en trabajo, si quiere entrar a visitar las
hierbas verdes de que está cubierto el suelo.
Tiene asimismo maheridas danzas, así de
espadas como de cascabel menudo, que hay en
su pueblo quien los repique y sacuda por
extremo. De zapateadores no digo nada, que es un
juicio los que tiene muñidos; pero ninguna de
las cosas referidas, ni otras muchas que he
dejado por referir, ha de hacer más memorables
estas bodas, sino las que imagino que hará en
ellas el despechado Basilio.
  ”Es este Basilio un zagal vecino del mismo
lugar de Quiteria, el cual tenía su casa pared
y medio de la de los padres de Quiteria, de
donde tomó ocasión el amor de renovar al
mundo los ya olvidados amores de Píramo y
Tisbe, porque Basilio se enamoró de Quiteria
desde sus tiernos y primeros años, y ella fue
correspondiendo a su deseo con mil honestos
favores. Tanto, que se contaban por entretenimiento
en el pueblo los amores de los dos niños
Basilio y Quiteria. Fue creciendo la edad, y acordó
el padre de Quiteria de estorbar a Basilio la
ordinaria entrada que en su casa tenía, y por
quitarse de andar receloso y lleno de
sospechas, ordenó de casar a su hija con el rico
Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con
Basilio, que no tenía tantos bienes de fortuna
como de naturaleza, pues si va a decir las
verdades sin envidia, él es el más ágil mancebo
que conocemos, gran tirador de barra, luchador
extremado y gran jugador de pelota; corre
como un gamo, salta más que una cabra y birla
a los bolos como por encantamiento; canta
como una calandria y toca una guitarra que la
hace hablar, y, sobre todo, juega una espada
como el más pintado.”
  “Por esa sola gracia”, dijo a esta sazón don
Quijote, “merecía ese mancebo no sólo casarse
con la hermosa Quiteria, sino con la misma
reina Ginebra, si fuera hoy viva, a pesar de
Lanzarote y de todos aquellos que estorbarlo
quisieran.”
  “A mi mujer con eso”, dijo Sancho Panza,
que hasta entonces había ido callando y
escuchando, “la cual no quiere sino que cada uno
case con su igual, ateniéndose al refrán que
dicen, «cada oveja con su pareja». Lo que yo
quisiera es, que ese buen Basilio, que ya me
le voy aficionando, se casara con esa señora
Quiteria; que buen siglo hayan y buen poso, iba
a decir al revés, los que estorban que se casen
los que bien se quieren.”
  “Si todos los que bien se quieren se hubiesen
de casar”, dijo don Quijote, “quitaríase
la elección y jurisdicción a los padres de
casar sus hijos con quien y cuando deben, y
si a la voluntad de las hijas quedase escoger
los maridos, tal habría que escogiese al criado
de su padre, y tal al que vio pasar por la
calle, a su parecer, bizarro y entonado, aunque
fuese un desbaratado espadachín; que el amor
y la afición con facilidad ciegan los ojos del
entendimiento, tan necesarios para escoger
estado, y el del matrimonio está muy a peligro
de errarse, y es menester gran tiento y
particular favor del cielo para acertarle. Quiere
hacer uno un viaje largo, y si es prudente,
antes de ponerse en camino busca alguna
compañía segura y apacible con quien
acompañarse. Pues ¿por qué no hará lo mismo
el que ha de caminar toda la vida hasta el
paradero de la muerte, y más si la compañía
le ha de acompañar en la cama, en la mesa y
en todas partes, como es la de la mujer con
su marido? La de la propia mujer no es
mercaduría que una vez comprada se vuelve, o se
trueca o cambia, porque es accidente inseparable
que dura lo que dura la vida. Es un lazo,
que si una vez le echáis al cuello, se vuelve
en el nudo gordiano, que si no le corta la
guadaña de la muerte, no hay desatarle. Muchas
más cosas pudiera decir en esta materia, si no
lo estorbara el deseo que tengo de saber si le
queda más que decir al señor licenciado acerca
de la historia de Basilio.”
  A lo que respondió el estudiante bachiller, o
licenciado, como le llamó don Quijote:
  “De todo no me queda más que decir, sino
que desde el punto que Basilio supo que la
hermosa Quiteria se casaba con Camacho el
rico, nunca más le han visto reír, ni hablar
razón concertada, y siempre anda pensativo y
triste, hablando entre sí mismo, con que da
ciertas y claras señales de que se le ha vuelto
el juicio. Come poco y duerme poco, y lo que
come son frutas, y en lo que duerme, si duerme,
es en el campo sobre la dura tierra como
animal bruto. Mira de cuando en cuando al
cielo, y otras veces clava los ojos en la tierra,
con tal embelesamiento, que no parece sino
estatua vestida que el aire le mueve la ropa. En
fin, él da tales muestras de tener apasionado el
corazón, que tememos todos los que le conocemos
que el dar el si mañana la hermosa Quiteria
ha de ser la sentencia de su muerte.”
  “Dios lo hará mejor”, dijo Sancho, “que
Dios que da la llaga da la medicina; nadie
sabe lo que está por venir, de aquí a mañana
muchas horas hay, y en una, y aun en un
momento, se cae la casa. Yo he visto llover y
hacer sol, todo a un mismo punto; tal se acuesta
sano la noche, que no se puede mover otro
día. Y díganme, ¿por ventura habrá quien se
alabe que tiene echado un clavo a la rodaja
de la Fortuna? No, por cierto, y entre el si y el
no de la mujer no me atrevería yo a poner
una punta de alfiler, porque no cabría. Denme
a mí que Quiteria quiera de buen corazón y de
buena voluntad a Basilio, que yo le daré a él
un saco de buena ventura; que el amor, según
yo he oído decir, mira con unos antojos que
hacen parecer oro al cobre, a la pobreza
riqueza y a las lagañas perlas.”
  “¿Adónde vas a parar, Sancho, que seas
maldito?”, dijo don Quijote. “Que cuando comienzas
a ensartar refranes y cuentos, no te puede
esperar sino el mismo Judas, que te lleve.
Dime, animal, ¿qué sabes tú de clavos, ni de
rodajas, ni de otra cosa ninguna?”
  “Oh, pues si no me entienden”, respondió
Sancho, “no es maravilla que mis sentencias sean
tenidas por disparates; pero no importa, yo me
entiendo y sé que no he dicho muchas
necedades en lo que he dicho, sino que vuestra
merced, señor mío, siempre es friscal de mis
dichos y aun de mis hechos.”
  “Fiscal has de decir”, dijo don Quijote,
“que no friscal, prevaricador del buen lenguaje,
que Dios te confunda.”
  “No se apunte vuestra merced conmigo”,
respondió Sancho, “pues sabe que no me he
criado en la corte, ni he estudiado en
Salamanca, para saber si añado o quito alguna
letra a mis vocablos. Sí, que válgame Dios, no
hay para qué obligar al sayagués a que hable
como el toledano, y toledanos puede haber que
no las corten en el aire en esto del hablar
pulido.”
  “Así es”, dijo el licenciado, “porque no
pueden hablar tan bien los que se crían en las
Tenerías y en Zocodover como los que se
pasean casi todo el día por el claustro de la
Iglesia Mayor, y todos son toledanos; el
lenguaje puro, el propio, el elegante y claro
está en los discretos cortesanos, aunque hayan
nacido en Majalahonda. Dije discretos, porque
hay muchos que no lo son, y la discreción es la
gramática del buen lenguaje que se acompaña
con el uso; yo, señores, por mis pecados he
estudiado cánones en Salamanca, y pícome
algún tanto de decir mi razón con palabras
claras, llanas y significantes.”
  “Si no os picarais más de saber más menear
las negras que lleváis que la lengua”, dijo
el otro estudiante, “vos llevarais el primero
en licencias, como llevasteis cola.”
  “Mirad, bachiller”, respondió el licenciado,
“vos estáis en la más errada opinión del mundo
acerca de la destreza de la espada, teniéndola
por vana.”
  “Para mí no es opinión, sino verdad asentada”,
replicó Corchuelo; “y si queréis que os
lo muestre con la experiencia, espadas traéis,
comodidad hay, yo pulsos y fuerzas tengo, que
acompañadas de mi ánimo, que no es poco, os
harán confesar que yo no me engaño. Apeaos
y usad de vuestro compás de pies, de vuestros
círculos y vuestros ángulos y ciencia, que yo
espero de haceros ver estrellas a mediodía
con mi destreza moderna y zafia, en quien
espero, después de Dios, que está por nacer
hombre que me haga volver las espaldas, y
que no le hay en el mundo a quien yo no le
haga perder tierra.”
  “En eso de volver o no las espaldas, no me
meto”, replicó el diestro, “aunque podría ser
que en la parte donde la vez primera clavaseis
el pie, allí os abriesen la sepultura; quiero
decir, que allí quedaseis muerto por la
despreciada destreza.”
  “Ahora se verá”, respondió Corchuelo.
  Y, apeándose con gran presteza de su jumento,
tiró con furia de una de las espadas que
llevaba el licenciado en el suyo.
  “No ha de ser así”, dijo a este instante don
Quijote, “que yo quiero ser el maestro de esta
esgrima y el juez de esta muchas veces no
averiguada cuestión.”
  Y, apeándose de Rocinante y asiendo de
su lanza, se puso en la mitad del camino, a
tiempo que ya el licenciado, con gentil donaire
de cuerpo y compás de pies, se iba contra
Corchuelo, que contra él se vino lanzando,
como decirse suele, fuego por los ojos; los
otros dos labradores del acompañamiento, sin
apearse de sus pollinas, sirvieron de espectadores
en la mortal tragedia. Las cuchilladas,
estocadas, altibajos, reveses y mandobles que
tiraba Corchuelo eran sin número, más
espesas que hígado y más menudas que granizo.
Arremetía como un león irritado; pero salíale
al encuentro un tapaboca de la zapatilla de
la espada del licenciado, que en mitad de
su furia le detenía y se la hacía besar como si
fuera reliquia, aunque no con tanta devoción
como las reliquias deben y suelen besarse.
  Finalmente, el licenciado le contó a estocadas
todos los botones de una media sotanilla
que traía vestida, haciéndole tiras los
faldamentos como colas de pulpo, derribóle el
sombrero dos veces y cansóle de manera, que de
despecho, cólera y rabia asió la espada por la
empuñadura y arrojóla por el aire con tanta
fuerza, que uno de los labradores asistentes,
que era escribano, que fue por ella, dio
después por testimonio que la alongó de sí casi
tres cuartos de legua, el cual testimonio sirve
y ha servido para que se conozca y vea con
toda verdad cómo la fuerza es vencida del
arte.
  Sentóse cansado Corchuelo y, llegándose a
él Sancho, le dijo:
  “Mía fe, señor bachiller, si vuestra merced
toma mi consejo, de aquí adelante no ha de
desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a
tirar la barra, pues tiene edad y fuerzas para
ello; que de éstos a quien llaman diestros he
oído decir que meten una punta de una espada
por el ojo de una aguja.”
  “Yo me contento”, respondió Corchuelo, “de
haber caído de mi burra, y de que me haya
mostrado la experiencia la verdad de quien tan
lejos estaba.”
  Y, levantándose abrazó al licenciado y
quedaron más amigos que de antes; y no queriendo
esperar al escribano, que había ido por la
espada, por parecerle que tardaría mucho,
así determinaron seguir por llegar temprano a
la aldea de Quiteria, de donde todos eran.
  En lo que faltaba del camino les fue contando
el licenciado las excelencias de la espada,
con tantas razones demostrativas, y con tantas
figuras y demostraciones matemáticas, que
todos quedaron enterados de la bondad de la
ciencia, y Corchuelo reducido de su pertinacia.
  Era anochecido, pero antes que llegasen
les pareció a todos que estaba delante del
pueblo un cielo lleno de innumerables y
resplandecientes estrellas. Oyeron asimismo
confusos y suaves sonidos de diversos instrumentos
como de flautas, tamborinos, salterios,
albogues, panderos y sonajas, y cuando
llegaron cerca vieron que los árboles de una
enramada que a mano habían puesto a la entrada
del pueblo estaban todos llenos de luminarias,
a quien no ofendía el viento, que entonces no
soplaba sino tan manso, que no tenía fuerza
para mover las hojas de los árboles. Los músicos
eran los regocijadores de la boda, que en
diversas cuadrillas por aquel agradable sitio
andaban, unos bailando, y otros cantando, y
otros tocando la diversidad de los referidos
instrumentos; en efecto, no parecía sino que
por todo aquel prado andaba corriendo la
alegría y saltando el contento.
  Otros muchos andaban ocupados en
levantar andamios, de donde con comodidad
pudiesen ver otro día las representaciones y
danzas que se habían de hacer en aquel lugar,
dedicado para solemnizar las bodas del rico
Camacho y las exequias de Basilio. No quiso
entrar en el lugar don Quijote, aunque se lo
pidieron así el labrador como el bachiller;
pero él dio por disculpa, bastantísima a su
parecer, ser costumbre de los caballeros
andantes dormir por los campos y florestas antes
que en los poblados, aunque fuese debajo
de dorados techos, y, con esto, se desvió un
poco del camino, bien contra la voluntad de
Sancho, viniéndosele a la memoria el buen
alojamiento que había tenido en el castillo o
casa de don Diego.


                  Capítulo XX

   Donde se cuentan las bodas de Camacho el
   rico con el suceso de Basilio el pobre.

  Apenas la blanca aurora había dado lugar a
que el luciente Febo, con el ardor de sus
calientes rayos las líquidas perlas de sus
cabellos de oro enjugase, cuando don Quijote,
sacudiendo la pereza de sus miembros, se
puso en pie y llamó a su escudero Sancho,
que aún todavía roncaba, lo cual visto por
don Quijote, antes que le despertase le dijo:
  “¡Oh tú, bienaventurado sobre cuantos viven
sobre la haz de la tierra, pues, sin tener envidia
ni ser envidiado, duermes con sosegado
espíritu, ni te persiguen encantadores ni
sobresaltan encantamientos! Duerme[s], digo otra vez,
y lo diré otras ciento, sin que te tengan en
continua vigilia celos de tu dama, ni te
desvelen pensamientos de pagar deudas que
debas, ni de lo que has de hacer para comer
otro día tú y tu pequeña y angustiada familia,
ni la ambición te inquieta, ni la pompa vana
del mundo te fatiga, pues los límites de tus
deseos no se extienden a más que a pensar
tu jumento; que el de tu persona sobre mis
hombros le tienes puesto, contrapeso y carga
que puso la naturaleza y la costumbre a los
señores. Duerme el criado y está velando el
señor, pensando cómo le ha de sustentar,
mejorar y hacer mercedes; la congoja de ver que
el cielo se hace de bronce sin acudir a la tierra
con el conveniente rocío no aflige al criado,
sino al señor, que ha de sustentar en la
esterilidad y hambre al que le sirvió en la fertilidad
y abundancia.”
  A todo esto no respondió Sancho porque
dormía, ni despertara tan presto si don
Quijote con el cuento de la lanza no le hiciera
volver en sí. Despertó, en fin, soñoliento y
perezoso, y, volviendo el rostro a todas partes,
dijo:
  “De la parte de esta enramada, si no me
engaño, sale un tufo y olor harto más de
torreznos asados que de juncos y tomillos; bodas
que por tales olores comienzan, para mi
santiguada que deben de ser abundantes y
generosas.”
  “Acaba, glotón”, dijo don Quijote; “ven,
iremos a ver estos desposorios, por ver lo que
hace el desdeñado Basilio.”
  “Mas que haga lo que quisiere”, respondió
Sancho; “no fuera él pobre, y casárase con
Quiteria; ¿no hay más sino no tener un cuarto
y querer casarse por las nubes? A la fe,
señor, yo soy de parecer que el pobre debe de
contentarse con lo que hallare, y no pedir
cotufas en el golfo; yo apostaré un brazo que
puede Camacho envolver en reales a Basilio,
y si esto es así, como debe de ser, bien boba
fuera Quiteria en desechar las galas y las
joyas que le debe de haber dado y le puede
dar Camacho, por escoger el tirar de la barra y
el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen
tiro de barra o sobre una gentil treta de espada
no dan un cuartillo de vino en la taberna.
Habilidades y gracias que no son vendibles, mas
que las tenga el conde Dirlos; pero cuando
las tales gracias caen sobre quien tiene buen
dinero, tal sea mi vida como ellas parecen.
Sobre un buen cimiento se puede levantar un
buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del
mundo es el dinero.”
  “Por quien Dios es, Sancho”, dijo a esta
sazón don Quijote, “que concluyas con tu
arenga, que tengo para mí que si te dejasen
seguir en las que a cada paso comienzas, no
te quedaría tiempo para comer ni para dormir;
que todo le gastarías en hablar.”
  “Si vuestra merced tuviera buena memoria”,
replicó Sancho, “debiérase acordar de los
capítulos de nuestro concierto antes que esta
última vez saliésemos de casa; uno de ellos fue
que me había de dejar hablar todo aquello que
quisiese, con que no fuese contra el prójimo,
ni contra la autoridad de vuestra merced, y
hasta ahora me parece que no he contravenido
contra el tal capítulo.”
  “Yo no me acuerdo, Sancho”, respondió
don Quijote, “del tal capítulo, y puesto que
sea así, quiero que calles y vengas; que ya
los instrumentos que anoche oímos vuelven a
alegrar los valles, y sin duda los desposorios
se celebrarán en el frescor de la mañana, y no
en el calor de la tarde.”
  Hizo Sancho lo que su señor le mandaba, y
poniendo la silla a Rocinante y la albarda al
rucio, subieron los dos, y paso ante paso se
fueron entrando por la enramada. Lo primero que
se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado
en un asador de un olmo entero, un entero
novillo, y en el fuego donde se había de asar
ardía un mediano monte de leña, y seis ollas
que alrededor de la hoguera estaban no se
habían hecho en la común turquesa de las
demás ollas, porque eran seis medias tinajas,
que cada una cabía un rastro de carne, así
embebían y encerraban en sí carneros enteros,
sin echarse de ver como si fueran palominos.
Las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin
pluma que estaban colgadas por los árboles
para sepultarlas en las ollas no tenían número.
Los pájaros y caza de diversos géneros eran
infinitos, colgados de los árboles para que el
aire los enfriase. Contó Sancho más de sesenta
zaques de más de a dos arrobas cada uno
y todos llenos, según después pareció, de
generosos vinos; así había rimeros de pan
blanquísimo como los suele haber de montones de
trigo en las eras. Los quesos puestos como
ladrillos en rejales formaban una muralla, y
dos calderas de aceite mayores que las de un
tinte servían de freír cosas de masa, que con
dos valientes palas las sacaban fritas y las
zabullían en otra caldera de preparada miel que
allí junto estaba. Los cocineros y cocineras
pasaban de cincuenta, todos limpios, todos
diligentes y todos contentos. En el dilatado
vientre del novillo estaban doce tiernos y
pequeños lechones que, cosidos por encima,
servían de darle sabor y enternecerle; las
especias de diversas suertes no parecía haberlas
comprado por libras, sino por arrobas, y todas
estaban de manifiesto en una grande arca.
Finalmente, el aparato de la boda era rústico,
pero tan abundante, que podía sustentar a un
ejército.
  Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo
contemplaba, y de todo se aficionaba: primero le
cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de
quien él tomara de bonísima gana un mediano
puchero. Luego le aficionaron la voluntad
los zaques y, últimamente, las frutas de sartén,
si es que se podían llamar sartenes las tan
orondas calderas; y, así, sin poderlo sufrir ni
ser en su mano hacer otra cosa, se llegó a uno
de los solícitos cocineros, y con corteses y
hambrientas razones le rogó le dejase mojar
un mendrugo de pan en una de aquellas ollas.
A lo que el cocinero respondió:
  “Hermano, este día no es de aquéllos sobre
quien tiene jurisdicción la hambre, merced al
rico Camacho; apeaos y mirad si hay por ahí un
cucharón, y espumad una gallina o dos, y buen
provecho os hagan.”
  “No veo ninguno”, respondió Sancho.
  “Esperad”, dijo el cocinero; “¡pecador de mí,
y qué melindroso y para poco debéis de ser!”
  Y, diciendo esto, asió de un caldero y,
encajándole en una de las medias tinajas, sacó en
él tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:
  “Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma
en tanto que se llega la hora del yantar.”
  “No tengo en qué echarla”, respondió Sancho.
  “Pues llevaos”, dijo el cocinero, “la cuchara
y todo; que la riqueza y el contento de Camacho
todo lo suple.”
  En tanto, pues, que esto pasaba Sancho,
estaba don Quijote mirando cómo por una parte
de la enramada entraban hasta doce labradores
sobre doce hermosísimas yeguas, con ricos y
vistosos jaeces de campo y con muchos cascabeles
en los petrales, y todos vestidos de regocijo
y fiestas, los cuales, en concertado tropel,
corrieron no una sino muchas carreras por el
prado, con regocijada algazara y grita, diciendo:
  “Vivan Camacho y Quiteria, él tan rico
como ella hermosa, y ella la más hermosa
del mundo.”
  Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre sí:
  “Bien parece que éstos no han visto a mi
Dulcinea del Toboso; que si la hubieran visto,
ellos se fueran a la mano en las alabanzas
de esta su Quiteria.”
  De allí a poco comenzaron a entrar por
diversas partes de la enramada muchas y
diferentes danzas, entre los cuales venía una de
espadas, de hasta veinte y cuatro zagales de
gallardo parecer y brío, todos vestidos de
delgado y blanquísimo lienzo, con sus paños de
tocar labrados de varias colores de fina seda,
y al que los guiaba, que era un ligero mancebo,
preguntó uno de los de las yeguas si se
había herido alguno de los danzantes.
  “Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido
nadie, todos vamos sanos.”
  Y luego comenzó a enredarse con los demás
compañeros, con tantas vueltas y con tanta
destreza, que aunque don Quijote estaba hecho
a ver semejantes danzas, ninguna le había
parecido tan bien como aquélla. También le
pareció bien otra que entró de doncellas
hermosísimas, tan mozas, que, al parecer, ninguna
bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho
años, vestidas todas de palmilla verde, los
cabellos parte trenzados y parte sueltos, pero
todos tan rubios que con los del sol podían
tener competencia, sobre los cuales traían
guirnaldas de jazmines, rosas, amaranto y
madreselva compuestas; guiábalas un venerable
viejo y una anciana matrona, pero más ligeros
y sueltos que sus años prometían. Hacíales el
son una gaita zamorana, y ellas, llevando
en los rostros y en los ojos a la honestidad y
en los pies a la ligereza, se mostraban las
mejores bailadoras del mundo.
  Tras ésta entró otra danza de artificio y de
las que llaman habladas: era de ocho ninfas,
repartidas en dos hileras. De la una hilera era
guía el dios Cupido, y de la otra el Interés,
aquél adornado de alas, arco, aljaba y saetas;
éste, vestido de ricas y diversas colores de oro
y seda. Las ninfas que al Amor seguían traían
a las espaldas en pergamino blanco y letras
grandes escritos sus nombres: Poesía era el
título de la primera, el de la segunda
Discreción, el de la tercera Buen linaje, el de la
cuarta Valentía; del modo mismo venían señaladas
las que al Interés seguían: decía Liberalidad el
título de la primera, Dádiva el de la segunda,
Tesoro el de la tercera y el de la cuarta
Posesión pacífica. Delante de todos venía un
castillo de madera a quien tiraban cuatro salvajes,
todos vestidos de yedra y de cáñamo teñido
de verde, tan al natural, que por poco espantaran
a Sancho. En la frontera del castillo y en
todas cuatro partes de sus cuadros traía escrito,
Castillo del buen recato; hacíanles el son
cuatro diestros tañedores de tamboril y flauta.
Comenzaba la danza Cupido, y habiendo hecho
dos mudanzas, alzaba los ojos y flechaba el
arco contra una doncella que se ponía entre
las almenas del castillo, a la cual de esta suerte
dijo:

         “Yo soy el dios poderoso
       en el aire y en la tierra
       y en el ancho mar undoso,
       y en cuanto el abismo encierra
       en su báratro espantoso.
         Nunca conocí qué es miedo,
       todo cuanto quiero puedo,
       aunque quiera lo imposible,
       y en todo lo que es posible
       mando, quito, pongo y vedo.”

  Acabó la copla, disparó una flecha por lo
alto del castillo y retiróse a su puesto. Salió
luego el Interés e hizo otras dos mudanzas;
callaron los tamborinos, y él dijo:

         “Soy quien puede más que Amor,
       y es Amor el que me guía,
       soy de la estirpe mejor
       que el cielo en la tierra cría,
       más conocida y mayor.
         Soy el Interés en quien
       pocos suelen obrar bien,
       y obrar sin mí es gran milagro,
       y cual soy te me consagro
       por siempre jamás, amén.”

  Retiróse el Interés e hízose adelante la
Poesía, la cual, después de haber hecho sus
mudanzas como los demás, puestos los ojos en la
doncella del castillo, dijo:

         “En dulcísimos conceptos,
       la dulcísima Poesía,
       altos, graves y discretos,
       señora, el alma te envía,
       envuelta entre mil sonetos.
         Si acaso no te importuna
       mi porfía, tu fortuna,
       de otras muchas envidiada,
       será por mí levantada
       sobre el cerco de la luna.”

  Desvióse la Poesía y de la parte del Interés
salió la Liberalidad, y después de hechas sus
mudanzas, dijo:

         “Llaman Liberalidad
       al dar, que el extremo huye
       de la prodigalidad,
       y del contrario, que arguye
       tibia y floja voluntad.
         Mas yo por te engrandecer,
       de hoy más pródiga he de ser;
       que aunque es vicio, es vicio honrado
       y de pecho enamorado,
       que en el dar se echa de ver.”

  De este modo salieron y se retiraron todas las
figuras de las dos escuadras, y cada uno
hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunos
elegantes y algunos ridículos, y sólo tomó de
memoria don Quijote, que la tenía grande, los
ya referidos; y luego se mezclaron todos,
haciendo y deshaciendo lazos con gentil donaire
y desenvoltura, y cuando pasaba el Amor por
delante del castillo disparaba por alto sus
flechas, pero el Interés quebraba en él alcancías
doradas.
  Finalmente, después de haber bailado un
buen espacio, el Interés sacó un bolsón que le
formaba el pellejo de un gran gato romano,
que parecía estar lleno de dineros, y arrojándole
al castillo, con el golpe se desencajaron
las tablas y se cayeron, dejando a la doncella
descubierta y sin defensa alguna. Llegó el
Interés con las figuras de su valía, y echándola
una gran cadena de oro al cuello, mostraron
prenderla, rendirla y cautivarla; lo cual visto
por el Amor y sus valedores, hicieron ademán
de quitársela, y todas las demostraciones que
hacían eran al son de los tamborinos, bailando
y danzando concertadamente. Pusiéronlos
en paz los salvajes, los cuales con mucha
presteza volvieron a armar y a encajar las
tablas del castillo, y la doncella se encerró en
él como de nuevo, y con esto se acabó la danza,
con gran contento de los que la miraban.
  Preguntó don Quijote a una de las ninfas,
que quién la había compuesto y ordenado.
Respondióle que un beneficiado de aquel pueblo,
que tenía gentil caletre para semejantes
invenciones.
  “Yo apostaré”, dijo don Quijote, “que debe
de ser más amigo de Camacho que de Basilio
el tal bachiller o beneficiado, y que debe de
tener más de satírico que de vísperas; bien
ha encajado en la danza las habilidades de
Basilio y las riquezas de Camacho.”
  Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:
  “El rey es mi gallo, a Camacho me atengo.”
  “En fin”, dijo don Quijote, “bien se parece,
Sancho, que eres villano y de aquellos que
dicen: «viva quien vence».”
  “No sé de los que soy”, respondió Sancho,
“pero bien sé que nunca de ollas de Basilio
sacaré yo tan elegante espuma como es ésta
que he sacado de las de Camacho.”
  Y enseñóle el caldero lleno de gansos y de
gallinas, y, asiendo de una, comenzó a comer
con mucho donaire y gana, y dijo:
  “¡A la barba de las habilidades de Basilio!;
que tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes
cuanto vales. Dos linajes solos hay en el
mundo, como decía una abuela mía, que son el
tener y el no tener, aunque ella al del tener se
atenía, y el día de hoy, mi señor don Quijote,
antes se toma el pulso al haber que al saber:
un asno cubierto de oro parece mejor que un
caballo enalbardado. Así que vuelvo a decir
que a Camacho me atengo, de cuyas ollas son
abundantes espumas gansos y gallinas, liebres
y conejos, y de las de Basilio serán, si viene a
mano, y aunque no venga sino al pie,
aguachirle.”
  “¿Has acabado tu arenga, Sancho?”, dijo
don Quijote.
  “Habréla acabado”, respondió Sancho, “porque
veo que vuestra merced recibe pesadumbre
con ella; que si esto no se pusiera de por
medio, obra había cortada para tres días.”
  “Plega a Dios, Sancho”, replicó don Quijote,
“que yo te vea mudo antes que me muera.”
  “Al paso que llevamos”, respondió Sancho,
“antes que vuestra merced se muera estaré yo
mascando barro, y entonces podrá ser que
esté tan mudo que no hable palabra hasta la
fin del mundo, o, por lo menos, hasta el día del
juicio.”
  “Aunque eso así suceda, ¡oh Sancho!”,
respondió don Quijote, “nunca llegará tu silencio
a do ha llegado lo que has hablado, hablas y
tienes de hablar en tu vida, y más, que está
muy puesto en razón natural que primero
llegue el día de mi muerte que el de la tuya, y
así, jamás pienso verte mudo, ni aun cuando
estés bebiendo o durmiendo, que es lo que
puedo encarecer.”
  “A buena fe, señor”, respondió Sancho, “que
no hay que fiar en la descarnada, digo en la
muerte, la cual también come cordero como
carnero, y a nuestro cura he oído decir que con
igual pie pisaba las altas torres de los reyes
como las humildes chozas de los pobres;
tiene esta señora más de poder que de melindre,
no es nada asquerosa, de todo come y a
todo hace, y de toda suerte de gentes, edades
y preeminencias hinche sus alforjas. No es
segador que duerme las siestas, que a todas horas
siega, y corta así la seca como la verde hierba,
y no parece que masca, sino que engulle y
traga cuanto se le pone delante, porque tiene
hambre canina, que nunca se harta; y aunque
no tiene barriga, da a entender que está
hidrópica y sedienta de beber solas las vidas de
cuantos viven, como quien se bebe un jarro de
agua fría.”
  “No más, Sancho”, dijo a este punto don
Quijote, “tente en buenas y no te dejes
caer, que en verdad que lo que has dicho
de la muerte por tus rústicos términos, es lo
que pudiera decir un buen predicador. Dígote,
Sancho, que, así como tienes buen natural
y discreción, pudieras tomar un púlpito en
la mano e irte por ese mundo predicando
lindezas.”
  “Bien predica quien bien vive”, respondió
Sancho, “y yo no sé otras teologías.”
  “Ni las has menester”, dijo don Quijote;
“pero yo no acabo de entender, ni alcanzar,
cómo siendo el principio de la sabiduría el
temor de Dios, tú, que temes más a un lagarto
que a El, sabes tanto.”
  “Juzgue vuestra merced, señor, de sus
caballerías”, respondió Sancho, “y no se meta en
juzgar de los temores o valentías ajenas; que
tan gentil temeroso soy yo de Dios como cada
hijo de vecino, y déjeme vuestra merced
despabilar esta espuma, que lo demás todas son
palabras ociosas de que nos han de pedir
cuenta en la otra vida.”
  Y, diciendo esto, comenzó de nuevo a dar
asalto a su caldero con tan buenos alientos,
que despertó los de don Quijote, y sin duda
le ayudara, si no lo impidiera lo que es fuerza
se diga adelante.


                 Capítulo XXI

   Donde se prosiguen las bodas de Camacho,
         con otros gustosos sucesos.

  Cuando estaban don Quijote y Sancho en las
razones referidas en el capítulo antecedente, se
oyeron grandes voces y gran ruido, y dábanlas
y causábanle los de las yeguas, que con
larga carrera y grita iban a recibir a los novios,
que, rodeados de mil géneros de instrumentos y
de invenciones, venían acompañados del cura
y de la parentela de entrambos y de toda la
gente más lucida de los lugares circunvecinos,
todos vestidos de fiesta. Y como Sancho vio a
la novia, dijo:
  “A buena fe que no viene vestida de labradora,
sino de garrida palaciega. ¡Pardiez que
según diviso, que las patenas que había de traer
son ricos corales, y la palmilla verde de Cuenca
es terciopelo de treinta pelos, y montas que la
guarnición es de tiras de lienzo blanco! ¡Voto
a mí que es de raso; pues, tomadme las manos
adornadas con sortijas de azabache! No medre
yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y
empedrados con perlas blancas como una cuajada,
que cada una debe de valer un ojo de la
cara. ¡Oh hideputa y qué cabellos, que si no son
postizos, no los he visto más luengos ni más
rubios en toda mi vida! ¡No sino ponedla tacha
en el brío y en el talle, y no la comparéis a
una palma que se mueve cargada de racimos
de dátiles, que lo mismo parecen los dijes que
trae pendientes de los cabellos y de la garganta!
Juro en mi ánima que ella es una chapada
moza y que puede pasar por los bancos de
Flandes.”
  Riose don Quijote de las rústicas alabanzas
de Sancho Panza; parecióle que, fuera de su
señora Dulcinea del Toboso, no había visto
mujer más hermosa jamás. Venía la hermosa
Quiteria algo descolorida, y debía de ser de la
mala noche que siempre pasan las novias en
componerse para el día venidero de sus bodas.
Ibanse acercando a un teatro que a un lado del
prado estaba adornado de alfombras y ramos,
adonde se habían de hacer los desposorios y de
donde habían de mirar las danzas y las
invenciones. Y a la sazón que llegaban al puesto,
oyeron a sus espaldas grandes voces, y una
que decía:
  “¡Esperaos un poco, gente tan inconsiderada
como presurosa!”
  A cuyas voces y palabras todos volvieron la
cabeza, y vieron que las daba un hombre vestido,
al parecer, de un sayo negro jironado de
carmesí a llamas; venía coronado, como se vio
luego, con una corona de funesto ciprés, en
las manos traía un bastón grande. En llegando
más cerca fue conocido de todos por el
gallardo Basilio, y todos estuvieron suspensos,
esperando en qué habían de parar sus voces y sus
palabras, temiendo algún mal suceso de su
venida en sazón semejante.
  Llegó, en fin, cansado y sin aliento, y puesto
delante de los desposados, hincando el bastón
en el suelo, que tenía el cuento de una punta
de acero, mudada la color, puestos los ojos en
Quiteria, con voz tremente y ronca estas
razones dijo:
  “Bien sabes, desconocida Quiteria, que
conforme a la santa ley que profesamos, que,
viviendo yo, tú no puedes tomar esposo. Y
juntamente no ignoras, que por esperar yo que el
tiempo y mi diligencia mejorasen los bienes
de mi fortuna, no he querido dejar de guardar
el decoro que a tu honra convenía; pero tú,
echando a las espaldas todas las obligaciones
que debes a mi buen deseo, quieres hacer
señor de lo que es mío a otro, cuyas riquezas
le sirven no sólo de buena fortuna, sino de
bonísima ventura. Y para que la tenga colmada,
y no como yo pienso que la merece, sino
como se la quieren dar los cielos, yo, por mis
manos, desharé el imposible o el inconveniente
que puede estorbársela, quitándome a mí de
por medio. ¡Viva, viva el rico Camacho con la
ingrata Quiteria largos y felices siglos, y muera,
muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las
alas de su dicha y le puso en la sepultura!”
  Y, diciendo esto, asió del bastón que tenía
hincado en el suelo, y, quedándose la mitad de él
en la tierra, mostró que servía de vaina a un
mediano estoque que en él se ocultaba, y
puesta la que se podía llamar empuñadura en
el suelo, con ligero desenfado y determinado
propósito se arrojó sobre él, y en un punto
mostró la punta sangrienta a las espaldas, con la
mitad del acerada cuchilla, quedando el triste
bañado en su sangre y tendido en el suelo, de
sus mismas armas traspasado.
  Acudieron luego sus amigos a favorecerle,
condolidos de su miseria y lastimosa desgracia,
y, dejando don Quijote a Rocinante, acudió
a favorecerle y le tomó en sus brazos, y halló
que aún no había expirado. Quisiéronle sacar el
estoque, pero el cura, que estaba presente, fue
de parecer que no se le sacasen antes de
confesarle, porque el sacársele y el expirar sería
todo a un tiempo; pero volviendo un poco en
sí Basilio, con voz doliente y desmayada dijo:
  “Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este
último y forzoso trance la mano de esposa, aún
pensaría que mi temeridad tendría disculpa,
pues en ella alcancé el bien de ser tuyo.”
  El cura, oyendo lo cual, le dijo que atendiese
a la salud del alma antes que a los gustos
del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios
perdón de sus pecados y de su desesperada
determinación.
  A lo cual replicó Basilio que en ninguna
manera se confesaría si primero Quiteria no le
daba la mano de ser su esposa; que aquel contento
le adobaría la voluntad y le daría aliento
para confesarse.
  En oyendo don Quijote la petición del herido,
en altas voces dijo que Basilio pedía una
cosa muy justa y puesta en razón y, además,
muy hacedera, y que el señor Camacho quedaría
tan honrado recibiendo a la señora Quiteria
viuda del valeroso Basilio, como si la
recibiera del lado de su padre: “Aquí no ha de
haber más de un , que no tenga otro efecto
que el pronunciarle, pues el tálamo de estas
bodas ha de ser la sepultura.”
  Todo lo oía Camacho y todo le tenía suspenso
y confuso, sin saber qué hacer ni qué decir;
pero las voces de los amigos de Basilio fueron
tantas, pidiéndole que consintiese que
Quiteria le diese la mano de esposa, porque su
alma no se perdiese, partiendo desesperado
de esta vida, que le movieron, y aun forzaron, a
decir que si Quiteria quería dársela, que él se
contentaba, pues todo era dilatar por un
momento el cumplimiento de sus deseos.
  Luego acudieron todos a Quiteria, y unos
con ruegos y otros con lágrimas y otros con
eficaces razones la persuadían que diese la
mano al pobre Basilio, y ella, más dura que un
mármol y más sesga que una estatua, mostraba
que ni sabía, ni podía, ni quería responder
palabra; ni la respondiera, si el cura no la dijera
que se determinase presto en lo que había de
hacer, porque tenía Basilio ya el alma en los
dientes, y no daba lugar a esperar irresolutas
determinaciones.
  Entonces la hermosa Quiteria, sin responder
palabra alguna, turbada, al parecer, triste y
pesarosa, llegó donde Basilio estaba, ya los
ojos vueltos, el aliento corto y apresurado,
murmurando entre los dientes el nombre de
Quiteria, dando muestras de morir como gentil y
no como cristiano. Llegó, en fin, Quiteria, y
puesta de rodillas le pidió la mano por señas,
y no por palabras. Desencajó los ojos Basilio,
y mirándola atentamente, le dijo:
  “¡Oh Quiteria, que has venido a ser piadosa a
tiempo, cuando tu piedad ha de servir de
cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya
no tengo fuerzas para llevar la gloria que me
das en escogerme por tuyo, ni para suspender
el dolor que tan aprisa me va cubriendo los
ojos con la espantosa sombra de la muerte! Lo
que te suplico es, ¡oh fatal estrella mía!, que la
mano que me pides y quieres darme no sea por
cumplimiento, ni para engañarme de nuevo,
sino que confieses y digas que, sin hacer
fuerza a tu voluntad, me la entregas y me la das
como a tu legítimo esposo, pues no es razón
que en un trance como éste me engañes ni
uses de fingimientos con quien tantas verdades
ha tratado contigo.”
  Entre estas razones se desmayaba; de modo
que todos los presentes pensaban que cada
desmayo se había de llevar el alma consigo.
  Quiteria, toda honesta y toda vergonzosa,
asiendo con su derecha mano la de Basilio,
le dijo:
  “Ninguna fuerza fuera bastante a torcer mi
voluntad, y, así, con la más libre que tengo te
doy la mano de legítima esposa, y recibo la
tuya, si es que me la das de tu libre albedrío,
sin que la turbe ni contraste la calamidad en
que tu discurso acelerado te ha puesto.”
  “Sí doy”, respondió Basilio, “no turbado ni
confuso, sino con el claro entendimiento que
el cielo quiso darme, y así me doy y me
entrego por tu esposo.”
  “Y yo por tu esposa”, respondió Quiteria,
“ahora vivas largos años, ahora te lleven de mis
brazos a la sepultura.”
  “Para estar tan herido este mancebo”, dijo
a este punto Sancho Panza, “mucho habla.
Háganle que se deje de requiebros, y que atienda
a su alma; que, a mi parecer, más la tiene en
la lengua que en los dientes.”
  Estando, pues, asidos de las manos Basilio
y Quiteria, el cura, tierno y lloroso, los echó
la bendición y pidió al cielo diese buen poso al
alma del nuevo desposado, el cual así como
recibió la bendición, con presta ligereza se
levantó en pie, y con no vista desenvoltura
se sacó el estoque a quien servía de vaina su
cuerpo.
  Quedaron todos los circunstantes admirados,
y algunos de ellos, más simples que curiosos, en
altas voces comenzaron a decir:
  “¡Milagro, milagro!”
  Pero Basilio replicó:
  “No milagro, milagro, sino industria,
industria.”
  El cura, desatentado y atónito, acudió con
ambas manos a tentar la herida, y halló que la
cuchilla había pasado, no por la carne y
costillas de Basilio, sino por un cañón hueco de
hierro que, lleno de sangre, en aquel lugar bien
acomodado tenía, preparada la sangre, según
después se supo, de modo que no se helase.
  Finalmente, el cura y Camacho, con todos los
más circunstantes, se tuvieron por burlados y
escarnecidos. La esposa no dio muestras de
pesarle de la burla, antes oyendo decir que aquel
casamiento, por haber sido engañoso, no había
de ser valedero, dijo que ella le confirmaba
de nuevo, de lo cual coligieron todos que de
consentimiento y sabiduría de los dos se había
trazado aquel caso; de lo que quedó Camacho
y sus valedores tan corridos, que remitieron su
venganza a las manos, y, desenvainando muchas
espadas, arremetieron a Basilio, en cuyo
favor en un instante se desenvainaron casi
otras tantas. Y tomando la delantera a caballo
don Quijote, con la lanza sobre el brazo, y
bien cubierto de su escudo, se hacía dar lugar
de todos. Sancho, a quien jamás pluguieron ni
solazaron semejantes fechorías, se acogió a las
tinajas donde había sacado su agradable
espuma, pareciéndole aquel lugar como sagrado,
que había de ser tenido en respeto. Don Quijote
a grandes voces decía:
  “Teneos, señores, teneos, que no es razón
toméis venganza de los agravios que el amor
nos hace; y advertid que el amor y la guerra
son una misma cosa, y así como en la guerra
es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides y
estratagemas para vencer al enemigo, así en
las contiendas y competencias amorosas se
tienen por buenos los embustes y marañas que
se hacen para conseguir el fin que se desea,
como no sean en menoscabo y deshonra de la
cosa amada. Quiteria era de Basilio y Basilio
de Quiteria por justa y favorable disposición
de los cielos. Camacho es rico y podrá comprar
su gusto, cuando, donde y como quisiere.
Basilio no tiene más de esta oveja, y no se la ha
de quitar alguno, por poderoso que sea; que a
los dos que Dios junta no podrá separar el
hombre, y el que lo intentare, primero ha de
pasar por la punta de esta lanza.”
  Y, en esto, la blandió tan fuerte y tan
diestramente, que puso pavor en todos los que no le
conocían; y tan intensamente se fijó en la
imaginación de Camacho el desdén de Quiteria,
que se la borró de la memoria en un instante,
y, así, tuvieron lugar con él las persuasiones
del cura, que era varón prudente y bien
intencionado, con las cuales quedó Camacho y los
de su parcialidad pacíficos y sosegados. En
señal de lo cual volvieron las espadas a sus
lugares, culpando más a la facilidad de
Quiteria que a la industria de Basilio; haciendo
discurso Camacho, que si Quiteria quería bien a
Basilio doncella, también le quisiera casada,
y que debía de dar gracias al cielo, más
por habérsela quitado, que por habérsela dado.
  Consolado, pues, y pacífico Camacho y los
de su mesnada, todos los de la de Basilio se
sosegaron, y el rico Camacho, por mostrar
que no sentía la burla ni la estimaba en nada,
quiso que las fiestas pasasen adelante como
si realmente se desposara; pero no quisieron
asistir a ellas Basilio ni su esposa ni secuaces,
y, así, se fueron a la aldea de Basilio,
que también los pobres virtuosos y discretos
tienen quien los siga, honre y ampare, como
los ricos tienen quien los lisonjee y acompañe.
Lleváronse consigo a don Quijote, estimándole
por hombre de valor y de pelo en pecho.
A solo Sancho se le oscureció el alma por
verse imposibilitado de aguardar la
espléndida comida y fiestas de Camacho, que
duraron hasta la noche. Y, así, asendereado y
triste, siguió a su señor, que con la cuadrilla de
Basilio iba, y así se dejó atrás las ollas de
Egipto, aunque las llevaba en el alma; cuya ya
casi consumida y acabada espuma que en el
caldero llevaba, le representaba la gloria y la
abundancia del bien que perdía, y, así,
congojado y pensativo, aunque sin hambre, sin
apearse del rucio, siguió las huellas de
Rocinante.


                 Capítulo XXII

Donde se da cuenta [de] la grande aventura
  de la cueva de Montesinos, que está en el
  corazón de la Mancha, a quien dio feliz
  feliz cima el valeroso don Quijote de la Mancha.

  Grandes fueron y muchos los regalos que
los desposados hicieron a don Quijote, obligados
de las muestras que había dado, defendiendo
su causa, y al par de la valentía le graduaron
la discreción, teniéndole por un Cid en las
armas y por un Cicerón en la elocuencia. El
buen Sancho se refociló tres días a costa de
los novios, de los cuales se supo que no fue
traza comunicada con la hermosa Quiteria el
herirse fingidamente, sino industria de Basilio,
esperando de ella el mismo suceso que se había
visto; bien es verdad que confesó que había
dado parte de su pensamiento a algunos de
sus amigos, para que al tiempo necesario
favoreciesen su intención y abonasen su engaño.
  “No se pueden ni deben llamar engaños”,
dijo don Quijote, “los que ponen la mira en
virtuosos fines.”
  Y que el de casarse los enamorados era el
fin de más excelencia, advirtiendo que el
mayor contrario que el amor tiene es la hambre
y la continua necesidad, porque el amor es
todo alegría, regocijo y contento, y más
cuando el amante está en posesión de la cosa
amada, contra quien son enemigos opuestos
y declarados la necesidad y la pobreza; y que
todo esto decía con intención de que se
dejase el señor Basilio de ejercitar las
habilidades que sabe, que aunque le daban fama,
no le daban dineros, y que atendiese a granjear
hacienda por medios lícitos e industriosos,
que nunca faltan a los prudentes y
aplicados.
  “El pobre honrado, si es que puede ser
honrado el pobre, tiene prenda en tener mujer
hermosa, que cuando se la quitan, le quitan la
honra y se la matan. La mujer hermosa y
honrada, cuyo marido es pobre, merece ser
coronada con laureles y palmas de vencimiento
y triunfo. La hermosura por sí sola atrae las
voluntades de cuantos la miran y conocen,
y como a señuelo gustoso se le abaten las
águilas reales y los pájaros altaneros; pero si
a la tal hermosura se le junta la necesidad
y estrechez, también la embisten los cuervos,
los milanos y las otras aves de rapiña, y la
que está a tantos encuentros firme, bien
merece llamarse corona de su marido.
  ”Mirad, discreto Basilio”, añadió don
Quijote, “opinión fue de no sé qué sabio que no
había en todo el mundo sino una sola mujer
buena, y daba por consejo, que cada uno
pensase y creyese que aquella sola buena era la
suya, y así viviría contento. Yo no soy casado
ni hasta ahora me ha venido en pensamiento
serlo, y con todo esto me atrevería a dar consejo
al que me lo pidiese del modo que había de
buscar la mujer con quien se quisiese casar.
Lo primero, le aconsejaría que mirase más a
la fama que a la hacienda, porque la buena
mujer no alcanza la buena fama solamente con
ser buena, sino con parecerlo; que mucho más
dañan a las honras de las mujeres las desenvolturas
y libertades públicas que las maldades
secretas. Si traes buena mujer a tu casa, fácil
cosa sería conservarla y aun mejorarla en aquella
bondad. Pero si la traes mala, en trabajo te
pondrá el enmendarla; que no es muy hacedero
pasar de un extremo a otro. Yo no digo que
sea imposible, pero téngolo por dificultoso.”
  Oía todo esto Sancho, y dijo entre sí:
  “Este mi amo, cuando yo hablo cosas de
meollo y de sustancia, suele decir que podría
yo tomar un púlpito en las manos e irme por
ese mundo adelante predicando lindezas, y
yo digo de él, que cuando comienza a enhilar
sentencias y a dar consejos, no sólo puede
tomar [un] púlpito en las manos, sino dos en cada
dedo y andarse por esas plazas a qué quieres,
boca. ¡Válgate el diablo por caballero andante
que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi ánima
que sólo podía saber aquello que tocaba a
sus caballerías, pero no hay cosa donde no
pique y deje de meter su cucharada.”
  Murmuraba esto algo Sancho, y entreoyóle
su señor y preguntóle:
  “¿Qué murmuras, Sancho?”
  “No digo nada ni murmuro de nada”, respondió
Sancho, “sólo estaba diciendo entre mí,
que quisiera haber oído lo que vuestra merced
aquí ha dicho antes que me casara, que quizá
dijera yo ahora: el buey suelto bien se lame.”
  “¿Tan mala es tu Teresa, Sancho?”, dijo don
Quijote.
  “No es muy mala”, respondió Sancho, “pero
no es muy buena, a lo menos, no es tan buena
como yo quisiera.”
  “Mal haces, Sancho”, dijo don Quijote, “en
decir mal de tu mujer, que en efecto es madre
de tus hijos.”
  “No nos debemos nada”, respondió Sancho;
“que también ella dice mal de mí cuando se le
antoja, especialmente cuando está celosa; que
entonces súfrala el mismo Satanás.”
  Finalmente, tres días estuvieron con los
novios, donde fueron regalados y servidos como
cuerpos de rey. Pidió don Quijote al diestro
licenciado le diese una guía que le encaminase
a la cueva de Montesinos, porque tenía
gran deseo de entrar en ella y ver a ojos
vistas si eran verdaderas las maravillas que de
ella se decían por todos aquellos contornos.
El licenciado le dijo que le daría a un primo
suyo, famoso estudiante y muy aficionado a
leer libros de caballerías, el cual con mucha
voluntad le pondría a la boca de la misma
cueva y le enseñaría las lagunas de Ruidera,
famosas asimismo en toda la Mancha y
aun en toda España, y díjole que llevaría
con el gustoso entretenimiento, a causa que
era mozo que sabía hacer libros para imprimir,
y para dirigirlos a príncipes. Finalmente, el
primo vino con una pollina preñada, cuya
albarda cubría un gayado tapete o harpillera.
Ensilló Sancho a Rocinante y aderezó al rucio,
proveyó sus alforjas, a las cuales acompañaron
las del primo, asimismo bien proveídas,
y, encomendándose a Dios y despidiéndose de
todos, se pusieron en camino, tomando la
derrota de la famosa cueva de Montesinos.
  En el camino preguntó don Quijote al primo
de qué género y calidad eran sus ejercicios, su
profesión y estudios. A lo que él respondió:
que su profesión era ser humanista, sus ejercicios
y estudios componer libros para dar a la
estampa, todos de gran provecho y no menos
entretenimiento para la república; que el uno se
intitulaba El de las libreas, donde pinta
setecientas y tres libreas con sus colores, motes y
cifras, de donde podían sacar y tomar las que
quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos los
caballeros cortesanos, sin andarlas mendigando
de nadie, ni lambicando, como dicen, el
cerebro por sacarlas conformes a sus deseos e
intenciones.
  “Porque doy al celoso, al desdeñado, al
olvidado y al ausente las que les convienen, que
les vendrán más justas que pecadoras. Otro
libro tengo también, a quien he de llamar
Metamorfóseos, u Ovidio español, de invención
nueva y rara, porque en él, imitando a Ovidio
a lo burlesco, pinto quién fue la Giralda de
Sevilla y el Angel de la Magdalena, quién el
Caño de Vecinguerra de Córdoba, quiénes los
toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes
de Leganitos y Lavapiés en Madrid, no olvidándome
de la del Piojo, de la del Caño Dorado y
de la Priora, y esto, con sus alegorías,
metáforas y traslaciones, de modo, que alegran,
suspenden y enseñan a un mismo punto.
  ”Otro libro tengo que le llamo Suplemento a
Virgilio Polidoro, que trata de la invención
de las cosas, que es de grande erudición y
estudio, a causa que las cosas que se dejó de
decir Polidoro de gran sustancia, las averiguo
yo y las declaro por gentil estilo. Olvidósele a
Virgilio de declararnos quién fue el primero
que tuvo catarro en el mundo, y el primero que
tomó las unciones para curarse del morbo
gálico, y yo lo declaro al pie de la letra y lo
autorizo con más de veinte y cinco autores: porque
vea vuestra merced si he trabajado bien y si
ha de ser útil el tal libro a todo el mundo.”
  Sancho, que había estado muy atento a la
narración del primo, le dijo:
  “Dígame, señor, así Dios le dé buena
manderecha en la impresión de sus libros,
¿sabríame decir, que sí sabrá, pues todo lo sabe,
quién fue el primero que se rascó en la cabeza?;
que yo para mí tengo que debió de ser nuestro
padre Adán.”
  “Sí sería”, respondió el primo, “porque
Adán no hay duda sino que tuvo cabeza y
cabellos, y siendo esto así, y siendo el primer
hombre del mundo, alguna vez se rascaría.”
  “Así lo creo yo”, respondió Sancho; “pero
dígame ahora: ¿quién fue el primer volteador
del mundo?”
  “En verdad, hermano”, respondió el primo,
“que no me sabré determinar por ahora, hasta
que lo estudie. Yo lo estudiaré en volviendo
adonde tengo mis libros, y yo os satisfaré
cuando otra vez nos veamos; que no ha de
ser ésta la postrera.”
  “Pues mire, señor”, replicó Sancho, “no tome
trabajo en esto, que ahora he caído en la
cuenta de lo que le he preguntado; sepa que el
primer volteador del mundo fue Lucifer, cuando
le echaron o arrojaron del cielo, que vino
volteando hasta los abismos.”
  “Tienes razón, amigo”, dijo el primo.
  Y dijo don Quijote:
  “Esa pregunta y respuesta no es tuya,
Sancho; a alguno las has oído decir.”
  “Calle, señor”, replicó Sancho, “que a buena
fe que si me doy a preguntar y a responder,
que no acabe de aquí a mañana. Sí, que para
preguntar necedades y responder disparates
no he menester yo andar buscando ayuda de
vecinos.”
  “Más has dicho, Sancho, de lo que sabes”,
dijo don Quijote; “que hay algunos que se
cansan en saber y averiguar cosas que después
de sabidas y averiguadas no importan un
ardite al entendimiento ni a la memoria.”
  En estas y otras gustosas pláticas se les
pasó aquel día, y a la noche se albergaron en
una pequeña aldea, adonde el primo dijo a
don Quijote que desde allí a la cueva de
Montesinos no había más de dos leguas, y
que si llevaba determinado de entrar en ella,
era menester proveerse de sogas para atarse
y descolgarse en su profundidad.
  Don Quijote dijo que aunque llegase al
abismo, había de ver dónde paraba, y, así,
compraron casi cien brazas de soga, y otro día, a
las dos de la tarde, llegaron a la cueva, cuya
boca es espaciosa y ancha, pero llena de
cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas,
tan espesas e intricadas, que de todo en todo
la ciegan y encubren. En viéndola, se apearon
el primo, Sancho y don Quijote, al cual los
dos le ataron luego fortísimamente con las
sogas; y en tanto que le fajaban y ceñían, le
dijo Sancho:
  “Mire vuestra merced, señor mío, lo que
hace, no se quiera sepultar en vida, ni se
ponga adonde parezca frasco que le ponen a
enfriar en algún pozo. Sí que a vuestra merced
no le toca ni atañe ser el escudriñador de esta
que debe de ser peor que mazmorra.”
  “Ata y calla”, respondió don Quijote; “que
tal empresa como aquésta, Sancho amigo, para
mí estaba guardada.”
  Y entonces dijo la guía:
  “Suplico a vuestra merced, señor don Quijote,
que mire bien y especule con cien ojos lo
que hay allá dentro: quizá habrá cosas que las
ponga yo en el libro de mis Transformaciones.”
  “En manos está el pandero que le sabrá
bien tañer”, respondió Sancho Panza.
  Dicho esto, y acabada la ligadura de don
Quijote, que no fue sobre el arnés, sino sobre
el jubón de armar, dijo don Quijote:
  “Inadvertidos hemos andado en no habernos
proveído de algún esquilón pequeño, que fuera
atado junto a mí en esta misma soga, con
cuyo sonido se entendiera que todavía bajaba
y estaba vivo; pero pues ya no es posible, a
la mano de Dios, que me guíe.”
  Y luego se hincó de rodillas e hizo una
oración en voz baja al cielo, pidiendo a Dios le
ayudase y le diese buen suceso en aquella,
al parecer, peligrosa y nueva aventura, y en
voz alta dijo luego:
  “¡Oh señora de mis acciones y movimientos,
clarísima y sin par Dulcinea del Toboso! Si es
posible que lleguen a tus oídos las plegarias
y rogaciones de este tu venturoso amante, por
tu inaudita belleza te ruego las escuches; que
no son otras que rogarte no me niegues tu
favor y amparo ahora que tanto le he menester.
Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme
en el abismo que aquí se me representa,
sólo porque conozca el mundo que si tú me
favoreces, no habrá imposible a quien yo no
acometa y acabe.”
  Y, en diciendo esto, se acercó a la sima, vio
no ser posible descolgarse ni hacer lugar a la
entrada, si no era a fuerza de brazos o a
cuchilladas, y así, poniendo mano a la espada,
comenzó a derribar y a cortar de aquellas
malezas que a la boca de la cueva estaban, por
cuyo ruido y estruendo salieron por ella una
infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan
espesos y con tanta prisa, que dieron con
don Quijote en el suelo; y si él fuera tan
agorero como católico cristiano, lo tuviera a
mala señal y excusara de encerrarse en lugar
semejante. Finalmente, se levantó, y viendo
que no salían más cuervos ni otras aves
nocturnas, como fueron murciélagos, que asimismo
entre los cuervos salieron, dándole soga el
primo y Sancho (y) se dejó calar al fondo
de la caverna espantosa, y al entrar, echándole
Sancho su bendición y haciendo sobre él
mil cruces, dijo:
  “¡Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con
la Trinidad de Gaeta, flor, nata y espuma de
los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del
mundo, corazón de acero, brazos de bronce!
¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre, sano y
sin cautela a la luz de esta vida que dejas por
enterrarte en esta oscuridad que buscas!”
  Casi las mismas plegarias y deprecaciones
hizo el primo.
  Iba don Quijote dando voces que le diesen
soga y más soga, y ellos se la daban poco a
poco, y cuando las voces, que acanaladas por
la cueva salían, dejaron de oírse, ya ellos
tenían descolgadas las cien brazas de soga, y
fueron de parecer de volver a subir a don
Quijote, pues no le podían dar más cuerda. Con
todo eso, se detuvieron como media hora, al
cabo del cual espacio volvieron a recoger la
soga con mucha facilidad y sin peso alguno,
señal que les hizo imaginar que don Quijote
se quedaba dentro, y, creyéndolo así Sancho,
lloraba amargamente y tiraba con mucha prisa
por desengañarse; pero llegando, a su parecer,
a poco más de las ochenta brazas, sintieron
peso, de que en extremo se alegraron. Finalmente,
a las diez, vieron distintamente a don
Quijote, a quien dio voces Sancho, diciéndole:
  “Sea vuestra merced muy bien vuelto, señor
mío, que ya pensábamos que se quedaba allá
para casta.”
  Pero no respondía palabra don Quijote, y,
sacándole del todo, vieron que traía cerrados
los ojos, con muestras de estar dormido.
Tendiéronle en el suelo y desliáronle, y con todo
esto, no despertaba. Pero tanto le volvieron y
revolvieron, sacudieron y menearon, que al
cabo de un buen espacio volvió en sí,
desperezándose, bien como si de algún grave y
profundo sueño despertara, y, mirando a una y otra
parte como espantado, dijo:
  “Dios os lo perdone, amigos, que me habéis
quitado de la más sabrosa y agradable vida y
vista que ningún humano ha visto ni pasado.
En efecto: ahora acabo de conocer que todos los
contentos de esta vida pasan como sombra y
sueño, o se marchitan como la flor del campo.
¡Oh desdichado Montesinos; oh mal ferido
Durandarte; oh sin ventura Belerma; oh lloroso
Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera,
que mostráis en vuestras aguas las que lloraron
vuestros hermosos ojos!”
  Con [atención es]cuchaban el primo y Sancho
las palabras de don Quijote, que las decía
como si con dolor inmenso las sacara de las
entrañas. Suplicáronle les diese a entender lo
que decía, y les dijese lo que en aquel infierno
había visto.
  “¿Infierno le llamáis?”, dijo don Quijote;
“pues no le llaméis así, porque no lo merece,
como luego veréis.”
  Pidió que le diesen algo de comer, que traía
grandísima hambre; tendieron la harpillera
del primo sobre la verde hierba, acudieron a la
despensa de sus alforjas, y, sentados todos tres
en buen amor y compaña, merendaron y cenaron
todo junto. Levantada la harpillera, dijo
don Quijote de la Mancha:
  “No se levante nadie y estadme, hijos, todos
atentos.”


                Capítulo XXIII

De las admirables cosas que el extremado don
  Quijote contó que había visto en la profunda
  cueva de Montesinos, cuya imposibilidad
  y grandeza hace que se tenga esta aventura
  por apócrifa.

  Las cuatro de la tarde serían, cuando el sol
entre nubes cubierto, con luz escasa y templados
rayos, dio lugar a don Quijote para que
sin calor y pesadumbre contase a sus dos
clarísimos oyentes lo que en la cueva de
Montesinos había visto, y comenzó en el modo
siguiente:
  “A obra de doce o catorce estados de la
profundidad de esta mazmorra, a la derecha mano,
se hace una concavidad y espacio capaz de
poder caber en ella un gran carro con sus
mulas; éntrale una pequeña luz por unos
resquicios o agujeros, que lejos le responden,
abiertos en la superficie de la tierra. Esta
concavidad y espacio vi yo a tiempo, cuando
ya iba cansado y mohíno de verme, pendiente
y colgado de la soga, caminar por aquella oscura
región abajo, sin llevar cierto ni determinado
camino, y, así, determiné entrarme en
ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos
que no descolgaseis más soga hasta que yo
os lo dijese, pero no debisteis de oírme. Fui
recogiendo la soga que enviabais, y, haciendo
de ella una rosca o rimero, me senté sobre él,
pensativo además, considerando lo que hacer
debía para calar al fondo, no teniendo quién
me sustentase; y estando en este pensamiento
y confusión, de repente, y sin procurarlo, me
salteó un sueño profundísimo, y cuando
menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no,
desperté de él y me hallé en la mitad del más
bello, ameno y deleitoso prado que puede criar
la naturaleza, ni imaginar la más discreta
imaginación humana. Despabilé los ojos,
limpiémelos y vi que no dormía, sino que realmente
estaba despierto. Con todo esto me tenté la
cabeza y los pechos, por certificarme si era yo
mismo el que allí estaba, o alguna fantasma
vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento,
los discursos concertados, que entre mí
hacía, me certificaron que yo era allí entonces
el que soy aquí ahora.
  ”Ofrecióseme luego a la vista un real y
suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes
parecían de transparente y claro cristal
fabricados, del cual abriéndose dos grandes
puertas, vi que por ellas salía y hacia mí se venía
un venerable anciano, vestido con un capuz de
bayeta morada, que por el suelo le arrastraba;
ceñíale los hombros y los pechos una beca de
colegial de raso verde, cubríale la cabeza una
gorra milanesa negra, y la barba, canísima,
le pasaba de la cintura. No traía arma ninguna,
sino un rosario de cuentas en la mano,
mayores que medianas nueces, y los dieces
asimismo como huevos medianos de avestruz; el
continente, el paso, la gravedad y la anchísima
presencia, cada cosa de por sí y todas juntas,
me suspendieron y admiraron. Llegóse a mí,
y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente
y luego decirme: «Luengos tiempos ha,
»valeroso caballero don Quijote de la Mancha,
»que los que estamos en estas soledades
»encantados esperamos verte, para que des
»noticia al mundo de lo que encierra y cubre
»la profunda cueva por donde has entrado,
»llamada la cueva de Montesinos; hazaña sólo
»guardada para ser acometida de tu invencible
»corazón y de tu ánimo estupendo. Ven conmigo,
»señor clarísimo, que te quiero mostrar
»las maravillas que este transparente alcázar
»solapa, de quien yo soy alcaide y guarda
»mayor perpetua, porque soy el mismo
»Montesinos, de quien la cueva toma nombre.»
  ”Apenas me dijo que era Montesinos, cuando
le pregunté si fue verdad lo que en el mundo
de acá arriba se contaba, que él había sacado
de la mitad del pecho, con una pequeña daga,
el corazón de su grande amigo Durandarte y
llevádole a la señora Belerma, como él se
lo mandó al punto de su muerte.
  ”Respondióme que en todo decían verdad,
sino en la daga; porque no fue daga, ni
pequeña, sino un puñal buido, más agudo que
una lezna.”
  “Debía de ser”, dijo a este punto Sancho, “el
tal puñal de Ramón de Hoces el sevillano.”
  “No sé”, prosiguió don Quijote, “pero no
sería de ese puñalero, porque Ramón de Hoces
fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció
esta desgracia, ha muchos años, y esta
averiguación no es de importancia, ni turba ni
altera la verdad y contexto de la historia.”
  “Así es”, respondió el primo; “prosiga
vuestra merced, señor don Quijote, que le escucho
con el mayor gusto del mundo.”
  “No con menor lo cuento yo”, respondió don
Quijote; “y así digo, que el venerable Montesinos
me metió en el cristalino palacio, donde
en una sala baja fresquísima sobremodo y
toda de alabastro, estaba un sepulcro de mármol
con gran maestría fabricado, sobre el cual
vi a un caballero tendido de largo a largo, no
de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho,
como los suele haber en otros sepulcros, sino de
pura carne y de puros huesos. Tenía la mano
derecha, que, a mi parecer, es algo peluda y
nervosa, señal de tener muchas fuerzas su
dueño, puesta sobre el lado del corazón; y antes
que preguntase nada a Montesinos, viéndome
suspenso mirando al del sepulcro, me dijo:
  «Este es mi amigo Durandarte, flor y espejo
»de los caballeros enamorados y valientes de su
»tiempo; tiénele aquí encantado, como me tiene
»a mí y a otros muchos y muchas, Merlín, aquel
»francés encantador, que dicen que fue hijo del
»diablo; y lo que yo creo es que no fue hijo del
»diablo, sino que supo, como dicen, un punto
»más que el diablo. El cómo o para qué nos
»encantó nadie lo sabe, y ello dirá andando los
»tiempos, que no están muy lejos, según imagino;
»lo que a mí me admira es que sé, tan cierto
»como ahora es de día, que Durandarte acabó
»los de su vida en mis brazos, y que después
»de muerto le saqué el corazón con mis
»propias manos, y en verdad que debía de pesar
»dos libras, porque según los naturales, el que
»tiene mayor corazón es dotado de mayor
»valentía del que le tiene pequeño. Pues siendo
»esto así, y que realmente murió este caballero,
»¿cómo ahora se queja y suspira de cuando en
»cuando, como si estuviese vivo?»
  ”Esto dicho, el mísero Durandarte, dando
una gran voz, dijo:

          «¡Oh mi primo Montesinos!,
        lo postrero que os rogaba,
        que cuando yo fuere muerto
        y mi ánima arrancada,
        que llevéis mi corazón
        adonde Belerma estaba,
        sacándomele del pecho,
        ya con puñal, ya con daga.»

  ”Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se
puso de rodillas ante el lastimado caballero, y
con lágrimas en los ojos le dijo:
  «Ya señor Durandarte, carísimo primo mío,
»ya hice lo que me mandasteis en el aciago día
»de nuestra pérdida; yo os saqué el corazón lo
»mejor que pude, sin que os dejase una mínima
»parte en el pecho. Yo le limpié con un
»pañizuelo de puntas, yo partí con él de carrera
»para Francia, habiéndoos primero puesto en el
»seno de la tierra, con tantas lágrimas, que
»fueron bastantes a lavarme las manos y limpiarme
»con ellas la sangre que tenían de haberos andado
»en las entrañas; y por más señas, primo de
»mi alma, en el primero lugar que topé saliendo
»de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestro
»corazón, porque no oliese mal y fuese, si
»no fresco, a lo menos, amojamado a la presencia
»de la señora Belerma, la cual, con vos
»y conmigo y con Guadiana, vuestro escudero,
»y con la dueña Ruidera y sus siete hijas y dos
»sobrinas, y con otros muchos de vuestros
»conocidos y amigos, nos tiene aquí encantados
»el sabio Merlín ha muchos años. Y aunque
»pasan de quinientos, no se ha muerto ninguno
»de nosotros; solamente faltan Ruidera y sus
»hijas y sobrinas, las cuales llorando, por
»compasión que debió de tener Merlín de ellas, las
»convirtió en otras tantas lagunas, que ahora en
»el mundo de los vivos y en la provincia de la
»Mancha las llaman las lagunas de Ruidera.
»Las siete son de los reyes de España, y las dos
»sobrinas, de los caballeros de una orden
»santísima que llaman de San Juan. Guadiana,
»vuestro escudero, plañendo asimismo vuestra
»desgracia, fue convertido en un río llamado
»de su mismo nombre, el cual cuando llegó a la
»superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo,
»fue tanto el pesar que sintió de ver que os
»dejaba, que se sumergió en las entrañas de la
»tierra; pero como no es posible dejar de acudir
»a su natural corriente, de cuando en cuando
»sale y se muestra donde el sol y las gentes le
»vean. Vanle administrando de sus aguas las
»referidas lagunas, con las cuales y con otras
»muchas que se llegan, entra pomposo y grande
»en Portugal. Pero con todo esto, por dondequiera
»que va, muestra su tristeza y melancolía
»y no se precia de criar en sus aguas peces
»regalados y de estima, sino burdos y desabridos,
»bien diferentes de los del Tajo dorado;
»y esto que ahora os digo, ¡oh primo mío!,
»os lo he dicho muchas veces, y como no me
»respondéis, imagino que no me dais crédito,
»o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena
»cual Dios lo sabe.
  »Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales,
»ya que no sirvan de alivio a vuestro dolor, no
»os le aumentarán en ninguna manera. Sabed
»que tenéis aquí en vuestra presencia, y abrid
»los ojos y veréislo, aquel gran caballero de
»quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio
»Merlín, aquel don Quijote de la Mancha, digo,
»que de nuevo y con mayores ventajas que en
»los pasados siglos ha resucitado en los
»presentes la ya olvidada andante caballería, por
»cuyo medio y favor podría ser que nosotros
»fuésemos desencantados: que las grandes
»hazañas para los grandes hombres están
»guardadas.»
  «Y cuando así no sea», respondió el
lastimado Durandarte con voz desmayada y baja,
«cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia
»y barajar.» Y, volviéndose de lado, tornó a
su acostumbrado silencio, sin hablar más
palabra.
  ”Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos,
acompañados de profundos gemidos y angustiados
sollozos; volví la cabeza y vi por las
paredes de cristal que por otra sala pasaba
una procesión de dos hileras de hermosísimas
doncellas, todas vestidas de luto, con
turbantes blancos sobre las cabezas, al modo
turquesco. Al cabo y fin de las hileras venía una
señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo
vestida de negro, con tocas blancas tan
tendidas y largas, que besaban la tierra. Su
turbante era mayor dos veces que el mayor de
alguna de las otras; era cejijunta y la nariz
algo chata, la boca grande, pero colorados los
labios. Los dientes, que tal vez los descubría,
mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque
eran blancos como unas peladas almendras.
Traía en las manos un lienzo delgado, y entre
él, a lo que pude divisar, un corazón de carne
momia, según venía seco y amojamado.
Díjome Montesinos como toda aquella gente de la
procesión eran sirvientes de Durandarte y de
Belerma, que allí con sus dos señores estaban
encantados, y que la última que traía el corazón
entre el lienzo y en las manos era la señora
Belerma, la cual, con sus doncellas, cuatro
días en la semana hacían aquella procesión
y cantaban, o, por mejor decir, lloraban
endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado
corazón de su primo; y que si me había parecido
algo fea, o no tan hermosa como tenía la fama,
era la causa las malas noches y peores días
que en aquel encantamiento pasaba, como lo
podía ver en sus grandes ojeras y en su color
quebradiza.
  «Y no toma ocasión su amarillez y sus
»ojeras de estar con el mal mensil, ordinario en
»las mujeres, porque ha muchos meses, y aun
»años, que no le tiene, ni asoma por sus puertas,
»sino del dolor que siente su corazón por
»el que de continuo tiene en las manos, que le
»renueva y trae a la memoria la desgracia de
»su mal logrado amante; que si esto no fuera,
»apenas la igualara en hermosura, donaire
»y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan
»celebrada en todos estos contornos y aun en todo
»el mundo.»
  «Cepos quedos», dije yo entonces, «señor don
»Montesinos: cuente vuestra merced su historia
»como debe, que ya sabe que toda comparación
»es odiosa, y, así, no hay para qué
»comparar a nadie con nadie; la sin par Dulcinea
»del Toboso es quien es, y la señora doña
»Belerma es quien es y quien ha sido, y quédese
»aquí.»
  ”A lo que él me respondió:
  «Señor don Quijote, perdóneme vuestra
»merced, que yo confieso que anduve mal y
»no dije bien en decir que apenas igualara la
»señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me
»bastaba a mí haber entendido por no sé qué
»barruntos que vuestra merced es su caballero,
»para que me mordiera la lengua antes de
»compararla sino con el mismo cielo.»
  ”Con esta satisfacción que me dio el gran
Montesinos, se quietó mi corazón del
sobresalto que recibí en oír que a mi señora la
comparaban con Belerma.”
  “Y aun me maravillo yo”, dijo Sancho, “de
cómo vuestra merced no se subió sobre el
vejote, y le molió a coces todos los huesos y le
peló las barbas, sin dejarle pelo en ellas.”
  “No, Sancho amigo”, respondió don Quijote;
“no me estaba a mí bien hacer eso, porque
estamos todos obligados a tener respeto a los
ancianos, aunque no sean caballeros, y
principalmente a los que lo son y están encantados;
yo sé bien que no nos quedamos a deber nada
en otras muchas demandas y respuestas que
entre los dos pasamos.”
  A esta sazón dijo el primo:
  “Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra
merced en tan poco espacio de tiempo como
ha que está allá bajo, haya visto tantas cosas
y hablado y respondido tanto.”
  “¿Cuánto ha que bajé?”, preguntó don
Quijote.
  “Poco más de una hora”, respondió Sancho.
  “Eso no puede ser”, replicó don Quijote,
“porque allá me anocheció y amaneció, y tornó
a anochecer y amanecer tres veces; de modo
que, a mi cuenta, tres días he estado en
aquellas partes remotas y escondidas a la vista
nuestra.”
  “Verdad debe de decir mi señor”, dijo
Sancho; “que como todas las cosas que le han
sucedido son por encantamiento, quizá lo que a
nosotros nos parece un hora, debe de parecer
allá tres días con sus noches.”
  “Así será”, respondió don Quijote.
  “Y ¿ha comido vuestra merced en todo este
tiempo, señor mío?”, preguntó el primo.
  “No me he desayunado de bocado”, respondió
don Quijote, “ni aun he tenido hambre, ni
por pensamiento.”
  “Y ¿los encantados comen?”, dijo el primo.
  “No comen”, respondió don Quijote, “ni
tienen excrementos mayores, aunque es opinión
que les crecen las uñas, las barbas y los
cabellos.”
  “¿Y duermen por ventura los encantados,
señor?”, preguntó Sancho.
  “No, por cierto”, respondió don Quijote; “a
lo menos, en estos tres días que yo he estado
con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo
tampoco.”
  “Aquí encaja bien el refrán”, dijo Sancho,
“de dime con quién andas, decirte he quién
eres; ándase vuestra merced con encantados,
ayunos y vigilantes, mirad si es mucho que ni
coma ni duerma mientras con ellos anduviere.
Pero perdóneme vuestra merced, señor mío,
si le digo que de todo cuanto aquí ha dicho,
lléveme Dios, que iba a decir el diablo, si le
creo cosa alguna.”
  “¿Cómo no?”, dijo el primo, “Pues ¿había de
mentir el señor don Quijote, que, aunque
quisiera, no ha tenido lugar para componer e
imaginar tanto millón de mentiras?”
  “Yo no creo que mi señor miente”, respondió
Sancho.
  “Si no ¿qué crees?”, le preguntó don Quijote.
  “Creo”, respondió Sancho, “que aquel Merlín
o aquellos encantadores que encantaron a
toda la chusma que vuestra merced dice que
ha visto y comunicado allá bajo, le encajaron
en el magín o la memoria toda esa máquina
que nos ha contado, y todo aquello que por
contar le queda.”
  “Todo eso pudiera ser, Sancho”, replicó
don Quijote; “pero no es así, porque lo que he
contado lo vi por mis propios ojos y lo toqué
con mis mismas manos; pero ¿qué dirás cuando
te diga yo ahora cómo entre otras infinitas
cosas y maravillas que me mostró Montesinos,
las cuales despacio y a sus tiempos te las iré
contando en el discurso de nuestro viaje, por
no ser todas de este lugar, me mostró tres
labradoras que por aquellos amenísimos campos
iban saltando y brincando como cabras, y
apenas las hube visto, cuando conocí ser la
una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras
dos aquellas mismas labradoras que venían
con ella, que hablamos a la salida del Toboso?
Pregunté a Montesinos si las conocía;
respondióme que no, pero que él imaginaba que
debían de ser algunas señoras principales
encantadas, que pocos días había que en aquellos
prados habían parecido, y que no me maravillase
de esto, porque allí estaban otras muchas
señoras de los pasados y presentes siglos,
encantadas en diferentes y extrañas figuras, entre
las cuales conocía él a la reina Ginebra y su
dueña Quintañona, escanciando el vino a
Lanzarote cuando de Bretaña vino.”
  Cuando Sancho Panza oyó decir esto a su
amo, pensó perder el juicio o morirse de risa;
que como él sabía la verdad del fingido
encanto de Dulcinea, de quien él había sido el
encantador y el levantador de tal testimonio,
acabó de conocer indubitablemente que su
señor estaba fuera de juicio y loco de todo
punto, y, así, le dijo:
  “En mala coyuntura y en peor sazón y en
aciago día bajó vuestra merced, caro patrón
mío, al otro mundo, y en mal punto se encontró
con el señor Montesinos, que tal nos le ha
vuelto. Bien se estaba vuestra merced acá arriba
con su entero juicio, tal cual Dios se le había
dado, hablando sentencias y dando consejos a
cada paso, y no ahora, contando los mayores
disparates que pueden imaginarse.”
  “Como te conozco, Sancho”, respondió don
Quijote, “no hago caso de tus palabras.”
  “Ni yo tampoco de las de vuestra merced”,
replicó Sancho, “siquiera me hiera, siquiera
me mate por las que le he dicho o por las que
le pienso decir si en las suyas no se corrige y
enmienda. Pero dígame vuestra merced, ahora
que estamos en paz: ¿cómo o en qué conoció
a la señora nuestra ama? Y si la habló, ¿qué
dijo y qué le respondió?”
  “Conocíla”, respondió don Quijote, “en que
trae los mismos vestidos que traía cuando tú
me la mostraste; habléla, pero no me respondió
palabra, antes me volvió las espaldas, y se
fue huyendo con tanta prisa, que no la alcanzara
una jara. Quise seguirla, y lo hiciera si no
me aconsejara Montesinos que no me cansase
en ello, porque sería en balde, y más, porque
se llegaba la hora donde me convenía volver
a salir de la sima. Díjome asimismo que
andando el tiempo se me daría aviso cómo
habían de ser desencantados él y Belerma y
Durandarte, con todos los que allí estaban;
pero lo que más pena me dio de las que allí
vi y noté, fue que estándome diciendo Montesinos
estas razones, se llegó a mí por un lado,
sin que yo la viese venir, una de las dos
compañeras de la sin ventura Dulcinea, y llenos
los ojos de lágrimas, con turbada y baja voz
me dijo: «Mi señora Dulcinea del Toboso besa
»a vuestra merced las manos, y suplica a
»vuestra merced se la haga de hacerla saber cómo
»está; y que, por estar en una gran necesidad
»asimismo suplica a vuestra merced, cuan
»encarecidamente puede, sea servido de prestarle
»sobre este faldellín que aquí traigo, de
»cotonía, nuevo, media docena de reales, o los
»que vuestra merced tuviere; que ella da su
»palabra de volvérselos con mucha brevedad.»
  ”Suspendióme y admiróme el tal recado, y,
volviéndome al señor Montesinos, le pregunté:
»¿Es posible, señor Montesinos, que los
»encantados principales padecen necesidad?» A lo
que él me respondió: «Créame vuestra merced,
»señor don Quijote de la Mancha, que esta
»que llaman necesidad adondequiera se usa,
»y por todo se extiende y a todos alcanza, y aun
»hasta los encantados no perdona. Y pues
»la señora Dulcinea del Toboso envía a pedir
»esos seis reales y la prenda es buena, según
»parece, no hay sino dárselos; que sin duda
»debe de estar puesta en algún grande aprieto.»
«Prenda, no la tomaré yo», le respondí,
«ni menos le daré lo que pide, porque no tengo
»sino solos cuatro reales.» Los cuales le di,
que fueron los que tú, Sancho, me diste el otro
día para dar limosna a los pobres que topase
por los caminos, y le dije: «Decid, amiga mía,
»a vuestra señora, que a mí me pesa en el alma
»de sus trabajos, y que quisiera ser un Fúcar
»para remediarlos; y que le hago saber que yo
»no puedo ni debo tener salud, careciendo de
»su agradable vista y discreta conversación, y
»que le suplico cuan encarecidamente puedo,
»sea servida su merced de dejarse ver y tratar
»de este su cautivo servidor y asendereado
»caballero. Diréisle también que cuando menos
»se lo piense oirá decir como yo he hecho un
»juramento y voto, a modo de aquel que hizo
»el marqués de Mantua, de vengar a su sobrino
»Valdovinos cuando le halló para expirar en
»mitad de la montaña, que fue de no comer
»pan a manteles, con las otras zarandajas que
»allí añadió, hasta vengarle; y así le haré yo
»de no sosegar y de andar las siete partidas
»del mundo, con más puntualidad que las
»anduvo el infante don Pedro de Portugal,
»hasta desencantarla.» «Todo eso y más debe
»vuestra merced a mi señora», me respondió
la doncella; y tomando los cuatro reales, en
lugar de hacerme una reverencia, hizo una
cabriola, que se levantó dos varas de medir
en el aire.”
  “¡Oh santo Dios!”, dijo a este tiempo dando
una gran voz Sancho, “¿es posible que tal
hay en el mundo y que tengan en él tanta
fuerza los encantadores y encantamientos, que
hayan trocado el buen juicio de mi señor en
una tan disparatada locura? ¡Oh señor, señor!;
por quien Dios es, que vuestra merced mire
por sí y vuelva por su honra, y no dé crédito
a esas vaciedades que le tienen menguado y
descabalado el sentido.”
  “Como me quieres bien, Sancho, hablas
de esa manera”, dijo don Quijote, “y como no
estás experimentado en las cosas del mundo,
todas las cosas que tienen algo de dificultad
te parecen imposibles; pero andará el tiempo,
como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas
de las que allá abajo he visto, que te harán
creer las que aquí he contado, cuya verdad
ni admite réplica ni disputa.”


                 Capítulo XXIV

Donde se cuentan mil zarandajas tan
  impertinentes como necesarias al verdadero
  entendimiento de esta grande historia.

  Dice el que tradujo esta grande historia del
original, de la que escribió su primer autor
Cide Hamete Benengeli, que llegando al capítulo
de la aventura de la cueva de Montesinos,
en el margen de él estaban escritas de mano del
mismo Hamete estas mismas razones:
  “No me puedo dar a entender, ni me puedo
persuadir, que al valeroso don Quijote le
pasase puntualmente todo lo que en el
antecedente capítulo queda escrito. La razón es
que todas las aventuras hasta aquí sucedidas
han sido contingibles y verosímiles, pero esta
de esta cueva no le hallo entrada alguna para
tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los
términos razonables. Pues pensar yo que don
Quijote mintiese, siendo el más verdadero
hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos,
no es posible, que no dijera él una mentira
si le asaetearan. Por otra parte, considero
que él la contó y la dijo con todas las
circunstancias dichas, y que no pudo fabricar en tan
breve espacio tan gran máquina de disparates,
y si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo
la culpa, y así, sin afirmarla por falsa o verdadera
la escribo. Tú, lector, pues eres prudente,
juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni
puedo más, puesto que se tiene por cierto que
al tiempo de su fin y muerte dicen que se retractó
de ella y dijo que él la había inventado, por
parecerle que convenía y cuadraba bien con
las aventuras que había leído en sus
historias.”
  Y luego prosigue diciendo:
  Espantóse el primo, así del atrevimiento de
Sancho Panza como de la paciencia de su amo,
y juzgó que del contento que tenía de haber
visto a su señora Dulcinea del Toboso, aunque
encantada, le nacía aquella condición blanda
que entonces mostraba, porque si así no
fuera, palabras y razones le dijo Sancho, que
merecían molerle a palos; porque realmente le
pareció que había andado atrevidillo con su
señor, a quien le dijo:
  “Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy
por bien empleadísima la jornada que con
vuestra merced he hecho, porque en ella he
granjeado cuatro cosas. La primera, haber
conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran
felicidad. La segunda, haber sabido lo que se
encierra en esta cueva de Montesinos, con las
mutaciones de Guadiana y de las lagunas de
Ruidera, que me servirán para el Ovidio español
que traigo entre manos. La tercera, entender
la antigüedad de los naipes, que, por lo
menos, ya se usaban en tiempo del emperador
Carlomagno, según puede colegirse de las
palabras que vuestra merced dice que dijo
Durandarte, cuando al cabo de aquel grande
espacio que estuvo hablando con él Montesinos,
él despertó, diciendo: «Paciencia y barajar»,
y esta razón y modo de hablar no la pudo
aprender encantado, sino cuando no lo estaba,
en Francia y en tiempo del referido emperador
Carlomagno, y esta averiguación me viene
pintiparada para el otro libro que voy componiendo,
que es Suplemento de Virgilio Polidoro,
en la invención de las antigüedades, y creo
que en el suyo no se acordó de poner la de los
naipes, como la pondré yo ahora; que será de
mucha importancia, y más, alegando autor tan
grave y tan verdadero como es el señor
Durandarte. La cuarta es haber sabido con
certidumbre el nacimiento del río Guadiana, hasta
ahora ignorado de las gentes.”
  “Vuestra merced tiene razón”, dijo don
Quijote; “pero querría yo saber, ya que Dios
le haga merced de que se le dé licencia para
imprimir esos sus libros, que lo dudo, ¿a quién
piensa dirigirlos?”
  “Señores y grandes hay en España a quien
puedan dirigirse”, dijo el primo.
  “No muchos”, respondió don Quijote, “y no
porque no lo merezcan, sino que no quieren
admitirlos por no obligarse a la satisfacción que
parece se debe al trabajo y cortesía de sus
autores. Un príncipe conozco yo que puede
suplir la falta de los demás con tantas
ventajas, que si me atreviere a decirlas, quizá
despertará la envidia en más de cuatro generosos
pechos; pero quédese esto aquí para otro
tiempo más cómodo, y vamos a buscar adonde
recogernos esta noche.”
  “No lejos de aquí”, respondió el primo,
“está una ermita donde hace su habitación
un ermitaño, que dicen ha sido soldado, y
está en opinión de ser un buen cristiano,
y muy discreto y caritativo además. Junto con
la ermita tiene una pequeña casa que él ha
labrado a su costa, pero, con todo, aunque
chica, es capaz de recibir huéspedes.”
  “¿Tiene, por ventura, gallinas el tal
ermitaño?”, preguntó Sancho.
  “Pocos ermitaños están sin ellas”, respondió
don Quijote, “porque no son los que ahora
se usan como aquellos de los desiertos de
Egipto, que se vestían de hojas de palma y
comían raíces de la tierra. Y no se entienda
que por decir bien de aquéllos, no lo digo de
aquéstos, sino que quiero decir que al rigor y
estrechez de entonces no llegan las penitencias
de los de ahora; pero no por esto dejan
de ser todos buenos, a lo menos, yo por buenos
los juzgo, y cuando todo corra turbio, menos
mal hace el hipócrita que se finge bueno que
el público pecador.”
  Estando en esto, vieron que hacia donde
ellos estaban venía un hombre a pie,
caminando aprisa y dando varazos a un macho
que venía cargado de lanzas y de alabardas;
cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de
largo; don Quijote le dijo:
  “Buen hombre; deteneos, que parece que
vais con más diligencia que ese macho ha
menester.”
  “No me puedo detener, señor”, respondió el
hombre, “porque las armas que veis que aquí
llevo han de servir mañana, y, así, me es forzoso
el no detenerme, y a Dios; pero si quisiereis
saber para qué las llevo, en la venta que
está más arriba de la ermita pienso alojar
esta noche, y si es que hacéis este mismo
camino, allí me hallaréis, donde os contaré
maravillas, y a Dios otra vez.”
  Y de tal manera aguijó el macho, que no
tuvo lugar don Quijote de preguntarle qué
maravillas eran las que pensaba decirles, y
como él era algo curioso y siempre le
fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenó
que al momento se partiesen y fuesen a
pasar la noche en la venta, sin tocar en la
ermita, donde quisiera el primo que se
quedaran.
  Hízose así, subieron a caballo y siguieron
todos tres el derecho camino de la venta --a la
cual llegaron un poco antes de anochecer--.
Dijo el primo a don Quijote que llegasen a
ella a beber un trago. Apenas oyó esto
Sancho Panza, cuando encaminó el rucio a la
ermita, y lo mismo hicieron don Quijote y el
primo; pero la mala suerte de Sancho parece que
ordenó que el ermitaño no estuviese en casa,
que así se lo dijo una sotaermitaño que en
la ermita hallaron. Pidiéronle de lo caro,
respondió que su señor no lo tenía, pero que si
querían agua barata, que se la daría de muy
buena gana.
  “Si yo la tuviera de agua”, respondió Sancho,
“pozos hay en el camino, donde la hubiera
satisfecho. ¡Ah, bodas de Camacho y abundancia
de la casa de don Diego, y cuántas veces os
tengo de echar menos!”
  Con esto dejaron la ermita y picaron hacia
la venta, y a poco trecho toparon un mancebito
que delante de ellos iba caminando no con
mucha prisa, y así le alcanzaron; llevaba la
espada sobre el hombro y en ella puesto un bulto
o envoltorio, al parecer, de sus vestidos, que,
al parecer, debían de ser los calzones o gregüescos,
y herreruelo, y alguna camisa, porque traía
puesta una ropilla de terciopelo, con algunas
vislumbres de raso, y la camisa, de fuera. Las
medias eran de seda y los zapatos cuadrados,
a uso de corte; la edad llegaría a diez y ocho
o diez y nueve años, alegre de rostro y, al
parecer, ágil de su persona. Iba cantando
seguidillas para entretener el trabajo del camino;
cuando llegaron a él, acababa de cantar una,
que el primo tomó de memoria, que dicen que
decía:

     “A la guerra me lleva mi necesidad.
   Si tuviera dineros, no fuera, en verdad.”

  El primero que le habló fue don Quijote,
diciéndole:
  “Muy a la ligera camina vuestra merced,
señor galán, y ¿adónde bueno?; sepamos, si es
que gusta decirlo.”
  A lo que el mozo respondió:
  “El caminar tan a la ligera lo causa el calor
y la pobreza, y el adónde voy es a la guerra.”
  “¿Cómo la pobreza?”, preguntó don Quijote;
“que por el calor bien puede ser.”
  “Señor”, replicó el mancebo, “yo llevo en
este envoltorio unos gregüescos de terciopelo,
compañeros de esta ropilla. Si los gasto en
el camino, no me podré honrar con ellos en la
ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y,
así, por esto, como por orearme, voy de esta
manera hasta alcanzar unas compañías de
infantería, que no están doce leguas de aquí, donde
asentaré mi plaza, y no faltarán bagajes en
que caminar de allí adelante, hasta el
embarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y
más quiero tener por amo y por señor al rey y
servirle en la guerra, que no a un pelón en la
corte.”
  “Y ¿lleva vuestra merced alguna ventaja por
ventura?”, preguntó el primo.
  “Si yo hubiera servido a algún grande de
España o algún principal personaje”, respondió
el mozo, “a buen seguro que yo la llevara,
que eso tiene el servir a los buenos; que del
tinelo suelen salir a ser alférez o capitanes, o
con algún buen entretenimiento. Pero yo,
desventurado, serví siempre a catarriberas y a
gente advenediza, de ración y quitación tan mísera
y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello
se consumía la mitad de ella, y sería tenido a
milagro que un paje aventurero alcanzase
alguna siquiera razonable ventura.”
  “Y dígame por su vida, amigo”, preguntó
don Quijote, “¿es posible que en los años que
sirvió no ha podido alcanzar alguna librea?”
  “Dos me han dado”, respondió el paje,
“pero así como el que se sale de alguna religión
antes de profesar le quitan el hábito y le
vuelven sus vestidos, así me volvían a mí los
míos mis amos, que, acabados los negocios a
que venían a la corte, se volvían a sus casas y
recogían las libreas que por sola ostentación
habían dado.”
  “Notable espilorchería, como dice el
italiano”, dijo don Quijote; “pero con todo eso,
tenga a feliz ventura el haber salido de la corte
con tan buena intención como lleva, porque no
hay otra cosa en la tierra más honrada ni de
más provecho que servir a Dios, primeramente,
y luego a su rey y señor natural, especialmente
en el ejercicio de las armas, por las cuales se
alcanzan, si no más riquezas, a lo menos, más
honra que por las letras, como yo tengo dicho
muchas veces; que puesto que han fundado
más mayorazgos las letras que las armas, todavía
llevan un no sé qué los de las armas a los
de las letras, con un sí sé qué de esplendor, que
se halla en ellos, que los aventaja a todos. Y
esto que ahora le quiero decir, llévelo en la
memoria, que le será de mucho provecho y alivio
en su trabajos, y es que aparte la imaginación
de los sucesos adversos que le podrán venir;
que el peor de todos es la muerte, y como ésta
sea buena, el mejor de todos es el morir.
Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso
emperador romano, cuál era la mejor muerte.
Respondió que la impensada, la de repente y no
prevista, y aunque respondió como gentil y
ajeno del conocimiento del verdadero Dios,
con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del
sentimiento humano; que puesto caso que os maten
en la primera facción y refriega, o ya de un tiro
de artillería, o volado de una mina, ¿qué
importa?, todo es morir y acabóse la obra. Y según
Terencio, más bien parece el soldado muerto
en la batalla que vivo y salvo en la huida, y
tanto alcanza de fama el buen soldado, cuanto
tiene de obediencia a sus capitanes y a los que
mandarle pueden. Y advertid, hijo, que al soldado
mejor le está el oler a pólvora que algalia,
y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio,
aunque sea lleno de heridas y estropeado o
cojo, a lo menos, no os podrá coger sin honra,
y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza;
cuanto más que ya se va dando orden como
se entretengan y remedien los soldados viejos
y estropeados, porque no es bien que se haga
con ellos lo que suelen hacer los que ahorran
y dan libertad a sus negros cuando ya son
viejos y no pueden servir, y, echándolos de casa
con título de libres, los hacen esclavos de la
hambre, de quien no piensan ahorrarse sino
con la muerte. Y por ahora no os quiero decir
más, sino que subáis a las ancas de este mi
caballo hasta la venta, y allí cenaréis conmigo,
y por la mañana seguiréis el camino, que os le
dé Dios tan bueno como vuestros deseos
merecen.”
  El paje no aceptó el convite de las ancas,
aunque sí el de cenar con él en la venta, y a
esta sazón dicen que dijo Sancho entre sí:
  “¡Válgate Dios por señor! Y ¿es posible que
hombre que sabe decir tales, tantas y tan
buenas cosas como aquí ha dicho, diga que ha
visto los disparates imposibles que cuenta de
la cueva de Montesinos? Ahora bien, ello dirá.”
  Y en esto llegaron a la venta a tiempo que
anochecía, y no sin gusto de Sancho, por ver
que su señor la juzgó por verdadera venta y no
por castillo, como solía. No hubieron bien
entrado, cuando don Quijote preguntó al ventero
por el hombre de las lanzas y alabardas, el
cual le respondió que en la caballeriza estaba
acomodando el macho; lo mismo hicieron de
sus jumentos el sobrino y Sancho, dando a
Rocinante el mejor pesebre y el mejor lugar de
la caballeriza.


                 Capítulo XXV

Donde se apunta la aventura del rebuzno y la
  graciosa del titerero, con las memorables
  adivinanzas del mono adivino.

  No se le cocía el pan a don Quijote, como
suele decirse, hasta oír y saber las maravillas
prometidas del hombre conductor de las armas;
fuele a buscar donde el ventero le había dicho
que estaba, y hallóle, y díjole que en todo
caso le dijese luego lo que le había de decir
después, acerca de lo que le había preguntado en
el camino. El hombre le respondió:
  “Más despacio, y no en pie, se ha de tomar
el cuento de mis maravillas: déjeme vuestra
merced, señor bueno, acabar de dar recado a
mi bestia, que yo le diré cosas que le admiren.”
  “No quede por eso”, respondió don Quijote;
“que yo os ayudaré a todo.”
  Y así lo hizo, ahechándole la cebada y
limpiando el pesebre, humildad que obligó al
hombre a contarle con buena voluntad lo que
le pedía, y, sentándose en un poyo y don
Quijote junto a él, teniendo por senado y
auditorio al primo, al paje, a Sancho Panza y al
ventero, comenzó a decir de esta manera:
  “Sabrán vuestras mercedes que en un lugar
que está cuatro leguas y media de esta venta,
sucedió que a un regidor de él, por industria y
engaño de una muchacha criada suya, y esto
es largo de contar, le faltó un asno, y aunque
el tal regidor hizo las diligencias posibles por
hallarle, no fue posible. Quince días serían
pasados, según es pública voz y fama, que el
asno faltaba, cuando, estando en la plaza el
regidor perdidoso, otro regidor del mismo pueblo
le dijo: «Dadme albricias, compadre, que
»vuestro jumento ha parecido.» «Yo os las mando
»y buenas, compadre», respondió el otro; «pero
»sepamos dónde ha parecido.» «En el monte»,
respondió el hallador, «le vi esta mañana,
»sin albarda y sin aparejo alguno, y tan flaco
»que era una compasión mirarle. Quísele
»antecoger delante de mí y traérosle, pero está
»ya tan montaraz y tan huraño, que cuando
»llegué a él, se fue huyendo y se entró en
»lo más escondido del monte; si queréis que
»volvamos los dos a buscarle, dejadme poner
»esta borrica en mi casa, que luego vuelvo.»
«Mucho placer me haréis», dijo el del
jumento, «y yo procuraré pagároslo en la
»misma moneda.»
  ”Con estas circunstancias todas y de la
misma manera que yo lo voy contando lo cuentan
todos aquellos que están enterados en la
verdad de este caso. En resolución, los dos
regidores, a pie y mano a mano, se fueron al
monte, y llegando al lugar y sitio donde pensaron
hallar el asno, no le hallaron, ni pareció por
todos aquellos contornos, aunque más le
buscaron; viendo, pues, que no parecía, dijo el
regidor que le había visto al otro:
  «Mirad, compadre, una traza me ha venido
»al pensamiento, con la cual, sin duda alguna,
»podremos descubrir este animal aunque esté
»metido en las entrañas de la tierra, no que del
»monte, y es que yo sé rebuznar maravillosamente,
»y si vos sabéis algún tanto, dad el
»hecho por concluido.» «¿Algún tanto decís,
»compadre?», dijo el otro; «por Dios que no
»dé la ventaja a nadie, ni aun a los mismos
»asnos.» «Ahora lo veremos,» respondió el
regidor segundo, «porque tengo determinado que
»os vais vos por una parte del monte y yo por
»otra, de modo que le rodeemos y andemos
»todo, y de trecho en trecho rebuznaréis vos
»y rebuznaré yo, y no podrá ser menos sino
»que el asno nos oiga y nos responda, si es
»que está en el monte.» A lo que respondió el
dueño del jumento: «Digo, compadre, que la
»traza es excelente y digna de vuestro gran
»ingenio.»
  ”Y, dividiéndose los dos, según el acuerdo,
sucedió que casi a un mismo tiempo rebuznaron,
y cada uno, engañado del rebuzno del otro,
acudieron a buscarse, pensando que ya el jumento
había parecido; y en viéndose, dijo el
perdidoso: «¿Es posible, compadre, que no fue mi
»asno el que rebuznó?» «No fue sino yo»,
respondió el otro. «Ahora digo», dijo el dueño,
«que de vos a un asno, compadre, no hay alguna
»diferencia, en cuanto toca al rebuznar,
»porque en mi vida he visto ni oído cosa más
»propia.» «Esas alabanzas y encarecimiento»,
respondió el de la traza, «mejor os atañen
»y tocan a vos que a mí, compadre; que por
»el Dios que me crio que podéis dar dos
»rebuznos de ventaja al mayor y más perito
»rebuznador del mundo; porque el sonido que
»tenéis es alto, lo sostenido de la voz, a su
»tiempo y compás, los dejos, muchos y
»apresurados, y, en resolución, yo me doy por
»vencido y os rindo la palma y doy la bandera
»de esta rara habilidad.» «Ahora digo»,
respondió el dueño, «que me tendré y estimaré en
»más de aquí adelante y pensaré que sé
»alguna cosa, pues tengo alguna gracia; que
»puesto que pensara que rebuznaba bien, nunca
»entendí que llegaba al extremo que decís.»
«También diré yo ahora», respondió el segundo,
»que hay raras habilidades perdidas en el
»mundo y que son mal empleadas en aquellos que
»no saben aprovecharse de ellas.» «Las nuestras»,
respondió el dueño, «si no es en casos
»semejantes como el que traemos entre manos,
»no nos pueden servir en otros, y aun en éste
»plega a Dios que nos sean de provecho.»
  ”Esto dicho, se tornaron a dividir y a volver
a sus rebuznos, y a cada paso se engañaban y
volvían a juntarse, hasta que se dieron por
contraseña que para entender que eran ellos
y no el asno, rebuznasen dos veces, una tras
otra; con esto, doblando a cada paso los rebuznos,
rodearon todo el monte sin que el perdido
jumento respondiese, ni aun por señas. Mas
¿cómo había de responder el pobre y mal
logrado, si le hallaron en lo más escondido del
bosque comido de lobos? Y, en viéndole, dijo
su dueño: «Ya me maravillaba yo de que él
»no respondía, pues a no estar muerto, él
»rebuznara si nos oyera, o no fuera asno; pero a
»trueco de haberos oído rebuznar con tanta
»gracia, compadre, doy por bien empleado el
»trabajo que he tenido en buscarle, aunque le he
»hallado muerto.» «En buena mano está, compadre»,
respondió el otro, «pues si bien canta
»el abad, no le va en zaga el monacillo.»
  ”Con esto, desconsolados y roncos, se
volvieron a su aldea, adonde contaron a sus
amigos, vecinos y conocidos cuanto les había
acontecido en la busca del asno, exagerando
el uno la gracia del otro en el rebuznar, todo
lo cual se supo y se extendió por los lugares
circunvecinos. Y el diablo, que no duerme,
como es amigo de sembrar y derramar rencillas
y discordia por doquiera, levantando
caramillos en el viento y grandes quimeras de
nonada, ordenó e hizo que las gentes de los otros
pueblos, en viendo a alguno de nuestra aldea,
rebuznase[n], como dándoles en rostro con el
rebuzno de nuestros regidores. Dieron en ello
los muchachos, que fue dar en manos y en
bocas de todos los demonios del infierno, y fue
cundiendo el rebuzno de en uno en otro pueblo,
de manera, que son conocidos los naturales
del pueblo del rebuzno, como son conocidos
y diferenciados los negros de los blancos, y
ha llegado a tanto la desgracia de esta burla, que
muchas veces con mano armada y formado
escuadrón han salido contra los burladores los
burlados a darse la batalla, sin poderlo
remediar rey ni roque, ni temor, ni vergüenza.
Yo creo que mañana o esotro día han de salir
en campaña los de mi pueblo, que son los del
rebuzno, contra otro lugar que está a dos
leguas del nuestro, que es uno de los que más
nos persiguen, y por salir bien apercibidos,
llevo compradas estas lanzas y alabardas que
habéis visto. Y éstas son las maravillas que
dije que os había de contar, y si no os lo han
parecido, no sé otras.”
  Y, con esto, dio fin a su plática el buen
hombre, y, en esto, entró por la puerta de la
venta un hombre todo vestido de gamuza,
medias, gregüescos y jubón, y con voz levantada
dijo:
  “Señor huésped, ¿hay posada? Que viene aquí
el mono adivino y el retablo de la libertad de
Melisendra.”
  “¡Cuerpo de tal”, dijo el ventero, “que aquí
está el señor maese Pedro!; buena noche se
nos apareja.”
  Olvidábaseme de decir como el tal maese
Pedro traía cubierto el ojo izquierdo y casi
medio carrillo con un parche de tafetán verde,
señal que todo aquel lado debía de estar
enfermo; y el ventero prosiguió diciendo:
  “Sea bien venido vuestra merced, señor
maese Pedro; ¿adónde está el mono y el
retablo, que no los veo?”
  “Ya llegan cerca”, respondió el todo
gamuza, “sino que yo me he adelantado a saber si
hay posada.”
  “Al mismo duque de Alba se la quitara para
dársela al señor maese Pedro”, respondió el
ventero; “llegue el mono y el retablo, que
gente hay esta noche en la venta que pagará el
verle y las habilidades del mono.”
  “Sea en buena hora”, respondió el del parche,
“que yo moderaré el precio, y con sola la costa
me daré por bien pagado; y yo vuelvo a hacer
que camine la carreta, donde viene el mono y
el retablo.”
  Y luego se volvió a salir de la venta.
  Preguntó luego don Quijote al ventero qué
maese Pedro era aquél, y qué retablo y qué
mono traía.
  A lo que respondió el ventero:
  “Este es un famoso titerero que ha muchos
días que anda por esta Mancha de Aragón
enseñando un retablo de Melisendra [libertada]
por el famoso don Gaiferos, que es una de las
mejores y más bien representadas historias
que de muchos años a esta parte en este reino
se han visto. Trae asimismo consigo un mono
de la más rara habilidad que se vio entre
monos, ni se imaginó entre hombres, porque si le
preguntan algo, está atento a lo que le
pregunta[n], y luego salta sobre los hombros de su
amo, y llegándosele al oído le dice la respuesta
de lo que le preguntan, y maese Pedro la
declara luego; y de las cosas pasadas dice
mucho más que de las que están por venir, y
aunque no todas veces acierta en todas, en las
más no yerra, de modo, que nos hace creer que
tiene el diablo en el cuerpo. Dos reales lleva
por cada pregunta, si es que el mono responde,
quiero decir, si responde el amo por él, después
de haberle hablado al oído; y, así, se cree
que el tal maese Pedro está riquísimo. Y es
hombre galante, como dicen en Italia, y bon
compaño, y dase la mejor vida del mundo;
habla más que seis y bebe más que doce, todo
a costa de su lengua y de su mono y de su
retablo.”
  En esto, volvió maese Pedro, y en una carreta
venía el retablo, y el mono, grande y sin
cola, con las posaderas de fieltro, pero no de
mala cara, y apenas le vio don Quijote,
cuando le preguntó:
  “Dígame vuestra merced, señor adivino, ¿qué
peje pillamo?, ¿qué ha de ser de nosotros?;
y vea aquí mis dos reales.”
  Y mandó a Sancho que se los diese a
maese Pedro, el cual respondió por el mono
y dijo:
  “Señor, este animal no responde, ni da
noticia de las cosas que están por venir; de las
pasadas sabe algo, y de las presentes, algún
tanto.”
  “¡Voto a rus!”, dijo Sancho, “no dé yo un
ardite porque me digan lo que por mí ha
pasado, porque ¿quién lo puede saber mejor
que yo mismo?. Y pagar yo porque me digan
lo que sé, sería una gran necedad; pero pues
sabe las cosas presentes, he aquí mis dos reales
y dígame el señor monísimo qué hace ahora
mi mujer Teresa Panza y en qué se
entretiene.”
  No quiso tomar maese Pedro el dinero,
diciendo:
  “No quiero recibir adelantados los premios
sin que hayan precedido los servicios.”
  Y, dando con la mano derecha dos golpes
sobre el hombro izquierdo, en un brinco se le
puso el mono en él, y, llegando la boca al oído,
daba diente con diente muy aprisa; y, habiendo
hecho este ademán por espacio de un credo,
de otro brinco se puso en el suelo. Y al punto
con grandísima prisa se fue maese Pedro a
poner de rodillas ante don Quijote, y
abrazándole las piernas dijo:
  “Estas piernas abrazo, bien así como si
abrazara las dos columnas de Hércules, ¡oh
resucitador insigne de la ya puesta en olvido
andante caballería, oh no jamás como se debe
alabado caballero don Quijote de la Mancha,
ánimo de los desmayados, arrimo de los que
van a caer, brazo de los caídos, báculo y
consuelo de todos los desdichados!”
  Quedó pasmado don Quijote, absorto
Sancho, suspenso el primo, atónito el paje,
abobado el del rebuzno, confuso el ventero y,
finalmente, espantados todos los que oyeron
las razones del titerero, el cual prosiguió,
diciendo:
  “Y tú, ¡oh buen Sancho Panza!, el mejor escudero
y del mejor caballero del mundo: alégrate,
que tu buena mujer Teresa está buena, y ésta
es la hora en que ella está rastrillando una libra
de lino, y por más señas, tiene a su lado
izquierdo un jarro desbocado que cabe un buen
porqué de vino, con que se entretiene en su
trabajo.”
  “Eso creo yo muy bien”, respondió Sancho,
“porque es ella una bienaventurada, y a no
ser celosa, no la trocara yo por la giganta
Andandona, que, según mi señor, fue una mujer
muy cabal y muy de pro, y es mi Teresa de
aquellas que no se dejan mal pasar, aunque
sea a costa de sus herederos.”
  “Ahora digo”, dijo a esta sazón don Quijote,
“que el que lee mucho y anda mucho, ve
mucho y sabe mucho. Digo esto, porque ¿qué
persuasión fuera bastante para persuadirme
que hay monos en el mundo que adivinen, como
lo he visto ahora por mis propios ojos?: porque
yo soy el mismo don Quijote de la Mancha,
que este buen animal ha dicho, puesto que se
ha extendido algún tanto en mis alabanzas;
pero como quiera que yo me sea, doy gracias
al cielo, que me dotó de un ánimo blando y
compasivo, inclinado siempre a hacer bien a
todos y mal a ninguno.”
  “Si yo tuviera dineros”, dijo el paje,
“preguntara al señor mono qué me ha de suceder
en la peregrinación que llevo.”
  A lo que respondió maese Pedro, que ya se
había levantado de los pies de don Quijote:
  “Ya he dicho que esta bestezuela no responde
a lo por venir, que si respondiera no importara
no haber dineros; que por servicio de señor
don Quijote, que está presente, dejara yo
todos los intereses del mundo, y ahora porque
se lo debo y por darle gusto, quiero armar mi
retablo y dar placer a cuantos están en la venta,
sin paga alguna.”
  Oyendo lo cual el ventero, alegre sobremanera,
señaló el lugar donde se podía poner el
retablo, que en un punto fue hecho. Don Quijote
no estaba muy contento con las adivinanzas
del mono, por parecerle no ser a propósito
que un mono adivinase, ni las de por venir, ni
las pasadas cosas, y, así, en tanto que maese
Pedro acomodaba el retablo, se retiró don
Quijote con Sancho a un rincón de la caballeriza,
donde, sin ser oídos de nadie, le dijo:
  “Mira, Sancho, yo he considerado bien la
extraña habilidad de este mono, y hallo por mi
cuenta que sin duda este maese Pedro, su
amo, debe de tener hecho pacto, tácito o
expreso, con el demonio.”
  “Si el patio es espeso y del demonio”, dijo
Sancho, “sin duda debe de ser muy sucio patio;
pero ¿de qué provecho le es al tal maese Pedro
tener esos patios?”
  “No me entiendes, Sancho; no quiero decir
sino que debe de tener hecho algún concierto
con el demonio, de que infunda esa habilidad
en el mono, con que gane de comer, y después
que esté rico le dará su alma, que es lo que
este universal enemigo pretende. Y háceme
creer esto el ver que el mono no responde
sino a las cosas pasadas o presentes, y la
sabiduría del diablo no se puede extender a más,
que las por venir no las sabe, si no es por
conjeturas, y no todas veces; que a solo Dios está
reservado conocer los tiempos y los momentos,
y para El no hay pasado ni porvenir, que todo
es presente. Y siendo esto así, como lo es, está
claro que este mono habla con el estilo del
diablo, y estoy maravillado cómo no le han
acusado al Santo Oficio, y examinádole, y sacado
de cuajo en virtud de quién adivina; porque
cierto está que este mono no es astrólogo, ni su
amo ni él alzan, ni saben alzar estas figuras que
llaman judiciarias, que tanto ahora se usan
en España, que no hay mujercilla, ni paje, ni
zapatero de viejo que no presuma de alzar una
figura, como si fuera una sota de naipes del
suelo, echando a perder con sus mentiras e
ignorancias la verdad maravillosa de la
ciencia. De una señora sé yo, que preguntó a uno
de estos figureros que si una perrilla de falda,
pequeña, que tenía, si se empreñaría y pariría,
y cuántos y de qué color serían los perros que
pariese. A lo que el señor judiciario, después
de haber alzado la figura, respondió que la
perrica se empreñaría y pariría tres perricos,
el uno verde, el otro encarnado y el otro de
mezcla, con tal condición, que la tal perra se
cubriese entre las once y doce del día o de la
noche, y que fuese en lunes o en sábado; y lo
que sucedió fue que de allí a dos días se murió
la perra de ahíta, y el señor levantador quedó
acreditado en el lugar por acertadísimo
judiciario, como lo quedan todos o los más
levantadores.”
  “Con todo eso querría”, dijo Sancho, “que
vuestra merced dijese a maese Pedro
preguntase a su mono si es verdad lo que a
vuestra merced le pasó en la cueva de
Montesinos; que yo para mí tengo, con perdón de
vuestra merced, que todo fue embeleco y
mentira, o, por lo menos, cosas soñadas.”
  “Todo podría ser”, respondió don Quijote;
“pero yo haré lo que me aconsejas, puesto que
me ha de quedar un no sé qué de escrúpulo.”
  Estando en esto, llegó maese Pedro a buscar
a don Quijote y decirle que ya estaba en orden
el retablo, que su merced viniese a verle
porque lo merecía; don Quijote le comunicó su
pensamiento y le rogó preguntase luego a su
mono le dijese si ciertas cosas que había
pasado en la cueva de Montesinos habían sido
soñadas o verdaderas, porque a él le parecía
que tenían de todo. A lo que maese Pedro, sin
responder palabra, volvió a traer el mono, y
puesto delante de don Quijote y de Sancho,
dijo:
  “Mirad, señor mono, que este caballero quiere
saber si ciertas cosas que le pasaron en una
cueva llamada de Montesinos, si fueron falsas,
o verdaderas.”
  Y, haciéndole la acostumbrada señal, el
mono se le subió en el hombro izquierdo, y
hablándole al parecer en el oído, dijo luego
maese Pedro:
  “El mono dice que parte de las cosas que
vuestra merced vio o pasó en la dicha cueva
son falsas, y parte verosímiles, y que esto es lo
que sabe, y no otra cosa, en cuanto a esta
pregunta. Y que si vuestra merced quisiere saber
más, que el viernes venidero responderá a todo
lo que se le preguntare; que por ahora se le ha
acabado la virtud, que no le vendrá hasta el
viernes, como dicho tiene.”
  “¿No lo decía yo”, dijo Sancho, “que no se
me podía asentar que todo lo que vuestra merced,
señor mío, ha dicho de los acontecimientos
de la cueva era verdad, ni aun la mitad?”
  “Los sucesos lo dirán, Sancho”, respondió
don Quijote; “que el tiempo, descubridor de
todas las cosas, no se deja ninguna que no las
saque a la luz del sol, aunque esté escondida
en los senos de la tierra; y por ahora baste esto,
y vámonos a ver el retablo del buen maese
Pedro, que para mí tengo que debe de tener
alguna novedad.”
  “¿Cómo alguna?”, respondió maese Pedro;
“sesenta mil encierra en sí este mi retablo:
dígole a vuestra merced, mi señor don Quijote,
que es una de las cosas más de ver que hoy
tiene el mundo, y operibus credite & non
verbis. Y manos a labor, que se hace
tarde, y tenemos mucho que hacer y que decir
y que mostrar.”
  Obedeciéronle don Quijote y Sancho, y
vinieron donde ya estaba el retablo puesto y
descubierto, lleno por todas partes de candelillas
de cera encendidas, que le hacían vistoso
y resplandeciente. En llegando, se metió maese
Pedro dentro de él, que era el que había de manejar
las figuras del artificio, y fuera se puso un
muchacho, criado del maese Pedro, para servir
de intérprete y declarador de los misterios del
tal retablo; tenía una varilla en la mano con
que señalaba las figuras que salían. Puestos,
pues, todos cuantos había en la venta, y algunos
en pie, frontero del retablo, y acomodados don
Quijote, Sancho, el paje y el primo en los
mejores lugares, el trujamán comenzó a decir
lo que oirá y verá el que le oyere, o viere el
capítulo siguiente.


                Capítulo XXVI

Donde se prosigue la graciosa aventura del
  titerero, con otras cosas en verdad harto
  buenas.

    “Callaron todos, tirios y troyanos,”

quiero decir, pendientes estaban todos los que
el retablo miraban de la boca del declarador
de sus maravillas, cuando se oyeron sonar en
el retablo cantidad de atabales, y trompetas, y
dispararse mucha artillería, cuyo rumor pasó
en tiempo breve, y luego alzó la voz el
muchacho, y dijo:
  “Esta verdadera historia que aquí a vuestras
mercedes se representa, es sacada al pie de la
letra de las crónicas francesas y de los
romances españoles que andan en boca de las
gentes y de los muchachos por esas calles; trata
de la libertad que dio el señor don Gaiferos a
su esposa Melisendra, que estaba cautiva en
España, en poder de moros, en la ciudad de
Sansueña, que así se llamaba entonces la que
hoy se llama Zaragoza. Y vean vuestras mercedes
allí cómo está jugando a las tablas don
Gaiferos, según aquello que se canta:

    Jugando está a las tablas don Gaiferos
  que ya de Melisendra está olvidado;

y aquel personaje, que allí asoma con corona
en la cabeza y cetro en las manos, es el
emperador Carlomagno, padre putativo de la
tal Melisendra, el cual, mohíno de ver el ocio y
descuido de su yerno, le sale a reñir. Y
adviertan con la vehemencia y ahínco que le riñe,
que no parece sino que le quiere dar con el
cetro media docena de coscorrones, y aun hay
autores que dicen que se los dio, y muy bien
dados, y después de haberle dicho muchas cosas
acerca del peligro que corría su honra en no
procurar la libertad de su esposa, dicen que
le dijo:

    «Harto os he dicho, miradlo».

Miren vuestras mercedes también cómo el
emperador vuelve las espaldas y deja despechado
a don Gaiferos, el cual ya ven cómo arroja
impaciente de la cólera lejos de sí el tablero
y las tablas, y pide aprisa las armas, y a don
Roldán, su primo, pide prestada su espada
Durindana, y cómo don Roldán no se la quiere
prestar, ofreciéndole su compañía en la difícil
empresa en que se pone; pero el valeroso
enojado no lo quiere aceptar, antes dice que él
solo es bastante para sacar a su esposa, si bien
estuviese metida en el más hondo centro de
la tierra. Y, con esto, se entra a armar para
ponerse luego en camino.
  ”Vuelvan vuestras mercedes los ojos a aquella
torre que allí parece, que se presupone que
es una de las torres del alcázar de Zaragoza,
que ahora llaman la Aljafería, y aquella dama
que en aquel balcón parece, vestida a lo moro,
es la sin par Melisendra, que desde allí muchas
veces se ponía a mirar el camino de Francia, y
puesta la imaginación en París y en su esposo,
se consolaba en su cautiverio. Miren también
un nuevo caso que ahora sucede, quizá no visto
jamás. ¿No ven aquel moro que callandico y
pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se
llega por las espaldas de Melisendra? Pues
miren cómo la da un beso en mitad de los
labios, y la prisa que ella se da a escupir y a
limpiárselos con la blanca manga de su camisa,
y cómo se lamenta y se arranca de pesar sus
hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la
culpa del maleficio. Miren también cómo aquel
grave moro que está en aquellos corredores es
el rey Marsilio de Sansueña, el cual, por haber
visto la insolencia del moro, puesto que era un
pariente y gran privado suyo, le mandó luego
prender y que le den doscientos azotes,
llevándole por las calles acostumbradas de la
ciudad,

        con chilladores delante,
        y envaramiento detrás;

y veis aquí donde salen a ejecutar la sentencia,
aun bien apenas no habiendo sido puesta
en ejecución la culpa, porque entre moros no
hay traslado a la parte, ni a prueba y estése como
entre nosotros.”
  “Niño, niño”, dijo con voz alta a esta sazón
don Quijote: “Seguid vuestra historia línea
recta y no os metáis en las curvas o
transversales; que para sacar una verdad en limpio
menester son muchas pruebas y repruebas.”
  También dijo maese Pedro desde dentro:
  “Muchacho, no te metas en dibujos, sino
haz lo que ese señor te manda, que será lo
más acertado; sigue tu canto llano y no te
metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de
sutiles.”
  “Yo lo haré así”, respondió el muchacho, y
prosiguió, diciendo:
  “Esta figura que aquí parece a caballo
cubierta con una capa gascona, es la misma de
don Gaiferos; [aquí] su esposa, ya vengada
del atrevimiento del enamorado moro, con
mejor y más sosegado semblante se ha puesto a
los miradores de la torre, y habla con su esposo
creyendo que es algún pasajero, con quien
pasó todas aquellas razones y coloquios de
aquel romance que dicen:

       «Caballero, si a Francia ides,
     por Gaiferos preguntad.»

Las cuales no digo yo ahora, porque de la
prolijidad se suele engendrar el fastidio; basta ver
cómo don Gaiferos se descubre, y que por los
ademanes alegres que Melisendra hace, se nos
da a entender que ella le ha conocido, y más
ahora que vemos se descuelga del balcón, para
ponerse en las ancas del caballo de su buen
esposo. Mas ¡ay, sin ventura!, que se le ha asido
una punta del faldellín de uno de los hierros
del balcón, y está pendiente en el aire, sin
poder llegar al suelo. Pero veis cómo el piadoso
cielo socorre en las mayores necesidades, pues
llega don Gaiferos, y sin mirar si se rasgará o
no el rico faldellín, ase de ella, y mal su grado
la hace bajar al suelo, y luego de un brinco
la pone sobre las ancas de su caballo, a
horcajadas como hombre, y la manda que se tenga
fuertemente y le eche los brazos por las
espaldas, de modo que los cruce en el pecho,
porque no se caiga, a causa que no estaba la
señora Melisendra acostumbrada a semejantes
caballerías. Veis también cómo los relinchos
del caballo dan señales que va contento con la
valiente y hermosa carga que lleva en su señor
y en su señora. Veis cómo vuelven las espaldas
y salen de la ciudad, y alegres y regocijados
toman de París la vía. ¡Vais en paz, oh par
sin par de verdaderos amantes; lleguéis a
salvamento a vuestra deseada patria, sin que la
fortuna ponga estorbo en vuestro feliz viaje.
Los ojos de vuestros amigos y parientes os vean
gozar en paz tranquila los días --que los de
Néstor sean--, que os quedan de la vida!”
  Aquí alzó otra vez la voz maese Pedro, y
dijo:
  “Llaneza, muchacho, no te encumbres; que
toda afectación es mala.”
  No respondió nada el intérprete, antes
prosiguió, diciendo:
  “No faltaron algunos ociosos ojos, que lo
suelen ver todo, que no viesen la bajada y
la subida de Melisendra, de quien dieron noticia
al rey Marsilio, el cual mandó luego tocar al
arma, y miren con qué prisa: que ya la ciudad
se hunde con el son de las campanas, que en
todas las torres de las mezquitas suenan.”
  “Eso no”, dijo a esta sazón don Quijote;
“en esto de las campanas anda muy impropio
maese Pedro, porque entre moros no se usan
campanas, sino atabales y un género de
dulzainas que parecen nuestras chirimías, y esto
de sonar campanas en Sansueña sin duda que
es un gran disparate.”
  Lo cual oído por maese Pedro, cesó el
tocar, y dijo:
  “No mire vuestra merced en niñerías, señor
don Quijote, ni quiera llevar las cosas tan por
el cabo, que no se le halle. ¿No se representan
por ahí casi de ordinario mil comedias llenas de
mil impropiedades y disparates, y, con todo
eso, corren felicísimamente su carrera y se
escuchan, no sólo con aplauso, sino con
admiración y todo? Prosigue, muchacho, y deja
decir, que como yo llene mi talego, siquiera
represente más impropiedades que tiene átomos
el sol.”
  “Así es la verdad”, replicó don Quijote.
  Y el muchacho dijo:
  “Miren cuánta y cuán lucida caballería sale
de la ciudad en seguimiento de los dos
católicos amantes, cuántas trompetas que suenan,
cuántas dulzainas que tocan y cuántos
atabales y tambores que retumban; témome que
los han de alcanzar y los han de volver atados
a la cola de su mismo caballo, que sería un
horrendo espectáculo.”
  Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y
tanto estruendo don Quijote, parecióle ser
bien dar ayuda a los que huían, y, levantándose
en pie, en voz alta dijo:
  “No consentiré yo que en mis días y en mi
presencia se le haga superchería a tan famoso
caballero y a tan atrevido enamorado como
don Gaiferos. ¡Deteneos, mal nacida canalla,
no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo
sois en la batalla!”
  Y, diciendo y haciendo, desenvainó la
espada, y de un brinco se puso junto al retablo y
con acelerada y nunca vista furia comenzó a
llover cuchilladas sobre la titerera morisma,
derribando a unos, descabezando a otros,
estropeando a éste, destrozando a aquél, y entre
otros muchos, tiró un altibajo tal, que si maese
Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le
cercenara la cabeza con más facilidad que si
fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces
maese Pedro, diciendo:
  “Deténgase vuestra merced, señor don Quijote,
y advierta que estos que derriba, destroza
y mata no son verdaderos moros, sino unas
figurillas de pasta; ¡mire, pecador de mí, que me
destruye y echa a perder toda mi hacienda!”
  Mas no por esto dejaba de menudear don
Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y
reveses como llovidos. Finalmente, en menos de
dos credos dio con todo el retablo en el suelo,
hechas pedazos y desmenuzadas todas sus jarcias
y figuras, el rey Marsilio malherido y el
emperador Carlomagno, partida la corona y la
cabeza en dos partes. Alborotóse el senado
de los oyentes, huyóse el mono por los tejados
de la venta, temió el primo, acobardóse el
paje, y hasta el mismo Sancho Panza tuvo
pavor grandísimo, porque como él juró después
de pasada la borrasca, jamás había visto
a su señor con tan desatinada cólera. Hecho,
pues, el general destrozo del retablo,
sosegóse un poco don Quijote y dijo:
  “Quisiera yo tener aquí delante en este punto
todos aquellos que no creen ni quieren creer de
cuánto provecho sean en el mundo los caballeros
andantes; miren si no me hallara yo aquí
presente qué fuera del buen don Gaiferos y de
la hermosa Melisendra. A buen seguro que ésta
fuera ya la hora que los hubieran alcanzado
estos canes y les hubieran hecho algún desaguisado.
En resolución, ¡viva la andante caballería
sobre cuantas cosas hoy viven en la tierra!”
  “Viva en hora buena”, dijo a esta sazón
con voz enfermiza maese Pedro, “y muera
yo, pues soy tan desdichado que puedo decir
con el rey don Rodrigo:

        Ayer fui señor de España,
      y hoy no tengo una almena
      que pueda decir que es mía.

No ha media hora, ni aun un mediano momento,
que me vi señor de reyes y de emperadores,
llenas mis caballerizas y mis cofres y
sacos de infinitos caballos y de innumerables
galas, y ahora me veo desolado y abatido,
pobre y mendigo, y, sobre todo, sin mi mono,
que a fe que primero que le vuelva a mi poder
me han de sudar los dientes, y todo por la
furia mal considerada de este señor caballero,
de quien se dice que ampara pupilos y endereza
tuertos, y hace otras obras caritativas,
y en mí solo ha venido a faltar su intención
generosa, que sean benditos y alabados los
cielos allá donde tienen más levantados sus
asientos. En fin, el Caballero de la Triste
Figura había de ser aquel que había de desfigurar
las mías.”
  Enternecióse Sancho Panza con las razones
de maese Pedro, y díjole:
  “No llores, maese Pedro, ni te lamentes,
que me quiebras el corazón; porque te hago
saber que es mi señor don Quijote tan católico
y escrupuloso cristiano, que si él cae en la
cuenta de que te ha hecho algún agravio, te lo
sabrá y te lo querrá pagar y satisfacer con
muchas ventajas.”
  “Con que me pagase el señor don Quijote
alguna parte de las hechuras que me ha deshecho,
quedaría contento, y su merced aseguraría
su conciencia, porque no se puede salvar
quien tiene lo ajeno contra la voluntad de su
dueño y no lo restituye.”
  “Así es”, dijo don Quijote; “pero hasta
ahora yo no sé que tenga nada vuestro, maese
Pedro.”
  “¿Cómo no?”, respondió maese Pedro. “Y
estas reliquias que están por este duro y estéril
suelo, ¿quién las esparció y aniquiló sino la
fuerza invencible de ese poderoso brazo? Y
¿cúyos eran sus cuerpos sino míos? Y ¿con
quién me sustentaba yo sino con ellos?”
  “Ahora acabo de creer”, dijo a este punto
don Quijote, “lo que otras muchas veces he
creído: que estos encantadores que me
persiguen no hacen sino ponerme las figuras
como ellas son delante de los ojos, y luego me
las mudan y truecan en las que ellos quieren.
Real y verdaderamente os digo, señores que
me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí
ha pasado que pasaba al pie de la letra: que
Melisendra era Melisendra; don Gaiferos, don
Gaiferos; Marsilio, Marsilio, y Carlomagno,
Carlomagno. Por eso se me alteró la cólera, y,
por cumplir con mi profesión de caballero
andante, quise dar ayuda y favor a los que huían,
y con este buen propósito hice lo que habéis
visto; si me ha salido al revés no es culpa mía,
sino de los malos que me persiguen. Y, con
todo esto, de este mi yerro, aunque no ha
procedido de malicia, quiero yo mismo condenarme
en costas. Vea maese Pedro lo que quiere
por las figuras deshechas, que yo me ofrezco
a pagárselo luego en buena y corriente moneda
castellana.”
  Inclinósele maese Pedro, diciéndole:
  “No esperaba yo menos de la inaudita
cristiandad del valeroso don Quijote de la
Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos
los necesitados y menesterosos vagamundos;
y aquí el señor ventero y el gran Sancho serán
medianeros y apreciadores entre vuestra merced
y mí de lo que valen o podían valer las ya
deshechas figuras.”
  El ventero y Sancho dijeron que así lo
harían, y luego maese Pedro alzó del suelo,
con la cabeza menos, al rey Marsilio de
Zaragoza, y dijo:
  “Ya se ve cuán imposible es volver a este
rey a su ser primero, y, así, me parece, salvo
mejor juicio, que se me dé por su muerte, fin
y acabamiento cuatro reales y medio.”
  “Adelante”, dijo don Quijote.
  “Pues por esta abertura de arriba abajo”,
prosiguió maese Pedro, tomando en las
manos al partido emperador Carlomagno, “no
sería mucho que pidiese yo cinco reales y un
cuartillo.”
  “No es poco”, dijo Sancho.
  “Ni mucho”, replicó el ventero; “médiese la
partida y señálensele cinco reales.”
  “Dénsele todos cinco y cuartillo”, dijo don
Quijote; “que no está en un cuartillo más a
menos la monta de esta notable desgracia, y acabe
presto maese Pedro, que se hace hora de cenar
y yo tengo ciertos barruntos de hambre.”
  “Por esta figura”, dijo maese Pedro, “que
está sin narices y un ojo menos, que es de la
hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo
justo, dos reales y doce maravedís.”
  “Aún ahí sería el diablo”, dijo don Quijote,
“si ya no estuviese Melisendra con su esposo,
por lo menos, en la raya de Francia, porque el
caballo en que iban a mí me pareció que antes
volaba que corría, y, así, no hay para qué
venderme a mí el gato por liebre, presentándome
aquí a Melisendra desnarigada, estando
la otra, si viene a mano, ahora holgándose en
Francia con su esposo a pierna tendida. Ayude
Dios con lo suyo a cada uno, señor maese
Pedro, y caminemos todos con pie llano y con
intención sana, y prosiga.”
  Maese Pedro, que vio que don Quijote
izquierdeaba y que volvía a su primer tema,
no quiso que se le escapase, y, así, le dijo:
  “Esta no debe de ser Melisendra, sino alguna
de las doncellas que la servían, y, así, con
sesenta maravedís que me den por ella, quedaré
contento y bien pagado.”
  De esta manera fue poniendo precio a otras
muchas destrozadas figuras, que después los
moderaron los dos jueces árbitros, con
satisfacción de las partes, que llegaron a cuarenta
reales y tres cuartillos, y además de esto, que
luego lo desembolsó Sancho, pidió maese Pedro
dos reales por el trabajo de tomar el mono.
  “Dáselos, Sancho”, dijo don Quijote, “no
para tomar el mono, sino la mona, y doscientos
diera yo ahora en albricias a quien me dijera
con certidumbre que la señora doña Melisendra
y el señor don Gaiferos estaban ya en
Francia y entre los suyos.”
  “Ninguno nos lo podrá decir mejor que mi
mono”, dijo maese Pedro, “pero no habrá diablo
que ahora le tome; aunque imagino que el cariño
y la hambre le han de forzar a que me busque
esta noche, y amanecerá Dios, y verémonos.”
  En resolución, la borrasca del retablo se
acabó y todos cenaron en paz y en buena
compañía, a costa de don Quijote, que era
liberal en todo extremo. Antes que amaneciese
se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas,
y ya después de amanecido se vinieron a
despedir de don Quijote el primo y el paje, el
uno para volverse a su tierra, y el otro, a
proseguir su camino, para ayuda del cual le dio
don Quijote una docena de reales. Maese
Pedro no quiso volver a entrar en más dimes
ni dirétes con don Quijote, a quien él conocía
muy bien, y, así, madrugó antes que el sol, y,
cogiendo las reliquias de su retablo y a su
mono, se fue también a buscar sus aventuras.
El ventero, que no conocía a don Quijote,
tan admirado le tenían sus locuras como su
liberalidad. Finalmente, Sancho le pagó muy bien
por orden de su señor, y, despidiéndose de él,
casi a las ocho del día dejaron la venta y se
pusieron en camino, donde los dejaremos ir,
que así conviene, para dar lugar a contar
otras cosas pertenecientes a la declaración
de esta famosa historia.


                Capítulo XXVII

Donde se da cuenta quiénes eran maese
  Pedro y su mono, con el mal suceso que don
  Quijote tuvo en la aventura del rebuzno,
  que no la acabó como él quisiera y como lo
  tenía pensado.

  Entra Cide Hamete, cronista de esta grande
historia, con estas palabras en este capítulo:
  “Juro como católico cristiano”; a lo que su
traductor dice que el jurar Cide Hamete como
católico cristiano, siendo él moro, como sin
duda lo era, no quiso decir otra cosa, sino que
así como el católico cristiano, cuando jura,
jura o debe jurar verdad y decirla en lo que
dijere, así él la decía como si jurara como
cristiano católico en lo que quería escribir de
don Quijote, especialmente en decir quién era
maese Pedro y quién el mono adivino que
traía admirados todos aquellos pueblos con
sus adivinanzas.
  Dice, pues, que bien se acordará el que hubiere
leído la primera parte de esta historia de
aquel Ginés de Pasamonte a quien, entre otros
galeotes, dio libertad don Quijote en Sierra
Morena, beneficio que después le fue mal
agradecido y peor pagado de aquella gente maligna
y mal acostumbrada. Este Ginés de Pasamonte,
a quien don Quijote llamaba Ginesillo de
Parapilla, fue el que hurtó a Sancho Panza el
rucio, que por no haberse puesto el cómo ni
el cuándo en la primera parte, por culpa de los
impresores, ha dado en qué entender a muchos,
que atribuían a poca memoria del autor
la falta de imprenta. Pero, en resolución,
Ginés le hurtó estando sobre él durmiendo
Sancho Panza, usando de la traza y modo que
usó Brunelo cuando, estando Sacripante sobre
Albraca, le sacó el caballo de entre las piernas,
y después le cobró Sancho, como se ha
contado. Este Ginés, pues, temeroso de no ser
hallado de la justicia que le buscaba para
castigarle de sus infinitas bellaquerías y delitos,
que fueron tantos y tales, que él mismo
compuso un gran volumen contándolos, determinó
pasarse al reino de Aragón y cubrirse el ojo
izquierdo, acomodándose al oficio de titerero;
que esto y el jugar de manos lo sabía hacer
por extremo.
  Sucedió, pues, que de unos cristianos ya
libres que venían de Berbería compró aquel
mono, a quien enseñó que en haciéndole
cierta señal, se le subiese en el hombro y le
murmurase, o lo pareciese, al oído. Hecho esto,
antes que entrase en el lugar donde entraba
con su retablo y mono, se informaba en el
lugar más cercano, o de quien él mejor podía,
qué cosas particulares hubiesen sucedido en el
tal lugar y a qué personas, y llevándolas bien
en la memoria, lo primero que hacía era mostrar
su retablo, el cual unas veces era de una
historia y otras de otra, pero todas alegres y
regocijadas y conocidas. Acabada la muestra
proponía las habilidades de su mono,
diciendo al pueblo que adivinaba todo lo
pasado y lo presente, pero que en lo de por venir
no se daba maña; por la respuesta de cada
pregunta pedía dos reales y de algunas hacía
barato, según tomaba el pulso a los preguntantes,
y como tal vez llegaba a las casas de
quien él sabía los sucesos de los que en ella
moraban, aunque no le preguntasen nada,
por no pagarle, él hacía la seña al mono y
luego decía que le había dicho tal y tal cosa,
que venía de molde con lo sucedido. Con esto
cobraba crédito inefable y andábanse todos
tras él. Otras veces, como era tan discreto,
respondía de manera, que las respuestas venían
bien con las preguntas, y como nadie le apuraba
ni apretaba a que dijese cómo adivinaba
su mono, a todos hacía monas y llenaba
sus esqueros.
  Así como entró en la venta conoció a don
Quijote y a Sancho, por cuyo conocimiento
le fue fácil poner en admiración a don Quijote
y a Sancho Panza y a todos los que en ella
estaban; pero hubiérale de costar caro, si don
Quijote bajara un poco más la mano, cuando
cortó la cabeza al rey Marsilio y destruyó toda
su caballería, como queda dicho en el
antecedente capítulo.
  Esto es lo que hay que decir de maese Pedro
y de su mono. Y, volviendo a don Quijote de
la Mancha, digo que después de haber salido
de la venta, determinó de ver primero las
riberas del río Ebro y todos aquellos contornos,
antes de entrar en la ciudad de Zaragoza,
pues le daba tiempo para todo el mucho que
faltaba desde allí a las justas. Con esta
intención siguió su camino, por el cual anduvo dos
días sin acontecerle cosa digna de ponerse en
escritura, hasta que al tercero, al subir de una
loma, oyó un gran rumor de tambores, de
trompetas y arcabuces; al principio pensó que
algún tercio de soldados pasaba por aquella
parte, y por verlos picó a Rocinante y subió la
loma arriba, y cuando estuvo en la cumbre vio
al pie de ella, a su parecer, más de doscientos
hombres armados de diferentes suertes de
armas, como si dijésemos lanzones, ballestas,
partesanas, alabardas y picas, y algunos
arcabuces y muchas rodelas. Bajó del recuesto y
acercóse al escuadrón, tanto, que distintamente
vio las banderas, juzgó de las colores y notó
las empresas que en ellas traían, especialmente
una que en un estandarte o jirón de raso
blanco venía, en el cual estaba pintado muy al
vivo un asno como un pequeño sardesco, la
cabeza levantada, la boca abierta y la lengua
de fuera, en acto y postura como si estuviera
rebuznando; alrededor de él estaban escritos de
letras grandes estos dos versos:

         “No rebuznaron en balde
       el uno y el otro alcalde.”

  Por esta insignia sacó don Quijote que aquella
gente debía de ser del pueblo del rebuzno,
y así se lo dijo a Sancho, declarándole lo que
en el estandarte venía escrito. Díjole también
que el que les había dado noticia de aquel caso
se había errado en decir que dos regidores habían
sido los que rebuznaron; pero, que según los
versos del estandarte, no habían sido sino
alcaldes. A lo que respondió Sancho Panza:
  “Señor, en eso no hay que reparar, que bien
puede ser que los regidores que entonces
rebuznaron viniesen con el tiempo a ser alcaldes
de su pueblo, y, así, se pueden llamar con
entrambos títulos, cuanto más que no hace al
caso a la verdad de la historia ser los rebuznadores
alcaldes o regidores, como ellos una por
una hayan rebuznado, porque tan a pique está
de rebuznar un alcalde como un regidor.”
  Finalmente, conocieron y supieron cómo el
pueblo corrido salía a pelear con otro que le
corría más de lo justo y de lo que se debía a
la buena vecindad. Fuese llegando a ellos don
Quijote, no con poca pesadumbre de Sancho,
que nunca fue amigo de hallarse en semejantes
jornadas. Los del escuadrón le recogieron
en medio, creyendo que era alguno de los de
su parcialidad. Don Quijote, alzando la visera,
con gentil brío y continente llegó hasta el
estandarte del asno, y allí se le pusieron alrededor
todos los más principales del ejército, por
verle, admirados con la admiración acostumbrada,
en que caían todos aquellos que la vez
primera le miraban. Don Quijote, que los
vio tan atentos a mirarle, sin que ninguno le
hablase ni le preguntase nada, quiso aprovecharse
de aquel silencio y, rompiendo el suyo,
alzó la voz y dijo:
  “Buenos señores, cuan encarecidamente
puedo os suplico que no interrumpáis un
razonamiento que quiero haceros, hasta que
veáis que os disgusta y enfada; que si esto
sucede, con la mas mínima señal que me hagáis,
pondré un sello en mi boca y echaré una
mordaza a mi lengua.”
  Todos le dijeron que dijese lo que quisiese,
que de buena gana le escucharían. Don
Quijote, con esta licencia, prosiguió, diciendo:
  “Yo, señores míos, soy caballero andante,
cuyo ejercicio es el de las armas, y cuya
profesión la de favorecer a los necesitados de
favor y acudir a los menesterosos. Días ha que
he sabido vuestra desgracia y la causa que os
mueve a tomar las armas a cada paso, para
vengaros de vuestros enemigos. Y, habiendo
discurrido una y muchas veces en mi entendimiento
sobre vuestro negocio, hallo, según las
leyes del duelo, que estáis engañados en
teneros por afrentados, porque ningún particular
puede afrentar a un pueblo entero, si no es
retándole de traidor por junto, porque no sabe
en particular quién cometió la traición porque
le reta. Ejemplo de esto tenemos en don Diego
Ordóñez de Lara, que retó a todo el pueblo
zamorano, porque ignoraba que sólo Vellido
Dolfos había cometido la traición de matar a
su rey, y, así, retó a todos y a todos tocaba la
venganza y la respuesta; aunque bien es verdad
que el señor don Diego anduvo algo demasiado
y aun pasó muy adelante de los límites
del reto, porque no tenía para qué retar a
los muertos, a las aguas, ni a los panes, ni a
los que estaban por nacer, ni a las otras
menudencias que allí se declaran. Pero ¡vaya!, pues
cuando la cólera sale de madre, no tiene la
lengua padre, ayo ni freno que la corrija.
Siendo, pues, esto así, que uno solo no puede
afrentar a reino, provincia, ciudad, república ni
pueblo entero, queda en limpio que no hay para
qué salir a la venganza del reto de la tal
afrenta, pues no lo es; porque ¡bueno sería que se
matasen a cada paso los del pueblo de la
Reloja con quien se lo llama, ni los cazoleros,
berengeneros, ballenatos, jaboneros, ni los de
otros nombres y apellidos que andan por ahí
en boca de los muchachos y de gente de poco
más a menos! ¡Bueno sería, por cierto, que
todos estos insignes pueblos se corriesen y
vengasen y anduviesen continuo hechas las
espadas sacabuches a cualquier pendencia, por
pequeña que fuese! No, no, ni Dios lo permita
o quiera. Los varones prudentes, las repúblicas
bien concertadas, por cuatro cosas han de
tomar las armas y desenvainar las espadas y
poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas:
la primera, por defender la fe católica;
la segunda, por defender su vida, que es de
ley natural y divina; la tercera, en defensa de
su honra, de su familia y hacienda; la cuarta,
en servicio de su rey en la guerra justa, y si le
quisiéremos añadir la quinta, que se puede
contar por segunda, es en defensa de su patria.
A estas cinco causas, como capitales, se
pueden agregar algunas otras que sean justas
y razonables y que obliguen a tomar las
armas. Pero tomarlas por niñerías y por cosas
que antes son de risa y pasatiempo que de
afrenta, parece que quien las toma carece de
todo razonable discurso, cuanto más que el
tomar venganza injusta, que justa no puede
haber alguna que lo sea, va derechamente contra
la santa ley que profesamos, en la cual se
nos manda que hagamos bien a nuestros
enemigos y que amemos a los que nos aborrecen,
mandamiento que aunque parece algo dificultoso
de cumplir, no lo es sino para aquellos
que tienen menos de Dios que del mundo, y
más de carne que de espíritu; porque
Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca
mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador
nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga
liviana, y, así, no nos había de mandar cosa
que fuese imposible el cumplirla. Así que,
mis señores, vuestras mercedes están obligados
por leyes divinas y humanas a sosegarse.”
  “El diablo me lleve”, dijo a esta sazón Sancho
entre sí, “si este mi amo no es teólogo, y si
no lo es, que lo parece como un huevo a otro.”
  Tomó un poco de aliento don Quijote, y,
viendo que todavía le prestaban silencio, quiso
pasar adelante en su plática, como pasara si
no se pusiera en medio la agudeza de Sancho,
el cual, viendo que su amo se detenía,
tomó la mano por él, diciendo:
  “Mi señor don Quijote de la Mancha, que
un tiempo se llamó el Caballero de la Triste
Figura y ahora se llama el Caballero de los
Leones, es un hidalgo muy atentado que sabe
latín y romance como un bachiller, y en todo
cuanto trata y aconseja procede como muy
buen soldado, y tiene todas las leyes y
ordenanzas de lo que llaman el duelo en la uña, y
así no hay más que hacer sino dejarse llevar
por lo que él dijere, y sobre mí si lo erraren.
Cuanto más que ello se está dicho que es
necedad correrse por sólo oír un rebuzno; que
yo me acuerdo, cuando muchacho, que rebuznaba
cada y cuando que se me antojaba, sin
que nadie me fuese a la mano, y con tanta
gracia y propiedad, que en rebuznando yo,
rebuznaban todos los asnos del pueblo, y no por
eso dejaba de ser hijo de mis padres, que
eran honradísimos. Y aunque por esta habilidad
era envidiado de más de cuatro de los
estirados de mi pueblo, no se me daba dos
ardites. Y porque se vea que digo verdad, esperen
y escuchen; que esta ciencia es como la del
nadar que, una vez aprendida, nunca se olvida.”
  Y luego, puesta la mano en las narices,
comenzó a rebuznar tan reciamente, que todos
los cercanos valles retumbaron. Pero uno de
los que estaban junto a él, creyendo que hacía
burla de ellos, alzó un varapalo que en la mano
tenía y diole tal golpe con él, que sin ser
poderoso a otra cosa, dio con Sancho Panza en el
suelo. Don Quijote, que vio tan mal parado a
Sancho, arremetió al que le había dado, con la
lanza sobre mano; pero fueron tantos los que
se pusieron en medio, que no fue posible
vengarle. Antes, viendo que llovía sobre él un
nublado de piedras y que le amenazaban mil
encaradas ballestas y no menos cantidad de
arcabuces, volvió las riendas a Rocinante, y a
todo lo que su galope pudo se salió de entre
ellos, encomendándose de todo corazón a Dios,
que de aquel peligro le librase, temiendo a
cada paso no le entrase alguna bala por las
espaldas y le saliese al pecho, y a cada punto
recogía el aliento, por ver si le faltaba.
  Pero los del escuadrón se contentaron con verle
huir, sin tirarle. A Sancho le pusieron sobre
su jumento, apenas vuelto en sí y le dejaron ir
tras su amo, no porque él tuviese sentido para
regirle; pero el rucio siguió las huellas de
Rocinante, sin el cual no se hallaba un punto.
  Alongado, pues, don Quijote buen trecho,
volvió la cabeza y vio que Sancho venía, y
atendióle, viendo que ninguno le seguía. Los
del escuadrón se estuvieron allí hasta la
noche, y por no haber salido a la batalla sus
contrarios se volvieron a su pueblo regocijados
y alegres, y si ellos supieran la costumbre
antigua de los griegos, levantaran en aquel lugar
y sitio un trofeo.


               Capítulo XXVIII

  De cosas que dice Benengeli que las sabrá
  quien le leyere, si las lee con atención.

  Cuando el valiente huye la superchería está
descubierta, y es de varones prudentes guardarse
para mejor ocasión. Esta verdad se verificó
en don Quijote, el cual, dando lugar a la
furia del pueblo y a las malas intenciones de
aquel indignado escuadrón, puso pies en
polvorosa, y sin acordarse de Sancho ni del
peligro en que le dejaba, se apartó tanto cuanto
le pareció que bastaba, para estar seguro.
Seguíale Sancho atravesado en su jumento,
como queda referido. Llegó, en fin, ya vuelto
en su acuerdo, y al llegar se dejó caer del
rucio a los pies de Rocinante, todo ansioso,
todo molido y todo apaleado. Apeóse don
Quijote para catarle las feridas, pero como le
hallase sano de los pies a la cabeza, con asaz
cólera le dijo:
  “¡Tan en hora mala supisteis vos rebuznar,
Sancho! Y ¿dónde hallasteis vos ser bueno el
nombrar la soga en casa del ahorcado? A
música de rebuznos ¿qué contrapunto se había
de llevar sino de varapalos? Y dad gracias a
Dios, Sancho, que ya que os santiguaron con
un palo, no os hicieron el per signum crucis con
un alfanje.”
  “No estoy para responder”, respondió
Sancho, “porque me parece que hablo por las
espaldas. Subamos y apartémonos de aquí, que
yo pondré silencio en mis rebuznos; pero no
[puedo] dejar de decir que los caballeros
andantes huyen, y dejan a sus buenos
escuderos molidos como alheña o como cibera en
poder de sus enemigos.”
  “No huye el que se retira”, respondió don
Quijote, “porque has de saber, Sancho, que
la valentía que no se funda sobre la basa de
la prudencia se llama temeridad, y las hazañas
del temerario más se atribuyen a la buena
fortuna que a su ánimo. Y, así, yo confieso que
me he retirado, pero no huido, y en esto he
imitado a muchos valientes, que se han guardado
para tiempos mejores, y de esto están las
historias llenas, las cuales, por no serte a ti de
provecho ni a mí de gusto, no te las refiero
ahora.”
  En esto, ya estaba a caballo Sancho,
ayudado de don Quijote, el cual asimismo subió
en Rocinante, y poco a poco se fueron a
emboscar en una alameda que hasta un cuarto de
legua de allí se parecía. De cuando en cuando
daba Sancho unos ayes profundísimos y unos
gemidos dolorosos. Y, preguntándole don
Quijote la causa de tan amargo sentimiento,
respondió que desde la punta del espinazo hasta
la nuca del cerebro le dolía de manera, que le
sacaba de sentido.
  “La causa de ese dolor debe de ser, sin duda”,
dijo don Quijote, “que como era el palo con
que te dieron largo y tendido, te cogió todas
las espaldas, donde entran todas esas partes
que te duelen; y si más te cogiera, más te
doliera.”
  “Por Dios”, dijo Sancho, “que vuestra
merced me ha sacado de una gran duda, y que me
la ha declarado por lindos términos. ¡Cuerpo
de mí!, ¿tan encubierta estaba la causa de mi
dolor, que ha sido menester decirme que me
duele todo todo aquello que alcanzó el palo?
Si me dolieran los tobillos, aun pudiera ser que
se anduviera adivinando el por qué me dolían;
pero dolerme lo que me molieron no es mucho
adivinar. A la fe, señor nuestro amo, el mal
ajeno de pelo cuelga, y cada día voy
descubriendo tierra de lo poco que puedo esperar
de la compañía que con vuestra merced tengo,
porque si esta vez me ha dejado apalear, otra
y otras ciento volveremos a los manteamientos
de marras y a otras muchacherías, que si
ahora me han salido a las espaldas, después
me saldrán a los ojos. Harto mejor haría yo,
sino que soy un bárbaro y no haré nada que
bueno sea en toda mi vida, harto mejor haría
yo, vuelvo a decir, en volverme a mi casa y a
mi mujer y a mis hijos, y sustentarla y criarlos
con lo que Dios fue[se] servido de darme, y no
andarme tras vuestra merced por caminos sin
camino, y por sendas y carreras que no las
tienen, bebiendo mal y comiendo peor. Pues
¡tomadme el dormir! Contad, hermano escudero,
siete pies de tierra, y si quisiereis más, tomad
otros tantos, que en vuestra mano está escudillar,
y tendeos a todo vuestro buen talante, que
quemado vea yo y hecho polvos al primero
que dio puntada en la andante caballería, o, a
lo menos, al primero que quiso ser escudero
de tales tontos como debieron ser todos los
caballeros andantes pasados; de los presentes
no digo nada, que por ser vuestra merced uno
de ellos los tengo respeto, y porque sé que sabe
vuestra merced un punto más que el diablo en
cuanto habla y en cuanto piensa.”
  “Haría yo una buena apuesta con vos,
Sancho”, dijo don Quijote, “que ahora que vais
hablando, sin que nadie os vaya a la mano,
que no os duele nada en todo vuestro cuerpo.
Hablad, hijo mío, todo aquello que os viniere
al pensamiento y a la boca; que a trueco de
que a vos no os duela nada, tendré yo por gusto
el enfado que me dan vuestras impertinencias,
y si tanto deseáis volveros a vuestra
casa con vuestra mujer e hijos, no permita
Dios que yo os lo impida. Dineros tenéis míos,
mirad cuánto ha que esta tercera vez salimos
de nuestro pueblo, y mirad lo que podéis y
debéis ganar cada mes, y pagaos de vuestra
mano.”
  “Cuando yo servía”, respondió Sancho, “a
Tomé Carrasco, el padre del bachiller Sansón
Carrasco, que vuestra merced bien conoce, dos
ducados ganaba cada mes, amén de la comida.
Con vuestra merced no sé lo que puedo ganar,
puesto que sé que tiene más trabajo el escudero
del caballero andante que el que sirve a
un labrador; que, en resolución, los que
servimos a labradores, por mucho que trabajemos
de día, por mal que suceda, a la noche
cenamos olla y dormimos en cama, en la cual no
he dormido después que ha que sirvo a vuestra
merced, si no ha sido el tiempo breve que
estuvimos en casa de don Diego de Miranda,
y la jira que tuve con la espuma que saqué de
las ollas de Camacho, y lo que comí y bebí y
dormí en casa de Basilio. Todo el otro tiempo
he dormido en la dura tierra al cielo abierto,
sujeto a lo que dicen inclemencias del cielo,
sustentándome con rajas de queso y mendrugos
de pan, y bebiendo aguas, ya de arroyos,
ya de fuentes, de las que encontramos por
esos andurriales donde andamos.”
  “Confieso”, dijo don Quijote, “que todo lo
que dices, Sancho, sea verdad; ¿cuánto parece
que os debo dar más de lo que os daba Tomé
Carrasco?”
  “A mi parecer”, dijo Sancho, “con dos
reales más que vuestra merced añadiese cada
mes me tendría por bien pagado. Esto es cuanto
al salario de mi trabajo; pero en cuanto a
satisfacerme a la palabra y promesa que
vuestra merced me tiene hecha de darme el
gobierno de una ínsula, sería justo que se me
añadiesen otros seis reales, que por todos
serían treinta.”
  “Está muy bien”, replicó don Quijote “y
conforme al salario que vos os habéis señalado,
25 días ha que salimos de nuestro pueblo:
contad, Sancho, rata por cantidad y mirad lo
que os debo, y pagaos, como os tengo dicho,
de vuestra mano.”
  “¡Oh cuerpo de mí!”, dijo Sancho, “que va
vuestra merced muy errado en esta cuenta,
porque en lo de la promesa de la ínsula se ha
de contar desde el día que vuestra merced me
la prometió, hasta la presente hora en que
estamos.”
  “Pues ¿qué tanto ha, Sancho, que os la
prometí?”, dijo don Quijote.
  “Si yo mal no me acuerdo”, respondió Sancho,
“debe de haber más de 20 años, tres días
más a menos.”
  Diose don Quijote una gran palmada en la
frente, y comenzó a reír muy de gana, y
dijo:
  “Pues no anduve yo en Sierra Morena, ni en
todo el discurso de nuestras salidas, sino dos
meses apenas, y ¿dices, Sancho, que ha 20
años que te prometí la ínsula? Ahora digo que
quieres que se consuma en tus salarios el
dinero que tienes mío, y si esto es así y tú
gustas de ello, desde aquí te lo doy y buen
provecho te haga; que a trueco de verme sin tan
mal escudero, holgaréme de quedarme pobre y
sin blanca. Pero dime, prevaricador de las
ordenanzas escuderiles de la andante caballería,
¿dónde has visto tú, o leído, que ningún
escudero de caballero andante se haya puesto con
su señor, en [tanto más cuanto] me habéis
de dar cada mes porque os sirva? Entrate,
éntrate, malandrín, follón y vestiglo, que todo
lo pareces, éntrate, digo, por el mare magnum
de sus historias, y si hallares que algún
escudero haya dicho, ni pensado, lo que aquí has
dicho, quiero que me le claves en la frente, y,
por añadidura, me hagas cuatro mamonas
selladas en mi rostro. Vuelve las riendas, o el
cabestro, al rucio, y vuélvete a tu casa, porque
un solo paso desde aquí no has de pasar más
adelante conmigo. ¡Oh pan mal conocido!
¡Oh promesas mal colocadas! ¡Oh hombre que
tiene más de bestia que de persona! ¿Ahora
cuando yo pensaba ponerte en estado, y tal, que
a pesar de tu mujer te llamaran señoría, te
despides? ¿Ahora te vas, cuando yo venía con
intención firme y valedera de hacerte señor de la
mejor ínsula del mundo? En fin, como tú has
dicho otras veces, no es la miel, etc.; asno eres,
y asno has de ser y en asno has de parar cuando
se te acabe el curso de la vida, que para
mí tengo que antes llegará ella a su último
término que tú caigas y des en la cuenta de
que eres bestia.”
  Miraba Sancho a don Quijote de en hito en
hito, en tanto que los tales vituperios le decía;
y compungióse de manera, que le vinieron las
lágrimas a los ojos, y con voz dolorida y
enferma le dijo:
  “Señor mío, yo confieso que, para ser del
todo asno, no me falta más de la cola; si
vuestra merced quiere ponérmela, yo la daré por
bien puesta y le serviré como jumento todos
los días que me quedan de mi vida. Vuestra
merced me perdone y se duela de mi mocedad,
y advierta que sé poco, y que si hablo
mucho, más procede de enfermedad que de
malicia; mas quien yerra y se enmienda, a Dios
se encomienda.”
  “Maravillárame yo, Sancho, si no mezclaras
algún refrancico en tu coloquio. Ahora bien, yo
te perdono con que te enmiendes y con que
no te muestres de aquí adelante tan amigo de
tu interés, sino que procures ensanchar el
corazón y te alientes y animes a esperar el
cumplimiento de mis promesas, que, aunque se
tarda, no se imposibilita.”
  Sancho respondió que sí haría, aunque sacase
fuerzas de flaqueza. Con esto, se metieron
en la alameda, y don Quijote se acomodó al
pie de un olmo y Sancho al de una haya, que
estos tales árboles y otros sus semejantes
siempre tienen pies, y no manos. Sancho pasó la
noche penosamente, porque el varapalo se
hacía más sentir con el sereno. Don Quijote la
pasó en sus continuas memorias, pero con
todo eso dieron los ojos al sueño, y al salir
del alba siguieron su camino buscando las
riberas del famoso Ebro, donde les sucedió lo
que se contará en el capítulo venidero.


                Capítulo XXIX

  De la famosa aventura del barco encantado.

  Por sus pasos contados y por contar, dos
días después que salieron de la alameda,
llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro, y el
verle fue de gran gusto a don Quijote, porque
contempló y miró en él la amenidad de sus
riberas, la claridad de sus aguas, el sosiego
de su curso y la abundancia de sus líquidos
cristales, cuya alegre vista renovó en su
memoria mil amorosos pensamientos; especialmente,
fue y vino en lo que había visto en la
cueva de Montesinos, que, puesto que el mono
de maese Pedro le había dicho que parte de
aquellas cosas eran verdad y parte mentira, él
se atenía más a las verdaderas que a las
mentirosas, bien al revés de Sancho, que todas las
tenía por la misma mentira.
  Yendo, pues, de esta manera, se le ofreció a la
vista un pequeño barco sin remos, ni otras
jarcias algunas, que estaba atado en la orilla a
un tronco de un árbol que en la ribera estaba.
Miró don Quijote a todas partes y no vio
persona alguna, y luego, sin más ni más se apeó
de Rocinante y mandó a Sancho que lo mismo
hiciese del rucio, y que a entrambas bestias
las atase muy bien, juntas, al tronco de un
álamo o sauce que allí estaba. Preguntóle
Sancho la causa de aquel súbito apeamiento y
de aquel ligamiento. Respondió don Quijote:
  “Has de saber, Sancho, que este barco que
aquí está, derechamente y sin poder ser otra
cosa en contrario, me está llamando y
convidando a que entre en él, y vaya en él a dar
socorro a algún caballero o a otra necesitada
y principal persona, que debe de estar puesta
en alguna grande cuita, porque éste es estilo
de los libros de las historias caballerescas y de
los encantadores que en ellas se entremeten
y platican: cuando algún caballero está puesto
en algún trabajo, que no puede ser librado de él
sino por la mano de otro caballero, puesto que
estén distantes el uno del otro dos o tres mil
leguas y aún más, o le arrebatan en una nube,
o le deparan un barco donde se entre, y, en
menos de un abrir y cerrar de ojos, le llevan,
o por los aires o por la mar, donde quieren
y adonde es menester su ayuda. Así que, ¡oh
Sancho!, este barco está puesto aquí para el
mismo efecto, y esto es tan verdad como es
ahora de día, y antes que éste se pase, ata
juntos al rucio y a Rocinante, y a la mano de
Dios que nos guíe; que no dejaré de embarcarme
si me lo pidiesen frailes descalzos.”
  “Pues así es”, respondió Sancho, “y vuestra
merced quiere dar a cada paso en estos que
no sé si los llame disparates, no hay sino
obedecer y bajar la cabeza, atendiendo al refrán:
haz lo que tu amo te manda y siéntate con él
a la mesa. Pero con todo esto, por lo que toca
al descargo de mi conciencia, quiero advertir
a vuestra merced que a mí me parece que
este tal barco no es de los encantados, sino
de algunos pescadores de este río, porque en él
se pescan las mejores sabogas del mundo.”
  Esto decía mientras ataba las bestias
Sancho, dejándolas a la protección y amparo de
los encantadores, con harto dolor de su ánima.
Don Quijote le dijo que no tuviese pena del
desamparo de aquellos animales; que el que
los llevaría a ellos por tan longincuos caminos
y regiones tendría cuenta de sustentarlos.
  “No entiendo eso de logicuos”, dijo Sancho,
“ni he oído tal vocablo en todos los días
de mi vida.”
  “Longincuos”, respondió don Quijote, “quiere
decir apartados, y no es maravilla que no lo
entiendas, que no estás tú obligado a saber
latín, como algunos que presumen que lo
saben, y lo ignoran.”
  “Ya están atados”, replicó Sancho; “¿qué
hemos de hacer ahora?”
  “¿Qué?”, respondió don Quijote; “santiguarnos
y levar ferro, quiero decir, embarcarnos
y cortar la amarra con que este barco está
atado.”
  Y, dando un salto en él, siguiéndole Sancho,
cortó el cordel, y el barco se fue apartando
poco a poco de la ribera, y cuando Sancho se
vio obra de dos varas dentro del río, comenzó
a temblar, temiendo su perdición; pero ninguna
cosa le dio más pena que el oír roznar al
rucio y el ver que Rocinante pugnaba por
desatarse, y díjole a su señor:
  “El rucio rebuzna, condolido de nuestra
ausencia, y Rocinante procura ponerse en libertad
para arrojarse tras nosotros. ¡Oh carísimos
amigos, quedaos en paz, y la locura que nos
aparta de vosotros, convertida en desengaño, nos
vuelva a vuestra presencia!”
  Y en esto, comenzó a llorar tan amargamente,
que don Quijote, mohíno y colérico, le dijo:
  “¿De qué temes, cobarde criatura? ¿De qué
lloras, corazón de mantequillas? ¿Quién te
persigue o quién te acosa, ánimo de ratón casero,
o qué te falta, menesteroso en la mitad de
las entrañas de la abundancia? ¿Por dicha vas
caminando a pie y descalzo por las montañas
rifeas, sino sentado en una tabla como un
archiduque, por el sesgo curso de este agradable
río, de donde en breve espacio saldremos al
mar dilatado? Pero ya habemos de haber salido,
y caminado, por lo menos, setecientas u
ochocientas leguas, y si yo tuviera aquí un
astrolabio con que tomar la altura del polo,
yo te dijera las que hemos caminado, aunque,
o yo sé poco, o ya hemos pasado o pasaremos
presto por la línea equinoccial que divide
y corta los dos contrapuestos polos en igual
distancia.”
  “Y cuando lleguemos a esa leña que vuestra
merced dice”, preguntó Sancho, “¿cuánto
habremos caminado?”
  “Mucho”, replicó don Quijote, “porque de
trescientos y sesenta grados que contiene el
globo del agua y de la tierra, según el cómputo
de Ptolomeo, que fue el mayor cosmógrafo
que se sabe, la mitad habremos caminado,
llegando a la línea que he dicho.”
  “Por Dios”, dijo Sancho, “que vuestra merced
me trae por testigo de lo que dice a una gentil
persona, puto y gafo, con la añadidura de meón
o meo, o no sé cómo.”
  Riose don Quijote de la interpretación que
Sancho había dado al nombre y al cómputo y
cuenta del cosmógrafo Ptolomeo, y díjole:
  “Sabrás, Sancho, que los españoles y los
que se embarcan en Cádiz para ir a las Indias
Orientales, una de las señales que tienen
para entender que han pasado la línea equinoccial
que te he dicho, es que a todos los que
van en el navío se les mueren los piojos, sin
que les quede ninguno, ni en todo el bajel le
hallarán si le pesan a oro, y, así, puedes,
Sancho, pasear una mano por un muslo, y si
topares cosa viva, saldremos de esta duda, y si no,
pasado habemos.”
  “Yo no creo nada de eso”, respondió Sancho,
“pero con todo haré lo que vuestra merced me
manda, aunque no sé para qué hay necesidad
de hacer esas experiencias, pues yo veo con
mis mismos ojos que no nos habemos apartado
de la ribera cinco varas, ni hemos decantado
de donde están las alimañas dos varas, porque
allí están Rocinante y el rucio en el propio
lugar do los dejamos, y tomada la mira como
yo la tomo ahora, voto a tal que no nos
movemos ni andamos al paso de una hormiga.”
  “Haz, Sancho, la averiguación que te he dicho
y no te cures de otra, que tú no sabes qué cosa
sean coluros, líneas, paralelos, zodíacos,
clíticas, polos, solsticios, equinoccios, planetas,
signos, puntos, medidas de que se compone la
esfera celeste y terrestre; que si todas estas
cosas supieras, o parte de ellas, vieras
claramente qué de paralelos hemos cortado, qué de
signos visto y qué de imágenes hemos dejado
atrás y vamos dejando ahora. Y tórnote a decir
que te tientes y pesques; que yo para mí tengo
que estás más limpio que un pliego de papel
liso y blanco.”
  Tentóse Sancho, y, llegando con la mano
bonitamente y con tiento hacia la corva izquierda,
alzó la cabeza y miró a su amo, y dijo:
  “O la experiencia es falsa, o no hemos llegado
adonde vuestra merced dice, ni con muchas
leguas.”
  “Pues ¿qué?”, preguntó don Quijote; “¿has
topado algo?”
  “Y aun algos”, respondió Sancho.
  Y, sacudiéndose los dedos, se lavó toda la
mano en el río, por el cual sosegadamente
se deslizaba el barco por mitad de la corriente,
sin que le moviese alguna inteligencia secreta
ni algún encantador escondido, sino el mismo
curso del agua, blando entonces y suave.
  En esto, descubrieron unas grandes aceñas
que en la mitad del río estaban, y apenas las
hubo visto don Quijote, cuando con voz alta
dijo a Sancho:
  “¿Ves? Allí, ¡oh amigo!, se descubre la
ciudad, castillo o fortaleza donde debe de estar
algún caballero oprimido, o alguna reina, infanta
o princesa malparada, para cuyo socorro soy
aquí traído.”
  “¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo,
dice vuestra merced, señor?”, dijo Sancho; “¿no
echa de ver que aquéllas son aceñas que
están en el río, donde se muele el trigo?”
  “Calla, Sancho”, dijo don Quijote, “que
aunque parecen aceñas, no lo son, y ya te he
dicho que todas las cosas trastruecan y mudan
de su ser natural los encantos; no quiero
decir que las mudan de en uno en otro ser
realmente, sino que lo parece, como lo mostró
la experiencia en la transformación de
Dulcinea, único refugio de mis esperanzas.”
  En esto, el barco, entrado en la mitad de la
corriente del río, comenzó a caminar no tan
lentamente como hasta allí. Los molineros de
las aceñas, que vieron venir aquel barco por
el río y que se iba a embocar por el raudal de
las ruedas, salieron con presteza muchos de ellos
con varas largas a detenerle, y como salían
enharinados y cubiertos los rostros y los
vestidos del polvo de la harina, representaban una
mala vista; daban voces grandes, diciendo:
  “¡Demonios de hombres! ¿Dónde vais?
¿Venís desesperados, que queréis ahogaros
y haceros pedazos en estas ruedas?”
  “¿No te dije yo, Sancho”, dijo a esta sazón
don Quijote, “que habíamos llegado donde he
de mostrar a dó llega el valor de mi brazo?
Mira qué de malandrines y follones me salen al
encuentro. Mira cuántos vestiglos se me
oponen; mira cuántas feas cataduras nos hacen
cocos; pues ¡ahora lo veréis, bellacos!”
  Y, puesto en pie en el barco, con grandes
voces comenzó a amenazar a los molineros,
diciéndoles:
  “¡Canalla malvada y peor aconsejada, dejad
en su libertad y libre albedrío a la persona que
en esa vuestra fortaleza o prisión tenéis
oprimida, alta o baja, de cualquiera suerte o
calidad que sea; que yo soy don Quijote de la
Mancha, llamado el Caballero de los Leones
por otro nombre, a quien está reservada por
orden de los altos cielos el dar fin feliz a esta
aventura!”
  Y, diciendo esto, echó mano a su espada y
comenzó a esgrimirla en el aire contra los
molineros, los cuales, oyendo y no entendiendo
aquellas sandeces, se pusieron con sus varas
a detener el barco que ya iba entrando en el
raudal y canal de las ruedas. Púsose Sancho
de rodillas, pidiendo devotamente al cielo le
librase de tan manifiesto peligro, como lo hizo
por la industria y presteza de los molineros,
que, oponiéndose con sus palos al barco, le
detuvieron, pero no de manera, que dejasen de
trastornar el barco y dar con don Quijote y con
Sancho al través en el agua; pero vínole bien a
don Quijote, que sabía nadar como un ganso,
aunque el peso de las armas le llevó al fondo
dos veces, y si no fuera por los molineros,
que se arrojaron al agua y los sacaron como
en peso a entrambos, allí había sido Troya para
los dos.
  Puestos, pues, en tierra, más mojados que
muertos de sed, Sancho, puesto de rodillas, las
manos juntas y los ojos clavados al cielo,
pidió a Dios con una larga y devota plegaria le
librase de allí adelante de los atrevidos
deseos y acometimientos de su señor. Llegaron,
en esto, los pescadores dueños del barco, a
quien habían hecho pedazos las ruedas de las
aceñas, y viéndole roto, acometieron a
desnudar a Sancho y a pedir a don Quijote se lo
pagase, el cual, con gran sosiego, como si no
hubiera pasado nada por él, dijo a los molineros
y pescadores que él pagaría el barco de
bonísima gana, con condición que le diesen
libre y sin cautela a la persona o personas que
en aquel castillo estaban oprimidas.
  “¿Qué personas o qué castillo dice”,
respondió uno de los molineros, “hombre sin
juicio?; ¿quiéreste llevar, por ventura, las que
vienen a moler trigo a estas aceñas?”
  “Basta”, dijo entre sí don Quijote, “aquí será
predicar en desierto querer reducir a esta
canalla a que por ruegos haga virtud alguna. Y
en esta aventura se deben de haber encontrado
dos valientes encantadores, y el uno estorba
lo que el otro intenta; el uno me deparó el
barco y el otro dio conmigo al través. Dios lo
remedie; que todo este mundo es máquinas
y trazas, contrarias unas de otras. Yo no
puedo más.”
  Y, alzando la voz, prosiguió diciendo y
mirando a las aceñas:
  “Amigos, cualesquiera que seáis, que en
esa prisión quedáis encerrados, perdonadme,
que por mi desgracia y por la vuestra yo no os
puedo sacar de vuestra cuita; para otro
caballero debe de estar guardada y reservada esta
aventura.”
  En diciendo esto, se concertó con los pescadores
y pagó por el barco 50 reales, que los dio
Sancho de muy mala gana, diciendo:
  “A dos barcadas como ésta, daremos con
todo el caudal al fondo.”
  Los pescadores y molineros estaban admirados,
mirando aquellas dos figuras tan fuera
del uso, al parecer, de los otros hombres, y no
acababan de entender a do se encaminaban las
razones y preguntas que don Quijote les decía,
y, teniéndolos por locos, les dejaron y se
recogieron a sus aceñas, y los pescadores a sus
ranchos. Volvieron a sus bestias y a ser bestias,
don Quijote y Sancho; y este fin tuvo la
aventura del encantado barco.


                 Capítulo XXX

De lo que le avino a don Quijote con una bella
                  cazadora.

  Asaz melancólicos y de mal talante llegaron
a sus animales caballero y escudero, especialmente
Sancho, a quien llegaba al alma llegar
al caudal del dinero, pareciéndole que todo lo
que de él se quitaba era quitárselo a él de las
niñas de sus ojos. Finalmente, sin hablarse
palabra, se pusieron a caballo y se apartaron del
famoso río, Don Quijote, sepultado en los
pensamientos de sus amores, y Sancho, en los de
su acrecentamiento, que por entonces le parecía
que estaba bien lejos de tenerle, porque
maguer era tonto, bien se le alcanzaba que
las acciones de su amo, todas o las más, eran
disparates, y buscaba ocasión de que, sin entrar
en cuentas ni en despedimientos con su señor,
un día se desgarrase y se fuese a su casa;
pero la fortuna ordenó las cosas muy al revés
de lo que él temía.
  Sucedió, pues, que otro día, al poner del sol,
y al salir de una selva, tendió don Quijote la
vista por un verde prado, y en lo último de él vio
gente, y, llegándose cerca, conoció que eran
cazadores de altanería; llegóse más, y entre ellos
vio una gallarda señora sobre un palafrén o
hacanea blanquísima, adornada de guarniciones
verdes y con un sillón de plata. Venía la
señora asimismo vestida de verde, tan bizarra
y ricamente, que la misma bizarría venía
transformada en ella. En la mano izquierda traía un
azor, señal que dio a entender a don Quijote
ser aquella alguna gran señora, que debía serlo
de todos aquellos cazadores, como era la
verdad, y, así, dijo a Sancho:
  “Corre, hijo Sancho, y di a aquella señora
del palafrén y del azor, que yo, el Caballero de
los Leones, besa las manos a su gran fermosura,
y que si su grandeza me da licencia, se las
iré a besar y a servirla en cuanto mis fuerzas
pudieren y su alteza me mandare; y mira,
Sancho, cómo hablas, y ten cuenta de no encajar
algún refrán de los tuyos en tu embajada.”
  “Hallado os le habéis el encajador”, respondió
Sancho. “¡A mí con eso!; ¡sí, que no es ésta
la vez primera que he llevado embajadas a
altas y crecidas señoras en esta vida!”
  “Si no fue la que llevaste a la señora Dulcinea”,
replicó don Quijote, “yo no sé que hayas
llevado otra, a lo menos, en mi poder.”
  “Así es verdad”, respondió Sancho, “pero
al buen pagador no le duelen prendas, y en
casa llena presto se guisa la cena. Quiero decir
que a mí no hay que decirme ni advertirme de
nada; que para todo tengo y de todo se me
alcanza un poco.”
  “Yo lo creo, Sancho”, dijo don Quijote; “ve
en buena hora y Dios te guíe.”
  Partió Sancho de carrera, sacando de su paso
al rucio, y llegó donde la bella cazadora estaba,
y apeándose, puesto ante ella de hinojos, le dijo:
  “Hermosa señora: aquel caballero que allí se
parece, llamado el Caballero de los Leones, es
mi amo, y yo soy un escudero suyo, a quien
llaman en su casa Sancho Panza. Este tal
Caballero de los Leones, que no ha mucho que se
llamaba el de la Triste Figura, envía por mí a
decir a vuestra grandeza sea servida de darle
licencia para que, con su propósito y
beneplácito y consentimiento, él venga a poner en
obra su deseo, que no es otro, según él dice
y yo pienso, que de servir a vuestra encumbrada
altanería y fermosura; que en dársela
vuestra señoría hará cosa que redunde en su
pro, y él recibirá señaladísima merced y
contento.”
  “Por cierto, buen escudero”, respondió la
señora, “vos habéis dado la embajada vuestra
con todas aquellas circunstancias que las tales
embajadas piden: levantaos del suelo, que
escudero de tan gran caballero como es el de la
Triste Figura, de quien ya tenemos acá mucha
noticia, no es justo que esté de hinojos.
Levantaos, amigo, y decid a vuestro señor que venga
mucho en hora buena a servirse de mí y del
duque, mi marido, en una casa de placer que
aquí tenemos.”
  Levantóse Sancho, admirado así de la
hermosura de la buena señora como de su mucha
crianza y cortesía, y más de lo que le había dicho
que tenía noticia de su señor el Caballero de
la Triste Figura, y que si no le había llamado
el de los Leones, debía de ser por habérsele
puesto tan nuevamente. Preguntóle la
duquesa --cuyo título aún no se sabe:
  “Decidme, hermano escudero, este vuestro
señor, ¿no es uno de quien anda impresa una
historia que se llama del Ingenioso Hidalgo
don Quijote de la Mancha, que tiene por señora
de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?”
  “El mismo es, señora”, respondió Sancho,
“y aquel escudero suyo que anda, o debe de
andar, en la tal historia, a quien llaman Sancho
Panza, soy yo, si no es que me trocaron en la
cuna, quiero decir, que me trocaron en la
estampa.”
  “De todo eso me huelgo yo mucho”, dijo
la duquesa; “id, hermano Panza, y decid a
vuestro señor que él sea el bien llegado y el
bien venido a mis estados, y que ninguna cosa
me pudiera venir que más contento me diera.”
  Sancho, con esta tan agradable respuesta,
con grandísimo gusto volvió a su amo, a
quien contó todo lo que la gran señora le había
dicho, levantando con sus rústicos términos a
los cielos su mucha fermosura, su gran donaire
y cortesía. Don Quijote se gallardeó en
la silla, púsose bien en los estribos, acomodóse
la visera, arremetió a Rocinante y con gentil
denuedo fue a besar las manos a la duquesa;
la cual, haciendo llamar al duque, su marido,
le contó, en tanto que don Quijote llegaba,
toda la embajada suya, y los dos, por haber
leído la primera parte de esta historia y haber
entendido por ella el disparatado humor de
don Quijote, con grandísimo gusto y con
deseo de conocerle, le atendían, con presupuesto
de seguirle el humor y conceder con él
en cuanto les dijese, tratándole como a caballero
andante los días que con ellos se detuviese,
con todas las ceremonias acostumbradas
en los libros de caballerías, que ellos habían
leído, y aun les eran muy aficionados.
  En esto, llegó don Quijote, alzada la visera,
y dando muestras de apearse, acudió Sancho
a tenerle el estribo; pero fue tan desgraciado,
que al apearse del rucio, se le asió un pie en
una soga del albarda, de tal modo, que no fue
posible desenredarle, antes quedó colgado
de él, con la boca y los pechos en el suelo. Don
Quijote, que no tenía en costumbre apearse
sin que le tuviesen el estribo, pensando que
ya Sancho había llegado a tenérsele, descargó
de golpe el cuerpo y llevóse tras sí la silla de
Rocinante, que debía de estar mal cinchado, y
la silla y él vinieron al suelo, no sin vergüenza
suya y de muchas maldiciones que entre
dientes echó al desdichado de Sancho, que aún
todavía tenía el pie en la corma.
  El duque mandó a sus cazadores que acudiesen
al caballero y al escudero, los cuales
levantaron a don Quijote maltrecho de la
caída, y, renqueando y como pudo, fue a hincar
las rodillas ante los dos señores; pero el
duque no lo consintió en ninguna manera;
antes, apeándose de su caballo, fue a abrazar a
don Quijote, diciéndole:
  “A mí me pesa, señor Caballero de la Triste
Figura, que la primera que vuestra merced ha
hecho en mi tierra haya sido tan mala como se
ha visto; pero descuidos de escuderos suelen
ser causa de otros peores sucesos.”
  “El que yo he tenido en veros, valeroso
príncipe”, respondió don Quijote, “es
imposible ser malo, aunque mi caída no parara
hasta el profundo de los abismos, pues de allí
me levantara y me sacara la gloria de haberos
visto. Mi escudero, que Dios maldiga, mejor
desata la lengua para decir malicias que ata y
cincha una silla para que esté firme; pero
comoquiera que yo me halle, caído o levantado,
a pie o a caballo, siempre estaré al servicio
vuestro y al de mi señora la duquesa,
digna consorte vuestra y digna señora de la
hermosura y universal princesa de la
cortesía.”
  “Pasito, mi señor don Quijote de la
Mancha”, dijo el duque; “que adonde está mi
señora doña Dulcinea del Toboso, no es razón
que se alaben otras fermosuras.”
  Ya estaba a esta sazón libre Sancho Panza
del lazo, y, hallándose allí cerca, antes que su
amo respondiese, dijo:
  “No se puede negar, sino afirmar, que es
muy hermosa mi señora Dulcinea del Toboso;
pero donde menos se piensa se levanta la
liebre, que yo he oído decir que esto que llaman
naturaleza es como un alcaller que hace vasos
de barro, y el que hace un vaso hermoso también
puede hacer dos, y tres, y ciento. Dígolo,
porque mi señora la duquesa a fe que no
va en zaga a mi ama la señora Dulcinea del
Toboso.”
  Volvióse don Quijote a la duquesa y dijo:
  “Vuestra grandeza imagine que no tuvo
caballero andante en el mundo escudero más
hablador ni más gracioso del que yo tengo, y
él me sacará verdadero si algunos días
quisiere vuestra gran celsitud servirse de mí.”
  A lo que respondió la duquesa:
  “De que Sancho el bueno sea gracioso lo
estimo yo en mucho, porque es señal que es
discreto; que las gracias y los donaires, señor
don Quijote, como vuestra merced bien sabe,
no asientan sobre ingenios torpes. Y pues el
buen Sancho es gracioso y donairoso, desde
aquí le confirmo por discreto.”
  “Y hablador”, añadió don Quijote.
  “Tanto que mejor”, dijo el duque, “porque
muchas gracias no se pueden decir con
pocas palabras; y porque no se nos vaya el
tiempo en ellas, venga el gran Caballero de la
Triste Figura.”
  “De los Leones ha de decir vuestra alteza”,
dijo Sancho; “que ya no hay Triste Figura ni
Figuro.”
  “Sea el de los Leones”, prosiguió el duque:
“digo que venga el señor Caballero de los
Leones a un castillo mío que está aquí cerca,
donde se le hará el acogimiento que a tan alta
persona se debe justamente, y el que yo y la
duquesa solemos hacer a todos los caballeros
andantes que a él llegan.”
  Ya en esto Sancho había aderezado y cinchado
bien la silla a Rocinante, y, subiendo en
él don Quijote, y el duque en un hermoso
caballo, pusieron a la duquesa en medio y
encaminaron al castillo. Mandó la duquesa a
Sancho que fuese junto a ella, porque gustaba
infinito de oír sus discreciones. No se
hizo de rogar Sancho, y entretejióse entre los
tres e hizo cuarto en la conversación, con gran
gusto de la duquesa y del duque, que tuvieron
a gran ventura acoger en su castillo tal
caballero andante y tal escudero andado.


                Capítulo XXXI

     Que trata de muchas y grandes cosas.

  Suma era la alegría que llevaba consigo
Sancho viéndose, a su parecer, en privanza con
la duquesa, porque se le figuraba que había
de hallar en su castillo lo que en la casa de
don Diego y en la de Basilio, siempre aficionado
a la buena vida, y, así, tomaba la ocasión
por la melena en esto del regalarse cada y
cuando que se le ofrecía.
  Cuenta, pues, la historia, que antes que a la
[casa] de placer o castillo llegasen, se
adelantó el duque y dio orden a todos sus criados
del modo que habían de tratar a don Quijote, el
cual como llegó con la duquesa a las puertas
del castillo, al instante salieron de él dos lacayos
o palafreneros, vestidos hasta en pies de unas
ropas que llaman de levantar, de finísimo
raso carmesí, y, cogiendo a don Quijote en
brazos, sin ser oído ni visto, le dijeron:
  “Vaya la vuestra grandeza a apear a mi
señora la duquesa.”
  Don Quijote lo hizo, y hubo grandes
comedimientos entre los dos sobre el caso; pero, en
efecto, venció la porfía de la duquesa y no
quiso descender o bajar del palafrén sino en
los brazos del duque, diciendo que no se
hallaba digna de dar a tan gran caballero tan
inútil carga. En fin, salió el duque a apearla,
y al entrar en un gran patio, llegaron dos
hermosas doncellas y echaron sobre los hombros a
don Quijote un gran manto de finísima escarlata,
y en un instante se coronaron todos los
corredores del patio de criados y criadas de
aquellos señores, diciendo a grandes voces:
  “Bien sea venido la flor y la nata de los
caballeros andantes.”
  Y todos, o los más, derramaban pomos de
aguas olorosas sobre don Quijote y sobre los
duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote,
y aquél fue el primer día que de todo en
todo conoció y creyó ser caballero andante
verdadero, y no fantástico, viéndose tratar del
mismo modo que él había leído se trataban los
tales caballeros en los pasados siglos.
  Sancho, desamparando al rucio, se cosió con
la duquesa y se entró en el castillo, y,
remordiéndole la conciencia de que dejaba al
jumento solo, se llegó a una reverenda dueña,
que con otras a recibir a la duquesa había
salido, y con voz baja le dijo:
  “Señora González, o como es su gracia de
vuestra merced ...”
  “Doña Rodríguez de Grijalba me llamo”,
respondió la dueña; “¿qué es lo que mandáis,
hermano?”
  A lo que respondió Sancho:
  “Querría que vuestra merced me la hiciese
de salir a la puerta del castillo, donde hallará
un asno rucio mío; vuestra merced sea servida
de mandarle poner, o ponerle, en la caballeriza,
porque el pobrecito es un poco medroso, y no
se hallará a estar solo, en ninguna de las
maneras.”
  “Si tan discreto es el amo como el mozo”,
respondió la dueña, “medradas estamos.
Andad, hermano, mucho de enhoramala para vos
y para quien acá os trajo, y tened cuenta con
vuestro jumento, que las dueñas de esta casa
no estamos acostumbradas a semejantes
haciendas.”
  “Pues en verdad”, respondió Sancho, “que
he oído yo decir a mi señor, que es zahorí de
las historias, contando aquella de Lanzarote:

         Cuando de Bretaña vino,
       que damas curaban de él,
       y dueñas del su rocino;

y que en el particular de mi asno, que no le
trocara yo con el rocín del señor Lanzarote.”
  “Hermano, si sois juglar”, replicó la dueña,
“guardad vuestras gracias para donde lo
parezcan y se os paguen; que de mí no podréis
llevar sino una higa.”
  “Aun bien”, respondió Sancho, “que será
bien madura, pues no perderá vuestra merced
la quínola de sus años por punto menos.”
  “Hijo de puta”, dijo la dueña, toda ya
encendida en cólera, “si soy vieja o no, a Dios
daré la cuenta, que no a vos, bellaco harto de
ajos.”
  Y esto dijo en voz tan alta, que lo oyó la
duquesa, y, volviendo y viendo a la dueña tan
alborotada y tan encarnizados los ojos, le
preguntó con quién las había.
  “Aquí las he”, respondió la dueña, “con este
buen hombre que me ha pedido encarecidamente
que vaya a poner en la caballeriza a un
asno suyo que está a la puerta del castillo,
trayéndome por ejemplo que así lo hicieron
no sé dónde, que unas damas curaron a un tal
Lanzarote, y unas dueñas a su rocino, y, sobre
todo, por buen término me ha llamado vieja.”
  “Eso tuviera yo por afrenta”, respondió
la duquesa, “más que cuantas pudieran
decirme.”
  Y, hablando con Sancho, le dijo:
  “Advertid, Sancho amigo, que doña Rodríguez
es muy moza, y que aquellas tocas más
las trae por autoridad y por la usanza, que por
los años.”
  “Malos sean los que me quedan por vivir”,
respondió Sancho, “si lo dije por tanto; sólo
lo dije porque es tan grande el cariño que
tengo a mi jumento, que me pareció que no
podía encomendarle a persona más caritativa
que a la señora doña Rodríguez.”
  Don Quijote, que todo lo oía, le dijo:
  “¿Pláticas son éstas, Sancho, para este lugar?”
  “Señor”, respondió Sancho, “cada uno ha
de hablar de su menester dondequiera que
estuviere. Aquí se me acordó del rucio y aquí
hablé de él, y si en la caballeriza se me acordara,
allí hablara.”
  A lo que dijo el duque:
  “Sancho está muy en lo cierto y no hay que
culparle en nada. Al rucio se le dará recado
a pedir de boca, y descuide Sancho; que se le
tratará como a su misma persona.”
  Con estos razonamientos, gustosos a todos,
sino a don Quijote, llegaron a lo alto, y
entraron a don Quijote en una sala adornada de
telas riquísimas de oro y de brocado; seis
doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes,
todas industriadas y advertidas del duque y de
la duquesa de lo que habían de hacer, y de
cómo habían de tratar a don Quijote para que
imaginase y viese que le trataban como
caballero andante. Quedó don Quijote, después
de desarmado, en sus estrechos gregüescos
y en su jubón de gamuza, seco, alto, tendido,
con las quijadas, que por de dentro se besaba
la una con la otra: figura que, a no tener
cuenta las doncellas que le servían con disimular
la risa, que fue una de las precisas órdenes que
sus señores les habían dado, reventaran riendo.
  Pidiéronle que se dejase desnudar para
una camisa; pero nunca lo consintió, diciendo
que la honestidad parecía tan bien en los
caballeros andantes como la valentía. Con todo,
dijo que diesen la camisa a Sancho, y,
encerrándose con él en una cuadra donde estaba
un rico lecho, se desnudó y vistió la camisa, y
viéndose solo con Sancho, le dijo:
  “Dime, truhán moderno y majadero antiguo,
¿parécete bien deshonrar y afrentar a una
dueña tan veneranda y tan digna de respeto como
aquélla? ¿Tiempos eran aquéllos para acordarte
del rucio? ¿O señores son éstos para dejar
mal pasar a las bestias, tratando tan
elegantemente a sus dueños? Por quien Dios es,
Sancho, que te reportes y que no descubras la
hilaza de manera, que caigan en la cuenta de
que eres de villana y grosera tela tejido. Mira,
pecador de ti, que en tanto más es tenido el
señor, cuanto tiene más honrados y bien nacidos
criados, y que una de las ventajas mayores
que llevan los príncipes a los demás hombres
es que se sirven de criados tan buenos como
ellos. ¿No adviertes, angustiado de ti y mal
aventurado de mí, que si ven que tú eres un
grosero villano o un mentecato gracioso,
pensarán que yo soy algún echacuervos o algún
caballero de mohatra? No, no, Sancho amigo,
huye, huye de estos inconvenientes; que quien
tropieza en hablador y en gracioso, al primer
puntapié cae y da en truhán desgraciado. Enfrena
la lengua, considera y rumia las palabras
antes que te salgan de la boca, y advierte
que hemos llegado a parte donde, con el favor
de Dios y valor de mi brazo, hemos de salir
mejorados en tercio y quinto, en fama y en
hacienda.”
  Sancho le prometió, con muchas veras, de
coserse la boca o morderse la lengua antes de
hablar palabra que no fuese muy a propósito
y bien considerada, como él se lo mandaba,
y que descuidase acerca de lo tal; que nunca
por él se descubriría quién ellos eran. Vistióse
don Quijote, púsose su tahalí con su espada,
echóse el mantón de escarlata a cuestas, púsose
una montera de raso verde que las doncellas
le dieron, y con este adorno salió a la gran
sala, adonde halló a las doncellas puestas en
ala, tantas a una parte como a otra, y todas
con aderezo de darle aguamanos, la cual
le dieron con muchas reverencias y ceremonias.
  Luego llegaron doce pajes con el maestresala
para llevarle a comer, que ya los señores
le aguardaban. Cogiéronle en medio, y lleno
de pompa y majestad, le llevaron a otra sala
donde estaba puesta una rica mesa con solos
cuatro servicios. La duquesa y el duque salieron
a la puerta de la sala a recibirle, y con ellos
un grave eclesiástico de estos que gobiernan las
casas de los príncipes; de estos que, como no
nacen príncipes, no aciertan a enseñar cómo
lo han de ser los que lo son; de estos que
quieren que la grandeza de los grandes se mida
con la estrechez de sus ánimos; de estos que
queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a
ser limitados, les hacen ser miserables; de estos
tales, digo, que debía de ser el grave religioso
que con los duques salió a recibir a don
Quijote. Hiciéronse mil corteses comedimientos,
y, finalmente, cogiendo a don Quijote en medio,
se fueron asentar a la mesa.
  Convidó el duque a don Quijote con la
cabecera de la mesa, y aunque él lo rehusó, las
importunaciones del duque fueron tantas, que
la hubo de tomar. El eclesiástico se sentó
frontero, y el duque y la duquesa a los dos lados.
A todo estaba presente Sancho, embobado y
atónito de ver la honra que a su señor aquellos
príncipes le hacían, y, viendo las muchas
ceremonias y ruegos que pasaron entre el duque y
don Quijote para hacerle sentar a la cabecera
de la mesa, dijo:
  “Si sus mercedes me dan licencia, les
contaré un cuento que pasó en mi pueblo, acerca
de esto de los asientos.”
  Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando don
Quijote tembló, creyendo, sin duda alguna, que
había de decir alguna necedad. Miróle Sancho
y entendióle, y dijo:
  “No tema vuestra merced, señor mío, que yo
me desmande ni que diga cosa que no venga
muy a pelo; que no se me han olvidado los
consejos que poco ha vuestra merced me dio
sobre el hablar mucho o poco, o bien o mal.”
  “Yo no me acuerdo de nada, Sancho”, respondió
don Quijote; “di lo que quisieres, como
lo digas presto.”
  “Pues lo que quiero decir”, dijo Sancho, “es
tan verdad, que mi señor don Quijote, que está
presente, no me dejará mentir.”
  “Por mí”, replicó don Quijote, “miente tú,
Sancho, cuanto quisieres, que yo no te iré a la
mano; pero mira lo que vas a decir.”
  “Tan mirado y remirado lo tengo, que a buen
salvo está el que repica, como se verá por la
obra.”
  “Bien será”, dijo don Quijote, “que
vuestras grandezas manden echar de aquí a este
tonto, que dirá mil patochadas.”
  “Por vida del duque”, dijo la duquesa, “que
no se ha de apartar de mí Sancho un punto;
quiérole yo mucho, porque sé que es muy
discreto.”
  “Discretos días”, dijo Sancho, “viva vuestra
santidad por el buen crédito que de mí tiene,
aunque en mí no lo haya. Y el cuento que quiero
decir es éste. Convidó un hidalgo de mi
pueblo, muy rico y principal, porque venía de
los Alamos de Medina del Campo, que casó con
doña Mencía de Quiñones, que fue hija de don
Alonso de Marañón, caballero del hábito de
Santiago, que se ahogó en la Herradura, por
quien hubo aquella pendencia años ha en nuestro
lugar, que a lo que entiendo, mi señor don
Quijote se halló en ella, de donde salió herido
Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro el
herrero. ¿No es verdad todo esto, señor nuestro
amo? Dígalo por su vida, porque estos señores
no me tengan por algún hablador mentiroso.”
  “Hasta ahora”, dijo el eclesiástico, “más os
tengo por hablador que por mentiroso; pero de
aquí adelante no sé por lo que os tendré.”
  “Tú das tantos testigos, Sancho, y tantas
señas, que no puedo dejar de decir que debes
de decir verdad; pasa adelante y acorta el
cuento, porque llevas camino de no acabar en
dos días.”
  “No ha de acortar tal”, dijo la duquesa,
“por hacerme a mí placer. Antes le ha de
contar de la manera que le sabe, aunque no le
acabe en seis días; que si tantos fuesen, serían
para mí los mejores que hubiese llevado en
mi vida.”
  “Digo, pues, señores míos”, prosiguió Sancho,
“que este tal hidalgo, que yo conozco como
a mis manos, porque no hay de mi casa a la suya
un tiro de ballesta, convidó un labrador pobre,
pero honrado.”
  “Adelante, hermano”, dijo a esta sazón el
religioso; “que camino lleváis de no parar con
vuestro cuento hasta el otro mundo.”
  “A menos de la mitad pararé, si Dios fuere
servido”, respondió Sancho; “y, así, digo, que
llegando el tal labrador a casa del dicho
hidalgo convidador, que buen poso haya su
ánima, que ya es muerto, y por más señas
dicen que hizo una muerte de un ángel, que yo
no me hallé presente, que había ido por aquel
tiempo a segar a Tembleque...”
  “Por vida vuestra, hijo, que volváis presto
de Tembleque, y que sin enterrar al hidalgo,
si no queréis hacer más exequias, acabéis
vuestro cuento.”
  “Es pues, el caso”, replicó Sancho, “que
estando los dos para asentarse a la mesa, que
parece que ahora los veo más que nunca...”
  Gran gusto recibían los duques del disgusto
que mostraba tomar el buen religioso de la
dilación y pausas con que Sancho contaba su
cuento, y don Quijote se estaba consumiendo
en cólera y en rabia.
  “Digo, así”, dijo Sancho, “que estando
como he dicho los dos para sentarse a la mesa,
el labrador porfiaba con el hidalgo que tomase
la cabecera de la mesa, y el hidalgo porfiaba
también que el labrador la tomase, porque en
su casa se había de hacer lo que él mandase;
pero el labrador, que presumía de cortés y bien
criado, jamás quiso, hasta que el hidalgo,
mohíno, poniéndole ambas manos sobre los hombros,
le hizo sentar por fuerza, diciéndole: «Sentaos,
»majagranzas; que adondequiera que yo me
»siente será vuestra cabecera.» Y éste es el
cuento, y en verdad que creo que no ha sido
aquí traído fuera de propósito.”
  Púsose don Quijote de mil colores, que sobre
lo moreno le jaspeaban y se le parecían; los
señores disimularon la risa, porque don
Quijote no acabase de correrse, habiendo
entendido la malicia de Sancho, y por mudar de
plática y hacer que Sancho no prosiguiese con
otros disparates, preguntó la duquesa a don
Quijote que qué nuevas tenía de la señora
Dulcinea, y que si le había enviado aquellos días
algunos presentes de gigantes o malandrines,
pues no podía dejar de haber vencido muchos.
  A lo que don Quijote respondió:
  “Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron
principio, nunca tendrán fin. Gigantes he
vencido, y follones y malandrines le he enviado;
pero ¿adónde la habían de hallar, si está
encantada y vuelta en la más fea labradora que
imaginar se puede?”
  “No sé”, dijo Sancho Panza; “a mí me
parece la más hermosa criatura del mundo; a lo
menos, en la ligereza y en el brincar, bien sé yo
que no dará ella la ventaja a un volteador. A
buena fe, señora duquesa, así salta desde el
suelo sobre una borrica como si fuera un gato.”
  “¿Habéisla visto vos encantada, Sancho?”,
preguntó el duque.
  “Y ¡cómo si la he visto!”, respondió Sancho.
“Pues ¿quién diablos, sino yo, fue el primero
que cayó en el achaque del encantorio? Tan
encantada está como mi padre.”
  El eclesiástico, que oyó decir de gigantes, de
follones y de encantos, cayó en la cuenta de
que aquél debía de ser don Quijote de la Mancha,
cuya historia leía el duque de ordinario, y
él se lo había reprendido muchas veces,
diciéndole que era disparate leer tales
disparates, y enterándose ser verdad lo que él
sospechaba, con mucha cólera, hablando con el
duque, le dijo:
  “Vuestra excelencia, señor mío, tiene que
dar cuenta a nuestro Señor de lo que hace este
buen hombre. Este don Quijote, o don Tonto, o
como se llama, imagino yo que no debe de ser
tan mentecato como vuestra excelencia quiere
que sea, dándole ocasiones a la mano para que
lleve adelante sus sandeces y vaciedades.”
  Y, volviendo la plática a don Quijote, le dijo:
  “Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha
encajado en el cerebro que sois caballero
andante y que vencéis gigantes y prendéis
malandrines? Andad enhorabuena, y en tal se os
diga: volveos a vuestra casa y criad vuestros
hijos si los tenéis, y curad de vuestra hacienda,
y dejad de andar vagando por el mundo,
papando viento y dando que reír a cuantos os
conocen y no conocen. ¿En dónde, ¡nora tal!,
habéis vos hallado que hubo ni hay ahora caballeros
andantes? ¿Dónde hay gigantes en España o
malandrines en la Mancha, ni Dulcineas encantadas,
ni toda la caterva de las simplicidades
que de vos se cuentan?”
  Atento estuvo don Quijote a las razones de
aquel venerable varón, y, viendo que ya
callaba, sin guardar respeto a los duques, con
semblante airado y alborotado rostro, se puso en
pie y dijo... Pero esta respuesta capítulo por sí
merece.


                Capítulo XXXII

De la respuesta que dio don Quijote a su
  reprensor, con otros graves y graciosos
  sucesos.

  Levantado, pues, en pie don Quijote,
temblando de los pies a la cabeza como azogado,
con presurosa y turbada lengua dijo:
  “El lugar donde estoy y la presencia ante
quien me hallo, y el respeto que siempre tuve
y tengo al estado que vuestra merced profesa,
tienen y atan las manos de mi justo enojo; y
así por lo que he dicho como por saber que
saben todos que las armas de los togados son
las mismas que las de la mujer, que son la
lengua, entraré con la mía en igual batalla
con vuestra merced, de quien se debía esperar
antes buenos consejos que infames vituperios.
Las reprensiones santas y bien intencionadas
otras circunstancias requieren y otros puntos
piden. A lo menos, el haberme reprendido en
público, y tan ásperamente, ha pasado todos
los límites de la buena reprensión, pues las
primeras mejor asientan sobre la blandura que
sobre la aspereza, y no es bien, que sin tener
conocimiento del pecado que se reprende,
llamar al pecador sin más ni más mentecato
y tonto. Si no, dígame vuestra merced, ¿por
cuál de las mentecaterías que en mí ha visto
me condena y vitupera, y me manda que me
vaya a mi casa a tener cuenta en el gobierno
de ella y de mi mujer y de mis hijos, sin saber
si la tengo o los tengo? ¿No hay más sino a
trochemoche entrarse por las casas ajenas a
gobernar sus dueños, y, habiéndose criado algunos
en la estrechez de algún pupilaje, sin haber
visto más mundo que el que puede contenerse
en veinte o treinta leguas de distrito, meterse
de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar
de los caballeros andantes? ¿Por ventura es
asunto vano, o es tiempo mal gastado el que
se gasta en vagar por el mundo, no buscando
los regalos de él, sino las asperezas por donde
los buenos suben al asiento de la inmortalidad?
Si me tuvieran por tonto los caballeros,
los magníficos, los generosos, los altamente
nacidos, tuviéralo por afrenta irreparable; pero
de que me tengan por sandio los estudiantes,
que nunca entraron ni pisaron las sendas de la
caballería, no se me da un ardite: caballero soy
y caballero he de morir si place al Altísimo.
  ”Unos van por el ancho campo de la ambición
soberbia, otros por el de la adulación servil y
baja, otros por el de la hipocresía engañosa y
algunos por el de la verdadera religión, pero
yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta
senda de la caballería andante, por cuyo
ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra.
Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos,
castigado insolencias, vencido gigantes y
atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más
de porque es forzoso que los caballeros andantes
lo sean, y siéndolo, no soy de los enamorados
viciosos, sino de los platónicos continentes.
Mis intenciones siempre las enderezo a buenos
fines, que son de hacer bien a todos y mal a
ninguno; si el que esto entiende, si el que esto
obra, si el que de esto trata merece ser llamado
bobo, díganlo vuestras grandezas, duque y duquesa
excelentes.”
  “Bien, por Dios”, dijo Sancho; “no diga más
vuestra merced, señor y amo mío, en su abono,
porque no hay más que decir, ni más que pensar,
ni más que perseverar en el mundo; y más,
que negando este señor, como ha negado, que
no ha habido en el mundo ni los hay, caballeros
andantes, ¿qué mucho que no sepa ninguna de
las cosas que ha dicho?”
  “Por ventura”, dijo el eclesiástico, “¿sois
vos, hermano, aquel Sancho Panza que dicen,
a quien vuestro amo tiene prometida una
ínsula?”
  “Sí soy”, respondió Sancho, “y soy quien
la merece tan bien como otro cualquiera; soy
quien júntate a los buenos y serás uno de ellos,
y soy yo de aquellos no con quien naces sino
con quien paces, y de los quien a buen árbol
se arrima buena sombra le cobija. Yo me he
arrimado a buen señor, y ha muchos meses
que ando en su compañía y he de ser otro
como él, Dios queriendo; y viva él y viva yo,
que ni a él le faltarán imperios que mandar,
ni a mí ínsulas que gobernar.”
  “No, por cierto, Sancho amigo”, dijo a esta
sazón el duque; “que yo, en nombre del señor
don Quijote, os mando el gobierno de una que
tengo de nones, de no pequeña calidad.”
  “Híncate de rodillas, Sancho”, dijo don
Quijote, “y besa los pies a su excelencia, por
la merced que te ha hecho.”
  Hízolo así Sancho. Lo cual visto por el
eclesiástico, se levantó de la mesa mohíno
además, diciendo:
  “Por el hábito que tengo, que estoy por
decir que es tan sandio vuestra excelencia como
estos pecadores; mirad si no han de ser ellos
locos, pues los cuerdos canonizan sus locuras.
Quédese vuestra excelencia con ellos; que en
tanto que estuvieren en casa, me estaré yo en
la mía, y me excusaré de reprender lo que
no puedo remediar.”
  Y, sin decir más, ni comer más, se fue, sin
que fuesen parte a detenerle los ruegos de
los duques, aunque el duque no le dijo mucho,
impedido de la risa que su impertinente cólera
le había causado. Acabó de reír, y dijo a don
Quijote:
  “Vuestra merced, señor Caballero de los
Leones, ha respondido por sí tan altamente, que
no le queda cosa por satisfacer de éste, que
aunque parece agravio, no lo es en ninguna
manera, porque así como no agravian las mujeres,
no agravian los eclesiásticos, como vuestra
merced mejor sabe.”
  “Así es”, respondió don Quijote, “y la
causa es que el que no puede ser agraviado, no
puede agraviar a nadie. Las mujeres, los niños
y los eclesiásticos, como no pueden defenderse,
aunque sean ofendidos, no pueden ser afrentados,
porque entre el agravio y la afrenta hay
esta diferencia, como mejor vuestra excelencia
sabe. La afrenta viene de parte de quien la
puede hacer y la hace y la sustenta; el agravio
puede venir de cualquier parte sin que afrente.
Sea ejemplo: está uno en la calle descuidado,
llegan diez con mano armada, y, dándole de
palos, pone mano a la espada y hace su deber;
pero la muchedumbre de los contrarios se le
opone y no le deja salir con su intención,
que es de vengarse. Este tal queda agraviado,
pero no afrentado, y lo mismo confirmará otro
ejemplo: está uno vuelto de espaldas, llega
otro y dale de palos, y en dándoselos huye y
no espera, y el otro le sigue y no alcanza; este
que recibió los palos, recibió agravio, mas no
afrenta, porque la afrenta ha de ser sustentada.
Si el que le dio los palos, aunque se los
dio a hurtacordel, pusiera mano a su espada
y se estuviera quedo haciendo rostro a su
enemigo, quedara el apaleado agraviado y
afrentado juntamente: agraviado, porque le dieron
a traición; afrentado, porque el que le dio
sustentó lo que había hecho, sin volver las
espaldas y a pie quedo. Y, así, según las leyes
del maldito duelo, yo puedo estar agraviado,
mas no afrentado, porque los niños no sienten,
ni las mujeres, ni pueden huir, ni tienen para
qué esperar, y lo mismo los constituidos en
la sacra religión, porque estos tres géneros de
gente carecen de armas ofensivas y defensivas,
y, así, aunque naturalmente estén obligados a
defenderse, no lo están para ofender a nadie,
y aunque poco ha dije que yo podía estar
agraviado, ahora digo que no, en ninguna
manera, porque quien no puede recibir afrenta,
menos la puede dar; por las cuales razones yo
no debo sentir, ni siento, las que aquel buen
hombre me ha dicho. Sólo quisiera que esperara
algún poco para darle a entender en el
error en que está en pensar y decir que no
ha habido, ni los hay, caballeros andantes en el
mundo; que si lo tal oyera Amadís, o uno de
los infinitos de su linaje, yo sé que no le fuera
bien a su merced.”
  “Eso juro yo bien”, dijo Sancho; “cuchillada
le hubieran dado, que le abrieran de arriba
abajo como una granada o como a un melón
muy maduro. ¡Bonitos eran ellos para sufrir
semejantes cosquillas! Para mi santiguada que
tengo por cierto que si Reinaldos de Montalbán
hubiera oído estas razones al hombrecito,
tapaboca le hubiera dado que no hablara más
en tres años; ¡no sino tomárase con ellos, y
viera cómo escapaba de sus manos!”
  Perecía de risa la duquesa en oyendo
hablar a Sancho, y en su opinión le tenía por
más gracioso y por más loco que a su amo,
y muchos hubo en aquel tiempo que fueron
de este mismo parecer. Finalmente, don
Quijote se sosegó y la comida se acabó, y, en
levantando los manteles, llegaron cuatro
doncellas: la una, con una fuente de plata, y la
otra, con un aguamanil asimismo de plata, y
la otra, con dos blanquísimas y riquísimas
toallas al hombro, y la cuarta, descubiertos los
brazos hasta la mitad, y en sus blancas manos,
que sin duda eran blancas, una redonda pella
de jabón napolitano. Llegó la de la fuente, y
con gentil donaire y desenvoltura encajó la
fuente debajo de la barba de don Quijote; el
cual, sin hablar palabra, admirado de
semejante ceremonia, creyendo que debía ser
usanza de aquella tierra en lugar de las manos
lavar las barbas, así tendió la suya todo
cuanto pudo, y al mismo punto comenzó a llover
el aguamanil, y la doncella del jabón le
manoseó las barbas con mucha prisa,
levantando copos de nieve, que no eran menos
blancas las jabonaduras, no sólo por las barbas,
mas por todo el rostro y por los ojos del
obediente caballero, tanto que se los hicieron
cerrar por fuerza.
  El duque y la duquesa, que de nada de esto
eran sabidores, estaban esperando en qué
había de parar tan extraordinario lavatorio.
La doncella barbera, cuando le tuvo con un
palmo de jabonadura, fingió que se le había
acabado el agua, y mandó a la del aguamanil
fuese por ella; que el señor don Quijote
esperaría. Hízolo así, y quedó don Quijote con
la más extraña figura y más para hacer reír
que se pudiera imaginar. Mirábanle todos los
que presentes estaban, que eran muchos, y
como le veían con media vara de cuello, más
que medianamente moreno, los ojos cerrados
y las barbas llenas de jabón, fue gran
maravilla y mucha discreción poder disimular la
risa. Las doncellas de la burla tenían los ojos
bajos, sin osar mirar a sus señores; a ellos les
retozaba la cólera y la risa en el cuerpo, y no
sabían a qué acudir: o a castigar el atrevimiento
de las muchachas, o darles premio por el gusto
que recibían de ver a don Quijote de aquella
suerte.
  Finalmente, la doncella del aguamanil vino
y acabaron de lavar a don Quijote, y luego la
que traía las toallas le limpió y le enjugó muy
reposadamente, y, haciéndole todas cuatro a
la par una grande y profunda inclinación y
reverencia, se querían ir, pero el duque, porque
don Quijote no cayese en la burla, llamó a la
doncella de la fuente, diciéndole:
  “Venid y lavadme a mí, y mirad que no se
os acabe el agua.”
  La muchacha, aguda y diligente, llegó y
puso la fuente al duque como a don Quijote,
y, dándose prisa, le lavaron y jabonaron muy
bien, y, dejándole enjuto y limpio, haciendo
reverencias se fueron; después se supo que
había jurado el duque que si a él no le lavaran
como a don Quijote había de castigar su
desenvoltura, lo cual habían enmendado
discretamente con haberle a él jabonado.
  Estaba atento Sancho a las ceremonias de
aquel lavatorio y dijo entre sí:
  “¡Válgame Dios! ¿Si será también usanza en
esta tierra lavar las barbas a los escuderos
como a los caballeros? Porque en Dios y en mi
ánima que lo he bien menester, y aun que
si me las rapasen a navaja, lo tendría a
más beneficio.”
  “¿Qué decís entre vos, Sancho?”, preguntó
la duquesa.
  “Digo, señora”, respondió él, “que en las
cortes de los otros príncipes siempre he oído
decir que en levantando los manteles dan
agua a las manos, pero no lejía a las barbas;
y que por eso es bueno vivir mucho por ver
mucho, aunque también dicen que el que larga
vida vive mucho mal ha de pasar, puesto que
pasar por un lavatorio de éstos antes es gusto
que trabajo.”
  “No tengáis pena, amigo Sancho”, dijo la
duquesa, “que yo haré que mis doncellas os
laven, y aun os metan en colada, si fuere
menester.”
  “Con las barbas me contento”, respondió
Sancho, “por ahora, a lo menos; que andando
el tiempo, Dios dijo lo que será”
  “Mirad, maestresala”, dijo la duquesa, “lo
que el buen Sancho pide, y cumplidle su
voluntad al pie de la letra.”
  El maestresala respondió que en todo sería
servido el señor Sancho, y, con esto, se fue a
comer y llevó consigo a Sancho, quedándose
a la mesa los duques y don Quijote, hablando
en muchas y diversas cosas, pero todas tocantes
al ejercicio de las armas y de la andante
caballería. La duquesa rogó a don Quijote
que le delinease y describiese, pues parecía
tener feliz memoria, la hermosura y facciones
de la señora Dulcinea del Toboso, que,
según lo que la fama pregonaba de su belleza,
tenía por entendido que debía de ser la más
bella criatura del orbe, y aun de toda la
Mancha. Suspiró don Quijote oyendo lo que la
duquesa le mandaba, y dijo:
  “Si yo pudiera sacar mi corazón y ponerle
ante los ojos de vuestra grandeza, aquí sobre
esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi
lengua de decir lo que apenas se puede pensar,
porque vuestra excelencia la viera en él toda
retratada; pero ¿para qué es ponerme yo ahora a
delinear y describir punto por punto y parte
por parte la hermosura de la sin par Dulcinea,
siendo carga digna de otros hombros que de los
míos, empresa en quien se debían ocupar los
pinceles de Parrasio, de Timantes y de Apeles,
y los buriles de Lisipo, para pintarla y grabarla
en tablas, en mármoles y en bronces, y la
retórica ciceroniana y demostina para alabarla?”
  “¿Qué quiere decir demostina, señor don
Quijote?”, preguntó la duquesa; “que es
vocablo que no le he oído en todos los días de
mi vida.”
  “Retórica demostina”, respondió don
Quijote, “es lo mismo que decir retórica de
Demóstenes, como ciceroniana de Cicerón, que
fueron los dos mayores retóricos del mundo.”
  “Así es”, dijo el duque, “y habéis andado
deslumbrada en la tal pregunta. Pero, con todo
eso, nos daría gran gusto el señor don Quijote
si nos la pintase; que a buen seguro que aunque
sea en rasguño y bosquejo, que ella salga
tal, que la tengan envidia las más hermosas.”
  “Sí hiciera, por cierto”, respondió don
Quijote, “si no me la hubiera borrado de la idea
la desgracia que poco ha que le sucedió, que
es tal, que más estoy para llorarla que para
describirla, porque habrán de saber vuestras
grandezas, que yendo los días pasados a
besarle las manos y a recibir su bendición,
beneplácito y licencia para esta tercera salida,
hallé otra de la que buscaba: halléla encantada
y convertida de princesa en labradora, de
hermosa en fea, de ángel en diablo, de olorosa
en pestífera, de bien hablada en rústica, de
reposada en brincadora, de luz en tinieblas,
y, finalmente, de Dulcinea del Toboso en una
villana de Sayago.”
  “¡Válgame Dios!”, dando una gran voz dijo
a este instante el duque: “¿Quién ha sido el
que tanto mal ha hecho al mundo? ¿Quién ha
quitado de él la belleza que le alegraba, el
donaire que le entretenía y la honestidad que le
acreditaba?”
  “¿Quién?”, respondió don Quijote. “¿Quién
puede ser sino algún maligno encantador de
los muchos envidiosos que me persiguen? Esta
raza maldita, nacida en el mundo para
oscurecer y aniquilar las hazañas de los buenos
y para dar luz y levantar los fechos de los
malos. Perseguido me han encantadores,
encantadores me persiguen y encantadores me
perseguirán hasta dar conmigo y con mis altas
caballerías en el profundo abismo del olvido;
y en aquella parte me dañan y hieren donde
ven que más lo siento, porque quitarle a un
caballero andante su dama es quitarle los ojos
con que mira, y el sol con que se alumbra, y el
sustento con que se mantiene. Otras muchas
veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir,
que el caballero andante sin dama es como
el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento, y
la sombra sin cuerpo de quien se cause.”
  “No hay más que decir”, dijo la duquesa;
“pero si con todo eso hemos de dar crédito a
la historia que del señor don Quijote de pocos
días a esta parte ha salido a la luz del mundo,
con general aplauso de las gentes, de ella se
colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuestra
merced ha visto a la señora Dulcinea, y que
esta tal señora no es en el mundo, sino que es
dama fantástica, que vuestra merced la engendró
y parió en su entendimiento, y la pintó con
todas aquellas gracias y perfecciones que quiso.”
  “En eso hay mucho que decir”, respondió
don Quijote; “Dios sabe si hay Dulcinea o no
[en] el mundo, o si es fantástica o no es
fantástica; y éstas no son de las cosas cuya
averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo
engendré ni parí a mi señora, puesto que la
contemplo como conviene que sea una dama
que contenga en sí las partes que puedan
hacerla famosa en todas las del mundo, como
son: hermosa sin tacha, grave sin soberbia,
amorosa con honestidad, agradecida por cortés,
cortés por bien criada y, finalmente, alta por
linaje, a causa que sobre la buena sangre
resplandece y campea la hermosura con más
grados de perfección que en las hermosas
humildemente nacidas.”
  “Así es”, dijo el duque, “pero hame de
dar licencia el señor don Quijote para que
diga lo que me fuerza a decir la historia que
de sus hazañas he leído, de donde se infiere,
que, puesto que se conceda que hay Dulcinea
en el Toboso o fuera de él, y que sea hermosa
en el sumo grado que vuestra merced nos la
pinta, en lo de la alteza del linaje no corre
parejas con las Orianas, con las Alastrajareas,
con las Madásimas, ni con otras de este jaez,
de quien están llenas las historias que vuestra
merced bien sabe.”
  “A eso puedo decir”, respondió don Quijote,
“que Dulcinea es hija de sus obras y que
las virtudes adoban la sangre, y que en más se
ha de estimar y tener un humilde virtuoso, que
un vicioso levantado. Cuanto más que Dulcinea
tiene un jirón que la puede llevar a ser
reina de corona y cetro: que el merecimiento
de una mujer hermosa y virtuosa a hacer
mayores milagros se extiende, y aunque no
formalmente, virtualmente tiene en sí encerradas
mayores venturas.”
  “Digo, señor don Quijote”, dijo la duquesa,
“que en todo cuanto vuestra merced dice va
con pie de plomo y, como suele decirse, con
la sonda en la mano, y que yo, desde aquí
adelante, creeré y haré creer a todos los de mi
casa, y aun al duque mi señor si fuere menester,
que hay Dulcinea en el Toboso y que vive hoy
día, y es hermosa, y principalmente nacida y
merecedora que un tal caballero como es el
señor don Quijote la sirva, que es lo más que
puedo ni sé encarecer. Pero no puedo dejar
de formar un escrúpulo y tener algún no sé
qué de ojeriza contra Sancho Panza; el escrúpulo
es que dice la historia referida que el tal
Sancho Panza halló a la tal señora Dulcinea,
cuando de parte de vuestra merced le llevó
una epístola, ahechando un costal de trigo,
y, por más señas, dice que era rubión, cosa
que me hace dudar en la alteza de su linaje.”
  A lo que respondió don Quijote:
  “Señora mía, sabrá la vuestra grandeza que
todas o las más cosas que a mí me suceden
van fuera de los términos ordinarios de las que
a los otros caballeros andantes acontecen, o ya
sean encaminadas por el querer inescrutable
de los hados, o ya vengan encaminadas por la
malicia de algún encantador envidioso, y como
es cosa ya averiguada que todos o los más
caballeros andantes y famosos, uno tenga gracia
de no poder ser encantado, otro, de ser de
tan impenetrables carnes que no pueda ser
herido, como lo fue el famoso Roldán, uno de
los Doce Pares de Francia, de quien se cuenta
que no podía ser ferido sino por la planta del
pie izquierdo, y que esto había de ser con la
punta de un alfiler gordo y no con otra suerte
de arma alguna; y, así, cuando Bernardo del
Carpio le mató en Roncesvalles, viendo,
que no le podía llagar con fierro, le levantó
del suelo entre los brazos y le ahogó,
acordándose entonces de la muerte que dio Hércules
a Anteón, aquel feroz gigante que decían ser
hijo de la tierra. Quiero inferir de lo dicho,
que podría ser que yo tuviese alguna gracia
de éstas, no del no poder ser ferido, porque
muchas veces la experiencia me ha mostrado que
soy de carnes blandas y no nada impenetrables,
ni la de no poder ser encantado, que ya
me he visto metido en una jaula, donde todo
el mundo no fuera poderoso a encerrarme,
si no fuera a fuerzas de encantamientos; pero
pues de aquél me libré, quiero creer que no
ha de haber otro alguno que me empezca, y,
así, viendo estos encantadores que con mi
persona no pueden usar de sus malas mañas,
vénganse en las cosas que más quiero, y quieren
quitarme la vida maltratando la de Dulcinea,
por quien yo vivo. Y, así, creo que cuando
mi escudero le llevó mi embajada, se la
convirtieron en villana y ocupada en tan bajo
ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya
tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión
ni trigo, sino granos de perlas orientales. Y
para prueba de esta verdad quiero decir a
vuestras magnitudes, como viniendo poco ha por
el Toboso, jamás pude hallar los palacios de
Dulcinea; y que otro día, habiéndola visto
Sancho, mi escudero, en su misma figura, que es
la más bella del orbe, a mí me pareció una
labradora tosca y fea y no nada bien razonada,
siendo la discreción del mundo. Y pues yo no
estoy encantado ni lo puedo estar, según buen
discurso, ella es la encantada, la ofendida y la
mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han
vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré
yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su
prístino estado.
  ”Todo esto he dicho para que nadie repare
en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho
de Dulcinea; que pues a mí me la mudaron,
no es maravilla que a él se la cambiasen.
Dulcinea es principal y bien nacida, y de los
hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son
muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro
que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea,
por quien su lugar será famoso y nombrado
en los venideros siglos, como lo ha sido
Troya por Elena, y España por la Cava, aunque
con mejor título y fama. Por otra parte, quiero
que entiendan vuestras señorías que Sancho
Panza es uno de los más graciosos escuderos
que jamás sirvió a caballero andante: tiene a
veces unas simplicidades tan agudas, que el
pensar si es simple o agudo causa no pequeño
contento. Tiene malicias que le condenan por
bellaco, y descuidos que le confirman por bobo;
duda de todo y créelo todo. Cuando pienso que
se va a despeñar de tonto, sale con unas
discreciones que le levantan al cielo. Finalmente,
yo no le trocaría con otro escudero, aunque me
diesen de añadidura una ciudad; y, así, estoy
en duda si será bien enviarle al gobierno de
quien vuestra grandeza le ha hecho merced,
aunque veo en él una cierta aptitud para esto
de gobernar, que atusándole tantico el
entendimiento, se saldría con cualquiera gobierno
como el rey con sus alcabalas. Y más que ya
por muchas experiencias sabemos que no es
menester ni mucha habilidad ni muchas letras
para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento
que apenas saben leer y gobiernan como unos
gerifaltes; el toque está en que tengan buena
intención y deseen acertar en todo, que nunca
les faltará quien les aconseje y encamine
en lo que han de hacer, como los gobernadores
caballeros y no letrados, que sentencian con
asesor. Aconsejaríale yo que ni tome cohecho,
ni pierda derecho, y otras cosillas que me
quedan en el estómago, que saldrán a su tiempo
para utilidad de Sancho, y provecho de la
ínsula que gobernare.”
  A este punto llegaban de su coloquio el
duque, la duquesa y don Quijote, cuando
oyeron muchas voces y gran rumor de gente en
el palacio, y a deshora entró Sancho en la sala,
todo asustado, con un cernadero por babador,
y tras él muchos mozos, o, por mejor decir,
pícaros de cocina, y otra gente menuda, y uno venía
con un artesoncillo de agua que, en la color
y poca limpieza, mostraba ser de fregar; seguíale
y perseguíale el de la artesa, y procuraba
con toda solicitud ponérsela y encajársela
debajo de las barbas, y otro pícaro mostraba
querérselas lavar.
  “¿Qué es esto, hermanos?”, preguntó la
duquesa. “¿Qué es esto? ¿Qué queréis a ese
buen hombre? ¿Cómo y no consideráis que
está electo gobernador?”
  A lo que respondió el pícaro barbero:
  “No quiere este señor dejarse lavar como
es usanza y como se la lavó el duque mi señor
y el señor su amo.”
  “Sí quiero”, respondió Sancho con mucha
cólera; “pero querría que fuese con toallas
más limpias, con lejía más clara y con manos
no tan sucias; que no hay tanta diferencia de mí
a mi amo, que a él le laven con agua de
ángeles y a mí con lejía de diablos. Las usanzas
de las tierras y de los palacios de los príncipes
tanto son buenas cuanto no dan pesadumbre;
pero la costumbre del lavatorio que aquí se usa
peor es que de disciplinantes. Yo estoy limpio
de barbas, y no tengo necesidad de semejantes
refrigerios, y el que se llegare a lavarme
ni a tocarme a un pelo de la cabeza, digo, de mi
barba, hablando con el debido acatamiento, le
daré tal puñada, que le deje el puño engastado
en los cascos; que estas tales ceremonias y
jabonaduras más parecen burlas que agasajos
de huéspedes.”
  Perecida de risa estaba la duquesa, viendo
la cólera y oyendo las razones de Sancho; pero
no dio mucho gusto a don Quijote verle tan
mal adeliñado con la jaspeada toalla, y tan
rodeado de tantos entretenidos de cocina, y, así,
haciendo una profunda reverencia a los duques,
como que les pedía licencia para hablar, con
voz reposada dijo a la canalla:
  “¡Hola, señores caballeros!, vuestras mercedes
dejen al mancebo y vuélvanse por donde vinieron,
o por otra parte si se les antojare; que
mi escudero es limpio tanto como otro, y esas
artesillas son para él estrechas, y penantes
búcaros. Tomen mi consejo y déjenle, porque
ni él ni yo sabemos de achaque de burlas.”
  Cogióle la razón de la boca Sancho, y
prosiguió diciendo:
  “No sino lléguense a hacer burla del
mostrenco, que así lo sufriré como ahora es de
noche; traigan aquí un peine, o lo que quisieren,
y almohácenme estas barbas, y si sacaren de ellas
cosa que ofenda a la limpieza, que me trasquilen
a cruces.”
  A esta sazón, sin dejar la risa, dijo la
duquesa:
  “Sancho Panza tiene razón en todo cuanto
ha dicho, y la tendrá en todo cuanto dijere; él
es limpio, y, como él dice, no tiene necesidad
de lavarse, y si nuestra usanza no le contenta,
su alma en su palma. Cuanto más que vosotros,
ministros de la limpieza, habéis andado
demasiadamente de remisos y descuidados, y no sé si
diga atrevidos, a traer a tal personaje y a
tales barbas en lugar de fuentes y aguamaniles
de oro puro y de alemanas toallas, artesillas y
dornajos de palo y rodillas de aparadores; pero,
en fin, sois malos y mal nacidos, y no podéis
dejar, como malandrines que sois, de mostrar
la ojeriza que tenéis con los escuderos de los
andantes caballeros.”
  Creyeron los apicarados ministros, y aun el
maestresala que venía con ellos, que la
duquesa hablaba de veras, y, así, quitaron el
cernadero del pecho de Sancho, y todos confusos y
casi corridos se fueron y le dejaron; el cual,
viéndose fuera de aquel a su parecer sumo
peligro, se fue a hincar de rodillas ante la
duquesa, y dijo:
  “De grandes señoras grandes mercedes se
esperan; esta que la vuestra merced hoy me ha
fecho, no puede pagarse con menos si no es con
desear verme armado caballero andante para
ocuparme todos los días de mi vida en servir a
tan alta señora. Labrador soy, Sancho Panza
me llamo, casado soy, hijos tengo y de escudero
sirvo; si con alguna de estas cosas puedo
servir a vuestra grandeza, menos tardaré yo en
obedecer que vuestra señoría en mandar.”
  “Bien parece, Sancho”, respondió la duquesa,
“que habéis aprendido a ser cortés en la
escuela de la misma cortesía; bien parece, quiero
decir, que os habéis criado a los pechos del
señor don Quijote, que debe de ser la nata de
los comedimientos y la flor de las ceremonias
o ciremonias, como vos decís. Bien haya tal señor
y tal criado, el uno, por norte de la andante
caballería, y el otro, por estrella de la escuderil
fidelidad; levantaos, Sancho amigo, que yo
satisfaré vuestras cortesías con hacer que el
duque, mi señor, lo más presto que pudiere, os
cumpla la merced prometida del gobierno.”
  Con esto cesó la plática, y don Quijote se
fue a reposar la siesta, y la duquesa pidió a
Sancho que, si no tenía mucha gana de dormir,
viniese a pasar la tarde con ella y con sus
doncellas en una muy fresca sala. Sancho
respondió, que aunque era verdad que tenía por
costumbre dormir cuatro o cinco horas las siestas
del verano, que por servir a su bondad, él
procuraría con todas sus fuerzas no dormir
aquel día ninguna, y vendría obediente a su
mandado, y fuese; el duque dio nuevas
órdenes como se tratase a don Quijote como a
caballero andante, sin salir un punto del estilo,
como cuentan que se trataban los antiguos
caballeros.


               Capítulo XXXIII

De la sabrosa plática que la duquesa y sus
  doncellas pasaron con Sancho Panza, digna
  de que se lea y de que se note.

  Cuenta, pues, la historia, que Sancho no
durmió aquella siesta, sino que por cumplir su
palabra, vino en comiendo a ver a la duquesa; la
cual, con el gusto que tenía de oírle, le hizo
sentar junto a sí en una silla baja, aunque
Sancho, de puro bien criado, no quería sentarse.
Pero la duquesa le dijo que se sentase como
gobernador y hablase como escudero, puesto
que por entrambas cosas merecía el mismo
escaño del Cid Ruy Díaz Campeador.
  Encogió Sancho los hombros, obedeció y
sentóse, y todas las doncellas y dueñas de la
duquesa la rodearon atentas, con grandísimo
silencio, a escuchar lo que diría; pero la
duquesa fue la que habló primero, diciendo:
  “Ahora que estamos solos, y que aquí no nos
oye nadie, querría yo que el señor gobernador
me absolviese ciertas dudas que tengo, nacidas
de la historia que del gran don Quijote anda
ya impresa, una de las cuales dudas es que
pues el buen Sancho nunca vio a Dulcinea,
digo, a la señora Dulcinea del Toboso, ni le
llevó la carta del señor don Quijote, porque
se quedó en el libro de memoria en Sierra
Morena, cómo se atrevió a fingir la respuesta y
aquello de que la halló ahechando trigo, siendo
todo burla y mentira, y tan en daño de la buena
opinión de la sin par Dulcinea, y todas que
no vienen bien con la calidad y fidelidad de los
buenos escuderos.”
  A estas razones, sin responder con alguna,
se levantó Sancho de la silla, y con pasos
quedos, el cuerpo agobiado y el dedo puesto
sobre los labios, anduvo por toda la sala levantando
los doseles, y luego, esto hecho, se volvió
a sentar y dijo:
  “Ahora, señora mía, que he visto que no nos
escucha nadie de solapa, fuera de los circunstantes,
sin temor ni sobresalto, responderé a lo
que se me ha preguntado y a todo aquello que
se me preguntare. Y lo primero que digo es
que yo tengo a mi señor don Quijote por loco
rematado, puesto que algunas veces dice
cosas que, a mi parecer y aun de todos aquellos
que le escuchan, son tan discretas y por tan
buen carril encaminadas, que el mismo Satanás
no las podría decir mejores; pero, con todo
esto, verdaderamente y sin escrúpulo, a mí se
me ha asentado que es un mentecato. Pues
como yo tengo esto en el magín, me atrevo a
hacerle creer lo que no lleva pies ni cabeza,
como fue aquello de la respuesta de la carta, y
lo de habrá seis u ocho días, que aún no está en
historia, conviene a saber: lo del encanto de mi
señora doña Dulcinea, que le he dado a entender
que está encantada, no siendo más verdad
que por los cerros de Ubeda.”
  Rogóle la duquesa que le contase aquel
encantamiento o burla, y Sancho se lo contó
todo del mismo modo que había pasado, de
que no poco gusto recibieron los oyentes; y,
prosiguiendo en su plática, dijo la duquesa:
  “De lo que el buen Sancho me ha contado
me anda brincando un escrúpulo en el alma, y
un cierto susurro llega a mis oídos, que me
dice: pues don Quijote de la Mancha es loco,
menguado y mentecato, y Sancho Panza su
escudero lo conoce, y, con todo eso, le sirve y
le sigue y va atenido a las vanas promesas
suyas, sin duda alguna debe de ser él más loco
y tonto que su amo; y, siendo esto así, como
lo es, mal contado te será, señora duquesa, si
al tal Sancho Panza le das ínsula que gobierne,
porque el que no sabe gobernarse a sí,
¿cómo sabrá gobernar a otros?”
  “Par Dios, señora”, dijo Sancho, “que ese
escrúpulo viene con parto derecho. Pero dígale
vuestra merced que hable claro, o como quisiere,
que yo conozco que dice verdad; que si yo
fuera discreto, días ha que había de haber dejado
a mi amo. Pero ésta fue mi suerte y ésta mi
malandanza; no puedo más, seguirle tengo,
somos de un mismo lugar, he comido su pan,
quiérole bien, es agradecido, diome sus
pollinos, y, sobre todo, yo soy fiel, y, así es
imposible que nos pueda apartar otro suceso que el
de la pala y azadón. Y si vuestra altanería no
quisiere que se me dé el prometido gobierno,
de menos me hizo Dios, y podría ser que el no
dármele redundase en pro de mi conciencia;
que maguera tonto se me entiende aquel
refrán de por su mal le nacieron alas a la
hormiga. Y aun podría ser que se fuese más aína
Sancho escudero al cielo que no Sancho
gobernador. Tan buen pan hacen aquí como en
Francia, y de noche todos los gatos son pardos,
y asaz de desdichada es la persona que a las
dos de la tarde no se ha desayunado; y no hay
estómago que sea un palmo mayor que otro,
el cual se puede llenar, como suele decirse, de
paja y de heno, y las avecitas del campo
tienen a Dios por su proveedor y despensero.
Y más calientan cuatro varas de paño de
Cuenca que otras cuatro de límiste de Segovia.
Y al dejar este mundo y meternos la tierra
adentro, por tan estrecha senda va el príncipe
como el jornalero, y no ocupa más pies de
tierra el cuerpo del papa que el del sacristán,
aunque sea más alto el uno que el otro; que al
entrar en el hoyo todos nos ajustamos y
encogemos, o nos hacen ajustar y encoger, mal que
nos pese, y a buenas noches. Y torno a decir
que si vuestra señoría no me quisiere dar la
ínsula por tonto, yo sabré no dárseme nada por
discreto. Y yo he oído decir que detrás de la
cruz está el diablo, y que no es oro todo lo
que reluce; y que de entre los bueyes, arados
y coyundas sacaron al labrador Wamba para
ser rey de España, y de entre los brocados,
pasatiempos y riquezas sacaron a Rodrigo
para ser comido de culebras, si es que las
trovas de los romances antiguos no mienten.”
  “Y ¡cómo que no mienten!”, dijo a esta
sazón doña Rodríguez, la dueña, que era una de
las escuchantes, “que un romance hay que dice,
que metieron al rey Rodrigo vivo vivo en una
tumba llena de sapos, culebras y lagartos, y que
de allí a dos días dijo el rey desde dentro de
la tumba, con voz doliente y baja:

        «Ya me comen, ya me comen
      por do más pecado había.»

Y, según esto, mucha razón tiene este señor
en decir que quiere más ser más labrador
que rey, si le han de comer sabandijas.”
  No pudo la duquesa tener la risa oyendo
la simplicidad de su dueña, ni dejó de admirarse
en oír las razones y refranes de Sancho,
a quien dijo:
  “Ya sabe el buen Sancho que lo que una
vez promete un caballero, procura cumplirlo,
aunque le cueste la vida. El duque, mi señor y
marido, aunque no es de los andantes, no por
eso deja de ser caballero, y, así, cumplirá la
palabra de la prometida ínsula, a pesar de la
envidia y de la malicia del mundo. Esté Sancho
de buen ánimo; que cuando menos lo piense
se verá sentado en la silla de su ínsula, y en la
de su estado, y empuñará su gobierno, que con
otro de brocado de tres altos lo deseche.
Lo que yo le encargo es que mire cómo gobierna
sus vasallos, advirtiendo que todos son
leales y bien nacidos.”
  “Eso de gobernarlos bien”, respondió Sancho,
“no hay para qué encargármelo, porque yo
soy caritativo de mío y tengo compasión de
los pobres, y a quien cuece y amasa no le
hurtes hogaza; y para mi santiguada que no
me han de echar dado falso. Soy perro viejo y
entiendo todo tus, tus, y sé despabilarme a sus
tiempos, y no consiento que me anden musarañas
ante los ojos, porque sé dónde me aprieta
el zapato; dígolo, porque los buenos tendrán
conmigo mano y concavidad y los malos, ni pie
ni entrada. Y paréceme a mí que en esto de
los gobiernos todo es comenzar, y podría ser
que a quince días de gobernador me comiese
las manos tras el oficio y supiese más de él
que de la labor del campo en que me he
criado.”
  “Vos tenéis razón, Sancho”, dijo la
duquesa; “que nadie nace enseñado, y de los
hombres se hacen los obispos, que no de las
piedras. Pero volviendo a la plática que poco
ha tratábamos del encanto de la señora
Dulcinea, tengo por cosa cierta y más que
averiguada que aquella imaginación que Sancho
tuvo de burlar a su señor, y darle a entender
que la labradora era Dulcinea, y que si su
señor no la conocía debía de ser por estar
encantada, toda fue invención de alguno de los
encantadores que al señor don Quijote
persiguen; porque real y verdaderamente yo sé de
buena parte que la villana que dio el brinco
sobre la pollina era y es Dulcinea del Toboso,
y que el buen Sancho, pensando ser el
engañador, es el engañado, y no hay poner más
duda en esta verdad que en las cosas que
nunca vimos. Y sepa el señor Sancho Panza,
que también tenemos acá encantadores que
nos quieren bien y nos dicen lo que pasa por
el mundo, pura y sencillamente, sin enredos
ni máquinas. Y créame Sancho que la villana
brincadora era y es Dulcinea del Toboso, que
está encantada como la madre que la pario; y
cuando menos nos pensemos, la habemos de
ver en su propia figura, y entonces saldrá
Sancho del engaño en que vive.”
  “Bien puede ser todo eso”, dijo Sancho
Panza, “y ahora quiero creer lo que mi amo
cuenta de lo que vio en la cueva de Montesinos,
donde dice que vio a la señora Dulcinea
del Toboso en el mismo traje y hábito que yo
dije que la había visto cuando la encanté por
solo mi gusto. Y todo debió de ser al revés,
como vuestra merced, señora mía, dice, porque
de mi ruin ingenio no se puede ni debe
presumir que fabricase en un instante tan agudo
embuste, ni creo yo que mi amo es tan loco
que con tan flaca y magra persuasión como la
mía creyese una cosa tan fuera de todo término;
pero, señora, no por esto será bien que
vuestra bondad me tenga por malévolo, pues
no está obligado un porro como yo a taladrar
los pensamientos y malicias de los pésimos
encantadores. Yo fingí aquello por escaparme
de las riñas de mi señor don Quijote, y no
con intención de ofenderle; y si ha salido al
revés, Dios está en el cielo, que juzga los
corazones.”
  “Así es la verdad”, dijo la duquesa; “pero
dígame ahora Sancho qué es esto que dice de
la cueva de Montesinos; que gustaría saberlo.”
  Entonces Sancho Panza le contó punto por
punto lo que queda dicho acerca de la tal
aventura. Oyendo lo cual, la duquesa dijo:
  “De este suceso se puede inferir que pues el
gran don Quijote dice que vio allí a la misma
labradora que Sancho vio a la salida del
Toboso, sin duda es Dulcinea, y que andan por
aquí los encantadores muy listos y
demasiadamente curiosos.”
  “Eso digo yo”, dijo Sancho Panza; “que si
mi señora Dulcinea del Toboso está encantada,
su daño; que yo no me tengo de tomar
con los enemigos de mi amo, que deben de
ser muchos y malos. Verdad sea que la que yo
vi fue una labradora, y por labradora la tuve y
por tal labradora la juzgué; y si aquélla era
Dulcinea, no ha de estar a mi cuenta, ni ha de
correr por mí, o sobre ello, morena. No sino
ándense a cada triquete conmigo a dime y
diréte, Sancho lo dijo, Sancho lo hizo, Sancho
tornó y Sancho volvió, como si Sancho fuese
algún quienquiera, y no fuese el mismo Sancho
Panza, el que anda ya en libros por ese
mundo adelante, según me dijo Sansón Carrasco,
que, por lo menos, es persona bachillerada
por Salamanca; y los tales no pueden
mentir, si no es cuando se les antoja o les viene
muy a cuento. Así que no hay para qué nadie
se tome conmigo, y pues que tengo buena
fama y, según oí decir a mi señor, que más vale
el buen nombre que las muchas riquezas,
encájenme ese gobierno y verán maravillas;
que quien ha sido buen escudero será buen
gobernador.”
  “Todo cuanto aquí ha dicho el buen Sancho”,
dijo la duquesa, “son sentencias catonianas,
o, por lo menos, sacadas de las mismas
entrañas del mismo Micael Verino, florentibus
occidit annis. En fin, en fin, hablando a su
modo, debajo de mala capa suele haber buen
bebedor.”
  “En verdad, señora”, respondió Sancho,
“que en mi vida he bebido de malicia; con
sed, bien podría ser, porque no tengo nada de
hipócrita. Bebo cuando tengo gana, y cuando
no la tengo, y cuando me lo dan, por no parecer
o melindroso o mal criado; que a un brindis
de un amigo, ¿qué corazón ha de haber tan
de mármol que no haga la razón? Pero, aunque
las calzo, no las ensucio; cuanto más que los
escuderos de los caballeros andantes casi de
ordinario beben agua, porque siempre andan
por florestas, selvas y prados, montañas y riscos,
sin hallar una misericordia de vino, si dan
por ella un ojo.”
  “Yo lo creo así”, respondió la duquesa,
“y por ahora váyase Sancho a reposar, que
después hablaremos más largo y daremos
orden como vaya presto a encajarse, como
él dice, aquel gobierno.”
  De nuevo le besó las manos Sancho a la
duquesa, y le suplicó le hiciese merced de
que se tuviese buena cuenta con su rucio,
porque era la lumbre de sus ojos.
  “¿Qué rucio es éste?”, preguntó la
duquesa.
  “Mi asno”, respondió Sancho, “que por no
nombrarle con este nombre, le suelo llamar el
rucio, y a esta señora dueña le rogué, cuando
entré en este castillo, tuviese cuenta con él, y
azoróse de manera, como si la hubiera dicho
que era fea o vieja, debiendo ser más propio y
natural de las dueñas pensar jumentos que
autorizar las salas. ¡Oh, válgame Dios, y cuán mal
estaba con estas señoras un hidalgo de mi
lugar!”
  “Sería algún villano”, dijo doña Rodríguez,
la dueña; “que si él fuera hidalgo y bien nacido,
él las pusiera sobre el cuerno de la luna.”
  “Ahora bien”, dijo la duquesa, “no haya
más; calle doña Rodríguez y sosiéguese el
señor Panza, y quédese a mí cargo el regalo
del rucio, que por ser alhaja de Sancho, le
pondré yo sobre las niñas de mis ojos.”
  “En la caballeriza basta que esté”, respondió
Sancho, “que sobre las niñas de los ojos de
vuestra grandeza, ni él ni yo somos dignos de
estar sólo un momento; y así lo consentiría yo
como darme de puñaladas, que aunque dice
mi señor que en las cortesías antes se ha de
perder por carta de más que de menos, en las
jumentiles y asininas se ha de ir con el
compás en la mano y con medido término.”
  “Llévele”, dijo la duquesa, “Sancho al
gobierno, y allá le podrá regalar como
quisiere, y aun jubilarle del trabajo.”
  “No piense vuestra merced, señora duquesa,
que ha dicho mucho”, dijo Sancho; “que
yo he visto ir más de dos asnos a los gobiernos,
y que llevase yo el mío no sería cosa
nueva.”
  Las razones de Sancho renovaron en la
duquesa la risa y el contento, y, enviándole a
reposar, ella fue a dar cuenta al duque de lo
que con él había pasado. Y entre los dos dieron
traza y orden de hacer una burla a don
Quijote que fuese famosa y viniese bien con el
estilo caballeresco; en el cual le hicieron
muchas, tan propias y discretas, que son las
mejores aventuras que en esta grande historia se
contienen.


                Capítulo XXXIV

Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo
  se había de desencantar la sin par Dulcinea
  del Toboso, que es una de las aventuras más
  famosas de este libro.

  Grande era el gusto que recibían el duque
y la duquesa de la conversación de don Quijote
y de la de Sancho Panza, y, confirmándose
en la intención que tenían de hacerles algunas
burlas que llevasen vislumbres y apariencias
de aventuras, tomaron motivo de la que don
Quijote ya les había contado de la cueva de
Montesinos, para hacerle una que fuese famosa
--pero de lo que más la duquesa se admiraba
era que la simplicidad de Sancho fuese
tanta, que hubiese venido a creer ser verdad
infalible que Dulcinea del Toboso estuviese
encantada, habiendo sido él mismo el encantador
y el embustero de aquel negocio--; y, así,
habiendo dado orden a sus criados de todo lo
que habían de hacer, de allí a seis días le
llevaron a caza de montería, con tanto aparato
de monteros y cazadores como pudiera llevar
un rey coronado. Diéronle a don Quijote un
vestido de monte y a Sancho otro verde, de
finísimo paño; pero don Quijote no se le
quiso poner, diciendo que otro día había de
volver al duro ejercicio de las armas, y que no
podía llevar consigo guardarropas ni reposterías.
Sancho sí tomó el que le dieron, con
intención de venderle en la primera ocasión que
pudiese.
  Llegado, pues, el esperado día, armóse don
Quijote, vistióse Sancho, y encima de su rucio,
que no le quiso dejar, aunque le daban un
caballo, se metió entre la tropa de los monteros;
la duquesa salió bizarramente aderezada,
y don Quijote, de puro cortés y comedido,
tomó la rienda de su palafrén, aunque el
duque no quería consentirlo, y, finalmente,
llegaron a un bosque que entre dos altísimas
montañas estaba, donde, tomados los puestos,
paranzas y veredas, y repartida la gente por
diferentes puestos, se comenzó la caza con
grande estruendo, grita y vocería, de manera,
que unos a otros no podían oírse, así por el
ladrido de los perros, como por el son de las
bocinas. Apeóse la duquesa, y con un agudo
venablo en las manos, se puso en un puesto
por donde ella sabía que solían venir algunos
jabalíes. Apeóse asimismo el duque y don
Quijote y pusiéronse a sus lados; Sancho se
puso detrás de todos, sin apearse del rucio, a
quien no osara desamparar, porque no le
sucediese algún desmán.
  Y apenas habían sentado el pie y puésto[se]
en ala con otros muchos criados suyos,
cuando acosado de los perros y seguido de los
cazadores vieron que hacia ellos venía un
desmesurado jabalí, crujiendo dientes y colmillos y
arrojando espuma por la boca, y, en viéndole,
embrazando su escudo y puesta mano a su
espada, se adelantó a recibirle don Quijote.
Lo mismo hizo el duque con su venablo; pero
a todos se adelantara la duquesa si el duque
no se lo estorbara. Sólo Sancho, en viendo al
valiente animal, desamparó al rucio y dio a
correr cuanto pudo; y, procurando subirse
sobre una alta encina, no fue posible. Antes,
estando ya a la mitad de él, asido de una
rama, pugnando subir a la cima, fue tan
corto de ventura y tan desgraciado, que se
desgajó la rama, y al venir al suelo, se quedó
en el aire, asido de un gancho de la encina,
sin poder llegar al suelo, y, viéndose así, y que
el sayo verde se le rasgaba, y pareciéndole
que si aquel fiero animal allí allegaba le podía
alcanzar, comenzó a dar tantos gritos y a pedir
socorro con tanto ahínco, que todos los que le
oían y no le veían creyeron que estaba entre
los dientes de alguna fiera.
  Finalmente, el colmilludo jabalí quedó
atravesado de las cuchillas de muchos venablos
que se le pusieron delante, y, volviendo la
cabeza don Quijote a los gritos de Sancho, que
ya por ellos le había conocido, viole pendiente
de la encina, y la cabeza abajo, y al rucio junto
a él, que no le desamparó en su calamidad. Y
dice Cide Hamete que pocas veces vio a Sancho
Panza sin ver al rucio, ni al rucio sin ver a
Sancho: tal era la amistad y buena fe que entre
los dos se guardaban. Llegó don Quijote y
descolgó a Sancho, el cual, viéndose libre y en el
suelo, miró lo desgarrado del sayo de monte,
y pesóle en el alma; que pensó que tenía en el
vestido un mayorazgo.
  En esto, atravesaron al jabalí poderoso sobre
una acémila, y, cubriéndole con matas de
romero y con ramas de mirto, le llevaron, como
en señal de victoriosos despojos, a unas grandes
tiendas de campaña que en la mitad del bosque
estaban puestas, donde hallaron las mesas en
orden y la comida aderezada, tan suntuosa y
grande, que se echaba bien de ver en ella la
grandeza y magnificencia de quien la daba.
  Sancho, mostrando las llagas a la duquesa
de su roto vestido, dijo:
  “Si esta caza fuera de liebres o de pajarillos,
seguro estuviera mi sayo de verse en este
extremo; yo no sé qué gusto se recibe de esperar
a un animal que si os alcanza con un colmillo,
os puede quitar la vida; yo me acuerdo haber
oído cantar un romance antiguo, que dice:

         De los osos seas comido
         como Favila el nombrado.”

  “Ese fue un rey godo”, dijo don Quijote,
“que yendo a caza de montería, le comió
un oso.”
  “Eso es lo que yo digo”, respondió Sancho,
“que no querría yo que los príncipes y los reyes
se pusiesen en semejantes peligros, a trueco
de un gusto que parece que no le había de ser,
pues consiste en matar a un animal que no ha
cometido delito alguno.”
  “Antes os engañáis, Sancho”, respondió el
duque, “porque el ejercicio de la caza de monte
es el mas conveniente y necesario para los
reyes y príncipes que otro alguno. La caza es
una imagen de la guerra: hay en ella estratagemas,
astucias, insidias para vencer a su salvo al
enemigo. Padécense en ella fríos grandísimos
y calores intolerables, menoscábase el ocio y el
sueño, corrobóranse las fuerzas, agilítanse los
miembros del que la usa, y, en resolución, es
ejercicio que se puede hacer sin perjuicio de
nadie y con gusto de muchos; y lo mejor que él
tiene es que no es para todos, como lo es el de
los otros géneros de caza, excepto el de la
volatería, que también es sólo para reyes y grandes
señores. Así que, ¡oh Sancho!, mudad de opinión,
y, cuando seáis gobernador, ocupaos en la
caza y veréis como os vale un pan por ciento.”
  “Eso no”, respondió Sancho; “el buen
gobernador la pierna quebrada, y en casa. Bueno
sería que viniesen los negociantes a buscarle
fatigados, y él estuviese en el monte
holgándose; así enhoramala andaría el gobierno.
Mía fe, señor, la caza y los pasatiempos más
han de ser para los holgazanes que para los
gobernadores. En lo que yo pienso entretenerme,
es en jugar al triunfo envidado las pascuas,
y a los bolos los domingos y fiestas; que esas
cazas ni cazos no dicen con mi condición ni
hacen con mi conciencia.”
  “Plega a Dios, Sancho, que así sea, porque
del dicho al hecho hay gran trecho.”
  “Haya lo que hubiere”, replicó Sancho, “que
al buen pagador no le duelen prendas, y más
vale al que Dios ayuda, que al que mucho
madruga, y tripas llevan pies, que no pies a
tripas. Quiero decir que si Dios me ayuda, y
yo hago lo que debo con buena intención, sin
duda que gobernaré mejor que un gerifalte;
no sino pónganme el dedo en la boca, y verán
si aprieto o no.”
  “¡Maldito seas de Dios y de todos sus
santos, Sancho maldito”, dijo don Quijote, “y
cuándo será el día, como otras muchas veces
he dicho, donde yo te vea hablar sin refranes
una razón corriente y concertada! Vuestras
grandezas dejen a este tonto, señores míos,
que les molerá las almas, no sólo puestas entre
dos, sino entre dos mil refranes traídos tan a
sazón y tan a tiempo cuanto le dé Dios a él la
salud, o a mí si los querría escuchar.”
  “Los refranes de Sancho Panza”, dijo la
duquesa, “puesto que son más que los del
Comendador Griego, no por eso son en
menos de estimar por la brevedad de las
sentencias. De mí sé decir que me dan más gusto
que otros, aunque sean mejor traídos y con
más sazón acomodados.”
  Con estos y otros entretenidos razonamientos
salieron de la tienda al bosque, y en requerir
algunas paranzas presto se les pasó el día
y se les vino la noche, y no tan clara ni tan
sesga como la sazón del tiempo pedía, que era en
la mitad del verano; pero un cierto claroscuro
que trajo consigo, ayudó mucho a la intención
de los duques. Y, así, como comenzó a anochecer,
un poco más adelante del crepúsculo, a
deshora pareció que todo el bosque por todas
cuatro partes se ardía; y luego se oyeron por aquí
y por allí, y por acá y por acullá, infinitas
cornetas y otros instrumentos de guerra, como de
muchas tropas de caballería que por el bosque
pasaba. La luz del fuego, el son de los bélicos
instrumentos, casi cegaron y atronaron los ojos
y los oídos de los circunstantes y aun de todos
los que en el bosque estaban.
  Luego se oyeron infinitos lelilíes al uso de
moros cuando entran en las batallas; sonaron
trompetas y clarines, retumbaron tambores,
resonaron pífanos, casi todos a un tiempo, tan
continuo y tan aprisa, que no tuviera sentido el
que no quedara sin él al son confuso de tantos
instrumentos. Pasmóse el duque, suspendióse
la duquesa, admiróse don Quijote, tembló
Sancho Panza, y, finalmente, aun hasta los
mismos sabidores de la causa se espantaron;
con el temor les cogió el silencio, y un
postillón en traje de demonio les pasó por
delante, tocando en vez de corneta un hueco
y desmesurado cuerno, que un ronco y
espantoso son despedía.
  “Hola, hermano correo”, dijo el duque, “¿quién
sois, adónde vais y qué gente de guerra es la
que por este bosque parece que atraviesa?”
  A lo que respondió el correo con voz
horrísona y desenfadada:
  “Yo soy el diablo; voy a buscar a don Quijote
de la Mancha. La gente que por aquí viene
son seis tropas de encantadores, que sobre un
carro triunfante traen a la sin par Dulcinea del
Toboso; encantada viene con el gallardo
francés Montesinos a dar orden a don Quijote de
cómo ha de ser desencantada la tal señora.”
  “Si vos fuerais diablo, como decís y como
vuestra figura muestra, ya hubierais conocido
al tal caballero don Quijote de la Mancha,
pues le tenéis delante.”
  “En Dios y en mi conciencia”, respondió el
diablo, “que no miraba en ello, porque traigo
en tantas cosas divertidos los pensamientos,
que de la principal, a que venía, se me
olvidaba.”
  “Sin duda“, dijo Sancho, “que este demonio
debe de ser hombre de bien y buen cristiano,
porque a no serlo, no jurara en Dios y en mi
conciencia. Ahora, yo tengo para mí que aun en
el mismo infierno debe de haber buena gente.”
  Luego el demonio, sin apearse, encaminando
la vista a don Quijote, dijo:
  “A ti, el Caballero de los Leones --que entre
las garras de ellos te vea yo--, me envía el
desgraciado pero valiente caballero Montesinos,
mandándome que de su parte te diga que le esperes
en el mismo lugar que te topare, a causa que
trae consigo a la que llaman Dulcinea del
Toboso, con orden de darte la que es menester
para desencantarla; y por no ser para más mi
venida, no ha de ser más mi estada. Los
demonios como yo queden contigo y los ángeles
buenos con estos señores.”
  Y, en diciendo esto, tocó el desaforado
cuerno y volvió las espaldas y fuese sin esperar
respuesta de ninguno.
  Renovóse la admiración en todos, especialmente
en Sancho y don Quijote; en Sancho, en
ver que, a despecho de la verdad, querían que
estuviese encantada Dulcinea; en don Quijote,
por no poder asegurarse si era verdad o no
lo que le había pasado en la cueva de
Montesinos. Y, estando elevado en estos
pensamientos, el duque le dijo:
  “¿Piensa vuestra merced esperar, señor don
Quijote?”
  “¿Pues no?” respondió él. “Aquí esperaré
intrépido y fuerte, si me viniese a embestir
todo el infierno.”
  “Pues si yo veo otro diablo y oigo otro
cuerno como el pasado, así esperaré yo aquí              20
como en Flandes”, dijo Sancho.
  En esto, se cerró más la noche, y comenzaron
a discurrir muchas luces por el bosque,
bien así como discurren por el cielo las
exhalaciones secas de la tierra, que parecen a
nuestra vista estrellas que corren; oyóse, asimismo,
un espantoso ruido, al modo de aquel que se
causa de las ruedas macizas que suelen traer
los carros de bueyes, de cuyo chirrido áspero
y continuado se dice que huyen los lobos y los
osos, si los hay por donde pasan. Añadióse
a toda esta tempestad otra que las aumentó
todas, que fue que parecía verdaderamente
que a las cuatro partes del bosque se estaban
dando a un mismo tiempo cuatro reencuentros
o batallas, porque allí sonaba el duro estruendo
de espantosa artillería; acullá se disparaban
infinitas escopetas. Cerca casi sonaban las
voces de los combatientes; lejos se reiteraban
los lelilíes agarenos.
  Finalmente, las cornetas, los cuernos, las
bocinas, los clarines, las trompetas, los tambores,
la artillería, los arcabuces y, sobre todo, el
temeroso ruido de los carros, formaban todos
juntos un son tan confuso y tan horrendo, que
fue menester que don Quijote se valiese de
todo su corazón para sufrirle; pero el de
Sancho vino a tierra y dio con él desmayado en
las faldas de la duquesa, la cual le recibió en
ellas y a gran prisa mandó que le echasen
agua en el rostro. Hízose así, y él volvió en su
acuerdo a tiempo que ya un carro de las rechinantes
ruedas llegaba a aquel puesto. Tirábanle
cuatro perezosos bueyes, todos cubiertos de
paramentos negros; en cada cuerno traían
atada y encendida una grande hacha de cera, y
encima del carro venía hecho un asiento alto,
sobre el cual venía sentado un venerable viejo
con una barba más blanca que la misma nieve,
y tan luenga que le pasaba de la cintura. Su
vestidura era una ropa larga de negro bocací;
que por venir el carro lleno de infinitas luces
se podía bien divisar y discernir todo lo que en
él venía. Guiábanle dos feos demonios vestidos
del mismo bocací, con tan feos rostros, que
Sancho, habiéndolos visto una vez, cerró los ojos
por no verlos otra. Llegando, pues, el carro
a igualar al puesto, se levantó de su alto
asiento el viejo venerable, y puesto en pie, dando
una gran voz, dijo:
  “Yo soy el sabio Lirgandeo.”
  Y pasó el carro adelante, sin hablar más
palabra.
  Tras éste pasó otro carro de la misma
manera, con otro viejo entronizado, el cual,
haciendo que el carro se detuviese, con voz
no menos grave que el otro, dijo:
  “Yo soy el sabio Alquife, el grande amigo
de Urganda la Desconocida.”
  Y pasó adelante.
  Luego, por el mismo continente llegó otro
carro; pero el que venía sentado en el trono no
era viejo como los demás, sino hombrón robusto
y de mala catadura, el cual, al llegar,
levantándose en pie como los otros, dijo con voz
más ronca y más endiablada:
  “Yo soy Arcaláus, el encantador, enemigo mortal
de Amadís de Gaula y de toda su parentela.”
  Y pasó adelante.
  Poco desviados de allí hicieron alto estos
tres carros y cesó el enfadoso ruido de sus
ruedas; y luego se oyó otro, no ruido, sino un
son de una suave y concertada música formado,
con que Sancho se alegró y lo tuvo a
buena señal. Y, así, dijo a la duquesa, de
quien un punto ni un paso se apartaba:
  “Señora, donde hay música no puede haber
cosa mala.”
  “Tampoco donde hay luces y claridad”,
respondió la duquesa.
  A lo que replicó Sancho:
  “Luz da el fuego, y claridad las hogueras,
como lo vemos en las que nos cercan, y bien
podría ser que nos abrasasen; pero la música
siempre es indicio de regocijos y de fiestas.”
  “Ello dirá”, dijo don Quijote, que todo lo
escuchaba, y dijo bien, como se muestra en el
capítulo siguiente.


                Capítulo XXXV

Donde se prosigue la noticia que tuvo don
  Quijote del desencanto de Dulcinea con
  otros admirables sucesos.

  Al compás de la agradable música vieron
que hacia ellos venía un carro de los que
llaman triunfales, tirado de seis mulas
pardas encubiertas, empero, de lienzo blanco,
y sobre cada una venía un disciplinante de
luz, asimismo vestido de blanco, con una
hacha de cera grande, encendida, en la mano.
Era el carro dos veces, y aun tres, mayor que
los pasados, y los lados y encima de él,
ocupaban doce otros disciplinantes albos como la
nieve, todos con sus hachas encendidas, vista
que admiraba y espantaba juntamente; y en
un levantado trono venía sentada una ninfa
vestida de mil velos de tela de plata, brillando
por todos ellos infinitas hojas de argentería de
oro, que la hacían, si no rica, a lo menos,
vistosamente vestida. Traía el rostro cubierto con un
transparente y delicado cendal, de modo, que,
sin impedirlo sus lizos, por entre ellos se
descubría un hermosísimo rostro de doncella; y
las muchas luces daban lugar para distinguir
la belleza y los años, que, al parecer, no
llegaban a veinte ni bajaban de diez y siete. Junto
a ella venía una figura vestida de una ropa de
las que llaman rozagantes, hasta los pies,
cubierta la cabeza con un velo negro; pero al
punto que llegó el carro a estar frente a frente
de los duques y de don Quijote, cesó la música
de las chirimías, y luego la de las arpas
y laúdes que en el carro sonaban. Y, levantándose
en pie la figura de la ropa, la apartó a
entrambos lados, y, quitándose el velo del
rostro, descubrió patentemente ser la misma
figura de la Muerte descarnada y fea, de que don
Quijote recibió pesadumbre, y Sancho miedo,
y los duques hicieron algún sentimiento temeroso.
Alzada y puesta en pie esta Muerte viva,
con voz algo dormida y con lengua no muy
despierta, comenzó a decir de esta manera:

     “Yo soy Merlín, aquel que las historias
   dicen que tuve por mi padre al diablo,
   (mentira autorizada de los tiempos),
   príncipe de la mágica y monarca
   y archivo de la ciencia zoroástrica,
   émulo a las edades y a los siglos,
   que solapar pretenden las hazañas
   de los andantes bravos caballeros,
   a quien yo tuve y tengo gran cariño.
     Y puesto que es de los encantadores,
   de los magos o mágicos continuo
   dura la condición, áspera y fuerte,
   la mía es tierna, blanda y amorosa,
   y amiga de hacer bien a todas gentes.
     En las cavernas lóbregas de Dite,
   donde estaba mi alma entretenida
   en formar ciertos rombos y caracteres,
   llegó la voz doliente de la bella
   y sin par Dulcinea del Toboso.
     Supe su encantamiento y su desgracia,
   y su trasformación de gentil dama
   en rústica aldeana: condolíme,
   y encerrando mi espíritu en el hueco
   de esta espantosa y fiera anatomía,
   después de haber revuelto cien mil libros
   de esta mi ciencia endemoniada y torpe,
   vengo a dar el remedio que conviene
   a tamaño dolor, a mal tamaño.
     ¡Oh tú, gloria y honor de cuantos visten
   las túnicas de acero y de diamante,
   luz y farol, sendero, norte y guía
   de aquellos que, dejando el torpe sueño
   y las ociosas plumas, se acomodan
   a usar el ejercicio intolerable
   de las sangrientas y pesadas armas!;
   a ti digo, ¡oh varón, como se debe,
   por jamás alabado!, a ti, valiente
   juntamente y discreto don Quijote,
   de la Mancha esplendor, de España estrella,
   que para recobrar su estado primo
   la sin par Dulcinea del Toboso,
   es menester que Sancho, tu escudero,
   se dé tres mil azotes y trescientos
   en ambas sus valientes posaderas,
   al aire descubiertas, y de modo,
   que le escuezan, le amarguen y le enfaden;
   y en esto se resuelven todos cuantos
   de su desgracia han sido los autores,
   y a esto es mi venida, mis señores.”

  “¡Voto a tal!”, dijo a esta sazón Sancho; “no
digo yo tres mil azotes, pero así me daré yo
tres, como tres puñaladas. ¡Válgate el diablo por
modo de desencantar; yo no sé qué tienen que
ver mis posas con los encantos! Par Dios que
si el señor Merlín no ha hallado otra manera
como desencantar a la señora Dulcinea del
Toboso, encantada se podrá ir a la sepultura.”
  “Tomaros he yo”, dijo don Quijote, “don
villano, harto de ajos, y amarraros he a un
árbol, desnudo como vuestra madre os parió, y
no digo yo tres mil y trescientos, sino seis mil
y seiscientos azotes os daré, tan bien pegados,
que no se os caigan a tres mil y trescientos
tirones; y no me repliquéis palabra, que os
arrancaré el alma.”
  Oyendo lo cual Merlín, dijo:
  “No ha de ser así, porque los azotes que ha
de recibir el buen Sancho, han de ser por su
voluntad y no por fuerza, y en el tiempo que
él quisiere; que no se le pone término señalado.
Pero permítesele que si él quisiere redimir
su vejación por la mitad de este vapulamiento,
puede dejar que se los dé ajena mano,
aunque sea algo pesada.”
  “Ni ajena, ni propia, ni pesada, ni por
pesar”, replicó Sancho: “a mí no me ha de
tocar alguna mano. ¿Parí yo, por ventura, a la
señora Dulcinea del Toboso, para que paguen
mis posas lo que pecaron sus ojos? El señor
mi amo sí, que es parte suya, pues la llama
a cada paso mi vida, mi alma, sustento y arrimo
suyo, se puede y debe azotar por ella y hacer
todas las diligencias necesarias para su
desencanto. Pero ¿azotarme yo?; abernuncio.”
  Apenas acabó de decir esto Sancho, cuando
levantándose en pie la argentada ninfa que
junto al espíritu de Merlín venía, quitándose el
sutil velo del rostro, le descubrió tal, que a
todos pareció más que demasiadamente hermoso,
y con un desenfado varonil y con una
voz no muy adamada, hablando derechamente
con Sancho Panza, dijo:
  “¡Oh malaventurado escudero, alma de
cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas
guijeñas y apedernaladas!; si te mandaran,
ladrón, desuellacaras, que te arrojaras de una
alta torre al suelo, si te pidieran, enemigo del
género humano, que te comieras una docena
de sapos, dos de lagartos y tres de culebras, si
te persuadieran a que mataras a tu mujer y a
tus hijos con algún truculento y agudo alfanje,
no fuera maravilla que te mostraras melindroso
y esquivo. Pero hacer caso de tres mil y
trescientos azotes, que no hay niño de la doctrina,
por ruin que sea, que no se los lleve cada mes,
admira, adarva, espanta a todas las entrañas
piadosas de los que lo escuchan y aun las
de todos aquellos que lo vinieren a saber con
el discurso del tiempo. Pon ¡oh miserable y
endurecido animal!, pon, digo, esos tus ojos de
mochuelo espantadizo en las niñas de estos
míos, comparados a rutilantes estrellas, y
veráslos llorar hilo a hilo y madeja a madeja,
haciendo surcos, carreras y sendas por los
hermosos campos de mis mejillas. Muévate,
socarrón y mal intencionado monstruo, que la
edad tan florida mía, que aún se está todavía
en el diez y ..., de los años, pues tengo diez y
nueve y no llego a veinte, se consume y
marchita debajo de la corteza de una rústica
labradora. Y si ahora no lo parezco es merced
particular que me ha hecho el señor Merlín,
que está presente, sólo porque te enternezca
mi belleza; que las lágrimas de una afligida
hermosura vuelven en algodón los riscos y los
tigres en ovejas. Date, date en esas carnazas,
bestión indómito, y saca de harón ese brío
que a sólo comer y más comer te inclina; y
pon en libertad la lisura de mis carnes, la
mansedumbre de mi condición y la belleza de mi
faz. Y si por mí no quieres ablandarte ni
reducirte a algún razonable término, hazlo por ese
pobre caballero que a tu lado tienes, por tu
amo, digo, de quien estoy viendo el alma, que
la tiene atravesada en la garganta, no diez
dedos de los labios, que no espera sino tu
rígida o blanda respuesta, o para salirse por la
boca, o para volverse al estómago.”
  Tentóse oyendo esto la garganta don Quijote,
y dijo, volviéndose al duque:
  “Por Dios, señor, que Dulcinea ha dicho
la verdad, que aquí tengo el alma
atravesada en la garganta, como una nuez de
ballesta.”
  “¿Qué decís vos a esto, Sancho?”, preguntó
la duquesa.
  “Digo, señora”, respondió Sancho, “lo que
tengo dicho: que de los azotes abernuncio.”
  “Abrenuncio habéis de decir, Sancho, y no
como decís”, dijo el duque.
  “Déjeme vuestra grandeza”, respondió
Sancho; “que no estoy ahora para mirar en
sutilezas, ni en letras más a menos, porque me
tienen tan turbado estos azotes que me han de
dar o me tengo de dar, que no sé lo que me
digo ni lo que me hago; pero querría yo saber
de la señora, mi señora doña Dulcinea del
Toboso, adónde aprendió el modo de rogar
que tiene. Viene a pedirme que me abra las
carnes a azotes, y llámame alma de cántaro y
bestión indómito, con una tiramira de malos
nombres, que el diablo los sufra. ¿Por ventura
son mis carnes de bronce?, ¿o vame a mí algo
en que se desencante o no? ¿Qué canasta de
ropa blanca, de camisas, de tocadores y de
escarpines, aunque no los gasto, trae delante
de sí para ablandarme, sino un vituperio y otro,
sabiendo aquel refrán que dicen por ahí, que
un asno cargado de oro sube ligero por una
montaña, y que dádivas quebrantan peñas, y
a Dios rogando y con el mazo dando, y que
más vale un toma que dos te daré? Pues el
señor, mi amo, que había de traerme la mano
por el cerro y halagarme para que yo me
hiciese de lana y de algodón cardado, dice que
si me coge me amarrará desnudo a un árbol,
y me doblará la parada de los azotes. Y habían
de considerar estos lastimados señores que no
solamente piden que se azote un escudero,
sino un gobernador; como quien dice: bebe con
guindas. Aprendan, aprendan mucho de enhoramala
a saber rogar, y a saber pedir, y a tener
crianza; que no son todos los tiempos unos, ni
están los hombres siempre de un buen humor.
Estoy yo ahora reventando de pena por ver mi
sayo verde roto, y vienen a pedirme que me
azote de mi voluntad, estando ella tan ajena
de ello, como de volverme cacique.”
  “Pues en verdad, amigo Sancho”, dijo el
duque, “que si no os ablandáis más que una
breva madura, que no habéis de empuñar el
gobierno. Bueno sería que yo enviase a mis
insulanos un gobernador cruel, de entrañas
pedernalinas, que no se doblega a las lágrimas
de las afligidas doncellas ni a los ruegos
de discretos, imperiosos y antiguos encantadores
y sabios. En resolución, Sancho: o vos
habéis de ser azotado, u os han de azotar, o no
habéis de ser gobernador.”
  “Señor”, respondió Sancho, “¿no se me
darían dos días de término para pensar lo [que]
me está mejor?”
  “No, en ninguna manera”, dijo Merlín;
“aquí, en este instante y en este lugar ha de
quedar asentado lo que ha de ser de este negocio:
o Dulcinea volverá a la cueva de Montesinos
y a su prístino estado de labradora, o ya,
en el ser que está será llevada a los Elíseos
campos, donde estará esperando se cumpla el
número del vápulo.”
  “Ea, buen Sancho”, dijo la duquesa, “buen
ánimo y buena correspondencia al pan que habéis
comido del señor don Quijote, a quien todos
debemos servir y agradar por su buena condición
y por sus altas caballerías. Dad el sí, hijo,
de esta azotaina, y váyase el diablo para diablo y
el temor para mezquino; que un buen corazón
quebranta mala ventura, como vos bien sabéis.”
  A estas razones respondió con estas
disparatadas Sancho, que, hablando con Merlín, le
preguntó:
  “Dígame vuestra merced, señor Merlín:
cuando llegó aquí el diablo correo, dio a
mi amo un recado del señor Montesinos, mandándole
de su parte que le esperase aquí, porque
venía a dar orden de que la señora Dulcinea
del Toboso se desencantase, y hasta ahora
no hemos visto a Montesinos ni a sus
semejas.”
  A lo cual respondió Merlín:
  “El diablo, amigo Sancho, es un ignorante y
un grandísimo bellaco; yo le envié en busca
de vuestro amo, pero no con recado de Montesinos,
sino mío, porque Montesinos se está en
su cueva, entendiendo, o por mejor decir,
esperando su desencanto, que aún le falta la cola
por desollar. Si os debe algo o tenéis alguna
cosa que negociar con él, yo os lo traeré y
pondré donde vos más quisiereis; y por ahora
acabad de dar el sí de esta disciplina, y
creedme que os será de mucho provecho, así para
el alma como para el cuerpo: para el alma,
por la caridad con que la haréis; para el
cuerpo, porque yo sé que sois de complexión
sanguínea, y no os podrá hacer daño sacaros un
poco de sangre.”
  “Muchos médicos hay en el mundo, hasta los
encantadores son médicos”, replicó Sancho;
“pero, pues todos me lo dicen, aunque yo no me
lo veo, digo que soy contento de darme los tres
mil y trescientos azotes, con condición que me
los tengo de dar cada y cuando que yo quisiere,
sin que se me ponga tasa en los días ni
en el tiempo. Y yo procuraré salir de la deuda
lo más presto que sea posible, porque goce
el mundo de la hermosura de la señora doña
Dulcinea del Toboso, pues, según parece, al
revés de lo que yo pensaba, en efecto es
hermosa. Ha de ser también condición, que no [he]
de estar obligado a sacarme sangre con la
disciplina, y que si algunos azotes fueren de
mosqueo, se me han de tomar en cuenta. Y ten, que
si me errare en el número, el señor Merlín,
pues lo sabe todo, ha de tener cuidado de
contarlos y de avisarme los que me faltan o
los que me sobran.”
  “De las sobras no habrá que avisar”,
respondió Merlín, “porque llegando al cabal
número, luego quedará de improviso desencantada
la señora Dulcinea, y vendrá a buscar,
como agradecida, al buen Sancho y a darle las
gracias y aun premios por la buena obra. Así
que no hay de qué tener escrúpulo de las sobras
ni de las faltas, ni el cielo permita que
yo engañe a nadie, aunque sea en un pelo de
la cabeza.”
  “Ea, pues, a la mano de Dios”, dijo Sancho;
“yo consiento en mi mala ventura, digo, que
yo acepto la penitencia con las condiciones
apuntadas.”
  Apenas dijo estas últimas palabras Sancho,
cuando volvió a sonar la música de las
chirimías y se volvieron a disparar infinitos
arcabuces, y don Quijote se colgó del cuello de
Sancho, dándole mil besos en la frente y en las
mejillas. La duquesa y el duque y todos los
circunstantes dieron muestras de haber recibido
grandísimo contento, y el carro comenzó a
caminar, y al pasar la hermosa Dulcinea
inclinó la cabeza a los duques e hizo una gran
reverencia a Sancho.
  Y ya, en esto, se venía a más andar el alba
alegre y risueña; las florecillas de los campos
se descollaban y erguían, y los líquidos
cristales de los arroyuelos, murmurando por entre
blancas y pardas guijas, iban a dar tributo a
los ríos que los esperaban. La tierra alegre,
el cielo claro, el aire limpio, la luz serena,
cada uno por sí y todos juntos daban manifiestas
señales que el día que al aurora venía pisando
las faldas había de ser sereno y claro. Y
satisfechos los duques de la caza y de haber
conseguido su intención tan discreta y
felizmente, se volvieron a su castillo con
presupuesto de segundar en sus burlas; que para
ellos no había veras que más gusto les diesen.


                Capítulo XXXVI

Donde se cuenta la extraña y jamás
  imaginada aventura de la dueña Dolorida, alias
  de la condesa Trifaldi, con una carta que
  Sancho Panza escribió a su mujer, Teresa
  Panza.

  Tenía un mayordomo el duque de muy burlesco
y desenfadado ingenio, el cual hizo la
figura de Merlín y acomodó todo el aparato
de la aventura pasada, compuso los versos e
hizo que un paje hiciese a Dulcinea. Finalmente,
con intervención de sus señores ordenó
otra del más gracioso y extraño artificio que
puede imaginarse. Preguntó la duquesa a
Sancho otro día si había comenzado la tarea
de la penitencia que había de hacer por el
desencanto de Dulcinea; dijo que sí, y que aquella
noche se había dado cinco azotes. Preguntóle
la duquesa que con qué se los había dado;
respondió que con la mano.
  “Eso”, replicó la duquesa, “más es darse
de palmadas que de azotes; yo tengo para mí
que el sabio Merlín no estará contento con
tanta blandura. Menester será que el buen
Sancho haga alguna disciplina de abrojos, o de
las de canelones, que se dejen sentir, porque
la letra con sangre entra, y no se ha de dar tan
barata la libertad de una tan gran señora como
lo es Dulcinea por tan poco precio; y advierta
Sancho que las obras de caridad que se hacen
tibia y flojamente no tienen mérito ni valen
nada.”
  A lo que respondió Sancho:
  “Déme vuestra señoría alguna disciplina o
ramal conveniente, que yo me daré con él, como
no me duela demasiado; porque hago saber a
vuestra merced que, aunque soy rústico, mis
carnes tienen más de algodón que de esparto,
y no será bien que yo me descríe por el
provecho ajeno.”
  “Sea en buena hora”, respondió la duquesa;
“yo os daré mañana una disciplina que os
venga muy al justo y se acomode con la
ternura de vuestras carnes, como si fueran sus
hermanas propias.”
  A lo que dijo Sancho:
  “Sepa vuestra alteza, señora mía de mi ánima,
que yo tengo escrita una carta a mi mujer
Teresa Panza, dándole cuenta de todo lo que me
ha sucedido después que me aparté de ella; aquí
la tengo en el seno, que no le falta más de
ponerle el sobrescrito. Querría que vuestra
discreción la leyese, porque me parece que va
conforme a lo de gobernador, digo, al modo
que deben de escribir los gobernadores.”
  “Y ¿quién la notó?”, preguntó la duquesa.
  “¿Quién la había de notar sino yo, pecador de
mí?”, respondió Sancho.
  “Y ¿escribísteisla vos?”, dijo la duquesa.
  “Ni por pienso”, respondió Sancho, “porque
yo no sé leer ni escribir, puesto que sé firmar.”
  “Veámosla”, dijo la duquesa; “que a buen
seguro que vos mostréis en ella la calidad y
suficiencia de vuestro ingenio.”
  Sacó Sancho una carta abierta del seno, y,
tomándola la duquesa, vio que decía de esta
manera:

        CARTA DE SANCHO PANZA A TERESA
               PANZA, SU MUJER

  “Si buenos azotes me daban, bien caballero
me iba; si buen gobierno me tengo, buenos
azotes me cuesta. Esto no lo entenderás tú,
Teresa mía, por ahora; otra vez lo sabrás. Has
de saber, Teresa, que tengo determinado que
andes en coche, que es lo que hace al caso,
porque todo otro andar es andar a gatas. Mujer
de un gobernador eres, ¡mira si te roerá nadie los
zancajos! Ahí te envío un vestido verde de
cazador que me dio mi señora la duquesa;
acomódale en modo que sirva de saya y cuerpos a
nuestra hija. Don Quijote, mi amo, según he
oído decir en esta tierra, es un loco cuerdo y
un mentecato gracioso, y que yo no le voy en
zaga. Hemos estado en la cueva de Montesinos,
y el sabio Merlín ha echado mano de mí para
el desencanto de Dulcinea del Toboso, que por
allá se llama Aldonza Lorenzo; con tres mil y
trescientos azotes menos cinco, que me he de
dar, quedará desencantada como la madre que
la parió. No dirás de esto nada a nadie, porque
pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es
blanco y otros que es negro.
  ”De aquí a pocos días me partiré al gobierno,
adonde voy con grandísimo deseo de hacer
dineros, porque me han dicho que todos los
gobernadores nuevos van con este mismo deseo;
tomaréle el pulso y avisaréte si has de venir a
estar conmigo o no. El rucio está bueno, y se
te encomienda mucho, y no lo pienso dejar
aunque me llevaran a ser Gran Turco. La
duquesa, mi señora, te besa mil veces las manos;
vuélvele el retorno con dos mil, que no hay cosa
que menos cueste ni valga más barata, según
dice mi amo, que los buenos comedimientos.
No ha sido Dios servido de depararme otra
maleta con otros cien escudos como la de marras.
Pero no te dé pena, Teresa mía, que en salvo está
el que repica, y todo saldrá en la colada del
gobierno; sino que me ha dado gran pena que
me dicen que si una vez le pruebo, que me
tengo de comer las manos tras él, y si así
fuese, no me costaría muy barato, aunque los
estropeados y mancos ya tienen su canonjía
en la limosna que piden. Así que, por una
vía o por otra, tú has de ser rica, de buena
ventura. Dios te la dé, como puede, y a mí me
guarde para servirte. De este castillo, a veinte
de julio 1614.
                    Tu marido el gobernador,
                          Sancho Panza.”

  En acabando la duquesa de leer la carta,
dijo a Sancho:
  “En dos cosas anda un poco descaminado el
buen gobernador: la una, en decir o dar a
entender que este gobierno se le han dado por los
azotes que se ha de dar, sabiendo él, que no lo
puede negar, que cuando el duque, mi señor,
se le prometió, no se soñaba haber azotes en el
mundo. La otra es, que se muestra en ella muy
codicioso, y no querría que orégano fuese,
porque la codicia rompe el saco, y el gobernador
codicioso hace la justicia desgobernada.”
  “Yo no lo digo por tanto, señora”, respondió
Sancho, “y si a vuestra merced le parece que
la tal carta no va como ha de ir, no hay sino
rasgarla y hacer otra nueva, y podría ser que
fuese peor si me lo dejan a mi caletre.”
  “No, no”, replicó la duquesa; “buena está
ésta, y quiero que el duque la vea.”
  Con esto se fueron a un jardín donde habían
de comer aquel día; mostró la duquesa la carta
de Sancho al duque, de que recibió grandísimo
contento. Comieron, y después de alzado
los manteles, y después de haberse entretenido
un buen espacio con la sabrosa conversación
de Sancho, a deshora se oyó el son tristísimo
de un pífano y el de un ronco y destemplado
tambor; todos mostraron alborotarse con la
confusa, marcial y triste armonía, especialmente
don Quijote, que no cabía en su asiento de
puro alborotado. De Sancho no hay que decir,
sino que el miedo le llevó a su acostumbrado
refugio, que era el lado o faldas de la
duquesa, porque real y verdaderamente el son que
se escuchaba era tristísimo y melancólico.
Y, estando todos así suspensos, vieron entrar
por el jardín adelante dos hombres vestidos de
luto, tan luengo y tendido que les arrastraba
por el suelo; éstos venían tocando dos grandes
tambores, asimismo cubiertos de negro. A su
lado venía el pífano, negro y pizmiento como los
demás. Seguía a los tres un personaje de
cuerpo agigantado, amantado, no que vestido, con
una negrísima loba, cuya falda era asimismo
desaforada de grande; por encima de la loba le
ceñía y atravesaba un ancho tahalí, también
negro, de quien pendía un desmesurado alfanje
de guarniciones y vaina negra. Venía cubierto
el rostro con un trasparente velo negro, por
quien se entreparecía una longísima barba,
blanca como la nieve. Movía el paso al son de
los tambores con mucha gravedad y reposo.
En fin, su grandeza, su contoneo, su negrura y
su acompañamiento pudiera y pudo suspender
a todos aquellos que, sin conocerle, le miraron.
  Llegó, pues, con el espacio y prosopopeya
referida a hincarse de rodillas ante el duque,
que en pie, con los demás que allí estaban, le
atendía. Pero el duque en ninguna manera le
consintió hablar hasta que se levantase. Hízolo
así el espantajo prodigioso, y, puesto en pie,
alzó el antifaz del rostro e hizo patente la más
horrenda, la más larga, la más blanca y más
poblada barba que hasta entonces humanos ojos
habían visto, y luego desencajó y arrancó del
ancho y dilatado pecho una voz grave y sonora,
y poniendo los ojos en el duque, dijo:
  “Altísimo y poderoso señor: a mí me llaman
Trifaldín el de la Barba Blanca, soy escudero de
la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada
la dueña Dolorida, de parte de la cual traigo
a vuestra grandeza una embajada, y es que la
vuestra magnificencia sea servida de darla
facultad y licencia para entrar a decirle su cuita,
que es una de las más nuevas y más admirables
que el más cuitado pensamiento del orbe
pueda haber pensado; y primero quiere saber si
está en este vuestro castillo el valeroso
y jamás vencido caballero don Quijote de la
Mancha, en cuya busca viene a pie, y sin
desayunarse, desde el reino de Candaya hasta este
vuestro estado, cosa que se puede y debe tener
a milagro, o a fuerza de encantamiento. Ella
queda a la puerta de esta fortaleza o casa de
campo, y no aguarda para entrar sino vuestro
beneplácito; dije.”
  Y tosió luego, y manoseóse la barba de arriba
abajo con entrambas manos, y con mucho
sosiego estuvo atendiendo la respuesta del
duque, que fue:
  “Ya, buen escudero Trifaldín de la Blanca
Barba, ha muchos días que tenemos noticia de
la desgracia de mi señora la condesa Trifaldi,
a quien los encantadores la hacen llamar la
dueña Dolorida; bien podéis, estupendo
escudero, decirle que entre y que aquí está el
valiente caballero don Quijote de la Mancha, de
cuya condición generosa puede prometerse con
seguridad todo amparo y toda ayuda, y asimismo
le podréis decir de mi parte que si mi
favor le fuere necesario, no le ha de faltar,
pues ya me tiene obligado a dársele el ser
caballero, a quien es anejo y concerniente
favorecer a toda suerte [de] mujeres, en especial a
las dueñas viudas, menoscabadas y doloridas,
cual lo debe estar su señoría.”
  Oyendo lo cual Trifaldín, inclinó la rodilla
hasta el suelo, y, haciendo al pífano y tambores
señal que tocasen, al mismo son y al mismo
paso que había entrado, se volvió a salir del
jardín, dejando a todos admirados de su
presencia y compostura. Y, volviéndose el duque
a don Quijote, le dijo:
  “En fin, famoso caballero, no pueden las
tinieblas de la malicia ni de la ignorancia
encubrir y oscurecer la luz del valor y de la
virtud. Digo esto, porque apenas ha seis días
que la vuestra bondad está en este castillo,
cuando ya os vienen a buscar de lueñes y
apartadas tierras; y no en carrozas ni en
dromedarios, sino a pie y en ayunas, los tristes,
los afligidos, confiados que han de hallar en
ese fortísimo brazo el remedio de sus cuitas
y trabajos, merced a vuestras grandes hazañas,
que corren y rodean todo lo descubierto de la
tierra.”
  “Quisiera yo, señor duque”, respondió don
Quijote, “que estuviera aquí presente aquel
bendito religioso, que a la mesa el otro día
mostró tener tan mal talante y tan mala ojeriza
contra los caballeros andantes, para que viera
por vista de ojos si los tales caballeros son
necesarios en el mundo; tocara, por lo menos, con
la mano que los extraordinariamente afligidos
y desconsolados, en casos grandes y en desdichas
enormes, no van a buscar su remedio a las
casas de los letrados, ni a la de los sacristanes
de las aldeas, ni al caballero que nunca ha
acertado a salir de los términos de su lugar, ni
al perezoso cortesano, que antes busca nuevas
para referirlas y contarlas que procura hacer
obras y hazañas para que otros las cuenten y
las escriban. El remedio de las cuitas, el
socorro de las necesidades, el amparo de las
doncellas, el consuelo de las viudas, en ninguna
suerte de personas se halla mejor que en los
caballeros andantes, y de serlo yo doy infinitas
gracias al cielo, y doy por muy bien empleado
cualquier desmán y trabajo que en este tan
honroso ejercicio pueda sucederme. Venga
esta dueña y pida lo que quisiere; que yo le
libraré su remedio en la fuerza de mi brazo y
en la intrépida resolución de mi animoso
espíritu.”


               Capítulo XXXVII

  Donde se prosigue la famosa aventura de la
               dueña Dolorida.

  En extremo se holgaron el duque y la
duquesa de ver cuán bien iba respondiendo a
su intención don Quijote, y a esta sazón dijo
Sancho:
  “No querría yo que esta señora dueña
pusiese algún tropiezo a la promesa de mi
gobierno, porque yo he oído decir a un boticario
toledano, que hablaba como un silguero, que
donde interviniesen dueñas no podía suceder
cosa buena. ¡Válgame Dios y qué mal estaba con
ellas el tal boticario! De lo que yo saco que,
pues todas las dueñas son enfadosas e
impertinentes, de cualquiera calidad y condición que
sean, ¿qué serán las que son doloridas, como
han dicho que es esta condesa Tres Faldas o
Tres Colas?; que en mi tierra faldas y colas,
colas y faldas, todo es uno.”
  “Calla, Sancho amigo”, dijo don Quijote,
“que pues esta señora dueña de tan lueñes
tierras viene a buscarme, no debe ser de aquellas
que el boticario tenía en su número; cuanto
más que ésta es condesa, y cuando las
condesas sirven de dueñas, será sirviendo a
reinas y a emperatrices, que en sus casas son
señorísimas que se sirven de otras dueñas.”
  A esto respondió doña Rodríguez, que se
halló presente:
  “Dueñas tiene mi señora la duquesa en su
servicio, que pudieran ser condesas, si la
fortuna quisiera; pero allá van leyes do quieren
reyes, y nadie diga mal de las dueñas, y más
de las antiguas y doncellas, que aunque yo no
lo soy, bien se me alcanza y se me trasluce la
ventaja que hace una dueña doncella a una
dueña viuda, y quien a nosotras trasquiló, las
tijeras le quedaron en la mano.”
  “Con todo eso”, replicó Sancho, “hay tanto
que trasquilar en las dueñas, según mi
barbero, cuanto será mejor no menear el arroz,
aunque se pegue.”
  “Siempre los escuderos”, respondió doña
Rodríguez, “son enemigos nuestros; que como
son duendes de las antesalas y nos ven a cada
paso, los ratos que no rezan, que son muchos,
los gastan en murmurar de nosotras, desenterrándonos
los huesos y enterrándonos la fama.
Pues mándoles yo a los leños movibles, que,
mal que les pese, hemos de vivir en el mundo
y en las casas principales, aunque muramos de
hambre y cubramos con un negro monjil
nuestras delicadas o no delicadas carnes, como
quien cubre o tapa un muladar con un tapiz en
día de procesión. A fe que si me fuera dado y
el tiempo lo pidiera, que yo diera a entender,
no sólo a los presentes, sino a todo el mundo,
como no hay virtud que no se encierre en una
dueña.”
  “Yo creo”, dijo la duquesa, “que mi buena
doña Rodríguez tiene razón, y muy grande;
pero conviene que aguarde tiempo para volver
por sí y por las demás dueñas, para confundir
la mala opinión de aquel mal boticario y
desarraigar la que tiene en su pecho el gran
Sancho Panza.”
  A lo que Sancho respondió:
  “Después que tengo humos de gobernador
se me han quitado los vaguidos de escudero
y no se me da por cuantas dueñas hay un
cabrahígo.”
  Adelante pasaran con el coloquio dueñesco,
si no oyeran que el pífano y los tambores
volvían a sonar, por donde entendieron que la
dueña Dolorida entraba; preguntó la duquesa
al duque si sería bien ir a recibirla, pues era
condesa y persona principal.
  “Por lo que tiene de condesa”, respondió
Sancho, antes que el duque respondiese, “bien
estoy en que vuestras grandezas salgan a recibirla;
pero por lo de dueña, soy de parecer que
no se muevan un paso.”
  “¿Quién te mete a ti en esto, Sancho?”, dijo
don Quijote.
  “¿Quién, señor?”, respondió Sancho. “Yo me
meto, que puedo meterme, como escudero que
ha aprendido los términos de la cortesía en la
escuela de vuestra merced, que es el más cortés
y bien criado caballero que hay en toda la
cortesanía, y en estas cosas, según he oído
decir a vuestra merced, tanto se pierde por carta
de más como por carta de menos, y al buen
entendedor, pocas palabras.”
  “Así es como Sancho dice”, dijo el duque;
“veremos el talle de la condesa, y por él
tantearemos la cortesía que se le debe.”
  En esto, entraron los tambores y el pífano,
como la vez primera.
  Y aquí, con este breve capítulo dio fin el
autor, y comenzó el otro, siguiendo la misma
aventura, que es una de las más notables de la
historia.


               Capítulo XXXVIII

  Donde se cuenta la que dio de su mala
           andanza la dueña Dolorida.

  Detrás de los tristes músicos comenzaron a
entrar por el jardín adelante hasta cantidad de
doce dueñas, repartidas en dos hileras, todas
vestidas de unos monjiles anchos, al parecer,
de anascote batanado, con unas tocas blancas
de delgado canequí, tan luengas, que sólo el
ribete del monjil descubrían. Tras ellas venía
la condesa Trifaldi, a quien traía de la mano
el escudero Trifaldín de la Blanca Barba, vestida
de finísima y negra bayeta por frisar, que, a
venir frisada, descubriera cada grano del
grandor de un garbanzo de los buenos de
Martos. La cola o falda, o como llamarla
quisieren, era de tres puntas, las cuales se
sustentaban en las manos de tres pajes asimismo
vestidos de luto, haciendo una vistosa y
matemática figura con aquellos tres ángulos agudos,
que las tres puntas formaban, por lo cual cayeron
todos los que la falda puntiaguda miraron,
que por ella se debía llamar la condesa
Trifaldi, como si dijésemos la condesa de las
Tres Faldas. Y, así, dice Benengeli que fue
verdad, y que de su propio apellido se llamó
la condesa Lobuna, a causa que se criaban
en su condado muchos lobos, y que, si como
eran lobos fueran zorras, la llamaran la
condesa Zorruna, por ser costumbre en aquellas
partes tomar los señores la denominación de
sus nombres de la cosa, o cosas, en que más
sus estados abundan; empero esta condesa,
por favorecer la novedad de su falda, dejó el
Lobuna, y tomó el Trifaldi.
  Venían las doce dueñas y la señora a paso
de procesión, cubiertos los rostros con unos
velos negros, y no transparentes como el de
Trifaldín, sino tan apretados que ninguna cosa
se traslucían.
  Así como acabó de parecer el dueñesco
escuadrón, el duque, la duquesa y don Quijote
se pusieron en pie, y todos aquellos que la
espaciosa procesión miraban. Pararon las
doce dueñas e hicieron calle, por medio de la
cual la Dolorida se adelantó, sin dejarla de la
mano Trifaldín; viendo lo cual el duque, la
duquesa y don Quijote, se adelantaron obra
de doce pasos a recibirla. Ella puesta[s] las
rodillas en el suelo, con voz antes basta y ronca
que sutil y delicada, dijo:
  “Vuestras grandezas sean servidas de no
hacer tanta cortesía a este su criado, digo a
esta su criada, porque según soy de dolorida,
no acertaré a responder a lo que debo, a causa
que mi extraña y jamás vista desdicha me ha
llevado el entendimiento, no sé adónde, y debe
de ser muy lejos, pues cuanto más le busco,
menos le hallo.”
  “Sin él estaría”, respondió el duque, “señora
condesa, el que no descubriese por vuestra
persona vuestro valor, el cual, sin más ver, es
merecedor de toda la nata de la cortesía,
y de toda la flor de las bien criadas
ceremonias.”
  Y, levantándola de la mano, la llevó a sentar
en una silla junto a la duquesa, la cual la
recibió asimismo con mucho comedimiento.
  Don Quijote callaba, y Sancho andaba
muerto por ver el rostro de la Trifaldi y de
alguna de sus muchas dueñas; pero no fue
posible, hasta que ellas de su grado y
voluntad se descubrieron. Sosegados todos y
puestos en silencio, estaban esperando quién le
había de romper, y fue la dueña Dolorida con
estas palabras:
  “Confiada estoy, señor poderosísimo,
hermosísima señora y discretísimos circunstantes,
que ha de hallar mi cuitísima en vuestros
valerosísimos pechos acogimiento, no menos
plácido que generoso y doloroso; porque ella
es tal, que es bastante a enternecer los
mármoles, y a ablandar los diamantes, y a
molificar los aceros de los más endurecidos
corazones del mundo. Pero antes que salga a la
plaza de vuestros oídos, por no decir orejas,
quisiera que me hicieran sabedora si está en
este gremio, corro y compañía, el acendradísimo
caballero don Quijote de la Manchísima,
y su escuderísimo Panza.”
  “El Panza”, antes que otro respondiese,
dijo Sancho, “aquí está, y el don Quijotísimo
asimismo. Y, así, podréis, dolorosísima
dueñísima, decir lo que quisieridísimis; que todos
estamos prontos y aparejadísimos a ser
vuestros servidorísimos.”
  En esto, se levantó don Quijote, y, encaminando
sus razones a la Dolorida dueña, dijo:
  “Si vuestras cuitas, angustiada señora, se
pueden prometer alguna esperanza de
remedio por algún valor o fuerzas de algún
andante caballero, aquí están las mías, que,
aunque flacas y breves, todas se emplearán en
vuestro servicio. Yo soy don Quijote de la
Mancha, cuyo asunto es acudir a toda suerte
de menesterosos, y siendo esto así, como lo
es, no habéis menester, señora, captar
benevolencias, ni buscar preámbulos, sino a la llana
y sin rodeos decir vuestros males; que oídos
os escuchan, que sabrán, si no remediarlos,
dolerse de ellos.”
  Oyendo lo cual la Dolorida dueña, hizo
señal de querer arrojarse a los pies de don
Quijote, y aun se arrojó, y pugnando por
abrazárselos, decía:
  “Ante estos pies y piernas me arrojo, oh
caballero invicto, por ser los que son basas y
columnas de la andante caballería; estos pies
quiero besar, de cuyos pasos pende y cuelga
todo el remedio de mi desgracia, ¡oh valeroso
andante, cuyas verdaderas fazañas dejan atrás
y oscurecen las fabulosas de los Amadises,
Esplandianes y Belianises!”
  Y, dejando a don Quijote, se volvió a Sancho
Panza y, asiéndole de las manos, le dijo:
  “¡Oh tú el más leal escudero que jamás sirvió
a caballero andante en los presentes, ni en los
pasados siglos, más luengo en bondad que la
barba de Trifaldín, mi acompañador que está
presente!, bien puedes preciarte que en servir
al gran don Quijote sirves en cifra a toda la
caterva de caballeros que han tratado las
armas en el mundo. Conjúrote, por lo que
debes a tu bondad fidelísima, me seas buen
intercesor con tu dueño, para que luego
favorezca a esta humildísima y desdichadísima
condesa.”
  A lo que respondió Sancho:
  “De que sea mi bondad, señoría mía, tan
larga y grande como la barba de vuestro
escudero, a mí me hace muy poco al caso.
Barbada y con bigotes tenga yo mi alma cuando
de esta vida vaya, que es lo que importa; que
de las barbas de acá poco o nada me curo.
Pero, sin esas socaliñas ni plegarias, yo
rogaré a mi amo, que sé que me quiere bien,
y más ahora que me ha menester para cierto
negocio, que favorezca y ayude a vuestra
merced en todo lo que pudiere. Vuestra merced
desembaúle su cuita, y cuéntenosla, y deje
hacer; que todos nos entenderemos.”
  Reventaban de risa con estas cosas los
duques, como aquellos que habían tomado el
pulso a la tal aventura, y alababan entre sí la
agudeza y disimulación de la Trifaldi, la cual,
volviéndose a sentar, dijo:
  “Del famoso reino de Candaya, que cae
entre la gran Trapobana y el mar del Sur, dos
leguas más allá del cabo Comorín, fue
señora la reina doña Maguncia, viuda del rey
Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimonio
tuvieron y procrearon a la infanta Antonomasia,
heredera del reino, la cual dicha infanta
Antonomasia se crio y creció debajo de mi
tutela y doctrina, por ser yo la más antigua y
la más principal dueña de su madre. Sucedió,
pues, que yendo días y viniendo días, la niña
Antonomasia llegó a edad de catorce años,
con tan gran perfección de hermosura, que no
la pudo subir más de punto la naturaleza.
Pues ¡digamos ahora que la discreción era
mocosa! Así era discreta como bella, y era la
más bella del mundo, y lo es, si ya los hados
envidiosos y las parcas endurecidas no la han
cortado la estambre de la vida; pero no habrán,
que no han de permitir los cielos que se haga
tanto mal a la tierra, como sería llevarse en
agraz el racimo del más hermoso veduño del
suelo.
  ”De esta hermosura, y no como se debe
encarecida de mi torpe lengua, se enamoró un
número infinito de príncipes, así naturales
como extranjeros, entre los cuales osó levantar
los pensamientos al cielo de tanta belleza
un caballero particular, que en la corte estaba,
confiado en su mocedad y en su bizarría y en
sus muchas habilidades y gracias, y facilidad y
felicidad de ingenio. Porque hago saber a
vuestras grandezas, si no lo tienen por enojo,
que tocaba una guitarra que la hacía hablar, y
más que era poeta y gran bailarín, y sabía
hacer una jaula de pájaros, que solamente
a hacerlas pudiera ganar la vida, cuando se
viera en extrema necesidad; que todas estas
partes y gracias son bastantes a derribar una
montaña, no que una delicada doncella. Pero
toda su gentileza y buen donaire, y todas sus
gracias y habilidades fueran poca o ninguna
parte para rendir la fortaleza de mi niña, si el
ladrón desuellacaras no usara del remedio de
rendirme a mí primero. Primero quiso el
malandrín y desalmado vagamundo granjearme
la voluntad, y cohecharme el gusto, para que
yo, mal alcaide, le entregase las llaves de la
fortaleza que guardaba.
  ”En resolución, él me aduló el entendimiento,
y me rindió la voluntad con no sé qué
dijes y brincos que me dio; pero lo que más
me hizo postrar y dar conmigo por el suelo
fueron unas coplas que le oí cantar una noche,
desde una reja que caía a una callejuela donde
él estaba, que si mal no me acuerdo decían:

         De la dulce mi enemiga
       nace un mal que al alma hiere,
       y por más tormento, quiere
       que se sienta y no se diga.

  ”Parecióme la trova de perlas, y su voz, de
almíbar, y después acá, digo, desde entonces,
viendo el mal en que caí por estos y otros
semejantes versos, he considerado que de las
buenas y concertadas repúblicas se habían de
desterrar los poetas, como aconsejaba Platón,
a lo menos los lascivos, porque escriben
unas coplas, no como las del marqués de
Mantua, que entretienen y hacen llorar los
niños y a las mujeres, sino unas agudezas
que a modo de blandas espinas os atraviesan
el alma, y como rayos os hieren en ella,
dejando sano el vestido, y otra vez cantó:

         Ven, muerte, tan escondida,
       que no te sienta venir;
       porque el placer del morir
       no me torne a dar la vida.

  ”Y de este jaez otras coplitas y estrambotes
que, cantados encantan, y escritos suspenden;
pues ¿qué cuando se humillan a componer un
género de verso que en Candaya se usaba
entonces, a quien ellos llamaban seguidillas?
Allí era el brincar de las almas, el retozar de
la risa, el desasosiego de los cuerpos, y,
finalmente, el azogue de todos los sentidos. Y
así, digo, señores míos, que los tales trovadores
con justo título los debían desterrar a las
islas de los Lagartos. Pero no tienen ellos
la culpa, sino los simples que los alaban, y
las bobas que los creen. Y si yo fuera la buena
dueña que debía, no me habían de mover sus
trasnochados conceptos, ni había de creer ser
verdad aquel decir: «Vivo muriendo, ardo en
»el hielo, tiemblo en el fuego, espero sin
»esperanza, pártome y quédome», con otros
imposibles de esta ralea, de que están sus
escritos llenos. Pues ¿qué cuando prometen el
fénix de Arabia, la corona de Aridiana, los
caballos del Sol, del Sur las perlas, de Tíbar
el oro, y de Pancaya el bálsamo? Aquí es
donde ellos alargan más la pluma, como les
cuesta poco prometer lo que jamás piensan,
ni pueden cumplir. Pero ¿dónde me divierto?
¡Ay de mí desdichada! ¿Qué locura, o qué
desatino me lleva a contar las ajenas faltas,
teniendo tanto que decir de las mías? ¡Ay de mí,
otra vez, sin ventura!, que no me rindieron los
versos, sino mi simplicidad. No me ablandaron
las músicas, sino mi liviandad; mi mucha
ignorancia y mi poco advertimiento abrieron el
camino y desembarazaron la senda a los pasos
de don Clavijo, que éste es el nombre del
referido caballero. Y así, siendo yo la medianera,
él se halló una y muy muchas veces en la
estancia de la por mí y no por él engañada
Antonomasia, debajo del título de verdadero
esposo; que aunque pecadora, no consintiera
que, sin ser su marido, la llegara a la vira de
la suela de sus zapatillas. ¡No, no, eso no; el
matrimonio ha de ir adelante en cualquier
negocio de estos, que por mí se tratare!
Solamente hubo un daño en este negocio, que fue
el de la desigualdad, por ser don Clavijo un
caballero particular, y la infanta Antonomasia
heredera, como ya he dicho, del reino.
  ”Algunos días estuvo encubierta y solapada
en la sagacidad de mi recato esta maraña,
hasta que me pareció que la iba descubriendo a
más andar no sé qué hinchazón del vientre de
Antonomasia, cuyo temor nos hizo entrar en
bureo a los tres, y salió de él, que antes que se
saliese a luz el mal recado, don Clavijo
pidiese ante el vicario por su mujer a
Antonomasia, en fe de una cédula, que de ser su
esposa la infanta le había hecho, notada por mi
ingenio con tanta fuerza, que las de Sansón no
pudieran romperla. Hiciéronse las diligencias,
vio el vicario la cédula, tomó el tal vicario la
confesión a la señora, confesó de plano, mandóla
depositar en casa de un alguacil de corte
muy honrado.”
  A esta sazón dijo Sancho:
  “También en Candaya hay alguaciles de corte,
poetas y seguidillas: por lo que puedo jurar
que imagino que todo el mundo es uno; pero
dése vuestra merced prisa, señora Trifaldi, que
es tarde, y ya me muero por saber el fin de esta
tan larga historia.”
  “Sí haré”, respondió la condesa.


                Capítulo XXXIX

Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y
              memorable historia.

  De cualquiera palabra que Sancho decía la
duquesa gustaba tanto, como se desesperaba
don Quijote, y, mandándole que callase, la
Dolorida prosiguió, diciendo:
  “En fin, al cabo de muchas demandas y
respuestas, como la infanta se estaba siempre en
sus trece, sin salir ni variar de la primera
declaración, el vicario sentenció en favor de don
Clavijo, y se la entregó por su legítima esposa,
de lo que recibió tanto enojo la reina doña
Maguncia, madre de la infanta Antonomasia,
que dentro de tres días la enterramos.”
  “Debió de morir, sin duda”, dijo Sancho.
  “Claro está”, respondió Trifaldín; “que en
Candaya no se entierran las personas vivas,
sino las muertas.”
  “Ya se ha visto, señor escudero”, replicó
Sancho, “enterrar un desmayado, creyendo ser
muerto, y parecíame a mí que estaba la reina
Maguncia obligada a desmayarse antes que a
morirse; que con la vida muchas cosas se
remedian, y no fue tan grande el disparate de
la infanta, que obligase a sentirle tanto.
Cuando se hubiera casado esa señora con algún
paje suyo, o con otro criado de su casa, como
han hecho otras muchas, según he oído decir,
fuera el daño sin remedio; pero el haberse
casado con un caballero tan gentilhombre, y tan
entendido como aquí nos le han pintado, en
verdad en verdad, que aunque fue necedad,
no fue tan grande como se piensa. Porque según
las reglas de mi señor, que está presente
y no me dejará mentir, así como se hacen de
los hombres letrados los obispos, se pueden
hacer de los caballeros, y más si son andantes,
los reyes y los emperadores.”
  “Razón tienes, Sancho”, dijo don Quijote,
“porque un caballero andante, como tenga dos
dedos de ventura, está en potencia propincua
de ser el mayor señor del mundo. Pero pase
adelante la señora Dolorida; que a mí se me
trasluce que le falta por contar lo amargo
de esta hasta aquí dulce historia.”
  “Y ¡cómo si queda lo amargo!”, respondió la
condesa; “y tan amargo, que en su comparación
son dulces las tueras, y sabrosas las adelfas.
Muerta, pues, la reina, y no desmayada,
la enterramos, y apenas la cubrimos con la
tierra, y apenas le dimos el último vale,
cuando, quis talia fando temperet a lacrymis?,
puesto sobre un caballo de madera, pareció
encima de la sepultura de la reina el gigante
Malambruno, primo cormano de Maguncia,
que junto con ser cruel era encantador, el cual
con sus artes, en venganza de la muerte de su
cormana, y por castigo del atrevimiento de don
Clavijo, y por despecho de la demasía de
Antonomasia, los dejó encantados sobre la misma
sepultura, a ella, convertida en una jimia de
bronce, y a él, en un espantoso cocodrilo de un
metal no conocido, y entre los dos está un
padrón asimismo de metal, y en él escritas en
lengua siríaca unas letras, que, habiéndose
declarado en la candayesca, y ahora en la
castellana, encierran esta sentencia: «No cobrarán
»su primera forma estos dos atrevidos amantes,
»hasta que el valeroso Manchego venga conmigo
»a las manos en singular batalla; que para solo
»su gran valor guardan los hados esta nunca
»vista aventura.»
  ”Hecho esto, sacó de la vaina un ancho y
desmesurado alfanje, y, asiéndome a mí por
los cabellos, hizo finta de querer segarme la
gola, y cortarme cercén la cabeza. Turbéme,
pegóseme la voz a la garganta, quedé mohína
en todo extremo; pero con todo me esforcé lo
más que pude, y, con voz tembladora y
doliente, le dije tantas y tales cosas, que le
hicieron suspender la ejecución de tan riguroso
castigo. Finalmente, hizo traer ante sí todas
las dueñas de palacio, que fueron estas que
están presentes, y después de haber exagerado
nuestra culpa, y vituperado las condiciones de
las dueñas, sus malas mañas y peores trazas,
y, cargando a todas la culpa que yo sola tenía,
dijo que no quería con pena capital castigarnos,
sino con otras penas dilatadas, que nos
diesen una muerte civil y continua, y en aquel
mismo momento y punto que acabó de decir
esto, sentimos todas que se nos abrían los
poros de la cara, y que por toda ella nos
punzaban como con puntas de agujas; acudimos
luego con las manos a los rostros, y hallámonos
de la manera que ahora veréis.”
  Y luego la Dolorida y las demás dueñas
alzaron los antifaces con que cubiertas venían,
y descubrieron los rostros todos poblados de
barbas, cuáles rubias, cuáles negras, cuáles
blancas, y cuáles albarrazadas, de cuya vista
mostraron quedar admirados el duque y la
duquesa, pasmados don Quijote y Sancho, y
atónitos todos los presentes, y la Trifaldi
prosiguió:
  “De esta manera nos castigó aquel follón y
mal intencionado de Malambruno, cubriendo la
blandura y morbidez de nuestros rostros con
la aspereza de estas cerdas; que pluguiera al
cielo que antes con su desmesurado alfanje
nos hubiera derribado las testas, que no que
nos asombrara la luz de nuestras caras con
esta borra que nos cubre, porque si entramos
en cuenta, señores míos --y esto que voy a
decir ahora, lo quisiera decir hechos mis ojos
fuentes, pero la consideración de nuestra
desgracia y los mares que hasta aquí han llovido,
los tienen sin humor y secos como aristas, y,
así, lo diré sin lágrimas--, digo, pues, que
¿adónde podrá ir una dueña con barbas? ¿Qué
padre, o qué madre se dolerá de ella? ¿Quién la
dará ayuda? Pues aun cuando tiene la tez lisa,
y el rostro martirizado con mil suertes de
menjurjes y mudas, apenas halla quien bien la
quiera, ¿qué hará cuando descubra hecho un
bosque su rostro? ¡Oh dueñas y compañeras
mías, en desdichado punto nacimos, en hora
menguada nuestros padres nos engendraron!”
  Y, diciendo esto, dio muestras de
desmayarse.


                 Capítulo XL

 De cosas que atañen y tocan a esta aventura
         y a esta memorable historia.

  Real y verdaderamente todos los que gustan
de semejantes historias como ésta deben de
mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor
primero, por la curiosidad que tuvo en contarnos
las semínimas de ella, sin dejar cosa, por
menuda que fuese, que no la sacase a luz
distintamente. Pinta los pensamientos, descubre
las imaginaciones, responde a las tácitas,
aclara las dudas, resuelve los argumentos;
finalmente, los átomos del más curioso deseo
manifiesta: ¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh don
Quijote dichoso! ¡Oh Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho
Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de
por sí viváis siglos infinitos, para gusto y
general pasatiempo de los vivientes.
  Dice, pues, la historia que así como Sancho
vio desmayada a la Dolorida, dijo:
  “Por la fe de hombre de bien juro, y por el
siglo de todos mis pasados los Panzas, que
jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha
contado, ni en su pensamiento ha cabido
semejante aventura como ésta. Válgate mil
Satanases, por no maldecirte, por encantador y
gigante, Malambruno, y ¿no hallaste otro
género de castigo que dar a estas pecadoras, sino
el de barbarlas? ¿Cómo y no fuera mejor, y a
ellas les estuviera más a cuento, quitarles la
mitad de las narices de medio arriba, aunque
hablaran gangoso, que no ponerles barbas?
Apostaré yo que no tienen hacienda para
pagar a quien las rape.”
  “Así es la verdad, señor”, respondió una
de las doce; “que no tenemos hacienda para
mondarnos, y, así, hemos tomado algunas de
nosotras por remedio ahorrativo de usar de
unos pegotes o parches pegajosos, y,
aplicándolos a los rostros y tirando de golpe,
quedamos rasas y lisas como fondo de mortero de
piedra; que puesto que hay en Candaya mujeres
que andan de casa en casa a quitar el vello y
a pulir las cejas y hacer otros menjurjes
tocantes a mujeres, nosotras las dueñas de mi
señora por jamás quisimos admitirlas, porque
las más oliscan a terceras, habiendo dejado de
ser primas. Y si por el señor don Quijote no
somos remediadas, con barbas nos llevarán a
la sepultura.”
  “Yo me pelaría las mías”, dijo don Quijote,
“en tierra de moros, si no remediase las
vuestras.”
  A este punto volvió de su desmayo la
Trifaldi, y dijo:
  “El retintín de esa promesa, valeroso
caballero, en medio de mi desmayo llegó a mis
oídos, y ha sido parte para que yo de él vuelva
y cobre todos mis sentidos, y así, de nuevo os
suplico, andante ínclito y señor indomable,
vuestra graciosa promesa se convierta en
obra.”
  “Por mí no quedará”, respondió don Quijote;
“ved, señora, qué es lo que tengo de hacer,
que el ánimo está muy pronto para serviros.”
  “Es el caso”, respondió la Dolorida, “que
desde aquí al reino de Candaya, si se va por
tierra, hay cinco mil leguas, dos más a menos;
pero si se va por el aire, y por la línea recta,
hay tres mil y doscientas y veinte y siete. Es
también de saber que Malambruno me dijo
que cuando la suerte me deparase al caballero
nuestro libertador, que él le enviaría una
cabalgadura harto mejor y con menos malicias
que las que son de retorno, porque ha de ser
aquel mismo caballo de madera sobre quien
llevó el valeroso Pierres robada a la linda
Magalona, el cual caballo se rige por una
clavija que tiene en la frente, que le sirve de
freno, y vuela por el aire con tanta ligereza,
que parece que los mismos diablos le llevan.
Este tal caballo, según es tradición antigua, fue
compuesto por aquel sabio Merlín. Prestósele
a Pierres que era su amigo, con el cual hizo
grandes viajes y robó, como se ha dicho, a la
linda Magalona, llevándola a las ancas por el
aire, dejando embobados a cuantos desde la
tierra los miraban; y no le prestaba sino a
quien él quería o mejor se lo pagaba, y desde
el gran Pierres hasta ahora no sabemos que
haya subido alguno en él. De allí le ha sacado
Malambruno con sus artes y le tiene en su poder,
y se sirve de él en sus viajes, que los hace
por momentos, por diversas partes del mundo,
y hoy está aquí y mañana en Francia, y otro día
en Potosí, y es lo bueno que el tal caballo ni
come, ni duerme, ni gasta herraduras, y lleva
un portante por los aires, sin tener alas, que
el que lleva encima puede lleva[r] una taza
llena de agua en la mano, sin que se le derrame
gota, según camina llano y reposado; por
lo cual la linda Magalona se holgaba mucho
de andar caballera en él.”
  A esto dijo Sancho:
  “Para andar reposado y llano, mi rucio,
puesto que no anda por los aires; pero, por
la tierra, yo le cutiré con cuantos portantes
hay en el mundo.”
  Riéronse todos y la Dolorida prosiguió:
  “Y este tal caballo, si es que Malambruno
quiere dar fin a nuestra desgracia, antes que
sea media hora entrada la noche estará en
nuestra presencia; porque él me significó que
la señal que me daría por donde yo
entendiese que había hallado el caballero que
buscaba, sería enviarme el caballo, donde fuese,
con comodidad y presteza.”
  “Y ¿cuántos caben en ese caballo?” preguntó
Sancho.
  La Dolorida respondió:
  “Dos personas, la una en la silla y la otra
en las ancas, y por la mayor parte estas tales
dos personas son caballero y escudero, cuando
falta alguna robada doncella.”
  “Querría yo saber, señora Dolorida”, dijo
Sancho, “qué nombre tiene ese caballo.”
  “El nombre”, respondió la Dolorida, “no es
como el caballo de Belerofonte, que se llamaba
Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado
Bucéfalo, ni como el del furioso Orlando,
cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte,
que fue el de Reinaldos de Montalbán, ni
Frontino como el de Rugero, ni Bootes ni Peritoa,
como dicen que se llaman los del Sol, ni
tampoco se llama Orelia, como el caballo en que
el desdichado Rodrigo, último rey de los godos,
entró en la batalla donde perdió la vida y
el reino.”
  “Yo apostaré”, dijo Sancho, “que pues no
le han dado ninguno de esos famosos nombres
de caballos tan conocidos, que tampoco le
habrán dado el de mi amo, Rocinante, que en
ser propio excede a todos los que se han
nombrado.”
  “Así es”, respondió la barbada condesa;
“pero todavía le cuadra mucho, porque se
llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre
conviene con el ser de leño y con la clavija que
trae en la frente, y con la ligereza con que
camina, y así, en cuanto al nombre, bien
puede competir con el famoso Rocinante.”
  “No me descontenta el nombre”, replicó
Sancho; “pero ¿con qué freno o con qué
jáquima se gobierna?”
  “Ya he dicho”, respondió la Trifaldi, “que
con la clavija, que volviéndola a una parte o a
otra el caballero que va encima, le hace
caminar como quiere, o ya por los aires, o ya
rastreando y casi barriendo la tierra, o por el
medio, que es el que se busca y se ha de tener
en todas las acciones bien ordenadas.”
  “Ya lo querría ver”, respondió Sancho; “pero
pensar que tengo de subir en él, ni en la silla
ni en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Bueno
es que apenas puedo tenerme en mi rucio, y
sobre un albarda más blanda que la misma
seda, y querrían ahora que me tuviese en unas
ancas de tabla sin cojín ni almohada alguna!
Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las
barbas a nadie. Cada cual se rape como más
le viniere a cuento; que yo no pienso acompañar
a mi señor en tan largo viaje, cuanto más
que yo no debo de hacer al caso para el
rapamiento de estas barbas como lo soy para el
desencanto de mi señora Dulcinea.”
  “Sí sois, amigo”, respondió la Trifaldi; “y
tanto que sin vuestra presencia entiendo que
no haremos nada.”
  “¡Aquí del rey!”, dijo Sancho. “¿Qué tienen
que ver los escuderos con las aventuras de
sus señores? ¿Hanse de llevar ellos la fama
de las que acaban, y hemos de llevar nosotros
el trabajo? ¡Cuerpo de mí! Aun si dijesen los
historiadores: «El tal caballero acabó la tal y
»tal aventura; pero con ayuda de fulano su
»escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla».
»Pero, ¡que escriban a secas: «Don Paralipomenón
»de las Tres Estrellas acabó la aventura
»de los seis vestiglos», sin nombrar la persona
de su escudero que se halló presente a todo,
como si no fuera en el mundo! Ahora, señores,
vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo,
y buen provecho le haga; que yo me quedaré
aquí en compañía de la duquesa mi señora,
y podría ser que cuando volviese hallase
mejorada la causa de la señora Dulcinea en
tercio y quinto. Porque pienso, en los ratos
ociosos y desocupados, darme una tanda de
azotes, que no me la cubra pelo.”
  “Con todo eso, le habéis de acompañar si
fuere necesario, buen Sancho, porque os lo
rogarán buenos; que no han de quedar por
vuestro inútil temor tan poblados los rostros
de estas señoras, que cierto sería mal caso.”
  “¡Aquí del rey otra vez!”, replicó Sancho.
“Cuando esta caridad se hiciera por algunas
doncellas recogidas, o por algunas niñas de la
doctrina, pudiera el hombre aventurarse a
cualquier trabajo; pero que lo sufra por quitar
las barbas a dueñas, ¡mal año! Mas que las
viese yo a todas con barbas desde la mayor
hasta la menor, y de la más melindrosa hasta
la más repulgada.”
  “Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo”,
dijo la duquesa; “mucho os vais tras la
opinión del boticario toledano. Pues a fe que
no tenéis razón: que dueñas hay en mi casa que
pueden ser ejemplo de dueñas; que aquí está
mi doña Rodríguez que no me dejará decir
otra cosa.”
  “Mas que la diga vuestra excelencia”, dijo
Rodríguez; “que Dios sabe la verdad de todo,
y buenas o malas, barbadas o lampiñas que
seamos las dueñas, también nos parió nuestra
madre como a las otras mujeres, y pues
Dios nos echó en el mundo, El sabe para qué,
y a su misericordia me atengo, y no a las
barbas de nadie.”
  “Ahora bien, señora Rodríguez”, dijo don
Quijote, “y señora Trifaldi y compañía, yo
espero en el cielo que mirará con buenos ojos
vuestras cuitas; que Sancho hará lo que yo le
mandare, ya viniese Clavileño, y ya me viese
con Malambruno; que yo sé que no habría
navaja que con más facilidad rapase a vuestras
mercedes como mi espada raparía de los hombros
la cabeza de Malambruno; que Dios sufre
a los malos, pero no para siempre.”
  “¡Ay!”, dijo a esta sazón la Dolorida. “Con
benignos ojos miren a vuestra grandeza,
valeroso caballero, todas las estrellas de las
regiones celestes e infundan en vuestro ánimo
toda prosperidad y valentía para ser escudo y
amparo del vituperioso y abatido género
dueñesco, abominado de boticarios, murmurado
de escuderos y socaliñado de pajes; que mal
haya la bellaca que en la flor de su edad no se
metió primero a ser monja, que a dueña.
¡Desdichadas de nosotras las dueñas; que aunque
vengamos por línea recta de varón en varón
del mismo Héctor el troyano, no dejaran de
echaros un vos nuestras señoras si pensasen
por ello ser reinas! ¡Oh gigante Malambruno,
que aunque eres encantador, eres certísimo
en tus promesas! Envíanos ya al sin par
Clavileño, para que nuestra desdicha se acabe;
que si entra el calor y estas nuestras barbas
duran, ¡guay de nuestra ventura!”
  Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi,
que sacó las lágrimas de los ojos de todos los
circunstantes, y aun arrasó los de Sancho, y
propuso en su corazón de acompañar a su señor
hasta las últimas partes del mundo, si es
que en ello consistiese quitar la lana de
aquellos venerables rostros.


                 Capítulo XLI

    De la venida de Clavileño, con el fin
           de esta dilatada aventura.

  Llegó en esto la noche, y con ella el punto
determinado en que el famoso caballo Clavileño
viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don
Quijote, pareciéndole que, pues Malambruno
se detenía en enviarle, o que él no era el
caballero para quien estaba guardada aquella
aventura, o que Malambruno no osaba venir con él
a singular batalla. Pero veis aquí, cuando a
deshora entraron por el jardín cuatro salvajes
vestidos todos de verde yedra, que sobre sus
hombros traían un gran caballo de madera;
pusiéronle de pies en el suelo, y uno de los
salvajes dijo:
  “Suba sobre esta máquina el que tuviere
ánimo para ello...”
  “Aquí”, dijo Sancho, “yo no subo, porque
ni tengo ánimo, ni soy caballero.”
  Y el salvaje prosiguió, diciendo:
  “Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo
tiene, y fíese del valeroso Malambruno, que si
no fuere de su espada, de ninguna otra ni de
otra malicia será ofendido. Y no hay más que
torcer esta clavija que sobre el cuello trae
puesta, que él los llevará por los aires adonde
los atiende Malambruno; pero porque la alteza
y sublimidad del camino no les cause vahídos,
se han de cubrir los ojos hasta que el
caballo relinche, que será señal de haber dado fin
a su viaje.”
  Esto dicho, dejando a Clavileño, con gentil
continente se volvieron por donde habían venido.
La Dolorida, así como vio al caballo, casi
con lágrimas dijo a don Quijote:
  “Valeroso caballero, las promesas de
Malambruno han sido ciertas, el caballo está en
casa, nuestras barbas crecen, y cada una de
nosotras y con cada pelo de ellas te suplicamos
nos rapes y tundas, pues no está en más sino
en que subas en él con tu escudero y des feliz
principio a vuestro nuevo viaje.”
  “Eso haré yo, señora condesa Trifaldi, de
muy buen grado y de mejor talante, sin ponerme
a tomar cojín, ni calzarme espuelas, por no
detenerme; tanta es la gana que tengo de veros
a vos, señora, y a todas estas dueñas rasas y
mondas.”
  “Eso no haré yo”, dijo Sancho, “ni de malo
ni de buen talante, en ninguna manera. Y si es
que este rapamiento no se puede hacer sin que
yo suba a las ancas, bien puede buscar mi
señor otro escudero que le acompañe, y estas
señoras otro modo de alisarse los rostros; que
yo no soy brujo, para gustar de andar por los
aires. Y ¿qué dirán mis insulanos cuando
sepan que su gobernador se anda paseando por
los vientos? Y otra cosa más: que habiendo tres
mil y tantas leguas de aquí a Candaya, si el
caballo se cansa, o el gigante se enoja,
tardaremos en dar la vuelta media docena de años,
y ya ni habrá ínsula, ni ínsulos en el mundo que
me conozcan; y pues se dice comúnmente que
en la tardanza va el peligro y que cuando te
dieren la vaquilla, acudas con la soguilla,
perdónenme las barbas de estas señoras, que bien
se está San Pedro en Roma. Quiero decir que
bien me estoy en esta casa, donde tanta merced
se me hace, y de cuyo dueño tan gran bien
espero, como es verme gobernador.”
  A lo que el duque dijo:
  “Sancho amigo, la ínsula que yo os he
prometido no es movible ni fugitiva; raíces tiene
tan hondas echadas en los abismos de la tierra,
que no la arrancarán ni mudarán de donde
está a tres tirones. Y pues vos sabéis que sé yo
que no hay ningún género de oficio de estos de
mayor cuantía que no se granjee con alguna
suerte de cohecho, cuál más, cuál menos, el
que yo quiero llevar por este gobierno es que
vais con vuestro señor don Quijote a dar cima
y cabo a esta memorable aventura; que ahora
volváis sobre Clavileño con la brevedad que
su ligereza promete, ora la contraria fortuna os
traiga y vuelva a pie, hecho romero, de mesón
en mesón, y de venta en venta, siempre que
volviereis hallaréis vuestra ínsula donde la
dejáis, y a vuestros insulanos con el mismo
deseo de recibiros por su gobernador que
siempre han tenido, y mi voluntad será la
misma, y no pongáis duda en esta verdad, señor
Sancho; que sería hacer notorio agravio al
deseo que de serviros tengo.”
  “No más, señor”, dijo Sancho; “yo soy un
pobre escudero y no puedo llevar a cuestas
tantas cortesías. Suba mi amo, tápenme estos
ojos, y encomiéndenme a Dios, y avísenme si
cuando vamos por esas altanerías podré
encomendarme a nuestro Señor, o invocar los
ángeles que me favorezcan.”
  A lo que respondió Trifaldi:
  “Sancho, bien podéis encomendaros a Dios,
o a quien quisiereis; que Malambruno, aunque
es encantador, es cristiano y hace sus
encantamientos con mucha sagacidad y con
mucho tiento, sin meterse con nadie.”
  “Ea, pues”, dijo Sancho; “Dios me ayude y
la Santísima Trinidad de Gaeta.”
  “Desde la memorable aventura de los
batanes”, dijo don Quijote, “nunca he visto a
Sancho con tanto temor como ahora, y si yo fuera
tan agorero como otros, su pusilanimidad me
hiciera algunas cosquillas en el ánimo. Pero
llegaos aquí, Sancho; que con licencia de estos
señores os quiero hablar aparte dos palabras.”
  Y, apartando a Sancho entre unos árboles del
jardín, y, asiéndole ambas las manos, le dijo:
  “Ya ves, Sancho hermano, el largo viaje
que nos espera, y que sabe Dios cuándo
volveremos de él, ni la comodidad y espacio que
nos darán los negocios; y, así, querría que
ahora te retirases en tu aposento, como que
vas a buscar alguna cosa necesaria para el
camino, y en un daca la[s] pajas te dieses a
buena cuenta de los tres mil y trescientos azotes
a que estás obligado, siquiera quinientos,
que dados te los tendrás; que el comenzar
las cosas es tenerlas medio acabadas.”
  “¡Par Dios”, dijo Sancho, “que vuestra
merced debe de ser menguado! Esto es como
aquello que dicen: «¿En prisa me ves y
»doncellez me demandas?» ¿Ahora que tengo de ir
sentado en una tabla rasa, quiere vuestra
merced que me lastime las posas? En verdad en
verdad que no tiene vuestra merced razón. Vamos
ahora a rapar estas dueñas; que a la vuelta
yo le prometo a vuestra merced, como quien
soy, de darme tanta prisa a salir de mi
obligación que vuestra merced se contente, y no le
digo más.”
  Y don Quijote respondió:
  “Pues con esa promesa, buen Sancho, voy
consolado, y creo que la cumplirás, porque, en
efecto, aunque tonto, eres hombre verídico.”
  “No soy verde, sino moreno”, dijo Sancho,
“pero aunque fuera de mezcla, cumpliera mi
palabra.”
  Y, con esto, se volvieron a subir en
Clavileño, y al subir dijo don Quijote:
  “Tapaos, Sancho, y subid, Sancho; que quien
de tan lueñes tierras envía por nosotros no
será para engañarnos, por la poca gloria que
le puede redundar de engañar a quien de él se
fía, y puesto que todo sucediese al revés de lo
que imagino, la gloria de haber emprendido
esta hazaña no la podrá oscurecer malicia
alguna.”
  “Vamos, señor”, dijo Sancho, “que las
barbas y lágrimas de estas señoras las tengo
clavadas en el corazón, y no comeré bocado que
bien me sepa hasta verlas en su primera lisura.
Suba vuestra merced, y tápese primero; que
si yo tengo de ir a las ancas, claro está que
primero sube el de la silla.”
  “Así es la verdad”, replicó don Quijote.
  Y, sacando un pañuelo de la faldriquera,
pidió a la Dolorida que le cubriese muy bien
los ojos, y, habiéndoselos cubierto, se volvió a
descubrir y dijo:
  “Si mal no me acuerdo, yo he leído en
Virgilio aquello del Paladión de Troya, que
fue un caballo de madera que los griegos
presentaron a la diosa Palas, el cual iba preñado
de caballeros armados, que después fueron la
total ruina de Troya; y, así, será bien ver
primero lo que Clavileño trae en su estómago.”
  “No hay para qué”, dijo la Dolorida; “que yo
le fío, y sé que Malambruno no tiene nada de
malicioso ni de traidor. Vuestra merced, señor
don Quijote, suba sin pavor alguno, y a mi
daño si alguno le sucediere.”
  Parecióle a don Quijote que cualquiera cosa
que replicase acerca de su seguridad sería
poner en detrimento su valentía, y, así, sin
más altercar, subió sobre Clavileño, y le tentó
la clavija, que fácilmente se rodeaba, y como
no tenía estribos y le colgaban las piernas, no
parecía sino figura de tapiz flamenco, pintada o
tejida, en algún romano triunfo. De mal
talante, y poco a poco, llegó a subir Sancho, y
acomodándose lo mejor que pudo en las ancas,
las halló algo duras y no nada blandas, y pidió
al duque que, si fuese posible, le acomodasen
de algún cojín, o de alguna almohada,
aunque fuese del estrado de su señora la
duquesa o del lecho de algún paje, porque las
ancas de aquel caballo más parecían de mármol
que de leño.
  A esto dijo la Trifaldi que ningún jaez ni
ningún género de adorno sufría sobre sí
Clavileño; que lo que podía hacer era ponerse a
mujeriegas, y que así no sentiría tanto la
dureza. Hízolo así Sancho, y diciendo: “A Dios”,
se dejó vendar los ojos, y ya después de vendados,
se volvió a descubrir, y, mirando a todos
los del jardín tiernamente y con lágrimas, dijo
que le ayudasen en aquel trance con sendos
paternostres y sendas avemarías, por que Dios
deparase quien por ellos los dijese cuando
en semejantes trances se viesen. A lo que dijo
don Quijote:
  “Ladrón, ¿estás puesto en la horca por ventura,
o en el último término de la vida, para usar
de semejantes plegarias? ¿No estás, desalmada
y cobarde criatura, en el mismo lugar que ocupó
la linda Magalona, del cual descendió, no a la
sepultura, sino a ser reina de Francia, si no
mienten las historias? Y yo, que voy a tu lado,
¿no puedo ponerme al del valeroso Pierres,
que oprimió este mismo lugar que yo ahora
oprimo? Cúbrete, cúbrete, animal descorazonado,
y no te salga a la boca el temor que tienes,
a lo menos, en presencia mía.”
  “Tápenme”, respondió Sancho, “y pues no
quieren que me encomiende a Dios ni que sea
encomendado, ¿qué mucho que tema no ande
por aquí alguna región de diablos que den
con nosotros en Peralvillo?”
  Cubriéronse, y, sintiendo don Quijote que
estaba como había de estar, tentó la clavija, y
apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando
todas las dueñas y cuantos estaban presentes
levantaron las voces, diciendo:
  “¡Dios te guíe, valeroso caballero! ¡Dios sea
contigo, escudero intrépido! ¡Ya, ya vais por
esos aires, rompiéndolos con más velocidad
que una saeta! ¡Ya comenzáis a suspender y
admirar a cuantos desde la tierra os están
mirando! ¡Tente, valeroso Sancho, que te
bamboleas, mira no caigas; que será peor tu caída
que la del atrevido mozo que quiso regir el
carro del Sol, su padre!”
  Oyó Sancho las voces, y, apretándose con
su amo, y ciñéndole con los brazos, le dijo:
  “Señor, ¿cómo dicen éstos que vamos tan
altos, si alcanzan acá sus voces y no parece
sino que están aquí hablando, junto a
nosotros?”
  “No repares en eso, Sancho; que como estas
cosas y estas volaterías van fuera de los
cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás
lo que quisieres. Y no me aprietes tanto, que
me derribas. Y en verdad, que no sé de qué te
turbas ni te espantas; que osaré jurar que en
todos los días de mi vida he subido en
cabalgadura de paso más llano. No parece sino que
no nos movemos de un lugar. Destierra, amigo,
el miedo; que, en efecto, la cosa va como
ha de ir, y el viento llevamos en popa.”
  “Así es la verdad”, respondió Sancho; “que
por este lado me da un viento tan recio, que
parece que con mil fuelles me están soplando.”
  Y así era ello; que unos grandes fuelles le
estaban haciendo aire: tan bien trazada estaba
la tal aventura por el duque, y la duquesa, y su
mayordomo, que no le faltó requisito que la
dejase de hacer perfecta. Sintiéndose pues
soplar don Quijote, dijo:
  “Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos
de llegar a la segunda región del aire, adonde
se engendra el granizo, las nieves; los
truenos, los relámpagos, y los rayos se engendran
en la tercera región, y si es que de esta manera
vamos subiendo, presto daremos en la región
del fuego, y no sé yo cómo templar esta
clavija para que no subamos donde nos abrasemos.”
  En esto, con unas estopas ligeras de
encenderse y apagarse, desde lejos, pendientes de
una caña, les calentaban los rostros. Sancho,
que sintió el calor, dijo:
  “Que me maten si no estamos ya en el lugar
del fuego, o bien cerca, porque una gran parte
de mi barba se me ha chamuscado, y estoy,
señor, por descubrirme y ver en qué parte
estamos.”
  “No hagas tal”, respondió don Quijote, “y
acuérdate del verdadero cuento del licenciado
Torralba, a quien llevaron los diablos en
volandas por el aire, caballero en una caña,
cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma,
y se apeó en Torre de Nona, que es una
calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y
asalto y muerte de Borbón, y por la mañana
ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio
cuenta de todo lo que había visto; el cual
asimismo dijo que cuando iba por el aire le
mandó el diablo que abriese los ojos, y los
abrió, y se vio tan cerca, a su parecer, del
cuerpo de la luna, que la pudiera asir con
la mano, y que no osó mirar a la tierra por no
desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para
qué descubrirnos; que el que nos lleva a cargo,
él dará cuenta de nosotros. Y quizá vamos
tomando puntas y subiendo en alto, para
dejarnos caer de una sobre el reino de
Candaya, como hace el sacre o neblí sobre la
garza para cogerla, por más que se remonte; y
aunque nos parece que no ha media hora que
nos partimos del jardín, créeme que debemos
de haber hecho gran camino.”
  “No sé lo que es”, respondió Sancho Panza;
“sólo sé decir que si la señora Magallanes, o
Magalona, se contentó de estas ancas, que
no debía de ser muy tierna de carnes.”
  Todas estas pláticas de los dos valientes
oían el duque y la duquesa y los del jardín, de
que recibían extraordinario contento; y,
queriendo dar remate a la extraña y bien fabricada
aventura, por la cola de Clavileño le pegaron
fuego con unas estopas, y al punto, por estar
el caballo lleno de cohetes tronadores, voló
por los aires con extraño ruido, y dio con don
Quijote y con Sancho Panza en el suelo, medio
chamuscados.
  En este tiempo ya se habían desparecido
del jardín todo el barbado escuadrón de las
dueñas, y la Trifaldi y todo, y los del jardín
quedaron como desmayados, tendidos por el
suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron
maltrechos, y, mirando a todas partes, quedaron
atónitos de verse en el mismo jardín de donde
habían partido, y de ver tendido por tierra tanto
número de gente. Y creció más su admiración
cuando a un lado del jardín vieron hincada
una gran lanza en el suelo, y pendiente de ella
y de dos cordones de seda verde un pergamino
liso y blanco, en el cual con grandes letras de
oro estaba escrito lo siguiente:
  “El ínclito caballero don Quijote de la
Mancha feneció y acabó la aventura de la condesa
Trifaldi, por otro nombre llamada la dueña
Dolorida, y compañía, con sólo intentarla.
  ”Malambruno se da por contento y satisfecho
a toda su voluntad, y las barbas de las dueñas
ya quedan lisas y mondas, y los reyes don
Clavijo y Antonomasia, en su prístino estado.
Y cuando se cumpliere el escuderil vápulo, la
blanca paloma se verá libre de los pestíferos
gerifaltes que la persiguen y en brazos de su
querido arrullador; que así está ordenado por
el sabio Merlín, protoencantador de los
encantadores.”
  Habiendo, pues, don Quijote leído las letras
del pergamino, claro entendió que del
desencanto de Dulcinea hablaban, y, dando muchas
gracias al cielo de que con tan poco peligro
hubiese acabado tan gran fecho, reduciendo a
su pasada tez los rostros de las venerables
dueñas, que ya no parecían, se fue adonde el
duque y la duquesa aún no habían vuelto en
sí, y, trabando de la mano al duque, le dijo:
  “¡Ea, buen señor, buen ánimo, buen ánimo;
que todo es nada! La aventura es ya acabada
sin daño de barras, como lo muestra claro el
escrito que en aquel padrón está puesto.”
  El duque, poco a poco y como quien de un
pesado sueño recuerda, fue volviendo en sí, y
por el mismo tenor la duquesa y todos los que
por el jardín estaban caídos, con tales muestras
de maravilla y espanto, que casi se podían
dar a entender haberles acontecido de veras lo
que tan bien sabían fingir de burlas. Leyó el
duque el cartel con los ojos medio cerrados, y
luego, con los brazos abiertos, fue a abrazar a
don Quijote, diciéndole ser el más buen
caballero que en ningún siglo se hubiese visto.
  Sancho andaba mirando por la Dolorida,
por ver qué rostro tenía sin las barbas, y si era
tan hermosa sin ellas como su gallarda
disposición prometía; pero dijéronle que así como
Clavileño bajó ardiendo por los aires y dio en
el suelo, todo el escuadrón de las dueñas con
la Trifaldi había desaparecido, y que ya iban
rapadas y sin cañones. Preguntó la duquesa
a Sancho que cómo le había ido en aquel largo
viaje. A lo cual Sancho respondió:
  “Yo, señora, sentí que íbamos, según mi
señor me dijo, volando por la región del fuego,
y quise descubrirme un poco los ojos; pero
mi amo, a quien pedí licencia para descubrirme,
no la consintió. Mas yo, que tengo no sé qué
briznas de curioso y de desear saber lo que
se me estorba e impide, bonitamente, y sin que
nadie lo viese, por junto a las narices aparté
tanto cuanto el pañizuelo que me tapaba los
ojos, y por allí miré hacia la tierra, y
parecióme que toda ella no era mayor que un grano
de mostaza, y los hombres que andaban sobre
ella poco mayores que avellanas, por que se
vea cuán altos debíamos de ir entonces.”
  A esto dijo la duquesa:
  “Sancho amigo, mirad lo que decís; que a lo
que parece vos no visteis la tierra, sino los
hombres que andaban sobre ella. Y está claro que
si la tierra os pareció como un grano de
mostaza, y cada hombre como una avellana, un
hombre solo había de cubrir toda la tierra.”
  “Así es verdad”, respondió Sancho, “pero
con todo eso la descubrí por un ladito, y la vi
toda.”
  “Mirad, Sancho”, dijo la duquesa, “que por
un ladito no se ve el todo de lo que se mira.”
  “Yo no sé esas miradas”, replicó Sancho;
“sólo sé que será bien que vuestra señoría
entienda que, pues volábamos por encantamiento,
por encantamiento podía yo ver toda la
tierra y todos los hombres por doquiera que
los mirara. Y si esto no se me cree, tampoco
creerá vuestra merced como, descubriéndome
por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo,
que no había de mí a él palmo y medio, y por
lo que puedo jurar, señora mía, que es muy
grande además; y sucedió que íbamos por
parte donde están las siete cabrillas, y, en Dios
y en mi ánima, que como yo en mi niñez fui
en mi tierra cabrerizo, que así como las vi, me
dio una gana de entretenerme con ellas un
rato. Y si no le cumpliera, me parece que
reventara. Vengo, pues, y tomo, y ¿qué hago?
Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco,
bonita y pasitamente me apeé de Clavileño y
me entretuve con las cabrillas, que son como
unos alhelíes y como unas flores, casi tres
cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un
lugar, ni pasó adelante.”
  “Y ¿en tanto que el buen Sancho se entretenía
con las cabras”, preguntó el duque, “en qué
se entretenía el señor don Quijote?”
  A lo que don Quijote respondió:
  “Como todas estas cosas y estos tales sucesos
van fuera del orden natural, no es mucho
que Sancho diga lo que dice; de mí sé decir
que ni me descubrí por alto, ni por bajo, ni vi
el cielo, ni la tierra, ni la mar, ni las arenas.
Bien es verdad que sentí que pasaba por la
región del aire, y aun que tocaba a la del
fuego; pero que pasásemos de allí, no lo puedo
creer, pues, estando la región del fuego entre
el cielo de la luna y la última región del aire,
no podíamos llegar al cielo donde están las
siete cabrillas, que Sancho dice, sin abrasarnos.
Y pues no nos asuramos, o Sancho miente, o
Sancho sueña.”
  “Ni miento, ni sueño”, respondió Sancho;
“si no, pregúntenme las señas de las tales
cabras, y por ellas verán si digo verdad o no.”
  “Dígalas, pues, Sancho”, dijo la duquesa.
  “Son”, respondió Sancho, “las dos verdes,
las dos encarnadas, las dos azules, y la una de
mezcla.”
  “Nueva manera de cabras es ésa”, dijo el
duque, “y por esta nuestra región del suelo no
se usan tales colores, digo, cabras de tales
colores.”
  “Bien claro está eso”, dijo Sancho; “sí, que
diferencia ha de haber de las cabras del cielo a
las del suelo.”
  “Decidme, Sancho”, preguntó el duque,
“¿visteis allá entre esas cabras algún cabrón?”
  “No señor”, respondió Sancho, “pero oí decir
que ninguno pasaba de los cuernos de la luna.”
  No quisieron preguntarle más de su viaje,
porque les pareció que llevaba Sancho hilo de
pasearse por todos los cielos, y dar nuevas
de cuanto allá pasaba, sin haberse movido del
jardín. En resolución, éste fue el fin de la
aventura de la dueña Dolorida, que dio que reír a
los duques, no sólo aquel tiempo, sino el de
toda su vida, y que contar a Sancho siglos, si
los viviera. Y, llegándose don Quijote a Sancho
al oído, le dijo:
  “Sancho, pues vos queréis que se os crea lo
que habéis visto en el cielo, yo quiero que
vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de
Montesinos; y no os digo más.”


                Capítulo XLII

De los consejos que dio don Quijote a Sancho
  Panza antes que fuese a gobernar la ínsula,
  con otras cosas bien consideradas.

  Con el feliz y gracioso suceso de la aventura
de la Dolorida quedaron tan contentos los
duques, que determinaron pasar con las burlas
adelante, viendo el acomodado sujeto que
tenían para que se tuviesen por veras. Y así,
habiendo dado la traza y órdenes que sus
criados y sus vasallos habían de guardar con
Sancho en el gobierno de la ínsula prometida,
otro día, que fue el que sucedió al vuelo de
Clavileño, dijo el duque a Sancho que se
adeliñase y compusiese para ir a ser
gobernador; que ya sus insulanos le estaban
esperando como el agua de mayo. Sancho se le
humilló, y le dijo:
  “Después que bajé del cielo, y después que
desde su alta cumbre miré la tierra y la vi tan
pequeña, se templó en parte en mí la gana
que tenía tan grande de ser gobernador, porque
¿qué grandeza es mandar en un grano de
mostaza, o qué dignidad o imperio el gobernar
a media docena de hombres tamaños como
avellanas, que, a mi parecer, no había más en toda
la tierra? Si vuestra señoría fuese servido
de darme una tantica parte del cielo, aunque
no fuese más de media legua, la tomaría de
mejor gana que la mayor ínsula del mundo.”
  “Mirad, amigo Sancho”, respondió el duque,
“yo no puedo dar parte del cielo a nadie,
aunque no sea mayor que una uña; que a solo
Dios están reservadas esas mercedes y
gracias. Lo que puedo dar, os doy, que es una
ínsula hecha y derecha, redonda y bien
proporcionada, y sobremanera fértil y abundosa,
donde, si vos os sabéis dar maña, podéis con
las riquezas de la tierra granjear las del cielo.”
  “Ahora bien”, respondió Sancho, “venga esa
ínsula; que yo pugnaré por ser tal gobernador,
que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo. Y
esto no es por codicia que yo tenga de salir de
mis casillas, ni de levantarme a mayores, sino
por el deseo que tengo de probar a qué sabe
el ser gobernador.”
  “Si una vez lo probáis, Sancho”, dijo el
duque, “comeros heis las manos tras el
gobierno, por ser dulcísima cosa el mandar y
ser obedecido. A buen seguro que cuando
vuestro dueño llegue a ser emperador, que lo
será sin duda, según van encaminadas sus
cosas, que no se lo arranquen comoquiera, y
que le duela y le pese en la mitad del alma del
tiempo que hubiere dejado de serlo.”
  “Señor”, replicó Sancho, “yo imagino que
es bueno mandar, aunque sea a un hato de
ganado.”
  “Con vos me entierren, Sancho, que sabéis
de todo”, respondió el duque; “y yo espero que
seréis tal gobernador como vuestro juicio
promete. Y quédese esto aquí, y advertid que
mañana en ese mismo día habéis de ir al gobierno
de la ínsula, y esta tarde os acomodarán
del traje conveniente que habéis de llevar,
y de todas las cosas necesarias a vuestra
partida.”
  “Vístanme”, dijo Sancho, “como quisieren;
que de cualquier manera que vaya vestido,
seré Sancho Panza.”
  “Así es verdad”, dijo el duque; “pero los
trajes se han de acomodar con el oficio, o
dignidad, que se profesa; que no sería bien
que un jurisperito se vistiese como soldado, ni
un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho,
iréis vestido parte de letrado, y parte de
capitán, porque en la ínsula que os doy tanto son
menester las armas como las letras y las letras
como las armas.”
  “Letras”, respondió Sancho, “pocas tengo,
porque aún no sé el A, B, C; pero bástame
tener el Cristus en la memoria para ser buen
gobernador. De las armas manejaré las que
me dieren, hasta caer, y Dios delante.”
  “Con tan buena memoria”, dijo el duque,
“no podrá Sancho errar en nada.”
  En esto, llegó don Quijote, y, sabiendo lo
que pasaba, y la celeridad con que Sancho se
había de partir a su gobierno, con licencia del
duque, le tomó por la mano, y se fue con él a
su estancia, con intención de aconsejarle cómo
se había de haber en su oficio.
  Entrados, pues, en su aposento, cerró tras sí
la puerta, e hizo casi por fuerza que Sancho
se sentase junto a él, y con reposada voz le
dijo:
  “Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo,
de que antes y primero que yo haya encontrado
con alguna buena dicha, te haya salido a ti a
recibir y a encontrar la buena ventura. Yo, que
en mi buena suerte te tenía librada la paga de
tus servicios, me veo en los principios de
aventajarme, y tú, antes de tiempo, contra la ley
del razonable discurso, te ves premiado de
tus deseos. Otros cohechan, importunan, solicitan,
madrugan, ruegan, porfían, y no alcanzan
lo que pretenden; y llega otro, y sin saber
cómo ni cómo no, se halla con el cargo y
oficio que otros muchos pretendieron. Y aquí
entra y encaja bien el decir que hay buena y
mala fortuna en las pretensiones. Tú, que para
mí, sin duda alguna, eres un porro, sin madrugar
ni trasnochar, y sin hacer diligencia alguna,
con sólo el aliento que te ha tocado de la
andante caballería, sin más ni más te ves
gobernador de una ínsula, como quien no dice
nada. Todo esto digo, oh Sancho, para que no
atribuyas a tus merecimientos la merced recibida,
sino que des gracias al cielo, que dispone
suavemente las cosas, y después las darás a la
grandeza que en sí encierra la profesión de
la caballería andante. Dispuesto, pues, el
corazón a creer lo que te he dicho, está, oh hijo,
atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte
y ser norte y guía que te encamine y saque a
seguro puerto de este mar proceloso, donde vas
a engolfarte; que los oficios y grandes cargos
no son otra cosa sino un golfo profundo de
confusiones.
  ”Primeramente, oh hijo, has de temer a Dios,
porque en el temerle está la sabiduría, y siendo
sabio, no podrás errar en nada.
  ”Lo segundo, has de poner los ojos en quien
eres, procurando conocerte a ti mismo, que es
el más difícil conocimiento que puede
imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte
como la rana que quiso igualarse con el buey;
que si esto haces, vendrá a ser feos pies
de la rueda de tu locura la consideración de
haber guardado puercos en tu tierra.”
  “Así es la verdad”, respondió Sancho, “pero
fue cuando muchacho; pero después, algo
hombrecillo, gansos fueron los que guardé,
que no puercos. Pero esto paréceme a mí que
no hace al caso; que no todos los que
gobiernan vienen de casta de reyes.”
  “Así es verdad”, replicó don Quijote; “por
lo cual los no de principios nobles deben
acompañar la gravedad del cargo que ejercitan
con una blanda suavidad que, guiada por
la prudencia, los libre de la murmuración
maliciosa, de quien no hay estado que se escape.
  ”Haz gala, Sancho, de la humildad de tu
linaje, y no te desprecies de decir que vienes
de labradores; porque viendo que no te corres,
ninguno se pondrá a correrte, y préciate más
de ser humilde virtuoso que pecador soberbio.
Innumerables son aquellos que de baja estirpe
nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia
e imperatoria, y de esta verdad te pudiera
traer tantos ejemplos que te cansaran.
  ”Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud,
y te precias de hacer hechos virtuosos, no
hay para qué tener envidia a los que los
tienen, príncipes y señores; porque la sangre se
hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale
por sí sola lo que la sangre no vale.
  ”Siendo esto así, como lo es, que si acaso
viniere a verte cuando estés en tu ínsula
alguno de tus parientes, no le deseches, ni le
afrentes. Antes le has de acoger, agasajar y
regalar; que con esto satisfarás al cielo, que
gusta que nadie se desprecie de lo que él hizo,
y corresponderás a lo que debes a la naturaleza
bien concertada.
  ”Si trajeres a tu mujer contigo --porque no
es bien que los que asisten a gobiernos de
mucho tiempo estén sin las propias--, enséñala,
doctrínala y desbástala de su natural rudeza,
porque todo lo que suele adquirir un gobernador
discreto, suele perder y derramar una
mujer rústica y tonta.
  ”Si acaso enviudares --cosa que puede
suceder-- y con el cargo mejorares de consorte,
no la tomes tal, que te sirva de anzuelo y
de caña de pescar, y del no quiero de tu
capilla; porque en verdad te digo que de todo
aquello que la mujer del juez recibiere, ha de
dar cuenta el marido en la residencia universal,
donde pagará con el cuatro tanto en la
muerte las partidas de que no se hubiere hecho
cargo en la vida.
  ”Nunca te guíes por la ley del encaje, que
suele tener mucha cabida con los ignorantes
que presumen de agudos.
  ”Hallen en ti más compasión las lágrimas
del pobre, pero no más justicia, que las
informaciones del rico.
  ”Procura descubrir la verdad por entre las
promesas y dádivas del rico, como por entre
los sollozos e importunidades del pobre.
  ”Cuando pudiere y debiere tener lugar la
equidad, no cargues todo el rigor de la ley al
delincuente; que no es mejor la fama del juez
riguroso que la del compasivo.
  ”Si acaso doblares la vara de la justicia, no
sea con el peso de la dádiva, sino con el de la
misericordia.
  ”Cuando te sucediere juzgar algún pleito
de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu
injuria, y ponlos en la verdad del caso.
  ”No te ciegue la pasión propia en la causa
ajena; que los yerros que en ella hicieres las
más veces serán sin remedio, y si le tuvieren,
será a costa de tu crédito y aun de tu hacienda.
  ”Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte
justicia, quita los ojos de sus lágrimas, y tus
oídos de sus gemidos, y considera despacio
la sustancia de lo que pide, si no quieres que se
anegue tu razón en su llanto y tu bondad en
sus suspiros.
  ”Al que has de castigar con obras no trates
mal con palabras, pues le basta al desdichado
la pena del suplicio, sin la añadidura de las
malas razones.
  ”Al culpado que cayere debajo de tu
jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto
a las condiciones de la depravada naturaleza
nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin
hacer agravio a la contraria, muéstratele
piadoso y clemente; porque aunque los atributos
de Dios todos son iguales, más resplandece y
campea, a nuestro ver, el de la misericordia que
el de la justicia.
  ”Si estos preceptos y estas reglas sigues,
Sancho, serán luengos tus días, tu fama será
eterna, tus premios colmados, tu felicidad
indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos
tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz, y
beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos
de la vida te alcanzará el de la muerte en vejez
suave y madura, y cerrarán tus ojos las
tiernas y delicadas manos de tus terceros
netezuelos. Esto que hasta aquí te he dicho son
documentos que han de adornar tu alma; escucha
ahora los que han de servir para adorno del
cuerpo.”


                Capítulo XLIII

De los consejos segundos que dio don Quijote
               a Sancho Panza.

  ¿Quién oyera el pasado razonamiento de
don Quijote que no le tuviera por persona muy
cuerda y mejor intencionada? Pero como muchas
veces en el progreso de esta grande historia
queda dicho, solamente disparaba en tocándole
en la caballería, y en los demás discursos
mostraba tener claro y desenfadado entendimiento,
de manera, que a cada paso desacreditaban
sus obras su juicio, y su juicio sus obras;
pero en esta de estos segundos documentos que
dio a Sancho mostró tener gran donaire, y puso
su discreción y su locura en un levantado punto.
  Atentísimamente le escuchaba Sancho y
procuraba conservar en la memoria sus consejos,
como quien pensaba guardarlos y salir por
ellos a buen parto de la preñez de su gobierno.
Prosiguió, pues, don Quijote, y dijo:
  “En lo que toca a cómo has de gobernar tu
persona y casa, Sancho, lo primero que te
encargo es que seas limpio, y que te cortes las
uñas, sin dejarlas crecer, como algunos hacen, a
quien su ignorancia les ha dado a entender que
las uñas largas les hermosean las manos, como
si aquel excremento y añadidura que se dejan
de cortar fuese uña, siendo antes garras de
cernícalo lagartijero: puerco y extraordinario
abuso.
  ”No andes, Sancho, desceñido y flojo; que el
vestido descompuesto da indicios de ánimo
desmalazado, si ya la descompostura y
flojedad no cae debajo de socarronería, como se
juzgó en la de Julio César.
  ”Toma con discreción el pulso a lo que pudiere
valer tu oficio, y si sufriere que des librea
a tus criados, dásela honesta y provechosa más
que vistosa y bizarra, y repártela entre tus
criados y los pobres: quiero decir, que si has de
vestir seis pajes, viste tres y otros tres pobres,
y, así, tendrás pajes para el cielo y para el
suelo; y este nuevo modo de dar librea no la
alcanzan los vanagloriosos.
  ”No comas ajos ni cebollas, porque no saquen
por el olor tu villanería. Anda despacio.
Habla con reposo, pero no de manera que
parezca que te escuchas a ti mismo; que toda
afectación es mala.
  ”Come poco y cena más poco; que la salud
de todo el cuerpo se fragua en la oficina del
estómago.
  ”Sé templado en el beber, considerando que
el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple
palabra.
  ”Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos
carrillos, ni de eructar delante de nadie.”
  “Eso de eructar no entiendo”, dijo Sancho.
  Y don Quijote le dijo:
  “Eructar, Sancho, quiere decir regoldar; y
éste es uno de los más torpes vocablos que
tiene la lengua castellana, aunque es muy
significativo. Y, así, la gente curiosa se ha acogido
al latín, y al regoldar dice eructar, y a los
regüeldos, eructaciones; y cuando algunos no
entienden estos términos, importa poco, que el
uso los irá introduciendo con el tiempo, que
con facilidad se entiendan, y esto es enriquecer
la lengua sobre quien tiene poder el vulgo y
el uso.”
  “En verdad, señor”, dijo Sancho, “que uno
de los consejos y avisos que pienso llevar en
la memoria ha de ser el de no regoldar, porque
lo suelo hacer muy a menudo.”
  “Eructar, Sancho, que no regoldar”, dijo don
Quijote.
  “Eructar diré de aquí adelante”, respondió
Sancho, “y a fe que no se me olvide.”
  “También, Sancho, no has de mezclar en tus
pláticas la muchedumbre de refranes que sueles;
que puesto que los refranes son sentencias
breves, muchas veces los traes tan por los
cabellos, que más parecen disparates que
sentencias.”
  “Eso Dios lo puede remediar”, respondió
Sancho, “porque sé más refranes que un libro,
y viénenseme tantos juntos a la boca cuando
hablo, que riñen por salir unos con otros; pero
la lengua va arrojando los primeros que
encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo
tendré cuenta de aquí adelante de decir los
que convengan a la gravedad de mi cargo;
que en casa llena presto se guisa la cena. Y
quien destaja no baraja, y a buen salvo está
el que repica. Y el dar y el tener seso ha
menester.”
  “¡Eso sí, Sancho!”, dijo don Quijote. “¡Encaja,
ensarta, enhila refranes; que nadie te va
a la mano! Castígame mi madre, y yo
trómposelas. Estoyte diciendo que excuses
refranes, y en un instante has echado aquí una
letanía de ellos, que así cuadran con lo que
vamos tratando como por los cerros de Ubeda.
Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal
un refrán traído a propósito; pero cargar y
ensartar refranes a trochemoche hace la
plática desmayada y baja.
  ”Cuando subieres a caballo, no vayas echando
el cuerpo sobre el arzón postrero, ni lleves
las piernas tiesas y tiradas y desviadas de la
barriga del caballo, ni tampoco vayas tan
flojo, que parezca que vas sobre el rucio; que
el andar a caballo a unos hace caballeros, a
otros caballerizos.
  ”Sea moderado tu sueño; que el que no
madruga con el sol no goza del día. Y advierte,
oh Sancho, que la diligencia es madre de la
buena ventura, y la pereza, su contraria, jamás
llegó al término que pide un buen deseo.
  ”Este último consejo que ahora darte quiero
--puesto que no sirva para adorno del
cuerpo--, quiero que le lleves muy en la memoria,
que creo que no te será de menos provecho
que los que hasta aquí te he dado; y es que
jamás te pongas a disputar de linajes, a lo
menos comparándolos entre sí, pues, por fuerza,
en los que se comparan uno ha de ser el mejor,
y del que abatieres serás aborrecido, y del que
levantares, en ninguna manera premiado.
  ”Tu vestido será calza entera, ropilla larga,
herreruelo un poco más largo; gregüescos, ni
por pienso, que no les están bien ni a los
caballeros, ni a los gobernadores.
  ”Por ahora, esto se me ha ofrecido, Sancho,
que aconsejarte; andará el tiempo, y según las
ocasiones, así serán mis documentos, como
tú tengas cuidado de avisarme el estado en
que te hallares.”
  “Señor”, respondió Sancho, “bien veo que
todo cuanto vuestra merced me ha dicho son
cosas buenas, santas y provechosas; pero ¿de
qué han de servir, si de ninguna me acuerdo?
Verdad sea que aquello de no dejarme crecer
las uñas, y de casarme otra vez, si se
ofreciere, no se me pasará del magín. Pero esotros
badulaques y enredos y revoltillos, no se me
acuerda ni acordará más de ellos que de las
nubes de antaño, y, así, será menester que
se me den por escrito; que puesto que no sé
leer ni escribir, yo se los daré a mi confesor
para que me los encaje y recapacite cuando
fuere menester.”
  “¡Ah, pecador de mí”, respondió don Quijote,
“y qué mal parece en los gobernadores el
no saber leer ni escribir! Porque has de saber,
oh Sancho, que no saber un hombre leer o ser
zurdo arguye una de dos cosas: o que fue hijo
de padres demasiado de humildes y bajos, o
él tan travieso y malo, que no pudo entrar en
él [el] buen uso (*), ni la buena doctrina. Gran
falta es la que llevas contigo, y, así, querría
que aprendieses a firmar siquiera.”
  “Bien sé firmar mi nombre”, respondió
Sancho; “que cuando fui prioste en mi lugar
aprendí a hacer unas letras como de marca de
fardo, que decían que decía mi nombre. Cuanto
más que fingiré que tengo tullida la mano
derecha, y haré que firme otro por mí; que para
todo hay remedio, si no es para la muerte. Y
teniendo yo el mando y el palo, haré lo que
quisiere; cuanto más que el que tiene el padre
alcalde... Y siendo yo gobernador, que es
más que ser alcalde, ¡llegaos, que la dejan ver!
No sino popen y calóñenme; que vendrán por
lana y volverán trasquilados. Y a quien Dios
quiere bien, la casa le sabe. Y las necedades
del rico por sentencias pasan en el mundo; y
siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente
liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que
se me parezca. No sino haceos miel, y paparos
han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía
una mi abuela. Y del hombre arraigado no te
verás vengado.”
  “¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho!”, dijo a
esta sazón don Quijote. “¡Sesenta mil Satanases
te lleven a ti y a tus refranes! Una hora ha
que los estás ensartando y dándome con cada
uno tragos de tormento. Yo te aseguro que
estos refranes te han de llevar un día a la
horca; por ellos te han de quitar el gobierno
tus vasallos, o ha de haber entre ellos
comunidades. Dime: ¿dónde los hallas, ignorante, o
cómo los aplicas, mentecato?; que para decir
yo uno, y aplicarle bien, sudo y trabajo como
si cavase.”
  “Por Dios, señor nuestro amo”, replicó
Sancho, “que vuestra merced se queja de bien
pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que
yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra
tengo, ni otro caudal alguno sino refranes y
más refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro,
que venían aquí pintiparados, o como peras
en tabaque; pero no los diré, porque al buen
callar llaman Sancho.”
  “Ese Sancho no eres tú”, dijo don Quijote;
“porque no sólo no eres buen callar, sino mal
hablar y mal porfiar. Y, con todo eso, querría
saber qué cuatro refranes te ocurrían ahora a la
memoria, que venían aquí a propósito; que yo
ando recorriendo la mía, que la tengo buena,
y ninguno se me ofrece.”
  “¿Qué mejores”, dijo Sancho, “que «entre
»dos muelas cordales nunca pongas tus
»pulgares», y «a idos de mi casa y ¿qué queréis
»con mi mujer?, no hay responder», y «si da el
»cántaro en la piedra, o la piedra en el cántaro,
»mal para el cántaro», todos los cuales vienen
a pelo? Que nadie se tome con su gobernador,
ni con el que le manda, porque saldrá
lastimado, como el que pone el dedo entre dos
muelas cordales, y aunque no sean cordales,
como sean muelas no importa; y a lo que
dijere el gobernador no hay que replicar, como
al «salíos de mi casa, y ¿qué queréis con mi
»mujer?» Pues lo de la piedra en el cántaro,
un ciego lo verá. Así, que es menester que el
que ve la mota en el ojo ajeno, vea la viga
en el suyo, porque no se diga por él «espantóse
»la muerta de la degollada»; y vuestra
merced sabe bien que más sabe el necio en su
casa que el cuerdo en la ajena.”
  “Eso no, Sancho”, respondió don Quijote;
“que el necio en su casa ni en la ajena sabe
nada, a causa que sobre el cimiento de la
necedad no asienta ningún discreto edificio. Y
dejemos esto aquí, Sancho; que si mal gobernares,
tuya será la culpa, y mía la vergüenza.
Mas consuélome que he hecho lo que debía
en aconsejarte con las veras, y con la
discreción a mí posible; con esto salgo de mi
obligación, y de mi promesa. Dios te guíe,
Sancho, y te gobierne en tu gobierno, y a mí me
saque del escrúpulo que me queda que has de
dar con toda la ínsula patas arriba, cosa que
pudiera yo excusar con descubrir al duque
quién eres, diciéndole que toda esa gordura,
y esa personilla que tienes, no es otra cosa
que un costal lleno de refranes y de malicias.”
  “Señor”, replicó Sancho, “si a vuestra merced
le parece que no soy de pro para este gobierno,
desde aquí le suelto; que más quiero un
solo negro de la uña de mi alma que a todo
mi cuerpo, y así me sustentaré Sancho a
secas con pan y cebolla como gobernador con
perdices y capones. Y más, que mientras se
duerme, todos son iguales, los grandes y los
menores, los pobres y los ricos, y si vuestra
merced mira en ello, verá que sólo vuestra
merced me ha puesto en esto de gobernar;
que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que
un buitre, y si se imagina que por ser gobernador
me ha de llevar el diablo, más me quiero
ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.”
  “Por Dios, Sancho”, dijo don Quijote, “que
por solas estas últimas razones que has dicho
juzgo que mereces ser gobernador de mil
ínsulas; buen natural tienes, sin el cual no hay
ciencia que valga. Encomiéndate a Dios, y
procura no errar en la primera intención; quiero
decir que siempre tengas intento y firme
propósito de acertar en cuantos negocios te
ocurrieren, porque siempre favorece el cielo los
buenos deseos. Y vámonos a comer; que creo
que ya estos señores nos aguardan.”


                Capítulo XLIV

Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno,
  y de la extraña aventura que en el castillo
  sucedió a don Quijote.

  Dicen que en el propio original de esta historia
se lee que llegando Cide Hamete a escribir este
capítulo, no le tradujo su intérprete como él le
había escrito, que fue un modo de queja que
tuvo el moro de sí mismo por haber tomado
entre manos una historia tan seca y tan
limitada como esta de don Quijote, por parecerle
que siempre había de hablar de él y de Sancho,
sin osar extenderse a otras digresiones y
episodios más graves y más entretenidos, y decía
que el ir siempre atenido el entendimiento, la
mano y la pluma a escribir de un solo sujeto,
y hablar por las bocas de pocas personas era
un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba
en el de su autor, y que, por huir de este
inconveniente, había usado en la primera parte
del artificio de algunas novelas, como fueron
la del Curioso impertinente, y la del Capitán
cautivo, que están como separadas de la historia,
puesto que las demás que allí se cuentan
son casos sucedidos al mismo don Quijote, que
no podían dejar de escribirse. También pensó,
como él dice, que muchos, llevados de la
atención que piden las hazañas de don Quijote, no
la darían a las novelas, y pasarían por ellas, o
con prisa, o con enfado, sin advertir la gala
y artificio que en sí contienen, el cual se
mostrara bien al descubierto, cuando por sí solas,
sin arrimarse a las locuras de don Quijote, ni
a las sandeces de Sancho, salieran a luz. Y,
así, en esta segunda parte no quiso injerir
novelas sueltas, ni pegadizas, sino algunos
episodios que lo pareciesen, nacidos de los
mismos sucesos que la verdad ofrece, y aun
éstos, limitadamente y con solas las palabras
que bastan a declararlos; y pues se contiene
y cierra en los estrechos límites de la
narración, teniendo habilidad, suficiencia y
entendimiento para tratar del universo todo, pide
no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas
no por lo que escribe, sino por lo que ha
dejado de escribir.
  Y luego prosigue la historia diciendo que
en acabando de comer don Quijote el día que
dio los consejos a Sancho, aquella tarde
se los dio escritos para que él buscase quien
se los leyese; pero apenas se los hubo dado,
cuando se le cayeron y vinieron a manos del
duque, que los comunicó con la duquesa, y
los dos se admiraron de nuevo de la locura
y del ingenio de don Quijote. Y, así, llevando
adelante sus burlas, aquella tarde enviaron a
Sancho con mucho acompañamiento al lugar
que para él había de ser ínsula.
  Acaeció, pues, que el que le llevaba a cargo
era un mayordomo del duque, muy discreto y
muy gracioso, que no puede haber gracia donde
no hay discreción, el cual había hecho la persona
de la condesa Trifaldi, con el donaire que
queda referido, y, con esto, y con ir industriado
de sus señores de cómo se había de haber con
Sancho, salió con su intento maravillosamente.
Digo, pues, que acaeció que así como Sancho
vio al tal mayordomo, se le figuró en su rostro
el mismo de la Trifaldi, y, volviéndose a su
señor, le dijo:
  “Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de
aquí de donde estoy en justo y en creyente,
o vuestra merced me ha de confesar que el
rostro de este mayordomo del duque, que aquí
está, es el mismo de la Dolorida.”
  Miró don Quijote atentamente al mayordomo,
y, habiéndole mirado, dijo a Sancho:
  “No hay para qué te lleve el diablo, Sancho,
ni en justo ni en creyente --que no sé lo que
quieres decir--; que el rostro de la Dolorida es
el del mayordomo, pero no por eso el mayordomo
es la Dolorida; que a serlo, implicaría
contradicción muy grande, y no es tiempo ahora
de hacer estas averiguaciones; que sería
entrarnos en intricados laberintos. Créeme,
amigo, que es menester rogar a nuestro Señor
muy de veras que nos libre a los dos de malos
hechiceros y de malos encantadores.”
  “No es burla, señor”, replicó Sancho, “sino
que denantes le oí hablar, y no pareció sino que
la voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos.
Ahora bien, yo callaré; pero no dejaré de andar
advertido de aquí adelante, a ver si descubre
otra señal que confirme o desfaga mi sospecha.”
  “Así lo has de hacer, Sancho”, dijo don
Quijote, “y darásme aviso de todo lo que en
este caso descubrieres, y de todo aquello que
en el gobierno te sucediere.”
  Salió, en fin, Sancho, acompañado de mucha
gente, vestido a lo letrado, y encima un gabán
muy ancho de chamelote de aguas, leonado,
con una montera de lo mismo, sobre un macho
a la jineta, y, detrás de él, por orden del duque,
iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles
de seda, y flamantes. Volvía Sancho la cabeza
de cuando en cuando a mirar a su asno, con
cuya compañía iba tan contento, que no se
trocara con el emperador de Alemania.
  Al despedirse de los duques les besó las
manos, y tomó la bendición de su señor, que se
la dio con lágrimas, y Sancho la recibió con
pucheritos.
  Deja, lector amable, ir en paz y en hora
buena al buen Sancho, y espera dos fanegas
de risa, que te ha de causar el saber cómo se
portó en su cargo, y en tanto atiende a saber
lo que le pasó a su amo aquella noche; que
si con ello no rieres, por lo menos desplegarás
los labios con risa de jimia, porque los
sucesos de don Quijote, o se han de celebrar
con admiración o con risa.
  Cuéntase, pues, que apenas se hubo partido
Sancho, cuando don Quijote sintió su soledad,
y si le fuera posible revocarle la comisión y
quitarle el gobierno, lo hiciera. Conoció la
duquesa su melancolía, y preguntóle que de qué
estaba triste; que si era por la ausencia de
Sancho, que escuderos, dueñas y doncellas
había en su casa que le servirían muy a
satisfacción de su deseo.
  “Verdad es, señora mía”, respondió don
Quijote, “que siento la ausencia de Sancho;
pero no es ésa la causa principal que me hace
parecer que estoy triste, y de los muchos
ofrecimientos que vuestra excelencia me hace
solamente acepto y escojo el de la voluntad con
que se me hacen. Y en lo demás suplico a
vuestra excelencia que dentro de mi aposento
consienta y permita que yo solo sea el que me
sirva.”
  “En verdad”, dijo la duquesa, “señor don
Quijote, que no ha de ser así: que le han de
servir cuatro doncellas de las mías, hermosas
como unas flores.”
  “Para mí”, respondió don Quijote, “no serán
ellas como flores, sino como espinas que me
puncen el alma. Así entrarán ellas en mi aposento,
ni cosa que lo parezca, como volar. Si es
que vuestra grandeza quiere llevar adelante el
hacerme merced, sin yo merecerla, déjeme que
yo me las haya conmigo y que yo me sirva de
mis puertas adentro; que yo ponga una muralla
en medio de mis deseos y de mi honestidad, y
no quiero perder esta costumbre por la
liberalidad que vuestra alteza quiere mostrar
conmigo. Y, en resolución, antes dormiré vestido
que consentir que nadie me desnude.”
  “¡No más, no más, señor don Quijote!”,
replicó la duquesa; “por mí digo que daré orden
que ni aun una mosca entre en su estancia, no
que una doncella. No soy yo persona que
por mí se ha de descabalar la decencia del
señor don Quijote; que, según se me ha
traslucido, la que más campea entre sus muchas
virtudes es la de la honestidad. Desnúdese vuestra
merced y vístase a sus solas y a su modo, como
y cuando quisiere; que no habrá quien lo
impida, pues dentro de su aposento hallará los
vasos necesarios al menester del que duerme a
puerta cerrada, porque ninguna natural necesidad
le obligue a que la abra. Viva mil siglos
la gran Dulcinea del Toboso, y sea su nombre
extendido por toda la redondez de la tierra,
pues mereció ser amada de tan valiente y tan
honesto caballero, y los benignos cielos
infundan en el corazón de Sancho Panza, nuestro
gobernador, un deseo de acabar presto sus
disciplinas, para que vuelva a gozar el mundo
de la belleza de tan gran señora.”
  A lo cual dijo don Quijote:
  “Vuestra altitud ha hablado como quien es;
que en la boca de las buenas señoras no ha
de haber ninguna que sea mala, y más venturosa
y más conocida será en el mundo Dulcinea
por haberla alabado vuestra grandeza, que
por todas las alabanzas que puedan darle los
más elocuentes de la tierra.”
  “Ahora bien, señor don Quijote”, replicó la
duquesa, “la hora de cenar se llega y el
duque debe de esperar. Venga vuestra merced y
cenemos, y acostaráse temprano; que el viaje
que ayer hizo de Candaya no fue tan corto,
que no haya causado algún molimiento.”
  “No siento ninguno, señora”, respondió don
Quijote, “porque osaré jurar a vuestra
excelencia que en mi vida he subido sobre bestia
más reposada, ni de mejor paso que Clavileño,
y no sé yo qué le pudo mover a Malambruno
para deshacerse de tan ligera y tan gentil
cabalgadura, y abrasarla así, sin más ni más.”
  “A eso se puede imaginar”, respondió la
duquesa, “que, arrepentido del mal que había
hecho a la Trifaldi y compañía, y a otras
personas, y de las maldades que, como hechicero
y encantador, debía de haber cometido, quiso
concluir con todos los instrumentos de su
oficio, y como a principal y que más le traía
desasosegado, vagando de tierra en tierra,
abrasó a Clavileño; que con sus abrasadas
cenizas, y con el trofeo del cartel queda eterno
el valor del gran don Quijote de la Mancha.”
  De nuevo nuevas gracias dio don Quijote a
la duquesa, y, en cenando don Quijote, se
retiró en su aposento solo, sin consentir que
nadie entrase con él a servirle: tanto se temía
de encontrar ocasiones que le moviesen o
forzasen a perder el honesto decoro que a su
señora Dulcinea guardaba, siempre puesta en la
imaginación la bondad de Amadís, flor y espejo
de los andantes caballeros. Cerró tras sí
la puerta, y a la luz de dos velas de cera se
desnudó, y al descalzarse --¡oh desgracia
indigna de tal persona!-- se le soltaron, no
suspiros, ni otra cosa que desacreditasen la
limpieza de su policía, sino hasta dos docenas de
puntos de una media, que quedó hecha celosía.
Afligióse en extremo el buen señor, y diera
él por tener allí un adarme de seda verde una
onza de plata; digo seda verde, porque las
medias eran verdes.
  Aquí exclamó Benengeli, y escribiendo, dijo:
  “¡Oh pobreza, pobreza, no sé yo con qué
razón se movió aquel gran poeta cordobés, a
llamarte dádiva santa desagradecida! Yo,
aunque moro, bien sé, por la comunicación que
he tenido con cristianos, que la santidad
consiste en la caridad, humildad, fe, obediencia y
pobreza. Pero, con todo eso, digo que ha de
tener mucho de Dios el que se viniere a
contentar con ser pobre, si no es de aquel modo
de pobreza de quien dice uno de sus mayores
santos: «Tened todas las cosas como si no las
»tuvieseis», y a esto llaman pobreza de espíritu;
pero tú, segunda pobreza, que eres de la
que yo hablo, ¿por qué quieres estrellarte con
los hidalgos y bien nacidos más que con la
otra gente? ¿Por qué los obligas a dar pantalia
a los zapatos, y a que los botones de sus
ropillas unos sean de seda, otros de cerdas y
otros de vidrio? ¿Por qué sus cuellos, por la
mayor parte, han de ser siempre escarolados, y
no abiertos con molde?” Y en esto se echará
de ver que es antiguo el uso del almidón y de
los cuellos abiertos. Y prosiguió: “Miserable
del bien nacido que va dando pistos a su honra,
comiendo mal, y a puerta cerrada, haciendo
hipócrita al palillo de dientes con que sale a
la calle después de no haber comido cosa que le
obligue a limpiárselos; miserable de aquel,
digo, que tiene la honra espantadiza, y piensa
que desde una legua se le descubre el remiendo
del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza
del herreruelo y la hambre de su estómago!”
  Todo esto se le renovó a don Quijote en la
soltura de sus puntos; pero consolóse con ver
que Sancho le había dejado unas botas de
camino, que pensó ponerse otro día.
  Finalmente, él se recostó pensativo y
pesaroso, así de la falta que Sancho le hacía,
como de la irreparable desgracia de sus
medias, a quien tomara los puntos aunque fuera
con seda de otra color, que es una de las
mayores señales de miseria que un hidalgo puede
dar en el discurso de su prolija estrechez.
Mató las velas. Hacía calor y no podía dormir;
levantóse del lecho y abrió un poco la ventana
de una reja que daba sobre un hermoso jardín,
y al abrirla, sintió y oyó que andaba y
hablaba gente en el jardín. Púsose a escuchar
atentamente. Levantaron la voz los de abajo,
tanto, que pudo oír estas razones:
  “No me porfíes, oh Emerencia, que cante, pues
sabes que desde el punto que este forastero
entró en este castillo, y mis ojos le miraron, yo
no sé cantar, sino llorar; cuanto más que el
sueño de mi señora tiene más de ligero que de
pesado, y no querría que nos hallase aquí por
todo el tesoro del mundo. Y, puesto caso que
durmiese y no despertase, en vano sería mi
canto si duerme y no despierta para oírle este
nuevo Eneas, que ha llegado a mis regiones
para dejarme escarnecida.”
  “No des en eso, Altisidora amiga”,
respondieron; “que sin duda la duquesa y cuantos
hay en esa casa duermen, si no es el señor de
tu corazón y el despertador de tu alma, porque
ahora sentí que abría la ventana de la reja de su
estancia, y sin duda debe de estar despierto.
Canta, lastimada mía, en tono bajo y suave, al
son de tu arpa, y cuando la duquesa nos sienta,
le echaremos la culpa al calor que hace.”
  “No está en eso el punto, oh Emerencia”,
respondió la Altisidora, “sino en que no querría
que mi canto descubriese mi corazón y fuese
juzgada de los que no tienen noticia de las
fuerzas poderosas de amor por doncella antojadiza
y liviana. Pero venga lo que viniere; que
más vale vergüenza en cara que mancilla en
corazón.”
  Y, en esto, sintió tocar una harpa
suavísimamente; oyendo lo cual quedó don Quijote
pasmado, porque en aquel instante se le vinieron
a la memoria las infinitas aventuras semejantes
a aquella de ventanas, rejas y jardines,
músicas, requiebros y desvanecimientos que en los
sus desvanecidos libros de caballerías había
leído. Luego imaginó que alguna doncella de
la duquesa estaba de él enamorada, y que la
honestidad la forzaba a tener secreta su
voluntad, temió no le rindiese, y propuso en su
pensamiento el no dejarse vencer; y,
encomendándose de todo buen ánimo y buen talante a
su señora Dulcinea del Toboso, determinó de
escuchar la música, y para dar a entender que
allí estaba, dio un fingido estornudo, de que no
poco se alegraron las doncellas, que otra cosa
no deseaban sino que don Quijote las oyese.
Recorrida, pues, y afinada la harpa, Altisidora
dio principio a este romance:

        ¡Oh tú, que estás en tu lecho,
      entre sábanas de holanda,
      durmiendo a pierna tendida
      de la noche a la mañana,
        caballero el más valiente
      que ha producido la Mancha,
      más honesto y más bendito
      que el oro fino de Arabia!
        Oye a una triste doncella,
      bien crecida y mal lograda,
      que en la luz de tus dos soles
      se siente abrasar el alma.
        Tú buscas tus aventuras,
      y ajenas desdichas hallas;
      das las feridas, y niegas
      el remedio de sanarlas.
        Dime, valeroso joven,
      que Dios prospere tus ansias,
      si te criaste en la Libia,
      o en las montañas de Jaca,
        si sierpes te dieron leche,
      si a dicha fueron tus amas
      la aspereza de las selvas
      y el horror de las montañas.
        Muy bien puede Dulcinea,
      doncella rolliza y sana,
      preciarse de que ha rendido
      a una tigre y fiera brava.
        Por esto será famosa,
      desde Henares a Jarama,
      desde el Tajo a Manzanares,
      desde Pisuerga hasta Arlanza.
        Trocárame yo por ella,
      y diera encima una saya
      de las más gayadas mías,
      que de oro le adornan franjas.
        ¡Oh, quién se viera en tus brazos,
      o si no, junto a tu cama,
      rascándote la cabeza,
      y matándote la caspa!
        Mucho pido, y no soy digna
      de merced tan señalada:
      los pies quisiera traerte;
      que a una humilde esto le basta.
        ¡Oh, qué de cofias te diera,
      qué de escarpines de plata,
      qué de calzas de damasco,
      qué de herreruelos de holanda!
        ¡Qué de finísimas perlas,
      cada cual como una agalla,
      que, a no tener compañeras,
      las solas fueran llamadas!
        No mires de tu Tarpeya
      este incendio que me abrasa,
      Nerón manchego del mundo,
      ni le avives con tu saña.
        Niña soy, pulcela tierna.
      Mi edad de quince no pasa;
      catorce tengo y tres meses
      te juro en Dios y en mi ánima.
        No soy renca, ni soy coja,
      ni tengo nada de manca;
      los cabellos, como lirios,
      que, en pie, por el suelo arrastran.
        Y, aunque es mi boca aguileña,
      y la nariz algo chata,
      ser mis dientes de topacios
      mi belleza al cielo ensalza.
        Mi voz, ya ves, si me escuchas,
      que a la que es más dulce iguala,
      y soy de disposición
      algo menos que mediana.
        Estas y otras gracias miras:
      son despojos de tu aljaba;
      de esta casa soy doncella,
      y Altisidora me llaman.

  Aquí dio fin el canto de la malferida
Altisidora, y comenzó el asombro del requerido don
Quijote, el cual, dando un gran suspiro, dijo
entre sí:
  “¡Que tengo de ser tan desdichado andante,
que no ha de haber doncella que me mire que
de mí no se enamore! ¡Que tenga de ser tan
corta de ventura la sin par Dulcinea del Toboso,
que no la han de dejar a solas gozar de la
incomparable firmeza mía! ¿Qué la queréis,
reinas? ¿A qué la perseguís, emperatrices?
¿Para qué la acosáis, doncellas de a catorce a
quince años? Dejad, dejad a la miserable que
triunfe, se goce y ufane con la suerte que amor
quiso darle en rendirle mi corazón y entregarle
mi alma. Mirad, caterva enamorada, que para
sola Dulcinea soy de masa y de alfeñique,
y para todas las demás soy de pedernal. Para
ella soy miel, y para vosotras acíbar. Para mí
sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la
honesta, la gallarda y la bien nacida, y las demás,
las feas, las necias, las livianas y las de peor
linaje; para ser yo suyo, y no de otra alguna,
me arrojó la naturaleza al mundo. Llore o
cante Altisidora, desespérese madama por quien
me aporrearon en el castillo del moro encantado;
que yo tengo de ser de Dulcinea, cocido o
asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar
de todas las potestades hechiceras de la tierra.”
  Y, con esto, cerró de golpe la ventana, y,
despechado y pesaroso, como si le hubiera
acontecido alguna gran desgracia, se acostó en
su lecho, donde le dejaremos por ahora, porque
nos está llamando el gran Sancho Panza, que
quiere dar principio a su famoso gobierno.


                 Capítulo XLV

De cómo el gran Sancho Panza tomó la
  posesión de su ínsula, y del modo que comenzó
  a gobernar.

  ¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas,
hacha del mundo, ojo del cielo, meneo dulce de
las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí,
tirador acá, médico acullá, padre de la poesía,
inventor de la música, tú que siempre sales y
aunque lo parece, nunca te pones! ¡A ti digo,
oh sol, con cuya ayuda el hombre engendra al
hombre!: a ti digo que me favorezcas y
alumbres la oscuridad de mi ingenio, para
que pueda discurrir por sus puntos en la
narración del gobierno del gran Sancho Panza;
que, sin ti, yo me siento tibio, desmalazado y
confuso.
  Digo, pues, que con todo su acompañamiento
llegó Sancho a un lugar de hasta mil vecinos,
que era de los mejores que el duque tenía;
diéronle a entender que se llamaba la ínsula
Baratario, o ya porque el lugar se llamaba
Barataria, o ya por el barato con que se le había
dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la
villa, que era cercada, salió el regimiento del
pueblo a recibirle; tocaron las campanas, y
todos los vecinos dieron muestras de general
alegría, y con mucha pompa le llevaron a la
iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego, con
algunas ridículas ceremonias, le entregaron las
llaves del pueblo, y le admitieron por perpetuo
gobernador de la ínsula Barataria.
  El traje, las barbas, la gordura y pequeñez
del nuevo gobernador tenía admirada a toda
la gente que el busilis del cuento no sabía, y
aun a todos los que lo sabían, que eran muchos.
Finalmente, en sacándole de la iglesia, le
llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en
ella, y el mayordomo del duque le dijo:
  “Es costumbre antigua en esta ínsula, señor
gobernador, que el que viene a tomar posesión
de esta famosa ínsula está obligado a
responder a una pregunta que se le hiciere, que
sea algo intricada y dificultosa, de cuya
respuesta el pueblo toma y toca el pulso del
ingenio de su nuevo gobernador; y, así, o se
alegra, o se entristece con su venida.”
  En tanto que el mayordomo decía esto a
Sancho, estaba él mirando unas grandes y muchas
letras que en la pared frontera de su silla
estaban escritas, y como él no sabía leer, preguntó
que qué eran aquellas pinturas que en aquella
pared estaban; fuele respondido:
  “Señor, allí está escrito y notado el día en
que vuestra señoría tomó posesión de esta ínsula,
y dice el epitafio: «Hoy día, a tantos de tal
»mes y de tal año, tomó la posesión de esta
»ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos
»años la goce.»”
  “Y ¿a quién llaman don Sancho Panza?”,
preguntó Sancho.
  “A vuestra señoría”, respondió el mayordomo;
“que en esta ínsula no ha entrado otro Panza,
sino el que está sentado en esa silla.”
  “Pues advertid, hermano”, dijo Sancho, “que
yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha
habido: Sancho Panza me llaman a secas, y
Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi abuelo, y
todos fueron Panzas sin añadiduras de dones
ni doñas; y yo imagino que en esta ínsula debe
de haber más dones que piedras. Pero basta,
Dios me entiende, y podrá ser que si el
gobierno me dura cuatro días, yo escardaré estos
dones, que por la muchedumbre deben de enfadar
como los mosquitos. Pase adelante con su
pregunta el señor mayordomo; que yo responderé
lo mejor que supiere, ora se entristezca, o
no se entristezca el pueblo.”
  A este instante entraron en el juzgado dos
hombres, el uno vestido de labrador, y el otro
de sastre, porque traía una[s] tijeras en la mano;
y el sastre dijo:
  “Señor gobernador, yo y este hombre labrador
venimos ante vuestra merced en razón que
este buen hombre llegó a mi tienda ayer --que
yo, con perdón de los presentes, soy sastre
examinado, que Dios sea bendito--, y,
poniéndome un pedazo de paño en las manos, me
preguntó: «Señor, ¿habría en este paño harto
»para hacerme una caperuza?» Yo, tanteando
el paño, le respondí que sí; él debióse de
imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien,
que, sin duda, yo le quería hurtar alguna parte
del paño, fundándose en su malicia y en la
mala opinión de los sastres. Y replicóme que
mirase si habría para dos. Adivinéle el
pensamiento, y díjele que sí; y él, caballero en su
dañada y primera intención, fue añadiendo
caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que
llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto
acaba de venir por ellas. Yo se las doy, y no
me quiere pagar la hechura; antes me pide que
le pague o vuelva su paño.”
  “Es todo esto así, hermano?”, preguntó
Sancho.
  “Sí señor”, respondió el hombre; “pero hágale
vuestra merced que muestre las cinco caperuzas
que me ha hecho.”
  “De buena gana”, respondió el sastre.
  Y, sacando incontinenti la mano debajo
del herreruelo, mostró en ella cinco caperuzas
puestas en las cinco cabezas de los dedos de
la mano, y dijo:
  “He aquí las cinco caperuzas que este buen
hombre me pide, y en Dios y en mi conciencia
que no me ha quedado nada del paño, y yo
daré la obra a vista de veedores del oficio.”
  Todos los presentes se rieron de la multitud
de las caperuzas, y del nuevo pleito. Sancho
se puso a considerar un poco, y dijo:
  “Paréceme que en este pleito no ha de haber
largas dilaciones, sino juzgar luego a juicio
de buen varón, y, así, yo doy por sentencia
que el sastre pierda las hechuras, y el labrador
el paño, y las caperuzas se lleven a los presos
de la cárcel, y no haya más.”
  Si la sentencia pasada de la bolsa del
ganadero movió a admiración a los circunstantes,
ésta les provocó a risa. Pero, en fin, se
hizo lo que mandó el gobernador; ante el
cual se presentaron dos hombres ancianos, el
uno traía una cañaheja por báculo, y el sin
báculo dijo:
  “Señor, a este buen hombre le presté días
ha 10 escudos de oro en oro, por hacerle
placer y buena obra, con condición que me los
volviese cuando se los pidiese. Pasáronse
muchos días sin pedírselos, por no ponerle en
mayor necesidad, de volvérmelos, que la que
él tenía cuando yo se los presté: pero por
parecerme que se descuidaba en la paga, se
los he pedido una y muchas veces, y no
solamente no me los vuelve, pero me los niega, y
dice que nunca tales 10 escudos le presté,
y que si se los presté, que ya me los ha vuelto.
Yo no tengo testigos ni del prestado, ni de la
vuelta, porque no me los ha vuelto. Querría
que vuestra merced le tomase juramento y, si
jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono
para aquí y para delante de Dios.”
  “¿Qué decís vos a esto, buen viejo del
báculo?”, dijo Sancho.
  A lo que dijo el viejo:
  “Yo, señor, confieso que me los prestó,
y baje vuestra merced esa vara, y, pues él
lo deja en mi juramento, yo juraré como
se los he vuelto y pagado real y
verdaderamente.”
  Bajó el gobernador la vara, y, en tanto, el
viejo del báculo dio el báculo al otro viejo,
que se le tuviese en tanto que juraba, como
si le embarazara mucho, y luego puso la mano
en la cruz de la vara, diciendo que era verdad,
que se le habían prestado aquellos diez escudos
que se le pedían; pero que él se los había vuelto
de su mano a la suya, y que por no caer en
ello se los volvía a pedir por momentos.
Viendo lo cual el gran gobernador, preguntó al
acreedor qué respondía a lo que decía su
contrario; y dijo que sin duda alguna su deudor
debía de decir verdad, porque le tenía por
hombre de bien y buen cristiano, y que a él
se le debía de haber olvidado el cómo y cuándo
se los había vuelto, y que desde allí en adelante
jamás le pediría nada. Tornó a tomar su báculo
el deudor, y, bajando la cabeza, se salió del
juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin más
ni más se iba, y viendo también la paciencia
del demandante, inclinó la cabeza sobre el
pecho, y, poniéndose el índice de la mano
derecha sobre las cejas y las narices, estuvo
como pensativo un pequeño espacio, y luego
alzó la cabeza y mandó que le llamasen al
viejo del báculo, que ya se había ido.
Trajéronsele, y, en viéndole Sancho, le dijo:
  “Dadme, buen hombre, ese báculo; que le
he menester.”
  “De muy buena gana”, respondió el viejo:
“hele aquí, señor.”
  Y púsosele en la mano.
  Tomóle Sancho, y, dándosele al otro viejo,
le dijo:
  “Andad con Dios, que ya vais pagado.”
  “¿Yo, señor?”, respondió el viejo. “Pues, ¿vale
esta cañaheja 10 escudos de oro?”
  “Sí”, dijo el gobernador, “o si no, yo soy el
mayor porro del mundo, y ahora se verá si
tengo yo caletre para gobernar todo un reino.”
  Y mandó que allí delante de todos se
rompiese y abriese la caña. Hízose así, y en el
corazón de ella hallaron 10 escudos en oro.
Quedaron todos admirados, y tuvieron a su
gobernador por un nuevo Salomón. Preguntáronle
de dónde había colegido que en aquella
cañaheja estaban aquellos 10 escudos, y
respondió que de haberle visto dar el viejo que
juraba, a su contrario, aquel báculo en tanto
que hacía el juramento, y jurar que se los había
dado real y verdaderamente, y que, en acabando
de jurar, le tornó a pedir el báculo, le
vino a la imaginación que dentro de él estaba
la paga de lo que pedían. De donde se podía
colegir que los que gobiernan, aunque sean
unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus
juicios; y más, que él había oído contar otro
caso como aquél al cura de su lugar, y que él
tenía tan gran memoria, que a no olvidársele
todo aquello de que quería acordarse, no
hubiera tal memoria en toda la ínsula. Finalmente,
el un viejo corrido, y el otro pagado, se
fueron, y los presentes quedaron admirados.
Y el que escribía las palabras, hechos y
movimientos de Sancho, no acababa de determinarse
si le tendría y pondría por tonto, o por
discreto.
  Luego, acabado este pleito, entró en el
juzgado una mujer, asida fuertemente de un
hombre vestido de ganadero rico, la cual venía
dando grandes voces, diciendo:
  “¡Justicia, señor gobernador, justicia, y si no
la hallo en la tierra, la iré a buscar al cielo!
Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre
me ha cogido en la mitad de ese campo, y
se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera
trapo mal lavado, y, desdichada de mí, me ha
llevado lo que yo tenía guardado más de
veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros
y cristianos, de naturales y extranjeros,
y yo, siempre dura como un alcornoque,
conservándome entera como la salamanquesa en
el fuego, o como la lana entre las zarzas, para
que este buen hombre llegase ahora con sus
manos limpias a manosearme.”
  “Aún eso está por averiguar, si tiene limpias
o no las manos este galán”, dijo Sancho.
  Y, volviéndose al hombre, le dijo qué
decía y respondía a la querella de aquella
mujer; el cual, todo turbado, respondió:
  “Señores, yo soy un pobre ganadero de
ganado de cerda, y esta mañana salía de este
lugar, de vender, con perdón sea dicho,
cuatro puercos, que me llevaron de alcabalas y
socaliñas poco menos de lo que ellos valían.
Volvíame a mi aldea, topé en el camino a esta
buena dueña, y el diablo, que todo lo añasca
y todo lo cuece, hizo que yogásemos juntos;
paguéle lo suficiente, y ella, mal contenta,
asió de mí, y no me ha dejado hasta traerme
a este puesto. Dice que la forcé, y miente,
para el juramento que hago o pienso hacer;
y ésta es toda la verdad, sin faltar meaja.”
  Entonces el gobernador le preguntó si traía
consigo algún dinero en plata. El dijo que
hasta veinte ducados tenía en el seno en una
bolsa de cuero; Mandó que la sacase y se la
entregase así como estaba a la querellante;
él lo hizo temblando, tomóla [la] mujer, y,
haciendo mil zalemas a todos, y, rogando a
Dios por la vida y salud del señor gobernador,
que así miraba por las huérfanas menesterosas
y doncellas. Y, con esto, se salió del
juzgado, llevando la bolsa asida con entrambas
manos, aunque primero miró si era de plata la
moneda que llevaba dentro.
  Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero,
que ya se le saltaban las lágrimas, y los
ojos y el corazón se iban tras su bolsa:
  “Buen hombre, id tras aquella mujer, y
quitadle la bolsa, aunque no quiera, y volved
aquí con ella.”
  Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque
luego partió como un rayo y fue a lo que se le
mandaba. Todos los presentes estaban suspensos,
esperando el fin de aquel pleito, y de
allí [a] poco volvieron el hombre y la mujer,
más asidos y aferrados que la vez primera,
ella la saya levantada, y en el regazo puesta
la bolsa, y el hombre pugnando por quitársela,
mas no era posible, según la mujer la defendía,
la cual daba voces, diciendo:
  “¡Justicia de Dios, y del mundo! ¡Mire vuestra
merced, señor gobernador, la poca vergüenza
y el poco temor de este desalmado, que en mitad
de poblado y en mitad de la calle me ha querido
quitar la bolsa que vuestra merced mandó
darme!”
  “Y ¿háosla quitado?”, preguntó el
gobernador.
  “¿Cómo quitar?”, respondió la mujer; “antes
me dejara yo quitar la vida que me quiten la
bolsa. ¡Bonita es la niña; otros gatos me han
de echar a las barbas, que no este desventurado
y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos
y escoplos no serán bastantes a sacármela de
las uñas, ni aun garras de leones; antes el
ánima de en mitad en mitad de las carnes!”
  “Ella tiene razón”, dijo el hombre, “y yo me
doy por rendido y sin fuerzas, y confieso que
las mías no son bastantes para quitársela, y
déjola.”
  Entonces el gobernador dijo a la mujer:
  “Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.”
  Ella se la dio luego, y el gobernador se la
volvió al hombre y dijo a la esforzada, y no
forzada:
  “Hermana mía, si el mismo aliento y valor
que habéis mostrado para defender esta bolsa le
mostrarais, y aun la mitad menos, para defender
vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules
no os hicieran fuerza; andad con Dios y mucho
de enhoramala, y no paréis en toda esta
ínsula ni en seis leguas a la redonda, so pena
de doscientos azotes. ¡Andad luego, digo,
churrullera, desvergonzada y embaidora!”
  Espantóse la mujer y fuese cabizbaja y
mal contenta, y el gobernador dijo al hombre:
  “Buen hombre, andad con Dios a vuestro
lugar con vuestro dinero, y de aquí adelante,
si no le queréis perder, procurad que no os
venga en voluntad de yogar con nadie.”
  El hombre le dio las gracias lo peor que supo
y fuese, y los circunstantes quedaron admirados
de nuevo de los juicios y sentencias de su
nuevo gobernador. Todo lo cual notado de
su cronista fue luego escrito al duque, que
con gran deseo lo estaba esperando.
  Y quédese aquí el buen Sancho; que es
mucha la prisa que nos da su amo, alborozado
con la música de Altisidora.


                Capítulo XLVI

Del temeroso espanto cencerril y gatuno que
  recibió don Quijote en el discurso de los
  amores de la enamorada Altisidora.

  Dejamos al gran don Quijote envuelto en
los pensamientos que le había causado la
música de la enamorada doncella Altisidora.
Acostóse con ellos, y como si fueran pulgas, no
le dejaron dormir ni sosegar un punto, y
juntábansele los que le faltaban de sus medias; pero
como es ligero el tiempo y no hay barranco que
le detenga, corrió caballero en las horas, y con
mucha presteza llegó la de la mañana. Lo cual
visto por don Quijote, dejó las blandas plumas,
y no nada perezoso, se vistió su agamuzado
vestido y se calzó sus botas de camino,
por encubrir la desgracia de sus medias.
Arrojóse encima su mantón de escarlata y púsose
en la cabeza una montera de terciopelo verde,
guarnecida de pasamanos de plata, colgó el
tahalí de sus hombros con su buena y tajadora
espada, asió un gran rosario que consigo continuo
traía, y, con gran prosopopeya y contoneo
salió a la antesala, donde el duque y la
duquesa estaban ya vestidos y como esperándole,
y al pasar por una galería, estaban aposta
esperándole Altisidora y la otra doncella su
amiga; y así como Altisidora vio a don Quijote,
fingió desmayarse, y su amiga la recogió
en sus faldas, y con gran presteza la iba a
desabrochar el pecho. Don Quijote que lo vio,
llegándose a ellas, dijo:
  “Ya sé yo de qué proceden estos
accidentes.”
  “No sé yo de qué”, respondió la amiga,
“porque Altisidora es la doncella más sana de
toda esta casa, y yo nunca la he sentido un ¡ay!
en cuanto ha que la conozco; que mal hayan
cuantos caballeros andantes hay en el mundo,
si es que todos son desagradecidos. Váyase
vuestra merced, señor don Quijote; que no volverá
en sí esta pobre niña en tanto que vuestra
merced aquí estuviere.”
  A lo que respondió don Quijote:
  “Haga vuestra merced, señora, que se me
ponga un laúd esta noche en mi aposento, que
yo consolaré lo mejor que pudiere a esta
lastimada doncella; que en los principios amorosos
los desengaños prestos suelen ser remedios
calificados.”
  Y, con esto, se fue, porque no fuese notado
de los que allí le viesen. No se hubo bien
apartado, cuando, volviendo en sí la
desmayada Altisidora, dijo a su compañera:
  “Menester será que se le ponga el laúd; que
sin duda don Quijote quiere darnos música, y
no será mala, siendo suya.”
  Fueron luego a dar cuenta a la duquesa de
lo que pasaba, y del laúd que pedía don
Quijote, y ella, alegre sobre modo, concertó con
el duque y con sus doncellas de hacerle una
burla que fuese más risueña que dañosa, y
con mucho contento esperaban la noche, que
se vino tan aprisa como se había venido el
día, el cual pasaron los duques en sabrosas
pláticas con don Quijote. Y la duquesa
aquel día real y verdaderamente despachó a
un paje suyo, que había hecho en la selva la
figura encantada de Dulcinea, a Teresa Panza,
con la carta de su marido Sancho Panza,
y con el lío de ropa que había dejado para
que se le enviase, encargándole le trajese
buena relación de todo lo que con ella
pasase.
  Hecho esto, y llegadas las once horas de la
noche, halló don Quijote una vihuela en su
aposento; templóla, abrió la reja, y sintió que
andaba gente en el jardín, y, habiendo recorrido
los trastes de la vihuela, y afinándola lo mejor
que supo, escupió y remondóse el pecho, y
luego, con una voz ronquilla aunque entonada,
cantó el siguiente romance, que él mismo
aquel día había compuesto:

          Suelen las fuerzas de amor
        sacar de quicio a las almas,
        tomando por instrumento
        la ociosidad descuidada.
          Suele el coser y el labrar
        y el estar siempre ocupada
        ser antídoto al veneno
        de las amorosas ansias.
          Las doncellas recogidas
        que aspiran a ser casadas...
        la honestidad es la dote
        y voz de sus alabanzas.
          Los andantes caballeros
        y los que en la corte andan
        requiébranse con las libres;
        con las honestas se casan.
          Hay amores de Levante,
        que entre huéspedes se tratan,
        que llegan presto al Poniente,
        porque en el partirse acaban.
          El amor recién venido
        que hoy llegó, y se va mañana,
        las imágenes no deja
        bien impresas en el alma.
          Pintura sobre pintura,
        ni se muestra ni señala;
        y do hay primera belleza,
        la segunda no hace baza.
          Dulcinea del Toboso
        del alma en la tabla rasa
        tengo pintada, de modo
        que es imposible borrarla.
          La firmeza en los amantes
        es la parte más preciada,
        por quien hace Amor milagros,
        y asimismo los levanta.

  Aquí llegaba don Quijote de su canto, a
quien estaban escuchando el duque y la duquesa,
Altisidora y casi toda la gente del castillo,
cuando de improviso, desde encima de un
corredor que sobre la reja de don Quijote a
plomo caía, descolgaron un cordel donde
venían más de cien [cen]cerros asidos, y luego
tras ellos derramaron un gran saco de gatos,
que asimismo traían cencerros menores atados
a las colas. Fue tan grande el ruido de los
cencerros y el maullar de los gatos, que aunque
los duques habían sido inventores de la burla,
todavía les sobresaltó, y, temeroso don Quijote,
quedó pasmado; y quiso la suerte que dos o
tres gatos se entraron por la reja de su estancia,
y, dando de una parte a otra, parecía que
una región de diablos andaba en ella. Apagaron
las velas que en el aposento ardían, y
andaban buscando por do escaparse; el descolgar
y subir del cordel de los grandes cencerros
no cesaba. La mayor parte de la gente del
castillo, que no sabía la verdad del caso, estaba
suspensa y admirada.
  Levantóse don Quijote en pie, y, poniendo
mano a la espada, comenzó a tirar estocadas
por la reja y a decir a grandes voces:
  “¡Afuera malignos encantadores, afuera
canalla hechiceresca; que yo soy don Quijote de
la Mancha, contra quien no valen ni tienen
fuerza vuestras malas intenciones!”
  Y, volviéndose a los gatos que andaban por
el aposento, les tiró muchas cuchilladas; ellos
acudieron a la reja, y por allí se salieron, aunque
uno, viéndose tan acosado de las cuchilladas
de don Quijote, le saltó al rostro y le asió de
las narices con las uñas y los dientes, por
cuyo dolor don Quijote comenzó a dar los
mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duque
y la duquesa, y considerando lo que podía ser,
con mucha presteza acudieron a su estancia, y,
abriendo con llave maestra, vieron al pobre
caballero pugnando con todas sus fuerzas por
arrancar el gato de su rostro. Entraron con
luces, y vieron la desigual pelea. Acudió el
duque a despartirla, y don Quijote dijo a voces:
  “¡No me le quite nadie, déjenme mano a
mano con este demonio, con este hechicero,
con este encantador; que yo le daré a entender
de mí a él, quién es don Quijote de la
Mancha!”
  Pero el gato, no curándose de estas amenazas,
gruñía y apretaba; mas, en fin, el duque
se le desarraigó y le echó por la reja.
  Quedó don Quijote acribado el rostro y no
muy sanas las narices, aunque muy despechado
porque no le habían dejado fenecer la batalla
que tan trabada tenía con aquel malandrín
encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio,
y la misma Altisidora, con sus blanquísimas
manos, le puso unas vendas por todo lo herido,
y, al ponérselas, con voz baja le dijo:
  “Todas estas malandanzas te suceden,
empedernido caballero, por el pecado de tu dureza
y pertinacia; y plegue a Dios que se le olvide
a Sancho tu escudero el azotarse, porque
nunca salga de su encanto esta tan amada tuya
Dulcinea, ni tú la goces, ni llegues a tálamo
con ella, a lo menos viviendo yo, que te
adoro.”
  A todo esto no respondió don Quijote otra
palabra, si no fue dar un profundo suspiro, y
luego se tendió en su lecho, agradeciendo a
los duques la merced, no porque él tenía temor
de aquella canalla gatesca, encantadora y
cencerruna, sino porque había conocido la buena
intención con que habían venido a socorrerle.
Los duques le dejaron sosegar y se fueron
pesarosos del mal suceso de la burla; que no
creyeron que tan pesada y costosa le saliera a
don Quijote aquella aventura: que le costó
cinco días de encerramiento y de cama, donde
le sucedió otra aventura más gustosa que la
pasada, la cual no quiere su historiador contar
ahora, por acudir a Sancho Panza, que andaba
muy solícito y muy gracioso en su gobierno.


                Capítulo XLVII

   Donde se prosigue cómo se portaba Sancho
            Panza en su gobierno.

  Cuenta la historia que desde el juzgado
llevaron a Sancho Panza a un suntuoso palacio,
adonde en una gran sala estaba puesta una
real y limpísima mesa; y así como Sancho
entró en la sala, sonaron chirimías y salieron
cuatro pajes a darle aguamanos, que Sancho
recibió con mucha gravedad.
  Cesó la música, sentóse Sancho a la cabecera
de la mesa, porque no había más de aquel
asiento, y no otro servicio en toda ella. Púsose
a su lado en pie un personaje, que después
mostró ser médico, con una varilla de ballena
en la mano. Levantaron una riquísima y blanca
toalla con que estaban cubiertas las frutas y
mucha diversidad de platos de diversos
manjares; uno que parecía estudiante echó la
bendición, y un paje puso un babador randado a
Sancho, otro que hacía el oficio de maestresala
llegó un plato de fruta delante, pero apenas
hubo comido un bocado, cuando el de la
varilla tocando con ella en el plato, se le
quitaron de delante con grandísima celeridad. Pero
el maestresala le llegó otro, de otro manjar;
iba a probarle Sancho, pero antes que llegase
a él ni le gustase, ya la varilla había tocado en
él, y un paje alzádole con tanta presteza como
el de la fruta. Visto lo cual por Sancho, quedó
suspenso, y, mirando a todos, preguntó si se había
de comer aquella comida como juego de maesecoral.
A lo cual respondió el de la vara:
  “No se ha de comer, señor gobernador, sino
como es uso y costumbre en las otras ínsulas
donde hay gobernadores. Yo, señor, soy médico,
y estoy asalariado en esta ínsula para serlo
de los gobernadores de ella, y miro por su salud
mucho más que por la mía, estudiando de
noche y de día y tanteando la complexión del
gobernador, para acertar a curarle cuando
cayere enfermo; y lo principal que hago es
asistir a sus comidas y cenas, y a dejarle comer
de lo que me parece que le conviene, y a
quitarle lo que imagino que le ha de hacer daño
y ser nocivo al estómago. Y, así, mandé
quitar el plato de la fruta, por ser
demasiadamente húmeda, y el plato del otro manjar
también le mandé quitar, por ser demasiadamente
caliente y tener muchas especias, que
acrecientan la sed; y el que mucho bebe, mata y
consume el húmedo radical, donde consiste
la vida.”
  “De esa manera, aquel plato de perdices que
están allí asadas, y, a mi parecer, bien
sazonadas, no me harán algún daño.”
  A lo que el médico respondió:
  “Esas no comerá el señor gobernador en
tanto que yo tuviere vida.”
  “Pues ¿por qué?”, dijo Sancho.
  Y el médico respondió:
  “Porque nuestro maestro Hipócrates, norte
y luz de la medicina, en un aforismo suyo dice:
Omnis saturatio mala, perdices autem
pessima. Quiere decir: «toda hartazga es mala;
»pero la de las perdices, malísima.»”
  “Si eso es así”, dijo Sancho, “vea el señor
doctor de cuantos manjares hay en esta mesa,
cuál me hará más provecho y cuál menos
daño, y déjeme comer de él sin que me le apalee;
porque por vida del gobernador, y así Dios
me le deje gozar, que me muero de hambre, y
el negarme la comida, aunque le pese al señor
doctor y él más me diga, antes será quitarme la
vida que aumentármela.”
  “Vuestra merced tiene razón, señor
gobernador”, respondió el médico, “y así es mi
parecer que vuestra merced no coma de aquellos
conejos guisados que allí están, porque es
manjar peliagudo. De aquella ternera, si no
fuera asada y en adobo, aún se pudiera probar;
pero no hay para qué.”
  Y Sancho dijo:
  “Aquel platonazo que está más adelante
vahando me parece que es olla podrida, que,
por la diversidad de cosas que en las tales ollas
podridas hay, no podré dejar de topar con alguna
que me sea de gusto y de provecho.”
  “Absit”, dijo el médico; “vaya lejos de
nosotros tan mal pensamiento. No hay cosa en el
mundo de peor mantenimiento que una olla
podrida. Allá las ollas podridas para los canónigos,
o para los rectores de colegios, o para las
bodas labradorescas, y déjennos libres las
mesas de los gobernadores, donde ha de asistir
todo primor y toda atildadura. Y la razón es
porque siempre y a doquiera y de quienquiera
son más estimadas las medicinas simples que
las compuestas, porque en las simples no se
puede errar, y en las compuestas sí, alterando
la cantidad de las cosas de que son compuestas;
mas lo que yo sé que ha de comer el señor
gobernador ahora, para conservar su salud y
corroborarla es un ciento de cañutillos de
suplicaciones, y unas tajadicas sutiles de
carne de membrillo, que le asienten el estómago,
y le ayuden a la digestión.”
  Oyendo esto Sancho, se arrimó sobre el espaldar
de la silla, y miró de hito en hito al tal
médico, y con voz grave le preguntó cómo se
llamaba, y dónde había estudiado.
  A lo que él respondió:
  “Yo, señor gobernador, me llamo el doctor
Pedro Recio de Agüero, y soy natural de un
lugar llamado Tirteafuera, que está entre
Caracuel y Almodóvar del Campo, a la mano
derecha, y tengo el grado de doctor por la
Universidad de Osuna.”
  A lo que respondió Sancho, todo encendido
en cólera:
  “Pues, señor doctor Pedro Recio de mal
Agüero, natural de Tirteafuera, lugar que está
a la derecha mano, como vamos de Caracuel a
Almodóvar del Campo, graduado en Osuna,
quíteseme luego delante. Si no, voto al sol que
tome un garrote y que a garrotazos, comenzando
por él, no me ha de quedar médico en toda
la ínsula, a lo menos, de aquellos que yo
entienda que son ignorantes; que a los médicos
sabios, prudentes y discretos los pondré sobre
mi cabeza y los honraré como a personas
divinas. Y vuelvo a decir que se me vaya Pedro
Recio de aquí. Si no, tomaré esta silla donde
estoy sentado, y se la estrellaré en la cabeza,
y pídanmelo en residencia; que yo me descargaré
con decir que hice servicio a Dios en
matar a un mal médico, verdugo de la república.
Y denme de comer, o si no, tómense su
gobierno; que oficio que no da de comer a su
dueño no vale dos habas.”
  Alborotóse el doctor viendo tan colérico al
gobernador, y quiso hacer tirteafuera de la sala,
sino que en aquel instante sonó una corneta de
posta en la calle, y, asomándose el maestresala
a la ventana, volvió, diciendo:
  “Correo viene del duque mi señor; algún
despacho debe de traer de importancia.”
  Entró el correo sudando y asustado, y,
sacando un pliego del seno, le puso en las manos
del gobernador, y Sancho le puso en las del
mayordomo, a quien mandó leyese el sobrescrito
que decía así: «A don Sancho Panza,
»gobernador de la ínsula Barataria, en su
»propia mano, o en las de su secretario.» Oyendo
lo cual Sancho, dijo:
  “¿Quién es aquí mi secretario?”
  Y uno de los que presentes estaban
respondió:
  “Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy
vizcaíno.”
  “Con esa añadidura”, dijo Sancho, “bien
podéis ser secretario del mismo emperador;
abrid ese pliego, y mirad lo que dice.”
  Hízolo así el recién nacido secretario, y,
habiendo leído lo que decía, dijo que era
negocio para tratarle a solas. Mandó Sancho
despejar la sala, y que no quedasen en ella sino
el mayordomo y el maestresala, y los demás y
el médico se fueron, y luego el secretario leyó
la carta que así decía:
  “A mi noticia ha llegado, señor don Sancho
Panza, que unos enemigos míos y de esa ínsula
la han de dar un asalto furioso no se qué
noche; conviene velar y estar alerta, porque no
le tomen desapercibido. Sé también por espías
verdaderas que han entrado en ese lugar
cuatro personas disfrazadas para quitaros la
vida porque se temen de vuestro ingenio; abrid
el ojo y mirad quién llega a hablaros, y no
comáis de cosa que os presentaren. Yo tendré
cuidado de socorreros si os viereis en trabajo,
y en todo haréis como se espera de vuestro
entendimiento. De este lugar a 16 de agosto
a las cuatro de la mañana. Vuestro amigo, El
duque.”
  Quedó atónito Sancho, y mostraron quedarlo
asimismo los circunstantes, y, volviéndose al
mayordomo, le dijo:
  “Lo que ahora se ha de hacer, y ha de ser
luego, es meter en un calabozo al doctor Recio,
porque si alguno me ha de matar, ha de ser
él, y de muerte adminícula y pésima, como
es la de la hambre.”
  “También”, dijo el maestresala, “me parece
a mí que vuestra merced no coma de todo
lo que está en esta mesa, porque lo han
presentado unas monjas, y, como suele decirse,
detrás de la cruz está el diablo.”
  “No lo niego”, respondió Sancho, “y, por
ahora, denme un pedazo de pan, y obra de
cuatro libras de uvas; que en ellas no podrá
venir veneno, porque, en efecto, no puedo
pasar sin comer, y si es que hemos de estar
prontos para estas batallas que nos amenazan,
menester será estar bien mantenidos, porque
tripas llevan corazón, que no corazón tripas, y
vos, secretario, responded al duque mi señor,
y decidle que se cumplirá lo que manda como
lo manda, sin faltar punto, y daréis de mi
parte un besamanos a mi señora la duquesa, y
que le suplico no se le olvide de enviar con
un propio mi carta y mi lío a mi mujer Teresa
Panza; que en ello recibiré mucha merced, y
tendré cuidado de [ser]virla con todo lo que
mis fuerzas alcanzaren, y de camino podéis
encajar un besamanos a mi señor don Quijote
de la Mancha, porque vea que soy pan
agradecido. Y vos, como buen secretario y como
buen vizcaíno, podéis añadir todo lo que
quisiereis y más viniere a cuento. Y álcense
estos manteles y denme a mí de comer; que yo
me avendré con cuantas espías y matadores y
encantadores vinieren sobre mí y sobre mi
ínsula.”
  En esto, entró un paje y dijo:
  “Aquí está un labrador negociante que quiere
hablar a vuestra señoría en un negocio, según
él dice, de mucha importancia.”
  “Extraño caso es éste”, dijo Sancho, “de estos
negociantes. ¿Es posible que sean tan necios,
que no echen de ver que semejantes horas
como éstas no son en las que han de venir a
negociar? ¿Por ventura los que gobernamos,
los que somos jueces, no somos hombres de
carne y de hueso, y que es menester que nos
dejen descansar el tiempo que la necesidad
pide, sino que quieren que seamos hechos de
piedra mármol? Por Dios y en mi conciencia
que si me dura el gobierno --que no durará
según se me trasluce--, que yo ponga en
pretina a más de un negociante. Ahora decid a
ese buen hombre que entre; pero adviértase
primero no sea alguno de los espías, o
matador mío.”
  “No, señor”, respondió el paje, “porque
parece una alma de cántaro, y yo sé poco, o él
es tan bueno como el buen pan.”
  “No hay que temer”, dijo el mayordomo;
“que aquí estamos todos.”
  “¿Sería posible”, dijo Sancho, “maestresala,
que ahora que no está aquí el doctor Pedro
Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y
de sustancia, aunque fuese un pedazo de pan
y una cebolla?”
  “Esta noche, a la cena, se satisfará la falta
de la comida, y quedará vuestra señoría
satisfecho y pagado”, dijo el maestresala.
  “Dios lo haga”, respondió Sancho.
  Y, en esto, entró el labrador, que era de muy
buena presencia, y de mil leguas se le echaba
de ver que era bueno y buena alma.
  Lo primero que dijo fue:
  “¿Quién es aquí el señor gobernador?”
  “¿Quién ha de ser”, respondió el secretario,
“sino el que está sentado en la silla?”
  “Humíllome, pues, a su presencia”, dijo el
labrador.
  Y, poniéndose de rodillas, le pidió la mano
para besársela. Negósela Sancho y mandó que
se levantase y dijese lo que quisiese. Hízolo
así el labrador, y luego dijo:
  “Yo, señor, soy labrador, natural de
Miguelturra, un lugar que está dos leguas de
Ciudad Real.”
  “Otro Tirteafuera tenemos”, dijo Sancho;
“decid, hermano, que lo que yo os sé decir es
que sé muy bien a Miguelturra, y que no está
muy lejos de mi pueblo.”
  “Es, pues, el caso, señor”, prosiguió el
labrador, “que yo por la misericordia de Dios
soy casado en paz y en haz de la san[ta] Iglesia
católica romana. Tengo dos hijos estudiantes,
que el menor estudia para bachiller y el
mayor para licenciado; soy viudo porque se
murió mi mujer, o, por mejor decir, me la mató
un mal médico, que la purgó estando preñada,
y si Dios fuera servido que saliera a luz el
parto, y fuera hijo, yo le pusiera a estudiar
para doctor, porque no tuviera envidia a sus
hermanos el bachiller y el licenciado.”
  “De modo”, dijo Sancho, “que si vuestra
mujer no se hubiera muerto, o la hubieran
muerto, ¿vos no fuerais ahora viudo?”
  “No, señor, en ninguna manera”, respondió
el labrador.
  “Medrados estamos”, replicó Sancho; “adelante
hermano, que es hora de dormir más que
de negociar.”
  “Digo, pues”, dijo el labrador, “que este mi
hijo que ha de ser bachiller se enamoró en el
mismo pueblo de una doncella llamada Clara
Perlerina, hija de Andrés Perlerino, labrador
riquísimo, y este nombre de Perlerines no les
viene de abolengo ni otra alcurnia, sino porque
todos los de este linaje son perláticos, y, por
mejorar el nombre, los llaman Perlerines,
aunque si va decir la verdad, la doncella es
como una perla oriental, y mirada por el lado
derecho parece una flor del campo, por el
izquierdo no tanto, porque le falta aquel ojo que
se le saltó de viruelas. Y aunque los hoyos del
rostro son muchos y grandes, dicen los que la
quieren bien que aquéllos no son hoyos, sino
sepulturas donde se sepultan las almas de sus
amantes. Es tan limpia, que por no ensuciar la
cara, trae las narices, como dicen, arremangadas,
que no parece sino que van huyendo de
la boca, y con todo esto parece bien por extremo,
porque tiene la boca grande, y a no faltarle
diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar
y echar raya entre las más bien formadas. De
los labios no tengo qué decir, porque son tan
sutiles y delicados, que si se usaran aspar
labios, pudieran hacer de ellos una madeja; pero
como tienen diferente color de la que en los
labios se usa comúnmente, parecen milagrosos,
porque son jaspeados de azul y verde, y
aberenjenado. Y perdóneme el señor gobernador,
si por tan menudo voy pintando las partes de
la que al fin al fin ha de ser mi hija; que la
quiero bien, y no me parece mal.”
  “Pintad lo que quisiereis”, dijo Sancho;
“que yo me voy recreando en la pintura, y si
hubiera comido, no hubiera mejor postre para
mí que vuestro retrato.”
  “Eso tengo yo por servir”, respondió el
labrador; “pero tiempo vendrá en que seamos,
si ahora no somos. Y digo, señor, que si pudiera
pintar su gentileza y la altura de su cuerpo,
fuera cosa de admiración; pero no puede ser a
causa de que ella está agobiada y encogida, y
tiene las rodillas con la boca, y con todo eso,
se echa bien de ver que si se pudiera levantar
diera con la cabeza en el techo, y ya ella
hubiera dado la mano de esposa a mi bachiller,
sino que no la puede extender, que está
añudada. Y con todo, en las uñas largas y
acanaladas se muestra su bondad y buena
hechura.”
  “Está bien”, dijo Sancho, “y haced cuenta,
hermano, que ya la habéis pintado de los pies
a la cabeza. ¿Qué es lo que queréis ahora? Y
venid al punto sin rodeos ni callejuelas, ni
retazos ni añadiduras.”
  “Querría, señor”, respondió el labrador,
“que vuestra merced me hiciese merced de
darme una carta de favor para mi consuegro,
suplicándole sea servido de que este
casamiento se haga, pues no somos desiguales en
los bienes de fortuna, ni en los de la
naturaleza; porque, para decir la verdad, señor
gobernador, mi hijo es endemoniado, y no hay día
que tres o cuatro veces no le atormenten los
malignos espíritus. Y de haber caído una vez
en el fuego tiene el rostro arrugado como
pergamino, y los ojos algo llorosos y manantiales;
pero tiene una condición de un ángel, y
si no es que se aporrea y se da de puñadas él
mismo a sí mismo, fuera un bendito.”
  “¿Queréis otra cosa, buen hombre?”, replicó
Sancho.
  “Otra cosa querría”, dijo el labrador, “sino
que no me atrevo a decirlo; pero, vaya, que,
en fin, no se me ha de podrir en el pecho,
pegue o no pegue. Digo, señor, que querría
que vuestra merced me diese trescientos o
seiscientos ducados para ayuda [a] la dote
de mi bachiller, digo, para ayuda de poner
su casa, porque, en fin, han de vivir por sí,
sin estar sujetos a las impertinencias de los
suegros.”
  “Mirad si queréis otra cosa”, dijo Sancho,
“y no la dejéis de decir por empacho ni por
vergüenza.”
  “No por cierto”, respondió el labrador.
  Y apenas dijo esto, cuando, levantándose
en pie el gobernador, asió de la silla en que
estaba sentado, y dijo:
  “¡Voto a tal, don patán rústico y mal mirado,
que si no os apartáis y escondéis luego de mi
presencia, que con esta silla os rompa y abra
la cabeza! Hideputa, bellaco, pintor del mismo
demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme
seiscientos ducados? Y ¿dónde los tengo yo,
hediondo? Y ¿por qué te los había de dar,
aunque los tuviera, socarrón y mentecato? Y ¿qué
se me da a mí de Miguelturra, ni de todo el
linaje de los Perlerines? ¡Va de mí, digo; si no,
por vida del duque mi señor que haga lo que
tengo dicho! ¡Tú no debes de ser de Miguelturra,
sino algún socarrón que para tentarme
te ha enviado aquí el infierno! Dime,
desalmado, aún no ha día y medio que tengo el
gobierno, y ¿ya quieres que tenga seiscientos
ducados?”
  Hizo de señas el maestresala al labrador
que se saliese de la sala, el cual lo hizo
cabizbajo, y, al parecer, temeroso de que
el gobernador no ejecutase su cólera; que
el bellacón supo hacer muy bien su oficio.
Pero dejemos con su cólera a Sancho, y
ándese la paz en el corro, y volvamos a don
Quijote, que le dejamos vendado el rostro
y curado de las gatescas heridas, de las
cuales no sanó en ocho días; en uno de los
cuales le sucedió lo que Cide Hamete promete
de contar con la puntualid[ad] y verdad que
suele contar las cosas de esta historia, por
mínimas que sean.


               Capítulo XLVIII

De lo que le sucedió a don Quijote con doña
  Rodríguez, la dueña de la duquesa, con
  otros acontecimientos dignos de escritura y
  de memoria eterna.

  A demás estaba mohíno y melancólico el
malferido don Quijote, vendado el rostro y
señalado, no por la mano de Dios, sino por las
uñas de un gato, desdichas anejas a la andante
caballería. Seis días estuvo sin salir en
público, en una noche de los cuales, estando
despierto y desvelado, pensando en sus desgracias
y en el perseguimiento de Altisidora, sintió
que con una llave abrían la puerta de su
aposento, y luego imaginó que la enamorada
doncella venía para sobresaltar su honestidad y
ponerle en condición de faltar a la fe que
guardar debía a su señora Dulcinea del Toboso.
  “No”, dijo, creyendo a su imaginación, y
esto, con voz que pudiera ser oída, “no ha
de ser parte la mayor hermosura de la tierra
para que yo deje de adorar la que tengo grabada
y estampada en la mitad de mi corazón, y
en lo más escondido de mis entrañas, ora estés,
señora mía, transformada en cebolluda labradora,
ora en ninfa del dorado Tajo, tejiendo
telas de oro y sirgo compuestas, ora te tenga
Merlín o Montesinos donde ellos quisieren; que
adondequiera eres mía y adoquiera he sido yo,
y he de ser, tuyo.”
  El acabar estas razones y el abrir de la
puerta fue todo uno. Púsose en pie sobre la
cama, envuelto de arriba abajo en una colcha
de raso amarillo, una galocha en la cabeza, y
el rostro y los bigotes vendados; el rostro, por
los aruños, los bigotes, porque no se le
desmayasen y cayesen, en el cual traje parecía
la más extraordinaria fantasma que se pudiera
pensar. Clavó los ojos en la puerta, y cuando
esperaba ver entrar por ella a la rendida y
lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendísima
dueña con unas tocas blancas repulgadas
y luengas, tanto, que la cubrían y enmantaban
desde los pies a la cabeza. Entre los dedos de
la mano izquierda traía una media vela
encendida, y con la derecha se hacía sombra,
porque no le diese la luz en los ojos, a quien
cubrían unos muy grandes anteojos; venía
pisando quedito, y movía los pies blandamente.
Miróla don Quijote desde su atalaya, y cuando
vio su adeliño y notó su silencio, pensó que
alguna bruja o maga venía en aquel traje a
hacer en él alguna mala fechoría, y comenzó
a santiguarse con mucha prisa. Fuese llegando
la visión, y cuando llegó a la mitad del
aposento, alzó los ojos y vio la prisa con que
se estaba haciendo cruces don Quijote, y si él
quedó medroso en ver tal figura, ella quedó
espantada en ver la suya, porque así como le
vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con
las vendas que le desfiguraban, dio una gran
voz diciendo:
  “Jesús, ¿qué es lo que veo?”
  Y con el sobresalto se le cayó la vela de las
manos, y, viéndose a oscuras, volvió las
espaldas para irse, y con el miedo tropezó en
sus faldas y dio consigo una gran caída.
  Don Quijote, temeroso, comenzó a decir:
  “Conjúrote, fantasma, o lo que eres, que me
digas quién eres, y que me digas qué es lo que
de mí quieres. Si eres alma en pena, dímelo;
que yo haré por ti todo cuanto mis fuerzas
alcanzaren, porque soy católico cristiano, y
amigo de hacer bien a todo el mundo; que
para esto tomé la orden de la caballería
andante que profeso, cuyo ejercicio aun hasta
hacer bien a las ánimas de purgatorio se
extiende.”
  La abrumada dueña, que oyó conjurarse, por
su temor coligió el de don Quijote, y con voz
afligida y baja le respondió:
  “Señor don Quijote, si es que acaso vuestra
merced es don Quijote, yo no soy fantasma,
ni visión, ni alma de purgatorio, como vuestra
merced debe de haber pensado, sino doña
Rodríguez, la dueña de honor de mi señora la
duquesa, que con una necesidad, de aquellas
que vuestra merced suele remediar, a vuestra
merced vengo.”
  “Dígame, señora doña Rodríguez”, dijo don
Quijote; “¿por ventura viene vuestra merced
a hacer alguna tercería? Porque le hago
saber que no soy de provecho para nadie,
merced a la sin par belleza de mi señora
Dulcinea del Toboso. Digo, en fin, señora doña
Rodríguez, que como vuestra merced salve y
deje a una parte todo recado amoroso, puede
volver a encender su vela, y vuelva, y
departiremos de todo lo que más mandare y más en
gusto le viniere, salvando, como digo, todo
incitativo melindre.”
  “¿Yo recado de nadie, señor mío?”, respondió
la dueña. “Mal me conoce vuestra merced;
sí, que aún no estoy en edad tan prolongada,
que me acoja a semejantes niñerías, pues, Dios
loado, mi alma me tengo en las carnes, y
todos mis dientes y muelas en la boca, amén de
unos pocos que me han usurpado unos catarros,
que en esta tierra de Aragón son tan
ordinarios. Pero espéreme vuestra merced un
poco; saldré a encender mi vela, y volveré en
un instante a contar mis cuitas, como a
remediador de todas las del mundo.”
  Y, sin esperar respuesta, se salió del
aposento, donde quedó don Quijote sosegado y
pensativo esperándola; pero luego le
sobrevinieron mil pensamientos acerca de aquella
nueva aventura, y parecíale ser mal hecho y
peor pensado ponerse en peligro de romper
a su señora la fe prometida, y decíase a sí
mismo:
  “¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y
mañoso, querrá engañarme ahora con una dueña,
lo que no ha podido con emperatrices, reinas,
duquesas, marquesas ni condesas? Que yo
he oído decir muchas veces y a muchos discretos
que, si él puede, antes os la dará roma que
aguileña; y ¿quién sabe, si esta soledad,
esta ocasión y este silencio despertará mis
deseos que duermen, y harán que al cabo de mis
años venga a caer donde nunca he tropezado?
Y en casos semejantes, mejor es huir que
esperar la batalla. Pero yo no debo de estar en
mi juicio, pues tales disparates digo y pienso;
que no es posible que una dueña toquiblanca,
larga y anteojuna pueda mover ni levantar
pensamiento lascivo en el más desalmado pecho
del mundo. ¿Por ventura hay dueña en la tierra
que tenga buenas carnes? ¿Por ventura hay
dueña en el orbe que deje de ser impertinente,
fruncida y melindrosa? ¡Afuera, pues, caterva
dueñesca, inútil para ningún humano regalo!
¡Oh, cuán bien hacía aquella señora de quien
se dice que tenía dos dueñas de bulto con sus
anteojos y almohadillas al cabo de su estrado,
como que estaban labrando, y tanto le servían
para la autoridad de la sala aquellas estatuas,
como las dueñas verdaderas!”
  Y, diciendo esto, se arrojó del lecho con
intención de cerrar la puerta y no dejar entrar
a la señora Rodríguez; mas cuando la llegó a
cerrar, ya la señora Rodríguez volvía, encendida
una vela de cera blanca, y cuando ella vio
a don Quijote de más cerca, envuelto en la
colcha, con las vendas, galocha o bicoquín,
temió de nuevo, y, retirándose atrás como dos
pasos, dijo:
  “¿Estamos seguras, señor caballero? Porque
no tengo a muy honesta señal haberse vuestra
merced levantado de su lecho.”
  “Eso mismo es bien que yo pregunte,
señora”, respondió don Quijote, “y, así,
pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y
forzado.”
  “¿De quién o a quién pedís, señor caballero,
esa seguridad?”, respondió la dueña.
  “A vos, y de vos la pido”, replicó don
Quijote; “porque ni yo soy de mármol, ni vos de
bronce, ni ahora son las diez del día, sino
medianoche, y aun un poco más, según imagino, y
en una estancia más cerrada y secreta que lo
debió de ser la cueva donde el traidor y
atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido.
Pero dadme, señora, la mano; que yo no quiero
otra seguridad mayor que la de mi continencia
y recato, y la que ofrecen esas reverendísimas
tocas.”
  Y, diciendo esto, besó su derecha mano y le
asió de la suya, que ella le dio con las
mismas ceremonias.
  Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice
que por Mahoma que diera por ver ir a los
dos así asidos y trabados desde la puerta al
lecho la mejor almalafa de dos que tenía.
  Entróse, en fin, don Quijote en su lecho, y
quedóse doña Rodríguez sentada en una silla,
algo desviada de la cama, no quitándose los
anteojos ni la vela. Don Quijote se acurrucó y
se cubrió todo, no dejando más del rostro
descubierto y, habiéndose los dos sosegado, el
primero que rompió el silencio fue don Quijote,
diciendo:
  “Puede vuestra merced ahora, mi señora doña
Rodríguez, descoserse y desbuchar todo aquello
que tiene dentro de su cuitado corazón y
lastimadas entrañas; que será de mí escuchada
con castos oídos y socorrida con piadosas
obras.”
  “Así lo creo yo”, respondió la dueña; “que
de la gentil y agradable presencia de vuestra
merced no se podía esperar sino tan cristiana
respuesta. Es, pues, el caso, señor don Quijote,
que aunque vuestra merced me ve sentada en
esta silla y en la mitad del reino de Aragón, y
en hábito de dueña aniquilada y asendereada,
soy natural de las Asturias de Oviedo y de
linaje, que atraviesan por él muchos de los
mejores de aquella provincia. Pero mi corta
suerte y el descuido de mis padres, que
empobrecieron antes de tiempo sin saber cómo ni
cómo no, me trajeron a la corte, a Madrid,
donde, por bien de paz, y por excusar mayores
desventuras, mis padres me acomodaron a servir
de doncella de labor a una principal señora;
y quiero hacer sabedor a vuestra merced que en
hacer vainillas y labor blanca, ninguna me ha
echado el pie adelante en toda la vida. Mis
padres me dejaron sirviendo y se volvieron a
su tierra, y de allí a pocos años se debieron de
ir al cielo, porque eran además buenos y
católicos cristianos; quedé huérfana y atenida
al miserable salario y a las angustiadas
mercedes que a las tales criadas se suele dar en
palacio. Y, en este tiempo, sin que diese yo
ocasión a ello, se enamoró de mí un escudero
de casa, hombre ya en días, barbudo y
apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey,
porque era montañés. No tratamos tan
secretamente nuestros amores, que no viniesen
a noticia de mi señora, la cual, por excusar
dimes y diretes, nos casó en paz y en haz de la
santa madre Iglesia católica romana, de cuyo
matrimonio nació una hija para rematar con
mi ventura, si alguna tenía, no porque yo
muriese del parto, que le tuve derecho y en
sazón, sino porque desde allí a poco murió mi
esposo de un cierto espanto que tuvo, que a tener
ahora lugar para contarle, yo sé que vuestra
merced se admirara.”
  Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente,
y dijo:
  “Perdóneme vuestra merced, señor don
Quijote; que no va más en mi mano, porque todas
las veces que me acuerdo de mi mal logrado
se me arrasan los ojos de lágrimas. ¡Válgame
Dios, y con qué autoridad llevaba a mi señora
a las ancas de una poderosa mula, negra como
el mismo azabache!; que entonces no se usaban
coches ni sillas, como ahora dicen que se usan,
y las señoras iban a las ancas de sus
escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de
contarlo, porque se note la crianza y puntualidad
de mi buen marido. Al entrar de la calle de
Santiago, en Madrid, que es algo estrecha,
venía a salir por ella un alcalde de corte, con
dos alguaciles delante, y, así como mi buen
escudero le vio, volvió las riendas a la mula,
dando señal de volver a acompañarle. Mi
señora, que iba a las ancas, con voz baja le
decía: «¿Qué hacéis, desventurado, no veis
»que voy aquí?» El alcalde, de comedido,
detuvo la rienda al caballo, y díjole: «Seguid,
»señor, vuestro camino; que yo soy el que
»debo acompañar a mi señora doña Casilda»,
que así era el nombre de mi ama. Todavía
porfiaba mi marido con la gorra en la mano,
a querer ir acompañando al alcalde; viendo
lo cual mi señora, llena de cólera y enojo, sacó
un alfiler gordo, o creo que un punzón del
estuche, y clavósele por los lomos, de manera,
que mi marido dio una gran voz, y torció el
cuerpo de suerte, que dio con su señora en
el suelo.
  ”Acudieron dos lacayos suyos a levantarla,
y lo mismo hizo el alcalde y los alguaciles;
alborotóse la puerta de Guadalajara, digo, la
gente baldía que en ella estaba. Vínose a pie
mi ama, y mi marido acudió en casa de un
barbero, diciendo que llevaba pasadas de
parte a parte las entrañas. Divulgóse la cortesía
de mi esposo, tanto, que los muchachos le
corrían por las calles, y por esto, y porque él era
algún tanto corto de vista, mi señora (la
duquesa) le despidió, de cuyo pesar, sin duda
alguna, tengo para mí que se le causó el mal
de la muerte; quedé yo viuda y desamparada y
con hija a cuestas, que iba creciendo en
hermosura como la espuma de la mar. Finalmente,
como yo tuviese fama de gran labrandera, mi
señora la duquesa, que estaba recién casada
con el duque mi señor, quiso traerme consigo
a este reino de Aragón, y a mi hija ni más ni
menos, adonde, yendo días y viniendo días,
creció mi hija, y con ella todo el donaire del
mundo; canta como una calandria, danza como
el pensamiento, baila como una perdida, lee y
escribe como un maestro de escuela, y cuenta
como un avariento. De su limpieza no digo
nada; que el agua que corre no es más limpia,
y debe de tener ahora, si mal no me acuerdo,
diez y seis años, cinco meses y tres días, uno
más a menos.
  ”En resolución, de esta mi muchacha se
enamoró un hijo de un labrador riquísimo que
está en una aldea del duque mi señor, no muy
lejos de aquí; en efecto, no sé cómo ni cómo
no, ellos se juntaron, y debajo de la palabra
de ser su esposo burló a mi hija y no se la
quiere cumplir, y aunque el duque mi señor lo
sabe, porque yo me he quejado a él, no una,
sino muchas veces, y pedídole mande que el
tal labrador se case con mi hija, hace orejas de
mercader, y apenas quiere oírme, y es la causa
que como el padre del burlador es tan rico, y
le presta dineros y le sale por fiador de sus
trampas por momentos, no le quiere
descontentar, ni dar pesadumbre en ningún modo.
Querría, pues, señor mío, que vuestra merced
tomase a cargo el deshacer este agravio, o ya
por ruegos, o ya por armas, pues según todo
el mundo dice, vuestra merced nació en él para
deshacerlos y para enderezar los tuertos y
amparar los miserables. Y póngasele a vuestra
merced por delante la orfandad de mi hija, su
gentileza, su mocedad con todas las buenas
partes que he dicho que tiene; que en Dios y
en mi conciencia que de cuantas doncellas
tiene mi señora, que no hay ninguna que llegue
a la suela de su zapato, y que una que llaman
Altisidora, que es la que tienen por más
desenvuelta y gallarda, puesta en comparación de mi
hija no la llega con dos leguas. Porque quiero
que sepa vuestra merced, señor mío, que no es
todo oro lo que reluce, porque esta Altisidorilla
tiene más de presunción que de hermosura, y
más de desenvuelta que de recogida, además
que no está muy sana; que tiene un cierto
aliento cansado, que no hay sufrir el estar junto
a ella un momento, y aun mi señora la
duquesa... quiero callar, que se suele decir que
las paredes tienen oídos.”
  “¿Qué tiene mi señora la duquesa, por vida
mía, señora doña Rodríguez?”, preguntó don
Quijote.
  “Con ese conjuro”, respondió la dueña, “no
puedo dejar de responder a lo que se me
pregunta, con toda verdad. ¿Ve vuestra merced,
señor don Quijote, la hermosura de mi señora
la duquesa, aquella tez de rostro que no
parece sino de una espada acicalada y tersa,
aquellas dos mejillas de leche y de carmín, que
en la una tiene el sol y en la otra la luna,
y aquella gallardía con que va pisando y aun
despreciando el suelo, que no parece sino
que va derramando salud donde pasa? Pues
sepa vuestra merced que lo puede agradecer
primero a Dios, y luego a dos fuentes que
tiene en las dos piernas, por donde se desagua
todo el mal humor de quien dicen los médicos
que está llena.”
  “¡Santa María!”, dijo don Quijote; “y ¿es
posible que mi señora la duquesa tenga tales
desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran
frailes descalzos; pero pues la señora doña
Rodríguez lo dice, debe de ser así. Pero tales
fuentes y en tales lugares no deben de manar
humor, sino ámbar líquido. Verdaderamente
que ahora acabo de creer que esto de hacerse
fuentes debe de ser cosa importante para
salud.”
  Apenas acabó don Quijote de decir esta
razón, cuando con un gran golpe abrieron las
puertas del aposento, y del sobresalto del
golpe se le cayó a doña Rodríguez la vela de la
mano y quedó la estancia como boca de lobo,
como suele decirse. Luego sintió la pobre
dueña que la asían de la garganta con dos manos
tan fuertemente, que no la dejaban gañir,
y que otra persona con mucha presteza sin
hablar palabra le alzaba las faldas, y con una
al parecer chinela le comenzó a dar tantos
azotes, que era una compasión; y aunque don
Quijote se la tenía, no se meneaba del lecho,
y no sabía qué podía ser aquello, y estábase
quedo y callando, y aun temiendo no viniese
por él la tanda y tunda azotesca. Y no fue vano
su temor, porque, en dejando molida a la
dueña los callados verdugos --la cual no osaba
quejarse--, acudieron a don Quijote, y,
desenvolviéndole de la sábana y de la colcha, le
pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que
no pudo dejar de defenderse a puñadas, y todo
esto en silencio admirable.
  Duró la batalla casi media hora; saliéronse
las fantasmas, recogió doña Rodríguez sus
faldas, y, gimiendo su desgracia, se salió por la
puerta afuera, sin decir palabra a don Quijote,
el cual doloroso y pellizcado, confuso y
pensativo, se quedó solo, donde le dejaremos
deseoso de saber quién había sido el perverso
encantador que tal le había puesto. Pero ello se
dirá a su tiempo; que Sancho Panza nos llama,
y el buen concierto de la historia lo pide.


                Capítulo XLIX

De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando
                  su ínsula.

  Dejamos al gran gobernador enojado y
mohíno con el labrador pintor y socarrón, el
cual industriado del mayordomo, y el mayordomo
del duque, se burlaban de Sancho; pero
él se las tenía tiesas a todos, maguera tonto,
bronco y rollizo, y dijo a los que con él
estaban, y al doctor Pedro Recio, que como se
acabó el secreto de la carta del duque había
vuelto a entrar en la sala:
  “Ahora verdaderamente que entiendo que los
jueces y gobernadores deben de ser, o han de
ser, de bronce para no sentir las importunidades
de los negociantes, que a todas horas y a
todos tiempos quieren que los escuchen y
despachen, atendiendo sólo a su negocio, venga
lo que viniere. Y si el pobre del juez no los
escucha y despacha, o porque no puede, o
porque no es aquél el tiempo diputado para
darles audiencia, luego les maldicen y murmuran,
y les roen los huesos y aun les deslindan los
linajes. Negociante necio, negociante
mentecato, no te apresures, espera sazón y
coyuntura para negociar, no vengas a la hora del
comer, ni a la del dormir; que los jueces son
de carne y de hueso, y han de dar a la
naturaleza lo que naturalmente les pide, si no es
yo, que no le doy de comer a la mía, merced
al señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que
está delante, que quiere que muera de hambre,
y afirma que esta muerte es vida, que así se
la dé Dios a él y a todos los de su ralea, digo,
a la de los malos médicos; que la de los buenos
palmas y lauros merecen.”
  Todos los que conocían a Sancho Panza se
admiraban, oyéndole hablar tan elegantemente,
y no sabían a qué atribuirlo sino a que los
oficios y cargos graves, o adoban, o entorpecen
los entendimientos. Finalmente, el doctor
Pedro Recio Agüero de Tirteafuera prometió de
darle de cenar aquella noche, aunque excediese
de todos los aforismos de Hipócrates.
Con esto quedó contento el gobernador, y
esperaba con grande ansia llegase la noche y la
hora de cenar, y aunque el tiempo, al parecer
suyo, se estaba quedo sin moverse de un lugar,
todavía se llegó por él [el] tanto deseado,
donde le dieron de cenar un salpicón de vaca con
cebolla, y unas manos cocidas de ternera, algo
entrada en días. Entregóse en todo con más
gusto que si le hubieran dado francolines de
Milán, faisanes de Roma, ternera de Sorrento,
perdices de Morón, o gansos de Lavajos, y
entre la cena, volviéndose al doctor, le dijo:
  “Mirad, señor doctor, de aquí adelante no
os curéis de darme a comer cosas regaladas
ni manjares exquisitos, porque será sacar a mi
estómago de sus quicios, el cual está acostumbrado
a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a
nabos y a cebollas, y si acaso le dan otros
manjares de palacio los recibe con melindre,
y algunas veces con asco. Lo que el maestresala
puede hacer es traerme estas que llaman
ollas podridas, que mientras más podridas son,
mejor huelen, y en ellas puede embaular y
encerrar todo lo que él quisiere, como sea de
comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré
algún día; y no se burle nadie conmigo, porque
o somos, o no somos: vivamos todos y
comamos en buena paz compaña, pues cuando
Dios amanece, para todos amanece. Yo
gobernaré esta ínsula sin perdonar derecho ni
llevar cohecho, y todo el mundo traiga el ojo
alerta y mire por el virote, porque les hago
saber que el diablo está en Cantillana, y que
si me dan ocasión, han de ver maravillas. ¡No
sino haceos miel, y comeros han moscas!”
  “Por cierto, señor gobernador”, dijo el
maestresala, “que vuestra merced tiene mucha razón
en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco, en nombre
de todos los insulanos de esta ínsula, que
han de servir a vuestra merced con toda
puntualidad, amor y benevolencia, porque el
suave modo de gobernar, que en estos principios
vuestra merced ha dado, no les da lugar
de hacer ni de pensar cosa que en deservicio
de vuestra merced redunde.”
  “Yo lo creo”, respondió Sancho, “y serían
ellos unos necios si otra cosa hiciesen o
pensasen; y vuelvo a decir que se tenga cuenta
con mi sustento y con el de mi rucio, que es
lo que en este negocio importa y hace más al
caso, y, en siendo hora, vamos a rondar; que
es mi intención limpiar esta ínsula de todo
género de inmundicia, y de gente vagabunda,
holgazana y mal entretenida. Porque quiero
que sepáis, amigos, que la gente baldía y
perezosa es en la república lo mismo que los
zánganos en las colmenas, que se comen la
miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso
favorecer a los labradores, guardar sus
preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos,
y, sobre todo, tener respeto a la religión y a la
honra de los religiosos. ¿Qué os parece de esto,
amigos?; ¿digo algo, o quiébrome la cabeza?”
  “Dice tanto vuestra merced, señor gobernador”,
dijo el mayordomo, “que estoy admirado
de ver que un hombre tan sin letras como
vuestra merced, que a lo que creo no tiene
ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de
sentencias y de avisos, tan fuera de todo
aquello que del ingenio de vuestra merced
esperaban los que nos enviaron y los que aquí
venimos. Cada día se ven cosas nuevas en el
mundo, las burlas se vuelven en veras, y los
burladores se hallan burlados.”
  Llegó la noche y cenó el gobernador con
licencia del señor doctor Recio. Aderezáronse
de ronda, salió con el mayordomo, secretario
y maestresala, y el cronista que tenía
cuidado de poner en memoria sus hechos, y
alguaciles y escribanos: tantos, que podían
formar un mediano escuadrón. Iba Sancho en
medio, con su vara, que no había más que ver,
y pocas calles andadas del lugar, sintieron
ruido de cuchilladas; acudieron allá y hallaron
que eran dos solos hombres los que reñían,
los cuales, viendo venir a la justicia, se
estuvieron quedos, y el uno de ellos dijo:
  “Aquí de Dios y del rey. ¿Cómo y qué se
ha de sufrir que roben en poblado en este
pueblo, y que salga a saltear en él en la
mitad de las calles?”
  “Sosegaos, hombre de bien”, dijo Sancho,
“y contadme qué es la causa de esta pendencia;
que yo soy el gobernador.”
  El otro contrario dijo:
  “Señor gobernador, yo la diré con toda
brevedad. Vuestra merced sabrá que este
gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de
juego que está aquí frontero más de mil reales,
y sabe Dios cómo, y, hallándome yo presente,
juzgué más de una suerte dudosa en su favor,
contra todo aquello que me dictaba la conciencia.
Alzóse con la ganancia, y cuando esperaba
que me había de dar algún escudo, por lo
menos, de barato, como es uso y costumbre
darle a los hombres principales como yo, que
estamos asistentes para bien y mal pasar,
y para apoyar sinrazones y evitar pendencias,
él embolsó su dinero y se salió de la casa. Yo
vine despechado tras él, y con buenas y
corteses palabras le he pedido que me diese
siquiera ocho reales, pues sabe que yo soy
hombre honrado y que no tengo oficio ni
beneficio, porque mis padres no me le enseñaron,
ni me le dejaron; y el socarrón, que no es
más ladrón Caco, ni más fullero
Andradilla, no quería darme más de cuatro
reales, porque vea vuestra merced, señor
gobernador, ¡qué poca vergüenza y qué poca
conciencia! Pero a fe que si vuestra merced
no llegara, que yo le hiciera vomitar la
ganancia, y que había de saber con cuántas entraba
la romana.”
  “¿Qué decís vos a esto?”, preguntó Sancho.
  Y el otro respondió que era verdad cuanto
su contrario decía, y no había querido darle
más de cuatro reales, porque se los daba
muchas veces; y los que esperan barato han de
ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que
les dieren, sin ponerse en cuentas con los
gananciosos, si ya no supiesen de cierto que
son fulleros y que lo que ganan es mal
ganado. Y que para señal que él era hombre de
bien, y no ladrón, como decía, ninguna había
mayor que el no haberle querido dar nada; que
siempre los fulleros son tributarios de los
mirones, que los conocen.
  “Así es”, dijo el mayordomo; “vea vuestra
merced, señor gobernador, qué es lo que se ha
de hacer de estos hombres.”
  “Lo que se ha de hacer es esto”, respondió
Sancho: “vos, ganancioso, bueno o malo, o
indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador
cien reales, y más habéis de desembolsar
treinta para los pobres de la cárcel; y vos, que
no tenéis oficio ni beneficio, y andáis de nones
en esta ínsula, tomad luego esos cien reales,
y mañana en todo el día salid de esta ínsula
desterrado por diez años, so pena, si lo
quebrantareis, los cumpláis en la otra vida,
colgándoos yo de una picota, o, a lo menos, el
verdugo por mi mandado. Y ninguno me replique,
que le asentaré la mano.”
  Desembolsó el uno, recibió el otro, éste se
salió de la ínsula, y aquél se fue a su casa,
y el gobernador quedó diciendo:
  “Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas
de juego; que a mí se me trasluce que son
muy perjudiciales.”
  “Esta, a lo menos”, dijo un escribano, “no la
podrá vuestra merced quitar, porque la tiene
un gran personaje, y más es, sin comparación,
lo que él pierde al año que lo que saca de los
naipes. Contra otros garitos de menor cuantía
podrá vuestra merced mostrar su poder, que
son los que más daño hacen y más insolencias
encubren; que en las casas de los caballeros
principales y de los señores no se atreven los
famosos fulleros a usar de sus tretas, y pues
el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio
común, mejor es que se juegue en casas
principales que no en la de algún oficial, donde
cogen a un desdichado de medianoche abajo
y le desuellan vivo.”
  “Ahora, escribano”, dijo Sancho, “yo sé que
hay mucho que decir en eso.”
  Y, en esto, llegó un corchete que traía asido
a un mozo, y dijo:
  “Señor gobernador, este mancebo venía hacia
nosotros, y así como columbró la justicia,
volvió las espaldas y comenzó a correr como
un gamo, señal que debe de ser algún delincuente.
Yo partí tras él, y si no fuera porque
tropezó, y cayó, no le alcanzara jamás.”
  “¿Por qué huías, hombre?”, preguntó Sancho.
  A lo que el mozo respondió:
  “Señor, por excusar de responder a las muchas
preguntas que las justicias hacen.”
  “¿Que oficio tienes?”
  “Tejedor.”
  “¿Y qué tejes?”
  “Hierros de lanzas, con licencia buena de
vuestra merced.”
  “¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os
picáis? Está bien. Y ¿adónde ibais ahora?”
  “Señor, a tomar el aire.”
  “Y ¿adónde se toma el aire en esta ínsula?”
  “Adonde sopla.”
  “Bueno: respondéis muy a propósito, discreto
sois, mancebo; pero haced cuenta que yo
soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino
a la cárcel. Asilde, hola, y llevadle; que
yo haré que duerma allí sin aire esta noche.”
  “¡Par Dios”, dijo el mozo, “así me haga
vuestra merced dormir en la cárcel como
hacerme rey!”
  “Pues ¿por qué no te haré yo dormir en la
cárcel?”, respondió Sancho. “¿No tengo yo
poder para prenderte y soltarte cada y cuando
que quisiere?”
  “Por más poder que vuestra merced tenga”,
dijo el mozo, “no será bastante para hacerme
dormir en la cárcel.”
  “¿Cómo que no?”, replicó Sancho; “llevadle
luego donde verá por sus ojos el desengaño,
aunque más el alcaide quiera usar con él de su
interesal liberalidad; que yo le pondré pena
de dos mil ducados si te deja salir un paso de
la cárcel.”
  “Todo eso es cosa de risa”, respondió el
mozo; “el caso es que no me harán dormir en
la cárcel cuantos hoy viven.”
  “Dime, demonio”, dijo Sancho, “¿tienes
algún ángel que te saque y que te quite los
grillos que te pienso mandar echar?”
  “Ahora, señor gobernador”, respondió el
mozo con muy buen donaire, “estemos a razón
y vengamos al punto. Presuponga vuestra
merced que me manda llevar a la cárcel y que
en ella me echan grillos y cadenas, y que me
meten en un calabozo, y se le ponen al alcaide
graves penas si me deja salir, y que él lo
cumple como se le manda; con todo esto, si yo no
quiero dormir, y estarme despierto toda la
noche sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced
bastante con todo su poder para hacerme
dormir, si yo no quiero?”
  “No por cierto”, dijo el secretario, “y el
hombre ha salido con su intención.”
  “De modo”, dijo Sancho, “que no dejaréis
de dormir por otra cosa que por vuestra
voluntad, y no por contravenir a la mía.”
  “No, señor”, dijo el mozo, “ni por pienso.”
  “Pues, andad con Dios”, dijo Sancho, “idos
a dormir a vuestra casa, y Dios os dé buen
sueño; que yo no quiero quitárosle. Pero
aconséjoos que de aquí adelante no os burléis con
la justicia, porque toparéis con alguna que os
dé con la burla en los cascos.”
  Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió
con su ronda. Y de allí a poco vinieron dos
corchetes que traían a un hombre asido, y
dijeron:
  “Señor gobernador, este que parece hombre
no lo es, sino mujer, y no fea, que viene
vestida en hábito de hombre.”
  Llegáronle a los ojos dos o tres linternas, a
cuyas luces descubrieron un rostro de una
mujer, al parecer, de 16 o pocos más años;
recogidos los cabellos con una redecilla de oro y
seda verde, hermosa como mil perlas.
Miráronla de arriba abajo, y vieron que venía
con unas medias de seda encarnada, con ligas
de tafetán blanco, y rapacejos de oro y aljófar;
los gregüescos eran verdes, de tela de oro, y
una saltaembarca o ropilla de lo mismo,
suelta, debajo de la cual traía un jubón de
tela finísima de oro y blanco, y los zapatos
eran blancos y de hombre. No traía espada
ceñida, sino una riquísima daga, y en los dedos
muchos y muy buenos anillos. Finalmente, la
moza parecía bien a todos, y ninguno la conoció
de cuantos la vieron, y los naturales del
lugar dijeron que no podían pensar quién
fuese, y los consabidores de las burlas que se
habían de hacer a Sancho fueron los que más
se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo
no venía ordenado por ellos, y, así, estaban
dudosos, esperando en qué pararía el caso.
  Sancho quedó pasmado de la hermosura de
la moza y preguntóle quién era, adónde iba, y
qué ocasión le había movido para vestirse en
aquel hábito. Ella, puestos los ojos en tierra,
con honestísima vergüenza, respondió:
  “No puedo, señor, decir tan en público lo
que tanto me importaba fuera secreto; una cosa
quiero que se entienda: que no soy ladrón ni
persona facinerosa, sino una doncella desdichada
a quien la fuerza de unos celos ha hecho
romper el decoro que a la honestidad se debe.”
  Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:
  “Haga, señor gobernador, apartar la gente,
porque esta señora con menos empacho pueda
decir lo que quisiere.”
  Mandólo así el gobernador, apartáronse
todos, si no fueron el mayordomo, maestresala
y el secretario. Viéndose, pues, solos, la
doncella prosiguió diciendo:
  “Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca,
arrendador de las lanas de este lugar, el
cual suele muchas veces ir en casa de mi
padre.”
  “Eso no lleva camino”, dijo el mayordomo,
“señora, porque yo conozco muy bien a Pedro
Pérez, y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón
ni hembra, y más, que decís que es vuestro
padre, y luego añadís que suele ir muchas
veces en casa de vuestro padre.”
  “Ya yo había dado en ello”, dijo Sancho.
  “Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo
que me digo”, respondió la doncella; “pero la
verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana,
que todos vuestras mercedes deben de
conocer.”
  “Aun eso lleva camino”, respondió el
mayordomo; “que yo conozco a Diego de la Llana,
y sé que es un hidalgo principal y rico, y que
tiene un hijo y una hija, y que después que
enviudó no ha habido nadie en todo este lugar,
que pueda decir que ha visto el rostro de
su hija; que la tiene tan encerrada que no da
lugar al sol que la vea, y, con todo esto, la
fama dice que es en extremo hermosa.”
  “Así es la verdad”, respondió la doncella,
“y esa hija soy yo; si la fama miente o no en
mi hermosura, ya os habréis, señores,
desengañado, pues me habéis visto.”
  Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente.
Viendo lo cual el secretario, se llegó al oído
del maestresala, y le dijo muy paso:
  “Sin duda alguna que a esta pobre doncella
le debe de haber sucedido algo de importancia,
pues en tal traje y a tales horas, y siendo tan
principal, anda fuera de su casa.”
  “No hay dudar en eso”, respondió el
maestresala, “y más, que esa sospecha la confirman
sus lágrimas.”
  Sancho la consoló con las mejores razones
que él supo, y le pidió que sin temor alguno
les dijese lo que le había sucedido; que todos
procurarían remediarlo con muchas veras, y
por todas las vías posibles.
  “Es el caso, señores”, respondió ella, “que
mi padre me ha tenido encerrada diez años ha,
que son los mismos que a mi madre come la
tierra. En casa dicen misa en un rico oratorio,
y yo en todo este tiempo no he visto que el
sol del cielo de día, y la luna y las estrellas de
noche; ni sé qué son calles, plazas ni templos,
ni aun hombres, fuera de mi padre y de un
hermano mío, y de Pedro Pérez el arrendador,
que por entrar de ordinario en mi casa, se me
antojó decir que era mi padre, por no declarar
el mío. Este encerramiento y este negarme el
salir de casa, siquiera a la iglesia, ha muchos
días y meses que me trae muy desconsolada;
quisiera yo ver el mundo, o, a lo menos, el
pueblo donde nací, pareciéndome que este deseo
no iba contra el buen decoro que las doncellas
principales deben guardar a sí mismas. Cuando
oía decir que corrían toros y jugaban cañas,
y se representaban comedias, preguntaba a mi
hermano, que es un año menor que yo, que me
dijese qué cosas eran aquéllas, y otras
muchas que yo no he visto; él me lo declaraba
por los mejores modos que sabía, pero todo
era encenderme más el deseo de verlo. Finalmente,
por abreviar el cuento de mi perdición,
digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que
nunca tal pidiera ni tal rogara...”
  Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo
le dijo:
  “Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de
decirnos lo que le ha sucedido; que nos tienen a
todos suspensos sus palabras y sus lágrimas.”
  “Pocas me quedan por decir”, respondió la
doncella, “aunque muchas lágrimas sí que
llorar, porque los mal colocados deseos no
pueden traer consigo otros descuentos que los
semejantes.”
  Habíase sentado en el alma del maestresala
la belleza de la doncella, y llegó otra vez su
linterna para verla de nuevo, y parecióle que
no eran lágrimas las que lloraba, sino aljófar o
rocío de los prados, y aun las subía de punto,
y las llegaba a perlas orientales, y estaba
deseando que su desgracia no fuese tanta como
daban a entender los indicios de su llanto y de
sus suspiros. Desesperábase el gobernador de
la tardanza que tenía la moza en dilatar su
historia, y díjole que acabase de tenerlos más
suspensos; que era tarde y faltaba mucho que
andar del pueblo. Ella entre interrotos sollozos
y mal formados suspiros, dijo:
  “No es otra mi desgracia ni mi infortunio es
otro sino que yo rogué a mi hermano que me
vistiese en hábitos de hombre con uno de sus
vestidos, y que me sacase una noche a ver
todo el pueblo cuando nuestro padre durmiese.
El, importunado de mis ruegos, condescendió
con mi deseo, y, poniéndome este vestido,
y él, vistiéndose de otro mío, que le está como
nacido, porque él no tiene pelo de barba
y no parece sino una doncella hermosísima,
esta noche, debe de haber una hora, poco más
o menos, nos salimos de casa, y, guiados de
nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos
rodeado todo el pueblo, y cuando queríamos
volver a casa, vimos venir un gran tropel
de gente, y mi hermano me dijo: «Hermana,
Ȏsta debe de ser la ronda. Aligera los pies y
»pon alas en ellos, y vente tras mí corriendo,
»porque no nos conozcan; que nos será mal
»contado.» Y, diciendo esto, volvió las espaldas
y comenzó, no digo a correr, sino a volar;
yo, a menos de seis pasos, caí con el sobresalto,
y entonces llegó el ministro de la justicia
que me trajo ante vuestras mercedes, adonde
por mala y antojadiza me veo avergonzada
ante tanta gente.”
  “En efecto, señora”, dijo Sancho, “¿no os ha
sucedido otro desmán alguno, ni celos, como
vos al principio de vuestro cuento dijisteis, no
os sacaron de vuestra casa?”
  “No me ha sucedido nada, ni me sacaron
celos, sino sólo el deseo de ver mundo, que no
se extendía a más que a ver las calles de este
lugar.”
  Y acabó de confirmar ser verdad lo que la
doncella decía llegar los corchetes con su
hermano preso, a quien alcanzó uno de ellos,
cuando se huyó de su hermana; no traía sino un
faldellín rico y una mantillina de damasco azul
con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca
ni con otra cosa adornada que sus mismos
cabellos, que eran sortijas de oro, según eran
rubios y enrizados. Apartáronse con [él] el
gobernador, mayordomo y maestresala, y sin que
lo oyese su hermana, le preguntaron cómo
venía en aquel traje, y él, con no menos
vergüenza y empacho contó lo mismo que su
hermana había contado, de que recibió gran gusto
el enamorado maestresala; pero el gobernador
les dijo:
  “Por cierto, señores, que ésta ha sido una
gran rapacería, y para contar esta necedad y
atrevimiento no eran menester tantas largas ni
tantas lágrimas y suspiros; que con decir:
«Somos fulano y fulana, que nos salimos a
»espaciar de casa de nuestros padres con esta
»invención, sólo por curiosidad, sin otro designio
»alguno», se acabara el cuento, y no gemidicos,
y lloramicos, y darle.”
  “Así es la verdad”, respondió la doncella;
“pero sepan vuestras mercedes que la turbación
que he tenido ha sido tanta, que no me ha
dejado guardar el término que debía.”
  “No se ha perdido nada”, respondió Sancho:
“vamos, y dejaremos a vuestras mercedes
en casa de su padre; quizá no los habrá echado
menos. Y de aquí adelante no se muestren
tan niños, ni tan deseosos de ver mundo; que
la doncella honrada, la pierna quebrada, y en
casa. Y la mujer y la gallina, por andar se
pierden aína; y la que es deseosa de ver, también
tiene deseo de ser vista. No digo más.”
  El mancebo agradeció al gobernador la merced
que quería hacerles de volverlos a su casa,
y, así, se encaminaron hacia ella, que no estaba
muy lejos de allí. Llegaron, pues, y, tirando
el hermano una china a una reja, al momento
bajó una criada que los estaba esperando
y les abrió la puerta, y ellos se entraron,
dejando a todos admirados, así de su gentileza
y hermosura, como del deseo que tenían
de ver mundo de noche, y sin salir del lugar;
pero todo lo atribuyeron a su poca edad.
  Quedó el maestresala traspasado su corazón,
y propuso de luego otro día pedírsela por
mujer a su padre, teniendo por cierto que no se
la negaría, por ser el criado del duque, y aun
a Sancho le vinieron deseos y barruntos de
casar al mozo con Sanchica su hija, y determinó
de ponerlo en plática a su tiempo, dándose a
entender que a una hija de un gobernador
ningún marido se le podía negar. Con esto se
acabó la ronda de aquella noche, y de allí a dos
días el gobierno, con que se destroncaron y
borraron todos sus designios, como se verá
adelante.


                  Capítulo L

Donde se declara quién fueron los encantadores
  y verdugos que azotaron a la dueña y
  pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el
  suceso que tuvo el paje que llevó la carta
  a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza.

  Dice Cide Hamete, puntualísimo escudriñador
de los átomos de esta verdadera historia,
que el tiempo que doña Rodríguez salió de su
aposento para ir a la estancia de don Quijote,
otra dueña que con ella dormía lo sintió, y que
como todas las dueñas son amigas de saber,
entender y oler, se fue tras ella con tanto
silencio, que la buena Rodríguez no lo echó de ver,
y, así como la dueña la vio entrar en la estancia
de don Quijote, porque no faltase en ella
la general costumbre que todas las dueñas
tienen de ser chismosas, al momento lo fue a
poner en pico a su señora la duquesa, de
cómo doña Rodríguez quedaba en el aposento
de don Quijote; la duquesa se lo dijo al duque
y le pidió licencia para que ella y Altisidora
viniesen a ver lo que aquella dueña quería
con don Quijote. El duque se la dio, y las dos,
con gran tiento y sosiego, paso ante paso,
llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento,
y tan cerca, que oían todo lo que dentro
hablaban, y cuando oyó la duquesa que Rodríguez
había echado en la calle el Aranjuez de
sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos
Altisidora, y, así, llenas de cólera, y deseosas de
venganza, entraron de golpe en el aposento, y
acribillaron a don Quijote, y vapularon a la
dueña del modo que queda contado; porque
las afrentas que van derechas contra la hermosura
y presunción de las mujeres, despierta en
ellas en gran manera la ira, y enciende el
deseo de vengarse. Contó la duquesa al duque
lo que le había pasado, de lo que se holgó
mucho; y la duquesa, prosiguiendo con su
intención de burlarse y recibir pasatiempo con
don Quijote, despachó al paje que había hecho
la figura de Dulcinea en el concierto de su
desencanto --que tenía bien olvidado Sancho
Panza con la ocupación de su gobierno--, a
Teresa Panza su mujer, con la carta de su
marido, y con otra suya, y con una gran sarta de
corales ricos presentados.
  Dice, pues, la historia, que el paje era muy
discreto y agudo, y, con deseo de servir a sus
señores, partió de muy buena gana al lugar de
Sancho, y, antes de entrar en él, vio en un
arroyo estar lavando cantidad de mujeres, a quien
preguntó si le sabrían decir si en aquel lugar
vivía una mujer llamada Teresa Panza, mujer
de un cierto Sancho Panza, escudero de un
caballero llamado don Quijote de la Mancha, a
cuya pregunta se levantó en pie una mozuela
que estaba lavando, y dijo:
  “Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal
Sancho mi señor padre, y el tal caballero
nuestro amo.”
  “Pues venid, doncella”, dijo el paje, “y
mostradme a vuestra madre, porque le traigo
una carta y un presente del tal vuestro padre.”
  “Eso haré yo de muy buena gana, señor
mío”, respondió la moza, que mostraba ser de
edad de catorce años, poco más a menos; y,
dejando la ropa que lavaba a otra compañera,
sin tocarse ni calzarse, que estaba en piernas y
desgreñada, saltó delante de la cabalgadura
del paje, y dijo:
  “Venga vuestra merced; que a la entrada del
pueblo está nuestra casa, y mi madre en ella,
con harta pena por no haber sabido muchos días
ha de mi señor padre.”
  “Pues yo se las llevo tan buenas”, dijo el
paje, “que tiene que dar bien gracias a Dios
por ellas.”
  Finalmente, saltando, corriendo y brincando
llegó al pueblo la muchacha, y, antes de entrar
en su casa, dijo a voces desde la puerta:
  “Salga, madre Teresa, salga, salga; que viene
aquí un señor que trae cartas y otras cosas de
mi buen padre.”
  A cuyas voces salió Teresa Panza su madre,
hilando un copo de estopa, con una saya parda.
Parecía, según era de corta, que se la habían
cortado por vergonzoso lugar; con un corpezuelo
asimismo pardo, y una camisa de pechos.
No era muy vieja, aunque mostraba pasar
de los cuarenta; pero fuerte, tiesa, nervuda
y avellanada, la cual, viendo a su hija, y al
paje a caballo, le dijo:
  “¿Qué es esto, niña, qué señor es éste?”
  “Es un servidor de mi señora doña Teresa
Panza”, respondió el paje; y, diciendo y
haciendo, se arrojó del caballo, y se fue con
mucha humildad a poner de hinojos ante la
señora Teresa, diciendo:
  “Déme vuestra merced sus manos, mi señora
doña Teresa, bien así como mujer legítima y
particular del señor don Sancho Panza,
gobernador propio de la ínsula Barataria.”
  “Ay, señor mío, quítese de ahí, no haga eso”,
respondió Teresa; “que yo no soy nada
palaciega, sino una pobre labradora, hija de un
estripaterrones y mujer de un escudero andante,
y no de gobernador alguno.”
  “Vuestra merced”, respondió el paje, “es
mujer dignísima de un gobernador archidignísimo,
y para prueba de esta verdad reciba
vuestra merced esta carta y este presente.”
  Y sacó al instante de la faldriquera una sarta
de corales con extremos de oro, y se la echó
al cuello, y dijo:
  “Esta carta es del señor gobernador, y otra
que traigo y estos corales son de mi señora la
duquesa que a vuestra merced me envía.”
  Quedó pasmada Teresa, y su hija ni más
ni menos, y la muchacha dijo:
  “Que me maten si no anda por aquí nuestro
señor amo don Quijote, que debe de haber
dado a padre el gobierno o condado que
tantas veces le había prometido.”
  “Así es la verdad”, respondió el paje; “que
por respeto del señor don Quijote es ahora el
señor Sancho gobernador de la ínsula Barataria,
como se verá por esta carta.”
  “Léamela vuestra merced, señor gentilhombre”,
dijo Teresa, “porque aunque yo sé hilar,
no sé leer migaja.”
  “Ni yo tampoco”, añadió Sanchica; “pero
espérenme aquí; que yo iré a llamar quien la
lea, ora sea el cura mismo, o el bachiller
Sansón Carrasco, que vendrán de muy buena gana
por saber nuevas de mi padre.”
  “No hay para qué se llame a nadie; que yo no
sé hilar, pero sé leer y la leeré.”
  Y, así, se la leyó toda, que por quedar ya
referida no se pone aquí, y luego sacó otra de
la duquesa, que decía de esta manera:
  “Amiga Teresa: las buenas partes de la
bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho
me movieron y obligaron a pedir a mi marido
el duque le diese un gobierno de una ínsula,
de muchas que tiene. Tengo noticia que
gobierna como un gerifalte, de lo que yo estoy
muy contenta y el duque mi señor por el
consiguiente, por lo que doy muchas gracias al
cielo de no haberme engañado en haberle escogido
para el tal gobierno; porque quiero que sepa
la señora Teresa que con dificultad se halla un
buen gobernador en el mundo, y tal me haga
a mí Dios como Sancho gobierna. Ahí le envío,
querida mía, una sarta de corales con extremos
de oro; yo me holgara que fuera de perlas
orientales; pero quien te da el hueso, no
te querría ver muerta. Tiempo vendrá en que nos
conozcamos y nos comuniquemos, y Dios sabe
lo que será. Encomiéndeme a Sanchica, su hija,
y dígale de mi parte que se apareje; que la
tengo de casar altamente cuando menos lo
piense. Dícenme que en ese lugar hay bellotas
gordas. Envíeme hasta dos docenas, que las
estimaré en mucho por ser de su mano, y
escríbame largo, avisándome de su salud y de su
bienestar, y si hubiere menester alguna cosa,
no tiene que hacer más que boquear; que su
boca será medida. Y Dios me la guarde. De este
lugar. Su amiga que bien la quiere,

                            La Duquesa.”

  “¡Ay!”, dijo Teresa, en oyendo la carta, “y
¡qué buena y qué llana y qué humilde señora!
Con estas tales señoras me entierren a
mí, y no las hidalgas que en este pueblo se
usan, que piensan que por ser hidalgas no las
ha de tocar el viento, y van a la iglesia con
tanta fantasía, como si fuesen las mismas
reinas, que no parece sino que tienen a deshonra
el mirar a una labradora. Y veis aquí donde
esta buena señora, con ser duquesa, me llama
amiga, y me trata como si fuera su igual; que
igual la vea yo con el más alto campanario
que hay en la Mancha. Y en lo que toca a las
bellotas, señor mío, yo le enviaré a su señoría
un celemín, que por gordas las pueden venir a
ver a la mira y a la maravilla. Y por ahora,
Sanchica, atiende a que se regale este señor. Pon
en orden este caballo, y saca de la caballeriza
huevos, y corta tocino adunia, y démosle de
comer como a un príncipe; que las buenas
nuevas que nos ha traído y la buena cara que él
tiene lo merece todo, y, en tanto, saldré yo a
dar a mis vecinas las nuevas de nuestro
contento, y al padre cura, y a maese Nicolás el
barbero, que tan amigos son y han sido de tu padre.”
  “Sí haré, madre”, respondió Sanchica; “pero
mire que me ha de dar la mitad de esa sarta;
que no tengo yo por tan boba a mi señora la
duquesa, que se la había de enviar a ella toda.”
  “Todo es para ti, hija”, respondió Teresa;
“pero déjamela traer algunos días al cuello,
que verdaderamente parece que me alegra el
corazón.”
  “También se alegrarán”, dijo el paje, “cuando
vean el lío que viene en este portamanteo,
que es un vestido de paño finísimo que el
gobernador sólo un día llevó a caza, el cual todo
le envía para la señora Sanchica.”
  “Que me viva él mil años”, respondió
Sanchica, “y el que lo trae, ni más ni menos, y
aun dos mil, si fuere necesidad.”
  Salióse en esto Teresa fuera de casa, con
las cartas, y con la sarta al cuello, e iba
tañendo en las cartas como si fuera en un pandero,
y, encontrándose acaso con el cura y Sansón
Carrasco, comenzó a bailar, y a decir:
  “¡A fe que ahora que no hay pariente pobre!
¡Gobiernito tenemos! ¡No sino tómese conmigo
la más pintada hidalga; que yo la pondré
como nueva!”
  “¿Qué es esto, Teresa Panza, qué locuras son
éstas y qué papeles son ésos?”
  “No es otra la locura, sino que éstas son
cartas de duquesas y de gobernadores, y estos
que traigo al cuello son corales finos, las
avemarías y los padres nuestros son de oro de
martillo, y yo soy gobernadora.”
  “De Dios en ayuso no os entendemos, Teresa,
ni sabemos lo que os decís.”
  “Ahí lo podrán ver ellos”, respondió Teresa.
  Y dioles las cartas. Leyólas el cura de modo
que las oyó Sansón Carrasco, y Sansón y el
cura se miraron el uno al otro como admirados
de lo que habían leído. Y preguntó el bachiller
quién había traído aquellas cartas; respondió
Teresa que se viniesen con ella a su casa y
verían el mensajero, que era un mancebo
como un pino de oro, y que le traía otro
presente que valía más de tanto. Quitóle el
cura los corales del cuello y mirólos, y remirólos,
y, certificándose que eran finos, tornó a
admirarse de nuevo, y dijo:
  “Por el hábito que tengo, que no sé qué me
diga ni qué me piense de estas cartas y de
estos presentes; por una parte veo y toco la
fineza de estos corales, y por otra leo que una
duquesa envía a pedir dos docenas de
bellotas.”
  “Aderézame esas medidas”, dijo entonces
Carrasco. “Ahora bien, vamos a ver al portador
de este pliego; que de él nos informaremos de
las dificultades que se nos ofrecen.”
  Hiciéronlo así, y volvióse Teresa con ellos.
Hallaron al paje cribando un poco de cebada
para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un
torrezno para empedrarle con huevos y dar
de comer al paje, cuya presencia y buen adorno
contentó mucho a los dos, y después de haberle
saludado cortésmente, y él a ellos, le preguntó
Sansón les dijese nuevas así de don Quijote,
como de Sancho Panza; que puesto que habían
leído las cartas de Sancho y de la señora
duquesa, todavía estaban confusos y no acababan
de atinar qué sería aquello del gobierno
de Sancho, y más de una ínsula, siendo todas
o las más que hay en el mar Mediterráneo de su
majestad.
  A lo que el paje respondió:
  “De que el señor Sancho Panza sea gobernador
no hay que dudar en ello; de que sea
ínsula, o no, la que gobierna, en eso no me
entremeto. Pero basta que sea un lugar de más
de mil vecinos, y en cuanto a lo de las
bellotas, digo que mi señora la duquesa es tan
llana y tan humilde --que no decía él enviar
a pedir bellotas a una labradora; pero que le
acontecía enviar a pedir un peine prestado a
una vecina suya--. Porque quiero que sepan
vuestras mercedes que las señoras de Aragón,
aunque son tan principales, no son tan puntuosas
y levantadas como las señoras castellanas;
con más llaneza tratan con las gentes.”
  Estando en la mitad de estas pláticas saltó
Sanchica con un halda de huevos, y preguntó
al paje:
  “Dígame, señor, ¿mi señor padre trae por
ventura calzas atacadas después que es
gobernador?”
  “No he mirado en ello”, respondió el paje,
“pero sí debe de traer.”
  “¡Ay Dios mío”, replicó Sanchica, “y que
será de ver a mi padre con pedorreras! ¿No es
bueno sino que desde que nací tengo deseo
de ver a mi padre con calzas atacadas?”
  “Como con esas cosas le verá vuestra
merced si vive”, respondió el paje. “Par Dios,
términos lleva de caminar con papahígo,
con solos dos meses que le dure el
gobierno.”
  Bien echaron de ver el cura y el bachiller
que el paje hablaba socarronamente. Pero la
fineza de los corales y el vestido de caza que
Sancho enviaba lo deshacía todo; que ya Teresa
les había mostrado el vestido, y no dejaron
de reírse del deseo de Sanchica, y más, cuando
Teresa dijo:
  “Señor cura, eche cata por ahí si hay alguien
que vaya a Madrid o a Toledo, para que me
compre un verdugado redondo, hecho y derecho,
y sea al uso y de los mejores que hubiere;
que en verdad en verdad que tengo de honrar
el gobierno de mi marido en cuanto yo pudiere,
y aunque si me enojo, me tengo de ir a
esa corte, y echar un coche como todas; que
la que tiene marido gobernador muy bien le
puede traer y sustentar.”
  “Y ¡cómo, madre!”, dijo Sanchica. “Pluguiese
a Dios que fuese antes hoy que mañana,
aunque dijesen los que me viesen ir sentada con
mi señora madre en aquel coche: «¡Mirad la tal
»por cual, hija del harto de ajos, y cómo va
»sentada y tendida en el coche, como si fuera una
»papesa!» Pero pisen ellos los lodos y ándeme
yo en mi coche, levantado[s] los pies del
suelo. ¡Mal año y mal mes para cuantos
murmuradores hay en el mundo; y ándeme yo
caliente, y ríase la gente! ¿Digo bien, madre mía?”
  “Y ¡cómo que dices bien, hija!”, respondió
Teresa; “y todas estas venturas, y aun mayores,
me las tiene profetizadas mi buen Sancho,
y verás tú, hija, cómo no para hasta hacerme
condesa; que todo es comenzar a ser venturosas,
y como yo he oído decir muchas veces
a tu buen padre, que así como lo es tuyo, lo
es de los refranes, cuando te dieren la vaquilla,
corre con soguilla; cuando te dieren un
gobierno, cógele; cuando te dieren un condado,
agárrale, y cuando te hicieren tus, tus, con
alguna buena dádiva, envásala. ¡No sino
dormíos, y no respondáis a las venturas y
buenas dichas que están llamando a la puerta de
vuestra casa!”
  “Y ¿qué se me da a mí”, añadió Sanchica,
“que diga el que quisiere cuando me vea
entonada y fantasiosa: «Viose el perro en bragas
»de cerro...», y lo demás?”
  Oyendo lo cual el cura, dijo:
  “Yo no puedo creer sino que todos los de este
linaje de los Panzas nacieron cada uno con
un costal de refranes en el cuerpo; ninguno
de ellos he visto, que no los derrame a todas
horas y en todas las pláticas que tienen.”
  “Así es la verdad”, dijo el paje; “que el
señor gobernador Sancho a cada paso los dice.
Y aunque muchos no vienen a propósito,
todavía dan gusto, y mi señora la duquesa y el
duque los celebran mucho.”
  “¿Que todavía se afirma vuestra merced,
señor mío”, dijo el bachiller, “ser verdad esto
del gobierno de Sancho, y de que hay duquesa
en el mundo que le envíe presentes y le
escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los
presentes y hemos leído las cartas no lo
creemos, y pensamos que ésta es una de las cosas
de don Quijote nuestro compatrioto, que todas
piensa que son hechas por encantamiento; y,
así, estoy por decir que quiero tocar y palpar
a vuestra merced, por ver si es embajador
fantástico, u hombre de carne y hueso.”
  “Señores, yo no sé más de mí”, respondió
el paje, “sino que soy embajador verdadero,
y que el señor Sancho Panza es gobernador
efectivo; y que mis señores duque y duquesa
pueden dar, y han dado, el tal gobierno; y que
he oído decir que en él se porta valentísimamente
el tal Sancho Panza. Si en esto hay
encantamiento o no, vuestras mercedes lo disputen
allá entre ellos; que yo no sé otra cosa para
el juramento que hago, que es por vida de mis
padres; que los tengo vivos y los amo y los
quiero mucho.”
  “Bien podrá ello ser así”, replicó el
bachiller; pero, dubitat Augustinus.”
  “Dude quien dudare”, respondió el paje; “la
verdad es la que he dicho, y esta que ha de
andar siempre sobre la mentira como el aceite
sobre el agua. Y si no, operibus credite, & non
verbis: véngase alguno de vuestras mercedes
conmigo, y verán con los ojos lo que no creen
por los oídos.”
  “Esa ida a mí toca”, dijo Sanchica; “lléveme
vuestra merced, señor, a las ancas de su
rocín; que yo iré de muy buena gana a ver a
mi señor padre.”
  “Las hijas de los gobernadores no han de ir
solas por los caminos, sino acompañadas de
carrozas y literas, y de gran número de
sirvientes.”
  “Par Dios”, respondió Sancha, “tan bien
me vaya yo sobre una pollina como sobre un
coche. ¡Hallado la habéis la melindrosa!”
  “Calla, muchacha”, dijo Teresa, “que no
sabes lo que te dices, y este señor está en lo
cierto; que tal el tiempo, tal el tiento: cuando
Sancho, Sancha, y cuando gobernador, señora,
y no sé si diga algo.”
  “Más dice la señora Teresa de lo que
piensa”, dijo el paje; “y denme de comer y
despáchenme luego, porque pienso volverme esta
tarde.”
  A lo que dijo el cura:
  “Vuestra merced se vendrá a hacer penitencia
conmigo; que la señora Teresa más tiene
voluntad que alhajas para servir a tan buen
huésped.”
  Reusólo el paje; pero, en efecto, lo hubo de
conceder por su mejora. Y el cura le llevó
consigo de buena gana por tener lugar de
preguntarle de espacio por don Quijote y sus hazañas.
El bachiller se ofreció de escribir las cartas
a Teresa, de la respuesta. Pero ella no quiso
que el bachiller se metiese en sus cosas; que
le tenía por algo burlón. Y, así, dio un bollo y
dos huevos a un monacillo, que sabía escribir,
el cual le escribió dos cartas, una para su
marido, y otra para la duquesa, notadas de su
mismo caletre, que no son las peores que en
esta grande historia se ponen, como se verá
adelante.


                 Capítulo LI

 Del progreso del gobierno de Sancho Panza,
    con otros sucesos tales como buenos.

  Amaneció el día que se siguió a la noche
de la ronda del gobernador, la cual el maestresala
pasó sin dormir, ocupado el pensamiento
en el rostro, brío y belleza de la disfrazada
doncella; y el mayordomo ocupó lo que de ella
faltaba en escribir a sus señores lo que
Sancho Panza hacía y decía, tan admirado de sus
hechos como de sus dichos: porque andaban
mezcladas sus palabras y sus acciones con
asomos discretos, y tontos. Levantóse, en fin,
el señor gobernador, y por orden del doctor
Pedro Recio le hicieron desayunar con un poco
de conserva y cuatro tragos de agua fría, cosa
que la trocara Sancho con un pedazo de pan y
un racimo de uvas. Pero viendo que aquello
era más fuerza que voluntad, pasó por ello
con harto dolor de su alma y fatiga de su
estómago, haciéndole creer Pedro Recio que los
manjares pocos y delicados avivaban el
ingenio, que era lo que más convenía a las
personas constituidas en mandos y en oficios
graves, donde se han de aprovechar no tanto de
las fuerzas corporales, como de las del
entendimiento. Con esta sofistería padecía hambre
Sancho, y tal, que en su secreto maldecía el
gobierno, y aun a quien se le había dado; pero
con su hambre y con su conserva se puso a
juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció
fue una pregunta que un forastero le hizo,
estando presentes a todo el mayordomo y los
demás acólitos, que fue:
  “Señor: un caudaloso río dividía dos
términos de un mismo señorío --y esté vuestra
merced atento, porque el caso es de importancia y
algo dificultoso--. Digo, pues, que sobre este
río estaba una puente, y al cabo de ella una
horca y una como casa de audiencia, en la
cual de ordinario había cuatro jueces que
juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la
puente y del señorío, que era en esta forma:
«Si alguno pasare por esta puente de una
»parte a otra, ha de jurar primero adónde y a
»qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar, y
»si dijere mentira, muera por ello ahorcado en
»la horca que allí se muestra, sin remisión
»alguna.» Sabida esta ley y la rigurosa
condición de ella, pasaban muchos, y luego en lo
que juraban se echaba de ver que decían verdad,
y los jueces lo[s] dejaban pasar libremente.
Sucedió, pues, que tomando juramento
a un hombre, juró y dijo que para el juramento
que hacía, que iba a morir en aquella
horca que allí estaba, y no a otra cosa.
Repararon los jueces en el juramento y dijeron:
«Si a este hombre le dejamos pasar libremente,
»mintió en su juramento, y conforme a
»la ley debe morir; y si le ahorcamos, el juró
»que iba a morir en aquella horca, y, habiendo
»jurado verdad, por la misma ley debe ser
»libre.» Pídese a vuestra merced, señor
gobernador, qué harán los jueces de tal hombre;
que aun hasta ahora están dudosos y suspensos,
y, habiendo tenido noticia del agudo y
elevado entendimiento de vuestra merced, me
enviaron a mí, a que suplicase a vuestra merced
de su parte diese su parecer en tan intricado
y dudoso caso.”
  A lo que respondió Sancho:
  “Por cierto que esos señores jueces que a
mí os envían lo pudieran haber excusado,
porque yo soy un hombre que tengo más de
mostrenco que de agudo; pero, con todo eso,
repetidme otra vez el negocio de modo que yo
le entienda. Quizá podría ser que diese en
el hito.”
  Volvió otra y otra vez el preguntante a referir
lo que primero había dicho, y Sancho dijo:
  “A mi parecer, este negocio en dos paletas
le declararé yo, y es así: el tal hombre jura
que va a morir en la horca, y si muere en ella
juró verdad, y por la ley puesta merece ser
libre, y que pase la puente; y si no le ahorcan,
juró mentira, y por la misma ley merece que
le ahorquen.”
  “Así es como el señor gobernador dice”,
dijo el mensajero; “y cuanto a la entereza y
entendimiento del caso, no hay más que pedir
ni que dudar.”
  “Digo yo, pues, ahora”, replicó Sancho,
“que de este hombre aquella parte que juró
verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la
ahorquen, y de esta manera se cumplirá al pie
de la letra la condición del pasaje.”
  “Pues, señor gobernador”, replicó el
preguntador, “será necesario que el tal hombre
se divida en [dos] partes, en mentirosa y verdadera,
y si se divide, por fuerza ha de morir; y,
así, no se consigue cosa alguna de lo que la
ley pide, y es de necesidad expresa que se
cumpla con ella.”
  “Venid acá, señor buen hombre”, respondió
Sancho; “este pasajero que decís, o yo soy
un porro, o él tiene la misma razón para morir
que para vivir y pasar la puente; porque si la
verdad le salva, la mentira le condena
igualmente. Y siendo esto así, como lo es, soy de
parecer que digáis a esos señores que a mí
os enviaron que, pues están en un fiel las
razones de condenarle o absolverle, que le dejen
pasar libremente, pues siempre es alabado
más el hacer bien que mal; y esto lo diera
firmado de mi nombre si supiera firmar, y yo en
este caso no he hablado de mío, sino que se
me vino a la memoria un precepto, entre otros
muchos, que me dio mi amo don Quijote la
noche antes que viniese a ser gobernador de
esta ínsula, que fue que cuando la justicia
estuviese en duda, me decantase y acogiese
a la misericordia. Y ha querido Dios que
ahora se me acordase, por venir en este caso
como de molde.”
  “Así es”, respondió el mayordomo, “y
tengo para mí que el mismo Licurgo, que dio
leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor
sentencia que la que el gran Panza ha dado; y
acábese con esto la audiencia de esta mañana,
y yo daré orden como el señor gobernador
coma muy a su gusto.”
  “Eso pido, y barras derechas”, dijo Sancho;
“denme de comer y lluevan casos y dudas
sobre mí; que yo las despabilaré en el aire.”
  Cumplió su palabra el mayordomo,
pareciéndole ser cargo de conciencia matar de
hambre a tan discreto gobernador; y más, que
pensaba concluir con él aquella misma noche,
haciéndole la burla última, que traía en
comisión de hacerle.
  Sucedió, pues, que habiendo comido aquel día
contra las reglas y aforismos del doctor
Tirteafuera, al levantar de los manteles entró un
correo con una carta de don Quijote para el
gobernador; mandó Sancho al secretario que la
leyese para sí, y que si no viniese en ella
alguna cosa digna de secreto, la leyese en voz
alta. Hízolo así el secretario, y, repasándola
primero, dijo:
  “Bien se puede leer en voz alta; que lo que
el señor don Quijote escribe a vuestra merced
merece estar estampado y escrito con letras
de oro, y dice así:

CARTA DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA A
  SANCHO PANZA, GOBERNADOR DE LA INSULA
  BARATARIA.

  «Cuando esperaba oír nuevas de tus
»descuidos e impertinencias, Sancho amigo, las
»oí de tus discreciones, de que di por ello
»gracias particulares al cielo, el cual del
»estiércol sabe levantar los pobres y de los
»tontos hacer discretos. Dícenme que gobiernas
»como si fueses hombre, y que eres hombre
»como si fueses bestia, según es la humildad
»con que te tratas. Y quiero que adviertas,
»Sancho, que muchas veces conviene, y es necesario,
»por la autoridad del oficio, ir contra la
»humildad del corazón, porque el buen adorno
»de la persona que está puesta en graves
»cargos ha de ser conforme a lo que ellos piden,
»y no a la medida de lo que su humilde
»condición le inclina. Vístete bien, que un palo
»compuesto no parece palo. No digo que
»traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te
»vistas como soldado, sino que te adornes con el
»hábito que tu oficio requiere, con tal que sea
»limpio y bien compuesto.
  »Para ganar la voluntad del pueblo que
»gobiernas, entre otras, has de hacer dos cosas:
»la una, ser bien criado con todos, aunque esto
»ya otra vez te lo he dicho. Y la otra, procurar
»la abundancia de los mantenimientos; que no
»hay cosa que más fatigue el corazón de los
»pobres que la hambre y la carestía.
  »No hagas muchas pragmáticas, y si las
»hicieres, procura que sean buenas y, sobre todo,
»que se guarden y cumplan; que las pragmáticas
»que no se guardan lo mismo es que si no
»lo fuesen. Antes dan a entender que el
»príncipe que tuvo discreción y autoridad para
»hacerlas, no tuvo valor para hacer que se
»guardasen, y las leyes que atemorizan y no
»se ejecutan vienen a ser como la viga, rey
»de las ranas, que al principio las espantó, y
»con el tiempo la menospreciaron y se subieron
»sobre ella.
  »Sé padre de las virtudes y padrastro de los
»vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre
»blando, y escoge el medio entre estos dos
»extremos; que en esto está el punto de la
»discreción. Visita las cárceles, las carnicerías y
»las plazas; que la presencia del gobernador
»en lugares tales es de mucha importancia:
»consuela a los presos que esperan la brevedad
»de su despacho, es coco a los carniceros
»que por entonces igualan los pesos, y es
»espantajo a las placeras por la misma razón.
»No te muestres, aunque por ventura lo seas
»--lo cual yo no creo--, codicioso, mujeriego
»ni glotón; porque en sabiendo el pueblo y los
»que te tratan tu inclinación determinada, por
»allí te darán batería, hasta derribarte en el
»profundo de la perdición.
  »Mira y remira, pasa y repasa los consejos
»y documentos que te di por escrito antes que
»de aquí partieses a tu gobierno, y verás como
»hallas en ellos, si los guardas, una ayuda de
»costa que te sobrelleve los trabajos y dificultades
»que a cada paso a los gobernadores se les
»ofrecen. Escribe a tus señores y muéstrateles
»agradecido; que la ingratitud es hija de la
»soberbia, y uno de los mayores pecados que
»se sabe, y la persona que es agradecida a los
»que bien le han hecho da indicio que también
»lo será a Dios, que tantos bienes le hizo y de
»continuo le hace.
  »La señora duquesa despachó un propio con
»tu vestido y otro presente a tu mujer Teresa
»Panza; por momentos esperamos respuesta.
  »Yo he estado un poco mal dispuesto de un
»cierto gateamiento que me sucedió no muy a
»cuento de mis narices, pero no fue nada; que
»si hay encantadores que me maltraten, también
»los hay que me defiendan. Avísame si el
»mayordomo que está contigo tuvo que ver en las
»acciones de la Trifaldi, como tú sospechaste;
»y de todo lo que te sucediere me irás dando
»aviso, pues es tan corto el camino, cuanto más
»que yo pienso dejar presto esta vida ociosa
»en que estoy, pues no nací para ella. Un
»negocio se me ha ofrecido, que creo que me
»ha de poner en desgracia de estos señores. Pero
»aunque se me da mucho, no se me da nada,
»pues en fin, en fin, tengo de cumplir antes con
»mi profesión que con su gusto, conforme a lo
»que suele decirse: Amicus Plato, sed magis
»amica veritas: Dígote este latín porque me
»doy a entender que después que eres gobernador
»lo habrás aprendido. Y a Dios, el cual te
»guarde de que ninguno te tenga lástima.

            Tu amigo, don Quijote de la Mancha.»

  Oyó Sancho la carta con mucha atención,
y fue celebrada y tenida por discreta de los
que la oyeron, y luego Sancho se levantó de
la mesa, y, llamando al secretario, se encerró
con él en su estancia, y sin dilatarlo más quiso
responder luego a su señor don Quijote, y
dijo al secretario que sin añadir ni quitar cosa
alguna fuese escribiendo lo que él le dijese;
y así lo hizo, y la carta de la respuesta fue
del tenor siguiente:

     CARTA DE SANCHO PANZA A DON QUIJOTE
                DE LA MANCHA.

  “La ocupación de mis negocios es tan
grande, que no tengo lugar para rascarme la
cabeza, ni aun para cortarme las uñas, y, así,
las traigo tan crecidas cual Dios lo remedie.
Digo esto, señor mío de mi alma, porque
vuestra merced no se espante, si hasta ahora
no he dado aviso de mi bien o mal estar en
este gobierno, en el cual tengo más hambre
que cuando andábamos los dos por las selvas
y por los despoblados.
  ”Escribióme el duque mi señor el otro día,
dándome aviso que habían entrado en esta
ínsula ciertas espías para matarme, y hasta
ahora yo no he descubierto otra que un cierto
doctor que está en este lugar asalariado para
matar a cuantos gobernadores aquí vinieren.
Llámase el doctor Pedro Recio, y es natural de
Tirteafuera; porque vea vuestra merced qué
nombre para no temer que he de morir a sus
manos. Este tal doctor dice él mismo de sí
mismo que él no cura las enfermedades cuando
las hay, sino que las previene para que no
vengan, y las medicinas que usa son dieta y
más dieta, hasta poner la persona en los
huesos mondos, como si no fuese mayor
mal la flaqueza que la calentura. Finalmente,
él me va matando de hambre, y yo me voy
muriendo de despecho, pues cuando pensé
venir a este gobierno a comer caliente y a
beber frío, y a recrear el cuerpo entre sábanas
de holanda, sobre colchones de pluma, he venido
a hacer penitencia como si fuera ermitaño,
y como no la hago de mi voluntad, pienso
que al cabo al cabo me ha de llevar el diablo.
  ”Hasta ahora no he tocado derecho ni llevado
cohecho, y no puedo pensar en qué va esto;
porque aquí me han dicho que los gobernadores
que a esta ínsula suelen venir, antes de
entrar en ella, o les han dado o les han prestado
los del pueblo muchos dineros, y que ésta
es ordinaria usanza en los demás que van a
gobiernos, no solamente en éste.
  ”Anoche, andando de ronda, topé una muy
hermosa doncella en traje de varón y un
hermano suyo en hábito de mujer; de la moza se
enamoró mi maestresala, y la escogió en su
imaginación para su mujer, según él ha dicho, y
yo escogí al mozo para mi yerno. Hoy los dos
pondremos en plática nuestros pensamientos
con el padre de entrambos, que es un tal
Diego de la Llana, hidalgo y cristiano viejo
cuanto se quiere.
  ”Yo visito las plazas como vuestra merced
me lo aconseja, y ayer hallé una tendera que
vendía avellanas nuevas, y averigüéle que
había mezclado con una hanega de avellanas
nuevas otra de viejas, vanas y podridas;
apliquélas todas para los niños de la doctrina,
que las sabrían bien distinguir, y sentenciéla
que por quince días no entrase en la plaza.
Hanme dicho que lo hice valerosamente; lo
que sé decir a vuestra merced es que es fama en
este pueblo que no hay gente más mala que
las placeras, porque todas son desvergonzadas,
desalmadas y atrevidas, y yo así lo creo por
las que he visto en otros pueblos.
  ”De que mi señora la duquesa haya escrito
a mi mujer Teresa Panza y enviádole el
presente que vuestra merced dice, estoy muy
satisfecho, y procuraré de mostrarme agradecido
a su tiempo: bésele vuestra merced las
manos de mi parte, diciendo que digo yo que
no lo ha echado en saco roto, como lo verá
por la obra. No querría que vuestra merced
tuviese trabacuentas de disgusto con esos
mis señores, porque si vuestra merced se enoja
con ellos, claro está que ha de redundar en mi
daño, y no será bien que pues se me da a mí
por consejo que sea agradecido, que vuestra
merced no lo sea con quien tantas mercedes le
tiene hechas, y con tanto regalo ha sido
tratado en su castillo.
  ”Aquello del gateado no entiendo, pero
imagino que debe de ser alguna de las malas
fechorías que con vuestra merced suelen usar
los malos encantadores; yo lo sabré cuando
nos veamos. Quisiera enviarle a vuestra merced
alguna cosa, pero no sé qué envíe, si no
es algunos cañutos de jeringas, que para con
vejigas los hacen en esta ínsula muy curiosos,
aunque si me dura el oficio, yo buscaré qué
enviar, de haldas o de mangas. Si me
escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuestra
merced el porte y envíeme la carta; que tengo
grandísimo deseo de saber del estado de mi
casa, de mi mujer y de mis hijos. Y, con esto,
Dios libre a vuestra merced de malintencionados
encantadores y a mí me saque con bien y
en paz de este gobierno, que lo dudo, porque le
pienso dejar con la vida, según me trata el
doctor Pedro Recio.

        Criado de vuestra merced, Sancho Panza
                   el gobernador.”

  Cerró la carta el secretario y despachó luego
al correo, y juntándose los burladores de
Sancho, dieron orden entre sí cómo despacharle
del gobierno; y aquella tarde la pasó Sancho
en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen
gobierno de la que él imaginaba ser ínsula. Y
ordenó que no hubiese regatones de los
bastimentos en la república; y que pudiesen
meter en ella vino de las partes que quisiesen,
con aditamento que declarasen el lugar de
donde era, para ponerle el precio según su
estimación, bondad y fama. Y el que lo aguase
o le mudase el nombre, perdiese la vida por
ello. Moderó el precio de todo calzado,
principalmente el de los zapatos, por parecerle que
corría con exorbitancia. Puso tasa en los
salarios de los criados que caminaban a rienda
suelta por el camino del interés. Puso
gravísimas penas a los que cantasen cantares
lascivos y descompuestos, ni de noche ni de
día. Ordenó que ningún ciego cantase milagro
en coplas si no trajese testimonio auténtico
de ser verdadero, por parecerle que los
más que los ciegos cantan son fingidos, en
perjuicio de los verdaderos.
  Hizo y creó un alguacil de pobres, no para
que los persiguiese, sino para que los
examinase si lo eran; porque a la sombra de la
manquedad fingida y de la llaga falsa andan los
brazos ladrones y la salud borracha. En
resolución, él ordenó cosas tan buenas, que hasta
hoy se guardan en aquel lugar y se nombran:
Las constituciones del gran gobernador Sancho
Panza.


                 Capítulo LII

Donde se cuenta la aventura de la segunda
  dueña Dolorida, o Angustiada, llamada por
  otro nombre doña Rodríguez.

  Cuenta Cide Hamete que estando ya don
Quijote sano de sus aruños, le pareció que la
vida que en aquel castillo tenía era contra
toda la orden de caballería que profesaba, y,
así, determinó de pedir licencia a los duques
para partirse a Zaragoza, cuyas fiestas llegaban
cerca, adonde pensaba ganar el arnés que en
las tales fiestas se conquista. Y, estando un día
a la mesa con los duques, y comenzando a
poner en obra su intención, y pedir la licencia,
veis aquí a deshora entrar por la puerta de la
gran sala dos mujeres, como después pareció,
cubiertas de luto de los pies a la cabeza, y la
una de ellas, llegándose a don Quijote, se le
echó a los pies, tendida de largo a largo, la boca
cosida con los pies de don Quijote, y daba unos
gemidos tan tristes, tan profundos y tan
dolorosos, que puso en confusión a todos los que
la oían y miraban; y, aunque los duques
pensaron que sería alguna burla que sus criados
querían hacer a don Quijote, todavía, viendo
con el ahínco que la mujer suspiraba, gemía y
lloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que
don Quijote, compasivo, la levantó del suelo,
e hizo que se descubriese y quitase el manto
de sobre la faz llorosa. Ella lo hizo así, y
mostró ser --lo que jamás se pudiera pensar--,
porque descubrió el rostro de doña Rodríguez, la
dueña de casa, y la otra enlutada era su hija,
la burlada del hijo del labrador rico.
Admiráronse todos aquellos que la conocían, y más
los duques que ninguno; que puesto que la
tenían por boba y de buena pasta, no por
tanto, que viniese a hacer locuras. Finalmente,
doña Rodríguez, volviéndose a los señores,
les dijo:
  “Vuestras excelencias sean servidos de
darme licencia que yo departa un poco con este
caballero, porque así conviene para salir con
bien del negocio en que me ha puesto el
atrevimiento de un mal intencionado villano.”
  El duque dijo que él se la daba y que
departiese con el señor don Quijote cuanto le
viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y
el rostro a don Quijote, dijo:
  “Días ha, valeroso caballero, que os tengo
dada cuenta de la sinrazón y alevosía que un
mal labrador tiene fecha a mi muy querida y
amada fija, que es esta desdichada que aquí está
presente, y vos me habéis prometido de volver
por ella, enderezándole el tuerto que le tienen
fecho, y ahora ha llegado a mi noticia que os
queréis partir de este castillo, en busca de las
buena[s] venturas que Dios os depare. Y, así,
querría que antes que os escurrieseis por
esos caminos, desafiaseis a este rústico
indómito y le hicieseis que se casase con
mi hija, en cumplimiento de la palabra que le
dio de ser su esposo, antes y primero que
yogase con ella; porque pensar que el duque
mi señor me ha de hacer justicia es pedir peras
al olmo, por la ocasión que ya a vuestra
merced en puridad tengo declarada. Y, con esto,
nuestro Señor dé a vuestra merced mucha salud,
y a nosotras no nos desampare.”
  A cuyas razones respondió don Quijote, con
mucha gravedad y prosopopeya:
  “Buena dueña, templad vuestras lágrimas, o
por mejor decir, enjugadlas y ahorrad de
vuestros suspiros; que yo tomo a mi cargo el
remedio de vuestra hija, a la cual le hubiera
estado mejor no haber sido tan fácil en creer
promesas de enamorados, las cuales, por la
mayor parte, son ligeras de prometer y muy
pesadas de cumplir. Y, así, con licencia del
duque mi señor, yo me partiré luego en busca
de ese desalmado mancebo, y le hallaré y le
desafiaré y le mataré cada y cuando que se
excusare de cumplir la prometida palabra; que
el principal asunto de mi profesión es perdonar
a los humildes y castigar a los soberbios:
quiero decir, acorrer a los miserables y
destruir a los rigurosos.”
  “No es menester”, respondió el duque, “que
vuestra merced se ponga en trabajo de buscar al
rústico de quien esta buena dueña se queja,
ni es menester tampoco que vuestra merced
me pida a mí licencia para desafiarle; que yo
le doy por desafiado, y tomo a mi cargo de
hacerle saber este desafío, y que le acepte, y
venga a responder por sí a este mi castillo,
donde a entrambos daré campo seguro, guardando
todas las condiciones que en tales actos
suelen y deben guardarse, guardando igualmente
su justicia a cada uno, como están obligados
a guardarla todos aquellos príncipes que
dan campo franco a los que se combaten en los
términos de sus señoríos.”
  “Pues con ese seguro y con buena licencia
de vuestra grandeza”, replicó don Quijote,
“desde aquí digo que por esta vez renuncio mi
hidalguía y me allano y ajusto con la llaneza
del dañador, y me hago igual con él,
habilitándole para poder combatir conmigo. Y, así,
aunque ausente, le desafío y reto en razón
de que hizo mal en defraudar a esta pobre, que
fue doncella y ya por su culpa no lo es; y que
le ha de cumplir la palabra que le dio de ser su
legítimo esposo, o morir en la demanda.”
  Y luego, descalzándose un guante, le arrojó
en mitad de la sala, y el duque le alzó, diciendo
que como ya había dicho, él aceptaba el tal
desafío en nombre de su vasallo, y señalaba
el plazo de allí a seis días, y el campo en la
plaza de aquel castillo, y las armas las
acostumbradas de los caballeros: lanza y escudo y
arnés tranzado, con todas las demás piezas, sin
engaño, superchería o superstición alguna,
examinadas y vistas por los jueces del campo.
  “Pero ante todas cosas es menester que esta
buena dueña y esta mala doncella pongan el
derecho de su justicia en manos del señor don
Quijote; que de otra manera no se hará nada
ni llegará a debida ejecución el tal desafío.”
  “Yo sí pongo”, respondió la dueña.
  “Y yo también”, añadió la hija, toda llorosa
y toda vergonzosa y de mal talante.
  Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo
imaginado el duque lo que había de hacer en
el caso, las enlutadas se fueron, y ordenó la
duquesa que de allí adelante no las tratasen
como a sus criadas, sino como a señoras aventureras
que venían a pedir justicia a su casa; y,
así, les dieron cuarto aparte y las sirvieron
como a forasteras, no sin espanto de las demás
criadas que no sabían en qué había de parar la
sandez y desenvoltura de doña Rodríguez, y
de su malandante hija.
  Estando en esto, para acabar de regocijar
la fiesta y dar buen fin a la comida, veis aquí
donde entró por la sala el paje que llevó las
cartas y presentes a Teresa Panza, mujer del
gobernador Sancho Panza, de cuya llegada
recibieron gran contento los duques, deseosos
de saber lo que le había sucedido en su viaje,
y, preguntándoselo, respondió el paje que no
lo podía decir tan en público, ni con breves
palabras; que sus excelencias fuesen servidos
de dejarlo para a solas, y que entretanto se
entretuviesen con aquellas cartas. Y, sacando
dos cartas, las puso en manos de la duquesa.
La una decía en el sobrescrito: Carta para mi
señora la duquesa tal, de no sé donde y la
otra: A mi marido Sancho Panza, gobernador
de la ínsula Barataria, que Dios prospere más
años que a mí.
  No se le cocía el pan, como suele decirse, a
la duquesa hasta leer su carta, y, abriéndola
y leído para sí, y viendo que la podía leer en
voz alta para que el duque y los circunstantes
la oyesen, leyó de esta manera:

     CARTA DE TERESA PANZA A LA DUQUESA

  “Mucho contento me dio, señora mía, la
carta que vuestra grandeza me escribió, que en
verdad que la tenía bien deseada. La sarta de
corales es muy buena, y el vestido de caza de
mi marido no le va en zaga. De que vuestra
señoría haya hecho gobernador a Sancho mi
consorte ha recibido mucho gusto todo este
lugar, puesto que no hay quien lo crea,
principalmente el cura, y maese Nicolás el barbero,
y Sansón Carrasco el bachiller. Pero a mí no
se me da nada; que como ello sea así, como
lo es, diga cada uno lo que quisiere, aunque,
si va a decir verdad, a no venir los corales y
el vestido, tampoco yo lo creyera; porque en
este pueblo todos tienen a mi marido por un
porro, y que sacado de gobernar un hato de
cabras, no pueden imaginar para qué gobierno
pueda ser bueno. Dios lo haga, y lo encamine
como ve que lo han menester sus hijos.
  ”Yo, señora de mi alma, estoy determinada,
con licencia de vuestra merced, de meter este
buen día en mi casa, yéndome a la corte a
tenderme en un coche, para quebrar los ojos a
mil envidiosos que ya tengo. Y, así, suplico
a vuestra excelencia mande a mi marido, me
envíe algún dinerillo, y que sea algo qué,
porque en la corte son los gastos grandes; que
el pan vale a real, y la carne la libra a treinta
maravedís, que es un juicio. Y si quisiere que
no vaya, que me lo avise con tiempo, porque
me están bullendo los pies por ponerme en
camino; que me dicen mis amigas y mis
vecinas que si yo y mi hija andamos orondas y
pomposas en la corte, vendrá a ser conocido
mi marido por mí más que yo por él, siendo
forzoso que pregunten muchos: «¿Quién son
»estas señoras de este coche?» Y un criado mío
responder: «La mujer y la hija de Sancho
»Panza, gobernador de la ínsula Barataria», y
de esta manera será conocido Sancho, y yo seré
estimada, y a Roma por todo.
  ”Pésame, cuanto pesarme puede, que este
año no se han cogido bellotas en este pueblo;
con todo eso, envío a vuestra alteza hasta
medio celemín, que una a una las fui yo a coger
y a escoger al monte, y no las hallé más
mayores. Yo quisiera que fueran como huevos de
avestruz.
  ”No se le olvide a vuestra pomposidad de
escribirme; que yo tendré cuidado de la
respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que
hubiere que avisar de este lugar, donde quedo
rogando a nuestro Señor guarde a vuestra
grandeza, y a mí no olvide. Sancha mi hija
y mi hijo besan a vuestra merced las
manos.

  ”La que tiene más deseo de ver a vuestra señoría
   que de escribirla. Su criada, Teresa Panza.”

  Grande fue el gusto que todos recibieron de
oír la carta de Teresa Panza, principalmente
los duques, y la duquesa pidió parecer a don
Quijote si sería bien abrir la carta que venía
para el gobernador, que imaginaba debía de
ser bonísima. Don Quijote dijo que él la
abriría por darles gusto, y así lo hizo, y vio
que decía de esta manera:

    CARTA DE TERESA PANZA A SANCHO PANZA
                  SU MARIDO

  “Tu carta recibí, Sancho mío de mi alma, y
yo te prometo y juro como católica cristiana
que no faltaron dos dedos para volverme loca
de contento. Mira, hermano, cuando yo llegué
a oír que eres gobernador, me pensé allí caer
muerta de puro gozo; que ya sabes tú que
dicen que así mata la alegría súbita como el
dolor grande. A Sanchica tu hija se le fueron
las aguas sin sentirlo de puro contento. El
vestido que me enviaste tenía delante, y los
corales que me envió mi señora la duquesa al
cuello, y las cartas en las manos, y el portador
de ellas allí presente, y, con todo eso, creía y
pensaba que era todo sueño lo que veía y lo
que tocaba; porque ¿quién podía pensar que
un pastor de cabras había de venir a ser
gobernador de ínsulas? Ya sabes tú, amigo, que
decía mi madre que era menester vivir mucho
para ver mucho; dígolo porque pienso ver más,
si vivo más, porque no pienso parar hasta
verte arrendador o alcabalero, que son oficios
que aunque lleva el diablo a quien mal los usa,
en fin en fin siempre tienen y manejan dineros.
Mi señora la duquesa te dirá el deseo que
tengo de ir a la corte. Mírate en ello, y
avísame de tu gusto; que yo procuraré honrarte en
ella andando en coche.
  ”El cura, el barbero, el bachiller y aun el
sacristán no pueden creer que eres gobernador y
dicen que todo es embeleco, o cosas de
encantamiento, como son todas las de don Quijote
tu amo, y dice Sansón que ha de ir a buscarte
y a sacarte el gobierno de la cabeza, y a don
Quijote la locura de los cascos; yo no hago
sino reírme, y mirar mi sarta, y dar traza del
vestido que tengo de hacer del tuyo a nuestra
hija. Unas bellotas envié a mi señora la
duquesa; yo quisiera que fueran de oro.
Envíame tú algunas sartas de perlas, si se usan en
esa ínsula.
  ”Las nuevas de este lugar son que la Berrueca
casó a su hija con un pintor de mala mano,
que llegó a este pueblo a pintar lo que saliese;
mandóle el concejo pintar las armas de su
majestad sobre las puertas del Ayuntamiento,
pidió dos ducados, dierónselos adelantados,
trabajó ocho días, al cabo de los cuales no
pintó nada y dijo que no acertaba a pintar
tantas baratijas. Volvió el dinero, y, con todo
eso, se casó a título de buen oficial; verdad
es que ya ha dejado el pincel y tomado el
azada, y va al campo como gentilhombre. El
hijo de Pedro de Lobo se ha ordenado de
grados y corona, con intención de hacerse clérigo;
súpolo Minguilla, la nieta de Mingo Silvato,
y hale puesto demanda de que la tiene dada
palabra de casamiento. Malas lenguas quieren
decir que ha estado encinta de él, pero él lo
niega a pies juntillas.
  ”Hogaño no hay aceitunas, ni se halla una
gota de vinagre en todo este pueblo. Por aquí
pasó una compañía de soldados; lleváronse de
camino tres mozas de este pueblo, no te quiero
decir quién son. Quizá volverán y no faltará
quien las tome por mujeres, con sus tachas
buenas o malas. Sanchica hace puntas de randas,
gana cada día ocho maravedís horros, que
los va echando en una alcancía para ayuda a
su ajuar; pero ahora que es hija de un gobernador
tú le darás la dote sin que ella lo trabaje.
La fuente de la plaza se secó, un rayo cayó
en la picota, y allí me las den todas. Espero
respuesta de ésta, y la resolución de mi ida a la
corte; y, con esto, Dios te me guarde más años
que a mí, o tantos, porque no querría dejarte
sin mí en este mundo.

                  ”Tu mujer, Teresa Panza.”

  Las cartas fueron solemnizadas, reídas,
estimadas y admiradas, y para acabar de echar el
sello llegó el correo, el que traía la que Sancho
enviaba a don Quijote, que asimismo se leyó
públicamente, la cual puso en duda la sandez
del gobernador.
  Retiróse la duquesa para saber del paje lo
que le había sucedido en el lugar de Sancho, el
cual se lo contó muy por extenso sin dejar
circunstancia que no refiriese; diole las bellotas,
y más un queso que Teresa le dio por ser muy
bueno, que se aventajaba a los de Tronchón.
Recibiólo la duquesa con grandísimo gusto,
con el cual la dejaremos, por contar el fin que
tuvo el gobierno del gran Sancho Panza, flor y
espejo de todos los insulanos gobernadores.


                Capítulo LIII

Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno
               de Sancho Panza.

  Pensar que en esta vida las cosas de ella han
de durar siempre en un estado es pensar en lo
excusado. Antes parece que ella anda todo en
redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue
al verano, el verano al estío, el estío al
otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la
primavera, y así torna a andarse el tiempo
con esta rueda continua. Sola la vida humana
corre a su fin, ligera más que el tiempo,
sin esperar renovarse, sino es en la otra que no
tiene términos que la limiten. Esto dice Cide
Hamete, filósofo mahomético; porque esto de
entender la ligereza e instabilidad de la vida
presente y la duración de la eterna que se
espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la
luz natural, lo han entendido. Pero aquí
nuestro autor lo dice por la presteza con que se
acabó, se consumió, se deshizo, se fue como
en sombra y humo el gobierno de Sancho.
  El cual, estando la séptima noche de los días
de su gobierno en su cama, no harto de pan ni
de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de
hacer estatutos y pragmáticas, cuando el sueño
a despecho y pesar de la hambre le comenzaba
a cerrar los párpados, oyó tan gran ruido
de campanas y de voces, que no parecía sino
que toda la ínsula se hundía. Sentóse en la
cama y estuvo atento y escuchando, por ver
si daba en la cuenta de lo que podía ser la
causa de tan grande alboroto; pero no sólo no
lo supo, pero añadiéndose al ruido de voces y
campanas el de infinitas trompetas y
tambores, quedó más confuso y lleno de temor y
espanto, y, levantándose en pie, se puso unas
chinelas por la humedad del suelo, y sin
ponerse sobrerropa de levantar, ni cosa que se
pareciese, salió a la puerta de su aposento, a
tiempo cuando vio venir por unos corredores
más de veinte personas con hachas encendidas
en las manos, y con las espadas desenvainadas,
gritando todos a grandes voces:
  “¡Arma, arma, señor gobernador, arma!; que
han entrado infinitos enemigos en la ínsula, y
somos perdidos si vuestra industria y valor no
nos socorre.”
  Con este ruido, furia y alboroto llegaron
donde Sancho estaba, atónito y embelesado
de lo que oía y veía, y cuando llegaron a él,
uno le dijo:
  “Armese luego vuestra señoría, si no quiere
perderse y que toda esta ínsula se pierda.”
  “¿Qué me tengo de armar”, respondió Sancho,
“ni qué sé yo de armas ni de socorros?
Estas cosas mejor será dejarlas para mi amo
don Quijote, que en dos paletas las despachará,
y pondrá en cobro; que yo, pecador fui a
Dios, no se me entiende nada de estas prisas.”
  “¡Ah, señor gobernador!”, dijo otro. “¿Qué
relente es ése? Armese vuestra merced; que
aquí le traemos armas ofensivas y defensivas,
y salga a esa plaza y sea nuestra guía y
nuestro capitán, pues de derecho le toca el
serlo, siendo nuestro gobernador.”
  “Armenme norabuena”, replicó Sancho.
  Y al momento le trajeron dos paveses, que
venían proveídos de ellos, y le pusieron encima
de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un
pavés delante y otro detrás, y por unas concavidades
que traían hechas, le sacaron los brazos
y le liaron muy bien con unos cordeles, de
modo, que quedó emparedado y entablado, derecho
como un huso, sin poder doblar las rodillas,
ni menearse un solo paso. Pusiéronle en
las manos una lanza, a la cual se arrimó para
poder tenerse en pie. Cuando así le tuvieron,
le dijeron que caminase y los guiase y animase
a todos; que siendo él su norte, su linterna
y su lucero, tendrían buen fin sus negocios.
  “¿Cómo tengo de caminar, desventurado
yo”, respondió Sancho, “que no puedo jugar
las choquezuelas de las rodillas, porque me lo
impiden estas tablas que tan cosidas tengo
con mis carnes? Lo que han de hacer es
llevarme en brazos y ponerme atravesado, o en
pie, en algún postigo; que yo le guardaré, o
con esta lanza o con mi cuerpo.”
  “Ande, señor gobernador”, dijo otro, “que
más el miedo que las tablas le impiden el paso.
Acabe y menéese; que es tarde y los enemigos
crecen, y las voces se aumentan, y el peligro
carga.”
  Por cuyas persuasiones y vituperios probó el
pobre gobernador a moverse, y fue dar consigo
en el suelo tan gran golpe que pensó que
se había hecho pedazos. Quedó como galápago
encerrado y cubierto con sus conchas, o como
medio tocino metido entre dos artesas, o bien
así como barca que da al través en la arena,
y no por verle caído aquella gente burladora
le tuvieron compasión alguna; antes, apagando
las antorchas tornaron a reforzar las voces
y a reiterar el ¡arma! con tan gran prisa,
pasando por encima del pobre Sancho, dándole
infinitas cuchilladas sobre los paveses,
que si él no se recogiera y encogiera metiendo
la cabeza entre los paveses, lo pasara muy
mal el pobre gobernador; el cual, en aquella
estrechez recogido, sudaba y trasudaba, y de
todo corazón se encomendaba a Dios que de
aquel peligro le sacase. Unos tropezaban en
él, otros caían, y tal hubo que se puso encima
un buen espacio, y, desde allí, como desde
atalaya, gobernaba los ejércitos, y a grandes
voces decía:
  “¡Aquí de los nuestros: que por esta parte
cargan más los enemigos! ¡Aquel portillo se
guarde, aquella puerta se cierre, aquellas
escalas se tranquen! ¡Vengan alcancías, pez y
resina en calderas de aceite ardiendo!
¡Trinchéense las calles con colchones!”
  En fin, él nombraba con todo ahínco todas
las baratijas e instrumentos y pertrechos de
guerra, con que suele defenderse el asalto de
una ciudad, y el molido Sancho, que lo escuchaba
y sufría todo, decía entre sí:
  “¡Oh, si mi Señor fuese servido que se
acabase ya de perder esta ínsula, y me viese yo,
o muerto, o fuera de esta grande angustia!”
  Oyó el cielo su petición, y cuando menos lo
esperaba, oyó voces que decían:
  “¡Victoria, victoria, los enemigos van de
vencida! ¡Ea, señor gobernador, levántese vuestra
merced! Y venga a gozar del vencimiento, y a
repartir los despojos que se han tomado a los
enemigos, por el valor de ese invencible brazo.”
  “Levántenme”, dijo con voz doliente el
dolorido Sancho.
  Ayudáronle a levantar, y, puesto en pie, dijo:
  “El enemigo que yo hubiere vencido quiero
que me le claven en la frente. Yo no quiero
repartir despojos de enemigos, sino pedir y
suplicar a algún amigo, si es que le tengo, que
me dé un trago de vino, que me seco; y me
enjugue este sudor, que me hago agua.”
  Limpiáronle, trajéronle el vino, desliáronle
los paveses, sentóse sobre su lecho, y desmayóse
del temor del sobresalto y del trabajo. Ya
les pesaba a los de la burla, de habérsela hecho
tan pesada; pero el haber vuelto en sí Sancho
les templó la pena que les había dado su
desmayo. Preguntó qué hora era; respondiéronle
que ya amanecía. Calló, y, sin decir otra cosa,
comenzó a vestirse, todo sepultado en silencio,
y todos le miraban y esperaban en qué había de
parar la prisa con que se vestía. Vistióse, en
fin, y poco a poco, porque estaba molido y no
podía ir mucho a mucho, se fue a la caballeriza,
siguiéndole todos los que allí se hallaban,
y, llegándose al rucio, le abrazó y le dio un
beso de paz en la frente y, no sin lágrimas en
los ojos, le dijo:
  “Venid vos acá, compañero mío y amigo mío,
y conllevador de mis trabajos y miserias.
Cuando yo me avenía con vos, y no tenía otros
pensamientos que los que me daban los cuidados
de remendar vuestros aparejos y de sustentar
vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas,
mis días y mis años; pero después que os dejé,
y me subí sobre las torres de la ambición y de
la soberbia, se me han entrado por el alma
adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil
desasosiegos.”
  Y, en tanto que estas razones iba diciendo,
iba asimismo enalbardando el asno, sin que
nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el
rucio, con gran pena y pesar subió sobre él, y,
encaminando sus palabras y razones al mayordomo,
al secretario, al maestresala y a Pedro
Recio el doctor, y a otros muchos que allí
presentes estaban, dijo:
  “Abrid camino, señores míos, y dejadme
volver a mi antigua libertad; dejadme que
vaya a buscar la vida pasada, para que me
resucite de esta muerte presente. Yo no nací
para ser gobernador, ni para defender ínsulas
ni ciudades de los enemigos que quisieren
acometerlas; mejor se me entiende a mí de
arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas
que de dar leyes ni de defender provincias ni
reinos. Bien se está San Pedro en Roma;
quiero decir que bien se está cada uno usando el
oficio para que fue nacido: mejor me está a mí
una hoz en la mano que un cetro de gobernador.
Más quiero hartarme de gazpachos que
estar sujeto a la miseria de un médico
impertinente que me mate de hambre, y más quiero
recostarme a la sombra de una encina en el
verano, y arroparme con un zamarro de dos
pelos en el invierno, en mi libertad, que
acostarme con la sujeción del gobierno entre
sábanas de holanda, y vestirme de martas
cebellinas. Vuestras mercedes se queden con Dios y
digan al duque mi señor que desnudo nací,
desnudo me hallo, ni pierdo ni gano. Quiero
decir que sin blanca entré en este gobierno, y
sin ella salgo, bien al revés de como suelen
salir los gobernadores de otras ínsulas. Y
apártense, déjenme ir; que me voy a bizmar, que
creo que tengo brumadas todas las costillas,
merced a los enemigos que esta noche se han
paseado sobre mí.”
  “No ha de ser así, señor gobernador”, dijo
el doctor Recio; “que yo le daré a vuestra
merced una bebida contra caídas y molimientos,
que luego le vuelva en su prístina entereza y
vigor, y en lo de la comida yo prometo a
vuestra merced de enmendarme, dejándole
comer abundantemente de todo aquello que
quisiere.”
  “Tarde piache”, respondió Sancho; “así
dejaré de irme como volverme turco. No son
estas burlas para dos veces. Por Dios que así
me quede en éste ni admita otro gobierno,
aunque me le diesen entre dos platos, como
volar al cielo sin alas. Yo soy del linaje de
los Panzas, que todos son testarudos, y si una
vez dicen nones, nones han de ser, aunque
sean pares, a pesar de todo el mundo.
Quédense en esta caballeriza las alas de la
hormiga, que me levantaron en el aire para que
me comiesen vencejos y otros pájaros, y
volvámonos a andar por el suelo con pie llano;
que si no le adornaren zapatos picados de
cordobán, no le faltarán alpargatas toscas de
cuerda. Cada oveja con su pareja, y nadie
tienda más la pierna de cuanto fuere larga la
sábana; y déjenme pasar, que se me hace
tarde.”
  A lo que el mayordomo dijo:
  “Señor gobernador, de muy buena gana
dejáramos ir a vuestra merced, puesto que
nos pesara mucho de perderle; que su ingenio
y su cristiano proceder obligan a desearle.
Pero ya se sabe que todo gobernador está
obligado, antes que se ausente de la parte
donde ha gobernado, dar primero residencia;
déla vuestra merced de los diez días que
ha que tiene el gobierno, y váyase a la paz de
Dios.”
  “Nadie me la puede pedir”, respondió
Sancho, “si no es quien ordenare el duque mi
señor. Yo voy a verme con él y a él se la daré
de molde; cuanto más que saliendo yo desnudo
como salgo, no es menester otra señal
para dar a entender que he gobernado como
un ángel.”
  “Par Dios que tiene razón el gran Sancho”,
dijo el doctor Recio, “y que soy de parecer
que le dejemos ir, porque el duque ha de
gustar infinito de verle.”
  Todos vinieron [en] ello, y le dejaron ir,
ofreciéndole primero compañía y todo aquello
que quisiese para el regalo de su persona y
para la comodidad de su viaje. Sancho dijo
que no quería más de un poco de cebada para
el rucio, y medio queso y medio pan para él;
que pues el camino era tan corto, no había
menester mayor ni mejor repostería. Abrazáronle
todos, y él, llorando, abrazó a todos, y los dejó
admirados así de sus razones como de su
determinación tan resoluta y tan discreta.


                 Capítulo LIV

 Que trata de cosas tocantes a esta historia
             y no a otra alguna.

  Resolviéronse el duque y la duquesa de
que el desafío que don Quijote hizo a su vasallo
por la causa ya referida pasase adelante;
y puesto que el mozo estaba en Flandes,
adonde se había ido huyendo por no tener por
suegra a doña Rodríguez, ordenaron de poner
en su lugar a un lacayo gascón que se llamaba
Tosilos, industriándole primero muy bien de
todo lo que había de hacer.
  De allí a dos días dijo el duque a don
Quijote como desde allí a cuatro vendría su
contrario, y se presentaría en el campo armado
como caballero, y sustentaría como la doncella
mentía por mitad de la barba, y aun por toda
la barba entera, si se afirmaba que él le
hubiese dado palabra de casamiento. Don Quijote
recibió mucho gusto con las tales nuevas,
y se prometió a sí mismo de hacer maravillas
en el caso, y tuvo a gran ventura habérsele
ofrecido ocasión donde aquellos señores
pudiesen ver hasta dónde se extendía el valor
de su poderoso brazo. Y, así, con alborozo y
contento esperaba los cuatro días que se le
iban haciendo, a la cuenta de su deseo,
cuatrocientos siglos.
  Dejémoslos pasar nosotros, como dejamos
pasar otras cosas, y vamos a acompañar a
Sancho, que entre alegre y triste venía
caminando sobre el rucio a buscar a su amo, cuya
compañía le agradaba más que ser gobernador
de todas las ínsulas del mundo.
  Sucedió, pues, que no habiéndose alongado
mucho de la ínsula de su gobierno --que él
nunca se puso a averiguar si era ínsula, ciudad,
villa o lugar la que gobernaba--, vio que
por el camino por donde él iba venían seis
peregrinos con sus bordones, de estos
extranjeros que piden la limosna cantando, los
cuales, en llegando a él, se pusieron en ala, y,
levantando las voces todos juntos, comenzaron
a cantar en su lengua lo que Sancho no pudo
entender, si no fue una palabra que claramente
pronunciaba limosna, por donde entendió,
que era limosna la que en su canto pedían; y
como él, según dice Cide Hamete, era caritativo
además, sacó de sus alforjas medio pan y
medio queso, de que venía proveído, y dióselo,
diciéndoles por señas que no tenía otra
cosa que darles. Ellos lo recibieron de muy
buena gana y dijeron: guelte, guelte.
  “No entiendo”, respondió Sancho, “qué es
lo que me pedís, buena gente.”
  Entonces uno de ellos sacó una bolsa del
seno, y mostrósela a Sancho, por donde entendió
que le pedían dineros, y él, poniéndose el
dedo pulgar en la garganta, y extendiendo la
mano arriba, les dio a entender que no tenía
ostugo de moneda, y, picando al rucio, rompió
por ellos; y al pasar, habiéndole estado mirando
uno de ellos con mucha atención, arremetió
a él, echándole los brazos por la cintura, en
voz alta y muy castellana dijo:
  “¡Válgame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es
posible que tengo en mis brazos al mi caro
amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? Sí
tengo, sin duda, porque yo ni duermo, ni estoy
ahora borracho.”
  Admiróse Sancho de verse nombrar por su
nombre, y de verse abrazar del extranjero
peregrino, y después de haberle estado mirando,
sin hablar palabra, con mucha atención, nunca
pudo conocerle; pero viendo su suspensión
el peregrino, le dijo:
  “¿Cómo y es posible, Sancho Panza hermano,
que no conoces a tu vecino Ricote el morisco,
tendero de tu lugar?”
  Entonces Sancho le miró con más atención,
y comenzó a refigurarle, y, finalmente, le
vino a conocer de todo punto, y, sin apearse
del jumento, le echó los brazos al cuello, y le
dijo:
  “¿Quién diablos te había de conocer, Ricote,
en ese traje de moharracho que traes? Dime:
¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes
atrevimiento de volver a España, donde si te
cogen y conocen, tendrás harta mala ventura?”
  “Si tú no me descubres, Sancho”, respondió
el peregrino, “seguro estoy; que en este traje
no habrá nadie que me conozca. Y apartémonos
del camino a aquella alameda que allí parece,
donde quieren comer y reposar mis compañeros,
y allí comerás con ellos, que son muy apacible
gente. Yo tendré lugar de contarte lo que
me ha sucedido después que me partí de nuestro
lugar, por obedecer el bando de su majestad,
que con tanto rigor a los desdichados
de mi nación amenazaba, según oíste.”
  Hízolo así Sancho, y, hablando Ricote a los
demás peregrinos, se apartaron a la alameda,
que se parecía, bien desviados del camino real.
Arrojaron los bordones, quitáronse las mucetas
o esclavinas y quedaron en pelota, y todos ellos
eran mozos, y muy gentiles hombres, excepto
Ricote, que ya era hombre entrado en años.
Todos traían alforjas, y todas, según pareció,
venían bien proveídas, a lo menos, de cosas
incitativas y que llaman a la sed de dos leguas.
  Tendiéronse en el suelo, y, haciendo manteles
de las hierbas, pusieron sobre ellas pan,
sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos
mondos de jamón, que si no se dejaban mascar,
no defendían el ser chupados. Pusieron
asimismo un manjar negro que dicen que se
llama caviar, y es hecho de huevos de
pescados, gran despertador de la colambre. No
faltaron aceitunas, aunque secas y sin adobo
alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo
que más campeó en el campo de aquel banquete
fueron seis botas de vino, que cada uno
sacó la suya de su alforja; hasta el buen Ricote,
que se había transformado de morisco en alemán,
o en tudesco, sacó la suya, que en grandeza
podía competir con las cinco. Comenzaron
a comer con grandísimo gusto y muy
despacio, saboreándose con cada bocado, que
le tomaban con la punta del cuchillo, y muy
poquito de cada cosa, y luego al punto todos
a una levantaron los brazos y las botas en el
aire; puestas las bocas en su boca, clavados
los ojos en el cielo, no parecía sino que ponían
en él la puntería, y de esta manera meneando
las cabezas a un lado y a otro, señales que
acreditaban el gusto que recibían, se estuvieron
un buen espacio trasegando en sus estómagos
las entrañas de las vasijas.
  Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa
se dolía, antes por cumplir con el refrán que
él muy bien sabía, de «cuando a Roma fueres
»haz como vieres», pidió a Ricote la bota, y tomó
su puntería como los demás, y no con menos
gusto que ellos. Cuatro veces dieron lugar las
botas para ser empinadas, pero la quinta no
fue posible, porque ya estaban más enjutas
y secas que un esparto, cosa que puso mustia
la alegría que hasta allí habían mostrado. De
cuando en cuando juntaba alguno su mano
derecha con la de Sancho, y decía:
  “Español y tudesqui tuto uno: bon
compaño.”
  Y Sancho respondía:
  “Bon compaño, jura Di”, y disparaba con
una risa que le duraba un hora, sin acordarse
entonces de nada de lo que le había sucedido
en su gobierno; porque sobre el rato y tiempo
cuando se come y bebe, poca jurisdicción suelen
tener los cuidados. Finalmente, el acabársele
el vino fue principio de un sueño que dio a
todos, quedándose dormidos sobre las mismas
mesas y manteles. Solos Ricote y Sancho
quedaron alerta, porque habían comido más y
bebido menos, y, apartando Ricote a Sancho, se
sentaron al pie de una haya, dejando a los
peregrinos sepultados en dulce sueño, y Ricote,
sin tropezar nada en su lengua morisca, en la
pura castellana le dijo las siguientes razones:
  “Bien sabes, oh Sancho Panza, vecino y
amigo mío, como el pregón y bando que su
majestad mandó publicar contra los de mi nación,
puso terror y espanto en todos nosotros, a lo
menos, en mí le puso de suerte que me parece
que antes del tiempo que se nos concedía para
que hiciésemos ausencia de España, ya tenía
el rigor de la pena ejecutado en mi persona y
en la de mis hijos. Ordené, pues, a mi parecer,
como prudente, bien así como el que sabe
que para tal tiempo le han de quitar la casa
donde vive, y se provee de otra donde mudarse,
ordené, digo, de salir yo solo sin mi familia
de mi pueblo, e ir a buscar donde llevarla con
comodidad, y sin la prisa con que los demás
salieron. Porque bien vi y vieron todos
nuestros ancianos que aquellos pregones no eran
sólo amenazas, como algunos decían, sino
verdaderas leyes que se habían de poner en
ejecución a su determinado tiempo. Y forzábame a
creer esta verdad saber yo los ruines y
disparatados intentos que los nuestros tenían, y
tales, que me parece que fue inspiración divina
la que movió a su majestad a poner en efecto
tan gallarda resolución, no porque todos
fuésemos culpados; que algunos había cristianos
firmes y verdaderos. Pero eran tan pocos que no
se podían oponer a los que no lo eran, y no era
bien criar la sierpe en el seno, teniendo los
enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa
razón fuimos castigados con la pena del
destierro, blanda y suave al parecer de algunos;
pero al nuestro la más terrible que se nos podía
dar. Doquiera que estamos lloramos por España;
que, en fin, nacimos en ella y es nuestra
patria natural. En ninguna parte hallamos el
acogimiento que nuestra desventura desea, y
en Berbería y en todas las partes de Africa
donde esperábamos ser recibidos, acogidos y
regalados, allí es donde más nos ofenden y
maltratan. No hemos conocido el bien hasta
que le hemos perdido, y es el deseo tan grande
que casi todos tenemos de volver a España,
que los más de aquellos, y son muchos, que
saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y
dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados:
tanto es el amor que la tienen; y ahora
conozco y experimento lo que suele decirse:
que es dulce el amor de la patria.
  ”Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en
Francia, y aunque allí nos hacían buen
acogimiento, quise verlo todo; pasé a Italia, y
llegué a Alemania, y allí me pareció que se podía
vivir con más libertad, porque sus habitadores
no miran en muchas delicadezas: cada uno
vive como quiere, porque en la mayor parte
de ella se vive con libertad de conciencia. Dejé
tomada casa en un pueblo junto a Augusta.
Juntéme con estos peregrinos que tienen por
costumbre de venir a España, muchos de ellos
cada año, a visitar los santuarios de ella; que los
tienen por sus Indias, y por certísima granjería
y conocida ganancia. Andanla casi toda, y
no hay pueblo ninguno de donde no salgan
comidos y bebidos, como suele decirse, y con un
real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su
viaje salen con más de cien escudos de sobra,
que trocados en oro, o ya en el hueco de los
bordones, o entre los remiendos de las esclavinas,
o con la industria que ellos pueden los
sacan del reino, y los pasan a sus tierras, a
pesar de las guardas de los puestos y puertos
donde se registran.
  ”Ahora es mi intención, Sancho, sacar el
tesoro que dejé enterrado, que por estar fuera
del pueblo lo podré hacer sin peligro, y
escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi
mujer, que sé que está en Argel, y dar traza
cómo traerlas a algún puerto de Francia, y
desde allí llevarlas a Alemania, donde esperaremos
lo que Dios quisiere hacer de nosotros.
Que, en resolución, Sancho, yo sé cierto que la
Ricota mi hija y Francisca Ricota mi mujer son
católicas cristianas, y aunque yo no lo soy
tanto, todavía tengo más de cristiano que de
moro, y ruego siempre a Dios me abra los ojos
del entendimiento y me dé a conocer cómo le
tengo de servir. Y lo que me tiene admirado
es no saber por qué se fue mi mujer y mi hija
antes a Berbería que a Francia, adonde podía
vivir como cristiana.”
  A lo que respondió Sancho:
  “Mira, Ricote, eso no debió estar en su mano,
porque las llevó Juan Tiopieyo, el hermano
de tu mujer, y como debe de ser fino moro,
fuese a lo más bien parado; y séte decir otra
cosa que creo: que vas en balde a buscar lo
que dejaste encerrado, porque tuvimos
nuevas que habían quitado a tu cuñado y tu
mujer muchas perlas y mucho dinero en oro,
que llevaban por registrar.”
  “Bien puede ser eso”, replicó Ricote; “pero
yo sé, Sancho, que no tocaron a mi encierro,
porque yo no les descubrí dónde estaba,
temeroso de algún desmán, y así, si tú, Sancho,
quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y
a encubrirlo, yo te daré doscientos escudos,
con que podrás remediar tus necesidades,
que ya sabes que sé yo que las tienes, muchas.”
  “Yo lo hiciera”, respondió Sancho; “pero no
soy nada codicioso, que a serlo un oficio dejé
yo esta mañana de las manos, donde pudiera
hacer las paredes de mi casa de oro, y comer
antes de seis meses en platos de plata. Y así,
por esto, como por parecerme haría traición a
mi rey en dar favor a sus enemigos, no fuera
contigo, si como me prometes doscientos escudos
me dieras aquí de contado cuatrocientos.”
  “Y ¿qué oficio es el que has dejado,
Sancho?”, preguntó Ricote.
  “He dejado de ser gobernador de una
ínsula”, respondió Sancho, “y tal, que a buena
fe que no hallen otra como ella a tres tirones.”
  “Y ¿dónde está esa ínsula?”, preguntó
Ricote.
  “¿Adónde?”, respondió Sancho. “Dos leguas
de aquí, y se llama la ínsula Barataria.”
  “Calla, Sancho”, dijo Ricote; “que las ínsulas
están allá dentro de la mar; que no hay ínsulas
en la tierra firme.”
  “¿Cómo no?”, replicó Sancho. “Dígote, Ricote
amigo, que esta mañana me partí de ella, y
ayer estuve en ella gobernando a mi placer,
como un sagitario; pero, con todo eso, la he
dejado, por parecerme oficio peligroso el de
los gobernadores.”
  “Y ¿qué has ganado en el gobierno?”,
preguntó Ricote.
  “He ganado”, respondió Sancho, “el haber
conocido que no soy bueno para gobernar, si
no es un hato de ganado, y que las riquezas
que se ganan en los tales gobiernos son a
costa de perder el descanso y el sueño y aun el
sustento; porque en las ínsulas deben de
comer poco los gobernadores, especialmente si
tienen médicos que miren por su salud.”
  “Yo no te entiendo, Sancho”, dijo Ricote;
“pero paréceme que todo lo que dices es disparate;
que ¿quién te había de dar a ti ínsulas que
gobernases? ¿Faltaban hombres en el mundo
más hábiles para gobernadores que tú eres?
Calla, Sancho, y vuelve en ti y mira si quieres
venir conmigo, como te he dicho, a ayudarme
a sacar el tesoro que dejé escondido; que en
verdad que es tanto que se puede llamar tesoro,
y te daré con que vivas, como te he dicho.”
  “Ya te he dicho, Ricote”, replicó Sancho,
“que no quiero. Conténtate que por mí no serás
descubierto, y prosigue en buena hora tu
camino y déjame seguir el mío; que yo sé que
lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su
dueño.”
  “No quiero porfiar, Sancho”, dijo Ricote;
“pero dime: ¿hallástete en nuestro lugar cuando
se partió de él mi mujer, mi hija y mi cuñado?”
  “Sí hallé”, respondió Sancho, “y séte decir
que salió tu hija tan hermosa, que salieron a
verla cuantos había en el pueblo, y todos decían
que era la más bella criatura del mundo. Iba
llorando y abrazaba a todas sus amigas y
conocidas y a cuantos llegaban a verla, y a todos
pedía la encomendasen a Dios y a Nuestra
Señora su madre; y esto, con tanto sentimiento,
que a mí me hizo llorar, que no suelo ser muy
llorón. Y a fe que muchos tuvieron deseo de
esconderla y salir a quitársela en el camino;
pero el miedo de ir contra el mandado del rey
los detuvo. Principalmente se mostró más
apasionado don Pedro Gregorio, aquel mancebo
mayorazgo rico que tú conoces, que dicen que
la quería mucho, y después que ella se partió,
nunca más él ha parecido en nuestro lugar, y
todos pensamos que iba tras ella para robarla;
pero hasta ahora no se ha sabido nada.”
  “Siempre tuve yo mala sospecha”, dijo
Ricote, “de que ese caballero adamaba a mi
hija. Pero fiado en el valor de mi Ricota, nunca
me dio pesadumbre el saber que la quería bien;
que ya habrás oído decir, Sancho, que las
moriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por
amores con cristianos viejos, y mi hija, que,
a lo que yo creo, atendía a ser más cristiana
que enamorada, no se curaría de las solicitudes
de ese señor mayorazgo.”
  “Dios lo haga”, replicó Sancho; “que a
entrambos les estaría mal, y déjame partir de
aquí, Ricote amigo; que quiero llegar esta
noche adonde está mi señor don Quijote.”
  “Dios vaya contigo, Sancho hermano; que
ya mis compañeros se rebullen, y también es
hora que prosigamos nuestro camino.”
  Y luego se abrazaron los dos, y Sancho subió
en su rucio y Ricote se arrimó a su bordón,
y se apartaron.


                 Capítulo LV

 De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y
        otras, que no hay más que ver.

  El haberse detenido Sancho con Ricote no le
dio lugar a que aquel día llegase al castillo
del duque, puesto que llegó media legua de él,
donde le tomó la noche algo oscura y cerrada.
Pero como era verano, no le dio mucha
pesadumbre, y, así, se apartó del camino, con
intención de esperar la mañana, y quiso su corta
y desventurada suerte, que, buscando lugar
donde mejor acomodarse, cayeron él y el rucio
en una honda y oscurísima sima que entre
unos edificios muy antiguos estaba, y al tiempo
del caer, se encomendó a Dios de todo corazón,
pensando que no había de parar hasta el
profundo de los abismos, y no fue así, porque
a poco más de tres estados dio fondo el rucio,
y él se halló encima de él, sin haber recibido
lesión ni daño alguno. Tentóse todo el cuerpo y
recogió el aliento por ver si estaba sano, o
agujereado, por alguna parte, y, viéndose
bueno, entero y católico de salud, no se hartaba
de dar gracias a Dios nuestro Señor de la
merced que le había hecho; porque sin duda pensó
que estaba hecho mil pedazos. Tentó asimismo
con las manos por las paredes de la sima,
por ver si sería posible salir de ella sin ayuda de
nadie; pero todas las halló rasas y sin asidero
alguno, de lo que Sancho se congojó mucho,
especialmente cuando oyó que el rucio se
quejaba tierna y dolorosamente, y no era mucho,
ni se lamentaba de vicio, que a la verdad no
estaba muy bien parado.
  “¡Ay”, dijo entonces Sancho Panza, “y cuán
no pensados sucesos suelen suceder a cada
paso a los que viven en este miserable mundo!
¿Quién dijera que el que ayer se vio
entronizado gobernador de una ínsula, mandando a
sus sirvientas y a sus vasallos, hoy se había de
ver sepultado en una sima, sin haber persona
alguna que le remedie, ni criado, ni vasallo
que acuda a su socorro? Aquí habremos de
perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos
morimos antes, él de molido y quebrantado, y
yo de pesaroso. A lo menos, no seré yo tan
venturoso como lo fue mi señor don Quijote de
la Mancha, cuando descendió y bajó a la cueva
de aquel encantado Montesinos, donde halló
quien le regalase mejor que en su casa; que
no parece sino que se fue a mesa puesta y a
cama hecha. Allí vio él visiones hermosas y
apacibles, y yo veré aquí, a lo que creo, sapos
y culebras. ¡Desdichado de mí!, y en qué han
parado mis locuras y fantasías? De aquí
sacarán mis huesos, cuando el cielo sea servido
que me descubran, mondos, blancos y raídos,
y los de mi buen rucio con ellos, por donde
quizá se echará de ver quién somos, a lo
menos, de los que tuvieren noticia [de] que nunca
Sancho Panza se apartó de su asno, ni su asno
de Sancho Panza; otra vez digo: ¡miserables
de nosotros, que no ha querido nuestra corta
suerte que muriésemos en nuestra patria, y
entre los nuestros, donde ya que no hallara
remedio nuestra desgracia, no faltara quien de ello
se doliera, y en la hora última de nuestro
pasamiento nos cerrara los ojos!
  ”¡Oh compañero y amigo mío, qué mal pago
te he dado de tus buenos servicios! Perdóname,
y pide a la fortuna, en el mejor modo que
supieres, que nos saque de este miserable trabajo
en que estamos puestos los dos; que yo
prometo de ponerte una corona de laurel en la
cabeza, que no parezcas sino un laureado
poeta, y de darte los piensos doblados.”
  De esta manera se lamentaba Sancho Panza,
y su jumento le escuchaba sin responderle
palabra alguna, tal era el aprieto y angustia en
que el pobre se hallaba. Finalmente, habiendo
pasado toda aquella noche en miserables
quejas y lamentaciones, vino el día, con cuya
claridad y resplandor vio Sancho que era
imposible de toda imposibilidad salir de aquel
pozo, sin ser ayudado, y comenzó a lamentarse
y dar voces, por ver si alguno le oía; pero
todas sus voces eran dadas en desierto, pues
por todos aquellos contornos no había persona
que pudiese escucharle, y entonces se acabó
de dar por muerto. Estaba el rucio boca arriba
y Sancho Panza le acomodó de modo, que le
puso en pie, que apenas se podía tener; y,
sacando de las alforjas, que también habían
corrido la misma fortuna de la caída, un pedazo
de pan, lo dio a su jumento, que no le supo
mal, y díjole Sancho, como si lo entendiera:
  “Todos los duelos con pan son buenos.”
  En esto, descubrió a un lado de la sima un
agujero, capaz de caber por él una persona,
si se agobiaba y encogía. Acudió a él Sancho
Panza, y, agazapándose, se entró por él y vio
que por de dentro era espacioso y largo; y
púdolo ver porque por lo que se podía llamar
techo entraba un rayo de sol que lo descubría
todo. Vio también que se dilataba y alargaba
por otra concavidad espaciosa; viendo lo cual
volvió a salir adonde estaba el jumento, y con
una piedra comenzó a desmoronar la tierra del
agujero de modo, que en poco espacio hizo
lugar donde con facilidad pudiese entrar el
asno, como lo hizo, y, cogiéndole del cabestro,
comenzó a caminar por aquella gruta adelante,
por ver si hallaba alguna salida por otra parte.
A veces iba a oscuras, y a veces sin luz, pero
ninguna vez sin miedo.
  “¡Válgame Dios todo poderoso!”, decía entre
sí. “Esta, que para mí es desventura, mejor
fuera para aventura de mi amo don Quijote; él
sí que tuviera estas profundidades y mazmorras
por jardines floridos, y por palacios de
Galiana, y esperara salir de esta oscuridad
y estrechez a algún florido prado. Pero yo
sin ventura, falto de consejo y menoscabado
de ánimo, a cada paso pienso que debajo de
los pies de improviso se ha de abrir otra
sima más profunda que la otra, que acabe
de tragarme. Bien vengas, mal, si vienes
solo.”
  De esta manera, y con estos pensamientos le
pareció que habría caminado poco más de media
legua, al cabo de la cual descubrió una confusa
claridad que pareció ser ya de día, y que
por alguna parte entraba, que daba indicio de
tener fin abierto aquel, para él, camino de la
otra vida.
  Aquí le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve
a tratar [de] don Quijote, que alborozado y
contento esperaba el plazo de la batalla que
había de hacer con el robador de la honra de
la hija de doña Rodríguez, a quien pensaba
enderezar el tuerto y desaguisado que
malamente le tenían fecho.
  Sucedió, pues, que saliéndose una mañana
a imponerse y ensayarse en lo que había de
hacer en el trance en que otro día pensaba
verse, dando un repelón o arremetida a
Rocinante, llegó a poner los pies tan junto a una
cueva, que a no tirarle fuertemente las riendas,
fuera imposible no caer en ella. En fin, le
detuvo, y no cayó; y, llegándose algo más cerca
sin apearse, miró aquella hondura, y, estándola
mirando, oyó grandes voces dentro, y,
escuchando atentamente, pudo percibir y entender
que el que las daba decía:
  “¡Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me
escuche, o algún caballero caritativo que se
duela de un pecador enterrado en vida, o
un desdichado desgobernado gobernador?”
  Parecióle a don Quijote que oía la voz
de Sancho Panza, de que quedó suspenso y
asombrado, y, levantando la voz todo lo que
pudo, dijo:
  “¿Quién está allá bajo, quién se queja?”
  “¿Quién puede estar aquí, o quién se ha de
quejar”, respondieron, “sino el asendereado
de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados
y por su mala andanza, de la ínsula Barataria,
escudero que fue del famoso caballero don
Quijote de la Mancha?”
  Oyendo lo cual don Quijote, se le dobló la
admiración, y se le acrecentó el pasmo,
viniéndosele al pensamiento que Sancho
Panza debía de ser muerto, y que estaba allí
penando su alma; y, llevado de esta imaginación
dijo:
  “Conjúrote por todo aquello que puedo
conjurarte, como católico cristiano, que me digas
quién eres, y si eres alma en pena, dime qué
quieres que haga por ti; que pues es mi
profesión favorecer y acorrer a los necesitados
de este mundo, también lo seré para acorrer y
ayudar a los menesterosos del otro mundo,
que no pueden ayudarse por sí propios.”
  “De esa manera”, respondieron, “vuestra
merced que me habla debe de ser mi señor don
Quijote de la Mancha, y aun en el órgano de
la voz no es otro, sin duda.”
  “Don Quijote soy”, replicó don Quijote; “el
que profeso socorrer y ayudar en sus necesidades
a los vivos y a los muertos. Por eso,
dime quién eres; que me tienes atónito. Porque
si eres mi escudero Sancho Panza, y te has
muerto, como no te hayan llevado los diablos,
y por la misericordia de Dios estés en el
purgatorio, sufragios tiene nuestra santa madre la
Iglesia Católica Romana bastantes a sacarte de
las penas en que estás, y yo, que lo solicitaré
con ella, por mi parte, con cuanto mi hacienda
alcanzare; por eso acaba de declararte, y dime
quién eres.”
  “¡Voto a tal!”, respondieron, “y por el
nacimiento de quien vuestra merced quisiere juro,
señor don Quijote de la Mancha, que yo soy
su escudero Sancho Panza, y que nunca me he
muerto en todos los días de mi vida, sino que
habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas
que es menester más espacio para decirlas,
anoche caí en esta sima donde yago, el rucio
conmigo, que no me dejará mentir, pues, por
más señas, está aquí conmigo.”
  Y hay más; que no parece sino que el
jumento entendió lo que Sancho dijo, porque al
momento comenzó a rebuznar, tan recio, que toda
la cueva retumbaba.
  “Famoso testigo”, dijo don Quijote; “el
rebuzno conozco como si le pariera, y tu voz
oigo, Sancho mío. Espérame, iré al castillo del
duque que está aquí cerca, y traeré quien te
saque de esta sima, donde tus pecados te deben
de haber puesto.”
  “Vaya vuestra merced”, dijo Sancho, “y
vuelva presto, por un solo Dios; que ya no lo
puedo llevar el estar aquí sepultado en vida, y
me estoy muriendo de miedo.”
  Dejóle don Quijote y fue al castillo a
contar a los duques el suceso de Sancho Panza,
de que no poco se maravillaron, aunque bien
entendieron que debía de haber caído por la
correspondencia de aquella gruta, que de
tiempos inmemoriales estaba allí hecha; pero no
podían pensar cómo había dejado el gobierno,
sin tener ellos aviso de su venida. Finalmente,
como dicen, llevaron sogas y maromas, y a
costa de mucha gente y de mucho trabajo
sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas
tinieblas a la luz del sol.
  Viole un estudiante, y dijo:
  “De esta manera habían de salir de sus
gobiernos todos los malos gobernadores, como sale
este pecador del profundo del abismo: muerto
de hambre, descolorido y sin blanca, a lo que
yo creo.”
  Oyólo Sancho, y dijo:
  “Ocho días o diez ha, hermano murmurador,
que entré a gobernar la ínsula que me dieron,
en los cuales no me vi harto de pan siquiera
un hora; en ellos me han perseguido médicos
y enemigos me han brumado los huesos, ni
he tenido lugar de hacer cohechos ni de cobrar
derechos, y, siendo esto así, como lo es, no
merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera.
Pero el hombre pone y Dios dispone, y Dios
sabe lo mejor y lo que le está bien a cada uno,
y cual el tiempo tal el tiento, y nadie diga
de esta agua no beberé; que adonde se piensa
que hay tocinos no hay estacas, y Dios me
entiende y basta y no digo más, aunque pudiera.”
  “No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre
de lo que oyeres; que será nunca acabar.
Ven tú con segura conciencia, y digan lo que
dijeren, y es querer atar las lenguas de los
maldicientes lo mismo que querer poner puertas
al campo. Si el gobernador sale rico de su
gobierno dicen de él que ha sido un ladrón, y si
sale pobre, que ha sido un parapoco y un
mentecato.”
  “A buen seguro”, respondió Sancho, “que
por esta vez antes me han de tener por tonto
que por ladrón.”
  En estas pláticas llegaron, rodeados de
muchachos y de otra mucha gente, al castillo,
adonde en unos corredores estaban ya el
duque y la duquesa, esperando a don Quijote y
a Sancho, el cual no quiso subir a ver al duque
sin que primero no hubiese acomodado al rucio
en la caballeriza, porque decía que había
pasado muy mala noche en la posada, y luego
subió a ver a sus señores, ante los cuales puesto
de rodillas, dijo:
  “Yo, señores, porque lo quiso así vuestra
grandeza, sin ningún merecimiento mío, fui a
gobernar vuestra ínsula Barataria, en la cual
entré desnudo, y desnudo me hallo, ni pierdo,
ni gano; si he gobernado bien o mal, testigos
he tenido delante, que dirán lo que quisieren.
He declarado dudas, sentenciado pleitos, y
siempre muerto de hambre, por haberlo querido
así el doctor Pedro Recio, natural de
Tirteafuera, médico insulano, y gobernadoresco.
Acometiéronnos enemigos de noche, y, habiéndonos
puesto en grande aprieto, dicen los de la
ínsula que salieron libres y con victoria por el
valor de mi brazo; que tal salud les dé Dios
como ellos dicen verdad.
  ”En resolución, en este tiempo yo he tanteado
las cargas que trae consigo y las obligaciones
el gobernar, y he hallado por mi cuenta que
no las podrán llevar mis hombros, ni son peso
de mis costillas, ni flechas de mi aljaba; y, así,
antes que diese conmigo al través el gobierno,
he querido yo dar con el gobierno al través,
y ayer de mañana dejé la ínsula como la hallé,
con las mismas calles, casas y tejados que
tenía cuando entré en ella. No he pedido
prestado a nadie ni metídome en granjerías, y
aunque pensaba hacer algunas ordenanzas
provechosas, no hice ninguna, temeroso que no se
habían de guardar; que es lo mismo hacerlas
que no hacerlas. Salí, como digo, de la ínsula,
sin otro acompañamiento que el de mi rucio.
Caí en una sima, víneme por ella adelante,
hasta que esta mañana, con la luz del sol, vi la
salida; pero no tan fácil, que a no depararme
el cielo a mi señor don Quijote, allí me
quedara hasta la fin del mundo. Así que, mis
señores duque y duquesa, aquí está vuestro
gobernador Sancho Panza, que ha granjeado en
solos diez días que ha tenido el gobierno a
conocer que no se le ha de dar nada por ser
gobernador, no que de una ínsula, sino de todo
el mundo. Y con este presupuesto, besando a
vuestras mercedes los pies, imitando al juego
de los muchachos que dicen: «salta tú, y
»dámela tú», doy un salto del gobierno y me
paso al servicio de mi señor don Quijote; que,
en fin, en él, aunque como el pan con sobresalto,
hártome, a lo menos, y para mí, como yo
esté harto, eso me hace que sea de zanahorias
que de perdices.”
  Con esto dio fin a su larga plática Sancho,
temiendo siempre don Quijote que había de
decir en ella millares de disparates, y cuando
le vio acabar con tan pocos, dio en su corazón
gracias al cielo, y el duque abrazó a Sancho y
le dijo que le pesaba en el alma de que
hubiese dejado tan presto el gobierno; pero que
él haría de suerte que se le diese en su estado
otro oficio de menos carga y de más provecho.
Abrazóle la duquesa asimismo, y mandó que
le regalasen, porque daba señales de venir
mal molido y peor parado.


                 Capítulo LVI

De la descomunal y nunca vista batalla que
  pasó entre don Quijote de la Mancha y el
  lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la
  dueña doña Rodríguez.

  No quedaron arrepentidos los duques de la
burla hecha a Sancho Panza del gobierno que
le dieron, y más que aquel mismo día vino su
mayordomo y les contó punto por punto todas
casi las palabras y acciones que Sancho había
dicho y hecho en aquellos días, y, finalmente,
les encareció el asalto de la ínsula y el miedo
de Sancho, y su salida, de que no pequeño
gusto recibieron.
  Después de esto, cuenta la historia que se llegó
el día de la batalla aplazada, y, habiendo el
duque una y muy muchas veces advertido a su
lacayo Tosilos cómo se había de avenir con don
Quijote para vencerle sin matarle ni herirle,
ordenó que se quitasen los hierros a las lanzas,
diciendo a don Quijote que no permitía la
cristiandad de que él se preciaba que aquella
batalla fuese con tanto riesgo y peligro de las
vidas, y que se contentase con que le daba
campo franco en su tierra, puesto que iba contra
el decreto del santo Concilio, que prohíbe
los tales desafíos, y no quisiese llevar por todo
rigor aquel trance tan fuerte.
  Don Quijote dijo que su excelencia
dispusiese las cosas de aquel negocio como más
fuese servido; que él le obedecería en todo.
Llegado, pues, el temeroso día, y, habiendo
mandado el duque que delante de la plaza del
castillo se hiciese un espacioso cadalso,
donde estuviesen los jueces del campo, y las
dueñas, madre e hija, demandantes, había
acudido de todos los lugares y aldeas circunvecinas
infinita gente a ver la novedad de aquella
batalla; que nunca otra tal no habían visto ni
oído decir en aquella tierra los que vivían, ni
los que habían muerto.
  El primero que entró en el campo y estacada
fue el maestro de las ceremonias, que tanteó el
campo, y le paseó todo, porque en él no
hubiese algún engaño ni cosa encubierta donde
se tropezase y cayese. Luego entraron las
dueñas y se sentaron en sus asientos, cubiertas
con los mantos hasta los ojos, y aun hasta los
pechos, con muestras de no pequeño sentimiento.
Presente don Quijote en la estacada,
de allí a poco, acompañado de muchas trompetas,
asomó por una parte de la plaza, sobre
un poderoso caballo, hundiéndola toda, el
grande lacayo Tosilos, calada la visera y todo
encambronado con unas fuertes y lucientes armas.
El caballo mostraba ser frisón, ancho y de color
tordillo; de cada mano y pie le pendía una
arroba de lana.
  Venía el valeroso combatiente bien informado
del duque su señor de cómo se había de
portar con el valeroso don Quijote de la
Mancha, advertido que en ninguna manera le
matase, sino que procurase huir el primer
encuentro, por excusar el peligro de su muerte,
que estaba cierto si de lleno en lleno le
encontrase. Paseó la plaza, y, llegando donde las
dueñas estaban, se puso algún tanto a mirar a
la que por esposo le pedía; llamó el maese de
campo a don Quijote, que ya se había presentado
en la plaza, y junto con Tosilos habló a las
dueñas, preguntándoles si consentían que volviese
por su derecho don Quijote de la Mancha.
Ellas dijeron que sí, y que todo lo que en
aquel caso hiciese lo daban por bien hecho,
por firme y por valedero.
  Ya en este tiempo estaban el duque y la
duquesa puestos en una galería que caía sobre
la estacada, toda la cual estaba coronada de
infinita gente que esperaba ver el riguroso
trance nunca visto. Fue condición de los
combatientes que si don Quijote vencía, su
contrario se había de casar con la hija de doña
Rodríguez; y si él fuese vencido, quedaba
libre su contendor de la palabra que se le
pedía, sin dar otra satisfacción alguna.
  Partióles el maestro de las ceremonias el
sol y puso a los dos cada uno en el puesto
donde habían de estar. Sonaron los tambores,
llenó el aire el son de las trompetas, temblaba
debajo de los pies la tierra, estaban suspensos
los corazones de la mirante turba, temiendo
unos y esperando otros el bueno o el mal
suceso de aquel caso. Finalmente, don Quijote,
encomendándose de todo su corazón a Dios
nuestro Señor, y a la señora Dulcinea del
Toboso, estaba aguardando que se le diese
señal precisa de la arremetida.
  Empero nuestro lacayo tenía diferentes
pensamientos; no pensaba él sino en lo que ahora
diré: Parece ser que cuando estuvo mirando a
su enemiga le pareció la más hermosa mujer
que había visto en toda su vida, y el niño
ceguezuelo a quien suelen llamar de ordinario
Amor por esas calles, no quiso perder la ocasión
que se le ofreció de triunfar de una alma
lacayuna y ponerla en la lista de sus trofeos,
y, así, llegándose a él bonitamente, sin que
nadie le viese, le envasó al pobre lacayo una
flecha de dos varas por el lado izquierdo y le
pasó el corazón de parte a parte, y púdolo
hacer bien al seguro, porque el amor es
invisible y entra y sale por do quiere, sin que
nadie le pida cuenta de sus hechos.
  Digo, pues, que cuando dieron la señal de
la arremetida, estaba nuestro lacayo transportado,
pensando en la hermosura de la que ya
había hecho señora de su libertad, y, así, no
atendió al son de la trompeta, como hizo don
Quijote, que apenas la hubo oído, cuando
arremetió; y, a todo el correr que permitía
Rocinante, partió contra su enemigo, y, viéndole
partir su buen escudero Sancho, dijo a grandes
voces:
  “¡Dios te guíe, nata y flor de los andantes
caballeros; Dios te dé la victoria, pues llevas la
razón de tu parte!”
  Y aunque Tosilos vio venir contra sí a don
Quijote, no se movió un paso de su puesto;
antes, con grandes voces, llamó al maese de
campo, el cual, venido a ver lo que quería,
le dijo:
  “Señor, ¿esta batalla no se hace porque yo
me case, o no me case, con aquella señora?”
  “Así es”, le fue respondido.
  “Pues yo”, dijo el lacayo, “soy temeroso de
mi conciencia y pondríala en gran cargo si
pasase adelante en esta batalla, y así digo
que yo me doy por vencido y que quiero
casarme luego con aquella señora.”
  Quedó admirado el maese de campo de las
razones de Tosilos, y como era uno de los
sabedores de la máquina de aquel caso, no le
supo responder palabra. Detúvose don Quijote
en la mitad de su carrera, viendo que su
enemigo no le acometía. El duque no sabía la
ocasión porque no se pasaba adelante en la
batalla; pero el maese de campo le fue a
declarar lo que Tosilos decía, de lo que quedó
suspenso y colérico en extremo.
  En tanto que esto pasaba, Tosilos se llegó
adonde doña Rodríguez estaba, y dijo a
grandes voces:
  “Yo, señora, quiero casarme con vuestra
hija, y no quiero alcanzar por pleitos ni
contiendas lo que puedo alcanzar por paz, y sin
peligro de la muerte.”
  Oyó esto el valeroso don Quijote, y dijo:
  “Pues esto así es, yo quedo libre y suelto de
mi promesa; cásense en hora buena, y pues
Dios nuestro Señor se la dio, San Pedro se la
bendiga.”
  El duque había bajado a la plaza del castillo,
y llegándose a Tosilos, le dijo:
  “¿Es verdad, caballero, que os dais por
vencido, y que, instigado de vuestra temerosa
conciencia, os queréis casar con esta
doncella?”
  “Sí, señor”, respondió Tosilos.
  “El hace muy bien”, dijo a esta sazón
Sancho Panza; “porque lo que has de dar al
mur, dalo al gato, y sacarte ha de cuidado.”
  Ibase Tosilos desenlazando la celada, y
rogaba que aprisa le ayudasen, porque le
iban faltando los espíritus del aliento, y no
podía verse encerrado tanto tiempo en la
estrechez de aquel aposento. Quitáronsela
aprisa, y quedó descubierto y patente su
rostro de lacayo. Viendo lo cual doña Rodríguez
y su hija, dando grandes voces, dijeron:
  “¡Este es engaño, engaño es éste! ¡A Tosilos,
el lacayo del duque mi señor, nos han puesto
en lugar de mi verdadero esposo! ¡Justicia de
Dios y del rey, de tanta malicia, por no decir
bellaquería!”
  “No vos acuitéis, señoras”, dijo don Quijote;
“que ni ésta es malicia, ni es bellaquería,
y si la es, y no ha sido la causa el duque,
sino los malos encantadores que me persiguen,
los cuales envidiosos de que yo alcanzase la
gloria de este vencimiento, han convertido el
rostro de vuestro esposo en el de este que decís
que es lacayo del duque. Tomad mi consejo, y,
a pesar de la malicia de mis enemigos, casaos
con él; que, sin duda, es el mismo que vos
deseáis alcanzar por esposo.”
  El duque, que esto oyó, estuvo por romper
en risa toda su cólera, y dijo:
  “Son tan extraordinarias las cosas que suceden
al señor don Quijote, que estoy por creer
que este mi lacayo no lo es; pero usemos de este
ardid y maña. Dilatemos el casamiento quince
días, si quieren, y tengamos encerrado a este
personaje que nos tiene dudosos, en los cuales
podría ser que volviese a su prístina figura;
que no ha de durar tanto el rencor que los
encantadores tienen al señor don Quijote, y
más, yéndoles tan poco en usar estos embelecos
y transformaciones.”
  “Oh, señor”, dijo Sancho, “que ya tienen
estos malandrines por uso y costumbre de
mudar las cosas de unas en otras, que tocan a
mi amo. Un caballero que venció los días
pasados, llamado el de los Espejos, le volvieron
en la figura del bachiller Sansón Carrasco,
natural de nuestro pueblo y grande amigo
nuestro, y a mi señora Dulcinea del Toboso la
han vuelto en una rústica labradora, y, así,
imagino que este lacayo ha de morir y vivir
lacayo todos los días de su vida.”
  A lo que dijo la hija de Rodríguez:
  “Séase quien fuere este que me pide por
esposa --que yo se lo agradezco--; que más
quiero ser mujer legítima de un lacayo, que
no amiga y burlada de un caballero, puesto
que el que a mí me burló no lo es.”
  En resolución, todos estos cuentos y
sucesos pararon en que Tosilos se recogiese
hasta ver en qué paraba su transformación;
aclamaron todos la victoria por don Quijote, y
los más quedaron tristes y melancólicos de ver
que no se habían hecho pedazos los tan
esperados combatientes, bien así como los
muchachos quedan tristes, cuando no sale el
ahorcado que esperan, porque le ha perdonado, o
la parte, o la justicia. Fuese la gente,
volviéronse el duque y don Quijote al castillo,
encerraron a Tosilos, quedaron doña Rodríguez y
su hija contentísimas de ver que por una vía o
por otra aquel caso había de parar en casamiento,
y Tosilos no esperaba menos.


                Capítulo LVII

Que trata de cómo don Quijote se despidió del
  duque, y de lo que le sucedió con la discreta
  y desenvuelta Altisidora, doncella de la
  duquesa.

  Ya le pareció a don Quijote que era bien
salir de tanta ociosidad como la que en aquel
castillo tenía; que se imaginaba ser grande la
falta que su persona hacía en dejarse estar
encerrado y perezoso entre los infinitos regalos
y deleites que como a caballero andante aquellos
señores le hacían, y parecíale que había de
dar cuenta estrecha al cielo de aquella
ociosidad y encerramiento. Y, así, pidió un día
licencia a los duques para partirse. Diéronsela con
muestras de que en gran manera les pesaba
de que los dejase. Dio la duquesa las cartas
de su mujer a Sancho Panza, el cual lloró con
ellas, y dijo:
  “¿Quién pensara que esperanzas tan grandes
como las que en el pecho de mi mujer Teresa
Panza engendraron las nuevas de mi gobierno
habían de parar en volverme yo ahora a las
arrastradas aventuras de mi amo don Quijote
de la Mancha? Con todo esto, me contento de
ver que mi Teresa correspondió a ser quien es,
enviando las bellotas a la duquesa; que a no
habérselas enviado, quedando yo pesaroso, se
mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela
es que esta dádiva no se le puede dar
nombre de cohecho, porque ya tenía yo el
gobierno cuando ella las envió, y está puesto en
razón que los que reciben algún beneficio,
aunque sea con niñerías, se muestren agradecidos.
En efecto, yo entré desnudo en el gobierno y
salgo desnudo de él; y, así, podré decir con
segura conciencia, que no es poco: «desnudo nací,
»desnudo me hallo, ni pierdo ni gano».”
  Esto pasaba entre sí Sancho el día de la
partida; y saliendo don Quijote, habiéndose
despedido la noche antes de [los] duques, una
mañana se presentó armado en la plaza del
castillo. Mirábanle de los corredores toda la
gente del castillo, y asimismo los duques
salieron a verle. Estaba Sancho sobre su rucio,
con sus alforjas, maleta y repuesto, contentísimo,
porque el mayordomo del duque, el que
fue la Trifaldi, le había dado un bolsico con
doscientos escudos de oro, para suplir los
menesteres del camino, y esto aún no lo sabía
don Quijote.
  Estando como queda dicho, mirándole todos,
a deshora entre las otras dueñas y doncellas de
la duquesa, que le miraban, alzó la voz la
desenvuelta y discreta Altisidora, y en son
lastimero dijo:

       Escucha, mal caballero,
     detén un poco las riendas;
     no fatigues las ijadas
     de tu mal regida bestia.
       Mira, falso, que no huyes
     de alguna serpiente fiera,
     sino de una corderilla
     que está muy lejos de oveja.
       Tú has burlado, monstruo horrendo,
     la más hermosa doncella
     que Diana vio en sus montes,
     que Venus miró en sus selvas.
       Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
     Barrabás te acompañe; allá te avengas.

       Tú llevas ¡llevar impío!
     en las garras de tus cerras
     las entrañas de una humilde,
     como enamorada, tierna.
       Llévaste tres tocadores,
     y unas ligas, de unas piernas
     que al mármol puro se igualan
     en lisas, blancas y negras.
       Llévaste dos mil suspiros,
     que, a ser de fuego, pudieran
     abrasar a dos mil Troyas,
     si dos mil Troyas hubiera.
       Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
     Barrabás te acompañe; allá te avengas.

       De ese Sancho tu escudero
     las entrañas sean tan tercas
     y tan duras, que no salga
     de su encanto Dulcinea.
       De la culpa que tú tienes
     lleve la triste la pena;
     que justos por pecadores
     tal vez pagan en mi tierra.
       Tus más finas aventuras
     en desventuras se vuelvan,
     en sueños tus pasatiempos,
     en olvidos tus firmezas.
       Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
     Barrabás te acompañe; allá te avengas.
       Seas tenido por falso
     desde Sevilla a Marchena,
     desde Granada hasta Loja,
     de Londres a Inglaterra.
       Si jugares al reinado,
     los cientos, o la primera,
     los reyes huyan de ti;
     ases, ni sietes no veas.
       Si te cortares los callos,
     sangre las heridas viertan;
     y quédente los raigones
     si te sacares las muelas.
       Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
     Barrabás te acompañe; allá te avengas.

  En tanto que de la suerte que se ha dicho se
quejaba la lastimada Altisidora, la estuvo
mirando don Quijote, y, sin responderla palabra,
volviendo el rostro a Sancho, le dijo:
  “Por el siglo de tus pasados, Sancho mío,
te conjuro que me digas una verdad; dime,
¿llevas por ventura, los tres tocadores, y las
ligas que esta enamorada doncella dice?”
  A lo que Sancho respondió:
  “Los tres tocadores sí llevo; pero las ligas,
como por los cerros de Ubeda.”
  Quedó la duquesa admirada de la desenvoltura
de Altisidora, que aunque la tenía por
atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado
que se atreviera a semejantes desenvolturas;
y como no estaba advertida de esta burla, creció
más su admiración. El duque quiso reforzar el
donaire, y dijo:
  “No me parece bien, señor caballero, que
habiendo recibido en este mi castillo el buen
acogimiento que en él se os ha hecho, os hayáis
atrevido a llevaros tres tocadores, por lo
menos, si por lo más las ligas de mi doncella;
indicios son de mal pecho y muestras que no
corresponden a vuestra fama. Volvedle las
ligas; si no, yo os desafío a mortal batalla,
sin tener temor que malandrines encantadores
me vuelvan ni muden el rostro, como han hecho
en el de Tosilos mi lacayo, el que entró
con vos en batalla.”
  “No quiera Dios”, respondió don Quijote,
“que yo desenvaine mi espada contra vuestra
ilustrísima persona, de quien tantas
mercedes he recibido. Los tocadores volveré,
porque dice Sancho que los tiene; las ligas es
imposible, porque ni yo las he recibido ni él
tampoco, y si esta vuestra doncella quisiere
mirar sus escondrijos, a buen seguro que las
halle. Yo, señor duque, jamás he sido ladrón,
ni lo pienso ser en toda mi vida, como Dios no
me deje de su mano. Esta doncella habla, como
ella dice, como enamorada, de lo que yo no le
tengo culpa, y, así, no tengo de qué pedirle
perdón, ni a ella, ni a vuestra excelencia, a
quien suplico me tenga en mejor opinión, y me
dé de nuevo licencia para seguir mi camino.”
  “Déosle Dios tan bueno”, dijo la duquesa,
“señor don Quijote, que siempre oigamos buenas
nuevas de vuestras fechorías; y andad con
Dios, que mientras más os detenéis, más
aumentáis el fuego de los pechos de las doncellas
que os miran. Y a la mía yo la castigaré
de modo, que de aquí adelante no se desmande
con la vista ni con las palabras.”
  “Una no más quiero que me escuches, ¡oh
valeroso don Quijote!”, dijo entonces Altisidora,
“y es que te pido perdón del latrocinio
de las ligas, porque en Dios y en mi ánima,
que las tengo puestas, y he caído en el descuido
del que yendo sobre el asno, le buscaba.”
  “¿No lo dije yo?”, dijo Sancho. “¡Bonico
soy yo para encubrir hurtos! Pues a quererlos
hacer, de paleta me había venido la ocasión en
mi gobierno.”
  Abajó la cabeza don Quijote e hizo reverencia
a los duques y a todos los circunstantes,
y, volviendo las riendas a Rocinante,
siguiéndole Sancho sobre el rucio, se salió del
castillo, enderezando su camino a Zaragoza.


                Capítulo LVIII

Que trata de cómo menudearon sobre don
  Quijote aventuras tantas, que no se daban
  vagar unas a otras.

  Cuando don Quijote se vio en la campaña
rasa, libre y desembarazado de los requiebros
de Altisidora, le pareció que estaba en su
centro y que los espíritus se le renovaban para
proseguir de nuevo el asunto de sus caballerías,
y, volviéndose a Sancho, le dijo:
  “La libertad, Sancho, es uno de los más
preciosos dones que a los hombres dieron los
cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros
que encierra la tierra ni el mar encubre. Por la
libertad, así como por la honra, se puede y
debe aventurar la vida; y, por el contrario, el
cautiverio es el mayor mal que puede venir a
los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien
has visto el regalo, la abundancia que en este
castillo, que dejamos, hemos tenido; pues en
mitad de aquellos banquetes sazonados y de
aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que
estaba metido entre las estrecheces de la
hambre. Porque no lo gozaba con la libertad que
lo gozara si fueran míos; que las obligaciones
de las recompensas de los beneficios y mercedes
recibidas son ataduras que no dejan campear
al ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quien
el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede
obligación de agradecerlo a otro que al mismo
cielo!”
  “Con todo eso”, dijo Sancho, “que vuestra
merced me ha dicho, no es bien que se quede[n]
sin agradecimiento de nuestra parte doscientos
escudos de oro, que en una bolsilla me dio el
mayordomo del duque, que como pítima y
confortativo la llevo puesta sobre el corazón,
para lo que se ofreciere; que no siempre hemos
de hallar castillos donde nos regalen, que tal
vez toparemos con algunas ventas donde nos
apaleen.”
  En estos y otros razonamientos iban los
andantes caballero y escudero, cuando vieron,
habiendo andado poco más de una legua, que
encima de la hierba de un pradillo verde,
encima de sus capas, estaban comiendo hasta una
docena de hombres, vestidos de labradores.
Junto a sí tenían unas como sábanas blancas,
con que cubrían alguna cosa que debajo estaba;
estaban empinadas y tendidas y de trecho
a trecho puestas. Llegó don Quijote a los
que comían, y, saludándolos primero cortésmente,
les preguntó que qué era lo que aquellos
lienzos cubrían. Uno de ellos le respondió:
  “Señor, debajo de estos lienzos están unas
imágenes de relieve y entalladura, que han
de servir en un retablo que hacemos en nuestra
aldea; llevámoslas cubiertas porque no se
desfloren, y en hombros porque no se quiebren.”
  “Si sois servidos”, respondió don Quijote,
“holgaría de verlas, pues imágenes que con
tanto recato se llevan, sin duda deben de ser
buenas.”
  “Y, ¡cómo si lo son!”, dijo otro; “si no,
dígalo lo que cuesta; que en verdad que no hay
ninguna que no esté en más de cincuenta ducados,
y porque vea vuestra merced esta verdad,
espere vuestra merced, y verla ha por vista
de ojos.”
  Y, levantándose, dejó de comer, y fue a
quitar la cubierta de la primera imagen, que
mostró ser la de San Jorge puesto a caballo, con
una serpiente enroscada a los pies, y la lanza
atravesada por la boca, con la fiereza que
suele pintarse. Toda la imagen parecía una
ascua de oro, como suele decirse. Viéndola don
Quijote, dijo:
  “Este caballero fue uno de los mejores
andantes que tuvo la milicia divina; llamóse don
San Jorge, y fue, además, defendedor de
doncellas. Veamos esta otra.”
  Descubrióla el hombre, y pareció ser la de
San Martín, puesto a caballo, que partía la
capa con el pobre, y apenas la hubo visto don
Quijote, cuando dijo:
  “Este caballero también fue de los aventureros
cristianos, y creo que fue más liberal
que valiente, como lo puedes echar de ver,
Sancho, en que está partiendo la capa con el
pobre, y le da la mitad, y sin duda debía de ser
entonces invierno, que si no, él se la diera
toda, según era de caritativo.”
  “No debió de ser eso”, dijo Sancho, “sino
que se debió de atener al refrán que dicen:
«que para dar y tener, seso es menester».”
  Riose don Quijote, y pidió que quitasen
otro lienzo, debajo del cual se descubrió la
imagen del patrón de las Españas a caballo, la
espada ensangrentada, atropellando moros y
pisando cabezas, y, en viéndola, dijo don
Quijote:
  “Este sí que es caballero y de las escuadras
de Cristo; éste se llama don San Diego
Matamoros, uno de los más valientes santos y
caballeros que tuvo el mundo y tiene ahora el
cielo.”
  Luego descubrieron otro lienzo y pareció
que encubría la caída de San Pablo del caballo
abajo, con todas las circunstancias que en
el retablo de su conversión suelen pintarse;
cuando le vio tan al vivo, que dijeran que
Cristo le hablaba y Pablo respondía.
  “Este”, dijo don Quijote, “fue el mayor
enemigo que tuvo la iglesia de Dios Nuestro
Señor en su tiempo, y el mayor defensor suyo
que tendrá jamás, caballero andante por la
vida, y santo a pie quedo por la muerte;
trabajador incansable en la viña del Señor,
doctor de las gentes, a quien sirvieron de
escuelas los cielos, y de catedrático y maestro
que le enseñase, el mismo Jesucristo.”
  No había más imágenes, y, así, mandó don
Quijote que las volviesen a cubrir, y dijo a
los que las llevaban:
  “Por buen agüero he tenido, hermanos, haber
visto lo que he visto, porque estos santos y
caballeros profesaron lo que yo profeso, que
es el ejercicio de las armas; sino que la
diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos
fueron santos y pelearon a lo divino, y yo soy
pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron
el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo
padece fuerza, y yo hasta ahora no sé lo que
conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi
Dulcinea del Toboso saliese de los que
padece, mejorándose mi ventura y adobándoseme
el juicio, podría ser que encaminase mis
pasos por mejor camino del que llevo.”
  “Dios lo oiga y el pecado sea sordo”, dijo
Sancho a esta ocasión.
  Admiráronse los hombres así de la figura
como de las razones de don Quijote, sin entender
la mitad de lo que en ellas decir quería.
Acabaron de comer, cargaron con sus imágenes
y, despidiéndose de don Quijote, siguieron
su viaje.
  Quedó Sancho de nuevo como si jamás hubiera
conocido a su señor, admirado de lo que
sabía, pareciéndole que no debía de haber
historia en el mundo, ni suceso que no lo
tuviese cifrado en la uña y clavado en la
memoria, y díjole:
  “En verdad, señor nuestramo, que si esto
que nos ha sucedido hoy se puede llamar
aventura, ella ha sido de las más suaves y dulces
que en todo el discurso de nuestra peregrinación
nos ha sucedido; de ella habemos salido sin
palos y sobresalto alguno, ni hemos echado
mano a las espadas, ni hemos batido la tierra
con los cuerpos, ni quedamos hambrientos.
¡Bendito sea Dios, que tal me ha dejado ver
con mis propios ojos!”
  “Tú dices bien, Sancho”, dijo don Quijote;
“pero has de advertir que no todos los tiempos
son unos ni corren de una misma suerte, y esto
que el vulgo suele llamar comúnmente agüeros,
que no se fundan sobre natural razón alguna,
del que es discreto han de ser tenidos y
juzgados por buenos acontecimientos. Levántase
uno de estos agoreros por la mañana, sale de
su casa, encuéntrase con un fraile de la orden
del bienaventurado San Francisco, y como si
hubiera encontrado con un grifo, vuelve las
espaldas, y vuélvese a su casa. Derrámasele al
otro Mendoza la sal encima de la mesa, y
derrámasele a él la melancolía por el corazón;
como si estuviese obligada la naturaleza a
dar señales de las venideras desgracias con
cosas tan de poco momento como las referidas.
El discreto y cristiano no ha de andar en
puntillos con lo que quiere hacer el cielo. Llega
Cipión a Africa, tropieza en saltando en tierra,
tiénenlo por mal agüero sus soldados, pero él,
abrazándose con el suelo, dijo: «No te me
»podrás huir, Africa, porque te tengo asida y
»entre mis brazos.» Así que, Sancho, el haber
encontrado con estas imágenes ha sido para mí
felicísimo acontecimiento.”
  “Yo así lo creo”, respondió Sancho, “y
querría que vuestra merced me dijese qué es
la causa porque dicen los españoles cuando
quieren dar alguna batalla, inv