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               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______

           DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                 TOMOS I Y II




            Texto electrónico por
                Fred F. Jehle


      Copyright © 1928 Rodolfo Schevill
      Copyright © 1996 Fred F. Jehle &
          Purdue Research Foundation


               OBRAS COMPLETAS
                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______


                 DON QVIXOTE

                 DE LA MANCHA

                 TOMOS I Y II


            EDICIÓN PUBLICADA POR

 RODOLFO SCHEVILL     Y      ADOLFO BONILLA
  Profesor en la             Profesor en la
  Universidad de             Universidad de
California (Berkeley).           Madrid.




                    MADRID

            GRÁFICAS REUNIDAS, S. A.

                M. CM. XXVIII.





                      A

             DON JUAN C. CEBRIAN



                                   SU DEVOTO
                                      R. S.


                   PRÓLOGO


  El nombre de mi colaborador y hermano del
alma, Adolfo Bonilla y San Martín (q. e. p. d.),
debe ir al principio de este prólogo con el que
reanudo solo y con profundo dolor la publicación
de estas obras cervantinas. La pérdida de
mi amigo fraternal me hizo patente desde luego
cuán débiles habían de resultar mis propias
fuerzas para la continuación de una empresa
tan grande. Pero al darme cuenta de que él no
habría cejado en seguir esta faena en la cual
los dos habíamos puesto tanto cariño y tantas
horas de felicidad, cobré nuevamente valor y
tomé la resolución de dedicarme, en cuanto me
fuera posible, y hasta donde cupiera en la
disposición del cielo, a la tarea de dar fin a esta
edición. De tal manera, anhelaba pagar un tributo
forzosamente defectuoso y nada proporcionado
a la amistad que durante veinticinco
años llenó de luz y hermosura espiritual nuestra
vida, y al genio de trabajo concienzudo y
desinteresado que inspiró a Adolfo Bonilla la
creación de tantas publicaciones duraderas,
entre las cuales él quería dejar el primer lugar
a las obras de Cervantes.

                    * * *

  Con esta edición del QUIJOTE ofrezco al lector
una reproducción del texto original, evitando
en cuanto me parecía justificado toda enmienda,
y conservando, conforme a lo que pide la
crítica rigurosa de hoy, las lecciones de la
primera edición: ésta se ha de reverenciar como
si fuera el manuscrito que se refleja y reproduce
en ella. En tal proceder me ha alentado antes
de todo el deseo de dar a la propia obra de
Cervantes la forma que, hasta cierto punto, se
pudiera acercar lo más posible a un texto
definitivo. A cada paso me he percatado de que más
vale conservar una sola palabra, una frase o un
giro cervantino que sustituir una enmienda, la
cual, por acertada que pareciese, claro es, había
de responder más a reglas de hoy que al estilo
o lenguaje del siglo XVI.
  He tomado como base científica la primera
edición (señalada con A), examinando y cotejando
varios ejemplares de la misma (en España,
Londres y Nueva York), y notando en ellos
algunas variantes que se pueden dividir en tres
clases: (1) discrepancias de tipografía tales
como ta~-tan, tie~po-tiempo,
--fee; (2) erratas
subsanadas en algunos ejemplares, dejadas sin
corregir en otros, y (3) contadísimas lecciones
diferentes como en su-en el su. Todas estas
diferencias pueden atribuírse a cambios hechos
mientras se tiraban los pliegos del libro. Sobre
este último proceder escribe Antonio López de
Vega en su prólogo a los pocos cuerdos y
desengañados varones: “Pónense en las erratas
sólo los yerros más considerables. Y aunque a
algunos se acudió en parte de la impresión,
según el tiempo en que se reconocieron, como
quedó la otra parte con ellos, a mayor cautela
de los tomos comprendidos y por la dificultad
de la excepción de los preservados, se pone el
defecto como general. El a quien cupiere la
suerte de tomo corregido, por el trabajo que se
le excusa, perdone la acusación falsa. Al que la
hallare verdadera, le ruego no lea sin enmendar;
i, a todos, que sea en la lección deste libro
vuestra primera curiosidad el examinar en esto,
i corregir el que a cada uno le tocare:
governándoos por la buena razón, para lo mismo
en lo que halláredes que dexó de corregirse.”
Heráclito i Demócrito de nuestro siglo etc.
Diálogos morales etc. Madrid, 1641.
  Por lo tanto, las enmiendas realizadas
durante la impresión representan una costumbre
tradicional y carecen de trascendencia en cuanto
a los ejemplares de la misma tirada. De todos
modos me he limitado en las notas a señalar,
de las tres clases de variantes ya mencionadas,
solamente las lecciones distintas y las erratas
de la primera edición, dejando sin notar variantes
tales como que-q~, don-, que no representan
sino caprichos tipográficos. En cambio,
las erratas pueden reflejar bastante a menudo
descuidos correspondientes al mismo
manuscrito, además de darnos una idea más clara
del carácter de la impresión; y, tratándose
de una obra de universal renombre, cada detalle
de la primera edición es muy digno de ser
notado.
  Infiero que el original se dictaba al cajista:
primero, por la omisión o repetición mecánica
de vocales o de sílabas enteras; segundo, por
bastantes erratas peculiares: verbigracia,
cuando se oyó ansi por aun si, el oydo por he
leydo, y, por fin, por algunas palabras como
tambien, simpar, por tan bien y sin par. Ya
se sabe que en dichas condiciones el cajista se
fija antes en el sonido que en el sentido del
dictado, lo cual explica muchos detalles del
texto original. Señalo en las notas las
peculiaridades ortográficas sin subsanarlas en el
texto, porque el rectificarlas a cada paso
parece desnaturalizar la primera edición, dándole
un aspecto pulido que desdice enteramente de
su carácter. Si se encontrasen estos rasgos en
el manuscrito de Cervantes, nadie se atrevería
a tocarlos, y, aunque ignoramos con qué fidelidad
la primera edición refleja la ortografía del
manuscrito, ya que no poseemos éste (vale
repetirlo), no es lícito entregarnos a cambios
de mero antojo por más limado que resultara
el texto.
  Doy las variantes intencionales (no las
erratas tipográficas) de la segunda edición de
Cuesta, 1605 (señalada con B); de la tercera de
Cuesta, 1608 (señalada con C); y de la de
Bruselas, 1607 (señalada con Br), que tomó por base
la segunda (B). De las ediciones de Cuesta,
porque se imprimieron en Madrid en vida de
Cervantes; de la de Bruselas también por su
fecha, y porque, de cuantas ediciones vieron
la luz fuera de España en la primera mitad
del siglo XVII, parece ser la impresa con más
esmero y con mayor discreción en las enmiendas.
No señalo variantes como dexais-dexays,
de essa-dessa, nube-nuue,
asentó-assentó; en
cambio, mismo-mesmo, assí-ansí tienen
importancia. Creo definitivos los indicios de que
Cervantes no intervino para nada en ninguna
edición, ni en A, ni después de impresa A; esto
da a las variantes señaladas solamente el valor
de una lección distinta contemporánea, la cual,
por consiguiente, tiene derecho a un lugar en el
léxico del idioma. El que Cervantes no hubiese
de corregir nada en B ni en otras ediciones me
parece patente por el proceder disparatado y
poco lógico del que enmendaba el texto, dejando
a cada paso de corregir palabras o giros
que pedían a gritos enmiendas que el propio
autor no hubiera podido dejar de hacer. Una
prueba convincente de esta aseveración, sacada
de las propias palabras de Cervantes, se
encuentra en la segunda parte del QUIJOTE.
Cuando el autor alude (II, caps. 3 y 4) a los
reparos que se le hacían por haber omitido de su
relato la pérdida y el hallazgo del Rucio, no
sabe “qué responder, sino que el historiador se
engañó, o ya sería descuido del impresor”. Y
también dice Sancho que hizo “una lamentación,
que si no la puso el autor de nuestra
historia, puede hacer cuenta que no puso cosa
buena”. “Yo tendré cuidado”, le contesta Carrasco,
“de acusar al autor de la historia, que si
otra vez la imprimiere no se le olvide esto que
el buen Sancho ha dicho.” Y en el capítulo 27
de la segunda parte el autor vuelve a hablar del
hurto del Rucio “que por no haberse puesto el
cómo ni el cuándo en la primera parte por culpa
de los impresores, ha dado en que entender a
muchos, que atribuían a poca memoria del
autor la falta de imprenta”. Si Cervantes
conocía B, no parece posible que hubiera escrito
estas palabras sin añadir que se habían suplido
las faltas de A por las enmiendas de B.
Tampoco ignoraba Cervantes que la historia de
Don Quijote se estaba imprimiendo en varios
países (cap. 3), pero no dice ni una palabra de
una edición corregida. En efecto, está claro
que muchas segundas ediciones se hacían a
menudo, sin consultar al autor, a raíz de
agotarse la primera, y las enmiendas introducidas
se hacían sin razonarlas, y a gran prisa, poco
antes de la impresión. Entre los ejemplares de
B no hay, si no me equivoco, tantas
discrepancias como entre los de A.
  Se ha exagerado algo el descuido con que se
imprimió A. Comparado con otras primeras
ediciones, v. gr., las de El Buscón, Guzmán de
Alfarache y El Peregrino en su Patria, no
parece digna de tanto desprecio. En cambio, nada
peor que las dos ediciones del QUIJOTE de
Lisboa (1605), que carecen de todo valor para un
estudio crítico del texto. Las dos ediciones de
Valencia (me inclino a creer que no representan
tiradas distintas), tampoco merecen mucha
consideración. Corrigen algunas erratas de A,
introducen bastantes nuevas y hacen unas
contadas enmiendas dignas de notar y que se
hallan también más tarde en ediciones de Madrid
(v. gr., las de 1637 y 1647) y en la de Tonson
(Londres, 1738).
  En mi texto resuelvo las abreviaturas de A,
tales como tie~po, q~, a~ql, V. M.; sigo en la
puntuación el proceder adoptado en los tomos
anteriores, y pongo el acento en algunos vocablos
homónimos, de más de una sílaba (v. gr., en
la 1.ª y 3.ª persona del singular del pretérito
de la 1.ª conjugación en los verbos regulares:
alabé, alabó, y no acorde ni acordo, en la
1.ª
y 2.ª persona del singular y en la 3.ª del singular
y plural del futuro, como alabaré, alabarás,
alabará, alabarán, etc.; y añado el acento a
los pronombres interrogativos quién, qué, cuál;
cúyo, adj.), para facilitar la lectura.
  He tratado de tener en cuenta, hasta donde
me ha sido posible, los trabajos de investigación
y los comentarios escritos hasta la fecha
para las obras cervantinas. Las notas de los
principales cervantistas que me parecieron
dignas de consideración se señalan en las de esta
edición. Cierto es que hace falta un estudio
comparativo de las principales investigaciones
que se han publicado sobre el QUIJOTE desde
Vicente de los Ríos (1780) hasta la última edición
del Sr. D. Francisco Rodríguez Marín (1928). Es
una lista muy extensa y de un valor sumamente
desigual, siendo las más significantes las de
Juan Bowle (1781), Pellicer (1797), Navarrete
(Vida de Cervantes, 1819), García Arrieta (1826),
Bastús (1832-4), Clemencín (1833-9),
Hartzenbusch y La Barrera (1863), León Máinez
(1876-8), Benjumea (1880), Ormsby (1885),
Fitzmaurice-Kelly (1898, 1901), Cortejón (1905-13),
Cejador (La Lengua de Cervantes, 1905-6) y
Rodríguez Marín (1916-17). De todas éstas se
__________
  (*) Logré ver la edición de 1928 sólo después
de impresas ya mis notas.

destacan principalmente las de Rodríguez
Marín, Clemencín, Cortejón y Cejador, a quienes
debemos el que podamos entender mejor
muchísimos pasos difíciles de la obra.
  Pero cualquier comentario refleja, no sólo la
época, sino los conocimientos peculiares y las
cualidades personalísimas del comentador. En
Clemencín, que, disfrutando de una erudición
vastísima, sobre todo en la materia de los libros
de caballerías, arrojó a cada paso mucha luz
sobre frases obscuras, y aclaró múltiples alusiones
literarias e históricas, tenemos un ejemplo
admirable de crítico unilateral; nada sirve, por
lo tanto, ponderar su concepto estrecho de la
gramática, ni su falta de sentido histórico del
lenguaje, cuya evolución a través de los siglos
parece que le fué una ciencia enteramente
desconocida. Muchas observaciones de Cortejón,
por acertadas y valiosas que sean, están
obscurecidas o ahogadas entre extensas notas de
poco valor literario o científico; el inmenso
cuadro de las variantes que añadió da la misma
trascendencia a las insignificantes que a las que
merecen ser consideradas; y es de sentir
también que su sistema mal organizado acarrease
muchas equivocaciones. Los dos tomos aludidos
de Cejador (que comprenden una Gramática
y Diccionario) son de gran utilidad; pero
es lástima que se fundasen en la tercera
edición de Cuesta, lo cual hace carecer algunas
lecciones de la autoridad que se deriva
únicamente de la primera. A Rodríguez Marín,
patriarca de los cervantistas por una existencia
entera noblemente dedicada al estudio de la
vida y las obras de Cervantes, debemos el
comentario más trascendental de cuantos se
hayan emprendido para diversas obras de
Cervantes. Le debemos el que se puedan entender
por primera vez una infinidad de pasajes,
de giros y palabras que antes nadie había
acertado a explicar. Con su caudal inmenso de
conocimientos en materia de la literatura y de
las costumbres del siglo XVI, Rodríguez Marín
relaciona a Cervantes íntimamente con el
lenguaje y la cultura del Renacimiento; si bien
la crítica ha señalado que este admirable
investigador ha forzado un tanto la nota con
sus deseos de amenizar su comentario, acaso
para no pecar de erudito seco; esta objeción,
puede, sin embargo, pasarse por alto, ya que
dicha amenidad le debió de hacer soportables
tantas y tantas horas de abrumadores trabajos.
  Está justificado el que ninguno de estos
comentadores se haya ocupado en hacer un
estudio detallado lingüístico del glosario
cervantino, ni de infinitos detalles de la sintaxis
que todavía piden una aclaración. La ciencia
de hoy día exige un trabajo definitivo, el cual
no se puede hacer comprensivamente sin (a)
un texto modelo y uniforme de todas las obras
de Cervantes, ni sin (b) un diccionario de las
voces que el gran escritor empleó; éstas se
podrían reunir con más exactitud por medio de
unas concordancias de sus escritos, siguiendo
los dechados del género que existen para ciertas
obras clásicas, y, en inglés, para la Biblia,
para Shakespeare y otros escritores famosos.
Excusa decir que un estudio definitivo sobre el
lenguaje del siglo XVI, tal como se refleja en
las obras cervantinas, sería uno de los capítulos
más trascendentales en la historia de la
evolución del idioma.
  A cada paso se notan en Cervantes palabras
y giros difíciles de explicar, y toda solución
está hecha a medias si no toma en cuenta todo
el caudal del lenguaje cervantino (tanto de sus
versos como de su prosa), además del léxico
usado por sus contemporáneos. De lo cual se
sigue que muchas observaciones lingüísticas
abultarían desproporcionadamente en un
comentario que va con el texto, sin dejar de ser
deficientes por falta de trabajos fundamentales.
Hay todavía muchos vocablos cuyo origen no
se ha estudiado bastante, v. gr., estricote
(página 42-14), y hasta “frases hechas”, dichos y
refranes nacidos de una tradición antigua, que
se van dilucidando lentamente por medio de
las indagaciones de los eruditos y con la luz de
citas sacadas de un sinnúmero de autores. Para
facilitar el estudio de la bibliografía de las
obras relacionadas con los escritos de Cervantes
hacen falta catálogos de los libros españoles
que se custodian en las bibliotecas principales
de Europa y América (v. gr., Viena, Berlín,
Munich, Friburgo (bibl. de Schaeffer), Gotinga,
París, Nueva York, etc.), por el estilo del
pequeño libro utilísimo del erudito hispanista
Dr. Henry Thomas, sobre los libros españoles
que se hallan en el Museo Británico.
  En vista de la importancia que ha de darse
únicamente al texto de Cervantes, he procurado
evitar toda erudición que pudiera parecer
excesiva, y tampoco he querido meterme en
ninguna crítica de índole literaria o estética,
para la cual tendré más valor una vez terminada
esta edición cervantina. Sigo creyendo en
un Cervantes cuya “invención” natural (la
palabra es suya) superaba inmensamente a su
educación y a sus conocimientos escolásticos;
cuyo genio, avivado y madurado por las
propias experiencias de una vida de acción y
perfeccionado por un don sin par de entender
omne humanum, supo expresarse en un lenguaje
y estilo que seguirán siendo la maravilla de
los tiempos venideros. El espíritu nuevo de la
crítica estética parece querer ocuparse cada
vez más de Cervantes artista, consciente de
cada belleza de estilo, y trabajando como un
arquitecto en la construcción de su obra de
arte inmortal; pero podría desorientar al
lector, si lo hiciera a costa de la inspiración
inconsciente y espontánea del novelista.
  Los detalles que relacionan al QUIJOTE con
otros libros de su género, sus fuentes, las
huellas que dejó en obras posteriores, la
contribución inmensa de Cervantes, en resumidas
cuentas, a la historia novelística, haría un tomo
por sí misma. En efecto, una biografía razonada
del propio Cervantes coincidiría con un estudio
detallado de la literatura y del lenguaje
españoles del siglo XVI, llegando hasta integrarse
en una historia fundamental de las ideas
estéticas del Renacimiento.
  Algunos giros extraños se me habrán
deslizado en el discurso de mis observaciones o
comentarios, pero no me han de cortar la mano
con que los escribí. Si el lector me averigua
faltas, errores e ignorancias, tendré que
contestarle con toda franqueza: ¡pero si usted
no puede figurarse cuántas cosas ignoro!, y no
será fácil ocultar el triste hecho a pesar del
tiempo y del cariño que he invertido en una
faena que por fuerza ha de quedar deficiente.
El comentario puesto a una obra inmortal no
puede aspirar a ser más que una pequeña piedra
añadida a un edificio que se ha de levantar
con el transcurso de los siglos. De todos modos
agradeceré cualquier reparo que se le ocurra
al lector, y trataré de aprovecharlo con tal que
hiciere más aceptable el texto cervantino.
  De lo más esencial ha de carecer el comentario
sin la erudición vastísima de mi amigo
Adolfo Bonilla, que dotado de una memoria
sobrenatural no dejó casi nunca por escrito
apuntes o notas para los trabajos que pensaba
emprender. Pero confío en la indulgencia del
lector, convencido de que únicamente con ella
tendré valor para terminar esta edición de las
obras de Cervantes.
  A mi querido amigo, el Dr. Ludwig Pfandl,
de Munich, doy aquí mis más expresivas
gracias por haberse tomado la molestia de leer
las pruebas del texto, y a mi estimado colega
D. Homero Serís por haber leído las pruebas
de las notas.

                       RODOLFO SCHEVILL.

Madrid, Otoño de 1928.


                 EL INGENIOSO
             HIDALGO DON QVIXOTE

                DE LA MANCHA

      Compuesto por Miguel de Ceruantes
                  Saauedra.

         DIRIGIDO AL DVQVE DE BEIAR,
Marques de Gibraleon, Conde de Benalcaçar Bañares,
    Vizconde de la Puebla de Alcozer, Señor de
       las villas de Capilla, Curiel y
                 Burguillos.


              Escudo del impresor:
              una mano, sobre
              la cual hay un
              halcón, puesto el
     Año      capirote; debajo       1605
              un león echado; la
              leyenda dice: Post
                tenebras spero
                  lvcem


                CON PRIVILEGIO

      EN MADRID  Por Iuan de la Cuesta.
__________________________________________________
   Vendese en casa de Francisco de Robles,
        librero del Rey nuestro señor.                   15


                    TASSA

  Yo, Iuan Gallo de Andrada, escriuano de
Camara del Rey nuestro señor, de los que residen
en su Consejo, certifico y doy fe: que,
auiendo visto por los señores del vn libro
intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha,
compuesto por Miguel de Ceruantes Saauedra,
tassaron cada pliego del dicho libro a tres
marauedis y medio, el qual tiene ochenta y
tres pliegos, que al dicho precio monta el dicho
libro docientos y nouenta marauedis y
medio, en que se ha de vender en papel, y dieron
licencia para que a este precio se pueda
vender; y mandaron que esta tassa se ponga al
principio del dicho libro, y no se pueda
vender sin ella. Y para que dello conste, di
la presente, en Valladolid, a veinte dias del
mes de Deziembre de mil y seyscientos y
quatro años.
                       Iuan Gallo de Andrada.


          TESTIMONIO DE LAS ERRATAS


  Este Libro no tiene cosa digna [de notar]
que no corresponda a su original. En testimonio
de lo auer correcto di esta fee, en el
Colegio de la Madre de Dios de los Teologos de
la Vniuersidad de Alcala, en primero de
Diziembre de 1604 años.

     El Licenciado Francisco Murcia de la Llana.


                    EL REY


  Por quanto por parte de vos, Miguel de
Ceruantes, nos fue fecha relacion que auiades
compuesto vn libro intitulado El ingenioso
Hidalgo de la Mancha, el qual os auia costado
mucho trabajo, y era muy vtil y prouechoso,
[y] nos pedistes y suplicastes os mandassemos
dar licencia y facultad para le poder imprimir,
y preuilegio por el tiempo que fuessemos
seruidos, o como la nuestra merced fuesse, lo
qual, visto por los del nuestro Consejo, por
quanto en el dicho libro se hizieron las
diligencias que la prematica vltimamente por nos
fecha sobre la impression de los libros
dispone, fue acordado que deuiamos mandar dar
esta nuestra cedula para vos, en la dicha
razon, y nos tuuimoslo por bien.
  Por la qual, por os hazer bien y merced,
os damos licencia y facultad para que vos, o
la persona que vuestro poder huuiere, y no
otra alguna, podays imprimir el dicho libro,
intitulado El ingenioso Hidalgo de la Mancha,
que de suso se haze mencion, en todos estos
nuestros Reynos de Castilla, por tiempo y
espacio de diez años, que corran y se cuenten
desde el dicho dia de la data desta nuestra
cedula; so pena que la persona, o personas,
que sin tener vuestro poder lo imprimiere o
vendiere, o hiziere imprimir o vender, por el
mesmo caso pierda la impression que hiziere,
con los moldes y aparejos della, y mas incurra
en pena de cincuenta mil marauedis cada vez
que lo contrario hiziere. La qual dicha pena
sea la tercia parte para la persona que lo
acusare, y la otra tercia parte para nuestra
Camara, y la otra tercia parte para el juez que lo
sentenciare. Con tanto, que todas las vezes que
huuieredes de hazer imprimir el dicho libro
durante el tiempo de los dichos diez años, le
traygais al nuestro Consejo, juntamente con el
original que en el fue visto, que va rubricado
cada plana, y firmado al fin del, de Iuan Gallo
de Andrada, nuestro escriuano de Camara, de
los que en el residen, para saber si la dicha
impression está conforme el original; o traygays
fe en publica forma de como por corretor
nombrado por nuestro mandado, se vio y corrigio
la dicha impression por el original y se
imprimio conforme a el, y quedan impressas las
erratas por el apuntadas, para cada vn libro
de los que assi fueren impressos, para que se
tasse el precio que por cada volume[n]
huuieredes de auer.
  Y mandamos al impressor que assi imprimiere
el dicho libro, no imprima el principio,
ni el primer pliego del, ni entregue mas de vn
solo libro, con el original, al autor o persona
a cuya costa lo imprimiere, ni otro alguno,
para efeto de la dicha correcion y tassa, hasta
que antes y primero el dicho libro esté
corregido y tassado por los del nuestro Consejo;
y estando hecho, y no de otra manera, pueda
imprimir el dicho principio y primer pliego, y
sucessiuamente ponga esta nuestra cedula, y
la aprouacion, tassa y erratas, so pena de caer
e incurrir en las penas contenidas en las leyes
y prematicas destos nuestros Reynos.
  Y mandamos a los del nuestro Consejo, y
a otras qualesquier justicias dellos, guarden y
cumplan esta nuestra cedula y lo en ella
contenido.
  Fecha en Valladolid, a veynte y seys dias
del mes de Setiembre de mil y seyscientos y
quatro años.

                  YO EL REY

            Por mandado del Rey nuestro señor,
                      Iuan de Amezqueta.


                 AL DVQVE DE

              BEIAR, MARQVES DE

       Gibraleon, Conde de Benalcaçar y
      Bañares, Vizconde de la Puebla de
        Alcozer, Señor de las villas
             de Capilla, Curiel y
                 Burguillos.

  En fe del buen acogimiento y honra que
haze Vuestra Excelencia a toda suerte de libros,
como Principe tan inclinado a fauorecer las
buenas artes, mayormente las que por su nobleza
no se abaten al seruicio y grangerias del
vulgo, he determinado de sacar a luz al
Ingenioso Hidalgo don Quixote de la Mancha, al
abrigo del clarissimo nombre de vuestra
Excelencia, a quien, con el acatamiento que deuo
a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente
en su proteccion, para que a su sombra,
aunque desnudo de aquel precioso ornamento
de elegancia y erudicion de que suelen andar
vestidas las obras que se componen en las
casas de los hombres que saben, ose parecer
seguramente en el juyzio de algunos que,
[no] continiendose en los limites de su
ignorancia, suelen condenar con mas rigor y
menos justicia los trabajos agenos; que, poniendo
los ojos la prudencia de vuestra Excelencia
en mi buen desseo, fio que no desdeñará
la cortedad de tan humilde seruicio.

               Miguel de Ceruantes Saauedra.


                   PROLOGO


  Desocupado lector: sin juramento me podras
creer que quisiera que este libro, como
hijo del entendimiento, fuera el mas hermoso,
el mas gallardo y mas discreto que pudiera
imaginarse; pero no he podido yo contrauenir
al orden de naturaleza, que en ella cada cosa
engendra su semejante. Y assi, ¿qué podra
engendrar el esteril y mal cultiuado ingenio
mio, sino la historia de vn hijo seco, auellanado,
antojadizo y lleno de pensamientos varios,
y nunca imaginados de otro alguno, bien
como quien se engendró en vna carcel, donde
toda incomodidad tiene su assiento y donde
todo triste ruydo haze su habitacion? El
sossiego, el lugar apazible, la amenidad de los
campos, la serenidad de los cielos, el murmurar
de las fuentes, la quietud del espiritu, son
grande parte para que las musas mas esteriles se
muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo
que le colmen de marauilla y de contento.
  Acontece tener vn padre vn hijo feo y sin
gracia alguna, y el amor que le tiene le pone
vna venda en los ojos para que no vea sus faltas,
antes las juzga por discreciones y lindezas,
y las cuenta a sus amigos por agudezas y
donayres. Pero yo, que, aunque parezco padre,
soy padrastro de don Quixote, no quiero yrme
con la corriente del vso, ni suplicarte, casi con
las lagrimas en los ojos, como otros hazen,
lector carissimo, que perdones o dissimules las
faltas que en este mi hijo vieres; y ni eres
su pariente, ni su amigo, y tienes tu alma en
tu cuerpo, y tu libre aluedrio, como el mas
pintado, y estás en tu casa, donde eres señor
della, como el Rey de sus alcaualas, y sabes
lo que comunmente se dize, que debaxo de mi
manto al Rey mato. Todo lo qual te essenta
y haze libre de todo respecto y obligacion, y
assi puedes dezir de la historia todo aquello
que te pareciere, sin temor que te calunien
por el mal, ni te premien por el bien que
dixeres della.
  Solo quisiera dartela monda y desnuda, sin
el hornato de Prologo, ni de la inumerabilidad
y catalogo de los acostumbrados sonetos,
epigramas y elogios que al principio de los libros
suelen ponerse. Porque te se dezir, que,
aunque me costo algun trabajo componerla,
ninguno tuue por mayor que hazer esta prefacion
que vas leyendo. Muchas vezes tomé la pluma
para escriuille, y muchas la dexé, por no saber
lo que escriuiria; y estando vna suspenso,
con el papel delante, la pluma en la oreja,
el codo en el bufete y la mano en la mexilla,
pensando lo que diria, entró a deshora vn
amigo mio, gracioso y bien entendido, el qual,
viendome tan imaginatiuo, me preguntó la
causa, y no encubriendosela yo, le dixe que
pensaua en el Prologo que auia de hazer a la
historia de don Quixote, y que me tenia de
suerte que ni queria hazerle, ni menos sacar
a luz las hazañas de tan noble cauallero.
  “Porque ¿cómo quereys vos que no me
tenga confuso el que dirá el antiguo legislador
que llaman vulgo, quando vea que al cabo
de tantos años como ha que duermo en el
silencio del oluido, salgo aora, con todos mis
años a cuestas, con vna leyenda seca como
vn esparto, agena de inuencion, menguada
de estilo, pobre de concetos y falta de toda
erudicion y doctrina; sin acotaciones en las
margenes y sin anotaciones en el fin del libro,
como veo que estan otros libros, aunque sean
fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias
de Aristoteles, de Platon y de toda la caterua
de filosofos, que admiran a los leyentes, y
tienen a sus autores por hombres leydos,
eruditos y eloquentes? ¡Pues qué, quando citan la
Diuina Escritura, no diran sino que son vnos
Santos Tomases y otros Doctores de la Yglesia,
guardando en esto vn decoro tan ingenioso,
que en vn renglon han pintado vn enamorado
destraydo, y en otro hazen vn sermonzico
christiano, que es vn contento y vn regalo
oylle, o leelle! De todo esto ha de carecer
mi libro, porque ni tengo qué acotar en el
margen, ni qué anotar en el fin, ni menos se qué
autores sigo en el, para ponerlos al principio,
como hazen todos, por las letras del A B C,
començando en Aristoteles y acaba[n]do en
Xenofonte y en Zoylo, o Zeuxis, aunque
fue maldiciente el vno y pintor el otro.
Tambien ha de carecer mi libro de sonetos al
principio, a lo menos de sonetos cuyos autores
sean duques, marqueses, condes, obispos,
damas o poetas celeberrimos. Aunque si yo los
pidiesse a dos o tres oficiales amigos, yo se
que me los darian, y tales, que no les
ygualassen los de aquellos que tienen mas nombre
en nuestra España.
  ”En fin, señor y amigo mio --prosegui-- yo
determino que el señor don Quixote se quede
sepultado en sus archiuos en la Mancha, hasta
que el cielo depare quien le adorne de tantas
cosas como le faltan, porque yo me hallo
incapaz de remediarlas, por mi insuficiencia y
pocas letras, y porque naturalmente soy
poltron y perezoso de andarme buscando autores
que digan lo que yo me se dezir sin ellos. De
aqui nace la suspension y eleuamiento, amigo,
en que me hallastes, bastante causa
para ponerme en ella la que de mi aueys oydo.”
  Oyendo lo qual, mi amigo, dandose vna
palmada en la frente y disparando en vna carga
de risa, me dixo:
  “Por Dios, hermano, que agora me acabo
de desengañar de vn engaño en que he estado
todo el mucho tiempo que ha que os conozco,
en el qual siempre os he tenido por discreto
y prudente en todas vuestras aciones. Pero
agora veo que estays tan lexos de serlo
como lo está el cielo de la tierra. ¿Cómo que
es possible que cosas de tan poco momento, y
tan faciles de remediar, puedan tener fuerças
de suspender y absortar vn ingenio tan maduro
como el vuestro, y tan hecho a romper y atropellar
por otras dificultades mayores? A la fe,
esto no nace de falta de abilidad, sino de
sobra de pereza y penuria de discurso. ¿Quereys
ver si es verdad lo que digo? Pues estadme
atento y vereys como en vn abrir y cerrar
de ojos confundo todas vuestras dificultades,
y remedio todas las faltas que dezis que os
suspenden y acobardan para dexar de sacar
a la luz del mundo la historia de vuestro
famoso don Quixote, luz y espejo de toda la
caualleria andante.”
  “Dezid”, le repliqué yo, oyendo lo que me
dezia: “¿de qué modo pensays llenar el vazio
de mi temor, y reduzir a claridad el caos de
mi confusion?”
  A lo qual el dixo:
  “Lo primero, en que reparays de los sonetos,
epigramas o elogios que os faltan para
el principio, y que sean de personages graues
y de titulo, se puede remediar en que vos
mesmo tomeys algun trabajo en hazerlos, y
despues los podeys bautizar y poner el nombre
que quisieredes, ahijandolos al Preste Iuan de
las Indias, o al Emperador de Trapisonda, de
quien yo se que ay noticia que fueron famosos
poetas, y quando no lo ayan sido, y vuiere
algunos pedantes y bachilleres que por
detras os muerdan y murmuren desta verdad, no
se os de dos marauedis, porque ya que os
aueriguen la mentira, no os han de cortar la mano
con que lo escriuistes.
  ”En lo de citar en las margenes los libros y
autores de donde sacaredes las sentencias y
dichos que pusieredes en vuestra historia, no
ay mas sino hazer de manera que venga[n] a
pelo algunas sentencias, o latines, que vos
sepays de memoria, o, a lo menos, que os cuesten
poco trabajo el buscalle, como sera poner,
tratando de libertad y cautiuerio: Non bene pro
toto libertas venditur auro; y luego en el
margen citar a Oracio, o a quien lo dixo. Si
trataredes del poder de la muerte, acudir
luego con

  Pa[l]lida Mors oequo pulsat pede pauperum tabernas
  regumque turres.

Si de la amistad y amor que Dios manda que
se tenga al enemigo, entraros luego al punto
por la Escritura Diuina, que lo podeys hazer
con tantico de curiosidad, y dezir las palabras,
por lo menos, del mismo Dios: Ego autem dico
vobis, diligite inimicos vestros. Si trataredes
de malos pensamientos, acudid con el Euangelio:
De corde exeunt cogitationes malae.
Si de la instabilidad de los amigos, ahi está
Caton, que os dara su distico:

  Donec eris felix, multos numerabis amicos,
    tempora si fuerint nubila, solus eris.

Y con estos latinicos, y otros tales, os tendran
siquiera por gramatico; que el serlo no es de
poca honra y prouecho el dia de oy.
  ”En lo que toca al poner anotaciones al fin
del libro, seguramente lo podeys hazer desta
manera; si nombrays algun gigante en vuestro
libro, hazelde que sea el gigante Golias, y con
solo esto, que os costará casi nada, teneys vna
grande anotacion, pues podeys poner: El gigante
Golias, o Goliat, fue vn filisteo a quien el
pastor Dauid mató de vna gran pedrada en el
valle de Terebinto, segun se cuenta en el libro
de los Reyes, en el capitulo que vos hallaredes
que se escriue. Tras esto, para mostraros
hombre erudito en letras humanas y cosmografo,
hazed de modo como en vuestra historia
se nombre el rio Tajo, y vereysos luego con
otra famosa anotacion, poniendo: El rio Tajo
fue assi dicho por vn Rey de las Españas; tiene
su nacimiento en tal lugar y muere en el mar
Oceano, besando los muros de la famosa ciudad
de Lisboa, y es opinion que tiene las arenas
de oro, &c. Si trataredes de ladrones, yo os
dire la historia de Caco, que la se de coro;
si de mugeres rameras, ahi está el Obispo de
Mondoñedo, que os prestará a Lamia, Layda y
Flora, cuya anotacion os dara gran credito;
si de crueles, Ouidio os entregará a Medea; si
de encantadores y hechizeras, Homero tiene
a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes
valerosos, el mesmo Iulio Cesar os prestará
a si mismo en sus Comentarios, y Plutarco
os dara mil Alexandros. Si trataredes de amores,
con dos onças que sepays de la lengua toscana,
topareys con Leon Hebreo, que os hincha
las medidas. Y si no quereys andaros por
tierras estrañas, en vuestra casa teneys a
Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra todo
lo que vos y el mas ingenioso acertare a
dessear en tal materia. En resolucion, no ay mas
sino que vos procureys nombrar estos nombres,
o tocar estas historias en la vuestra, que
aqui he dicho, y dexadme a mi el cargo de
poner las anotaciones y acotaciones; que yo
os voto a tal de llenaros las margenes y de
gastar quatro pliegos en el fin del libro.
  ”Vengamos aora a la citacion de los autores
que los otros libros tienen, que en el vuestro
os faltan. El remedio que esto tiene es muy
facil, porque no aueys de hazer otra cosa que
buscar vn libro que los acote todos, desde la A
hasta la Z, como vos dezis. Pues esse mismo
abecedario pondreys vos en vuestro libro; que,
puesto que a la clara se vea la mentira, por la
poca necessidad que vos teniades de aprouecharos
dellos, no importa nada, y quiça alguno
aura tan simple que crea que de todos os aueys
aprouechado en la simple y senzilla historia
vuestra. Y quando no sirua de otra cosa, por
lo menos seruira aquel largo catalogo de
autores a dar de improuiso autoridad al libro.
Y mas, que no aura quien se ponga a aueriguar
si los seguistes o no los seguistes, no
yendole nada en ello; quanto mas que, si
bien caygo en la cuenta, este vuestro libro no
tiene necessidad de ninguna cosa de aquellas
que vos dezis que le falta, porque todo el es
vna inuectiua contra los libros de cauallerias,
de quien nunca se acordo Aristoteles, ni dixo
nada San Basilio, ni alcançó Ciceron. Ni caen
debaxo de la cuenta de sus fabulosos disparates
las puntualidades de la verdad, ni las
obseruaciones de la astrologia, ni le son de
importancia las medidas geometricas, ni la
confutacion de los argumentos de quien se sirue
la retorica, ni tiene para que predicar a
ninguno, mezclando lo humano con lo diuino,
que es vn genero de mezcla de quien no se
ha de vestir ningun christiano entendimiento.
  ”Solo tiene que aprouecharse de la imitacion
en lo que fuere escriuiendo; que quanto
ella fuere mas perfecta, tanto mejor sera lo que
se escriuiere. Y pues esta vuestra escritura no
mira a mas que a deshazer la autoridad y
cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los
libros de cauallerias, no ay para que andeys
mendigando sentencias de filosofos, consejos
de la Diuina Escritura, fabulas de poetas,
oraciones de retoricos, milagros de santos, sino
procurar que a la llana, con palabras significantes,
honestas y bien colocadas, salga vuestra
oracion y periodo sonoro y festiuo; pintando
en todo lo que alcançaredes y fuere possible,
vuestra intencion, dando a entender vuestros
conceptos, sin intricarlos y escurecerlos.
Procurad tambien que, leyendo vuestra historia,
el melancolico se mueua a risa, el risueño la
acreciente, el simple no se enfade, el discreto
se admire de la inuencion, el graue no la
desprecie, ni el prudente dexe de alabarla. En
efecto, lleuad la mira puesta a derribar la
maquina mal fundada destos cauallerescos libros,
aborrecidos de tantos y alabados de muchos
mas; que, si esto alcançassedes, no auriades
alcançado poco.”
  Con silencio grande estuue escuchando lo
que mi amigo me dezia, y de tal manera se
imprimieron en mi sus razones, que, sin ponerlas
en disputa, las aproue por buenas, y de
ellas mismas quise hazer este Prologo; en el
qual veras, lector suaue, la discrecion de mi
amigo, la buena ventura mia en hallar en tiempo
tan necessitado tal consegero, y el aliuio
tuyo en hallar tan sinzera y tan sin rebueltas la
historia del famoso don Quixote de la Mancha,
de quien ay opinion por todos los habitadores
del distrito del campo de Montiel, que fue el
mas casto enamorado y el mas valiente cauallero
que de muchos años a esta parte se vio
en aquellos contornos. Yo no quiero encarecerte
el seruicio que te hago en darte a conocer
tan noble y tan honrado cauallero; pero
quiero que me agradezcas el conocimiento que
tendras del famoso Sancho Pança, su escudero,
en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas
las gracias escuderiles que en la caterua de los
libros vanos de cauallerias estan esparzidas.
Y con esto, Dios te de salud, y a mi no oluide.
Vale.


     AL LIBRO DE DON QVIXOTE DE LA MANCHA

            VRGANDA LA DESCONOCIDA

        Si de llegarte a los bue-,
      libro, fueres con letu-,
      no te dira el boquirru-
      que no pones bien los de-.
      Mas si el pan no se te cue-
      por yr a manos de idio-,
      veras, de manos a bo-,
      aun no dar vna en el cla-;
      si bien se comen las ma-
      por mostrar que son curio-.
        Y, pues la espiriencia ense-
      que el que a buen arbol se arri-
      buena sombra le cobi-,
      en Bexar tu buena estre-
      vn arbol real te ofre-
      que da Principes por fru-,
      en el qual florecio vn Du-
      que es nueuo Alexandro Ma-;
      llega a su sombra: que a osa-
      fauorece la fortu-.
        De vn noble hidalgo manche-
      contarás las auentu-,
      a quien ociosas letu-
      trastornaron la cabe-.
      Damas, armas, caualle-
      le prouocaron de mo-
      que, qual Orlando furio-,
      templado a lo enamora-,
      alcançó a fuerça de bra-
      a Dulzinea del Tobo-.
        No indiscretos hierogli-
      estampes en el escu-;
      que, quando es todo figu-,
      con ruynes puntos se embi-.
      Si en la direccion te humi-,
      no dira mofante algu-:
      «¡Qué don Aluaro de Lu-,
      qué Anibal el de Carta-,
      qué Rey Francisco en Espa-
      se quexa de la fortu-!»
        Pues al cielo no le plu-
      que saliesses tan ladi-
      como el negro Iuan Lati-,
      hablar latines rehu-
      No me despuntes de agu-,
      ni me alegues con filo-;
      porque torziendo la bo-,
      dira el que entiende la le-,
      no vn palmo de las ore-:
      «¿Para que conmigo flo-?»
        No te metas en dibu-,
      ni en saber vidas age-;
      que en lo que no va ni vie-
      passar de largo es cordu-.
      Que suelen en caperu-
      darles a los que grace-;
      mas tu quemate las ce-
      solo en cobrar buena fa-;
      que el que imprime neceda-
      dalas a censo perpe-.
        Aduierte que es desati-,
      siendo de vidrio el teja-,
      tomar piedras en las ma-
      para tirar al vezi-.
      Dexa que el hombre de juy-
      en las obras que compo-
      se vaya con pies de plo-;
      que el que saca a luz pape-
      para entretener donze-,
      escriue a tontas y a lo-.


               AMADIS DE GAVLA
          A DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                    SONETO

    Tu, que imitaste la llorosa vida
  que tuue, ausente y desdeñado, sobre
  el gran ribaço de la Peña Pobre,
  de alegre a penitencia reduzida;
    tu, a quien los ojos dieron la beuida
  de abundante licor, aunque salobre,
  y, alçandote la plata, estaño y cobre,
  te dio la tierra en tierra la comida;
    biue seguro de que eternamente,
  en tanto, al menos, que en la quarta esfera
  sus cauallos aguije el rubio Apolo,
    tendras claro renombre de valiente,
  tu patria sera en todas la primera,
  tu sabio autor, al mundo vnico y solo.


            DON BELIANIS DE GRECIA
          A DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                    SONETO

  Rompi, corté, abollé, y dixe, y hize
mas que en el orbe cauallero andante;
fuy diestro, fuy valiente, fuy arrogante;
mil agrauios vengué, cien mil deshize.
  Hazañas di a la fama que eternize;
fuy comedido y regalado amante;
fue enano para mi todo gigante,
y al duelo en qualquier punto satisfize.
  Tuue a mis pies postrada la fortuna,
y traxo del copete mi cordura
a la calua ocasion al estricote.
  Mas, aunque sobre el cuerno de la luna
siempre se vio encumbrada mi ventura,
tus proezas embidio, ¡o, gran Quixote!


               LA SEÑORA ORIANA
            A DVLZINEA DEL TOBOSO

                    SONETO

  ¡O, quien tuuiera, hermosa Dulzinea,
por mas comodidad y mas reposo,
a Miraflores puesto en el Toboso,
y trocara sus Londres con tu aldea!
  ¡O, quien de tus desseos y librea
alma y cuerpo adornara, y del famoso
cauallero, que hiziste venturoso,
mirara alguna desigual pelea!
  ¡O, quien tan castamente se escapara
del señor Amadis, como tu hiziste
del comedido hidalgo don Quixote!
  Que assi, embidiada fuera, y no embidiara,
y fuera alegre el tiempo que fue triste,
y gozara los gustos sin escote.


    GANDALIN, ESCVDERO DE AMADIS DE GAVLA,
   A SANCHO PANÇA, ESCVDERO DE DON QVIXOTE

                    SONETO

  Salue, varon famoso, a quien fortuna,
quando en el trato escuderil te puso,
tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
que lo passaste sin desgracia alguna.
  Ya la açada o la hoz poco repugna
al andante exercicio; ya está en vso
la llaneza escudera, con que acuso
al soberuio que intenta hollar la luna.
  Embidio a tu jumento, y a tu nombre,
y a tus alforjas ygualmente imbidio,
que mostraron tu cuerda prouidencia.
  Salue otra vez, ¡o, Sancho! tan buen hombre,
que a solo tu nuestro español Ouidio
con buzcorona te haze reberencia.


         DEL DONOSO POETA ENTREVERADO
          A SANCHO PANÇA Y ROZINANTE

          Soy Sancho Pança, escude-
        del manchego don Quixo-;
        puse pies en poluoro-
        por viuir a lo discre-;
        que el tacito Villadie-
        toda su razon de esta-
        cifró en vna retira-,
        segun siente Celesti-,
        libro, en mi opinion, diui-,
        si encubriera mas lo huma-.


                 A ROZINANTE

          Soy Rozinante el famo-,
        bisnieto del gran Babie-;
        por pecados de flaque-
        fuy a poder de vn don Quixo-.
        Parejas corri a lo flo-,
        mas por vña de caua-
        no se me escapó ceua-;
        que esto saqué a Lazari-
        quando, para hurtar el vi-
        al ciego, le di la pa-.


               ORLANDO FVRIOSO
          A DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                    SONETO

    Si no eres par, tampoco le has tenido;
  que par pudieras ser entre mil pares,
  ni puede auerle donde tu te hallares,
  inuito vencedor, jamas vencido.
    Orlando soy, Quixote, que, perdido
  por Angelica, vi remotos mares,
  ofreciendo a la fama en sus altares
  aquel valor que respetó el oluido.
    No puedo ser tu ygual, que este decoro
  se deue a tus proezas y a tu fama,
  puesto que, como yo, perdiste el seso.
    Mas serlo has mio, si al soberuio Moro
  y Cita fiero domas, que oy nos llama
  yguales en amor con mal sucesso.


            EL CAVALLERO DEL FEBO
          A DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                    SONETO

    A vuestra espada no ygualó la mia,
  Phebo español, curioso cortesano,
  ni a la alta gloria de valor mi mano,
  que rayo fue do nace y muere el dia.
    Imperios desprecié; la monarquia
  que me ofrecio el Oriente roxo en vano
  dexé, por ver el rostro soberano
  de Claridiana, aurora hermosa mia.
    Amela por milagro vnico y raro,
  y, ausente en su desgracia, el propio infierno
  temio mi braço, que domó su rabia.
    Mas vos, godo Quixote, ilustre y claro,
  por Dulzinea soys al mundo eterno,
  y ella por vos famosa, honesta y sabia.


                 DE SOLISDAN
          A DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                    SONETO

    Maguer, señor Quixote, que sandezes
  vos tengan el cerbelo derrumbado,
  nunca sereys de alguno reprochado
  por home de obras viles y soezes.
    Seran vuessas fazañas los joezes,
  pues tuertos desfaziendo aueys andado,
  siendo vegadas mil apaleado
  por follones cautiuos y rahezes.
    Y si la vuessa linda Dulzinea
  dessaguisado contra vos comete,
  ni a vuessas cuytas muestra buen talante,
    en tal desman, vuesso conorte sea
  que Sancho Pança fue mal alcaguete,
  necio el, dura ella, y vos no amante.


            DIALOGO ENTRE BABIECA
                 Y ROZINANTE

                    SONETO

B.  ¿Cómo estays, Rozinante, tan delgado?
R.  Porque nunca se come, y se trabaja.
B.  Pues ¿qué es de la ceuada y de la paja?
R.  No me dexa mi amo ni vn bocado.
B.  Andá, señor, que estays muy mal criado,
    pues vuestra lengua de asno al amo vltraja.
R.  Asno se es de la cuna a la mortaja.
    ¿Quereyslo ver? Miraldo enamorado.
B.  ¿Es necedad amar?
R.                    No es gran prudencia.
B.  Metafisico estays.
R.                     Es que no como.
B.  Quexaos del escudero.
R.                        No es bastante.
    ¿Cómo me he de quexar en mi dolencia,
    si el amo y escudero o mayordomo
    son tan rozines como Rozinante?


                PRIMERA PARTE
                DEL INGENIOSO
            hidalgo don Quixote de
                  la Mancha.

               Capitulo Primero

Que trata de la condicion y exercicio del famoso
      hidalgo don Quixote de la Mancha.

  En vn lugar de la Mancha, de cuyo nombre
no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que
viuia vn hidalgo de los de lança en astillero,
adarga antigua, rozin flaco y galgo corredor.
Vna olla de algo mas vaca que carnero,
salpicon las mas noches, duelos y quebrantos
los sabados, lantejas los viernes, algun
palomino de añadidura los domingos, consumian
las tres partes de su hazienda. El resto
della concluian sayo de velarte, calças de
velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo
mesmo, y los dias de entre semana se honraua
con su vellori de lo mas fino.
  Tenia en su casa vna ama que passaua de
los quarenta, y vna sobrina que no llegaua a
los veynte, y vn moço de campo y plaça, que
assi ensillaua el rozin como tomaua la
podadera. Frisaua la edad de nuestro hidalgo con
los cinquenta años. Era de complexion rezia,
seco de carnes, enjuto de rostro, gran
madrugador y amigo de la caça. Quieren dezir que
tenia el sobrenombre de Quixada, o Quesada,
que en esto ay alguna diferencia en los autores
que deste caso escriuen, aunque por conjeturas
verosimiles se dexa entender que se
llamaua Quexana. Pero esto importa poco
a nuestro cuento; basta que en la narracion
del no se salga vn punto de la verdad.
  Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo,
los ratos que estaua ocioso, que eran los
mas del año, se daua a leer libros de cauallerias,
con tanta aficion y gusto, que oluidó casi
de todo punto el exercicio de la caça, y aun la
administracion de su hazienda; y llegó a tanto
su curiosidad y desatino en esto, que vendio
muchas hanegas de tierra de sembradura para
comprar libros de cauallerias en que leer, y
assi lleuó a su casa todos quantos pudo auer
dellos, y, de todos, ningunos le parecian tambien
como los que compuso el famoso Feliciano
de Silua; porque la claridad de su prosa,
y aquellas entricadas razones suyas le
parecian de perlas; y mas quando llegaua a leer
aquellos requiebros y cartas de desafios, donde
en muchas partes hallaua escrito: La razon
de la sinrazon que a mi razon se haze, de tal
manera mi razon enflaqueze, que con razon
me quexo de la vuestra fermosura. Y tambien
quando leia: Los altos cielos que de vuestra
diuinidad diuinamente con las estrellas os
fortifican, y os hazen merecedora del merecimiento
que merece la vuestra grandeza. Con estas
razones perdia el pobre cauallero el juyzio, y
desuelauase por entenderlas y desentrañarles
el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera
el mesmo Aristoteles, si resucitara
para solo ello.
  No estaua muy bien con las heridas que don
Belianis daua y recebia, porque se imaginaua
que, por grandes maestros que le huuiessen
curado, no dexaria de tener el rostro y todo el
cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con
todo, alabaua en su autor aquel acabar su libro
con la promessa de aquella inacabable auentura,
y muchas vezes le vino desseo de tomar
la pluma y dalle fin al pie de la letra, como alli
se promete; y sin duda alguna lo hiziera, y aun
saliera con ello, si otros mayores y continuos
pensamientos no se lo estoruaran.
  Tuuo muchas vezes competencia con el cura
de su lugar, que era hombre docto, graduado
en Ciguença, sobre quál auia sido mejor
cauallero, Palmerin de Ingalaterra o Amadis
de Gaula; mas Maese Nicolas, barbero del
mesmo pueblo, dezia que ninguno llegaua al
Cauallero del Febo, y que si alguno se le podia
comparar, era don Galaor, hermano de Amadis
de Gaula, porque tenia muy acomodada condicion
para todo; que no era cauallero melindroso,
ni tan lloron como su hermano, y que
en lo de la valentia no le yua en çaga.
  En resolucion, el se enfrascó tanto en su
letura, que se le passauan las noches leyendo de
claro en claro, y los dias de turbio en turbio;
y, assi, del poco dormir y del mucho leer, se
le secó el celebro de manera que vino a perder
el juyzio. Llenosele la fantasia de todo aquello
que leia en los libros, assi de encantamentos
como de pendencias, batallas, desafios, heridas,
requiebros, amores, tormentas y disparates
impossibles. Y assentosele de tal modo en
la imaginacion que era verdad toda aquella
maquina de aquellas sonadas soñadas
inuenciones que leia, que para el no auia otra
historia mas cierta en el mundo. Dezia el, que
el Cid Ruydiaz auia sido muy buen cauallero;
pero que no tenia que ver con el Cauallero de
la Ardiente Espada, que de solo vn reues
auia partido por medio dos fieros y descomunales
gigantes. Mejor estaua con Bernardo del
Carpio, porque en Ronçesualles auia muerto
a Roldan el encantado, valiendose de la industria
de Hercules, quando ahogó a Anteo, el
hijo de la Tierra, entre los braços. Dezia mucho
bien del gigante Morgante porque, con ser
de aquella generacion gigantea, que todos
son soberuios y descomedidos, el solo era
afable y bien criado. Pero sobre todos estaua
bien con Reynaldos de Montaluan, y mas
quando le veia salir de su castillo, y robar
quantos topaua, y quando en allende robó
aquel idolo de Mahoma, que era todo de oro,
segun dize su historia. Diera el, por dar vna
mano de cozes al traydor de Galalon, al ama
que tenia, y aun a su sobrina de añadidura.
  En efeto, rematado ya su juyzio, vino a dar
en el mas estraño pensamiento que jamas
dio loco en el mundo, y fue, que le parecio
conuenible y necessario, assi para el aumento
de su honra como para el seruicio de su
republica, hazerse cauallero andante, y yrse por
todo el mundo con sus armas y cauallo, a buscar
las auenturas, y a exercitarse en todo aquello
que el auia leydo que los caualleros andantes
se exercitauan, deshaziendo todo genero
de agrauio, y poniendose en ocasiones y
peligros, donde, acabandolos, cobrase eterno
nombre y fama. Ymaginauase el pobre ya
coronado por el valor de su braço, por lo menos
del imperio de Trapisonda, y, assi, con estos
tan agradables pensamientos, lleuado del estraño
gusto que en ellos sentia, se dio priessa
a poner en efeto lo que desseaua.
  Y lo primero que hizo fue limpiar vnas armas
que auian sido de sus visabuelos, que,
tomadas de orin y llenas de moho, luengos
siglos auia que estauan puestas y oluidadas
en vn rincon. Limpiolas y adereçolas lo mejor
que pudo; pero vio que tenian vna gran falta,
y era que no tenian zelada de encaxe, sino
morrion simple; mas a esto suplio su industria,
porque de cartones hizo vn modo de media
zelada, que, encaxada con el morrion, hazian
vna apariencia de zelada entera. Es verdad
que para prouar si era fuerte y podia estar al
riesgo de vna cuchillada, sacó su espada y le
dio dos golpes, y con el primero y en vn
punto deshizo lo que auia hecho en vna semana;
y no dexó de parecerle mal la facilidad con
que la auia hecho pedaços, y, por assegurarse
deste peligro, la tornó a hazer de nueuo,
poniendole vnas barras de hierro por de dentro,
de tal manera, que el quedó satisfecho de su
fortaleza, y, sin querer hazer nueua experiencia
della, la diputó y tuuo por zelada finissima de
encaxe.
  Fue luego a ver su rozin, y, aunque tenia
mas quartos que vn real y mas tachas que el
cauallo de Gonela, que tantum pellis & ossa
fuit, le parecio que ni el Buzefalo de
Alexandro, ni Babieca el del Cid con el se
ygualauan. Quatro dias se le passaron en imaginar
qué nombre le pondria, porque, segun se dezia
el a si mesmo, no era razon que cauallo de
cauallero tan famoso, y tan bueno el por si,
estuuiesse sin nombre conocido, y, ansi,
procuraua acomodarsele de manera que declarasse
quien auia sido antes que fuesse de cauallero
andante, y lo que era entonces; pues estaua
muy puesto en razon que, mudando su señor
estado, mudasse el tambien el nombre, y [le]
cobrasse famoso y de estruendo, como conuenia
a la nueua orden y al nueuo exercicio
que ya professaua; y assi, despues de muchos
nombres que formó, borró y quitó, añadio,
deshizo y tornó a hazer en su memoria e
imaginacion, al fin le vino a llamar Rozinante,
nombre, a su parecer, alto, sonoro y significatiuo
de lo que auia sido quando fue rozin,
antes de lo que aora era, que era antes y
primero de todos los rozines del mundo.
  Puesto nombre, y tan a su gusto, a su cauallo,
quiso ponersele a si mismo, y en este pensamiento
duró otros ocho dias, y al cabo se vino
a llamar don Quixote; de donde, como queda
dicho, tomaron ocasion los autores desta
tan verdadera historia que, sin duda, se deuia
de llamar Quixada, y no Quesada, como otros
quisieron dezir. Pero acordandose que el
valeroso Amadis, no solo se auia contentado con
llamarse Amadis a secas, sino que añadio el
nombre de su reyno y patria por [hazerla]
famosa, y se llamó Amadis de Gaula, assi
quiso, como buen cauallero, añadir al suyo el
nombre de la suya y llamarse don Quixote de
la Mancha, con que, a su parecer, declaraua
muy al viuo su linage y patria, y la honraua
con tomar el sobrenombre della.
  Limpias, pues, sus armas, hecho del morrion
zelada, puesto nombre a su rozin y confirmandose
a si mismo, se dio a entender que no
le faltaua otra cosa sino buscar vna dama de
quien enamorarse; porque el cauallero andante
sin amores era arbol sin hojas y sin fruto, y
cuerpo sin alma. Deziase el a si: “[Si] yo por
malos de mis pecados, o por mi buena
suerte, me encuentro por ahi con algun gigante,
como de ordinario les acontece a los caualleros
andantes, y le derribo de vn encuentro, o
le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le
venço y le rindo, ¿no sera bien tener a quien
embiarle presentado, y que entre y se hinque
de rodillas ante mi dulce señora, y diga con
voz humilde, y rendido: «Yo, señora, soy
»el gigante Caraculiambro, señor de la insula
»Malindrania, a quien vencio en singular
»batalla el jamas como se deue alabado
»cauallero don Quixote de la Mancha, el qual me
»mandó que me presentasse ante vuestra
»merced para que la vuestra grandeza
»disponga de mi a su talante?»”
  ¡O, cómo se holgo nuestro buen cauallero
quando huuo hecho este discurso, y mas quando
halló a quien dar nombre de su dama! Y fue,
a lo que se cree, que en vn lugar cerca del suyo
auia vna moça labradora de muy buen parecer,
de quien el vn tiempo anduuo enamorado,
aunque, segun se entiende, ella jamas lo supo
ni se dio cata dello. Llamauase Aldonça
Lorenço, y a esta le parecio ser bien darle titulo
de señora de sus pensamientos; y, buscandole
nombre que no desdixesse mucho del suyo, y
que tirasse y se encaminasse al de princesa y
gran señora, vino a llamarla Dulcinea del
Toboso, porque era natural del Toboso; nombre,
a su parecer, musico y peregrino, y significatiuo,
como todos los demas que a el y a
sus cosas auia puesto.

                 Capitulo II

Que trata de la primera salida que de su tierra
       hizo el ingenioso don Quixote.

  Hechas, pues, estas preuenciones, no quiso
aguardar mas tiempo a poner en efeto su
pensamiento, apretandole a ello la falta que el
pensaua que hazia en el mundo su tardança, segun
eran los agrauios que pensaua deshazer, tuertos
que endereçar, sinrazones que emendar,
y abusos que mejorar, y deudas que satisfazer.
Y assi, sin dar parte a persona alguna de su
intencion y sin que nadie le viesse, vna mañana,
antes del dia, que era vno de los calurosos del
mes de Iulio, se armó de todas sus armas, subio
sobre Rocinante, puesta su mal compuesta
zelada, embraçó su adarga, tomó su lança, y, por
la puerta falsa de vn corral, salio al campo con
grandissimo contento y alboroço de ver con
quánta facilidad auia dado principio a su buen
desseo.
  Mas apenas se vio en el campo quando le
assaltó vn pensamiento terrible, y tal, que por
poco le hiziera dexar la començada empresa;
y fue, que le vino a la memoria que no era
armado cauallero, y que, conforme a ley de
caualleria, ni podia ni deuia tomar armas con
ningun cauallero; y, puesto que lo fuera, auia de
lleuar armas blancas, como nouel cauallero, sin
empresa en el escudo, hasta que por su esfuerço
la ganasse. Estos pensamientos le hizieron
titubear en su proposito; mas, pudiendo mas su
locura que otra razon alguna, propuso de
hazerse armar cauallero del primero que topasse,
a imitacion de otros muchos que assi lo hizieron,
segun el auia leydo en los libros que tal le
tenian. En lo de las armas blancas, pensaua
limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que
lo fuessen mas que vn armiño; y con esto
se quietó y prosiguio su camino, sin lleuar otro
que aquel que su cauallo queria, creyendo que
en aquello consistia la fuerça de las auenturas.
  Yendo, pues, caminando nuestro flamante
auenturero, yua hablando consigo mesmo,
y diziendo: “¿Quién duda, sino que en los
venideros tiempos, quando salga a luz la verdadera
historia de mis famosos hechos, que el sabio
que los escriuiere no ponga, quando llegue a
contar esta mi primera salida tan de mañana,
desta manera?: «Apenas auia el rubicundo Apolo
»tendido por la faz de la ancha y espaciosa
»tierra las doradas hebras de sus hermosos
»cabellos, y apenas los pequeños y pintados
»paxarillos con sus harpadas lenguas auian
»saludado con dulce y meliflua armonia la venida
»de la rosada Aurora, que, dexando la blanda
»cama del zeloso marido, por las puertas y
»balcones del manchego orizonte a los mortales
»se mostraua, quando el famoso cauallero don
»Quixote de la Mancha, dexando las ociosas
»plumas, subio sobre su famoso cauallo
»Rozinante, y començo a caminar por el antiguo y
»conocido campo de Montiel.»” Y era la
verdad que por el caminaua; y añadio diziendo:
“Dichosa edad, y siglo dichoso, aquel adonde
saldran a luz las famosas hazañas mias, dignas
de entallarse en bronzes, esculpirse en marmoles
y pintarse en tablas, para memoria en lo
futuro. ¡O tu, sabio encantador, quien quiera
que seas, a quien ha de tocar el ser coronista
desta peregrina historia, ruegote que no te
oluides de mi buen Rozinante, compañero eterno
mio en todos mis caminos y carreras!” Luego
boluia diziendo, como si verdaderamente fuera
enamorado: “¡O princesa Dulcinea, señora deste
cautiuo coraçon!, mucho agrauio me auedes
fecho en despedirme y reprocharme con el
riguroso afincamiento de mandarme no parecer
ante la vuestra fermosura. Plegaos, señora,
de membraros deste vuestro sujeto coraçon, que
tantas cuytas por vuestro amor padece.” Con
estos yua ensartando otros disparates, todos al
modo de los que sus libros le auian enseñado,
imitando en quanto podia su lenguaje. Con
esto caminaua tan despacio, y el sol entraua
tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante
a derretirle los sesos, si algunos tuuiera.
  Casi todo aquel dia caminó sin acontecerle
cosa que de contar fuesse, de lo qual se
desesperaua, porque quisiera topar luego luego,
con quien hazer experiencia del valor de su
fuerte braço. Autores ay que dizen que la
primera auentura que le auino fue la del puerto
Lapice, otros dizen que la de los molinos
de viento; pero lo que yo he podido aueriguar
en este caso, y lo que he hallado escrito en
los Anales de la Mancha, es que el anduuo
todo aquel dia, y al anochecer, su rozin y el se
hallaron cansados y muertos de hambre; y que,
mirando a todas partes por ver si descubriria
algun castillo o alguna majada de pastores
donde recogerse, y adonde pudiesse remediar
su mucha hambre y necessidad, vio, no
lexos del camino por donde yua, vna venta,
que fue como si viera vna estrella que no
a los portales, sino a los alcaçares de su
redencion le encaminaua. Diose priessa a
caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecia.
  Estauan acaso a la puerta dos mugeres moças,
destas que llaman del partido, las quales
yuan a Seuilla con vnos harrieros que en
la venta aquella noche acertaron a hazer
jornada; y como a nuestro auenturero todo quanto
pensaua, veia o imaginaua, le parecia ser hecho
y passar al modo de lo que auia leydo, luego
que vio la venta se le representó que era vn
castillo con sus quatro torres y chapiteles de
luziente plata, sin faltarle su puente leuadiza
y honda caua, con todos aquellos aderentes
que semejantes castillos se pintan.
  Fues(s)e llegando a la venta que a el le
parecia castillo, y a poco trecho della detuuo las
riendas a Rozinante, esperando que algun enano
se pusiesse entre las almenas, a dar señal
con alguna trompeta de que llegaua cauallero
al castillo. Pero como vio que se tardauan y
que Rozinante se daua priessa por llegar a la
caualleriza, se llegó a la puerta de la venta, y
vio a las dos destraydas moças que alli
estauan, que a el le parecieron dos hermosas
donzellas o dos graciosas damas, que delante de
la puerta del castillo se estauan solazando. En
esto sucedio acaso que vn porquero, que
andaua recogiendo de vnos rastrojos vna manada
de puercos, que, sin perdon, assi se llaman,
tocó vn cuerno, a cuya señal ellos se recogen,
y al instante se le representó a don Quixote lo
que desseaua, que era que algun enano hazia
señal de su venida; y assi, con estraño contento,
llegó a la venta y a las damas. Las quales,
como vieron venir vn hombre de aquella suerte
armado, y con lança y adarga, llenas de miedo
se yuan a entrar en la venta; pero don Quixote,
coligiendo por su huyda su miedo, alçandose
la visera de papelon, y descubriendo su seco y
poluoroso rostro, con gentil talante y voz
reposada les dixo:
  “No fuyan las vuestras mercedes ni teman
desaguisado alguno, ca a la orden de caualleria
que professo non toca ni atañe fazerle a
ninguno, quanto mas a tan altas donzellas como
vuestras presencias demuestran.”
  Mirauan[le] las moças, y andauan con los
ojos buscandole el rostro, que la mala visera
le encubria; mas como se oyeron llamar
donzellas, cosa tan fuera de su profession, no
pudieron tener la risa, y fue de manera que don
Quixote vino a correrse y a dezirles:
  “Bien parece la mesura en las fermosas, y
es mucha sandez, ademas, la risa que de leue
causa procede; pero non vos lo digo porque os
acuytedes ni mostredes mal talante, que el mio
non es de al que de seruiros.”
  El lenguaje, no entendido de las señoras, y
el mal talle de nuestro cauallero acrecentaua en
ellas la risa, y en el el enojo, y passara muy
adelante si a aquel punto no saliera el ventero,
hombre que, por ser muy gordo, era muy pacifico;
el qual, viendo aquella figura contrahecha,
armada de armas tan desiguales como eran la
brida, lança, adarga y coselete, no estuuo en
nada en acompañar a las donzellas en las
muestras de su contento. Mas, en efeto,
temiendo la maquina de tantos pertrechos,
determinó de hablarle comedidamente, y assi
le dixo:
  “Si vuestra merced, señor cauallero, busca
posada, amen del lecho, porque en esta venta
no ay ninguno, todo lo demas se hallará en
ella en mucha abu[n]dancia.”
  Viendo don Quixote la humildad del alcayde
de la fortaleza, que tal le parecio a el el
ventero y la venta, respondio:
  “Para mi, señor castellano, qualquiera cosa
basta, porque

           mis arreos son las armas,
           mi descanso el pelear, &c.”

  Penso el huesped que el auerle llamado
castellano auia sido por auerle parecido de los
sanos de Castilla, aunque el era andaluz, y
de los de la Playa de San Lucar, no menos
ladron que Caco, ni menos maleante que
estudiantado paje; y, assi, le respondio:
  “Segun esso, las camas de vuestra merced
seran duras peñas, y su dormir, siempre velar;
y, siendo assi, bien se puede apear, con
seguridad de hallar en esta choça ocasion y
ocasiones para no dormir en todo vn año, quanto
mas en vna noche.”
  Y, diziendo esto, fue a tener el estribo a
don Quixote, el qual se apeó con mucha dificultad
y trabaxo, como aquel que en todo aquel
dia no se auia desayunado. Dixo luego al
huesped que le tuuiesse mucho cuydado de su
cauallo, porque era la mejor pieça que comia pan
en el mundo. Mirole el ventero, y no le parecio
tan bueno como don Quixote dezia, ni aun la
mitad; y acomodandole en la caualleriza, boluio
a ver lo que su huesped mandaua, al qual estauan
desarmando las donzellas, que ya se auian
reconciliado con el; las quales, aunque le auian
quitado el peto y el espaldar, jamas supieron
ni pudieron desencaxarle la gola, ni quitalle
la contrahecha zelada que traia atada con vnas
cintas verdes, y era menester cortarlas por no
poderse quitar los ñudos; mas el no lo quiso
consentir en ninguna manera, y, assi, se quedó
toda aquella noche con la zelada puesta, que
era la mas graciosa y estraña figura que se
pudiera pensar. Y al desarmarle, como el se
imaginaua que aquellas traydas y lleuadas que
le desarmauan eran algunas principales señoras
y damas de aquel castillo, les dixo con
mucho donayre:

             “Nunca fuera cauallero
           de damas tambien seruido,
           como fuera don Quixote
           quando de su aldea vino:
           donzellas curauan del,
           princesas del su rozino.

  ”O Rozinante; que este es el nombre, señoras
mias, de mi cauallo, y don Quixote de la Mancha
el mio; que, puesto que no quisiera descubrirme
fasta que las fazañas fechas en vuestro
seruicio y pro me descubrieran, la fuerça de
acomodar al proposito presente este romance
viejo de Lançarote ha sido causa que sepays
mi nombre antes de toda sazon; pero tiempo
vendra en que las vuestras señorias me
manden, y yo obedezca, y el valor de mi braço
descubra el desseo que tengo de seruiros.”
  Las moças, que no estauan hechas a oyr
semejantes retoricas, no respondian palabra;
solo le preguntaron si queria comer alguna
cosa.
  “Qualquiera yantaria yo”, respondio don
Quixote, “porque a lo que entiendo me haria
mucho al caso.”
  A dicha acerto a ser viernes aquel dia, y no
auia en toda la venta sino vnas raciones de
vn pescado que en Castilla llaman abadexo, y
en Andaluzia bacallao, y en otras partes
curadillo, y en otras truchuela. Preguntaronle si,
por ventura, comeria su merced truchuela; que
no auia otro pescado que dalle a comer.
  “Como aya muchas truchuelas”, respondio
don Quixote, “podran seruir de vna trucha;
porque esso se me da que me den ocho reales
en senzillos, que en vna pieça de a ocho.
Quanto mas que podria ser que fuessen estas
truchuelas como la ternera, que es mejor que
la vaca, y el cabrito que el cabron. Pero, sea
lo que fuere, venga luego, que el trabajo y
peso de las armas no se puede lleuar sin el
gouierno de las tripas.”
  Pusieronle la mesa a la puerta de la venta
por el fresco, y truxole el huesped vna porcion
del mal remojado y peor cozido bacallao, y vn
pan tan negro y mugriento como sus armas;
pero era materia de grande risa verle comer,
porque, como tenia puesta la zelada y alçada la
visera, no podia poner nada en la boca con
sus manos si otro no se lo daua y ponia, y
ansi, vna de aquellas señoras seruia deste
menester. Mas al darle de beuer, no fue possible,
ni lo fuera, si el ventero no horadara vna
caña, y, puesto el vn cabo en la boca, por el
otro le yua echando el vino; y todo esto lo
recebia en paciencia, a trueco de no romper las
cintas de la zelada.
  Estando en esto, llegó acaso a la venta vn
castrador de puercos, y assi como llegó, sono
su siluato de cañas quatro o cinco vezes, con
lo qual acabó de confirmar don Quixote que
estaua en algun famoso castillo, y que le
seruian con musica, y que el abadexo eran
truchas, el pan candeal, y las rameras damas,
y el ventero castellano del castillo; y con esto
daua por bien empleada su determinacion y
salida. Mas lo que mas le fatigaua era el no
verse armado cauallero, por parecerle que no
se podria poner legitimamente en auentura
alguna, sin recebir la orden de caualleria.

                 Capitulo III

Donde se cuenta la graciosa manera que tuuo
    don Quixote en armarse cauallero.

  Y assi, fatigado deste pensamiento, abreuió
su venteril y limitada cena. La qual acabada,
llamó al ventero, y, encerrandose con el en la
caualleriza, se hincó de rodillas ante el,
diziendole:
  “No me leuantaré jamas de donde estoy,
valeroso cauallero, fasta que la vuestra
cortesia me otorgue vn don que pedirle quiero, el
qual redundará en alabança vuestra y en pro
del genero humano.”
  El ventero, que vio a su huesped a sus pies
y oyo semeja[n]tes razones, estaua confuso
mirandole sin saber qué hazerse ni dezirle, y
porfiaua con el que se leuantase, y jamas
quiso, hasta que le huuo de dezir que el le
otorgaua el don que le pedia.
  “No esperaua yo menos de la gran magnificencia
vuestra, señor mio”, respondio don
Quixote, “y assi os digo que el don que os
he pedido, y de vuestra liberalidad me ha sido
otorgado, es que mañana, en aquel dia, me
aueys de armar cauallero, y esta noche en la
capilla deste vuestro castillo velaré las armas,
y mañana, como tengo dicho, se cumplira lo
que tanto desseo, para poder, como se deue,
yr por todas las quatro partes del mundo
buscando las auenturas en pro de los
menesterosos, como está a cargo de la caualleria y
de los caualleros andantes, como yo soy, cuyo
desseo a semejantes fazañas es inclinado.”
  El ventero, que, como está dicho, era vn poco
socarron, y ya tenia algunos barruntos de la
falta de juyzio de su huesped, acabó de creerlo
quando acabó de oyrle semejantes razones,
y, por tener que reyr aquella noche, determinó
de seguirle el humor; y, assi, le dixo que andaua
muy acertado en lo que desseaua y pedia,
y que tal prosupuesto era propio y natural de
los caualleros tan principales como el parecia
y como su gallarda presencia mostraua; y que
el, ansi mesmo, en los años de su mocedad,
se auia dado a aquel honroso exercicio,
andando por diuersas partes del mundo buscando
sus auenturas, sin que huuiesse dexado los
percheles de Malaga, islas de [Riaran],
Compas de Seuilla, Azoguejo de Segouia, la
Oliuera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de
San Lucar, Potro de Cordoua y las Ventillas
de Toledo, y otras diuersas partes, donde
auia exercitado la ligereza de sus pies,
sutileza de sus manos, haziendo muchos tuertos,
requestando muchas viudas, deshaziendo
algunas donzellas y engañando a algunos
pupilos, y, finalmente, dandose a conocer por
quantas audiencias y tribunales ay casi en toda
España; y que, a lo vltimo, se auia venido a
recoger a aquel su castillo, donde viuia con
su hazienda y con las agenas, recogiendo en el
a todos los caualleros andantes, de qualquiera
calidad y condicion que fuessen, solo por la
mucha aficion que les tenia, y porque partiessen
con el de sus aueres en pago de su buen
desseo.
  Dixole tambien que en aquel su castillo no
auia capilla alguna donde poder velar las
armas, porque estaua derribada para hazerla de
nueuo; pero que, en caso de necessidad, el
sabia que se podian velar donde quiera, y que
aquella noche las podria velar en vn patio del
castillo; que a la mañana, siendo Dios seruido,
se harian las deuidas ceremonias, de manera
que el quedasse armado cauallero, y tan
cauallero, que no pudiesse ser mas en el mundo.
  Preguntole si traia dineros; respondio don
Quixote que no traia blanca, porque el nunca
auia leydo en las historias de los caualleros
andantes que ninguno los huuiesse traydo.
A esto dixo el ventero que se engañaua; que,
puesto caso que en las historias no se escriuia,
por auerles parecido a los autores dellas que
no era menester escreuir vna cosa tan clara
y tan necessaria de traerse, como eran dineros
y camisas limpias, no por esso se auia de
creer que no los truxeron; y assi, tuuiesse por
cierto y aueriguado que todos los caualleros
andantes, de que tantos libros estan llenos y
atestados, lleuauan bien herradas las bolsas
por lo que pudiesse sucederles, y que assi
mismo lleuauan camisas y vna arqueta pequeña
llena de vnguentos para curar las heridas que
recebian, porque no todas vezes en los campos
y desiertos, donde se combatian y salian
heridos, auia quien los curasse, si ya no era que
tenian algun sabio encantador por amigo, que
luego los socorria, trayendo por el ayre, en
alguna nuue, alguna donzella o enano con
alguna redoma de agua de tal virtud que, en
gustando alguna gota della, luego al punto
quedauan sanos de sus llagas y heridas, como
si mal alguno huui[e]ssen tenido; mas que, en
tanto que esto no huuiesse, tuuieron los
passados caualleros por cosa acertada que sus
escuderos fuessen proueydos de dineros y de otras
cosas necessarias, como eran hilas y vnguentos
para curarse; y quando sucedia que los tales
caualleros no tenian escuderos, que eran pocas
y raras vezes, ellos mesmos lo lleuauan
todo en vnas alforjas muy sutiles, que casi no
se parecian, a las ancas del cauallo, como que
era otra cosa de mas importancia; porque, no
siendo por ocasion semejante, esto de lleuar
alforjas no fue muy admitido entre los caualleros
andantes, y por esto le daua por consejo,
pues aun se lo podia mandar como a su ahijado,
que tan presto lo auia de ser, que no caminasse
de alli adelante sin dineros y sin las
preuenciones referidas, y que veria quan bien
se hallaua con ellas, quando menos se pensase.
  Prometiole don Quixote de hazer lo que se
le aconsejaua con toda puntualidad. Y, assi, se
dio luego orden como velasse las armas en vn
corral grande que a vn lado de la venta estaua,
y, recogiendolas don Quixote todas, las puso
sobre vna pila que junto a vn pozo estaua. Y,
embraçando su adarga, asio de su lança, y con
gentil continente se començo a passear delante
de la pila, y quando començo el passeo
començaua a cerrar la noche.
  Conto el ventero a todos quantos estauan en
la venta la locura de su huesped, la vela de las
armas y la armazon de caualleria que esperaua.
Admiraronse de tan estraño genero de
locura, y fueronselo a mirar desde lexos, y
vieron que, con sossegado ademan, vnas vezes se
passeaua, otras, arrimado a su lança, ponia los
ojos en las armas, sin quitarlos por vn buen
espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero
con tanta claridad de la luna, que podia competir
con el que se la prestaua; de manera, que
quanto el nouel cauallero hazia era bien visto
de todos.
  Antojosele en esto a vno de los harrieros que
estauan en la venta yr a dar agua a su requa,
y fue menester quitar las armas de don
Quixote, que estauan sobre la pila, el qual,
viendole llegar, en voz alta le dixo:
  “¡O tu, quien quiera que seas, atreuido
cauallero, que llegas a tocar las armas del mas
valeroso andante que jamas se ciño espada, mira
lo que hazes y no las toques, si no quieres
dexar la vida en pago de tu atreui[mi]ento!”
  No se curó el harriero destas razones, y fuera
mejor que se curara, porque fuera curarse en
salud; antes, trauando de las correas, las arrojó
gran trecho de si. Lo qual visto por don
Quixote, alçó los ojos al cielo, y puesto el
pensamiento, a lo que parecio, en su señora
Dulzinea, dixo:
  “Acorredme, señora mia, en esta primera
afrenta que a este vuestro auassallado pecho
se le ofrece; no me desfallezca en este primero
trance vuestro fauor y amparo.”
  Y, diziendo estas y otras semejantes razones,
soltando la adarga, alçó la lança a dos manos,
y dio con ella tan gran golpe al harriero en la
cabeça, que le derribó en el suelo tan
maltrecho, que, si segundara con otro, no tuuiera
necessidad de maestro que le curara. Hecho esto,
recogio sus armas y tornó a passearse con el
mismo reposo que primero.
  Desde alli a poco, sin saberse lo que auia
passado, porque aun es[ta]ua aturdido el
harriero, llegó otro con la mesma intencion de
dar agua a sus mulos, y, llegando a quitar las
armas para desembaraçar la pila, sin hablar
don Quixote palabra, y sin pedir fauor a nadie,
solto otra vez la adarga, y alçó otra vez la
lança, y sin hazerla pedaços, hizo mas de tres la
cabeça del segundo harriero, porque se la abrio
por quatro. Al ruydo acudio toda la gente de la
venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto don
Quixote, embraçó su adarga, y, puesta mano a
su espada, dixo:
  “¡O señora de la fermosura, esfuerço y vigor
del debilitado coraçon mio, aora es tiempo que
bueluas los ojos de tu grandeza a este tu
cautiuo cauallero, que tamaña auentura está
atendiendo!”
  Con esto cobró, a su parecer, tanto animo,
que si le acometieran todos los harrieros del
mundo no boluiera el pie atras. Los compañeros
de los heridos, que tales los vieron, començaron
desde lexos a llouer piedras sobre don
Quixote, el qual, lo mejor que podia, se
reparaua con su adarga, y no se osaua apartar de
la pila por no desamparar las armas. El ventero
daua vozes que le dexassen, porque ya les
auia dicho como era loco, y que por loco se
libraria aunque los matasse a todos. Tambien
don Quixote las daua, mayores, llamandolos de
aleuosos y traydores, y que el señor del castillo
era vn follon y mal nacido cauallero, pues de
tal manera consentia que se tratassen los
andantes caualleros, y que si el huuiera recebido
la orden de caualleria, que el le diera a entender
su aleuosia: “Pero de vosotros, soez y baxa
canalla, no hago caso alguno. ¡Tirad, llegad,
venid y ofendedme en quanto pudieredes;
que vosotros vereys el pago que lleuays de
vuestra sandez y demasia!”
  Dezia esto con tanto brio y denuedo, que
infundio vn terrible temor en los que le acometian,
y, assi, por esto, como por las persuasiones
del ventero, le dexaron de tirar, y el dexó
retirar a los heridos, y tornó a la vela de sus
armas con la misma quietud y sossiego que
primero.
  No le parecieron bien al ventero las burlas
de su huesped, y determinó abreuiar y darle la
negra orden de caualleria luego, antes que otra
desgracia sucediesse. Y assi, llegandose a el, se
desculpó de la insolencia que aquella gente
baxa con el auia vsado, sin que el supiesse
cosa alguna, pero que bien castigados quedauan
de su atreuimiento. Dixole, como ya le
auia dicho, que en aquel castillo no auia capilla,
y para lo que restaua de hazer tampoco era
necessaria; que todo el toque de quedar armado
cauallero consistia en la pescoçada y en el
espaldarazo, segun el tenia noticia del ceremonial
de la orden, y que aquello en mitad de vn
campo se podia hazer, y que ya auia cumplido
con lo que tocaua al velar de las armas, que
con solas dos horas de vela se cumplia, quanto
mas que el auia estado mas de quatro.
  Todo se lo creyo don Quixote [y dixo]
que el estaua alli pronto para obedecerle,
y que concluyesse con la mayor breuedad que
pudiesse; porque si fuesse otra vez acometido,
y se viesse armado cauallero, no pensaua dexar
persona viua en el castillo, eceto aquellas que
el le mandasse, a quien por su respeto dexaria.
  Aduertido y medroso desto el castellano,
truxo luego vn libro donde assentaua la paja
y ceuada que daua a los harrieros, y con vn
cabo de vela que le traia vn muchacho, y con
las dos ya dichas donzellas, se vino adonde
don Quixote estaua, al qual mandó hincar de
rodillas, y, leyendo en su manual, como que
dezia alguna deuota oracion, en mitad de la
leyenda alçó la mano y diole sobre el cuello
vn buen golpe, y tras el, con su mesma
espada, vn gentil espaldarazo, siempre
murmurando entre dientes, como que rezaua. Hecho
esto, mandó a vna de aquellas damas que le
ciñesse la espada, la qual lo hizo con mucha
desemboltura y discrecion, porque no fue
menester poca para no rebentar de risa a cada
punto de las ceremonias; pero las proezas que
ya auian visto del nouel cauallero les tenia la
risa a raya.
  Al ceñirle la espada, dixo la buena señora:
  “Dios haga a vuestra merced muy venturoso
cauallero y le de ventura en lides.”
  Don Quixote le preguntó como se llamaua,
porque el supiesse de alli adelante a quien
quedaua obligado por la merced recebida,
porque pensaua darle alguna parte de la honra
que alcançasse por el valor de su braço. Ella
respondio con mucha humildad que se llamaua
la Tolosa, y que era hija de vn remendon
natural de Toledo, que viuia a las tendillas
de Sancho Bienaya, y que donde quiera
que ella estuuiesse le seruiria y le tendria por
señor. Don Quixote le replicó que, por su amor,
le hiziesse merced que de alli adelante se
pusiesse don, y se llamasse doña Tolosa. Ella se
lo prometio, y la otra le calçó la espuela, con
la qual le passó casi el mismo coloquio que
con la de la espada. Preguntole su nombre, y
dixo que se llamaua la Molinera, y que era
hija de vn honrado molinero de Antequera; a
la qual tambien rogo don Quixote que se
pusiesse don, y se llamasse doña Molinera,
ofreciendole nueuos seruicios y mercedes.
  Hechas, pues, de galope y aprissa, las
hasta alli nunca vistas ceremonias, no vio la hora
don Quixote de verse a cauallo y salir
buscando las auenturas, y, ensillando luego a
Rozinante, subio en el, y abraçando a su
huesped, le dixo cosas tan estrañas, agradeciendole
la merced de auerle armado cauallero,
que no es possible acertar a referirlas. El
ventero, por verle ya fuera de la venta, con no
menos retoricas, aunque con mas breues palabras,
respondio a las suyas, y, sin pedirle
la costa de la posada, le dexó yr a la buen
hora.

                 Capitulo IV

  De lo que le sucedio a nuestro cauallero
        quando salio de la venta.

  La del alua seria quando don Quixote salio
de la venta, tan contento, tan gallardo, tan
alboroçado por verse ya armado cauallero, que
el gozo le rebentaua por las cinchas del
cauallo. Mas viniendole a la memoria los consejos
de su huesped cerca de las preuenciones tan
necessarias que auia de lleuar consigo,
especial la de los dineros y camisas, determinó
boluer a su casa y acomodarse de todo, y de
vn escudero, haziendo cuenta de recebir a vn
labrador vezino suyo, que era pobre y con
hijos, pero muy a proposito para el oficio
escuderil de la caualleria. Con este pensamiento
guió a Rozinante hazia su aldea, el qual, casi
conociendo la querencia, con tanta gana
començo a caminar, que parecia que no ponia
los pies en el suelo.
  No auia andado mucho, quando le parecio
que a su diestra mano, de la espessura de vn
bosque que alli estaua, salian vnas vozes
delicadas, como de persona que se quexaua, y, a
penas las huuo oydo, quando dixo:
  “Gracias doy al cielo por la merced que me
haze, pues tan presto me pone ocasiones
delante donde yo pueda cumplir con lo que deuo
a mi profession y donde pueda coger el fruto
de mis buenos desseos. Estas vozes, sin duda,
son de algun menesteroso, o menesterosa, que
ha menester mi fauor y ayuda.”
  Y, boluiendo las riendas, encaminó a
Rozinante hazia donde le parecio que las vozes
salian. Y, a pocos passos que entró por el
bosque, vio atada vna yegua a vna enzina, y atado
en otra a vn muchacho, desnudo de medio
cuerpo arriba, hasta de edad de quinze años,
que era el que las vozes daua, y no sin causa,
porque le estaua dando con vna pretina muchos
açotes vn labrador de buen talle, y cada
açote le acompañaua con vna reprehension y
consejo. Porque dezia:
  “La lengua queda, y los ojos listos.”
  Y el muchacho respondia:
  “No lo hare otra vez, señor mio; por la
passion de Dios, que no lo hare otra vez, y yo
prometo de tener de aqui adelante mas cuydado
con el hato.”
  Y viendo don Quixote lo que passaua, con
voz ayrada dixo:
  “Descortes cauallero, mal parece tomaros
con quien defender no se puede; subid sobre
vuestro cauallo y tomad vuestra lança --que
tambien tenia vna lança arrimada a la enzina
adonde estaua arrimada la yegua--, que yo
os hare conocer ser de cobardes lo que estays
haziendo.”
  El labrador, que vio sobre si aquella figura
llena de armas, blandiendo la lança sobre su
rostro, tuuose por muerto, y con buenas
palabras respondio:
  “Señor cauallero, este muchacho que estoy
castigando, es vn mi criado que me sirue de
guardar vna manada de ouejas que tengo en
estos contornos, el qual es tan descuydado,
que cada dia me falta vna; y porque castigo su
descuydo, o vellaqueria, dize que lo hago de
miserable, por no pagalle la soldada que le
deuo, y en Dios y en mi anima que miente.”
  “¿Miente delante de mi, ruyn villano?”, dixo
don Quixote. “Por el sol que nos alumbra, que
estoy por passaros de parte a parte con esta
lança; pagadle luego sin mas replica; si no,
por el Dios que nos rige que os concluya y
aniquile en este punto. Desatadlo luego.”
  El labrador baxó la cabeça, y, sin responder
palabra, desató a su criado, al qual preguntó
don Quixote que quánto le deuia su amo; el
dixo que nueue meses, a siete reales cada mes.
Hizo la cuenta don Quixote y halló que montauan
sesenta y tres reales, y dixole al labrador
que al momento los desembolsasse, si no
queria morir por ello. Respondio el medroso
villano que para el passo en que estaua y
juramento que auia hecho --y aun no auia jurado
nada--, que no eran tantos, porque se
le auian de descontar y recebir en cuenta tres
pares de çapatos que le auia dado, y vn real
de dos sangrias que le auian hecho estando
enfermo.
  “Bien está todo esso”, replicó don Quixote;
“pero quedense los çapatos y las sangrias
por los açotes que sin culpa le aueys
dado; que si el rompio el cuero de los çapatos
que vos pagastes, vos le aueys rompido el de
su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre
estando enfermo, vos en sanidad se la aueys
sacado; ansi que, por esta parte, no os deue
nada.”
  “El daño está, señor cauallero, en que no
tengo aqui dineros; vengase Andres conmigo
a mi casa, que yo se los pagaré vn real sobre
otro.”
  “¿Yrme yo con el”, dixo el muchacho, “mas?
¡Mal año, no señor, ni por pienso; porque, en
viendose solo, me dessuelle como a vn San
Bartolome!”
  “No hara tal”, replicó don Quixote; “basta
que yo se lo mande para que me tenga respeto;
y con que el me lo jure por la ley de
caualleria que ha recebido, le dexaré yr libre y
asseguraré la paga.”
  “Mire vuestra merced, señor, lo que dize”,
dixo el muchacho; “que este mi amo no es
cauallero, ni ha recebido orden de caualleria
alguna; que es Iuan Haldudo el rico, el vezino
del Quintanar.”
  “Importa poco esso”, respondio don Quixote,
“que Haldudos puede auer caualleros; quanto
mas, que cada vno es hijo de sus obras.”
  “Assi es verdad”, dixo Andres; “pero este
mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega
mi soldada, y mi sudor y trabajo?”
  “No niego, hermano Andres”, respondio el
labrador, “y hazedme plazer de veniros
conmigo; que yo juro por todas las ordenes que
de cauallerias ay en el mundo de pagaros,
como tengo dicho, vn real sobre otro, y aun
sahumados.”
  “Del sahumerio os hago gracia”, dixo don
Quixote; “dadselos en reales, que con esso me
contento, y mirad que lo cumplays como lo
aueys jurado; si no, por el mismo juramento os
juro de boluer a buscaros y a castigaros, y
que os tengo de hallar, aunque os escondays
mas que vna lagartija. Y, si quereys saber
quien os manda esto, para quedar con mas
veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el
valeroso don Quixote de la Mancha, el desfazedor
de agrauios y sinrazones, y a Dios quedad;
y no se os parta de las mientes lo prometido
y jurado, so pena de la pena pronunciada.”
  Y, en diziendo esto, picó a su Rozinante, y
en breue espacio se apartó dellos. Siguiole el
labrador con los ojos, y quando vio que auia
traspuesto del bosque y que ya no parecia,
boluiose a su criado Andres, y dixole:
  “Venid aca, hijo mio, que os quiero pagar lo
que os deuo, como aquel deshazedor de
agrauios me dexó mandado.”
  “Esso juro yo”, dixo Andres; “y ¡cómo que
andara vuestra merced acertado en cumplir el
mandamiento de aquel buen cauallero, que
mil años viua; que, segun es de valeroso y de
buen juez, viue Roque que si no me paga, que
buelua y execute lo que dixo!”
  “Tambien lo juro yo”, dixo el labrador; “pero,
por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar
la deuda por acrecentar la paga.”
  Y, asiendole del braço, le tornó a atar a la
enzina, donde le dio tantos açotes que le dexó
por muerto.
  “Llamad, señor Andres, aora”, dezia el
labrador, “al desfazedor de agrauios; vereys como
no desfaze aqueste, aunque creo que no está
acabado de hazer, porque me viene gana de
dessollaros viuo, como vos temiades.”
  Pero, al fin, le desató y le dio licencia que
fuesse a buscar su juez para que executasse
la pronunciada sentencia. Andres se partio algo
mohino, jurando de yr a buscar al valeroso don
Quixote de la Mancha y contalle punto por
punto lo que auia passado, y que se lo auia de
pagar con las setenas. Pero, con todo esto,
el se partio llorando y su amo se quedó riendo.
  Y desta manera deshizo el agrauio el valeroso
don Quixote, el qual, contentissimo de lo
sucedido, pareciendole que auia dado felicissimo
y alto principio a sus cauallerias, con gran
satisfacion de si mismo yua caminando hazia
su aldea, diziendo a media voz:
  “Bien te puedes llamar dichosa sobre quantas
oy viuen en la tierra, ¡o sobre las bellas
bella Dulzinea del Toboso!, pues te cupo en
suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad
e talante a vn tan valiente y tan nombrado
cauallero como lo es y sera don Quixote de la
Mancha. El qual, como todo el mundo sabe,
ayer rescibio la orden de caualleria, y oy
ha desfecho el mayor tuerto y agrauio que
formó la sinrazon y cometio la crueldad. Oy
quitó el latigo de la mano a aquel despiadado
enemigo, que tan sin ocasion vapulaua
a aquel delicado infante.”
  En esto, llegó a vn camino que en quatro se
diuidia, y luego se le vino a la imaginacion las
encruzexadas donde los caualleros andantes
se ponian a pensar quál camino de aquellos
tomarian, y, por imitarlos estuuo vn rato quedo,
y, al cabo de auerlo muy bien pensado, solto la
rienda a Rozinante, dexando a la voluntad del
rozin la suya, el qual siguio su primer intento,
que fue el yrse camino de su caualleriza. Y
auiendo andado como dos millas, descubrio
don Quixote vn grande tropel de gente, que,
como despues se supo, eran vnos mercaderes
toledanos que yuan a comprar seda a Murcia.
Eran seys, y venian con sus quitasoles, con
otros quatro criados a cauallo y tres moços
de mulas a pie.
  Apenas los diuisó don Quixote, quando se
imaginó ser cosa de nueua auentura; y, por
imitar en todo quanto a el le parecia possible
los passos que auia leydo en sus libros, le
parecio venir alli de molde vno que pensaua
hazer. Y assi, con gentil continente y denuedo,
se afirmó bien en los estribos, apreto la lança,
llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad
del camino, estuuo esperando que aquellos
caualleros andantes llegassen, que ya el por tales
los tenia y juzgaua, y, quando llegaron a trecho
que se pudieron ver y oyr, leuantó don Quixote
la voz, y, con ademan arrogante, dixo:
  “Todo el mundo se tenga, si todo el mundo
no confiessa que no ay en el mundo todo
donzella mas hermosa que la Emperatriz de la
Mancha, la simpar Dulzinea del Toboso.”
  Pararonse los mercaderes al son destas
razones, y a ver la estraña figura del que las
dezia, y por la figura y por las razones
luego echaron de ver la locura de su dueño;
mas quisieron ver despacio en que paraua
aquella confession que se les pedia, y vno
dellos, que era vn poco burlon y muy mucho
discreto, le dixo:
  “Señor cauallero, nosotros no conocemos
quién sea essa buena señora que dezis;
mostradnosla, que si ella fuere de tanta hermosura
como significays, de buena gana y sin
apremio alguno confessaremos la verdad que por
parte vuestra nos es pedida.”
  “Si os la mostrara”, replicó don Quixote,
“¿qué hizierades vosotros en confessar vna
verdad tan notoria? La importancia está en
que, sin verla, lo aueis de creer, confessar,
afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo
soys en batalla, gente descomunal y soberuia.
Que, aora vengays vno a vno, como pide la
orden de caualleria, ora todos juntos, como es
costumbre y mala vsança de los de vuestra
ralea, aqui os aguardo y espero, confiado en
la razon que de mi parte tengo.”
  “Señor cauallero”, replicó el mercader,
“suplico a vuestra merced, en nombre de todos
estos principes que aqui estamos que, por que
no encarguemos nuestras conciencias,
confessando vna cosa por nosotros jamas vista ni
oyda, y mas siendo tan en perjuyzio de las
emperatrizes y reynas del Alcarria y
Estremadura, que vuestra merced sea seruido de
mostrarnos algun retrato de essa señora, aunque
sea tamaño como vn grano de trigo; que por
el hilo se sacará el ouillo, y quedaremos con
esto satisfechos y seguros, y vuestra merced
quedará contento y pagado. Y aun creo que
estamos ya tan de su parte, que, aunque su
retrato nos muestre que es tuerta de vn ojo y
que del otro le mana bermellon y piedra
açufre, con todo esso, por complazer a vuestra
merced, diremos en su fauor todo lo que
quisiere.”
  “No le mana, canalla infame”, respondio don
Quixote encendido en colera; “no le mana,
digo, esso que dezis, sino ambar y algalia entre
algodones; y no es tuerta ni corcobada, sino
mas derecha que vn huso de Guadarrama.
Pero ¡vosotros pagareys la grande blasfemia
que aueys dicho contra tamaña beldad, como
es la de mi señora!”
  Y, en diziendo esto, arremetio con la lança
baxa contra el que lo auia dicho, con tanta
furia y enojo, que, si la buena suerte no
hiziera que en la mitad del camino tropeçara y
cayera Rozinante, lo passara mal el atreuido
mercader. Cayo Rozinante, y fue rodando su
amo vna buena pieça por el campo, y, queriendose
leuantar, jamas pudo: tal embaraço le
causauan la lança, adarga, espuelas y zelada,
con el peso de las antiguas armas. Y entre
tanto que pugnaua por leuantarse y no podia,
estaua diziendo:
  “¡Non fuyais, gente cobarde, gente cautiua,
atended; que no por culpa mia, sino de mi
cauallo, estoy aqui tendido!”
  Vn moço de mulas de los que alli venian,
que no deuia de ser muy bien intencionado,
oyendo dezir al pobre caydo tantas arrogancias,
no lo pudo sufrir sin darle la respuesta
en las costillas. Y, llegandose a el, tomó la
lança, y despues de auerla hecho pedaços, con
vno dellos començo a dar a nuestro don Quixote
tantos palos, que, a despecho y pesar de
sus armas, le molio como cibera. Dauanle vozes
sus amos que no le diesse tanto, y que le
dexasse; pero estaua ya el moço picado y no
quiso dexar el juego hasta embidar todo el
resto de su colera; y, acudiendo por los demas
troços de la lança, los acabó de deshazer sobre
el miserable caydo, que, con toda aquella
tempestad de palos que sobre el via, no cerraua
la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a
los malandrines, que tal le parecian.
  Cansose el moço, y los mercaderes siguieron
su camino, lleuando qué contar en todo el
del pobre apaleado. El qual, despues que se
vio solo, tornó a prouar si podia leuantarse;
pero si no lo pudo hazer quando sano y
bueno, ¿cómo lo haria molido y casi deshecho?
Y aun se tenia por dichoso, pareciendole que
aquella era propia desgracia de caualleros
andantes, y toda la atribuia a la falta de su
cauallo; y no era possible leuantarse, segun tenia
brumado todo el cuerpo.

                  Capitulo V

Donde se prosigue la narracion de la desgracia
            de nuestro cauallero.

  Viendo, pues, que, en efeto, no podia menearse,
acordo de acogerse a su ordinario remedio,
que era pensar en algun passo de sus
libros, y truxole su locura a la memoria aquel de
Valdouinos y del Marques de Mantua, quando
Carloto le dexó herido en la montiña,
historia sabida de los niños, no ignorada de los
moços, celebrada y aun creyda de los viejos,
y, con todo esto, no mas verdadera que los
milagros de Mahoma. Esta, pues, le parecio a
el que le venia de molde para el passo en que
se hallaua; y assi, con muestras de grande
sentimiento, se començo a bolcar por la tierra, y a
dezir con debilitado aliento lo mesmo que
dizen dezia el herido cauallero del bosque:

          ¿Dónde estás, señora mia,
        que no te duele mi mal?
        O no lo sabes, señora,
        o eres falsa y desleal.

  Y desta manera fue prosiguiendo el
romance, hasta aquellos versos que dizen:

          ¡O, noble Marques de Mantua,
        mi tio y señor carnal!

  Y quiso la suerte que, quando llegó a este
verso, acerto a passar por alli vn labrador de su
mesmo lugar y vezino suyo, que venia de
lleuar vna carga de trigo al molino, el qual,
viendo aquel hombre alli tendido, se llegó a
el y le preguntó que quién era y qué mal
sentia, que tan tristemente se quexaua.
  Don Quixote creyo, sin duda, que aquel era
el Marques de Mantua, su tio, y, assi, no le
respondio otra cosa sino fue proseguir en su
romance, donde le daua cuenta de su desgracia
y de los amores del hijo del Emperante con su
esposa; todo de la mesma manera que el
romance lo canta. El labrador estaua admirado
oyendo aquellos disparates, y, quitandole la
visera, que ya estaua hecha pedaços de los
palos, le limpio el rostro, que le tenia
cubierto de poluo, y apenas le huuo limpiado,
quando le conocio, y le dixo:
  “Señor Quixana” --que assi se deuia de
llamar quando el tenia juyzio y no auia passado
de hidalgo sossegado a cauallero andante--,
“¿quién a puesto a vuestra merced desta
suerte?”
  Pero el seguia con su romance a quanto le
preguntaua.
  Viendo esto el buen hombre, lo mejor que
pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si
tenia alguna herida; pero no vio sangre ni
señal alguna. Procuró leuantarle del suelo, y no
con poco trabajo le subio sobre su jumento, por
parecer caualleria mas sossegada. Recogio
las armas, hasta las astillas de la lança, y liolas
sobre Rozinante, al qual tomó de la rienda, y
del cabestro al asno, y se encaminó hazia su
pueblo, bien pensatiuo de oyr los disparates
que don Quixote dezia. Y no menos yua don
Quixote, que, de puro molido y quebrantado,
no se podia tener sobre el borrico, y de quando
en quando daua vnos suspiros que los ponia
en el cielo; de modo, que de nueuo obligó
a que el labrador le preguntasse le dixesse qué
mal sentia. Y no parece sino que el diablo le
traia a la memoria los cuentos acomodados a
sus sucessos, porque en aquel punto, oluidandose
de Valdouinos, se acordo del moro Abindarraez,
quando el alcayde de Antequera, Rodrigo
de Naruaez, le prendio y lleuó cautiuo
a su alcaydia. De suerte que, quando el
labrador le boluio a preguntar que cómo estaua
y qué sentia, le respondio las mesmas
palabras y razones que el cautiuo Abenzerrage
respondia a Rodrigo de Naruaez, del mesmo
modo que el auia leydo la historia en la Diana,
de Iorge de Montemayor, donde se escriue,
aprouechandose della tan a proposito, que
el labrador se yua dando al diablo de oyr tanta
maquina de necedades; por donde conocio que
su vezino estaua loco y dauale priessa a
llegar al pueblo por escusar el enfado que don
Quixote le causaua con su larga arenga. Al
cabo de lo qual, dixo:
  “Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo
de Naruaez, que esta hermosa Xarifa, que he
dicho, es aora la linda Dulzinea del Toboso,
por quien yo he hecho, hago y hare los mas
famosos hechos de cauallerias que se han visto,
vean ni veran en el mundo.”
  A esto respondio el labrador:
  “Mire vuestra merced, señor, ¡pecador de
mi!, que yo no soy don Rodrigo de Naruaez, ni
el Marques de Mantua, sino Pedro Alonso,
su vezino; ni vuestra merced es Valdouinos,
ni Abindarraez, sino el honrado hidalgo del
señor Quixana.”
  “Yo se quién soy”, respondio don Quixote,
“y se que puedo ser, no solo los que he dicho,
sino todos los doze Pares de Francia, y aun
todos los Nueue de la Fama, pues a todas
las hazañas que ellos todos juntos y cada vno
por si hizieron, se auentajarán las mias.”
  En estas platicas y en otras semejantes
llegaron al lugar a la hora que anochecia; pero
el labrador aguardó a que fuesse algo mas
noche, porque no viessen al molido hidalgo
tan mal cauallero. Llegada, pues, la hora que
le parecio, entró en el pueblo y en la casa
de don Quixote, la qual halló toda alborotada
--y estauan en ella el cura y el barbero del
lugar, que eran grandes amigos de don Quixote--:
que estaua diziendoles su ama a vozes:
  “¿Qué le parece a vuestra merced, señor
licenciado Pero Perez --que assi se llamaua el
cura--, de la desgracia de mi señor? Tres
dias ha que no parecen el, ni el rozin, ni la
adarga, ni la lança, ni las armas. ¡Desuenturada
de mi!, que me doy a entender, y assi es ello la
verdad como naci para morir, que estos malditos
libros de cauallerias que el tiene y suele
leer tan de ordinario, le han buelto el juyzio;
que aora me acuerdo auerle oydo dezir
muchas vezes, hablando entre si, que queria
hazerse cauallero andante e yrse a buscar las
auenturas por essos mundos. Encomendados
sean a Satanas y a Barrabas tales libros, que
assi han echado a perder el mas delicado
entendimiento que auia en toda la Mancha.”
  La sobrina dezia lo mesmo, y aun dezia mas:
  “Sepa señor maese Nicolas --que este era
el nombre del barbero--, que muchas vezes
le acontecio a mi señor tio estarse leyendo en
estos desalmados libros de desuenturas dos
dias con sus noches, al cabo de los quales
arrojaua el libro de las manos y ponia mano
a la espada y andaua a cuchilladas con las
paredes, y, quando estaua muy cansado, dezia
que auia muerto a quatro gigantes como quatro
torres, y el sudor que sudaua del cansancio
dezia que era sangre de las feridas que
auia recebido en la batalla, y beuias(s)e luego
vn gran jarro de agua fria, y quedaua sano y
sossegado, diziendo que aquella agua era vna
preciosissima beuida que le auia traydo el
sabio Esquife, vn grande encantador y amigo
suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que
no auisé a vuestras mercedes de los disparates
de mi señor tio, para que lo remediaran
antes de llegar a lo que ha llegado, y
quemaran todos estos descomulgados libros; que
tiene muchos, que bien merecen ser abrasados
como si fuessen de herejes.”
  “Esto digo yo tambien”, dixo el cura, “y
a fee que no se passe el dia de mañana sin
que dellos no se haga acto publico, y sean
condenados al fuego, porque no den ocasion a
quien los leyere de hazer lo que mi buen
amigo deue de auer hecho.”
  Todo esto estauan oyendo el labrador, y don
Quixote, con que acabó de entender el
labrador la enfermedad de su vezino, y assi,
començo a dezir a vozes:
  “Abran vuestras mercedes al señor Valdouinos
y al señor Marques de Mantua, que viene
mal ferido; y al señor moro Abindarraez, que
trae cautiuo el valeroso Rodrigo de Naruaez,
alcayde de Antequera.”
  A estas vozes salieron todos, y como conocieron
los vnos a su amigo, las otras a su amo
y tio, que aun no se auia apeado del jumento,
porque no podia, corrieron a abraçarle. El
dixo:
  “Tenganse todos; que vengo mal ferido por
la culpa de mi cauallo. Lleuenme a mi lecho,
y llamese, si fuere possible, a la sabia
Vrganda, que cure y cate de mis feridas.”
  “¡Mirá en hora maça”, dixo a este punto
el ama, “si me dezia a mi bien mi coraçon
del pie que coxeaua mi señor! Suba vuestra
merced en buen hora; que, sin que venga essa
Vrgada, le sabremos aqui curar. ¡Malditos,
digo, sean otra vez y otras ciento estos libros
de cauallerias, que tal han parado a vuestra
merced!”
  Lleuaronle luego a la cama, y, catandole
las feridas, no le hallaron ninguna; y el dixo
que todo era molimiento, por auer dado vna
gran cayda con Rozinante, su cauallo,
combatiendose con diez jayanes, los mas desaforados
y atreuidos que se pudieran fallar en gran
parte de la tierra.
  “Ta, ta”, dixo el cura; “¿jayanes ay en la
dança? Para mi santiguada, que yo los queme
mañana antes que llegue la noche.”
  Hizieronle a don Quixote mil preguntas, y a
ninguna quiso responder otra cosa sino que le
diessen de comer y le dexassen dormir, que
era lo que mas le importaua. Hizose assi, y el
cura se informó muy a la larga del labrador,
del modo que auia hallado a don Quixote; el
se lo conto todo, con los disparates que al
hallarle y al traerle auia dicho, que fue poner
mas desseo en el Licenciado de hazer lo que
otro dia hizo, que fue llamar a su amigo el
barbero maese Nicolas, con el qual se vino a
casa de don Quixote.

                 Capitulo VI

Del donoso y grande escrutinio que el cura
  y el barbero hizieron en la libreria de
  nuestro ingenioso hidalgo.

  El qual aun todauia dormia. Pidio las llaues,
a la sobrina, del aposento donde estauan los
libros, autores del daño, y ella se las dio de
muy buena gana; entraron dentro todos, y la
ama con ellos, y hallaron mas de cien cuerpos
de libros grandes muy bien enquadernados, y
otros pequeños; y, assi como el ama los vio,
boluiose a salir del aposento con gran priessa,
y tornó luego con vna escudilla de agua
bendita y vn hisopo, y dixo:
  “Tome vuestra merced, señor Licenciado;
rozie este aposento, no esté aqui algun
encantador de los muchos que tienen estos libros,
y nos encanten, en pena de las que les
queremos dar echandolos del mundo.”
  Causó risa al Licenciado la simplicidad del
ama, y mandó al barbero que le fuesse dando
de aquellos libros, vno a vno, para ver de qué
tratauan, pues podia ser hallar algunos que no
mereciessen castigo de fuego.
  “No”, dixo la sobrina, “no ay para qué
perdonar a ninguno, porque todos han sido
los dañadores; mejor sera arrojallos por las
ventanas al patio, y hazer vn rimero dellos
y pegarles fuego, y, si no, lleuarlos al corral,
y alli se hara la hoguera, y no ofendera el
humo.”
  Lo mismo dixo el ama: tal era la gana que
las dos tenian de la muerte de aquellos
inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero
leer siquiera los titulos. Y el primero que
maese Nicolas le dio en las manos, fue Los
quatro de Amadis de Gaula, y dixo el cura:
  “Parece cosa de misterio esta, porque, segun
he oydo dezir, este libro fue el primero de
cauallerias que se imprimio en España, y todos
los demas han tomado principio y origen deste,
y assi me parece que, como a dogmatizador de
vna secta tan mala, le deuemos sin escusa
alguna condenar al fuego.”
  “No señor”, dixo el barbero; “que tambien
he oydo dezir que es el mejor de todos los
libros que de este genero se han compuesto,
y assi, como a vnico en su arte, se deue
perdonar.”
  “Assi es verdad”, dixo el cura, “y por essa
razon se le otorga la vida por aora. Veamos
essotro que está junto a el.”
  “Es”, dixo el barbero, “Las Sergas de Esplandian,
hijo legitimo de Amadis de Gaula.”
  “Pues en verdad”, dixo el cura, “que no le
ha de valer al hijo la bondad del padre.
Tomad, señora ama, abrid essa ventana y echadle
al corral, y de principio al monton de la
hoguera que se ha de hazer.”
  Hizolo assi el ama con mucho contento, y el
bueno de Esplandian fue bolando al corral,
esperando con toda paciencia el fuego que le
amenazaua.
  “Adelante”, dixo el cura.
  “Este que viene”, dixo el barbero, “es Amadis
de Grecia, y aun todos los deste lado, a
lo que creo, son del mesmo linage de Amadis.”
  “Pues vayan todos al corral”, dixo el cura;
“que a trueco de quemar a la reyna Pintiquiniestra
y al pastor Darinel, y a sus eglogas, y
a las endiabladas y rebueltas razones de su
autor, quemaré con ellos al padre que me
engendró, si anduuiera en figura de cauallero
andante.”
  “De esse parecer soy yo”, dixo el barbero.
  “Y aun yo”, añadio la sobrina.
  “Pues assi es”, dixo el ama, “vengan, y al
corral con ellos.”
  Dieronselos, que eran muchos, y ella ahorró
la escalera, y dio con ellos por la ventana
abaxo.
  “¿Quién es esse tonel?”, dixo el cura.
  “Este es”, respondio el barbero, “Don
Oliuante de Laura.”
  “El autor de esse libro”, dixo el cura, “fue el
mesmo que compuso a Iardin de flores, y
en verdad que no sepa determinar quál de los
dos libros es mas verdadero, o, por dezir mejor,
menos mentiroso. Solo se dezir que este yra al
corral por disparatado y arrogante.”
  “Este que se sigue es Florismarte de
Hircania”, dixo el barbero.
  “¿Ay está el señor Florismarte?”, replicó
el cura. “Pues a fe que ha de parar presto en
el corral, a pesar de su estraño nacimiento y
sonadas auenturas; que no da lugar a otra
cosa la dureza y sequedad de su estilo. Al
corral con el y con esotro, señora ama.”
  “Que me plaze, señor mio”, respondia ella,
y con mucha alegria executaua lo que le era
mandado.
  “Este es El cauallero Platir”, dixo el
barbero.
  “Antiguo libro es esse”, dixo el cura, “y no
hallo en el cosa que merezca venia; acompañe
a los demas sin replica.”
  Y assi fue hecho.
  Abriose otro libro, y vieron que tenia por
titulo El Cauallero de la Cruz.
  “Por nombre tan santo como este libro tiene,
se podia perdonar su ignorancia; mas tambien
se suele dezir: tras la Cruz está el diablo; vaya
al fuego.”
  Tomando el barbero otro libro, dixo:
  “Este es Espejo de cauallerias”.
  “Ya conozco a su merced”, dixo el cura; “ay
anda el señor Reynaldos de Montaluan con sus
amigos y compañeros, mas ladrones que Caco,
y los doze Pares con el verdadero historiador
Turpin, y, en verdad, que estoy por
condenarlos no mas que a destierro perpetuo,
siquiera porque tienen parte de la inuencion del
famoso Mateo Boyardo, de donde tambien texio
su tela el christiano poeta Ludouico Ariosto,
al qual, si aqui le hallo, y que habla en otra
lengua que la suya, no le guardaré respeto
alguno; pero si habla en su idioma, le pondre
sobre mi cabeça.”
  “Pues yo le tengo en italiano”, dixo el
barbero; “mas no le entiendo.”
  “Ni aun fuera bien que vos le entendierades”,
respondio el cura; “y aqui le perdonaramos
al señor Capitan que no le huuiera traydo
a España y hecho castellano, que le quitó mucho
de su natural valor; y lo mesmo haran todos
aquellos que los libros de verso quisieren
boluer en otra lengua; que, por mucho cuydado
que pongan y habilidad que muestren, jamas
llegarán al punto que ellos tienen en su primer
nacimiento. Digo, en efeto, que este libro y
todos los que se hallaren que tratan destas
cosas de Francia, se echen y depositen en vn
pozo seco, hasta que con mas acuerdo se vea
lo que se ha de hazer dellos, ecetuando a
vn Bernardo del Carpio que anda por ahi, y
a otro llamado Roncesualles; que estos, en
llegando a mis manos, han de estar en las del
ama y dellas en las del fuego, sin remission
alguna.”
  Todo lo confirmó el barbero, y lo tuuo por
bien y por cosa muy acertada, por entender
que era el cura tan buen christiano y tan amigo
de la verdad, que no diria otra cosa por todas
las del mundo. Y, abriendo otro libro, vio que
era Palmerin de Oliua, y junto a el estaua
otro que se llamaua Palmerin de Ingalaterra.
Lo qual, visto por el licenciado, dixo:
  “Essa Oliua se haga luego raxas y se
queme, que aun no queden della las cenizas; y
essa Palma de Ingalaterra se guarde y se
conserue, como a cosa vnica, y se haga para
ello otra caxa como la que halló Alexandro
en los despojos de Dario, que la diputó para
guardar en ella las obras del poeta Homero.
Este libro, señor compadre, tiene autoridad por
dos cosas: la vna, porque el por si es muy
bueno; y la otra, porque es fama que le compuso
vn discreto rey de Portugal. Todas las auenturas
del castillo de Miraguarda son bonissimas y
de grande artificio, las razones cortesanas y
claras, que guardan y miran el decoro del que
habla con mucha propriedad y entendimiento.
Digo, pues, saluo vuestro buen parecer,
señor maese Nicolas, que este y Amadis
de Gaula queden libres del fuego, y todos los
demas, sin hazer mas cala y cata, perezcan.”
  “No, señor compadre”, replicó el barbero;
“que este que aqui tengo es el afamado Don
Belianis”.
  “Pues esse”, replicó el cura, “con la segunda,
tercera y quarta parte, tienen necessidad de vn
poco de ruybarbo para purgar la demasiada colera
suya, y es menester quitarles todo aquello
del castillo de la Fama y otras impertinencias de
mas importancia, para lo qual se les da termino
vltramarino, y como se enmendaren, assi
se vsará con ellos de misericordia o de justicia;
y, en tanto, tenedlos vos, compadre, en vuestra
casa; mas no los dexeys leer a ninguno.”
  “Que me plaze”, respondio el barbero.
  Y sin querer cansarse mas en leer libros de
cauallerias, [el cura] mandó al ama que
tomasse todos los grandes y diesse con ellos en
el corral. No se dixo a tonta ni a sorda, sino a
quien tenia mas gana de quemallos que de
echar vna tela, por grande y delgada que fuera,
y, asiendo casi ocho de vna vez, los arrojó por
la ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayo
vno a los pies del barbero, que le tomó gana
de ver de quién era, y vio que dezia: Historia
del famoso Cauallero Tirante el Blanco.
  “¡Válame Dios!”, dixo el cura, dando vna
gran voz; “¡que aqui esté Tirante el Blanco!
Dadmele aca, compadre, que hago cuenta que
he hallado en el vn tesoro de contento y vna
mina de passatiempos. Aqui está don Quirieleyson
de Montaluan, valeroso cauallero, y su
hermano Tomas de Montaluan, y el cauallero
Fonseca, con la batalla que el valiente [de
Tirante] hizo con el alano, y las agudezas
de la donzella Plazerdemiuida, con los
amores y embustes de la viuda Reposada, y la
señora Emperatriz, enamorada de Ipolito, su
escudero. Digoos verdad, señor compadre, que
por su estilo es este el mejor libro del mundo;
aqui comen los caualleros, y duermen y
mueren en sus camas, y hazen testamento antes
de su muerte, con [otras] cosas, de que
todos los demas libros deste genero carecen.
Con todo esso, os digo que merecia el que
le compuso, pues no hizo tantas necedades
de industria, que le echaran a galeras por
todos los dias de su vida. Lleuadle a casa
y leedle, y vereys que es verdad quanto del
os he dicho.”
  “Assi sera”, respondio el barbero; “pero,
¿qué haremos destos pequeños libros que
quedan?”
  “Estos”, dixo el cura, “no deuen de ser de
cauallerias, sino de poesia.”
  Y abriendo vno, vio que era La Diana, de
Iorge de Montemayor, y dixo, creyendo que
todos los demas eran del mesmo genero:
  “Estos no merecen ser quemados, como los
demas, porque no hazen ni haran el daño que
los de cauallerias han hecho; que son libros
de entendimiento, sin perjuyzio de tercero.”
  “¡Ay, señor!”, dixo la sobrina, “bien los
puede vuestra merced mandar quemar como a
los demas, porque no seria mucho que, auiendo
sanado mi señor tio de la enfermedad
caualleresca, leyendo estos se le antojasse de
hazerse pastor y andarse por los bosques y
prados cantando y tañendo, y, lo que seria peor,
hazerse poeta, que, segun dizen, es
enfermedad incurable y pegadiza.”
  “Verdad dize esta donzella”, dixo el cura,
“y sera bien quitarle a nuestro amigo este
tropieço y ocasion delante. Y pues començamos
por La Diana, de Montemayor, soy de
parecer que no se queme, sino que se le quite
todo aquello que trata de la sabia Felicia y de
la agua encantada, y casi todos los versos
mayores, y quedesele en ora buena la prosa y la
honra de ser primero en semejantes libros.”
  “Este que se sigue”, dixo el barbero, “es
La Diana, llamada segunda, del Salmantino, y
este, otro que tiene el mesmo nombre, cuyo
autor es Gil Polo.”
  “Pues la del Salmantino”, respondio el cura,
“acompañe y acreciente el numero de los
condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde
como si fuera del mesmo Apolo; y passe
adelante, señor compadre, y demonos prissa
que se va haziendo tarde.”
  “Este libro es”, dixo el barbero abriendo
otro, “Los diez libros de Fortuna de Amor,
compuestos por Antonio de Lofraso, poeta
sardo.”
  “Por las ordenes que recebi”, dixo el cura,
“que desde que Apolo fue Apolo, y las musas
musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan
disparatado libro como esse no se ha compuesto,
y que, por su camino, es el mejor y el
mas vnico de quantos deste genero han salido
a la luz del mundo; y el que no le ha leydo
puede hazer cuenta que no ha leydo jamas
cosa de gusto. Dadmele aca, compadre; que
precio mas auerle hallado que si me dieran
vna sotana de raja de Florencia.”
  Pusole aparte con grandissimo gusto, y el
barbero prosiguio diziendo:
  “Estos que se siguen son: El Pastor de
Iberia, Ninfas de Enares y Desengaños de
zelos.”
  “Pues no ay mas que hazer”, dixo el cura,
“sino entregarlos al braço seglar del ama, y
no se me pregunte el por qué, que seria nunca
acabar.”
  “Este que viene es El Pastor de Filida.”
  “No es esse pastor”, dixo el cura, “sino muy
discreto cortesano; guardese como joya
preciosa.”
  “Este grande que aqui viene se intitula”,
dixo el barbero, “Tesoro de varias poesias.”
  “Como ellas no fueran tantas”, dixo el cura,
“fueran mas estimadas; menester es que este
libro se escarde y limpie de algunas baxezas
que entre sus grandezas tiene; guardese,
porque su autor es amigo mio, y por respeto de
otras mas heroycas y leuantadas obras que ha
escrito.”
  “Este es”, siguio el barbero, “El Cancionero,
de Lopez Maldonado.”
  “Tambien el autor de esse libro”, replicó el
cura, “es grande amigo mio, y sus versos en
su boca admiran a quien los oye, y tal es la
suauidad de la voz con que los canta, que
encanta. Algo largo es en las eglogas, pero
nunca lo bueno fue mucho; guardese con los
escogidos. Pero, ¿qué libro es esse que está
junto a el?”
  “La Galatea, de Miguel de Cerbantes, dixo
el barbero.
  “Muchos años ha que es grande amigo mio
esse Cerbantes, y se que es mas versado en
desdichas que en versos. Su libro tiene algo
de buena inuencion; propone algo y no
concluye nada. Es menester esperar la segunda
parte que promete; quiça con la emienda
alcançará del todo la misericordia que aora se
le niega, y entretanto que esto se ve,
tenedle recluso en vuestra posada, señor
compadre.”
  “Que me plaze”, respondio el barbero. “Y
aqui vienen tres, todos juntos: La Araucana
de don Alonso de Ercil[l]a; La Austriada, de
Iuan Rufo, Iurado de Cordoua, y El Monserrate,
de Christoual de Virues, poeta
Valenciano.”
  “Todos essos tres libros”, dixo el cura,
“son los mejores que en verso heroyco, en
lengua Castellana, estan escritos, y pueden
competir con los mas famosos de Italia;
guardense como las mas ricas prendas de poesia
que tiene España.”
  Cansose el cura de ver mas libros, y assi, a
carga cerrada, quiso que todos los demas se
quemassen; pero ya tenia abierto vno el
barbero, que se llamaua Las Lagrimas de
Angelica.
  “Lloraralas yo”, dixo el cura en oyendo el
nombre, “si tal libro huuiera mandado quemar;
porque su autor fue vno de los famosos
poetas del mundo, no solo de España, y fue
felicissimo en la traducion de algunas fabulas
de Ouidio.”

                 Capitulo VII

De la segunda salida de nuestro buen cauallero
          don Quixote de la Mancha.

  Estando en esto, començo a dar vozes don
Quixote, diziendo:
  “¡Aqui, aqui, valerosos caualleros, aqui es
menester mostrar la fuerça de vuestros valerosos
braços; que los cortesanos lleuan lo mejor
del torneo!”
  Por acudir a este ruydo y estruendo, no se
passó adelante con el escrutinio de los demas
libros que quedauan; y assi, se cree que fueron
al fuego, sin ser vistos ni oydos: La Carolea y
Leon de España, con Los Hechos del Emperador,
compuestos por don Luys de Auila, que,
sin duda, deuian de estar entre los que quedauan,
y quiça, si el cura los viera, no passaran
por tan rigurosa sentencia.
  Quando llegaron a don Quixote, ya el estaua
leuantado de la cama, y proseguia en sus
vozes y en sus desatinos, dando cuchilladas y
reueses a todas partes, estando tan despierto
como si nunca huuiera dormido; abraçaronse
con el y por fuerça le boluieron al lecho, y
despues que huuo sossegado vn poco,
boluiendose a hablar con el cura, le dixo:
  “Por cierto, señor arçobispo Turpin, que es
gran mengua de los que nos llamamos Doze
Pares, dexar tan sin mas ni mas lleuar la
vitoria deste torneo a los caualleros cortesanos,
auiendo nosotros los auentureros ganado el
prez en los tres dias antecedentes.”
  “Calle vuestra merced, señor compadre”,
dixo el cura; “que Dios sera seruido que la
suerte se mude y que lo que oy se pierde se
gane mañana; y atienda vuestra merced a su
salud por agora, que me parece que deue
de estar demasiadamente cansado, si ya no es
que está mal ferido.”
  “Ferido, no”, dixo don Quixote; “pero molido
y quebrantado, no ay duda en ello, porque
aquel bastardo de don Roldan me ha molido a
palos con el tronco de vna enzina, y todo de
embidia, porque ve que yo solo soy el opuesto
de sus valentias. Mas no me llamaria yo
Reynaldos de Montaluan si, en leuantandome deste
lecho, no me lo pagare, a pesar de todos sus
encantamentos; y, por agora, traiganme
de yantar, que se que es lo que mas me hara
al caso, y quedese lo del vengarme a mi
cargo.”
  Hizieronlo ansi, dieronle de comer, y
quedose otra vez dormido, y ellos admirados de su
locura.
  Aquella noche quemó y abrasó el ama quantos
libros auia en el corral y en toda la casa, y
tales deuieron de arder que merecian guardarse
en perpetuos archiuos; mas no lo permitio
su suerte y la pereza del escrutiñador, y
assi se cumplio el refran en ellos, de que
pagan a las vezes justos por pecadores.
  Vno de los remedios que el cura y el barbero
dieron por entonces, para el mal de su amigo,
fue que le murassen y tapiassen el aposento
de los libros, porque quando se leuantasse no
los hallasse --quiça quitando la causa, cessaria
el efeto--, y que dixessen que vn encantador
se los auia lleuado, y el aposento y todo;
y assi fue hecho con mucha presteza.
  De alli a dos dias se leuantó don Quixote, y
lo primero que hizo fue [yr] a ver sus libros,
y como no hallaua el aposento donde le auia
dexado, andaua de vna en otra parte buscandole.
Llegaua adonde solia tener la puerta y
tentauala con las manos, y boluia y reboluia
los ojos por todo, sin dezir palabra; pero al
cabo de vna buena pieça, preguntó a su ama
que hazia qué parte estaua el aposento de sus
libros.
  El ama, que ya estaua bien aduertida de lo
que auia de responder, le dixo:
  “¿Qué aposento o qué nada busca vuestra
merced? Ya no ay aposento ni libros en esta
casa, porque todo se lo lleuó el mesmo diablo.”
  “No era diablo”, replicó la sobrina, “sino vn
encantador que vino sobre vna nuue vna
noche, despues del dia que vuestra merced de
aqui se partio, y, apeandose de vna sierpe en
que venia cauallero, entró en el aposento, y no
se lo que se hizo dentro, que a cabo de poca
pieça salio bolando por el texado, y dexó la
casa llena de humo, y quando acordamos a
mirar lo que dexaua hecho, no vimos libro ni
aposento alguno; solo se nos acuerda muy bien a
mi y al ama que, al tiempo del partirse aquel
mal viejo, dixo en altas vozes que, por
enemistad secreta que tenia al dueño de aquellos
libros y aposento, dexaua hecho el daño en
aquella casa que despues se veria; dixo,
tambien, que se llamaua el sabio Muñaton.”
  “Freston diria”, dixo don Quixote.
  “No se”, respondio el ama, “si se llamaua
Freston o Friton, solo se que acabó en ton su
nombre.”
  “Assi es”, dixo don Quixote; “que esse es
vn sabio encantador, grande enemigo mio, que
me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y
letras que tengo de venir, andando los tiempos,
a pelear en singular batalla con vn cauallero a
quien el fauorece, y le tengo de vencer sin que
el lo pueda estoruar, y por esto procura hazerme
todos los sinsabores que puede; y mandole
yo que mal podra el contradezir, ni euitar, lo
que por el cielo está ordenado.”
  “¿Quién duda de esso?”, dixo la sobrina.
“¿Pero quién le mete a vuestra merced, señor
tio, en essas pendencias? ¿No sera mejor estarse
pacifico en su casa y no yrse por el mundo
a buscar pan de trastrigo, sin considerar que
muchos van por lana y bueluen tresquilados?”
  “¡O sobrina mia”, respondio don Quixote, “y
quán mal que estás en la cuenta! Primero que
a mi me tresquilen, tendre peladas y quitadas
las baruas a quantos imaginaren tocarme en la
punta de vn solo cabello.”
  No quisieron las dos replicarle mas, porque
vieron que se le encendia la colera.
  Es, pues, el caso que el estuuo qui[n]ze dias
en casa muy sossegado, sin dar muestras de
querer segundar sus primeros deuaneos, en los
quales dias passó graciosissimos cuentos con
sus dos compadres el cura y el barbero, sobre
que el dezia que la cosa de que mas necessidad
tenia el mundo era de caualleros andantes,
y de que en el se resucitasse la caualleria
andantesca. El cura algunas vezes le contradezia,
y otras concedia, porque si no guardaua este
artificio, no auia poder aueriguarse con el.
  En este tiempo solicitó don Quixote a vn
labrador vezino suyo, hombre de bien, si es
que este titulo se puede dar al que es pobre,
pero de muy poca sal en la mollera. En
resolucion, tanto le dixo, tanto le persuadio y
prometio, que el pobre villano se determinó
de salirse con el y seruirle de escudero.
  Deziale, entre otras cosas, don Quixote, que
se dispusiesse a yr con el de buena gana,
porque tal vez le podia suceder auentura, que
ganasse, en quitame alla essas pajas, alguna
insula, y le dexasse a el por gouernador della.
Con estas promessas y otras tales, Sancho
Pança, que assi se llamaua el labrador,
dexó su muger y hijos y asento por escudero
de su vezino. Dio luego don Quixote orden en
buscar dineros, y, vendiendo vna cosa y
empeñando otra y malbaratandolas todas, llegó
vna razonable cantidad. Acomodose, assi mesmo,
de vna rodela que pidio prestada a vn su
amigo, y, pertrechando su rota zelada lo mejor
que pudo, auisó a su escudero Sancho del dia
y la hora que pensaua ponerse en camino,
para que el se acomodasse de lo que viesse
que mas le era menester. Sobre todo le encargó
que lleuasse alforjas, e dixo que si
lleuaria, y que ansi mesmo pensaua lleuar vn
asno que tenia muy bueno, porque el no
estaua duecho a andar mucho a pie.
  En lo del asno reparó vn poco don Quixote,
ymaginando si se le acordaua si algun cauallero
andante auia traydo escudero cauallero asnalmente,
pero nunca le vino alguno a la memoria;
mas con todo esto determinó que le lleuasse,
con presupuesto de acomodarle de mas honrada
caualleria en auiendo ocasion para ello,
quitandole el cauallo al primer descortes
cauallero que topasse.
  Proueyose de camisas y de las demas cosas
que el pudo, conforme al consejo que el
ventero le auia dado. Todo lo qual hecho y
cumplido, sin despedirse Pança de sus hijos y
muger, ni don Quixote de su ama y sobrina, vna
noche se salieron del lugar sin que persona los
viesse; en la qual caminaron tanto, que, al
amanecer, se tuuieron por seguros de que no
los hallarian aunque los buscassen.
  Yua Sancho Pança sobre su jumento como
vn patriarca, con sus alforjas y su bota, y con
mucho desseo de verse ya gouernador de la
insula que su amo le auia prometido. Acerto
don Quixote a tomar la misma derrota y
camino que el que el auia tomado en su primer
viaje, que fue por el campo de Montiel, por el
qual caminaua con menos pesadumbre que la
vez passada, porque, por ser la hora de la
mañana y herirles a soslayo los rayos del sol, no
les fatigauan.
  Dixo en esto Sancho Pança a su amo:
  “Mire vuestra merced, señor cauallero
andante, que no se le oluide lo que de la insula
me tiene prometido, que yo la sabre gouernar
por grande que sea.”
  A lo qual le respondio don Quixote:
  “Has de saber, amigo Sancho Pança, que fue
costumbre muy vsada de los caualleros andantes
antiguos, hazer gouernadores a sus escuderos
de las insulas o reynos que ganauan, y
yo tengo determinado de que por mi no falte
tan agradecida vsança, antes pienso auentajarme
en ella; porque ellos algunas vezes, y
quiça las mas, esperauan a que sus escuderos
fuessen viejos, y ya despues de hartos de seruir
y de lleuar malos dias y peores noches, les
dauan algun titulo de conde, o, por lo mucho,
de marques, de algun valle o prouincia
de poco mas a menos; pero si tu viues y yo
viuo, bien podria ser que antes de seys dias
ganasse yo tal reyno, que tuuiesse otros a el
aderentes, que viniessen de molde para coronarte
por rey de vno dellos. Y no lo tengas a
mucho, que cosas y casos acontecen a los tales
caualleros, por modos tan nunca vistos ni
pensados, que con facilidad te podria dar avn
mas de lo que te prometo.”
  “De essa manera”, respondio Sancho Pança,
“si yo fuesse rey por algun milagro de los
que vuestra merced dize, por lo menos, Iuana
Gutierrez, mi oislo, vendria a ser reyna, y
mis hijos infantes.”
  “Pues ¿quién lo duda?”, respondio don
Quixote.
  “Yo lo dudo”, replicó Sancho Pança; “porque
tengo para mi que, aunque llouiesse Dios
reynos sobre la tierra, ninguno assentaria bien
sobre la cabeça de Mari Gutierrez. Sepa, señor,
que no vale dos marauedis para reyna; condesa
le caera mejor, y aun Dios y ayuda.”
  “Encomiendalo tu a Dios, Sancho”, respondio
don Quixote, “que El dara lo que mas
le conuenga; pero no apoques tu animo tanto
que te vengas a contentar con menos que con
ser adelantado.”
  “No hare, señor mio”, respondio Sancho, “y
mas teniendo tan principal amo en vuestra
merced, que me sabra dar todo aquello que
me esté bien y yo pueda lleuar.”

                Capitulo VIII

Del buen sucesso que el valeroso don Quixote
  tuuo en la espantable y jamas imaginada
  auentura de los molinos de viento, con otros
  sucessos dignos de felice recordacion.

  En esto descubrieron treinta o quarenta
molinos de viento que ay en aquel campo; y, assi
como don Quixote los vio, dixo a su escudero:
  “La ventura va guiando nuestras cosas
mejor de lo que acertaramos a dessear; porque
¿ves alli, amigo Sancho Pança, donde se
descubren treynta, o pocos mas, desaforados
gigantes con quien pienso hazer batalla y
quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos
començaremos a enriquecer?; que esta es buena
guerra, y es gran seruicio de Dios quitar
tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.”
  “¿Qué gigantes?”, dixo Sancho Pança.
  “Aquellos que alli ves”, respondio su amo,
“de los braços largos; que los suelen tener
algunos de casi dos leguas.”
  “Mire vuestra merced”, respondio Sancho,
“que aquellos que alli se parecen no son
gigantes, sino molinos de viento, y lo que en
ellos parecen braços, son las aspas, que,
bolteadas del viento, hazen andar la piedra del
molino.”
  “Bien parece”, respondio don Quixote, “que
no estás cursado en esto de las auenturas:
ellos son gigantes, y si tienes miedo, quitate
de ahi, y ponte en oracion en el espacio que
yo voy a entrar con ellos en fiera y desygual
batalla.”
  Y, diziendo esto, dio de espuelas a su cauallo
Rozinante, sin atender a las vozes que su
escudero Sancho le daua, aduirtiendole que
sin duda alguna eran molinos de viento, y no
gigantes, aquellos que yua a acometer. Pero
el yua tan puesto en que eran gigantes, que
ni ohia las vozes de su escudero Sancho, ni
echaua de ver, aunque estaua ya bien cerca, lo
que eran; antes yua diziendo en vozes altas:
  “¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas;
que vn solo cauallero es el que os acomete!”
  Leuantose en esto vn poco de viento, y las
grandes aspas començaron a mouerse, lo qual
visto por don Quixote, dixo:
  “Pues aunque mouais mas braços que los
del gigante Briareo, me lo aueis de pagar.”
  Y, en diziendo esto, y encomendandose de
todo coraçon a su señora Dulzinea, pidiendole
que en tal trance le socorriesse, bien cubierto
de su rodela, con la lança en el ristre, arremetio
a todo el galope de Rozinante, y enuistio
con el primero molino que estaua delante, y
dandole vna lançada en el aspa, la boluio el
viento con tanta furia que hizo la lança
pedaços, lleuandose tras si al cauallo y al
cauallero, que fue rodando muy mal trecho por el
campo.
  Acudio Sancho Pança a socorrerle a todo el
correr de su asno, y, quando llego, hallo que
no se podia menear: tal fue el golpe que dió
con el Rozinante.
  “¡Valame Dios!”, dixo Sancho; “¿no le dixe
yo a vuestra merced que mirasse bien lo que
hazia, que no eran sino molinos de viento, y no
lo podia ignorar sino quien lleuasse otros tales
en la cabeça?”
  “Calla, amigo Sancho”, respondio don
Quixote; “que las cosas de la guerra, mas que
otras, estan sujetas a continua mudança;
quanto mas que yo pienso, y es assi verdad, que
aquel sabio Freston que me robó el aposento
y los libros ha buelto estos gigantes en molinos,
por quitarme la gloria de su vencimiento:
tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo
al cabo, han de poder poco sus malas artes
contra la bondad de mi espada.”
  “Dios lo haga como puede”, respondio
Sancho Pança.
  Y, ayudandole a leuantar, tornó a subir sobre
Rozinante, que medio despaldado estaua; y,
hablando en la passada auentura, siguieron el
camino del puerto Lapice, porque alli dezia
don Quixote que no era possible dexar de
hallarse muchas y diuersas auenturas, por ser
lugar muy passagero, sino que yua muy
pesaroso por auerle faltado la lança, y,
diziendoselo a su escudero, le dixo:
  “Yo me acuerdo auer leydo que vn cauallero
español, llamado Diego Perez de Vargas,
auiendosele en vna batalla roto la espada,
desgajó de vna enzina vn pesado ramo o tronco,
y con el hizo tales cosas aquel dia, y machacó
tantos moros, que le quedó por sobrenombre
Machuca, y, assi, el como sus decendientes
se llamaron desde aquel dia en adelante
Vargas y Machuca. Hete dicho esto, porque
de la primera enzina o roble que se me depare
pienso desgajar otro tronco, tal y tan bueno
como aquel, que me imagino y pienso hazer
con el tales hazañas, que tu te tengas por bien
afortunado de auer merecido venir a vellas
y a ser testigo de cosas que apenas podran
ser creydas.”
  “A la mano de Dios”, dixo Sancho; “yo lo
creo todo assi como vuestra merced lo dize;
pero enderecese vn poco, que parece que va
de medio lado, y deue de ser del molimiento
de la cayda.”
  “Assi es la verdad”, respondio don Quixote;
“y si no me quexo del dolor, es porque no es
dado a los caualleros andantes quexarse de
herida alguna, aunque se le salgan las
tripas por ella.”
  “Si esso es assi, no tengo yo que replicar”,
respondio Sancho; “pero sabe Dios si yo me
holgara que vuestra merced se quexara quando
alguna cosa le doliera. De mi se dezir que me
he de quexar del mas pequeño dolor que
tenga, si ya no se entiende tambien con los
escuderos de los caualleros andantes esso del
no quexarse.”
  No se dexó de reyr don Quixote de la simplicidad
de su escudero, y, assi, le declaró que
podia muy bien quexarse como y quando quisiesse,
sin gana o con ella; que hasta entonces
no auia leydo cosa en contrario en la orden de
caualleria. Dixole Sancho que mirasse que era
hora de comer. Respondiole su amo que por
entonces no le hazia menester; que comiesse
el quando se le antojasse.
  Con esta licencia, se acomodó Sancho lo
mejor que pudo sobre su jumento, y sacando
de las alforjas lo que en ellas auia puesto,
yua caminando y comiendo detras de su amo
muy de su espacio, y de quando en quando
empinaua la bota, con tanto gusto, que le
pudiera embidiar el mas regalado bodegonero
de Malaga. Y en tanto que el yua de aquella
manera menudeando tragos, no se le acordaua
de ninguna promessa que su amo le huuiesse
hecho, ni tenia por ningun trabajo, sino por
mucho descanso, andar buscando las
auenturas, por peligrosas que fuessen.
  En resolucion, aquella noche la passaron
entre vnos arboles, y del vno dellos desgajó
don Quixote vn ramo seco que casi le podia
seruir de lança, y puso en el el hierro que quitó
de la que se le auia quebrado. Toda aquella
noche no durmio don Quixote, pensando en
su señora Dulzinea, por acomodarse a lo que
auia leydo en sus libros quando los caualleros
passauan sin dormir muchas noches en las
florestas y despoblados, entretenidos con las
memorias de sus señoras.
  No la passó ansi Sancho Pança; que,
como tenia el estomago lleno, y no de agua
de chicoria, de vn sueño se la lleuó toda, y
no fueran parte para despertarle, si su amo no
lo llamara, los rayos del sol, que le dauan
en el rostro, ni el canto de las aues, que
muchas y muy regozijadamente la venida del
nueuo dia saludauan. Al leuantarse, dio vn
tiento a la bota, y hallola algo mas flaca que
la noche antes, y afligiosele el coraçon, por
parecerle que no lleuauan camino de remediar
tan presto su falta. No quiso desayunarse don
Quixote, porque, como está dicho, dio en
sustentarse de sabrosas memorias.
  Tornaron a su començado camino del puerto
Lapice, y a obra de las tres del dia le
descubrieron.
  “Aqui”, dixo en viendole don Quixote,
“podemos, hermano Sancho Pança, meter las
manos hasta los codos en esto que llaman
auenturas. Mas aduierte que, aunque me veas en
los mayores peligros del mundo, no has de
poner mano a tu espada para defenderme, si
ya no vieres que los que me ofenden es canalla
y gente baxa, que en tal caso bien puedes
ayudarme; pero si fueren caualleros, en ninguna
manera te es licito ni concedido por las leyes
de caualleria que me ayudes, hasta que seas
armado cauallero.”
  “Por cierto, señor”, respondio Sancho, “que
vuestra merced sea muy bien obedicido en
esto, y mas, que yo de mio me soy pacifico y
enemigo de meterme en ruydos ni pendencias;
bien es verdad que en lo que tocare a defender
mi persona no tendre mucha cuenta con essas
leyes, pues las diuinas y humanas permiten
que cada vno se defienda de quien quisiere
agr[a]uiarle.”
  “No digo yo menos”, respondio don Quixote;
“pero en esto de ayudarme contra caualleros,
has de tener a raya tus naturales impetus.”
  “Digo que assi lo hare”, respondio Sancho,
“y que guardaré esse preceto tambien como
el dia del domingo.”
  Estando en estas razones, asomaron por el
camino dos frayles de la orden de San Benito,
caualleros sobre dos dromedarios, que no eran
mas pequeñas dos mulas en que venian. Traian
sus antojos de camino y sus quitasoles. Detras
dellos venia vn coche con quatro o cinco de
a cauallo que le acompañauan, y dos moços de
mulas a pie. Venia en el coche, como despues
se supo, vna señora vizcayna que yua a Seuilla,
donde estaua su marido, que passaua a las
Indias con vn muy honroso cargo. No venian los
frayles con ella, aunque yuan el mesmo camino;
mas apenas los diuisó don Quixote, quando
dixo a su escudero:
  “O yo me engaño, o esta ha de ser la mas
famosa auentura que se aya visto, porque
aquellos bultos negros que alli parecen deuen
de ser, y son, sin duda, algunos encantadores
que lleuan hurtada alguna princesa en aquel
coche, y es menester deshazer este tuerto a
todo mi poderio.”
  “Peor sera esto que los molinos de viento”,
dixo Sancho. “Mire, señor, que aquellos son
frayles de San Benito, y el coche deue de ser
de alguna gente passagera. Mire que digo que
mire bien lo que haze, no sea el diablo que le
engañe.”
  “Ya te he dicho, Sancho”, respondio don
Quixote, “que sabes poco de achaque de auenturas;
lo que yo digo es verdad, y aora lo veras.”
  Y, diziendo esto, se adelantó y se puso en
la mitad del camino por donde los frayles
venian, y, en llegando tan cerca que a el le
parecio que le podrian oyr lo que dixesse, en
alta voz dixo:
  “¡Gente endiablada y descomunal, dexad luego
al punto las altas princesas que en esse coche
lleuays forçadas; si no, aparejaos a recebir
presta muerte por justo castigo de vuestras
malas obras!”
  Detuuieron los frayles las riendas, y
quedaron admirados, assi de la figura de don
Quixote como de sus razones, a las quales
respondieron:
  “Señor cauallero, nosotros no somos endiablados
ni descomunales, sino dos religiosos de
San Benito que vamos nuestro camino, y no
sabemos si en este coche vienen o no ningunas
forçadas princesas.”
  “Para conmigo no ay palabras blandas; que
ya yo os conozco, fementida canalla”, dixo
don Quixote.
  Y, sin esperar mas respuesta, picó a
Rozinante y, la lança baxa, arremetio contra el
primero frayle, con tanta furia y denuedo, que
si el frayle no se dexara caer de la mula, el
le hiziera venir al suelo mal de su grado, y
aun mal ferido, si no cayera muerto.
  El segundo religioso, que vio del modo que
tratauan a su compañero, puso piernas al
castillo de su buena mula, y començo a correr por
aquella campaña, mas ligero que el mesmo
viento.
  Sancho Pança, que vio en el suelo al frayle,
apeandose ligeramente de su asno, arremetio
a el y le començo a quitar los habitos.
Llegaron en esto dos moços de los frayles, y
preguntaronle que por qué le desnudaua;
respondioles Sancho que aquello le tocaua a el
ligitimamente, como despojos de la batalla
que su señor don Quixote auia ganado. Los
moços, que no sabian de burlas, ni entendian
aquello de despojos ni batallas, viendo que ya
don Quixote estaua desuiado de alli, hablando
con las que en el coche venian, arremetieron
con Sancho, y dieron con el en el suelo, y sin
dexarle pelo en las barbas, le molieron a cozes,
y le dexaron tendido en el suelo, sin aliento
ni sentido; y, sin detenerse vn punto, tornó a
subir el frayle todo temeroso y acobardado y
sin color en el rostro, y quando se vio a
cauallo, picó tras su compañero, que vn buen
espacio de alli le estaua aguardando y esperando
en que paraua aquel sobresalto; y, sin querer
aguardar el fin de todo aquel començado
sucesso, siguieron su camino, haziendose mas
cruzes que si lleuaran al diablo a las
espaldas.
  Don Quixote estaua, como se ha dicho,
hablando con la señora del coche, diziendole:
  “La vuestra fermosura, señora mia, puede
fazer de su persona lo que mas le viniere en
talante, porque ya la soberuia de vuestros
robadores yaze por el suelo, derribada por este
mi fuerte braço; y, porque no peneys por saber
el nombre de vuestro libertador, sabed que yo
me llamo don Quixote de la Mancha, cauallero
andante y auenturero, y cautiuo de la sin
par y hermosa doña Dulzinea del Toboso; y en
pago del beneficio que de mi aueys recebido,
no quiero otra cosa sino que boluays al Toboso,
 y que de mi parte os presenteys ante
esta señora y le digays lo que por vuestra
libertad he fecho.”
  Todo esto que don Quixote dezia, escuchaua
vn escudero de los que el coche acompañauan,
que era vizcayno; el qual, viendo que
no queria dexar passar el coche adelante, sino
que dezia que luego auia de dar la buelta al
Toboso, se fue para don Quixote, y, asiendole
de la lança, le dixo en mala lengua castellana
y peor vizcayna, desta manera:
  “Anda, cauallero, que mal andes; por el
Dios que criome, que, si no dexas coche, assi
te matas como estás ahi vizcayno.”
  Entendiole muy bien don Quixote, y con
mucho sossiego le respondio:
  “Si fueras cauallero, como no lo eres, ya yo
huuiera castigado tu sandez y atreuimiento,
cautiua criatura.”
  A lo qual replicó el vizcayno:
  “¿Yo no cauallero? Iuro a Dios tan mientes
como christiano. ¡Si lança ar[r]ojas y espada
sacas, el agua quán presto veras que al gato
lleuas!. Vizcayno por tierra, hidalgo por mar,
hidalgo por el diablo, y mientes que mira si
otra dizes cosa.”
  “¡Aora lo veredes, dixo Agrages!”,
respondio don Quixote. Y ar[r]ojando la lança en
el suelo, sacó su espada y embraçó su rodela,
y arremetió al vizcayno con determinacion de
quitarle la vida.
  El vizcayno, que assi le vio venir, aunque
quisiera apearse de la mula, que, por ser de
las malas de alquiler, no auia que fiar en ella,
no pudo hazer otra cosa sino sacar su espada;
pero auinole bien que se halló junto al coche,
de donde pudo tomar vna almohada que le
siruio de escudo, y luego se fueron el vno
para el otro, como si fueran dos mortales
enemigos. La demas gente quisiera ponerlos en
paz; mas no pudo, porque dezia el vizcayno
en sus mal trauadas razones, que si no le
dexauan acabar su batalla, que el mismo auia de
matar a su ama y a toda la gente que se lo
estoruasse. La señora del coche, admirada y
temerosa de lo que veia, hizo al cochero que
se desuiasse de alli algun poco, y desde lexos
se puso a mirar la rigurosa contienda, en el
discurso de la qual dio el vizcayno vna gran
cuchillada a don Quixote encima de vn ombro,
por encima de la rodela, que, a darsela sin
defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quixote,
que sintio la pesadumbre de aquel desaforado
golpe, dio vna gran voz, diziendo:
  “¡0 señora de mi alma, Dulzinea, flor de la
fermosura, socorred a este vuestro cauallero,
que, por satisfazer a la vuestra mucha bondad,
en este riguroso trance se halla!”
  El dezir esto, y el apretar la espada, y el
cubrirse bien de su rodela, y el arremeter al
vizcayno, todo fue en vn tiempo, lleuando
determinacion de auenturarlo todo a la de vn gol[pe]
solo. El vizcayno, que assi le vio venir
contra el, bien entendio por su denuedo su coraje,
y determinó de hazer lo mesmo que don
Quixote; y, assi, le aguardó bien cubierto de
su almohada, sin poder rodear la mula a vna
ni a otra parte, que ya, de puro cansada y no
hecha a semejantes niñerias, no podia dar vn
passo.
  Venia, pues, como se ha dicho, don Quixote
contra el cauto vizcayno, con la espada en
alto, con determinacion de abrirle por medio,
y el vizcayno le aguardaua ansi mesmo,
leuantada la espada y aforrado con su almohada,
y todos los circunstantes estauan temerosos
y colgados de lo que auia de suceder de
aquellos tamaños golpes con que se
amenazauan; y la señora del coche y las demas
criadas suyas estauan haziendo mil votos y
ofrecimientos a todas las imagenes y casas de
deuocion de España, porque Dios librasse a su
escudero, y a ellas, de aquel tan grande
peligro en que se hallauan.
  Pero está el daño de todo esto que en este
punto y termino dexa pendiente el autor desta
historia esta batalla, disculpandose que no
halló mas escrito destas hazañas de don Quixote,
de las que dexa referidas. Bien es verdad que
el segundo autor desta obra no quiso creer
que tan curiosa historia estuuiesse entregada
a las leyes del oluido, ni que huuiessen sido
tan poco curiosos los ingenios de la Mancha,
que no tuuiessen en sus archiuos o en sus
escritorios algunos papeles que deste famoso
cauallero tratassen, y, assi, con esta imaginacion,
no se desesperó de hallar el fin desta apazible
historia, el qual, siendole el cielo fauorable, le
halló del modo que se contará en la segunda
parte.

                SEGVNDA PARTE
                DEL INGENIOSO
            hidalgo don Quixote de
                  la Mancha.

                 Capitulo IX

Donde se concluye y da fin a la estupenda
  batalla que el gallardo vizcayno y el valiente
  manchego tuuieron.

  Dexamos en la primera parte desta historia
al valeroso vizcayno y al famoso don
Quixote con las espadas altas y desnudas, en
guisa de descargar dos furibundos fe[n]dientes,
tales que, si en lleno se acertauan, por lo menos
se diuidirian y fenderian de arriba a baxo y
abririan como vna granada; y que en aquel
punto tan dudoso paró y quedó destroncada
tan sabrosa historia, sin que nos diesse noticia
su autor donde se podria hallar lo que della
faltaua. Causome esto mucha pesadumbre, porque
el gusto de auer leydo tan poco se boluia
en disgusto de pensar el mal camino que se
ofrecia para hallar lo mucho que, a mi parecer,
faltaua de tan sabroso cuento. Pareciome cosa
impossible y fuera de toda buena costumbre,
que a tan buen cauallero le huuiesse faltado
algun sabio que tomara a cargo el escreuir
sus nunca vistas hazañas, cosa que no faltó a
ninguno de los caualleros andantes,

          “de los que dizen las gentes
          que van a sus auenturas”,

porque cada vno dellos tenia vno o dos sabios,
como de molde, que no solamente escriuian
sus hechos, sino que pintauan sus mas minimos
pensamientos y niñerias, por mas escondidas
que fuessen. Y no auia de ser tan desdichado
tan buen cauallero, que le faltasse a el
lo que sobró a Platir y a otros semejantes.
Y, assi, no podia inclinarme a creer que tan
gallarda historia huuiesse quedado manca y
estropeada, y echaua la culpa a la malignidad
del tiempo, deuorador y consumidor de todas
las cosas, el qual, o la tenia oculta o
consumida.
  Por otra parte, me parecia que, pues entre
sus libros se auian hallado tan modernos como
Desengaño de zelos y Ninfas y pastores de
Henares, que tambien su historia deuia de
ser moderna, y que, ya que no estuuiesse
escrita, estaria en la memoria de la gente de su
aldea y de las a ella circunuezinas. Esta
imaginacion me traia confuso y desseoso de saber
real y verdaderamente toda la vida y milagros
de nuestro famoso español don Quixote de la
Mancha, luz y espejo de la caualleria manchega,
y el primero que en nuestra edad y en estos
tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y
exercicio de las andantes armas, y al [de]
desfazer agrauios, socorrer viudas, amparar
donzellas, de aquellas que andauan con sus açotes
y palafrenes, y con toda su virginidad a
cuestas, de monte en monte y de valle en valle;
que si no era que algun follon, o algun villano
de acha y capellina, o algun descomunal
gigante las forçaua, donzella huuo en los
passados tiempos que, al cabo de ochenta años,
que en todos ellos no durmio vn dia debaxo
de tejado, se fue tan entera a la sepultura
como la madre que la auia parido.
  Digo, pues, que por estos y otros muchos
respetos, es digno nuestro gallardo Quixote de
continuas y memorables alabanças, y aun a mi
no se me deuen negar por el trabajo y diligencia
que puse en buscar el fin desta agradable
historia. Aunque bien se que si el cielo, el
caso y la fortuna no me ayudan, el mundo
quedara falto y sin el passatiempo y gusto que
bien casi dos horas podra tener el que con
atencion la leyere. Passó, pues, el hallarla en
esta manera.
  Estando yo vn dia en el Alcana de Toledo,
llegó vn muchacho a vender vnos cartapacios
y papeles viejos a vn sedero, y como yo soy
aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos
de las calles, lleuado desta mi natural inclinacion,
tomé vn cartapacio de los que el muchacho
vendia, y vile con caracteres que conoci ser
arauigos. Y puesto que, aunque los conocia,
no los sabia leer, anduue mirando si parecia
por alli algun morisco aljamiado que los leyesse;
y no fue muy dificultoso hallar interprete
semejante, pues aunque le buscara de otra
mejor y mas antigua lengua le hallara. En fin,
la suerte me deparó vno, que, diziendole mi
desseo y poniendole el libro en las manos, le
abrio por medio, y leyendo vn poco en el, se
començo a reyr.
  Preguntele yo que de qué se reya, y
respondiome que de vna cosa que tenia aquel
libro escrita en el margen por anotacion.
Dixele que me la dixesse, y el, sin dexar la
risa, dixo:
  “Está, como he dicho, aqui, en el margen,
escrito esto: «Esta Dulzinea del Toboso, tantas
»vezes en esta historia referida, dizen que tuuo
»la mejor mano para salar puercos que otra
»muger de toda la Mancha.»”
  Quando yo ohi dezir “Dulzinea del Toboso”,
quedé atonito y suspenso, porque luego se me
representó que aquellos cartapacios contenian
la historia de don Quixote. Con esta imaginacion
le di priessa que leyesse el principio, y,
haziendolo ansi, boluiendo de improuiso el
arauigo en castellano, dixo que dezia: Historia
de don Quixote de la Mancha, escrita por Cide
Hamete Benengeli, historiador arauigo.
  Mucha discrecion fue menester para dissimular
el contento que recebi quando llegó a mis
oydos el titulo del libro, y, salteandosele al
sedero, compré al muchacho todos los papeles y
cartapacios por medio real; que si el tuuiera
discrecion y supiera lo que yo los desseaua,
bien se pudiera prometer y lleuar mas de seys
reales de la compra.
  Aparteme luego con el morisco por el claustro
de la Iglesia Mayor, y roguele me boluiesse
aquellos cartapacios, todos los que tratauan de
don Quixote, en lengua castellana, sin quitarles
ni añadirles nada, ofreciendole la paga que el
quisiesse. Contentose con dos arrobas de passas
y dos fanegas de trigo, y prometio de traduzirlos
bien y fielmente y con mucha breuedad.
Pero yo, por facilitar mas el negocio y por
no dexar de la mano tan buen hallazgo, le
truxe a mi casa, donde en poco mas de mes y
medio la traduxo toda, del mesmo modo
que aqui se refiere.
  Estaua en el primero cartapacio pintada, muy
al natural, la batalla de don Quixote con el
vizcayno, puestos en la mesma postura que
la historia cuenta: leuantadas las espadas, el
vno cubierto de su rodela, el otro de la
almohada, y la mula del vizcayno tan al viuo, que
estaua mostrando ser de alquiler a tiro de
ballesta. Tenia a los pies escrito el vizcayno vn
titulo que dezia: Don Sancho de Azpe[i]tia,
que sin duda deuia de ser su nombre, y a los
pies de Rozinante estaua otro que dezia: Don
Quixote. Estaua Rozinante marauillosamente
pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y
flaco, con tanto espinazo, tan etico confirmado,
que mostraua bien al descubierto con quanta
aduertencia y propriedad se le auia puesto
el nombre de Rozinante. Iunto a el estaua Sancho
Pança, que tenia del cabestro a su asno, a
los pies del qual estaua otro retulo que dezia:
Sancho Çancas, y deuia de ser que tenia, a lo
que mostraua la pintura, la barriga grande, el
talle corto y las çancas largas, y por esto se le
deuio de poner nombre de Pança, y de Çancas;
que con estos dos sobrenombres le llama
algunas vezes la historia.
  Otras algunas menudencias auia que aduertir;
pero todas son de poca importancia, y
que no hazen al caso a la verdadera relacion
de la historia, que ninguna es mala como sea
verdadera. Si a esta se le puede poner alguna
obgecion cerca de su verdad, no podra ser
otra sino auer sido su autor arauigo, siendo
muy propio de los de aquella nacion ser
mentirosos, aunque, por ser tan nuestros enemigos,
antes se puede entender auer quedado falto en
ella que demasiado. Y ansi me parece a mi,
pues quando pudiera y deuiera estender la
pluma en las alabanças de tan buen cauallero,
parece que de industria las passa en silencio:
cosa mal hecha y peor pensada, auiendo y
deuiendo ser los historiadores puntuales,
verdaderos y no nada apassionados, y que ni el
interes ni el miedo, el rancor ni la aficion, no
les hagan torcer del camino de la verdad,
cuya madre es la historia, emula del tiempo,
deposito de las acciones, testigo de lo passado,
exemplo y auiso de lo presente, aduertencia
de lo por venir. En esta se que se hallará
todo lo que se acertare a dessear en la mas
apazible; y si algo bueno en ella faltare, para
mi tengo que fue por culpa del galgo de su
autor, antes que por falta del sujeto.
  En fin, su segunda parte, siguiendo la
traducion, començaua desta manera:
  Puestas y leuantadas en alto las cortadoras
espadas de los dos valerosos y enojados
combatientes, no parecia sino que estauan amenazando
al cielo, a la tierra y al abismo: tal era
el denuedo y continente que tenian. Y el primero
que fue a descargar el golpe fue el colerico
vizcayno, el qual fue dado con tanta fuerça
y tanta furia, que, a no boluersele la espada
en el camino, aquel solo golpe fuera bastante
para dar fin a su rigurosa contienda y a todas
las auenturas de nuestro cauallero; mas la
buena suerte, que para mayores cosas le tenia
guardado, torcio la espada de su contrario, de
modo que, aunque le acerto en el hombro
yzquierdo, no le hizo otro daño que desarmarle
todo aquel lado, lleuandole de camino gran
parte de la zelada, con la mitad de la oreja;
que todo ello con espantosa ruyna vino al
suelo, dexandole muy mal trecho.
  ¡Valame Dios, y quién sera aquel que
buenamente pueda contar aora la rabia que entró
en el coraçon de nuestro manchego, viendose
parar de aquella manera! No se diga mas sino
que fue de manera, que se alçó de nueuo en
los estribos, y, apretando mas la espada en las
dos manos, con tal furia descargó sobre el
vizcayno, acertandole de lleno sobre la almohada
y sobre la cabeça, que, sin ser parte tan buena
defensa, como si cayera sobre el vna montaña,
començo a echar sangre por las narizes y por
la boca y por los oydos, y a dar muestras de
caer de la mula abaxo, de donde cayera, sin
duda, si no se abraçara con el cuello; pero
con todo esso, sacó los pies de los estribos, y
luego solto los braços, y la mula, espantada
del terrible golpe, dio a correr por el campo, y,
a pocos corcobos dio con su dueño en tierra.
  Estauaselo con mucho sossiego mirando don
Quixote, y, como lo vio caer, saltó de su
cauallo, y con mucha ligereza se llegó a el, y,
poniendole la punta de la espada en los ojos, le
dixo que se rindiesse; si no, que le cortaria
la cabeça. Estaua el vizcayno tan turbado que
no podia responder palabra, y el lo passara
mal, segun estaua ciego don Quixote, si las
señoras del coche, que hasta entonces con
gran desmayo auian mirado la pendencia, no
fueran a donde estaua y le pidieran con mucho
encarecimiento, les hiziesse tan gran
merced y fauor de perdonar la vida a aquel su
escudero.
  A lo qual don Quixote respo[n]dio con mucho
entono y grauedad:
  “Por cierto, fermosas señoras, yo soy muy
contento de hazer lo que me pedis; mas ha de
ser con vna condicion y concierto, y es que
este cauallero me ha de prometer de yr al
lugar del Toboso y presentarse de mi parte ante
la simpar doña Dulzinea, para que ella haga
del lo que mas fuere de su voluntad.”
  La[s] temerosa[s] y desconsolada[s] señora[s],
sin entrar en cuenta de lo que don
Quixote pedia, y sin preguntar quien Dulzinea
fuesse, le prometieron que el escudero haria
todo aquello que de su parte le fuesse
mandado.
  “Pues en fe de essa palabra, yo no le hare
mas daño, puesto que me lo tenia bien
merecido.”

                  Capitulo X

De lo que mas le auino a don Quixote con
  el vizcayno y del peligro en que se vio con
  vna turba de iangueses.

  Ya en este tiempo se auia leuantado Sancho
Pança, algo maltratado de los moços de los
frayles, y auia estado atento a la batalla de su
señor don Quixote, y rogaua a Dios en su coraçon
fuesse seruido de darle vitoria, y que en
ella ganasse alguna insula de donde le
hiziesse gouernador, como se lo auia prometido.
Viendo, pues, ya acabada la pendencia, y que
su amo boluia a subir sobre Rozinante, llegó a
tenerle el estribo, y antes que subiesse se
hincó de rodillas delante del, y, asiendole de la
mano, se la besó y le dixo:
  “Sea vuestra merced seruido, señor don
Quixote mio, de darme el gouierno de la
insula que en esta rigurosa pendencia se ha
ganado; que, por grande que sea, yo me siento
con fuerças de saberla gouernar, tal y tan bien
como otro que aya gouernado insulas en el
mundo.”
  A lo qual respondio don Quixote:
  “Aduertid, hermano Sancho, que esta auentura,
y la[s] a esta semejantes, no son auenturas
de insulas, sino de encruzijadas, en las
quales no se gana otra cosa que sacar rota la
cabeça o vna oreja menos. Tened paciencia;
que auenturas se ofreceran donde no
solamente os pueda hazer gouernador, sino mas
adelante.”
  Agradecioselo mucho Sancho, y, besandole
otra vez la mano y la falda de la loriga, le
ayudó a subir sobre Rozinante, y el subio sobre su
asno, y començo a seguir a su señor, que, a
passo tirado, sin despedirse ni hablar mas con
las del coche, se entró por vn bosque que alli
junto estaua. Seguiale Sancho a todo el trote
de su jumento, pero caminaua tanto Rozinante,
que, viendose quedar atras, le fue forçoso dar
vozes a su amo que se aguardasse. Hizolo assi
don Quixote, teniendo las riendas a Rozinante
hasta que llegasse su cansado escudero, el
qual, en llegando, le dixo:
  “Pareceme, señor, que seria acertado yrnos
a retraer a alguna iglesia; que, segun quedó
maltrecho aquel con quien os combatistes, no
sera mucho que den noticia del caso a la Santa
Hermandad y nos prendan; y a fe que si lo
hazen, que primero que salgamos de la
carcel, que nos ha de sudar el hopo.”
  “Calla”, dixo don Quixote. “¿Y dónde has
visto tu, o leydo jamas, que cauallero andante
aya sido puesto ante la justicia por mas
homicidios que huuiesse cometido?”
  “Yo no se nada de omecillos”, respondio
Sancho, “ni en mi vida le caté a ninguno; solo
se que la Santa Hermandad tiene que ver con
los que pelean en el campo, y en essotro no
me entremeto.”
  “Pues no tengas pena, amigo”, respondio
don Quixote; “que yo te sacaré de las manos
de los caldeos, quanto mas de las de la
Hermandad. Pero dime, por tu vida: ¿has visto
mas valeroso cauallero que yo en todo lo
descubierto de la tierra? ¿Has leydo en historias
otro que tenga ni aya tenido mas brio en acometer,
mas aliento en el perseuerar, mas destreza
en el herir, ni mas maña en el derribar?”
  “La verdad sea”, respondio Sancho, “que yo
no he leydo ninguna historia jamas, porque ni
se leer ni escreuir; mas lo que osaré apostar
es que mas atreuido amo que vuestra merced
yo no le he seruido en todos los dias de mi
vida, y quiera Dios que estos atreui[mi]entos
no se paguen donde tengo dicho. Lo que le
ruego a vuestra merced es que se cure, que
le va mucha sangre de essa oreja; que aqui
traygo hilas y vn poco de vnguento blanco en
las alforjas.”
  “Todo esso fuera bien escusado”, respondio
don Quixote, “si a mi se me acordara de hazer
vna redoma del balsamo de Fierabras; que con
sola vna gota se ahorraran tiempo y
medizinas.”
  “¿Qué redoma y qué balsamo es esse?” dixo
Sancho Pança.
  “Es vn balsamo”, respondio don Quixote,
“de quien tengo la receta en la memoria, con
el qual no ay que tener temor a la muerte, ni
ay pensar morir de ferida alguna. Y, ansi,
quando yo le haga y te le de, no tienes mas
que hazer sino que, quando vieres que en
alguna batalla me han partido por medio del
cuerpo, como muchas vezes suele acontecer,
bonitamente la parte del cuerpo que huuiere
caydo en el suelo, y con mucha sotiliza,
antes que la sangre se yele, la pondras sobre
la otra mitad que quedare en la silla,
aduirtiendo de encaxallo ygualmente y al justo.
Luego me daras a beuer solos dos tragos del
balsamo que he dicho, y verasme quedar
mas sano que vna mançana.”
  “Si esso ay”, dixo Pança, “yo renuncio desde
aqui el gouierno de la prometida insula, y no
quiero otra cosa en pago de mis muchos y
buenos seruicios, sino que vuestra merced me
de la receta de esse estremado licor; que para
mi tengo que valdra la onça, adonde quiera,
mas de a dos reales, y no he menester yo mas
para passar esta vida honrada y descansadamente.
Pero es de saber agora si tiene mucha
costa el hazelle.”
  “Con menos de tres reales se pueden hazer
tres azumbres”, respondio don Quixote.
  “¡Pecador de mi!”, replicó Sancho, “¿pues a
qué aguarda vuestra merced a hazelle y a
enseñarmele?”
  “Calla, amigo”, respondio don Quixote; “que
mayores secretos pienso enseñarte y mayores
mercedes hazerte; y por agora curemonos,
que la oreja me duele mas de lo que yo
quisiera.”
  Sacó Sancho de las alforjas hilas y vnguento.
Mas quando don Quixote llegó a ver rota su
zelada, penso perder el juyzio, y, puesta la
mano en la espada y alçando los ojos al cielo,
dixo:
  “Yo hago juramento al Criador de todas las
cosas, y a los santos quatro Euangelios donde
mas largamente estan escritos, de hazer la vida
que hizo el grande Marques de Mantua quando
juró de vengar la muerte de su sobrino
Valdouinos, que fue de no comer pan a
manteles, ni con su muger folgar, y otras cosas
que, aunque dellas no me acuerdo, las doy
aqui por expressadas, hasta tomar entera
vengança del que tal desaguisado me fizo.”
  Oyendo esto Sancho, le dixo:
  “Aduierta vuestra merced, señor don Quixote,
que si el cauallero cumplio lo que se le
dexó ordenado de yrse a presentar ante
mi señora Dulzinea del Toboso, ya aura cumplido
con lo que deuia, y no merece otra pena
si no comete nueuo delito.”
  “Has hablado y apuntado muy bien”,
respondio don Quixote; “y, assi, anulo el
juramento en quanto lo que toca a tomar del
nueua vengança; pero hagole y confirmole de
nueuo de hazer la vida que he dicho hasta
tanto que quite por fuerça otra zelada, tal y
tan buena como esta, a algun cauallero. Y
no pienses, Sancho, que assi a humo de pajas
hago esto; que bien tengo a quien imitar en
ello, que esto mesmo passó al pie de la
letra sobre el yelmo de Mambrino, que tan
caro le costo a Sacripante.”
  “Que de al diablo vuestra merced tales
juramentos, señor mio”, replicó Sancho, “que son
muy en daño de la salud y muy en perjuyzio
de la conciencia. Si no, digame aora: si acaso
en muchos dias no topamos hombre armado
con zelada, ¿qué hemos de hazer? ¿Hase de
cumplir el juramento a despecho de tantos
inconuenientes e incomodidades como sera el
dormir vestido, y el no dormir en poblado, y
otras mil penitencias que contenia el juramento
de aquel loco viejo del Marques de Mantua,
que vuestra merced quiere reualidar aora? Mire
vuestra merced bien que por todos estos caminos
no andan hombres armados, sino harrieros
y carreteros, que no solo no traen zeladas, pero
quiça no las han oydo nombrar en todos los
dias de su vida.”
  “Engañaste en esso”, dixo don Quixote,
“porque no auremos estado dos horas por
estas encruzijadas, quando veamos mas armados
que los que vinieron sobre Albraca a la
conquista de Angelica la Bella.”
  “Alto, pues; sea ansi”, dixo Sancho, “y
a Dios prazga que nos suceda bien, y que se
llegue ya el tiempo de ganar esta insula que
tan cara me cuesta, y muerame yo luego.”
  “Ya te he dicho, Sancho, que no te de esso
cuydado alguno; que, quando faltare insula,
ay está el reyno de Dinamarca o el de Sobradisa,
que te vendran como anillo al dedo,
y mas que, por ser en tierra firme, te deues
mas alegrar. Pero dexemos esto para su tiempo,
y mira si traes algo en essas alforjas que
comamos, porque vamos luego en busca de
algun castillo donde aloxemos esta noche y
hagamos el balsamo que te he dicho, porque
yo te boto a Dios, que me va doliendo mucho
la oreja.”
  “Aqui trayo vna cebolla y vn poco de queso
y no se quantos mendrugos de pan”, dixo
Sancho; “pero no son manjares que pertenecen
a tan valiente cauallero como vuestra
merced.”
  “Qué mal lo entiendes”, respondio don
Quixote; “hagote saber, Sancho, que es honra de
los caualleros andantes no comer en vn mes,
y ya que coman, sea de aquello que hallaren
mas a mano; y esto se te hiziera cierto si
huuieras leydo tantas historias como yo, que,
aunque han sido muchas, en todas ellas no he
hallado hecha relacion de que los caualleros
andantes comiessen, si no era acaso y en
algunos suntuosos banquetes que les hazian, y
los demas dias se los passauan en flores.
Y aunque se dexa entender que no podian
passar sin comer y sin hazer todos los otros
menesteres naturales, porque, en efeto, eran
hombres como nosotros, hase de entender
tambien que, andando lo mas del tiempo de
su vida por las florestas y despoblados, y sin
cozinero, que su mas ordinaria comida seria
de viandas rusticas, tales como las que tu aora
me ofreces. Assi que, Sancho amigo, no te
congoje lo que a mi me da gusto; ni querras
tu hazer mundo nueuo, ni sacar la caualleria
andante de sus quicios.”
  “Perdoneme vuestra merced”, dixo Sancho;
“que como yo no se leer ni escreuir, como
otra vez he dicho, no se ni he caydo en las
reglas de la profession caualleresca, y de aqui
adelante yo proueere las alforjas de todo
genero de fruta seca para vuestra merced, que es
cauallero, y para mi las proueere, pues no lo
soy, de otras cosas bolatiles y de mas
sustancia.”
  “No digo yo, Sancho”, replicó don Quixote,
“que sea forçoso a los caualleros andantes no
comer otra cosa sino essas frutas que dizes,
sino que su mas ordinario sustento deuia de
ser dellas, y de algunas yeruas que hallauan
por los campos, que ellos conocian y yo
tambien conozco.”
  “Virtud es”, respondio Sancho, “conocer
essas yeruas, que, segun yo me voy imaginando,
algun dia sera menester vsar de esse
conocimiento.”
  Y sacando, en esto, lo que dixo que trahia,
comieron los dos en buena paz y compaña.
Pero desseosos de buscar donde alojar aquella
noche, acabaron con mucha breuedad su pobre
y seca comida. Subieron luego a cauallo,
y dieronse priessa por llegar a poblado antes
que anocheciesse; pero faltoles el sol, y la
esperança de alcançar lo que desseauan, junto a
vnas choças de vnos cabreros, y, assi,
determinaron de passarla alli; que, quanto fue de
pesadumbre para Sancho no llegar a poblado,
fue de contento para su amo dormirla al cielo
descubierto, por parecerle que cada vez que
esto le sucedia era hazer vn acto possessiuo
que facilitaua la prueua de su caualleria.

                 Capitulo XI

De lo que le sucedio a don Quixote con vnos
                  cabreros.

  Fue recogido de los cabreros con buen
animo, y auiendo Sancho, lo mejor que pudo,
acomodado a Rozinante y a su jumento, se fue
tras el olor que despedian de si ciertos tasajos
de cabra, que hiruiendo al fuego en vn caldero
estauan; y, aunque el quisiera en aquel
mesmo punto ver si estauan en sazon de
trasladarlos del caldero al estomago, lo dexó de
hazer, porque los cabreros los quitaron del
fuego, y, tendiendo por el suelo vnas pieles
de ouejas, adereçaron con mucha priessa su
rustica mesa, y combidaron a los dos, con
muestras de muy buena voluntad, con lo que
tenian. Sentaronse a la redonda de las pieles
seis dellos, que eran los que en la majada auia,
auiendo primero, con grosseras ceremonias,
rogado a don Quixote que se sentasse sobre
vn dornajo que buelto del reues le pusieron.
Sentose don Quixote, y quedauase Sancho en
pie para seruirle la copa, que era hecha de
cuerno. Viendole en pie su amo, le dixo:
  “Porque veas, Sancho, el bien que en si
encierra la andante caualleria, y quán a pique
estan los que en qualquiera ministerio della se
exercitan de venir breuemente a ser honrados
y estimados del mundo, quiero que aqui, a mi
lado y en compañia desta buena gente, te
sientes, y que seas vna mesma cosa conmigo,
que soy tu amo y natural señor; que comas en
mi plato y beuas por donde yo beuiere, porque
de la caualleria andante se puede dezir lo
mesmo que del amor se dize: que todas
las cosas yguala.”
  “Gran merced”, dixo Sancho; “pero se dezir
a vuestra merced que como yo tuuiesse bien
de comer, tambien y mejor me lo comeria
en pie y a mis solas como sentado a par de
vn emperador. Y aun si va a dezir verdad,
mucho mejor me sabe lo que como en mi rincon,
sin melindres ni respetos, aunque sea pan
y cebolla, que los gallipauos de otras mesas
donde me sea forçoso mascar despacio, beuer
poco, limpiarme a menudo, no estornudar, ni
toser si me viene gana, ni hazer otras cosas
que la soledad y la libertad traen consigo.
Ansi que, señor mio, estas honras que
vuestra merced quiere darme por ser ministro
y aderente de la caualleria andante, como lo
soy siendo escudero de vuestra merced,
conuiertalas en otras cosas que me sean de mas
comodo y prouecho; que estas, aunque las doy
por bien recebidas, las renuncio para desde
aqui al fin del mundo.”
  “Con todo esso, te has de sentar, porque a
quien se humilla Dios le ensalça.”
  Y, asiendole por el braço, le forço a que
junto del se sentasse.
  No entendian los cabreros aquella gerigonça
de escuderos y de caualleros andantes, y no
hazian otra cosa que comer y callar, y mirar
a sus huespedes, que, con mucho donayre y
gana, embaulauan tassajo como el puño. Acabado
el seruicio de carne, tendieron sobre las
zaleas gran cantidad de bellotas auellanadas,
y juntamente pusieron vn medio queso, mas
duro que si fuera hecho de argamassa. No
estaua en esto ocioso el cuerno, porque andaua
a la redonda tan a menudo, ya lleno, ya vazio,
como arcaduz de noria, que con facilidad
vazió vn zaque de dos que estauan de
manifiesto.
  Despues que don Quixote huuo bien satisfecho
su estomago, tomó vn puño de bellotas
en la mano, y, mirandolas atentamente, solto
la voz a semejantes razones:
  “¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a
quien los antiguos pusieron nombre de dorados;
y no porque en ellos el oro, que en esta
nuestra edad de hierro tanto se estima, se
alcançasse en aquella venturosa sin fatiga alguna,
sino porque entonces los que en ella viuian
ignorauan estas dos palabras de tuyo y mio!
Eran en aquella santa edad todas las cosas
comunes; a nadie le era necessario, para alcançar
su ordinario sustento, tomar otro trabajo que
alçar la mano y alcançarle de las robustas
enzinas, que liberalmente les estauan combidando
con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes
y corrientes rios, en magnifica abundancia,
sabrosas y transparentes aguas les ofrecian. En
las quiebras de las peñas y en lo hueco de los
arboles formauan su republica las solicitas y
discretas abejas, ofreciendo a qualquiera mano,
sin interes alguno, la fertil cosecha de su
dulcissimo trabajo. Los valientes alcornoques
despedian de si, sin otro artificio que el de su
cortesia, sus anchas y liuianas cortezas, con que
se començaron a cubrir las casas, sobre
rusticas estacas sustentadas, no mas que para
defensa de las inclemencias del cielo. Todo era
paz entonces, todo amistad, todo concordia;
aun no se auia atreuido la pesada reja del corbo
arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas
de nuestra primera madre, que ella, sin ser
forçada, ofrecia por todas las partes de su fertil
y espacioso seno lo que pudiesse hartar,
sustentar y deleytar a los hijos que entonces la
posseian.
  ”Entonces si que andauan las simples y hermosas
çagalejas de valle en valle y de otero en
otero, en trença y en cabello, sin mas vestidos
de aquellos que eran menester para cubrir
honestamente lo que la honestidad quiere y
ha querido siempre que se cubra, y no eran
sus adornos de los que aora se vsan, a quien
la purpura de Tyro y la por tantos modos
martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas
verdes de lampazos y yedra entretexidas,
con lo que quiça yuan tan pomposas y compuestas
como van agora nuestras cortesanas
con las raras y peregrinas inuenciones que la
curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces
se decorauan los concetos amorosos del alma
simple y senzillamente, del mesmo modo
y manera que ella los concebia, sin buscar
artificioso rodeo de palabras para encarecerlos.
No auia la fraude, el engaño ni la malicia,
mezcladose con la verdad y llaneza. La
justicia se estaua en sus proprios terminos,
sin que la osassen turbar ni ofender los del
fauor y los del interesse, que tanto aora la
menoscaban, turban y persiguen. La ley del
encaxe aun no se auia sentado en el
entendimiento del juez, porque entonces no auia
que juzgar, ni quien fuesse juzgado. Las
donzellas y la honestidad andauan, como tengo
dicho, por donde quiera, sola y señera, sin
temor que la agena desemboltura y lasciuo
intento le menoscabassen, y su perdicion
nacia de su gusto y propria voluntad. Y agora,
en estos nuestros detestables siglos, no
está segura ninguna, aunque la oculte y cierre
otro nueuo laberinto como el de Creta; porque
alli, por los resquicios, o por el ayre, con el zelo
de la maldita solicitud, se les entra la amorosa
pestilencia y les haze dar con todo su recogimiento
al traste. Para cuya seguridad, andando
mas los tiempos y creciendo mas la malicia, se
instituyó la orden de los caualleros andantes
para defender las donzellas, amparar las
viudas, y socorrer a los huerfanos y a los
menesterosos.
  ”Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a
quien agradezco el gassaje y buen
acogimiento que hazeis a mi y a mi escudero. Que,
aunque por ley natural estan todos los que
viuen obligados a fauorecer a los caualleros
andantes, todauia, por saber que sin saber
vosotros esta obligacion me acogistes y regalastes,
es razon que con la voluntad a mi possible
os agradezca la vuestra.”
  Toda esta larga arenga, que se pudiera muy
bien escusar, dixo nuestro cauallero, porque
las bellotas que le dieron le truxeron a la
memoria la edad dorada. Y antojosele hazer aquel
inutil razonamiento a los cabreros, que, sin
respondelle palabra, embouados y suspensos,
le estuuieron escuchando. Sancho, assi mesmo,
callaua y comia bellotas, y visitaua
muy a menudo el segundo zaque, que, porque
se enfriasse el vino, le tenian colgado de vn
alcornoque.
  Mas tardó en hablar don Quixote que en
acabarse la cena; al fin de la qual vno de los
cabreros dixo:
  “Para que con mas veras pueda vuestra
merced dezir, señor cauallero andante, que le
agassajamos con prompta y buena voluntad,
queremos darle solaz y contento con hazer
que cante vn compañero nuestro, que no tardará
mucho en estar aqui. El qual es vn zagal
muy entendido y muy enamorado, y que, sobre
todo, sabe leer y escreuir, y es musico de vn
rabel que no ay mas que dessear.”
  Apenas auia el cabrero acabado de dezir
esto, quando llegó a sus oydos el son del rabel,
y de alli a poco llegó el que le tañia, que era
vn moço de hasta veynte y dos años, de muy
buena gracia. Preguntaronle sus compañeros
si auia cenado, y, respondiendo que si, el que
auia hecho los ofrecimientos le dixo:
  “De essa manera, Antonio, bien podras
hazernos plazer de cantar vn poco, por que vea
este señor huesped que tenemos, que tambien
por los montes y seluas ay quien sepa de
musica. Hemosle dicho tus buenas habilidades,
y desseamos que las muestres y nos saques
verdaderos; y, assi, te ruego por tu vida
que te sientes y cantes el romance de tus
amores, que te compuso el beneficiado tu tio, que
en el pueblo ha parecido muy bien.”
  “Que me plaze”, respondio el moço.
  Y, sin hazerse mas de rogar, se sento en el
tronco de vna desmochada enzina, y, templando
su rabel, de alli a poco, con muy buena gracia,
començo a cantar, diziendo desta manera:

                 ANTONIO

        Yo se, Olalla, que me adoras,
      puesto que no me lo has dicho
      ni aun con los ojos siquiera,
      mudas lenguas de amorios.
        Porque se que eres sabida,
      en que me quieres me afirmo;
      que nunca fue desdichado
      amor que fue conocido.
        Bien es verdad, que tal vez,
      Olalla, me has dado indicio
      que tienes de bronze el alma
      y el blanco pecho de risco.
        Mas alla, entre tus reproches
      y honestissimos desuios,
      tal vez la esperança muestra
      la orilla de su vestido.
        Aualançase al señuelo
      mi fe, que nunca ha podido,
      ni menguar por no llamado,
      ni crecer por escogido.
        Si el amor es cortesia,
      de la que tienes colijo,
      que el fin de mis esperanças
      ha de ser qual imagino.
        Y si son seruicios parte
      de hazer vn pecho benigno,
      algunos de los que he hecho
      fortalezen mi partido.
        Porque si has mirado en ello,
      mas de vna vez auras visto
      que me he vestido en los lunes
      lo que me honraua el domingo.
        Como el amor y la gala
      andan vn mesmo camino,
      en todo tiempo a tus ojos
      quise mostrarme polido.
        Dexo el baylar por tu causa,
      ni las musicas te pinto
      que has escuchado a deshoras
      y al canto del gallo primo.
        No cuento las alabanças
      que de tu belleza he dicho;
      que, aunque verdaderas, hazen
      ser yo de algunas malquisto.
        Teresa del Berrocal,
      yo alabandote, me dixo:
      “Tal piensa que adora a vn angel,
      y viene a adorar a vn gimio,
        merced a los muchos dixes,
      y a los cabellos postizos,
      y a hipocritas hermosuras
      que engañan al amor mismo.”
        Desmentila, y enojose;
      boluio por ella su primo,
      desafiome, y ya sabes
      lo que yo hize y el hizo.
        No te quiero yo a monton,
      ni te pretendo y te siruo
      por lo de barragania,
      que mas bueno es mi designio.
        Coyundas tiene la Iglesia
      que son lazadas de sirgo;
      pon tu el cuello en la gamella,
      veras como pongo el mio.
        Donde no, desde aqui juro
      por el santo mas bendito
      de no salir destas sierras
      sino para capuchino.

  Con esto dio el cabrero fin a su canto, y
aunque don Quixote le rogo que algo mas
cantasse, no lo consintio Sancho Pança, porque
estaua mas para dormir que para oyr
canciones. Y ansi, dixo a su amo:
  “Bien puede vuestra merced acomodarse
desde luego a donde ha de posar esta noche;
que el trabajo que estos buenos hombres
tienen todo el dia no permite que passen las
noches cantando.”
  “Ya te entiendo, Sancho”, le respondio don
Quixote; “que bien se me trasluze que las
visitas del zaque piden mas recompensa de
sueño que de musica.”
  “A todos nos sabe bien, bendito sea Dios”,
respondio Sancho.
  “No lo niego”, replicó don Quixote; “pero
acomodate tu donde quisieres, que los de mi
profession mejor parecen velando que
durmiendo. Pero, con todo esto, seria bien,
Sancho, que me bueluas a curar esta oreja,
que me va doliendo mas de lo que es
menester.”
  Hizo Sancho lo que se le mandaua. Y, viendo
vno de los cabreros la herida, le dixo que
no tuuiesse pena, que el pondria remedio con
que facilmente se sanasse. Y, tomando algunas
hojas de romero, de mucho que por alli auia,
las mascó y las mezcló con vn poco de sal,
y, aplicandoselas a la oreja, se la vendó muy
bien, assegurandole que no auia menester otra
medicina, y assi fue la verdad.

                 Capitulo XII

  De lo que conto vn cabrero a los que estauan
               con don Quixote.

  Estando en esto, llegó otro moço de los que
les traian del aldea el bastimento, y dixo:
  “¿Sabeis lo que passa en el lugar,
compañeros?”
  “¿Cómo lo podemos saber?”, respondio vno
dellos.
  “Pues sabed”, prosiguio el moço, “que murio
esta mañana aquel famoso pastor estudiante
llamado Grisostomo, y se murmura que
ha muerto de amores de aquella endiablada
moça de Marcela, la hija de Guillermo el rico,
aquella que se anda en habito de pastora por
essos andurriales.”
  “Por Marcela dirás”, dixo vno.
  “Por essa digo”, respondio el cabrero. “Y es
lo bueno que mandó en su testamento que le
enterrassen en el campo, como si fuera moro,
y que sea al pie de la peña donde está la
fuente del alcornoque; porque, segun es fama,
y el dizen que lo dixo, aquel lugar es adonde
el la vio la vez primera. Y tambien mandó
otras cosas, tales, que los abades del pueblo
dizen que no se han de cumplir, ni es bien que
se cumplan, porque parecen de gentiles. A
todo lo qual responde aquel gran su amigo
Ambrosio, el estudiante, que tambien se vistio
de pastor con el, que se ha de cumplir todo,
sin faltar nada, como lo dexó mandado Grisostomo,
y sobre esto anda el pueblo alborotado;
mas, a lo que se dize, en fin se hara lo que
Ambrosio y todos los pastores, sus amigos,
quieren; y mañana le vienen a enterrar con
gran pompa adonde tengo dicho. Y tengo para
mi que ha de ser cosa muy de ver; a lo menos,
yo no dexaré de yr a verla, si supiesse no
boluer mañana al lugar.”
  “Todos haremos lo mesmo”, respondieron
los cabreros, “y echaremos suertes a quien
ha de quedar a guardar las cabras de todos.”
  “Bien dizes, Pedro”, dixo [vno]; “que no
sera menester vsar de essa diligencia, que yo
me quedaré por todos; y no lo atribuyas a
virtud y a poca curiosidad mia, sino a que no
me dexa andar el garrancho que el otro dia
me passó este pie.”
  “Con todo esso, te lo agradecemos”,
respondio Pedro.
  Y don Quixote rogo a Pedro le dixesse qué
muerto era aquel y qué pastora aquella. A lo
qual Pedro respondio que lo que sabia era
que el muerto era vn hijodalgo rico, vezino
de vn lugar que estaua en aquellas sierras,
el qual auia sido estudiante muchos años en
Salamanca, al cabo de los quales auia buelto
a su lugar, con opinion de muy sabio y muy
leydo. “Principalmente, dezian que sabia la
ciencia de las estrellas, y de lo que passan alla
en el cielo el sol y la luna, porque puntualmente
nos dezia el cris del sol y de la luna.”
  “Eclipse se llama, amigo, que no cris, el
escurecerse essos dos luminares mayores”, dixo
don Quixote.
  Mas Pedro, no reparando en niñerias,
prosiguio su cuento, diziendo:
  “Assi mesmo adeuinaua quándo auia de
ser el año abundante o estil.”
  “Esteril quereys dezir, amigo”, dixo don
Quixote.
  “Esteril o estil”, respondio Pedro, “todo se
sale alla. Y digo que con esto que dezia se
hizieron su padre y sus amigos, que le dauan
credito, muy ricos, porque hazian lo que el les
aconsejaua, diziendoles: «Sembrad este año
»ceuada, no trigo; en este podeis sembrar
»garuanços, y no ceuada; el que viene sera
»de guilla de azeyte; los tres siguientes no se
»cogera gota.»”
  “Essa ciencia se llama astrologia”, dixo don
Quixote.
  “No se yo cómo se llama”, replicó Pedro,
“mas se que todo esto sabia, y aun mas.
Finalmente, no passaron muchos meses despues
que vino de Salamanca, quando vn dia remanecio
vestido de pastor, con su cayado y
pellico, auiendose quitado los habitos largos
que como escolar traia, y juntamente se vistio
con el de pastor otro su grande amigo,
llamado Ambrosio, que auia sido su compañero
en los estudios. Oluidauaseme de dezir como
Grisostomo, el difunto, fue grande hombre
de componer coplas; tanto, que el hazia los
villancicos para la noche del Nacimiento del
Señor y los autos para el dia de Dios, que los
representauan los moços de nuestro pueblo, y
todos dezian que eran por el cabo. Quando los
del lugar vieron tan de improuiso vestidos de
pastores a los dos escolares, quedaron
admirados, y no podian adiuinar la causa que les
auia mouido a hazer aquella tan estraña
mudança. Ya en este tiempo era muerto el padre
de nuestro Grisostomo, y el quedó heredado
en mucha cantidad de hazienda, ansi en muebles
como en rayzes, y en no pequeña cantidad
de ganado mayor y menor, y en gran cantidad
de dineros; de todo lo qual quedó el moço
señor desoluto, y en verdad que todo lo merecia;
que era muy buen compañero, y caritatiuo,
y amigo de los buenos, y tenia vna cara
como vna bendicion. Despues se vino a
entender que el auerse mudado de traje no auia
sido por otra cosa que por andarse por estos
despoblados empos de aquella pastora Marcela,
que nuestro çagal nombró denantes, de la
qual se auia enamorado el pobre difunto de
Grisostomo. Y quiero os dezir agora, porque
es bien que lo sepais, quien es esta rapaza;
quiça, y aun sin quiça, no aureis oydo semejante
cosa en todos los dias de vuestra vida,
aunque viuais mas años que Sarna.”
  “Dezid Sarra”, replicó don Quixote, no
pudiendo sufrir el trocar de los vocablos del
cabrero.
  “Harto viue la sarna”, respondio Pedro; “y
si es, señor, que me aueis de andar çaheriendo
a cada passo los vocablos, no acabaremos en
vn año.”
  “Perdonad, amigo”, dixo don Quixote; “que
por auer tanta diferencia de sarna a Sarra os
lo dixe. Pero vos respondistes muy bien,
porque viue mas sarna que Sarra; y proseguid
vuestra historia, que no os replicaré mas en
nada.”
  “Digo, pues, señor mio de mi alma”, dixo el
cabrero, “que en nuestra aldea huuo vn labrador,
aun mas rico que el padre de Grisostomo,
el qual se llamaua Guillermo, y al qual dio
Dios, amen de las muchas y grandes riquezas,
vna hija de cuyo parto murio su madre, que
fue la mas honrada muger que huuo en todos
estos contornos. No parece sino que aora la
veo, con aquella cara que del vn cabo tenia
el sol y del otro la luna, y, sobre todo,
hazendosa y amiga de los pobres, por lo que creo
que deue de estar su anima a la hora de
aora gozando de Dios en el otro mundo.
De pesar de la muerte de tan buena muger
murio su marido Guillermo, dexando a su hija
Marcela, muchacha y rica, en poder de vn
tio suyo, sacerdote y beneficiado en nuestro
lugar. Crecio la niña con tanta belleza, que
nos hazia acordar de la de su madre, que la
tuuo muy grande, y, con todo esto, se juzgaua
que le auia de passar la de la hija.
  ”Y assi fue, que, quando llegó a edad de
catorze a quinze años, nadie la miraua que
no bendezia a Dios, que tan hermosa la auia
criado, y los mas quedauan enamorados y
perdidos por ella. Guardauala su tio con mucho
recato y con mucho encerramiento; pero, con
todo esto, la fama de su mucha hermosura se
estendio de manera que, assi por ella como
por sus muchas riquezas, no solamente de los
de nuestro pueblo, sino de los de muchas leguas
a la redonda, y de los mejores dellos, era
rogado, solicitado e importunado su tio se la
diesse por muger. Mas el, que a las derechas
es buen christiano, aunque quisiera casarla
luego, assi como la via de edad, no quiso
hazerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a la
ganancia y grangeria que le ofrecia el tener la
hazienda de la moça, dilatando su casamiento.
Y a fe que se dixo esto en mas de vn corrillo
en el pueblo, en alabança del buen sacerdote.
Que quiero que sepa, señor andante, que en
estos lugares cortos de todo se trata y de
todo se murmura. Y tened para vos, como yo
tengo para mi, que deuia de ser demasiadamente
bueno el clerigo que obliga a sus feligreses
a que digan bien del, especialmente en
las aldeas.”
  “Assi es la verdad”, dixo don Quixote, “y
proseguid adelante; que el cuento es muy
bueno, y vos, buen Pedro, le contais con muy
buena gracia.”
  “La del Señor no me falte, que es la que haze
al caso. Y en lo demas, sabreis que, aunque el
tio proponia a la sobrina y le dezia las
calidades de cada vno en particular, de los muchos
que por muger la pedian, rogandole que se
casasse y escogiesse a su gusto, jamas ella
respondio otra cosa sino que por entonces no
queria casarse, y que, por ser tan muchacha,
no se sentia abil para poder lleuar la carga
del matrimonio. Con estas que daua, al parecer,
justas escusas, dexaua el tio de importunarla,
y esperaua a que entrasse algo mas en
edad, y ella supiesse escoger compañia a su
gusto. Porque dezia el, y dezia muy bien, que
no auian de dar los padres a sus hijos estado
contra su voluntad. Pero hetelo aqui, quando
no me cato, que remanece vn dia la melindrosa
Marcela hecha pastora; y, sin ser parte
su tio ni todos los del pueblo, que se lo
desaconsejauan, dio en yrse al campo con las
demas çagalas del lugar, y dio en guardar su
mesmo ganado. Y, assi como ella salio en
publico y su hermosura se vio al descubierto,
no os sabre buenamente dezir quántos ricos
mancebos, hidalgos y labradores, han tomado
el traje de Grisostomo y la andan requebrando
por essos campos. Vno de los quales, como ya
está dicho, fue nuestro difunto, del qual dezian
que la dexaua de querer, y la adoraua.
  ”Y no se piense que porque Marcela se puso
en aquella libertad y vida tan suelta, y de tan
poco o de ningun recogimiento, que por esso
ha dado indicio, ni por semejas, que venga en
menoscabo de su honestidad y recato; antes
es tanta y tal la vigilancia con que mira por
su honra, que de quantos la siruen y solicitan
ninguno se ha alabado, ni con verdad se podra
alabar, que le aya dado alguna pequeña
esperança de alcançar su desseo. Que, puesto que
no huye ni se esquiua de la compañia y
conuersacion de los pastores, y los trata cortes y
amigablemente, en llegando a descubrirle su
intencion qualquiera dellos, aunque sea tan
justa y santa como la del matrimonio, los arroja
de si como con vn trabuco. Y con esta manera
de condicion haze mas daño en esta tierra que
si por ella entrara la pestilencia; porque su
afabilidad y hermosura atrae los coraçones de
los que la tratan a seruirla y a amarla; pero su
desden y desengaño los conduze a terminos
de desesperarse, y, assi, no saben que dezirle,
sino llamarla a vozes cruel y desagradecida,
con otros titulos a este semejante[s], que
bien la calidad de su condicion manifiestan.
Y si aqui estuuiessedes, señor, algun dia, veriades
resonar estas sierras y estos valles con los
lamentos de los desengañados que la siguen.
  ”No está muy lexos de aqui vn sitio donde
ay casi dos dozenas de altas hayas, y no ay
ninguna que en su lisa corteza no tenga grauado
y escrito el nombre de Marcela, y encima
de alguno, vna corona grauada en el mesmo
arbol, como si mas claramente dixera
su amante que Marcela la lleua y la merece
de toda la hermosura humana. Aqui sospira
vn pastor, alli se quexa otro, aculla se oyen
amorosas canciones, aca desesperadas
endechas. Qual ay que passa todas las horas de
la noche sentado al pie de alguna enzina o
peñasco, y alli, sin plegar los llorosos ojos,
embeuecido y transportado en sus pensamientos,
le halló el sol a la mañana; y qual ay
que, sin dar vado ni tregua a sus suspiros, en
mitad del ardor de la mas enfadosa siesta del
verano, tendido sobre la ardiente arena, embia
sus quexas al piadoso cielo; y deste y de
aquel, y de aquellos y de estos, libre y
desenfadadamente triunfa la hermosa Marcela, y
todos los que la conocemos estamos esperando
en qué ha de parar su altiuez, y quién ha de
ser el dichoso que ha de venir a domeñar
condicion tan terrible y gozar de hermosura tan
estremada. Por ser todo lo que he contado tan
aueriguada verdad, me doy a entender que
tambien lo es la que nuestro çagal dixo que
se dezia de la causa de la muerte de Grisostomo.
Y, assi, os aconsejo, señor, que no dexeis
de hallaros mañana a su entierro, que sera
muy de ver, porque Grisostomo tiene muchos
amigos, y no está de este lugar a aquel
donde manda enterrarse media legua.”
  “En cuydado me lo tengo”, dixo don
Quixote, “y agradezcoos el gusto que me aueis
dado con la narracion de tan sabroso cuento.”
  “¡O!”, replicó el cabrero, “aun no se yo la
mitad de los casos sucedidos a los amantes de
Marcela; mas podria ser que mañana topassemos
en el camino algun pastor que nos los
dixesse, y por aora, bien sera que os vais a
dormir debaxo de techado, porque el sereno
os podria dañar la herida, puesto que es tal la
medicina que se os ha puesto, que no ay que
temer de contrario acidente.”
  Sancho Pança, que ya daua al diablo el tanto
hablar del cabrero, solicitó, por su parte, que
su amo se entrasse a dormir en la choça de
Pedro. Hizolo assi, y todo lo mas de la noche
se le passó en memorias de su señora Dulzinea,
a imitacion de los amantes de Marcela.
Sancho Pança se acomodó entre Rozinante y
su jumento, y durmio, no como enamorado
desfauorecido, sino como hombre molido a
cozes.

                Capitulo XIII

Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela,
              con otros sucessos.

  Mas apenas començo a descubrirse el dia
por los valcones del Oriente, quando los cinco
de los seis cabreros se leuantaron y fueron a
despertar a don Quixote, y a dezille si estaua
todauia con proposito de yr a ver el famoso
entierro de Grisostomo, y que ellos le harian
compañia. Don Quixote, que otra cosa no
desseaua, se leuantó y mandó a Sancho que
ensillasse y enalbardasse al momento, lo qual
el hizo con mucha diligencia, y con la mesma
se pusieron luego todos en camino. Y no
huuieron andado vn quarto de legua, quando,
al cruzar de vna senda, vieron venir hazia
ellos hasta seis pastores, vestidos con
pellicos negros y coronadas las cabeças con
guirnaldas de cypres y de amarga adelfa. Traia
cada vno vn gruesso baston de azebo en la
mano. Venian con ellos, assi mesmo, dos
gentiles hombres de a cauallo, muy bien
adereçados de camino, con otros tres moços de
a pie que los acompañauan. En llegandose
a juntar se saludaron cortesmente, y,
preguntandose los vnos a los otros donde yuan,
supieron que todos se encaminauan al lugar del
entierro, y, assi, començaron a caminar todos
juntos.
  Vno de los de a cauallo, hablando con su
compañero, le dixo:
  “Pareceme, señor Viualdo, que auemos de
dar por bien empleada la tardança que
hizieremos en ver este famoso entierro, que no
podra dexar de ser famoso, segun estos pastores
nos han contado estrañezas, ansi del muerto
pastor como de la pastora omicida.”
  “Assi me lo parece a mi”, respondio
Viualdo; “y no digo yo hazer tardança de vn
dia, pero de quatro la hiziera, a trueco de
verle.”
  Preguntoles don Quixote qué era lo que
auian oydo de Marcela y de Grisostomo. El
caminante dixo que aquella madrugada auian
en[con]trado con aquellos pastores, y que,
por auerles visto en aquel tan triste traje, les
auian preguntado la ocasion porque yuan de
aquella manera; que vno dellos se lo conto,
contando la estrañeza y hermosura de vna
pastora llamada Marcela, y los amores de muchos
que la requestauan, con la muerte de aquel
Grisostomo a cuyo entierro yuan. Finalmente,
el conto todo lo que Pedro a don Quixote auia
contado.
  Cessó esta platica, y començose otra,
preguntando el que se llamaua Viualdo a don
Quixote qué era la ocasion que le mouia a
andar armado de aquella manera por tierra tan
pacifica.
  A lo qual respondio don Quixote:
  “La profession de mi exercicio no consiente
ni permite que yo ande de otra manera. El
buen passo, el regalo y el reposo alla se
inuentó para los blandos cortesanos; mas el
trabajo, la inquietud y las armas solo se
inuentaron e hizieron para aquellos que el mundo
llama caualleros andantes, de los quales yo,
aunque indigno, soy el menor de todos.”
  Apenas le oyeron esto, quando todos le
tuuieron por loco. Y por aueriguarlo mas y ver
qué genero de locura era el suyo, le tornó a
preguntar Viualdo, que qué queria dezir
caualleros andantes.
  “¿No han vuestras mercedes leydo”, respondio
don Quixote, “los anales e historias de
Ingalaterra, donde se tratan las famosas fazañas
del rey Arturo, que continuamente en nuestro
romance castellano llamamos el rey Artus,
de quien es tradicion antigua y comun en todo
aquel reyno de la gran Bretaña, que este rey
no murio, sino que, por arte de encantamento,
se conuirtio en cueruo, y que, andando los
tiempos, ha de boluer a reynar y a cobrar su
reyno y cetro; a cuya causa no se prouará
que desde aquel tiempo a este aya ningun
ingles muerto cuerno alguno? Pues en
tiempo deste buen rey fue instituyda aquella
famosa orden de caualleria de los caualleros
de la Tabla Redonda, y passaron, sin faltar
vn punto, los amores que alli se cuentan de
don Lançarote del Lago con la reyna Ginebra,
siendo medianera dellos y sabidora aquella
tan honrada dueña Quintañona, de donde nacio
aquel tan sabido romance, y tan decantado
en nuestra España, de:

           «Nunca fuera cauallero
         de damas tan bien seruido,
         como fuera Lançarote
         quando de Bretaña vino»,

con aquel progresso tan dulce y tan suaue
de sus amorosos y fuertes fechos. Pues desde
entonces, de mano en mano, fue aquella orden
de caualleria estendiendose y dilatandose
por muchas y diuersas partes del mundo. Y
en ella fueron famosos y conocidos por sus
fechos el valiente Amadis de Gaula, con todos
sus hijos y nietos, hasta la quinta generacion,
y el valeroso Felixmarte de Hircania, y el
nunca como se deue alabado Tirante el Blanco, y
casi que en nuestros dias vimos y comunicamos
y oymos al inuencible y valeroso cauallero
don Belianis de Grecia. Esto, pues, señores,
es ser cauallero andante, y la que he
dicho es la orden de su caualleria; en la qual,
como otra vez he dicho, yo, aunque pecador,
he hecho profession, y lo mesmo que
professaron los caualleros referidos professo yo.
Y, assi, me voy por estas soledades y
despoblados buscando las auenturas, con animo
deliberado de ofrecer mi braço y mi persona a
la mas peligrosa que la suerte me deparare,
en ayuda de los flacos y menesterosos.”
  Por estas razones que dixo, acabaron de
enterarse los caminantes que era don Quixote
falto de juyzio, y del genero de locura que lo
señoreaua, de lo qual recibieron la mesma
admiracion que recibian todos aquellos que
de nueuo venian en conocimiento della. Y
Viualdo, que era persona muy discreta y de
alegre condicion, por passar sin pesadumbre el
poco camino que dezian que les faltaua, al
llegar a la sierra del entierro, quiso darle
ocasion a que passasse mas adelante con sus
disparates. Y assi le dixo:
  “Pareceme, señor cauallero andante, que
vuestra merced ha professado vna de las mas
estrechas professiones que ay en la tierra, y
tengo para mi que aun la de los frayles
cartuxos no es tan estrecha.”
  “Tan estrecha bien podia ser”, respondio
nuestro don Quixote; “pero tan necessaria en
el mundo, no estoy en dos dedos de ponello
en duda; porque, si va a dezir verdad, no haze
menos el soldado que pone en execucion lo
que su capitan le manda, que el mesmo
capitan que se lo ordena. Quiero dezir que los
religiosos, con toda paz y sossiego, piden al
cielo el bien de la tierra; pero los soldados
y caualleros ponemos en execucion lo que
ellos pide[n], defendiendola con el valor de
nuestros braços y filos de nuestras espadas, no
debaxo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos
por blanco de los insufribles rayos del sol
en el verano y de los erizados yelos del
inuierno. Assi, que somos ministros de Dios en la
tierra, y braços por quien se executa en ella su
justicia. Y como las cosas de la guerra y las a
ellas tocantes y concernientes no se pueden
poner en execucion sino sudando, afanando y
trabajando, siguese que aquellos que la
professan tienen, sin duda, mayor trabajo que
aquellos que en sossegada paz y reposo estan
rogando a Dios fauorezca a los que poco pueden.
No quiero yo dezir, ni me passa por pensamiento,
que es tan buen estado el de cauallero
andante como el del encerrado religioso;
solo quiero inferir, por lo que yo padezco, que
sin duda es mas trabajoso y mas aporreado, y
mas hambriento y sediento, miserable, roto y
piojoso; porque no ay duda sino que los
caualleros andantes passados passaron mucha
malauentura en el discurso de su vida. Y si
algunos subieron a ser emperadores por el valor
de su braço, a fe que les costo buen porque
de su sangre y de su sudor; y que si a los que
a tal grado subieron les faltaran encantadores
y sabios que los ayudaran, que ellos quedaran
bien defraudados de sus desseos, y bien
engañados de sus esperanças.”
  “De esse parecer estoy yo”, replicó el
caminante; “pero vna cosa, entre otras muchas, me
parece muy mal de los caualleros andantes, y
es que, quando se ven en ocasion de acometer
vna grande y peligrosa auentura en que se vee
manifiesto peligro de perder la vida, nunca en
aquel instante de acometella se acuerdan de
encomendarse a Dios, como cada christiano
está obligado a hazer en peligros semejantes;
antes se encomiendan a sus damas, con tanta
gana y deuocion, como si ellas fueran su Dios:
cosa que me parece que huele algo a
gentilidad.”
  “Señor”, respondio don Quixote, “esso no
puede ser menos en ninguna manera, y caeria
en mal caso el cauallero andante que otra cosa
hiziesse; que ya está en vso y costumbre en la
caualleria andantesca que el cauallero andante
que al acometer algun gran fecho de armas
tuuiesse su señora delante, buelua a ella los
ojos blanda y amorosamente, como que le pide
con ellos le fauorezca y ampare en el dudoso
trance que acomete. Y aun si nadie le oye, está
obligado a dezir algunas palabras entre dientes,
en que de todo coraçon se le encomiende;
y desto tenemos innumerables exemplos en las
historias. Y no se ha de entender por esto que
han de dexar de encomendarse a Dios; que
tiempo y lugar les queda para hazerlo en el
discurso de la obra.”
  “Con todo esso”, replicó el caminante, “me
queda vn escrupulo, y es que muchas vezes he
leydo que se trauan palabras entre dos andantes
caualleros, y, de vna en otra, se les viene a
encender la colera, y a boluer los cauallos y
tomar vna buena pieça del campo, y luego, sin
mas ni mas, a todo el correr dellos, se bueluen
a encontrar, y en mitad de la corrida se
encomiendan a sus damas; y lo que suele suceder
del encuentro es que el vno cae por las ancas
del cauallo passado con la lança del contrario
de parte a parte, y al otro le viene tambien,
que, a no tenerse a las crines del suyo, no
pudiera dexar de venir al suelo. Y no se yo como
el muerto tuuo lugar para encomendarse a Dios
en el discurso de esta tan acelerada obra.
Mejor fuera que las palabras que en la carrera
gastó encomendandose a su dama, las gastara
en lo que deuia y estaua obligado como
christiano. Quanto mas, que yo tengo para mi que
no todos los caualleros andantes tienen damas
a quien encomendarse, porque no todos son
enamorados.”
  “Esso no puede ser”, respondio don Quixote;
“digo que no puede ser que aya cauallero andante
sin dama, porque tan proprio y tan natural
les es a los tales ser enamorados como al
cielo tener estrellas. Y a buen seguro que no
se aya visto historia donde se halle cauallero
andante sin amores, y, por el mesmo caso que
estuuiesse sin ellos, no seria tenido por legitimo
cauallero, sino por bastardo, y que entró en
la fortaleza de la caualleria dicha, no por la
puerta, sino por las bardas, como salteador y
ladron.”
  “Con todo esso”, dixo el caminante, “me
parece, si mal no me acuerdo, auer leydo que
don Galaor, hermano del valeroso Amadis de
Gaula, nunca tuuo dama señalada a quien
pudiesse encomendarse, y con todo esto no fue
tenido en menos, y fue vn muy valiente y
famoso cauallero.”
  A lo qual respondio nuestro don Quixote:
  “Señor, vna golondrina sola no haze verano;
quanto mas que yo se que de secreto estaua
esse cauallero muy bien enamorado; fuera que
aquello de querer a todas bien quantas bien
le parecian era condicion natural a quien no
podia yr a la mano. Pero, en resolucion,
aueriguado está muy bien que el tenia vna sola a
quien el auia hecho señora de su voluntad, a
la qual se encomendaua muy a menudo y
muy secretamente, porque se preció de secreto
cauallero.”
  “Luego, si es de essencia que todo cauallero
andante aya de ser enamorado”, dixo el
caminante, “bien se puede creer que vuestra
merced lo es, pues es de la profession. Y si es
que vuestra merced no se precia de ser tan
secreto como don Galaor, con las veras que
puedo le suplico, en nombre de toda esta
compañia y en el mio, nos diga el nombre,
patria, calidad y hermosura de su dama; que ella
se tendria por dichosa de que todo el mundo
sepa que es querida y seruida de vn tal
cauallero como vuestra merced parece.”
  Aqui dio vn gran suspiro don Quixote, y dixo:
  “Yo no podre afirmar si la dulce mi enemiga
gusta o no de que el mundo sepa que
yo la siruo; solo se dezir, respondiendo a lo
que con tanto comedimiento se me pide, que
su nombre es Dulzinea; su patria, el Toboso,
vn lugar de la Mancha; su calidad, por lo
menos, ha de ser de princesa, pues es reyna y
señora mia; su hermosura, sobrehumana, pues
en ella se vienen a hazer verdaderos todos los
impossibles y quimericos atributos de belleza
que los poetas dan a sus damas: que sus
cabellos son oro, su frente campos Eliseos, sus
cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus
mexillas rosas, sus labios corales, perlas sus
dientes, alauastro su cuello, marmol su pecho,
marfil sus manos, su blancura nieue, y las partes
que a la vista humana encubrio la honestidad
son tales, segun yo pienso y entiendo, que
solo la discreta consideracion puede
encarecerla[s] y no compararlas.”
  “El linaje, prosapia y alcurnia querriamos
saber”, replicó Viualdo.
  A lo qual respondio don Quixote:
  “No es de los antiguos Curcios, Gayos y
Cipiones romanos; ni de los modernos Colonas
y Vrsinos; ni de los Moncadas y Requesenes de
Cataluña; ni menos de los Rebellas y Villanouas
de Valencia; Palafoxes, Nuças, Rocabertis,
Corellas, Lunas, Alagones, Vrreas, Fozes y
Gurreas de Aragon; Cerdas, Manriques, Mendoças
y Guzmanes de Castilla; Alencastros, Pallas y
Meneses de Portogal; pero es de los del
Toboso de la Mancha, linage, aunque moderno,
tal que puede dar generoso principio a las mas
ilustres familias de los venideros siglos. Y no
se me replique en esto, si no fuere con las
condiciones que puso Cerbino al pie del trofeo de
las armas de Orlando, que dezia:

                       “Nadie las mueua,
   que estar no pueda con Roldan a prueua.”

  “Aunque el mio es de los Cachopines de
Laredo”, respondio el caminante, “no le
osaré yo poner con el del Toboso de la Mancha,
puesto que, para dezir verdad, semejante
apellido hasta aora no ha llegado a mis oydos.”
  “¡Como esso no aura llegado!”, replicó don
Quixote.
  Con gran atencion yuan escuchando todos
los demas la platica de los dos, y aun hasta los
mesmos cabreros y pastores conocieron la
demasiada falta de juyzio de nuestro don
Quixote. Solo Sancho Pança pensaua que quanto
su amo dezia era verdad, sabiendo el quién
era y auiendole conocido desde su nacimiento.
Y en lo que dudaua algo era en creer aquello
de la linda Dulzinea del Toboso, porque nunca
tal nombre ni tal princesa auia llegado jamas
a su noticia, aunque viuia tan cerca del
Toboso.
  En estas platicas yuan, quando vieron que,
por la quiebra que dos altas montañas hazian,
baxauan hasta veynte pastores, todos con
pellicos de negra lana vestidos, y coronados
con guirnaldas, que, a lo que despues parecio,
eran qual de texo y qual de cipres. Entre seys
dellos traian vnas andas, cubiertas de mucha
diuersidad de flores y de ramos, lo qual visto
por vno de los cabreros, dixo:
  “Aquellos que alli vienen son los que traen
el cuerpo de Grisostomo, y el pie de aquella
montaña es el lugar donde el mandó que le
enterrassen.”
  Por esto se dieron priessa a llegar, y fue a
tiempo que ya los que venian auian puesto
las andas en el suelo, y quatro dellos con
agudos picos estauan cauando la sepultura a vn
lado de vna dura peña. Recibieronse los vnos
y los otros cortesmente. Y luego don Quixote
y los que con el venian se pusieron a mirar
las andas, y en ellas vieron cubierto de flores
vn cuerpo muerto, vestido como pastor, de
edad, al parecer, de treinta años; y, aunque
muerto, mostraua que viuo auia sido de rostro
hermoso y de disposi[ci]on gallarda. Alrededor
del tenia en las mesmas andas algunos
libros y muchos papeles abiertos y cerrados.
Y, assi, los que esto mirauan como los que
abrian la sepultura y todos los demas que alli
auia, guardauan vn marauilloso silencio, hasta
que vno de los que al muerto truxeron, dixo
a otro:
  “Mira bien, Ambrosio, si es este el lugar
que Grisostomo dixo, ya [que] quereis que
tan puntualmente se cumpla lo que dexó
mandado en su testamento.”
  “Este es”, respondio Ambrosio; “que muchas
vezes en el me conto mi desdichado amigo
la historia de su desuentura. Alli me dixo
el que vio la vez primera a aquella enemiga
mortal del linaje humano, y alli fue tambien
donde la primera vez le declaró su pensamiento,
tan honesto como enamorado; y alli fue la
vltima vez donde Marcela le acabó de desengañar
y desdeñar, de suerte que puso fin a la
tragedia de su miserable vida. Y aqui, en
memoria de tantas desdichas, quiso el que le
depositassen en las entrañas del eterno oluido.”
  Y boluiendose a don Quixote y a los
caminantes, prosiguio diziendo:
  “Esse cuerpo, señores, que con piadosos ojos
estais mirando, fue depositario de vn alma en
quien el cielo puso infinita parte de sus
riquezas. Esse es el cuerpo de Grisostomo, que fue
vnico en el ingenio, solo en la cortesia,
estremo en la gentileza, fenix en la amistad,
magnifico sin tassa, graue sin presuncion, alegre
sin baxeza, y, finalmente, primero en todo lo
que es ser bueno, y sin segundo en todo lo que
fue ser desdichado. Quiso bien, fue aborrecido;
adoró, fue desdeñado; rogo a vna fiera,
importunó a vn marmol, corrio tras el viento,
dio vozes a la soledad, siruio a la ingratitud,
de quien alcançó por premio ser despojos de
la muerte en la mitad de la carrera de su vida,
a la qual dio fin vna pastora, a quien el
procuraua eternizar para que viuiera en la memoria
de las gentes, qual lo pudieran mostrar bien
essos papeles que estais mirando, si el no me
huuiera mandado que los entregara al fuego
en auiendo entregado su cuerpo a la tierra.”
  “De mayor rigor y crueldad vsareis vos con
ellos”, dixo Viualdo, “que su mesmo dueño,
pues no es justo ni acertado que se cumpla la
voluntad de quien lo que ordena va fuera de
todo razonable discurso; y no le tuuiera bueno
A[u]gusto Cesar si consintiera que se
pusiera en execucion lo que el diuino Mantuano
dexó en su testamento mandado. Ansi que,
señor Ambrosio, ya que deis el cuerpo de vuestro
amigo a la tierra, no querais dar sus escritos
al oluido; que si el ordenó como agrauiado, no
es bien que vos cumplais como indiscreto. Antes
hazed, dando la vida a estos papeles, que la
tenga siempre la crueldad de Marcela, para que
sirua de exemplo en los tiempos que estan por
venir, a los viuientes, para que se aparten y
huyan de caer en semejantes despeñaderos; que
ya se yo, y los que aqui venimos, la historia
deste vuestro enamorado y desesperado amigo,
y sabemos la amistad vuestra, y la ocasion
de su muerte, y lo que dexó mandado al acabar
de la vida; de la qual lamentable historia
se puede sacar quánta aya sido la crueldad
de Marcela, el amor de Grisostomo, la fe de la
amistad vuestra, con el paradero que tienen
los que a rienda suelta corren por la senda que
el desuariado amor delante de los ojos les
pone. Anoche supimos la muerte de Grisostomo,
y que en este lugar auia de ser enterrado,
y, assi, de curiosidad y de lastima, dexamos
nuestro derecho viaje, y acordamos de venir a
ver con los ojos lo que tanto nos auia lastimado
en oyllo. Y en pago desta lastima y del
desseo que en nosotros nacio de remedialla si
pudieramos, te rogamos, ¡o discreto Ambrosio!,
a lo menos, yo te lo suplico de mi parte, que,
dexando de abrasar estos papeles, me dexes
lleuar algunos dellos.”
  Y, sin aguardar que el pastor respondiesse,
alargó la mano y tomó algunos de los que mas
cerca estauan; viendo lo qual Ambrosio, dixo:
  “Por cortesia consentire que os quedeis,
señor, con los que ya aueis tomado; pero pensar
que dexaré de [abrasar] los que quedan, es
pensamiento vano.”
  Viualdo, que desseaua ver lo que los papeles
dezian, abrio luego el vno dellos y vio que
tenia por titulo Cancion desesperada. Oyolo
Ambrosio, y dixo:
  “Esse es el vltimo papel que escriuio el
desdichado, y porque veais, señor, en el termino
que le tenian sus desuenturas, leelde de modo
que seais oydo; que bien os dara lugar a ello
el que se tardare en abrir la sepultura.”
  “Esso hare yo de muy buena gana”, dixo
Viualdo.
  Y como todos los circunstantes tenian el
mesmo desseo, se le pusieron a la redonda,
y el, leyendo en voz clara, vio que assi dezia:

                 Capitulo XIV

Donde se ponen los versos desesperados del
  difunto pastor, con otros no esperados
  sucessos.

          CANCION DE GRISOSTOMO

    Ya que quieres, cruel, que se publique
  de lengua en lengua y de vna en otra gente
  del aspero rigor tuyo la fuerça,
  hare que el mesmo infierno comunique
  al triste pecho mio vn son doliente,
  con que el vso comun de mi voz tuerça.
  Y al par de mi desseo, que se esfuerça
  a dezir mi dolor y tus hazañas,
  de la espantable voz yra el acento,
  y en el mezcladas, por mayor tormento
  pedaços de las miseras entrañas.
  Escucha, pues, y presta atento oydo,
  no al concertado son, sino al ruydo
  que de lo hondo de mi amargo pecho,
  lleuado de vn forçoso desuario,
  por gusto mio sale y tu despecho.
    El [rugir] del leon, del lobo fiero,
  el temeroso aullido, el siluo horrendo
  de escamosa serpiente, el espantable
  baladro de algun monstruo, el agorero
  graznar de la corneja, y el estruendo
  del viento contrastado en mar instable;
  del ya vencido toro el implacable
  bramido, y de la viuda tortolilla
  el sentible arrullar; el triste canto
  del embidiado buho, con el llanto
  de toda la infernal negra quadrilla,
  salgan con la doliente anima fuera,
  mezclados en vn son, de tal manera,
  que se confundan los sentidos todos,
  pues la pena cruel que en mi se halla,
  para contalle pide nueuos modos.
    De tanta confusion, no las arenas
  del padre Tajo oyran los tristes ecos,
  ni del famoso Betis las oliuas;
  que alli se esparziran mis duras penas
  en altos riscos y en profundos huecos,
  con muerta lengua y con palabras viuas,
  o ya en escuros valles, o en esquiuas
  playas, desnudas de contrato humano,
  o adonde el sol jamas mostro su lumbre,
  o entre la venenosa muchedumbre
  de fieras que alimenta el libio llano;
  que, puesto que en los paramos desiertos
  los ecos roncos de mi mal, inciertos,
  suenen con tu rigor tan sin segundo,
  por priuilegio de mis cortos hados,
  seran lleuados por el ancho mundo.
    Mata vn desden, atierra la paciencia,
  o verdadera o falsa, vna sospecha;
  matan los zelos con rigor mas fuerte;
  desconcierta la vida larga ausencia:
  contra vn temor de oluido no aprouecha
  firme esperança de dichosa suerte.
  En todo ay [cierta], ineuitable muerte,
  mas yo, ¡milagro nunca visto!, viuo
  zeloso, ausente, desdeñado y cierto
  de las sospechas que me tienen muerto,
  y en el oluido en quien mi fuego auiuo,
  y, entre tantos tormentos, nunca alcança
  mi vista a ver en sombra a la esperança,
  ni yo, desesperado, la procuro;
  antes, por estremarme en mi querella,
  estar sin ella eternamente juro.
    ¿Puedese, por ventura, en vn instante
  esperar y temer, o es bien hazello,
  siendo las causas del temor mas ciertas?
  ¿Tengo, si el duro zelo está delante,
  de cerrar estos ojos, si he de vello
  por mil heridas en el alma abiertas?
  ¿Quién no abrira de par en par las puertas
  a la desconfiança, quando mira
  descubierto el desden, y las sospechas,
  ¡o amarga conuersion!, verdades hechas,
  y la limpia verdad buelta en mentira?
  ¡O en el reyno de amor fieros tyranos
  zelos!, ponedme vn hierro en estas manos;
  dame, desden, vna torcida soga;
  mas ¡ay de mi!, que, con cruel vitoria,
  vuestra memoria el sufrimiento ahoga.
    Yo muero, en fin; y por que nunca espere
  buen sucesso en la muerte, ni en la vida,
  pertinaz estare en mi fantasia;
  dire que va acertado el que bien quiere,
  y que es mas libre el alma mas rendida
  a la de amor antigua tyrania.
  Dire que la enemiga siempre mia
  hermosa el alma como el cuerpo tiene,
  y que su oluido de mi culpa nace,
  y que en fe de los males que nos haze,
  amor su imperio en justa paz mantiene.
  Y con esta opinion, y vn duro lazo,
  acelerando el miserable plazo
  a que me han conduzido sus desdenes,
  ofrecere a los vientos cuerpo y alma,
  sin lauro o palma de futuros bienes.
    Tu, que con tantas sinrazones muestras
  la razon que me fuerça a que la haga
  a la cansada vida que aborrezco,
  pues ya ves que te da notorias muestras
  esta del coraçon profunda llaga,
  de como alegre a tu rigor me ofrezco,
  si por dicha conoces que merezco
  que el cielo claro de tus bellos ojos
  en mi muerte se turbe, no lo hagas;
  que no quiero que en nada satisfagas
  al darte de mi alma los despojos.
  Antes con risa en la ocasion funesta
  descubre que el fin mio fue tu fiesta;
  mas gran simpleza es auisarte desto,
  pues se que está tu gloria conocida
  en que mi vida llegue al fin tan presto.
    Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo
  Tantalo con su sed, Sisifo venga
  con el peso terrible de su canto;
  Ticio traya su buytre, y ansi mismo
  con su rueda Egion no se detenga,
  ni las hermanas que trabajan tanto.
  Y todos juntos su mortal quebranto
  trasladen en mi pecho, y en voz baxa,
  si ya a vn desesperado son deuidas,
  canten obsequias tristes, doloridas,
  al cuerpo, a quien se niegue aun la mortaja.
  Y el portero infernal de los tres rostros,
  con otras mil quimeras y mil monstros,
  lleuen el doloroso contrapunto;
  que otra pompa mejor no me parece
  que la merece vn amador difunto.
    Cancion desesperada, no te quexes
  quando mi triste compañia dexes;
  antes, pues que la causa do naciste
  con mi desdicha augmenta su ventura,
  aun en la sepultura, no estes triste.

  Bien les parecio a los que escuchado auian
la cancion de Grisostomo, puesto que el que
la leyo dixo que no le parecia que conformaua
con la relacion que el auia oydo del recato y
bondad de Marcela, porque en ella se quexaua
Grisostomo de zelos, sospechas y de ausencia,
todo en perjuyzio del buen credito y buena
fama de Marcela. A lo qual respondio
Ambrosio, como aquel que sabia bien los mas
escondidos pensami[e]ntos de su amigo:
  “Para que, señor, os satisfagais dessa
duda, es bien que sepais que quando este
desdichado escriuio esta cancion estaua ausente de
Marcela, de quien el se auia ausentado por su
voluntad, por ver si vsaua con el la ausencia de
sus ordinarios fueros. Y como al enamorado
ausente no ay cosa que no le fatigue ni temor
que no le de alcance, assi le fatigauan a
Grisostomo los zelos imaginados y las sospechas
temidas como si fueran verdaderas. Y con esto
queda en su punto la verdad que la fama pregona
de la bondad de Marcela, la qual, fuera
de ser cruel y vn poco arrogante, y vn mucho
desdeñosa, la mesma embidia ni deue ni puede
ponerle falta alguna.”
  “Assi es la verdad”, respondio Viualdo.
  Y, queriendo leer otro papel de los que auia
reseruado del fuego, lo estoruó vna marauillosa
vision, que tal parecia ella, que improuisamente
se les ofrecio a los ojos, y fue que por
cima de la peña donde se cauaua la sepultura,
parecio la pastora Marcela, tan hermosa, que
passaua a su fama su hermosura. Los que hasta
entonces no la auian visto la mirauan con
admiracion y silencio, y los que ya estauan
acostumbrados a verla no quedaron menos
suspensos que los que nunca la auian visto. Mas
apenas la huuo visto Ambrosio, quando con
muestras de animo indignado le dixo:
  “¿Vienes a ver por ventura, ¡o fiero basilisco
destas montañas!, si con tu presencia vierten
sangre las heridas deste miserable a quien tu
crueldad quitó la vida? ¿O vienes a vfanarte
en las crueles hazañas de tu condicion, o a ver
desde essa altura, como otro despiadado
Nero, el incendio de su abrasada Roma, o a
pisar arrogante este desdichado cadauer, como
la ingrata hija al de su padre Tarquino?
Dinos presto a lo que vienes, o qué es aquello de
que mas gustas; que por saber yo que los
pensamientos de Grisostomo jamas dexaron de
obedecerte en vida, hare que, aun el muerto, te
obedezcan los de todos aquellos que se
llamaron sus amigos.”
  “No vengo, ¡o Ambrosio!, a ninguna cosa de
las que has dicho”, respondio Marcela, “sino a
boluer por mi misma y a dar a entender quán
fuera de razon van todos aquellos que de sus
penas y de la muerte de Grisostomo me culpan;
y, assi, ruego a todos los que aqui estais me
esteis atentos, que no sera menester mucho
tiempo, ni gastar muchas palabras, para persuadir
vna verdad a los discretos.
  ”Hizome el cielo, segun vosotros dezis,
hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos
a otra cosa, a que me ameis os mueue mi
hermosura. Y por el amor que me mostrais, dezis,
y aun quereis, que esté yo obligada a amaros.
Yo conozco, con el natural entendimiento que
Dios me ha dado, que todo lo hermoso es
amable; mas no alcanço que, por razon de
ser amado, esté obligado lo que es amado por
hermoso, a amar a quien le ama. Y mas, que
podria acontecer que el amador de lo hermoso
fuesse feo, y siendo lo feo digno de ser
aborrecido, cae muy mal el dezir: «quierote por
»hermosa; hasme de amar aunque sea feo». Pero,
puesto caso que corran igualmente las
hermosuras, no por esso han de correr iguales los
desseos, que no todas hermosuras enamoran;
que algunas alegran la vista y no rinden la
voluntad; que si todas las bellezas enamorassen
y rindiessen, seria vn andar las voluntades
confusas y descaminadas, sin saber en
quál auian de parar; porque, siendo infinitos
los sujetos hermosos, infinitos auian de ser los
desseos, y, segun yo he oydo dezir, el verdadero
amor no se diuide, y ha de ser voluntario
y no forçoso. Siendo esto assi, como yo creo
que lo es, ¿por qué quereis que rinda mi
voluntad por fuerça, obligada no mas de que
dezis que me quereis bien? Si no, dezidme: si
como el cielo me hizo hermosa me hiziera fea,
¿fuera justo que me quexara de vosotros
porque no me amauades? Quanto mas que aueis
de considerar que yo no escogi la hermosura
que tengo, que, tal qual es, el cielo me la dio
de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y, assi
como la viuora no merece ser culpada por la
ponçoña que tiene, puesto que con ella mata,
por auersela dado naturaleza, tan poco yo
merezco ser reprehendida por ser hermosa, que
la hermosura en la muger honesta es como el
fuego apartado, o como la espada aguda: que
ni el quema, ni ella corta a quien a ellos no se
acerca. La honra y las virtudes son adornos
del alma, sin las quales el cuerpo, aunque lo
sea, no deue de parecer hermoso. Pues si la
honestidad es vna de las virtudes que al cuerpo
y alma mas adornan y hermosean, ¿por qué
la ha de perder la que es amada por hermosa,
por corresponder a la intencion de aquel que
por solo su gusto, con todas sus fuerças e
industrias, procura que la pierda?
  ”Yo naci libre, y para poder viuir libre
escogi la soledad de los campos. Los arboles
destas montañas son mi compañia, las claras
aguas destos arroyos mis espejos; con los
arboles y con las aguas comunico mis
pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y
espada puesta lexos. A los que he enamorado
con la vista, he desengañado con las palabras.
Y si los desseos se sustentan con esperanças,
no auiendo yo dado alguna a Grisostomo
ni a otro alguno, en fin, de ninguno dellos,
bien se puede dezir que antes le mató su
porfia que mi crueldad. Y si se me haze cargo
que eran honestos sus pensamientos, y que
por esto estaua obligada a corresponder a
ellos, digo que, quando en esse mismo lugar
donde aora se caua su sepultura me descubrio
la bondad de su intencion, le dixe yo que la
mia era viuir en perpetua soledad, y de que
sola la tierra gozasse el fruto de mi recogimiento
y los despojos de mi hermosura; y si el,
con todo este desengaño, quiso porfiar contra
la esperança y nauegar contra el viento, ¿qué
mucho que se anegasse en la mitad del golfo
de su desatino? Si yo le entretuuiera, fuera
falsa; si le contentara, hiziera contra mi mejor
intencion y prosupuesto. Porfió desengañado,
desesperó sin ser aborrecido; ¡mirad aora si
sera razon que de su pena se me de a mi la
culpa! Quexese el engañado, desesperese aquel
a quien le faltaron las prometidas esperanças,
confie(s)se el que yo llamare, vfanese el que yo
admitiere; pero no me llame cruel ni omicida
aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo
ni admito.
  ”El cielo aun hasta aora no ha querido que
yo ame por destino; y el pensar que tengo de
amar por eleccion es escusado. Este general
desengaño sirua a cada vno de los que me
solicitan de su particular prouecho; y entiendase
de aqui adelante, que, si alguno por mi
muriere, no muere de zeloso ni desdichado,
porque quien a nadie quiere, a ninguno deue
dar zelos; que los desengaños no se han de
tomar en cuenta de desdenes. El que me llama
fiera y basilisco, dexeme como cosa perjudicial
y mala; el que me llama ingrata, no me sirua;
el que desconocida, no me conozca; quien
cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco,
esta ingrata, esta cruel y esta desconocida,
ni los buscará, seruira, conocera, ni seguira en
ninguna manera; que si a Grisostomo mató su
impaciencia y arrojado desseo, ¿por qué se ha
de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo
conseruo mi limpieza con la compañia de los
arboles, ¿por qué ha de querer que la pierda
el que quiere que la tenga con los hombres?
Yo, como sabeis, tengo riquezas propias y no
codicio las agenas. Tengo libre condicion y no
gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a
nadie. No engaño a este, ni solicito aquel;
ni burlo con vno, ni me entretengo con el otro.
La conuersacion honesta de las zagalas destas
aldeas y el cuydado de mis cabras me
entretiene. Tienen mis desseos por termino estas
montañas; y si de aqui salen, es a contemplar
la hermosura del cielo, passos con que camina
el alma a su morada primera.”
  Y, en diziendo esto, sin querer oyr respuesta
alguna, boluio las espaldas y se entró por lo
mas cerrado de vn monte que alli cerca estaua,
dexando admirados, tanto de su discrecion
como de su hermosura, a todos los que alli
estauan. Y algunos dieron muestras, de aquellos
que de la poderosa flecha de los rayos de
sus bellos ojos estauan heridos, de quererla
seguir, sin aprouecharse del manifiesto
desengaño que auian oydo.
  Lo qual visto por don Quixote, pareciendole
que alli venia bien vsar de su caualleria
socorriendo a las donzellas menesterosas, puesta
la mano en el puño de su espada, en altas e
inteligibles vozes dixo:
  “Ninguna persona, de qualquier estado y
condicion que sea, se atreua a seguir a la
hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa
indignacion mia. Ella ha mostrado, con claras y
suficientes razones, la poca o ninguna culpa
que ha tenido en la muerte de Grisostomo, y
quán agena viue de condescender con los
desseos de ninguno de sus amantes; a cuya causa
es justo que, en lugar de ser seguida y
perseguida, sea honrada y estimada de todos los
buenos del mundo, pues muestra que en el,
ella es sola la que con tan honesta intencion
viue.”
  O ya que fuesse por las amenazas de don
Quixote, o porque Ambrosio les dixo que
concluyessen con lo que a su buen amigo deuian,
ninguno de los pastores se mouio ni apartó de
alli hasta que, acabada la sepultura y
abrasados los papeles de Grisostomo, pusieron su
cuerpo en ella, no sin muchas lagrimas de los
circunstantes. Cerraron la sepultura con vna
gruessa peña, en tanto que se acabaua vna
losa que, segun Ambrosio dixo, pensaua mandar
hazer, con vn epitafio que auia de dezir
desta manera:

           Yaze aqui de vn amador
         el misero cuerpo elado,
         que fue pastor de ganado,
         perdido por desamor.
           Murio a manos del rigor
         de vna esquiua hermosa ingrata,
         con quien su imperio dilata
         la tirania de amor.

  Luego esparzieron por cima de la sepultura
muchas flores y ramos, y, dando todos el
pesame a su amigo Ambrosio, se despidieron del.
Lo mesmo hizieron Viualdo y su compañero,
y don Quixote se despidio de sus huespedes
y de los caminantes, los quales le rogaron se
viniesse con ellos a Seuilla, por ser lugar tan
acomodado a hallar auenturas, que en cada
calle y tras cada esquina se ofrecen mas que
en otro alguno.
  Don Quixote les agradecio el auiso y el
animo que mostrauan de hazerle merced, y dixo
que por entonces no queria ni deuia yr a
Seuilla, hasta que huuiesse despojado todas
aquellas sierras de ladrones malandrines, de
quien era fama que todas estauan llenas.
Viendo su buena determinacion, no quisieron los
caminantes importunarle mas, sino, tornandose
a despedir de nueuo, le dexaron y prosiguieron
su camino; en el qual no les faltó de qué tratar,
assi de la historia de Marcela y Grisostomo,
como de las locuras de don Quixote. El
qual determinó de yr a buscar a la pastora
Marcela y ofrecerle todo lo que el podia en su
seruicio. Mas no le auino como el pensaua,
segun se cuenta en el discurso desta verdadera
historia, dando aqui fin la segunda parte.


                TERCERA PARTE
                DEL INGENIOSO
            hidalgo don Quixote de
                  la Mancha.


                 Capitulo XV

Donde se cuenta la desgraciada auentura que
  se topó don Quixote en topar con vnos
  desalmados iangueses .

  Cuenta el sabio Cide Hamete Venengeli que,
assi como don Quixote se despidio de sus
huespedes y de todos los que se hallaron al
entierro del pastor Grisostomo, el y su
escudero se entraron por el mesmo bosque donde
vieron que se auia entrado la pastora Marcela;
y, auiendo andado mas de dos horas por el,
buscandola por todas partes sin poder hallarla,
vinieron a parar a vn prado lleno de fresca
yerua, junto del qual corria vn arroyo apazible
y fresco, tanto, que combidó, y forço, a passar
alli las horas de la siesta, que rigurosamente
començaua ya a entrar.
  Apearonse don Quixote y Sancho, y, dexando
al jumento y a Rozinante a sus anchuras
pacer de la mucha yerua que alli auia, dieron
saco a las alforjas, y, sin cerimonia alguna,
en buena paz y compañia, amo y moço comieron
lo que en ellas hallaron. No se auia curado
Sancho de echar sueltas a Rozinante, seguro
de que le conocia por tan manso y tan poco
rijoso, que todas las yeguas de la dehesa de
Cordoua no le hizieran tomar mal siniestro.
Ordenó, pues, la suerte, y el diablo, que no
todas vezes duerme, que andauan por aquel
valle paciendo vna manada de hacas galicianas
de vnos harrieros gallegos, de los
quales es costumbre sestear con su requa en
lugares y sitios de yerua y agua. Y aquel,
donde acerto a hallarse don Quixote, era muy
a proposito de los gallegos. Sucedio, pues,
que a Rozinante le vino en desseo de refocilarse
con las señoras facas, y saliendo, assi
como las olio, de su natural passo y costumbre,
sin pedir licencia [a] su dueño, tomó vn
trotico algo picadillo y se fue a comunicar
su necessidad con ellas. Mas ellas, que, a lo que
parecio, deuian de tener mas gana de pacer
que de al, recibieronle con las herraduras y
con los dientes, de tal manera, que a poco
espacio se le rompieron las cinchas y quedó sin
silla, en pelota. Pero lo que el deuio mas de
sentir fue que, viendo los harrieros la fuerça
que a sus yeguas se les hazia, acudieron con
estacas, y tantos palos le dieron, que le
derribaron mal parado en el suelo.
  Ya, en esto, don Quixote y Sancho, que la
paliza de Rozinante auian visto, llegauan
hijadeando. Y dixo don Quixote a Sancho:
  “A lo que yo veo, amigo Sancho, estos no
son caualleros, sino gente soez y de baxa
ralea. Digolo porque bien me puedes ayudar a
tomar la deuida vengança del agrauio que
delante de nuestros ojos se le a hecho a
Rozinante.”
  “¿Qué diablos de vengança hemos de tomar”,
respondio Sancho, “si estos son mas de
veinte, y nosotros no mas de dos, y aun quiça
nosotros sino vno y medio?”
  “Yo valgo por ciento”, replicó don Quixote.
  Y, sin hazer mas discursos, echó mano a su
espada y arremetio a los gallegos, y lo
mesmo hizo Sancho Pança, incitado y mouido
del exemplo de su amo. Y, a las primeras dio
don Quixote vna cuchillada a vno que le abrio
vn sayo de cuero de que venia vestido, con
gran parte de la espalda. Los gallegos, que
se vieron maltratar de aquellos dos hombres
solos, siendo ellos tantos, acudieron a sus
estacas, y, cogiendo a los dos en medio,
començaron a menudear sobre ellos con grande
hahinco y vehemencia. Verdad es que al
segundo toque dieron con Sancho en el suelo,
y lo mesmo le auino a don Quixote, sin que
le valiesse su destreza y buen animo. Y quiso
su ventura que viniesse a caer a los pies de
Rozinante, que aun no se auia leuantado; donde
se echa de ver la furia con que machacan
estacas puestas en manos rusticas y enojadas.
  Viendo, pues, los gallegos el mal recado
que auian hecho, con la mayor presteza que
pudieron cargaron su requa y siguieron su
camino, dexando a los dos auentureros de mala
traça y de peor talante. El primero que se
resintio fue Sancho Pança, y hallandose junto a
su señor, con voz enferma y lastimada, dixo:
  “¡Señor don Quixote! ¡A, señor don
Quixote!”
  “¡Qué quieres, Sancho hermano!”, respondio
don Quixote, con el mesmo tono afeminado
y doliente que Sancho.
  “Querria, si fuesse possible”, respondio
Sancho Pança, “que vuestra merced me diesse dos
tragos de aquella beuida del feo Blas, si es
que la tiene vuestra merced ay a mano: quiça
sera de prouecho para los quebrantamientos
de huesos como lo es para las feridas.”
  “Pues a tenerla yo aqui, ¡desgraciado yo!,
¿qué nos faltaua?”, respondio don Quixote.
“Mas yo te juro, Sancho Pança, a fe de cauallero
andante, que antes que passen dos dias,
si la fortuna no ordena otra cosa, la tengo de
tener en mi poder, o mal me han de andar las
manos.”
  “Pues ¿en quántos le parece a vuestra
merced que podremos mouer los pies?”, replicó
Sancho Pança.
  “De mi se dezir”, dixo el molido cauallero
don Quixote, “que no sabre poner termino a
essos dias. Mas yo me tengo la culpa de todo,
que no auia de poner mano a la espada contra
hombres que no fuessen armados caualleros
como yo. Y, assi, creo que en pena de auer
passado las leyes de la caualleria, ha permitido
el Dios de las batallas que se me diesse este
castigo. Por lo qual, Sancho Pança, conuiene
que estes aduertido en esto que aora te dire,
porque importa mucho a la salud de entrambos,
y es que quando veas que semejante canalla
nos haze algun agrauio, no aguardes a
que yo ponga mano al espada para ellos, porque
no lo hare en ninguna manera, sino pon tu
mano a tu espada y castigalos muy a tu sabor;
que, si en su ayuda y defensa acudieren
caualleros, yo te sabre defender y ofendellos con
todo mi poder, que ya auras visto por mil
señales y experiencias hasta adonde se estiende
el valor de este mi fuerte braço.”
  Tal quedó de arrogante el pobre señor con
el vencimiento del valiente vizcayno.
  Mas no le parecio tambien a Sancho
Pança el auiso de su amo, que dexasse de
responder, diziendo:
  “Señor, yo soy hombre pacifico, manso,
sossegado, y se dissimular qualquiera injuria,
porque tengo muger y hijos que sustentar y criar.
Assi, que seale a vuestra merced tambien auiso,
pues no puede ser mandato, que en ninguna
manera pondre mano a la espada ni contra
villano ni contra cauallero. Y que, desde aqui
para delante de Dios, perdono quantos agrauios
me han hecho y han de hazer, ora me los
aya hecho o haga o aya de hazer persona alta
o baxa, rico o pobre, hidalgo o pechero, sin
eceptar estado ni condicion alguna.”
  Lo qual oydo por su amo, le respondio:
  “Quisiera tener aliento para poder hablar vn
poco descansado, y que el dolor que tengo en
esta costilla se aplacara tanto quanto, para
darte a entender, Pança, en el error en que estás.
Ven aca, pecador: si el viento de la fortuna,
hasta aora tan contrario, en nuestro fauor se
buelue, llenandonos las velas del desseo,
para que seguramente y sin contraste alguno
tomemos puerto en alguna de las insulas que te
tengo prometida, ¿qué seria de ti, si, ganandola
yo, te hiziesse señor della, pues lo vendras a
impossibilitar por no ser cauallero, ni quererlo
ser, ni tener valor ni intencion de vengar tus
injurias y defender tu señorio? Porque has de
saber que en los reynos y prouincias
nueuamente conquistados nunca estan tan quietos
los animos de sus naturales, ni tan de parte del
nueuo señor, que no se tengan temor de que
han de hazer alguna nouedad para alterar de
nueuo las cosas, y boluer, como dizen, a prouar
ventura. Y, assi, es menester que el nueuo
possessor tenga entendimiento para saberse
gouernar, y valor para ofender y defenderse en
qualquiera acontecimiento.”
  “En este que aora nos ha acontecido”, respondio
Sancho, “quisiera yo tener esse entendimiento
y esse valor que vuestra merzed dize.
Mas yo le juro, a fe de pobre hombre, que mas
estoy para bizmas que para platicas. Mire
vuestra merced si se puede leuantar, y ayudaremos
a Rozinante, aunque no lo merece, porque el
fue la causa principal de todo este molimiento.
Iamas tal crei de Rozinante, que le tenia por
persona casta y tan pacifica como yo. En fin,
bien dizen que es menester mucho tiempo para
venir a conocer las personas, y que no ay cosa
segura en esta vida. ¿Quién dixera que tras de
aquellas tan grandes cuchilladas como vuestra
merced dio a aquel desdichado cauallero andante,
auia de venir por la posta y en seguimiento
suyo esta tan grande tempestad de palos
que ha descargado sobre nuestras espaldas?”
  “Aun las tuyas, Sancho”, replicó don Quixote,
“deuen de estar hechas a semejantes nublados;
pero las mias, criadas entre sinabafas
y olandas, claro está que sentiran mas el dolor
desta desgracia. Y si no fuesse porque imagino,
¿qué digo imagino? se muy cierto, que todas
estas incomodidades son muy anejas al exercicio
de las armas, aqui me dexaria morir de puro
enojo.”
  A esto replicó el escudero:
  “Señor, ya que estas desgracias son de la
cosecha de la caualleria, digame vuestra
merced si suceden muy a menudo, o si tienen sus
tiempos limitados en que acaecen; porque me
parece a mi que a dos cosechas quedaremos
inutiles para la tercera, si Dios, por su infinita
misericordia, no nos socorre.”
  “Sabete, amigo Sancho”, respondio don
Quixote, “que la vida de los caualleros andantes
está sujeta a mil peligros y desuenturas, y
ni mas ni menos está en potencia propinqua
de ser los caualleros andantes reyes y
emperadores, como lo ha mostrado la experiencia
en muchos y diuersos caualleros, de cuyas
historias yo tengo entera noticia. Y pudierate
contar agora, si el dolor me diera lugar, de
algunos que solo por el valor de su braço han
subido a los altos grados que he contado. Y
estos mesmos se vieron antes y despues en
diuersas calamidades y miserias; porque el
valeroso Amadis de Gaula se vio en poder de
su mortal enemigo Arcalaus el encantador, de
quien se tiene por aueriguado que le dio,
teniendole preso, mas de dozientos açotes con
las riendas de su cauallo, atado a vna coluna
de vn patio. Y aun ay vn autor secreto, y de
no poco credito, que dize que, auiendo cogido
al Cauallero del Febo con vna cierta trampa
que se le hundio debaxo de los pies, en vn
cierto castillo, (y) al caer, se halló en vna honda
sima debaxo de tierra, atado de pies y manos,
y alli le echaron vna destas que llaman melezinas
de agua de nieue y arena, de lo que llegó
muy al cabo, y si no fuera socorrido en aquella
gran cuyta de vn sabio grande amigo suyo, lo
passara muy mal el pobre cauallero. Ansi,
que bien puedo yo passar entre tanta buena
gente; que mayores afrentas son las que estos
passaron que no las que aora nosotros passamos.
Porque quiero hazerte sabidor, Sancho,
que no afrentan las heridas que se dan con los
inst[r]umentos que acaso se hallan en las
manos. Y esto está, en la ley del duelo,
escrito por palabras expressas: que si el çapatero
da a otro con la horma que tiene en la mano,
puesto que verdaderamente es de palo, no por
esso se dira que queda apaleado aquel a quien
dio con ella. Digo esto porque no pienses que,
puesto que quedamos desta pendencia molidos,
quedamos afrentados, porque las armas
que aquellos hombres traian, con que nos
machacaron, no eran otras que sus estacas, y
ninguno dellos, a lo que se me acuerda, tenia
estoque, espada ni puñal.”
  “No me dieron a mi lugar”, respondio
Sancho, “a que mirasse en tanto, porque apenas
puse mano a mi tizona, quando me santiguaron
los ombros con sus pinos, de manera que
me quitaron la vista de los ojos y la fuerça de
los pies, dando conmigo a donde aora yago, y
adonde no me da pena alguna el pensar si fue
afrenta, o no, lo de los estacazos, como me
la da el dolor de los golpes, que me han de
quedar tan impressos en la memoria como en
las espaldas.”
  “Con todo esso te hago saber, hermano
Pança”, replicó don Quixote, “que no ay
memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor
que muerte no le consuma.”
  “Pues ¿qué mayor desdicha puede ser”,
replicó Pança, “de aquella que aguarda al
tiempo que la consuma y a la muerte que la
acabe? Si esta nuestra desgracia fuera de
aquellas que con vn par de bizmas se curan, aun
no tan malo; pero voy viendo que no han de
bastar todos los emplastos de vn hospital para
ponerlas en buen termino siquiera.”
  “Dexate desso y saca fuerças de flaqueza,
Sancho”, respondio don Quixote, “que assi
hare yo, y veamos cómo está Rozinante, que, a
lo que me parece, no le ha cabido al pobre la
menor parte desta desgracia.”
  “No ay de que marauillarse desso”, respondio
Sancho, “siendo el tan buen cauallero
andante; de lo que yo me marauillo es de que
mi jumento aya quedado libre y sin costas,
donde nosotros salimos sin costillas.”
  “Siempre dexa la ventura vna puerta abierta
en las desdichas para dar remedio a ellas”,
dixo don Quixote. “Digolo porque essa bestezuela
podra suplir aora la falta de Rozinante,
lleuandome a mi desde aqui a algun castillo
donde sea curado de mis feridas. Y mas, que
no tendre a deshonra la tal caualleria, porque
me acuerdo auer leydo que aquel buen viejo
Sileno, ayo y pedagogo del alegre Dios de la
risa, quando entró en la ciudad de las cien
puertas, yua muy a su plazer cauallero sobre
vn muy hermoso asno.”
  “Verdad sera que el deuia de yr cauallero
como vuestra merced dize”, respondio Sancho;
“pero ay grande diferencia del yr cauallero al
yr atrauessado como costal de vasura.”
  A lo qual respondio don Quixote:
  “Las feridas que se reciben en las batallas
antes dan honra que la quitan. Assi que, Pança
amigo, no me repliques mas, sino, como ya
te he dicho, leuantate lo mejor que pudieres
y ponme de la manera que mas te agradare
encima de tu jumento, y vamos de aqui antes
que la noche venga y nos saltee en este
despoblado.”
  “Pues yo he oydo dezir a vuestra merced”,
dixo Pança, “que es muy de caualleros andantes
el dormir en los paramos y desiertos lo mas
del año, y que lo tienen a mucha ventura.”
  “Esso es”, dixo don Quixote, “quando no
pueden mas, o quando estan enamorados; y es
tan verdad esto, que ha auido cauallero que se
ha estado sobre vna peña, al sol y a la sombra
y a las inclemencias del cielo, dos años, sin
que lo supiesse su señora. Y vno destos fue
Amadis quando, llamandose Beltenebros, se
aloxó en la Peña Pobre, ni se si ocho años
o ocho meses, que no estoy muy bien en la
cuenta. Basta que el estuuo alli haziendo
penitencia por no se qué sinsabor que le hizo la
señora Oriana. Pero dexemos ya esto, Sancho,
y acaba, antes que suceda otra desgracia al
jumento como a Rozinante.”
  “Aun ahi seria el diablo”, dixo Sancho.
  Y despidiendo treinta ayes y sesenta sospiros
y ciento y veynte pesetes y reniegos de
quien alli le auia traido, se leuantó, quedandose
agouiado en la mitad del camino, como arco
turquesco, sin poder acabar de endereçarse; y
con todo este trabajo aparejó su asno, que
tambien auia andado algo destraydo con la
demasiada libertad de aquel dia. Leuantó luego
a Rozinante, el qual, si tuuiera lengua con
que quexarse, a buen seguro que Sancho ni
su amo no le fueran en çaga.
  En resolucion, Sancho acomodó a don Quixote
sobre el asno y puso de reata a Rozinante,
y, lleuando al asno de cabestro se encaminó
poco mas a menos hazia donde le parecio
que podia estar el camino real. Y la suerte,
que sus cosas de bien en mejor yua guiando,
aun no huuo andado vna pequeña legua, quando
le deparó el camino, en el qual descubrio
vna venta que, a pesar suyo y gusto de don
Quixote, auia de ser castillo. Porfiaua Sancho
que era venta, y su amo que no, sino castillo;
y tanto duró la porfia, que tuuieron lugar, sin
acabarla, de llegar a ella, en la qual Sancho se
entró, sin mas aueriguacion, con toda su requa.

                 Capitulo XVI

De lo que le sucedio al ingenioso hidalgo en
  la venta que el imaginaua ser castillo.

  El ventero, que vio a don Quixote atrauesado
en el asno, preguntó a Sancho qué mal
traia. Sancho le respondio que no era nada,
sino que auia dado vna cayda de vna peña
abaxo, y que venia algo brumadas las costillas.
  Tenia el ventero por muger a vna, no de la
condicion que suelen tener las de semejante
trato, porque naturalmente era caritatiua y se
dolia de las calamidades de sus proximos, y,
assi, acudio luego a curar a don Quixote, y
hizo que vna hija suya donzella, muchacha y
de muy buen parecer, la ayudasse a curar a su
huesped. Seruia en la venta, assi mesmo, vna
moça asturiana, ancha de cara, llana de cogote,
de nariz roma, del vn ojo tuerta y del otro
no muy sana. Verdad es que la gallardia del
cuerpo suplia las demas faltas: no tenia siete
palmos de los pies a la cabeça, y las espaldas,
que algun tanto le cargauan, la hazian mirar
al suelo mas de lo que ella quisiera. Esta
gentil moça, pues, ayudó a la donzella; y las dos
hizieron vna muy mala cama a don Quixote
en vn camaranchon que, en otros tiempos,
daua manifiestos indicios que auia seruido de
pajar muchos años. En la qual tambien
aloxaua vn harriero que tenia su cama hecha vn
poco mas alla de la de nuestro don Quixote,
y, aunque era de las enxalmas y mantas de
sus machos, hazia mucha ventaja a la de don
Quixote, que solo contenia quatro mal lisas
tablas sobre dos no muy yguales bancos, y vn
colchon que, en lo sutil, parecia colcha, lleno de
bodoques, que, a no mostrar que eran de lana
por algunas roturas, al tiento, en la dureza,
semejauan de guijarro, y dos sauanas hechas
de cuero de adarga, y vna fraçada, cuyos hilos,
si se quisieran contar, no se perdiera vno solo
de la cuenta.
  En esta maldita cama se acosto don Quixote.
Y luego la ventera y su hija le emplastaron
de arriba abajo, alumbrandoles Maritornes,
que assi se llamaua la asturiana; y
como al bizmalle viesse la ventera tan
acardenalado a partes a don Quixote, dixo que
aquello mas parecian golpes que cayda.
  “No fueron golpes”, dixo Sancho, “sino que
la peña tenia muchos picos y tropeçones, y que
cada vno auia hecho su cardenal.” Y tambien
le dixo: “Haga vuestra merced, señora, de
manera que queden algunas estopas, que no
faltará quien las aya menester; que tambien me
duelen a mi vn poco los lomos.”
  “Dessa manera”, respondio la ventera,
“¿tambien deuistes vos de caer?”
  “No cay”, dixo Sancho Pança, “sino que del
sobresalto que tomé de ver caer a mi amo, de
tal manera me duele a mi el cuerpo, que me
parece que me han dado mil palos.”
  “Bien podra ser esso”, dixo la donzella;
“que a mi me ha acontecido muchas vezes
soñar que caya de vna torre abaxo, y que
nunca acabaua de llegar al suelo, y quando
despertaua del sueño, hallarme tan molida y
quebrantada como si verdaderamente huuiera
caydo.”
  “Ay está el toque, señora”, respondio Sancho
Pança: “que yo sin soñar nada, sino estando
mas despierto que aora estoy, me hallo con
pocos menos cardenales que mi señor don
Quixote.”
  “¿Cómo se llama este cauallero?”, preguntó
la asturiana Maritornes.
  “Don Quixote de la Mancha”, respondio
Sancho Pança, “y es cauallero auenturero, y
de los mejores y mas fuertes que de luengos
tiempos aca se han visto en el mundo.”
  “¿Qué es cauallero auenturero?”, replicó la
moça.
  “¿Tan nueua sois en el mundo, que no lo
sabeis vos?”, respondio Sancho Pança. “Pues
sabed, hermana mia, que cauallero auenturero
es vna cosa que en dos palabras se ve apaleado
y emperador. Oy está la mas desdichada
criatura del mundo y la mas menesterosa, y
mañana tendria dos o tres coronas de
reynos que dar a su escudero.”
  “Pues ¿cómo vos, siendolo deste tan buen
señor”, dixo la ventera, “no teneis, a lo que
parece, siquiera algun condado?”
  “Aun es temprano”, respondio Sancho,
“porque no ha sino vn mes que andamos buscando
las auenturas, y hasta aora no hemos topado
con ninguna que lo sea. Y tal vez ay que se
busca vna cosa y se halla otra. Verdad es que
si mi señor don Quixote sana desta herida, o
cayda, y yo no quedo contrecho della, no
trocaria mis esperanças con el mejor titulo de
España.”
  Todas estas platicas estaua escuchando muy
atento don Quixote, y sentandose en el lecho
como pudo, tomando de la mano a la ventera,
le dixo:
  “Creedme, fermosa señora, que os podeis
llamar venturosa por auer alojado en este vuestro
castillo a mi persona, que es tal, que si yo
no la alabo, es por lo que suele dezirse que la
alabança propria enuilece, pero mi escudero
os dira quién soy. Solo os digo que tendre
eternamente escrito en mi memoria el seruicio que
me auedes fecho, para agradeceroslo mientras
la vida me durare. Y pluguiera a los altos
cielos que el amor no me tuuiera tan rendido y
tan sujeto a sus leyes, y los ojos de aquella
hermosa ingrata que digo entre mis dientes;
que los desta fermosa donzella fueran señores
de mi libertad.”
  Confusas estauan la ventera y su hija y la
buena de Maritornes oyendo las razones del
andante cauallero, que assi las entendian como
si hablara en griego, aunque bien alcançaron
que todas se encaminauan a ofrecimiento y
requiebros; y, como no vsadas a semejante
lenguage, mirauanle y admirauanse, y pareciales
otro hombre de los que se vsauan; y, agradeciendole
con venteriles razones sus ofrecimientos,
le dexaron, y la asturiana Maritornes
curó a Sancho, que no menos lo auia menester
que su amo.
  Auia el harriero concertado con ella que
aquella noche se refocilarian juntos, y ella le auia
dado su palabra de que, en estando sossegados
los huespedes y durmiendo sus amos, le yria a
buscar y satisfazerle el gusto en quanto le
mandasse. Y cuentase desta buena moça que jamas
dio semejantes palabras que no las cumpliesse,
aunque las diesse en vn monte y sin testigo
alguno, porque presumia muy de hidalga, y no
tenia por afrenta estar en aquel exercicio de
seruir en la venta; porque dezia ella que
desgracias y malos sucessos la auian traydo a
aquel estado.
  El duro, estrecho, apocado y fementido lecho
de don Quixote estaua primero en mitad de
aquel estrellado establo, y luego, junto a el, hizo
el suyo Sancho, que solo contenia vna estera
de enea y vna manta, que antes mostraua ser
de angeo tundido que de lana. Sucedia a estos
dos lechos el del harriero, fabricado, como se
ha dicho, de las enxalmas y de todo el adorno
de los dos mejores mulos que trahia, aunque
eran doze, luzios, gordos y famosos, porque era
vno de los ricos harrieros de Areualo, segun lo
dize el autor desta historia, que deste harriero
haze particular mencion, porque le conocia muy
bien, y aun quieren dezir que era algo pariente
suyo. Fuera de que Cide Mahamate Benengeli
fue historiador muy curioso y muy puntual
en todas las cosas; y echase bien de ver, pues
las que quedan referidas, con ser tan minimas y
tan rateras, no las quiso passar en silencio. De
donde podran tomar exemplo los historiadores
graues, que nos cuentan las acciones tan corta
y sucintamente, que apenas nos llegan a los
labios, dexandose en el tintero, ya por descuydo,
por malicia o ygnorancia, lo mas substancial
de la obra. ¡Bien aya mil vezes el autor
de Tablante de Ricamonte, y aquel del otro
libro donde se cuenta los hechos del conde
Tomillas, y con qué puntualidad lo
descriuen todo!
  Digo, pues, que despues de auer visitado
el harriero a su requa y dadole el segundo
pienso, se tendio en sus enxalmas y se dio a
esperar a su puntualissima Maritornes. Ya
estaua Sancho bizmado y acostado, y, aunque
procuraua dormir, no lo consentia el dolor de
sus costillas; y don Quixote, con el dolor de
las suyas, tenia los ojos abiertos como liebre.
Toda la venta estaua en silencio, y en toda ella
no auia otra luz que la que daua vna lampara
que colgada en medio del portal ardia. Esta
marauillosa quietud, y los pensamientos que
siempre nuestro cauallero trahia de los
sucessos que a cada passo se cuentan en los
libros autores de su desgracia, le truxo a la
ymaginacion vna de las estrañas locuras que
buenamente ymaginarse pueden. Y fue, que el se
ymaginó auer llegado a vn famoso castillo,
que, como se ha dicho, castillos eran a su
parecer todas las ventas donde aloxaua, y que la
hija del ventero lo era del señor del castillo, la
qual, vencida de su gentileza, se auia enamorado
del y prometido que aquella noche, a furto
de sus padres, vendria a yazer con el vna buena
pieça; y, teniendo toda esta quimera, que el se
auia fabricado, por firme y valedera, se
començo a acuytar y a pensar en el peligroso
trance en que su honestidad se auia de ver,
y propuso en su coraçon de no cometer
aleuosia a su señora Dulzinea del Toboso,
aunque la mesma reyna Ginebra con su dama
Quintañona se le pusiessen delante.
  Pensando, pues, en estos disparates, se llegó
el tiempo y la hora, que para el fue menguada,
de la venida de la asturiana, la qual, en
camisa y descalça, cogidos los cabellos en vna
aluanega de fustan, con tacitos y atentados
passos, entró en el aposento donde los tres
aloxauan, en busca del harriero. Pero apenas
llegó a la puerta, quando don Quixote la
sintio, y sentandose en la cama, a pesar de sus
bizmas y con dolor de sus costillas, tendio los
braços para recebir a su fermosa donzella.
La asturiana, que, toda recogida y callando,
yua con las manos delante buscando a su
querido, topó con los braços de don Quixote, el
qual la asio fuertemente de vna muñeca, y,
tirandola hazia si, sin que ella osasse hablar
palabra, la hizo sentar sobre la cama. Tentole
luego la camisa, y, aunque ella era de harpillera,
a el le parecio ser de finissimo y delgado
cendal. Trahia en las muñecas vnas cuentas de
vidro, pero a el le dieron vislumbres de
preciosas perlas orientales. Los cabellos, que en
alguna manera tirauan a crines, el los marcó por
hebras de luzidissimo oro de Arabia, cuyo
resplandor al del mesmo sol escurecia. Y el
aliento, que, sin duda alguna, olia a ensalada
fiambre y trasnochada, a el le parecio que
arrojaua de su boca vn olor suaue y aromatico;
y, finalmente, el la pintó en su ymaginacion
de la misma traça y modo que lo auia
leydo en sus libros, de la otra princesa que
vino a ver el mal ferido cauallero, vencida
de sus amores, con todos los adornos que aqui
van puestos. Y era tanta la ceguedad del
pobre hidalgo, que el tacto, ni el aliento, ni
otras cosas que trahia en si la buena donzella,
no le desengañauan, las quales pudieran hazer
vomitar a otro que no fuera harriero; antes le
parecia que tenia entre sus braços a la diosa
de la hermosura. Y, teniendola bien asida, con
voz amorosa y baxa, le començo a dezir:
  “Quisiera hallarme en terminos, fermosa y
alta señora, de poder pagar tamaña merced
como la que con la vista de vuestra gran
fermosura me auedes fecho; pero ha querido la
fortuna, que no se cansa de perseguir a los
buenos, ponerme en este lecho, donde yago
tan molido y quebrantado, que, aunque de mi
voluntad quisiera satisfazer a la vuestra, fuera
impossible. Y mas, que se añade a esta
impossibilidad otra mayor, que es la prometida fe
que tengo dada a la simpar Dulzinea del
Toboso, vnica señora de mis mas escondidos
pensamientos. Que si esto no vuiera de por
medio, no fuera yo tan sandio cauallero, que
dexara passar en blanco la venturosa ocasion
en que vuestra gran bondad me ha puesto.”
  Maritornes estaua congoxadissima y trasudando
de verse tan asida de don Quixote, y,
sin entender ni estar atenta a las razones que
le dezia, procuraua, sin hablar palabra,
desasirse. El bueno del harriero, a quien tenian
despierto sus malos desseos, desde el punto que
entró su coyma por la puerta, la sintio; estuuo
atentamente escuchando todo lo que don Quixote
dezia, y, zeloso de que la asturiana le
vuiesse faltado [a] la palabra por otro, se
fue llegando mas al lecho de don Quixote, y
estuuose quedo hasta ver en qué parauan
aquellas razones que el no podia entender.
Pero como vio que la moça forcejaua por desasirse,
y don Quixote trabaxaua por tenella,
pareciendole mal la burla, enarboló el braço en
alto y descargó tan terrible puñada sobre las
estrechas quixadas del enamorado cauallero,
que le bañó toda la boca en sangre; y, no contento
con esto, se le subio encima de las costillas,
y con los pies, mas que de trote, se las
passeó todas de cabo a cabo. El lecho, que era
vn poco endeble y de no firmes fundamentos,
no pudiendo sufrir la añadidura del harriero,
dio consigo en el suelo, a cuyo gran ruydo
desperto el ventero, y luego ymaginó que deuian
de ser pendencias de Maritornes, porque,
auiendola llamado a bozes, no respondia. Con esta
sospecha se leuantó y, encendiendo vn candil,
se fue hazia donde auia sentido la pelaza. La
moça, viendo que su amo venia y que era de
condicion terrible, toda medrosica y alborotada,
se acogio a la cama de Sancho Pança, que
aun dormia, y alli se acorrucó y se hizo vn
ouillo.
  El ventero entró diziendo:
  “¿Adónde estás, puta? A buen seguro que
son tus cosas estas.”
  En esto desperto Sancho, y, sintiendo aquel
bulto casi encima de si, penso que tenia la
pesadilla y començo a dar puñadas a vna y
otra parte, y, entre otras, alcançó con no se
quántas a Maritornes, la qual, sentida del dolor,
echando a rodar la honestidad, dio el retorno
a Sancho con tantas, que, a su despecho, le
quitó el sueño; el qual, viendose tratar de
aquella manera y sin saber de quien, alçandose
como pudo, se abraçó con Maritornes, y
començaron entre los dos la mas reñida y
graciosa escaramuça del mundo.
  Viendo, pues, el harriero, a la lumbre del
candil del ventero, quál andaua su dama,
dexando a don Quixote, acudio a dalle el socorro
necessario; lo mismo hizo el ventero, pero con
intencion diferente, porque fue a castigar a la
moça, creyendo, sin duda, que ella sola era la
ocasion de toda aquella armonia. Y, assi, como
suele dezirse: el gato al rato, el rato a la
cuerda, la cuerda al palo, daua el harriero a
Sancho, Sancho a la moça, la moça a el, el
ventero a la moça, y todos menudeauan con
tanta priessa que no se dauan punto de
reposo; y fue lo bueno que al ventero se le
apagó el candil, y, como quedaron ascuras,
dauanse tan sin compassion todos a bulto, que
a doquiera que ponian la mano no dexauan
cosa sana.
  Aloxaua acaso aquella noche en la venta
vn quadrillero de los que llaman de la Santa
Hermandad Vieja de Toledo, el qual, oyendo
ansi mesmo el estraño estruendo de la
pelea, asio de su media vara y de la caxa de
lata de sus titulos, y entró ascuras en el
aposento, diziendo:
  “¡Tenganse a la justicia! ¡Tenganse a la Santa
Hermandad!”
  Y el primero con quien topó fue con el
apuñeado de don Quixote, que estaua en su
derribado lecho, tendido boca arriba, sin sentido
alguno; y, echandole a tiento mano a las barbas,
no cessaua de dezir: “¡Fauor a la justicia!”
Pero viendo que el que tenia asido no se
bullia ni meneaua, se dio a entender que estaua
muerto, y que los que alli dentro estauan eran
sus matadores, y, con esta sospecha, reforço la
voz, diziendo:
  “¡Cierrese la puerta de la venta! ¡Miren no se
vaya nadie, que han muerto aqui a vn hombre!”
  Esta voz sobresaltó a todos, y cada qual
dexó la pendencia en el grado que le tomó la
voz. Retirose el ventero a su aposento, el
harriero a sus enxalmas, la moça a su rancho;
solos los desuenturados don Quixote y Sancho
no se pudieron mouer de donde estauan. Solto
en esto el quadrillero la barba de don Quixote,
y salio a buscar luz, para buscar y prender los
delinquentes; mas no la halló, porque el
ventero, de industria, auia muerto la lampara
quando se retiró a su estancia, y fuele forçoso
acudir a la chimenea, donde, con mucho trabajo y
tiempo, encendio el quadrillero otro candil.

                Capitulo XVII

Donde se prosiguen los innumerables trabajos
  que el brauo don Quixote y su buen escudero
  Sancho Pança passaron en la venta que, por
  su mal, penso que era castillo.

Auia ya buelto en este tiempo de su parasismo
don Quixote, y con el mesmo tono
de voz con que el dia antes auia llamado a su
escudero, quando estaua tendido en el val de
las estacas, le començo a llamar, diziendo:
  “Sancho amigo, ¿duermes? ¿Duermes, amigo
Sancho?”
  “¡Qué tengo de dormir, pesia a mi!”, respondio
Sancho, lleno de pesadumbre y de despecho;
“que no parece sino que todos los diablos
han andado comigo esta noche.”
  “Puedeslo creer ansi, sin duda”, respondio
don Quixote; “porque, o yo se poco, o este
castillo es encantado. Porque has de saber...;
mas esto que aora quiero dezirte, hasme de
jurar que lo tendras secreto hasta despues de
mi muerte.”
  “Si, juro”, respondio Sancho.
  “Digolo”, replicó don Quixote, “porque soy
enemigo de que se quite la honra a nadie.”
  “Digo que si juro”, tornó a dezir Sancho;
“que lo callaré hasta despues de los dias de
vuestra merced, y plega a Dios que lo pueda
descubrir mañana.”
  “¿Tan malas obras te hago, Sancho”,
respondio don Quixote, “que me querrias ver
muerto con tanta breuedad?”
  “No es por esso”, respondio Sancho, “sino
porque soy enemigo de guardar mucho las
cosas, y no querria que se me pudriessen de
guardadas.”
  “Sea por lo que fuere”, dixo don Quixote,
“que mas fio de tu amor y de tu cortesia; y, assi,
has de saber que esta noche me ha sucedido
vna de las mas estrañas auenturas que yo sabre
encarecer; y, por contartela en breue, sabras
que poco ha que a mi vino la hija del señor
deste castillo, que es la mas apuesta y fermosa
donzella que en gran parte de la tierra se puede
hallar. ¿Qué te podria dezir del adorno de su
persona? ¿Qué de su gallardo entendimiento?
¿Qué de otras cosas ocultas, que, por guardar
la fe que deuo a mi señora Dulzinea del Toboso,
dexaré passar intactas y en silencio? Solo
te quiero dezir que, embidioso el cielo de tanto
bien como la ventura me auia puesto en las
manos, o quiça --y esto es lo mas cierto--, que,
como tengo dicho, es encantado este castillo,
al tiempo que yo estaua con ella en dulcissimos
y amorosissimos coloquios, sin que yo la
viesse ni supiesse por donde venia, vino vna
mano pegada a algun braço de algun descomunal
gigante y assentome vna puñada en las
quixadas, tal, que las tengo todas bañadas en
sangre, y despues me molio de tal suerte que
estoy peor que ayer quando los gallegos,
que, por demasias de Rozinante, nos hizieron el
agrauio que sabes. Por donde conjeturo que el
tesoro de la fermosura desta donzella le deue
de guardar algun encantado moro, y no deue
de ser para mi.”
  “Ni para mi tampoco”, respondio Sancho,
“porque mas de quatrocientos moros me han
aporreado a mi de manera, que el molimiento
de las estacas fue tortas y pan pintado. Pero
digame, señor, ¿cómo llama a esta buena y
rara auentura, auiendo quedado della qual
quedamos? Aun vuestra merced, menos mal, pues
tuuo en sus manos aquella incomparable
fermosura que ha dicho. Pero yo ¿qué tuue, sino
los mayores porrazos que pienso recebir en
toda mi vida? ¡Desdichado de mi y de la madre
que me pario, que ni soy cauallero andante, ni
lo pienso ser jamas, y de todas las
malandanças me cabe la mayor parte!”
  “Luego ¿tambien estás tu aporreado?”,
respondio don Quixote.
  “¿No le he dicho que si, pesia a mi
linage?”, dixo Sancho.
  “No tengas pena, amigo”, dixo don Quixote;
“que yo hare agora el balsamo precioso
con que sanaremos en vn abrir y cerrar
de ojos.”
  Acabó en esto de encender el candil el
quadrillero, y entró a ver el que pensaua que era
muerto, y assi como le vio entrar Sancho,
viendole venir en camisa y con su paño de cabeça
y candil en la mano, y con vna muy mala cara,
preguntó a su amo:
  “Señor, ¿si sera este a dicha el moro encantado
que nos buelue a castigar, si se dexó algo
en el tintero?”
  “No puede ser el moro”, respondio don
Quixote, “porque los encantados no se dexan ver
de nadie.”
  “Si no se dexan ver, dexanse sentir”, dixo
Sancho; “si no, diganlo mis espaldas.”
  “Tambien lo podrian dezir las mias”, respondio
don Quixote; “pero no es bastante indicio
esse para creer que este que se vee sea el
encantado moro.”
  Llegó el quadrillero, y como los halló
hablando en tan sossegada conuersacion, quedó
suspenso. Bien es verdad que aun don Quixote se
estaua boca arriba, sin poderse menear de puro
molido y emplastado. Llegose a el el
quadrillero y dixole:
  “Pues ¿cómo va, buen hombre?”
  “Hablara yo mas bien criado”, respondio don
Quixote, “si fuera que vos. ¿Vsase en esta
tierra hablar dessa suerte a los caualleros
andantes, majadero?”
  El quadrillero, que se vio tratar tan mal de vn
hombre de tan mal parecer, no lo pudo sufrir, y,
alçando el candil con todo su azeyte, dio a don
Quixote con el en la cabeça, de suerte que le
dexó muy bien descalabrado; y como todo quedó
ascuras, saliose luego, y Sancho Pança
dixo:
  “Sin duda, señor, que este es el moro
encantado, y deue de guardar el tesoro para otros,
y para nosotros solo guarda las puñadas y los
candilazos.”
  “Assi es”, respondio don Quixote, “y no ay
que hazer caso destas cosas de encantamentos,
ni ay para qué tomar colera ni enojo con ellas;
que, como son inuisibles y fantasticas, no
hallaremos de quien vengarnos, aunque mas lo
procuremos. Leuantate, Sancho, si puedes, y llama
al alcayde desta fortaleza, y procura que se me
de vn poco de azeyte, vino, sal y romero para
hazer el salutifero balsamo; que en verdad que
creo que lo he bien menester aora, porque se
me va mucha sangre de la herida que esta
fantasma me ha dado.”
  Leuantose Sancho con harto dolor de sus
huessos, y fue ascuras donde estaua el ventero,
y, encontrandose con el quadrillero, que estaua
escuchando en que paraua su enemigo, le dixo:
  “Señor, quien quiera que seays, hazednos
merced y beneficio de darnos vn poco de romero,
azeyte, sal y vino, que es menester para
curar vno de los mejores caualleros andantes
que ay en la tierra, el qual yaze en aquella
cama mal ferido por las manos del encantado
moro que está en esta venta.”
  Quando el quadrillero tal oyo, tuuole por
hombre falto de seso. Y porque ya començaua
a amanecer, abrio la puerta de la venta, y,
llamando al ventero, le dixo lo que aquel buen
hombre queria. El ventero le proueyo de
quanto quiso, y Sancho se lo lleuó a don
Quixote, que estaua con las manos en la cabeça,
quexandose del dolor del candilazo, que no le
auia hecho mas mal que leuantarle dos chichones
algo crecidos, y lo que el pensaua que
era sangre no era sino sudor que sudaua con
la congoxa de la passada tormenta.
  En resolucion, el tomó sus simples, de los
quales hizo vn compuesto, mezclandolos todos
y coziendolos vn buen espacio, hasta que le
parecio que estauan en su punto. Pidio
luego alguna redoma para echallo, y como no la
vuo en la venta, se resoluio de ponello en vna
alcuza o azeytera de hoja de lata, de quien el
ventero le hizo grata donacion. Y luego dixo
sobre la alcuza mas de ochenta paternostres
y otras tantas auemarias, salues y credos, y a
cada palabra acompañaua vna cruz a modo de
bendicion; a todo lo qual se hallaron presentes
Sancho, el ventero y quadrillero, que ya el
harriero sossegadamente andaua entendiendo en
el beneficio de sus machos.
  Hecho esto, quiso el mesmo hazer luego la
esperiencia de la virtud de aquel precioso
balsamo que el se ymaginaua, y, assi, se beuio de
lo que no pudo caber en la alcuza y quedaua
en la olla donde se auia cozido, casi media
azumbre; y apenas lo acabó de beuer, quando
començo a vomitar de manera, que no le quedó
cosa en el estomago, y con las ansias y
agitacion del vomito le dio vn sudor copiosissimo,
por lo qual mandó que le arropassen y le
dexassen solo. Hizieronlo ansi, y quedose
dormido mas de tres horas, al cabo de las
quales desperto y se sintio aliuiadissimo del
cuerpo, y en tal manera mejor de su quebrantamiento,
que se tuuo por sano. Y verdaderamente
creyo que auia acertado con el balsamo
de Fierabras, y que con aquel remedio podia
acometer desde alli adelante, sin temor alguno,
qualesquiera ruynas, batallas y pendencias, por
peligrosas que fuessen.
  Sancho Pança, que tambien tuuo a milagro
la mejoria de su amo, le rogo que le diesse a
el lo que quedaua en la olla, que no era poca
cantidad. Concedioselo don Quixote, y el,
tomandola a dos manos, con buena fe y mejor
talante, se la echó a pechos y enuasó bien
poco menos que su amo. Es, pues, el caso que
el estomago del pobre Sancho no deuia de ser
tan delicado como el de su amo, y, assi,
primero que vomitasse le dieron tantas ansias y
vascas, con tantos trasudores y desmayos, que el
penso bien y verdaderamente que era llegada
su vltima hora; y viendose tan afligido y
congoxado, maldezia el balsamo y al ladron que
se lo auia dado.
  Viendole assi don Quixote, le dixo:
  “Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene
de no ser armado cauallero; porque tengo para
mi que este licor no deue de aprouechar a los
que no lo son.”
  “Si esso sabia vuestra merced”, replicó
Sancho, “¡mal aya yo y toda mi parentela!, ¿para
qué consintio que lo gustasse?”
  En esto hizo su operacion el breuage, y
començo el pobre escudero a dessaguarse por
entrambas canales, con tanta priessa, que la
estera de enea sobre quien se auia buelto a
echar, ni la manta de angeo con que se cubria,
fueron mas de prouecho. Sudaua y trasudaua
con tales parasismos y accidentes, que no
solamente el, sino todos pensaron que se le
acabaua la vida. Durole esta borrasca y mala
andança casi dos horas, al cabo de las quales no
quedó como su amo, sino tan molido y
quebrantado, que no se podia tener.
  Pero don Quixote, que, como se ha dicho,
se sintio aliuiado y sano, quiso partirse luego
a buscar auenturas, pareciendole que todo el
tiempo que alli se tardaua era quitarsele al
mundo y a los en el menesterosos de su fauor
y amparo, y mas con la seguridad y confiança
que lleuaua en su balsamo; y assi, forçado
deste desseo, el mismo ensilló a Rozinante y
enalbardó al jumento de su escudero, a quien
tambien ayudó a vestir y a subir en el asno.
Pusose luego a cauallo, y, llegandose a vn
rincon de la venta, asio de vn lançon que alli
estaua, para que le siruiesse de lança.
  Estauanle mirando todos quantos auia en la
venta, que passauan de mas de veynte personas;
mirauale tambien la hija del ventero, y el
tambien no quitaua los ojos della, y de quando
en quando arrojaua vn sospiro que parecia
que le arrancaua de lo profundo de sus
entrañas, y todos pensauan que deuia de ser del
dolor que sentia en las costillas; a lo menos
pensauanlo aquellos que la noche antes le
auian visto bizmar.
  Ya que estuuieron los dos a cauallo, puesto
a la puerta de la venta, llamó al ventero, y con
voz muy reposada y graue le dixo:
  “Muchas y muy grandes son las mercedes,
señor alcayde, que en este vuestro castillo he
recebido, y quedo obligadissimo a agradeceroslas
todos los dias de mi vida. Si os las puedo
pagar en hazeros vengado de algun soberuio
que os aya fecho algun agrauio, sabed que
mi oficio no es otro sino valer a los que poco
pueden, y vengar a los que reciben tuertos, y
castigar aleuosias. Recorred vuestra memoria,
y, si hallays alguna cosa deste jaez que
encomendarme, no ay sino dezilla, que yo os
prometo, por la orden de cauallero que recebi, de
fazeros satisfecho y pagado a toda vuestra
voluntad.”
  El ventero le respondio con el mesmo
sossiego:
  “Señor cauallero, yo no tengo necessidad de
que vuestra merced me vengue ningun agrauio,
porque yo se tomar la vengança que me
parece, quando se me hazen. Solo he menester
que vuestra merced me pague el gasto que
esta noche ha hecho en la venta, assi de la
paja y ceuada de sus dos bestias, como de la
cena y camas.”
  “Luego ¿venta es esta?”, replicó don
Quixote.
  “Y muy honrada”, respondio el ventero.
  “Engañado he viuido hasta aqui”, respondio
don Quixote; “que en verdad que pense que
era castillo, y no malo; pero, pues es ansi
que no es castillo, sino venta, lo que se podra
hazer por agora es que perdoneys por la
paga; que yo no puedo contrauenir a la orden
de los caualleros andantes, de los quales se
cierto, sin que hasta aora aya leydo cosa en
contrario, que jamas pagaron posada ni otra
cosa en venta donde estuuiessen, porque se
les deue de fuero y de derecho qualquier buen
acogimiento que se les hiziere, en pago del
insufrible trabajo que padecen buscando las
auenturas de noche y de dia, en inuierno y en
verano, a pie y a cauallo, con sed y con hambre,
con calor y con frio, sugetos a todas las
inclemencias del cielo y a todos los incomodos
de la tierra.”
  “Poco tengo yo que ver en esso”, respondio
el ventero; “pagueseme lo que se me deue, y
dexemonos de cuentos ni de cauallerias; que
yo no tengo cuenta con otra cosa que con
cobrar mi hazienda.”
  “Vos soys vn sandio y mal hostalero”,
respondio don Quixote.
  Y, poniendo piernas al Rozinante y
terciando su lançon, se salio de la venta sin que
nadie le detuuiesse, y el, sin mirar si le seguia
su escudero, se alongo vn buen trecho. El ventero
que le vio yr y que no le pagaua, acudio a
cobrar de Sancho Pança, el qual dixo que pues
su señor no auia querido pagar, que tampoco
el pagaria; porque siendo el escudero de
cauallero andante, como era, la mesma regla y
razon corria por el como por su amo en no
pagar cosa alguna en los mesones y ventas.
Amohinose mucho desto el ventero, y amenazole
que si no le pagaua, que lo cobraria de modo
que le pesasse. A lo qual Sancho respondio
que, por la ley de caualleria que su amo auia
recebido, no pagaria vn solo cornado, aunque
le costasse la vida, porque no auia de perder
por el la buena y antigua vsança de los
caualleros andantes, ni se auian de quexar del los
escuderos de los tales que estauan por venir
al mundo, reprochandole el quebrantamiento
de tan justo fuero.
  Quiso la mala suerte del desdichado Sancho
que, entre la gente que estaua en la venta, se
hallassen quatro perayles de Segouia, tres
agujeros del Potro de Cordoua y dos vezinos de
la Heria de Seuilla, gente alegre, bien
intencionada, maleante y juguetona; los quales, casi
como instigados y mouidos de vn mesmo
espiritu, se llegaron a Sancho, y, apeandole del
asno, vno dellos entró por la manta de la cama
del huesped, y, echandole en ella, alçaron los
ojos y vieron que el techo era algo mas baxo
de lo que auian menester para su obra, y
determinaron salirse al corral, que tenia por limite
el cielo. Y alli, puesto Sancho en mitad de la
manta, començaron a leuantarle en alto y a
holgarse con el, como con perro por
carnestolendas.
  Las vozes que el misero manteado daua fueron
tantas, que llegaron a los oydos de su amo,
el qual [deteniendose] a escuchar
atentamente, creyo que alguna nueua auentura le
venia, hasta que claramente conocio que el que
gritaua era su escudero; y, boluiendo las
riendas, con vn penado galope llegó a la venta, y,
hallandola cerrada, la rodeó por ver si hallaua
por donde entrar. Pero no vuo llegado a las
paredes del corral, que no eran muy altas,
quando vio el mal juego que se le hazia a su
escudero. Viole baxar y subir por el ayre, con
tanta gracia y presteza, que, si la colera le
dexara, tengo para mi que se riera. Prouo a subir
desde el cauallo a las bardas, pero estaua tan
molido y quebrantado, que aun apearse no
pudo, y, assi, desde encima del cauallo, començo
a dezir tantos denuestos y baldones a los
que a Sancho manteauan, que no es possible
acertar a escriuillos; mas no por esto cessauan
ellos de su risa y de su obra, ni el bolador
Sancho dexaua sus quexas, mezcladas ya con
amenazas, ya con ruegos; mas todo aprouechaua
poco, ni aprouechó, hasta que de puro cansados
le dexaron. Truxeronle alli su asno, y,
subiendole encima, le arroparon con su gauan.
Y la compassiua de Maritornes, viendole tan
fatigado, le parecio ser bien socorrelle con vn
jarro de agua, y, assi, se le truxo del pozo, por
ser mas frio; tomole Sancho, y lleuandole a
la boca, se paró a las vozes que su amo le
daua, diziendo:
  “¡Hijo Sancho, no beuas agua! ¡Hijo, no la
beuas, que te matará! Ves aqui tengo el
santissimo balsamo” --y enseñauale la alcuza del
breuage--, “que con dos gotas que del beuas
sanarás sin duda.”
  A estas vozes boluio Sancho los ojos como
de traues, y dixo con otras mayores:
  “Por dicha ¿hasele oluidado a vuestra
merced como yo no soy cauallero, o quiere que
acabe de vomitar las entrañas que me quedaron
de anoche? ¡Guardese su licor con todos los
diablos, y dexeme a mi!”
  Y el acabar de dezir esto y el començar a
beuer, todo fue vno; mas como al primer trago
vio que era agua, no quiso passar adelante, y
rogo a Maritornes que se le truxesse de vino,
y assi lo hizo ella de muy buena voluntad, y
lo pagó de su mesmo dinero, porque, en
efecto, se dize della que, aunque estaua en
aquel trato, tenia vnas sombras y lexos de
christiana.
  Assi como beuio Sancho dio de los carcaños
a su asno, y, abriendole la puerta de la
venta de par en par, se salio della, muy
contento de no auer pagado nada y de auer salido
con su intencion, aunque auia sido a costa de
sus acostumbrados fiadores, que eran sus
espaldas. Verdad es que el ventero se quedó con
sus alforjas en pago de lo que se le deuia; mas
Sancho no las echó menos, segun salio turbado.
Quiso el ventero atrancar bien la puerta
assi como le vio fuera; mas no lo consintieron
los manteadores, que era gente que, aunque
don Quixote fuera verdaderamente de los
caualleros andantes de la Tabla Redonda, no le
estimaran en dos ardites.

                Capitulo XVIII

Donde se cuentan las razones que passo
  Sancho Pança con su señor don Quixote, con
  otras auenturas dignas de ser contadas.

  Llegó Sancho a su amo marchito y desmayado,
tanto, que no podia harrear a su jumento.
Quando assi le vio don Quixote, le dixo:
  “Aora acabo de creer, Sancho bueno, que
aquel castillo o venta, de que es encantado
sin duda, porque aquellos que tan atrozmente
tomaron passatiempo contigo, ¿qué podian ser
sino fantasmas y gente del otro mundo? Y
confirmo esto por auer visto que quando estaua
por las bardas del corral mirando los actos
de tu triste tragedia, no me fue possible subir
por ellas, ni menos pude apearme de Rozinante,
porque me deuian de tener encantado; que
te juro por la fe de quien soy que, si pudiera
subir o apearme, que yo te hiziera vengado
de manera que aquellos follones y malandrines
se acordaran de la burla para siempre,
aunque en ello supiera contrauenir a las leyes
de la caualleria, que, como ya muchas vezes
te he dicho, no consienten que cauallero ponga
mano contra quien no lo sea, si no fuere en
defensa de su propria vida y persona, en caso
de vrgente y gran necessidad.”
  “Tambien me vengara yo si pudiera, fuera o
no fuera armado cauallero, pero no pude;
aunque tengo para mi que aquellos que se
holgaron conmigo no eran fantasmas ni hombres
encantados, como vuestra merced dize, sino
hombres de carne y de huesso como nosotros;
y todos, segun los oy nombrar quando me
bolteauan, tenian sus nombres: que el vno se
llamaua Pedro Martinez, y el otro Tenorio
Hernandez, y el ventero oy que se llamaua Iuan
Palomeque el Zurdo. Assi que, señor, el no poder
saltar las bardas del corral ni apearse del
cauallo, en al estuuo que en encantamentos.
Y lo que yo saco en limpio de todo esto es,
que estas auenturas que andamos buscando,
al cabo al cabo, nos han de traer a tantas
desuenturas, que no sepamos quál es nuestro
pie derecho. Y lo que seria mejor y mas
acertado, segun mi poco entendimiento, fuera el
boluernos a nuestro lugar, aora que es tiempo
de la siega y de entender en la hazienda,
dexandonos de andar de Ceca en Meca y de zoca
en colodra, como dizen.”
  “¡Qué poco sabes, Sancho”, respondio don
Quixote, “de achaque de caualleria! Calla y ten
paciencia; que [dia] vendra donde veas, por
vista de ojos, quán honrosa cosa es andar en
este exercicio. Si no, dime, ¿qué mayor contento
puede auer en el mundo, o qué gusto puede
ygualarse al de vencer vna batalla y al de
triunfar de su enemigo? Ninguno, sin duda
alguna.”
  “Assi deue de ser”, respondio Sancho,
“puesto que yo no lo se. Solo se que despues
que somos caualleros andantes, o vuestra
merced lo es --que yo no ay para qué me cuente
en tan honroso numero--, jamas hemos vencido
batalla alguna, si no fue la del vizcayno, y
aun de aquella salio vuestra merced con media
oreja y media zelada menos; que despues aca
todo ha sido palos y mas palos, puñadas y mas
puñadas, lleuando yo de ventaja el manteamiento,
y auerme sucedido por personas encantadas,
de quien no puedo vengarme, para saber
hasta donde llega el gusto del vencimiento del
enemigo, como vuestra merced dize.”
  “Essa es la pena que yo tengo y la que tu
deues tener, Sancho”, respondio don Quixote;
“pero de aqui adelante yo procuraré auer a las
manos alguna espada hecha por tal maestria,
que al que la truxere consigo no le puedan
hazer ningun genero de encantamentos. Y aun
podria ser que me deparasse la ventura aquella
de Amadis, quando se llamaua el Cauallero
de la Ardiente Espada, que fue vna de las
mejores espadas que tuuo cauallero en el mundo,
porque, fuera que tenia la virtud dicha, cortaua
como vna nauaja, y no auia armadura, por fuerte
y encantada que fuesse, que se le parasse
delante.”
  “Yo soy tan venturoso”, dixo Sancho, “que
quando esso fuesse y vuestra merced viniesse
a hallar espada semejante, solo vendria a
seruir y aprouechar a los armados caualleros,
como el balsamo; y a los escuderos... que se
los papen duelos.”
  “No temas esso, Sancho”, dixo don Quixote,
“que mejor lo hara el cielo contigo.”
  En estos coloquios yuan don Quixote y su
escudero, quando vio don Quixote que por el
camino que yuan venia hazia ellos vna grande
y espessa poluareda, y, en viendola, se
boluio a Sancho y le dixo:
  “Este es el dia, ¡o, Sancho!, en el qual se ha
de ver el bien que me tiene guardado mi
suerte. Este es el dia, digo, en que se ha de
mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de
mi braço, y en el que tengo de hazer obras que
queden escritas en el libro de la fama por todos
los venideros siglos. ¿Ves aquella poluareda
que alli se leuanta, Sancho? Pues toda es
quaxada de vn copiosissimo exercito que de
diuersas e innumerables gentes por alli viene
marchando.”
  “A essa cuenta, dos deuen de ser”, dixo
Sancho, “porque desta parte contraria se leuanta
assi mesmo otra semejante poluareda.”
  Boluio a mirarlo don Quixote, y vio que assi
era la verdad, y, alegrandose sobremanera,
penso sin duda alguna que eran dos exercitos
que venian a enuestirse y a encontrarse en
mitad de aquella espaciosa llanura; porque
tenia a todas horas y momentos llena la fantasia
de aquellas batallas, encantamentos, sucessos,
desatinos, amores, desafios, que en los libros
de cauallerias se cuentan, y todo quanto
hablaua, pensaua o hazia, era encaminado a
cosas semejantes; y la poluareda que auia visto
la leuantauan dos grandes manadas de ouejas
y carneros que, por aquel mesmo camino, de
dos diferentes partes venian, las quales, con el
poluo, no se echaron de ver hasta que llegaron
cerca. Y con tanto ahinco afirmaua don Quixote
que eran exercitos, que Sancho lo vino a
creer y a dezirle:
  “Señor, pues ¿qué hemos de hazer
nosotros?”
  “¿Qué?”, dixo don Quixote; “fauorecer y
ayudar a los menesterosos y desualidos. Y has de
saber, Sancho, que este que viene por nuestra
frente le conduze y guia el grande emperador
Alifanfaron, señor de la grande ysla
Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha
es el de su enemigo el rey de los garamantas,
Pentapolen del Arremangado Braço, porque
siempre entra en las batallas con el braço
derecho desnudo.”
  “Pues ¿por qué se quieren tan mal estos dos
señores?”, preguntó Sancho.
  “Quierense mal”, respondio don Quixote,
“porque este Alefanfaron es vn foribundo
pagano, y está enamorado de la hija de Pentapolin,
que es vna muy fermosa y ademas agraciada
señora, y es christiana, y su padre no se
la quiere entregar al rey pagano, si no dexa
primero la ley de su falso profeta Mahoma y
se buelue a la suya.”
  “¡Para mis barbas”, dixo Sancho, “si no haze
muy bien Pentapolin, y que le tengo de
ayudar en quanto pudiere!”
  “En esso haras lo que deues, Sancho”, dixo
don Quixote, “porque para entrar en batallas
semejantes no se requiere ser armado
cauallero.”
  “Bien se me alcança esso”, respondio
Sancho. “Pero, ¿dónde pondremos a este asno,
que estemos ciertos de hallarle despues de
passada la refriega?; porque el entrar en ella
en semejante caualleria no creo que está en
vso hasta agora.”
  “Assi es verdad”, dixo don Quixote; “lo que
puedes hazer del es dexarle a sus auenturas,
ora se pierda o no, porque seran tantos los
cauallos que tendremos despues que salgamos
vencedores, que aun corre peligro Rozinante
no le trueque por otro. Pero estame atento y
mira, que te quiero dar cuenta de los caualleros
mas principales que en estos dos exercitos
vienen. Y para que mejor los veas y notes,
retiremonos a aquel altillo que alli se haze, de
donde se deuen de descubrir los dos exercitos.”
  Hizieronlo ansi, y pusieronse sobre vna
loma, desde la qual se vieran bien las dos
manadas que a don Quixote se le hizieron exercito[s],
si las nuues del poluo que leuantauan
no les turbara y cegara la vista; pero, con todo
esto, viendo en su ymaginacion lo que no veya
ni auia, con voz leuantada començo a dezir:
  “Aquel cauallero que alli ves de las armas
jaldes, que trae en el escudo vn leon coronado,
rendido a los pies de vna donzella, es el
valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata;
el otro de las armas de las flores de oro,
que trae en el escudo tres coronas de plata en
campo azul, es el temido Micocolembo, gran
duque de Quirocia; el otro de los miembros
giganteos, que está a su derecha mano, es el
nunca medroso Brandabarbaran de Boliche,
señor de las tres Arabias, que viene armado
de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo
vna puerta, que, segun es fama, es vna de
las del templo que derribó Sanson, quando con
su muerte se vengó de sus enemigos.
  ”Pero buelue los ojos a estotra parte, y veras
delante y en la frente destotro exercito al
siempre vencedor y jamas vencido Timonel de
Carcajona, principe de la Nueua Vizcaya, que viene
armado con las armas partidas a quarteles,
azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el
escudo vn gato de oro en campo leonado, con
vna letra que dize: «Miau», que es el principio
del nombre de su dama, que, segun se dize,
es la simpar Miulina, hija del duque
Alfeñiquen del Algarue; el otro, que carga y oprime
los lomos de aquella poderosa alfana, que trae
las armas como nieue blancas, y el escudo blanco
y sin empresa alguna, es vn cauallero nouel,
de nacion frances, llamado Pierres Papin,
señor de las baronias de Vtrique; el otro, que
bate las hijadas con los herrados carcaños
a aquella pintada y ligera cebra, y trae las
armas de los veros azules, es el poderoso duque
de Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae
por empresa en el escudo vna esparraguera,
con vna letra en castellano que dize assi:
«Rastrea mi suerte».”
  Y desta manera fue nombrando muchos
caualleros del vno y del otro esquadron, que el
se ymaginaua, y a todos les dio sus armas,
colores, empresas y motes de improuiso, lleuado
de la ymaginacion de su nunca vista locura,
y, sin parar, prosiguio diziendo:
  “A este esquadron frontero forman y hazen
gentes de diuersas naciones: aqui estan los que
beuian las dulces aguas del famoso Xanto;
los montuosos que pisan los masilicos campos;
los que [des]cubren el finissimo y menudo
oro en la felize Arabia; los que gozan las
famosas y frescas riberas del claro Termodonte;
los que sangran por muchas y diuersas
vias al dorado Pactolo; los numidas, dudosos
en sus promessas; los persas [en] arcos y
flechas famosos; [los] partos, los medos, que
pelean huyendo; los arabes, de mudables casas;
los citas, tan crueles como blancos; los
etiopes, de horadados labios, y otras infinitas
naciones, cuyos rostros conozco y veo, aunque de los
nombres no me acuerdo. En estotro esquadron
vienen los que beuen las corrientes cristalinas
del oliuifero Betis; los que tersan y pulen sus
rostros con el licor del siempre rico y dorado
Tajo; los que gozan las prouechosas aguas del
diuino Genil; los que pisan los tartesios
campos, de pastos abundantes; los que se alegran
en los eliseos xerezanos prados; los manchegos,
ricos y coronados de rubias espigas; los de
hierro vestidos, reliquias antiguas de la sangre
goda; los que en Pisuerga se bañan, famoso
por la mansedumbre de su corriente; los que su
ganado apacientan en las estendidas dehesas
del tortuoso Guadiana, celebrado por su
escondido curso; los que tiemblan con el frio del
siluoso Pirineo y con los blancos copos del
leuantado Apenino. Finalmente, quantos toda la
Europa en si contiene y encierra.”
  ¡Valame Dios, y quántas prouincias dixo,
quantas naciones nombró, dandole a cada vna
con marauillosa presteza los atributos que le
pertenecian, todo absorto y empapado en lo
que auia leydo en sus libros mentirosos!
  Estaua Sancho Pança colgado de sus palabras,
sin hablar ninguna, y de quando en quando
boluia la cabeça a ver si veya los caualleros
y gigantes que su amo nombraua; y como no
descubria a ninguno, le dixo:
  “Señor, encomiendo al diablo hombre, ni
gigante, ni cauallero de quantos vuestra merced
dize parece por todo esto, a lo menos,
yo no los veo; quiça todo deue ser
encantamento, como las fantasmas de anoche.”
  “¿Cómo dizes esso?”, respondio don Quixote.
“¿No oyes el relinchar de los cauallos, el tocar
de los clarines, el ruydo de los atambores?”
  “No oygo otra cosa”, respondio Sancho, “sino
muchos balidos de ouejas y carneros.”
  Y assi era la verdad, porque ya llegauan
cerca los dos rebaños.
  “El miedo que tienes”, dixo don Quixote, “te
haze, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas.
Porque vno de los efectos del miedo es
turbar los sentidos y hazer que las cosas no
parezcan lo que son; y, si es que tanto temes,
retirate a vna parte y dexame solo; que solo
basto a dar la victoria a la parte a quien yo
diere mi ayuda.”
  Y, diziendo esto, puso las espuelas a
Rozinante, y puesta la lança en el ristre, baxó de
la costezuela como vn rayo.
  Diole vozes Sancho, diziendole:
  “¡Bueluase vuestra merced, señor don Quixote,
que boto a Dios que son carneros y ouejas
las que va a enuestir! ¡Bueluase, desdichado
del padre que me engendró! ¿Qué locura es
esta? ¡Mire que no ay gigante ni cauallero
alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos
ni enteros, ni veros azules ni endiablados! ¿Qué
es lo que haze?, ¡pecador soy yo a Dios!”
  Ni por essas boluio don Quixote; antes, en
altas vozes, yua diziendo:
  “¡Ea, caualleros, los que seguis y militays
debaxo de las vanderas del valeroso Emperador
Pentapolin del Arremangado Braço, seguidme
todos; vereys quán facilmente le doy
vengança de su enemigo Alefanfaron de
la Trapobana!”
  Esto diziendo, se entró por medio del
esquadron de las ouejas, y començo de alanceallas
con tanto corage y denuedo, como si de veras
alanceara a sus mortales enemigos. Los
pastores y ganaderos que con la manada venian
dauanle vozes que no hiziesse aquello; pero,
viendo que no aprouechauan, desciñeronse las
hondas y començaron a saludalle los oydos
con piedras como el puño. Don Quixote no se
curaua de las piedras; antes, discurriendo a
todas partes, [dezia]:
  “¿Adonde estás, soberuio Alifanfaron?
Vente a mi, ¡que vn cauallero solo soy que
dessea de solo a solo prouar tus fuerças y
quitarte la vida, en pena de la que das al valeroso
Pentapolin Garamanta!”
  Llegó en esto vna peladilla de arroyo, y,
dandole en vn lado, le sepultó dos costillas en
el cuerpo. Viendose tan maltrecho, creyo, sin
duda, que estaua muerto o mal ferido, y,
acordandose de su licor, sacó su alcuza y pusosela
a la boca, y començo a echar licor en el
estomago; mas antes que acabasse de enuasar lo
que a el le parecia que era bastante, llegó otra
almendra y diole en la mano y en el alcuza, tan
de lleno, que se la hizo pedaços, lleuandole de
camino tres o quatro dientes y muelas de la
boca, y machucandole malamente dos dedos
de la mano.
  Tal fue el golpe primero, y tal el segundo,
que le fue forçoso al pobre cauallero dar
consigo del cauallo abaxo. Llegaronse a el los
pastores y creyeron que le auian muerto. Y, assi,
con mucha priessa, recogieron su ganado, y
cargaron de las reses muertas, que passauan
de siete, y sin aueriguar otra cosa, se fueron.
  Estauase todo este tiempo Sancho sobre la
cuesta, mirando las locuras que su amo hazia,
y arrancauase las barbas, maldiziendo la hora
y el punto en que la fortuna se le auia dado a
conocer. Viendole, pues, caydo en el suelo, y
que ya los pastores se auian ydo, baxó de la
cuesta y llegose a el, y hallole de muy mal arte,
aunque no auia perdido el sentido, y dixole:
  “¿No le dezia yo, señor don Quixote, que se
boluiesse, que los que yua a acometer no eran
exercitos, sino manadas de carneros?”
  “Como esso puede desparecer y
contrahazer aquel ladron del sabio mi enemigo.
Sabete, Sancho, que es muy facil cosa a los tales
hazernos parecer lo que quieren, y este maligno
que me persigue, embidioso de la gloria
que vio que yo auia de alcançar desta batalla,
ha buelto los esquadrones de enemigos en
manadas de ouejas. Si no, haz vna cosa, Sancho,
por mi vida, porque te desengañes y veas ser
verdad lo que te digo: sube en tu asno y
siguelos bonitamente, y veras como, en alexandose
de aqui algun poco, se bueluen en su ser
primero, y, dexando de ser carneros, son hombres
hechos y derechos como yo te los pinté primero...
Pero no vayas agora, que he menester
tu fabor y ayuda; llegate a mi y mira quántas
muelas y dientes me faltan, que me parece
que no me ha quedado ninguno en la boca.”
  Llegose Sancho tan cerca, que casi le metia
los ojos en la boca, y fue a tiempo que ya auia
obrado el balsamo en el estomago de don
Quixote, y al tiempo que Sancho llegó a mirarle
la boca, arrojó de si, mas rezio que vna
escopeta, quanto dentro tenia, y dio con todo ello
en las barbas del compassiuo escudero.
  “¡Santa Maria!”, dixo Sancho, “y ¿qué es esto
que me ha sucedido? Sin duda este pecador
está herido de muerte, pues vomita sangre por
la boca.”
  Pero reparando vn poco mas en ello, echó
de ver en la color, sabor y olor, que no era
sangre, sino el balsamo de la alcuza, que el le
auia visto beuer; y fue tanto el asco que tomó,
que, reboluiendosele el estomago, vomitó las
tripas sobre su mismo señor, y quedaron
entrambos como de perlas. Acudio Sancho a su
asno para sacar de las alforjas con que
limpiarse y con que curar a su amo, y como no
las halló, estuuo a punto de perder el juyzio.
Maldixose de nueuo y propuso en su coraçon
de dexar a su amo y boluerse a su tierra,
aunque perdiesse el salario de lo seruido y las
esperanças del gouierno de la prometida insula.
  Leuantose en esto don Quixote, y, puesta la
mano yzquierda en la boca, porque no se le
acabassen de salir los dientes, asio con la otra
las riendas de Rozinante, que nunca se auia
mouido de junto a su amo, tal era de leal y
bien acondicionado, y fue(s)se a donde su
escudero estaua, de pechos sobre su asno, con la
mano en la mexilla, en guisa de hombre
pensatiuo ademas. Y, viendole don Quixote de
aquella manera, con muestras de tanta
tristeza, le dixo:
  “Sabete, Sancho, que no es vn hombre mas
que otro, si no haze mas que otro. Todas estas
borrascas que nos suceden son señales de que
presto ha de serenar el tiempo y han de
sucedernos bien las cosas, porque no es possible
que el mal ni el bien sean durables, y de aqui
se sigue que, auiendo durado mucho el mal, el
bien está ya cerca. Assi que no deues congojarte
por las desgracias que a mi me suceden,
pues a ti no te cabe parte dellas.”
  “¿Cómo no?”, respondio Sancho. “Por ventura
el que ayer mantearon, ¿era otro que el
hijo de mi padre? Y las alforjas que oy me
faltan, con todas mis alhajas, ¿son de otro que
del mismo?”
  “¿Que te faltan las alforjas, Sancho?”, dixo
don Quixote.
  “Si que me faltan”, respondio Sancho.
  “Desse modo, no tenemos qué comer oy”,
replicó don Quixote.
  “Esso fuera”, respondio Sancho, “quando
faltaran por estos prados las yeruas que
vuestra merced dize que conoce, con que suelen
suplir semejantes faltas los tan mal auenturados
andantes caualleros como vuestra merced
es.”
  “Con todo esso”, respondio don Quixote,
“tomara yo aora mas ayna vn quartal de pan,
o vna hogaza, y dos cabeças de sardinas arenques,
que quantas yeruas descriue Dioscorides,
aunque fuera el ilustrado por el doctor
Laguna. Mas, con todo esto, sube en tu
jumento, Sancho el bueno, y vente tras mi; que
Dios, que es proueedor de todas las cosas,
no nos ha de faltar, y mas, andando tan en su
seruicio como andamos, pues no falta a los
mosquitos del ayre, ni a los gusanillos de la
tierra, ni a los renaquajos del agua. Y es tan
piadoso, que haze salir su sol sobre los
buenos y los malos, y llueue sobre los injustos
y justos.”
  “Mas bueno era vuestra merced”, dixo
Sancho, “para predicador que para cauallero
andante.”
  “De todo sabian y han de saber los
caualleros andantes, Sancho”, dixo don Quixote,
“porque cauallero andante vuo en los passados
siglos, que assi se paraua a hazer vn sermon
o platica en mitad de vn campo real, como si
fuera graduado por la vniuersidad de Paris; de
donde se infiere que nunca la lança embotó
la pluma, ni la pluma la lança.”
  “Aora bien, sea assi como vuestra merced
dize”, respondio Sancho. “Vamos aora de
aqui, y procuremos dónde aloxar esta noche,
y quiera Dios que sea en parte donde no aya
mantas, ni manteadores, ni fantasmas, ni moros
encantados; que, si los ay, dare al diablo el
hato y el garauato.”
  “Pideselo tu a Dios, hijo”, dixo don Quixote,
“y guia tu por donde quisieres; que esta vez
quiero dexar a tu elecion el alojarnos. Pero
dame aca la mano, y atientame con el dedo, y
mira bien quántos dientes y muelas me faltan
deste lado derecho, de la quixada alta, que
alli siento el dolor.”
  Metio Sancho los dedos, y, estandole
tentando, le dixo:
  “¿Quántas muelas solia vuestra merced
tener en esta parte?”
  “Quatro”, respondio don Quixote, “fuera de
la cordal, todas enteras y muy sanas.”
  “Mire vuestra merced bien lo que dize,
señor”, respondio Sancho.
  “Digo quatro, si no eran cinco”, respondio
don Quixote, “porque en toda mi vida me han
sacado diente ni muela de la boca, ni se me
ha caydo, ni comido de neguijon ni de reuma
alguna.”
  “Pues en esta parte de abaxo”, dixo Sancho,
“no tiene vuestra merced mas de dos muelas
y media, y en la de arriba, ni media ni
ninguna, que toda está rasa como la palma de la
mano.”
  “¡Sin ventura yo!”, dixo don Quixote, oyendo
las tristes nueuas que su escudero le daua,
“que mas quisiera que me vuieran derribado vn
braço, como no fuera el de la espada; porque
te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas
es como molino sin piedra, y en mucho mas
se ha de estimar vn diente que vn diamante.
Mas a todo esto estamos sugetos los que
professamos la estrecha orden de la caualleria.
Sube, amigo, y guia, que yo te seguire al passo
que quisieres.”
  Hizolo assi Sancho y encaminose hazia donde
le parecio que podia hallar acogimiento, sin
salir del camino real que por alli yua muy
seguido. Yendose, pues, poco a poco, porque el
dolor de las quixadas de don Quixote no le
dexaua sossegar ni atender a darse priessa,
quiso Sancho entretenelle y diuertille
diziendole alguna cosa, y entre otras que le dixo,
fue lo que se dira en el siguiente capitulo.

                 Capitulo XIX

De las discretas razones que Sancho passaua
  con su amo, y de la auentura que le sucedio
  con vn cuerpo muerto, con otros
  acontecimientos famosos.

  “Pareceme, señor mio, que todas estas
desuenturas que estos dias nos han sucedido, sin
duda alguna, han sido pena del pecado cometido
por vuestra merced contra la orden de su
caualleria, no auiendo cumplido el juramento
que hizo de no comer pan a manteles ni con
la reyna folgar, con todo aquello que a esto se
sigue y vuestra merced juró de cumplir, hasta
quitar aquel almete de Malandrino, o como se
llama el moro, que no me acuerdo bien.”
  “Tienes mucha razon, Sancho”, dixo don
Quixote. “Mas, para dezirte verdad, ello se me
auia passado de la memoria; y tambien puedes
tener por cierto que por la culpa de no auermelo
tu acordado en tiempo, te sucedio aquello
de la manta; pero yo hare la enmienda, que
modos ay de composicion en la orden de la
caualleria para todo.”
  “Pues ¿juré yo algo, por dicha?”, respondio
Sancho.
  “No importa que no ayas jurado”, dixo don
Quixote; “basta que yo entiendo que de participantes
no estás muy seguro, y, por si o por no,
no sera malo proueernos de remedio.”
  “Pues si ello es assi”, dixo Sancho, “mire
vuestra merced no se le torne a oluidar esto,
como lo del juramento; quiça les boluera la
gana a las fantasmas de solazarse otra vez
conmigo, y aun con vuestra merced, si le ven tan
pertinaz.”
  En estas y otras platicas les tomó la noche en
mitad del camino, sin tener ni descubrir donde
aquella noche se recogiessen; y lo que no auia
de bueno en ello era que perecian de hambre,
que con la falta de las alforjas les faltó toda la
despensa y matalotaje. Y para acabar de confirmar
esta desgracia les sucedio vna auentura,
que, sin artificio alguno, verdaderamente lo
parecia. Y fue que la noche cerro con alguna
escuridad, pero con todo esto caminauan,
creyendo Sancho que, pues aquel camino era real,
a vna o dos leguas, de buena razon hallaria en
el alguna venta.
  Yendo, pues, desta manera, la noche escura,
el escudero hambriento y el amo con gana de
comer, vieron que por el mesmo camino que
yuan, venian hazia ellos gran multitud de lumbres,
que no parecian sino estrellas que se mouian.
Pasmose Sancho en viendolas, y don Quixote
no las tuuo todas consigo; tiró el vno del
cabestro a su asno, y el otro de las riendas a su
rozino, y estuuieron quedos mirando atentamente
lo que podia ser aquello, y vieron que
las lumbres se yuan acercando a ellos, y
mientras mas se llegauan mayores parecian. A cuya
vista Sancho començo a temblar como vn azogado,
y los cabellos de la cabeça se le erizaron
a don Quixote, el qual, animandose vn poco,
dixo:
  “Esta, sin duda, Sancho, deue de ser
grandissima y peligrosissima auentura, donde sera
necessario que yo muestre todo mi valor y
esfuerço.”
  “¡Desdichado de mi!”, respondio Sancho. “Si
acaso esta auentura fuesse de fantasmas, como
me lo va pareciendo, ¿adónde aura costillas que
la sufran?”
  “Por mas fantasmas que sean”, dixo don
Quixote, “no consentire yo que te toque en
el pelo de la ropa; que si la otra vez se burlaron
contigo, fue porque no pude yo saltar las
paredes del corral; pero aora estamos en campo
raso, donde podre yo como quisiere esgremir
mi espada.”
  “Y si le encantan y entomecen, como la otra
vez lo hizieron”, dixo Sancho, “¿qué
aprouechará estar en campo abierto o no?”
  “Con todo esso”, replicó don Quixote, “te
ruego, Sancho, que tengas buen animo; que la
experiencia te dara a entender el que yo tengo.”
  “Si tendre, si a Dios plaze”, respondio
Sancho.
  Y, apartandose los dos a vn lado del
camino, tornaron a mirar atentamente lo que
aquello de aquellas lumbres que caminauan
podia ser; y de alli a muy poco descubrieron
muchos encamisados, cuya temerosa vision de
todo punto remató el animo de Sancho Pança,
el qual començo a dar diente con diente, como
quien tiene frio de quartana; y crecio mas el
batir y dentellear quando distintamente vieron
lo que era, porque descubrieron hasta veynte
encamisados, todos a cauallo, con sus hachas
encendidas en las manos, detras de los quales
venia vna litera cubierta de luto, a la qual
seguian otros seys de a cauallo, enlutados hasta
los pies de las mulas; que bien vieron que no
eran cauallos en el sossiego con que caminauan.
Yuan los encamisados murmurando entre
si, con vna voz baxa y compassiua. Esta estraña
vision a tales horas y en tal despoblado,
bien bastaua para poner miedo en el coraçon
de Sancho, y aun en el de su amo; y assi
fuera en quanto a don Quixote, que ya Sancho
auia dado al traues con todo su esfuerço. Lo
contrario le auino a su amo, al qual en aquel
punto se le representó en su imaginacion, al
viuo, que aquella era vna de las auenturas de
sus libros. Figurosele que la litera eran andas
donde deuia de yr algun mal ferido o muerto
cauallero, cuya vengança a el solo estaua
reseruada, y, sin hazer otro discurso, enristró su
lançon, pusose bien en la silla, y, con gentil brio
y continente se puso en la mitad del camino
por donde los encamisados forçosamente auian
de passar, y quando los vio cerca, alçó la voz
y dixo:
  “Deteneos, caualleros, o quien quiera que
seays, y dadme cuenta de quién soys, de dónde
venis, adónde vays, qué es lo que en aquellas
andas lleuays; que, segun las muestras, o
vosotros aueys fecho, o vos han fecho, algun
desaguisado, y conuiene y es menester que yo
lo sepa, o bien para castigaros del mal que
fezistes, o bien para vengaros del tuerto que
vos fizieron.”
  “Vamos de priessa”, respondio vno de los
encamisados, “y está la venta lexos, y no nos
podemos detener a dar tanta cuenta como
pedis.”
  Y, picando la mula, passó adelante. Sintiose
desta respuesta grandemente don Quixote, y
trauando del freno dixo:
  “Deteneos y sed mas bien criado, y dadme
cuenta de lo que os he preguntado; si no,
conmigo soys todos en batalla.”
  Era la mula assombradiza, y al tomarla del
freno se espantó de manera, que, alçandose en
los pies, dio con su dueño por las hancas en
el suelo. Vn moço que yua a pie, viendo caer
al encamisado, començo a denostar a don
Quixote, el qual, ya encolerizado, sin esperar
mas, enristrando su lançon, arremetio a vno de
los enlutados y, mal ferido dio con el en tierra;
y reboluiendose por los demas, era cosa de ver
con la presteza que los acometia y desbarataua,
que no parecia sino que en aquel instante
le auian nacido alas a Rozinante, segun andaua
de ligero y orgulloso. Todos los encamisados
era gente medrosa y sin armas, y, assi, con
facilidad en vn momento dexaron la refriega y
començaron a correr por aquel campo con las
hachas encendidas, que no parecian sino a los
de las mascaras que en noche de regozijo y
fiesta corren. Los enlutados, assi mesmo
rebueltos y embueltos en sus faldamentos y lobas,
no se podian mouer; assi que, muy a su saluo,
don Quixote los apaleó a todos, y les hizo dexar
el sitio mal de su grado, porque todos pensaron
que aquel no era hombre, sino diablo del
infierno que les salia a quitar el cuerpo muerto
que en la litera lleuauan.
  Todo lo miraua Sancho, admirado del
ardimiento de su señor, y dezia entre si:
  “Sin duda este mi amo es tan valiente y
esforçado como el dize.”
  Estaua vna hacha ardiendo en el suelo junto
al primero que derribó la mula, a cuya luz
le pudo ver don Quixote, y, llegandose a el, le
puso la punta del lançon en el rostro, diziendole
que se rindiesse; si no, que le mataria. A lo
qual respondio el caydo:
  “Harto rendido estoy, pues no me puedo
mouer, que tengo vna pierna quebrada; suplico
a vuestra merced, si es cauallero christiano,
que no me mate, que cometera vn gran sacrilegio;
que soy licenciado y tengo las primeras
ordenes.”
  “Pues ¿quién diablos os ha traydo aqui”,
dixo don Quixote, “siendo hombre de iglesia?”
  “¿Quién, señor?”, replicó el caydo: “mi
desuentura.”
  “Pues otra mayor os amenaza”, dixo don
Quixote, “si no me satisfazeys a todo quanto
primero os pregunté.”
  “Con facilidad sera vuestra merced satisfecho”,
respondio el licenciado; “y assi, sabra
vuestra merced que, aunque denantes dixe que
yo era licenciado, no soy sino bachiller, y
llamome Alonso Lopez; soy natural de Alcouendas,
vengo de la ciudad de Baeça con otros
onze sacerdotes, que son los que huyeron con
las hachas; vamos a la ciudad de Segouia
acompañando vn cuerpo muerto, que va en
aquella litera, que es de vn cauallero que
murio en Baeça, donde fue depositado, y aora,
como digo, lleuauamos sus huessos a su
sepultura, que está en Segouia, de donde es
natural.”
  “Y ¿quién le mató?”, preguntó don Quixote.
  “Dios, por medio de vnas calenturas pestilentes
que le dieron”, respondio el bachiller.
  “Dessa suerte”, dixo don Quixote, “quitado
me ha nuestro Señor del trabaxo que auia de
tomar en vengar su muerte, si otro alguno le
huuiera muerto; pero auiendole muerto quien
le mató, no ay sino callar y encoger los
ombros, porque lo mesmo hiziera si a mi
mismo me matara; y quiero que sepa vuestra
reuerencia que yo soy vn cauallero de la
Mancha, llamado don Quixote, y es mi oficio y
exercicio andar por el mundo endereçando
tuertos y desfaziendo agrauios.”
  “No se como pueda ser esso de endereçar
tuertos”, dixo el bachiller, “pues a mi de
derecho me aueys buelto tuerto, dexandome vna
pierna quebrada, la qual no se vera derecha
en todos los dias de su vida; y el agrauio que
en mi aueys deshecho ha sido dexarme
agrauiado de manera, que me quedaré agrauiado
para siempre; y harta desuentura ha sido topar
con vos, que vays buscando auenturas.”
  “No todas las cosas”, respondio don Quixote,
“suceden de vn mismo modo; el daño estuuo,
señor bachiller Alonso Lopez, en venir,
como veniades, de noche, vestidos con aquellas
sobrepellizes, con las hachas encendidas,
rezando, cubiertos de luto, que propiamente
semejauades cosa mala y del otro mundo, y
assi, yo no pude dexar de cumplir con mi
obligacion acometiendoos, y os acometiera aunque
verdaderamente supiera que erades los mesmos
Satanases del infierno, que por tales
os juzgué y tuue siempre.”
  “Ya que assi lo ha querido mi suerte”, dixo
el bachiller, “suplico a vuestra merced, señor
cauallero andante --que tan mala andança me
ha dado--, me ayude a salir de debaxo desta
mula, que me tiene tomada vna pierna entre
el estribo y la silla.”
  “¡Hablara yo para mañana!”, dixo don
Quixote; “y ¿hasta quándo aguardauades a
dezirme vuestro afan?”
  Dio luego vozes a Sancho Pança que viniesse;
pero el no se curó de venir, porque andaua
ocupado desbalijando vna azemila de repuesto
que trahian aquellos buenos señores, bien
bastezida de cosas de comer. Hizo Sancho
costal de su gauan, y, recogiendo todo lo que
pudo y cupo en el talego, cargó su jumento, y
luego acudio a las vozes de su amo, y ayudó a
sacar al señor bachiller de la opression de la
mula; y, poniendole encima della, le dio la
hacha, y don Quixote le dixo que siguiesse la
derrota de sus compañeros, a quien de su
parte pidiesse perdon del agrauio; que no auia
sido en su mano dexar de auerle hecho.
  Dixole tambien Sancho:
  “Si acaso quisieren saber essos señores quién
ha sido el valeroso que tales los puso, dirales
vuestra merced que es el famoso don Quixote
de la Mancha, que por otro nombre se llama el
Cauallero de la Triste Figura.”
  Con esto se fue el bachiller, y don Quixote
preguntó a Sancho que qué le auia mouido a
llamarle el Cauallero de la Triste Figura, mas
entonces que nunca.
  “Yo se lo dire”, respondio Sancho: “porque
le he estado mirando vn rato a la luz de
aquella hacha que lleua aquel mal andante, y
verdaderamente tiene vuestra merced la mas mala
figura de poco aca que jamas he visto; y
deuelo de auer causado, o ya el cansancio deste
combate, o ya la falta de las muelas y dientes.”
  “No es esso”, respondio don Quixote, “sino
que el sabio a cuyo cargo deue de estar el
escriuir la historia de mis hazañas, le aura
parecido que sera bien que yo tome algun nombre
apelatiuo, como lo tomauan todos los caualleros
passados: qual se llamaua el de la Ardiente
Espada; qual, el del Vnicornio; aquel, [el]
de las Donzellas; aqueste, el del aue Fenix, el
otro, el Cauallero del Grifo; estotro, el de la
Muerte: y por estos nombres e insignias eran
conocidos por toda la redondez de la tierra. Y
assi, digo que el sabio ya dicho te aura puesto
en la lengua y en el pensamiento aora que me
llamasses el Cauallero de la Triste Figura, como
pienso llamarme desde oy en adelante; y para
que mejor me quadre tal nombre, determino
de hazer pintar, quando aya lugar, en mi
escudo vna muy triste figura.”
  “No ay para qué gastar tiempo y dineros
en hazer essa figura”, dixo Sancho, “sino lo
que se ha de hazer es que vuestra merced descubra
la suya y de rostro a los que le miraren,
que, sin mas ni mas, y sin otra imagen ni escudo,
le llamarán el de la Triste Figura; y creame
que le digo verdad, porque le prometo a vuestra
merced, señor, y esto sea dicho en burlas,
que le haze tan mala cara la hambre y la falta
de las muelas, que, como ya tengo dicho,
se podra muy bien escusar la triste pintura.”
  Riose don Quixote del donayre de Sancho;
pero, con todo, propuso de llamarse de aquel
nombre en pudiendo pintar su escudo, o rodela,
como auia imaginado.
  [En esto boluio el bachiller, y le dixo a don
Quixote]:
  “Oluidauaseme de dezir que aduierta vuestra
merced que queda descomulgado, por auer
puesto las manos violentamente en cosa sagrada:
Iuxta illud, si quis suadente diabolo, &.”
  “No entiendo esse latin”, respondio don
Quixote; “mas yo se bien que no puse las
manos, sino este lançon; quanto mas que yo no
pense que ofendia a sacerdotes, ni a cosas
de la Yglesia, a quien respeto y adoro como
catolico y fiel christiano que soy, sino a
fantasmas y a vestiglos del otro mundo; y quando
esso assi fuesse, en la memoria tengo lo que le
passó al Cid Ruy Diaz, quando quebró la silla
del embaxador de aquel rey delante de su
Santidad del Papa, por lo qual lo descomulgó,
y anduuo aquel dia el buen Rodrigo de Viuar
como muy honrado y valiente cauallero.”
  En oyendo esto el bachiller, se fue, como
queda dicho, sin replicarle palabra.
  Quisiera don Quixote mirar si el cuerpo que
venia en la litera eran huessos o no; pero no
lo consintio Sancho, diziendole:
  “Señor, vuestra merced ha acabado esta
peligrosa auentura lo mas a su saluo de todas
las que yo he visto; esta gente, aunque vencida
y desbaratada, podria ser que cayesse en la
cuenta de que los vencio sola vna persona, y,
corridos y auergonçados desto, boluiessen a
rehazerse y a buscarnos, y nos diessen en
qué entender. El jumento está como conuiene,
la montaña cerca, la hambre carga, no ay
que hazer sino retirarnos con gentil compas
de pies, y, como dizen, vaya(s)se el muerto a
la sepultura y el viuo a la hogaza.”
  Y, antecogiendo su asno, rogo a su señor que
le siguiesse, el qual, pareciendole que Sancho
tenia razon, sin boluerle a replicar le siguio. Y
a poco trecho que caminauan por entre dos
montañuelas, se hallaron en vn espacioso y
escondido valle, donde se apearon, y Sancho
aliuió el jumento, y tendidos sobre la verde
yerua, con la salsa de su hambre, almorçaron,
comieron, merendaron y cenaron a vn mesmo
punto, satisfaziendo sus estomagos con mas de
vna fiambrera que los señores clerigos del
difunto, que pocas vezes se dexan mal passar, en
la azemila de su repuesto trahian.
  Mas sucedioles otra desgracia, que Sancho
la tuuo por la peor de todas, y fue que no
tenian vino que beuer, ni aun agua que llegar a
la boca; y, acossados de la sed, dixo Sancho,
viendo que el prado donde estauan estaua
colmado de verde y menuda yerua, lo que se dira
en el siguiente capitulo.

                 Capitulo XX

De la jamas vista ni oyda auentura que con
  mas poco peligro fue acabada de famoso
  cauallero en el mundo, como la que acabó el
  valeroso don Quixote de la Mancha.

  “No es possible, señor mio, sino que estas
yeruas dan testimonio de que por aqui cerca
deue de estar alguna fuente o arroyo que
estas yeruas humedece, y, assi, sera bien que
vamos vn poco mas adelante; que ya toparemos
donde podamos mitigar esta terrible sed que
nos fatiga, que, sin duda, causa mayor pena
que la hambre.”
  Pareciole bien el consejo a don Quixote, y,
tomando de la rienda a Rozinante, y Sancho
del cabestro a su asno, despues de auer puesto
sobre el los relieues que de la cena quedaron,
començaron a caminar por el prado arriba a
tiento, porque la escuridad de la noche no les
dexaua ver cosa alguna; mas no huuieron
andado dozientos passos, quando llegó a sus
oydos vn grande ruydo de agua, como que de
algunos grandes y leuantados riscos se
despeñaua. Alegroles el ruydo en gran manera, y,
parandose a escuchar hazia que parte sonaua,
oyeron a deshora otro estruendo que les aguó
el contento del agua, especialmente a Sancho,
que naturalmente era medroso y de poco
animo. Digo que oyeron que dauan vnos golpes
a compas, con vn cierto cruxir de hierros y
cadenas, que, acompañados del furioso estruendo
del agua, que pusieran pauor a qualquier
otro coraçon que no fuera el de don Quixote.
  Era la noche, como se ha dicho, escura, y
ellos acertaron a entrar entre vnos arboles
altos, cuyas hojas, mouidas del blando viento,
hazian vn temeroso y manso ruydo; de manera
que la soledad, el sitio, la escuridad, el ruydo
del agua con el susurro de las hojas, todo
causaua horror y espanto; y mas quando vieron
que ni los golpes cessauan, ni el viento dormia,
ni la mañana llegaua, añadiendose a todo esto
el ignorar el lugar donde se hallauan. Pero don
Quixote, acompañado de su intrepido coraçon,
saltó sobre Rozinante, y, embraçando su rodela,
terció su lançon, y dixo:
  “Sancho amigo, has de saber que yo naci
por querer del cielo en esta nuestra edad de
hierro, para resucitar en ella la de oro, o la
dorada, como suele llamarse. Yo soy aquel
para quien estan guardados los peligros, las
grandes hazañas, los valerosos hechos. Yo soy,
digo otra vez, quien ha de resucitar los de la
Tabla Redonda, los Doze de Francia y los Nueue
de la Fama, y el que ha de poner en oluido
los Platires, los Tablantes, Oliuantes y Tirantes,
los Febos y Belianises, con toda la caterua
de los famosos caualleros andantes del passado
tiempo, haziendo en este en que me hallo
tales grandezas, estrañezas y fechos de armas,
que escurezcan las mas claras que ellos fizieron.
Bien notas, escudero fiel y legal, las tinieblas
desta noche, su estraño silencio, el sordo
y confuso estruendo destos arboles, el
temeroso ruydo de aquella agua en cuya busca
venimos, que parece que se despeña y der[r]umba
desde los altos montes de la Luna, y aquel
incessable golpear que nos hiere y lastima los
oydos, las quales cosas todas juntas, y cada vna
por si, son bastantes a infundir miedo, temor
y espanto en el pecho del mesmo Marte,
quanto mas en aquel que no está acostumbrado
a semejantes acontecimientos y auenturas.
Pues todo esto que yo te pinto, son incentiuos y
despertadores de mi animo, que ya haze que
el coraçon me rebiente en el pecho, con el
desseo que tiene de acometer esta auentura,
por mas dificultosa que se muestra. Assi que
aprieta vn poco las cinchas a Rozinante, y
quedate a Dios, y esperame aqui hasta tres dias
no mas, en los quales si no boluiere, puedes
tu boluerte a nuestra aldea, y desde alli, por
hazerme merced y buena obra, yras al Toboso,
donde diras a la incomparable señora mia
Dulzinea que su cautiuo cauallero murio por
acometer cosas que le hiziessen digno de
poder llamarse suyo.”
  Quando Sancho oyo las palabras de su amo,
començo a llorar con la mayor ternura del
mundo y a dezille:
  “Señor, yo no se porque quiere vuestra
merced acometer esta tan temerosa auentura;
aora es de noche, aqui no nos vee nadie, bien
podemos torcer el camino y desuiarnos del
peligro, aunque no beuamos en tres dias; y
pues no ay quien nos vea, menos aura quien
nos note de cobardes; quanto mas que yo he
oydo predicar al cura de nuestro lugar, que
vuestra merced bien conoce, que quien busca
el peligro, perece en el; assi que no es bien
tentar a Dios acometiendo tan desaforado hecho,
donde no se puede escapar sino por milagro,
y basta los que ha hecho el cielo con
vuestra merced en librarle de ser manteado,
como yo lo fuy, y en sacarle vencedor, libre y
saluo de entre tantos enemigos como
acompañauan al difunto. Y quando todo esto no
mueua ni ablande esse duro coraçon, mueuale
el pensar y creer que apenas se aura vuestra
merced apartado de aqui, quando yo, de miedo,
de mi anima a quien quisiere lleuarla. Yo sali
de mi tierra y dexé hijos y muger por venir a
seruir a vuestra merced, creyendo valer mas
y no menos; pero como la cudicia rompe el
saco, a mi me ha rasgado mis esperanças,
pues quando mas viuas las tenia de alcançar
aquella negra y malhadada insula que tantas
vezes vuestra merced me ha prometido, veo
que, en pago y trueco della, me quiere aora
dexar en vn lugar tan apartado del trato
humano. ¡Por vn solo Dios, señor mio, que no se
me faga tal desaguisado!; y ya que del todo no
quiera vuestra merced desistir de acometer
este fecho, dilatelo, a lo menos, hasta la
mañana, que, a lo que a mi me muestra la ciencia
que aprendi quando era pastor, no deue de
auer desde aqui al alua tres horas, porque la
boca de la bozina está encima de la cabeça, y
haze la media noche en la linea del braço
yzquierdo.”
  “¿Como puedes tu, Sancho”, dixo don
Quixote, “ver donde haze essa linea, ni donde
está essa boca o esse colodrillo que dizes, si
haze la noche tan escura, que no parece en
todo el cielo estrella alguna?”
  “Assi es”, dixo Sancho; “pero tiene el miedo
muchos ojos, y vee las cosas debaxo de tierra,
quanto mas encima en el cielo, puesto que,
por buen discurso, bien se puede entender que
ay poco de aqui al dia.”
  “Falte lo que faltare”, respondio don Quixote,
“que no se ha de dezir por mi aora, ni en
ningun tiempo, que lagrimas y ruegos me
apartaron de hazer lo que deuia a estilo de
cauallero; y, assi, te ruego, Sancho, que calles,
que Dios, que me ha puesto en coraçon de
acometer aora esta tan no vista y tan temerosa
auentura, tendra cuydado de mirar por mi salud
y de consolar tu tristeza. Lo que has de hazer es
apretar bien las cinchas a Rozinante y quedarte
aqui, que yo dare la buelta presto, o viuo o
muerto.”
  Viendo, pues, Sancho la vltima resolucion
de su amo, y quán poco valian con el sus
lagrimas, consejos y ruegos, determinó de
aprouecharse de su industria, y hazerle esperar
hasta el dia, si pudiesse; y assi, quando
apretaua las cinchas al cauallo, bonitamente y sin
ser sentido, ató con el cabestro de su asno
ambos pies a Rozinante, de manera que, quando
don Quixote se quiso partir, no pudo, porque
el cauallo no se podia mouer sino a saltos.
  Viendo Sancho Pança el buen sucesso de su
embuste, dixo:
  “Ea, señor, que el cielo, conmouido de mis
lagrimas y plegarias, ha ordenado que no se
pueda mouer Rozinante, y si vos quereys porfiar
y espolear y dalle, sera enojar a la fortuna,
y dar cozes, como dizen, contra el aguijon.”
  Desesperauase con esto don Quixote, y, por
mas que ponia las piernas al cauallo, menos le
podia mouer; y, sin caer en la cuenta de la
ligadura, tuuo por bien de sossegarse y
esperar, o a que amaneciesse, o a que Rozinante
se meneasse, creyendo, sin duda, que aquello
venia de otra parte que de la industria de
Sancho; y, assi, le dixo:
  “Pues assi es, Sancho, que Rozinante no
puede mouerse, yo soy contento de esperar a
que ria el alua, aunque yo llore lo que ella
tardare en venir.”
  “No ay que llorar”, respondio Sancho, “que
yo entretendre a vuestra merced contando
cuentos desde aqui al dia, si ya no es que se
quiere apear y echarse a dormir vn poco sobre
la verde yerua, a vso de caualleros andantes,
para hallarse mas descansado quando llegue
el dia y punto de acometer esta tan
desemejable auentura que le espera.”
  “¿A qué llamas apear, o a qué dormir?”, dixo
don Quixote. “¿Soy yo por ventura de aquellos
caualleros que toman reposo en los peligros?
Duerme tu, que naciste para dormir, o
haz lo que quisieres, que yo hare lo que viere
que mas viene con mi pretension.”
  “No se enoje vuestra merced, señor mio”,
respondio Sancho, “que no lo dixe por tanto.”
  Y, llegandose a el, puso la vna mano en el
arzon delantero y la otra en el otro, de modo
que quedó abraçado con el muslo yzquierdo
de su amo, sin osarse apartar del vn dedo: tal
era el miedo que tenia a los golpes que
todauia alternatiuamente sonauan.
  Dixole don Quixote que contasse algun
cuento para entretenerle, como se lo auia
prometido, a lo que Sancho dixo que si hiziera, si
le dexara el temor de lo que oia.
  “Pero con todo esso, yo me esforçaré a dezir
vna historia, que, si la acierto a contar y no
me van a la mano, es la mejor de las historias;
y esteme vuestra merced atento, que ya
comienço: «Erase que se era, el bien que
»viniere para todos sea, y el mal para quien lo
»fuere a buscar...» Y aduierta vuestra
merced, señor mio, que el principio que los
antiguos dieron a sus consejas no fue assi como
quiera, que fue vna sentencia de Caton
Çonzorino, romano, que dize: «Y el mal para
»quien le fuere a buscar», que viene aqui como
anillo al dedo, para que vuestra merced se esté
quedo, y no vaya a buscar el mal a ninguna
parte, sino que nos boluamos por otro camino,
pues nadie nos fuerça a que sigamos este,
donde tantos miedos nos sobresaltan.”
  “Sigue tu cuento, Sancho”, dixo don
Quixote, “y del camino que hemos de seguir
dexame a mi el cuydado.”
  “Digo, pues”, prosiguio Sancho, “que en vn
lugar de Estremadura auia vn pastor cabrerizo,
quiero dezir, que guardaua cabras, el qual pastor
o cabrerizo, como digo de mi cuento, se
llamaua Lope Ruyz, y este Lope Ruyz andaua
enamorado de vna pastora que se llamaua
Torralua, la qual pastora llamada Torralua era
hija de vn ganadero rico, y este ganadero
rico...”
  “Si dessa manera cuentas tu cuento, Sancho”,
dixo don Quixote, “repitiendo dos vezes
lo que vas diziendo, no acabarás en dos dias;
dilo seguidamente, y cuentalo como hombre
de entendimiento, y si no, no digas nada.”
  “De la misma manera que yo lo cuento”,
respondio Sancho, “se cuentan en mi tierra
todas las consejas, y yo no se contarlo de otra,
ni es bien que vuestra merced me pida que
haga vsos nueuos.”
  “Di como quisieres”, respondio don Quixote;
“que pues la suerte quiere que no pueda
dexar de escucharte, prosigue.”
  “Assi que, señor mio de mi anima”, prosiguio
Sancho, “que, como ya tengo dicho, este
pastor andaua enamorado de Torralua la
pastora, que era vna moça rolliza, zahareña, y
tiraua algo a hombruna, porque tenia vnos
pocos de vigotes, que parece que aora
la veo.”
  “¿Luego conocistela tu?”, dixo don Quixote.
  “No la conoci yo”, respondio Sancho; “pero
quien me conto este cuento me dixo que era
tan cierto y verdadero, que podia bien, quando
lo contasse a otro, afirmar y jurar que lo auia
visto todo. Assi que, yendo dias y viniendo
dias, el diablo, que no duerme y que todo lo
añasca, hizo de manera que el amor que el
pastor tenia a la pastora se boluiesse en
omezillo y mala voluntad, y la causa fue, segun
malas lenguas, vna cierta cantidad de zelillos
que ella le dio, tales, que passauan de la raya
y llegauan a lo vedado; y fue tanto lo que el
pastor la aborrecio de alli adelante, que, por
no verla, se quiso ausentar de aquella tierra e
yrse donde sus ojos no la viessen jamas. La
Torralua, que se vio desdeñada del Lope,
luego le quiso bien, mas que nunca le auia
querido.”
  “Essa es natural condicion de mugeres”,
dixo don Quixote: “desdeñar a quien las quiere
y amar a quien las aborrece; passa adelante,
Sancho.”
  “Sucedio”, dixo Sancho, “que el pastor puso
por obra su determinacion, y, antecogiendo sus
cabras, se encaminó por los campos de Estremadura
para passarse a los reynos de Portugal.
La Torralua, que lo supo, se fue tras el, y
seguiale a pie y descalça desde lexos, con vn
bordon en la mano y con vnas alforjas al
cuello, donde lleuaua, segun es fama, vn pedaço
de espejo y otro de vn peyne, y no se qué
botezillo de mudas para la cara; mas lleuasse lo
que lleuasse, que yo no me quiero meter aora
en aueriguallo, solo dire que dizen que el
pastor llegó con su ganado a passar el rio
Guadiana, y en aquella sazon yua crecido y
casi fuera de madre, y por la parte que llegó
no auia barca ni barco, ni quien le passasse a
el ni a su ganado de la otra parte, de lo que se
congoxó mucho, porque veia que la Torralua
venia ya muy cerca, y le auia de dar mucha
pesadumbre con sus ruegos y lagrimas; mas
tanto anduuo mirando, que vio vn pescador
que tenia junto a si vn barco tan pequeño, que
solamente podian caber en el vna persona y
vna cabra, y, con todo esto, le habló y concerto
con el que le passasse a el y a trezientas cabras
que lleuaua. Entró el pescador en el barco, y
passó vna cabra; boluio, y passó otra; tornó a
boluer, y tornó a passar otra. Tenga vuestra
merced cuenta en las cabras que el pescador
va passando, porque si se pierde vna de la
memoria, se acabará el cuento y no sera
possible contar mas palabra del. Sigo, pues, y
digo que el dessembarcadero de la otra parte
estaua lleno de cieno y resbaloso, y tardaua el
pescador mucho tiempo en yr y boluer. Con
todo esto, boluio por otra cabra, y otra, y
otra...”
  “Haz cuenta que las passó todas”, dixo don
Quixote; “no andes yendo y viniendo dessa
manera, que no acabarás de passarlas en vn
año.”
  “¿Quántas han passado hasta agora?”,
dixo Sancho.
  “Yo ¡qué diablos se!”, respondio don
Quixote.
  “He ay lo que yo dixe, que tuuiesse buena
cuenta; pues, por Dios, que se ha acabado
el cuento, que no ay passar adelante.”
  “¿Cómo puede ser esso?”, respondio don
Quixote. “¿Tan de essencia de la historia es
saber las cabras que han passado por estenso,
que si se yerra vna del numero no puedes
seguir adelante con la historia?”
  “No, señor, en ninguna manera”, respondio
Sancho; “porque assi como yo pregunté a vuestra
merced que me dixesse quántas cabras auian
passado, y me respondio que no sabia, en aquel
mesmo instante se me fue a mi de la
memoria quanto me quedaua por dezir, y a fe que
era de mucha virtud y contento.”
  “¿De modo”, dixo don Quixote, “que ya la
historia es acabada?”
  “Tan acabada es como mi madre”, dixo
Sancho.
  “Digote de verdad”, respondio don Quixote,
“que tu has contado vna de las mas nueuas
consejas, cuento o historia, que nadie pudo
pensar en el mundo, y que tal modo de contarla,
ni dexarla, jamas se podra ver ni aura
visto en toda la vida, aunque no esperaua yo
otra cosa de tu buen discurso; mas no me
marauillo, pues quiça estos golpes, que no
cessan, te deuen de tener turbado el
entendimiento.”
  “Todo puede ser”, respondio Sancho; “mas
yo se que en lo de mi cuento no ay mas que
dezir, que alli se acaba do comiença el yerro
de la cuenta del passage de las cabras.”
  “Acabe norabuena donde quisiere”, dixo
don Quixote, “y veamos si se puede mouer
Rozinante.”
  Tornole a poner las piernas, y el tornó a dar
saltos y a estarse quedo: tanto estaua de bien
atado.
  En esto parece ser, o que el frio de la
mañana, que ya venia, o que Sancho vuiesse
cenado algunas cosas lenitiuas, o que fuesse
cosa natural, que es lo que mas se deue creer,
a el le vino en voluntad y desseo de hazer lo
que otro no pudiera hazer por el. Mas era
tanto el miedo que auia entrado en su coraçon,
que no osaua apartarse vn negro de vña de su
amo; pues pensar de no hazer lo que tenia
gana, tampoco era possible, y, assi, lo que hizo,
por bien de paz, fue soltar la mano derecha,
que tenia asida al arçon trasero, con la qual,
bonitamente y sin rumor alguno, se solto la
lazada corrediza con que los calçones se
sostenian, sin ayuda de otra alguna, y, en
quitandosela, dieron luego abaxo, y se le quedaron
como grillos. Tras esto, alçó la camisa lo mejor
que pudo, y echó al ayre entrambas posaderas,
que no eran muy pequeñas. Hecho esto, que
el penso que era lo mas que tenia que hazer
para salir de aquel terrible aprieto y angustia,
le sobreuino otra mayor, que fue que le parecio
que no podia mudarse sin hazer estrepito
y ruydo, y començo a apretar los dientes y a
encoger los hombros, recogiendo en si el
aliento todo quanto podia. Pero, con todas
estas diligencias, fue tan desdichado, que, al
cabo al cabo, vino a hazer vn poco de ruydo,
bien diferente de aquel que a el le ponia
tanto miedo. Oyolo don Quixote, y dixo:
  “¿Qué rumor es esse, Sancho?”
  “No se, señor”, respondio el; “alguna cosa
nueua deue de ser, que las auenturas y
desuenturas nunca comiençan por poco.”
  Tornó otra vez a prouar ventura, y sucediole
tan bien, que, sin mas ruydo ni alboroto que el
passado, se halló libre de la carga que tanta
pesadumbre le auia dado. Mas como don Quixote
tenia el sentido del holfato tan viuo como
el de los oydos, y Sancho estaua tan junto y
cosido con el, que casi por linea recta subian
los vapores hazia arriba, no se pudo escusar de
que algunos no llegassen a sus narizes, y
apenas vuieron llegado, quando el fue al socorro
apretandolas entre los dos dedos, y, con tono
algo gangoso, dixo:
  “Pareceme, Sancho, que tienes mucho
miedo.”
  “Si tengo”, respondio Sancho; “mas ¿en qué
lo echa de ver vuestra merced aora mas que
nunca?”
  “En que aora mas que nunca hueles, y no a
ambar”, respondio don Quixote.
  “Bien podra ser”, dixo Sancho; “mas yo no
tengo la culpa, sino vuestra merced, que me
trae a deshoras y por estos no acostumbrados
passos.”
  “Retirate tres o quatro alla, amigo”, dixo don
Quixote --todo esto sin quitarse los dedos de
las narizes--; “y desde aqui adelante ten mas
cuenta con tu persona, y con lo que deues a la
mia, que la mucha conuersacion que tengo
contigo ha engendrado este menosprecio.”
  “Apostaré”, replicó Sancho, “que piensa
vuestra merced que yo he hecho de mi
persona alguna cosa que no deua.”
  “Peor es meneallo, amigo Sancho”,
respondio don Quixote.
  En estos coloquios y otros semejantes
passaron la noche amo y moço. Mas viendo Sancho
que a mas andar se venia la mañana, con
mucho tiento desligó a Rozinante y se ató los
calçones. Como Rozinante se vio libre, aunque
el de suyo no era nada brioso, parece que se
resintio, y començo a dar manotadas, porque
corbetas, con perdon suyo, no las sabia hazer.
Viendo, pues, don Quixote que ya Rozinante
se mouia, lo tuuo a buena señal, y creyo que
lo era de que acometiesse aquella temerosa
auentura. Acabó en esto de descubrirse el alua
y de parecer distintamente las cosas, y vio don
Quixote que estaua entre vnos arboles altos, que
ellos eran castaños, que hazen la sombra
muy escura; sintio tambien que el golpear no
cessaua, pero no vio quien lo podia causar. Y,
assi, sin mas detenerse, hizo sentir las espuelas
a Rozinante, y, tornando a despedirse de Sancho,
le mandó que alli le aguardasse tres dias
a lo mas largo, como ya otra vez se lo auia
dicho, y que si al cabo dellos no vuiesse buelto,
tuuiesse por cierto que Dios auia sido seruido
de que en aquella peligrosa auentura se le
acabassen sus dias. Tornole a referir el recado y
embaxada que auia de lleuar de su parte a su
señora Dulzinea, y que en lo que tocaua a la
paga de sus seruicios no tuuiesse pena, porque
el auia dexado hecho su testamento antes que
saliera de su lugar, donde se hallaria gratificado
de todo lo tocante a su salario, rata por
cantidad, del tiempo que vuiesse seruido; pero
que si Dios le sacaua de aquel peligro sano y
saluo y sin cautela, se podia tener por muy
mas que cierta la prometida insula.
  De nueuo tornó a llorar Sancho, oyendo de
nueuo las lastimeras razones de su buen señor,
y determinó de no dexarle hasta el vltimo
transito y fin de aquel negocio.
  Destas lagrimas y determinacion tan honrada
de Sancho Pança, saca el autor desta historia
que deuia de ser bien nacido, y, por lo menos,
christiano viejo; cuyo sentimiento enternecio
algo a su amo, pero no tanto que mostrasse
flaqueza alguna; antes, dissimulando lo mejor que
pudo, començo a caminar hazia la parte por
donde le parecio que el ruydo del agua y del
golpear venia. Seguiale Sancho a pie, lleuando,
como tenia de costumbre, del cabestro a su
jumento, perpetuo compañero de sus prosperas y
aduersas fortunas. Y, auiendo andado vna buena
pieça por entre aquellos castaños y arboles
sombrios, dieron en vn pradezillo que al pie de
vnas altas peñas se hazia, de las quales se
precipitaua vn grandissimo golpe de agua. Al pie
de las peñas estauan vnas casas mal hechas,
que mas parecian ruynas de edificios que casas,
de entre las quales aduirtieron que salia el
ruydo y estruendo de aquel golpear, que aun no
cessaua.
  Alborotose Rozinante con el estruendo del
agua y de los golpes, y, sossegandole don
Quixote, se fue llegando poco a poco a las casas,
encomendandose de todo coraçon a su señora,
suplicandole que en aquella temerosa jornada
y empresa le fauoreciesse, y, de camino, se
encomendaua tambien a Dios, que no le oluidasse.
No se le quitaua Sancho del lado, el qual alargaua
quanto podia el cuello y la vista por entre
las piernas de Rozinante, por ver si veria ya lo
que tan suspenso y medroso le tenia.
  Otros cien passos serian los que anduuieron,
quando, al doblar de vna punta, parecio
descubierta y patente la misma causa, sin que
pudiesse ser otra, de aquel horrisono y para
ellos espantable ruydo, que tan suspensos y
medrosos toda la noche los auia tenido. Y
eran --si no lo has, o lector, por pesadumbre
y enojo--, seis maços de batan, que con
sus alternatiuos golpes aquel estruendo
formauan.
  Quando don Quixote vio lo que era, enmudecio
y pasmose de arriba abaxo. Mirole Sancho,
y vio que tenia la cabeça inclinada sobre
el pecho, con muestras de estar corrido. Miró
tambien don Quixote a Sancho, y viole que tenia
los carrillos hinchados y la boca llena de
risa, con euidentes señales de querer rebentar
con ella, y no pudo su melanconia tanto con
el, que a la vista de Sancho pudiesse dexar de
reyrse; y como vio Sancho que su amo auia
començado, solto la presa de manera, que tuuo
necessidad de apretarse las hijadas con los
puños por no rebentar riendo. Quatro vezes
sossego, y otras tantas boluio a su risa con el
mismo impetu que primero; de lo qual ya se
daua al diablo don Quixote, y mas quando le
oyo dezir, como por modo de fisga: “Has de
saber, ¡o, Sancho amigo!, que yo naci, por
querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro
para resucitar en ella la dorada, o de oro. Yo
soy aquel para quien estan guardados los
peligros, las hazañas grandes, los valerosos
fechos”; y por aqui fue repitiendo todas o las
mas razones, que don Quixote dixo la vez
primera que oyeron los temerosos golpes.
  Viendo, pues, don Quixote que Sancho hazia
burla del, se corrio y enojó en tanta manera,
que alçó el lançon y le assento dos palos tales,
que si, como los recibio en las espaldas, los
recibiera en la cabeça, quedara libre de pagarle
el salario, si no fuera a sus herederos. Viendo
Sancho que sacaua tan malas veras de sus
burlas, con temor de que su amo no passasse
adelante en ellas, con mucha vmildad le dixo:
  “Sossieguese vuestra merced, que por Dios
que me burlo.”
  “Pues porque os burlays, no me burlo yo”,
respondio don Quixote. “Venid aca, señor
alegre: ¿pareceos a vos que si como estos fueron
maços de batan, fueran otra peligrosa auentura,
no auia yo mostrado el animo que conuenia
para emprendella y acaballa? ¿Estoy yo
obligado, a dicha, siendo, como soy, cauallero,
a conocer y destinguir los sones, y saber
quáles son de batan o no? Y mas, que podria
ser, como es verdad, que no los he visto en mi
vida, como vos los aureys visto, como villano
ruyn que soys, criado y nacido entre ellos.
Si no, hazed vos que estos seys maços se bueluan
en seys jayanes, y echadmelos a las barbas
vno a vno, o todos juntos, y quando yo no
diere con todos patas arriba, hazed de mi la
burla que quisieredes.”
  “No aya mas, señor mio”, replicó Sancho,
“que yo confiesso que he andado algo risueño
en demasia. Pero digame vuestra merced,
aora que estamos en paz --assi Dios le saque
de todas las auenturas que le sucedieren tan
sano y saluo como le ha sacado desta--, ¿no
ha sido cosa de reyr, y lo es de contar, el
gran miedo que hemos tenido?; a lo menos
el que yo tuue, que de vuestra merced ya yo
se que no le conoce, ni sabe qué es temor ni
espanto.”
  “No niego yo”, respondio don Quixote, “que
lo que nos ha sucedido no sea cosa digna de
risa; pero no es digna de contarse, que no son
todas las personas tan discretas que sepan
poner en su punto las cosas.”
  “A lo menos”, respondio Sancho, “supo
vuestra merced poner en su punto el lançon,
apuntandome a la cabeça y dandome en las
espaldas, gracias a Dios y a la diligencia que
puse en ladearme. Pero vaya, que todo saldra
en la colada; que yo he oydo dezir: «esse te
»quiere bien, que te haze llorar»; y mas, que
suelen los principales señores, tras vna mala
palabra que dizen a vn criado, darle luego vnas
calças, aunque no se lo que le suelen dar tras
auerle dado de palos, si ya no es que los
caualleros andantes dan, tras palos, insulas o
reynos en tierra firme.”
  “Tal podria correr el dado”, dixo don Quixote,
“que todo lo que dizes viniesse a ser verdad;
y perdona lo passado, pues eres discreto
y sabes que los primeros mouimientos no son
en mano del hombre; y está aduertido de aqui
adelante en vna cosa, para que te abstengas y
reportes en el hablar demasiado conmigo; que
en quantos libros de cauallerias he leydo, que
son infinitos, jamas he hallado que ningun
escudero hablasse tanto con su señor como tu
con el tuyo. Y en verdad que lo tengo a gran
falta, tuya y mia: tuya, en que me estimas en
poco; mia, en que no me dexo estimar en mas.
Si, que Gandalin, escudero de Amadis de Gaula,
conde fue de la Insula Firme. Y se lee del
que siempre hablaua a su señor con la gorra
en la mano, inclinada la cabeça y doblado el
cuerpo, more turquesco. Pues ¿qué diremos
de Gasabal, escudero de don Galaor, que fue
tan callado, que para declararnos la excelencia
de su marauilloso silencio, sola vna vez se
nombra su nombre en toda aquella tan grande
como verdadera historia? De todo lo que he
dicho has de inferir, Sancho, que es menester
hazer diferencia de amo a moço, de señor a
criado y de cauallero a escudero. Assi que
desde oy en adelante nos hemos de tratar con
mas respeto, sin darnos cordelejo, porque de
qualquiera manera que yo me enoje con vos,
ha de ser mal para el cantaro. Las mercedes
y beneficios que yo os he prometido llegarán
a su tiempo; y si no llegaren, el salario a lo
menos no se ha de perder, como ya os he
dicho.”
  “Está bien quanto vuestra merced dize”,
dixo Sancho; “pero querria yo saber, por si
acaso no llegasse el tiempo de las mercedes y
fuesse necessario acudir al de los salarios,
quánto ganaua vn escudero de vn cauallero
andante en aquellos tiempos, y si se concertauan
por meses, o por dias, como peones de
albañir.”
  “No creo yo”, respondio don Quixote, “que
jamas los tales escuderos estuuieron a salario,
sino a merced. Y si yo aora te le he señalado
a ti en el testamento cerrado que dexé en mi
casa, fue por lo que podia suceder; que aun no
se cómo prueua en estos tan calamitosos tiempos
nuestros la caualleria, y no querria que por
pocas cosas penasse mi anima en el otro
mundo. Porque quiero que sepas, Sancho, que en
el no ay estado mas peligroso que el de los
auentureros.”
  “Assi es verdad”, dixo Sancho, “pues solo
el ruydo de los maços de vn batan pudo
alborotar y desassossegar el coraçon de vn tan
valeroso andante auenturero como es vuestra
merced. Mas bien puede estar seguro que, de
aqui adelante, no despliegue mis labios para
hazer donayre de las cosas de vuestra merced,
si no fuere para honrarle como a mi amo y
señor natural.”
  “Dessa manera”, replicó don Quixote, “viuiras
sobre la haz de la tierra, porque, despues
de a los padres, a los amos se ha de respetar
como si lo fuessen.”

                 Capitulo XXI

Que trata de la alta auentura y rica
  ganancia del yelmo de Mambrino, con otras
  cosas sucedidas a nuestro inuencible
  cauallero.

  En esto començó a llouer vn poco, y quisiera
Sancho que se entraran en el molino de los
batanes. Mas auiales cobrado tal aborrecimiento
don Quixote por la pesada burla, que en
ninguna manera quiso entrar dentro; y, assi,
torciendo el camino a la derecha mano, dieron
en otro como el que auian lleuado el dia de
antes.
  De alli a poco descubrio don Quixote vn
hombre a cauallo, que trahia en la cabeça vna
cosa que relumbraua como si fuera de oro, y
aun el apenas le vuo visto, quando se boluio
a Sancho y le dixo:
  “Pareceme, Sancho, que no ay refran que
no sea verdadero, porque todos son sentencias
sacadas de la mesma experiencia, madre de
las ciencias todas, especialmente aquel que
dize: «donde vna puerta se cierra, otra se abre».
Digolo porque si anoche nos cerro la ventura
la puerta de la que buscauamos, engañandonos
con los batanes, aora nos abre de par en par
otra para otra mejor y mas cierta auentura;
que, si yo no acertare a entrar por ella, mia
sera la culpa, sin que la pueda dar a la poca
noticia de batanes, ni a la escuridad de la
noche. Digo esto porque, si no me engaño, hazia
nosotros viene vno que trae en su cabeça
puesto el yelmo de Mambrino, sobre que yo
hize el juramento que sabes.”
  “Mire vuestra merced bien lo que dize, y
mejor lo que haze”, dixo Sancho; “que no
querria que fuessen otros batanes que nos
acabassen de abatanar y aporrear el
sentido.”
  “¡Valate el diablo por hombre!”, replicó don
Quixote. “¿Qué va de yelmo a batanes?”
  “No se nada”, respondio Sancho; “mas a fe
que si yo pudiera hablar tanto como solia, que
quiça diera tales razones, que vuestra merced
viera que se engañaua en lo que dize.”
  “¿Cómo me puedo engañar en lo que digo,
traydor escrupuloso?”, dixo don Quixote. “Dime,
¿no ves aquel cauallero que hazia nosotros
viene, sobre vn cauallo ruzio rodado, que trae
puesto en la cabeça vn yelmo de oro?”
  “Lo que yo veo y columbro”, respondio
Sancho, “no es sino vn hombre sobre vn asno,
pardo como el mio, que trae sobre la cabeça
vna cosa que relumbra.”
  “Pues esse es el yelmo de Mambrino”, dixo
don Quixote. “Apartate a vna parte y dexame
con el a solas; veras quán sin hablar palabra,
por ahorrar del tiempo, concluyo esta auentura
y queda por mio el yelmo que tanto he
desseado.”
  “Yo me tengo en cuydado el apartarme”,
replicó Sancho; “mas quiera Dios, torno a
dezir, que oregano sea, y no batanes.”
  “Ya os he dicho, hermano, que no me menteys,
ni por pienso, mas esso de los batanes”,
dixo don Quixote, “que voto..., y no digo mas,
que os batanee el alma.”
  Calló Sancho, con temor que su amo no
cumpliesse el voto que le auia echado, redondo
como vna bola.
  Es, pues, el caso que el yelmo y el cauallo
y cauallero que don Quixote vehia, era esto:
que en aquel contorno auia dos lugares, el vno
tan pequeño que ni tenia botica ni barbero, y
el otro, que estaua junto a [el], si; y, assi,
el barbero del mayor seruia al menor, en el
qual tuuo necessidad vn enfermo de sangrarse
y otro de hazerse la barba, para lo qual venia
el barbero y traya vna bazia de azofar, y quiso
la suerte que, al tiempo que venia, començo
a llouer, y porque no se le manchase el sombrero,
que deuia de ser nueuo, se puso la bazia
sobre la cabeça, y, como estaua limpia, desde
media legua relumbraua. Venia sobre vn asno
pardo, como Sancho dixo, y esta fue la
ocasion que a don Quixote le parecio cauallo
ruzio rodado, y cauallero y yelmo de oro;
que todas las cosas que veya con mucha facilidad
las acomodaua a sus desuariadas cauallerias
y mal andantes pensamientos. Y quando el
vio que el pobre cauallero llegaua cerca, sin
ponerse con el en razones, a todo correr de
Rozinante le enristró con el lançon baxo, lleuando
intencion de passarle de parte a parte; mas
quando a el llegaua, sin detener la furia de su
carrera, le dixo:
  “¡Defiendete, cautiua criatura, o entriegame
de tu voluntad lo que con tanta razon se me
deue!”
  El barbero, que, tan sin pensarlo ni temerlo,
vio venir aquella fantasma sobre si, no tuuo
otro remedio, para poder guardarse del golpe
de la lança, sino fue el dexarse caer del asno
abaxo; y no vuo tocado al suelo, quando se
leuantó mas ligero que vn gamo, y començo a
correr por aquel llano, que no le alcançara el
viento. Dexose la bazia en el suelo, con la qual
se contentó don Quixote, y dixo que el pagano
auia andado discreto, y que auia ymitado al
castor, el qual, viendose acosado de los
caçadores, se taraça y [harpa] con los dientes
aquello por lo que el, por distinto natural, sabe
que es perseguido. Mandó a Sancho que alçasse
el yelmo, el qual, tomandola en las
manos, dixo:
  “¡Por Dios que la bazia es buena, y que vale
vn real de a ocho como vn marauedi!”
  Y dandosela a su amo, se la puso luego en
la cabeça, rodeandola a vna parte y a otra,
buscandole el encaxe, y como no se le
hallaua, dixo:
  “Sin duda que el pagano a cuya medida se
forjó primero esta famosa celada, deuia de
tener grandissima cabeça, y lo peor dello es que
le falta la mitad.”
  Quando Sancho oyó llamar a la bazia celada,
no pudo tener la risa; mas vinosele a las
mientes la colera de su amo, y calló en la
mitad della.
  “¿De qué te ries, Sancho?”, dixo don
Quixote.
  “Riome”, respondio el, “de considerar la
gran cabeça que tenia el pagano dueño deste
almete, que no semeja si[no] vna bazia de
barbero pintiparada.”
  “¿Sabes qué ymagino, Sancho? Que esta
famosa pieça deste encantado yelmo, por algun
estraño acidente deuio de venir a manos de
quien no supo conocer ni estimar su valor, y,
sin saber lo que hazia, viendola de oro purissimo,
deuio de fundir la otra mitad para aprouecharse
del precio, y de la otra mitad hizo esta
que parece bazia de barbero, como tu dizes;
pero sea lo que fuere, que para mi que la
conozco no haze al caso su trasmutacion; que
yo la adereçaré en el primer lugar donde aya
herrero, y de suerte que no le haga ventaja, ni
aun le llegue, la que hizo y forjó el Dios de las
herrerias para el Dios de las batallas, y en
este entretanto la traere como pudiere, que mas
vale algo que no nada, quanto mas que bien
sera bastante para defenderme de alguna
pedrada.”
  “Esso sera”, dixo Sancho, “si no se tira con
honda, como se tiraron en la pelea de los
dos exercitos, quando le santiguaron a vuestra
merced las muelas, y le rompieron el alcuza
donde venia aquel benditissimo breuaje que
me hizo vomitar las assaduras.”
  “No me da mucha pena el auerle perdido,
que ya sabes tu, Sancho”, dixo don Quixote,
“que yo tengo la receta en la memoria.”
  “Tambien la tengo yo”, respondio Sancho.
“Pero si yo le hiziere ni le prouare mas en mi
vida, aqui sea mi hora; quanto mas, que no
pienso ponerme en ocasion de auerle menester,
porque pienso guardarme con todos mis
cinco sentidos de ser ferido ni de ferir a nadie.
De lo del ser otra vez manteado no digo nada,
que semejantes desgracias mal se pueden
preuenir, y si vienen, no ay que hazer otra cosa
sino encoger los hombros, detener el aliento,
cerrar los ojos y dexarse yr por donde la
suerte y la manta nos lleuare.”
  “Mal christiano eres, Sancho”, dixo, oyendo
esto, don Quixote, “porque nunca oluidas la
injuria que vna vez te han hecho; pues sabete
que es de pechos nobles y generosos no hazer
caso de niñerias. ¿Qué pie sacaste coxo, qué
costilla quebrada, qué cabeça rota, para que no
se te oluide aquella burla? Que, bien apurada
la cosa, burla fue y passatiempo; que a no
entenderlo yo ansi, ya yo vuiera buelto
alla y vuiera hecho en tu vengança mas daño
que el que hizieron los griegos por la robada
Elena. La qual si fuera en este tiempo, o mi
Dulzinea fuera en aquel, pudiera estar segura
que no tuuiera tanta fama de hermosa como
tiene.”
  Y aqui dio vn sospiro, y le puso en las
nuues. Y dixo Sancho:
  “[Passe] por burlas, pues la vengança no
puede passar en veras; pero yo se de que calidad
fueron las veras y las burlas, y se tambien
que no se me caeran de la memoria, como nunca
se quitarán de las espaldas. Pero dexando
esto aparte, digame vuestra merced qué haremos
deste cauallo ruzio rodado, que parece asno
pardo, que dexó aqui desamparado aquel Martino
que vuestra merced derribó; que, segun el
puso los pies en poluorosa y cogio las de
Villadiego, no lleua pergenio de boluer por el jamas,
y ¡para mis barbas, si no es bueno el ruzio!”
  “Nunca yo acostumbro”, dixo don Quixote,
“despojar a los que venço, ni es vso de caualleria
quitarles los cauallos y dexarlos a pie;
si ya no fuesse que el vencedor vuiesse perdido
en la pendencia el suyo; que, en tal caso,
licito es tomar el del vencido, como ganado en
guerra licita. Assi que, Sancho, dexa esse cauallo
o asno, o lo que tu quisieres que sea; que,
como su dueño nos vea alongados de aqui,
boluera por el.”
  “Dios sabe si quisiera lleuarle”, replicó
Sancho, “o, por lo menos, trocalle con este mio,
que no me parece tan bueno. Verdaderamente
que son estrechas las leyes de caualleria, pues
no se estienden a dexar trocar vn asno por
otro, y querria saber si podria trocar los
aparejos siquiera.”
  “En esso no estoy muy cierto”, respondio
don Quixote; “y en caso de duda, hasta estar
mejor informado, digo que los trueques, si es
que tienes dellos necessidad estrema.”
  “Tan estrema es”, respondio Sancho, “que
si fueran para mi misma persona, no los
vuiera menester mas.”
  Y luego, abilitado con aquella licencia, hizo
mutacio caparum, y puso su jumento a las
mil lindezas, dexandole mejorado en tercio y
quinto.
  Hecho esto, almorçaron de las sobras del
real que del azemila despojaron, beuieron del
agua del arroyo de los batanes, sin boluer la
cara a mirallos: tal era el aborrecimiento que
les tenian, por el miedo en que les auian
puesto. Cortada, pues, la colera, y aun la
malenconia, subieron a cauallo, y sin tomar
determinado camino, por ser muy de caualleros
andantes el no tomar ninguno cierto, se pusieron
a caminar por donde la voluntad de Rozinante
quiso, que se lleuaua tras si la de su amo,
y aun la del asno, que siempre le seguia por
donde quiera que guiaua, en buen amor y
compañia. Con todo esto, boluieron al camino
real, y siguieron por el a la ventura, sin otro
disignio alguno.
  Yendo, pues, assi caminando, dixo Sancho
a su amo:
  “Señor, ¿quiere vuestra merced darme
licencia que departa vn poco con el? Que
despues que me puso aquel aspero mandamiento
del silencio se me han podrido mas de quatro
cosas en el estomago, y vna sola que aora
tengo en el pico de la lengua no querria que se
mal lograsse.”
  “Dila”, dixo don Quixote; “y se breue en
tus razonamientos, que ninguno ay gustoso si
es largo.”
  “Digo, pues, señor”, respondio Sancho, “que
de algunos dias a esta parte he considerado
quán poco se gana y grangea de andar
buscando estas auenturas que vuestra merced
busca por estos desiertos y encruzijadas de
caminos, donde ya que se vençan y acaben las
mas peligrosas, no ay quien las vea ni sepa, y
assi, se han de quedar en perpetuo silencio y
en perjuyzio de la intencion de vuestra
merced y de lo que ellas merecen. Y assi, me
parece que seria mejor, saluo el mejor parecer
de vuestra merced, que nos fuessemos a seruir
a algun emperador, o a otro principe grande
que tenga alguna guerra, en cuyo seruicio
vuestra merced muestre el valor de su persona,
sus grandes fuerças y mayor entendimiento;
que visto esto del señor a quien siruieremos,
por fuerça nos ha de remunerar a
cada qual segun sus meritos, y alli no faltará
quien ponga en escrito las hazañas de vuestra
merced, para perpetua memoria. De las mias
no digo nada, pues no han de salir de los limites
escuderiles; aunque se dezir que si se vsa en
la caualleria escriuir hazañas de escuderos,
que no pienso que se han de quedar las mias
entre renglones.”
  “No dizes mal, Sancho”, respondio don
Quixote; “mas antes que se llegue a esse termino
es menester andar por el mundo, como en
aprouacion, buscando las auenturas, para que,
acabando algunas, se cobre nombre y fama tal,
que quando se fuere a la corte de algun gran
monarca ya sea el cauallero conocido por sus
obras, y que apenas le ayan visto entrar los
muchachos por la puerta de la ciudad, quando
todos le sigan y rodeen, dando vozes, diziendo:
«Este es el cauallero del Sol», o de la
Sierpe, o de otra insignia alguna, debaxo de
la qual vuiere acabado grandes hazañas. «Este
»es, diran, el que vencio en singular batalla al
»gigantazo Brocabruno de la Gran Fuerça; el
»que desencantó al gran Mameluco de Persia
»del largo encantamento en que auia estado
»casi nouecientos años.» Assi que, de mano en
mano, yran pregonando sus hechos, y luego,
al alboroto de los muchachos y de la demas
gente, se parará a las fenestras de su real
palacio el rey de aquel reyno; y, assi como vea
al cauallero, conociendole por las armas o por
la empresa del escudo, forçosamente ha de
dezir: «¡Ea, sus; salgan mis caualleros, quantos
»en mi corte estan, a recebir a la flor de la
»caualleria, que alli viene!» A cuyo mandamiento
saldran todos, y el llegará hasta la mitad de
la escalera, y le abraçará estrechissimamente,
y le dara paz, besandole en el rostro, y luego
le lleuará por la mano al aposento de la
señora reyna, adonde el cauallero la hallará
con la infanta su hija, que ha de ser vna de
las mas fermosas y acabadas donzellas que
en gran parte de lo descubierto de la tierra a
duras penas se pueda hallar. Sucedera tras
esto, luego en continente, que ella ponga los
ojos en el cauallero, y el en los della, y cada
vno parezca a[l] otro cosa mas diuina que
humana, y, sin saber cómo ni cómo [no], han
de quedar presos y enlazados en la intricable
red amorosa, y con gran cuyta en sus coraçones,
por no saber cómo se han de fablar para descubrir
sus ansias y sentimientos. Desde alli le
lleuarán, sin duda, a algun quarto del palacio,
ricamente adereçado, donde, auiendole quitado
las armas, le traeran vn rico manto de
escarlata con que se cubra, y, si bien parecio
armado, tan bien y mejor ha de parecer en
farseto.
  ”Venida la noche, cenará con el rey, reyna
e infanta, donde nunca quitará los ojos
della, mirandola a furto de los circu[n]stantes, y
ella hara lo mesmo con la mesma sagacidad,
porque, como tengo dicho, es muy discreta
donzella. Leuantarse an las tablas, y entrará
a deshora por la puerta de la sala vn feo y
pequeño enano con vna fermosa dueña, que entre
dos gigantes, detras del enano viene, con
cierta auentura hecha por vn antiquissimo
sabio, que el que la acabare sera tenido por el
mejor cauallero del mundo. Mandará luego
el rey que todos los que estan presentes la
prueuen, y ninguno le dara fin y cima sino
el cauallero huesped, en mucho pro de su
fama, de lo qual quedará contentissima la
infanta, y se tendra por contenta y pagada
ademas por auer puesto y colocado sus
pensamientos en tan alta parte. Y lo bueno es que
este rey o principe, o lo que es, tiene vna muy
reñida guerra con otro tan poderoso como el,
y el cauallero huesped le pide --al cabo de
algunos dias que ha estado en su corte--,
licencia para yr a seruirle en aquella guerra
dicha. Darasela el rey de muy buen talante, y el
cauallero le bessará cortesmente las manos por
la merced que le faze.
  ”Y aquella noche se despedira de su señora
la infanta por las rejas de vn jardin, que cae en
el aposento donde ella duerme, por las quales
ya otras muchas vezes la auia fablado, siendo
medianera y sabidora de todo vna donzella
de quien la infanta mucho se fiaua. Sospirará
el, desmayara(s)se ella, traera agua la
donzella, acuytara(s)se mucho porque viene
la mañana y no querria que fuessen descubiertos,
por la honra de su señora. Finalmente,
la infanta boluera en si, y dara sus blancas
manos por la reja al cauallero, el qual se las
besará mil y mil vezes, y se las bañará en
lagrimas. Quedará concertado entre los dos del
modo que se han de hazer saber sus buenos
o malos sucessos, y rogarale la princesa que
se detenga lo menos que pudiere; prometerselo
ha el con muchos juramentos; tornale a besar
las manos, y despidese con tanto sentimiento,
que estara [a] poco por acabar la vida; vase
desde alli a su aposento, echa(s)se sobre su
lecho, no puede dormir del dolor de la partida,
madruga muy de mañana; vase a despedir
del rey, y de la reyna, y de la infanta; dizenle,
auiendose despedido de los dos, que la
señora infanta está mal dispuesta y que no
puede recebir visita; piensa el cauallero que es
de pena de su partida, traspa(s)sassele el
coraçon, y falta poco de no dar indicio manifiesto
de su pena; está la donzella medianera delante;
halo de notar todo, vaselo a dezir a su señora,
la qual la recibe con lagrimas, y le dize que
vna de las mayores penas que tiene es no saber
quien sea su cauallero, y si es de linage de
reyes, o no; assegurala la donzella que no
puede caber tanta cortesia, gentileza y valentia
como la de su cauallero sino en subjeto real y
graue; consuelase con esto la cuytada: procura
consolarse por no dar mal indicio de si a
sus padres, y a cabo de dos dias sale en publico.
Ya se es ydo el cauallero, pelea en la guerra,
vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades,
triunfa de muchas batallas; buelue a la
corte, ve a su señora por donde suele,
conciertase que la pida a su padre por muger en
pago de sus seruicios; no se la quiere dar el
rey, porque no sabe quién es; pero, con todo
esto, o robada o de otra qualquier suerte que
sea, la infanta viene a ser su esposa, y su padre
lo viene a tener a gran ventura, porque se vino
a aueriguar que el tal cauallero es hijo de vn
valeroso rey de no se qué reyno, porque creo
que no deue de estar en el mapa. Muerese el
padre, hereda la infanta, queda rey el cauallero,
en dos palabras. Aqui entra luego el hazer
mercedes a su escudero y a todos aquellos
que le ayudaron a subir a tan alto estado.
Casa a su escudero con vna donzella de la
infanta, que sera, sin duda, la que fue tercera
en sus amores, que es hija de vn duque muy
principal.”
  “¡Esso pido, y barras derechas!”, dixo
Sancho; “a esso me atengo, porque todo al pie de
la letra ha de suceder por vuestra merced,
llamandose el Cauallero de la Triste Figura.”
  “No lo dudes, Sancho”, replicó don Quixote,
“porque del mesmo [modo], y por los
mesmos passos que esto he contado, suben y
han subido los caualleros andantes a ser reyes
y emperadores. Solo falta agora mirar qué
rey de los christianos o de los paganos tenga
guerra y tenga hija hermosa; pero tiempo aura
para pensar esto, pues, como te tengo dicho,
primero se ha de cobrar fama por otras partes que
se acuda a la corte. Tambien me falta otra cosa:
que, puesto caso que se halle rey con guerra y
con hija hermosa, y que yo aya cobrado fama
increyble por todo el vniuerso, no se yo como
se podia hallar que yo sea de linage de reyes, o,
por lo menos, primo segundo de emperador;
porque no me querra el rey dar a su hija por
muger, si no está primero muy enterado en esto,
aunque mas lo merezcan mis famosos hechos.
Assi que, por esta falta, temo perder lo que mi
braço tiene bien merecido. Bien es verdad que
yo soy hijodalgo de solar conocido, de possession
y propriedad, y de devengar quinientos
sueldos, y podria ser que el sabio que
escriuiesse mi historia deslindasse de tal manera
mi parentela y decendencia, que me hallasse
quinto o sesto nieto de rey. Porque te hago
saber, Sancho, que ay dos maneras de linages
en el mundo: vnos que traen y deriban su
decendencia de principes y monarcas, a quien
poco a poco el tiempo ha deshecho, y han
acabado en punta, como piramide puesta al
reues; otros tuuieron principio de gente
baxa, y van subiendo de grado en grado, hasta
llegar a ser grandes señores. De manera que
está la diferencia en que vnos fueron, que ya
no son, y otros son, que ya no fueron; y podria
ser yo destos que, despues de aueriguado,
vuiesse sido mi principio grande y famoso, con
lo qual se deuia de contentar el rey mi suegro,
que vuiere de ser; y quando no, la infanta
me ha de querer de manera, que a pesar de
su padre, aunque claramente sepa que soy
hijo de vn açacan, me ha de admitir por señor
y por esposo; y si no, aqui entra el roballa y
lleualla donde mas gusto me diere, que el
tiempo o la muerte ha de acabar el enojo de
sus padres.”
  “Ay entra bien tanbien”, dixo Sancho, “lo
que algunos desalmados dizen: «no pidas de
»grado, lo que puedes tomar por fuerça»,
aunque mejor quadra dezir: «mas vale salto de
»mata, que ruego de hombres buenos». Digolo
porque, si el señor rey, suegro de vuestra
merced, no se quisiere domeñar a entregalle a
mi señora la infanta, no ay sino, como vuestra
merced dize, roballa y trasponella. Pero está el
daño que, en tanto que se hagan las pazes
y se goze pacificamente del reyno, el pobre
escudero se podra estar a diente en esto de las
mercedes; si ya no es que la donzella tercera
que ha de ser su muger, se sale con la infanta,
y el passa con ella su mala ventura, hasta
que el cielo ordene otra cosa; porque bien
podra, creo yo, desde luego darsela su señor por
ligitima esposa.”
  “Esso no ay quien la quite”, dixo don
Quixote.
  “Pues como esso sea”, respondio Sancho,
“no ay sino encomendarnos a Dios, y dexar
correr la suerte por donde mejor lo
encaminare.”
  “Hagalo Dios”, respondio don Quixote,
“como yo desseo y tu, Sancho, has menester,
y ruyn sea quien por ruyn se tiene.”
  “Sea par Dios”, dixo Sancho; “que yo
christiano viejo soy, y para ser conde esto me
basta.”
  “Y aun te sobra”, dixo don Quixote; “y quando
no lo fueras, no hazia nada al caso, porque
siendo yo el rey, bien te puedo dar nobleza,
sin que la compres ni me siruas con nada.
Porque en haziendote conde, catate ahi
cauallero, y digan lo que dixeren, que a buena fe
que te han de llamar señoria, mal que les pese.”
  “Y ¡montas que no sabria yo autorizar el
litado!”, dixo Sancho.
  “Dictado has de dezir, que no litado”, dixo
su amo.
  “Sea ansi”, respondio Sancho Pança. “Digo
que le sabria bien acomodar, porque por vida
mia que vn tiempo fuy muñidor de vna
cofradia, y que me assentaua tan bien la ropa de
muñidor, que dezian todos que tenia
presencia para poder ser prioste de la mesma
cofradia. Pues ¿qué sera quando me ponga vn
ropon ducal acuestas, o me vista de oro y de
perlas, a vso de conde estrangero? Para mi
tengo que me han de venir a ver de cien
leguas.”
  “Bien pareceras”, dixo don Quixote; “pero
sera menester que te rapes las barbas a menudo;
que, segun las tienes de espessas, aborrascadas
y mal puestas, si no te las rapas a
nauaja cada dos dias, por lo menos, a tiro de
escopeta se echará de ver lo que eres.”
  “¿Qué ay mas”, dixo Sancho, “sino tomar
vn barbero y tenelle assalariado en casa.
Y aun, si fuere menester, le hare que ande tras
mi, como cauallerizo de grande.”
  “Pues ¿cómo sabes tu”, preguntó don Quixote,
“que los grandes lleuan detras de si a
sus cauallerizos?”
  “Yo se lo dire”, respondio Sancho. “Los
años passados estuue vn mes en la corte, y
alli vi que, passeandose vn señor muy pequeño,
que dezian que era muy grande, vn hombre
le seguia a cauallo a todas las bueltas que
daua, que no parecia sino que era su rabo.
Pregunté que cómo aquel hombre no se juntaua
con el otro, sino que siempre andaua
tras del. Respondieronme que era su cauallerizo,
y que era vso de grandes lleuar tras si a los
tales. Desde entonces lo se tan bien, que
nunca se me ha oluidado.”
  “Digo que tienes razon”, dixo don Quixote,
“y que assi puedes tu lleuar a tu barbero; que
los vsos no vinieron todos juntos ni se
inuentaron a vna, y puedes ser tu el primero conde
que lleue tras si su barbero; y aun es de mas
confiança el hazer la barba que ensillar vn
cauallo.”
  “Quedese esso del barbero a mi cargo”,
dixo Sancho, “y al de vuestra merced se quede
el procurar venir a ser rey y el hazerme
conde.”
  “Assi sera”, respondio don Quixote.
  Y, alçando los ojos, vio lo que se dira en
el siguiente capitulo.

                Capitulo XXII

De la libertad que dio don Quixote a muchos
  desdichados que, mal de su grado, los
  lleuauan donde no quisieran yr.

  Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arauigo
y manchego en esta grauissima, altisonante,
minima, dulçe e ymaginada historia, que
despues que entre el famoso don Quixote de la
Mancha y Sancho Pança su escudero passaron
aquellas razones, que en el fin del capitulo
veynte y vno quedan referidas, que don Quixote
alçó los ojos y vio que por el camino que
lleuaua venian hasta doze hombres a pie,
ensartados como cuentas en vna gran cadena de
hierro por los cuellos, y todos con esposas a
las manos; venian ansi mismo con ellos dos
hombres de a cauallo y dos de a pie; los de a
cauallo con escopetas de rueda, y los de a pie
con dardos y espadas, y que assi como Sancho
Pança los vido, dixo:
  “Esta es cadena de galeotes: gente forçada
del rey, que va a las galeras.”
  “¿Cómo gente forçada?”, preguntó don Quixote.
“¿Es possible que el rey haga fuerça a ninguna
gente?”
  “No digo esso”, respondio Sancho, “sino que
es gente que por sus delitos va condenada a
seruir al rey en las galeras, de por fuerça.”
  “En resolucion”, replicó don Quixote, “como
quiera que ello sea, esta gente, aunque los
lleuan, van de por fuerça y no de su voluntad.”
  “Assi es”, dixo Sancho.
  “Pues dessa manera”, dixo su amo, “aqui
encaxa la execucion de mi oficio: desfazer
fuerças y socorrer y acudir a los miserables.”
  “Aduierta vuestra merced”, dixo Sancho,
“que la justicia, que es el mesmo rey, no haze
fuerça ni agrauio a semejante gente, sino que
los castiga en pena de sus delitos.”
  Llegó en esto la cadena de los galeotes, y
don Quixote, con muy corteses razones, pidio
a los que yuan en su guarda fuessen seruidos
de informalle y dezille la causa, o causas,
porque lleua[ua]n aquella gente de aquella
manera.
  Vna de las guardas de a cauallo respondio
que eran galeotes, gente de su magestad que
yua a galeras, y que no auia mas que dezir, ni
el tenia mas que saber.
  “Con todo esso”, replicó don Quixote, “querria
saber de cada vno dellos, en particular, la
causa de su desgracia.”
  Añadio a estas otras tales y tan comedidas
razones para mouerlos a que le dixessen lo que
desseaua, que la otra guarda de a cauallo le
dixo:
  “Aunque lleuamos aqui el registro y la fe de
las sentencias de cada vno destos malauenturados,
no es tiempo este de detenerles a sacarlas
ni a leellas; vuestra merced llegue y se lo
pregunte a ellos mesmos, que ellos lo diran
si quisieren; que si querran, porque es gente
que recibe gusto de hazer y dezir vellaquerias.”
  Con esta licencia, que don Quixote se tomara
aunque no se la dieran, se llegó a la cadena y
al primero le preguntó que por qué pecados
yua de tan mala guisa; el le respondio que
por enamorado yua de aquella manera.
  “¿Por esso no mas?”, replicó don Quixote.
“¡Pues si por enamorados echan a galeras, dias
ha que pudiera yo estar bogando en ellas!”
  “No son los amores como los que vuestra
merced piensa”, dixo el galeote; “que los mios
fueron que quise tanto a vna canasta de colar
atestada de ropa blanca, que la abracé conmigo
tan fuertemente, que, a no quitarmela la justicia
por fuerça, aun hasta agora no la vuiera
dexado de mi voluntad. Fue en fragante, no vuo
lugar de tormento; concluyose la causa,
acomodaronme las espaldas con ciento, y por
añadidura tres precisos de gurapas, y acabose
la obra.”
  “¿Qué son gurapas?”, preguntó don Quixote.
  “Gurapas son galeras”, respondio el galeote.
  El qual era vn moço de hasta edad de veynte
y quatro años, y dixo que era natural de
Piedrahita.
  Lo mesmo preguntó don Quixote al segundo,
el qual no respondio palabra, segun yua
de triste y malenconico; mas respondio por
el el primero, y dixo:
  “Este, señor, va por canario; digo, por
musico y cantor.”
  “Pues ¿cómo?”, repitio don Quixote, “¿por
musicos y cantores van tambien a galeras?”
  “Si, señor”, respondio el galeote; “que no ay
peor cosa que cantar en el ansia.”
  “Antes he yo oydo dezir”, dixo don Quixote,
“que quien canta, sus males espanta.”
  “Aca es al reues”, dixo el galeote; “que
quien canta vna vez, llora toda la vida.”
  “No lo entiendo”, dixo don Quixote.
  Mas vna de las guardas le dixo:
  “Señor cauallero: cantar en el ansia se dize,
entre esta gente non santa, confessar en el
tormento. A este pecador le dieron tormento y
confesso su delito, que era ser quatrero, que
es ser ladron de bestias, y por auer confessado
le condenaron por seys años a galeras, amen
de dozientos açotes que ya lleua en las
espaldas. Y va siempre pensatiuo y triste, porque
los demas ladrones que alla quedan y aqui
van, le maltratan y aniquilan, y escarnecen y
tienen en poco, porque confesso y no tuuo animo
de dezir nones; porque dizen ellos que tantas
letras tiene vn no como vn si, y que harta
ventura tiene vn delinquente que está en su
lengua su vida o su muerte, y no en la de los
testigos y prouanças; y para mi tengo que no
van muy fuera de camino.”
  “Y yo lo entiendo assi”, respondio don
Quixote.
  El qual, passando al tercero, preguntó lo
que a los otros; el qual, de presto y con mucho
desenfado, respondio y dixo:
  “Yo voy por cinco años a las señoras
gurapas por faltarme diez ducados.”
  “Yo dare veynte de muy buena gana”, dixo
don Quixote, “por libraros dessa pesadumbre.”
  “Esso me parece”, respondio el galeote,
“como quien tiene dineros en mitad del golfo
y se está muriendo de hambre, sin tener adonde
comprar lo que ha menester. Digolo porque,
si a su tiempo tuuiera yo essos veynte ducados
que vuestra merced aora me ofrece, vuiera
vntado con ellos la pendola del escriuano y
auiuado el ingenio del procurador, de manera
que oy me viera en mitad de la plaça de Çocodouer,
de Toledo, y no en este camino, atraillado
como galgo; pero Dios es grande: paciencia,
y basta.”
  Passó don Quixote al quarto, que era vn
hombre de venerable rostro, con vna barba
blanca que le passaua del pecho, el qual,
oyendose preguntar la causa porque alli venia,
començo a llorar, y no respondio palabra;
mas el quinto condenado le siruio de lengua,
y dixo:
  “Este hombre honrado va por quatro años a
galeras, auiendo passeado las acostumbradas
vestido en pompa y a cauallo.”
  “Esso es”, dixo Sancho Pança, “a lo que a
mi me parece, auer salido a la verguença.”
  “Assi es”, replicó el galeote; “y la culpa
porque le dieron esta pena es por auer sido
corredor de oreja, y aun de todo el cuerpo. En
efecto, quiero dezir que este cauallero va por
alcahuete, y por tener assi mesmo sus
puntas y collar de hechizero.”
  “A no auerle añadido essas puntas y collar”,
dixo don Quixote, “por solamente el alcahuete
limpio no merecia el yr a vogar en las galeras,
sino a mandallas y a ser general dellas, porque
no es assi como quiera el oficio de alcahuete;
que es oficio de discretos y necessarissimo en
la republica bien ordenada, y que no le deuia
exercer sino gente muy bien nacida, y aun auia
de auer veedor y examinador de los tales, como
le ay de los demas oficios, con numero deputado
y conocido, como corredores de lonja, y
desta manera se escusarian muchos males que
se causan por andar este oficio y exercicio
entre gente idiota y de poco entendimiento, como
son mugerzillas de poco mas a menos, pajezillos
y truhanes de pocos años y de poca
experiencia, que a la mas necessaria ocasion, y
quando es menester dar vna traça que importe,
se les yelan las migas entre la boca y la mano,
y no saben qual es su mano derecha. Quisiera
passar adelante y dar las razones porque conuenia
hazer eleccion de los que en la republica
auian de tener tan necessario oficio; pero
no es el lugar acomodado para ello: algun dia
lo dire a quien lo pueda proueer y remediar.
Solo digo aora que la pena que me ha causado
ver estas blancas canas y este rostro venerable
en tanta fatiga por alcahuete, me la ha quitado
el adjunto de ser hechizero; aunque bien se
que no ay hechizos en el mundo que puedan
mouer y forçar la voluntad, como algunos simples
piensan; que es libre nuestro aluedrio, y no
ay yerua ni encanto que le fuerce. Lo que suelen
hazer algunas mugerzillas simples y algunos
embusteros vellacos, es algunas misturas y
venenos con que bueluen locos a los hombres,
dando a entender que tienen fuerça para hazer
querer bien, siendo, como digo, cosa
impossible forçar la voluntad.”
  “Assi es”, dixo el buen viejo, “y en verdad,
señor, que en lo de hechizero que no tuue
culpa; en lo de alcahuete no lo pude negar. Pero
nunca pense que hazia mal en ello, que toda
mi intencion era que todo el mundo se holgasse
y viuiesse en paz y quietud sin pendencias
ni penas; pero no me aprouechó nada este
buen desseo para dexar de yr a donde no
espero boluer, segun me cargan los años y vn
mal de orina que lleuo, que no me dexa
reposar vn rato.”
  Y aqui tornó a su llanto como de primero, y
tuuole Sancho tanta compassion, que sacó vn
real de a quatro del seno y se le dio de limosna.
Passó adelante don Quixote y preguntó a otro
su delito, el qual respondio con no menos, sino
con mucha mas gallardia que el passado:
  “Yo voy aqui porque me burlé demasiadamente
con dos primas hermanas mias, y con
otras dos hermanas que no lo eran mias;
finalmente, tanto me burlé con todas, que resultó
de la burla crecer la parentela tan intricadamente,
que no ay diablo que la declare.
Prouoseme todo, faltó fauor, no tuue dineros,
viame a pique de perder los tragaderos;
sentenciaronme a galeras por seys años,
consenti: castigo es de mi culpa; moço soy, dure
la vida, que con ella todo se alcança. Si vuestra
merced, señor cauallero, lleua alguna cosa con
que socorrer a estos pobretes, Dios se lo
pagará en el cielo, y nosotros tendremos en la
tierra cuydado de rogar a Dios en nuestras
oraciones por la vida y salud de vuestra
merced, que sea tan larga y tan buena como su
buena presencia merece.”
  Este yua en abito de estudiante, y dixo vna
de las guardas que era muy grande hablador y
muy gentil latino.
  Tras todos estos venia vn hombre de muy
buen parecer, de edad de treynta años, sino
que al mirar metia el vn ojo en el otro vn poco.
Venia diferentemente atado que los demas,
porque traya vna cadena al pie, tan grande, que
se la liaua por todo el cuerpo, y dos argollas
a la garganta, la vna en la cadena, y la otra
de las que llaman guarda-amigo o pie-de-amigo,
de la qual decendian dos hierros que llegauan
a la cintura, en los quales se asian dos
esposas, donde lleuaua las manos, cerradas con
vn grueso candado, de manera que ni con las
manos podia llegar a la boca, ni podia baxar la
cabeça a llegar a las manos. Preguntó don
Quixote que cómo yua aquel hombre con tantas
prisiones mas que los otros. Respondiole la
guarda: porque tenia aquel solo mas delitos
que todos los otros juntos, y que era tan
atreuido y tan grande vellaco, que aunque le
lleuauan de aquella manera, no yuan seguros del,
sino que temian que se les auia de huyr.
  “¿Qué delitos puede tener”, dixo don
Quixote, “si no han merecido mas pena que
echalle a las galeras?”
  “Va por diez años”, replicó la guarda, “que
es como muerte ceuil. No se quiera saber
mas sino que este buen hombre es el famoso
Gines de Passamonte, que por otro nombre
llaman Ginesillo de Parapilla.”
  “Señor comissario”, dixo entonces el galeote,
“vayase poco a poco, y no andemos aora a
deslindar nombres y sobrenombres; Gines me
llamo, y no Ginesillo, y Passamonte es mi
alcurnia, y no Parapilla, como boace dize; y cada
vno se de vna buelta a la redonda, y no hara
poco.”
  “Hable con menos tono”, replicó el comissario,
“señor ladron de mas de la marca, si no
quiere que le haga callar, mal que le pese.”
  “Bien parece”, respondio el galeote, “que va
el hombre como Dios es seruido; pero algun
dia sabra alguno si me llamo Ginesillo de
Parapilla o no.”
  “Pues ¿no te llaman ansi, embustero?”,
dixo la guarda.
  “Si llaman”, respondio Gines; “mas yo hare
que no me lo llamen, o me las pelaria donde
yo digo entre mis dientes. Señor cauallero, si
tiene algo que darnos, denoslo ya, y vaya con
Dios, que ya enfada con tanto querer saber
vidas agenas; y si la mia quiere saber, sepa que
yo soy Gines de Passamonte, cuya vida esta
escrita por estos pulgares.”
  “Dize verdad”, dixo el comissario; “que el
mesmo ha escrito su historia, que no ay mas,
y dexa empeñado el libro en la carcel en
dozientos reales.”
  “Y le pienso quitar”, dixo Gines, “si quedara
en dozientos ducados.”
  “¿Tan bueno es?”, dixo don Quixote.
  “Es tan bueno”, respondio Gines, “que mal
año para Lazarillo de Tormes y para todos
quantos de aquel genero se han escrito o
escriuieren. Lo que le se dezir a boace es que trata
verdades, y que son verdades tan lindas y tan
donosas, que no puede auer mentiras que se
le ygualen.”
  “Y ¿cómo se intitula el libro?”, preguntó don
Quixote.
  “La vida de Gines de Passamonte”,
respondio el mismo.
  “Y ¿está acabado?”, preguntó don Quixote.
  “¿Cómo puede estar acabado”, respondio el,
“si aun no está acabada mi vida? Lo que está
escrito es desde mi nacimiento hasta el punto
que esta vltima vez me han echado en galeras.”
  “Luego ¿otra vez aueys estado en ellas?”,
dixo don Quixote.
  “Para seruir a Dios y al rey, otra vez he
estado quatro años, y ya se a que sabe el
vizcocho y el corbacho”, respondio Gines; “y no me
pesa mucho de yr a ellas, porque alli tendre
lugar de acabar mi libro; que me quedan
muchas cosas que dezir, y en las galeras de
España ay mas sossiego de aquel que seria
menester, aunque no es menester mucho mas para
lo que yo tengo de escriuir, porque me lo se
de coro.”
  “Abil pareces”, dixo don Quixote.
  “Y desdichado”, respondio Gines, “porque
siempre las desdichas persiguen al buen
ingenio.”
  “Persiguen a los vellacos”, dixo el comissario.
  “Ya le he dicho, señor comissario”,
respondio Passamonte, “que se vaya poco a poco;
que aquellos señores no le dieron essa vara
para que maltratasse a los pobretes que aqui
vamos, sino para que nos guiasse y lleuasse
adonde su Magestad manda. Si no, ¡por vida
de..., basta!; que podria ser que saliessen algun
dia en la colada las manchas que se hizieron
en la venta; y todo el mundo calle, y viua bien,
y hable mejor, y caminemos, que ya es mucho
regodeo este.”
  Alçó la vara en alto el comissario para dar
a Passamonte, en respuesta de sus amenazas,
mas don Quixote se puso en medio y le rogo
que no le maltratasse, pues no era mucho que
quien lleuaua tan atadas las manos tuuiesse
algun tanto suelta la lengua; y, boluiendose a
todos los de la cadena, dixo:
  “De todo quanto me aueys dicho, hermanos
carissimos, he sacado en limpio que, aunque os
han castigado por vuestras culpas, las penas
que vays a padecer no os dan mucho gusto, y
que vays a ellas muy de mala gana y muy contra
vuestra voluntad, y que podria ser que el
poco animo que aquel tuuo en el tormento, la
falta de dineros deste, el poco fauor del otro, y,
finalmente, el torcido juyzio del juez, huuiesse
sido causa de vuestra perdicion y de no auer
salido con la justicia que de vuestra parte
teniades. Todo lo qual se me representa a mi aora
en la memoria, de manera que me está diziendo,
persuadiendo y aun forçando, que muestre
con vosotros el efeto para que el cielo me arrojó
al mundo y me hizo professar en el la orden de
caualleria que professo, y el voto que en ella
hize de fauorecer a los menesterosos y opressos
de los mayores. Pero, porque se que vna de
las partes de la prudencia es que lo que se
puede hazer por bien no se haga por mal, quiero
rogar a estos señores guardianes y comissario
sean seruidos de desataros y dexaros yr en paz;
que no faltarán otros que siruan al rey en
mejores ocasiones, porque me parece duro caso
hazer esclauos a los que Dios y naturaleza hizo
libres. Quanto mas, señores guardas”, añadio
don Quixote, “que estos pobres no han cometido
nada contra vosotros; alla se lo aya cada
vno con su pecado. Dios ay en el cielo, que no
se descuyda de castigar al malo ni de premiar
al bueno, y no es bien que los hombres
honrados sean verdugos de los otros hombres, no
yendoles nada en ello. Pido esto con esta
mansedumbre y sossiego, porque tenga, si lo
cumplis, algo que agradeceros; y quando de grado
no lo hagays, esta lança y esta espada, con el
valor de mi braço, haran que lo hagays por
fuerça.”
  “¡Donosa majaderia!”, respondio el comissario.
“¡Bueno está el donayre con que ha salido
a cabo de rato! Los forçados del rey quiere que
le dexemos, como si tuuieramos autoridad para
soltarlos, o el la tuuiera para mandarnoslo.
¡Vayase vuestra merced, señor, norabuena su
camino adelante, y enderecese esse bazin que
trae en la cabeça, y no ande buscando tres pies
al gato!”
  “¡Vos soys el gato y el rato y el vellaco!”,
respondio don Quixote. Y, diziendo y haziendo,
arremetio con el tan presto, que, sin que tuuiesse
lugar de ponerse en defensa, dio con el en
el suelo, mal herido de vna lançada; y auinole
bien, que este era el de la escopeta. Las demas
guardas quedaron atonitas y suspensas del no
esperado acontecimiento; pero, boluiendo sobre
si, pusieron mano a sus espadas los de a cauallo,
y los de a pie a sus dardos, y arremetieron
a don Quixote, que con mucho sossiego los
aguardaua; y sin duda lo passara mal si los
galeotes, viendo la ocasion que se les ofrecia de
alcançar libertad, no la procura[ra]n,
procurando romper la cadena donde venian
ensartados. Fue la rebuelta de manera que las
guardas, ya por acudir a los galeotes que se
desatauan, ya por acometer a don Quixote que
los acometia, no hizieron cosa que fuesse de
prouecho. Ayudó Sancho, por su parte, a la
soltura de Gines de Passamonte, que fue el primero
que saltó en la campaña, libre y desembaraçado,
y, arremetiendo al comissario caydo,
le quitó la espada y la escopeta, con la qual,
apuntando al vno y señalando al otro, sin
disparalla jamas, no quedó guarda en todo el
campo, porque se fueron huyendo, assi de la
escopeta de Passamonte como de las muchas
pedradas que los ya sueltos galeotes les tirauan.
  Entristeciose mucho Sancho deste sucesso,
porque se le representó que los que yuan
huyendo auian de dar noticia del caso a la
Santa Hermandad, la qual, a campana herida,
saldria a buscar los delinquentes, y assi se lo
dixo a su amo, y le rogo que luego de alli se
partiessen, y se emboscassen en la sierra, que
estaua cerca.
  “Bien está esso”, dixo don Quixote; “pero yo
se lo que aora conuiene que se haga.”
  Y llamando a todos los galeotes, que
andauan alborotados y auian despojado al
comissario hasta dexarle en cueros, se le pusieron
todos a la redonda para ver lo que les
mandaua; y assi les dixo:
  “De gente bien nacida es agradecer los
beneficios que reciben, y vno de los pecados que
mas a Dios ofende es la ingratitud. Digolo
porque ya aueys visto, señores, con manifiesta
experiencia, el que de mi aueys recebido, en
pago del qual querria, y es mi voluntad, que,
cargados de essa cadena que quité de vuestros
cuellos, luego os pongays en camino y vays a
la ciudad del Toboso, y alli os presenteys ante
la señora Dulzinea del Toboso, y le digays que
su cauallero, el de la Triste Figura, se le embia
a encomendar, y le conteys punto por punto
todos los que ha tenido esta famosa auentura,
hasta poneros en la desseada libertad; y, hecho
esto, os podreys yr donde quisieredes, a la
buena ventura.”
  Respondio por todos Gines de Passamonte,
y dixo:
  “Lo que vuestra merced nos manda, señor y
libertador nuestro, es impossible de toda
impossibilidad cumplirlo, porque no podemos yr
juntos por los caminos, sino solos y diuididos,
y cada vno, por su parte, procurando meterse
en las entrañas de la tierra por no ser hallado
de la Santa Hermandad, que, sin duda alguna,
ha de salir en nuestra busca. Lo que vuestra
merced puede hazer, y es justo que haga, es
mudar esse seruicio y montazgo de la señora
Dulzinea del Toboso en alguna cantidad de
auemarias y credos, que nosotros diremos por la
intencion de vuestra merced, y esta es cosa que
se podra cumplir de noche y de dia, huyendo
o reposando, en paz o en guerra; pero pensar
que hemos de boluer aora a las ollas de Egypto,
digo, a tomar nuestra cadena, y a ponernos en
camino del Toboso, es pensar que es aora de
noche, que aun no son las diez del dia, y es
pedir a nosotros esso como pedir peras al olmo.”
  “Pues, ¡voto a tal”, dixo don Quixote, ya
puesto en colera, “don hijo de la puta, don
Ginesillo de Paropillo, o como os llamays, que
aueys de yr vos solo, rabo entre piernas, con
toda la cadena a cuestas!”
  Passamonte, que no era nada bien sufrido,
estando ya enterado que don Quixote no era muy
cuerdo, pues tal disparate auia acometido
como el de querer darles libertad, viendose
tratar de aquella manera, hizo del ojo a los
compañeros, y, apartandose a parte, començaron a
llouer tantas piedras sobre don Quixote, que
no se daua manos a cubrirse con la rodela, y
el pobre de Rozinante no hazia mas caso de la
espuela que si fuera hecho de bronze. Sancho
se puso tras su asno, y con el se defendia de la
nuue y pedrisco que sobre entrambos llouia.
No se pudo escudar tan bien don Quixote que
no le acertassen no se quantos guijarros en el
cuerpo, con tanta fuerça, que dieron con el en
el suelo; y apenas huuo caydo, quando fue
sobre el el estudiante, y le quitó la vazia de la
cabeça, y diole con ella tres o quatro golpes en
las espaldas y otros tantos en la tierra, con que
la hizo pedaços. Quitaronle vna ropilla que
trahia sobre las armas, y las medias calças le
querian quitar, si las greuas no lo estoruaran.
A Sancho le quitaron el gauan, y dexandole
en pelota, repartiendo entre si los demas
despojos de la batalla, se fueron cada vno por
su parte, con mas cuydado de escaparse de la
Hermandad que temian que de cargarse de la
cadena e yr a presentarse ante la señora
Dulzinea del Toboso.
  Solos quedaron jumento y Rozinante, Sancho
y don Quixote; el jumento, cabizbaxo y
pensatiuo, sacudiendo de quando en quando
las orejas, pensando que aun no auia cessado
la borrasca de las piedras que le perseguian
los oydos; Rozinante, tendido junto a su amo,
que tambien vino al suelo de otra pedrada;
Sancho en pelota y temeroso de la Santa
Hermandad; don Quixote, mohinissimo de verse
tan mal parado por los mismos a quien tanto
bien auia hecho.

                Capitulo XXIII

De lo que le acontecio al famoso don Quixote
  en Sierra Morena, que fue vna de las mas
  raras auenturas que en esta verdadera
  historia se cuentan.

  Viendose tan mal parado don Quixote, dixo
a su escudero:
  “Siempre, Sancho, lo he oydo dezir: que el
hazer bien a villanos es echar agua en la mar.
Si yo huuiera creydo lo que me dixiste, yo
huuiera escusado esta pesadumbre; pero ya
está hecho; paciencia, y escarmentar para desde
aqui adelante.”
  “Assi escarmentará vuestra merced”, respondio
Sancho, “como yo soy turco; pero, pues
dize que si me huuiera creydo se huuiera
escusado este daño, creame aora y escusará otro
mayor, porque le hago saber que con la Santa
Hermandad no ay vsar de cauallerias; que no
se le da a ella por quantos caualleros andantes
ay dos marauedis, y sepa que ya me parece
que sus saetas me zumban por los oydos.”
  “Naturalmente eres couarde, Sancho”, dixo
don Quixote; “pero porque no digas que soy
contumaz y que jamas hago lo que me aconsejas,
por esta vez quiero tomar tu consejo y
apartarme de la furia que tanto temes; mas ha
de ser con vna condicion: que jamas, en vida
ni en muerte, has de dezir a nadie que yo me
retiré y aparté deste peligro de miedo, sino por
complazer a tus ruegos; que si otra cosa dixeres,
mentiras en ello, y desde aora para entonces,
y desde entonces para aora, te desmiento,
y digo que mientes y mentiras todas las vezes
que lo pensares o lo dixeres. Y no me repliques
mas; que en solo pensar que me aparto y retiro
de algun peligro, especialmente deste que
parece que lleua algun es, no es, de sombra de
miedo, estoy ya para quedarme, y para aguardar
aqui solo, no solamente a la Santa Hermandad
que dizes y temes, sino a los hermanos
de los doze Tribus de Israel, y a los siete
Macabeos, y a Castor y a Polux, y aun a
todos los hermanos y hermandades que ay en
el mundo.”
  “Señor”, respondio Sancho, “que el retirar
no es huyr, ni el esperar es cordura, quando el
peligro sobrepuja a la esperança; y de sabios
es guardarse hoy para mañana, y no auenturarse
todo en vn dia. Y sepa que, aunque çafio
y villano, todauia se me alcança algo desto que
llaman buen gouierno; assi que no se arrepienta
de auer tomado mi consejo, sino suba en Rozinante
si puede, o si no, yo le ayudaré, y sigame,
que el caletre me dize que hemos menester
aora mas los pies que las manos.”
  Subio don Quixote sin replicarle mas palabra,
y, guiando Sancho sobre su asno, se entraron
por vna parte de Sierra Morena, que alli
junto estaua, lleuando Sancho intencion de
atrauessarla toda, e yr a salir al Viso, o a
Almodouar del Campo, y esconderse algunos dias
por aquellas asperezas, por no ser hallados si
la Hermandad los buscasse. Animole a esto
auer visto que de la refriega de los galeotes se
auia escapado libre la despensa que sobre su
asno venia, cosa que la juzgó a milagro, segun
fue lo que lleuaron y buscaron los galeotes.
  Assi como don Quixote entró por aquellas
montañas, se le alegró el coraçon, pareciendole
aquellos lugares acomodados para las auenturas
que buscaua. Reduziansele a la memoria
los marauillosos acaecimientos que en semejantes
soledades y asperezas auian sucedido a
caualleros andantes. Yua pensando en estas
cosas, tan embeuecido y trasportado en ellas,
que de ninguna otra se acordaua. Ni Sancho
lleuaua otro cuydado, despues que le parecio
que caminaua por parte segura, sino de satisfazer
su estomago con los relieues que del despojo
clerical auian quedado, y assi, yua tras su
amo sentado a la mugeriega sobre su
jumento, sacando de vn costal y embaulando
en su pança, y no se le diera por hallar otra
ventura, entretanto que yua de aquella
manera, vn ardite.
  En esto alçó los ojos y vio que su amo
estaua parado, procurando con la punta del lançon
alçar no se que bulto que estaua caydo en el
suelo, por lo qual se dio priessa a llegar a
ayudarle, si fuesse menester; y quando llegó
fue a tiempo que alçaua con la punta del
lançon vn coxin y vna maleta asida a el, medio
podridos, o podridos del todo, y deshechos; mas
pesaua tanto, que fue necessario que Sancho
se apeasse a tomarlos, y mandole su amo
que viesse lo que en la maleta venia.
  Hizolo con mucha presteza Sancho, y aunque
la maleta venia cerrada con vna cadena y su
candado, por lo roto y podrido della vio lo que
en ella auia, que eran quatro camisas de
delgada olanda, y otras cosas de lienço no menos
curiosas que limpias, y en vn pañizuelo halló
vn buen montonzillo de escudos de oro, y assi
como los vio dixo:
  “¡Bendito sea todo el cielo, que nos ha
deparado vna auentura que sea de prouecho!”
  Y, buscando mas, halló vn librillo de memoria
ricamente guarnecido. Este le pidio don
Quixote, y mandole que guardasse el dinero y lo
tomasse para el. Besole las manos Sancho por
la merced, y, desbalijando a la balija de su
lenceria, la puso en el costal de la despensa. Todo
lo qual visto por don Quixote, dixo:
  “Pareceme, Sancho, y no es possible que sea
otra cosa, que algun caminante descaminado
deuio de passar por esta sierra, y, salteandole
malandrines, le deuieron de matar y le truxeron
a enterrar en esta tan escondida parte.”
  “No puede ser esso”, respondio Sancho,
“porque si fueran ladrones, no se dexaran aqui
este dinero.”
  “Verdad dizes”, dixo don Quixote, “y assi, no
adiuino ni doy en lo que esto pueda ser; mas
esperate, veremos si en este librillo de memoria
ay alguna cosa escrita por donde podamos
rastrear y venir en conocimiento de lo que
desseamos.”
  Abriole, y lo primero que halló en el, escrito
como en borrador, aunque de muy buena letra,
fue vn soneto, que, leyendole alto, porque
Sancho tambien lo oyesse, vio que dezia desta
manera:

      O le falta al Amor conocimiento,
    o le sobra crueldad, o no es mi pena
    igual a la ocasion que me condena
    al genero mas duro de tormento.
      Pero si Amor es dios, es argumento
    que nada ignora, y es razon muy buena
    que vn dios no sea cruel; pues ¿quién ordena
    el terrible dolor que adoro y siento?
      Si digo que soys vos, Fili, no acierto,
    que tanto mal en tanto bien no cabe,
    ni me viene del cielo esta ruyna.
      Presto aure de morir, que es lo mas cierto;
    que al mal de quien la causa no se sabe
    milagro es acertar la medicina.

  “Por essa troba”, dixo Sancho, “no se puede
saber nada, si ya no es que por esse hilo que
está ahi se saque el ouillo de todo.”
  “¿Qué hilo está aqui?”, dixo don Quixote.
  “Pareceme”, dixo Sancho, “que vuestra
merced nombró ahi Hilo.”
  “No dixe sino Fili”, respondio don Quixote,
“y este, sin duda, es el nombre de la dama de
quien se quexa el autor deste soneto; y a fe
que deue de ser razonable poeta, o yo se poco
del arte.”
  “Luego ¿tambien”, dixo Sancho, “se le
entiende a vuestra merced de trobas?”
  “Y mas de lo que tu piensas”, respondio don
Quixote, “y veraslo quando lleues vna carta,
escrita en verso de arriba abaxo, a mi señora
Dulzinea del Toboso; porque quiero que sepas,
Sancho, que todos o los mas caualleros andantes
de la edad passada eran grandes trobadores
y grandes musicos; que estas dos abilidades,
o gracias, por mejor dezir, son anexas a
los enamorados andantes. Verdad es que las
coplas de los passados caualleros tienen mas
de espiritu que de primor.”
  “Lea mas vuestra merced”, dixo Sancho;
“que ya hallará algo que nos satisfaga.”
  Boluio la hoja don Quixote, y dixo:
  “Esto es prosa, y parece carta.”
  “¿Carta missiua, señor?”, preguntó Sancho.
  “En el principio no parece sino de amores”,
respondio don Quixote.
  “Pues lea vuestra merced alto”, dixo Sancho,
“que gusto mucho destas cosas de amores.”
  “Que me plaze”, dixo don Quixote.
  Y leyendola alto, como Sancho se lo auia
rogado, vio que dezia desta manera:
  “Tu falsa promessa y mi cierta desuentura
me lleuan a parte donde antes bolueran a tus
oydos las nueuas de mi muerte que las razones
de mis quexas. Desechasteme, ¡o ingrata!,
por quien tiene mas, no por quien vale mas
que yo; mas si la virtud fuera riqueza que se
estimara, no embidiara yo dichas agenas, ni
llorara desdichas propias. Lo que leuantó tu
hermosura han derribado tus obras: por ella
entendi que eras angel, y por ellas conozco que
eres muger. Quedate en paz, causadora de mi
guerra, y haga el cielo que los engaños de tu
esposo esten siempre encubiertos, porque tu no
quedes arrepentida de lo que heziste y yo no
tome vengança de lo que no desseo.”
  Acabando de leer la carta, dixo don
Quixote:
  “Menos por esta que por los versos se puede
sacar mas de que quien la escriuio es algun
desdeñado amante.”
  Y, hojeando casi todo el librillo, halló otros
versos y cartas, que algunos pudo leer y otros
no; pero lo que todos contenian eran quexas,
lamentos, desconfianças, sabores y sinsabores,
fauores y desdenes, solenizados los vnos y
llorados los otros.
  En tanto que don Quixote passaua el libro,
passaua Sancho la maleta, sin dexar rincon en
toda ella, ni en el coxin, que no buscasse,
escudriñasse e inquiriesse, ni costura que no
deshiziesse, ni vedixa de lana que no escarmenasse,
porque no se quedasse nada por diligencia ni
mal recado: tal golosina auian despertado en el
los hallados escudos, que passauan de ciento.
Y aunque no halló mas de lo hallado, dio por
bien empleados los buelos de la manta, el vomitar
del breuaje, las bendiciones de las estacas,
las puñadas del harriero, la falta de las
alforjas, el robo del gauan, y toda la hambre,
sed y cansancio que auia passado en seruicio
de su buen señor, pareciendole que estaua
mas que rebien pagado con la merced
recebida de la entrega del hallazgo.
  Con gran desseo quedó el Cauallero de la
Triste Figura de saber quien fuesse el dueño
de la maleta, conjeturando por el soneto y
carta, por el dinero en oro y por las tan
buenas camisas, que deuia de ser de algun
principal enamorado, a quien desdenes y malos
tratamientos de su dama deuian de auer
conduzido a algun desesperado termino. Pero como
por aquel lugar inhabitable y escabroso no
parecia persona alguna de quien poder informarse,
no se curó de mas que de passar adelante,
sin lleuar otro camino que aquel que
Rozinante queria, que era por donde el podia
caminar, siempre con imaginacion que no podia
faltar por aquellas malezas alguna estraña
auentura.
  Yendo, pues, con este pensamiento, vio que
por cima de vna montañuela que delante de
los ojos se le ofrecia, yua saltando vn hombre
de risco en risco y de mata en mata con estraña
ligereza. Figurosele que yua desnudo, la barba
negra y espessa, los cabellos muchos y rabultados,
los pies descalços y las piernas sin cosa
alguna; los muslos cubrian vnos calçones, al
parecer, de terciopelo leonado, mas tan hechos
pedaços, que por muchas partes se le descubrian
las carnes. Traia la cabeça descubierta,
y, aunque passó con la ligereza que se ha dicho,
todas estas menudencias miró y notó el Cauallero
de la Triste Figura; y, aunque lo procuró,
no pudo seguille, porque no era dado a la
debilidad de Rozinante andar por aquellas
asperezas, y mas siendo el de suyo pisacorto y
flematico. Luego imaginó don Quixote que
aquel era el dueño del coxin y de la maleta,
y propuso en si de buscalle, aunque supiesse
andar vn año por aquellas montañas hasta
hallarle; y assi, mandó a Sancho que se apeasse
del asno y atajasse por la vna parte de
la montaña, que el yria por la otra, y podria
ser que topassen, con esta diligencia, con aquel
hombre que con tanta priessa se les auia
quitado de delante.
  “No podre hazer esso”, respondio Sancho,
“porque en apartandome de vuestra merced,
luego es conmigo el miedo, que me assalta
con mil generos de sobresaltos y visiones. Y
siruale esto que digo de auiso, para que de
aqui adelante no me aparte vn dedo de su
presencia.”
  “Assi sera”, dixo el de la triste Figura, “y
yo estoy muy contento de que te quieras valer
de mi animo, el qual no te ha de faltar, aunque
te falte el anima del cuerpo; y vente aora tras
mi poco a poco, o como pudieres, y haz de los
ojos lanternas; rodearemos esta serrezuela,
quiça toparemos con aquel hombre que vimos, el
qual, sin duda alguna, no es otro que el dueño
de nuestro hallazgo.”
  A lo que Sancho respondio:
  “Harto mejor seria no buscalle, porque si
le hallamos y acaso fuesse el dueño del dinero,
claro está que lo tengo de restituyr, y assi, fuera
mejor, sin hazer esta inutil diligencia, posseerlo
yo con buena fe, hasta que por otra via menos
curiosa y diligente pareciera su verdadero
señor, y quiça fuera a tiempo que lo huuiera
gastado, y entonces el rey me hazia franco.”
  “Engañaste en esso, Sancho”, respondio don
Quixote; “que ya que hemos caydo en sospecha
de quien es el dueño, quasi delante,
estamos obligados a buscarle y boluerselos; y,
quando no le buscassemos, la vehemente
sospecha que tenemos de que el lo sea nos pone
ya en tanta culpa como si lo fuesse. Assi que,
Sancho amigo, no te de pena el buscalle, por
la que a mi se me quitará si le hallo.”
  Y assi, picó a Rozinante, y siguiole Sancho
con su acostumbrado jumento. Y, auiendo
rodeado parte de la montaña, hallaron en
vn arroyo cayda, muerta y medio comida de
perros, y picada de grajos, vna mula ensillada
y enfrenada. Todo lo qual confirmó en ellos
mas la sospecha de que aquel que huia era
el dueño de la mula y del coxin. Estandola
mirando, oyeron vn siluo como de pastor que
guardaua ganado; y a deshora, a su siniestra
mano, parecieron vna buena cantidad de cabras,
y tras ellas, por cima de la montaña, parecio
el cabrero que las guardaua, que era vn
hombre anciano. Diole vozes don Quixote, y
rogole que baxasse donde estauan. El respondio
a gritos que quién les auia traydo por aquel
lugar, pocas o ningunas vezes pisado sino de
pies de cabras, o de lobos y otras fieras que
por alli andauan. Respondiole Sancho que
baxasse, que de todo le darian buena cuenta.
Baxó el cabrero, y, en llegando adonde don
Quixote estaua, dixo:
  “Apostaré que está mirando la mula de alquiler
que está muerta en essa hondonada; pues a
buena fe que ha ya seys meses que está en
esse lugar. Diganme, ¿han topado por ahi a su
dueño?”
  “No hemos topado a nadie”, respondio don
Quixote, “sino a vn coxin y a vna maletilla que
no lexos deste lugar hallamos.”
  “Tambien la hallé yo”, respondio el cabrero;
“mas nunca la quise alçar ni llegar a ella,
temeroso de algun desman, y de que no me la
pidiessen por de hurto; que es el diablo sotil,
y debaxo de los pies se leuanta allombre
cosa donde tropiece y caya, sin saber cómo ni
cómo no.”
  “Esso mesmo es lo que yo digo”, respondio
Sancho; “que tambien la hallé yo, y no quise
llegar a ella con vn tiro de piedra; alli la
dexé, y alli se queda como se estaua, que no
quiero perro con cencerro.”
  “Dezidme, buen hombre”, dixo don Quixote,
“¿sabeys vos quién sea el dueño destas
prendas?”
  “Lo que sabre yo dezir”, dixo el cabrero, “es
que aura al pie de seys meses, poco mas a
menos, que llegó a vna majada de pastores,
que estara como tres leguas deste lugar, vn
mancebo de gentil talle y apostura, cauallero
sobre essa mesma mula que ahi está muerta,
y con el mesmo coxin y maleta que dezis
que hallastes y no tocastes. Preguntonos que
quál parte desta sierra era la mas aspera y
escondida. Diximosle que era esta donde aora
estamos, y es ansi la verdad, porque si entrays
media legua mas adentro, quiça no acertareys
a salir; y estoy marauillado de cómo aueys
podido llegar aqui, porque no ay camino ni
senda que a este lugar encamine.
  ”Digo, pues, que en oyendo nuestra respuesta
el mancebo, boluio las riendas y encaminó
hazia el lugar donde le señalamos, dexandonos
a todos contentos de su buen talle, y
admirados de su demanda y de la priessa con
que le viamos caminar y boluerse hazia la sierra;
y desde entonces nunca mas le vimos, hasta
que desde alli a algunos dias salio al camino
a vno de nuestros pastores, y, sin dezille nada,
se llegó a el y le dio muchas puñadas y
cozes, y luego se fue a la borrica del hato y le
quitó quanto pan y quesso en ella trahia, y con
estraña ligereza, hecho esto, se boluio a
emboscar en la sierra. Como esto supimos
algunos cabreros, le anduuimos a buscar casi
dos dias por lo mas cerrado desta sierra, al
cabo de los quales le hallamos metido en el
hueco de vn grueso y valiente alcornoque.
Salio a nosotros con mucha mansedumbre, ya roto
el vestido, y el rostro disfigurado y tostado
del sol, de tal suerte, que apenas le conociamos,
sino que los vestidos, aunque rotos, con
la noticia que dellos teniamos, nos dieron a
entender que era el que buscauamos.
  ”Saludonos cortesmente, y en pocas y muy
buenas razones nos dixo que no nos marauillassemos
de verle andar de aquella suerte, porque
assi le conuenia para cumplir cierta penitencia
que por sus muchos pecados le auia sido
impuesta. Rogamosle que nos dixesse quién era;
mas nunca lo pudimos acabar con el. Pedimosle
tambien que quando huuiesse menester el sustento,
sin el qual no podia passar, nos dixesse
donde le hallariamos, porque con mucho amor
y cuydado se lo lleuariamos; y que si esto tampoco
fuesse de su gusto, que, a lo menos, saliesse
a pedirlo, y no a quitarlo, a los pastores.
Agradecio nuestro ofrecimiento, pidio perdon
de los assaltos passados, y ofrecio de pedillo
de alli adelante por amor de Dios, sin dar
molestia alguna a nadie. En quanto lo que
tocaua a la estancia de su habitacion, dixo que no
tenia otra, que aquella que le ofrecia la
ocasion donde le tomaua la noche, y acabó su
platica con vn tan tierno llanto, que bien
fueramos de piedra los que escuchado le auiamos si
en el no le acompañaramos, considerandole
como le auiamos visto la vez primera, y qual
le veiamos entonces. Porque, como tengo dicho,
era vn muy gentil y agraciado mancebo, y en
sus corteses y concertadas razones mostraua ser
bien nacido y muy cortesana persona; que,
puesto que eramos rusticos los que le
escuchauamos, su gentileza era tanta, que bastaua
a darse a conocer a la mesma rusticidad.
  ”Y estando en lo mejor de su platica, paró y
enmudeciose; clauó los ojos en el suelo por vn
buen espacio, en el qual todos estuuimos
quedos y suspensos, esperando en qué auia de
parar aquel enuelesamiento, con no poca lastima
de verlo, porque por lo que hazia de abrir
los ojos, estar fixo mirando al suelo sin mouer
pestaña gran rato, y otras vezes cerrarlos
apretando los labios y enarcando las cejas,
facilmente conocimos que algun accidente de locura
le auia sobreuenido. Mas el nos dio a entender
presto ser verdad lo que pensauamos, porque
se leuantó con gran furia del suelo donde se
auia echado, y arremetio con el primero que
halló junto a si, con tal denuedo y rabia, que,
si no se le quitaramos, le matara a puñadas y
a bocados; y todo esto hazia diziendo: «¡A,
»fementido Fernando!; ¡aqui, aqui me pagarás la
»sinrazon que me heziste! Estas manos te
»sacarán el coraçon donde aluergan y tienen
»manida todas las maldades juntas, principalmente
»la fraude y el engaño.» Y a estas añadia
otras razones, que todas se encaminauan a
dezir mal de aquel Fernando, y a tacharle de
traydor y fementido.
  ”Quitamossele, pues, con no poca pesadumbre,
y el, sin dezir mas palabra, se apartó
de nosotros y se emboscó corriendo por entre
estos xarales y malezas, de modo, que nos
impossibilitó el seguille. Por esto conjeturamos
que la locura le venia a tiempos, y que
alguno que se llamaua Fernando le deuia
de auer hecho alguna mala obra, tan pesada
quanto lo mostraua el termino a que le auia
conduzido. Todo lo qual se ha confirmado
despues aca con las vezes, que han sido muchas,
que el ha salido al camino, vnas a pedir a los
pastores le den de lo que lleuan para comer, y
otras a quitarselo por fuerça; porque quando
está con el accidente de la locura, aunque los
pastores se lo ofrezcan de buen grado, no lo
admite, sino que lo toma a puñadas; y quando
está en su seso, lo pide por amor de Dios,
cortes y comedidamente, y rinde por ello muchas
gracias, y no con falta de lagrimas. Y en
verdad os digo, señores --prosiguio el
cabrero--, que ayer determinamos yo y quatro
zagales, los dos criados y los dos amigos mios,
de buscarle hasta tanto que le hallemos; y
despues de hallado, ya por fuerça, ya por grado,
le hemos de lleuar a la villa de Almodouar,
que está de aqui ocho leguas, y alli le
curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos
quién es quando esté en su seso, y si tiene
parientes a quien dar noticia de su desgracia.
Esto es, señores, lo que sabre deziros de lo que
me aueys preguntado, y entended que el dueño
de las prendas que hallastes es el mesmo
que vistes passar con tanta ligereza como
desnudez” --; que ya le auia dicho don Quixote
como auia visto passar aquel hombre saltando
por la sierra.
  El qual quedó admirado de lo que al cabrero
auia oydo, y quedó con mas desseo de saber
quién era el desdichado loco, y propuso en si
lo mesmo que ya tenia pensado: de buscalle
por toda la montaña, sin dexar rincon ni cueua
en ella que no mirasse, hasta hallarle. Pero
hizolo mejor la suerte de lo que el pensaua ni
esperaua, porque en aquel mesmo instante
parecio por entre vna quebrada de vna sierra,
que salia donde ellos estauan, el mancebo que
buscaua, el qual venia hablando entre si cosas
que no podian ser entendidas de cerca, quanto
mas de lexos. Su trage era qual se ha pintado,
solo que, llegando cerca, vio don Quixote que
vn coleto hecho pedaços que sobre si trahia,
era de ambar, por donde acabó de entender
que persona que tales habitos trahia no deuia
de ser de infima calidad.
  En llegando el mancebo a ellos, les saludo
con vna voz desentonada y bronca, pero
con mucha cortesia. Don Quixote le boluio las
saludes con no menos comedimiento, y, apeandose
de Rozinante, con gentil continente y donayre
le fue a abraçar, y le tuuo vn buen espacio
estrechamente entre sus braços, como si de
luengos tiempos le huuiera conocido. El otro, a
quien podemos llamar el Roto de la Mala
Figura, como a don Quixote el de la Triste,
despues de auerse dexado abraçar, le apartó vn
poco de si, y, puestas sus manos en los ombros
de don Quixote, le estuuo mirando como que
queria ver si le conocia; no menos admirado
quiça de ver la figura, talle y armas de don
Quixote, que don Quixote lo estaua de verle a
el. En resolucion, el primero que habló despues
del abraçamiento fue el Roto, y dixo lo que se
dira adelante.

                Capitulo XXIV

  Donde se prosigue la auentura de la Sierra
                   Morena.

  Dize la historia que era grandissima la
atencion con que don Quixote escuchaua al astroso
cauallero de la Sierra, el qual, prosiguiendo su
platica, dixo:
  “Por cierto, señor, quien quiera que seays,
que yo no os conozco, yo os agradezco las
muestras y la cortesia que conmigo aueys vsado,
y quisiera yo hallarme en terminos que, con
mas que la voluntad, pudiera seruir la que
aueys mostrado tenerme en el buen acogimiento
que me aueys hecho; mas no quiere mi suerte
darme otra cosa con que corresponda a las
buenas obras que me hazen, que buenos
desseos de satisfazerlas.”
  “Los que yo tengo”, respondio don Quixote,
“son de seruiros; tanto, que tenia determinado
de no salir destas sierras hasta hallaros y saber
de vos si el dolor que en la estrañeza de
vuestra vida mostrays tener, se podia hallar
algun genero de remedio, y, si fuera menester
buscarle, buscarle con la diligencia possible.
Y quando vuestra desuentura fuera de aquellas
que tienen cerradas las puertas a todo genero
de consuelo, pensaua ayudaros a llorarla y
plañirla como mejor pudiera; que todauia es
consuelo en las desgracias hallar quien se
duela dellas. Y si es que mi buen intento merece
ser agradecido con algun genero de cortesia,
yo os suplico, señor, por la mucha que veo que
en vos se encierra, y juntamente os conjuro
por la cosa que en esta vida mas aueys amado
o amays, que me digays quién soys y la causa
que os ha traydo a viuir y a morir entre estas
soledades como bruto animal, pues morays
entre ellos tan ageno de vos mismo, qual lo
muestra vuestro trage y persona. Y juro --añadio
don Quixote--, por la orden de caualleria
que recebi, aunque indigno y pecador, y por la
profession de cauallero andante, que si en
esto, señor, me complazeys, de seruiros con las
veras a que me obliga el ser quien soy, ora
remediando vuestra desgracia, si tiene remedio,
ora ayudandoos a llorarla, como os lo he
prometido.”
  El Cauallero del Bosque, que de tal manera
oyo hablar al de la Triste Figura, no hazia sino
mirarle y remirarle, y tornarle a mirar de arriba
a baxo, y despues que le huuo bien mirado,
le dixo:
  “Si tienen algo que darme a comer, por amor
de Dios que me lo den; que despues de auer
comido, yo hare todo lo que se me manda, en
agradecimiento de tan buenos desseos como
aqui se me han mostrado.”
  Luego sacaron, Sancho de su costal y el cabrero
de su çurron, con que satisfizo el Roto su
hambre, comiendo lo que le dieron como persona
atontada, tan apriessa, que no daua espacio
de vn bocado al otro, pues antes los engullia
que tragaua; y en tanto que comia, ni el ni
los que le mirauan hablauan palabra. Como
acabó de comer, les hizo de señas que le
siguiessen, como lo hizieron, y el los lleuó a vn
verde pradezillo que a la buelta de vna peña
poco desuiada de alli estaua. En llegando a el,
se tendio en el suelo encima de la yerua, y los
demas hizieron lo mismo; y todo esto sin que
ninguno hablasse, hasta que el Roto, despues
de auerse acomodado en su assiento, dixo:
  “Si gustays, señores, que os diga en breues
razones la inmensidad de mis desuenturas,
aueysme de prometer de que con ninguna pregunta
ni otra cosa no interrompereys el hilo de
mi triste historia, porque en el punto que lo
hagays, en esse se quedará lo que fuere
contando.”
  Estas razones del Roto truxeron a la memoria
a don Quixote el cuento que le auia contado
su escudero, quando no acerto el numero
de las cabras que auian passado el rio, y se
quedó la historia pendiente. Pero boluiendo al
Roto, prosiguio diziendo:
  “Esta preuencion que hago es porque querria
passar breuemente por el cuento de mis
desgracias; que el traerlas a la memoria no me
sirue de otra cosa que añadir otras de nueuo,
y mientras menos me preguntaredes, mas presto
acabaré yo de dezillas, puesto que no dexaré
por contar cosa alguna que sea de importancia
para no satisfazer del todo a vuestro
desseo.”
  Don Quixote se lo prometio en nombre de
los demas, y el, con este seguro, començo desta
manera:
  “Mi nombre es Cardenio, mi patria vna ciudad
de las mejores desta Andaluzia, mi linage
noble, mis padres ricos, mi desuentura tanta,
que la deuen de auer llorado mis padres y sentido
mi linage, sin poderla aliuiar con su riqueza,
que, para remediar desdichas del cielo, poco
suelen valer los bienes de fortuna. Viuia en
esta mesma tierra vn cielo, donde puso el
amor toda la gloria que yo acertara a dessearme.
Tal es la hermosura de Luscinda, donzella
tan noble y tan rica como yo, pero de mas
ventura, y de menos firmeza de la que a mis
honrados pensamientos se deuia. A esta Luscinda
amé, quise y adoré desde mis tiernos y primeros
años, y ella me quiso a mi con aquella senzillez
y buen animo que su poca edad permitia.
Sabian nuestros padres nuestros intentos, y
no les pesaua dello, porque bien vehian que,
quando passaran adelante, no podian tener
otro fin que el de casarnos, cosa que casi la
concertaua la ygualdad de nuestro linage y
riquezas. Crecio la edad y con ella el amor de
entrambos, que al padre de Luscinda le
parecio que por buenos respetos estaua obligado
a negarme la entrada de su casa; casi imitando
en esto a los padres de aquella Tisbe tan
decantada de los poetas. Y fue esta negacion
añadir llama a llama y desseo a desseo, porque,
aunque pusieron silencio a las lenguas, no
le pudieron poner a las plumas, las quales, con
mas libertad que las lenguas, suelen dar a
entender a quien quieren lo que en el alma esta
encerrado: que muchas vezes la presencia de
la cosa amada turba y enmudece la intencion
mas determinada y la lengua mas atreuida. ¡Ay,
cielos, y quántos villetes le escriui! ¡Quán
regaladas y honestas respuestas tuue! ¡Quántas
canciones compuse y quántos enamorados versos,
donde el alma declaraua y trasladaua sus
sentimientos, pintaua sus encendidos desseos,
entretenia sus memorias y recreaua su voluntad!
En efeto, viendome apurado, y que mi alma
se consumia con el desseo de verla, determiné
poner por obra y acabar en vn punto lo que
me parecio que mas conuenia para salir con
mi desseado y merecido premio, y fue el
pedirsela a su padre por legitima esposa, como lo
hize. A lo que el me respondio que me agradecia
la voluntad que mostraua de honralle
y de querer honrarme con prendas suyas, pero
que siendo mi padre viuo, a el tocaua de justo
derecho hazer aquella demanda, porque, si no,
fuesse con mucha voluntad y gusto suyo, no
era Luscinda muger para tomarse ni darse
a hurto.
  ”Yo le agradeci su buen intento, pareciendome
que lleuaua razon en lo que dezia, y que
mi padre vendria en ello como yo se lo dixesse.
Y con este intento, luego, en aquel mismo
instante, fuy a dezirle a mi padre lo que
desseaua, y al tiempo que entré en vn aposento
donde estaua, le hallé con vna carta abierta en
la mano, la qual, antes que yo le dixesse palabra,
me la dio, y me dixo: «Por essa carta veras,
»Cardenio, la voluntad que el duque Ricardo
»tiene de hazerte merced.» Este duque Ricardo,
como ya vosotros, señores, deueys de saber,
es vn grande de España que tiene su estado
en lo mejor desta Andaluzia. Tomé y ley
la carta, la qual venia tan encarecida, que a mi
mesmo me parecio mal si mi padre dexaua de
cumplir lo que en ella se le pedia, que era que
me embiasse luego donde el estaua; que queria
que fuesse compañero, no criado, de su hijo
el mayor, y que el tomaua a cargo el ponerme
en estado que correspondiesse a la estimacion
en que me tenia. Ley la carta, y enmudeci
leyendola, y mas quando ohi que mi padre me
dezia: «De aqui a dos dias te partiras,
»Cardenio, a hazer la voluntad del duque, y da
»gracias a Dios que te va abriendo camino por
»donde alcances lo que yo se que mereces.»
Añadio a estas otras razones de padre
consejero.
  ”Llegose el termino de mi partida, hablé vna
noche a Luscinda, dixele todo lo que passaua,
y lo mesmo hize a su padre, suplicandole
se entretuuiesse algunos dias y dilatasse el
darle estado hasta que yo viesse lo que
Ricardo me queria. El me lo prometio, y ella me
lo confirmó con mil juramentos y mil
desmayos. Vine, en fin, donde el duque Ricardo
estaua, fuy del tan bien recebido y tratado, que
desde luego començo la embidia a hazer su
oficio, teniendomela los criados antiguos,
pareciendoles que las muestras que el duque daua
de hazerme merced auian de ser en perjuyzio
suyo. Pero el que mas se holgo con mi yda
fue vn hijo segundo del duque, llamado
Fernando, moço gallardo, gentil hombre, liberal
y enamorado, el qual en poco tiempo quiso
que fuesse tan su amigo, que daua que dezir
a todos; y aunque el mayor me queria bien y
me hazia merced, no llegó al estremo con que
don Fernando me queria y trataua.
  ”Es, pues, el caso, que, como entre los
amigos no ay cosa secreta que no se comunique,
y la priuança que yo tenia con don Fernando
dexaua de serlo por ser amistad, todos sus
pensamientos me declaraua, especialmente
vno enamorado que le trahia con vn poco de
desassossiego. Queria bien a vna labradora,
vassalla de su padre, y ella los tenia muy
ricos, y era tan hermosa, recatada, discreta y
honesta, que nadie que la conocia se
determinaua en quál destas cosas tuuiesse mas
excelencia, ni mas se auentajasse. Estas tan
buenas partes de la hermosa labradora reduxeron
a tal termino los desseos de don Fernando,
que se determinó, para poder alcançarlo y
conquistar la entereza de la labradora, darle
palabra de ser su esposo, porque de otra
manera era procurar lo impossible. Yo, obligado
de su amistad, con las mejores razones que
supe y con los mas viuos exemplos que pude,
procuré estoruarle y apartarle de tal proposito.
Pero viendo que no aprouechaua, determiné
de dezirle el caso al duque Ricardo, su padre.
Mas don Fernando, como astuto y discreto, se
rezeló y temio desto, por parecerle que estaua
yo obligado, en vez de buen criado, [a] no
tener encubierta cosa que tan en perjuyzio de
la honra de mi señor el duque venia; y assi, por
diuertirme y engañarme, me dixo que no
hallaua otro mejor remedio para poder apartar
de la memoria la hermosura que tan sugeto le
tenia, que el ausentarse por algunos meses, y
que queria que el ausencia fuesse que los
dos nos viniessemos en casa de mi padre, con
ocasion que darian al duque, que venia a
ver y a feriar vnos muy buenos cauallos que en
mi ciudad auia, que es madre de los mejores
del mundo.
  ”Apenas le ohi yo dezir esto, quando, mouido
de mi aficion, aunque su determinacion no
fuera tan buena, la aprouara yo por vna de las
mas acertadas que se podian imaginar, por
ver quán buena ocasion y coyuntura se me
ofrecia de boluer a ver a mi Luscinda. Con
este pensamiento y desseo aproue su parecer
y esforce su proposito, diziendole que lo
pusiesse por obra con la breuedad possible,
porque, en efeto, la ausencia hazia su oficio a
pesar de los mas firmes pensamientos. Ya,
quando el me vino a dezir esto, segun despues
se supo, auia gozado a la labradora, con titulo
de esposo, y esperaua ocasion de descubrirse
a su saluo, temeroso de lo que el duque, su
padre, haria quando supiesse su disparate.
  ”Sucedio, pues, que, como el amor en los
moços por la mayor parte no lo es, sino
apetito, el qual, como tiene por vltimo fin el
deleyte, en llegando a alcançarle se acaba, y ha
de boluer atras aquello que parecia amor,
porque no puede passar adelante del termino que
le puso naturaleza, el qual termino no le puso a
lo que es verdadero amor...; quiero dezir, que
assi como don Fernando gozó a la labradora,
se le aplacaron sus desseos y se resfriaron sus
ahincos, y si primero fingia quererse ausentar
por remediarlos, aora de veras procuraua yrse
por no ponerlos en execucion. Diole el duque
licencia, y mandome que le acompañasse.
Venimos a mi ciudad, recibiole mi padre como
quien era. Vi yo luego a Luscinda, tornaron a
viuir, aunque no auian estado muertos ni
amortiguados, mis desseos, de los quales di
cuenta, por mi mal, a don Fernando, por
parecerme que, en la ley de la mucha amistad que
mostraua, no le deuia encubrir nada. Alabele
la hermosura, donayre y discrecion de Luscinda
de tal manera, que mis alabanças mouieron
en el los desseos de querer ver donzella
de tantas buenas partes adornada. Cumpliselos
yo, por mi corta suerte, enseñandosela
vna noche, a la luz de vna vela, por vna ventana
por donde los dos soliamos hablarnos. Viola
en sayo, tal, que todas las bellezas hasta
entonces por el vistas las puso en oluido.
Enmudecio, perdio el sentido, quedó absorto; y,
finalmente, tan enamorado, qual lo vereys en el
discurso del cuento de mi desuentura. Y, para
encenderle mas el desseo, que a mi me zelaua,
y al cielo a solas descubria, quiso la fortuna
que hallasse vn dia vn villete suyo pidiendome
que la pidiesse a su padre por esposa, tan
discreto, tan honesto y tan enamorado, que, en
leyendolo, me dixo que en sola Luscinda se
encerrauan todas las gracias de hermosura y
de entendimiento que en las demas mugeres
del mundo estauan repartidas.
  ”Bien es verdad que quiero confessar aora
que, puesto que yo veia con quán justas
causas don Fernando a Luscinda alabaua, me
pesaua de oyr aquellas alabanças de su boca,
y comence a temer y a rezelarme del,
porque no se passaua momento donde no quisiesse
que tratassemos de Luscinda, y el mouia la
platica aunque la truxesse por los cabellos,
cosa que despertaua en mi vn no se que de
zelos, no porque yo temiesse reues alguno de
la bondad y de la fe de Luscinda, pero, con
todo esso, me hazia temer mi suerte lo mesmo
que ella me asseguraua. Procuraua siempre
don Fernando leer los papeles que yo a
Luscinda embiaua y los que ella me respondia,
a titulo que de la discrecion de los dos gustaua
mucho. Acaecio, pues, que auiendome pedido
Luscinda vn libro de cauallerias en que leer,
de quien era ella muy aficionada, que era el
de Amadis de Gaula...”
  No huuo bien oydo don Quixote nombrar
libro de cauallerias, quando dixo:
  “Con que me dixera vuestra merced al
principio de su historia que su merced de la
señora Luscinda era aficionada a libros de
cauallerias, no fuera menester otra exageracion
para darme a entender la alteza de su
entendimiento, porque no le tuuiera tan bueno como
vos, señor, le aueys pintado, si careciera del
gusto de tan sabrosa leyenda; assi que para
conmigo no es menester gastar mas palabras
en declararme su hermosura, valor y entendimiento;
que, con solo auer entendido su aficion,
la confirmo por la mas hermosa y mas discreta
muger del mundo; y quisiera yo, señor, que
vuestra merced le huuiera embiado, junto con
Amadis de Gaula, al bueno de don Rugel de
Grecia, que yo se que gustara la señora
Luscinda mucho de Darayda y Geraya, y de
las discreciones del pastor Darinel, y de
aquellos admirables versos de sus Bucolicas,
cantadas y representadas por el con todo
donayre, discrecion y desemboltura; pero tiempo
podra venir en que se enmiende essa falta, y
no dura mas en hazerse la enmienda de
quanto quiera vuestra merced ser seruido de
venirse conmigo a mi aldea; que alli le podre
dar mas de trecientos libros, que son el regalo
de mi alma y el entretenimiento de mi vida,
aunque tengo para mi que ya no tengo ninguno,
merced a la malicia de malos y embidiosos
encantadores. Y perdoneme vuestra merced el
auer contrauenido a lo que prometimos de no
interromper su platica, pues en oyendo cosas
de cauallerias y de caualleros andantes, assi es
en mi mano dexar de hablar en ellos, como lo
es en la de los rayos del sol dexar de calentar,
ni humedecer en los de la luna. Assi que,
perdon, y proseguir, que es lo que aora haze mas
al caso.”
  En tanto que don Quixote estaua diziendo lo
que queda dicho, se le auia caydo a Cardenio
la cabeça sobre el pecho, dando muestras de
estar profundamente pensatiuo. Y puesto que
dos vezes le dixo don Quixote que prosiguiesse
su historia, ni alçaua la cabeça, ni respondia
palabra. Pero al cabo de vn buen espacio la
leuantó, y dixo:
  “No se me puede quitar del pensamiento, ni
aura quien me lo quite en el mundo, ni quien
me de a entender otra cosa, y seria vn majadero
el que lo contrario entendiesse o creyesse,
sino que aquel vellaconazo del maestro
Elisabat estaua amancebado con la reyna
Madasima.”
  “Esso no, ¡voto a tal!”, respondio con mucha
colera don Quixote, y arrojole, como tenia de
costumbre; “y essa es vna muy gran malicia,
o vellaqueria, por mejor dezir. La reyna
Madasima fue muy principal señora, y no se ha
de presumir que tan alta princessa se auia de
amancebar con vn sacapotras; y quien lo
contrario entendiere, miente como muy gran
vellaco. Y yo se lo dare a entender a pie o a
cauallo, armado o desarmado, de noche o de dia,
o como mas gusto le diere.”
  Estauale mirando Cardenio muy atentamente,
al qual ya auia venido el accidente de su
locura, y no estaua para proseguir su historia,
ni tampoco don Quixote se la oyera, segun
le auia disgustado lo que de Madasima le auia
oydo. ¡Estraño caso!, que assi boluio por ella
como si verdaderamente fuera su verdadera y
natural señora: tal le tenian sus descomulgados
libros. Digo, pues, que como ya Cardenio
estaua loco, y se oyo tratar de mentis y de
vellaco, con otros denuestos semejantes, pareciole
mal la burla, y alçó vn guijarro que halló
junto a si, y dio con el en los pechos tal
golpe a don Quixote, que le hizo caer de
espaldas. Sancho Pança, que de tal modo vio
parar a su señor, arremetio al loco con el puño
cerrado, y el Roto le recibio de tal suerte, que
con vna puñada dio con el a sus pies, y luego
se subio sobre el y le brumó las costillas muy
a su sabor. El cabrero, que le quiso defender,
corrio el mesmo peligro. Y despues que los
tuuo a todos rendidos y molidos, los dexó y se
fue con gentil sossiego a emboscarse en la
montaña.
  Leuantose Sancho, y con la rabia que tenia
de verse aporreado tan sin merecerlo, acudio
a tomar la vengança del cabrero, diziendole
que el tenia la culpa de no auerles auisado
que a aquel hombre le tomaua a tiempos la
locura; que si esto supieran, huuieran estado
sobre auiso para poderse guardar. Respondio
el cabrero que ya lo auia dicho, y que si el no
lo auia oydo, que no era suya la culpa. Replicó
Sancho Pança, y tornó a replicar el cabrero, y
fue el fin de las replicas asirse de las barbas y
darse tales puñadas, que si don Quixote no los
pusiera en paz, se hizieran pedaços. Dezia
Sancho, asido con el cabrero:
  “Dexeme vuestra merced, señor Cauallero
de la Triste Figura, que en este que es villano
como yo y no está armado cauallero, bien
puedo a mi saluo satisfazerme del agrauio que
me ha hecho, peleando con el mano a mano,
como hombre honrado.”
  “Assi es”, dixo don Quixote; “pero yo se
que el no tiene ninguna culpa de lo sucedido.”
  Con esto los apaziguo, y don Quixote boluio
a preguntar al cabrero si seria possible hallar
a Cardenio, porque quedaua con grandissimo
desseo de saber el fin de su historia. Dixole el
cabrero lo que primero le auia dicho, que
era no saber de cierto su manida, pero que si
anduuiesse mucho por aquellos contornos no
dexaria de hallarle, o cuerdo o loco.

                 Capitulo XXV

Que trata de las estrañas cosas que en Sierra
  Morena sucedieron al valiente cauallero de
  la Mancha, y de la imitacion que hizo a la
  penitencia de Beltenebros.

  Despidiose del cabrero don Quixote, y,
subiendo otra vez sobre Rozinante, mandó a
Sancho que le siguiesse, el qual lo hizo con su
jumento de muy mala gana. Yuanse poco a
poco entrando en lo mas aspero de la montaña,
y Sancho yua muerto por razonar con su amo,
y desseaua que el començasse la platica por
no contrauenir a lo que le tenia mandado; mas
no pudiendo sufrir tanto silencio, le dixo:
  “Señor don Quixote, vuestra merced me
eche su bendicion y me de licencia, que desde
aqui me quiero boluer a mi casa, y a mi muger
y a mis hijos, con los quales, por lo menos,
hablaré y departire todo lo que quisiere;
porque querer vuestra merced que vaya con el
por estas soledades de dia y de noche, y que
no le hable quando me diere gusto, es enterrarme
en vida. Si ya quisiera la suerte que los
animales hablaran, como hablauan en tiempo
de Guisopete, fuera menos mal, porque
departiera yo con mi jumento lo que me
viniera en gana, y con esto passara mi mala
ventura; que es rezia cosa, y que no se puede
lleuar en paciencia, andar buscando auenturas
toda la vida, y no hallar sino cozes y
manteamientos, ladrillazos y puñadas, y, con todo
esto, nos hemos de coser la boca, sin osar
dezir lo que el hombre tiene en su coraçon, como
si fuera mudo.”
  “Ya te entiendo, Sancho”, respondio don
Quixote; “tu mueres porque te alce el entredicho
que te tengo puesto en la lengua. Dale
por alçado y di lo que quisieres, con condicion
que no ha de durar este alçamiento mas de
en quanto anduuieremos por estas sierras.”
  “Sea ansi”, dixo Sancho; “hable yo aora,
que despues Dios sabe lo que sera; y començando
a gozar de esse saluoconduto, digo que
¿qué le yua a vuestra merced en boluer tanto
por aquella reyna Magimasa, o como se
llama? O ¿qué hazia al caso que aquel abad
fuesse su amigo o no? Que si vuestra merced
passara con ello, pues no era su juez, bien
creo yo que el loco passara adelante con su
historia, y se vuieran ahorrado el golpe del
guijarro y las cozes, y aun mas de seys
torniscones.”
  “A fe, Sancho”, respondio don Quixote, “que
si tu supieras, como yo lo se, quán honrada y
quán principal señora era la reyna Madasima,
yo se que dixeras que tuue mucha paciencia,
pues no quebre la boca por donde tales
blasfemias salieron. Porque es muy gran
blasfemia dezir ni pensar que vna reyna esté
amancebada con vn cirujano. La verdad del
cuento es que aquel maestro Elisabat, que el
loco dixo, fue vn hombre muy prudente y de
muy sanos consejos, y siruio de ayo y de
medico a la reyna. Pero, pensar que ella era su
amiga es disparate, digno de muy gran
castigo. Y porque veas que Cardenio no supo lo
que dixo, has de aduertir que quando lo dixo
ya estaua sin juyzio.”
  “Esso digo yo”, dixo Sancho; “que no auia
para qué hazer cuenta de las palabras de vn
loco, porque si la buena suerte no ayudara a
vuestra merced, y encaminara el guijarro a la
cabeça como le encaminó al pecho, buenos
quedaramos por auer buelto por aquella mi
señora, que Dios cohonda. Pues ¡montas que
no se librara Cardenio por loco!”
  “Contra cuerdos y contra locos”, [respondio
don Quixote], “está obligado qualquier
cauallero andante a boluer por la honra de las
mugeres, qualesquiera que sean; quanto mas por
las reynas de tan alta guisa y pro como fue
la reyna Madasima, a quien yo tengo particular
aficion por sus buenas partes; porque fuera
de auer sido fermosa, ademas fue muy prudente
y muy sufrida en sus calamidades, que
las tuuo muchas. Y los consejos y compañia
del maestro Elisabat le fue y le fueron de
mucho prouecho y aliuio para poder lleuar sus
trabajos con prudencia y paciencia. Y de aqui
tomó ocasion el vulgo, ignorante y mal
intencionado, de dezir y pensar que ella era su
manceba. ¡Y mienten, digo otra vez, y mentiran
otras dozientas, todos los que tal pensaren
y dixeren!”
  “Ni yo lo digo ni lo pienso”, respondio
Sancho. “Alla se lo ayan; con su pan se lo coman.
Si fueron amancebados o no, a Dios auran
dado la cuenta. De mis viñas vengo, no se
nada; no soy amigo de saber vidas agenas;
que el que compra y miente, en su bolsa lo
siente. Quanto mas, que desnudo naci, desnudo
me hallo: ni pierdo ni gano. Mas que lo
fuessen, ¿qué me va a mi? Y muchos piensan
que ay tozinos, y no ay estacas. Mas, ¿quién
puede poner puertas al campo? Quanto mas,
que de Dios dixeron.”
  “¡Valame Dios”, dixo don Quixote, “y qué de
necedades vas, Sancho, ensartando! ¿Qué va
de lo que tratamos a los refranes que enhilas?
Por tu vida, Sancho, que calles, y de aqui
adelante entremetete en espolear a tu asno, y
dexa de hazello en lo que no te importa. Y
entiende con todos tus cinco sentidos que todo
quanto yo he hecho, hago e hiziere, va muy
puesto en razon y muy conforme a las reglas
de caualleria, que las se mejor que quantos
caualleros las professaron en el mundo.”
  “Señor”, respondio Sancho, “y ¿es buena
regla de caualleria que andemos perdidos por
estas montañas, sin senda ni camino, buscando
[a vn loco], el qual, despues de hallado,
quiça le vendra en voluntad de acabar lo que
dexó començado, no de su cuento, sino de la
cabeça de vuestra merced y de mis costillas,
acabandonoslas de romper de todo punto?”
  “¡Calla, te digo otra vez, Sancho!”, dixo don
Quixote; “porque te hago saber que no solo
me trae por estas partes el desseo de hallar al
loco, quanto el que tengo de hazer en ellas
vna hazaña con que he de ganar perpetuo
nombre y fama en todo lo descubierto de la
tierra, y sera tal, que he de echar con ella el
sello a todo aquello que puede hazer perfecto
y famoso a vn andante cauallero.”
  “Y ¿es de muy gran peligro essa hazaña?”,
preguntó Sancho Pança.
  “No”, respondio el de la Triste Figura,
“puesto que de tal manera podia correr el
dado, que echassemos azar en lugar de
encuentro; pero todo ha de estar en tu
diligencia.”
  “¿En mi diligencia?”, dixo Sancho.
  “Si”, dixo don Quixote, “porque si buelues
presto de adonde pienso embiarte, presto se
acabará mi pena, y presto començará mi
gloria; y porque no es bien que te tenga mas
suspenso esperando en lo que han de parar
mis razones, quiero, Sancho, que sepas que el
famoso Amadis de Gaula fue vno de los mas
perfectos caualleros andantes. No he dicho
bien, fue vno: fue el solo, el primero, el vnico,
el señor de todos quantos vuo en su tiempo
en el mundo. ¡Mal año y mal mes para don
Belianis y para todos aquellos que dixeren
que se le ygualó en algo, porque se engañan,
juro cierto! Digo, assi mismo, que quando
algun pintor quiere salir famoso en su arte,
procura imitar los originales de los mas vnicos
pintores que sabe. Y esta mesma regla corre
por todos los mas oficios o exercicios de
cuenta que siruen para adorno de las republicas.
Y assi lo ha de hazer y haze el que quiere
alcançar nombre de prudente y sufrido, imitando
a Vlises, en cuya persona y trabajos nos
pinta Omero vn retrato viuo de prudencia y
de sufrimiento; como tambien nos mostro Virgilio,
en persona de Eneas, el valor de vn hijo
piadoso y la sagacidad de vn valiente y entendido
capitan, no pintandolo ni descubriendolo
como ellos fueron, sino como auian de
ser, para quedar exemplo a los venideros
hombres de sus virtudes. Desta mesma suerte,
Amadis fue el norte, el luzero, el sol de los
valientes y enamorados caualleros, a quien
deuemos de imitar todos aquellos que debaxo
de la vandera de amor y de la caualleria
militamos. Siendo, pues, esto ansi, como lo es,
hallo yo, Sancho amigo, que el cauallero
andante que mas le imitare, estara mas cerca de
alcançar la perfecion de la caualleria. Y vna
de las cosas en que mas este cauallero mostro
su prudencia, valor, valentia, sufrimiento,
firmeça y amor, fue quando se retiró, desdeñado
de la señora Oriana, a hazer penitencia
en la Peña Pobre, mudado su nombre en
el de Beltenebros, nombre por cierto significatiuo
y proprio para la vida que el de su
voluntad auia escogido. Ansi que me es a mi
mas facil imitarle en esto que no en hender
gigantes, descabeçar serpientes, matar endriagos,
desbaratar exercitos, fracasar armadas y
deshazer encantamentos. Y pues estos lugares
son tan acomodados para semejantes efectos,
no ay para que se dexe passar la ocasion,
que aora con tanta comodidad me ofrece
sus guedejas.”
  “En efecto”, dixo Sancho, “¿qué es lo que
vuestra merced quiere hazer en este tan
remoto lugar?”
  “¿Ya no te he dicho”, respondio don Quixote,
“que quiero imitar a Amadis haziendo aqui del
desesperado, del sandio y del furioso, por
imitar juntamente al valiente don Roldan, quando
halló en vna fuente las señales de que Angelica
la Bella auia cometido vileza con Medoro,
de cuya pesadumbre se boluio loco, y
arrancó los arboles, enturbió las aguas de las
claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados,
abrasó choças, derribó casas, arrastró yeguas,
y hizo otras cien mil insolencias dignas
de eterno nombre y escritura? Y, puesto que yo
no pienso imitar a Roldan, o Orlando, o
Rotolando --que todos estos tres nombres tenia--,
parte por parte en todas las locuras que hizo,
dixo y penso, hare el bosquexo como mejor
pudiere en las que me pareciere ser mas
essenciales; y podra ser que viniesse a contentarme
con sola la imitacion de Amadis, que sin hazer
locuras de daño, sino de lloros y sentimientos,
alcançó tanta fama como el que mas.”
  “Pareceme a mi”, dixo Sancho, “que los
caualleros que lo tal fizieron fueron prouocados
y tuuieron causa para hazer essas necedades
y penitencias. Pero vuestra merced, ¿qué
causa tiene para boluerse loco, qué dama le ha
desdeñado, o qué señales ha hallado que le
den a entender que la señora Dulzinea del
Toboso ha hecho alguna niñeria con moro o
christiano?”
  “Ahi está el punto”, respondio don Quixote,
“y essa es la fineza de mi negocio. Que
boluerse loco vn cauallero andante con causa, ni
grado ni gracias; el toque está desatinar sin
ocasion, y dar a entender a mi dama que si en
seco hago esto, ¿qué hiziera en mojado? Quanto
mas, que harta ocasion tengo en la larga
ausencia que he hecho de la siempre señora mia
Dulzinea del Toboso, que, como ya oyste dezir
a aquel pastor de marras, Ambrosio: «quien
»está ausente, todos los males tiene y teme».
Assi que, Sancho amigo, no gastes tiempo en
aconsejarme que dexe tan rara, tan felize y
tan no vista imitacion. Loco soy, loco he de
ser hasta tanto que tu bueluas con la respuesta
de vna carta que contigo pienso embiar a mi
señora Dulzinea; y si fuere tal qual a mi fe se
le deue, acabarse a mi sandez y mi penitencia;
y si fuere al contrario, sere loco de veras, y
siendolo, no sentire nada. Ansi que, de
qualquiera manera que responda, saldre del conflito
y trabajo en que me dexares: gozando el bien
que me truxeres, por cuerdo, o no sintiendo el
mal que me aportares, por loco. Pero dime,
Sancho, ¿traes bien guardado el yelmo de
Mambrino? Que ya vi que le alçaste del suelo
quando aquel desagradecido le quiso hazer
pedazos; pero no pudo, donde se puede echar de
ver la fineza de su temple.”
  A lo qual respondio Sancho:
  “¡Viue Dios, señor Cauallero de la Triste
Figura, que no puedo sufrir ni lleuar en paciencia
algunas cosas que vuestra merced dize!; y
que por ellas vengo a imaginar que todo quanto
me dize de cauallerias y de alcançar reynos
e imperios, de dar insulas y de hazer otras
mercedes y grandezas, como es vso de caualleros
andantes, que todo deue de ser cosa de
viento y mentira, y todo pastraña, o patraña, o
como lo llamaremos. Porque quien oyere dezir
a vuestra merced que vna bazia de barbero es
el yelmo de Mambrino, y que no salga de este
error en mas de quatro dias, ¿qué ha de pensar
sino que quien tal dize y afirma deue de tener
guero el juyzio? La bazia yo la lleuo en el
costal toda abollada, y lleuola para adereçarla en
mi casa y hazerme la barba en ella, si Dios me
diere tanta gracia que algun dia me vea con
mi muger y hijos.”
  “Mira, Sancho, por el mismo que denantes
juraste, te juro”, dixo don Quixote, “que tienes
el mas corto entendimiento que tiene ni tuuo
escudero en el mundo. ¿Que es possible que
en quanto ha que andas conmigo no has echado
de ver que todas las cosas de los caualleros
andantes parecen quimeras, necedades y
desatinos, y que son todas hechas al reues? Y no
porque sea ello ansi, sino porque andan entre
nosotros siempre vna caterua de encantadores
que todas nuestras cosas mudan y truecan,
y les bueluen segun su gusto y segun tienen
la gana de fauorecernos o destruyrnos, y assi,
esso que a ti te parece bazia de barbero me
parece a mi el yelmo de Mambrino, y a otro le
parecera otra cosa. Y fue rara prouidencia del
sabio que es de mi parte hazer que parezca
bazia a todos lo que real y verdaderamente es
yelmo de Mambrino, a causa que, siendo el de
tanta estima, todo el mundo me perseguira
por quitarmele, pero como ven que no es mas
de vn bazin de barbero, no se curan de procuralle,
como se mostro bien en el que quiso rompelle
y le dexó en el suelo sin lleuarle; que a fe
que si le conociera, que nunca el le dexara.
Guardale, amigo, que por aora no le he
menester; que antes me tengo de quitar todas
estas armas y quedar desnudo como quando
naci, si es que me da en voluntad de seguir en
mi penitencia mas a Roldan que a Amadis.”
  Llegaron en estas platicas al pie de vna alta
montaña, que casi como peñon tajado estaua
sola entre otras muchas que la rodeauan. Corria
por su falda vn manso arroyuelo, y haziase
por toda su redondez vn prado tan verde y
vicioso, que daua contento a los ojos que le
mirauan. Auia por alli muchos arboles
siluestres, y algunas plantas y flores que hazian
el lugar apazible. Este sitio escogio el cauallero
de la Triste Figura para hazer su penitencia, y
assi, en viendole, començo a dezir en voz alta,
como si estuuiera sin juyzio:
  “Este es el lugar, ¡o, cielos!, que diputo y
escojo para llorar la desuentura en que vosotros
mesmos me aueys puesto. Este es el sitio
donde el humor de mis ojos acrecentará las
aguas deste pequeño arroyo, y mis continos
y profundos sospiros moueran a la contina
las hojas destos montarazes arboles, en
testimonio y señal de la pena que mi assendereado
coraçon padece. ¡O vosotros, quien quiera que
seays, rusticos dioses, que en este inhabitable
lugar teneys vuestra morada: oyd las quexas
deste desdichado amante, a quien vna luenga
ausencia y vnos ymaginados zelos han traydo
a lamentarse entre estas hasperezas, y a quexarse
de la dura condicion de aquella ingrata y
bella, termino y fin de toda humana hermosura!
¡O vosotras, napeas y driadas, que teneys
por costumbre de habitar en las espessuras de
los montes, assi los ligeros y lasciuos satiros,
de quien soys, aunque en vano, amadas, no
perturben jamas vuestro dulce sossiego, que
me ayudeys a lamentar mi desuentura, o, a lo
menos, no os canseys de oylla! ¡O Dulzinea
del Toboso, dia de mi noche, gloria de mi
pena, norte de mis caminos, estrella de mi
ventura, assi el cielo te la de buena en quanto
acertares a pedirle, que consideres el lugar y
el estado a que tu ausencia me ha conduzido,
y que con buen termino correspondas al que
a mi fe se le deue! ¡O solitarios arboles, que
desde oy en adelante aueys de hazer compañia
a mi soledad: dad indicio, con el blando
mouimiento de vuestras ramas, que no os
desagrade mi presencia! ¡O tu, escudero mio,
agradable compañero en mas prosperos y
aduersos sucessos, toma bien en la memoria lo
que aqui me veras hazer, para que lo cuentes
y recites a la causa total de todo ello!”
  Y diziendo esto, se apeó de Rozinante, y en
vn momento le quitó el freno y la silla, y,
dandole vna palmada en las ancas, le dixo:
  “Libertad te da el que sin ella queda, ¡o
cauallo tan estremado por tus obras quan desdichado
por tu suerte! Vete por do quisieres; que
en la frente lleuas escrito que no te ygualó en
ligereza el Hipogrifo de Astolfo, ni el
nombrado Frontino, que tan caro le costo a
Bradamante.”
  Viendo esto Sancho, dixo:
  “Bien aya quien nos quitó aora del trabajo
de desenalbardar al ruzio; que a fe que no
faltaran palmadicas que dalle ni cosas que
dezille en su alabança; pero si el aqui estuuiera,
no consintiera yo que nadie le desalbardara,
pues no auia para qué; que a el no le
tocauan las generales de enamorado ni de
desesperado, pues no lo estaua su amo, que
era yo, quando Dios queria. Y, en verdad, señor
Cauallero de la Triste Figura, que si es que
mi partida y su locura de vuestra merced va
de veras, que sera bien tornar a ensillar a
Rozinante para que supla la falta del ruzio,
porque sera ahorrar tiempo a mi yda y buelta;
que si la hago a pie, no se quando llegaré ni
quando boluere, porque, en resolucion, soy mal
caminante.”
  “Digo, Sancho”, respondio don Quixote, “que
sea como tu quisieres, que no me parece mal
tu designio; y digo que de aqui a tres dias te
partiras, porque quiero que en este tiempo
veas lo que por ella hago y digo, para que se
lo digas.”
  “Pues ¿qué mas tengo de ver”, dixo
Sancho, “que lo que he visto?”
  “Bien estás en el cuento”, respondio don
Quixote; “ahora me falta rasgar las vestiduras,
esparzir las armas, y darme de calabaçadas
por estas peñas, con otras cosas deste jaez,
que te han de admirar.”
  “¡Por amor de Dios!”, dixo Sancho, “que
mire vuestra merced cómo se da essas calabaçadas;
que a tal peña podra llegar, y en tal
punto, que con la primera se acabasse la
maquina desta penitencia; y seria yo de parecer
que, ya que a vuestra merced le parece que
son aqui necessarias calabaçadas y que no se
puede hazer esta obra sin ellas, se contentasse,
pues todo esto es fingido y cosa contrahecha
y de burla, se contentase, digo, con
darselas en el agua, o en alguna cosa blanda,
como algodon, y dexeme a mi el cargo, que
yo dire a mi señora que vuestra merced se las
daua en vna punta de peña mas dura que la
de vn diamante.”
  “Yo agradezco tu buena intencion, amigo
Sancho”, respondio don Quixote; “mas quierote
hazer sabidor de que todas estas cosas que
hago no son de burlas, sino muy de veras;
porque de otra manera, seria contrauenir a las
ordenes de caualleria, que nos mandan que
no digamos mentira alguna, pena de relasos,
y el hazer vna cosa por otra, lo mesmo
es que mentir. Ansi que mis calabaçadas
han de ser verdaderas, firmes y valederas,
sin que lleuen nada del sofistico ni del
fantastico. Y sera necessario que me dexes
algunas hilas para curarme, pues que la
ventura quiso que nos faltasse el balsamo que
perdimos.”
  “Mas fue perder el asno”, respondio Sancho,
“pues se perdieron en el las hilas y todo,
y ruegole a vuestra merced que no se acuerde
mas de aquel maldito breuage, que en solo
oyrle mentar se me rebuelue el alma, no
que el estomago. Y mas le ruego, que haga
cuenta que son ya passados los tres dias que
me ha dado de termino para ver las locuras
que haze, que ya las doy por vistas y por
passadas, en cosa juzgada, y dire marauillas a mi
señora; y escriua la carta y despacheme
luego, porque tengo gran desseo de boluer a
sacar a vuestra merced deste purgatorio donde
le dexo.”
  “¿Purgatorio le llamas, Sancho?”, dixo don
Quixote; “mejor hizieras de llamarle infierno,
y aun peor, si ay otra cosa que lo sea.”
  “Quien ha infierno”, respondio Sancho,
“nula es retencio, segun he oydo dezir.”
  “No entiendo qué quiere dezir retencio”, dixo
don Quixote.
  “Retencio es”, respondio Sancho, “que
quien está en el infierno nunca sale del, ni
puede. Lo qual sera al reues en vuestra merced,
o a mi me andaran mal los pies, si es que
lleuo espuelas para auiuar a Rozinante; y
pongame yo vna por vna en el Toboso y delante
de mi señora Dulzinea; que yo le dire tales
cosas de las necedades y locuras, que todo es
vno, que vuestra merced ha hecho y queda
haziendo, que la venga a poner mas blanda
que vn guante, aunque la halle mas dura que
vn alcornoque; con cuya respuesta, dulze y
melificada, boluere por los ayres como bruxo,
y sacaré a vuestra merced deste purgatorio,
que parece infierno y no lo es, pues ay esperança
de salir del, la qual, como tengo dicho,
no la tienen de salir los que estan en el infierno,
ni creo que vuestra merced dira otra cosa.”
  “Assi es la verdad”, dixo el de la Triste
Figura; “pero ¿qué haremos para escriuir la
carta?”
  “Y la librança pollinezca tambien”, añadio
Sancho.
  “Todo yra inserto”, dixo don Quixote; “y
seria bueno, ya que no ay papel, que la
escriuiessemos, como hazian los antiguos, en hojas
de arboles o en vnas tablitas de cera; aunque
tan dificultoso sera hallarse esso aora como el
papel. Mas ya me ha venido a la memoria
donde sera bien, y aun mas que bien, escriuilla,
que es en el librillo de memoria que fue
de Cardenio, y tu tendras cuydado de hazerla
trasladar en papel, de buena letra, en el
primer lugar que hallares donde aya maestro de
escuela de muchachos, o si no, qualquiera
sacristan te la trasladará, y no se la des a
trasladar a ningun escriuano, que hazen letra
processada, que no la entendera Satanas.”
  “Pues ¿qué se ha de hazer de la firma?”,
dixo Sancho.
  “Nunca las cartas de Amadis se firman”,
respondio don Quixote.
  “Está bien”, respondio Sancho; “pero la
librança forçosamente se ha de firmar, y essa si
se traslada, diran que la firma es falsa, y
quedareme sin pollinos.”
  “La librança yra en el mesmo librillo
firmada, que en viendola mi sobrina, no pondra
dificultad en cumplilla. Y en lo que toca a la
carta de amores, pondras por firma: «Vuestro
»hasta la muerte, el Cauallero de la Triste
»Figura.» Y hara poco al caso que vaya de mano
agena, porque, a lo que yo me se acordar, Dulzinea
no sabe escriuir ni leer, y en toda su vida
ha visto letra mia, ni carta mia, porque mis
amores y los suyos han sido siempre platonicos,
sin estenderse a mas que a vn honesto mirar.
Y aun esto tan de quando en quando, que
osaré jurar con verdad que en doze años que
ha que la quiero mas que a la lumbre destos
ojos que han de comer la tierra, no la he visto
quatro vezes, y aun podra ser que destas quatro
vezes no vuiesse ella echado de ver la vna
que la miraua: tal es el recato y encerramiento
con que su padre Lorenço Corchuelo y su
madre Aldonça Nogales la han criado.”
  “¡Ta, ta!”, dixo Sancho. “¿Que la hija de
Lorenço Corchuelo es la señora Dulzinea del
Toboso, llamada por otro nombre Aldonça
Lorenço?”
  “Essa es”, dixo don Quixote, “y es la que
merece ser señora de todo el vniuerso.”
  “Bien la conozco”, dixo Sancho, “y se dezir
que tira tan bien vna barra como el mas forçudo
çagal de todo el pueblo. ¡Viue el Dador,
que es moça de chapa, hecha y derecha, y
de pelo en pecho, y que puede sacar la barba
del lodo a qualquier cauallero andante, o por
andar, que la tuuiere por señora! ¡O, hideputa,
qué rejo que tiene y qué voz! Se dezir que se
puso vn dia encima del campanario del aldea
a llamar vnos çagales suyos que andauan en
vn baruecho de su padre, y aunque estauan
de alli mas de media legua, assi la oyeron
como si estuuieran al pie de la torre; y lo
mejor que tiene es que no es nada melindrosa,
porque tiene mucho de cortesana: con todos se
burla y de todo haze mueca y donayre. Aora
digo, señor Cauallero de la Triste Figura, que
no solamente puede y deue vuestra merced
hazer locuras por ella, sino que con justo titulo
puede desesperarse, y ahorcarse; que nadie
aura que lo sepa que no diga que hizo demasiado
de bien, puesto que le lleue el diablo.
Y querria ya verme en camino solo por vella,
que ha muchos dias que no la veo, y deue de
estar ya trocada, porque gasta mucho la faz de
las mugeres andar siempre al campo, al sol y
al ayre. Y confiesso a vuestra merced vna
verdad, señor don Quixote: que hasta aqui he
estado en vna grande ignorancia; que pensaua
bien y fielmente que la señora Dulzinea deuia
de ser alguna princesa de quien vuestra
merced estaua enamorado, o alguna persona tal,
que mereciesse los ricos presentes que vuestra
merced le ha embiado, assi el del Vizcayno
como el de los galeotes, y otros muchos que
deuen ser, segun deuen de ser muchas las
vitorias que vuestra merced ha ganado y ganó
en el tiempo que yo aun no era su escudero.
Pero bien considerado, ¿qué se le ha de dar a
la señora Aldonça Lorenço, digo, a la señora
Dulzinea del Toboso, de que se le vayan a hincar
de rodillas delante della los vencidos que
vuestra merced le embia y ha de embiar?
Porque podria ser que al tiempo que ellos
llegassen estuuiesse ella rastrillando lino, o
trillando en las heras, y ellos se corriessen de
verla, y ella se riesse y enfadasse del
presente.”
  “Ya te tengo dicho antes de agora
muchas vezes, Sancho”, dixo don Quixote, “que
eres muy grande hablador, y que, aunque de
ingenio boto, muchas vezes despuntas de
agudo; mas para que veas quán necio eres tu
y quán discreto soy yo, quiero que me oyas
vn breue cuento: Has de saber que vna viuda
hermosa, moça, libre y rica, y, sobre todo,
desenfadada, se enamoró de vn moço motilon,
rollizo y de buen tomo; alcançolo a saber su
mayor, y vn dia dixo a la buena viuda, por
via de fraternal reprehension: «Marauillado
»estoy, señora, y no sin mucha causa, de que vna
»muger tan principal, tan hermosa y tan rica
»como vuestra merced, se aya enamorado de
»vn hombre tan soez, tan baxo y tan idiota
»como Fulano, auiendo en esta casa tantos
»maestros, tantos presentados y tantos teologos
»en quien vuestra merced pudiera escoger,
»como entre peras, y dezir: este quiero, aqueste
»no quiero.» Mas ella le respondio con mucho
donayre y desemboltura: «Vuestra merced,
»señor mio, esta muy engañado, y piensa muy a
»lo antiguo, si piensa que yo he escogido mal
»en Fulano por idiota que le parece, pues para
»lo que yo le quiero, tanta filosofia sabe y mas
»que Aristoteles.» Assi que, Sancho, por lo
que yo quiero a Dulzinea del Toboso, tanto
vale como la mas alta princesa de la tierra. Si,
que no todos los poetas que alaban damas
debaxo de vn nombre que ellos a su aluedrio
les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas
tu que las Amariles, las Filis, las
Siluias, las Dianas, las Galateas, las Filidas
y otras tales de que los libros, los
romances, las tiendas de los barberos, los
teatros de las comedias, estan llenos, fueron
verdaderamente damas de carne y huesso, y de
aquellos que las celebran y celebraron? No, por
cierto, sino que las mas se las fingen por dar
subjeto a sus versos, y porque los tengan
por enamorados y por hombres que tienen
valor para serlo. Y assi, bastame a mi pensar y
creer que la buena de Aldonça Lorenço es
hermosa y honesta; y, en lo del linage, importa
poco, que no han de yr a hazer la informacion
del para darle algun abito, y yo me hago cuenta
que es la mas alta princesa del mundo. Porque
has de saber, Sancho, si no lo sabes, que
dos cosas solas incitan a amar mas que otras,
que son la mucha hermosura y la buena fama,
y estas dos cosas se hallan consumadamente
en Dulzinea, porque en ser hermosa ninguna
le yguala, y en la buena fama pocas le llegan.
Y para concluyr con todo, yo imagino que
todo lo que digo es assi, sin que sobre ni falte
nada; y pintola en mi imaginacion como la
desseo, assi en la belleza como en la
principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcança
Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mugeres de
las edades preteritas, griega, barbara o latina.
Y diga cada vno lo que quisiere; que si por
esto fuere reprehendido de los ignorantes, no
sere castigado de los rigurosos.”
  “Digo que en todo tiene vuestra merced
razon”, respondio Sancho, “y que yo soy vn
asno; mas no se yo para qué nombro asno en
mi boca, pues no se ha de mentar la soga en
casa del ahorcado. Pero venga la carta, y a
Dios, que me mudo.”
  Sacó el libro de memoria don Quixote, y,
apartandose a vna parte, con mucho sossiego
començo a escriuir la carta, y, en acabandola,
llamó a Sancho y le dixo que se la queria
leer porque la tomasse de memoria, si acaso
se le perdiesse por el camino, porque de su
desdicha todo se podia temer. A lo qual
respondio Sancho:
  “Escriuala vuestra merced dos o tres vezes
ahi en el libro, y demele, que yo le lleuaré
bien guardado; porque pensar que yo la he
de tomar en la memoria es disparate, que la
tengo tan mala, que muchas vezes se me oluida
cómo me llamo. Pero, con todo esso, digamela
vuestra merced, que me holgaré mucho
de oylla, que deue de yr como de molde.”
  “Escucha, que assi dize”, dixo don Quixote:

CARTA DE DON QVIXOTE
                      A DVLZINEA DEL TOBOSO

     “Soberana y alta señora:

  ”El ferido de punta de ausencia y el llagado
de las telas del coraçon, dulcissima Dulzinea
del Toboso, te embia la salud que el no
tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu
valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi
afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido,
mal podre sostenerme en esta cuyta, que,
ademas de ser fuerte, es muy duradera. Mi
buen escudero Sancho te dara entera relacion,
¡o bella ingrata, amada enemiga mia!, del
modo que por tu causa quedo. Si gustares de
acorrerme, tuyo soy, y si no, haz lo que te
viniere en gusto, que con acabar mi vida aure
satisfecho a tu crueldad y a mi desseo.
  ”Tuyo hasta la muerte,

          ”El Cauallero de la Triste Figura.”

  “¡Por vida de mi padre”, dixo Sancho en
oyendo la carta, “que es la mas alta cosa que
jamas he oydo! ¡Pesia a mi, y cómo que le dize
vuestra merced ahi todo quanto quiere, y qué
bien que encaxa en la firma el Cauallero de la
Triste Figura! Digo de verdad que es vuestra
merced el mesmo diablo, y que no ay cosa
que no sepa.”
  “Todo es menester”, respondio don
Quixote, “para el oficio que trayo.”
  “Ea, pues”, dixo Sancho, “ponga vuestra
merced en essotra buelta la cedula de los tres
pollinos, y firmela con mucha claridad, porque
la conozcan en viendola.”
  “Que me plaze”, dixo don Quixote.
  Y, auiendola escrito, se la leyo, que dezia
ansi:
  “Mandará vuestra merced, por esta primera
de pollinos, señora sobrina, dar a Sancho
Pança, mi escudero, tres de los cinco que dexé
en casa y estan a cargo de vuestra merced.
Los quales tres pollinos se los mando librar
y pagar por otros tantos aqui recebidos de
contado; que con esta, y con su carta de
pago seran bien dados. Fecha en las entrañas
de Sierra Morena, a veynte y dos de agosto
deste presente año.”
  “Buena está”, dixo Sancho; “firmela
vuestra merced.”
  “No es menester firmarla”, dixo don
Quixote, “sino solamente poner mi rubrica, que
es lo mesmo que firma, y para tres asnos, y
aun para trezientos, fuera bastante.”
  “Yo me confio de vuestra merced”, respondio
Sancho; “dexeme, yre a ensillar a Rozinante,
y aparejese vuestra merced a echarme su
bendicion, que luego pienso partirme, sin ver
las sandezes que vuestra merced ha de hazer,
que yo dire que le vi hazer tantas, que no
quiera mas.”
  “Por lo menos quiero, Sancho, y porque es
menester ansi, quiero, digo, que me veas
en cueros y hazer vna o dos dozenas de locuras,
que las hare en menos de media hora, porque
auiendolas tu visto por tus ojos, puedas
jurar a tu saluo en las demas que quisieres
añadir; y assegurote que no diras tu tantas
quantas yo pienso hazer.”
  “¡Por amor de Dios, señor mio, que no vea
yo en cueros a vuestra merced, que me dara
mucha lastima y no podre dexar de llorar!; y
tengo tal la cabeça del llanto que anoche
hize por el ruzio, que no estoy para meterme
en nueuos lloros; y si es que vuestra merced
gusta de que yo vea algunas locuras, hagalas
vestido, breues y las que le vinieren mas a
cuento. Quanto mas que para mi no era
menester nada desso, y, como ya tengo dicho,
fuera ahorrar el camino de mi buelta, que ha
de ser con las nueuas que vuestra merced
dessea y merece. Y si no, aparejese la señora
Dulzinea; que si no responde como es razon,
voto hago solene a quien puedo que le tengo
de sacar la buena respuesta del estomago a
cozes y a vofetones. Porque, ¿dónde se ha de
sufrir que vn cauallero andante, tan famoso
como vuestra merced, se buelua loco, sin qué
ni para qué, por vna...? No me lo haga dezir la
señora, porque por Dios que despotrique y lo
eche todo a doze, aunque nunca se venda.
¡Bonico soy yo para esso! ¡Mal me conoce, pues
a fe que si me conociesse, que me ayunasse!”
  “A fe, Sancho”, dixo don Quixote, “que,
a lo que parece, que no estas tu mas cuerdo
que yo.”
  “No estoy tan loco”, respondio Sancho, “mas
estoy mas colerico. Pero dexando esto aparte,
¿qué es lo que ha de comer vuestra merced en
tanto que yo bueluo? ¿Ha de salir al camino,
como Cardenio, a quitarselo a los pastores?”
  “No te de pena esse cuydado”, respondio
don Quixote, “porque, aunque tuuiera, no
comiera otra cosa que las yeruas y frutos que
este prado y estos arboles me dieren; que la
fineza de mi negocio está en no comer y en
hazer otras asperezas equiualentes.”
  “A Dios, pues”, [dixo Sancho]. “Pero ¿sabe
vuestra merced que temo que no tengo de
acertar a boluer a este lugar donde agora le
dexo, segun está de escondido?”
  “Toma bien las señas, que yo procuraré no
apartarme destos contornos”, dixo don
Quixote, “y aun tendre cuydado de subirme por
estos mas altos riscos, por ver si te descubro
quando bueluas. Quanto mas que lo mas acertado
sera, para que no me yerres y te pierdas,
que cortes algunas retamas de las muchas que
por aqui ay, y las vayas poniendo de trecho a
trecho hasta salir a lo raso, las quales te
seruiran de mojones y señales para que me halles
quando bueluas, a imitacion del hilo del
laberinto de Perseo.”
  “Assi lo hare”, respondio Sancho Pança; y
cortando algunos pidio la bendicion a su
señor, y, no sin muchas lagrimas de entrambos,
se despidio del. Y, subiendo sobre Rozinante,
a quien don Quixote encomendo mucho, y que
mirasse por el como por su propria persona,
se puso en camino del llano, esparziendo de
trecho a trecho los ramos de la retama, como
su amo se lo auia aconsejado. Y assi se fue,
aunque todauia le importunaua don Quixote
que le viesse siquiera hazer dos locuras. Mas
no vuo andado cien passos, quando boluio
y dixo:
  “Digo, señor, que vuestra merced ha dicho
muy bien: que para que pueda jurar sin cargo
de conciencia que le he visto hazer locuras,
sera bien que vea siquiera vna, aunque bien
grande la he visto en la quedada de vuestra
merced.”
  “¿No te lo dezia yo?”, dixo don Quixote:
“¡Esperate, Sancho, que en vn credo las hare!”
  Y, desnudandose con toda priessa los calçones,
quedó en carnes y en pañales, y luego, sin
mas ni mas, dio dos çapatetas en el ayre y dos
tumbas la cabeça abaxo y los pies en alto,
descubriendo cosas, que, por no verlas otra vez,
boluio Sancho la rienda a Rozinante, y se dio
por contento y satisfecho de que podia jurar
que su amo quedaua loco. Y assi, le dexaremos
yr su camino hasta la buelta, que fue breue.

                Capitulo XXVI

Donde se prosiguen las finezas que de enamorado
      hizo don Quixote en Sierra Morena.

  Y, boluiendo a contar lo que hizo el de la
Triste Figura despues que se vio solo, dize la
historia que assi como don Quixote acabó de
dar las tumbas o bueltas de medio abaxo desnudo,
y de medio arriba vestido, y que vio que
Sancho se auia ydo sin querer aguardar a ver
mas sandezes, se subio sobre vna punta de vna
alta peña, y alli tornó a pensar lo que otras
muchas vezes auia pensado, sin auerse jamas
resuelto en ello, y era que quál seria mejor y
le estaria mas a cuento: imitar a Roldan en las
locuras desaforadas que hizo, o Amadis en
las malenconicas; y, hablando entre si mesmo,
dezia: “Si Roldan fue tan buen cauallero
y tan valiente como todos dizen, ¿qué marauilla?,
pues al fin era encantado, y no le podia
matar nadie si no era metiendole vn alfiler de
a blanca por la punta del pie, y el trahia
siempre los çapatos con siete suelas de hierro,
aunque no le valieron tretas contra Bernardo
del Carpio, que se las entendio y le ahogó
entre los braços en Ronzesvalles. Pero
dexando en el lo de la valentia a vna parte,
vengamos a lo de perder el juyzio, que es cierto
que le perdio por las señales que halló en la
[fontana], y por las nueuas que le dio el
pastor de que Angelica auia dormido mas de dos
siestas con Medoro, vn morillo de cabellos
enrriçados y paje de Agramante. Y si el
entendio que esto era verdad y que su dama le
auia cometido desaguissado, no hizo mucho
en boluerse loco. Pero yo, ¿cómo puedo imitalle
en las locuras, si no le imito en la
ocasion dellas?, porque mi Dulzinea del Toboso
ossaré yo jurar que no ha visto en todos los
dias de su vida moro alguno, ansi como el
es, en su mismo traje, y que se está oy como la
madre que la pario; y hariale agrauio
manifiesto si, imaginando otra cosa della, me
boluiesse loco de aquel genero de locura de
Roldan el furioso.
  ”Por otra parte, veo que Amadis de Gaula,
sin perder el juyzio y sin hazer locuras,
alcançó tanta fama de enamorado como el que
mas, porque lo que hizo, segun su historia, no
fue mas de que, por verse desdeñado de su
señora Oriana, que le auia mandado que no
pareciesse ante su presencia hasta que fuesse
su voluntad, de que se retiró a la Peña
Pobre en compañia de vn ermitaño, y alli se
hartó de llorar y de encomendarse a Dios,
hasta que el cielo le acorrio en medio de
su mayor cuyta y necessidad. Y si esto es
verdad, como lo es, ¿para qué quiero yo tomar
trabajo agora de desnudarme del todo, ni dar
pesadumbre a estos arboles, que no me han
hecho mal alguno, ni tengo para qué enturbiar
el agua clara destos arroyos, los quales me
han de dar de beuer quando tenga gana? Viua
la memoria de Amadis, y sea imitado de don
Quixote de la Mancha en todo lo que pudiere;
del qual se dira lo que del otro se dixo, que
si no acabó grandes cosas, murio por acometellas;
y si yo no soy desechado ni desdeñado
de Dulzinea del Toboso, bastame, como ya
he dicho, estar ausente della. ¡Ea, pues, manos
a la obra! Venid a mi memoria, cosas de
Amadis, y enseñadme por dónde tengo de començar
a imitaros; mas ya se que lo mas que el
hizo fue rezar y encomendarse a Dios; pero,
¿qué hare de rosario, que no le tengo?”
  En esto le vino al pensamiento cómo le haria,
y fue que rasgó vna gran tira de las faldas
de la camisa, que andauan colgando, y diole
honze ñudos, el vno mas gordo que los demas,
y esto le siruio de rosario el tiempo que alli
estuuo, donde rezó vn millon de Aue Marias.
Y lo que le fatigaua mucho era no hallar por
alli otro ermitaño que le confessasse y con
quien consolarse. Y, assi, se entretenia
passeandose por el pradezillo, escriuiendo y
grauando por las cortezas de los arboles y por la
menuda arena muchos versos, todos acomodados
a su tristeza, y algunos en alabança de
Dulzinea. Mas los que se pudieron hallar
enteros, y que se pudiessen leer despues que a
el alli le hallaron, no fueron mas que estos que
aqui se siguen:

       Arboles, yeruas y plantas
     que en aqueste sitio estays,
     tan altos, verdes y tantas:
     si de mi mal no os holgays,
     escuchad mis quexas santas.
       Mi dolor no os alborote,
     aunque mas terrible sea,
     pues, por pagaros escote,
     aqui lloró don Quixote
     ausencias de Dulzinea
          del Toboso.
       Es aqui el lugar adonde
     el amador mas leal
     de su señora se esconde,
     y ha venido a tanto mal
     sin saber cómo o por dónde.
       Traele amor al estricote,
     que es de muy mala ralea,
     y assi, hasta henchir vn pipote,
     aqui lloró don Quixote
     ausencias de Dulzinea
          del Toboso.
       Buscando las auenturas
     por entre las duras peñas,
     maldiziendo entrañas duras,
     que entre riscos y entre breñas
     halla el triste desuenturas,
       hiriole amor con su açote,
     no con su blanda correa,
     y en tocandole el cogote,
     aqui lloró don Quixote
     ausencias de Dulzinea
        del Toboso.

  No causó poca risa en los que hallaron los
versos referidos el añadidura del Toboso al
nombre de Dulzinea, porque imaginaron que
deuio de imaginar don Quixote que si en
nombrando a Dulzinea no dezia tambien del
Toboso, no se podria entender la copla, y assi
fue la verdad, como el despues confesso. Otros
muchos escriuio, pero, como se ha dicho, no se
pudieron sacar en limpio, ni enteros, mas
destas tres coplas. En esto, y en suspirar, y en
llamar a los faunos y siluanos de aquellos
bosques, a las ninfas de los rios, a la dolorosa y
vmida Eco, que le respondiesse, consolassen
y escuchassen, se entretenia, y en buscar
algunas yeruas con que sustentarse en tanto
que Sancho boluia; que si como tardó tres dias,
tardara tres semanas, el Cauallero de la Triste
Figura quedara tan desfigurado, que no le
conociera la madre que lo pario.
  Y sera bien dexalle embuelto entre sus
suspiros y versos, por contar lo que le auino
a Sancho Pança en su mandaderia. Y fue que,
en saliendo al camino real, se puso en busca
del del Toboso, y otro dia llegó a la venta
donde le auia sucedido la desgracia de la manta;
y no la vuo bien visto, quando le parecio que
otra vez andaua en los ayres, y no quiso entrar
dentro, aunque llegó a hora que lo pudiera y
deuiera hazer, por ser la del comer y lleuar en
desseo de gustar algo caliente, que auia grandes
dias que todo era fiambre. Esta necessidad
le forço a que llegasse junto a la venta, todauia
dudoso si entraria o no. Y estando en esto,
salieron de la venta dos personas que luego
le conocieron, y dixo el vno al otro:
  “Digame, señor licenciado, aquel del
cauallo, ¿no es Sancho Pança, el que dixo el
ama de nuestro auenturero que auia salido
con su señor por escudero?”
  “Si es”, dixo el licenciado; “y aquel es el
cauallo de nuestro don Quixote.”
  Y conocieronle tan bien como aquellos
que eran el cura y el barbero de su mismo
lugar, y los que hizieron el escrutinio y acto
general de los libros. Los quales, assi como
acabaron de conocer a Sancho Pança y a
Rozinante, desseosos de saber de don Quixote,
se fueron a el, y el cura le llamó por
su nombre, diziendole:
  “Amigo Sancho Pança, ¿adónde queda
vuestro amo?”
  Conociolos luego Sancho Pança, y determinó
de encubrir el lugar y la suerte dónde y
cómo su amo quedaua; y assi, les respondio
que su amo quedaua ocupado en cierta parte
y en cierta cosa que le era de mucha importancia,
la qual el no podia descubrir, por
los ojos que en la cara tenia.
  “No, no”, dixo el barbero, “Sancho Pança,
si vos no nos dezis donde queda, imaginaremos,
como ya imaginamos, que vos le aueys
muerto y robado, pues venis encima de su
cauallo; en verdad que nos aueys de dar el
dueño del rozin, o sobre esso, morena.”
  “No ay para qué conmigo amenazas, que yo
no soy hombre que robo ni mato a nadie: a
cada vno mate su ventura, o Dios, que le hizo.
Mi amo queda haziendo penitencia en la mitad
desta montaña, muy a su sabor.”
  Y luego, de corrida y sin parar, les conto de
la suerte que quedaua, las auenturas que le
auian sucedido, y como lleuaua la carta a la
señora Dulzinea del Toboso, que era la hija
de Lorenço Corchuelo, de quien estaua
enamorado hasta los higados. Quedaron admirados
los dos de lo que Sancho Pança les contaua, y
aunque ya sabian la locura de don Quixote y
el genero della, siempre que la oyan se
admirauan de nueuo. Pidieron(do)le a Sancho Pança
que les enseñasse la carta que lleuaua a la
señora Dulzinea del Toboso; el dixo que yua
escrita en vn libro de memoria, y que era
orden de su señor que la hiziesse trasladar en
papel en el primer lugar que llegasse; a lo
qual dixo el cura que se la mostrasse, que el
la trasladaria de muy buena letra. Metio la
mano en el seno Sancho Pança buscando el
librillo, pero no le halló, ni le podia hallar si
le buscara hasta agora, porque se auia
quedado don Quixote con el, y no se le auia dado,
ni a el se le acordo de pedirsele.
  Quando Sancho vio que no hallaua el libro,
fue(s)sele parando mortal el rostro, y, tornandose
a tentar todo el cuerpo muy apriessa, tornó
a echar de ver que no le hallaua, y, sin mas ni
mas, se hechó entrambos puños a las barbas y
se arrancó la mitad de ellas, y luego, apriessa
y sin cessar, se dio media dozena de puñadas
en el rostro y en las narizes, que se las bañó
todas en sangre. Visto lo qual por el cura y el
barbero, le dixeron que qué le auia sucedido,
que tan mal se paraua.
  “¿Qué me ha de suceder?”, respondio Sancho,
“sino el auer perdido de vna mano a otra,
en vn estante, tres pollinos, que cada vno
era como vn castillo.”
  “¿Cómo es esso?”, replicó el barbero.
  “He perdido el libro de memoria”, respondio
Sancho, “donde venia carta para Dulzinea
y vna cedula firmada de su señor, por
la qual mandaua que su sobrina me diesse
tres pollinos, de quatro o cinco que estauan en
casa.”
  Y con esto les conto la perdida del ruzio.
Consolole el cura, y dixole que en hallando a
su señor el le haria reualidar la manda, y que
tornasse a hazer la librança en papel, como era
vso y costumbre, porque las que se hazian en
libros de memoria jamas se acetauan ni
cumplian. Con esto se consolo Sancho, y dixo que
como aquello fuesse ansi, que no le daua
mucha pena la perdida de la carta de Dulzinea,
porque el la sabia casi de memoria, de la qual
se podria trasladar donde y quando quisiessen.
  “Dezildo, Sancho, pues”, dixo el barbero;
“que despues la trasladaremos.”
  Parose Sancho Pança a rascar la cabeça
para traer a la memoria la carta, y ya se ponia
sobre vn pie y ya sobre otro; vnas vezes miraua
al suelo, otras al cielo, y al cabo de
auerse roydo la mitad de la yema de vn
dedo, teniendo suspensos a los que esperauan
que ya la dixesse, dixo al cabo de
grandissimo rato:
  “¡Por Dios, señor licenciado, que los diablos
lleuen la cosa que de la carta se me
acuerda!; aunque en el principio dezia: «Alta y
»sobajada señora».”
  “No diria”, dixo el barbero, “sobajada,
sino sobrehumana o soberana señora.”
  “Assi es”, dixo Sancho; “luego, si mal no
me acuerdo, proseguia... si mal no me acuerdo:
«el llego, y falto de sueño, y el ferido besa
»a vuestra merced las manos, ingrata y muy
»desconocida hermosa»; y no se qué dezia de
salud y de enfermedad, que le embiaua, y por
aqui yua escurriendo hasta que acabaua en
«Vuestro hasta la muerte, el Cauallero de la
»Triste Figura».”
  No poco gustaron los dos de ver la buena
memoria de Sancho Pança, y alabaronsela
mucho, y le pidieron que dixesse la carta otras
dos vezes, para que ellos ansi mesmo la
tomassen de memoria para trasladalla a su tiempo.
Tornola a dezir Sancho otras tres vezes, y
otras tantas boluio a dezir otros tres mil
disparates. Tras esto, conto assi mesmo las cosas
de su amo, pero no habló palabra acerca del
manteamiento que le auia sucedido en aquella
venta, en la qual rehusaua entrar. Dixo
tambien como su señor, en trayendo que le
truxesse buen despacho de la señora Dulzinea
del Toboso, se auia de poner en camino a
procurar como ser emperador, o por lo menos
monarca, que assi lo tenian concertado entre
los dos; y era cosa muy facil venir a serlo,
segun era el valor de su persona y la fuerça de
su braço; y que, en siendolo, le auia de casar
a el, porque ya seria viudo, que no podia ser
menos; y le auia de dar por muger a vna
donzella de la emperatriz, heredera de vn rico y
grande estado, de tierra firme, sin insulos ni
insulas, que ya no las queria.
  Dezia esto Sancho con tanto reposo,
limpiandose de quando en quando las narizes, y
con tan poco juyzio, que los dos se admiraron
de nueuo, considerando quán vehemente auia
sido la locura de don Quixote, pues auia lleuado
tras si el juyzio de aquel pobre hombre. No
quisieron cansarse en sacarle del error en que
estaua, pareciendoles que, pues no le dañaua
nada la conciencia, mejor era dexarle en el, y
a ellos les seria de mas gusto oyr sus necedades.
Y assi, le dixeron que rogasse a Dios por
la salud de su señor; que cosa contingente y
muy agible era venir con el discurso del
tiempo a ser emperador, como el dezia, o por lo
menos arçobispo, o otra dignidad equiualente.
A lo qual respondio Sancho:
  “Señores: si la fortuna rodeasse las cosas
de manera que a mi amo le viniesse en voluntad
de no ser emperador, sino de ser arçobispo,
querria yo saber agora qué suelen
dar los arçobispos andantes a sus escuderos.”
  “Suelenles dar”, respondio el cura, “algun
beneficio simple o curado, o alguna sacristania,
que les vale mucho de renta rentada,
amen del pie de altar, que se suele estimar en
otro tanto.”
  “Para esso sera menester”, replicó Sancho,
“que el escudero no sea casado, y que sepa
ayudar a missa, por lo menos; y si esto es assi,
¡desdichado de yo, que soy casado y no se la
primera letra del A B C! ¿Qué sera de mi si a
mi amo le da antojo de ser arçobispo, y no
emperador, como es vso y costumbre de los
caualleros andantes?”
  “No tengays pena, Sancho amigo”, dixo el
barbero; “que aqui rogaremos a vuestro amo,
y se lo aconsejaremos, y aun se lo pondremos
en caso de conciencia, que sea emperador y
no arçobispo, porque le sera mas facil, a causa
de que el es mas valiente que estudiante.”
  “Assi me ha parecido a mi”, respondio
Sancho; “aunque se dezir que para todo tiene
abilidad. Lo que yo pienso hazer de mi parte
es rogarle a nuestro Señor que le eche a
aquellas partes donde el mas se sirua, y adonde a
mi mas mercedes me haga.”
  “Vos lo dezis como discreto”, dixo el cura,
“y lo hareys como buen christiano. Mas lo que
aora se ha de hazer es dar orden como sacar
a vuestro amo de aquella inutil penitencia que
dezis que queda haziendo; y para pensar el
modo que hemos de tener, y para comer, que
ya es hora, sera bien nos entremos en esta
venta.”
  Sancho dixo que entrassen ellos, que el
esperaria alli fuera, y que despues les diria la
causa porque no entraua, ni le conuenia entrar
en ella; mas que les rogaua que le sacassen
alli algo de comer que fuesse cosa caliente, y,
ansi mismo, ceuada para Rozinante. Ellos se
entraron y le dexaron, y de alli a poco el
barbero le sacó de comer. Despues, auiendo bien
pensado entre los dos el modo que tendrian
para conseguir lo que desseauan, vino el cura
en vn pensamiento muy acomodado al gusto
de don Quixote y para lo que ellos querian. Y
fue que dixo al barbero que lo que auia pensado
era: que el se vestiria en habito de donzella
andante, y que el procurasse ponerse lo
mejor que pudiesse como escudero, y que assi
yrian adonde don Quixote estaua, fingiendo
ser ella vna donzella afligida y menesterosa,
y le pediria vn don, el qual el no podria
dexarsele de otorgar como valeroso cauallero
andante; y que el don que le pensaua pedir
era que se viniesse con ella, donde ella le
lleuasse, a desfazelle vn agrauio que vn mal
cauallero le tenia fecho, y que le suplicaua ansi
mesmo que no la mandasse quitar su antifaz,
ni la demandasse cosa de su fazienda, fasta
que la vuiesse fecho derecho de aquel mal
cauallero, y que creyesse, sin duda, que don
Quixote vendria en todo quanto le pidiesse por
este termino, y que desta manera le sacarian
de alli y le lleuarian a su lugar, donde
procurarian ver si tenia algun remedio su estraña
locura.

                Capitulo XXVII

De como salieron con su intencion el cura y el
  barbero, con otras cosas dignas de que se
  cuenten en esta grande historia.

  No le parecio mal al barbero la inuencion
del cura, sino tambien, que luego la pusieron
por obra. Pidieronle a la ventera vna saya
y vnas tocas, dexandole en prendas vna sotana
nueua del cura. El barbero hizo vna gran barba
de vna cola ruzia o roxa de buey, donde el
ventero tenia colgado el peyne. Preguntoles la
ventera que para qué le pedian aquellas cosas.
El cura le conto en breues razones la locura de
don Quixote, y como conuenia aquel disfraz
para sacarle de la montaña donde a la sazon
estaua. Cayeron luego el ventero y la ventera
en que el loco era su huesped, el del
balsamo, y el amo del manteado escudero, y
contaron al cura todo lo que con el les auia
passado, sin callar lo que tanto callaua Sancho.
  En resolucion, la ventera vistio al cura de
modo que no auia mas que ver: pusole vna
saya de paño, llena de faxas de terciopelo
negro de vn palmo en ancho, todas acuchilladas,
y vnos corpiños de terciopelo verde guarnecidos
con vnos ribetes de raso blanco, que se
deuieron de hazer ellos y la saya en tiempo
del rey Bamba. No consintio el cura que le
tocassen, sino pusose en la cabeça vn birretillo
de lienço colchado que lleuaua para dormir de
noche, y ciñose por la frente vna liga de tafetan
negro, y con otra liga hizo vn antifaz con
que se cubrio muy bien las barbas y el rostro.
Encasquetose su sombrero, que era tan grande
que le podia seruir de quitasol, y, cubriendose
su herreruelo, subio en su mula a mugeriegas,
y el barbero en la suya, con su barba que
le llegaua a la cintura, entre roja y blanca, como
aquella que, como se ha dicho, era hecha de
la cola de vn buey barroso. Despidieronse de
todos y de la buena de Maritornes, que
prometio de rezar vn rosario, aunque pecadora,
porque Dios les diesse buen sucesso en tan
arduo y tan christiano negocio como era el
que auian emprendido.
  Mas apenas huuo salido de la venta,
quando le vino al cura vn pensamiento: que
hazia mal en auerse puesto de aquella manera,
por ser cosa indecente que vn sacerdote
se pusiesse assi, aunque le fuesse mucho en
ello; y, diziendoselo al barbero, le rogo que
trocassen trages, pues era mas justo que el
fuesse la donzella menesterosa, y que el haria
el escudero, y que assi se profanaua menos
su dignidad; y que, si no lo queria hazer,
determinaua de no passar adelante, aunque a
don Quixote se le lleuasse el diablo.
  En esto llegó Sancho, y de ver a los dos en
aquel trage, no pudo tener la risa. En efeto,
el barbero vino en todo aquello que el cura
quiso, y, trocando la inuencion, el cura le fue
informando el modo que auia de tener, y las
palabras que auia de dezir a don Quixote para
mouerle y forçarle a que con el se viniesse, y
dexasse la querencia del lugar que auia escogido
para su vana penitencia. El barbero respondio
que, sin que se le diesse licion, el lo
pondria bien en su punto. No quiso vestirse
por entonces, hasta que estuuiessen junto de
donde don Quixote estaua, y, assi, dobló sus
vestidos, y el cura acomodó su barba, y
siguieron su camino guiandolos Sancho Pança, el
qual les fue contando lo que les acontecio con
el loco que hallaron en la sierra, encubriendo,
empero, el hallazgo de la maleta y de quanto
en ella venia; que, maguer que tonto, era vn
poco codicioso el mancebo.
  Otro dia llegaron al lugar donde Sancho
auia dexado puestas las señales de las ramas
para acertar el lugar donde auia dexado a su
señor, y, en reconociendole, les dixo como
aquella era la entrada, y que bien se podian
vestir, si era que aquello hazia al caso para la
libertad de su señor. Porque ellos le auian
dicho antes que el yr de aquella suerte y
vestirse de aquel modo era toda la importancia
para sacar a su amo de aquella mala vida que
auia escogido, y que le encargauan mucho
que no dixesse a su amo quién ellos eran ni
que los conocia; y que si le preguntasse, como
se lo auia de preguntar, si dio la carta a
Dulzinea, dixesse que si, y que, por no saber leer,
le auia respondido de palabra, diziendole que
le mandaua, so pena de la su desgracia, que
luego al momento se viniesse a ver con ella,
que era cosa que le importaua mucho, porque
con esto y con lo que ellos pensauan dezirle,
tenian por cosa cierta reduzirle a mejor vida,
y hazer con el que luego se pusiesse en
camino para yr a ser emperador o monarca, que
en lo de ser arçobispo no auia de que temer.
  Todo lo escuchó Sancho, y lo tomó muy bien
en la memoria, y les agradecio mucho la
intencion que tenian de aconsejar a su señor
fuesse emperador, y no arçobispo, porque el
tenia para si que para hazer mercedes a sus
escuderos mas podian los emperadores que
los arçobispos andantes. Tambien les dixo que
seria bien que el fuesse delante a buscarle y
darle la respuesta de su señora; que ya
seria ella bastante a sacarle de aquel lugar, sin
que ellos se pusiessen en tanto trabajo.
Parecioles bien lo que Sancho Pança dezia, y, assi,
determinaron de aguardarle hasta que boluiesse
con las nueuas del hallazgo de su amo.
  Entrose Sancho por aquellas quebradas de
la sierra, dexando a los dos en vna por donde
corria vn pequeño y manso arroyo, a quien
hazian sombra agradable y fresca otras peñas
y algunos arboles que por alli estauan. El
calor y el dia que alli llegaron, era de los del
mes de agosto, que por aquellas partes suele
ser el ardor muy grande; la hora, las tres de la
tarde: todo lo qual hazia al sitio mas agradable,
y que combidasse a que en el esperassen
la buelta de Sancho, como lo hizieron.
  Estando, pues, los dos alli sossegados y a la
sombra, llegó a sus oydos vna voz, que, sin
acompañarla son de algun otro instrumento,
dulce y regaladamente sonaua, de que no poco
se admiraron, por parecerles que aquel no era
lugar donde pudiesse auer quien tan bien
cantasse, porque, aunque suele dezirse que por
las seluas y campos se hallan pastores de
vozes estremadas, mas son encarecimientos de
poetas que verdades; y mas quando aduirtieron
que lo que ohian cantar eran versos, no
de rusticos ganaderos, sino de discretos
cortesanos. Y confirmó esta verdad auer sido los
versos que oyeron, estos:

         ¿Quién menoscaba mis bienes?
                 Desdenes.
       Y ¿quién aumenta mis duelos?
                 Los zelos.
       Y ¿quién prueua mi paciencia?
                 Ausencia.
         De esse modo, en mi dolencia
       ningun remedio se alcança,
       pues me matan la esperança
       desdenes, zelos y ausencia.

         ¿Quién me causa este dolor?
                 Amor.
       Y ¿quién mi gloria repugna?
                 Fortuna.
       Y ¿quién consiente en mi duelo?
                 El cielo.
         De esse modo, yo rezelo
       morir deste mal estraño,
       pues se aumentan en mi daño
       amor, fortuna y el cielo.

         ¿Quién mejorará mi suerte?
                 La muerte.
       Y el bien de amor ¿quién le alcança?
                 Mudança.
       Y sus males ¿quién los cura?
                 Locura.
         De esse modo, no es cordura
       querer curar la passion,
       quando los remedios son:
       muerte, mudança y locura.

  La hora, el tiempo, la soledad, la voz y la
destreza del que cantaua, causó admiracion y
contento en los dos oyentes, los quales se
estuuieron quedos, esperando si otra alguna cosa
ohian; pero viendo que duraua algun tanto el
silencio, determinaron de salir a buscar el
musico que con tan buena voz cantaua; y,
queriendolo poner en efeto, hizo la mesma voz
que no se mouiessen, la qual llegó de nueuo a
sus oydos, cantando este soneto:

                    SONETO

       Santa amistad, que con ligeras alas,
     tu apariencia quedandose en el suelo,
     entre benditas almas en el cielo,
     subiste alegre a las impireas salas,
       desde alla, quando quieres, nos señalas
     la justa paz cubierta con vn velo,
     por quien a vezes se trasluze el zelo
     de buenas obras, que a la fin son malas.
       Dexa el cielo, ¡o Amistad!, o no permitas
     que el engaño se vista tu librea
     con que destruye a la intencion sincera;
       que si tus apariencias no le quitas,
     presto ha de verse el mundo en la pelea
     de la discorde confusion primera.

  El canto se acabó con vn profundo suspiro,
y los dos con atencion boluieron a esperar si
mas se cantaua; pero viendo que la musica se
auia buelto en solloços y en lastimeros ayes,
acordaron de saber quién era el triste, tan
estremado en la voz como doloroso en los
gemidos; y no anduuieron mucho, quando, al
boluer de vna punta de vna peña, vieron a vn
hombre del mismo talle y figura que Sancho
Pança les auia pintado quando les conto el
cuento de Cardenio; el qual hombre, quando
los vio, sin sobresaltarse, estuuo quedo, con la
cabeça inclinada sobre el pecho, a guisa de
hombre pensatiuo, sin alçar los ojos a
mirarlos mas de la vez primera, quando de
improuiso llegaron.
  El cura, que era hombre bien hablado, como
el que ya tenia noticia de su desgracia, pues
por las señas le auia conocido, se llegó a el, y
con breues aunque muy discretas razones, le
rogo y persuadio que aquella tan miserable
vida dexasse, porque alli no la perdiesse, que
era la desdicha mayor de las desdichas. Estaua
Cardenio entonces en su entero juyzio, libre de
aquel furioso accidente que tan a menudo le
sacaua de si mismo, y assi, viendo a los dos en
trage tan no vsado de los que por aquellas
soledades andauan, no dexó de admirarse algun
tanto, y mas quando oyo que le auian hablado
en su negocio como en cosa sabida, porque las
razones que el cura le dixo assi lo dieron a
entender, y, assi, respondio desta manera:
  “Bien veo yo, señores, quien quiera que
seays, que el cielo, que tiene cuydado de
socorrer a los buenos, y aun a los malos muchas
vezes, sin yo merecerlo me embia, en estos tan
remotos y apartados lugares del trato comun
de las gentes, algunas personas que, poniendome
delante de los ojos, con viuas y varias
razones, quán sin ella ando en hazer la vida
que hago, han procurado sacarme desta a
mejor parte; pero como no saben que se yo que
en saliendo deste daño he de caer en otro
mayor, quiça me deuen de tener por hombre de
flacos discursos, y aun, lo que peor seria, por
de ningun juyzio; y no seria marauilla que assi
fuesse, porque a mi se me trasluze que la fuerça
de la imaginacion de mis desgracias es tan
intensa y puede tanto en mi perdicion, que, sin
que yo pueda ser parte a estoruarlo, vengo a
quedar como piedra, falto de todo buen
sentido y conocimiento; y vengo a caer en la
cuenta desta verdad quando algunos me
dizen y muestran señales de las cosas que he
hecho en tanto que aquel terrible accidente
me señorea, y no se mas que dolerme en vano
y maldezir sin prouecho mi ventura, y dar
por disculpa de mis locuras el dezir la causa
dellas a quantos oyrla quieren, porque viendo
los cuerdos quál es la causa, no se marauillarán
de los efetos, y, si no me dieren remedio, a lo
menos no me daran culpa, conuirtiendoseles
el enojo de mi desemboltura en lastima de mis
desgracias. Y si es que vosotros, señores, venis
con la mesma intencion que otros han
venido, antes que passeys adelante en vuestras
discretas persuasiones, os ruego que escucheys
el cuento, que no le tiene, de mis desuenturas,
porque quiça, despues de entendido, ahorrareys
del trabajo que tomareys en consolar vn
mal que de todo consuelo es incapaz.”
  Los dos, que no desseauan otra cosa que
saber de su mesma boca la causa de su daño,
le rogaron se la contasse, ofreciendole de no
hazer otra cosa de la que el quisiesse en su
remedio o consuelo; y, con esto, el triste
cauallero començo su lastimera historia casi por
las mesmas palabras y passos que la auia
contado a don Quixote y al cabrero pocos dias
atras, quando por ocasion del maestro Elisabat
y puntualidad de don Quixote en guardar el
decoro a la caualleria, se quedó el cuento
imperfeto, como la historia lo dexa contado. Pero
aora quiso la buena suerte que se detuuo el
accidente de la locura, y le dio lugar de contarlo
hasta el fin; y assi, llegando al passo del
villete que auia hallado don Fernando entre
el libro de Amadis de Gaula, dixo Cardenio
que le tenia bien en la memoria y que dezia
desta manera:

           «LVSCINDA A CARDENIO

  »Cada dia descubro en vos valores que me
»obligan y fuerçan a que en mas os estime; y
»assi, si quisieredes sacarme desta deuda sin
»executarme en la honra, lo podreys muy bien
»hazer. Padre tengo, que os conoce y que me
»quiere bien, el qual, sin forçar mi voluntad,
»cumplira la que sera justo que vos
»tengays, si es que me estimays como dezis, y
»como yo creo.»
  ”Por este villete me moui a pedir a Luscinda
por esposa, como ya os he contado, y este fue
por quien quedó Luscinda en la opinion de
don Fernando por vna de las mas discretas y
auisadas mugeres de su tiempo; y este villete
fue el que le puso en desseo de destruyrme
antes que el mio se efetuasse. Dixele yo a don
Fernando en lo que reparaua el padre de
Luscinda, que era en que mi padre se la pidiesse,
lo qual yo no le osaua dezir, temeroso que no
vendria en ello, no porque no tuuiesse bien
conocida la calidad, bondad, virtud y hermosura
de Luscinda, y que tenia partes bastantes
para enoblecer qualquier otro linage de España,
sino porque yo entendia del, que desseaua
que no me casasse tan presto, hasta ver lo
que el duque Ricardo hazia conmigo. En resolucion,
le dixe que no me auenturaua a dezirselo
a mi padre, assi por aquel inconueniente
como por otros muchos que me acobardauan,
sin saber quáles eran, sino que me parecia que
lo que yo desseasse jamas auia de tener efeto.
  ”A todo esto me respondio don Fernando,
que el se encargaua de hablar a mi padre, y
hazer con el que hablasse al de Luscinda. ¡O
Mario ambicioso! ¡O Catilina cruel! ¡O [Sila]
facinoroso! ¡O Galalon embustero! ¡O Vellido
traydor! ¡O Iulian vengatiuo! ¡O Iudas codicioso!
Traydor, cruel, vengatiuo y embustero, ¿qué
deseruicios te auia hecho este triste, que con
tanta llaneza te descubrio los secretos y
contentos de su coraçon? ¿Qué ofensa te hize?
¿Qué palabras te dixe, o qué consejos te di,
que no fuessen todos encaminados a acrecentar
tu honra y tu prouecho? Mas ¿de qué me
quexo, desuenturado de mi?, pues es cosa cierta
que quando traen las desgracias la corriente
de las estrellas, como vienen de alto a baxo,
despeñandose con furor y con violencia, no ay
fuerça en la tierra que las detenga, ni industria
humana que preuenirlas pueda. ¿Quién
pudiera imaginar que don Fernando, cauallero
ilustre, discreto, obligado de mis seruicios,
poderoso para alcançar lo que el desseo amoroso
le pidiesse donde quiera que le ocupasse, se
auia de enconar, como suele dezirse, en
tomarme a mi vna sola oueja que aun no
posseia? Pero, quedense estas consideraciones
aparte, como inutiles y sin prouecho, y
añudemos el roto hilo de mi desdichada historia.
  ”Digo, pues, que pareciendole a don
Fernando que mi presencia le era inconueniente
para poner en execucion su falso y mal
pensamiento, determinó de embiarme a su hermano
mayor con ocasion de pedirle vnos dineros
para pagar seys cauallos, que de industria
y solo para este efeto de que me ausentasse,
para poder mejor salir con su dañado intento,
el mesmo dia que se ofrecio hablar a mi
padre los compró, y quiso que yo viniesse por el
dinero. ¿Pude yo preuenir esta traycion? ¿Pude,
por ventura, caer en imaginarla? No, por cierto;
antes, con grandissimo gusto me ofreci a partir
luego, contento de la buena compra hecha.
Aquella noche hablé con Luscinda, y le dixe lo
que con don Fernando quedaua concertado, y
que tuuiesse firme esperança de que tendrian
efeto nuestros buenos y justos desseos; ella
me dixo, tan segura como yo de la traycion de
don Fernando, que procurasse boluer presto,
porque creia que no tardaria mas la conclusion
de nuestras voluntades que tardasse mi
padre de hablar al suyo. No se qué se fue
que, en acabando de dezirme esto, se le llenaron
los ojos de lagrimas, y vn nudo se le
atrauesso en la garganta, que no le dexaua
hablar palabra de otras muchas que me
parecio que procuraua dezirme.
  ”Quedé admirado deste nueuo accidente,
hasta alli jamas en ella visto, porque siempre
nos hablauamos, las vezes que la buena fortuna
y mi diligencia lo concedia, con todo regozijo
y contento, sin mezclar en nuestras platicas
lagrimas, suspiros, zelos, sospechas o
temores. Todo era engrandecer yo mi ventura
por auermela dado el cielo por señora; exageraua
su belleza, admirauame de su valor y
entendimiento. Boluiame ella el recambio,
alabando en mi lo que como enamorada le
parezia digno de alabança. Con esto nos
contauamos cien mil niñerias y acaecimientos de
nuestros vezinos y conocidos, y a lo que mas
se estendia mi desemboltura era a tomarle, casi
por fuerça, vna de sus bellas y blancas manos
y llegarla a mi boca, segun daua lugar la
estrecheza de vna baxa reja que nos diuidia. Pero
la noche que precedio al triste dia de mi partida,
ella lloró, gimio y suspiró, y se fue y me
dexó lleno de confusion y sobresalto, espantado
de auer visto tan nueuas y tan tristes
muestras de dolor y sentimiento en Luscinda;
pero, por no destruyr mis esperanças, todo lo
atribuy a la fuerça del amor que me tenia y al
dolor que suele causar la ausencia en los que
bien se quieren.
  ”En fin, yo me parti, triste y pensatiuo, llena
el alma de imaginaciones y sospechas, sin
saber lo que sospechaua ni imaginaua: claros
indicios que me mostrauan el triste sucesso
y desuentura que me estaua guardada. Llegué
al lugar donde era embiado; di las cartas al
hermano de don Fernando; fuy bien recebido,
pero no bien despachado, porque me mandó
aguardar, bien a mi disgusto, ocho dias, y en
parte donde el duque, su padre, no me viesse,
porque su hermano le escriuia que le embiasse
cierto dinero sin su sabiduria. Y todo fue
inuencion del falso don Fernando, pues no le
faltauan a su hermano dineros para despacharme
luego. Orden y mandato fue este que
me puso en condicion de no obedecerle, por
parecerme impossible sustentar tantos dias la
vida en el ausencia de Luscinda, y mas auiendola
dexado con la tristeza que os he contado;
pero, con todo esto, obedeci, como buen criado,
aunque veia que auia de ser a costa de mi
salud.
  ”Pero a los quatro dias que alli llegué,
llegó vn hombre en mi busca con vna carta
que me dio, que en el sobrescrito conoci ser
de Luscinda, porque la letra del era suya.
Abrila temeroso y con sobresalto, creyendo
que cosa grande deuia de ser la que la auia
mouido a escriuirme estando ausente, pues
presente pocas vezes lo hazia. Preguntele al
hombre, antes de leerla, quién se la auia dado
y el tiempo que auia tardado en el camino.
Dixome, que acaso passando por vna calle de
la ciudad, a la hora de medio dia, vna señora
muy hermosa le llamó desde vna ventana, los
ojos llenos de lagrimas, y que, con mucha
priessa, le dixo: «Hermano, si soys christiano,
»como pareceys, por amor de Dios os ruego
»que encamineys luego luego esta carta al
»lugar y a la persona que dize el sobrescrito,
»que todo es bien conocido, y en ello hareys vn
»gran seruicio a nuestro Señor; y para que no
»os falte comodidad de poderlo hazer, tomad
»lo que va en este pañuelo.» «Y, diziendo esto,
»me arrojó por la ventana vn pañuelo, donde
»venian atados cien reales y esta sortija de oro
»que aqui traygo, con essa carta que os he dado;
»y luego, sin aguardar respuesta mia, se quitó
»de la ventana, aunque primero vio como yo
»tomé la carta y el pañuelo, y por señas le dixe
»que haria lo que me mandaua; y assi,
»viendome tan bien pagado del trabajo que podia
»tomar en traerosla, y conociendo por el
»sobrescrito que erades vos a quien se embiaua,
»porque yo, señor, os conozco muy bien, y obligado
»assi mesmo de las lagrimas de aquella
»hermosa señora, determiné de no fiarme de
»otra persona, sino venir yo mesmo a darosla.
»Y en diez y seys horas que ha que se me
»dio, he hecho el camino, que sabeys que es de
»diez y ocho leguas.»
  ”En tanto que el agradecido y nueuo correo
esto me dezia, estaua yo colgado de sus
palabras, temblandome las piernas, de manera que
apenas podia sostenerme. En efeto, abri la
carta y vi que contenia estas razones:
  «La palabra que don Fernando os dio de
»hablar a vuestro padre para que hablasse al
»mio, la ha cumplido mas en su gusto que
»en vuestro prouecho. Sabed, señor, que el me
»ha pedido por esposa, y mi padre, lleuado de
»la ventaja que el piensa que don Fernando os
»haze, ha venido en lo que quiere, con tantas
»veras, que de aqui a dos dias se ha de hazer
»el desposorio, tan secreto y tan a solas, que
»solo han de ser testigos los cielos y alguna
»gente de casa. Quál yo quedo, imaginaldo; si
»os cumple venir, veldo; y si os quiero bien o
»no, el sucesso deste negocio os lo dara a
»entender. ¡A Dios plega que esta llegue a
»vuestras manos antes que la mia se vea en
»condicion de juntarse con la de quien tan mal sabe
»guardar la fe que promete!»
  ”Estas, en suma, fueron las razones que la
carta contenia, y las que me hizieron poner
luego en camino, sin esperar otra respuesta ni
otros dineros; que bien claro conoci entonces
que no la compra de los cauallos, sino la de
su gusto, auia mouido a don Fernando a
embiarme a su hermano. El enojo que contra don
Fernando concebi, junto con el temor de perder
la prenda que con tantos años de seruicios
y desseos tenia grangeada, me pusieron alas,
pues, casi como en buelo, otro dia me puse en
mi lugar, al punto y hora que conuenia para
yr a hablar a Luscinda. Entré secreto, y dexé
vna mula en que venia en casa del buen
hombre que me auia lleuado la carta; y quiso
la suerte que entonces la tuuiesse tan buena,
que hallé a Luscinda puesta a la rexa, testigo
de nuestros amores. Conociome Luscinda
luego, y conocila yo, mas no como deuia ella
conocerme, y yo conocerla. Pero, ¿quién ay
en el mundo que se pueda alabar que ha
penetrado y sabido el confuso pensamiento y
condicion mudable de vna muger? Ninguno,
por cierto. Digo, pues, que assi como
Luscinda me vio, me dixo: «Cardenio, de boda
»estoy vestida; ya me estan aguardando en la
»sala don Fernando el traydor, y mi padre el
»codicioso, con otros testigos, que antes lo
»seran de mi muerte que de mi desposorio.
»No te turbes, amigo, sino procura hallarte
»presente a este sacrificio, el qual si no
»pudiere ser estoruado de mis razones, vna daga
»lleuo escondida que podra estoruar mas
»determinadas fuerças, dando fin a mi vida y
»principio a que conozcas la voluntad que te
»he tenido y tengo.»
  ”Yo le respondi, turbado y apriessa,
temeroso no me faltasse lugar para responderla:
«Hagan, señora, tus obras verdaderas tus
»palabras; que si tu lleuas daga para acreditarte,
»aqui lleuo yo espada para defenderte con
»ella, o para matarme, si la suerte nos fuere
»contraria.» No creo que pudo oyr todas estas
razones, porque senti que la llamauan apriessa,
porque el desposado aguardaua. Cerrose con
esto la noche de mi tristeza, pusoseme el sol
de mi alegria, quedé sin luz en los ojos y sin
discurso en el entendimiento. No acertaua a
entrar en su casa, ni podia mouerme a parte
alguna; pero considerando quánto importaua
mi presencia para lo que suceder pudiesse en
aquel caso, me animé lo mas que pude y entré
en su casa; y como ya sabia muy bien todas
sus entradas y salidas, y mas con el alboroto
que de secreto en ella andaua, nadie me echó
de ver; assi que, sin ser visto, tuue lugar de
ponerme en el hueco que hazia vna ventana
de la mesma sala, que con las puntas y
remates de dos tapizes se cubria, por entre las
quales podia yo ver, sin ser visto, todo quanto
en la sala se hazia.
  ”¿Quién pudiera dezir aora los sobresaltos
que me dio el coraçon mientras alli estuue, los
pensamientos que me ocurrieron, las consideraciones
que hize, que fueron tantas y tales,
que ni se pueden dezir ni aun es bien que se
digan? Basta que sepays que el desposado entró
en la sala, sin otro adorno que los mesmos
vestidos ordinarios que solia. Trahia
por padrino a vn primo hermano de Luscinda,
y en toda la sala no auia persona de fuera,
sino los criados de casa.
  ”De alli a vn poco salio de vna recamara
Luscinda, acompañada de su madre y de dos
donzellas suyas, tan bien adereçada y
compuesta como su calidad y hermosura merecian,
y como quien era la perfecion de la gala
y bizarria cortesana. No me dio lugar mi
suspension y arrobamiento para que mirasse y
notasse en particular lo que trahia vestido:
solo pude aduertir a las colores, que eran
encarnado y blanco, y en las vislumbres que
las piedras y joyas del tocado y de todo el
vestido hazian, a todo lo qual se auentajaua
la belleza singular de sus hermosos y rubios
cabellos, tales, que en competencia de las
preciosas piedras y de las luzes de quatro hachas
que en la sala estauan, la suya con mas
resplandor a los ojos ofrecian. ¡O memoria,
enemiga mortal de mi descanso! ¿De qué sirue
representarme aora la incomparable belleza
de aquella adorada enemiga mia? ¿No será
mejor, cruel memoria, que me acuerdes y
representes lo que entonces hizo, para que,
mouido de tan manifiesto agrauio, procure, ya que
no la vengança, a lo menos perder la vida?
  ”No os canseys, señores, de oyr estas
digressiones que hago; que no es mi pena de
aquellas que puedan ni deuan contarse
sucintamente y de passo, pues cada circunstancia
suya me parece a mi que es digna de vn largo
discurso.”
  A esto le respondio el cura que, no solo no
se cansauan en oyrle, sino que les daua mucho
gusto las menudencias que contaua, por ser
tales, que merecian no passarse en silencio y
la mesma atencion que lo principal del
cuento.
  “Digo, pues”, prosiguio Cardenio, “que
estando todos en la sala, entró el cura de la
perrochia, y, tomando a los dos por la mano
para hazer lo que en tal acto se requiere, al
dezir: «¿Quereys, señora Luscinda, al señor don
»Fernando, que está presente, por vuestro
»legitimo esposo, como lo manda la Santa Madre
»Iglesia?», yo saqué toda la cabeça y cuello de
entre los tapizes, y con atentissimos oydos y
alma turbada me puse a escuchar lo que Luscinda
respondia, esperando de su respuesta la
sentencia de mi muerte o la confirmacion de
mi vida. ¡O!, quién se atreuiera a salir entonces,
diziendo a vozes: «¡A, Luscinda, Luscinda,
»mira lo que hazes, considera lo que me deues,
»mira que eres mia, y que no puedes ser de
»otro! ¡Aduierte que el dezir tu «si» y el
»acabarseme la vida, ha de ser todo a vn punto! ¡A,
»traydor don Fernando, robador de mi gloria,
»muerte de mi vida!, ¿qué quieres?, ¿qué
»pretendes? Considera que no puedes christianamente
»llegar al fin de tus desseos, porque
»Luscinda es mi esposa y yo soy su marido.»
¡A, loco de mi!, aora que estoy ausente y lexos
del peligro, digo que auia de hazer lo que no
hize; aora que dexé robar mi cara prenda,
maldigo al robador, de quien pudiera vengarme
si tuuiera coraçon para ello, como le tengo
para quexarme. En fin, pues fuy entonces
couarde y necio, no es mucho que muera aora
corrido, arrepentido y loco.
  ”Estaua esperando el cura la respuesta de
Luscinda, que se detuuo vn buen espacio en
darla, y quando yo pense que sacaua la daga
para acreditarse, o desataua la lengua para
dezir alguna verdad o desengaño que en mi
prouecho redundasse, oygo que dixo con voz
desmayada y flaca: «Si, quiero», y lo mesmo
dixo don Fernando, y, dandole el anillo, quedaron
en [in]dissoluble nudo ligados. Llegó
el desposado a abraçar a su esposa, y ella,
poniendose la mano sobre el coraçon, cayo
desmayada en los braços de su madre. Resta aora
dezir quál quedé yo, viendo en el «si» que auia
oydo burladas mis esperanças, falsas las
palabras y promessas de Luscinda, impossibilitado
de cobrar en algun tiempo el bien que en
aquel instante auia perdido. Quedé falto de
consejo, desamparado, a mi parecer, de todo
el cielo, hecho enemigo de la tierra que me
sustentaua, negandome el ayre aliento para
mis suspiros, y el agua humor para mis ojos;
solo el fuego se acrecento de manera que todo
ardia de rabia y de zelos.
  ”Alborotaronse todos con el desmayo de
Luscinda, y, desabrochandole su madre el pecho
para que le diesse el ayre, se descubrio en
el vn papel cerrado, que don Fernando tomó
luego y se le puso a leer a la luz de vna de
las hachas, y, en acabando de leerle, se sento
en vna silla y se puso la mano en la mexilla
con muestras de hombre muy pensatiuo, sin
acudir a los remedios que a su esposa se
hazian para que del desmayo boluiesse. Yo,
viendo alborotada toda la gente de casa, me
auenturé a salir, ora fuesse visto o no, con
determinacion que si me viessen, de hazer
vn desatino, tal, que todo el mundo viniera a
entender la justa indignacion de mi pecho en
el castigo del falso don Fernando, y aun en el
mudable de la desmayada traydora. Pero mi
suerte, que para mayores males, si es possible
que los aya, me deue tener guardado, ordenó
que en aquel punto me sobrasse el entendimiento,
que despues aca me ha faltado; y, assi,
sin querer tomar vengança de mis mayores
enemigos, que, por estar tan sin pensamiento
mio fuera facil tomarla, quise tomarla de mi
mano y executar en mi la pena que ellos
merecian, y aun quiça con mas rigor del que
con ellos se vsara si entonces les diera muerte,
pues la que se recibe repentina presto acaba
la pena; mas la que se dilata con tormentos,
siempre mata, sin acabar la vida.
  ”En fin, yo sali de aquella casa y vine a la
de aquel donde auia dexado la mula; hize que
me la ensillasse; sin despedirme del subi en
ella, y sali de la ciudad sin osar, como otro
Lot, boluer el rostro a miralla; y quando me
vi en el campo solo, y que la escuridad de la
noche me encubria, y su silencio combidaua a
quexarme, sin respeto o miedo de ser escuchado
ni conocido, solte la voz y desaté la lengua
en tantas maldiciones de Luscinda y de
don Fernando, como si con ellas satisfiziera el
agrauio que me auian hecho. Dile titulos de
cruel, de ingrata, de falsa y desagradecida;
pero, sobre todos, de codiciosa, pues la riqueza
de mi enemigo la auia cerrado los ojos de la
voluntad para quitarmela a mi y entregarla a
aquel con quien mas liberal y franca la fortuna
se auia mostrado; y en mitad de la fuga destas
maldiciones y vituperios, la desculpaua, diziendo
que no era mucho que vna donzella recogida
en casa de sus padres, hecha y acostumbrada
siempre a obedecerlos, huuiesse querido
condecender con su gusto, pues le dauan por
esposo a vn cauallero tan principal, tan rico y
tan gentil hombre, que a no querer recebirle,
se podia pensar, o que no tenia juyzio, o que
en otra parte tenia la voluntad, cosa que
redundaua tan en perjuyzio de su buena opinion
y fama.
  ”Luego boluia diziendo que, puesto que ella
dixera que yo era su esposo, vieran ellos que
no auia hecho en escogerme tan mala eleccion
que no la disculparan, pues antes de ofrecerseles
don Fernando, no pudieran ellos mesmos
acertar a dessear, si con razon midiessen
su desseo, otro mejor que yo para esposo
de su hija; y que bien pudiera ella, antes de
ponerse en el trance forçoso y vltimo de dar
la mano, dezir que ya yo le auia dado la mia;
que yo viniera y concediera con todo
quanto ella acertara a fingir en este caso.
  ”En fin, me resolui en que poco amor, poco
juyzio, mucha ambicion y desseos de grandezas
hizieron que se oluidasse de las palabras
con que me auia engañado, entretenido y
sustentado en mis firmes esperanças y
honestos desseos. Con estas vozes y con esta
inquietud caminé lo que quedaua de aquella
noche, y di al amanecer en vna entrada destas
sierras, por las quales caminé otros tres
dias, sin senda ni camino alguno, hasta que
vine a parar a vnos prados que no se a que
mano destas montañas caen, y alli pregunté
a vnos ganaderos que hazia dónde era lo mas
aspero destas sierras. Dixeronme que hazia
esta parte. Luego me encaminé a ella, con
intencion de acabar aqui la vida, y, en
entrando por estas asperezas, del cansancio y
de la hambre se cayo mi mula muerta, o, lo
que yo mas creo, por desechar de si tan inutil
carga como en mi lleuaua. Yo quedé a pie,
rendido de la naturaleza, traspassado de
hambre, sin tener ni pensar buscar quien me
socorriesse.
  ”De aquella manera estuue no se qué tiempo
tendido en el suelo, al cabo del qual me
leuanté sin hambre, y hallé junto a mi a vnos
cabreros, que, sin duda, deuieron ser los que mi
necessidad remediaron, porque ellos me dixeron
de la manera que me auian hallado, y como
estaua diziendo tantos disparates y desatinos,
que daua indicios claros de auer perdido el
juyzio; y yo he sentido en mi, despues aca,
que no todas vezes le tengo cabal, sino tan
desmedrado y flaco, que hago mil locuras,
rasgandome los vestidos, dando vozes por estas
soledades, maldiziendo mi ventura y repitiendo
en vano el nombre amado de mi enemiga,
sin tener otro discurso ni intento entonces que
procurar acabar la vida vozeando; y quando
en mi bueluo, me hallo tan cansado y
molido que apenas puedo mouerme. Mi mas comun
habitacion es en el hueco de vn alcornoque,
capaz de cubrir este miserable cuerpo. Los
vaqueros y cabreros que andan por estas
montañas, mouidos de caridad, me sustentan,
poniendome el manjar por los caminos y por las
peñas por donde entienden que acaso podre
passar y hallarlo; y, assi, aunque entonces me
falte el juyzio, la necessidad natural me da a
conocer el mantenimiento, y despierta en mi
el desseo de apetecerlo y la voluntad de
tomarlo. Otras vezes me dizen ellos, quando me
encuentran con juyzio, que yo salgo a los
caminos, y que se lo quito por fuerça, aunque me
lo den de grado, a los pastores que vienen
con ello del lugar a las majadas.
  ”Desta manera passo mi miserable y estrema
vida, hasta que el cielo sea seruido de
conduzirle a su vltimo fin, o de ponerle en
mi memoria, para que no me acuerde de la
hermosura y de la traycion de Luscinda y del
agrauio de don Fernando; que si esto el haze
sin quitarme la vida, yo boluere a mejor
discurso mis pensamientos; donde no, no ay sino
rogarle que absolutamente tenga misericordia
de mi alma, que yo no siento en mi valor ni
fuerças para sacar el cuerpo desta estrecheza
en que por mi gusto he querido ponerle.
  ”Esta es, ¡o, señores!, la amarga historia de
mi desgracia; dezidme si es tal que pueda
celebrarse con menos sentimientos que los que en
mi aueys visto. Y no os canseys en persuadirme,
ni aconsejarme, lo que la razon os dixere
que puede ser bueno para mi remedio, porque
ha de aprouechar conmigo lo que aprouecha
la medicina recetada de famoso medico al
enfermo que recebir no la quiere. Yo no quiero
salud sin Luscinda, y pues ella gustó de ser
agena, siendo o deuiendo ser mia, guste yo
de ser de la desuentura, pudiendo auer sido de
la buena dicha. Ella quiso, con su mudança,
hazer estable mi perdicion; yo querre, con
procurar perderme, hazer contenta su voluntad, y
sera exemplo a los por venir de que a mi solo
faltó lo que a todos los desdichados sobra, a
los quales suele ser consuelo la impossibilidad
de tenerle, y en [mi es] causa de mayores
sentimientos y males, porque aun pienso que
no se han de acabar con la muerte.”
  Aqui dio fin Cardenio a su larga platica, y
tan desdichada como amorosa historia; y al
tiempo que el cura se preuenia para dezirle
algunas razones de consuelo, le suspendio vna
voz que llegó a sus oydos, que en lastimados
acentos oyeron que dezia lo que se dirá en la
quarta parte desta narracion; que en este punto
dio fin a la tercera el sabio y atentado
historiador Cide Hamete Benengeli.


                 QVARTA PARTE
                DEL INGENIOSO
            hidalgo don Quixote de
                  la Mancha.


               Capitulo XXVIII

Que trata de la nueua y agradable auentura
  que al cura y barbero sucedio en la
  mesma sierra.

  Felicissimos y venturosos fueron los tiempos
donde se echó al mundo el audacissimo cauallero
don Quixote de la Mancha, pues por auer
tenido tan honrosa determinacion, como fue el
querer resucitar y boluer al mundo la ya
perdida y casi muerta orden de la andante
caualleria, gozamos aora, en esta nuestra edad,
necessitada de alegres entretenimientos, no solo
de la dulçura de su verdadera historia, sino de
los cuentos y episodios della, que, en parte, no
son menos agradables y artificiosos y verdaderos
que la misma historia. La qual, prosiguiendo
su rastrillado, torcido y aspado hilo,
cuenta que, assi como el cura començo a
preuenirse para consolar a Cardenio, lo impidio
vna voz que llegó a sus oydos, que, con tristes
acentos, dezia desta manera:
  “¡Ay Dios! ¿Si sera possible que he ya hallado
lugar que pueda seruir de escondida sepultura
a la carga pesada deste cuerpo, que tan
contra mi voluntad sostengo? Si sera, si la
soledad que prometen estas sierras no me
miente. ¡Ay desdichada!, y quán mas agradable
compañia haran estos riscos y malezas a mi
intencion --pues me daran lugar para que con
quexas comunique mi desgracia al cielo-- que
no la de ningun hombre humano, pues no ay
ninguno en la tierra de quien se pueda esperar
consejo en las dudas, aliuio en las quexas, ni
remedio en los males.”
  Todas estas razones oyeron y percibieron el
cura y los que con el estauan; y por parecerles,
como ello era, que alli junto las dezian, se
leuantaron a buscar el dueño, y no huuieron
andado veynte passos, quando, detras de vn
peñasco, vieron sentado al pie de vn fresno a
vn moço vestido como labrador, al qual,
por tener inclinado el rostro, a causa de que se
lauaua los pies en el arroyo que por alli corria,
no se le pudieron ver por entonces; y ellos
llegaron con tanto silencio, que del no fueron
sentidos, ni el estaua a otra cosa atento que a
lauarse los pies, que eran tales, que no
parecian sino dos pedaços de blanco cristal que
entre las otras piedras del arroyo se auian
nacido. Suspendioles la blancura y belleza de los
pies, pareciendoles que no estauan hechos a
pisar terrones, ni a andar tras el arado y los
bueyes, como mostraua el habito de su dueño.
  Y, assi, viendo que no auian sido sentidos,
el cura, que yua delante, hizo señas a los
otros dos que se agaçapassen o escondiessen
detras de vnos pedaços de peña que alli auia;
y assi lo hizieron todos, mirando con atencion
lo que el moço hazia, el qual trahia puesto
vn capotillo pardo de dos haldas, muy ceñido
al cuerpo con vna toalla blanca. Trahia,
ansimesmo, vnos calçones y polaynas de paño
pardo, y en la cabeça vna montera parda.
Tenia las polaynas leuantadas hasta la
mitad de la pierna, que, sin duda alguna, de
blanco alabastro parecia. Acabose de lauar los
hermosos pies, y luego, con vn paño de tocar,
que sacó debaxo de la montera, se los limpió;
y, al querer quitarsele, alçó el rostro, y
tuuieron lugar los que mirandole estauan de ver
vna hermosura incomparable, tal, que
Cardenio dixo al cura con voz baxa:
  “Esta, ya que no es Luscinda, no es persona
humana, sino diuina.”
  El moço se quitó la montera, y, sacudiendo
la cabeça a vna y a otra parte, se començaron
a descoger y desparzir vnos cabellos que
pudieran los del sol tenerles embidia. Con esto
conocieron que el que parecia labrador era
muger, y delicada, y aun la mas hermosa que
hasta entonces los ojos de los dos auian visto,
y aun los de Cardenio, si no huuieran mirado
y conocido a Luscinda; que despues afirmó
que sola la belleza de Luscinda podia contender
con aquella. Los luengos y ruuios cabellos,
no solo le cubrieron las espaldas, mas toda en
torno la escondieron debaxo de ellos, que, si
no eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo
se parecia: tales y tantos eran. En esto, les
siruio de peyne vnas manos, que si los pies
en el agua auian parecido pedaços de cristal,
las manos en los cabellos semejauan pedaços
de apretada nieue; todo lo qual en mas
admiracion y en mas desseo de saber quién era
ponia a los tres que la mirauan.
  Por esto determinaron de mostrarse, y, al
mouimiento que hizieron de ponerse en pie, la
hermosa moça alçó la cabeça, y, apartandose
los cabellos de delante de los ojos con
entrambas manos, miró los que el ruydo hazian; y
apenas los huuo visto, quando se leuantó en
pie, y sin aguardar a calçarse ni a recoger los
cabellos, asio con mucha presteza vn bulto
como de ropa que junto a si tenia, y quiso
ponerse en huyda, llena de turbacion y sobresalto.
Mas no huuo dado seys passos, quando, no
pudiendo sufrir los delicados pies la aspereza
de las piedras, dio consigo en el suelo; lo qual
visto por los tres, salieron a ella, y el cura fue
el primero que le dixo:
  “Deteneos, señora, quienquiera que seays;
que los que aqui veys solo tienen intencion de
seruiros. No ay para que os pongays en tan
impertinente huyda, porque ni vuestros pies lo
podran sufrir, ni nosotros consentir.”
  A todo esto, ella no respondia palabra, atonita
y confusa. Llegaron, pues, a ella, y asiendola
por la mano el cura, prosiguio diziendo:
  “Lo que vuestro traje, señora, nos niega,
vuestros cabellos nos descubren: señales
claras, que no deuen de ser de poco momento las
causas que han disfraçado vuestra belleza en
habito tan indigno, y traydola a tanta soledad
como es esta, en la qual ha sido ventura el
hallaros, si no para dar remedio a vuestros
males, a lo menos, para darles consejo, pues
ningun mal puede fatigar tanto, ni llegar tan al
estremo de serlo, mientras no acaba la vida,
que rehuya de no escuchar siquiera el consejo
que con buena intencion se le da al que lo
padece. Assi que, señora mia, o señor mio, o lo
que vos quisierdes ser, perded el sobresalto
que nuestra vista os ha causado, y contadnos
vuestra buena o mala suerte; que en nosotros
juntos, o en cada vno, hallareys quien os
ayude a sentir vuestras desgracias.”
  En tanto que el cura dezia estas razones,
estaua la disfraçada moça como enuelesada,
mirandolos a todos, sin mouer labio ni dezir
palabra alguna, bien assi como rustico aldeano
que, de improuiso, se le muestran cosas raras
y del jamas vistas. Mas boluiendo el cura
a dezirle otras razones, al mesmo efeto
encaminadas, dando ella vn profundo suspiro,
rompio el silencio y dixo:
  “Pues que la soledad destas sierras no ha
sido parte para encubrirme, ni la soltura de mis
descompuestos cabellos no ha permitido que
sea mentirosa mi lengua, en balde seria fingir
yo de nueuo aora, lo que, si se me creyesse,
seria mas por cortesia que por otra razon
alguna. Presupuesto esto, digo, señores, que os
agradezco el ofrecimiento que me aueys hecho,
el qual me ha puesto en obligacion de satisfazeros
en todo lo que me aueys pedido, puesto
que temo que la relacion que os hiziere de mis
desdichas os ha de causar, al par de la compassion,
la pesadumbre, porque no aueys de hallar
remedio para remediarlas, ni consuelo para
entretenerlas. Pero con todo esto, porque no
ande vacilando mi honra en vuestras
intenciones, auiendome ya conocido por muger, y
viendome moça, sola y en este trage, cosas
todas juntas, y cada vna por si, que pueden
echar por tierra qualquier honesto credito, os
aure de dezir lo que quisiera callar, si pudiera.”
  Todo esto dixo sin parar la que tan hermosa
muger parecia, con tan suelta lengua, con voz
tan suaue, que no menos les admiró su discrecion
que su hermosura. Y, tornandole a hazer
nueuos ofrecimientos y nueuos ruegos para
que lo prometido cumpliesse, ella, sin hazerse
mas de rogar, calçandose con toda honestidad
y recogiendo sus cabellos, se acomodó en el
assiento de vna piedra, y puestos los tres
alrededor della, haziendose fuerça por detener
algunas lagrimas que a los ojos se le venian,
con voz reposada y clara començo la historia
de su vida desta manera:
  “En esta Andaluzia ay vn lugar, de quien
toma titulo vn duque, que le haze vno de
los que llaman grandes en España. Este tiene
dos hijos: el mayor, heredero de su estado, y, al
parecer, de sus buenas costumbres, y el menor,
no se yo de qué sea heredero, sino de las
trayciones de Vellido y de los embustes de
Galalon. Deste señor son vassallos mis padres,
humildes en linage, pero tan ricos, que si los
bienes de su naturaleza ygualaran a los de su
fortuna, ni ellos tuuieran mas que dessear, ni
yo temiera verme en la desdicha en que me
veo; porque quiça nace mi poca ventura de la
que no tuuieron ellos en no auer nacido
ilustres. Bien es verdad que no son tan baxos que
puedan afrentarse de su estado, ni tan altos
que a mi me quiten la imaginacion que tengo
de que de su humildad viene mi desgracia.
Ellos, en fin, son labradores, gente llana, sin
mezcla de alguna raza mal sonante, y, como
suele dezirse, christianos viejos ranciosos, pero
tan ricos, que su riqueza y magnifico trato
les va poco a poco adquiriendo nombre de
hidalgos, y aun de caualleros, puesto que de la
mayor riqueza y nobleza que ellos se preciauan
era de tenerme a mi por hija; y assi, por no
tener otra ni otro que los heredasse, como
por ser padres y aficionados, yo era vna de las
mas regaladas hijas que padres jamas regalaron.
Era el espejo en que se mirauan, el baculo
de su vejez y el sujeto a quien encaminauan,
midiendolos con el cielo, todos sus desseos; de
los quales, por ser ellos tan buenos, los mios
no salian vn punto. Y, del mismo modo que yo
era señora de sus animos, ansi lo era de su
hazienda. Por mi se recebian y despedian los
criados. La razon y cuenta de lo que se sembraua
y cogia passaua por mi mano: los molinos
de azeyte, los lagares del vino, el numero
del ganado mayor y menor, el de las
colmenas. Finalmente, de todo aquello que vn tan
rico labrador como mi padre puede tener, y
tiene, tenia yo la cuenta, y era la mayordoma
y señora, con tanta solicitud mia y con tanto
gusto suyo, que buenamente no acertaré a
encarecerlo.
  ”Los ratos que del dia me quedauan, despues
de auer dado lo que conuenia a los mayorales,
a capatazes y a otros jornaleros, los
entretenia en exercicios que son a las donzellas
tan licitos como necessarios, como son los que
ofrece la aguja y la almohadilla, y la rueca
muchas vezes; y, si alguna, por recrear el
animo, estos exercicios dexaua, me acogia al
entretenimiento de leer algun libro deuoto o a
tocar vna harpa, porque la experiencia me
mostraua que la musica compone los animos
descompuestos y aliuia los trabajos que nacen
del espiritu.
  ”Esta, pues, era la vida que yo tenia en casa
de mis padres, la qual si tan particularmente
he contado, no ha sido por ostentacion, ni por
dar a entender que soy rica, sino porque se
aduierta quán sin culpa me he venido de aquel
buen estado que he dicho, al infelice en que
aora me hallo. Es, pues, el caso que passando
mi vida en tantas ocupaciones y en vn
encerramiento tal, que al de vn monesterio pudiera
compararse, sin ser vista, a mi parecer, de
otra persona alguna que de los criados de
casa, porque los dias que yua a missa era tan
de mañana, y tan acompañada de mi madre
y de otras criadas, y yo tan cubierta y
recatada, que apenas vian mis ojos mas tierra de
aquella donde ponia los pies, y, con todo
esto, los del amor, o los de la ociosidad, por
mejor dezir, a quien los de lince no pueden
ygualarse, me vieron, puestos en la solicitud
de don Fernando, que este es el nombre del
hijo menor del duque que os he contado.”
  No huuo bien nombrado a don Fernando la
que el cuento contaua, quando a Cardenio se
le mudó la color del rostro, y començo a
trasudar, con tan grande alteracion, que el cura
y el barbero, que miraron en ello, temieron
que le venia aquel accidente de locura que
auian oydo dezir que de quando en quando
le venia. Mas Cardenio no hizo otra cosa que
trasudar y estarse quedo, mirando de hito en
hito a la labradora, imaginando quién ella era.
La qual, sin aduertir en los mouimientos de
Cardenio, prosiguio su historia, diziendo:
  ”Y no me huuieron bien visto, quando,
segun el dixo despues, quedó tan preso de mis
amores, quanto lo dieron bien a entender sus
demostraciones. Mas por acabar presto con
el cuento, que no le tiene, de mis desdichas,
quiero passar en silencio las diligencias que
don Fernando hizo para declararme su voluntad.
Sobornó toda la gente de mi casa, dio y
ofrecio dadiuas y mercedes a mis parientes.
Los dias eran todos de fiesta y de regozijo en
mi calle; las noches no dexauan dormir a
nadie las musicas. Los villetes que, sin saber
cómo, a mis manos venian, eran infinitos,
llenos de enamoradas razones y ofrecimientos,
con menos letras que promessas y juramentos.
Todo lo qual no solo no me ablandaua, pero
me endurecia de manera, como si fuera mi
mortal enemigo, y que todas las obras que
para reduzirme a su voluntad hazia, las hiziera
para el efeto contrario; no porque a mi me
pareciesse mal la gentileza de don Fernando, ni
que tuuiesse a demasia sus solicitudes,
porque me daua vn no se qué de contento verme
tan querida y estimada de vn tan principal
cauallero; y no me pesaua ver en sus papeles
mis alabanças; que en esto, por feas que
seamos las mugeres, me parece a mi que siempre
nos da gusto el oyr que nos llaman hermosas.
  ”Pero a todo esto se opone mi honestidad
y los consejos continuos que mis padres me
dauan, que ya muy al descubierto sabian la
voluntad de don Fernando, porque ya a el no
se le daua nada de que todo el mundo la
supiesse. Dezianme mis padres que en sola
mi virtud y bondad dexauan y depositauan su
honra y fama, y que considerasse la desigualdad
que auia entre mi y don Fernando, y que
por aqui echaria de ver que sus pensamientos,
aunque el dixesse otra cosa, mas se encaminauan
a su gusto que a mi prouecho; y que si
yo quisiesse poner en alguna manera algun
inconueniente para que el se dexasse de su
injusta pretension, que ellos me casarian luego
con quien yo mas gustasse, assi de los mas
principales de nuestro lugar, como de todos los
circunuezinos, pues todo se podia esperar de
su mucha hazienda y de mi buena fama. Con
estos ciertos prometimientos, y con la verdad
que ellos me dezian, fortificaua yo mi entereza,
y jamas quise responder a don Fernando
palabra que le pudiesse mostrar, aunque de muy
lexos, esperança de alcançar su desseo. Todos
estos recatos mios, que el deuia de tener por
desdenes, deuieron de ser causa de auiuar
mas su lasciuo apetito, que este nombre quiero
dar a la voluntad que me mostraua; la
qual, si ella fuera como deuia, no la supierades
vosotros aora, porque vuiera faltado la
ocasion de dezirosla.
  ”Finalmente, don Fernando supo que mis
padres andauan por darme estado, por quitalle
a el la esperança de posseerme, o, a lo
menos, porque yo tuuiesse mas guardas para
guardarme. Y esta nueua o sospecha fue causa
para que hiziesse lo que aora oyreys. Y fue
que vna noche, estando yo en mi aposento,
con sola la compañia de vna donzella que me
seruia, teniendo bien cerradas las puertas, por
temor que, por descuydo, mi honestidad no se
viesse en peligro, sin saber ni imaginar cómo,
en medio destos recatos y preuenciones, y en
la soledad deste silencio y encierro, me le
hallé delante, cuya vista me turbó de
manera, que me quitó la de mis ojos y me
enmudecio la lengua. Y, assi, no fuy poderosa de
dar vozes, ni aun el creo que me las dexara
dar, porque luego se llegó a mi, y, tomandome
entre sus braços, porque yo, como digo, no
tuue fuerças para defenderme, segun estaua
turbada, començo a dezirme tales razones,
que no se cómo es possible que tenga tanta
abilidad la mentira, que las sepa componer
de modo que parezcan tan verdaderas. Hazia
el traydor que sus lagrimas acreditassen sus
palabras, y los suspiros su intencion. Yo,
pobrezilla, sola, entre los mios mal exercitada
en casos semejantes, comence, no se en qué
modo, a tener por verdaderas tantas falsedades;
pero no de suerte que me mouiessen a
compassion, menos que buena, sus lagrimas
y suspiros.
  ”Y, assi, passandoseme aquel sobresalto
primero, torné algun tanto a cobrar mis perdidos
espiritus, y con mas animo del que pense
que pudiera tener, le dixe: «Si como estoy,
»señor, en tus braços, estuuiera entre los de vn
»leon fiero, y el librarme dellos se me
»assegurara con que hiziera o dixera cosa que fuera
»en perjuyzio de mi honestidad, assi fuera
»possible hazella o dezilla, como es possible dexar
»de auer sido lo que fue. Assi que, si tu tienes
»ceñido mi cuerpo con tus braços, yo tengo
»atada mi alma con mis buenos desseos, que
»son tan diferentes de los tuyos, como lo veras,
»si con hazerme fuerça quisieres passar
»adelante en ellos. Tu vassalla soy, pero no tu
»esclaua; ni tiene ni deue tener imperio la
»nobleza de tu sangre para deshonrar y tener
»en poco la humildad de la mia. Y en tanto
»me estimo yo, villana y labradora, como tu,
»señor y cauallero. Conmigo no han de ser de
»ningun efecto tus fuerças, ni han de tener
»valor tus riquezas, ni tus palabras han de
»poder engañarme, ni tus suspiros y
»lagrimas enternecerme. Si alguna de todas estas
»cosas que he dicho viera yo en el que mis
»padres me dieran por esposo, a su voluntad
»se ajustara la mia, y mi voluntad de la suya
»no saliera. De modo que, como quedara con
»honra, aunque quedara sin gusto, de grado
»le entregara lo que tu, señor, aora con tanta
»fuerça procuras. Todo esto he dicho, porque
»no es pensar que de mi alcance cosa alguna
»el que no fuere mi ligitimo esposo.» «Si no
»reparas mas que en esso, bellissima Dorotea»,
que este es el nombre desta desdichada --dixo
el desleal cauallero--, «ves, aqui te doy la
»mano de serlo tuyo, y sean testigos desta
»verdad los cielos, a quien ninguna cosa se
»asconde, y esta imagen de nuestra señora que
»aqui tienes.»”
  Quando Cardenio le oyo dezir que se llamaua
Dorotea, tornó de nueuo a sus sobresaltos,
y acabó de confirmar por verdadera su primera
opinion; pero no quiso interromper el cuento
por ver en qué venia a parar lo que el ya
casi sabia; solo dixo:
  “¿Que Dorotea es tu nombre, señora? Otra
he oydo yo dezir del mesmo, que quiça
corre parejas con tus desdichas. Passa
adelante; que tiempo vendra en que te diga cosas
que te espanten en el mesmo grado que te
lastimen.”
  Reparó Dorotea en las razones de Cardenio,
y en su estraño y desastrado traje, y rogole
que si alguna cosa de su hazienda sabia, se la
dixesse luego; porque si algo le auia dexado
bueno la fortuna, era el animo que tenia para
sufrir qualquier desastre que le sobreuiniesse,
segura de que, a su parecer, ninguno podia
llegar que el que tenia acrecentasse vn punto.
  “No le perdiera yo, señora”, respondio
Cardenio, “en dezirte lo que pienso, si fuera
verdad lo que imagino, y hasta aora no se pierde
coyuntura, ni a ti te importa nada el saberlo.”
  “Sea lo que fuere”, respondio Dorotea, “lo
que en mi cuento passa fue que, tomando don
Fernando vna ymagen que en aquel aposento
estaua, la puso por testigo de nuestro desposorio.
Con palabras eficacissimas y juramentos
estraordinarios me dio la palabra de ser mi
marido, puesto que, antes que acabasse de
dezirlas, le dixe que mirasse bien lo que hazia,
y que considerasse el enojo que su padre auia
de recebir de verle casado con vna villana,
vasalla suya; que no le cegasse mi hermosura,
tal qual era, pues no era bastante para hallar
en ella disculpa de su yerro, y que si algun
bien me queria hazer, por el amor que me
tenia, fuesse dexar correr mi suerte a lo ygual
de lo que mi calidad pedia, porque nunca
los tan desyguales casamientos se gozan, ni
duran mucho en aquel gusto con que se
comiençan.
  ”Todas estas razones que aqui he dicho, le
dixe, y otras muchas de que no me acuerdo;
pero no fueron parte para que el dexasse de
seguir su intento, bien ansi como el que no
piensa pagar, que, al concertar de la barata,
no repara en inconuenientes. Yo, a esta sazon,
hize vn breue discurso conmigo, y me dixe a
mi mesma: «Si, que no sere yo la primera
»que por via de matrimonio aya subido de
»humilde a grande estado, ni sera don Fernando
»el primero a quien hermosura o ciega aficion,
»que es lo mas cierto, aya hecho tomar
»compañia desygual a su grandeza. Pues si no
»hago ni mundo ni vso nueuo, bien es acudir
»a esta honra que la suerte me ofrece, puesto
»que en este no dure mas la voluntad que me
»muestra de quanto dure el cumplimiento de
»su desseo, que, en fin, para con Dios sere su
»esposa. Y si quiero con desdenes despedille,
»en termino le veo que no vsando el
»que deue, vsará el de la fuerça, y vendre a
»quedar deshonrada y sin disculpa de la culpa
»que me podia dar el que no supiere quán
»sin ella he venido a este punto. Porque, ¿qué
»razones seran bastantes para persuadir a mis
»padres y a otros que este cauallero entró en
»mi aposento sin consentimiento mio?»
  ”Todas estas demandas y respuestas rebolui
en vn instante en la imaginacion.
Y, sobre todo, me començaron a hazer fuerça,
y a inclinarme a lo que fue, sin yo pensarlo,
mi perdicion, los juramentos de don Fernando,
los testigos que ponia, las lagrimas que
derramaua, y, finalmente, su dispusicion
y gentileza, que, acompañada con tantas
muestras de verdadero amor, pudieran rendir
a otro tan libre y recatado coraçon como el
mio. Llamé a mi criada para que en la tierra
acompañasse a los testigos del cielo. Tornó
don Fernando a reyterar y confirmar sus
juramentos. Añadio a los primeros nueuos santos
por testigos; echose mil futuras maldiciones
si no cumpliesse lo que me prometia. Boluio
a humedecer sus ojos y a acrecentar sus
suspiros; apretome mas entre sus braços,
de los quales jamas me auia dexado. Y, con
esto, y con boluerse a salir del aposento mi
donzella, yo dexé de serlo y el acabó de ser
traydor y fementido.
  ”El dia que sucedio a la noche de mi
desgracia se venia aun no tan apriessa como yo
pienso que don Fernando desseaua, porque,
despues de cumplido aquello que el apetito
pide, el mayor gusto que puede venir es
apartarse de donde le alcançaron. Digo esto,
porque don Fernando dio priessa por partirse de
mi; y, por industria de mi donzella, que era
la misma que alli le auia traydo, antes que
amaneciesse se vio en la calle. Y, al
despedirse de mi, aunque no con tanto ahinco y
vehemencia como quando vino, me dixo que
estuuiesse segura de su fe y de ser firmes y
verdaderos sus juramentos; y para mas
confirmacion de su palabra, sacó vn rico anillo
del dedo y lo puso en el mio. En efecto, el se
fue y yo quedé, ni se si triste o alegre: esto
se bien dezir, que quedé confusa y pensatiua,
y casi fuera de mi, con el nueuo acaecimiento,
y no tuue animo, o no se me acordo, de reñir
a mi donzella por la traycion cometida de
encerrar a don Fernando en mi mismo aposento,
porque aun no me determinaua si era bien o
mal el que me auia sucedido. Dixele, al partir,
a don Fernando que por el mesmo camino
de aquella podia verme otras noches, pues
ya era suya, hasta que, quando el quisiesse,
aquel hecho se publicasse. Pero no vino otra
alguna, si no fue la siguiente, ni yo pude verle
en la calle ni en la yglesia en mas de vn mes,
que en vano me cansé en solicitallo, puesto
que supe que estaua en la villa y que los mas
dias yua a caça, exercicio de que el era muy
aficionado.
  ”Estos dias y estas horas bien se yo que
para mi fueron aziagos y menguadas. Y bien
se que comence a dudar en ellos, y aun a
descreer de la fe de don Fernando; y se tambien
que mi donzella oyo entonces las palabras que,
en reprehension de su atreuimiento, antes no
auia oydo; y se que me fue forçoso tener
cuenta con mis lagrimas y con la compostura de
mi rostro, por no dar ocasion a que mis padres
me preguntassen que de qué andaua descontenta
y me obligassen a buscar mentiras que
dezilles. Pero todo esto se acabó en vn punto,
llegandose vno donde se atropellaron respectos
y se acabaron los honrados discursos,
y adonde se perdio la paciencia y salieron a
plaça mis secretos pensamientos. Y esto fue
porque, de alli a pocos dias, se dixo en el lugar
como en vna ciudad alli cerca se auia casado
don Fernando con vna donzella hermosissima
en todo estremo y de muy principales padres,
aunque no tan rica, que por la dote pudiera
aspirar a tan noble casamiento. Dixose que se
llamaua Luszinda, con otras cosas que en sus
desposorios sucedieron, dignas de admiracion.”
  Oyo Cardenio el nombre de Luszinda, y no
hizo otra cosa que encoger los hombros, morderse
los labios, enarcar las cejas y dexar de
alli a poco caer por sus ojos dos fuentes de
lagrimas. Mas no por esto dexó Dorotea de
seguir su cuento, diziendo:
  “Llegó esta triste nueua a mis oydos, y en
lugar de elarseme el coraçon en oylla, fue tanta
la colera y rabia que se encendio en el, que
faltó poco para no salirme por las calles
dando vozes, publicando la aleuosia y traycion
que se me auia hecho. Mas templose esta furia
por entonces con pensar de poner aquella
mesma noche por obra lo que puse, que fue
ponerme en este habito que me dio vno de los
que llaman çagales en casa de los labradores,
que era criado de mi padre, al qual descubri
toda mi desuentura, y le rogue me acompañasse
hasta la ciudad, donde entendi que mi
enemigo estaua. El, despues que vuo reprehendido
mi atreuimiento y afeado mi determinacion,
viendome resuelta en mi parecer, se ofrecio
a tenerme compañia, como el dixo, hasta
el cabo del mundo. Luego, al momento encerre
en vna almohada de lienço vn vestido de muger
y algunas joyas y dineros, por lo que podia
suceder. Y en el silencio de aquella noche,
sin dar cuenta a mi traydora donzella, sali de
mi casa, acompañada de mi criado, y de
muchas imaginaciones, y me puse en camino de
la ciudad a pie, lleuada en buelo del desseo
de llegar, ya que no a estoruar lo que tenia
por hecho, a lo menos, a dezir a don Fernando
me dixesse con qué alma lo auia hecho.
  ”Llegué en dos dias y medio donde queria,
y, en entrando por la ciudad, pregunté por la
casa de los padres de Luszinda; y al primero
a quien hize la pregunta, me respondio mas
de lo que yo quisiera oyr. Dixome la casa y
todo lo que auia sucedido en el desposorio de
su hija; cosa tan publica en la ciudad, que se
hazen corrillos para contarla por toda ella.
Dixome que la noche que don Fernando se
desposó con Luszinda, despues de auer ella dado
el si de ser su esposa, le auia tomado vn rezio
desmayo, y que, llegando su esposo a desabrocharle
el pecho para que le diesse el ayre, le
halló vn papel escrito de la misma letra de
Luszinda, en que dezia y declaraua que ella
no podia ser esposa de don Fernando, porque
lo era de Cardenio, que, a lo que el hombre
me dixo, era vn cauallero muy principal de la
mesma ciudad; y que si auia dado el si a
don Fernando, fue por no salir de la obediencia
de sus padres. En resolucion, tales razones
dixo que contenia el papel, que daua a entender
que ella auia tenido intencion de matarse en
acabandose de desposar, y daua alli las razones
por que se auia quitado la vida; todo lo
qual dizen que confirmó vna daga que le hallaron,
no se en qué parte de sus vestidos. Todo
lo qual visto por don Fernando, pareciendole
que Luszinda le auia burlado y escarnecido y
tenido en poco, arremetio a ella antes que de
su desmayo boluiesse, y con la misma daga
que le hallaron la quiso dar de puñaladas, y lo
hiziera, si sus padres y los que se hallaron
presentes no se lo estoruaran. Dixeron mas: que
luego se ausentó don Fernando, y que Luszinda
no auia buelto de su parasismo hasta otro
dia, que conto a sus padres como ella era
verdadera esposa de aquel Cardenio que he dicho.
  ”Supe mas: que el Cardenio, segun dezian,
se halló presente a los desposorios, y que, en
viendola desposada, lo qual el jamas penso, se
salio de la ciudad desesperado, dexandole
primero escrita vna carta, donde daua a entender
el agrauio que Luszinda le auia hecho, y de
como el se yua adonde gentes no le viessen.
Esto todo era publico y notorio en toda la
ciudad, y todos hablauan dello; y mas hablaron
quando supieron que Luszinda auia faltado de
casa de sus padres y de la ciudad, pues no
la hallaron en toda ella; de que perdian el
juyzio sus padres y no sabian qué medio se tomar
para hallarla. Esto que supe puso en vando
mis esperanças, y tuue por mejor no auer
hallado a don Fernando, que no hallarle
casado, pareciendome que aun no estaua del todo
cerrada la puerta a mi remedio, dandome yo
a entender que podria ser que el cielo vuiesse
puesto aquel impedimento en el segundo
matrimonio, por atraerle a conocer lo que al
primero deuia, y a caer en la cuenta de que era
christiano, y que estaua mas obligado a su
alma que a los respetos humanos.
  ”Todas estas cosas reboluia en mi fantasia,
y me consolaua sin tener consuelo, fingiendo
vnas esperanças largas y desmayadas para
entretener la vida, que ya aborrezco. Estando,
pues, en la ciudad, sin saber qué hazerme,
pues a don Fernando no hallaua, llegó a mis
oydos vn publico pregon, donde se prometia
grande hallazgo a quien me hallasse, dando
las señas de la edad y del mesmo traje que
trahia. Y oy dezir que se dezia que me auia
sacado de casa de mis padres el moço que
conmigo vino, cosa que me llegó al alma, por ver
quán de cayda andaua mi credito, pues no
bastaua perderle con mi venida, sino añadir el
con quién, siendo subjeto tan baxo y tan
indigno de mis buenos pensamientos. Al punto
que oy el pregon, me sali de la ciudad con
mi criado, que ya començaua a dar muestras
de titubear en la fe que de fidelidad me tenia
prometida, y aquella noche nos entramos por
lo espesso desta montaña, con el miedo de
no ser hallados.
  ”Pero como suele dezirse que vn mal llama
a otro, y que el fin de vna desgracia suele ser
principio de otra mayor, assi me sucedio a mi;
porque mi buen criado, hasta entonces fiel y
seguro, assi como me vio en esta soledad,
incitado de su mesma vellaqueria antes que
de mi hermosura, quiso aprouecharse de la
ocasion que, a su parecer, estos yermos le
ofrecian. Y con poca verguença y menos temor de
Dios, ni respeto mio, me requirio de amores;
y viendo que yo, con feas y justas palabras,
respondia a las desuerguenças de sus
propositos, dexó aparte los ruegos, de quien
primero penso aprouecharse, y començo a vsar
de la fuerça. Pero el justo cielo, que pocas o
ningunas vezes dexa de mirar y fauorecer a
las justas intenciones, fauorecio las mias de
manera, que, con mis pocas fuerças y con poco
trabajo, di con el por vn derrumbadero, donde
le dexé, ni se si muerto o si viuo. Y luego, con
mas ligereza que mi sobresalto y cansancio
pedian, me entré por estas montañas, sin lleuar
otro pensamiento ni otro disignio que
esconderme en ellas y huyr de mi padre y de
aquellos que de su parte me andauan buscando.
  ”Con este desseo ha no se quantos meses
que entré en ellas, donde hallé vn ganadero
que me lleuó por su criado a vn lugar que está
en las entrañas desta sierra, al qual he seruido
de çagal todo este tiempo, procurando estar
siempre en el campo por encubrir estos cabellos
que aora, tan sin pensarlo, me han descubierto.
Pero toda mi industria y toda mi solicitud
fue, y ha sido, de ningun prouecho, pues
mi amo vino en conocimiento de que yo no
era varon, y nacio en el el mesmo mal
pensamiento que en mi criado; y como no siempre
la fortuna con los trabajos da los remedios, no
hallé derrumbadero ni barranco de donde despeñar
y despenar al amo, como le hallé para
el criado. Y, assi, tuue por menor inconueniente
dexalle y asconderme de nueuo entre estas
asperezas que prouar con el mis fuerças o mis
disculpas. Digo, pues, que me torné a
emboscar y a buscar donde, sin impedimento
alguno, pudiesse con suspiros y lagrimas
rogar al cielo se duela de mi desuentura y me
de industria y fauor para salir della, o para
dexar la vida entre estas soledades, sin que
quede memoria desta triste, que tan sin culpa
suya aura dado materia para que de ella se
hable y murmure en la suya y en las agenas
tierras.”

                Capitulo XXIX

Que trata de la discrecion de la hermosa
  Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y
  passatiempo.

  “Esta es, señores, la verdadera historia de
mi tragedia: mirad y juzgad aora si los suspiros
que escuchastes, las palabras que oystes
y las lagrimas que de mis ojos salian, tenian
ocasion bastante para mostrarse en mayor
abundancia; y considerada la calidad de mi
desgracia, vereys que sera en vano el consuelo,
pues es impossible el remedio della. Solo
os ruego, lo que con facilidad podreys y
deueys hazer, que me aconsejeys dónde podre
passar la vida, sin que me acabe el temor y
sobresalto que tengo de ser hallada de los
que me buscan; que, aunque se que el mucho
amor que mis padres me tienen me assegura
que sere dellos bien recebida, es tanta la
verguença que me ocupa solo al pensar
que, no como ellos pensauan, tengo de
parecer a su presencia, que tengo por mejor
desterrarme para siempre de ser vista, que no
verles el rostro con pensamiento que ellos
miran el mio ageno de la honestidad que de
mi se deuian de tener prometida.”
  Calló en diziendo esto, y el rostro se le
cubrio de vn color que mostro bien claro el
sentimiento y verguença del alma. En las suyas
sintieron los que escuchado la auian tanta
lastima como admiracion de su desgracia;
y aunque luego quisiera el cura consolarla y
aconsejarla, tomó primero la mano Cardenio,
diziendo:
  “En fin, señora, que tu eres la hermosa
Dorotea, la hija vnica del rico Clenardo.”
  Admirada quedó Dorotea quando oyo el
nombre de su padre, y de ver quán de poco
era el que le nombraua, porque ya se ha dicho
de la mala manera que Cardenio estaua
vestido. Y, assi, le dixo:
  “¿Y quién soys vos, hermano, que assi
sabeys el nombre de mi padre? Porque yo, hasta
aora, si mal no me acuerdo, en todo el
discurso del cuento de mi desdicha no le he
nombrado.”
  “Soy”, respondio Cardenio, “aquel sin ventura
que, segun vos, señora, aueys dicho, Luszinda
dixo que era su esposo. Soy el desdichado
Cardenio, a quien el mal termino de aquel
que a vos os ha puesto en el que estays, me
ha traydo a que me veays, qual me veys, roto,
desnudo, falto de todo humano consuelo, y, lo
que es peor de todo, falto de juyzio, pues no
le tengo sino quando al cielo se le antoja
darmele por algun breue espacio. Yo [Dorotea],
soy el que me hallé presente a las sinrazones
de don Fernando, y el que aguardó oyr el si
que de ser su esposa pronunció Luszinda. Yo
soy el que no tuuo animo para ver en qué paraua
su desmayo, ni lo que resultaua del papel
que le fue hallado en el pecho, porque no tuuo
el alma sufrimiento para ver tantas desuenturas
juntas; y, assi, dexé la casa y la paciencia,
y vna carta que dexé a vn huesped mio, a
quien rogue que en manos de Luszinda la
pusiesse, y vineme a estas soledades con
intencion de acabar en ellas la vida, que desde
aquel punto aborreci como mortal enemiga
mia. Mas no ha querido la suerte quitarmela,
contentandose con quitarme el juyzio, quiça
por guardarme para la buena ventura que he
tenido en hallaros, pues siendo verdad, como
creo que lo es, lo que aqui aueys contado,
aun podria ser que a entrambos nos tuuiesse
el cielo guardado mejor sucesso en nuestros
desastres que nosotros pensamos. Porque
presupuesto que Luszinda no puede casarse con
don Fernando, por ser mia, ni don Fernando
con ella, por ser vuestro, y auerlo ella tan
manifiestamente declarado, bien podemos esperar
que el cielo nos restituya lo que es nuestro,
pues está todauia en ser y no se ha enagenado
ni deshecho. Y pues este consuelo tenemos,
nacido no de muy remota esperança, ni fundado
en desuariadas imaginaciones, suplicoos,
señora, que tomeys otra resolucion en vuestros
honrados pensamientos, pues yo la pienso
tomar en los mios, acomodandoos a esperar
mejor fortuna; que yo os juro por la fe de
cauallero y de christiano de no desampararos
hasta veros en poder de don Fernando, y que,
quando con razones no le pudiere atraer a que
conozca lo que os deue, de vsar entonces la
libertad que me concede el ser cauallero y poder,
con justo titulo, desafialle en razon de la
sinrazon que os haze, sin acordarme de mis
agrauios, cuya vengança dexaré al cielo por
acudir en la tierra a los vuestros.”
  Con lo que Cardenio dixo se acabó de admirar
Dorotea, y por no saber qué gracias boluer
a tan grandes ofrecimientos, quiso tomarle
los pies para besarselos, mas no lo consintio
Cardenio; y el licenciado respondio por
entrambos y aprouo el buen discurso de Cardenio,
y, sobre todo, les rogo, aconsejó y persuadio
que se fuessen con el a su aldea, donde se
podrian reparar de las cosas que les faltauan,
y que alli se daria orden cómo buscar a don
Fernando, o cómo lleuar a Dorotea a sus padres,
o hazer lo que mas les pareciesse conueniente.
Cardenio y Dorotea se lo agradecieron
y acetaron la merced que se les ofrecia. El
barbero, que a todo auia estado suspenso y
callado, hizo tambien su buena platica y se
ofrecio, con no menos voluntad que el cura, a
todo aquello que fuesse bueno para seruirles.
  Conto, assimesmo, con breuedad la causa
que alli los auia traydo, con la estrañeza de la
locura de don Quixote, y como aguardauan a
su escudero, que auia ydo a buscalle. Vinosele
a la memoria a Cardenio, como por sueños, la
pendencia que con don Quixote auia tenido, y
contola a los demas; mas no supo dezir por
qué causa fue su quistion.
  En esto, oyeron vozes y conocieron que el
que las daua era Sancho Pança, que, por no
auerlos hallado en el lugar donde los dexó, los
llamaua a vozes. Salieronle al encuentro, y
preguntandole por don Quixote, les dixo
como le auia hallado desnudo en camisa,
flaco, amarillo y muerto de hambre, y suspirando
por su señora Dulzinea; y que, puesto
que le auia dicho que ella le mandaua que
saliesse de aquel lugar y se fuesse al del
Toboso, donde le quedaua esperando, auia
respondido que estaua determinado de no parecer
ante su fermosura fasta que ouiesse fecho
fazañas que le fiziessen digno de su gracia. Y
que si aquello passaua adelante, corria peligro
de no venir a ser emperador, como estaua
obligado, ni aun arçobispo, que era lo menos
que podia ser. Por esso, que mirassen lo que
se auia de hazer para sacarle de alli.
  El licenciado le respondio que no tuuiesse
pena; que ellos le sacarian de alli, mal que le
pesasse. Conto luego a Cardenio y a Dorotea lo
que tenian pensado para remedio de don Quixote,
a lo menos, para lleuarle a su casa. A lo
qual dixo Dorotea que ella haria la donzella
menesterosa mejor que el barbero, y mas, que
tenia alli vestidos con que hazerlo al natural, y
que la dexassen el cargo de saber representar
todo aquello que fuesse menester para lleuar
adelante su intento, porque ella auia leydo
muchos libros de cauallerias y sabia bien el
estilo que tenian las donzellas cuytadas quando
pedian sus dones a los andantes caualleros.
  “Pues no es menester mas”, dixo el cura,
“sino que luego se ponga por obra; que, sin
duda, la buena suerte se muestra en fauor
mio, pues tan sin pensarlo, a vosotros,
señores, se os ha començado a abrir puerta para
vuestro remedio, y a nosotros se nos ha
facilitado la que auiamos menester.”
  Sacó luego Dorotea de su almohada vna
saya entera de cierta telilla rica y vna mantellina
de otra vistosa tela verde, y de vna caxita
vn collar y otras joyas, con que en vn instante
se adornó, de manera, que vna rica y gran
señora parecia. Todo aquello y mas dixo que
auia sacado de su casa para lo que se ofreciesse,
y que hasta entonces no se le auia ofrecido
ocasion de auello menester. A todos contentó
en estremo su mucha gracia, donayre y
hermosura, y confirmaron a don Fernando por de
poco conocimiento, pues tanta belleza
desechaua.
  Pero el que mas se admiró fue Sancho Pança,
por parecerle, como era assi verdad, que
en todos los dias de su vida auia visto tan
hermosa criatura; y, assi, preguntó al cura con
grande ahinco le dixesse quién era aquella
tan fermosa señora y qué era lo que buscaua
por aquellos andurriales.
  “Esta hermosa señora”, respondio el cura,
“Sancho hermano, es, como quien no dize
nada, es la heredera, por linea recta de varon,
del gran reyno de Micomicon, la qual viene en
busca de vuestro amo a pedirle vn don, el qual
es que le desfaga vn tuerto o agrauio que vn
mal gigante le tiene fecho; y a la fama que de
buen cauallero vuestro amo tiene por todo
lo descubierto, de Guinea ha venido a
buscarle esta princesa.”
  “¡Dichosa buscada y dichoso hallazgo!”, dixo
a esta sazon Sancho Pança; “y mas si mi
amo es tan venturoso que desfaga esse
agrauio y enderece esse tuerto, matando a
esse hideputa desse gigante que vuestra merced
dize; que si matará, si el le encuentra, si
ya no fuesse fantasma; que contra las fantasmas
no tiene mi señor poder alguno. Pero vna
cosa quiero suplicar a vuestra merced, entre
otras, señor licenciado, y es que porque a mi
amo no le tome gana de ser arçobispo, que es
lo que yo temo, que vuestra merced le aconseje
que se case luego con esta princesa, y
assi quedará impossibilitado de recebir
ordenes arçobispales, y vendra con facilidad a
su imperio, y yo al fin de mis desseos; que yo
he mirado bien en ello y hallo por mi cuenta
que no me está bien que mi amo sea arçobispo,
porque yo soy inutil para la Yglesia, pues
soy casado, y andarme aora a traer dispensaciones
para poder tener renta por la Yglesia,
teniendo, como tengo, muger y hijos, seria
nunca acabar. Assi que, señor, todo el toque
está en que mi amo se case luego con esta
señora, que hasta aora no se su gracia, y assi
no la llamo por su nombre.”
  “Llamase”, respondio el cura, “la princesa
Micomicona, porque llamandose su reyno
Micomicon, claro está que ella se ha de llamar
assi.”
  “No ay duda en esso”, respondio Sancho;
“que yo he visto a muchos tomar el apellido y
alcurnia del lugar donde nacieron, llamandose
Pedro de Alcala, Iuan de Vbeda y Diego de
Valladolid; y esto mesmo se deue de vsar alla
en Guinea: tomar las reynas los nombres de
sus reynos.”
  “Assi deue de ser”, dixo el cura; “y en lo
del casarse vuestro amo, yo hare en ello
todos mis poderios.”
  Con lo que quedó tan contento Sancho,
quanto el cura admirado de su simplicidad y
de ver quán encaxados tenia en la fantasia los
mesmos disparates que su amo, pues sin
alguna duda se daua a entender que auia de
venir a ser emperador. Ya en esto se auia
puesto Dorotea sobre la mula del cura, y el
barbero se auia acomodado al rostro la barba
de la cola de buey, y dixeron a Sancho que
los guiasse adonde don Quixote estaua, al qual
aduirtieron que no dixesse que conocia al
licenciado ni al barbero, porque en no
conocerlos consistia todo el toque de venir a ser
emperador su amo; puesto que ni el cura ni
Cardenio quisieron yr con ellos, porque no se
le acordasse a don Quixote la pendencia que
con Cardenio auia tenido, y el cura porque
no era menester por entonces su presencia. Y,
assi, los dexaron yr delante y ellos los fueron
siguiendo a pie, poco a poco. No dexó de auisar
el cura lo que auia de hazer Dorotea, a lo que
ella dixo que descuydassen: que todo se haria
sin faltar punto, como lo pedian y pintauan los
libros de cauallerias.
  Tres quartos de legua aurian andado,
quando descubrieron a don Quixote entre vnas
intricadas peñas, ya vestido, aunque no armado;
y assi como Dorotea le vio y fue informada de
Sancho que aquel era don Quixote, dio del
açote a su palafren, siguiendole el bien barbado
barbero. Y, en llegando junto a el, el escudero
se arrojó de la mula y fue a tomar en los
braços a Dorotea, la qual, apeandose con grande
desemboltura, se fue a hincar de rodillas
ante las de don Quixote, y, aunque el
pugnaua por leuantarla, ella, sin leuantarse, le
fabló en esta guisa:
  “De aqui no me leuantaré, ¡o valeroso y
esforçado cauallero!, fasta que la vuestra bondad
y cortesia me otorgue vn don, el qual redundará
en honra y prez de vuestra persona, y en
pro de la mas desconsolada y agrauiada donzella
que el sol ha visto. Y si es que el valor
de vuestro fuerte braço corresponde a la voz
de vuestra inmortal fama, obligado estays
a fauorecer a la sin ventura que de tan lueñes
tierras viene, al olor de vuestro famoso
nombre, buscandoos para remedio de sus
desdichas.”
  “No os responderé palabra, fermosa señora”,
respondio don Quixote, “ni oyre mas cosa
de vuestra facienda, fasta que os leuanteys de
tierra.”
  “No me leuantaré, señor”, respondio la
afligida donzella, “si primero, por la vuestra
cortesia, no me es otorgado el don que pido.”
  “Yo vos le otorgo y concedo”, respondio
don Quixote, “como no se aya de cumplir en
daño o mengua de mi rey, de mi patria y de
aquella que de mi coraçon y libertad tiene la
llaue.”
  “No sera en daño ni en mengua de los que
dezis, mi buen señor”, replicó la dolorosa
donzella.
  Y, estando en esto, se llegó Sancho Pança
al oydo de su señor, y muy pasito le dixo:
  “Bien puede vuestra merced, señor, concederle
el don que pide, que no es cosa de nada:
solo es matar a vn gigantazo; y esta que lo
pide es la alta princesa Micomicona, reyna del
gran reyno Micomicon, de Etiopia.”
  “Sea quien fuere”, respondio don Quixote;
“que yo hare lo que soy obligado y lo que me
dicta mi conciencia, conforme a lo que
professado tengo.”
  Y, boluiendose a la donzella, dixo:
  “La vuestra gran fermosura se leuante; que
yo le otorgo el don que pedirme quisiere.”
  “Pues el que pido es”, dixo la donzella, “que
la vuestra magnanima persona se venga luego
conmigo donde yo le lleuare, y me prometa
que no se ha de entremeter en otra auentura
ni demanda alguna hasta darme vengança de
vn traydor que, contra todo derecho diuino y
humano, me tiene vsurpado mi reyno.”
  “Digo que assi lo otorgo”, respondio don
Quixote, “y assi podeys, señora, desde oy mas,
desechar la malenconia que os fatiga y
hazer que cobre nueuos brios y fuerças vuestra
desmayada esperança; que, con el ayuda de
Dios y la de mi braço, vos os vereys presto
restituyda en vuestro reyno y sentada en la
silla de vuestro antiguo y grande estado, a
pesar y a despecho de los follones que
contradezirlo quisieren; y manos a labor, que en la
tardança dizen que suele estar el peligro.”
  La menesterosa donzella pugnó con mucha
porfia por besarle las manos; mas don Quixote,
que en todo era comedido y cortes cauallero,
jamas lo consintio; antes la hizo leuantar
y la abraçó con mucha cortesia y comedimiento;
y mandó a Sancho que requiriesse las cinchas
a Rozinante, y le armasse luego al punto.
Sancho descolgo las armas, que, como trofeo,
de vn arbol estauan pendientes, y, requiriendo
las cinchas, en vn punto armó a su señor, el
qual, viendose armado, dixo:
  “Vamos de aqui, en el nombre de Dios, a
fauorecer esta gran señora.”
  Estauase el barbero aun de rodillas, teniendo
gran cuenta de dissimular la risa y de que
no se le cayesse la barba, con cuya cayda
quiça quedaran todos sin conseguir su buena
intencion; y, viendo que ya el don estaua
concedido, y con la diligencia que don Quixote
se alistaua para yr a cumplirle, se leuantó y
tomó de la otra mano a su señora, y entre
los dos la subieron en la mula; luego subio
don Quixote sobre Rozinante y el barbero se
acomodó en su caualgadura, quedandose
Sancho a pie, donde de nueuo se le renouo la
perdida del ruzio, con la falta que entonces
le hazia; mas todo lo lleuaua con gusto, por
parecerle que ya su señor estaua puesto en
camino y muy a pique de ser emperador, porque,
sin duda alguna, pensaua que se auia de
casar con aquella princessa y ser, por lo
menos, rey de Micomicon; solo le daua pesadumbre
el pensar que aquel reyno era en tierra
de negros, y que la gente que por sus vassallos
le diessen auian de ser todos negros, a
lo qual hizo luego en su imaginacion vn buen
remedio, y dixose a si mismo:
  “¿Qué se me da a mi que mis vassallos sean
negros? ¿Aura mas que cargar con ellos y
traerlos a España, donde los podre vender, y
adonde me los pagarán de contado, de cuyo
dinero podre comprar algun titulo o algun
oficio con que viuir descansado todos los dias
de mi vida? ¡No, sino dormios, y no tengays
ingenio ni habilidad para disponer de las cosas
y para vender treynta o diez mil vasallos en
dacame essas pajas! ¡Par Dios que los he de
bolar, chico con grande, o como pudiere; y que
por negros que sean los he de boluer blancos,
o amarillos; llegaos, que me mamo el dedo!”
  Con esto andaua tan solicito y tan contento,
que se le oluidaua la pesadumbre de caminar
a pie.
  Todo esto mirauan de entre vnas breñas
Cardenio y el cura, y no sabian qué hazerse
para juntarse con ellos; pero el cura, que era
gran tracista, imaginó luego lo que harian para
conseguir lo que desseauan, y fue que, con
vnas tixeras que trahia en vn estuche, quitó
con mucha presteza la barba a Cardenio y vistiole
vn capotillo pardo que el trahia, y diole
vn herreruelo negro, y el se quedó en calças
y en jubon; y quedó tan otro de lo que antes
parecia Cardenio, que el mesmo no se
conociera, aunque a vn espejo se mirara. Hecho
esto, puesto ya que los otros auian passado
adelante en tanto que ellos se disfraçaron, con
facilidad salieron al camino real antes que
ellos, porque las malezas y malos passos de
aquellos lugares no concedian que anduuiessen
tanto los de a cauallo como los de a pie.
En efeto, ellos se pusieron en el llano a la
salida de la sierra, y assi como salio della don
Quixote y sus camaradas, el cura se le puso a
mirar muy de espacio, dando señales de que
le yua reconociendo; y al cabo de auerle vna
buena pieça estado mirando, se fue a el
abiertos los braços y diziendo a vozes:
  “¡Para bien sea hallado el espejo de la
caualleria, el mi buen compatriote don Quixote
de la Mancha, la flor y la nata de la gentileza,
el amparo y remedio de los menesterosos, la
quinta essencia de los caualleros andantes!”
  Y, diziendo esto, tenia abraçado por la
rodilla de la pierna yzquierda a don Quixote, el
qual, espantado de lo que veia y oia dezir
y hazer aquel hombre, se le puso a mirar
con atencion, y, al fin, le conocio, y quedó
como espantado de verle, y hizo grande fuerça
por apearse; mas el cura no lo consintio, por
lo qual don Quixote dezia:
  “Dexeme vuestra merced, señor licenciado;
que no es razon que yo esté a cauallo, y vna
tan reuerenda persona como vuestra merced
esté a pie.”
  “Esso no consentire yo en ningun modo”,
dixo el cura; “estese la vuestra grandeza a
cauallo, pues estando a cauallo acaba las
mayores fazañas y auenturas que en nuestra edad
se han visto; que a mi, aunque indigno
sacerdote, bastaráme subir en las ancas de vna
destas mulas destos señores que con vuestra
merced caminan, si no lo han por enojo. Y aun
hare cuenta que voy cauallero sobre el cauallo
Pegaso, o sobre la cebra o alfana en que
caualgaua aquel famoso moro Muzaraque, que
aun hasta aora yaze encantado en la gran
cuesta Çulema, que dista poco de la gran
Compluto.”
  “Aun no caia yo en tanto, mi señor licenciado”,
respondio don Quixote, “y yo se que mi
señora la princessa sera seruida, por mi amor,
de mandar a su escudero de a vuestra merced
la silla de su mula; que el podra acomodarse
en las ancas, si es que ella las sufre.”
  “Si sufre, a lo que yo creo”, respondio la
princessa; “y tambien se que no sera menester
mandarselo al señor mi escudero, que el es
tan cortes y tan cortesano, que no consentira
que vna persona eclesiastica vaya a pie,
pudiendo yr a cauallo.”
  “Assi es”, respondio el barbero.
  Y, apeandose en vn punto, combidó al cura
con la silla, y el la tomó sin hazerse mucho de
rogar. Y fue el mal que, al subir a las ancas el
barbero, la mula, que, en efeto, era de alquiler,
que para dezir que era mala esto basta, alçó
vn poco los quartos traseros y dio dos cozes
en el ayre, que a darlas en el pecho de maese
Nicolas, o en la cabeça, el diera al diablo la
venida por don Quixote. Con todo esso le
sobresaltaron de manera, que cayo en el suelo,
con tan poco cuydado de las barbas, que se
le cayeron en el suelo; y como se vio sin
ellas, no tuuo otro remedio sino acudir a
cubrirse el rostro con ambas manos y a
quexarse que le auian derribado las muelas. Don
Quixote, como vio todo aquel maço de barbas
sin quixadas y sin sangre, lexos del rostro del
escudero caydo, dixo:
  “¡Viue Dios, que es gran milagro este! ¡Las
barbas le ha derribado y arrancado del rostro,
como si las quitaran a posta!”
  El cura, que vio el peligro que corria su
inuencion de ser descubierta, acudio luego a las
barbas y fuesse con ellas adonde yazia maese
Nicolas, dando aun vozes todauia; y de vn
golpe, llegandole la cabeça a su pecho, se las
puso, murmurando sobre el vnas palabras, que
dixo que era cierto ensalmo apropiado para
pegar barbas, como lo verian; y, quando se las
tuuo puestas, se apartó, y quedó el escudero
tan bien barbado y tan sano como de antes;
de que se admiró don Quixote sobremanera
y rogo al cura que, quando tuuiesse lugar, le
enseñasse aquel ensalmo; que el entendia que
su virtud a mas que pegar barbas se deuia de
estender, pues estaua claro que de donde las
barbas se quitassen auia de quedar la carne
llagada y maltrecha; y que pues todo lo
sanaua, a mas que barbas aprouechaua.
  “Assi es”, dixo el cura; y prometio de
enseñarsele en la primera ocasion.
  Concertaronse que, por entonces, subiesse
el cura, y a trechos se fuessen los tres mudando,
hasta que llegassen a la venta, que estaria
hasta dos leguas de alli. Puestos los tres a
cauallo, es a saber, don Quixote, la princessa y
el cura, y los tres a pie, Cardenio, el barbero
y Sancho Pança, don Quixote dixo a la
donzella:
  “Vuestra grandeza, señora mia, guie por
donde mas gusto le diere.”
  Y antes que ella respondiesse, dixo el
licenciado:
  “¿Hazia qué reyno quiere guiar la vuestra
señoria? ¿Es por ventura hazia el de
Micomicon? Que si deue de ser, o yo se poco de
reynos.”
  Ella, que estaua bien en todo, entendio que
auia de responder que si; y, assi, dixo:
  “Si, señor; hazia esse reyno es mi camino.”
  “Si assi es”, dixo el cura, “por la mitad de
mi pueblo hemos de passar, y de alli tomará
vuestra merced la derrota de Cartagena, donde
se podra embarcar con la buena ventura; y si
ay viento prospero, mar tranquilo y sin
borrasca, en poco menos de nueue años se podra
estar a vista de la gran laguna Meona, digo
Meotides, que está poco mas de cien jornadas
mas aca del reyno de vuestra grandeza.”
  “Vuestra merced está engañado, señor mio”,
dixo ella, “porque no ha dos años que yo parti
del, y, en verdad, que nunca tuue buen tiempo;
y, con todo esso, he llegado a ver lo que
tanto desseaua, que es al señor don Quixote
de la Mancha, cuyas nueuas llegaron a mis
oydos assi como puse los pies en España, y
ellas me mouieron a buscarle para encomendarme
en su cortesia y fiar mi justicia del valor
de su inuencible braço.”
  “¡No mas; cessen mis alabanças!”, dixo a
esta sazon don Quixote, “porque soy enemigo
de todo genero de adulacion, y, aunque esta
no lo sea, todauia ofenden mis castas orejas
semejantes platicas. Lo que yo se dezir, señora
mia, que ora tenga valor o no, el que tuuiere
o no tuuiere, se ha de emplear en vuestro
seruicio hasta perder la vida; y, assi, dexando
esto para su tiempo, ruego al señor licenciado
me diga qué es la causa que le ha traydo por
estas partes, tan solo, y tan sin criados, y
tan a la ligera, que me pone espanto.”
  “A esso yo respondere con breuedad”,
respondio el cura, “porque sabra vuestra merced,
señor don Quixote, que yo y maese Nicolas,
nuestro amigo y nuestro barbero, yuamos a Seuilla
a cobrar cierto dinero que vn pariente
mio, que ha muchos años que passó a Indias,
me auia embiado, y no tan pocos que no passan
de sesenta mil pesos ensayados, que es
otro que tal, y, passando ayer por estos
lugares, nos salieron al encuentro quatro
salteadores y nos quitaron hasta las barbas; y de
modo nos las quitaron, que le conuino al
barbero ponerselas postizas; y aun a este
mancebo que aqui va --señalando a Cardenio-- le
pusieron como de nueuo. Y es lo bueno, que
es publica fama por todos estos contornos, que
los que nos saltearon son de vnos galeotes
que dizen que libertó, casi en este mesmo
sitio, vn hombre tan valiente, que, a pesar del
comissario y de las guardas, los solto a todos;
y, sin duda alguna, el deuia de estar fuera de
juyzio, o deue de ser tan grande vellaco como
ellos, o algun hombre sin alma y sin conciencia,
pues quiso soltar al lobo entre las ouejas,
a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre
la miel; quiso defraudar la justicia, yr contra
su rey y señor natural, pues fue contra sus
justos mandamientos. Quiso, digo, quitar a las
galeras sus pies, poner en alboroto a la Santa
Hermandad, que auia muchos años que reposaua.
Quiso, finalmente, hazer vn hecho por
donde se pierda su alma y no se gane su
cuerpo.”
  Auiales contado Sancho al cura y al barbero
la auentura de los galeotes, que acabó su
amo con tanta gloria suya, y por esto cargaua
la mano el cura refiriendola, por ver lo que
hazia o dezia don Quixote, al qual se le
mudaua la color a cada palabra, y no osaua
dezir que el auia sido el libertador de aquella
buena gente.
  “Estos, pues”, dixo el cura, “fueron los que
nos robaron; ¡que Dios por su misericordia se
lo perdone al que no los dexó lleuar al deuido
suplicio!”

                 Capitulo XXX

Que trata del gracioso artificio y orden que se
  tuuo en sacar a nuestro enamorado cauallero
  de la asperissima penitencia en que se auia
  puesto.

  No huuo bien acabado el cura, quando
Sancho dixo:
  “Pues mia fe, señor licenciado, el que hizo
essa fazaña fue mi amo, y no porque yo no le
dixe antes y le auisé que mirasse lo que
hazia, y que era pecado darles libertad, porque
todos yuan alli por grandissimos vellacos.”
  “¡Majadero!”, dixo a esta sazon don Quixote;
“a los caualleros andantes no les toca, ni
atañe aueriguar, si los afligidos, encadenados
y opressos que encuentran por los caminos van
de aquella manera, o estan en aquella angustia
por sus culpas o por sus gracias; solo
le toca ayudarles como a menesterosos,
poniendo los ojos en sus penas y no en sus
vellaquerias. Yo topé vn rosario y sarta de gente
mohina y desdichada, y hize con ellos lo que
mi religion me pide, y lo demas alla se auenga;
y a quien mal le ha parecido, saluo la santa
dignidad del señor licenciado y su honrada
persona, digo que sabe poco de achaque de
caualleria, y que miente como vn hideputa y
mal nacido, y esto le hare conocer con mi
espada donde mas largamente se contiene.”
  Y esto dixo, afirmandose en los estribos y
calandose el morrion, porque la vazia de
barbero, que a su cuenta era el yelmo de
Mambrino, lleuaua colgado del arzon delantero,
hasta adobarla del mal tratamiento que la
hizieron los galeotes. Dorotea, que era discreta
y de gran donayre, como quien ya sabia el
menguado humor de don Quixote y que todos
hazian burla del, sino Sancho Pança, no quiso
ser para menos, y viendole tan enojado, le
dixo:
  “Señor cauallero, miembresele a la vuestra
merced el don que me tiene prometido, y que
conforme a el, no puede entremeterse en otra
auentura, por vrgente que sea; sossiegue vuestra
merced el pecho; que si el señor licenciado
supiera que por esse inuicto braço auian sido
librados los galeotes, el se diera tres puntos
en la boca, y aun se mordiera tres vezes la
lengua, antes que auer dicho palabra que en
despecho de vuestra merced redundara.”
  “Esso juro yo bien”, dixo el cura, “y aun
me huuiera quitado vn vigote.”
  “Yo callaré, señora mia”, dixo don Quixote,
“y reprimire la justa colera que ya en mi pecho
se auia leuantado, y yre quieto y pacifico hasta
tanto que os cumpla el don prometido; pero
en pago deste buen desseo os suplico me digays,
si no se os haze de mal, quál es la vuestra
cuyta y quántas, quiénes y quáles son las
personas de quien os tengo de dar deuida,
satisfecha y entera vengança.”
  “Esso hare yo de gana”, respondio Dorotea,
“si es que no os enfada oyr lastimas
y desgracias.”
  “No enfadará, señora mia”, respondio don
Quixote.
  A lo que respondio Dorotea:
  “Pues assi es, estenme vuestras mercedes
atentos.”
  No huuo ella dicho esto, quando Cardenio y
el barbero se le pusieron al lado, desseosos de
ver como fingia su historia la discreta
Dorotea, y lo mismo hizo Sancho, que tan
engañado yua con ella como su amo. Y ella,
despues de auerse puesto bien en la silla y
preuenidose con toser y hazer otros ademanes,
con mucho donayre començo a dezir desta
manera:
  “Primeramente quiero que vuestras
mercedes sepan, señores mios, que a mi me
llaman...”
  Y detuuose aqui vn poco, porque se le
oluidó el nombre que el cura le auia puesto;
pero el acudio al remedio, porque entendio en
lo que reparaua, y dixo:
  “No es marauilla, señora mia, que la vuestra
grandeza se turbe y empache contando sus
desuenturas; que ellas suelen ser tales, que
muchas vezes quitan la memoria a los que
maltratan, de tal manera, que aun de sus
mesmos nombres no se les acuerda, como han
hecho con vuestra gran señoria, que se ha
oluidado que se llama la princessa Micomicona,
legitima heredera del gran reyno Micomicon;
y con este apuntamiento puede la vuestra
grandeza reduzir aora facilmente a su lastimada
memoria todo aquello que contar quisiere.”
  “Assi es la verdad”, respondio la donzella,
“y desde aqui adelante creo que no sera
menester apuntarme nada; que yo saldre a buen
puerto con mi verdadera historia. La qual es
que el rey mi padre, que se llamaua Tinacrio
el Sabidor, fue muy docto en esto que llaman
el arte magica, y alcançó por su ciencia que
mi madre, que se llamaua la reyna Xaramilla,
auia de morir primero que el, y que de alli a
poco tiempo el tambien auia de passar desta
vida y yo auia de quedar huerfana de padre y
madre. Pero dezia el que no le fatigaua tanto
esto quanto le ponia en confusion saber por
cosa muy cierta que vn descomunal gigante,
señor de vna grande insula, que casi alinda
con nuestro reyno, llamado Pandafilando de la
Fosca Vista --porque es cosa aueriguada que
aunque tiene los ojos en su lugar y derechos,
siempre mira al reues, como si fuese vizco, y
esto lo haze el de maligno y por poner
miedo y espanto a los que mira--, digo que
supo que este gigante, en sabiendo mi
horfandad, auia de passar con gran poderio sobre
mi reyno y me lo auia de quitar todo, sin
dexarme vna pequeña aldea donde me recogiesse;
pero que podia escusar toda esta ruyna
y desgracia si yo me quisiesse casar con el;
mas, a lo que el entendia, jamas pensaua que
me vendria a mi en voluntad de hazer tan
desygual casamiento; y dixo en esto la pura
verdad, porque jamas me ha passado por el
pensamiento casarme con aquel gigante, pero
ni con otro alguno, por grande y desaforado
que fuesse.
  ”Dixo tambien mi padre que despues que el
fuesse muerto y viesse yo que Pandafilando
començaua a passar sobre mi reyno, que no
aguardasse a ponerme en defensa, porque seria
destruyrme, sino que libremente le dexasse
desembaraçado el reyno, si queria escusar la
muerte y total destruycion de mis buenos y
leales vassallos, porque no auia de ser
possible defenderme de la endiablada fuerça del
gigante; sino que luego, con algunos de los
mios, me pusiesse en camino de las Españas,
donde hallaria el remedio de mis males,
hallando a vn cauallero andante, cuya fama en
este tiempo se estenderia por todo este reyno,
el qual se auia de llamar, si mal no me
acuerdo, don Açote o don Gigote.”
  “Don Quixote diria, señora”, dixo a esta
sazon Sancho Pança, “o, por otro nombre, el
Cauallero de la Triste Figura.”
  “Assi es la verdad”, dixo Dorotea. “Dixo
mas: que auia de ser alto de cuerpo, seco de
rostro, y que en el lado derecho, debaxo del
ombro yzquierdo, o por alli junto, auia de tener
vn lunar pardo, con ciertos cabellos a manera
de cerdas.”
  En oyendo esto don Quixote, dixo a su
escudero:
  “Ten aqui, Sancho, hijo; ayudame a desnudar;
que quiero ver si soy el cauallero que
aquel sabio rey dexó profetizado.”
  “Pues ¿para qué quiere vuestra merced
desnudarse?”, dixo Dorotea.
  “Para ver si tengo esse lunar que vuestro
padre dixo”, respondio don Quixote.
  “No ay para qué desnudarse”, dixo Sancho;
“que yo se que tiene vuestra merced vn lunar
dessas señas en la mitad del espinazo, que es
señal de ser hombre fuerte.”
  “Esso basta”, dixo Dorotea; “porque con los
amigos no se ha de mirar en pocas cosas, y
que esté en el hombro, o que esté en el espinazo,
importa poco; basta que aya lunar, y esté
donde estuuiere, pues todo es vna mesma
carne; y, sin duda, acerto mi buen padre en
todo, y yo he acertado en encomendarme al
señor don Quixote, que el es por quien mi padre
dixo, pues las señales del rostro vienen con
las de la buena fama que este cauallero tiene,
no solo en España, pero en toda la Mancha,
pues apenas me huue desembarcado en Osuna,
quando ohi dezir tantas hazañas suyas que
luego me dio el alma que era el mesmo
que venia a buscar.”
  “¿Pues cómo se desembarcó vuestra merced
en Osuna, señora mia”, preguntó don Quixote,
“si no es puerto de mar?”
  Mas antes que Dorotea respondiesse, tomó
el cura la mano y dixo:
  “Deue de querer dezir la señora princessa
que, despues que desembarcó en Malaga, la
primera parte donde oyo nueuas de vuestra
merced fue en Osuna.”
  “Esso quise dezir”, dixo Dorotea.
  “Y esto lleua camino”, dixo el cura, “y
prosiga vuestra magestad adelante.”
  “No ay que proseguir”, respondio Dorotea,
“sino que, finalmente, mi suerte ha sido tan
buena en hallar al señor don Quixote, que ya
me cuento y tengo por reyna y señora de todo
mi reyno, pues el, por su cortesia y
magnificencia, me ha prometido el don de yrse
conmigo donde quiera que yo le lleuare, que no
sera a otra parte que a ponerle delante de
Pandafilando de la Fosca Vista para que le
mate y me restituya lo que tan contra razon me
tiene vsurpado; que todo esto ha de suceder a
pedir de boca, pues assi lo dexó profetizado
Tinacrio el Sabidor, mi buen padre; el qual
tambien dexó dicho y escrito, en letras caldeas
o griegas, que yo no las se leer, que si este
cauallero de la profecia, despues de auer
degollado al gigante, quisiesse casarse conmigo,
que yo me otorgasse luego, sin replica alguna,
por su legitima esposa, y le diesse la possession
de mi reyno, junto con la de mi persona.”
  “¿Qué te parece, Sancho amigo?”, dixo a
este punto don Quixote. “¿No oyes lo que
passa? ¿No te lo dixe yo? Mira si tenemos ya
reyno que mandar y reyna con quien casar.”
  “Esso juro yo”, dixo Sancho; “¡para el puto
que no se casare en abriendo el gaznatico al
señor Pandahilado! Pues ¡monta que es mala
la reyna! Assi se me bueluan las pulgas de la
cama.”
  Y, diziendo esto, dio dos çapatetas en el
ayre, con muestras de grandissimo contento, y
luego fue a tomar las riendas de la mula de
Dorotea, y, haziendola detener, se hincó de
rodillas ante ella, suplicandole le diesse las
manos para besarselas, en señal que la recibia
por su reyna y señora. ¿Quién no auia de reyr
de los circustantes, viendo la locura del amo
y la simplicidad del criado? En efecto,
Dorotea se las dio y le prometio de hazerle gran
señor en su reyno, quando el cielo le hiziesse
tanto bien que se lo dexasse cobrar y gozar.
Agradecioselo Sancho con tales palabras, que
renouo la risa en todos.
  “Esta, señores”, prosiguio Dorotea, “es mi
historia; solo resta por deziros que de quanta
gente de acompañamiento saqué de mi reyno,
no me ha quedado sino solo este buen barbado
escudero, porque todos se anegaron en vna
gran borrasca que tuuimos a vista del puerto.
Y el y yo salimos en dos tablas a tierra, como
por milagro; y assi, es todo milagro y misterio
el discurso de mi vida, como lo aureys
notado. Y si en alguna cosa he andado demasiada,
o no tan acertada como deuiera, echad la
culpa a lo que el señor licenciado dixo al
principio de mi cuento: que los trabajos continuos
y extraordinarios quitan la memoria al que los
padece.”
  “Essa no me quitarán a mi, ¡o alta y valerosa
señora!”, dixo don Quixote, “quantos yo
passare en seruiros, por grandes y no vistos
que sean. Y, assi, de nueuo confirmo el don
que os he prometido, y juro de yr con vos al
cabo del mundo hasta verme con el fiero enemigo
vuestro, a quien pienso, con el ayuda de
Dios y de mi braço, tajar la cabeça soberuia
con los filos desta, no quiero dezir buena
espada, merced a Gines de Passamonte, que me
lleuó la mia --esto dixo entre dientes, y
prosiguio diziendo--, y despues de auersela
tajado y puestoos en pacifica possession de
vuestro estado, quedará a vuestra voluntad
hazer de vuestra persona lo que mas en talante
os viniere; porque mientras que yo tuuiere
ocupada la memoria y cautiua la voluntad,
perdido el entendimiento, a aquella... y no
digo mas, no es possible que yo arrostre, ni
por pienso, el casarme, aunque fuesse con el
aue fenix.”
  Pareciole tan mal a Sancho lo que vltimamente
su amo dixo acerca de no querer casarse,
que, con grande enojo, alçando la voz, dixo:
  “¡Boto a mi y juro a mi, que no tiene vuestra
merced, señor don Quixote, cabal juyzio!
Pues ¿cómo es possible que pone vuestra merced
en duda el casarse con tan alta princesa
como aquesta? ¿Piensa que le ha de ofrecer la
fortuna, tras cada cantillo, semejante ventura
como la que aora se le ofrece? ¿Es por dicha
mas hermosa mi señora Dulzinea? No, por cierto;
ni aun con la mitad, y aun estoy por dezir
que no llega a su çapato de la que está
delante. Assi, noramala alcançaré yo el condado
que espero, si vuestra merced se anda a pedir
cotufas en el golfo. Casese, casesse luego,
encomiendole yo a Satanas, y tome esse reyno
que se le viene a las manos de vobis, vobis;
y, en siendo rey, hagame marques o adelantado,
y luego, siquiera se lo lleue el diablo todo.”
  Don Quixote, que tales blasfemias oyo dezir
contra su señora Dulzinea, no lo pudo sufrir,
y, alçando el lançon, sin hablalle palabra
a Sancho, y sin dezirle esta boca es mia, le dio
tales dos palos, que dio con el en tierra; y si
no fuera porque Dorotea le dio vozes que no
le diera mas, sin duda le quitara alli la vida.
  “¿Pensays”, le dixo a cabo de rato, “villano
ruyn, que ha de auer lugar siempre para ponerme
la mano en la horcaxadura, y que todo ha
de ser errar vos y perdonaros yo? Pues ¡no lo
penseys, vellaco descomulgado, que sin duda
lo estás, pues has puesto lengua en la sin
par Dulzinea! Y ¿no sabeys vos, gañan, faquin,
belitre, que si no fuesse por el valor
que ella infunde en mi braço, que no le tendria
yo para matar vna pulga? Dezid, socarron de
lengua viperina, y ¿quién pensays que ha
ganado este reyno; y cortado la cabeça a este
gigante; y hechoos a vos marques, que todo
esto doy ya por hecho y por cosa passada en
cosa juzgada, si no es el valor de Dulzinea,
tomando a mi braço por instrumento de sus
hazañas? Ella pelea en mi y vence en mi, y yo
viuo y respiro en ella, y tengo vida y ser. ¡O
hideputa, vellaco, y cómo soys desagradecido,
que os veys leuantado del poluo de la tierra
a ser señor de titulo, y correspondeys a tan
buena obra con dezir mal de quien os la hizo!”
  No estaua tan maltrecho Sancho que no
oyesse todo quanto su amo le dezia, y,
leuantandose con vn poco de presteza, se fue a
poner detras del palafren de Dorotea, y desde alli
dixo a su amo:
  “Digame, señor; si vuestra merced tiene
determinado de no casarse con esta gran princesa,
claro está que no sera el reyno suyo, y, no
siendolo, ¿qué mercedes me puede hazer? Esto
es de lo que yo me quexo; casese vuestra
merced vna por vna con esta reyna, aora que la
tenemos aqui como llouida del cielo, y despues
puede boluerse con mi señora Dulzinea; que
reyes deue de auer auido en el mundo que ayan
sido amancebados. En lo de la hermosura no
me entremeto, que, en verdad, si va a dezirla,
que entrambas me parecen bien, puesto que yo
nunca he visto a la señora Dulzinea.”
  “¿Cómo que no la has visto, traydor
blasfemo?”, dixo don Quixote; “pues ¿no acabas de
traerme aora vn recado de su parte?”
  “Digo que no la he visto tan despacio”,
dixo Sancho, “que pueda auer notado
particularmente su hermosura y sus buenas partes,
punto por punto; pero assi a bulto, me parece
bien.”
  “Aora te disculpo”, dixo don Quixote, “y
perdoname el enojo que te he dado; que los
primeros mouimientos no son en manos de los
hombres.”
  “Ya yo lo veo”, respondio Sancho, “y asi
en mi la gana de hablar siempre es primero
mouimiento, y no puedo dexar de dezir por vna
vez siquiera lo que me viene a la lengua.”
  “Con todo esso”, dixo don Quixote, “mira,
Sancho, lo que hablas, porque tantas vezes va
el cantarillo a la fuente...; y no te digo mas.”
  “Aora bien”, respondio Sancho, “Dios está
en el cielo, que ve las trampas, y sera juez de
quién haze mas mal: yo en no hablar bien, o
vuestra merced en [no] obrallo.”
  “¡No aya mas!”, dixo Dorotea; “corred,
Sancho, y besad la mano a vuestro señor y
pedilde perdon, y de aqui adelante andad mas
atentado en vuestras alabanças y vituperios,
y no digays mal de aquesa señora Tobosa, a
quien yo no conozco, si no es para seruilla, y
tened confianza en Dios, que no os ha de faltar
vn estado donde viuays como vn principe.”
  Fue Sancho cabizbajo y pidio la mano a su
señor, y el se la dio con reposado continente,
y despues que se la vuo besado, le echó la
bendicion, y dixo a Sancho que se adelantassen vn
poco: que tenia que preguntalle y que departir
con el cosas de mucha importancia. Hizolo
assi Sancho, y apartaronse los dos algo
adelante, y dixole don Quixote:
  “Despues que veniste no he tenido lugar ni
espacio para preguntarte muchas cosas de
particularidad acerca de la embaxada que lleuaste
y de la respuesta que truxiste, y aora, pues
la fortuna nos ha concedido tiempo y lugar, no
me niegues tu la ventura que puedes darme
con tan buenas nueuas.”
  “Pregunte vuestra merced lo que quisiere”,
respondio Sancho; “que a todo dare tan buena
salida como tuue la entrada. Pero suplico a
vuestra merced, señor mio, que no sea de aqui
adelante tan vengatiuo.”
  “¿Por qué lo dizes, Sancho?”, dixo don
Quixote.
  “Digolo”, respondio, “porque estos palos de
agora mas fueron por la pendencia que entre
los dos trauó el diablo la otra noche, que por
lo que dixe contra mi señora Dulzinea, a quien
amo y reuerencio como a vna reliquia, aunque
en ella no lo aya, solo por ser cosa de
vuestra merced.”
  “No tornes a essas platicas, Sancho, por tu
vida”, dixo don Quixote; “que me dan
pesadumbre; ya te perdoné entonces, y bien sabes
tu que suele dezirse: a pecado nueuo,
penitencia nueua.”
  En tanto que los dos yuan en estas platicas,
dixo el cura a Dorotea que auia andado
muy discreta, assi en el cuento como en la
breuedad del y en la similitud que tuuo con
los de los libros de cauallerias. Ella dixo que
muchos ratos se auia entretenido en leellos;
pero que no sabia ella donde eran las prouincias
ni puertos de mar, y que assi auia dicho
a tiento que se auia desembarcado en Ossuna.
  “Yo lo entendi assi”, dixo el cura, “y por esso
acudi luego a dezir lo que dixe, con que se
acomodó todo. Pero ¿no es cosa estraña ver
con quánta facilidad cree este desuenturado
hidalgo todas estas inuenciones y mentiras, solo
porque lleuan el estilo y modo de las
necedades de sus libros?”
  “Si es”, dixo Cardenio, “y tan rara y nunca
vista, que yo no se si queriendo inuentarla y
fabricarla mentirosamente, vuiera tan agudo
ingenio que pudiera dar en ella.”
  “Pues otra cosa ay en ello”, dixo el cura:
“que, fuera de las simplicidades que este buen
hidalgo dize tocantes a su locura, si le tratan de
otras cosas, discurre con bonissimas razones y
muestra tener vn entendimiento claro y apazible
en todo; de manera, que, como no le toquen
en sus cauallerias, no aura nadie que le juzgue
sino por de muy buen entendimiento.”
  En tanto que ellos yuan en esta conuersacion,
prosiguio don Quixote con la suya, y dixo a
Sancho:
  “Echemos, Pança amigo, pelillos a la mar
en esto de nuestras pendencias, y dime aora,
sin tener cuenta con enojo ni rencor alguno,
¿dónde, cómo y quándo hallaste a Dulzinea?
¿Qué hazia? ¿Qué le dixiste? ¿Qué te respondio?
¿Qué rostro hizo quando leya mi carta?
¿Quién te la trasladó? Y todo aquello que
vieres que en este caso es digno de saberse, de
preguntarse y satisfazerse, sin que añadas o
mientas por darme gusto, ni menos te acortes
por no quitarmele.”
  “Señor”, respondio Sancho, “si va a dezir la
verdad, la carta no me la trasladó nadie,
porque yo no lleué carta alguna.”
  “Assi es, como tu dizes”, dixo don Quixote,
“porque el librillo de memoria donde yo la
escriui le hallé en mi poder a cabo de dos dias
de tu partida, lo qual me causó grandissima
pena, por no saber lo que auias tu de hazer
quando te viesses sin carta, y crey siempre que
te boluieras desde el lugar donde la
echaras menos.”
  “Assi fuera”, respondio Sancho, “si no la
vuiera yo tomado en la memoria quando vuestra
merced me la leyo, de manera que se la dixe
a vn sacristan que me la trasladó del
entendimiento, tan punto por punto, que dixo que en
todos los dias de su vida, aunque auia leydo
muchas cartas de descomunion, no auia visto ni
leydo tan linda carta como aquella.”
  “Y ¿tienesla todauia en la memoria,
Sancho?”, dixo don Quixote.
  “No, señor”, respondio Sancho, “porque
despues que la di, como vi que no auia de ser de
mas prouecho, di en oluidalla. Y si algo se me
acuerda, es aquello del sobajada, digo del
soberana señora, y lo vltimo, «vuestro hasta
»la muerte, el Cauallero de la Triste Figura».
Y en medio destas dos cosas le puse mas de
trezientas almas, y vidas, y ojos mios.”

                Capitulo XXXI

De los sabrosos razonamientos que passaron
  entre don Quixote y Sancho Pança, su
  escudero, con otros sucessos.

  “Todo esso no me descontenta; prosigue
adelante”, dixo don Quixote. “Llegaste, y ¿qué
hazia aquella reyna de la hermosura? A buen
seguro que la hallaste ensartando perlas, o
bordando alguna empresa con oro de cañutillo
para este su cautiuo cauallero.”
  “No la hallé”, respondio Sancho, “sino
ahechando dos anegas de trigo en vn corral
de su casa.”
  “Pues haz cuenta”, dixo don Quixote, “que
los granos de aquel trigo eran granos de perlas,
tocados de sus manos. Y si miraste, amigo,
el trigo ¿era candeal, o trechel?”
  “No era sino rubion”, respondio Sancho.
  “Pues yo te asseguro”, dixo don Quixote,
“que, ahechado por sus manos, hizo pan
candeal, sin duda alguna; pero passa adelante.
Quando le diste mi carta, ¿besola? ¿Pusosela
sobre la cabeça? ¿Hizo alguna ceremonia digna
de tal carta, o qué hizo?”
  “Quando yo se la yua a dar”, respondio
Sancho, “ella estaua en la fuga del meneo de
vna buena parte de trigo que tenia en la criua.
Y dixome: «Poned, amigo, essa carta sobre
»aquel costal; que no la puedo leer hasta que
»acabe de acriuar todo lo que aqui está.»”
  “Discreta señora”, dixo don Quixote; “esso
deuio de ser por leerla despacio y recrearse
con ella. Adelante, Sancho; y en tanto que
estaua en su menester, ¿qué coloquios passó
contigo? ¿Qué te preguntó de mi? Y tu, ¿qué le
respondiste? Acaba, cuentamelo todo, no se
te quede en el tintero vna minima.”
  “Ella no me preguntó nada”, dixo Sancho;
“mas yo le dixe de la manera que vuestra merced,
por su seruicio, quedaua haziendo penitencia,
desnudo de la cintura arriba, metido entre
estas sierras, como si fuera saluaje, durmiendo
en el suelo, sin comer pan a manteles ni sin
peynarse la barba, llorando y maldiziendo su
fortuna.”
  “En dezir que maldezia mi fortuna dixiste
mal”, dixo don Quixote, “porque antes la bendigo
y bendezire todos los dias de mi vida por
auerme hecho digno de merecer amar tan alta
señora como Dulzinea del Toboso.”
  “Tan alta es”, respondio Sancho, “que a
buena fe que me lleua a mi mas de vn coto.”
  “Pues ¿cómo, Sancho”, dixo don Quixote,
“haste medido tu con ella?”
  “Medime en esta manera”, respondio Sancho:
“que llegandole a ayudar a poner vn
costal de trigo sobre vn jumento, llegamos tan
juntos, que eché de ver que me lleuaua mas
de vn gran palmo.”
  “Pues ¡es verdad”, replicó don Quixote, “que
no acompaña essa grandeza y la adorna con
mil millones de gracias del alma! Pero no
me negarás, Sancho, vna cosa: quando llegaste
junto a ella, ¿no sentiste vn olor sabeo, vna
fragancia aromatica y vn no se qué de
bueno, que yo no acierto a dalle nombre? Digo
¿vn tuho, o tufo, como si estuuieras en la tienda
de algun curioso guantero?”
  “Lo que se dezir”, dixo Sancho, “es que
senti vn olorzillo algo hombruno, y deuia de
ser que ella, con el mucho exercicio, estaua
sudada y algo correosa.”
  “No seria esso”, respondio don Quixote,
“sino que tu deuias de estar romadizado o te
deuiste de oler a ti mismo, porque yo se bien
a lo que huele aquella rosa entre espinas,
aquel lirio del campo, aquel ambar desleydo.”
  “Todo puede ser”, respondio Sancho; “que
muchas vezes sale de mi aquel olor que
entonces me parecio que salia de su merced de
la señora Dulzinea; pero no ay de qué
marauillarse, que vn diablo parece a otro.”
  “Y bien”, prosiguio don Quixote, “he aqui
que acabó de limpiar su trigo y de embiallo al
molino. ¿Qué hizo quando leyo la carta?”
  “La carta”, dixo Sancho, “no la leyo, porque
dixo que no sabia leer ni escriuir; antes la
rasgó y la hizo menudas pieças, diziendo que no
la queria dar a leer a nadie, porque no se
supiessen en el lugar sus secretos, y que bastaua
lo que yo le auia dicho de palabra acerca del
amor que vuestra merced le tenia y de la
penitencia extraordinaria que por su causa quedaua
haziendo. Y, finalmente, me dixo que dixesse
a vuestra merced que le besaua las manos y
que alli quedaua con mas desseo de verle que
de escriuirle, y que assi le suplicaua, y mandaua,
que, vista la presente, saliesse de aquellos
matorrales y se dexasse de hazer disparates
y se pusiesse luego luego en camino del
Toboso, si otra cosa de mas importancia no le
sucediesse, porque tenia gran desseo de ver a
vuestra merçed. Riose mucho quando le dixe
como se llamaua vuestra merced el Cauallero
de la Triste Figura. Preguntele si auia ydo alla
el vizcayno de marras; dixome que si, y que
era vn hombre muy de bien. Tambien le
pregunté por los galeotes, mas dixome que no
auia visto hasta entonces alguno.”
  “Todo va bien hasta agora”, dixo don Quixote.
“Pero dime: ¿qué joya fue la que te dio
al despedirte, por las nueuas que de mi le
lleuaste? Porque es vsada y antigua costumbre
entre los caualleros y damas andantes dar a
los escuderos, donzellas o enanos que les
lleuan nueuas, de sus damas a ellos, a ellas de
sus andantes, alguna rica joya, en albricias, en
agradecimiento de su recado.”
  “Bien puede esso ser assi, y yo la tengo por
buena vsança. Pero esso deuio de ser en los
tiempos passados; que aora solo se deue de
acostumbrar a dar vn pedaço de pan y queso,
que esto fue lo que me dio mi señora Dulzinea,
por las bardas de vn corral, quando della me
despedi; y aun, por mas señas, era el queso
ouejuno.”
  “Es liberal en estremo”, dixo don Quixote, “y
si no te dio joya de oro, sin duda deuio de ser
porque no la tendria alli a la mano para
dartela; pero buenas son mangas despues de Pasqua;
yo la vere, y se satisfara todo. ¿Sabes
de qué estoy marauillado, Sancho? De que me
parece que fuyste y veniste por los ayres, pues
poco mas de tres dias has tardado en yr y venir
desde aqui al Toboso, auiendo de aqui alla
mas de treynta leguas. Por lo qual me doy a
entender que aquel sabio nigromante que tiene
cuenta con mis cosas y es mi amigo, porque
por fuerça le ay y le ha de auer, so pena que yo
no seria buen cauallero andante, digo que este
tal te deuio de ayudar a caminar sin que tu lo
sintiesses; que ay sabio destos que coje a vn
cauallero andante durmiendo en su cama y, sin
saber cómo o en qué manera, amanece otro dia
mas de mil leguas de donde anochecio. Y si no
fuesse por esto, no se podrian socorrer en sus
peligros los caualleros andantes vnos a otros,
como se socorren a cada passo. Que acaece
estar vno peleando en las sierras de Armenia
con algun endriago o con algun fiero vestiglo,
o con otro cauallero, donde lleua lo peor
de la batalla y está ya a punto de muerte, y
quando no os me cato assoma por aculla,
encima de vna nuue o sobre vn carro de fuego,
otro cauallero amigo suyo que poco antes se
hallaua en Ingalaterra, que le fauorece y libra
de la muerte, y a la noche se halla en su
posada cenando muy a su sabor, y suele auer de
la vna a la otra parte dos o tres mil leguas.
Y todo esto se haze por industria y sabiduria
destos sabios encantadores que tienen cuydado
destos valerosos caualleros. Assi que, amigo
Sancho, no se me haze dificultoso creer que en
tan breue tiempo ayas ydo y venido desde este
lugar al del Toboso; pues, como tengo dicho,
algun sabio amigo te deuio de lleuar en
bolandillas, sin que tu lo sintiesses.”
  “Assi seria”, dixo Sancho, “porque a buena
fe que andaua Rozinante como si fuera asno
de gitano con azogue en los oydos.”
  “Y ¡cómo si lleuaua azogue!”, dixo don
Quixote, “y aun vna legion de demonios, que es
gente que camina y haze caminar sin cansarse,
todo aquello que se les antoja. Pero, dexando
esto aparte, ¿qué te parece a ti que deuo yo
de hazer aora, cerca de lo que mi señora me
manda que la vaya a ver?; que aunque yo
veo que estoy obligado a cumplir su
mandamiento, veome tambien impossibilitado del
don que he prometido a la princesa que con
nosotros viene, y fuerçame la ley de caualleria
a cumplir mi palabra antes que mi gusto. Por
vna parte, me acossa y fatiga el desseo de ver
a mi señora; por otra, me incita y llama la
prometida fe y la gloria que he de alcançar en
esta empresa. Pero lo que pienso hazer sera
caminar a priessa y llegar presto donde está
este gigante, y, en llegando, le cortaré la
cabeça y pondre a la princesa pacificamente en su
estado, y al punto dare la buelta a ver a la luz
que mis sentidos alumbra. A la qual dare tales
disculpas, que ella venga a tener por buena
mi tardança, pues vera que todo redunda
en aumento de su gloria y fama, pues quanta
yo he alcançado, alcanço y alcançare por las
armas en esta vida, toda me viene del fauor
que ella me da y de ser yo suyo.”
  “¡Ay”, dixo Sancho, “y cómo está vuestra
merced lastimado de essos cascos! Pues
digame, señor, ¿piensa vuestra merced caminar
este camino en balde y dexar passar y perder
vn tan rico y tan principal casamiento como
este, donde le dan en dote vn reyno, que a
buena verdad que he oydo dezir que tiene mas
de veynte mil leguas de contorno, y que es
abundantissimo de todas las cosas que son
necessarias para el sustento de la vida humana,
y que es mayor que Portugal y que Castilla
juntos? Calle, por amor de Dios, y tenga
verguença de lo que ha dicho, y tome mi consejo,
y perdoneme, y casesse luego en el primer
lugar que aya cura, y si no, ahi está nuestro
licenciado, que lo hara de perlas. Y aduierta
que ya tengo edad para dar consejos, y que
este que le doy le viene de molde; y que
mas vale paxaro en mano que buytre bolando,
porque quien bien tiene y mal escoge, por bien
que se enoja, no se venga.”
  “Mira, Sancho”, respondio don Quixote, “si
el consejo que me das de que me case es
porque sea luego rey, en matando al gigante, y
tenga comodo para hazerte mercedes y darte
lo prometido, hagote saber que sin casarme
podre cumplir tu desseo muy facilmente, porque
yo sacaré de adahala, antes de entrar
en la batalla, que, saliendo vencedor della, ya
que no me case, me han de dar vna parte del
reyno para que la pueda dar a quien yo
quisiere, y, en dandomela, ¿a quién quieres tu
que la de sino a ti?”
  “Esso está claro”, respondio Sancho; “pero
mire vuestra merced que la escoja hazia la
marina, porque, si no me contentare la
viuienda, pueda embarcar mis negros vassallos y
hazer dellos lo que ya he dicho. Y vuestra
merced no se cure de yr por agora a ver
a mi señora Dulzinea, sino vayasse a matar
al gigante y concluyamos este negocio; que
por Dios que se me assienta que ha de ser de
mucha honra y de mucho prouecho.”
  “Digote, Sancho”, dixo don Quixote, “que
estás en lo cierto, y que aure de tomar tu
consejo en quanto el yr antes con la princesa que
a ver a Dulzinea. Y auisote que no digas nada
a nadie, ni a los que con nosotros vienen, de
lo que aqui hemos departido y tratado; que
pues Dulzinea es tan recatada que no quiere
que se sepan sus pensamientos, no sera bien
que yo, ni otro por mi, los descubra.”
  “Pues si esso es assi”, dixo Sancho, “¿cómo
haze vuestra merced que todos los que vence
por su braço se vayan a presentar ante mi
señora Dulzinea, siendo esto firma de su nombre,
que la quiere bien, y que es su enamorado? Y
siendo forçoso que los que fueren se han de yr
a hincar de finojos ante su presencia y dezir
que van de parte de vuestra merced a dalle la
obediencia, ¿cómo se pueden encubrir los
pensamientos de entrambos?”
  “¡O, qué necio y qué simple que eres!”, dixo
don Quixote. “¿Tu no ves, Sancho, que esso
todo redunda en su mayor ensalçamiento?
Porque has de saber que en este nuestro estilo
de caualleria es gran honra tener vna dama
muchos caualleros andantes que la siruan, sin
que se estiendan mas sus pensamientos que a
seruilla, por solo ser ella quien es, sin esperar
otro premio de sus muchos y buenos desseos
sino que ella se contente de acetarlos por sus
caualleros.”
  “Con essa manera de amor”, dixo Sancho,
“he oydo yo predicar que se ha de amar a
Nuestro Señor, por si solo, sin que nos mueua
esperança de gloria o temor de pena. Aunque
yo le querria amar y seruir por lo que
pudiesse.”
  “¡Valate el diablo por villano”, dixo don
Quixote, “y qué de discreciones dizes a las
vezes!; no parece sino que has estudiado.”
  “Pues a fe mia que no se leer”, respondio
Sancho.
  En esto, les dio vozes maesse Nicolas que
esperassen vn poco; que querian detenerse a
beuer en vna fontezilla que alli estaua.
Detuuose don Quixote, con no poco gusto de
Sancho, que ya estaua cansado de mentir tanto, y
temia no le cogiesse su amo a palabras; porque,
puesto que el sabia que Dulzinea era vna
labradora del Toboso, no la auia visto en toda
su vida.
  Auiase en este tiempo vestido Cardenio los
vestidos que Dorotea traya quando la hallaron,
que, aunque no eran muy buenos, hazian mucha
ventaja a los que dexaua. Apearonse junto
a la fuente, y con lo que el cura se acomodó
en la venta satisfizieron, aunque poco, la
mucha hambre que todos trayan.
  Estando en esto, acerto a passar por alli vn
muchacho que yua de camino, el qual,
poniendose a mirar con mucha atencion a los
que en la fuente estauan, de alli a poco
arremetio a don Quixote, y abraçandole por las
piernas, començo a llorar muy de proposito,
diziendo:
  “¡Ay, señor mio!, ¿no me conoce vuestra
merced? Pues mireme bien, que yo soy aquel
moço Andres que quitó vuestra merced de la
encina donde estaua atado.”
  Reconociole don Quixote y, asiendole por la
mano, se boluio a los que alli estauan, y dixo:
  “Porque vean vuestras mercedes quán de
importancia es auer caualleros andantes en el
mundo, que desfagan los tuertos y agrauios
que en el se hazen por los insolentes y malos
hombres que en el viuen, sepan vuestras
mercedes que los dias passados, passando yo por
vn bosque, oy vnos gritos y vnas vozes muy
lastimosas, como de persona afligida y
menesterosa; acudi luego, lleuado de mi obligacion,
hazia la parte donde me parecio que las
lamentables vozes sonauan, y hallé atado a vna
encina a este muchacho que aora está delante,
de lo que me huelgo en el alma, porque sera
testigo que no me dexará mentir en nada.
Digo que estaua atado a la encina, desnudo
del medio cuerpo arriba, y estauale abriendo
a açotes con las riendas de vna yegua vn
villano, que despues supe que era amo suyo;
y assi como yo le vi, le pregunté la causa de
tan atroz vapulamiento; respondio el zafio que
le açotaua porque era su criado, y que ciertos
descuydos que tenia nacian mas de ladron que
de simple. A lo qual este niño dixo: «Señor,
»no me açota sino porque le pido mi salario.”
El amo replicó no se qué arengas y disculpas,
las quales, aunque de mi fueron oydas, no
fueron admitidas. En resolucion, yo le hize
desatar, y tomé juramento al villano de que le
lleuaria consigo y le pagaria vn real sobre
otro, y aun sahumados. ¿No es verdad todo
esto, hijo Andres? ¿No notaste con quánto
imperio se lo mandé y con quánta humildad
prometio de hazer todo quanto yo le impuse,
y notifiqué y quise? Responde, no te turbes ni
dudes en nada; di lo que passó a estos señores,
porque se vea y considere ser del prouecho
que digo auer caualleros andantes por los
caminos.”
  “Todo lo que vuestra merced ha dicho es
mucha verdad”, respondio el muchacho; “pero
el fin del negocio sucedio muy al reues de lo
que vuestra merced se imagina.”
  “¿Cómo al reues?”, replicó don Quixote;
“¿luego no te pagó el villano?”
  “No solo no me pagó”, respondio el muchacho,
“pero assi como vuestra merced traspuso
del bosque y quedamos solos, me boluio a atar
a la mesma encina y me dio de nueuo
tantos açotes, que quedé hecho vn Sambartolome
desollado. Y a cada açote que me daua me
dezia vn donayre y chufeta acerca de hazer
burla de vuestra merced, que, a no sentir yo
tanto dolor, me riera de lo que dezia. En
efecto, el me paró tal, que hasta aora he estado
curandome en vn hospital del mal que el mal
villano entonces me hizo. De todo lo qual tiene
vuestra merced la culpa, porque si se fuera su
camino adelante y no viniera donde no le
llamauan, ni se entremetiera en negocios agenos,
mi amo se contentara con darme vna o dos
dozenas de açotes, y luego me soltara y pagara
quanto me deuia. Mas como vuestra merced
le deshonró tan sin proposito y le dixo tantas
villanias, encendiosele la colera, y como
no la pudo vengar en vuestra merced, quando
se vio solo descargó sobre mi el nublado, de
modo, que me parece que no sere mas hombre
en toda mi vida.”
  “El daño estuuo”, dixo don Quixote, “en
yrme yo de alli, que no me auia de yr hasta
dexarte pagado; porque bien deuia yo de saber,
por luengas experiencias, que no ay villano que
guarde palabra que [diere], si el vee que
no le está bien guardalla. Pero ya te acuerdas,
Andres, que yo juré que si no te pagaua, que
auia de yr a buscarle y que le auia de hallar,
aunque se escondiesse en el vientre de la
vallena.”
  “Assi es la verdad”, dixo Andres, “pero no
aprouechó nada.”
  “Ahora veras si aprouecha”, dixo don
Quixote.
  Y, diziendo esto, se leuantó muy apriessa y
mandó a Sancho que enfrenasse a Rozinante,
que estaua paciendo en tanto que ellos
comian. Preguntole Dorotea qué era lo que
hazer queria. El le respondio que queria yr a
buscar al villano y castigalle de tan mal
termino y hazer pagado a Andres hasta el vltimo
marauedi, a despecho y pesar de quantos
villanos huuiesse en el mundo. A lo que ella
respondio que aduirtiesse que no podia, conforme
al don prometido, entremeterse en ninguna
empresa hasta acabar la suya, y que pues
esto sabia el mejor que otro alguno, que
sossegasse el pecho hasta la buelta de su reyno.
  “Assi es verdad”, respondio don Quixote,
“y es forçoso que Andres tenga paciencia hasta
la buelta, como vos, señora, dezis; que yo le
torno a jurar y a prometer de nueuo de no
parar hasta hazerle vengado y pagado.”
  “No me creo dessos juramentos”, dixo Andres;
“mas quisiera tener agora con que llegar
a Seuilla, que todas las venganças del mundo;
deme, si tiene ai, algo que coma y lleue, y
quedese con Dios su merced y todos los caualleros
andantes, que tambien andantes sean
ellos para consigo, como lo han sido para
conmigo.”
  Sacó de su repuesto Sancho vn pedaço de
pan y otro de queso, y, dandoselo al moço, le
dixo:
  “Tomá, hermano Andres; que a todos nos
alcança parte de vuestra desgracia.”
  “Pues ¿qué parte os alcança a vos?”,
preguntó Andres.
  “Esta parte de queso y pan que os doy”,
respondio Sancho; “que Dios sabe si me ha de
hazer falta o no, porque os hago saber, amigo,
que los escuderos de los caualleros andantes
estamos sujetos a mucha hambre y a mala
ventura, y aun a otras cosas que se sienten
mejor que se dizen.”
  Andres asio de su pan y queso, y, viendo
que nadie le daua otra cosa, abaxó su cabeça
y tomó el camino en las manos, como suele
dezirse. Bien es verdad que, al partirse, dixo a
don Quixote:
  “¡Por amor de Dios, señor cauallero andante,
que si otra vez me encontrare, aunque
vea que me hazen pedaços, no me socorra ni
ayude, sino dexeme con mi desgracia, que no
sera tanta que no sea mayor la que me vendra
de su ayuda de vuestra merced, a quien Dios
maldiga, y a todos quantos caualleros andantes
han nacido en el mundo!”
  Yuase a leuantar don Quixote para
castigalle, mas el se puso a correr de modo que
ninguno se atreuio a seguille. Quedó
corridissimo don Quixote del cuento de Andres, y
fue menester que los demas tuuiessen mucha
cuenta con no reyrse, por no acaballe de correr
del todo.

                Capitulo XXXII

Que trata de lo que sucedio en la venta a toda
         la quadrilla de don Quixote.

  Acabose la buena comida, ensillaron luego,
y, sin que les sucediesse cosa digna de contar,
llegaron otro dia a la venta, espanto y asombro
de Sancho Pança; y aunque el quisiera no entrar
en ella, no lo pudo huyr. La ventera, ventero,
su hija y Maritornes, que vieron venir a
don Quixote y a Sancho, les salieron a recebir
con muestras de mucha alegria, y el las recibio
con graue continente y aplauso, y dixoles que
le adereçassen otro mejor lecho que la vez
passada; a lo qual le respondio la huespeda que
como la pagasse mejor que la otra vez, que
ella se le daria de principes. Don Quixote
dixo que si haria, y, assi, le adereçaron vno
razonable en el mismo caramanchon de
marras, y el se acosto luego, porque venia muy
quebrantado y falto de juyzio. No se huuo bien
encerrado, quando la huespeda arremetio al
barbero y, asiendole de la barba, dixo:
  “Para mi santiguada, que no se ha aun de
aprouechar mas de mi rabo para su barba, y
que me ha de boluer mi cola; que anda lo de
mi marido por essos suelos, que es vergüença,
digo, el peyne que solia yo colgar de mi buena
cola.”
  No se la queria dar el barbero, aunque ella
mas tiraua, hasta que el licenciado le dixo que
se la diesse; que ya no era menester mas vsar
de aquella industria, sino que se descubriesse
y mostrasse en su misma forma, y dixesse a
don Quixote que quando le despojaron los
ladrones galeotes se auia venido a aquella
venta huyendo, y que si preguntasse por el
escudero de la princesa, le dirian que ella le
auia embiado adelante a dar auiso a los de su
reyno como ella yua y lleuaua consigo al
libertador de todos. Con esto dio de buena gana la
cola a la ventera el barbero, y assimismo le
boluieron todos los aderentes que auia prestado
para la libertad de don Quixote. Espantaronse
todos los de la venta de la hermosura de
Dorotea, y aun del buen talle del zagal Cardenio.
Hizo el cura que les adereçassen de comer de
lo que en la venta huuiesse, y el huesped, con
esperança de mejor paga, con diligencia les
adereçó vna razonable comida; y a todo esto
dormia don Quixote, y fueron de parecer de no
despertalle, porque mas prouecho le haria por
entonces el dormir que el comer.
  Trataron sobre comida, estando delante el
ventero, su muger, su hija, Maritornes, todos
los passageros, de la estraña locura de don
Quixote y del modo que le auian hallado. La
huespeda les conto lo que con el y con el
harriero les auia acontecido; y, mirando si
acaso estaua alli Sancho, como no le viesse,
conto todo lo de su manteamiento, de que no
poco gusto recibieron. Y como el cura dixesse
que los libros de cauallerias que don Quixote
auia leydo le auian buelto el juyzio, dixo el
ventero:
  “No se yo cómo puede ser esso; que en verdad
que, a lo que yo entiendo, no ay mejor letrado
en el mundo, y que tengo ai dos o tres
dellos, con otros papeles, que verdaderamente
me han dado la vida, no solo a mi, sino a otros
muchos. Porque quando es tiempo de la siega,
se recogen aqui, las fiestas, muchos segadores,
y siempre ay algunos que saben leer, el qual
coge vno destos libros en las manos, y
rodeamonos del mas de treynta, y estamosle
escuchando con tanto gusto que nos quita mil
canas; a lo menos, de mi se dezir que quando
oyo dezir aquellos furibundos y terribles golpes
que los caualleros pegan, que me toma gana
de hazer otro tanto, y que querria estar
oyendolos noches y dias.”
  “Y yo ni mas ni menos”, dixo la ventera,
“porque nunca tengo buen rato en mi casa,
sino aquel que vos estays escuchando leer;
que estays tan embobado, que no os acordays
de reñir por entonces.”
  “Assi es la verdad”, dixo Maritornes; “y a
buena fe que yo tambien gusto mucho de oyr
aquellas cosas, que son muy lindas, y mas
quando cuentan que se está la otra señora
debaxo de vnos naranjos abraçada con su
cauallero, y que les está vna dueña haziendoles
la guarda, muerta de embidia y con mucho
sobresalto. Digo que todo esto es cosa de
mieles.”
  “Y a vos ¿qué os parece, señora donzella?”,
dixo el cura, hablando con la hija del ventero.
  “No se, señor, en mi anima”, respondio ella;
“tambien yo lo escucho, y en verdad que, aunque
no lo entiendo, que recibo gusto en oyllo;
pero no gusto yo de los golpes de que mi
padre gusta, sino de las lamentaciones que los
caualleros hazen quando estan ausentes de sus
señoras; que en verdad que algunas vezes me
hazen llorar de compassion que les tengo.”
  “Luego ¿bien las remediarades vos, señora
donzella”, dixo Dorotea, “si por vos lloraran?”
  “No se lo que me hiziera”, respondio la
moça, “solo se que ay algunas señoras de
aquellas tan crueles, que las llaman sus caualleros
tigres, y leones, y otras mil inmundicias.
Y ¡Iesus!, yo no se qué gente es aquella tan
desalmada y tan sin conciencia, que por no
mirar a vn hombre honrado, le dexan que se
muera, o que se buelua loco. Yo no se para
qué es tanto melindre; si lo hazen de honradas,
casense con ellos, que ellos no dessean otra
cosa.”
  “¡Calla, niña!”, dixo la ventera; “que parece
que sabes mucho destas cosas, y no está bien
a las donzellas saber ni hablar tanto.”
  “Como me lo pregunta este señor”, respondio
ella, “no pude dexar de respondelle.”
  “Aora bien”, dixo el cura, “traedme, señor
huesped, aquessos libros; que los quiero ver.”
  “Que me plaze”, respondio el.
  Y, entrando en su aposento, sacó del vna
maletilla vieja cerrada con vna cadenilla, y,
abriendola, halló en ella tres libros grandes y
vnos papeles de muy buena letra, escritos de
mano. El primer libro que abrio vio que era
Don Cirongilio de Tracia, y el otro de Felixmarte
de Yrcania, y el otro la Historia del Gran
Capitan Gonçalo Hernandez de Cordoua, con
la vida de Diego Garcia de Paredes. Assi
como el cura leyo los dos titulos primeros,
boluio el rostro al barbero, y dixo:
  “Falta nos hazen aqui aora el ama de mi
amigo y su sobrina.”
  “No hazen”, respondio el barbero; “que
tambien se yo lleuallos al corral o a la
chimenea: que en verdad que ay muy buen fuego
en ella.”
  “Luego ¿quiere vuestra merced quemar
mas libros?”, dixo el ventero.
  “No mas”, dixo el cura, “que estos dos: el de
Don Cirongilio y el de Felixmarte.”
  “Pues, ¿por ventura”, dixo el ventero, “mis
libros son herejes o flematicos, que los quiere
quemar?”
  “Cismaticos quereys dezir, amigo”, dixo el
barbero; “que no flematicos.”
  “Assi es”, replicó el ventero; “mas si alguno
quiere quemar, sea esse del Gran Capitan y
desse Diego Garcia; que antes dexaré quemar
vn hijo que dexar quemar ninguno dessotros.”
  “Hermano mio”, dixo el cura, “estos dos libros
son mentirosos y estan llenos de disparates
y deuaneos. Y este del Gran Capitan es historia
verdadera y tiene los hechos de Gonçalo
Hernandez de Cordoua; el qual, por sus muchas
y grandes hazañas merecio ser llamado de todo
el mundo Gran Capitan, renombre famoso y
claro y del solo merecido. Y este Diego Garcia
de Paredes fue vn principal cauallero, natural
de la ciudad de Truxillo, en Estremadura,
valentissimo soldado, y de tantas fuerças
naturales, que detenia con vn dedo vna rueda de
molino en la mitad de su furia. Y puesto con
vn montante en la entrada de vna puente,
detuuo a todo vn innumerable exercito, que no
passasse por ella. Y hizo otras tales cosas, que
si como el las cuenta y las escriue el,
assimismo con la modestia de cauallero y de
coronista propio, las escriuiera otro libre y
desapassionado, pusieran en su oluido las de
los Hetores, Aquiles y Roldanes.”
  “¡Tomaos con mi padre!”, dixo el ventero;
“mirad de qué se espanta, de detener vna
rueda de molino; por Dios, aora auia vuestra
merced de leer lo que [hizo] Felixmarte de
Yrcania, que de vn reues solo partio cinco
gigantes por la cintura como si fueran hechos de
hauas, como los fraylezicos que hazen los
niños. Y otra vez arremetio con vn grandissimo
y poderosissimo exercito, donde lleuó mas de
vn millon y seyscientos mil soldados, todos
armados desde el pie hasta la cabeça, y los
desbarató a todos como si fueran manadas de
ouejas. Pues ¿qué me diran del bueno de don
Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y
animoso como se vera en el libro, donde cuenta
que nauegando por vn rio, le salio de la
mitad del agua vna serpiente de fuego, y el,
assi como la vio, se arrojó sobre ella, y se
puso a horcaxadas encima de sus escamosas
espaldas y la apreto con ambas manos la garganta,
con tanta fuerça que, viendo la serpiente
que la yua ahogando, no tuuo otro remedio
sino dexarse yr a lo hondo del rio, lleuandose
tras si al cauallero, que nunca la quiso soltar?
Y quando llegaron alla [a]baxo, se halló en
vnos palacios y en vnos jardines tan lindos,
que era marauilla, y luego la sierpe se boluio
en vn viejo anciano, que le dixo tantas de
cosas que no ay mas que oyr. ¡Calle, señor, que
si oyesse esto, se bolueria loco de plazer; dos
higas para el Gran Capitan y para esse Diego
Garcia, que dize!”
  Oyendo esto Dorotea, dixo callando a
Cardenio:
  “Poco le falta a nuestro huesped para hazer
la segunda parte de don Quixote.”
  “Assi me parece a mi”, respondio Cardenio,
“porque, segun da indicio, el tiene por cierto
que todo lo que estos libros cuentan passó ni
mas ni menos que lo escriuen, y no le haran
creer otra cosa frayles descalços.”
  “Mirad, hermano”, tornó a dezir el cura, “que
no huuo en el mundo Felixmarte de Yrcania,
ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caualleros
semejantes que los libros de cauallerias
cuentan. Porque todo es compostura y ficcion de
ingenios ociosos que los compusieron para el
efeto que vos dezis de entretener el tiempo,
como lo entretienen leyendolos vuestros
segadores; porque, realmente, os juro que nunca
tales caualleros fueron en el mundo, ni tales
hazañas ni disparates acontecieron en el.”
  “¡A otro perro con esse huesso!”,
respondio el ventero. “¡Como si yo no supiesse
quántas son cinco y adónde me aprieta el çapato!
¡No piense vuestra merced darme papilla,
porque, por Dios que no soy nada blanco!
¡Bueno es que quiera darme vuestra merced a
entender que todo aquello que estos buenos
libros dizen sea disparates y mentiras, estando
impresso con licencia de los señores del
Consejo Real, como si ellos fueran gente que
auian de dexar imprimir tanta mentira junta,
y tantas batallas y tantos encantamentos, que
quitan el juyzio!”
  “Ya os he dicho, amigo”, replicó el cura,
“que esto se haze para entretener nuestros
ociosos pensamientos; y assi como se consiente
en las republicas bien concertadas que aya
juegos de axedrez, de pelota y de trucos, para
entretener a algunos que ni tienen ni deuen
ni pueden trabajar, assi se consiente imprimir y
que aya tales libros; creyendo, como es verdad,
que no ha de auer alguno tan ignorante que
tenga por historia verdadera ninguna destos
libros. Y si me fuera licito agora y el
auditorio lo requiriera, yo dixera cosas acerca de lo
que han de tener los libros de cauallerias para
ser buenos, que quiça fueran de prouecho y aun
de gusto para algunos; pero yo espero que
vendra tiempo en que lo pueda comunicar con
quien pueda remediallo, y en este entretanto,
creed, señor ventero, lo que os he dicho, y
tomad vuestros libros, y alla os auenid con sus
verdades o mentiras, y buen prouecho os hagan,
y quiera Dios que no coxeeys del pie que
coxea vuestro huesped don Quixote.”
  “Esso no”, respondio el ventero; “que no
sere yo tan loco que me haga cauallero
andante: que bien veo que aora no se vsa lo que
se vsaua en aquel tiempo, quando se dize que
andauan por el mundo estos famosos
caualleros.”
  A la mitad desta platica se halló Sancho
presente, y quedó muy confuso y pensatiuo de
lo que auia oydo dezir: que aora no se vsauan
caualleros andantes, y que todos los libros
de cauallerias eran necedades y mentiras, y
propuso en su coraçon de esperar en lo que
paraua aquel viaje de su amo, y que si no salia
con la felicidad que el pensaua, determinaua
de dexalle y boluerse con su muger y sus hijos
a su acostumbrado trabajo.
  Lleuauase la maleta y los libros el ventero,
mas el cura le dixo:
  “Esperad, que quiero ver qué papeles son
essos que de tan buena letra estan escritos.”
  Sacolos el huesped, y, dandoselos a leer, vio
hasta obra de ocho pliegos, escritos de mano,
y al principio tenian vn titulo grande que dezia:
Nouela del Curioso impertinente. Leyo el cura
para si tres o quatro renglones, y dixo:
  “Cierto que no me parece mal el titulo desta
nouela, y que me viene voluntad de leella
toda.”
  A lo que respondio el ventero:
  “Pues bien puede leella su reuerencia, porque
le hago saber que [a] algunos huespedes
que aqui la han leydo les ha contentado
mucho, y me la han pedido con muchas veras;
mas yo no se la he querido dar, pensando
boluersela a quien aqui dexó esta maleta oluidada
con estos libros y essos papeles; que bien
puede ser que buelua su dueño por aqui algun
tiempo, y aunque se que me han de hazer falta
los libros, a fe que se los he de boluer; que
aunque ventero todauia soy christiano.”
  “Vos teneys mucha razon, amigo”, dixo el
cura; “mas, con todo esso, si la nouela me
contenta, me la aueys de dexar trasladar.”
  “De muy buena gana”, respondio el ventero.
  Mientras los dos esto dezian, auia tomado
Cardenio la nouela y començado a leer en
ella, y, pareciendole lo mismo que al cura, le
rogo que la leyesse de modo que todos la
oyessen.
  “Si leyera”, dixo el cura, “si no fuera mejor
gastar este tiempo en dormir que en leer.”
  “Harto reposo sera para mi”, dixo Dorotea,
“entretener el tiempo oyendo algun cuento,
pues aun no tengo el espiritu tan sossegado,
que me conceda dormir quando fuera razon.”
  “Pues dessa manera”, dixo el cura, “quiero
leerla por curiosidad siquiera; quiça tendra
alguna de gusto.”
  Acudio maese Nicolas a rogarle lo mesmo,
y Sancho tambien; lo qual visto del
cura, y entendiendo que a todos daria gusto
y el le recibiria, dixo:
  “Pues assi es, estenme todos atentos; que la
nouela comiença desta manera.”

                Capitulo XXXIII

  Donde se cuenta la nouela del Curioso
                 impertinente.

  En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia,
en la prouincia que llaman Toscana, viuian
Anselmo y Lotario, dos caualleros ricos y
principales, y tan amigos, que por excelencia
y antonomasia de todos los que los conocian
los dos amigos eran llamados. Eran solteros,
moços de vna misma edad y de vnas mismas
costumbres, todo lo qual era bastante causa a
que los dos con reciproca amistad se
correspondiessen. Bien es verdad que el Anselmo
era algo mas inclinado a los passatiempos
amorosos que el Lotario, al qual lleuauan tras
si los de la caça. Pero quando se ofrecia
dexaua Anselmo de acudir a sus gustos por seguir
los de Lotario, y Lotario dexaua los suyos
por acudir a los de Anselmo; y desta manera
andauan tan a vna sus voluntades, que no auia
concertado relox que assi lo anduuiesse.
  Andaua Anselmo perdido de amores de vna
donzella principal y hermosa de la misma
ciudad, hija de tan buenos padres, y tan buena
ella por si, que se determinó, con el parecer
de su amigo Lotario, sin el qual ninguna cosa
hazia, de pedilla por esposa a sus padres; y,
assi, lo puso en execucion; y el que lleuó la
embaxada fue Lotario, y el que concluyó el
negocio tan a gusto de su amigo, que en breue
tiempo se vio puesto en la possession que
desseaua, y Camila tan contenta de auer
alcançado a Anselmo por esposo, que no cessaua de
dar gracias al cielo y a Lotario, por cuyo
medio tanto bien le auia venido.
  Los primeros dias, como todos los de boda
suelen ser alegres, continuó Lotario, como
solia, la casa de su amigo Anselmo, procurando
honralle, festejalle y regozijalle con todo
aquello que a el le fue possible. Pero acabadas las
bodas, y sossegada ya la frequencia de las
visitas y parabienes, començo Lotario a
descuydarse con cuydado de las ydas en casa de
Anselmo, por parecerle a el, como es razon que
parezca a todos los que fueren discretos, que
no se han de visitar ni continuar las casas de
los amigos casados de la misma manera que
quando eran solteros; porque aunque la buena
y verdadera amistad no puede ni deue de ser
sospechosa en nada, con todo esto es tan
delicada la honra del casado, que parece que se
puede ofender aun de los mesmos
hermanos, quanto mas de los amigos.
  Notó Anselmo la remission de Lotario, y
formó del quexas grandes, diziendole que si el
supiera que el casarse auia de ser parte para
no comunicalle como solia, que jamas lo huuiera
hecho; y que si por la buena correspondencia
que los dos tenian mientras el fue soltero
auian alcançado tan dulce nombre como
el de ser llamados los dos amigos, que no
permitiesse por querer hazer del circunspecto,
sin otra ocasion alguna, que tan famoso
y tan agradable nombre se perdiesse; y que,
assi, le suplicaua, si era licito que tal
termino de hablar se vsasse entre ellos, que
boluiesse a ser señor de su casa y a entrar y salir
en ella como de antes, asegurandole que su
esposa Camila no tenia otro gusto ni otra
voluntad que la que el queria que tuuiesse; y que
por auer sabido ella con quántas veras los dos
se amauan, estaua confusa de ver en el tanta
esquiueza.
  A todas estas y otras muchas razones que
Anselmo dixo a Lotario para persuadille boluiesse,
como solia, a su casa, respondio Lotario
con tanta prudencia, discrecion y auiso, que
Anselmo quedó satisfecho de la buena intencion
de su amigo; y quedaron de concierto que
dos dias en la semana y las fiestas fuesse
Lotario a comer con el; y aunque esto quedó assi
concertado entre los dos, propuso Lotario de
no hazer mas de aquello que viesse que mas
conuenia a la honra de su amigo, cuyo credito
est[im]aua en mas que el suyo proprio.
Dezia el, y dezia bien, que el casado a quien el
cielo auia concedido muger hermosa tanto
cuydado auia de tener qué amigos lleuaua a su
casa, como en mirar con qué amigas su muger
conuersaua, porque lo que no se haze ni concierta
en las plaças, ni en los templos, ni en las
fiestas publicas, ni estaciones, cosas que no
todas vezes las han de negar los maridos a sus
mugeres, se concierta y facilita en casa de la
amiga o la parienta de quien mas satisfacion
se tiene.
  Tambien dezia Lotario que tenian necessidad
los casados de tener cada vno algun amigo
que le aduirtiesse de los descuydos que en
su proceder hiziesse, porque suele acontecer
que con el mucho amor que el marido a la muger
tiene, o no le aduierte, o no le dize, por no
enojalla, que haga o dexe de hazer algunas
cosas, que el hazellas, o no, le seria de honra,
o de vituperio; de lo qual, siendo del amigo
aduertido, facilmente pondria remedio en todo.
Pero ¿dónde se hallará amigo tan discreto y
tan leal y verdadero como aqui Lotario le
pide? No lo se yo, por cierto; solo Lotario era
este, que con toda solicitud y aduertimiento
miraua por la honra de su amigo, y procuraua
dezmar, frisar y acortar los dias del concierto
del yr a su casa, porque no pareciesse mal
al vulgo ocioso, y a los ojos vagabundos y
maliciosos, la entrada de vn moço rico,
gentilhombre y bien nacido, y de las buenas partes
que el pensaua que tenia, en la casa de vna
muger tan hermosa como Camila; que, puesto
que su bondad y valor podia poner freno
a toda maldiciente lengua, todauia no queria
poner en duda su credito ni el de su amigo, y
por esto los mas de los dias del concierto los
ocupaua y entretenia en otras cosas, que el
daua a entender ser inexcusables. Assi que en
quexas del vno y disculpas del otro se
passauan muchos ratos y partes del dia.
  Sucedio, pues, que vno, que los dos se
andauan passeando por vn prado fuera de la
ciudad, Anselmo dixo a Lotario las semejantes
razones:
  “Pensauas, amigo Lotario, que a las
mercedes que Dios me ha hecho en hazerme hijo
de tales padres como fueron los mios, y al
darme no con mano escasa los bienes, assi los
que llaman de naturaleza como los de fortuna,
no puedo yo corresponder con agradecimiento
que llegue al bien recebido y sobre al que
me hizo en darme a ti por amigo y a Camila
por muger propria, dos prendas que las
estimo, si no en el grado que deuo, en el que
puedo. Pues con todas estas partes, que suelen
ser el todo con que los hombres suelen y pueden
viuir contentos, viuo yo el mas despechado
y el mas desabrido hombre de todo el vniuerso
mundo. Porque no se qué dias a esta
parte me fatiga y aprieta vn desseo tan estraño
y tan fuera del vso comun de otros, que yo me
marauillo de mi mismo, y me culpo, y me
riño a solas, y procuro callarlo y encubrirlo
de mis proprios pensamientos, y, assi, me
ha sido possible salir con este secreto como
si de industria procurara dezillo a todo el mundo;
y pues que, en efeto, el ha de salir a plaça,
quiero que sea en la del archiuo de tu secreto,
confiado que con el y con la diligencia que
pondras, como mi amigo verdadero, en remediarme,
yo me vere presto libre de la angustia
que me causa, y llegará mi alegria por tu
solicitud al grado que ha llegado mi descontento
por mi locura.”
  Suspenso tenian a Lotario las razones de
Anselmo, y no sabia en qué auia de parar tan
larga preuencion o preambulo, y aunque yua
reboluiendo en su imaginacion qué desseo
podria ser aquel que a su amigo tanto fatigaua,
dio siempre muy lexos del blanco de la verdad;
y por salir presto de la agonia que le causaua
aquella suspension, le dixo que hazia notorio
agrauio a su mucha amistad en andar buscando
rodeos para dezirle sus mas encubiertos
pensamientos, pues tenia cierto que se podia
prometer del, o ya consejos para entretenellos,
o ya remedio para cumplillos.
  “Assi es la verdad”, respondio Anselmo,
“y con essa confiança te hago saber, amigo
Lotario, que el desseo que me fatiga es pensar
si Camila, mi esposa, [es tan] buena y tan
perfeta como yo pienso, y no puedo enterarme
en esta verdad si no es prouandola de manera,
que la prueua manifieste los quilates de su
bondad, como el fuego muestra los del oro.
Porque yo tengo para mi, o amigo, que no es
vna muger mas buena de quanto es o no es
solicitada, y que aquella sola es fuerte que no
se dobla a las promessas, a las dadiuas, a las
lagrimas y a las continuas importunidades de
los solicitos amantes. Porque, ¿qué ay que
agradecer --dezia él-- que vna muger sea buena,
si nadie le dize que sea mala? ¿Qué mucho que
esté recogida y temerosa la que no le dan ocasion
para que se suelte, y la que sabe que tiene
marido que, en cogiendola en la primera
desemboltura, la ha de quitar la vida? Ansi que la
que es buena por temor, o por falta de lugar,
yo no la quiero tener en aquella estima en que
tendre a la solicitada y perseguida que salio
con la corona del vencimiento. De modo que,
por estas razones y por otras muchas que te
pudiera dezir para acreditar y fortalecer la
opinion que tengo, desseo que Camila mi esposa
passe por estas dificultades y se acrisole y
quilate en el fuego de verse requerida y solicitada,
y de quien tenga valor para poner en ella sus
desseos; y si ella sale, como creo que saldra,
con la palma desta batalla, tendre yo por sin
ygual mi ventura. Podre yo dezir que está
colmo el vazio de mis desseos. Dire que me cupo
en suerte la muger fuerte de quien el Sabio
dize que ¿quién la hallará? Y quando esto
suceda al reues de lo que pienso, con el gusto
de ver que acerte en mi opinion, lleuaré sin
pena la que de razon podra causarme mi tan
costosa experiencia. Y prosupuesto que ninguna
cosa de quantas me dixeres en contra de
mi desseo ha de ser de algun prouecho para
dexar de ponerle por la obra, quiero, o amigo
Lotario, que te dispongas a ser el instrumento
que labre aquesta obra de mi gusto; que yo te
dare lugar para que lo hagas, sin faltarte todo
aquello que yo viere ser necessario para
solicitar a vna muger honesta, honrada, recogida
y desinteressada.
  ”Y mueueme, entre otras cosas, a fiar de ti
esta tan ardua empresa, el ver que si de ti es
vencida Camila, no ha de llegar el vencimiento
a todo trance y rigor, sino a solo a tener por
hecho lo que se ha de hazer, por buen
respeto, y, assi, no quedaré yo ofendido mas de
con el desseo, y mi injuria quedará escondida
en la virtud de tu silencio, que bien se que en
lo que me tocare ha de ser eterno como el de
la muerte. Assi que, si quieres que yo tenga
vida que pueda dezir que lo es, desde luego
has de entrar en esta amorosa batalla, no tibia
ni perezosamente, sino con el ahinco y diligencia
que mi desseo pide y con la confiança que
nuestra amistad me assegura.”
  Estas fueron las razones que Anselmo dixo a
Lotario, a todas las quales estuuo tan atento,
que, si no fueron las que quedan escritas que
le dixo, no desplego sus labios hasta que huuo
acabado, y viendo que no dezia mas, despues
que le estuuo mirando vn buen espacio, como
si mirara otra cosa que jamas huuiera visto,
que le causara admiracion y espanto, le dixo:
  “No me puedo persuadir, o amigo Anselmo,
a que no sean burlas las cosas que me has
dicho; que a pensar que de veras las dezias no
consintiera que tan adelante passaras, porque
con no escucharte preuiniera tu larga arenga.
Sin duda imagino, o que no me conoces, o que
yo no te conozco. Pero no: que bien se que eres
Anselmo y tu sabes que yo soy Lotario; el daño
está en que yo pienso que no eres el Anselmo
que solias, y tu deues de auer pensado que
tampoco yo soy el Lotario que deuia ser;
porque las cosas que me has dicho, ni son de
aquel Anselmo mi amigo, ni las que me pides
se han de pedir a aquel Lotario que tu conoces.
Porque los buenos amigos han de prouar a sus
amigos, y valerse dellos, como dixo vn poeta:
vsque ad aras; que quiso dezir que no se auian
de valer de su amistad en cosas que fuessen
contra Dios. Pues si esto sintio vn gentil de la
amistad, ¿quánto mejor es que lo sienta el
christiano que sabe que por ninguna humana ha de
perder la amistad diuina? Y quando el amigo
tirasse tanto la barra, que pusiesse aparte los
respetos del cielo por acudir a los de su amigo,
no ha de ser por cosas ligeras y de poco
momento, sino por aquellas en que vaya la honra
y la vida de su amigo. Pues dime tu aora,
Anselmo, ¿quál destas dos cosas tienes en peligro,
para que yo me auenture a complacerte y a
hazer vna cosa tan detestable como me pides?
Ninguna, por cierto; antes me pides, segun yo
entiendo, que procure y solicite quitarte la
honra y la vida, y quitarmela a mi juntamente.
Porque si yo he de procurar quitarte la honra,
claro está que te quito la vida, pues el hombre
sin honra peor es que vn muerto; y, siendo yo
el instrumento, como tu quieres que lo sea, de
tanto mal tuyo, ¿no vengo a quedar
deshonrado y, por el mesmo consiguiente, sin
vida? Escucha, amigo Anselmo, y ten paciencia
de no responderme hasta que acabe de
dezirte lo que se me ofreciere acerca de lo que
te ha pedido tu desseo; que tiempo quedará
para que tu me repliques y yo te escuche.”
  “Que me plaze”, dixo Anselmo; “di lo que
quisieres.”
  Y Lotario prosiguio, diziendo:
  “Pareceme, o Anselmo, que tienes tu aora el
ingenio como el que siempre tienen los moros,
a los quales no se les puede dar a entender el
error de su secta con las acotaciones de la
Santa Escritura, ni con razones que consistan
en especulacion del entendimiento, ni que
vayan fundadas en articulos de fe, sino que les
han de traer exemplos palpables, faciles,
intelegibles, demonstratiuos, indubitables, con
demostraciones matematicas, que no se pueden
negar, como quando dizen: «Si de dos partes
»yguales quitamos partes yguales, las que
»quedan tambien son yguales.» Y quando esto no
entiendan de palabra, como en efeto no lo
entienden, haseles de mostrar con las manos y
ponerselo delante de los ojos, y aun con todo
esto no basta nadie con ellos a persuadirles
las verdades de mi sacra religion. Y este
mesmo termino y modo me conuendra vsar
contigo, porque el desseo que en ti ha nacido
va tan descaminado y tan fuera de todo aquello
que tenga sombra de razonable, que me parece
que ha de ser tiempo gastado el que
ocupare en darte a entender tu simplicidad, que
por aora no le quiero dar otro nombre, y aun
estoy por dexarte en tu desatino, en pena de
tu mal desseo; mas no me dexa vsar deste rigor
la amistad que te tengo, la qual no consiente
que te dexe puesto en tan manifiesto peligro
de perderte.
  ”Y porque claro lo veas, dime, Anselmo: ¿tu
no me has dicho que tengo de solicitar a vna
retirada, persuadir a vna honesta, ofrecer a
vna desinteressada, seruir a vna prudente? Si
que me lo has dicho. Pues si tu sabes que
tienes muger retirada, honesta, desinteressada y
prudente, ¿qué buscas? Y si piensas que de
todos mis assaltos ha de salir vencedora, como
saldra sin duda, ¿qué mejores titulos piensas
darle despues que los que aora tiene?; ¿o qué
sera mas despues de lo que es aora? O es que
tu no la tienes por la que dizes, o tu no sabes lo
que pides. Si no la tienes por lo que dizes,
¿para qué quieres prouarla, sino, como a mala,
hazer della lo que mas te viniere en gusto? Mas
si es tan buena como crees, impertinente cosa
sera hazer experiencia de la mesma verdad,
pues despues de hecha se ha de quedar con
la estimacion que primero tenia. Assi que es
razon concluyente que el intentar las cosas de
las quales antes nos puede suceder daño que
prouecho es de juyzios sin discurso y temerarios;
y mas quando quieren intentar aquellas
a que no son forçados ni compelidos, y que
de muy lexos traen descubierto que el
intentarlas es manifiesta locura.
  ”Las cosas dificultosas se intentan por Dios,
o por el mundo, o por entrambos a dos: las
que se acometen por Dios son las que acometieron
los santos, acometiendo a viuir vida de
angeles en cuerpos humanos; las que se acometen
por respeto del mundo son las de aquellos
que passan tanta infinidad de agua, tanta
diuersidad de climas, tanta estrañeza de
gentes, por adquirir estos que llaman bienes de
fortuna. Y las que se intentan por Dios y por el
mundo juntamente, son aquellas de los valerosos
soldados, que apenas veen en el contrario
muro abierto tanto espacio quanto es el que
pudo hazer vna redonda bala de artilleria,
quando, puesto aparte todo temor, sin hazer
discurso ni aduertir al manifiesto peligro que
les amenaza, lleuados en buelo de las alas del
desseo de boluer por su fe, por su nacion y por
su rey, se arrojan intrepidamente por la mitad
de mil contrapuestas muertes que los esperan.
Estas cosas son las que suelen intentarse,
y es honra, gloria y prouecho intentarlas,
aunque tan llenas de inconuenientes y peligros.
  ”Pero la que tu dizes que quieres intentar y
poner por obra, ni te ha de alcançar gloria de
Dios, bienes de la fortuna, ni fama con los
hombres; porque, puesto que salgas con ella como
desseas, no has de quedar ni mas vfano, ni
mas rico, ni mas honrado que estás aora; y si
no sales, te has de ver en la mayor miseria que
imaginarse pueda; porque no te ha de
aprouechar pensar entonces que no sabe nadie la
desgracia que te ha sucedido, porque bastará
para afligirte y deshazerte que la sepas tu
mesmo. Y para confirmacion desta verdad, te
quiero dezir vna estancia, que hizo el famoso
poeta Luys Tansilo, en el fin de su primera parte
de las Lagrimas de san Pedro, que dize assi:

     Crece el dolor y crece la verguença
   en Pedro, quando el dia se ha mostrado,
   y aunque alli no ve a nadie, se auerguença
   de si mesmo, por ver que auia pecado:
   que a vn magnanimo pecho a auer verguença
   no solo ha de mouerle el ser mirado;
   que de si se auerguença quando yerra,
   si bien otro no vee que cielo y tierra.

  ”Assi que no escusarás con el secreto tu
dolor; antes tendras que llorar contino, si no
lagrimas de los ojos, lagrimas de sangre del
coraçon, como las lloraua aquel simple doctor que
nuestro poeta nos cuenta, que hizo la prueua
del vaso, que con mejor discurso se escusó
de hazerla el prudente Reynaldos; que puesto
que aquello sea ficcion poetica, tiene en si
encerrados secretos morales dignos de ser
aduertidos y entendidos e imitados. Quanto mas, que
con lo que aora pienso dezirte, acabarás de
venir en conocimiento del grande error que
quieres cometer.
  ”Dime, Anselmo: si el cielo, o la suerte buena,
te huuiera hecho señor y legitimo possessor de
vn finissimo diamante, de cuya bondad y quilates
estuuiessen satisfechos quantos lapidarios
le viessen, y que todos a vna voz y de comun
parecer dixessen que llegaua en quilates,
bondad y fineza a quanto se podia estender la
naturaleza de tal piedra, y tu mesmo lo creyesses
assi, sin saber otra cosa en contrario, ¿seria
justo que te viniesse en desseo de tomar aquel
diamante, y ponerle entre vn ayunque y vn
martillo, y alli, a pura fuerça de golpes y
braços, prouar si es tan duro y tan fino como
dizen? Y mas, si lo pussiesses por obra; que
puesto caso que la piedra hiziesse resistencia
a tan necia prueua, no por esso se le añadiria
mas valor ni mas fama, y si se rompiesse, cosa
que podria ser, ¿no se perdia todo? Si, por
cierto, dexando a su dueño en estimacion de
que todos le tengan por simple. Pues haz
cuenta, Anselmo amigo, que Camila es finissimo
diamante, assi en tu estimacion como en la
agena, y que no es razon ponerla en contingencia
de que se quiebre, pues aunque se quede con
su entereza, no puede subir a mas valor del
que aora tiene, y si faltasse y no resistiesse,
considera desde aora quál quedarias sin
ella, y con quánta razon te podrias quexar de
ti mesmo, por auer sido causa de su
perdicion y la tuya.
  ”Mira que no ay joya en el mundo que tanto
valga como la muger casta y honrada, y que
todo el honor de las mugeres consiste en la
opinion buena que dellas se tiene; y pues la
de tu esposa es tal, que llega al estremo de
bondad que sabes, ¿para qué quieres poner
esta verdad en duda? Mira, amigo, que la muger
es animal imperfecto y que no se le han
de poner embaraços donde tropiece y cayga,
sino quitarselos y despejalle el camino de
qualquier inconueniente, para que sin pesadumbre
corra ligera a alcançar la perfecion que le falta,
que consiste en el ser virtuosa.
  ”Cuentan los naturales que el arminio es
vn animalejo que tiene vna piel blanquissima,
y que, quando quieren caçarle los caçadores,
vsan deste artificio: que, sabiendo las partes
por donde suele passar y acudir, las atajan con
lodo, y despues, ojeandole, le encaminan hazia
aquel lugar, y assi como el arminio llega al
lodo, se está quedo y se dexa prender y
cautiuar, a trueco de no passar por el cieno y
perder y ensuziar su blancura, que la estima en
mas que la libertad y la vida. La honesta y
casta muger es arminio, y es mas que nieue
blanca y limpia la virtud de la honestidad, y
el que quisiere que no la pierda, antes la
guarde y conserue, ha de vsar de otro estilo
diferente que con el arminio se tiene, porque no
le han de poner delante el cieno de los regalos
y seruicios de los importunos amantes, porque
quiça, y aun sin quiça, no tiene tanta virtud
y fuerça natural que pueda por si mesma
atropellar y passar por aquellos embaraços, y
es necessario quitarselos y ponerle delante la
limpieza de la virtud y la belleza que encierra
en si la buena fama.
  ”Es assimesmo la buena muger como espejo
de cristal luziente y claro, pero está
sugeto a empañarse y escurecerse con qualquiera
aliento que le toque. Hase de vsar con
la honesta muger el estilo que con las reliquias:
adorarlas y no tocarlas. Hase de guardar y
estimar la muger buena como se guarda y estima
vn hermoso jardin que está lleno de flores y
rosas, cuyo dueño no consiente que nadie le
passee ni manosee; basta que desde lexos y
por entre las verjas de hierro gozen de su
fragrancia y hermosura. Finalmente, quiero
dezirte vnos versos que se me han venido a la
memoria, que los ohi en vna comedia moderna,
que me parece que hazen al proposito de
lo que vamos tratando. Aconsejaua vn prudente
viejo a otro, padre de vna donzella, que
la recogiesse, guardasse y encerrasse, y, entre
otras razones, le dixo estas:

           Es de vidrio la muger;
         pero no se ha de prouar
         si se puede o no quebrar,
         porque todo podria ser.
           Y es mas facil el quebrarse,
         y no es cordura ponerse
         a peligro de romperse
         lo que no puede soldarse.
           Y en esta opinion esten
         todos, y en razon la fundo,
         que si ay Danaes en el mundo,
         ay pluuias de oro tambien.

  ”Quanto hasta aqui te he dicho, o Anselmo,
ha sido por lo que a ti te toca; y aora es bien
que se oyga algo de lo que a mi me conuiene;
y si fuere largo, perdoname; que todo lo
requiere el laberinto donde te has entrado, y de
donde quieres que yo te saque. Tu me tienes
por amigo, y quieres quitarme la honra, cosa
que es contra toda amistad, y aun no solo
pretendes esto, sino que procuras que yo te la
quite a ti. Que me la quieres quitar a mi, está
claro, pues quando Camila vea que yo la
solicito, como me pides, cierto está que me ha
de tener por hombre sin honra y mal mirado,
pues intento y hago vna cosa tan fuera de
aquello que el ser quien soy y tu amistad me
obliga. De que quieres que te la quite a ti, no
ay duda, porque viendo Camila que yo la
solicito, ha de pensar que yo he visto en ella
alguna liuiandad que me dio atreuimiento a
descubrirle mi mal desseo, y, teniendose por
deshonrada, te toca a ti, como a cosa suya, su
mesma deshonra. Y de aqui nace lo que
comunmente se platica: que el marido de la
muger adultera, puesto que el no lo sepa ni aya
dado ocasion para que su muger no sea la que
deue, ni aya sido en su mano, ni en su descuydo
y poco recato estoruar su desgracia, con
todo le llaman y le nombran con nombre de
vituperio y baxo, y en cierta manera le miran
los que la maldad de su muger saben con ojos
de menosprecio, en cambio de mirarle con los
de lastima, viendo que, no por su culpa,
sino por el gusto de su mala compañera, está
en aquella desuentura.
  ”Pero quierote dezir la causa, porque con
justa razon es deshonrado el marido de la
muger mala, aunque el no sepa que lo es, ni
tenga culpa, ni aya sido parte, ni dado ocasion
para que ella lo sea. Y no te canses de oyrme;
que todo ha de redundar en tu prouecho.
Quando Dios crió a nuestro primero padre en el
Parayso Terrenal, dize la Diuina Escritura que
infundio Dios sueño en Adan, y que, estando
durmiendo, le sacó vna costilla del lado
siniestro, de la qual formó a nuestra madre Eua; y
assi como Adan desperto y la miró, dixo: «Esta
»es carne de mi carne y huesso de mis huessos.»
Y Dios dixo: «Por esta dexará el hombre
»a su padre y madre, y seran dos en vna carne
»misma.» Y, entonces fue instituydo el diuino
sacramento del matrimonio, con tales lazos,
que sola la muerte puede desatarlos. Y tiene
tanta fuerça y virtud este milagroso sacramento,
que haze que dos diferentes personas sean
vna mesma carne; y aun haze mas en los
buenos casados, que, aunque tienen dos almas,
no tienen mas de vna voluntad. Y de aqui
viene que, como la carne de la esposa sea vna
mesma con la del esposo, las manchas que
en ella caen, o los defectos que se procura,
redundan en la carne del marido, aunque el
no aya dado, como queda dicho, ocasion para
aquel daño. Porque assi como el dolor del pie,
o de qualquier miembro del cuerpo humano,
le siente todo el cuerpo, por ser todo de vna
carne mesma, y la cabeça siente el daño del
touillo, sin que ella se le aya causado, assi el
marido es participante de la deshonra de la
muger por ser vna mesma cosa con ella. Y
como las honras y deshonras del mundo sean
todas y nazcan de carne y sangre, y las de la
muger mala sean deste genero, es forçoso que
al marido le quepa parte dellas y sea tenido
por deshonrado sin que el lo sepa.
  ”Mira, pues, o Anselmo, al peligro que te
pones en querer turbar el sossiego en que tu
buena esposa viue. Mira por quán vana e
impertinente curiosidad quieres reboluer los
humores que aora estan sossegados en el pecho
de tu casta esposa. Aduierte que lo que
auenturas a ganar es poco, y que lo que perderas
sera tanto, que lo dexaré en su punto, porque
me faltan palabras para encarecerlo. Pero si
todo quanto he dicho no basta a mouerte de
tu mal proposito, bien puedes buscar otro
instrumento de tu deshonra y desuentura; que yo
no pienso serlo, aunque por ello pierda tu
amistad, que es la mayor perdida que imaginar
puedo.”
  Calló en diziendo esto el virtuoso y
prudente Lotario, y Anselmo quedó tan confuso y
pensatiuo, que por vn buen espacio no le pudo
responder palabra; pero, en fin, le dixo:
  “Con la atencion que has visto he escuchado,
Lotario amigo, quanto has querido dezirme,
y en tus razones, exemplos y comparaciones
he visto la mucha discrecion que tienes y
el estremo de la verdadera amistad que alcanças;
y ansimesmo veo y confiesso que si no
sigo tu parecer y me voy tras el mio, voy
huyendo del bien y corriendo tras el mal.
Prosupuesto esto, has de considerar que yo
padezco aora la enfermedad que suelen tener
algunas mugeres, que se les antoja comer tierra,
yesso, carbon y otras cosas peores, aun
asquerosas para mirarse, quanto mas para
comerse; assi que es menester vsar de algun
artificio para que yo sane, y esto se podia hazer
con facilidad solo con que comiences, aunque
tibia y fingidamente, a solicitar a Camila, la
qual no ha de ser tan tierna, que a los primeros
encuentros de con su honestidad por tierra; y
con solo este principio quedaré contento, y tu
auras cumplido con lo que deues a nuestra
amistad, no solamente dandome la vida, sino
persuadiendome de no verme sin honra. Y estás
obligado a hazer esto por vna razon sola, y es
que estando yo, como estoy, determinado de
poner en platica esta prueua, no has tu de
consentir que yo de cuenta de mi desatino a otra
persona, con que pondria en auentura el honor
que tu procuras que no pierda; y quando el
tuyo no esté en el punto que deue en la
intencion de Camila en tanto que la solicitares,
importa poco o nada, pues con breuedad, viendo
[en] ella la entereza que esperamos, le
podras dezir la pura verdad de nuestro artificio,
con que boluera tu credito al ser primero. Y
pues tan poco auenturas y tanto contento me
puedes dar auenturandote, no lo dexes de
hazer, aunque mas inconuenientes se te pongan
delante, pues, como ya he dicho, con solo que
comiences dare por concluyda la causa.”
  Viendo Lotario la resoluta voluntad de
Anselmo, y no sabiendo qué mas exemplos traerle,
ni qué mas razones mostrarle para que no
la siguiesse, y viendo que le amenazaua que
daria a otro cuenta de su mal desseo, por euitar
mayor mal, determinó de contentarle y hazer
lo que le pedia, con proposito e intencion
de guiar aquel negocio de modo que, sin alterar
los pensamientos de Camila, quedasse Anselmo
satisfecho; y, assi, le respondio que no
comunicasse su pensamiento con otro alguno,
que el tomaua a su cargo aquella empresa, la
qual començaria quando a el le diesse mas
gusto. Abraçole Anselmo tierna y amorosamente,
y agradeciole su ofrecimiento, como si
alguna grande merced le huuiera hecho, y
quedaron de acuerdo entre los dos que desde
otro dia siguiente se començasse la obra; que
el le daria lugar y tiempo como a sus solas
pudiesse hablar a Camila, y assimesmo le
daria dineros y joyas que darla y que ofrecerla.
Aconsejole que le diesse musicas, que escriuiesse
versos en su alabança, y que, quando el
no quisiesse tomar trabajo de hazerlos, el mesmo
los haria. A todo se ofrecio Lotario, bien
con diferente intencion que Anselmo pensaua.
  Y con este acuerdo se boluieron a casa de
Anselmo, donde hallaron a Camila con ansia y
cuydado, esperando a su esposo, porque aquel
dia tardaua en venir mas de lo acostumbrado.
Fuese Lotario a su casa, y Anselmo quedó en
la suya, tan contento como Lotario fue pensatiuo,
no sabiendo qué traça dar para salir bien
de aquel impertinente negocio. Pero aquella
noche penso el modo que tendria para engañar
a Anselmo sin ofender a Camila; y otro dia
vino a comer con su amigo, y fue bien recebido
de Camila, la qual le recebia y regalaua
con mucha voluntad, por entender la buena
que su esposo le tenia.
  Acabaron de comer, leuantaron los manteles,
y Anselmo dixo a Lotario que se quedasse alli
con Camila en tanto que el yua a vn negocio
forçoso; que dentro de hora y media bolueria.
Rogole Camila que no se fuesse, y Lotario se
ofrecio a hazerle compañia; mas nada aprouechó
con Anselmo, antes importunó a Lotario
que se quedasse y le aguardasse, porque tenia
que tratar con el vna cosa de mucha importancia.
Dixo tambien a Camila que no dexasse
solo a Lotario, en tanto que el boluiesse. En
efeto, el supo tan bien fingir la necessidad o
necedad de su ausencia, que nadie pudiera
entender que era fingida. Fuese Anselmo, y
quedaron solos a la mesa Camila y Lotario,
porque la demas gente de casa toda se auia ydo a
comer. Viose Lotario puesto en la estacada
que su amigo desseaua, y con el enemigo
delante, que pudiera vencer, con sola su
hermosura, a vn esquadron de caualleros armados;
mirad si era razon que le temiera Lotario.
  Pero lo que hizo fue poner el codo sobre
el braço de la silla y la mano abierta en la
mexilla, y pidiendo perdon a Camila del mal
comedimiento, dixo que queria reposar vn poco
en tanto que Anselmo boluia. Camila le
respondio que mejor reposaria en el estrado que
en la silla, y, assi, le rogo se entrasse a dormir
en el. No quiso Lotario, y alli se quedó
dormido hasta que boluio Anselmo; el qual, como
halló a Camila en su aposento y a Lotario
durmiendo, creyó que, como se auia tardado tanto,
ya aurian tenido los dos lugar para hablar y
aun para dormir, y no vio la hora en que Lotario
despertasse, para boluerse con el fuera y
preguntarle de su ventura.
  Todo le sucedio como el quiso; Lotario
desperto, y luego salieron los dos de casa, y,
assi, le preguntó lo que desseaua; y le
respondio Lotario que no le auia parecido ser bien
que la primera vez se descubriesse del todo, y,
assi, no auia hecho otra cosa que alabar a Camila
de hermosa, diziendole que en toda la ciudad
no se trataua de otra cosa que de su hermosura
y discrecion; y que este le auia parecido
buen principio para entrar ganando la voluntad
y disponiendola a que otra vez le escuchasse
con gusto, vsando en esto del artificio que el
demonio vsa quando quiere engañar a alguno
que está puesto en atalaya de mirar por si; que
se transforma en angel de luz, siendolo el de
tinieblas, y, poniendole delante apariencias
buenas, al cabo descubre quien es, y sale con su
intencion, si a los principios no es descubierto
su engaño. Todo esto le contentó mucho a
Anselmo, y dixo que cada dia daria el mesmo
lugar, aunque no saliesse de casa, porque en
ella se ocuparia en cosas que Camila no
pudiesse venir en conocimiento de su artificio.
  Sucedio, pues, que se passaron muchos dias
que, sin dezir Lotario palabra a Camila,
respondia a Anselmo que la hablaua, y jamas
podia sacar della vna pequeña muestra de venir
en ninguna cosa que mala fuesse, ni aun dar
vna señal de sombra de esperança; antes dezia
que le amenazaua que si de aquel mal pensamiento
no se quitaua, que lo auia de dezir a su
esposo.
  “Bien está”, dixo Anselmo; “hasta aqui ha
resistido Camila a las palabras; es menester ver
cómo resiste a las obras: yo os dare mañana
dos mil escudos de oro para que se los ofrezcays
y aun se los deys, y otros tantos para que
compreys joyas con que cebarla; que las mugeres
suelen ser aficionadas, y mas si son hermosas,
por mas castas que sean, a esto de traerse
bien y andar galanas; y si ella resiste a esta
tentacion, yo quedaré satisfecho y no os dare
mas pesadumbre.”
  Lotario respondio que ya que auia començado,
que el lleuaria hasta el fin aquella empresa,
puesto que entendia salir della cansado
y vencido. Otro dia recibio los quatro mil
escudos, y con ellos quatro mil confusiones,
porque no sabia qué dezirse para mentir de nueuo;
pero, en efeto, determinó de dezirle que Camila
estaua tan entera a las dadiuas y promessas
como a las palabras, y que no auia para qué
cansarse mas, porque todo el tiempo se
gastaua en balde.
  Pero la suerte, que las cosas guiaua de otra
manera, ordenó que, auiendo dexado Anselmo
solos a Lotario y a Camila, como otras vezes
solia, el se encerro en vn aposento, y por los
agujeros de la cerradura estuuo mirando y
escuchando lo que los dos tratauan, y vio que en
mas de media hora Lotario no habló palabra
a Camila, ni se la hablara si alli estuuiera vn
siglo. Y cayó en la cuenta de que quanto su
amigo le auia dicho de las respuestas de Camila
todo era ficcion y mentira. Y para ver si esto
era ansi, salio del aposento, y, llamando a
Lotario a parte, le preguntó qué nueuas auia y de
qué temple estaua Camila. Lotario le respondio
que no pensaua mas darle puntada en aquel
negocio, porque respondia tan aspera y
dessabridamente, que no tendria animo para boluer
a dezirle cosa alguna.
  “¡Ha!”, dixo Anselmo, “¡Lotario, Lotario, y
quán mal correspondes a lo que me deues y a
lo mucho que de ti confio! Aora te he estado
mirando por el lugar que concede la entrada
desta llaue, y he visto que no has dicho palabra
a Camila, por donde me doy a entender que
aun las primeras le tienes por dezir; y si esto
es assi, como sin duda lo es, ¿para qué me
engañas? O ¿por qué quieres quitarme con tu
industria los medios que yo podria hallar para
conseguir mi desseo?”
  No dixo mas Anselmo, pero bastó lo que
auia dicho para dexar corrido y confuso a
Lotario. El qual, casi como tomando por punto
de honra el auer sido hallado en mentira, juró
a Anselmo que desde aquel momento tomaua
tan a su cargo el contentalle y no mentille, qual
lo veria, si con curiosidad lo espiaua; quanto
mas que no seria menester vsar de ninguna
diligencia, porque la que el pensaua poner en
satisfazelle le quitaria de toda sospecha.
Creyole Anselmo, y para dalle comodidad mas
segura y menos sobresaltada, determinó de hazer
ausencia de su casa por ocho dias, yendose
a la de vn amigo suyo que estaua en vna aldea,
no lexos de la ciudad. Con el qual amigo
concerto que le embiasse a llamar con muchas
veras, para tener ocasion con Camila de
su partida.
  ¡Desdichado y mal aduertido de ti, Anselmo!
¿Qué es lo que hazes?, ¿qué es lo que traças?,
¿qué es lo que ordenas? Mira que hazes
contra ti mismo, traçando tu deshonra y ordenando
tu perdicion. Buena es tu esposa Camila,
quieta y sossegadamente la possees, nadie
sobresalta tu gusto, sus pensamientos no salen
de las paredes de su casa, tu eres su cielo en
la tierra, el blanco de sus desseos, el
cumplimiento de sus gustos y la medida por donde
mide su voluntad, ajustandola en todo con la
tuya y con la del cielo. Pues si la mina de su
honor, hermosura, honestidad y recogimiento
te da sin ningun trabajo toda la riqueza que
tiene y tu puedes dessear, ¿para qué quieres
ahondar la tierra y buscar nueuas vetas de
nueuo y nunca visto tesoro, poniendote a
peligro que toda venga abaxo, pues, en fin, se
sustenta sobre los debiles arrimos de su flaca
naturaleza? Mira que el que busca lo impossible
es justo que lo possible se le niegue, como
lo dixo mejor vn poeta, diziendo:

          “Busco en la muerte la vida,
        salud en la enfermedad,
        en la prision libertad,
        en lo cerrado salida
        y en el traydor lealtad.
          Pero mi suerte, de quien
        jamas espero algun bien,
        con el cielo ha estatuydo
        que, pues lo impossible pido,
        lo possible aun no me den.”

  Fuese otro dia Anselmo a la aldea, dexando
dicho a Camila que el tiempo que el estuuiesse
ausente vendria Lotario a mirar por su casa y
a comer con ella; que tuuiesse cuydado de
tratalle como a su mesma persona. Afligiose
Camila, como muger discreta y honrada, de la
orden que su marido le dexaua, y dixole que
aduirtiesse que no estaua bien que nadie, el
ausente, ocupasse la silla de su mesa, y que si
lo hazia por no tener confiança que ella sabria
gouernar su casa, que prouasse por aquella
vez, y veria por experiencia como para mayores
cuydados era bastante. Anselmo le replicó
que aquel era su gusto y que no tenia mas que
hazer que baxar la cabeça y obedecelle. Camila
dixo que ansi lo haria, aunque contra su
voluntad.
  Partiose Anselmo, y otro dia vino a su casa
Lotario, donde fue rescebido de Camila con
amoroso y honesto acogimiento. La qual jamas
se puso en parte donde Lotario la viesse
a solas, porque siempre andaua rodeada de
sus criados y criadas, especialmente de vna
donzella suya, llamada Leonela, a quien ella
mucho queria por auerse criado desde niñas
las dos juntas en casa de los padres de
Camila, y quando se casó con Anselmo la truxo
consigo. En los tres dias primeros nunca
Lotario le dixo nada, aunque pudiera, quando se
leuantauan los manteles y la gente se yua a
comer con mucha priessa, porque assi se lo
tenia mandado Camila. Y aun tenia orden
Leonela que comiesse primero que Camila, y
que de su lado jamas se quitasse; mas ella,
que en otras cosas de su gusto tenia puesto el
pensamiento y auia menester aquellas horas y
aquel lugar para ocuparle en sus contentos, no
cumplia todas vezes el mandamiento de su
señora; antes los dexaua solos, como si aquello
le vuieran mandado. Mas la honesta presencia
de Camila, la grauedad de su rostro, la
compostura de su persona era tanta, que ponia
freno a la lengua de Lotario. Pero el prouecho
que las muchas virtudes de Camila hizieron,
poniendo silencio en la lengua de Lotario,
redundó mas en daño de los dos, porque si la
lengua callaua, el pensamiento discurria, y
tenia lugar de contemplar parte por parte
todos los estremos de bondad y de hermosura
que Camila tenia, bastantes a enamorar vna
estatua de marmol, no que vn coraçon de
carne.
  Mirauala Lotario en el lugar y espacio que
auia de hablarla, y consideraua quán digna era
de ser amada, y esta consideracion començo
poco a poco a dar assaltos a los respectos
que a Anselmo tenia, y mil vezes quiso
ausentarse de la ciudad y yrse donde jamas
Anselmo le viesse a el, ni el viesse a Camila; mas
ya le hazia impedimento y detenia el gusto que
hallaua en mirarla. Haziase fuerça y peleaua
consigo mismo por desechar y no sentir el
contento que le lleuaua a mirar a Camila.
Culpauase a solas de su desatino, llamauase mal
amigo y aun mal christiano. Hazia discursos y
comparaciones entre el y Anselmo, y todos
parauan en dezir que mas auia sido la locura
y confiança de Anselmo que su poca fidelidad.
Y que si assi tuuiera disculpa para con Dios
como para con los hombres de lo que pensaua
hazer, que no temiera pena por su culpa.
  En efecto, la hermosura y la bondad de
Camila, juntamente con la ocasion que el ignorante
marido le auia puesto en las manos, dieron
con la lealtad de Lotario en tierra. Y, sin
mirar a otra cosa que aquella a que su gusto
le inclinaua, al cabo de tres dias de la ausencia
de Anselmo, en los quales estuuo en continua
batalla por resistir a sus desseos, començo a
requebrar a Camila con tanta turbacion y con
tan amorosas razones, que Camila quedó
suspensa, y no hizo otra cosa que leuantarse de
donde estaua y entrarse en su aposento sin
respondelle palabra alguna. Mas no por esta
sequedad se desmayó en Lotario la esperança,
que siempre nace juntamente con el amor;
antes tuuo en mas a Camila. La qual, auiendo
visto en Lotario lo que jamas pensara, no sabia
qué hazerse. Y, pareciendole no ser cosa
segura ni bien hecha darle ocasion ni lugar a
que otra vez la hablasse, determinó de embiar
aquella mesma noche, como lo hizo, a vn
criado suyo con vn villete a Anselmo, donde
le escriuio estas razones:

                Capitulo XXXIV

    Donde se prosigue la nouela del Curioso
                 impertinente.

  “Assi como suele dezirse que parece mal el
exercito sin su general y el castillo sin su
castellano, digo yo que parece muy peor la
muger casada y moça sin su marido, quando
justissimas ocasiones no lo impiden. Yo me hallo
tan mal sin vos, y tan impossibilitada de no
poder sufrir esta ausencia, que si presto no
venis me aure de yr a entretener en casa de
mis padres, aunque dexe sin guarda la vuestra.
Porque la que me dexastes, si es que
quedó con tal titulo, creo que mira mas por su
gusto que por lo que a vos os toca, y pues soys
discreto, no tengo mas que deziros, ni aun es
bien que mas os diga.”
  Esta carta recibio Anselmo, y entendio por
ella que Lotario auia ya començado la
empresa, y que Camila deuia de auer respondido
como el desseaua. Y, alegre sobremanera de
tales nueuas, respondio a Camila, de palabra,
que no hiziesse mudamiento de su casa en
modo alguno, porque el bolueria con mucha
breuedad. Admirada quedó Camila de la respuesta
de Anselmo, que la puso en mas confusion
que primero, porque ni se atreuia a estar
en su casa, ni menos yrse a la de sus padres,
porque en la quedada corria peligro su
honestidad, y en la yda yua contra el mandamiento
de su esposo.
  En fin, se resoluio en lo que le estuuo peor,
que fue en el quedarse, con determinacion de
no huyr la presencia de Lotario, por no dar
que dezir a sus criados; y ya le pesaua de
auer escrito lo que escriuio a su esposo,
temerosa de que no pensasse que Lotario auia visto
en ella alguna desemboltura que le vuiesse
mouido a no guardalle el decoro que deuia.
Pero, fiada en su bondad, se fio en Dios y
en su buen pensamiento, con que pensaua
resistir callando a todo aquello que Lotario
dezirle quisiesse, sin dar mas cuenta a su
marido, por no ponerle en alguna pendencia y
trabajo.
  Y aun andaua buscando manera como disculpar
a Lotario con Anselmo, quando le preguntasse
la ocasion que le auia mouido a escriuirle
aquel papel. Con estos pensamientos, mas
honrados que acertados ni prouechosos, estuuo
otro dia escuchando a Lotario, el qual cargó la
mano de manera, que començo a titubear la
firmeza de Camila, y su honestidad tuuo harto
que hazer en acudir a los ojos, para que no
diessen muestra de alguna amorosa
compassion que las lagrimas y las razones de
Lotario en su pecho auian despertado. Todo esto
notaua Lotario y todo le encendia.
  Finalmente, a el le pareció que era menester,
en el espacio y lugar que daua la ausencia de
Anselmo, apretar el cerco a aquella fortaleza.
Y, assi, acometio a su presuncion con las
alabanças de su hermosura, porque no ay
cosa que mas presto rinda y allane las
encastilladas torres de la vanidad de las hermosas
que la mesma vanidad, puesta en las
lenguas de la adulacion. En efecto, el, con
toda diligencia, minó la roca de su entereza
con tales pertrechos, que, aunque Camila fuera
toda de bronze, viniera al suelo. Lloró, rogo,
ofrecio, aduló, porfió y fingio Lotario con
tantos sentimientos, con muestras de tantas veras,
que dio al traues con el recato de Camila y
vino a triunfar de lo que menos se pensaua
y mas desseaua. Rindiose Camila; Camila se
rindio; pero ¿qué mucho si la amistad de
Lotario no quedó en pie? Exemplo claro que nos
muestra que solo se vence la passion amorosa
con huylla, y que nadie se ha de poner a
braços con tan poderoso enemigo, porque es
menester fuerças diuinas para vencer las suyas
humanas. Solo supo Leonela la flaqueza de
su señora, porque no se la pudieron encubrir
los dos malos amigos y nueuos amantes. No
quiso Lotario dezir a Camila la pretension de
Anselmo, ni que el le auia dado lugar para
llegar a aquel punto, porque no tuuiesse en
menos su amor, y pensasse que assi, acaso
y sin pensar, y no de proposito, la auia
solicitado.
  Boluio de alli a pocos dias Anselmo a su
casa, y no echó de ver lo que faltaua en ella,
que era lo que en menos tenia y mas estimaua.
Fuese luego a ver a Lotario, y hallole
en su casa; abraçaronse los dos, y el vno
preguntó por las nueuas de su vida o de su
muerte.
  “Las nueuas que te podre dar, o amigo
Anselmo”, dixo Lotario, “son de que tienes vna
muger que dignamente puede ser exemplo y
corona de todas las mugeres buenas. Las palabras
que le he dicho se las ha lleuado el ayre;
los ofrecimientos se han tenido en poco; las
dadiuas no se han admitido; de algunas lagrimas
fingidas mias se ha hecho burla notable.
En resolucion: assi como Camila es cifra de
toda belleza, es archiuo donde assiste la
honestidad y viue el comedimiento y el recato y
todas las virtudes que pueden hazer loable y bien
afortunada a vna honrada muger. Buelue a
tomar tus dineros, amigo; que aqui los tengo
sin auer tenido necessidad de tocar a ellos, que
la entereza de Camila no se rinde a cosas tan
baxas como son dadiuas ni promessas. Contentate,
Anselmo, y no quieras hazer mas prueuas
de las hechas. Y, pues a pie enxuto has passado
el mar de las dificultades y sospechas que de
las mugeres suelen y pueden tenerse, no quieras
entrar de nueuo en el profundo pielago de
nueuos inconuenientes, ni quieras hazer experiencia
con otro piloto de la bondad y fortaleza
del nauio que el cielo te dio en suerte para
que en el passasses la mar deste mundo, sino
haz cuenta que estás ya en seguro puerto, y
aferrate con las ancoras de la buena
consideracion, y dexate estar hasta que te vengan a
pedir la deuda que no ay hidalguia humana
que de pagarla se escuse.”
  Contentissimo quedó Anselmo de las razones
de Lotario, y assi se las creyo como si fueran
dichas por algun oraculo. Pero, con todo esso,
le rogo que no dexasse la empresa, aunque no
fuesse mas de por curiosidad y entretenimiento,
aunque no se aprouechasse de alli adelante
de tan ahincadas diligencias como hasta
entonces. Y que solo queria que le escriuiesse
algunos versos en su alabança, debaxo del nombre
de Clori, porque el le daria a entender a
Camila que andaua enamorado de vna dama, a
quien le auia puesto aquel nombre, por poder
celebrarla con el decoro que a su honestidad
se le deuia. Y que, quando Lotario no quisiera
tomar trabajo de escriuir los versos, que el los
haria.
  “No sera menester esso”, dixo Lotario, “pues
no me son tan enemigas las musas, que algunos
ratos del año no me visiten. Dile tu a Camila
lo que has dicho del fingimiento de mis amores;
que los versos yo los hare, si no tan buenos
como el subjeto merece, seran, por lo menos,
los mejores que yo pudiere.”
  Quedaron deste acuerdo el impertinente y el
traydor amigo. Y buelto [Anselmo] a su casa,
preguntó a Camila lo que ella ya se marauillaua
que no se lo vuiesse preguntado: que fue que
le dixesse la ocasion por que le auia escrito
el papel que le embió. Camila le respondio que
le auia parecido que Lotario la miraua vn poco
mas desembueltamente que quando el estaua
en casa; pero que ya estaua desengañada y
creya que auia sido imaginacion suya, porque
ya Lotario huya de vella y de estar con ella a
solas. Dixole Anselmo que bien podia estar
segura de aquella sospecha, porque el sabia que
Lotario andaua enamorado de vna donzella
principal de la ciudad, a quien el celebraua
debaxo del nombre de Clori, y que, aunque no lo
estuuiera, no auia que temer de la verdad de
Lotario y de la mucha amistad de entrambos.
Y, a no estar auisada Camila de Lotario de
que eran fingidos aquellos amores de Clori, y
que el se lo auia dicho a Anselmo por poder
ocuparse algunos ratos en las mismas alabanças
de Camila, ella sin duda cayera en la
desesperada red de los zelos; mas por estar
ya aduertida passó aquel sobresalto sin
pesadumbre.
  Otro dia, estando los tres sobre mesa, rogo
Anselmo a Lotario dixesse alguna cosa de las
que auia compuesto a su amada Clori; que
pues Camila no la conocia, seguramente podia
dezir lo que quisiesse.
  “Aunque la conociera”, respondio Lotario,
“no encubriera yo nada, porque quando algun
amante loa a su dama de hermosa y la nota
de cruel, ningun oprobrio haze a su buen credito.
Pero sea lo que fuere, lo que se dezir,
que ayer hize vn soneto a la ingratitud desta
Clori, que dize ansi:

                    SONETO

     En el silencio de la noche, quando
   ocupa el dulce sueño a los mortales,
   la pobre cuenta de mis ricos males
   estoy al cielo y a mi Clori dando.
     Y al tiempo quando el sol se va mostrando
   por las rosadas puertas orientales,
   con suspiros y acentos desiguales
   voy la antigua querella renouando.
     Y quando el sol, de su estrellado assiento
   derechos rayos a la tierra embia,
   el llanto crece y doblo los gemidos.
     Buelue la noche, y bueluo al triste cuento,
   y siempre hallo, en mi mortal porfia,
   al cielo, sordo; a Clori, sin oydos.”

  Bien le parecio el soneto a Camila, pero
mejor a Anselmo, pues le alabó y dixo que era
demasiadamente cruel la dama que a tan claras
verdades no correspondia. A lo que dixo
Camila:
  “Luego ¿todo aquello que los poetas
enamorados dizen, es verdad?”
  “En quanto poetas, no la dizen”, respondio
Lotario; “mas en quanto enamorados, siempre
quedan tan cortos como verdaderos.”
  “No ay duda desso”, replicó Anselmo, todo
por apoyar y acreditar los pensamientos de
Lotario con Camila, tan descuydada del artificio
de Anselmo, como ya enamorada de Lotario.
Y, assi, con el gusto que de sus cosas tenia, y
mas, teniendo por entendido que sus desseos y
escritos a ella se encaminauan, y que ella era
la verdadera Clori, le rogo que si otro soneto
o otros versos sabia, los dixesse.
  “Si se”, respondio Lotario, “pero no creo que
es tan bueno como el primero, o, por mejor
dezir, menos malo. Y podreyslo bien juzgar, pues
es este:

                    SONETO

      Yo se que muero, y si no soy creydo,
    es mas cierto el morir, como es mas cierto
    verme a tus pies, ¡o bella ingrata!, muerto
    antes que de adorarte arrepentido.
      Podre yo verme en la region de oluido,
    de vida y gloria y de fauor desierto,
    y alli verse podra en mi pecho abierto
    como tu hermoso rostro está esculpido.
      Que esta reliquia guardo para el duro
    trance que me amenaza mi porfia,
    que en tu mismo rigor se fortaleze.
      ¡Ay de aquel que nauega, el cielo escuro,
    por mar no vsado y peligrosa via,
    adonde norte o puerto no se ofrece!

  Tambien alabó este segundo soneto Anselmo,
como auia hecho el primero, y desta manera
yua añadiendo eslauon a eslauon a la
cadena con que se enlazaua y trauaua su
deshonra, pues quando mas Lotario le deshonraua,
entonces le dezia que estaua mas honrado. Y
con esto, todos los escalones que Camila baxaua
hazia el centro de su menosprecio, los
subia, en la opinion de su marido, hazia la
cumbre de la virtud y de su buena fama.
  Sucedio en esto, que hallandose vna vez, entre
otras, sola Camila con su donzella, le dixo:
  “Corrida estoy, amiga Leonela, de ver en
quán poco he sabido estimarme, pues siquiera
no hize que, con el tiempo, comprara Lotario la
entera possession que le di tan presto de mi
voluntad. Temo que ha de estimar mi presteza
o ligereza, sin que eche de ver la fuerça
que el me hizo para no poder resistirle.”
  “No te de pena esso, señora mia”, respondio
Leonela; “que no está la monta, ni es causa
para menguar la estimacion, darse lo que se
da presto, si, en efecto, lo que se da es
bueno, y ello por si digno de estimarse. Y aun
suele dezirse que el que luego da, da dos vezes.”
  “Tambien se suele dezir”, dixo Camila, “que
lo que cuesta poco se estima en menos.”
  “No corre por ti essa razon”, respondio
Leonela, “porque el amor, segun he oydo dezir,
vnas vezes buela y otras anda, con este corre
y con aquel va despacio, a vnos entibia y a
otros abrasa, a vnos hiere y a otros mata. En
vn mesmo punto comiença la carrera de sus
desseos, y en aquel mesmo punto la acaba
y concluye. Por la mañana suele poner el cerco
a vna fortaleza, y a la noche la tiene rendida,
porque no ay fuerça que le resista. Y, siendo
assi, ¿de qué te espantas, o de qué temes, si
lo mismo deue de auer acontecido a Lotario,
auiendo tomado el amor por instrumento de
rendirnos la ausencia de mi señor? Y era
forçoso que en ella se concluyesse lo que el amor
tenia determinado, sin dar tiempo al tiempo,
para que Anselmo le tuuiesse de boluer y con
su presencia quedasse imperfecta la obra.
Porque el amor no tiene otro mejor ministro
para executar lo que dessea que es la ocasion;
de la ocasion se sirue en todos sus hechos,
principalmente en los principios. Todo esto se yo
muy bien, mas de experiencia que de oydas; y
algun dia te lo dire, señora, que yo tambien soy
de carne, y de sangre moça. Quanto mas, señora
Camila, que no te entregaste, ni diste tan
luego, que primero no vuiesses visto en los
ojos, en los suspiros, en las razones y en las
promessas y dadiuas de Lotario toda su alma,
viendo en ella y en sus virtudes quán digno
era Lotario de ser amado. Pues si esto es ansi,
no te assalten la imaginacion essos escrupulosos
y melindrosos pensamientos, sino assegurate
que Lotario te estima como tu le estimas
a el, y viue con contento y satisfacion de que
ya que cayste en el lazo amoroso, es el que te
aprieta de valor y de estima. Y que no solo
tiene las quatro SS que dizen que han de tener
los buenos enamorados, sino todo vn A B C
entero; si no, escuchame y veras como te le
digo de coro: El es, segun yo veo y a mi me
parece, agradecido, bueno, cauallero, dadiuoso,
enamorado, firme, gallardo, honrado, ilustre,
leal, moço, noble, honesto, principal, quantioso,
rico; y las SS que dizen. Y luego, tacito,
verdadero. La X no le quadra, porque es letra
aspera. La Y ya está dicha. La Z, zelador de tu
honra.”
  Riose Camila del A B C de su donzella, y
tuuola por mas platica en las cosas de amor que
ella dezia. Y, assi, lo confesso ella,
descubriendo a Camila como trataua amores con vn
mancebo bien nacido, de la mesma ciudad. De lo
qual se turbó Camila, temiendo que era aquel
camino por donde su honra podia correr riesgo.
Apurola si passauan sus platicas a mas que
serlo. Ella, con poca verguença y mucha
desemboltura, le respondio que si passauan.
Porque es cosa ya cierta que los descuydos de las
señoras quitan la verguença a las criadas, las
quales, quando ven a las amas echar traspies,
no se les da nada a ellas de coxear, ni de que
lo sepan.
  No pudo hazer otra cosa Camila sino rogar
a Leonela no dixesse nada de su hecho al que
dezia ser su amante, y que tratasse sus cosas
con secreto, porque no viniessen a noticia de
Anselmo ni de Lotario. Leonela respondio que
assi lo haria; mas cumpliolo de manera, que
hizo cierto el temor de Camila de que por ella
auia de perder su credito. Porque la deshonesta
y atreuida Leonela, despues que vio que el
proceder de su ama no era el que solia,
atreuiose a entrar y poner dentro de casa a su
amante, confiada que, aunque su señora le
viesse, no auia de osar descubrille.
  Que este daño acarrean, entre otros, los
pecados de las señoras, que se hazen esclauas de
sus mesmas criadas, y se obligan a
encubrirles sus deshonestidades y vilezas, como
acontecio con Camila; que, aunque vio vna y
muchas vezes que su Leonela estaua con su galan
en vn aposento de su casa, no solo no la osaua
reñir, mas dauale lugar a que lo encerrasse,
y quitauale todos los estoruos para que no
fuesse visto de su marido. Pero no los pudo
quitar, que Lotario no le viesse vna vez salir, al
romper del alua, el qual, sin conocer quién era,
penso primero que deuia de ser alguna fantasma.
Mas quando le vio caminar, emboçarse y
encubrirse con cuydado y recato, cayo de su
simple pensamiento y dio en otro, que fuera la
perdicion de todos, si Camila no lo remediara.
Penso Lotario que aquel hombre que auia visto
salir tan a deshora de casa de Anselmo no
auia entrado en ella por Leonela, ni aun se
acordo si Leonela era en el mundo. Solo creyo
que Camila, de la misma manera que auia sido
facil y ligera con el, lo era para otro; que estas
añadiduras trae consigo la maldad de la muger
mala, que pierde el credito de su honra con el
mesmo a quien se entregó rogada y persuadida,
y cree que con mayor facilidad se entrega
a otros, y da infalible credito a qualquiera
sospecha que desto le venga. Y no parece
sino que le faltó a Lotario en este punto todo
su buen entendimiento, y se le fueron de la
memoria todos sus aduertidos discursos, pues
sin hazer alguno que bueno fuesse, ni aun
razonable, sin mas ni mas, antes que Anselmo
se leuantasse, impaciente y ciego de la
zelosa rabia, que las entrañas le roya,
muriendo por vengarse de Camila, que en
ninguna cosa le auia ofendido, se fue a Anselmo
y le dixo:
  “Sabete, Anselmo, que ha muchos dias que
he andado peleando conmigo mesmo,
haziendome fuerça a no dezirte lo que ya no es
possible ni justo que mas te encubra. Sabete
que la fortaleza de Camila está ya rendida y
sugeta a todo aquello que yo quisiere hazer della,
y si he tardado en descubrirte esta verdad, ha
sido por ver si era algun liuiano antojo suyo, o
si lo hazia por prouarme y ver si eran con
proposito firme tratados los amores que, con tu
licencia, con ella he començado. Crey ansimismo
que ella, si fuera la que deuia y la que
entrambos pensauamos, ya te vuiera dado cuenta
de mi solicitud; pero auiendo visto que se
tarda, conozco que son verdaderas las promessas
que me ha dado de que, quando otra vez
hagas ausencia de tu casa, me hablará en la
recamara donde está el repuesto de tus alhajas
--y era la verdad que alli le solia hablar
Camila--, y no quiero que precipitosamente corras
a hazer alguna vengança, pues no esta aun
cometido el pecado sino con pensamiento, y
podria ser que desde este hasta el tiempo de
ponerle por obra se mudasse el de Camila, y
naciesse en su lugar el arrepentimiento. Y assi,
ya que en todo o en parte has seguido siempre
mis consejos, sigue y guarda vno que aora te
dire, para que sin engaño y con medroso
aduertimento te satisfagas de aquello que mas
vieres que te conuenga. Finge que te ausentas
por dos o tres dias, como otras vezes sueles, y
haz de manera que te quedes escondido en tu
recamara, pues los tapizes que alli ay, y otras
cosas con que te puedas encubrir, te ofrecen
mucha comodidad, y entonces veras por tus
mismos ojos, y yo por los mios, lo que Camila
quiere; y si fuere la maldad, que se puede
temer antes que esperar, con silencio, sagacidad
y discrecion podras ser el verdugo de tu
agrauio.”
  Absorto, suspenso y admirado quedó Anselmo
con las razones de Lotario, porque le
cogieron en tiempo donde menos las esperaua
oyr, porque ya tenia a Camila por vencedora
de los fingidos assaltos de Lotario, y començaua
a gozar la gloria del vencimiento. Callando
estuuo por vn buen espacio, mirando al suelo
sin mouer pestaña, y al cabo dixo:
  “Tu lo has hecho, Lotario, como yo esperaua
de tu amistad; en todo he de seguir tu
consejo; haz lo que quisieres, y guarda aquel
secreto que ves que conuiene en caso tan no
pensado.”
  Prometioselo Lotario, y, en apartandose del,
se arrepintio totalmente de quanto le auia dicho,
viendo quán neciamente auia andado, pues
pudiera el vengarse de Camila, y no por
camino tan cruel y tan deshonrado. Maldezia su
entendimiento, afeaua su ligera determinacion, y
no sabia qué medio tomarse para deshazer lo
hecho, o para dalle alguna razonable salida.
Al fin acordo de dar cuenta de todo a Camila,
y como no faltaua lugar para poderlo hazer,
aquel mismo dia la halló sola, y [ella], assi
como vio que le podia hablar, le dixo:
  “Sabed, amigo Lotario, que tengo vna pena
en el coraçon, que me le aprieta de suerte, que
parece que quiere rebentar en el pecho, y ha
de ser marauilla si no lo haze. Pues ha llegado
la desuerguença de Leonela a tanto, que cada
noche encierra a vn galan suyo en esta casa, y
se está con el hasta el dia, tan a costa de mi
credito, quanto le quedará campo abierto de
juzgarlo al que le viere salir a horas tan
inusitadas de mi casa; y lo que me fatiga es que no
la puedo castigar ni reñir; que el ser ella
secretario de nuestros tratos me ha puesto vn freno
en la boca para callar los suyos, y temo que de
aqui ha de nacer algun mal sucesso.”
  Al principio que Camila esto dezia creyo
Lotario que era artificio para desmentille que
el hombre que auia visto salir era de Leonela,
y no suyo; pero viendola llorar y afligirse y
pedirle remedio, vino a creer la verdad, y, en
creyendola, acabó de estar confuso y arrepentido
del todo. Pero, con todo esto, respondio a
Camila que no tuuiesse pena, que el ordenaria
remedio para atajar la insolencia de Leonela.
Dixole assimismo lo que, instigado de la furiosa
rauia de los zelos, auia dicho a Anselmo,
y como estaua concertado de esconderse en la
recamara para ver desde alli a la clara la poca
lealtad que ella le guardaua. Pidiole perdon
desta locura, y consejo para poder remedialla
y salir bien de tan rebuelto laberinto como su
mal discurso le auia puesto.
  Espantada quedó Camila de oyr lo que
Lotario le dezia, y con mucho enojo y muchas
y discretas razones le riñó y afeó su mal
pensamiento y la simple y mala determinacion
que auia tenido. Pero como naturalmente
tiene la muger ingenio presto para el bien y
para el mal, mas que el varon, puesto que le
va faltando quando de proposito se pone a
hazer discursos, luego al instante halló
Camila el modo de remediar tan al parecer
inremediable negocio, y dixo a Lotario que
procurasse que otro dia se escondiesse Anselmo
donde dezia, porque ella pensaua sacar de
su escondimiento comodidad para que desde
alli en adelante los dos se gozassen sin
sobresalto alguno; y sin declararle del todo su
pensamiento, le aduirtio que tuuiesse cuydado
que, en estando Anselmo escondido, el
viniesse quando Leonela le llamasse, y que a
quanto ella le dixesse le respondiesse como
respondiera aunque no supiera que Anselmo
le escuchaua. Porfió Lotario que le acabasse
de declarar su intencion, por que con mas
seguridad y auiso guardasse todo lo que viesse ser
necessario.
  “Digo”, dixo Camila, “que no ay mas que
guardar, si no fuere responderme como yo os
preguntare”; --no queriendo Camila darle
antes cuenta de lo que pensaua hazer, temerosa
que no quisiesse seguir el parecer que a ella
tan bueno le parecia, y siguiesse o buscasse
otros que no podrian ser tan buenos.
  Con esto se fue Lotario, y Anselmo, otro dia,
con la escusa de yr [a] aquella aldea de su
amigo, se partio y boluio a esconderse; que lo
pudo hazer con comodidad, porque de industria
se la dieron Camila y Leonela. Escondido,
pues, Anselmo, con aquel sobresalto que se
puede imaginar que tendria el que esperaua
ver por sus ojos hazer notomia de las entrañas
de su honra, yuase a pique de perder el
sumo bien que el pensaua que tenia en su
querida Camila. Seguras ya y ciertas Camila y
Leonela que Anselmo estaua escondido, entraron
en la recamara, y apenas huuo puesto los
pies en ella Camila, quando, dando vn grande
suspiro, dixo:
  “¡Ay, Leonela amiga!, ¿no seria mejor que
antes que llegasse a poner en execucion lo
que no quiero que sepas, porque no procures
estoruarlo, que tomasses la daga de Anselmo
que te he pedido y passasses con ella este
infame pecho mio? Pero no hagas tal; que no
sera razon que yo lleue la pena de la agena
culpa. Primero quiero saber qué es lo que
vieron en mi los atreuidos y deshonestos ojos de
Lotario que fuesse causa de darle atreuimiento
a descubrirme vn tan mal desseo como es el
que me ha descubierto en desprecio de su
amigo y en deshonra mia. Ponte, Leonela, a
essa ventana y llamale; que sin duda alguna
el deue de estar en la calle esperando poner
en efeto su mala intencion. Pero primero se
pondra la cruel quanto honrada mia.”
  “¡Ay, señora mia!”, respondio la sagaz y
aduertida Leonela, “y ¿qué es lo que quieres
hazer con esta daga? ¿Quieres, por ventura,
quitarte la vida o quitarsela a Lotario? Que
qualquiera destas cosas que quieras ha de
redundar en perdida de tu credito y fama. Mejor
es que dissimules tu agrauio, y no des lugar a
que este mal hombre entre aora en esta casa
y nos halle solas; mira, señora, que somos
flacas mugeres, y el es hombre, y determinado,
y como viene con aquel mal proposito, ciego
y apassionado, quiça antes que tu pongas en
execucion el tuyo, hara el lo que te estaria mas
mal que quitarte la vida. ¡Mal aya mi señor
Anselmo, que tanto mal ha querido dar a este
desuellacaras en su casa! Y ya, señora, que le
mates, como yo pienso que quieres hazer, ¿qué
hemos de hazer del despues de muerto?”
  “¿Qué, amiga?”, respondio Camila; “dexaremosle
para que Anselmo le entierre, pues sera
justo que tenga por descanso el trabajo que
tomare en poner debaxo de la tierra su misma
infamia. Llamale, acaba; que todo el tiempo
que tardo en tomar la deuida vengança de mi
agrauio parece que ofendo a la lealtad que a
mi esposo deuo.”
  Todo esto escuchaua Anselmo, y a cada
palabra que Camila dezia se le mudauan los
pensamientos. Mas quando entendio que estaua
resuelta en matar a Lotario, quiso salir y
descubrirse, por que tal cosa no se hiziesse; pero
detuuole el desseo de ver en qué paraua tanta
gallardia y honesta resolucion, con proposito
de salir a tiempo que la estoruasse. Tomole en
esto a Camila vn fuerte desmayo, y, arrojandose
encima de vna cama que alli estaua, començó
Leonela a llorar muy amargamente y a
dezir: “¡Ay, desdichada de mi, si fuesse tan sin
ventura, que se me muriesse aqui entre mis
braços la flor de la honestidad del mundo, la
corona de las buenas mugeres, el exemplo de
la castidad!”, con otras cosas a estas semejantes,
que ninguno la escuchara que no la tuuiera
por la mas lastimada y leal donzella del mundo,
y a su señora por otra nueua y perseguida
Penelope. Poco tardó en boluer de su desmayo
Camila, y al boluer en si, dixo:
  “¿Por qué no vas, Leonela, a llamar al mas
leal amigo de amigo que vio el sol o cubrio
la noche? ¡Acaba, corre, aguija, camina, no se
esfogue con la tardança el fuego de la colera
que tengo, y se passe en amenazas y
maldiciones la justa vengança que espero!”
  “Ya voy a llamarle, señora mia”, dixo
Leonela; “mas hasme de dar primero essa daga,
porque no hagas cosa, en tanto que falto, que
dexes con ella que llorar toda la vida a todos
los que bien te quieren.”
  “Ve segura, Leonela amiga, que no hare”,
respondio Camila, “porque ya que sea atreuida
y simple a tu parecer en boluer por mi honra,
no lo he de ser tanto como aquella Lucrecia,
de quien dizen que se mató sin auer cometido
error alguno, y sin auer muerto primero a quien
tuuo la causa de su desgracia; yo morire, si
muero, pero ha de ser vengada y satisfecha
del que me ha dado ocasion de venir a este
lugar a llorar sus atreuimientos, nacidos tan
sin culpa mia.”
  Mucho se hizo de rogar Leonela antes que
saliesse a llamar a Lotario, pero en fin salio, y
entretanto que boluia, quedó Camila
diziendo, como que hablaua consigo misma:
“¡Valame Dios! ¿No fuera mas acertado auer
despedido a Lotario, como otras muchas vezes lo
he hecho, que no ponerle en condicion, como
ya le he puesto, que me tenga por deshonesta y
mala, siquiera este tiempo que he de tardar en
desengañarle? Mejor fuera, sin duda; pero no
quedara yo vengada, ni la honra de mi marido
satisfecha, si tan a manos lauadas y tan a passo
llano se boluiera a salir de donde sus malos
pensamientos le entraron. Pague el traydor con
la vida lo que intentó con tan lasciuo desseo.
Sepa el mundo, si acaso llegare a saberlo, de
que Camila no solo guardó la lealtad a su esposo,
sino que le dio vengança del que se atreuio
a ofendelle. Mas, con todo, creo que fuera
mejor dar cuenta desto a Anselmo; pero ya se
la apunté a dar en la carta que le escriui al
aldea, y creo que el no acudir el al remedio
del daño que alli le señalé, deuio de ser que,
de puro bueno y confiado, no quiso ni pudo
creer que en el pecho de su tan firme amigo
pudiesse caber genero de pensamiento que
contra su honra fuesse, ni aun yo lo crey
despues por muchos dias, ni lo creyera jamas, si
su insolencia no llegara a tanto, que las
manifiestas dadiuas y las largas promessas y las
continuas lagrimas no me lo manifestaran. Mas
¿para qué hago yo aora estos discursos? ¿Tiene,
por ventura, vna resulucion gallarda
necessidad de consejo alguno? No, por cierto.
¡Afuera, pues, traydores! ¡Aqui, venganças!
¡Entre el falso, venga, llegue, muera y acabe,
y suceda lo que sucediere! Limpia entré en
poder del que el cielo me dio por mio; limpia
he de salir del, y, quando mucho, saldre bañada
en mi casta sangre y en la impura del mas
falso amigo que vio la amistad en el mundo.”
  Y, diziendo esto, se passeaua por la sala con
la daga desembaynada, dando tan desconcertados
y desaforados passos y haziendo tales
ademanes, que no parecia sino que le faltaua
el juyzio y que no era muger delicada, sino vn
rufian desesperado.
  Todo lo miraua Anselmo, cubierto detras de
vnos tapizes donde se auia escondido, y de
todo se admiraua y ya le parecia que lo que
auia visto y oido era bastante satisfacion para
maiores sospechas, y ya quisiera que la
prueua de venir Lotario faltara, temeroso de
algun mal repentino sucesso; y, estando ya
para manifestarse y salir, para abraçar y
desengañar a su esposa, se detuuo porque vio que
Leonela boluia con Lotario de la mano; y assi
como Camila le vio, haziendo con la daga en
el suelo vna gran raya delante della, le dixo:
  “Lotario, aduierte lo que te digo: si a dicha
te atreuieres a passar desta raya que ves, ni
aun llegar a ella, en el punto que viere que lo
intentas, en esse mismo me passaré el pecho
con esta daga que en las manos tengo, y antes
que a esto me respondas palabra, quiero que
otras algunas me escuches; que despues
responderas lo que mas te agradare. Lo primero,
quiero, Lotario, que me digas si conoces a
Anselmo, mi marido, y en qué opinion le tienes.
Y lo segundo, quiero saber tambien si me
conoces a mi. Respondeme a esto, y no te turbes,
ni pienses mucho lo que has de responder, pues
no son dificultades las que te pregunto.”
  No era tan ignorante Lotario, que desde el
primer punto que Camila le dixo que hiziesse
esconder a Anselmo no huuiesse dado en la
cuenta de lo que ella pensaua hazer, y, assi,
correspondio con su intencion tan discretamente
y tan a tiempo, que hizieran los dos
passar aquella mentira por mas que cierta
verdad, y, assi, respondio a Camila desta manera:
  “No pense yo, hermosa Camila, que me
llamauas para preguntarme cosas tan fuera de la
intencion con que yo aqui vengo; si lo hazes
por dilatarme la prometida merced, desde mas
lexos pudieras entretenerla, porque tanto mas
fatiga el bien desseado quanto la esperança
está mas cerca de posseello; pero porque no
digas que no respondo a tus preguntas, digo
que conozco a tu esposo Anselmo, y nos conocemos
los dos desde nuestros mas tiernos años,
y no quiero dezir lo que tu tambien sabes de
nuestra amistad, por [no] me hazer testigo
del agrauio que el amor haze que le haga:
poderosa disculpa de mayores yerros. A ti te
conozco y tengo en la misma possession que
el te tiene; que, a no ser assi, por menos
prendas que las tuyas no auia yo de yr contra lo
que deuo a ser quien soy, y contra las santas
leyes de la verdadera amistad, aora por tan
poderoso enemigo como el amor por mi
rompidas y violadas.”
  “Si esso confiessas”, respondio Camila,
“enemigo mortal de todo aquello que justamente
merece ser amado, ¿con qué rostro osas parecer
ante quien sabes que es el espejo donde se
mira aquel en quien tu te deuieras mirar, para
que vieras con quán poca ocasion le agrauias?
Pero ya cayo, ¡ai, desdichada de mi!, en la
cuenta de quién te ha hecho tener tan poca
con lo que a ti mismo deues, que deue de auer
sido alguna desemboltura mia, que no quiero
llamarla deshonestidad, pues no aura procedido
de deliberada determinacion, sino de algun
descuydo de los que las mugeres, que piensan
que no tienen de quién recatarse, suelen hazer
inaduertidamente. Si no, dime: ¿quándo, ¡o
traydor!, respondi a tus ruegos con alguna
palabra o señal que pudiesse despertar en ti
alguna sombra de esperança de cumplir tus
infames desseos? ¿Quándo tus amorosas palabras
no fueron deshechas y reprehendidas de las
mias con rigor y con aspereza? ¿Quándo tus
muchas promessas y mayores dadiuas fueron
de mi creydas ni admitidas? Pero por parecerme
que alguno no puede perseuerar en el intento
amoroso luengo tiempo si no es sustentado de
alguna esperança, quiero atribuyrme a mi la
culpa de tu impertinencia, pues sin duda algun
descuydo mio ha sustentado tanto tiempo tu
cuydado, y, assi, quiero castigarme y darme la
pena que tu culpa merece. Y, porque viesses
que siendo conmigo tan inhumana no era possible
dexar de serlo contigo, quise traerte a
ser testigo del sacrificio que pienso hazer a
la ofendida honra de mi tan honrado marido,
agrauiado de ti con el mayor cuydado que te
ha sido possible, y de mi tambien con el poco
recato que he tenido del huyr la ocasion, si
alguna te di, para fauorecer y canonizar tus
malas intenciones. Torno a dezir que la sospecha
que tengo que algun descuydo mio engendró
en ti tan desuariados pensamientos es la que
mas me fatiga, y la que yo mas desseo castigar
con mis propias manos, porque, castigandome
otro verdugo, quiça seria mas publica mi culpa;
pero antes que esto haga, quiero matar
muriendo, y lleuar conmigo quien me acabe de
satisfazer el desseo de la vengança que espero y
tengo, viendo alla, donde quiera que fuere, la
pena que da la justicia desinteressada y que no
se dobla al que en terminos tan
desesperados me ha puesto.”
  Y, diziendo estas razones, con vna increyble
fuerça y ligereza arremetio a Lotario con la
daga desembaynada, con tales muestras de
querer enclauarsela en el pecho, que casi el
estuuo en duda si aquellas demostraciones
eran falsas o verdaderas, porque le fue forçoso
valerse de su industria y de su fuerça para
estoruar que Camila no le diesse; la qual tan
viuamente fingia aquel estraño embuste y fealdad,
que por dalle color de verdad, la quiso
matizar con su misma sangre; porque viendo
que no podia auer a Lotario, o fingiendo
que no podia, dixo:
  “Pues la suerte no quiere satisfazer del todo
mi tan justo desseo, a lo menos no sera tan
poderosa, que, en parte, me quite que no le
satisfaga.”
  Y, haziendo fuerça para soltar la mano de
la daga que Lotario la tenia asida, la sacó, y
guiando su punta por parte que pudiesse herir
no profundamente, se la entró y escondio por
mas arriba de la islilla del lado izquierdo, junto
al ombro, y luego, se dexó caer en el suelo,
como desmayada.
  Estauan Leonela y Lotario suspensos y
atonitos de tal sucesso, y todauia dudauan de la
verdad de aquel hecho, viendo a Camila tendida
en tierra y bañada en su sangre; acudio
Lotario con mucha presteza, despauorido y sin
aliento, a sacar la daga, y, en ver la pequeña
herida, salio del temor que hasta entonces
tenia, y de nueuo se admiró de la sagazidad,
prudencia y mucha discrecion de la hermosa
Camila; y por acudir con lo que a el le tocaua,
començo a hazer vna larga y triste lamentacion
sobre el cuerpo de Camila, como si estuuiera
difunta, echandose muchas maldiciones,
no solo a el, sino al que auia sido causa
de auelle puesto en aquel termino. Y como
sabia que le escuchaua su amigo Anselmo, dezia
cosas que el que le oyera le tuuiera mucha
mas lastima que a Camila, aunque por muerta
la juzgara.
  Leonela la tomó en braços y la puso en el
lecho, suplicando a Lotario fuesse a buscar
quien secretamente a Camila curasse. Pediale
assimismo consejo y parecer de lo que dirian
a Anselmo de aquella herida de su señora, si
acaso viniesse antes que estuuiesse sana. El
respondio que dixessen lo que quisiessen; que
el no estaua para dar consejo que de prouecho
fuesse; solo le dixo que procurasse tomarle
la sangre, porque el se yua adonde gentes
no le viessen. Y con muestras de mucho dolor
y sentimiento se salio de casa, y quando se vio
solo y en parte donde nadie le veya, no
cessaua de hazerse cruzes, marauillandose de la
industria de Camila y de los ademanes tan
proprios de Leonela. Consideraua quán
enterado auia de quedar Anselmo de que tenia
por muger a vna segunda Porcia, y desseaua
verse con el para celebrar los dos la mentira y
la verdad mas dissimulada que jamas pudiera
imaginarse. Leonela tomó, como se ha dicho, la
sangre a su señora, que no era mas de aquello
que bastó para acreditar su embuste, y lauando
con vn poco de vino la herida, se la ató lo
mejor que supo, diziendo tales razones en tanto
que la curaua, que aunque no huuieran precedido
otras, bastaran a hazer creer a Anselmo
que tenia en Camila vn simulacro de la
honestidad.
  Iuntaronse a las palabras de Leonela otras
de Camila, llamandose cobarde y de poco animo,
pues le auia faltado al tiempo que fuera
mas necessario tenerle, para quitarse la vida,
que tan aborrecida tenia. Pedia consejo a su
donzella si daria, o no, todo aquel sucesso a
su querido esposo, la qual le dixo que no se lo
dixesse, porque le pondria en obligacion de
vengarse de Lotario, lo qual no podria ser sin
mucho riesgo suyo; y que la buena muger
estaua obligada a no dar ocasion a su marido
a que riñesse, sino a quitalle todas aquellas
que le fuesse possible.
  Respondio Camila que le parecia muy bien
su parecer, y que ella le seguiria; pero que en
todo caso conuenia buscar qué dezir a Anselmo
de la causa de aquella herida, que el no
podria dexar de ver; a lo que Leonela respondia
que ella, ni aun burlando, no sabia mentir.
  “Pues yo, hermana”, replicó Camila, “¿qué
tengo de saber, que no me atreuere a forjar ni
sustentar vna mentira si me fuesse en ello la
vida? Y si es que no hemos de saber dar
salida a esto, mejor sera dezirle la verdad
desnuda, que no que nos alcance en mentirosa
cuenta.”
  “No tengas pena, señora; de aqui a mañana”,
respondio Leonela, “yo pensaré qué le digamos,
y quiça que por ser la herida donde es,
se podra encubrir sin que el la vea, y el cielo
sera seruido de fauorecer a nuestros tan justos
y tan honrados pensamientos. Sossiegate, señora
mia, y procura sossegar tu alteracion, por
que mi señor no te halle sobresaltada; y lo
demas dexalo a mi cargo y al de Dios, que
siempre acude a los buenos desseos.”
  Atentissimo auia estado Anselmo a escuchar
y a ver representar la tragedia de la muerte de
su honra; la qual con tan estraños y eficaces
afectos la representaron los personages
della, que parecio que se auian transformado
en la misma verdad de lo que fingian. Desseaua
mucho la noche y el tener lugar para salir de su
casa, y yr a verse con su buen amigo Lotario,
congratulandose con el de la margarita
preciosa que auia hallado en el desengaño de la
bondad de su esposa. Tuuieron cuydado las dos
de darle lugar y comodidad a que saliesse, y el,
sin perdella, salio, y luego fue a buscar a
Lotario; el qual hallado, no se puede buenamente
contar los abraços que le dio, las cosas que de
su contento le dixo, las alabanças que dio a
Camila. Todo lo qual escuchó Lotario sin poder
dar muestras de alguna alegria; porque se le
representaua a la memoria quán engañado estaua
su amigo, y quán injustamente el le agrauiaua.
Y aunque Anselmo veya que Lotario
no se alegraua, creya ser la causa por auer
dexado a Camila herida y auer el sido la causa.
  Y, assi, entre otras razones, le dixo que no
tuuiesse pena del sucesso de Camila, porque,
sin duda, la herida era ligera, pues quedauan
de concierto de encubrirsela a el. Y que, segun
esto, no auia de qué temer, sino que de alli
adelante se gozasse y alegrasse con el, pues por
su industria y medio el se veya leuantado a
la mas alta felicidad que acertara dessearse, y
queria que no fuessen otros sus entretenimientos
que en hazer versos en alabança de Camila,
que la hiziessen eterna en la memoria de
los siglos venideros. Lotario alabó su buena
determinacion, y dixo que el por su parte
ayudaria a leuantar tan ilustre edificio. Con esto
quedó Anselmo el hombre mas sabrosamente
engañado que pudo auer en el mundo; el mismo
lleuaua por la mano a su casa, creyendo
que lleuaua el instrumento de su gloria, toda
la perdicion de su fama. Recebiale Camila
con rostro al parecer torcido, aunque con alma
risueña. Duró este engaño algunos dias, hasta
que al cabo de pocos meses boluio fortuna su
rueda y salio a plaça la maldad con tanto artificio
hasta alli cubierta, y a Anselmo le costo la
vida su impertinente curiosidad.

                Capitulo XXXV

   Donde se da fin a la nouela del Curioso
                 impertinente.

  Poco mas quedaua por leer de la nouela,
quando del caramanchon donde reposaua don
Quixote salio Sancho Pança todo alborotado,
diziendo a bozes:
  “¡Acudid, señores, presto y socorred a mi
señor, que anda embuelto en la mas reñida y
trauada batalla que mis ojos han visto! ¡Viue
Dios que ha dado vna cuchillada al gigante
enemigo de la señora princesa Micomicona,
que le ha tajado la cabeça cercen a cercen,
como si fuera vn nabo!”
  “¿Qué dizes, hermano?”, dixo el cura,
dexando de leer lo que de la nouela quedaua.
“¿Estays en vos, Sancho? ¿Cómo diablos puede
ser esso que dezis, estando el gigante dos mil
leguas de aqui?”
  En esto oyeron vn gran ruydo en el
aposento, y que don Quixote dezia a bozes:
  “¡Tente, ladron, malandrin, follon; que aqui
te tengo, y no te ha de valer tu cimitarra!”
  Y parecia que daua grandes cuchilladas por
las paredes. Y dixo Sancho:
  “No tienen que pararse a escuchar, sino entren
a despartir la pelea, o a ayudar a mi amo;
aunque ya no sera menester, porque sin duda
alguna el gigante está ya muerto y dando
cuenta a Dios de su passada y mala vida; que
yo vi correr la sangre por el suelo y la cabeça
cortada y cayda a vn lado, que es tamaña
como vn gran cuero de vino.”
  “Que me maten”, dixo a esta sazon el ventero,
“si don Quixote, o don diablo, no ha dado
alguna cuchillada en alguno de los cueros de
vino tinto que a su cabecera estauan llenos, y
el vino derramado deue de ser lo que le parece
sangre a este buen hombre.”
  Y con esto, entró en el aposento, y todos tras
el, y hallaron a don Quixote en el mas estraño
traje del mundo: estaua en camisa, la qual no
era tan cumplida que por delante le acabasse
de cubrir los muslos, y por detras tenia seys
dedos menos; las piernas eran muy largas y
flacas, llenas de vello y no nada limpias. Tenia
en la cabeça vn bonetillo colorado grassiento,
que era del ventero. En el braço yzquierdo
tenia rebuelta la manta de la cama, con quien
tenia ogeriza Sancho, y el se sabia bien el
porqué; y en la derecha desembaynada la espada,
con la qual daua cuchilladas a todas partes,
diziendo palabras como si verdaderamente
estuuiera peleando con algun gigante; y es lo
bueno que no tenia los ojos abiertos, porque
estaua durmiendo y soñando que estaua en
batalla con el gigante: que fue tan intensa la
imaginacion de la auentura que yua a fenecer,
que le hizo soñar que ya auia llegado al reyno
de Micomicon y que ya estaua en la pelea con
su enemigo. Y auia dado tantas cuchilladas en
los cueros, creyendo que las daua en el
gigante, que todo el aposento estaua lleno de
vino; lo qual visto por el ventero, tomó tanto
enojo, que arremetió con don Quixote, y, a
puño cerrado, le començo a dar tantos golpes,
que si Cardenio y el cura no se le quitaran,
el acabara la guerra del gigante; y con todo
aquello no despertaua el pobre cauallero, hasta
que el barbero truxo vn gran caldero de agua
fria del pozo, y se le echó por todo el cuerpo
de golpe, con lo qual desperto don Quixote,
mas no con tanto acuerdo, que echasse de ver
de la manera que estaua.
  Dorotea, que vio quán corta y sotilmente
estaua vestido, no quiso entrar a ver la batalla
de su ayudador y de su contrario. Andaua
Sancho buscando la cabeça del gigante por
todo el suelo, y como no la hallaua, dixo:
  “Ya yo se que todo lo desta casa es
encantamento; que la otra vez, en este mesmo
lugar donde aora me hallo, me dieron muchos
moxicones y porrazos, sin saber quién me los
daua, y nunca pude ver a nadie; y aora no
parece por aqui esta cabeça que vi cortar por
mis mismissimos ojos, y la sangre corria
del cuerpo como de vna fuente.”
  “¿Qué sangre ni qué fuente dizes, enemigo
de Dios y de sus santos?”, dixo el ventero.
“¿No vees, ladron, que la sangre y la fuente no
es otra cosa que estos cueros que aqui estan
horadados y el vino tinto que nada en este
aposento, que nadando vea yo el alma, en los
infiernos, de quien los horadó?”
  “No se nada”, respondio Sancho; “solo se
que vendre a ser tan desdichado, que por no
hallar esta cabeça, se me ha de deshazer mi
condado como la sal en el agua.”
  Y estaua peor Sancho despierto que su amo
durmiendo: tal le tenian las promessas que
su amo le auia hecho. El ventero se desesperaua
de ver la flema del escudero y el maleficio del
señor, y juraua que no auia de ser como la vez
passada, que se le fueron sin pagar; y que
aora no le auian de valer los preuilegios de
su caualleria para dexar de pagar lo vno y lo
otro, aun hasta lo que pudiessen costar las
botanas que se auian de echar a los rotos cueros.
Tenia el cura de las manos a don Quixote, el
qual, creyendo que ya auia acabado la auentura
y que se hallaua delante de la princessa
Micomicona, se hincó de rodillas delante del
cura, diziendo:
  “Bien puede la vuestra grandeza, alta y famosa
señora, viuir, de oy mas, segura que
le pueda hazer mal esta mal nacida criatura, y
yo tambien de oy mas soy quito de la palabra
que os di, pues con el ayuda del alto Dios y
con el fauor de aquella por quien yo viuo y
respiro, tambien la he cumplido.”
  “¿No lo dixe yo?”, dixo oyendo esto Sancho.
“Si que no estaua yo borracho; ¡mirad si
tiene puesto ya en sal mi amo al gigante!
¡Ciertos son los toros; mi condado está de
molde!”
  ¿Quién no auia de reyr con los disparates
de los dos, amo y moço? Todos reian, sino el
ventero, que se daua a Satanas. Pero, en fin,
tanto hizieron el barbero, Cardenio y el cura,
que con no poco trabajo dieron con don Quixote
en la cama, el qual se quedó dormido, con
muestras de grandissimo cansancio. Dexaronle
dormir y salieronse al portal de la venta a
consolar a Sancho Pança de no auer hallado la
cabeça del gigante, aunque mas tuuieron que
hazer en aplacar al ventero, que estaua
desesperado por la repentina muerte de sus
cueros, y la ventera dezia en voz y en grito:
  “En mal punto y en hora menguada entró en
mi casa este cauallero andante, que nunca mis
ojos le huuieran visto, que tan caro me cuesta.
La vez passada se fue con el costo de vna
noche, de cena, cama, paja y ceuada, para
el y para su escudero, y vn rozin y vn jumento,
diziendo que era cauallero auenturero --¡que
mala ventura le de Dios a el y a quantos
auentureros ay en el mundo!--, y que por esto
no estaua obligado a pagar nada; que assi
estaua escrito en los aranzeles de la caualleria
andantesca. Y aora, por su respeto, vino estotro
señor y me lleuó mi cola, y hamela buelto con
mas de dos quartillos de daño, toda pelada, que
no puede seruir para lo que la quiere mi marido.
Y, por fin y remate de todo, romperme mis
cueros y derramarme mi vino, que derramada
le vea yo su sangre. ¡Pues no se piense; que por
los huessos de mi padre y por el siglo de mi
madre, si no me lo han de pagar vn quarto
sobre otro, o no me llamaria yo como me
llamo ni seria hija de quien soy!”
  Estas y otras razones tales dezia la ventera
con grande enojo, y ayudauala su buena criada
Maritornes. La hija callaua y de quando en
quando se sonrehia. El cura lo sossego todo,
prometiendo de satisfazerles su perdida lo
mejor que pudiesse, assi de los cueros como del
vino, y principalmente del menoscabo de la
cola, de quien tanta cuenta hazian. Dorotea
consolo a Sancho Pança, diziendole que cada
y quando que pareciesse auer sido verdad que
su amo huuiesse descabeçado al gigante, le
prometia, en viendose pacifica en su reyno, de
darle el mejor condado que en el huuiesse.
Consolose con esto Sancho y asseguró a la
princessa que tuuiesse por cierto que el auia
visto la cabeça del gigante, y que, por mas señas,
tenia vna barba que le llegaua a la cintura,
y que si no parecia era porque todo quanto en
aquella casa passaua era por via de encantamento,
como el lo auia prouado otra vez que
auia posado en ella. Dorotea dixo que assi lo
creia, y que no tuuiesse pena, que todo se haria
bien y sucederia a pedir de boca.
  Sossegados todos, el cura quiso acabar de
leer la nouela, porque vio que faltaua poco.
Cardenio, Dorotea y todos los demas le rogaron
la acabasse; el, que a todos quiso dar gusto
y por el que el tenia de leerla, prosiguio el
cuento, que assi dezia:
  Sucedio, pues, que por la satisfacion que
Anselmo tenia de la bondad de Camila, viuia
vna vida contenta y descuydada, y Camila,
de industria, hazia mal rostro a Lotario,
porque Anselmo entendiesse al reues de la
voluntad que le tenia, y para mas confirmacion
de su hecho, pidio licencia Lotario para no
venir a su casa, pues claramente se mostraua
la pesadumbre que con su vista Camila
recebia; mas el engañado Anselmo le dixo que
en ninguna manera tal hiziesse. Y desta
manera, por mil maneras era Anselmo el
fabricador de su deshonra, creyendo que lo era
de su gusto.
  En esto, el que tenia Leonela de verse
qualificada, no de [deshonesta] con sus amores,
llegó a tanto, que, sin mirar a otra cosa, se
yua tras el a suelta rienda, fiada en que su
señora la encubria y aun la aduertia del modo que
con poco rezelo pudiesse ponerle en execucion.
En fin, vna noche sintio Anselmo passos en el
aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver
quién los daua, sintio que le detenian la puerta,
cosa que le puso mas voluntad de abrirla; y
tanta fuerça hizo, que la abrio, y entró dentro a
tiempo que vio que vn hombre saltaua por la
ventana a la calle, y acudiendo con presteza a
alcançarle o conocerle, no pudo conseguir lo
vno ni lo otro, porque Leonela se abraçó con
el, diziendole:
  “Sossiegate, señor mio, y no te alborotes ni
sigas al que de aqui saltó: es cosa mia, y
tanto, que es mi esposo.”
  No lo quiso creer Anselmo; antes, ciego de
enojo, sacó la daga y quiso herir a Leonela,
diziendole que le dixesse la verdad; si no, que
la mataria. Ella, con el miedo, sin saber lo que
se dezia, le dixo:
  “No me mates, señor; que yo te diré cosas
de mas importancia de las que puedes
imaginar.”
  “Dilas luego”, dixo Anselmo; “si no, muerta
eres.”
  “Por aora sera impossible”, dixo Leonela,
“segun estoy de turbada; dexame hasta
mañana, que entonces sabras de mi lo que te
ha de admirar; y está seguro que el que
saltó por esta ventana es vn mancebo desta
ciudad, que me ha dado la mano de ser mi
esposo.”
  Sossegose con esto Anselmo y quiso aguardar
el termino que se le pedia, porque no pensaua
oyr cosa que contra Camila fuesse, por estar
de su bondad tan satisfecho y seguro; y, assi,
se salio del aposento y dexó encerrada en el a
Leonela, diziendole que de alli no saldria hasta
que le dixesse lo que tenia que dezirle. Fue
luego a ver a Camila y a dezirle, como le dixo,
todo aquello que con su donzella le auia
passado, y la palabra que le auia dado de dezirle
grandes cosas y de importancia. Si se turbó
Camila o no, no ay para qué dezirlo, porque fue
tanto el temor que cobró, creyendo verdaderamente
--y era de creer-- que Leonela auia de
dezir a Anselmo todo lo que sabia de su poca
fe, que no tuuo animo para esperar si su
sospecha salia falsa o no. Y aquella mesma
noche, quando le parecio que Anselmo dormia,
juntó las mejores joyas que tenia y algunos
dineros, y, sin ser de nadie sentida, salio de
casa y se fue a la de Lotario, a quien conto lo
que passaua, y le pidio que la pusiesse en
cobro, o que se ausentassen los dos donde de
Anselmo pudiessen estar seguros. La confusion
en que Camila puso a Lotario fue tal, que no
le sabia responder palabra, ni menos sabia
resoluerse en lo que haria.
  En fin, acordo de lleuar a Camila a vn
monesterio en quien era priora vna su hermana.
Consintio Camila en ello, y con la presteza
que el caso pedia, la lleuó Lotario y la dexó
en el monesterio, y el ansimesmo se
ausentó luego de la ciudad, sin dar parte a
nadie de su ausencia.
  Quando amanecio, sin echar de ver Anselmo
que Camila faltaua de su lado, con el desseo
que tenia de saber lo que Leonela queria
dezirle, se leuantó y fue a donde la auia dexado
encerrada. Abrio y entró en el aposento, pero
no halló en el a Leonela; solo halló puestas
vnas sauanas añudadas a la ventana, indicio y
señal que por alli se auia descolgado e ydo.
Boluio luego muy triste a dezirselo a Camila, y,
no hallandola en la cama ni en toda la casa,
quedó assombrado. Preguntó a los criados de
casa por ella, pero nadie le supo dar razon de
lo que pedia.
  Acerto acaso, andando a buscar a Camila,
que vio sus cofres abiertos, y que dellos
faltauan las mas de sus joyas, y con esto acabó de
caer en la cuenta de su desgracia, y en que no
era Leonela la causa de su desuentura. Y ansi
como estaua, sin acabarse de vestir, triste y
pensatiuo, fue a dar cuenta de su desdicha a su
amigo Lotario; mas quando no le halló, y sus
criados le dixeron que aquella noche auia
faltado de casa, y auia lleuado consigo todos los
dineros que tenia, penso perder el juyzio. Y
para acabar de concluyr con todo, boluiendose
a su casa, no halló en ella ninguno de quantos
criados ni criadas tenia, sino la casa desierta y
sola. No sabia qué pensar, qué dezir, ni qué
hazer, y poco a poco se le yua boluiendo el
juyzio. Contemplauase y mirauase en vn instante
sin muger, sin amigo y sin criados; desamparado,
a su parecer, del cielo que le cubria,
y, sobre todo, sin honra, porque en la falta de
Camila vio su perdicion.
  Resoluiose, en fin, a cabo de vna gran pieça,
de yrse a la aldea de su amigo, donde auia
estado quando dio lugar a que se maquinasse
toda aquella desuentura. Cerro las puertas de
su casa, subio a cauallo, y con desmayado
aliento se puso en camino; y apenas huuo andado
la mitad, quando, acossado de sus pensamientos,
le fue forçoso apearse y arrendar su
cauallo a vn arbol, a cuyo tronco se dexó caer,
dando tiernos y dolorosos suspiros; y alli se
estuuo hasta casi que anochecia, y aquella
hora vio que venia vn hombre a cauallo de la
ciudad, y, despues de auerle saludado, le
preguntó qué nueuas auia en Florencia. El
ciudadano respondio:
  “Las mas estrañas que muchos dias ha se
han oydo en ella, porque se dize publicamente
que Lotario, aquel grande amigo de Anselmo
el rico, que viuia a San Iuan, se lleuó esta
noche a Camila, muger de Anselmo, el qual
tampoco parece. Todo esto ha dicho vna criada de
Camila, que anoche la halló el gouernador
descolgandose con vna sauana por las ventanas
de la casa de Anselmo. En efeto, no se
puntualmente cómo passó el negocio; solo se
que toda la ciudad está admirada deste sucesso,
porque no se podia esperar tal hecho de
la mucha y familiar amistad de los dos, que
dizen que era tanta, que los llamauan los dos
amigos.”
  “¿Sabese, por ventura”, dixo Anselmo, “el
camino que lleuan Lotario y Camila?”
  “Ni por pienso”, dixo el ciudadano, “puesto
que el gouernador ha vsado de mucha
diligencia en buscarlos.”
  “A Dios vays, señor”, dixo Anselmo.
  “Con el quedeys”, respondio el ciudadano,
y fuese.
  Con tan desdichadas nueuas casi casi llegó
a terminos Anselmo no solo de perder el
juyzio, sino de acabar la vida. Leuantose como
pudo, y llegó a casa de su amigo, que aun no
sabia su desgracia; mas como le vio llegar
amarillo, consumido y seco, entendio que de
algun graue mal venia fatigado. Pidio luego
Anselmo que le acostassen, y que le diessen
adereço de escriuir. Hizose assi, y dexaronle
acostado y solo, porque el assi lo quiso, y aun
que le cerrassen la puerta. Viendose, pues,
solo, començo a cargar tanto la imaginacion de
su desuentura, que claramente conocio que
se le yua acabando la vida; y, assi, ordenó de
dexar noticia de la causa de su estraña muerte;
y començando a escriuir, antes que acabasse
de poner todo lo que queria, le faltó el aliento
y dexó la vida en las manos del dolor que le
causó su curiosidad impertinente.
  Viendo el señor de casa que era ya tarde, y
que Anselmo no llamaua, acordo de entrar a
saber si passaua adelante su indisposicion, y
hallole tendido boca abaxo, la mitad del cuerpo
en la cama y la otra mitad sobre el bufete,
sobre el qual estaua con el papel escrito y
abierto, y el tenia aun la pluma en la mano.
Llegose el huesped a el, auiendole llamado
primero, y trauandole por la mano, viendo que
no le respondia, y hallandole frio, vio que
estaua muerto. Admirose y congoxose en gran
manera, y llamó a la gente de casa para que
viessen la desgracia a Anselmo sucedida; y,
finalmente, leyo el papel, que conocio que de
su mesma mano estaua escrito, el qual
contenia estas razones:
  “Vn necio e impertinente desseo me quitó la
vida. Si las nueuas de mi muerte llegaren a los
oydos de Camila, sepa que yo la perdono, porque
no estaua ella obligada a hazer milagros,
ni yo tenia necessidad de querer que ella los
hiziesse; y pues yo fuy el fabricador de mi
deshonra, no ay para qué...”
  Hasta aqui escriuio Anselmo, por donde se
echó de ver que en aquel punto, sin poder
acabar la razon, se le acabó la vida. Otro dia
dio auiso su amigo a los parientes de Anselmo
de su muerte, los quales ya sabian su desgracia
y el monesterio donde Camila estaua, casi
en el termino de acompañar a su esposo en
aquel forçoso viage, no por las nueuas del
muerto esposo, mas por las que supo del
ausente amigo. Dizese que, aunque se vio biuda,
no quiso salir del monesterio, ni menos hazer
profession de monja, hasta que, no de alli a
muchos dias, le vinieron nueuas que Lotario
auia muerto en vna batalla que en aquel
tiempo dio Monsiur de Lautrec al Gran Capitan
Gonçalo Fernandez de Cordoua en el reyno
de Napoles, donde auia ydo a parar el tarde
arrepentido amigo, lo qual sabido por Camila,
hizo profession y acabó en breues dias la vida
a las rigurosas manos de tristezas y
melancolias.
  Este fue el fin que tuuieron todos, nacido de
vn tan desatinado principio.
  “Bien”, dixo el cura, “me parece esta
nouela; pero no me puedo persuadir que esto sea
verdad, y si es fingido, fingio mal el autor,
porque no se puede imaginar que aya marido tan
necio, que quiera hazer tan costosa experiencia
como Anselmo. Si este caso se pusiera entre
vn galan y vna dama, pudierase lleuar; pero
entre marido y muger algo tiene del impossible;
y en lo que toca al modo de contarle, no
me descontenta.”

                Capitulo XXXVI

Que trata de (la braua y descomunal batalla
  que don Quixote tuuo con vnos cueros de
  vino tinto, con) otros raros sucessos que en
  la venta le sucedieron.

  Estando en esto, el ventero, que estaua a la
puerta de la venta, dixo:
  “Esta que viene es vna hermosa tropa de
huespedes; si ellos paran aqui, gaudeamus
tenemos.”
  “¿Qué gente es?”, dixo Cardenio.
  “Quatro hombres”, respondio el ventero,
“vienen a cauallo, a la gineta, con lanças y
adargas, y todos con antifazes negros; y junto
con ellos viene vna muger vestida de blanco,
en vn sillon, ansimesmo cubierto el rostro, y
otros dos moços de a pie.”
  “¿Vienen muy cerca?”, preguntó el cura.
  “Tan cerca”, respondio el ventero, “que ya
llegan.”
  Oyendo esto Dorotea, se cubrio el rostro, y
Cardenio se entró en el aposento de don
Quixote; y casi no auian tenido lugar para esto,
quando entraron en la venta todos los que el
ventero auia dicho; y, apeandose los quatro de
a cauallo, que de muy gentil talle y disposicion
eran, fueron a apear a la muger que en el sillon
venia; y, tomandola vno dellos en sus braços,
la sento en vna silla que estaua a la entrada
del aposento donde Cardenio se auia escondido.
En todo este tiempo, ni ella ni ellos se
auian quitado los antifazes, ni hablado palabra
alguna; solo que, al sentarse la muger en la
silla, dio vn profundo suspiro y dexó caer
los braços, como persona enferma y desmayada.
Los moços de a pie lleuaron los cauallos a
la caualleriza.
  Viendo esto el cura, desseoso de saber qué
gente era aquella que con tal trage y tal silencio
estaua, se fue donde estauan los moços, y a
vno dellos le preguntó lo que ya desseaua,
el qual le respondio:
  “¡Pardiez, señor!, yo no sabre deziros qué
gente sea esta; solo se que muestra ser muy
principal, especialmente aquel que llegó a
tomar en sus braços a aquella señora que aueys
visto; y esto digolo porque todos los demas le
tienen respeto, y no se haze otra cosa mas de
la que el ordena y manda.”
  “Y la señora, ¿quién es?”, preguntó el cura.
  “Tampoco sabre dezir esso”, respondio el
moço, “porque en todo el camino no la he visto
el rostro; suspirar si la he oydo muchas
vezes, y dar vnos gemidos, que parece que con
cada vno dellos quiere dar el alma; y no es
de marauillar que no sepamos mas de lo que
auemos dicho, porque mi compañero y yo no
ha mas de dos dias que los acompañamos;
porque, auiendolos encontrado en el camino, nos
rogaron y persuadieron que viniessemos con
ellos hasta el Andaluzia, ofreciendose a
pagarnoslo muy bien.”
  “Y ¿aueys oydo nombrar a alguno dellos?”,
preguntó el cura.
  “No, por cierto”, respondio el moço, “porque
todos caminan con tanto silencio, que es marauilla,
porque no se oye entre ellos otra cosa que
los suspiros y solloços de la pobre señora,
que nos mueuen a lastima, y sin duda tenemos
creydo que ella va forçada donde quiera que
va; y segun se puede colegir por su habito, ella
es monja, o va a serlo, que es lo mas cierto, y
quiça porque no le deue de nacer de voluntad
el mongio, va triste, como parece.”
  “Todo podria ser”, dixo el cura.
  Y, dexandolos se boluio a donde estaua Dorotea,
la qual, como auia oydo suspirar a la
emboçada, mouida de natural compassion, se
llegó a ella, y le dixo:
  “¿Qué mal sentis, señora mia? Mirad si es
alguno de quien las mugeres suelen tener vso
y experiencia de curarle; que de mi parte os
ofrezco vna buena voluntad de seruiros.”
  A todo esto callaua la lastimada señora, y
aunque Dorotea tornó con mayores ofrecimientos,
todauia se estaua en su silencio, hasta que
llegó el cauallero emboçado, que dixo el
moço que los demas obedecian, y dixo a
Dorotea:
  “No os canseys, señora, en ofrecer nada a
essa muger, porque tiene por costumbre de
no agradecer cosa que por ella se haze, ni
procureys que os responda, si no quereys oyr
alguna mentira de su boca.”
  “Iamas la dixe”, dixo a esta sazon la que
hasta alli auia estado callando; “antes, por ser
tan verdadera y tan sin traças mentirosas, me
veo aora en tanta desuentura; y desto vos mesmo
quiero que seays el testigo, pues mi pura
verdad os haze a vos ser falso y mentiroso.”
  Oyo estas razones Cardenio bien clara y
distintamente, como quien estaua tan junto de
quien las dezia, que sola la puerta del aposento
de don Quixote estaua en medio, y assi como
las oyo, dando vna gran voz, dixo:
  “¡Valgame Dios!, ¿qué es esto que oygo?
¿Qué voz es esta que ha llegado a mis oydos?”
  Boluio la cabeça a estos gritos aquella señora,
toda sobresaltada, y, no viendo quién las
daua, se leuantó en pie y fuese a entrar en el
aposento; lo qual visto por el cauallero, la
detuuo, sin dexarla mouer vn passo. A ella, con la
turbacion y desassossiego, se le cayó el tafetan
con que trahia cubierto el rostro, y descubrio
vna hermosura incomparable y vn rostro
milagroso, aunque descolorido y assombrado,
porque con los ojos andaua rodeando todos los
lugares donde alcançaua con la vista, con tanto
ahinco, que parecia persona fuera de juyzio,
cuyas señales, sin saber por qué las hazia,
pusieron gran lastima en Dorotea y en quantos
la mirauan. Teniala el cauallero fuertemente
asida por las espaldas, y por estar tan ocupado
en tenerla, no pudo acudir a alçarse el emboço
que se le cahia, como, en efeto, se le cayo del
todo, y, alçando los ojos Dorotea, que abraçada
con la señora estaua, vio que el que abraçada
ansimesmo la tenia era su esposo don
Fernando; y apenas le huuo conocido, quando
arrojando de lo intimo de sus entrañas vn
luengo y tristissimo ¡ay!, se dexó caer de
espaldas, desmayada, y a no hallarse alli junto
el barbero, que la recogio en los braços, ella
diera consigo en el suelo.
  Acudio luego el cura a quitarle el emboço
para echarle agua en el rostro, y assi como la
descubrio, la conocio don Fernando, que era el
que estaua abraçado con la otra, y quedó como
muerto en verla; pero no porque dexasse, con
todo esto, de tener a Luscinda, que era la que
procuraua soltarse de sus braços; la qual auia
conocido en el suspiro a Cardenio, y el la
auia conocido a ella. Oyo assimesmo
Cardenio el ¡ay! que dio Dorotea quando se cayo
desmayada, y creyendo que era su Luscinda,
salio del aposento despauorido, y lo primero
que vio fue a don Fernando, que tenia abraçada
a Luscinda. Tambien don Fernando conocio
luego a Cardenio, y todos tres, Luscinda,
Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos,
casi sin saber lo que les auia acontecido.
Callauan todos y mirauanse todos: Dorotea
a don Fernando, don Fernando a Cardenio,
Cardenio a Luscinda, y Luscinda a Cardenio.
Mas quien primero rompio el silencio fue
Luscinda, hablando a don Fernando desta manera:
  “Dexadme, señor don Fernando, por lo que
deueis a ser quien soys, ya que por otro
respeto no lo hagays; dexadme llegar al muro de
quien yo soy yedra, al arrimo de quien no
me han podido apartar vuestras importunaciones,
vuestras amenazas, vuestras promessas ni
vuestras dadiuas. Notad cómo el cielo, por
desusados y a nosotros encubiertos caminos, me
ha puesto a mi verdadero esposo delante. Y
bien sabeys por mil costosas experiencias que
sola la muerte fuera bastante para borrarle de
mi memoria: sean, pues, parte tan claros
desengaños para que boluays, ya que no podays
hazer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad
en despecho, y acabadme con el la vida; que
como yo la rinda delante de mi buen esposo,
la dare por bien empleada; quiça con mi muerte
quedará satisfecho de la fe que le mantuue,
hasta el vltimo trance de la vida.”
  Auia en este entretanto buelto Dorotea en
si, y auia estado escuchando todas las razones
que Luscinda dixo, por las quales vino en
conocimiento de quién ella era; que viendo que
don Fernando aun no la dexaua de los braços,
ni respondia a sus razones, esforçandose lo
mas que pudo, se leuantó y se fue a hincar de
rodillas a sus pies, y, derramando mucha cantidad
de hermosas y lastimeras lagrimas, assi le
començo a dezir:
  “Si ya no es, señor mio, que los rayos deste
sol que en tus braços eclypsado tienes te quitan
y ofuscan los de tus ojos, ya auras echado
de ver que la que a tus pies está arrodillada
es la sinventura, hasta que tu quieras, y la
desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora
humilde a quien tu, por tu bondad o por tu
gusto, quisiste leuantar a la alteza de poder
llamarse tuya. Soy la que, encerrada en los
limites de la honestidad, viuio vida contenta
hasta que a las vozes de tus importunidades
y, al parecer, justos y amorosos sentimientos,
abrio las puertas de su recato y te entregó las
llaues de su libertad, dadiua de ti tan mal
agradecida qual lo muestra bien claro auer sido
forçoso hallarme en el lugar donde me hallas,
y verte yo a ti de la manera que te veo. Pero,
con todo esto, no querria que cayesse en tu
imaginacion pensar que he venido aqui con
passos de mi deshonra, auiendome traydo solo
los del dolor y sentimiento de verme de ti
oluidada. Tu quisiste que yo fuesse tuya, y
quisistelo de manera, que, aunque aora quieras
que no lo sea, no sera possible que tu dexes
de ser mio. Mira, señor mio, que puede ser
recompensa a la hermosura y nobleza por quien
me dexas la incomparable voluntad que te
tengo. Tu no puedes ser de la hermosa Luscinda,
porque eres mio, ni ella puede ser tuya,
porque es de Cardenio. Y mas facil te sera,
si en ello miras, reduzir tu voluntad a querer a
quien te adora, que no encaminar la que te
aborrece a que bien te quiera. Tu solicitaste
mi descuydo, tu rogaste a mi entereza, tu no
ignoraste mi calidad, tu sabes bien de la
manera que me entregué a toda tu voluntad: no te
queda lugar ni acogida de llamarte a engaño.
  ”Y si esto es assi, como lo es, y tu eres tan
christiano como cauallero, ¿por qué por tantos
rodeos dilatas de hazerme venturosa en los
fines, como me heziste en los principios? Y
si no me quieres por la que soy, que soy tu
verdadera y legitima esposa, quiereme, a lo
menos, y admiteme por tu esclaua; que como
yo esté en tu poder, me tendre por dichosa y
bien afortunada. No permitas, con dexarme y
desampararme, que se hagan y junten corrillos
en mi deshonra. No des tan mala vejez a mis
padres, pues no lo merecen los leales seruicios
que, como buenos vassallos, a los tuyos
siempre han hecho. Y si te parece que has de
aniquilar tu sangre por mezclarla con la mia,
considera que pocas o ninguna nobleza ay en el
mundo que no aya corrido por este camino, y
que la que se toma de las mugeres no es la que
haze al caso en las ilustres decendencias.
Quanto mas que la verdadera nobleza consiste
en la virtud, y si esta a ti te falta, negandome
lo que tan justamente me deues, yo quedaré
con mas ventajas de noble que las que tu tienes.
En fin, señor, lo que vltimamente te digo
es que, quieras o no quieras, yo soy tu esposa,
testigos son tus palabras, que no han ni deuen
ser mentirosas, si ya es que te precias
de aquello por que me desprecias. Testigo sera
la firma que hiziste, y testigo el cielo a quien tu
llamaste por testigo de lo que me prometias. Y
quando todo esto falte, tu misma conciencia no
ha de faltar de dar bozes callando en mitad de
tus alegrias, boluiendo por esta verdad que te
he dicho, y turbando tus mejores gustos y
contentos.”
  Estas y otras razones dixo la lastimada
Dorotea con tanto sentimiento y lagrimas, que los
mismos que acompañauan a don Fernando, y
quantos presentes estauan la acompañaron en
ellas. Escuchola don Fernando sin replicalle
palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y
principio a tantos solloços y suspiros, que bien
auia de ser coraçon de bronze el que con muestras
de tanto dolor no se enterneciera. Mirandola
estaua Luscinda, no menos lastimada de su
sentimiento que admirada de su mucha discrecion
y hermosura, y, aunque quisiera llegarse
a ella y dezirle algunas palabras de consuelo,
no la dexauan los braços de don Fernando, que
apretada la tenian; el qual, lleno de confusion
y espanto, al cabo de vn buen espacio que
atentamente estuuo mirando a Dorotea, abrio los
braços, y, dexando libre a Luscinda, dixo:
  “Venciste, hermosa Dorotea, venciste:
porque no es possible tener animo para negar
tantas verdades juntas.”
  Con el desmayo que Luscinda auia tenido,
assi como la dexó don Fernando yua a caer en
el suelo; mas hallandose Cardenio alli junto,
que a las espaldas de don Fernando se auia
puesto porque no le conociesse, pospuesto
todo temor y auenturando a todo riesgo,
acudio a sostener a Luscinda, y, cogiendola
entre sus braços, le dixo:
  “Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya
tengas algun descanso, leal, firme y hermosa
señora mia, en ninguna parte creo yo que le
tendras mas seguro que en estos braços que
aora te reciben y otro tiempo te recibieron,
quando la fortuna quiso que pudiesse
llamarte mia.”
  A estas razones puso Luscinda en Cardenio
los ojos, y, auiendo començado a conocerle,
primero por la voz, y, assegurandose que el era
con la vista, casi fuera de sentido y sin tener
cuenta a ningun honesto respeto, le echó los
braços al cuello, y, juntando su rostro con el
de Cardenio, le dixo:
  “Vos, si, señor mio, sois el verdadero dueño
desta vuestra captiua, aunque mas lo
impida la contraria suerte, y aunque mas
amenazas le hagan [a] esta vida que en la
vuestra se sustenta.”
  Estraño espectaculo fue este para don
Fernando y para todos los circunstantes,
admirandose de tan no visto sucesso. Pareciole a
Dorotea que don Fernando auia perdido la color
del rostro y que hazia ademan de querer
vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar
la mano a ponella en la espada; y assi como
lo penso, con no vista presteza se abraço con
el por las rodillas, besandoselas y teniendole
apretado, que no le dexaua mouer, y, sin cessar
vn punto de sus lagrimas, le dezia:
  “¿Qué es lo que piensas hazer, vnico refugio
mio, en este tan impensado trance? Tu tienes
a tus pies a tu esposa, y la que quieres que
lo sea está en los braços de su marido; mira
si te estara bien, o te sera possible, deshazer lo
que el cielo a hecho, o si te conuendra querer
leuantar a igualar a ti mismo a la que,
pospuesto todo inconueniente, confirmada en
su verdad y firmeza, delante de tus ojos tiene
los suyos, bañados de licor amoroso el
rostro y pecho de su verdadero esposo. Por
quien Dios es te ruego, y por quien tu eres
te suplico, que este tan notorio desengaño no
solo no acreciente tu ira, sino que la mengue
en tal manera, que con quietud y sossiego
permitas que estos dos amantes le tengan sin
impedimento tuyo todo el tiempo que el cielo
quisiere concedersele, y en esto mostrarás la
generosidad de tu ilustre y noble pecho, y
vera el mundo que tiene contigo mas fuerça
la razon que el apetito.”
  En tanto que esto dezia Dorotea, aunque
Cardenio tenia abraçada a Luscinda, no quitaua
los ojos de don Fernando, con determinacion
de que si le viesse hazer algun mouimiento
en su perjuyzio, procurar defenderse y
ofender como mejor pudiesse a todos
aquellos que en su daño se mostrassen, aunque le
costasse la vida; pero a esta sazon acudieron
los amigos de don Fernando, y el cura y el
barbero, que a todo auian estado presentes,
sin que faltasse el bueno de Sancho Pança, y
todos rodeauan a don Fernando, suplicandole
tuuiesse por bien de mirar las lagrimas de
Dorotea, y que, siendo verdad, como sin duda
ellos creyan que lo era, lo que en sus razones
auia dicho, que no permitiesse quedasse
defraudada de sus tan justas esperanças. Que
considerasse que no acaso, como parecia, sino
con particular prouidencia del cielo se auian
todos juntado en lugar donde menos ninguno
pensaua. Y, que aduirtiesse, dixo el cura, que
sola la muerte podia apartar a Luscinda de
Cardenio, y aunque los diuidiessen filos de alguna
espada, ellos tendrian por felicissima su
muerte, y que en los lazos inremediables
era suma cordura, forçandose y venciendose a
si mismo, mostrar vn generoso pecho, permitiendo
que por sola su voluntad los dos gozassen
el bien que el cielo ya les auia concedido;
que pusiesse los ojos ansimesmo en la
beldad de Dorotea, y veria que pocas, o ninguna,
se le podian igualar, quanto mas hazerle
ventaja, y que juntasse a su hermosura su
humildad y el estremo del amor que le tenia, y,
sobre todo, aduirtiesse que si se preciaua de
cauallero y de christiano, que no podia hazer
otra cosa que cumplille la palabra dada;
y que, cumpliendosela, cumpliria con Dios y
satisfaria a las gentes discretas, las quales
saben y conocen que es prerrogatiua de la
hermosura, aunque esté en sujeto humilde, como
se acompañe con la honestidad, poder leuantarse
e igualarse a qualquiera alteza, sin nota
de menoscabo del que la leuanta e iguala a si
mismo; y quando se cumplen las fuertes leyes
del gusto, como en ello no interuenga pecado,
no deue de ser culpado el que las sigue.
  En efeto, a estas razones añadieron todos
otras, tales y tantas, que el valeroso pecho de
don Fernando, en fin, como alimentado con
ilustre sangre, se ablandó y se dexó vencer de
la verdad que el no pudiera negar aunque
quisiera, y la señal que dio de auerse rendido y
entregado al buen parecer que se le auia
propuesto fue abaxarse y abraçar a Dorotea,
diziendole:
  “Leuantaos, señora mia; que no es justo que
esté arrodillada a mis pies la que yo tengo en
mi alma, y si hasta aqui no he dado muestras
de lo que digo, quiça ha sido por orden del
cielo, para que, viendo yo en vos la fe con que
me amays, os sepa estimar en lo que mereceys.
Lo que os ruego es que no me reprehendais
mi mal termino y mi mucho descuydo, pues
la misma ocasion y fuerça que me mouio para
acetaros por mia, essa misma me impelio para
procurar no ser vuestro; y que esto sea verdad,
bolued y mirad los ojos de la ya contenta
Luscinda, y en ellos hallareys disculpa de todos
mis yerros; y pues ella halló y alcançó lo que
desseaua, y yo he hallado en vos lo que me
cumple, viua ella segura y contenta luengos
y felices años con su Cardenio, que yo rogaré
al cielo que me los dexe viuir con mi
Dorotea.”
  Y, diziendo esto, la tornó a abraçar y a
juntar su rostro con el suyo, con tan tierno
sentimiento, que le fue necessario tener gran
cuenta con que las lagrimas no acabassen de
dar indubitables señas de su amor y
arrepentimiento. No lo hizieron assi las de
Luscinda y Cardenio, y aun las de casi todos los que
alli presentes estauan, porque començaron a
derramar tantas, los vnos de contento proprio,
y los otros del ageno, que no parecia
sino que algun graue y mal caso a todos auia
sucedido. Hasta Sancho Pança lloraua, aunque
despues dixo que no lloraua el sino por ver que
Dorotea no era, como el pensaua, la reyna
Micomicona, de quien el tantas mercedes esperaua.
Duró algun espacio, junto con el llanto,
la admiracion en todos, y luego Cardenio y
Luscinda se fueron a poner de rodillas ante
don Fernando, dandole gracias de la merced
que les auia hecho con tan corteses razones,
que don Fernando no sabia qué responderles,
y, assi, los leuantó y abraçó con muestras de
mucho amor y de mucha cortesia.
  Preguntó luego a Dorotea le dixesse cómo
auia venido a aquel lugar tan lexos del suyo.
Ella, con breues y discretas razones, conto todo
lo que antes auia contado a Cardenio, de lo
qual gustó tanto don Fernando y los que con
el venian, que quisieran que durara el cuento
mas tiempo: tanta era la gracia con que Dorotea
contaua sus desuenturas. Y assi como huuo
acabado, dixo don Fernando lo que en la ciudad
le auia acontecido, despues que halló el
papel en el seno de Luscinda, donde declaraua
ser esposa de Cardenio y no poderlo ser suya;
dixo que la quiso matar, y lo hiziera si de sus
padres no fuera impedido, y que, assi, se salio
de su casa despechado y corrido, con
determinacion de vengarse con mas comodidad, y
que otro dia supo como Luscinda auia faltado
de casa de sus padres, sin que nadie supiesse
dezir dónde se auia ydo, y que, en resolucion,
al cabo de algunos meses vino a saber como
estaua en vn monesterio, con voluntad de
quedarse en el toda la vida, si no la pudiesse
passar con Cardenio; y que assi como lo supo,
escogiendo para su compañia aquellos tres
caualleros, vino al lugar donde estaua, a la
qual no auia querido hablar, temeroso que en
sabiendo que el estaua alli, auia de auer mas
guarda en el monesterio; y, assi,
aguardando vn dia a que la porteria estuuiesse
abierta, dexó a los dos a la guarda de la puerta,
y el con otro auian entrado en el monesterio
buscando a Luscinda, la qual hallaron
en el claustro hablando con vna monja;
y, arrebatandola, sin darle lugar a otra cosa,
se auian venido con ella a vn lugar donde
se acomodaron de aquello que huuieron menester
para traella. Todo lo qual auian podido
hazer bien a su saluo por estar el monesterio
en el campo, buen trecho fuera del
pueblo. Dixo que assi como Luscinda se vio
en su poder, perdio todos los sentidos, y que
despues de buelta en si no auia hecho otra
cosa sino llorar y suspirar, sin hablar
palabra alguna, y que, assi, acompañados de
silencio y de lagrimas auian llegado a aquella
venta, que para el era auer llegado al cielo,
donde se rematan y tienen fin todas las
desuenturas de la tierra.

               Capitulo XXXVII

Donde se prosigue la historia de la
  famosa infanta Micomicona, con otras graciosas
  auenturas.

  Todo esto escuchaua Sancho, no con poco
dolor de su anima, viendo que se le desparecian
e yuan en humo las esperanças de su ditado,
y que la linda princesa Micomicona se le
auia buelto en Dorotea, y el gigante en don
Fernando, y su amo se estaua durmiendo a
sueño suelto, bien descuydado de todo lo
sucedido. No se podia assegurar Dorotea si era
soñado el bien que posseya. Cardenio estaua
en el mismo pensamiento, y el de Luscinda
corria por la misma cuenta. Don Fernando daua
gracias al cielo por la merced recebida y
auerle sacado de aquel intricado laberinto,
donde se hallaua tan a pique de perder el credito
y el alma; y, finalmente, quantos en la venta
estauan, estauan contentos y gozosos del buen
sucesso que auian tenido tan trauados y
desesperados negocios.
  Todo lo ponia en su punto el cura, como
discreto, y a cada vno daua el parabien del bien
alcançado; pero quien mas jubilaua y se
contentaua era la ventera, por la promessa que
Cardenio y el cura le auian hecho de pagalle
todos los daños e interesses que por cuenta de
don Quixote le huuiessen venido. Solo Sancho,
como ya se ha dicho, era el afligido, el
desuenturado y el triste; y, assi, con
malenconico semblante entró a su amo, el qual
acabaua de despertar, a quien dixo:
  “Bien puede vuestra merced, señor Triste
Figura, dormir todo lo que quisiere, sin cuydado
de matar a ningun gigante, ni de boluer a la
princesa su reyno; que ya todo está hecho y
concluydo.”
  “Esso creo yo bien”, respondio don Quixote,
“porque he tenido con el gigante la mas
descomunal y desaforada batalla que pienso tener
en todos los dias de mi vida; y de vn reues,
¡zas!, le derribé la cabeça en el suelo; y fue
tanta la sangre que le salio, que los arroyos
corrian por la tierra, como si fueran de agua.”
  “Como si fueran de vino tinto, pudiera
vuestra merced dezir mejor”, respondio Sancho;
“porque quiero que sepa vuestra merced, si es
que no lo sabe, que el gigante muerto es vn
cuero horadado, y la sangre, seys arrobas de
vino tinto que encerraua en su vientre; y la
cabeça cortada es la puta que me pario, y lleuelo
todo Satanas.”
  “Y ¿qué es lo que dizes, loco?”, replicó don
Quixote. “¿Estás en tu seso?”
  “Leuantese vuestra merced”, dixo Sancho,
“y vera el buen recado que a hecho, y lo que
tenemos que pagar; y vera a la reyna conuertida
en vna dama particular, llamada Dorotea,
con otros sucessos, que, si cae en ellos, le han
de admirar.”
  “No me marauillaria de nada desso”, replicó
don Quixote, “porque, si bien te acuerdas, la
otra vez que aqui estuuimos, te dixe yo que
todo quanto aqui sucedia eran cosas de
encantamento, y no seria mucho que aora fuesse lo
mesmo.”
  “Todo lo creyera yo”, respondio Sancho, “si
tambien mi manteamiento fuera cosa desse
jaez; mas no lo fue, sino real y verdaderamente,
y vi yo que el ventero, que aqui está oy dia,
tenia del vn cabo de la manta, y me empujaua
hazia el cielo con mucho donayre y brio, y con
tanta risa como fuerça; y donde interuiene
conocerse las personas, tengo para mi, aunque
simple y pecador, que no ay encantamento
alguno, sino mucho molimiento y mucha mala
ventura.”
  “Aora bien, Dios lo remediará”, dixo don
Quixote; “dame de vestir, y dexame salir alla
fuera; que quiero ver los sucessos y
transformaciones que dizes.”
  Diole de vestir Sancho, y en el entretanto
que se vestia, conto el cura a don Fernando y
a los demas las locuras de don Quixote, y
del artificio que auian vsado para sacarle de la
Peña Pobre, donde el se imaginaua estar por
desdenes de su senora. Contoles assimismo
casi todas las auenturas que Sancho auia
contado, de que no poco se admiraron y rieron,
por parecerles, lo que a todos parecia, ser el
mas estraño genero de locura que podia caber
en pensamiento desparatado. Dixo mas el
cura: que pues ya el buen sucesso de la señora
Dorotea impidia passar con su disignio adelante,
que era menester inuentar y hallar otro para
poderle lleuar a su tierra. Ofreciose Cardenio
de proseguir lo començado, y que Luscinda
haria y representaria la persona de Dorotea.
  “No”, dixo don Fernando; “no ha de ser assi;
que yo quiero que Dorotea prosiga su inuencion,
que, como no sea muy lexos de aqui el
lugar deste buen cauallero, yo holgaré de que
se procure su remedio.”
  “No está mas de dos jornadas de aqui.”
  “Pues aunque estuuiera mas, gustara yo
de caminallas, a trueco de hazer tan buena
obra.”
  Salio en esto don Quixote, armado de todos
sus pertrechos, con el yelmo, aunque abollado,
de Mambrino en la cabeça, embraçado de
su rodela y arrimado a su tronco o lançon.
Suspendio a don Fernando y a los demas la
estraña presencia de don Quixote, viendo su
rostro de media legua de andadura, seco y
amarillo, la desigualdad de sus armas y su
messurado continente, y estuuieron callando
hasta ver lo que el dezia, el qual, con mucha
grauedad y reposo, puestos los ojos en la
hermosa Dorotea, dixo:
  “Estoy informado, hermosa señora, deste mi
escudero que la vuestra grandeza se ha aniquilado,
y vuestro ser se ha deshecho, porque de
reyna y gran señora que soliades ser, os aueys
buelto en vna particular donzella; si esto ha
sido por orden del rey nigromante de vuestro
padre, temeroso que yo no os diesse la
necessaria y deuida ayuda, digo que no supo, ni
sabe, de la missa la media, y que fue poco
versado en las historias cauallerescas; porque si
el las huuiera leydo y passado tan atentamente,
y con tanto espacio como yo las passé y lei,
hallara a cada passo cómo otros caualleros, de
menor fama que la mia, auian acabado cosas
mas dificultosas, no siendolo mucho matar a vn
gigantillo, por arrogante que sea; porque no ha
muchas horas que yo me vi con el; y... quiero
callar, porque no me digan que miento; pero
el tiempo, descubridor de todas las cosas,
lo dira quando menos lo pensemos.”
  “Vistesos vos con dos cueros, que no con vn
gigante”, dixo a esta sazon el ventero, al qual
mandó don Fernando que callasse y no
interrumpiesse la platica de don Quixote en
ninguna manera; y don Quixote prosiguio,
diziendo:
  “Digo, en fin, alta y desheredada señora, que
si por la causa que he dicho vuestro padre ha
hecho este metamorfoseos en vuestra persona,
que no le deys credito alguno; porque no
ay ningun peligro en la tierra por quien no
se abra camino mi espada, con la qual,
poniendo la cabeça de vuestro enemigo en tierra,
os pondre a vos la corona de la vuestra en la
cabeça, en breues dias.”
  No dixo mas don Quixote, y esperó a que
la princesa le respondiesse, la qual, como
ya sabia la determinacion de don Fernando,
de que se prosiguiesse adelante en el engaño
hasta lleuar a su tierra a don Quixote, con
mucho donayre y grauedad le respondio:
  “Quienquiera que os dixo, valeroso cauallero
de la Triste Figura, que yo me auia mudado
y trocado de mi ser, no os dixo lo cierto,
porque la misma que ayer fuy me soy oy: verdad
es que alguna mudança han hecho en mi ciertos
acaecimientos de buena ventura, que me la
han dado la mejor que yo pudiera dessearme;
pero no por esso he dexado de ser la que antes,
y de tener los mesmos pensamientos de
valerme del valor de vuestro valeroso e
inuenerable braço que siempre he tenido; assi
que, señor mio, vuestra bondad buelua la
honra al padre que me engendró, y tengale por
hombre aduertido y prudente, pues con su
ciencia halló camino tan facil y tan verdadero
para remediar mi desgracia; que yo creo que
si por vos, señor, no fuera, jamas acertara a
tener la ventura que tengo, y en esto digo tanta
verdad, como son buenos testigos della los
mas destos señores que estan presentes; lo
que resta es que mañana nos pongamos en
camino, porque ya oy se podra hazer poca
jornada, y en lo demas del buen sucesso que
espero, lo dexaré a Dios y al valor de vuestro
pecho.”
  Esto dixo la discreta Dorotea, y, en oyendolo
don Quixote, se boluio a Sancho, y, con
muestras de mucho enojo, le dixo:
  “Aora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor
vellaquelo que ay en España; dime, ladron
bagamundo, ¿no me acabaste de dezir aora que
esta princesa se auia buelto en vna donzella
que se llamaua Dorotea, y que la cabeça que
entiendo que corté a vn gigante era la puta
que te pario, con otros disparates que me
pusieron en la mayor confusion que jamas he
estado en todos los dias de mi vida? ¡Voto --y
miró al cielo y apreto los dientes--, que estoy
por hazer vn estrago en ti, que ponga sal en la
mollera a todos quantos mentirosos escuderos
huuiere de caualleros andantes, de aqui
adelante, en el mundo!”
  “Vuestra merced se sossiegue, señor mio”,
respondio Sancho, “que bien podria ser que
yo me huuiesse engañado en lo que toca a la
mutacion de la señora princesa Micomicona;
pero en lo que toca a la cabeça del gigante, o,
a lo menos, a la horadacion de los cueros, y a
lo de ser vino tinto la sangre, no me engaño,
¡viue Dios!, porque los cueros alli estan heridos
a la cabecera del lecho de vuestra merced, y el
vino tinto tiene hecho vn lago el aposento, y si
no, al freyr de los hueuos lo vera: quiero dezir,
que lo vera quando aqui su merced del señor
ventero le pida el menoscabo de todo. De lo
demas, de que la señora reyna se esté como
se estaua, me regozijo en el alma, porque me
va mi parte, como a cada hijo de vezino.”
  “Aora yo te digo, Sancho”, dixo don Quixote,
“que eres vn mentecato, y perdoname, y basta.”
  “Basta”, dixo don Fernando, “y no se hable
mas en esto; y pues la señora princesa dize
que se camine mañana, porque ya oy es tarde,
hagase asi, y esta noche la podremos passar en
buena conuersacion hasta el venidero dia,
donde todos acompañaremos al señor don Quixote,
porque queremos ser testigos de las valerosas
e inauditas hazañas que ha de hazer en el
discurso desta grande empresa que a su cargo
lleua.”
  “Yo soy el que tengo de seruiros y
acompañaros”, respondio don Quixote; “y agradezco
mucho la merced que se me haze y la buena
opinion que de mi se tiene, la qual procuraré
que salga verdadera, o me costará la vida, y
aun mas, si mas costarme puede.”
  Muchas palabras de comedimiento y muchos
ofrecimientos passaron entre don Quixote y don
Fernando; pero a todo puso silencio vn passagero
que en aquella sazon entró en la venta, el
qual en su traje mostraua ser christiano rezien
venido de tierra de moros, porque venia vestido
con vna casaca de paño azul, corta de faldas,
con medias mangas y sin cuello; los calçones
eran assimismo de lienço azul, con bonete
de la misma color; traya vnos borzeguies datilados
y vn alfanje morisco, puesto en vn taheli
que le atrauessaua el pecho. Entró luego
tras el, encima de vn jumento, vna muger a la
morisca vestida, cubierto el rostro, con vna toca
en la cabeça; traya vn bonetillo de brocado, y
vestida vna almalafa que desde los ombros
a los pies la cubria.
  Era el hombre de robusto y agraciado talle,
de edad de poco mas de quarenta años, algo
moreno de rostro, largo de vigotes, y la barba
muy bien puesta; en resolucion, el mostraua en
su apostura, que si estuuiera bien vestido, le
juzgaran por persona de calidad y bien nacida.
  Pidio en entrando vn aposento, y como le
dixeron que en la venta no le auia, mostro
recebir pesadumbre, y, llegandose a la que en
el traje parecia mora, la apeó en sus braços.
Luscinda, Dorotea, la ventera, su hija y Maritornes,
lleuados del nueuo y para ellos nunca
visto traje, rodearon a la mora, y Dorotea, que
siempre fue agraciada, comedida y discreta,
pareciendole que assi ella como el que la traya se
congoxauan por la falta del aposento, le dixo:
  “No os de mucha pena, señora mia, la incomodidad
de regalo que aqui falta, pues es proprio
de ventas no hallarse en ellas; pero, con
todo esto, si gustaredes de passar con
nosotras --señalando a Luscinda--, quiça en el
discurso de este camino aureys hallado otros
no tan buenos acogimientos.”
  No respondio nada a esto la emboçada, ni
hizo otra cosa que leuantarse de donde sentado
se auia, y puestas entrambas manos cruzadas
sobre el pecho, inclinada la cabeça, dobló
el cuerpo en señal de que lo agradecia. Por
su silencio imaginaron que, sin duda alguna,
deuia de ser mora y que no sabia hablar christiano.
Llegó en esto el cautiuo, que entendiendo
en otra cosa hasta entonces auia estado,
y, viendo que todas tenian cercada a la que
con el venia, y que ella a quanto le dezian
callaua, dixo:
  “Señoras mias, esta donzella apenas entiende
mi lengua, ni sabe hablar otra ninguna sino
conforme a su tierra, y por esto no deue de
auer respondido, ni responde, a lo que se le
ha preguntado.”
  “No se le pregunta otra cosa ninguna”,
respondio Luscinda, “sino ofrecelle por esta
noche nuestra compañia y parte del lugar donde
nos acomodaremos, donde se le hara el regalo
que la comodidad ofreciere con la voluntad
que obliga a seruir a todos los estrangeros que
dello tuuieren necessidad, especialmente
siendo muger a quien se sirue.”
  “Por ella y por mi”, respondio el captiuo,
“os beso, señora mia, las manos, y estimo mucho
y en lo que es razon la merced ofrecida,
que en tal ocasion, y de tales personas como
vuestro parecer muestra, bien se hecha de ver
que ha de ser muy grande.”
  “Dezidme, señor”, dixo Dorotea: “esta señora
¿es christiana o mora? Porque el traje y
el silencio nos haze pensar que es lo que no
querriamos que fuesse.”
  “Mora es en el traje y en el cuerpo; pero
en el alma es muy grande christiana, porque
tiene grandissimos desseos de serlo.”
  “Luego ¿no es baptizada?”, replicó
Luscinda.
  “No ha auido lugar para ello”, respondio el
captiuo, “despues que salio de Argel, su
patria y tierra, y hasta agora no se ha visto en
peligro de muerte tan cercana, que obligasse a
baptizalla sin que supiesse primero todas las
ceremonias que nuestra madre la Santa Iglesia
manda; pero Dios sera seruido que presto se
bautize con la decencia que la calidad de su
persona merece, que es mas de lo que muestra
su habito y el mio.”
  [Con] estas razones puso gana en todos
los que escuchandole estauan de saber quién
fuesse la mora y el captiuo; pero nadie se
lo quiso preguntar por entonces, por ver que
aquella sazon era mas para procurarles descanso
que para preguntarles sus vidas. Dorotea
la tomó por la mano y la lleuó a sentar
junto a si, y le rogo que se quitasse el emboço.
Ella miró al cautiuo, como si le preguntara le
dixesse lo que dezian y lo que ella haria. El, en
lengua arauiga, le dixo que le pedian se quitasse
el emboço, y que lo hiziesse, y, assi, se
lo quitó y descubrio vn rostro tan hermoso, que
Dorotea la tuuo por mas hermosa que a Luscinda,
y Luscinda por mas hermosa que a Dorotea,
y todos los circustantes conocieron
que si alguno se podria igualar al de las dos,
era el de la mora, y aun huuo algunos que le
auentajaron en alguna cosa. Y como la hermosura
tenga prerrogatiua y gracia de reconciliar
los animos y atraer las voluntades, luego
se rindieron todos al desseo de seruir y
acariciar a la hermosa mora.
  Preguntó don Fernando al captiuo cómo
se llamaua la mora, el qual respondio que lela
Zorayda, y assi como esto oyo ella, entendio lo
que le auian preguntado al christiano, y dixo
con mucha priessa, llena de congoxa y
donayre:
  “¡No, no Zorayda: Maria, Maria!”, dando a
entender que se llamaua Maria y no Zorayda.
  Estas palabras, el grande afecto con que
la mora las dixo, hizieron derramar mas de vna
lagrima a algunos de los que la escucharon,
especialmente a las mugeres, que de su
naturaleza son tiernas y compassiuas. Abraçola
Luscinda con mucho amor, diziendole:
  “¡Si, si; Maria, Maria!”
  A lo qual respondio la mora:
  “¡Si, si; Maria; Zorayda macange!”, que
quiere dezir, no.
  Ya en esto llegaua la noche, y por orden
de los que venian con don Fernando auia el
ventero puesto diligencia y cuydado en
adereçarles de cenar lo mejor que a el le fue
possible. Llegada, pues, la hora, sentaronse
todos a vna larga mesa, como de tinelo,
porque no la auia redonda ni quadrada en la
venta, y dieron la cabecera y principal assiento,
puesto que el lo rehusaua, a don Quixote, el
qual quiso que estuuiesse a su lado la señora
Micomicona, pues el era su aguardador.
Luego se sentaron Luscinda y Zorayda, y frontero
dellas, don Fernando y Cardenio, y luego
el cautiuo y los demas caualleros, y al lado de
las señoras, el cura y el barbero. Y, assi,
cenaron con mucho contento, y acrecentoseles
mas viendo que, dexando de comer don Quixote,
mouido de otro semejante espiritu que el
que le mouio a hablar tanto como habló quando
cenó con los cabreros, començo a dezir:
  “Verdaderamente, si bien se considera, señores
mios, grandes e inauditas cosas ven los que
professan la orden de la andante caualleria. Si
no, ¿quál de los viuientes aura en el mundo
que aora por la puerta deste castillo entrara,
y de la suerte que estamos nos viere, que
juzgue y crea que nosotros somos quien somos?
¿Quién podra dezir que esta señora que está a
mi lado es la gran reyna que todos sabemos, y
que yo soy aquel cauallero de la Triste Figura
que anda por ahi en boca de la fama? Aora no
ay que dudar, sino que esta arte y exercicio
excede a todas aquellas y aquellos que los
hombres inuentaron, y tanto mas se ha de tener en
estima, quanto a mas peligros está sugeto.
Quitenseme delante los que dixeren que las letras
hazen ventaja a las armas; que les dire, y sean
quien se fueren, que no saben lo que dizen.
Porque la razon que los tales suelen dezir, y a
lo que ellos mas se atienen, es que los trabajos
del espiritu exceden a los del cuerpo, y que las
armas solo con el cuerpo se exercitan, como si
fuesse su exercicio oficio de ganapanes, para
el qual no es menester mas de buenas fuerças,
o como si en esto que llamamos armas los que
las professamos no se encerrassen los actos de
la fortaleza, los quales piden para executallos
mucho entendimiento, o como si no trabajasse
el animo del guerrero que tiene a su cargo vn
exercito o la defensa de vna ciudad sitiada,
assi con el espiritu como con el cuerpo. Si no,
vease si se alcança con las fuerças corporales
a saber y congeturar el intento del enemigo,
los disignios, las estratagemas, las
dificultades, el preuenir los daños que se temen;
que todas estas cosas son acciones del
entendimiento, en quien no tiene parte alguna el
cuerpo.
  ”Siendo, pues, ansi, que las armas requieren
espiritu como las letras, veamos aora quál de
los dos espiritus, el del letrado o el del
guerrero, trabaja mas. Y esto se vendra a conocer
por el fin y paradero a que cada vno se
encamina, porque aquella intencion se ha de
estimar en mas que tiene por objeto mas noble
fin. Es el fin y paradero de las letras..., y no
hablo aora de las diuinas, que tienen por blanco
lleuar y encaminar las almas al cielo; que
a vn fin tan sin fin como este ninguno otro se
le puede ygualar: hablo de las letras humanas,
que es su fin poner en su punto la justicia
distributiua y dar a cada vno lo que es suyo,
entender y hazer que las buenas leyes se
guarden, fin por cierto generoso y alto y digno
de grande alabança, pero no de tanta como
merece aquel a que las armas atienden, las
quales tienen por objeto y fin la paz, que es el
mayor bien que los hombres pueden dessear
en esta vida. Y, assi, las primeras buenas
nueuas que tuuo el mundo y tuuieron los hombres
fueron las que dieron los angeles la noche que
fue nuestro dia, quando cantaron en los ayres:
«Gloria sea en las alturas y paz en la tierra a
»los hombres de buena voluntad»; y a la
salutacion que el mejor maestro de la tierra y del
cielo enseñó a sus allegados y fauoridos fue
dezirles que, quando entrassen en alguna casa,
dixessen: «Paz sea en esta casa.» Y otras
muchas vezes les dixo: «Mi paz os doy, mi paz os
»dexo, paz sea con vosotros», bien como joya y
prenda dada y dexada de tal mano, joya, que
sin ella, en la tierra ni en el cielo puede auer
bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de la
guerra, que lo mesmo es dezir armas que
guerra. Prosupuesta, pues, esta verdad, que
el fin de la guerra es la paz, y que en esto haze
ventaja al fin de las letras, vengamos aora a
los trabajos del cuerpo del letrado y a los del
professor de las armas, y vease quáles son
mayores.”
  De tal manera y por tan buenos terminos
yua prosiguiendo en su platica don Quixote,
que obligó a que por entonces ninguno de los
que escuchandole estauan le tuuiesse por
loco. Antes, como todos los mas eran
caualleros, a quien son anejas las armas, le
escuchauan de muy buena gana; y el prosiguio
diziendo:
  “Digo, pues, que los trabajos del estudiante
son estos: principalmente, pobreza, no porque
todos sean pobres, sino por poner este caso en
todo el estremo que pueda ser, y en auer
dicho que padece pobreza, me parece que no
auia que dezir mas de su mala ventura. Porque
quien es pobre no tiene cosa buena; esta
pobreza la padece por sus partes, ya en
hambre, ya en frio, ya en desnudez, ya en todo
junto. Pero, con todo esso, no es tanta, que
no coma, aunque sea vn poco mas tarde de
lo que se vsa, aunque sea de las sobras de
los ricos; que es la mayor miseria del
estudiante este que entre ellos llaman andar
a la sopa, y no les falta algun ageno brasero
o chimenea, que, si no callenta, a lo menos
entibie su frio, y, en fin, la noche duermen
debaxo de cubierta. No quiero llegar a
otras menudencias, conuiene a saber, de la
falta de camisas y no sobra de çapatos, la
raridad y poco pelo del vestido, ni aquel
ahitarse con tanto gusto, quando la buena suerte
les depara algun banquete.
  ”Por este camino que he pintado, aspero y
dificultoso, tropeçando aqui, cayendo alli,
leuantandose aculla, tornando a caer aca, llegan
al grado que dessean, el qual alcançado, a
muchos hemos visto que, auiendo passado por
estas Sirtes y por estas Scilas y Caribdis, como
lleuados en buelo de la fauorable fortuna, digo
que los hemos visto mandar y gouernar el
mundo desde vna silla, trocada su hambre en
hartura, su frio en refrigerio, su desnudez
en galas y su dormir en vna estera en reposar
en olandas y damascos, premio justamente
merecido de su virtud; pero contrapuestos y
comparados sus trabajos con los del milite
guerrero, se quedan muy atras en todo, como
aora dire.”

               Capitulo XXXVIII

 Que trata del curioso discurso que hizo don
      Quixote de las armas y las letras.

  Prosiguiendo don Quixote, dixo:
  “Pues començamos en el estudiante por la
pobreza y sus partes, veamos si es mas rico el
soldado. Y veremos que no ay ninguno mas
pobre en la misma pobreza, porque está
atenido a la miseria de su paga, que viene o
tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus
manos, con notable peligro de su vida y de su
conciencia. Y a vezes suele ser su desnudez
tanta, que vn coleto acuchillado le sirue de
gala y de camisa, y en la mitad del inuierno
se suele reparar de las inclemencias del cielo,
estando en la campaña rasa, con solo el aliento
de su boca, que, como sale de lugar vazio,
tengo por aueriguado que deue de salir frio,
contra toda naturaleza. Pues esperad que espere
que llegue la noche para restaurarse de todas
estas incomodidades en la cama que le aguarda,
la qual, si no es por su culpa, jamas pecará
de estrecha; que bien puede medir en la
tierra los pies que quisiere, y reboluerse en ella
a su sabor, sin temor que se le encojan las
sauanas.
  ”Lleguese, pues, a todo esto el dia y la hora
de recebir el grado de su exercicio; lleguese
vn dia de batalla, que alli le pondran la borla
en la cabeça, hecha de hilas, para curarle algun
balazo que quiça le aura passado las sienes,
o le dexará estropeado de braço o pierna. Y
quando esto no suceda, sino que el cielo
piadoso le guarde y conserue sano y viuo, podra
ser que se quede en la mesma pobreza que
antes estaua, y que sea menester que suceda
vno y otro rencuentro, vna y otra batalla, y
que de todas salga vencedor, para medrar en
algo. Pero estos milagros vense raras vezes.
  ”Pero dezidme, señores, si aueys mirado en
ello, quán menos son los premiados por la
guerra que los que han perecido en ella. Sin
duda aueys de responder que no tienen
comparacion, ni se pueden reduzir a cuenta los
muertos, y que se podran contar los premiados
viuos con tres letras de guarismo. Todo esto
es al reues en los letrados, porque de faldas,
que no quiero dezir de mangas, todos tienen
en qué entretenerse. Assi que, aunque es mayor
el trabajo del soldado, es mucho menor el
premio. Pero a esto se puede responder que
es mas facil premiar a dos mil letrados que a
treynta mil soldados, porque a aquellos se
premian con darles oficios que por fuerça se
han de dar a los de su profession, y a estos no
se pueden premiar, sino con la mesma
hazienda del señor a quien siruen, y esta
impossibilidad fortifica mas la razon que tengo.
  ”Pero dexemos esto aparte, que es laberinto
de muy dificultosa salida, sino boluamos a la
preeminencia de las armas contra las letras:
materia que hasta aora está por aueriguar,
segun son las razones que cada vna de su parte
alega; y entre las que he dicho, dizen las letras
que sin ellas no se podrian sustentar las armas,
porque la guerra tambien tiene sus leyes y está
sugeta a ellas, y que las leyes caen debaxo de
lo que son letras y letrados. A esto responden
las armas que las leyes no se podran sustentar
sin ellas, porque con las armas se defienden
las republicas, se conseruan los reynos, se
guardan las ciudades, se asseguran los caminos,
se despejan los mares de cosarios, y,
finalmente, si por ellas no fuesse, las republicas,
los reynos, las monarquias, las ciudades,
los caminos de mar y tierra estarian sugetos
al rigor y a la confusion que trae consigo la
guerra el tiempo que dura y tiene licencia de
vsar de sus preuilegios y de sus fuerças. Y es
razon aueriguada que aquello que mas cuesta
se estima y deue de estimar en mas.
  ”Alcançar alguno a ser eminente en letras le
cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez,
vaguidos de cabeça, indigestiones de estomago
y otras cosas a estas aderentes, que en parte
ya las tengo referidas. Mas llegar vno por sus
terminos a ser buen soldado le cuesta todo lo
que a el estudiante, en tanto mayor grado que
no tiene comparacion, porque a cada passo
está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor
de necessidad y pobreza puede llegar, ni fatigar
al estudiante, que llegue al que tiene vn
soldado, que, hallandose cercado en alguna
fuerça, y estando de posta o guarda en algun
rebellin o cauallero, siente que los enemigos
estan minando hazia la parte donde el está, y
no puede apartarse de alli por ningun caso, ni
huyr el peligro que de tan cerca le amenaza?
Solo lo que puede hazer es dar noticia a su
capitan de lo que passa, para que lo remedie con
alguna contramina, y el estarse quedo, temiendo
y esperando quándo improuisamente ha de
subir a las nuues sin alas y baxar al profundo
sin su voluntad.
  ”Y si este parece pequeño peligro, veamos
si le yguala, o haze ventajas, el de
enuestirse dos galeras por las proas en mitad del
mar espacioso, las quales, enclauijadas y
trauadas, no le queda al soldado mas espacio del
que concede dos pies de tabla del espolon.
Y, con todo esto, viendo que tiene delante de
si tantos ministros de la muerte que le amenazan
quantos cañones de artilleria se assestan
de la parte contraria, que no distan de su cuerpo
vna lança, y, viendo que al primer descuydo
de los pies yria a visitar los profundos senos
de Neptuno; y, con todo esto, con intrepido
coraçon, lleuado de la honra que le incita, se
pone a ser blanco de tanta arcabuzeria y
procura passar por tan estrecho passo al baxel
contrario. Y lo que mas es de admirar, que apenas
vno ha caydo donde no se podra leuantar hasta
la fin del mundo, quando otro ocupa su mesmo
lugar, y si este tambien cae en el mar, que
como a enemigo le aguarda, otro y otro le
sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus
muertes: valentia y atreuimiento el mayor que se
puede hallar en todos los trances de la guerra.
  ”Bien ayan aquellos benditos siglos que
carecieron de la espantable furia de aquestos
endemoniados instrumentos de la artilleria, a
cuyo inuentor tengo para mi que en el infierno
se le está dando el premio de su diabolica
inuencion, con la qual dio causa que vn infame
y cobarde braço quite la vida a vn valeroso
cauallero, y que, sin saber cómo o por dónde,
en la mitad del corage y brio que enciende y
anima a los valientes pechos, llega vna
desmandada bala, disparada de quien quiza huyó
y se espantó del resplandor que hizo el fuego
al disparar de la maldita maquina, y corta y
acaba en vn instante los pensamientos y vida
de quien la merecia gozar luengos siglos.
  ”Y, assi, considerando esto, estoy por dezir
que en el alma me pesa de auer tomado este
exercicio de cauallero andante en edad tan
detestable como es esta en que aora viuimos,
porque aunque a mi ningun peligro me pone
miedo, todauia me pone rezelo pensar si la
poluora y el estaño me han de quitar la
ocasion de hazerme famoso y conocido por el
valor de mi braço y filos de mi espada, por todo
lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo
lo que fuere seruido; que tanto sere mas
estimado, si salgo con lo que pretendo, quanto a
mayores peligros me he puesto que se pusieron
los caualleros andantes de los passados
siglos.”
  Todo este largo preambulo dixo don Quixote
en tanto que los demas cenauan, oluidandose
de lleuar bocado a la boca, puesto que
algunas vezes le auia dicho Sancho Pança que
cenasse, que despues auria lugar para dezir
todo lo que quisiesse. En los que escuchado
le auian sobreuino nueua lastima, de ver que
hombre que, al parecer, tenia buen entendimiento
y buen discurso en todas las cosas que
trataua, le vuiesse perdido tan rematadamente
en tratandole de su negra y pizmienta
caualleria. El cura le dixo que tenia mucha
razon en todo quanto auia dicho en fauor de
las armas, y que el, aunque letrado y
graduado, estaua de su mesmo parecer.
  Acabaron de cenar, leuantaron los
manteles, y en tanto que la ventera, su hija y
Maritornes adereçauan el camaranchon de don
Quixote de la Mancha, donde auian determinado
que aquella noche las mugeres solas en el se
recogiessen, don Fernando rogo al cautiuo les
contasse el discurso de su vida, porque no
podria ser sino que fuesse peregrino y gustoso,
segun las muestras que auia començado a dar,
viniendo en compañia de Zorayda. A lo qual
respondio el cautiuo que de muy buena gana
haria lo que se le mandaua, y que solo temia
que el cuento no auia de ser tal, que les diesse
el gusto que el desseaua; pero que, con todo
esso, por no faltar en obedecelle, le contaria.
El cura y todos los demas se lo agradecieron,
y de nueuo se lo rogaron. Y el, viendose rogar
de tantos, dixo que no eran menester ruegos
adonde el mandar tenia tanta fuerça.
  “Y, assi, esten vuestras mercedes atentos, y
oyran vn discurso verdadero, a quien podria ser
que no llegassen los mentirosos que con
curioso y pensado artificio suelen componerse.”
  Con esto que dixo, hizo que todos se
acomodassen y le prestassen vn grande silencio,
y el, viendo que ya callauan y esperauan lo
que dezir quisiesse, con voz agradable y
reposada començo a dezir desta manera:

                Capitulo XXXIX

 Donde el cautiuo cuenta su vida y sucessos.

  “En vn lugar de las montañas de Leon tuuo
principio mi linaje, con quien fue mas agradecida
y liberal la naturaleza que la fortuna,
aunque en la estrecheza de aquellos pueblos
todauia alcançaua mi padre fama de rico, y
verdaderamente lo fuera, si assi se diera maña
a conseruar su hazienda como se la daua en
gastalla. Y la condicion que tenia de ser liberal
y gastador le procedio de auer sido soldado
los años de su jouentud; que es escuela la
soldadesca, donde el mezquino se haze franco
y el franco prodigo, y si algunos soldados se
hallan miserables, son como monstruos que
se ven raras vezes. Passaua mi padre los
terminos de la liberalidad y rayaua en los de ser
prodigo, cosa que no le es de ningun prouecho
al hombre casado y que tiene hijos que le han
de suceder en el nombre y en el ser. Los que
mi padre tenia eran tres, todos varones y todos
de edad de poder elegir estado. Viendo, pues,
mi padre que, segun el dezia, no podia yrse
a la mano contra su condicion, quiso priuarse
del instrumento y causa que le hazia gastador
y dadiuoso, que fue priuarse de la hazienda,
sin la qual el mismo Alexandro pareciera
estrecho.
  ”Y, assi, llamandonos vn dia a todos tres
a solas en vn aposento, nos dixo vnas razones
semejantes a las que aora dire. «Hijos, para
deziros que os quiero bien, basta saber y dezir
que soys mis hijos, y para entender que os
quiero mal, basta saber que no me voy a la
mano en lo que toca a conseruar vuestra
hazienda. Pues para que entendays desde aqui
adelante que os quiero como padre, y que no os
quiero destruyr como padrastro, quiero hazer
vna cosa con vosotros, que ha muchos dias
que la tengo pensada y con madura consideracion
dispuesta. Vosotros estays ya en edad de
tomar estado, o, a lo menos, de elegir
exercicio, tal, que, quando mayores, os honre y
aproueche. Y lo que he pensado es hazer de
mi hazienda quatro partes: las tres os dare a
vosotros, a cada vno lo que le tocare, sin
exceder en cosa alguna, y con la otra me quedaré
yo para viuir y sustentarme los dias que el
cielo fuere seruido de darme de vida. Pero
querria que despues que cada vno tuuiesse en
su poder la parte que le toca de su hazienda,
siguiesse vno de los caminos que le dire. Ay
vn refran en nuestra España, a mi parecer, muy
verdadero, como todos lo son, por ser sentencias
breues sacadas de la luenga y discreta
experiencia, y el que yo digo, dize: «Yglesia,
»o mar, o casa Real», como si mas claramente
dixera: Quien quisiere valer y ser rico,
siga, o la Yglesia, o nauegue exercitando el
arte de la mercancia, o entre a seruir a los
reyes en sus casas. Porque dizen: «Mas vale
»migaja de rey, que merced de señor.» Digo
esto, porque querria, y es mi voluntad, que
vno de vosotros siguiesse las letras, el otro la
mercancia, y el otro siruiesse al rey en la
guerra, pues es dificultoso entrar a seruirle en su
casa; que ya que la guerra no de muchas riquezas,
suele dar mucho valor y mucha fama. Dentro
de ocho dias os dare toda vuestra parte en
dineros, sin defraudaros en vn ardite, como lo
vereys por la obra. Dezidme aora si quereys
seguir mi parecer y consejo en lo que os he
propuesto.»
  ”Y, mandandome a mi, por ser el mayor, que
respondiesse, despues de auerle dicho que no
se deshiziesse de la hazienda, sino que gastasse
todo lo que fuesse su voluntad, que nosotros
eramos moços para saber ganarla, vine a
concluyr en que cumpliria su gusto, y que el mio
era seguir el exercicio de las armas, siruiendo
en el a Dios y a mi rey. El segundo hermano
hizo los mesmos ofrecimientos, y escogio el
yrse a las Indias, lleuando empleada la
hazienda que le cupiesse. El menor, y, a lo que
yo creo, el mas discreto, dixo que queria
seguir la Yglesia, o yrse a acabar sus
començados estudios a Salamanca. Assi como
acabamos de concordarnos, y escoger nuestros
exercicios, mi padre nos abraçó a todos, y con
la breuedad que dixo, puso por obra quanto
nos auia prometido; y, dando a cada vno su
parte, que, a lo que se me acuerda, fueron cada
tres mil ducados, en dineros, porque vn nuestro
tio compró toda la hazienda y la pagó de contado,
porque no saliesse del tronco de la casa,
en vn mesmo dia nos despedimos todos tres
de nuestro buen padre, y en aquel mesmo,
pareciendome a mi ser inhumanidad que mi
padre quedasse viejo y con tan poca hazienda,
hize con el que de mis tres mil tomasse los dos
mil ducados, porque a mi me bastaua el resto
para acomodarme de lo que auia menester vn
soldado.
  ”Mis dos hermanos, mouidos de mi exemplo,
cada vno le dio mil ducados. De modo que a
mi padre le quedaron quatro mil en dineros,
y mas tres mil, que, a lo que parece, valia
la hazienda que le cupo, que no quiso vender,
sino quedarse con ella en rayzes. Digo, en fin,
que nos despedimos del y de aquel nuestro tio
que he dicho, no sin mucho sentimiento y lagrimas
de todos, encargandonos que les hiziessemos
saber, todas las vezes que vuiesse comodidad
para ello, de nuestros sucessos, prosperos
o aduersos. Prometimosselo, y, abraçandonos
y echandonos su bendicion, el vno tomó el
viage de Salamanca, el otro de Seuilla, y yo
el de Alicante, adonde tuue nueuas que auia
vna naue ginouesa que cargaua alli lana para
Genoua.
  ”Este hara veynte y dos años que sali de
casa de mi padre, y en todos ellos, puesto que
he escrito algunas cartas, no he sabido del ni
de mis hermanos nueua alguna. Y lo que en
este discurso de tiempo he passado lo dire
breuemente. Embarqueme en Alicante, llegué con
prospero viage a Genoua, fuy desde alli a Milan,
donde me acomodé de armas y de algunas
galas de soldado, de donde quise yr a assentar
mi plaça al Piamonte, y, estando ya de camino
para Alexandria de la Palla, tuue nueuas que
el gran Duque de Alua passaua a Flandes.
Mudé proposito, fuyme con el, seruile en las
jornadas que hizo, halleme en la muerte de los
Condes de Eguemon y de Hornos, alcancé a
ser alferez de vn famoso capitan de Guadalajara,
llamado Diego de Vrbina. Y a cabo de
algun tiempo que llegué a Flandes, se tuuo
nueuas de la liga que la Santidad del papa
Pio Quinto, de felice recordacion, auia hecho
con Venecia y con España contra el enemigo
comun, que es el turco. El qual, en aquel
mesmo tiempo, auia ganado con su armada
la famosa Isla de Chipre, que estaua debaxo del
dominio de venecianos, y perdida
lamentable y desdichada.
  ”Supose cierto que venia por general desta
liga el serenissimo don Iuan de Austria,
hermano natural de nuestro buen rey don Felipe.
Diuulgose el grandissimo aparato de guerra
que se hazia. Todo lo qual me incitó y
conmouio el animo y el desseo de verme en la
jornada que se esperaua; y aunque tenia
barruntos, y casi promessas ciertas, de que en la
primera ocasion que se ofreciesse seria promouido
a capitan, lo quise dexar todo y venirme,
como me vine, a Italia. Y quiso mi buena
suerte que el señor don Iuan de Austria
acabaua de llegar a Genoua; que passaua a
Napoles a juntarse con la armada de Venecia,
como despues lo hizo en Mecina.
  ”Digo, en fin, que yo me hallé en aquella
felicissima jornada, ya hecho capitan de
infanteria, a cuyo honroso cargo me subio mi
buena suerte mas que mis merecimientos. Y
aquel dia, que fue para la christiandad tan
dichoso, porque en el se desengañó el mundo y
todas las naciones del error en que estauan,
creyendo que los turcos eran inuencibles por la
mar, en aquel dia, digo, donde quedó el orgullo
y soberuia otomana quebrantada, entre tantos
venturosos como alli vuo --porque mas ventura
tuuieron los christianos que alli murieron,
que los que viuos y vencedores quedaron--, yo
solo fuy el desdichado; pues, en cambio de que
pudiera esperar, si fuera en los romanos siglos,
alguna naual corona, me vi aquella noche, que
siguio a tan famoso dia, con cadenas a los pies
y esposas a las manos.
  ”Y fue desta suerte, que auiendo el Vchali,
rey de Argel, atreuido y venturoso cosario,
enuestido y rendido la capitana de Malta, que
solos tres caualleros quedaron viuos en ella, y
estos mal heridos, acudio la capitana de Iuan
Andrea a socorrella, en la qual yo yua con
mi compañia, y haziendo lo que deuia en ocasion
semejante, salté en la galera contraria, la
qual, desuiandose de la que la auia enuestido,
estoruó que mis soldados me siguiessen, y, assi,
me hallé solo entre mis enemigos, a quien no
pude resistir por ser tantos; en fin, me rindieron
lleno de heridas. Y como ya aureys, señores,
oydo dezir que el Vchali se saluó con toda su
esquadra, vine yo a quedar cautiuo en su poder,
y solo fuy el triste entre tantos alegres, y
el cautiuo entre tantos libres; porque fueron
quinze mil christianos los que aquel dia alcançaron
la desseada libertad, que todos venian al
remo en la turquesca armada.
  ”Lleuaronme a Costantinopla, donde el Gran
Turco Selin hizo general de la mar a mi amo,
porque auia hecho su deuer en la batalla,
auiendo lleuado por muestra de su valor el
estandarte de la religion de Malta. Halleme el
segundo año, que fue el de setenta y dos, en
Nauarino, bogando en la capitana de los tres
fanales. Vi y noté la ocasion que alli se perdio
de no coger en el puerto toda el armada
turquesca. Porque todos los leuentes y
genizaros que en ella venian tuuieron por cierto
que les auian de enuestir dentro del mesmo
puerto, y tenian a punto su ropa y
passamaques, que son sus çapatos, para huyrse
luego por tierra sin esperar ser combatidos:
tanto era el miedo que auian cobrado a nuestra
armada. Pero el cielo lo ordenó de otra manera,
no por culpa ni descuydo del general que a
los nuestros regia, sino por los pecados de la
christiandad, y porque quiere y permite Dios
que tengamos siempre verdugos que nos
castiguen.
  ”En efeto, el Vchali se recogio a Modon,
que es vna isla que está junto a Nauarino, y,
echando la gente en tierra, fortificó la boca del
puerto y estuuose quedo hasta que el señor don
Iuan se boluio. En este viage se tomó la galera
que se llamaua La Presa, de quien era capitan
vn hijo de aquel famoso cossario Barba Roxa:
tomola la capitana de Napoles, llamada La
Loba, regida por aquel rayo de la guerra, por
el padre de los soldados, por aquel venturoso
y jamas vencido capitan don Aluaro de Baçan,
marques de Santa Cruz. Y no quiero dexar
de dezir lo que sucedio en la presa de La Presa.
Era tan cruel el hijo de Barba Roxa, y trataua
tan mal a sus cautiuos, que assi como los que
venian al remo vieron que la galera Loba les
yua entrando, y que los alcançaua, soltaron
todos a vn tiempo los remos, y asieron de su
capitan que estaua sobre el estanterol gritando
que bogassen a priessa, y passandole de banco
en banco, de popa a proa, le dieron bocados,
que a poco mas que passó del arbol
ya auia passado su anima al infierno. Tal era,
como he dicho, la crueldad con que los trataua
y el odio que ellos le tenian.
  ”Boluimos a Constantinopla, y el año
siguiente, que fue el de setenta y tres, se supo
en ella como el señor don Iuan auia ganado a
Tunez y quitado aquel reyno a los turcos, y
puesto en possession del a Muley Hamet, cortando
las esperanças que de boluer a reynar en
el tenia Muley Hamida, el moro mas cruel y
mas valiente que tuuo el mundo. Sintio mucho
esta perdida el gran turco, y vsando de la
sagazidad que todos los de su casa tienen, hizo paz
con venecianos, que mucho mas que el la
desseauan, y el año siguiente de setenta y quatro
acometio a la Goleta y al Fuerte que junto a
Tunez auia dexado medio leuantado el señor
don Iuan.
  ”En todos estos trances andaua yo al remo,
sin esperança de libertad alguna; a lo menos,
no esperaua tenerla por rescate, porque tenia
determinado de no escriuir las nueuas de
mi desgracia a mi padre. Perdiose, en fin, la
Goleta; perdiose el Fuerte, sobre las quales
plaças huuo de soldados turcos, pagados,
setenta y cinco mil, y de moros y alarabes de
toda la Africa mas de quatrocientos mil,
acompañado este tan gran numero de gente con
tantas municiones y pertrechos de guerra, y
con tantos gastadores, que con las manos y a
puñados de tierra pudieran cubrir la Goleta y
el Fuerte.
  ”Perdiose primero la Goleta, tenida hasta
entonces por inexpugnable, y no se perdio por
culpa de sus defensores, los quales hizieron en
su defensa todo aquello que deuian y podian,
sino porque la experiencia mostro la facilidad
con que se podian leuantar trincheas en
aquella desierta arena, porque a dos palmos se
hallaua agua, y los turcos no la hallaron a dos
varas, y, assi, con muchos sacos de arena
leuantaron las trincheas tan altas, que sobrepujauan
las murallas de la fuerça, y tirandoles a
cauallero, ninguno podia parar ni assistir a la
defensa. Fue comun opinion que no se auian
de encerrar los nuestros en la Goleta, sino
esperar en campaña al desembarcadero, y los
que esto dizen hablan de lexos y con poca
experiencia de casos semejantes; porque si en la
Goleta y en el Fuerte apenas auia siete mil
soldados, ¿cómo podia tan poco numero, aunque
mas esforçados fuessen, salir a la campaña y
quedar en las fuerças contra tanto como era el
de los enemigos? Y ¿cómo es possible dexar de
perderse fuerça que no es socorrida, y mas
quando la cercan enemigos muchos y
porfiados y en su mesma tierra?
  ”Pero a muchos les parecio, y assi me parecio
a mi, que fue particular gracia y merced
que el cielo hizo a España en permitir que se
assolasse aquella oficina y capa de maldades,
y aquella gomia o esponxa y polilla de la
infinidad de dineros que alli sin prouecho se
gastauan, sin seruir de otra cosa que de conseruar
la memoria de auerla ganado la felicissima del
inuictissimo Carlos Quinto, como si fuera
menester para hazerla eterna, como lo es y sera,
que aquellas piedras la sustentaran. Perdiose
tambien el Fuerte, pero fueronle ganando los
turcos palmo a palmo, porque los soldados que
lo defendian pelearon tan valerosa y fuertemente,
que passaron de veynte y cinco mil enemigos
los que mataron en veynte y dos assaltos
generales que les dieron. Ninguno cautiuaron
sano de trecientos que quedaron viuos, señal
cierta y clara de su esfuerço y valor y de
lo bien que se auian defendido y guardado sus
plaças.
  ”Rindiose a partido vn pequeño fuerte o torre
que estaua en mitad del estaño, a cargo de
don Iuan Zanoguera, cauallero valenciano y
famoso soldado. Cautiuaron a don Pedro
Puertorcarrero, general de la Goleta, el qual hizo
quanto fue possible por defender su fuerça, y
sintio tanto el auerla perdido, que de pesar
murio en el camino de Constantinopla, donde
le lleuauan cautiuo. Cautiuaron ansimesmo
al general del Fuerte, que se llamaua Gabrio
Cerbellon, cauallero milanes, grande ingeniero
y valentissimo soldado. Murieron en estas
dos fuerças muchas personas de cuenta, de las
quales fue vna Pagan de Oria, cauallero del
habito de San Iuan, de condicion generoso,
como lo mostro la summa liberalidad que
vsó con su hermano, el famoso Iuan Andrea
de Oria, y lo que mas hizo lastimosa su muerte
fue auer muerto a manos de vnos alarabes de
quien se fió, viendo ya perdido el Fuerte, que
le ofrecieron de lleuarle en habito de moro
a Tabarca, que es vn portezuelo o casa que en
aquellas riberas tienen los ginoueses que se
exercitan en la pesqueria del coral, los quales
alarabes le cortaron la cabeça y se la truxeron
al general de la armada turquesca, el qual
cumplio con ellos nuestro refran castellano que
«aunque la traycion aplaze, el traydor se
»aborrece», y, assi, se dize que mandó el general
ahorcar a los que le truxeron el presente,
porque no se le auian traydo viuo.
  ”Entre los christianos que en el Fuerte se
perdieron, fue vno llamado don Pedro de Aguilar,
natural no se de qué lugar del Andaluzia,
el qual auia sido alferez en el Fuerte, soldado
de mucha cuenta y de raro entendimiento;
especialmente tenia particular gracia en lo que
llaman poesia. Digolo porque su suerte le truxo
a mi galera y a mi banco y a ser esclauo de
mi mesmo patron, y antes que nos partiessemos
de aquel puerto hizo este cauallero dos
sonetos a manera de epitafios, el vno a la
Goleta y el otro al Fuerte. Y en verdad que
los tengo de dezir, porque los se de memoria,
y creo que antes causarán gusto que
pesadumbre.”
  En el punto que el cautiuo nombró a don Pedro
de Aguilar, don Fernando miró a sus camaradas,
y todos tres se sonrieron, y quando llegó
a dezir de los sonetos, dixo el vno:
  “Antes que vuestra merced passe adelante,
le suplico me diga qué se hizo esse don Pedro
de Aguilar que ha dicho.”
  “Lo que se es”, respondio el cautiuo, “que al
cabo de dos años que estuuo en Constantinopla,
se huyo en trage de arnaute con vn
griego espia, y no se si vino en libertad, puesto
que creo que si, porque de alli a vn año vi
yo al griego en Constantinopla, y no le pude
preguntar el sucesso de aquel viage.”
  “Pues lo fue”, respondio el cauallero,
“porque esse don Pedro es mi hermano, y está
aora en nuestro lugar, bueno y rico, casado y
con tres hijos.”
  “Gracias sean dadas a Dios”, dixo el cautiuo,
“por tantas mercedes como le hizo, porque
no ay en la tierra, conforme mi parecer,
contento que se yguale a alcançar la libertad
perdida.”
  “Y mas”, replicó el cauallero, “que yo se los
sonetos que mi hermano hizo.”
  “Digalos, pues, vuestra merced”, dixo el
cautiuo; “que los sabra dezir mejor que yo.”
  “Que me plaze”, respondio el cauallero; y el
de la Goleta dezia assi:

                  Capitulo XL

  Donde se prosigue la historia del cautiuo.

                    SONETO

      Almas dichosas que del mortal velo
   libres y essentas, por el bien que obrastes,
   desde la baxa tierra os leuantastes,
   a lo mas alto y lo mejor del cielo.
      Y, ardiendo en ira y en honroso zelo,
   de los cuerpos la fuerça exercitastes,
   que en propia y sangre agena colorastes
   el mar vezino y arenoso suelo;
      primero que el valor, faltó la vida
   en los cansados braços que, muriendo,
   con ser vencidos, lleuan la vitoria.
      Y esta vuestra mortal, triste cayda,
   entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
   fama que el mundo os da, y el cielo gloria.

  “Dessa mesma manera le se yo”, dixo el
cautiuo.
  “Pues el del Fuerte, si mal no me acuerdo”,
dixo el cauallero, “dize assi”:

                    SONETO

     De entre esta tierra esteril, derribada
   destos terrones por el suelo echados,
   las almas santas de tres mil soldados
   subieron viuas a mejor morada,
      siendo primero, en vano, exercitada
   la fuerça de sus braços esforçados,
   hasta que, al fin, de pocos y cansados,
   dieron la vida al filo de la espada.
      Y este es el suelo que continuo ha sido
    de mil memorias lamentables lleno
    en los passados siglos y pressentes.
      Mas no mas justas de su duro seno
    auran al claro cielo almas subido,
    ni aun el sostuuo cuerpos tan valientes.

  No parecieron mal los sonetos, y el cautiuo
se alegró con las nueuas que de su camarada
le dieron, y, prosiguiendo su cuento, dixo:
  “Rendidos, pues, la Goleta y el Fuerte, los
turcos dieron orden en desmantelar la Goleta,
porque el Fuerte quedó tal, que no huuo qué
poner por tierra, y para hazerlo con mas
breuedad y menos trabajo, la minaron por tres
partes, pero con ninguna se pudo bolar lo que
parecia menos fuerte, que eran las murallas
viejas; y todo aquello que auia quedado en
pie de la fortificacion nueua, que auia hecho
el Fratin, con mucha facilidad vino a tierra.
En resolucion, la armada boluio a Constantinopla
triunfante y vencedora, y de alli a pocos
meses murio mi amo, el Vchali, al qual llamauan
Vchali Fartax, que quiere dezir en lengua
turquesca el renegado tiñoso, porque lo era,
y es costumbre entre los turcos ponerse
nombres de alguna falta que tengan, o de alguna
virtud que en ellos aya. Y esto es porque no
ay entre ellos sino quatro apellidos de linages,
que decienden de la casa Otomana, y los
demas, como tengo dicho, toman nombre y apellido
ya de las tachas del cuerpo, y ya de las
virtudes del animo. Y este Tiñoso bogó el
remo, siendo esclauo del Gran Señor, catorze
años, y a mas de los treinta y quatro de su edad
renego, de despecho de que vn turco, estando
al remo, le dio vn bofeton, y por poderse
vengar dexó su fe, y fue tanto su valor, que, sin
subir por los torpes medios y caminos que los
mas priuados del Gran Turco suben, vino a ser
rey de Argel, y despues, a ser general de la
mar, que es el tercero cargo que ay en aquel
señorio. Era calabres de nacion, y moralmente
fue hombre de bien y trataua con mucha
humanidad a sus cautiuos, que llegó a tener
tres mil, los quales, despues de su muerte, se
repartieron, como el lo dexó en su testamento,
entre el Gran Señor, que tambien es hijo
heredero de quantos mueren y entra a la parte con
los mas hijos que dexa el difunto, y entre
sus renegados; y yo cupe a vn renegado veneciano
que, siendo grumete de vna naue, le cautiuó
el Vchali, y le quiso tanto, que fue vno de
los mas regalados garzones suyos, y el vino
a ser el mas cruel renegado que jamas se ha
visto. Llamauase Azan Aga, y llegó a ser
muy rico y a ser rey de Argel, con el qual yo
vine de Constantinopla algo contento por estar
tan cerca de España, no porque pensasse escriuir
a nadie el desdichado sucesso mio, sino por
ver si me era mas fauorable la suerte en Argel
que en Constantinopla, donde ya auia prouado
mil maneras de huyrme, y ninguna tuuo sazon
ni ventura; y pensaua en Argel buscar otros
medios de alcançar lo que tanto desseaua, porque
jamas me desamparó la esperança de tener
libertad, y quando en lo que fabricaua,
pensaua y ponia por obra no correspondia el
sucesso a la intencion, luego, sin abandonarme,
fingia y buscaua otra esperança que me
sustentasse, aunque fuesse debil y flaca.
  ”Con esto entretenia la vida, encerrado en
vna prision o casa que los turcos llaman baño,
donde encierran los cautiuos christianos, assi
los que son del rey como de algunos particulares,
y los que llaman del almazen, que es
como dezir cautiuos del Concejo, que siruen a
la ciudad en las obras publicas que haze y en
otros oficios, y estos tales cautiuos tienen muy
dificultosa su libertad; que, como son del
comun y no tienen amo particular, no ay con
quién tratar su rescate, aunque le tengan. En
estos baños, como tengo dicho, suelen lleuar a
sus cautiuos algunos particulares del pueblo,
principalmente quando son de rescate, porque
alli los tienen holgados y seguros hasta que
venga su rescate. Tambien los cautiuos del rey
que son de rescate no salen al trabajo con la
demas chusma, si no es quando se tarda su
rescate; que entonces, por hazerles que escriuan
por el con mas ahinco, les hazen trabajar y yr
por leña con los demas, que es vn no pequeño
trabajo.
  ”Yo, pues, era vno de los de rescate, que
como se supo que era capitan, puesto que dixe
mi poca possibilidad y falta de hazienda, no
aprouechó nada para que no me pusiessen en
el numero de los caualleros y gente de rescate.
Pusieronme vna cadena, mas por señal de
rescate que por guardarme con ella, y, assi,
passaua la vida en aquel baño, con otros muchos
caualleros y gente principal, señalados y
tenidos por de rescate. Y aunque la hambre y
desnudez pudiera fatigarnos a vezes, y aun casi
siempre, ninguna cosa nos fatigaua tanto como
oyr y ver a cada passo las jamas vistas ni
oydas crueldades que mi amo vsaua con los
christianos. Cada dia ahorcaua el suyo,
empalaua a este, desorejaua a aquel; y esto por
tan poca ocasion, y tan sin ella, que los turcos
conocian que lo hazia no mas de por hazerlo, y
por ser natural condicion suya ser omicida de
todo el genero humano. Solo libró bien con el
vn soldado español llamado tal de Saauedra,
el qual, con auer hecho cosas que quedarán
en la memoria de aquellas gentes por muchos
años, y todas por alcançar libertad, jamas le dio
palo, ni se lo mandó dar, ni le dixo mala
palabra, y por la menor cosa de muchas que hizo
temiamos todos que auia de ser empalado; y
assi lo temio el mas de vna vez, y si no fuera
porque el tiempo no da lugar, yo dixera aora
algo de lo que este soldado hizo, que fuera
parte para entreteneros y admiraros harto mejor
que con el cuento de mi historia.
  ”Digo, pues, que encima del patio de nuestra
prision cahian las ventanas de la casa de
vn moro rico y principal, las quales, como de
ordinario son las de los moros, mas eran
agujeros que ventanas, y aun estas se cubrian con
celosias muy espessas y apretadas. Acaecio,
pues, que vn dia, estando en vn terrado de
nuestra prision con otros tres compañeros,
haziendo prueuas de saltar con las cadenas, por
entretener el tiempo, estando solos, porque
todos los demas christianos auian salido a
trabajar, alçé acaso los ojos, y vi que por
aquellas cerradas ventanillas que he dicho parecia
vna caña, y al remate della puesto vn lienço
atado, y la caña se estaua blandeando y
mouiendose, casi como si hiziera señas que
llegassemos a tomarla. Miramos en ello, y vno
de los que conmigo estauan fue a ponerse debaxo
de la caña, por ver si la soltauan, o lo que
hazian; pero assi como llegó, alçaron la caña y
la mouieron a los dos lados, como si dixeran
no con la cabeça. Boluiose el christiano, y
tornaronla a baxar y hazer los mesmos
mouimientos que primero. Fue otro de mis
compañeros, y sucediole lo mesmo que al primero.
Finalmente, fue el tercero, y auinole lo que al
primero y al segundo.
  ”Viendo yo esto, no quise dexar de prouar
la suerte, y assi como llegué a ponerme debaxo
de la caña, la dexaron caer, y dio a mis
pies dentro del baño; acudi luego a desatar el
lienço, en el qual vi vn nudo, y dentro del
venian diez zianiys, que son vnas monedas
de oro baxo que vsan los moros, que cada vna
vale diez reales de los nuestros. Si me holgue
con el hallazgo, no ay para qué dezirlo, pues
fue tanto el contento como la admiracion de
pensar de donde podia venirnos aquel bien,
especialmente a mi, pues las muestras de no
auer querido soltar la caña sino a mi claro
dezian que a mi se hazia la merced. Tomé mi
buen dinero, quebre la caña, boluime al
terradillo, miré la ventana y vi que por ella salia
vna muy blanca mano, que la abrian y cerrauan
muy apriessa. Con esto entendimos o imaginamos
que alguna muger que en aquella casa
viuia nos deuia de auer hecho aquel beneficio,
y en señal de que lo agradeciamos hezimos
zalemas a vso de moros, inclinando la cabeça,
doblando el cuerpo y poniendo los braços
sobre el pecho. De alli a poco, sacaron por la
mesma ventana vna pequeña cruz hecha de
cañas, y luego la boluieron a entrar. Esta
señal nos confirmó en que alguna christiana
deuia de estar cautiua en aquella casa, y era
la que el bien nos hazia; pero la blancura de
la mano y las axorcas que en ella vimos nos
deshizo este pensamiento, puesto que imaginamos
que deuia de ser christiana renegada, a
quien de ordinario suelen tomar por legitimas
mugeres sus mesmos amos, y aun lo tienen
a ventura, porque las estiman en mas que las
de su nacion.
  ”En todos nuestros discursos dimos muy lexos
de la verdad del caso, y, assi, todo nuestro
entretenimiento desde alli adelante era mirar y
tener por norte a la ventana donde nos auia
aparecido la estrella de la caña; pero bien se
passaron quinze dias en que no la vimos, ni la
mano tampoco, ni otra señal alguna. Y aunque
en este tiempo procuramos con toda solicitud
saber quién en aquella casa viuia, y si auia en
ella alguna christiana renegada, jamas huuo
quien nos dixesse otra cosa, sino que alli viuia
vn moro principal y rico, llamado Agimorato,
alcayde que auia sido de la Pata, que es
oficio entre ellos de mucha calidad. Mas quando
mas descuydados estauamos de que por alli
auian de llouer mas zianiys, vimos a deshora
parecer la caña y otro lienço en ella con otro
nudo mas crecido, y esto fue a tiempo que
estaua el baño como la vez passada, solo y
sin gente. Hezimos la acostumbrada prueua,
yendo cada vno primero que yo, de los mismos
tres que estauamos, pero a ninguno se rindio
la caña sino a mi, porque en llegando yo, la
dexaron caer. Desaté el nudo y hallé quarenta
escudos de oro españoles, y vn papel escrito
en arauigo, y al cabo de lo escrito, hecha
vna grande cruz. Besé la cruz, tomé los
escudos, boluime al terrado, hezimos todos
nuestras zalemas, tornó a parecer la mano, hize
señas que leeria el papel, cerraron la ventana.
Quedamos todos confusos y alegres con lo
sucedido, y como ninguno de nosotros no
entendia el arauigo, era grande el desseo que
teniamos de entender lo que el papel contenia,
y mayor la dificultad de buscar quien lo
leyesse.
  ”En fin, yo me determiné de fiarme de vn
renegado, natural de Murcia, que se auia dado
por grande amigo mio, y puesto prendas entre
los dos que le obligauan a guardar el secreto
que le encargasse, porque suelen algunos
renegados, quando tienen intencion de boluerse a
tierra de christianos, traer consigo algunas
firmas de cautiuos principales, en que dan fe, en
la forma que pueden, como el tal renegado es
hombre de bien y que siempre ha hecho bien a
christianos, y que lleua desseo de huyrse en la
primera ocasion que se le ofrezca. Algunos ay
que procuran estas fees con buena intencion;
otros se siruen dellas acaso y de industria; que
viniendo a robar a tierra de christianos, si a
dicha se pierden o los cautiuan, sacan sus firmas
y dizen que por aquellos papeles se vera el
proposito con que venian, el qual era de quedarse
en tierra de christianos, y que por esso venian
en corso con los demas turcos. Con esto se
escapan de aquel primer impetu, y se reconcilian
con la Yglesia, sin que se les haga daño, y
quando veen la suya, se bueluen a Berberia a
ser lo que antes eran. Otros ay que vsan destos
papeles, y los procuran con buen intento, y se
quedan en tierra de christianos.
  ”Pues vno de los renegados que he dicho
era este mi amigo, el qual tenia firmas de
todas nuestras camaradas, donde le acreditauamos
quanto era possible, y si los moros le
hallaran estos papeles, le quemaran viuo. Supe
que sabia muy bien arauigo, y no solamente
hablarlo, sino escriuirlo. Pero antes que del
todo me declarasse con el, le dixe que me
leyesse aquel papel, que acaso me auia hallado
en vn agujero de mi rancho. Abriole y estuuo
vn buen espacio mirandole y construyendole,
murmurando entre los dientes. Preguntele si lo
entendia. Dixome que muy bien, y que si queria
que me lo declarasse palabra por palabra, que
le diesse tinta y pluma, porque mejor lo
hiziesse. Dimosle luego lo que pedia, y el, poco a
poco, lo fue traduziendo; y, en acabando, dixo:
«Todo lo que va aqui en romance, sin faltar
»letra, es lo que contiene este papel morisco, y
»hase de aduertir que adonde dize Lela Marien,
»quiere dezir Nuestra Señora la Virgen Maria.»
  ”Leymos el papel, y dezia assi:
  «Quando yo era niña tenia mi padre vna
»esclaua, la qual en mi lengua me mostro la zala
»christianesca y me dixo muchas cosas de Lela
»Marien. La christiana murio, y yo se que no
»fue al fuego, sino con Ala, porque despues la
»vi dos vezes, y me dixo que me fuesse a tierra
»de christianos a ver a Lela Marien, que me
»queria mucho. No se yo cómo vaya; muchos
»christianos he visto por esta ventana, y
»ninguno me ha parecido cauallero, sino tu. Yo
»soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos
»dineros que lleuar conmigo. Mira tu si
»puedes hazer como nos vamos, y seras alla
»mi marido, si quisieres; y si no quisieres, no
»se me dara nada, que Lela Marien me dara
»con quien me case. Yo escriui esto; mira a
»quién lo das a leer; no te fies de ningun moro,
»porque son todos marfuzes. Desto tengo
»mucha pena, que quisiera que no te descubrieras
»a nadie, porque si mi padre lo sabe,
»me echará luego en vn pozo y me cubrira de
»piedras. En la caña pondre vn hilo, ata alli la
»respuesta; y si no tienes quien te escriua
»arauigo, dimelo por señas; que Lela Marien
»hara que te entienda. Ella y Ala te
»guarden, y essa cruz que yo beso muchas
»vezes; que assi me lo mandó la cautiua.»
  ”Mirad, señores, si era razon que las razones
deste papel nos admirassen y alegrassen, y,
assi, lo vno y lo otro fue de manera que el
renegado entendio que no acaso se auia hallado
aquel papel, sino que realmente a alguno de
nosotros se auia escrito; y, assi, nos rogo que
si era verdad lo que sospechaua, que nos fiassemos
del y se lo dixessemos, que el auenturaria
su vida por nuestra libertad; y, diziendo
esto, sacó del pecho vn cruzifixo de metal, y
con muchas lagrimas juró por el Dios que
aquella imagen representaua, en quien el, aunque
pecador y malo, bien y fielmente creia, de
guardarnos lealtad y secreto en todo quanto
quisiessemos descubrirle, porque le parecia, y
casi adeuinaua, que por medio de aquella que
aquel papel auia escrito, auia el y todos
nosotros de tener libertad y verse el en lo que
tanto desseaua, que era reduzirse al gremio
de la Santa Iglesia su madre, de quien como
miembro podrido estaua diuidido y apartado,
por su ignorancia y pecado.
  ”Con tantas lagrimas y con muestras de tanto
arrepentimiento dixo esto el renegado, que
todos de vn mesmo parecer consentimos y
venimos en declararle la verdad del caso, y,
assi, le dimos cuenta de todo, sin encubrirle
nada. Mostramosle la ventanilla por donde
parecia la caña, y el marcó desde alli la casa y
quedó de tener especial y gran cuydado de
informarse quién en ella venia. Acordamos
ansimesmo que seria bien responder al
villete de la mora, y como teniamos quien lo
supiesse hazer, luego al momento el renegado
escriuio las razones que yo le fuy notando,
que puntualmente fueron las que dire, porque
de todos los puntos sustanciales que en este
sucesso me acontecieron, ninguno se me ha
ydo de la memoria, ni aun se me yra en tanto
que tuuiere vida. En efeto, lo que a la mora
se le respondio, fue esto:
  «El verdadero Ala te guarde, señora mia, y
»aquella bendita Marien, que es la verdadera
»madre de Dios, y es la que te ha puesto en
»coraçon que te vayas a tierra de christianos,
»porque te quiere bien. Ruegale tu que se sirua
»de darte a entender cómo podras poner por
»obra lo que te manda; que ella es tan buena,
»que si hara. De mi parte, y de la de todos estos
»christianos que estan conmigo, te ofrezco de
»hazer por ti todo lo que pudieremos, hasta
»morir. No dexes de escriuirme y auisarme lo que
»pensares hazer, que yo te respondere siempre;
»que el grande Ala nos ha dado vn christiano
»cautiuo que sabe hablar y escriuir tu lengua
»tan bien como lo veras por este papel. Assi
»que, sin tener miedo, nos puedes auisar de
»todo lo que quisieres. A lo que dizes que si
»fueres a tierra de christianos que has de ser mi
»muger, yo te lo prometo como buen christiano,
»y sabe que los christianos cumplen lo que
»prometen mejor que los moros. Ala y Marien su
»madre sean en tu guarda, señora mia.»
  ”Escrito y cerrado este papel, aguardé dos
dias a que estuuiesse el baño solo, como solia, y
luego sali al passo acostumbrado del terradillo,
por ver si la caña parecia, que no tardó mucho
en assomar. Assi como la vi, aunque no podia
ver quien la ponia, mostre el papel como dando
a entender que pusiessen el hilo; pero ya
venia puesto en la caña, al qual até el papel, y
de alli a poco tornó a parecer nuestra estrella
con la blanca vandera de paz del atadillo;
dexaronla caer, y alcé yo, y hallé en el paño,
en toda suerte de moneda de plata y de oro,
mas de cinquenta escudos, los quales cinquenta
vezes mas doblaron nuestro contento y
confirmaron la esperança de tener libertad.
  ”Aquella misma noche boluio nuestro
renegado, y nos dixo que auia sabido que en
aquella casa viuia el mesmo moro que
a nosotros nos auian dicho que se llamaua
Aguimorato, riquissimo por todo estremo,
el qual tenia vna sola hija, heredera de toda
su hazienda; y que era comun opinion en toda
la ciudad ser la mas hermosa muger de la
Berberia, y que muchos de los vireyes que
alli venian la auian pedido por muger, y que
ella nunca se auia querido casar; y que
tambien supo que tuuo vna christiana cautiua,
que ya se auia muerto. Todo lo qual concertaua
con lo que venia en el papel. Entramos
luego en consejo con el renegado en qué
orden se tendria para sacar a la mora y venirnos
todos a tierra de christianos; y, en fin,
se acordo por entonces que esperassemos al
auiso segundo de Zorayda, que assi se llamaua
la que aora quiere llamarse Maria. Porque
bien vimos que ella, y no otra alguna, era la
que auia de dar medio a todas aquellas
dificultades. Despues que quedamos en esto,
dixo el renegado que no tuuiessemos pena;
que el perderia la vida, o nos pondria en
libertad.
  ”Quatro dias estuuo el baño con gente,
que fue ocasion que quatro dias tardasse en
parecer la caña; al cabo de los quales, en la
acostumbrada soledad del baño parecio con el
lienço tan preñado, que vn felicissimo parto
prometia; inclinose a mi la caña y el lienço,
hallé en el otro papel y cien escudos de oro,
sin otra moneda alguna; estaua alli el renegado,
dimosle a leer el papel dentro de nuestro
rancho, el qual dixo que assi dezia:
  «Yo no se, mi señor, cómo dar orden que
»nos vamos a España, ni Lela Marien me lo ha
»dicho, aunque yo se lo he preguntado; lo que
»se podra hazer es que yo os dare por esta
»ventana muchissimos dineros de oro: rescataos
»vos con ellos, y vuestros amigos, y vaya vno
»en tierra de christianos, y compre alla vna
»barca, y buelua por los demas, y a mi me
»hallarán en el jardin de mi padre, que está
»a la puerta de Babazon, junto a la marina,
»donde tengo de estar todo este verano con mi
»padre y con mis criados; de alli de noche me
»podreys sacar sin miedo y lleuarme a la barca;
»y mira que has de ser mi marido, porque si
»no, yo pedire a Marien que te castigue. Si no
»te fias de nadie que vaya por la barca, rescatate
»tu y ve; que yo se que bolueras mejor que
»otro, pues eres cauallero y christiano. Procura
»saber el jardin, y quando te passees por ay
»sabre que está solo el baño y te dare mucho
»dinero. Ala te guarde, señor mio.»
  ”Esto dezia y contenia el segundo papel, lo
qual visto por todos, cada vno se ofrecio a
querer ser el rescatado, y prometio de yr y boluer
con toda puntualidad, y tambien yo me ofreci
a lo mismo; a todo lo qual se opuso el renegado,
diziendo que en ninguna manera consentiria
que ninguno saliesse de libertad hasta que
fuessen todos juntos, porque la experiencia le
auia mostrado quán mal cumplian los libres las
palabras que dauan en el cautiuerio; porque
muchas vezes auian vsado de aquel remedio
algunos principales cautiuos, rescatando a vno
que fuesse a Valencia o Mallorca con dineros
para poder armar vna barca y boluer por los
que le auian rescatado, y nunca auian buelto.
Porque, de[zia], la libertad alcançada y el
temor de no boluer a perderla les borraua de la
memoria todas las obligaciones del mundo. Y,
en confirmacion de la verdad que nos dezia, nos
conto breuemente vn caso que casi en aquella
mesma sazon auia acaecido a vnos caualleros
christianos, el mas estraño que jamas sucedio
en aquellas partes, donde a cada passo
suceden cosas de grande espanto y de
admiracion.
  ”En efecto, el vino a dezir que lo que se
podia y deuia hazer era que el dinero que se
auia de dar para rescatar al christiano, que
se le diesse a el, para comprar alli, en Argel,
vna barca, con achaque de hazerse mercader y
tratante en Tetuan y en aquella costa, y que
siendo el señor de la barca, facilmente se daria
traça para sacarlos del baño y embarcarlos a
todos. Quanto mas que si la mora, como ella
dezia, daua dineros para rescatarlos a todos,
que estando libres, era facilissima cosa aun
embarcarse en la mitad del dia, y que la dificultad
que se ofrecia mayor era que los moros no
consienten que renegado alguno compre ni tenga
barca, si no es baxel grande para yr en corso,
porque se temen que el que compra barca,
principalmente si es español, no la quiere sino
para yrse a tierra de christianos; pero que el
facilitaria este inconueniente con hazer que vn
moro tagarino fuesse a la parte con el en
la compañia de la barca y en la ganancia de
las mercancias, y con esta sombra el vendria a
ser señor de la barca, con que daua por acabado
todo lo demas.
  ”Y puesto que a mi y a mis camaradas nos
auia parecido mejor lo de embiar por la barca
a Mallorca, como la mora dezia, no osamos
contradezirle, temerosos que si no haziamos lo
que el dezia, nos auia de descubrir y poner a
peligro de perder las vidas, si descubriesse el
trato de Zorayda, por cuya vida dieramos todos
las nuestras, y, assi, determinamos de ponernos
en las manos de Dios y en las del renegado, y
en aquel mismo punto se le respondio a
Zorayda diziendole que hariamos todo quanto
nos aconsejaua, porque lo auia aduertido
tambien como si Lela Marien se lo huuiera
dicho, y que en ella sola estaua dilatar aquel
negocio o ponello luego por obra. Ofrecimele de
nueuo de ser su esposo, y con esto, otro dia
que acaecio a estar solo el baño, en diuersas
vezes, con la caña y el paño, nos dio dos mil
escudos de oro, y vn papel donde dezia que
el primer juma, que es el viernes, se yua al
jardin de su padre, y que antes que se fuesse
nos daria mas dinero, y que si aquello no
bastasse, que se lo auisassemos, que nos daria
quanto le pidiessemos: que su padre tenia
tantos, que no lo echaria menos, quanto mas que
ella tenia las llaues de todo.
  ”Dimos luego quinientos escudos al renegado
para comprar la barca; con ochocientos me
rescaté yo, dando el dinero a vn mercader
valenciano que a la sazon se hallaua en Argel, el
qual me rescató del rey, tomandome sobre su
palabra, dandola de que con el primer baxel que
viniesse de Valencia pagaria mi rescate; porque
si luego diera el dinero, fuera dar sospechas al
rey que auia muchos dias que mi rescate estaua
en Argel, y que el mercader, por sus grangerias,
lo auia callado. Finalmente, mi amo era tan
cauiloso, que en ninguna manera me atreui a que
luego se desembolsasse el dinero. El jueues
antes del viernes que la hermosa Zorayda se
auia de yr al jardin nos dio otros mil escudos y
nos auisó de su partida, rogandome que si me
rescatasse, supiesse luego el jardin de su padre,
y que en todo caso buscasse ocasion de yr alla
y verla. Respondile en breues palabras que assi
lo haria, y que tuuiesse cuydado de
encomendarnos a Lela Marien con todas aquellas
oraciones que la cautiua le auia enseñado.
  ”Hecho esto, dieron orden en que los tres
compañeros nuestros se rescatassen, por facilitar
la salida del baño, y porque viendome a mi
rescatado, y a ellos no, pues auia dinero, no se
alborotassen y les persuadiesse el diablo que
hiziessen alguna cosa en perjuyzio de Zorayda;
que puesto que el ser ellos quien eran me
podia assegurar deste temor, con todo esso, no
quise poner el negocio en auentura, y, assi, los
hize rescatar por la misma orden que yo me
rescaté, entregando todo el dinero al mercader
para que con certeza y seguridad pudiesse
hazer la fiança, al qual nunca descubrimos
nuestro trato y secreto por el peligro que auia.”

                Capitulo XLI

Donde todauia prosigue el cautiuo su sucesso.

  “No se passaron quinze dias, quando ya
nuestro renegado tenia comprada vna muy
buena barca, capaz de mas de treynta personas;
y para assegurar su hecho y dalle color,
quiso hazer, como hizo, vn viaje a vn lugar que
se llamaua Sargel, que está treynta leguas
de Argel, hazia la parte de Oran, en el qual
ay mucha contratacion de higos passos. Dos
o tres vezes hizo este viaje en compañia del
tagarino que auia dicho. Tagarinos llaman
en Berueria a los moros de Aragon, y a los
de Granada mudejares, y en el reyno de Fez
llaman a los mudejares elches, los quales
son la gente de quien aquel rey mas se sirue
en la guerra.
  ”Digo, pues, que cada vez que passaua con
su barca daua fondo en vna caleta que estaua
no dos tiros de ballesta del jardin donde Zorayda
esperaua, y alli, muy de proposito, se ponia
el renegado con los morillos que bogauan
el remo, o ya a hazer la çala, o a como por
ensayarse de burlas a lo que pensaua hazer
de veras; y, assi, se yua al jardin de Zorayda y
le pedia fruta; y su padre se la daua sin
conocelle, y aunque el quisiera hablar a Zorayda,
como el despues me dixo, y dezille que el era
el que por orden mia le auia de lleuar a tierra
de christianos, que estuuiesse contenta y segura,
nunca le fue possible, porque las moras no
se dexan ver de ningun moro ni turco, si no
es que su marido o su padre se lo manden. De
christianos cautiuos se dexan tratar y comunicar,
aun mas de aquello que seria razonable,
y a mi me huuiera pesado que el la huuiera
hablado: que quiça la alborotara, viendo que
su negocio andaua en boca de renegados.
  ”Pero Dios, que lo ordenaua de otra manera,
no dio lugar al buen desseo que nuestro
renegado tenia; el qual, viendo quán seguramente
yua y venia a Sargel, y que daua fondo
quando y como y adonde queria, y que el
tagarino, su compañero, no tenia mas voluntad
de lo que la suya ordenaua, y que yo estaua ya
rescatado, y que solo faltaua buscar algunos
christianos que bogassen el remo, me dixo que
mirasse yo quáles queria traer conmigo, fuera
de los rescatados, y que los tuuiesse hablados
para el primer viernes, donde tenia determinado
que fuesse nuestra partida. Viendo esto, hablé
a doze españoles, todos valientes hombres
del remo, y de aquellos que mas libremente
podian salir de la ciudad, y no fue poco hallar
tantos en aquella coyuntura, porque estauan
veynte baxeles en corso y se auian lleuado
toda la gente de remo; y estos no se hallaran,
si no fuera que su amo se quedó aquel verano
sin yr en corso, a acabar vna galeota que tenia
en astillero. A los quales no les dixe otra
cosa sino que el primer viernes, en la tarde, se
saliessen vno a vno, dissimuladamente, y se
fuessen la buelta del jardin de Aguimorato, y
que alli me aguardassen hasta que yo fuesse.
A cada vno di este auiso de por si, con orden
que, aunque alli viessen a otros christianos,
no les dixessen sino que yo les auia mandado
esperar en aquel lugar.
  ”Hecha esta diligencia, me faltaua hazer
otra, que era la que mas me conuenia: y era la
de auisar a Zorayda en el punto que estauan
los negocios para que estuuiesse apercebida y
sobre auiso, que no se sobresaltasse, si de
improuiso la assaltassemos antes del tiempo que
ella podia imaginar que la barca de christianos
podia boluer. Y, assi, determiné de yr al
jardin y ver si podria hablarla, y, con
ocasion de coger algunas yeruas, vn dia antes de
mi partida, fuy alla, y la primera persona con
quien encontre fue con su padre, el qual me
dixo en lengua que en toda la Berueria y aun
en Costantinopla se halla entre cautiuos y
moros, que ni es morisca, ni castellana, ni de
otra nacion alguna, sino vna mezcla de todas
las lenguas, con la qual todos nos entendemos,
digo, pues, que en esta manera de lenguaje
me preguntó que qué buscaua en aquel su jardin
y de quién era. Respondile que era esclauo
de Arnaute Mami --y esto porque sabia
yo por muy cierto que era vn grandissimo
amigo suyo--, y que buscaua de todas yeruas
para hazer ensalada. Preguntome, por el
consiguiente, si era hombre de rescate o no, y que
quánto pedia mi amo por mi.
  ”Estando en todas estas preguntas y respuestas,
salio de la casa del jardin la bella Zorayda,
la qual ya auia mucho que me auia visto, y
como las moras en ninguna manera hazen melindre
de mostrarse a los christianos, ni tampoco
se esquiuan, como ya he dicho, no se le
dio nada de venir adonde su padre conmigo
estaua; antes, luego quando su padre vio que
venia y de espacio, la llamó y mandó que
llegasse. Demasiada cosa seria dezir yo agora
la mucha hermosura, la gentileza, el gallardo y
rico adorno con que mi querida Zorayda se
mostro a mis ojos; solo dire que mas perlas
pendian de su hermosissimo cuello, orejas y
cabellos, que cabellos tenia en la cabeça. En las
gargantas de los sus pies, que descubiertas a su
vsança trahia, trahia dos carcaxes --que assi
se llamauan las manillas o axorcas de los
pies en morisco-- de purissimo oro, con tantos
diamantes engastados, que ella me dixo
despues que su padre los estimaua en diez mil
doblas, y las que trahia en las muñecas de las
manos valian otro tanto. Las perlas eran en
gran cantidad y muy buenas, porque la mayor
gala y bizarria de las moras es adornarse de
ricas perlas y aljofar, y, assi, ay mas perlas y
aljofar entre moros que entre todas las demas
naciones, y el padre de Zorayda tenia fama de
tener muchas y de las mejores que en Argel
auia, y de tener assimismo mas de dozientos
mil escudos españoles, de todo lo qual era
señora esta que aora lo es mia.
  ”Si con todo este adorno podia venir entonces
hermosa, o no, por las reliquias que le han
quedado en tantos trabajos se podra conjeturar
quál deuia de ser en las prosperidades. Porque
ya se sabe que la hermosura de algunas mugeres
tiene dias y sazones, y requiere accidentes
para diminuyrse o acrecentarse, y es
natural cosa que las passiones del animo la
leuanten o abaxen, puesto que las mas vezes
la destruyen; digo, en fin, que entonces llegó
en todo estremo adereçada y en todo estremo
hermosa, o, a lo menos, a mi me parecio serlo
la mas que hasta entonces auia visto, y con
esto, viendo las obligaciones en que me auia
puesto, me parecia que tenia delante de mi
vna deidad del cielo, venida a la tierra para mi
gusto y para mi remedio.
  ”Assi como ella llegó, le dixo su padre en su
lengua como yo era cautiuo de su amigo Arnaute
Mami, y que venia a buscar ensalada. Ella
tomó la mano, y, en aquella mezcla de lenguas
que tengo dicho, me preguntó si era cauallero
y qué era la causa que no me rescataua. Yo le
respondi que ya estaua rescatado, y que en
el precio podia echar de ver en lo que mi amo
me estimaua, pues auia dado por mi mil y
quinientos çoltanis. A lo qual ella respondio:
«En verdad que si tu fueras de mi padre,
»que yo hiziera que no te diera el por otros dos
»tantos; porque vosotros, christianos, siempre
»mentis en quanto dezis, y os hazeis pobres
»por engañar a los moros.» «Bien podria ser
»esso, señora», le respondi; «mas en verdad
»que yo la he tratado con mi amo, y la trato y
»la trataré con quantas personas ay en el
»mundo.» «Y ¿quándo te vas?», dixo Zorayda.
«Mañana creo yo», dixe, «porque está aqui vn
»baxel de Francia que se haze mañana a la
»vela, y pienso yrme en el.» «¿No es mejor»,
replicó Zorayda, «esperar a que vengan baxeles
»de España y yrte con ellos, que no con los
»de Francia, que no son vuestros amigos?»
«No», respondi yo; «aunque si como ay nueuas
»que viene ya vn baxel de España es verdad,
»todauia yo le aguardaré, puesto que es mas
»cierto el partirme mañana, porque el desseo
»que tengo de verme en mi tierra y con las
»personas que bien quiero es tanto, que no me
»dexará esperar otra comodidad si se tarda,
»por mejor que sea.» «Deues de ser, sin duda,
»casado en tu tierra», dixo Zorayda, «y por esso
»desseas yr a verte con tu muger.» «No soy»,
respondi yo, «casado, mas tengo dada la
»palabra de casarme en llegando alla.» «Y ¿es
»hermosa la dama a quien se la diste?», dixo
Zorayda. «Tan hermosa es», respondi yo, «que
»para encarecella y dezirte la verdad, te
»parece a ti mucho.»
  ”Desto se riyo muy de veras su padre, y dixo:
«Guala, christiano, que deue de ser muy
»hermosa si se parece a mi hija, que es la mas
»hermosa de todo este reyno. Si no, mirala bien
»y veras como te digo verdad.» Seruianos de
interprete a las mas de estas palabras y razones
el padre de Zorayda, como mas ladino, que
aunque ella hablaua la bastarda lengua que,
como he dicho, alli se vsa, mas declaraua su
intencion por señas que por palabras.
  ”Estando en estas y otras muchas razones
llegó vn moro corriendo y dixo a grandes bozes
que por las bardas o paredes del jardin auian
saltado quatro turcos y andauan cogiendo la
fruta, aunque no estaua madura. Sobresaltose
el viejo, y lo mesmo hizo Zorayda; porque
es comun y casi natural el miedo que los moros
a los turcos tienen, especialmente a los soldados,
los quales son tan insolentes y tienen tanto
imperio sobre los moros que a ellos estan
sugetos, que los tratan peor que si fuessen
esclauos suyos. Digo, pues, que dixo su padre a
Zorayda: «Hija, retirate a la casa y encierrate en
»tanto que yo voy a hablar a estos canes, y tu,
»christiano, busca tus yeruas y vete en buen
»hora, y lleuete Ala con bien a tu tierra.» Yo me
incliné y el se fue a buscar los turcos,
dexandome solo con Zorayda, que començo a dar
muestras de yrse donde su padre la auia mandado.
Pero apenas el se encubrio con los arboles del
jardin, quando ella, boluiendose a mi, llenos
los ojos de lagrimas, me dixo: «¿Amexi,
»christiano, amexi?». Que quiere dezir: ¿Vaste,
christiano, vaste? Yo la respondi: «Señora, si, pero
»no en ninguna manera sin ti; el primero juma
»me aguarda, y no te sobresaltes quando nos
»veas; que sin duda alguna yremos a tierra de
»christianos.»
  ”Yo le dixe esto de manera que ella me
entendio muy bien a todas las razones que
entrambos passamos, y, echandome vn braço al
cuello, con desmayados passos començo a caminar
hazia la casa, y quiso la suerte, que pudiera
ser muy mala, si el cielo no lo ordenara
de otra manera, que yendo los dos de la
manera y postura que os he contado, con vn
braço al cuello, su padre, que ya boluia de
hazer yr a los turcos, nos vio de la suerte y
manera que yuamos, y nosotros vimos que el
nos auia visto; pero Zorayda, aduertida y
discreta, no quiso quitar el braço de mi cuello,
antes se llegó mas a mi y puso su cabeça
sobre mi pecho, doblando vn poco las rodillas,
dando claras señales y muestras que se
desmayaua, y yo ansimismo di a entender que la
sostenia contra mi voluntad. Su padre llegó
corriendo adonde estauamos, y, viendo a su
hija de aquella manera, le preguntó que qué
tenia; pero como ella no le respondiesse, dixo
su padre: «Sin duda alguna que con el
»sobresalto de la entrada de estos canes se ha
»desmayado»; y, quitandola del mio, la arrimó a
su pecho, y ella, dando vn suspiro y aun no
enxutos los ojos de lagrimas, boluio a dezir:
«¡Amexi, christiano, amexi!» (¡Vete, christiano,
vete!) A lo que su padre respondio: «No importa,
»hija, que el christiano se vaya, que ningun
»mal te ha hecho, y los turcos ya son ydos;
»no te sobresalte cosa alguna, pues ninguna
»ay que pueda darte pesadumbre, pues, como
»ya te he dicho, los turcos, a mi ruego, se
»boluieron por donde entraron.» «Ellos, señor, la
»sobresaltaron, como has dicho», dixe yo a su
padre; «mas pues ella dize que yo me vaya, no
»la quiero dar pesadumbre; quedate en paz, y
»con tu licencia boluere, si fuere menester,
»por yeruas a este jardin; que, segun dize mi
»amo, en ninguno las ay mejores para ensalada
»que en el.» «Todas las que quisieres podras
»boluer», respondio Aguimorato; «que mi hija
»no dize esto porque tu ni ninguno de los
»christianos la enojauan, sino que por dezir
»que los turcos se fuessen, dixo que tu te
»fuesses, o porque ya era hora que buscasses
»tus yeruas.»
  ”Con esto me despedi al punto de entrambos,
y ella, arrancandosele el alma, al parecer,
se fue con su padre. Y yo, con achaque
de buscar las yeruas, rodeé muy bien y a mi
plazer todo el jardin. Miré bien las entradas y
salidas, y la fortaleza de la casa, y la
comodidad que se podia ofrecer para facilitar todo
nuestro negocio. Hecho esto, me vine y di
quenta de quanto auia passado al renegado y
a mis compañeros. Y ya no veia la hora de
verme gozar sin sobresalto del bien que en la
hermosa y bella Zorayda la suerte me ofrecia.
  ”En fin, el tiempo se passó y se llegó el dia
y plazo de nosotros tan desseado, y, siguiendo
todos el orden y parecer que con discreta
consideracion y largo discurso muchas vezes
auiamos dado, tuuimos el buen sucesso que
desseauamos. Porque el viernes que se siguio al
dia que yo con Zorayda hablé en el jardin,
[nuestro renegado], al anochecer, dio fondo
con la barca casi frontero de donde la
hermosissima Zorayda estaua. Ya los christianos
que auian de bogar el remo estauan
preuenidos y escondidos por diuersas partes de
todos aquellos alrrededores. Todos estauan
suspensos y alboroçados aguardandome,
desseosos ya de enuestir con el baxel que a los
ojos tenian; porque ellos no sabian el
concierto del renegado, sino que pensauan que a
fuerça de braços auian de auer y ganar la
libertad, quitando la vida a los moros que
dentro de la barca estauan.
  ”Sucedio, pues, que assi como yo me mostre
y mis compañeros, todos los demas escondidos
que nos vieron se vinieron llegando a nosotros.
Esto era ya a tiempo que la ciudad estaua ya
cerrada, y por toda aquella campaña ninguna
persona parecia. Como estuuimos juntos,
dudamos si seria mejor yr primero por Zorayda,
o rendir primero a los moros vagarinos, que
bogauan el remo en la barca. Y, estando en
esta duda, llegó a nosotros nuestro renegado,
diziendonos que en qué nos deteniamos, que
ya era hora, y que todos sus moros estauan
descuydados, y los mas de ellos durmiendo.
Diximosle en lo que reparauamos, y el dixo
que lo que mas importaua era rendir primero
el baxel, que se podia hazer con grandissima
facilidad y sin peligro alguno, y que luego
podiamos yr por Zorayda. Parecionos bien a
todos lo que dezia, y, assi, sin detenernos mas,
haziendo el la guia, llegamos al baxel, y
saltando el dentro primero, metio mano a vn
alfanje y dixo en morisco: «¡Ninguno de vosotros
»se mueua de aqui, si no quiere que le cueste la
»vida!» Ya a este tiempo, auian entrado dentro
casi todos los christianos. Los moros, que eran
de poco animo, viendo hablar de aquella manera
a su arraez, quedaronse espantados, y sin
ninguno de todos ellos echar mano a las armas,
que pocas o casi ningunas tenian, se dexaron,
sin hablar alguna palabra, maniatar de
los christianos, los quales con mucha presteza
lo hizieron, amenazando a los moros que si
alçauan por alguna via o manera la voz, que
luego al punto los passarian todos a cuchillo.
  ”Hecho ya esto, quedandose en guardia
dellos la mitad de los nuestros, los que
quedauamos, haziendonos assimismo el renegado la
guia, fuymos al jardin de Aguimorato, y quiso
la buena suerte que, llegando a abrir la puerta,
se abrio con tanta facilidad como si cerrada no
estuuiera; y, assi, con gran quietud y silencio,
llegamos a la casa sin ser sentidos de nadie.
Estaua la bellissima Zorayda aguardandonos a
vna ventana, y assi como sintio gente, preguntó
con voz baxa si eramos nizarani, como
si dixera o preguntara si eramos christianos.
Yo le respondi que si, y que baxasse. Quando
ella me conocio, no se detuuo vn punto,
porque, sin responderme palabra, baxó en vn
instante, abrio la puerta y mostrose a todos tan
hermosa y ricamente vestida, que no lo acierto
a encarecer. Luego que yo la vi, le tomé
vna mano y la comence a besar, y el renegado
hizo lo mismo, y mis dos camaradas; y los
demas, que el caso no sabian, hizieron lo que
vieron que nosotros haziamos; que no parecia
sino que le dauamos las gracias y la
reconociamos por señora de nuestra libertad. El
renegado le dixo en lengua morisca si estaua
su padre en el jardin. Ella respondio que si, y
que dormia. «Pues sera menester despertalle»,
replicó el renegado, «y lleuarnosle con nosotros,
»y todo aquello que tiene de valor este
»hermoso jardin.» «No», dixo ella; «a mi padre no
»se ha de tocar en ningun modo; y en esta casa
»no ay otra cosa que lo que yo lleuo, que es
»tanto, que bien aura para que todos quedeys
»ricos y contentos; y esperaros vn poco y
»lo vereys.»
  ”Y, diziendo esto, se boluio a entrar, diziendo
que muy presto bolueria; que nos estuuiessemos
quedos, sin hazer ningun ruydo. Preguntele
al renegado lo que con ella auia passado,
el qual me lo conto, a quien yo dixe que
en ninguna cosa se auia de hazer mas de lo
que Zorayda quisiesse; la qual ya que boluia
cargada con vn cofrezillo lleno de escudos de
oro, tantos, que apenas lo podia sustentar,
quiso la mala suerte que su padre despertasse
en el interin y sintiesse el ruydo que andaua
en el jardin, y, assomandose a la ventana,
luego conocio que todos los que en el estauan
eran christianos; y, dando muchas, grandes y
desaforadas bozes, començo a dezir en arabigo:
«¡Christianos, christianos! ¡Ladrones,
»ladrones!» Por los quales gritos nos vimos todos
puestos en grandissima y temerosa confusion.
Pero el renegado, viendo el peligro en que
estauamos, y lo mucho que le importaua salir
con aquella empresa antes de ser sentido, con
grandissima presteza, subio donde Aguimorato
estaua, y juntamente con el fueron algunos de
nosotros; que yo no osé desamparar a la
Zorayda, que como desmayada se auia dexado
caer en mis braços.
  ”En resolucion, los que subieron se dieron
tan buena maña, que en vn momento baxaron
con Agimorato, trayendole atadas las manos
y puesto vn pañizuelo en la boca, que no le
dexaua hablar palabra, amenazandole que el
hablarla le auia de costar la vida. Quando
su hija le vio, se cubrio los ojos por no verle, y
su padre quedó espantado, ignorando quán de
su voluntad se auia puesto en nuestras manos.
Mas entonces siendo mas necessarios los pies,
con diligencia y presteza nos pusimos en la
barca, que ya los que en ella auian quedado
nos esperauan, temerosos de algun mal
sucesso nuestro.
  ”Apenas serian dos horas passadas de la
noche, quando ya estauamos todos en la barca,
en la qual se le quitó al padre de Zorayda la
atadura de las manos y el paño de la boca;
pero tornole a dezir el renegado que no
hablasse palabra; que le quitarian la vida. El,
como vio alli a su hija, començo a suspirar
ternissimamente, y mas quando vio que yo
estrechamente la tenia abraçada, y que ella, sin
defender, quexarse ni esquiuarse, se estaua
queda; pero, con todo esto, callaua, porque no
pusiessen en efeto las muchas amenazas que
el renegado le hazia.
  ”Viendose, pues, Zorayda ya en la barca, y
que queriamos dar los remos al agua, y viendo
alli a su padre y a los demas moros, que atados
estauan, le dixo al renegado que me dixesse
le hiziesse merced de soltar a aquellos moros
y de dar libertad a su padre, porque antes
se arrojaria en la mar que ver delante de sus
ojos, y por causa suya, lleuar cautiuo a vn
padre que tanto la auia querido. El renegado me
lo dixo, y yo respondi que era muy contento.
Pero el respondio que no convenia, a causa
que, si alli los dexauan, apellidarian luego la
tierra y alborotarian la ciudad, y serian causa
que saliessen a buscallos con algunas fragatas
ligeras, y les tomassen la tierra y la mar,
de manera, que no pudiessemos escaparnos;
que lo que se podria hazer era darles libertad
en llegando a la primera tierra de christianos.
En este parecer venimos todos, y Zorayda, a
quien se le dio cuenta, con las causas que nos
mouian a no hazer luego lo que queria, tambien
se satisfizo; y luego, con regozijado silencio
y alegre diligencia, cada vno de nuestros
valientes remeros tomó su remo, y començamos,
encomendandonos a Dios de todo coraçon,
a nauegar la buelta de las islas de Mallorca,
que es la tierra de christianos mas cerca.
  ”Pero a causa de soplar vn poco el viento
tramontana, y estar la mar algo picada, no
fue possible seguir la derrota de Mallorca, y
fuenos forçoso dexarnos yr tierra a tierra la
buelta de Oran, no sin mucha pesadumbre
nuestra, por no ser descubiertos del lugar de
Sargel, que en aquella costa cae sesenta
millas de Argel. Y assimismo temiamos encontrar
por aquel parage alguna galeota de las que de
ordinario vienen con mercancia de Tetuan,
aunque cada vno por si, y por todos juntos,
presumiamos de que si se encontraua galeota
de mercancia, como no fuesse de las que andan
en corso, que no solo no nos perderiamos,
mas que tomariamos baxel donde con mas
seguridad pudiessemos acabar nuestro viaje. Yua
Zorayda, en tanto que se nauegaua, puesta la
cabeça entre mis manos por no ver a su padre,
y sentia yo que yua llamando a Lela Marien,
que nos ayudasse.
  ”Bien auriamos nauegado treynta millas,
quando nos amanecio, como tres tiros de
arcabuz desuiados de tierra, toda la qual vimos
desierta, y sin nadie que nos descubriesse,
pero con todo esso nos fuymos, a fuerça de
braços, entrando vn poco en la mar que ya
estaua algo mas sossegada; y, auiendo entrado
casi dos leguas, diose orden que se bogasse
a quarteles en tanto que comiamos algo,
que yua bien proueyda la barca, puesto que
los que bogauan dixeron que no era aquel
tiempo de tomar reposo alguno: que les diessen
de comer los que no bogauan; que ellos no
querian soltar los remos de las manos en
manera alguna. Hizose ansi y, en esto, començo
a soplar vn viento largo que nos obligó a hazer
luego vela y a dexar el remo, y endereçar a
Oran, por no ser possible poder hazer otro
viaje. Todo se hizo con mucha presteza, y, assi,
a la vela nauegamos por mas de ocho millas
por hora, sin lleuar otro temor alguno, sino el
de encontrar con baxel que de corso fuesse.
  ”Dimos de comer a los moros vagarinos y
el renegado les consolo, diziendoles como no
yuan cautiuos: que en la primera ocasion les
darian libertad; lo mismo se le dixo al padre
de Zorayda, el qual respondio: «Qualquiera
»otra cosa pudiera yo esperar y creer de vuestra
»liberalidad y buen termino, ¡o christianos!;
»mas el darme libertad, no me tengais por
»tan simple que lo imagine; que nunca os
»pusistes vosotros al peligro de quitarmela para
»boluerla tan liberalmente, especialmente
»sabiendo quién soy yo, y el interesse que se
»os puede seguir de darmela, el qual
»interesse si le quereys poner nombre, desde aqui
»os ofrezco todo aquello que quisieredes por
»mi y por essa desdichada hija mia, o si no,
»por ella sola, que es la mayor y la mejor parte
»de mi alma.»
  ”En diziendo esto, començo a llorar tan
amargamente, que a todos nos mouio a
compassion, y forço a Zorayda que le mirasse; la
qual, viendole llorar, assi se enternecio, que se
leuantó de mis pies y fue a abraçar a su padre,
y juntando su rostro con el suyo començaron
los dos tan tierno llanto, que muchos de los
que alli yuamos le acompañamos en el; pero
quando su padre la vio adornada de fiesta y
con tantas joyas sobre si, le dixo en su lengua:
«¿Qué es esto, hija, que ayer al anochecer
»antes que nos sucediesse esta terrible
»desgracia en que nos vemos, te vi con tus
»ordinarios y caseros vestidos, y agora, sin que
»ayas tenido tiempo de vestirte, y sin auerte
»dado alguna nueua alegre de solenizalle
»con adornarte y pulirte, te veo compuesta con
»los mejores vestidos que yo supe y pude darte
»quando nos fue la ventura mas fauorable?
»Respondeme a esto, que me tiene mas suspenso
»y admirado que la misma desgracia en que
»me hallo.»
  ”Todo lo que el moro dezia a su hija nos lo
declaraua el renegado, y ella no le respondia
palabra; pero quando el vio a vn lado de la
barca el cofrezillo donde ella solia tener sus
joyas, el qual sabia el bien que le auia
dexado en Argel y no traydole al jardin, quedó
mas confuso, y preguntole que cómo aquel
cofre auia venido a nuestras manos, y qué era
lo que venia dentro. A lo qual el renegado, sin
aguardar que Zorayda le respondiesse, le
respondio: «No te canses, señor, en preguntar a
»Zorayda tu hija tantas cosas, porque con vna
»que yo te responda te satisfare a todas; y, assi,
»quiero que sepas que ella es christiana, y es
»la que ha sido la lima de nuestras cadenas y
»la libertad de nuestro cautiuerio; ella va aqui
»de su voluntad, tan contenta, a lo que yo
»imagino, de verse en este estado, como el que sale
»de las tinieblas a la luz, de la muerte a la
»vida y de la pena a la gloria.» «¿Es verdad lo
»que este dize, hija?», dixo el moro. «Assi es»,
respondio Zorayda. «¿Que en efeto», replicó el
viejo, «tu eres christiana, y la que ha puesto a
»su padre en poder de sus enemigos?» A lo
qual respondio Zorayda: «La que es christiana
»yo soy, pero no la que te ha puesto en este
»punto, porque nunca mi desseo se estendio a
»dexarte, ni a hazerte mal, sino a hazerme a
»mi bien.» «Y ¿qué bien es el que te has hecho,
»hija?» «Esso», respondio ella, «preguntaselo
»tu a Lela Marien; que ella te lo sabra dezir
»mejor que no yo.»
  ”Apenas huuo oydo esto el moro, quando,
con vna increyble presteza, se arrojó de cabeça
en la mar, donde sin ninguna duda se ahogara,
si el vestido largo y embaraçoso que traya no le
entretuuiera vn poco sobre el agua. Dio bozes
Zorayda que le sacassen, y, assi, acudimos
luego todos, y, asiendole de la almalafa, le
sacamos medio ahogado y sin sentido, de que
recibio tanta pena Zorayda, que, como si fuera
ya muerto, hazia sobre el vn tierno y doloroso
llanto. Boluimosle boca abaxo, boluió mucha
agua, tornó en si al cabo de dos horas, en las
quales, auiendose trocado el viento, nos conuino
boluer hazia tierra y hazer fuerça de remos
por no enuestir en ella; mas quiso nuestra
buena suerte que llegamos a vna cala que se
haze al lado de vn pequeño promontorio o
cabo, que de los moros es llamado el de la
Caua Rumia, que en nuestra lengua quiere
dezir la mala muger christiana; y es tradicion
entre los moros que en aquel lugar está
enterrada la Caua, por quien se perdio España;
porque caua en su lengua quiere dezir muger
mala, y rumia, christiana, y aun tienen por
mal aguero llegar alli a dar fondo quando la
necessidad les fuerça a ello, porque nunca le
dan sin ella, puesto que para nosotros no fue
abrigo de mala muger, sino puerto seguro de
nuestro remedio, segun andaua alterada la mar.
  ”Pusimos nuestras centinelas en tierra, y no
dexamos jamas los remos de la mano; comimos
de lo que el renegado auia proueydo, y rogamos
a Dios y a Nuestra Señora, de todo nuestro
coraçon, que nos ayudasse y fauoreciesse,
para que felicemente diessemos fin a tan
dichoso principio. Diose orden, a suplicacion de
Zorayda, como echassemos en tierra a su padre
y a todos los demas moros que alli atados
venian; porque no le bastaua el animo, ni lo
podian sufrir sus blandas entrañas, ver delante
de sus ojos atado a su padre y aquellos de su
tierra presos. Prometimosle de hazerlo assi al
tiempo de la partida, pues no corria peligro
el dexallos en aquel lugar, que era despoblado.
No fueron tan vanas nuestras oraciones, que no
fuessen oydas del cielo, que en nuestro fauor
luego boluio el viento, tranquilo el mar,
combidandonos a que tornassemos alegres a
proseguir nuestro començado viaje.
  ”Viendo esto, desatamos a los moros y vno
a vno los pusimos en tierra, de lo que ellos se
quedaron admirados; pero llegando a
desembarcar al padre de Zorayda, que ya estaua
en todo su acuerdo, dixo: «¿Por qué pensays,
»christianos, que esta mala hembra huelga de
»que me deys libertad? ¿Pensays que es por
»piedad que de mi tiene? No, por cierto; sino
»que lo haze por el estoruo que le dará mi
»presencia quando quiera poner en execucion
»sus malos desseos; ni penseys que la ha
»mouido a mudar religion entender ella que la
»vuestra a la nuestra se auentaja, sino el saber
»que en vuestra tierra se vsa la deshonestidad
» mas libremente que en la nuestra.» Y,
boluiendose a Zorayda, teniendole yo y otro
christiano de entrambos braços asido porque
algun desatino no hiziesse, le dixo: «¡O infame
»moça y mal aconsejada muchacha! ¿Adónde
»vas, ciega y desatinada, en poder destos
»perros, naturales enemigos nuestros? ¡Maldita
»sea la hora en que yo te engendré y malditos
»sean los regalos y deleytes en que te he
»criado!». Pero viendo yo que lleuaua termino de
no acabar tan presto, di priessa a ponelle en
tierra, y desde alli, a bozes, prosiguio en sus
maldiciones y lamentos, rogando a Mahoma
rogasse a Ala que nos destruyesse,
confundiesse y acabasse; y quando, por auernos
hecho a la vela, no podimos oyr sus palabras,
vimos sus obras, que eran arrancarse las barbas,
messarse los cabellos y arrastrarse por
el suelo; mas vna vez esforço la voz de tal
manera, que podimos entender que dezia: «¡Buelue,
»amada hija, buelue a tierra, que todo te lo
»perdono; entrega a essos hombres esse dinero
»que ya es suyo, y buelue a consolar a este
»triste padre tuyo que en esta desierta arena
»dexará la vida, si tu le dexas!»
  ”Todo lo qual escuchaua Zorayda, y todo lo
sentia y lloraua, y no supo dezirle ni respondelle
palabra, sino: «¡Plega a Ala, padre mio,
»que Lela Marien, que ha sido la causa de que
»yo sea christiana, ella te consuele en tu
»tristeza! Ala sabe bien que no pude hazer otra
»cosa de la que he hecho, y que estos
»christianos no deuen nada a mi voluntad, pues
»aunque quisiera no venir con ellos y quedarme
»en mi casa, me fuera impossible, segun
»la priessa que me daua mi alma a poner por
»obra esta que a mi me parece tan buena
»como tu, padre amado, la juzgas por mala.»
Esto dixo a tiempo que ni su padre la oya,
ni nosotros ya le veyamos; y, assi, consolando
yo a Zorayda, atendimos todos a nuestro
viaje, el qual nos le facilitaua el proprio
viento, de tal manera, que bien tuuimos por
cierto de vernos otro dia al amanecer en las
riberas de España.
  ”Mas como pocas vezes, o nunca, viene el
bien puro y senzillo, sin ser acompañado o
seguido de algun mal que le turbe o sobresalte,
quiso nuestra ventura, o quiça las maldiciones
que el moro a su hija auia echado, que
siempre se han de temer de qualquier padre que
sean, quiso, digo, que estando ya engolfados,
y siendo ya casi passadas tres horas de la
noche, yendo con la vela tendida de alto
baxa, frenillados los remos porque el
prospero viento nos quitaua del trabajo de auerlos
menester, con la luz de la luna que claramente
resplandecia, vimos cerca de nosotros vn
baxel redondo, que, con todas las velas
tendidas, lleuando vn poco a orça el timon,
delante de nosotros atrauessaua, y esto tan
cerca, que nos fue forçoso amaynar por no
enuestirle, y ellos, assimesmo, hizieron
fuerça de timon para darnos lugar que
passassemos.
  ”Auianse puesto a bordo del baxel a
preguntarnos quién eramos y adónde nauegauamos
y de dónde veniamos; pero por preguntarnos
esto en lengua francesa, dixo nuestro
renegado: «Ninguno responda, porque estos sin
»duda son cosarios franceses que hazen a toda
»ropa.» Por este aduertimiento ninguno
respondio palabra, y, auiendo passado vn poco
delante, que ya el baxel quedaua [a]
sotauento, de improuiso soltaron dos pieças de
artilleria, y, a lo que parecia, ambas venian con
cadenas, porque con vna cortaron nuestro arbol
por medio y dieron con el y con la vela en
la mar, y al momento disparando otra pieça,
vino a dar la [vala] en mitad de nuestra
barca, de modo que la abrio toda sin hazer otro
mal alguno; pero como nosotros nos vimos yr
a fondo, començamos todos a grandes bozes a
pedir socorro y a rogar a los del baxel que nos
acogiessen, porque nos anegauamos. Amaynaron
entonces, y, echando el esquife o barca a
la mar, entraron en el hasta doze franceses,
bien armados, con sus arcabuzes y cuerdas
encendidas; y assi llegaron junto al nuestro, y,
viendo quán pocos eramos, y como el baxel
se hundia, nos recogieron, diziendo que por
auer vsado de la descortesia de no respondelles
nos auia sucedido aquello.
  ”Nuestro renegado tomó el cofre de las
riquezas de Zorayda, y dio con el en la mar, sin
que ninguno echasse de ver en lo que hazia.
En resolucion, todos passamos con los franceses,
los quales, despues de auerse informado
de todo aquello que de nosotros saber quisieron,
como si fueran nuestros capitales enemigos,
nos despojaron de todo quanto teniamos,
y a Zorayda le quitaron hasta los carcaxes que
trahia en los pies. Pero no me daua a mi tanta
pesadumbre la que a Zorayda dauan, como me
la daua el temor que tenia de que auian de
passar del quitar de las riquissimas y preciosissimas
joyas al quitar de la joya que mas valia
y ella mas estimaua; pero los desseos de aquella
gente no se estienden a mas que al dinero,
y desto jamas se vee harta su codicia; lo
qual entonces llegó a tanto, que aun hasta los
vestidos de cautiuos nos quitaran si de algun
prouecho les fueran. Y huuo parecer entre ellos
de que a todos nos arrojassen a la mar
embueltos en vna vela, porque tenian intencion
de tratar en algunos puertos de España con
nombre de que eran bretones, y si nos
lleuauan viuos serian castigados, siendo
descubierto su hurto.
  ”Mas el capitan, que era el que auia
despojado a mi querida Zorayda, dixo que el se
contentaua con la presa que tenia, y que no
queria tocar en ningun puerto de España, sino
passar el estrecho de Gibraltar de noche, o
como pudiesse, y yrse a la Rochela, de
donde auia salido; y, assi, tomaron por acuerdo
de darnos el esquife de su nauio y todo lo
necessario para la corta nauegacion que nos
quedaua, como lo hizieron otro dia, ya a vista
de tierra de España, con la qual vista todas
nuestras pesadumbres y pobrezas se nos
oluidaron de todo punto, como si no huuieran
passado por nosotros: tanto es el gusto de
alcançar la libertad perdida.
  ”Cerca de medio dia podria ser quando nos
echaron en la barca, dandonos dos barriles de
agua y algun bizcocho; y el capitan, mouido no
se de qué misericordia, al embarcarse la
hermosissima Zorayda, le dio hasta quarenta
escudos de oro, y no consintio que le quitassen
sus soldados estos mesmos vestidos que
ahora tiene puestos. Entramos en el baxel,
dimosles las gracias por el bien que nos hazian
mostrandonos mas agradecidos que quexosos;
ellos se hizieron a lo largo siguiendo la derrota
del estrecho; nosotros, sin mirar a otro norte
que a la tierra que se nos mostraua delante,
nos dimos tanta priessa a bogar, que al poner
del sol estauamos tan cerca, que bien pudieramos,
a nuestro parecer, llegar antes que fuera
muy noche; pero por no parecer en aquella noche
la luna y el cielo mostrarse escuro, y por
ignorar el parage en que estauamos, no nos
parecio cosa segura enuestir en tierra, como a
muchos de nosotros les parecia, diziendo que
diessemos en ella, aunque fuesse en vnas peñas
y lexos de poblado, porque assi assegurariamos
el temor que de razon se deuia tener
que por alli anduuiessen baxeles de cosarios
de Tetuan, los quales anochecen en Berberia
y amanecen en las costas de España, y hazen
de ordinario presa, y se bueluen a dormir a sus
casas; pero de los contrarios pareceres el que
se tomó fue que nos llegassemos poco a poco
y que si el sossiego del mar lo concediesse,
desembarcassemos donde pudiessemos.
  ”Hizose assi, y poco antes de la media
noche seria quando llegamos al pie de vna
disformissima y alta montaña, no tan junto al mar
que no concediesse vn poco de espacio para
poder desembarcar comodamente; enuestimos
en la arena, salimos a tierra, besamos el
suelo, y con lagrimas de muy alegrissimo
contento dimos todos gracias a Dios, Señor
Nuestro, por el bien tan incomparable que nos
auia hecho; sacamos de la barca los
bastimentos que tenia, tiramosla en tierra, y
subimonos vn grandissimo trecho en la montaña,
porque aun alli estauamos y aun no podiamos
assegurar el pecho, ni acabauamos de creer
que era tierra de christianos la que ya nos
sostenia. Amanecio mas tarde, a mi parecer, de lo
[que] quisieramos; acabamos de subir toda
la montaña por ver si desde alli algun poblado
se descubria, o algunas cabañas de pastores,
pero aunque mas tendimos la vista, ni poblado,
ni persona, ni senda, ni camino descubrimos.
  ”Con todo esto determinamos de entrarnos
la tierra adentro, pues no podria ser menos
sino que presto descubriessemos quien nos
diesse noticia della; pero lo que a mi mas me
fatigaua era el ver yr a pie a Zorayda por
aquellas asperezas, que, puesto que alguna vez la
puse sobre mis ombros, mas le cansaua a ella
mi cansancio que la reposaua su reposo, y, assi,
nunca mas quiso que yo aquel trabajo tomasse;
y con mucha paciencia y muestras de alegria,
lleuandola yo siempre de la mano, poco menos
de vn quarto de legua deuiamos de auer andado,
quando llegó a nuestros oydos el son de
vna pequeña esquila, señal clara que por alli
cerca auia ganado, y, mirando todos con atencion
si alguno se parecia, vimos al pie de vn
alcornoque vn pastor moço, que con grande
reposo y descuydo estaua labrando vn palo con
vn cuchillo; dimos bozes, y el, alçando la
cabeça, se puso ligeramente en pie, y a lo que
despues supimos, los primeros que a la vista se
le ofrecieron fueron el renegado y Zorayda, y,
como el los vio en habito de moros, penso que
todos los de la Berberia estauan sobre el, y,
metiendose con estraña lijereza por el bosque
adelante, començo a dar los mayores gritos del
mundo, diziendo: «¡Moros, moros ay en la
»tierra; moros, moros, arma, arma!»
  ”Con estas bozes quedamos todos confusos,
y no sabiamos qué hazernos, pero considerando
que las bozes del pastor auian de alborotar
la tierra, y que la caualleria de la costa auia de
venir luego a ver lo que era, acordamos que el
renegado se desnudasse las ropas de turco y
se vistiesse vn gilequelco o casaca de cautiuo
que vno de nosotros le dio luego, aunque se
quedó en camisa; y, assi, encomendandonos a
Dios, fuymos por el mismo camino que vimos
que el pastor lleuaua, esperando siempre quándo
auia de dar sobre nosotros la caualleria de
la costa; y no nos engañó nuestro pensamiento,
porque aun no aurian passado dos horas, quando,
auiendo ya salido de aquellas malezas a vn
llano, descubrimos hasta cincuenta caualleros
que con gran ligereza, corriendo a media rienda,
a nosotros se venian, y assi como los vimos nos
estuuimos quedos aguardandolos; pero como
ellos llegaron y vieron, en lugar de los moros
que buscauan, tanto pobre christiano, quedaron
confusos, y vno dellos nos preguntó si eramos
nosotros acaso la ocasion porque vn pastor auia
apellidado al arma. «Si», dixe yo; y queriendo
començar a dezirle mi sucesso, y de dónde
veniamos, y quién eramos, vno de los christianos
que con nosotros venian conocio al ginete
que nos auia hecho la pregunta, y dixo sin
dexarme a mi dezir mas palabra: «Gracias sean
»dadas a Dios, señores, que a tan buena parte
»nos ha conduzido, porque si yo no me engaño,
»la tierra que pisamos es la de Velez Malaga, si
»ya los años de mi cautiuerio no me han quitado
»de la memoria el acordarme que vos, señor,
»que nos preguntays quién somos, soys Pedro
»de Bustamante, tio mio.»
  ”Apenas huuo dicho esto el christiano cautiuo,
quando el ginete se arrojó del cauallo y
vino a abraçar al moço, diziendole: «Sobrino
»de mi alma y de mi vida; ya te conozco, y ya
»te he llorado por muerto yo, y mi hermana tu
»madre, y todos los tuyos, que aun viuen, y
»Dios ha sido seruido de darles vida para que
»gozen el plazer de verte; ya sabiamos que
»estauas en Argel, y por las señales y muestras
»de tus vestidos y la de todos los desta
»compañia, comprehendo que aueys tenido milagrosa
»libertad.» «Assi es», respondio el moço,
«y tiempo nos quedará para contaroslo todo.»
Luego que los ginetes entendieron que eramos
christianos cautiuos, se apearon de sus
cauallos, y cada vno nos combidaua con el suyo
para lleuarnos a la ciudad de Velez Malaga,
que legua y media de alli estaua. Algunos
dellos boluieron a lleuar la barca a la ciudad,
diziendoles dónde la auiamos dexado; otros
nos subieron a las ancas, y Zorayda fue en las
del cauallo del tio del christiano.
  ”Salionos a recebir todo el pueblo, que ya
de alguno que se auia adelantado sabian la
nueua de nuestra venida. No se admirauan de
ver cautiuos libres, ni moros cautiuos, porque
toda la gente de aquella costa está hecha a ver
a los vnos y a los otros, pero admirauanse de
la hermosura de Zorayda, la qual en aquel
instante y sazon estaua en su punto, ansi con el
cansancio del camino como con la alegria de
verse ya en tierra de christianos, sin sobresalto
de perderse, y esto le auia sacado al rostro
tales colores, que si no es que la aficion
entonces me engañaua, osaré dezir que mas
hermosa criatura no auia en el mundo; a lo
menos, que yo la huuiesse visto.
  ”Fuymos derechos a la iglesia a dar gracias
a Dios por la merced recebida, y assi como en
ella entró Zorayda, dixo que alli auia rostros
que se parecian a los de Lela Marien; diximosle
que eran imagines suyas, y, como mejor se
pudo, le dio el renegado a entender lo que
significauan, para que ella las adorasse como si
verdaderamente fueran cada vna dellas la
misma Lela Marien que la auia hablado; ella,
que tiene buen entendimiento y vn natural facil
y claro, entendio luego quanto acerca de las
imagenes se le dixo. Desde alli nos lleuaron y
repartieron a todos en diferentes casas del
pueblo, pero al renegado, Zorayda y a mi nos
lleuó el christiano que vino con nosotros, y
en casa de sus padres, que medianamente eran
acomodados de los bienes de fortuna, y nos
regalaron con tanto amor como a su mismo
hijo.
  ”Seys dias estuuimos en Velez, al cabo de
los quales el renegado, hecha su informacion
de quanto le conuenia, se fue a la ciudad de
Granada a reduzirse por medio de la Santa
Inquisicion al gremio santissimo de la Iglesia;
los demas christianos libertados se fueron cada
vno donde mejor le parecio; solos quedamos
Zorayda y yo con solos los escudos que la
cortesia del frances le dio a Zorayda, de los
quales compré este animal en que ella viene; y,
siruiendola yo hasta agora de padre y
escudero, y no de esposo, vamos con intencion de
ver si mi padre es viuo, o si alguno de mis
hermanos ha tenido mas prospera ventura que la
mia, puesto que por auerme hecho el cielo
compañero de Zorayda, me parece que ninguna
otra suerte me pudiera venir, por buena que
fuera, que mas la estimara. La paciencia con
que Zorayda lleua las incomodidades que la
pobreza trae consigo y el desseo que muestra
tener de verse ya christiana es tanto y tal,
que me admira y me mueue a seruirla todo el
tiempo de mi vida; puesto que el gusto que
tengo de verme suyo y de que ella sea mia me
le turba y deshaze no saber si hallaré en mi
tierra algun rincon donde recogella, y si auran
hecho el tiempo y la muerte tal mudança en la
hazienda y vida de mi padre y hermanos, que
apenas halle quien me conozca, si ellos faltan.
  ”No tengo mas, señores, que deziros de mi
historia, la qual si es agradable y peregrina,
juzguenlo vuestros buenos entendimientos; que
de mi se dezir que quisiera auerosla contado
mas breuemente, puesto que el temor de
enfadaros mas de quatro circustancias me ha
quitado de la lengua.”

                 Capitulo XLII

  Que trata de lo que mas sucedio en la venta
  y de otras muchas cosas dignas de saberse.

  Calló en diziendo esto el cautiuo, a quien
don Fernando dixo:
  “Por cierto, señor capitan, el modo con que
aueys contado este estraño sucesso ha sido
tal, que yguala a la nouedad y estrañeza del
mesmo caso. Todo es peregrino y raro y
lleno de accidentes que marauillan y suspenden
a quien los oye. Y es de tal manera el gusto
que hemos recebido en escuchalle que, aunque
nos hallara el dia de mañana entretenidos en
el mesmo cuento, holgaramos que de nueuo
se començara.”
  Y, en diziendo esto, [Cardenio] y todos los
demas se le ofrecieron con todo lo a ellos
possible para seruirle, con palabras y razones tan
amorosas y tan verdaderas, que el capitan se
tuuo por bien satisfecho de sus voluntades.
Especialmente le ofrecio don Fernando que si
queria boluerse con el, que el haria que el
marques, su hermano, fuesse padrino del
bautismo de Zorayda, y que el, por su parte, le
acomodaria de manera, que pudiesse entrar
en su tierra con el autoridad y comodo que a
su persona se deuia. Todo lo agradecio
cortesissimamente el cautiuo, pero no quiso acetar
ninguno de sus liberales ofrecimientos.
  En esto llegaua ya la noche, y al cerrar
della, llegó a la venta vn coche, con algunos
hombres de a cauallo; pidieron posada; a
quien la ventera respondio que no auia en
toda la venta vn palmo desocupado.
  “Pues aunque esso sea”, dixo vno de los de
a cauallo que auian entrado, “no ha de faltar
para el señor oydor que aqui viene.”
  A este nombre se turbó la guespeda,
y dixo:
  “Señor, lo que en ello ay es que no tengo
camas; si es que su merced del señor oydor la
trae, que si deue de traer, entre en buen hora;
que yo y mi marido nos saldremos de nuestro
aposento, por acomodar a su merced.”
  “Sea en buen hora”, dixo el escudero.
  Pero a este tiempo ya auia salido del coche
vn hombre que, en el traje, mostro luego el
oficio y cargo que tenia, porque la ropa
luenga, con las mangas arrocadas, que vestia,
mostraron ser oydor, como su criado auia dicho.
Trahia de la mano a vna donzella, al parecer
de hasta diez y seys años, vestida de camino,
tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda, que a
todos puso en admiracion su vista, de suerte,
que a no auer visto a Dorotea y a Luscinda y
Zorayda, que en la venta estauan, creyeran
que otra tal hermosura como la desta donzella
dificilmente pudiera hallarse. Hallose don Quixote
al entrar del oydor y de la donzella, y assi
como le vio, dixo:
  “Seguramente puede vuestra merced entrar
y espaciarse en este castillo; que aunque es
estrecho y mal acomodado, no ay estrecheza ni
incomodidad en el mundo que no de lugar a
las armas y a las letras, y mas si las armas y
letras traen por guia y adalid a la fermosura,
como la traen las letras de vuestra merced en
esta fermosa donzella, a quien deuen no solo
abrirse y manifestarse los castillos, sino
apartarse los riscos, y deuidirse y abaxarse las
montañas, para dalle acogida. Entre vuestra
merced, digo, en este parayso: que aqui hallará
estrellas y soles que acompañen el cielo que
vuestra merced trae consigo. Aqui hallará las
armas en su punto y la hermosura en su
estremo.”
  Admirado quedó el oydor del razonamiento
de don Quixote, a quien se puso a mirar muy
de proposito. Y no menos le admiraua su talle
que sus palabras, y, sin hallar ningunas con que
respondelle, se tornó a admirar de nueuo quando
vio delante de si a Luscinda, Dorotea
y a Zorayda, que, a las nueuas de los nueuos
guespedes y a las que la ventera les auia
dado de la hermosura de la donzella, auian
venido a verla y a recebirla. Pero don Fernando,
Cardenio y el cura le hizieron mas llanos y
mas cortesanos ofrecimientos. En efecto, el señor
oydor entró confuso, assi de lo que veya
como de lo que escuchaua, y las hermosas
de la venta dieron la bienllegada a la hermosa
donzella.
  En resolucion, bien echó de ver el oydor que
era gente principal toda la que alli estaua. Pero
el talle, visage y la apostura de don Quixote
le desatinaua; y, auiendo passado entre todos
corteses ofrecimientos y tanteado la comodidad
de la venta, se ordenó lo que antes estaua
ordenado: que todas las mugeres se entrassen en el
camaranchon ya referido, y que los hombres
se quedassen fuera, como en su guarda. Y,
assi, fue contento el oydor que su hija, que era
la donzella, se fuesse con aquellas señoras, lo
que ella hizo de muy buena gana. Y con parte
de la estrecha cama del ventero, y con la mitad
de la que el oydor trahia, se acomodaron
aquella noche mejor de lo que pensauan.
  El cautiuo, que desde el punto que vio al
oydor, le dio saltos el coraçon y barruntos de
que aquel era su hermano, preguntó a vno de
los criados que con el venian que cómo se llamaua
y si sabia de qué tierra era. El criado le
respondio que se llamaua el licenciado Iuan
Perez de Viedma, y que auia oydo dezir que
era de vn lugar de las montañas de Leon. Con
esta relacion, y con lo que el auia visto, se
acabó de confirmar de que aquel era su hermano,
que auia seguido las letras por consejo de su
padre. Y alborotado y contento, llamando aparte
a don Fernando, a Cardenio y al cura, les
conto lo que passaua, certificandoles que aquel
oydor era su hermano. Auiale dicho tambien el
criado como yua proueydo por oydor a las
Indias, en la Audiencia de Mexico. Supo tambien
como aquella donzella era su hija, de cuyo parto
auia muerto su madre, y que el auia quedado
muy rico con el dote que con la hija se le quedó
en casa. Pidioles consejo qué modo tendria
para descubrirse, o para conocer primero si,
despues de descubierto, su hermano, por verle
pobre, se afrentaua, o le recebia con buenas
entrañas.
  “Dexeseme a mi el hazer essa experiencia”,
dixo el cura, “quanto mas que no ay pensar
sino que vos, señor capitan, sereys muy bien
recebido, porque el valor y prudencia que en
su buen parecer descubre vuestro hermano no
da indicios de ser arrogante, ni desconocido, ni
que no ha de saber poner los casos de la
fortuna en su punto.”
  “Con todo esso”, dixo el capitan, “yo querria,
no de improuiso, sino por rodeos, darmele a
conocer.”
  “Ya os digo”, respondio el cura, “que yo lo
traçaré de modo que todos quedemos
satisfechos.”
  Ya, en esto, estaua adereçada la cena, y todos
se sentaron a la mesa, eceto el cautiuo y las
señoras, que cenaron de por si en su aposento.
En la mitad de la cena, dixo el cura:
  “Del mesmo nombre de vuestra merced,
señor oydor, tuue yo vna camarada en
Costantinopla, donde estuue cautiuo algunos años.
La qual camarada era vno de los valientes
soldados y capitanes que auia en toda la
infanteria española. Pero tanto quanto
tenia de esforçado y valeroso tenia de
desdichado.”
  “Y ¿cómo se llamaua esse capitan, señor
mio?”, preguntó el oydor.
  “Llamauase”, respondio el cura, “Ruyperez
de Viedma, y era natural de vn lugar de las
montañas de Leon. El qual me conto vn caso
que [a] su padre con sus hermanos le auia
sucedido, que, a no contarmelo vn hombre tan
verdadero como el, lo tuuiera por conseja, de
aquellas que las viejas cuentan el inuierno al
fuego. Porque me dixo que su padre auia diuidido
su hazienda entre tres hijos que tenia, y les
auia dado ciertos consejos, mejores que los de
Caton. Y se yo dezir que el que el escogio de
venir a la guerra le auia sucedido tan bien, que
en pocos años, por su valor y esfuerço, sin otro
braço que el de su mucha virtud, subio a ser
capitan de infanteria, y a verse en camino y
predicamento de ser presto maestre de campo.
Pero fuele la fortuna contraria, pues donde la
pudiera esperar y tener buena, alli la perdio
con perder la libertad, en la felicissima jornada
donde tantos la cobraron, que fue en la batalla
de Lepanto. Yo la perdi en la Goleta, y
despues, por diferentes sucessos, nos hallamos
camaradas en Costantinopla. Desde alli
vino a Argel, donde se que le sucedio vno de
los mas estraños casos que en el mundo han
sucedido.”
  De aqui fue prosiguiendo el cura, y con
breuedad sucinta conto lo que con Zorayda a su
hermano auia sucedido. A todo lo qual estaua
tan atento el oydor, que ninguna vez auia sido
tan oydor como entonces. Solo llegó el cura al
punto de quando los franceses despojaron a
los christianos que en la barca venian, y la
pobreza y necessidad en que su camarada y la
hermosa mora auian quedado, de los quales no
auia sabido en qué auian parado, ni si auian
llegado a España, o lleuadolos los franceses a
Francia. Todo lo que el cura dezia estaua
escuchando algo de alli desuiado el capitan, y
notaua todos los mouimientos que su hermano
hazia. El qual, viendo que ya el cura auia llegado
al fin de su cuento, dando vn grande suspiro
y llenandosele los ojos de agua, dixo:
  “¡O, señor, si supiessedes las nueuas que
me aueys contado, y cómo me tocan tan en
parte, que me es forçoso dar muestras dello
con estas lagrimas que, contra toda mi
discrecion y recato, me salen por los ojos! Esse
capitan tan valeroso que dezis es mi mayor
hermano, el qual, como mas fuerte y de mas altos
pensamientos que yo ni otro hermano menor
mio, escogio el honroso y digno exercicio de
la guerra, que fue vno de los tres caminos que
nuestro padre nos propuso, segun os dixo vuestra
camarada en la conseja que, a vuestro parecer,
le oystes. Yo segui el de las letras, en las
quales Dios y mi diligencia me han puesto en
el grado que me veys. Mi menor hermano está
en el Piru, tan rico, que con lo que ha embiado
a mi padre y a mi ha satisfecho bien la parte
que el se lleuó, y aun dado a las manos de mi
padre con que poder hartar su liberalidad
natural. Y yo, ansimesmo, he podido con mas
decencia y autoridad tratarme en mis estudios
y llegar al puesto en que me veo. Viue aun mi
padre, muriendo con el desseo de saber de
su hijo mayor, y pide a Dios con continuas
oraciones no cierre la muerte sus ojos hasta que
el vea con vida a los de su hijo. Del qual me
marauillo, siendo tan discreto, como en tantos
trabajos y afliciones o prosperos sucessos se
aya descuydado de dar noticia de si a su padre;
que si el lo supiera, o alguno de nosotros, no
tuuiera necessidad de aguardar al milagro de la
caña para alcançar su rescate. Pero de lo que
yo agora me temo es de pensar si aquellos
franceses le auran dado libertad, o le auran
muerto por encubrir su hurto. Esto todo sera
que yo prosiga mi viage, no con aquel contento
con que le comence, sino con toda melancolia
y tristeza. ¡O buen hermano mio, y quién
supiera agora donde estauas; que yo te fuera
a buscar y a librar de tus trabajos, aunque
fuera a costa de los mios! ¡O, quién lleuara
nueuas a nuestro viejo padre de que tenias
vida, aunque estuuieras en las mazmorras mas
escondidas de Berberia; que de alli te sacaran
sus riquezas, las de mi hermano y las mias!
¡O Zorayda hermosa y liberal, quién pudiera
pagar el bien que a vn hermano hiziste;
quién pudiera hallarse al renacer de tu alma,
y a las bodas, que tanto gusto a todos nos
dieran!”
  Estas y otras semejantes palabras dezia el
oydor, lleno de tanta compassion con las
nueuas que de su hermano le auian dado, que
todos los que le oyan le acompañauan en dar
muestras del sentimiento que tenian de su
lastima. Viendo, pues, el cura, que tan bien auia
salido con su intencion, y con lo que desseaua
el capitan, no quiso tenerlos a todos mas tiempo
tristes, y, assi, se leuantó de la mesa, y
entrando donde estaua Zorayda, la tomó por la
mano, y tras ella se vinieron Luscinda, Dorotea
y la hija del oydor. Estaua esperando el capitan
a ver lo que el cura queria hazer, que fue
que, tomandole a el assimesmo de la otra
mano, con entrambos a dos, se fue donde el
oydor y los demas caualleros estauan, y dixo:
  “Cessen, señor oydor, vuestras lagrimas, y
colmese vuestro desseo de todo el bien que
acertare a dessearse, pues teneys delante a
vuestro buen hermano, y a vuestra buena cuñada;
este que aqui veys es el capitan Viedma,
y esta la hermosa mora que tanto bien le hizo.
Los franceses que os dixe los pusieron en la
estrecheza que veys, para que vos mostreys la
liberalidad de vuestro buen pecho.”
  Acudio el capitan a abraçar a su hermano,
y el le puso ambas manos en los pechos,
por mirarle algo mas apartado; mas quando le
acabó de conocer, le abraçó tan estrechamente,
derramando tan tiernas lagrimas de contento,
que los mas de los que presentes estauan le
vuieron de acompañar en ellas. Las palabras
que entrambos hermanos se dixeron, los
sentimientos que mostraron, apenas creo que
pueden pensarse, quanto mas escriuirse. Alli, en
breues razones, se dieron cuenta de sus
sucessos; alli mostraron, puesta en su punto, la
buena amistad de dos hermanos; alli abraçó el
oydor a Zorayda; alli la ofrecio su hazienda;
alli hizo que la abraçasse su hija; alli la
christiana hermosa y la mora hermosissima
renouaron las lagrimas de todos.
  Alli don Quixote estaua atento sin hablar
palabra, considerando estos tan estraños
sucessos, atribuyendolos todos a quimeras de la
andante caualleria. Alli concertaron que el
capitan y Zorayda se boluiessen con su hermano
a Seuilla, y auisassen a su padre de su
hallazgo y libertad, para que, como pudiesse,
viniesse a hallarse en las bodas y bautismo
de Zorayda, por no le ser al oydor possible
dexar el camino que lleuaua, a causa de tener
nueuas que de alli a vn mes partia flota
de Seuilla a la Nueua España, y fuerale de
grande incomodidad perder el viage.
  En resolucion, todos quedaron contentos y
alegres del buen sucesso del cautiuo, y como
ya la noche yua casi en las dos partes de su
jornada, acordaron de recogerse y reposar lo
que de ella les quedaua. Don Quixote se ofrecio
a hazer la guardia del castillo, porque de
algun gigante o otro mal andante follon no
fuessen acometidos, codiciosos del gran tesoro
de hermosura que en aquel castillo se encerraua.
Agradecieronselo los que le conocian, y
dieron al oydor cuenta del humor estraño de
don Quixote, de que no poco gusto recibio.
  Solo Sancho Pança se desesperaua con la
tardança del recogimiento, y solo el se acomodó
mejor que todos, echandose sobre los aparejos
de su jumento, que le costaron tan caros
como adelante se dira.
  Recogidas, pues, las damas en su estancia, y
los demas acomodadose como menos mal
pudieron, don Quixote se salio fuera de la venta
a hazer la centinela del castillo, como lo auia
prometido. Sucedio, pues, que faltando poco
por venir el alua, llegó a los oydos de las
damas vna voz tan entonada y tan buena, que
les obligó a que todas le prestassen atento
oydo, especialmente Dorotea, que despierta
estaua, a cuyo lado dormia doña Clara de
Viedma, que ansi se llamaua la hija del oydor.
Nadie podia imaginar quién era la persona que
tan bien cantaua, y era vna voz sola, sin que la
acompañasse instrumento alguno. Vnas vezes
les parecia que cantauan en el patio, otras que
en la caualleriza. Y, estando en esta confusion
muy atentas, llegó a la puerta del aposento
Cardenio, y dixo:
  “Quien no duerme, escuche; que oyran vna
voz de vn moço de mulas, que de tal manera
canta, que encanta.”
  “Ya lo oymos, señor”, respondio Dorotea.
  Y con esto se fue Cardenio, y Dorotea,
poniendo toda la atencion possible, entendio que
lo que se cantaua era esto:

                [Capitulo XLIII

Donde se quenta la agradable historia del
  moço de mulas, con otros estraños acaecimientos
  en la venta sucedidos.]

           Marinero soy de amor,
         y en su pielago profundo
         nauego sin esperança
         de llegar a puerto alguno.
           Siguiendo voy a vna estrella
         que desde lexos descubro,
         mas bella y resplandeciente
         que quantas vio Palinuro.
           Yo no se adónde me guia,
         y, asi, nauego confuso,
         el alma a mirarla atenta,
         cuydadosa y con descuydo.
           Recatos impertinentes,
         honestidad contra el vso,
         son nuues que me la encubren
         quando mas verla procuro.
           ¡O clara y luziente estrella,
         en cuya lumbre me apuro!,
         al punto que te me encubras,
         sera de mi muerte el punto.

  Llegando el que cantaua a este punto, le
parecio a Dorotea que no seria bien que dexasse
Clara de oyr vna tan buena voz, y, assi,
mouiendola a vna y a otra parte, la desperto,
diziendole:
  “Perdoname, niña, que te despierto, pues lo
hago porque gustes de oyr la mejor voz que
quiça auras oydo en toda tu vida.”
  Clara desperto toda soñolienta, y de la
primera vez no entendio lo que Dorotea le dezia,
y, boluiendoselo a preguntar ella, se lo boluio
a dezir, por lo qual estuuo atenta Clara. Pero
apenas vuo oydo dos versos, que el que
cantaua yua prosiguiendo, quando le tomó vn
temblor tan estraño, como si de algun graue
accidente de quartana estuuiera enferma, y,
abraçandose estrechamente con Dorotea, le
dixo:
  “¡Ay, señora de mi alma y de mi vida! ¿Para
qué me despertastes?; que el mayor bien que la
fortuna me podia hazer por aora era tenerme
cerrados los ojos y los oydos, para no ver ni
oyr a esse desdichado musico.”
  “¿Qué es lo que dizes, niña? Mira que dizen
que el que canta es vn moço de mulas.”
  “No es sino señor de lugares”, respondio
Clara, “y el que le tiene en mi alma, con tanta
seguridad, que si el no quiere dexalle, no le
sera quitado eternamente.”
  Admirada quedó Dorotea de las sentidas
razones de la muchacha, pareciendole que se
auentajauan en mucho a la discrecion que sus
pocos años prometian. Y, assi, le dixo:
  “Hablays de modo, señora Clara, que no
puedo entenderos; declaraos mas, y dezidme
qué es lo que dezis de alma y de lugares y
deste musico, cuya voz tan inquieta os tiene.
Pero no me digays nada por ahora; que no
quiero perder, por acudir a vuestro sobresalto,
el gusto que recibo de oyr al que canta: que
me parece que con nueuos versos y nueuo
tono torna a su canto.”
  “Sea en buen hora”, respondio Clara.
  Y, por no oylle, se tapó con las manos
entrambos oydos, de lo que tambien se admiró
Dorotea; la qual, estando atenta a lo que se
cantaua, vio que proseguian en esta manera:

       Dvlce esperança mia,
     que, rompiendo impossibles y malezas,
     sigues firme la via
     que tu mesma te finges y adereças,
     no te desmaye el verte
     a cada passo junto al de tu muerte.
       No alcançan perezosos
     honrados triunfos, ni vitoria alguna,
     ni pueden ser dichosos
     los que, no contrastando a la fortuna,
     entregan, desualidos
     al ocio blando todos los sentidos.
       Que amor sus glorias venda
     caras, es gran razon y es trato justo;
     pues no ay mas rica prenda
     que la que se quilata por su gusto,
     y es cosa manifiesta
     que no es de estima lo que poco cuesta.
       Amorosas porfias
     tal vez alcançan impossibles cosas,
     y ansi, aunque con las mias
     sigo de amor las mas dificultosas,
     no por esso rezelo
     de no alcançar desde la tierra el cielo.

  Aqui dio fin la voz, y principio a nueuos
solloços Clara. Todo lo qual encendia el desseo
de Dorotea, que desseaua saber la causa de
tan suaue canto y de tan triste lloro. Y, assi, le
boluio a preguntar qué era lo que le queria
dezir denantes. Entonces Clara, temerosa de
que Luscinda no la oyesse, abraçando
estrechamente a Dorotea, puso su boca tan junto
del oydo de Dorotea, que seguramente podia
hablar sin ser de otro sentida. Y, assi, le
dixo:
  “Este que canta, señora mia, es vn hijo de
vn cauallero, natural del reyno de Aragon, señor
de dos lugares, el qual viuia frontero de la
casa de mi padre, en la corte. Y aunque mi
padre tenia las ventanas de su casa con lienços
en el inuierno y zelosias en el verano, yo
no se lo que fue, ni lo que no, que este
cauallero, que andaua al estudio, me vio, ni se si
en la yglesia o en otra parte. Finalmente, el se
enamoró de mi, y me lo dio a entender desde
las ventanas de su casa, con tantas señas y con
tantas lagrimas, que yo le huue de creer, y aun
querer, sin saber lo que me queria. Entre las
señas que me hazia, era vna de juntarse la vna
mano con la otra, dandome a entender que se
casaria conmigo, y aunque yo me holgaria
mucho de que ansi fuera, como sola y sin madre,
no sabia con quién comunicallo, y, assi, lo
dexé estar, sin dalle otro fabor, si no era,
quando estaua mi padre fuera de casa y el suyo
tambien, alçar vn poco el lienço, o la zelosia,
y dexarme ver toda, de lo que el hazia tanta
fiesta, que daua señales de boluerse loco.
  ”Llegose en esto el tiempo de la partida de
mi padre, la qual el supo, y no de mi, pues
nunca pude dezirselo. Cayó malo, a lo que yo
entiendo, de pesadumbre, y, assi, el dia que nos
partimos nunca pude verle para despedirme
del, siquiera con los ojos. Pero a cabo de dos
dias que caminauamos, al entrar de vna posada
en vn lugar vna jornada de aqui, le vi a la
puerta del meson, puesto en abito de moço de
mulas, tan al natural, que si yo no le truxera
tan retratado en mi alma, fuera impossible
conocelle. Conocile, admireme y alegreme; el me
miró a hurto de mi padre, de quien el siempre
se esconde quando atrauiessa por delante de
mi en los caminos y en las posadas do llegamos.
Y, como yo se quién es, y considero que
por amor de mi viene a pie y con tanto
trabajo, muerome de pesadumbre, y adonde el
pone los pies, pongo yo los ojos. No se con
qué intencion viene, ni cómo ha podido escaparse
de su padre, que le quiere extraordinariamente,
porque no tiene otro heredero y porque
el lo merece, como lo vera vuestra merced
quando le vea. Y, mas le se dezir, que todo
aquello que canta lo saca de su cabeça; que
he oydo dezir que es muy gran estudiante
y poeta. Y ay mas: que cada vez que le veo o
le oygo cantar, tiemblo toda y me sobresalto,
temerosa de que mi padre le conozca y venga
en conocimiento de nuestros desseos. En mi
vida le he hablado palabra, y con todo esso le
quiero de manera, que no he de poder viuir sin
el. Esto es, señora mia, todo lo que os puedo dezir
deste musico, cuya voz tanto os ha contentado,
que en sola ella echareys bien de ver que
no es moço de mulas, como dezis, sino señor
de almas y lugares, como yo os he dicho.”
  “No digays mas, señora doña Clara”, dixo a
esta sazon Dorotea, y esto, besandola mil
vezes. “No digays mas, digo, y esperad que
venga el nueuo dia; que yo espero en Dios de
encaminar de manera vuestros negocios, que
tengan el felize fin que tan honestos
principios merecen.”
  “¡Ay, señora!”, dixo doña Clara, “¿qué fin
se
puede esperar, si su padre es tan principal y
tan rico que le parecera que aun yo no puedo
ser criada de su hijo, quanto mas esposa? Pues
casarme yo a hurto de mi padre, no lo hare por
quanto ay en el mundo. No querria sino que
este moço se boluiesse y me dexasse; quiça
con no velle y con la gran distancia del
camino que lleuamos se me aliuiaria la pena que
aora lleuo; aunque se dezir que este remedio
que me imagino me ha de aprouechar bien
poco; no se qué diablos ha sido esto, ni por
dónde se ha entrado este amor que le tengo,
siendo yo tan muchacha y el tan muchacho,
que en verdad que creo que somos de vna
edad mesma, y que yo no tengo cumplidos
diez y seys años; que para el dia de San Miguel
que vendra dize mi padre que los cumplo.”
  No pudo dexar de reyrse Dorotea oyendo
quán como niña hablaua doña Clara, a quien
dixo:
  “Reposemos, señora, lo poco que creo queda
de la noche, y amanecera Dios y medraremos,
o mal me andaran las manos.”
  Sossegaronse con esto, y en toda la venta
se guardaua vn grande silencio; solamente no
dormian la hija de la ventera, y Maritornes su
criada. Las quales como ya sabian el humor
de que pecaua don Quixote, y que estaua fuera
de la venta, armado y a cauallo, haziendo la
guarda, determinaron las dos de hazelle alguna
burla, o, a lo menos, de passar vn poco el
tiempo oyendole sus disparates.
  Es, pues, el caso, que en toda la venta no
auia ventana que saliesse al campo, sino vn
agujero de vn pajar, por donde echauan la paja
por de fuera. A este agujero se pusieron las dos
semidonzellas, y vieron que don Quixote estaua
a cauallo, recostado sobre su lançon, dando de
quando en quando tan dolientes y profundos
suspiros, que parecia que con cada vno se le
arrancaua el alma. Y, assimesmo, oyeron
que dezia con voz blanda, regalada y amorosa:
  “¡O mi señora Dulzinea del Toboso, estremo
de toda hermosura, fin y remate de la discrecion,
archiuo del mejor donayre, deposito de la
honestidad, y, vltimadamente, idea de todo lo
prouechoso, honesto y deleytable que ay en
el mundo! Y ¿qué fará agora la tu merced? ¿Si
tendras, por ventura, las mientes en tu cautiuo
cauallero, que a tantos peligros por solo
seruirte de su voluntad ha querido ponerse?
Dame tu nueuas della, ¡o luminaria de las tres
caras!; quiça con embidia de la suya la estás
aora mirando, que, o passeandose por
alguna galeria de sus suntuosos palacios, o ya
puesta de pechos sobre algun valcon, está
considerando cómo, salua su honestidad y grandeza,
ha de amansar la tormenta que por ella este
mi cuytado coraçon padece, qué gloria ha de
dar a mis penas, qué sossiego a mi cuydado, y,
finalmente, qué vida a mi muerte y qué premio
a mis seruicios. Y tu, sol, que ya deues
de estar apriessa ensillando tus cauallos por
madrugar y salir a ver a mi señora, assi como
la veas, suplicote que de mi parte la saludes;
pero guardate que al verla y saludarla no le
des paz en el rostro; que tendre mas zelos de
ti que tu los tuuiste de aquella ligera ingrata
que tanto te hizo sudar y correr por los llanos
de Tesalia, o por las riberas de Peneo; que
no me acuerdo bien por dónde corriste
entonces, zeloso y enamorado.”
  A este punto llegaua entonces don Quixote
en su tan lastimero razonamiento, quando la
hija de la ventera le començo a cecear, y a
dezirle:
  “Señor mio, lleguese aca la vuestra merced,
si es seruido.”
  A cuyas señas y voz boluio don Quixote la
cabeça, y vio a la luz de la luna, que entonces
estaua en toda su claridad, como le llamauan
del agujero que a el le parecio ventana, y aun
con rejas doradas, como conuiene que las
tengan tan ricos castillos como el se imaginaua
que era aquella venta; y luego en el instante
se le representó en su loca imaginacion que
otra vez, como la passada, la donzella fermosa,
hija de la señora de aquel castillo, vencida de
su amor, tornaua a solicitarle; y, con este
pensamiento, por no mostrarse descortes y
desagradecido, boluio las riendas a Rozinante y
se llegó al agujero, y assi como vio a las dos
moças, dixo:
  “Lastima os tengo, fermosa señora, de que
ayades puesto vuestras amorosas mientes en
parte donde no es possible corresponderos
conforme merece vuestro gran valor y gentileza;
de lo que no deueys dar culpa a este miserable
andante cauallero, a quien tiene amor
impossibilitado de poder entregar su voluntad
a otra que aquella que en el punto que sus
ojos la vieron, la hizo señora absoluta de su
alma. Perdonadme, buena señora, y recogeos
en vuestro aposento, y no querays con
significarme mas vuestros desseos que yo me
muestre mas desagradecido; y si del amor que me
teneys hallays en mi otra cosa con que
satisfazeros que el mismo amor no sea, pedidmela;
que yo os juro por aquella ausente enemiga
dulce mia, de darosla encontinente, si bien me
pidiessedes vna guedeja de los cabellos de
Medusa, que eran todos culebras, o ya los
mesmos rayos del sol, encerrados en vna
redoma.”
  “No ha menester nada desso mi señora, señor
cauallero”, dixo a este punto Maritornes.
  “Pues ¿qué ha menester, discreta dueña,
vuestra señora?”, respondio don Quixote.
  “Sola vna de vuestras hermosas manos”,
dixo Maritornes, “por poder deshogar con
ella el gran desseo que a este agujero la ha
traydo, tan a peligro de su honor, que si su
señor padre la huuiera sentido, la menor
tajada della fuera la oreja.”
  “Ya quisiera yo ver esso”, respondio don
Quixote; “pero el se guardará bien desso, si
ya no quiere hazer el mas desastrado fin que
padre hizo en el mundo, por auer puesto las
manos en los delicados miembros de su
enamorada hija.”
  Pareciole a Maritornes que sin duda don
Quixote daria la mano que le auian pedido,
y, proponiendo en su pensamiento lo que
auia de hazer, se baxó del agujero y se fue
a la caualleriza, donde tomó el cabestro
del jumento de Sancho Pança, y con mucha
presteza se boluio a su agujero, a tiempo que
don Quixote se auia puesto de pies sobre la
silla de Rozinante, por alcançar a la ventana
enrejada donde se imaginaua estar la ferida
donzella; y al darle la mano, dixo:
  “Tomad, señora, essa mano, o por mejor
dezir, esse verdugo de los malhechores del
mundo; tomad essa mano, digo, a quien no ha
tocado otra de muger alguna, ni aun la de
aquella que tiene entera possession de todo
mi cuerpo. No os la doy para que la beseys,
sino para que mireys la contestura de sus
neruios, la trauazon de sus musculos, la anchura
y espaciosidad de sus venas; de donde sacareys
qué tal deue de ser la fuerça del braço
que tal mano tiene.”
  “Aora lo veremos”, dixo Maritornes.
  Y, haziendo vna lazada corrediza al cabestro,
se la echó a la muñeca, y, baxandose del
agujero, ató lo que quedaua al cerrojo de la
puerta del pajar muy fuertemente. Don Quixote,
que sintio la aspereza del cordel en su
muñeca, dixo:
  “Mas parece que vuestra merced me ralla
que no que me regala la mano; no la trateys
tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que
mi voluntad os haze, ni es bien que en tan poca
parte vengueys el todo de vuestro enojo; mirad
que quien quiere bien no se venga tan mal.”
  Pero todas estas razones de don Quixote ya
no las escuchaua nadie, porque assi como Maritornes
le ató, ella y la otra se fueron, muertas
de risa, y le dexaron asido de manera, que fue
impossible soltarse. Estaua, pues, como se ha
dicho, de pies sobre Rozinante, metido todo el
braço por el agujero, y atado de la muñeca y
al cerrojo de la puerta, con grandissimo temor
y cuydado que si Rozinante se desuiaua a vn
cabo o a otro, auia de quedar colgado del braço;
y, assi, no osaua hazer mouimiento alguno,
puesto que de la paciencia y quietud de
Rozinante bien se podia esperar que estaria sin
mouerse vn siglo entero.
  En resolucion, viendose don Quixote atado,
y que ya las damas se auian ydo, se dio a
imaginar que todo aquello se hazia por via de
encantamento, como la vez passada, quando en
aquel mesmo castillo le molio aquel moro
encantado del harriero, y maldezia entre si su
poca discrecion y discurso, pues auiendo salido
tan mal la vez primera de aquel castillo, se
auia auenturado a entrar en el la segunda,
siendo aduertimiento de caualleros andantes
que, quando han prouado vna auentura y no
salido bien con ella, es señal que no está
para ellos guardada, sino para otros, y, assi,
no tienen necessidad de prouarla segunda vez.
Con todo esto, tiraua de su braço por ver si
podia soltarse, mas el estaua tan bien asido,
que todas sus prueuas fueron en vano. Bien es
verdad que tiraua con tiento, porque Rozinante
no se mouiesse, y aunque el quisiera sentarse
y ponerse en la silla, no podia sino estar en
pie, o arrancarse la mano.
  Alli fue el dessear de la espada de Amadis,
contra quien no tenia fuerça encantamento alguno;
alli fue el maldezir de su fortuna; alli
fue el exagerar la falta que haria en el mundo
su presencia el tiempo que alli estuuiesse
encantado, que sin duda alguna se auia creydo
que lo estaua; alli el acordarse de nueuo de
su querida Dulzinea del Toboso; alli fue el
llamar a su buen escudero Sancho Pança, que,
sepultado en sueño, y tendido sobre el albarda
de su jumento, no se acordaua en aquel instante
de la madre que lo auia parido; alli llamó
a los sabios Lirgandeo y Alquife, que le
ayudassen; alli inuocó a su buena amiga Vrganda,
que le socorriesse, y, finalmente, alli le
tomó la mañana, tan desesperado y confuso,
que bramaua como vn toro; porque no esperaua
el que con el dia se remediaria su cuyta,
porque la tenia por eterna, teniendose por
encantado. Y haziale creer esto ver que Rozinante
poco ni mucho se mouia, y creia que de aquella
suerte, sin comer, ni beuer, ni dormir, auian
de estar el y su cauallo hasta que aquel mal
influxo de las estrellas se passasse, o hasta que
otro mas sabio encantador le desencantasse.
  Pero engañose mucho en su creencia, porque
apenas començo a amanecer, quando llegaron
a la venta quatro hombres de a cauallo,
muy bien puestos y adereçados, con sus escopetas
sobre los arzones. Llamaron a la puerta
de la venta, que aun estaua cerrada, con grandes
golpes, lo qual visto por don Quixote desde
donde aun no dexaua de hazer la centinela,
con voz arrogante y alta, dixo:
  “Caualleros, o escuderos, o quienquiera que
seays, no teneys para qué llamar a las puertas
deste castillo; que asaz de claro está que a
tales horas, o los que estan dentro duermen, o
no tienen por costumbre de abrirse las fortalezas
hasta que el sol esté tendido por todo el
suelo; desuiaos a fuera, y esperad que aclare el
dia, y entonces veremos si sera justo o no que
os abran.”
  “¿Qué diablos de fortaleza o castillo es este”,
dixo vno, “para obligarnos a guardar estas
ceremonias? Si soys el ventero, mandad que nos
abran; que somos caminantes que no queremos
mas de dar ceuada a nuestras caualgaduras y
passar adelante, porque vamos de priessa.”
  “¿Pareceos, caualleros, que tengo yo talle de
ventero?”, respondio don Quixote.
  “No se de qué teneys talle”, respondio el
otro, “pero se que dezis disparates en llamar
castillo a esta venta.”
  “Castillo es”, replicó don Quixote, “y aun de
los mejores de toda esta prouincia; y gente
tiene dentro que ha tenido cetro en la mano y
corona en la cabeça.”
  “Mejor fuera al reues”, dixo el caminante:
“el cetro en la cabeça y la corona en la mano,
y sera, si a mano viene, que deue de estar
dentro alguna compañia de representantes, de
los quales es tener a menudo essas coronas y
cetros que dezis, porque en vna venta tan
pequeña, y adonde se guarda tanto silencio como
esta, no creo yo que se alojan personas dignas
de corona y cetro.”
  “Sabeys poco del mundo”, replicó don
Quixote, “pues ignorays los casos que suelen
acontecer en la caualleria andante.”
  Cansauanse los compañeros que con el
preguntante venian del coloquio que con don
Quixote passaua, y, assi, tornaron a llamar con
grande furia, y fue de modo, que el ventero
desperto, y aun todos quantos en la venta estauan,
y assi, se leuantó a preguntar quién llamaua.
  Sucedio en este tiempo que vna de las
caualgaduras en que venian los quatro que llamauan
se llegó a oler a Rozinante, que, melancolico
y triste, con las orejas caydas, sostenia
sin mouerse a su estirado señor; y como, en fin,
era de carne, aunque parecia de leño, no pudo
dexar de resentirse y tornar a oler a quien le
llegaua a hazer caricias, y, assi, no se huuo
mouido tanto quanto, quando se desuiaron los
juntos pies de don Quixote, y, resbalando de
la silla, dieran con el en el suelo a no quedar
colgado del braço, cosa que le causó tanto
dolor, que creyó, o que la muñeca le cortauan,
o que el braço se le arrancaua, porque el
quedó tan cerca del suelo, que con los estremos
de las puntas de los pies besaua la tierra, que
era en su perjuyzio, porque como sentia lo
poco que le faltaua para poner las plantas en
la tierra, fatigauase y estirauase quanto podia
por alcançar al suelo, bien assi como los que
estan en el tormento de la garrucha puestos a
toca, no toca, que ellos mesmos son causa
de acrecentar su dolor con el ahinco que ponen
en estirarse, engañados de la esperança que se
les representa, que con poco mas que se
estiren llegarán al suelo.

                 Capitulo XLIV

   Donde se prosiguen los inauditos sucessos
                 de la venta.

  En efeto, fueron tantas las vozes que don
Quixote dio, que, abriendo de presto las puertas
de la venta, salio el ventero, despauorido, a
ver quién tales gritos daua, y los que estauan
fuera hizieron lo mesmo. Maritornes, que
ya auia despertado a las mismas vozes, imaginando
lo que podia ser, se fue al pajar y desató,
sin que nadie lo viesse, el cabestro que a
don Quixote sostenia, y el dio luego en el suelo,
a vista del ventero y de los caminantes, que,
llegandose a el, le preguntaron qué tenia, que
tales vozes daua. El, sin responder palabra, se
quitó el cordel de la muñeca, y, leuantandose
en pie, subio sobre Rozinante, embraçó su
adarga, enristró su lançon, y, tomando buena
parte del campo, boluio a medio galope,
diziendo:
  “Qualquiera que dixere que yo he sido con
justo titulo encantado, como mi señora la
princessa Micomicona me de licencia para ello, yo
le desmiento, le rieto y desafio a singular
batalla.”
  Admirados se quedaron los nueuos caminantes
de las palabras de don Quixote, pero el
ventero les quitó de aquella admiracion,
diziendoles que era don Quixote, y que no auia que
hazer caso del, porque estaua fuera de juyzio.
Preguntaronle al ventero si acaso auia llegado
a aquella venta vn muchacho de hasta edad
de quinze años, que venia vestido como moço
de mulas, de tales y tales señas, dando las
mesmas que trahia el amante de doña Clara.
El ventero respondio que auia tanta gente en
la venta, que no auia echado de ver en el que
preguntauan. Pero auiendo visto vno dellos el
coche donde auia venido el oydor, dixo:
  “Aqui deue de estar, sin duda, porque este
es el coche que el dizen que sigue; quedese
vno de nosotros a la puerta, y entren los demas
a buscarle, y aun seria bien que vno de
nosotros rodeasse toda la venta, porque no se
fuesse por las bardas de los corrales.”
  “Assi se hara”, respondio vno dellos.
  Y, entrandose los dos dentro, vno se quedó
a la puerta y el otro se fue a rodear la venta,
todo lo qual veia el ventero, y no sabia
atinar para qué se hazian aquellas diligencias,
puesto que bien creyo que buscauan aquel
moço, cuyas señas le auian dado. Ya a esta
sazon aclaraua el dia, y assi por esto, como por
el ruydo que don Quixote auia hecho, estauan
todos despiertos y se leuantauan, especialmente
doña Clara y Dorotea, que, la vna con
sobresalto de tener tan cerca a su amante, y la otra
con el desseo de verle, auian podido dormir
bien mal aquella noche.
  Don Quixote, que vio que ninguno de los
quatro caminantes hazia caso del, ni le respondian
a su demanda, moria y rabiaua de despecho
y saña, y si el hallara en las ordenanças
de su caualleria que licitamente podia el
cauallero andante tomar y emprender otra empresa,
auiendo dado su palabra y fe de no ponerse
en ninguna hasta acabar la que auia prometido,
el enuistiera con todos y les hiziera
responder, mal de su grado. Pero por parecerle no
conuenirle ni estarle bien començar nueua
empresa hasta poner a Micomicona en su reyno,
huuo de callar y estarse quedo, esperando
a ver en qué parauan las diligencias de
aquellos caminantes, vno de los quales halló al
mancebo que buscaua durmiendo al lado de
vn moço de mulas, bien descuydado de que
nadie ni le buscasse, ni menos de que le
hallasse. El hombre le trauó del braço y le dixo:
  “Por cierto, señor don Luys, que responde
bien a quien vos soys el habito que teneys, y
que dize bien la cama en que os hallo al regalo
con que vuestra madre os crió.”
  Limpiose el moço los soñolientos ojos, y
miró de espacio al que le tenia asido, y luego
conocio que era criado de su padre, de que
recibio tal sobresalto, que no acerto o no pudo
hablarle palabra por vn buen espacio, y el
criado prosiguio, diziendo:
  “Aqui no ay que hazer otra cosa, señor don
Luys, sino prestar paciencia y dar la buelta a
casa, si ya vuestra merced no gusta que su
padre y mi señor la de al otro mundo, porque
no se puede esperar otra cosa de la pena con
que queda por vuestra ausencia.”
  “Pues ¿cómo supo mi padre”, dixo don Luys,
“que yo venia este camino y en este traje?”
  “Vn estudiante”, respondio el criado, “a
quien distes cuenta de vuestros pensamientos,
fue el que lo descubrio, mouido a lastima, de
las que vio que hazia vuestro padre al punto
que os echó menos; y, assi, despachó a quatro
de sus criados en vuestra busca, y todos estamos
aqui a vuestro seruicio, mas contentos de
lo que imaginar se puede por el buen despacho
con que tornaremos, lleuandoos a los ojos que
tanto os quieren.”
  “Esso sera como yo quisiere, o como el cielo
lo ordenare”, respondio don Luys.
  “¿Qué aueys de querer, o qué ha de ordenar
el cielo, fuera de consentir en bolueros,
porque no ha de ser possible otra cosa?”
  Todas estas razones que entre los dos
passauan oyó el moço de mulas, junto a quien
don Luys estaua, y, leuantandose de alli, fue a
dezir lo que passaua a don Fernando y a
Cardenio y a los demas, que ya vestido se auian;
a los quales dixo como aquel hombre llamaua
de don a aquel muchacho, y las razones que
passauan, y como le queria boluer a casa de su
padre, y el moço no queria; y con esto, y con
lo que del sabian, de la buena voz que el cielo
le auia dado, vinieron todos en gran desseo de
saber mas particularmente quién era, y aun de
ayudarle, si alguna fuerça le quisiessen hazer;
y, assi, se fueron hazia la parte donde aun
estaua hablando y porfiando con su criado.
  Salia en esto Dorotea de su aposento, y
tras ella doña Clara toda turbada; y, llamando
Dorotea a Cardenio aparte, le conto en breues
razones la historia del musico y de doña Clara,
a quien el tambien dixo lo que passaua de la
venida a buscarle los criados de su padre, y no
se lo dixo tan callando, que lo dexasse de oyr
Clara; de lo que quedó tan fuera de si, que si
Dorotea no llegara a tenerla, diera consigo en
el suelo. Cardenio dixo a Dorotea que se
boluiessen al aposento, que el procuraria poner
remedio en todo, y ellas lo hizieron.
  Ya estauan todos los quatro que venian a
buscar a don Luys dentro de la venta, y rodeados
del, persuadiendole que luego, sin detenerse
vn punto, boluiesse a consolar a su padre.
El respondio que en ninguna manera lo podia
hazer hasta dar fin a vn negocio en que le yua
la vida, la honra y el alma. Apretaronle entonces
los criados, diziendole que en ningun modo
boluerian sin el, y que le lleuarian, quisiesse o
no quisiesse.
  “Esso no hareys vosotros”, replicó don
Luys, “si no es lleuandome muerto, aunque
de qualquiera manera que me lleueys, sera
lleuarme sin vida.”
  Ya a esta sazon auian acudido a la porfia
todos los mas que en la venta estauan,
especialmente Cardenio, don Fernando, sus
camaradas, el oydor, el cura, el barbero y don
Quixote, que ya le parecio que no auia necessidad
de guardar mas el castillo. Cardenio, como ya
sabia la historia del moço, preguntó a los que
lleuarle querian, que qué les mouia a querer
lleuar contra su voluntad [a] aquel
muchacho.
  “Mueuenos”, respondio vno de los quatro,
“dar la vida a su padre, que por la ausencia
deste cauallero queda a peligro de perderla.”
  A esto dixo don Luys:
  “No ay para qué se de cuenta aqui de mis
cosas; yo soy libre y boluere si me diere
gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de
hazer fuerça.”
  “Harasela a vuestra merced la razon”,
respondio el hombre, “y quando ella no bastare
con vuestra merced, bastará con nosotros para
hazer a lo que venimos y lo que somos
obligados.”
  “Sepamos que es esto de rayz”, dixo a este
tiempo el oydor.
  Pero el hombre que lo conocio, como vezino
de su casa, respondio:
  “¿No conoce vuestra merced, señor oydor, a
este cauallero, que es el hijo de su vezino, el
qual se ha ausentado de casa de su padre, en
el habito tan indecente a su calidad, como
vuestra merced puede ver?”
  Mirole entonces el oydor mas atentamente,
y conociole, y abraçandole, dixo:
  “¿Qué niñerias son estas, señor don Luys,
o qué causas tan poderosas, que os ayan
mouido a venir desta manera, y en este trage,
que dize tan mal con la calidad vuestra?”
  Al moço se le vinieron las lagrimas a los
ojos, y no pudo responder palabra. El
oydor dixo a los quatro que se sossegassen,
que todo se haria bien, y, tomando por la
mano a don Luys, le apartó a vna parte, y
le preguntó qué venida auia sido aquella.
  Y en tanto que le hazia esta y otras
preguntas, oyeron grandes vozes a la puerta de la
venta, y era la causa dellas que dos huespedes,
que aquella noche auian alojado en ella,
viendo a toda la gente ocupada en saber lo
que los quatro buscauan, auian intentado a yrse
sin pagar lo que deuian; mas el ventero, que
atendia mas a su negocio que a los agenos, les
asio al salir de la puerta y pidio su paga, y les
afeó su mala intencion con tales palabras, que
les mouio a que le respondiessen con los puños;
y, assi, le començaron a dar tal mano, que
el pobre ventero tuuo necessidad de dar vozes
y pedir socorro. La ventera y su hija no vieron
a otro mas desocupado para poder socorrerle
que a don Quixote, a quien la hija de la
ventera dixo:
  “Socorra vuestra merced, señor cauallero,
por la virtud que Dios le dio, a mi pobre padre;
que dos malos hombres le estan moliendo como
a cibera.”
  A lo qual respondio don Quixote muy de
espacio y con mucha flema:
  “Fermosa donzella, no ha lugar por aora
vuestra peticion, porque estoy impedido de
entremeterme en otra auentura en tanto que no
diere cima a vna en que mi palabra me ha
puesto; mas lo que yo podre hazer por seruiros,
es lo que aora diré: corred y dezid a vuestro
padre que se entretenga en essa batalla lo
mejor que pudiere y que no se dexe vencer en
ningun modo, en tanto que yo pido licencia a
la princessa Micomicona para poder socorrerle
en su cuyta; que si ella me la da, tened por
cierto que yo le sacaré della.”
  “Pecadora de mi”, dixo a esto Maritornes,
que estaua delante, “primero que vuestra merced
alcance essa licencia que dize, estará ya mi
señor en el otro mundo.”
  “Dadme vos, señora, que yo alcance la
licencia que digo”, respondio don Quixote; “que
como yo la tenga, poco hara al caso que el esté
en el otro mundo, que de alli le sacaré, a pesar
del mismo mundo que lo contradiga; o, por lo
menos, os dare tal vengança de los que alla le
huuieren embiado, que quedeys mas que
medianamente satisfechas.”
  Y, sin dezir mas, se fue a poner de hinojos
ante Dorotea, pidiendole, con palabras cauallerescas
y andantescas, que la su grandeza fuesse
seruida de darle licencia de acorrer y socorrer
al castellano de aquel castillo, que estaua
puesto en vna graue mengua. La princessa se la dio
de buen talante, y el luego, embraçando su
adarga y poniendo mano a su espada, acudio
a la puerta de la venta, adonde aun todauia
trahian los dos huespedes a mal traer al ventero;
pero assi como llegó, embraço y se estuuo
quedo, aunque Maritornes y la ventera le
dezian que en qué se detenia; que socorriesse a
su señor y marido.
  “Detengome”, dixo don Quixote, “porque no
me es licito poner mano a la espada contra
gente escuderil; pero llamadme aqui a mi
escudero Sancho; que a el toca y atañe esta
defensa y vengança.”
  Esto passaua en la puerta de la venta, y en
ella andauan las puñadas y moxicones muy en
su punto, todo en daño del ventero y en rabia
de Maritornes, la ventera y su hija, que se
desesperauan de ver la cobardia de don Quixote,
y de lo mal que lo passaua su marido, señor y
padre.
  Pero dexemosle aqui, que no faltará quien
le socorra; o si no, sufra y calle el que se
atreue a mas de a lo que sus fuerças le prometen,
y boluamonos atras cincuenta passos a ver
qué fue lo que don Luys respondio al oydor;
que le dexamos aparte preguntandole la causa
de su venida a pie, y de tan vil trage vestido.
A lo qual el moço, asiendole fuertemente de
las manos, como en señal de que algun gran
dolor le apretaua el coraçon, y, derramando
lagrimas en grande abundancia, le dixo:
  “Señor mio, yo no se deziros otra cosa sino
que desde el punto que quiso el cielo y facilitó
nuestra vezindad que yo viesse a mi señora
doña Clara, hija vuestra y señora mia, desde
aquel instante la hize dueño de mi voluntad;
y si la vuestra, verdadero señor y padre mío,
no lo impide, en este mesmo dia ha de ser
mi esposa. Por ella dexé la casa de mi padre,
y por ella me puse en este trage para seguirla
donde quiera que fuesse, como la saeta al
blanco, o como el marinero al norte. Ella no
sabe de mis desseos mas de lo que ha podido
entender de algunas vezes que desde lexos ha
visto llorar mis ojos. Ya, señor, sabeys la
riqueza y la nobleza de mis padres, y como yo soy
su vnico heredero; si os parece que estas son
partes para que os auentureys a hazerme en
todo venturoso, recebidme luego por vuestro
hijo; que si mi padre, lleuado de otros
disignios suyos, no gustare deste bien que yo
supe buscarme, mas fuerça tiene el tiempo para
deshazer y mudar las cosas que las humanas
voluntades.”
  Calló en diziendo esto el enamorado mancebo,
y el oydor quedó en oyrle suspenso, confuso
y admirado, assi de auer oydo el modo y
la discrecion con que don Luys le auia
descubierto su pensamiento, como de verse en punto
que no sabia el que poder tomar en tan
repentino y no esperado negocio; y, assi, no
respondio otra cosa sino que se sossegasse por
entonces, y entretuuiesse a sus criados, que por
aquel dia no le boluiessen, porque se tuuiesse
tiempo para considerar lo que mejor a todos
estuuiesse. Besole las manos por fuerça don
Luys, y aun se las bañó con lagrimas, cosa que
pudiera enternecer vn coraçon de marmol, no
solo el del oydor, que, como discreto, ya auia
conocido quán bien le estaua a su hija aquel
matrimonio; puesto que, si fuera possible, lo
quisiera efetuar con voluntad del padre de
don Luys, del qual sabia que pretendia hazer
de titulo a su hijo.
  Ya a esta sazon estauan en paz los huespedes
con el ventero, pues por persuasion y buenas
razones de don Quixote, mas que por amenazas,
le auian pagado todo lo que el quiso, y
los criados de don Luys aguardauan el fin de
la platica del oydor y la resolucion de su amo,
quando el demonio, que no duerme, ordenó
que en aquel mesmo punto entró en la
venta el barbero a quien don Quixote quitó el
yelmo de Mambrino, y Sancho Pança los aparejos
del asno, que troco con los del suyo; el
qual barbero, lleuando su jumento a la
caualleriza, vio a Sancho Pança que estaua
adereçando no se qué de la albarda, y assi como la
vio, la conocio, y se atreuio a arremeter a
Sancho, diziendo:
  “¡A, don ladron, que aqui os tengo! Venga
mi vazia y mi albarda, con todos mis aparejos
que me robastes.”
  Sancho, que se vio acometer tan de improuiso
y oyo los vituperios que le dezian, con la
vna mano asio de la albarda, y con la otra dio
vn moxicon al barbero, que le bañó los dientes
en sangre; pero no por esto dexó el barbero la
presa que tenia hecha en el albarda, antes
alçó la voz de tal manera, que todos los de la
venta acudieron al ruydo y pendencia; y dezia:
  “¡Aqui del rey y de la justicia; que sobre
cobrar mi hazienda me quiere matar este ladron,
salteador de caminos!”
  “¡Mentis”, respondio Sancho; “que yo no soy
salteador de caminos; que en buena guerra
ganó mi señor don Quixote estos despojos!”
  Ya estaua don Quixote delante, con mucho
contento de ver quán bien se defendia y ofendia
su escudero, y tuuole desde alli adelante
por hombre de pro, y propuso en su coraçon
de armalle cauallero en la primera ocasion
que se le ofreciesse, por parecerle que seria
en el bien empleada la orden de la caualleria.
Entre otras cosas que el barbero dezia en el
discurso de la pendencia, vino a dezir:
  “Señores: assi esta albarda es mia como la
muerte que deuo a Dios; y assi la conozco
como si la huuiera parido, y ahi está mi asno
en el establo, que no me dexará mentir; si no,
prueuensela, y si no le viniere pintiparada, yo
quedaré por infame; y ay mas: que el mismo
dia que ella se me quitó, me quitaron tambien
vna bazia de açofar nueua que no se auia
estrenado, que era señora de vn escudo.”
  Aqui no se pudo contener don Quixote sin
responder, y, poniendose entre los dos, y
apartandoles, depositando la albarda en el suelo,
que la tuuiesse de manifiesto hasta que la
verdad se aclarasse, dixo:
  “¡Porque vean vuestras mercedes clara y
manifiestamente el error en que está este buen
escudero, pues llama bazia a lo que fue, es y
sera yelmo de Mambrino, el qual se le quité
yo en buena guerra, y me hize señor del con
ligitima y licita possession! En lo del albarda
no me entremeto; que lo que en ello sabre
dezir es que mi escudero Sancho me pidio
licencia para quitar los jaezes del cauallo deste
vencido couarde, y con ellos adornar el suyo;
yo se la di y el los tomó, y de auerse conuertido
de jaez en albarda no sabre dar otra razon
si no es la ordinaria: que como essas
transformaciones se ven en los sucessos de la
caualleria; para confirmacion de lo qual, corre,
Sancho hijo, y saca aqui el yelmo que este
buen hombre dize ser bazia.”
  “¡Pardiez, señor!”, dixo Sancho, “si no
tenemos otra prueua de nuestra intencion que la
que vuestra merced dize, tan bazia es el yelmo
de Malino como el jaez deste buen hombre
albarda.”
  “Haz lo que te mando”, replicó don Quixote;
“que no todas las cosas deste castillo han de
ser guiadas por encantamento.”
  Sancho fue a do estaua la bazia y la truxo,
y assi como don Quixote la vio, la tomó en las
manos y dixo:
  “Miren vuestras mercedes con qué cara podia
dezir este escudero que esta es bazia, y no
el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden
de caualleria que professo, que este yelmo fue
el mismo que yo le quité, sin auer añadido en
el ni quitado cosa alguna.”
  “En esso no ay duda”, dixo a esta sazon
Sancho; “porque desde que mi señor le ganó
hasta agora no a hecho con el mas de vna batalla,
quando libró a los sin ventura encadenados,
y si no fuera por este vaziyelmo, no lo
passara entonces muy bien, porque huuo asaz
de pedradas en aquel trance.”

                 Capitulo XLV

Donde se acaba de aueriguar la duda del
  yelmo de Mambrino y de la albarda, y otras
  auenturas sucedidas, con toda verdad.

  “¿Qvé les parece a vuestras mercedes, señores”,
dixo el barbero, “de lo que afirman estos
gentiles hombres, pues aun porfian que esta
no es bazia, sino yelmo?”
  “Y quien lo contrario dixere”, dixo don
Quixote, “le hare yo conocer que miente, si fuere
cauallero, y si escudero, que remiente mil
vezes.”
  Nuestro barbero, que a todo estaua presente,
como tenia tan bien conocido el humor de don
Quixote, quiso esforçar su desatino y lleuar
adelante la burla, para que todos riessen, y
dixo hablando con el otro barbero:
  “Señor barbero, o quien soys, sabed que yo
tambien soy de vuestro oficio, y tengo mas ha
de veynte años carta de examen, y conozco
muy bien de todos los instrumentos de la
barberia, sin que le falte vno; y ni mas ni menos
fuy vn tiempo en mi mocedad soldado, y se
tambien qué es yelmo, y qué es morrion y celada
de encaxe, y otras cosas tocantes a la milicia,
digo, a los generos de armas de los soldados;
y digo, saluo mejor parecer, remitiendome
siempre al mejor entendimiento, que esta pieça
que está aqui delante, y que este buen señor
tiene en las manos, no solo no es bazia de
barbero, pero está tan lexos de serlo, como está
lexos lo blanco de lo negro y la verdad de la
mentira; tambien digo que este, aunque es
yelmo, no es yelmo entero.”
  “No, por cierto”, dixo don Quixote, “porque
le falta la mitad, que es la babera.”
  “Assi es”, dixo el cura, que ya auia
entendido la intencion de su amigo el barbero.
  Y lo mismo confirmó Cardenio, don Fernando
y sus camaradas; y aun el oydor, si no
estuuiera tan pensatiuo con el negocio de don
Luys, ayudara por su parte a la burla; pero las
veras de lo que pensaua le tenian tan suspenso,
que poco o nada atendia a aquellos donayres.
  “¡Valame Dios!”, dixo a esta sazon el barbero
burlado. “¿Que es possible que tanta gente
honrada diga que esta no es bazia, sino yelmo?
Cosa parece esta que puede poner en admiracion
a toda vna Vniuersidad, por discreta que
sea. Basta; si es que esta bazia es yelmo,
tambien deue de ser esta albarda jaez de cauallo,
como este señor ha dicho.”
  “A mi albarda me parece”, dixo don
Quixote; “pero ya he dicho que en esso no me
entremeto.”
  “De que sea albarda o jaez”, dixo el cura,
“no está en mas de dezirlo el señor don Quixote;
que en estas cosas de la caualleria todos
estos señores y yo le damos la ventaja.”
  “Por Dios, señores mios”, dixo don Quixote,
“que son tantas y tan estrañas las cosas que en
este castillo, en dos vezes que en el he alojado,
me han sucedido, que no me atreua a dezir
afirmatiuamente ninguna cosa de lo que acerca
de lo que en el se contiene se preguntare,
porque imagino que quanto en el se trata va
por via de encantamento. La primera vez me
fatigó mucho vn moro encantado que en el ay,
y a Sancho no le fue muy bien con otros sus
sequaces, y anoche estuue colgado deste braço
casi dos horas, sin saber cómo ni cómo no, vine
a caer en aquella desgracia. Assi que ponerme
yo agora en cosa de tanta confusion a dar mi
parecer, sera caer en juizio temerario. En lo
que toca a lo que dizen que esta es bazia y no
yelmo, ya yo tengo respondido; pero en lo de
declarar si essa es albarda o jaez, no me atreuo
a dar sentencia difinitiua; solo lo dexo al
buen parecer de vuestras mercedes. Quiça por
no ser armados caualleros, como yo lo soy, no
tendran que ver con vuestras mercedes los
encantamentos deste lugar, y tendran los
entendimientos libres, y podran juzgar de las cosas
deste castillo como ellas son real y
verdaderamente, y no como a mi me parecian.”
  “No ay duda”, respondio a esto don Fernando,
“sino que el señor don Quixote ha dicho
muy bien oy, que a nosotros toca la
difinicion deste caso, y porque vaya con mas
fundamento, yo tomaré en secreto los votos destos
señores, y de lo que resultare, dare entera y
clara noticia.”
  Para aquellos que la tenian del humor de
don Quixote, era todo esto materia de grandissima
risa; pero para los que le ignorauan les
parecia el mayor disparate del mundo,
especialmente a los quatro criados de don Luis, y
a don Luis ni mas ni menos, y a otros tres
passageros que acaso auian llegado a la venta,
que tenian parecer de ser quadrilleros, como,
en efeto, lo eran. Pero el que mas se desesperaua
era el barbero, cuya bazia alli delante de
sus ojos se le auia buelto en yelmo de
Mambrino, y cuya albarda pensaua sin duda
alguna que se le auia de boluer en jaez rico de
cauallo, y los vnos y los otros se reyan de ver
cómo andaua don Fernando tomando los votos
de vnos en otros, hablandolos al oydo, para
que en secreto declarassen si era albarda o jaez
aquella joya, sobre quien tanto se auia
peleado. Y despues que huuo tomado los votos de
aquellos que a don Quixote conocian, dixo en
alta voz:
  “El caso es, buen hombre, que ya yo estoy
cansado de tomar tantos pareceres, porque veo
que a ninguno pregunto lo que desseo saber,
que no me diga que es disparate el dezir que
esta sea albarda de jumento, sino jaez de
cauallo, y aun de cauallo castizo, y, assi, aureis
de tener paciencia, porque, a vuestro pesar y al
de vuestro asno, este es jaez y no albarda, y
vos aueis alegado y prouado muy mal de
vuestra parte.”
  “No la tenga yo en el cielo”, dixo el
sobrebarbero, “si todos vuestras mercedes no se
engañan, y que assi parezca mi anima ante
Dios, como ella me parece a mi albarda y no
jaez; pero alla van leyes, etc., y no digo mas;
y en verdad que no estoy borracho: que no me
he desayunado si de pecar no.”
  No menos causauan risa las necedades que
dezia el barbero que los disparates de don
Quixote, el qual a esta sazon dixo:
  “Aqui no ay mas que hazer, sino que cada
vno tome lo que es suyo, y a quien Dios se la
dio, San Pedro se la bendiga.”
  Vno de los quatro dixo:
  “Si ya no es que esto sea burla pensada, no
me puedo persuadir que hombres de tan buen
entendimiento como son, o parecen todos los
que aqui estan, se atreuan a dezir y afirmar
que esta no es bazia, ni aquella albarda; mas
como veo que lo afirman y lo dizen, me doy
a entender que no carece de misterio el
porfiar vna cosa tan contraria de lo que nos
muestra la misma verdad y la misma
experiencia. Porque, ¡voto a tal! --y arrojole
redondo--, que no me den a mi a entender
quantos oy viuen en el mundo al reues de
que esta no sea bazia de barbero, y esta
albarda de asno.”
  “Bien podria ser de borrica”, dixo el cura.
  “Tanto monta”, dixo el criado; “que el caso
no consiste en esso, sino en si es o no es
albarda, como vuestras mercedes dizen.”
  Oyendo esto vno de los quadrilleros que
auian entrado, que auia oydo la pendencia y
quistion, lleno de colera y de enfado dixo:
  “Tan albarda es como mi padre, y el que
otra cosa ha dicho o dixere deue de estar
hecho vua.”
  “¡Mentis como vellaco villano!”, respondio
don Quixote.
  Y, alçando el lançon, que nunca le dexaua
de las manos, le yua a descargar tal golpe
sobre la cabeça, que a no desuiarse el quadrillero,
se le dexara alli tendido; el lançon se
hizo pedaços en el suelo, y los demas
quadrilleros, que vieron tratar mal a su compañero,
alçaron la voz pidiendo fauor a la Santa
Hermandad. El ventero, que era de la quadrilla,
entró al punto por su varilla y por su espada, y
se puso al lado de sus compañeros. Los criados
de don Luis rodearon a don Luis, porque
con el alboroto no se les fuesse. El barbero,
viendo la casa rebuelta, tornó a asir de su
albarda, y lo mismo hizo Sancho. Don Quixote
puso mano a su espada y arremetio a los
quadrilleros; don Luis daua vozes a sus criados
que le dexassen a el, y acorriessen a don
Quixote y a Cardenio y a don Fernando, que
todos fauorecian a don Quixote. El cura daua
vozes, la ventera gritaua, su hija se afligia,
Maritornes lloraua, Dorotea estaua confusa,
Luscinda, suspensa y doña Clara, desmayada;
el barbero aporreaua a Sancho, Sancho molia
al barbero; don Luis, a quien vn criado suyo
se atreuio a asirle del braço porque no se
fuesse, le dio vna puñada que le bañó los
dientes en sangre; el oydor le defendia; don
Fernando tenia debaxo de sus pies a vn
quadrillero, midiendole el cuerpo con ellos muy a
su sabor. El ventero tornó a reforçar la voz
pidiendo fauor a la Santa Hermandad; de
modo que toda la venta era llantos, vozes,
gritos, confusiones, temores, sobresaltos,
desgracias, cuchilladas, moxicones, palos, coces y
efusion de sangre; y en la mitad deste caos,
maquina y laberinto de cosas, se le representó
en la memoria de don Quixote que se veya
metido de hoz y de coz en la discordia del
campo de Agramante; y, assi, dixo con voz
que atronaua la venta:
  “¡Tenganse todos; todos embaynen; todos se
sossieguen; oyganme todos, si todos quieren
quedar con vida!”
  A cuya gran voz todos se pararon, y el
prosiguio, diziendo:
  “¿No os dixe yo, señores, que este castillo
era encantado y que alguna region de
demonios deue de habitar en el? En confirmacion
de lo qual quiero que veays por vuestros ojos
cómo se ha passado aqui y trasladado entre
nosotros la discordia del campo de Agramante.
Mirad cómo alli se pelea por la espada, aqui
por el cauallo, aculla por el aguila, aca por el
yelmo, y todos peleamos y todos no nos
entendemos. Venga, pues, vuestra merced,
señor oydor, y vuestra merced, señor cura, y
el vno sirua de rey Agramante; y el otro de
rey Sobrino, y ponganos en paz, porque, por
Dios todopoderoso, que es gran vellaqueria
que tanta gente principal como aqui estamos
se mate por causas tan liuianas.”
  Los quadrilleros, que no entendian el frasis
de don Quixote y se veyan malparados de
don Fernando, Cardenio y sus camaradas, no
querian sossegarse; el barbero, si, porque en la
pendencia tenia deshechas las barbas y el
albarda; Sancho, a la mas minima voz de su
amo, obedecio, como buen criado; los quatro
criados de don Luis tambien se estuuieron
quedos, viendo quán poco les yua en no estarlo.
Solo el ventero porfiaua que se auian de
castigar las insolencias de aquel loco que a cada
passo le alborotaua la venta; finalmente, el
rumor se apaziguó por entonces, la albarda se
quedó por jaez hasta el dia del juizio, y la bazia
por yelmo, y la venta por castillo en la
imaginacion de don Quixote.
  Puestos, pues, ya en sossiego, y hechos
amigos todos, a persuasion del oydor y del cura,
boluieron los criados de don Luis a porfiarle
que al momento se viniesse con ellos; y en
tanto que el con ellos se auenia, el oydor
comunicó con don Fernando, Cardenio y el cura,
qué deuia hazer en aquel caso, contandoseles
con las razones que don Luis le auia
dicho. En fin, fue acordado que don Fernando
dixesse a los criados de don Luis quién el era,
y como era su gusto que don Luis se fuesse
con el al Andaluzia, donde de su hermano el
marques seria estimado como el valor de don
Luis merecia, porque, desta manera, se sabia de
la intencion de don Luis que no bolueria por
aquella vez a los ojos de su padre, si le
hiziessen pedaços. Entendida, pues, de los quatro
la calidad de don Fernando y la intencion de
don Luis, determinaron entre ellos que los tres
se boluiessen a contar lo que passaua a su
padre, y el otro se quedasse a seruir a don Luis,
y a no dexalle hasta que ellos boluiessen por
el, o viesse lo que su padre les ordenaua.
  Desta manera se apaziguó aquella maquina
de pendencias por la autoridad de Agramante
y prudencia del rey Sobrino; pero viendose el
enemigo de la concordia y el emulo de la paz
menospreciado y burlado, y el poco fruto que
auia grangeado de auerlos puesto a todos
en tan confuso laberinto, acordo de prouar otra
vez la mano, resucitando nueuas pendencias y
desassossiegos.
  Es, pues, el caso que los quadrilleros se
sossegaron por auer entreoydo la calidad de
los que con ellos se auian combatido, y se
retiraron de la pendencia, por parecerles que de
qualquiera manera que sucediesse, auian de
lleuar lo peor de la batalla; pero vno dellos,
que fue el que fue molido y pateado por don
Fernando, le vino a la memoria que entre
algunos mandamientos que traia para prender
a algunos delinquentes, traya vno contra don
Quixote, a quien la Santa Hermandad auia
mandado prender por la libertad que dio a los
galeotes, y como Sancho, con mucha razon,
auia temido.
  Imaginando, pues, esto, quiso certificarse si
las señas que de don Quixote traya venian
bien; y, sacando del seno vn pergamino, topó
con el que buscaua, y poniendosele a leer de
espacio, porque no era buen lector, a cada
palabra que leya ponia los ojos en don Quixote
y yua cotejando las señas del mandamiento
con el rostro de don Quixote, y halló que, sin
duda alguna, era el que el mandamiento
rezaua; y apenas se huuo certificado, quando
recogiendo su pergamino, [en la yzquierda]
tomó el mandamiento, y con la derecha asio
a don Quixote del cuello fuertemente, que no
le dexaua alentar, y a grandes vozes dezia:
  “¡Fauor a la Santa Hermandad!; y para que
se vea que lo pido de veras, lease este
mandamiento, donde se contiene que se prenda a
este salteador de caminos.”
  Tomó el mandamiento el cura, y vio como
era verdad quanto el quadrillero dezia, y como
conuenia con las señas con don Quixote, el
qual, viendose tratar mal de aquel villano
malandrin, puesta la colera en su punto, y
cruxiendole los huessos de su cuerpo, como mejor
pudo, el asio al quadrillero con entrambas
manos de la garganta, que, a no ser socorrido de
sus compañeros, alli dexara la vida antes que
don Quixote la presa. El ventero, que por fuerça
auia de fauorecer a los de su oficio, acudio
luego a dalle fauor. La ventera, que vio de
nueuo a su marido en pendencias, de nueuo
alçó la voz, cuyo tenor le lleuaron luego
Maritornes y su hija, pidiendo fauor al cielo y
a los que alli estauan. Sancho dixo, viendo lo
que passaua:
  “¡Viue el Señor, que es verdad quanto mi
amo dize de los encantos deste castillo, pues
no es possible viuir vna hora con quietud
en el!”
  Don Fernando despartio al quadrillero y a
don Quixote, y, con gusto de entrambos, les
desenclauijó las manos que el vno en el collar
del sayo del vno, y el otro en la garganta del
otro bien asidas tenian; pero no por esto cessauan
los quadrilleros de pedir su preso y que les
ayudassen a darsele atado y entregado a toda
su voluntad, porque assi conuenia al seruicio
del rey y de la Santa Hermandad, de cuya
parte de nueuo les pedian socorro y fauor, para
hazer aquella prision de aquel robador y
salteador de sendas y de carreras.
  Reyase de oyr dezir estas razones don
Quixote, y con mucho sossiego dixo:
  “Venid aca, gente soez y mal nacida; ¿saltear
de caminos llamais al dar libertad a los
encadenados, soltar los presos, acorrer a los
miserables, alçar los caydos, remediar los
menesterosos? ¡A, gente infame, digna por vuestro
baxo y vil entendimiento que el cielo no os
comunique el valor que se encierra [en] la
caualleria andante, ni os de a entender el pecado
e ignorancia en que estais en no reuerenciar
la sombra, quanto mas la assistencia de
qualquier cauallero andante! Venid aca, ladrones
en quadrilla, que no quadrilleros, salteadores
de caminos con licencia de la Santa Hermandad;
dezidme, ¿quién fue el ignorante que firmó
mandamiento de prision contra vn tal cauallero
como yo soy? ¿Quién el que ignoró que
son essentos de todo judicial fuero los caualleros
andantes? ¿Y que su ley es su espada, sus
fueros sus brios, sus prematicas su voluntad?
¿Quién fue el mentecato, bueluo a dezir, que
no sabe que no ay secutoria de hidalgo con
tantas preeminencias ni esenciones como la
que adquiere vn cauallero andante el dia que
se arma cauallero y se entrega al duro exercicio
de la caualleria? ¿Qué cauallero andante
pagó pecho, alcauala, chapin de la reyna, moneda
forera, portazgo, ni barca? ¿Qué sastre
le lleuó hechura de vestido que le hiziesse?
¿Qué castellano le acogio en su castillo que le
hiziesse pagar el escote? ¿Qué rey no le assento
a su mesa? ¿Qué donzella no se le aficionó y
se le entregó rendida a todo su talante y
voluntad? Y, finalmente, ¿qué cauallero andante
ha auido, ay, ni aura en el mundo que no tenga
brios para dar el solo quatrocientos palos a
quatrocientos quadrilleros que se le pongan
delante?”

                 Capitulo XLVI

De la notable auentura de los quadrilleros y
  la gran ferocidad de nuestro buen cauallero
  don Quixote.

  En tanto que don Quixote esto dezia, estaua
persuadiendo el cura a los quadrilleros
como don Quixote era falto de juizio, como lo
veyan por sus obras y por sus palabras, y
que no tenian para qué lleuar aquel negocio
adelante; pues aunque le prendiessen y lleuassen,
luego le auian de dexar por loco; a lo que
respondio el del mandamiento que a el no
tocaua juzgar de la locura de don Quixote,
sino hazer lo que por su mayor le era
mandado, y que, vna vez preso, siquiera le
soltassen trezientas.
  “Con todo esso”, dixo el cura, “por esta vez
no le aueis de lleuar, ni aun el dexará lleuarse,
a lo que yo entiendo.”
  En efeto, tanto les supo el cura dezir y tantas
locuras supo don Quixote hazer, que mas locos
fueran que no el los quadrilleros si no conocieran
la falta de don Quixote, y assi, tuuieron
por bien de apaziguarse, y aun de ser
medianeros de hazer las pazes entre el barbero y
Sancho Pança, que todauia assistian con gran
rancor a su pendencia; finalmente, ellos, como
miembros de justicia, mediaron la causa y
fueron arbitros della, de tal modo, que ambas
partes quedaron, si no del todo contentas, a lo
menos, en algo satisfechas, porque se trocaron
las albardas, y no las cinchas y xaquimas. Y, en
lo que tocaua a lo del yelmo de Mambrino, el
cura, a socapa y sin que don Quixote lo
entendiesse, le dio por la bazia ocho reales, y el
barbero le hizo vna cedula del recibo, y de no
llamarse a engaño por entonces, ni por
siempre jamas, amen.
  Sossegadas, pues, estas dos pendencias, que
eran las mas principales y de mas tomo, restaua
que los criados de don Luis se contentassen
de boluer los tres, y que el vno quedasse para
acompañarle donde don Fernando le queria
lleuar; y como ya la buena suerte y mejor fortuna
auia començado a romper lanças y a facilitar
dificultades en fabor de los amantes de
la venta y de los valientes della, quiso lleuarlo
al cabo y dar a todo felice sucesso, porque los
criados se contentaron de quanto don Luis
queria, de que recibio tanto contento doña
Clara, que ninguno en aquella sazon la mirara
al rostro que no conociera el regozijo de su
alma.
  Zorayda, aunque no entendia bien todos los
sucessos que auia visto, se entristecia y
alegraua a bulto, conforme veya y notaua los
semblantes a cada vno, especialmente de su
español, en quien tenia siempre puestos los ojos
y trahia colgada el alma. El ventero, a quien
[no] se le passó por alto la dadiua y
recompensa que el cura auia hecho al barbero, pidio
el escote de don Quixote, con el menoscabo
de sus cueros y falta de vino, jurando que no
saldria de la venta Rozinante ni el jumento
de Sancho, sin que se le pagasse primero
hasta el vltimo ardite. Todo lo apaziguó el cura
y lo pagó don Fernando, puesto que el oydor
de muy buena voluntad auia tambien ofrecido
la paga; y de tal manera quedaron todos en
paz y sossiego, que ya no parecia la venta
la discordia del campo de Agramante, como
don Quixote auia dicho, sino la misma paz y
quietud del tiempo de Otauiano; de todo lo
qual fue comun opinion que se deuian dar las
gracias a la buena intencion y mucha
eloquencia del señor cura, y a la incomparable
liberalidad de don Fernando.
  Viendose, pues, don Quixote, libre y
desembaraçado de tantas pendencias, assi de su
escudero, como suyas, le parecio que seria bien
seguir su començado viaje y dar fin a aquella
grande auentura para que auia sido llamado y
escogido; y, assi, con resoluta determinacion se
fue a poner de inojos ante Dorotea, la qual no
le consintio que hablasse palabra hasta que se
leuantasse, y el, por obedecella, se puso en pie
y le dixo:
  “Es comun prouerbio, fermosa señora, que la
diligencia es madre de la buena ventura, y en
muchas y graues cosas ha mostrado la experiencia
que la solicitud del negociante trae a
buen fin el pleyto dudoso; pero en ningunas
cosas se muestra [mas] esta verdad que en
las de la guerra, adonde la celeridad y presteza
preuiene los discursos del enemigo y alcança
la vitoria antes que el contrario se ponga
en defensa. Todo esto digo, alta y preciosa
señora, porque me parece que la estada nuestra
en este castillo ya es sin prouecho, y podria
sernos de tanto daño, que lo echassemos de
ver algun dia; porque ¿quién sabe si por ocultas
espias y diligentes aura sabido ya vuestro
enemigo el gigante de que yo voy a destruylle,
y dandole lugar el tiempo, se fortificasse en
algun inexpugnable castillo o fortaleza
contra quien valiessen poco mis diligencias y la
fuerça de mi incansable braço? Assi que,
señora mia, preuengamos, como tengo dicho, con
nuestra diligencia sus designios, y partamonos
luego a la buena ventura; que no está mas de
tenerla vuestra grandeza como dessea, de
quanto yo tarde de verme con vuestro
contrario.”
  Calló y no dixo mas don Quixote, y esperó
con mucho sossiego la respuesta de la fermosa
infanta, la qual, con ademan señoril y
acomodado al estilo de don Quixote, le respondio
desta manera:
  “Yo os agradezco, señor cauallero, el desseo
que mostrays tener de fauorecerme en mi gran
cuyta, bien assi como cauallero, a quien es
anejo y concerniente fauorecer los huerfanos y
menesterosos; y quiera el cielo que el vuestro
y mi desseo se cumplan para que veais que ay
agradecidas mugeres en el mundo. Y en lo de
mi partida, sea luego, que yo no tengo mas
voluntad que la vuestra: disponed vos de mi a
toda vuestra guisa y talante; que la que vna
vez os entregó la defensa de su persona y puso
en vuestras manos la restauracion de sus
señorios, no ha de querer yr contra lo que la
vuestra prudencia ordenare.”
  “A la mano de Dios”, dixo don Quixote;
“pues assi es que vna señora se me humilla,
no quiero yo perder la ocasion de leuantalla y
ponella en su heredado trono; la partida sea
luego, porque me va poniendo espuelas al
desseo, y al camino, lo que suele dezirse que
en la tardança está el peligro; y pues no ha
criado el cielo ni visto el infierno ninguno que
me espante ni acobarde, ensilla, Sancho, a
Rozinante, y apareja tu jumento y el palafren
de la reyna, y despidamonos del castellano
y destos señores, y vamos de aqui luego al
punto.”
  Sancho, que a todo estaua presente, dixo,
meneando la cabeça a vna parte y a otra:
  “¡Ay, señor, señor, y cómo ay mas mal en
el aldeguela que se suena, con perdon sea
dicho de las tocas honradas!”
  “¿Qué mal puede auer en ninguna aldea, ni
en todas las ciudades del mundo, que pueda
sonarse en menoscabo mio, villano?”
  “Si vuestra merced se enoja”, respondio
Sancho, “yo callaré y dexaré [de] dezir lo
que soy obligado como buen escudero, y como
deue vn buen criado dezir a su señor.”
  “Di lo que quisieres”, replicó don Quixote,
“como tus palabras no se encaminen
a ponerme miedo; que si tu le tienes, hazes
como quien eres, y si yo no le tengo, hago
como quien soy.”
  “No es esso, pecador fuy yo a Dios”, respondio
Sancho, “sino que yo tengo por cierto y
por aueriguado que esta señora que se dize
ser reyna del gran reyno Micomicon no lo es
mas que mi madre, porque a ser lo que ella
dize, no se anduuiera hocicando con alguno
de los que estan en la rueda, a buelta de
cabeça y a cada traspuesta.”
  Parose colorada con las razones de
Sancho Dorotea, porque era verdad que su esposo
don Fernando alguna vez, a hurto de otros
ojos, auia cogido con los labios parte del
premio que merecian sus desseos --lo qual auia
visto Sancho, (y) pareciendole que aquella
desemboltura mas era de dama cortesana que
de reyna de tan gran reyno--, y no pudo ni
quiso responder palabra a Sancho, sino dexole
proseguir en su platica, y el fue diziendo:
  “Esto digo, señor, porque si al cabo de auer
andado caminos y carreras y passado malas
noches y peores dias, ha de venir a coger el
fruto de nuestros trabajos el que se está
holgando en esta venta, no ay para qué darme
priessa a que ensille a Rozinante, albarde el
jumento y aderece al palafren, pues sera
mejor que nos estemos quedos, y cada puta
hile, y comamos.”
  ¡O, valame Dios, y quán grande que fue el
enojo que recibio don Quixote oyendo las
descompuestas palabras de su escudero! Digo que
fue tanto, que con voz atropellada y tartamuda
lengua, lançando viuo fuego por los ojos, dixo:
  “¡O vellaco villano, mal mirado, descompuesto,
ygnorante, infacundo, deslenguado,
atreuido, murmurador y maldiziente!; ¿tales
palabras has osado dezir en mi presencia y en la
destas inclitas señoras? Y ¿tales deshonestidades
y atreuimientos osaste poner en tu confusa
imaginacion? ¡Vete de mi presencia, monstruo
de naturaleza, depositario de mentiras, almario
de embustes, silo de vellaquerias, inuentor de
maldades, publicador de sandezes, enemigo
del decoro que se deue a las reales personas!
¡Vete: no parezcas delante de mi, so pena de
mi yra!”
  Y, diziendo esto, enarcó las cejas, hinchó
los carrillos, miró a todas partes, y dio con el
pie derecho vna gran patada en el suelo,
señales todas de la yra que encerraua en sus
entrañas. A cuyas palabras y furibundos ademanes
quedó Sancho tan encogido y medroso, que
se holgara que en aquel instante se abriera
debaxo de sus pies la tierra y le tragara. Y no
supo qué hazerse, sino boluer las espaldas y
quitarse de la enojada presencia de su señor.
Pero la discreta Dorotea, que tan entendido
tenia ya el humor de don Quixote, dixo para
templarle la yra:
  “No os despecheys, señor Cauallero de la
Triste Figura, de las sandezes que vuestro buen
escudero ha dicho, porque quiça no las deue
de dezir sin ocasion, ni de su buen entendimiento
y cristiana conciencia se puede sospechar
que leuante testimonio a nadie; y, assi, se
ha de creer, sin poner duda en ello, que, como
en este castillo, segun vos, señor cauallero,
dezis, todas las cosas van y suceden por modo
de encantamento, podria ser, digo, que Sancho
vuiesse visto por esta diabolica via lo que
el dize que vio tan en ofensa de mi
honestidad.”
  “Por el omnipotente Dios juro”, dixo a esta
sazon don Quixote, “que la vuestra grandeza
ha dado en el punto, y que alguna mala vision
se le puso delante a este pecador de Sancho,
que le hizo ver lo que fuera impossible verse
de otro modo que por el de encantos no fuera;
que se yo bien de la bondad e inocencia deste
desdichado, que no sabe leuantar testimonios
a nadie.”
  “Ansi es y ansi sera”, dixo don Fernando;
“por lo qual deue vuestra merced, señor don
Quixote, perdonalle y reduzille al gremio de su
gracia, sicut erat in principio, antes que las
tales visiones le sacassen de juyzio.”
  Don Quixote respondio que el le perdonaua,
y el cura fue por Sancho, el qual vino muy
humilde y, hincandose de rodillas, pidio la
mano a su amo, y el se la dio, y despues de
auersela dexado besar, le echó la bendicion,
diziendo:
  “Agora acabarás de conocer, Sancho hijo,
ser verdad lo que yo otras muchas vezes te he
dicho, de que todas las cosas deste castillo
son hechas por via de encantamento.”
  “Assi lo creo yo”, dixo Sancho, “excepto
aquello de la manta, que realmente sucedio
por via ordinaria.”
  “No lo creas”, respondio don Quixote; “que
si assi fuera, yo te vengara entonces, y aun
agora. Pero ni entonces ni agora pude,
ni vi en quién tomar vengança de tu agrauio.”
  Dessearon saber todos qué era aquello de la
manta, y el ventero les contó, punto por
punto, la bolateria de Sancho Pança, de que
no poco se rieron todos, y de que no menos
se corriera Sancho, si de nueuo no le assegurara
su amo que era encantamento; puesto que
jamas llegó la sandez de Sancho a tanto, que
creyesse no ser verdad pura y aueriguada, sin
mezcla de engaño alguno, lo de auer sido
manteado por personas de carne y huesso, y
no por fantasmas soñadas ni imaginadas, como
su señor lo creya y lo afirmaua.
  Dos dias eran ya passados los que auia que
toda aquella ilustre compañia estaua en la
venta, y, pareciendoles que ya era tiempo de
partirse, dieron orden para que, sin ponerse al
trabajo de boluer Dorotea y don Fernando con
don Quixote a su aldea con la inuencion de la
libertad de la reyna Micomicona, pudiessen el
cura y el barbero lleuarsele como desseauan,
y procurar la cura de su locura en su tierra. Y
lo que ordenaron fue que se concertaron con
vn carretero de bueyes que acaso acerto a passar
por alli, para que lo lleuasse en esta forma:
hizieron vna como jaula de palos enrrejados,
capaz que pudiesse en ella caber holgadamente
don Quixote, y luego don Fernando y sus
camaradas, con los criados de don Luys y los
quadrilleros, juntamente con el ventero, todos por
orden y parecer del cura, se cubrieron los rostros
y se disfraçaron, quién de vna manera y
quién de otra, de modo que a don Quixote le
pareciesse ser otra gente de la que en aquel
castillo auia visto.
  Hecho esto, con grandissimo silencio se entraron
adonde el estaua durmiendo y descansando
de las passadas refriegas. Llegaronse a
el, que libre y seguro de tal acontecimiento
dormia, y, asiendole fuertemente, le ataron muy
bien las manos y los pies; de modo que, quando
el desperto con sobresalto, no pudo menearse
ni hazer otra cosa mas que admirarse y suspenderse
de ver delante de si tan estraños visages.
Y luego dio en la cuenta de lo que su continua
y desuariada imaginacion le representaua, y
se creyo que todas aquellas figuras eran
fantasmas de aquel encantado castillo, y que, sin
duda alguna, ya estaua encantado, pues no se
podia menear ni defender: todo a punto como
auia pensado que sucederia el cura, traçador
desta maquina. Solo Sancho, de todos los
presentes, estaua en su mesmo juyzio y en su
mesma figura, el qual, aunque le faltaua
bien poco para tener la mesma enfermedad
de su amo, no dexó de conocer quién eran
todas aquellas contrahechas figuras; mas no
osó descoser su boca hasta ver en qué paraua
aquel assalto y prision de su amo. El qual
tampoco hablaua palabra, atendiendo a ver el
paradero de su desgracia, que fue, que, trayendo
alli la jaula, le encerraron dentro y le
clauaron los maderos tan fuertemente, que no se
pudieran romper a dos tirones.
  Tomaronle luego en hombros, y al salir del
aposento, se oyo vna voz temerosa, todo
quanto la supo formar el barbero, no el del
albarda, sino el otro, que dezia:
  “¡O Cauallero de la Triste Figura, no te de
afincamiento la prision en que vas, porque assi
conuiene para acabar mas presto la auentura
en que tu gran esfuerço te puso! La qual se
acabará quando el furibundo leon manchado con
la blanca paloma tobosina yogiren en vno,
ya despues de humilladas las altas ceruizes al
blando yugo matrimoñesco; de cuyo inaudito
consorcio saldran a la luz del orbe los brauos
cachorros que imitarán las rumpantes garras
del valeroso padre. Y esto sera antes que el
seguidor de la fugitiua ninfa faga dos vegadas la
visita de las luzientes imagines, con su rapido
y natural curso. Y tu, ¡o el mas noble y obediente
escudero que tuuo espada en cinta, barbas en
rostro y olfato en las narizes!, no te desmaye ni
descontente ver lleuar ansi delante de tus
ojos mesmos a la flor de la caualleria
andante; que presto, si al plasmador del mundo
le plaze, te veras tan alto y tan sublimado, que
no te conozcas, y no saldran defraudadas las
promessas que te ha fecho tu buen señor. Y
assegurote, de parte de la sabia Mentironiana,
que tu salario te sea pagado, como lo
veras por la obra; y sigue las pisadas del
valeroso y encantado cauallero; que conuiene que
vayas donde pareys entrambos; y porque no
me es licito dezir otra cosa, a Dios quedad; que
yo me bueluo a donde yo me se.”
  Y, al acabar de la profecia, alçó la voz de
punto, y diminuyola despues, con tan tierno acento,
que aun los sabidores de la burla estuuieron
por creer que era verdad lo que oyan. Quedó
don Quixote consolado con la escuchada profecia,
porque luego coligio de todo en todo la
significacion de ella, y vio que le prometian
el verse ayuntado en santo y deuido
matrimonio con su querida Dulzinea del Toboso,
de cuyo felice vientre saldrian los cachorros,
que eran sus hijos, para gloria perpetua de la
Mancha. Y, creyendo esto bien y firmemente,
alço la voz, y, dando vn gran suspiro, dixo:
  “¡O tu, quien quiera que seas, que tanto bien
me has pronosticado!; ruegote que pidas de mi
parte al sabio encantador que mis cosas tiene
a cargo, que no me dexe perecer en esta
prision donde agora me lleuan, hasta ver
cumplidas tan alegres e incomparables promessas
como son las que aqui se me han hecho; que
como esto sea, tendre por gloria las penas de
mi carcel y por aliuio estas cadenas que me
ciñen, y no por duro campo de batalla este
lecho en que me acuestan, sino por cama
blanda y talamo dichoso. Y en lo que toca a la
consolacion de Sancho Pança, mi escudero, yo
confio de su bondad y buen proceder que no
me dexará, en buena ni en mala suerte. Porque
quando no suceda, por la suya o por mi corta
ventura, el poderle yo dar la insula, o otra
cosa equiualente que le tengo prometida, por
lo menos, su salario no podra perderse; que
en mi testamento, que ya está echo, dexo
declarado lo que se le ha de dar, no conforme a
sus muchos y buenos seruicios, sino a la
possibilidad mia.”
  Sancho Pança se le inclinó con mucho
comedimiento, y le besó entrambas las manos,
porque la vna no pudiera, por estar atadas
entrambas. Luego tomaron la jaula en hombros
aquellas visiones, y la acomodaron en el carro
de los bueyes.

                Capitulo XLVII

Del estraño modo con que fue encantado don
  Quixote de la Mancha, con otros famosos
  sucessos.

  Quando don Quixote se vio de aquella
manera enjaulado y encima del carro, dixo:
  “Muchas y muy graues historias he yo leydo
de caualleros andantes, pero jamas he leydo,
ni visto, ni oydo, que a los caualleros encantados
los lleuen desta manera y con el espacio
que prometen estos perezosos y tardios
animales; porque siempre los suelen lleuar por
los ayres, con estraña ligereza, encerrados en
alguna parda y escura nuue, o en algun
carro de fuego, o ya sobre algun ipogrifo o otra
bestia semejante. Pero que me lleuen a mi
agora sobre vn carro de bueyes, ¡viue Dios
que me pone en confusion! Pero quiça la
caualleria y los encantos destos nuestros tiempos
deuen de seguir otro camino que siguieron
los antiguos. Y tambien podria ser que, como
yo soy nueuo cauallero en el mundo y el
primero que ha resucitado el ya oluidado
exercicio de la caualleria auenturera, tambien
nueuamente se ayan inuentado otros generos de
encantamentos, y otros modos de lleuar a los
encantados. ¿Qué te parece desto, Sancho
hijo?”
  “No se yo lo que me parece”, respondio
Sancho, “por no ser tan leydo como vuestra
merced en las escrituras andantes. Pero, con
todo esso, osaria afirmar y jurar que estas
visiones que por aqui andan, que no son del
todo catolicas.”
  “¿Catolicas? ¡Mi padre!”, respondio don
Quixote; “¿cómo han de ser catolicas, si son todos
demonios que han tomado cuerpos fantasticos
para venir a hazer esto, y a ponerme en este
estado? Y si quieres ver esta verdad, tocalos y
palpalos, y veras como no tienen cuerpo sino
de ayre, y como no consiste mas de en la
apariencia.”
  “Par Dios, señor”, replicó Sancho, “ya yo
los he tocado, y este diablo que aqui anda tan
solicito es rollizo de carnes, y tiene otra
propiedad muy diferente de la que yo he oydo
dezir que tienen los demonios. Porque, segun
se dize, todos huelen a piedra azufre y a otros
malos olores, pero este huele a ambar de
media legua.”
  Dezia esto Sancho por don Fernando, que,
como tan señor, deuia de oler a lo que Sancho
dezia.
  “No te marauilles desso, Sancho amigo”,
respondio don Quixote, “porque te hago saber
que los diablos saben mucho, y puesto que
traygan olores consigo, ellos no huelen nada,
porque son espiritus, y si huelen, no pueden
oler cosas buenas, sino malas y hidiondas.
Y la razon es, que, como ellos dondequiera que
estan, traen el infierno consigo y no pueden
recebir genero de aliuio alguno en sus
tormentos, y el buen olor sea cosa que deleyta y
contenta, no es possible que ellos huelan cosa
buena. Y si a ti te parece que esse demonio
que dizes huele a ambar, o tu te engañas, o el
quiere engañarte con hazer que no le tengas
por demonio.”
  Todos estos coloquios passaron entre amo y
criado, y, temiendo don Fernando y Cardenio
que Sancho no viniesse a caer del todo en la
cuenta de su inuencion, a quien andaua ya
muy en los alcances, determinaron de abreuiar
con la partida, y, llamando aparte al ventero,
le ordenaron que ensillasse a Rozinante y
enalbardasse el jumento de Sancho, el qual lo
hizo con mucha presteza.
  Ya, en esto, el cura se auia concertado con
los quadrilleros que le acompañassen hasta su
lugar, dandoles vn tanto cada dia. Colgo
Cardenio del arzon de la silla de Rozinante, del
vn cabo la adarga y del otro la bazia, y por
señas mandó a Sancho que subiesse en su
asno y tomasse de las riendas a Rozinante, y
puso a los dos lados del carro a los dos
quadrilleros, con sus escopetas. Pero antes que se
mouiesse el carro, salio la ventera, su hija y
Maritornes a despedirse de don Quixote,
fingiendo que llorauan de dolor de su desgracia;
a quien don Quixote dixo:
  “No lloreys, mis buenas señoras, que todas
estas desdichas son anexas a los que professan
lo que yo professo, y si estas calamidades no
me acontecieran, no me tuuiera por famoso
cauallero andante. Porque a los caualleros de
poco nombre y fama nunca les suceden semejantes
casos, porque no ay en el mundo quien
se acuerde dellos. A los valerosos, si: que
tienen embidiosos de su virtud y valentia a
muchos principes y a muchos otros caualleros, que
procuran por malas vias destruyr a los buenos.
Pero, con todo esso, la virtud es tan poderosa,
que por si sola, a pesar de toda la nigromancia
que supo su primer inuentor Zoroastes,
saldra vencedora de todo trance y dara de
si luz en el mundo, como la da el sol en el
cielo. Perdonadme, fermosas damas, si algun
desaguisado por descuydo mio os he fecho,
que de voluntad y a sabiendas jamas le di a
nadie; y rogad a Dios me saque destas prisiones
donde algun mal intencionado encantador me
ha puesto; que si de ellas me veo libre, no se
me caera de la memoria las mercedes que
en este castillo me auedes fecho, para gratificallas,
seruillas y recompensallas como ellas
merecen.”
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