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               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______

         DON QUIJOTE DE LA MANCHA

                   TOMO IV


             Versión modernizada


            Texto electrónico por
                Fred F. Jehle


      Copyright © 1941 Rodolfo Schevill
       Copyright © 1997 Fred F. Jehle &
          Purdue Research Foundation


OBRAS COMPLETAS DE MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA _______ DON QUIJOTE DE LA MANCHA TOMO IV EDICIÓN PUBLICADA POR RODOLFO SCHEVILL Y ADOLFO BONILLA Profesor en la Profesor en la Universidad de Universidad de California (Berkeley). Madrid. MADRID GRÁFICAS REUNIDAS, S. A. M. CM. XLI.
p. 4
p. 5 ADVERTENCIA Al terminar este cuarto y último tomo de la obra imperecedera de Cervantes, quiero dar mis más sinceras gracias a mis colegas y amigos Edwin S. Morby y Dorotea Clarke, quienes, en medio de sus propias faenas, se han dado la molestia de leer las pruebas del texto y de las notas. Y si se puede decir con alguna justicia amici probantur rebus adversis, también se puede decir que no hay mejor prueba de los amigos que la ayuda ofrecida para descubrir y subsanar las equivocaciones de otros, sobre todo las erratas de imprenta que tienen la destreza mágica de ocultarse en las pruebas sólo para quedar patentes a la vista de todos desde el momento en que se publica la obra.
p. 6
p. 7 Capítulo XXXVIII Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la dueña Dolorida. Detrás de los tristes músicos comenzaron a entrar por el jardín adelante hasta cantidad de 5 doce dueñas, repartidas en dos hileras, todas vestidas de unos monjiles anchos, al parecer, de anascote batanado, con unas tocas blancas de delgado canequí, tan luengas, que sólo el ribete del monjil descubrían. Tras ellas venía 10 la condesa Trifaldi, a quien traía de la mano el escudero Trifaldín de la Blanca Barba, vestida de finísima y negra bayeta por frisar, que, a venir frisada, descubriera cada grano del grandor de un garbanzo de los buenos de 15 Martos. La cola o falda, o como llamarla quisieren, era de tres puntas, las cuales se sustentaban en las manos de tres pajes asimismo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matemática figura con aquellos tres ángulos agudos, 20 que las tres puntas formaban, por lo cual cayeron todos los que la falda puntiaguda miraron, que por ella se debía llamar la condesa Trifaldi, como si dijésemos la condesa de las Tres Faldas. Y, así, dice Benengeli que fue 25 verdad, y que de su propio apellido se llamó la condesa Lobuna, a causa que se criaban en su condado muchos lobos, y que, si como eran lobos fueran zorras, la llamaran la condesa Zorruna, por ser costumbre en aquellas 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 8 partes tomar los señores la denominación de sus nombres de la cosa, o cosas, en que más sus estados abundan; empero esta condesa, por favorecer la novedad de su falda, dejó el Lobuna, y tomó el Trifaldi. 5 Venían las doce dueñas y la señora a paso de procesión, cubiertos los rostros con unos velos negros, y no transparentes como el de Trifaldín, sino tan apretados que ninguna cosa se traslucían. 10 Así como acabó de parecer el dueñesco escuadrón, el duque, la duquesa y don Quijote se pusieron en pie, y todos aquellos que la espaciosa procesión miraban. Pararon las doce dueñas e hicieron calle, por medio de la 15 cual la Dolorida se adelantó, sin dejarla de la mano Trifaldín; viendo lo cual el duque, la duquesa y don Quijote, se adelantaron obra de doce pasos a recibirla. Ella puesta[s] las rodillas en el suelo, con voz antes basta y ronca 20 que sutil y delicada, dijo: “Vuestras grandezas sean servidas de no hacer tanta cortesía a este su criado, digo a esta su criada, porque según soy de dolorida, no acertaré a responder a lo que debo, a causa 25 que mi extraña y jamás vista desdicha me ha llevado el entendimiento, no sé adónde, y debe de ser muy lejos, pues cuanto más le busco, menos le hallo.” “Sin él estaría”, respondió el duque, “señora 30 condesa, el que no descubriese por vuestra persona vuestro valor, el cual, sin más ver, es
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 9 merecedor de toda la nata de la cortesía, y de toda la flor de las bien criadas ceremonias.” Y, levantándola de la mano, la llevó a sentar en una silla junto a la duquesa, la cual la 5 recibió asimismo con mucho comedimiento. Don Quijote callaba, y Sancho andaba muerto por ver el rostro de la Trifaldi y de alguna de sus muchas dueñas; pero no fue posible, hasta que ellas de su grado y 10 voluntad se descubrieron. Sosegados todos y puestos en silencio, estaban esperando quién le había de romper, y fue la dueña Dolorida con estas palabras: “Confiada estoy, señor poderosísimo, 15 hermosísima señora y discretísimos circunstantes, que ha de hallar mi cuitísima en vuestros valerosísimos pechos acogimiento, no menos plácido que generoso y doloroso; porque ella es tal, que es bastante a enternecer los 20 mármoles, y a ablandar los diamantes, y a molificar los aceros de los más endurecidos corazones del mundo. Pero antes que salga a la plaza de vuestros oídos, por no decir orejas, quisiera que me hicieran sabedora si está en 25 este gremio, corro y compañía, el acendradísimo caballero don Quijote de la Manchísima, y su escuderísimo Panza.” “El Panza”, antes que otro respondiese, dijo Sancho, “aquí está, y el don Quijotísimo 30 asimismo. Y, así, podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo que quisieridísimis; que todos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 10 estamos prontos y aparejadísimos a ser vuestros servidorísimos.” En esto, se levantó don Quijote, y, encaminando sus razones a la Dolorida dueña, dijo: “Si vuestras cuitas, angustiada señora, se 5 pueden prometer alguna esperanza de remedio por algún valor o fuerzas de algún andante caballero, aquí están las mías, que, aunque flacas y breves, todas se emplearán en vuestro servicio. Yo soy don Quijote de la 10 Mancha, cuyo asunto es acudir a toda suerte de menesterosos, y siendo esto así, como lo es, no habéis menester, señora, captar benevolencias, ni buscar preámbulos, sino a la llana y sin rodeos decir vuestros males; que oídos 15 os escuchan, que sabrán, si no remediarlos, dolerse de ellos.” Oyendo lo cual la Dolorida dueña, hizo señal de querer arrojarse a los pies de don Quijote, y aun se arrojó, y pugnando por 20 abrazárselos, decía: “Ante estos pies y piernas me arrojo, oh caballero invicto, por ser los que son basas y columnas de la andante caballería; estos pies quiero besar, de cuyos pasos pende y cuelga 25 todo el remedio de mi desgracia, ¡oh valeroso andante, cuyas verdaderas fazañas dejan atrás y oscurecen las fabulosas de los Amadises, Esplandianes y Belianises!” Y, dejando a don Quijote, se volvió a Sancho 30 Panza y, asiéndole de las manos, le dijo: “¡Oh tú el más leal escudero que jamás sirvió
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 11 a caballero andante en los presentes, ni en los pasados siglos, más luengo en bondad que la barba de Trifaldín, mi acompañador que está presente!, bien puedes preciarte que en servir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la 5 caterva de caballeros que han tratado las armas en el mundo. Conjúrote, por lo que debes a tu bondad fidelísima, me seas buen intercesor con tu dueño, para que luego favorezca a esta humildísima y desdichadísima 10 condesa.” A lo que respondió Sancho: “De que sea mi bondad, señoría mía, tan larga y grande como la barba de vuestro escudero, a mí me hace muy poco al caso. 15 Barbada y con bigotes tenga yo mi alma cuando de esta vida vaya, que es lo que importa; que de las barbas de acá poco o nada me curo. Pero, sin esas socaliñas ni plegarias, yo rogaré a mi amo, que sé que me quiere bien, 20 y más ahora que me ha menester para cierto negocio, que favorezca y ayude a vuestra merced en todo lo que pudiere. Vuestra merced desembaúle su cuita, y cuéntenosla, y deje hacer; que todos nos entenderemos.” 25 Reventaban de risa con estas cosas los duques, como aquellos que habían tomado el pulso a la tal aventura, y alababan entre sí la agudeza y disimulación de la Trifaldi, la cual, volviéndose a sentar, dijo: 30 “Del famoso reino de Candaya, que cae entre la gran Trapobana y el mar del Sur, dos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 12 leguas más allá del cabo Comorín, fue señora la reina doña Maguncia, viuda del rey Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimonio tuvieron y procrearon a la infanta Antonomasia, heredera del reino, la cual dicha infanta 5 Antonomasia se crio y creció debajo de mi tutela y doctrina, por ser yo la más antigua y la más principal dueña de su madre. Sucedió, pues, que yendo días y viniendo días, la niña Antonomasia llegó a edad de catorce años, 10 con tan gran perfección de hermosura, que no la pudo subir más de punto la naturaleza. Pues ¡digamos ahora que la discreción era mocosa! Así era discreta como bella, y era la más bella del mundo, y lo es, si ya los hados 15 envidiosos y las parcas endurecidas no la han cortado la estambre de la vida; pero no habrán, que no han de permitir los cielos que se haga tanto mal a la tierra, como sería llevarse en agraz el racimo del más hermoso veduño del 20 suelo. ”De esta hermosura, y no como se debe encarecida de mi torpe lengua, se enamoró un número infinito de príncipes, así naturales como extranjeros, entre los cuales osó levantar 25 los pensamientos al cielo de tanta belleza un caballero particular, que en la corte estaba, confiado en su mocedad y en su bizarría y en sus muchas habilidades y gracias, y facilidad y felicidad de ingenio. Porque hago saber a 30 vuestras grandezas, si no lo tienen por enojo, que tocaba una guitarra que la hacía hablar, y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 13 más que era poeta y gran bailarín, y sabía hacer una jaula de pájaros, que solamente a hacerlas pudiera ganar la vida, cuando se viera en extrema necesidad; que todas estas partes y gracias son bastantes a derribar una 5 montaña, no que una delicada doncella. Pero toda su gentileza y buen donaire, y todas sus gracias y habilidades fueran poca o ninguna parte para rendir la fortaleza de mi niña, si el ladrón desuellacaras no usara del remedio de 10 rendirme a mí primero. Primero quiso el malandrín y desalmado vagamundo granjearme la voluntad, y cohecharme el gusto, para que yo, mal alcaide, le entregase las llaves de la fortaleza que guardaba. 15 ”En resolución, él me aduló el entendimiento, y me rindió la voluntad con no sé qué dijes y brincos que me dio; pero lo que más me hizo postrar y dar conmigo por el suelo fueron unas coplas que le oí cantar una noche, 20 desde una reja que caía a una callejuela donde él estaba, que si mal no me acuerdo decían: De la dulce mi enemiga nace un mal que al alma hiere, y por más tormento, quiere 25 que se sienta y no se diga. ”Parecióme la trova de perlas, y su voz, de almíbar, y después acá, digo, desde entonces, viendo el mal en que caí por estos y otros semejantes versos, he considerado que de las 30 buenas y concertadas repúblicas se habían de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 14 desterrar los poetas, como aconsejaba Platón, a lo menos los lascivos, porque escriben unas coplas, no como las del marqués de Mantua, que entretienen y hacen llorar los niños y a las mujeres, sino unas agudezas 5 que a modo de blandas espinas os atraviesan el alma, y como rayos os hieren en ella, dejando sano el vestido, y otra vez cantó: Ven, muerte, tan escondida, que no te sienta venir; 10 porque el placer del morir no me torne a dar la vida. ”Y de este jaez otras coplitas y estrambotes que, cantados encantan, y escritos suspenden; pues ¿qué cuando se humillan a componer un 15 género de verso que en Candaya se usaba entonces, a quien ellos llamaban seguidillas? Allí era el brincar de las almas, el retozar de la risa, el desasosiego de los cuerpos, y, finalmente, el azogue de todos los sentidos. Y 20 así, digo, señores míos, que los tales trovadores con justo título los debían desterrar a las islas de los Lagartos. Pero no tienen ellos la culpa, sino los simples que los alaban, y las bobas que los creen. Y si yo fuera la buena 25 dueña que debía, no me habían de mover sus trasnochados conceptos, ni había de creer ser verdad aquel decir: «Vivo muriendo, ardo en »el hielo, tiemblo en el fuego, espero sin »esperanza, pártome y quédome», con otros 30 imposibles de esta ralea, de que están sus
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 15 escritos llenos. Pues ¿qué cuando prometen el fénix de Arabia, la corona de Aridiana, los caballos del Sol, del Sur las perlas, de Tíbar el oro, y de Pancaya el bálsamo? Aquí es donde ellos alargan más la pluma, como les 5 cuesta poco prometer lo que jamás piensan, ni pueden cumplir. Pero ¿dónde me divierto? ¡Ay de mí desdichada! ¿Qué locura, o qué desatino me lleva a contar las ajenas faltas, teniendo tanto que decir de las mías? ¡Ay de mí, 10 otra vez, sin ventura!, que no me rindieron los versos, sino mi simplicidad. No me ablandaron las músicas, sino mi liviandad; mi mucha ignorancia y mi poco advertimiento abrieron el camino y desembarazaron la senda a los pasos 15 de don Clavijo, que éste es el nombre del referido caballero. Y así, siendo yo la medianera, él se halló una y muy muchas veces en la estancia de la por mí y no por él engañada Antonomasia, debajo del título de verdadero 20 esposo; que aunque pecadora, no consintiera que, sin ser su marido, la llegara a la vira de la suela de sus zapatillas. ¡No, no, eso no; el matrimonio ha de ir adelante en cualquier negocio de estos, que por mí se tratare! 25 Solamente hubo un daño en este negocio, que fue el de la desigualdad, por ser don Clavijo un caballero particular, y la infanta Antonomasia heredera, como ya he dicho, del reino. ”Algunos días estuvo encubierta y solapada 30 en la sagacidad de mi recato esta maraña, hasta que me pareció que la iba descubriendo a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 16 más andar no sé qué hinchazón del vientre de Antonomasia, cuyo temor nos hizo entrar en bureo a los tres, y salió de él, que antes que se saliese a luz el mal recado, don Clavijo pidiese ante el vicario por su mujer a 5 Antonomasia, en fe de una cédula, que de ser su esposa la infanta le había hecho, notada por mi ingenio con tanta fuerza, que las de Sansón no pudieran romperla. Hiciéronse las diligencias, vio el vicario la cédula, tomó el tal vicario la 10 confesión a la señora, confesó de plano, mandóla depositar en casa de un alguacil de corte muy honrado.” A esta sazón dijo Sancho: “También en Candaya hay alguaciles de corte, 15 poetas y seguidillas: por lo que puedo jurar que imagino que todo el mundo es uno; pero dése vuestra merced prisa, señora Trifaldi, que es tarde, y ya me muero por saber el fin de esta tan larga historia.” 20 “Sí haré”, respondió la condesa.
p. 17 Capítulo XXXIX Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable historia. De cualquiera palabra que Sancho decía la duquesa gustaba tanto, como se desesperaba 5 don Quijote, y, mandándole que callase, la Dolorida prosiguió, diciendo: “En fin, al cabo de muchas demandas y respuestas, como la infanta se estaba siempre en sus trece, sin salir ni variar de la primera 10 declaración, el vicario sentenció en favor de don Clavijo, y se la entregó por su legítima esposa, de lo que recibió tanto enojo la reina doña Maguncia, madre de la infanta Antonomasia, que dentro de tres días la enterramos.” 15 “Debió de morir, sin duda”, dijo Sancho. “Claro está”, respondió Trifaldín; “que en Candaya no se entierran las personas vivas, sino las muertas.” “Ya se ha visto, señor escudero”, replicó 20 Sancho, “enterrar un desmayado, creyendo ser muerto, y parecíame a mí que estaba la reina Maguncia obligada a desmayarse antes que a morirse; que con la vida muchas cosas se remedian, y no fue tan grande el disparate de 25 la infanta, que obligase a sentirle tanto. Cuando se hubiera casado esa señora con algún paje suyo, o con otro criado de su casa, como han hecho otras muchas, según he oído decir, fuera el daño sin remedio; pero el haberse 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 18 casado con un caballero tan gentilhombre, y tan entendido como aquí nos le han pintado, en verdad en verdad, que aunque fue necedad, no fue tan grande como se piensa. Porque según las reglas de mi señor, que está presente 5 y no me dejará mentir, así como se hacen de los hombres letrados los obispos, se pueden hacer de los caballeros, y más si son andantes, los reyes y los emperadores.” “Razón tienes, Sancho”, dijo don Quijote, 10 “porque un caballero andante, como tenga dos dedos de ventura, está en potencia propincua de ser el mayor señor del mundo. Pero pase adelante la señora Dolorida; que a mí se me trasluce que le falta por contar lo amargo 15 de esta hasta aquí dulce historia.” “Y ¡cómo si queda lo amargo!”, respondió la condesa; “y tan amargo, que en su comparación son dulces las tueras, y sabrosas las adelfas. Muerta, pues, la reina, y no desmayada, 20 la enterramos, y apenas la cubrimos con la tierra, y apenas le dimos el último vale, cuando, quis talia fando temperet a lacrymis?, puesto sobre un caballo de madera, pareció encima de la sepultura de la reina el gigante 25 Malambruno, primo cormano de Maguncia, que junto con ser cruel era encantador, el cual con sus artes, en venganza de la muerte de su cormana, y por castigo del atrevimiento de don Clavijo, y por despecho de la demasía de 30 Antonomasia, los dejó encantados sobre la misma sepultura, a ella, convertida en una jimia de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 19 bronce, y a él, en un espantoso cocodrilo de un metal no conocido, y entre los dos está un padrón asimismo de metal, y en él escritas en lengua siríaca unas letras, que, habiéndose declarado en la candayesca, y ahora en la 5 castellana, encierran esta sentencia: «No cobrarán »su primera forma estos dos atrevidos amantes, »hasta que el valeroso Manchego venga conmigo »a las manos en singular batalla; que para solo »su gran valor guardan los hados esta nunca 10 »vista aventura.» ”Hecho esto, sacó de la vaina un ancho y desmesurado alfanje, y, asiéndome a mí por los cabellos, hizo finta de querer segarme la gola, y cortarme cercén la cabeza. Turbéme, 15 pegóseme la voz a la garganta, quedé mohína en todo extremo; pero con todo me esforcé lo más que pude, y, con voz tembladora y doliente, le dije tantas y tales cosas, que le hicieron suspender la ejecución de tan riguroso 20 castigo. Finalmente, hizo traer ante sí todas las dueñas de palacio, que fueron estas que están presentes, y después de haber exagerado nuestra culpa, y vituperado las condiciones de las dueñas, sus malas mañas y peores trazas, 25 y, cargando a todas la culpa que yo sola tenía, dijo que no quería con pena capital castigarnos, sino con otras penas dilatadas, que nos diesen una muerte civil y continua, y en aquel mismo momento y punto que acabó de decir 30 esto, sentimos todas que se nos abrían los poros de la cara, y que por toda ella nos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 20 punzaban como con puntas de agujas; acudimos luego con las manos a los rostros, y hallámonos de la manera que ahora veréis.” Y luego la Dolorida y las demás dueñas alzaron los antifaces con que cubiertas venían, 5 y descubrieron los rostros todos poblados de barbas, cuáles rubias, cuáles negras, cuáles blancas, y cuáles albarrazadas, de cuya vista mostraron quedar admirados el duque y la duquesa, pasmados don Quijote y Sancho, y 10 atónitos todos los presentes, y la Trifaldi prosiguió: “De esta manera nos castigó aquel follón y mal intencionado de Malambruno, cubriendo la blandura y morbidez de nuestros rostros con 15 la aspereza de estas cerdas; que pluguiera al cielo que antes con su desmesurado alfanje nos hubiera derribado las testas, que no que nos asombrara la luz de nuestras caras con esta borra que nos cubre, porque si entramos 20 en cuenta, señores míos --y esto que voy a decir ahora, lo quisiera decir hechos mis ojos fuentes, pero la consideración de nuestra desgracia y los mares que hasta aquí han llovido, los tienen sin humor y secos como aristas, y, 25 así, lo diré sin lágrimas--, digo, pues, que ¿adónde podrá ir una dueña con barbas? ¿Qué padre, o qué madre se dolerá de ella? ¿Quién la dará ayuda? Pues aun cuando tiene la tez lisa, y el rostro martirizado con mil suertes de 30 menjurjes y mudas, apenas halla quien bien la quiera, ¿qué hará cuando descubra hecho un
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 21 bosque su rostro? ¡Oh dueñas y compañeras mías, en desdichado punto nacimos, en hora menguada nuestros padres nos engendraron!” Y, diciendo esto, dio muestras de desmayarse. 5
p. 22 Capítulo XL De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia. Real y verdaderamente todos los que gustan de semejantes historias como ésta deben de 5 mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por la curiosidad que tuvo en contarnos las semínimas de ella, sin dejar cosa, por menuda que fuese, que no la sacase a luz distintamente. Pinta los pensamientos, descubre 10 las imaginaciones, responde a las tácitas, aclara las dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los átomos del más curioso deseo manifiesta: ¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh don Quijote dichoso! ¡Oh Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho 15 Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de por sí viváis siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de los vivientes. Dice, pues, la historia que así como Sancho vio desmayada a la Dolorida, dijo: 20 “Por la fe de hombre de bien juro, y por el siglo de todos mis pasados los Panzas, que jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en su pensamiento ha cabido semejante aventura como ésta. Válgate mil 25 Satanases, por no maldecirte, por encantador y gigante, Malambruno, y ¿no hallaste otro género de castigo que dar a estas pecadoras, sino el de barbarlas? ¿Cómo y no fuera mejor, y a ellas les estuviera más a cuento, quitarles la 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XL p. 23 mitad de las narices de medio arriba, aunque hablaran gangoso, que no ponerles barbas? Apostaré yo que no tienen hacienda para pagar a quien las rape.” “Así es la verdad, señor”, respondió una 5 de las doce; “que no tenemos hacienda para mondarnos, y, así, hemos tomado algunas de nosotras por remedio ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, y, aplicándolos a los rostros y tirando de golpe, 10 quedamos rasas y lisas como fondo de mortero de piedra; que puesto que hay en Candaya mujeres que andan de casa en casa a quitar el vello y a pulir las cejas y hacer otros menjurjes tocantes a mujeres, nosotras las dueñas de mi 15 señora por jamás quisimos admitirlas, porque las más oliscan a terceras, habiendo dejado de ser primas. Y si por el señor don Quijote no somos remediadas, con barbas nos llevarán a la sepultura.” 20 “Yo me pelaría las mías”, dijo don Quijote, “en tierra de moros, si no remediase las vuestras.” A este punto volvió de su desmayo la Trifaldi, y dijo: 25 “El retintín de esa promesa, valeroso caballero, en medio de mi desmayo llegó a mis oídos, y ha sido parte para que yo de él vuelva y cobre todos mis sentidos, y así, de nuevo os suplico, andante ínclito y señor indomable, 30 vuestra graciosa promesa se convierta en obra.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 24 “Por mí no quedará”, respondió don Quijote; “ved, señora, qué es lo que tengo de hacer, que el ánimo está muy pronto para serviros.” “Es el caso”, respondió la Dolorida, “que desde aquí al reino de Candaya, si se va por 5 tierra, hay cinco mil leguas, dos más a menos; pero si se va por el aire, y por la línea recta, hay tres mil y doscientas y veinte y siete. Es también de saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase al caballero 10 nuestro libertador, que él le enviaría una cabalgadura harto mejor y con menos malicias que las que son de retorno, porque ha de ser aquel mismo caballo de madera sobre quien llevó el valeroso Pierres robada a la linda 15 Magalona, el cual caballo se rige por una clavija que tiene en la frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza, que parece que los mismos diablos le llevan. Este tal caballo, según es tradición antigua, fue 20 compuesto por aquel sabio Merlín. Prestósele a Pierres que era su amigo, con el cual hizo grandes viajes y robó, como se ha dicho, a la linda Magalona, llevándola a las ancas por el aire, dejando embobados a cuantos desde la 25 tierra los miraban; y no le prestaba sino a quien él quería o mejor se lo pagaba, y desde el gran Pierres hasta ahora no sabemos que haya subido alguno en él. De allí le ha sacado Malambruno con sus artes y le tiene en su poder, 30 y se sirve de él en sus viajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XL p. 25 y hoy está aquí y mañana en Francia, y otro día en Potosí, y es lo bueno que el tal caballo ni come, ni duerme, ni gasta herraduras, y lleva un portante por los aires, sin tener alas, que el que lleva encima puede lleva[r] una taza 5 llena de agua en la mano, sin que se le derrame gota, según camina llano y reposado; por lo cual la linda Magalona se holgaba mucho de andar caballera en él.” A esto dijo Sancho: 10 “Para andar reposado y llano, mi rucio, puesto que no anda por los aires; pero, por la tierra, yo le cutiré con cuantos portantes hay en el mundo.” Riéronse todos y la Dolorida prosiguió: 15 “Y este tal caballo, si es que Malambruno quiere dar fin a nuestra desgracia, antes que sea media hora entrada la noche estará en nuestra presencia; porque él me significó que la señal que me daría por donde yo 20 entendiese que había hallado el caballero que buscaba, sería enviarme el caballo, donde fuese, con comodidad y presteza.” “Y ¿cuántos caben en ese caballo?” preguntó Sancho. 25 La Dolorida respondió: “Dos personas, la una en la silla y la otra en las ancas, y por la mayor parte estas tales dos personas son caballero y escudero, cuando falta alguna robada doncella.” 30 “Querría yo saber, señora Dolorida”, dijo Sancho, “qué nombre tiene ese caballo.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 26 “El nombre”, respondió la Dolorida, “no es como el caballo de Belerofonte, que se llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo, ni como el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte, 5 que fue el de Reinaldos de Montalbán, ni Frontino como el de Rugero, ni Bootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco se llama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, último rey de los godos, 10 entró en la batalla donde perdió la vida y el reino.” “Yo apostaré”, dijo Sancho, “que pues no le han dado ninguno de esos famosos nombres de caballos tan conocidos, que tampoco le 15 habrán dado el de mi amo, Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado.” “Así es”, respondió la barbada condesa; “pero todavía le cuadra mucho, porque se 20 llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de leño y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que camina, y así, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso Rocinante.” 25 “No me descontenta el nombre”, replicó Sancho; “pero ¿con qué freno o con qué jáquima se gobierna?” “Ya he dicho”, respondió la Trifaldi, “que con la clavija, que volviéndola a una parte o a 30 otra el caballero que va encima, le hace caminar como quiere, o ya por los aires, o ya
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XL p. 27 rastreando y casi barriendo la tierra, o por el medio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bien ordenadas.” “Ya lo querría ver”, respondió Sancho; “pero pensar que tengo de subir en él, ni en la silla 5 ni en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Bueno es que apenas puedo tenerme en mi rucio, y sobre un albarda más blanda que la misma seda, y querrían ahora que me tuviese en unas ancas de tabla sin cojín ni almohada alguna! 10 Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las barbas a nadie. Cada cual se rape como más le viniere a cuento; que yo no pienso acompañar a mi señor en tan largo viaje, cuanto más que yo no debo de hacer al caso para el 15 rapamiento de estas barbas como lo soy para el desencanto de mi señora Dulcinea.” “Sí sois, amigo”, respondió la Trifaldi; “y tanto que sin vuestra presencia entiendo que no haremos nada.” 20 “¡Aquí del rey!”, dijo Sancho. “¿Qué tienen que ver los escuderos con las aventuras de sus señores? ¿Hanse de llevar ellos la fama de las que acaban, y hemos de llevar nosotros el trabajo? ¡Cuerpo de mí! Aun si dijesen los 25 historiadores: «El tal caballero acabó la tal y »tal aventura; pero con ayuda de fulano su »escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla». »Pero, ¡que escriban a secas: «Don Paralipomenón »de las Tres Estrellas acabó la aventura 30 »de los seis vestiglos», sin nombrar la persona de su escudero que se halló presente a todo,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 28 como si no fuera en el mundo! Ahora, señores, vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo, y buen provecho le haga; que yo me quedaré aquí en compañía de la duquesa mi señora, y podría ser que cuando volviese hallase 5 mejorada la causa de la señora Dulcinea en tercio y quinto. Porque pienso, en los ratos ociosos y desocupados, darme una tanda de azotes, que no me la cubra pelo.” “Con todo eso, le habéis de acompañar si 10 fuere necesario, buen Sancho, porque os lo rogarán buenos; que no han de quedar por vuestro inútil temor tan poblados los rostros de estas señoras, que cierto sería mal caso.” “¡Aquí del rey otra vez!”, replicó Sancho. 15 “Cuando esta caridad se hiciera por algunas doncellas recogidas, o por algunas niñas de la doctrina, pudiera el hombre aventurarse a cualquier trabajo; pero que lo sufra por quitar las barbas a dueñas, ¡mal año! Mas que las 20 viese yo a todas con barbas desde la mayor hasta la menor, y de la más melindrosa hasta la más repulgada.” “Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo”, dijo la duquesa; “mucho os vais tras la 25 opinión del boticario toledano. Pues a fe que no tenéis razón: que dueñas hay en mi casa que pueden ser ejemplo de dueñas; que aquí está mi doña Rodríguez que no me dejará decir otra cosa.” 30 “Mas que la diga vuestra excelencia”, dijo Rodríguez; “que Dios sabe la verdad de todo,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XL p. 29 y buenas o malas, barbadas o lampiñas que seamos las dueñas, también nos parió nuestra madre como a las otras mujeres, y pues Dios nos echó en el mundo, El sabe para qué, y a su misericordia me atengo, y no a las 5 barbas de nadie.” “Ahora bien, señora Rodríguez”, dijo don Quijote, “y señora Trifaldi y compañía, yo espero en el cielo que mirará con buenos ojos vuestras cuitas; que Sancho hará lo que yo le 10 mandare, ya viniese Clavileño, y ya me viese con Malambruno; que yo sé que no habría navaja que con más facilidad rapase a vuestras mercedes como mi espada raparía de los hombros la cabeza de Malambruno; que Dios sufre 15 a los malos, pero no para siempre.” “¡Ay!”, dijo a esta sazón la Dolorida. “Con benignos ojos miren a vuestra grandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las regiones celestes e infundan en vuestro ánimo 20 toda prosperidad y valentía para ser escudo y amparo del vituperioso y abatido género dueñesco, abominado de boticarios, murmurado de escuderos y socaliñado de pajes; que mal haya la bellaca que en la flor de su edad no se 25 metió primero a ser monja, que a dueña. ¡Desdichadas de nosotras las dueñas; que aunque vengamos por línea recta de varón en varón del mismo Héctor el troyano, no dejaran de echaros un vos nuestras señoras si pensasen 30 por ello ser reinas! ¡Oh gigante Malambruno, que aunque eres encantador, eres certísimo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 30 en tus promesas! Envíanos ya al sin par Clavileño, para que nuestra desdicha se acabe; que si entra el calor y estas nuestras barbas duran, ¡guay de nuestra ventura!” Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, 5 que sacó las lágrimas de los ojos de todos los circunstantes, y aun arrasó los de Sancho, y propuso en su corazón de acompañar a su señor hasta las últimas partes del mundo, si es que en ello consistiese quitar la lana de 10 aquellos venerables rostros.
p. 31 Capítulo XLI De la venida de Clavileño, con el fin de esta dilatada aventura. Llegó en esto la noche, y con ella el punto determinado en que el famoso caballo Clavileño 5 viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don Quijote, pareciéndole que, pues Malambruno se detenía en enviarle, o que él no era el caballero para quien estaba guardada aquella aventura, o que Malambruno no osaba venir con él 10 a singular batalla. Pero veis aquí, cuando a deshora entraron por el jardín cuatro salvajes vestidos todos de verde yedra, que sobre sus hombros traían un gran caballo de madera; pusiéronle de pies en el suelo, y uno de los 15 salvajes dijo: “Suba sobre esta máquina el que tuviere ánimo para ello...” “Aquí”, dijo Sancho, “yo no subo, porque ni tengo ánimo, ni soy caballero.” 20 Y el salvaje prosiguió, diciendo: “Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo tiene, y fíese del valeroso Malambruno, que si no fuere de su espada, de ninguna otra ni de otra malicia será ofendido. Y no hay más que 25 torcer esta clavija que sobre el cuello trae puesta, que él los llevará por los aires adonde los atiende Malambruno; pero porque la alteza y sublimidad del camino no les cause vahídos, se han de cubrir los ojos hasta que el 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 32 caballo relinche, que será señal de haber dado fin a su viaje.” Esto dicho, dejando a Clavileño, con gentil continente se volvieron por donde habían venido. La Dolorida, así como vio al caballo, casi 5 con lágrimas dijo a don Quijote: “Valeroso caballero, las promesas de Malambruno han sido ciertas, el caballo está en casa, nuestras barbas crecen, y cada una de nosotras y con cada pelo de ellas te suplicamos 10 nos rapes y tundas, pues no está en más sino en que subas en él con tu escudero y des feliz principio a vuestro nuevo viaje.” “Eso haré yo, señora condesa Trifaldi, de muy buen grado y de mejor talante, sin ponerme 15 a tomar cojín, ni calzarme espuelas, por no detenerme; tanta es la gana que tengo de veros a vos, señora, y a todas estas dueñas rasas y mondas.” “Eso no haré yo”, dijo Sancho, “ni de malo 20 ni de buen talante, en ninguna manera. Y si es que este rapamiento no se puede hacer sin que yo suba a las ancas, bien puede buscar mi señor otro escudero que le acompañe, y estas señoras otro modo de alisarse los rostros; que 25 yo no soy brujo, para gustar de andar por los aires. Y ¿qué dirán mis insulanos cuando sepan que su gobernador se anda paseando por los vientos? Y otra cosa más: que habiendo tres mil y tantas leguas de aquí a Candaya, si el 30 caballo se cansa, o el gigante se enoja, tardaremos en dar la vuelta media docena de años,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 33 y ya ni habrá ínsula, ni ínsulos en el mundo que me conozcan; y pues se dice comúnmente que en la tardanza va el peligro y que cuando te dieren la vaquilla, acudas con la soguilla, perdónenme las barbas de estas señoras, que bien 5 se está San Pedro en Roma. Quiero decir que bien me estoy en esta casa, donde tanta merced se me hace, y de cuyo dueño tan gran bien espero, como es verme gobernador.” A lo que el duque dijo: 10 “Sancho amigo, la ínsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva; raíces tiene tan hondas echadas en los abismos de la tierra, que no la arrancarán ni mudarán de donde está a tres tirones. Y pues vos sabéis que sé yo 15 que no hay ningún género de oficio de estos de mayor cuantía que no se granjee con alguna suerte de cohecho, cuál más, cuál menos, el que yo quiero llevar por este gobierno es que vais con vuestro señor don Quijote a dar cima 20 y cabo a esta memorable aventura; que ahora volváis sobre Clavileño con la brevedad que su ligereza promete, ora la contraria fortuna os traiga y vuelva a pie, hecho romero, de mesón en mesón, y de venta en venta, siempre que 25 volviereis hallaréis vuestra ínsula donde la dejáis, y a vuestros insulanos con el mismo deseo de recibiros por su gobernador que siempre han tenido, y mi voluntad será la misma, y no pongáis duda en esta verdad, señor 30 Sancho; que sería hacer notorio agravio al deseo que de serviros tengo.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 34 “No más, señor”, dijo Sancho; “yo soy un pobre escudero y no puedo llevar a cuestas tantas cortesías. Suba mi amo, tápenme estos ojos, y encomiéndenme a Dios, y avísenme si cuando vamos por esas altanerías podré 5 encomendarme a nuestro Señor, o invocar los ángeles que me favorezcan.” A lo que respondió Trifaldi: “Sancho, bien podéis encomendaros a Dios, o a quien quisiereis; que Malambruno, aunque 10 es encantador, es cristiano y hace sus encantamientos con mucha sagacidad y con mucho tiento, sin meterse con nadie.” “Ea, pues”, dijo Sancho; “Dios me ayude y la Santísima Trinidad de Gaeta.” 15 “Desde la memorable aventura de los batanes”, dijo don Quijote, “nunca he visto a Sancho con tanto temor como ahora, y si yo fuera tan agorero como otros, su pusilanimidad me hiciera algunas cosquillas en el ánimo. Pero 20 llegaos aquí, Sancho; que con licencia de estos señores os quiero hablar aparte dos palabras.” Y, apartando a Sancho entre unos árboles del jardín, y, asiéndole ambas las manos, le dijo: “Ya ves, Sancho hermano, el largo viaje 25 que nos espera, y que sabe Dios cuándo volveremos de él, ni la comodidad y espacio que nos darán los negocios; y, así, querría que ahora te retirases en tu aposento, como que vas a buscar alguna cosa necesaria para el 30 camino, y en un daca la[s] pajas te dieses a buena cuenta de los tres mil y trescientos azotes
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 35 a que estás obligado, siquiera quinientos, que dados te los tendrás; que el comenzar las cosas es tenerlas medio acabadas.” “¡Par Dios”, dijo Sancho, “que vuestra merced debe de ser menguado! Esto es como 5 aquello que dicen: «¿En prisa me ves y »doncellez me demandas?» ¿Ahora que tengo de ir sentado en una tabla rasa, quiere vuestra merced que me lastime las posas? En verdad en verdad que no tiene vuestra merced razón. Vamos 10 ahora a rapar estas dueñas; que a la vuelta yo le prometo a vuestra merced, como quien soy, de darme tanta prisa a salir de mi obligación que vuestra merced se contente, y no le digo más.” 15 Y don Quijote respondió: “Pues con esa promesa, buen Sancho, voy consolado, y creo que la cumplirás, porque, en efecto, aunque tonto, eres hombre verídico.” “No soy verde, sino moreno”, dijo Sancho, 20 “pero aunque fuera de mezcla, cumpliera mi palabra.” Y, con esto, se volvieron a subir en Clavileño, y al subir dijo don Quijote: “Tapaos, Sancho, y subid, Sancho; que quien 25 de tan lueñes tierras envía por nosotros no será para engañarnos, por la poca gloria que le puede redundar de engañar a quien de él se fía, y puesto que todo sucediese al revés de lo que imagino, la gloria de haber emprendido 30 esta hazaña no la podrá oscurecer malicia alguna.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 36 “Vamos, señor”, dijo Sancho, “que las barbas y lágrimas de estas señoras las tengo clavadas en el corazón, y no comeré bocado que bien me sepa hasta verlas en su primera lisura. Suba vuestra merced, y tápese primero; que 5 si yo tengo de ir a las ancas, claro está que primero sube el de la silla.” “Así es la verdad”, replicó don Quijote. Y, sacando un pañuelo de la faldriquera, pidió a la Dolorida que le cubriese muy bien 10 los ojos, y, habiéndoselos cubierto, se volvió a descubrir y dijo: “Si mal no me acuerdo, yo he leído en Virgilio aquello del Paladión de Troya, que fue un caballo de madera que los griegos 15 presentaron a la diosa Palas, el cual iba preñado de caballeros armados, que después fueron la total ruina de Troya; y, así, será bien ver primero lo que Clavileño trae en su estómago.” “No hay para qué”, dijo la Dolorida; “que yo 20 le fío, y sé que Malambruno no tiene nada de malicioso ni de traidor. Vuestra merced, señor don Quijote, suba sin pavor alguno, y a mi daño si alguno le sucediere.” Parecióle a don Quijote que cualquiera cosa 25 que replicase acerca de su seguridad sería poner en detrimento su valentía, y, así, sin más altercar, subió sobre Clavileño, y le tentó la clavija, que fácilmente se rodeaba, y como no tenía estribos y le colgaban las piernas, no 30 parecía sino figura de tapiz flamenco, pintada o tejida, en algún romano triunfo. De mal
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 37 talante, y poco a poco, llegó a subir Sancho, y acomodándose lo mejor que pudo en las ancas, las halló algo duras y no nada blandas, y pidió al duque que, si fuese posible, le acomodasen de algún cojín, o de alguna almohada, 5 aunque fuese del estrado de su señora la duquesa o del lecho de algún paje, porque las ancas de aquel caballo más parecían de mármol que de leño. A esto dijo la Trifaldi que ningún jaez ni 10 ningún género de adorno sufría sobre sí Clavileño; que lo que podía hacer era ponerse a mujeriegas, y que así no sentiría tanto la dureza. Hízolo así Sancho, y diciendo: “A Dios”, se dejó vendar los ojos, y ya después de vendados, 15 se volvió a descubrir, y, mirando a todos los del jardín tiernamente y con lágrimas, dijo que le ayudasen en aquel trance con sendos paternostres y sendas avemarías, por que Dios deparase quien por ellos los dijese cuando 20 en semejantes trances se viesen. A lo que dijo don Quijote: “Ladrón, ¿estás puesto en la horca por ventura, o en el último término de la vida, para usar de semejantes plegarias? ¿No estás, desalmada 25 y cobarde criatura, en el mismo lugar que ocupó la linda Magalona, del cual descendió, no a la sepultura, sino a ser reina de Francia, si no mienten las historias? Y yo, que voy a tu lado, ¿no puedo ponerme al del valeroso Pierres, 30 que oprimió este mismo lugar que yo ahora oprimo? Cúbrete, cúbrete, animal descorazonado,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 38 y no te salga a la boca el temor que tienes, a lo menos, en presencia mía.” “Tápenme”, respondió Sancho, “y pues no quieren que me encomiende a Dios ni que sea encomendado, ¿qué mucho que tema no ande 5 por aquí alguna región de diablos que den con nosotros en Peralvillo?” Cubriéronse, y, sintiendo don Quijote que estaba como había de estar, tentó la clavija, y apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando 10 todas las dueñas y cuantos estaban presentes levantaron las voces, diciendo: “¡Dios te guíe, valeroso caballero! ¡Dios sea contigo, escudero intrépido! ¡Ya, ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad 15 que una saeta! ¡Ya comenzáis a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os están mirando! ¡Tente, valeroso Sancho, que te bamboleas, mira no caigas; que será peor tu caída que la del atrevido mozo que quiso regir el 20 carro del Sol, su padre!” Oyó Sancho las voces, y, apretándose con su amo, y ciñéndole con los brazos, le dijo: “Señor, ¿cómo dicen éstos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces y no parece 25 sino que están aquí hablando, junto a nosotros?” “No repares en eso, Sancho; que como estas cosas y estas volaterías van fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás 30 lo que quisieres. Y no me aprietes tanto, que me derribas. Y en verdad, que no sé de qué te
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 39 turbas ni te espantas; que osaré jurar que en todos los días de mi vida he subido en cabalgadura de paso más llano. No parece sino que no nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo; que, en efecto, la cosa va como 5 ha de ir, y el viento llevamos en popa.” “Así es la verdad”, respondió Sancho; “que por este lado me da un viento tan recio, que parece que con mil fuelles me están soplando.” Y así era ello; que unos grandes fuelles le 10 estaban haciendo aire: tan bien trazada estaba la tal aventura por el duque, y la duquesa, y su mayordomo, que no le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta. Sintiéndose pues soplar don Quijote, dijo: 15 “Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los relámpagos, y los rayos se engendran en la tercera región, y si es que de esta manera 20 vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.” En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos, pendientes de 25 una caña, les calentaban los rostros. Sancho, que sintió el calor, dijo: “Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, 30 señor, por descubrirme y ver en qué parte estamos.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 40 “No hagas tal”, respondió don Quijote, “y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire, caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, 5 y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual 10 asimismo dijo que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió, y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerpo de la luna, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra por no 15 desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para qué descubrirnos; que el que nos lleva a cargo, él dará cuenta de nosotros. Y quizá vamos tomando puntas y subiendo en alto, para dejarnos caer de una sobre el reino de 20 Candaya, como hace el sacre o neblí sobre la garza para cogerla, por más que se remonte; y aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos del jardín, créeme que debemos de haber hecho gran camino.” 25 “No sé lo que es”, respondió Sancho Panza; “sólo sé decir que si la señora Magallanes, o Magalona, se contentó de estas ancas, que no debía de ser muy tierna de carnes.” Todas estas pláticas de los dos valientes 30 oían el duque y la duquesa y los del jardín, de que recibían extraordinario contento; y,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 41 queriendo dar remate a la extraña y bien fabricada aventura, por la cola de Clavileño le pegaron fuego con unas estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de cohetes tronadores, voló por los aires con extraño ruido, y dio con don 5 Quijote y con Sancho Panza en el suelo, medio chamuscados. En este tiempo ya se habían desparecido del jardín todo el barbado escuadrón de las dueñas, y la Trifaldi y todo, y los del jardín 10 quedaron como desmayados, tendidos por el suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron maltrechos, y, mirando a todas partes, quedaron atónitos de verse en el mismo jardín de donde habían partido, y de ver tendido por tierra tanto 15 número de gente. Y creció más su admiración cuando a un lado del jardín vieron hincada una gran lanza en el suelo, y pendiente de ella y de dos cordones de seda verde un pergamino liso y blanco, en el cual con grandes letras de 20 oro estaba escrito lo siguiente: “El ínclito caballero don Quijote de la Mancha feneció y acabó la aventura de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la dueña Dolorida, y compañía, con sólo intentarla. 25 ”Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las barbas de las dueñas ya quedan lisas y mondas, y los reyes don Clavijo y Antonomasia, en su prístino estado. Y cuando se cumpliere el escuderil vápulo, la 30 blanca paloma se verá libre de los pestíferos gerifaltes que la persiguen y en brazos de su
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 42 querido arrullador; que así está ordenado por el sabio Merlín, protoencantador de los encantadores.” Habiendo, pues, don Quijote leído las letras del pergamino, claro entendió que del 5 desencanto de Dulcinea hablaban, y, dando muchas gracias al cielo de que con tan poco peligro hubiese acabado tan gran fecho, reduciendo a su pasada tez los rostros de las venerables dueñas, que ya no parecían, se fue adonde el 10 duque y la duquesa aún no habían vuelto en sí, y, trabando de la mano al duque, le dijo: “¡Ea, buen señor, buen ánimo, buen ánimo; que todo es nada! La aventura es ya acabada sin daño de barras, como lo muestra claro el 15 escrito que en aquel padrón está puesto.” El duque, poco a poco y como quien de un pesado sueño recuerda, fue volviendo en sí, y por el mismo tenor la duquesa y todos los que por el jardín estaban caídos, con tales muestras 20 de maravilla y espanto, que casi se podían dar a entender haberles acontecido de veras lo que tan bien sabían fingir de burlas. Leyó el duque el cartel con los ojos medio cerrados, y luego, con los brazos abiertos, fue a abrazar a 25 don Quijote, diciéndole ser el más buen caballero que en ningún siglo se hubiese visto. Sancho andaba mirando por la Dolorida, por ver qué rostro tenía sin las barbas, y si era tan hermosa sin ellas como su gallarda 30 disposición prometía; pero dijéronle que así como Clavileño bajó ardiendo por los aires y dio en
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 43 el suelo, todo el escuadrón de las dueñas con la Trifaldi había desaparecido, y que ya iban rapadas y sin cañones. Preguntó la duquesa a Sancho que cómo le había ido en aquel largo viaje. A lo cual Sancho respondió: 5 “Yo, señora, sentí que íbamos, según mi señor me dijo, volando por la región del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos; pero mi amo, a quien pedí licencia para descubrirme, no la consintió. Mas yo, que tengo no sé qué 10 briznas de curioso y de desear saber lo que se me estorba e impide, bonitamente, y sin que nadie lo viese, por junto a las narices aparté tanto cuanto el pañizuelo que me tapaba los ojos, y por allí miré hacia la tierra, y 15 parecióme que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y los hombres que andaban sobre ella poco mayores que avellanas, por que se vea cuán altos debíamos de ir entonces.” A esto dijo la duquesa: 20 “Sancho amigo, mirad lo que decís; que a lo que parece vos no visteis la tierra, sino los hombres que andaban sobre ella. Y está claro que si la tierra os pareció como un grano de mostaza, y cada hombre como una avellana, un 25 hombre solo había de cubrir toda la tierra.” “Así es verdad”, respondió Sancho, “pero con todo eso la descubrí por un ladito, y la vi toda.” “Mirad, Sancho”, dijo la duquesa, “que por 30 un ladito no se ve el todo de lo que se mira.” “Yo no sé esas miradas”, replicó Sancho;
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 44 “sólo sé que será bien que vuestra señoría entienda que, pues volábamos por encantamiento, por encantamiento podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los mirara. Y si esto no se me cree, tampoco 5 creerá vuestra merced como, descubriéndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo, que no había de mí a él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía, que es muy grande además; y sucedió que íbamos por 10 parte donde están las siete cabrillas, y, en Dios y en mi ánima, que como yo en mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las vi, me dio una gana de entretenerme con ellas un rato. Y si no le cumpliera, me parece que 15 reventara. Vengo, pues, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco, bonita y pasitamente me apeé de Clavileño y me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas flores, casi tres 20 cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un lugar, ni pasó adelante.” “Y ¿en tanto que el buen Sancho se entretenía con las cabras”, preguntó el duque, “en qué se entretenía el señor don Quijote?” 25 A lo que don Quijote respondió: “Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural, no es mucho que Sancho diga lo que dice; de mí sé decir que ni me descubrí por alto, ni por bajo, ni vi 30 el cielo, ni la tierra, ni la mar, ni las arenas. Bien es verdad que sentí que pasaba por la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 45 región del aire, y aun que tocaba a la del fuego; pero que pasásemos de allí, no lo puedo creer, pues, estando la región del fuego entre el cielo de la luna y la última región del aire, no podíamos llegar al cielo donde están las 5 siete cabrillas, que Sancho dice, sin abrasarnos. Y pues no nos asuramos, o Sancho miente, o Sancho sueña.” “Ni miento, ni sueño”, respondió Sancho; “si no, pregúntenme las señas de las tales 10 cabras, y por ellas verán si digo verdad o no.” “Dígalas, pues, Sancho”, dijo la duquesa. “Son”, respondió Sancho, “las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules, y la una de mezcla.” 15 “Nueva manera de cabras es ésa”, dijo el duque, “y por esta nuestra región del suelo no se usan tales colores, digo, cabras de tales colores.” “Bien claro está eso”, dijo Sancho; “sí, que 20 diferencia ha de haber de las cabras del cielo a las del suelo.” “Decidme, Sancho”, preguntó el duque, “¿visteis allá entre esas cabras algún cabrón?” “No señor”, respondió Sancho, “pero oí decir 25 que ninguno pasaba de los cuernos de la luna.” No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba Sancho hilo de pasearse por todos los cielos, y dar nuevas de cuanto allá pasaba, sin haberse movido del 30 jardín. En resolución, éste fue el fin de la aventura de la dueña Dolorida, que dio que reír a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 46 los duques, no sólo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que contar a Sancho siglos, si los viviera. Y, llegándose don Quijote a Sancho al oído, le dijo: “Sancho, pues vos queréis que se os crea lo 5 que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos; y no os digo más.”
p. 47 Capítulo XLII De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas. Con el feliz y gracioso suceso de la aventura 5 de la Dolorida quedaron tan contentos los duques, que determinaron pasar con las burlas adelante, viendo el acomodado sujeto que tenían para que se tuviesen por veras. Y así, habiendo dado la traza y órdenes que sus 10 criados y sus vasallos habían de guardar con Sancho en el gobierno de la ínsula prometida, otro día, que fue el que sucedió al vuelo de Clavileño, dijo el duque a Sancho que se adeliñase y compusiese para ir a ser 15 gobernador; que ya sus insulanos le estaban esperando como el agua de mayo. Sancho se le humilló, y le dijo: “Después que bajé del cielo, y después que desde su alta cumbre miré la tierra y la vi tan 20 pequeña, se templó en parte en mí la gana que tenía tan grande de ser gobernador, porque ¿qué grandeza es mandar en un grano de mostaza, o qué dignidad o imperio el gobernar a media docena de hombres tamaños como 25 avellanas, que, a mi parecer, no había más en toda la tierra? Si vuestra señoría fuese servido de darme una tantica parte del cielo, aunque no fuese más de media legua, la tomaría de mejor gana que la mayor ínsula del mundo.” 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 48 “Mirad, amigo Sancho”, respondió el duque, “yo no puedo dar parte del cielo a nadie, aunque no sea mayor que una uña; que a solo Dios están reservadas esas mercedes y gracias. Lo que puedo dar, os doy, que es una 5 ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada, y sobremanera fértil y abundosa, donde, si vos os sabéis dar maña, podéis con las riquezas de la tierra granjear las del cielo.” “Ahora bien”, respondió Sancho, “venga esa 10 ínsula; que yo pugnaré por ser tal gobernador, que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo. Y esto no es por codicia que yo tenga de salir de mis casillas, ni de levantarme a mayores, sino por el deseo que tengo de probar a qué sabe 15 el ser gobernador.” “Si una vez lo probáis, Sancho”, dijo el duque, “comeros heis las manos tras el gobierno, por ser dulcísima cosa el mandar y ser obedecido. A buen seguro que cuando 20 vuestro dueño llegue a ser emperador, que lo será sin duda, según van encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen comoquiera, y que le duela y le pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere dejado de serlo.” 25 “Señor”, replicó Sancho, “yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado.” “Con vos me entierren, Sancho, que sabéis de todo”, respondió el duque; “y yo espero que 30 seréis tal gobernador como vuestro juicio promete. Y quédese esto aquí, y advertid que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLII p. 49 mañana en ese mismo día habéis de ir al gobierno de la ínsula, y esta tarde os acomodarán del traje conveniente que habéis de llevar, y de todas las cosas necesarias a vuestra partida.” 5 “Vístanme”, dijo Sancho, “como quisieren; que de cualquier manera que vaya vestido, seré Sancho Panza.” “Así es verdad”, dijo el duque; “pero los trajes se han de acomodar con el oficio, o 10 dignidad, que se profesa; que no sería bien que un jurisperito se vistiese como soldado, ni un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho, iréis vestido parte de letrado, y parte de capitán, porque en la ínsula que os doy tanto son 15 menester las armas como las letras y las letras como las armas.” “Letras”, respondió Sancho, “pocas tengo, porque aún no sé el A, B, C; pero bástame tener el Cristus en la memoria para ser buen 20 gobernador. De las armas manejaré las que me dieren, hasta caer, y Dios delante.” “Con tan buena memoria”, dijo el duque, “no podrá Sancho errar en nada.” En esto, llegó don Quijote, y, sabiendo lo 25 que pasaba, y la celeridad con que Sancho se había de partir a su gobierno, con licencia del duque, le tomó por la mano, y se fue con él a su estancia, con intención de aconsejarle cómo se había de haber en su oficio. 30 Entrados, pues, en su aposento, cerró tras sí la puerta, e hizo casi por fuerza que Sancho
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 50 se sentase junto a él, y con reposada voz le dijo: “Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo, de que antes y primero que yo haya encontrado con alguna buena dicha, te haya salido a ti a 5 recibir y a encontrar la buena ventura. Yo, que en mi buena suerte te tenía librada la paga de tus servicios, me veo en los principios de aventajarme, y tú, antes de tiempo, contra la ley del razonable discurso, te ves premiado de 10 tus deseos. Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan, porfían, y no alcanzan lo que pretenden; y llega otro, y sin saber cómo ni cómo no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron. Y aquí 15 entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las pretensiones. Tú, que para mí, sin duda alguna, eres un porro, sin madrugar ni trasnochar, y sin hacer diligencia alguna, con sólo el aliento que te ha tocado de la 20 andante caballería, sin más ni más te ves gobernador de una ínsula, como quien no dice nada. Todo esto digo, oh Sancho, para que no atribuyas a tus merecimientos la merced recibida, sino que des gracias al cielo, que dispone 25 suavemente las cosas, y después las darás a la grandeza que en sí encierra la profesión de la caballería andante. Dispuesto, pues, el corazón a creer lo que te he dicho, está, oh hijo, atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte 30 y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto de este mar proceloso, donde vas
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLII p. 51 a engolfarte; que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones. ”Primeramente, oh hijo, has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría, y siendo 5 sabio, no podrás errar en nada. ”Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte 10 como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra.” “Así es la verdad”, respondió Sancho, “pero 15 fue cuando muchacho; pero después, algo hombrecillo, gansos fueron los que guardé, que no puercos. Pero esto paréceme a mí que no hace al caso; que no todos los que gobiernan vienen de casta de reyes.” 20 “Así es verdad”, replicó don Quijote; “por lo cual los no de principios nobles deben acompañar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda suavidad que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuración 25 maliciosa, de quien no hay estado que se escape. ”Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte, y préciate más 30 de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 52 nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria, y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos que te cansaran. ”Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no 5 hay para qué tener envidia a los que los tienen, príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. ”Siendo esto así, como lo es, que si acaso 10 viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no le deseches, ni le afrentes. Antes le has de acoger, agasajar y regalar; que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie se desprecie de lo que él hizo, 15 y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada. ”Si trajeres a tu mujer contigo --porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias--, enséñala, 20 doctrínala y desbástala de su natural rudeza, porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto, suele perder y derramar una mujer rústica y tonta. ”Si acaso enviudares --cosa que puede 25 suceder-- y con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal, que te sirva de anzuelo y de caña de pescar, y del no quiero de tu capilla; porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere, ha de 30 dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará con el cuatro tanto en la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLII p. 53 muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida. ”Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos. 5 ”Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico. ”Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como por entre 10 los sollozos e importunidades del pobre. ”Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. 15 ”Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia. ”Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu 20 injuria, y ponlos en la verdad del caso. ”No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres las más veces serán sin remedio, y si le tuvieren, será a costa de tu crédito y aun de tu hacienda. 25 ”Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas, y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en 30 sus suspiros. ”Al que has de castigar con obras no trates
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 54 mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones. ”Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto 5 a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente; porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y 10 campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia. ”Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad 15 indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz, y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las 20 tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos. Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma; escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo.” 25
p. 55 Capítulo XLIII De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza. ¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona muy 5 cuerda y mejor intencionada? Pero como muchas veces en el progreso de esta grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería, y en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, 10 de manera, que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras; pero en esta de estos segundos documentos que dio a Sancho mostró tener gran donaire, y puso su discreción y su locura en un levantado punto. 15 Atentísimamente le escuchaba Sancho y procuraba conservar en la memoria sus consejos, como quien pensaba guardarlos y salir por ellos a buen parto de la preñez de su gobierno. Prosiguió, pues, don Quijote, y dijo: 20 “En lo que toca a cómo has de gobernar tu persona y casa, Sancho, lo primero que te encargo es que seas limpio, y que te cortes las uñas, sin dejarlas crecer, como algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a entender que 25 las uñas largas les hermosean las manos, como si aquel excremento y añadidura que se dejan de cortar fuese uña, siendo antes garras de cernícalo lagartijero: puerco y extraordinario abuso. 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 56 ”No andes, Sancho, desceñido y flojo; que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmalazado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de socarronería, como se juzgó en la de Julio César. 5 ”Toma con discreción el pulso a lo que pudiere valer tu oficio, y si sufriere que des librea a tus criados, dásela honesta y provechosa más que vistosa y bizarra, y repártela entre tus criados y los pobres: quiero decir, que si has de 10 vestir seis pajes, viste tres y otros tres pobres, y, así, tendrás pajes para el cielo y para el suelo; y este nuevo modo de dar librea no la alcanzan los vanagloriosos. ”No comas ajos ni cebollas, porque no saquen 15 por el olor tu villanería. Anda despacio. Habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo; que toda afectación es mala. ”Come poco y cena más poco; que la salud 20 de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. ”Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra. 25 ”Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos, ni de eructar delante de nadie.” “Eso de eructar no entiendo”, dijo Sancho. Y don Quijote le dijo: “Eructar, Sancho, quiere decir regoldar; y 30 éste es uno de los más torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIII p. 57 significativo. Y, así, la gente curiosa se ha acogido al latín, y al regoldar dice eructar, y a los regüeldos, eructaciones; y cuando algunos no entienden estos términos, importa poco, que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que 5 con facilidad se entiendan, y esto es enriquecer la lengua sobre quien tiene poder el vulgo y el uso.” “En verdad, señor”, dijo Sancho, “que uno de los consejos y avisos que pienso llevar en 10 la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo hacer muy a menudo.” “Eructar, Sancho, que no regoldar”, dijo don Quijote. “Eructar diré de aquí adelante”, respondió 15 Sancho, “y a fe que no se me olvide.” “También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles; que puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los 20 cabellos, que más parecen disparates que sentencias.” “Eso Dios lo puede remediar”, respondió Sancho, “porque sé más refranes que un libro, y viénenseme tantos juntos a la boca cuando 25 hablo, que riñen por salir unos con otros; pero la lengua va arrojando los primeros que encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo tendré cuenta de aquí adelante de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo; 30 que en casa llena presto se guisa la cena. Y quien destaja no baraja, y a buen salvo está
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 58 el que repica. Y el dar y el tener seso ha menester.” “¡Eso sí, Sancho!”, dijo don Quijote. “¡Encaja, ensarta, enhila refranes; que nadie te va a la mano! Castígame mi madre, y yo 5 trómposelas. Estoyte diciendo que excuses refranes, y en un instante has echado aquí una letanía de ellos, que así cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de Ubeda. Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal 10 un refrán traído a propósito; pero cargar y ensartar refranes a trochemoche hace la plática desmayada y baja. ”Cuando subieres a caballo, no vayas echando el cuerpo sobre el arzón postrero, ni lleves 15 las piernas tiesas y tiradas y desviadas de la barriga del caballo, ni tampoco vayas tan flojo, que parezca que vas sobre el rucio; que el andar a caballo a unos hace caballeros, a otros caballerizos. 20 ”Sea moderado tu sueño; que el que no madruga con el sol no goza del día. Y advierte, oh Sancho, que la diligencia es madre de la buena ventura, y la pereza, su contraria, jamás llegó al término que pide un buen deseo. 25 ”Este último consejo que ahora darte quiero --puesto que no sirva para adorno del cuerpo--, quiero que le lleves muy en la memoria, que creo que no te será de menos provecho que los que hasta aquí te he dado; y es que 30 jamás te pongas a disputar de linajes, a lo menos comparándolos entre sí, pues, por fuerza,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIII p. 59 en los que se comparan uno ha de ser el mejor, y del que abatieres serás aborrecido, y del que levantares, en ninguna manera premiado. ”Tu vestido será calza entera, ropilla larga, herreruelo un poco más largo; gregüescos, ni 5 por pienso, que no les están bien ni a los caballeros, ni a los gobernadores. ”Por ahora, esto se me ha ofrecido, Sancho, que aconsejarte; andará el tiempo, y según las ocasiones, así serán mis documentos, como 10 tú tengas cuidado de avisarme el estado en que te hallares.” “Señor”, respondió Sancho, “bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha dicho son cosas buenas, santas y provechosas; pero ¿de 15 qué han de servir, si de ninguna me acuerdo? Verdad sea que aquello de no dejarme crecer las uñas, y de casarme otra vez, si se ofreciere, no se me pasará del magín. Pero esotros badulaques y enredos y revoltillos, no se me 20 acuerda ni acordará más de ellos que de las nubes de antaño, y, así, será menester que se me den por escrito; que puesto que no sé leer ni escribir, yo se los daré a mi confesor para que me los encaje y recapacite cuando 25 fuere menester.” “¡Ah, pecador de mí”, respondió don Quijote, “y qué mal parece en los gobernadores el no saber leer ni escribir! Porque has de saber, oh Sancho, que no saber un hombre leer o ser 30 zurdo arguye una de dos cosas: o que fue hijo de padres demasiado de humildes y bajos, o
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 60 él tan travieso y malo, que no pudo entrar en él [el] buen uso (*), ni la buena doctrina. Gran falta es la que llevas contigo, y, así, querría que aprendieses a firmar siquiera.” “Bien sé firmar mi nombre”, respondió 5 Sancho; “que cuando fui prioste en mi lugar aprendí a hacer unas letras como de marca de fardo, que decían que decía mi nombre. Cuanto más que fingiré que tengo tullida la mano derecha, y haré que firme otro por mí; que para 10 todo hay remedio, si no es para la muerte. Y teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere; cuanto más que el que tiene el padre alcalde... Y siendo yo gobernador, que es más que ser alcalde, ¡llegaos, que la dejan ver! 15 No sino popen y calóñenme; que vendrán por lana y volverán trasquilados. Y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe. Y las necedades del rico por sentencias pasan en el mundo; y siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente 20 liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que se me parezca. No sino haceos miel, y paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía una mi abuela. Y del hombre arraigado no te verás vengado.” 25 “¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho!”, dijo a esta sazón don Quijote. “¡Sesenta mil Satanases te lleven a ti y a tus refranes! Una hora ha que los estás ensartando y dándome con cada uno tragos de tormento. Yo te aseguro que 30 estos refranes te han de llevar un día a la horca; por ellos te han de quitar el gobierno
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIII p. 61 tus vasallos, o ha de haber entre ellos comunidades. Dime: ¿dónde los hallas, ignorante, o cómo los aplicas, mentecato?; que para decir yo uno, y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase.” 5 “Por Dios, señor nuestro amo”, replicó Sancho, “que vuestra merced se queja de bien pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno sino refranes y 10 más refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro, que venían aquí pintiparados, o como peras en tabaque; pero no los diré, porque al buen callar llaman Sancho.” “Ese Sancho no eres tú”, dijo don Quijote; 15 “porque no sólo no eres buen callar, sino mal hablar y mal porfiar. Y, con todo eso, querría saber qué cuatro refranes te ocurrían ahora a la memoria, que venían aquí a propósito; que yo ando recorriendo la mía, que la tengo buena, 20 y ninguno se me ofrece.” “¿Qué mejores”, dijo Sancho, “que «entre »dos muelas cordales nunca pongas tus »pulgares», y «a idos de mi casa y ¿qué queréis »con mi mujer?, no hay responder», y «si da el 25 »cántaro en la piedra, o la piedra en el cántaro, »mal para el cántaro», todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su gobernador, ni con el que le manda, porque saldrá lastimado, como el que pone el dedo entre dos 30 muelas cordales, y aunque no sean cordales, como sean muelas no importa; y a lo que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 62 dijere el gobernador no hay que replicar, como al «salíos de mi casa, y ¿qué queréis con mi »mujer?» Pues lo de la piedra en el cántaro, un ciego lo verá. Así, que es menester que el que ve la mota en el ojo ajeno, vea la viga 5 en el suyo, porque no se diga por él «espantóse »la muerta de la degollada»; y vuestra merced sabe bien que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.” “Eso no, Sancho”, respondió don Quijote; 10 “que el necio en su casa ni en la ajena sabe nada, a causa que sobre el cimiento de la necedad no asienta ningún discreto edificio. Y dejemos esto aquí, Sancho; que si mal gobernares, tuya será la culpa, y mía la vergüenza. 15 Mas consuélome que he hecho lo que debía en aconsejarte con las veras, y con la discreción a mí posible; con esto salgo de mi obligación, y de mi promesa. Dios te guíe, Sancho, y te gobierne en tu gobierno, y a mí me 20 saque del escrúpulo que me queda que has de dar con toda la ínsula patas arriba, cosa que pudiera yo excusar con descubrir al duque quién eres, diciéndole que toda esa gordura, y esa personilla que tienes, no es otra cosa 25 que un costal lleno de refranes y de malicias.” “Señor”, replicó Sancho, “si a vuestra merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aquí le suelto; que más quiero un solo negro de la uña de mi alma que a todo 30 mi cuerpo, y así me sustentaré Sancho a secas con pan y cebolla como gobernador con
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIII p. 63 perdices y capones. Y más, que mientras se duerme, todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos, y si vuestra merced mira en ello, verá que sólo vuestra merced me ha puesto en esto de gobernar; 5 que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre, y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.” “Por Dios, Sancho”, dijo don Quijote, “que 10 por solas estas últimas razones que has dicho juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas; buen natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga. Encomiéndate a Dios, y procura no errar en la primera intención; quiero 15 decir que siempre tengas intento y firme propósito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren, porque siempre favorece el cielo los buenos deseos. Y vámonos a comer; que creo que ya estos señores nos aguardan.” 20
p. 64 Capítulo XLIV Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la extraña aventura que en el castillo sucedió a don Quijote. Dicen que en el propio original de esta historia 5 se lee que llegando Cide Hamete a escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le había escrito, que fue un modo de queja que tuvo el moro de sí mismo por haber tomado entre manos una historia tan seca y tan 10 limitada como esta de don Quijote, por parecerle que siempre había de hablar de él y de Sancho, sin osar extenderse a otras digresiones y episodios más graves y más entretenidos, y decía que el ir siempre atenido el entendimiento, la 15 mano y la pluma a escribir de un solo sujeto, y hablar por las bocas de pocas personas era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su autor, y que, por huir de este inconveniente, había usado en la primera parte 20 del artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente, y la del Capitán cautivo, que están como separadas de la historia, puesto que las demás que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo don Quijote, que 25 no podían dejar de escribirse. También pensó, como él dice, que muchos, llevados de la atención que piden las hazañas de don Quijote, no la darían a las novelas, y pasarían por ellas, o con prisa, o con enfado, sin advertir la gala 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 65 y artificio que en sí contienen, el cual se mostrara bien al descubierto, cuando por sí solas, sin arrimarse a las locuras de don Quijote, ni a las sandeces de Sancho, salieran a luz. Y, así, en esta segunda parte no quiso injerir 5 novelas sueltas, ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen, nacidos de los mismos sucesos que la verdad ofrece, y aun éstos, limitadamente y con solas las palabras que bastan a declararlos; y pues se contiene 10 y cierra en los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas no por lo que escribe, sino por lo que ha 15 dejado de escribir. Y luego prosigue la historia diciendo que en acabando de comer don Quijote el día que dio los consejos a Sancho, aquella tarde se los dio escritos para que él buscase quien 20 se los leyese; pero apenas se los hubo dado, cuando se le cayeron y vinieron a manos del duque, que los comunicó con la duquesa, y los dos se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio de don Quijote. Y, así, llevando 25 adelante sus burlas, aquella tarde enviaron a Sancho con mucho acompañamiento al lugar que para él había de ser ínsula. Acaeció, pues, que el que le llevaba a cargo era un mayordomo del duque, muy discreto y 30 muy gracioso, que no puede haber gracia donde no hay discreción, el cual había hecho la persona
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 66 de la condesa Trifaldi, con el donaire que queda referido, y, con esto, y con ir industriado de sus señores de cómo se había de haber con Sancho, salió con su intento maravillosamente. Digo, pues, que acaeció que así como Sancho 5 vio al tal mayordomo, se le figuró en su rostro el mismo de la Trifaldi, y, volviéndose a su señor, le dijo: “Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de aquí de donde estoy en justo y en creyente, 10 o vuestra merced me ha de confesar que el rostro de este mayordomo del duque, que aquí está, es el mismo de la Dolorida.” Miró don Quijote atentamente al mayordomo, y, habiéndole mirado, dijo a Sancho: 15 “No hay para qué te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente --que no sé lo que quieres decir--; que el rostro de la Dolorida es el del mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida; que a serlo, implicaría 20 contradicción muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas averiguaciones; que sería entrarnos en intricados laberintos. Créeme, amigo, que es menester rogar a nuestro Señor muy de veras que nos libre a los dos de malos 25 hechiceros y de malos encantadores.” “No es burla, señor”, replicó Sancho, “sino que denantes le oí hablar, y no pareció sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos. Ahora bien, yo callaré; pero no dejaré de andar 30 advertido de aquí adelante, a ver si descubre otra señal que confirme o desfaga mi sospecha.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 67 “Así lo has de hacer, Sancho”, dijo don Quijote, “y darásme aviso de todo lo que en este caso descubrieres, y de todo aquello que en el gobierno te sucediere.” Salió, en fin, Sancho, acompañado de mucha 5 gente, vestido a lo letrado, y encima un gabán muy ancho de chamelote de aguas, leonado, con una montera de lo mismo, sobre un macho a la jineta, y, detrás de él, por orden del duque, iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles 10 de seda, y flamantes. Volvía Sancho la cabeza de cuando en cuando a mirar a su asno, con cuya compañía iba tan contento, que no se trocara con el emperador de Alemania. Al despedirse de los duques les besó las 15 manos, y tomó la bendición de su señor, que se la dio con lágrimas, y Sancho la recibió con pucheritos. Deja, lector amable, ir en paz y en hora buena al buen Sancho, y espera dos fanegas 20 de risa, que te ha de causar el saber cómo se portó en su cargo, y en tanto atiende a saber lo que le pasó a su amo aquella noche; que si con ello no rieres, por lo menos desplegarás los labios con risa de jimia, porque los 25 sucesos de don Quijote, o se han de celebrar con admiración o con risa. Cuéntase, pues, que apenas se hubo partido Sancho, cuando don Quijote sintió su soledad, y si le fuera posible revocarle la comisión y 30 quitarle el gobierno, lo hiciera. Conoció la duquesa su melancolía, y preguntóle que de qué
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 68 estaba triste; que si era por la ausencia de Sancho, que escuderos, dueñas y doncellas había en su casa que le servirían muy a satisfacción de su deseo. “Verdad es, señora mía”, respondió don 5 Quijote, “que siento la ausencia de Sancho; pero no es ésa la causa principal que me hace parecer que estoy triste, y de los muchos ofrecimientos que vuestra excelencia me hace solamente acepto y escojo el de la voluntad con 10 que se me hacen. Y en lo demás suplico a vuestra excelencia que dentro de mi aposento consienta y permita que yo solo sea el que me sirva.” “En verdad”, dijo la duquesa, “señor don 15 Quijote, que no ha de ser así: que le han de servir cuatro doncellas de las mías, hermosas como unas flores.” “Para mí”, respondió don Quijote, “no serán ellas como flores, sino como espinas que me 20 puncen el alma. Así entrarán ellas en mi aposento, ni cosa que lo parezca, como volar. Si es que vuestra grandeza quiere llevar adelante el hacerme merced, sin yo merecerla, déjeme que yo me las haya conmigo y que yo me sirva de 25 mis puertas adentro; que yo ponga una muralla en medio de mis deseos y de mi honestidad, y no quiero perder esta costumbre por la liberalidad que vuestra alteza quiere mostrar conmigo. Y, en resolución, antes dormiré vestido 30 que consentir que nadie me desnude.” “¡No más, no más, señor don Quijote!”,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 69 replicó la duquesa; “por mí digo que daré orden que ni aun una mosca entre en su estancia, no que una doncella. No soy yo persona que por mí se ha de descabalar la decencia del señor don Quijote; que, según se me ha 5 traslucido, la que más campea entre sus muchas virtudes es la de la honestidad. Desnúdese vuestra merced y vístase a sus solas y a su modo, como y cuando quisiere; que no habrá quien lo impida, pues dentro de su aposento hallará los 10 vasos necesarios al menester del que duerme a puerta cerrada, porque ninguna natural necesidad le obligue a que la abra. Viva mil siglos la gran Dulcinea del Toboso, y sea su nombre extendido por toda la redondez de la tierra, 15 pues mereció ser amada de tan valiente y tan honesto caballero, y los benignos cielos infundan en el corazón de Sancho Panza, nuestro gobernador, un deseo de acabar presto sus disciplinas, para que vuelva a gozar el mundo 20 de la belleza de tan gran señora.” A lo cual dijo don Quijote: “Vuestra altitud ha hablado como quien es; que en la boca de las buenas señoras no ha de haber ninguna que sea mala, y más venturosa 25 y más conocida será en el mundo Dulcinea por haberla alabado vuestra grandeza, que por todas las alabanzas que puedan darle los más elocuentes de la tierra.” “Ahora bien, señor don Quijote”, replicó la 30 duquesa, “la hora de cenar se llega y el duque debe de esperar. Venga vuestra merced y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 70 cenemos, y acostaráse temprano; que el viaje que ayer hizo de Candaya no fue tan corto, que no haya causado algún molimiento.” “No siento ninguno, señora”, respondió don Quijote, “porque osaré jurar a vuestra 5 excelencia que en mi vida he subido sobre bestia más reposada, ni de mejor paso que Clavileño, y no sé yo qué le pudo mover a Malambruno para deshacerse de tan ligera y tan gentil cabalgadura, y abrasarla así, sin más ni más.” 10 “A eso se puede imaginar”, respondió la duquesa, “que, arrepentido del mal que había hecho a la Trifaldi y compañía, y a otras personas, y de las maldades que, como hechicero y encantador, debía de haber cometido, quiso 15 concluir con todos los instrumentos de su oficio, y como a principal y que más le traía desasosegado, vagando de tierra en tierra, abrasó a Clavileño; que con sus abrasadas cenizas, y con el trofeo del cartel queda eterno 20 el valor del gran don Quijote de la Mancha.” De nuevo nuevas gracias dio don Quijote a la duquesa, y, en cenando don Quijote, se retiró en su aposento solo, sin consentir que nadie entrase con él a servirle: tanto se temía 25 de encontrar ocasiones que le moviesen o forzasen a perder el honesto decoro que a su señora Dulcinea guardaba, siempre puesta en la imaginación la bondad de Amadís, flor y espejo de los andantes caballeros. Cerró tras sí 30 la puerta, y a la luz de dos velas de cera se desnudó, y al descalzarse --¡oh desgracia
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 71 indigna de tal persona!-- se le soltaron, no suspiros, ni otra cosa que desacreditasen la limpieza de su policía, sino hasta dos docenas de puntos de una media, que quedó hecha celosía. Afligióse en extremo el buen señor, y diera 5 él por tener allí un adarme de seda verde una onza de plata; digo seda verde, porque las medias eran verdes. Aquí exclamó Benengeli, y escribiendo, dijo: “¡Oh pobreza, pobreza, no sé yo con qué 10 razón se movió aquel gran poeta cordobés, a llamarte dádiva santa desagradecida! Yo, aunque moro, bien sé, por la comunicación que he tenido con cristianos, que la santidad consiste en la caridad, humildad, fe, obediencia y 15 pobreza. Pero, con todo eso, digo que ha de tener mucho de Dios el que se viniere a contentar con ser pobre, si no es de aquel modo de pobreza de quien dice uno de sus mayores santos: «Tened todas las cosas como si no las 20 »tuvieseis», y a esto llaman pobreza de espíritu; pero tú, segunda pobreza, que eres de la que yo hablo, ¿por qué quieres estrellarte con los hidalgos y bien nacidos más que con la otra gente? ¿Por qué los obligas a dar pantalia 25 a los zapatos, y a que los botones de sus ropillas unos sean de seda, otros de cerdas y otros de vidrio? ¿Por qué sus cuellos, por la mayor parte, han de ser siempre escarolados, y no abiertos con molde?” Y en esto se echará 30 de ver que es antiguo el uso del almidón y de los cuellos abiertos. Y prosiguió: “Miserable
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 72 del bien nacido que va dando pistos a su honra, comiendo mal, y a puerta cerrada, haciendo hipócrita al palillo de dientes con que sale a la calle después de no haber comido cosa que le obligue a limpiárselos; miserable de aquel, 5 digo, que tiene la honra espantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de su estómago!” Todo esto se le renovó a don Quijote en la 10 soltura de sus puntos; pero consolóse con ver que Sancho le había dejado unas botas de camino, que pensó ponerse otro día. Finalmente, él se recostó pensativo y pesaroso, así de la falta que Sancho le hacía, 15 como de la irreparable desgracia de sus medias, a quien tomara los puntos aunque fuera con seda de otra color, que es una de las mayores señales de miseria que un hidalgo puede dar en el discurso de su prolija estrechez. 20 Mató las velas. Hacía calor y no podía dormir; levantóse del lecho y abrió un poco la ventana de una reja que daba sobre un hermoso jardín, y al abrirla, sintió y oyó que andaba y hablaba gente en el jardín. Púsose a escuchar 25 atentamente. Levantaron la voz los de abajo, tanto, que pudo oír estas razones: “No me porfíes, oh Emerencia, que cante, pues sabes que desde el punto que este forastero entró en este castillo, y mis ojos le miraron, yo 30 no sé cantar, sino llorar; cuanto más que el sueño de mi señora tiene más de ligero que de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 73 pesado, y no querría que nos hallase aquí por todo el tesoro del mundo. Y, puesto caso que durmiese y no despertase, en vano sería mi canto si duerme y no despierta para oírle este nuevo Eneas, que ha llegado a mis regiones 5 para dejarme escarnecida.” “No des en eso, Altisidora amiga”, respondieron; “que sin duda la duquesa y cuantos hay en esa casa duermen, si no es el señor de tu corazón y el despertador de tu alma, porque 10 ahora sentí que abría la ventana de la reja de su estancia, y sin duda debe de estar despierto. Canta, lastimada mía, en tono bajo y suave, al son de tu arpa, y cuando la duquesa nos sienta, le echaremos la culpa al calor que hace.” 15 “No está en eso el punto, oh Emerencia”, respondió la Altisidora, “sino en que no querría que mi canto descubriese mi corazón y fuese juzgada de los que no tienen noticia de las fuerzas poderosas de amor por doncella antojadiza 20 y liviana. Pero venga lo que viniere; que más vale vergüenza en cara que mancilla en corazón.” Y, en esto, sintió tocar una harpa suavísimamente; oyendo lo cual quedó don Quijote 25 pasmado, porque en aquel instante se le vinieron a la memoria las infinitas aventuras semejantes a aquella de ventanas, rejas y jardines, músicas, requiebros y desvanecimientos que en los sus desvanecidos libros de caballerías había 30 leído. Luego imaginó que alguna doncella de la duquesa estaba de él enamorada, y que la
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 74 honestidad la forzaba a tener secreta su voluntad, temió no le rindiese, y propuso en su pensamiento el no dejarse vencer; y, encomendándose de todo buen ánimo y buen talante a su señora Dulcinea del Toboso, determinó de 5 escuchar la música, y para dar a entender que allí estaba, dio un fingido estornudo, de que no poco se alegraron las doncellas, que otra cosa no deseaban sino que don Quijote las oyese. Recorrida, pues, y afinada la harpa, Altisidora 10 dio principio a este romance: ¡Oh tú, que estás en tu lecho, entre sábanas de holanda, durmiendo a pierna tendida de la noche a la mañana, 15 caballero el más valiente que ha producido la Mancha, más honesto y más bendito que el oro fino de Arabia! Oye a una triste doncella, 20 bien crecida y mal lograda, que en la luz de tus dos soles se siente abrasar el alma. Tú buscas tus aventuras, y ajenas desdichas hallas; 25 das las feridas, y niegas el remedio de sanarlas. Dime, valeroso joven, que Dios prospere tus ansias, si te criaste en la Libia, 30 o en las montañas de Jaca, si sierpes te dieron leche, si a dicha fueron tus amas la aspereza de las selvas y el horror de las montañas. 35
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 75 Muy bien puede Dulcinea, doncella rolliza y sana, preciarse de que ha rendido a una tigre y fiera brava. Por esto será famosa, 5 desde Henares a Jarama, desde el Tajo a Manzanares, desde Pisuerga hasta Arlanza. Trocárame yo por ella, y diera encima una saya 10 de las más gayadas mías, que de oro le adornan franjas. ¡Oh, quién se viera en tus brazos, o si no, junto a tu cama, rascándote la cabeza, 15 y matándote la caspa! Mucho pido, y no soy digna de merced tan señalada: los pies quisiera traerte; que a una humilde esto le basta. 20 ¡Oh, qué de cofias te diera, qué de escarpines de plata, qué de calzas de damasco, qué de herreruelos de holanda! ¡Qué de finísimas perlas, 25 cada cual como una agalla, que, a no tener compañeras, las solas fueran llamadas! No mires de tu Tarpeya este incendio que me abrasa, 30 Nerón manchego del mundo, ni le avives con tu saña. Niña soy, pulcela tierna. Mi edad de quince no pasa; catorce tengo y tres meses 35 te juro en Dios y en mi ánima.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 76 No soy renca, ni soy coja, ni tengo nada de manca; los cabellos, como lirios, que, en pie, por el suelo arrastran. Y, aunque es mi boca aguileña, 5 y la nariz algo chata, ser mis dientes de topacios mi belleza al cielo ensalza. Mi voz, ya ves, si me escuchas, que a la que es más dulce iguala, 10 y soy de disposición algo menos que mediana. Estas y otras gracias miras: son despojos de tu aljaba; de esta casa soy doncella, 15 y Altisidora me llaman. Aquí dio fin el canto de la malferida Altisidora, y comenzó el asombro del requerido don Quijote, el cual, dando un gran suspiro, dijo entre sí: 20 “¡Que tengo de ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que me mire que de mí no se enamore! ¡Que tenga de ser tan corta de ventura la sin par Dulcinea del Toboso, que no la han de dejar a solas gozar de la 25 incomparable firmeza mía! ¿Qué la queréis, reinas? ¿A qué la perseguís, emperatrices? ¿Para qué la acosáis, doncellas de a catorce a quince años? Dejad, dejad a la miserable que triunfe, se goce y ufane con la suerte que amor 30 quiso darle en rendirle mi corazón y entregarle mi alma. Mirad, caterva enamorada, que para sola Dulcinea soy de masa y de alfeñique, y para todas las demás soy de pedernal. Para
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 77 ella soy miel, y para vosotras acíbar. Para mí sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la honesta, la gallarda y la bien nacida, y las demás, las feas, las necias, las livianas y las de peor linaje; para ser yo suyo, y no de otra alguna, 5 me arrojó la naturaleza al mundo. Llore o cante Altisidora, desespérese madama por quien me aporrearon en el castillo del moro encantado; que yo tengo de ser de Dulcinea, cocido o asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar 10 de todas las potestades hechiceras de la tierra.” Y, con esto, cerró de golpe la ventana, y, despechado y pesaroso, como si le hubiera acontecido alguna gran desgracia, se acostó en su lecho, donde le dejaremos por ahora, porque 15 nos está llamando el gran Sancho Panza, que quiere dar principio a su famoso gobierno.
p. 78 Capítulo XLV De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y del modo que comenzó a gobernar. ¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, 5 hacha del mundo, ojo del cielo, meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá, médico acullá, padre de la poesía, inventor de la música, tú que siempre sales y aunque lo parece, nunca te pones! ¡A ti digo, 10 oh sol, con cuya ayuda el hombre engendra al hombre!: a ti digo que me favorezcas y alumbres la oscuridad de mi ingenio, para que pueda discurrir por sus puntos en la narración del gobierno del gran Sancho Panza; 15 que, sin ti, yo me siento tibio, desmalazado y confuso. Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía; 20 diéronle a entender que se llamaba la ínsula Baratario, o ya porque el lugar se llamaba Barataria, o ya por el barato con que se le había dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del 25 pueblo a recibirle; tocaron las campanas, y todos los vecinos dieron muestras de general alegría, y con mucha pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego, con algunas ridículas ceremonias, le entregaron las 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLV p. 79 llaves del pueblo, y le admitieron por perpetuo gobernador de la ínsula Barataria. El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía admirada a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y 5 aun a todos los que lo sabían, que eran muchos. Finalmente, en sacándole de la iglesia, le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella, y el mayordomo del duque le dijo: “Es costumbre antigua en esta ínsula, señor 10 gobernador, que el que viene a tomar posesión de esta famosa ínsula está obligado a responder a una pregunta que se le hiciere, que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta el pueblo toma y toca el pulso del 15 ingenio de su nuevo gobernador; y, así, o se alegra, o se entristece con su venida.” En tanto que el mayordomo decía esto a Sancho, estaba él mirando unas grandes y muchas letras que en la pared frontera de su silla 20 estaban escritas, y como él no sabía leer, preguntó que qué eran aquellas pinturas que en aquella pared estaban; fuele respondido: “Señor, allí está escrito y notado el día en que vuestra señoría tomó posesión de esta ínsula, 25 y dice el epitafio: «Hoy día, a tantos de tal »mes y de tal año, tomó la posesión de esta »ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos »años la goce.»” “Y ¿a quién llaman don Sancho Panza?”, 30 preguntó Sancho. “A vuestra señoría”, respondió el mayordomo;
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 80 “que en esta ínsula no ha entrado otro Panza, sino el que está sentado en esa silla.” “Pues advertid, hermano”, dijo Sancho, “que yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y 5 Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi abuelo, y todos fueron Panzas sin añadiduras de dones ni doñas; y yo imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que piedras. Pero basta, Dios me entiende, y podrá ser que si el 10 gobierno me dura cuatro días, yo escardaré estos dones, que por la muchedumbre deben de enfadar como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el señor mayordomo; que yo responderé lo mejor que supiere, ora se entristezca, o 15 no se entristezca el pueblo.” A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de labrador, y el otro de sastre, porque traía una[s] tijeras en la mano; y el sastre dijo: 20 “Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer --que yo, con perdón de los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito--, y, 25 poniéndome un pedazo de paño en las manos, me preguntó: «Señor, ¿habría en este paño harto »para hacerme una caperuza?» Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él debióse de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, 30 que, sin duda, yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLV p. 81 mala opinión de los sastres. Y replicóme que mirase si habría para dos. Adivinéle el pensamiento, y díjele que sí; y él, caballero en su dañada y primera intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que 5 llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de venir por ellas. Yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura; antes me pide que le pague o vuelva su paño.” “Es todo esto así, hermano?”, preguntó 10 Sancho. “Sí señor”, respondió el hombre; “pero hágale vuestra merced que muestre las cinco caperuzas que me ha hecho.” “De buena gana”, respondió el sastre. 15 Y, sacando incontinenti la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo: “He aquí las cinco caperuzas que este buen 20 hombre me pide, y en Dios y en mi conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista de veedores del oficio.” Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas, y del nuevo pleito. Sancho 25 se puso a considerar un poco, y dijo: “Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar luego a juicio de buen varón, y, así, yo doy por sentencia que el sastre pierda las hechuras, y el labrador 30 el paño, y las caperuzas se lleven a los presos de la cárcel, y no haya más.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 82 Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movió a admiración a los circunstantes, ésta les provocó a risa. Pero, en fin, se hizo lo que mandó el gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos, el 5 uno traía una cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo: “Señor, a este buen hombre le presté días ha 10 escudos de oro en oro, por hacerle placer y buena obra, con condición que me los 10 volviese cuando se los pidiese. Pasáronse muchos días sin pedírselos, por no ponerle en mayor necesidad, de volvérmelos, que la que él tenía cuando yo se los presté: pero por parecerme que se descuidaba en la paga, se 15 los he pedido una y muchas veces, y no solamente no me los vuelve, pero me los niega, y dice que nunca tales 10 escudos le presté, y que si se los presté, que ya me los ha vuelto. Yo no tengo testigos ni del prestado, ni de la 20 vuelta, porque no me los ha vuelto. Querría que vuestra merced le tomase juramento y, si jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono para aquí y para delante de Dios.” “¿Qué decís vos a esto, buen viejo del 25 báculo?”, dijo Sancho. A lo que dijo el viejo: “Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuestra merced esa vara, y, pues él lo deja en mi juramento, yo juraré como 30 se los he vuelto y pagado real y verdaderamente.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLV p. 83 Bajó el gobernador la vara, y, en tanto, el viejo del báculo dio el báculo al otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara mucho, y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad, 5 que se le habían prestado aquellos diez escudos que se le pedían; pero que él se los había vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se los volvía a pedir por momentos. Viendo lo cual el gran gobernador, preguntó al 10 acreedor qué respondía a lo que decía su contrario; y dijo que sin duda alguna su deudor debía de decir verdad, porque le tenía por hombre de bien y buen cristiano, y que a él se le debía de haber olvidado el cómo y cuándo 15 se los había vuelto, y que desde allí en adelante jamás le pediría nada. Tornó a tomar su báculo el deudor, y, bajando la cabeza, se salió del juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin más ni más se iba, y viendo también la paciencia 20 del demandante, inclinó la cabeza sobre el pecho, y, poniéndose el índice de la mano derecha sobre las cejas y las narices, estuvo como pensativo un pequeño espacio, y luego alzó la cabeza y mandó que le llamasen al 25 viejo del báculo, que ya se había ido. Trajéronsele, y, en viéndole Sancho, le dijo: “Dadme, buen hombre, ese báculo; que le he menester.” “De muy buena gana”, respondió el viejo: 30 “hele aquí, señor.” Y púsosele en la mano.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 84 Tomóle Sancho, y, dándosele al otro viejo, le dijo: “Andad con Dios, que ya vais pagado.” “¿Yo, señor?”, respondió el viejo. “Pues, ¿vale esta cañaheja 10 escudos de oro?” 5 “Sí”, dijo el gobernador, “o si no, yo soy el mayor porro del mundo, y ahora se verá si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.” Y mandó que allí delante de todos se rompiese y abriese la caña. Hízose así, y en el 10 corazón de ella hallaron 10 escudos en oro. Quedaron todos admirados, y tuvieron a su gobernador por un nuevo Salomón. Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban aquellos 10 escudos, y 15 respondió que de haberle visto dar el viejo que juraba, a su contrario, aquel báculo en tanto que hacía el juramento, y jurar que se los había dado real y verdaderamente, y que, en acabando de jurar, le tornó a pedir el báculo, le 20 vino a la imaginación que dentro de él estaba la paga de lo que pedían. De donde se podía colegir que los que gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios; y más, que él había oído contar otro 25 caso como aquél al cura de su lugar, y que él tenía tan gran memoria, que a no olvidársele todo aquello de que quería acordarse, no hubiera tal memoria en toda la ínsula. Finalmente, el un viejo corrido, y el otro pagado, se 30 fueron, y los presentes quedaron admirados. Y el que escribía las palabras, hechos y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLV p. 85 movimientos de Sancho, no acababa de determinarse si le tendría y pondría por tonto, o por discreto. Luego, acabado este pleito, entró en el juzgado una mujer, asida fuertemente de un 5 hombre vestido de ganadero rico, la cual venía dando grandes voces, diciendo: “¡Justicia, señor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la iré a buscar al cielo! Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre 10 me ha cogido en la mitad de ese campo, y se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera trapo mal lavado, y, desdichada de mí, me ha llevado lo que yo tenía guardado más de veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros 15 y cristianos, de naturales y extranjeros, y yo, siempre dura como un alcornoque, conservándome entera como la salamanquesa en el fuego, o como la lana entre las zarzas, para que este buen hombre llegase ahora con sus 20 manos limpias a manosearme.” “Aún eso está por averiguar, si tiene limpias o no las manos este galán”, dijo Sancho. Y, volviéndose al hombre, le dijo qué decía y respondía a la querella de aquella 25 mujer; el cual, todo turbado, respondió: “Señores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta mañana salía de este lugar, de vender, con perdón sea dicho, cuatro puercos, que me llevaron de alcabalas y 30 socaliñas poco menos de lo que ellos valían. Volvíame a mi aldea, topé en el camino a esta
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 86 buena dueña, y el diablo, que todo lo añasca y todo lo cuece, hizo que yogásemos juntos; paguéle lo suficiente, y ella, mal contenta, asió de mí, y no me ha dejado hasta traerme a este puesto. Dice que la forcé, y miente, 5 para el juramento que hago o pienso hacer; y ésta es toda la verdad, sin faltar meaja.” Entonces el gobernador le preguntó si traía consigo algún dinero en plata. El dijo que hasta veinte ducados tenía en el seno en una 10 bolsa de cuero; Mandó que la sacase y se la entregase así como estaba a la querellante; él lo hizo temblando, tomóla [la] mujer, y, haciendo mil zalemas a todos, y, rogando a Dios por la vida y salud del señor gobernador, 15 que así miraba por las huérfanas menesterosas y doncellas. Y, con esto, se salió del juzgado, llevando la bolsa asida con entrambas manos, aunque primero miró si era de plata la moneda que llevaba dentro. 20 Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las lágrimas, y los ojos y el corazón se iban tras su bolsa: “Buen hombre, id tras aquella mujer, y quitadle la bolsa, aunque no quiera, y volved 25 aquí con ella.” Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego partió como un rayo y fue a lo que se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el fin de aquel pleito, y de 30 allí [a] poco volvieron el hombre y la mujer, más asidos y aferrados que la vez primera,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLV p. 87 ella la saya levantada, y en el regazo puesta la bolsa, y el hombre pugnando por quitársela, mas no era posible, según la mujer la defendía, la cual daba voces, diciendo: “¡Justicia de Dios, y del mundo! ¡Mire vuestra 5 merced, señor gobernador, la poca vergüenza y el poco temor de este desalmado, que en mitad de poblado y en mitad de la calle me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced mandó darme!” 10 “Y ¿háosla quitado?”, preguntó el gobernador. “¿Cómo quitar?”, respondió la mujer; “antes me dejara yo quitar la vida que me quiten la bolsa. ¡Bonita es la niña; otros gatos me han 15 de echar a las barbas, que no este desventurado y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos y escoplos no serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aun garras de leones; antes el ánima de en mitad en mitad de las carnes!” 20 “Ella tiene razón”, dijo el hombre, “y yo me doy por rendido y sin fuerzas, y confieso que las mías no son bastantes para quitársela, y déjola.” Entonces el gobernador dijo a la mujer: 25 “Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.” Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvió al hombre y dijo a la esforzada, y no forzada: “Hermana mía, si el mismo aliento y valor 30 que habéis mostrado para defender esta bolsa le mostrarais, y aun la mitad menos, para defender
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 88 vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza; andad con Dios y mucho de enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula ni en seis leguas a la redonda, so pena de doscientos azotes. ¡Andad luego, digo, 5 churrullera, desvergonzada y embaidora!” Espantóse la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo al hombre: “Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquí adelante, 10 si no le queréis perder, procurad que no os venga en voluntad de yogar con nadie.” El hombre le dio las gracias lo peor que supo y fuese, y los circunstantes quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su 15 nuevo gobernador. Todo lo cual notado de su cronista fue luego escrito al duque, que con gran deseo lo estaba esperando. Y quédese aquí el buen Sancho; que es mucha la prisa que nos da su amo, alborozado 20 con la música de Altisidora.
p. 89 Capítulo XLVI Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora. Dejamos al gran don Quijote envuelto en 5 los pensamientos que le había causado la música de la enamorada doncella Altisidora. Acostóse con ellos, y como si fueran pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto, y juntábansele los que le faltaban de sus medias; pero 10 como es ligero el tiempo y no hay barranco que le detenga, corrió caballero en las horas, y con mucha presteza llegó la de la mañana. Lo cual visto por don Quijote, dejó las blandas plumas, y no nada perezoso, se vistió su agamuzado 15 vestido y se calzó sus botas de camino, por encubrir la desgracia de sus medias. Arrojóse encima su mantón de escarlata y púsose en la cabeza una montera de terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de plata, colgó el 20 tahalí de sus hombros con su buena y tajadora espada, asió un gran rosario que consigo continuo traía, y, con gran prosopopeya y contoneo salió a la antesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como esperándole, 25 y al pasar por una galería, estaban aposta esperándole Altisidora y la otra doncella su amiga; y así como Altisidora vio a don Quijote, fingió desmayarse, y su amiga la recogió en sus faldas, y con gran presteza la iba a 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 90 desabrochar el pecho. Don Quijote que lo vio, llegándose a ellas, dijo: “Ya sé yo de qué proceden estos accidentes.” “No sé yo de qué”, respondió la amiga, 5 “porque Altisidora es la doncella más sana de toda esta casa, y yo nunca la he sentido un ¡ay! en cuanto ha que la conozco; que mal hayan cuantos caballeros andantes hay en el mundo, si es que todos son desagradecidos. Váyase 10 vuestra merced, señor don Quijote; que no volverá en sí esta pobre niña en tanto que vuestra merced aquí estuviere.” A lo que respondió don Quijote: “Haga vuestra merced, señora, que se me 15 ponga un laúd esta noche en mi aposento, que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella; que en los principios amorosos los desengaños prestos suelen ser remedios calificados.” 20 Y, con esto, se fue, porque no fuese notado de los que allí le viesen. No se hubo bien apartado, cuando, volviendo en sí la desmayada Altisidora, dijo a su compañera: “Menester será que se le ponga el laúd; que 25 sin duda don Quijote quiere darnos música, y no será mala, siendo suya.” Fueron luego a dar cuenta a la duquesa de lo que pasaba, y del laúd que pedía don Quijote, y ella, alegre sobre modo, concertó con 30 el duque y con sus doncellas de hacerle una burla que fuese más risueña que dañosa, y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVI p. 91 con mucho contento esperaban la noche, que se vino tan aprisa como se había venido el día, el cual pasaron los duques en sabrosas pláticas con don Quijote. Y la duquesa aquel día real y verdaderamente despachó a 5 un paje suyo, que había hecho en la selva la figura encantada de Dulcinea, a Teresa Panza, con la carta de su marido Sancho Panza, y con el lío de ropa que había dejado para que se le enviase, encargándole le trajese 10 buena relación de todo lo que con ella pasase. Hecho esto, y llegadas las once horas de la noche, halló don Quijote una vihuela en su aposento; templóla, abrió la reja, y sintió que 15 andaba gente en el jardín, y, habiendo recorrido los trastes de la vihuela, y afinándola lo mejor que supo, escupió y remondóse el pecho, y luego, con una voz ronquilla aunque entonada, cantó el siguiente romance, que él mismo 20 aquel día había compuesto: Suelen las fuerzas de amor sacar de quicio a las almas, tomando por instrumento la ociosidad descuidada. 25 Suele el coser y el labrar y el estar siempre ocupada ser antídoto al veneno de las amorosas ansias. Las doncellas recogidas 30 que aspiran a ser casadas... la honestidad es la dote y voz de sus alabanzas.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 92 Los andantes caballeros y los que en la corte andan requiébranse con las libres; con las honestas se casan. Hay amores de Levante, 5 que entre huéspedes se tratan, que llegan presto al Poniente, porque en el partirse acaban. El amor recién venido que hoy llegó, y se va mañana, 10 las imágenes no deja bien impresas en el alma. Pintura sobre pintura, ni se muestra ni señala; y do hay primera belleza, 15 la segunda no hace baza. Dulcinea del Toboso del alma en la tabla rasa tengo pintada, de modo que es imposible borrarla. 20 La firmeza en los amantes es la parte más preciada, por quien hace Amor milagros, y asimismo los levanta. Aquí llegaba don Quijote de su canto, a 25 quien estaban escuchando el duque y la duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando de improviso, desde encima de un corredor que sobre la reja de don Quijote a plomo caía, descolgaron un cordel donde 30 venían más de cien [cen]cerros asidos, y luego tras ellos derramaron un gran saco de gatos, que asimismo traían cencerros menores atados a las colas. Fue tan grande el ruido de los cencerros y el maullar de los gatos, que aunque 35
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVI p. 93 los duques habían sido inventores de la burla, todavía les sobresaltó, y, temeroso don Quijote, quedó pasmado; y quiso la suerte que dos o tres gatos se entraron por la reja de su estancia, y, dando de una parte a otra, parecía que 5 una región de diablos andaba en ella. Apagaron las velas que en el aposento ardían, y andaban buscando por do escaparse; el descolgar y subir del cordel de los grandes cencerros no cesaba. La mayor parte de la gente del 10 castillo, que no sabía la verdad del caso, estaba suspensa y admirada. Levantóse don Quijote en pie, y, poniendo mano a la espada, comenzó a tirar estocadas por la reja y a decir a grandes voces: 15 “¡Afuera malignos encantadores, afuera canalla hechiceresca; que yo soy don Quijote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestras malas intenciones!” Y, volviéndose a los gatos que andaban por 20 el aposento, les tiró muchas cuchilladas; ellos acudieron a la reja, y por allí se salieron, aunque uno, viéndose tan acosado de las cuchilladas de don Quijote, le saltó al rostro y le asió de las narices con las uñas y los dientes, por 25 cuyo dolor don Quijote comenzó a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duque y la duquesa, y considerando lo que podía ser, con mucha presteza acudieron a su estancia, y, abriendo con llave maestra, vieron al pobre 30 caballero pugnando con todas sus fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraron con
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 94 luces, y vieron la desigual pelea. Acudió el duque a despartirla, y don Quijote dijo a voces: “¡No me le quite nadie, déjenme mano a mano con este demonio, con este hechicero, con este encantador; que yo le daré a entender 5 de mí a él, quién es don Quijote de la Mancha!” Pero el gato, no curándose de estas amenazas, gruñía y apretaba; mas, en fin, el duque se le desarraigó y le echó por la reja. 10 Quedó don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muy despechado porque no le habían dejado fenecer la batalla que tan trabada tenía con aquel malandrín encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, 15 y la misma Altisidora, con sus blanquísimas manos, le puso unas vendas por todo lo herido, y, al ponérselas, con voz baja le dijo: “Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu dureza 20 y pertinacia; y plegue a Dios que se le olvide a Sancho tu escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni tú la goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te 25 adoro.” A todo esto no respondió don Quijote otra palabra, si no fue dar un profundo suspiro, y luego se tendió en su lecho, agradeciendo a los duques la merced, no porque él tenía temor 30 de aquella canalla gatesca, encantadora y cencerruna, sino porque había conocido la buena
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVI p. 95 intención con que habían venido a socorrerle. Los duques le dejaron sosegar y se fueron pesarosos del mal suceso de la burla; que no creyeron que tan pesada y costosa le saliera a don Quijote aquella aventura: que le costó 5 cinco días de encerramiento y de cama, donde le sucedió otra aventura más gustosa que la pasada, la cual no quiere su historiador contar ahora, por acudir a Sancho Panza, que andaba muy solícito y muy gracioso en su gobierno. 10
p. 96 Capítulo XLVII Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su gobierno. Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un suntuoso palacio, 5 adonde en una gran sala estaba puesta una real y limpísima mesa; y así como Sancho entró en la sala, sonaron chirimías y salieron cuatro pajes a darle aguamanos, que Sancho recibió con mucha gravedad. 10 Cesó la música, sentóse Sancho a la cabecera de la mesa, porque no había más de aquel asiento, y no otro servicio en toda ella. Púsose a su lado en pie un personaje, que después mostró ser médico, con una varilla de ballena 15 en la mano. Levantaron una riquísima y blanca toalla con que estaban cubiertas las frutas y mucha diversidad de platos de diversos manjares; uno que parecía estudiante echó la bendición, y un paje puso un babador randado a 20 Sancho, otro que hacía el oficio de maestresala llegó un plato de fruta delante, pero apenas hubo comido un bocado, cuando el de la varilla tocando con ella en el plato, se le quitaron de delante con grandísima celeridad. Pero 25 el maestresala le llegó otro, de otro manjar; iba a probarle Sancho, pero antes que llegase a él ni le gustase, ya la varilla había tocado en él, y un paje alzádole con tanta presteza como el de la fruta. Visto lo cual por Sancho, quedó 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 97 suspenso, y, mirando a todos, preguntó si se había de comer aquella comida como juego de maesecoral. A lo cual respondió el de la vara: “No se ha de comer, señor gobernador, sino como es uso y costumbre en las otras ínsulas 5 donde hay gobernadores. Yo, señor, soy médico, y estoy asalariado en esta ínsula para serlo de los gobernadores de ella, y miro por su salud mucho más que por la mía, estudiando de noche y de día y tanteando la complexión del 10 gobernador, para acertar a curarle cuando cayere enfermo; y lo principal que hago es asistir a sus comidas y cenas, y a dejarle comer de lo que me parece que le conviene, y a quitarle lo que imagino que le ha de hacer daño 15 y ser nocivo al estómago. Y, así, mandé quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente húmeda, y el plato del otro manjar también le mandé quitar, por ser demasiadamente caliente y tener muchas especias, que 20 acrecientan la sed; y el que mucho bebe, mata y consume el húmedo radical, donde consiste la vida.” “De esa manera, aquel plato de perdices que están allí asadas, y, a mi parecer, bien 25 sazonadas, no me harán algún daño.” A lo que el médico respondió: “Esas no comerá el señor gobernador en tanto que yo tuviere vida.” “Pues ¿por qué?”, dijo Sancho. 30 Y el médico respondió: “Porque nuestro maestro Hipócrates, norte
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 98 y luz de la medicina, en un aforismo suyo dice: Omnis saturatio mala, perdices autem pessima. Quiere decir: «toda hartazga es mala; »pero la de las perdices, malísima.»” “Si eso es así”, dijo Sancho, “vea el señor 5 doctor de cuantos manjares hay en esta mesa, cuál me hará más provecho y cuál menos daño, y déjeme comer de él sin que me le apalee; porque por vida del gobernador, y así Dios me le deje gozar, que me muero de hambre, y 10 el negarme la comida, aunque le pese al señor doctor y él más me diga, antes será quitarme la vida que aumentármela.” “Vuestra merced tiene razón, señor gobernador”, respondió el médico, “y así es mi 15 parecer que vuestra merced no coma de aquellos conejos guisados que allí están, porque es manjar peliagudo. De aquella ternera, si no fuera asada y en adobo, aún se pudiera probar; pero no hay para qué.” 20 Y Sancho dijo: “Aquel platonazo que está más adelante vahando me parece que es olla podrida, que, por la diversidad de cosas que en las tales ollas podridas hay, no podré dejar de topar con alguna 25 que me sea de gusto y de provecho.” “Absit”, dijo el médico; “vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento. No hay cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida. Allá las ollas podridas para los canónigos, 30 o para los rectores de colegios, o para las bodas labradorescas, y déjennos libres las
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 99 mesas de los gobernadores, donde ha de asistir todo primor y toda atildadura. Y la razón es porque siempre y a doquiera y de quienquiera son más estimadas las medicinas simples que las compuestas, porque en las simples no se 5 puede errar, y en las compuestas sí, alterando la cantidad de las cosas de que son compuestas; mas lo que yo sé que ha de comer el señor gobernador ahora, para conservar su salud y corroborarla es un ciento de cañutillos de 10 suplicaciones, y unas tajadicas sutiles de carne de membrillo, que le asienten el estómago, y le ayuden a la digestión.” Oyendo esto Sancho, se arrimó sobre el espaldar de la silla, y miró de hito en hito al tal 15 médico, y con voz grave le preguntó cómo se llamaba, y dónde había estudiado. A lo que él respondió: “Yo, señor gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Agüero, y soy natural de un 20 lugar llamado Tirteafuera, que está entre Caracuel y Almodóvar del Campo, a la mano derecha, y tengo el grado de doctor por la Universidad de Osuna.” A lo que respondió Sancho, todo encendido 25 en cólera: “Pues, señor doctor Pedro Recio de mal Agüero, natural de Tirteafuera, lugar que está a la derecha mano, como vamos de Caracuel a Almodóvar del Campo, graduado en Osuna, 30 quíteseme luego delante. Si no, voto al sol que tome un garrote y que a garrotazos, comenzando
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 100 por él, no me ha de quedar médico en toda la ínsula, a lo menos, de aquellos que yo entienda que son ignorantes; que a los médicos sabios, prudentes y discretos los pondré sobre mi cabeza y los honraré como a personas 5 divinas. Y vuelvo a decir que se me vaya Pedro Recio de aquí. Si no, tomaré esta silla donde estoy sentado, y se la estrellaré en la cabeza, y pídanmelo en residencia; que yo me descargaré con decir que hice servicio a Dios en 10 matar a un mal médico, verdugo de la república. Y denme de comer, o si no, tómense su gobierno; que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.” Alborotóse el doctor viendo tan colérico al 15 gobernador, y quiso hacer tirteafuera de la sala, sino que en aquel instante sonó una corneta de posta en la calle, y, asomándose el maestresala a la ventana, volvió, diciendo: “Correo viene del duque mi señor; algún 20 despacho debe de traer de importancia.” Entró el correo sudando y asustado, y, sacando un pliego del seno, le puso en las manos del gobernador, y Sancho le puso en las del mayordomo, a quien mandó leyese el sobrescrito 25 que decía así: «A don Sancho Panza, »gobernador de la ínsula Barataria, en su »propia mano, o en las de su secretario.» Oyendo lo cual Sancho, dijo: “¿Quién es aquí mi secretario?” 30 Y uno de los que presentes estaban respondió:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 101 “Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy vizcaíno.” “Con esa añadidura”, dijo Sancho, “bien podéis ser secretario del mismo emperador; abrid ese pliego, y mirad lo que dice.” 5 Hízolo así el recién nacido secretario, y, habiendo leído lo que decía, dijo que era negocio para tratarle a solas. Mandó Sancho despejar la sala, y que no quedasen en ella sino el mayordomo y el maestresala, y los demás y 10 el médico se fueron, y luego el secretario leyó la carta que así decía: “A mi noticia ha llegado, señor don Sancho Panza, que unos enemigos míos y de esa ínsula la han de dar un asalto furioso no se qué 15 noche; conviene velar y estar alerta, porque no le tomen desapercibido. Sé también por espías verdaderas que han entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas para quitaros la vida porque se temen de vuestro ingenio; abrid 20 el ojo y mirad quién llega a hablaros, y no comáis de cosa que os presentaren. Yo tendré cuidado de socorreros si os viereis en trabajo, y en todo haréis como se espera de vuestro entendimiento. De este lugar a 16 de agosto 25 a las cuatro de la mañana. Vuestro amigo, El duque.” Quedó atónito Sancho, y mostraron quedarlo asimismo los circunstantes, y, volviéndose al mayordomo, le dijo: 30 “Lo que ahora se ha de hacer, y ha de ser luego, es meter en un calabozo al doctor Recio,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 102 porque si alguno me ha de matar, ha de ser él, y de muerte adminícula y pésima, como es la de la hambre.” “También”, dijo el maestresala, “me parece a mí que vuestra merced no coma de todo 5 lo que está en esta mesa, porque lo han presentado unas monjas, y, como suele decirse, detrás de la cruz está el diablo.” “No lo niego”, respondió Sancho, “y, por ahora, denme un pedazo de pan, y obra de 10 cuatro libras de uvas; que en ellas no podrá venir veneno, porque, en efecto, no puedo pasar sin comer, y si es que hemos de estar prontos para estas batallas que nos amenazan, menester será estar bien mantenidos, porque 15 tripas llevan corazón, que no corazón tripas, y vos, secretario, responded al duque mi señor, y decidle que se cumplirá lo que manda como lo manda, sin faltar punto, y daréis de mi parte un besamanos a mi señora la duquesa, y 20 que le suplico no se le olvide de enviar con un propio mi carta y mi lío a mi mujer Teresa Panza; que en ello recibiré mucha merced, y tendré cuidado de [ser]virla con todo lo que mis fuerzas alcanzaren, y de camino podéis 25 encajar un besamanos a mi señor don Quijote de la Mancha, porque vea que soy pan agradecido. Y vos, como buen secretario y como buen vizcaíno, podéis añadir todo lo que quisiereis y más viniere a cuento. Y álcense 30 estos manteles y denme a mí de comer; que yo me avendré con cuantas espías y matadores y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 103 encantadores vinieren sobre mí y sobre mi ínsula.” En esto, entró un paje y dijo: “Aquí está un labrador negociante que quiere hablar a vuestra señoría en un negocio, según 5 él dice, de mucha importancia.” “Extraño caso es éste”, dijo Sancho, “de estos negociantes. ¿Es posible que sean tan necios, que no echen de ver que semejantes horas como éstas no son en las que han de venir a 10 negociar? ¿Por ventura los que gobernamos, los que somos jueces, no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester que nos dejen descansar el tiempo que la necesidad pide, sino que quieren que seamos hechos de 15 piedra mármol? Por Dios y en mi conciencia que si me dura el gobierno --que no durará según se me trasluce--, que yo ponga en pretina a más de un negociante. Ahora decid a ese buen hombre que entre; pero adviértase 20 primero no sea alguno de los espías, o matador mío.” “No, señor”, respondió el paje, “porque parece una alma de cántaro, y yo sé poco, o él es tan bueno como el buen pan.” 25 “No hay que temer”, dijo el mayordomo; “que aquí estamos todos.” “¿Sería posible”, dijo Sancho, “maestresala, que ahora que no está aquí el doctor Pedro Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y 30 de sustancia, aunque fuese un pedazo de pan y una cebolla?”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 104 “Esta noche, a la cena, se satisfará la falta de la comida, y quedará vuestra señoría satisfecho y pagado”, dijo el maestresala. “Dios lo haga”, respondió Sancho. Y, en esto, entró el labrador, que era de muy 5 buena presencia, y de mil leguas se le echaba de ver que era bueno y buena alma. Lo primero que dijo fue: “¿Quién es aquí el señor gobernador?” “¿Quién ha de ser”, respondió el secretario, 10 “sino el que está sentado en la silla?” “Humíllome, pues, a su presencia”, dijo el labrador. Y, poniéndose de rodillas, le pidió la mano para besársela. Negósela Sancho y mandó que 15 se levantase y dijese lo que quisiese. Hízolo así el labrador, y luego dijo: “Yo, señor, soy labrador, natural de Miguelturra, un lugar que está dos leguas de Ciudad Real.” 20 “Otro Tirteafuera tenemos”, dijo Sancho; “decid, hermano, que lo que yo os sé decir es que sé muy bien a Miguelturra, y que no está muy lejos de mi pueblo.” “Es, pues, el caso, señor”, prosiguió el 25 labrador, “que yo por la misericordia de Dios soy casado en paz y en haz de la san[ta] Iglesia católica romana. Tengo dos hijos estudiantes, que el menor estudia para bachiller y el mayor para licenciado; soy viudo porque se 30 murió mi mujer, o, por mejor decir, me la mató un mal médico, que la purgó estando preñada,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 105 y si Dios fuera servido que saliera a luz el parto, y fuera hijo, yo le pusiera a estudiar para doctor, porque no tuviera envidia a sus hermanos el bachiller y el licenciado.” “De modo”, dijo Sancho, “que si vuestra 5 mujer no se hubiera muerto, o la hubieran muerto, ¿vos no fuerais ahora viudo?” “No, señor, en ninguna manera”, respondió el labrador. “Medrados estamos”, replicó Sancho; “adelante 10 hermano, que es hora de dormir más que de negociar.” “Digo, pues”, dijo el labrador, “que este mi hijo que ha de ser bachiller se enamoró en el mismo pueblo de una doncella llamada Clara 15 Perlerina, hija de Andrés Perlerino, labrador riquísimo, y este nombre de Perlerines no les viene de abolengo ni otra alcurnia, sino porque todos los de este linaje son perláticos, y, por mejorar el nombre, los llaman Perlerines, 20 aunque si va decir la verdad, la doncella es como una perla oriental, y mirada por el lado derecho parece una flor del campo, por el izquierdo no tanto, porque le falta aquel ojo que se le saltó de viruelas. Y aunque los hoyos del 25 rostro son muchos y grandes, dicen los que la quieren bien que aquéllos no son hoyos, sino sepulturas donde se sepultan las almas de sus amantes. Es tan limpia, que por no ensuciar la cara, trae las narices, como dicen, arremangadas, 30 que no parece sino que van huyendo de la boca, y con todo esto parece bien por extremo,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 106 porque tiene la boca grande, y a no faltarle diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar y echar raya entre las más bien formadas. De los labios no tengo qué decir, porque son tan sutiles y delicados, que si se usaran aspar 5 labios, pudieran hacer de ellos una madeja; pero como tienen diferente color de la que en los labios se usa comúnmente, parecen milagrosos, porque son jaspeados de azul y verde, y aberenjenado. Y perdóneme el señor gobernador, 10 si por tan menudo voy pintando las partes de la que al fin al fin ha de ser mi hija; que la quiero bien, y no me parece mal.” “Pintad lo que quisiereis”, dijo Sancho; “que yo me voy recreando en la pintura, y si 15 hubiera comido, no hubiera mejor postre para mí que vuestro retrato.” “Eso tengo yo por servir”, respondió el labrador; “pero tiempo vendrá en que seamos, si ahora no somos. Y digo, señor, que si pudiera 20 pintar su gentileza y la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiración; pero no puede ser a causa de que ella está agobiada y encogida, y tiene las rodillas con la boca, y con todo eso, se echa bien de ver que si se pudiera levantar 25 diera con la cabeza en el techo, y ya ella hubiera dado la mano de esposa a mi bachiller, sino que no la puede extender, que está añudada. Y con todo, en las uñas largas y acanaladas se muestra su bondad y buena 30 hechura.” “Está bien”, dijo Sancho, “y haced cuenta,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 107 hermano, que ya la habéis pintado de los pies a la cabeza. ¿Qué es lo que queréis ahora? Y venid al punto sin rodeos ni callejuelas, ni retazos ni añadiduras.” “Querría, señor”, respondió el labrador, 5 “que vuestra merced me hiciese merced de darme una carta de favor para mi consuegro, suplicándole sea servido de que este casamiento se haga, pues no somos desiguales en los bienes de fortuna, ni en los de la 10 naturaleza; porque, para decir la verdad, señor gobernador, mi hijo es endemoniado, y no hay día que tres o cuatro veces no le atormenten los malignos espíritus. Y de haber caído una vez en el fuego tiene el rostro arrugado como 15 pergamino, y los ojos algo llorosos y manantiales; pero tiene una condición de un ángel, y si no es que se aporrea y se da de puñadas él mismo a sí mismo, fuera un bendito.” “¿Queréis otra cosa, buen hombre?”, replicó 20 Sancho. “Otra cosa querría”, dijo el labrador, “sino que no me atrevo a decirlo; pero, vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no pegue. Digo, señor, que querría 25 que vuestra merced me diese trescientos o seiscientos ducados para ayuda [a] la dote de mi bachiller, digo, para ayuda de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos a las impertinencias de los 30 suegros.” “Mirad si queréis otra cosa”, dijo Sancho,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 108 “y no la dejéis de decir por empacho ni por vergüenza.” “No por cierto”, respondió el labrador. Y apenas dijo esto, cuando, levantándose en pie el gobernador, asió de la silla en que 5 estaba sentado, y dijo: “¡Voto a tal, don patán rústico y mal mirado, que si no os apartáis y escondéis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza! Hideputa, bellaco, pintor del mismo 10 demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme seiscientos ducados? Y ¿dónde los tengo yo, hediondo? Y ¿por qué te los había de dar, aunque los tuviera, socarrón y mentecato? Y ¿qué se me da a mí de Miguelturra, ni de todo el 15 linaje de los Perlerines? ¡Va de mí, digo; si no, por vida del duque mi señor que haga lo que tengo dicho! ¡Tú no debes de ser de Miguelturra, sino algún socarrón que para tentarme te ha enviado aquí el infierno! Dime, 20 desalmado, aún no ha día y medio que tengo el gobierno, y ¿ya quieres que tenga seiscientos ducados?” Hizo de señas el maestresala al labrador que se saliese de la sala, el cual lo hizo 25 cabizbajo, y, al parecer, temeroso de que el gobernador no ejecutase su cólera; que el bellacón supo hacer muy bien su oficio. Pero dejemos con su cólera a Sancho, y ándese la paz en el corro, y volvamos a don 30 Quijote, que le dejamos vendado el rostro y curado de las gatescas heridas, de las
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 109 cuales no sanó en ocho días; en uno de los cuales le sucedió lo que Cide Hamete promete de contar con la puntualid[ad] y verdad que suele contar las cosas de esta historia, por mínimas que sean. 5
p. 110 Capítulo XLVIII De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna. 5 A demás estaba mohíno y melancólico el malferido don Quijote, vendado el rostro y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato, desdichas anejas a la andante caballería. Seis días estuvo sin salir en 10 público, en una noche de los cuales, estando despierto y desvelado, pensando en sus desgracias y en el perseguimiento de Altisidora, sintió que con una llave abrían la puerta de su aposento, y luego imaginó que la enamorada 15 doncella venía para sobresaltar su honestidad y ponerle en condición de faltar a la fe que guardar debía a su señora Dulcinea del Toboso. “No”, dijo, creyendo a su imaginación, y esto, con voz que pudiera ser oída, “no ha 20 de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de adorar la que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazón, y en lo más escondido de mis entrañas, ora estés, señora mía, transformada en cebolluda labradora, 25 ora en ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y sirgo compuestas, ora te tenga Merlín o Montesinos donde ellos quisieren; que adondequiera eres mía y adoquiera he sido yo, y he de ser, tuyo.” 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 111 El acabar estas razones y el abrir de la puerta fue todo uno. Púsose en pie sobre la cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, una galocha en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados; el rostro, por 5 los aruños, los bigotes, porque no se le desmayasen y cayesen, en el cual traje parecía la más extraordinaria fantasma que se pudiera pensar. Clavó los ojos en la puerta, y cuando esperaba ver entrar por ella a la rendida y 10 lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendísima dueña con unas tocas blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubrían y enmantaban desde los pies a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traía una media vela 15 encendida, y con la derecha se hacía sombra, porque no le diese la luz en los ojos, a quien cubrían unos muy grandes anteojos; venía pisando quedito, y movía los pies blandamente. Miróla don Quijote desde su atalaya, y cuando 20 vio su adeliño y notó su silencio, pensó que alguna bruja o maga venía en aquel traje a hacer en él alguna mala fechoría, y comenzó a santiguarse con mucha prisa. Fuese llegando la visión, y cuando llegó a la mitad del 25 aposento, alzó los ojos y vio la prisa con que se estaba haciendo cruces don Quijote, y si él quedó medroso en ver tal figura, ella quedó espantada en ver la suya, porque así como le vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con 30 las vendas que le desfiguraban, dio una gran voz diciendo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 112 “Jesús, ¿qué es lo que veo?” Y con el sobresalto se le cayó la vela de las manos, y, viéndose a oscuras, volvió las espaldas para irse, y con el miedo tropezó en sus faldas y dio consigo una gran caída. 5 Don Quijote, temeroso, comenzó a decir: “Conjúrote, fantasma, o lo que eres, que me digas quién eres, y que me digas qué es lo que de mí quieres. Si eres alma en pena, dímelo; que yo haré por ti todo cuanto mis fuerzas 10 alcanzaren, porque soy católico cristiano, y amigo de hacer bien a todo el mundo; que para esto tomé la orden de la caballería andante que profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacer bien a las ánimas de purgatorio se 15 extiende.” La abrumada dueña, que oyó conjurarse, por su temor coligió el de don Quijote, y con voz afligida y baja le respondió: “Señor don Quijote, si es que acaso vuestra 20 merced es don Quijote, yo no soy fantasma, ni visión, ni alma de purgatorio, como vuestra merced debe de haber pensado, sino doña Rodríguez, la dueña de honor de mi señora la duquesa, que con una necesidad, de aquellas 25 que vuestra merced suele remediar, a vuestra merced vengo.” “Dígame, señora doña Rodríguez”, dijo don Quijote; “¿por ventura viene vuestra merced a hacer alguna tercería? Porque le hago 30 saber que no soy de provecho para nadie, merced a la sin par belleza de mi señora
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 113 Dulcinea del Toboso. Digo, en fin, señora doña Rodríguez, que como vuestra merced salve y deje a una parte todo recado amoroso, puede volver a encender su vela, y vuelva, y departiremos de todo lo que más mandare y más en 5 gusto le viniere, salvando, como digo, todo incitativo melindre.” “¿Yo recado de nadie, señor mío?”, respondió la dueña. “Mal me conoce vuestra merced; sí, que aún no estoy en edad tan prolongada, 10 que me acoja a semejantes niñerías, pues, Dios loado, mi alma me tengo en las carnes, y todos mis dientes y muelas en la boca, amén de unos pocos que me han usurpado unos catarros, que en esta tierra de Aragón son tan 15 ordinarios. Pero espéreme vuestra merced un poco; saldré a encender mi vela, y volveré en un instante a contar mis cuitas, como a remediador de todas las del mundo.” Y, sin esperar respuesta, se salió del 20 aposento, donde quedó don Quijote sosegado y pensativo esperándola; pero luego le sobrevinieron mil pensamientos acerca de aquella nueva aventura, y parecíale ser mal hecho y peor pensado ponerse en peligro de romper 25 a su señora la fe prometida, y decíase a sí mismo: “¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y mañoso, querrá engañarme ahora con una dueña, lo que no ha podido con emperatrices, reinas, 30 duquesas, marquesas ni condesas? Que yo he oído decir muchas veces y a muchos discretos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 114 que, si él puede, antes os la dará roma que aguileña; y ¿quién sabe, si esta soledad, esta ocasión y este silencio despertará mis deseos que duermen, y harán que al cabo de mis años venga a caer donde nunca he tropezado? 5 Y en casos semejantes, mejor es huir que esperar la batalla. Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues tales disparates digo y pienso; que no es posible que una dueña toquiblanca, larga y anteojuna pueda mover ni levantar 10 pensamiento lascivo en el más desalmado pecho del mundo. ¿Por ventura hay dueña en la tierra que tenga buenas carnes? ¿Por ventura hay dueña en el orbe que deje de ser impertinente, fruncida y melindrosa? ¡Afuera, pues, caterva 15 dueñesca, inútil para ningún humano regalo! ¡Oh, cuán bien hacía aquella señora de quien se dice que tenía dos dueñas de bulto con sus anteojos y almohadillas al cabo de su estrado, como que estaban labrando, y tanto le servían 20 para la autoridad de la sala aquellas estatuas, como las dueñas verdaderas!” Y, diciendo esto, se arrojó del lecho con intención de cerrar la puerta y no dejar entrar a la señora Rodríguez; mas cuando la llegó a 25 cerrar, ya la señora Rodríguez volvía, encendida una vela de cera blanca, y cuando ella vio a don Quijote de más cerca, envuelto en la colcha, con las vendas, galocha o bicoquín, temió de nuevo, y, retirándose atrás como dos 30 pasos, dijo: “¿Estamos seguras, señor caballero? Porque
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 115 no tengo a muy honesta señal haberse vuestra merced levantado de su lecho.” “Eso mismo es bien que yo pregunte, señora”, respondió don Quijote, “y, así, pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y 5 forzado.” “¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad?”, respondió la dueña. “A vos, y de vos la pido”, replicó don Quijote; “porque ni yo soy de mármol, ni vos de 10 bronce, ni ahora son las diez del día, sino medianoche, y aun un poco más, según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lo debió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido. 15 Pero dadme, señora, la mano; que yo no quiero otra seguridad mayor que la de mi continencia y recato, y la que ofrecen esas reverendísimas tocas.” Y, diciendo esto, besó su derecha mano y le 20 asió de la suya, que ella le dio con las mismas ceremonias. Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice que por Mahoma que diera por ver ir a los dos así asidos y trabados desde la puerta al 25 lecho la mejor almalafa de dos que tenía. Entróse, en fin, don Quijote en su lecho, y quedóse doña Rodríguez sentada en una silla, algo desviada de la cama, no quitándose los anteojos ni la vela. Don Quijote se acurrucó y 30 se cubrió todo, no dejando más del rostro descubierto y, habiéndose los dos sosegado, el
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 116 primero que rompió el silencio fue don Quijote, diciendo: “Puede vuestra merced ahora, mi señora doña Rodríguez, descoserse y desbuchar todo aquello que tiene dentro de su cuitado corazón y 5 lastimadas entrañas; que será de mí escuchada con castos oídos y socorrida con piadosas obras.” “Así lo creo yo”, respondió la dueña; “que de la gentil y agradable presencia de vuestra 10 merced no se podía esperar sino tan cristiana respuesta. Es, pues, el caso, señor don Quijote, que aunque vuestra merced me ve sentada en esta silla y en la mitad del reino de Aragón, y en hábito de dueña aniquilada y asendereada, 15 soy natural de las Asturias de Oviedo y de linaje, que atraviesan por él muchos de los mejores de aquella provincia. Pero mi corta suerte y el descuido de mis padres, que empobrecieron antes de tiempo sin saber cómo ni 20 cómo no, me trajeron a la corte, a Madrid, donde, por bien de paz, y por excusar mayores desventuras, mis padres me acomodaron a servir de doncella de labor a una principal señora; y quiero hacer sabedor a vuestra merced que en 25 hacer vainillas y labor blanca, ninguna me ha echado el pie adelante en toda la vida. Mis padres me dejaron sirviendo y se volvieron a su tierra, y de allí a pocos años se debieron de ir al cielo, porque eran además buenos y 30 católicos cristianos; quedé huérfana y atenida al miserable salario y a las angustiadas
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 117 mercedes que a las tales criadas se suele dar en palacio. Y, en este tiempo, sin que diese yo ocasión a ello, se enamoró de mí un escudero de casa, hombre ya en días, barbudo y apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, 5 porque era montañés. No tratamos tan secretamente nuestros amores, que no viniesen a noticia de mi señora, la cual, por excusar dimes y diretes, nos casó en paz y en haz de la santa madre Iglesia católica romana, de cuyo 10 matrimonio nació una hija para rematar con mi ventura, si alguna tenía, no porque yo muriese del parto, que le tuve derecho y en sazón, sino porque desde allí a poco murió mi esposo de un cierto espanto que tuvo, que a tener 15 ahora lugar para contarle, yo sé que vuestra merced se admirara.” Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente, y dijo: “Perdóneme vuestra merced, señor don 20 Quijote; que no va más en mi mano, porque todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan los ojos de lágrimas. ¡Válgame Dios, y con qué autoridad llevaba a mi señora a las ancas de una poderosa mula, negra como 25 el mismo azabache!; que entonces no se usaban coches ni sillas, como ahora dicen que se usan, y las señoras iban a las ancas de sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de contarlo, porque se note la crianza y puntualidad 30 de mi buen marido. Al entrar de la calle de Santiago, en Madrid, que es algo estrecha,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 118 venía a salir por ella un alcalde de corte, con dos alguaciles delante, y, así como mi buen escudero le vio, volvió las riendas a la mula, dando señal de volver a acompañarle. Mi señora, que iba a las ancas, con voz baja le 5 decía: «¿Qué hacéis, desventurado, no veis »que voy aquí?» El alcalde, de comedido, detuvo la rienda al caballo, y díjole: «Seguid, »señor, vuestro camino; que yo soy el que »debo acompañar a mi señora doña Casilda», 10 que así era el nombre de mi ama. Todavía porfiaba mi marido con la gorra en la mano, a querer ir acompañando al alcalde; viendo lo cual mi señora, llena de cólera y enojo, sacó un alfiler gordo, o creo que un punzón del 15 estuche, y clavósele por los lomos, de manera, que mi marido dio una gran voz, y torció el cuerpo de suerte, que dio con su señora en el suelo. ”Acudieron dos lacayos suyos a levantarla, 20 y lo mismo hizo el alcalde y los alguaciles; alborotóse la puerta de Guadalajara, digo, la gente baldía que en ella estaba. Vínose a pie mi ama, y mi marido acudió en casa de un barbero, diciendo que llevaba pasadas de 25 parte a parte las entrañas. Divulgóse la cortesía de mi esposo, tanto, que los muchachos le corrían por las calles, y por esto, y porque él era algún tanto corto de vista, mi señora (la duquesa) le despidió, de cuyo pesar, sin duda 30 alguna, tengo para mí que se le causó el mal de la muerte; quedé yo viuda y desamparada y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 119 con hija a cuestas, que iba creciendo en hermosura como la espuma de la mar. Finalmente, como yo tuviese fama de gran labrandera, mi señora la duquesa, que estaba recién casada con el duque mi señor, quiso traerme consigo 5 a este reino de Aragón, y a mi hija ni más ni menos, adonde, yendo días y viniendo días, creció mi hija, y con ella todo el donaire del mundo; canta como una calandria, danza como el pensamiento, baila como una perdida, lee y 10 escribe como un maestro de escuela, y cuenta como un avariento. De su limpieza no digo nada; que el agua que corre no es más limpia, y debe de tener ahora, si mal no me acuerdo, diez y seis años, cinco meses y tres días, uno 15 más a menos. ”En resolución, de esta mi muchacha se enamoró un hijo de un labrador riquísimo que está en una aldea del duque mi señor, no muy lejos de aquí; en efecto, no sé cómo ni cómo 20 no, ellos se juntaron, y debajo de la palabra de ser su esposo burló a mi hija y no se la quiere cumplir, y aunque el duque mi señor lo sabe, porque yo me he quejado a él, no una, sino muchas veces, y pedídole mande que el 25 tal labrador se case con mi hija, hace orejas de mercader, y apenas quiere oírme, y es la causa que como el padre del burlador es tan rico, y le presta dineros y le sale por fiador de sus trampas por momentos, no le quiere 30 descontentar, ni dar pesadumbre en ningún modo. Querría, pues, señor mío, que vuestra merced
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 120 tomase a cargo el deshacer este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas, pues según todo el mundo dice, vuestra merced nació en él para deshacerlos y para enderezar los tuertos y amparar los miserables. Y póngasele a vuestra 5 merced por delante la orfandad de mi hija, su gentileza, su mocedad con todas las buenas partes que he dicho que tiene; que en Dios y en mi conciencia que de cuantas doncellas tiene mi señora, que no hay ninguna que llegue 10 a la suela de su zapato, y que una que llaman Altisidora, que es la que tienen por más desenvuelta y gallarda, puesta en comparación de mi hija no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuestra merced, señor mío, que no es 15 todo oro lo que reluce, porque esta Altisidorilla tiene más de presunción que de hermosura, y más de desenvuelta que de recogida, además que no está muy sana; que tiene un cierto aliento cansado, que no hay sufrir el estar junto 20 a ella un momento, y aun mi señora la duquesa... quiero callar, que se suele decir que las paredes tienen oídos.” “¿Qué tiene mi señora la duquesa, por vida mía, señora doña Rodríguez?”, preguntó don 25 Quijote. “Con ese conjuro”, respondió la dueña, “no puedo dejar de responder a lo que se me pregunta, con toda verdad. ¿Ve vuestra merced, señor don Quijote, la hermosura de mi señora 30 la duquesa, aquella tez de rostro que no parece sino de una espada acicalada y tersa,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 121 aquellas dos mejillas de leche y de carmín, que en la una tiene el sol y en la otra la luna, y aquella gallardía con que va pisando y aun despreciando el suelo, que no parece sino que va derramando salud donde pasa? Pues 5 sepa vuestra merced que lo puede agradecer primero a Dios, y luego a dos fuentes que tiene en las dos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de quien dicen los médicos que está llena.” 10 “¡Santa María!”, dijo don Quijote; “y ¿es posible que mi señora la duquesa tenga tales desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos; pero pues la señora doña Rodríguez lo dice, debe de ser así. Pero tales 15 fuentes y en tales lugares no deben de manar humor, sino ámbar líquido. Verdaderamente que ahora acabo de creer que esto de hacerse fuentes debe de ser cosa importante para salud.” 20 Apenas acabó don Quijote de decir esta razón, cuando con un gran golpe abrieron las puertas del aposento, y del sobresalto del golpe se le cayó a doña Rodríguez la vela de la mano y quedó la estancia como boca de lobo, 25 como suele decirse. Luego sintió la pobre dueña que la asían de la garganta con dos manos tan fuertemente, que no la dejaban gañir, y que otra persona con mucha presteza sin hablar palabra le alzaba las faldas, y con una 30 al parecer chinela le comenzó a dar tantos azotes, que era una compasión; y aunque don
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 122 Quijote se la tenía, no se meneaba del lecho, y no sabía qué podía ser aquello, y estábase quedo y callando, y aun temiendo no viniese por él la tanda y tunda azotesca. Y no fue vano su temor, porque, en dejando molida a la 5 dueña los callados verdugos --la cual no osaba quejarse--, acudieron a don Quijote, y, desenvolviéndole de la sábana y de la colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo dejar de defenderse a puñadas, y todo 10 esto en silencio admirable. Duró la batalla casi media hora; saliéronse las fantasmas, recogió doña Rodríguez sus faldas, y, gimiendo su desgracia, se salió por la puerta afuera, sin decir palabra a don Quijote, 15 el cual doloroso y pellizcado, confuso y pensativo, se quedó solo, donde le dejaremos deseoso de saber quién había sido el perverso encantador que tal le había puesto. Pero ello se dirá a su tiempo; que Sancho Panza nos llama, 20 y el buen concierto de la historia lo pide.
p. 123 Capítulo XLIX De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula. Dejamos al gran gobernador enojado y mohíno con el labrador pintor y socarrón, el 5 cual industriado del mayordomo, y el mayordomo del duque, se burlaban de Sancho; pero él se las tenía tiesas a todos, maguera tonto, bronco y rollizo, y dijo a los que con él estaban, y al doctor Pedro Recio, que como se 10 acabó el secreto de la carta del duque había vuelto a entrar en la sala: “Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben de ser, o han de ser, de bronce para no sentir las importunidades 15 de los negociantes, que a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen y despachen, atendiendo sólo a su negocio, venga lo que viniere. Y si el pobre del juez no los escucha y despacha, o porque no puede, o 20 porque no es aquél el tiempo diputado para darles audiencia, luego les maldicen y murmuran, y les roen los huesos y aun les deslindan los linajes. Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures, espera sazón y 25 coyuntura para negociar, no vengas a la hora del comer, ni a la del dormir; que los jueces son de carne y de hueso, y han de dar a la naturaleza lo que naturalmente les pide, si no es yo, que no le doy de comer a la mía, merced 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 124 al señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que está delante, que quiere que muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios a él y a todos los de su ralea, digo, a la de los malos médicos; que la de los buenos 5 palmas y lauros merecen.” Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban, oyéndole hablar tan elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo sino a que los oficios y cargos graves, o adoban, o entorpecen 10 los entendimientos. Finalmente, el doctor Pedro Recio Agüero de Tirteafuera prometió de darle de cenar aquella noche, aunque excediese de todos los aforismos de Hipócrates. Con esto quedó contento el gobernador, y 15 esperaba con grande ansia llegase la noche y la hora de cenar, y aunque el tiempo, al parecer suyo, se estaba quedo sin moverse de un lugar, todavía se llegó por él [el] tanto deseado, donde le dieron de cenar un salpicón de vaca con 20 cebolla, y unas manos cocidas de ternera, algo entrada en días. Entregóse en todo con más gusto que si le hubieran dado francolines de Milán, faisanes de Roma, ternera de Sorrento, perdices de Morón, o gansos de Lavajos, y 25 entre la cena, volviéndose al doctor, le dijo: “Mirad, señor doctor, de aquí adelante no os curéis de darme a comer cosas regaladas ni manjares exquisitos, porque será sacar a mi estómago de sus quicios, el cual está acostumbrado 30 a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a nabos y a cebollas, y si acaso le dan otros
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 125 manjares de palacio los recibe con melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas son, mejor huelen, y en ellas puede embaular y 5 encerrar todo lo que él quisiere, como sea de comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún día; y no se burle nadie conmigo, porque o somos, o no somos: vivamos todos y comamos en buena paz compaña, pues cuando 10 Dios amanece, para todos amanece. Yo gobernaré esta ínsula sin perdonar derecho ni llevar cohecho, y todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el virote, porque les hago saber que el diablo está en Cantillana, y que 15 si me dan ocasión, han de ver maravillas. ¡No sino haceos miel, y comeros han moscas!” “Por cierto, señor gobernador”, dijo el maestresala, “que vuestra merced tiene mucha razón en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco, en nombre 20 de todos los insulanos de esta ínsula, que han de servir a vuestra merced con toda puntualidad, amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar, que en estos principios vuestra merced ha dado, no les da lugar 25 de hacer ni de pensar cosa que en deservicio de vuestra merced redunde.” “Yo lo creo”, respondió Sancho, “y serían ellos unos necios si otra cosa hiciesen o pensasen; y vuelvo a decir que se tenga cuenta 30 con mi sustento y con el de mi rucio, que es lo que en este negocio importa y hace más al
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 126 caso, y, en siendo hora, vamos a rondar; que es mi intención limpiar esta ínsula de todo género de inmundicia, y de gente vagabunda, holgazana y mal entretenida. Porque quiero que sepáis, amigos, que la gente baldía y 5 perezosa es en la república lo mismo que los zánganos en las colmenas, que se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a los labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos, 10 y, sobre todo, tener respeto a la religión y a la honra de los religiosos. ¿Qué os parece de esto, amigos?; ¿digo algo, o quiébrome la cabeza?” “Dice tanto vuestra merced, señor gobernador”, dijo el mayordomo, “que estoy admirado 15 de ver que un hombre tan sin letras como vuestra merced, que a lo que creo no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias y de avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuestra merced 20 esperaban los que nos enviaron y los que aquí venimos. Cada día se ven cosas nuevas en el mundo, las burlas se vuelven en veras, y los burladores se hallan burlados.” Llegó la noche y cenó el gobernador con 25 licencia del señor doctor Recio. Aderezáronse de ronda, salió con el mayordomo, secretario y maestresala, y el cronista que tenía cuidado de poner en memoria sus hechos, y alguaciles y escribanos: tantos, que podían 30 formar un mediano escuadrón. Iba Sancho en medio, con su vara, que no había más que ver,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 127 y pocas calles andadas del lugar, sintieron ruido de cuchilladas; acudieron allá y hallaron que eran dos solos hombres los que reñían, los cuales, viendo venir a la justicia, se estuvieron quedos, y el uno de ellos dijo: 5 “Aquí de Dios y del rey. ¿Cómo y qué se ha de sufrir que roben en poblado en este pueblo, y que salga a saltear en él en la mitad de las calles?” “Sosegaos, hombre de bien”, dijo Sancho, 10 “y contadme qué es la causa de esta pendencia; que yo soy el gobernador.” El otro contrario dijo: “Señor gobernador, yo la diré con toda brevedad. Vuestra merced sabrá que este 15 gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de juego que está aquí frontero más de mil reales, y sabe Dios cómo, y, hallándome yo presente, juzgué más de una suerte dudosa en su favor, contra todo aquello que me dictaba la conciencia. 20 Alzóse con la ganancia, y cuando esperaba que me había de dar algún escudo, por lo menos, de barato, como es uso y costumbre darle a los hombres principales como yo, que estamos asistentes para bien y mal pasar, 25 y para apoyar sinrazones y evitar pendencias, él embolsó su dinero y se salió de la casa. Yo vine despechado tras él, y con buenas y corteses palabras le he pedido que me diese siquiera ocho reales, pues sabe que yo soy 30 hombre honrado y que no tengo oficio ni beneficio, porque mis padres no me le enseñaron,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 128 ni me le dejaron; y el socarrón, que no es más ladrón Caco, ni más fullero Andradilla, no quería darme más de cuatro reales, porque vea vuestra merced, señor gobernador, ¡qué poca vergüenza y qué poca 5 conciencia! Pero a fe que si vuestra merced no llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que había de saber con cuántas entraba la romana.” “¿Qué decís vos a esto?”, preguntó Sancho. 10 Y el otro respondió que era verdad cuanto su contrario decía, y no había querido darle más de cuatro reales, porque se los daba muchas veces; y los que esperan barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que 15 les dieren, sin ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen de cierto que son fulleros y que lo que ganan es mal ganado. Y que para señal que él era hombre de bien, y no ladrón, como decía, ninguna había 20 mayor que el no haberle querido dar nada; que siempre los fulleros son tributarios de los mirones, que los conocen. “Así es”, dijo el mayordomo; “vea vuestra merced, señor gobernador, qué es lo que se ha 25 de hacer de estos hombres.” “Lo que se ha de hacer es esto”, respondió Sancho: “vos, ganancioso, bueno o malo, o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y más habéis de desembolsar 30 treinta para los pobres de la cárcel; y vos, que no tenéis oficio ni beneficio, y andáis de nones
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 129 en esta ínsula, tomad luego esos cien reales, y mañana en todo el día salid de esta ínsula desterrado por diez años, so pena, si lo quebrantareis, los cumpláis en la otra vida, colgándoos yo de una picota, o, a lo menos, el 5 verdugo por mi mandado. Y ninguno me replique, que le asentaré la mano.” Desembolsó el uno, recibió el otro, éste se salió de la ínsula, y aquél se fue a su casa, y el gobernador quedó diciendo: 10 “Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas de juego; que a mí se me trasluce que son muy perjudiciales.” “Esta, a lo menos”, dijo un escribano, “no la podrá vuestra merced quitar, porque la tiene 15 un gran personaje, y más es, sin comparación, lo que él pierde al año que lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menor cuantía podrá vuestra merced mostrar su poder, que son los que más daño hacen y más insolencias 20 encubren; que en las casas de los caballeros principales y de los señores no se atreven los famosos fulleros a usar de sus tretas, y pues el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio común, mejor es que se juegue en casas 25 principales que no en la de algún oficial, donde cogen a un desdichado de medianoche abajo y le desuellan vivo.” “Ahora, escribano”, dijo Sancho, “yo sé que hay mucho que decir en eso.” 30 Y, en esto, llegó un corchete que traía asido a un mozo, y dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 130 “Señor gobernador, este mancebo venía hacia nosotros, y así como columbró la justicia, volvió las espaldas y comenzó a correr como un gamo, señal que debe de ser algún delincuente. Yo partí tras él, y si no fuera porque 5 tropezó, y cayó, no le alcanzara jamás.” “¿Por qué huías, hombre?”, preguntó Sancho. A lo que el mozo respondió: “Señor, por excusar de responder a las muchas preguntas que las justicias hacen.” 10 “¿Que oficio tienes?” “Tejedor.” “¿Y qué tejes?” “Hierros de lanzas, con licencia buena de vuestra merced.” 15 “¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os picáis? Está bien. Y ¿adónde ibais ahora?” “Señor, a tomar el aire.” “Y ¿adónde se toma el aire en esta ínsula?” “Adonde sopla.” 20 “Bueno: respondéis muy a propósito, discreto sois, mancebo; pero haced cuenta que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino a la cárcel. Asilde, hola, y llevadle; que yo haré que duerma allí sin aire esta noche.” 25 “¡Par Dios”, dijo el mozo, “así me haga vuestra merced dormir en la cárcel como hacerme rey!” “Pues ¿por qué no te haré yo dormir en la cárcel?”, respondió Sancho. “¿No tengo yo 30 poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 131 “Por más poder que vuestra merced tenga”, dijo el mozo, “no será bastante para hacerme dormir en la cárcel.” “¿Cómo que no?”, replicó Sancho; “llevadle luego donde verá por sus ojos el desengaño, 5 aunque más el alcaide quiera usar con él de su interesal liberalidad; que yo le pondré pena de dos mil ducados si te deja salir un paso de la cárcel.” “Todo eso es cosa de risa”, respondió el 10 mozo; “el caso es que no me harán dormir en la cárcel cuantos hoy viven.” “Dime, demonio”, dijo Sancho, “¿tienes algún ángel que te saque y que te quite los grillos que te pienso mandar echar?” 15 “Ahora, señor gobernador”, respondió el mozo con muy buen donaire, “estemos a razón y vengamos al punto. Presuponga vuestra merced que me manda llevar a la cárcel y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me 20 meten en un calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que él lo cumple como se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, y estarme despierto toda la noche sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced 25 bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?” “No por cierto”, dijo el secretario, “y el hombre ha salido con su intención.” “De modo”, dijo Sancho, “que no dejaréis 30 de dormir por otra cosa que por vuestra voluntad, y no por contravenir a la mía.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 132 “No, señor”, dijo el mozo, “ni por pienso.” “Pues, andad con Dios”, dijo Sancho, “idos a dormir a vuestra casa, y Dios os dé buen sueño; que yo no quiero quitárosle. Pero aconséjoos que de aquí adelante no os burléis con 5 la justicia, porque toparéis con alguna que os dé con la burla en los cascos.” Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió con su ronda. Y de allí a poco vinieron dos corchetes que traían a un hombre asido, y 10 dijeron: “Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea, que viene vestida en hábito de hombre.” Llegáronle a los ojos dos o tres linternas, a 15 cuyas luces descubrieron un rostro de una mujer, al parecer, de 16 o pocos más años; recogidos los cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil perlas. Miráronla de arriba abajo, y vieron que venía 20 con unas medias de seda encarnada, con ligas de tafetán blanco, y rapacejos de oro y aljófar; los gregüescos eran verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de lo mismo, suelta, debajo de la cual traía un jubón de 25 tela finísima de oro y blanco, y los zapatos eran blancos y de hombre. No traía espada ceñida, sino una riquísima daga, y en los dedos muchos y muy buenos anillos. Finalmente, la moza parecía bien a todos, y ninguno la conoció 30 de cuantos la vieron, y los naturales del lugar dijeron que no podían pensar quién
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 133 fuese, y los consabidores de las burlas que se habían de hacer a Sancho fueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no venía ordenado por ellos, y, así, estaban dudosos, esperando en qué pararía el caso. 5 Sancho quedó pasmado de la hermosura de la moza y preguntóle quién era, adónde iba, y qué ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito. Ella, puestos los ojos en tierra, con honestísima vergüenza, respondió: 10 “No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto me importaba fuera secreto; una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrón ni persona facinerosa, sino una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos ha hecho 15 romper el decoro que a la honestidad se debe.” Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho: “Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora con menos empacho pueda decir lo que quisiere.” 20 Mandólo así el gobernador, apartáronse todos, si no fueron el mayordomo, maestresala y el secretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosiguió diciendo: “Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, 25 arrendador de las lanas de este lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.” “Eso no lleva camino”, dijo el mayordomo, “señora, porque yo conozco muy bien a Pedro 30 Pérez, y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra, y más, que decís que es vuestro
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 134 padre, y luego añadís que suele ir muchas veces en casa de vuestro padre.” “Ya yo había dado en ello”, dijo Sancho. “Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que me digo”, respondió la doncella; “pero la 5 verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que todos vuestras mercedes deben de conocer.” “Aun eso lleva camino”, respondió el mayordomo; “que yo conozco a Diego de la Llana, 10 y sé que es un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y una hija, y que después que enviudó no ha habido nadie en todo este lugar, que pueda decir que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan encerrada que no da 15 lugar al sol que la vea, y, con todo esto, la fama dice que es en extremo hermosa.” “Así es la verdad”, respondió la doncella, “y esa hija soy yo; si la fama miente o no en mi hermosura, ya os habréis, señores, 20 desengañado, pues me habéis visto.” Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente. Viendo lo cual el secretario, se llegó al oído del maestresala, y le dijo muy paso: “Sin duda alguna que a esta pobre doncella 25 le debe de haber sucedido algo de importancia, pues en tal traje y a tales horas, y siendo tan principal, anda fuera de su casa.” “No hay dudar en eso”, respondió el maestresala, “y más, que esa sospecha la confirman 30 sus lágrimas.” Sancho la consoló con las mejores razones
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 135 que él supo, y le pidió que sin temor alguno les dijese lo que le había sucedido; que todos procurarían remediarlo con muchas veras, y por todas las vías posibles. “Es el caso, señores”, respondió ella, “que 5 mi padre me ha tenido encerrada diez años ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casa dicen misa en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el sol del cielo de día, y la luna y las estrellas de 10 noche; ni sé qué son calles, plazas ni templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un hermano mío, y de Pedro Pérez el arrendador, que por entrar de ordinario en mi casa, se me antojó decir que era mi padre, por no declarar 15 el mío. Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a la iglesia, ha muchos días y meses que me trae muy desconsolada; quisiera yo ver el mundo, o, a lo menos, el pueblo donde nací, pareciéndome que este deseo 20 no iba contra el buen decoro que las doncellas principales deben guardar a sí mismas. Cuando oía decir que corrían toros y jugaban cañas, y se representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un año menor que yo, que me 25 dijese qué cosas eran aquéllas, y otras muchas que yo no he visto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía, pero todo era encenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi perdición, 30 digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca tal pidiera ni tal rogara...”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 136 Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo le dijo: “Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido; que nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus lágrimas.” 5 “Pocas me quedan por decir”, respondió la doncella, “aunque muchas lágrimas sí que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo otros descuentos que los semejantes.” 10 Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y llegó otra vez su linterna para verla de nuevo, y parecióle que no eran lágrimas las que lloraba, sino aljófar o rocío de los prados, y aun las subía de punto, 15 y las llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que su desgracia no fuese tanta como daban a entender los indicios de su llanto y de sus suspiros. Desesperábase el gobernador de la tardanza que tenía la moza en dilatar su 20 historia, y díjole que acabase de tenerlos más suspensos; que era tarde y faltaba mucho que andar del pueblo. Ella entre interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo: “No es otra mi desgracia ni mi infortunio es 25 otro sino que yo rogué a mi hermano que me vistiese en hábitos de hombre con uno de sus vestidos, y que me sacase una noche a ver todo el pueblo cuando nuestro padre durmiese. El, importunado de mis ruegos, condescendió 30 con mi deseo, y, poniéndome este vestido, y él, vistiéndose de otro mío, que le está como
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 137 nacido, porque él no tiene pelo de barba y no parece sino una doncella hermosísima, esta noche, debe de haber una hora, poco más o menos, nos salimos de casa, y, guiados de nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos 5 rodeado todo el pueblo, y cuando queríamos volver a casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi hermano me dijo: «Hermana, »ésta debe de ser la ronda. Aligera los pies y »pon alas en ellos, y vente tras mí corriendo, 10 »porque no nos conozcan; que nos será mal »contado.» Y, diciendo esto, volvió las espaldas y comenzó, no digo a correr, sino a volar; yo, a menos de seis pasos, caí con el sobresalto, y entonces llegó el ministro de la justicia 15 que me trajo ante vuestras mercedes, adonde por mala y antojadiza me veo avergonzada ante tanta gente.” “En efecto, señora”, dijo Sancho, “¿no os ha sucedido otro desmán alguno, ni celos, como 20 vos al principio de vuestro cuento dijisteis, no os sacaron de vuestra casa?” “No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo el deseo de ver mundo, que no se extendía a más que a ver las calles de este 25 lugar.” Y acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía llegar los corchetes con su hermano preso, a quien alcanzó uno de ellos, cuando se huyó de su hermana; no traía sino un 30 faldellín rico y una mantillina de damasco azul con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 138 ni con otra cosa adornada que sus mismos cabellos, que eran sortijas de oro, según eran rubios y enrizados. Apartáronse con [él] el gobernador, mayordomo y maestresala, y sin que lo oyese su hermana, le preguntaron cómo 5 venía en aquel traje, y él, con no menos vergüenza y empacho contó lo mismo que su hermana había contado, de que recibió gran gusto el enamorado maestresala; pero el gobernador les dijo: 10 “Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería, y para contar esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas ni tantas lágrimas y suspiros; que con decir: «Somos fulano y fulana, que nos salimos a 15 »espaciar de casa de nuestros padres con esta »invención, sólo por curiosidad, sin otro designio »alguno», se acabara el cuento, y no gemidicos, y lloramicos, y darle.” “Así es la verdad”, respondió la doncella; 20 “pero sepan vuestras mercedes que la turbación que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar el término que debía.” “No se ha perdido nada”, respondió Sancho: “vamos, y dejaremos a vuestras mercedes 25 en casa de su padre; quizá no los habrá echado menos. Y de aquí adelante no se muestren tan niños, ni tan deseosos de ver mundo; que la doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa. Y la mujer y la gallina, por andar se 30 pierden aína; y la que es deseosa de ver, también tiene deseo de ser vista. No digo más.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 139 El mancebo agradeció al gobernador la merced que quería hacerles de volverlos a su casa, y, así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy lejos de allí. Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja, al momento 5 bajó una criada que los estaba esperando y les abrió la puerta, y ellos se entraron, dejando a todos admirados, así de su gentileza y hermosura, como del deseo que tenían de ver mundo de noche, y sin salir del lugar; 10 pero todo lo atribuyeron a su poca edad. Quedó el maestresala traspasado su corazón, y propuso de luego otro día pedírsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negaría, por ser el criado del duque, y aun 15 a Sancho le vinieron deseos y barruntos de casar al mozo con Sanchica su hija, y determinó de ponerlo en plática a su tiempo, dándose a entender que a una hija de un gobernador ningún marido se le podía negar. Con esto se 20 acabó la ronda de aquella noche, y de allí a dos días el gobierno, con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como se verá adelante.
p. 140 Capítulo L Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso que tuvo el paje que llevó la carta 5 a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza. Dice Cide Hamete, puntualísimo escudriñador de los átomos de esta verdadera historia, que el tiempo que doña Rodríguez salió de su aposento para ir a la estancia de don Quijote, 10 otra dueña que con ella dormía lo sintió, y que como todas las dueñas son amigas de saber, entender y oler, se fue tras ella con tanto silencio, que la buena Rodríguez no lo echó de ver, y, así como la dueña la vio entrar en la estancia 15 de don Quijote, porque no faltase en ella la general costumbre que todas las dueñas tienen de ser chismosas, al momento lo fue a poner en pico a su señora la duquesa, de cómo doña Rodríguez quedaba en el aposento 20 de don Quijote; la duquesa se lo dijo al duque y le pidió licencia para que ella y Altisidora viniesen a ver lo que aquella dueña quería con don Quijote. El duque se la dio, y las dos, con gran tiento y sosiego, paso ante paso, 25 llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento, y tan cerca, que oían todo lo que dentro hablaban, y cuando oyó la duquesa que Rodríguez había echado en la calle el Aranjuez de sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 141 Altisidora, y, así, llenas de cólera, y deseosas de venganza, entraron de golpe en el aposento, y acribillaron a don Quijote, y vapularon a la dueña del modo que queda contado; porque las afrentas que van derechas contra la hermosura 5 y presunción de las mujeres, despierta en ellas en gran manera la ira, y enciende el deseo de vengarse. Contó la duquesa al duque lo que le había pasado, de lo que se holgó mucho; y la duquesa, prosiguiendo con su 10 intención de burlarse y recibir pasatiempo con don Quijote, despachó al paje que había hecho la figura de Dulcinea en el concierto de su desencanto --que tenía bien olvidado Sancho Panza con la ocupación de su gobierno--, a 15 Teresa Panza su mujer, con la carta de su marido, y con otra suya, y con una gran sarta de corales ricos presentados. Dice, pues, la historia, que el paje era muy discreto y agudo, y, con deseo de servir a sus 20 señores, partió de muy buena gana al lugar de Sancho, y, antes de entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres, a quien preguntó si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer llamada Teresa Panza, mujer 25 de un cierto Sancho Panza, escudero de un caballero llamado don Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levantó en pie una mozuela que estaba lavando, y dijo: “Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal 30 Sancho mi señor padre, y el tal caballero nuestro amo.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 142 “Pues venid, doncella”, dijo el paje, “y mostradme a vuestra madre, porque le traigo una carta y un presente del tal vuestro padre.” “Eso haré yo de muy buena gana, señor mío”, respondió la moza, que mostraba ser de 5 edad de catorce años, poco más a menos; y, dejando la ropa que lavaba a otra compañera, sin tocarse ni calzarse, que estaba en piernas y desgreñada, saltó delante de la cabalgadura del paje, y dijo: 10 “Venga vuestra merced; que a la entrada del pueblo está nuestra casa, y mi madre en ella, con harta pena por no haber sabido muchos días ha de mi señor padre.” “Pues yo se las llevo tan buenas”, dijo el 15 paje, “que tiene que dar bien gracias a Dios por ellas.” Finalmente, saltando, corriendo y brincando llegó al pueblo la muchacha, y, antes de entrar en su casa, dijo a voces desde la puerta: 20 “Salga, madre Teresa, salga, salga; que viene aquí un señor que trae cartas y otras cosas de mi buen padre.” A cuyas voces salió Teresa Panza su madre, hilando un copo de estopa, con una saya parda. 25 Parecía, según era de corta, que se la habían cortado por vergonzoso lugar; con un corpezuelo asimismo pardo, y una camisa de pechos. No era muy vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta; pero fuerte, tiesa, nervuda 30 y avellanada, la cual, viendo a su hija, y al paje a caballo, le dijo:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 143 “¿Qué es esto, niña, qué señor es éste?” “Es un servidor de mi señora doña Teresa Panza”, respondió el paje; y, diciendo y haciendo, se arrojó del caballo, y se fue con mucha humildad a poner de hinojos ante la 5 señora Teresa, diciendo: “Déme vuestra merced sus manos, mi señora doña Teresa, bien así como mujer legítima y particular del señor don Sancho Panza, gobernador propio de la ínsula Barataria.” 10 “Ay, señor mío, quítese de ahí, no haga eso”, respondió Teresa; “que yo no soy nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un estripaterrones y mujer de un escudero andante, y no de gobernador alguno.” 15 “Vuestra merced”, respondió el paje, “es mujer dignísima de un gobernador archidignísimo, y para prueba de esta verdad reciba vuestra merced esta carta y este presente.” Y sacó al instante de la faldriquera una sarta 20 de corales con extremos de oro, y se la echó al cuello, y dijo: “Esta carta es del señor gobernador, y otra que traigo y estos corales son de mi señora la duquesa que a vuestra merced me envía.” 25 Quedó pasmada Teresa, y su hija ni más ni menos, y la muchacha dijo: “Que me maten si no anda por aquí nuestro señor amo don Quijote, que debe de haber dado a padre el gobierno o condado que 30 tantas veces le había prometido.” “Así es la verdad”, respondió el paje; “que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 144 por respeto del señor don Quijote es ahora el señor Sancho gobernador de la ínsula Barataria, como se verá por esta carta.” “Léamela vuestra merced, señor gentilhombre”, dijo Teresa, “porque aunque yo sé hilar, 5 no sé leer migaja.” “Ni yo tampoco”, añadió Sanchica; “pero espérenme aquí; que yo iré a llamar quien la lea, ora sea el cura mismo, o el bachiller Sansón Carrasco, que vendrán de muy buena gana 10 por saber nuevas de mi padre.” “No hay para qué se llame a nadie; que yo no sé hilar, pero sé leer y la leeré.” Y, así, se la leyó toda, que por quedar ya referida no se pone aquí, y luego sacó otra de 15 la duquesa, que decía de esta manera: “Amiga Teresa: las buenas partes de la bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho me movieron y obligaron a pedir a mi marido el duque le diese un gobierno de una ínsula, 20 de muchas que tiene. Tengo noticia que gobierna como un gerifalte, de lo que yo estoy muy contenta y el duque mi señor por el consiguiente, por lo que doy muchas gracias al cielo de no haberme engañado en haberle escogido 25 para el tal gobierno; porque quiero que sepa la señora Teresa que con dificultad se halla un buen gobernador en el mundo, y tal me haga a mí Dios como Sancho gobierna. Ahí le envío, querida mía, una sarta de corales con extremos 30 de oro; yo me holgara que fuera de perlas orientales; pero quien te da el hueso, no
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 145 te querría ver muerta. Tiempo vendrá en que nos conozcamos y nos comuniquemos, y Dios sabe lo que será. Encomiéndeme a Sanchica, su hija, y dígale de mi parte que se apareje; que la tengo de casar altamente cuando menos lo 5 piense. Dícenme que en ese lugar hay bellotas gordas. Envíeme hasta dos docenas, que las estimaré en mucho por ser de su mano, y escríbame largo, avisándome de su salud y de su bienestar, y si hubiere menester alguna cosa, 10 no tiene que hacer más que boquear; que su boca será medida. Y Dios me la guarde. De este lugar. Su amiga que bien la quiere, La Duquesa.” “¡Ay!”, dijo Teresa, en oyendo la carta, “y 15 ¡qué buena y qué llana y qué humilde señora! Con estas tales señoras me entierren a mí, y no las hidalgas que en este pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con 20 tanta fantasía, como si fuesen las mismas reinas, que no parece sino que tienen a deshonra el mirar a una labradora. Y veis aquí donde esta buena señora, con ser duquesa, me llama amiga, y me trata como si fuera su igual; que 25 igual la vea yo con el más alto campanario que hay en la Mancha. Y en lo que toca a las bellotas, señor mío, yo le enviaré a su señoría un celemín, que por gordas las pueden venir a ver a la mira y a la maravilla. Y por ahora, 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 146 Sanchica, atiende a que se regale este señor. Pon en orden este caballo, y saca de la caballeriza huevos, y corta tocino adunia, y démosle de comer como a un príncipe; que las buenas nuevas que nos ha traído y la buena cara que él 5 tiene lo merece todo, y, en tanto, saldré yo a dar a mis vecinas las nuevas de nuestro contento, y al padre cura, y a maese Nicolás el barbero, que tan amigos son y han sido de tu padre.” “Sí haré, madre”, respondió Sanchica; “pero 10 mire que me ha de dar la mitad de esa sarta; que no tengo yo por tan boba a mi señora la duquesa, que se la había de enviar a ella toda.” “Todo es para ti, hija”, respondió Teresa; “pero déjamela traer algunos días al cuello, 15 que verdaderamente parece que me alegra el corazón.” “También se alegrarán”, dijo el paje, “cuando vean el lío que viene en este portamanteo, que es un vestido de paño finísimo que el 20 gobernador sólo un día llevó a caza, el cual todo le envía para la señora Sanchica.” “Que me viva él mil años”, respondió Sanchica, “y el que lo trae, ni más ni menos, y aun dos mil, si fuere necesidad.” 25 Salióse en esto Teresa fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al cuello, e iba tañendo en las cartas como si fuera en un pandero, y, encontrándose acaso con el cura y Sansón Carrasco, comenzó a bailar, y a decir: 30 “¡A fe que ahora que no hay pariente pobre! ¡Gobiernito tenemos! ¡No sino tómese conmigo
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 147 la más pintada hidalga; que yo la pondré como nueva!” “¿Qué es esto, Teresa Panza, qué locuras son éstas y qué papeles son ésos?” “No es otra la locura, sino que éstas son 5 cartas de duquesas y de gobernadores, y estos que traigo al cuello son corales finos, las avemarías y los padres nuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.” “De Dios en ayuso no os entendemos, Teresa, 10 ni sabemos lo que os decís.” “Ahí lo podrán ver ellos”, respondió Teresa. Y dioles las cartas. Leyólas el cura de modo que las oyó Sansón Carrasco, y Sansón y el cura se miraron el uno al otro como admirados 15 de lo que habían leído. Y preguntó el bachiller quién había traído aquellas cartas; respondió Teresa que se viniesen con ella a su casa y verían el mensajero, que era un mancebo como un pino de oro, y que le traía otro 20 presente que valía más de tanto. Quitóle el cura los corales del cuello y mirólos, y remirólos, y, certificándose que eran finos, tornó a admirarse de nuevo, y dijo: “Por el hábito que tengo, que no sé qué me 25 diga ni qué me piense de estas cartas y de estos presentes; por una parte veo y toco la fineza de estos corales, y por otra leo que una duquesa envía a pedir dos docenas de bellotas.” 30 “Aderézame esas medidas”, dijo entonces Carrasco. “Ahora bien, vamos a ver al portador
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 148 de este pliego; que de él nos informaremos de las dificultades que se nos ofrecen.” Hiciéronlo así, y volvióse Teresa con ellos. Hallaron al paje cribando un poco de cebada para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un 5 torrezno para empedrarle con huevos y dar de comer al paje, cuya presencia y buen adorno contentó mucho a los dos, y después de haberle saludado cortésmente, y él a ellos, le preguntó Sansón les dijese nuevas así de don Quijote, 10 como de Sancho Panza; que puesto que habían leído las cartas de Sancho y de la señora duquesa, todavía estaban confusos y no acababan de atinar qué sería aquello del gobierno de Sancho, y más de una ínsula, siendo todas 15 o las más que hay en el mar Mediterráneo de su majestad. A lo que el paje respondió: “De que el señor Sancho Panza sea gobernador no hay que dudar en ello; de que sea 20 ínsula, o no, la que gobierna, en eso no me entremeto. Pero basta que sea un lugar de más de mil vecinos, y en cuanto a lo de las bellotas, digo que mi señora la duquesa es tan llana y tan humilde --que no decía él enviar 25 a pedir bellotas a una labradora; pero que le acontecía enviar a pedir un peine prestado a una vecina suya--. Porque quiero que sepan vuestras mercedes que las señoras de Aragón, aunque son tan principales, no son tan puntuosas 30 y levantadas como las señoras castellanas; con más llaneza tratan con las gentes.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 149 Estando en la mitad de estas pláticas saltó Sanchica con un halda de huevos, y preguntó al paje: “Dígame, señor, ¿mi señor padre trae por ventura calzas atacadas después que es 5 gobernador?” “No he mirado en ello”, respondió el paje, “pero sí debe de traer.” “¡Ay Dios mío”, replicó Sanchica, “y que será de ver a mi padre con pedorreras! ¿No es 10 bueno sino que desde que nací tengo deseo de ver a mi padre con calzas atacadas?” “Como con esas cosas le verá vuestra merced si vive”, respondió el paje. “Par Dios, términos lleva de caminar con papahígo, 15 con solos dos meses que le dure el gobierno.” Bien echaron de ver el cura y el bachiller que el paje hablaba socarronamente. Pero la fineza de los corales y el vestido de caza que 20 Sancho enviaba lo deshacía todo; que ya Teresa les había mostrado el vestido, y no dejaron de reírse del deseo de Sanchica, y más, cuando Teresa dijo: “Señor cura, eche cata por ahí si hay alguien 25 que vaya a Madrid o a Toledo, para que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, y sea al uso y de los mejores que hubiere; que en verdad en verdad que tengo de honrar el gobierno de mi marido en cuanto yo pudiere, 30 y aunque si me enojo, me tengo de ir a esa corte, y echar un coche como todas; que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 150 la que tiene marido gobernador muy bien le puede traer y sustentar.” “Y ¡cómo, madre!”, dijo Sanchica. “Pluguiese a Dios que fuese antes hoy que mañana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con 5 mi señora madre en aquel coche: «¡Mirad la tal »por cual, hija del harto de ajos, y cómo va »sentada y tendida en el coche, como si fuera una »papesa!» Pero pisen ellos los lodos y ándeme yo en mi coche, levantado[s] los pies del 10 suelo. ¡Mal año y mal mes para cuantos murmuradores hay en el mundo; y ándeme yo caliente, y ríase la gente! ¿Digo bien, madre mía?” “Y ¡cómo que dices bien, hija!”, respondió Teresa; “y todas estas venturas, y aun mayores, 15 me las tiene profetizadas mi buen Sancho, y verás tú, hija, cómo no para hasta hacerme condesa; que todo es comenzar a ser venturosas, y como yo he oído decir muchas veces a tu buen padre, que así como lo es tuyo, lo 20 es de los refranes, cuando te dieren la vaquilla, corre con soguilla; cuando te dieren un gobierno, cógele; cuando te dieren un condado, agárrale, y cuando te hicieren tus, tus, con alguna buena dádiva, envásala. ¡No sino 25 dormíos, y no respondáis a las venturas y buenas dichas que están llamando a la puerta de vuestra casa!” “Y ¿qué se me da a mí”, añadió Sanchica, “que diga el que quisiere cuando me vea 30 entonada y fantasiosa: «Viose el perro en bragas »de cerro...», y lo demás?”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 151 Oyendo lo cual el cura, dijo: “Yo no puedo creer sino que todos los de este linaje de los Panzas nacieron cada uno con un costal de refranes en el cuerpo; ninguno de ellos he visto, que no los derrame a todas 5 horas y en todas las pláticas que tienen.” “Así es la verdad”, dijo el paje; “que el señor gobernador Sancho a cada paso los dice. Y aunque muchos no vienen a propósito, todavía dan gusto, y mi señora la duquesa y el 10 duque los celebran mucho.” “¿Que todavía se afirma vuestra merced, señor mío”, dijo el bachiller, “ser verdad esto del gobierno de Sancho, y de que hay duquesa en el mundo que le envíe presentes y le 15 escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los presentes y hemos leído las cartas no lo creemos, y pensamos que ésta es una de las cosas de don Quijote nuestro compatrioto, que todas piensa que son hechas por encantamiento; y, 20 así, estoy por decir que quiero tocar y palpar a vuestra merced, por ver si es embajador fantástico, u hombre de carne y hueso.” “Señores, yo no sé más de mí”, respondió el paje, “sino que soy embajador verdadero, 25 y que el señor Sancho Panza es gobernador efectivo; y que mis señores duque y duquesa pueden dar, y han dado, el tal gobierno; y que he oído decir que en él se porta valentísimamente el tal Sancho Panza. Si en esto hay 30 encantamiento o no, vuestras mercedes lo disputen allá entre ellos; que yo no sé otra cosa para
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 152 el juramento que hago, que es por vida de mis padres; que los tengo vivos y los amo y los quiero mucho.” “Bien podrá ello ser así”, replicó el bachiller; pero, dubitat Augustinus.” 5 “Dude quien dudare”, respondió el paje; “la verdad es la que he dicho, y esta que ha de andar siempre sobre la mentira como el aceite sobre el agua. Y si no, operibus credite, & non verbis: véngase alguno de vuestras mercedes 10 conmigo, y verán con los ojos lo que no creen por los oídos.” “Esa ida a mí toca”, dijo Sanchica; “lléveme vuestra merced, señor, a las ancas de su rocín; que yo iré de muy buena gana a ver a 15 mi señor padre.” “Las hijas de los gobernadores no han de ir solas por los caminos, sino acompañadas de carrozas y literas, y de gran número de sirvientes.” 20 “Par Dios”, respondió Sancha, “tan bien me vaya yo sobre una pollina como sobre un coche. ¡Hallado la habéis la melindrosa!” “Calla, muchacha”, dijo Teresa, “que no sabes lo que te dices, y este señor está en lo 25 cierto; que tal el tiempo, tal el tiento: cuando Sancho, Sancha, y cuando gobernador, señora, y no sé si diga algo.” “Más dice la señora Teresa de lo que piensa”, dijo el paje; “y denme de comer y 30 despáchenme luego, porque pienso volverme esta tarde.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 153 A lo que dijo el cura: “Vuestra merced se vendrá a hacer penitencia conmigo; que la señora Teresa más tiene voluntad que alhajas para servir a tan buen huésped.” 5 Reusólo el paje; pero, en efecto, lo hubo de conceder por su mejora. Y el cura le llevó consigo de buena gana por tener lugar de preguntarle de espacio por don Quijote y sus hazañas. El bachiller se ofreció de escribir las cartas 10 a Teresa, de la respuesta. Pero ella no quiso que el bachiller se metiese en sus cosas; que le tenía por algo burlón. Y, así, dio un bollo y dos huevos a un monacillo, que sabía escribir, el cual le escribió dos cartas, una para su 15 marido, y otra para la duquesa, notadas de su mismo caletre, que no son las peores que en esta grande historia se ponen, como se verá adelante.
p. 154 Capítulo LI Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos tales como buenos. Amaneció el día que se siguió a la noche de la ronda del gobernador, la cual el maestresala 5 pasó sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro, brío y belleza de la disfrazada doncella; y el mayordomo ocupó lo que de ella faltaba en escribir a sus señores lo que Sancho Panza hacía y decía, tan admirado de sus 10 hechos como de sus dichos: porque andaban mezcladas sus palabras y sus acciones con asomos discretos, y tontos. Levantóse, en fin, el señor gobernador, y por orden del doctor Pedro Recio le hicieron desayunar con un poco 15 de conserva y cuatro tragos de agua fría, cosa que la trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de uvas. Pero viendo que aquello era más fuerza que voluntad, pasó por ello con harto dolor de su alma y fatiga de su 20 estómago, haciéndole creer Pedro Recio que los manjares pocos y delicados avivaban el ingenio, que era lo que más convenía a las personas constituidas en mandos y en oficios graves, donde se han de aprovechar no tanto de 25 las fuerzas corporales, como de las del entendimiento. Con esta sofistería padecía hambre Sancho, y tal, que en su secreto maldecía el gobierno, y aun a quien se le había dado; pero con su hambre y con su conserva se puso a 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LI p. 155 juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció fue una pregunta que un forastero le hizo, estando presentes a todo el mayordomo y los demás acólitos, que fue: “Señor: un caudaloso río dividía dos 5 términos de un mismo señorío --y esté vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo dificultoso--. Digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo de ella una horca y una como casa de audiencia, en la 10 cual de ordinario había cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la puente y del señorío, que era en esta forma: «Si alguno pasare por esta puente de una »parte a otra, ha de jurar primero adónde y a 15 »qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar, y »si dijere mentira, muera por ello ahorcado en »la horca que allí se muestra, sin remisión »alguna.» Sabida esta ley y la rigurosa condición de ella, pasaban muchos, y luego en lo 20 que juraban se echaba de ver que decían verdad, y los jueces lo[s] dejaban pasar libremente. Sucedió, pues, que tomando juramento a un hombre, juró y dijo que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella 25 horca que allí estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron: «Si a este hombre le dejamos pasar libremente, »mintió en su juramento, y conforme a »la ley debe morir; y si le ahorcamos, el juró 30 »que iba a morir en aquella horca, y, habiendo »jurado verdad, por la misma ley debe ser
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 156 »libre.» Pídese a vuestra merced, señor gobernador, qué harán los jueces de tal hombre; que aun hasta ahora están dudosos y suspensos, y, habiendo tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuestra merced, me 5 enviaron a mí, a que suplicase a vuestra merced de su parte diese su parecer en tan intricado y dudoso caso.” A lo que respondió Sancho: “Por cierto que esos señores jueces que a 10 mí os envían lo pudieran haber excusado, porque yo soy un hombre que tengo más de mostrenco que de agudo; pero, con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo le entienda. Quizá podría ser que diese en 15 el hito.” Volvió otra y otra vez el preguntante a referir lo que primero había dicho, y Sancho dijo: “A mi parecer, este negocio en dos paletas le declararé yo, y es así: el tal hombre jura 20 que va a morir en la horca, y si muere en ella juró verdad, y por la ley puesta merece ser libre, y que pase la puente; y si no le ahorcan, juró mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen.” 25 “Así es como el señor gobernador dice”, dijo el mensajero; “y cuanto a la entereza y entendimiento del caso, no hay más que pedir ni que dudar.” “Digo yo, pues, ahora”, replicó Sancho, 30 “que de este hombre aquella parte que juró verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LI p. 157 ahorquen, y de esta manera se cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje.” “Pues, señor gobernador”, replicó el preguntador, “será necesario que el tal hombre se divida en [dos] partes, en mentirosa y verdadera, 5 y si se divide, por fuerza ha de morir; y, así, no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide, y es de necesidad expresa que se cumpla con ella.” “Venid acá, señor buen hombre”, respondió 10 Sancho; “este pasajero que decís, o yo soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar la puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena igualmente. Y siendo esto así, como lo es, soy de 15 parecer que digáis a esos señores que a mí os enviaron que, pues están en un fiel las razones de condenarle o absolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien que mal; y esto lo diera 20 firmado de mi nombre si supiera firmar, y yo en este caso no he hablado de mío, sino que se me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos, que me dio mi amo don Quijote la noche antes que viniese a ser gobernador de 25 esta ínsula, que fue que cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la misericordia. Y ha querido Dios que ahora se me acordase, por venir en este caso como de molde.” 30 “Así es”, respondió el mayordomo, “y tengo para mí que el mismo Licurgo, que dio
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 158 leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el gran Panza ha dado; y acábese con esto la audiencia de esta mañana, y yo daré orden como el señor gobernador coma muy a su gusto.” 5 “Eso pido, y barras derechas”, dijo Sancho; “denme de comer y lluevan casos y dudas sobre mí; que yo las despabilaré en el aire.” Cumplió su palabra el mayordomo, pareciéndole ser cargo de conciencia matar de 10 hambre a tan discreto gobernador; y más, que pensaba concluir con él aquella misma noche, haciéndole la burla última, que traía en comisión de hacerle. Sucedió, pues, que habiendo comido aquel día 15 contra las reglas y aforismos del doctor Tirteafuera, al levantar de los manteles entró un correo con una carta de don Quijote para el gobernador; mandó Sancho al secretario que la leyese para sí, y que si no viniese en ella 20 alguna cosa digna de secreto, la leyese en voz alta. Hízolo así el secretario, y, repasándola primero, dijo: “Bien se puede leer en voz alta; que lo que el señor don Quijote escribe a vuestra merced 25 merece estar estampado y escrito con letras de oro, y dice así:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LI p. 159 CARTA DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA A SANCHO PANZA, GOBERNADOR DE LA INSULA BARATARIA. «Cuando esperaba oír nuevas de tus »descuidos e impertinencias, Sancho amigo, las 5 »oí de tus discreciones, de que di por ello »gracias particulares al cielo, el cual del »estiércol sabe levantar los pobres y de los »tontos hacer discretos. Dícenme que gobiernas »como si fueses hombre, y que eres hombre 10 »como si fueses bestia, según es la humildad »con que te tratas. Y quiero que adviertas, »Sancho, que muchas veces conviene, y es necesario, »por la autoridad del oficio, ir contra la »humildad del corazón, porque el buen adorno 15 »de la persona que está puesta en graves »cargos ha de ser conforme a lo que ellos piden, »y no a la medida de lo que su humilde »condición le inclina. Vístete bien, que un palo »compuesto no parece palo. No digo que 20 »traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te »vistas como soldado, sino que te adornes con el »hábito que tu oficio requiere, con tal que sea »limpio y bien compuesto. »Para ganar la voluntad del pueblo que 25 »gobiernas, entre otras, has de hacer dos cosas: »la una, ser bien criado con todos, aunque esto »ya otra vez te lo he dicho. Y la otra, procurar »la abundancia de los mantenimientos; que no »hay cosa que más fatigue el corazón de los 30 »pobres que la hambre y la carestía.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 160 »No hagas muchas pragmáticas, y si las »hicieres, procura que sean buenas y, sobre todo, »que se guarden y cumplan; que las pragmáticas »que no se guardan lo mismo es que si no »lo fuesen. Antes dan a entender que el 5 »príncipe que tuvo discreción y autoridad para »hacerlas, no tuvo valor para hacer que se »guardasen, y las leyes que atemorizan y no »se ejecutan vienen a ser como la viga, rey »de las ranas, que al principio las espantó, y 10 »con el tiempo la menospreciaron y se subieron »sobre ella. »Sé padre de las virtudes y padrastro de los »vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre »blando, y escoge el medio entre estos dos 15 »extremos; que en esto está el punto de la »discreción. Visita las cárceles, las carnicerías y »las plazas; que la presencia del gobernador »en lugares tales es de mucha importancia: »consuela a los presos que esperan la brevedad 20 »de su despacho, es coco a los carniceros »que por entonces igualan los pesos, y es »espantajo a las placeras por la misma razón. »No te muestres, aunque por ventura lo seas »--lo cual yo no creo--, codicioso, mujeriego 25 »ni glotón; porque en sabiendo el pueblo y los »que te tratan tu inclinación determinada, por »allí te darán batería, hasta derribarte en el »profundo de la perdición. »Mira y remira, pasa y repasa los consejos 30 »y documentos que te di por escrito antes que »de aquí partieses a tu gobierno, y verás como
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LI p. 161 »hallas en ellos, si los guardas, una ayuda de »costa que te sobrelleve los trabajos y dificultades »que a cada paso a los gobernadores se les »ofrecen. Escribe a tus señores y muéstrateles »agradecido; que la ingratitud es hija de la 5 »soberbia, y uno de los mayores pecados que »se sabe, y la persona que es agradecida a los »que bien le han hecho da indicio que también »lo será a Dios, que tantos bienes le hizo y de »continuo le hace. 10 »La señora duquesa despachó un propio con »tu vestido y otro presente a tu mujer Teresa »Panza; por momentos esperamos respuesta. »Yo he estado un poco mal dispuesto de un »cierto gateamiento que me sucedió no muy a 15 »cuento de mis narices, pero no fue nada; que »si hay encantadores que me maltraten, también »los hay que me defiendan. Avísame si el »mayordomo que está contigo tuvo que ver en las »acciones de la Trifaldi, como tú sospechaste; 20 »y de todo lo que te sucediere me irás dando »aviso, pues es tan corto el camino, cuanto más »que yo pienso dejar presto esta vida ociosa »en que estoy, pues no nací para ella. Un »negocio se me ha ofrecido, que creo que me 25 »ha de poner en desgracia de estos señores. Pero »aunque se me da mucho, no se me da nada, »pues en fin, en fin, tengo de cumplir antes con »mi profesión que con su gusto, conforme a lo »que suele decirse: Amicus Plato, sed magis 30 »amica veritas: Dígote este latín porque me »doy a entender que después que eres gobernador
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 162 »lo habrás aprendido. Y a Dios, el cual te »guarde de que ninguno te tenga lástima. Tu amigo, don Quijote de la Mancha.» Oyó Sancho la carta con mucha atención, y fue celebrada y tenida por discreta de los 5 que la oyeron, y luego Sancho se levantó de la mesa, y, llamando al secretario, se encerró con él en su estancia, y sin dilatarlo más quiso responder luego a su señor don Quijote, y dijo al secretario que sin añadir ni quitar cosa 10 alguna fuese escribiendo lo que él le dijese; y así lo hizo, y la carta de la respuesta fue del tenor siguiente: CARTA DE SANCHO PANZA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA. 15 “La ocupación de mis negocios es tan grande, que no tengo lugar para rascarme la cabeza, ni aun para cortarme las uñas, y, así, las traigo tan crecidas cual Dios lo remedie. Digo esto, señor mío de mi alma, porque 20 vuestra merced no se espante, si hasta ahora no he dado aviso de mi bien o mal estar en este gobierno, en el cual tengo más hambre que cuando andábamos los dos por las selvas y por los despoblados. 25 ”Escribióme el duque mi señor el otro día, dándome aviso que habían entrado en esta ínsula ciertas espías para matarme, y hasta
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LI p. 163 ahora yo no he descubierto otra que un cierto doctor que está en este lugar asalariado para matar a cuantos gobernadores aquí vinieren. Llámase el doctor Pedro Recio, y es natural de Tirteafuera; porque vea vuestra merced qué 5 nombre para no temer que he de morir a sus manos. Este tal doctor dice él mismo de sí mismo que él no cura las enfermedades cuando las hay, sino que las previene para que no vengan, y las medicinas que usa son dieta y 10 más dieta, hasta poner la persona en los huesos mondos, como si no fuese mayor mal la flaqueza que la calentura. Finalmente, él me va matando de hambre, y yo me voy muriendo de despecho, pues cuando pensé 15 venir a este gobierno a comer caliente y a beber frío, y a recrear el cuerpo entre sábanas de holanda, sobre colchones de pluma, he venido a hacer penitencia como si fuera ermitaño, y como no la hago de mi voluntad, pienso 20 que al cabo al cabo me ha de llevar el diablo. ”Hasta ahora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en qué va esto; porque aquí me han dicho que los gobernadores que a esta ínsula suelen venir, antes de 25 entrar en ella, o les han dado o les han prestado los del pueblo muchos dineros, y que ésta es ordinaria usanza en los demás que van a gobiernos, no solamente en éste. ”Anoche, andando de ronda, topé una muy 30 hermosa doncella en traje de varón y un hermano suyo en hábito de mujer; de la moza se
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 164 enamoró mi maestresala, y la escogió en su imaginación para su mujer, según él ha dicho, y yo escogí al mozo para mi yerno. Hoy los dos pondremos en plática nuestros pensamientos con el padre de entrambos, que es un tal 5 Diego de la Llana, hidalgo y cristiano viejo cuanto se quiere. ”Yo visito las plazas como vuestra merced me lo aconseja, y ayer hallé una tendera que vendía avellanas nuevas, y averigüéle que 10 había mezclado con una hanega de avellanas nuevas otra de viejas, vanas y podridas; apliquélas todas para los niños de la doctrina, que las sabrían bien distinguir, y sentenciéla que por quince días no entrase en la plaza. 15 Hanme dicho que lo hice valerosamente; lo que sé decir a vuestra merced es que es fama en este pueblo que no hay gente más mala que las placeras, porque todas son desvergonzadas, desalmadas y atrevidas, y yo así lo creo por 20 las que he visto en otros pueblos. ”De que mi señora la duquesa haya escrito a mi mujer Teresa Panza y enviádole el presente que vuestra merced dice, estoy muy satisfecho, y procuraré de mostrarme agradecido 25 a su tiempo: bésele vuestra merced las manos de mi parte, diciendo que digo yo que no lo ha echado en saco roto, como lo verá por la obra. No querría que vuestra merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos 30 mis señores, porque si vuestra merced se enoja con ellos, claro está que ha de redundar en mi
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LI p. 165 daño, y no será bien que pues se me da a mí por consejo que sea agradecido, que vuestra merced no lo sea con quien tantas mercedes le tiene hechas, y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo. 5 ”Aquello del gateado no entiendo, pero imagino que debe de ser alguna de las malas fechorías que con vuestra merced suelen usar los malos encantadores; yo lo sabré cuando nos veamos. Quisiera enviarle a vuestra merced 10 alguna cosa, pero no sé qué envíe, si no es algunos cañutos de jeringas, que para con vejigas los hacen en esta ínsula muy curiosos, aunque si me dura el oficio, yo buscaré qué enviar, de haldas o de mangas. Si me 15 escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuestra merced el porte y envíeme la carta; que tengo grandísimo deseo de saber del estado de mi casa, de mi mujer y de mis hijos. Y, con esto, Dios libre a vuestra merced de malintencionados 20 encantadores y a mí me saque con bien y en paz de este gobierno, que lo dudo, porque le pienso dejar con la vida, según me trata el doctor Pedro Recio. Criado de vuestra merced, Sancho Panza 25 el gobernador.” Cerró la carta el secretario y despachó luego al correo, y juntándose los burladores de Sancho, dieron orden entre sí cómo despacharle del gobierno; y aquella tarde la pasó Sancho 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 166 en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen gobierno de la que él imaginaba ser ínsula. Y ordenó que no hubiese regatones de los bastimentos en la república; y que pudiesen meter en ella vino de las partes que quisiesen, 5 con aditamento que declarasen el lugar de donde era, para ponerle el precio según su estimación, bondad y fama. Y el que lo aguase o le mudase el nombre, perdiese la vida por ello. Moderó el precio de todo calzado, 10 principalmente el de los zapatos, por parecerle que corría con exorbitancia. Puso tasa en los salarios de los criados que caminaban a rienda suelta por el camino del interés. Puso gravísimas penas a los que cantasen cantares 15 lascivos y descompuestos, ni de noche ni de día. Ordenó que ningún ciego cantase milagro en coplas si no trajese testimonio auténtico de ser verdadero, por parecerle que los más que los ciegos cantan son fingidos, en 20 perjuicio de los verdaderos. Hizo y creó un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para que los examinase si lo eran; porque a la sombra de la manquedad fingida y de la llaga falsa andan los 25 brazos ladrones y la salud borracha. En resolución, él ordenó cosas tan buenas, que hasta hoy se guardan en aquel lugar y se nombran: Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza. 30
p. 167 Capítulo LII Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez. Cuenta Cide Hamete que estando ya don 5 Quijote sano de sus aruños, le pareció que la vida que en aquel castillo tenía era contra toda la orden de caballería que profesaba, y, así, determinó de pedir licencia a los duques para partirse a Zaragoza, cuyas fiestas llegaban 10 cerca, adonde pensaba ganar el arnés que en las tales fiestas se conquista. Y, estando un día a la mesa con los duques, y comenzando a poner en obra su intención, y pedir la licencia, veis aquí a deshora entrar por la puerta de la 15 gran sala dos mujeres, como después pareció, cubiertas de luto de los pies a la cabeza, y la una de ellas, llegándose a don Quijote, se le echó a los pies, tendida de largo a largo, la boca cosida con los pies de don Quijote, y daba unos 20 gemidos tan tristes, tan profundos y tan dolorosos, que puso en confusión a todos los que la oían y miraban; y, aunque los duques pensaron que sería alguna burla que sus criados querían hacer a don Quijote, todavía, viendo 25 con el ahínco que la mujer suspiraba, gemía y lloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que don Quijote, compasivo, la levantó del suelo, e hizo que se descubriese y quitase el manto de sobre la faz llorosa. Ella lo hizo así, y 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 168 mostró ser --lo que jamás se pudiera pensar--, porque descubrió el rostro de doña Rodríguez, la dueña de casa, y la otra enlutada era su hija, la burlada del hijo del labrador rico. Admiráronse todos aquellos que la conocían, y más 5 los duques que ninguno; que puesto que la tenían por boba y de buena pasta, no por tanto, que viniese a hacer locuras. Finalmente, doña Rodríguez, volviéndose a los señores, les dijo: 10 “Vuestras excelencias sean servidos de darme licencia que yo departa un poco con este caballero, porque así conviene para salir con bien del negocio en que me ha puesto el atrevimiento de un mal intencionado villano.” 15 El duque dijo que él se la daba y que departiese con el señor don Quijote cuanto le viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y el rostro a don Quijote, dijo: “Días ha, valeroso caballero, que os tengo 20 dada cuenta de la sinrazón y alevosía que un mal labrador tiene fecha a mi muy querida y amada fija, que es esta desdichada que aquí está presente, y vos me habéis prometido de volver por ella, enderezándole el tuerto que le tienen 25 fecho, y ahora ha llegado a mi noticia que os queréis partir de este castillo, en busca de las buena[s] venturas que Dios os depare. Y, así, querría que antes que os escurrieseis por esos caminos, desafiaseis a este rústico 30 indómito y le hicieseis que se casase con mi hija, en cumplimiento de la palabra que le
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LII p. 169 dio de ser su esposo, antes y primero que yogase con ella; porque pensar que el duque mi señor me ha de hacer justicia es pedir peras al olmo, por la ocasión que ya a vuestra merced en puridad tengo declarada. Y, con esto, 5 nuestro Señor dé a vuestra merced mucha salud, y a nosotras no nos desampare.” A cuyas razones respondió don Quijote, con mucha gravedad y prosopopeya: “Buena dueña, templad vuestras lágrimas, o 10 por mejor decir, enjugadlas y ahorrad de vuestros suspiros; que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra hija, a la cual le hubiera estado mejor no haber sido tan fácil en creer promesas de enamorados, las cuales, por la 15 mayor parte, son ligeras de prometer y muy pesadas de cumplir. Y, así, con licencia del duque mi señor, yo me partiré luego en busca de ese desalmado mancebo, y le hallaré y le desafiaré y le mataré cada y cuando que se 20 excusare de cumplir la prometida palabra; que el principal asunto de mi profesión es perdonar a los humildes y castigar a los soberbios: quiero decir, acorrer a los miserables y destruir a los rigurosos.” 25 “No es menester”, respondió el duque, “que vuestra merced se ponga en trabajo de buscar al rústico de quien esta buena dueña se queja, ni es menester tampoco que vuestra merced me pida a mí licencia para desafiarle; que yo 30 le doy por desafiado, y tomo a mi cargo de hacerle saber este desafío, y que le acepte, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 170 venga a responder por sí a este mi castillo, donde a entrambos daré campo seguro, guardando todas las condiciones que en tales actos suelen y deben guardarse, guardando igualmente su justicia a cada uno, como están obligados 5 a guardarla todos aquellos príncipes que dan campo franco a los que se combaten en los términos de sus señoríos.” “Pues con ese seguro y con buena licencia de vuestra grandeza”, replicó don Quijote, 10 “desde aquí digo que por esta vez renuncio mi hidalguía y me allano y ajusto con la llaneza del dañador, y me hago igual con él, habilitándole para poder combatir conmigo. Y, así, aunque ausente, le desafío y reto en razón 15 de que hizo mal en defraudar a esta pobre, que fue doncella y ya por su culpa no lo es; y que le ha de cumplir la palabra que le dio de ser su legítimo esposo, o morir en la demanda.” Y luego, descalzándose un guante, le arrojó 20 en mitad de la sala, y el duque le alzó, diciendo que como ya había dicho, él aceptaba el tal desafío en nombre de su vasallo, y señalaba el plazo de allí a seis días, y el campo en la plaza de aquel castillo, y las armas las 25 acostumbradas de los caballeros: lanza y escudo y arnés tranzado, con todas las demás piezas, sin engaño, superchería o superstición alguna, examinadas y vistas por los jueces del campo. “Pero ante todas cosas es menester que esta 30 buena dueña y esta mala doncella pongan el derecho de su justicia en manos del señor don
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LII p. 171 Quijote; que de otra manera no se hará nada ni llegará a debida ejecución el tal desafío.” “Yo sí pongo”, respondió la dueña. “Y yo también”, añadió la hija, toda llorosa y toda vergonzosa y de mal talante. 5 Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo imaginado el duque lo que había de hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y ordenó la duquesa que de allí adelante no las tratasen como a sus criadas, sino como a señoras aventureras 10 que venían a pedir justicia a su casa; y, así, les dieron cuarto aparte y las sirvieron como a forasteras, no sin espanto de las demás criadas que no sabían en qué había de parar la sandez y desenvoltura de doña Rodríguez, y 15 de su malandante hija. Estando en esto, para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la comida, veis aquí donde entró por la sala el paje que llevó las cartas y presentes a Teresa Panza, mujer del 20 gobernador Sancho Panza, de cuya llegada recibieron gran contento los duques, deseosos de saber lo que le había sucedido en su viaje, y, preguntándoselo, respondió el paje que no lo podía decir tan en público, ni con breves 25 palabras; que sus excelencias fuesen servidos de dejarlo para a solas, y que entretanto se entretuviesen con aquellas cartas. Y, sacando dos cartas, las puso en manos de la duquesa. La una decía en el sobrescrito: Carta para mi 30 señora la duquesa tal, de no sé donde y la otra: A mi marido Sancho Panza, gobernador
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 172 de la ínsula Barataria, que Dios prospere más años que a mí. No se le cocía el pan, como suele decirse, a la duquesa hasta leer su carta, y, abriéndola y leído para sí, y viendo que la podía leer en 5 voz alta para que el duque y los circunstantes la oyesen, leyó de esta manera: CARTA DE TERESA PANZA A LA DUQUESA “Mucho contento me dio, señora mía, la carta que vuestra grandeza me escribió, que en 10 verdad que la tenía bien deseada. La sarta de corales es muy buena, y el vestido de caza de mi marido no le va en zaga. De que vuestra señoría haya hecho gobernador a Sancho mi consorte ha recibido mucho gusto todo este 15 lugar, puesto que no hay quien lo crea, principalmente el cura, y maese Nicolás el barbero, y Sansón Carrasco el bachiller. Pero a mí no se me da nada; que como ello sea así, como lo es, diga cada uno lo que quisiere, aunque, 20 si va a decir verdad, a no venir los corales y el vestido, tampoco yo lo creyera; porque en este pueblo todos tienen a mi marido por un porro, y que sacado de gobernar un hato de cabras, no pueden imaginar para qué gobierno 25 pueda ser bueno. Dios lo haga, y lo encamine como ve que lo han menester sus hijos. ”Yo, señora de mi alma, estoy determinada, con licencia de vuestra merced, de meter este buen día en mi casa, yéndome a la corte a 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LII p. 173 tenderme en un coche, para quebrar los ojos a mil envidiosos que ya tengo. Y, así, suplico a vuestra excelencia mande a mi marido, me envíe algún dinerillo, y que sea algo qué, porque en la corte son los gastos grandes; que 5 el pan vale a real, y la carne la libra a treinta maravedís, que es un juicio. Y si quisiere que no vaya, que me lo avise con tiempo, porque me están bullendo los pies por ponerme en camino; que me dicen mis amigas y mis 10 vecinas que si yo y mi hija andamos orondas y pomposas en la corte, vendrá a ser conocido mi marido por mí más que yo por él, siendo forzoso que pregunten muchos: «¿Quién son »estas señoras de este coche?» Y un criado mío 15 responder: «La mujer y la hija de Sancho »Panza, gobernador de la ínsula Barataria», y de esta manera será conocido Sancho, y yo seré estimada, y a Roma por todo. ”Pésame, cuanto pesarme puede, que este 20 año no se han cogido bellotas en este pueblo; con todo eso, envío a vuestra alteza hasta medio celemín, que una a una las fui yo a coger y a escoger al monte, y no las hallé más mayores. Yo quisiera que fueran como huevos de 25 avestruz. ”No se le olvide a vuestra pomposidad de escribirme; que yo tendré cuidado de la respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que hubiere que avisar de este lugar, donde quedo 30 rogando a nuestro Señor guarde a vuestra grandeza, y a mí no olvide. Sancha mi hija
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 174 y mi hijo besan a vuestra merced las manos. ”La que tiene más deseo de ver a vuestra señoría que de escribirla. Su criada, Teresa Panza.” Grande fue el gusto que todos recibieron de 5 oír la carta de Teresa Panza, principalmente los duques, y la duquesa pidió parecer a don Quijote si sería bien abrir la carta que venía para el gobernador, que imaginaba debía de ser bonísima. Don Quijote dijo que él la 10 abriría por darles gusto, y así lo hizo, y vio que decía de esta manera: CARTA DE TERESA PANZA A SANCHO PANZA SU MARIDO “Tu carta recibí, Sancho mío de mi alma, y 15 yo te prometo y juro como católica cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca de contento. Mira, hermano, cuando yo llegué a oír que eres gobernador, me pensé allí caer muerta de puro gozo; que ya sabes tú que 20 dicen que así mata la alegría súbita como el dolor grande. A Sanchica tu hija se le fueron las aguas sin sentirlo de puro contento. El vestido que me enviaste tenía delante, y los corales que me envió mi señora la duquesa al 25 cuello, y las cartas en las manos, y el portador de ellas allí presente, y, con todo eso, creía y pensaba que era todo sueño lo que veía y lo
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LII p. 175 que tocaba; porque ¿quién podía pensar que un pastor de cabras había de venir a ser gobernador de ínsulas? Ya sabes tú, amigo, que decía mi madre que era menester vivir mucho para ver mucho; dígolo porque pienso ver más, 5 si vivo más, porque no pienso parar hasta verte arrendador o alcabalero, que son oficios que aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin siempre tienen y manejan dineros. Mi señora la duquesa te dirá el deseo que 10 tengo de ir a la corte. Mírate en ello, y avísame de tu gusto; que yo procuraré honrarte en ella andando en coche. ”El cura, el barbero, el bachiller y aun el sacristán no pueden creer que eres gobernador y 15 dicen que todo es embeleco, o cosas de encantamiento, como son todas las de don Quijote tu amo, y dice Sansón que ha de ir a buscarte y a sacarte el gobierno de la cabeza, y a don Quijote la locura de los cascos; yo no hago 20 sino reírme, y mirar mi sarta, y dar traza del vestido que tengo de hacer del tuyo a nuestra hija. Unas bellotas envié a mi señora la duquesa; yo quisiera que fueran de oro. Envíame tú algunas sartas de perlas, si se usan en 25 esa ínsula. ”Las nuevas de este lugar son que la Berrueca casó a su hija con un pintor de mala mano, que llegó a este pueblo a pintar lo que saliese; mandóle el concejo pintar las armas de su 30 majestad sobre las puertas del Ayuntamiento, pidió dos ducados, dierónselos adelantados,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 176 trabajó ocho días, al cabo de los cuales no pintó nada y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas. Volvió el dinero, y, con todo eso, se casó a título de buen oficial; verdad es que ya ha dejado el pincel y tomado el 5 azada, y va al campo como gentilhombre. El hijo de Pedro de Lobo se ha ordenado de grados y corona, con intención de hacerse clérigo; súpolo Minguilla, la nieta de Mingo Silvato, y hale puesto demanda de que la tiene dada 10 palabra de casamiento. Malas lenguas quieren decir que ha estado encinta de él, pero él lo niega a pies juntillas. ”Hogaño no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en todo este pueblo. Por aquí 15 pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tres mozas de este pueblo, no te quiero decir quién son. Quizá volverán y no faltará quien las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas. Sanchica hace puntas de randas, 20 gana cada día ocho maravedís horros, que los va echando en una alcancía para ayuda a su ajuar; pero ahora que es hija de un gobernador tú le darás la dote sin que ella lo trabaje. La fuente de la plaza se secó, un rayo cayó 25 en la picota, y allí me las den todas. Espero respuesta de ésta, y la resolución de mi ida a la corte; y, con esto, Dios te me guarde más años que a mí, o tantos, porque no querría dejarte sin mí en este mundo. 30 ”Tu mujer, Teresa Panza.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LII p. 177 Las cartas fueron solemnizadas, reídas, estimadas y admiradas, y para acabar de echar el sello llegó el correo, el que traía la que Sancho enviaba a don Quijote, que asimismo se leyó públicamente, la cual puso en duda la sandez 5 del gobernador. Retiróse la duquesa para saber del paje lo que le había sucedido en el lugar de Sancho, el cual se lo contó muy por extenso sin dejar circunstancia que no refiriese; diole las bellotas, 10 y más un queso que Teresa le dio por ser muy bueno, que se aventajaba a los de Tronchón. Recibiólo la duquesa con grandísimo gusto, con el cual la dejaremos, por contar el fin que tuvo el gobierno del gran Sancho Panza, flor y 15 espejo de todos los insulanos gobernadores.
p. 178 Capítulo LIII Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza. Pensar que en esta vida las cosas de ella han de durar siempre en un estado es pensar en lo 5 excusado. Antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo 10 con esta rueda continua. Sola la vida humana corre a su fin, ligera más que el tiempo, sin esperar renovarse, sino es en la otra que no tiene términos que la limiten. Esto dice Cide Hamete, filósofo mahomético; porque esto de 15 entender la ligereza e instabilidad de la vida presente y la duración de la eterna que se espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la luz natural, lo han entendido. Pero aquí nuestro autor lo dice por la presteza con que se 20 acabó, se consumió, se deshizo, se fue como en sombra y humo el gobierno de Sancho. El cual, estando la séptima noche de los días de su gobierno en su cama, no harto de pan ni de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de 25 hacer estatutos y pragmáticas, cuando el sueño a despecho y pesar de la hambre le comenzaba a cerrar los párpados, oyó tan gran ruido de campanas y de voces, que no parecía sino que toda la ínsula se hundía. Sentóse en la 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIII p. 179 cama y estuvo atento y escuchando, por ver si daba en la cuenta de lo que podía ser la causa de tan grande alboroto; pero no sólo no lo supo, pero añadiéndose al ruido de voces y campanas el de infinitas trompetas y 5 tambores, quedó más confuso y lleno de temor y espanto, y, levantándose en pie, se puso unas chinelas por la humedad del suelo, y sin ponerse sobrerropa de levantar, ni cosa que se pareciese, salió a la puerta de su aposento, a 10 tiempo cuando vio venir por unos corredores más de veinte personas con hachas encendidas en las manos, y con las espadas desenvainadas, gritando todos a grandes voces: “¡Arma, arma, señor gobernador, arma!; que 15 han entrado infinitos enemigos en la ínsula, y somos perdidos si vuestra industria y valor no nos socorre.” Con este ruido, furia y alboroto llegaron donde Sancho estaba, atónito y embelesado 20 de lo que oía y veía, y cuando llegaron a él, uno le dijo: “Armese luego vuestra señoría, si no quiere perderse y que toda esta ínsula se pierda.” “¿Qué me tengo de armar”, respondió Sancho, 25 “ni qué sé yo de armas ni de socorros? Estas cosas mejor será dejarlas para mi amo don Quijote, que en dos paletas las despachará, y pondrá en cobro; que yo, pecador fui a Dios, no se me entiende nada de estas prisas.” 30 “¡Ah, señor gobernador!”, dijo otro. “¿Qué relente es ése? Armese vuestra merced; que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 180 aquí le traemos armas ofensivas y defensivas, y salga a esa plaza y sea nuestra guía y nuestro capitán, pues de derecho le toca el serlo, siendo nuestro gobernador.” “Armenme norabuena”, replicó Sancho. 5 Y al momento le trajeron dos paveses, que venían proveídos de ellos, y le pusieron encima de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un pavés delante y otro detrás, y por unas concavidades que traían hechas, le sacaron los brazos 10 y le liaron muy bien con unos cordeles, de modo, que quedó emparedado y entablado, derecho como un huso, sin poder doblar las rodillas, ni menearse un solo paso. Pusiéronle en las manos una lanza, a la cual se arrimó para 15 poder tenerse en pie. Cuando así le tuvieron, le dijeron que caminase y los guiase y animase a todos; que siendo él su norte, su linterna y su lucero, tendrían buen fin sus negocios. “¿Cómo tengo de caminar, desventurado 20 yo”, respondió Sancho, “que no puedo jugar las choquezuelas de las rodillas, porque me lo impiden estas tablas que tan cosidas tengo con mis carnes? Lo que han de hacer es llevarme en brazos y ponerme atravesado, o en 25 pie, en algún postigo; que yo le guardaré, o con esta lanza o con mi cuerpo.” “Ande, señor gobernador”, dijo otro, “que más el miedo que las tablas le impiden el paso. Acabe y menéese; que es tarde y los enemigos 30 crecen, y las voces se aumentan, y el peligro carga.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIII p. 181 Por cuyas persuasiones y vituperios probó el pobre gobernador a moverse, y fue dar consigo en el suelo tan gran golpe que pensó que se había hecho pedazos. Quedó como galápago encerrado y cubierto con sus conchas, o como 5 medio tocino metido entre dos artesas, o bien así como barca que da al través en la arena, y no por verle caído aquella gente burladora le tuvieron compasión alguna; antes, apagando las antorchas tornaron a reforzar las voces 10 y a reiterar el ¡arma! con tan gran prisa, pasando por encima del pobre Sancho, dándole infinitas cuchilladas sobre los paveses, que si él no se recogiera y encogiera metiendo la cabeza entre los paveses, lo pasara muy 15 mal el pobre gobernador; el cual, en aquella estrechez recogido, sudaba y trasudaba, y de todo corazón se encomendaba a Dios que de aquel peligro le sacase. Unos tropezaban en él, otros caían, y tal hubo que se puso encima 20 un buen espacio, y, desde allí, como desde atalaya, gobernaba los ejércitos, y a grandes voces decía: “¡Aquí de los nuestros: que por esta parte cargan más los enemigos! ¡Aquel portillo se 25 guarde, aquella puerta se cierre, aquellas escalas se tranquen! ¡Vengan alcancías, pez y resina en calderas de aceite ardiendo! ¡Trinchéense las calles con colchones!” En fin, él nombraba con todo ahínco todas 30 las baratijas e instrumentos y pertrechos de guerra, con que suele defenderse el asalto de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 182 una ciudad, y el molido Sancho, que lo escuchaba y sufría todo, decía entre sí: “¡Oh, si mi Señor fuese servido que se acabase ya de perder esta ínsula, y me viese yo, o muerto, o fuera de esta grande angustia!” 5 Oyó el cielo su petición, y cuando menos lo esperaba, oyó voces que decían: “¡Victoria, victoria, los enemigos van de vencida! ¡Ea, señor gobernador, levántese vuestra merced! Y venga a gozar del vencimiento, y a 10 repartir los despojos que se han tomado a los enemigos, por el valor de ese invencible brazo.” “Levántenme”, dijo con voz doliente el dolorido Sancho. Ayudáronle a levantar, y, puesto en pie, dijo: 15 “El enemigo que yo hubiere vencido quiero que me le claven en la frente. Yo no quiero repartir despojos de enemigos, sino pedir y suplicar a algún amigo, si es que le tengo, que me dé un trago de vino, que me seco; y me 20 enjugue este sudor, que me hago agua.” Limpiáronle, trajéronle el vino, desliáronle los paveses, sentóse sobre su lecho, y desmayóse del temor del sobresalto y del trabajo. Ya les pesaba a los de la burla, de habérsela hecho 25 tan pesada; pero el haber vuelto en sí Sancho les templó la pena que les había dado su desmayo. Preguntó qué hora era; respondiéronle que ya amanecía. Calló, y, sin decir otra cosa, comenzó a vestirse, todo sepultado en silencio, 30 y todos le miraban y esperaban en qué había de parar la prisa con que se vestía. Vistióse, en
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIII p. 183 fin, y poco a poco, porque estaba molido y no podía ir mucho a mucho, se fue a la caballeriza, siguiéndole todos los que allí se hallaban, y, llegándose al rucio, le abrazó y le dio un beso de paz en la frente y, no sin lágrimas en 5 los ojos, le dijo: “Venid vos acá, compañero mío y amigo mío, y conllevador de mis trabajos y miserias. Cuando yo me avenía con vos, y no tenía otros pensamientos que los que me daban los cuidados 10 de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero después que os dejé, y me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma 15 adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos.” Y, en tanto que estas razones iba diciendo, iba asimismo enalbardando el asno, sin que nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el 20 rucio, con gran pena y pesar subió sobre él, y, encaminando sus palabras y razones al mayordomo, al secretario, al maestresala y a Pedro Recio el doctor, y a otros muchos que allí presentes estaban, dijo: 25 “Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas 30 ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas; mejor se me entiende a mí de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 184 arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma; quiero decir que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido: mejor me está a mí 5 una hoz en la mano que un cetro de gobernador. Más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre, y más quiero recostarme a la sombra de una encina en el 10 verano, y arroparme con un zamarro de dos pelos en el invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre sábanas de holanda, y vestirme de martas cebellinas. Vuestras mercedes se queden con Dios y 15 digan al duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano. Quiero decir que sin blanca entré en este gobierno, y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas. Y 20 apártense, déjenme ir; que me voy a bizmar, que creo que tengo brumadas todas las costillas, merced a los enemigos que esta noche se han paseado sobre mí.” “No ha de ser así, señor gobernador”, dijo 25 el doctor Recio; “que yo le daré a vuestra merced una bebida contra caídas y molimientos, que luego le vuelva en su prístina entereza y vigor, y en lo de la comida yo prometo a vuestra merced de enmendarme, dejándole 30 comer abundantemente de todo aquello que quisiere.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIII p. 185 “Tarde piache”, respondió Sancho; “así dejaré de irme como volverme turco. No son estas burlas para dos veces. Por Dios que así me quede en éste ni admita otro gobierno, aunque me le diesen entre dos platos, como 5 volar al cielo sin alas. Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos, y si una vez dicen nones, nones han de ser, aunque sean pares, a pesar de todo el mundo. Quédense en esta caballeriza las alas de la 10 hormiga, que me levantaron en el aire para que me comiesen vencejos y otros pájaros, y volvámonos a andar por el suelo con pie llano; que si no le adornaren zapatos picados de cordobán, no le faltarán alpargatas toscas de 15 cuerda. Cada oveja con su pareja, y nadie tienda más la pierna de cuanto fuere larga la sábana; y déjenme pasar, que se me hace tarde.” A lo que el mayordomo dijo: 20 “Señor gobernador, de muy buena gana dejáramos ir a vuestra merced, puesto que nos pesara mucho de perderle; que su ingenio y su cristiano proceder obligan a desearle. Pero ya se sabe que todo gobernador está 25 obligado, antes que se ausente de la parte donde ha gobernado, dar primero residencia; déla vuestra merced de los diez días que ha que tiene el gobierno, y váyase a la paz de Dios.” 30 “Nadie me la puede pedir”, respondió Sancho, “si no es quien ordenare el duque mi
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 186 señor. Yo voy a verme con él y a él se la daré de molde; cuanto más que saliendo yo desnudo como salgo, no es menester otra señal para dar a entender que he gobernado como un ángel.” 5 “Par Dios que tiene razón el gran Sancho”, dijo el doctor Recio, “y que soy de parecer que le dejemos ir, porque el duque ha de gustar infinito de verle.” Todos vinieron [en] ello, y le dejaron ir, 10 ofreciéndole primero compañía y todo aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidad de su viaje. Sancho dijo que no quería más de un poco de cebada para el rucio, y medio queso y medio pan para él; 15 que pues el camino era tan corto, no había menester mayor ni mejor repostería. Abrazáronle todos, y él, llorando, abrazó a todos, y los dejó admirados así de sus razones como de su determinación tan resoluta y tan discreta. 20
p. 187 Capítulo LIV Que trata de cosas tocantes a esta historia y no a otra alguna. Resolviéronse el duque y la duquesa de que el desafío que don Quijote hizo a su vasallo 5 por la causa ya referida pasase adelante; y puesto que el mozo estaba en Flandes, adonde se había ido huyendo por no tener por suegra a doña Rodríguez, ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gascón que se llamaba 10 Tosilos, industriándole primero muy bien de todo lo que había de hacer. De allí a dos días dijo el duque a don Quijote como desde allí a cuatro vendría su contrario, y se presentaría en el campo armado 15 como caballero, y sustentaría como la doncella mentía por mitad de la barba, y aun por toda la barba entera, si se afirmaba que él le hubiese dado palabra de casamiento. Don Quijote recibió mucho gusto con las tales nuevas, 20 y se prometió a sí mismo de hacer maravillas en el caso, y tuvo a gran ventura habérsele ofrecido ocasión donde aquellos señores pudiesen ver hasta dónde se extendía el valor de su poderoso brazo. Y, así, con alborozo y 25 contento esperaba los cuatro días que se le iban haciendo, a la cuenta de su deseo, cuatrocientos siglos. Dejémoslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos a acompañar a 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 188 Sancho, que entre alegre y triste venía caminando sobre el rucio a buscar a su amo, cuya compañía le agradaba más que ser gobernador de todas las ínsulas del mundo. Sucedió, pues, que no habiéndose alongado 5 mucho de la ínsula de su gobierno --que él nunca se puso a averiguar si era ínsula, ciudad, villa o lugar la que gobernaba--, vio que por el camino por donde él iba venían seis peregrinos con sus bordones, de estos 10 extranjeros que piden la limosna cantando, los cuales, en llegando a él, se pusieron en ala, y, levantando las voces todos juntos, comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho no pudo entender, si no fue una palabra que claramente 15 pronunciaba limosna, por donde entendió, que era limosna la que en su canto pedían; y como él, según dice Cide Hamete, era caritativo además, sacó de sus alforjas medio pan y medio queso, de que venía proveído, y dióselo, 20 diciéndoles por señas que no tenía otra cosa que darles. Ellos lo recibieron de muy buena gana y dijeron: guelte, guelte. “No entiendo”, respondió Sancho, “qué es lo que me pedís, buena gente.” 25 Entonces uno de ellos sacó una bolsa del seno, y mostrósela a Sancho, por donde entendió que le pedían dineros, y él, poniéndose el dedo pulgar en la garganta, y extendiendo la mano arriba, les dio a entender que no tenía 30 ostugo de moneda, y, picando al rucio, rompió por ellos; y al pasar, habiéndole estado mirando
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIV p. 189 uno de ellos con mucha atención, arremetió a él, echándole los brazos por la cintura, en voz alta y muy castellana dijo: “¡Válgame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es posible que tengo en mis brazos al mi caro 5 amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? Sí tengo, sin duda, porque yo ni duermo, ni estoy ahora borracho.” Admiróse Sancho de verse nombrar por su nombre, y de verse abrazar del extranjero 10 peregrino, y después de haberle estado mirando, sin hablar palabra, con mucha atención, nunca pudo conocerle; pero viendo su suspensión el peregrino, le dijo: “¿Cómo y es posible, Sancho Panza hermano, 15 que no conoces a tu vecino Ricote el morisco, tendero de tu lugar?” Entonces Sancho le miró con más atención, y comenzó a refigurarle, y, finalmente, le vino a conocer de todo punto, y, sin apearse 20 del jumento, le echó los brazos al cuello, y le dijo: “¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho que traes? Dime: ¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes 25 atrevimiento de volver a España, donde si te cogen y conocen, tendrás harta mala ventura?” “Si tú no me descubres, Sancho”, respondió el peregrino, “seguro estoy; que en este traje no habrá nadie que me conozca. Y apartémonos 30 del camino a aquella alameda que allí parece, donde quieren comer y reposar mis compañeros,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 190 y allí comerás con ellos, que son muy apacible gente. Yo tendré lugar de contarte lo que me ha sucedido después que me partí de nuestro lugar, por obedecer el bando de su majestad, que con tanto rigor a los desdichados 5 de mi nación amenazaba, según oíste.” Hízolo así Sancho, y, hablando Ricote a los demás peregrinos, se apartaron a la alameda, que se parecía, bien desviados del camino real. Arrojaron los bordones, quitáronse las mucetas 10 o esclavinas y quedaron en pelota, y todos ellos eran mozos, y muy gentiles hombres, excepto Ricote, que ya era hombre entrado en años. Todos traían alforjas, y todas, según pareció, venían bien proveídas, a lo menos, de cosas 15 incitativas y que llaman a la sed de dos leguas. Tendiéronse en el suelo, y, haciendo manteles de las hierbas, pusieron sobre ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamón, que si no se dejaban mascar, 20 no defendían el ser chupados. Pusieron asimismo un manjar negro que dicen que se llama caviar, y es hecho de huevos de pescados, gran despertador de la colambre. No faltaron aceitunas, aunque secas y sin adobo 25 alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo que más campeó en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino, que cada uno sacó la suya de su alforja; hasta el buen Ricote, que se había transformado de morisco en alemán, 30 o en tudesco, sacó la suya, que en grandeza podía competir con las cinco. Comenzaron
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIV p. 191 a comer con grandísimo gusto y muy despacio, saboreándose con cada bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito de cada cosa, y luego al punto todos a una levantaron los brazos y las botas en el 5 aire; puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en el cielo, no parecía sino que ponían en él la puntería, y de esta manera meneando las cabezas a un lado y a otro, señales que acreditaban el gusto que recibían, se estuvieron 10 un buen espacio trasegando en sus estómagos las entrañas de las vasijas. Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa se dolía, antes por cumplir con el refrán que él muy bien sabía, de «cuando a Roma fueres 15 »haz como vieres», pidió a Ricote la bota, y tomó su puntería como los demás, y no con menos gusto que ellos. Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas, pero la quinta no fue posible, porque ya estaban más enjutas 20 y secas que un esparto, cosa que puso mustia la alegría que hasta allí habían mostrado. De cuando en cuando juntaba alguno su mano derecha con la de Sancho, y decía: “Español y tudesqui tuto uno: bon 25 compaño.” Y Sancho respondía: “Bon compaño, jura Di”, y disparaba con una risa que le duraba un hora, sin acordarse entonces de nada de lo que le había sucedido 30 en su gobierno; porque sobre el rato y tiempo cuando se come y bebe, poca jurisdicción suelen
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 192 tener los cuidados. Finalmente, el acabársele el vino fue principio de un sueño que dio a todos, quedándose dormidos sobre las mismas mesas y manteles. Solos Ricote y Sancho quedaron alerta, porque habían comido más y 5 bebido menos, y, apartando Ricote a Sancho, se sentaron al pie de una haya, dejando a los peregrinos sepultados en dulce sueño, y Ricote, sin tropezar nada en su lengua morisca, en la pura castellana le dijo las siguientes razones: 10 “Bien sabes, oh Sancho Panza, vecino y amigo mío, como el pregón y bando que su majestad mandó publicar contra los de mi nación, puso terror y espanto en todos nosotros, a lo menos, en mí le puso de suerte que me parece 15 que antes del tiempo que se nos concedía para que hiciésemos ausencia de España, ya tenía el rigor de la pena ejecutado en mi persona y en la de mis hijos. Ordené, pues, a mi parecer, como prudente, bien así como el que sabe 20 que para tal tiempo le han de quitar la casa donde vive, y se provee de otra donde mudarse, ordené, digo, de salir yo solo sin mi familia de mi pueblo, e ir a buscar donde llevarla con comodidad, y sin la prisa con que los demás 25 salieron. Porque bien vi y vieron todos nuestros ancianos que aquellos pregones no eran sólo amenazas, como algunos decían, sino verdaderas leyes que se habían de poner en ejecución a su determinado tiempo. Y forzábame a 30 creer esta verdad saber yo los ruines y disparatados intentos que los nuestros tenían, y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIV p. 193 tales, que me parece que fue inspiración divina la que movió a su majestad a poner en efecto tan gallarda resolución, no porque todos fuésemos culpados; que algunos había cristianos firmes y verdaderos. Pero eran tan pocos que no 5 se podían oponer a los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo los enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos; 10 pero al nuestro la más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estamos lloramos por España; que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural. En ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea, y 15 en Berbería y en todas las partes de Africa donde esperábamos ser recibidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido, y es el deseo tan grande 20 que casi todos tenemos de volver a España, que los más de aquellos, y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la tienen; y ahora 25 conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el amor de la patria. ”Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y aunque allí nos hacían buen acogimiento, quise verlo todo; pasé a Italia, y 30 llegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 194 no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte de ella se vive con libertad de conciencia. Dejé tomada casa en un pueblo junto a Augusta. Juntéme con estos peregrinos que tienen por 5 costumbre de venir a España, muchos de ellos cada año, a visitar los santuarios de ella; que los tienen por sus Indias, y por certísima granjería y conocida ganancia. Andanla casi toda, y no hay pueblo ninguno de donde no salgan 10 comidos y bebidos, como suele decirse, y con un real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con más de cien escudos de sobra, que trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones, o entre los remiendos de las esclavinas, 15 o con la industria que ellos pueden los sacan del reino, y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas de los puestos y puertos donde se registran. ”Ahora es mi intención, Sancho, sacar el 20 tesoro que dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo lo podré hacer sin peligro, y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que sé que está en Argel, y dar traza cómo traerlas a algún puerto de Francia, y 25 desde allí llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Dios quisiere hacer de nosotros. Que, en resolución, Sancho, yo sé cierto que la Ricota mi hija y Francisca Ricota mi mujer son católicas cristianas, y aunque yo no lo soy 30 tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro, y ruego siempre a Dios me abra los ojos
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIV p. 195 del entendimiento y me dé a conocer cómo le tengo de servir. Y lo que me tiene admirado es no saber por qué se fue mi mujer y mi hija antes a Berbería que a Francia, adonde podía vivir como cristiana.” 5 A lo que respondió Sancho: “Mira, Ricote, eso no debió estar en su mano, porque las llevó Juan Tiopieyo, el hermano de tu mujer, y como debe de ser fino moro, fuese a lo más bien parado; y séte decir otra 10 cosa que creo: que vas en balde a buscar lo que dejaste encerrado, porque tuvimos nuevas que habían quitado a tu cuñado y tu mujer muchas perlas y mucho dinero en oro, que llevaban por registrar.” 15 “Bien puede ser eso”, replicó Ricote; “pero yo sé, Sancho, que no tocaron a mi encierro, porque yo no les descubrí dónde estaba, temeroso de algún desmán, y así, si tú, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y 20 a encubrirlo, yo te daré doscientos escudos, con que podrás remediar tus necesidades, que ya sabes que sé yo que las tienes, muchas.” “Yo lo hiciera”, respondió Sancho; “pero no soy nada codicioso, que a serlo un oficio dejé 25 yo esta mañana de las manos, donde pudiera hacer las paredes de mi casa de oro, y comer antes de seis meses en platos de plata. Y así, por esto, como por parecerme haría traición a mi rey en dar favor a sus enemigos, no fuera 30 contigo, si como me prometes doscientos escudos me dieras aquí de contado cuatrocientos.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 196 “Y ¿qué oficio es el que has dejado, Sancho?”, preguntó Ricote. “He dejado de ser gobernador de una ínsula”, respondió Sancho, “y tal, que a buena fe que no hallen otra como ella a tres tirones.” 5 “Y ¿dónde está esa ínsula?”, preguntó Ricote. “¿Adónde?”, respondió Sancho. “Dos leguas de aquí, y se llama la ínsula Barataria.” “Calla, Sancho”, dijo Ricote; “que las ínsulas 10 están allá dentro de la mar; que no hay ínsulas en la tierra firme.” “¿Cómo no?”, replicó Sancho. “Dígote, Ricote amigo, que esta mañana me partí de ella, y ayer estuve en ella gobernando a mi placer, 15 como un sagitario; pero, con todo eso, la he dejado, por parecerme oficio peligroso el de los gobernadores.” “Y ¿qué has ganado en el gobierno?”, preguntó Ricote. 20 “He ganado”, respondió Sancho, “el haber conocido que no soy bueno para gobernar, si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan en los tales gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueño y aun el 25 sustento; porque en las ínsulas deben de comer poco los gobernadores, especialmente si tienen médicos que miren por su salud.” “Yo no te entiendo, Sancho”, dijo Ricote; “pero paréceme que todo lo que dices es disparate; 30 que ¿quién te había de dar a ti ínsulas que gobernases? ¿Faltaban hombres en el mundo
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIV p. 197 más hábiles para gobernadores que tú eres? Calla, Sancho, y vuelve en ti y mira si quieres venir conmigo, como te he dicho, a ayudarme a sacar el tesoro que dejé escondido; que en verdad que es tanto que se puede llamar tesoro, 5 y te daré con que vivas, como te he dicho.” “Ya te he dicho, Ricote”, replicó Sancho, “que no quiero. Conténtate que por mí no serás descubierto, y prosigue en buena hora tu camino y déjame seguir el mío; que yo sé que 10 lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño.” “No quiero porfiar, Sancho”, dijo Ricote; “pero dime: ¿hallástete en nuestro lugar cuando se partió de él mi mujer, mi hija y mi cuñado?” 15 “Sí hallé”, respondió Sancho, “y séte decir que salió tu hija tan hermosa, que salieron a verla cuantos había en el pueblo, y todos decían que era la más bella criatura del mundo. Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas y 20 conocidas y a cuantos llegaban a verla, y a todos pedía la encomendasen a Dios y a Nuestra Señora su madre; y esto, con tanto sentimiento, que a mí me hizo llorar, que no suelo ser muy llorón. Y a fe que muchos tuvieron deseo de 25 esconderla y salir a quitársela en el camino; pero el miedo de ir contra el mandado del rey los detuvo. Principalmente se mostró más apasionado don Pedro Gregorio, aquel mancebo mayorazgo rico que tú conoces, que dicen que 30 la quería mucho, y después que ella se partió, nunca más él ha parecido en nuestro lugar, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 198 todos pensamos que iba tras ella para robarla; pero hasta ahora no se ha sabido nada.” “Siempre tuve yo mala sospecha”, dijo Ricote, “de que ese caballero adamaba a mi hija. Pero fiado en el valor de mi Ricota, nunca 5 me dio pesadumbre el saber que la quería bien; que ya habrás oído decir, Sancho, que las moriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos, y mi hija, que, a lo que yo creo, atendía a ser más cristiana 10 que enamorada, no se curaría de las solicitudes de ese señor mayorazgo.” “Dios lo haga”, replicó Sancho; “que a entrambos les estaría mal, y déjame partir de aquí, Ricote amigo; que quiero llegar esta 15 noche adonde está mi señor don Quijote.” “Dios vaya contigo, Sancho hermano; que ya mis compañeros se rebullen, y también es hora que prosigamos nuestro camino.” Y luego se abrazaron los dos, y Sancho subió 20 en su rucio y Ricote se arrimó a su bordón, y se apartaron.
p. 199 Capítulo LV De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras, que no hay más que ver. El haberse detenido Sancho con Ricote no le dio lugar a que aquel día llegase al castillo 5 del duque, puesto que llegó media legua de él, donde le tomó la noche algo oscura y cerrada. Pero como era verano, no le dio mucha pesadumbre, y, así, se apartó del camino, con intención de esperar la mañana, y quiso su corta 10 y desventurada suerte, que, buscando lugar donde mejor acomodarse, cayeron él y el rucio en una honda y oscurísima sima que entre unos edificios muy antiguos estaba, y al tiempo del caer, se encomendó a Dios de todo corazón, 15 pensando que no había de parar hasta el profundo de los abismos, y no fue así, porque a poco más de tres estados dio fondo el rucio, y él se halló encima de él, sin haber recibido lesión ni daño alguno. Tentóse todo el cuerpo y 20 recogió el aliento por ver si estaba sano, o agujereado, por alguna parte, y, viéndose bueno, entero y católico de salud, no se hartaba de dar gracias a Dios nuestro Señor de la merced que le había hecho; porque sin duda pensó 25 que estaba hecho mil pedazos. Tentó asimismo con las manos por las paredes de la sima, por ver si sería posible salir de ella sin ayuda de nadie; pero todas las halló rasas y sin asidero alguno, de lo que Sancho se congojó mucho, 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 200 especialmente cuando oyó que el rucio se quejaba tierna y dolorosamente, y no era mucho, ni se lamentaba de vicio, que a la verdad no estaba muy bien parado. “¡Ay”, dijo entonces Sancho Panza, “y cuán 5 no pensados sucesos suelen suceder a cada paso a los que viven en este miserable mundo! ¿Quién dijera que el que ayer se vio entronizado gobernador de una ínsula, mandando a sus sirvientas y a sus vasallos, hoy se había de 10 ver sepultado en una sima, sin haber persona alguna que le remedie, ni criado, ni vasallo que acuda a su socorro? Aquí habremos de perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos morimos antes, él de molido y quebrantado, y 15 yo de pesaroso. A lo menos, no seré yo tan venturoso como lo fue mi señor don Quijote de la Mancha, cuando descendió y bajó a la cueva de aquel encantado Montesinos, donde halló quien le regalase mejor que en su casa; que 20 no parece sino que se fue a mesa puesta y a cama hecha. Allí vio él visiones hermosas y apacibles, y yo veré aquí, a lo que creo, sapos y culebras. ¡Desdichado de mí!, y en qué han parado mis locuras y fantasías? De aquí 25 sacarán mis huesos, cuando el cielo sea servido que me descubran, mondos, blancos y raídos, y los de mi buen rucio con ellos, por donde quizá se echará de ver quién somos, a lo menos, de los que tuvieren noticia [de] que nunca 30 Sancho Panza se apartó de su asno, ni su asno de Sancho Panza; otra vez digo: ¡miserables
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LV p. 201 de nosotros, que no ha querido nuestra corta suerte que muriésemos en nuestra patria, y entre los nuestros, donde ya que no hallara remedio nuestra desgracia, no faltara quien de ello se doliera, y en la hora última de nuestro 5 pasamiento nos cerrara los ojos! ”¡Oh compañero y amigo mío, qué mal pago te he dado de tus buenos servicios! Perdóname, y pide a la fortuna, en el mejor modo que supieres, que nos saque de este miserable trabajo 10 en que estamos puestos los dos; que yo prometo de ponerte una corona de laurel en la cabeza, que no parezcas sino un laureado poeta, y de darte los piensos doblados.” De esta manera se lamentaba Sancho Panza, 15 y su jumento le escuchaba sin responderle palabra alguna, tal era el aprieto y angustia en que el pobre se hallaba. Finalmente, habiendo pasado toda aquella noche en miserables quejas y lamentaciones, vino el día, con cuya 20 claridad y resplandor vio Sancho que era imposible de toda imposibilidad salir de aquel pozo, sin ser ayudado, y comenzó a lamentarse y dar voces, por ver si alguno le oía; pero todas sus voces eran dadas en desierto, pues 25 por todos aquellos contornos no había persona que pudiese escucharle, y entonces se acabó de dar por muerto. Estaba el rucio boca arriba y Sancho Panza le acomodó de modo, que le puso en pie, que apenas se podía tener; y, 30 sacando de las alforjas, que también habían corrido la misma fortuna de la caída, un pedazo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 202 de pan, lo dio a su jumento, que no le supo mal, y díjole Sancho, como si lo entendiera: “Todos los duelos con pan son buenos.” En esto, descubrió a un lado de la sima un agujero, capaz de caber por él una persona, 5 si se agobiaba y encogía. Acudió a él Sancho Panza, y, agazapándose, se entró por él y vio que por de dentro era espacioso y largo; y púdolo ver porque por lo que se podía llamar techo entraba un rayo de sol que lo descubría 10 todo. Vio también que se dilataba y alargaba por otra concavidad espaciosa; viendo lo cual volvió a salir adonde estaba el jumento, y con una piedra comenzó a desmoronar la tierra del agujero de modo, que en poco espacio hizo 15 lugar donde con facilidad pudiese entrar el asno, como lo hizo, y, cogiéndole del cabestro, comenzó a caminar por aquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida por otra parte. A veces iba a oscuras, y a veces sin luz, pero 20 ninguna vez sin miedo. “¡Válgame Dios todo poderoso!”, decía entre sí. “Esta, que para mí es desventura, mejor fuera para aventura de mi amo don Quijote; él sí que tuviera estas profundidades y mazmorras 25 por jardines floridos, y por palacios de Galiana, y esperara salir de esta oscuridad y estrechez a algún florido prado. Pero yo sin ventura, falto de consejo y menoscabado de ánimo, a cada paso pienso que debajo de 30 los pies de improviso se ha de abrir otra sima más profunda que la otra, que acabe
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LV p. 203 de tragarme. Bien vengas, mal, si vienes solo.” De esta manera, y con estos pensamientos le pareció que habría caminado poco más de media legua, al cabo de la cual descubrió una confusa 5 claridad que pareció ser ya de día, y que por alguna parte entraba, que daba indicio de tener fin abierto aquel, para él, camino de la otra vida. Aquí le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve 10 a tratar [de] don Quijote, que alborozado y contento esperaba el plazo de la batalla que había de hacer con el robador de la honra de la hija de doña Rodríguez, a quien pensaba enderezar el tuerto y desaguisado que 15 malamente le tenían fecho. Sucedió, pues, que saliéndose una mañana a imponerse y ensayarse en lo que había de hacer en el trance en que otro día pensaba verse, dando un repelón o arremetida a 20 Rocinante, llegó a poner los pies tan junto a una cueva, que a no tirarle fuertemente las riendas, fuera imposible no caer en ella. En fin, le detuvo, y no cayó; y, llegándose algo más cerca sin apearse, miró aquella hondura, y, estándola 25 mirando, oyó grandes voces dentro, y, escuchando atentamente, pudo percibir y entender que el que las daba decía: “¡Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me escuche, o algún caballero caritativo que se 30 duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichado desgobernado gobernador?”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 204 Parecióle a don Quijote que oía la voz de Sancho Panza, de que quedó suspenso y asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo: “¿Quién está allá bajo, quién se queja?” 5 “¿Quién puede estar aquí, o quién se ha de quejar”, respondieron, “sino el asendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su mala andanza, de la ínsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero don 10 Quijote de la Mancha?” Oyendo lo cual don Quijote, se le dobló la admiración, y se le acrecentó el pasmo, viniéndosele al pensamiento que Sancho Panza debía de ser muerto, y que estaba allí 15 penando su alma; y, llevado de esta imaginación dijo: “Conjúrote por todo aquello que puedo conjurarte, como católico cristiano, que me digas quién eres, y si eres alma en pena, dime qué 20 quieres que haga por ti; que pues es mi profesión favorecer y acorrer a los necesitados de este mundo, también lo seré para acorrer y ayudar a los menesterosos del otro mundo, que no pueden ayudarse por sí propios.” 25 “De esa manera”, respondieron, “vuestra merced que me habla debe de ser mi señor don Quijote de la Mancha, y aun en el órgano de la voz no es otro, sin duda.” “Don Quijote soy”, replicó don Quijote; “el 30 que profeso socorrer y ayudar en sus necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LV p. 205 dime quién eres; que me tienes atónito. Porque si eres mi escudero Sancho Panza, y te has muerto, como no te hayan llevado los diablos, y por la misericordia de Dios estés en el purgatorio, sufragios tiene nuestra santa madre la 5 Iglesia Católica Romana bastantes a sacarte de las penas en que estás, y yo, que lo solicitaré con ella, por mi parte, con cuanto mi hacienda alcanzare; por eso acaba de declararte, y dime quién eres.” 10 “¡Voto a tal!”, respondieron, “y por el nacimiento de quien vuestra merced quisiere juro, señor don Quijote de la Mancha, que yo soy su escudero Sancho Panza, y que nunca me he muerto en todos los días de mi vida, sino que 15 habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester más espacio para decirlas, anoche caí en esta sima donde yago, el rucio conmigo, que no me dejará mentir, pues, por más señas, está aquí conmigo.” 20 Y hay más; que no parece sino que el jumento entendió lo que Sancho dijo, porque al momento comenzó a rebuznar, tan recio, que toda la cueva retumbaba. “Famoso testigo”, dijo don Quijote; “el 25 rebuzno conozco como si le pariera, y tu voz oigo, Sancho mío. Espérame, iré al castillo del duque que está aquí cerca, y traeré quien te saque de esta sima, donde tus pecados te deben de haber puesto.” 30 “Vaya vuestra merced”, dijo Sancho, “y vuelva presto, por un solo Dios; que ya no lo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 206 puedo llevar el estar aquí sepultado en vida, y me estoy muriendo de miedo.” Dejóle don Quijote y fue al castillo a contar a los duques el suceso de Sancho Panza, de que no poco se maravillaron, aunque bien 5 entendieron que debía de haber caído por la correspondencia de aquella gruta, que de tiempos inmemoriales estaba allí hecha; pero no podían pensar cómo había dejado el gobierno, sin tener ellos aviso de su venida. Finalmente, 10 como dicen, llevaron sogas y maromas, y a costa de mucha gente y de mucho trabajo sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas tinieblas a la luz del sol. Viole un estudiante, y dijo: 15 “De esta manera habían de salir de sus gobiernos todos los malos gobernadores, como sale este pecador del profundo del abismo: muerto de hambre, descolorido y sin blanca, a lo que yo creo.” 20 Oyólo Sancho, y dijo: “Ocho días o diez ha, hermano murmurador, que entré a gobernar la ínsula que me dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; en ellos me han perseguido médicos 25 y enemigos me han brumado los huesos, ni he tenido lugar de hacer cohechos ni de cobrar derechos, y, siendo esto así, como lo es, no merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera. Pero el hombre pone y Dios dispone, y Dios 30 sabe lo mejor y lo que le está bien a cada uno, y cual el tiempo tal el tiento, y nadie diga
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LV p. 207 de esta agua no beberé; que adonde se piensa que hay tocinos no hay estacas, y Dios me entiende y basta y no digo más, aunque pudiera.” “No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres; que será nunca acabar. 5 Ven tú con segura conciencia, y digan lo que dijeren, y es querer atar las lenguas de los maldicientes lo mismo que querer poner puertas al campo. Si el gobernador sale rico de su gobierno dicen de él que ha sido un ladrón, y si 10 sale pobre, que ha sido un parapoco y un mentecato.” “A buen seguro”, respondió Sancho, “que por esta vez antes me han de tener por tonto que por ladrón.” 15 En estas pláticas llegaron, rodeados de muchachos y de otra mucha gente, al castillo, adonde en unos corredores estaban ya el duque y la duquesa, esperando a don Quijote y a Sancho, el cual no quiso subir a ver al duque 20 sin que primero no hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porque decía que había pasado muy mala noche en la posada, y luego subió a ver a sus señores, ante los cuales puesto de rodillas, dijo: 25 “Yo, señores, porque lo quiso así vuestra grandeza, sin ningún merecimiento mío, fui a gobernar vuestra ínsula Barataria, en la cual entré desnudo, y desnudo me hallo, ni pierdo, ni gano; si he gobernado bien o mal, testigos 30 he tenido delante, que dirán lo que quisieren. He declarado dudas, sentenciado pleitos, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 208 siempre muerto de hambre, por haberlo querido así el doctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera, médico insulano, y gobernadoresco. Acometiéronnos enemigos de noche, y, habiéndonos puesto en grande aprieto, dicen los de la 5 ínsula que salieron libres y con victoria por el valor de mi brazo; que tal salud les dé Dios como ellos dicen verdad. ”En resolución, en este tiempo yo he tanteado las cargas que trae consigo y las obligaciones 10 el gobernar, y he hallado por mi cuenta que no las podrán llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni flechas de mi aljaba; y, así, antes que diese conmigo al través el gobierno, he querido yo dar con el gobierno al través, 15 y ayer de mañana dejé la ínsula como la hallé, con las mismas calles, casas y tejados que tenía cuando entré en ella. No he pedido prestado a nadie ni metídome en granjerías, y aunque pensaba hacer algunas ordenanzas 20 provechosas, no hice ninguna, temeroso que no se habían de guardar; que es lo mismo hacerlas que no hacerlas. Salí, como digo, de la ínsula, sin otro acompañamiento que el de mi rucio. Caí en una sima, víneme por ella adelante, 25 hasta que esta mañana, con la luz del sol, vi la salida; pero no tan fácil, que a no depararme el cielo a mi señor don Quijote, allí me quedara hasta la fin del mundo. Así que, mis señores duque y duquesa, aquí está vuestro 30 gobernador Sancho Panza, que ha granjeado en solos diez días que ha tenido el gobierno a
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LV p. 209 conocer que no se le ha de dar nada por ser gobernador, no que de una ínsula, sino de todo el mundo. Y con este presupuesto, besando a vuestras mercedes los pies, imitando al juego de los muchachos que dicen: «salta tú, y 5 »dámela tú», doy un salto del gobierno y me paso al servicio de mi señor don Quijote; que, en fin, en él, aunque como el pan con sobresalto, hártome, a lo menos, y para mí, como yo esté harto, eso me hace que sea de zanahorias 10 que de perdices.” Con esto dio fin a su larga plática Sancho, temiendo siempre don Quijote que había de decir en ella millares de disparates, y cuando le vio acabar con tan pocos, dio en su corazón 15 gracias al cielo, y el duque abrazó a Sancho y le dijo que le pesaba en el alma de que hubiese dejado tan presto el gobierno; pero que él haría de suerte que se le diese en su estado otro oficio de menos carga y de más provecho. 20 Abrazóle la duquesa asimismo, y mandó que le regalasen, porque daba señales de venir mal molido y peor parado.
p. 210 Capítulo LVI De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre don Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la dueña doña Rodríguez. 5 No quedaron arrepentidos los duques de la burla hecha a Sancho Panza del gobierno que le dieron, y más que aquel mismo día vino su mayordomo y les contó punto por punto todas casi las palabras y acciones que Sancho había 10 dicho y hecho en aquellos días, y, finalmente, les encareció el asalto de la ínsula y el miedo de Sancho, y su salida, de que no pequeño gusto recibieron. Después de esto, cuenta la historia que se llegó 15 el día de la batalla aplazada, y, habiendo el duque una y muy muchas veces advertido a su lacayo Tosilos cómo se había de avenir con don Quijote para vencerle sin matarle ni herirle, ordenó que se quitasen los hierros a las lanzas, 20 diciendo a don Quijote que no permitía la cristiandad de que él se preciaba que aquella batalla fuese con tanto riesgo y peligro de las vidas, y que se contentase con que le daba campo franco en su tierra, puesto que iba contra 25 el decreto del santo Concilio, que prohíbe los tales desafíos, y no quisiese llevar por todo rigor aquel trance tan fuerte. Don Quijote dijo que su excelencia dispusiese las cosas de aquel negocio como más 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVI p. 211 fuese servido; que él le obedecería en todo. Llegado, pues, el temeroso día, y, habiendo mandado el duque que delante de la plaza del castillo se hiciese un espacioso cadalso, donde estuviesen los jueces del campo, y las 5 dueñas, madre e hija, demandantes, había acudido de todos los lugares y aldeas circunvecinas infinita gente a ver la novedad de aquella batalla; que nunca otra tal no habían visto ni oído decir en aquella tierra los que vivían, ni 10 los que habían muerto. El primero que entró en el campo y estacada fue el maestro de las ceremonias, que tanteó el campo, y le paseó todo, porque en él no hubiese algún engaño ni cosa encubierta donde 15 se tropezase y cayese. Luego entraron las dueñas y se sentaron en sus asientos, cubiertas con los mantos hasta los ojos, y aun hasta los pechos, con muestras de no pequeño sentimiento. Presente don Quijote en la estacada, 20 de allí a poco, acompañado de muchas trompetas, asomó por una parte de la plaza, sobre un poderoso caballo, hundiéndola toda, el grande lacayo Tosilos, calada la visera y todo encambronado con unas fuertes y lucientes armas. 25 El caballo mostraba ser frisón, ancho y de color tordillo; de cada mano y pie le pendía una arroba de lana. Venía el valeroso combatiente bien informado del duque su señor de cómo se había de 30 portar con el valeroso don Quijote de la Mancha, advertido que en ninguna manera le
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 212 matase, sino que procurase huir el primer encuentro, por excusar el peligro de su muerte, que estaba cierto si de lleno en lleno le encontrase. Paseó la plaza, y, llegando donde las dueñas estaban, se puso algún tanto a mirar a 5 la que por esposo le pedía; llamó el maese de campo a don Quijote, que ya se había presentado en la plaza, y junto con Tosilos habló a las dueñas, preguntándoles si consentían que volviese por su derecho don Quijote de la Mancha. 10 Ellas dijeron que sí, y que todo lo que en aquel caso hiciese lo daban por bien hecho, por firme y por valedero. Ya en este tiempo estaban el duque y la duquesa puestos en una galería que caía sobre 15 la estacada, toda la cual estaba coronada de infinita gente que esperaba ver el riguroso trance nunca visto. Fue condición de los combatientes que si don Quijote vencía, su contrario se había de casar con la hija de doña 20 Rodríguez; y si él fuese vencido, quedaba libre su contendor de la palabra que se le pedía, sin dar otra satisfacción alguna. Partióles el maestro de las ceremonias el sol y puso a los dos cada uno en el puesto 25 donde habían de estar. Sonaron los tambores, llenó el aire el son de las trompetas, temblaba debajo de los pies la tierra, estaban suspensos los corazones de la mirante turba, temiendo unos y esperando otros el bueno o el mal 30 suceso de aquel caso. Finalmente, don Quijote, encomendándose de todo su corazón a Dios
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVI p. 213 nuestro Señor, y a la señora Dulcinea del Toboso, estaba aguardando que se le diese señal precisa de la arremetida. Empero nuestro lacayo tenía diferentes pensamientos; no pensaba él sino en lo que ahora 5 diré: Parece ser que cuando estuvo mirando a su enemiga le pareció la más hermosa mujer que había visto en toda su vida, y el niño ceguezuelo a quien suelen llamar de ordinario Amor por esas calles, no quiso perder la ocasión 10 que se le ofreció de triunfar de una alma lacayuna y ponerla en la lista de sus trofeos, y, así, llegándose a él bonitamente, sin que nadie le viese, le envasó al pobre lacayo una flecha de dos varas por el lado izquierdo y le 15 pasó el corazón de parte a parte, y púdolo hacer bien al seguro, porque el amor es invisible y entra y sale por do quiere, sin que nadie le pida cuenta de sus hechos. Digo, pues, que cuando dieron la señal de 20 la arremetida, estaba nuestro lacayo transportado, pensando en la hermosura de la que ya había hecho señora de su libertad, y, así, no atendió al son de la trompeta, como hizo don Quijote, que apenas la hubo oído, cuando 25 arremetió; y, a todo el correr que permitía Rocinante, partió contra su enemigo, y, viéndole partir su buen escudero Sancho, dijo a grandes voces: “¡Dios te guíe, nata y flor de los andantes 30 caballeros; Dios te dé la victoria, pues llevas la razón de tu parte!”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 214 Y aunque Tosilos vio venir contra sí a don Quijote, no se movió un paso de su puesto; antes, con grandes voces, llamó al maese de campo, el cual, venido a ver lo que quería, le dijo: 5 “Señor, ¿esta batalla no se hace porque yo me case, o no me case, con aquella señora?” “Así es”, le fue respondido. “Pues yo”, dijo el lacayo, “soy temeroso de mi conciencia y pondríala en gran cargo si 10 pasase adelante en esta batalla, y así digo que yo me doy por vencido y que quiero casarme luego con aquella señora.” Quedó admirado el maese de campo de las razones de Tosilos, y como era uno de los 15 sabedores de la máquina de aquel caso, no le supo responder palabra. Detúvose don Quijote en la mitad de su carrera, viendo que su enemigo no le acometía. El duque no sabía la ocasión porque no se pasaba adelante en la 20 batalla; pero el maese de campo le fue a declarar lo que Tosilos decía, de lo que quedó suspenso y colérico en extremo. En tanto que esto pasaba, Tosilos se llegó adonde doña Rodríguez estaba, y dijo a 25 grandes voces: “Yo, señora, quiero casarme con vuestra hija, y no quiero alcanzar por pleitos ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz, y sin peligro de la muerte.” 30 Oyó esto el valeroso don Quijote, y dijo: “Pues esto así es, yo quedo libre y suelto de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVI p. 215 mi promesa; cásense en hora buena, y pues Dios nuestro Señor se la dio, San Pedro se la bendiga.” El duque había bajado a la plaza del castillo, y llegándose a Tosilos, le dijo: 5 “¿Es verdad, caballero, que os dais por vencido, y que, instigado de vuestra temerosa conciencia, os queréis casar con esta doncella?” “Sí, señor”, respondió Tosilos. 10 “El hace muy bien”, dijo a esta sazón Sancho Panza; “porque lo que has de dar al mur, dalo al gato, y sacarte ha de cuidado.” Ibase Tosilos desenlazando la celada, y rogaba que aprisa le ayudasen, porque le 15 iban faltando los espíritus del aliento, y no podía verse encerrado tanto tiempo en la estrechez de aquel aposento. Quitáronsela aprisa, y quedó descubierto y patente su rostro de lacayo. Viendo lo cual doña Rodríguez 20 y su hija, dando grandes voces, dijeron: “¡Este es engaño, engaño es éste! ¡A Tosilos, el lacayo del duque mi señor, nos han puesto en lugar de mi verdadero esposo! ¡Justicia de Dios y del rey, de tanta malicia, por no decir 25 bellaquería!” “No vos acuitéis, señoras”, dijo don Quijote; “que ni ésta es malicia, ni es bellaquería, y si la es, y no ha sido la causa el duque, sino los malos encantadores que me persiguen, 30 los cuales envidiosos de que yo alcanzase la gloria de este vencimiento, han convertido el
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 216 rostro de vuestro esposo en el de este que decís que es lacayo del duque. Tomad mi consejo, y, a pesar de la malicia de mis enemigos, casaos con él; que, sin duda, es el mismo que vos deseáis alcanzar por esposo.” 5 El duque, que esto oyó, estuvo por romper en risa toda su cólera, y dijo: “Son tan extraordinarias las cosas que suceden al señor don Quijote, que estoy por creer que este mi lacayo no lo es; pero usemos de este 10 ardid y maña. Dilatemos el casamiento quince días, si quieren, y tengamos encerrado a este personaje que nos tiene dudosos, en los cuales podría ser que volviese a su prístina figura; que no ha de durar tanto el rencor que los 15 encantadores tienen al señor don Quijote, y más, yéndoles tan poco en usar estos embelecos y transformaciones.” “Oh, señor”, dijo Sancho, “que ya tienen estos malandrines por uso y costumbre de 20 mudar las cosas de unas en otras, que tocan a mi amo. Un caballero que venció los días pasados, llamado el de los Espejos, le volvieron en la figura del bachiller Sansón Carrasco, natural de nuestro pueblo y grande amigo 25 nuestro, y a mi señora Dulcinea del Toboso la han vuelto en una rústica labradora, y, así, imagino que este lacayo ha de morir y vivir lacayo todos los días de su vida.” A lo que dijo la hija de Rodríguez: 30 “Séase quien fuere este que me pide por esposa --que yo se lo agradezco--; que más
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVI p. 217 quiero ser mujer legítima de un lacayo, que no amiga y burlada de un caballero, puesto que el que a mí me burló no lo es.” En resolución, todos estos cuentos y sucesos pararon en que Tosilos se recogiese 5 hasta ver en qué paraba su transformación; aclamaron todos la victoria por don Quijote, y los más quedaron tristes y melancólicos de ver que no se habían hecho pedazos los tan esperados combatientes, bien así como los 10 muchachos quedan tristes, cuando no sale el ahorcado que esperan, porque le ha perdonado, o la parte, o la justicia. Fuese la gente, volviéronse el duque y don Quijote al castillo, encerraron a Tosilos, quedaron doña Rodríguez y 15 su hija contentísimas de ver que por una vía o por otra aquel caso había de parar en casamiento, y Tosilos no esperaba menos.
p. 218 Capítulo LVII Que trata de cómo don Quijote se despidió del duque, y de lo que le sucedió con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la duquesa. 5 Ya le pareció a don Quijote que era bien salir de tanta ociosidad como la que en aquel castillo tenía; que se imaginaba ser grande la falta que su persona hacía en dejarse estar encerrado y perezoso entre los infinitos regalos 10 y deleites que como a caballero andante aquellos señores le hacían, y parecíale que había de dar cuenta estrecha al cielo de aquella ociosidad y encerramiento. Y, así, pidió un día licencia a los duques para partirse. Diéronsela con 15 muestras de que en gran manera les pesaba de que los dejase. Dio la duquesa las cartas de su mujer a Sancho Panza, el cual lloró con ellas, y dijo: “¿Quién pensara que esperanzas tan grandes 20 como las que en el pecho de mi mujer Teresa Panza engendraron las nuevas de mi gobierno habían de parar en volverme yo ahora a las arrastradas aventuras de mi amo don Quijote de la Mancha? Con todo esto, me contento de 25 ver que mi Teresa correspondió a ser quien es, enviando las bellotas a la duquesa; que a no habérselas enviado, quedando yo pesaroso, se mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVII p. 219 es que esta dádiva no se le puede dar nombre de cohecho, porque ya tenía yo el gobierno cuando ella las envió, y está puesto en razón que los que reciben algún beneficio, aunque sea con niñerías, se muestren agradecidos. 5 En efecto, yo entré desnudo en el gobierno y salgo desnudo de él; y, así, podré decir con segura conciencia, que no es poco: «desnudo nací, »desnudo me hallo, ni pierdo ni gano».” Esto pasaba entre sí Sancho el día de la 10 partida; y saliendo don Quijote, habiéndose despedido la noche antes de [los] duques, una mañana se presentó armado en la plaza del castillo. Mirábanle de los corredores toda la gente del castillo, y asimismo los duques 15 salieron a verle. Estaba Sancho sobre su rucio, con sus alforjas, maleta y repuesto, contentísimo, porque el mayordomo del duque, el que fue la Trifaldi, le había dado un bolsico con doscientos escudos de oro, para suplir los 20 menesteres del camino, y esto aún no lo sabía don Quijote. Estando como queda dicho, mirándole todos, a deshora entre las otras dueñas y doncellas de la duquesa, que le miraban, alzó la voz la 25 desenvuelta y discreta Altisidora, y en son lastimero dijo: Escucha, mal caballero, detén un poco las riendas; no fatigues las ijadas 30 de tu mal regida bestia.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 220 Mira, falso, que no huyes de alguna serpiente fiera, sino de una corderilla que está muy lejos de oveja. Tú has burlado, monstruo horrendo, 5 la más hermosa doncella que Diana vio en sus montes, que Venus miró en sus selvas. Cruel Vireno, fugitivo Eneas, Barrabás te acompañe; allá te avengas. 10 Tú llevas ¡llevar impío! en las garras de tus cerras las entrañas de una humilde, como enamorada, tierna. Llévaste tres tocadores, 15 y unas ligas, de unas piernas que al mármol puro se igualan en lisas, blancas y negras. Llévaste dos mil suspiros, que, a ser de fuego, pudieran 20 abrasar a dos mil Troyas, si dos mil Troyas hubiera. Cruel Vireno, fugitivo Eneas, Barrabás te acompañe; allá te avengas. De ese Sancho tu escudero 25 las entrañas sean tan tercas y tan duras, que no salga de su encanto Dulcinea. De la culpa que tú tienes lleve la triste la pena; 30 que justos por pecadores tal vez pagan en mi tierra. Tus más finas aventuras en desventuras se vuelvan, en sueños tus pasatiempos, 35 en olvidos tus firmezas. Cruel Vireno, fugitivo Eneas, Barrabás te acompañe; allá te avengas.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVII p. 221 Seas tenido por falso desde Sevilla a Marchena, desde Granada hasta Loja, de Londres a Inglaterra. Si jugares al reinado, 5 los cientos, o la primera, los reyes huyan de ti; ases, ni sietes no veas. Si te cortares los callos, sangre las heridas viertan; 10 y quédente los raigones si te sacares las muelas. Cruel Vireno, fugitivo Eneas, Barrabás te acompañe; allá te avengas. En tanto que de la suerte que se ha dicho se 15 quejaba la lastimada Altisidora, la estuvo mirando don Quijote, y, sin responderla palabra, volviendo el rostro a Sancho, le dijo: “Por el siglo de tus pasados, Sancho mío, te conjuro que me digas una verdad; dime, 20 ¿llevas por ventura, los tres tocadores, y las ligas que esta enamorada doncella dice?” A lo que Sancho respondió: “Los tres tocadores sí llevo; pero las ligas, como por los cerros de Ubeda.” 25 Quedó la duquesa admirada de la desenvoltura de Altisidora, que aunque la tenía por atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado que se atreviera a semejantes desenvolturas; y como no estaba advertida de esta burla, creció 30 más su admiración. El duque quiso reforzar el donaire, y dijo: “No me parece bien, señor caballero, que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 222 habiendo recibido en este mi castillo el buen acogimiento que en él se os ha hecho, os hayáis atrevido a llevaros tres tocadores, por lo menos, si por lo más las ligas de mi doncella; indicios son de mal pecho y muestras que no 5 corresponden a vuestra fama. Volvedle las ligas; si no, yo os desafío a mortal batalla, sin tener temor que malandrines encantadores me vuelvan ni muden el rostro, como han hecho en el de Tosilos mi lacayo, el que entró 10 con vos en batalla.” “No quiera Dios”, respondió don Quijote, “que yo desenvaine mi espada contra vuestra ilustrísima persona, de quien tantas mercedes he recibido. Los tocadores volveré, 15 porque dice Sancho que los tiene; las ligas es imposible, porque ni yo las he recibido ni él tampoco, y si esta vuestra doncella quisiere mirar sus escondrijos, a buen seguro que las halle. Yo, señor duque, jamás he sido ladrón, 20 ni lo pienso ser en toda mi vida, como Dios no me deje de su mano. Esta doncella habla, como ella dice, como enamorada, de lo que yo no le tengo culpa, y, así, no tengo de qué pedirle perdón, ni a ella, ni a vuestra excelencia, a 25 quien suplico me tenga en mejor opinión, y me dé de nuevo licencia para seguir mi camino.” “Déosle Dios tan bueno”, dijo la duquesa, “señor don Quijote, que siempre oigamos buenas nuevas de vuestras fechorías; y andad con 30 Dios, que mientras más os detenéis, más aumentáis el fuego de los pechos de las doncellas
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVII p. 223 que os miran. Y a la mía yo la castigaré de modo, que de aquí adelante no se desmande con la vista ni con las palabras.” “Una no más quiero que me escuches, ¡oh valeroso don Quijote!”, dijo entonces Altisidora, 5 “y es que te pido perdón del latrocinio de las ligas, porque en Dios y en mi ánima, que las tengo puestas, y he caído en el descuido del que yendo sobre el asno, le buscaba.” “¿No lo dije yo?”, dijo Sancho. “¡Bonico 10 soy yo para encubrir hurtos! Pues a quererlos hacer, de paleta me había venido la ocasión en mi gobierno.” Abajó la cabeza don Quijote e hizo reverencia a los duques y a todos los circunstantes, 15 y, volviendo las riendas a Rocinante, siguiéndole Sancho sobre el rucio, se salió del castillo, enderezando su camino a Zaragoza.
p. 224 Capítulo LVIII Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras tantas, que no se daban vagar unas a otras. Cuando don Quijote se vio en la campaña 5 rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asunto de sus caballerías, y, volviéndose a Sancho, le dijo: 10 “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre. Por la libertad, así como por la honra, se puede y 15 debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo, que dejamos, hemos tenido; pues en 20 mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrecheces de la hambre. Porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones 25 de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 225 obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!” “Con todo eso”, dijo Sancho, “que vuestra merced me ha dicho, no es bien que se quede[n] sin agradecimiento de nuestra parte doscientos 5 escudos de oro, que en una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como pítima y confortativo la llevo puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere; que no siempre hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal 10 vez toparemos con algunas ventas donde nos apaleen.” En estos y otros razonamientos iban los andantes caballero y escudero, cuando vieron, habiendo andado poco más de una legua, que 15 encima de la hierba de un pradillo verde, encima de sus capas, estaban comiendo hasta una docena de hombres, vestidos de labradores. Junto a sí tenían unas como sábanas blancas, con que cubrían alguna cosa que debajo estaba; 20 estaban empinadas y tendidas y de trecho a trecho puestas. Llegó don Quijote a los que comían, y, saludándolos primero cortésmente, les preguntó que qué era lo que aquellos lienzos cubrían. Uno de ellos le respondió: 25 “Señor, debajo de estos lienzos están unas imágenes de relieve y entalladura, que han de servir en un retablo que hacemos en nuestra aldea; llevámoslas cubiertas porque no se desfloren, y en hombros porque no se quiebren.” 30 “Si sois servidos”, respondió don Quijote, “holgaría de verlas, pues imágenes que con
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 226 tanto recato se llevan, sin duda deben de ser buenas.” “Y, ¡cómo si lo son!”, dijo otro; “si no, dígalo lo que cuesta; que en verdad que no hay ninguna que no esté en más de cincuenta ducados, 5 y porque vea vuestra merced esta verdad, espere vuestra merced, y verla ha por vista de ojos.” Y, levantándose, dejó de comer, y fue a quitar la cubierta de la primera imagen, que 10 mostró ser la de San Jorge puesto a caballo, con una serpiente enroscada a los pies, y la lanza atravesada por la boca, con la fiereza que suele pintarse. Toda la imagen parecía una ascua de oro, como suele decirse. Viéndola don 15 Quijote, dijo: “Este caballero fue uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina; llamóse don San Jorge, y fue, además, defendedor de doncellas. Veamos esta otra.” 20 Descubrióla el hombre, y pareció ser la de San Martín, puesto a caballo, que partía la capa con el pobre, y apenas la hubo visto don Quijote, cuando dijo: “Este caballero también fue de los aventureros 25 cristianos, y creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre, y le da la mitad, y sin duda debía de ser entonces invierno, que si no, él se la diera 30 toda, según era de caritativo.” “No debió de ser eso”, dijo Sancho, “sino
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 227 que se debió de atener al refrán que dicen: «que para dar y tener, seso es menester».” Riose don Quijote, y pidió que quitasen otro lienzo, debajo del cual se descubrió la imagen del patrón de las Españas a caballo, la 5 espada ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas, y, en viéndola, dijo don Quijote: “Este sí que es caballero y de las escuadras de Cristo; éste se llama don San Diego 10 Matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo y tiene ahora el cielo.” Luego descubrieron otro lienzo y pareció que encubría la caída de San Pablo del caballo 15 abajo, con todas las circunstancias que en el retablo de su conversión suelen pintarse; cuando le vio tan al vivo, que dijeran que Cristo le hablaba y Pablo respondía. “Este”, dijo don Quijote, “fue el mayor 20 enemigo que tuvo la iglesia de Dios Nuestro Señor en su tiempo, y el mayor defensor suyo que tendrá jamás, caballero andante por la vida, y santo a pie quedo por la muerte; trabajador incansable en la viña del Señor, 25 doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuelas los cielos, y de catedrático y maestro que le enseñase, el mismo Jesucristo.” No había más imágenes, y, así, mandó don Quijote que las volviesen a cubrir, y dijo a 30 los que las llevaban: “Por buen agüero he tenido, hermanos, haber
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 228 visto lo que he visto, porque estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas; sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino, y yo soy 5 pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo hasta ahora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que 10 padece, mejorándose mi ventura y adobándoseme el juicio, podría ser que encaminase mis pasos por mejor camino del que llevo.” “Dios lo oiga y el pecado sea sordo”, dijo Sancho a esta ocasión. 15 Admiráronse los hombres así de la figura como de las razones de don Quijote, sin entender la mitad de lo que en ellas decir quería. Acabaron de comer, cargaron con sus imágenes y, despidiéndose de don Quijote, siguieron 20 su viaje. Quedó Sancho de nuevo como si jamás hubiera conocido a su señor, admirado de lo que sabía, pareciéndole que no debía de haber historia en el mundo, ni suceso que no lo 25 tuviese cifrado en la uña y clavado en la memoria, y díjole: “En verdad, señor nuestramo, que si esto que nos ha sucedido hoy se puede llamar aventura, ella ha sido de las más suaves y dulces 30 que en todo el discurso de nuestra peregrinación nos ha sucedido; de ella habemos salido sin
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 229 palos y sobresalto alguno, ni hemos echado mano a las espadas, ni hemos batido la tierra con los cuerpos, ni quedamos hambrientos. ¡Bendito sea Dios, que tal me ha dejado ver con mis propios ojos!” 5 “Tú dices bien, Sancho”, dijo don Quijote; “pero has de advertir que no todos los tiempos son unos ni corren de una misma suerte, y esto que el vulgo suele llamar comúnmente agüeros, que no se fundan sobre natural razón alguna, 10 del que es discreto han de ser tenidos y juzgados por buenos acontecimientos. Levántase uno de estos agoreros por la mañana, sale de su casa, encuéntrase con un fraile de la orden del bienaventurado San Francisco, y como si 15 hubiera encontrado con un grifo, vuelve las espaldas, y vuélvese a su casa. Derrámasele al otro Mendoza la sal encima de la mesa, y derrámasele a él la melancolía por el corazón; como si estuviese obligada la naturaleza a 20 dar señales de las venideras desgracias con cosas tan de poco momento como las referidas. El discreto y cristiano no ha de andar en puntillos con lo que quiere hacer el cielo. Llega Cipión a Africa, tropieza en saltando en tierra, 25 tiénenlo por mal agüero sus soldados, pero él, abrazándose con el suelo, dijo: «No te me »podrás huir, Africa, porque te tengo asida y »entre mis brazos.» Así que, Sancho, el haber encontrado con estas imágenes ha sido para mí 30 felicísimo acontecimiento.” “Yo así lo creo”, respondió Sancho, “y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 230 querría que vuestra merced me dijese qué es la causa porque dicen los españoles cuando quieren dar alguna batalla, invocando aquel San Diego Matamoros: «¡Santiago, y cierra »España!» ¿Está por ventura España abierta, y de 5 modo, que es menester cerrarla, o qué ceremonia es ésta?” “Simplicísimo eres, Sancho”, respondió don Quijote, “y mira que este gran caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por 10 patrón y amparo suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los españoles han tenido, y, así, le invocan y llaman como a defensor suyo en todas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto 15 visiblemente en ellas, derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenos escuadrones; y de esta verdad se pudiera traer muchos ejemplos que en las verdaderas historias españolas se cuentan.” 20 Mudó Sancho plática y dijo a su amo: “Maravillado estoy, señor, de la desenvoltura de Altisidora, la doncella de la duquesa; bravamente la debe de tener herida y traspasada aquel que llaman Amor, que dicen que 25 es un rapaz ceguezuelo que, con estar legañoso, o por mejor decir, sin vista, si toma por blanco un corazón, por pequeño que sea, le acierta y traspasa de parte a parte con sus flechas. He oído decir también que en la 30 vergüenza y recato de las doncellas se despuntan y embotan las amorosas saetas; pero en esta
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 231 Altisidora más parece que se aguzan que despuntan.” “Advierte, Sancho”, dijo don Quijote, “que el amor ni mira respetos ni guarda términos de razón en sus discursos, y tiene la misma 5 condición que la muerte, que así acomete los altos alcázares de los reyes como las humildes chozas de los pastores, y cuando toma entera posesión de una alma, lo primero que hace es quitarle el temor y la vergüenza; y, así, 10 sin ella declaró Altisidora sus deseos, que engendraron en mi pecho antes confusión que lástima.” “Crueldad notoria”, dijo Sancho; “desagradecimiento inaudito. Yo de mí sé decir que 15 me rindiera y avasallara la más mínima razón amorosa suya. ¡Hideputa, y qué corazón de mármol, qué entrañas de bronce y qué alma de argamasa! Pero no puedo pensar qué es lo que vio esta doncella en vuestra merced que 20 así la rindiese y avasallase. Qué gala, qué brío, qué donaire, qué rostro, que cada cosa por sí de éstas, o todas juntas, le enamoraron; que en verdad, en verdad, que muchas veces me paro a mirar a vuestra merced desde la punta 25 del pie hasta el último cabello de la cabeza, y que veo más cosas para espantar que para enamorar. Y, habiendo yo también oído decir que la hermosura es la primera y principal parte que enamora, no teniendo vuestra 30 merced ninguna, no sé yo de qué se enamoró la pobre.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 232 “Advierte, Sancho”, respondió don Quijote, “que hay dos maneras de hermosura: una del alma, y otra del cuerpo. La del alma campea y se muestra en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y 5 en la buena crianza, y todas estas partes caben y pueden estar en un hombre feo, y cuando se pone la mira en esta hermosura y no en la del cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y con ventajas. Yo, Sancho, bien veo que no soy 10 hermoso, pero también conozco que no soy disforme, y bástale a un hombre de bien no ser monstruo para ser bien querido, como tenga los dotes del alma que te he dicho.” En estas razones y pláticas se iban entrando 15 por una selva que fuera del camino estaba, y a deshora, sin pensar en ello, se halló don Quijote enredado entre unas redes de hilo verde, que desde unos árboles a otros estaban tendidas; y, sin poder imaginar qué pudiese ser 20 aquello, dijo a Sancho: “Paréceme, Sancho, que esto de estas redes debe de ser una de las más nuevas aventuras que pueda imaginar. Que me maten si los encantadores que me persiguen no quieren 25 enredarme en ellas, y detener mi camino, como en venganza de la rigurosidad que con Altisidora he tenido. Pues mándoles yo que aunque estas redes, si como son hechas de hilo verde fueran de durísimos diamantes, o más fuertes que 30 aquélla con que el celoso dios de los herreros enredó a Venus y a Marte, así la rompiera
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 233 como si fuera de juncos marinos o de hilachas de algodón.” Y, queriendo pasar adelante y romperlo todo, al improviso se le ofrecieron delante, saliendo de entre unos árboles, dos hermosísimas 5 pastoras, a lo menos, vestidas como pastoras, sino que los pellicos y sayas eran de fino brocado, digo, que las sayas eran riquísimos faldellines de tabí de oro. Traían los cabellos sueltos por las espaldas, que en rubios podían 10 competir con los rayos del mismo sol; los cuales se coronaban con dos guirnaldas, de verde laurel y de rojo amaranto tejidas. La edad, al parecer, ni bajaba de los quince, ni pasaba de los diez y ocho. Vista fue ésta que admiró a 15 Sancho, suspendió a don Quijote, hizo parar al sol en su carrera para verlas, y tuvo en maravilloso silencio a todos cuatro; en fin, quien primero habló fue una de las dos zagalas, que dijo a don Quijote: 20 “Detened, señor caballero, el paso, y no rompáis las redes; que no para daño vuestro, sino para nuestro pasatiempo ahí están tendidas. Y porque sé que nos habéis de preguntar para qué se han puesto, y quién somos, os lo 25 quiero decir en breves palabras. En una aldea que está hasta dos leguas de aquí, donde hay mucha gente principal y muchos hidalgos y ricos, entre muchos amigos y parientes se concertó que con sus hijos, mujeres e hijas, 30 vecinos, amigos y parientes nos viniésemos a holgar a este sitio, que es uno de los más
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 234 agradables de todos estos contornos, formando entre todos una nueva y pastoril Arcadia, vistiéndonos las doncellas de zagalas, y los mancebos de pastores; traemos estudiadas dos églogas, una del famoso poeta Garcilaso, y 5 otra de[l] excelentísimo Camoens, en su misma lengua portuguesa, las cuales hasta ahora no hemos representado. Ayer fue el primero día que aquí llegamos; tenemos entre estos ramos plantadas algunas tiendas que dicen se 10 llaman de campaña, en el margen de un abundoso arroyo que todos estos prados fertiliza; tendimos la noche pasada estas redes de estos árboles, para engañar los simples pajarillos que, ojeados con nuestro ruido, vinieren a dar 15 en ellas. Si gustáis, señor, de ser nuestro huésped, seréis agasajado liberal y cortésmente; porque por ahora en este sitio no ha de entrar la pesadumbre ni la melancolía.” Calló y no dijo más. A lo que respondió don 20 Quijote: “Por cierto, hermosísima señora, que no debió de quedar más suspenso ni admirado Anteón, cuando vio al improviso bañarse en las aguas a Diana, como yo he quedado atónito 25 en ver vuestra belleza. Alabo el asunto de vuestros entretenimientos, y el de vuestros ofrecimientos agradezco, y si os puedo servir, con seguridad de ser obedecidas, me lo podéis mandar; porque no es [otra] la profesión 30 mía, sino de mostrarme agradecido y bienhechor con todo género de gente, en especial,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 235 con la principal que vuestras personas representa[n], y si como estas redes, que deben de ocupar algún pequeño espacio, ocuparan toda la redondez de la tierra, buscara yo nuevos mundos por do pasar, sin romperlas; y porque 5 deis algún crédito a esta mi exageración, ved que os lo promete, por lo menos, don Quijote de la Mancha, si es que ha llegado a vuestros oídos este nombre.” “¡Ay, amiga de mi alma”, dijo entonces la 10 otra zagala, “y qué ventura tan grande nos ha sucedido! ¿Ves este señor que tenemos delante? Pues hágote saber que es el más valiente y el más enamorado y el más comedido que tiene el mundo, si no es que nos 15 miente y nos engaña una historia que de sus hazañas anda impresa y yo he leído. Yo apostaré que este buen hombre que viene consigo es un tal Sancho Panza, su escudero, a cuyas gracias no hay ningunas que se le igualen.” 20 “Así es la verdad”, dijo Sancho; “que yo soy ese gracioso y ese escudero que vuestra merced dice, y este señor es mi amo, el mismo don Quijote de la Mancha historiado y referido.” 25 “¡Ay!”, dijo la otra, “supliquémosle, amiga, que se quede; que nuestros padres y nuestros hermanos gustarán infinito de ello; que también he oído yo decir de su valor y de sus gracias lo mismo que tú me has dicho, y, sobre todo, 30 dicen de él que es el más firme y más leal enamorado que se sabe, y que su dama es una
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 236 tal Dulcinea del Toboso, a quien en toda España la dan la palma de la hermosura.” “Con razón se la dan”, dijo don Quijote, “si ya no lo pone en duda vuestra sin igual belleza; no os canséis, señoras, en detenerme, 5 porque las precisas obligaciones de mi profesión no me dejan reposar en ningún cabo.” Llegó en esto adonde los cuatro estaban un hermano de una de las dos pastoras, vestido asimismo de pastor, con la riqueza y galas 10 que a las de las zagalas correspondía. Contáronle ellas que el que con ellas estaba era el valeroso don Quijote de la Mancha, y el otro su escudero Sancho, de quien tenía él ya noticia por haber leído su historia. Ofreciósele 15 el gallardo pastor, pidióle que se viniese con él a sus tiendas; húbolo de conceder don Quijote, y así lo hizo. Llegó, en esto, el ojeo, llenáronse las redes de pajarillos diferentes, que, engañados de la 20 color de las redes caían en el peligro de que iban huyendo; juntáronse en aquel sitio más de treinta personas, todas bizarramente de pastores y pastoras vestidas, y en un instante quedaron enteradas de quiénes eran don 25 Quijote y su escudero, de que no poco contento recibieron, porque ya tenían de él noticia por su historia. Acudieron a las tiendas, hallaron las mesas puestas, ricas, abundantes y limpias. Honraron a don Quijote, dándole el 30 primer lugar en ellas; mirábanle todos y admirábanse de verle.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 237 Finalmente, alzados los manteles, con gran reposo alzó don Quijote la voz, y dijo: “Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, 5 ateniéndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso de razón, y si no puedo pagar las buenas 10 obras que me hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando éstos no bastan, las publico, porque quien dice y publica las buenas obras que recibe, también las recompensara con otras si pudiera; porque, 15 por la mayor parte los que reciben son inferiores a los que dan, y, así, es Dios sobre todos, porque es dador sobre todos, y no pueden corresponder las dádivas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia; y esta 20 estrechez y cortedad, en cierto modo, la suple el agradecimiento. Yo, pues, agradecido a la merced que aquí se me ha hecho, no pudiendo corresponder a la misma medida, conteniéndome en los estrechos límites de mi poderío, 25 ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha, y, así, digo, que sustentaré dos días naturales, en mitad de ese camino real que va a Zaragoza, que estas señoras zagalas contrahechas que aquí están son las más hermosas 30 doncellas, y más corteses, que hay en el mundo, exceptuando sólo a la sin par Dulcinea del
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 238 Toboso, única señora de mis pensamientos, con paz sea dicho de cuantos y cuantas me escuchan.” Oyendo lo cual Sancho, que con grande atención le había estado escuchando, dando 5 una gran voz, dijo: “¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurar que este mi señor es loco? Digan vuestras mercedes señores pastores, ¿hay cura de aldea, por discreto y por 10 estudiante que sea, que pueda decir lo que mi amo ha dicho, ni hay caballero andante, por más fama que tenga de valiente, que pueda ofrecer lo que mi amo aquí ha ofrecido?” Volvióse don Quijote a Sancho, y, encendido 15 el rostro, y colérico, le dijo: “¿Es posible, oh Sancho, que haya en todo el orbe alguna persona que diga que no eres tonto, aforrado de lo mismo, con no sé qué ribetes de malicioso y de bellaco? ¿Quién te 20 mete a ti en mis cosas, y en averiguar si soy discreto o majadero? Calla y no me repliques, sino ensilla, si está desensillado Rocinante. Vamos a poner en efecto mi ofrecimiento; que con la razón que va de mi parte, puedes dar 25 por vencidos a todos cuantos quisieren contradecirla.” Y con gran furia y muestras de enojo se levantó de la silla, dejando admirados a los circunstantes, haciéndoles dudar si le podían 30 tener por loco, o por cuerdo. Finalmente, habiéndole persuadido que no se pusiese en tal
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 239 demanda, que ellos daban por bien conocida su agradecida voluntad, y que no eran menester nuevas demostraciones para conocer su ánimo valeroso, pues bastaban las que en la historia de los hechos se referían, con todo esto, salió 5 don Quijote con su intención, y, puesto sobre Rocinante, embrazando su escudo y tomando su lanza, se puso en la mitad de un real camino que no lejos del verde prado estaba. Siguióle Sancho sobre su rucio, con toda la gente del 10 pastoral rebaño, deseosos de ver en qué paraba su arrogante y nunca visto ofrecimiento. Puesto, pues, don Quijote en mitad del camino, como os he dicho, hirió el aire con semejantes palabras: 15 “¡Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a pie y de a caballo que por este camino pasáis o habéis de pasar en estos dos días siguientes, sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante, está 20 aquí puesto para defender que a todas las hermosuras y cortesías del mundo exceden las que se encierran en las ninfas habitadoras de estos prados y bosques, dejando a un lado a la señora de mi alma, Dulcinea del Toboso. Por 25 eso, el que fuere de parecer contrario, acuda; que aquí le espero!” Dos veces repitió estas mismas razones, y dos veces no fueron oídas de ningún aventurero. Pero la suerte, que sus cosas iba 30 encaminando de mejor en mejor, ordenó, que de allí a poco se descubriese por el camino
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 240 muchedumbre de hombres de a caballo, y muchos de ellos con lanzas en las manos, caminando todos apiñados de tropel y a gran prisa. No los hubieron bien visto los que con don Quijote estaban, cuando volviendo las 5 espaldas se apartaron bien lejos del camino; porque conocieron que si esperaban les podía suceder algún peligro. Sólo don Quijote, con intrépido corazón, se estuvo quedo, y Sancho Panza se escudó con las ancas de Rocinante. 10 Llegó el tropel de los lanceros, y uno de ellos que venía más delante, a grandes voces comenzó a decir a don Quijote: “¡Apártate, hombre del diablo, del camino; que te harán pedazos estos toros!” 15 “¡Ea, canalla”, respondió don Quijote, “para mí no hay toros que valgan, aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas! Confesad, malandrines, así, a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he publicado; si 20 no, conmigo sois en batalla.” No tuvo lugar de responder el vaquero, ni don Quijote le tuvo de desviarse, aunque quisiera; y, así, el tropel de los toros bravos y el de los mansos cabestros, con la multitud de 25 los vaqueros y otras gentes que a encerrar los llevaban a un lugar donde otro día habían de correrse, pasaron sobre don Quijote y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en tierra, echándole a rodar por el 30 suelo. Quedó molido Sancho, espantado don Quijote, aporreado el rucio y no muy católico
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 241 Rocinante; pero, en fin, se levantaron todos, y don Quijote a gran prisa, tropezando aquí y cayendo allí, comenzó a correr tras la vacada, diciendo a voces: “¡Deteneos y esperad, canalla malandrina; 5 que un solo caballero os espera, el cual no tiene condición, ni es de parecer de los que dicen que al enemigo que huye, hacerle la puente de plata!” Pero no por eso se detuvieron los apresurados 10 corredores, ni hicieron más caso de sus amenazas que de las nubes de antaño. Detúvole el cansancio a don Quijote, y más enojado que vengado se sentó en el camino, esperando a que Sancho, Rocinante y el rucio 15 llegasen. Llegaron, volvieron a subir amo y mozo, y sin volver a despedirse de la Arcadia fingida o contrahecha y, con más vergüenza que gusto, siguieron su camino.
p. 242 Capítulo LIX Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede tener por aventura, que le sucedió a don Quijote. Al polvo y al cansancio que don Quijote y 5 Sancho sacaron del descomedimiento de los toros socorrió una fuente clara y limpia que entre una fresca arboleda hallaron, en el margen de la cual, dejando libres sin jáquima y freno al rucio y a Rocinante, los dos 10 asendereados amo y mozo se sentaron. Acudió Sancho a la repostería de sus alforjas, y de ellas sacó de lo que él solía llamar condumio; enjuagóse la boca, lavóse don Quijote el rostro, con cuyo refrigerio cobraron aliento los espíritus 15 desalentados. No comía don Quijote de puro pesaroso, ni Sancho no osaba tocar a los manjares que delante tenía, de puro comedido, y esperaba a que su señor hiciese la salva; pero viendo que, llevado de sus imaginaciones, 20 no se acordaba de llevar el pan a la boca, no abrió la suya, y, atropellando por todo género de crianza, comenzó a embaular en el estómago el pan y queso que se le ofrecía. “Come, Sancho amigo”, dijo don Quijote; 25 “sustenta la vida, que más que a mí te importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerzas de mis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo, y porque veas que te digo 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIX p. 243 verdad en esto, considérame impreso en historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de príncipes, solicitado de doncellas; al cabo al cabo cuando esperaba palmas, triunfos y coronas granjeadas y 5 merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces. Esta consideración me embota los dientes, entorpece la[s] muelas, y entumece las manos y quita 10 de todo en todo la gana del comer, de manera, que pienso dejarme morir de hambre: muerte la más cruel de las muertes.” “De esa manera”, dijo Sancho, sin dejar de mascar aprisa, “no aprobará vuestra merced 15 aquel refrán que dicen: «muera Marta, y muera »harta». Yo, a lo menos, no pienso matarme a mí mismo. Antes pienso hacer como el zapatero, que tira el cuero con los dientes hasta que le hace llegar donde él quiere; yo tiraré mi 20 vida comiendo hasta que llegue al fin que le tiene determinado el cielo, y sepa, señor, que no hay mayor locura que la que toca en querer desesperarse como vuestra merced, y créame y después de comido, échese a dormir un poco 25 sobre los colchones verdes de estas hierbas, y verá como cuando despierte se halla algo más aliviado.” Hízolo así son Quijote, pareciéndole que las razones de Sancho más eran de filósofo 30 que de mentecato, y díjole: “Si tú, oh Sancho, quisieses hacer por mí lo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 244 que yo ahora te diré, serían mis alivios más ciertos y mis pesadumbres no tan grandes, y es que mientras yo duermo, obedeciendo tus consejos, tú te desviases un poco lejos de aquí, y con las riendas de Rocinante, echando 5 al aire tus carnes, te dieses trescientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los tres mil y tantos que te has de dar por el desencanto de Dulcinea; que es lástima no pequeña que aquella pobre señora esté encantada por tu 10 descuido y negligencia.” “Hay mucho que decir en eso”, dijo Sancho; “durmamos por ahora entrambos, y después, Dios dijo lo que será. Sepa vuestra merced que esto de azotarse un hombre a sangre fría 15 es cosa recia, y más si caen los azotes sobre un cuerpo mal sustentado y peor comido; tenga paciencia mi señora Dulcinea; que cuando menos se cate, me verá hecho una criba, de azotes; y hasta la muerte todo es vida, quiero 20 decir que aún yo la tengo, junto con el deseo de cumplir con lo que he prometido.” Agradeciéndoselo don Quijote, comió algo, y Sancho mucho, y echáronse a dormir entrambos, dejando a su albedrío y sin orden 25 alguna pacer del abundosa hierba de que aquel prado estaba lleno a los dos continuos compañeros y amigos Rocinante y el rucio. Despertaron algo tarde, volvieron a subir y a seguir su camino, dándose prisa para llegar 30 a una venta, que, al parecer, una legua de allí se descubría: digo que era venta, porque don
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIX p. 245 Quijote la llamó así, fuera del uso que tenía de llamar a todas las ventas castillos. Llegaron, pues, a ella, preguntaron al huésped si había posada. Fueles respondido que sí, con toda la comodidad y regalo que pudiera 5 hallar en Zaragoza. Apeáronse, y recogió Sancho su repostería en un aposento, de quien el huésped le dio la llave; llevó las bestias a la caballeriza, echóles sus piensos, salió a ver lo que don Quijote, que estaba sentado sobre un 10 poyo, le mandaba, dando particulares gracias al cielo de que a su amo no le hubiese parecido castillo aquella venta. Llegóse la hora del cenar, recogiéronse a su estancia. Preguntó Sancho al huésped que qué 15 tenía para darles de cenar. A lo que el huésped respondió que su boca sería medida, y, así, que pidiese lo que quisiese; que de las pajaricas del aire, de las aves de la tierra y de los pescados del mar estaba proveída 20 aquella venta. “No es menester tanto”, respondió Sancho; “que con un par de pollos que nos asen, tendremos lo suficiente, porque mi señor es delicado y come poco, y yo no soy tragantón en 25 demasía.” Respondióle el huésped que no tenía pollos, porque los milanos los tenían asolados. “Pues mande el señor huésped”, dijo Sancho, “asar una polla que sea tierna.” 30 “¿Polla? ¡Mi padre!”, respondió el huésped; en verdad en verdad que envié ayer a la
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 246 ciudad a vender más de cincuenta; pero fuera de pollas pida vuestra merced lo que quisiere.” “De esa manera”, dijo Sancho, “no faltará ternera o cabrito.” “En casa, por ahora”, respondió el huésped, 5 “no lo hay, porque se ha acabado; pero la semana que viene lo habrá de sobra.” “¡Medrados estamos con eso!”, respondió Sancho; “yo pondré que se vienen a resumirse todas estas faltas en las sobras que debe 10 de haber de tocino y huevos.” “Por Dios”, respondió el huésped, “que es gentil relente el que mi huésped tiene, pues hele dicho que ni tengo pollas ni gallinas, y quiere que tenga huevos; discurra, si quisiere, 15 por otras delicadezas, y déjese de pedir gallinas.” “Resolvámonos, cuerpo de mí”, dijo Sancho, “y dígame finalmente lo que tiene, y déjese de descurrimientos, señor huésped.” 20 Dijo el ventero: “Lo que real y verdaderamente tengo son dos uñas de vaca que parecen manos de ternera, o dos manos de ternera que parecen uñas de vaca; están cocidas, con sus garbanzos, 25 cebollas y tocino, y la hora de ahora están diciendo: «¡Coméme, coméme!»” “Por mías las marco desde aquí”, dijo Sancho, “y nadie las toque; que yo las pagaré mejor que otro, porque para mí ninguna otra cosa 30 pudiera esperar de más gusto, y no se me daría nada que fuesen manos como fuesen uñas.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIX p. 247 “Nadie las tocará”, dijo el ventero, “porque otros huéspedes que tengo, de puro principales, traen consigo cocinero, despensero y repostería.” “Si por principales va”, dijo Sancho, 5 “ninguno más que mi amo; pero el oficio que él trae no permite despensas ni botillerías; ahí nos tendemos en mitad de un prado, y nos hartamos de bellotas o de nísperos.” Esta fue la plática que Sancho tuvo con el 10 ventero, sin querer Sancho pasar adelante en responderle; que ya le había preguntado qué oficio o qué ejercicio era el de su amo. Llegóse, pues, la hora de cenar, recogióse a su estancia don Quijote, trajo el huésped la 15 olla así como estaba, y sentóse a cenar muy de propósito. Parece ser que en otro aposento que junto al de don Quijote estaba, que no le dividía más que un sutil tabique, oyó decir don Quijote: 20 “Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que trae la cena leamos otro capítulo de la Segunda parte de don Quijote de la Mancha.” Apenas oyó su nombre don Quijote, cuando 25 se puso en pie, y con oído alerto escuchó lo que de él trataban, y oyó que el tal don Jerónimo referido respondió: “¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estos disparates [si] el 30 que hubiere leído la primera parte de la historia de don Quijote de la Mancha no es
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 248 posible que pueda tener gusto en leer esta segunda?” “Con todo eso”, dijo el don Juan, “será bien leerla, pues no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en éste 5 más desplace es que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.” Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho, alzó la voz, y dijo: “Quienquiera que dijere que don Quijote 10 de la Mancha ha olvidado, ni puede olvidar, a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad, porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede ser olvidada, ni en don Quijote puede 15 caber olvido. Su blasón es la firmeza, y su profesión el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna.” “¿Quién es el que nos responde?”, respondieron del otro aposento. 20 “¿Quién ha de ser”, respondió Sancho, “sino el mismo don Quijote de la Mancha, que hará bueno cuanto ha dicho, y aun cuanto dijere?; que al buen pagador no le duelen prendas.” Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron 25 por la puerta de su aposento dos caballeros, que tales lo parecían, y uno de ellos, echando los brazos al cuello de don Quijote, le dijo: “Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar 30 vuestra presencia; sin duda vos, señor, sois el verdadero don Quijote de la Mancha,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIX p. 249 norte y lucero de la andante caballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor de este libro que aquí os entrego.” 5 Y, poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó don Quijote, y, sin responder palabra, comenzó a hojearle, y de allí a un poco se le volvió, diciendo: “En esto poco que he visto he hallado tres 10 cosas en este autor, dignas de reprensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo. La otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos; y la tercera, que más le confirma por ignorante, 15 es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino Teresa Panza; y quien en esta parte tan 20 principal yerra, bien se podrá temer que yerra en todas las demás de la historia.” A esto dijo Sancho: “¡Donosa cosa de historiador! ¡Por cierto, bien debe de estar en el cuento de nuestros 25 sucesos, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez! Torne a tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí, y si me ha mudado el nombre.” “Por lo que he oído hablar, amigo”, dijo 30 don Jerónimo, “sin duda debéis de ser Sancho Panza, el escudero del señor don Quijote.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 250 “Sí soy”, respondió Sancho, “y me precio de ello.” “Pues a fe”, dijo el caballero, “que no os trata este autor moderno con la limpieza que en vuestra persona se muestra: píntaos comedor 5 y simple, y no nada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia de vuestro amo se describe.” “Dios se lo perdone”, dijo Sancho; “dejárame en mi rincón, sin acordarse de mí, porque 10 quien las sabe las tañe, y bien se está San Pedro en Roma.” Los dos caballeros pidieron a don Quijote se pasase a su estancia a cenar con ellos; que bien sabían que en aquella venta no había 15 cosas pertenecientes para su persona. Don Quijote, que siempre fue comedido, condescendió con su demanda, y cenó con ellos; quedóse Sancho con la olla con mero mixto imperio; sentóse en cabecera de mesa, y con él el 20 ventero, que no menos que Sancho estaba de sus manos y de sus uñas aficionado. En el discurso de la cena preguntó don Juan a don Quijote qué nuevas tenía de la señora Dulcinea del Toboso, si se había casado, si 25 estaba parida o preñada, o si estando en su entereza se acordaba --guardando su honestidad y buen decoro--, de los amorosos pensamientos del señor don Quijote. A lo que él respondió: 30 “Dulcinea se está entera, y mis pensamientos más firmes que nunca; las correspondencias,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIX p. 251 en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soez labradora transformada.” Y luego les fue contando punto por punto el encanto de la señora Dulcinea, y lo que le había sucedido en la cueva de Montesinos, con 5 la orden que el sabio Merlín le había dado, para desencantarla, que fue la de los azotes de Sancho. Sumo fue el contento que los dos caballeros recibieron de oír contar a don Quijote los 10 extraños sucesos de su historia, y, así, quedaron admirados de sus disparates, como del elegante modo con que los contaba. Aquí le tenían por discreto, y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarse qué grado le 15 darían entre la discreción y la locura. Acabó de cenar Sancho, y, dejando hecho equis al ventero, se pasó a la estancia de su amo, y, en entrando, dijo: “Que me maten, señores, si el autor de este 20 libro que vuestras mercedes tienen [no] quiere que no comamos buenas migas juntos; yo querría que ya que me llama comilón, como vuestras [mercedes] dicen, no me llamase también borracho.” 25 “Sí llama”, dijo don Jerónimo; “pero no me acuerdo en qué manera, aunque sé que son malsonantes las razones, y además, mentirosas, según yo echo de ver en la fisonomía del buen Sancho, que está presente.” 30 “Créanme vuestras mercedes”, dijo Sancho, “que el Sancho y el don Quijote de esa historia
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 252 deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado, y yo, simple, gracioso, y no comedor ni borracho.” 5 “Yo así lo creo”, dijo don Juan, “y si fuera posible, se había de mandar que ninguno fuera osado a tratar de las cosas del gran don Quijote, si no fuese Cide Hamete su primer autor; bien así como mandó Alejandro que ninguno 10 fuese osado a retratarle sino Apeles.” “Retráteme el que quisiere”, dijo don Quijote, “pero no me maltrate; que muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias.” 15 “Ninguna”, dijo don Juan, “se le puede hacer al señor don Quijote, de quien él no se pueda vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que, a mi parecer, es fuerte y grande.” 20 En estas y otras pláticas se pasó gran parte de la noche, y aunque don Juan quisiera que don Quijote leyera más del libro, por ver lo que discantaba, no lo pudieron acabar con él, diciendo que él lo daba por leído y lo 25 confirmaba por todo necio, y que no quería, si acaso llegase a noticia de su autor que le había tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le había leído, pues de las cosas obscenas y torpes los pensamientos se han de apartar, 30 cuanto más los ojos. Preguntáronle que adónde llevaba determinado su viaje. Respondió que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIX p. 253 a Zaragoza a hallarse en las justas del arnés que en aquella ciudad suelen hacerse todos los años. Díjole don Juan que aquella nueva historia contaba como don Quijote, sea quien se quisiere, se había hallado en ella en 5 una sortija falta de invención, pobre de letras, pobrísima de libreas, aunque rica de simplicidades. “Por el mismo caso”, respondió don Quijote, “no pondré los pies en Zaragoza, y, así, 10 sacaré a la plaza del mundo la mentira de ese historiador moderno, y echarán de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice.” “Hará muy bien”, dijo don Jerónimo; “y 15 otras justas hay en Barcelona, donde podrá el señor don Quijote mostrar su valor.” “Así lo pienso hacer”, dijo don Quijote, “y vuestras mercedes me den licencia, pues ya es hora, para irme al lecho, y me tengan y 20 pongan en el número de sus mayores amigos y servidores.” “Y a mí también”, dijo Sancho; “quizá seré bueno para algo.” Con esto, se despidieron, y don Quijote y 25 Sancho se retiraron a su aposento, dejando a don Juan y a don Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho de su discreción y de su locura, y verdaderamente creyeron que éstos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, 30 y no los que describía su autor aragonés. Madrugó don Quijote, y, dando golpes al tabique
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 254 del otro aposento, se despidió de sus huéspedes; pagó Sancho al ventero magníficamente, y aconsejóle que alabase menos la provisión de su venta, o la tuviese más proveída. 5
p. 255 Capítulo LX De lo que sucedió a don Quijote yendo a Barcelona. Era fresca la mañana, y daba muestras de serlo asimismo el día en que don Quijote 5 salió de la venta, informándose primero cuál era el más derecho camino para ir a Barcelona, sin tocar en Zaragoza; tal era el deseo que tenía de sacar mentiroso aquel nuevo historiador que tanto decían que le vituperaba. 10 Sucedió, pues, que en más de seis días no le sucedió cosa digna de ponerse en escritura, al cabo de los cuales, yendo fuera de camino, le tomó la noche entre unas espesas encinas, o alcornoques; que en esto no guarda la 15 puntualidad Cide Hamete que en otras cosas suele. Apeáronse de sus bestias amo y mozo, y acomodándose a los troncos de los árboles, Sancho, que había merendado aquel día, se dejó entrar de rondón por las puertas del sueño, 20 pero don Quijote, a quien desvelaban sus imaginaciones mucho más que la hambre, no podía pegar sus ojos, antes iba y venía con el pensamiento por mil géneros de lugares. Ya le parecía hallarse en la cueva de Montesinos; ya 25 ver brincar y subir sobre su pollina a la convertida en labradora Dulcinea; ya que le sonaban en los oídos las palabras del sabio Merlín, que le referían las condiciones y diligencias que se habían [de] hacer y tener en el desencanto de 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 256 Dulcinea. Desesperábase de ver la flojedad y caridad poca de Sancho su escudero, pues, a lo que creía, solos cinco azotes se había dado, número desigual y pequeño para los infinitos que le faltaban, y de esto recibió tanta pesadumbre 5 y enojo, que hizo este discurso: “Si nudo gordiano cortó el Magno Alejandro, diciendo: «Tanto monta cortar como »desatar», y no por eso dejó de ser universal señor de toda la Asia, ni más ni menos podría 10 suceder ahora en el desencanto de Dulcinea, si yo azotase a Sancho a pesar suyo; que si la condición de este remedio está en que Sancho reciba los tres mil y tantos azotes, ¿qué se me da a mí que se los dé él, o que se los dé otro, 15 pues la sustancia está en que él los reciba, lleguen por do llegaren?” Con esta imaginación se llegó a Sancho, habiendo primero tomado las riendas de Rocinante, y, acomodádolas en modo que pudiese 20 azotarle con ellas, comenzóle a quitar las cintas, que es opinión que no tenía más que la delantera, en que se sustentaban los gregüescos; pero apenas hubo llegado, cuando Sancho despertó en todo su acuerdo, y dijo: 25 “¿Qué es esto? ¿Quién me toca y desencinta?” “Yo soy”, respondió don Quijote, “que vengo a suplir tus faltas y a remediar mis trabajos; véngote a azotar, Sancho, y a descargar en parte la deuda a que te obligaste. Dulcinea 30 perece, tú vives en descuido, yo muero deseando, y, así, desatácate por tu voluntad; que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 257 la mía es de darte en esta soledad por lo menos dos mil azotes.” “Eso no”, dijo Sancho; “vuestra merced se esté quedo: si no, por Dios verdadero que nos han de oír los sordos. Los azotes a que yo me 5 obligué han de ser voluntarios, y no por fuerza, y ahora no tengo gana de azotarme. Basta que doy a vuestra merced mi palabra de vapulearme y mosquearme cuando en voluntad me viniere.” 10 “No hay dejarlo a tu cortesía, Sancho”, dijo don Quijote, “porque eres duro de corazón, y aunque villano, blando de carnes.” Y, así, procuraba, y pugnaba por desenlazarle. Viendo lo cual Sancho Panza, se puso en 15 pie, y, arremetiendo a su amo, se abrazó con él a brazo partido, y, echándole una zancadilla, dio con él en el suelo boca arriba; púsole la rodilla derecha sobre el pecho, y con las manos le tenía las manos, de modo que ni le dejaba 20 rodear ni alentar. Don Quijote le decía: “¿Cómo, traidor? ¿Contra tu amo y señor natural te desmandas? ¿Con quien te da su pan te atreves?” “Ni quito rey, ni pongo rey”, respondió 25 Sancho, “sino ayúdome a mí, que soy mi señor. Vuestra merced me prometa que se estará quedo y no tratará de azotarme por ahora; que yo le dejaré libre y desembarazado; donde no, aquí morirás, traidor, 30 enemigo de doña Sancha.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 258 Prometióselo don Quijote, y juró por vida de sus pensamientos no tocarle en el pelo de la ropa, y que dejaría en toda su voluntad y albedrío el azotarse cuando quisiese. Levantóse Sancho, y desvióse de aquel lugar un buen 5 espacio, y, yendo a arrimarse a otro árbol, sintió que le tocaban en la cabeza, y, alzando las manos, topó con dos pies de persona, con zapatos y calzas. Tembló de miedo, acudió a otro árbol y sucedióle lo mismo; dio voces, llamando 10 a don Quijote que le favoreciese. Hízolo así don Quijote, y, preguntándole qué le había sucedido y de qué tenía miedo, le respondió Sancho que todos aquellos árboles estaban llenos de pies y de piernas humanas. Tentólos 15 don Quijote, y cayó luego en la cuenta de lo que podía ser, y díjole a Sancho: “No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no ves, sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en 20 estos árboles están ahorcados; que por aquí los suele ahorcar la justicia, cuando los coge, de veinte en veinte, y de treinta en treinta, por donde me doy a entender que debo de estar cerca de Barcelona.” 25 Y así era la verdad, como él lo había imaginado. Al parecer, alzaron los ojos y vieron los racimos de aquellos árboles, que eran cuerpos de bandoleros. Ya, en esto, amanecía, y si los 30 muertos los habían espantado, no menos los atribularon más de cuarenta bandoleros vivos
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 259 que de improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos y se detuviesen, hasta que llegase su capitán. Hallóse don Quijote a pie, su caballo sin freno, su lanza arrimada a un árbol, y, 5 finalmente, sin defensa alguna, y, así, tuvo por bien de cruzar las manos e inclinar la cabeza, guardándose para mejor sazón y coyuntura. Acudieron los bandoleros a espulgar al rucio, y a no dejarle ninguna cosa de cuantas en las 10 alforjas y la maleta traía, y avínole bien a Sancho, que en una ventrera que tenía ceñida venían los escudos del duque y los que habían sacado de su tierra; y con todo eso, aquella buena gente le escardara y le mirara hasta lo 15 que entre el cuero y la carne tuviera escondido, si no llegara en aquella sazón su capitán, el cual mostró ser de hasta edad de treinta y cuatro años, robusto, más que de mediana proporción, de mirar grave y color morena. 20 Venía sobre un poderoso caballo, vestida la acerada cota, y con cuatro pistoletes, que en aquella tierra se llaman pedreñales, a los lados. Vio que sus escuderos, que así llaman a los que andan en aquel ejercicio, iban a despojar 25 a Sancho Panza; mandóles que no lo hiciesen, y fue luego obedecido, y, así, se escapó la ventrera. Admiróle ver lanza arrimada al árbol, escudo en el suelo, y a don Quijote armado y pensativo, con la más triste y 30 melancólica figura que pudiera formar la misma tristeza. Llegóse a él, diciéndole:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 260 “No estéis tan triste, buen hombre, porque no habéis caído en las manos de algún cruel Osiris, sino en las de Roque Guinart, que tienen más de compasivas que de rigurosas.” “No es mi tristeza”, respondió don Quijote, 5 “haber caído en tu poder, oh valeroso Roque, cuya fama no hay límites en la tierra que la encierren, sino por haber sido tal mi descuido, que me hayan cogido tus soldados sin el freno, estando yo obligado, según la orden de la 10 andante caballería, que profeso, a vivir continuo alerta, siendo a todas horas centinela de mí mismo; porque te hago saber, oh gran Roque, que si me hallaran sobre mi caballo, con mi lanza y con mi escudo, no les fuera muy fácil 15 rendirme: porque yo soy don Quijote de la Mancha, aquel que de sus hazañas tiene lleno todo el orbe.” Luego Roque Guinart conoció que la enfermedad de don Quijote tocaba más en locura 20 que en valentía, y aunque algunas veces le había oído nombrar, nunca tuvo por verdad sus hechos, ni se pudo persuadir a que semejante humor reinase en corazón de hombre, y holgóse en extremo de haberle encontrado, para 25 tocar de cerca lo que de lejos de él había oído, y, así, le dijo: “Valeroso caballero, no os despechéis, ni tengáis a siniestra fortuna ésta en que os halláis; que podía ser que en estos tropiezos 30 vuestra torcida suerte se enderezase; que el cielo, por extraños y nunca vistos rodeos, de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 261 los hombres no imaginados, suele levantar los caídos y enriquecer los pobres.” Ya le iba a dar las gracias don Quijote, cuando sintieron a sus espaldas un ruido como de tropel de caballos, y no era sino uno 5 solo, sobre el cual venía a toda furia un mancebo, al parecer, de hasta veinte años, vestido de damasco verde, con pasamanos de oro, gregüescos y saltaembarca, con sombrero terciado a la valona, botas enceradas y justas, 10 espuelas, daga y espada doradas, una escopeta pequeña en las manos y dos pistolas a los lados. Al ruido, volvió Roque la cabeza y vio esta hermosa figura, la cual, en llegando a él, dijo: 15 “En tu busca venía, oh valeroso Roque, para hallar en ti, si no remedio, a lo menos alivio en mi desdicha, y por no tenerte suspenso, porque sé que no me has conocido, quiero decirte quién soy; y soy Claudia Jerónima, hija de 20 Simón Forte, tu singular amigo, y enemigo particular de Clauquel Torrellas, que asimismo lo es tuyo por ser uno de los de tu contrario bando. Y ya sabes que este Torrellas tiene un hijo que don Vicente Torrellas se llama, o, a lo 25 menos, se llamaba no ha dos horas. Este, pues --por abreviar el cuento de mi desventura, te diré en breves palabras la que me ha causado--, viome, requebróme, escuchéle, enamoréme a hurto de mi padre, porque no hay mujer, 30 por retirada que esté y recatada que sea, a quien no le sobre tiempo para poner en ejecución y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 262 efecto sus atropellados deseos. Finalmente, él me prometió de ser mi esposo, y yo le di la palabra de ser suya, sin que en obras pasásemos adelante. Supe ayer que, olvidado de lo que me debía, se casaba con otra, y que esta 5 mañana iba a desposarse, nueva que me turbó el sentido y acabó la paciencia; y, por no estar mi padre en el lugar, le tuve yo de ponerme en el traje que ves, y, apresurando el paso a este caballo, alcancé a don Vicente obra de una 10 legua de aquí, y, sin ponerme a dar quejas ni a oír disculpas, le disparé esta escopeta, y, por añadidura estas dos pistolas, y a lo que creo le debí de encerrar más de dos balas en el cuerpo, abriéndole puertas por donde envuelta 15 en su sangre saliese mi honra. Allí le dejo entre sus criados, que no osaron ni pudieron ponerse en su defensa. Vengo a buscarte para que me pases a Francia, donde tengo parientes con quien viva, y, asimismo, a rogarte 20 defiendas a mi padre, porque los muchos de don Vicente no se atrevan a tomar en él desaforada venganza.” Roque, admirado de la gallardía, bizarría, buen talle y suceso de la hermosa Claudia, 25 le dijo: “Ven, señora, y vamos a ver si es muerto tu enemigo; que después veremos lo que más te importare.” Don Quijote que estaba escuchando 30 atentamente lo que Claudia había dicho y lo que Roque Guinart respondió, dijo:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 263 “No tiene nadie para qué tomar trabajo en defender a esta señora; que lo tomo yo a mi cargo. Denme mi caballo y mis armas, y espérenme aquí; que yo iré a buscar a ese caballero y, muerto o vivo, le haré cumplir la 5 palabra prometida a tanta belleza.” “Nadie dude de esto”, dijo Sancho, “porque mi señor tiene muy buena mano para casamentero, pues no ha muchos días que hizo casar a otro que también negaba a otra 10 doncella su palabra, y si no fuera porque los encantadores que le persiguen le mudaron su verdadera figura en la de un lacayo, ésta fuera la hora que ya la tal doncella no lo fuera.” Roque, que atendía más a pensar en el 15 suceso de la hermosa Claudia que en las razones de amo y mozo, no las entendió; y, mandando a sus escuderos que volviesen a Sancho todo cuanto le habían quitado del rucio, mandándoles asimismo que se retirasen a la parte 20 donde aquella noche habían estado alojados, y luego se partió con Claudia a toda prisa a buscar al herido o muerto don Vicente. Llegaron al lugar donde le encontró Claudia, y no hallaron en él sino recién derramada sangre; 25 pero tendiendo la vista por todas partes, descubrieron por un recuesto arriba alguna gente, y diéronse a entender, como era la verdad, que debía ser don Vicente, a quien sus criados, o muerto o vivo, llevaban, o para curarle o para 30 enterrarle. Diéronse prisa a alcanzarlos, que, como iban despacio, con facilidad lo hicieron.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 264 Hallaron a don Vicente en los brazos de sus criados, a quien con cansada y debilitada voz rogaba que le dejasen allí morir, porque el dolor de las heridas no consentía que más adelante pasase. Arrojáronse de los caballos 5 Claudia y Roque, llegáronse a él; temieron los criados la presencia de Roque, y Claudia se turbó en ver la de don Vicente, y, así, entre enternecida y rigurosa se llegó a él, y, asiéndole de las manos, le dijo: 10 “Si tú me dieras éstas conforme a nuestro concierto, nunca tú te vieras en este paso.” Abrió los casi cerrados ojos el herido caballero, y, conociendo a Claudia, le dijo: “Bien veo, hermosa y engañada señora, que 15 tú has sido la que me has muerto, pena no merecida ni debida a mis deseos, con los cuales, ni con mis obras, jamás quise ni supe ofenderte.” “Luego, ¿no es verdad”, dijo Claudia, “que 20 ibas esta mañana a desposarte con Leonora, la hija del rico Balvastro?” “No, por cierto”, respondió don Vicente; “mi mala fortuna le debió de llevar estas nuevas, para que, celosa, me quitases la vida, la cual 25 pues la dejo en tus manos y en tus brazos, tengo mi suerte por venturosa. Y para asegurarte de esta verdad, aprieta la mano y recíbeme por esposo, si quisieres; que no tengo otra mayor satisfacción que darte del agravio que 30 piensas que de mí has recibido.” Apretóle la mano Claudia, y apretósele a
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 265 ella el corazón de manera, que sobre la sangre y pecho de don Vicente se quedó desmayada, y a él le tomó un mortal parasismo. Confuso estaba Roque y no sabía qué hacerse. Acudieron los criados a buscar agua que echarles en 5 los rostros, y trajéronla, con que se los bañaron. Volvió de su desmayo Claudia, pero no de su paroxismo don Vicente, porque se le acabó la vida. Visto lo cual de Claudia, habiéndose enterado que ya su dulce esposo no vivía, 10 rompió los aires con suspiros, hirió los cielos con quejas, maltrató sus cabellos entregándolos al viento, afeó su rostro con sus propias manos, con todas las muestras de dolor y sentimiento que de un lastimado pecho pudieran 15 imaginarse. “¡Oh cruel e inconsiderada mujer”, decía, “con qué facilidad te moviste a poner en ejecución tan mal pensamiento! ¡Oh fuerza rabiosa de los celos, a qué desesperado fin conducís a quien 20 os da acogida en su pecho! ¡Oh esposo mío, cuya desdichada suerte, por ser prenda mía, te ha llevado del tálamo a la sepultura!” Tales y tan tristes eran las quejas de Claudia, que sacaron las lágrimas de los ojos de 25 Roque, no acostumbrados a verterlas en ninguna ocasión. Lloraban los criados, desmáyabase a cada paso Claudia, y todo aquel circuito parecía campo de tristeza y lugar de desgracia. Finalmente, Roque Guinart ordenó a los criados 30 de don Vicente que llevasen su cuerpo al lugar de su padre, que estaba allí cerca, para
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 266 que le diesen sepultura. Claudia dijo a Roque que querría irse a un monasterio donde era abadesa una tía suya, en el cual pensaba acabar la vida, de otro mejor esposo y más eterno acompañada. Alabóle Roque su buen 5 propósito, ofreciósele de acompañarla hasta donde quisiese, y de defender a su padre de los parientes y de todo el mundo, si ofenderle quisiese. No quiso su compañía Claudia en ninguna manera, y, agradeciendo sus ofrecimientos 10 con las mejores razones que supo, se despidió de él llorando; los criados de don Vicente llevaron su cuerpo, y Roque se volvió a los suyos, y este fin tuvieron los amores de Claudia Jerónima. Pero, ¿qué mucho, si 15 tejieron la trama de su lamentable historia las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos? Halló Roque Guinart a sus escuderos en la parte donde les había ordenado, y a don Quijote 20 entre ellos sobre Rocinante, haciéndoles una plática en que les persuadía dejasen aquel modo de vivir tan peligroso así para el alma como para el cuerpo; pero como los más eran gascones, gente rústica y desbaratada, no les 25 entraba bien la plática de don Quijote. Llegado que fue Roque, preguntó a Sancho Panza si le habían vuelto y restituido las alhajas y preseas que los suyos del rucio le habían quitado. Sancho respondió que sí, sino que le faltaban tres 30 tocadores que valían tres ciudades. “¿Qué es lo que dices, hombre?”, dijo uno
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 267 de los presentes; “que yo los tengo y no valen tres reales.” “Así es”, dijo don Quijote, “pero estímalos mi escudero en lo que ha dicho, por habérmelos dado quien me los dio.” 5 Mandóselos volver al punto Roque Guinart, y, mandando poner los suyos en ala, mandó traer allí delante todos los vestidos, joyas y dineros, y todo aquello que desde la última repartición habían robado, y, haciendo brevemente 10 el tanteo, volviendo lo no repartible, y reduciéndolo a dineros, lo repartió por toda su compañía con tanta legalidad y prudencia, que no pasó un punto ni defraudó nada de la justicia distributiva. Hecho esto, con lo cual todos 15 quedaron contentos, satisfechos y pagados, dijo Roque a don Quijote: “Si no se guardase esta puntualidad con éstos, no se podría vivir con ellos.” A lo que dijo Sancho: 20 “Según lo que aquí he visto es tan buena la justicia, que es necesaria se use aun entre los mismos ladrones.” Oyólo un escudero, y enarboló el mocho de un arcabuz, con el cual sin duda le abriera la 25 cabeza a Sancho, si Roque Guinart no le diera voces que se detuviese. Pasmóse Sancho y propuso de no descoser los labios en tanto que entre aquella gente estuviese. Llegó, en esto, uno o algunos de aquellos escuderos que 30 estaban puestos por centinelas por los caminos, para ver la gente que por ellos venía y dar
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 268 aviso a su mayor de lo que pasaba, y éste dijo: “Señor, no lejos de aquí, por el camino que va a Barcelona, viene un gran tropel de gente.” A lo que respondió Roque: 5 “¿Has echado de ver si son de los que nos buscan, o de los que nosotros buscamos?” “No sino de los que buscamos”, respondió el escudero. “Pues salid todos”, replicó Roque, “y 10 traédmelos aquí luego, sin que se os escape ninguno.” Hiciéronlo así, y, quedándose solos don Quijote, Sancho y Roque, aguardaron a ver lo que los escuderos traían, y en este entretanto 15 dijo Roque a don Quijote: “Nueva manera de vida le debe de parecer al señor don Quijote la nuestra, nuevas aventuras, nuevos sucesos, y todos peligrosos; y no me maravillo que así le parezca, porque 20 realmente le confieso que no hay modo de vivir más inquieto ni más sobresaltado que el nuestro. A mí me han puesto en él no sé qué deseos de venganza, que tienen fuerza de turbar los más sosegados corazones. Yo de mi natural 25 soy compasivo y bien intencionado; pero, como tengo dicho, el querer vengarme de un agravio que se me hizo, así da con todas mis buenas inclinaciones en tierra, que persevero en este estado a despecho y pesar de lo que 30 entiendo. Y como un abismo llama a otro y un pecado a otro pecado, hanse eslabonado las
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 269 venganzas de manera, que no sólo las mías, pero las ajenas tomo a mi cargo. Pero Dios es servido de que, aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la esperanza de salir de él a puerto seguro.” 5 Admirado quedó don Quijote de oír hablar a Roque tan buenas y concertadas razones, porque él se pensaba que entre los de oficios semejantes de robar, matar y saltear, no podía haber alguno que tuviese buen discurso, y 10 respondióle: “Señor Roque, el principio de la salud está en conocer la enfermedad, y en querer tomar el enfermo las medicinas que el médico le ordena. Vuestra merced está enfermo, conoce su dolencia, 15 y el cielo, o Dios, por mejor decir, que es nuestro médico, le aplicará medicinas que le sanen, las cuales suelen sanar poco a poco, y no de repente y por milagro; y más, que los pecadores discretos están más cerca de 20 enmendarse que los simples, y pues vuestra merced ha mostrado en sus razones su prudencia, no hay sino tener buen ánimo y esperar mejoría de la enfermedad de su conciencia. Y si vuestra merced quiere ahorrar camino y ponerse con 25 facilidad en el de su salvación, véngase conmigo; que yo le enseñaré a ser caballero andante, donde se pasan tantos trabajos y desventuras, que, tomándolas por penitencia, en dos paletas le pondrán en el cielo.” 30 Riose Roque del consejo de don Quijote, a quien, mudando plática, contó el trágico
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 270 suceso de Claudia Jerónima, de que le pesó en extremo a Sancho; que no le había parecido mal la belleza, desenvoltura y brío de la moza. Llegaron, en esto, los escuderos de la presa, trayendo consigo dos caballeros a caballo 5 y dos peregrinos a pie, y un coche de mujeres con hasta seis criados, que a pie y a caballo las acompañaban, con otros dos mozos de mulas que los caballeros traían. Cogiéronlos los escuderos en medio, guardando vencidos y 10 vencedores gran silencio, esperando a que el gran Roque Guinart hablase. El cual preguntó a los caballeros que quién eran y adónde iban, y qué dinero llevaban. Uno de ellos le respondió: “Señor, nosotros somos dos capitanes de 15 infantería española; tenemos nuestras compañías en Nápoles y vamos a embarcarnos en cuatro galeras que dicen están en Barcelona, con orden de pasar a Sicilia. Llevamos hasta doscientos o trescientos escudos, con que, a 20 nuestro parecer, vamos ricos y contentos, pues la estrechez ordinaria de los soldados no permite mayores tesoros.” Preguntó Roque a los peregrinos lo mismo que a los capitanes; fuele respondido que iban 25 a embarcarse para pasar a Roma, y que entre entrambos podían llevar hasta sesenta reales. Quiso saber también quién iba en el coche y adónde, y el dinero que llevaban; y uno de los de a caballo dijo: 30 “Mi señora doña Guiomar de Quiñones, mujer del regente de la Vicaría de Nápoles, con
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 271 una hija pequeña, una doncella y una dueña, son las que van en el coche; acompañámosla seis criados, y los dineros son seiscientos escudos.” “De modo”, dijo Roque Guinart, “que ya tenemos aquí novecientos escudos y sesenta 5 reales. Mis soldados deben de ser hasta sesenta; mírese a cómo le cabe a cada uno, porque yo soy mal contador.” Oyendo decir esto los salteadores, levantaron la voz, diciendo: “¡Viva Roque Guinart 10 muchos años, a pesar de los lladres que su perdición procuran!” Mostraron afligirse los capitanes, entristecióse la señora regenta y no se holgaron nada los peregrinos, viendo la confiscación de sus 15 bienes. Túvolos así un rato suspensos Roque; pero no quiso que pasase adelante su tristeza, que ya se podía conocer a tiro de arcabuz, y, volviéndose a los capitanes, dijo: “Vuestras mercedes, señores capitanes, por 20 cortesía sean servidos de prestarme sesenta escudos, y la señora regenta ochenta para contentar esta escuadra que me acompaña; porque el abad de lo que canta yanta. Y luego puédense ir su camino libre y desembarazadamente, 25 con un salvoconducto que yo les daré, para que si toparen otras de algunas escuadras mías, que tengo divididas por estos contornos, no les hagan daño; que no es mi intención de agraviar a soldados, ni a mujer alguna, 30 especialmente, a las que son principales.” Infinitas y bien dichas fueron las razones con
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 272 que los capitanes agradecieron a Roque su cortesía y liberalidad; que por tal la tuvieron en dejarles su mismo dinero. La señora doña Guiomar de Quiñones se quiso arrojar del coche para besar los pies y las manos del gran 5 Roque. Pero él no lo consintió en ninguna manera; antes le pidió perdón del agravio, que le [hacia], forzado de cumplir con las obligaciones precisas de su mal oficio. Mandó la señora regenta a un criado suyo diese luego los ochenta 10 escudos que le habían repartido, y ya los capitanes habían desembolsado los sesenta. Iban los peregrinos a dar toda su miseria; pero Roque les dijo que se estuviesen quedos, y, volviéndose a los suyos, les dijo: 15 “De estos escudos dos tocan a cada uno, y sobran veinte; los diez se den a estos peregrinos, y los otros diez a este buen escudero, porque pueda decir bien de esta aventura.” Y, trayéndole aderezo de escribir, de que 20 siempre andaba proveído Roque, les dio por escrito un salvoconducto para los mayorales de sus escuadras, y, despidiéndose de ellos, los dejó ir libres y admirados de su nobleza, de su gallarda disposición y extraño proceder, 25 teniéndole más por un Alejandro Magno, que por ladrón conocido. Uno de los escuderos dijo en su lengua gascona y catalana: “Este nuestro capitán más es para frade, que para bandolero; si de aquí adelante quisiere 30 mostrarse liberal, séalo con su hacienda, y no con la nuestra.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 273 No lo dijo tan paso el desventurado, que dejase de oírlo Roque, el cual, echando mano a la espada, le abrió la cabeza casi en dos partes, diciéndole: “De esta manera castigo yo a los deslenguados 5 y atrevidos.” Pasmáronse todos y ninguno le osó decir palabra; tanta era la obediencia que le tenían. Apartóse Roque a una parte y escribió una carta a un su amigo, a Barcelona, dándole 10 aviso como estaba consigo el famoso don Quijote de la Mancha, aquel caballero andante de quien tantas cosas se decían, y que le hacía saber que era el más gracioso y el más entendido hombre del mundo, y que de allí a cuatro 15 días, que era el de San Juan Bautista, se le pondría en mitad de la playa de la ciudad, armado de todas sus armas, sobre Rocinante su caballo, y a su escudero Sancho sobre un asno, y que diese noticia de esto a sus amigos los 20 Niarros, para que con él se solazasen; que él quisiera que carecieran de este gusto los Cadells, sus contrarios. Pero que esto era imposible, a causa que las locuras y discreciones de don Quijote, y los donaires de su escudero 25 Sancho Panza no podían dejar de dar gusto general a todo el mundo. Despachó esta carta con uno de sus escuderos que, mudando el traje de bandolero en el de un labrador, entró en Barcelona y la dio a quien iba. 30
p. 274 Capítulo LXI De lo que le sucedió a don Quijote en la entrada de Barcelona, con otras [cosas] que tienen más de lo verdadero que de lo discreto. 5 Tres días y tres noches estuvo don Quijote con Roque, y si estuviera trescientos años, no le faltara qué mirar y admirar en el modo de su vida; aquí amanecían, acullá comían, unas veces huían sin saber de quién, y otras esperaban 10 sin saber a quién. Dormían en pie, interrumpiendo el sueño, mudándose de un lugar a otro. Todo era poner espías, escuchar centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces, aunque traían pocos, porque todos se servían 15 de pedreñales. Roque pasaba las noches apartado de los suyos en partes y lugares donde ellos no pudiesen saber dónde estaba, porque los muchos bandos que el virrey de Barcelona había echado sobre su vida, le traían 20 inquieto y temeroso, y no se osaba fiar de ninguno, temiendo que los mismos suyos, o le habían de matar, o entregar a la justicia: vida, por cierto, miserable y enfadosa. En fin, por caminos desusados, por atajos y 25 sendas encubiertas partieron Roque, don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona. Llegaron a su playa la víspera de San Juan, en la noche, y abrazando Roque a don Quijote y a Sancho, a quien dio los diez 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXI p. 275 escudos prometidos, que hasta entonces no se los había dado, los dejó, con mil ofrecimientos que de la una a la otra parte se hicieron. Volvióse Roque; quedóse don Quijote esperando el día, así, a caballo como estaba, y no tardó mucho 5 cuando comenzó a descubrirse por los balcones del Oriente la faz de la blanca Aurora, alegrando las hierbas y las flores, en lugar de alegrar el oído, aunque al mismo instante alegraron también el oído el son de muchas 10 chirimías y atabales, ruido de cascabeles, «trapa, »trapa, aparta, aparta», de corredores que, al parecer, de la ciudad salían. Dio lugar la Aurora al sol, que, un rostro mayor que el de una rodela, por el más bajo horizonte poco a 15 poco se iba levantando. Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes, vieron el mar hasta entonces de ellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera que en la Mancha habían 20 visto. Vieron las galeras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se descubrieron llenas de flámulas y gallardetes, que tremolaban al viento y besaban y barrían el agua. Dentro sonaban clarines, trompetas y 25 chirimías, que cerca y lejos llenaban el aire de suaves y belicosos acentos. Comenzaron a moverse y a hacer modo de escaramuza por las sosegadas aguas, correspondiéndoles casi al mismo modo infinitos caballeros que 30 de la ciudad, sobre hermosos caballos y con vistosas libreas, salían. Los soldados de las
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 276 galeras disparaban infinita artillería, a quien respondían los que estaban en las murallas y fuertes de la ciudad; y la artillería gruesa con espantoso estruendo rompía los vientos, a quien respondían los cañones de crujía de las galeras. 5 El mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro, sólo tal vez turbio del humo de la artillería, parece que iba infundiendo y engendrando gusto súbito en todas las gentes. No podía imaginar Sancho cómo pudiesen 10 tener tantos pies aquellos bultos que por el mar se movían. En esto, llegaron corriendo con grita, lelilíes y algazara los de las libreas, adonde don Quijote suspenso y atónito estaba, y uno de ellos, que era el avisado de Roque, dijo en 15 alta voz a don Quijote: “Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el norte de toda la caballería andante, donde más largamente se contiene. Bien sea venido, digo, el valeroso don 20 Quijote de la Mancha, no el falso, no el ficticio, no el apócrifo, que en falsas historias estos días nos han mostrado, sino el verdadero, el legal y el fiel que nos describió Cide Hamete Benengeli, flor de los historiadores.” 25 No respondió don Quijote palabra, ni los caballeros esperaron a que la respondiese, sino, volviéndose y revolviéndose con los demás que los seguían, comenzaron a hacer un revuelto caracol al derredor de don Quijote, el cual, 30 volviéndose a Sancho, dijo: “Estos bien nos han conocido; yo apostaré
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXI p. 277 que han leído nuestra historia, y aun la del aragonés recién impresa.” Volvió otra vez el caballero que habló a don Quijote, y díjole: “Vuestra merced, señor don Quijote, se 5 venga con nosotros; que todos somos sus servidores, y grandes amigos de Roque Guinart.” A lo que don Quijote respondió: “Si cortesías engendran cortesías, la vuestra, señor caballero, es hija o parienta muy cercana 10 de las del gran Roque. Llevadme do quisiereis, que yo no tendré otra voluntad que la vuestra, y más, si la queréis ocupar en vuestro servicio.” Con palabras no menos comedidas que éstas 15 le respondió el caballero, y, encerrándole todos en medio, al son de las chirimías y de los atabales, se encaminaron con él a la ciudad; al entrar de la cual, el malo, que todo lo malo ordena, y los muchachos que son más malos 20 que el malo, dos de ellos, traviesos y atrevidos, se entraron por toda la gente, y, alzando el uno de la cola del rucio, y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaron sendos manojos de aliagas. Sintieron los pobres animales 25 las nuevas espuelas, y, apretando las colas, aumentaron su disgusto de manera, que, dando mil corcovos, dieron con sus dueños en tierra. Don Quijote, corrido y afrentado, acudió a quitar el plumaje de la cola de su matalote, y 30 Sancho el de su rucio. Quisieran los que guiaban a don Quijote castigar el atrevimiento de los
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 278 muchachos, y no fue posible, porque se encerraron entre más de otros mil que los seguían. Volvieron a subir don Quijote y Sancho; con el mismo aplauso y música llegaron a la casa de su guía, que era grande y principal, en fin, 5 como de caballero rico, donde le dejaremos por ahora, porque así lo quiere Cide Hamete.
p. 279 Capítulo LXII Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras niñerías que no pueden dejar de contarse. Don Antonio Moreno se llamaba el huésped 5 de don Quijote, caballero rico y discreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable. El cual, viendo en su casa a don Quijote, andaba buscando modos cómo, sin su perjuicio, sacase a plaza sus locuras. Porque no son 10 burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan si son con daño de tercero. Lo primero que hizo fue hacer desarmar a don Quijote y sacarle a vistas con aquel su estrecho y agamuzado vestido --como ya otras veces le 15 hemos descrito y pintado-- a un balcón que salía a una calle de las más principales de la ciudad, a vista de las gentes y de los muchachos que como a mona le miraban. Corrieron de nuevo delante de él los de las libreas, como si para él 20 solo, no para alegrar aquel festivo día, se las hubieran puesto. Y Sancho estaba contentísimo, por parecerle que se había hallado, sin saber cómo ni cómo no, otras bodas de Camacho, otra casa como la de don Diego de Miranda 25 y otro castillo como el del duque. Comieron aquel día con don Antonio algunos de sus amigos, honrando todos y tratando a don Quijote como a caballero andante, de lo cual, hueco y pomposo, no cabía en sí de 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 280 contento. Los donaires de Sancho fueron tantos, que de su boca andaban como colgados todos los criados de casa y todos cuantos le oían. Estando a la mesa, dijo don Antonio a Sancho: “Acá tenemos noticia, buen Sancho, que 5 sois tan amigo de manjar blanco y de albondiguillas, que si os sobran, las guardáis en el seno para el otro día.” “No, señor, no es así”, respondió Sancho, “porque tengo más de limpio que de goloso, y 10 mi señor don Quijote, que está delante, sabe bien que con un puño de bellotas o de nueces nos solemos pasar entrambos ocho días. Verdad es que si tal vez me sucede que me den la vaquilla, corro con la soguilla; quiero decir, 15 que como lo que me dan, y uso de los tiempos como los hallo. Y quienquiera que hubiere dicho que yo soy comedor aventajado y no limpio, téngase por dicho que no acierta; y de otra manera dijera esto, si no mirara a las barbas 20 honradas que están a la mesa.” “Por cierto”, dijo don Quijote, “que la parsimonia y limpieza con que Sancho come se puede escribir y grabar en láminas de bronce, para que quede en memoria eterna en los siglos 25 venideros; verdad es que cuando él tiene hambre parece algo tragón, porque come aprisa y masca a dos carrillos. Pero la limpieza siempre la tiene en su punto, y en el tiempo que fue gobernador aprendió a comer 30 a lo melindroso, tanto, que comía con tenedor las uvas, y aun los granos de la granada.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 281 “¿Cómo?”, dijo don Antonio; “¿gobernador ha sido Sancho?” “Sí”, respondió Sancho, “y de una ínsula llamada la Barataria; diez días la goberné a pedir de boca. En ellos perdí el sosiego y 5 aprendí a despreciar todos los gobiernos del mundo; salí huyendo de ella, caí en una cueva donde me tuve por muerto, de la cual salí vivo por milagro.” Contó don Quijote por menudo todo el 10 suceso del gobierno de Sancho, con que dio gran gusto a los oyentes. Levantados los manteles, y tomando don Antonio por la mano a don Quijote, se entró con él en un apartado aposento, en el cual no había otra cosa de 15 adorno que una mesa, al parecer, de jaspe, que sobre un pie de lo mismo se sostenía, sobre la cual estaba puesta al modo de las cabezas de los emperadores romanos, de los pechos arriba, una que semejaba ser de bronce. 20 Paseóse don Antonio con don Quijote por todo el aposento, rodeando muchas veces la mesa, después de lo cual dijo: “Ahora, señor don Quijote, que estoy enterado que no nos oye y escucha alguno, y está 25 cerrada la puerta, quiero contar a vuestra merced una de las más raras aventuras, o, por mejor decir, novedades que imaginarse pueden, con condición que lo que a vuestra merced dijere lo ha de depositar en los últimos 30 retretes del secreto.” “Así lo juro”, respondió don Quijote, “y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 282 aun le echaré una losa encima para más seguridad; porque quiero que sepa vuestra merced, señor don Antonio --que ya sabía su nombre--, que está hablando con quien, aunque tiene oídos para oír, no tiene lengua para 5 hablar. Así que con seguridad puede vuestra merced trasladar lo que tiene en su pecho en el mío y hacer cuenta que lo ha arrojado en los abismos del silencio.” “En fe de esa promesa”, respondió don 10 Antonio, “quiero poner a vuestra merced en admiración con lo que viere y oyere, y darme a mí algún alivio de la pena que me causa no tener con quien comunicar mis secretos, que no son para fiarse de todos.” 15 Suspenso estaba don Quijote, esperando en qué habían de parar tantas prevenciones. En esto, tomándole la mano don Antonio, se la paseó por la cabeza de bronce, y por toda la mesa, y por el pie de jaspe sobre que se 20 sostenía, y luego dijo: “Esta cabeza, señor don Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era polaco de nación y 25 discípulo del famoso Escotillo, de quien tantas maravillas se cuentan, el cual estuvo aquí en mi casa, y por precio de mil escudos que le di labró esta cabeza que tiene propiedad y virtud de responder a cuantas cosas al 30 oído le preguntaren. Guardó rumbos, pintó caracteres, observó astros, miró puntos, y,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 283 finalmente, la sacó con la perfección que veremos mañana; porque los viernes está muda, y hoy, que lo es, nos ha de hacer esperar hasta mañana. En este tiempo podrá vuestra merced prevenirse de lo que querrá preguntar; que 5 por experiencia sé que dice verdad en cuanto responde.” Admirado quedó don Quijote de la virtud y propiedad de la cabeza, y estuvo por no creer a don Antonio. Pero por ver cuán poco tiempo 10 había para hacer la experiencia, no quiso decirle otra cosa sino que le agradecía el haberle descubierto tan gran secreto. Salieron del aposento, cerró la puerta don Antonio con llave y fuéronse a la sala donde los demás caballeros 15 estaban. En este tiempo les había contado Sancho muchas de las aventuras y sucesos que a su amo habían acontecido. Aquella tarde sacaron a pasear a don Quijote, no armado, sino de 20 rúa, vestido un balandrán de paño leonado, que pudiera hacer sudar en aquel tiempo al mismo hielo. Ordenaron con sus criados que entretuviesen a Sancho, de modo, que no le dejasen salir de casa. Iba don Quijote, no 25 sobre Rocinante, sino sobre un gran macho de paso llano y muy bien aderezado. Pusiéronle el balandrán, y en las espaldas, sin que lo viese, le cosieron un pergamino donde le escribieron con letras grandes: Este es don 30 Quijote de la Mancha. En comenzando el paseo, llevaba el rótulo los ojos de cuantos venían a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 284 verle, y como leían: Este es don Quijote de la Mancha, admirábase don Quijote de ver que cuantos le miraban le nombraban y conocían. Y, volviéndose a don Antonio, que iba a su lado, le dijo: 5 “Grande es la prerrogativa que encierra en sí la andante caballería, pues hace conocido y famoso al que la profesa por todos los términos de la tierra. Si no, mire vuestra merced, señor don Antonio, que hasta los muchachos 10 de esta ciudad, sin nunca haberme visto, me conocen.” “Así es, señor don Quijote”, respondió don Antonio; “que así como el fuego no puede estar escondido y encerrado, la virtud no 15 puede dejar de ser conocida, y la que se alcanza por la profesión de las armas resplandece y campea sobre todas las otras.” Acaeció, pues, que yendo don Quijote con el aplauso que se ha dicho, un castellano que 20 leyó el rótulo de las espaldas, alzó la voz, diciendo: “¡Válgate el diablo por don Quijote de la Mancha! ¿Cómo que hasta aquí has llegado sin haberte muerto los infinitos palos que tienes 25 a cuestas? Tú eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura, fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a cuantos te tratan y comunican. si no, mírenlo por estos señores que te 30 acompañan. Vuélvete, mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu mujer y tus hijos, y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 285 déjate de estas vaciedades que te carcomen el seso y te desnatan el entendimiento.” “Hermano”, dijo don Antonio, “seguid vuestro camino y no deis consejos a quien no os los pide; el señor don Quijote de la 5 Mancha es muy cuerdo y nosotros, que le acompañamos, no somos necios. La virtud se ha de honrar dondequiera que se hallare, y andad enhoramala, y no os metáis donde no os llaman.” 10 “Pardiez, vuestra merced tiene razón”, respondió el castellano; “que aconsejar a este buen hombre es dar coces contra el aguijón. Pero, con todo eso, me da muy gran lástima que el buen ingenio que dicen que tiene en 15 todas las cosas este mentecato, se le desagüe por la canal de su andante caballería; y la enhoramala que vuestra merced dijo sea para mí y para todos mis descendientes si de hoy más, aunque viviese más años que Matusalén, 20 diere consejo a nadie, aunque me lo pida.” Apartóse el consejero, siguió adelante el paseo; pero fue tanta la prisa que los muchachos y toda la gente tenía leyendo el rótulo, que se le hubo de quitar don Antonio, 25 como que le quitaba otra cosa. Llegó la noche, volviéronse a casa, hubo sarao de damas, porque la mujer de don Antonio, que era una señora principal y alegre, hermosa y discreta, convidó a otras sus amigas a que viniesen a 30 honrar a su huésped y a gustar de sus nunca vistas locuras. Vinieron algunas, cenóse
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 286 espléndidamente y comenzóse el sarao casi a las diez de la noche. Entre las damas había dos de gusto pícaro, y burlonas, y con ser muy honestas, eran algo descompuestas, por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado. Estas 5 dieron tanta prisa en sacar a danzar a don Quijote, que le molieron, no sólo el cuerpo, pero el ánima; era cosa de ver la figura de don Quijote, largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado, y, sobre todo, 10 no nada ligero. Requebrábanle como a hurto las damiselas, y él, también como a hurto, las desdeñaba; pero viéndose apretar de requiebros, alzó la voz, y dijo: “Fugite, partes adversae. ¡Dejadme en 15 mi sosiego, pensamientos mal venidos! Allá os avenid, señoras, con vuestros deseos; que la que es reina de los míos, la sin par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos otros que los suyos me avasallen y rindan.” 20 Y, diciendo esto, se sentó en mitad de la sala en el suelo, molido y quebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen en peso a su lecho, y el primero que asió de él fue Sancho, diciéndole: 25 “¡Nora en tal, señor nuestro amo, lo habéis bailado! ¿Pensáis que todos los valientes son danzadores, y todos los andantes caballeros bailarines? Digo que si lo pensáis, que estáis engañado: hombre hay que se atreverá a matar 30 a un gigante antes que hacer una cabriola. Si hubierais de zapatear, yo supliera vuestra
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 287 falta, que zapateo como un gerifalte; pero en lo del danzar no doy puntada.” Con estas y otras razones dio que reír Sancho a los del sarao, y dio con su amo en la cama, arropándole para que sudase la frialdad 5 de su baile. Otro día le pareció a don Antonio ser bien hacer la experiencia de la cabeza encantada, y con don Quijote, Sancho y otros dos amigos, con las dos señoras que habían molido a don 10 Quijote en el baile, que aquella propia noche se habían quedado con la mujer de don Antonio, se encerró en la estancia donde estaba la cabeza. Contóles la propiedad que tenía, encargóles el secreto y díjoles que aquél era el 15 primero día donde se había de probar la virtud de la tal cabeza encantada. Y si no eran los dos amigos de don Antonio, ninguna otra persona sabía el busilis del encanto, y aun si don Antonio no se le hubiera descubierto primero 20 a sus amigos, también ellos cayeran en la admiración en que los demás cayeron, sin ser posible otra cosa; con tal traza y tal orden estaba fabricada. El primero que se llegó al oído de la cabeza 25 fue el mismo don Antonio, y díjole en voz sumisa, pero no tanto que de todos no fuese entendida: “Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra, ¿qué pensamientos tengo yo 30 ahora?” Y la cabeza le respondió, sin mover los
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 288 labios, con voz clara y distinta, de modo, que fue de todos entendida, esta razón: “Yo no juzgo de pensamientos.” Oyendo lo cual todos quedaron atónitos, y más, viendo que en todo el aposento ni al 5 derredor de la mesa no había persona humana que responder pudiese. “¿Cuántos estamos aquí?”, tornó a preguntar don Antonio, y fuele respondido por el propio tenor, paso: 10 “Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas de ella, y un caballero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un su escudero que Sancho Panza tiene por nombre.” 15 ¡Aquí sí que fue el admirarse de nuevo; aquí sí que fue el erizarse los cabellos a todos, de puro espanto! Y, apartándose don Antonio de la cabeza, dijo: “¡Esto me basta para darme a entender que 20 no fui engañado del que te me vendió, cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona, y admirable cabeza! Llegue otro, y pregúntele lo que quisiere.” Y como las mujeres de ordinario son 25 presurosas y amigas de saber, la primera que se llegó fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio, y lo que le preguntó fue: “Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy hermosa?” 30 Y fuele respondido: “Sé muy honesta.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 289 “No te pregunto más”, dijo la preguntanta. Llegó luego la compañera, y dijo: “Querría saber, cabeza, si mi marido me quiere bien o no.” Y respondiéronle: 5 “Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.” Apartóse la casada, diciendo: “Esta respuesta no tenía necesidad de pregunta, porque, en efecto, las obras que se 10 hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace.” Luego llegó uno de los dos amigos de don Antonio, y preguntóle: “¿Quién soy yo?” 15 Y fuele respondido: “Tú lo sabes.” “No te pregunto eso”, respondió el caballero, “sino que me digas si me conoces tú.” “Sí conozco”, le respondieron; “que eres don 20 Pedro Noriz.” “No quiero saber más, pues esto basta para entender, oh cabeza, que lo sabes todo.” Y, apartándose, llegó el otro amigo, y preguntóle: 25 “Dime, cabeza, ¿qué deseos tiene mi hijo el mayorazgo?” “Ya yo he dicho”, le respondieron, “que yo no juzgo de deseos; pero con todo eso te sé decir que los que tu hijo tiene son de 30 enterrarte.” “Eso es”, dijo el caballero: “lo que veo por
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 290 los ojos con el dedo lo señalo; y no pregunto más.” Llegóse la mujer de don Antonio, y dijo: “Yo no sé, cabeza, qué preguntarte; sólo querría saber de ti, si gozaré muchos años de 5 buen marido.” Y respondiéronle: “Sí gozarás, porque su salud y su templanza en el vivir prometen muchos años de vida, la cual muchos suelen acortar por su 10 destemplanza.” Llegóse luego don Quijote, y dijo: “Dime tú, el que respondes: ¿fue verdad, o fue sueño lo que yo cuento que me pasó en la cueva de Montesinos? ¿Serán ciertos los 15 azotes de Sancho mi escudero? ¿Tendrá efecto el desencanto de Dulcinea?” “A lo de la cueva”, respondieron, “hay mucho que decir: de todo tiene. Los azotes de Sancho irán despacio; el desencanto de Dulcinea 20 llegará a debida ejecución.” “No quiero saber más”, dijo don Quijote; “que como yo vea a Dulcinea desencantada, haré cuenta que vienen de golpe todas las venturas que acertare a desear.” 25 El último preguntante fue Sancho, y lo que preguntó fue: “Por ventura, cabeza, ¿tendré otro gobierno? ¿Saldré de la estrechez de escudero? ¿Volveré a ver a mi mujer y a mis hijos?” 30 A lo que le respondieron: “Gobernarás en tu casa, y si vuelves a ella,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 291 verás a tu mujer y a tus hijos, y, dejando de servir, dejarás de ser escudero.” “¡Bueno, par Dios!”, dijo Sancho Panza. “Esto yo me lo dijera. No dijera más el profeta Perogrullo.” 5 “Bestia”, dijo don Quijote, “¿qué quieres que te respondan? ¿No basta que las respuestas que esta cabeza ha dado correspondan a lo que se le pregunta?” “Sí basta”, respondió Sancho; “pero quisiera 10 yo que se declarara más y me dijera más.” Con esto se acabaron las preguntas y las respuestas. Pero no se acabó la admiración en que todos quedaron, excepto los dos amigos de don Antonio, que el caso sabían. El cual quiso 15 Cide Hamete Benengeli declarar luego, por no tener suspenso al mundo, creyendo que algún hechicero y extraordinario misterio en la tal cabeza se encerraba, y, así, dice que don Antonio Moreno, a imitación de otra cabeza que 20 vio en Madrid, fabricada por un estampero, hizo ésta en su casa para entretenerse y suspender a los ignorantes, y la fábrica era de esta suerte: la tabla de la mesa era de palo, pintada y barnizada como jaspe, y el pie sobre 25 que se sostenía era de lo mismo, con cuatro garras de águila que de él salían para mayor firmeza del peso. La cabeza, que parecía medalla y figura de emperador romano y de color de bronce, estaba toda hueca, y ni más ni 30 menos la tabla de la mesa, en que se encajaba tan justamente, que ninguna señal de juntura
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 292 se parecía. El pie de la tabla era asimismo hueco, que respondía a la garganta y pechos de la cabeza, y todo esto venía a responder a otro aposento que debajo de la estancia de la cabeza estaba. Por todo este hueco de pie, 5 mesa, garganta y pechos de la medalla y figura referida se encaminaba un cañón de hoja de lata muy justo, que de nadie podía ser visto; en el aposento de abajo correspondiente al de arriba se ponía el que había de responder, 10 pegada la boca con el mismo cañón, de modo, que a modo de cerbatana iba la voz de arriba abajo y de abajo arriba, en palabras articuladas y claras, y de esta manera no era posible conocer el embuste. Un sobrino de don Antonio, 15 estudiante agudo y discreto, fue el respondiente, el cual estando avisado de su señor tío de los que habían de entrar con él en aquel día en el aposento de la cabeza, le fue fácil responder con presteza y puntualidad a la 20 primera pregunta; a las demás respondió por conjeturas, y, como discreto, discretamente. Y dice más Cide Hamete: que hasta diez o doce días duró esta maravillosa máquina; pero que divulgándose por la ciudad que don Antonio 25 tenía en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntaban respondía, temiendo no llegase a los oídos de las despiertas centinelas de nuestra fe, habiendo declarado el caso a los señores inquisidores, le mandaron que lo 30 deshiciese y no pasase más adelante, porque el vulgo ignorante no se escandalizase.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 293 pero en la opinión de don Quijote y de Sancho Panza la cabeza quedó por encantada y por respondona, más a satisfacción de don Quijote, que de Sancho. Los caballeros de la ciudad por complacer a 5 don Antonio y por agasajar a don Quijote y dar lugar a que descubriese sus sandeces, ordenaron de correr sortija de allí a seis días, que no tuvo efecto por la ocasión que se dirá adelante. Diole gana a don Quijote de pasear 10 la ciudad a la llana y a pie, temiendo que si iba a caballo le habían de perseguir los muchachos, y, así, él y Sancho con otros dos criados que don Antonio le dio salieron a pasearse. Sucedió, pues, que yendo por una calle, alzó 15 los ojos don Quijote y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: Aquí se imprimen libros, de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto imprenta alguna, y deseaba saber cómo fuese. Entró 20 dentro con todo su acompañamiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer en ésta, enmendar en aquélla, y, finalmente, toda aquella máquina que en las imprentas grandes se muestra. Llegábase don Quijote a 25 un cajón y preguntaba qué era aquello que allí se hacía; dábanle cuenta los oficiales, admirábase y pasaba adelante. Llegó en otras a uno, y preguntóle qué era lo que hacía. El oficial le respondió: 30 “Señor, este caballero que aquí está --y enseñóle a un hombre de muy buen talle y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 294 parecer y de alguna gravedad--, ha traducido un libro toscano en nuestra lengua castellana, y estoyle yo componiendo, para darle a la estampa.” “¿Qué título tiene el libro?”, preguntó don 5 Quijote. A lo que el autor respondió: “Señor, el libro en toscano se llama Le Bagatele.” “Y ¿qué responde Le Bagatele en nuestro 10 castellano?”, preguntó don Quijote. “Le Bagatele”, dijo el autor, “es como si en castellano dijésemos los juguetes; y aunque este libro es en el nombre humilde, contiene y encierra en sí cosas muy buenas y 15 sustanciales.” “Yo”, dijo don Quijote, “sé algún tanto del toscano, y me precio de cantar algunas estancias del Ariosto; pero dígame vuestra merced, señor mío, y no digo esto porque quiero 20 examinar el ingenio de vuestra merced, sino por curiosidad no más: ¿ha hallado en su escritura alguna vez nombrar piñata?” “Sí, muchas veces”, respondió el autor. “Y ¿cómo la traduce vuestra merced en 25 castellano?”, preguntó don Quijote. “¿Cómo la había de traducir?”, replicó el autor, “sino diciendo olla.” “¡Cuerpo de tal”, dijo don Quijote, “y qué adelante está vuestra merced en el toscano 30 idioma! Yo apostaré una buena apuesta que adonde diga en el toscano piache, dice vuestra
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 295 merced en el castellano place, y adonde diga più, dice más, y el su declara con arriba, y el giù con abajo.” “Sí declaro, por cierto”, dijo el autor, “porque ésas son sus propias correspondencias.” 5 “Osaré yo jurar”, dijo don Quijote, “que no es vuestra merced conocido en el mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables trabajos. ¡Qué de habilidades hay perdidas por ahí, qué de ingenios 10 arrinconados, qué de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés; 15 que aunque se ven las figuras, son llenas de hilos que las oscurecen, y no se ven con la lisura y tez de la haz. Y el traducir de lenguas fáciles ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada ni el que copia un 20 papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir, porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre y que menos provecho le trajesen. Fuera de esta cuenta van los dos famosos 25 traductores, el uno, el doctor Cristóbal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de Jáuregui, en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la traducción o cuál el original. Pero dígame vuestra merced, este libro 30 ¿imprímese por su cuenta, o tiene ya vendido el privilegio a algún librero?”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 296 “Por mi cuenta lo imprimo”, respondió el autor, “y pienso ganar mil ducados, por lo menos, con esta primera impresión, que ha de ser de dos mil cuerpos, y se han de despachar a seis reales cada uno, en daca las pajas.” 5 “Bien está vuestra merced en la cuenta”, respondió don Quijote; “bien parece que no sabe las entradas y salidas de los impresores, y las correspondencias que hay de unos a otros. Yo le prometo que cuando se vea cargado de 10 dos mil cuerpos de libros, vea tan molido su cuerpo, que se espante, y más si el libro es un poco avieso, y no nada picante.” “Pues ¿qué?”, dijo el autor; “¿quiere vuestra merced que se lo dé a un librero que me dé 15 por el privilegio tres maravedís, y aun piensa que me hace merced en dármelos? Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el mundo, que ya en él soy conocido por mis obras; provecho quiero, que sin él no vale un 20 cuatrín la buena fama.” “Dios le dé a vuestra merced buena manderecha”, respondió don Quijote. Y pasó adelante a otro cajón, donde vio que estaban corrigiendo un pliego de un libro 25 que se intitulaba Luz del alma, y, en viéndole, dijo: “Estos tales libros, aunque hay muchos de este género, son los que se deben imprimir, porque son muchos los pecadores que se usan, y son 30 menester infinitas luces para tantos desalumbrados.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 297 Pasó adelante y vio que asimismo estaban corrigiendo otro libro, y, preguntando su título, le respondieron que se llamaba la Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal vecino de 5 Tordesillas. “Ya yo tengo noticia de este libro”, dijo don Quijote, “y en verdad y en mi conciencia que pensé que ya estaba quemado y hecho polvos por impertinente. Pero su San Martín se le 10 llegará como a cada puerco; que las historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan a la verdad o la semejanza de ella, y las verdaderas tanto son mejores cuanto son más verdaderas.” 15 Y diciendo esto, con muestras de algún despecho, se salió de la imprenta. Y aquel mismo día ordenó don Antonio de llevarle a ver las galeras que en la playa estaban, de que Sancho se regocijó mucho, a causa que en su vida las 20 había visto. Avisó don Antonio al cuatralbo de las galeras como aquella tarde había de llevar a verlas a su huésped el famoso don Quijote de la Mancha, de quien ya el cuatralbo y todos los vecinos de la ciudad tenían noticia, 25 y lo que le sucedió en ellas se dirá en el siguiente capítulo.
p. 298 Capítulo LXIII De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca. Grandes eran los discursos que don Quijote 5 hacía sobre la respuesta de la encantada cabeza, sin que ninguno de ellos diese en el embuste, y todos paraban con la promesa, que el tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea. Allí iba y venía, y se alegraba entre sí mismo, 10 creyendo que había de ver presto su cumplimiento, y Sancho, aunque aborrecía el ser gobernador, como queda dicho, todavía deseaba volver a mandar y a ser obedecido; que esta mala ventura trae consigo el mando, aunque 15 sea de burlas. En resolución, aquella tarde don Antonio Moreno su huésped, y sus dos amigos, con don Quijote y Sancho fueron a las galeras. El cuatralbo, que estaba avisado de su buena 20 venida, por ver a los dos tan famosos Quijote y Sancho; apenas llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron tienda, y sonaron las chirimías. Arrojaron luego el esquife al agua, cubierto de ricos tapetes y de almohadas de 25 terciopelo carmesí, y, en poniendo que puso los pies en él don Quijote, disparó la capitana el cañón de crujía, y las otras galeras hicieron lo mismo, y al subir don Quijote por la escala derecha, toda la chusma le saludó, como es 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIII p. 299 usanza cuando una persona principal entra en la galera, diciendo: «Hu, hu, hu», tres veces. Diole la mano el general, que con este nombre le llamaremos, que era un principal caballero valenciano; abrazó a don Quijote, 5 diciéndole: “Este día señalaré yo con piedra blanca, por ser uno de los mejores que pienso llevar en mi vida, habiendo visto al señor don Quijote de la Mancha: tiempo y señal que nos muestra 10 que en él se encierra y cifra todo el valor del andante caballería.” Con otras no menos corteses razones le respondió don Quijote, alegre sobremanera de verse tratar tan a lo señor. Entraron todos en 15 la popa, que estaba muy bien aderezada, y sentáronse por los bandines; pasóse el cómitre en crujía, y dio señal con el pito que la chusma hiciese fuerarropa, que se hizo en un instante. Sancho, que vio tanta gente en 20 cueros, quedó pasmado, y más cuando vio hacer tienda con tanta prisa, que a él le pareció que todos los diablos andaban allí trabajando; pero esto todo fueron tortas y pan pintado, para lo que ahora diré. Estaba Sancho sentado 25 sobre el estanterol, junto al espalder de la mano derecha, el cual, ya avisado de lo que había de hacer, asió de Sancho, y, levantándole en los brazos, toda la chusma puesta en pie y alerta, comenzando de la derecha banda, le 30 fue dando y volteando sobre los brazos de la chusma de banco en banco, con tanta prisa,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 300 que el pobre Sancho perdió la vista de los ojos, y sin duda pensó que los mismos demonios le llevaban, y no pararon con él hasta volverle por la siniestra banda y ponerle en la popa. Quedó el pobre molido y jadeando y trasudando, 5 sin poder imaginar qué fue lo que sucedido le había. Don Quijote, que vio el vuelo sin alas de Sancho, preguntó al general si eran ceremonias aquéllas que se usaban con los primeros 10 que entraban en las galeras; porque si acaso lo fuese, él, que no tenía intención de profesar en ellas, no quería hace[r] semejantes ejercicios, y que votaba a Dios que si alguno llegaba a asirle para voltearle, que le había de sacar 15 el alma a puntillazos. Y, diciendo esto, se levantó en pie y empuñó la espada. A este instante abatieron tienda, y con grandísimo ruido dejaron caer la entena de alto abajo. Pensó Sancho que el cielo se desencajaba 20 de sus quicios y venía a dar sobre su cabeza; y, agobiándola lleno de miedo, la puso entre las piernas. No las tuvo todas consigo don Quijote, que también se estremeció y encogió de hombros y perdió la color del rostro. 25 La chusma izó la entena con la misma prisa y ruido que la habían amainado, y todo esto, callando, como si no tuvieran voz ni aliento. Hizo señal el cómitre que zarpasen el ferro, y, saltando en mitad de la crujía con el corbacho 30 o rebenque, comenzó a mosquear las espaldas de la chusma, y a largarse poco a poco
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIII p. 301 a la mar. Cuando Sancho vio a una moverse tantos pies colorados, que tales pensó él que eran los remos, dijo entre sí: “Estas sí son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice. ¿Qué han 5 hecho estos desdichados, que así los azotan, y cómo este hombre solo que anda por aquí silbando tiene atrevimiento para azotar a tanta gente? Ahora yo digo que éste es infierno, o, por lo menos, el purgatorio.” 10 Don Quijote, que vio la atención con que Sancho miraba lo que pasaba, le dijo: “¡Ah, Sancho amigo, y con qué brevedad y cuán a poca costa os podíais vos, si quisieseis, desnudar de medio cuerpo arriba, y 15 poneros entre estos señores, y acabar con el desencanto de Dulcinea! Pues con la miseria y pena de tantos, no sentaríais vos mucho la vuestra; y más que podría ser que el sabio Merlín tomase en cuenta cada azote de éstos, 20 por ser dados de buena mano, por diez de los que vos finalmente os habéis de dar.” Preguntar quería el general, qué azotes eran aquéllos, o qué desencanto de Dulcinea, cuando dijo el marinero: 25 “Señal hace Monjuí de que hay bajel de remos en la costa, por la banda del poniente.” Esto oído, saltó el general en la crujía y dijo: “¡Ea, hijos, no se nos vaya! Algún bergantín 30 de cosarios de Argel debe de ser este que la atalaya nos señala.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 302 Llegáronse luego las otras tres galeras a la capitana, a saber lo que se les ordenaba. Mandó el general que las dos saliesen a la mar, y él con la otra iría tierra a tierra, porque así el bajel no se les escaparía. Apretó la chusma 5 los remos, impeliendo las galeras con tanta furia que parecía que volaban. Las que salieron a la mar, a obra de dos millas, descubrieron un bajel, que con la vista le marcaron por de hasta catorce o quince bancos, y, así era la 10 verdad; el cual bajel, cuando descubrió las galeras, se puso en caza, con intención y esperanza de escaparse por su ligereza. Pero avínole mal, porque la galera capitana era de los más ligeros bajeles que en la mar navegaban, 15 y, así, le fue entrando, que claramente los del bergantín conocieron que no podían escaparse, y, así, el arráez quisiera que dejaran los remos y se entregaran, por no irritar a enojo al capitán que nuestras galeras regía. Pero la 20 suerte, que de otra manera lo guiaba, ordenó que ya que la capitana llegaba tan cerca, que podían los del bajel oír las voces que desde ella les decían que se rindiesen, dos toraquis, que es como decir dos turcos, 25 borrachos, que en el bergantín venían con estos doce, dispararon dos escopetas, con que dieron muerte a dos soldados que sobre nuestras arrumbadas venían. Viendo lo cual, juró el general de no dejar con vida a todos cuantos 30 en el bajel tomase, y, llegando a embestir con toda furia, se le escapó por debajo de la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIII p. 303 palamenta. Pasó la galera adelante un buen trecho; los del bajel se vieron perdidos, hicieron vela en tanto que la galera volvía, y de nuevo, a vela y a remo se pusieron en caza. Pero no les aprovechó su diligencia tanto como les 5 dañó su atrevimiento, porque, alcanzándoles la capitana a poco más de media milla, les echó la palamenta encima y los cogió vivos a todos. Llegaron, en esto, las otras dos galeras, y 10 todas cuatro con la presa volvieron a la playa, donde infinita gente los estaba esperando, deseosos de ver lo que traían. Dio fondo el general cerca de tierra, y conoció que estaba en la marina el virrey de la ciudad. Mandó 15 echar el esquife para traerle, y mandó amainar la entena para ahorcar luego luego al arráez, y a los demás turcos que en el bajel había cogido, que serían hasta treinta y seis personas, todos gallardos, y los más, escopeteros 20 turcos. Preguntó el general quién era el arráez del bergantín, y fuele respondido por uno de los cautivos, en lengua castellana, que después pareció ser renegado español: “Este mancebo, señor, que aquí ves, es 25 nuestro arráez.” Y mostróle uno de los más bellos y gallardos mozos que pudiera pintar la humana imaginación. La edad, al parecer, no llegaba a veinte años. Preguntóle el general: 30 “Dime, mal aconsejado perro, ¿quién te movió a matarme mis soldados, pues veías ser
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 304 imposible el escaparte? ¿Ese respeto se guarda a las capitanas? ¿No sabes tú que no es valentía la temeridad? Las esperanzas dudosas han de hacer a los hombres atrevidos, pero no temerarios.” 5 Responder quería el arráez, pero no pudo el general por entonces oír la respuesta, por acudir a recibir al virrey, que ya entraba en la galera, con el cual entraron algunos de sus criados y algunas personas del pueblo. 10 “¡Buena ha estado la caza, señor general!” dijo el virrey. “Y tan buena”, respondió el general, “cual la verá vuestra excelencia ahora colgada de esta entena.” 15 “Cómo así?”, replicó el virrey. “Porque me han muerto”, respondió el general, “contra toda ley y contra toda razón y usanza de guerra, dos soldados de los mejores que en estas galeras venían, y yo he jurado de 20 ahorcar a cuantos he cautivado, principalmente a este mozo, que es el arráez del bergantín.” Y enseñóle al que ya tenía atadas las manos, y echado el cordel a la garganta, esperando la muerte. 25 Miróle el virrey, y, viéndole tan hermoso y tan gallardo y tan humilde, dándole en aquel instante una carta de recomendación su hermosura, le vino deseo de excusar su muerte, y, así, le preguntó: 30 “Dime, arráez, ¿eres turco de nación, o moro, o renegado?”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIII p. 305 A lo cual el mozo respondió en lengua asimismo castellana: “Ni soy turco de nación, ni moro, ni renegado.” “Pues ¿qué eres?”, replicó el virrey. 5 “Mujer cristiana”, respondió el mancebo. “¿Mujer, y cristiana, y en tal traje y en tales pasos? Más es cosa para admirarla que para creerla.” “Suspended”, dijo el mozo, “oh señores, la 10 ejecución de mi muerte; que no se perderá mucho en que se dilate vuestra venganza en tanto que yo os cuente mi vida.” ¿Quién fuera el de corazón tan duro, que con estas razones no se ablandara, o, a lo 15 menos, hasta oír las que el triste y lastimado mancebo decir quería? El general le dijo que dijese lo que quisiese; pero que no esperase alcanzar perdón de su conocida culpa. Con esta licencia el mozo comenzó a decir de esta 20 manera: “De aquella nación más desdichada que prudente, sobre quien ha llovido estos días un mar de desgracias, nací yo de moriscos padres engendrada. En la corriente de su desventura 25 fui yo por dos tíos míos llevada a Berbería, sin que me aprovechase decir que era cristiana, como, en efecto, lo soy, y no de las fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y católicas. No me valió con los que tenían a cargo 30 nuestro miserable destierro decir esta verdad, ni mis tíos quisieron creerla; antes la tuvieron
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 306 por mentira y por invención, para quedarme en la tierra donde había nacido, y, así, por fuerza más que por grado me trajeron consigo. Tuve una madre cristiana y un padre discreto y cristiano ni más ni menos; mamé la fe católica 5 en la leche, criéme con buenas costumbres. Ni en la lengua, ni en ellas jamás, a mi parecer, di señales de ser morisca. Al par y al paso de estas virtudes, que yo creo que lo son, creció mi hermosura, si es que tengo alguna; y aunque mi 10 recato y mi encerramiento fue mucho, no debió de ser tanto que no tuviese lugar de verme un mancebo caballero llamado don Gaspar Gregorio, hijo mayorazgo de un caballero que junto a nuestro lugar otro suyo tiene. Cómo 15 me vio, cómo nos hablamos, cómo se vio perdido por mí y cómo yo no muy ganada por él, sería largo de contar, y más en tiempo que estoy temiendo que entre la lengua y la garganta se ha de atravesar el riguroso cordel 20 que me amenaza; y, así, sólo diré como en nuestro destierro quiso acompañarme don Gregorio. Mezclóse con los moriscos que de otros lugares salieron, porque sabía muy bien la lengua, y en el viaje se hizo amigo de dos tíos 25 míos, que consigo me traían; porque mi padre, prudente y prevenido, así como oyó el primer bando de nuestro destierro, se salió del lugar y se fue a buscar alguno en los reinos extraños, que nos acogiese. Dejó encerradas y 30 enterradas en una parte, de quien yo sola tengo noticia, muchas perlas y piedras de gran valor,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIII p. 307 con algunos dineros en cruzados y doblones de oro. Mandóme que no tocase al tesoro que dejaba, en ninguna manera, si acaso antes que él volviese nos desterraban. Hícelo así, y con mis tíos, como tengo dicho, y otros 5 parientes y allegados pasamos a Berbería y el lugar donde hicimos asiento fue en Argel, como si le hiciéramos en el mismo infierno. ”Tuvo noticia el rey de mi hermosura, y la fama se la dio de mis riquezas, que en parte 10 fue ventura mía. Llamóme ante sí, preguntóme de qué parte de España era, y qué dineros y qué joyas traía. Díjele el lugar, y que las joyas y dineros quedaban en él enterrados; pero que con facilidad se podrían cobrar si yo misma 15 volviese por ellos. Todo esto le dije, temerosa de que no le cegase mi hermosura, sino su codicia. Estando conmigo en estas pláticas, le llegaron a decir como venía conmigo uno de los más gallardos y hermosos mancebos que 20 se podía imaginar. Luego entendí que lo decían por don Gaspar Gregorio, cuya belleza se deja atrás las mayores que encarecer se pueden. Turbéme, considerando el peligro que don Gregorio corría, porque entre aquellos bárbaros 25 turcos en más se tiene y estima un muchacho o mancebo hermoso que una mujer, por bellísima que sea. Mandó luego el rey que se le trajesen allí delante para verle, y preguntóme si era verdad lo que de aquel mozo le decían. 30 Entonces yo, casi como prevenida del cielo, le dije que sí era; pero que le hacía saber que no
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 308 era varón, sino mujer como yo, y que le suplicaba me la dejase ir a vestir en su natural traje, para que de todo en todo mostrase su belleza y con menos empacho pareciese ante su presencia. Díjome que fuese en buena hora, y 5 que otro día hablaríamos en el modo que se podía tener para que yo volviese a España a sacar el escondido tesoro. Hablé con don Gaspar, contéle el peligro que corría el mostrar ser hombre, vestíle de mora, y aquella misma 10 tarde le traje a la presencia del rey, el cual, en viéndole, quedó admirado e hizo designio de guardarla para hacer presente de ella al Gran Señor; y por huir del peligro que en el serrallo de sus mujeres podía tener, y temer de sí mismo, 15 la mandó poner en casa de unas principales moras que la guardasen, y la sirviesen, adonde le llevaron luego. Lo que los dos sentimos, que no puedo negar que no le quiero, se deje a la consideración de los que se apartan 20 si bien se quieren. ”Dio luego traza el rey de que yo volviese a España en este bergantín, y que me acompañasen dos turcos de nación que fueron los que mataron vuestros soldados. Vino también conmigo 25 este renegado español --señalando al que había hablado primero--, del cual sé yo bien que es cristiano encubierto y que viene con más deseo de quedarse en España que de volver a Berbería; la demás chusma del bergantín son 30 moros y turcos, que no sirven de más que de bogar al remo. Los dos turcos codiciosos e
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIII p. 309 insolentes, sin guardar el orden que traíamos de que a mí y a este renegado en la primer parte de España, en hábito de cristianos, de que ven