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OBRAS COMPLETAS
DE
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
_______
DON QUIJOTE DE LA MANCHA
TOMO III
Versión modernizada
Texto electrónico por
Fred F. Jehle
Copyright © 1941 Rodolfo Schevill
Copyright © 1997 Fred F. Jehle &
Purdue Research Foundation
OBRAS COMPLETAS
DE
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
_______
DON QUIJOTE
DE LA MANCHA
TOMO III
EDICIÓN PUBLICADA POR
RODOLFO SCHEVILL Y ADOLFO BONILLA
Profesor en la Profesor en la
Universidad de Universidad de
California (Berkeley). Madrid.
MADRID
GRÁFICAS REUNIDAS, S. A.
M. CM. XXXV.
p. 4
p. 5
Advertencia preliminar
La impresión del texto de la primera edición
de la Segunda Parte de Don Quijote no resultó
tan descuidada y deficiente como la de la
Primera Parte de 1605, aunque ni el papel ni
el tipo resulten mayormente recomendables.
Desde el principio se notan letras rotas o
caídas; entre aquéllas figuran t, f, la s larga (),
n y u; hay confusión entre e y c, r y t; la
paginación está errada en bastantes ocasiones; la
puntuación en casi todas partes es execrable,
no obstante mostrar discreción al servirse de
los signos ortográficos en alguno que otro
pasaje difícil. Por consiguiente, es raro que
se pueda apelar al original para determinar
el sentido de la frase por medio de la puntuación
primitiva. En la Primera Parte se lee más
Vuestra Merced (además de v. m. sin resolver),
y en la Segunda, Vuessa Merced (al lado de
v. merced y v. m.). Habiendo optado por Vuestra
Merced al disolver v. m. en la Parte I, he
seguido este mismo sistema en la Parte II. A
menudo se presentaba la tentación de
enmendar pequeños defectos de lenguaje en el
original, y muchos editores lo han hecho sin
indicar el cambio; pero he de insistir que el
resultado así conseguido no representa el texto
ADVERTENCIA PRELIMINAR p. 6
de Cervantes. Para no abultar demasiadamente
estos volúmenes no me he explayado en el
comentario de términos, frases o nombres ya
tratados por otros editores. Tampoco he incluido
voces y giros registrados por el diccionario
académico. Las abreviaturas se resuelven como
en los demás tomos. No hago caso de variantes,
omisiones ni adiciones caprichosas de las
ediciones posteriores a la muerte de Cervantes,
a menos que tengan especial importancia para
aclarar el texto.
La Segunda Parte no ofrece ningunas
dificultades que desenredar de tanta monta como
la Primera, vbgr., la pérdida del rucio y su
hallazgo, ambos sin explicar, o los pasajes
viciados por omisiones o trastornos de frases
enteras. El problema que más ha dado que
conjeturar a los cervantistas, y que todavía queda
en pie a pesar de sus esfuerzos, es la solución
del misterio que nos encubre el verdadero
nombre de Alonso Fernández de Avellaneda, autor
del falso Quijote, de aquel que dicen que se
engendró en Tordesillas, y nació en Tarragona.
¿Quién era este escritor, y de qué modo se
relacionaba su existencia con la de Cervantes?
Se cree, por lo común, que Cervantes no llegó
nunca a conocer al historiador fingido; si
supiese quién fuera, se hace difícil de interpretar
su silencio sobre el caso. ¿Sería posible que no
quisiera mentarle para no embrollarse con él,
ni andar en dares y tomares con el mundo
malicioso de los literatos? Se ha exagerado
ADVERTENCIA PRELIMINAR p. 7
mucho la importancia de la identidad del
supuesto autor, y no es probable que el saber
su nombre nos explique jamás las semejanzas
notables entre ciertos rasgos de su libro y
algunos de la Segunda Parte de Cervantes.
Todas las conjeturas sobre Avellaneda, hasta
ahora divulgadas, han perdido terreno poco
a poco, y su verdadera persona se mantiene
todavía desconocida. En un artículo que acaba
de publicar D. Emilio Cotarelo en el Boletín de
la Academia Española (junio de 1934), el erudito
académico cree haber encontrado por fin en
Guillén de Castro al autor del falso Quijote. Si
no me equivoco, tampoco ha dado con la solución,
la cual necesita pruebas más terminantes
para convencernos y dispersar definitivamente
nuestras dudas. No siendo este prólogo el lugar
a propósito para refutar esta nueva hipótesis,
trataré de ella en otra ocasión.
En cuanto a la obra de Avellaneda, la crítica
hostil ha aflojado mucho su tono intolerante, y
promete cambiar todavía más hasta ver en el
desconocido novelista un escritor de dotes muy
apreciables. En el siglo XIX los críticos se
complacían en hallar en el Quijote de Avellaneda
una obra pornográfica y licenciosa, y, por lo
general, de pocos, o ningunos méritos. Pero
la única base de todo criterio recto en la
evaluación artística viene a ser una crítica
comparada, según la cual ha de señalarse el cambio
del gusto estético de estas materias. Es
evidente que el siglo XIX, en consecuencia de una
ADVERTENCIA PRELIMINAR p. 8
sensibilidad falsa y pasajera, veía en las
páginas de Avellaneda aspectos censurables en
los cuales ya no se hace tanto hincapié ahora.
Si algunos escritores de dicho siglo encontraban
en el novelista tordesillesco fealdades
que levantaban el estómago en cada página
(M. y P.), ¿qué dirían de la tendencia franca y
sobremanera naturalista de ciertos novelistas
modernos? Toda crítica ha de ser relativa, y,
por lo tanto, nos inclinamos hoy día a reconocer
que hay en Avellaneda muchas vulgaridades,
una nota prosaica, monotonía en los
episodios, ocasionada por falta de invención, lo
cual tiende a fatigar al lector. El desconocido
autor carece, sobre todo, de esa cualidad
luminosa del genio de Cervantes. Pero llegamos a
tal conclusión solamente después de una
comparación imprescindible del lenguaje, del
contenido y del arte de Avellaneda con las
bellezas eternas de la obra del más grande de los
literatos españoles.
En cambio, juzgada por sí sola la novela
de Avellaneda, sería un dislate manifiesto no
querer admitir que hay en ella muchos rasgos
admirables. Desde luego, lejos de estar toda la
obra llena de episodios groseros y brutales,
está escrita en un castellano vigoroso, con
estilo claro, y sin tacha ni de culteranismo, ni
de retórica falsa. Si Avellaneda se deja
arrastrar algunas veces por su humor espontáneo
--por otro lado, casi siempre sano-- a proferir
una palabra o un pensamiento arriesgado,
ADVERTENCIA PRELIMINAR p. 9
o si se deja vencer por el mal gusto hasta
pintarnos, una sola vez, una escena realmente
atrevida, y aun ofensiva (cuento del Rico
desesperado), hay que advertir, con plena justicia,
que esto sucede en contadísimas páginas, y,
que además, por supuesto, no causa mayor
efecto en el paladar del lector acostumbrado
a las producciones modernas. Nos preguntamos
hoy si no sería la novela alguna composición
de los años juveniles o estudiantiles del autor
desconocido. Hasta el humor quevedesco, los
chistes francos y la risa estrepitosa nos llevan
a tal conclusión. Lo que parece poco menos
que milagroso es que el autor no hubiese
escrito más obra que ésta. Y, sin embargo, ni su
estilo ni su contenido, recuerdan los de ningún
otro escritor coetáneo.
Con este tomo y el que ha de seguir pronto
termino el comentario a las obras de Cervantes.
Han de finalizar la colección un índice y
una breve memoria acerca de la vida del gran
autor. Durante los muchos años consagrados
al trabajo de dilucidar sus escritos, me he
atrevido a abrigar una sola esperanza: la de que
se haya adelantado algo en el establecimiento
de un texto fidedigno de sus obras completas.
Al terminar la faena laboriosa de comentarista
(ocupación por lo común despreciada), no me
hago la ilusión de haber publicado estos
volúmenes cervantinos sin muchos defectos, que
son de lamentar, ni numerosas equivocaciones,
que nadie querrá disculpar. No me ha de valer
ADVERTENCIA PRELIMINAR p. 10
el que todo estudio de lenguaje sea difícil, ni
que no hubiera bastado una vida entera dedicada
a pesquisas y averiguaciones para dar con
la verdad en cada caso. Para tratar del sentido
de las voces o de los giros usados en tiempos
lejanos, todo investigador se ve obligado, a
menudo, a discurrir sobre lo que en realidad
no entiende; y para llevar a cabo semejante
empresa hay que tener en cuenta la prisa
ineludible y el desmayarse de las fuerzas:
condiciones de una obra que tiene afinidad, según
una comparación de Escalígero, con la faena
de laborear las minas y el trabajo del yunque.
Para nada sirve alegar inadvertencias causadas
por rutinarios deberes del día, ni olvidos
producidos por traiciones de la memoria en el
momento de mayor urgencia. Se nos escapa hoy
lo que se sabía ayer y que se recordará, sin ser
llamado, mañana. ¡Felices los que sean escogidos
para proseguir una labor tan espiritualmente
grata con la seguridad de poderla dejar
mejorada en tercio y quinto con sus esfuerzos!
Me tendré por afortunado si para el edificio
que ellos levanten se vieran necesitados a
utilizar algunas de las piedras por mí allegadas.
R. S.
Berkeley, otoño de 1934.
p. 11
SEGUNDA PARTE
DEL INGENIOSO
CABALLERO DON
QUIJOTE DE LA
MANCHA
Por Miguel de Cervantes Saavedra,
autor de su primera parte
Dirigida a don Pedro Fernández de Castro, Conde de
Lemos, de Andrade y de Villalba, Marqués de
Sarria, Gentilhombre de la Cámara de Su Majestad,
Comendador de la Encomienda de Peñafiel, y la Zarza
de la Orden de Alcántara, Virrey, Gobernador
y Capitán General del Reino de Nápoles,
y Presidente del Supremo Consejo
de Italia.
Escudo del impresor:
una mano, sobre
la cual hay un
halcón, puesto el
Año capirote; debajo, 1615
un león echado; la
leyenda dice: Post
tenebras spero
lucem.
CON PRIVILEGIO
__________________________________________________
EN MADRID, por Juan de la Cuesta.
Véndese en casa de Francisco de Robles,
librero del Rey nuestro señor.
p. 12
p. 13
TASA
Yo, Hernando de Vallejo, Escribano de Cámara
del Rey nuestro señor, de los que residen
en su Consejo, doy fe: que habiéndose visto
por los señores de él un libro que compuso 5
Miguel de Cervantes Saavedra, intitulado don
Quijote de la Mancha, segunda parte, que con
licencia de su Majestad fue impreso, le tasaron
a cuatro maravedís cada pliego en papel,
el cual tiene setenta y tres pliegos, que al 10
dicho respeto suma y monta doscientos y
noventa y dos maravedís, y mandaron que esta
tasa se ponga al principio de cada volumen
del dicho libro, para que se sepa y entienda,
lo que por él se ha de pedir, y llevar, sin 15
que se exceda en ello en manera alguna, como
consta y parece por el auto y decreto original
sobre ello dado, y que queda en mi poder, a
que me refiero, y de mandamiento de los
dichos señores del Consejo, y de pedimento de 20
la parte del dicho Miguel de Cervantes di esta
fe en Madrid, a veinte y uno días del mes de
octubre de mil y seiscientos y quince años.
Hernando de Vallejo.
p. 14
FE DE ERRATAS
Vi este libro intitulado Segunda parte de don
Quijote de la Mancha, compuesto por Miguel
de Cervantes Saavedra, y no hay en él cosa
digna de notar que no corresponda a su original. 5
Dada en Madrid a veinte y uno de octubre,
mil y seiscientos y quince.
El Licenciado Francisco Murcia de la Llana.
p. 15
APROBACION
Por comisión y mandado de los señores del
Consejo, he hecho ver el libro contenido en
este memorial. No contiene cosa contra la fe
ni buenas costumbres, antes es libro de mucho 5
entretenimiento lícito, mezclado de mucha
filosofía moral; puédesele dar licencia para
imprimirle.
En Madrid, a cinco de noviembre de mil
seiscientos y quince. 10
Doctor Gutierre de Cetina.
p. 16
p. 17
APROBACION
Por comisión y mandado de los señores del
Consejo he visto la Segunda parte de don
Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes
Saavedra; no contiene cosa contra nuestra 5
santa fe católica, ni buenas costumbres: antes
muchas de honesta recreación y apacible divertimiento,
que los antiguos juzgaron convenientes
a sus Repúblicas, pues aun [en] la severa de
los lacedemonios levantaron estatua a la risa, 10
y los de Tesalia la dedicaron fiestas, como lo
dice Pausanias, referido de Bosio, lib. 2 De
signis Eccles., cap. 10, alentando ánimos
marchitos y espíritus melancólicos, de que se
acordó Tulio en el primero De legibus, y el poeta 15
diciendo: Interpone tuis interdum gaudia
curis, lo cual hace el autor mezclando las
veras a las burlas, lo dulce a lo provechoso y
lo moral a lo faceto, disimulando en el cebo
del donaire el anzuelo de la reprensión, y 20
cumpliendo con el acertado asunto en que
pretende la expulsión de los libros de
caballerías, pues con su buena diligencia
mañosamente ha limpiado de su contagiosa dolencia a
estos reinos. Es obra muy digna de su grande 25
ingenio, honra y lustre de nuestra nación,
admiración y envidia de las extrañas. Este es mi
parecer, salvo, etc. En Madrid, a 17 de marzo
de 1615.
El M. Joseph de Valdivielso. 30
p. 18
p. 19
APROBACION
Por comisión del señor Doctor Gutierre de
Cetina, vicario general de esta villa de Madrid,
Corte de su Majestad, he visto este libro de la
segunda parte del Ingenioso Caballero don 5
Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes
Saavedra, y no hallo en él cosa indigna de un
cristiano celo ni que disuene de la decencia
debida a buen ejemplo, ni virtudes morales:
antes mucha erudición y aprovechamiento, así 10
en la continencia de su bien seguido asunto
para extirpar los vanos y mentirosos libros de
caballerías, cuyo contagio había cundido más de
lo que fuera justo, como en la lisura del
lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y 15
estudiada afectación, vicio con razón aborrecido
de hombres cuerdos, y en la corrección de
vicios que generalmente toca, ocasionado de sus
agudos discursos, guarda con tanta cordura las
leyes de reprensión cristiana, que aquel que 20
fuere tocado de la enfermedad que pretende
curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas
gustosamente habrá bebido, cuando menos lo
imagine, sin empacho ni asco alguno, lo
provechoso de la detestación de su vicio, con que 25
se hallará, que es lo más difícil de conseguirse,
gustoso y reprendido.
Ha habido muchos que por no haber sabido
templar ni mezclar a propósito lo útil con lo
dulce han dado con todo su molesto trabajo en 30
APROBACION p. 20
tierra, pues no pudiendo imitar a Diógenes en
lo filósofo y docto, atrevida, por no decir
licenciosa y desalumbradamente, le pretenden
imitar en lo cínico, entregándose a maldicientes,
inventando casos que no pasaron para hacer 5
capaz al vicio que tocan de su áspera
reprensión, y por ventura descubren caminos para
seguirle hasta entonces ignorados, con que
vienen a quedar, si no reprensores, a lo menos
maestros de él. Hácense odiosos a los bien 10
entendidos, con el pueblo pierden el crédito, si
alguno tuvieron, para admitir sus escritos y los
vicios que arrojada e imprudentemente quisieren
corregir en muy peor estado que antes,
que no todas las postemas a un mismo tiempo 15
están dispuestas para admitir las recetas o
cauterios; antes algunos mucho mejor reciben las
blandas y suaves medicinas, con cuya aplicación
el atentado y docto médico consigue el
fin de resolverlas, término que muchas veces 20
es mejor que no el que se alcanza con el rigor
del hierro.
Bien diferente han sentido de los escritos de
Miguel de Cervantes así nuestra nación como
las extrañas, pues como a milagro desean ver 25
el autor de libros que con general aplauso, así
por su decoro y decencia como por la suavidad
y blandura de sus discursos han recibido
España, Francia, Italia, Alemania y Flandes.
Certifico con verdad que en veinte y cinco 30
de febrero de este año de seiscientos y quince,
habiendo ido el ilustrísimo señor don Bernardo
APROBACION p. 21
de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo
de Toledo, mi señor, a pagar la visita que a Su
Ilustrísima hizo el embajador de Francia, que
vino a tratar cosas tocantes a los casamientos
de sus príncipes y los de España, muchos 5
caballeros franceses de los que vinieron
acompañando al embajador, tan corteses como
entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a
mí y a otros capellanes del cardenal mi señor,
deseosos de saber qué libros de ingenio 10
andaban más validos, y tocando a caso en este
que yo estaba censurando, apenas oyeron el
nombre de Miguel de Cervantes, cuando se
comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la
estimación en que así en Francia como en los 15
reinos sus confinantes, se tenían sus obras,
la Galatea, que alguno de ellos tiene casi de
memoria la primera parte de ésta, y las Novelas.
Fueron tantos sus encarecimientos, que me
ofrecí llevarles que viesen el autor de ellas, que 20
estimaron con mil demostraciones de vivos
deseos. Preguntáronme muy por menor su
edad, su profesión, calidad y cantidad. Halléme
obligado a decir que era viejo, soldado,
hidalgo y pobre, a que uno respondió estas 25
formales palabras:
Pues ¿a tal hombre no le tiene España muy
rico y sustentado del erario público?
Acudió otro de aquellos caballeros con este
pensamiento y con mucha agudeza, y dijo: 30
Si necesidad le ha de obligar a escribir,
plega a Dios que nunca tenga abundancia para
APROBACION p. 22
que con sus obras, siendo él pobre, haga rico
a todo el mundo.
Bien creo que está, para censura, un poco
larga, alguno dirá que toca los límites de
lisonjero elogio: mas la verdad de lo que 5
cortamente digo deshace en el crítico la sospecha y
en mí el cuidado; además que el día de hoy no
se lisonjea a quien no tiene con qué cebar el
pico del adulador que, aunque afectuosa y
falsamente dice de burlas, pretende ser remunerado 10
de veras. En Madrid, a veinte y siete de
febrero de mil y seiscientos y quince.
El Licenciado Márquez Torres.
p. 23
PRIVILEGIO
Por cuanto por parte de vos, Miguel de
Cervantes Saavedra, nos fue fecha relación que
habíais compuesto la Segunda parte de don
Quijote de la Mancha, de la cual hacíais 5
presentación, y por ser libro de historia
agradable y honesta, y haberos costado mucho
trabajo y estudio, nos suplicasteis os
mandásemos dar licencia para le poder imprimir y
privilegio por veinte años, o como la nuestra 10
merced fuese, lo cual visto por los del nuestro
Consejo, por cuanto en el dicho libro se
hizo la diligencia que la pragmática, por nos
sobre ello fecha, dispone, fue acordado que
debíamos mandar dar esta nuestra cédula en 15
la dicha razón, y nos tuvímoslo por bien. Por
la cual vos damos licencia y facultad para que
por tiempo y espacio de diez años cumplidos
primeros siguientes, que corran y se cuenten
desde el día de la fecha de esta nuestra cédula 20
en adelante, vos, o la persona que para ello
vuestro poder hubiere, y no otra alguna,
podáis imprimir y vender el dicho libro que de
suso se hace mención, y por la presente damos
licencia y facultad a cualquier impresor de 25
nuestros reinos que nombrareis para que
durante el dicho tiempo le pueda imprimir por
el original, que en el nuestro Consejo se vio
que va rubricado y firmado al fin de Hernando
de Vallejo, nuestro escribano de Cámara, y 30
PRIVILEGIO p. 24
uno de los que en él residen, con que antes y
primero que se venda lo traigáis ante ellos,
juntamente con el dicho original, para que se
vea si la dicha impresión está conforme a él,
o traigáis fe en pública forma, como por 5
corrector por nos nombrado se vio y corrigió la
dicha impresión por el dicho original, y más
al dicho impresor que así imprimiere el
dicho libro no imprima el principio y primer
pliego de él, ni entregue más de un solo libro 10
con el original al autor y persona a cuya costa
lo imprimiere, ni a otra alguna, para efecto de
la dicha corrección y tasa, hasta que antes y
primero el dicho libro esté corregido y tasado
por los del nuestro Consejo, y estando hecho, 15
y no de otra manera, pueda imprimir el dicho
principio y primer pliego, en el cual
inmediatamente ponga esta nuestra licencia y la
aprobación, tasa y erratas, ni lo podáis vender, ni
vendáis vos ni otra persona alguna, hasta que 20
esté el dicho libro en la forma susodicha, so
pena de caer e incurrir en las penas contenidas
en la dicha pragmática y leyes de nuestros
reinos que sobre ello disponen, y más, que durante
el dicho tiempo persona alguna sin vuestra 25
licencia no le pueda imprimir ni vender, so
pena que el que lo imprimiere y vendiere haya
perdido y pierda cualesquiera libros, moldes
y aparejos que de él tuviere, y más incurra en
pena de cincuenta mil maravedís por cada vez 30
que lo contrario hiciere, de la cual dicha pena
sea la tercia parte para nuestra Cámara, y la
PRIVILEGIO p. 25
otra tercia parte para el juez que lo
sentenciare, y la otra tercia parte para el que lo
denunciare; y más a los del nuestro Consejo,
Presidentes, Oidores de las nuestras Audiencias,
Alcaldes, Alguaciles de la nuestra Casa 5
y Corte y Chancillerías, y a otras cualesquiera
justicias de todas las ciudades, villas y lugares
de los nuestros reinos y señoríos y a cada
uno en su jurisdicción, así a los que ahora son
como a los que serán de aquí adelante, que 10
vos guarden y cumplan esta nuestra cédula y
merced, que así vos hacemos, y contra ella
no vayan ni pasen en manera alguna, so
pena de la nuestra merced y de diez mil
maravedís para la nuestra Cámara. 15
Dada en Madrid, a treinta días del mes de
marzo de mil y seiscientos y quince años.
YO EL REY
Por mandado del Rey nuestro señor,
Pedro de Contreras 20
p. 26
p. 27
PROLOGO AL LECTOR
Válgame Dios, y con cuánta gana debes de
estar esperando ahora, lector ilustre, o quier
plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él
venganzas, riñas y vituperios del autor del 5
segundo don Quijote, digo de aquel que dicen
que se engendró en Tordesillas y nació en
Tarragona. Pues en verdad que no te he
dar este contento, que puesto que los agravios
despiertan la cólera en los más humildes 10
pechos, en el mío ha de padecer excepción esta
regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del
mentecato y del atrevido; pero no me pasa
por el pensamiento: castíguele su pecado, con
su pan se lo coma y allá se lo haya. 15
Lo que no he podido dejar de sentir es que
me note de viejo y de manco, como si hubiera
sido en mi mano haber detenido el tiempo
que no pasase por mí, o si mi manquedad
hubiera nacido en alguna taberna, sino en la 20
más alta ocasión que vieron los siglos pasados,
los presentes, ni esperan ver los venideros.
Si mis heridas no resplandecen en los ojos
de quien las mira, son estimadas, a lo menos,
en la estimación de los que saben dónde se 25
cobraron; que el soldado más bien parece
muerto en la batalla que libre en la fuga, y
es esto en mí de manera, que si ahora me
propusieran y facilitaran un imposible, quisiera
antes haberme hallado en aquella facción 30
PROLOGO p. 28
prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin
haberme hallado en ella. Las que el soldado
muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son
que guían a los demás al cielo de la honra, y
al de desear la justa alabanza, y hase de 5
advertir que no se escribe con las canas, sino con
el entendimiento, el cual suele mejorarse con
los años.
He sentido también que me llame envidioso,
y que, como a ignorante, me describa qué cosa 10
sea la envidia; que en realidad de verdad,
de dos que hay yo no conozco sino a la santa,
a la noble y bien intencionada. Y siendo esto
así, como lo es, no tengo yo de perseguir a
ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura 15
ser familiar del Santo Oficio, y si él lo
dijo, por quien parece que lo dijo, engañóse
de todo en todo; que del tal adoro el ingenio,
admiro las obras y la ocupación continua y
virtuosa. Pero, en efecto, le agradezco a este 20
señor autor el decir que mis Novelas son más
satíricas que ejemplares, pero que son buenas;
y no lo pudieran ser si no tuvieran de todo.
Paréceme que me dices que ando muy
limitado y que me contengo mucho en los 25
términos de mi modestia, sabiendo que no se ha
añadir aflicción al afligido, y que la que debe
de tener este señor sin duda es grande, pues
no osa parecer a campo abierto y al cielo
claro, encubriendo su nombre, fingiendo su 30
patria, como si hubiera hecho alguna traición
de lesa majestad. Si por ventura llegares a
PROLOGO p. 29
conocerle, dile de mi parte que no me tengo
por agraviado; que bien sé lo que son
tentaciones del demonio, y que una de las mayores
es ponerle a un hombre en el entendimiento
que puede componer e imprimir un libro con 5
que gane tanta fama como dineros, y tantos
dineros cuanta fama, y para confirmación de esto
quiero que en tu buen donaire y gracia le
cuentes este cuento.
Había en Sevilla un loco que dio en el más 10
gracioso disparate y tema que dio loco en el
mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña
puntiagudo en el fin, y, en cogiendo algún perro
en la calle, o en cualquiera otra parte, con el
un pie le cogía el suyo, y el otro le alzaba con 15
la mano, y como mejor podía le acomodaba el
cañuto en la parte que, soplándole, le ponía
redondo como una pelota, y, en teniéndolo
de esta suerte, le daba dos palmaditas en la
barriga y le soltaba, diciendo a los circunstantes, 20
que siempre eran muchos: ¿Pensarán vuestras
mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un
perro? ¿Pensará vuestra merced ahora que es
poco trabajo hacer un libro? --Y si este cuento
no le cuadrare, dirásle, lector amigo, éste, 25
que también es de loco y de perro.
Había en Córdoba otro loco que tenía por
costumbre de traer encima de la cabeza un
pedazo de losa de mármol, o un canto no muy
liviano, y, en topando algún perro descuidado, 30
se le ponía junto, y a plomo dejaba caer
sobre él el peso. Amohinábase el perro y,
PROLOGO p. 30
dando ladridos y aullidos, no paraba en tres
calles.
Sucedió, pues, que entre los perros que
descargó la carga, fue uno un perro de un
bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó el 5
canto, diole en la cabeza, alzó el grito el
molido perro, violo y sintiólo su amo, asió de una
vara de medir y salió al loco, y no le dejó
hueso sano; y cada palo que le daba decía:
Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, 10
que era podenco mi perro?
Y, repitiéndole el nombre de podenco
muchas veces, envió al loco hecho una alheña.
Escarmentó el loco y retiróse, y en más de un
mes no salió a la plaza, al cabo del cual 15
tiempo volvió con su invención y con más carga.
Llegábase donde estaba el perro y, mirándole
muy bien de hito en hito y, sin querer ni
atreverse a descargar la piedra, decía: Este es
podenco; guarda. En efecto, todos cuantos 20
perros topaba, aunque fuesen alanos o gozques,
decía que eran podencos, y así, no soltó
más el canto.
Quizá de esta suerte le podrá acontecer a
este historiador, que no se atreverá a soltar 25
más la presa de su ingenio en libros que, en
siendo malos, son más duros que las peñas.
Dile también que de la amenaza que me
hace, que me ha de quitar la ganancia con su
libro, no se me da un ardite; que acomodándome 30
al entremés famoso de La Perendenga,
le respondo que me viva el Veinticuatro
PROLOGO p. 31
mi señor, y Cristo con todos. Viva el gran
Conde de Lemos, cuya cristiandad y liberalidad
bien conocida contra todos los golpes de
mi corta fortuna me tiene en pie, y vívame la
suma caridad del ilustrísimo de Toledo don 5
Bernardo de Sandoval y Rojas, y siquiera
no haya imprentas en el mundo, y siquiera se
impriman contra mí más libros que tienen
letras las coplas de Mingo Revulgo. Estos dos
príncipes, sin que los solicite adulación mía, ni 10
otro género de aplauso, por sola su bondad,
han tomado a su cargo el hacerme merced
y favorecerme; en lo que me tengo por más
dichoso y más rico que si la fortuna por camino
ordinario me hubiera puesto en su cumbre. 15
La honra puédela tener el pobre, pero no el
vicioso: la pobreza puede anublar a la nobleza,
pero no oscurecerla del todo; pero como la
virtud dé alguna luz de sí, aunque sea por los
inconvenientes y resquicios de la estrechez, 20
viene a ser estimada de los altos y nobles
espíritus, y, por el consiguiente, favorecida.
Y no le digas más, ni yo quiero decirte más
a ti, sino advertirte que consideres que esta
Segunda parte de don Quijote que te ofrezco, 25
es cortada del mismo artífice y del mismo paño
que la primera, y que en ella te doy a don
Quijote dilatado y, finalmente, muerto y
sepultado, porque ninguno se atreva a levantarle
nuevos testimonios, pues bastan los pasados, 30
y basta también que un hombre honrado haya
dado noticia de estas discretas locuras, sin querer
PROLOGO p. 32
de nuevo entrarse en ellas; que la abundancia
de las cosas, aunque sean buenas, hace que no
se estimen, y la carestía, aun de las malas, se
estima en algo. Olvídaseme de decirte, que
esperes el Persiles que ya estoy acabando y la 5
Segunda parte de Galatea.
p. 33
DEDICATORIA AL CONDE DE LEMOS
Enviando a Vuestra Excelencia los días
pasados mis Comedias, antes impresas que
representadas, si bien me acuerdo, dije que
don Quijote quedaba calzadas las espuelas 5
para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia,
y ahora digo que se las ha calzado y se ha
puesto en camino, y si él allá llega me parece
que habré hecho algún servicio a Vuestra
Excelencia, porque es mucha la prisa que de 10
infinitas partes me dan a que le envíe, para
quitar el hámago y la náusea que ha causado otro
Don Quijote, que con nombre de segunda parte
se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que
más ha mostrado desearle ha sido el grande 15
Emperador de la China, pues en lengua chinesca
habrá un mes que me escribió una carta
con un propio, pidiéndome, o por mejor decir,
suplicándome, se le enviase porque quería
fundar un colegio donde se leyese la lengua 20
castellana, y quería que el libro que se leyese
fuese el de la historia de don Quijote;
juntamente con esto me decía que fuese yo a ser
el Rector del tal colegio.
Preguntéle al portador si su majestad le 25
había dado para mí alguna ayuda de costa.
Respondióme que ni por pensamiento.
Pues, hermano, le respondí yo, vos os
podéis volver a vuestra China a las diez o a las
veinte o a las que venís despachado, porque yo 30
DEDICATORIA p. 34
no estoy con salud para ponerme en tan largo
viaje. Además, que, sobre estar enfermo, estoy
muy sin dineros, y, emperador por emperador
y monarca por monarca, en Nápoles tengo al
grande Conde de Lemos, que, sin tantos titulillos 5
de colegios ni rectorías, me sustenta, me
ampara y hace más merced que la que yo
acierto a desear.
Con esto le despedí, y con esto me despido,
ofreciendo a Vuestra Excelencia Los trabajos 10
de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré
fin dentro de cuatro meses, Deo volente; el cual
ha de ser, o el más malo, o el mejor que en
nuestra lengua se haya compuesto, quiero
decir de los de entretenimiento, y digo que me 15
arrepiento de haber dicho el más malo, porque
según la opinión de mis amigos ha de llegar al
extremo de bondad posible.
Venga Vuestra Excelencia con la salud que
es deseado, que ya estará Persiles para besarle 20
las manos, y yo, los pies, como criado que soy
de Vuestra Excelencia.
De Madrid, último de octubre de mil
seiscientos y quince.
Criado de Vuestra Excelencia, 25
Miguel de Cervantes Saavedra.
p. 35
Capítulo primero
De lo que el cura y el barbero pasaron con
don Quijote cerca de su enfermedad.
Cuenta Cide Hamete Benengeli en la segunda
parte de esta historia, y tercera salida de 5
don Quijote, que el cura y el barbero se
estuvieron casi un mes sin verle, por no renovarle
y traerle a la memoria las cosas pasadas.
Pero no por esto dejaron de visitar a su
sobrina y a su ama, encargándolas tuviesen cuenta 10
con regalarle, dándole a comer cosas confortativas
y apropiadas para el corazón y el cerebro,
de donde procedía, según buen discurso, toda
su mala ventura. Las cuales dijeron que así
lo hacían, y lo harían con la voluntad y 15
cuidado posible, porque echaban de ver que su
señor por momentos iba dando muestras de
estar en su entero juicio, de lo cual recibieron
los dos gran contento por parecerles que habían
acertado en haberle traído encantado en el 20
carro de los bueyes, como se contó en la
primera parte de esta tan grande como puntual
historia, en su último capítulo. Y, así,
determinaron de visitarle y hacer experiencia de su
mejoría, aunque tenían casi por imposible que 25
la tuviese, y acordaron de no tocarle en
ningún punto de la andante caballería, por no
ponerse a peligro de descoser los de la herida,
que tan tiernos estaban.
Visitáronle, en fin, y halláronle sentado en 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 36
la cama, vestida una almilla de bayeta verde,
con un bonete colorado toledano, y estaba tan
seco y amojamado, que no parecía sino hecho
de carne momia. Fueron de él muy bien
recibidos, preguntáronle por su salud, y él dio 5
cuenta de sí y de ella con mucho juicio y con
muy elegantes palabras. Y en el discurso de
su plática vinieron a tratar en esto que llaman
razón de estado y modos de gobierno,
enmendando este abuso y condenando aquél; 10
reformando una costumbre y desterrando otra,
haciéndose cada uno de los tres un nuevo
legislador, un Licurgo moderno o un Solón
flamante; y de tal manera renovaron la república,
que no pareció sino que la habían puesto 15
en una fragua y sacado otra de la que pusieron;
y habló don Quijote con tanta discreción
en todas las materias que se tocaron, que los
dos examinadores creyeron indubitablemente
que estaba del todo bueno y en su entero 20
juicio.
Halláronse presentes a la plática la sobrina
y ama, y no se hartaban de dar gracias a Dios
de ver a su señor con tan buen entendimiento;
pero el cura, mudando el propósito primero, 25
que era de no tocarle en cosa de caballerías,
quiso hacer de todo en todo experiencia si la
sanidad de don Quijote era falsa o verdadera.
Y así, de lance en lance vino a contar algunas
nuevas que habían venido de la corte, y, entre 30
otras, dijo que se tenía por cierto que el
Turco bajaba con una poderosa armada, y que no
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 37
se sabía su designio, ni adónde había de
descargar tan gran nublado, y con este temor, con
que casi cada año nos toca arma, estaba puesta
en ella toda la cristiandad, y su majestad
había hecho proveer las costas de Nápoles y 5
Sicilia y la isla de Malta.
A esto respondió don Quijote:
Su majestad ha hecho como prudentísimo
guerrero en proveer sus estados con tiempo
porque no le halle desapercibido el enemigo, 10
pero si se tomara mi consejo, aconsejárale yo
que usara de una prevención, de la cual su
majestad la hora de ahora debe estar muy
ajeno de pensar en ella.
Apenas oyó esto el cura, cuando dijo 15
entre sí:
Dios te tenga de su mano, pobre don
Quijote, que me parece que te despeñas de la
alta cumbre de tu locura hasta el profundo
abismo de tu simplicidad. 20
Mas el barbero, que ya había dado en el
mismo pensamiento que el cura, preguntó a
don Quijote cuál era la advertencia de la
prevención que decía era bien se hiciese;
quizá podría ser tal, que se pusiese en la lista 25
de los muchos advertimientos impertinentes
que se suelen dar a los príncipes.
El mío, señor rapador, dijo don Quijote,
no será impertinente, sino perteneciente.
No lo digo por tanto, replicó el barbero, 30
sino porque tiene mostrado la experiencia
que todos o los más arbitrios, que se dan a su
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 38
majestad, o son imposibles o disparatados,
o en daño del rey o del reino.
Pues el mío, respondió don Quijote, ni
es imposible ni disparatado, sino el más fácil,
el más justo y el más mañero y breve que 5
puede caber en pensamiento de arbitrante alguno.
Ya tarda en decirle vuestra merced, señor
don Quijote, dijo el cura.
No querría, dijo don Quijote, que le
dijese yo aquí ahora, y amaneciese mañana 10
en los oídos de los señores consejeros, y se
llevase otro las gracias y el premio de mi
trabajo.
Por mí, dijo el barbero, doy la palabra,
para aquí y para delante de Dios, de no decir 15
lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque,
ni a hombre terrenal: juramento que aprendí
del romance del cura que en el prefacio avisó
al rey del ladrón que le había robado las cien
doblas y la su mula la andariega. 20
No sé historias, dijo don Quijote, pero
sé que es bueno ese juramento, en fe de que
sé que es hombre de bien el señor barbero.
Cuando no lo fuera, dijo el cura, yo le
abono y salgo por él, que en este caso no 25
hablará más que un mudo, so pena de pagar
lo juzgado y sentenciado.
Y a vuestra merced ¿quién le fía, señor
cura?, dijo don Quijote.
Mi profesión, respondió el cura, que es 30
de guardar secreto.
¡Cuerpo de tal!, dijo a esta sazón don
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 39
Quijote. ¿Hay más sino mandar su majestad por
público pregón que se junten en la corte para
un día señalado todos los caballeros andantes
que vagan por España, que aunque no
viniesen sino media docena, tal podría venir 5
entre ellos que solo bastase a destruir toda
la potestad del Turco? Esténme vuestras
mercedes atentos y vayan conmigo. ¿Por ventura,
es cosa nueva deshacer un solo caballero
andante un ejército de doscientos mil hombres, 10
como si todos juntos tuvieran una sola garganta,
o fueran hechos de alfeñique? Si no, díganme,
¿cuántas historias están llenas de estas
maravillas? ¡Había, en hora mala para mí, que
no quiero decir para otro, de vivir hoy el 15
famoso don Belianís o alguno de los del innumerable
linaje de Amadís de Gaula!; que si alguno
de éstos hoy viviera y con el Turco se afrontara,
a fe que no le arrendara la ganancia. Pero
Dios mirará por su pueblo y deparará alguno, 20
que, si no tan bravo como los pasados
andantes caballeros, a lo menos, no les será inferior
en el ánimo; y Dios me entiende y no digo
más.
¡Ay!, dijo a este punto la sobrina, ¡que 25
me maten, si no quiere mi señor volver a ser
caballero andante!
A lo que dijo don Quijote:
Caballero andante he de morir, y baje o
suba el Turco cuando él quisiere y cuan 30
poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios
me entiende.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 40
A esta sazón dijo el barbero:
Suplico a vuestras mercedes que se me dé
licencia para contar un cuento breve que
sucedió en Sevilla, que, por venir aquí como de
molde, me da gana de contarle. 5
Dio la licencia don Quijote, y el cura y los
demás le prestaron atención, y él comenzó
de esta manera:
En la casa de los locos de Sevilla estaba un
hombre a quien sus parientes habían puesto allí 10
por falto de juicio; era graduado en cánones
por Osuna, pero aunque lo fuera por Salamanca,
según opinión de muchos, no dejara de
ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos
años de recogimiento se dio a entender que 15
estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta
imaginación escribió al arzobispo, suplicándole
encarecidamente, y con muy concertadas
razones, le mandase sacar de aquella miseria
en que vivía, pues por la misericordia de Dios 20
había ya cobrado el juicio perdido, pero que
sus parientes, por gozar de la parte de su
hacienda, le tenían allí, y, a pesar de la verdad,
querían que fuese loco hasta la muerte.
El arzobispo, persuadido de muchos billetes 25
concertados y discretos, mandó a un capellán
suyo se informase del rector de la casa si era
verdad lo que aquel licenciado le escribía, y
que asimismo hablase con el loco, y que si
le pareciese que tenía juicio, le sacase y 30
pusiese en libertad. Hízolo así el capellán, y el
rector le dijo que aquel hombre aún se estaba
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 41
loco; que puesto que hablaba muchas veces
como persona de grande entendimiento, al
cabo disparaba con tantas necedades, que en
muchas y en grandes igualaban a sus primeras
discreciones, como se podía hacer la experiencia 5
hablándole. Quiso hacerla el capellán, y,
poniéndole con el loco, habló con él una hora y
más, y en todo aquel tiempo jamás el loco dijo
razón torcida ni disparatada, antes habló tan
atentadamente que el capellán fue forzado a 10
creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras
cosas que el loco le dijo fue que el rector le
tenía ojeriza, por no perder los regalos que sus
parientes le hacían por que dijese que aún
estaba loco, y con lúcidos intervalos, y que el 15
mayor contrario que en su desgracia tenía era
su mucha hacienda, pues por gozar de ella sus
enemigos ponían dolo y dudaban de la merced
que Nuestro Señor le había hecho en volverle
de bestia en hombre. Finalmente, él habló de 20
manera, que hizo sospechoso al rector, codiciosos
y desalmados a sus parientes, y a él tan
discreto, que el capellán se determinó a
llevársele consigo, a que el arzobispo le viese y
tocase con la mano la verdad de aquel 25
negocio.
Con esta buena fe, el buen capellán pidió
al rector mandase dar los vestidos con que allí
había entrado el licenciado; volvió a decir el
rector que mirase lo que hacía, porque sin duda 30
alguna el licenciado aún se estaba loco. No
sirvieron de nada para con el capellán las
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 42
prevenciones y advertimientos del rector para que
dejase de llevarle; obedeció el rector, viendo
ser orden del arzobispo. Pusieron al licenciado
sus vestidos, que eran nuevos y decentes, y
como él se vio vestido de cuerdo y desnudo 5
de loco, suplicó al capellán que por caridad le
diese licencia para ir a despedirse de sus
compañeros los locos; el capellán dijo que él le
quería acompañar y ver los locos que en la
casa había. Subieron, en efecto, y con ellos 10
algunos que se hallaron presentes, y llegado el
licenciado a una jaula adonde estaba un loco
furioso, aunque entonces sosegado y quieto,
le dijo:
«Hermano mío, mire si me manda algo, que 15
»me voy a mi casa; que ya Dios ha sido servido
»por su infinita bondad y misericordia, sin yo
»merecerlo, de volverme mi juicio. Ya estoy
»sano y cuerdo, que acerca del poder de Dios
»ninguna cosa es imposible; tenga grande 20
»esperanza y confianza en El, que pues a mí me
»ha vuelto a mi primero estado, también le volverá
»a él, si en El confía. Yo tendré cuidado de
»enviarle algunos regalos que coma, y cómalos
»en todo caso, que le hago saber que imagino, 25
»como quien ha pasado por ello, que todas
»nuestras locuras proceden de tener los
»estómagos vacíos y los cerebros llenos de aire;
»esfuércese, esfuércese, que el descaecimiento
»en los infortunios apoca la salud y acarrea la 30
»muerte.»
Todas estas razones del licenciado escuchó
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 43
otro loco que estaba en otra jaula, frontero de
la del furioso, y levantándose de una estera
vieja, donde estaba echado y desnudo en cueros,
preguntó a grandes voces quién era el que
se iba sano y cuerdo; el licenciado respondió: 5
«Yo soy, hermano, el que me voy; que ya no
»tengo necesidad de estar más aquí, por lo que
»doy infinitas gracias a los cielos que tan
»grande merced me han hecho.»
«Mirad lo que decís, licenciado, no os engañe 10
»el diablo», replicó el loco; «sosegad el pie y
»estaos quedito en vuestra casa y ahorraréis la
»vuelta.»
«Yo sé que estoy bueno», replicó el
licenciado, «y no habrá para qué tornar a andar 15
»estaciones.»
«¿Vos bueno?», dijo el loco; «ahora bien, ello
»dirá. Andad con Dios, pero yo os voto a Júpiter,
»cuya majestad yo represento en la tierra, que
»por solo este pecado que hoy comete Sevilla en 20
»sacaros de esta casa y en teneros por cuerdo,
»tengo de hacer un tal castigo en ella, que quede
»memoria de él por todos los siglos de los siglos,
»amén. ¿No sabes tú, licenciadillo menguado,
»que lo podré hacer, pues, como digo, soy Júpiter 25
»Tonante, que tengo en mis manos los rayos
»abrasadores con que puedo y suelo amenazar
»y destruir el mundo? Pero con sola una cosa
»quiero castigar a este ignorante pueblo, y es
»con no llover en él, ni en todo su distrito y 30
»contorno, por tres enteros años, que se han de
»contar desde el día y punto en que ha sido
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 44
»hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, tú
»sano, tú cuerdo; y yo loco, y yo enfermo, y yo
»atado? Así pienso llover como pensar
»ahorcarme.»
A las voces y a las razones del loco 5
estuvieron los circunstantes atentos; pero nuestro
licenciado, volviéndose a nuestro capellán y
asiéndole de las manos, le dijo:
«No tenga vuestra merced pena, señor mío,
»ni haga caso de lo que este loco ha dicho; que 10
»si él es Júpiter y no quisiere llover, yo que soy
»Neptuno, el padre y el dios de las aguas,
»lloveré todas las veces que se me antojare y
»fuere menester.»
A lo que respondió el capellán: 15
«Con todo eso, señor Neptuno, no será bien
»enojar al señor Júpiter. Vuestra merced se
»quede en su casa; que otro día, cuando haya más
»comodidad y más espacio, volveremos por
»vuestra merced.» 20
Riose el rector y los presentes, por cuya risa
se medio corrió el capellán; desnudaron al
licenciado, quedóse en casa y acabóse el
cuento.
Pues ¿éste es el cuento, señor barbero, dijo 25
don Quijote, que, por venir aquí como de molde,
no podía dejar de contarle? ¡Ah, señor rapista,
señor rapista, y cuán ciego es aquel que no
ve por tela de cedazo! Y ¿es posible que
vuestra merced no sabe que las comparaciones que 30
se hacen de ingenio a ingenio, de valor a valor,
de hermosura a hermosura y de linaje a linaje
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 45
son siempre odiosas y mal recibidas? Yo, señor
barbero, no soy Neptuno el dios de las aguas,
ni procuro que nadie me tenga por discreto, no
lo siendo. Sólo me fatigo por dar a entender al
mundo en el error en que está, en no renovar 5
en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la
orden de la andante caballería; pero no es
merecedora la depravada edad nuestra de gozar
tanto bien como el que gozaron las edades
donde los andantes caballeros tomaron a su 10
cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa
de los reinos, el amparo de las doncellas, el
socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo
de los soberbios y el premio de los humildes.
Los más de los caballeros que ahora se usan, 15
antes les crujen los damascos, los brocados y
otras ricas telas de que se visten, que la malla
con que se arman; ya no hay caballero que
duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo,
armado de todas armas desde los pies a la 20
cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies
de los estribos, arrimado a su lanza, sólo
procure descabezar, como dicen, el sueño como
lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay
ninguno que saliendo de este bosque entre en 25
aquella montaña, y de allí, pise una estéril y
desierta playa del mar, las más veces proceloso
y alterado; y, hallando en ella y en su orilla
un pequeño batel sin remos, vela, mástil, ni
jarcia alguna, con intrépido corazón se arroje 30
en él, entregándose a las implacables olas del
mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 46
bajan al abismo, y él, puesto el pecho a la
incontrastable borrasca, cuando menos se cata,
se halla tres mil y más leguas distante del
lugar donde se embarcó. Y, saltando en tierra
remota y no conocida le suceden cosas dignas 5
de estar escritas, no en pergaminos, sino en
bronces.
Mas ahora ya triunfa la pereza de la diligencia,
la ociosidad del trabajo, el vicio de la
virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica 10
de la práctica de las armas, que sólo vivieron
y resplandecieron en las edades del oro y en
los andantes caballeros. Si no, díganme, ¿quién
más honesto y más valiente que el famoso
Amadís de Gaula? ¿Quién más discreto que 15
Palmerín de Inglaterra? ¿Quién más acomodado
y manual que Tirante el Blanco? ¿Quién
más galán que Lisuarte de Grecia? ¿Quién más
acuchillado ni acuchillador que don Belianís?
¿Quién más intrépido que Perión de Gaula? 20
O ¿quién más acometedor de peligros que
Felixmarte de Hircania? O ¿quién más sincero
que Esplandián? ¿Quién más arrojado que don
Cirongilio de Tracia? ¿Quién más bravo
que Rodamonte? ¿Quién más prudente que el 25
rey Sobrino? ¿Quién más atrevido que
Reinaldos? ¿Quién más invencible que Roldán? Y
¿quién más gallardo y más cortés que Rugero,
de quien descienden hoy los duques de Ferrara,
según Turpín en su Cosmografía? 30
Todos estos caballeros, y otros muchos que
pudiera decir, señor cura, fueron caballeros
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 47
andantes, luz y gloria de la caballería. De éstos,
o tales como éstos, quisiera yo que fueran los
de mi arbitrio, que a serlo, su majestad se
hallara bien servido, y ahorrara de mucho gasto,
y el Turco se quedara pelando las barbas; y, 5
con esto, no quiero quedar en mi casa, pues
no me saca el capellán de ella, y [si] Júpiter,
como ha dicho el barbero, no lloviere, aquí
estoy yo que lloveré cuando se me antojare.
Digo esto, porque sepa el señor Bacía que le 10
entiendo.
En verdad, señor don Quijote, dijo el
barbero, que no lo dije por tanto, y así me
ayude Dios como fue buena mi intención, y que
no debe vuestra merced sentirse. 15
Si puedo sentirme o no, respondió don
Quijote yo me lo sé.
A esto dijo el cura:
Aun bien que yo casi no he hablado palabra
hasta ahora, y no quisiera quedar con un 20
escrúpulo que me roe y escarba la conciencia,
nacido de lo que aquí el señor don Quijote ha
dicho.
Para otras cosas más, respondió don Quijote,
tiene licencia el señor cura, y así puede 25
decir su escrúpulo, porque no es de gusto andar
con la conciencia escrupulosa.
Pues con ese beneplácito, respondió el
cura, digo que mi escrúpulo es que no me
puedo persuadir en ninguna manera a que 30
toda la caterva de caballeros andantes que
vuestra merced, señor don Quijote, ha referido,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 48
hayan sido real y verdaderamente personas de
carne y hueso en el mundo; antes imagino
que todo es ficción, fábula y mentira, y sueños
contados por hombres despiertos o, por mejor
decir, medio dormidos. 5
Ese es otro error, respondió don Quijote,
en que han caído muchos que no creen que
haya habido tales caballeros en el mundo, y yo
muchas veces, con diversas gentes y ocasiones,
he procurado sacar a la luz de la verdad este 10
casi común engaño; pero algunas veces no he
salido con mi intención y otras sí, sustentándola
sobre los hombros de la verdad, la cual
verdad es tan cierta, que estoy por decir que con
mis propios ojos vi a Amadís de Gaula, que 15
era un hombre alto de cuerpo, blanco de rostro,
bien puesto de barba, aunque negra, de vista
entre blanda y rigurosa, corto de razones, tardo
en airarse y presto en deponer la ira. Y del
modo que he delineado a Amadís, pudiera, a 20
mi parecer, pintar y [describir] todos cuantos
caballeros andantes andan en las historias en
el orbe; que por la aprensión que tengo de
que fueron como sus historias cuentan, y por
las hazañas que hicieron y condiciones que 25
tuvieron, se pueden sacar por buena filosofía
sus facciones, sus colores y estaturas.
¿Qué tan grande le parece a vuestra merced,
mi señor don Quijote, preguntó el barbero,
debía de ser el gigante Morgante? 30
En esto de gigantes, respondió don Quijote,
hay diferentes opiniones, si los ha habido o
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 49
no en el mundo: pero la Santa Escritura, que
no puede faltar un átomo en la verdad, nos
muestra que los hubo, contándonos la historia
de aquel filisteazo de Golías, que tenía siete
codos y medio de altura, que es una desmesurada 5
grandeza. También en la isla de Sicilia se
han hallado canillas y espaldas tan grandes,
que su grandeza manifiesta que fueron gigantes
sus dueños, y tan grandes, como grandes
torres, que la geometría saca esta verdad de 10
duda. Pero con todo esto no sabré decir con
certidumbre qué tamaño tuviese Morgante,
aunque imagino que no debió de ser muy
alto; y muéveme a ser de este parecer hallar en
la historia donde se hace mención particular 15
de sus hazañas, que muchas veces dormía
debajo de techado, y pues hallaba casa donde
cupiese, claro está que no era desmesurada
su grandeza.
Así es, dijo el cura. 20
El cual, gustando de oírle decir tan grandes
disparates, le preguntó que qué sentía acerca
de los rostros de Reinaldos de Montalbán y de
don Roldán, y de los demás doce Pares de
Francia, pues todos habían sido caballeros 25
andantes.
De Reinaldos, respondió don Quijote,
me atrevo a decir que era ancho de rostro,
de color bermejo, los ojos bailadores y algo
saltados, puntoso y colérico en demasía, amigo 30
de ladrones y de gente perdida; de Roldán
o Rotolando u Orlando, que con todos estos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 50
nombres le nombran las historias, soy de parecer,
y me afirmo, que fue de mediana estatura,
ancho de espaldas, algo estevado, moreno de
rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y
de vista amenazadora, corto de razones, pero 5
muy comedido y bien criado.
Si no fue Roldán más gentilhombre que
vuestra merced ha dicho, replicó el cura, no
fue maravilla que la señora Angélica la Bella
le desdeñase y dejase por la gala, brío y 10
donaire que debía de tener el morillo
barbiponiente a quien ella se entregó, y anduvo
discreta de adamar antes la blandura de Medoro,
que la aspereza de Roldán.
Esa Angélica, respondió don Quijote, 15
señor cura, fue una doncella distraída,
andariega y algo antojadiza, y tan lleno dejó
el mundo de sus impertinencias como de la
fama de su hermosura: despreció mil señores,
mil valientes y mil discretos, y contentóse con 20
un pajecillo barbilucio, sin otra hacienda ni
nombre que el que le pudo dar de agradecido
la amistad que guardó a su amigo. El gran
cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no
atreverse o por no querer cantar lo que a esta 25
señora le sucedió después de su ruin entrego,
que no debieron ser cosas demasiadamente
honestas, la dejó, donde dijo:
Y como del Catay recibió el cetro,
quizá otro cantará con mejor plectro. 30
Y, sin duda, que esto fue como profecía, que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 51
los poetas también se llaman vates, que quiere
decir adivinos; vese esta verdad clara: porque
después acá un famoso poeta andaluz lloró
y cantó sus lágrimas, y otro famoso y único
poeta castellano cantó su hermosura. 5
Dígame, señor don Quijote, dijo a esta
sazón el barbero, ¿no ha habido algún poeta
que haya hecho alguna sátira a esa señora
Angélica entre tantos como la han alabado?
Bien creo yo, respondió don Quijote, que 10
si Sacripante o Roldán fueran poetas, que ya
me hubieran jabonado a la doncella, porque
es propio y natural de los poetas desdeñados
y no admitidos de sus damas --fingidas, o
[no] fingidas-- en efecto, de aquéllas a quien 15
ellos escogieron por señoras de sus pensamientos,
vengarse con sátiras y libelos, venganza,
por cierto, indigna de pechos generosos; pero
hasta ahora no ha llegado a mi noticia ningún
verso infamatorio contra la señora Angélica, 20
que trajo revuelto el mundo.
Milagro, dijo el cura.
Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina,
que ya habían dejado la conversación, daban
grandes voces en el patio, y acudieron todos 25
al ruido.
p. 52
Capítulo II
Que trata de la notable pendencia que
Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de
don Quijote, con otros sujetos graciosos.
Cuenta la historia que las voces que oyeron 5
don Quijote, el cura y el barbero eran de
la sobrina y ama, que las daban, diciendo a
Sancho Panza, que pugnaba por entrar a ver a
don Quijote, y ellas le defendían la puerta:
¿Qué quiere este mostrenco en esta casa? 10
Idos a la vuestra, hermano; que vos sois, y
no otro, el que distrae y sonsaca a mi señor y
le lleva por esos andurriales.
A lo que Sancho respondió:
Ama de Satanás, el sonsacado y el distraído 15
y el llevado por esos andurriales soy
yo, que no tu amo; él me llevó por esos
mundos, y vosotras os engañáis en la mitad del
justo precio. El me sacó de mi casa con
engañifas, prometiéndome una ínsula, que hasta 20
ahora la espero.
Malas ínsulas te ahoguen, respondió la
sobrina, Sancho maldito, y ¿qué son ínsulas?
¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilón,
que tú eres? 25
No es de comer, replicó Sancho, sino de
gobernar y regir mejor que cuatro ciudades
y que cuatro alcaldes de corte.
Con todo eso, dijo el ama, no entraréis
acá, saco de maldades y costal de malicias; id 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO II p. 53
a gobernar vuestra casa y a labrar vuestros
pegujares, y dejaos de pretender ínsulas ni
ínsulos.
Grande gusto recibían el cura y el barbero
de oír el coloquio de los tres; pero don 5
Quijote, temeroso que Sancho se descosiese y
desbuchase algún montón de maliciosas
necedades y tocase en puntos que no le estarían
bien a su crédito, le llamó e hizo a las dos que
callasen y le dejasen entrar. Entró Sancho, y 10
el cura y el barbero se despidieron de don
Quijote, de cuya salud desesperaron, viendo
cuán puesto estaba en sus desvariados
pensamientos y cuán embebido en la simplicidad
de sus malandantes caballerías, y, así, dijo el 15
cura al barbero:
Vos veréis, compadre, cómo, cuando menos
lo pensemos, nuestro hidalgo sale otra vez a
volar la ribera.
No pongo yo duda en eso, respondió el 20
barbero; pero no me maravillo tanto de la
locura del caballero como de la simplicidad del
escudero, que tan creído tiene aquello de la
ínsula, que creo que no se lo sacarán del casco
cuantos desengaños pueden imaginarse. 25
Dios los remedie, dijo el cura, y
estemos a la mira: veremos en lo que para esta
máquina de disparates de tal caballero y de
tal escudero; que parece que los forjaron a los
dos en una misma turquesa, y que las locuras 30
del señor sin las necedades del criado no
valían un ardite.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 54
Así es, dijo el barbero, y holgara
mucho saber qué tratarán ahora los dos.
Yo seguro, respondió el cura, que la
sobrina del ama nos lo cuenta después, que no
son de condición que dejarán de escucharlo. 5
En tanto, don Quijote se encerró con Sancho
en su aposento, y, estando solos, le dijo:
Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y
digas que yo fui el que te saqué de tus
casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis 10
casas; juntos salimos, juntos fuimos y juntos
peregrinamos; una misma fortuna y una misma
suerte ha corrido por los dos. Si a ti te
mantearon una vez, a mí me han molido ciento, y esto
es lo que te llevo de ventaja. 15
Eso estaba puesto en razón, respondió
Sancho, porque, según vuestra merced dice,
más anejas son a los caballeros andantes las
desgracias que a sus escuderos.
Engáñaste, Sancho, dijo don Quijote, 20
según aquello, cuando caput dolet, &c.
No entiendo otra lengua que la mía,
respondió Sancho.
Quiero decir, dijo don Quijote, que
cuando la cabeza duele, todos los miembros 25
duelen, y, así, siendo yo tu amo y señor, soy
tu cabeza y tú mi parte, pues eres mi criado, y
por esta razón el mal que a mí me toca o
tocare, a ti te ha de doler y a mí el tuyo.
Así había de ser, dijo Sancho; pero 30
cuando a mí me manteaban como a miembro, se
estaba mi cabeza detrás de las bardas,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO II p. 55
mirándome volar por los aires, sin sentir dolor
alguno, y pues los miembros están obligados a
dolerse del mal de la cabeza, había de estar
obligada ella a dolerse de ellos.
¿Querrás tú decir ahora, Sancho, respondió 5
don Quijote, que no me dolía yo cuando
a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas,
ni lo pienses, pues más dolor sentía yo entonces
en mi espíritu que tú en tu cuerpo; pero
dejemos esto aparte por ahora, que tiempo 10
habrá donde lo ponderemos y pongamos en su
punto. Y dime, Sancho amigo, ¿qué es lo que
dicen de mí por ese lugar, en qué opinión me
tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué
los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía, 15
qué de mis hazañas y qué de mi cortesía?
¿Qué se platica del asunto que he tomado
de resucitar y volver al mundo la ya olvidada
orden caballeresca? Finalmente, quiero, Sancho,
me digas lo que acerca de esto ha llegado 20
a tus oídos, y esto me has de decir, sin añadir
al bien ni quitar al mal cosa alguna; que de
los vasallos leales es decir la verdad a sus
señores en su ser y figura propia, sin que la
adulación la acreciente, u otro vano respeto la 25
disminuya. Y quiero que sepas, Sancho, que si
a los oídos de los príncipes llegase la verdad
desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros
siglos correrían, otras edades serían tenidas
por más de hierro que la nuestra, que entiendo 30
que de las que ahora se usan es la dorada;
sírvate este advertimiento, Sancho, para que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 56
discreta y bienintencionadamente pongas en mis
oídos la verdad de las cosas que supieres de
lo que te he preguntado.
Eso haré yo de muy buena gana, señor
mío, respondió Sancho, con condición que 5
vuestra merced no se ha de enojar de lo que
dijere, pues quiere que lo diga en cueros sin
vestirlo de otras ropas de aquéllas con que
llegaron a mi noticia.
En ninguna manera me enojaré, respondió 10
don Quijote; bien puedes, Sancho, hablar
libremente y sin rodeo alguno.
Pues lo primero que digo, dijo, es que
el vulgo tiene a vuestra merced por grandísimo
loco y a mí por no menos mentecato. Los 15
hidalgos dicen que, no conteniéndose vuestra
merced en los límites de la hidalguía, se ha
puesto don y se ha arremetido a caballero, con
cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un
trapo atrás y otro adelante. Dicen los 20
caballeros que no querrían que los hidalgos se
opusiesen a ellos, especialmente aquellos
hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y
toman los puntos de las medias negras con
seda verde. 25
Eso, dijo don Quijote, no tiene que ver
conmigo, pues ando siempre bien vestido y
jamás remendado; roto, bien podría ser, y el
roto más de las armas que del tiempo.
En lo que toca, prosiguió Sancho, a 30
la valentía, cortesía, hazañas y asunto de
vuestra merced, hay diferentes opiniones: unos
SEGUNDA PARTE, CAPITULO II p. 57
dicen «loco, pero gracioso»; otros, «valiente,
»pero desgraciado»; otros, «cortés, pero
»impertinente». Y por aquí van discurriendo en tantas
cosas, que ni a vuestra merced ni a mí nos
dejan hueso sano. 5
Mira, Sancho, dijo don Quijote, dondequiera
que está la virtud en eminente grado,
es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos
varones que pasaron dejó de ser calumniado
de la malicia. Julio César, animosísimo, 10
prudentísimo y valentísimo capitán, fue notado
de ambicioso y algún tanto no limpio, ni
en sus vestidos ni en sus costumbres.
Alejandro, a quien sus hazañas le alcanzaron el
renombre de Magno, dicen de él que tuvo sus 15
ciertos puntos de borracho. De Hércules, el de
los muchos trabajos, se cuenta que fue lascivo
y muelle. De don Galaor, hermano de Amadís
de Gaula, se murmura que fue más que
demasiadamente rijoso, y de su hermano, que fue 20
llorón. Así que, oh Sancho, entre las tantas
calumnias de buenos bien pueden pasar las
mías, como no sean más de las que has dicho.
Ahí está el toque, cuerpo de mi padre,
replicó Sancho. 25
Pues ¿hay más?, preguntó don Quijote.
Aún la cola falta por desollar, dijo
Sancho: lo de hasta aquí son tortas y pan
pintado. Mas si vuestra merced quiere saber todo lo
que hay acerca de las caloñas que le ponen, 30
yo le traeré aquí luego al momento quien se
las diga todas, sin que les falte una meaja; que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 58
anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, que
viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller,
y, yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo
que andaba ya en libros la historia de vuestra
merced con nombre del Ingenioso Hidalgo don 5
Quijote de la Mancha. Y dice que me mientan
a mí en ella con mi mismo nombre de Sancho
Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con
otras cosas que pasamos nosotros a solas, que
me hice cruces de espantado, cómo las pudo 10
saber el historiador que las escribió.
Yo te aseguro, Sancho, dijo don Quijote,
que debe de ser algún sabio encantador el
autor de nuestra historia; que a los tales no se
les encubre nada de lo que quieren escribir. 15
Y ¡cómo, dijo Sancho, si era sabio y
encantador, pues --según dice el bachiller
Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho
tengo-- que el autor de la historia se llama
Cide Hamete Berenjena! 20
Ese nombre es de moro, respondió don
Quijote.
Así será, respondió Sancho, porque por
la mayor parte he oído decir que los moros
son amigos de berenjenas. 25
Tú debes, Sancho, dijo don Quijote,
errarte en el sobrenombre de ese Cide, que
en arábigo quiere decir señor.
Bien podría ser, replicó Sancho; mas si
vuestra merced gusta que yo le haga venir 30
aquí, iré por él en volandas.
Harásme mucho placer, amigo, dijo don
SEGUNDA PARTE, CAPITULO II p. 59
Quijote; que me tiene suspenso lo que me
has dicho, y no comeré bocado que bien me
sepa hasta ser informado de todo.
Pues yo voy por él, respondió Sancho.
Y, dejando a su señor, se fue a buscar al 5
bachiller, con el cual volvió de allí a poco
espacio, y entre los tres pasaron un graciosísimo
coloquio.
p. 60
Capítulo III
Del ridículo razonamiento que pasó entre don
Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón
Carrasco.
Pensativo además quedó don Quijote, esperando 5
al bachiller Carrasco, de quien esperaba
oír las nuevas de sí mismo puestas en libro
como había dicho Sancho, y no se podía persuadir
a que tal historia hubiese, pues aún no
estaba enjuta en la cuchilla de su espada la 10
sangre de los enemigos que había muerto, y ya
querían que anduviesen en estampa sus altas
caballerías. Con todo eso, imaginó que algún
sabio, o ya amigo [o] enemigo, por arte de
encantamiento las habrá dado a la estampa: si 15
amigo, para engrandecerlas y levantarlas sobre
las más señaladas de caballero andante; si
enemigo, para aniquilarlas y ponerlas debajo de
las más viles que de algún vil escudero se
hubiesen escrito, puesto, decía entre sí, que 20
nunca hazañas de escuderos se escribieron: y
cuando fuese verdad que la tal historia
hubiese, siendo de caballero andante, por fuerza
había de ser grandílocua, alta, insigne,
magnífica y verdadera. 25
Con esto se consoló algún tanto, pero
desconsolóle pensar que su autor era moro, según
aquel nombre de Cide, y de los moros no se
podía esperar verdad alguna; porque todos son
SEGUNDA PARTE, CAPITULO III p. 61
embelecadores, falsarios y quimeristas. Temíase
no hubiese tratado sus amores con alguna
indecencia que redundase en menoscabo y
perjuicio de la honestidad de su señora Dulcinea
del Toboso. Deseaba que hubiese declarado 5
su fidelidad y el decoro que siempre la
había guardado, menospreciando reinas,
emperatrices y doncellas de todas calidades,
teniendo a raya los ímpetus de los naturales
movimientos; y, así, envuelto y revuelto en estas y 10
otras muchas imaginaciones, le hallaron Sancho
y Carrasco, a quien don Quijote recibió con
mucha cortesía.
Era el bachiller, aunque se llamaba Sansón,
no muy grande de cuerpo, aunque muy gran 15
socarrón, de color macilenta, pero de muy buen
entendimiento; tendría hasta veinte y cuatro
años, carirredondo, de nariz chata y de boca
grande, señales todas de ser de condición
maliciosa y amigo de donaires y de burlas, como 20
lo mostró en viendo a don Quijote, poniéndose
delante de él de rodillas, diciéndole:
Déme vuestra grandeza las manos, señor
don Quijote de la Mancha; que por el hábito de
San Pedro que visto, aunque no tengo otras 25
órdenes que las cuatro primeras, que es vuestra
merced uno de los más famosos caballeros
andantes que ha habido, ni aun habrá en toda
la redondez de la tierra. Bien haya Cide Hamete
Benengeli que la historia de vuestras grandezas 30
dejó escritas, y rebién haya el curioso que
tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 62
en nuestro vulgar castellano para universal
entretenimiento de las gentes.
Hízole levantar don Quijote, y dijo:
¿De esa manera verdad es que hay historia
mía, y que fue moro y sabio el que la compuso? 5
Es tan verdad, señor, dijo Sansón, que
tengo para mí, que el día de hoy están impresos
más de doce mil libros de la tal historia;
si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia,
donde se han impreso, y aun hay fama que se 10
está imprimiendo en Amberes, y a mí se me
trasluce que no ha de haber nación ni lengua
donde no se traduzca.
Una de las cosas, dijo a esta sazón don
Quijote, que más debe de dar contento a un 15
hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo,
andar con buen nombre por las lenguas de las
gentes, impreso y en estampa; dije con buen
nombre: porque siendo al contrario, ninguna
muerte se le igualara. 20
Si por buena fama y si por buen nombre
va, dijo el bachiller, sólo vuestra merced
lleva la palma a todos los caballeros andantes;
porque el moro en su lengua y el cristiano en
la suya tuvieron cuidado de pintarnos muy al 25
vivo la gallardía de vuestra merced, el ánimo
grande en acometer los peligros, la paciencia
en las adversidades y el sufrimiento, así en
las desgracias como en las heridas, la
honestidad y continencia en los amores tan 30
platónicos de vuestra merced y de mi señora doña
Dulcinea del Toboso.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO III p. 63
Nunca, dijo a este punto Sancho Panza, he
oído llamar con don a mi señora Dulcinea, sino
solamente la señora Dulcinea del Toboso, y ya
en esto anda errada la historia.
No es objeción de importancia ésa, 5
respondió Carrasco.
No por cierto, respondió don Quijote.
Pero dígame vuestra merced, señor bachiller,
¿qué hazañas mías son las que más se ponderan
en esa historia? 10
En eso, respondió el bachiller, hay
diferentes opiniones, como hay diferentes gustos:
unos se atienen a la aventura de los molinos
de viento, que a vuestra merced le parecieron
Briareos y gigantes; otros, a la de los batanes; 15
éste, a la descripción de los dos ejércitos, que
después parecieron ser dos manadas de carneros;
aquél encarece la del muerto que llevaban
a enterrar a Segovia; uno dice que a todas se
aventaja la de la libertad de los galeotes; otro, 20
que ninguna iguala a la de los dos gigantes
benitos, con la pendencia del valeroso
vizcaíno.
Dígame, señor bachiller, dijo a esta sazón
Sancho, ¿entra ahí la aventura de los 25
yangüeses, cuando a nuestro buen Rocinante se le
antojó pedir cotufas en el golfo?
No se le quedó nada, respondió Sansón,
al sabio en el tintero; todo lo dice y todo lo
apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen 30
Sancho hizo en la manta.
En la manta no hice yo cabriolas, respondió
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 64
Sancho; en el aire sí, y aun más de las
que yo quisiera.
A lo que yo imagino, dijo don Quijote,
no hay historia humana en el mundo que no
tenga sus altibajos, especialmente las que 5
tratan de caballerías, las cuales nunca pueden
estar llenas de prósperos sucesos.
Con todo eso, respondió el bachiller,
dicen algunos que han leído la historia, que se
holgaran se les hubiera olvidado a los autores 10
de ella algunos de los infinitos palos que
en diferentes encuentros dieron al señor don
Quijote.
Ahí entra la verdad de la historia, dijo
Sancho. 15
También pudieran callarlos por equidad,
dijo don Quijote, pues las acciones que ni
mudan, ni alteran la verdad de la historia, no
hay para qué escribirlas, si han de redundar en
menosprecio del señor de la historia. A fe que 20
no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le
pinta, ni tan prudente Ulises como le describe
Homero.
Así es, replicó Sansón; pero uno es
escribir como poeta y otro como historiador; el 25
poeta puede contar o cantar las cosas, no como
fueron, sino como debían ser, y el historiador
las ha de escribir, no como debían ser, sino
como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad
cosa alguna. 30
Pues si es que se anda a decir verdades
ese señor moro, dijo Sancho, a buen seguro
SEGUNDA PARTE, CAPITULO III p. 65
que entre los palos de mi señor se hallen
los míos; porque nunca a su merced le
tomaron la medida de las espaldas, que no me la
tomasen a mí de todo el cuerpo. Pero no hay
de qué maravillarme, pues como dice el mismo 5
señor mío, del dolor de la cabeza han de
participar los miembros.
Socarrón sois, Sancho, respondió don
Quijote; a fe que no os falta memoria, cuando
vos queréis tenerla. 10
Cuando yo quisiese olvidarme de los
garrotazos que me han dado, dijo Sancho, no
lo consentirán los cardenales, que aún se están
frescos en las costillas.
Callad, Sancho, dijo don Quijote, y no 15
interrumpáis al señor bachiller, a quien suplico
pase adelante en decirme lo que se dice de
mí en la referida historia.
Y de mí, dijo Sancho; que también dicen
que soy yo uno de los principales presonajes 20
de ella.
Personajes, que no presonajes, Sancho
amigo, dijo Sansón.
Otro reprochador de voquibles tenemos,
dijo Sancho; pues ándense a eso y no 25
acabaremos en toda la vida.
Mala me la dé Dios, Sancho, respondió el
bachiller, si no sois vos la segunda persona
de la historia, y que hay tal que precia más
oíros hablar a vos que al más pintado de toda 30
ella, puesto que también hay quien diga que
anduvisteis demasiadamente de crédulo en creer
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 66
que podía ser verdad el gobierno de aquella
ínsula ofrecida por el señor don Quijote, que
está presente.
Aún hay sol en las bardas, dijo don
Quijote, y mientras más fuere entrando en edad 5
Sancho, con la experiencia que dan los años,
estará más idóneo y más hábil para ser
gobernador, que no está ahora.
Por Dios, señor, dijo Sancho, la isla que
yo no gobernase con los años que tengo, no 10
la gobernaré con los años de Matusalén; el
daño está en que la dicha ínsula se entretiene,
no sé dónde, y no en faltarme a mí el caletre
para gobernarla.
Encomendadlo a Dios, Sancho, dijo don 15
Quijote; que todo se hará bien, y quizá mejor
de lo que vos pensáis; que no se mueve la
hoja en el árbol sin la voluntad de Dios.
Así es verdad, dijo Sansón, que si Dios
quiere, no le faltarán a Sancho mil islas que 20
gobernar, cuanto más una.
Gobernador he visto por ahí, dijo Sancho,
que a mi parecer no llegan a la suela de
mi zapato, y, con todo eso, los llaman señoría,
y se sirven con plata. 25
Esos no son gobernadores de ínsulas,
replicó Sansón, sino de otros gobiernos más
manuales; que los que gobiernan ínsulas, por
lo menos, han de saber gramática.
Con la grama bien me avendría yo, dijo 30
Sancho, pero con la tica ni me tiro ni me
pago, porque no la entiendo. Pero dejando
SEGUNDA PARTE, CAPITULO III p. 67
esto del gobierno en las manos de Dios, que
me eche a las partes donde más de mí se sirva,
digo, señor bachiller Sansón Carrasco, que
infinitamente me ha dado gusto que el autor de
la historia haya hablado de mí de manera, que 5
no enfadan las cosas que de mí se cuentan;
que a fe de buen escudero que si hubiera dicho
de mí cosas que no fueran muy de cristiano
viejo, como soy, que nos habían de oír los
sordos. 10
Eso fuera hacer milagros, respondió
Sansón.
Milagros o no milagros, dijo Sancho,
cada uno mire cómo habla o cómo escribe de
las personas, y no ponga a trochemoche lo 15
primero que le viene al magín.
Una de las tachas que ponen a la tal historia,
dijo el bachiller, es que su autor puso
en ella una novela intitulada: El curioso
impertinente, no por mala ni por mal razonada, 20
sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que
ver con la historia de su merced del señor don
Quijote.
Yo apostaré, replicó Sancho, que ha
mezclado el hideperro berzas con capachos. 25
Ahora digo, dijo don Quijote, que no ha
sido sabio el autor de mi historia, sino algún
ignorante hablador que, a tiento y sin algún
discurso, se puso a escribirla, salga lo que
saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de 30
Ubeda, al cual preguntándole qué pintaba,
respondió: «Lo que saliere». Tal vez pintaba un
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 68
gallo de tal suerte y tan mal parecido, que era
menester que con letras góticas escribiese
junto a él: «éste es gallo». Y así debe de ser de
mi historia, que tendrá necesidad de comento
para entenderla. 5
Eso no, respondió Sansón; porque es tan
clara, que no hay cosa que dificultar en ella. Los
niños la manosean, los mozos la leen, los
hombres la entienden y los viejos la celebran,
y, finalmente, es tan trillada y tan leída, y tan 10
sabida de todo género de gentes, que apenas
han visto algún rocín flaco, cuando dicen: «Allí
»va Rocinante», y los que más se han dado a su
lectura son los pajes. No hay antecámara de
señor, donde no se halle un Don Quijote; unos 15
le toman, si otros le dejan; éstos le embisten y
aquéllos le piden. Finalmente, la tal historia es
del más gustoso y menos perjudicial entretenimiento
que hasta ahora se haya visto; porque
en toda ella no se descubre, ni por semejas, una 20
palabra deshonesta, ni un pensamiento menos
que católico.
A escribir de otra suerte, dijo don Quijote,
no fuera escribir verdades, sino mentiras, y
los historiadores que de mentiras se valen 25
habían de ser quemados, como los que hacen
moneda falsa, y no sé yo qué le movió al autor
a valerse de novelas y cuentos ajenos, habiendo
tanto que escribir en los míos; sin duda se
debió de atener al refrán: «De paja y de heno, 30
»&c.». Pues en verdad que en sólo manifestar
mis pensamientos, mis suspiros, mis lágrimas,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO III p. 69
mis buenos deseos y mis acometimientos
pudiera hacer un volumen mayor, o tan
grande, que el que pueden hacer todas las
obras del Tostado. En efecto, lo que yo alcanzo,
señor bachiller, es que para componer historias 5
y libros de cualquier suerte que sean, es
menester un gran juicio y un maduro entendimiento;
decir gracias y escribir donaires es de
grandes ingenios. La más discreta figura de la
comedia es la del bobo, porque no lo ha de 10
ser el que quiere dar a entender que es simple.
La historia es como cosa sagrada, porque ha
de ser verdadera, y donde está la verdad está
Dios, en cuanto a verdad, pero no obstante esto
hay algunos que así componen y arrojan libros 15
de sí, como si fuesen buñuelos.
No hay libro tan malo, dijo el bachiller,
que no tenga algo bueno.
No hay duda en eso, replicó don Quijote,
pero muchas veces acontece, que los que 20
tenían méritamente granjeada y alcanzada gran
fama por sus escritos, en dándolos a la estampa,
la perdieron del todo, o la menoscabaron
en algo.
La causa de eso es, dijo Sansón, que como 25
las obras impresas se miran despacio,
fácilmente se ven sus faltas, y tanto más se
escudriñan cuanto es mayor la fama del que las
compuso. Los hombres famosos por sus ingenios,
los grandes poetas, los ilustres historiadores, 30
siempre, o las más veces, son envidiados
de aquellos que tienen por gusto y por particular
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 70
entretenimiento juzgar los escritos ajenos,
sin haber dado algunos propios a la luz del
mundo.
Eso no es de maravillar, dijo don Quijote,
porque muchos teólogos hay que no son 5
buenos para el púlpito, y son bonísimos para
conocer las faltas o sobras de los que
predican.
Todo eso es así, señor don Quijote,
dijo Carrasco; pero quisiera yo que los tales 10
censuradores fueran más misericordiosos y menos
escrupulosos, sin atenerse a los átomos del
sol clarísimo de la obra de que murmuran,
que si aliquando bonus dormitat Homerus,
consideren lo mucho que estuvo despierto por 15
dar la luz de su obra con la menos sombra
que pudiese, y quizá podría ser que lo que a
ellos les parece mal, fuesen lunares que a las
veces acrecientan la hermosura del rostro que
los tiene, y, así, digo que es grandísimo el 20
riesgo a que se pone el que imprime un libro,
siendo de toda imposibilidad imposible
componerle tal, que satisfaga y contente a todos
los que le leyeren.
El que de mí trata, dijo don Quijote, a 25
pocos habrá contentado.
Antes es al revés, [replicó Sansón], que
como de stultorum infinitus est numerus,
infinitos son los que han gustado de la tal
historia. Y algunos han puesto falta y dolo en la 30
memoria del autor, pues se le olvida de contar
quién fue el ladrón que hurtó el rucio a Sancho,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO III p. 71
que allí no se declara, y sólo se infiere de
lo escrito que se le hurtaron, y de allí a poco le
vemos a caballo sobre el mismo jumento, sin
haber parecido; también dicen que se le olvidó
poner lo que Sancho hizo de aquellos cien 5
escudos que halló en la maleta en Sierra Morena,
que nunca más los nombra, y hay muchos que
desean saber qué hizo de ellos, o en qué los
gastó, que es uno de los puntos sustanciales que
faltan en la obra. 10
Sancho respondió:
Yo, señor Sansón, no estoy ahora para
ponerme en cuentas ni cuentos; que me ha
tomado un desmayo de estómago, que si no le
reparo con dos tragos de lo añejo me pondrá 15
en la espina de Santa Lucía. En casa lo
tengo, mi oíslo me aguarda, en acabando de
comer daré la vuelta, y satisfaré a vuestra
merced y a todo el mundo de lo que preguntar
quisieren, así de la pérdida del jumento, como 20
del gasto de los cien escudos.
Y, sin esperar respuesta ni decir otra palabra,
se fue a su casa. Don Quijote pidió y rogó al
bachiller se quedase a hacer penitencia con
él; tuvo el bachiller el envite, quedóse, 25
añadióse al ordinario un par de pichones, tratóse
en la mesa de caballerías, siguióle el humor
Carrasco, acabóse el banquete, durmieron la
siesta, volvió Sancho y renovóse la plática
pasada. 30
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Capítulo IV
Donde Sancho Panza satisface al bachiller
Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas,
con otros sucesos dignos de saberse y de
contarse. 5
Volvió Sancho a casa de don Quijote, y
volviendo al pasado razonamiento, dijo:
A lo que el señor Sansón dijo que se
deseaba saber quién, o cómo, o cuándo se me
hurtó el jumento, respondiendo digo, que la 10
noche misma que huyendo de la Santa Hermandad
nos entramos en Sierra Morena, después
de la aventura sin ventura de los galeotes,
y de la del difunto que llevaban a Segovia, mi
señor y yo nos metimos entre una espesura, 15
adonde mi señor, arrimado a su lanza, y yo
sobre mi rucio, molidos y cansados de las
pasadas refriegas, nos pusimos a dormir como si
fuera sobre cuatro colchones de pluma;
especialmente yo dormí con tan pesado sueño, que 20
quienquiera que fue tuvo lugar de llegar y
suspenderme sobre cuatro estacas que puso a
los cuatro lados de la albarda, de manera, que
me dejó a caballo sobre ella y me sacó debajo
de mí al rucio, sin que yo lo sintiese. 25
Eso es cosa fácil, [dijo Sansón], y no
acontecimiento nuevo; que lo mismo le sucedió
a Sacripante cuando, estando en el cerco
de Albraca, con esa misma invención le sacó
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el caballo de entre las piernas aquel famoso
ladrón llamado Brunelo.
Amaneció, prosiguió Sancho, y apenas
me hube estremecido, cuando, faltando las
estacas, di conmigo en el suelo una gran caída, 5
miré por el jumento y no le vi, acudiéronme
lágrimas a los ojos e hice una lamentación,
que si no la puso el autor de nuestra historia,
puede hacer cuenta que no puso cosa buena.
Al cabo de no sé cuántos días, viniendo con la 10
señora princesa Micomicona, conocí mi asno,
y que venía sobre él en hábito de gitano aquel
Ginés de Pasamonte, aquel embustero y
grandísimo maleador que quitamos mi señor y
yo de la cadena. 15
No está en eso el yerro, replicó Sansón,
sino en que antes de haber parecido el jumento,
dice el autor que iba a caballo Sancho en el
mismo rucio.
A eso, dijo Sancho, no sé qué responder, 20
sino que el historiador se engañó o ya
sería descuido del impresor.
Así es, sin duda, dijo Sansón, pero, ¿qué
se hicieron los cien escudos?; ¿deshiciéronse?
Respondió Sancho: 25
Yo los gasté en pro de mi persona y de la
de mi mujer y de mis hijos, y ellos han sido
causa de que mi mujer lleve en paciencia los
caminos y carreras que he andado sirviendo a
mi señor don Quijote; que si al cabo de tanto 30
tiempo volviera sin blanca y sin el jumento
a mi casa, negra ventura me esperaba. Y si hay
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 74
más que saber de mí, aquí estoy, que responderé
al mismo rey en persona, y nadie tiene para
qué meterse en si traje o no traje, si gasté o no
gasté; que si los palos que me dieron en estos
viajes se hubieran de pagar a dinero, aunque 5
no se tasaran sino a cuatro maravedís cada
uno, en otros cien escudos no había para
pagarme la mitad. Y cada uno meta la mano en
su pecho y no se ponga a juzgar lo blanco por
negro y lo negro por blanco; que cada uno es 10
como Dios le hizo, y aun peor muchas veces.
Yo tendré cuidado, dijo Carrasco, de acusar
al autor de la historia que si otra vez la
imprimiere, no se le olvide esto que el buen
Sancho ha dicho, que será realzarla un buen 15
coto más de lo que ella se está.
¿Hay otra cosa que enmendar en esa leyenda,
señor bachiller?, preguntó don Quijote.
Sí debe de haber, respondió él; pero
ninguna debe de ser de la importancia de las ya 20
referidas.
Y ¿por ventura, dijo don Quijote, promete
el autor segunda parte?
Sí promete, respondió Sansón; pero dice
que no ha hallado ni sabe quién la tiene, y, así, 25
estamos en duda si saldrá o no. Y, así, por esto,
como porque algunos dicen: «Nunca segundas
»partes fueron buenas», y otros: «De las cosas de
»don Quijote bastan las escritas», se duda que
no ha de haber segunda parte, aunque algunos 30
que son más joviales que saturninos dicen:
«Vengan más quijotadas, embista don Quijote,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO IV p. 75
»y hable Sancho Panza, y sea lo que fuere; que
»con eso nos contentamos».
Y ¿a qué se atiene el autor?
A que, respondió Sansón, en hallando
que halle la historia que él va buscando con 5
extraordinarias diligencias, la dará luego a la
estampa, llevado más del interés que de darla
se le sigue, que de otra alabanza alguna.
A lo que dijo Sancho:
¿Al dinero y al interés mira el autor? 10
Maravilla será que acierte, porque no hará sino
harbar, harbar como sastre en vísperas de Pascuas,
y las obras que se hacen aprisa nunca se
acaban con la perfección que requieren. Atienda
ese señor moro, o lo que es, a mirar lo que 15
hace; que yo y mi señor le daremos tanto ripio
a la mano en materia de aventuras y de
sucesos diferentes, que pueda componer no sólo
segunda parte, sino ciento. Debe de pensar el
buen hombre, sin duda, que nos dormimos 20
aquí en las pajas; pues ténganos el pie al
herrar y verá del qué cosqueamos. Lo que yo sé
decir es que si mi señor tomase mi consejo, ya
habíamos de estar en esas campañas deshaciendo
agravios y enderezando tuertos, como es 25
uso y costumbre de los buenos andantes
caballeros.
No había bien acabado de decir estas razones
Sancho, cuando llegaron a sus oídos relinchos
de Rocinante, los cuales relinchos tomó don 30
Quijote por felicísimo agüero, y determinó de
hacer de allí a tres o cuatro días otra salida, y,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 76
declarando su intento al bachiller, le pidió consejo
por qué parte comenzaría su jornada; el cual le
respondió que era su parecer que fuese al
reino de Aragón y a la ciudad de Zaragoza,
adonde de allí a pocos días se habían de hacer 5
unas solemnísimas justas por la fiesta de San
Jorge, en las cuales podría ganar fama sobre
todos los caballeros aragoneses, que sería
ganarla sobre todos los del mundo. Alabóle ser
honradísima y valentísima su determinación, 10
y advirtióle que anduviese más atentado en
acometer los peligros, a causa que su vida no
era suya, sino de todos aquellos que le habían
de menester para que los amparase y socorriese
en sus desventuras. 15
De eso es lo que yo reniego, señor Sansón,
dijo a este punto Sancho; que así acomete
mi señor a cien hombres armados, como un
muchacho goloso a media docena de badeas.
¡Cuerpo del mundo, señor bachiller, sí, que 20
tiempos hay de acometer, y tiempos de retirar; sí,
no ha de ser todo «Santiago, y cierra, España!»
Y más, que yo he oído decir, y creo que a mi
señor mismo, si mal no me acuerdo, que en
los extremos de cobarde y de temerario está el 25
medio de la valentía, y si esto es así, no quiero
que huya sin tener para qué, ni que acometa
cuando la demasía pide otra cosa. Pero, sobre
todo, aviso a mi señor que si me ha de llevar
consigo, ha de ser con condición que él se lo ha 30
de batallar todo, y que yo no he de estar
obligado a otra cosa que a mirar por su persona en
SEGUNDA PARTE, CAPITULO IV p. 77
lo que tocare a su limpieza y a su regalo; que
en esto yo le bailaré el agua delante; pero
pensar que tengo de poner mano a la espada,
aunque sea contra villanos malandrines de hacha y
capellina, es pensar en lo excusado. Yo, 5
señor Sansón, no pienso granjear fama de
valiente, sino del mejor y más leal escudero que
jamás sirvió a caballero andante; y si mi señor
don Quijote, obligado de mis muchos y buenos
servicios, quisiere darme alguna ínsula de 10
las muchas que su merced dice que se ha de
topar por ahí, recibiré mucha merced en ello. Y
cuando no me la diere, nacido soy, y no ha
de vivir el hombre en hoto de otro, sino de
Dios, y más, que tan bien, y aun quizá mejor, 15
me sabrá el pan desgobernado que siendo
gobernador. Y ¿sé yo, por ventura, si en esos
gobiernos me tiene aparejada el diablo alguna
zancadilla donde tropiece y caiga y me haga
las muelas? Sancho nací y Sancho pienso 20
morir. Pero si con todo esto, de buenas a buenas,
sin mucha solicitud y sin mucho riesgo, me
deparase el cielo alguna ínsula u otra cosa
semejante, no soy tan necio que la desechase;
que también se dice: «cuando te dieren la 25
»vaquilla, corre con la soguilla», y «cuando viene
»el bien, mételo en tu casa».
Vos, hermano Sancho, dijo Carrasco, habéis
hablado como un catedrático; pero con todo
eso confiad en Dios y en el señor don 30
Quijote, que os ha de dar un reino, no que una
ínsula.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 78
Tanto es lo de más como lo de menos,
respondió Sancho; aunque sé decir al señor
Carrasco, que no echará mi señor el reino que
me diera en saco roto; que yo he tomado el
pulso a mí mismo, y me hallo con salud para 5
regir reinos y gobernar ínsulas, y esto ya otras
veces lo he dicho a mi señor.
Mirad, Sancho, dijo Sansón, que los
oficios mudan las costumbres, y podría ser que,
viéndoos gobernador, no conocieseis a la 10
madre que os parió.
Eso allá se ha de entender, respondió
Sancho, con los que nacieron en las malvas,
y no con los que tienen sobre el alma cuatro
dedos de enjundia de cristianos viejos como 15
yo los tengo: ¡no, sino llegaos a mi condición,
que sabrá usar de desagradecimiento con
alguno!
Dios lo haga, dijo don Quijote, y ello
dirá cuando el gobierno venga; que ya me 20
parece que le traigo entre los ojos.
Dicho esto, rogó al bachiller que, si era
poeta, le hiciese merced de componerle unos
versos que tratasen de la despedida que pensaba
hacer de su señora Dulcinea del Toboso, y que 25
advirtiese que en el principio de cada verso
había de poner una letra de su nombre, de
manera, que al fin de los versos, juntando
las primeras letras, se leyese Dulcinea del
Toboso. 30
El bachiller respondió que puesto que él
no era de los famosos poetas que había en
SEGUNDA PARTE, CAPITULO IV p. 79
España, que decían que no eran sino tres y
medio, que no dejaría de componer los tales
metros, aunque hallaba una dificultad grande en
su composición a causa que las letras que
contenían el nombre eran diez y siete, y que si 5
hacía cuatro castellanas de a cuatro versos,
sobrara una letra, y si de a cinco, a quien
llaman décimas o redondillas, faltaban tres
letras; pero con todo eso procuraría embeber
una letra lo mejor que pudiese, de manera, que 10
en las cuatro castellanas se incluyese el
nombre de Dulcinea del Toboso.
Ha de ser así en todo caso, dijo don
Quijote; que si allí no va el nombre patente y
de manifiesto, no hay mujer que crea que para 15
ella se hicieron los metros.
Quedaron en esto y en que la partida sería de
allí a ocho días; encargó don Quijote al
bachiller la tuviese secreta, especialmente al
cura y a maese Nicolás y a su sobrina y al 20
ama, porque no estorbasen su honrada y
valerosa determinación; todo lo prometió
Carrasco. Con esto se despidió, encargando a don
Quijote que de todos sus buenos o malos
sucesos le avisase, habiendo comodidad, y, así, 25
se despidieron, y Sancho fue a poner en orden
lo necesario para su jornada.
p. 80
Capítulo V
De la discreta y graciosa plática que pasó
entre Sancho Panza y su mujer Teresa
Panza, y otros sucesos dignos de feliz
recordación. 5
Llegando a escribir el traductor de esta historia
este quinto capítulo, dice que le tiene por
apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con
otro estilo del que se podía prometer de su
corto ingenio, y dice cosas tan sutiles, que no 10
tiene por posible que él las supiese; pero que
no quiso dejar de traducirlo, por cumplir con
lo que a su oficio debía, y, así, prosiguió
diciendo:
Llegó Sancho a su casa tan regocijado y 15
alegre, que su mujer conoció su alegría a tiro de
ballesta, tanto, que la obligó a preguntarle:
¿Qué traéis, Sancho amigo, que tan alegre
venís?
A lo que él respondió: 20
Mujer mía, si Dios quisiera, bien me holgara
yo de no estar tan contento como muestro.
No os entiendo, marido, replicó ella, y no
sé qué queréis decir en eso de que os holgareis,
si Dios quisiera, de no estar contento; 25
que maguer tonta, no sé yo quién recibe
gusto de no tenerle.
Mirad, Teresa, respondió Sancho: yo estoy
alegre porque tengo determinado de volver a
servir a mi amo don Quijote, el cual quiere la 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO V p. 81
vez tercera salir a buscar las aventuras, y
yo vuelvo a salir con él porque lo quiere así
mi necesidad, junto con la esperanza que me
alegra de pensar si podré hallar otros cien
escudos como los ya gastados, puesto que me 5
entristece el haberme de apartar de ti y de mis
hijos. Y si Dios quisiera darme de comer a pie
enjuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos
y encrucijadas, pues lo podía hacer a poca
costa y no más de quererlo, claro está que mi 10
alegría fuera más firme y valedera, pues que la
que tengo va mezclada con la tristeza del
dejarte; así, que dije bien que holgara, si Dios
quisiera, de no estar contento.
Mirad, Sancho, replicó Teresa; después 15
que os hicisteis miembro de caballero andante,
habláis de tan rodeada manera, que no hay
quien os entienda.
Basta que me entienda Dios, mujer,
respondió Sancho, que El es el entendedor de 20
todas las cosas, y quédese esto aquí; y advertid,
hermana, que os conviene tener cuenta estos
tres días con el rucio, de manera, que esté para
armas tomar. Dobladle los piensos, requerid
la albarda y las demás jarcias, porque no 25
vamos a bodas, sino a rodear el mundo, y a tener
dares y tomares con gigantes, con endriagos y
con vestiglos, y a oír silbos, rugidos, bramidos
y baladros, y aun todo esto fuera flores de
cantueso, si no tuviéramos que entender con 30
yangüeses y con moros encantados.
Bien creo yo, marido, replicó Teresa, que,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 82
los escuderos andantes no comen el pan de
balde, y, así, quedaré rogando a nuestro Señor
os saque presto de tanta mala ventura.
Yo os digo, mujer, respondió Sancho,
que si no pensase antes de mucho tiempo 5
verme gobernador de una ínsula, aquí me
caería muerto.
Eso no, marido mío, dijo Teresa; viva
la gallina, aunque sea con su pepita; vivid vos,
y llévese el diablo cuantos gobiernos hay en el 10
mundo. Sin gobierno salisteis del vientre de
vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta
ahora, y sin gobierno os iréis o os llevarán a la
sepultura cuando Dios fuere servido. Como
ésos hay en el mundo que viven sin gobierno, 15
y no por eso dejan de vivir y de ser contados
en el número de las gentes. La mejor salsa del
mundo es la hambre, y como ésta no falta a
los pobres, siempre comen con gusto. Pero
mirad, Sancho, si por ventura os viereis con 20
algún gobierno, no os olvidéis de mí y de
vuestros hijos. Advertid que Sanchico tiene ya
quince años cabales, y es razón que vaya a la
escuela, si es que su tío, el abad, le ha de
dejar hecho de la Iglesia. Mirad también que 25
Mari Sancha, vuestra hija, no se morirá si la
casamos, que me va dando barruntos que
desea tanto tener marido como vos deseáis
veros con gobierno, y en fin en fin, mejor
parece la hija mal casada que bien 30
abarraganada.
A buena fe, respondió Sancho, que si
SEGUNDA PARTE, CAPITULO V p. 83
Dios me llega a tener algo qué de gobierno,
que tengo de casar, mujer mía, a Mari Sancha
tan altamente que no la alcancen sino con
llamarla señor[í]a.
Eso no, Sancho, respondió Teresa; 5
casadla con su igual, que es lo más acertado;
que si de los zuecos la sacáis a chapines y de
saya parda de catorceno a verdugado y saboyanas
de seda, y de una Marica y un tú a una
doña tal y señoría, no se ha de hallar la 10
muchacha y a cada paso ha de caer en mil faltas,
descubriendo la hilaza de su tela basta y
grosera.
Calla, boba, dijo Sancho, que todo será
usarlo dos o tres años; que después le vendrá 15
el señorío y la gravedad como de molde, y
cuando no, ¿qué importa? Séase ella señoría
y venga lo que viniere.
Medíos, Sancho, con vuestro estado,
respondió Teresa, no os queráis alzar a mayores 20
y advertid al refrán que dice: al hijo de tu
vecino límpiale las narices y métele en tu casa.
Por cierto que sería gentil cosa casar a
nuestra María con un condazo, o con [un] caballerote
que cuando se le antojase la pusiese como 25
nueva, llamándola de villana, hija del
destripaterrones y de la pelarruecas. ¡No en mis días,
marido; para eso por cierto he criado yo a mi
hija! Traed vos dineros, Sancho, y el casarla
dejadlo a mi cargo; que ahí está Lope Tocho, el 30
hijo de Juan Tocho, mozo rollizo y sano, y que
le conocemos, y sé que no mira de mal ojo a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 84
la muchacha, y con éste que es nuestro igual
estará bien casada, y le tendremos siempre a
nuestros ojos, y seremos todos unos, padres e
hijos, nietos y yernos, y andará la paz y la
bendición de Dios entre todos nosotros, y no 5
casármela vos ahora en esas cortes y en esos
palacios grandes, adonde ni a ella la
entiendan ni ella se entienda.
Ven acá, bestia y mujer de Barrabás,
replicó Sancho; ¿por qué quieres tú ahora, sin 10
qué ni para qué, estorbarme que no case a mi
hija con quien me dé nietos que se llamen
señoría? Mira, Teresa, siempre he oído decir a
mis mayores que el que no sabe gozar de la
ventura cuando le viene, que no se debe quejar 15
si se le pasa. Y no sería bien que, ahora
que está llamando a nuestra puerta, se la
cerremos; dejémonos llevar de este viento
favorable que nos sopla. (Por este modo de hablar
y por lo que más abajo dice Sancho, dijo el 20
traductor de esta historia que tenía por apócrifo
este capítulo.)
¿No te parece, animalia, prosiguió Sancho,
que será bien dar con mi cuerpo en algún
gobierno provechoso que nos saque el pie del 25
lodo? Y cásese a Mari Sancha con quien yo
quisiere, y verás cómo te llaman a ti doña
Teresa Panza, y te sientas en la iglesia sobre
alcatifa, almohadas y arambeles, a pesar y
despecho de las hidalgas del pueblo. No, sino 30
estaos siempre en un ser, sin crecer ni
menguar, como figura de paramento, y en esto no
SEGUNDA PARTE, CAPITULO V p. 85
hablemos más, que Sanchica ha de ser
condesa, aunque tú más me digas.
¿Veis cuanto decís, marido?, respondió
Teresa. Pues con todo eso temo que este
condado de mi hija ha de ser su perdición. 5
Vos haced lo que quisiereis, ora la hagáis
duquesa o princesa; pero séos decir que no
será ello con voluntad ni consentimiento mío.
Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad,
y no puedo ver entonos sin fundamentos. 10
Teresa me pusieron en el bautismo, nombre
mondo y escueto, sin añadiduras, ni cortapisas, ni
arrequives de dones ni donas; Cascajo se llamó
mi padre, y a mí, por ser vuestra mujer, me
llaman Teresa Panza, que a buena razón me 15
habían de llamar Teresa Cascajo. Pero allá van
reyes do quieren leyes, y con este nombre me
contento, sin que me le pongan un don encima
que pese tanto, que no le pueda llevar, y no
quiero dar que decir a los que me vieren andar 20
vestida a lo condesil o a lo de gobernadora,
que luego dirán: «¡Mirad que entonada va la
»pazpuerca: ayer no se hartaba de estirar de
»un copo de estopa, e iba a misa cubierta la
»cabeza con la falda de la saya en lugar de 25
»manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con
»entono, como si no la conociésemos!» Si Dios
me guarda mis siete o mis cinco sentidos, o los
que tengo, no pienso dar ocasión de verme en
tal aprieto. Vos, hermano, idos a ser gobierno 30
o ínsulo, y entonaos a vuestro gusto; que mi
hija ni yo por el siglo de mi madre que no nos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 86
hemos de mudar un paso de nuestra aldea: la
mujer honrada, la pierna quebrada y en casa.
Y la doncella honesta, el hacer algo es su
fiesta. Idos con vuestro don Quijote a vuestras
aventuras y dejadnos a nosotras con nuestras 5
malas venturas; que Dios nos las mejorará
como seamos buenas. Y yo no sé por cierto
quién le puso a él don que no tuvieron sus
padres ni sus abuelos.
Ahora digo, replicó Sancho, que tienes 10
algún familiar en ese cuerpo. ¡Válgate Dios, la
mujer, y qué de cosas has ensartado unas en
otras, sin tener pies ni cabeza! ¿Qué tiene que
ver el Cascajo, los broches, los refranes y el
entono con lo que yo digo? Ven acá, mentecata 15
e ignorante, que así te puedo llamar, pues
no entiendes mis razones y vas huyendo de la
dicha. Si yo dijera que mi hija se arrojara de
una torre abajo, o que se fuera por esos
mundos, como se quiso ir la infanta doña Urraca, 20
tenías razón de no venir con mi gusto; pero si
en dos paletas y en menos de un abrir y cerrar
de ojos te la chanto un don y una señoría
a cuestas, y te la saco de los rastrojos, y te la
pongo en toldo y en peana y en un estrado de 25
más almohadas de velludo, que tuvieron moros
en su linaje los Almohadas de Marruecos,
¿por qué no has de consentir y querer lo que
yo quiero?
¿Sabéis por qué, marido?, respondió Teresa: 30
por el refrán que dice: Quien te cubre te
descubre. Por el pobre todos pasan los ojos
SEGUNDA PARTE, CAPITULO V p. 87
como de corrida, y en el rico los detienen, y si
el tal rico fue un tiempo pobre, allí es el
murmurar, y el mal decir, y el peor perseverar de
los maldicientes, que los hay por esas calles a
montones, como enjambres de abejas. 5
Mira, Teresa, respondió Sancho, y escucha
lo que ahora quiero decirte, quizá no lo
habrás oído en todos los días de tu vida, y yo
ahora no hablo de mío; que todo lo que pienso
decir son sentencias del padre predicador que 10
la cuaresma pasada predicó en este pueblo,
el cual, si mal no me acuerdo, dijo que todas
las cosas presentes que los ojos están mirando
se presentan, están y asisten en nuestra
memoria mucho mejor y con más vehemencia 15
que las cosas pasadas. (Todas estas razones
que aquí va diciendo Sancho son las segundas
por quien dice el traductor que tiene por
apócrifo este capítulo, que exceden a la capacidad
de Sancho. El cual prosiguió diciendo:) De 20
donde nace que cuando vemos alguna persona
bien aderezada y con ricos vestidos compuesta
y con pompa de criados, parece que por
fuerza nos mueve y convida a que la tengamos
respeto, puesto que la memoria en aquel 25
instante nos represente alguna bajeza en que
vimos a la tal persona; la cual ignominia, ahora
sea de pobreza, o de linaje, como ya pasó,
no es, y sólo es lo que vemos presente. Y si
éste a quien la fortuna sacó del borrador de 30
su bajeza --que por estas mismas razones lo
dijo el padre--, a la alteza de su prosperidad,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 88
fuere bien criado, liberal y cortés con
todos, y no se pusiere en cuentos con aquellos
que por antigüedad son nobles, ten por cierto,
Teresa, que no habrá quien se acuerde de lo
que fue, sino que reverencien lo que es, si no 5
fueren los envidiosos, de quien ninguna
próspera fortuna está segura.
Yo no os entiendo, marido, replicó Teresa;
haced lo que quisiereis y no me quebréis
más la cabeza con vuestras arengas y retóricas. 10
Y si estáis revuelto en hacer lo que decís...
Resuelto has de decir, mujer, dijo Sancho,
y no revuelto.
No os pongáis a disputar, marido, conmigo,
respondió Teresa; yo hablo como Dios es 15
servido y no me meto en más dibujos. Y digo,
que si estáis porfiando en tener gobierno, que
llevéis con vos a vuestro hijo Sancho, para
que desde ahora le enseñéis a tener gobierno;
que bien es que los hijos hereden y aprendan 20
los oficios de sus padres.
En teniendo gobierno, dijo Sancho, enviaré
por él por la posta, y te enviaré dineros
que no me faltarán, pues nunca falta quien se
los preste a los gobernadores cuando no los 25
tienen, y vístele de modo que disimule lo que
es y parezca lo que ha de ser.
Enviad vos dinero, dijo Teresa, que yo
os lo vestiré como un palmito.
En efecto, ¿quedamos de acuerdo, dijo 30
Sancho, de que ha de ser condesa nuestra
hija?
SEGUNDA PARTE, CAPITULO V p. 89
El día que yo la viere condesa, respondió
Teresa, ése haré cuenta que la entierro. Pero
otra vez os digo que hagáis lo que os diere
gusto; que con esta carga nacemos las mujeres
de estar obedientes a sus maridos aunque 5
sean unos porros.
Y, en esto, comenzó a llorar tan de veras como
si ya viera muerta y enterrada a Sanchica.
Sancho la consoló diciéndole que ya que la
hubiese de hacer condesa, la haría todo lo 10
más tarde que ser pudiese. Con esto se acabó
su plática, y Sancho volvió a ver a don Quijote
para dar orden en su partida.
p. 90
Capítulo VI
De lo que le pasó a don Quijote con su sobrina
y con su ama, y es uno de los importantes
capítulos de toda la historia.
En tanto que Sancho Panza y su mujer Teresa 5
Cascajo pasaron la impertinente referida
plática, no estaban ociosas la sobrina y el ama
de don Quijote, que por mil señales iban
coligiendo que su tío y señor quería desgarrarse
la vez tercera y volver al ejercicio de su, para 10
ellas, mal andante caballería; procuraban por
todas las vías posibles apartarle de tan mal
pensamiento, pero todo era predicar en desierto
y majar en hierro frío. Con todo esto, entre
otras muchas razones que con él pasaron, le 15
dijo el ama:
En verdad, señor mío, que si vuestra merced
no afirma el pie llano y se está quedo en su
casa y se deja de andar por los montes y por
los valles como ánima en pena, buscando esas 20
que dicen que se llaman aventuras, a quien yo
llamo desdichas, que me tengo de quejar en
voz y en grita a Dios y al rey, que pongan
remedio en ello.
A lo que respondió don Quijote: 25
Ama, lo que Dios responderá a tus quejas
yo no lo sé, ni lo que ha de responder su
majestad tampoco, y sólo sé que si yo fuera rey,
me excusara de responder a tanta infinidad de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VI p. 91
memoriales impertinentes como cada día le
dan; que uno de los mayores trabajos que los
reyes tienen entre otros muchos es el estar
obligados a escuchar a todos y a responder a
todos, y, así, no querría yo que cosas mías le 5
diesen pesadumbre.
A lo que dijo el ama:
Díganos, señor, ¿en la corte de su majestad
no hay caballeros?
Sí, respondió don Quijote, y muchos, y 10
es razón que los haya para adorno de la grandeza
de los príncipes y para ostentación de la
majestad real.
Pues ¿no sería vuestra merced, replicó
ella, uno de los que a pie quedo sirviesen a 15
su rey y señor, estándose en la corte?
Mira, amiga, respondió don Quijote, no
todos los caballeros pueden ser cortesanos, ni
todos los cortesanos pueden ni deben ser
caballeros andantes; de todos ha de haber en el 20
mundo, y aunque todos seamos caballeros, va
mucha diferencia de los unos a los otros: porque
los cortesanos, sin salir de sus aposentos
ni de los umbrales de la corte, se pasean por
todo el mundo, mirando un mapa, sin costarles 25
blanca, ni padecer calor ni frío, hambre ni sed.
Pero nosotros los caballeros andantes verdaderos,
al sol, al frío, al aire, a las inclemencias
del cielo, de noche y de día, a pie y a caballo,
medimos toda la tierra con nuestros mismos 30
pies. Y no solamente conocemos los enemigos
pintados, sino en su mismo ser, y en todo trance
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 92
y en toda ocasión los acometemos, sin mirar
en niñerías, ni en las leyes de los desafíos, si
lleva o no lleva más corta la lanza o la espada,
si trae sobre sí reliquias o algún engaño encubierto,
si se ha de partir y hacer tajadas el sol, 5
o no, con otras ceremonias de este jaez, que se
usan en los desafíos particulares de persona
a persona, que tú no sabes y yo sí.
Y has de saber más: que el buen caballero
andante, aunque vea diez gigantes que con las 10
cabezas no sólo tocan, sino pasan las nubes,
y que a cada uno le sirven de piernas dos
grandísimas torres, y que los brazos semejan
árboles de gruesos y poderosos navíos, y cada
ojo como una gran rueda de molino y más 15
ardiendo que un horno de vidrio, no le han de
espantar en manera alguna, antes con gentil
continente y con intrépido corazón los ha de
acometer y embestir, y, si fuere posible,
vencerlos y desbaratarlos en un pequeño instante, 20
aunque viniesen armados de unas conchas de
un cierto pescado que dicen que son más duras
que si fuesen de diamantes, y en lugar de
espadas trajesen cuchillos tajantes de
damasquino acero, o porras ferradas con puntas 25
asimismo de acero, como yo las he visto más de
dos veces. Todo esto he dicho, ama mía,
porque veas la diferencia que hay de unos
caballeros a otros, y sería razón que no hubiese
príncipe que no estimase en más esta segunda, o 30
por mejor decir, primera especie de caballeros
andantes; que, según leemos en sus historias,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VI p. 93
tal ha habido entre ellos, que ha sido la salud
no sólo de un reino, sino de muchos.
¡Ah, señor mío!, dijo a esta sazón la sobrina,
advierta vuestra merced que todo eso que
dice de los caballeros andantes es fábula y 5
mentira, y sus historias, ya que no las
quemasen, merecían que a cada una se le echase un
sambenito, o alguna señal en que fuese conocida
por infame y por gastadora de las buenas
costumbres. 10
Por el Dios que me sustenta, dijo don
Quijote, que si no fueras mi sobrina
derechamente, como hija de mi misma hermana, que
había de hacer un tal castigo en ti por la
blasfemia que has dicho, que sonara por todo el 15
mundo. ¿Cómo que es posible que una rapaza
que apenas sabe menear doce palillos de randas
se atreva a poner lengua y a censurar las
historias de los caballeros andantes? ¿Qué
dijera el señor Amadís si lo tal oyera? Pero a 20
buen seguro que él te perdonara, porque fue el
más humilde y cortés caballero de su tiempo, y
demás, grande amparador de las doncellas. Mas
tal te pudiera haber oído, que no te fuera bien
de ello; que no todos son corteses ni bien 25
mirados: algunos hay follones y descomedidos. Ni
todos los que se llaman caballeros lo son de
todo en todo, que unos son de oro, otros de
alquimia y todos parecen caballeros, pero no
todos pueden estar al toque de la piedra de la 30
verdad. Hombres bajos hay que revientan por
parecer caballeros, y, caballeros altos hay que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 94
parece que aposta mueren por parecer hombres
bajos; aquéllos se levantan, o con la ambición,
o con la virtud, éstos se abajan, o con
la flojedad, o con el vicio, y es menester
aprovecharnos del conocimiento discreto para 5
distinguir estas dos maneras de caballeros tan
parecidos en los nombres y tan distantes en las
acciones.
Válgame Dios, dijo la sobrina; que sepa
vuestra merced tanto, señor tío, que si fuese 10
menester en una necesidad, podría subir en un
púlpito e irse a predicar por esas calles, y
que, con todo esto, dé en una ceguera tan
grande y en una sandez tan conocida, que se
dé a entender que es valiente, siendo viejo, 15
que tiene fuerzas, estando enfermo, y que
endereza tuertos, estando por la edad agobiado,
y, sobre todo, que es caballero, no lo siendo,
porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no
lo son los pobres. 20
Tienes mucha razón, sobrina, en lo que
dices, respondió don Quijote, y cosas te
pudiera yo decir cerca de los linajes, que te
admiraran, pero por no mezclar lo divino con lo
humano, no las digo. Mirad, amigas, a cuatro 25
suertes de linajes, y estadme atentas, se pueden
reducir todos los que hay en el mundo, que
son éstas: unos que tuvieron principios humildes
y se fueron extendiendo y dilatando hasta
llegar a una suma grandeza; otros, que tuvieron 30
principios grandes y los fueron conservando,
y los conservan y mantienen en el ser que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VI p. 95
comenzaron; otros, que aunque tuvieron
principios grandes, acabaron en punta como
pirámide, habiendo diminuido y aniquilado su
principio hasta parar en nonada, como lo es la
punta de la pirámide, que respeto de su basa 5
o asiento no es nada; otros hay, y éstos son los
más, que ni tuvieron principio bueno, ni
razonable medio, y así tendrán el fin, sin nombre,
como el linaje de la gente plebeya y
ordinaria. 10
De los primeros que tuvieron principio
humilde y subieron a la grandeza que ahora
conservan te sirva de ejemplo la casa Otomana,
que de un humilde y bajo pastor que le dio
principio, está en la cumbre que le vemos. 15
Del segundo linaje, que tuvo principio en
grandeza y la conserva sin aumentarla, serán
ejemplo muchos príncipes que por herencia lo son,
y se conservan en ella sin aumentarla ni
diminuirla, conteniéndose en los límites de sus 20
estados pacíficamente. De los que comenzaron
grandes y acabaron en punta hay millares de
ejemplos. Porque todos los Faraones y Tolomeos
de Egipto, los Césares de Roma, con toda
la caterva, si es que se le puede dar este 25
nombre, de infinitos príncipes, monarcas, señores,
medos, asirios, persas, griegos y bárbaros,
todos estos linajes y señoríos han acabado en
punta y en nonada, así ellos como los que les
dieron principio, pues no será posible hallar 30
ahora ninguno de sus descendientes, y si le
hallásemos, sería en bajo y humilde estado.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 96
Del linaje plebeyo no tengo que decir, sino
que sirve sólo de acrecentar el número de los
que viven, sin que merezcan otra fama ni otro
elogio sus grandezas.
De todo lo dicho quiero que infiráis, bobas 5
mías, que es grande la confusión que hay entre
los linajes, y que solos aquéllos parecen
grandes e ilustres que lo muestran en la virtud y
en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dije
virtudes, riquezas y liberalidades, porque el 10
grande que fuere vicioso será vicioso grande,
y el rico no liberal será un avaro mendigo; que
al poseedor de las riquezas no le hace dichoso
el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas
como quiera, sino el saberlas bien gastar. Al 15
caballero pobre no le queda otro camino para
mostrar que es caballero, sino el de la virtud,
siendo afable, bien criado, cortés y comedido
y oficioso; no soberbio, no arrogante, no
murmurador y, sobre todo, caritativo; que con dos 20
maravedís que con ánimo alegre dé al pobre,
se mostrará tan liberal como el que a campana
herida da limosna, y no habrá quien le vea
adornado de las referidas virtudes que, aunque no
le conozca, deje de juzgarle y tenerle por de 25
buena casta, y el no serlo sería milagro. Y
siempre la alabanza fue premio de la virtud, y
los virtuosos no pueden dejar de ser alabados.
Dos caminos hay, hijas, por donde pueden ir
los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el 30
uno es el de las letras, otro, el de las armas.
Yo tengo más armas que letras, y nací, según
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VI p. 97
me inclino a las armas, debajo de la influencia
del planeta Marte; así, que casi me es forzoso
seguir por su camino, y por él tengo de ir
a pesar de todo el mundo, y será en balde
cansaros en persuadirme a que no quiera yo 5
lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y
la razón pide y, sobre todo, mi voluntad desea.
Pues con saber, como sé, los innumerables
trabajos que son anejos al andante caballería,
sé también los infinitos bienes que se alcanzan 10
con ella. Y sé que la senda de la virtud es muy
estrecha, y el camino del vicio ancho y espacioso.
Y sé que sus fines y paraderos son diferentes,
porque el del vicio, dilatado y espacioso,
acaba en muerte, y el de la virtud, angosto 15
y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se
acaba, sino en la que no tendrá fin. Y sé, como
dice el gran poeta castellano nuestro, que:
Por estas asperezas se camina
de la inmortalidad al alto asiento, 20
do nunca arriba, quien de allí declina.
¡Ay desdichada de mí!, dijo la sobrina,
que también mi señor es poeta. Todo lo sabe,
todo lo alcanza; yo apostaré que si quisiera
ser albañil, que supiera fabricar una casa como 25
una jaula.
Yo te prometo, sobrina, respondió don
Quijote, que si estos pensamientos
caballerescos no me llevasen tras sí todos los
sentidos, que no habría cosa que yo no hiciese, ni 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 98
curiosidad que no saliese de mis manos,
especialmente jaulas y palillos de dientes.
A este tiempo llamaron a la puerta, y
preguntando quién llamaba, respondió Sancho
Panza que él era, y apenas le hubo conocido 5
el ama, cuando corrió a esconderse por no
verle: tanto le aborrecía. Abrióle la sobrina,
salió a recibirle con los brazos abiertos su señor
don Quijote, y encerráronse los dos en su
aposento, donde tuvieron otro coloquio que no le 10
hace ventaja el pasado.
p. 99
Capítulo VI[I]
De lo que pasó don Quijote con su escudero,
con otros sucesos famosísimos.
Apenas vio el ama que Sancho Panza se
encerraba con su señor, cuando dio en la 5
cuenta de sus tratos, e, imaginando que de
aquella consulta había de salir la resolución de
su tercera salida, y, tomando su manto, toda
llena de congoja y pesadumbre, se fue a buscar
al bachiller Sansón Carrasco, pareciéndole 10
que por ser bien hablado y amigo fresco de su
señor, le podría persuadir a que dejase tan
desvariado propósito.
Hallóle paseándose por el patio de su casa, y,
viéndole, se dejó caer ante sus pies, trasudando 15
y congojosa. Cuando la vio Carrasco con
muestras tan doloridas y sobresaltadas, le dijo:
¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha
acontecido, que parece que se le quiere arrancar
el alma? 20
No es nada, señor Sansón mío, sino que mi
amo se sale, sálese sin duda.
Y ¿por dónde se sale, señora?, preguntó
Sansón. ¿Hásele roto alguna parte de su
cuerpo? 25
No se sale, respondió ella, sino por la
puerta de su locura. Quiero decir, señor bachiller
de mi ánima, que quiere salir otra vez, que
con ésta sera la tercera, a buscar por ese
mundo lo que él llama venturas, que yo no 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 100
puedo entender cómo les da este nombre. La
vez primera nos le volvieron atravesado sobre
un jumento, molido a palos. La segunda vino
en un carro de bueyes, metido y encerrado en
una jaula, adonde él se daba a entender que 5
estaba encantado, y venía tal el triste, que no
le conociera la madre que le parió: flaco, amarillo,
los ojos hundidos en los últimos camaranchones
del cerebro; que para haberle de volver
algún tanto en sí, gasté más de seiscientos 10
huevos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y
mis gallinas que no me dejarán mentir.
Eso creo yo muy bien, respondió el bachiller;
que ellas son tan buenas, tan gordas y
tan bien criadas, que no dirán una cosa por 15
otra si reventasen. En efecto, señora ama, ¿no
hay otra cosa, ni ha sucedido otro desmán
alguno, sino el que se teme que quiere hacer el
señor don Quijote?
No, señor, respondió ella. 20
Pues no tenga pena, respondió el bachiller,
sino váyase en hora buena a su casa, y
téngame aderezado de almorzar alguna cosa
caliente, y, de camino, vaya rezando la oración
de Santa Apolonia, si es que la sabe; que yo iré 25
luego allá y verá maravillas.
Cuitada de mí, replicó el ama: la oración
de Santa Apolonia dice vuestra merced que
rece; eso fuera si mi amo lo hubiera de las
muelas, pero no lo ha sino de los cascos. 30
Yo sé lo que digo, señora ama; váyase y
no se ponga a disputar conmigo, pues sabe que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VII p. 101
soy bachiller por Salamanca, que no hay más
que bachillear, respondió Carrasco.
Y, con esto, se fue el ama, y el bachiller fue
luego a buscar al cura, a comunicar con él lo
que se dirá a su tiempo. 5
En el que estuvieron encerrados don Quijote
y Sancho pasaron las razones que con mucha
puntualidad y verdadera relación cuenta la
historia. Dijo Sancho a su amo:
Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a 10
que me deje ir con vuestra merced adonde
quisiere llevarme.
Reducida has de decir, Sancho, dijo don
Quijote, que no relucida.
Una o dos veces, respondió Sancho, si 15
mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra
merced que no me enmiende los vocablos, si es
que entiende lo que quiero decir en ellos, y que
cuando no los entienda, diga, «Sancho, o
»diablo, no te entiendo». Y si yo no me declarare, 20
entonces podrá enmendarme; que yo soy tan fócil.
No te entiendo, Sancho, dijo luego don
Quijote, pues no sé qué quiere decir soy
tan fócil.
Tan fócil quiere decir, respondió Sancho, 25
Soy tan así.
Menos te entiendo ahora, replicó don
Quijote.
Pues si no me puede entender, respondió
Sancho, no sé cómo lo diga; no sé más, y 30
Dios sea conmigo.
Ya, ya caigo, respondió don Quijote, en
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 102
ello. Tú quieres decir que eres tan dócil, blando
y mañero, que tomarás lo que yo te dijere, y
pasarás por lo que te enseñare.
Apostaré yo, dijo Sancho, que desde el
emprincipio me caló y me entendió, sino que 5
quiso turbarme por oírme decir otras
doscientas patochadas.
Podrá ser, replicó don Quijote; y, en
efecto, ¿qué dice Teresa?
Teresa dice, dijo Sancho, que ate bien 10
mi dedo con vuestra merced, y que hablen
cartas y callen barbas, porque quien destaja no
baraja, pues más vale un toma que dos te daré.
Y yo digo que el consejo de la mujer es poco,
y el que no le toma es loco. 15
Y yo lo digo también, respondió don
Quijote. Decid, Sancho amigo; pasad adelante,
que habláis hoy de perlas.
Es el caso, replicó Sancho, que como
vuestra merced mejor sabe, todos estamos 20
sujetos a la muerte, y que hoy somos y mañana
no, y que tan presto se va el cordero como el
carnero, y que nadie puede prometerse en
este mundo más horas de vida de las que
Dios quisiere darle, porque la muerte es sorda, 25
y cuando llega a llamar a las puertas de
nuestra vida, siempre va de prisa, y no la harán
detener ni ruegos, ni fuerzas, ni cetros, ni
mitras, según es pública voz y fama, y según nos
lo dicen por esos púlpitos. 30
Todo eso es verdad, dijo don Quijote.
Pero no sé dónde vas a parar.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VII p. 103
Voy a parar, dijo Sancho, en que vuestra
merced me señale salario conocido de lo que
me ha de dar cada mes, el tiempo que le
sirviere, y que el tal salario se me pague de su
hacienda; que no quiero estar a mercedes que 5
llegan tarde, o mal, o nunca. Con lo mío me
ayude Dios. En fin, yo quiero saber lo que gano,
poco o mucho que sea; que sobre un huevo
pone la gallina, y muchos pocos hacen un mucho,
y mientras se gana algo no se pierde nada. 10
Verdad sea, que si sucediese, lo cual ni lo
creo, ni lo espero, que vuestra merced me diese
la ínsula que me tiene prometida, no soy tan
ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos,
que no querré que se aprecie lo que montare 15
la renta de la tal ínsula, y se descuente de mi
salario gata por cantidad.
Sancho amigo, respondió don Quijote, a
las veces tan buena suele ser una gata como
una rata. 20
Ya entiendo, dijo Sancho: yo apostaré
que había de decir rata y no gata, pero no
importa nada, pues vuestra merced me ha
entendido.
Y tan entendido, respondió don Quijote, 25
que he penetrado lo último de tus pensamientos,
y sé al blanco que tiras con las innumerables
saetas de tus refranes. Mira, Sancho, yo bien
te señalaría salario, si hubiera hallado en alguna
de las historias de los caballeros andantes 30
ejemplo que me descubriese y mostrase por algún
pequeño resquicio, qué es lo que solían ganar
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 104
cada mes o cada año; pero yo he leído todas,
o las más de sus historias, y no me acuerdo
haber leído que ningún caballero andante haya
señalado conocido salario a su escudero. Sólo
sé que todos servían a merced, y que cuando 5
menos se lo pensaban, si a sus señores les había
corrido bien la suerte, se hallaban premiados
con una ínsula o con otra cosa equivalente, y,
por lo menos, quedaban con título y señoría.
Si con estas esperanzas y aditamentos vos, 10
Sancho, gustáis de volver a servirme, sea en buena
hora; que pensar que yo he de sacar de sus
términos y quicios la antigua usanza de la
caballería andante, es pensar en lo excusado.
Así que, Sancho mío, volveos a vuestra casa y 15
declarad a vuestra Teresa mi intención, y si
ella gustare y vos gustareis de estar a merced
conmigo, bene quidem, y si no, tan amigos como
de antes; que si al palomar no le falta cebo, no
le faltarán palomas. Y advertid, hijo, que vale 20
más buena esperanza que ruin posesión, y
buena queja que mala paga. Hablo de esta
manera, Sancho, por daros a entender que también
como vos sé yo arrojar refranes como llovidos.
Y, finalmente, quiero decir, y os digo, que si 25
no queréis venir a merced conmigo, y correr la
suerte que yo corriere, que Dios quede con vos
y os haga un santo; que a mí no me faltarán
escuderos más obedientes, más solícitos y no
tan empachados, ni tan habladores como vos. 30
Cuando Sancho oyó la firme resolución de
su amo, se le anubló el cielo y se le cayeron
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VII p. 105
las alas del corazón, porque tenía creído que
su señor no se iría sin él por todos los haberes
del mundo, y, así, estando suspenso y
pensativo, entró Sansón Carrasco y la sobrina,
deseosos de oír con qué razones persuadía a 5
su señor que no tornase a buscar las aventuras.
Llegó Sansón, socarrón famoso, y, abrazándole
como la vez primera, y con voz levantada,
le dijo:
¡Oh flor de la andante caballería, oh luz 10
resplandeciente de las armas, oh honor y espejo de
la nación española!; plega a Dios todopoderoso
donde más largamente se contiene, que la
persona o personas que pusieren impedimento
y estorbaren tu tercera salida, que no la hallen 15
en el laberinto de sus deseos, ni jamás se les
cumpla lo que más desearen.
Y, volviéndose al ama, le dijo:
Bien puede la señora ama no rezar más la
oración de Santa Apolonia; que yo sé que es 20
determinación precisa de las esferas que el
señor don Quijote vuelva a ejecutar sus altos
y nuevos pensamientos, y yo encargaría mucho
mi conciencia si no intimase y persuadiese a
este caballero que no tenga más tiempo encogida 25
y detenida la fuerza de su valeroso brazo
y la bondad de su ánimo valentísimo, porque
defrauda con su tardanza el derecho de los
tuertos, el amparo de los huérfanos, la honra
de las doncellas, el favor de las viudas y el 30
arrimo de las casadas, y otras cosas de este jaez,
que tocan, atañen, dependen y son anejas a la
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 106
orden de la caballería andante. Ea, señor don
Quijote mío, hermoso y bravo, antes hoy que
mañana se ponga vuestra merced y su grandeza
en camino, y si alguna cosa faltare para ponerle
en ejecución, aquí estoy yo para suplirla 5
con mi persona y hacienda, y si fuere necesidad
servir a tu magnificencia de escudero,
lo tendré a felicísima ventura.
A esta sazón dijo don Quijote, volviéndose
a Sancho: 10
¿No te dije yo, Sancho, que me habían de
sobrar escuderos? Mira quién se ofrece a serlo
sino el inaudito bachiller Sansón Carrasco,
perpetuo trastulo y regocijador de los patios
de las escuelas salmanticenses, sano de 15
su persona, ágil de sus miembros, callado,
sufridor así del calor como del frío, así de la
hambre como de la sed, con todas aquellas
partes que se requieren para ser escudero de
un caballero andante; pero no permita el 20
cielo que por seguir mi gusto desjarrete y
quiebre la columna de las letras y el vaso de las
ciencias y tronque la palma eminente de las
buenas y liberales artes. Quédese el nuevo
Sansón en su patria, y, honrándola, honre 25
juntamente las canas de sus ancianos padres;
que yo con cualquier escudero estaré contento,
ya que Sancho no se digna de venir conmigo.
Sí digno, respondió Sancho, enternecido y
llenos de lágrimas los ojos, y prosiguió: No 30
se dirá por mí, señor mío, «el pan comido y la
»compañía desecha». Sí, que no vengo yo de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VII p. 107
alguna alcurnia desagradecida; que ya sabe
todo el mundo, y especialmente mi pueblo,
quién fueron los Panzas de quien yo desciendo,
y más, que tengo conocido y calado por
muchas buenas obras y por más buenas 5
palabras el deseo que vuestra merced tiene de
hacerme merced, y si me he puesto en cuentas
de tanto más cuanto acerca de mi salario, ha
sido por complacer a mi mujer, la cual cuando
toma la mano a persuadir una cosa, no hay 10
mazo que tanto apriete los aros de una cuba
como ella aprieta a que se haga lo que quiere.
Pero, en efecto, el hombre ha de ser hombre,
y la mujer, mujer, y pues yo soy hombre
dondequiera, que no lo puedo negar, también 15
lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare;
y, así, no hay más que hacer sino que vuestra
merced ordene su testamento con su codicilo,
en modo que no se pueda revolcar, y pongámonos
luego en camino, porque no padezca el 20
alma del señor Sansón, que dice que su
conciencia le lita que persuada a vuestra merced
a salir vez tercera por ese mundo. Y yo de
nuevo me ofrezco a servir a vuestra merced
fiel y legalmente, tan bien y mejor que cuantos 25
escuderos han servido a caballeros andantes
en los pasados y presentes tiempos.
Admirado quedó el bachiller de oír el
término y modo de hablar de Sancho Panza, que,
puesto que había leído la primera historia de su 30
señor, nunca creyó que era tan gracioso como
allí le pintan; pero oyéndole decir ahora
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 108
testamento y codicilo que no se pueda revolcar, en
lugar de testamento y codicilo que no se pueda
revocar, creyó todo lo que de él había leído, y
confirmólo por uno de los más solemnes mentecatos
de nuestros siglos, y dijo entre sí que 5
tales dos locos como amo y mozo no se habrían
visto en el mundo.
Finalmente, don Quijote y Sancho se
abrazaron y quedaron amigos, y con parecer y
beneplácito del gran Carrasco, que por entonces 10
era su oráculo, se ordenó que de allí a tres
días fuese su partida, en los cuales habría
lugar de aderezar lo necesario para el viaje,
y de buscar una celada de encaje, que en
todas maneras dijo don Quijote que la había 15
de llevar. Ofreciósela Sansón, porque sabía no
se la negaría un amigo suyo que la tenía,
puesto que estaba más oscura por el orín y el
moho que clara y limpia por el terso acero.
Las maldiciones que las dos, ama y sobrina, 20
echaron al bachiller no tuvieron cuento;
mesaron sus cabellos, arañaron sus rostros, y
al modo de las endechaderas que se usaban,
lamentaban la partida como si fuera
la muerte de su señor. El designio que tuvo 25
Sansón para persuadirle a que otra vez saliese
fue hacer lo que adelante cuenta la historia,
todo por consejo del cura y del barbero, con
quien él antes lo había comunicado.
En resolución, en aquellos tres días don 30
Quijote y Sancho se acomodaron de lo que
les pareció convenirles, y, habiendo aplacado
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VII p. 109
Sancho a su mujer, y don Quijote a su sobrina
y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo
viese sino el bachiller, que quiso acompañarles
media legua del lugar, se pusieron en
camino del Toboso, Don Quijote sobre su buen 5
Rocinante y Sancho sobre su antiguo rucio,
proveídas las alforjas de cosas tocantes a la
bucólica, y la bolsa, de dineros, que le dio don
Quijote para lo que se ofreciese. Abrazóle
Sansón y suplicóle le avisase de su buena o 10
mala suerte, para alegrarse con ésta o
entristecerse con aquélla, como las leyes de su
amistad pedían; prometióselo don Quijote, dio
Sansón la vuelta a su lugar, y los dos tomaron
la de la gran ciudad del Toboso. 15
p. 110
Capítulo VIII
Donde se cuenta lo que le sucedió a don
Quijote, yendo a ver su señora Dulcinea
del Toboso.
«¡Bendito sea el poderoso Alá!», dice Hamete 5
Benengeli al comienzo de este octavo capítulo;
«¡bendito sea Alá!», repite tres veces, y dice que
da estas bendiciones por ver que tiene ya en
campaña a don Quijote y a Sancho, y que los
lectores de su agradable historia pueden hacer 10
cuenta que desde este punto comienzan las
hazañas y donaires de don Quijote y de su
escudero. Persuádeles que se les olviden las
pasadas caballerías del ingenioso hidalgo, y pongan
los ojos en las que están por venir, que desde 15
ahora en el camino del Toboso comienzan,
como las otras comenzaron en los campos de
Montiel, y no es mucho lo que pide para tanto
como él promete, y, así, prosigue diciendo:
Solos quedaron don Quijote y Sancho, y 20
apenas se hubo apartado Sansón, cuando
comenzó a relinchar Rocinante y a suspirar el
rucio, que de entrambos, caballero y escudero,
fue tenido a buena señal y por felicísimo
agüero, aunque, si se ha de contar la verdad, 25
más fueron los suspiros y rebuznos del
rucio que los relinchos del rocín, de donde
coligió Sancho que su ventura había de
sobrepujar y ponerse encima de la de su señor,
fundándose no sé si en astrología judiciaria 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VIII p. 111
que él se sabía, puesto que la historia no lo
declara; sólo le oyeron decir que cuando
tropezaba o caía, se holgara no haber salido de
casa, porque del tropezar o caer no se sacaba
otra cosa sino el zapato roto o las costillas 5
quebradas, y aunque tonto, no andaba en esto muy
fuera de camino.
Díjole don Quijote:
Sancho amigo, la noche se nos va entrando
a más andar y con más oscuridad de la que 10
habíamos menester para alcanzar a ver con el
día al Toboso, adonde tengo determinado de
ir antes que en otra aventura me ponga, y allí
tomaré la bendición y buena licencia de la sin
par Dulcinea, con la cual licencia pienso y 15
tengo por cierto de acabar y dar feliz cima a
toda peligrosa aventura, porque ninguna cosa
de esta vida hace más valientes a los caballeros
andantes que verse favorecidos de sus damas.
Yo así lo creo, respondió Sancho; pero 20
tengo por dificultoso que vuestra merced pueda
hablarla, ni verse con ella en parte, a lo menos,
que pueda recibir su bendición, si ya no se la
echa desde las bardas del corral, por donde yo
la vi la vez primera, cuando le llevé la carta 25
donde iban las nuevas de las sandeces y
locuras que vuestra merced quedaba haciendo en
el corazón de Sierra Morena.
¿Bardas de corral se te antojaron aquéllas,
Sancho, dijo don Quijote, adonde o por 30
donde viste aquella jamás bastantemente
alabada gentileza y hermosura? No debían de ser
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 112
sino galerías, o corredores, o lonjas, o como
las llaman, de ricos y reales palacios.
Todo pudo ser, respondió Sancho, pero
a mí bardas me parecieron, si no es que soy
falto de memoria. 5
Con todo eso, vamos allá, Sancho, replicó
don Quijote; que como yo la vea, eso se me
da que sea por bardas que por ventanas, o por
resquicios, o verjas de jardines; que cualquier
rayo que del sol de su belleza llegue a mis 10
ojos alumbrará mi entendimiento y fortalecerá
mi corazón de modo, que quede único
y sin igual en la discreción y en la valentía.
Pues en verdad, señor, respondió Sancho,
que cuando yo vi ese sol de la señora 15
Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro que
pudiese echar de sí rayos algunos, y debió de
ser que como su merced estaba ahechando
aquel trigo que dije, el mucho polvo que sacaba
se le puso como nube ante el rostro y se le 20
oscureció.
¡Que todavía das, Sancho, dijo don Quijote,
en decir, en pensar, en creer y en porfiar
que mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo
eso un menester y ejercicio que va desviado 25
de todo lo que hacen y deben hacer las personas
principales que están constituidas y guardadas
para otros ejercicios y entretenimientos,
que muestran a tiro de ballesta su principalidad!
Mal se te acuerdan a ti, oh Sancho, 30
aquellos versos de nuestro poeta, donde nos pinta
las labores que hacían, allá en sus moradas de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VIII p. 113
cristal, aquellas cuatro ninfas que del Tajo
amado sacaron las cabezas, y se sentaron a
labrar en el prado verde aquellas ricas telas que
allí el ingenioso poeta nos describe, que todas
eran de oro, sirgo y perlas contestas y 5
tejidas. Y de esta manera debía de ser el de mi
señora cuando tú la viste, sino que la envidia
que algún mal encantador debe de tener a mis
cosas, todas las que me han de dar gusto
trueca y vuelve en diferentes figuras que ellas 10
tienen, y, así, temo que en aquella historia que
dicen que anda impresa de mis hazañas, si
por ventura ha sido su autor algún sabio mi
enemigo, habrá puesto unas cosas por otras,
mezclando con una verdad mil mentiras, 15
divirtiéndose a contar otras acciones fuera de lo
que requiere la continuación de una verdadera
historia. ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y
carcoma de las virtudes! Todos los vicios,
Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; 20
pero el de la envidia no trae sino disgustos,
rencores y rabias.
Eso es lo que yo digo también, respondió
Sancho, y pienso que en esa leyenda o historia
que nos dijo el bachiller Carrasco que de 25
nosotros había visto, debe de andar mi honra a
coche acá, cinchado, y, como dicen, al estricote,
aquí y allí, barriendo las calles. Pues a fe
de bueno, que no he dicho yo mal de ningún
encantador ni tengo tantos bienes que pueda ser 30
envidiado. Bien es verdad que soy algo
malicioso y que tengo mis ciertos asomos de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 114
bellaco; pero todo lo cubre y tapa la gran capa
de la simpleza mía, siempre natural y nunca
artificiosa, y cuando otra cosa no tuviese sino
el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente,
en Dios y en todo aquello que tiene y 5
cree la santa Iglesia Católica Romana, y el ser
enemigo mortal, como lo soy, de los judíos,
debían los historiadores tener misericordia de
mí y tratarme bien en sus escritos. Pero digan
lo que quisieren, que desnudo nací, desnudo me 10
hallo, ni pierdo ni gano; aunque por verme
puesto en libros y andar por ese mundo de
mano en mano, no se me da un higo que digan
de mí todo lo que quisieren.
Eso me parece, Sancho, dijo don Quijote, 15
a lo que sucedió a un famoso poeta de estos
tiempos, el cual, habiendo hecho una maliciosa
sátira contra todas las damas cortesanas, no
puso ni nombró en ella a una dama que se
podía dudar si lo era o no. La cual, viendo que 20
no estaba en la lista de las demás, se quejó al
poeta, diciéndole que qué había visto en ella
para no ponerla en el número de las otras,
y que alargase la sátira y la pusiese en el
ensanche; si no, que mirase para lo que había 25
nacido. Hízolo así el poeta, y púsola cual no
digan dueñas, y ella quedó satisfecha por verse
con fama, aunque infame; también viene con
esto lo que cuentan de aquel pastor que puso
fuego y abrasó el templo famoso de Diana, 30
contado por una de las siete maravillas del
mundo, sólo porque quedase vivo su nombre
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VIII p. 115
en los siglos venideros; y aunque se mandó
que nadie le nombrase ni hiciese por palabra
o por escrito mención de su nombre, porque
no consiguiese el fin de su deseo, todavía se
supo que se llamaba Eróstrato; también alude 5
a esto lo que sucedió al grande emperador
Carlos Quinto con un caballero en Roma.
Quiso ver el emperador aquel famoso
templo de la Rotunda, que en la antigüedad se
llamó el templo de todos los dioses, y ahora, con 10
mejor vocación, se llama de todos los santos,
y es el edificio que más entero ha quedado de
los que alzó la gentilidad en Roma, y es el
que más conserva la fama de la grandiosidad
y magnificencia de sus fundadores. El es de 15
hechura de una media naranja, grandísimo en
extremo y está muy claro, sin entrarle otra luz
que la que le concede una ventana o, por
mejor decir, claraboya redonda que está en su
cima, desde la cual mirando el emperador el 20
edificio, estaba con él y a su lado un caballero
romano declarándole los primores y sutilezas
de aquella gran máquina y memorable arquitectura,
y, habiéndose quitado de la claraboya,
dijo al emperador: 25
«Mil veces, sacra majestad, me vino
»deseo de abrazarme con vuestra majestad y
»arrojarme de aquella claraboya abajo por
»dejar de mí fama eterna en el mundo.»
«Yo os agradezco», respondió el emperador, 30
»el no haber puesto tan mal pensamiento en
»efecto, y de aquí adelante no os pondré yo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 116
»en ocasión que volváis a hacer prueba de
»vuestra lealtad, y, así, os mando que jamás
»me habléis, ni estéis donde yo estuviere»,
y tras estas palabras le hizo una gran merced.
Quiero decir, Sancho, que el deseo de 5
alcanzar fama es activo en gran manera: ¿quién
piensas tú que arrojó a Horacio del puente
abajo, armado de todas armas, en la profundidad
del Tibre? ¿Quién abrasó el brazo y la
mano a Mucio? ¿Quién impelió a Curcio a 10
lanzarse en la profunda sima ardiente que
apareció en la mitad de Roma? ¿Quién contra todos
los agüeros que en contra se le habían mostrado,
hizo pasar el Rubicón a [Julio] César?
Y, con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó 15
los navíos y dejó en seco y aislados los
valerosos españoles guiados por el cortesísimo
Cortés en el nuevo mundo? Todas éstas,
y otras grandes y diferentes hazañas son,
fueron y serán obras de la fama que los mortales 20
desean como premios y parte de la inmortalidad
que sus famosos hechos merecen, puesto
que los cristianos, católicos y andantes
caballeros más hemos de atender a la gloria de
los siglos venideros, que es eterna en las 25
regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la
fama que en este presente y acabable siglo
se alcanza; la cual fama, por mucho que dure,
en fin se ha de acabar con el mismo mundo,
que tiene su fin señalado. Así, oh Sancho, que 30
nuestras obras no han de salir del límite que
nos tiene puesto la religión cristiana que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VIII p. 117
profesamos. Hemos de matar en los gigantes
a la soberbia; a la envidia, en la generosidad
y buen pecho; a la ira, en el reposado
continente y quietud del ánimo; a la gula y al
sueño, en el poco comer que comemos y en el 5
mucho velar que velamos; a la [lujuria] y
lascivia, en la lealtad que guardamos a las que
hemos hecho señoras de nuestros pensamientos;
a la pereza, con andar por todas las partes
del mundo buscando las ocasiones que nos 10
puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos
caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios
por donde se alcanzan los extremos de
alabanzas que consigo trae la buena fama.
Todo lo que vuestra merced hasta aquí me 15
ha dicho, dijo Sancho, lo he entendido muy
bien, pero con todo eso querría que vuestra
merced me sorbiese una duda que ahora en
este punto me ha venido a la memoria.
Absolviese quieres decir, Sancho, dijo 20
don Quijote; di en buen hora; que yo
responderé lo que supiere.
Dígame, señor, prosiguió Sancho, esos
Julios o Agostos, y todos esos caballeros
hazañosos que ha dicho, que ya son muertos, 25
¿dónde están ahora?
Los gentiles, respondió don Quijote, sin
duda están en el infierno; los cristianos, si
fueron buenos cristianos, o están en el
purgatorio o en el cielo. 30
Está bien, dijo Sancho, pero sepamos
ahora, esas sepulturas donde están los cuerpos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 118
de esos señorazos, ¿tienen delante de sí lámparas
de plata, o están adornadas las paredes de
sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras,
de piernas y de ojos de cera? Y si de esto
no, ¿de qué están adornadas? 5
A lo que respondió don Quijote:
Los sepulcros de los gentiles fueron por la
mayor parte suntuosos templos; las cenizas del
cuerpo de Julio César se pusieron sobre una
pirámide de piedra de desmesurada grandeza, 10
a quien hoy llaman en Roma la Aguja de San
Pedro. Al emperador Adriano le sirvió de
sepultura un castillo tan grande como una buena
aldea, a quien llamaron Moles Adriani, que
ahora es el castillo de Santángel en Roma. La 15
reina Artemisa sepultó a su marido Mausoleo
en un sepulcro que se tuvo por una de las siete
maravillas del mundo; pero ninguna de estas
sepulturas, ni otras muchas que tuvieron los
gentiles, se adornaron con mortajas, ni con 20
otras ofrendas y señales que mostrasen ser
santos los que en ellas estaban sepultados.
A eso voy, replicó Sancho, y dígame
ahora, ¿cuál es más: resucitar a un muerto, o
matar a un gigante? 25
La respuesta está en la mano, respondió
don Quijote: más es resucitar a un muerto.
Cogido le tengo, dijo Sancho; luego la
fama del que resucita muertos, da vista a los
ciegos, endereza los cojos y da salud a los 30
enfermos, y delante de sus sepulturas arden
lámparas y están llenas sus capillas de gentes
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VIII p. 119
devotas que de rodillas adoran sus reliquias,
mejor fama será para éste y para el otro siglo,
que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores
gentiles y caballeros andantes ha habido
en el mundo. 5
También confieso esa verdad, respondió
don Quijote.
Pues esta fama, estas gracias, estas
prerrogativas, como llaman a esto, respondió
Sancho, tienen los cuerpos y las reliquias de los 10
santos, que con aprobación y licencia de nuestra
santa madre Iglesia tienen lámparas, velas,
mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos,
piernas, con que aumentan la devoción y
engrandecen su cristiana fama; los cuerpos de 15
los santos o sus reliquias llevan los reyes sobre
sus hombros, besan los pedazos de sus huesos,
adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y
sus más preciados altares...
¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo 20
lo que has dicho?, dijo don Quijote.
Quiero decir, dijo Sancho, que nos
demos a ser santos y alcanzaremos más
brevemente la buena fama que pretendemos; y
advierta, señor, que ayer o antes de ayer, que 25
según ha poco se puede decir de esta manera,
canonizaron o beatificaron dos frailecitos
descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían
y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a
gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en 30
más veneración que está, según dije, la
espada de Roldán en la armería del rey nuestro
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 120
señor, que Dios guarde. Así que, señor mío, más
vale ser humilde frailecito de cualquier orden
que sea, que valiente y andante caballero; más
alcanzan con Dios dos docenas de disciplinas
que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, 5
ora a vestiglos o a endriagos.
Todo eso es así, respondió don Quijote;
pero no todos podemos ser frailes, y muchos
son los caminos por donde lleva Dios a los
suyos al cielo; religión es la caballería, 10
caballeros santos hay en la gloria.
Sí, respondió Sancho, pero yo he oído
decir que hay más frailes en el cielo que
caballeros andantes.
Eso es, respondió don Quijote, porque 15
es mayor el número de los religiosos que el de
los caballeros.
Muchos son los andantes, dijo Sancho.
Muchos, respondió don Quijote, pero
pocos los que merecen nombre de caballeros. 20
En éstas y otras semejantes pláticas se les
pasó aquella noche y el día siguiente, sin
acontecerles cosa que de contar fuese, de que
no poco le pesó a don Quijote; en fin, otro día
al anochecer descubrieron la gran ciudad 25
del Toboso, con cuya vista se le alegraron los
espíritus a don Quijote y se le entristecieron a
Sancho, porque no sabía la casa de Dulcinea,
ni en su vida la había visto, como no la había
visto su señor; de modo que el uno por verla, 30
y el otro por no haberla visto, estaban
alborotados, y no imaginaba Sancho qué había de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VIII p. 121
hacer cuando su dueño le enviase al Toboso.
Finalmente, ordenó don Quijote entrar en la
ciudad entrada la noche, y en tanto que la hora
se llegaba, se quedaron entre unas encinas que
cerca del Toboso estaban; y, llegado el 5
determinado punto, entraron en la ciudad, donde les
sucedió cosas que a cosas llegan.
p. 122
Capítulo IX
Donde se cuenta lo que en él se verá.
Media noche era por filo,
poco más a menos, cuando don Quijote y Sancho
dejaron el monte y entraron en el Toboso; 5
estaba el pueblo en un sosegado silencio,
porque todos sus vecinos dormían y reposaban a
pierna tendida, como suele decirse. Era la noche
entreclara, puesto que quisiera Sancho que
fuera del todo oscura por hallar en su oscuridad 10
disculpa de su sandez. No se oía en todo el
lugar sino ladridos de perros, que atronaban los
oídos de don Quijote y turbaban el corazón de
Sancho; de cuando en cuando rebuznaba un
jumento, gruñían puercos, mayaban gatos, cuyas 15
voces de diferentes sonidos se aumentaban
con el silencio de la noche, todo lo cual tuvo
el enamorado caballero a mal agüero, pero,
con todo esto, dijo a Sancho:
Sancho hijo, guía al palacio de Dulcinea; 20
quizá podrá ser que la hallemos despierta.
¿A qué palacio tengo de guiar, cuerpo del
sol, respondió Sancho, que en el que yo vi
a su grandeza no era sino casa muy pequeña?
Debía de estar retirada entonces, respondió 25
don Quijote, en algún pequeño apartamiento
de su alcázar, solazándose a solas con
sus doncellas, como es uso y costumbre de las
altas señoras y princesas.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO IX p. 123
Señor, dijo Sancho, ya que vuestra merced
quiere, a pesar mío, que sea alcázar la casa
de mi señora Dulcinea, ¿es hora ésta, por ventura,
de hallar la puerta abierta? ¿Y será bien
que demos aldabazos para que nos oigan y nos 5
abran, metiendo en alboroto y rumor toda la
gente? ¿Vamos por dicha a llamar a la casa
de nuestras mancebas, como hacen los
abarraganados, que llegan y llaman y entran a
cualquier hora, por tarde que sea? 10
Hallemos primero una por una el alcázar,
replicó don Quijote; que entonces yo te diré,
Sancho, lo que será bien que hagamos, y
advierte, Sancho, que yo veo poco, [o] que aquel
bulto grande y sombra que desde aquí se descubre, 15
la debe de hacer el palacio de Dulcinea.
Pues guíe vuestra merced, respondió
Sancho; quizá será así: aunque yo lo veré con
los ojos y lo tocaré con las manos, y así lo
creeré yo como creer que es ahora de día. 20
Guio don Quijote, y habiendo andado como
doscientos pasos, dio con el bulto que hacía la
sombra, y vio una gran torre, y luego conoció
que el tal edificio no era alcázar, sino la iglesia
principal del pueblo. Y dijo: 25
Con la iglesia hemos dado, Sancho.
Ya lo veo, respondió Sancho, y plega a
Dios que no demos con nuestra sepultura; que
no es buena señal andar por los cementerios a
tales horas, y más habiendo yo dicho a vuestra 30
merced, si mal no acuerdo, que la casa de esta
señora ha de estar en una callejuela sin salida.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 124
Maldito seas de Dios, mentecato, dijo
don Quijote; ¿adónde has tú hallado que los
alcázares y palacios reales estén edificados en
callejuelas sin salida?
Señor, respondió Sancho, en cada tierra 5
su uso; quizá se usa aquí en el Toboso edificar
en callejuelas los palacios y edificios
grandes. Y, así, suplico a vuestra merced me deje
buscar por estas calles o callejuelas que se me
ofrecen; podría ser que en algún rincón topase 10
con ese alcázar, que le vea yo comido de
perros, que así nos trae corridos y
asendereados.
Habla con respeto, Sancho, de las cosas de
mi señora, dijo don Quijote, y tengamos la 15
fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el
caldero.
Yo me reportaré, respondió Sancho, pero
¿con qué paciencia podré llevar que quiera
vuestra merced que de sola una vez que vi la casa 20
de nuestra ama la haya de saber siempre, y
hallarla a medianoche, no hallándola vuestra
merced, que la debe de haber visto millares de
veces?
Tú me harás desesperar, Sancho, dijo don 25
Quijote; ven acá, hereje, ¿no te he dicho mil
veces que en todos los días de mi vida no he
visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé
los umbrales de su palacio, y que sólo estoy
enamorado de oídas, y de la gran fama que 30
tiene de hermosa y discreta?
Ahora lo oigo, respondió Sancho, y digo
SEGUNDA PARTE, CAPITULO IX p. 125
que pues vuestra merced no la ha visto, ni yo
tampoco.
Eso no puede ser, replicó don Quijote;
que, por lo menos, ya me has dicho tú que la
viste ahechando trigo, cuando me trajiste la 5
respuesta de la carta que le envié contigo.
No se atenga a eso, señor, respondió
Sancho, porque le hago saber que también fue de
oídas la vista y la respuesta que le traje;
porque así sé yo quién es la señora Dulcinea, 10
como dar un puño en el cielo.
Sancho, Sancho, respondió don Quijote,
tiempos hay de burlar, y tiempos donde caen y
parecen mal las burlas. No porque yo diga que
ni he visto ni hablado a la señora de mi alma 15
has tú de decir también que ni la has hablado
ni visto, siendo tan al revés como sabes.
Estando los dos en estas pláticas, vieron que
venía a pasar por donde estaban uno con dos
mulas, que por el ruido que hacía el arado, que 20
arrastraba por el suelo, juzgaron que debía de
ser labrador, que habría madrugado antes del
día a ir a su labranza, y así fue la verdad;
venía el labrador cantando aquel romance
que dicen: 25
Mala la hubisteis, franceses,
en esa de Roncesvalles.
Que me maten, Sancho, dijo en oyéndole
don Quijote, si nos ha de suceder cosa buena
esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando 30
ese villano?
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 126
Sí oigo, respondió Sancho, pero ¿qué
hace a nuestro propósito la caza de
Roncesvalles? Así pudiera cantar el romance de
Calaínos, que todo fuera uno para sucedernos
bien o mal en nuestro negocio. 5
Llegó en esto el labrador, a quien don
Quijote preguntó:
¿Sabréisme decir, buen amigo, que buena
ventura os dé Dios, dónde son por aquí los
palacios de la sin par princesa doña Dulcinea 10
del Toboso?
Señor, respondió el mozo, yo soy forastero
y ha pocos días que estoy en este pueblo
sirviendo a un labrador rico en la labranza del
campo; en esa casa frontera viven el cura y 15
el sacristán del lugar: entrambos o cualquier
de ellos sabrá dar a vuestra merced razón de esa
señora princesa, porque tienen la lista de todos
los vecinos del Toboso. Aunque para mí tengo
que en todo él no vive princesa alguna, muchas 20
señoras sí, principales, que cada una en
su casa puede ser princesa.
Pues entre ésas, dijo don Quijote, debe
de estar, amigo, ésta por quien te pregunto.
Podría ser, respondió el mozo; y a Dios, 25
que ya viene el alba.
Y, dando a sus mulas, no atendió a más
preguntas.
Sancho, que vio suspenso a su señor, y asaz
malcontento, le dijo: 30
Señor, ya se viene a más andar el día y no
será acertado dejar que nos halle el sol en la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO IX p. 127
calle; mejor será que nos salgamos fuera de la
ciudad, y que vuestra merced se embosque en
alguna floresta aquí cercana, y yo volveré de
día, y no dejaré ostugo en todo este lugar,
donde no busque la casa, alcázar o palacio de mi 5
señora, y asaz sería de desdichado si no le
hallase, y hallándole, hablaré con su merced,
y le diré dónde y cómo queda vuestra merced
esperando que le dé orden y traza para verla,
sin menoscabo de su honra y fama. 10
Has dicho, Sancho, dijo don Quijote, mil
sentencias encerradas en el círculo de breves
palabras; el consejo que ahora me has dado le
apetezco y recibo de bonísima gana. Ven, hijo,
y vamos a buscar donde me embosque; que tú 15
volverás, como dices, a buscar, a ver y hablar
a mi señora, de cuya discreción y cortesía
espero más que milagrosos favores.
Rabiaba Sancho por sacar a su amo del
pueblo, porque no averiguase la mentira de la 20
respuesta que de parte de Dulcinea le había
llevado a Sierra Morena, y, así, dio prisa a la
salida, que fue luego, y a dos millas del lugar
hallaron una floresta o bosque, donde don
Quijote se emboscó, en tanto que Sancho volvía 25
a la ciudad a hablar a Dulcinea, en cuya
embajada le sucedieron cosas que piden nueva
atención y nuevo crédito.
p. 128
Capítulo X
Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo
para encantar a la señora Dulcinea, y de
otros sucesos tan ridículos como verdaderos.
Llegando el autor de esta grande historia a 5
contar lo que en este capítulo cuenta, dice que
quisiera pasarle en silencio, temeroso de que
no había de ser creído; porque las locuras de
don Quijote llegaron aquí al término y raya
de las mayores que pueden imaginarse, y aun 10
pasaron dos tiros de ballesta más allá de las
mayores. Finalmente, aunque con este miedo y
recelo, las escribió de la misma manera que él
las hizo, sin añadir ni quitar a la historia un
átomo de la verdad, sin dársele nada por las 15
objeciones que podían ponerle de mentiroso;
y tuvo razón, porque la verdad adelgaza, y no
quiebra, y siempre anda sobre la mentira, como
el aceite sobre el agua. Y, así, prosiguiendo su
historia, dice, que así como don Quijote se emboscó 20
en la floresta, encinar, o selva junto al gran
Toboso, mandó a Sancho volver a la ciudad, y
que no volviese a su presencia sin haber primero
hablado de su parte a su señora, pidiéndola
fuese servida de dejarse ver de su cautivo 25
caballero, y se dignase de echarle su bendición,
para que pudiese esperar por ella felicísimos
sucesos de todos sus acometimientos y
dificultosas empresas. Encargóse Sancho de
hacerlo así como se le mandaba, y de traerle 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 129
tan buena respuesta, como le trajo la vez
primera.
Anda, hijo, replicó don Quijote, y no te
turbes cuando te vieres ante la luz del sol de
hermosura que vas a buscar. Dichoso tú sobre 5
todos los escuderos del mundo. Ten memoria y
no se te pase de ella, cómo te recibe, si muda las
colores el tiempo que la estuvieres dando mi
embajada, si se desasosiega y turba, oyendo
mi nombre; si no cabe en la almohada si acaso 10
la hallas sentada en el estrado rico de su
autoridad, y si está en pie, mírala, si se pone ahora
sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite
la respuesta que te diere, dos o tres veces; si la
muda de blanda en áspera, de aceda en amorosa; 15
si levanta la mano al cabello para componerle,
aunque no esté desordenado. Finalmente,
hijo, mira todas sus acciones y movimientos;
porque si tú me los relatares como ellos fueron,
sacaré yo lo que ella tiene escondido en lo 20
secreto de su corazón acerca de lo que al fecho
de mis amores toca; que has de saber, Sancho,
si no lo sabes, que entre los amantes las
acciones y movimientos exteriores que muestran,
cuando de sus amores se trata, son certísimos 25
correos que traen las nuevas de lo que allá en
lo interior del alma pasa. Ve, amigo, y guíete
otra mejor ventura que la mía, y vuélvate otro
mejor suceso del que yo quedo temiendo y
esperando en esta amarga soledad en que me 30
dejas.
Yo iré y volveré presto, dijo Sancho, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 130
ensanche vuestra merced, señor mío, ese
corazoncillo, que le debe de tener ahora no mayor
que una avellana, y considere que se suele
decir que buen corazón quebranta mala ventura,
y que donde no hay tocinos no hay estacas; y 5
también se dice, donde no piensa, salta la
liebre. Dígolo porque si esta noche no hallamos
los palacios o alcázares de mi señora, ahora
que es de día los pienso hallar, cuando menos
lo piense, y hallados, déjenme a mí con 10
ella.
Por cierto, Sancho, dijo don Quijote, que
siempre traes tus refranes tan a pelo de lo que
tratamos, cuanto me dé Dios mejor ventura en
lo que deseo. 15
Esto dicho, volvió Sancho las espaldas y
vareó su rucio, y don Quijote se quedó a caballo,
descansando sobre los estribos y sobre el
arrimo de su lanza, lleno de tristes y confusas
imaginaciones, donde le dejaremos, yéndonos 20
con Sancho Panza, que no menos confuso y
pensativo se apartó de su señor que él
quedaba; y tanto, que apenas hubo salido del
bosque, cuando, volviendo la cabeza y viendo
que don Quijote no parecía, se apeó del 25
jumento, y, sentándose al pie de un árbol,
comenzó a hablar consigo mismo y a decirse:
Sepamos ahora, Sancho hermano, ¿adónde
va vuestra merced? ¿Va a buscar algún jumento
que se le haya perdido? No por cierto. Pues 30
¿qué va a buscar? Voy a buscar, como quien
no dice nada, a una princesa, y en ella al sol
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 131
de la hermosura, y a todo el cielo junto. Y
¿adónde pensáis hallar eso que decís, Sancho?
¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso.
Y bien, y ¿de parte de quién la vais a
buscar? De parte del famoso Caballero don 5
Quijote de la Mancha, que desface los tuertos y
da de comer al que ha sed y de beber al que
ha hambre. Todo eso está muy bien; y
¿sabéis su casa, Sancho? Mi amo dice que han
de ser unos reales palacios o unos soberbios 10
alcázares. Y ¿habéisla visto algún día por
ventura? Ni yo ni mi amo la hemos visto
jamás. Y ¿paréceos que fuera acertado y bien
hecho que si los del Toboso supiesen que estáis
vos aquí con intención de ir a sonsacarles 15
sus princesas y a desasosegarles sus damas,
viniesen y os moliesen las costillas a
puros palos y no os dejasen hueso sano? En
verdad que tendrían mucha razón, cuando no
considerasen que soy mandado, y que 20
mensajero sois, amigo,
no merecéis culpa, no.
No os fieis en eso, Sancho, porque la gente
manchega es tan colérica como honrada y no
consiente cosquillas de nadie. Vive Dios, que 25
si os huele, que os mando mala ventura.
¡Oxte, puto!; ¡allá darás, rayo! No, sino ándeme
yo buscando tres pies al gato por el gusto
ajeno; y más, que así será buscar a Dulcinea por
el Toboso como a Marica por Ravena o al 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 132
bachiller en Salamanca. El diablo, el diablo me
ha metido a mí en esto, que otro no.
Este soliloquio pasó consigo Sancho, y lo
que sacó de él fue que volvió a decirse:
Ahora bien, todas las cosas tienen remedio, si no 5
es la muerte, debajo de cuyo yugo hemos de
pasar todos, mal que nos pese, al acabar de
la vida. Este mi amo por mil señales he visto
que es un loco de atar, y aun también yo no
le quedo en zaga, pues soy más mentecato que 10
él, pues le sigo y le sirvo, si es verdadero el
refrán que dice: «dime con quién andas, decirte
»he quién eres», y el otro de «no con quien
»naces, sino con quien paces». Siendo, pues,
loco, como lo es, y de locura que las más veces 15
toma unas cosas por otras y juzga lo blanco
por negro y lo negro por blanco, como le
pareció cuando dijo que los molinos de viento
eran gigantes, y las mulas de los religiosos
dromedarios, y las manadas de carneros ejércitos 20
de enemigos, y otras muchas cosas a este
tono, no será muy difícil hacerle creer que una
labradora, la primera que me topare por aquí,
es la señora Dulcinea, y cuando él no lo crea,
juraré yo, y si él jurare, tornaré yo a jurar, y 25
si porfiare, porfiaré yo más, y de manera, que
tengo de tener la mía siempre sobre el hito,
venga lo que viniere; quizá con esta porfía
acabaré con él que no me envíe otra vez a
semejantes mensajerías, viendo cuán mal 30
recado le traigo de ellas, o quizá pensará, como
yo imagino, que algún mal encantador de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 133
estos que él dice que le quieren mal la habrá
mudado la figura por hacerle mal y daño.
Con esto que pensó Sancho Panza quedó
sosegado su espíritu, y tuvo por bien acabado
su negocio, (y) deteniéndose allí hasta la tarde, 5
por dar lugar a que don Quijote pensase que
le había tenido para ir y volver del Toboso. Y
sucedióle todo tan bien, que, cuando se levantó
para subir en el rucio, vio que del Toboso
hacia donde él estaba venían tres labradoras 10
sobre tres pollinos, o pollinas, que el autor no
lo declara, aunque más se puede creer que
eran borricas, por ser ordinaria caballería de
las aldeanas; pero como no va mucho en
esto, no hay para qué detenernos en 15
averiguarlo.
En resolución, así como Sancho vio a las
labradoras, a paso tirado volvió a buscar a su
señor don Quijote, y hallóle suspirando y
diciendo mil amorosas lamentaciones. Como don 20
Quijote le vio, le dijo:
¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré señalar
este día con piedra blanca, o con negra?
Mejor será, respondió Sancho, que vuestra
merced le señale con almagre, como rétulos 25
de cátedras, porque le echen bien de ver
los que le vieren.
De ese modo, replicó don Quijote, buenas
nuevas traes.
Tan buenas, respondió Sancho, que no 30
tiene más que hacer vuestra merced sino picar
a Rocinante y salir a lo raso a ver a la señora
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 134
Dulcinea del Toboso, que con otras dos,
doncellas suyas, viene a ver a vuestra merced.
Santo Dios, ¿qué es lo que dices, Sancho
amigo?, dijo don Quijote. Mira no me engañes,
ni quieras con falsas alegrías alegrar 5
mis verdaderas tristezas.
¿Qué sacaría yo de engañar a vuestra
merced, respondió Sancho, y más estando tan
cerca de descubrir mi verdad? Pique, señor,
y venga, y verá venir a la princesa, nuestra 10
ama, vestida y adornada, en fin, como quien
ella es. Sus doncellas y ella todas son una
ascua de oro. Todas mazorcas de perlas,
todas son diamantes, todas rubíes, todas telas
de brocado de más de diez altos. Los cabellos 15
sueltos por las espaldas, que son otros tantos
rayos del sol, que andan jugando con el viento,
y, sobre todo, vienen a caballo sobre tres
cananeas remendadas, que no hay más que ver.
Hacaneas, querrás decir, Sancho. 20
Poca diferencia hay, respondió Sancho, de
cananeas a hacaneas; pero vengan sobre lo
que vinieren, ellas vienen las más galanas
señoras que se puedan desear, especialmente
la princesa Dulcinea, mi señora, que pasma 25
los sentidos.
Vamos, Sancho hijo, respondió don Quijote,
y en albricias de estas no esperadas como
buenas nuevas te mando el mejor despojo que
ganare en la primera aventura que tuviere, y 30
si esto no te contenta, te mando las crías que
este año me dieren las tres yeguas mías, que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 135
tú sabes que quedan para parir en el prado
concejil de nuestro pueblo.
A las crías me atengo, respondió Sancho,
porque de ser buenos los despojos de la
primera aventura no está muy cierto. 5
Ya en esto, salieron de la selva y descubrieron
cerca a las tres aldeanas. Tendió don Quijote
los ojos por todo el camino del Toboso, y
como no vio sino a las tres labradoras, turbóse
todo, y preguntó a Sancho si las había dejado 10
fuera de la ciudad.
¿Cómo fuera de la ciudad?, respondió;
¿por ventura tiene vuestra merced los ojos en
el colodrillo, que no ve que son éstas las que
aquí vienen, resplandecientes como el mismo 15
sol a mediodía?
Yo no veo, Sancho, dijo don Quijote,
sino a tres labradoras sobre tres borricos.
Ahora me libre Dios del diablo, respondió
Sancho; y ¿es posible que tres hacaneas, o 20
como se llaman, blancas como el ampo de la
nieve, le parezcan a vuestra merced borricos?
¡Vive el Señor, que me pele estas barbas si tal
fuese verdad!
Pues yo te digo, Sancho amigo, dijo don 25
Quijote, que es tan verdad que son borricos,
o borricas, como yo soy don Quijote y tú Sancho
Panza; a lo menos, a mí tales me parecen.
Calle, señor, dijo Sancho, no diga la tal
palabra, sino despabile esos ojos y venga a 30
hacer reverencia a la señora de sus
pensamientos, que ya llega cerca.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 136
Y, diciendo esto, se adelantó a recibir a las
tres aldeanas, y, apeándose del rucio, tuvo del
cabestro al jumento de una de las tres labradoras,
e, hincando ambas rodillas en el suelo,
dijo: 5
Reina y princesa y duquesa de la hermosura,
vuestra altivez y grandeza sea servida
de recibir en su gracia y buen talante al
cautivo caballero vuestro, que allí está hecho
piedra mármol, todo turbado y sin pulsos de verse 10
ante vuestra magnífica presencia. Yo soy Sancho
Panza su escudero, y él es el asendereado
caballero don Quijote de la Mancha, llamado
por otro nombre el Caballero de la Triste
Figura. 15
A esta sazón ya se había puesto don Quijote
de hinojos junto a Sancho, y miraba con ojos
desencajados y vista turbada a la que Sancho
llamaba reina y señora, y como no descubría
en ella sino una moza aldeana y no de muy 20
buen rostro, porque era carirredonda y chata,
estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar
los labios. Las labradoras estaban asimismo
atónitas, viendo aquellos dos hombres tan
diferentes hincados de rodillas, que no dejaban 25
pasar adelante a su compañera. Pero rompiendo
el silencio la detenida, toda desgraciada
y mohína dijo:
Apártense nora en tal del camino, y
déjennos pasar; que vamos de prisa. 30
A lo que respondió Sancho:
¡Oh princesa y señora universal del Toboso!
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 137
¿Cómo vuestro magnánimo corazón no se enternece
viendo arrodillado ante vuestra sublimada
presencia a la columna y sustento de la andante
caballería?
Oyendo lo cual otra de las dos, dijo: 5
¡Mas jo, que te estriego, burra de mi
suegro! Mirad con qué se vienen los señoritos
ahora a hacer burla de las aldeanas, como
si aquí no supiésemos echar pullas como ellos;
vayan su camino y déjennos hacer el nuestro, 10
y serles ha sano.
Levántate, Sancho, dijo a este punto don
Quijote; que ya veo que la Fortuna, de mi mal
no harta, tiene tomados los caminos todos por
donde pueda venir algún contento a esta ánima 15
mezquina que tengo en las carnes. Y tú, ¡oh
extremo del valor que puede desearse, término de
la humana gentileza, único remedio de este
afligido corazón que te adora!, ya que el maligno
encantador me persigue y ha puesto nubes y 20
cataratas en mis ojos, y para sólo ellos y no
para otros ha mudado y transformado tu sin
igual hermosura y rostro en el de una
labradora pobre, si ya también el mío no le ha
cambiado en el de algún vestiglo para hacerle 25
aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme
blanda y amorosamente, echando de ver en
esta sumisión y arrodillamiento que a tu
contrahecha hermosura hago, la humildad con que
mi alma te adora. 30
¡Tomad qué, mi abuelo!, respondió la
aldeana; amiguita soy yo de oír resquebrajos.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 138
Apártense y déjennos ir y agradecérselo
hemos.
Apartóse Sancho y dejóla ir, contentísimo
de haber salido bien de su enredo.
Apenas se vio libre la aldeana que había hecho 5
la figura de Dulcinea, cuando, picando a su
cananea con un aguijón que en un palo traía,
dio a correr por el prado adelante. Y como la
borrica sentía la punta del aguijón que le
fatigaba más de lo ordinario, comenzó a dar 10
corcovos, de manera, que dio con la señora
Dulcinea en tierra; lo cual visto por don Quijote,
acudió a levantarla, y Sancho a componer y
cinchar el albarda, que también vino a la
barriga de la pollina. Acomodada, pues, la 15
albarda, y queriendo don Quijote levantar a su
encantada señora en los brazos sobre la
jumenta, la señora, levantándose del suelo, le
quitó de aquel trabajo, porque haciéndose algún
tanto atrás, tomó una corridica, y puestas 20
ambas manos sobre las ancas de la pollina, dio
con su cuerpo más ligero que un halcón sobre
la albarda, y quedó a horcajadas, como si fuera
hombre; y entonces dijo Sancho:
Vive Roque, que es la señora nuestra ama 25
más ligera que un alcotán y que puede
enseñar a subir a la jineta al más diestro
cordobés o mexicano. El arzón trasero de la silla
pasó de un salto, y sin espuelas hace correr
la hacanea como una cebra, y no le van 30
en zaga sus doncellas, que todas corren como
el viento.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 139
Y así era la verdad, porque en viéndose
a caballo Dulcinea, todas picaron tras ella y
dispararon a correr, sin volver la cabeza atrás
por espacio de más de media legua. Siguiólas
don Quijote con la vista, y cuando vio que no 5
parecían, volviéndose a Sancho, le dijo:
¿Sancho, qué te parece cuán malquisto soy
de encantadores? Y mira hasta dónde se extiende
su malicia y la ojeriza que me tienen, pues
me han querido privar del contento que 10
pudiera darme ver en su ser a mi señora. En
efecto, yo nací para ejemplo de desdichados
y para ser blanco y terrero donde tomen la
mira y asesten las flechas de la mala fortuna.
Y has también de advertir, Sancho, que no se 15
contentaron estos traidores de haber vuelto y
transformado a mi Dulcinea, sino que la
transformaron y volvieron en una figura tan baja y
tan fea como la de aquella aldeana, y
juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las 20
principales señoras, que es el buen olor, por
andar siempre entre ámbares y entre flores;
porque te hago saber, Sancho, que cuando
llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea,
según tú dices, que a mí me pareció borrica, 25
me dio un olor de ajos crudos, que me
encalabrinó y atosigó el alma.
¡Oh canalla!, gritó a esta sazón Sancho, ¡oh
encantadores aciagos y malintencionados, y
quién os viera a todos ensartados por las 30
agallas como sardinas en lercha! Mucho sabéis,
mucho podéis y mucho más hacéis. Bastaros
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 140
debiera, bellacos, haber mudado las perlas
de los ojos de mi señora en agallas
alcornoqueñas y sus cabellos de oro purísimo en
cerdas de cola de buey bermejo, y, finalmente,
todas sus facciones de buenas en malas, sin que 5
le tocarais en el olor; que por él siquiera
sacáramos lo que estaba encubierto debajo de
aquella fea corteza, aunque, para decir verdad,
nunca yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la
cual subía de punto y quilates un lunar que 10
tenía sobre el labio derecho a manera de
bigote, con siete u ocho cabellos rubios como
hebras de oro y largos de más de un palmo.
A ese lunar, dijo don Quijote, según la
correspondencia que tienen entre sí los del 15
rostro con los del cuerpo, ha de tener otro
Dulcinea en la tabla del muslo que corresponde al
lado donde tiene el del rostro; pero muy luengos
para lunares son pelos de la grandeza que
has significado. 20
Pues yo sé decir a vuestra merced,
respondió Sancho, que le parecían allí como
nacidos.
Yo lo creo, amigo, replicó don Quijote,
porque ninguna cosa puso la naturaleza 25
en Dulcinea que no fuese perfecta y bien
acabada, y así, si tuviera cien lunares como el
que dices, en ella no fueran lunares, sino lunas
y estrellas resplandecientes. Pero dime,
Sancho, ¿aquella que a mí me pareció albarda que 30
tú aderezaste, era silla rasa, o sillón?
No era, respondió Sancho, sino silla a la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 141
jineta, con una cubierta de campo que vale la
mitad de un reino, según es de rica.
Y ¡que no viese yo todo eso, Sancho!,
dijo don Quijote; ahora torno a decir, y diré
mil veces, que soy el más desdichado de los 5
hombres.
Harto tenía que hacer el socarrón de Sancho
en disimular la risa, oyendo las sandeces de su
amo, tan delicadamente engañado. Finalmente,
después de otras muchas razones que entre los 10
dos pasaron, volvieron a subir en sus bestias
y siguieron el camino de Zaragoza, adonde
pensaban llegar a tiempo que pudiesen hallarse
en unas solemnes fiestas que en aquella
insigne ciudad cada año suelen hacerse. Pero 15
antes que allá llegasen les sucedieron cosas,
que por muchas, grandes y nuevas, merecen ser
escritas y leídas, como se verá adelante.
p. 142
Capítulo XI
De la extraña aventura que le sucedió al valeroso
don Quijote con el carro o carreta de las
Cortes de la Muerte.
Pensativo además iba don Quijote por su 5
camino adelante, considerando la mala burla
que le habían hecho los encantadores, volviendo
a su señora Dulcinea en la mala figura de la
aldeana, y no imaginaba qué remedio tendría
para volverla a su ser primero, y estos 10
pensamientos le llevaban tan fuera de sí, que,
sin sentirlo, soltó las riendas a Rocinante, el
cual, sintiendo la libertad que se le daba, a
cada paso se detenía a pacer la verde hierba,
de que aquellos campos abundaban; de su 15
embelesamiento le volvió Sancho Panza,
diciéndole:
Señor, las tristezas no se hicieron para las
bestias, sino para los hombres; pero si los
hombres las sienten demasiado se vuelven bestias; 20
vuestra merced se reporte y vuelva en sí y coja
las riendas a Rocinante, y avive y despierte, y
muestre aquella gallardía que conviene que
tengan los caballeros andantes. ¿Qué diablos
es esto? ¿Qué descaecimiento es éste? 25
¿Estamos aquí, o en Francia? Mas que se lleve
Satanás a cuantas Dulcineas hay en el mundo,
pues vale más la salud de un solo caballero
andante que todos los encantos y
transformaciones de la tierra. 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XI p. 143
Calla, Sancho, respondió don Quijote con
voz no muy desmayada; calla, digo, y no
digas blasfemias contra aquella encantada
señora; que de su desgracia y desventura yo solo
tengo la culpa: de la envidia que me tienen los 5
malos ha nacido su mala andanza.
Así lo digo yo, respondió Sancho: quien
la vio y la ve ahora, ¿cuál es el corazón que
no llora?
Eso puedes tú decir bien, Sancho, replicó 10
don Quijote, pues la viste en la entereza
cabal de su hermosura; que el encanto no
se extendió a turbarte la vista ni a encubrirte
su belleza. Contra mí solo y contra mis ojos
se endereza la fuerza de su veneno. Mas con 15
todo esto he caído, Sancho, en una cosa, y es
que me pintaste mal su hermosura, porque, si
mal no me acuerdo, dijiste que tenía los ojos
de perlas, y los ojos que parecen de perlas,
antes son de besugo que de dama, y a lo que 20
yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes
esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos
que les sirven de cejas. Y esas perlas quítalas
de los ojos y pásalas a los dientes; que sin
duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por 25
los dientes.
Todo puede ser, respondió Sancho, porque
también me turbó a mí su hermosura como a
vuestra merced su fealdad; pero encomendémoslo
todo a Dios, que El es el sabedor de las 30
cosas que han de suceder en este valle de
lágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 144
apenas se halla cosa que esté sin mezcla de
maldad, embuste y bellaquería. De una cosa
me pesa, señor mío, más que de otras: que es
pensar qué medio se ha de tener cuando vuestra
merced venza a algún gigante u otro caballero, 5
y le mande que se vaya a presentar ante
la hermosura de la señora Dulcinea, ¿adónde la
ha de hallar este pobre gigante o este pobre y
mísero caballero vencido? Paréceme que los
veo andar por el Toboso hechos unos bausanes 10
buscando a mi señora Dulcinea, y aunque
la encuentren en mitad de la calle, no la
conocerán más que a mi padre.
Quizá, Sancho, respondió don Quijote, no
se extenderá el encantamiento a quitar el 15
conocimiento de Dulcinea a los vencidos y
presentados gigantes y caballeros, y en uno o dos de
los primeros que yo venza y le envíe haremos
la experiencia, si la ven o no, mandándoles
que vuelvan a darme relación de lo que acerca 20
de esto les hubiere sucedido.
Digo, señor, replicó Sancho, que me ha
parecido bien lo que vuestra merced ha dicho,
y que con ese artificio vendremos en conocimiento
de lo que deseamos, y si es que ella a 25
sólo vuestra merced se encubre, la desgracia
más será de vuestra merced que suya. Pero
como la señora Dulcinea tenga salud y
contento, nosotros por acá nos avendremos y lo
pasaremos lo mejor que pudiéremos, buscando 30
nuestras aventuras, y dejando al tiempo
que haga de las suyas; que él es el mejor
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XI p. 145
médico de éstas y de otras mayores
enfermedades.
Responder quería don Quijote a Sancho
Panza; pero estorbóselo una carreta que salió al
través del camino, cargada de los más diversos 5
y extraños personajes y figuras que pudieron
imaginarse. El que guiaba las mulas y servía
de carretero era un feo demonio. Venía la carreta
descubierta al cielo abierto, sin toldo ni
zarzo. La primera figura que se ofreció a los 10
ojos de don Quijote, fue la de la misma Muerte,
con rostro humano; junto a ella venía un
ángel con unas grandes y pintadas alas. Al un
lado estaba un emperador con una corona, al
parecer de oro, en la cabeza. A los pies de la 15
Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin
venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y
saetas. Venía también un caballero armado de
punta en blanco, excepto que no traía morrión,
ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de 20
diversas colores; con éstas venían otras personas
de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual
visto de improviso en alguna manera alborotó
a don Quijote, y puso miedo en el corazón de
Sancho; mas luego se alegró don Quijote, 25
creyendo que se le ofrecía alguna nueva y
peligrosa aventura, y con este pensamiento, y con
ánimo dispuesto de acometer cualquier peligro,
se puso delante de la carreta, y, con voz alta y
amenazadora, dijo: 30
Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres,
no tardes en decirme quién eres, a dó vas y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 146
quién es la gente que llevas en tu carricoche,
que más parece la barca de Carón que carreta
de las que se usan.
A lo cual mansamente, deteniendo el Diablo
la carreta, respondió: 5
Señor, nosotros somos recitantes de la
compañía de Angulo el malo; hemos hecho en
un lugar que está detrás de aquella loma, esta
mañana, que es la octava del Corpus, el auto
de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de 10
hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí
se parece, y por estar tan cerca y excusar el
trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos
vamos vestidos con los mismos vestidos que
representamos. Aquel mancebo va de Muerte, 15
el otro de Angel. Aquella mujer, que es la del
autor, va de Reina, el otro de Soldado, aquel de
Emperador, y yo de Demonio, y soy una de las
principales figuras del auto, porque hago en
esta compañía los primeros papeles. Si otra 20
cosa vuestra merced desea saber de nosotros,
pregúntemelo, que yo le sabré responder con
toda puntualidad; que como soy demonio, todo
se me alcanza.
Por la fe de caballero andante, respondió 25
don Quijote, que así como vi este carro imaginé
que alguna grande aventura se me ofrecía,
y ahora digo que es menester tocar las apariencias
con la mano para dar lugar al desengaño.
Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra 30
fiesta. Y mirad si mandáis algo en que pueda
seros de provecho; que lo haré con buen ánimo
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XI p. 147
y buen talante, porque desde muchacho fui
aficionado a la carátula, y en mi mocedad se
me iban los ojos tras la farándula.
Estando en estas pláticas quiso la suerte que
llegase uno de la compañía, que venía vestido 5
de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la
punta de un palo traía tres vejigas de vaca
hinchadas; el cual moharracho, llegándose a don
Quijote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir
el suelo con las vejigas y a dar grandes 10
saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visión
así alborotó a Rocinante, que, sin ser poderoso
a detenerle don Quijote, tomando el freno entre
los dientes, dio a correr por el campo con más
ligereza que jamás prometieron los huesos de 15
su anatomía. Sancho, que consideró el peligro
en [que] iba su amo de ser derribado, saltó
del rucio, y a toda prisa fue a valerle; pero
cuando a él llegó, ya estaba en tierra, y junto
a él Rocinante, que con su amo vino al suelo: 20
ordinario fin y paradero de las lozanías de
Rocinante y de sus atrevimientos.
Mas apenas hubo dejado su caballería
Sancho por acudir a don Quijote, cuando el
demonio bailador de las vejigas saltó sobre el 25
rucio, y, sacudiéndole con ellas, el miedo y
ruido, más que el dolor de los golpes, le hizo
volar por la campaña hacia el lugar donde
iban a hacer la fiesta. Miraba Sancho la carrera
de su rucio y la caída de su amo, y no sabía 30
a cuál de las dos necesidades acudiría primero.
Pero, en efecto, como buen escudero y como
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 148
buen criado, pudo más con él el amor de su
señor que el cariño de su jumento, puesto que
cada vez que veía levantar las vejigas en el
aire y caer sobre las ancas de su rucio, eran
para él tártagos y sustos de muerte, y antes 5
quisiera que aquellos golpes se los dieran a él
en las niñas de los ojos que en el más mínimo
pelo de la cola de su asno. Con esta perpleja
tribulación llegó donde estaba don Quijote,
harto más maltrecho de lo que él quisiera, y, 10
ayudándole a subir sobre Rocinante, le dijo:
Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.
¿Qué diablo?, preguntó don Quijote.
El de las vejigas, respondió Sancho.
Pues yo le cobraré, replicó don Quijote, 15
si bien se encerrase con él en los más
hondos y oscuros calabozos del infierno. Sígueme,
Sancho; que la carreta va despacio, y con las
mulas de ella satisfaré la pérdida del rucio.
No hay para qué hacer esa diligencia, 20
señor, respondió Sancho; vuestra merced
temple su cólera; que, según me parece, ya el
Diablo ha dejado el rucio, y vuelve a la
querencia.
Y así era la verdad, porque habiendo caído 25
el Diablo con el rucio, por imitar a don Quijote
y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al pueblo,
y el jumento se volvió a su amo.
Con todo eso, dijo don Quijote, será
bien castigar el descomedimiento de aquel 30
demonio en alguno de los de la carreta, aunque
sea el mismo Emperador.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XI p. 149
Quítesele a vuestra merced eso de la
imaginación, replicó Sancho, y tome mi consejo,
que es que nunca se tome con farsantes, que
es gente favorecida. Recitante he visto yo estar
preso por dos muertes y salir libre y sin costas. 5
Sepa vuestra merced que, como son gentes alegres
y de placer, todos los favorecen, todos los
amparan, ayudan y estiman, y más siendo de
aquellos de las compañías reales y de título,
que todos, o los más, en sus trajes y 10
compostura parecen unos príncipes.
Pues con todo, respondió don Quijote,
no se me ha de ir el demonio farsante
alabando, aunque le favorezca todo el género
humano. 15
Y, diciendo esto, volvió a la carreta, que ya
estaba bien cerca del pueblo; [e] iba dando
voces, diciendo:
Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada;
que os quiero dar a entender cómo se han 20
de tratar los jumentos y alimañas que sirven
de caballería a los escuderos de los caballeros
andantes.
Tan altos eran los gritos de don Quijote,
que los oyeron y entendieron los de la carreta, 25
y, juzgando por las palabras la intención del
que las decía, en un instante saltó la Muerte de
la carreta, y tras ella, el Emperador, el Diablo
carretero y el Angel, sin quedarse la Reina ni
el dios Cupido, y todos se cargaron de piedras 30
y se pusieron en ala, esperando recibir a don
Quijote en las puntas de sus guijarros. Don
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 150
Quijote que los vio puestos en tan gallardo
escuadrón, los brazos levantados con ademán
de despedir poderosamente las piedras, detuvo
las riendas a Rocinante y púsose a pensar de
qué modo los acometería con menos peligro 5
de su persona. En esto que se detuvo, llegó
Sancho, y viéndole en talle de acometer al
bien formado escuadrón, le dijo:
Asaz de locura sería intentar tal empresa;
considere vuestra merced, señor mío, que para 10
sopa de arroyo y tente, bonete, no hay arma
defensiva en el mundo, si no es embutirse y
encerrarse en una campana de bronce, y también
se ha de considerar que es más temeridad
que valentía acometer un hombre solo a un 15
ejército donde está la Muerte y pelean en
persona emperadores, y a quien ayudan los buenos
y los malos ángeles. Y si esta consideración
no le mueve a estarse quedo, muévale saber de
cierto que entre todos los que allí están, 20
aunque parecen reyes, príncipes y emperadores,
no hay ningún caballero andante.
Ahora sí, dijo don Quijote, has dado,
Sancho, en el punto que puede y debe mudarme de
mi ya determinado intento. Yo no puedo ni 25
debo sacar la espada, como otras veces muchas
te he dicho, contra quien no fuere armado
caballero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la
venganza del agravio que a tu rucio se le ha
hecho; que yo desde aquí te ayudaré con 30
voces y advertimientos saludables.
No hay para qué, señor, respondió Sancho,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XI p. 151
tomar venganza de nadie, pues no es de buenos
cristianos tomarla de los agravios, cuanto
más que yo acabaré con mi asno que ponga
su ofensa en las manos de mi voluntad, la
cual es de vivir pacíficamente los días que los 5
cielos me dieren de vida.
Pues ésa es tu determinación, replicó don
Quijote, Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho
cristiano y Sancho sincero, dejemos estas
fantasmas y volvamos a buscar mejores y más 10
calificadas aventuras; que yo veo esta tierra
de talle que no han de faltar en ella muchas y
muy milagrosas.
Volvió las riendas luego, Sancho fue a tomar
su rucio, la Muerte con todo su escuadrón 15
volante volvieron a su carreta y prosiguieron su
viaje, y este feliz fin tuvo la temerosa
aventura de la carreta de la Muerte, gracias sean
dadas al saludable consejo que Sancho Panza
dio a su amo, al cual el día siguiente le 20
sucedió otra con un enamorado y andante
caballero, de no menos suspensión que la pasada.
p. 152
Capítulo XII
De la extraña aventura que le sucedió al
valeroso don Quijote con el bravo Caballero de
los Espejos.
La noche que siguió al día del reencuentro de 5
la Muerte la pasaron don Quijote y su escudero
debajo de unos altos y sombrosos árboles,
habiendo, a persuasión de Sancho, comido
don Quijote de lo que venía en el repuesto
del rucio, y, entre la cena, dijo Sancho a su 10
señor:
Señor, qué tonto hubiera andado yo, si
hubiera escogido en albricias los despojos de la
primera aventura que vuestra merced acabara,
antes que las crías de las tres yeguas. En efecto, 15
en efecto, más vale pájaro en mano que buitre
volando.
Todavía, respondió don Quijote, si tú,
Sancho, me dejaras acometer, como yo quería,
te hubieran cabido en despojos, por lo menos, 20
la corona de oro de la Emperatriz y las pintadas
alas de Cupido; que yo se las quitara al
redropelo y te las pusiera en las manos.
Nunca los cetros y coronas de los emperadores
farsantes, respondió Sancho Panza, fueron 25
de oro puro, sino de oropel u hoja de lata.
Así es verdad, replicó don Quijote,
porque no fuera acertado que los atavíos de la
comedia fueran finos, sino fingidos y
aparentes como lo es la misma comedia, con 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XII p. 153
la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola
en tu gracia, y por el mismo consiguiente
a los que las representan y a los que las
componen, porque todos son instrumentos de hacer
un gran bien a la república, poniéndonos un 5
espejo a cada paso delante, donde se ven
al vivo las acciones de la vida humana, y
ninguna comparación hay que más al vivo nos
represente lo que somos y lo que hemos de ser
como la comedia y los comediantes: si no, dime, 10
¿no has visto tú representar alguna comedia
adonde se introducen reyes, emperadores y
pontífices, caballeros, damas y otros diversos
personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero,
éste el mercader, aquél el soldado, otro 15
el simple discreto, otro el enamorado simple.
Y, acabada la comedia, y desnudándose de
los vestidos de ella, quedan todos los recitantes
iguales.
Sí he visto, respondió Sancho. 20
Pues lo mismo, dijo don Quijote, acontece
en la comedia y trato de este mundo, donde
unos hacen los emperadores, otros los pontífices,
y, finalmente, todas cuantas figuras se
pueden introducir en una comedia; pero, en 25
llegando al fin, que es cuando se acaba la vida,
a todos les quita la muerte las ropas que los
diferenciaban, y quedan iguales en la
sepultura.
Brava comparación, dijo Sancho, aunque 30
no tan nueva que yo no la haya oído muchas
y diversas veces, como aquella del juego
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 154
del ajedrez, que mientras dura el juego, cada
pieza tiene su particular oficio, y, en
acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y
barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es
como dar con la vida en la sepultura. 5
Cada día, Sancho, dijo don Quijote, te
vas haciendo menos simple y más discreto.
Sí, que algo se me ha de pegar de la
discreción de vuestra merced, respondió Sancho;
que las tierras que de suyo son estériles 10
y secas, estercolándolas y cultivándolas,
vienen a dar buenos frutos. Quiero decir que la
conversación de vuestra merced ha sido el
estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco
ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que 15
ha que le sirvo y comunico, y con esto espero
de dar frutos de mí que sean de bendición,
tales, que no desdigan ni deslicen de los
senderos de la buena crianza que vuestra merced
ha hecho en el agostado entendimiento mío. 20
Riose don Quijote de las afectadas razones
de Sancho, y parecióle ser verdad lo que decía
de su enmienda, porque de cuando en cuando
hablaba de manera que le admiraba, puesto
que todas o las más veces que Sancho quería 25
hablar de oposición, y a lo cortesano, acababa
su razón con despeñarse del monte de su
simplicidad al profundo de su ignorancia, y en lo
que él se mostraba más elegante y memorioso
era en traer refranes, viniesen o no viniesen 30
a pelo de lo que trataba, como se habrá visto
y se habrá notado en el discurso de esta historia.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XII p. 155
En éstas y en otras pláticas se les pasó
gran parte de la noche, y a Sancho le vino en
voluntad de dejar caer las compuertas de los
ojos, como él decía cuando quería dormir,
y, desaliñando al rucio, le dio pasto abundoso 5
y libre. No quitó la silla a Rocinante por
ser expreso mandamiento de su señor que
en el tiempo que anduviesen en campaña, o
no durmiesen debajo de techado, no desaliñase
a Rocinante: antigua usanza establecida 10
y guardada de los andantes caballeros, quitar
el freno y colgarle del arzón de la silla; pero
¿quitar la silla al caballo?, ¡guarda! Así lo hizo
Sancho, y le dio la misma libertad que al rucio,
cuya amistad de él y de Rocinante fue tan única 15
y tan trabada, que hay fama, por tradición de
padres a hijos, que el autor de esta verdadera
historia hizo particulares capítulos de ella; mas
que, por guardar la decencia y decoro que a
tan heroica historia se debe, no los puso en 20
ella, puesto que algunas veces se descuida
de este su presupuesto, y escribe que así como
las dos bestias se juntaban, acudían a rascarse
el uno al otro, y que, después de cansados
y satisfechos, cruzaba Rocinante el pescuezo 25
sobre el cuello del rucio, que le sobraba de la
otra parte más de media vara, y mirando los
dos atentamente al suelo, se solían estar de
aquella manera tres días, a lo menos, todo el
tiempo que les dejaban o no les compelía la 30
hambre a buscar sustento.
Digo que dicen que dejó el autor escrito
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 156
que los había comparado en la amistad a la que
tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades y Orestes,
y si esto es así, se podía echar de ver, para
universal admiración, cuán firme debió ser la
amistad de estos dos pacíficos animales, y para 5
confusión de los hombres, que tan mal saben
guardarse amistad los unos a los otros. Por
esto se dijo:
«No hay amigo para amigo,
las cañas se vuelven lanzas... 10
y el otro que cantó:
De amigo a amigo la chinche, etc.
Y no le parezca a alguno que anduvo el
autor algo fuera de camino en haber comparado
la amistad de estos animales a la de los 15
hombres; que de las bestias han recibido
muchos advertimientos los hombres y aprendido
muchas cosas de importancia, como son:
de las cigüeñas, el cristel; de los perros, el
vómito y el agradecimiento; de las grullas, la 20
vigilancia; de las hormigas, la providencia; de
los elefantes, la honestidad; y la lealtad del
caballo. Finalmente, Sancho se quedó dormido
al pie de un alcornoque, y don Quijote,
dormitando al de una robusta encina. 25
Pero poco espacio de tiempo había pasado
cuando le despertó un ruido que sintió a sus
espaldas, y, levantándose con sobresalto, se
puso a mirar y a escuchar de dónde el ruido
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XII p. 157
procedía, y vio que eran dos hombres a caballo,
y que el uno, dejándose derribar de la silla,
dijo al otro:
Apéate, amigo, y quita los frenos a los
caballos; que, a mi parecer, este sitio abunda de 5
hierba para ellos y del silencio y soledad que
han menester mis amorosos pensamientos.
El decir esto y el tenderse en el suelo todo
fue a un mismo tiempo, y al arrojarse hicieron
ruido las armas de que venía armado, 10
manifiesta señal por donde conoció don Quijote
que debía de ser caballero andante, y, llegándose
a Sancho, que dormía, le trabó del brazo,
y con no pequeño trabajo le volvió en su
acuerdo, y con voz baja le dijo: 15
Hermano Sancho, aventura tenemos.
Dios nos la dé buena, respondió Sancho;
y ¿adónde está, señor mío, su merced de esa
señora aventura?
¿Adónde, Sancho?, replicó don Quijote. 20
Vuelve los ojos y mira, y verás allí tendido un
andante caballero, que, a lo que a mí se me
trasluce, no debe de estar demasiadamente
alegre, porque le vi arrojar del caballo y
tenderse en el suelo con algunas muestras de 25
despecho, y al caer le crujieron las armas.
Pues ¿en qué halla vuestra merced, dijo
Sancho, que ésta sea aventura?
No quiero yo decir, respondió don
Quijote, que ésta sea aventura del todo, sino 30
principio de ella; que por aquí se comienzan las
aventuras. Pero escucha; que, a lo que parece,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 158
templando está un laúd o vihuela, y según
escupe y se desembaraza el pecho, debe de
prepararse para cantar algo.
A buena fe que es así, respondió Sancho,
y que debe de ser caballero enamorado. 5
No hay ninguno de los andantes que no lo
sea, dijo don Quijote, y escuchémosle; que
por el hilo sacaremos el ovillo de sus
pensamientos, si es que canta; que de la abundancia
del corazón habla la lengua. 10
Replicar quería Sancho a su amo; pero la
voz del Caballero del Bosque, que no era muy
mala ni muy buena, lo estorbó, y estando los
dos atónitos, oyeron que lo que cantó fue
este 15
«SONETO.
Dadme, señora, un término que siga,
conforme a vuestra voluntad cortado;
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto de él desdiga. 20
Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado;
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mismo Amor la diga.
A prueba de contrarios estoy hecho, 25
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el alma ajusto.
Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho;
entallad o imprimid lo que os dé gusto,
que de guardarlo eternamente juro.» 30
Con un ¡ay! arrancado, al parecer, de lo íntimo
de su corazón, dio fin a su canto el Caballero
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XII p. 159
del Bosque, y de allí a un poco, con voz
doliente y lastimada, dijo:
¡Oh la más hermosa y la más ingrata mujer
del orbe!, ¿cómo que será posible, serenísima
Casildea de Vandalia, que has de consentir 5
que se consuma y acabe en continuas peregrinaciones
y en ásperos y duros trabajos este tu
cautivo caballero? ¿No basta ya que he hecho
que te confiesen por la más hermosa del mundo
todos los caballeros de Navarra, todos los 10
leoneses, todos los tartesios, todos los castellanos
y, finalmente, todos los caballeros de la
Mancha?
Eso no, dijo a esta sazón don Quijote,
que yo soy de la Mancha y nunca tal he 15
confesado, ni podía, ni debía confesar una cosa
tan perjudicial a la belleza de mi señora, y este
tal caballero ya ves tú, Sancho, que desvaría;
pero escuchemos: quizá se declarará más.
Sí hará, replicó Sancho; que término 20
lleva de quejarse un mes arreo.
Pero no fue así, porque habiendo entreoído
el Caballero del Bosque que hablaban cerca de él,
sin pasar adelante en su lamentación se puso
en pie, y dijo con voz sonora y comedida: 25
¿Quién va allá, qué gente?; ¿es por ventura
de la del número de los contentos, o la del
de los afligidos?
De los afligidos, respondió don Quijote.
Pues lléguese a mí, respondió el del 30
Bosque, y hará cuenta que se llega a la misma
tristeza y a la aflicción misma.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 160
Don Quijote, que se vio responder tan tierna
y comedidamente, se llegó a él, y Sancho ni
más ni menos; el caballero lamentador asió a
don Quijote del brazo, diciendo:
Sentaos aquí, señor caballero; que para 5
entender que lo sois y de los que profesan la
andante caballería, bástame el haberos hallado
en este lugar, donde la soledad y el sereno os
hacen compañía, naturales lechos y propias
estancias de los caballeros andantes. 10
A lo que respondió don Quijote:
Caballero soy y de la profesión que
decís, y aunque en mi alma tienen su propio
asiento las tristezas, las desgracias y las
desventuras, no por eso se ha ahuyentado de ella 15
la compasión que tengo de las ajenas
desdichas; de lo que contasteis poco ha,
colegí que las vuestras son enamoradas, quiero
decir, del amor que tenéis a aquella hermosa
ingrata que en vuestras lamentaciones 20
nombrasteis.
Ya cuando esto pasaban, estaban sentados
juntos sobre la dura tierra en buena paz y
compañía, como si al romper del día no se
hubieran de romper las cabezas. 25
¿Por ventura, señor caballero, preguntó
el del Bosque a don Quijote: sois
enamorado?
Por desventura, lo soy, respondió don
Quijote, aunque los daños que nacen de los 30
bien colocados pensamientos, antes se deben
tener por gracias que por desdichas.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XII p. 161
Así es la verdad, replicó el del Bosque,
si no nos turbasen la razón y el entendimiento
los desdenes, que siendo muchos, parecen
venganzas.
Nunca fui desdeñado de mi señora, 5
respondió don Quijote.
No, por cierto, dijo Sancho, que allí
junto estaba, porque es mi señora como
una borrega mansa: es más blanda que una
manteca. 10
¿Es vuestro escudero éste?, preguntó el
del Bosque.
Sí es, respondió don Quijote.
Nunca he visto yo escudero, replicó el del
Bosque, que se atreva a hablar donde habla 15
su señor; a lo menos, ahí está ese mío, que es tan
grande como su padre, y no se probará que haya
desplegado el labio donde yo hablo.
Pues a fe, dijo Sancho, que he hablado
yo y puedo hablar delante de otro tan..., y aún 20
quédese aquí; que es peor menearlo.
El escudero del Bosque asió por el brazo a
Sancho, diciéndole:
Vámonos los dos donde podamos hablar
escuderilmente todo cuanto quisiéremos, y 25
dejemos a estos señores amos nuestros que se
den de las astas contándose las historias de
sus amores; que a buen seguro que les ha de
coger el día en ellas y no las han de haber
acabado. 30
Sea en buena hora, dijo Sancho, y yo le
diré a vuestra merced quién soy, para que vea
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 162
si puedo entrar en docena con los más
hablantes escuderos.
Con esto se apartaron los dos escuderos,
entre los cuales pasó un tan gracioso
coloquio, como fue grave el que pasó entre sus 5
señores.
p. 163
Capítulo XIII
Donde se prosigue la aventura del Caballero
del Bosque, con el discreto, nuevo y suave
coloquio que pasó entre los dos escuderos.
Divididos estaban caballeros y escuderos, 5
éstos contándose sus vidas, y aquéllos sus
amores; pero la historia cuenta primero el
razonamiento de los mozos y luego prosigue el de
los amos. Y, así, dice que, apartándose un poco
de ellos, el del Bosque dijo a Sancho: 10
Trabajosa vida es la que pasamos y vivimos,
señor mío, estos que somos escuderos de
caballeros andantes; en verdad que comemos
el pan en el sudor de nuestros rostros, que
es una de las maldiciones que echó Dios a 15
nuestros primeros padres.
También se puede decir, añadió Sancho,
que lo comemos en el hielo de nuestros cuerpos,
porque ¿quién más calor y más frío que los
miserables escuderos de la andante caballería? 20
Y aun menos mal si comiéramos, pues los duelos
con pan son menos; pero tal vez hay que se
nos pasa un día y dos sin desayunarnos, si no
es del viento que sopla.
Todo eso se puede llevar y conllevar, dijo 25
el del Bosque, con la esperanza que tenemos
del premio, porque si demasiadamente no es
desgraciado el caballero andante a quien un
escudero sirve, por lo menos, a pocos lances se
verá premiado con un hermoso gobierno de 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 164
cualquier ínsula, o con un condado de buen
parecer.
Yo, replicó Sancho, ya he dicho a mi
amo que me contento con el gobierno de alguna
ínsula, y él es tan noble y tan liberal que 5
me le ha prometido muchas y diversas veces.
Yo, dijo el del Bosque, con un canonicato
quedaré satisfecho de mis servicios, y ya
me le tiene mandado mi amo, y ¡qué tal!
Debe de ser, dijo Sancho, su amo de 10
vuestra merced caballero a lo eclesiástico, y
podrá hacer esas mercedes a sus buenos
escuderos, pero el mío es meramente lego, aunque
yo me acuerdo cuando le querían aconsejar
personas discretas, aunque, a mi parecer, 15
malintencionadas, que procurase ser arzobispo;
pero él no quiso sino ser emperador, y yo
estaba entonces temblando si le venía en voluntad
de ser de la Iglesia, por no hallarme suficiente
de tener beneficios por ella, porque le 20
hago saber a vuestra merced que, aunque
parezco hombre, soy una bestia para ser de la
Iglesia.
Pues en verdad que lo yerra vuestra
merced, dijo el del Bosque, a causa que los 25
gobiernos insulanos no son todos de buena data;
algunos hay torcidos, algunos pobres, algunos
melancólicos y, finalmente, el más erguido y
bien dispuesto trae consigo una pesada carga
de pensamientos y de incomodidades, que 30
pone sobre sus hombros el desdichado que le
cupo en suerte. Harto mejor sería que los que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIII p. 165
profesamos esta maldita servidumbre nos
retirásemos a nuestras casas, y allí nos
entretuviésemos en ejercicios más suaves, como si
dijésemos, cazando o pescando; que ¿qué
escudero hay tan pobre en el mundo a quien le 5
falte un rocín, y un par de galgos, y una caña
de pescar, con que entretenerse en su aldea?
A mí no me falta nada de eso, respondió
Sancho; verdad es que no tengo rocín, pero
tengo un asno que vale dos veces más que el 10
caballo de mi amo. Mala pascua me dé Dios, y
sea la primera que viniere, si le trocara por él,
aunque me diesen cuatro fanegas de cebada
encima. A burla tendrá vuestra merced el valor
de mi rucio; que rucio es el color de mi 15
jumento. Pues galgos, no me habían de faltar,
habiéndolos sobrados en mi pueblo; y más, que
entonces es la caza más gustosa, cuando se
hace a costa ajena.
Real y verdaderamente, respondió el del 20
Bosque, señor escudero, que tengo propuesto
y determinado de dejar estas borracherías
de estos caballeros, y retirarme a mi aldea y criar
mis hijitos, que tengo tres como tres orientales
perlas. 25
Dos tengo yo, dijo Sancho, que se pueden
presentar al Papa en persona, especialmente
una muchacha, a quien crío para condesa,
si Dios fuere servido, aunque a pesar de
su madre. 30
Y ¿qué edad tiene esa señora que se cría
para condesa?, preguntó el del Bosque.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 166
Quince años, dos más a menos, respondió
Sancho; pero es tan grande como una lanza,
y tan fresca como una mañana de abril, y
tiene una fuerza de un ganapán.
Partes son ésas, respondió el del Bosque, 5
no sólo para ser condesa, sino para ser ninfa
del verde bosque. ¡Oh hideputa puta, y qué
rejo debe de tener la bellaca!
A lo que respondió Sancho, algo mohíno:
Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será 10
ninguna de las dos, Dios queriendo, mientras
yo viviere. Y háblese más comedidamente; que
para haberse criado vuestra merced entre
caballeros andantes, que son la misma cortesía, no
me parecen muy concertadas esas palabras. 15
¡Oh, qué mal se le entiende a vuestra merced,
replicó el del Bosque, de achaque de
alabanzas, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que
cuando algún caballero da una buena lanzada
al toro en la plaza, o cuando alguna persona 20
hace alguna cosa bien hecha, suele decir el
vulgo: «¡oh hideputa puto, y qué bien que lo ha
»hecho!», y aquello que parece vituperio en
aquel término, es alabanza notable? Y renegad
vos, señor, de los hijos o hijas que no hacen 25
obras que merezcan se les den a sus padres
loores semejantes.
Sí reniego, respondió Sancho; y de ese
modo y por esa misma razón podía echar
vuestra merced a mí, y hijos, y a mi mujer 30
toda una putería encima, porque todo
cuanto hacen y dicen son extremos dignos de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIII p. 167
semejantes alabanzas; y para volverlos a ver,
ruego yo a Dios me saque de pecado mortal,
que lo mismo será si me saca de este peligroso
oficio de escudero, en el cual he incurrido
segunda vez, cebado y engañado de una bolsa 5
con cien ducados que me hallé un día en el
corazón de Sierra Morena. Y el diablo me pone
ante los ojos aquí, allí, acá no, sino acullá, un
talego lleno de doblones, que me parece que a
cada paso le toco con la mano y me abrazo 10
con él, y lo llevo a mi casa, y echo censos, y
fundo rentas, y vivo como un príncipe, y el rato
que en esto pienso se me hacen fáciles y
llevaderos cuantos trabajos padezco con este
mentecato de mi amo, de quien sé que tiene más 15
de loco que de caballero.
Por eso, respondió el del Bosque, dicen
que la codicia rompe el saco, y si va a tratar
de ellos, no hay otro mayor en el mundo que mi
amo, porque es de aquellos que dicen: 20
«cuidados ajenos matan al asno»; pues porque
cobre otro caballero el juicio que ha perdido,
se hace el loco, y anda buscando lo que no
sé si después de hallado le ha de salir a los
hocicos. 25
Y ¿es enamorado por dicha?
Sí, dijo el del Bosque, de una tal
Casildea de Vandalia, la más cruda y la más asada
señora que en todo el orbe puede hallarse.
Pero no cojea del pie de la crudeza; que otros 30
mayores embustes le gruñen en las entrañas, y
ello dirá antes de muchas horas.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 168
No hay camino tan llano, replicó Sancho,
que no tenga algún tropezón o barranco; en
otras casas cuecen habas, y en la mía, a
calderadas. Más acompañados y paniaguados debe
de tener la locura que la discreción. Mas si es 5
verdad lo que comúnmente se dice, que el tener
compañeros en los trabajos suele servir de
alivio en ellos, con vuestra merced podré
consolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como
el mío. 10
Tonto, pero valiente, respondió el del
Bosque, y más bellaco que tonto y que valiente.
Eso no es el mío, respondió Sancho;
digo que no tiene nada de bellaco, antes tiene
una alma como un cántaro; no sabe hacer mal 15
a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia
alguna. Un niño le hará entender que es de noche
en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero
como a las telas de mi corazón, y no me amaño
a dejarle, por más disparates que haga. 20
Con todo eso, hermano y señor, dijo el
del Bosque, si el ciego guía al ciego, ambos
van a peligro de caer en el hoyo. Mejor es
retirarnos con buen compás de pies y volvernos a
nuestras querencias; que los que buscan 25
aventuras no siempre las hallan buenas.
Escupía Sancho a menudo, al parecer, un
cierto género de saliva pegajosa y algo seca, lo
cual visto y notado por el caritativo bosqueril
escudero, dijo: 30
Paréceme que de lo que hemos hablado se
nos pegan al paladar las lenguas; pero yo
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIII p. 169
traigo un despegador pendiente del arzón de mi
caballo, que es tal como bueno.
Y, levantándose, volvió desde allí a un poco
con una gran bota de vino y una empanada de
media vara, y no es encarecimiento, porque 5
era de un conejo albar tan grande, que Sancho,
al tocarla, entendió ser de algún cabrón, no que
de cabrito; lo cual visto por Sancho, dijo:
Y ¿esto trae vuestra merced consigo, señor?
Pues ¿qué se pensaba, respondió el otro; 10
soy yo por ventura algún escudero de agua y
lana? Mejor repuesto traigo yo en las ancas
de mi caballo que lleva consigo cuando va de
camino un general.
Comió Sancho sin hacerse de rogar, y 15
tragaba a oscuras bocados de nudos de suelta,
y dijo:
Vuestra merced sí que es escudero fiel y
legal, moliente y corriente, magnífico y grande,
como lo muestra este banquete, que si no ha 20
venido aquí por arte de encantamiento, parécelo,
a lo menos; y no como yo, mezquino y
malaventurado, que sólo traigo en mis alforjas un
poco de queso, tan duro, que pueden descalabrar
con ello a un gigante; a quien hacen 25
compañía cuatro docenas de algarrobas y otras
tantas de avellanas y nueces, mercedes a la
estrechez de mi dueño y a la opinión que
tiene y orden que guarda de que los caballeros
andantes no se han de mantener y sustentar 30
sino con frutas secas y con las hierbas del
campo.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 170
Por mi fe, hermano, replicó el del Bosque,
que yo no tengo hecho el estómago a tagarninas,
ni a piruétanos, ni a raíces de los montes;
allá se lo hayan con sus opiniones y leyes
caballerescas nuestros amos, y coman lo que ellos 5
mandaren. Fiambreras traigo y esta bota colgando
del arzón de la silla, por sí o por no; y
es tan devota mía, y quiérola tanto, que
pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos
y mil abrazos. 10
Y, diciendo esto, se la puso en las manos a
Sancho, el cual, empinándola puesta a la boca,
estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora,
y, en acabando de beber, dejó caer la cabeza a
un lado, y, dando un gran suspiro, dijo: 15
¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico!
¿Veis ahí, dijo el del Bosque, en oyendo el
hideputa de Sancho, cómo habéis alabado este
vino, llamándole hideputa?
Digo, respondió Sancho, que confieso 20
que conozco que no es deshonra llamar hijo
de puta a nadie cuando cae debajo del
entendimiento de alabarle. Pero dígame, señor, por
el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de
Ciudad Real? 25
¡Bravo mojón!, respondió el del Bosque;
en verdad que no es de otra parte, y que
tiene algunos años de ancianidad.
¡A mí con eso!, dijo Sancho; no toméis
menos, sino que se me fuera a mí por alto dar 30
alcance a su conocimiento. ¿No será bueno,
señor escudero, que tenga yo un instinto tan
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIII p. 171
grande y tan natural en esto de conocer vinos,
que en dándome a oler cualquiera, acierto la
patria, el linaje, el sabor, y la dura y las
vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias
al vino atañederas? Pero no hay de qué 5
maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi
padre los dos más excelentes mojones que en
luengos años conoció la Mancha; para prueba
de lo cual les sucedió lo que ahora diré.
Diéronles a los dos a probar del vino de una cuba, 10
pidiéndoles su parecer del estado, cualidad,
bondad o malicia del vino; el uno lo probó con
la punta de la lengua, el otro no hizo más de
llegarlo a las narices. El primero dijo que
aquel vino sabía a hierro, el segundo dijo 15
que más sabía a cordobán. El dueño dijo que
la cuba estaba limpia y que el tal vino no tenía
adobo alguno, por donde hubiese tomado
sabor de hierro ni de cordobán. Con todo eso,
los dos famosos mojones se afirmaron en lo 20
que habían dicho. Anduvo el tiempo, vendióse
el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella
una llave pequeña pendiente de una correa de
cordobán. Porque vea vuestra merced si
quien viene de esta ralea podrá dar su parecer 25
en semejantes causas.
Por eso digo, dijo el del Bosque, que
nos dejemos de andar buscando aventuras,
y pues tenemos hogazas, no busquemos tortas,
y volvámonos a nuestras chozas; que allí nos 30
hallará Dios si El quiere.
Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 172
serviré; que después todos nos
entenderemos.
Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron
los dos buenos escuderos, que tuvo necesidad
el sueño de atarles las lenguas y templarles la 5
sed, que quitársela fuera imposible; y, así,
asidos entrambos de la ya casi vacía bota,
con los bocados a medio mascar en la boca,
se quedaron dormidos, donde los dejaremos
por ahora, por contar lo que el Caballero del 10
Bosque pasó con el de la Triste Figura.
p. 173
Capítulo XIV
Donde se prosigue la aventura del Caballero
del Bosque.
Entre muchas razones que pasaron don Quijote
y el Caballero de la Selva, dice la historia 5
que el del Bosque dijo a don Quijote:
Finalmente, señor caballero, quiero que
sepáis que mi destino, o por mejor decir, mi
elección me trajo a enamorar de la sin par
Casildea de Vandalia; llámola sin par, porque 10
no le tiene, así en la grandeza del cuerpo
como en el extremo del estado y de la hermosura.
Esta tal Casildea, pues, que voy contando,
pagó mis buenos pensamientos y comedidos
deseos con hacerme ocupar, como su madrina 15
a Hércules, en muchos y diversos peligros,
prometiéndome al fin de cada uno, que en el fin
del otro llegaría el de mi esperanza; pero así
se han ido eslabonando mis trabajos, que no
tienen cuento, ni yo sé cuál ha de ser el 20
último que dé principio al cumplimiento de mis
buenos deseos. Una vez me mandó que fuese
a desafiar a aquella famosa giganta de Sevilla
llamada la Giralda, que es tan valiente y
fuerte como hecha de bronce, y sin mudarse de un 25
lugar es la más movible y voltaria mujer del
mundo. Llegué, vila y vencíla, e hícela estar
queda y a raya, porque en más de una semana
no soplaron sino vientos nortes. Vez también
hubo, que me mandó fuese a tomar en peso 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 174
las antiguas piedras de los valientes toros de
Guisando, empresa más para encomendarse
a ganapanes que a caballeros; otra vez me
mandó que me precipitase y sumiese en la
sima de Cabra, peligro inaudito y temeroso, 5
y que le trajese particular relación
de lo que en aquella oscura profundidad se
encierra. Detuve el movimiento a la Giralda,
pesé los toros de Guisando, despeñéme en la
sima y saqué a luz lo escondido de su abismo, 10
y mis esperanzas, muertas que muertas,
y sus mandamientos y desdenes, vivos que
vivos.
En resolución, últimamente me ha mandado
que discurra por todas las provincias de 15
España y haga confesar a todos los andantes
caballeros que por ellas vagaren, que ella sola
es la más aventajada en hermosura de cuantas
hoy viven, y que yo soy el más valiente y el
más bien enamorado caballero del orbe; en 20
cuya demanda he andado ya la mayor parte
de España, y en ella he vencido muchos
caballeros; que se han atrevido a contradecirme.
Pero de lo que yo más me precio y ufano es
de haber vencido en singular batalla a aquel 25
tan famoso caballero don Quijote de la
Mancha, y héchole confesar que es más hermosa
mi Casildea que su Dulcinea, y en sólo este
vencimiento hago cuenta que he vencido todos
los caballeros del mundo, porque el tal don 30
Quijote que digo los ha vencido a todos, y
habiéndole yo vencido a él, su gloria, su fama
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 175
y su honra se ha transferido y pasado a mi
persona:
Y tanto el vencedor es más honrado,
cuanto más el vencido es reputado.
Así, que ya corren por mi cuenta y son 5
mías las innumerables hazañas del ya referido
don Quijote.
Admirado quedó don Quijote de oír al
Caballero del Bosque, y estuvo mil veces por
decirle que mentía, y ya tuvo el mentís en el 10
pico de la lengua; pero reportóse lo mejor que
pudo por hacerle confesar por su propia boca
su mentira, y, así, sosegadamente le dijo:
De que vuestra merced, señor caballero,
haya vencido a los más caballeros andantes de 15
España, y aun de todo el mundo, no digo nada;
pero de que haya vencido a don Quijote de la
Mancha, póngolo en duda. Podría ser que
fuese otro que le pareciese, aunque hay pocos
que le parezcan. 20
¿Cómo no?, replicó el del Bosque; por el
cielo que nos cubre que peleé con don Quijote,
y le vencí y rendí, y es un hombre alto
de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado
de miembros, entrecano, la nariz aguileña 25
y algo corva, de bigotes grandes, negros
y caídos. Campea debajo del nombre del Caballero
de la Triste Figura, y trae por escudero
a un labrador llamado Sancho Panza, oprime
el lomo y rige el freno de un famoso caballo 30
llamado Rocinante, y, finalmente, tiene por
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 176
señora de su voluntad a una tal Dulcinea del
Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo;
como la mía, que, por llamarse Casilda y ser
de la Andalucía, yo la llamo Casildea de
Vandalia. Si todas estas señas no bastan para 5
acreditar mi verdad, aquí está mi espada que la
hará dar crédito a la misma incredulidad.
Sosegaos, señor caballero, dijo don Quijote,
y escuchad lo que deciros quiero. Habéis
de saber que ese don Quijote que decís es 10
el mayor amigo que en este mundo tengo, y
tanto, que podré decir que le tengo en lugar
de mi misma persona, y que por las señas que
de él me habéis dado, tan puntuales y ciertas, no
puedo pensar sino que sea el mismo que habéis 15
vencido. Por otra parte, veo con los ojos y toco
con las manos no ser posible ser el mismo,
si ya no fuese que como él tiene muchos
enemigos encantadores, especialmente uno que de
ordinario le persigue, no haya alguno de ellos 20
tomado su figura para dejarse vencer, por
defraudarle de la fama que sus altas caballerías
le tienen granjeada y adquirida, por todo lo
descubierto de la tierra. Y, para confirmación
de esto, quiero también que sepáis que los 25
tales encantadores, sus contrarios, no ha más de
dos días que transformaron la figura y persona
de la hermosa Dulcinea del Toboso en una
aldeana soez y baja, y de esta manera habrán
transformado a don Quijote; y si todo esto no 30
basta para enteraros en esta verdad que digo,
aquí está el mismo don Quijote que la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 177
sustentará con sus armas, a pie o a caballo, o de
cualquiera suerte que os agradare.
Y, diciendo esto, se levantó en pie y se
empuñó en la espada, esperando qué resolución
tomaría el Caballero del Bosque, el cual, con 5
voz asimismo sosegada, respondió y dijo:
Al buen pagador no le duelen prendas; el
que una vez, señor don Quijote, pudo venceros
transformado, bien podrá tener esperanza de
rendiros en vuestro propio ser. Mas porque no 10
es bien que los caballeros hagan sus fechos
de armas a oscuras, como los salteadores y
rufianes, esperemos el día para que el sol vea
nuestras obras. Y ha de ser condición de nuestra
batalla que el vencido ha de quedar a la voluntad 15
del vencedor, para que haga de él todo lo
que quisiere, con tal que sea decente a
caballero lo que se le ordenare.
Soy más que contento de esa condición y
conveniencia, respondió don Quijote. 20
Y, en diciendo esto, se fueron donde estaban
sus escuderos, y los hallaron roncando y en la
misma forma que estaban cuando les salteó el
sueño. Despertáronlos y mandáronles que tuviesen
a punto los caballos, porque en saliendo 25
el sol habían de hacer los dos una sangrienta,
singular y desigual batalla; a cuyas nuevas
quedó Sancho atónito y pasmado, temeroso de
la salud de su amo por las valentías que había
oído decir del suyo al escudero del Bosque. 30
Pero, sin hablar palabra, se fueron los dos
escuderos a buscar su ganado; que ya todos tres
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 178
caballos y el rucio se habían olido y estaban
todos juntos.
En el camino dijo el del Bosque a Sancho:
Ha de saber, hermano, que tienen por
costumbre los peleantes de la Andalucía, cuando 5
son padrinos de alguna pendencia, no estarse
ociosos, mano sobre mano, en tanto que sus
ahijados riñen; dígolo porque esté advertido,
que mientras nuestros dueños riñeren nosotros
también hemos de pelear y hacernos astillas. 10
Esa costumbre, señor escudero, respondió
Sancho, allá puede correr y pasar con
los rufianes y peleantes que dice; pero con los
escuderos de los caballeros andantes, ni por
pienso. A lo menos, yo no he oído decir a mi 15
amo semejante costumbre, y sabe de memoria
todas las ordenanzas de la andante caballería.
Cuanto más que yo quiero que sea verdad
y ordenanza expresa el pelear los escuderos
en tanto que sus señores pelean; pero yo no 20
quiero cumplirla, sino pagar la pena que estuviere
puesta a los tales pacíficos escuderos, que
yo aseguro que no pase de dos libras de cera,
y más quiero pagar las tales libras, que sé que
me costarán menos que las hilas que podré 25
gastar en curarme la cabeza, que ya me la cuento
por partida y dividida en dos partes. Hay mas:
que me imposibilita el reñir el no tener
espada, pues en mi vida me la puse.
Para eso sé yo un buen remedio, dijo el 30
del Bosque; yo traigo aquí dos talegas de
lienzo de un mismo tamaño; tomaréis vos la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 179
una y yo la otra, y reñiremos a talegazos con
armas iguales.
De esa manera, sea en buena hora, respondió
Sancho, porque antes servirá la tal pelea
de despolvorearnos que de herirnos. 5
No ha de ser así, replicó el otro, porque
se han de echar dentro de las talegas, porque
no se las lleve el aire, media docena de guijarros
lindos y pelados que pesen tanto los unos
como los otros, y de esta manera nos pondremos 10
atalegar sin hacernos mal ni daño.
Mirad, ¡cuerpo de mi padre, respondió
Sancho, qué martas cebollinas o qué copos
de algodón cardado pone en las talegas
para no quedar molidos los cascos y hechos 15
alheña los huesos! Pero aunque se llenaran de
capullos de seda, sepa, señor mío, que no he
de pelear. Peleen nuestros amos y allá se lo
hayan, y bebamos y vivamos nosotros; que
el tiempo tiene cuidado de quitarnos las vidas, 20
sin que andemos buscando apetites para que
se acaben antes de llegar su sazón y término,
y que se caigan de maduras.
Con todo, replicó el del Bosque, hemos
de pelear siquiera media hora. 25
Eso, no, respondió Sancho; no seré yo
tan descortés ni tan desagradecido, que con
quien he comido y he bebido trabe cuestión
alguna, por mínima que sea. Cuanto más que
estando sin cólera y sin enojo, ¿quién diablos 30
se ha de amañar a reñir a secas?
Para eso, dijo el del Bosque, yo daré un
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 180
suficiente remedio, y es que antes que
comencemos la pelea, yo me llegaré bonitamente a
vuestra merced y le daré tres o cuatro bofetadas
que dé con él a mis pies, con las cuales
le haré despertar la cólera aunque esté con 5
más sueño que un lirón.
Contra ese corte sé yo otro, respondió
Sancho, que no le va en zaga: cogeré yo un
garrote, y antes que vuestra merced llegue a
despertarme la cólera haré yo dormir a garrotazos 10
de tal suerte la suya, que no despierte
si no fuere en el otro mundo, en el cual se
sabe que no soy yo hombre que me dejo manosear
el rostro de nadie; y cada uno mire por
el virote. Aunque lo más acertado sería dejar 15
dormir su cólera a cada uno; que no sabe
nadie el alma de nadie, y tal suele venir por
lana que vuelve trasquilado, y Dios bendijo
la paz y maldijo las riñas; porque si un gato
acosado, encerrado y apretado se vuelve en 20
león, yo, que soy hombre, Dios sabe en lo que
podré volverme, y, así, desde ahora intimo a
vuestra merced, señor escudero, que corra por
su cuenta todo el mal y daño que de nuestra
pendencia resultare. 25
Está bien, replicó el del Bosque;
amanecerá Dios y medraremos.
En esto, ya comenzaban a gorjear en los
árboles mil suertes de pintados pajarillos, y en
sus diversos y alegres cantos parecía que daban 30
la norabuena y saludaban a la fresca aurora,
que ya por las puertas y balcones del Oriente
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 181
iba descubriendo la hermosura de su rostro,
sacudiendo de sus cabellos un número infinito
de líquidas perlas, en cuyo suave licor bañándose
las hierbas, parecía asimismo [que] ellas
brotaban y llovían blanco y menudo aljófar; 5
los sauces destilaban maná sabroso, reíanse las
fuentes, murmuraban los arroyos, alegrábanse
las selvas y enriquecíanse los prados con su
venida. Mas apenas dio lugar la claridad del
día para ver y diferenciar las cosas, cuando la 10
primera que se ofreció a los ojos de Sancho
Panza fue la nariz del escudero del Bosque,
que era tan grande, que casi le hacía sombra
a todo el cuerpo. Cuéntase, en efecto, que era
de demasiada grandeza, corva en la mitad 15
y toda llena de verrugas, de color amoratado,
como de berenjena; bajábale dos dedos más
abajo de la boca, cuya grandeza, color,
verrugas y encorvamiento así le afeaban el rostro,
que, en viéndole Sancho, comenzó a herir de 20
pie y de mano como niño con alferecía, y
propuso en su corazón de dejarse dar doscientas
bofetadas antes que despertar la cólera para
reñir con aquel vestiglo.
Don Quijote miró a su contendor y hallóle 25
ya puesta y calada la celada, de modo que no
le pudo ver el rostro, pero notó que era
hombre membrudo, y no muy alto de cuerpo. Sobre
las armas traía una sobrevesta o casaca de una
tela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por 30
ella muchas lunas pequeñas de resplandecientes
espejos, que le hacían en grandísima manera
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 182
galán y vistoso; volábanle sobre la celada
grande cantidad de plumas verdes, amarillas
y blancas. La lanza que tenía arrimada a un
árbol era grandísima y gruesa, y de un hierro
acerado de más de un palmo. 5
Todo lo miró y todo lo notó don Quijote, y
juzgó de lo visto y mirado que el ya dicho
caballero debía de ser de grandes fuerzas;
pero no por eso temió como Sancho Panza,
antes con gentil denuedo dijo al Caballero de 10
los Espejos:
Si la mucha gana de pelear, señor caballero,
no os gasta la cortesía, por ella os pido
que alcéis la visera un poco, porque yo vea si
la gallardía de vuestro rostro responde a la de 15
vuestra disposición.
O vencido o vencedor que salgáis de esta
empresa, señor caballero, respondió el de los
Espejos, os quedará tiempo y espacio
demasiado para verme, y si ahora no satisfago a 20
vuestro deseo, es por parecerme que hago
notable agravio a la hermosa Casildea de
Vandalia en dilatar el tiempo que tardare en
alzarme la visera, sin haceros confesar lo que
ya sabéis que pretendo. 25
Pues en tanto que subimos a caballo, dijo
don Quijote, bien podéis decirme si soy yo
aquel don Quijote que dijisteis haber vencido.
A eso vos respondemos, dijo el de los
Espejos, que parecéis como se parece un 30
huevo a otro al mismo caballero que yo vencí;
pero, según vos decís que le persiguen
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 183
encantadores, no osaré afirmar si sois el contenido
o no.
Eso me basta a mí, respondió don Quijote,
para que crea vuestro engaño. Empero,
para sacaros de él de todo punto, vengan 5
nuestros caballos; que en menos tiempo que el que
tardarais en alzaros la visera, si Dios, si mi
señora y mi brazo me valen, veré yo vuestro
rostro, y vos veréis que no soy yo el vencido
don Quijote que pensáis. 10
Con esto, acortando razones, subieron a
caballo, y don Quijote volvió las riendas a
Rocinante para tomar lo que convenía del campo
para volver a encontrar a su contrario, y lo
mismo hizo el de los Espejos; pero no se había 15
apartado don Quijote veinte pasos, cuando se
oyó llamar del de los Espejos, y partiendo los
dos el camino, el de los Espejos le dijo:
Advertid, señor caballero, que la condición
de nuestra batalla es que el vencido, como 20
otra vez he dicho, ha de quedar a discreción
del vencedor.
Ya la sé, respondió don Quijote, con tal
que lo que se le impusiere y mandare al
vencido han de ser cosas que no salgan de los 25
límites de la caballería.
Así se entiende, respondió el de los
Espejos.
Ofreciéronsele en esto a la vista de don
Quijote las extrañas narices del escudero, y no se 30
admiró menos de verlas que Sancho, tanto, que
le juzgó por algún monstruo, o por hombre
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 184
nuevo y de aquellos que no se usan en el mundo.
Sancho, que vio partir a su amo para tomar
carrera, no quiso quedar solo con el narigudo,
temiendo que con sólo un pasagonzalo
con aquellas narices en las suyas sería 5
acabada la pendencia suya, quedando del golpe,
o del miedo, tendido en el suelo, y fuese
tras su amo, asido a una acción de Rocinante,
y cuando le pareció que ya era tiempo
que volviese, le dijo: 10
Suplico a vuestra merced, señor mío, que
antes que vuelva a encontrarse me ayude a
subir sobre aquel alcornoque, de donde podré
ver más a mi sabor, mejor que desde el suelo, el
gallardo encuentro que vuestra merced ha de 15
hacer con este caballero.
Antes creo, Sancho, dijo don Quijote,
que te quieres encaramar y subir en andamio
por ver sin peligro los toros.
La verdad que diga, respondió Sancho, 20
las desaforadas narices de aquel escudero me
tienen atónito y lleno de espanto, y no me
atrevo a estar junto a él.
Ellas son tales, dijo don Quijote, que a
no ser yo quien soy, también me asombraran, 25
y, así, ven, ayudarte he a subir donde dices.
En lo que se detuvo don Quijote en que
Sancho subiese en el alcornoque, tomó el de
los Espejos del campo lo que le pareció
necesario, y creyendo que lo mismo habría hecho 30
don Quijote, sin esperar son de trompeta ni
otra señal que los avisase, volvió las riendas
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 185
a su caballo, que no era más ligero ni de mejor
parecer que Rocinante, y a todo su correr, que
era un mediano trote, iba a encontrar a su
enemigo; pero viéndole ocupado en la subida de
Sancho, detuvo las riendas y paróse en la 5
mitad de la carrera, de lo que el caballo quedó
agradecidísimo, a causa que ya no podía
moverse. Don Quijote, que le pareció que ya su
enemigo venía volando, arrimó reciamente las
espuelas a las trasijadas ijadas de Rocinante, 10
y le hizo aguijar de manera, que cuenta la
historia que esta sola vez se conoció haber corrido
algo, porque todas las demás siempre fueron
trotes declarados, y con esta no vista furia llegó
donde el de los Espejos estaba hincando a su 15
caballo las espuelas hasta los botones, sin que
le pudiese mover un solo dedo del lugar donde
había hecho estanco de su carrera.
En esta buena sazón y coyuntura halló don
Quijote a su contrario embarazado con su 20
caballo y ocupado con su lanza, que nunca, o no
acertó, o no tuvo lugar de ponerla en ristre.
Don Quijote, que no miraba en estos
inconvenientes, a salvamano y sin peligro alguno
encontró al de los Espejos con tanta fuerza, que 25
mal de su grado le hizo venir al suelo por las
ancas del caballo, dando tal caída, que sin
mover pie ni mano, dio señales de que estaba
muerto.
Apenas le vio caído Sancho, cuando se 30
deslizó del alcornoque, y a toda prisa vino
donde su señor estaba, el cual, apeándose de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 186
Rocinante, fue sobre el de los Espejos, y
quitándole las lazadas del yelmo para ver si era
muerto, y para que le diese el aire, si acaso estaba
vivo, [y] vio... ¿quién podrá decir lo que vio,
sin causar admiración, maravilla y espanto a 5
los que lo oyeren? Vio, dice la historia, el rostro
mismo, la misma figura, el mismo aspecto, la
misma fisonomía, la misma efigie, la
perspectiva misma del bachiller Sansón Carrasco,
y así como la vio, en altas voces dijo: 10
Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y
no lo has creer; aguija, hijo, y advierte lo
que puede la magia, lo que pueden los
hechiceros y los encantadores.
Llegó Sancho, y como vio el rostro del 15
bachiller Carrasco, comenzó a hacerse mil cruces
y a santiguarse otras tantas; en todo esto, no
daba muestras de estar vivo el derribado
caballero, y Sancho dijo a don Quijote:
Soy de parecer, señor mío, que, por sí o por 20
no, vuestra merced hinque y meta la espada
por la boca a este que parece el bachiller
Sansón Carrasco: quizá matará en él a alguno de
sus enemigos los encantadores.
No dices mal, dijo don Quijote, porque 25
de los enemigos, los menos.
Y, sacando la espada para poner en efecto
el aviso y consejo de Sancho, llegó el escudero
del de los Espejos, ya sin las narices que tan
feo le habían hecho, y a grandes voces dijo: 30
Mire vuestra merced lo que hace, señor don
Quijote; que ese que tiene a los pies es el
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 187
bachiller Sansón Carrasco, su amigo, y yo soy
su escudero.
Y, viéndole Sancho sin aquella fealdad
primera, le dijo:
Y ¿las narices? 5
A lo que él respondió:
Aquí las tengo, en la faldriquera.
Y, echando mano a la derecha, sacó unas
narices de pasta y barniz de máscara, de la
manufactura que quedan delineadas, y mirándole 10
más y más Sancho, con voz admirativa y grande,
dijo:
¡Santa María, y váleme!, ¿éste no es Tomé
Cecial, mi vecino y mi compadre?
Y ¡cómo si lo soy!, respondió el ya 15
desnarigado escudero. Tomé Cecial soy, compadre y
amigo Sancho Panza, y luego os diré los
arcaduces, embustes y enredos por donde soy aquí
venido, y, en tanto, pedid y suplicad al señor
vuestro amo que no toque, maltrate, hiera ni 20
mate al Caballero de los Espejos que a sus pies
tiene, porque sin duda alguna es el atrevido y
mal aconsejado del bachiller Sansón Carrasco,
nuestro compatriota.
En esto, volvió en sí el de los Espejos, lo cual 25
visto por don Quijote, le puso la punta desnuda
de su espada encima del rostro, y le dijo:
Muerto sois, caballero, si no confesáis que
la sin par Dulcinea del Toboso se aventaja en
belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y 30
además de esto habéis de prometer, si de esta
contienda y caída quedarais con vida, de ir a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 188
la ciudad del Toboso, y presentaros en su
presencia de mi parte, para que haga de vos lo
que más en voluntad le viniere. Y si os dejare
en la vuestra, asimismo habéis de volver a
buscarme --que el rastro de mis hazañas os servirá 5
de guía que os traiga donde yo estuviere-- y
a decirme lo que con ella hubiereis pasado;
condiciones que, conforme a las que pusimos
antes de nuestra batalla, no salen de los
términos de la andante caballería. 10
Confieso, dijo el caído caballero, que
vale más el zapato descosido y sucio de la
señora Dulcinea del Toboso, que las barbas mal
peinadas, aunque limpias, de Casildea, y prometo
de ir y volver de su presencia a la vuestra 15
y daros entera y particular cuenta de lo que
me pedís.
También habéis de confesar y creer,
añadió don Quijote, que aquel caballero que
vencisteis no fue ni pudo ser don Quijote de 20
la Mancha, sino otro que se le parecía, como
yo confieso y creo que vos, aunque parecéis el
bachiller Sansón Carrasco, no lo sois, sino otro
que le parece, y que en su figura aquí me le
han puesto mis enemigos para que detenga y 25
temple el ímpetu de mi cólera, y para que use
blandamente de la gloria del vencimiento.
Todo lo confieso, juzgo y siento como vos
lo creéis, juzgáis y sentís, respondió el
derrengado caballero. Dejadme levantar, os 30
ruego, si es que lo permite el golpe de mi caída,
que asaz maltrecho me tiene.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 189
Ayudóle a levantar don Quijote y Tomé
Cecial su escudero, del cual no apartaba los
ojos Sancho, preguntándole cosas, cuyas
respuestas le daban manifiestas señales de que
verdaderamente era el Tomé Cecial que decía; 5
mas la aprensión que en Sancho había hecho
lo que su amo dijo, de que los encantadores
habían mudado la figura del Caballero de los
Espejos en la del bachiller Carrasco, no le dejaba
dar crédito a la verdad que con los ojos estaba 10
mirando. Finalmente, se quedaron con este
engaño amo y mozo, y el de los Espejos y su
escudero, mohínos y malandantes, se apartaron
de don Quijote y Sancho, con intención de
buscar algún lugar donde bizmarle y entablarle 15
las costillas. Don Quijote y Sancho volvieron
a proseguir su camino de Zaragoza, donde los
deja la historia, por dar cuenta de quién era
el Caballero de los Espejos y su narigante
escudero. 20
p. 190
Capítulo XV
Donde se cuenta y da noticia de quién era el
Caballero de los Espejos y su escudero.
En extremo contento, ufano y vanaglorioso
iba don Quijote por haber alcanzado victoria 5
de tan valiente caballero como él se imaginaba
que era el de los Espejos, de cuya caballeresca
palabra esperaba saber si el encantamiento
de su señora pasaba adelante, pues era
forzoso que el tal vencido caballero volviese, 10
so pena de no serlo, a darle razón de lo que
con ella le hubiese sucedido. Pero uno
pensaba don Quijote y otro el de los Espejos,
puesto que por entonces no era otro su
pensamiento sino buscar donde bizmarse, como 15
se ha dicho.
Dice, pues, la historia que cuando el
bachiller Sansón Carrasco aconsejó a don Quijote
que volviese a proseguir sus dejadas caballerías,
fue por haber entrado primero en bureo 20
con el cura y el barbero, sobre qué medio se
podría tomar para reducir a don Quijote a que
se estuviese en su casa quieto y sosegado,
sin que le alborotasen sus mal buscadas
aventuras, de cuyo consejo salió por voto común 25
de todos y parecer particular de Carrasco, que
dejasen salir a don Quijote, pues el detenerle
parecía imposible, y que Sansón le saliese
al camino como caballero andante, y trabase
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XV p. 191
batalla con él, pues no faltaría sobre qué, y le
venciese, teniéndolo por cosa fácil, y que
fuese pacto y concierto que el vencido
quedase a merced del vencedor, y, así, vencido
don Quijote, le había de mandar el bachiller 5
caballero se volviese a su pueblo y casa, y no
saliese de ella en dos años, o hasta tanto que
por él le fuese mandado otra cosa; lo cual era
claro que don Quijote, vencido, cumpliría
indubitablemente, por no contravenir y faltar a las 10
leyes de la caballería, y podría ser que en el
tiempo de su reclusión se le olvidasen sus
vanidades, o se diese lugar de buscar a su
locura algún conveniente remedio.
Aceptólo Carrasco, y ofreciósele por escudero 15
Tomé Cecial, compadre y vecino de Sancho
Panza, hombre alegre y de lucios cascos.
Armóse Sansón como queda referido y Tomé
Cecial acomodó sobre sus naturales narices las
falsas y de máscara ya dichas, porque no fuese 20
conocido de su compadre cuando se viesen,
y, así, siguieron el mismo viaje que llevaba
don Quijote, y llegaron casi a hallarse en la
aventura del carro de la Muerte. Y, finalmente,
dieron con ellos en el bosque, donde les sucedió 25
todo lo que el prudente ha leído, y si no
fuera por los pensamientos extraordinarios de
don Quijote, que se dio a entender que el
bachiller no era el bachiller, el señor bachiller
quedara imposibilitado para siempre de graduarse 30
de licenciado, por no haber hallado nidos
donde pensó hallar pájaros.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 192
Tomé Cecial, que vio cuán mal había logrado
sus deseos y el mal paradero que había tenido
su camino, dijo al bachiller:
Por cierto, señor Sansón Carrasco, que
tenemos nuestro merecido. Con facilidad se piensa 5
y se acomete una empresa, pero con dificultad
las más veces se sale de ella; don Quijote
loco, nosotros cuerdos, él se va sano y riendo,
vuestra merced queda molido y triste. Sepamos,
pues, ahora, cuál es más loco, ¿el que lo es por 10
no poder menos, o el que lo es por su
voluntad?
A lo que respondió Sansón:
La diferencia que hay entre esos dos locos
es que el que lo es por fuerza lo será siempre, 15
y el que lo es de grado, lo dejará de ser
cuando quisiere.
Pues así es, dijo Tomé Cecial, yo fui
por mi voluntad loco cuando quise hacerme
escudero de vuestra merced, y por la 20
misma quiero dejar de serlo y volverme a mi
casa.
Eso os cumple, respondió Sansón, porque
pensar que yo he de volver a la mía hasta
haber molido a palos a don Quijote es pensar 25
en lo excusado, y no me llevará ahora a buscarle
el deseo de que cobre su juicio, sino el
de la venganza; que el dolor grande de mis
costillas no me deja hacer más piadosos
discursos. 30
En esto fueron razonando los dos, hasta
que llegaron a un pueblo donde fue ventura
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XV p. 193
hallar un algebrista con quien se curó el
Sansón desgraciado. Tomé Cecial se volvió y le
dejó, y él quedó imaginando su venganza, y
la historia vuelve a hablar de él a su tiempo,
por no dejar de regocijarse ahora con don 5
Quijote.
p. 194
Capítulo XVI
De lo que sucedió a don Quijote con un discreto
caballero de la Mancha.
Con la alegría, contento y ufanidad que se
ha dicho, seguía don Quijote su jornada, 5
imaginándose por la pasada victoria ser el
caballero andante más valiente que tenía en
aquella edad el mundo; daba por acabadas y a
feliz fin conducidas cuantas aventuras
pudiesen sucederle de allí adelante. Tenía en 10
poco a los encantos y a los encantadores, no
se acordaba de los innumerables palos que en
el discurso de sus caballerías le habían dado, ni
de la pedrada que le derribó la mitad de los
dientes, ni del desagradecimiento de los 15
galeotes, ni del atrevimiento y lluvia de estacas
de los yangüeses. Finalmente, decía entre sí,
que si él hallara arte, modo o manera cómo
desencantar a su señora Dulcinea, no envidiara
a la mayor ventura que alcanzó o pudo alcanzar 20
el más venturoso caballero andante de los
pasados siglos.
En estas imaginaciones iba todo ocupado,
cuando Sancho le dijo:
¿No es bueno, señor, que aún todavía traigo 25
entre los ojos las desaforadas narices, y mayores
de marca, de mi compadre Tomé Cecial?
Y ¿crees tú, Sancho, por ventura, que el
Caballero de los Espejos era el bachiller Carrasco,
y su escudero Tomé Cecial, tu compadre? 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 195
No sé qué me diga a eso, respondió Sancho,
sólo sé que las señas que me dio de mi
casa, mujer e hijos, no me las podría dar otro
que él mismo, y la cara, quitadas las narices,
era la misma de Tomé Cecial, como yo se la 5
he visto muchas veces en mi pueblo y pared
en medio de mi misma casa, y el tono de la
habla era todo uno.
Estemos a razón, Sancho, replicó don
Quijote: Ven acá, ¿en qué consideración puede 10
caber que el bachiller Sansón Carrasco viniese
como caballero andante armado de armas ofensivas
y defensivas, a pelear conmigo? ¿He sido
yo su enemigo, por ventura? ¿Hele dado yo
jamás ocasión para tenerme ojeriza? ¿Soy yo 15
su rival, o hace él profesión de las armas para
tener envidia a la fama que yo por ellas he
ganado?
Pues ¿qué diremos, señor, respondió Sancho,
a esto de parecerse tanto aquel caballero, 20
sea el que se fuere, al bachiller Carrasco, y
su escudero a Tomé Cecial, mi compadre? Y si
ello es encantamiento como vuestra merced ha
dicho, ¿no había en el mundo otros dos a quien
se parecieran? 25
Todo es artificio y traza, respondió don
Quijote, de los malignos magos que me
persiguen, los cuales, anteviendo que yo había de
quedar vencedor en la contienda, se previnieron
de que el caballero vencido mostrase el 30
rostro de mi amigo el bachiller, porque la
amistad que le tengo se pusiese entre los filos de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 196
mi espada y el rigor de mi brazo, y templase la
justa ira de mi corazón, y de esta manera
quedase con vida el que con embelecos y
falsías procuraba quitarme la mía. Para prueba
de lo cual ya sabes, ¡oh Sancho!, por experiencia 5
que no te dejará mentir ni engañar, cuán fácil
sea a los encantadores mudar unos rostros en
otros, haciendo de lo hermoso feo y de lo feo
hermoso, pues no ha dos días que viste por
tus mismos ojos la hermosura y gallardía de 10
la sin par Dulcinea en toda su entereza y
natural conformidad, y yo la vi en la fealdad y
bajeza de una zafia labradora, con cataratas
en los ojos y con mal olor en la boca; y más,
que el perverso encantador que se atrevió a 15
hacer una transformación tan mala, no es mucho
que haya hecho la de Sansón Carrasco y la
de tu compadre, por quitarme la gloria del
vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me
consuelo, porque, en fin, en cualquiera figura 20
que haya sido, he quedado vencedor de mi
enemigo.
Dios sabe la verdad de todo, respondió
Sancho.
Y como él sabía que la transformación de 25
Dulcinea había sido traza y embeleco suyo, no
le satisfacían las quimeras de su amo; pero no
le quiso replicar, por no decir alguna palabra
que descubriese su embuste.
En estas razones estaban, cuando los alcanzó 30
un hombre que detrás de ellos por el mismo
camino venía sobre una muy hermosa yegua
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 197
tordilla, vestido un gabán de paño fino verde,
jironado de terciopelo leonado, con una
montera del mismo terciopelo; el aderezo de la
yegua era de campo, y de la jineta, asimismo
de morado y verde. Traía un alfanje morisco 5
pendiente de un ancho tahalí de verde y
oro, y los borceguíes eran de la labor del
tahalí; las espuelas no eran doradas, sino
dadas con un barniz verde, tan tersas y bruñidas,
que, por hacer labor con todo el vestido, 10
parecían mejor que si fueran de oro puro. Cuando
llegó a ellos el caminante los saludó
cortésmente, y, picando a la yegua, se pasaba de
largo; pero don Quijote le dijo:
Señor galán, si es que vuestra merced lleva 15
el camino que nosotros y no importa el darse
prisa, merced recibiría en que nos fuésemos
juntos.
En verdad, respondió el de la yegua, que
no me pasara tan de largo, si no fuera por 20
temor que con la compañía de mi yegua no se
alborotara ese caballo.
Bien puede, señor, respondió a esta sazón
Sancho, bien puede tener las riendas a su
yegua, porque nuestro caballo es el más 25
honesto y bien mirado del mundo; jamás en
semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y
una vez que se desmandó a hacerla, la lastamos
mi señor y yo con las setenas. Digo otra
vez, que puede vuestra merced detenerse, si 30
quisiere; que aunque se la den entre dos platos,
a buen seguro que el caballo no la arrostre.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 198
Detuvo la rienda el caminante, admirándose
de la apostura y rostro de don Quijote, el cual
iba sin celada, que la llevaba Sancho como
maleta en el arzón delantero de la albarda del
rucio, y si mucho miraba el de lo verde a don 5
Quijote, mucho más miraba don Quijote al de
lo verde, pareciéndole hombre de chapa; la edad
mostraba ser de cincuenta años, las canas pocas
y el rostro aguileño, la vista entre alegre y
grave; finalmente, en el traje y apostura daba 10
a entender ser hombre de buenas prendas.
Lo que juzgó de don Quijote de la Mancha
el de lo verde fue que semejante manera ni
parecer de hombre no le había visto jamás;
admiróle la longura de su caballo, la grandeza 15
de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su
rostro, sus armas, su ademán y compostura,
figura y retrato no visto por luengos tiempos
atrás en aquella tierra. Notó bien don Quijote
la atención con que el caminante le miraba, y 20
leyóle en la suspensión su deseo, y como era
tan cortés y tan amigo de dar gusto a todos,
antes que le preguntase nada le salió al
camino, diciéndole:
Esta figura que vuestra merced en mí ha 25
visto, por ser tan nueva y tan fuera de las que
comúnmente se usan, no me maravillaría yo
de que le hubiese maravillado; pero dejará
vuestra merced de estarlo, cuando le diga,
como le digo, que soy caballero 30
de estos que dicen las gentes,
que a sus aventuras van.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 199
Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi
regalo y entreguéme en los brazos de la Fortuna
que me llevasen donde más fuese servida.
Quise resucitar la ya muerta andante caballería,
y ha muchos días que, tropezando aquí, cayendo 5
allí, despeñándome acá y levantándome acullá,
he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo
viudas, amparando doncellas y favoreciendo
casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural
oficio de caballeros andantes, y, así, por mis 10
valerosas, muchas y cristianas hazañas he
merecido andar ya en estampa en casi todas o las
más naciones del mundo; treinta mil volúmenes
se han impreso de mi historia, y lleva camino
de imprimirse treinta mil veces de millares, 15
si el cielo no lo remedia. Finalmente, por
encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola,
digo que yo soy don Quijote de la Mancha, por
otro nombre llamado el Caballero de la Triste
Figura, y puesto que las propias alabanzas 20
envilecen, esme forzoso decir yo tal vez las mías,
y esto se entiende cuando no se halla presente
quien las diga; así que, señor gentilhombre, ni
este caballo, [ni] esta lanza, ni este escudo ni
escudero, ni todas juntas estas armas, ni la 25
amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza
os podrá admirar de aquí adelante, habiendo ya
sabido quién soy y la profesión que hago.
Calló en diciendo esto don Quijote, y el de
lo verde, según se tardaba en responderle, 30
parecía que no acertaba a hacerlo; pero de allí a
buen espacio le dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 200
Acertasteis, señor caballero, a conocer por
mi suspensión mi deseo. Pero no habéis acertado
a quitarme la maravilla que en mí causa
el haberos visto; que puesto que como vos,
señor, decís, que el saber ya quién sois me 5
la podría quitar, no ha sido así, antes, ahora
que lo sé, quedo más suspenso y maravillado.
¿Cómo y es posible que hay hoy caballeros
andantes en el mundo, y que hay historias
impresas de verdaderas caballerías? No me puedo 10
persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca
viudas, ampare doncellas, ni honre casadas,
ni socorra huérfanos, y no lo creyera si en
vuestra merced no lo hubiera visto con mis
ojos. Bendito sea el cielo, que con esa historia 15
que vuestra merced dice que está impresa de
sus altas y verdaderas caballerías, se habrán
puesto en olvido las innumerables de los fingidos
caballeros andantes, de que estaba lleno el mundo,
tan en daño de las buenas costumbres y tan en 20
perjuicio y descrédito de las buenas historias.
Hay mucho que decir, respondió don
Quijote, en razón de si son fingidas o no las
historias de los andantes caballeros.
Pues ¿hay quien dude, respondió el Verde, 25
que no son falsas las tales historias?
Yo lo dudo, respondió don Quijote; y
quédese esto aquí; que si nuestra jornada dura,
espero en Dios de dar a entender a vuestra
merced que ha hecho mal en irse con la corriente 30
de los que tienen por cierto que no son
verdaderas.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 201
De esta última razón de don Quijote tomó
barruntos el caminante de que don Quijote
debía de ser algún mentecato, y aguardaba
que con otras lo confirmase; pero antes que
se divirtiesen en otros razonamientos, don 5
Quijote le rogó le dijese quién era, pues él
le había dado parte de su condición y de su
vida. A lo que respondió el del Verde Gabán:
Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy
un hidalgo, natural de un lugar donde iremos 10
a comer hoy, si Dios fuere servido; soy más que
medianamente rico, y es mi nombre don Diego
de Miranda. Paso la vida con mi mujer y con
mis hijos y con mis amigos; mis ejercicios son
el de la caza y pesca, pero no mantengo ni 15
halcón, ni galgos, sino algún perdigón manso
o algún hurón atrevido. Tengo hasta seis
docenas de libros, cuáles de romance y cuáles
de latín, de historia algunos y de devoción
otros; los de caballerías aún no han entrado 20
por los umbrales de mis puertas. Hojeo más
los que son profanos que los devotos, como
sean de honesto entretenimiento, que deleiten
con el lenguaje y admiren y suspendan con
la invención, puesto que de éstos hay muy pocos 25
en España. Alguna vez como con mis vecinos
y amigos, y muchas veces los convido; son
mis convites limpios y aseados y no nada
escasos. Ni gusto de murmurar, ni consiento que
delante de mí se murmure; no escudriño las 30
vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los
otros. Oigo misa cada día, reparto de mis
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 202
bienes con los pobres, sin hacer alarde de las
buenas obras por no dar entrada en mi corazón
a la hipocresía y vanagloria, enemigos
que blandamente se apoderan del corazón más
recatado; procuro poner en paz los que sé que 5
están desavenidos. Soy devoto de Nuestra
Señora y confío siempre en la misericordia
infinita de Dios Nuestro Señor.
Atentísimo estuvo Sancho a la relación de
la vida y entretenimientos del hidalgo, y, 10
pareciéndole buena y santa, y que quien la hacía
debía de hacer milagros, se arrojó del rucio y
con gran prisa le fue a asir del estribo
derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le
besó los pies una y muchas veces. Visto lo 15
cual por el hidalgo, le preguntó:
¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son
éstos?
Déjenme besar, respondió Sancho, porque
me parece vuestra merced el primer santo 20
a la jineta que he visto en todos los días de
mi vida.
No soy santo, respondió el hidalgo, sino
gran pecador; vos sí, hermano, que debéis
de ser bueno, como vuestra simplicidad lo 25
muestra.
Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo
sacado a plaza la risa de la profunda
melancolía de su amo y causado nueva admiración
a don Diego. 30
Preguntóle don Quijote que cuántos hijos
tenía, y díjole que una de las cosas en que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 203
ponían el sumo bien los antiguos filósofos,
que carecieron del verdadero conocimiento de
Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los
de la fortuna, en tener muchos amigos y en
tener muchos y buenos hijos. 5
Yo, señor don Quijote, respondió el hidalgo,
tengo un hijo que a no tenerle quizá me
juzgara por más dichoso de lo que soy, y no
porque él sea malo, sino porque no es tan
bueno como yo quisiera; será de edad de diez 10
y ocho años, los seis ha estado en Salamanca,
aprendiendo las lenguas latina y griega,
y cuando quise que pasase a estudiar otras
ciencias, halléle tan embebido en la de la
Poesía, si es que se puede llamar ciencia, que no 15
es posible hacerle arrostrar la de las Leyes,
que yo quisiera que estudiara, ni de la reina
de todas, la Teología. Quisiera yo que fuera
corona de su linaje, pues vivimos en siglo
donde nuestros reyes premian altamente las 20
virtuosas y buenas letras, porque letras sin
virtud son perlas en el muladar. Todo el día se le
pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero
en tal verso de la Ilíada, si Marcial anduvo
deshonesto o no en tal epigrama, si se han de 25
entender de una manera u otra tales y tales
versos de Virgilio. En fin, todas sus
conversaciones son con los libros de los referidos
poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y
Tibulo; que de los modernos romancistas no 30
hace mucha cuenta, y con todo el mal cariño
que muestra tener a la poesía de romance, le
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 204
tiene ahora desvanecidos los pensamientos el
hacer una glosa a cuatro versos que le han
enviado de Salamanca, y pienso que son de
justa literaria.
A todo lo cual respondió don Quijote: 5
Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas
de sus padres, y, así, se han de querer, o
buenos o malos que sean, como se quieren las
almas que nos dan vida; a los padres toca el
encaminarlos desde pequeños por los pasos 10
de la virtud, de la buena crianza y de las
buenas y cristianas costumbres, para que, cuando
grandes, sean báculo de la vejez de sus padres
y gloria de su posteridad. Y en lo de forzarles
que estudien esta o aquella ciencia no lo 15
tengo por acertado, aunque el persuadirles no
será dañoso; y cuando no se ha de estudiar
para pane lucrando, siendo tan venturoso el
estudiante, que le dio el cielo padres que se lo
dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir 20
aquella ciencia a que más le vieren inclinado,
y aunque la de la poesía es menos útil que
deleitable, no es de aquellas que suelen
deshonrar a quien las posee.
La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es 25
como una doncella tierna y de poca edad y en
todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado
de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas,
que son todas las otras ciencias, y ella se
ha de servir de todas, y todas se han de autorizar 30
con ella; pero esta tal doncella no quiere ser
manoseada, ni traída por las calles, ni publicada
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 205
por las esquinas de las plazas ni por los
rincones de los palacios. Ella es hecha de una
alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar
la volverá en oro purísimo de inestimable
precio; hala de tener, el que la tuviere, a raya, 5
no dejándola correr en torpes sátiras ni en
desalmados sonetos. No ha de ser vendible en
ninguna manera, si ya no fuere en poemas
heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias
alegres y artificiosas; no se ha de dejar 10
tratar de los truhanes ni del ignorante vulgo,
incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en
ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo
llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya
y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque 15
sea señor y príncipe, puede y debe entrar
en número de vulgo.
Y, así, el que con los requisitos que he dicho
tratare y tuviere a la poesía, será famoso y
estimado su nombre en todas las naciones políticas 20
del mundo. Y a lo que decís, señor, que vuestro
hijo no estima mucho la poesía de romance,
doyme a entender que no anda muy acertado
en ello, y la razón es ésta: el grande Homero
no escribió en latín porque era griego, ni 25
Virgilio no escribió en griego porque era latino.
En resolución, todos los poetas antiguos
escribieron en la lengua que mamaron en la leche,
y no fueron a buscar las extranjeras para
declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto 30
así, razón sería se extendiese esta costumbre
por todas las naciones, y que no se desestimase
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 206
el poeta alemán porque escribe en su
lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno
que escribe en la suya.
Pero vuestro hijo, a lo que yo, señor,
imagino, no debe de estar mal con la poesía de 5
romance, sino con los poetas que son meros
romancistas, sin saber otras lenguas ni otras
ciencias que adornen y despierten y ayuden a
su natural impulso, y aun en esto puede haber
yerro. Porque, según es opinión verdadera, el 10
poeta nace...: quieren decir que del vientre
de su madre el poeta natural sale poeta; y con
aquella inclinación que le dio el cielo, sin más
estudio ni artificio, compone cosas que hace
verdadero al que dijo: Est Deus in nobis, etc. 15
También digo que el natural poeta que se ayudare
del arte será mucho mejor y se aventajará
al poeta que sólo por saber el arte quisiere
serlo; la razón es porque el arte no se aventaja
a la naturaleza, sino perfecciónala. Así que, 20
mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con
la naturaleza, sacarán un perfectísimo poeta.
Sea, pues, la conclusión de mi plática,
señor hidalgo, que vuestra merced deje caminar
a su hijo por donde su estrella le llama; que, 25
siendo él tan buen estudiante como debe de
ser, y, habiendo ya subido felizmente el primer
escalón de las [ciencias], que es el de las
lenguas, con ellas por sí mismo subirá a la
cumbre de las letras humanas, las cuales tan 30
bien parecen en un caballero de capa y espada,
y así le adornan, honran y engrandecen como
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 207
las mitras a los obispos, o como las garnachas
a los peritos jurisconsultos. Riña vuestra
merced a su hijo si hiciere sátiras que
perjudiquen las honras ajenas, y castíguele y
rómpaselas; pero si hiciere sermones al modo de 5
Horacio, donde reprenda los vicios en general,
como tan elegantemente él lo hizo, alábele,
porque lícito es al poeta escribir contra la
envidia y decir en sus versos mal de los
envidiosos. Y así de los otros vicios, con que no 10
señale persona alguna; pero hay poetas que a trueco
de decir una malicia se pondrán a peligro que
los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta
fuere casto en sus costumbres, lo será también
en sus versos: la pluma es lengua del alma; 15
cuales fueren los conceptos que en ella se
engendraren, tales serán sus escritos, y cuando
los reyes y príncipes ven la milagrosa ciencia
de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y
graves, los honran, los estiman y los enriquecen, 20
y aun los coronan con las hojas del árbol
a quien no ofende el rayo, como en señal que
no han de ser ofendidos de nadie los que con
tales coronas ven honradas y adornadas
sus sienes. 25
Admirado quedó el del Verde Gabán del
razonamiento de don Quijote, y tanto, que fue
perdiendo de la opinión que con él tenía de ser
mentecato. Pero a la mitad de esta plática,
Sancho, por no ser muy de su gusto, se había 30
desviado del camino a pedir un poco de leche a unos
pastores que allí junto estaban ordeñando
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 208
unas ovejas, y en esto, ya volvía a renovar la
plática el hidalgo, satisfecho en extremo de la
discreción y buen discurso de don Quijote,
cuando, alzando don Quijote la cabeza, vio que
por el camino por donde ellos iban venía un 5
carro lleno de banderas reales; y, creyendo que
debía de ser alguna nueva aventura, a grandes
voces llamó a Sancho que viniese a darle la
celada, el cual Sancho, oyéndose llamar, dejó
a los pastores, y a toda prisa picó al rucio y 10
llegó donde su amo estaba, a quien sucedió
una espantosa y desatinada aventura.
p. 209
Capítulo XVII
De donde se declaró el último punto y extremo
adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo
de don Quijote con la felizmente acabada
aventura de los leones. 5
Cuenta la historia que cuando don Quijote
daba voces a Sancho que le trajese el yelmo,
estaba él comprando unos requesones que los
pastores le vendían, y acosado de la mucha
prisa de su amo, no supo qué hacer de ellos, ni 10
en qué traerlos, y por no perderlos, que ya los
tenía pagados, acordó de echarlos en la celada
de su señor, y con este buen recado volvió a
ver lo que le quería; el cual, en llegando, le
dijo: 15
Dame, amigo, esa celada; que yo sé poco
de aventuras, o lo que allí descubro es alguna
que me ha de necesitar, y me necesita, a tomar
mis armas.
El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la 20
vista por todas partes, y no descubrió otra cosa
que un carro que hacia ellos venía, con dos o
tres banderas pequeñas, que le dieron a entender
que el tal carro debía de traer moneda de
su majestad, y, así, se lo dijo a don Quijote; 25
pero él no le dio crédito, siempre creyendo y
pensando que todo lo que le sucediese habían
de ser aventuras y más aventuras, y, así,
respondió al hidalgo:
Hombre apercibido, medio combatido. No se 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 210
pierde nada en que yo me aperciba; que sé por
experiencia que tengo enemigos visibles e
invisibles, y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué
tiempo, ni en qué figuras me han de acometer.
Y, volviéndose a Sancho, le pidió la celada, 5
el cual, como no tuvo lugar de sacar los
requesones, le fue forzoso dársela como estaba.
Tomóla don Quijote, y sin que echase de ver lo
que dentro venía, con toda prisa se la encajó
en la cabeza, y como los requesones se apretaron 10
y exprimieron, comenzó a correr el suero
por todo el rostro y barbas de don Quijote, de
lo que recibió tal susto, que dijo a Sancho:
¿Qué será esto, Sancho, que parece que se
me ablandan los cascos o se me derriten los 15
sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si
es que sudo, en verdad que no es de miedo; sin
duda creo que es terrible la aventura que ahora
quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me
limpie; que el copioso sudor me ciega los ojos. 20
Calló Sancho y diole un paño, y dio, con él,
gracias a Dios de que su señor no hubiese
caído en el caso. Limpióse don Quijote y quitóse
la celada, por ver qué cosa era la que, a su
parecer, le enfriaba la cabeza, y viendo aquellas 25
gachas blancas dentro de la celada, las llegó a
las narices, y, en oliéndolas, dijo:
¡Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso
que son requesones los que aquí me has puesto,
traidor, bergante y mal mirado escudero! 30
A lo que con gran flema y disimulación
respondió Sancho:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 211
Si son requesones, démelos vuestra merced,
que yo me los comeré; pero cómalos el diablo,
que debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había
de tener atrevimiento de ensuciar el yelmo de
vuestra merced? ¡Hallado le habéis el atrevido! A 5
la fe, señor, a lo que Dios me da a entender,
también debo yo de tener encantadores que me
persiguen, como a hechura y miembro de vuestra
merced, y habrán puesto ahí esa inmundicia
para mover a cólera su paciencia, y hacer que 10
me muela, como suele, las costillas. Pues en
verdad que esta vez han dado salto en vago;
que yo confío en el buen discurso de mi señor,
que habrá considerado que ni yo tengo requesones,
ni leche, ni otra cosa que lo valga, y que 15
si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago
que en la celada.
Todo puede ser, dijo don Quijote.
Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se
admiraba, especialmente cuando, después de 20
haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y
barbas y celada, se la encajó, y afirmándose
bien en los estribos, requiriendo la espada y
asiendo la lanza, dijo:
Ahora venga lo que viniere; que aquí estoy 25
con ánimo de tomarme con el mismo Satanás
en persona.
Llegó, en esto, el carro de las banderas, en el
cual no venía otra gente que el carretero en las
mulas, y un hombre sentado en la delantera. 30
Púsose don Quijote delante, y dijo:
¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 212
éste, qué lleváis en él y qué banderas son
aquéstas?
A lo que respondió el carretero:
El carro es mío; lo que va en él son dos
bravos leones enjaulados, que el General de 5
Orán envía a la Corte, presentados a su majestad.
Las banderas son del rey nuestro señor, en
señal que aquí va cosa suya.
Y ¿son grandes los leones?, preguntó don
Quijote. 10
Tan grandes, respondió el hombre que
iba a la puerta del carro, que no han pasado
mayores, ni tan grandes, de Africa a España
jamás, y yo soy el leonero y he pasado otros,
pero como éstos ninguno; son hembra y macho, 15
el macho va en esta jaula primera, y la
hembra en la de atrás, y ahora van hambrientos,
porque no han comido hoy. Y, así, vuestra
merced se desvíe; que es menester llegar presto
donde les demos de comer. 20
A lo que dijo don Quijote, sonriéndose
un poco:
¿Leoncitos a mí?, ¿a mí leoncitos, y a
tales horas? Pues por Dios que han de ver esos
señores que acá los envían, si soy yo hombre 25
que se espanta de leones. Apeaos, buen hombre,
y pues sois el leonero, abrid esas jaulas y
echadme esas bestias fuera; que en mitad de esta
campaña les daré a conocer quién es don
Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los 30
encantadores que a mí los envían.
Ta, ta, dijo a esta sazón entre sí el
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 213
hidalgo, dado ha señal de quien es nuestro
buen caballero; los requesones sin duda le
han ablandado los cascos y madurado los
sesos.
Llegóse, en esto, a él Sancho, y díjole: 5
Señor, por quien Dios es, que vuestra
merced haga de manera que mi señor don Quijote
no se tome con estos leones; que si se toma,
aquí nos han de hacer pedazos a todos.
Pues ¿tan loco es vuestro amo, respondió 10
el hidalgo, que teméis y creéis que se ha de
tomar con tan fieros animales?
No es loco, respondió Sancho, sino
atrevido.
Yo haré que no lo sea, replicó el hidalgo. 15
Y, llegándose a don Quijote, que estaba
dando prisa al leonero que abriese las jaulas,
le dijo:
Señor caballero: los caballeros andantes
han de acometer las aventuras que prometen 20
esperanza de salir bien de ellas, y no aquellas
que de [todo] en todo la quitan; porque la valentía
que se entra en la jurisdicción de la temeridad,
más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto
más que estos leones no vienen contra vuestra 25
merced, ni lo sueñan; van presentados a su
majestad, y no será bien detenerlos ni impedirles
su viaje.
Váyase vuestra merced, señor hidalgo,
respondió don Quijote, a entender con su 30
perdigón manso y con su hurón atrevido, y
deje a cada uno hacer su oficio; éste es el mío,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 214
y yo sé si vienen a mí o no estos señores
leones.
Y, volviéndose al leonero, le dijo:
¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego
luego las jaulas, que con esta lanza os he de 5
coser con el carro!
El carretero, que vio la determinación de
aquella armada fantasma, le dijo:
Señor mío, vuestra merced sea servido, por
caridad, dejarme desuncir las mulas y ponerme 10
en salvo con ellas, antes que se desenvainen
los leones, porque si me las matan, quedaré
rematado para toda mi vida; que no tengo otra
hacienda sino este carro y estas mulas.
¡Oh hombre de poca fe!, respondió don 15
Quijote; apéate y desunce y haz lo que quisieres,
que presto verás que trabajaste en vano, y que
pudieras ahorrar de esta diligencia.
Apeóse el carretero y desunció a gran prisa,
y el leonero dijo a grandes voces: 20
Séanme testigos cuantos aquí están, como
contra mi voluntad y forzado abro las jaulas y
suelto los leones, y de que protesto a este
señor que todo el mal y daño que estas bestias
hicieren corra y vaya por su cuenta, con más 25
mis salarios y derechos. Vuestras mercedes,
señores, se pongan en cobro antes que abra; que
yo seguro estoy que no me han de hacer
daño.
Otra vez le persuadió el hidalgo que no 30
hiciese locura semejante, que era tentar a
Dios acometer tal disparate. A lo que respondió
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 215
don Quijote, que él sabía lo que hacía.
Respondióle el hidalgo que lo mirase bien,
que él entendía que se engañaba.
Ahora, señor, replicó don Quijote, si
vuestra merced no quiere ser oyente de esta que 5
a su parecer ha de ser tragedia, pique la
tordilla y póngase en salvo.
Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en
los ojos le suplicó desistiese de tal empresa,
en cuya comparación habían sido tortas y pan 10
pintado la de los molinos de viento y la
temerosa de los batanes y, finalmente, todas las
hazañas que había acometido en todo el discurso
de su vida.
Mire, señor, decía Sancho, que aquí no 15
hay encanto ni cosa que lo valga; que yo he
visto por entre las verjas y resquicios de la
jaula una uña de león verdadero, y saco por
ella que el tal león, cuya debe de ser la
tal uña, es mayor que una montaña. 20
El miedo, a lo menos, respondió don
Quijote, te le hará parecer mayor que la mitad
del mundo. Retírate, Sancho, y déjame, y si
aquí muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto:
acudirás a Dulcinea, y no te digo más. 25
A éstas añadió otras razones con que quitó
las esperanzas de que no había de dejar de
proseguir su desvariado intento. Quisiera el
del Verde Gabán oponérsele, pero viose
desigual en las armas, y no le pareció cordura 30
tomarse con un loco, que ya se lo había parecido
de todo punto don Quijote, el cual, volviendo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 216
a dar prisa al leonero y a reiterar las
amenazas, dio ocasión al hidalgo a que picase la
yegua y Sancho al rucio y el carretero a sus
mulas, procurando todos apartarse del carro lo
más que pudiesen, antes que los leones se 5
desembanastasen.
Lloraba Sancho la muerte de su señor, que
aquella vez sin duda creía que llegaba en las
garras de los leones, maldecía su ventura y
llamaba menguada la hora en que le vino al 10
pensamiento volver a servirle; pero no por
llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio
para que se alejase del carro. Viendo, pues,
el leonero que ya los que iban huyendo
estaban bien desviados, tornó a requerir y a 15
intimar a don Quijote lo que ya le había
requerido e intimado, el cual respondió que lo oía
y que no se curase de más intimaciones y
requerimientos; que todo sería de poco fruto, y
que se diese prisa. En el espacio que tardó 20
el leonero en abrir la jaula primera, estuvo
considerando don Quijote si sería bien hacer
la batalla antes a pie que a caballo. Y, en fin, se
determinó de hacerla a pie, temiendo que Rocinante
se espantaría con la vista de los leones; 25
por esto saltó del caballo, arrojó la lanza y
embrazó el escudo, y, desenvainando la espada,
paso ante paso, con maravilloso denuedo y
corazón valiente, se fue a poner delante del
carro, encomendándose a Dios de todo corazón, 30
y luego a su señora Dulcinea.
Y es de saber que, llegando a este paso
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 217
el autor de esta verdadera historia, exclama
y dice:
¡Oh fuerte y sobre todo encarecimiento
animoso don Quijote de la Mancha, espejo donde
se pueden mirar todos los valientes del mundo, 5
segundo y nuevo don Manuel de León, que
fue gloria y honra de los españoles caballeros!
¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa
hazaña, o con qué razones la haré creíble a
los siglos venideros, o qué alabanzas habrá 10
que no te convengan y cuadren, aunque sean
hipérboles sobre todos los hipérboles? Tú a
pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con
sola una espada, y no de las del perrillo
cortadoras, con un escudo no de muy luciente y 15
limpio acero, estás aguardando y atendiendo
los dos más fieros leones que jamás criaron las
africanas selvas. Tus mismos hechos sean los
que te alaben, valeroso manchego; que yo los
dejo aquí en su punto, por faltarme palabras 20
con que encarecerlos.
Aquí cesó la referida exclamación del autor
y pasó adelante, anudando el hilo de la
historia, diciendo:
Que visto el leonero ya puesto en postura 25
a don Quijote, y que no podía dejar de soltar
al león macho, so pena de caer en la desgracia
del indignado y atrevido caballero, abrió de
par en par la primera jaula donde estaba,
como se ha dicho, el león, el cual pareció de 30
grandeza extraordinaria y de espantable y fea
catadura. Lo primero que hizo fue revolverse
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 218
en la jaula, donde venía echado, y tender la
garra y desperezarse todo; abrió luego la boca
y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos
de lengua que sacó fuera se despolvoreó los
ojos y se lavó el rostro. Hecho esto, sacó la 5
cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes
con los ojos hechos brasas, vista y ademán
para poner espanto a la misma temeridad. Sólo
don Quijote lo miraba atentamente, deseando
que saltase ya del carro, y viniese con él a 10
las manos, entre las cuales pensaba hacerle
pedazos.
Hasta aquí llegó el extremo de su jamás
vista locura. Pero el generoso león, más comedido
que arrogante, no haciendo caso de niñerías 15
ni de bravatas, después de haber mirado a
una y otra parte, como se ha dicho, volvió las
espaldas y enseñó sus traseras partes a don
Quijote, y con gran flema y remanso se volvió
a echar en la jaula. Viendo lo cual, don 20
Quijote mandó al leonero que le diese de palos
y le irritase para echarle fuera.
Eso no haré yo, respondió el leonero,
porque si yo le instigo, el primero a quien hará
pedazos será a mí mismo. Vuestra merced, señor 25
caballero, se contente con lo hecho, que es
todo lo que puede decirse en género de valentía,
y no quiera tentar segunda fortuna. El león
tiene abierta la puerta, en su mano está salir
o no salir, pero pues no ha salido hasta ahora, 30
no saldrá en todo el día. La grandeza del
corazón de vuestra merced ya está bien
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 219
declarada; ningún bravo peleante, según a mí se me
alcanza, está obligado a más que a desafiar a
su enemigo y esperarle en campaña, y si el
contrario no acude, en él se queda la infamia, y
el esperante gana la corona del vencimiento. 5
Así es verdad, respondió don Quijote;
cierra, amigo, la puerta, y dame por
testimonio en la mejor forma que pudieres lo que
aquí me has visto hacer. Conviene a saber:
como tú abriste al león, yo le esperé, él no 10
salió, volvíle a esperar, volvió a no salir y
volvióse acostar. No debo más, y encantos
afuera; y Dios ayude a la razón, y a la verdad,
y a la verdadera caballería. Y cierra, como he
dicho, en tanto que hago señas a los huidos 15
y ausentes, para que sepan de tu boca esta
hazaña.
Hízolo así el leonero, y don Quijote,
poniendo en la punta de la lanza el lienzo con
que se había limpiado el rostro de la lluvia de 20
los requesones, comenzó a llamar a los que
no dejaban de huir ni de volver la cabeza a
cada paso, todos en tropa y antecogidos del
hidalgo; pero alcanzando Sancho a ver la
señal del blanco paño, dijo: 25
Que me maten si mi señor no ha vencido
a las fieras bestias, pues nos llama.
Detuviéronse todos y conocieron que el que
hacía las señas era don Quijote, y, perdiendo
alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron 30
acercando hasta donde claramente oyeron
las voces de don Quijote, que los llamaba.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 220
Finalmente, volvieron al carro, y, en llegando,
dijo don Quijote al carretero:
Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y
a proseguir vuestro viaje, y tú, Sancho, dale
dos escudos de oro para él y para el leonero, 5
en recompensa de lo que por mí se han
detenido.
Esos daré yo de muy buena gana,
respondió Sancho; pero ¿qué se han hecho los
leones? ¿Son muertos, o vivos? 10
Entonces el leonero, menudamente y por sus
pausas, contó el fin de la contienda, exagerando
como él mejor pudo y supo el valor de don
Quijote, de cuya vista el león, acobardado,
no quiso ni osó salir de la jaula, puesto que 15
había tenido un buen espacio abierta la puerta
de la jaula; y que por haber él dicho a aquel
caballero que era tentar a Dios irritar al león
para que por fuerza saliese, como él quería
que se irritase, mal de su grado, y contra toda 20
su voluntad, había permitido que la puerta se
cerrase.
¿Qué te parece de esto, Sancho?, dijo don
Quijote. ¿Hay encantos que valgan contra la
verdadera valentía? Bien podrán los encantadores 25
quitarme la ventura, pero el esfuerzo y
el ánimo, será imposible.
Dio los escudos Sancho, unció el carretero,
besó las manos el leonero a don Quijote por
la merced recibida, y prometióle de contar 30
aquella valerosa hazaña al mismo rey cuando
en la corte se viese.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 221
Pues si acaso su majestad preguntare
quién la hizo, diréisle que el Caballero de los
Leones, que de aquí adelante quiero que en
éste se trueque, cambie, vuelva y mude el
que hasta aquí he tenido del Caballero de la 5
Triste Figura, y en esto sigo la antigua usanza
de los andantes caballeros, que se mudaban
los nombres cuando querían, o cuando les
venía a cuento.
Siguió su camino el carro, y don Quijote, 10
Sancho y el del Verde Gabán prosiguieron el
suyo. En todo este tiempo no había hablado
palabra don Diego de Miranda, todo atento a
mirar y a notar los hechos y palabras de don
Quijote, pareciéndole que era un cuerdo loco 15
y un loco que tiraba a cuerdo. No había aún
llegado a su noticia la primera parte de su
historia; que si la hubiera leído, cesara la
admiración en que lo ponían sus hechos y sus
palabras, pues ya supiera el género de su locura. 20
Pero como no la sabía, ya le tenía por cuerdo
y ya por loco, porque lo que hablaba era
concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía,
disparatado, temerario y tonto, y decía entre
sí: «¿Qué más locura puede ser que ponerse la 25
»celada llena de requesones y darse a entender
»que le ablandaban los cascos los encantadores,
»y qué mayor temeridad y disparate que
»querer pelear por fuerza con leones?»
De estas imaginaciones y de este soliloquio le 30
sacó don Quijote, diciéndole:
¿Quién duda, señor don Diego de Miranda,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 222
que vuestra merced no me tenga en su opinión
por un hombre disparatado y loco? Y no sería
mucho que así fuese, porque mis obras no
pueden dar testimonio de otra cosa; pues, con
todo esto, quiero que vuestra merced advierta 5
que no soy tan loco ni tan menguado como
debo de haberle parecido. Bien parece un
gallardo caballero a los ojos de su rey, en la
mitad de una gran plaza, dar una lanzada con
feliz suceso a un bravo toro. Bien parece un 10
caballero armado de resplandecientes armas
pasar la tela en alegres justas delante de las
damas, y bien parecen todos aquellos caballeros
que en ejercicios militares, o que lo parezcan,
entretienen y alegran y, si se puede decir, 15
honran las cortes de sus príncipes; pero sobre
todos éstos parece mejor un caballero andante,
que por los desiertos, por las soledades, por
las encrucijadas, por las selvas y por los
montes anda buscando peligrosas aventuras, con 20
intención de darles dichosa y bien afortunada
cima, sólo por alcanzar gloriosa fama y duradera.
Mejor parece, digo, un caballero andante
socorriendo a una viuda en algún despoblado
que un cortesano caballero requebrando a una 25
doncella en las ciudades. Todos los caballeros
tienen sus particulares ejercicios: sirva a las
damas el cortesano, autorice la corte de su rey
con libreas, sustente los caballeros pobres con
el espléndido plato de su mesa, concierte 30
justas, mantenga torneos y muéstrese grande,
liberal y magnífico y buen cristiano sobre
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 223
todo, y de esta manera cumplirá con sus
precisas obligaciones.
Pero el andante caballero busque los rincones
del mundo, éntrese en los más intricados
laberintos, acometa a cada paso lo imposible, 5
resista en los páramos despoblados los ardientes
rayos del sol en la mitad del verano, y en
el invierno la dura inclemencia de los vientos
y de los hielos. No le asombren leones, ni le
espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos; que 10
buscar éstos, acometer aquéllos y vencerlos a
todos son sus principales y verdaderos
ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser
uno del número de la andante caballería, no
puedo dejar de acometer todo aquello que a 15
mí me pareciere que cae debajo de la jurisdicción
de mis ejercicios, y así, el acometer los
leones que ahora acometí derechamente me
tocaba, puesto que conocí ser temeridad
exorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que 20
es una virtud que está puesta entre dos extremos
viciosos, como son la cobardía y la temeridad.
Pero menos mal será que el que es valiente
toque y suba al punto de temerario, que no
que baje y toque en el punto de cobarde; que 25
así como es más fácil venir el pródigo a ser
liberal que al avaro, así es más fácil dar el
temerario en verdadero valiente que no el
cobarde subir a la verdadera valentía. Y en esto
de acometer aventuras, créame vuestra merced, 30
señor don Diego, que antes se ha de perder
por carta de más que de menos, porque mejor
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 224
suena en las orejas de los que lo oyen, «el tal
»caballero es temerario y atrevido», que no
«el tal caballero es tímido y cobarde».
Digo, señor don Quijote, respondió don
Diego, que todo lo que vuestra merced ha 5
dicho y hecho va nivelado con el fiel de la
misma razón, y que entiendo que si las
ordenanzas y leyes de la caballería andante se
perdiesen, se hallarían en el pecho de vuestra
merced como en su mismo depósito y archivo; 10
y démonos prisa, que se hace tarde, y
lleguemos a mi aldea y casa, donde descansará
vuestra merced del pasado trabajo, que si no ha
sido del cuerpo, ha sido del espíritu, que suele
tal vez redundar en cansancio del cuerpo. 15
Tengo el ofrecimiento a gran favor y merced,
señor don Diego, respondió don Quijote.
Y, picando más de lo que hasta entonces,
serían como las dos de la tarde cuando
llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a 20
quien don Quijote llamaba el Caballero del
Verde Gabán.
p. 225
Capítulo XVIII
De lo que sucedió a don Quijote en el castillo
o casa del Caballero del Verde Gabán, con
otras cosas extravagantes.
Halló don Quijote ser la casa de don Diego 5
de Miranda ancha como de aldea; las armas,
empero, aunque de piedra tosca, encima de la
puerta de la calle, la bodega en el patio, la
cueva en el portal, y muchas tinajas a la
redonda, que, por ser del Toboso, le renovaron las 10
memorias de su encantada y transformada
Dulcinea. Y, suspirando y sin mirar lo que decía,
ni delante de quién estaba, dijo:
¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas;
dulces y alegres cuando Dios quería! 15
¡Oh tobosescas tinajas, que me habéis traído
a la memoria la dulce prenda de mi mayor
amargura!
Oyóle decir esto el estudiante poeta, hijo de
don Diego, que con su madre había salido a 20
recibirle, y madre e hijo quedaron suspensos de
ver la extraña figura de don Quijote, el cual,
apeándose de Rocinante, fue con mucha cortesía
a pedirle las manos para besárselas, y don
Diego dijo: 25
Recibid, señora, con vuestro sólito agrado
al señor don Quijote de la Mancha, que
es el que tenéis delante, andante caballero, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 226
el más valiente y el más discreto que tiene el
mundo.
La señora, que doña Cristina se llamaba, le
recibió con muestras de mucho amor y de mucha
cortesía, y don Quijote se le ofreció con 5
asaz de discretas y comedidas razones; casi
los mismos comedimientos pasó con el estudiante,
que, en oyéndole hablar don Quijote, le
tuvo por discreto y agudo.
Aquí pinta el autor todas las circunstancias 10
de la casa de don Diego, pintándonos en ellas
lo que contiene una casa de un caballero labrador
y rico; pero al traductor de esta historia le
pareció pasar estas y otras semejantes
menudencias en silencio, porque no venían bien con 15
el propósito principal de la historia, la cual
más tiene su fuerza en la verdad que en las
frías digresiones.
Entraron a don Quijote en una sala, desarmóle
Sancho, quedó en valones y en jubón de 20
camuza, todo bisunto con la mugre de las armas;
el cuello era valona a lo estudiantil, sin
almidón y sin randas; los borceguíes eran
datilados, y encerados los zapatos; ciñóse su buena
espada, que pendía de un tahalí de lobos 25
marinos, que es opinión que muchos años fue
enfermo de los riñones; cubrióse un herreruelo
de buen paño pardo; pero antes de todo con
cinco calderos o seis de agua, que en la
cantidad de los calderos hay alguna diferencia, se 30
lavó la cabeza y rostro, y todavía se quedó el
agua de color de suero, merced a la golosina
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVIII p. 227
de Sancho y a la compra de sus negros
requesones, que tan blanco pusieron a su amo.
Con los referidos atavíos y con gentil donaire
y gallardía salió don Quijote a otra sala,
donde el estudiante le estaba esperando para 5
entretenerle en tanto que las mesas se ponían;
que por la venida de tan noble huésped quería
la señora doña Cristina mostrar que sabía y
podía regalar a los que a su casa llegasen.
En tanto que don Quijote se estuvo 10
desarmando, tuvo lugar don Lorenzo, que así se
llamaba el hijo de don Diego, de decir a su
padre:
¿Quién diremos, señor, que es este caballero
que vuestra merced nos ha traído a casa? Que 15
el nombre, la figura y el decir que es
caballero andante, a mí y a mi madre nos tiene
suspensos.
No sé lo que te diga, hijo, respondió don
Diego; sólo te sabré decir, que le he visto 20
hacer cosas del mayor loco del mundo, y decir
razones tan discretas que borran y deshacen
sus hechos. Háblale tú y toma el pulso a lo que
sabe, y, pues eres discreto, juzga de su
discreción o tontería lo que más puesto en razón 25
estuviere; aunque, para decir verdad, antes le
tengo por loco que por cuerdo.
Con esto se fue don Lorenzo a entretener a
don Quijote, como queda dicho, y entre otras
pláticas que los dos pasaron, dijo don 30
Quijote a don Lorenzo:
El señor don Diego de Miranda, padre de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 228
vuestra merced, me ha dado noticia de la rara
habilidad y sutil ingenio que vuestra merced
tiene, y, sobre todo, que es vuestra merced un
gran poeta.
Poeta bien podrá ser, respondió don 5
Lorenzo, pero grande, ni por pensamiento.
Verdad es que yo soy algún tanto aficionado a la
poesía y a leer los buenos poetas; pero no de
manera que se me pueda dar el nombre de
grande que mi padre dice. 10
No me parece mal esa humildad, respondió
don Quijote, porque no hay poeta que no
sea arrogante y piense de sí que es el mayor
poeta del mundo.
No hay regla sin excepción, respondió don 15
Lorenzo, y alguno habrá que lo sea y no lo
piense.
Pocos, respondió don Quijote; pero
dígame vuestra merced, ¿qué versos son los que
ahora trae entre manos, que me ha dicho el 20
señor su padre que le traen algo inquieto y
pensativo? Y si es alguna glosa, a mí se me
entiende algo de achaque de glosas, y holgaría
saberlos. Y si es que son de justa literaria,
procure vuestra merced llevar el segundo 25
premio, que el primero siempre se lleva el favor
o la gran calidad de la persona, el segundo se
le lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser
segundo, y el primero, a esta cuenta, será el
tercero, al modo de las licencias que se dan 30
en las universidades; pero con todo esto,
gran personaje es el nombre de primero.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVIII p. 229
Hasta ahora, dijo entre sí don Lorenzo, no
os podré yo juzgar por loco; vamos adelante.
Y díjole:
Paréceme que vuestra merced ha cursado
las escuelas: ¿qué ciencias ha oído? 5
La de la caballería andante, respondió
don Quijote, que es tan buena como la de la
poesía, y aun dos deditos más.
No sé qué ciencia sea ésa, replicó don
Lorenzo, y hasta ahora no ha llegado a mi 10
noticia.
Es una ciencia, replicó don Quijote, que
encierra en sí todas o las más ciencias del
mundo, a causa que el que la profesa ha de
ser jurisperito y saber las leyes de la justicia 15
distributiva y conmutativa, para dar a cada uno
lo que es suyo y lo que le conviene. Ha de ser
teólogo, para saber dar razón de la cristiana
ley que profesa, clara y distintamente,
adondequiera que le fuere pedido. Ha de ser médico, 20
y principalmente herbolario, para conocer en
mitad de los despoblados y desiertos las hierbas
que tienen virtud de sanar las heridas, que
no ha de andar el caballero andante a cada
triquete buscando quien se las cure. Ha de ser 25
astrólogo, para conocer por las estrellas
cuántas horas son pasadas de la noche y en qué
parte y en qué clima del mundo se halla. Ha de
saber las matemáticas, porque a cada paso se
le ofrecerá tener necesidad de ellas, y, dejando 30
aparte que ha de estar adornado de todas las
virtudes teologales y cardinales, descendiendo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 230
a otras menudencias, digo que ha de saber
nadar como dicen que nadaba el peje Nicolás
o Nicolao. Ha de saber herrar un caballo y
aderezar la silla y el freno, y, volviendo a lo de
arriba, ha de guardar la fe a Dios y a su dama. 5
Ha de ser casto en los pensamientos, honesto
en las palabras, liberal en las obras, valiente
en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo
con los menesterosos y, finalmente, mantenedor
de la verdad, aunque le cueste la vida el 10
defenderla. De todas estas grandes y mínimas
partes se compone un buen caballero andante,
porque vea vuestra merced, señor don Lorenzo,
si es ciencia mocosa lo que aprende el caballero
que la estudia y la profesa, y si se puede 15
igualar a las más estiradas que en los gimnasios
y escuelas se enseñan.
Si eso es así, replicó don Lorenzo, yo
digo que se aventaja esa ciencia a todas.
¿Cómo si es así?, respondió don Quijote. 20
Lo que yo quiero decir, dijo don Lorenzo,
es que dudo que haya habido, ni que los hay
ahora, caballeros andantes y adornados de
virtudes tantas.
Muchas veces he dicho lo que vuelvo a 25
decir ahora, respondió don Quijote: que la
mayor parte de la gente del mundo está de
parecer de que no ha habido en él caballeros
andantes, y por parecerme a mí que si el cielo
milagrosamente no les da a entender la verdad 30
de que los hubo y de que los hay, cualquier
trabajo que se tome ha de ser en vano, como
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVIII p. 231
muchas veces me lo ha mostrado la experiencia,
no quiero detenerme ahora en sacar a
vuestra merced del error, que con los muchos
tiene. Lo que pienso hacer es el rogar al
cielo le saque de él, y le dé a entender cuán 5
provechosos y cuán necesarios fueron al
mundo los caballeros andantes en los pasados
siglos, y cuán útiles fueran en el presente, si
se usaran; pero triunfan ahora, por pecados de
las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el 10
regalo.
Escapado se nos ha nuestro huésped, dijo
a esta sazón entre sí don Lorenzo; pero con
todo eso, él es loco bizarro, y yo sería
mentecato flojo si así no lo creyese. 15
Aquí dieron fin a su plática, porque los
llamaron a comer. Preguntó don Diego a su hijo
qué había sacado en limpio del ingenio del
huésped, a lo que él respondió:
No le sacarán del borrador de su locura 20
cuantos médicos y buenos escribanos tiene el
mundo; él es un entreverado loco, lleno de
lúcidos intervalos.
Fuéronse a comer, y la comida fue tal como
don Diego había dicho en el camino que la 25
solía dar a sus convidados: limpia, abundante
y sabrosa; pero de lo que más se contentó don
Quijote fue del maravilloso silencio que en
toda la casa había, que semejaba un monasterio
de cartujos. Levantados, pues, los manteles 30
y dadas gracias a Dios, y agua a las manos,
don Quijote pidió ahincadamente a don Lorenzo,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 232
dijese los versos de la justa literaria.
A lo que él respondió, que por no parecer de
aquellos poetas que cuando les ruegan digan
sus versos los niegan, y cuando no se los
piden los vomitan, yo diré mi glosa, de la 5
cual no espero premio alguno; que sólo por
ejercitar el ingenio la he hecho.
Un amigo y discreto, respondió don Quijote,
era de parecer que no se había de cansar
nadie en glosar versos, y la razón, decía él, 10
era que jamás la glosa podía llegar al texto,
y que muchas o las más veces iba la glosa
fuera de la intención y propósito de lo que
pedía lo que se glosaba, y más que las leyes
de la glosa eran demasiadamente estrechas: 15
que no sufrían interrogantes, ni dijo, ni diré,
ni hacer nombres de verbos, ni mudar el sentido,
con otras ataduras y estrecheces con que
van atados los que glosan, como vuestra
merced debe de saber. 20
Verdaderamente, señor don Quijote, dijo
don Lorenzo, que deseo coger a vuestra
merced en un mal latín continuado, y no puedo,
porque se me desliza de entre las manos como
anguila. 25
No entiendo, respondió don Quijote, lo
que vuestra merced dice ni quiere decir en
eso del deslizarme.
Yo me daré a entender, respondió don
Lorenzo, y por ahora esté vuestra merced 30
atento a los versos glosados y a la glosa, que
dicen de esta manera:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVIII p. 233
¡Si mi fue tornase a es,
sin esperar más será,
o viniese el tiempo ya
de lo que será después!
GLOSA 5
Al fin, como todo pasa,
se pasó el bien que me dio
fortuna, un tiempo no escasa,
y nunca me le volvió,
ni abundante ni por tasa. 10
Siglos ha ya que me ves,
fortuna, puesto a tus pies.
Vuélveme a ser venturoso;
que será mi ser dichoso
si mi fue tornase a es. 15
No quiero otro gusto o gloria,
otra palma o vencimiento,
otro triunfo, otra victoria,
sino volver al contento
que es pesar en mi memoria. 20
Si tú me vuelves allá,
fortuna, templado está
todo el rigor de mi fuego,
y más si este bien es luego,
sin esperar más será. 25
Cosas imposibles pido,
pues volver el tiempo a ser
después que una vez ha sido,
no hay en la tierra poder
que a tanto se haya extendido. 30
Corre el tiempo, vuela y va
ligero y no volverá,
y erraría el que pidiese
o que el tiempo ya se fuese,
o volviese el tiempo ya. 35
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 234
Vivo en perpleja vida,
ya esperando, ya temiendo,
es muerte muy conocida,
y es mucho mejor muriendo
buscar al dolor salida. 5
A mí me fuera interés
acabar, mas no lo es,
pues, con discurso mejor,
me da la vida el temor
de lo que será después. 10
En acabando de decir su glosa don Lorenzo,
se levantó en pie don Quijote, y en voz
levantada que parecía grito, asiendo con su mano
la derecha de don Lorenzo, dijo:
Viven los cielos donde más altos están, 15
mancebo generoso, que sois el mejor poeta
del orbe, y que merecéis estar laureado, no
por Chipre, ni por Gaeta, como dijo un poeta
que Dios perdone, sino por las Academias
de Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven 20
de París, Bolonia y Salamanca; plega al cielo
que los jueces que os quitaren el premio
primero, Febo los asaetee y las Musas jamás
atraviesen los umbrales de sus casas. Decidme,
señor, si sois servido, algunos versos 25
mayores; que quiero tomar de todo en todo el
pulso a vuestro admirable ingenio.
¿No es bueno que dicen que se holgó don
Lorenzo de verse alabar de don Quijote,
aunque le tenía por loco? ¡Oh fuerza de la adulación, 30
a cuánto te extiendes y cuán dilatados límites
son los de tu jurisdicción agradable! Esta verdad
acreditó don Lorenzo, pues concedió con la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVIII p. 235
demanda y deseo de don Quijote, diciéndole
este soneto a la fábula o historia de Píramo y
Tisbe:
SONETO
El muro rompe la doncella hermosa, 5
que de Píramo abrió el gallardo pecho;
parte el Amor de Chipre y va derecho
a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.
Habla el silencio allí, porque no osa
la voz entrar por tan estrecho estrecho; 10
las almas sí, que amor suele de hecho
facilitar la más difícil cosa.
Salió el deseo de compás, y el paso
de la imprudente virgen solicita
por su gusto su muerte. Ved qué historia: 15
que a entrambos en un punto ¡oh extraño caso!
los mata, los encubre y resucita
una espada, un sepulcro, una memoria.
¡Bendito sea Dios!, dijo don Quijote,
habiendo oído el soneto a don Lorenzo, que 20
entre los infinitos poetas consumidos que hay,
he visto un consumado poeta, como lo es
vuestra merced, señor mío; que así me lo da a
entender el artificio de este soneto.
Cuatro días estuvo don Quijote regaladísimo 25
regaladísimo en la casa de don Diego, al cabo de los
cuales le pidió licencia para irse, diciéndole
que le agradecía la merced y buen tratamiento
que en su casa había recibido, pero que por no
parecer bien que los caballeros andantes se 30
den muchas horas al ocio y al regalo se quería
ir a cumplir con su oficio, buscando las aventuras,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 236
de quien tenía noticia que aquella tierra
abundaba, donde esperaba entretener el tiempo
hasta que llegase el día de las justas de
Zaragoza, que era el de su derecha derrota, y
que primero había de entrar en la cueva de 5
Montesinos, de quien tantas y tan admirables
cosas en aquellos contornos se contaban,
sabiendo e inquiriendo asimismo el nacimiento
y verdaderos manantiales de las siete lagunas
llamadas comúnmente de Ruidera. 10
Don Diego y su hijo le alabaron su honrosa
determinación, y le dijeron que tomase de su
casa y de su hacienda todo lo que en grado le
viniese; que le servirían con la voluntad
posible, que a ello les obligaba el valor de su 15
persona y la honrosa profesión suya. Llegóse,
en fin, el día de su partida, tan alegre para don
Quijote como triste y aciago para Sancho Panza,
que se hallaba muy bien con la abundancia
de la casa de don Diego, y rehusaba de volver 20
a la hambre que se usa en las florestas [y]
despoblados, y a la estrechez de sus mal proveídas
alforjas; con todo esto, las llenó y colmó de
lo más necesario que le pareció. Y al despedirse,
dijo don Quijote a don Lorenzo: 25
No sé si he dicho a vuestra merced otra vez,
y si lo he dicho, lo vuelvo a decir, que cuando
vuestra merced quisiere ahorrar caminos y
trabajos para llegar a la inaccesible cumbre del
templo de la fama, no tiene que hacer otra 30
cosa sino dejar a una parte la senda de la
poesía, algo estrecha, y tomar la estrechísima
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVIII p. 237
de la andante caballería, bastante para hacerle
emperador en daca las pajas.
Con estas razones acabó don Quijote de
cerrar el proceso de su locura, y más con las
que añadió, diciendo: 5
Sabe Dios si quisiera llevar conmigo al
señor don Lorenzo para enseñarle cómo se
han de perdonar los sujetos y supeditar y
acocear los soberbios, virtudes anejas a la
profesión que yo profeso; pero pues no lo pide 10
su poca edad, ni lo querrán consentir sus loables
ejercicios, sólo me contento con advertirle
a vuestra merced, que siendo poeta podrá
ser famoso, si se guía más por el parecer ajeno
que por el propio, porque no hay padre ni 15
madre a quien sus hijos les parezcan feos, y en
los que lo son del entendimiento corre más
este engaño.
De nuevo se admiraron padre e hijo de las
entremetidas razones de don Quijote, ya 20
discretas y ya disparatadas, y del tema y tesón
que llevaba de acudir de todo en todo a la
busca de sus desventuradas aventuras, que las
tenía por fin y blanco de sus deseos; reiteráronse
los ofrecimientos y comedimientos, y con 25
la buena licencia de la señora del castillo, don
Quijote y Sancho, sobre Rocinante y el rucio,
se partieron.
p. 238
Capítulo XIX
Donde se cuenta la aventura del pastor
enamorado, con otros, en verdad, graciosos
sucesos.
Poco trecho se había alongado don Quijote 5
del lugar de don Diego, cuando encontró con
dos como clérigos o como estudiantes y con dos
labradores que sobre cuatro bestias asnales
venían caballeros. El uno de los estudiantes traía
como en portamanteo, en un lienzo de bocací 10
verde envuelto, al parecer, un poco de grana
blanca y dos pares de medias de cordellate; el
otro no traía otra cosa que dos espadas negras
de esgrima, nuevas, y con sus zapatillas. Los
labradores traían otras cosas que daban indicio y 15
señal que venían de alguna villa grande, donde
las habían comprado y las llevaban a su aldea;
y, así, estudiantes como labradores cayeron en
la misma admiración en que caían todos aquellos
que la vez primera veían a don Quijote, y 20
morían por saber qué hombre fuese aquél tan
fuera del uso de los otros hombres. Saludóles
don Quijote, y después de saber el camino que
llevaban, que era el mismo que él hacía, les
ofreció su compañía, y les pidió detuviesen el 25
paso, porque caminaban más sus pollinas que
su caballo, y para obligarlos, en breves razones
les dijo quién era, y su oficio y profesión,
que era de caballero andante, que iba a buscar
las aventuras por todas las partes del mundo. 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIX p. 239
Díjoles que se llamaba de nombre propio don
Quijote de la Mancha, y por el apelativo el
Caballero de los Leones. Todo esto para los
labradores era hablarles en griego o en
jerigonza, pero no para los estudiantes, que luego 5
entendieron la flaqueza del cerebro de don
Quijote; pero, con todo eso, le miraban con
admiración y con respeto, y uno de ellos le
dijo:
Si vuestra merced, señor caballero, no lleva 10
camino determinado, como no le suelen llevar
los que buscan las aventuras, vuestra merced
se venga con nosotros, verá una de las mejores
bodas y más ricas que hasta el día de hoy se
habrán celebrado en la Mancha, ni en otras 15
muchas leguas a la redonda.
Preguntóle don Quijote si eran de algún
príncipe que así las ponderaba.
No son, respondió el estudiante, sino de
un labrador y una labradora: él, el más rico de 20
toda esta tierra, y ella, la más hermosa que han
visto los hombres. El aparato con que se han de
hacer es extraordinario y nuevo, porque se han
de celebrar en un prado que está junto al pueblo
de la novia, a quien por excelencia llaman 25
Quiteria la hermosa, y el desposado se llama
Camacho el rico, ella de edad de diez y ocho
años y él de veinte y dos, ambos para en uno,
aunque algunos curiosos, que tienen de memoria
los linajes de todo el mundo, quieren decir 30
que el de la hermosa Quiteria se aventaja al
de Camacho; pero ya no se mira en esto, que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 240
las riquezas son poderosas de soldar muchas
quiebras. En efecto, el tal Camacho es liberal,
y hásele antojado de enramar y cubrir todo el
prado por arriba, de tal suerte, que el sol se ha
de ver en trabajo, si quiere entrar a visitar las 5
hierbas verdes de que está cubierto el suelo.
Tiene asimismo maheridas danzas, así de
espadas como de cascabel menudo, que hay en
su pueblo quien los repique y sacuda por
extremo. De zapateadores no digo nada, que es un 10
juicio los que tiene muñidos; pero ninguna de
las cosas referidas, ni otras muchas que he
dejado por referir, ha de hacer más memorables
estas bodas, sino las que imagino que hará en
ellas el despechado Basilio. 15
Es este Basilio un zagal vecino del mismo
lugar de Quiteria, el cual tenía su casa pared
y medio de la de los padres de Quiteria, de
donde tomó ocasión el amor de renovar al
mundo los ya olvidados amores de Píramo y 20
Tisbe, porque Basilio se enamoró de Quiteria
desde sus tiernos y primeros años, y ella fue
correspondiendo a su deseo con mil honestos
favores. Tanto, que se contaban por entretenimiento
en el pueblo los amores de los dos niños 25
Basilio y Quiteria. Fue creciendo la edad, y acordó
el padre de Quiteria de estorbar a Basilio la
ordinaria entrada que en su casa tenía, y por
quitarse de andar receloso y lleno de
sospechas, ordenó de casar a su hija con el rico 30
Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con
Basilio, que no tenía tantos bienes de fortuna
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIX p. 241
como de naturaleza, pues si va a decir las
verdades sin envidia, él es el más ágil mancebo
que conocemos, gran tirador de barra, luchador
extremado y gran jugador de pelota; corre
como un gamo, salta más que una cabra y birla 5
a los bolos como por encantamiento; canta
como una calandria y toca una guitarra que la
hace hablar, y, sobre todo, juega una espada
como el más pintado.
Por esa sola gracia, dijo a esta sazón don 10
Quijote, merecía ese mancebo no sólo casarse
con la hermosa Quiteria, sino con la misma
reina Ginebra, si fuera hoy viva, a pesar de
Lanzarote y de todos aquellos que estorbarlo
quisieran. 15
A mi mujer con eso, dijo Sancho Panza,
que hasta entonces había ido callando y
escuchando, la cual no quiere sino que cada uno
case con su igual, ateniéndose al refrán que
dicen, «cada oveja con su pareja». Lo que yo 20
quisiera es, que ese buen Basilio, que ya me
le voy aficionando, se casara con esa señora
Quiteria; que buen siglo hayan y buen poso, iba
a decir al revés, los que estorban que se casen
los que bien se quieren. 25
Si todos los que bien se quieren se hubiesen
de casar, dijo don Quijote, quitaríase
la elección y jurisdicción a los padres de
casar sus hijos con quien y cuando deben, y
si a la voluntad de las hijas quedase escoger 30
los maridos, tal habría que escogiese al criado
de su padre, y tal al que vio pasar por la
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 242
calle, a su parecer, bizarro y entonado, aunque
fuese un desbaratado espadachín; que el amor
y la afición con facilidad ciegan los ojos del
entendimiento, tan necesarios para escoger
estado, y el del matrimonio está muy a peligro 5
de errarse, y es menester gran tiento y
particular favor del cielo para acertarle. Quiere
hacer uno un viaje largo, y si es prudente,
antes de ponerse en camino busca alguna
compañía segura y apacible con quien 10
acompañarse. Pues ¿por qué no hará lo mismo
el que ha de caminar toda la vida hasta el
paradero de la muerte, y más si la compañía
le ha de acompañar en la cama, en la mesa y
en todas partes, como es la de la mujer con 15
su marido? La de la propia mujer no es
mercaduría que una vez comprada se vuelve, o se
trueca o cambia, porque es accidente inseparable
que dura lo que dura la vida. Es un lazo,
que si una vez le echáis al cuello, se vuelve 20
en el nudo gordiano, que si no le corta la
guadaña de la muerte, no hay desatarle. Muchas
más cosas pudiera decir en esta materia, si no
lo estorbara el deseo que tengo de saber si le
queda más que decir al señor licenciado acerca 25
de la historia de Basilio.
A lo que respondió el estudiante bachiller, o
licenciado, como le llamó don Quijote:
De todo no me queda más que decir, sino
que desde el punto que Basilio supo que la 30
hermosa Quiteria se casaba con Camacho el
rico, nunca más le han visto reír, ni hablar
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIX p. 243
razón concertada, y siempre anda pensativo y
triste, hablando entre sí mismo, con que da
ciertas y claras señales de que se le ha vuelto
el juicio. Come poco y duerme poco, y lo que
come son frutas, y en lo que duerme, si duerme, 5
es en el campo sobre la dura tierra como
animal bruto. Mira de cuando en cuando al
cielo, y otras veces clava los ojos en la tierra,
con tal embelesamiento, que no parece sino
estatua vestida que el aire le mueve la ropa. En 10
fin, él da tales muestras de tener apasionado el
corazón, que tememos todos los que le conocemos
que el dar el si mañana la hermosa Quiteria
ha de ser la sentencia de su muerte.
Dios lo hará mejor, dijo Sancho, que 15
Dios que da la llaga da la medicina; nadie
sabe lo que está por venir, de aquí a mañana
muchas horas hay, y en una, y aun en un
momento, se cae la casa. Yo he visto llover y
hacer sol, todo a un mismo punto; tal se acuesta 20
sano la noche, que no se puede mover otro
día. Y díganme, ¿por ventura habrá quien se
alabe que tiene echado un clavo a la rodaja
de la Fortuna? No, por cierto, y entre el si y el
no de la mujer no me atrevería yo a poner 25
una punta de alfiler, porque no cabría. Denme
a mí que Quiteria quiera de buen corazón y de
buena voluntad a Basilio, que yo le daré a él
un saco de buena ventura; que el amor, según
yo he oído decir, mira con unos antojos que 30
hacen parecer oro al cobre, a la pobreza
riqueza y a las lagañas perlas.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 244
¿Adónde vas a parar, Sancho, que seas
maldito?, dijo don Quijote. Que cuando comienzas
a ensartar refranes y cuentos, no te puede
esperar sino el mismo Judas, que te lleve.
Dime, animal, ¿qué sabes tú de clavos, ni de 5
rodajas, ni de otra cosa ninguna?
Oh, pues si no me entienden, respondió
Sancho, no es maravilla que mis sentencias sean
tenidas por disparates; pero no importa, yo me
entiendo y sé que no he dicho muchas 10
necedades en lo que he dicho, sino que vuestra
merced, señor mío, siempre es friscal de mis
dichos y aun de mis hechos.
Fiscal has de decir, dijo don Quijote,
que no friscal, prevaricador del buen lenguaje, 15
que Dios te confunda.
No se apunte vuestra merced conmigo,
respondió Sancho, pues sabe que no me he
criado en la corte, ni he estudiado en
Salamanca, para saber si añado o quito alguna 20
letra a mis vocablos. Sí, que válgame Dios, no
hay para qué obligar al sayagués a que hable
como el toledano, y toledanos puede haber que
no las corten en el aire en esto del hablar
pulido. 25
Así es, dijo el licenciado, porque no
pueden hablar tan bien los que se crían en las
Tenerías y en Zocodover como los que se
pasean casi todo el día por el claustro de la
Iglesia Mayor, y todos son toledanos; el 30
lenguaje puro, el propio, el elegante y claro
está en los discretos cortesanos, aunque hayan
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIX p. 245
nacido en Majalahonda. Dije discretos, porque
hay muchos que no lo son, y la discreción es la
gramática del buen lenguaje que se acompaña
con el uso; yo, señores, por mis pecados he
estudiado cánones en Salamanca, y pícome 5
algún tanto de decir mi razón con palabras
claras, llanas y significantes.
Si no os picarais más de saber más menear
las negras que lleváis que la lengua, dijo
el otro estudiante, vos llevarais el primero 10
en licencias, como llevasteis cola.
Mirad, bachiller, respondió el licenciado,
vos estáis en la más errada opinión del mundo
acerca de la destreza de la espada, teniéndola
por vana. 15
Para mí no es opinión, sino verdad asentada,
replicó Corchuelo; y si queréis que os
lo muestre con la experiencia, espadas traéis,
comodidad hay, yo pulsos y fuerzas tengo, que
acompañadas de mi ánimo, que no es poco, os 20
harán confesar que yo no me engaño. Apeaos
y usad de vuestro compás de pies, de vuestros
círculos y vuestros ángulos y ciencia, que yo
espero de haceros ver estrellas a mediodía
con mi destreza moderna y zafia, en quien 25
espero, después de Dios, que está por nacer
hombre que me haga volver las espaldas, y
que no le hay en el mundo a quien yo no le
haga perder tierra.
En eso de volver o no las espaldas, no me 30
meto, replicó el diestro, aunque podría ser
que en la parte donde la vez primera clavaseis
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 246
el pie, allí os abriesen la sepultura; quiero
decir, que allí quedaseis muerto por la
despreciada destreza.
Ahora se verá, respondió Corchuelo.
Y, apeándose con gran presteza de su jumento, 5
tiró con furia de una de las espadas que
llevaba el licenciado en el suyo.
No ha de ser así, dijo a este instante don
Quijote, que yo quiero ser el maestro de esta
esgrima y el juez de esta muchas veces no 10
averiguada cuestión.
Y, apeándose de Rocinante y asiendo de
su lanza, se puso en la mitad del camino, a
tiempo que ya el licenciado, con gentil donaire
de cuerpo y compás de pies, se iba contra 15
Corchuelo, que contra él se vino lanzando,
como decirse suele, fuego por los ojos; los
otros dos labradores del acompañamiento, sin
apearse de sus pollinas, sirvieron de espectadores
en la mortal tragedia. Las cuchilladas, 20
estocadas, altibajos, reveses y mandobles que
tiraba Corchuelo eran sin número, más
espesas que hígado y más menudas que granizo.
Arremetía como un león irritado; pero salíale
al encuentro un tapaboca de la zapatilla de 25
la espada del licenciado, que en mitad de
su furia le detenía y se la hacía besar como si
fuera reliquia, aunque no con tanta devoción
como las reliquias deben y suelen besarse.
Finalmente, el licenciado le contó a estocadas 30
todos los botones de una media sotanilla
que traía vestida, haciéndole tiras los
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIX p. 247
faldamentos como colas de pulpo, derribóle el
sombrero dos veces y cansóle de manera, que de
despecho, cólera y rabia asió la espada por la
empuñadura y arrojóla por el aire con tanta
fuerza, que uno de los labradores asistentes, 5
que era escribano, que fue por ella, dio
después por testimonio que la alongó de sí casi
tres cuartos de legua, el cual testimonio sirve
y ha servido para que se conozca y vea con
toda verdad cómo la fuerza es vencida del 10
arte.
Sentóse cansado Corchuelo y, llegándose a
él Sancho, le dijo:
Mía fe, señor bachiller, si vuestra merced
toma mi consejo, de aquí adelante no ha de 15
desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a
tirar la barra, pues tiene edad y fuerzas para
ello; que de éstos a quien llaman diestros he
oído decir que meten una punta de una espada
por el ojo de una aguja. 20
Yo me contento, respondió Corchuelo, de
haber caído de mi burra, y de que me haya
mostrado la experiencia la verdad de quien tan
lejos estaba.
Y, levantándose abrazó al licenciado y 25
quedaron más amigos que de antes; y no queriendo
esperar al escribano, que había ido por la
espada, por parecerle que tardaría mucho,
así determinaron seguir por llegar temprano a
la aldea de Quiteria, de donde todos eran. 30
En lo que faltaba del camino les fue contando
el licenciado las excelencias de la espada,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 248
con tantas razones demostrativas, y con tantas
figuras y demostraciones matemáticas, que
todos quedaron enterados de la bondad de la
ciencia, y Corchuelo reducido de su pertinacia.
Era anochecido, pero antes que llegasen 5
les pareció a todos que estaba delante del
pueblo un cielo lleno de innumerables y
resplandecientes estrellas. Oyeron asimismo
confusos y suaves sonidos de diversos instrumentos
como de flautas, tamborinos, salterios, 10
albogues, panderos y sonajas, y cuando
llegaron cerca vieron que los árboles de una
enramada que a mano habían puesto a la entrada
del pueblo estaban todos llenos de luminarias,
a quien no ofendía el viento, que entonces no 15
soplaba sino tan manso, que no tenía fuerza
para mover las hojas de los árboles. Los músicos
eran los regocijadores de la boda, que en
diversas cuadrillas por aquel agradable sitio
andaban, unos bailando, y otros cantando, y 20
otros tocando la diversidad de los referidos
instrumentos; en efecto, no parecía sino que
por todo aquel prado andaba corriendo la
alegría y saltando el contento.
Otros muchos andaban ocupados en 25
levantar andamios, de donde con comodidad
pudiesen ver otro día las representaciones y
danzas que se habían de hacer en aquel lugar,
dedicado para solemnizar las bodas del rico
Camacho y las exequias de Basilio. No quiso 30
entrar en el lugar don Quijote, aunque se lo
pidieron así el labrador como el bachiller;
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIX p. 249
pero él dio por disculpa, bastantísima a su
parecer, ser costumbre de los caballeros
andantes dormir por los campos y florestas antes
que en los poblados, aunque fuese debajo
de dorados techos, y, con esto, se desvió un 5
poco del camino, bien contra la voluntad de
Sancho, viniéndosele a la memoria el buen
alojamiento que había tenido en el castillo o
casa de don Diego.
p. 250
Capítulo XX
Donde se cuentan las bodas de Camacho el
rico con el suceso de Basilio el pobre.
Apenas la blanca aurora había dado lugar a
que el luciente Febo, con el ardor de sus 5
calientes rayos las líquidas perlas de sus
cabellos de oro enjugase, cuando don Quijote,
sacudiendo la pereza de sus miembros, se
puso en pie y llamó a su escudero Sancho,
que aún todavía roncaba, lo cual visto por 10
don Quijote, antes que le despertase le dijo:
¡Oh tú, bienaventurado sobre cuantos viven
sobre la haz de la tierra, pues, sin tener envidia
ni ser envidiado, duermes con sosegado
espíritu, ni te persiguen encantadores ni 15
sobresaltan encantamientos! Duerme[s], digo otra vez,
y lo diré otras ciento, sin que te tengan en
continua vigilia celos de tu dama, ni te
desvelen pensamientos de pagar deudas que
debas, ni de lo que has de hacer para comer 20
otro día tú y tu pequeña y angustiada familia,
ni la ambición te inquieta, ni la pompa vana
del mundo te fatiga, pues los límites de tus
deseos no se extienden a más que a pensar
tu jumento; que el de tu persona sobre mis 25
hombros le tienes puesto, contrapeso y carga
que puso la naturaleza y la costumbre a los
señores. Duerme el criado y está velando el
señor, pensando cómo le ha de sustentar,
mejorar y hacer mercedes; la congoja de ver que 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 251
el cielo se hace de bronce sin acudir a la tierra
con el conveniente rocío no aflige al criado,
sino al señor, que ha de sustentar en la
esterilidad y hambre al que le sirvió en la fertilidad
y abundancia. 5
A todo esto no respondió Sancho porque
dormía, ni despertara tan presto si don
Quijote con el cuento de la lanza no le hiciera
volver en sí. Despertó, en fin, soñoliento y
perezoso, y, volviendo el rostro a todas partes, 10
dijo:
De la parte de esta enramada, si no me
engaño, sale un tufo y olor harto más de
torreznos asados que de juncos y tomillos; bodas
que por tales olores comienzan, para mi 15
santiguada que deben de ser abundantes y
generosas.
Acaba, glotón, dijo don Quijote; ven,
iremos a ver estos desposorios, por ver lo que
hace el desdeñado Basilio. 20
Mas que haga lo que quisiere, respondió
Sancho; no fuera él pobre, y casárase con
Quiteria; ¿no hay más sino no tener un cuarto
y querer casarse por las nubes? A la fe,
señor, yo soy de parecer que el pobre debe de 25
contentarse con lo que hallare, y no pedir
cotufas en el golfo; yo apostaré un brazo que
puede Camacho envolver en reales a Basilio,
y si esto es así, como debe de ser, bien boba
fuera Quiteria en desechar las galas y las 30
joyas que le debe de haber dado y le puede
dar Camacho, por escoger el tirar de la barra y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 252
el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen
tiro de barra o sobre una gentil treta de espada
no dan un cuartillo de vino en la taberna.
Habilidades y gracias que no son vendibles, mas
que las tenga el conde Dirlos; pero cuando 5
las tales gracias caen sobre quien tiene buen
dinero, tal sea mi vida como ellas parecen.
Sobre un buen cimiento se puede levantar un
buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del
mundo es el dinero. 10
Por quien Dios es, Sancho, dijo a esta
sazón don Quijote, que concluyas con tu
arenga, que tengo para mí que si te dejasen
seguir en las que a cada paso comienzas, no
te quedaría tiempo para comer ni para dormir; 15
que todo le gastarías en hablar.
Si vuestra merced tuviera buena memoria,
replicó Sancho, debiérase acordar de los
capítulos de nuestro concierto antes que esta
última vez saliésemos de casa; uno de ellos fue 20
que me había de dejar hablar todo aquello que
quisiese, con que no fuese contra el prójimo,
ni contra la autoridad de vuestra merced, y
hasta ahora me parece que no he contravenido
contra el tal capítulo. 25
Yo no me acuerdo, Sancho, respondió
don Quijote, del tal capítulo, y puesto que
sea así, quiero que calles y vengas; que ya
los instrumentos que anoche oímos vuelven a
alegrar los valles, y sin duda los desposorios 30
se celebrarán en el frescor de la mañana, y no
en el calor de la tarde.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 253
Hizo Sancho lo que su señor le mandaba, y
poniendo la silla a Rocinante y la albarda al
rucio, subieron los dos, y paso ante paso se
fueron entrando por la enramada. Lo primero que
se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado 5
en un asador de un olmo entero, un entero
novillo, y en el fuego donde se había de asar
ardía un mediano monte de leña, y seis ollas
que alrededor de la hoguera estaban no se
habían hecho en la común turquesa de las 10
demás ollas, porque eran seis medias tinajas,
que cada una cabía un rastro de carne, así
embebían y encerraban en sí carneros enteros,
sin echarse de ver como si fueran palominos.
Las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin 15
pluma que estaban colgadas por los árboles
para sepultarlas en las ollas no tenían número.
Los pájaros y caza de diversos géneros eran
infinitos, colgados de los árboles para que el
aire los enfriase. Contó Sancho más de sesenta 20
zaques de más de a dos arrobas cada uno
y todos llenos, según después pareció, de
generosos vinos; así había rimeros de pan
blanquísimo como los suele haber de montones de
trigo en las eras. Los quesos puestos como 25
ladrillos en rejales formaban una muralla, y
dos calderas de aceite mayores que las de un
tinte servían de freír cosas de masa, que con
dos valientes palas las sacaban fritas y las
zabullían en otra caldera de preparada miel que 30
allí junto estaba. Los cocineros y cocineras
pasaban de cincuenta, todos limpios, todos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 254
diligentes y todos contentos. En el dilatado
vientre del novillo estaban doce tiernos y
pequeños lechones que, cosidos por encima,
servían de darle sabor y enternecerle; las
especias de diversas suertes no parecía haberlas 5
comprado por libras, sino por arrobas, y todas
estaban de manifiesto en una grande arca.
Finalmente, el aparato de la boda era rústico,
pero tan abundante, que podía sustentar a un
ejército. 10
Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo
contemplaba, y de todo se aficionaba: primero le
cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de
quien él tomara de bonísima gana un mediano
puchero. Luego le aficionaron la voluntad 15
los zaques y, últimamente, las frutas de sartén,
si es que se podían llamar sartenes las tan
orondas calderas; y, así, sin poderlo sufrir ni
ser en su mano hacer otra cosa, se llegó a uno
de los solícitos cocineros, y con corteses y 20
hambrientas razones le rogó le dejase mojar
un mendrugo de pan en una de aquellas ollas.
A lo que el cocinero respondió:
Hermano, este día no es de aquéllos sobre
quien tiene jurisdicción la hambre, merced al 25
rico Camacho; apeaos y mirad si hay por ahí un
cucharón, y espumad una gallina o dos, y buen
provecho os hagan.
No veo ninguno, respondió Sancho.
Esperad, dijo el cocinero; ¡pecador de mí, 30
y qué melindroso y para poco debéis de ser!
Y, diciendo esto, asió de un caldero y,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 255
encajándole en una de las medias tinajas, sacó en
él tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:
Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma
en tanto que se llega la hora del yantar.
No tengo en qué echarla, respondió Sancho. 5
Pues llevaos, dijo el cocinero, la cuchara
y todo; que la riqueza y el contento de Camacho
todo lo suple.
En tanto, pues, que esto pasaba Sancho,
estaba don Quijote mirando cómo por una parte 10
de la enramada entraban hasta doce labradores
sobre doce hermosísimas yeguas, con ricos y
vistosos jaeces de campo y con muchos cascabeles
en los petrales, y todos vestidos de regocijo
y fiestas, los cuales, en concertado tropel, 15
corrieron no una sino muchas carreras por el
prado, con regocijada algazara y grita, diciendo:
Vivan Camacho y Quiteria, él tan rico
como ella hermosa, y ella la más hermosa
del mundo. 20
Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre sí:
Bien parece que éstos no han visto a mi
Dulcinea del Toboso; que si la hubieran visto,
ellos se fueran a la mano en las alabanzas
de esta su Quiteria. 25
De allí a poco comenzaron a entrar por
diversas partes de la enramada muchas y
diferentes danzas, entre los cuales venía una de
espadas, de hasta veinte y cuatro zagales de
gallardo parecer y brío, todos vestidos de 30
delgado y blanquísimo lienzo, con sus paños de
tocar labrados de varias colores de fina seda,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 256
y al que los guiaba, que era un ligero mancebo,
preguntó uno de los de las yeguas si se
había herido alguno de los danzantes.
Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido
nadie, todos vamos sanos. 5
Y luego comenzó a enredarse con los demás
compañeros, con tantas vueltas y con tanta
destreza, que aunque don Quijote estaba hecho
a ver semejantes danzas, ninguna le había
parecido tan bien como aquélla. También le 10
pareció bien otra que entró de doncellas
hermosísimas, tan mozas, que, al parecer, ninguna
bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho
años, vestidas todas de palmilla verde, los
cabellos parte trenzados y parte sueltos, pero 15
todos tan rubios que con los del sol podían
tener competencia, sobre los cuales traían
guirnaldas de jazmines, rosas, amaranto y
madreselva compuestas; guiábalas un venerable
viejo y una anciana matrona, pero más ligeros 20
y sueltos que sus años prometían. Hacíales el
son una gaita zamorana, y ellas, llevando
en los rostros y en los ojos a la honestidad y
en los pies a la ligereza, se mostraban las
mejores bailadoras del mundo. 25
Tras ésta entró otra danza de artificio y de
las que llaman habladas: era de ocho ninfas,
repartidas en dos hileras. De la una hilera era
guía el dios Cupido, y de la otra el Interés,
aquél adornado de alas, arco, aljaba y saetas; 30
éste, vestido de ricas y diversas colores de oro
y seda. Las ninfas que al Amor seguían traían
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 257
a las espaldas en pergamino blanco y letras
grandes escritos sus nombres: Poesía era el
título de la primera, el de la segunda
Discreción, el de la tercera Buen linaje, el de la
cuarta Valentía; del modo mismo venían señaladas 5
las que al Interés seguían: decía Liberalidad el
título de la primera, Dádiva el de la segunda,
Tesoro el de la tercera y el de la cuarta
Posesión pacífica. Delante de todos venía un
castillo de madera a quien tiraban cuatro salvajes, 10
todos vestidos de yedra y de cáñamo teñido
de verde, tan al natural, que por poco espantaran
a Sancho. En la frontera del castillo y en
todas cuatro partes de sus cuadros traía escrito,
Castillo del buen recato; hacíanles el son 15
cuatro diestros tañedores de tamboril y flauta.
Comenzaba la danza Cupido, y habiendo hecho
dos mudanzas, alzaba los ojos y flechaba el
arco contra una doncella que se ponía entre
las almenas del castillo, a la cual de esta suerte 20
dijo:
Yo soy el dios poderoso
en el aire y en la tierra
y en el ancho mar undoso,
y en cuanto el abismo encierra 25
en su báratro espantoso.
Nunca conocí qué es miedo,
todo cuanto quiero puedo,
aunque quiera lo imposible,
y en todo lo que es posible 30
mando, quito, pongo y vedo.
Acabó la copla, disparó una flecha por lo
alto del castillo y retiróse a su puesto. Salió
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 258
luego el Interés e hizo otras dos mudanzas;
callaron los tamborinos, y él dijo:
Soy quien puede más que Amor,
y es Amor el que me guía,
soy de la estirpe mejor 5
que el cielo en la tierra cría,
más conocida y mayor.
Soy el Interés en quien
pocos suelen obrar bien,
y obrar sin mí es gran milagro, 10
y cual soy te me consagro
por siempre jamás, amén.
Retiróse el Interés e hízose adelante la
Poesía, la cual, después de haber hecho sus
mudanzas como los demás, puestos los ojos en la 15
doncella del castillo, dijo:
En dulcísimos conceptos,
la dulcísima Poesía,
altos, graves y discretos,
señora, el alma te envía, 20
envuelta entre mil sonetos.
Si acaso no te importuna
mi porfía, tu fortuna,
de otras muchas envidiada,
será por mí levantada 25
sobre el cerco de la luna.
Desvióse la Poesía y de la parte del Interés
salió la Liberalidad, y después de hechas sus
mudanzas, dijo:
Llaman Liberalidad 30
al dar, que el extremo huye
de la prodigalidad,
y del contrario, que arguye
tibia y floja voluntad.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 259
Mas yo por te engrandecer,
de hoy más pródiga he de ser;
que aunque es vicio, es vicio honrado
y de pecho enamorado,
que en el dar se echa de ver. 5
De este modo salieron y se retiraron todas las
figuras de las dos escuadras, y cada uno
hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunos
elegantes y algunos ridículos, y sólo tomó de
memoria don Quijote, que la tenía grande, los 10
ya referidos; y luego se mezclaron todos,
haciendo y deshaciendo lazos con gentil donaire
y desenvoltura, y cuando pasaba el Amor por
delante del castillo disparaba por alto sus
flechas, pero el Interés quebraba en él alcancías 15
doradas.
Finalmente, después de haber bailado un
buen espacio, el Interés sacó un bolsón que le
formaba el pellejo de un gran gato romano,
que parecía estar lleno de dineros, y arrojándole 20
al castillo, con el golpe se desencajaron
las tablas y se cayeron, dejando a la doncella
descubierta y sin defensa alguna. Llegó el
Interés con las figuras de su valía, y echándola
una gran cadena de oro al cuello, mostraron 25
prenderla, rendirla y cautivarla; lo cual visto
por el Amor y sus valedores, hicieron ademán
de quitársela, y todas las demostraciones que
hacían eran al son de los tamborinos, bailando
y danzando concertadamente. Pusiéronlos 30
en paz los salvajes, los cuales con mucha
presteza volvieron a armar y a encajar las
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 260
tablas del castillo, y la doncella se encerró en
él como de nuevo, y con esto se acabó la danza,
con gran contento de los que la miraban.
Preguntó don Quijote a una de las ninfas,
que quién la había compuesto y ordenado. 5
Respondióle que un beneficiado de aquel pueblo,
que tenía gentil caletre para semejantes
invenciones.
Yo apostaré, dijo don Quijote, que debe
de ser más amigo de Camacho que de Basilio 10
el tal bachiller o beneficiado, y que debe de
tener más de satírico que de vísperas; bien
ha encajado en la danza las habilidades de
Basilio y las riquezas de Camacho.
Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo: 15
El rey es mi gallo, a Camacho me atengo.
En fin, dijo don Quijote, bien se parece,
Sancho, que eres villano y de aquellos que
dicen: «viva quien vence».
No sé de los que soy, respondió Sancho, 20
pero bien sé que nunca de ollas de Basilio
sacaré yo tan elegante espuma como es ésta
que he sacado de las de Camacho.
Y enseñóle el caldero lleno de gansos y de
gallinas, y, asiendo de una, comenzó a comer 25
con mucho donaire y gana, y dijo:
¡A la barba de las habilidades de Basilio!;
que tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes
cuanto vales. Dos linajes solos hay en el
mundo, como decía una abuela mía, que son el 30
tener y el no tener, aunque ella al del tener se
atenía, y el día de hoy, mi señor don Quijote,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 261
antes se toma el pulso al haber que al saber:
un asno cubierto de oro parece mejor que un
caballo enalbardado. Así que vuelvo a decir
que a Camacho me atengo, de cuyas ollas son
abundantes espumas gansos y gallinas, liebres 5
y conejos, y de las de Basilio serán, si viene a
mano, y aunque no venga sino al pie,
aguachirle.
¿Has acabado tu arenga, Sancho?, dijo
don Quijote. 10
Habréla acabado, respondió Sancho, porque
veo que vuestra merced recibe pesadumbre
con ella; que si esto no se pusiera de por
medio, obra había cortada para tres días.
Plega a Dios, Sancho, replicó don Quijote, 15
que yo te vea mudo antes que me muera.
Al paso que llevamos, respondió Sancho,
antes que vuestra merced se muera estaré yo
mascando barro, y entonces podrá ser que
esté tan mudo que no hable palabra hasta la 20
fin del mundo, o, por lo menos, hasta el día del
juicio.
Aunque eso así suceda, ¡oh Sancho!,
respondió don Quijote, nunca llegará tu silencio
a do ha llegado lo que has hablado, hablas y 25
tienes de hablar en tu vida, y más, que está
muy puesto en razón natural que primero
llegue el día de mi muerte que el de la tuya, y
así, jamás pienso verte mudo, ni aun cuando
estés bebiendo o durmiendo, que es lo que 30
puedo encarecer.
A buena fe, señor, respondió Sancho, que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 262
no hay que fiar en la descarnada, digo en la
muerte, la cual también come cordero como
carnero, y a nuestro cura he oído decir que con
igual pie pisaba las altas torres de los reyes
como las humildes chozas de los pobres; 5
tiene esta señora más de poder que de melindre,
no es nada asquerosa, de todo come y a
todo hace, y de toda suerte de gentes, edades
y preeminencias hinche sus alforjas. No es
segador que duerme las siestas, que a todas horas 10
siega, y corta así la seca como la verde hierba,
y no parece que masca, sino que engulle y
traga cuanto se le pone delante, porque tiene
hambre canina, que nunca se harta; y aunque
no tiene barriga, da a entender que está 15
hidrópica y sedienta de beber solas las vidas de
cuantos viven, como quien se bebe un jarro de
agua fría.
No más, Sancho, dijo a este punto don
Quijote, tente en buenas y no te dejes 20
caer, que en verdad que lo que has dicho
de la muerte por tus rústicos términos, es lo
que pudiera decir un buen predicador. Dígote,
Sancho, que, así como tienes buen natural
y discreción, pudieras tomar un púlpito en 25
la mano e irte por ese mundo predicando
lindezas.
Bien predica quien bien vive, respondió
Sancho, y yo no sé otras teologías.
Ni las has menester, dijo don Quijote; 30
pero yo no acabo de entender, ni alcanzar,
cómo siendo el principio de la sabiduría el
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 263
temor de Dios, tú, que temes más a un lagarto
que a El, sabes tanto.
Juzgue vuestra merced, señor, de sus
caballerías, respondió Sancho, y no se meta en
juzgar de los temores o valentías ajenas; que 5
tan gentil temeroso soy yo de Dios como cada
hijo de vecino, y déjeme vuestra merced
despabilar esta espuma, que lo demás todas son
palabras ociosas de que nos han de pedir
cuenta en la otra vida. 10
Y, diciendo esto, comenzó de nuevo a dar
asalto a su caldero con tan buenos alientos,
que despertó los de don Quijote, y sin duda
le ayudara, si no lo impidiera lo que es fuerza
se diga adelante. 15
p. 264
Capítulo XXI
Donde se prosiguen las bodas de Camacho,
con otros gustosos sucesos.
Cuando estaban don Quijote y Sancho en las
razones referidas en el capítulo antecedente, se 5
oyeron grandes voces y gran ruido, y dábanlas
y causábanle los de las yeguas, que con
larga carrera y grita iban a recibir a los novios,
que, rodeados de mil géneros de instrumentos y
de invenciones, venían acompañados del cura 10
y de la parentela de entrambos y de toda la
gente más lucida de los lugares circunvecinos,
todos vestidos de fiesta. Y como Sancho vio a
la novia, dijo:
A buena fe que no viene vestida de labradora, 15
sino de garrida palaciega. ¡Pardiez que
según diviso, que las patenas que había de traer
son ricos corales, y la palmilla verde de Cuenca
es terciopelo de treinta pelos, y montas que la
guarnición es de tiras de lienzo blanco! ¡Voto 20
a mí que es de raso; pues, tomadme las manos
adornadas con sortijas de azabache! No medre
yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y
empedrados con perlas blancas como una cuajada,
que cada una debe de valer un ojo de la 25
cara. ¡Oh hideputa y qué cabellos, que si no son
postizos, no los he visto más luengos ni más
rubios en toda mi vida! ¡No sino ponedla tacha
en el brío y en el talle, y no la comparéis a
una palma que se mueve cargada de racimos 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXI p. 265
de dátiles, que lo mismo parecen los dijes que
trae pendientes de los cabellos y de la garganta!
Juro en mi ánima que ella es una chapada
moza y que puede pasar por los bancos de
Flandes. 5
Riose don Quijote de las rústicas alabanzas
de Sancho Panza; parecióle que, fuera de su
señora Dulcinea del Toboso, no había visto
mujer más hermosa jamás. Venía la hermosa
Quiteria algo descolorida, y debía de ser de la 10
mala noche que siempre pasan las novias en
componerse para el día venidero de sus bodas.
Ibanse acercando a un teatro que a un lado del
prado estaba adornado de alfombras y ramos,
adonde se habían de hacer los desposorios y de 15
donde habían de mirar las danzas y las
invenciones. Y a la sazón que llegaban al puesto,
oyeron a sus espaldas grandes voces, y una
que decía:
¡Esperaos un poco, gente tan inconsiderada 20
como presurosa!
A cuyas voces y palabras todos volvieron la
cabeza, y vieron que las daba un hombre vestido,
al parecer, de un sayo negro jironado de
carmesí a llamas; venía coronado, como se vio 25
luego, con una corona de funesto ciprés, en
las manos traía un bastón grande. En llegando
más cerca fue conocido de todos por el
gallardo Basilio, y todos estuvieron suspensos,
esperando en qué habían de parar sus voces y sus 30
palabras, temiendo algún mal suceso de su
venida en sazón semejante.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 266
Llegó, en fin, cansado y sin aliento, y puesto
delante de los desposados, hincando el bastón
en el suelo, que tenía el cuento de una punta
de acero, mudada la color, puestos los ojos en
Quiteria, con voz tremente y ronca estas 5
razones dijo:
Bien sabes, desconocida Quiteria, que
conforme a la santa ley que profesamos, que,
viviendo yo, tú no puedes tomar esposo. Y
juntamente no ignoras, que por esperar yo que el 10
tiempo y mi diligencia mejorasen los bienes
de mi fortuna, no he querido dejar de guardar
el decoro que a tu honra convenía; pero tú,
echando a las espaldas todas las obligaciones
que debes a mi buen deseo, quieres hacer 15
señor de lo que es mío a otro, cuyas riquezas
le sirven no sólo de buena fortuna, sino de
bonísima ventura. Y para que la tenga colmada,
y no como yo pienso que la merece, sino
como se la quieren dar los cielos, yo, por mis 20
manos, desharé el imposible o el inconveniente
que puede estorbársela, quitándome a mí de
por medio. ¡Viva, viva el rico Camacho con la
ingrata Quiteria largos y felices siglos, y muera,
muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las 25
alas de su dicha y le puso en la sepultura!
Y, diciendo esto, asió del bastón que tenía
hincado en el suelo, y, quedándose la mitad de él
en la tierra, mostró que servía de vaina a un
mediano estoque que en él se ocultaba, y 30
puesta la que se podía llamar empuñadura en
el suelo, con ligero desenfado y determinado
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXI p. 267
propósito se arrojó sobre él, y en un punto
mostró la punta sangrienta a las espaldas, con la
mitad del acerada cuchilla, quedando el triste
bañado en su sangre y tendido en el suelo, de
sus mismas armas traspasado. 5
Acudieron luego sus amigos a favorecerle,
condolidos de su miseria y lastimosa desgracia,
y, dejando don Quijote a Rocinante, acudió
a favorecerle y le tomó en sus brazos, y halló
que aún no había expirado. Quisiéronle sacar el 10
estoque, pero el cura, que estaba presente, fue
de parecer que no se le sacasen antes de
confesarle, porque el sacársele y el expirar sería
todo a un tiempo; pero volviendo un poco en
sí Basilio, con voz doliente y desmayada dijo: 15
Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este
último y forzoso trance la mano de esposa, aún
pensaría que mi temeridad tendría disculpa,
pues en ella alcancé el bien de ser tuyo.
El cura, oyendo lo cual, le dijo que atendiese 20
a la salud del alma antes que a los gustos
del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios
perdón de sus pecados y de su desesperada
determinación.
A lo cual replicó Basilio que en ninguna 25
manera se confesaría si primero Quiteria no le
daba la mano de ser su esposa; que aquel contento
le adobaría la voluntad y le daría aliento
para confesarse.
En oyendo don Quijote la petición del herido, 30
en altas voces dijo que Basilio pedía una
cosa muy justa y puesta en razón y, además,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 268
muy hacedera, y que el señor Camacho quedaría
tan honrado recibiendo a la señora Quiteria
viuda del valeroso Basilio, como si la
recibiera del lado de su padre: Aquí no ha de
haber más de un sí, que no tenga otro efecto 5
que el pronunciarle, pues el tálamo de estas
bodas ha de ser la sepultura.
Todo lo oía Camacho y todo le tenía suspenso
y confuso, sin saber qué hacer ni qué decir;
pero las voces de los amigos de Basilio fueron 10
tantas, pidiéndole que consintiese que
Quiteria le diese la mano de esposa, porque su
alma no se perdiese, partiendo desesperado
de esta vida, que le movieron, y aun forzaron, a
decir que si Quiteria quería dársela, que él se 15
contentaba, pues todo era dilatar por un
momento el cumplimiento de sus deseos.
Luego acudieron todos a Quiteria, y unos
con ruegos y otros con lágrimas y otros con
eficaces razones la persuadían que diese la 20
mano al pobre Basilio, y ella, más dura que un
mármol y más sesga que una estatua, mostraba
que ni sabía, ni podía, ni quería responder
palabra; ni la respondiera, si el cura no la dijera
que se determinase presto en lo que había de 25
hacer, porque tenía Basilio ya el alma en los
dientes, y no daba lugar a esperar irresolutas
determinaciones.
Entonces la hermosa Quiteria, sin responder
palabra alguna, turbada, al parecer, triste y 30
pesarosa, llegó donde Basilio estaba, ya los
ojos vueltos, el aliento corto y apresurado,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXI p. 269
murmurando entre los dientes el nombre de
Quiteria, dando muestras de morir como gentil y
no como cristiano. Llegó, en fin, Quiteria, y
puesta de rodillas le pidió la mano por señas,
y no por palabras. Desencajó los ojos Basilio, 5
y mirándola atentamente, le dijo:
¡Oh Quiteria, que has venido a ser piadosa a
tiempo, cuando tu piedad ha de servir de
cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya
no tengo fuerzas para llevar la gloria que me 10
das en escogerme por tuyo, ni para suspender
el dolor que tan aprisa me va cubriendo los
ojos con la espantosa sombra de la muerte! Lo
que te suplico es, ¡oh fatal estrella mía!, que la
mano que me pides y quieres darme no sea por 15
cumplimiento, ni para engañarme de nuevo,
sino que confieses y digas que, sin hacer
fuerza a tu voluntad, me la entregas y me la das
como a tu legítimo esposo, pues no es razón
que en un trance como éste me engañes ni 20
uses de fingimientos con quien tantas verdades
ha tratado contigo.
Entre estas razones se desmayaba; de modo
que todos los presentes pensaban que cada
desmayo se había de llevar el alma consigo. 25
Quiteria, toda honesta y toda vergonzosa,
asiendo con su derecha mano la de Basilio,
le dijo:
Ninguna fuerza fuera bastante a torcer mi
voluntad, y, así, con la más libre que tengo te 30
doy la mano de legítima esposa, y recibo la
tuya, si es que me la das de tu libre albedrío,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 270
sin que la turbe ni contraste la calamidad en
que tu discurso acelerado te ha puesto.
Sí doy, respondió Basilio, no turbado ni
confuso, sino con el claro entendimiento que
el cielo quiso darme, y así me doy y me 5
entrego por tu esposo.
Y yo por tu esposa, respondió Quiteria,
ahora vivas largos años, ahora te lleven de mis
brazos a la sepultura.
Para estar tan herido este mancebo, dijo 10
a este punto Sancho Panza, mucho habla.
Háganle que se deje de requiebros, y que atienda
a su alma; que, a mi parecer, más la tiene en
la lengua que en los dientes.
Estando, pues, asidos de las manos Basilio 15
y Quiteria, el cura, tierno y lloroso, los echó
la bendición y pidió al cielo diese buen poso al
alma del nuevo desposado, el cual así como
recibió la bendición, con presta ligereza se
levantó en pie, y con no vista desenvoltura 20
se sacó el estoque a quien servía de vaina su
cuerpo.
Quedaron todos los circunstantes admirados,
y algunos de ellos, más simples que curiosos, en
altas voces comenzaron a decir: 25
¡Milagro, milagro!
Pero Basilio replicó:
No milagro, milagro, sino industria,
industria.
El cura, desatentado y atónito, acudió con 30
ambas manos a tentar la herida, y halló que la
cuchilla había pasado, no por la carne y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXI p. 271
costillas de Basilio, sino por un cañón hueco de
hierro que, lleno de sangre, en aquel lugar bien
acomodado tenía, preparada la sangre, según
después se supo, de modo que no se helase.
Finalmente, el cura y Camacho, con todos los 5
más circunstantes, se tuvieron por burlados y
escarnecidos. La esposa no dio muestras de
pesarle de la burla, antes oyendo decir que aquel
casamiento, por haber sido engañoso, no había
de ser valedero, dijo que ella le confirmaba 10
de nuevo, de lo cual coligieron todos que de
consentimiento y sabiduría de los dos se había
trazado aquel caso; de lo que quedó Camacho
y sus valedores tan corridos, que remitieron su
venganza a las manos, y, desenvainando muchas 15
espadas, arremetieron a Basilio, en cuyo
favor en un instante se desenvainaron casi
otras tantas. Y tomando la delantera a caballo
don Quijote, con la lanza sobre el brazo, y
bien cubierto de su escudo, se hacía dar lugar 20
de todos. Sancho, a quien jamás pluguieron ni
solazaron semejantes fechorías, se acogió a las
tinajas donde había sacado su agradable
espuma, pareciéndole aquel lugar como sagrado,
que había de ser tenido en respeto. Don Quijote 25
a grandes voces decía:
Teneos, señores, teneos, que no es razón
toméis venganza de los agravios que el amor
nos hace; y advertid que el amor y la guerra
son una misma cosa, y así como en la guerra 30
es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides y
estratagemas para vencer al enemigo, así en
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 272
las contiendas y competencias amorosas se
tienen por buenos los embustes y marañas que
se hacen para conseguir el fin que se desea,
como no sean en menoscabo y deshonra de la
cosa amada. Quiteria era de Basilio y Basilio 5
de Quiteria por justa y favorable disposición
de los cielos. Camacho es rico y podrá comprar
su gusto, cuando, donde y como quisiere.
Basilio no tiene más de esta oveja, y no se la ha
de quitar alguno, por poderoso que sea; que a 10
los dos que Dios junta no podrá separar el
hombre, y el que lo intentare, primero ha de
pasar por la punta de esta lanza.
Y, en esto, la blandió tan fuerte y tan
diestramente, que puso pavor en todos los que no le 15
conocían; y tan intensamente se fijó en la
imaginación de Camacho el desdén de Quiteria,
que se la borró de la memoria en un instante,
y, así, tuvieron lugar con él las persuasiones
del cura, que era varón prudente y bien 20
intencionado, con las cuales quedó Camacho y los
de su parcialidad pacíficos y sosegados. En
señal de lo cual volvieron las espadas a sus
lugares, culpando más a la facilidad de
Quiteria que a la industria de Basilio; haciendo 25
discurso Camacho, que si Quiteria quería bien a
Basilio doncella, también le quisiera casada,
y que debía de dar gracias al cielo, más
por habérsela quitado, que por habérsela dado.
Consolado, pues, y pacífico Camacho y los 30
de su mesnada, todos los de la de Basilio se
sosegaron, y el rico Camacho, por mostrar
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXI p. 273
que no sentía la burla ni la estimaba en nada,
quiso que las fiestas pasasen adelante como
si realmente se desposara; pero no quisieron
asistir a ellas Basilio ni su esposa ni secuaces,
y, así, se fueron a la aldea de Basilio, 5
que también los pobres virtuosos y discretos
tienen quien los siga, honre y ampare, como
los ricos tienen quien los lisonjee y acompañe.
Lleváronse consigo a don Quijote, estimándole
por hombre de valor y de pelo en pecho. 10
A solo Sancho se le oscureció el alma por
verse imposibilitado de aguardar la
espléndida comida y fiestas de Camacho, que
duraron hasta la noche. Y, así, asendereado y
triste, siguió a su señor, que con la cuadrilla de 15
Basilio iba, y así se dejó atrás las ollas de
Egipto, aunque las llevaba en el alma; cuya ya
casi consumida y acabada espuma que en el
caldero llevaba, le representaba la gloria y la
abundancia del bien que perdía, y, así, 20
congojado y pensativo, aunque sin hambre, sin
apearse del rucio, siguió las huellas de
Rocinante.
p. 274
Capítulo XXII
Donde se da cuenta [de] la grande aventura
de la cueva de Montesinos, que está en el
corazón de la Mancha, a quien dio feliz
cima el valeroso don Quijote de la Mancha. 5
Grandes fueron y muchos los regalos que
los desposados hicieron a don Quijote, obligados
de las muestras que había dado, defendiendo
su causa, y al par de la valentía le graduaron
la discreción, teniéndole por un Cid en las 10
armas y por un Cicerón en la elocuencia. El
buen Sancho se refociló tres días a costa de
los novios, de los cuales se supo que no fue
traza comunicada con la hermosa Quiteria el
herirse fingidamente, sino industria de Basilio, 15
esperando de ella el mismo suceso que se había
visto; bien es verdad que confesó que había
dado parte de su pensamiento a algunos de
sus amigos, para que al tiempo necesario
favoreciesen su intención y abonasen su engaño. 20
No se pueden ni deben llamar engaños,
dijo don Quijote, los que ponen la mira en
virtuosos fines.
Y que el de casarse los enamorados era el
fin de más excelencia, advirtiendo que el 25
mayor contrario que el amor tiene es la hambre
y la continua necesidad, porque el amor es
todo alegría, regocijo y contento, y más
cuando el amante está en posesión de la cosa
amada, contra quien son enemigos opuestos 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXII p. 275
y declarados la necesidad y la pobreza; y que
todo esto decía con intención de que se
dejase el señor Basilio de ejercitar las
habilidades que sabe, que aunque le daban fama,
no le daban dineros, y que atendiese a granjear 5
hacienda por medios lícitos e industriosos,
que nunca faltan a los prudentes y
aplicados.
El pobre honrado, si es que puede ser
honrado el pobre, tiene prenda en tener mujer 10
hermosa, que cuando se la quitan, le quitan la
honra y se la matan. La mujer hermosa y
honrada, cuyo marido es pobre, merece ser
coronada con laureles y palmas de vencimiento
y triunfo. La hermosura por sí sola atrae las 15
voluntades de cuantos la miran y conocen,
y como a señuelo gustoso se le abaten las
águilas reales y los pájaros altaneros; pero si
a la tal hermosura se le junta la necesidad
y estrechez, también la embisten los cuervos, 20
los milanos y las otras aves de rapiña, y la
que está a tantos encuentros firme, bien
merece llamarse corona de su marido.
Mirad, discreto Basilio, añadió don
Quijote, opinión fue de no sé qué sabio que no 25
había en todo el mundo sino una sola mujer
buena, y daba por consejo, que cada uno
pensase y creyese que aquella sola buena era la
suya, y así viviría contento. Yo no soy casado
ni hasta ahora me ha venido en pensamiento 30
serlo, y con todo esto me atrevería a dar consejo
al que me lo pidiese del modo que había de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 276
buscar la mujer con quien se quisiese casar.
Lo primero, le aconsejaría que mirase más a
la fama que a la hacienda, porque la buena
mujer no alcanza la buena fama solamente con
ser buena, sino con parecerlo; que mucho más 5
dañan a las honras de las mujeres las desenvolturas
y libertades públicas que las maldades
secretas. Si traes buena mujer a tu casa, fácil
cosa sería conservarla y aun mejorarla en aquella
bondad. Pero si la traes mala, en trabajo te 10
pondrá el enmendarla; que no es muy hacedero
pasar de un extremo a otro. Yo no digo que
sea imposible, pero téngolo por dificultoso.
Oía todo esto Sancho, y dijo entre sí:
Este mi amo, cuando yo hablo cosas de 15
meollo y de sustancia, suele decir que podría
yo tomar un púlpito en las manos e irme por
ese mundo adelante predicando lindezas, y
yo digo de él, que cuando comienza a enhilar
sentencias y a dar consejos, no sólo puede 20
tomar [un] púlpito en las manos, sino dos en cada
dedo y andarse por esas plazas a qué quieres,
boca. ¡Válgate el diablo por caballero andante
que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi ánima
que sólo podía saber aquello que tocaba a 25
sus caballerías, pero no hay cosa donde no
pique y deje de meter su cucharada.
Murmuraba esto algo Sancho, y entreoyóle
su señor y preguntóle:
¿Qué murmuras, Sancho? 30
No digo nada ni murmuro de nada, respondió
Sancho, sólo estaba diciendo entre mí,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXII p. 277
que quisiera haber oído lo que vuestra merced
aquí ha dicho antes que me casara, que quizá
dijera yo ahora: el buey suelto bien se lame.
¿Tan mala es tu Teresa, Sancho?, dijo don
Quijote. 5
No es muy mala, respondió Sancho, pero
no es muy buena, a lo menos, no es tan buena
como yo quisiera.
Mal haces, Sancho, dijo don Quijote, en
decir mal de tu mujer, que en efecto es madre 10
de tus hijos.
No nos debemos nada, respondió Sancho;
que también ella dice mal de mí cuando se le
antoja, especialmente cuando está celosa; que
entonces súfrala el mismo Satanás. 15
Finalmente, tres días estuvieron con los
novios, donde fueron regalados y servidos como
cuerpos de rey. Pidió don Quijote al diestro
licenciado le diese una guía que le encaminase
a la cueva de Montesinos, porque tenía 20
gran deseo de entrar en ella y ver a ojos
vistas si eran verdaderas las maravillas que de
ella se decían por todos aquellos contornos.
El licenciado le dijo que le daría a un primo
suyo, famoso estudiante y muy aficionado a 25
leer libros de caballerías, el cual con mucha
voluntad le pondría a la boca de la misma
cueva y le enseñaría las lagunas de Ruidera,
famosas asimismo en toda la Mancha y
aun en toda España, y díjole que llevaría 30
con el gustoso entretenimiento, a causa que
era mozo que sabía hacer libros para imprimir,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 278
y para dirigirlos a príncipes. Finalmente, el
primo vino con una pollina preñada, cuya
albarda cubría un gayado tapete o harpillera.
Ensilló Sancho a Rocinante y aderezó al rucio,
proveyó sus alforjas, a las cuales acompañaron 5
las del primo, asimismo bien proveídas,
y, encomendándose a Dios y despidiéndose de
todos, se pusieron en camino, tomando la
derrota de la famosa cueva de Montesinos.
En el camino preguntó don Quijote al primo 10
de qué género y calidad eran sus ejercicios, su
profesión y estudios. A lo que él respondió:
que su profesión era ser humanista, sus ejercicios
y estudios componer libros para dar a la
estampa, todos de gran provecho y no menos 15
entretenimiento para la república; que el uno se
intitulaba El de las libreas, donde pinta
setecientas y tres libreas con sus colores, motes y
cifras, de donde podían sacar y tomar las que
quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos los 20
caballeros cortesanos, sin andarlas mendigando
de nadie, ni lambicando, como dicen, el
cerebro por sacarlas conformes a sus deseos e
intenciones.
Porque doy al celoso, al desdeñado, al 25
olvidado y al ausente las que les convienen, que
les vendrán más justas que pecadoras. Otro
libro tengo también, a quien he de llamar
Metamorfóseos, u Ovidio español, de invención
nueva y rara, porque en él, imitando a Ovidio 30
a lo burlesco, pinto quién fue la Giralda de
Sevilla y el Angel de la Magdalena, quién el
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXII p. 279
Caño de Vecinguerra de Córdoba, quiénes los
toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes
de Leganitos y Lavapiés en Madrid, no olvidándome
de la del Piojo, de la del Caño Dorado y
de la Priora, y esto, con sus alegorías, 5
metáforas y traslaciones, de modo, que alegran,
suspenden y enseñan a un mismo punto.
Otro libro tengo que le llamo Suplemento a
Virgilio Polidoro, que trata de la invención
de las cosas, que es de grande erudición y 10
estudio, a causa que las cosas que se dejó de
decir Polidoro de gran sustancia, las averiguo
yo y las declaro por gentil estilo. Olvidósele a
Virgilio de declararnos quién fue el primero
que tuvo catarro en el mundo, y el primero que 15
tomó las unciones para curarse del morbo
gálico, y yo lo declaro al pie de la letra y lo
autorizo con más de veinte y cinco autores: porque
vea vuestra merced si he trabajado bien y si
ha de ser útil el tal libro a todo el mundo. 20
Sancho, que había estado muy atento a la
narración del primo, le dijo:
Dígame, señor, así Dios le dé buena
manderecha en la impresión de sus libros,
¿sabríame decir, que sí sabrá, pues todo lo sabe, 25
quién fue el primero que se rascó en la cabeza?;
que yo para mí tengo que debió de ser nuestro
padre Adán.
Sí sería, respondió el primo, porque
Adán no hay duda sino que tuvo cabeza y 30
cabellos, y siendo esto así, y siendo el primer
hombre del mundo, alguna vez se rascaría.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 280
Así lo creo yo, respondió Sancho; pero
dígame ahora: ¿quién fue el primer volteador
del mundo?
En verdad, hermano, respondió el primo,
que no me sabré determinar por ahora, hasta 5
que lo estudie. Yo lo estudiaré en volviendo
adonde tengo mis libros, y yo os satisfaré
cuando otra vez nos veamos; que no ha de
ser ésta la postrera.
Pues mire, señor, replicó Sancho, no tome 10
trabajo en esto, que ahora he caído en la
cuenta de lo que le he preguntado; sepa que el
primer volteador del mundo fue Lucifer, cuando
le echaron o arrojaron del cielo, que vino
volteando hasta los abismos. 15
Tienes razón, amigo, dijo el primo.
Y dijo don Quijote:
Esa pregunta y respuesta no es tuya,
Sancho; a alguno las has oído decir.
Calle, señor, replicó Sancho, que a buena 20
fe que si me doy a preguntar y a responder,
que no acabe de aquí a mañana. Sí, que para
preguntar necedades y responder disparates
no he menester yo andar buscando ayuda de
vecinos. 25
Más has dicho, Sancho, de lo que sabes,
dijo don Quijote; que hay algunos que se
cansan en saber y averiguar cosas que después
de sabidas y averiguadas no importan un
ardite al entendimiento ni a la memoria. 30
En estas y otras gustosas pláticas se les
pasó aquel día, y a la noche se albergaron en
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXII p. 281
una pequeña aldea, adonde el primo dijo a
don Quijote que desde allí a la cueva de
Montesinos no había más de dos leguas, y
que si llevaba determinado de entrar en ella,
era menester proveerse de sogas para atarse 5
y descolgarse en su profundidad.
Don Quijote dijo que aunque llegase al
abismo, había de ver dónde paraba, y, así,
compraron casi cien brazas de soga, y otro día, a
las dos de la tarde, llegaron a la cueva, cuya 10
boca es espaciosa y ancha, pero llena de
cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas,
tan espesas e intricadas, que de todo en todo
la ciegan y encubren. En viéndola, se apearon
el primo, Sancho y don Quijote, al cual los 15
dos le ataron luego fortísimamente con las
sogas; y en tanto que le fajaban y ceñían, le
dijo Sancho:
Mire vuestra merced, señor mío, lo que
hace, no se quiera sepultar en vida, ni se 20
ponga adonde parezca frasco que le ponen a
enfriar en algún pozo. Sí que a vuestra merced
no le toca ni atañe ser el escudriñador de esta
que debe de ser peor que mazmorra.
Ata y calla, respondió don Quijote; que 25
tal empresa como aquésta, Sancho amigo, para
mí estaba guardada.
Y entonces dijo la guía:
Suplico a vuestra merced, señor don Quijote,
que mire bien y especule con cien ojos lo 30
que hay allá dentro: quizá habrá cosas que las
ponga yo en el libro de mis Transformaciones.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 282
En manos está el pandero que le sabrá
bien tañer, respondió Sancho Panza.
Dicho esto, y acabada la ligadura de don
Quijote, que no fue sobre el arnés, sino sobre
el jubón de armar, dijo don Quijote: 5
Inadvertidos hemos andado en no habernos
proveído de algún esquilón pequeño, que fuera
atado junto a mí en esta misma soga, con
cuyo sonido se entendiera que todavía bajaba
y estaba vivo; pero pues ya no es posible, a 10
la mano de Dios, que me guíe.
Y luego se hincó de rodillas e hizo una
oración en voz baja al cielo, pidiendo a Dios le
ayudase y le diese buen suceso en aquella,
al parecer, peligrosa y nueva aventura, y en 15
voz alta dijo luego:
¡Oh señora de mis acciones y movimientos,
clarísima y sin par Dulcinea del Toboso! Si es
posible que lleguen a tus oídos las plegarias
y rogaciones de este tu venturoso amante, por 20
tu inaudita belleza te ruego las escuches; que
no son otras que rogarte no me niegues tu
favor y amparo ahora que tanto le he menester.
Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme
en el abismo que aquí se me representa, 25
sólo porque conozca el mundo que si tú me
favoreces, no habrá imposible a quien yo no
acometa y acabe.
Y, en diciendo esto, se acercó a la sima, vio
no ser posible descolgarse ni hacer lugar a la 30
entrada, si no era a fuerza de brazos o a
cuchilladas, y así, poniendo mano a la espada,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXII p. 283
comenzó a derribar y a cortar de aquellas
malezas que a la boca de la cueva estaban, por
cuyo ruido y estruendo salieron por ella una
infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan
espesos y con tanta prisa, que dieron con 5
don Quijote en el suelo; y si él fuera tan
agorero como católico cristiano, lo tuviera a
mala señal y excusara de encerrarse en lugar
semejante. Finalmente, se levantó, y viendo
que no salían más cuervos ni otras aves 10
nocturnas, como fueron murciélagos, que asimismo
entre los cuervos salieron, dándole soga el
primo y Sancho (y) se dejó calar al fondo
de la caverna espantosa, y al entrar, echándole
Sancho su bendición y haciendo sobre él 15
mil cruces, dijo:
¡Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con
la Trinidad de Gaeta, flor, nata y espuma de
los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del
mundo, corazón de acero, brazos de bronce! 20
¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre, sano y
sin cautela a la luz de esta vida que dejas por
enterrarte en esta oscuridad que buscas!
Casi las mismas plegarias y deprecaciones
hizo el primo. 25
Iba don Quijote dando voces que le diesen
soga y más soga, y ellos se la daban poco a
poco, y cuando las voces, que acanaladas por
la cueva salían, dejaron de oírse, ya ellos
tenían descolgadas las cien brazas de soga, y 30
fueron de parecer de volver a subir a don
Quijote, pues no le podían dar más cuerda. Con
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 284
todo eso, se detuvieron como media hora, al
cabo del cual espacio volvieron a recoger la
soga con mucha facilidad y sin peso alguno,
señal que les hizo imaginar que don Quijote
se quedaba dentro, y, creyéndolo así Sancho, 5
lloraba amargamente y tiraba con mucha prisa
por desengañarse; pero llegando, a su parecer,
a poco más de las ochenta brazas, sintieron
peso, de que en extremo se alegraron. Finalmente,
a las diez, vieron distintamente a don 10
Quijote, a quien dio voces Sancho, diciéndole:
Sea vuestra merced muy bien vuelto, señor
mío, que ya pensábamos que se quedaba allá
para casta.
Pero no respondía palabra don Quijote, y, 15
sacándole del todo, vieron que traía cerrados
los ojos, con muestras de estar dormido.
Tendiéronle en el suelo y desliáronle, y con todo
esto, no despertaba. Pero tanto le volvieron y
revolvieron, sacudieron y menearon, que al 20
cabo de un buen espacio volvió en sí,
desperezándose, bien como si de algún grave y
profundo sueño despertara, y, mirando a una y otra
parte como espantado, dijo:
Dios os lo perdone, amigos, que me habéis 25
quitado de la más sabrosa y agradable vida y
vista que ningún humano ha visto ni pasado.
En efecto: ahora acabo de conocer que todos los
contentos de esta vida pasan como sombra y
sueño, o se marchitan como la flor del campo. 30
¡Oh desdichado Montesinos; oh mal ferido
Durandarte; oh sin ventura Belerma; oh lloroso
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXII p. 285
Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera,
que mostráis en vuestras aguas las que lloraron
vuestros hermosos ojos!
Con [atención es]cuchaban el primo y Sancho
las palabras de don Quijote, que las decía 5
como si con dolor inmenso las sacara de las
entrañas. Suplicáronle les diese a entender lo
que decía, y les dijese lo que en aquel infierno
había visto.
¿Infierno le llamáis?, dijo don Quijote; 10
pues no le llaméis así, porque no lo merece,
como luego veréis.
Pidió que le diesen algo de comer, que traía
grandísima hambre; tendieron la harpillera
del primo sobre la verde hierba, acudieron a la 15
despensa de sus alforjas, y, sentados todos tres
en buen amor y compaña, merendaron y cenaron
todo junto. Levantada la harpillera, dijo
don Quijote de la Mancha:
No se levante nadie y estadme, hijos, todos 20
atentos.
p. 286
Capítulo XXIII
De las admirables cosas que el extremado don
Quijote contó que había visto en la profunda
cueva de Montesinos, cuya imposibilidad
y grandeza hace que se tenga esta aventura 5
por apócrifa.
Las cuatro de la tarde serían, cuando el sol
entre nubes cubierto, con luz escasa y templados
rayos, dio lugar a don Quijote para que
sin calor y pesadumbre contase a sus dos 10
clarísimos oyentes lo que en la cueva de
Montesinos había visto, y comenzó en el modo
siguiente:
A obra de doce o catorce estados de la
profundidad de esta mazmorra, a la derecha mano, 15
se hace una concavidad y espacio capaz de
poder caber en ella un gran carro con sus
mulas; éntrale una pequeña luz por unos
resquicios o agujeros, que lejos le responden,
abiertos en la superficie de la tierra. Esta 20
concavidad y espacio vi yo a tiempo, cuando
ya iba cansado y mohíno de verme, pendiente
y colgado de la soga, caminar por aquella oscura
región abajo, sin llevar cierto ni determinado
camino, y, así, determiné entrarme en 25
ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos
que no descolgaseis más soga hasta que yo
os lo dijese, pero no debisteis de oírme. Fui
recogiendo la soga que enviabais, y, haciendo
de ella una rosca o rimero, me senté sobre él, 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII 287 p. 287
pensativo además, considerando lo que hacer
debía para calar al fondo, no teniendo quién
me sustentase; y estando en este pensamiento
y confusión, de repente, y sin procurarlo, me
salteó un sueño profundísimo, y cuando 5
menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no,
desperté de él y me hallé en la mitad del más
bello, ameno y deleitoso prado que puede criar
la naturaleza, ni imaginar la más discreta
imaginación humana. Despabilé los ojos, 10
limpiémelos y vi que no dormía, sino que realmente
estaba despierto. Con todo esto me tenté la
cabeza y los pechos, por certificarme si era yo
mismo el que allí estaba, o alguna fantasma
vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento, 15
los discursos concertados, que entre mí
hacía, me certificaron que yo era allí entonces
el que soy aquí ahora.
Ofrecióseme luego a la vista un real y
suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes 20
parecían de transparente y claro cristal
fabricados, del cual abriéndose dos grandes
puertas, vi que por ellas salía y hacia mí se venía
un venerable anciano, vestido con un capuz de
bayeta morada, que por el suelo le arrastraba; 25
ceñíale los hombros y los pechos una beca de
colegial de raso verde, cubríale la cabeza una
gorra milanesa negra, y la barba, canísima,
le pasaba de la cintura. No traía arma ninguna,
sino un rosario de cuentas en la mano, 30
mayores que medianas nueces, y los dieces
asimismo como huevos medianos de avestruz; el
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 288
continente, el paso, la gravedad y la anchísima
presencia, cada cosa de por sí y todas juntas,
me suspendieron y admiraron. Llegóse a mí,
y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente
y luego decirme: «Luengos tiempos ha, 5
»valeroso caballero don Quijote de la Mancha,
»que los que estamos en estas soledades
»encantados esperamos verte, para que des
»noticia al mundo de lo que encierra y cubre
»la profunda cueva por donde has entrado, 10
»llamada la cueva de Montesinos; hazaña sólo
»guardada para ser acometida de tu invencible
»corazón y de tu ánimo estupendo. Ven conmigo,
»señor clarísimo, que te quiero mostrar
»las maravillas que este transparente alcázar 15
»solapa, de quien yo soy alcaide y guarda
»mayor perpetua, porque soy el mismo
»Montesinos, de quien la cueva toma nombre.»
Apenas me dijo que era Montesinos, cuando
le pregunté si fue verdad lo que en el mundo 20
de acá arriba se contaba, que él había sacado
de la mitad del pecho, con una pequeña daga,
el corazón de su grande amigo Durandarte y
llevádole a la señora Belerma, como él se
lo mandó al punto de su muerte. 25
Respondióme que en todo decían verdad,
sino en la daga; porque no fue daga, ni
pequeña, sino un puñal buido, más agudo que
una lezna.
Debía de ser, dijo a este punto Sancho, el 30
tal puñal de Ramón de Hoces el sevillano.
No sé, prosiguió don Quijote, pero no
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 289
sería de ese puñalero, porque Ramón de Hoces
fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció
esta desgracia, ha muchos años, y esta
averiguación no es de importancia, ni turba ni
altera la verdad y contexto de la historia. 5
Así es, respondió el primo; prosiga
vuestra merced, señor don Quijote, que le escucho
con el mayor gusto del mundo.
No con menor lo cuento yo, respondió don
Quijote; y así digo, que el venerable Montesinos 10
me metió en el cristalino palacio, donde
en una sala baja fresquísima sobremodo y
toda de alabastro, estaba un sepulcro de mármol
con gran maestría fabricado, sobre el cual
vi a un caballero tendido de largo a largo, no 15
de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho,
como los suele haber en otros sepulcros, sino de
pura carne y de puros huesos. Tenía la mano
derecha, que, a mi parecer, es algo peluda y
nervosa, señal de tener muchas fuerzas su 20
dueño, puesta sobre el lado del corazón; y antes
que preguntase nada a Montesinos, viéndome
suspenso mirando al del sepulcro, me dijo:
«Este es mi amigo Durandarte, flor y espejo
»de los caballeros enamorados y valientes de su 25
»tiempo; tiénele aquí encantado, como me tiene
»a mí y a otros muchos y muchas, Merlín, aquel
»francés encantador, que dicen que fue hijo del
»diablo; y lo que yo creo es que no fue hijo del
»diablo, sino que supo, como dicen, un punto 30
»más que el diablo. El cómo o para qué nos
»encantó nadie lo sabe, y ello dirá andando los
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 290
»tiempos, que no están muy lejos, según imagino;
»lo que a mí me admira es que sé, tan cierto
»como ahora es de día, que Durandarte acabó
»los de su vida en mis brazos, y que después
»de muerto le saqué el corazón con mis 5
»propias manos, y en verdad que debía de pesar
»dos libras, porque según los naturales, el que
»tiene mayor corazón es dotado de mayor
»valentía del que le tiene pequeño. Pues siendo
»esto así, y que realmente murió este caballero, 10
»¿cómo ahora se queja y suspira de cuando en
»cuando, como si estuviese vivo?»
Esto dicho, el mísero Durandarte, dando
una gran voz, dijo:
«¡Oh mi primo Montesinos!, 15
lo postrero que os rogaba,
que cuando yo fuere muerto
y mi ánima arrancada,
que llevéis mi corazón
adonde Belerma estaba, 20
sacándomele del pecho,
ya con puñal, ya con daga.»
Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se
puso de rodillas ante el lastimado caballero, y
con lágrimas en los ojos le dijo: 25
«Ya señor Durandarte, carísimo primo mío,
»ya hice lo que me mandasteis en el aciago día
»de nuestra pérdida; yo os saqué el corazón lo
»mejor que pude, sin que os dejase una mínima
»parte en el pecho. Yo le limpié con un 30
»pañizuelo de puntas, yo partí con él de carrera
»para Francia, habiéndoos primero puesto en el
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 291
»seno de la tierra, con tantas lágrimas, que
»fueron bastantes a lavarme las manos y limpiarme
»con ellas la sangre que tenían de haberos andado
»en las entrañas; y por más señas, primo de
»mi alma, en el primero lugar que topé saliendo 5
»de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestro
»corazón, porque no oliese mal y fuese, si
»no fresco, a lo menos, amojamado a la presencia
»de la señora Belerma, la cual, con vos
»y conmigo y con Guadiana, vuestro escudero, 10
»y con la dueña Ruidera y sus siete hijas y dos
»sobrinas, y con otros muchos de vuestros
»conocidos y amigos, nos tiene aquí encantados
»el sabio Merlín ha muchos años. Y aunque
»pasan de quinientos, no se ha muerto ninguno 15
»de nosotros; solamente faltan Ruidera y sus
»hijas y sobrinas, las cuales llorando, por
»compasión que debió de tener Merlín de ellas, las
»convirtió en otras tantas lagunas, que ahora en
»el mundo de los vivos y en la provincia de la 20
»Mancha las llaman las lagunas de Ruidera.
»Las siete son de los reyes de España, y las dos
»sobrinas, de los caballeros de una orden
»santísima que llaman de San Juan. Guadiana,
»vuestro escudero, plañendo asimismo vuestra 25
»desgracia, fue convertido en un río llamado
»de su mismo nombre, el cual cuando llegó a la
»superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo,
»fue tanto el pesar que sintió de ver que os
»dejaba, que se sumergió en las entrañas de la 30
»tierra; pero como no es posible dejar de acudir
»a su natural corriente, de cuando en cuando
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 292
»sale y se muestra donde el sol y las gentes le
»vean. Vanle administrando de sus aguas las
»referidas lagunas, con las cuales y con otras
»muchas que se llegan, entra pomposo y grande
»en Portugal. Pero con todo esto, por dondequiera 5
»que va, muestra su tristeza y melancolía
»y no se precia de criar en sus aguas peces
»regalados y de estima, sino burdos y desabridos,
»bien diferentes de los del Tajo dorado;
»y esto que ahora os digo, ¡oh primo mío!, 10
»os lo he dicho muchas veces, y como no me
»respondéis, imagino que no me dais crédito,
»o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena
»cual Dios lo sabe.
»Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, 15
»ya que no sirvan de alivio a vuestro dolor, no
»os le aumentarán en ninguna manera. Sabed
»que tenéis aquí en vuestra presencia, y abrid
»los ojos y veréislo, aquel gran caballero de
»quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio 20
»Merlín, aquel don Quijote de la Mancha, digo,
»que de nuevo y con mayores ventajas que en
»los pasados siglos ha resucitado en los
»presentes la ya olvidada andante caballería, por
»cuyo medio y favor podría ser que nosotros 25
»fuésemos desencantados: que las grandes
»hazañas para los grandes hombres están
»guardadas.»
«Y cuando así no sea», respondió el
lastimado Durandarte con voz desmayada y baja, 30
«cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia
»y barajar.» Y, volviéndose de lado, tornó a
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 293
su acostumbrado silencio, sin hablar más
palabra.
Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos,
acompañados de profundos gemidos y angustiados
sollozos; volví la cabeza y vi por las 5
paredes de cristal que por otra sala pasaba
una procesión de dos hileras de hermosísimas
doncellas, todas vestidas de luto, con
turbantes blancos sobre las cabezas, al modo
turquesco. Al cabo y fin de las hileras venía una 10
señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo
vestida de negro, con tocas blancas tan
tendidas y largas, que besaban la tierra. Su
turbante era mayor dos veces que el mayor de
alguna de las otras; era cejijunta y la nariz 15
algo chata, la boca grande, pero colorados los
labios. Los dientes, que tal vez los descubría,
mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque
eran blancos como unas peladas almendras.
Traía en las manos un lienzo delgado, y entre 20
él, a lo que pude divisar, un corazón de carne
momia, según venía seco y amojamado.
Díjome Montesinos como toda aquella gente de la
procesión eran sirvientes de Durandarte y de
Belerma, que allí con sus dos señores estaban 25
encantados, y que la última que traía el corazón
entre el lienzo y en las manos era la señora
Belerma, la cual, con sus doncellas, cuatro
días en la semana hacían aquella procesión
y cantaban, o, por mejor decir, lloraban 30
endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado
corazón de su primo; y que si me había parecido
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 294
algo fea, o no tan hermosa como tenía la fama,
era la causa las malas noches y peores días
que en aquel encantamiento pasaba, como lo
podía ver en sus grandes ojeras y en su color
quebradiza. 5
«Y no toma ocasión su amarillez y sus
»ojeras de estar con el mal mensil, ordinario en
»las mujeres, porque ha muchos meses, y aun
»años, que no le tiene, ni asoma por sus puertas,
»sino del dolor que siente su corazón por 10
»el que de continuo tiene en las manos, que le
»renueva y trae a la memoria la desgracia de
»su mal logrado amante; que si esto no fuera,
»apenas la igualara en hermosura, donaire
»y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan 15
»celebrada en todos estos contornos y aun en todo
»el mundo.»
«Cepos quedos», dije yo entonces, «señor don
»Montesinos: cuente vuestra merced su historia
»como debe, que ya sabe que toda comparación 20
»es odiosa, y, así, no hay para qué
»comparar a nadie con nadie; la sin par Dulcinea
»del Toboso es quien es, y la señora doña
»Belerma es quien es y quien ha sido, y quédese
»aquí.» 25
A lo que él me respondió:
«Señor don Quijote, perdóneme vuestra
»merced, que yo confieso que anduve mal y
»no dije bien en decir que apenas igualara la
»señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me 30
»bastaba a mí haber entendido por no sé qué
»barruntos que vuestra merced es su caballero,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 295
»para que me mordiera la lengua antes de
»compararla sino con el mismo cielo.»
Con esta satisfacción que me dio el gran
Montesinos, se quietó mi corazón del
sobresalto que recibí en oír que a mi señora la 5
comparaban con Belerma.
Y aun me maravillo yo, dijo Sancho, de
cómo vuestra merced no se subió sobre el
vejote, y le molió a coces todos los huesos y le
peló las barbas, sin dejarle pelo en ellas. 10
No, Sancho amigo, respondió don Quijote;
no me estaba a mí bien hacer eso, porque
estamos todos obligados a tener respeto a los
ancianos, aunque no sean caballeros, y
principalmente a los que lo son y están encantados; 15
yo sé bien que no nos quedamos a deber nada
en otras muchas demandas y respuestas que
entre los dos pasamos.
A esta sazón dijo el primo:
Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra 20
merced en tan poco espacio de tiempo como
ha que está allá bajo, haya visto tantas cosas
y hablado y respondido tanto.
¿Cuánto ha que bajé?, preguntó don
Quijote. 25
Poco más de una hora, respondió Sancho.
Eso no puede ser, replicó don Quijote,
porque allá me anocheció y amaneció, y tornó
a anochecer y amanecer tres veces; de modo
que, a mi cuenta, tres días he estado en 30
aquellas partes remotas y escondidas a la vista
nuestra.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 296
Verdad debe de decir mi señor, dijo
Sancho; que como todas las cosas que le han
sucedido son por encantamiento, quizá lo que a
nosotros nos parece un hora, debe de parecer
allá tres días con sus noches. 5
Así será, respondió don Quijote.
Y ¿ha comido vuestra merced en todo este
tiempo, señor mío?, preguntó el primo.
No me he desayunado de bocado, respondió
don Quijote, ni aun he tenido hambre, ni 10
por pensamiento.
Y ¿los encantados comen?, dijo el primo.
No comen, respondió don Quijote, ni
tienen excrementos mayores, aunque es opinión
que les crecen las uñas, las barbas y los 15
cabellos.
¿Y duermen por ventura los encantados,
señor?, preguntó Sancho.
No, por cierto, respondió don Quijote; a
lo menos, en estos tres días que yo he estado 20
con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo
tampoco.
Aquí encaja bien el refrán, dijo Sancho,
de dime con quién andas, decirte he quién
eres; ándase vuestra merced con encantados, 25
ayunos y vigilantes, mirad si es mucho que ni
coma ni duerma mientras con ellos anduviere.
Pero perdóneme vuestra merced, señor mío,
si le digo que de todo cuanto aquí ha dicho,
lléveme Dios, que iba a decir el diablo, si le 30
creo cosa alguna.
¿Cómo no?, dijo el primo, Pues ¿había de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 297
mentir el señor don Quijote, que, aunque
quisiera, no ha tenido lugar para componer e
imaginar tanto millón de mentiras?
Yo no creo que mi señor miente, respondió
Sancho. 5
Si no ¿qué crees?, le preguntó don Quijote.
Creo, respondió Sancho, que aquel Merlín
o aquellos encantadores que encantaron a
toda la chusma que vuestra merced dice que
ha visto y comunicado allá bajo, le encajaron 10
en el magín o la memoria toda esa máquina
que nos ha contado, y todo aquello que por
contar le queda.
Todo eso pudiera ser, Sancho, replicó
don Quijote; pero no es así, porque lo que he 15
contado lo vi por mis propios ojos y lo toqué
con mis mismas manos; pero ¿qué dirás cuando
te diga yo ahora cómo entre otras infinitas
cosas y maravillas que me mostró Montesinos,
las cuales despacio y a sus tiempos te las iré 20
contando en el discurso de nuestro viaje, por
no ser todas de este lugar, me mostró tres
labradoras que por aquellos amenísimos campos
iban saltando y brincando como cabras, y
apenas las hube visto, cuando conocí ser la 25
una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras
dos aquellas mismas labradoras que venían
con ella, que hablamos a la salida del Toboso?
Pregunté a Montesinos si las conocía;
respondióme que no, pero que él imaginaba que 30
debían de ser algunas señoras principales
encantadas, que pocos días había que en aquellos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 298
prados habían parecido, y que no me maravillase
de esto, porque allí estaban otras muchas
señoras de los pasados y presentes siglos,
encantadas en diferentes y extrañas figuras, entre
las cuales conocía él a la reina Ginebra y su 5
dueña Quintañona, escanciando el vino a
Lanzarote cuando de Bretaña vino.
Cuando Sancho Panza oyó decir esto a su
amo, pensó perder el juicio o morirse de risa;
que como él sabía la verdad del fingido 10
encanto de Dulcinea, de quien él había sido el
encantador y el levantador de tal testimonio,
acabó de conocer indubitablemente que su
señor estaba fuera de juicio y loco de todo
punto, y, así, le dijo: 15
En mala coyuntura y en peor sazón y en
aciago día bajó vuestra merced, caro patrón
mío, al otro mundo, y en mal punto se encontró
con el señor Montesinos, que tal nos le ha
vuelto. Bien se estaba vuestra merced acá arriba 20
con su entero juicio, tal cual Dios se le había
dado, hablando sentencias y dando consejos a
cada paso, y no ahora, contando los mayores
disparates que pueden imaginarse.
Como te conozco, Sancho, respondió don 25
Quijote, no hago caso de tus palabras.
Ni yo tampoco de las de vuestra merced,
replicó Sancho, siquiera me hiera, siquiera
me mate por las que le he dicho o por las que
le pienso decir si en las suyas no se corrige y 30
enmienda. Pero dígame vuestra merced, ahora
que estamos en paz: ¿cómo o en qué conoció
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 299
a la señora nuestra ama? Y si la habló, ¿qué
dijo y qué le respondió?
Conocíla, respondió don Quijote, en que
trae los mismos vestidos que traía cuando tú
me la mostraste; habléla, pero no me respondió 5
palabra, antes me volvió las espaldas, y se
fue huyendo con tanta prisa, que no la alcanzara
una jara. Quise seguirla, y lo hiciera si no
me aconsejara Montesinos que no me cansase
en ello, porque sería en balde, y más, porque 10
se llegaba la hora donde me convenía volver
a salir de la sima. Díjome asimismo que
andando el tiempo se me daría aviso cómo
habían de ser desencantados él y Belerma y
Durandarte, con todos los que allí estaban; 15
pero lo que más pena me dio de las que allí
vi y noté, fue que estándome diciendo Montesinos
estas razones, se llegó a mí por un lado,
sin que yo la viese venir, una de las dos
compañeras de la sin ventura Dulcinea, y llenos 20
los ojos de lágrimas, con turbada y baja voz
me dijo: «Mi señora Dulcinea del Toboso besa
»a vuestra merced las manos, y suplica a
»vuestra merced se la haga de hacerla saber cómo
»está; y que, por estar en una gran necesidad 25
»asimismo suplica a vuestra merced, cuan
»encarecidamente puede, sea servido de prestarle
»sobre este faldellín que aquí traigo, de
»cotonía, nuevo, media docena de reales, o los
»que vuestra merced tuviere; que ella da su 30
»palabra de volvérselos con mucha brevedad.»
Suspendióme y admiróme el tal recado, y,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 300
volviéndome al señor Montesinos, le pregunté:
»¿Es posible, señor Montesinos, que los
»encantados principales padecen necesidad?» A lo
que él me respondió: «Créame vuestra merced,
»señor don Quijote de la Mancha, que esta 5
»que llaman necesidad adondequiera se usa,
»y por todo se extiende y a todos alcanza, y aun
»hasta los encantados no perdona. Y pues
»la señora Dulcinea del Toboso envía a pedir
»esos seis reales y la prenda es buena, según 10
»parece, no hay sino dárselos; que sin duda
»debe de estar puesta en algún grande aprieto.»
«Prenda, no la tomaré yo», le respondí,
«ni menos le daré lo que pide, porque no tengo
»sino solos cuatro reales.» Los cuales le di, 15
que fueron los que tú, Sancho, me diste el otro
día para dar limosna a los pobres que topase
por los caminos, y le dije: «Decid, amiga mía,
»a vuestra señora, que a mí me pesa en el alma
»de sus trabajos, y que quisiera ser un Fúcar 20
»para remediarlos; y que le hago saber que yo
»no puedo ni debo tener salud, careciendo de
»su agradable vista y discreta conversación, y
»que le suplico cuan encarecidamente puedo,
»sea servida su merced de dejarse ver y tratar 25
»de este su cautivo servidor y asendereado
»caballero. Diréisle también que cuando menos
»se lo piense oirá decir como yo he hecho un
»juramento y voto, a modo de aquel que hizo
»el marqués de Mantua, de vengar a su sobrino 30
»Valdovinos cuando le halló para expirar en
»mitad de la montaña, que fue de no comer
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 301
»pan a manteles, con las otras zarandajas que
»allí añadió, hasta vengarle; y así le haré yo
»de no sosegar y de andar las siete partidas
»del mundo, con más puntualidad que las
»anduvo el infante don Pedro de Portugal, 5
»hasta desencantarla.» «Todo eso y más debe
»vuestra merced a mi señora», me respondió
la doncella; y tomando los cuatro reales, en
lugar de hacerme una reverencia, hizo una
cabriola, que se levantó dos varas de medir 10
en el aire.
¡Oh santo Dios!, dijo a este tiempo dando
una gran voz Sancho, ¿es posible que tal
hay en el mundo y que tengan en él tanta
fuerza los encantadores y encantamientos, que 15
hayan trocado el buen juicio de mi señor en
una tan disparatada locura? ¡Oh señor, señor!;
por quien Dios es, que vuestra merced mire
por sí y vuelva por su honra, y no dé crédito
a esas vaciedades que le tienen menguado y 20
descabalado el sentido.
Como me quieres bien, Sancho, hablas
de esa manera, dijo don Quijote, y como no
estás experimentado en las cosas del mundo,
todas las cosas que tienen algo de dificultad 25
te parecen imposibles; pero andará el tiempo,
como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas
de las que allá abajo he visto, que te harán
creer las que aquí he contado, cuya verdad
ni admite réplica ni disputa. 30
p. 302
Capítulo XXIV
Donde se cuentan mil zarandajas tan
impertinentes como necesarias al verdadero
entendimiento de esta grande historia.
Dice el que tradujo esta grande historia del 5
original, de la que escribió su primer autor
Cide Hamete Benengeli, que llegando al capítulo
de la aventura de la cueva de Montesinos,
en el margen de él estaban escritas de mano del
mismo Hamete estas mismas razones: 10
No me puedo dar a entender, ni me puedo
persuadir, que al valeroso don Quijote le
pasase puntualmente todo lo que en el
antecedente capítulo queda escrito. La razón es
que todas las aventuras hasta aquí sucedidas 15
han sido contingibles y verosímiles, pero esta
de esta cueva no le hallo entrada alguna para
tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los
términos razonables. Pues pensar yo que don
Quijote mintiese, siendo el más verdadero 20
hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos,
no es posible, que no dijera él una mentira
si le asaetearan. Por otra parte, considero
que él la contó y la dijo con todas las
circunstancias dichas, y que no pudo fabricar en tan 25
breve espacio tan gran máquina de disparates,
y si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo
la culpa, y así, sin afirmarla por falsa o verdadera
la escribo. Tú, lector, pues eres prudente,
juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIV p. 303
puedo más, puesto que se tiene por cierto que
al tiempo de su fin y muerte dicen que se retractó
de ella y dijo que él la había inventado, por
parecerle que convenía y cuadraba bien con
las aventuras que había leído en sus 5
historias.
Y luego prosigue diciendo:
Espantóse el primo, así del atrevimiento de
Sancho Panza como de la paciencia de su amo,
y juzgó que del contento que tenía de haber 10
visto a su señora Dulcinea del Toboso, aunque
encantada, le nacía aquella condición blanda
que entonces mostraba, porque si así no
fuera, palabras y razones le dijo Sancho, que
merecían molerle a palos; porque realmente le 15
pareció que había andado atrevidillo con su
señor, a quien le dijo:
Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy
por bien empleadísima la jornada que con
vuestra merced he hecho, porque en ella he 20
granjeado cuatro cosas. La primera, haber
conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran
felicidad. La segunda, haber sabido lo que se
encierra en esta cueva de Montesinos, con las
mutaciones de Guadiana y de las lagunas de 25
Ruidera, que me servirán para el Ovidio español
que traigo entre manos. La tercera, entender
la antigüedad de los naipes, que, por lo
menos, ya se usaban en tiempo del emperador
Carlomagno, según puede colegirse de las 30
palabras que vuestra merced dice que dijo
Durandarte, cuando al cabo de aquel grande
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 304
espacio que estuvo hablando con él Montesinos,
él despertó, diciendo: «Paciencia y barajar»,
y esta razón y modo de hablar no la pudo
aprender encantado, sino cuando no lo estaba,
en Francia y en tiempo del referido emperador 5
Carlomagno, y esta averiguación me viene
pintiparada para el otro libro que voy componiendo,
que es Suplemento de Virgilio Polidoro,
en la invención de las antigüedades, y creo
que en el suyo no se acordó de poner la de los 10
naipes, como la pondré yo ahora; que será de
mucha importancia, y más, alegando autor tan
grave y tan verdadero como es el señor
Durandarte. La cuarta es haber sabido con
certidumbre el nacimiento del río Guadiana, hasta 15
ahora ignorado de las gentes.
Vuestra merced tiene razón, dijo don
Quijote; pero querría yo saber, ya que Dios
le haga merced de que se le dé licencia para
imprimir esos sus libros, que lo dudo, ¿a quién 20
piensa dirigirlos?
Señores y grandes hay en España a quien
puedan dirigirse, dijo el primo.
No muchos, respondió don Quijote, y no
porque no lo merezcan, sino que no quieren 25
admitirlos por no obligarse a la satisfacción que
parece se debe al trabajo y cortesía de sus
autores. Un príncipe conozco yo que puede
suplir la falta de los demás con tantas
ventajas, que si me atreviere a decirlas, quizá 30
despertará la envidia en más de cuatro generosos
pechos; pero quédese esto aquí para otro
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIV p. 305
tiempo más cómodo, y vamos a buscar adonde
recogernos esta noche.
No lejos de aquí, respondió el primo,
está una ermita donde hace su habitación
un ermitaño, que dicen ha sido soldado, y 5
está en opinión de ser un buen cristiano,
y muy discreto y caritativo además. Junto con
la ermita tiene una pequeña casa que él ha
labrado a su costa, pero, con todo, aunque
chica, es capaz de recibir huéspedes. 10
¿Tiene, por ventura, gallinas el tal
ermitaño?, preguntó Sancho.
Pocos ermitaños están sin ellas, respondió
don Quijote, porque no son los que ahora
se usan como aquellos de los desiertos de 15
Egipto, que se vestían de hojas de palma y
comían raíces de la tierra. Y no se entienda
que por decir bien de aquéllos, no lo digo de
aquéstos, sino que quiero decir que al rigor y
estrechez de entonces no llegan las penitencias 20
de los de ahora; pero no por esto dejan
de ser todos buenos, a lo menos, yo por buenos
los juzgo, y cuando todo corra turbio, menos
mal hace el hipócrita que se finge bueno que
el público pecador. 25
Estando en esto, vieron que hacia donde
ellos estaban venía un hombre a pie,
caminando aprisa y dando varazos a un macho
que venía cargado de lanzas y de alabardas;
cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de 30
largo; don Quijote le dijo:
Buen hombre; deteneos, que parece que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 306
vais con más diligencia que ese macho ha
menester.
No me puedo detener, señor, respondió el
hombre, porque las armas que veis que aquí
llevo han de servir mañana, y, así, me es forzoso 5
el no detenerme, y a Dios; pero si quisiereis
saber para qué las llevo, en la venta que
está más arriba de la ermita pienso alojar
esta noche, y si es que hacéis este mismo
camino, allí me hallaréis, donde os contaré 10
maravillas, y a Dios otra vez.
Y de tal manera aguijó el macho, que no
tuvo lugar don Quijote de preguntarle qué
maravillas eran las que pensaba decirles, y
como él era algo curioso y siempre le 15
fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenó
que al momento se partiesen y fuesen a
pasar la noche en la venta, sin tocar en la
ermita, donde quisiera el primo que se
quedaran. 20
Hízose así, subieron a caballo y siguieron
todos tres el derecho camino de la venta --a la
cual llegaron un poco antes de anochecer--.
Dijo el primo a don Quijote que llegasen a
ella a beber un trago. Apenas oyó esto 25
Sancho Panza, cuando encaminó el rucio a la
ermita, y lo mismo hicieron don Quijote y el
primo; pero la mala suerte de Sancho parece que
ordenó que el ermitaño no estuviese en casa,
que así se lo dijo una sotaermitaño que en 30
la ermita hallaron. Pidiéronle de lo caro,
respondió que su señor no lo tenía, pero que si
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIV p. 307
querían agua barata, que se la daría de muy
buena gana.
Si yo la tuviera de agua, respondió Sancho,
pozos hay en el camino, donde la hubiera
satisfecho. ¡Ah, bodas de Camacho y abundancia 5
de la casa de don Diego, y cuántas veces os
tengo de echar menos!
Con esto dejaron la ermita y picaron hacia
la venta, y a poco trecho toparon un mancebito
que delante de ellos iba caminando no con 10
mucha prisa, y así le alcanzaron; llevaba la
espada sobre el hombro y en ella puesto un bulto
o envoltorio, al parecer, de sus vestidos, que,
al parecer, debían de ser los calzones o gregüescos,
y herreruelo, y alguna camisa, porque traía 15
puesta una ropilla de terciopelo, con algunas
vislumbres de raso, y la camisa, de fuera. Las
medias eran de seda y los zapatos cuadrados,
a uso de corte; la edad llegaría a diez y ocho
o diez y nueve años, alegre de rostro y, al 20
parecer, ágil de su persona. Iba cantando
seguidillas para entretener el trabajo del camino;
cuando llegaron a él, acababa de cantar una,
que el primo tomó de memoria, que dicen que
decía: 25
A la guerra me lleva mi necesidad.
Si tuviera dineros, no fuera, en verdad.
El primero que le habló fue don Quijote,
diciéndole:
Muy a la ligera camina vuestra merced, 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 308
señor galán, y ¿adónde bueno?; sepamos, si es
que gusta decirlo.
A lo que el mozo respondió:
El caminar tan a la ligera lo causa el calor
y la pobreza, y el adónde voy es a la guerra. 5
¿Cómo la pobreza?, preguntó don Quijote;
que por el calor bien puede ser.
Señor, replicó el mancebo, yo llevo en
este envoltorio unos gregüescos de terciopelo,
compañeros de esta ropilla. Si los gasto en 10
el camino, no me podré honrar con ellos en la
ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y,
así, por esto, como por orearme, voy de esta
manera hasta alcanzar unas compañías de
infantería, que no están doce leguas de aquí, donde 15
asentaré mi plaza, y no faltarán bagajes en
que caminar de allí adelante, hasta el
embarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y
más quiero tener por amo y por señor al rey y
servirle en la guerra, que no a un pelón en la 20
corte.
Y ¿lleva vuestra merced alguna ventaja por
ventura?, preguntó el primo.
Si yo hubiera servido a algún grande de
España o algún principal personaje, respondió 25
el mozo, a buen seguro que yo la llevara,
que eso tiene el servir a los buenos; que del
tinelo suelen salir a ser alférez o capitanes, o
con algún buen entretenimiento. Pero yo,
desventurado, serví siempre a catarriberas y a 30
gente advenediza, de ración y quitación tan mísera
y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIV p. 309
se consumía la mitad de ella, y sería tenido a
milagro que un paje aventurero alcanzase
alguna siquiera razonable ventura.
Y dígame por su vida, amigo, preguntó
don Quijote, ¿es posible que en los años que 5
sirvió no ha podido alcanzar alguna librea?
Dos me han dado, respondió el paje,
pero así como el que se sale de alguna religión
antes de profesar le quitan el hábito y le
vuelven sus vestidos, así me volvían a mí los 10
míos mis amos, que, acabados los negocios a
que venían a la corte, se volvían a sus casas y
recogían las libreas que por sola ostentación
habían dado.
Notable espilorchería, como dice el 15
italiano, dijo don Quijote; pero con todo eso,
tenga a feliz ventura el haber salido de la corte
con tan buena intención como lleva, porque no
hay otra cosa en la tierra más honrada ni de
más provecho que servir a Dios, primeramente, 20
y luego a su rey y señor natural, especialmente
en el ejercicio de las armas, por las cuales se
alcanzan, si no más riquezas, a lo menos, más
honra que por las letras, como yo tengo dicho
muchas veces; que puesto que han fundado 25
más mayorazgos las letras que las armas, todavía
llevan un no sé qué los de las armas a los
de las letras, con un sí sé qué de esplendor, que
se halla en ellos, que los aventaja a todos. Y
esto que ahora le quiero decir, llévelo en la 30
memoria, que le será de mucho provecho y alivio
en su trabajos, y es que aparte la imaginación
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 310
de los sucesos adversos que le podrán venir;
que el peor de todos es la muerte, y como ésta
sea buena, el mejor de todos es el morir.
Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso
emperador romano, cuál era la mejor muerte. 5
Respondió que la impensada, la de repente y no
prevista, y aunque respondió como gentil y
ajeno del conocimiento del verdadero Dios,
con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del
sentimiento humano; que puesto caso que os maten 10
en la primera facción y refriega, o ya de un tiro
de artillería, o volado de una mina, ¿qué
importa?, todo es morir y acabóse la obra. Y según
Terencio, más bien parece el soldado muerto
en la batalla que vivo y salvo en la huida, y 15
tanto alcanza de fama el buen soldado, cuanto
tiene de obediencia a sus capitanes y a los que
mandarle pueden. Y advertid, hijo, que al soldado
mejor le está el oler a pólvora que algalia,
y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio, 20
aunque sea lleno de heridas y estropeado o
cojo, a lo menos, no os podrá coger sin honra,
y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza;
cuanto más que ya se va dando orden como
se entretengan y remedien los soldados viejos 25
y estropeados, porque no es bien que se haga
con ellos lo que suelen hacer los que ahorran
y dan libertad a sus negros cuando ya son
viejos y no pueden servir, y, echándolos de casa
con título de libres, los hacen esclavos de la 30
hambre, de quien no piensan ahorrarse sino
con la muerte. Y por ahora no os quiero decir
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIV p. 311
más, sino que subáis a las ancas de este mi
caballo hasta la venta, y allí cenaréis conmigo,
y por la mañana seguiréis el camino, que os le
dé Dios tan bueno como vuestros deseos
merecen. 5
El paje no aceptó el convite de las ancas,
aunque sí el de cenar con él en la venta, y a
esta sazón dicen que dijo Sancho entre sí:
¡Válgate Dios por señor! Y ¿es posible que
hombre que sabe decir tales, tantas y tan 10
buenas cosas como aquí ha dicho, diga que ha
visto los disparates imposibles que cuenta de
la cueva de Montesinos? Ahora bien, ello dirá.
Y en esto llegaron a la venta a tiempo que
anochecía, y no sin gusto de Sancho, por ver 15
que su señor la juzgó por verdadera venta y no
por castillo, como solía. No hubieron bien
entrado, cuando don Quijote preguntó al ventero
por el hombre de las lanzas y alabardas, el
cual le respondió que en la caballeriza estaba 20
acomodando el macho; lo mismo hicieron de
sus jumentos el sobrino y Sancho, dando a
Rocinante el mejor pesebre y el mejor lugar de
la caballeriza.
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Capítulo XXV
Donde se apunta la aventura del rebuzno y la
graciosa del titerero, con las memorables
adivinanzas del mono adivino.
No se le cocía el pan a don Quijote, como 5
suele decirse, hasta oír y saber las maravillas
prometidas del hombre conductor de las armas;
fuele a buscar donde el ventero le había dicho
que estaba, y hallóle, y díjole que en todo
caso le dijese luego lo que le había de decir 10
después, acerca de lo que le había preguntado en
el camino. El hombre le respondió:
Más despacio, y no en pie, se ha de tomar
el cuento de mis maravillas: déjeme vuestra
merced, señor bueno, acabar de dar recado a 15
mi bestia, que yo le diré cosas que le admiren.
No quede por eso, respondió don Quijote;
que yo os ayudaré a todo.
Y así lo hizo, ahechándole la cebada y
limpiando el pesebre, humildad que obligó al 20
hombre a contarle con buena voluntad lo que
le pedía, y, sentándose en un poyo y don
Quijote junto a él, teniendo por senado y
auditorio al primo, al paje, a Sancho Panza y al
ventero, comenzó a decir de esta manera: 25
Sabrán vuestras mercedes que en un lugar
que está cuatro leguas y media de esta venta,
sucedió que a un regidor de él, por industria y
engaño de una muchacha criada suya, y esto
es largo de contar, le faltó un asno, y aunque 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXV p. 313
el tal regidor hizo las diligencias posibles por
hallarle, no fue posible. Quince días serían
pasados, según es pública voz y fama, que el
asno faltaba, cuando, estando en la plaza el
regidor perdidoso, otro regidor del mismo pueblo 5
le dijo: «Dadme albricias, compadre, que
»vuestro jumento ha parecido.» «Yo os las mando
»y buenas, compadre», respondió el otro; «pero
»sepamos dónde ha parecido.» «En el monte»,
respondió el hallador, «le vi esta mañana, 10
»sin albarda y sin aparejo alguno, y tan flaco
»que era una compasión mirarle. Quísele
»antecoger delante de mí y traérosle, pero está
»ya tan montaraz y tan huraño, que cuando
»llegué a él, se fue huyendo y se entró en 15
»lo más escondido del monte; si queréis que
»volvamos los dos a buscarle, dejadme poner
»esta borrica en mi casa, que luego vuelvo.»
«Mucho placer me haréis», dijo el del
jumento, «y yo procuraré pagároslo en la 20
»misma moneda.»
Con estas circunstancias todas y de la
misma manera que yo lo voy contando lo cuentan
todos aquellos que están enterados en la
verdad de este caso. En resolución, los dos