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OBRAS COMPLETAS
DE
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
_______
DON QUIJOTE DE LA MANCHA
TOMO II
Versión modernizada
Texto electrónico por
Fred F. Jehle
Copyright © 1931 Rodolfo Schevill
Copyright © 1996 Fred F. Jehle &
Purdue Research Foundation
OBRAS COMPLETAS
DE
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
_______
DON QUIJOTE
DE LA MANCHA
TOMO II
EDICIÓN PUBLICADA POR
RODOLFO SCHEVILL Y ADOLFO BONILLA
Profesor en la Profesor en la
Universidad de Universidad de
California (Berkeley). Madrid.
MADRID
GRÁFICAS REUNIDAS, S. A.
M. CM. XXXI.
p. 4
p. 5
ADVERTENCIA
Para ahorrar repeticiones enojosas, remito
al lector al Prólogo del primer tomo del
QUIJOTE, página 6 y siguientes. Empleando el
mismo proceder, he cotejado varios ejemplares
de la primera edición (A) en Nueva York,
Londres y España, y he señalado las variantes
y erratas de dichos ejemplares. He hojeado
también varios ejemplares de B y de C, y he
podido notar tanto en el grupo B como en el
de C algunas discrepancias, aunque de poca
importancia, siendo éstas, por la mayor parte,
erratas corregidas en uno que otro ejemplar.
El señalar en mis notas las erratas y las
variantes entre los ejemplares del grupo B y las
que se manifiestan entre los del grupo C, sería
nunca acabar. Por consiguiente, pienso
reservarlas para un estudio aparte si el cielo me
concede vida y fuerzas para emprenderlo.
R. S.
Berkeley, otoño de 1930.
p. 6
p. 7
CUARTA PARTE
DEL INGENIOSO
hidalgo don Quijote de
la Mancha.
Capítulo XXVIII 5
Que trata de la nueva y agradable aventura
que al cura y barbero sucedió en la
mesma sierra.
Felicísimos y venturosos fueron los tiempos
donde se echó al mundo el audacísimo caballero 10
don Quijote de la Mancha, pues por haber
tenido tan honrosa determinación, como fue el
querer resucitar y volver al mundo la ya
perdida y casi muerta orden de la andante
caballería, gozamos ahora, en esta nuestra edad, 15
necesitada de alegres entretenimientos, no sólo
de la dulzura de su verdadera historia, sino de
los cuentos y episodios de ella, que, en parte, no
son menos agradables y artificiosos y verdaderos
que la misma historia. La cual, prosiguiendo 20
su rastrillado, torcido y aspado hilo,
cuenta que, así como el cura comenzó a
prevenirse para consolar a Cardenio, lo impidió
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 8
una voz que llegó a sus oídos, que, con tristes
acentos, decía de esta manera:
¡Ay Dios! ¿Si será posible que he ya hallado
lugar que pueda servir de escondida sepultura
a la carga pesada de este cuerpo, que tan 5
contra mi voluntad sostengo? Sí será, si la
soledad que prometen estas sierras no me
miente. ¡Ay desdichada!, y cuán más agradable
compañía harán estos riscos y malezas a mi
intención --pues me darán lugar para que con 10
quejas comunique mi desgracia al cielo-- que
no la de ningún hombre humano, pues no hay
ninguno en la tierra de quien se pueda esperar
consejo en las dudas, alivio en las quejas, ni
remedio en los males. 15
Todas estas razones oyeron y percibieron el
cura y los que con él estaban; y por parecerles,
como ello era, que allí junto las decían, se
levantaron a buscar el dueño, y no hubieron
andado veinte pasos, cuando, detrás de un 20
peñasco, vieron sentado al pie de un fresno a
un mozo vestido como labrador, al cual,
por tener inclinado el rostro, a causa de que se
lavaba los pies en el arroyo que por allí corría,
no se le pudieron ver por entonces; y ellos 25
llegaron con tanto silencio, que de él no fueron
sentidos, ni él estaba a otra cosa atento que a
lavarse los pies, que eran tales, que no
parecían sino dos pedazos de blanco cristal que
entre las otras piedras del arroyo se habían 30
nacido. Suspendióles la blancura y belleza de los
pies, pareciéndoles que no estaban hechos a
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 9
pisar terrones, ni a andar tras el arado y los
bueyes, como mostraba el hábito de su dueño.
Y, así, viendo que no habían sido sentidos,
el cura, que iba delante, hizo señas a los
otros dos que se agazapasen o escondiesen 5
detrás de unos pedazos de peña que allí había;
y así lo hicieron todos, mirando con atención
lo que el mozo hacía, el cual traía puesto
un capotillo pardo de dos haldas, muy ceñido
al cuerpo con una toalla blanca. Traía, 10
asimismo, unos calzones y polainas de paño
pardo, y en la cabeza una montera parda.
Tenía las polainas levantadas hasta la
mitad de la pierna, que, sin duda alguna, de
blanco alabastro parecía. Acabóse de lavar los 15
hermosos pies, y luego, con un paño de tocar,
que sacó debajo de la montera, se los limpió;
y, al querer quitársele, alzó el rostro, y
tuvieron lugar los que mirándole estaban de ver
una hermosura incomparable, tal, que Cardenio 20
dijo al cura con voz baja:
Esta, ya que no es Luscinda, no es persona
humana, sino divina.
El mozo se quitó la montera, y, sacudiendo
la cabeza a una y a otra parte, se comenzaron 25
a descoger y esparcir unos cabellos que
pudieran los del sol tenerles envidia. Con esto
conocieron que el que parecía labrador era
mujer, y delicada, y aun la más hermosa que
hasta entonces los ojos de los dos habían visto, 30
y aun los de Cardenio, si no hubieran mirado
y conocido a Luscinda; que después afirmó
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 10
que sola la belleza de Luscinda podía contender
con aquélla. Los luengos y rubios cabellos,
no sólo le cubrieron las espaldas, mas toda en
torno la escondieron debajo de ellos, que, si
no eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo 5
se parecía: tales y tantos eran. En esto, les
sirvió de peine unas manos, que si los pies
en el agua habían parecido pedazos de cristal,
las manos en los cabellos semejaban pedazos
de apretada nieve; todo lo cual en más 10
admiración y en más deseo de saber quién era
ponía a los tres que la miraban.
Por esto determinaron de mostrarse, y, al
movimiento que hicieron de ponerse en pie, la
hermosa moza alzó la cabeza, y, apartándose 15
los cabellos de delante de los ojos con
entrambas manos, miró los que el ruido hacían; y
apenas los hubo visto, cuando se levantó en
pie, y sin aguardar a calzarse ni a recoger los
cabellos, asió con mucha presteza un bulto 20
como de ropa que junto a sí tenía, y quiso
ponerse en huida, llena de turbación y sobresalto.
Mas no hubo dado seis pasos, cuando, no
pudiendo sufrir los delicados pies la aspereza
de las piedras, dio consigo en el suelo; lo cual 25
visto por los tres, salieron a ella, y el cura fue
el primero que le dijo:
Deteneos, señora, quienquiera que seáis;
que los que aquí veis sólo tienen intención de
serviros. No hay para qué os pongáis en tan 30
impertinente huida, porque ni vuestros pies lo
podrán sufrir, ni nosotros consentir.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 11
A todo esto, ella no respondía palabra, atónita
y confusa. Llegaron, pues, a ella, y asiéndola
por la mano el cura, prosiguió diciendo:
Lo que vuestro traje, señora, nos niega,
vuestros cabellos nos descubren: señales 5
claras, que no deben de ser de poco momento las
causas que han disfrazado vuestra belleza en
hábito tan indigno, y traídola a tanta soledad
como es ésta, en la cual ha sido ventura el
hallaros, si no para dar remedio a vuestros 10
males, a lo menos, para darles consejo, pues
ningún mal puede fatigar tanto, ni llegar tan al
extremo de serlo, mientras no acaba la vida,
que rehuya de no escuchar siquiera el consejo
que con buena intención se le da al que lo 15
padece. Así que, señora mía, o señor mío, o lo
que vos quisiereis ser, perded el sobresalto
que nuestra vista os ha causado, y contadnos
vuestra buena o mala suerte; que en nosotros
juntos, o en cada uno, hallaréis quien os 20
ayude a sentir vuestras desgracias.
En tanto que el cura decía estas razones,
estaba la disfrazada moza como embelesada,
mirándolos a todos, sin mover labio ni decir
palabra alguna, bien así como rústico aldeano 25
que, de improviso, se le muestran cosas raras
y de él jamás vistas. Mas volviendo el cura
a decirle otras razones, al mismo efecto
encaminadas, dando ella un profundo suspiro,
rompió el silencio y dijo: 30
Pues que la soledad de estas sierras no ha
sido parte para encubrirme, ni la soltura de mis
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 12
descompuestos cabellos no ha permitido que
sea mentirosa mi lengua, en balde sería fingir
yo de nuevo ahora, lo que, si se me creyese,
sería más por cortesía que por otra razón
alguna. Presupuesto esto, digo, señores, que os 5
agradezco el ofrecimiento que me habéis hecho,
el cual me ha puesto en obligación de satisfaceros
en todo lo que me habéis pedido, puesto
que temo que la relación que os hiciere de mis
desdichas os ha de causar, al par de la compasión, 10
la pesadumbre, porque no habéis de hallar
remedio para remediarlas, ni consuelo para
entretenerlas. Pero con todo esto, porque no
ande vacilando mi honra en vuestras intenciones,
habiéndome ya conocido por mujer, y 15
viéndome moza, sola y en este traje, cosas
todas juntas, y cada una por sí, que pueden
echar por tierra cualquier honesto crédito, os
habré de decir lo que quisiera callar, si pudiera.
Todo esto dijo sin parar la que tan hermosa 20
mujer parecía, con tan suelta lengua, con voz
tan suave, que no menos les admiró su discreción
que su hermosura. Y, tornándole a hacer
nuevos ofrecimientos y nuevos ruegos para
que lo prometido cumpliese, ella, sin hacerse 25
más de rogar, calzándose con toda honestidad
y recogiendo sus cabellos, se acomodó en el
asiento de una piedra, y puestos los tres
alrededor de ella, haciéndose fuerza por detener
algunas lágrimas que a los ojos se le venían, 30
con voz reposada y clara comenzó la historia
de su vida de esta manera:
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 13
En esta Andalucía hay un lugar, de quien
toma título un duque, que le hace uno de
los que llaman grandes en España. Este tiene
dos hijos: el mayor, heredero de su estado, y, al
parecer, de sus buenas costumbres, y el menor, 5
no sé yo de qué sea heredero, sino de las
traiciones de Vellido y de los embustes de
Galalón. De este señor son vasallos mis padres,
humildes en linaje, pero tan ricos, que si los
bienes de su naturaleza igualaran a los de su 10
fortuna, ni ellos tuvieran más que desear, ni
yo temiera verme en la desdicha en que me
veo; porque quizá nace mi poca ventura de la
que no tuvieron ellos en no haber nacido
ilustres. Bien es verdad que no son tan bajos que 15
puedan afrentarse de su estado, ni tan altos
que a mí me quiten la imaginación que tengo
de que de su humildad viene mi desgracia.
Ellos, en fin, son labradores, gente llana, sin
mezcla de alguna raza mal sonante, y, como 20
suele decirse, cristianos viejos ranciosos, pero
tan ricos, que su riqueza y magnífico trato
les va poco a poco adquiriendo nombre de
hidalgos, y aun de caballeros, puesto que de la
mayor riqueza y nobleza que ellos se preciaban 25
era de tenerme a mí por hija; y así, por no
tener otra ni otro que los heredase, como
por ser padres y aficionados, yo era una de las
más regaladas hijas que padres jamás regalaron.
Era el espejo en que se miraban, el báculo 30
de su vejez y el sujeto a quien encaminaban,
midiéndolos con el cielo, todos sus deseos; de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 14
los cuales, por ser ellos tan buenos, los míos
no salían un punto. Y, del mismo modo que yo
era señora de sus ánimos, así lo era de su
hacienda. Por mí se recibían y despedían los
criados. La razón y cuenta de lo que se 5
sembraba y cogía pasaba por mi mano: los molinos
de aceite, los lagares del vino, el número
del ganado mayor y menor, el de las colmenas.
Finalmente, de todo aquello que un tan
rico labrador como mi padre puede tener, y 10
tiene, tenía yo la cuenta, y era la mayordoma
y señora, con tanta solicitud mía y con tanto
gusto suyo, que buenamente no acertaré a
encarecerlo.
Los ratos que del día me quedaban, 15
después de haber dado lo que convenía a los
mayorales, a capataces y a otros jornaleros, los
entretenía en ejercicios que son a las doncellas
tan lícitos como necesarios, como son los que
ofrece la aguja y la almohadilla, y la rueca 20
muchas veces; y, si alguna, por recrear el
ánimo, estos ejercicios dejaba, me acogía al
entretenimiento de leer algún libro devoto o a
tocar una arpa, porque la experiencia me
mostraba que la música compone los ánimos 25
descompuestos y alivia los trabajos que nacen
del espíritu.
Esta, pues, era la vida que yo tenía en casa
de mis padres, la cual si tan particularmente
he contado, no ha sido por ostentación, ni por 30
dar a entender que soy rica, sino porque se
advierta cuán sin culpa me he venido de aquel
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 15
buen estado que he dicho, al infeliz en que
ahora me hallo. Es, pues, el caso que pasando
mi vida en tantas ocupaciones y en un
encerramiento tal, que al de un monasterio pudiera
compararse, sin ser vista, a mi parecer, de 5
otra persona alguna que de los criados de
casa, porque los días que iba a misa era tan
de mañana, y tan acompañada de mi madre
y de otras criadas, y yo tan cubierta y recatada,
que apenas veían mis ojos más tierra de 10
aquélla donde ponía los pies, y, con todo
esto, los del amor, o los de la ociosidad, por
mejor decir, a quien los de lince no pueden
igualarse, me vieron, puestos en la solicitud
de don Fernando, que éste es el nombre del 15
hijo menor del duque que os he contado.
No hubo bien nombrado a don Fernando la
que el cuento contaba, cuando a Cardenio se
le mudó la color del rostro, y comenzó a
trasudar, con tan grande alteración, que el cura 20
y el barbero, que miraron en ello, temieron
que le venía aquel accidente de locura que
habían oído decir que de cuando en cuando
le venía. Mas Cardenio no hizo otra cosa que
trasudar y estarse quedo, mirando de hito en 25
hito a la labradora, imaginando quién ella era.
La cual, sin advertir en los movimientos de
Cardenio, prosiguió su historia, diciendo:
Y no me hubieron bien visto, cuando,
según él dijo después, quedó tan preso de mis 30
amores, cuanto lo dieron bien a entender sus
demostraciones. Mas por acabar presto con
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 16
el cuento, que no le tiene, de mis desdichas,
quiero pasar en silencio las diligencias que
don Fernando hizo para declararme su voluntad.
Sobornó toda la gente de mi casa, dio y
ofreció dádivas y mercedes a mis parientes. 5
Los días eran todos de fiesta y de regocijo en
mi calle; las noches no dejaban dormir a
nadie las músicas. Los billetes que, sin saber
cómo, a mis manos venían, eran infinitos,
llenos de enamoradas razones y ofrecimientos, 10
con menos letras que promesas y juramentos.
Todo lo cual no sólo no me ablandaba, pero
me endurecía de manera, como si fuera mi
mortal enemigo, y que todas las obras que
para reducirme a su voluntad hacía, las hiciera 15
para el efecto contrario; no porque a mí me
pareciese mal la gentileza de don Fernando, ni
que tuviese a demasía sus solicitudes,
porque me daba un no sé qué de contento verme
tan querida y estimada de un tan principal 20
caballero; y no me pesaba ver en sus papeles
mis alabanzas; que en esto, por feas que
seamos las mujeres, me parece a mí que siempre
nos da gusto el oír que nos llaman hermosas.
Pero a todo esto se opone mi honestidad 25
y los consejos continuos que mis padres me
daban, que ya muy al descubierto sabían la
voluntad de don Fernando, porque ya a él no
se le daba nada de que todo el mundo la
supiese. Decíanme mis padres que en sola 30
mi virtud y bondad dejaban y depositaban su
honra y fama, y que considerase la desigualdad
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 17
que había entre mí y don Fernando, y que
por aquí echaría de ver que sus pensamientos,
aunque él dijese otra cosa, más se encaminaban
a su gusto que a mi provecho; y que si
yo quisiese poner en alguna manera algún 5
inconveniente para que él se dejase de su
injusta pretensión, que ellos me casarían luego
con quien yo más gustase, así de los más
principales de nuestro lugar, como de todos los
circunvecinos, pues todo se podía esperar de 10
su mucha hacienda y de mi buena fama. Con
estos ciertos prometimientos, y con la verdad
que ellos me decían, fortificaba yo mi entereza,
y jamás quise responder a don Fernando
palabra que le pudiese mostrar, aunque de muy 15
lejos, esperanza de alcanzar su deseo. Todos
estos recatos míos, que él debía de tener por
desdenes, debieron de ser causa de avivar
más su lascivo apetito, que este nombre
quiero dar a la voluntad que me mostraba; la 20
cual, si ella fuera como debía, no la supierais
vosotros ahora, porque hubiera faltado la
ocasión de decírosla.
Finalmente, don Fernando supo que mis
padres andaban por darme estado, por quitarle 25
a él la esperanza de poseerme, o, a lo
menos, porque yo tuviese más guardas para
guardarme. Y esta nueva o sospecha fue causa
para que hiciese lo que ahora oiréis. Y fue
que una noche, estando yo en mi aposento, 30
con sola la compañía de una doncella que me
servía, teniendo bien cerradas las puertas, por
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 18
temor que, por descuido, mi honestidad no se
viese en peligro, sin saber ni imaginar cómo,
en medio de estos recatos y prevenciones, y en
la soledad de este silencio y encierro, me le
hallé delante, cuya vista me turbó de 5
manera, que me quitó la de mis ojos y me
enmudeció la lengua. Y, así, no fui poderosa de
dar voces, ni aun él creó que me las dejara
dar, porque luego se llegó a mí, y, tomándome
entre sus brazos, porque yo, como digo, no 10
tuve fuerzas para defenderme, según estaba
turbada, comenzó a decirme tales razones,
que no sé cómo es posible que tenga tanta
habilidad la mentira, que las sepa componer
de modo que parezcan tan verdaderas. Hacía 15
el traidor que sus lágrimas acreditasen sus
palabras, y los suspiros su intención. Yo,
pobrecilla, sola, entre los míos mal ejercitada
en casos semejantes, comencé, no sé en qué
modo, a tener por verdaderas tantas 20
falsedades; pero no de suerte que me moviesen a
compasión, menos que buena, sus lágrimas
y suspiros.
Y, así, pasándoseme aquel sobresalto
primero, torné algún tanto a cobrar mis perdidos 25
espíritus, y con más ánimo del que pensé
que pudiera tener, le dije: «Si como estoy,
»señor, en tus brazos, estuviera entre los de un
»león fiero, y el librarme de ellos se me
»asegurara con que hiciera o dijera cosa que fuera 30
»en perjuicio de mi honestidad, así fuera
»posible hacerla o decirla, como es posible dejar
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 19
»de haber sido lo que fue. Así que, si tú tienes
»ceñido mi cuerpo con tus brazos, yo tengo
»atada mi alma con mis buenos deseos, que
»son tan diferentes de los tuyos, como lo verás,
»si con hacerme fuerza quisieres pasar 5
»adelante en ellos. Tu vasalla soy, pero no tu
»esclava; ni tiene ni debe tener imperio la
»nobleza de tu sangre para deshonrar y tener
»en poco la humildad de la mía. Y en tanto
»me estimo yo, villana y labradora, como tú, 10
»señor y caballero. Conmigo no han de ser de
»ningún efecto tus fuerzas, ni han de tener
»valor tus riquezas, ni tus palabras han de
»poder engañarme, ni tus suspiros y lágrimas
»enternecerme. Si alguna de todas estas 15
»cosas que he dicho viera yo en el que mis
»padres me dieran por esposo, a su voluntad
»se ajustara la mía, y mi voluntad de la suya
»no saliera. De modo que, como quedara con
»honra, aunque quedara sin gusto, de grado 20
»le entregara lo que tú, señor, ahora con tanta
»fuerza procuras. Todo esto he dicho, porque
»no es pensar que de mí alcance cosa alguna
»el que no fuere mi legítimo esposo.» «Si no
»reparas más que en eso, bellísima Dorotea», 25
que éste es el nombre de esta desdichada --dijo
el desleal caballero--, «ves, aquí te doy la
»mano de serlo tuyo, y sean testigos de esta
»verdad los cielos, a quien ninguna cosa se
»esconde, y esta imagen de nuestra señora que 30
»aquí tienes.»
Cuando Cardenio le oyó decir que se llamaba
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 20
Dorotea, tornó de nuevo a sus sobresaltos,
y acabó de confirmar por verdadera su
primera opinión; pero no quiso interrumpir el
cuento por ver en qué venía a parar lo que él ya
casi sabía; sólo dijo: 5
¿Que Dorotea es tu nombre, señora? Otra
he oído yo decir del mismo, que quizá
corre parejas con tus desdichas. Pasa adelante;
que tiempo vendrá en que te diga cosas
que te espanten en el mismo grado que te 10
lastimen.
Reparó Dorotea en las razones de Cardenio,
y en su extraño y desastrado traje, y rogóle
que si alguna cosa de su hacienda sabía, se la
dijese luego; porque si algo le había dejado 15
bueno la fortuna, era el ánimo que tenía para
sufrir cualquier desastre que le sobreviniese,
segura de que, a su parecer, ninguno podía
llegar que el que tenía acrecentase un punto.
No le perdiera yo, señora, respondió 20
Cardenio, en decirte lo que pienso, si fuera
verdad lo que imagino, y hasta ahora no se pierde
coyuntura, ni a ti te importa nada el saberlo.
Sea lo que fuere, respondió Dorotea, lo
que en mi cuento pasa fue que, tomando don 25
Fernando una imagen que en aquel aposento
estaba, la puso por testigo de nuestro
desposorio. Con palabras eficacísimas y juramentos
extraordinarios me dio la palabra de ser mi
marido, puesto que, antes que acabase de 30
decirlas, le dije que mirase bien lo que hacía,
y que considerase el enojo que su padre había
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 21
de recibir de verle casado con una villana,
vasalla suya; que no le cegase mi hermosura,
tal cual era, pues no era bastante para hallar
en ella disculpa de su yerro, y que si algún
bien me quería hacer, por el amor que me 5
tenía, fuese dejar correr mi suerte a lo igual
de lo que mi calidad pedía, porque nunca
los tan desiguales casamientos se gozan, ni
duran mucho en aquel gusto con que se
comienzan. 10
Todas estas razones que aquí he dicho, le
dije, y otras muchas de que no me acuerdo;
pero no fueron parte para que él dejase de
seguir su intento, bien así como el que no
piensa pagar, que, al concertar de la barata, 15
no repara en inconvenientes. Yo, a esta sazón,
hice un breve discurso conmigo, y me dije a
mí misma: «Sí, que no seré yo la primera
»que por vía de matrimonio haya subido de
»humilde a grande estado, ni será don Fernando 20
»el primero a quien hermosura o ciega afición,
»que es lo más cierto, haya hecho tomar
»compañía desigual a su grandeza. Pues si no
»hago ni mundo ni uso nuevo, bien es acudir
»a esta honra que la suerte me ofrece, puesto 25
»que en éste no dure más la voluntad que me
»muestra de cuanto dure el cumplimiento de
»su deseo, que, en fin, para con Dios seré su
»esposa. Y si quiero con desdenes despedirle,
»en término le veo que no usando el 30
»que debe, usará el de la fuerza, y vendré a
»quedar deshonrada y sin disculpa de la culpa
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 22
»que me podía dar el que no supiere cuán
»sin ella he venido a este punto. Porque, ¿qué
»razones serán bastantes para persuadir a mis
»padres y a otros que este caballero entró en
»mi aposento sin consentimiento mío?» 5
Todas estas demandas y respuestas
revolví en un instante en la imaginación.
Y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza,
y a inclinarme a lo que fue, sin yo pensarlo,
mi perdición, los juramentos de don Fernando, 10
los testigos que ponía, las lágrimas que
derramaba, y, finalmente, su disposición
y gentileza, que, acompañada con tantas
muestras de verdadero amor, pudieran rendir
a otro tan libre y recatado corazón como el 15
mío. Llamé a mi criada para que en la tierra
acompañase a los testigos del cielo. Tornó
don Fernando a reiterar y confirmar sus
juramentos. Añadió a los primeros nuevos santos
por testigos; echóse mil futuras maldiciones 20
si no cumpliese lo que me prometía. Volvió
a humedecer sus ojos y a acrecentar sus
suspiros; apretóme más entre sus brazos,
de los cuales jamás me había dejado. Y, con
esto, y con volverse a salir del aposento mi 25
doncella, yo dejé de serlo y él acabó de ser
traidor y fementido.
El día que sucedió a la noche de mi
desgracia se venía aún no tan aprisa como yo
pienso que don Fernando deseaba, porque, 30
después de cumplido aquello que el apetito
pide, el mayor gusto que puede venir es
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 23
apartarse de donde le alcanzaron. Digo esto,
porque don Fernando dio prisa por partirse de
mí; y, por industria de mi doncella, que era
la misma que allí le había traído, antes que
amaneciese se vio en la calle. Y, al 5
despedirse de mí, aunque no con tanto ahínco y
vehemencia como cuando vino, me dijo que
estuviese segura de su fe y de ser firmes y
verdaderos sus juramentos; y para más
confirmación de su palabra, sacó un rico anillo 10
del dedo y lo puso en el mío. En efecto, él se
fue y yo quedé, ni sé si triste o alegre: esto
sé bien decir, que quedé confusa y pensativa,
y casi fuera de mí, con el nuevo acaecimiento,
y no tuve ánimo, o no se me acordó, de reñir 15
a mi doncella por la traición cometida de
encerrar a don Fernando en mi mismo aposento,
porque aún no me determinaba si era bien o
mal el que me había sucedido. Díjele, al partir,
a don Fernando que por el mismo camino 20
de aquélla podía verme otras noches, pues
ya era suya, hasta que, cuando él quisiese,
aquel hecho se publicase. Pero no vino otra
alguna, si no fue la siguiente, ni yo pude verle
en la calle ni en la iglesia en más de un mes, 25
que en vano me cansé en solicitarlo, puesto
que supe que estaba en la villa y que los más
días iba a caza, ejercicio de que él era muy
aficionado.
Estos días y estas horas bien sé yo que 30
para mí fueron aciagos y menguadas. Y bien
sé que comencé a dudar en ellos, y aun a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 24
descreer de la fe de don Fernando; y sé también
que mi doncella oyó entonces las palabras que,
en reprensión de su atrevimiento, antes no
había oído; y sé que me fue forzoso tener
cuenta con mis lágrimas y con la compostura de 5
mi rostro, por no dar ocasión a que mis padres
me preguntasen que de qué andaba descontenta
y me obligasen a buscar mentiras que
decirles. Pero todo esto se acabó en un punto,
llegándose uno donde se atropellaron respetos 10
y se acabaron los honrados discursos,
y adonde se perdió la paciencia y salieron a
plaza mis secretos pensamientos. Y esto fue
porque, de allí a pocos días, se dijo en el lugar
cómo en una ciudad allí cerca se había casado 15
don Fernando con una doncella hermosísima
en todo extremo y de muy principales padres,
aunque no tan rica, que por la dote pudiera
aspirar a tan noble casamiento. Díjose que se
llamaba Luscinda, con otras cosas que en sus 20
desposorios sucedieron, dignas de admiración.
Oyó Cardenio el nombre de Luscinda, y no
hizo otra cosa que encoger los hombros, morderse
los labios, enarcar las cejas y dejar de
allí a poco caer por sus ojos dos fuentes de 25
lágrimas. Mas no por esto dejó Dorotea de
seguir su cuento, diciendo:
Llegó esta triste nueva a mis oídos, y en
lugar de helárseme el corazón en oírla, fue tanta
la cólera y rabia que se encendió en él, que 30
faltó poco para no salirme por las calles
dando voces, publicando la alevosía y traición
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 25
que se me había hecho. Mas templóse esta furia
por entonces con pensar de poner aquella
misma noche por obra lo que puse, que fue
ponerme en este hábito que me dio uno de los
que llaman zagales en casa de los labradores, 5
que era criado de mi padre, al cual descubrí
toda mi desventura, y le rogué me acompañase
hasta la ciudad, donde entendí que mi
enemigo estaba. El, después que hubo reprendido
mi atrevimiento y afeado mi determinación, 10
viéndome resuelta en mi parecer, se
ofreció a tenerme compañía, como él dijo, hasta
el cabo del mundo. Luego, al momento encerré
en una almohada de lienzo un vestido de
mujer y algunas joyas y dineros, por lo que 15
podía suceder. Y en el silencio de aquella noche,
sin dar cuenta a mi traidora doncella, salí de
mi casa, acompañada de mi criado, y de
muchas imaginaciones, y me puse en camino de
la ciudad a pie, llevada en vuelo del deseo 20
de llegar, ya que no a estorbar lo que tenía
por hecho, a lo menos, a decir a don Fernando
me dijese con qué alma lo había hecho.
Llegué en dos días y medio donde quería,
y, en entrando por la ciudad, pregunté por la 25
casa de los padres de Luscinda; y al primero
a quien hice la pregunta, me respondió más
de lo que yo quisiera oír. Díjome la casa y
todo lo que había sucedido en el desposorio de
su hija; cosa tan pública en la ciudad, que se 30
hacen corrillos para contarla por toda ella.
Díjome que la noche que don Fernando se
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 26
desposó con Luscinda, después de haber ella dado
el sí de ser su esposa, le había tomado un recio
desmayo, y que, llegando su esposo a desabrocharle
el pecho para que le diese el aire, le
halló un papel escrito de la misma letra de 5
Luscinda, en que decía y declaraba que ella
no podía ser esposa de don Fernando, porque
lo era de Cardenio, que, a lo que el hombre
me dijo, era un caballero muy principal de la
misma ciudad; y que si había dado el sí a 10
don Fernando, fue por no salir de la obediencia
de sus padres. En resolución, tales razones
dijo que contenía el papel, que daba a entender
que ella había tenido intención de matarse en
acabándose de desposar, y daba allí las razones 15
por que se había quitado la vida; todo lo
cual dicen que confirmó una daga que le hallaron,
no sé en qué parte de sus vestidos. Todo
lo cual visto por don Fernando, pareciéndole
que Luscinda le había burlado y escarnecido y 20
tenido en poco, arremetió a ella antes que de
su desmayo volviese, y con la misma daga
que le hallaron la quiso dar de puñaladas, y lo
hiciera, si sus padres y los que se hallaron
presentes no se lo estorbaran. Dijeron más: que 25
luego se ausentó don Fernando, y que Luscinda
no había vuelto de su parasismo hasta otro
día, que contó a sus padres cómo ella era
verdadera esposa de aquel Cardenio que he dicho.
Supe más: que el Cardenio, según decían, 30
se halló presente a los desposorios, y que, en
viéndola desposada, lo cual él jamás pensó, se
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 27
salió de la ciudad desesperado, dejándole
primero escrita una carta, donde daba a entender
el agravio que Luscinda le había hecho, y de
cómo él se iba adonde gentes no le viesen.
Esto todo era público y notorio en toda la 5
ciudad, y todos hablaban de ello; y más hablaron
cuando supieron que Luscinda había faltado de
casa de sus padres y de la ciudad, pues no
la hallaron en toda ella; de que perdían el
juicio sus padres y no sabían qué medio se tomar 10
para hallarla. Esto que supe puso en bando
mis esperanzas, y tuve por mejor no haber
hallado a don Fernando, que no hallarle
casado, pareciéndome que aún no estaba del todo
cerrada la puerta a mi remedio, dándome yo 15
a entender que podría ser que el cielo hubiese
puesto aquel impedimento en el segundo
matrimonio, por atraerle a conocer lo que al
primero debía, y a caer en la cuenta de que era
cristiano, y que estaba más obligado a su 20
alma que a los respetos humanos.
Todas estas cosas revolvía en mi fantasía,
y me consolaba sin tener consuelo, fingiendo
unas esperanzas largas y desmayadas para
entretener la vida, que ya aborrezco. Estando, 25
pues, en la ciudad, sin saber qué hacerme,
pues a don Fernando no hallaba, llegó a mis
oídos un público pregón, donde se prometía
grande hallazgo a quien me hallase, dando
las señas de la edad y del mismo traje que 30
traía. Y oí decir que se decía que me había
sacado de casa de mis padres el mozo que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 28
conmigo vino, cosa que me llegó al alma, por ver
cuán de caída andaba mi crédito, pues no
bastaba perderle con mi venida, sino añadir el
con quién, siendo sujeto tan bajo y tan
indigno de mis buenos pensamientos. Al punto 5
que oí el pregón, me salí de la ciudad con
mi criado, que ya comenzaba a dar muestras
de titubear en la fe que de fidelidad me tenía
prometida, y aquella noche nos entramos por
lo espeso de esta montaña, con el miedo de 10
no ser hallados.
Pero como suele decirse que un mal llama
a otro, y que el fin de una desgracia suele ser
principio de otra mayor, así me sucedió a mí;
porque mi buen criado, hasta entonces fiel y 15
seguro, así como me vio en esta soledad,
incitado de su misma bellaquería antes que
de mi hermosura, quiso aprovecharse de la
ocasión que, a su parecer, estos yermos le
ofrecían. Y con poca vergüenza y menos temor de 20
Dios, ni respeto mío, me requirió de amores;
y viendo que yo, con feas y justas palabras,
respondía a las desvergüenzas de sus
propósitos, dejó aparte los ruegos, de quien
primero pensó aprovecharse, y comenzó a usar 25
de la fuerza. Pero el justo cielo, que pocas o
ningunas veces deja de mirar y favorecer a
las justas intenciones, favoreció las mías de
manera, que, con mis pocas fuerzas y con poco
trabajo, di con él por un derrumbadero, donde 30
le dejé, ni sé si muerto o si vivo. Y luego, con
más ligereza que mi sobresalto y cansancio
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 29
pedían, me entré por estas montañas, sin llevar
otro pensamiento ni otro designio que
esconderme en ellas y huir de mi padre y de
aquellos que de su parte me andaban buscando.
Con este deseo ha no sé cuántos meses 5
que entré en ellas, donde hallé un ganadero
que me llevó por su criado a un lugar que está
en las entrañas de esta sierra, al cual he servido
de zagal todo este tiempo, procurando estar
siempre en el campo por encubrir estos cabellos 10
que ahora, tan sin pensarlo, me han descubierto.
Pero toda mi industria y toda mi solicitud
fue, y ha sido, de ningún provecho, pues
mi amo vino en conocimiento de que yo no
era varón, y nació en él el mismo mal 15
pensamiento que en mi criado; y como no siempre
la fortuna con los trabajos da los remedios, no
hallé derrumbadero ni barranco de donde
despeñar y despenar al amo, como le hallé para
el criado. Y, así, tuve por menor inconveniente 20
dejarle y esconderme de nuevo entre estas
asperezas que probar con él mis fuerzas o mis
disculpas. Digo, pues, que me torné a
emboscar y a buscar donde, sin impedimento
alguno, pudiese con suspiros y lágrimas 25
rogar al cielo se duela de mi desventura y me
dé industria y favor para salir de ella, o para
dejar la vida entre estas soledades, sin que
quede memoria de esta triste, que tan sin culpa
suya habrá dado materia para que de ella se 30
hable y murmure en la suya y en las ajenas
tierras.
p. 30
Capítulo XXIX
Que trata de la discreción de la hermosa
Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y
pasatiempo.
Esta es, señores, la verdadera historia de 5
mi tragedia: mirad y juzgad ahora si los suspiros
que escuchasteis, las palabras que oísteis
y las lágrimas que de mis ojos salían, tenían
ocasión bastante para mostrarse en mayor
abundancia; y considerada la calidad de mi 10
desgracia, veréis que será en vano el consuelo,
pues es imposible el remedio de ella. Sólo
os ruego, lo que con facilidad podréis y
debéis hacer, que me aconsejéis dónde podré
pasar la vida, sin que me acabe el temor y 15
sobresalto que tengo de ser hallada de los
que me buscan; que, aunque sé que el mucho
amor que mis padres me tienen me asegura
que seré de ellos bien recibida, es tanta la
vergüenza que me ocupa sólo al pensar 20
que, no como ellos pensaban, tengo de
parecer a su presencia, que tengo por mejor
desterrarme para siempre de ser vista, que no
verles el rostro con pensamiento que ellos
miran el mío ajeno de la honestidad que de 25
mí se debían de tener prometida.
Calló en diciendo esto, y el rostro se le
cubrió de un color que mostró bien claro el
sentimiento y vergüenza del alma. En las suyas
sintieron los que escuchado la habían tanta 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 31
lástima como admiración de su desgracia;
y aunque luego quisiera el cura consolarla y
aconsejarla, tomó primero la mano Cardenio,
diciendo:
En fin, señora, que tú eres la hermosa 5
Dorotea, la hija única del rico Clenardo.
Admirada quedó Dorotea cuando oyó el
nombre de su padre, y de ver cuán de poco
era el que le nombraba, porque ya se ha dicho
de la mala manera que Cardenio estaba 10
vestido. Y, así, le dijo:
¿Y quién sois vos, hermano, que así
sabéis el nombre de mi padre? Porque yo, hasta
ahora, si mal no me acuerdo, en todo el
discurso del cuento de mi desdicha no le he 15
nombrado.
Soy, respondió Cardenio, aquel sin
ventura que, según vos, señora, habéis dicho,
Luscinda dijo que era su esposo. Soy el desdichado
Cardenio, a quien el mal término de aquel 20
que a vos os ha puesto en el que estáis, me
ha traído a que me veáis, cual me veis, roto,
desnudo, falto de todo humano consuelo, y, lo
que es peor de todo, falto de juicio, pues no
le tengo sino cuando al cielo se le antoja 25
dármele por algún breve espacio. Yo [Dorotea],
soy el que me hallé presente a las sinrazones
de don Fernando, y el que aguardó oír el sí
que de ser su esposa pronunció Luscinda. Yo
soy el que no tuvo ánimo para ver en qué 30
paraba su desmayo, ni lo que resultaba del papel
que le fue hallado en el pecho, porque no tuvo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 32
el alma sufrimiento para ver tantas desventuras
juntas; y, así, dejé la casa y la paciencia,
y una carta que dejé a un huésped mío, a
quien rogué que en manos de Luscinda la
pusiese, y víneme a estas soledades con 5
intención de acabar en ellas la vida, que desde
aquel punto aborrecí como mortal enemiga
mía. Mas no ha querido la suerte quitármela,
contentándose con quitarme el juicio, quizá
por guardarme para la buena ventura que he 10
tenido en hallaros, pues siendo verdad, como
creo que lo es, lo que aquí habéis contado,
aún podría ser que a entrambos nos tuviese
el cielo guardado mejor suceso en nuestros
desastres que nosotros pensamos. Porque 15
presupuesto que Luscinda no puede casarse con
don Fernando, por ser mía, ni don Fernando
con ella, por ser vuestro, y haberlo ella tan
manifiestamente declarado, bien podemos esperar
que el cielo nos restituya lo que es nuestro, 20
pues está todavía en ser y no se ha enajenado
ni deshecho. Y pues este consuelo tenemos,
nacido no de muy remota esperanza, ni fundado
en desvariadas imaginaciones, suplícoos,
señora, que toméis otra resolución en vuestros 25
honrados pensamientos, pues yo la pienso
tomar en los míos, acomodándoos a esperar
mejor fortuna; que yo os juro por la fe de
caballero y de cristiano de no desampararos
hasta veros en poder de don Fernando, y que, 30
cuando con razones no le pudiere atraer a que
conozca lo que os debe, de usar entonces la
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 33
libertad que me concede el ser caballero y
poder, con justo título, desafiarle en razón de la
sinrazón que os hace, sin acordarme de mis
agravios, cuya venganza dejaré al cielo por
acudir en la tierra a los vuestros. 5
Con lo que Cardenio dijo se acabó de admirar
Dorotea, y por no saber qué gracias volver
a tan grandes ofrecimientos, quiso tomarle
los pies para besárselos, mas no lo consintió
Cardenio; y el licenciado respondió por 10
entrambos y aprobó el buen discurso de Cardenio,
y, sobre todo, les rogó, aconsejó y persuadió
que se fuesen con él a su aldea, donde se
podrían reparar de las cosas que les faltaban,
y que allí se daría orden cómo buscar a don 15
Fernando, o cómo llevar a Dorotea a sus padres,
o hacer lo que más les pareciese conveniente.
Cardenio y Dorotea se lo agradecieron
y aceptaron la merced que se les ofrecía. El
barbero, que a todo había estado suspenso y 20
callado, hizo también su buena plática y se
ofreció, con no menos voluntad que el cura, a
todo aquello que fuese bueno para servirles.
Contó, asimismo, con brevedad la causa
que allí los había traído, con la extrañeza de la 25
locura de don Quijote, y cómo aguardaban a
su escudero, que había ido a buscarle. Vínosele
a la memoria a Cardenio, como por sueños, la
pendencia que con don Quijote había tenido, y
contóla a los demás; mas no supo decir por 30
qué causa fue su cuestión.
En esto, oyeron voces y conocieron que el
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 34
que las daba era Sancho Panza, que, por no
haberlos hallado en el lugar donde los dejó, los
llamaba a voces. Saliéronle al encuentro, y
preguntándole por don Quijote, les dijo
cómo le había hallado desnudo en camisa, 5
flaco, amarillo y muerto de hambre, y
suspirando por su señora Dulcinea; y que, puesto
que le había dicho que ella le mandaba que
saliese de aquel lugar y se fuese al del
Toboso, donde le quedaba esperando, había 10
respondido que estaba determinado de no parecer
ante su fermosura fasta que hubiese fecho
fazañas que le ficiesen digno de su gracia. Y
que si aquello pasaba adelante, corría peligro
de no venir a ser emperador, como estaba 15
obligado, ni aun arzobispo, que era lo menos
que podía ser. Por eso, que mirasen lo que
se había de hacer para sacarle de allí.
El licenciado le respondió que no tuviese
pena; que ellos le sacarían de allí, mal que le 20
pesase. Contó luego a Cardenio y a Dorotea lo
que tenían pensado para remedio de don Quijote,
a lo menos, para llevarle a su casa. A lo
cual dijo Dorotea que ella haría la doncella
menesterosa mejor que el barbero, y más, que 25
tenía allí vestidos con que hacerlo al natural, y
que la dejasen el cargo de saber representar
todo aquello que fuese menester para llevar
adelante su intento, porque ella había leído
muchos libros de caballerías y sabía bien el 30
estilo que tenían las doncellas cuitadas cuando
pedían sus dones a los andantes caballeros.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 35
Pues no es menester más, dijo el cura,
sino que luego se ponga por obra; que, sin
duda, la buena suerte se muestra en favor
mío, pues tan sin pensarlo, a vosotros,
señores, se os ha comenzado a abrir puerta para 5
vuestro remedio, y a nosotros se nos ha
facilitado la que habíamos menester.
Sacó luego Dorotea de su almohada una
saya entera de cierta telilla rica y una mantellina
de otra vistosa tela verde, y de una cajita 10
un collar y otras joyas, con que en un instante
se adornó, de manera, que una rica y gran
señora parecía. Todo aquello y más dijo que
había sacado de su casa para lo que se ofreciese,
y que hasta entonces no se le había ofrecido 15
ocasión de haberlo menester. A todos contentó
en extremo su mucha gracia, donaire y
hermosura, y confirmaron a don Fernando por de
poco conocimiento, pues tanta belleza
desechaba. 20
Pero el que más se admiró fue Sancho Panza,
por parecerle, como era así verdad, que
en todos los días de su vida había visto tan
hermosa criatura; y, así, preguntó al cura con
grande ahínco le dijese quién era aquella 25
tan fermosa señora y qué era lo que buscaba
por aquellos andurriales.
Esta hermosa señora, respondió el cura,
Sancho hermano, es, como quien no dice
nada, es la heredera, por línea recta de varón, 30
del gran reino de Micomicón, la cual viene en
busca de vuestro amo a pedirle un don, el cual
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 36
es que le desfaga un tuerto o agravio que un
mal gigante le tiene fecho; y a la fama que de
buen caballero vuestro amo tiene por todo
lo descubierto, de Guinea ha venido a
buscarle esta princesa. 5
¡Dichosa buscada y dichoso hallazgo!, dijo
a esta sazón Sancho Panza; y más si mi
amo es tan venturoso que desfaga ese
agravio y enderece ese tuerto, matando a
ese hideputa de ese gigante que vuestra merced 10
dice; que sí matará, si él le encuentra, si
ya no fuese fantasma; que contra las fantasmas
no tiene mi señor poder alguno. Pero una
cosa quiero suplicar a vuestra merced, entre
otras, señor licenciado, y es que porque a mi 15
amo no le tome gana de ser arzobispo, que es
lo que yo temo, que vuestra merced le aconseje
que se case luego con esta princesa, y
así quedará imposibilitado de recibir órdenes
arzobispales, y vendrá con facilidad a 20
su imperio, y yo al fin de mis deseos; que yo
he mirado bien en ello y hallo por mi cuenta
que no me está bien que mi amo sea arzobispo,
porque yo soy inútil para la Iglesia, pues
soy casado, y andarme ahora a traer dispensaciones 25
para poder tener renta por la Iglesia,
teniendo, como tengo, mujer e hijos, sería
nunca acabar. Así que, señor, todo el toque
está en que mi amo se case luego con esta
señora, que hasta ahora no sé su gracia, y así 30
no la llamo por su nombre.
Llámase, respondió el cura, la princesa
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 37
Micomicona, porque llamándose su reino
Micomicón, claro está que ella se ha de llamar
así.
No hay duda en eso, respondió Sancho;
que yo he visto a muchos tomar el apellido y 5
alcurnia del lugar donde nacieron, llamándose
Pedro de Alcalá, Juan de Ubeda y Diego de
Valladolid; y esto mismo se debe de usar allá
en Guinea: tomar las reinas los nombres de
sus reinos. 10
Así debe de ser, dijo el cura; y en lo
del casarse vuestro amo, yo haré en ello
todos mis poderíos.
Con lo que quedó tan contento Sancho,
cuanto el cura admirado de su simplicidad y 15
de ver cuán encajados tenía en la fantasía los
mismos disparates que su amo, pues sin
alguna duda se daba a entender que había de
venir a ser emperador. Ya en esto se había
puesto Dorotea sobre la mula del cura, y el 20
barbero se había acomodado al rostro la barba
de la cola de buey, y dijeron a Sancho que
los guiase adonde don Quijote estaba, al cual
advirtieron que no dijese que conocía al
licenciado ni al barbero, porque en no 25
conocerlos consistía todo el toque de venir a ser
emperador su amo; puesto que ni el cura ni
Cardenio quisieron ir con ellos, porque no se
le acordase a don Quijote la pendencia que
con Cardenio había tenido, y el cura porque 30
no era menester por entonces su presencia. Y,
así, los dejaron ir delante y ellos los fueron
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 38
siguiendo a pie, poco a poco. No dejó de avisar
el cura lo que había de hacer Dorotea, a lo que
ella dijo que descuidasen: que todo se haría
sin faltar punto, como lo pedían y pintaban los
libros de caballerías. 5
Tres cuartos de legua habrían andado,
cuando descubrieron a don Quijote entre unas
intricadas peñas, ya vestido, aunque no armado;
y así como Dorotea le vio y fue informada de
Sancho que aquél era don Quijote, dio del 10
azote a su palafrén, siguiéndole el bien
barbado barbero. Y, en llegando junto a él, el
escudero se arrojó de la mula y fue a tomar en los
brazos a Dorotea, la cual, apeándose con grande
desenvoltura, se fue a hincar de rodillas 15
ante las de don Quijote, y, aunque él pugnaba
por levantarla, ella, sin levantarse, le
fabló en esta guisa:
De aquí no me levantaré, ¡oh valeroso y
esforzado caballero!, fasta que la vuestra bondad 20
y cortesía me otorgue un don, el cual redundará
en honra y prez de vuestra persona, y en
pro de la más desconsolada y agraviada doncella
que el sol ha visto. Y si es que el valor
de vuestro fuerte brazo corresponde a la voz 25
de vuestra inmortal fama, obligado estáis
a favorecer a la sin ventura que de tan lueñes
tierras viene, al olor de vuestro famoso
nombre, buscándoos para remedio de sus
desdichas. 30
No os responderé palabra, fermosa señora,
respondió don Quijote, ni oiré más cosa
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 39
de vuestra facienda, fasta que os levantéis de
tierra.
No me levantaré, señor, respondió la
afligida doncella, si primero, por la vuestra
cortesía, no me es otorgado el don que pido. 5
Yo vos le otorgo y concedo, respondió
don Quijote, como no se haya de cumplir en
daño o mengua de mi rey, de mi patria y de
aquella que de mi corazón y libertad tiene la
llave. 10
No será en daño ni en mengua de los que
decís, mi buen señor, replicó la dolorosa
doncella.
Y, estando en esto, se llegó Sancho Panza
al oído de su señor, y muy pasito le dijo: 15
Bien puede vuestra merced, señor, concederle
el don que pide, que no es cosa de nada:
sólo es matar a un gigantazo; y esta que lo
pide es la alta princesa Micomicona, reina del
gran reino Micomicón, de Etiopía. 20
Sea quien fuere, respondió don Quijote;
que yo haré lo que soy obligado y lo que me
dicta mi conciencia, conforme a lo que
profesado tengo.
Y, volviéndose a la doncella, dijo: 25
La vuestra gran fermosura se levante; que
yo le otorgo el don que pedirme quisiere.
Pues el que pido es, dijo la doncella, que
la vuestra magnánima persona se venga luego
conmigo donde yo le llevare, y me prometa 30
que no se ha de entremeter en otra aventura
ni demanda alguna hasta darme venganza de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 40
un traidor que, contra todo derecho divino y
humano, me tiene usurpado mi reino.
Digo que así lo otorgo, respondió don
Quijote, y así podéis, señora, desde hoy más,
desechar la melancolía que os fatiga y 5
hacer que cobre nuevos bríos y fuerzas vuestra
desmayada esperanza; que, con el ayuda de
Dios y la de mi brazo, vos os veréis presto
restituida en vuestro reino y sentada en la
silla de vuestro antiguo y grande estado, a 10
pesar y a despecho de los follones que
contradecirlo quisieren; y manos a labor, que en la
tardanza dicen que suele estar el peligro.
La menesterosa doncella pugnó con mucha
porfía por besarle las manos; mas don Quijote, 15
que en todo era comedido y cortés caballero,
jamás lo consintió; antes la hizo levantar
y la abrazó con mucha cortesía y comedimiento;
y mandó a Sancho que requiriese las
cinchas a Rocinante, y le armase luego al punto. 20
Sancho descolgó las armas, que, como trofeo,
de un árbol estaban pendientes, y, requiriendo
las cinchas, en un punto armó a su señor, el
cual, viéndose armado, dijo:
Vamos de aquí, en el nombre de Dios, a 25
favorecer esta gran señora.
Estábase el barbero aún de rodillas, teniendo
gran cuenta de disimular la risa y de que
no se le cayese la barba, con cuya caída
quizá quedaran todos sin conseguir su buena 30
intención; y, viendo que ya el don estaba
concedido, y con la diligencia que don Quijote
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 41
se alistaba para ir a cumplirle, se levantó y
tomó de la otra mano a su señora, y entre
los dos la subieron en la mula; luego subió
don Quijote sobre Rocinante y el barbero se
acomodó en su cabalgadura, quedándose 5
Sancho a pie, donde de nuevo se le renovó la
pérdida del rucio, con la falta que entonces
le hacía; mas todo lo llevaba con gusto, por
parecerle que ya su señor estaba puesto en
camino y muy a pique de ser emperador, porque, 10
sin duda alguna, pensaba que se había de
casar con aquella princesa y ser, por lo
menos, rey de Micomicón; sólo le daba pesadumbre
el pensar que aquel reino era en tierra
de negros, y que la gente que por sus vasallos 15
le diesen habían de ser todos negros, a
lo cual hizo luego en su imaginación un buen
remedio, y díjose a sí mismo:
¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean
negros? ¿Habrá más que cargar con ellos y 20
traerlos a España, donde los podré vender, y
adonde me los pagarán de contado, de cuyo
dinero podré comprar algún título o algún
oficio con que vivir descansado todos los días
de mi vida? ¡No, sino dormíos, y no tengáis 25
ingenio ni habilidad para disponer de las cosas
y para vender treinta o diez mil vasallos en
dácame esas pajas! ¡Por Dios que los he de
volar, chico con grande, o como pudiere; y que
por negros que sean los he de volver blancos, 30
o amarillos; llegaos, que me mamo el dedo!
Con esto andaba tan solícito y tan contento,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 42
que se le olvidaba la pesadumbre de caminar
a pie.
Todo esto miraban de entre unas breñas
Cardenio y el cura, y no sabían qué hacerse
para juntarse con ellos; pero el cura, que era 5
gran tracista, imaginó luego lo que harían para
conseguir lo que deseaban, y fue que, con
unas tijeras que traía en un estuche, quitó
con mucha presteza la barba a Cardenio y
vistióle un capotillo pardo que él traía, y diole 10
un herreruelo negro, y él se quedó en calzas
y en jubón; y quedó tan otro de lo que antes
parecía Cardenio, que él mismo no se
conociera, aunque a un espejo se mirara. Hecho
esto, puesto ya que los otros habían pasado 15
adelante en tanto que ellos se disfrazaron, con
facilidad salieron al camino real antes que
ellos, porque las malezas y malos pasos de
aquellos lugares no concedían que anduviesen
tanto los de a caballo como los de a pie. 20
En efecto, ellos se pusieron en el llano a la
salida de la sierra, y así como salió de ella don
Quijote y sus camaradas, el cura se le puso a
mirar muy despacio, dando señales de que
le iba reconociendo; y al cabo de haberle una 25
buena pieza estado mirando, se fue a él
abiertos los brazos y diciendo a voces:
¡Para bien sea hallado el espejo de la
caballería, el mi buen compatriota don Quijote
de la Mancha, la flor y la nata de la gentileza, 30
el amparo y remedio de los menesterosos, la
quinta esencia de los caballeros andantes!
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 43
Y, diciendo esto, tenía abrazado por la
rodilla de la pierna izquierda a don Quijote, el
cual, espantado de lo que veía y oía decir
y hacer aquel hombre, se le puso a mirar
con atención, y, al fin, le conoció, y quedó 5
como espantado de verle, e hizo grande fuerza
por apearse; mas el cura no lo consintió, por
lo cual don Quijote decía:
Déjeme vuestra merced, señor licenciado;
que no es razón que yo esté a caballo, y una 10
tan reverenda persona como vuestra merced
esté a pie.
Eso no consentiré yo en ningún modo,
dijo el cura; estése la vuestra grandeza a
caballo, pues estando a caballo acaba las 15
mayores fazañas y aventuras que en nuestra edad
se han visto; que a mí, aunque indigno
sacerdote, bastaráme subir en las ancas de una
de estas mulas de estos señores que con vuestra
merced caminan, si no lo han por enojo. Y aun 20
haré cuenta que voy caballero sobre el caballo
Pegaso, o sobre la cebra o alfana en que
cabalgaba aquel famoso moro Muzaraque, que
aun hasta ahora yace encantado en la gran
cuesta Zulema, que dista poco de la gran 25
Compluto.
Aún no caía yo en tanto, mi señor licenciado,
respondió don Quijote, y yo sé que mi
señora la princesa será servida, por mi amor,
de mandar a su escudero dé a vuestra merced 30
la silla de su mula; que él podrá acomodarse
en las ancas, si es que ella las sufre.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 44
Sí sufre, a lo que yo creo, respondió la
princesa; y también sé que no será menester
mandárselo al señor mi escudero, que él es
tan cortés y tan cortesano, que no consentirá
que una persona eclesiástica vaya a pie, 5
pudiendo ir a caballo.
Así es, respondió el barbero.
Y, apeándose en un punto, convidó al cura
con la silla, y él la tomó sin hacerse mucho de
rogar. Y fue el mal que, al subir a las ancas el 10
barbero, la mula, que, en efecto, era de alquiler,
que para decir que era mala esto basta, alzó
un poco los cuartos traseros y dio dos coces
en el aire, que a darlas en el pecho de maese
Nicolás, o en la cabeza, él diera al diablo la 15
venida por don Quijote. Con todo eso le
sobresaltaron de manera, que cayó en el suelo,
con tan poco cuidado de las barbas, que se
le cayeron en el suelo; y como se vio sin
ellas, no tuvo otro remedio sino acudir a 20
cubrirse el rostro con ambas manos y a quejarse
que le habían derribado las muelas. Don
Quijote, como vio todo aquel mazo de barbas
sin quijadas y sin sangre, lejos del rostro del
escudero caído, dijo: 25
¡Vive Dios, que es gran milagro éste! ¡Las
barbas le ha derribado y arrancado del rostro,
como si las quitaran aposta!
El cura, que vio el peligro que corría su
invención de ser descubierta, acudió luego a las 30
barbas y fuese con ellas adonde yacía maese
Nicolás, dando aún voces todavía; y de un
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 45
golpe, llegándole la cabeza a su pecho, se las
puso, murmurando sobre él unas palabras, que
dijo que era cierto ensalmo apropiado para
pegar barbas, como lo verían; y, cuando se las
tuvo puestas, se apartó, y quedó el escudero 5
tan bien barbado y tan sano como de antes;
de que se admiró don Quijote sobremanera
y rogó al cura que, cuando tuviese lugar, le
enseñase aquel ensalmo; que él entendía que
su virtud a más que pegar barbas se debía de 10
extender, pues estaba claro que de donde las
barbas se quitasen había de quedar la carne
llagada y maltrecha; y que pues todo lo
sanaba, a más que barbas aprovechaba.
Así es, dijo el cura; y prometió de 15
enseñársele en la primera ocasión.
Concertáronse que, por entonces, subiese
el cura, y a trechos se fuesen los tres mudando,
hasta que llegasen a la venta, que estaría
hasta dos leguas de allí. Puestos los tres a 20
caballo, es a saber, don Quijote, la princesa y
el cura, y los tres a pie, Cardenio, el barbero
y Sancho Panza, don Quijote dijo a la
doncella:
Vuestra grandeza, señora mía, guíe por 25
donde más gusto le diere.
Y antes que ella respondiese, dijo el
licenciado:
¿Hacia qué reino quiere guiar la vuestra
señoría? ¿Es por ventura hacia el de 30
Micomicón? Que sí debe de ser, o yo sé poco de
reinos.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 46
Ella, que estaba bien en todo, entendió que
había de responder que sí; y, así, dijo:
Sí, señor; hacia ese reino es mi camino.
Si así es, dijo el cura, por la mitad de
mi pueblo hemos de pasar, y de allí tomará 5
vuestra merced la derrota de Cartagena, donde
se podrá embarcar con la buena ventura; y si
hay viento próspero, mar tranquilo y sin
borrasca, en poco menos de nueve años se podrá
estar a vista de la gran laguna Meona, digo 10
Meótides, que está poco más de cien jornadas
más acá del reino de vuestra grandeza.
Vuestra merced está engañado, señor mío,
dijo ella, porque no ha dos años que yo partí
de él, y, en verdad, que nunca tuve buen 15
tiempo; y, con todo eso, he llegado a ver lo que
tanto deseaba, que es al señor don Quijote
de la Mancha, cuyas nuevas llegaron a mis
oídos así como puse los pies en España, y
ellas me movieron a buscarle para encomendarme 20
en su cortesía y fiar mi justicia del
valor de su invencible brazo.
¡No más; cesen mis alabanzas!, dijo a
esta sazón don Quijote, porque soy enemigo
de todo género de adulación, y, aunque ésta 25
no lo sea, todavía ofenden mis castas orejas
semejantes pláticas. Lo que yo sé decir, señora
mía, que ora tenga valor o no, el que tuviere
o no tuviere, se ha de emplear en vuestro
servicio hasta perder la vida; y, así, dejando 30
esto para su tiempo, ruego al señor licenciado
me diga qué es la causa que le ha traído por
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 47
estas partes, tan solo, y tan sin criados, y
tan a la ligera, que me pone espanto.
A eso yo responderé con brevedad,
respondió el cura, porque sabrá vuestra merced,
señor don Quijote, que yo y maese Nicolás, 5
nuestro amigo y nuestro barbero, íbamos a
Sevilla a cobrar cierto dinero que un pariente
mío, que ha muchos años que pasó a Indias,
me había enviado, y no tan pocos que no
pasan de sesenta mil pesos ensayados, que es 10
otro que tal, y, pasando ayer por estos
lugares, nos salieron al encuentro cuatro
salteadores y nos quitaron hasta las barbas; y de
modo nos las quitaron, que le convino al
barbero ponérselas postizas; y aun a este 15
mancebo que aquí va --señalando a Cardenio-- le
pusieron como de nuevo. Y es lo bueno, que
es pública fama por todos estos contornos, que
los que nos saltearon son de unos galeotes
que dicen que libertó, casi en este mismo 20
sitio, un hombre tan valiente, que, a pesar del
comisario y de las guardas, los soltó a todos;
y, sin duda alguna, él debía de estar fuera de
juicio, o debe de ser tan grande bellaco como
ellos, o algún hombre sin alma y sin conciencia, 25
pues quiso soltar al lobo entre las ovejas,
a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre
la miel; quiso defraudar la justicia, ir contra
su rey y señor natural, pues fue contra sus
justos mandamientos. Quiso, digo, quitar a las 30
galeras sus pies, poner en alboroto a la Santa
Hermandad, que había muchos años que reposaba.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 48
Quiso, finalmente, hacer un hecho por
donde se pierda su alma y no se gane su
cuerpo.
Habíales contado Sancho al cura y al barbero
la aventura de los galeotes, que acabó su 5
amo con tanta gloria suya, y por esto cargaba
la mano el cura refiriéndola, por ver lo que
hacía o decía don Quijote, al cual se le
mudaba la color a cada palabra, y no osaba
decir que él había sido el libertador de aquella 10
buena gente.
Estos, pues, dijo el cura, fueron los que
nos robaron; ¡que Dios por su misericordia se
lo perdone al que no los dejó llevar al debido
suplicio! 15
p. 49
Capítulo XXX
Que trata del gracioso artificio y orden que se
tuvo en sacar a nuestro enamorado caballero
de la asperísima penitencia en que se había
puesto. 5
No hubo bien acabado el cura, cuando Sancho
dijo:
Pues mía fe, señor licenciado, el que hizo
esa fazaña fue mi amo, y no porque yo no le
dije antes y le avisé que mirase lo que 10
hacía, y que era pecado darles libertad, porque
todos iban allí por grandísimos bellacos.
¡Majadero!, dijo a esta sazón don Quijote;
a los caballeros andantes no les toca, ni
atañe averiguar, si los afligidos, encadenados 15
y opresos que encuentran por los caminos van
de aquella manera, o están en aquella angustia
por sus culpas o por sus gracias; sólo
le toca ayudarles como a menesterosos,
poniendo los ojos en sus penas y no en sus 20
bellaquerías. Yo topé un rosario y sarta de gente
mohína y desdichada, e hice con ellos lo que
mi religión me pide, y lo demás allá se avenga;
y a quien mal le ha parecido, salvo la santa
dignidad del señor licenciado y su honrada 25
persona, digo que sabe poco de achaque de
caballería, y que miente como un hideputa y
mal nacido, y esto le haré conocer con mi
espada donde más largamente se contiene.
Y esto dijo, afirmándose en los estribos y 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 50
calándose el morrión, porque la bacía de
barbero, que a su cuenta era el yelmo de
Mambrino, llevaba colgado del arzón delantero,
hasta adobarla del mal tratamiento que la
hicieron los galeotes. Dorotea, que era discreta 5
y de gran donaire, como quien ya sabía el
menguado humor de don Quijote y que todos
hacían burla de él, sino Sancho Panza, no quiso
ser para menos, y viéndole tan enojado, le
dijo: 10
Señor caballero, miémbresele a la vuestra
merced el don que me tiene prometido, y que
conforme a él, no puede entremeterse en otra
aventura, por urgente que sea; sosiegue vuestra
merced el pecho; que si el señor licenciado 15
supiera que por ese invicto brazo habían sido
librados los galeotes, él se diera tres puntos
en la boca, y aun se mordiera tres veces la
lengua, antes que haber dicho palabra que en
despecho de vuestra merced redundara. 20
Eso juro yo bien, dijo el cura, y aun
me hubiera quitado un bigote.
Yo callaré, señora mía, dijo don Quijote,
y reprimiré la justa cólera que ya en mi pecho
se había levantado, e iré quieto y pacífico hasta 25
tanto que os cumpla el don prometido; pero
en pago de este buen deseo os suplico me
digáis, si no se os hace de mal, cuál es la
vuestra cuita y cuántas, quiénes y cuáles son las
personas de quien os tengo de dar debida, 30
satisfecha y entera venganza.
Eso haré yo de gana, respondió Dorotea,
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 51
si es que no os enfada oír lástimas
y desgracias.
No enfadará, señora mía, respondió don
Quijote.
A lo que respondió Dorotea: 5
Pues así es, esténme vuestras mercedes
atentos.
No hubo ella dicho esto, cuando Cardenio y
el barbero se le pusieron al lado, deseosos de
ver cómo fingía su historia la discreta 10
Dorotea, y lo mismo hizo Sancho, que tan
engañado iba con ella como su amo. Y ella,
después de haberse puesto bien en la silla y
prevenídose con toser y hacer otros ademanes,
con mucho donaire comenzó a decir de esta 15
manera:
Primeramente quiero que vuestras
mercedes sepan, señores míos, que a mí me
llaman...
Y detúvose aquí un poco, porque se le 20
olvidó el nombre que el cura le había puesto;
pero él acudió al remedio, porque entendió en
lo que reparaba, y dijo:
No es maravilla, señora mía, que la vuestra
grandeza se turbe y empache contando sus 25
desventuras; que ellas suelen ser tales, que
muchas veces quitan la memoria a los que
maltratan, de tal manera, que aun de sus
mismos nombres no se les acuerda, como han
hecho con vuestra gran señoría, que se ha 30
olvidado que se llama la princesa Micomicona,
legítima heredera del gran reino Micomicón;
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 52
y con este apuntamiento puede la vuestra
grandeza reducir ahora fácilmente a su lastimada
memoria todo aquello que contar quisiere.
Así es la verdad, respondió la doncella,
y desde aquí adelante creo que no será 5
menester apuntarme nada; que yo saldré a buen
puerto con mi verdadera historia. La cual es
que el rey mi padre, que se llamaba Tinacrio
el Sabidor, fue muy docto en esto que llaman
el arte mágica, y alcanzó por su ciencia que 10
mi madre, que se llamaba la reina Jaramilla,
había de morir primero que él, y que de allí a
poco tiempo él también había de pasar de esta
vida y yo había de quedar huérfana de padre y
madre. Pero decía él que no le fatigaba tanto 15
esto cuanto le ponía en confusión saber por
cosa muy cierta que un descomunal gigante,
señor de una grande ínsula, que casi alinda
con nuestro reino, llamado Pandafilando de la
Fosca Vista --porque es cosa averiguada que 20
aunque tiene los ojos en su lugar y derechos,
siempre mira al revés, como si fuese bizco, y
esto lo hace él de maligno y por poner
miedo y espanto a los que mira--, digo que
supo que este gigante, en sabiendo mi 25
orfandad, había de pasar con gran poderío sobre
mi reino y me lo había de quitar todo, sin
dejarme una pequeña aldea donde me recogiese;
pero que podía excusar toda esta ruina
y desgracia si yo me quisiese casar con él; 30
mas, a lo que él entendía, jamás pensaba que
me vendría a mí en voluntad de hacer tan
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 53
desigual casamiento; y dijo en esto la pura
verdad, porque jamás me ha pasado por el
pensamiento casarme con aquel gigante, pero
ni con otro alguno, por grande y desaforado
que fuese. 5
Dijo también mi padre que después que él
fuese muerto y viese yo que Pandafilando
comenzaba a pasar sobre mi reino, que no
aguardase a ponerme en defensa, porque sería
destruirme, sino que libremente le dejase 10
desembarazado el reino, si quería excusar la
muerte y total destrucción de mis buenos y
leales vasallos, porque no había de ser
posible defenderme de la endiablada fuerza del
gigante; sino que luego, con algunos de los 15
míos, me pusiese en camino de las Españas,
donde hallaría el remedio de mis males,
hallando a un caballero andante, cuya fama en
este tiempo se extendería por todo este reino,
el cual se había de llamar, si mal no me 20
acuerdo, don Azote o don Gigote.
Don Quijote diría, señora, dijo a esta
sazón Sancho Panza, o, por otro nombre, el
Caballero de la Triste Figura.
Así es la verdad, dijo Dorotea. Dijo 25
más: que había de ser alto de cuerpo, seco de
rostro, y que en el lado derecho, debajo del
hombro izquierdo, o por allí junto, había de tener
un lunar pardo, con ciertos cabellos a manera
de cerdas. 30
En oyendo esto don Quijote, dijo a su
escudero:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 54
Ten aquí, Sancho, hijo; ayúdame a desnudar;
que quiero ver si soy el caballero que
aquel sabio rey dejó profetizado.
Pues ¿para qué quiere vuestra merced
desnudarse?, dijo Dorotea. 5
Para ver si tengo ese lunar que vuestro
padre dijo, respondió don Quijote.
No hay para qué desnudarse, dijo Sancho;
que yo sé que tiene vuestra merced un lunar
de esas señas en la mitad del espinazo, que es 10
señal de ser hombre fuerte.
Eso basta, dijo Dorotea; porque con los
amigos no se ha de mirar en pocas cosas, y
que esté en el hombro, o que esté en el espinazo,
importa poco; basta que haya lunar, y esté 15
donde estuviere, pues todo es una misma
carne; y, sin duda, acertó mi buen padre en
todo, y yo he acertado en encomendarme al
señor don Quijote, que él es por quien mi padre
dijo, pues las señales del rostro vienen con 20
las de la buena fama que este caballero tiene,
no sólo en España, pero en toda la Mancha,
pues apenas me hube desembarcado en Osuna,
cuando oí decir tantas hazañas suyas que
luego me dio el alma que era el mismo 25
que venía a buscar.
¿Pues cómo se desembarcó vuestra merced
en Osuna, señora mía, preguntó don Quijote,
si no es puerto de mar?
Mas antes que Dorotea respondiese, tomó 30
el cura la mano y dijo:
Debe de querer decir la señora princesa
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 55
que, después que desembarcó en Málaga, la
primera parte donde oyó nuevas de vuestra
merced fue en Osuna.
Eso quise decir, dijo Dorotea.
Y esto lleva camino, dijo el cura, y 5
prosiga vuestra majestad adelante.
No hay que proseguir, respondió Dorotea,
sino que, finalmente, mi suerte ha sido tan
buena en hallar al señor don Quijote, que ya
me cuento y tengo por reina y señora de todo 10
mi reino, pues él, por su cortesía y
magnificencia, me ha prometido el don de irse
conmigo dondequiera que yo le llevare, que no
será a otra parte que a ponerle delante de
Pandafilando de la Fosca Vista para que le 15
mate y me restituya lo que tan contra razón me
tiene usurpado; que todo esto ha de suceder a
pedir de boca, pues así lo dejó profetizado
Tinacrio el Sabidor, mi buen padre; el cual
también dejó dicho y escrito, en letras caldeas 20
o griegas, que yo no las sé leer, que si este
caballero de la profecía, después de haber
degollado al gigante, quisiese casarse conmigo,
que yo me otorgase luego, sin réplica alguna,
por su legítima esposa, y le diese la posesión 25
de mi reino, junto con la de mi persona.
¿Qué te parece, Sancho amigo?, dijo a
este punto don Quijote. ¿No oyes lo que
pasa? ¿No te lo dije yo? Mira si tenemos ya
reino que mandar y reina con quien casar. 30
Eso juro yo, dijo Sancho; ¡para el puto
que no se casare en abriendo el gaznatico al
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 56
señor Pandahilado! Pues ¡monta que es mala
la reina! Así se me vuelvan las pulgas de la
cama.
Y, diciendo esto, dio dos zapatetas en el
aire, con muestras de grandísimo contento, y 5
luego fue a tomar las riendas de la mula de
Dorotea, y, haciéndola detener, se hincó de
rodillas ante ella, suplicándole le diese las
manos para besárselas, en señal que la recibía
por su reina y señora. ¿Quién no había de reír 10
de los circunstantes, viendo la locura del amo
y la simplicidad del criado? En efecto, Dorotea
se las dio y le prometió de hacerle gran
señor en su reino, cuando el cielo le hiciese
tanto bien que se lo dejase cobrar y gozar. 15
Agradecióselo Sancho con tales palabras, que
renovó la risa en todos.
Esta, señores, prosiguió Dorotea, es mi
historia; sólo resta por deciros que de cuanta
gente de acompañamiento saqué de mi reino, 20
no me ha quedado sino sólo este buen barbado
escudero, porque todos se anegaron en una
gran borrasca que tuvimos a vista del puerto.
Y él y yo salimos en dos tablas a tierra, como
por milagro; y así, es todo milagro y misterio 25
el discurso de mi vida, como lo habréis
notado. Y si en alguna cosa he andado demasiada,
o no tan acertada como debiera, echad la
culpa a lo que el señor licenciado dijo al
principio de mi cuento: que los trabajos continuos 30
y extraordinarios quitan la memoria al que los
padece.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 57
Esa no me quitarán a mí, ¡oh alta y
valerosa señora!, dijo don Quijote, cuantos yo
pasare en serviros, por grandes y no vistos
que sean. Y, así, de nuevo confirmo el don
que os he prometido, y juro de ir con vos al 5
cabo del mundo hasta verme con el fiero enemigo
vuestro, a quien pienso, con el ayuda de
Dios y de mi brazo, tajar la cabeza soberbia
con los filos de esta, no quiero decir buena
espada, merced a Ginés de Pasamonte, que me 10
llevó la mía --esto dijo entre dientes, y
prosiguió diciendo--, y después de habérsela
tajado y puéstoos en pacífica posesión de
vuestro estado, quedará a vuestra voluntad
hacer de vuestra persona lo que más en talante 15
os viniere; porque mientras que yo tuviere
ocupada la memoria y cautiva la voluntad,
perdido el entendimiento, a aquélla... y no
digo más, no es posible que yo arrostre, ni
por pienso, el casarme, aunque fuese con el 20
ave fénix.
Parecióle tan mal a Sancho lo que últimamente
su amo dijo acerca de no querer casarse,
que, con grande enojo, alzando la voz, dijo:
¡Voto a mi y juro a mí, que no tiene vuestra 25
merced, señor don Quijote, cabal juicio!
Pues ¿cómo es posible que pone vuestra merced
en duda el casarse con tan alta princesa
como aquésta? ¿Piensa que le ha de ofrecer la
fortuna, tras cada cantillo, semejante ventura 30
como la que ahora se le ofrece? ¿Es por dicha
más hermosa mi señora Dulcinea? No, por cierto;
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 58
ni aun con la mitad, y aun estoy por decir
que no llega a su zapato de la que está
delante. Así, noramala alcanzaré yo el condado
que espero, si vuestra merced se anda a pedir
cotufas en el golfo. Cásese, cásese luego, 5
encomiéndole yo a Satanás, y tome ese reino
que se le viene a las manos de vobis, vobis;
y, en siendo rey, hágame marqués o adelantado,
y luego, siquiera se lo lleve el diablo todo.
Don Quijote, que tales blasfemias oyó decir 10
contra su señora Dulcinea, no lo pudo sufrir,
y, alzando el lanzón, sin hablarle palabra
a Sancho, y sin decirle esta boca es mía, le dio
tales dos palos, que dio con él en tierra; y si
no fuera porque Dorotea le dio voces que no 15
le diera más, sin duda le quitara allí la vida.
¿Pensáis, le dijo a cabo de rato, villano
ruin, que ha de haber lugar siempre para
ponerme la mano en la horcajadura, y que todo ha
de ser errar vos y perdonaros yo? Pues ¡no lo 20
penséis, bellaco descomulgado, que sin duda
lo estás, pues has puesto lengua en la sin
par Dulcinea! Y ¿no sabéis vos, gañán,
faquín, belitre, que si no fuese por el valor
que ella infunde en mi brazo, que no le tendría 25
yo para matar una pulga? Decid, socarrón de
lengua viperina, y ¿quién pensáis que ha
ganado este reino; y cortado la cabeza a este
gigante; y héchoos a vos marqués, que todo
esto doy ya por hecho y por cosa pasada en 30
cosa juzgada, si no es el valor de Dulcinea,
tomando a mi brazo por instrumento de sus
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 59
hazañas? Ella pelea en mí y vence en mí, y yo
vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser. ¡Oh
hideputa, bellaco, y cómo sois desagradecido,
que os veis levantado del polvo de la tierra
a ser señor de título, y correspondéis a tan 5
buena obra con decir mal de quien os la hizo!
No estaba tan maltrecho Sancho que no
oyese todo cuanto su amo le decía, y,
levantándose con un poco de presteza, se fue a
poner detrás del palafrén de Dorotea, y desde allí 10
dijo a su amo:
Dígame, señor; si vuestra merced tiene
determinado de no casarse con esta gran princesa,
claro está que no será el reino suyo, y, no
siéndolo, ¿qué mercedes me puede hacer? Esto 15
es de lo que yo me quejo; cásese vuestra
merced una por una con esta reina, ahora que la
tenemos aquí como llovida del cielo, y después
puede volverse con mi señora Dulcinea; que
reyes debe de haber habido en el mundo que hayan 20
sido amancebados. En lo de la hermosura no
me entremeto, que, en verdad, si va a decirla,
que entrambas me parecen bien, puesto que yo
nunca he visto a la señora Dulcinea.
¿Cómo que no la has visto, traidor 25
blasfemo?, dijo don Quijote; pues ¿no acabas de
traerme ahora un recado de su parte?
Digo que no la he visto tan despacio,
dijo Sancho, que pueda haber notado
particularmente su hermosura y sus buenas partes, 30
punto por punto; pero así a bulto, me parece
bien.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 60
Ahora te disculpo, dijo don Quijote, y
perdóname el enojo que te he dado; que los
primeros movimientos no son en manos de los
hombres.
Ya yo lo veo, respondió Sancho, y así 5
en mí la gana de hablar siempre es primero
movimiento, y no puedo dejar de decir por una
vez siquiera lo que me viene a la lengua.
Con todo eso, dijo don Quijote, mira,
Sancho, lo que hablas, porque tantas veces va 10
el cantarillo a la fuente...; y no te digo más.
Ahora bien, respondió Sancho, Dios está
en el cielo, que ve las trampas, y será juez de
quién hace más mal: yo en no hablar bien, o
vuestra merced en [no] obrarlo. 15
¡No haya más!, dijo Dorotea; corred,
Sancho, y besad la mano a vuestro señor y
pedidle perdón, y de aquí adelante andad más
atentado en vuestras alabanzas y vituperios,
y no digáis mal de aquesa señora Tobosa, a 20
quien yo no conozco, si no es para servirla, y
tened confianza en Dios, que no os ha de faltar
un estado donde viváis como un príncipe.
Fue Sancho cabizbajo y pidió la mano a su
señor, y él se la dio con reposado continente, 25
y después que se la hubo besado, le echó la
bendición, y dijo a Sancho que se adelantasen un
poco: que tenía que preguntarle y que departir
con él cosas de mucha importancia. Hízolo
así Sancho, y apartáronse los dos algo 30
adelante, y díjole don Quijote:
Después que viniste no he tenido lugar ni
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 61
espacio para preguntarte muchas cosas de
particularidad acerca de la embajada que llevaste
y de la respuesta que trajiste, y ahora, pues
la fortuna nos ha concedido tiempo y lugar, no
me niegues tú la ventura que puedes darme 5
con tan buenas nuevas.
Pregunte vuestra merced lo que quisiere,
respondió Sancho; que a todo daré tan buena
salida como tuve la entrada. Pero suplico a
vuestra merced, señor mío, que no sea de aquí 10
adelante tan vengativo.
¿Por qué lo dices, Sancho?, dijo don
Quijote.
Dígolo, respondió, porque estos palos de
ahora más fueron por la pendencia que entre 15
los dos trabó el diablo la otra noche, que por
lo que dije contra mi señora Dulcinea, a quien
amo y reverencio como a una reliquia, aunque
en ella no lo haya, sólo por ser cosa de
vuestra merced. 20
No tornes a esas pláticas, Sancho, por tu
vida, dijo don Quijote; que me dan
pesadumbre; ya te perdoné entonces, y bien sabes
tú que suele decirse: a pecado nuevo,
penitencia nueva. 25
En tanto que los dos iban en estas pláticas,
dijo el cura a Dorotea que había andado
muy discreta, así en el cuento como en la
brevedad de él y en la similitud que tuvo con
los de los libros de caballerías. Ella dijo que 30
muchos ratos se había entretenido en leerlos;
pero que no sabía ella dónde eran las provincias
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 62
ni puertos de mar, y que así había dicho
a tiento que se había desembarcado en Osuna.
Yo lo entendí así, dijo el cura, y por eso
acudí luego a decir lo que dije, con que se
acomodó todo. Pero ¿no es cosa extraña ver 5
con cuánta facilidad cree este desventurado
hidalgo todas estas invenciones y mentiras, sólo
porque llevan el estilo y modo de las necedades
de sus libros?
Sí es, dijo Cardenio, y tan rara y nunca 10
vista, que yo no sé si queriendo inventarla y
fabricarla mentirosamente, hubiera tan agudo
ingenio que pudiera dar en ella.
Pues otra cosa hay en ello, dijo el cura:
que, fuera de las simplicidades que este buen 15
hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de
otras cosas, discurre con bonísimas razones y
muestra tener un entendimiento claro y apacible
en todo; de manera, que, como no le toquen
en sus caballerías, no habrá nadie que le juzgue 20
sino por de muy buen entendimiento.
En tanto que ellos iban en esta conversación,
prosiguió don Quijote con la suya, y dijo a
Sancho:
Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar 25
en esto de nuestras pendencias, y dime ahora,
sin tener cuenta con enojo ni rencor alguno,
¿dónde, cómo y cuándo hallaste a Dulcinea?
¿Qué hacía? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te respondió?
¿Qué rostro hizo cuando leía mi carta? 30
¿Quién te la trasladó? Y todo aquello que
vieres que en este caso es digno de saberse, de
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 63
preguntarse y satisfacerse, sin que añadas o
mientas por darme gusto, ni menos te acortes
por no quitármele.
Señor, respondió Sancho, si va a decir la
verdad, la carta no me la trasladó nadie, 5
porque yo no llevé carta alguna.
Así es, como tú dices, dijo don Quijote,
porque el librillo de memoria donde yo la
escribí le hallé en mi poder a cabo de dos días
de tu partida, lo cual me causó grandísima 10
pena, por no saber lo que habías tú de hacer
cuando te vieses sin carta, y creí siempre que
te volvieras desde el lugar donde la echaras
menos.
Así fuera, respondió Sancho, si no la 15
hubiera yo tomado en la memoria cuando vuestra
merced me la leyó, de manera que se la dije
a un sacristán que me la trasladó del
entendimiento, tan punto por punto, que dijo que en
todos los días de su vida, aunque había leído 20
muchas cartas de descomunión, no había visto ni
leído tan linda carta como aquélla.
Y ¿tiénesla todavía en la memoria, Sancho?,
dijo don Quijote.
No, señor, respondió Sancho, porque después 25
que la di, como vi que no había de ser de
más provecho, di en olvidarla. Y si algo se me
acuerda, es aquello del sobajada, digo del
soberana señora, y lo último, «vuestro hasta
»la muerte, el Caballero de la Triste Figura». 30
Y en medio de estas dos cosas le puse más de
trescientas almas, y vidas, y ojos míos.
p. 64
Capítulo XXXI
De los sabrosos razonamientos que pasaron
entre don Quijote y Sancho Panza, su
escudero, con otros sucesos.
Todo eso no me descontenta; prosigue 5
adelante, dijo don Quijote. Llegaste, y ¿qué
hacía aquella reina de la hermosura? A buen
seguro que la hallaste ensartando perlas, o
bordando alguna empresa con oro de cañutillo
para este su cautivo caballero. 10
No la hallé, respondió Sancho, sino
ahechando dos fanegas de trigo en un corral
de su casa.
Pues haz cuenta, dijo don Quijote, que
los granos de aquel trigo eran granos de 15
perlas, tocados de sus manos. Y si miraste, amigo,
el trigo ¿era candeal, o trechel?
No era sino rubión, respondió Sancho.
Pues yo te aseguro, dijo don Quijote,
que, ahechado por sus manos, hizo pan 20
candeal, sin duda alguna; pero pasa adelante.
Cuando le diste mi carta, ¿besóla? ¿Púsosela
sobre la cabeza? ¿Hizo alguna ceremonia digna
de tal carta, o qué hizo?
Cuando yo se la iba a dar, respondió 25
Sancho, ella estaba en la fuga del meneo de
una buena parte de trigo que tenía en la criba.
Y díjome: «Poned, amigo, esa carta sobre
»aquel costal; que no la puedo leer hasta que
»acabe de acribar todo lo que aquí está.» 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 65
Discreta señora, dijo don Quijote; eso
debió de ser por leerla despacio y recrearse
con ella. Adelante, Sancho; y en tanto que
estaba en su menester, ¿qué coloquios pasó
contigo? ¿Qué te preguntó de mí? Y tú, ¿qué le 5
respondiste? Acaba, cuéntamelo todo, no se
te quede en el tintero una mínima.
Ella no me preguntó nada, dijo Sancho;
mas yo le dije de la manera que vuestra merced,
por su servicio, quedaba haciendo penitencia, 10
desnudo de la cintura arriba, metido entre
estas sierras, como si fuera salvaje, durmiendo
en el suelo, sin comer pan a manteles ni sin
peinarse la barba, llorando y maldiciendo su
fortuna. 15
En decir que maldecía mi fortuna dijiste
mal, dijo don Quijote, porque antes la bendigo
y bendeciré todos los días de mi vida por
haberme hecho digno de merecer amar tan alta
señora como Dulcinea del Toboso. 20
Tan alta es, respondió Sancho, que a
buena fe que me lleva a mí más de un coto.
Pues ¿cómo, Sancho, dijo don Quijote,
haste medido tú con ella?
Medíme en esta manera, respondió 25
Sancho: que llegándole a ayudar a poner un
costal de trigo sobre un jumento, llegamos tan
juntos, que eché de ver que me llevaba más
de un gran palmo.
Pues ¡es verdad, replicó don Quijote, que 30
no acompaña esa grandeza y la adorna con
mil millones de gracias del alma! Pero no
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 66
me negarás, Sancho, una cosa: cuando llegaste
junto a ella, ¿no sentiste un olor sabeo, una
fragancia aromática y un no sé qué de
bueno, que yo no acierto a darle nombre? Digo
¿un tuho, o tufo, como si estuvieras en la tienda 5
de algún curioso guantero?
Lo que sé decir, dijo Sancho, es que
sentí un olorcillo algo hombruno, y debía de
ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba
sudada y algo correosa. 10
No sería eso, respondió don Quijote,
sino que tú debías de estar romadizado o te
debiste de oler a ti mismo, porque yo sé bien
a lo que huele aquella rosa entre espinas,
aquel lirio del campo, aquel ámbar desleído. 15
Todo puede ser, respondió Sancho; que
muchas veces sale de mí aquel olor que
entonces me pareció que salía de su merced de
la señora Dulcinea; pero no hay de qué
maravillarse, que un diablo parece a otro. 20
Y bien, prosiguió don Quijote, he aquí
que acabó de limpiar su trigo y de enviarlo al
molino. ¿Qué hizo cuando leyó la carta?
La carta, dijo Sancho, no la leyó, porque
dijo que no sabía leer ni escribir; antes la 25
rasgó y la hizo menudas piezas, diciendo que no
la quería dar a leer a nadie, porque no se
supiesen en el lugar sus secretos, y que bastaba
lo que yo le había dicho de palabra acerca del
amor que vuestra merced le tenía y de la 30
penitencia extraordinaria que por su causa quedaba
haciendo. Y, finalmente, me dijo que dijese
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 67
a vuestra merced que le besaba las manos y
que allí quedaba con más deseo de verle que
de escribirle, y que así le suplicaba, y mandaba,
que, vista la presente, saliese de aquellos
matorrales y se dejase de hacer disparates 5
y se pusiese luego luego en camino del
Toboso, si otra cosa de más importancia no le
sucediese, porque tenía gran deseo de ver a
vuestra merced. Riose mucho cuando le dije
cómo se llamaba vuestra merced el Caballero 10
de la Triste Figura. Preguntéle si había ido allá
el vizcaíno de marras; díjome que sí, y que
era un hombre muy de bien. También le
pregunté por los galeotes, mas díjome que no
había visto hasta entonces alguno. 15
Todo va bien hasta ahora, dijo don Quijote.
Pero dime: ¿qué joya fue la que te dio
al despedirte, por las nuevas que de mí le
llevaste? Porque es usada y antigua costumbre
entre los caballeros y damas andantes dar a 20
los escuderos, doncellas o enanos que les
llevan nuevas, de sus damas a ellos, a ellas de
sus andantes, alguna rica joya, en albricias, en
agradecimiento de su recado.
Bien puede eso ser así, y yo la tengo por 25
buena usanza. Pero eso debió de ser en los
tiempos pasados; que ahora sólo se debe de
acostumbrar a dar un pedazo de pan y queso,
que esto fue lo que me dio mi señora Dulcinea,
por las bardas de un corral, cuando de ella me 30
despedí; y aun, por más señas, era el queso
ovejuno.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 68
Es liberal en extremo, dijo don Quijote, y
si no te dio joya de oro, sin duda debió de ser
porque no la tendría allí a la mano para
dártela; pero buenas son mangas después de
Pascua; yo la veré, y se satisfará todo. ¿Sabes 5
de qué estoy maravillado, Sancho? De que me
parece que fuiste y viniste por los aires, pues
poco más de tres días has tardado en ir y venir
desde aquí al Toboso, habiendo de aquí allá
más de treinta leguas. Por lo cual me doy a 10
entender que aquel sabio nigromante que tiene
cuenta con mis cosas y es mi amigo, porque
por fuerza le hay y le ha de haber, so pena que yo
no sería buen caballero andante, digo que este
tal te debió de ayudar a caminar sin que tú lo 15
sintieses; que hay sabio de éstos que coge a un
caballero andante durmiendo en su cama y, sin
saber cómo o en qué manera, amanece otro día
más de mil leguas de donde anocheció. Y si no
fuese por esto, no se podrían socorrer en sus 20
peligros los caballeros andantes unos a otros,
como se socorren a cada paso. Que acaece
estar uno peleando en las sierras de Armenia
con algún endriago o con algún fiero vestiglo,
o con otro caballero, donde lleva lo peor 25
de la batalla y está ya a punto de muerte, y
cuando no os me cato asoma por acullá,
encima de una nube o sobre un carro de fuego,
otro caballero amigo suyo que poco antes se
hallaba en Inglaterra, que le favorece y libra 30
de la muerte, y a la noche se halla en su
posada cenando muy a su sabor, y suele haber de
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 69
la una a la otra parte dos o tres mil leguas.
Y todo esto se hace por industria y sabiduría
de estos sabios encantadores que tienen cuidado
de estos valerosos caballeros. Así que, amigo
Sancho, no se me hace dificultoso creer que en 5
tan breve tiempo hayas ido y venido desde este
lugar al del Toboso; pues, como tengo dicho,
algún sabio amigo te debió de llevar en
volandillas, sin que tú lo sintieses.
Así sería, dijo Sancho, porque a buena 10
fe que andaba Rocinante como si fuera asno
de gitano con azogue en los oídos.
Y ¡cómo si llevaba azogue!, dijo don
Quijote, y aun una legión de demonios, que es
gente que camina y hace caminar sin cansarse, 15
todo aquello que se les antoja. Pero, dejando
esto aparte, ¿qué te parece a ti que debo yo
de hacer ahora, cerca de lo que mi señora me
manda que la vaya a ver?; que aunque yo
veo que estoy obligado a cumplir su 20
mandamiento, véome también imposibilitado del
don que he prometido a la princesa que con
nosotros viene, y fuérzame la ley de caballería
a cumplir mi palabra antes que mi gusto. Por
una parte, me acosa y fatiga el deseo de ver 25
a mi señora; por otra, me incita y llama la
prometida fe y la gloria que he de alcanzar en
esta empresa. Pero lo que pienso hacer será
caminar aprisa y llegar presto donde está
este gigante, y, en llegando, le cortaré la 30
cabeza y pondré a la princesa pacíficamente en su
estado, y al punto daré la vuelta a ver a la luz
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 70
que mis sentidos alumbra. A la cual daré tales
disculpas, que ella venga a tener por buena
mi tardanza, pues verá que todo redunda
en aumento de su gloria y fama, pues cuanta
yo he alcanzado, alcanzo y alcanzare por las 5
armas en esta vida, toda me viene del favor
que ella me da y de ser yo suyo.
¡Ay, dijo Sancho, y cómo está vuestra
merced lastimado de esos cascos! Pues
dígame, señor, ¿piensa vuestra merced caminar 10
este camino en balde y dejar pasar y perder
un tan rico y tan principal casamiento como
éste, donde le dan en dote un reino, que a
buena verdad que he oído decir que tiene más
de veinte mil leguas de contorno, y que es 15
abundantísimo de todas las cosas que son
necesarias para el sustento de la vida humana,
y que es mayor que Portugal y que Castilla
juntos? Calle, por amor de Dios, y tenga
vergüenza de lo que ha dicho, y tome mi consejo, 20
y perdóneme, y cásese luego en el primer
lugar que haya cura, y si no, ahí está nuestro
licenciado, que lo hará de perlas. Y advierta
que ya tengo edad para dar consejos, y que
este que le doy le viene de molde; y que 25
más vale pájaro en mano que buitre volando,
porque quien bien tiene y mal escoge, por bien
que se enoja, no se venga.
Mira, Sancho, respondió don Quijote, si
el consejo que me das de que me case es 30
porque sea luego rey, en matando al gigante, y
tenga cómodo para hacerte mercedes y darte
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 71
lo prometido, hágote saber que sin casarme
podré cumplir tu deseo muy fácilmente,
porque yo sacaré de adehala, antes de entrar
en la batalla, que, saliendo vencedor de ella, ya
que no me case, me han de dar una parte del 5
reino para que la pueda dar a quien yo
quisiere, y, en dándomela, ¿a quién quieres tú
que la dé sino a ti?
Eso está claro, respondió Sancho; pero
mire vuestra merced que la escoja hacia la 10
marina, porque, si no me contentare la
vivienda, pueda embarcar mis negros vasallos y
hacer de ellos lo que ya he dicho. Y vuestra
merced no se cure de ir por ahora a ver
a mi señora Dulcinea, sino váyase a matar 15
al gigante y concluyamos este negocio; que
por Dios que se me asienta que ha de ser de
mucha honra y de mucho provecho.
Dígote, Sancho, dijo don Quijote, que
estás en lo cierto, y que habré de tomar tu 20
consejo en cuanto el ir antes con la princesa que
a ver a Dulcinea. Y avísote que no digas nada
a nadie, ni a los que con nosotros vienen, de
lo que aquí hemos departido y tratado; que
pues Dulcinea es tan recatada que no quiere 25
que se sepan sus pensamientos, no será bien
que yo, ni otro por mí, los descubra.
Pues si eso es así, dijo Sancho, ¿cómo
hace vuestra merced que todos los que vence
por su brazo se vayan a presentar ante mi 30
señora Dulcinea, siendo esto firma de su nombre,
que la quiere bien, y que es su enamorado? Y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 72
siendo forzoso que los que fueren se han de ir
a hincar de finojos ante su presencia y decir
que van de parte de vuestra merced a darle la
obediencia, ¿cómo se pueden encubrir los
pensamientos de entrambos? 5
¡Oh, qué necio y qué simple que eres!, dijo
don Quijote. ¿Tú no ves, Sancho, que eso
todo redunda en su mayor ensalzamiento?
Porque has de saber que en este nuestro estilo
de caballería es gran honra tener una dama 10
muchos caballeros andantes que la sirvan, sin
que se extiendan más sus pensamientos que a
servirla, por sólo ser ella quien es, sin esperar
otro premio de sus muchos y buenos deseos
sino que ella se contente de aceptarlos por sus 15
caballeros.
Con esa manera de amor, dijo Sancho,
he oído yo predicar que se ha de amar a
Nuestro Señor, por sí solo, sin que nos mueva
esperanza de gloria o temor de pena. Aunque 20
yo le querría amar y servir por lo que
pudiese.
¡Válgate el diablo por villano, dijo don
Quijote, y qué de discreciones dices a las
veces!; no parece sino que has estudiado. 25
Pues a fe mía que no sé leer, respondió
Sancho.
En esto, les dio voces maese Nicolás que
esperasen un poco; que querían detenerse a
beber en una fontecilla que allí estaba. 30
Detúvose don Quijote, con no poco gusto de
Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto, y
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 73
temía no le cogiese su amo a palabras; porque,
puesto que él sabía que Dulcinea era una
labradora del Toboso, no la había visto en toda
su vida.
Habíase en este tiempo vestido Cardenio los 5
vestidos que Dorotea traía cuando la hallaron,
que, aunque no eran muy buenos, hacían
mucha ventaja a los que dejaba. Apeáronse junto
a la fuente, y con lo que el cura se acomodó
en la venta satisficieron, aunque poco, la 10
mucha hambre que todos traían.
Estando en esto, acertó a pasar por allí un
muchacho que iba de camino, el cual,
poniéndose a mirar con mucha atención a los
que en la fuente estaban, de allí a poco 15
arremetió a don Quijote, y abrazándole por las
piernas, comenzó a llorar muy de propósito,
diciendo:
¡Ay, señor mío!, ¿no me conoce vuestra
merced? Pues míreme bien, que yo soy aquel 20
mozo Andrés que quitó vuestra merced de la
encina donde estaba atado.
Reconocióle don Quijote y, asiéndole por la
mano, se volvió a los que allí estaban, y dijo:
Porque vean vuestras mercedes cuán de 25
importancia es haber caballeros andantes en el
mundo, que desfagan los tuertos y agravios
que en él se hacen por los insolentes y malos
hombres que en él viven, sepan vuestras
mercedes que los días pasados, pasando yo por 30
un bosque, oí unos gritos y unas voces muy
lastimosas, como de persona afligida y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 74
menesterosa; acudí luego, llevado de mi obligación,
hacia la parte donde me pareció que las
lamentables voces sonaban, y hallé atado a una
encina a este muchacho que ahora está delante,
de lo que me huelgo en el alma, porque será 5
testigo que no me dejará mentir en nada.
Digo que estaba atado a la encina, desnudo
del medio cuerpo arriba, y estábale abriendo
a azotes con las riendas de una yegua un
villano, que después supe que era amo suyo; 10
y así como yo le vi, le pregunté la causa de
tan atroz vapulamiento; respondió el zafio que
le azotaba porque era su criado, y que ciertos
descuidos que tenía nacían más de ladrón que
de simple. A lo cual este niño dijo: «Señor, 15
»no me azota sino porque le pido mi salario.»
El amo replicó no sé qué arengas y disculpas,
las cuales, aunque de mí fueron oídas, no
fueron admitidas. En resolución, yo le hice
desatar, y tomé juramento al villano de que le 20
llevaría consigo y le pagaría un real sobre
otro, y aun sahumados. ¿No es verdad todo
esto, hijo Andrés? ¿No notaste con cuánto
imperio se lo mandé y con cuánta humildad
prometió de hacer todo cuanto yo le impuse, 25
y notifiqué y quise? Responde, no te turbes ni
dudes en nada; di lo que pasó a estos señores,
porque se vea y considere ser del provecho
que digo haber caballeros andantes por los
caminos. 30
Todo lo que vuestra merced ha dicho es
mucha verdad, respondió el muchacho; pero
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 75
el fin del negocio sucedió muy al revés de lo
que vuestra merced se imagina.
¿Cómo al revés?, replicó don Quijote;
¿luego no te pagó el villano?
No sólo no me pagó, respondió el muchacho, 5
pero así como vuestra merced traspuso
del bosque y quedamos solos, me volvió a atar
a la misma encina y me dio de nuevo tantos
azotes, que quedé hecho un San Bartolomé
desollado. Y a cada azote que me daba me 10
decía un donaire y chufeta acerca de hacer
burla de vuestra merced, que, a no sentir yo
tanto dolor, me riera de lo que decía. En
efecto, él me paró tal, que hasta ahora he estado
curándome en un hospital del mal que el mal 15
villano entonces me hizo. De todo lo cual tiene
vuestra merced la culpa, porque si se fuera su
camino adelante y no viniera donde no le
llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos,
mi amo se contentara con darme una o dos 20
docenas de azotes, y luego me soltara y
pagara cuanto me debía. Mas como vuestra
merced le deshonró tan sin propósito y le dijo
tantas villanías, encendiósele la cólera, y como
no la pudo vengar en vuestra merced, cuando 25
se vio solo descargó sobre mí el nublado, de
modo, que me parece que no seré más hombre
en toda mi vida.
El daño estuvo, dijo don Quijote, en
irme yo de allí, que no me había de ir hasta 30
dejarte pagado; porque bien debía yo de saber,
por luengas experiencias, que no hay villano que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 76
guarde palabra que [diere], si él ve que
no le está bien guardarla. Pero ya te acuerdas,
Andrés, que yo juré que si no te pagaba, que
había de ir a buscarle y que le había de hallar,
aunque se escondiese en el vientre de la 5
ballena.
Así es la verdad, dijo Andrés, pero no
aprovechó nada.
Ahora verás si aprovecha, dijo don
Quijote. 10
Y, diciendo esto, se levantó muy aprisa y
mandó a Sancho que enfrenase a Rocinante,
que estaba paciendo en tanto que ellos
comían. Preguntóle Dorotea qué era lo que
hacer quería. El le respondió que quería ir a 15
buscar al villano y castigarle de tan mal
término y hacer pagado a Andrés hasta el último
maravedí, a despecho y pesar de cuantos
villanos hubiese en el mundo. A lo que ella
respondió que advirtiese que no podía, conforme 20
al don prometido, entremeterse en ninguna
empresa hasta acabar la suya, y que pues
esto sabía él mejor que otro alguno, que
sosegase el pecho hasta la vuelta de su reino.
Así es verdad, respondió don Quijote, 25
y es forzoso que Andrés tenga paciencia hasta
la vuelta, como vos, señora, decís; que yo le
torno a jurar y a prometer de nuevo de no
parar hasta hacerle vengado y pagado.
No me creo de esos juramentos, dijo 30
Andrés; más quisiera tener ahora con qué llegar
a Sevilla, que todas las venganzas del mundo;
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 77
déme, si tiene ahí, algo que coma y lleve, y
quédese con Dios su merced y todos los
caballeros andantes, que tan bien andantes sean
ellos para consigo, como lo han sido para
conmigo. 5
Sacó de su repuesto Sancho un pedazo de
pan y otro de queso, y, dándoselo al mozo, le
dijo:
Tomá, hermano Andrés; que a todos nos
alcanza parte de vuestra desgracia. 10
Pues ¿qué parte os alcanza a vos?,
preguntó Andrés.
Esta parte de queso y pan que os doy,
respondió Sancho; que Dios sabe si me ha de
hacer falta o no, porque os hago saber, amigo, 15
que los escuderos de los caballeros andantes
estamos sujetos a mucha hambre y a mala
ventura, y aun a otras cosas que se sienten
mejor que se dicen.
Andrés asió de su pan y queso, y, viendo 20
que nadie le daba otra cosa, abajó su cabeza
y tomó el camino en las manos, como suele
decirse. Bien es verdad que, al partirse, dijo a
don Quijote:
¡Por amor de Dios, señor caballero 25
andante, que si otra vez me encontrare, aunque
vea que me hacen pedazos, no me socorra ni
ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no
será tanta que no sea mayor la que me vendrá
de su ayuda de vuestra merced, a quien Dios 30
maldiga, y a todos cuantos caballeros andantes
han nacido en el mundo!
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 78
Ibase a levantar don Quijote para
castigarle, mas él se puso a correr de modo que
ninguno se atrevió a seguirle. Quedó
corridísimo don Quijote del cuento de Andrés, y
fue menester que los demás tuviesen mucha 5
cuenta con no reírse, por no acabarle de correr
del todo.
p. 79
Capítulo XXXII
Que trata de lo que sucedió en la venta a toda
la cuadrilla de don Quijote.
Acabóse la buena comida, ensillaron luego,
y, sin que les sucediese cosa digna de contar, 5
llegaron otro día a la venta, espanto y asombro
de Sancho Panza; y aunque él quisiera no
entrar en ella, no lo pudo huir. La ventera,
ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a
don Quijote y a Sancho, les salieron a recibir 10
con muestras de mucha alegría, y él las recibió
con grave continente y aplauso, y díjoles que
le aderezasen otro mejor lecho que la vez
pasada; a lo cual le respondió la huéspeda que
como la pagase mejor que la otra vez, que 15
ella se le daría de príncipes. Don Quijote
dijo que sí haría, y, así, le aderezaron uno
razonable en el mismo camaranchón de
marras, y él se acostó luego, porque venía muy
quebrantado y falto de juicio. No se hubo bien 20
encerrado, cuando la huéspeda arremetió al
barbero y, asiéndole de la barba, dijo:
Para mi santiguada, que no se ha aún de
aprovechar más de mi rabo para su barba, y
que me ha de volver mi cola; que anda lo de 25
mi marido por esos suelos, que es vergüenza,
digo, el peine que solía yo colgar de mi buena
cola.
No se la quería dar el barbero, aunque ella
más tiraba, hasta que el licenciado le dijo que 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 80
se la diese; que ya no era menester más usar
de aquella industria, sino que se descubriese
y mostrase en su misma forma, y dijese a
don Quijote que cuando le despojaron los
ladrones galeotes se había venido a aquella 5
venta huyendo, y que si preguntase por el
escudero de la princesa, le dirían que ella le
había enviado adelante a dar aviso a los de su
reino cómo ella iba y llevaba consigo al
libertador de todos. Con esto dio de buena gana la 10
cola a la ventera el barbero, y asimismo le
volvieron todos los adherentes que había prestado
para la libertad de don Quijote. Espantáronse
todos los de la venta de la hermosura de
Dorotea, y aun del buen talle del zagal Cardenio. 15
Hizo el cura que les aderezasen de comer de
lo que en la venta hubiese, y el huésped, con
esperanza de mejor paga, con diligencia les
aderezó una razonable comida; y a todo esto
dormía don Quijote, y fueron de parecer de no 20
despertarle, porque más provecho le haría por
entonces el dormir que el comer.
Trataron sobre comida, estando delante el
ventero, su mujer, su hija, Maritornes, todos
los pasajeros, de la extraña locura de don 25
Quijote y del modo que le habían hallado. La
huéspeda les contó lo que con él y con el
arriero les había acontecido; y, mirando si
acaso estaba allí Sancho, como no le viese,
contó todo lo de su manteamiento, de que no 30
poco gusto recibieron. Y como el cura dijese
que los libros de caballerías que don Quijote
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXII p. 81
había leído le habían vuelto el juicio, dijo el
ventero:
No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad
que, a lo que yo entiendo, no hay mejor
letrado en el mundo, y que tengo ahí dos o tres 5
de ellos, con otros papeles, que verdaderamente
me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros
muchos. Porque cuando es tiempo de la siega,
se recogen aquí, las fiestas, muchos segadores,
y siempre hay algunos que saben leer, el cual 10
coge uno de estos libros en las manos, y
rodeámonos de él más de treinta, y estámosle
escuchando con tanto gusto que nos quita mil
canas; a lo menos, de mí sé decir que cuando
oigo decir aquellos furibundos y terribles golpes 15
que los caballeros pegan, que me toma gana
de hacer otro tanto, y que querría estar
oyéndolos noches y días.
Y yo ni más ni menos, dijo la ventera,
porque nunca tengo buen rato en mi casa, 20
sino aquel que vos estáis escuchando leer;
que estáis tan embobado, que no os acordáis
de reñir por entonces.
Así es la verdad, dijo Maritornes; y a
buena fe que yo también gusto mucho de oír 25
aquellas cosas, que son muy lindas, y más
cuando cuentan que se está la otra señora
debajo de unos naranjos abrazada con su
caballero, y que les está una dueña haciéndoles
la guarda, muerta de envidia y con mucho 30
sobresalto. Digo que todo esto es cosa de
mieles.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 82
Y a vos ¿qué os parece, señora doncella?,
dijo el cura, hablando con la hija del ventero.
No sé, señor, en mi ánima, respondió ella;
también yo lo escucho, y en verdad que,
aunque no lo entiendo, que recibo gusto en oírlo; 5
pero no gusto yo de los golpes de que mi
padre gusta, sino de las lamentaciones que los
caballeros hacen cuando están ausentes de sus
señoras; que en verdad que algunas veces me
hacen llorar de compasión que les tengo. 10
Luego ¿bien las remediarais vos, señora
doncella, dijo Dorotea, si por vos lloraran?
No sé lo que me hiciera, respondió la
moza, sólo sé que hay algunas señoras de
aquéllas tan crueles, que las llaman sus caballeros 15
tigres, y leones, y otras mil inmundicias.
Y ¡Jesús!, yo no sé qué gente es aquella tan
desalmada y tan sin conciencia, que por no
mirar a un hombre honrado, le dejan que se
muera, o que se vuelva loco. Yo no sé para 20
qué es tanto melindre; si lo hacen de honradas,
cásense con ellos, que ellos no desean otra
cosa.
¡Calla, niña!, dijo la ventera; que parece
que sabes mucho de estas cosas, y no está bien 25
a las doncellas saber ni hablar tanto.
Como me lo pregunta este señor, respondió
ella, no pude dejar de responderle.
Ahora bien, dijo el cura, traedme, señor
huésped, aquesos libros; que los quiero ver. 30
Que me place, respondió él.
Y, entrando en su aposento, sacó de él una
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXII p. 83
maletilla vieja cerrada con una cadenilla, y,
abriéndola, halló en ella tres libros grandes y
unos papeles de muy buena letra, escritos de
mano. El primer libro que abrió vio que era
Don Cirongilio de Tracia, y el otro de Felixmarte 5
de Hircania, y el otro la Historia del Gran
Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con
la vida de Diego García de Paredes. Así
como el cura leyó los dos títulos primeros,
volvió el rostro al barbero, y dijo: 10
Falta nos hacen aquí ahora el ama de mi
amigo y su sobrina.
No hacen, respondió el barbero; que
también sé yo llevarlos al corral o a la
chimenea: que en verdad que hay muy buen fuego 15
en ella.
Luego ¿quiere vuestra merced quemar
más libros? dijo el ventero.
No más, dijo el cura, que estos dos: el de
Don Cirongilio y el de Felixmarte. 20
Pues, ¿por ventura, dijo el ventero, mis
libros son herejes o flemáticos, que los quiere
quemar?
Cismáticos queréis decir, amigo, dijo el
barbero; que no flemáticos. 25
Así es, replicó el ventero; mas si alguno
quiere quemar, sea ese del Gran Capitán y
de ese Diego García; que antes dejaré quemar
un hijo que dejar quemar ninguno de esotros.
Hermano mío, dijo el cura, estos dos 30
libros son mentirosos y están llenos de
disparates y devaneos. Y este del Gran Capitán es
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 84
historia verdadera y tiene los hechos de Gonzalo
Fernández de Córdoba; el cual, por sus muchas
y grandes hazañas mereció ser llamado de todo
el mundo Gran Capitán, renombre famoso y
claro y de él solo merecido. Y este Diego García 5
de Paredes fue un principal caballero, natural
de la ciudad de Trujillo, en Extremadura,
valentísimo soldado, y de tantas fuerzas
naturales, que detenía con un dedo una rueda de
molino en la mitad de su furia. Y puesto con 10
un montante en la entrada de una puente,
detuvo a todo un innumerable ejército, que no
pasase por ella. E hizo otras tales cosas, que
si como él las cuenta y las escribe él,
asimismo con la modestia de caballero y de 15
cronista propio, las escribiera otro libre y
desapasionado, pusieran en su olvido las de
los Héctores, Aquiles y Roldanes.
¡Tomaos con mi padre!, dijo el ventero;
mirad de qué se espanta, de detener una 20
rueda de molino; por Dios, ahora había vuestra
merced de leer lo que [hizo] Felixmarte de
Hircania, que de un revés solo partió cinco
gigantes por la cintura como si fueran hechos de
habas, como los frailecicos que hacen los 25
niños. Y otra vez arremetió con un grandísimo
y poderosísimo ejército, donde llevó más de
un millón y seiscientos mil soldados, todos
armados desde el pie hasta la cabeza, y los
desbarató a todos como si fueran manadas de 30
ovejas. Pues ¿qué me dirán del bueno de don
Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXII p. 85
animoso como se verá en el libro, donde cuenta
que navegando por un río, le salió de la
mitad del agua una serpiente de fuego, y él,
así como la vio, se arrojó sobre ella, y se
puso a horcajadas encima de sus escamosas 5
espaldas y la apretó con ambas manos la garganta,
con tanta fuerza que, viendo la serpiente
que la iba ahogando, no tuvo otro remedio
sino dejarse ir a lo hondo del río, llevándose
tras sí al caballero, que nunca la quiso soltar? 10
Y cuando llegaron allá abajo, se halló en
unos palacios y en unos jardines tan lindos,
que era maravilla, y luego la sierpe se volvió
en un viejo anciano, que le dijo tantas de
cosas que no hay más que oír. ¡Calle, señor, que 15
si oyese esto, se volvería loco de placer; dos
higas para el Gran Capitán y para ese Diego
García, que dice!
Oyendo esto Dorotea, dijo callando a
Cardenio: 20
Poco le falta a nuestro huésped para hacer
la segunda parte de don Quijote.
Así me parece a mí, respondió Cardenio,
porque, según da indicio, él tiene por cierto
que todo lo que estos libros cuentan pasó ni 25
más ni menos que lo escriben, y no le harán
creer otra cosa frailes descalzos.
Mirad, hermano, tornó a decir el cura, que
no hubo en el mundo Felixmarte de Hircania,
ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros 30
semejantes que los libros de caballerías
cuentan. Porque todo es compostura y ficción de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 86
ingenios ociosos que los compusieron para el
efecto que vos decís de entretener el tiempo,
como lo entretienen leyéndolos vuestros
segadores; porque, realmente, os juro que nunca
tales caballeros fueron en el mundo, ni tales 5
hazañas ni disparates acontecieron en él.
¡A otro perro con ese hueso!, respondió
el ventero. ¡Como si yo no supiese cuántas
son cinco y adónde me aprieta el zapato!
¡No piense vuestra merced darme papilla, 10
porque, por Dios que no soy nada blanco!
¡Bueno es que quiera darme vuestra merced a
entender que todo aquello que estos buenos
libros dicen sea disparates y mentiras, estando
impreso con licencia de los señores del 15
Consejo Real, como si ellos fueran gente que
habían de dejar imprimir tanta mentira junta,
y tantas batallas y tantos encantamientos, que
quitan el juicio!
Ya os he dicho, amigo, replicó el cura, 20
que esto se hace para entretener nuestros
ociosos pensamientos; y así como se consiente
en las repúblicas bien concertadas que haya
juegos de ajedrez, de pelota y de trucos, para
entretener a algunos que ni tienen ni deben 25
ni pueden trabajar, así se consiente imprimir y
que haya tales libros; creyendo, como es verdad,
que no ha de haber alguno tan ignorante que
tenga por historia verdadera ninguna de estos
libros. Y si me fuera lícito ahora y el auditorio 30
lo requiriera, yo dijera cosas acerca de lo
que han de tener los libros de caballerías para
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXII p. 87
ser buenos, que quizá fueran de provecho y aun
de gusto para algunos; pero yo espero que
vendrá tiempo en que lo pueda comunicar con
quien pueda remediarlo, y en este entretanto,
creed, señor ventero, lo que os he dicho, y 5
tomad vuestros libros, y allá os avenid con sus
verdades o mentiras, y buen provecho os hagan,
y quiera Dios que no cojeéis del pie que
cojea vuestro huésped don Quijote.
Eso no, respondió el ventero; que no 10
seré yo tan loco que me haga caballero andante:
que bien veo que ahora no se usa lo que
se usaba en aquel tiempo, cuando se dice que
andaban por el mundo estos famosos
caballeros. 15
A la mitad de esta plática se halló Sancho
presente, y quedó muy confuso y pensativo de
lo que había oído decir: que ahora no se usaban
caballeros andantes, y que todos los libros
de caballerías eran necedades y mentiras, y 20
propuso en su corazón de esperar en lo que
paraba aquel viaje de su amo, y que si no salía
con la felicidad que él pensaba, determinaba
de dejarle y volverse con su mujer y sus hijos
a su acostumbrado trabajo. 25
Llevábase la maleta y los libros el ventero,
mas el cura le dijo:
Esperad, que quiero ver qué papeles son
esos que de tan buena letra están escritos.
Sacólos el huésped, y, dándoselos a leer, vio 30
hasta obra de ocho pliegos, escritos de mano,
y al principio tenían un título grande que decía:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 88
Novela del Curioso impertinente. Leyó el cura
para sí tres o cuatro renglones, y dijo:
Cierto que no me parece mal el título de esta
novela, y que me viene voluntad de leerla
toda. 5
A lo que respondió el ventero:
Pues bien puede leerla su reverencia,
porque le hago saber que [a] algunos huéspedes
que aquí la han leído les ha contentado
mucho, y me la han pedido con muchas veras; 10
mas yo no se la he querido dar, pensando
volvérsela a quien aquí dejó esta maleta olvidada
con estos libros y esos papeles; que bien
puede ser que vuelva su dueño por aquí algún
tiempo, y aunque sé que me han de hacer falta 15
los libros, a fe que se los he de volver; que
aunque ventero todavía soy cristiano.
Vos tenéis mucha razón, amigo, dijo el
cura; mas, con todo eso, si la novela me
contenta, me la habéis de dejar trasladar. 20
De muy buena gana, respondió el ventero.
Mientras los dos esto decían, había tomado
Cardenio la novela y comenzado a leer en
ella, y, pareciéndole lo mismo que al cura, le
rogó que la leyese de modo que todos la 25
oyesen.
Sí leyera, dijo el cura, si no fuera mejor
gastar este tiempo en dormir que en leer.
Harto reposo será para mí, dijo Dorotea,
entretener el tiempo oyendo algún cuento, 30
pues aún no tengo el espíritu tan sosegado,
que me conceda dormir cuando fuera razón.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXII p. 89
Pues de esa manera, dijo el cura, quiero
leerla por curiosidad siquiera; quizá tendrá
alguna de gusto.
Acudió maese Nicolás a rogarle lo
mismo, y Sancho también; lo cual visto del 5
cura, y entendiendo que a todos daría gusto
y él le recibiría, dijo:
Pues así es, esténme todos atentos; que la
novela comienza de esta manera.
p. 90
Capítulo XXXIII
Donde se cuenta la novela del Curioso
impertinente.
En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia,
en la provincia que llaman Toscana, vivían 5
Anselmo y Lotario, dos caballeros ricos y
principales, y tan amigos, que por excelencia
y antonomasia de todos los que los conocían
los dos amigos eran llamados. Eran solteros,
mozos de una misma edad y de unas mismas 10
costumbres, todo lo cual era bastante causa a
que los dos con recíproca amistad se
correspondiesen. Bien es verdad que el Anselmo
era algo más inclinado a los pasatiempos
amorosos que el Lotario, al cual llevaban tras 15
sí los de la caza. Pero cuando se ofrecía
dejaba Anselmo de acudir a sus gustos por seguir
los de Lotario, y Lotario dejaba los suyos
por acudir a los de Anselmo; y de esta manera
andaban tan a una sus voluntades, que no había 20
concertado reloj que así lo anduviese.
Andaba Anselmo perdido de amores de una
doncella principal y hermosa de la misma
ciudad, hija de tan buenos padres, y tan buena
ella por sí, que se determinó, con el parecer 25
de su amigo Lotario, sin el cual ninguna cosa
hacía, de pedirla por esposa a sus padres; y,
así, lo puso en ejecución; y el que llevó la
embajada fue Lotario, y el que concluyó el
negocio tan a gusto de su amigo, que en breve 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 91
tiempo se vio puesto en la posesión que
deseaba, y Camila tan contenta de haber
alcanzado a Anselmo por esposo, que no cesaba de
dar gracias al cielo y a Lotario, por cuyo
medio tanto bien le había venido. 5
Los primeros días, como todos los de boda
suelen ser alegres, continuó Lotario, como
solía, la casa de su amigo Anselmo, procurando
honrarle, festejarle y regocijarle con todo
aquello que a él le fue posible. Pero acabadas las 10
bodas, y sosegada ya la frecuencia de las
visitas y parabienes, comenzó Lotario a
descuidarse con cuidado de las idas en casa de
Anselmo, por parecerle a él, como es razón que
parezca a todos los que fueren discretos, que 15
no se han de visitar ni continuar las casas de
los amigos casados de la misma manera que
cuando eran solteros; porque aunque la buena
y verdadera amistad no puede ni debe de ser
sospechosa en nada, con todo esto es tan 20
delicada la honra del casado, que parece que se
puede ofender aun de los mismos hermanos,
cuanto más de los amigos.
Notó Anselmo la remisión de Lotario, y formó
de él quejas grandes, diciéndole que si él 25
supiera que el casarse había de ser parte para
no comunicarle como solía, que jamás lo hubiera
hecho; y que si por la buena correspondencia
que los dos tenían mientras él fue soltero
habían alcanzado tan dulce nombre como 30
el de ser llamados los dos amigos, que no
permitiese por querer hacer del circunspecto,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 92
sin otra ocasión alguna, que tan famoso
y tan agradable nombre se perdiese; y que,
así, le suplicaba, si era lícito que tal
término de hablar se usase entre ellos, que
volviese a ser señor de su casa y a entrar y salir 5
en ella como de antes, asegurándole que su
esposa Camila no tenía otro gusto ni otra
voluntad que la que él quería que tuviese; y que
por haber sabido ella con cuántas veras los dos
se amaban, estaba confusa de ver en él tanta 10
esquivez.
A todas estas y otras muchas razones que
Anselmo dijo a Lotario para persuadirle volviese,
como solía, a su casa, respondió Lotario
con tanta prudencia, discreción y aviso, que 15
Anselmo quedó satisfecho de la buena intención
de su amigo; y quedaron de concierto que
dos días en la semana y las fiestas fuese
Lotario a comer con él; y aunque esto quedó así
concertado entre los dos, propuso Lotario de 20
no hacer más de aquello que viese que más
convenía a la honra de su amigo, cuyo crédito
estimaba en más que el suyo propio. Decía
él, y decía bien, que el casado a quien el
cielo había concedido mujer hermosa tanto 25
cuidado había de tener qué amigos llevaba a su
casa, como en mirar con qué amigas su mujer
conversaba, porque lo que no se hace ni concierta
en las plazas, ni en los templos, ni en las
fiestas públicas, ni estaciones, cosas que no 30
todas veces las han de negar los maridos a sus
mujeres, se concierta y facilita en casa de la
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 93
amiga o la parienta de quien más satisfacción
se tiene.
También decía Lotario que tenían necesidad
los casados de tener cada uno algún amigo
que le advirtiese de los descuidos que en 5
su proceder hiciese, porque suele acontecer
que con el mucho amor que el marido a la mujer
tiene, o no le advierte, o no le dice, por no
enojarla, que haga o deje de hacer algunas
cosas, que el hacerlas, o no, le sería de honra, 10
o de vituperio; de lo cual, siendo del amigo
advertido, fácilmente pondría remedio en todo.
Pero ¿dónde se hallará amigo tan discreto y
tan leal y verdadero como aquí Lotario le
pide? No lo sé yo, por cierto; sólo Lotario era 15
éste, que con toda solicitud y advertimiento
miraba por la honra de su amigo, y procuraba
diezmar, frisar y acortar los días del concierto
del ir a su casa, porque no pareciese mal
al vulgo ocioso, y a los ojos vagabundos y 20
maliciosos, la entrada de un mozo rico,
gentilhombre y bien nacido, y de las buenas partes
que él pensaba que tenía, en la casa de una
mujer tan hermosa como Camila; que, puesto
que su bondad y valor podía poner freno 25
a toda maldiciente lengua, todavía no quería
poner en duda su crédito ni el de su amigo, y
por esto los más de los días del concierto los
ocupaba y entretenía en otras cosas, que él
daba a entender ser inexcusables. Así que en 30
quejas del uno y disculpas del otro se
pasaban muchos ratos y partes del día.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 94
Sucedió, pues, que uno, que los dos se
andaban paseando por un prado fuera de la
ciudad, Anselmo dijo a Lotario las semejantes
razones:
Pensabas, amigo Lotario, que a las 5
mercedes que Dios me ha hecho en hacerme hijo
de tales padres como fueron los míos, y al
darme no con mano escasa los bienes, así los
que llaman de naturaleza como los de fortuna,
no puedo yo corresponder con agradecimiento 10
que llegue al bien recibido y sobre al que
me hizo en darme a ti por amigo y a Camila
por mujer propia, dos prendas que las
estimo, si no en el grado que debo, en el que
puedo. Pues con todas estas partes, que suelen 15
ser el todo con que los hombres suelen y
pueden vivir contentos, vivo yo el más despechado
y el más desabrido hombre de todo el
universo mundo. Porque no sé qué días a esta
parte me fatiga y aprieta un deseo tan extraño 20
y tan fuera del uso común de otros, que yo me
maravillo de mí mismo, y me culpo, y me
riño a solas, y procuro callarlo y encubrirlo
de mis propios pensamientos, y, así, me
ha sido posible salir con este secreto como 25
si de industria procurara decirlo a todo el mundo;
y pues que, en efecto, él ha de salir a plaza,
quiero que sea en la del archivo de tu secreto,
confiado que con él y con la diligencia que
pondrás, como mi amigo verdadero, en remediarme, 30
yo me veré presto libre de la angustia
que me causa, y llegará mi alegría por tu
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 95
solicitud al grado que ha llegado mi descontento
por mi locura.
Suspenso tenían a Lotario las razones de
Anselmo, y no sabía en qué había de parar tan
larga prevención o preámbulo, y aunque iba 5
revolviendo en su imaginación qué deseo
podría ser aquel que a su amigo tanto fatigaba,
dio siempre muy lejos del blanco de la verdad;
y por salir presto de la agonía que le causaba
aquella suspensión, le dijo que hacía notorio 10
agravio a su mucha amistad en andar buscando
rodeos para decirle sus más encubiertos
pensamientos, pues tenía cierto que se podía
prometer de él, o ya consejos para entretenerlos,
o ya remedio para cumplirlos. 15
Así es la verdad, respondió Anselmo,
y con esa confianza te hago saber, amigo
Lotario, que el deseo que me fatiga es pensar
si Camila, mi esposa, [es tan] buena y tan
perfecta como yo pienso, y no puedo enterarme 20
en esta verdad si no es probándola de manera,
que la prueba manifieste los quilates de su
bondad, como el fuego muestra los del oro.
Porque yo tengo para mí, oh amigo, que no es
una mujer más buena de cuanto es o no es 25
solicitada, y que aquélla sola es fuerte que no
se dobla a las promesas, a las dádivas, a las
lágrimas y a las continuas importunidades de
los solícitos amantes. Porque, ¿qué hay que
agradecer --decía él-- que una mujer sea buena, 30
si nadie le dice que sea mala? ¿Qué mucho que
esté recogida y temerosa la que no le dan
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 96
ocasión para que se suelte, y la que sabe que tiene
marido que, en cogiéndola en la primera
desenvoltura, la ha de quitar la vida? Así que la
que es buena por temor, o por falta de lugar,
yo no la quiero tener en aquella estima en que 5
tendré a la solicitada y perseguida que salió
con la corona del vencimiento. De modo que,
por estas razones y por otras muchas que te
pudiera decir para acreditar y fortalecer la
opinión que tengo, deseo que Camila mi esposa 10
pase por estas dificultades y se acrisole y
quilate en el fuego de verse requerida y solicitada,
y de quien tenga valor para poner en ella sus
deseos; y si ella sale, como creo que saldrá,
con la palma de esta batalla, tendré yo por sin 15
igual mi ventura. Podré yo decir que está
colmo el vacío de mis deseos. Diré que me cupo
en suerte la mujer fuerte de quien el Sabio
dice que ¿quién la hallará? Y cuando esto
suceda al revés de lo que pienso, con el gusto 20
de ver que acerté en mi opinión, llevaré sin
pena la que de razón podrá causarme mi tan
costosa experiencia. Y presupuesto que ninguna
cosa de cuantas me dijeres en contra de
mi deseo ha de ser de algún provecho para 25
dejar de ponerle por la obra, quiero, oh amigo
Lotario, que te dispongas a ser el instrumento
que labre aquesta obra de mi gusto; que yo te
daré lugar para que lo hagas, sin faltarte todo
aquello que yo viere ser necesario para 30
solicitar a una mujer honesta, honrada, recogida
y desinteresada.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 97
Y muéveme, entre otras cosas, a fiar de ti
esta tan ardua empresa, el ver que si de ti es
vencida Camila, no ha de llegar el vencimiento
a todo trance y rigor, sino a sólo a tener por
hecho lo que se ha de hacer, por buen 5
respeto, y, así, no quedaré yo ofendido más de
con el deseo, y mi injuria quedará escondida
en la virtud de tu silencio, que bien sé que en
lo que me tocare ha de ser eterno como el de
la muerte. Así que, si quieres que yo tenga 10
vida que pueda decir que lo es, desde luego
has de entrar en esta amorosa batalla, no tibia
ni perezosamente, sino con el ahínco y diligencia
que mi deseo pide y con la confianza que
nuestra amistad me asegura. 15
Estas fueron las razones que Anselmo dijo a
Lotario, a todas las cuales estuvo tan atento,
que, si no fueron las que quedan escritas que
le dijo, no desplegó sus labios hasta que hubo
acabado, y viendo que no decía más, después 20
que le estuvo mirando un buen espacio, como
si mirara otra cosa que jamás hubiera visto,
que le causara admiración y espanto, le dijo:
No me puedo persuadir, oh amigo Anselmo,
a que no sean burlas las cosas que me has 25
dicho; que a pensar que de veras las decías no
consintiera que tan adelante pasaras, porque
con no escucharte previniera tu larga arenga.
Sin duda imagino, o que no me conoces, o que
yo no te conozco. Pero no: que bien sé que eres 30
Anselmo y tú sabes que yo soy Lotario; el daño
está en que yo pienso que no eres el Anselmo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 98
que solías, y tú debes de haber pensado que
tampoco yo soy el Lotario que debía ser;
porque las cosas que me has dicho, ni son de
aquel Anselmo mi amigo, ni las que me pides
se han de pedir a aquel Lotario que tú conoces. 5
Porque los buenos amigos han de probar a sus
amigos, y valerse de ellos, como dijo un poeta:
usque ad aras; que quiso decir que no se habían
de valer de su amistad en cosas que fuesen
contra Dios. Pues si esto sintió un gentil de la 10
amistad, ¿cuánto mejor es que lo sienta el
cristiano que sabe que por ninguna humana ha de
perder la amistad divina? Y cuando el amigo
tirase tanto la barra, que pusiese aparte los
respetos del cielo por acudir a los de su amigo, 15
no ha de ser por cosas ligeras y de poco
momento, sino por aquéllas en que vaya la honra
y la vida de su amigo. Pues dime tú ahora, Anselmo,
¿cuál de estas dos cosas tienes en peligro,
para que yo me aventure a complacerte y a 20
hacer una cosa tan detestable como me pides?
Ninguna, por cierto; antes me pides, según yo
entiendo, que procure y solicite quitarte la
honra y la vida, y quitármela a mí juntamente.
Porque si yo he de procurar quitarte la honra, 25
claro está que te quito la vida, pues el hombre
sin honra peor es que un muerto; y, siendo yo
el instrumento, como tú quieres que lo sea, de
tanto mal tuyo, ¿no vengo a quedar
deshonrado y, por el mismo consiguiente, sin 30
vida? Escucha, amigo Anselmo, y ten paciencia
de no responderme hasta que acabe de
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 99
decirte lo que se me ofreciere acerca de lo que
te ha pedido tu deseo; que tiempo quedará
para que tú me repliques y yo te escuche.
Que me place, dijo Anselmo; di lo que
quisieres. 5
Y Lotario prosiguió, diciendo:
Paréceme, oh Anselmo, que tienes tú ahora el
ingenio como el que siempre tienen los moros,
a los cuales no se les puede dar a entender el
error de su secta con las acotaciones de la 10
Santa Escritura, ni con razones que consistan
en especulación del entendimiento, ni que
vayan fundadas en artículos de fe, sino que les
han de traer ejemplos palpables, fáciles,
inteligibles, demostrativos, indubitables, con 15
demostraciones matemáticas, que no se pueden
negar, como cuando dicen: «Si de dos partes
»iguales quitamos partes iguales, las que
»quedan también son iguales.» Y cuando esto no
entiendan de palabra, como en efecto no lo 20
entienden, háseles de mostrar con las manos y
ponérselo delante de los ojos, y aún con todo
esto no basta nadie con ellos a persuadirles
las verdades de mi sacra religión. Y este
mismo término y modo me convendrá usar 25
contigo, porque el deseo que en ti ha nacido
va tan descaminado y tan fuera de todo
aquello que tenga sombra de razonable, que me
parece que ha de ser tiempo gastado el que
ocupare en darte a entender tu simplicidad, que 30
por ahora no le quiero dar otro nombre, y aun
estoy por dejarte en tu desatino, en pena de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 100
tu mal deseo; mas no me deja usar de este rigor
la amistad que te tengo, la cual no consiente
que te deje puesto en tan manifiesto peligro
de perderte.
Y porque claro lo veas, dime, Anselmo: ¿tú 5
no me has dicho que tengo de solicitar a una
retirada, persuadir a una honesta, ofrecer a
una desinteresada, servir a una prudente? Sí
que me lo has dicho. Pues si tú sabes que
tienes mujer retirada, honesta, desinteresada y 10
prudente, ¿qué buscas? Y si piensas que de
todos mis asaltos ha de salir vencedora, como
saldrá sin duda, ¿qué mejores títulos piensas
darle después que los que ahora tiene?; ¿o qué
será más después de lo que es ahora? O es que 15
tú no la tienes por la que dices, o tú no sabes lo
que pides. Si no la tienes por lo que dices,
¿para qué quieres probarla, sino, como a mala,
hacer de ella lo que más te viniere en gusto? Mas
si es tan buena como crees, impertinente cosa 20
será hacer experiencia de la misma verdad,
pues después de hecha se ha de quedar con
la estimación que primero tenía. Así que es
razón concluyente que el intentar las cosas de
las cuales antes nos puede suceder daño que 25
provecho es de juicios sin discurso y temerarios;
y más cuando quieren intentar aquéllas
a que no son forzados ni compelidos, y que
de muy lejos traen descubierto que el
intentarlas es manifiesta locura. 30
Las cosas dificultosas se intentan por Dios,
o por el mundo, o por entrambos a dos: las
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 101
que se acometen por Dios son las que acometieron
los santos, acometiendo a vivir vida de
ángeles en cuerpos humanos; las que se
acometen por respeto del mundo son las de
aquellos que pasan tanta infinidad de agua, tanta 5
diversidad de climas, tanta extrañeza de
gentes, por adquirir estos que llaman bienes de
fortuna. Y las que se intentan por Dios y por el
mundo juntamente, son aquellas de los valerosos
soldados, que apenas ven en el contrario 10
muro abierto tanto espacio cuanto es el que
pudo hacer una redonda bala de artillería,
cuando, puesto aparte todo temor, sin hacer
discurso ni advertir al manifiesto peligro que
les amenaza, llevados en vuelo de las alas del 15
deseo de volver por su fe, por su nación y por
su rey, se arrojan intrépidamente por la mitad
de mil contrapuestas muertes que los esperan.
Estas cosas son las que suelen intentarse,
y es honra, gloria y provecho intentarlas, 20
aunque tan llenas de inconvenientes y peligros.
Pero la que tú dices que quieres intentar y
poner por obra, ni te ha de alcanzar gloria de
Dios, bienes de la fortuna, ni fama con los
hombres; porque, puesto que salgas con ella como 25
deseas, no has de quedar ni más ufano, ni
más rico, ni más honrado que estás ahora; y si
no sales, te has de ver en la mayor miseria que
imaginarse pueda; porque no te ha de
aprovechar pensar entonces que no sabe nadie la 30
desgracia que te ha sucedido, porque bastará
para afligirte y deshacerte que la sepas tú
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 102
mismo. Y para confirmación de esta verdad, te
quiero decir una estancia, que hizo el famoso
poeta Luis Tansilo, en el fin de su primera
parte de las Lágrimas de San Pedro, que dice así:
Crece el dolor y crece la vergüenza 5
en Pedro, cuando el día se ha mostrado,
y aunque allí no ve a nadie, se avergüenza
de sí mismo, por ver que había pecado:
que a un magnánimo pecho a haber vergüenza
no sólo ha de moverle el ser mirado; 10
que de sí se avergüenza cuando yerra,
si bien otro no ve que cielo y tierra.
Así que no excusarás con el secreto tu
dolor; antes tendrás que llorar continuo, si no
lágrimas de los ojos, lágrimas de sangre del 15
corazón, como las lloraba aquel simple doctor que
nuestro poeta nos cuenta, que hizo la prueba
del vaso, que con mejor discurso se excusó
de hacerlo el prudente Reinaldos; que puesto
que aquello sea ficción poética, tiene en sí 20
encerrados secretos morales dignos de ser
advertidos y entendidos e imitados. Cuanto más, que
con lo que ahora pienso decirte, acabarás de
venir en conocimiento del grande error que
quieres cometer. 25
Dime, Anselmo: si el cielo, o la suerte buena,
te hubiera hecho señor y legítimo posesor de
un finísimo diamante, de cuya bondad y
quilates estuviesen satisfechos cuantos lapidarios
le viesen, y que todos a una voz y de común 30
parecer dijesen que llegaba en quilates,
bondad y fineza a cuanto se podía extender la
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 103
naturaleza de tal piedra, y tú mismo lo creyeses
así, sin saber otra cosa en contrario, ¿sería
justo que te viniese en deseo de tomar aquel
diamante, y ponerle entre un yunque y un
martillo, y allí, a pura fuerza de golpes y 5
brazos, probar si es tan duro y tan fino como
dicen? Y más, si lo pusieses por obra; que
puesto caso que la piedra hiciese resistencia
a tan necia prueba, no por eso se le añadiría
más valor ni más fama, y si se rompiese, cosa 10
que podría ser, ¿no se perdía todo? Sí, por
cierto, dejando a su dueño en estimación de
que todos le tengan por simple. Pues haz
cuenta, Anselmo amigo, que Camila es finísimo
diamante, así en tu estimación como en la 15
ajena, y que no es razón ponerla en contingencia
de que se quiebre, pues aunque se quede con
su entereza, no puede subir a más valor del
que ahora tiene, y si faltase y no resistiese,
considera desde ahora cuál quedarías sin 20
ella, y con cuánta razón te podrías quejar de
ti mismo, por haber sido causa de su
perdición y la tuya.
Mira que no hay joya en el mundo que tanto
valga como la mujer casta y honrada, y que 25
todo el honor de las mujeres consiste en la
opinión buena que de ellas se tiene; y pues la
de tu esposa es tal, que llega al extremo de
bondad que sabes, ¿para qué quieres poner
esta verdad en duda? Mira, amigo, que la 30
mujer es animal imperfecto y que no se le han
de poner embarazos donde tropiece y caiga,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 104
sino quitárselos y despejarle el camino de
cualquier inconveniente, para que sin pesadumbre
corra ligera a alcanzar la perfección que le falta,
que consiste en el ser virtuosa.
Cuentan los naturales que el armiño es 5
un animalejo que tiene una piel blanquísima,
y que, cuando quieren cazarle los cazadores,
usan de este artificio: que, sabiendo las partes
por donde suele pasar y acudir, las atajan con
lodo, y después, ojeándole, le encaminan hacia 10
aquel lugar, y así como el armiño llega al
lodo, se está quedo y se deja prender y
cautivar, a trueco de no pasar por el cieno y
perder y ensuciar su blancura, que la estima en
más que la libertad y la vida. La honesta y 15
casta mujer es armiño, y es más que nieve
blanca y limpia la virtud de la honestidad, y
el que quisiere que no la pierda, antes la
guarde y conserve, ha de usar de otro estilo
diferente que con el armiño se tiene, porque no 20
le han de poner delante el cieno de los regalos
y servicios de los importunos amantes, porque
quizá, y aun sin quizá, no tiene tanta virtud
y fuerza natural que pueda por sí misma
atropellar y pasar por aquellos embarazos, y 25
es necesario quitárselos y ponerle delante la
limpieza de la virtud y la belleza que encierra
en sí la buena fama.
Es asimismo la buena mujer como espejo
de cristal luciente y claro, pero está 30
sujeto a empañarse y oscurecerse con
cualquiera aliento que le toque. Hase de usar con
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 105
la honesta mujer el estilo que con las reliquias:
adorarlas y no tocarlas. Hase de guardar y
estimar la mujer buena como se guarda y estima
un hermoso jardín que está lleno de flores y
rosas, cuyo dueño no consiente que nadie le 5
pasee ni manosee; basta que desde lejos y
por entre las verjas de hierro gocen de su
fragancia y hermosura. Finalmente, quiero
decirte unos versos que se me han venido a la
memoria, que los oí en una comedia moderna, 10
que me parece que hacen al propósito de
lo que vamos tratando. Aconsejaba un prudente
viejo a otro, padre de una doncella, que
la recogiese, guardase y encerrase, y, entre
otras razones, le dijo éstas: 15
Es de vidrio la mujer;
pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar,
porque todo podría ser.
Y es más fácil el quebrarse, 20
y no es cordura ponerse
a peligro de romperse
lo que no puede soldarse.
Y en esta opinión estén
todos, y en razón la fundo, 25
que si hay Dánaes en el mundo,
hay lluvias de oro también.
Cuanto hasta aquí te he dicho, oh Anselmo,
ha sido por lo que a ti te toca; y ahora es bien
que se oiga algo de lo que a mí me conviene; 30
y si fuere largo, perdóname; que todo lo
requiere el laberinto donde te has entrado, y de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 106
donde quieres que yo te saque. Tú me tienes
por amigo, y quieres quitarme la honra, cosa
que es contra toda amistad, y aun no sólo
pretendes esto, sino que procuras que yo te la
quite a ti. Que me la quieres quitar a mí, está 5
claro, pues cuando Camila vea que yo la
solicito, como me pides, cierto está que me ha
de tener por hombre sin honra y mal mirado,
pues intento y hago una cosa tan fuera de
aquello que el ser quien soy y tu amistad me 10
obliga. De que quieres que te la quite a ti, no
hay duda, porque viendo Camila que yo la
solicito, ha de pensar que yo he visto en ella
alguna liviandad que me dio atrevimiento a
descubrirle mi mal deseo, y, teniéndose por 15
deshonrada, te toca a ti, como a cosa suya, su
misma deshonra. Y de aquí nace lo que
comúnmente se platica: que el marido de la
mujer adúltera, puesto que él no lo sepa ni haya
dado ocasión para que su mujer no sea la que 20
debe, ni haya sido en su mano, ni en su
descuido y poco recato estorbar su desgracia, con
todo le llaman y le nombran con nombre de
vituperio y bajo, y en cierta manera le miran
los que la maldad de su mujer saben con ojos 25
de menosprecio, en cambio de mirarle con los
de lástima, viendo que, no por su culpa,
sino por el gusto de su mala compañera, está
en aquella desventura.
Pero quiérote decir la causa, porque con 30
justa razón es deshonrado el marido de la
mujer mala, aunque él no sepa que lo es, ni
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 107
tenga culpa, ni haya sido parte, ni dado ocasión
para que ella lo sea. Y no te canses de oírme;
que todo ha de redundar en tu provecho.
Cuando Dios crió a nuestro primero padre en el
Paraíso Terrenal, dice la Divina Escritura que 5
infundió Dios sueño en Adán, y que, estando
durmiendo, le sacó una costilla del lado
siniestro, de la cual formó a nuestra madre Eva; y
así como Adán despertó y la miró, dijo: «Esta
»es carne de mi carne y hueso de mis huesos.» 10
Y Dios dijo: «Por ésta dejará el hombre
»a su padre y madre, y serán dos en una carne
»misma.» Y, entonces fue instituido el divino
sacramento del matrimonio, con tales lazos,
que sola la muerte puede desatarlos. Y tiene 15
tanta fuerza y virtud este milagroso sacramento,
que hace que dos diferentes personas sean
una misma carne; y aún hace más en los
buenos casados, que, aunque tienen dos almas,
no tienen más de una voluntad. Y de aquí 20
viene que, como la carne de la esposa sea una
misma con la del esposo, las manchas que
en ella caen, o los defectos que se procura,
redundan en la carne del marido, aunque él
no haya dado, como queda dicho, ocasión para 25
aquel daño. Porque así como el dolor del pie,
o de cualquier miembro del cuerpo humano,
le siente todo el cuerpo, por ser todo de una
carne misma, y la cabeza siente el daño del
tobillo, sin que ella se le haya causado, así el 30
marido es participante de la deshonra de la
mujer por ser una misma cosa con ella. Y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 108
como las honras y deshonras del mundo sean
todas y nazcan de carne y sangre, y las de la
mujer mala sean de este género, es forzoso que
al marido le quepa parte de ellas y sea tenido
por deshonrado sin que él lo sepa. 5
Mira, pues, oh Anselmo, al peligro que te
pones en querer turbar el sosiego en que tu
buena esposa vive. Mira por cuán vana e
impertinente curiosidad quieres revolver los
humores que ahora están sosegados en el pecho 10
de tu casta esposa. Advierte que lo que
aventuras a ganar es poco, y que lo que perderás
será tanto, que lo dejaré en su punto, porque
me faltan palabras para encarecerlo. Pero si
todo cuanto he dicho no basta a moverte de 15
tu mal propósito, bien puedes buscar otro
instrumento de tu deshonra y desventura; que yo
no pienso serlo, aunque por ello pierda tu
amistad, que es la mayor pérdida que imaginar
puedo. 20
Calló en diciendo esto el virtuoso y
prudente Lotario, y Anselmo quedó tan confuso y
pensativo, que por un buen espacio no le pudo
responder palabra; pero, en fin, le dijo:
Con la atención que has visto he escuchado, 25
Lotario amigo, cuanto has querido decirme,
y en tus razones, ejemplos y comparaciones
he visto la mucha discreción que tienes y
el extremo de la verdadera amistad que
alcanzas; y asimismo veo y confieso que si no 30
sigo tu parecer y me voy tras el mío, voy
huyendo del bien y corriendo tras el mal.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 109
Presupuesto esto, has de considerar que yo
padezco ahora la enfermedad que suelen tener
algunas mujeres, que se les antoja comer
tierra, yeso, carbón y otras cosas peores, aun
asquerosas para mirarse, cuanto más para 5
comerse; así que es menester usar de algún
artificio para que yo sane, y esto se podía hacer
con facilidad sólo con que comiences, aunque
tibia y fingidamente, a solicitar a Camila, la
cual no ha de ser tan tierna, que a los primeros 10
encuentros dé con su honestidad por tierra; y
con sólo este principio quedaré contento, y tú
habrás cumplido con lo que debes a nuestra
amistad, no solamente dándome la vida, sino
persuadiéndome de no verme sin honra. Y estás 15
obligado a hacer esto por una razón sola, y es
que estando yo, como estoy, determinado de
poner en práctica esta prueba, no has tú de
consentir que yo dé cuenta de mi desatino a otra
persona, con que pondría en aventura el honor 20
que tú procuras que no pierda; y cuando el
tuyo no esté en el punto que debe en la
intención de Camila en tanto que la solicitares,
importa poco o nada, pues con brevedad, viendo
[en] ella la entereza que esperamos, le podrás 25
decir la pura verdad de nuestro artificio,
con que volverá tu crédito al ser primero. Y
pues tan poco aventuras y tanto contento me
puedes dar aventurándote, no lo dejes de
hacer, aunque más inconvenientes se te pongan 30
delante, pues, como ya he dicho, con sólo que
comiences daré por concluida la causa.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 110
Viendo Lotario la resoluta voluntad de
Anselmo, y no sabiendo qué más ejemplos traerle,
ni qué más razones mostrarle para que no
la siguiese, y viendo que le amenazaba que
daría a otro cuenta de su mal deseo, por 5
evitar mayor mal, determinó de contentarle y
hacer lo que le pedía, con propósito e intención
de guiar aquel negocio de modo que, sin
alterar los pensamientos de Camila, quedase
Anselmo satisfecho; y, así, le respondió que no 10
comunicase su pensamiento con otro alguno,
que él tomaba a su cargo aquella empresa, la
cual comenzaría cuando a él le diese más
gusto. Abrazóle Anselmo tierna y amorosamente,
y agradecióle su ofrecimiento, como si 15
alguna grande merced le hubiera hecho, y
quedaron de acuerdo entre los dos que desde
otro día siguiente se comenzase la obra; que
él le daría lugar y tiempo como a sus solas
pudiese hablar a Camila, y asimismo le daría 20
dineros y joyas que darla y que ofrecerla.
Aconsejóle que le diese músicas, que escribiese
versos en su alabanza, y que, cuando él
no quisiese tomar trabajo de hacerlos, él mismo
los haría. A todo se ofreció Lotario, bien 25
con diferente intención que Anselmo pensaba.
Y con este acuerdo se volvieron a casa de
Anselmo, donde hallaron a Camila con ansia y
cuidado, esperando a su esposo, porque aquel
día tardaba en venir más de lo acostumbrado. 30
Fuese Lotario a su casa, y Anselmo quedó en
la suya, tan contento como Lotario fue pensativo,
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 111
no sabiendo qué traza dar para salir bien
de aquel impertinente negocio. Pero aquella
noche pensó el modo que tendría para
engañar a Anselmo sin ofender a Camila; y otro día
vino a comer con su amigo, y fue bien 5
recibido de Camila, la cual le recibía y regalaba
con mucha voluntad, por entender la buena
que su esposo le tenía.
Acabaron de comer, levantaron los manteles,
y Anselmo dijo a Lotario que se quedase allí 10
con Camila en tanto que él iba a un negocio
forzoso; que dentro de hora y media volvería.
Rogóle Camila que no se fuese, y Lotario se
ofreció a hacerle compañía; mas nada aprovechó
con Anselmo, antes importunó a Lotario 15
que se quedase y le aguardase, porque tenía
que tratar con él una cosa de mucha
importancia. Dijo también a Camila que no dejase
solo a Lotario, en tanto que él volviese. En
efecto, él supo tan bien fingir la necesidad o 20
necedad de su ausencia, que nadie pudiera
entender que era fingida. Fuese Anselmo, y
quedaron solos a la mesa Camila y Lotario,
porque la demás gente de casa toda se había ido a
comer. Viose Lotario puesto en la estacada 25
que su amigo deseaba, y con el enemigo
delante, que pudiera vencer, con sola su
hermosura, a un escuadrón de caballeros armados;
mirad si era razón que le temiera Lotario.
Pero lo que hizo fue poner el codo sobre 30
el brazo de la silla y la mano abierta en la
mejilla, y pidiendo perdón a Camila del mal
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 112
comedimiento, dijo que quería reposar un poco
en tanto que Anselmo volvía. Camila le
respondió que mejor reposaría en el estrado que
en la silla, y, así, le rogó se entrase a dormir
en él. No quiso Lotario, y allí se quedó 5
dormido hasta que volvió Anselmo; el cual, como
halló a Camila en su aposento y a Lotario
durmiendo, creyó que, como se había tardado tanto,
ya habrían tenido los dos lugar para hablar y
aun para dormir, y no vio la hora en que 10
Lotario despertase, para volverse con él fuera y
preguntarle de su ventura.
Todo le sucedió como él quiso; Lotario
despertó, y luego salieron los dos de casa, y,
así, le preguntó lo que deseaba; y le respondió 15
Lotario que no le había parecido ser bien
que la primera vez se descubriese del todo, y,
así, no había hecho otra cosa que alabar a
Camila de hermosa, diciéndole que en toda la
ciudad no se trataba de otra cosa que de su 20
hermosura y discreción; y que éste le había parecido
buen principio para entrar ganando la voluntad
y disponiéndola a que otra vez le escuchase
con gusto, usando en esto del artificio que el
demonio usa cuando quiere engañar a alguno 25
que está puesto en atalaya de mirar por sí; que
se transforma en ángel de luz, siéndolo el de
tinieblas, y, poniéndole delante apariencias
buenas, al cabo descubre quien es, y sale con su
intención, si a los principios no es descubierto 30
su engaño. Todo esto le contentó mucho a
Anselmo, y dijo que cada día daría el mismo
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 113
lugar, aunque no saliese de casa, porque en
ella se ocuparía en cosas que Camila no
pudiese venir en conocimiento de su artificio.
Sucedió, pues, que se pasaron muchos días
que, sin decir Lotario palabra a Camila, 5
respondía a Anselmo que la hablaba, y jamás
podía sacar de ella una pequeña muestra de
venir en ninguna cosa que mala fuese, ni aun dar
una señal de sombra de esperanza; antes decía
que le amenazaba que si de aquel mal pensamiento 10
no se quitaba, que lo había de decir a su
esposo.
Bien está, dijo Anselmo; hasta aquí ha
resistido Camila a las palabras; es menester ver
cómo resiste a las obras: yo os daré mañana 15
dos mil escudos de oro para que se los ofrezcáis
y aun se los deis, y otros tantos para que
compréis joyas con que cebarla; que las
mujeres suelen ser aficionadas, y más si son
hermosas, por más castas que sean, a esto de 20
traerse bien y andar galanas; y si ella resiste a esta
tentación, yo quedaré satisfecho y no os daré
más pesadumbre.
Lotario respondió que ya que había comenzado,
que él llevaría hasta el fin aquella empresa, 25
puesto que entendía salir de ella cansado
y vencido. Otro día recibió los cuatro mil
escudos, y con ellos cuatro mil confusiones,
porque no sabía qué decirse para mentir de nuevo;
pero, en efecto, determinó de decirle que Camila 30
estaba tan entera a las dádivas y promesas
como a las palabras, y que no había para qué
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 114
cansarse más, porque todo el tiempo se
gastaba en balde.
Pero la suerte, que las cosas guiaba de otra
manera, ordenó que, habiendo dejado Anselmo
solos a Lotario y a Camila, como otras veces 5
solía, él se encerró en un aposento, y por los
agujeros de la cerradura estuvo mirando y
escuchando lo que los dos trataban, y vio que en
más de media hora Lotario no habló palabra
a Camila, ni se la hablara si allí estuviera un 10
siglo. Y cayó en la cuenta de que cuanto su
amigo le había dicho de las respuestas de Camila
todo era ficción y mentira. Y para ver si esto
era así, salió del aposento, y, llamando a
Lotario aparte, le preguntó qué nuevas había y de 15
qué temple estaba Camila. Lotario le respondió
que no pensaba más darle puntada en aquel
negocio, porque respondía tan áspera y
desabridamente, que no tendría ánimo para volver
a decirle cosa alguna. 20
¡Ha!, dijo Anselmo, ¡Lotario, Lotario, y
cuán mal correspondes a lo que me debes y a
lo mucho que de ti confío! Ahora te he estado
mirando por el lugar que concede la entrada
de esta llave, y he visto que no has dicho palabra 25
a Camila, por donde me doy a entender que
aun las primeras le tienes por decir; y si esto
es así, como sin duda lo es, ¿para qué me
engañas? O ¿por qué quieres quitarme con tu
industria los medios que yo podría hallar para 30
conseguir mi deseo?
No dijo más Anselmo, pero bastó lo que
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 115
había dicho para dejar corrido y confuso a
Lotario. El cual, casi como tomando por punto
de honra el haber sido hallado en mentira, juró
a Anselmo que desde aquel momento tomaba
tan a su cargo el contentarle y no mentirle, cual 5
lo vería, si con curiosidad lo espiaba; cuanto
más que no sería menester usar de ninguna
diligencia, porque la que él pensaba poner en
satisfacerle le quitaría de toda sospecha.
Creyóle Anselmo, y para darle comodidad más 10
segura y menos sobresaltada, determinó de hacer
ausencia de su casa por ocho días, yéndose
a la de un amigo suyo que estaba en una aldea,
no lejos de la ciudad. Con el cual amigo
concertó que le enviase a llamar con muchas 15
veras, para tener ocasión con Camila de
su partida.
¡Desdichado y mal advertido de ti, Anselmo!
¿Qué es lo que haces?, ¿qué es lo que
trazas?, ¿qué es lo que ordenas? Mira que haces 20
contra ti mismo, trazando tu deshonra y
ordenando tu perdición. Buena es tu esposa
Camila, quieta y sosegadamente la posees, nadie
sobresalta tu gusto, sus pensamientos no salen
de las paredes de su casa, tú eres su cielo en 25
la tierra, el blanco de sus deseos, el
cumplimiento de sus gustos y la medida por donde
mide su voluntad, ajustándola en todo con la
tuya y con la del cielo. Pues si la mina de su
honor, hermosura, honestidad y recogimiento 30
te da sin ningún trabajo toda la riqueza que
tiene y tú puedes desear, ¿para qué quieres
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 116
ahondar la tierra y buscar nuevas vetas de
nuevo y nunca visto tesoro, poniéndote a
peligro que toda venga abajo, pues, en fin, se
sustenta sobre los débiles arrimos de su flaca
naturaleza? Mira que el que busca lo imposible 5
es justo que lo posible se le niegue, como
lo dijo mejor un poeta, diciendo:
Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisión libertad, 10
en lo cerrado salida
y en el traidor lealtad.
Pero mi suerte, de quien
jamás espero algún bien,
con el cielo ha estatuido 15
que, pues lo imposible pido,
lo posible aun no me den.
Fuese otro día Anselmo a la aldea, dejando
dicho a Camila que el tiempo que él estuviese
ausente vendría Lotario a mirar por su casa y 20
a comer con ella; que tuviese cuidado de
tratarle como a su misma persona. Afligióse
Camila, como mujer discreta y honrada, de la
orden que su marido le dejaba, y díjole que
advirtiese que no estaba bien que nadie, él 25
ausente, ocupase la silla de su mesa, y que si
lo hacía por no tener confianza que ella sabría
gobernar su casa, que probase por aquella
vez, y vería por experiencia cómo para mayores
cuidados era bastante. Anselmo le replicó 30
que aquél era su gusto y que no tenía más que
hacer que bajar la cabeza y obedecerle.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 117
Camila dijo que así lo haría, aunque contra su
voluntad.
Partióse Anselmo, y otro día vino a su casa
Lotario, donde fue recibido de Camila con
amoroso y honesto acogimiento. La cual jamás 5
se puso en parte donde Lotario la viese
a solas, porque siempre andaba rodeada de
sus criados y criadas, especialmente de una
doncella suya, llamada Leonela, a quien ella
mucho quería por haberse criado desde niñas 10
las dos juntas en casa de los padres de
Camila, y cuando se casó con Anselmo la trajo
consigo. En los tres días primeros nunca
Lotario le dijo nada, aunque pudiera, cuando se
levantaban los manteles y la gente se iba a 15
comer con mucha prisa, porque así se lo
tenía mandado Camila. Y aun tenía orden
Leonela que comiese primero que Camila, y
que de su lado jamás se quitase; mas ella,
que en otras cosas de su gusto tenía puesto el 20
pensamiento y había menester aquellas horas y
aquel lugar para ocuparle en sus contentos, no
cumplía todas veces el mandamiento de su
señora; antes los dejaba solos, como si
aquello le hubieran mandado. Mas la honesta 25
presencia de Camila, la gravedad de su rostro, la
compostura de su persona era tanta, que ponía
freno a la lengua de Lotario. Pero el provecho
que las muchas virtudes de Camila hicieron,
poniendo silencio en la lengua de Lotario, 30
redundó más en daño de los dos, porque si la
lengua callaba, el pensamiento discurría, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 118
tenía lugar de contemplar parte por parte
todos los extremos de bondad y de hermosura
que Camila tenía, bastantes a enamorar una
estatua de mármol, no que un corazón de
carne. 5
Mirábala Lotario en el lugar y espacio que
había de hablarla, y consideraba cuán digna era
de ser amada, y esta consideración comenzó
poco a poco a dar asaltos a los respetos
que a Anselmo tenía, y mil veces quiso 10
ausentarse de la ciudad e irse donde jamás
Anselmo le viese a él, ni él viese a Camila; mas
ya le hacía impedimento y detenía el gusto que
hallaba en mirarla. Hacíase fuerza y peleaba
consigo mismo por desechar y no sentir el 15
contento que le llevaba a mirar a Camila.
Culpábase a solas de su desatino, llamábase mal
amigo y aun mal cristiano. Hacía discursos y
comparaciones entre él y Anselmo, y todos
paraban en decir que más había sido la locura 20
y confianza de Anselmo que su poca fidelidad.
Y que si así tuviera disculpa para con Dios
como para con los hombres de lo que pensaba
hacer, que no temiera pena por su culpa.
En efecto, la hermosura y la bondad de 25
Camila, juntamente con la ocasión que el
ignorante marido le había puesto en las manos,
dieron con la lealtad de Lotario en tierra. Y, sin
mirar a otra cosa que aquélla a que su gusto
le inclinaba, al cabo de tres días de la ausencia 30
de Anselmo, en los cuales estuvo en continua
batalla por resistir a sus deseos, comenzó a
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 119
requebrar a Camila con tanta turbación y con
tan amorosas razones, que Camila quedó
suspensa, y no hizo otra cosa que levantarse de
donde estaba y entrarse en su aposento sin
responderle palabra alguna. Mas no por esta 5
sequedad se desmayó en Lotario la esperanza,
que siempre nace juntamente con el amor;
antes tuvo en más a Camila. La cual, habiendo
visto en Lotario lo que jamás pensara, no sabía
qué hacerse. Y, pareciéndole no ser cosa 10
segura ni bien hecha darle ocasión ni lugar a
que otra vez la hablase, determinó de enviar
aquella misma noche, como lo hizo, a un
criado suyo con un billete a Anselmo, donde
le escribió estas razones: 15
p. 120
Capítulo XXXIV
Donde se prosigue la novela del Curioso
impertinente.
Así como suele decirse que parece mal el
ejército sin su general y el castillo sin su 5
castellano, digo yo que parece muy peor la
mujer casada y moza sin su marido, cuando
justísimas ocasiones no lo impiden. Yo me hallo
tan mal sin vos, y tan imposibilitada de no
poder sufrir esta ausencia, que si presto no 10
venís me habré de ir a entretener en casa de
mis padres, aunque deje sin guarda la
vuestra. Porque la que me dejasteis, si es que
quedó con tal título, creo que mira más por su
gusto que por lo que a vos os toca, y pues sois 15
discreto, no tengo más que deciros, ni aun es
bien que más os diga.
Esta carta recibió Anselmo, y entendió por
ella que Lotario había ya comenzado la
empresa, y que Camila debía de haber respondido 20
como él deseaba. Y, alegre sobremanera de
tales nuevas, respondió a Camila, de palabra,
que no hiciese mudamiento de su casa en
modo alguno, porque él volvería con mucha
brevedad. Admirada quedó Camila de la respuesta 25
de Anselmo, que la puso en más confusión
que primero, porque ni se atrevía a estar
en su casa, ni menos irse a la de sus padres,
porque en la quedada corría peligro su
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 121
honestidad, y en la ida iba contra el mandamiento
de su esposo.
En fin, se resolvió en lo que le estuvo peor,
que fue en el quedarse, con determinación de
no huir la presencia de Lotario, por no dar 5
qué decir a sus criados; y ya le pesaba de
haber escrito lo que escribió a su esposo,
temerosa de que no pensase que Lotario había visto
en ella alguna desenvoltura que le hubiese
movido a no guardarle el decoro que debía. 10
Pero, fiada en su bondad, se fio en Dios y
en su buen pensamiento, con que pensaba
resistir callando a todo aquello que Lotario
decirle quisiese, sin dar más cuenta a su
marido, por no ponerle en alguna pendencia y 15
trabajo.
Y aun andaba buscando manera cómo disculpar
a Lotario con Anselmo, cuando le preguntase
la ocasión que le había movido a escribirle
aquel papel. Con estos pensamientos, más 20
honrados que acertados ni provechosos, estuvo
otro día escuchando a Lotario, el cual cargó la
mano de manera, que comenzó a titubear la
firmeza de Camila, y su honestidad tuvo harto
que hacer en acudir a los ojos, para que no 25
diesen muestra de alguna amorosa compasión
que las lágrimas y las razones de Lotario
en su pecho habían despertado. Todo esto
notaba Lotario y todo le encendía.
Finalmente, a él le pareció que era menester, 30
en el espacio y lugar que daba la ausencia de
Anselmo, apretar el cerco a aquella fortaleza.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 122
Y, así, acometió a su presunción con las
alabanzas de su hermosura, porque no hay
cosa que más presto rinda y allane las
encastilladas torres de la vanidad de las hermosas
que la mesma vanidad, puesta en las 5
lenguas de la adulación. En efecto, él, con
toda diligencia, minó la roca de su entereza
con tales pertrechos, que, aunque Camila fuera
toda de bronce, viniera al suelo. Lloró, rogó,
ofreció, aduló, porfió y fingió Lotario con 10
tantos sentimientos, con muestras de tantas veras,
que dio al través con el recato de Camila y
vino a triunfar de lo que menos se pensaba
y más deseaba. Rindióse Camila; Camila se
rindió; pero ¿qué mucho si la amistad de 15
Lotario no quedó en pie? Ejemplo claro que nos
muestra que sólo se vence la pasión amorosa
con huirla, y que nadie se ha de poner a
brazos con tan poderoso enemigo, porque es
menester fuerzas divinas para vencer las suyas 20
humanas. Sólo supo Leonela la flaqueza de
su señora, porque no se la pudieron encubrir
los dos malos amigos y nuevos amantes. No
quiso Lotario decir a Camila la pretensión de
Anselmo, ni que él le había dado lugar para 25
llegar a aquel punto, porque no tuviese en
menos su amor, y pensase que así, acaso
y sin pensar, y no de propósito, la había
solicitado.
Volvió de allí a pocos días Anselmo a su 30
casa, y no echó de ver lo que faltaba en ella,
que era lo que en menos tenía y más estimaba.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 123
Fuese luego a ver a Lotario, y hallóle
en su casa; abrazáronse los dos, y el uno
preguntó por las nuevas de su vida o de su
muerte.
Las nuevas que te podré dar, oh amigo 5
Anselmo, dijo Lotario, son de que tienes una
mujer que dignamente puede ser ejemplo y
corona de todas las mujeres buenas. Las palabras
que le he dicho se las ha llevado el aire;
los ofrecimientos se han tenido en poco; las 10
dádivas no se han admitido; de algunas lágrimas
fingidas mías se ha hecho burla notable.
En resolución: así como Camila es cifra de
toda belleza, es archivo donde asiste la
honestidad y vive el comedimiento y el recato y 15
todas las virtudes que pueden hacer loable y bien
afortunada a una honrada mujer. Vuelve a
tomar tus dineros, amigo; que aquí los tengo
sin haber tenido necesidad de tocar a ellos, que
la entereza de Camila no se rinde a cosas tan 20
bajas como son dádivas ni promesas. Conténtate,
Anselmo, y no quieras hacer más pruebas
de las hechas. Y, pues a pie enjuto has pasado
el mar de las dificultades y sospechas que de
las mujeres suelen y pueden tenerse, no quieras 25
entrar de nuevo en el profundo piélago de
nuevos inconvenientes, ni quieras hacer experiencia
con otro piloto de la bondad y fortaleza
del navío que el cielo te dio en suerte para
que en él pasases la mar de este mundo, sino 30
haz cuenta que estás ya en seguro puerto, y
aférrate con las áncoras de la buena
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 124
consideración, y déjate estar hasta que te vengan a
pedir la deuda que no hay hidalguía humana
que de pagarla se excuse.
Contentísimo quedó Anselmo de las razones
de Lotario, y así se las creyó como si fueran 5
dichas por algún oráculo. Pero, con todo eso,
le rogó que no dejase la empresa, aunque no
fuese más de por curiosidad y entretenimiento,
aunque no se aprovechase de allí adelante
de tan ahincadas diligencias como hasta 10
entonces. Y que sólo quería que le escribiese
algunos versos en su alabanza, debajo del nombre
de Clori, porque él le daría a entender a
Camila que andaba enamorado de una dama, a
quien le había puesto aquel nombre, por poder 15
celebrarla con el decoro que a su honestidad
se le debía. Y que, cuando Lotario no quisiera
tomar trabajo de escribir los versos, que él los
haría.
No será menester eso, dijo Lotario, pues 20
no me son tan enemigas las musas, que algunos
ratos del año no me visiten. Dile tú a Camila
lo que has dicho del fingimiento de mis amores;
que los versos yo los haré, si no tan buenos
como el sujeto merece, serán, por lo menos, 25
los mejores que yo pudiere.
Quedaron de este acuerdo el impertinente y el
traidor amigo. Y vuelto [Anselmo] a su casa,
preguntó a Camila lo que ella ya se maravillaba
que no se lo hubiese preguntado: que fue que 30
le dijese la ocasión por que le había escrito
el papel que le envió. Camila le respondió que
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 125
le había parecido que Lotario la miraba un poco
más desenvueltamente que cuando él estaba
en casa; pero que ya estaba desengañada y
creía que había sido imaginación suya, porque
ya Lotario huía de verla y de estar con ella a 5
solas. Díjole Anselmo que bien podía estar
segura de aquella sospecha, porque él sabía que
Lotario andaba enamorado de una doncella
principal de la ciudad, a quien él celebraba
debajo del nombre de Clori, y que, aunque no lo 10
estuviera, no había que temer de la verdad de
Lotario y de la mucha amistad de entrambos.
Y, a no estar avisada Camila de Lotario de
que eran fingidos aquellos amores de Clori, y
que él se lo había dicho a Anselmo por poder 15
ocuparse algunos ratos en las mismas alabanzas
de Camila, ella sin duda cayera en la
desesperada red de los celos; mas por estar
ya advertida pasó aquel sobresalto sin
pesadumbre. 20
Otro día, estando los tres sobre mesa, rogó
Anselmo a Lotario dijese alguna cosa de las
que había compuesto a su amada Clori; que
pues Camila no la conocía, seguramente podía
decir lo que quisiese. 25
Aunque la conociera, respondió Lotario,
no encubriera yo nada, porque cuando algún
amante loa a su dama de hermosa y la nota
de cruel, ningún oprobio hace a su buen
crédito. Pero sea lo que fuere, lo que sé decir, 30
que ayer hice un soneto a la ingratitud de esta
Clori, que dice así:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 126
SONETO
En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sueño a los mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando. 5
Y al tiempo cuando el sol se va mostrando
por las rosadas puertas orientales,
con suspiros y acentos desiguales
voy la antigua querella renovando.
Y cuando el sol, de su estrellado asiento 10
derechos rayos a la tierra envía,
el llanto crece y doblo los gemidos.
Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento,
y siempre hallo, en mi mortal porfía,
al cielo, sordo; a Clori, sin oídos. 15
Bien le pareció el soneto a Camila, pero
mejor a Anselmo, pues le alabó y dijo que era
demasiadamente cruel la dama que a tan claras
verdades no correspondía. A lo que dijo
Camila: 20
Luego ¿todo aquello que los poetas
enamorados dicen, es verdad?
En cuanto poetas, no la dicen, respondió
Lotario; mas en cuanto enamorados, siempre
quedan tan cortos como verdaderos. 25
No hay duda de eso, replicó Anselmo, todo
por apoyar y acreditar los pensamientos de
Lotario con Camila, tan descuidada del artificio
de Anselmo, como ya enamorada de Lotario.
Y, así, con el gusto que de sus cosas tenía, y 30
más, teniendo por entendido que sus deseos y
escritos a ella se encaminaban, y que ella era
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 127
la verdadera Clori, le rogó que si otro soneto
u otros versos sabía, los dijese.
Sí sé, respondió Lotario, pero no creo que
es tan bueno como el primero, o, por mejor
decir, menos malo. Y podréislo bien juzgar, pues 5
es éste:
SONETO
Yo sé que muero, y si no soy creído,
es más cierto el morir, como es más cierto
verme a tus pies, ¡oh bella ingrata!, muerto 10
antes que de adorarte arrepentido.
Podré yo verme en la región de olvido,
de vida y gloria y de favor desierto,
y allí verse podrá en mi pecho abierto
cómo tu hermoso rostro está esculpido. 15
Que esta reliquia guardo para el duro
trance que me amenaza mi porfía,
que en tu mismo rigor se fortalece.
¡Ay de aquel que navega, el cielo oscuro,
por mar no usado y peligrosa vía, 20
adonde norte o puerto no se ofrece!
También alabó este segundo soneto Anselmo,
como había hecho el primero, y de esta
manera iba añadiendo eslabón a eslabón a la
cadena con que se enlazaba y trababa su 25
deshonra, pues cuando más Lotario le deshonraba,
entonces le decía que estaba más honrado. Y
con esto, todos los escalones que Camila
bajaba hacia el centro de su menosprecio, los
subía, en la opinión de su marido, hacia la 30
cumbre de la virtud y de su buena fama.
Sucedió en esto, que hallándose una vez, entre
otras, sola Camila con su doncella, le dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 128
Corrida estoy, amiga Leonela, de ver en
cuán poco he sabido estimarme, pues siquiera
no hice que, con el tiempo, comprara Lotario la
entera posesión que le di tan presto de mi
voluntad. Temo que ha de [des]estimar mi presteza 5
o ligereza, sin que eche de ver la fuerza
que él me hizo para no poder resistirle.
No te dé pena eso, señora mía, respondió
Leonela; que no está la monta, ni es causa
para menguar la estimación, darse lo que se 10
da presto, si, en efecto, lo que se da es
bueno, y ello por sí digno de estimarse. Y aun
suele decirse que el que luego da, da dos veces.
También se suele decir, dijo Camila, que
lo que cuesta poco se estima en menos. 15
No corre por ti esa razón, respondió
Leonela, porque el amor, según he oído decir,
unas veces vuela y otras anda, con éste corre
y con aquél va despacio, a unos entibia y a
otros abrasa, a unos hiere y a otros mata. En 20
un mismo punto comienza la carrera de sus
deseos, y en aquel mismo punto la acaba
y concluye. Por la mañana suele poner el cerco
a una fortaleza, y a la noche la tiene rendida,
porque no hay fuerza que le resista. Y, siendo 25
así, ¿de qué te espantas, o de qué temes, si
lo mismo debe de haber acontecido a Lotario,
habiendo tomado el amor por instrumento de
rendirnos la ausencia de mi señor? Y era
forzoso que en ella se concluyese lo que el amor 30
tenía determinado, sin dar tiempo al tiempo,
para que Anselmo le tuviese de volver y con
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 129
su presencia quedase imperfecta la obra.
Porque el amor no tiene otro mejor ministro
para ejecutar lo que desea que es la ocasión;
de la ocasión se sirve en todos sus hechos,
principalmente en los principios. Todo esto sé yo 5
muy bien, más de experiencia que de oídas; y
algún día te lo diré, señora, que yo también soy
de carne, y de sangre moza. Cuanto más,
señora Camila, que no te entregaste, ni diste tan
luego, que primero no hubieses visto en los 10
ojos, en los suspiros, en las razones y en las
promesas y dádivas de Lotario toda su alma,
viendo en ella y en sus virtudes cuán digno
era Lotario de ser amado. Pues si esto es así,
no te asalten la imaginación esos escrupulosos 15
y melindrosos pensamientos, sino asegúrate
que Lotario te estima como tú le estimas
a él, y vive con contento y satisfacción de que
ya que caíste en el lazo amoroso, es el que te
aprieta de valor y de estima. Y que no sólo 20
tiene las cuatro SS que dicen que han de tener
los buenos enamorados, sino todo un A B C
entero; si no, escúchame y verás cómo te le
digo de coro: El es, según yo veo y a mí me
parece, agradecido, bueno, caballero, 25
dadivoso, enamorado, firme, gallardo, honrado,
ilustre, leal, mozo, noble, honesto, principal,
quantioso, rico; y las SS que dicen. Y luego, tácito,
verdadero. La X no le cuadra, porque es letra
áspera. La Y ya está dicha. La Z, zelador de tu 30
honra.
Riose Camila del A B C de su doncella, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 130
túvola por más práctica en las cosas de amor que
ella decía. Y, así, lo confesó ella,
descubriendo a Camila cómo trataba amores con un
mancebo bien nacido, de la misma ciudad. De lo
cual se turbó Camila, temiendo que era aquél 5
camino por donde su honra podía correr riesgo.
Apuróla si pasaban sus pláticas a más que
serlo. Ella, con poca vergüenza y mucha
desenvoltura, le respondió que sí pasaban.
Porque es cosa ya cierta que los descuidos de las 10
señoras quitan la vergüenza a las criadas, las
cuales, cuando ven a las amas echar traspiés,
no se les da nada a ellas de cojear, ni de que
lo sepan.
No pudo hacer otra cosa Camila sino rogar 15
a Leonela no dijese nada de su hecho al que
decía ser su amante, y que tratase sus cosas
con secreto, porque no viniesen a noticia de
Anselmo ni de Lotario. Leonela respondió que
así lo haría; mas cumpliólo de manera, que 20
hizo cierto el temor de Camila de que por ella
había de perder su crédito. Porque la deshonesta
y atrevida Leonela, después que vio que el
proceder de su ama no era el que solía,
atrevióse a entrar y poner dentro de casa a su 25
amante, confiada que, aunque su señora le
viese, no había de osar descubrirle.
Que este daño acarrean, entre otros, los
pecados de las señoras, que se hacen esclavas de
sus mismas criadas, y se obligan a encubrirles 30
sus deshonestidades y vilezas, como aconteció
con Camila; que, aunque vio una y muchas
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 131
veces que su Leonela estaba con su galán
en un aposento de su casa, no sólo no la
osaba reñir, mas dábale lugar a que lo encerrase,
y quitábale todos los estorbos para que no
fuese visto de su marido. Pero no los pudo 5
quitar, que Lotario no le viese una vez salir, al
romper del alba, el cual, sin conocer quién era,
pensó primero que debía de ser alguna fantasma.
Mas cuando le vio caminar, embozarse y
encubrirse con cuidado y recato, cayó de su 10
simple pensamiento y dio en otro, que fuera la
perdición de todos, si Camila no lo remediara.
Pensó Lotario que aquel hombre que había visto
salir tan a deshora de casa de Anselmo no
había entrado en ella por Leonela, ni aun se 15
acordó si Leonela era en el mundo. Sólo creyó
que Camila, de la misma manera que había sido
fácil y ligera con él, lo era para otro; que estas
añadiduras trae consigo la maldad de la mujer
mala, que pierde el crédito de su honra con el 20
mismo a quien se entregó rogada y persuadida,
y cree que con mayor facilidad se entrega
a otros, y da infalible crédito a cualquiera
sospecha que de esto le venga. Y no parece
sino que le faltó a Lotario en este punto todo 25
su buen entendimiento, y se le fueron de la
memoria todos sus advertidos discursos, pues
sin hacer alguno que bueno fuese, ni aun
razonable, sin más ni más, antes que Anselmo
se levantase, impaciente y ciego de la 30
celosa rabia, que las entrañas le roía,
muriendo por vengarse de Camila, que en
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 132
ninguna cosa le había ofendido, se fue a Anselmo
y le dijo:
Sábete, Anselmo, que ha muchos días que
he andado peleando conmigo mismo, haciéndome
fuerza a no decirte lo que ya no es 5
posible ni justo que más te encubra. Sábete
que la fortaleza de Camila está ya rendida y sujeta
a todo aquello que yo quisiere hacer de ella,
y si he tardado en descubrirte esta verdad, ha
sido por ver si era algún liviano antojo suyo, o 10
si lo hacía por probarme y ver si eran con
propósito firme tratados los amores que, con tu
licencia, con ella he comenzado. Creí asimismo
que ella, si fuera la que debía y la que
entrambos pensábamos, ya te hubiera dado cuenta 15
de mi solicitud; pero habiendo visto que se
tarda, conozco que son verdaderas las promesas
que me ha dado de que, cuando otra vez
hagas ausencia de tu casa, me hablará en la
recámara donde está el repuesto de tus alhajas 20
--y era la verdad que allí le solía hablar
Camila--, y no quiero que precipitosamente corras
a hacer alguna venganza, pues no está aún
cometido el pecado sino con pensamiento, y
podría ser que desde éste hasta el tiempo de 25
ponerle por obra se mudase el de Camila, y
naciese en su lugar el arrepentimiento. Y así,
ya que en todo o en parte has seguido siempre
mis consejos, sigue y guarda uno que ahora te
diré, para que sin engaño y con medroso 30
advertimiento te satisfagas de aquello que más
vieres que te convenga. Finge que te ausentas
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 133
por dos o tres días, como otras veces sueles, y
haz de manera que te quedes escondido en tu
recámara, pues los tapices que allí hay, y otras
cosas con que te puedas encubrir, te ofrecen
mucha comodidad, y entonces verás por tus 5
mismos ojos, y yo por los míos, lo que Camila
quiere; y si fuere la maldad, que se puede
temer antes que esperar, con silencio, sagacidad
y discreción podrás ser el verdugo de tu
agravio. 10
Absorto, suspenso y admirado quedó Anselmo
con las razones de Lotario, porque le
cogieron en tiempo donde menos las esperaba
oír, porque ya tenía a Camila por vencedora
de los fingidos asaltos de Lotario, y comenzaba 15
a gozar la gloria del vencimiento. Callando
estuvo por un buen espacio, mirando al suelo
sin mover pestaña, y al cabo dijo:
Tú lo has hecho, Lotario, como yo esperaba
de tu amistad; en todo he de seguir tu 20
consejo; haz lo que quisieres, y guarda aquel
secreto que ves que conviene en caso tan no
pensado.
Prometióselo Lotario, y, en apartándose de él,
se arrepintió totalmente de cuanto le había dicho, 25
viendo cuán neciamente había andado, pues
pudiera él vengarse de Camila, y no por
camino tan cruel y tan deshonrado. Maldecía su
entendimiento, afeaba su ligera determinación, y
no sabía qué medio tomarse para deshacer lo 30
hecho, o para darle alguna razonable salida.
Al fin acordó de dar cuenta de todo a Camila,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 134
y como no faltaba lugar para poderlo hacer,
aquel mismo día la halló sola, y [ella], así
como vio que le podía hablar, le dijo:
Sabed, amigo Lotario, que tengo una pena
en el corazón, que me le aprieta de suerte, que 5
parece que quiere reventar en el pecho, y ha
de ser maravilla si no lo hace. Pues ha llegado
la desvergüenza de Leonela a tanto, que cada
noche encierra a un galán suyo en esta casa, y
se está con él hasta el día, tan a costa de mi 10
crédito, cuanto le quedará campo abierto de
juzgarlo al que le viere salir a horas tan
inusitadas de mi casa; y lo que me fatiga es que no
la puedo castigar ni reñir; que el ser ella
secretario de nuestros tratos me ha puesto un freno 15
en la boca para callar los suyos, y temo que de
aquí ha de nacer algún mal suceso.
Al principio que Camila esto decía creyó
Lotario que era artificio para desmentirle que
el hombre que había visto salir era de Leonela, 20
y no suyo; pero viéndola llorar y afligirse y
pedirle remedio, vino a creer la verdad, y, en
creyéndola, acabó de estar confuso y arrepentido
del todo. Pero, con todo esto, respondió a
Camila que no tuviese pena, que él ordenaría 25
remedio para atajar la insolencia de Leonela.
Díjole asimismo lo que, instigado de la furiosa
rabia de los celos, había dicho a Anselmo,
y cómo estaba concertado de esconderse en la
recámara para ver desde allí a la clara la poca 30
lealtad que ella le guardaba. Pidióle perdón
de esta locura, y consejo para poder remediarla
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 135
y salir bien de tan revuelto laberinto como su
mal discurso le había puesto.
Espantada quedó Camila de oír lo que
Lotario le decía, y con mucho enojo y muchas
y discretas razones le riñó y afeó su mal 5
pensamiento y la simple y mala determinación
que había tenido. Pero como naturalmente
tiene la mujer ingenio presto para el bien y
para el mal, más que el varón, puesto que le
va faltando cuando de propósito se pone a 10
hacer discursos, luego al instante halló
Camila el modo de remediar tan al parecer
irremediable negocio, y dijo a Lotario que
procurase que otro día se escondiese Anselmo
donde decía, porque ella pensaba sacar de 15
su escondimiento comodidad para que desde
allí en adelante los dos se gozasen sin
sobresalto alguno; y sin declararle del todo su
pensamiento, le advirtió que tuviese cuidado
que, en estando Anselmo escondido, él 20
viniese cuando Leonela le llamase, y que a
cuanto ella le dijese le respondiese como
respondiera aunque no supiera que Anselmo
le escuchaba. Porfió Lotario que le acabase
de declarar su intención, por que con más 25
seguridad y aviso guardase todo lo que viese ser
necesario.
Digo, dijo Camila, que no hay más que
guardar, si no fuere responderme como yo os
preguntare; --no queriendo Camila darle 30
antes cuenta de lo que pensaba hacer, temerosa
que no quisiese seguir el parecer que a ella
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 136
tan bueno le parecía, y siguiese o buscase
otros que no podrían ser tan buenos.
Con esto se fue Lotario, y Anselmo, otro día,
con la excusa de ir [a] aquella aldea de su
amigo, se partió y volvió a esconderse; que lo 5
pudo hacer con comodidad, porque de industria
se la dieron Camila y Leonela. Escondido,
pues, Anselmo, con aquel sobresalto que se
puede imaginar que tendría el que esperaba
ver por sus ojos hacer anatomía de las entrañas 10
de su honra, íbase a pique de perder el
sumo bien que él pensaba que tenía en su
querida Camila. Seguras ya y ciertas Camila y
Leonela que Anselmo estaba escondido, entraron
en la recámara, y apenas hubo puesto los 15
pies en ella Camila, cuando, dando un grande
suspiro, dijo:
¡Ay, Leonela amiga!, ¿no sería mejor que
antes que llegase a poner en ejecución lo
que no quiero que sepas, porque no procures 20
estorbarlo, que tomases la daga de Anselmo
que te he pedido y pasases con ella este
infame pecho mío? Pero no hagas tal; que no
será razón que yo lleve la pena de la ajena
culpa. Primero quiero saber qué es lo que 25
vieron en mí los atrevidos y deshonestos ojos de
Lotario que fuese causa de darle atrevimiento
a descubrirme un tan mal deseo como es el
que me ha descubierto en desprecio de su
amigo y en deshonra mía. Ponte, Leonela, a 30
esa ventana y llámale; que sin duda alguna
él debe de estar en la calle esperando poner
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 137
en efecto su mala intención. Pero primero se
pondrá la cruel cuanto honrada mía.
¡Ay, señora mía!, respondió la sagaz y
advertida Leonela, y ¿qué es lo que quieres
hacer con esta daga? ¿Quieres, por ventura, 5
quitarte la vida o quitársela a Lotario? Que
cualquiera de estas cosas que quieras ha de
redundar en pérdida de tu crédito y fama. Mejor
es que disimules tu agravio, y no des lugar a
que este mal hombre entre ahora en esta casa 10
y nos halle solas; mira, señora, que somos
flacas mujeres, y él es hombre, y determinado,
y como viene con aquel mal propósito, ciego
y apasionado, quizá antes que tú pongas en
ejecución el tuyo, hará él lo que te estaría más 15
mal que quitarte la vida. ¡Mal haya mi señor
Anselmo, que tanto mal ha querido dar a este
desuellacaras en su casa! Y ya, señora, que le
mates, como yo pienso que quieres hacer, ¿qué
hemos de hacer de él después de muerto? 20
¿Qué, amiga?, respondió Camila; dejarémosle
para que Anselmo le entierre, pues será
justo que tenga por descanso el trabajo que
tomare en poner debajo de la tierra su misma
infamia. Llámale, acaba; que todo el tiempo 25
que tardo en tomar la debida venganza de mi
agravio parece que ofendo a la lealtad que a
mi esposo debo.
Todo esto escuchaba Anselmo, y a cada
palabra que Camila decía se le mudaban los 30
pensamientos. Mas cuando entendió que estaba
resuelta en matar a Lotario, quiso salir y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 138
descubrirse, porque tal cosa no se hiciese; pero
detúvole el deseo de ver en qué paraba tanta
gallardía y honesta resolución, con propósito
de salir a tiempo que la estorbase. Tomóle en
esto a Camila un fuerte desmayo, y, 5
arrojándose encima de una cama que allí estaba,
comenzó Leonela a llorar muy amargamente y a
decir: ¡Ay, desdichada de mí, si fuese tan sin
ventura, que se me muriese aquí entre mis
brazos la flor de la honestidad del mundo, la 10
corona de las buenas mujeres, el ejemplo de
la castidad!, con otras cosas a éstas semejantes,
que ninguno la escuchara que no la tuviera
por la más lastimada y leal doncella del mundo,
y a su señora por otra nueva y perseguida 15
Penélope. Poco tardó en volver de su desmayo
Camila, y al volver en sí, dijo:
¿Por qué no vas, Leonela, a llamar al más
leal amigo de amigo que vio el sol o cubrió
la noche? ¡Acaba, corre, aguija, camina, no se 20
esfogue con la tardanza el fuego de la cólera
que tengo, y se pase en amenazas y maldiciones
la justa venganza que espero!
Ya voy a llamarle, señora mía, dijo
Leonela; mas hasme de dar primero esa daga, 25
porque no hagas cosa, en tanto que falto, que
dejes con ella que llorar toda la vida a todos
los que bien te quieren.
Ve segura, Leonela amiga, que no haré,
respondió Camila, porque ya que sea atrevida 30
y simple a tu parecer en volver por mi honra,
no lo he de ser tanto como aquella Lucrecia,
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 139
de quien dicen que se mató sin haber cometido
error alguno, y sin haber muerto primero a quien
tuvo la causa de su desgracia; yo moriré, si
muero, pero ha de ser vengada y satisfecha
del que me ha dado ocasión de venir a este 5
lugar a llorar sus atrevimientos, nacidos tan
sin culpa mía.
Mucho se hizo de rogar Leonela antes que
saliese a llamar a Lotario, pero en fin salió, y
entretanto que volvía, quedó Camila 10
diciendo, como que hablaba consigo misma:
¡Válgame Dios! ¿No fuera más acertado haber
despedido a Lotario, como otras muchas veces lo
he hecho, que no ponerle en condición, como
ya le he puesto, que me tenga por deshonesta y 15
mala, siquiera este tiempo que he de tardar en
desengañarle? Mejor fuera, sin duda; pero no
quedara yo vengada, ni la honra de mi marido
satisfecha, si tan a manos lavadas y tan a paso
llano se volviera a salir de donde sus malos 20
pensamientos le entraron. Pague el traidor con
la vida lo que intentó con tan lascivo deseo.
Sepa el mundo, si acaso llegare a saberlo, de
que Camila no sólo guardó la lealtad a su esposo,
sino que le dio venganza del que se atrevió 25
a ofenderle. Mas, con todo, creo que fuera
mejor dar cuenta de esto a Anselmo; pero ya se
la apunté a dar en la carta que le escribí al
aldea, y creo que el no acudir él al remedio
del daño que allí le señalé, debió de ser que, 30
de puro bueno y confiado, no quiso ni pudo
creer que en el pecho de su tan firme amigo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 140
pudiese caber género de pensamiento que
contra su honra fuese, ni aun yo lo creí
después por muchos días, ni lo creyera jamás, si
su insolencia no llegara a tanto, que las
manifiestas dádivas y las largas promesas y las 5
continuas lágrimas no me lo manifestaran. Mas
¿para qué hago yo ahora estos discursos?
¿Tiene, por ventura, una resolución gallarda
necesidad de consejo alguno? No, por cierto.
¡Afuera, pues, traidores! ¡Aquí, venganzas! 10
¡Entre el falso, venga, llegue, muera y acabe,
y suceda lo que sucediere! Limpia entré en
poder del que el cielo me dio por mío; limpia
he de salir de él, y, cuando mucho, saldré
bañada en mi casta sangre y en la impura del más 15
falso amigo que vio la amistad en el mundo.
Y, diciendo esto, se paseaba por la sala con
la daga desenvainada dando tan desconcertados
y desaforados pasos y haciendo tales
ademanes, que no parecía sino que le faltaba 20
el juicio y que no era mujer delicada, sino un
rufián desesperado.
Todo lo miraba Anselmo, cubierto detrás de
unos tapices donde se había escondido, y de
todo se admiraba y ya le parecía que lo que 25
había visto y oído era bastante satisfacción para
mayores sospechas, y ya quisiera que la
prueba de venir Lotario faltara, temeroso de
algún mal repentino suceso; y, estando ya
para manifestarse y salir, para abrazar y 30
desengañar a su esposa, se detuvo porque vio que
Leonela volvía con Lotario de la mano; y así
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 141
como Camila le vio, haciendo con la daga en
el suelo una gran raya delante de ella, le dijo:
Lotario, advierte lo que te digo: si a dicha
te atrevieres a pasar de esta raya que ves, ni
aun llegar a ella, en el punto que viere que lo 5
intentas, en ese mismo me pasaré el pecho
con esta daga que en las manos tengo, y antes
que a esto me respondas palabra, quiero que
otras algunas me escuches; que después
responderás lo que más te agradare. Lo primero, 10
quiero, Lotario, que me digas si conoces a
Anselmo, mi marido, y en qué opinión le tienes.
Y lo segundo, quiero saber también si me
conoces a mí. Respóndeme a esto, y no te turbes,
ni pienses mucho lo que has de responder, pues 15
no son dificultades las que te pregunto.
No era tan ignorante Lotario, que desde el
primer punto que Camila le dijo que hiciese
esconder a Anselmo no hubiese dado en la
cuenta de lo que ella pensaba hacer, y, así, 20
correspondió con su intención tan discretamente
y tan a tiempo, que hicieran los dos
pasar aquella mentira por más que cierta verdad,
y, así, respondió a Camila de esta manera:
No pensé yo, hermosa Camila, que me 25
llamabas para preguntarme cosas tan fuera de la
intención con que yo aquí vengo; si lo haces
por dilatarme la prometida merced, desde más
lejos pudieras entretenerla, porque tanto más
fatiga el bien deseado cuanto la esperanza 30
está más cerca de poseerlo; pero porque no
digas que no respondo a tus preguntas, digo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 142
que conozco a tu esposo Anselmo, y nos conocemos
los dos desde nuestros más tiernos años,
y no quiero decir lo que tú tan bien sabes de
nuestra amistad, por [no] me hacer testigo
del agravio que el amor hace que le haga: 5
poderosa disculpa de mayores yerros. A ti te
conozco y tengo en la misma posesión que
él te tiene; que, a no ser así, por menos
prendas que las tuyas no había yo de ir contra lo
que debo a ser quien soy, y contra las santas 10
leyes de la verdadera amistad, ahora por tan
poderoso enemigo como el amor por mí rompidas
y violadas.
Si eso confiesas, respondió Camila,
enemigo mortal de todo aquello que justamente 15
merece ser amado, ¿con qué rostro osas parecer
ante quien sabes que es el espejo donde se
mira aquél en quien tú te debieras mirar, para
que vieras con cuán poca ocasión le agravias?
Pero ya caigo, ¡ay, desdichada de mí!, en la 20
cuenta de quién te ha hecho tener tan poca
con lo que a ti mismo debes, que debe de haber
sido alguna desenvoltura mía, que no quiero
llamarla deshonestidad, pues no habrá procedido
de deliberada determinación, sino de algún 25
descuido de los que las mujeres, que piensan
que no tienen de quién recatarse, suelen hacer
inadvertidamente. Si no, dime: ¿cuándo, ¡oh
traidor!, respondí a tus ruegos con alguna
palabra o señal que pudiese despertar en ti 30
alguna sombra de esperanza de cumplir tus
infames deseos? ¿Cuándo tus amorosas palabras
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 143
no fueron deshechas y reprendidas de las
mías con rigor y con aspereza? ¿Cuándo tus
muchas promesas y mayores dádivas fueron
de mí creídas ni admitidas? Pero por parecerme
que alguno no puede perseverar en el intento 5
amoroso luengo tiempo si no es sustentado de
alguna esperanza, quiero atribuirme a mí la
culpa de tu impertinencia, pues sin duda algún
descuido mío ha sustentado tanto tiempo tu
cuidado, y, así, quiero castigarme y darme la 10
pena que tu culpa merece. Y, porque vieses
que siendo conmigo tan inhumana no era
posible dejar de serlo contigo, quise traerte a
ser testigo del sacrificio que pienso hacer a
la ofendida honra de mi tan honrado marido, 15
agraviado de ti con el mayor cuidado que te
ha sido posible, y de mí también con el poco
recato que he tenido del huir la ocasión, si
alguna te di, para favorecer y canonizar tus
malas intenciones. Torno a decir que la sospecha 20
que tengo que algún descuido mío engendró
en ti tan desvariados pensamientos es la que
más me fatiga, y la que yo más deseo castigar
con mis propias manos, porque, castigándome
otro verdugo, quizá sería más pública mi culpa; 25
pero antes que esto haga, quiero matar
muriendo, y llevar conmigo quien me acabe de
satisfacer el deseo de la venganza que espero y
tengo, viendo allá, dondequiera que fuere, la
pena que da la justicia desinteresada y que no 30
se dobla al que en términos tan desesperados
me ha puesto.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 144
Y, diciendo estas razones, con una increíble
fuerza y ligereza arremetió a Lotario con la
daga desenvainada, con tales muestras de
querer enclavársela en el pecho, que casi él
estuvo en duda si aquellas demostraciones 5
eran falsas o verdaderas, porque le fue forzoso
valerse de su industria y de su fuerza para
estorbar que Camila no le diese; la cual tan
vivamente fingía aquel extraño embuste y
fealdad, que por darle color de verdad, la quiso 10
matizar con su misma sangre; porque viendo
que no podía haber a Lotario, o fingiendo
que no podía, dijo:
Pues la suerte no quiere satisfacer del todo
mi tan justo deseo, a lo menos no será tan 15
poderosa, que, en parte, me quite que no le
satisfaga.
Y, haciendo fuerza para soltar la mano de
la daga que Lotario la tenía asida, la sacó, y
guiando su punta por parte que pudiese herir 20
no profundamente, se la entró y escondió por
más arriba de la islilla del lado izquierdo, junto
al hombro, y luego, se dejó caer en el suelo,
como desmayada.
Estaban Leonela y Lotario suspensos y 25
atónitos de tal suceso, y todavía dudaban de la
verdad de aquel hecho, viendo a Camila tendida
en tierra y bañada en su sangre; acudió
Lotario con mucha presteza, despavorido y sin
aliento, a sacar la daga, y, en ver la pequeña 30
herida, salió del temor que hasta entonces
tenía, y de nuevo se admiró de la sagacidad,
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 145
prudencia y mucha discreción de la hermosa
Camila; y por acudir con lo que a él le tocaba,
comenzó a hacer una larga y triste lamentación
sobre el cuerpo de Camila, como si estuviera
difunta, echándose muchas maldiciones, 5
no sólo a él, sino al que había sido causa
de haberle puesto en aquel término. Y como
sabía que le escuchaba su amigo Anselmo,
decía cosas que el que le oyera le tuviera mucha
más lástima que a Camila, aunque por muerta 10
la juzgara.
Leonela la tomó en brazos y la puso en el
lecho, suplicando a Lotario fuese a buscar
quien secretamente a Camila curase. Pedíale
asimismo consejo y parecer de lo que dirían 15
a Anselmo de aquella herida de su señora, si
acaso viniese antes que estuviese sana. El
respondió que dijesen lo que quisiesen; que
él no estaba para dar consejo que de provecho
fuese; sólo le dijo que procurase tomarle 20
la sangre, porque él se iba adonde gentes
no le viesen. Y con muestras de mucho dolor
y sentimiento se salió de casa, y cuando se vio
solo y en parte donde nadie le veía, no
cesaba de hacerse cruces, maravillándose de la 25
industria de Camila y de los ademanes tan
propios de Leonela. Consideraba cuán
enterado había de quedar Anselmo de que tenía
por mujer a una segunda Porcia, y deseaba
verse con él para celebrar los dos la mentira y 30
la verdad más disimulada que jamás pudiera
imaginarse. Leonela tomó, como se ha dicho, la
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 146
sangre a su señora, que no era más de aquello
que bastó para acreditar su embuste, y lavando
con un poco de vino la herida, se la ató lo
mejor que supo, diciendo tales razones en tanto
que la curaba, que aunque no hubieran precedido 5
otras, bastaran a hacer creer a Anselmo
que tenía en Camila un simulacro de la
honestidad.
Juntáronse a las palabras de Leonela otras
de Camila, llamándose cobarde y de poco 10
ánimo, pues le había faltado al tiempo que fuera
más necesario tenerle, para quitarse la vida,
que tan aborrecida tenía. Pedía consejo a su
doncella si daría, o no, todo aquel suceso a
su querido esposo, la cual le dijo que no se lo 15
dijese, porque le pondría en obligación de
vengarse de Lotario, lo cual no podría ser sin
mucho riesgo suyo; y que la buena mujer
estaba obligada a no dar ocasión a su marido
a que riñese, sino a quitarle todas aquellas 20
que le fuese posible.
Respondió Camila que le parecía muy bien
su parecer, y que ella le seguiría; pero que en
todo caso convenía buscar qué decir a Anselmo
de la causa de aquella herida, que él no 25
podría dejar de ver; a lo que Leonela respondía
que ella, ni aun burlando, no sabía mentir.
Pues yo, hermana, replicó Camila, ¿qué
tengo de saber, que no me atreveré a forjar ni
sustentar una mentira si me fuese en ello la 30
vida? Y si es que no hemos de saber dar
salida a esto, mejor será decirle la verdad
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 147
desnuda, que no que nos alcance en mentirosa
cuenta.
No tengas pena, señora; de aquí a mañana,
respondió Leonela, yo pensaré qué le digamos,
y quizá que por ser la herida donde es, 5
se podrá encubrir sin que él la vea, y el cielo
será servido de favorecer a nuestros tan justos
y tan honrados pensamientos. Sosiégate, señora
mía, y procura sosegar tu alteración, por
que mi señor no te halle sobresaltada; y lo 10
demás déjalo a mi cargo y al de Dios, que
siempre acude a los buenos deseos.
Atentísimo había estado Anselmo a escuchar
y a ver representar la tragedia de la muerte de
su honra; la cual con tan extraños y eficaces 15
afectos la representaron los personajes
de ella, que pareció que se habían transformado
en la misma verdad de lo que fingían. Deseaba
mucho la noche y el tener lugar para salir de su
casa, e ir a verse con su buen amigo Lotario, 20
congratulándose con él de la margarita preciosa
que había hallado en el desengaño de la
bondad de su esposa. Tuvieron cuidado las dos
de darle lugar y comodidad a que saliese, y él,
sin perderla, salió, y luego fue a buscar a 25
Lotario; el cual hallado, no se puede buenamente
contar los abrazos que le dio, las cosas que de
su contento le dijo, las alabanzas que dio a
Camila. Todo lo cual escuchó Lotario sin poder
dar muestras de alguna alegría; porque se le 30
representaba a la memoria cuán engañado
estaba su amigo, y cuán injustamente él le
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 148
agraviaba. Y aunque Anselmo veía que Lotario
no se alegraba, creyó ser la causa por haber
dejado a Camila herida y haber él sido la causa.
Y, así, entre otras razones, le dijo que no
tuviese pena del suceso de Camila, porque, 5
sin duda, la herida era ligera, pues quedaban
de concierto de encubrírsela a él. Y que, según
esto, no había de qué temer, sino que de allí
adelante se gozase y alegrase con él, pues por
su industria y medio él se veía levantado a 10
la más alta felicidad que acertara desearse, y
quería que no fuesen otros sus entretenimientos
que en hacer versos en alabanza de Camila,
que la hiciesen eterna en la memoria de
los siglos venideros. Lotario alabó su buena 15
determinación, y dijo que él por su parte
ayudaría a levantar tan ilustre edificio. Con esto
quedó Anselmo el hombre más sabrosamente
engañado que pudo haber en el mundo; él
mismo llevaba por la mano a su casa, creyendo 20
que llevaba el instrumento de su gloria, toda
la perdición de su fama. Recibíale Camila
con rostro al parecer torcido, aunque con alma
risueña. Duró este engaño algunos días, hasta
que al cabo de pocos meses volvió fortuna su 25
rueda y salió a plaza la maldad con tanto artificio
hasta allí cubierta, y a Anselmo le costó la
vida su impertinente curiosidad.
p. 149
Capítulo XXXV
Donde se da fin a la novela del Curioso
impertinente.
Poco más quedaba por leer de la novela,
cuando del camaranchón donde reposaba don 5
Quijote salió Sancho Panza todo alborotado,
diciendo a voces:
¡Acudid, señores, presto y socorred a mi
señor, que anda envuelto en la más reñida y
trabada batalla que mis ojos han visto! ¡Vive 10
Dios que ha dado una cuchillada al gigante
enemigo de la señora princesa Micomicona,
que le ha tajado la cabeza cercén a cercén,
como si fuera un nabo!
¿Qué dices, hermano?, dijo el cura, 15
dejando de leer lo que de la novela quedaba.
¿Estáis en vos, Sancho? ¿Cómo diablos puede
ser eso que decís, estando el gigante dos mil
leguas de aquí?
En esto oyeron un gran ruido en el aposento, 20
y que don Quijote decía a voces:
¡Tente, ladrón, malandrín, follón; que aquí
te tengo, y no te ha de valer tu cimitarra!
Y parecía que daba grandes cuchilladas por
las paredes. Y dijo Sancho: 25
No tienen que pararse a escuchar, sino entren
a despartir la pelea, o a ayudar a mi amo;
aunque ya no será menester, porque sin duda
alguna el gigante está ya muerto y dando
cuenta a Dios de su pasada y mala vida; que 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 150
yo vi correr la sangre por el suelo y la cabeza
cortada y caída a un lado, que es tamaña
como un gran cuero de vino.
Que me maten, dijo a esta sazón el ventero,
si don Quijote, o don diablo, no ha dado 5
alguna cuchillada en alguno de los cueros de
vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y
el vino derramado debe de ser lo que le parece
sangre a este buen hombre.
Y con esto, entró en el aposento, y todos tras 10
él, y hallaron a don Quijote en el más extraño
traje del mundo: estaba en camisa, la cual no
era tan cumplida que por delante le acabase
de cubrir los muslos, y por detrás tenía seis
dedos menos; las piernas eran muy largas y 15
flacas, llenas de vello y no nada limpias. Tenía
en la cabeza un bonetillo colorado grasiento,
que era del ventero. En el brazo izquierdo
tenía revuelta la manta de la cama, con quien
tenía ojeriza Sancho, y él se sabía bien el 20
porqué; y en la derecha desenvainada la espada,
con la cual daba cuchilladas a todas partes,
diciendo palabras como si verdaderamente
estuviera peleando con algún gigante; y es lo
bueno que no tenía los ojos abiertos, porque 25
estaba durmiendo y soñando que estaba en
batalla con el gigante: que fue tan intensa la
imaginación de la aventura que iba a fenecer,
que le hizo soñar que ya había llegado al reino
de Micomicón y que ya estaba en la pelea con 30
su enemigo. Y había dado tantas cuchilladas en
los cueros, creyendo que las daba en el
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXV p. 151
gigante, que todo el aposento estaba lleno de
vino; lo cual visto por el ventero, tomó tanto
enojo, que arremetió con don Quijote, y, a
puño cerrado, le comenzó a dar tantos golpes,
que si Cardenio y el cura no se le quitaran, 5
él acabara la guerra del gigante; y con todo
aquello no despertaba el pobre caballero, hasta
que el barbero trajo un gran caldero de agua
fría del pozo, y se le echó por todo el cuerpo
de golpe, con lo cual despertó don Quijote, 10
mas no con tanto acuerdo, que echase de ver
de la manera que estaba.
Dorotea, que vio cuán corta y sutilmente
estaba vestido, no quiso entrar a ver la batalla
de su ayudador y de su contrario. Andaba 15
Sancho buscando la cabeza del gigante por
todo el suelo, y como no la hallaba, dijo:
Ya yo sé que todo lo de esta casa es
encantamiento; que la otra vez, en este mismo
lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos 20
mojicones y porrazos, sin saber quién me los
daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no
parece por aquí esta cabeza que vi cortar por
mis mismísimos ojos, y la sangre corría
del cuerpo como de una fuente. 25
¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo
de Dios y de sus santos?, dijo el ventero.
¿No ves, ladrón, que la sangre y la fuente no
es otra cosa que estos cueros que aquí están
horadados y el vino tinto que nada en este 30
aposento, que nadando vea yo el alma, en los
infiernos, de quien los horadó?
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 152
No sé nada, respondió Sancho; sólo sé
que vendré a ser tan desdichado, que por no
hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi
condado como la sal en el agua.
Y estaba peor Sancho despierto que su amo 5
durmiendo: tal le tenían las promesas que
su amo le había hecho. El ventero se desesperaba
de ver la flema del escudero y el maleficio del
señor, y juraba que no había de ser como la vez
pasada, que se le fueron sin pagar; y que 10
ahora no le habían de valer los privilegios de
su caballería para dejar de pagar lo uno y lo
otro, aun hasta lo que pudiesen costar las
botanas que se habían de echar a los rotos cueros.
Tenía el cura de las manos a don Quijote, el 15
cual, creyendo que ya había acabado la aventura
y que se hallaba delante de la princesa
Micomicona, se hincó de rodillas delante del
cura, diciendo:
Bien puede la vuestra grandeza, alta y 20
famosa señora, vivir, de hoy más, segura que
le pueda hacer mal esta mal nacida criatura, y
yo también de hoy más soy quito de la palabra
que os di, pues con el ayuda del alto Dios y
con el favor de aquélla por quien yo vivo y 25
respiro, tan bien la he cumplido.
¿No lo dije yo?, dijo oyendo esto Sancho.
Sí que no estaba yo borracho; ¡mirad si
tiene puesto ya en sal mi amo al gigante!
¡Ciertos son los toros; mi condado está de 30
molde!
¿Quién no había de reír con los disparates
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXV p. 153
de los dos, amo y mozo? Todos reían, sino el
ventero, que se daba a Satanás. Pero, en fin,
tanto hicieron el barbero, Cardenio y el cura,
que con no poco trabajo dieron con don
Quijote en la cama, el cual se quedó dormido, con 5
muestras de grandísimo cansancio. Dejáronle
dormir y saliéronse al portal de la venta a
consolar a Sancho Panza de no haber hallado la
cabeza del gigante, aunque más tuvieron que
hacer en aplacar al ventero, que estaba 10
desesperado por la repentina muerte de sus
cueros, y la ventera decía en voz y en grito:
En mal punto y en hora menguada entró en
mi casa este caballero andante, que nunca mis
ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. 15
La vez pasada se fue con el costo de una
noche, de cena, cama, paja y cebada, para
él y para su escudero, y un rocín y un jumento,
diciendo que era caballero aventurero --¡que
mala ventura le dé Dios a él y a cuantos 20
aventureros hay en el mundo!--, y que por esto
no estaba obligado a pagar nada; que así
estaba escrito en los aranceles de la caballería
andantesca. Y ahora, por su respeto, vino estotro
señor y me llevó mi cola, y hámela vuelto con 25
más de dos cuartillos de daño, toda pelada, que
no puede servir para lo que la quiere mi marido.
Y, por fin y remate de todo, romperme mis
cueros y derramarme mi vino, que derramada
le vea yo su sangre. ¡Pues no se piense; que por 30
los huesos de mi padre y por el siglo de mi
madre, si no me lo han de pagar un cuarto
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 154
sobre otro, o no me llamaría yo como me
llamo ni sería hija de quien soy!
Estas y otras razones tales decía la ventera
con grande enojo, y ayudábala su buena criada
Maritornes. La hija callaba y de cuando en 5
cuando se sonreía. El cura lo sosegó todo,
prometiendo de satisfacerles su pérdida lo
mejor que pudiese, así de los cueros como del
vino, y principalmente del menoscabo de la
cola, de quien tanta cuenta hacían. Dorotea 10
consoló a Sancho Panza, diciéndole que cada
y cuando que pareciese haber sido verdad que
su amo hubiese descabezado al gigante, le
prometía, en viéndose pacífica en su reino, de
darle el mejor condado que en él hubiese. 15
Consolóse con esto Sancho y aseguró a la
princesa que tuviese por cierto que él había
visto la cabeza del gigante, y que, por más señas,
tenía una barba que le llegaba a la cintura,
y que si no parecía era porque todo cuanto en 20
aquella casa pasaba era por vía de encantamiento,
como él lo había probado otra vez que
había posado en ella. Dorotea dijo que así lo
creía, y que no tuviese pena, que todo se haría
bien y sucedería a pedir de boca. 25
Sosegados todos, el cura quiso acabar de
leer la novela, porque vio que faltaba poco.
Cardenio, Dorotea y todos los demás le rogaron
la acabase; él, que a todos quiso dar gusto
y por el que él tenía de leerla, prosiguió el 30
cuento, que así decía:
Sucedió, pues, que por la satisfacción que
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXV p. 155
Anselmo tenía de la bondad de Camila, vivía
una vida contenta y descuidada, y Camila,
de industria, hacía mal rostro a Lotario,
porque Anselmo entendiese al revés de la
voluntad que le tenía, y para más confirmación 5
de su hecho, pidió licencia Lotario para no
venir a su casa, pues claramente se mostraba
la pesadumbre que con su vista Camila
recibía; mas el engañado Anselmo le dijo que
en ninguna manera tal hiciese. Y de esta 10
manera, por mil maneras era Anselmo el
fabricador de su deshonra, creyendo que lo era
de su gusto.
En esto, el que tenía Leonela de verse
cualificada, no de [deshonesta] con sus amores, 15
llegó a tanto, que, sin mirar a otra cosa, se
iba tras él a suelta rienda, fiada en que su
señora la encubría y aun la advertía del modo que
con poco recelo pudiese ponerle en ejecución.
En fin, una noche sintió Anselmo pasos en el 20
aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver
quién los daba, sintió que le detenían la puerta,
cosa que le puso más voluntad de abrirla; y
tanta fuerza hizo, que la abrió, y entró dentro a
tiempo que vio que un hombre saltaba por la 25
ventana a la calle, y acudiendo con presteza a
alcanzarle o conocerle, no pudo conseguir lo
uno ni lo otro, porque Leonela se abrazó con
él, diciéndole:
Sosiégate, señor mío, y no te alborotes ni 30
sigas al que de aquí saltó: es cosa mía, y
tanto, que es mi esposo.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 156
No lo quiso creer Anselmo; antes, ciego de
enojo, sacó la daga y quiso herir a Leonela,
diciéndole que le dijese la verdad; si no, que
la mataría. Ella, con el miedo, sin saber lo que
se decía, le dijo: 5
No me mates, señor; que yo te diré cosas
de más importancia de las que puedes
imaginar.
Dilas luego, dijo Anselmo; si no, muerta
eres. 10
Por ahora será imposible, dijo Leonela,
según estoy de turbada; déjame hasta
mañana, que entonces sabrás de mí lo que te
ha de admirar; y está seguro que el que
saltó por esta ventana es un mancebo de esta 15
ciudad, que me ha dado la mano de ser mi
esposo.
Sosegóse con esto Anselmo y quiso aguardar
el término que se le pedía, porque no pensaba
oír cosa que contra Camila fuese, por estar 20
de su bondad tan satisfecho y seguro; y, así,
se salió del aposento y dejó encerrada en él a
Leonela, diciéndole que de allí no saldría hasta
que le dijese lo que tenía que decirle. Fue
luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo, 25
todo aquello que con su doncella le había
pasado, y la palabra que le había dado de decirle
grandes cosas y de importancia. Si se turbó
Camila o no, no hay para qué decirlo, porque fue
tanto el temor que cobró, creyendo verdaderamente 30
--y era de creer-- que Leonela había de
decir a Anselmo todo lo que sabía de su poca
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXV p. 157
fe, que no tuvo ánimo para esperar si su
sospecha salía falsa o no. Y aquella misma
noche, cuando le pareció que Anselmo dormía,
juntó las mejores joyas que tenía y algunos
dineros, y, sin ser de nadie sentida, salió de 5
casa y se fue a la de Lotario, a quien contó lo
que pasaba, y le pidió que la pusiese en
cobro, o que se ausentasen los dos donde de
Anselmo pudiesen estar seguros. La confusión
en que Camila puso a Lotario fue tal, que no 10
le sabía responder palabra, ni menos sabía
resolverse en lo que haría.
En fin, acordó de llevar a Camila a un
monasterio en quien era priora una su hermana.
Consintió Camila en ello, y con la presteza 15
que el caso pedía, la llevó Lotario y la dejó
en el monasterio, y él asimismo se ausentó
luego de la ciudad, sin dar parte a nadie
de su ausencia.
Cuando amaneció, sin echar de ver Anselmo 20
que Camila faltaba de su lado, con el deseo
que tenía de saber lo que Leonela quería
decirle, se levantó y fue adonde la había dejado
encerrada. Abrió y entró en el aposento, pero
no halló en él a Leonela; sólo halló puestas 25
unas sábanas añudadas a la ventana, indicio y
señal que por allí se había descolgado e ido.
Volvió luego muy triste a decírselo a Camila, y,
no hallándola en la cama ni en toda la casa,
quedó asombrado. Preguntó a los criados de 30
casa por ella, pero nadie le supo dar razón de
lo que pedía.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 158
Acertó acaso, andando a buscar a Camila,
que vio sus cofres abiertos, y que de ellos
faltaban las más de sus joyas, y con esto acabó de
caer en la cuenta de su desgracia, y en que no
era Leonela la causa de su desventura. Y así 5
como estaba, sin acabarse de vestir, triste y
pensativo, fue a dar cuenta de su desdicha a su
amigo Lotario; mas cuando no le halló, y sus
criados le dijeron que aquella noche había
faltado de casa, y había llevado consigo todos los 10
dineros que tenía, pensó perder el juicio. Y
para acabar de concluir con todo, volviéndose
a su casa, no halló en ella ninguno de cuantos
criados ni criadas tenía, sino la casa desierta y
sola. No sabía qué pensar, qué decir, ni qué 15
hacer, y poco a poco se le iba volviendo el
juicio. Contemplábase y mirábase en un instante
sin mujer, sin amigo y sin criados; desamparado,
a su parecer, del cielo que le cubría,
y, sobre todo, sin honra, porque en la falta de 20
Camila vio su perdición.
Resolvióse, en fin, a cabo de una gran pieza,
de irse a la aldea de su amigo, donde había
estado cuando dio lugar a que se maquinase
toda aquella desventura. Cerró las puertas de 25
su casa, subió a caballo, y con desmayado
aliento se puso en camino; y apenas hubo andado
la mitad, cuando, acosado de sus pensamientos,
le fue forzoso apearse y arrendar su
caballo a un árbol, a cuyo tronco se dejó caer, 30
dando tiernos y dolorosos suspiros; y allí se
estuvo hasta casi que anochecía, y aquella
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXV p. 159
hora vio que venía un hombre a caballo de la
ciudad, y, después de haberle saludado, le
preguntó qué nuevas había en Florencia. El
ciudadano respondió:
Las más extrañas que muchos días ha se 5
han oído en ella, porque se dice públicamente
que Lotario, aquel grande amigo de Anselmo
el rico, que vivía a San Juan, se llevó esta
noche a Camila, mujer de Anselmo, el cual
tampoco parece. Todo esto ha dicho una criada de 10
Camila, que anoche la halló el gobernador
descolgándose con una sábana por las ventanas
de la casa de Anselmo. En efecto, no sé
puntualmente cómo pasó el negocio; sólo sé
que toda la ciudad está admirada de este 15
suceso, porque no se podía esperar tal hecho de
la mucha y familiar amistad de los dos, que
dicen que era tanta, que los llamaban los dos
amigos.
¿Sábese, por ventura, dijo Anselmo, el 20
camino que llevan Lotario y Camila?
Ni por pienso, dijo el ciudadano, puesto
que el gobernador ha usado de mucha
diligencia en buscarlos.
A Dios vais, señor, dijo Anselmo. 25
Con El quedéis, respondió el ciudadano,
y fuese.
Con tan desdichadas nuevas casi, casi llegó
a términos Anselmo no sólo de perder el
juicio, sino de acabar la vida. Levantóse como 30
pudo, y llegó a casa de su amigo, que aún no
sabía su desgracia; mas como le vio llegar
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 160
amarillo, consumido y seco, entendió que de
algún grave mal venía fatigado. Pidió luego
Anselmo que le acostasen, y que le diesen
aderezo de escribir. Hízose así, y dejáronle
acostado y solo, porque él así lo quiso, y aun 5
que le cerrasen la puerta. Viéndose, pues,
solo, comenzó a cargar tanto la imaginación de
su desventura, que claramente conoció que
se le iba acabando la vida; y, así, ordenó de
dejar noticia de la causa de su extraña muerte; 10
y comenzando a escribir, antes que acabase
de poner todo lo que quería, le faltó el aliento
y dejó la vida en las manos del dolor que le
causó su curiosidad impertinente.
Viendo el señor de casa que era ya tarde, y 15
que Anselmo no llamaba, acordó de entrar a
saber si pasaba adelante su indisposición, y
hallóle tendido boca abajo, la mitad del
cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete,
sobre el cual estaba con el papel escrito y 20
abierto, y él tenía aún la pluma en la mano.
Llegóse el huésped a él, habiéndole llamado
primero, y trabándole por la mano, viendo que
no le respondía, y hallándole frío, vio que
estaba muerto. Admiróse y congojóse en gran 25
manera, y llamó a la gente de casa para que
viesen la desgracia a Anselmo sucedida; y,
finalmente, leyó el papel, que conoció que de
su misma mano estaba escrito, el cual
contenía estas razones: 30
Un necio e impertinente deseo me quitó la
vida. Si las nuevas de mi muerte llegaren a los
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXV p. 161
oídos de Camila, sepa que yo la perdono, porque
no estaba ella obligada a hacer milagros,
ni yo tenía necesidad de querer que ella los
hiciese; y pues yo fui el fabricador de mi
deshonra, no hay para qué... 5
Hasta aquí escribió Anselmo, por donde se
echó de ver que en aquel punto, sin poder
acabar la razón, se le acabó la vida. Otro día
dio aviso su amigo a los parientes de Anselmo
de su muerte, los cuales ya sabían su desgracia 10
y el monasterio donde Camila estaba, casi
en el término de acompañar a su esposo en
aquel forzoso viaje, no por las nuevas del
muerto esposo, mas por las que supo del
ausente amigo. Dícese que, aunque se vio viuda, 15
no quiso salir del monasterio, ni menos hacer
profesión de monja, hasta que, no de allí a
muchos días, le vinieron nuevas que Lotario
había muerto en una batalla que en aquel
tiempo dio Monsiur de Lautrec al Gran Capitán 20
Gonzalo Fernández de Córdoba en el reino
de Nápoles, donde había ido a parar el tarde
arrepentido amigo, lo cual sabido por Camila,
hizo profesión y acabó en breves días la vida
a las rigurosas manos de tristezas y 25
melancolías.
Este fue el fin que tuvieron todos, nacido de
un tan desatinado principio.
Bien, dijo el cura, me parece esta
novela; pero no me puedo persuadir que esto sea 30
verdad, y si es fingido, fingió mal el autor,
porque no se puede imaginar que haya marido tan
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 162
necio, que quiera hacer tan costosa experiencia
como Anselmo. Si este caso se pusiera entre
un galán y una dama, pudiérase llevar; pero
entre marido y mujer algo tiene del imposible;
y en lo que toca al modo de contarle, no 5
me descontenta.
p. 163
Capítulo XXXVI
Que trata de (la brava y descomunal batalla
que don Quijote tuvo con unos cueros de
vino tinto, con) otros raros sucesos que en
la venta le sucedieron. 5
Estando en esto, el ventero, que estaba a la
puerta de la venta, dijo:
Esta que viene es una hermosa tropa de
huéspedes; si ellos paran aquí, gaudeamus
tenemos. 10
¿Qué gente es?, dijo Cardenio.
Cuatro hombres, respondió el ventero,
vienen a caballo, a la jineta, con lanzas y
adargas, y todos con antifaces negros; y junto
con ellos viene una mujer vestida de blanco, 15
en un sillón, asimismo cubierto el rostro, y
otros dos mozos de a pie.
¿Vienen muy cerca?, preguntó el cura.
Tan cerca, respondió el ventero, que ya
llegan. 20
Oyendo esto Dorotea, se cubrió el rostro, y
Cardenio se entró en el aposento de don Quijote;
y casi no habían tenido lugar para esto,
cuando entraron en la venta todos los que el
ventero había dicho; y, apeándose los cuatro de 25
a caballo, que de muy gentil talle y disposición
eran, fueron a apear a la mujer que en el sillón
venía; y, tomándola uno de ellos en sus brazos,
la sentó en una silla que estaba a la entrada
del aposento donde Cardenio se había escondido. 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 164
En todo este tiempo, ni ella ni ellos se
habían quitado los antifaces, ni hablado palabra
alguna; sólo que, al sentarse la mujer en la
silla, dio un profundo suspiro y dejó caer
los brazos, como persona enferma y desmayada. 5
Los mozos de a pie llevaron los caballos a
la caballeriza.
Viendo esto el cura, deseoso de saber qué
gente era aquella que con tal traje y tal silencio
estaba, se fue donde estaban los mozos, y a 10
uno de ellos le preguntó lo que ya deseaba,
el cual le respondió:
¡Pardiez, señor!, yo no sabré deciros qué
gente sea ésta; sólo sé que muestra ser muy
principal, especialmente aquel que llegó a 15
tomar en sus brazos a aquella señora que habéis
visto; y esto dígolo porque todos los demás le
tienen respeto, y no se hace otra cosa más de
la que él ordena y manda.
Y la señora, ¿quién es?, preguntó el cura. 20
Tampoco sabré decir eso, respondió el
mozo, porque en todo el camino no la he
visto el rostro; suspirar sí la he oído muchas
veces, y dar unos gemidos, que parece que con
cada uno de ellos quiere dar el alma; y no es 25
de maravillar que no sepamos más de lo que
habemos dicho, porque mi compañero y yo no
ha más de dos días que los acompañamos; porque,
habiéndolos encontrado en el camino, nos
rogaron y persuadieron que viniésemos con 30
ellos hasta el Andalucía, ofreciéndose a
pagárnoslo muy bien.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 165
Y ¿habéis oído nombrar a alguno de ellos?,
preguntó el cura.
No, por cierto, respondió el mozo, porque
todos caminan con tanto silencio, que es maravilla,
porque no se oye entre ellos otra cosa que 5
los suspiros y sollozos de la pobre señora,
que nos mueven a lástima, y sin duda tenemos
creído que ella va forzada dondequiera que
va; y según se puede colegir por su hábito, ella
es monja, o va a serlo, que es lo más cierto, y 10
quizá porque no le debe de nacer de voluntad
el monjío, va triste, como parece.
Todo podría ser, dijo el cura.
Y, dejándolos se volvió adonde estaba
Dorotea, la cual, como había oído suspirar a la 15
embozada, movida de natural compasión, se
llegó a ella, y le dijo:
¿Qué mal sentís, señora mía? Mirad si es
alguno de quien las mujeres suelen tener uso
y experiencia de curarle; que de mi parte os 20
ofrezco una buena voluntad de serviros.
A todo esto callaba la lastimada señora, y
aunque Dorotea tornó con mayores ofrecimientos,
todavía se estaba en su silencio, hasta que
llegó el caballero embozado, que dijo el 25
mozo que los demás obedecían, y dijo a
Dorotea:
No os canséis, señora, en ofrecer nada a
esa mujer, porque tiene por costumbre de
no agradecer cosa que por ella se hace, ni 30
procuréis que os responda, si no queréis oír
alguna mentira de su boca.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 166
Jamás la dije, dijo a esta sazón la que
hasta allí había estado callando; antes, por ser
tan verdadera y tan sin trazas mentirosas, me
veo ahora en tanta desventura; y de esto vos
mismo quiero que seáis el testigo, pues mi pura 5
verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.
Oyó estas razones Cardenio bien clara y
distintamente, como quien estaba tan junto de
quien las decía, que sola la puerta del aposento
de don Quijote estaba en medio, y así como 10
las oyó, dando una gran voz, dijo:
¡Válgame Dios!, ¿qué es esto que oigo?
¿Qué voz es ésta que ha llegado a mis oídos?
Volvió la cabeza a estos gritos aquella
señora, toda sobresaltada, y, no viendo quién las 15
daba, se levantó en pie y fuese a entrar en el
aposento; lo cual visto por el caballero, la
detuvo, sin dejarla mover un paso. A ella, con la
turbación y desasosiego, se le cayó el tafetán
con que traía cubierto el rostro, y descubrió 20
una hermosura incomparable y un rostro
milagroso, aunque descolorido y asombrado,
porque con los ojos andaba rodeando todos los
lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto
ahínco, que parecía persona fuera de juicio, 25
cuyas señales, sin saber por qué las hacía,
pusieron gran lástima en Dorotea y en cuantos
la miraban. Teníala el caballero fuertemente
asida por las espaldas, y por estar tan ocupado
en tenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo 30
que se le caía, como, en efecto, se le cayó del
todo, y, alzando los ojos Dorotea, que
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 167
abrazada con la señora estaba, vio que el que
abrazada asimismo la tenía era su esposo don
Fernando; y apenas le hubo conocido, cuando
arrojando de lo íntimo de sus entrañas un
luengo y tristísimo ¡ay!, se dejó caer de 5
espaldas, desmayada, y a no hallarse allí junto
el barbero, que la recogió en los brazos, ella
diera consigo en el suelo.
Acudió luego el cura a quitarle el embozo
para echarle agua en el rostro, y así como la 10
descubrió, la conoció don Fernando, que era el
que estaba abrazado con la otra, y quedó como
muerto en verla; pero no porque dejase, con
todo esto, de tener a Luscinda, que era la que
procuraba soltarse de sus brazos; la cual había 15
conocido en el suspiro a Cardenio, y él la
había conocido a ella. Oyó asimismo Cardenio
el ¡ay! que dio Dorotea cuando se cayó
desmayada, y creyendo que era su Luscinda,
salió del aposento despavorido, y lo primero 20
que vio fue a don Fernando, que tenía abrazada
a Luscinda. También don Fernando conoció
luego a Cardenio, y todos tres, Luscinda,
Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos,
casi sin saber lo que les había acontecido. 25
Callaban todos y mirábanse todos: Dorotea
a don Fernando, don Fernando a Cardenio,
Cardenio a Luscinda, y Luscinda a Cardenio.
Mas quien primero rompió el silencio fue
Luscinda, hablando a don Fernando de esta manera: 30
Dejadme, señor don Fernando, por lo que
debéis a ser quien sois, ya que por otro
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 168
respeto no lo hagáis; dejadme llegar al muro de
quien yo soy yedra, al arrimo de quien no
me han podido apartar vuestras importunaciones,
vuestras amenazas, vuestras promesas ni
vuestras dádivas. Notad cómo el cielo, por 5
desusados y a nosotros encubiertos caminos, me
ha puesto a mi verdadero esposo delante. Y
bien sabéis por mil costosas experiencias que
sola la muerte fuera bastante para borrarle de
mi memoria: sean, pues, parte tan claros 10
desengaños para que volváis, ya que no podáis
hacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad
en despecho, y acabadme con él la vida; que
como yo la rinda delante de mi buen esposo,
la daré por bien empleada; quizá con mi muerte 15
quedará satisfecho de la fe que le mantuve,
hasta el último trance de la vida.
Había en este entretanto vuelto Dorotea en
sí, y había estado escuchando todas las razones
que Luscinda dijo, por las cuales vino en 20
conocimiento de quién ella era; que viendo que
don Fernando aún no la dejaba de los brazos,
ni respondía a sus razones, esforzándose lo
más que pudo, se levantó y se fue a hincar de
rodillas a sus pies, y, derramando mucha 25
cantidad de hermosas y lastimeras lágrimas, así le
comenzó a decir:
Si ya no es, señor mío, que los rayos de este
sol que en tus brazos eclipsado tienes te
quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habrás echado 30
de ver que la que a tus pies está arrodillada
es la sin ventura, hasta que tú quieras, y la
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 169
desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora
humilde a quien tú, por tu bondad o por tu
gusto, quisiste levantar a la alteza de poder
llamarse tuya. Soy la que, encerrada en los
límites de la honestidad, vivió vida contenta 5
hasta que a las voces de tus importunidades
y, al parecer, justos y amorosos sentimientos,
abrió las puertas de su recato y te entregó las
llaves de su libertad, dádiva de ti tan mal
agradecida cual lo muestra bien claro haber sido 10
forzoso hallarme en el lugar donde me hallas,
y verte yo a ti de la manera que te veo. Pero,
con todo esto, no querría que cayese en tu
imaginación pensar que he venido aquí con
pasos de mi deshonra, habiéndome traído sólo 15
los del dolor y sentimiento de verme de ti
olvidada. Tú quisiste que yo fuese tuya, y
quisístelo de manera, que, aunque ahora quieras
que no lo sea, no será posible que tú dejes
de ser mío. Mira, señor mío, que puede ser 20
recompensa a la hermosura y nobleza por quien
me dejas la incomparable voluntad que te
tengo. Tú no puedes ser de la hermosa Luscinda,
porque eres mío, ni ella puede ser tuya,
porque es de Cardenio. Y más fácil te será, 25
si en ello miras, reducir tu voluntad a querer a
quien te adora, que no encaminar la que te
aborrece a que bien te quiera. Tú solicitaste
mi descuido, tú rogaste a mi entereza, tú no
ignoraste mi calidad, tú sabes bien de la 30
manera que me entregué a toda tu voluntad: no te
queda lugar ni acogida de llamarte a engaño.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 170
Y si esto es así, como lo es, y tú eres tan
cristiano como caballero, ¿por qué por tantos
rodeos dilatas de hacerme venturosa en los
fines, como me hiciste en los principios? Y
si no me quieres por la que soy, que soy tu 5
verdadera y legítima esposa, quiéreme, a lo
menos, y admíteme por tu esclava; que como
yo esté en tu poder, me tendré por dichosa y
bien afortunada. No permitas, con dejarme y
desampararme, que se hagan y junten corrillos 10
en mi deshonra. No des tan mala vejez a mis
padres, pues no lo merecen los leales servicios
que, como buenos vasallos, a los tuyos
siempre han hecho. Y si te parece que has de
aniquilar tu sangre por mezclarla con la mía, 15
considera que pocas o ninguna nobleza hay en el
mundo que no haya corrido por este camino, y
que la que se toma de las mujeres no es la que
hace al caso en las ilustres descendencias.
Cuanto más que la verdadera nobleza consiste 20
en la virtud, y si ésta a ti te falta, negándome
lo que tan justamente me debes, yo quedaré
con más ventajas de noble que las que tú tienes.
En fin, señor, lo que últimamente te digo
es que, quieras o no quieras, yo soy tu esposa, 25
testigos son tus palabras, que no han ni
deben ser mentirosas, si ya es que te precias
de aquello por que me desprecias. Testigo será
la firma que hiciste, y testigo el cielo a quien tú
llamaste por testigo de lo que me prometías. Y 30
cuando todo esto falte, tu misma conciencia no
ha de faltar de dar voces callando en mitad de
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 171
tus alegrías, volviendo por esta verdad que te
he dicho, y turbando tus mejores gustos y
contentos.
Estas y otras razones dijo la lastimada
Dorotea con tanto sentimiento y lágrimas, que los 5
mismos que acompañaban a don Fernando, y
cuantos presentes estaban la acompañaron en
ellas. Escuchóla don Fernando sin replicarle
palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y
principio a tantos sollozos y suspiros, que bien 10
había de ser corazón de bronce el que con
muestras de tanto dolor no se enterneciera.
Mirándola estaba Luscinda, no menos lastimada de su
sentimiento que admirada de su mucha discreción
y hermosura, y, aunque quisiera llegarse 15
a ella y decirle algunas palabras de consuelo,
no la dejaban los brazos de don Fernando, que
apretada la tenían; el cual, lleno de confusión
y espanto, al cabo de un buen espacio que
atentamente estuvo mirando a Dorotea, abrió los 20
brazos, y, dejando libre a Luscinda, dijo:
Venciste, hermosa Dorotea, venciste:
porque no es posible tener ánimo para negar
tantas verdades juntas.
Con el desmayo que Luscinda había tenido, 25
así como la dejó don Fernando iba a caer en
el suelo; mas hallándose Cardenio allí junto,
que a las espaldas de don Fernando se había
puesto porque no le conociese, pospuesto
todo temor y aventurando a todo riesgo, 30
acudió a sostener a Luscinda, y, cogiéndola
entre sus brazos, le dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 172
Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya
tengas algún descanso, leal, firme y hermosa
señora mía, en ninguna parte creo yo que le
tendrás más seguro que en estos brazos que
ahora te reciben y otro tiempo te recibieron, 5
cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte
mía.
A estas razones puso Luscinda en Cardenio
los ojos, y, habiendo comenzado a conocerle,
primero por la voz, y, asegurándose que él era 10
con la vista, casi fuera de sentido y sin tener
cuenta a ningún honesto respeto, le echó los
brazos al cuello, y, juntando su rostro con el
de Cardenio, le dijo:
Vos, sí, señor mío, sois el verdadero dueño 15
de esta vuestra cautiva, aunque más lo
impida la contraria suerte, y aunque más
amenazas le hagan [a] esta vida que en la
vuestra se sustenta.
Extraño espectáculo fue éste para don 20
Fernando y para todos los circunstantes,
admirándose de tan no visto suceso. Parecióle a
Dorotea que don Fernando había perdido la color
del rostro y que hacía ademán de querer
vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar 25
la mano a ponerla en la espada; y así como
lo pensó, con no vista presteza se abrazó con
él por las rodillas, besándoselas y teniéndole
apretado, que no le dejaba mover, y, sin cesar
un punto de sus lágrimas, le decía: 30
¿Qué es lo que piensas hacer, único refugio
mío, en este tan impensado trance? Tú tienes
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 173
a tus pies a tu esposa, y la que quieres que
lo sea está en los brazos de su marido; mira
si te estará bien, o te será posible, deshacer lo
que el cielo ha hecho, o si te convendrá querer
levantar a igualar a ti mismo a la que, 5
pospuesto todo inconveniente, confirmada en
su verdad y firmeza, delante de tus ojos tiene
los suyos, bañados de licor amoroso el
rostro y pecho de su verdadero esposo. Por
quien Dios es te ruego, y por quien tú eres 10
te suplico, que este tan notorio desengaño no
sólo no acreciente tu ira, sino que la mengüe
en tal manera, que con quietud y sosiego
permitas que estos dos amantes le tengan sin
impedimento tuyo todo el tiempo que el cielo 15
quisiere concedérsele, y en esto mostrarás la
generosidad de tu ilustre y noble pecho, y
verá el mundo que tiene contigo más fuerza
la razón que el apetito.
En tanto que esto decía Dorotea, aunque 20
Cardenio tenía abrazada a Luscinda, no quitaba
los ojos de don Fernando, con determinación
de que si le viese hacer algún movimiento
en su perjuicio, procurar defenderse y
ofender como mejor pudiese a todos aquellos 25
que en su daño se mostrasen, aunque le
costase la vida; pero a esta sazón acudieron
los amigos de don Fernando, y el cura y el
barbero, que a todo habían estado presentes,
sin que faltase el bueno de Sancho Panza, y 30
todos rodeaban a don Fernando, suplicándole
tuviese por bien de mirar las lágrimas de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 174
Dorotea, y que, siendo verdad, como sin duda
ellos creían que lo era, lo que en sus razones
había dicho, que no permitiese quedase
defraudada de sus tan justas esperanzas. Que
considerase que no acaso, como parecía, sino 5
con particular providencia del cielo se habían
todos juntado en lugar donde menos ninguno
pensaba. Y, que advirtiese, dijo el cura, que
sola la muerte podía apartar a Luscinda de
Cardenio, y aunque los dividiesen filos de alguna 10
espada, ellos tendrían por felicísima su
muerte, y que en los lazos irremediables
era suma cordura, forzándose y venciéndose a
sí mismo, mostrar un generoso pecho,
permitiendo que por sola su voluntad los dos 15
gozasen el bien que el cielo ya les había
concedido; que pusiese los ojos asimismo en la
beldad de Dorotea, y vería que pocas, o ninguna,
se le podían igualar, cuanto más hacerle
ventaja, y que juntase a su hermosura su 20
humildad y el extremo del amor que le tenía, y,
sobre todo, advirtiese que si se preciaba de
caballero y de cristiano, que no podía hacer
otra cosa que cumplirle la palabra dada;
y que, cumpliéndosela, cumpliría con Dios y 25
satisfaría a las gentes discretas, las cuales
saben y conocen que es prerrogativa de la
hermosura, aunque esté en sujeto humilde, como
se acompañe con la honestidad, poder levantarse
e igualarse a cualquiera alteza, sin nota 30
de menoscabo del que la levanta e iguala a sí
mismo; y cuando se cumplen las fuertes leyes
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 175
del gusto, como en ello no intervenga pecado,
no debe de ser culpado el que las sigue.
En efecto, a estas razones añadieron todos
otras, tales y tantas, que el valeroso pecho de
don Fernando, en fin, como alimentado con 5
ilustre sangre, se ablandó y se dejó vencer de
la verdad que él no pudiera negar aunque
quisiera, y la señal que dio de haberse rendido y
entregado al buen parecer que se le había
propuesto fue abajarse y abrazar a Dorotea, 10
diciéndole:
Levantaos, señora mía; que no es justo que
esté arrodillada a mis pies la que yo tengo en
mi alma, y si hasta aquí no he dado muestras
de lo que digo, quizá ha sido por orden del 15
cielo, para que, viendo yo en vos la fe con que
me amáis, os sepa estimar en lo que merecéis.
Lo que os ruego es que no me reprendáis
mi mal término y mi mucho descuido, pues
la misma ocasión y fuerza que me movió para 20
aceptaros por mía, esa misma me impelió para
procurar no ser vuestro; y que esto sea verdad,
volved y mirad los ojos de la ya contenta
Luscinda, y en ellos hallaréis disculpa de todos
mis yerros; y pues ella halló y alcanzó lo que 25
deseaba, y yo he hallado en vos lo que me
cumple, viva ella segura y contenta luengos
y felices años con su Cardenio, que yo
rogaré al cielo que me los deje vivir con mi
Dorotea. 30
Y, diciendo esto, la tornó a abrazar y a
juntar su rostro con el suyo, con tan tierno
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 176
sentimiento, que le fue necesario tener gran
cuenta con que las lágrimas no acabasen de
dar indubitables señas de su amor y
arrepentimiento. No lo hicieron así las de Luscinda
y Cardenio, y aun las de casi todos los que 5
allí presentes estaban, porque comenzaron a
derramar tantas, los unos de contento
propio, y los otros del ajeno, que no parecía
sino que algún grave y mal caso a todos había
sucedido. Hasta Sancho Panza lloraba, aunque 10
después dijo que no lloraba él sino por ver que
Dorotea no era, como él pensaba, la reina
Micomicona, de quien él tantas mercedes esperaba.
Duró algún espacio, junto con el llanto,
la admiración en todos, y luego Cardenio y 15
Luscinda se fueron a poner de rodillas ante
don Fernando, dándole gracias de la merced
que les había hecho con tan corteses razones,
que don Fernando no sabía qué responderles,
y, así, los levantó y abrazó con muestras de 20
mucho amor y de mucha cortesía.
Preguntó luego a Dorotea le dijese cómo
había venido a aquel lugar tan lejos del suyo.
Ella, con breves y discretas razones, contó todo
lo que antes había contado a Cardenio, de lo 25
cual gustó tanto don Fernando y los que con
él venían, que quisieran que durara el cuento
más tiempo: tanta era la gracia con que Dorotea
contaba sus desventuras. Y así como hubo
acabado, dijo don Fernando lo que en la ciudad 30
le había acontecido, después que halló el
papel en el seno de Luscinda, donde declaraba
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 177
ser esposa de Cardenio y no poderlo ser suya;
dijo que la quiso matar, y lo hiciera si de sus
padres no fuera impedido, y que, así, se salió
de su casa despechado y corrido, con
determinación de vengarse con más comodidad, y 5
que otro día supo cómo Luscinda había faltado
de casa de sus padres, sin que nadie supiese
decir dónde se había ido, y que, en resolución,
al cabo de algunos meses vino a saber cómo
estaba en un monasterio, con voluntad de 10
quedarse en él toda la vida, si no la pudiese
pasar con Cardenio; y que así como lo supo,
escogiendo para su compañía aquellos tres
caballeros, vino al lugar donde estaba, a la
cual no había querido hablar, temeroso que en 15
sabiendo que él estaba allí, había de haber más
guarda en el monasterio; y, así, aguardando
un día a que la portería estuviese
abierta, dejó a los dos a la guarda de la
puerta, y él con otro habían entrado en el 20
monasterio buscando a Luscinda, la cual hallaron
en el claustro hablando con una monja;
y, arrebatándola, sin darle lugar a otra cosa,
se habían venido con ella a un lugar donde
se acomodaron de aquello que hubieron menester 25
para traerla. Todo lo cual habían podido
hacer bien a su salvo por estar el
monasterio en el campo, buen trecho fuera del
pueblo. Dijo que así como Luscinda se vio
en su poder, perdió todos los sentidos, y que 30
después de vuelta en sí no había hecho otra
cosa sino llorar y suspirar, sin hablar
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 178
palabra alguna, y que, así, acompañados de
silencio y de lágrimas habían llegado a aquella
venta, que para él era haber llegado al cielo,
donde se rematan y tienen fin todas las
desventuras de la tierra. 5
p. 179
Capítulo XXXVII
Donde se prosigue la historia de la famosa
infanta Micomicona, con otras graciosas
aventuras.
Todo esto escuchaba Sancho, no con poco 5
dolor de su ánima, viendo que se le
desparecían e iban en humo las esperanzas de su
dictado, y que la linda princesa Micomicona se le
había vuelto en Dorotea, y el gigante en don
Fernando, y su amo se estaba durmiendo a 10
sueño suelto, bien descuidado de todo lo
sucedido. No se podía asegurar Dorotea si era
soñado el bien que poseía. Cardenio estaba
en el mismo pensamiento, y el de Luscinda
corría por la misma cuenta. Don Fernando daba 15
gracias al cielo por la merced recibida y
haberle sacado de aquel intricado laberinto,
donde se hallaba tan a pique de perder el crédito
y el alma; y, finalmente, cuantos en la venta
estaban, estaban contentos y gozosos del buen 20
suceso que habían tenido tan trabados y
desesperados negocios.
Todo lo ponía en su punto el cura, como
discreto, y a cada uno daba el parabién del bien
alcanzado; pero quien más jubilaba y se 25
contentaba era la ventera, por la promesa que
Cardenio y el cura le habían hecho de pagarle
todos los daños e intereses que por cuenta de
don Quijote le hubiesen venido. Sólo Sancho,
como ya se ha dicho, era el afligido, el 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 180
desventurado y el triste; y, así, con
melancólico semblante entró a su amo, el cual
acababa de despertar, a quien dijo:
Bien puede vuestra merced, señor Triste
Figura, dormir todo lo que quisiere, sin cuidado 5
de matar a ningún gigante, ni de volver a la
princesa su reino; que ya todo está hecho y
concluido.
Eso creo yo bien, respondió don Quijote,
porque he tenido con el gigante la más 10
descomunal y desaforada batalla que pienso tener
en todos los días de mi vida; y de un revés,
¡zas!, le derribé la cabeza en el suelo; y fue
tanta la sangre que le salió, que los arroyos
corrían por la tierra, como si fueran de agua. 15
Como si fueran de vino tinto, pudiera
vuestra merced decir mejor, respondió Sancho;
porque quiero que sepa vuestra merced, si es
que no lo sabe, que el gigante muerto es un
cuero horadado, y la sangre, seis arrobas de 20
vino tinto que encerraba en su vientre; y la
cabeza cortada es la puta que me parió, y llévelo
todo Satanás.
Y ¿qué es lo que dices, loco?, replicó don
Quijote. ¿Estás en tu seso? 25
Levántese vuestra merced, dijo Sancho,
y verá el buen recado que ha hecho, y lo que
tenemos que pagar; y verá a la reina convertida
en una dama particular, llamada Dorotea,
con otros sucesos, que, si cae en ellos, le han 30
de admirar.
No me maravillaría de nada de eso, replicó
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 181
don Quijote, porque, si bien te acuerdas, la
otra vez que aquí estuvimos, te dije yo que
todo cuanto aquí sucedía eran cosas de
encantamiento, y no sería mucho que ahora fuese lo
mismo. 5
Todo lo creyera yo, respondió Sancho, si
también mi manteamiento fuera cosa de ese
jaez; mas no lo fue, sino real y verdaderamente,
y vi yo que el ventero, que aquí está hoy día,
tenía del un cabo de la manta, y me empujaba 10
hacia el cielo con mucho donaire y brío, y con
tanta risa como fuerza; y donde interviene
conocerse las personas, tengo para mí, aunque
simple y pecador, que no hay encantamiento
alguno, sino mucho molimiento y mucha mala 15
ventura.
Ahora bien, Dios lo remediará, dijo don
Quijote; dame de vestir, y déjame salir allá
fuera; que quiero ver los sucesos y
transformaciones que dices. 20
Diole de vestir Sancho, y en el entretanto
que se vestía, contó el cura a don Fernando y
a los demás las locuras de don Quijote, y
del artificio que habían usado para sacarle de la
Peña Pobre, donde él se imaginaba estar por 25
desdenes de su señora. Contóles asimismo
casi todas las aventuras que Sancho había
contado, de que no poco se admiraron y rieron,
por parecerles, lo que a todos parecía, ser el
más extraño género de locura que podía caber 30
en pensamiento disparatado. Dijo más el
cura: que pues ya el buen suceso de la señora
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 182
Dorotea impedía pasar con su designio adelante,
que era menester inventar y hallar otro para
poderle llevar a su tierra. Ofrecióse Cardenio
de proseguir lo comenzado, y que Luscinda
haría y representaría la persona de Dorotea. 5
No, dijo don Fernando; no ha de ser así;
que yo quiero que Dorotea prosiga su invención,
que, como no sea muy lejos de aquí el
lugar de este buen caballero, yo holgaré de que
se procure su remedio. 10
No está más de dos jornadas de aquí.
Pues aunque estuviera más, gustara yo
de caminarlas, a trueco de hacer tan buena
obra.
Salió en esto don Quijote, armado de todos 15
sus pertrechos, con el yelmo, aunque abollado,
de Mambrino en la cabeza, embrazado de
su rodela y arrimado a su tronco o lanzón.
Suspendió a don Fernando y a los demás la
extraña presencia de don Quijote, viendo su 20
rostro de media legua de andadura, seco y
amarillo, la desigualdad de sus armas y su
mesurado continente, y estuvieron callando
hasta ver lo que él decía, el cual, con mucha
gravedad y reposo, puestos los ojos en la 25
hermosa Dorotea, dijo:
Estoy informado, hermosa señora, de este mi
escudero que la vuestra grandeza se ha aniquilado,
y vuestro ser se ha deshecho, porque de
reina y gran señora que solíais ser, os habéis 30
vuelto en una particular doncella; si esto ha
sido por orden del rey nigromante de vuestro
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 183
padre, temeroso que yo no os diese la
necesaria y debida ayuda, digo que no supo, ni
sabe, de la misa la media, y que fue poco
versado en las historias caballerescas; porque si
él las hubiera leído y pasado tan atentamente, 5
y con tanto espacio como yo las pasé y leí,
hallara a cada paso cómo otros caballeros, de
menor fama que la mía, habían acabado cosas
más dificultosas, no siéndolo mucho matar a un
gigantillo, por arrogante que sea; porque no ha 10
muchas horas que yo me vi con él; y... quiero
callar, porque no me digan que miento; pero
el tiempo, descubridor de todas las cosas,
lo dirá cuando menos lo pensemos.
Vísteisos vos con dos cueros, que no con un 15
gigante, dijo a esta sazón el ventero, al cual
mandó don Fernando que callase y no
interrumpiese la plática de don Quijote en
ninguna manera; y don Quijote prosiguió,
diciendo: 20
Digo, en fin, alta y desheredada señora, que
si por la causa que he dicho vuestro padre ha
hecho este metamorfóseos en vuestra persona,
que no le deis crédito alguno; porque no
hay ningún peligro en la tierra por quien no 25
se abra camino mi espada, con la cual, poniendo
la cabeza de vuestro enemigo en tierra,
os pondré a vos la corona de la vuestra en la
cabeza, en breves días.
No dijo más don Quijote, y esperó a que 30
la princesa le respondiese, la cual, como
ya sabía la determinación de don Fernando,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 184
de que se prosiguiese adelante en el engaño
hasta llevar a su tierra a don Quijote, con
mucho donaire y gravedad le respondió:
Quienquiera que os dijo, valeroso caballero
de la Triste Figura, que yo me había mudado 5
y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto,
porque la misma que ayer fui me soy hoy: verdad
es que alguna mudanza han hecho en mí ciertos
acaecimientos de buena ventura, que me la
han dado la mejor que yo pudiera desearme; 10
pero no por eso he dejado de ser la que
antes, y de tener los mismos pensamientos de
valerme del valor de vuestro valeroso e
invenerable brazo que siempre he tenido; así
que, señor mío, vuestra bondad vuelva la 15
honra al padre que me engendró, y téngale por
hombre advertido y prudente, pues con su
ciencia halló camino tan fácil y tan verdadero
para remediar mi desgracia; que yo creo que
si por vos, señor, no fuera, jamás acertara a 20
tener la ventura que tengo, y en esto digo tanta
verdad, como son buenos testigos de ella los
más de estos señores que están presentes; lo
que resta es que mañana nos pongamos en
camino, porque ya hoy se podrá hacer poca 25
jornada, y en lo demás del buen suceso que
espero, lo dejaré a Dios y al valor de vuestro
pecho.
Esto dijo la discreta Dorotea, y, en oyéndolo
don Quijote, se volvió a Sancho, y, con 30
muestras de mucho enojo, le dijo:
Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 185
bellacuelo que hay en España; dime, ladrón
vagamundo, ¿no me acabaste de decir ahora que
esta princesa se había vuelto en una doncella
que se llamaba Dorotea, y que la cabeza que
entiendo que corté a un gigante era la puta 5
que te parió, con otros disparates que me
pusieron en la mayor confusión que jamás he
estado en todos los días de mi vida? ¡Voto --y
miró al cielo y apretó los dientes--, que estoy
por hacer un estrago en ti, que ponga sal en la 10
mollera a todos cuantos mentirosos escuderos
hubiere de caballeros andantes, de aquí
adelante, en el mundo!
Vuestra merced se sosiegue, señor mío,
respondió Sancho, que bien podría ser que 15
yo me hubiese engañado en lo que toca a la
mutación de la señora princesa Micomicona;
pero en lo que toca a la cabeza del gigante, o,
a lo menos, a la horadación de los cueros, y a
lo de ser vino tinto la sangre, no me engaño, 20
¡vive Dios!, porque los cueros allí están heridos
a la cabecera del lecho de vuestra merced, y el
vino tinto tiene hecho un lago el aposento, y si
no, al freír de los huevos lo verá: quiero decir,
que lo verá cuando aquí su merced del señor 25
ventero le pida el menoscabo de todo. De lo
demás, de que la señora reina se esté como
se estaba, me regocijo en el alma, porque me
va mi parte, como a cada hijo de vecino.
Ahora yo te digo, Sancho, dijo don Quijote, 30
que eres un mentecato, y perdóname, y basta.
Basta, dijo don Fernando, y no se hable
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 186
más en esto; y pues la señora princesa dice
que se camine mañana, porque ya hoy es tarde,
hágase así, y esta noche la podremos pasar en
buena conversación hasta el venidero día,
donde todos acompañaremos al señor don 5
Quijote, porque queremos ser testigos de las
valerosas e inauditas hazañas que ha de hacer en el
discurso de esta grande empresa que a su cargo
lleva.
Yo soy el que tengo de serviros y 10
acompañaros, respondió don Quijote; y agradezco
mucho la merced que se me hace y la buena
opinión que de mí se tiene, la cual procuraré
que salga verdadera, o me costará la vida, y
aún más, si más costarme puede. 15
Muchas palabras de comedimiento y muchos
ofrecimientos pasaron entre don Quijote y don
Fernando; pero a todo puso silencio un pasajero
que en aquella sazón entró en la venta, el
cual en su traje mostraba ser cristiano recién 20
venido de tierra de moros, porque venía vestido
con una casaca de paño azul, corta de faldas,
con medias mangas y sin cuello; los calzones
eran asimismo de lienzo azul, con bonete
de la misma color; traía unos borceguíes 25
datilados y un alfanje morisco, puesto en un
tahalí que le atravesaba el pecho. Entró luego
tras él, encima de un jumento, una mujer a la
morisca vestida, cubierto el rostro, con una toca
en la cabeza; traía un bonetillo de brocado, y 30
vestida una almalafa que desde los hombros
a los pies la cubría.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 187
Era el hombre de robusto y agraciado talle,
de edad de poco más de cuarenta años, algo
moreno de rostro, largo de bigotes, y la barba
muy bien puesta; en resolución, él mostraba en
su apostura, que si estuviera bien vestido, le 5
juzgaran por persona de calidad y bien nacida.
Pidió en entrando un aposento, y como le
dijeron que en la venta no le había, mostró
recibir pesadumbre, y, llegándose a la que en
el traje parecía mora, la apeó en sus brazos. 10
Luscinda, Dorotea, la ventera, su hija y
Maritornes, llevados del nuevo y para ellos nunca
visto traje, rodearon a la mora, y Dorotea, que
siempre fue agraciada, comedida y discreta,
pareciéndole que así ella como el que la traía se 15
congojaban por la falta del aposento, le dijo:
No os dé mucha pena, señora mía, la
incomodidad de regalo que aquí falta, pues es
propio de ventas no hallarse en ellas; pero, con
todo esto, si gustareis de pasar con nosotras 20
--señalando a Luscinda--, quizá en el
discurso de este camino habréis hallado otros
no tan buenos acogimientos.
No respondió nada a esto la embozada, ni
hizo otra cosa que levantarse de donde sentado 25
se había, y puestas entrambas manos cruzadas
sobre el pecho, inclinada la cabeza, dobló
el cuerpo en señal de que lo agradecía. Por
su silencio imaginaron que, sin duda alguna,
debía de ser mora y que no sabía hablar cristiano. 30
Llegó en esto el cautivo, que entendiendo
en otra cosa hasta entonces había estado,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 188
y, viendo que todas tenían cercada a la que
con él venía, y que ella a cuanto le decían
callaba, dijo:
Señoras mías, esta doncella apenas entiende
mi lengua, ni sabe hablar otra ninguna sino 5
conforme a su tierra, y por esto no debe de
haber respondido, ni responde, a lo que se le
ha preguntado.
No se le pregunta otra cosa ninguna,
respondió Luscinda, sino ofrecerle por esta 10
noche nuestra compañía y parte del lugar donde
nos acomodaremos, donde se le hará el regalo
que la comodidad ofreciere con la voluntad
que obliga a servir a todos los extranjeros que
de ello tuvieren necesidad, especialmente 15
siendo mujer a quien se sirve.
Por ella y por mí, respondió el cautivo,
os beso, señora mía, las manos, y estimo
mucho y en lo que es razón la merced ofrecida,
que en tal ocasión, y de tales personas como 20
vuestro parecer muestra, bien se echa de ver
que ha de ser muy grande.
Decidme, señor, dijo Dorotea: esta
señora ¿es cristiana o mora? Porque el traje y
el silencio nos hace pensar que es lo que no 25
querríamos que fuese.
Mora es en el traje y en el cuerpo; pero
en el alma es muy grande cristiana, porque
tiene grandísimos deseos de serlo.
Luego ¿no es bautizada?, replicó 30
Luscinda.
No ha habido lugar para ello, respondió el
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 189
cautivo, después que salió de Argel, su
patria y tierra, y hasta ahora no se ha visto en
peligro de muerte tan cercana, que obligase a
bautizarla sin que supiese primero todas las
ceremonias que nuestra madre la Santa Iglesia 5
manda; pero Dios será servido que presto se
bautice con la decencia que la calidad de su
persona merece, que es más de lo que muestra
su hábito y el mío.
[Con] estas razones puso gana en todos 10
los que escuchándole estaban de saber quién
fuese la mora y el cautivo; pero nadie se
lo quiso preguntar por entonces, por ver que
aquella sazón era más para procurarles
descanso que para preguntarles sus vidas. 15
Dorotea la tomó por la mano y la llevó a sentar
junto a sí, y le rogó que se quitase el embozo.
Ella miró al cautivo, como si le preguntara le
dijese lo que decían y lo que ella haría. El, en
lengua arábiga, le dijo que le pedían se 20
quitase el embozo, y que lo hiciese, y, así, se
lo quitó y descubrió un rostro tan hermoso, que
Dorotea la tuvo por más hermosa que a
Luscinda, y Luscinda por más hermosa que a
Dorotea, y todos los circunstantes conocieron 25
que si alguno se podría igualar al de las dos,
era el de la mora, y aun hubo algunos que le
aventajaron en alguna cosa. Y como la hermosura
tenga prerrogativa y gracia de reconciliar
los ánimos y atraer las voluntades, luego 30
se rindieron todos al deseo de servir y
acariciar a la hermosa mora.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 190
Preguntó don Fernando al cautivo cómo
se llamaba la mora, el cual respondió que lela
Zoraida, y así como esto oyó ella, entendió lo
que le habían preguntado al cristiano, y dijo
con mucha prisa, llena de congoja y 5
donaire:
¡No, no Zoraida: María, María!, dando a
entender que se llamaba María y no Zoraida.
Estas palabras, el grande afecto con que
la mora las dijo, hicieron derramar más de una 10
lágrima a algunos de los que la escucharon,
especialmente a las mujeres, que de su
naturaleza son tiernas y compasivas. Abrazóla
Luscinda con mucho amor, diciéndole:
¡Sí, sí; María, María! 15
A lo cual respondió la mora:
¡Sí, sí; María; Zoraida macange!, que
quiere decir, no.
Ya en esto llegaba la noche, y por orden
de los que venían con don Fernando había el 20
ventero puesto diligencia y cuidado en
aderezarles de cenar lo mejor que a él le fue
posible. Llegada, pues, la hora, sentáronse
todos a una larga mesa, como de tinelo,
porque no la había redonda ni cuadrada en la 25
venta, y dieron la cabecera y principal asiento,
puesto que él lo rehusaba, a don Quijote, el
cual quiso que estuviese a su lado la señora
Micomicona, pues él era su guardador.
Luego se sentaron Luscinda y Zoraida, y frontero 30
de ellas, don Fernando y Cardenio, y luego
el cautivo y los demás caballeros, y al lado de
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 191
las señoras, el cura y el barbero. Y, así,
cenaron con mucho contento, y acrecentóseles
más viendo que, dejando de comer don Quijote,
movido de otro semejante espíritu que el
que le movió a hablar tanto como habló cuando 5
cenó con los cabreros, comenzó a decir:
Verdaderamente, si bien se considera,
señores míos, grandes e inauditas cosas ven los que
profesan la orden de la andante caballería. Si
no, ¿cuál de los vivientes habrá en el mundo 10
que ahora por la puerta de este castillo entrara,
y de la suerte que estamos nos viere, que
juzgue y crea que nosotros somos quien somos?
¿Quién podrá decir que esta señora que está a
mi lado es la gran reina que todos sabemos, y 15
que yo soy aquel Caballero de la Triste Figura
que anda por ahí en boca de la fama? Ahora no
hay que dudar, sino que esta arte y ejercicio
excede a todas aquellas y aquellos que los
hombres inventaron, y tanto más se ha de tener en 20
estima, cuanto a más peligros está sujeto.
Quítenseme delante los que dijeren que las letras
hacen ventaja a las armas; que les diré, y sean
quien se fueren, que no saben lo que dicen.
Porque la razón que los tales suelen decir, y a 25
lo que ellos más se atienen, es que los trabajos
del espíritu exceden a los del cuerpo, y que las
armas sólo con el cuerpo se ejercitan, como si
fuese su ejercicio oficio de ganapanes, para
el cual no es menester más de buenas fuerzas, 30
o como si en esto que llamamos armas los que
las profesamos no se encerrasen los actos de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 192
la fortaleza, los cuales piden para ejecutarlos
mucho entendimiento, o como si no trabajase
el ánimo del guerrero que tiene a su cargo un
ejercito o la defensa de una ciudad sitiada,
así con el espíritu como con el cuerpo. Si no, 5
véase si se alcanza con las fuerzas corporales
a saber y conjeturar el intento del enemigo,
los designios, las estratagemas, las
dificultades, el prevenir los daños que se temen;
que todas estas cosas son acciones del 10
entendimiento, en quien no tiene parte alguna el
cuerpo.
Siendo, pues, así, que las armas requieren
espíritu como las letras, veamos ahora cuál de
los dos espíritus, el del letrado o el del 15
guerrero, trabaja más. Y esto se vendrá a conocer
por el fin y paradero a que cada uno se
encamina, porque aquella intención se ha de
estimar en más que tiene por objeto más noble
fin. Es el fin y paradero de las letras..., y no 20
hablo ahora de las divinas, que tienen por
blanco llevar y encaminar las almas al cielo; que
a un fin tan sin fin como éste ninguno otro se
le puede igualar: hablo de las letras humanas,
que es su fin poner en su punto la justicia 25
distributiva y dar a cada uno lo que es suyo,
entender y hacer que las buenas leyes se
guarden, fin por cierto generoso y alto y digno
de grande alabanza, pero no de tanta como
merece aquél a que las armas atienden, las 30
cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el
mayor bien que los hombres pueden desear
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 193
en esta vida. Y, así, las primeras buenas
nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres
fueron las que dieron los ángeles la noche que
fue nuestro día, cuando cantaron en los aires:
«Gloria sea en las alturas y paz en la tierra a 5
»los hombres de buena voluntad»; y a la
salutación que el mejor maestro de la tierra y del
cielo enseñó a sus allegados y favorecidos fue
decirles que, cuando entrasen en alguna casa,
dijesen: «Paz sea en esta casa.» Y otras 10
muchas veces les dijo: «Mi paz os doy, mi paz os
»dejo, paz sea con vosotros», bien como joya y
prenda dada y dejada de tal mano, joya, que
sin ella, en la tierra ni en el cielo puede haber
bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de la 15
guerra, que lo mismo es decir armas que
guerra. Presupuesta, pues, esta verdad, que
el fin de la guerra es la paz, y que en esto hace
ventaja al fin de las letras, vengamos ahora a
los trabajos del cuerpo del letrado y a los del 20
profesor de las armas, y véase cuáles son
mayores.
De tal manera y por tan buenos términos
iba prosiguiendo en su plática don Quijote,
que obligó a que por entonces ninguno de los 25
que escuchándole estaban le tuviese por
loco. Antes, como todos los más eran
caballeros, a quien son anejas las armas, le
escuchaban de muy buena gana; y él prosiguió
diciendo: 30
Digo, pues, que los trabajos del estudiante
son éstos: principalmente, pobreza, no porque
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 194
todos sean pobres, sino por poner este caso en
todo el extremo que pueda ser, y en haber
dicho que padece pobreza, me parece que no
había que decir más de su mala ventura. Porque
quien es pobre no tiene cosa buena; esta 5
pobreza la padece por sus partes, ya en
hambre, ya en frío, ya en desnudez, ya en todo
junto. Pero, con todo eso, no es tanta, que
no coma, aunque sea un poco más tarde de
lo que se usa, aunque sea de las sobras de 10
los ricos; que es la mayor miseria del
estudiante este que entre ellos llaman andar
a la sopa, y no les falta algún ajeno brasero
o chimenea, que, si no calienta, a lo menos
entibie su frío, y, en fin, la noche duermen 15
debajo de cubierta. No quiero llegar a
otras menudencias, conviene a saber, de la
falta de camisas y no sobra de zapatos, la
raridad y poco pelo del vestido, ni aquel
ahitarse con tanto gusto, cuando la buena suerte 20
les depara algún banquete.
Por este camino que he pintado, áspero y
dificultoso, tropezando aquí, cayendo allí,
levantándose acullá, tornando a caer acá, llegan
al grado que desean, el cual alcanzado, a 25
muchos hemos visto que, habiendo pasado por
estas sirtes y por estas Scilas y Caribdis, como
llevados en vuelo de la favorable fortuna, digo
que los hemos visto mandar y gobernar el
mundo desde una silla, trocada su hambre en 30
hartura, su frío en refrigerio, su desnudez
en galas y su dormir en una estera en reposar
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 195
en holandas y damascos, premio justamente
merecido de su virtud; pero contrapuestos y
comparados sus trabajos con los del mílite
guerrero, se quedan muy atrás en todo, como
ahora diré. 5
p. 196
Capítulo XXXVIII
Que trata del curioso discurso que hizo don
Quijote de las armas y las letras.
Prosiguiendo don Quijote, dijo:
Pues comenzamos en el estudiante por la 5
pobreza y sus partes, veamos si es más rico el
soldado. Y veremos que no hay ninguno más
pobre en la misma pobreza, porque está
atenido a la miseria de su paga, que viene o
tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus 10
manos, con notable peligro de su vida y de su
conciencia. Y a veces suele ser su desnudez
tanta, que un coleto acuchillado le sirve de
gala y de camisa, y en la mitad del invierno
se suele reparar de las inclemencias del cielo, 15
estando en la campaña rasa, con sólo el aliento
de su boca, que, como sale de lugar vacío,
tengo por averiguado que debe de salir frío,
contra toda naturaleza. Pues esperad que espere
que llegue la noche para restaurarse de todas 20
estas incomodidades en la cama que le
aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás
pecará de estrecha; que bien puede medir en la
tierra los pies que quisiere, y revolverse en ella
a su sabor, sin temor que se le encojan las 25
sábanas.
Lléguese, pues, a todo esto el día y la hora
de recibir el grado de su ejercicio; lléguese
un día de batalla, que allí le pondrán la borla
en la cabeza, hecha de hilas, para curarle algún 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 197
balazo que quizá le habrá pasado las sienes,
o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y
cuando esto no suceda, sino que el cielo
piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podrá
ser que se quede en la misma pobreza que 5
antes estaba, y que sea menester que suceda
uno y otro reencuentro, una y otra batalla, y
que de todas salga vencedor, para medrar en
algo. Pero estos milagros vense raras veces.
Pero decidme, señores, si habéis mirado en 10
ello, ¿cuán menos son los premiados por la
guerra que los que han perecido en ella? Sin
duda habéis de responder que no tienen
comparación, ni se pueden reducir a cuenta los
muertos, y que se podrán contar los premiados 15
vivos con tres letras de guarismo. Todo esto
es al revés en los letrados, porque de faldas,
que no quiero decir de mangas, todos tienen
en qué entretenerse. Así que, aunque es mayor
el trabajo del soldado, es mucho menor el 20
premio. Pero a esto se puede responder que
es más fácil premiar a dos mil letrados que a
treinta mil soldados, porque a aquéllos se
premian con darles oficios que por fuerza se
han de dar a los de su profesión, y a éstos no 25
se pueden premiar, sino con la misma
hacienda del señor a quien sirven, y esta
imposibilidad fortifica más la razón que tengo.
Pero dejemos esto aparte, que es laberinto
de muy dificultosa salida, sino volvamos a la 30
preeminencia de las armas contra las letras:
materia que hasta ahora está por averiguar,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 198
según son las razones que cada una de su parte
alega; y entre las que he dicho, dicen las letras
que sin ellas no se podrían sustentar las armas,
porque la guerra también tiene sus leyes y está
sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de 5
lo que son letras y letrados. A esto responden
las armas que las leyes no se podrán sustentar
sin ellas, porque con las armas se defienden
las repúblicas, se conservan los reinos, se
guardan las ciudades, se aseguran los caminos, 10
se despejan los mares de corsarios, y,
finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas,
los reinos, las monarquías, las ciudades,
los caminos de mar y tierra estarían sujetos
al rigor y a la confusión que trae consigo la 15
guerra el tiempo que dura y tiene licencia de
usar de sus privilegios y de sus fuerzas. Y es
razón averiguada que aquello que más cuesta
se estima y debe de estimar en más.
Alcanzar alguno a ser eminente en letras le 20
cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez,
vaguidos de cabeza, indigestiones de estómago
y otras cosas a éstas adherentes, que en parte
ya las tengo referidas. Mas llegar uno por sus
términos a ser buen soldado le cuesta todo lo 25
que al estudiante, en tanto mayor grado que
no tiene comparación, porque a cada paso
está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor
de necesidad y pobreza puede llegar, ni fatigar
al estudiante, que llegue al que tiene un 30
soldado, que, hallándose cercado en alguna
fuerza, y estando de posta o guarda en algún
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 199
revellín o caballero, siente que los enemigos
están minando hacia la parte donde él está, y
no puede apartarse de allí por ningún caso, ni
huir el peligro que de tan cerca le amenaza?
Sólo lo que puede hacer es dar noticia a su 5
capitán de lo que pasa, para que lo remedie con
alguna contramina, y él estarse quedo, temiendo
y esperando cuándo improvisamente ha de
subir a las nubes sin alas y bajar al profundo
sin su voluntad. 10
Y si éste parece pequeño peligro, veamos
si le iguala, o hace ventajas, el de embestirse
dos galeras por las proas en mitad del
mar espacioso, las cuales, enclavijadas y
trabadas, no le queda al soldado más espacio del 15
que concede dos pies de tabla del espolón.
Y, con todo esto, viendo que tiene delante de
sí tantos ministros de la muerte que le amenazan
cuantos cañones de artillería se asestan
de la parte contraria, que no distan de su cuerpo 20
una lanza, y, viendo que al primer descuido
de los pies iría a visitar los profundos senos
de Neptuno; y, con todo esto, con intrépido
corazón, llevado de la honra que le incita, se
pone a ser blanco de tanta arcabucería y 25
procura pasar por tan estrecho paso al bajel
contrario. Y lo que más es de admirar, que apenas
uno ha caído donde no se podrá levantar hasta
la fin del mundo, cuando otro ocupa su mismo
lugar, y si éste también cae en el mar, que 30
como a enemigo le aguarda, otro y otro le
sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 200
muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se
puede hallar en todos los trances de la guerra.
Bien hayan aquellos benditos siglos que
carecieron de la espantable furia de aquestos
endemoniados instrumentos de la artillería, a 5
cuyo inventor tengo para mí que en el infierno
se le está dando el premio de su diabólica
invención, con la cual dio causa que un infame
y cobarde brazo quite la vida a un valeroso
caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, 10
en la mitad del coraje y brío que enciende y
anima a los valientes pechos, llega una
desmandada bala, disparada de quien quizá huyó
y se espantó del resplandor que hizo el fuego
al disparar de la maldita máquina, y corta y 15
acaba en un instante los pensamientos y vida
de quien la merecía gozar luengos siglos.
Y, así, considerando esto, estoy por decir
que en el alma me pesa de haber tomado este
ejercicio de caballero andante en edad tan 20
detestable como es ésta en que ahora vivimos,
porque aunque a mí ningún peligro me pone
miedo, todavía me pone recelo pensar si la
pólvora y el estaño me han de quitar la
ocasión de hacerme famoso y conocido por el 25
valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo
lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo
lo que fuere servido; que tanto seré más
estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a
mayores peligros me he puesto que se pusieron 30
los caballeros andantes de los pasados
siglos.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 201
Todo este largo preámbulo dijo don Quijote
en tanto que los demás cenaban, olvidándose
de llevar bocado a la boca, puesto que
algunas veces le había dicho Sancho Panza que
cenase, que después habría lugar para decir 5
todo lo que quisiese. En los que escuchado
le habían sobrevino nueva lástima, de ver que
hombre que, al parecer, tenía buen entendimiento
y buen discurso en todas las cosas que
trataba, le hubiese perdido tan rematadamente 10
en tratándole de su negra y pizmienta
caballería. El cura le dijo que tenía mucha
razón en todo cuanto había dicho en favor de
las armas, y que él, aunque letrado y
graduado, estaba de su mismo parecer. 15
Acabaron de cenar, levantaron los
manteles, y en tanto que la ventera, su hija y
Maritornes aderezaban el camaranchón de don
Quijote de la Mancha, donde habían determinado
que aquella noche las mujeres solas en él se 20
recogiesen, don Fernando rogó al cautivo les
contase el discurso de su vida, porque no
podría ser sino que fuese peregrino y gustoso,
según las muestras que había comenzado a dar,
viniendo en compañía de Zoraida. A lo cual 25
respondió el cautivo que de muy buena gana
haría lo que se le mandaba, y que sólo temía
que el cuento no había de ser tal, que les diese
el gusto que él deseaba; pero que, con todo
eso, por no faltar en obedecerle, le contaría. 30
El cura y todos los demás se lo agradecieron,
y de nuevo se lo rogaron. Y él, viéndose rogar
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 202
de tantos, dijo que no eran menester ruegos
adonde el mandar tenía tanta fuerza.
Y, así, estén vuestras mercedes atentos, y
oirán un discurso verdadero, a quien podría ser
que no llegasen los mentirosos que con curioso 5
y pensado artificio suelen componerse.
Con esto que dijo, hizo que todos se
acomodasen y le prestasen un grande silencio,
y él, viendo que ya callaban y esperaban lo
que decir quisiese, con voz agradable y 10
reposada comenzó a decir de esta manera:
p. 203
Capítulo XXXIX
Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos.
En un lugar de las montañas de León tuvo
principio mi linaje, con quien fue más agradecida
y liberal la naturaleza que la fortuna, 5
aunque en la estrechez de aquellos pueblos
todavía alcanzaba mi padre fama de rico, y
verdaderamente lo fuera, si así se diera maña
a conservar su hacienda como se la daba en
gastarla. Y la condición que tenía de ser liberal 10
y gastador le procedió de haber sido soldado
los años de su juventud; que es escuela la
soldadesca, donde el mezquino se hace franco
y el franco pródigo, y si algunos soldados se
hallan miserables, son como monstruos que 15
se ven raras veces. Pasaba mi padre los términos
de la liberalidad y rayaba en los de ser
pródigo, cosa que no le es de ningún provecho
al hombre casado y que tiene hijos que le han
de suceder en el nombre y en el ser. Los que 20
mi padre tenía eran tres, todos varones y todos
de edad de poder elegir estado. Viendo, pues,
mi padre que, según él decía, no podía irse
a la mano contra su condición, quiso privarse
del instrumento y causa que le hacía gastador 25
y dadivoso, que fue privarse de la hacienda,
sin la cual el mismo Alejandro pareciera
estrecho.
Y, así, llamándonos un día a todos tres
a solas en un aposento, nos dijo unas razones 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 204
semejantes a las que ahora diré. «Hijos, para
deciros que os quiero bien, basta saber y decir
que sois mis hijos, y para entender que os
quiero mal, basta saber que no me voy a la
mano en lo que toca a conservar vuestra 5
hacienda. Pues para que entendáis desde aquí
adelante que os quiero como padre, y que no os
quiero destruir como padrastro, quiero hacer
una cosa con vosotros, que ha muchos días
que la tengo pensada y con madura consideración 10
dispuesta. Vosotros estáis ya en edad de
tomar estado, o, a lo menos, de elegir
ejercicio, tal, que, cuando mayores, os honre y
aproveche. Y lo que he pensado es hacer de
mi hacienda cuatro partes: las tres os daré a 15
vosotros, a cada uno lo que le tocare, sin
exceder en cosa alguna, y con la otra me quedaré
yo para vivir y sustentarme los días que el
cielo fuere servido de darme de vida. Pero
querría que después que cada uno tuviese en 20
su poder la parte que le toca de su hacienda,
siguiese uno de los caminos que le diré. Hay
un refrán en nuestra España, a mi parecer, muy
verdadero, como todos lo son, por ser
sentencias breves sacadas de la luenga y discreta 25
experiencia, y el que yo digo, dice: «Iglesia,
»o mar, o casa real», como si más claramente
dijera: Quien quisiere valer y ser rico,
siga, o la Iglesia, o navegue ejercitando el
arte de la mercancía, o entre a servir a los 30
reyes en sus casas. Porque dicen: «Más vale
»migaja de rey, que merced de señor.» Digo
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 205
esto, porque querría, y es mi voluntad, que
uno de vosotros siguiese las letras, el otro la
mercancía, y el otro sirviese al rey en la guerra,
pues es dificultoso entrar a servirle en su
casa; que ya que la guerra no dé muchas 5
riquezas, suele dar mucho valor y mucha fama.
Dentro de ocho días os daré toda vuestra parte en
dineros, sin defraudaros en un ardite, como lo
veréis por la obra. Decidme ahora si queréis
seguir mi parecer y consejo en lo que os he 10
propuesto.»
Y, mandándome a mí, por ser el mayor, que
respondiese, después de haberle dicho que no
se deshiciese de la hacienda, sino que gastase
todo lo que fuese su voluntad, que nosotros 15
éramos mozos para saber ganarla, vine a
concluir en que cumpliría su gusto, y que el mío
era seguir el ejercicio de las armas, sirviendo
en él a Dios y a mi rey. El segundo hermano
hizo los mismos ofrecimientos, y escogió el 20
irse a las Indias, llevando empleada la
hacienda que le cupiese. El menor, y, a lo que
yo creo, el más discreto, dijo que quería
seguir la Iglesia, o irse a acabar sus
comenzados estudios a Salamanca. Así como 25
acabamos de concordarnos, y escoger nuestros
ejercicios, mi padre nos abrazó a todos, y con
la brevedad que dijo, puso por obra cuanto
nos había prometido; y, dando a cada uno su
parte, que, a lo que se me acuerda, fueron cada 30
tres mil ducados, en dineros, porque un nuestro
tío compró toda la hacienda y la pagó de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 206
contado, porque no saliese del tronco de la casa,
en un mismo día nos despedimos todos tres
de nuestro buen padre, y en aquel mismo,
pareciéndome a mí ser inhumanidad que mi
padre quedase viejo y con tan poca hacienda, 5
hice con él que de mis tres mil tomase los dos
mil ducados, porque a mí me bastaba el resto
para acomodarme de lo que había menester un
soldado.
Mis dos hermanos, movidos de mi ejemplo, 10
cada uno le dio mil ducados. De modo que a
mi padre le quedaron cuatro mil en dineros,
y más tres mil, que, a lo que parece, valía
la hacienda que le cupo, que no quiso vender,
sino quedarse con ella en raíces. Digo, en fin, 15
que nos despedimos de él y de aquel nuestro tío
que he dicho, no sin mucho sentimiento y lágrimas
de todos, encargándonos que les hiciésemos
saber, todas las veces que hubiese comodidad
para ello, de nuestros sucesos, prósperos 20
o adversos. Prometímoselo, y, abrazándonos
y echándonos su bendición, el uno tomó el
viaje de Salamanca, el otro de Sevilla, y yo
el de Alicante, adonde tuve nuevas que había
una nave genovesa que cargaba allí lana para 25
Génova.
Este hará veinte y dos años que salí de
casa de mi padre, y en todos ellos, puesto que
he escrito algunas cartas, no he sabido de él ni
de mis hermanos nueva alguna. Y lo que en 30
este discurso de tiempo he pasado lo diré
brevemente. Embarquéme en Alicante, llegué con
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 207
próspero viaje a Génova, fui desde allí a Milán,
donde me acomodé de armas y de algunas
galas de soldado, de donde quise ir a asentar
mi plaza al Piamonte, y, estando ya de camino
para Alejandría de la Palla, tuve nuevas que 5
el gran Duque de Alba pasaba a Flandes.
Mudé propósito, fuime con él, servíle en las
jornadas que hizo, halléme en la muerte de los
condes de Eguemón y de Hornos, alcancé a
ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara, 10
llamado Diego de Urbina. Y a cabo de
algún tiempo que llegué a Flandes, se tuvo
nuevas de la liga que la Santidad del Papa
Pío Quinto, de feliz recordación, había hecho
con Venecia y con España contra el enemigo 15
común, que es el turco. El cual, en aquel
mismo tiempo, había ganado con su armada
la famosa isla de Chipre, que estaba debajo del
dominio de venecianos, y pérdida lamentable
y desdichada. 20
Súpose cierto que venía por general de esta
liga el serenísimo don Juan de Austria,
hermano natural de nuestro buen rey don Felipe.
Divulgóse el grandísimo aparato de guerra
que se hacía. Todo lo cual me incitó y 25
conmovió el ánimo y el deseo de verme en la
jornada que se esperaba; y aunque tenía
barruntos, y casi promesas ciertas, de que en la
primera ocasión que se ofreciese sería promovido
a capitán, lo quise dejar todo y venirme, 30
como me vine, a Italia. Y quiso mi buena
suerte que el señor don Juan de Austria
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 208
acababa de llegar a Génova; que pasaba a
Nápoles a juntarse con la armada de Venecia,
como después lo hizo en Mesina.
Digo, en fin, que yo me hallé en aquella
felicísima jornada, ya hecho capitán de 5
infantería, a cuyo honroso cargo me subió mi
buena suerte más que mis merecimientos. Y
aquel día, que fue para la cristiandad tan
dichoso, porque en él se desengañó el mundo y
todas las naciones del error en que estaban, 10
creyendo que los turcos eran invencibles por la
mar, en aquel día, digo, donde quedó el
orgullo y soberbia otomana quebrantada, entre
tantos venturosos como allí hubo --porque más
ventura tuvieron los cristianos que allí murieron, 15
que los que vivos y vencedores quedaron--, yo
solo fui el desdichado; pues, en cambio de que
pudiera esperar, si fuera en los romanos siglos,
alguna naval corona, me vi aquella noche, que
siguió a tan famoso día, con cadenas a los pies 20
y esposas a las manos.
Y fue de esta suerte, que habiendo el Uchalí,
rey de Argel, atrevido y venturoso corsario,
embestido y rendido la capitana de Malta, que
solos tres caballeros quedaron vivos en ella, y 25
éstos mal heridos, acudió la capitana de Juan
Andrea a socorrerla, en la cual yo iba con
mi compañía, y haciendo lo que debía en
ocasión semejante, salté en la galera contraria, la
cual, desvíandose de la que la había embestido, 30
estorbó que mis soldados me siguiesen, y, así,
me hallé solo entre mis enemigos, a quien no
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 209
pude resistir por ser tantos; en fin, me rindieron
lleno de heridas. Y como ya habréis, señores,
oído decir que el Uchalí se salvó con toda su
escuadra, vine yo a quedar cautivo en su poder,
y solo fui el triste entre tantos alegres, y 5
el cautivo entre tantos libres; porque fueron
quince mil cristianos los que aquel día alcanzaron
la deseada libertad, que todos venían al
remo en la turquesca armada.
Lleváronme a Constantinopla, donde el Gran 10
Turco Selim hizo general de la mar a mi amo,
porque había hecho su deber en la batalla,
habiendo llevado por muestra de su valor el
estandarte de la religión de Malta. Halléme el
segundo año, que fue el de setenta y dos, en 15
Navarino, bogando en la capitana de los tres
fanales. Vi y noté la ocasión que allí se perdió
de no coger en el puerto toda el armada
turquesca. Porque todos los leventes y
jenízaros que en ella venían tuvieron por cierto 20
que les habían de embestir dentro del mismo
puerto, y tenían a punto su ropa y
pasamaques, que son sus zapatos, para huirse
luego por tierra sin esperar ser combatidos:
tanto era el miedo que habían cobrado a nuestra 25
armada. Pero el cielo lo ordenó de otra manera,
no por culpa ni descuido del general que a
los nuestros regía, sino por los pecados de la
cristiandad, y porque quiere y permite Dios
que tengamos siempre verdugos que nos 30
castiguen.
En efecto, el Uchalí se recogió a Modón,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 210
que es una isla que está junto a Navarino, y,
echando la gente en tierra, fortificó la boca del
puerto y estúvose quedo hasta que el señor don
Juan se volvió. En este viaje se tomó la galera
que se llamaba La Presa, de quien era capitán 5
un hijo de aquel famoso corsario Barbarroja:
tomóla la capitana de Nápoles, llamada La
Loba, regida por aquel rayo de la guerra, por
el padre de los soldados, por aquel venturoso
y jamás vencido capitán don Alvaro de Bazán, 10
marqués de Santa Cruz. Y no quiero dejar
de decir lo que sucedió en la presa de La Presa.
Era tan cruel el hijo de Barbarroja, y trataba
tan mal a sus cautivos, que así como los que
venían al remo vieron que la galera Loba les 15
iba entrando, y que los alcanzaba, soltaron
todos a un tiempo los remos, y asieron de su
capitán que estaba sobre el estanterol gritando
que bogasen aprisa, y pasándole de banco
en banco, de popa a proa, le dieron 20
bocados, que a poco más que pasó del árbol
ya había pasado su ánima al infierno. Tal era,
como he dicho, la crueldad con que los trataba
y el odio que ellos le tenían.
Volvimos a Constantinopla, y el año 25
siguiente, que fue el de setenta y tres, se supo
en ella cómo el señor don Juan había ganado a
Túnez y quitado aquel reino a los turcos, y
puesto en posesión de él a Muley Hamet,
cortando las esperanzas que de volver a reinar en 30
él tenía Muley Hamida, el moro más cruel y
más valiente que tuvo el mundo. Sintió mucho
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 211
esta pérdida el gran turco, y usando de la
sagacidad que todos los de su casa tienen, hizo paz
con venecianos, que mucho más que él la
deseaban, y el año siguiente de setenta y cuatro
acometió a la Goleta y al fuerte que junto a 5
Túnez había dejado medio levantado el señor
don Juan.
En todos estos trances andaba yo al remo,
sin esperanza de libertad alguna; a lo menos,
no esperaba tenerla por rescate, porque 10
tenía determinado de no escribir las nuevas de
mi desgracia a mi padre. Perdióse, en fin, la
Goleta; perdióse el fuerte, sobre las cuales
plazas hubo de soldados turcos, pagados,
setenta y cinco mil, y de moros y alárabes de 15
toda la Africa más de cuatrocientos mil,
acompañado este tan gran número de gente con
tantas municiones y pertrechos de guerra, y
con tantos gastadores, que con las manos y a
puñados de tierra pudieran cubrir la Goleta y 20
el fuerte.
Perdióse primero la Goleta, tenida hasta
entonces por inexpugnable, y no se perdió por
culpa de sus defensores, los cuales hicieron en
su defensa todo aquello que debían y podían, 25
sino porque la experiencia mostró la facilidad
con que se podían levantar trincheras en
aquella desierta arena, porque a dos palmos se
hallaba agua, y los turcos no la hallaron a dos
varas, y, así, con muchos sacos de arena levantaron 30
las trincheras tan altas, que sobrepujaban
las murallas de la fuerza, y tirándoles a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 212
caballero, ninguno podía parar ni asistir a la
defensa. Fue común opinión que no se habían
de encerrar los nuestros en la Goleta, sino
esperar en campaña al desembarcadero, y los
que esto dicen hablan de lejos y con poca 5
experiencia de casos semejantes; porque si en la
Goleta y en el fuerte apenas había siete mil
soldados, ¿cómo podía tan poco número, aunque
más esforzados fuesen, salir a la campaña y
quedar en las fuerzas contra tanto como era el 10
de los enemigos? Y ¿cómo es posible dejar de
perderse fuerza que no es socorrida, y más
cuando la cercan enemigos muchos y porfiados
y en su misma tierra?
Pero a muchos les pareció, y así me pareció 15
a mí, que fue particular gracia y merced
que el cielo hizo a España en permitir que se
asolase aquella oficina y capa de maldades,
y aquella gomia o esponja y polilla de la
infinidad de dineros que allí sin provecho se 20
gastaban, sin servir de otra cosa que de conservar
la memoria de haberla ganado la felicísima del
invictísimo Carlos Quinto, como si fuera
menester para hacerla eterna, como lo es y será,
que aquellas piedras la sustentaran. Perdióse 25
también el fuerte, pero fuéronle ganando los
turcos palmo a palmo, porque los soldados que
lo defendían pelearon tan valerosa y
fuertemente, que pasaron de veinte y cinco mil
enemigos los que mataron en veinte y dos asaltos 30
generales que les dieron. Ninguno cautivaron
sano de trescientos que quedaron vivos, señal
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 213
cierta y clara de su esfuerzo y valor y de
lo bien que se habían defendido y guardado sus
plazas.
Rindióse a partido un pequeño fuerte o torre
que estaba en mitad del estaño, a cargo de 5
don Juan Zanoguera, caballero valenciano y
famoso soldado. Cautivaron a don Pedro
Puertorcarrero, general de la Goleta, el cual hizo
cuanto fue posible por defender su fuerza, y
sintió tanto el haberla perdido, que de pesar 10
murió en el camino de Constantinopla, donde
le llevaban cautivo. Cautivaron asimismo
al general del fuerte, que se llamaba Gabrio
Cervellón, caballero milanés, grande ingeniero
y valentísimo soldado. Murieron en estas 15
dos fuerzas muchas personas de cuenta, de las
cuales fue una Pagán de Oria, caballero del
hábito de San Juan, de condición generoso,
como lo mostró la suma liberalidad que
usó con su hermano, el famoso Juan Andrea 20
de Oria, y lo que más hizo lastimosa su muerte
fue haber muerto a manos de unos alárabes de
quien se fio, viendo ya perdido el fuerte, que
le ofrecieron de llevarle en hábito de moro
a Tabarca, que es un portezuelo o casa que en 25
aquellas riberas tienen los genoveses que se
ejercitan en la pesquería del coral, los cuales
alárabes le cortaron la cabeza y se la trajeron
al general de la armada turquesca, el cual
cumplió con ellos nuestro refrán castellano que 30
«aunque la traición aplace, el traidor se
»aborrece», y, así, se dice que mandó el general
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 214
ahorcar a los que le trajeron el presente,
porque no se le habían traído vivo.
Entre los cristianos que en el fuerte se
perdieron, fue uno llamado don Pedro de Aguilar,
natural no sé de qué lugar del Andalucía, 5
el cual había sido alférez en el fuerte,
soldado de mucha cuenta y de raro entendimiento;
especialmente tenía particular gracia en lo que
llaman poesía. Dígolo porque su suerte le trajo
a mi galera y a mi banco y a ser esclavo de 10
mi mismo patrón, y antes que nos partiésemos
de aquel puerto hizo este caballero dos
sonetos a manera de epitafios, el uno a la
Goleta y el otro al fuerte. Y en verdad que
los tengo de decir, porque los sé de memoria, 15
y creo que antes causarán gusto que
pesadumbre.
En el punto que el cautivo nombró a don Pedro
de Aguilar, don Fernando miró a sus camaradas,
y todos tres se sonrieron, y cuando llegó 20
a decir de los sonetos, dijo el uno:
Antes que vuestra merced pase adelante,
le suplico me diga qué se hizo ese don Pedro
de Aguilar que ha dicho.
Lo que sé es, respondió el cautivo, que al 25
cabo de dos años que estuvo en Constantinopla,
se huyó en traje de arnaúte con un
griego espía, y no sé si vino en libertad, puesto
que creo que sí, porque de allí a un año vi
yo al griego en Constantinopla, y no le pude 30
preguntar el suceso de aquel viaje.
Pues lo fue, respondió el caballero,
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 215
porque ese don Pedro es mi hermano, y está
ahora en nuestro lugar, bueno y rico, casado y
con tres hijos.
Gracias sean dadas a Dios, dijo el cautivo,
por tantas mercedes como le hizo, porque 5
no hay en la tierra, conforme mi parecer,
contento que se iguale a alcanzar la libertad
perdida.
Y más, replicó el caballero, que yo sé los
sonetos que mi hermano hizo. 10
Dígalos, pues, vuestra merced, dijo el
cautivo; que los sabrá decir mejor que yo.
Que me place, respondió el caballero; y el
de la Goleta decía así:
p. 216
Capítulo XL
Donde se prosigue la historia del cautivo.
SONETO
Almas dichosas que del mortal velo
libres y exentas, por el bien que obrasteis, 5
desde la baja tierra os levantasteis
a lo más alto y lo mejor del cielo.
Y, ardiendo en ira y en honroso celo,
de los cuerpos la fuerza ejercitasteis,
que en propia y sangre ajena colorasteis 10
el mar vecino y arenoso suelo;
primero que el valor, faltó la vida
en los cansados brazos que, muriendo,
con ser vencidos, llevan la victoria.
Y esta vuestra mortal, triste caída, 15
entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
fama que el mundo os da, y el cielo gloria.
De esa misma manera le sé yo, dijo el
cautivo.
Pues el del fuerte, si mal no me acuerdo, 20
dijo el caballero, dice así:
SONETO
De entre esta tierra estéril, derribada
de estos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados 25
subieron vivas a mejor morada,
siendo primero, en vano, ejercitada
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que, al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada. 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 217
Y éste es el suelo que continuo ha sido
de mil memorias lamentables lleno
en los pasados siglos y presentes.
Mas no más justas de su duro seno
habrán al claro cielo almas subido, 5
ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes.
No parecieron mal los sonetos, y el cautivo
se alegró con las nuevas que de su camarada
le dieron, y, prosiguiendo su cuento, dijo:
Rendidos, pues, la Goleta y el fuerte, los 10
turcos dieron orden en desmantelar la Goleta,
porque el fuerte quedó tal, que no hubo qué
poner por tierra, y para hacerlo con más
brevedad y menos trabajo, la minaron por tres
partes, pero con ninguna se pudo volar lo que 15
parecía menos fuerte, que eran las murallas
viejas; y todo aquello que había quedado en
pie de la fortificación nueva, que había hecho
el Fratín, con mucha facilidad vino a tierra.
En resolución, la armada volvió a Constantinopla 20
triunfante y vencedora, y de allí a pocos
meses murió mi amo, el Uchalí, al cual llamaban
Uchalí Fartax, que quiere decir en lengua
turquesca el renegado tiñoso, porque lo era,
y es costumbre entre los turcos ponerse 25
nombres de alguna falta que tengan, o de alguna
virtud que en ellos haya. Y esto es porque no
hay entre ellos sino cuatro apellidos de linajes,
que descienden de la casa Otomana, y los
demás, como tengo dicho, toman nombre y apellido 30
ya de las tachas del cuerpo, y ya de las
virtudes del ánimo. Y este Tiñoso bogó el
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 218
remo, siendo esclavo del Gran Señor, catorce
años, y a más de los treinta y cuatro de su edad
renegó, de despecho de que un turco, estando
al remo, le dio un bofetón, y por poderse
vengar dejó su fe, y fue tanto su valor, que, sin 5
subir por los torpes medios y caminos que los
más privados del Gran Turco suben, vino a ser
rey de Argel, y después, a ser general de la
mar, que es el tercero cargo que hay en aquel
señorío. Era calabrés de nación, y moralmente 10
fue hombre de bien y trataba con mucha
humanidad a sus cautivos, que llegó a tener
tres mil, los cuales, después de su muerte, se
repartieron, como él lo dejó en su testamento,
entre el Gran Señor, que también es hijo 15
heredero de cuantos mueren y entra a la parte con
los más hijos que deja el difunto, y entre
sus renegados; y yo cupe a un renegado
veneciano que, siendo grumete de una nave, le
cautivó el Uchalí, y le quiso tanto, que fue uno de 20
los más regalados garzones suyos, y él vino
a ser el más cruel renegado que jamás se ha
visto. Llamábase Azán Agá, y llegó a ser
muy rico y a ser rey de Argel, con el cual yo
vine de Constantinopla algo contento por estar 25
tan cerca de España, no porque pensase escribir
a nadie el desdichado suceso mío, sino por
ver si me era más favorable la suerte en Argel
que en Constantinopla, donde ya había probado
mil maneras de huirme, y ninguna tuvo sazón 30
ni ventura; y pensaba en Argel buscar otros
medios de alcanzar lo que tanto deseaba, porque
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 219
jamás me desamparó la esperanza de tener
libertad, y cuando en lo que fabricaba,
pensaba y ponía por obra no correspondía el
suceso a la intención, luego, sin abandonarme,
fingía y buscaba otra esperanza que me 5
sustentase, aunque fuese débil y flaca.
Con esto entretenía la vida, encerrado en
una prisión o casa que los turcos llaman baño,
donde encierran los cautivos cristianos, así
los que son del rey como de algunos particulares, 10
y los que llaman del almacén, que es
como decir cautivos del Concejo, que sirven a
la ciudad en las obras públicas que hace y en
otros oficios, y estos tales cautivos tienen muy
dificultosa su libertad; que, como son del 15
común y no tienen amo particular, no hay con
quién tratar su rescate, aunque le tengan. En
estos baños, como tengo dicho, suelen llevar a
sus cautivos algunos particulares del pueblo,
principalmente cuando son de rescate, porque 20
allí los tienen holgados y seguros hasta que
venga su rescate. También los cautivos del rey
que son de rescate no salen al trabajo con la
demás chusma, si no es cuando se tarda su
rescate; que entonces, por hacerles que escriban 25
por él con más ahínco, les hacen trabajar y ir
por leña con los demás, que es un no pequeño
trabajo.
Yo, pues, era uno de los de rescate, que
como se supo que era capitán, puesto que dije 30
mi poca posibilidad y falta de hacienda, no
aprovechó nada para que no me pusiesen en
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 220
el número de los caballeros y gente de rescate.
Pusiéronme una cadena, más por señal de
rescate que por guardarme con ella, y, así,
pasaba la vida en aquel baño, con otros muchos
caballeros y gente principal, señalados y 5
tenidos por de rescate. Y aunque la hambre y
desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi
siempre, ninguna cosa nos fatigaba tanto como
oír y ver a cada paso las jamás vistas ni
oídas crueldades que mi amo usaba con los 10
cristianos. Cada día ahorcaba el suyo,
empalaba a éste, desorejaba a aquél; y esto por
tan poca ocasión, y tan sin ella, que los turcos
conocían que lo hacía no más de por hacerlo, y
por ser natural condición suya ser homicida de 15
todo el género humano. Sólo libró bien con él
un soldado español llamado tal de Saavedra,
el cual, con haber hecho cosas que quedarán
en la memoria de aquellas gentes por muchos
años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio 20
palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala
palabra, y por la menor cosa de muchas que hizo
temíamos todos que había de ser empalado; y
así lo temió él más de una vez, y si no fuera
porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora 25
algo de lo que este soldado hizo, que fuera
parte para entreteneros y admiraros harto mejor
que con el cuento de mi historia.
Digo, pues, que encima del patio de nuestra
prisión caían las ventanas de la casa de 30
un moro rico y principal, las cuales, como de
ordinario son las de los moros, más eran
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 221
agujeros que ventanas, y aun éstas se cubrían con
celosías muy espesas y apretadas. Acaeció,
pues, que un día, estando en un terrado de
nuestra prisión con otros tres compañeros,
haciendo pruebas de saltar con las cadenas, por 5
entretener el tiempo, estando solos, porque
todos los demás cristianos habían salido a
trabajar, alcé acaso los ojos, y vi que por
aquellas cerradas ventanillas que he dicho parecía
una caña, y al remate de ella puesto un lienzo 10
atado, y la caña se estaba blandeando y
moviéndose, casi como si hiciera señas que
llegásemos a tomarla. Miramos en ello, y uno
de los que conmigo estaban fue a ponerse
debajo de la caña, por ver si la soltaban, o lo que 15
hacían; pero así como llegó, alzaron la caña y
la movieron a los dos lados, como si dijeran
no con la cabeza. Volvióse el cristiano, y
tornáronla a bajar y hacer los mismos
movimientos que primero. Fue otro de mis 20
compañeros, y sucedióle lo mismo que al primero.
Finalmente, fue el tercero, y avínole lo que al
primero y al segundo.
Viendo yo esto, no quise dejar de probar
la suerte, y así como llegué a ponerme debajo 25
de la caña, la dejaron caer, y dio a mis
pies dentro del baño; acudí luego a desatar el
lienzo, en el cual vi un nudo, y dentro de él
venían diez cianiís, que son unas monedas
de oro bajo que usan los moros, que cada una 30
vale diez reales de los nuestros. Si me holgué
con el hallazgo, no hay para qué decirlo, pues
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 222
fue tanto el contento como la admiración de
pensar de dónde podía venirnos aquel bien,
especialmente a mí, pues las muestras de no
haber querido soltar la caña sino a mí claro
decían que a mí se hacía la merced. Tomé mi 5
buen dinero, quebré la caña, volvíme al
terradillo, miré la ventana y vi que por ella salía
una muy blanca mano, que la abrían y cerraban
muy aprisa. Con esto entendimos o imaginamos
que alguna mujer que en aquella casa 10
vivía nos debía de haber hecho aquel beneficio,
y en señal de que lo agradecíamos hicimos
zalemas a uso de moros, inclinando la cabeza,
doblando el cuerpo y poniendo los brazos
sobre el pecho. De allí a poco, sacaron por la 15
misma ventana una pequeña cruz hecha de
cañas, y luego la volvieron a entrar. Esta
señal nos confirmó en que alguna cristiana
debía de estar cautiva en aquella casa, y era
la que el bien nos hacía; pero la blancura de 20
la mano y las ajorcas que en ella vimos nos
deshizo este pensamiento, puesto que imaginamos
que debía de ser cristiana renegada, a
quien de ordinario suelen tomar por legítimas
mujeres sus mismos amos, y aun lo tienen 25
a ventura, porque las estiman en más que las
de su nación.
En todos nuestros discursos dimos muy lejos
de la verdad del caso, y, así, todo nuestro
entretenimiento desde allí adelante era mirar y 30
tener por norte a la ventana donde nos había
aparecido la estrella de la caña; pero bien se
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 223
pasaron quince días en que no la vimos, ni la
mano tampoco, ni otra señal alguna. Y aunque
en este tiempo procuramos con toda solicitud
saber quién en aquella casa vivía, y si había en
ella alguna cristiana renegada, jamás hubo 5
quien nos dijese otra cosa, sino que allí vivía
un moro principal y rico, llamado Agi Morato,
alcaide que había sido de la Pata, que es
oficio entre ellos de mucha calidad. Mas
cuando más descuidados estábamos de que por allí 10
habían de llover más cianiís, vimos a deshora
parecer la caña y otro lienzo en ella con otro
nudo más crecido, y esto fue a tiempo que
estaba el baño como la vez pasada, solo y
sin gente. Hicimos la acostumbrada prueba, 15
yendo cada uno primero que yo, de los mismos
tres que estábamos, pero a ninguno se rindió
la caña sino a mí, porque en llegando yo, la
dejaron caer. Desaté el nudo y hallé cuarenta
escudos de oro españoles, y un papel escrito 20
en arábigo, y al cabo de lo escrito, hecha
una grande cruz. Besé la cruz, tomé los
escudos, volvíme al terrado, hicimos todos
nuestras zalemas, tornó a parecer la mano, hice
señas que leería el papel, cerraron la ventana. 25
Quedamos todos confusos y alegres con lo
sucedido, y como ninguno de nosotros no
entendía el arábigo, era grande el deseo que
teníamos de entender lo que el papel contenía,
y mayor la dificultad de buscar quien lo 30
leyese.
En fin, yo me determiné de fiarme de un
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 224
renegado, natural de Murcia, que se había dado
por grande amigo mío, y puesto prendas entre
los dos que le obligaban a guardar el secreto
que le encargase, porque suelen algunos
renegados, cuando tienen intención de volverse a 5
tierra de cristianos, traer consigo algunas
firmas de cautivos principales, en que dan fe, en
la forma que pueden, como el tal renegado es
hombre de bien y que siempre ha hecho bien a
cristianos, y que lleva deseo de huirse en la 10
primera ocasión que se le ofrezca. Algunos hay
que procuran estas fes con buena intención;
otros se sirven de ellas acaso y de industria; que
viniendo a robar a tierra de cristianos, si a
dicha se pierden o los cautivan, sacan sus firmas 15
y dicen que por aquellos papeles se verá el
propósito con que venían, el cual era de quedarse
en tierra de cristianos, y que por eso venían
en corso con los demás turcos. Con esto se
escapan de aquel primer ímpetu, y se reconcilian 20
con la Iglesia, sin que se les haga daño, y
cuando ven la suya, se vuelven a Berbería a
ser lo que antes eran. Otros hay que usan de estos
papeles, y los procuran con buen intento, y se
quedan en tierra de cristianos. 25
Pues uno de los renegados que he dicho
era este mi amigo, el cual tenía firmas de
todas nuestras camaradas, donde le acreditábamos
cuanto era posible, y si los moros le
hallaran estos papeles, le quemaran vivo. Supe 30
que sabía muy bien arábigo, y no solamente
hablarlo, sino escribirlo. Pero antes que del
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 225
todo me declarase con él, le dije que me
leyese aquel papel, que acaso me había hallado
en un agujero de mi rancho. Abrióle y estuvo
un buen espacio mirándole y construyéndole,
murmurando entre los dientes. Preguntéle si lo 5
entendía. Díjome que muy bien, y que si quería
que me lo declarase palabra por palabra, que
le diese tinta y pluma, porque mejor lo hiciese.
Dímosle luego lo que pedía, y él, poco a
poco, lo fue traduciendo; y, en acabando, dijo: 10
«Todo lo que va aquí en romance, sin faltar
»letra, es lo que contiene este papel morisco, y
»hase de advertir que adonde dice Lela Marién,
»quiere decir Nuestra Señora la Virgen María.»
Leímos el papel, y decía así: 15
«Cuando yo era niña tenía mi padre una
»esclava, la cual en mi lengua me mostró la zalá
»cristianesca y me dijo muchas cosas de Lela
»Marién. La cristiana murió, y yo sé que no
»fue al fuego, sino con Alá, porque después la 20
»vi dos veces, y me dijo que me fuese a tierra
»de cristianos a ver a Lela Marién, que me
»quería mucho. No sé yo cómo vaya; muchos
»cristianos he visto por esta ventana, y
»ninguno me ha parecido caballero, sino tú. Yo 25
»soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos
»dineros que llevar conmigo. Mira tú si
»puedes hacer cómo nos vamos, y serás allá
»mi marido, si quisieres; y si no quisieres, no
»se me dará nada, que Lela Marién me dará 30
»con quien me case. Yo escribí esto; mira a
»quién lo das a leer; no te fíes de ningún moro,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 226
»porque son todos marfuces. De esto tengo
»mucha pena, que quisiera que no te descubrieras
»a nadie, porque si mi padre lo sabe,
»me echará luego en un pozo y me cubrirá de
»piedras. En la caña pondré un hilo, ata allí la 5
»respuesta; y si no tienes quien te escriba
»arábigo, dímelo por señas; que Lela Marién
»hará que te entienda. Ella y Alá te guarden,
»y esa cruz que yo beso muchas veces;
»que así me lo mandó la cautiva.» 10
Mirad, señores, si era razón que las razones
de este papel nos admirasen y alegrasen, y,
así, lo uno y lo otro fue de manera que el
renegado entendió que no acaso se había hallado
aquel papel, sino que realmente a alguno de 15
nosotros se había escrito; y, así, nos rogó que
si era verdad lo que sospechaba, que nos fiásemos
de él y se lo dijésemos, que él aventuraría
su vida por nuestra libertad; y, diciendo
esto, sacó del pecho un crucifijo de metal, y 20
con muchas lágrimas juró por el Dios que
aquella imagen representaba, en quien él, aunque
pecador y malo, bien y fielmente creía, de
guardarnos lealtad y secreto en todo cuanto
quisiésemos descubrirle, porque le parecía, y 25
casi adivinaba, que por medio de aquella que
aquel papel había escrito, había él y todos
nosotros de tener libertad y verse él en lo que
tanto deseaba, que era reducirse al gremio
de la Santa Iglesia su madre, de quien como 30
miembro podrido estaba dividido y apartado,
por su ignorancia y pecado.
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 227
Con tantas lágrimas y con muestras de tanto
arrepentimiento dijo esto el renegado, que
todos de un mismo parecer consentimos y
venimos en declararle la verdad del caso, y,
así, le dimos cuenta de todo, sin encubrirle 5
nada. Mostrámosle la ventanilla por donde
parecía la caña, y él marcó desde allí la casa y
quedó de tener especial y gran cuidado de
informarse quién en ella venía. Acordamos
asimismo que sería bien responder al 10
billete de la mora, y como teníamos quien lo
supiese hacer, luego al momento el renegado
escribió las razones que yo le fui notando,
que puntualmente fueron las que diré, porque
de todos los puntos sustanciales que en este 15
suceso me acontecieron, ninguno se me ha
ido de la memoria, ni aun se me irá en tanto
que tuviere vida. En efecto, lo que a la mora
se le respondió, fue esto:
«El verdadero Alá te guarde, señora mía, y 20
»aquella bendita Marién, que es la verdadera
»madre de Dios, y es la que te ha puesto en
»corazón que te vayas a tierra de cristianos,
»porque te quiere bien. Ruégale tú que se sirva
»de darte a entender cómo podrás poner por 25
»obra lo que te manda; que ella es tan buena,
»que sí hará. De mi parte, y de la de todos estos
»cristianos que están conmigo, te ofrezco de
»hacer por ti todo lo que pudiéremos, hasta
»morir. No dejes de escribirme y avisarme lo que 30
»pensares hacer, que yo te responderé siempre;
»que el grande Alá nos ha dado un cristiano
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 228
»cautivo que sabe hablar y escribir tu lengua
»tan bien como lo verás por este papel. Así
»que, sin tener miedo, nos puedes avisar de
»todo lo que quisieres. A lo que dices que si
»fueres a tierra de cristianos que has de ser mi 5
»mujer, yo te lo prometo como buen cristiano,
»y sabe que los cristianos cumplen lo que
»prometen mejor que los moros. Alá y Marién su
»madre sean en tu guarda, señora mía.»
Escrito y cerrado este papel, aguardé dos 10
días a que estuviese el baño solo, como solía, y
luego salí al paso acostumbrado del terradillo,
por ver si la caña parecía, que no tardó mucho
en asomar. Así como la vi, aunque no podía
ver quién la ponía, mostré el papel como 15
dando a entender que pusiesen el hilo; pero ya
venía puesto en la caña, al cual até el papel, y
de allí a poco tornó a parecer nuestra estrella
con la blanca bandera de paz del atadillo;
dejáronla caer, y alcé yo, y hallé en el paño, 20
en toda suerte de moneda de plata y de oro,
más de cincuenta escudos, los cuales cincuenta
veces más doblaron nuestro contento y
confirmaron la esperanza de tener libertad.
Aquella misma noche volvió nuestro 25
renegado, y nos dijo que había sabido que en
aquella casa vivía el mismo moro que
a nosotros nos habían dicho que se llamaba
Agi Morato, riquísimo por todo extremo,
el cual tenía una sola hija, heredera de toda 30
su hacienda; y que era común opinión en toda
la ciudad ser la más hermosa mujer de la
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 229
Berbería, y que muchos de los virreyes que
allí venían la habían pedido por mujer, y que
ella nunca se había querido casar; y que
también supo que tuvo una cristiana cautiva,
que ya se había muerto. Todo lo cual concertaba 5
con lo que venía en el papel. Entramos
luego en consejo con el renegado en qué
orden se tendría para sacar a la mora y venirnos
todos a tierra de cristianos; y, en fin,
se acordó por entonces que esperásemos al 10
aviso segundo de Zoraida, que así se llamaba
la que ahora quiere llamarse María. Porque
bien vimos que ella, y no otra alguna, era la
que había de dar medio a todas aquellas
dificultades. Después que quedamos en esto, 15
dijo el renegado que no tuviésemos pena;
que él perdería la vida, o nos pondría en
libertad.
Cuatro días estuvo el baño con gente,
que fue ocasión que cuatro días tardase en 20
parecer la caña; al cabo de los cuales, en la
acostumbrada soledad del baño pareció con el
lienzo tan preñado, que un felicísimo parto
prometía; inclinóse a mí la caña y el lienzo,
hallé en él otro papel y cien escudos de oro, 25
sin otra moneda alguna; estaba allí el renegado,
dímosle a leer el papel dentro de nuestro
rancho, el cual dijo que así decía:
«Yo no sé, mi señor, cómo dar orden que
»nos vamos a España, ni Lela Marién me lo ha 30
»dicho, aunque yo se lo he preguntado; lo que
»se podrá hacer es que yo os daré por esta
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 230
»ventana muchísimos dineros de oro: rescataos
»vos con ellos, y vuestros amigos, y vaya uno
»en tierra de cristianos, y compre allá una
»barca, y vuelva por los demás, y a mí me
»hallarán en el jardín de mi padre, que está 5
»a la puerta de Babazón, junto a la marina,
»donde tengo de estar todo este verano con mi
»padre y con mis criados; de allí de noche me
»podréis sacar sin miedo y llevarme a la barca;
»y mira que has de ser mi marido, porque si 10
»no, yo pediré a Marién que te castigue. Si no
»te fías de nadie que vaya por la barca, rescátate
»tú y ve; que yo sé que volverás mejor que
»otro, pues eres caballero y cristiano. Procura
»saber el jardín, y cuando te pasees por ahí 15
»sabré que está solo el baño y te daré mucho
»dinero. Alá te guarde, señor mío.»
Esto decía y contenía el segundo papel, lo
cual visto por todos, cada uno se ofreció a
querer ser el rescatado, y prometió de ir y volver 20
con toda puntualidad, y también yo me ofrecí
a lo mismo; a todo lo cual se opuso el renegado,
diciendo que en ninguna manera consentiría
que ninguno saliese de libertad hasta que
fuesen todos juntos, porque la experiencia le 25
había mostrado cuán mal cumplían los libres las
palabras que daban en el cautiverio; porque
muchas veces habían usado de aquel remedio
algunos principales cautivos, rescatando a uno
que fuese a Valencia o Mallorca con dineros 30
para poder armar una barca y volver por los
que le habían rescatado, y nunca habían vuelto.
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 231
Porque, de[cía], la libertad alcanzada y el
temor de no volver a perderla les borraba de la
memoria todas las obligaciones del mundo. Y,
en confirmación de la verdad que nos decía, nos
contó brevemente un caso que casi en aquella 5
misma sazón había acaecido a unos caballeros
cristianos, el más extraño que jamás sucedió
en aquellas partes, donde a cada paso
suceden cosas de grande espanto y de
admiración. 10
En efecto, él vino a decir que lo que se
podía y debía hacer era que el dinero que se
había de dar para rescatar al cristiano, que
se le diese a él, para comprar allí, en Argel,
una barca, con achaque de hacerse mercader y 15
tratante en Tetuán y en aquella costa, y que
siendo él señor de la barca, fácilmente se daría
traza para sacarlos del baño y embarcarlos a
todos. Cuanto más que si la mora, como ella
decía, daba dineros para rescatarlos a todos, 20
que estando libres, era facilísima cosa aun
embarcarse en la mitad del día, y que la dificultad
que se ofrecía mayor era que los moros no
consienten que renegado alguno compre ni tenga
barca, si no es bajel grande para ir en corso, 25
porque se temen que el que compra barca,
principalmente si es español, no la quiere sino
para irse a tierra de cristianos; pero que él
facilitaría este inconveniente con hacer que un
moro tagarino fuese a la parte con él en 30
la compañía de la barca y en la ganancia de
las mercancías, y con esta sombra él vendría a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 232
ser señor de la barca, con que daba por acabado
todo lo demás.
Y puesto que a mí y a mis camaradas nos
había parecido mejor lo de enviar por la barca
a Mallorca, como la mora decía, no osamos 5
contradecirle, temerosos que si no hacíamos lo
que él decía, nos había de descubrir y poner a
peligro de perder las vidas, si descubriese el
trato de Zoraida, por cuya vida diéramos todos
las nuestras, y, así, determinamos de ponernos 10
en las manos de Dios y en las del renegado, y
en aquel mismo punto se le respondió a
Zoraida diciéndole que haríamos todo cuanto
nos aconsejaba, porque lo había advertido
tan bien como si Lela Marién se lo hubiera 15
dicho, y que en ella sola estaba dilatar aquel
negocio o ponerlo luego por obra. Ofrecímele de
nuevo de ser su esposo, y con esto, otro día
que acaeció a estar solo el baño, en diversas
veces, con la caña y el paño, nos dio dos mil 20
escudos de oro, y un papel donde decía que
el primer jumá, que es el viernes, se iba al
jardín de su padre, y que antes que se fuese
nos daría más dinero, y que si aquello no
bastase, que se lo avisásemos, que nos daría 25
cuanto le pidiésemos: que su padre tenía
tantos, que no lo echaría menos, cuanto más que
ella tenía las llaves de todo.
Dimos luego quinientos escudos al renegado
para comprar la barca; con ochocientos me 30
rescaté yo, dando el dinero a un mercader
valenciano que a la sazón se hallaba en Argel, el
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 233
cual me rescató del rey, tomándome sobre su
palabra, dándola de que con el primer bajel que
viniese de Valencia pagaría mi rescate; porque
si luego diera el dinero, fuera dar sospechas al
rey que había muchos días que mi rescate estaba 5
en Argel, y que el mercader, por sus granjerías,
lo había callado. Finalmente, mi amo era tan
caviloso, que en ninguna manera me atreví a que
luego se desembolsase el dinero. El jueves
antes del viernes que la hermosa Zoraida se 10
había de ir al jardín nos dio otros mil escudos y
nos avisó de su partida, rogándome que si me
rescatase, supiese luego el jardín de su padre,
y que en todo caso buscase ocasión de ir allá
y verla. Respondíle en breves palabras que así 15
lo haría, y que tuviese cuidado de
encomendarnos a Lela Marién con todas aquellas
oraciones que la cautiva le había enseñado.
Hecho esto, dieron orden en que los tres
compañeros nuestros se rescatasen, por facilitar 20
la salida del baño, y porque viéndome a mí
rescatado, y a ellos no, pues había dinero, no se
alborotasen y les persuadiese el diablo que
hiciesen alguna cosa en perjuicio de Zoraida;
que puesto que el ser ellos quien eran me 25
podía asegurar de este temor, con todo eso, no
quise poner el negocio en aventura, y, así, los
hice rescatar por la misma orden que yo me
rescaté, entregando todo el dinero al
mercader para que con certeza y seguridad pudiese 30
hacer la fianza, al cual nunca descubrimos
nuestro trato y secreto por el peligro que había.
p. 234
Capítulo XLI
Donde todavía prosigue el cautivo su suceso.
No se pasaron quince días, cuando ya
nuestro renegado tenía comprada una muy
buena barca, capaz de más de treinta personas; 5
y para asegurar su hecho y darle color,
quiso hacer, como hizo, un viaje a un lugar que
se llamaba Sargel, que está treinta leguas
de Argel, hacia la parte de Orán, en el cual
hay mucha contratación de higos pasos. Dos 10
o tres veces hizo este viaje en compañía del
tagarino que había dicho. Tagarinos llaman
en Berbería a los moros de Aragón, y a los
de Granada mudéjares, y en el reino de Fez
llaman a los mudéjares elches, los cuales 15
son la gente de quien aquel rey más se sirve
en la guerra.
Digo, pues, que cada vez que pasaba con
su barca daba fondo en una caleta que estaba
no dos tiros de ballesta del jardín donde Zoraida 20
esperaba, y allí, muy de propósito, se ponía
el renegado con los morillos que bogaban
el remo, o ya a hacer la zalá, o a como por
ensayarse de burlas a lo que pensaba hacer
de veras; y, así, se iba al jardín de Zoraida y 25
le pedía fruta; y su padre se la daba sin
conocerle, y aunque él quisiera hablar a Zoraida,
como él después me dijo, y decirle que él era
el que por orden mía le había de llevar a tierra
de cristianos, que estuviese contenta y segura, 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 235
nunca le fue posible, porque las moras no
se dejan ver de ningún moro ni turco, si no
es que su marido o su padre se lo manden. De
cristianos cautivos se dejan tratar y comunicar,
aun más de aquello que sería razonable, 5
y a mí me hubiera pesado que él la hubiera
hablado: que quizá la alborotara, viendo que
su negocio andaba en boca de renegados.
Pero Dios, que lo ordenaba de otra manera,
no dio lugar al buen deseo que nuestro 10
renegado tenía; el cual, viendo cuán seguramente
iba y venía a Sargel, y que daba fondo
cuando y como y adonde quería, y que el
tagarino, su compañero, no tenía más voluntad
de lo que la suya ordenaba, y que yo estaba ya 15
rescatado, y que sólo faltaba buscar algunos
cristianos que bogasen el remo, me dijo que
mirase yo cuáles quería traer conmigo, fuera
de los rescatados, y que los tuviese hablados
para el primer viernes, donde tenía determinado 20
que fuese nuestra partida. Viendo esto,
hablé a doce españoles, todos valientes hombres
del remo, y de aquellos que más libremente
podían salir de la ciudad, y no fue poco hallar
tantos en aquella coyuntura, porque estaban 25
veinte bajeles en corso y se habían llevado
toda la gente de remo; y éstos no se hallaran,
si no fuera que su amo se quedó aquel verano
sin ir en corso, a acabar una galeota que tenía
en astillero. A los cuales no les dije otra 30
cosa sino que el primer viernes, en la tarde, se
saliesen uno a uno, disimuladamente, y se
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 236
fuesen la vuelta del jardín de Agi Morato, y
que allí me aguardasen hasta que yo fuese.
A cada uno di este aviso de por sí, con orden
que, aunque allí viesen a otros cristianos,
no les dijesen sino que yo les había mandado 5
esperar en aquel lugar.
Hecha esta diligencia, me faltaba hacer
otra, que era la que más me convenía: y era la
de avisar a Zoraida en el punto que estaban
los negocios para que estuviese apercibida y 10
sobre aviso, que no se sobresaltase, si de
improviso la asaltásemos antes del tiempo que
ella podía imaginar que la barca de cristianos
podía volver. Y, así, determiné de ir al
jardín y ver si podría hablarla, y, con ocasión 15
de coger algunas hierbas, un día antes de
mi partida, fui allá, y la primera persona con
quien encontré fue con su padre, el cual me
dijo en lengua que en toda la Berbería y aun
en Constantinopla se halla entre cautivos y 20
moros, que ni es morisca, ni castellana, ni de
otra nación alguna, sino una mezcla de todas
las lenguas, con la cual todos nos entendemos,
digo, pues, que en esta manera de lenguaje
me preguntó que qué buscaba en aquel su jardín 25
y de quién era. Respondíle que era esclavo
de Arnaúte Mamí --y esto porque sabía
yo por muy cierto que era un grandísimo
amigo suyo--, y que buscaba de todas hierbas
para hacer ensalada. Preguntóme, por el 30
consiguiente, si era hombre de rescate o no, y que
cuánto pedía mi amo por mí.
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 237
Estando en todas estas preguntas y respuestas,
salió de la casa del jardín la bella Zoraida,
la cual ya había mucho que me había visto, y
como las moras en ninguna manera hacen
melindre de mostrarse a los cristianos, ni 5
tampoco se esquivan, como ya he dicho, no se le
dio nada de venir adonde su padre conmigo
estaba; antes, luego cuando su padre vio que
venía y despacio, la llamó y mandó que
llegase. Demasiada cosa sería decir yo ahora 10
la mucha hermosura, la gentileza, el gallardo y
rico adorno con que mi querida Zoraida se
mostró a mis ojos; sólo diré que más perlas
pendían de su hermosísimo cuello, orejas y
cabellos, que cabellos tenía en la cabeza. En las 15
gargantas de los sus pies, que descubiertas a su
usanza traía, traía dos carcajes --que así
se llamaban las manillas o ajorcas de los
pies en morisco-- de purísimo oro, con tantos
diamantes engastados, que ella me dijo 20
después que su padre los estimaba en diez mil
doblas, y las que traía en las muñecas de las
manos valían otro tanto. Las perlas eran en
gran cantidad y muy buenas, porque la mayor
gala y bizarría de las moras es adornarse de 25
ricas perlas y aljófar, y, así, hay más perlas y
aljófar entre moros que entre todas las demás
naciones, y el padre de Zoraida tenía fama de
tener muchas y de las mejores que en Argel
había, y de tener asimismo más de doscientos 30
mil escudos españoles, de todo lo cual era
señora esta que ahora lo es mía.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 238
Si con todo este adorno podía venir entonces
hermosa, o no, por las reliquias que le han
quedado en tantos trabajos se podrá conjeturar
cuál debía de ser en las prosperidades. Porque
ya se sabe que la hermosura de algunas 5
mujeres tiene días y sazones, y requiere
accidentes para diminuirse o acrecentarse, y es
natural cosa que las pasiones del ánimo la
levanten o abajen, puesto que las más veces
la destruyen; digo, en fin, que entonces llegó 10
en todo extremo aderezada y en todo extremo
hermosa, o, a lo menos, a mí me pareció serlo
la más que hasta entonces había visto, y con
esto, viendo las obligaciones en que me había
puesto, me parecía que tenía delante de mí 15
una deidad del cielo, venida a la tierra para mi
gusto y para mi remedio.
Así como ella llegó, le dijo su padre en su
lengua cómo yo era cautivo de su amigo Arnaúte
Mamí, y que venía a buscar ensalada. Ella 20
tomó la mano, y, en aquella mezcla de lenguas
que tengo dicho, me preguntó si era caballero
y qué era la causa que no me rescataba. Yo le
respondí que ya estaba rescatado, y que en
el precio podía echar de ver en lo que mi amo 25
me estimaba, pues había dado por mí mil y
quinientos zoltanís. A lo cual ella respondió:
«En verdad que si tú fueras de mi padre,
»que yo hiciera que no te diera él por otros dos
»tantos; porque vosotros, cristianos, siempre 30
»mentís en cuanto decís, y os hacéis pobres
»por engañar a los moros.» «Bien podría ser
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 239
»eso, señora», le respondí; «mas en verdad
»que yo la he tratado con mi amo, y la trato y
»la trataré con cuantas personas hay en el
»mundo.» «Y ¿cuándo te vas?», dijo Zoraida.
«Mañana creo yo», dije, «porque está aquí un 5
»bajel de Francia que se hace mañana a la
»vela, y pienso irme en él.» «¿No es mejor»,
replicó Zoraida, «esperar a que vengan bajeles
»de España e irte con ellos, que no con los
»de Francia, que no son vuestros amigos?» 10
«No», respondí yo; «aunque si como hay nuevas
»que viene ya un bajel de España es verdad,
»todavía yo le aguardaré, puesto que es más
»cierto el partirme mañana, porque el deseo
»que tengo de verme en mi tierra y con las 15
»personas que bien quiero es tanto, que no me
»dejará esperar otra comodidad si se tarda,
»por mejor que sea.» «Debes de ser, sin duda,
»casado en tu tierra», dijo Zoraida, «y por eso
»deseas ir a verte con tu mujer.» «No soy», 20
respondí yo, «casado, mas tengo dada la
»palabra de casarme en llegando allá.» «Y ¿es
»hermosa la dama a quien se la diste?», dijo
Zoraida. «Tan hermosa es», respondí yo, «que
»para encarecerla y decirte la verdad, te 25
»parece a ti mucho.»
De esto se rio muy de veras su padre, y dijo:
«Gualá, cristiano, que debe de ser muy
»hermosa si se parece a mi hija, que es la más
»hermosa de todo este reino. Si no, mírala bien 30
»y verás cómo te digo verdad.» Servíanos de
intérprete a las más de estas palabras y razones
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 240
el padre de Zoraida, como más ladino, que
aunque ella hablaba la bastarda lengua que,
como he dicho, allí se usa, más declaraba su
intención por señas que por palabras.
Estando en estas y otras muchas razones 5
llegó un moro corriendo y dijo a grandes voces
que por las bardas o paredes del jardín habían
saltado cuatro turcos y andaban cogiendo la
fruta, aunque no estaba madura. Sobresaltóse
el viejo, y lo mismo hizo Zoraida; porque 10
es común y casi natural el miedo que los moros
a los turcos tienen, especialmente a los soldados,
los cuales son tan insolentes y tienen tanto
imperio sobre los moros que a ellos están
sujetos, que los tratan peor que si fuesen 15
esclavos suyos. Digo, pues, que dijo su padre a
Zoraida: «Hija, retírate a la casa y enciérrate en
»tanto que yo voy a hablar a estos canes, y tú,
»cristiano, busca tus hierbas y vete en buen
»hora, y llévete Alá con bien a tu tierra.» Yo me 20
incliné y él se fue a buscar los turcos,
dejándome solo con Zoraida, que comenzó a dar
muestras de irse donde su padre la había mandado.
Pero apenas él se encubrió con los árboles del
jardín, cuando ella, volviéndose a mí, llenos 25
los ojos de lágrimas, me dijo: «¿Amexi, cristiano,
»ámexi?». Que quiere decir: ¿Vaste, cristiano,
vaste? Yo la respondí: «Señora, sí, pero
»no en ninguna manera sin ti; el primero jumá
»me aguarda, y no te sobresaltes cuando nos 30
»veas; que sin duda alguna iremos a tierra de
»cristianos.»
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 241
Yo le dije esto de manera que ella me
entendió muy bien a todas las razones que
entrambos pasamos, y, echándome un brazo al
cuello, con desmayados pasos comenzó a
caminar hacia la casa, y quiso la suerte, que 5
pudiera ser muy mala, si el cielo no lo ordenara
de otra manera, que yendo los dos de la
manera y postura que os he contado, con un
brazo al cuello, su padre, que ya volvía de
hacer ir a los turcos, nos vio de la suerte y 10
manera que íbamos, y nosotros vimos que él
nos había visto; pero Zoraida, advertida y
discreta, no quiso quitar el brazo de mi cuello,
antes se llegó más a mí y puso su cabeza
sobre mi pecho, doblando un poco las rodillas, 15
dando claras señales y muestras que se
desmayaba, y yo asimismo di a entender que la
sostenía contra mi voluntad. Su padre llegó
corriendo adonde estábamos, y, viendo a su
hija de aquella manera, le preguntó que qué 20
tenía; pero como ella no le respondiese, dijo
su padre: «Sin duda alguna que con el
»sobresalto de la entrada de estos canes se ha
»desmayado»; y, quitándola del mío, la arrimó a
su pecho, y ella, dando un suspiro y aun no 25
enjutos los ojos de lágrimas, volvió a decir:
«¡Amexi, cristiano, ámexi!» (¡Vete, cristiano,
vete!) A lo que su padre respondió: «No
»importa, hija, que el cristiano se vaya, que
»ningún mal te ha hecho, y los turcos ya son idos; 30
»no te sobresalte cosa alguna, pues ninguna
»hay que pueda darte pesadumbre, pues, como
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 242
»ya te he dicho, los turcos, a mi ruego, se
»volvieron por donde entraron.» «Ellos, señor, la
»sobresaltaron, como has dicho», dije yo a su
padre; «mas pues ella dice que yo me vaya, no
»la quiero dar pesadumbre; quédate en paz, y 5
»con tu licencia volveré, si fuere menester,
»por hierbas a este jardín; que, según dice mi
»amo, en ninguno las hay mejores para ensalada
»que en él.» «Todas las que quisieres podrás
»volver», respondió Agi Morato; «que mi hija 10
»no dice esto porque tú ni ninguno de los
»cristianos la enojaban, sino que por decir
»que los turcos se fuesen, dijo que tú te
»fueses, o porque ya era hora que buscases
»tus hierbas.» 15
Con esto me despedí al punto de entrambos,
y ella, arrancándosele el alma, al parecer,
se fue con su padre. Y yo, con achaque
de buscar las hierbas, rodeé muy bien y a mi
placer todo el jardín. Miré bien las entradas y 20
salidas, y la fortaleza de la casa, y la
comodidad que se podía ofrecer para facilitar todo
nuestro negocio. Hecho esto, me vine y di
cuenta de cuanto había pasado al renegado y
a mis compañeros. Y ya no veía la hora de 25
verme gozar sin sobresalto del bien que en la
hermosa y bella Zoraida la suerte me ofrecía.
En fin, el tiempo se pasó y se llegó el día
y plazo de nosotros tan deseado, y, siguiendo
todos el orden y parecer que con discreta 30
consideración y largo discurso muchas veces
habíamos dado, tuvimos el buen suceso que
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 243
deseábamos. Porque el viernes que se siguió al
día que yo con Zoraida hablé en el jardín,
[nuestro renegado], al anochecer, dio fondo
con la barca casi frontero de donde la
hermosísima Zoraida estaba. Ya los cristianos 5
que habían de bogar el remo estaban
prevenidos y escondidos por diversas partes de
todos aquellos alrededores. Todos estaban
suspensos y alborozados aguardándome,
deseosos ya de embestir con el bajel que a los 10
ojos tenían; porque ellos no sabían el
concierto del renegado, sino que pensaban que a
fuerza de brazos habían de haber y ganar la
libertad, quitando la vida a los moros que
dentro de la barca estaban. 15
Sucedió, pues, que así como yo me mostré
y mis compañeros, todos los demás escondidos
que nos vieron se vinieron llegando a nosotros.
Esto era ya a tiempo que la ciudad estaba ya
cerrada, y por toda aquella campaña ninguna 20
persona parecía. Como estuvimos juntos,
dudamos si sería mejor ir primero por Zoraida,
o rendir primero a los moros bagarinos, que
bogaban el remo en la barca. Y, estando en
esta duda, llegó a nosotros nuestro renegado, 25
diciéndonos que en qué nos deteníamos, que
ya era hora, y que todos sus moros estaban
descuidados, y los más de ellos durmiendo.
Dijímosle en lo que reparábamos, y él dijo
que lo que más importaba era rendir primero 30
el bajel, que se podía hacer con grandísima
facilidad y sin peligro alguno, y que luego
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 244
podíamos ir por Zoraida. Pareciónos bien a
todos lo que decía, y, así, sin detenernos más,
haciendo él la guía, llegamos al bajel, y
saltando él dentro primero, metió mano a un
alfanje y dijo en morisco: «¡Ninguno de vosotros 5
»se mueva de aquí, si no quiere que le cueste la
»vida!» Ya a este tiempo, habían entrado dentro
casi todos los cristianos. Los moros, que eran
de poco ánimo, viendo hablar de aquella manera
a su arráez, quedáronse espantados, y sin 10
ninguno de todos ellos echar mano a las
armas, que pocas o casi ningunas tenían, se
dejaron, sin hablar alguna palabra, maniatar de
los cristianos, los cuales con mucha presteza
lo hicieron, amenazando a los moros que si 15
alzaban por alguna vía o manera la voz, que
luego al punto los pasarían todos a cuchillo.
Hecho ya esto, quedándose en guardia
de ellos la mitad de los nuestros, los que
quedábamos, haciéndonos asimismo el renegado la 20
guía, fuimos al jardín de Agi Morato, y quiso
la buena suerte que, llegando a abrir la puerta,
se abrió con tanta facilidad como si cerrada no
estuviera; y, así, con gran quietud y silencio,
llegamos a la casa sin ser sentidos de nadie. 25
Estaba la bellísima Zoraida aguardándonos a
una ventana, y así como sintió gente,
preguntó con voz baja si éramos nizarani, como
si dijera o preguntara si éramos cristianos.
Yo le respondí que sí, y que bajase. Cuando 30
ella me conoció, no se detuvo un punto,
porque, sin responderme palabra, bajó en un
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 245
instante, abrió la puerta y mostróse a todos tan
hermosa y ricamente vestida, que no lo acierto
a encarecer. Luego que yo la vi, le tomé
una mano y la comencé a besar, y el renegado
hizo lo mismo, y mis dos camaradas; y los 5
demás, que el caso no sabían, hicieron lo que
vieron que nosotros hacíamos; que no
parecía sino que le dábamos las gracias y la
reconocíamos por señora de nuestra libertad. El
renegado le dijo en lengua morisca si estaba 10
su padre en el jardín. Ella respondió que sí, y
que dormía. «Pues será menester despertarle»,
replicó el renegado, «y llevárnosle con nosotros,
»y todo aquello que tiene de valor este
»hermoso jardín.» «No», dijo ella; «a mi padre no 15
»se ha de tocar en ningún modo; y en esta casa
»no hay otra cosa que lo que yo llevo, que es
»tanto, que bien habrá para que todos quedéis
»ricos y contentos; y esperaros un poco y
»lo veréis.» 20
Y, diciendo esto, se volvió a entrar,
diciendo que muy presto volvería; que nos
estuviésemos quedos, sin hacer ningún ruido.
Preguntéle al renegado lo que con ella había
pasado, el cual me lo contó, a quien yo dije que 25
en ninguna cosa se había de hacer más de lo
que Zoraida quisiese; la cual ya que volvía
cargada con un cofrecillo lleno de escudos de
oro, tantos, que apenas lo podía sustentar,
quiso la mala suerte que su padre despertase 30
en el ínterin y sintiese el ruido que andaba
en el jardín, y, asomándose a la ventana,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 246
luego conoció que todos los que en él estaban
eran cristianos; y, dando muchas, grandes y
desaforadas voces, comenzó a decir en
arábigo: «¡Cristianos, cristianos! ¡Ladrones,
»ladrones!» Por los cuales gritos nos vimos todos 5
puestos en grandísima y temerosa confusión.
Pero el renegado, viendo el peligro en que
estábamos, y lo mucho que le importaba salir
con aquella empresa antes de ser sentido, con
grandísima presteza, subió donde Agi Morato 10
estaba, y juntamente con él fueron algunos de
nosotros; que yo no osé desamparar a la
Zoraida, que como desmayada se había dejado
caer en mis brazos.
En resolución, los que subieron se dieron 15
tan buena maña, que en un momento bajaron
con Agi Morato, trayéndole atadas las manos
y puesto un pañizuelo en la boca, que no le
dejaba hablar palabra, amenazándole que el
hablarla le había de costar la vida. Cuando 20
su hija le vio, se cubrió los ojos por no verle, y
su padre quedó espantado, ignorando cuán de
su voluntad se había puesto en nuestras manos.
Mas entonces siendo más necesarios los pies,
con diligencia y presteza nos pusimos en la 25
barca, que ya los que en ella habían quedado
nos esperaban, temerosos de algún mal suceso
nuestro.
Apenas serían dos horas pasadas de la
noche, cuando ya estábamos todos en la barca, 30
en la cual se le quitó al padre de Zoraida la
atadura de las manos y el paño de la boca;
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 247
pero tornóle a decir el renegado que no
hablase palabra; que le quitarían la vida. El,
como vio allí a su hija, comenzó a suspirar
ternísimamente, y más cuando vio que yo
estrechamente la tenía abrazada, y que ella, sin 5
defender, quejarse ni esquivarse, se estaba
queda; pero, con todo esto, callaba, porque no
pusiesen en efecto las muchas amenazas que
el renegado le hacía.
Viéndose, pues, Zoraida ya en la barca, y 10
que queríamos dar los remos al agua, y viendo
allí a su padre y a los demás moros, que
atados estaban, le dijo al renegado que me
dijese le hiciese merced de soltar a aquellos
moros y de dar libertad a su padre, porque antes 15
se arrojaría en la mar que ver delante de sus
ojos, y por causa suya, llevar cautivo a un
padre que tanto la había querido. El renegado me
lo dijo, y yo respondí que era muy contento.
Pero él respondió que no convenía, a causa 20
que, si allí los dejaban, apellidarían luego la
tierra y alborotarían la ciudad, y serían causa
que saliesen a buscarlos con algunas fragatas
ligeras, y les tomasen la tierra y la mar,
de manera, que no pudiésemos escaparnos; 25
que lo que se podría hacer era darles libertad
en llegando a la primera tierra de cristianos.
En este parecer venimos todos, y Zoraida, a
quien se le dio cuenta, con las causas que nos
movían a no hacer luego lo que quería, 30
también se satisfizo; y luego, con regocijado
silencio y alegre diligencia, cada uno de nuestros
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 248
valientes remeros tomó su remo, y comenzamos,
encomendándonos a Dios de todo corazón,
a navegar la vuelta de las islas de Mallorca,
que es la tierra de cristianos más cerca.
Pero a causa de soplar un poco el viento 5
tramontana, y estar la mar algo picada, no
fue posible seguir la derrota de Mallorca, y
fuenos forzoso dejarnos ir tierra a tierra la
vuelta de Orán, no sin mucha pesadumbre
nuestra, por no ser descubiertos del lugar de 10
Sargel, que en aquella costa cae sesenta
millas de Argel. Y asimismo temíamos encontrar
por aquel paraje alguna galeota de las que de
ordinario vienen con mercancía de Tetuán,
aunque cada uno por sí, y por todos juntos, 15
presumíamos de que si se encontraba galeota
de mercancía, como no fuese de las que andan
en corso, que no sólo no nos perderíamos,
mas que tomaríamos bajel donde con más
seguridad pudiésemos acabar nuestro viaje. Iba 20
Zoraida, en tanto que se navegaba, puesta la
cabeza entre mis manos por no ver a su padre,
y sentía yo que iba llamando a Lela Marién,
que nos ayudase.
Bien habríamos navegado treinta millas, 25
cuando nos amaneció, como tres tiros de
arcabuz desviados de tierra, toda la cual vimos
desierta, y sin nadie que nos descubriese,
pero con todo eso nos fuimos, a fuerza de
brazos, entrando un poco en la mar que ya 30
estaba algo más sosegada; y, habiendo entrado
casi dos leguas, diose orden que se bogase
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 249
a cuarteles en tanto que comíamos algo,
que iba bien proveída la barca, puesto que
los que bogaban dijeron que no era aquél
tiempo de tomar reposo alguno: que les diesen
de comer los que no bogaban; que ellos no 5
querían soltar los remos de las manos en
manera alguna. Hízose así y, en esto, comenzó
a soplar un viento largo que nos obligó a hacer
luego vela y a dejar el remo, y enderezar a
Orán, por no ser posible poder hacer otro 10
viaje. Todo se hizo con mucha presteza, y, así,
a la vela navegamos por más de ocho millas
por hora, sin llevar otro temor alguno, sino el
de encontrar con bajel que de corso fuese.
Dimos de comer a los moros bagarinos y 15
el renegado les consoló, diciéndoles como no
iban cautivos: que en la primera ocasión les
darían libertad; lo mismo se le dijo al padre
de Zoraida, el cual respondió: «Cualquiera
»otra cosa pudiera yo esperar y creer de vuestra 20
»liberalidad y buen término, ¡oh cristianos!;
»mas el darme libertad, no me tengáis por
»tan simple que lo imagine; que nunca os
»pusisteis vosotros al peligro de quitármela para
»volverla tan liberalmente, especialmente 25
»sabiendo quién soy yo, y el interés que se
»os puede seguir de dármela, el cual interés
»si le queréis poner nombre, desde aquí
»os ofrezco todo aquello que quisiereis por
»mí y por esa desdichada hija mía, o si no, 30
»por ella sola, que es la mayor y la mejor parte
»de mi alma.»
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 250
En diciendo esto, comenzó a llorar tan
amargamente, que a todos nos movió a
compasión, y forzó a Zoraida que le mirase; la
cual, viéndole llorar, así se enterneció, que se
levantó de mis pies y fue a abrazar a su padre, 5
y juntando su rostro con el suyo comenzaron
los dos tan tierno llanto, que muchos de los
que allí íbamos le acompañamos en él; pero
cuando su padre la vio adornada de fiesta y
con tantas joyas sobre sí, le dijo en su 10
lengua: «¿Qué es esto, hija, que ayer al anochecer
»antes que nos sucediese esta terrible
»desgracia en que nos vemos, te vi con tus
»ordinarios y caseros vestidos, y ahora, sin que
»hayas tenido tiempo de vestirte, y sin haberte 15
»dado alguna nueva alegre de solemnizarle
»con adornarte y pulirte, te veo compuesta con
»los mejores vestidos que yo supe y pude darte
»cuando nos fue la ventura más favorable?
»Respóndeme a esto, que me tiene más suspenso 20
»y admirado que la misma desgracia en que
»me hallo.»
Todo lo que el moro decía a su hija nos lo
declaraba el renegado, y ella no le respondía
palabra; pero cuando él vio a un lado de la 25
barca el cofrecillo donde ella solía tener sus
joyas, el cual sabía él bien que le había
dejado en Argel y no traídole al jardín, quedó
más confuso, y preguntóle que cómo aquel
cofre había venido a nuestras manos, y qué era 30
lo que venía dentro. A lo cual el renegado, sin
aguardar que Zoraida le respondiese, le
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 251
respondió: «No te canses, señor, en preguntar a
»Zoraida tu hija tantas cosas, porque con una
»que yo te responda te satisfaré a todas; y, así,
»quiero que sepas que ella es cristiana, y es
»la que ha sido la lima de nuestras cadenas y 5
»la libertad de nuestro cautiverio; ella va aquí
»de su voluntad, tan contenta, a lo que yo
»imagino, de verse en este estado, como el que sale
»de las tinieblas a la luz, de la muerte a la
»vida y de la pena a la gloria.» «¿Es verdad lo 10
»que éste dice, hija?», dijo el moro. «Así es»,
respondió Zoraida. «¿Que en efecto», replicó el
viejo, «tú eres cristiana, y la que ha puesto a
»su padre en poder de sus enemigos?» A lo
cual respondió Zoraida: «La que es cristiana 15
»yo soy, pero no la que te ha puesto en este
»punto, porque nunca mi deseo se extendió a
»dejarte, ni a hacerte mal, sino a hacerme a
»mí bien.» «Y ¿qué bien es el que te has hecho,
»hija?» «Eso», respondió ella, «pregúntaselo 20
»tú a Lela Marién; que ella te lo sabrá decir
»mejor que no yo.»
Apenas hubo oído esto el moro, cuando,
con una increíble presteza, se arrojó de cabeza
en la mar, donde sin ninguna duda se ahogara, 25
si el vestido largo y embarazoso que traía no le
entretuviera un poco sobre el agua. Dio voces
Zoraida que le sacasen, y, así, acudimos
luego todos, y, asiéndole de la almalafa, le
sacamos medio ahogado y sin sentido, de que 30
recibió tanta pena Zoraida, que, como si fuera
ya muerto, hacía sobre él un tierno y doloroso
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 252
llanto. Volvímosle boca abajo, volvió mucha
agua, tornó en sí al cabo de dos horas, en las
cuales, habiéndose trocado el viento, nos
convino volver hacia tierra y hacer fuerza de remos
por no embestir en ella; mas quiso nuestra 5
buena suerte que llegamos a una cala que se
hace al lado de un pequeño promontorio o
cabo, que de los moros es llamado el de la
Cava Rumía, que en nuestra lengua quiere
decir la mala mujer cristiana; y es tradición 10
entre los moros que en aquel lugar está
enterrada la Cava, por quien se perdió España;
porque cava en su lengua quiere decir mujer
mala, y rumía, cristiana, y aun tienen por
mal agüero llegar allí a dar fondo cuando la 15
necesidad les fuerza a ello, porque nunca le
dan sin ella, puesto que para nosotros no fue
abrigo de mala mujer, sino puerto seguro de
nuestro remedio, según andaba alterada la mar.
Pusimos nuestras centinelas en tierra, y no 20
dejamos jamás los remos de la mano; comimos
de lo que el renegado había proveído, y
rogamos a Dios y a Nuestra Señora, de todo
nuestro corazón, que nos ayudase y favoreciese,
para que felizmente diésemos fin a tan dichoso 25
principio. Diose orden, a suplicación de
Zoraida, como echásemos en tierra a su padre
y a todos los demás moros que allí atados
venían; porque no le bastaba el ánimo, ni lo
podían sufrir sus blandas entrañas, ver delante 30
de sus ojos atado a su padre y aquellos de su
tierra presos. Prometímosle de hacerlo así al
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 253
tiempo de la partida, pues no corría peligro
el dejarlos en aquel lugar, que era despoblado.
No fueron tan vanas nuestras oraciones, que no
fuesen oídas del cielo, que en nuestro favor
luego volvió el viento, tranquilo el mar, 5
convidándonos a que tornásemos alegres a
proseguir nuestro comenzado viaje.
Viendo esto, desatamos a los moros y uno
a uno los pusimos en tierra, de lo que ellos se
quedaron admirados; pero llegando a 10
desembarcar al padre de Zoraida, que ya estaba
en todo su acuerdo, dijo: «¿Por qué pensáis,
»cristianos, que esta mala hembra huelga de
»que me deis libertad? ¿Pensáis que es por
»piedad que de mí tiene? No, por cierto; sino 15
»que lo hace por el estorbo que le dará mi
»presencia cuando quiera poner en ejecución
»sus malos deseos; ni penséis que la ha
»movido a mudar religión entender ella que la
»vuestra a la nuestra se aventaja, sino el saber 20
»que en vuestra tierra se usa la deshonestidad
»más libremente que en la nuestra.» Y,
volviéndose a Zoraida, teniéndole yo y otro
cristiano de entrambos brazos asido porque
algún desatino no hiciese, le dijo: «¡Oh infame 25
»moza y mal aconsejada muchacha! ¿Adónde
»vas, ciega y desatinada, en poder de estos
»perros, naturales enemigos nuestros? ¡Maldita
»sea la hora en que yo te engendré y malditos
»sean los regalos y deleites en que te he 30
»criado!». Pero viendo yo que llevaba término de
no acabar tan presto, di prisa a ponerle en
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 254
tierra, y desde allí, a voces, prosiguió en sus
maldiciones y lamentos, rogando a Mahoma
rogase a Alá que nos destruyese, confundiese
y acabase; y cuando, por habernos hecho
a la vela, no pudimos oír sus palabras, 5
vimos sus obras, que eran arrancarse las
barbas, mesarse los cabellos y arrastrarse por
el suelo; mas una vez esforzó la voz de tal
manera, que pudimos entender que decía: «¡Vuelve,
»amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo 10
»perdono; entrega a esos hombres ese dinero
»que ya es suyo, y vuelve a consolar a este
»triste padre tuyo que en esta desierta arena
»dejará la vida, si tú le dejas!»
Todo lo cual escuchaba Zoraida, y todo lo 15
sentía y lloraba, y no supo decirle ni responderle
palabra, sino: «¡Plega a Alá, padre mío,
»que Lela Marién, que ha sido la causa de que
»yo sea cristiana, ella te consuele en tu
»tristeza! Alá sabe bien que no pude hacer otra 20
»cosa de la que he hecho, y que estos
»cristianos no deben nada a mi voluntad, pues
»aunque quisiera no venir con ellos y quedarme
»en mi casa, me fuera imposible, según
»la prisa que me daba mi alma a poner por 25
»obra esta que a mí me parece tan buena
»como tú, padre amado, la juzgas por mala.»
Esto dijo a tiempo que ni su padre la oía,
ni nosotros ya le veíamos; y, así,
consolando yo a Zoraida, atendimos todos a nuestro 30
viaje, el cual nos le facilitaba el propio
viento, de tal manera, que bien tuvimos por
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 255
cierto de vernos otro día al amanecer en las
riberas de España.
Mas como pocas veces, o nunca, viene el
bien puro y sencillo, sin ser acompañado o
seguido de algún mal que le turbe o sobresalte, 5
quiso nuestra ventura, o quizá las maldiciones
que el moro a su hija había echado, que
siempre se han de temer de cualquier padre que
sean, quiso, digo, que estando ya engolfados,
y siendo ya casi pasadas tres horas de la 10
noche, yendo con la vela tendida de alto
abajo, frenillados los remos porque el próspero
viento nos quitaba del trabajo de haberlos
menester, con la luz de la luna que claramente
resplandecía, vimos cerca de nosotros un 15
bajel redondo, que, con todas las velas
tendidas, llevando un poco a orza el timón,
delante de nosotros atravesaba, y esto tan
cerca, que nos fue forzoso amainar por no
embestirle, y ellos, asimismo, hicieron 20
fuerza de timón para darnos lugar que
pasásemos.
Habíanse puesto a bordo del bajel a
preguntarnos quién eramos y adónde navegábamos
y de dónde veníamos; pero por preguntarnos 25
esto en lengua francesa, dijo nuestro
renegado: «Ninguno responda, porque éstos sin
»duda son corsarios franceses que hacen a toda
»ropa.» Por este advertimiento ninguno
respondió palabra, y, habiendo pasado un poco 30
delante, que ya el bajel quedaba [a]
sotavento, de improviso soltaron dos piezas de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 256
artillería, y, a lo que parecía, ambas venían con
cadenas, porque con una cortaron nuestro árbol
por medio y dieron con él y con la vela en
la mar, y al momento disparando otra pieza,
vino a dar la [bala] en mitad de nuestra 5
barca, de modo que la abrió toda sin hacer otro
mal alguno; pero como nosotros nos vimos ir
a fondo, comenzamos todos a grandes voces a
pedir socorro y a rogar a los del bajel que nos
acogiesen, porque nos anegábamos. Amainaron 10
entonces, y, echando el esquife o barca a
la mar, entraron en él hasta doce franceses,
bien armados, con sus arcabuces y cuerdas
encendidas; y así llegaron junto al nuestro, y,
viendo cuán pocos éramos, y cómo el bajel 15
se hundía, nos recogieron, diciendo que por
haber usado de la descortesía de no responderles
nos había sucedido aquello.
Nuestro renegado tomó el cofre de las
riquezas de Zoraida, y dio con él en la mar, sin 20
que ninguno echase de ver en lo que hacía.
En resolución, todos pasamos con los franceses,
los cuales, después de haberse informado
de todo aquello que de nosotros saber quisieron,
como si fueran nuestros capitales enemigos, 25
nos despojaron de todo cuanto teníamos,
y a Zoraida le quitaron hasta los carcajes que
traía en los pies. Pero no me daba a mí tanta
pesadumbre la que a Zoraida daban, como me
la daba el temor que tenía de que habían de 30
pasar del quitar de las riquísimas y preciosísimas
joyas al quitar de la joya que más valía
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 257
y ella más estimaba; pero los deseos de aquella
gente no se extienden a más que al dinero,
y de esto jamás se ve harta su codicia; lo
cual entonces llegó a tanto, que aun hasta los
vestidos de cautivos nos quitaran si de algún 5
provecho les fueran. Y hubo parecer entre ellos
de que a todos nos arrojasen a la mar
envueltos en una vela, porque tenían intención
de tratar en algunos puertos de España con
nombre de que eran bretones, y si nos 10
llevaban vivos serían castigados, siendo
descubierto su hurto.
Mas el capitán, que era el que había
despojado a mi querida Zoraida, dijo que él se
contentaba con la presa que tenía, y que no 15
quería tocar en ningún puerto de España, sino
pasar el estrecho de Gibraltar de noche, o
como pudiese, e irse a la Rochela, de
donde había salido; y, así, tomaron por acuerdo
de darnos el esquife de su navío y todo lo 20
necesario para la corta navegación que nos
quedaba, como lo hicieron otro día, ya a vista
de tierra de España, con la cual vista todas
nuestras pesadumbres y pobrezas se nos
olvidaron de todo punto, como si no hubieran 25
pasado por nosotros: tanto es el gusto de
alcanzar la libertad perdida.
Cerca de medio día podría ser cuando nos
echaron en la barca, dándonos dos barriles de
agua y algún bizcocho; y el capitán, movido no 30
sé de qué misericordia, al embarcarse la
hermosísima Zoraida, le dio hasta cuarenta
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 258
escudos de oro, y no consintió que le quitasen
sus soldados estos mismos vestidos que
ahora tiene puestos. Entramos en el bajel,
dímosles las gracias por el bien que nos hacían
mostrándonos más agradecidos que quejosos; 5
ellos se hicieron a lo largo siguiendo la derrota
del estrecho; nosotros, sin mirar a otro norte
que a la tierra que se nos mostraba delante,
nos dimos tanta prisa a bogar, que al poner
del sol estábamos tan cerca, que bien pudiéramos, 10
a nuestro parecer, llegar antes que fuera
muy noche; pero por no parecer en aquella
noche la luna y el cielo mostrarse oscuro, y por
ignorar el paraje en que estábamos, no nos
pareció cosa segura embestir en tierra, como a 15
muchos de nosotros les parecía, diciendo que
diésemos en ella, aunque fuese en unas peñas
y lejos de poblado, porque así aseguraríamos
el temor que de razón se debía tener
que por allí anduviesen bajeles de corsarios 20
de Tetuán, los cuales anochecen en Berbería
y amanecen en las costas de España, y hacen
de ordinario presa, y se vuelven a dormir a sus
casas; pero de los contrarios pareceres el que
se tomó fue que nos llegásemos poco a poco 25
y que si el sosiego del mar lo concediese,
desembarcásemos donde pudiésemos.
Hízose así, y poco antes de la media
noche sería cuando llegamos al pie de una
disformísima y alta montaña, no tan junto al mar 30
que no concediese un poco de espacio para
poder desembarcar cómodamente; embestimos
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 259
en la arena, salimos a tierra, besamos el
suelo, y con lágrimas de muy alegrísimo
contento dimos todos gracias a Dios, Señor
Nuestro, por el bien tan incomparable que nos
había hecho; sacamos de la barca los 5
bastimentos que tenía, tirámosla en tierra, y
subimonos un grandísimo trecho en la montaña,
porque aun allí estábamos y aún no podíamos
asegurar el pecho, ni acabábamos de creer
que era tierra de cristianos la que ya nos 10
sostenía. Amaneció más tarde, a mi parecer, de lo
[que] quisiéramos; acabamos de subir toda
la montaña por ver si desde allí algún poblado
se descubría, o algunas cabañas de pastores,
pero aunque más tendimos la vista, ni poblado, 15
ni persona, ni senda, ni camino descubrimos.
Con todo esto determinamos de entrarnos
la tierra adentro, pues no podría ser menos
sino que presto descubriésemos quien nos
diese noticia de ella; pero lo que a mí más me 20
fatigaba era el ver ir a pie a Zoraida por
aquellas asperezas, que, puesto que alguna vez la
puse sobre mis hombros, más le cansaba a ella
mi cansancio que la reposaba su reposo, y, así,
nunca más quiso que yo aquel trabajo tomase; 25
y con mucha paciencia y muestras de alegría,
llevándola yo siempre de la mano, poco menos
de un cuarto de legua debíamos de haber
andado, cuando llegó a nuestros oídos el son de
una pequeña esquila, señal clara que por allí 30
cerca había ganado, y, mirando todos con
atención si alguno se parecía, vimos al pie de un
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 260
alcornoque un pastor mozo, que con grande
reposo y descuido estaba labrando un palo con
un cuchillo; dimos voces, y él, alzando la
cabeza, se puso ligeramente en pie, y a lo que
después supimos, los primeros que a la vista se 5
le ofrecieron fueron el renegado y Zoraida, y,
como él los vio en hábito de moros, pensó que
todos los de la Berbería estaban sobre él, y,
metiéndose con extraña ligereza por el bosque
adelante, comenzó a dar los mayores gritos del 10
mundo, diciendo: «¡Moros, moros hay en la
»tierra; moros, moros, arma, arma!»
Con estas voces quedamos todos confusos,
y no sabíamos qué hacernos, pero considerando
que las voces del pastor habían de alborotar 15
la tierra, y que la caballería de la costa había de
venir luego a ver lo que era, acordamos que el
renegado se desnudase las ropas de turco y
se vistiese un gilecuelco o casaca de cautivo
que uno de nosotros le dio luego, aunque se 20
quedó en camisa; y, así, encomendándonos a
Dios, fuimos por el mismo camino que vimos
que el pastor llevaba, esperando siempre cuándo
había de dar sobre nosotros la caballería de
la costa; y no nos engañó nuestro pensamiento, 25
porque aún no abrían pasado dos horas, cuando,
habiendo ya salido de aquellas malezas a un
llano, descubrimos hasta cincuenta caballeros
que con gran ligereza, corriendo a media rienda,
a nosotros se venían, y así como los vimos nos 30
estuvimos quedos aguardándolos; pero como
ellos llegaron y vieron, en lugar de los moros
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 261
que buscaban, tanto pobre cristiano, quedaron
confusos, y uno de ellos nos preguntó si éramos
nosotros acaso la ocasión porque un pastor había
apellidado al arma. «Sí», dije yo; y queriendo
comenzar a decirle mi suceso, y de dónde 5
veníamos, y quién eramos, uno de los cristianos
que con nosotros venían conoció al jinete
que nos había hecho la pregunta, y dijo sin
dejarme a mí decir más palabra: «Gracias sean
»dadas a Dios, señores, que a tan buena parte 10
»nos ha conducido, porque si yo no me engaño,
»la tierra que pisamos es la de Vélez Málaga, si
»ya los años de mi cautiverio no me han quitado
»de la memoria el acordarme que vos, señor,
»que nos preguntáis quién somos, sois Pedro 15
»de Bustamante, tío mío.»
Apenas hubo dicho esto el cristiano cautivo,
cuando el jinete se arrojó del caballo y
vino a abrazar al mozo, diciéndole: «Sobrino
»de mi alma y de mi vida; ya te conozco, y ya 20
»te he llorado por muerto yo, y mi hermana tu
»madre, y todos los tuyos, que aún viven, y
»Dios ha sido servido de darles vida para que
»gocen el placer de verte; ya sabíamos que
»estabas en Argel, y por las señales y muestras 25
»de tus vestidos y la de todos los de esta
»compañía, comprehendo que habéis tenido
»milagrosa libertad.» «Así es», respondió el mozo,
«y tiempo nos quedará para contároslo todo.»
Luego que los jinetes entendieron que éramos 30
cristianos cautivos, se apearon de sus
caballos, y cada uno nos convidaba con el suyo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 262
para llevarnos a la ciudad de Vélez Málaga,
que legua y media de allí estaba. Algunos
de ellos volvieron a llevar la barca a la ciudad,
diciéndoles dónde la habíamos dejado; otros
nos subieron a las ancas, y Zoraida fue en las 5
del caballo del tío del cristiano.
Saliónos a recibir todo el pueblo, que ya
de alguno que se había adelantado sabían la
nueva de nuestra venida. No se admiraban de
ver cautivos libres, ni moros cautivos, porque 10
toda la gente de aquella costa está hecha a ver
a los unos y a los otros, pero admirábanse de
la hermosura de Zoraida, la cual en aquel
instante y sazón estaba en su punto, así con el
cansancio del camino como con la alegría de 15
verse ya en tierra de cristianos, sin sobresalto
de perderse, y esto le había sacado al rostro
tales colores, que si no es que la afición
entonces me engañaba, osaré decir que más
hermosa criatura no había en el mundo; a lo 20
menos, que yo la hubiese visto.
Fuimos derechos a la iglesia a dar gracias
a Dios por la merced recibida, y así como en
ella entró Zoraida, dijo que allí había rostros
que se parecían a los de Lela Marién; dijímosle 25
que eran imágenes suyas, y, como mejor se
pudo, le dio el renegado a entender lo que
significaban, para que ella las adorase como si
verdaderamente fueran cada una de ellas la
misma Lela Marién que la había hablado; ella, 30
que tiene buen entendimiento y un natural fácil
y claro, entendió luego cuanto acerca de las
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 263
imágenes se le dijo. Desde allí nos llevaron y
repartieron a todos en diferentes casas del
pueblo, pero al renegado, Zoraida y a mí nos
llevó el cristiano que vino con nosotros, y
en casa de sus padres, que medianamente eran 5
acomodados de los bienes de fortuna, y nos
regalaron con tanto amor como a su mismo
hijo.
Seis días estuvimos en Vélez, al cabo de
los cuales el renegado, hecha su información 10
de cuanto le convenía, se fue a la ciudad de
Granada a reducirse por medio de la Santa
Inquisición al gremio santísimo de la Iglesia;
los demás cristianos libertados se fueron cada
uno donde mejor le pareció; solos quedamos 15
Zoraida y yo con solos los escudos que la
cortesía del francés le dio a Zoraida, de los
cuales compré este animal en que ella viene; y,
sirviéndola yo hasta ahora de padre y escudero,
y no de esposo, vamos con intención de 20
ver si mi padre es vivo, o si alguno de mis
hermanos ha tenido más próspera ventura que la
mía, puesto que por haberme hecho el cielo
compañero de Zoraida, me parece que ninguna
otra suerte me pudiera venir, por buena que 25
fuera, que más la estimara. La paciencia con
que Zoraida lleva las incomodidades que la
pobreza trae consigo y el deseo que muestra
tener de verse ya cristiana es tanto y tal,
que me admira y me mueve a servirla todo el 30
tiempo de mi vida; puesto que el gusto que
tengo de verme suyo y de que ella sea mía me
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 264
le turba y deshace no saber si hallaré en mi
tierra algún rincón donde recogerla, y si habrán
hecho el tiempo y la muerte tal mudanza en la
hacienda y vida de mi padre y hermanos, que
apenas halle quien me conozca, si ellos faltan. 5
No tengo más, señores, que deciros de mi
historia, la cual si es agradable y peregrina,
júzguenlo vuestros buenos entendimientos; que
de mí sé decir que quisiera habérosla contado
más brevemente, puesto que el temor de 10
enfadaros más de cuatro circunstancias me ha
quitado de la lengua.
p. 265
Capítulo XLII
Que trata de lo que más sucedió en la venta
y de otras muchas cosas dignas de saberse.
Calló en diciendo esto el cautivo, a quien
don Fernando dijo: 5
Por cierto, señor capitán, el modo con que
habéis contado este extraño suceso ha sido
tal, que iguala a la novedad y extrañeza del
mismo caso. Todo es peregrino y raro y
lleno de accidentes que maravillan y suspenden 10
a quien los oye. Y es de tal manera el gusto
que hemos recibido en escucharle que, aunque
nos hallara el día de mañana entretenidos en
el mismo cuento, holgáramos que de nuevo
se comenzara. 15
Y, en diciendo esto, [Cardenio] y todos los
demás se le ofrecieron con todo lo a ellos
posible para servirle, con palabras y razones tan
amorosas y tan verdaderas, que el capitán se
tuvo por bien satisfecho de sus voluntades. 20
Especialmente le ofreció don Fernando que si
quería volverse con él, que él haría que el
marqués, su hermano, fuese padrino del
bautismo de Zoraida, y que él, por su parte, le
acomodaría de manera, que pudiese entrar 25
en su tierra con el autoridad y cómodo que a
su persona se debía. Todo lo agradeció
cortesísimamente el cautivo, pero no quiso aceptar
ninguno de sus liberales ofrecimientos.
En esto llegaba ya la noche, y al cerrar 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 266
de ella, llegó a la venta un coche, con algunos
hombres de a caballo; pidieron posada; a
quien la ventera respondió que no había en
toda la venta un palmo desocupado.
Pues aunque eso sea, dijo uno de los de 5
a caballo que habían entrado, no ha de faltar
para el señor oidor que aquí viene.
A este nombre se turbó la huéspeda,
y dijo:
Señor, lo que en ello hay es que no tengo 10
camas; si es que su merced del señor oidor la
trae, que sí debe de traer, entre en buen hora;
que yo y mi marido nos saldremos de nuestro
aposento, por acomodar a su merced.
Sea en buen hora, dijo el escudero. 15
Pero a este tiempo ya había salido del coche
un hombre que, en el traje, mostró luego el
oficio y cargo que tenía, porque la ropa
luenga, con las mangas arrocadas, que vestía,
mostraron ser oidor, como su criado había dicho. 20
Traía de la mano a una doncella, al parecer
de hasta diez y seis años, vestida de camino,
tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda, que a
todos puso en admiración su vista, de suerte,
que a no haber visto a Dorotea y a Luscinda y 25
Zoraida, que en la venta estaban, creyeran
que otra tal hermosura como la de esta doncella
difícilmente pudiera hallarse. Hallóse don Quijote
al entrar del oidor y de la doncella, y así
como le vio, dijo: 30
Seguramente puede vuestra merced entrar
y espaciarse en este castillo; que aunque es
CUARTA PARTE, CAPITULO XLII p. 267
estrecho y mal acomodado, no hay estrechez ni
incomodidad en el mundo que no dé lugar a
las armas y a las letras, y más si las armas y
letras traen por guía y adalid a la fermosura,
como la traen las letras de vuestra merced en 5
esta fermosa doncella, a quien deben no sólo
abrirse y manifestarse los castillos, sino
apartarse los riscos, y dividirse y abajarse las
montañas, para darle acogida. Entre vuestra
merced, digo, en este paraíso: que aquí hallará 10
estrellas y soles que acompañen el cielo que
vuestra merced trae consigo. Aquí hallará las
armas en su punto y la hermosura en su
extremo.
Admirado quedó el oidor del razonamiento 15
de don Quijote, a quien se puso a mirar muy
de propósito. Y no menos le admiraba su talle
que sus palabras, y, sin hallar ningunas con que
responderle, se tornó a admirar de nuevo
cuando vio delante de sí a Luscinda, Dorotea 20
y a Zoraida, que, a las nuevas de los nuevos
huéspedes y a las que la ventera les había
dado de la hermosura de la doncella, habían
venido a verla y a recibirla. Pero don Fernando,
Cardenio y el cura le hicieron más llanos y 25
más cortesanos ofrecimientos. En efecto, el
señor oidor entró confuso, así de lo que veía
como de lo que escuchaba, y las hermosas
de la venta dieron la bienllegada a la hermosa
doncella. 30
En resolución, bien echó de ver el oidor que
era gente principal toda la que allí estaba. Pero
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 268
el talle, visaje y la apostura de don Quijote
le desatinaba; y, habiendo pasado entre todos
corteses ofrecimientos y tanteado la comodidad
de la venta, se ordenó lo que antes estaba
ordenado: que todas las mujeres se entrasen en el 5
camaranchón ya referido, y que los hombres
se quedasen fuera, como en su guarda. Y,
así, fue contento el oidor que su hija, que era
la doncella, se fuese con aquellas señoras, lo
que ella hizo de muy buena gana. Y con parte 10
de la estrecha cama del ventero, y con la mitad
de la que el oidor traía, se acomodaron aquella
noche mejor de lo que pensaban.
El cautivo, que desde el punto que vio al
oidor, le dio saltos el corazón y barruntos de 15
que aquél era su hermano, preguntó a uno de
los criados que con él venían que cómo se
llamaba y si sabía de qué tierra era. El criado le
respondió que se llamaba el licenciado Juan
Pérez de Viedma, y que había oído decir que 20
era de un lugar de las montañas de León. Con
esta relación, y con lo que él había visto, se
acabó de confirmar de que aquél era su hermano,
que había seguido las letras por consejo de su
padre. Y alborotado y contento, llamando aparte 25
a don Fernando, a Cardenio y al cura, les
contó lo que pasaba, certificándoles que aquel
oidor era su hermano. Habíale dicho también el
criado como iba proveído por oidor a las
Indias, en la Audiencia de México. Supo también 30
como aquella doncella era su hija, de cuyo
parto había muerto su madre, y que él había quedado
CUARTA PARTE, CAPITULO XLII p. 269
muy rico con el dote que con la hija se le quedó
en casa. Pidióles consejo qué modo tendría
para descubrirse, o para conocer primero si,
después de descubierto, su hermano, por verle
pobre, se afrentaba, o le recibía con buenas 5
entrañas.
Déjeseme a mí el hacer esa experiencia,
dijo el cura, cuanto más que no hay pensar
sino que vos, señor capitán, seréis muy bien
recibido, porque el valor y prudencia que en 10
su buen parecer descubre vuestro hermano no
da indicios de ser arrogante, ni desconocido, ni
que no ha de saber poner los casos de la
fortuna en su punto.
Con todo eso, dijo el capitán, yo querría, 15
no de improviso, sino por rodeos, dármele a
conocer.
Ya os digo, respondió el cura, que yo lo
trazaré de modo que todos quedemos
satisfechos. 20
Ya, en esto, estaba aderezada la cena, y todos
se sentaron a la mesa, excepto el cautivo y las
señoras, que cenaron de por sí en su aposento.
En la mitad de la cena, dijo el cura:
Del mismo nombre de vuestra merced, 25
señor oidor, tuve yo una camarada en
Constantinopla, donde estuve cautivo algunos años.
La cual camarada era uno de los valientes
soldados y capitanes que había en toda la
infantería española. Pero tanto cuanto 30
tenía de esforzado y valeroso tenía de
desdichado.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 270
Y ¿cómo se llamaba ese capitán, señor
mío?, preguntó el oidor.
Llamábase, respondió el cura, Ruy Pérez
de Viedma, y era natural de un lugar de las
montañas de León. El cual me contó un caso 5
que [a] su padre con sus hermanos le había
sucedido, que, a no contármelo un hombre tan
verdadero como él, lo tuviera por conseja, de
aquellas que las viejas cuentan el invierno al
fuego. Porque me dijo que su padre había dividido 10
su hacienda entre tres hijos que tenía, y les
había dado ciertos consejos, mejores que los de
Catón. Y sé yo decir que el que él escogió de
venir a la guerra le había sucedido tan bien, que
en pocos años, por su valor y esfuerzo, sin otro 15
brazo que el de su mucha virtud, subió a ser
capitán de infantería, y a verse en camino y
predicamento de ser presto maestre de campo.
Pero fuele la fortuna contraria, pues donde la
pudiera esperar y tener buena, allí la perdió 20
con perder la libertad, en la felicísima jornada
donde tantos la cobraron, que fue en la batalla
de Lepanto. Yo la perdí en la Goleta, y
después, por diferentes sucesos, nos hallamos
camaradas en Constantinopla. Desde allí 25
vino a Argel, donde sé que le sucedió uno de
los más extraños casos que en el mundo han
sucedido.
De aquí fue prosiguiendo el cura, y con
brevedad sucinta contó lo que con Zoraida a su 30
hermano había sucedido. A todo lo cual estaba
tan atento el oidor, que ninguna vez había sido
CUARTA PARTE, CAPITULO XLII p. 271
tan oidor como entonces. Sólo llegó el cura al
punto de cuando los franceses despojaron a
los cristianos que en la barca venían, y la
pobreza y necesidad en que su camarada y la
hermosa mora habían quedado, de los cuales no 5
había sabido en qué habían parado, ni si habían
llegado a España, o llevádolos los franceses a
Francia. Todo lo que el cura decía estaba
escuchando algo de allí desviado el capitán, y
notaba todos los movimientos que su hermano 10
hacía. El cual, viendo que ya el cura había
llegado al fin de su cuento, dando un grande
suspiro y llenándosele los ojos de agua, dijo:
¡Oh, señor, si supieseis las nuevas que
me habéis contado, y cómo me tocan tan en 15
parte, que me es forzoso dar muestras de ello
con estas lágrimas que, contra toda mi
discreción y recato, me salen por los ojos! Ese
capitán tan valeroso que decís es mi mayor
hermano, el cual, como más fuerte y de más altos 20
pensamientos que yo ni otro hermano menor
mío, escogió el honroso y digno ejercicio de
la guerra, que fue uno de los tres caminos que
nuestro padre nos propuso, según os dijo vuestra
camarada en la conseja que, a vuestro parecer, 25
le oístes. Yo seguí el de las letras, en las
cuales Dios y mi diligencia me han puesto en
el grado que me veis. Mi menor hermano está
en el Perú, tan rico, que con lo que ha enviado
a mi padre y a mí ha satisfecho bien la parte 30
que él se llevó, y aun dado a las manos de mi
padre con que poder hartar su liberalidad
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 272
natural. Y yo, asimismo, he podido con más
decencia y autoridad tratarme en mis estudios
y llegar al puesto en que me veo. Vive aún mi
padre, muriendo con el deseo de saber de
su hijo mayor, y pide a Dios con continuas 5
oraciones no cierre la muerte sus ojos hasta que
él vea con vida a los de su hijo. Del cual me
maravillo, siendo tan discreto, cómo en tantos
trabajos y aflicciones o prósperos sucesos se
haya descuidado de dar noticia de sí a su padre; 10
que si él lo supiera, o alguno de nosotros, no
tuviera necesidad de aguardar al milagro de la
caña para alcanzar su rescate. Pero de lo que
yo ahora me temo es de pensar si aquellos
franceses le habrán dado libertad, o le habrán 15
muerto por encubrir su hurto. Esto todo será
que yo prosiga mi viaje, no con aquel contento
con que le comencé, sino con toda melancolía
y tristeza. ¡Oh buen hermano mío, y quién
supiera ahora dónde estabas; que yo te fuera 20
a buscar y a librar de tus trabajos, aunque
fuera a costa de los míos! ¡Oh, quién llevara
nuevas a nuestro viejo padre de que tenías
vida, aunque estuvieras en las mazmorras más
escondidas de Berbería; que de allí te sacaran 25
sus riquezas, las de mi hermano y las mías!
¡Oh Zoraida hermosa y liberal, quién pudiera
pagar el bien que a un hermano hiciste;
quién pudiera hallarse al renacer de tu alma,
y a las bodas, que tanto gusto a todos nos 30
dieran!
Estas y otras semejantes palabras decía el
CUARTA PARTE, CAPITULO XLII p. 273
oidor, lleno de tanta compasión con las
nuevas que de su hermano le habían dado, que
todos los que le oían le acompañaban en dar
muestras del sentimiento que tenían de su
lástima. Viendo, pues, el cura, que tan bien había 5
salido con su intención, y con lo que deseaba
el capitán, no quiso tenerlos a todos más
tiempo tristes, y, así, se levantó de la mesa, y
entrando donde estaba Zoraida, la tomó por la
mano, y tras ella se vinieron Luscinda, Dorotea 10
y la hija del oidor. Estaba esperando el capitán
a ver lo que el cura quería hacer, que fue
que, tomándole a él asimismo de la otra
mano, con entrambos a dos, se fue donde el
oidor y los demás caballeros estaban, y dijo: 15
Cesen, señor oidor, vuestras lágrimas, y
cólmese vuestro deseo de todo el bien que
acertare a desearse, pues tenéis delante a
vuestro buen hermano, y a vuestra buena
cuñada; este que aquí veis es el capitán Viedma, 20
y ésta la hermosa mora que tanto bien le hizo.
Los franceses que os dije los pusieron en la
estrechez que veis, para que vos mostréis la
liberalidad de vuestro buen pecho.
Acudió el capitán a abrazar a su hermano, 25
y él le puso ambas manos en los pechos,
por mirarle algo más apartado; mas cuando le
acabó de conocer, le abrazó tan estrechamente,
derramando tan tiernas lágrimas de contento,
que los más de los que presentes estaban le 30
hubieron de acompañar en ellas. Las palabras
que entrambos hermanos se dijeron, los
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 274
sentimientos que mostraron, apenas creo que
pueden pensarse, cuanto más escribirse. Allí, en
breves razones, se dieron cuenta de sus
sucesos; allí mostraron, puesta en su punto, la
buena amistad de dos hermanos; allí abrazó el 5
oidor a Zoraida; allí la ofreció su hacienda;
allí hizo que la abrazase su hija; allí la
cristiana hermosa y la mora hermosísima
renovaron las lágrimas de todos.
Allí don Quijote estaba atento sin hablar 10
palabra, considerando estos tan extraños
sucesos, atribuyéndolos todos a quimeras de la
andante caballería. Allí concertaron que el
capitán y Zoraida se volviesen con su
hermano a Sevilla, y avisasen a su padre de su 15
hallazgo y libertad, para que, como pudiese,
viniese a hallarse en las bodas y bautismo
de Zoraida, por no le ser al oidor posible
dejar el camino que llevaba, a causa de tener
nuevas que de allí a un mes partía flota 20
de Sevilla a la Nueva España, y fuérale de
grande incomodidad perder el viaje.
En resolución, todos quedaron contentos y
alegres del buen suceso del cautivo, y como
ya la noche iba casi en las dos partes de su 25
jornada, acordaron de recogerse y reposar lo
que de ella les quedaba. Don Quijote se
ofreció a hacer la guardia del castillo, porque de
algún gigante u otro mal andante follón no
fuesen acometidos, codiciosos del gran tesoro 30
de hermosura que en aquel castillo se encerraba.
Agradeciéronselo los que le conocían, y
CUARTA PARTE, CAPITULO XLII p. 275
dieron al oidor cuenta del humor extraño de
don Quijote, de que no poco gusto recibió.
Sólo Sancho Panza se desesperaba con la
tardanza del recogimiento, y sólo él se acomodó
mejor que todos, echándose sobre los aparejos 5
de su jumento, que le costaron tan caros
como adelante se dirá.
Recogidas, pues, las damas en su estancia, y
los demás acomodádose como menos mal
pudieron, don Quijote se salió fuera de la venta 10
a hacer la centinela del castillo, como lo había
prometido. Sucedió, pues, que faltando poco
por venir el alba, llegó a los oídos de las
damas una voz tan entonada y tan buena, que
les obligó a que todas le prestasen atento 15
oído, especialmente Dorotea, que despierta
estaba, a cuyo lado dormía doña Clara de
Viedma, que así se llamaba la hija del oidor.
Nadie podía imaginar quién era la persona que
tan bien cantaba, y era una voz sola, sin que la 20
acompañase instrumento alguno. Unas veces
les parecía que cantaban en el patio, otras que
en la caballeriza. Y, estando en esta confusión
muy atentas, llegó a la puerta del aposento
Cardenio, y dijo: 25
Quien no duerme, escuche; que oirán una
voz de un mozo de mulas, que de tal manera
canta, que encanta.
Ya lo oímos, señor, respondió Dorotea.
Y con esto se fue Cardenio, y Dorotea, 30
poniendo toda la atención posible, entendió que
lo que se cantaba era esto:
p. 276
[Capítulo XLIII
Donde se cuenta la agradable historia del
mozo de mulas, con otros extraños
acaecimientos en la venta sucedidos.]
Marinero soy de amor, 5
y en su piélago profundo
navego sin esperanza
de llegar a puerto alguno.
Siguiendo voy a una estrella
que desde lejos descubro, 10
más bella y resplandeciente
que cuantas vio Palinuro.
Yo no sé adónde me guía,
y, así, navego confuso,
el alma a mirarla atenta, 15
cuidadosa y con descuido.
Recatos impertinentes,
honestidad contra el uso,
son nubes que me la encubren
cuando más verla procuro. 20
¡Oh clara y luciente estrella,
en cuya lumbre me apuro!,
al punto que te me encubras,
será de mi muerte el punto.
Llegando el que cantaba a este punto, le 25
pareció a Dorotea que no sería bien que dejase
Clara de oír una tan buena voz, y, así,
moviéndola a una y a otra parte, la despertó,
diciéndole:
Perdóname, niña, que te despierto, pues lo 30
hago porque gustes de oír la mejor voz que
quizá habrás oído en toda tu vida.
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 277
Clara despertó toda soñolienta, y de la
primera vez no entendió lo que Dorotea le decía,
y, volviéndoselo a preguntar ella, se lo volvió
a decir, por lo cual estuvo atenta Clara. Pero
apenas hubo oído dos versos, que el que 5
cantaba iba prosiguiendo, cuando le tomó un
temblor tan extraño, como si de algún grave
accidente de cuartana estuviera enferma, y,
abrazándose estrechamente con Dorotea, le
dijo: 10
¡Ay, señora de mi alma y de mi vida! ¿Para
qué me despertasteis?; que el mayor bien que la
fortuna me podía hacer por ahora era tenerme
cerrados los ojos y los oídos, para no ver ni
oír a ese desdichado músico. 15
¿Qué es lo que dices, niña? Mira que dicen
que el que canta es un mozo de mulas.
No es sino señor de lugares, respondió
Clara, y el que le tiene en mi alma, con tanta
seguridad, que si él no quiere dejarle, no le 20
será quitado eternamente.
Admirada quedó Dorotea de las sentidas
razones de la muchacha, pareciéndole que se
aventajaban en mucho a la discreción que sus
pocos años prometían. Y, así, le dijo: 25
Habláis de modo, señora Clara, que no
puedo entenderos; declaraos más, y decidme
qué es lo que decís de alma y de lugares y
de este músico, cuya voz tan inquieta os tiene.
Pero no me digáis nada por ahora; que no 30
quiero perder, por acudir a vuestro sobresalto,
el gusto que recibo de oír al que canta: que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 278
me parece que con nuevos versos y nuevo
tono torna a su canto.
Sea en buen hora, respondió Clara.
Y, por no oírle, se tapó con las manos
entrambos oídos, de lo que también se admiró 5
Dorotea; la cual, estando atenta a lo que se
cantaba, vio que proseguían en esta manera:
Dulce esperanza mía,
que, rompiendo imposibles y malezas,
sigues firme la vía 10
que tú misma te finges y aderezas,
no te desmaye el verte
a cada paso junto al de tu muerte.
No alcanzan perezosos
honrados triunfos, ni victoria alguna, 15
ni pueden ser dichosos
los que, no contrastando a la fortuna,
entregan, desvalidos
al ocio blando todos los sentidos.
Que amor sus glorias venda 20
caras, es gran razón y es trato justo;
pues no hay más rica prenda
que la que se quilata por su gusto,
y es cosa manifiesta
que no es de estima lo que poco cuesta. 25
Amorosas porfías
tal vez alcanzan imposibles cosas,
y así, aunque con las mías
sigo de amor las más dificultosas,
no por eso recelo 30
de no alcanzar desde la tierra el cielo.
Aquí dio fin la voz, y principio a nuevos
sollozos Clara. Todo lo cual encendía el deseo
de Dorotea, que deseaba saber la causa de
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 279
tan suave canto y de tan triste lloro. Y, así, le
volvió a preguntar qué era lo que le quería
decir denantes. Entonces Clara, temerosa de
que Luscinda no la oyese, abrazando
estrechamente a Dorotea, puso su boca tan junto 5
del oído de Dorotea, que seguramente podía
hablar sin ser de otro sentida. Y, así, le
dijo:
Este que canta, señora mía, es un hijo de
un caballero, natural del reino de Aragón, señor 10
de dos lugares, el cual vivía frontero de la
casa de mi padre, en la corte. Y aunque mi
padre tenía las ventanas de su casa con lienzos
en el invierno y celosías en el verano, yo
no sé lo que fue, ni lo que no, que este 15
caballero, que andaba al estudio, me vio, ni sé si
en la iglesia o en otra parte. Finalmente, él se
enamoró de mí, y me lo dio a entender desde
las ventanas de su casa, con tantas señas y con
tantas lágrimas, que yo le hube de creer, y aun 20
querer, sin saber lo que me quería. Entre las
señas que me hacía, era una de juntarse la una
mano con la otra, dándome a entender que se
casaría conmigo, y aunque yo me holgaría
mucho de que así fuera, como sola y sin madre, 25
no sabía con quién comunicarlo, y, así, lo
dejé estar, sin darle otro favor, si no era,
cuando estaba mi padre fuera de casa y el suyo
también, alzar un poco el lienzo, o la celosía,
y dejarme ver toda, de lo que él hacía tanta 30
fiesta, que daba señales de volverse loco.
Llegóse en esto el tiempo de la partida de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 280
mi padre, la cual él supo, y no de mí, pues
nunca pude decírselo. Cayó malo, a lo que yo
entiendo, de pesadumbre, y, así, el día que nos
partimos nunca pude verle para despedirme
de él, siquiera con los ojos. Pero a cabo de dos 5
días que caminábamos, al entrar de una posada
en un lugar una jornada de aquí, le vi a la
puerta del mesón, puesto en hábito de mozo de
mulas, tan al natural, que si yo no le trajera
tan retratado en mi alma, fuera imposible 10
conocerle. Conocíle, admiréme y alegréme; él me
miró a hurto de mi padre, de quien él siempre
se esconde cuando atraviesa por delante de
mí en los caminos y en las posadas do llegamos.
Y, como yo sé quién es, y considero que 15
por amor de mí viene a pie y con tanto
trabajo, muérome de pesadumbre, y adonde él
pone los pies, pongo yo los ojos. No sé con
qué intención viene, ni cómo ha podido escaparse
de su padre, que le quiere extraordinariamente, 20
porque no tiene otro heredero y porque
él lo merece, como lo verá vuestra merced
cuando le vea. Y, más le sé decir, que todo
aquello que canta lo saca de su cabeza; que
he oído decir que es muy gran estudiante 25
y poeta. Y hay más: que cada vez que le veo o
le oigo cantar, tiemblo toda y me sobresalto,
temerosa de que mi padre le conozca y venga
en conocimiento de nuestros deseos. En mi
vida le he hablado palabra, y con todo eso le 30
quiero de manera, que no he de poder vivir sin
él. Esto es, señora mía, todo lo que os puedo decir
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 281
de este músico, cuya voz tanto os ha contentado,
que en sola ella echaréis bien de ver que
no es mozo de mulas, como decís, sino señor
de almas y lugares, como yo os he dicho.
No digáis más, señora doña Clara, dijo a 5
esta sazón Dorotea, y esto, besándola mil
veces. No digáis más, digo, y esperad que
venga el nuevo día; que yo espero en Dios de
encaminar de manera vuestros negocios, que
tengan el feliz fin que tan honestos 10
principios merecen.
¡Ay, señora!, dijo doña Clara, ¿qué fin se
puede esperar, si su padre es tan principal y
tan rico que le parecerá que aun yo no puedo
ser criada de su hijo, cuanto más esposa? Pues 15
casarme yo a hurto de mi padre, no lo haré por
cuanto hay en el mundo. No querría sino que
este mozo se volviese y me dejase; quizá
con no verle y con la gran distancia del
camino que llevamos se me aliviaría la pena que 20
ahora llevo; aunque sé decir que este remedio
que me imagino me ha de aprovechar bien
poco; no sé qué diablos ha sido esto, ni por
dónde se ha entrado este amor que le tengo,
siendo yo tan muchacha y él tan muchacho, 25
que en verdad que creo que somos de una
edad misma, y que yo no tengo cumplidos
diez y seis años; que para el día de San Miguel
que vendrá dice mi padre que los cumplo.
No pudo dejar de reírse Dorotea oyendo 30
cuán como niña hablaba doña Clara, a quien
dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 282
Reposemos, señora, lo poco que creo queda
de la noche, y amanecerá Dios y medraremos,
o mal me andarán las manos.
Sosegáronse con esto, y en toda la venta
se guardaba un grande silencio; solamente no 5
dormían la hija de la ventera, y Maritornes su
criada. Las cuales como ya sabían el humor
de que pecaba don Quijote, y que estaba fuera
de la venta, armado y a caballo, haciendo la
guarda, determinaron las dos de hacerle alguna 10
burla, o, a lo menos, de pasar un poco el
tiempo oyéndole sus disparates.
Es, pues, el caso, que en toda la venta no
había ventana que saliese al campo, sino un
agujero de un pajar, por donde echaban la paja 15
por de fuera. A este agujero se pusieron las dos
semidoncellas, y vieron que don Quijote estaba
a caballo, recostado sobre su lanzón, dando de
cuando en cuando tan dolientes y profundos
suspiros, que parecía que con cada uno se le 20
arrancaba el alma. Y, asimismo, oyeron
que decía con voz blanda, regalada y amorosa:
¡Oh mi señora Dulcinea del Toboso, extremo
de toda hermosura, fin y remate de la discreción,
archivo del mejor donaire, depósito de la 25
honestidad, y, últimamente, idea de todo lo
provechoso, honesto y deleitable que hay en
el mundo! Y ¿qué fará ahora la tu merced? ¿Si
tendrás, por ventura, las mientes en tu cautivo
caballero, que a tantos peligros por sólo 30
servirte de su voluntad ha querido ponerse?
Dame tú nuevas de ella, ¡oh luminaria de las tres
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 283
caras!; quizá con envidia de la suya la estás
ahora mirando, que, o paseándose por alguna
galería de sus suntuosos palacios, o ya
puesta de pechos sobre algún balcón, está
considerando cómo, salva su honestidad y grandeza, 5
ha de amansar la tormenta que por ella este
mi cuitado corazón padece, qué gloria ha de
dar a mis penas, qué sosiego a mi cuidado, y,
finalmente, qué vida a mi muerte y qué premio
a mis servicios. Y tú, sol, que ya debes 10
de estar aprisa ensillando tus caballos por
madrugar y salir a ver a mi señora, así como
la veas, suplícote que de mi parte la saludes;
pero guárdate que al verla y saludarla no le
des paz en el rostro; que tendré más celos de 15
ti que tú los tuviste de aquella ligera ingrata
que tanto te hizo sudar y correr por los llanos
de Tesalia, o por las riberas de Peneo; que
no me acuerdo bien por dónde corriste entonces,
celoso y enamorado. 20
A este punto llegaba entonces don Quijote
en su tan lastimero razonamiento, cuando la
hija de la ventera le comenzó a cecear, y a
decirle:
Señor mío, lléguese acá la vuestra merced, 25
si es servido.
A cuyas señas y voz volvió don Quijote la
cabeza, y vio a la luz de la luna, que entonces
estaba en toda su claridad, cómo le llamaban
del agujero que a él le pareció ventana, y aun 30
con rejas doradas, como conviene que las
tengan tan ricos castillos como él se imaginaba
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 284
que era aquella venta; y luego en el instante
se le representó en su loca imaginación que
otra vez, como la pasada, la doncella fermosa,
hija de la señora de aquel castillo, vencida de
su amor, tornaba a solicitarle; y, con este 5
pensamiento, por no mostrarse descortés y
desagradecido, volvió las riendas a Rocinante y
se llegó al agujero, y así como vio a las dos
mozas, dijo:
Lástima os tengo, fermosa señora, de que 10
hayáis puesto vuestras amorosas mientes en
parte donde no es posible corresponderos
conforme merece vuestro gran valor y gentileza;
de lo que no debéis dar culpa a este
miserable andante caballero, a quien tiene amor 15
imposibilitado de poder entregar su voluntad
a otra que aquella que en el punto que sus
ojos la vieron, la hizo señora absoluta de su
alma. Perdonadme, buena señora, y recogeos
en vuestro aposento, y no queráis con 20
significarme más vuestros deseos que yo me
muestre más desagradecido; y si del amor que me
tenéis halláis en mí otra cosa con que
satisfaceros que el mismo amor no sea, pedídmela;
que yo os juro por aquella ausente enemiga 25
dulce mía, de dárosla incontinente, si bien me
pidieseis una guedeja de los cabellos de
Medusa, que eran todos culebras, o ya los
mismos rayos del sol, encerrados en una
redoma. 30
No ha menester nada de eso mi señora, señor
caballero, dijo a este punto Maritornes.
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 285
Pues ¿qué ha menester, discreta dueña,
vuestra señora?, respondió don Quijote.
Sola una de vuestras hermosas manos,
dijo Maritornes, por poder desahogar con
ella el gran deseo que a este agujero la ha 5
traído, tan a peligro de su honor, que si su
señor padre la hubiera sentido, la menor
tajada de ella fuera la oreja.
Ya quisiera yo ver eso, respondió don
Quijote; pero él se guardará bien de eso, si 10
ya no quiere hacer el más desastrado fin que
padre hizo en el mundo, por haber puesto las
manos en los delicados miembros de su
enamorada hija.
Parecióle a Maritornes que sin duda don 15
Quijote daría la mano que le habían pedido,
y, proponiendo en su pensamiento lo que
había de hacer, se bajó del agujero y se fue
a la caballeriza, donde tomó el cabestro
del jumento de Sancho Panza, y con mucha 20
presteza se volvió a su agujero, a tiempo que
don Quijote se había puesto de pies sobre la
silla de Rocinante, por alcanzar a la ventana
enrejada donde se imaginaba estar la ferida
doncella; y al darle la mano, dijo: 25
Tomad, señora, esa mano, o por mejor
decir, ese verdugo de los malhechores del
mundo; tomad esa mano, digo, a quien no ha
tocado otra de mujer alguna, ni aun la de
aquella que tiene entera posesión de todo 30
mi cuerpo. No os la doy para que la beséis,
sino para que miréis la contextura de sus
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 286
nervios, la trabazón de sus músculos, la anchura
y espaciosidad de sus venas; de donde sacaréis
qué tal debe de ser la fuerza del brazo
que tal mano tiene.
Ahora lo veremos, dijo Maritornes. 5
Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro,
se la echó a la muñeca, y, bajándose del
agujero, ató lo que quedaba al cerrojo de la
puerta del pajar muy fuertemente. Don Quijote,
que sintió la aspereza del cordel en su 10
muñeca, dijo:
Más parece que vuestra merced me ralla
que no que me regala la mano; no la tratéis
tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que
mi voluntad os hace, ni es bien que en tan poca 15
parte venguéis el todo de vuestro enojo; mirad
que quien quiere bien no se venga tan mal.
Pero todas estas razones de don Quijote ya
no las escuchaba nadie, porque así como Maritornes
le ató, ella y la otra se fueron, muertas 20
de risa, y le dejaron asido de manera, que fue
imposible soltarse. Estaba, pues, como se ha
dicho, de pies sobre Rocinante, metido todo el
brazo por el agujero, y atado de la muñeca y
al cerrojo de la puerta, con grandísimo temor 25
y cuidado que si Rocinante se desviaba a un
cabo o a otro, había de quedar colgado del
brazo; y, así, no osaba hacer movimiento alguno,
puesto que de la paciencia y quietud de
Rocinante bien se podía esperar que estaría sin 30
moverse un siglo entero.
En resolución, viéndose don Quijote atado,
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 287
y que ya las damas se habían ido, se dio a
imaginar que todo aquello se hacía por vía de
encantamiento, como la vez pasada, cuando en
aquel mismo castillo le molió aquel moro
encantado del arriero, y maldecía entre sí su 5
poca discreción y discurso, pues habiendo salido
tan mal la vez primera de aquel castillo, se
había aventurado a entrar en él la segunda,
siendo advertimiento de caballeros andantes
que, cuando han probado una aventura y no 10
salido bien con ella, es señal que no está
para ellos guardada, sino para otros, y, así,
no tienen necesidad de probarla segunda vez.
Con todo esto, tiraba de su brazo por ver si
podía soltarse, mas él estaba tan bien asido, 15
que todas sus pruebas fueron en vano. Bien es
verdad que tiraba con tiento, porque Rocinante
no se moviese, y aunque él quisiera sentarse
y ponerse en la silla, no podía sino estar en
pie, o arrancarse la mano. 20
Allí fue el desear de la espada de Amadís,
contra quien no tenía fuerza encantamiento
alguno; allí fue el maldecir de su fortuna; allí
fue el exagerar la falta que haría en el mundo
su presencia el tiempo que allí estuviese 25
encantado, que sin duda alguna se había creído
que lo estaba; allí el acordarse de nuevo de
su querida Dulcinea del Toboso; allí fue el
llamar a su buen escudero Sancho Panza, que,
sepultado en sueño, y tendido sobre el albarda 30
de su jumento, no se acordaba en aquel instante
de la madre que lo había parido; allí llamó
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 288
a los sabios Lirgandeo y Alquife, que le
ayudasen; allí invocó a su buena amiga Urganda,
que le socorriese, y, finalmente, allí le
tomó la mañana, tan desesperado y confuso,
que bramaba como un toro; porque no esperaba 5
él que con el día se remediaría su cuita,
porque la tenía por eterna, teniéndose por
encantado. Y hacíale creer esto ver que Rocinante
poco ni mucho se movía, y creía que de aquella
suerte, sin comer, ni beber, ni dormir, habían 10
de estar él y su caballo hasta que aquel mal
influjo de las estrellas se pasase, o hasta que
otro más sabio encantador le desencantase.
Pero engañóse mucho en su creencia, porque
apenas comenzó a amanecer, cuando llegaron 15
a la venta cuatro hombres de a caballo,
muy bien puestos y aderezados, con sus escopetas
sobre los arzones. Llamaron a la puerta
de la venta, que aún estaba cerrada, con grandes
golpes, lo cual visto por don Quijote desde 20
donde aún no dejaba de hacer la centinela,
con voz arrogante y alta, dijo:
Caballeros, o escuderos, o quienquiera que
seáis, no tenéis para qué llamar a las puertas
de este castillo; que asaz de claro está que a 25
tales horas, o los que están dentro duermen, o
no tienen por costumbre de abrirse las fortalezas
hasta que el sol esté tendido por todo el
suelo; desviaos afuera, y esperad que aclare el
día, y entonces veremos si será justo o no que 30
os abran.
¿Qué diablos de fortaleza o castillo es éste,
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 289
dijo uno, para obligarnos a guardar estas
ceremonias? Si sois el ventero, mandad que nos
abran; que somos caminantes que no queremos
más de dar cebada a nuestras cabalgaduras y
pasar adelante, porque vamos de prisa. 5
¿Paréceos, caballeros, que tengo yo talle de
ventero?, respondió don Quijote.
No sé de qué tenéis talle, respondió el
otro, pero sé que decís disparates en llamar
castillo a esta venta. 10
Castillo es, replicó don Quijote, y aun de
los mejores de toda esta provincia; y gente
tiene dentro que ha tenido cetro en la mano y
corona en la cabeza.
Mejor fuera al revés, dijo el caminante: 15
el cetro en la cabeza y la corona en la mano,
y será, si a mano viene, que debe de estar
dentro alguna compañía de representantes, de
los cuales es tener a menudo esas coronas y
cetros que decís, porque en una venta tan 20
pequeña, y adonde se guarda tanto silencio como
ésta, no creo yo que se alojan personas dignas
de corona y cetro.
Sabéis poco del mundo, replicó don
Quijote, pues ignoráis los casos que suelen 25
acontecer en la caballería andante.
Cansábanse los compañeros que con el
preguntante venían del coloquio que con don
Quijote pasaba, y, así, tornaron a llamar con
grande furia, y fue de modo, que el ventero 30
despertó, y aun todos cuantos en la venta estaban,
y así, se levantó a preguntar quién llamaba.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 290
Sucedió en este tiempo que una de las
cabalgaduras en que venían los cuatro que llamaban
se llegó a oler a Rocinante, que, melancólico
y triste, con las orejas caídas, sostenía
sin moverse a su estirado señor; y como, en fin, 5
era de carne, aunque parecía de leño, no pudo
dejar de resentirse y tornar a oler a quien le
llegaba a hacer caricias, y, así, no se hubo
movido tanto cuanto, cuando se desviaron los
juntos pies de don Quijote, y, resbalando de 10
la silla, dieran con él en el suelo a no quedar
colgado del brazo, cosa que le causó tanto
dolor, que creyó, o que la muñeca le cortaban,
o que el brazo se le arrancaba, porque él
quedó tan cerca del suelo, que con los extremos 15
de las puntas de los pies besaba la tierra, que
era en su perjuicio, porque como sentía lo
poco que le faltaba para poner las plantas en
la tierra, fatigábase y estirábase cuanto podía
por alcanzar al suelo, bien así como los que 20
están en el tormento de la garrucha puestos a
toca, no toca, que ellos mismos son causa
de acrecentar su dolor con el ahínco que ponen
en estirarse, engañados de la esperanza que se
les representa, que con poco más que se 25
estiren llegarán al suelo.
p. 291
Capítulo XLIV
Donde se prosiguen los inauditos sucesos
de la venta.
En efecto, fueron tantas las voces que don
Quijote dio, que, abriendo de presto las puertas 5
de la venta, salió el ventero, despavorido, a
ver quién tales gritos daba, y los que estaban
fuera hicieron lo mismo. Maritornes, que
ya había despertado a las mismas voces,
imaginando lo que podía ser, se fue al pajar y 10
desató, sin que nadie lo viese, el cabestro que a
don Quijote sostenía, y él dio luego en el suelo,
a vista del ventero y de los caminantes, que,
llegándose a él, le preguntaron qué tenía, que
tales voces daba. El, sin responder palabra, se 15
quitó el cordel de la muñeca, y, levantándose
en pie, subió sobre Rocinante, embrazó su
adarga, enristró su lanzón, y, tomando buena
parte del campo, volvió a medio galope,
diciendo: 20
Cualquiera que dijere que yo he sido con
justo título encantado, como mi señora la
princesa Micomicona me dé licencia para ello, yo
le desmiento, le reto y desafío a singular
batalla. 25
Admirados se quedaron los nuevos caminantes
de las palabras de don Quijote, pero el
ventero les quitó de aquella admiración,
diciéndoles que era don Quijote, y que no había que
hacer caso de él, porque estaba fuera de juicio. 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 292
Preguntáronle al ventero si acaso había llegado
a aquella venta un muchacho de hasta edad
de quince años, que venía vestido como mozo
de mulas, de tales y tales señas, dando las
mismas que traía el amante de doña Clara. 5
El ventero respondió que había tanta gente en
la venta, que no había echado de ver en el que
preguntaban. Pero habiendo visto uno de ellos el
coche donde había venido el oidor, dijo:
Aquí debe de estar, sin duda, porque éste 10
es el coche que él dicen que sigue; quédese
uno de nosotros a la puerta, y entren los demás
a buscarle, y aun sería bien que uno de
nosotros rodease toda la venta, porque no se
fuese por las bardas de los corrales. 15
Así se hará, respondió uno de ellos.
Y, entrándose los dos dentro, uno se quedó
a la puerta y el otro se fue a rodear la venta,
todo lo cual veía el ventero, y no sabía
atinar para qué se hacían aquellas diligencias, 20
puesto que bien creyó que buscaban aquel
mozo, cuyas señas le habían dado. Ya a esta
sazón aclaraba el día, y así por esto, como por
el ruido que don Quijote había hecho, estaban
todos despiertos y se levantaban, especialmente 25
doña Clara y Dorotea, que, la una con sobresalto
de tener tan cerca a su amante, y la otra
con el deseo de verle, habían podido dormir
bien mal aquella noche.
Don Quijote, que vio que ninguno de los 30
cuatro caminantes hacía caso de él, ni le
respondían a su demanda, moría y rabiaba de
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIV p. 293
despecho y saña, y si él hallara en las ordenanzas
de su caballería que lícitamente podía el
caballero andante tomar y emprender otra empresa,
habiendo dado su palabra y fe de no ponerse
en ninguna hasta acabar la que había prometido, 5
él embistiera con todos y les hiciera responder,
mal de su grado. Pero por parecerle no
convenirle ni estarle bien comenzar nueva
empresa hasta poner a Micomicona en su reino,
hubo de callar y estarse quedo, esperando 10
a ver en qué paraban las diligencias de
aquellos caminantes, uno de los cuales halló al
mancebo que buscaba durmiendo al lado de
un mozo de mulas, bien descuidado de que
nadie ni le buscase, ni menos de que le 15
hallase. El hombre le trabó del brazo y le dijo:
Por cierto, señor don Luis, que responde
bien a quien vos sois el hábito que tenéis, y
que dice bien la cama en que os hallo al regalo
con que vuestra madre os crio. 20
Limpióse el mozo los soñolientos ojos, y
miró despacio al que le tenía asido, y luego
conoció que era criado de su padre, de que
recibió tal sobresalto, que no acertó o no pudo
hablarle palabra por un buen espacio, y el 25
criado prosiguió, diciendo:
Aquí no hay que hacer otra cosa, señor don
Luis, sino prestar paciencia y dar la vuelta a
casa, si ya vuestra merced no gusta que su
padre y mi señor la dé al otro mundo, porque 30
no se puede esperar otra cosa de la pena con
que queda por vuestra ausencia.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 294
Pues ¿cómo supo mi padre, dijo don Luis,
que yo venía este camino y en este traje?
Un estudiante, respondió el criado, a
quien disteis cuenta de vuestros pensamientos,
fue el que lo descubrió, movido a lástima, de 5
las que vio que hacía vuestro padre al punto
que os echó menos; y, así, despachó a cuatro
de sus criados en vuestra busca, y todos estamos
aquí a vuestro servicio, más contentos de
lo que imaginar se puede por el buen despacho 10
con que tornaremos, llevándoos a los ojos que
tanto os quieren.
Eso será como yo quisiere, o como el cielo
lo ordenare, respondió don Luis.
¿Qué habéis de querer, o qué ha de ordenar 15
el cielo, fuera de consentir en volveros,
porque no ha de ser posible otra cosa?
Todas estas razones que entre los dos
pasaban oyó el mozo de mulas, junto a quien
don Luis estaba, y, levantándose de allí, fue a 20
decir lo que pasaba a don Fernando y a Cardenio
y a los demás, que ya vestido se habían;
a los cuales dijo cómo aquel hombre llamaba
de don a aquel muchacho, y las razones que
pasaban, y cómo le quería volver a casa de su 25
padre, y el mozo no quería; y con esto, y con
lo que de él sabían, de la buena voz que el cielo
le había dado, vinieron todos en gran deseo de
saber más particularmente quién era, y aun de
ayudarle, si alguna fuerza le quisiesen hacer; 30
y, así, se fueron hacia la parte donde aún
estaba hablando y porfiando con su criado.
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIV p. 295
Salía en esto Dorotea de su aposento, y
tras ella doña Clara toda turbada; y, llamando
Dorotea a Cardenio aparte, le contó en breves
razones la historia del músico y de doña Clara,
a quien él también dijo lo que pasaba de la 5
venida a buscarle los criados de su padre, y no
se lo dijo tan callando, que lo dejase de oír
Clara; de lo que quedó tan fuera de sí, que si
Dorotea no llegara a tenerla, diera consigo en
el suelo. Cardenio dijo a Dorotea que se 10
volviesen al aposento, que él procuraría poner
remedio en todo, y ellas lo hicieron.
Ya estaban todos los cuatro que venían a
buscar a don Luis dentro de la venta, y rodeados
de él, persuadiéndole que luego, sin detenerse 15
un punto, volviese a consolar a su padre.
El respondió que en ninguna manera lo podía
hacer hasta dar fin a un negocio en que le iba
la vida, la honra y el alma. Apretáronle entonces
los criados, diciéndole que en ningún modo 20
volverían sin él, y que le llevarían, quisiese o
no quisiese.
Eso no haréis vosotros, replicó don
Luis, si no es llevándome muerto, aunque
de cualquiera manera que me llevéis, será 25
llevarme sin vida.
Ya a esta sazón habían acudido a la porfía
todos los más que en la venta estaban,
especialmente Cardenio, don Fernando, sus
camaradas, el oidor, el cura, el barbero y don 30
Quijote, que ya le pareció que no había necesidad
de guardar más el castillo. Cardenio, como ya
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 296
sabía la historia del mozo, preguntó a los que
llevarle querían, que qué les movía a querer
llevar contra su voluntad [a] aquel
muchacho.
Muévenos, respondió uno de los cuatro, 5
dar la vida a su padre, que por la ausencia
de este caballero queda a peligro de perderla.
A esto dijo don Luis:
No hay para qué se dé cuenta aquí de mis
cosas; yo soy libre y volveré si me diere 10
gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de
hacer fuerza.
Harásela a vuestra merced la razón,
respondió el hombre, y cuando ella no bastare
con vuestra merced, bastará con nosotros para 15
hacer a lo que venimos y lo que somos
obligados.
Sepamos qué es esto de raíz, dijo a este
tiempo el oidor.
Pero el hombre que lo conoció, como vecino 20
de su casa, respondió:
¿No conoce vuestra merced, señor oidor, a
este caballero, que es el hijo de su vecino, el
cual se ha ausentado de casa de su padre, en
el hábito tan indecente a su calidad, como 25
vuestra merced puede ver?
Miróle entonces el oidor más atentamente,
y conocióle, y abrazándole, dijo:
¿Qué niñerías son éstas, señor don Luis,
o qué causas tan poderosas, que os hayan 30
movido a venir de esta manera, y en este traje,
que dice tan mal con la calidad vuestra?
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIV p. 297
Al mozo se le vinieron las lágrimas a los
ojos, y no pudo responder palabra. El
oidor dijo a los cuatro que se sosegasen,
que todo se haría bien, y, tomando por la
mano a don Luis, le apartó a una parte, y 5
le preguntó qué venida había sido aquélla.
Y en tanto que le hacía esta y otras
preguntas, oyeron grandes voces a la puerta de la
venta, y era la causa de ellas que dos huéspedes,
que aquella noche habían alojado en ella, 10
viendo a toda la gente ocupada en saber lo
que los cuatro buscaban, habían intentado a irse
sin pagar lo que debían; mas el ventero, que
atendía más a su negocio que a los ajenos, les
asió al salir de la puerta y pidió su paga, y les 15
afeó su mala intención con tales palabras, que
les movió a que le respondiesen con los puños;
y, así, le comenzaron a dar tal mano, que
el pobre ventero tuvo necesidad de dar voces
y pedir socorro. La ventera y su hija no vieron 20
a otro más desocupado para poder socorrerle
que a don Quijote, a quien la hija de la
ventera dijo:
Socorra vuestra merced, señor caballero,
por la virtud que Dios le dio, a mi pobre padre; 25
que dos malos hombres le están moliendo como
a cibera.
A lo cual respondió don Quijote muy despacio
y con mucha flema:
Fermosa doncella, no ha lugar por ahora 30
vuestra petición, porque estoy impedido de
entremeterme en otra aventura en tanto que no
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 298
diere cima a una en que mi palabra me ha
puesto; mas lo que yo podré hacer por serviros,
es lo que ahora diré: corred y decid a vuestro
padre que se entretenga en esa batalla lo
mejor que pudiere y que no se deje vencer en 5
ningún modo, en tanto que yo pido licencia a
la princesa Micomicona para poder socorrerle
en su cuita; que si ella me la da, tened por
cierto que yo le sacaré de ella.
Pecadora de mí, dijo a esto Maritornes, 10
que estaba delante, primero que vuestra merced
alcance esa licencia que dice, estará ya mi
señor en el otro mundo.
Dadme vos, señora, que yo alcance la
licencia que digo, respondió don Quijote; que 15
como yo la tenga, poco hará al caso que él esté
en el otro mundo, que de allí le sacaré, a pesar
del mismo mundo que lo contradiga; o, por lo
menos, os daré tal venganza de los que allá le
hubieren enviado, que quedéis más que 20
medianamente satisfechas.
Y, sin decir más, se fue a poner de hinojos
ante Dorotea, pidiéndole, con palabras caballerescas
y andantescas, que la su grandeza fuese
servida de darle licencia de acorrer y socorrer 25
al castellano de aquel castillo, que estaba
puesto en una grave mengua. La princesa se la dio
de buen talante, y él luego, embrazando su
adarga y poniendo mano a su espada, acudió
a la puerta de la venta, adonde aún todavía 30
traían los dos huéspedes a mal traer al
ventero; pero así como llegó, embazó y se estuvo
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIV p. 299
quedo, aunque Maritornes y la ventera le
decían que en qué se detenía; que socorriese a
su señor y marido.
Deténgome, dijo don Quijote, porque no
me es lícito poner mano a la espada contra 5
gente escuderil; pero llamadme aquí a mi
escudero Sancho; que a él toca y atañe esta
defensa y venganza.
Esto pasaba en la puerta de la venta, y en
ella andaban las puñadas y mojicones muy en 10
su punto, todo en daño del ventero y en rabia
de Maritornes, la ventera y su hija, que se
desesperaban de ver la cobardía de don Quijote,
y de lo mal que lo pasaba su marido, señor y
padre. 15
Pero dejémosle aquí, que no faltará quien
le socorra; o si no, sufra y calle el que se
atreve a más de a lo que sus fuerzas le
prometen, y volvámonos atrás cincuenta pasos a ver
qué fue lo que don Luis respondió al oidor; 20
que le dejamos aparte preguntándole la causa
de su venida a pie, y de tan vil traje vestido.
A lo cual el mozo, asiéndole fuertemente de
las manos, como en señal de que algún gran
dolor le apretaba el corazón, y, derramando 25
lágrimas en grande abundancia, le dijo:
Señor mío, yo no sé deciros otra cosa sino
que desde el punto que quiso el cielo y facilitó
nuestra vecindad que yo viese a mi señora
doña Clara, hija vuestra y señora mía, desde 30
aquel instante la hice dueño de mi voluntad;
y si la vuestra, verdadero señor y padre mío,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 300
no lo impide, en este mismo día ha de ser
mi esposa. Por ella dejé la casa de mi padre,
y por ella me puse en este traje para seguirla
dondequiera que fuese, como la saeta al
blanco, o como el marinero al norte. Ella no 5
sabe de mis deseos más de lo que ha podido
entender de algunas veces que desde lejos ha
visto llorar mis ojos. Ya, señor, sabéis la
riqueza y la nobleza de mis padres, y como yo soy
su único heredero; si os parece que éstas son 10
partes para que os aventuréis a hacerme en
todo venturoso, recibidme luego por vuestro
hijo; que si mi padre, llevado de otros
designios suyos, no gustare de este bien que yo
supe buscarme, más fuerza tiene el tiempo para 15
deshacer y mudar las cosas que las humanas
voluntades.
Calló en diciendo esto el enamorado
mancebo, y el oidor quedó en oírle suspenso,
confuso y admirado, así de haber oído el modo y 20
la discreción con que don Luis le había
descubierto su pensamiento, como de verse en punto
que no sabía el que poder tomar en tan
repentino y no esperado negocio; y, así, no
respondió otra cosa sino que se sosegase por 25
entonces, y entretuviese a sus criados, que por
aquel día no le volviesen, porque se tuviese
tiempo para considerar lo que mejor a todos
estuviese. Besóle las manos por fuerza don
Luis, y aun se las bañó con lágrimas, cosa que 30
pudiera enternecer un corazón de mármol, no
sólo el del oidor, que, como discreto, ya había
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIV p. 301
conocido cuán bien le estaba a su hija aquel
matrimonio; puesto que, si fuera posible, lo
quisiera efectuar con voluntad del padre de
don Luis, del cual sabía que pretendía hacer
de título a su hijo. 5
Ya a esta sazón estaban en paz los huéspedes
con el ventero, pues por persuasión y
buenas razones de don Quijote, más que por
amenazas, le habían pagado todo lo que él quiso, y
los criados de don Luis aguardaban el fin de 10
la plática del oidor y la resolución de su amo,
cuando el demonio, que no duerme, ordenó
que en aquel mismo punto entró en la
venta el barbero a quien don Quijote quitó el
yelmo de Mambrino, y Sancho Panza los aparejos 15
del asno, que trocó con los del suyo; el
cual barbero, llevando su jumento a la
caballeriza, vio a Sancho Panza que estaba
aderezando no sé qué de la albarda, y así como la
vio, la conoció, y se atrevió a arremeter a 20
Sancho, diciendo:
¡Ah, don ladrón, que aquí os tengo! Venga
mi bacía y mi albarda, con todos mis aparejos
que me rob