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               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______

           DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                TOMOS III Y IV




            Texto electrónico por
                Fred F. Jehle


      Copyright © 1941 Rodolfo Schevill
       Copyright © 1996 Fred F. Jehle &
          Purdue Research Foundation

               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______


                 DON QVIXOTE

                 DE LA MANCHA


                TOMOS III Y IV

            EDICIÓN PUBLICADA POR

 RODOLFO SCHEVILL     Y      ADOLFO BONILLA
  Profesor en la             Profesor en la
  Universidad de             Universidad de
California (Berkeley).           Madrid.


                    MADRID
           GRÁFICAS REUNIDAS, S. A.
                 M. CM. XXXV.


            Advertencia preliminar


  La impresión del texto de la primera edición
de la Segunda Parte de Don Quijote no resultó
tan descuidada y deficiente como la de la
Primera Parte de 1605, aunque ni el papel ni
el tipo resulten mayormente recomendables.
Desde el principio se notan letras rotas o caídas;
entre aquéllas figuran t, f, la s larga (ƒ),
n y u; hay confusión entre e y c, r y t; la
paginación está errada en bastantes ocasiones; la
puntuación en casi todas partes es execrable,
no obstante mostrar discreción al servirse de
los signos ortográficos en alguno que otro
pasaje difícil. Por consiguiente, es raro que
se pueda apelar al original para determinar
el sentido de la frase por medio de la puntuación
primitiva. En la Primera Parte se lee más
Vuestra Merced (además de v. m. sin resolver),
y en la Segunda, Vuessa Merced (al lado de
v. merced y v. m.). Habiendo optado por Vuestra
Merced al disolver v. m. en la Parte I, he
seguido este mismo sistema en la Parte II. A
__________
  (*) En la segunda mitad de la Parte II, es
decir en el Tomo IV, R. Schevill cambió de
parecer y optó por vuessa merced para disolver
la abreviatura v.m. Para que concuerden los
dos tomos de la Parte II, he resuelto esta
abreviatura en este Tomo III en vuessa merced.
F.J.

menudo se presentaba la tentación de
enmendar pequeños defectos de lenguaje en el
original, y muchos editores lo han hecho sin
indicar el cambio; pero he de insistir que el
resultado así conseguido no representa el texto
de Cervantes. Para no abultar demasiadamente
estos volúmenes no me he explayado en el
comentario de términos, frases o nombres ya
tratados por otros editores. Tampoco he incluido
voces y giros registrados por el diccionario
académico. Las abreviaturas se resuelven como
en los demás tomos. No hago caso de variantes,
omisiones ni adiciones caprichosas de las
ediciones posteriores a la muerte de Cervantes,
a menos que tengan especial importancia para
aclarar el texto.
  La Segunda Parte no ofrece ningunas
dificultades que desenredar de tanta monta como
la Primera, vbgr., la pérdida del rucio y su
hallazgo, ambos sin explicar, o los pasajes
viciados por omisiones o trastornos de frases
enteras. El problema que más ha dado que
conjeturar a los cervantistas, y que todavía queda
en pie a pesar de sus esfuerzos, es la solución
del misterio que nos encubre el verdadero
nombre de Alonso Fernández de Avellaneda, autor
del falso Quijote, “de aquel que dizen que se
engendró en Tordesillas, y nació en Tarragona”.
¿Quién era este escritor, y de qué modo se
relacionaba su existencia con la de Cervantes?
Se cree, por lo común, que Cervantes no llegó
nunca a conocer al historiador fingido; si supiese
quién fuera, se hace difícil de interpretar
su silencio sobre el caso. ¿Sería posible que no
quisiera mentarle para no embrollarse con él,
ni andar en dares y tomares con el mundo
malicioso de los literatos? Se ha exagerado
mucho la importancia de la identidad del
supuesto autor, y no es probable que el saber
su nombre nos explique jamás las semejanzas
notables entre ciertos rasgos de su libro y
algunos de la Segunda Parte de Cervantes.
Todas las conjeturas sobre Avellaneda, hasta
ahora divulgadas, han perdido terreno poco
a poco, y su verdadera persona se mantiene
todavía desconocida. En un artículo que acaba
de publicar D. Emilio Cotarelo en el Boletín de
la Academia Española (junio de 1934), el erudito
académico cree haber encontrado por fin en
Guillén de Castro al autor del falso Quijote. Si
no me equivoco, tampoco ha dado con la solución,
la cual necesita pruebas más terminantes
para convencernos y dispersar definitivamente
nuestras dudas. No siendo este prólogo el lugar
a propósito para refutar esta nueva hipótesis,
trataré de ella en otra ocasión.
  En cuanto a la obra de Avellaneda, la crítica
hostil ha aflojado mucho su tono intolerante, y
promete cambiar todavía más hasta ver en el
desconocido novelista un escritor de dotes muy
apreciables. En el siglo XIX los críticos se
complacían en hallar en el Quijote de Avellaneda
una obra pornográfica y licenciosa, y, por lo
general, de pocos, o ningunos méritos. Pero
la única base de todo criterio recto en la
evaluación artística viene a ser una crítica
comparada, según la cual ha de señalarse el cambio
del gusto estético de estas materias. Es
evidente que el siglo XIX, en consecuencia de una
sensibilidad falsa y pasajera, veía en las
páginas de Avellaneda aspectos censurables en
los cuales ya no se hace tanto hincapié ahora.
Si algunos escritores de dicho siglo encontraban
en el novelista tordesillesco fealdades
“que levantaban el estómago en cada página”
(M. y P.), ¿qué dirían de la tendencia franca y
sobremanera naturalista de ciertos novelistas
modernos? Toda crítica ha de ser relativa, y,
por lo tanto, nos inclinamos hoy día a reconocer
que hay en Avellaneda muchas vulgaridades,
una nota prosaica, monotonía en los episodios,
ocasionada por falta de invención, lo
cual tiende a fatigar al lector. El desconocido
autor carece, sobre todo, de esa cualidad
luminosa del genio de Cervantes. Pero llegamos a
tal conclusión solamente después de una
comparación imprescindible del lenguaje, del
contenido y del arte de Avellaneda con las
bellezas eternas de la obra del más grande de los
literatos españoles.
  En cambio, juzgada por sí sola la novela
de Avellaneda, sería un dislate manifiesto no
querer admitir que hay en ella muchos rasgos
admirables. Desde luego, lejos de estar toda la
obra llena de episodios groseros y brutales,
está escrita en un castellano vigoroso, con
estilo claro, y sin tacha ni de culteranismo, ni
de retórica falsa. Si Avellaneda se deja
arrastrar algunas veces por su humor espontáneo
--por otro lado, casi siempre sano-- a proferir
una palabra o un pensamiento arriesgado,
o si se deja vencer por el mal gusto hasta
pintarnos, una sola vez, una escena realmente
atrevida, y aun ofensiva (cuento del Rico
desesperado), hay que advertir, con plena justicia,
que esto sucede en contadísimas páginas, y,
que además, por supuesto, no causa mayor
efecto en el paladar del lector acostumbrado
a las producciones modernas. Nos preguntamos
hoy si no sería la novela alguna composición
de los años juveniles o estudiantiles del autor
desconocido. Hasta el humor quevedesco, los
chistes francos y la risa estrepitosa nos llevan
a tal conclusión. Lo que parece poco menos
que milagroso es que el autor no hubiese
escrito más obra que ésta. Y, sin embargo, ni su
estilo ni su contenido, recuerdan los de ningún
otro escritor coetáneo.
  Con este tomo y el que ha de seguir pronto
termino el comentario a las obras de Cervantes.
Han de finalizar la colección un índice y
una breve memoria acerca de la vida del gran
autor. Durante los muchos años consagrados
al trabajo de dilucidar sus escritos, me he
atrevido a abrigar una sola esperanza: la de que
se haya adelantado algo en el establecimiento
de un texto fidedigno de sus obras completas.
Al terminar la faena laboriosa de comentarista
(ocupación por lo común despreciada), no me
hago la ilusión de haber publicado estos
volúmenes cervantinos sin muchos defectos, que
son de lamentar, ni numerosas equivocaciones,
que nadie querrá disculpar. No me ha de valer
el que todo estudio de lenguaje sea difícil, ni
que no hubiera bastado una vida entera dedicada
a pesquisas y averiguaciones para dar con
la verdad en cada caso. Para tratar del sentido
de las voces o de los giros usados en tiempos
lejanos, todo investigador se ve obligado, a
menudo, a discurrir sobre lo que en realidad
no entiende; y para llevar a cabo semejante
empresa hay que tener en cuenta la prisa
ineludible y el desmayarse de las fuerzas:
condiciones de una obra que tiene afinidad, según
una comparación de Escalígero, con la faena
de laborear las minas y el trabajo del yunque.
Para nada sirve alegar inadvertencias causadas
por rutinarios deberes del día, ni olvidos
producidos por traiciones de la memoria en el
momento de mayor urgencia. Se nos escapa hoy
lo que se sabía ayer y que se recordará, sin ser
llamado, mañana. ¡Felices los que sean escogidos
para proseguir una labor tan espiritualmente
grata con la seguridad de poderla dejar
mejorada en tercio y quinto con sus esfuerzos!
Me tendré por afortunado si para el edificio
que ellos levanten se vieran necesitados a
utilizar algunas de las piedras por mí allegadas.

                                     R. S.

Berkeley, otoño de 1934.


                SEGVNDA PARTE

                DEL INGENIOSO

                CAVALLERO DON

                QVIXOTE DE LA

                    MANCHA

      Por Miguel de Ceruantes Saauedra,
          autor de su primera parte

Dirigida a don Pedro Fernandez de Castro, Conde de
  Lemos, de Andrade y de Villalua, Marques de
 Sarria, Gentilhombre de la Camara de Su Magestad,
Comendador de la Encomienda de Peñafiel, y la Zarça
  de la Orden de Alcantara, Virrey, Gouernador
    y Capitan General del Reyno de Napoles,
       y Presidente del Supremo Consejo
                  de Italia.


              Escudo del impresor:
              una mano, sobre
              la cual hay un
              halcón, puesto el
     Año      capirote; debajo,      1615
              un león echado; la
              leyenda dice: Post
                tenebras spero
                   lvcem.


                CON PRIVILEGIO
__________________________________________________
      EN MADRID, por Iuan de la Cuesta.
   Vendese en casa de Francisco de Robles,
        librero del Rey nuestro señor.


                    TASSA

  Yo, Hernando de Vallejo, Escriuano de Camara
del Rey nuestro señor, de los que residen
en su Consejo, doy fe: que auiendose visto
por los señores del vn libro que compuso
Miguel de Ceruantes Saauedra, intitulado don
Quixote de la Mancha, segunda parte, que con
licencia de su Magestad fue impresso, le
tassaron a quatro marauedis cada pliego en papel,
el qual tiene setenta y tres pliegos, que al
dicho respeto suma y monta docientos y
nouenta y dos marauedis, y mandaron que esta
tassa se pon[g]a al principio de cada volumen
del dicho libro, para que se sepa y entienda,
lo que por el se ha de pedir, y lleuar, sin
que se exceda en ello en manera alguna, como
consta y parece por el auto y decreto orig[i]nal
sobre ello dado, y que queda en mi poder, a
que me refiero, y de mandamiento de los
dichos señores del Consejo, y de pedimiento de
la parte del dicho Miguel de Ceruantes di esta
fee en Madrid, a veynte y vno dias del mes de
otubre de mil y seis cientos y quinze años.

                         Hernando de Vallejo.


                FEE DE ERRATAS


  Vi este libro intitulado Segunda parte de don
Quixote de la Mancha, compuesto por Miguel
de Ceruantes Saauedra, y no ay en el cosa
digna de notar que no corresponda a su original.
Dada en Madrid a veynte y vno de otubre,
mil y seiscientos y quinze.

     El Licenciado Francisco Murcia de la Llana.


                  APROVACION

  Por comission y mandado de los señores del
Consejo, he hecho ver el libro contenido en
este memorial; no contiene cosa contra la fe
ni buenas costumbres, antes es libro de mucho
entretenimiento licito, mezclado de mucha
Filosofia moral; puedesele dar licencia para
imprimirle.
  En Madrid, a cinco de nouiembre de mil
seyscientos y quinze.

                  Doctor Gutierre de Cetina.


                  APROVACION

  Por comission y mandado de los señores del
Consejo he visto la segunda parte de don
Quixote de la Mancha, por Miguel de Ceruantes
Saauedra; no contiene cosa contra nuestra
santa fe catolica, ni buenas costumbres: antes
muchas de honesta recreacion y apazible
diuertimiento, que los antiguos juzgaron conuenientes
a sus Republicas, pues aun [en] la seuera de
los Lacedemonios leuantaron estatua a la risa,
y los de Tesalia la dedicaron fiestas, como lo
dize Pausanias, referido de Bosio, lib. 2 de
signis Eccles., cap. 10, alentando animos
marchitos y espiritus melancolicos, de que se
acordo Tulio en el primero de legibus, y el poeta
diziendo: “Interpone tuis interdum gaudia
curis”, lo qual haze el autor mezclando las
veras a las burlas, lo dulce a lo prouechoso y
lo moral a lo faceto, dissimulando en el cebo
del donayre el ançuelo de la reprehension, y
cumpliendo con el acertado assunto en que
pretende la expulsion de los libros de Cauallerias,
pues con su buena diligencia mañosamente
a limpiado de su contagiosa dolencia a
estos reynos. Es obra muy digna de su grande
ingenio, honra y lustre de nuestra nacion,
admiracion y inuidia de las estrañas. Este es mi
parecer, saluo, etc. En Madrid, a 17 de março
de 1615.

               El M. Ioseph de Valdiuielso.


                  APROVACION

  Por comission del señor Doctor Gutierre de
Cetina, vicario general desta villa de Madrid,
Corte de su Magestad, he visto este libro de la
segunda parte del Ingenioso Cauallero don
Quixote de la Mancha, por Miguel de Ceruantes
Saauedra, y no hallo en el cosa indigna de vn
christiano zelo ni que disuene de la decencia
deuida a buen exemplo, ni virtudes morales:
antes mucha erudicion y aprouechamiento, assi
en la continencia de su bien seguido assunto
para extirpar los vanos y mentirosos libros de
Cauallerias, cuyo contagio auia cundido mas de
lo que fuera justo, como en la lisura del
lenguage castellano, no adulterado con enfadosa y
estudiada afectacion, vicio con razon aborrecido
de hombres cuerdos, y en la correcion de
vicios que generalmente toca, ocasionado de sus
agudos discursos, guarda con tanta cordura las
leyes de reprehension christiana, que aquel que
fuere tocado de la enfermedad que pretende
curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas
gustosamente aura beuido, quando menos lo
imagine, sin empacho ni asco alguno, lo
prouechoso de la detestacion de su vicio, con que
se hallará, que es lo mas dificil de conseguirse,
gustoso y reprehendido.
  Ha auido muchos que por no auer sabido
templar ni mezclar a proposito lo vtil con lo
dulce han dado con todo su molesto trabajo en
tierra, pues no pudiendo imitar a Diogenes en
lo filosofo y docto, atreuida, por no dezir
licenciosa y desalumbradamente, le pretenden
imitar en lo cinico, entregandose a maldicientes,
inuentando casos que no passaron para hazer
capaz al vicio que tocan de su aspera
reprehension, y por ventura descubren caminos para
seguirle hasta entonces ignorados, con que
vienen a quedar, si no reprehensores, a lo
menos maestros del. Hazense odiosos a los bien
entendidos, con el pueblo pierden el credito, si
alguno tuuieron, para admitir sus escritos y los
vicios que arrojada e imprudentemente quisieren
corregir en muy peor estado que antes,
que no todas las postemas a vn mismo tiempo
estan dispuestas para admitir las recetas o
cauterios; antes algunos mucho mejor reciben las
blandas y suaues medicinas, con cuya aplicacion
el atentado y docto medico consigue el
fin de resoluerlas, termino que muchas vezes
es mejor que no el que se alcança con el rigor
del hierro.
  Bien diferente han sentido de los escritos de
Miguel de Ceruantes assi nuestra nacion como
las estrañas, pues como a milagro dessean ver
el autor de libros que con general aplauso, assi
por su decoro y decencia como por la suauidad
y blandura de sus discursos han recebido España,
Francia, Italia, Alemania y Flandes.
  Certifico con verdad que en veynte y cinco
de febrero deste año de seyscientos y quinze,
auiendo ydo el illustrissimo señor don Bernardo
de Sandoual y Rojas, cardenal arçobispo
de Toledo, mi señor, a pagar la visita que a Su
Illustrissima hizo el embaxador de Francia, que
vino a tratar cosas tocantes a los casamientos
de sus principes y los de España, muchos
caualleros francesses de los que vinieron
acompañando al embaxador, tan corteses como
entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a
mi y a otros capellanes del cardenal mi señor,
desseosos de saber qué libros de ingenio
andauan mas validos, y tocando a caso en este
que yo estaua censurando, apenas oyeron el
nombre de Miguel de Ceruantes, quando se
començaron a hazer lenguas, encareciendo la
estimacion en que assi en Francia como en los
reynos sus confinantes, se tenian sus obras,
la Galatea, que alguno dellos tiene casi de
memoria la primera parte desta, y las Nouelas.
Fueron tantos sus encare[ci]mientos, que me
ofreci lleuarles que viessen el autor dellas, que
estimaron con mil demostraciones de viuos
desseos. Preguntaronme muy por menor su
edad, su profession, calidad y cantidad.
Halleme obligado a dezir que era viejo, soldado,
hidalgo y pobre, a que vno respondio estas
formales palabras:
  “Pues ¿a tal hombre no le tiene España muy
rico y sustentado del erario publico?”
  Acudio otro de aquellos caualleros con este
pensamiento y con mucha agudeza, y dixo:
  “Si necessidad le ha de obligar a escriuir,
plega a Dios que nunca tenga abundancia para
que con sus obras, siendo el pobre, haga rico
a todo el mundo.”
  Bien creo que está, para censura, vn poco
larga, alguno dira que toca los limites de
lisongero elogio: mas la verdad de lo que
cortamente digo deshaze en el critico la sospecha y
en mi el cuydado; ademas que el dia de oy no
se lisongea a quien no tiene con que cebar el
pico del adulador que, aunque afectuosa y
falsamente dize de burlas, pretende ser remunerado
de veras. En Madrid, a veynte y siete de
febrero de mil y seyscientos y quinze.

              El Licenciado Marquez Torres.


                  PRIVILEGIO

  Por quanto por parte de vos, Miguel de
Ceruantes Saauedra, nos fue fecha relacion que
auiades compuesto la segunda parte de don
Quixote de la Mancha, de la qual haziades
presentacion, y por ser libro de historia
agradable y honesta, y aueros costado mucho
trabajo y estudio, nos suplicastes os
mandassemos dar licencia para le poder imprimir y
priuilegio por veynte años, o como la nuestra
merced fuesse, lo qual visto por los del
nuestro Consejo, por quanto en el dicho libro se
hizo la diligencia que la prematica, por nos
sobre ello fecha, dispone, fue acordado que
deuiamos mandar dar esta nuestra cedula en
la dicha razon, y nos tuuimoslo por bien. Por
la qual vos damos licencia y facultad para que
por tiempo y espacio de diez años cumplidos
primeros siguientes, que corran y se cuenten
desde el dia de la fecha de esta nuestra cedula
en adelante, vos, o la persona que para ello
vuestro poder ouiere, y no otra alguna,
podais imprimir y vender el dicho libro que de
suso se haze mencion, y por la presente damos
licencia y facultad a qualquier impressor de
nuestros reynos que nombraredes para que
durante el dicho tiempo le pueda imprimir por
el original, que en el nuestro Consejo se vio
que va rubricado y firmado al fin de Hernando
de Vallejo, nuestro escriuano de Camara, y
vno de los que en el residen, con que antes y
primero que se venda lo traygais ante ellos,
juntamente con el dicho original, para que se
vea si la dicha impression está conforme a el,
o traygais fe en publica forma, como por
corretor por nos nombrado se vio y corrigio la
dicha impression por el dicho original, y mas
al dicho impressor que ansi imprimiere el
dicho libro no imprima el principio y primer
pliego del, ni entregue mas de vn solo libro
con el original al autor y persona a cuya costa
lo imprimiere, ni a otra alguna, para efecto de
la dicha correcion y tassa, hasta que antes y
primero el dicho libro esté corregido y tassado
por los del nuestro Consejo, y estando hecho,
y no de otra manera, pueda imprimir el dicho
principio y primer pliego, en el qual imediatamente
ponga esta nuestra licencia y la aprouacion,
tassa y erratas, ni lo podais vender, ni
vendais vos ni otra persona alguna, hasta que
esté el dicho libro en la forma susodicha, so
pena de caer e incurrir en las penas contenidas
en la dicha prematica y leyes de nuestros
reynos que sobre ello disponen, y mas, que
durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra
licencia no le pueda imprimir ni vender, so
pena que el que lo imprimiere y vendiere aya
perdido y pierda qualesquiera libros, moldes
y aparejos que del tuuiere, y mas incurra en
pena de cincuenta mil marauedis por cada vez
que lo contrario hiziere, de la qual dicha pena
sea la tercia parte para nuestra Camara, y la
otra tercia parte para el juez que lo
sentenciare, y la otra tercia parte para el que lo
denunciare; y mas a los del nuestro Consejo,
Presidentes, Oydores de las nuestras Audiencias,
Alcaldes, Alg[u]aziles de la nuestra Casa
y Corte y Chancillerias, y a otras qualesquiera
justicias de todas las ciudades, villas y lugares
de los nuestros reynos y señorios y a cada
vno en su juridicion, ansi a los que agora son
como a los que seran de aqui adelante, que
vos guarden y cumplan esta nuestra cedula y
merced, que ansi vos hazemos, y contra ella
no vayan ni passen en manera alguna, so
pena de la nuestra merced y de diez mil
marauedis para la nuestra Camara.
  Dada en Madrid, a treynta dias del mes de
Março de mil y seiscientos y quinze años.

                  YO EL REY

          Por mandado del Rey nuestro señor,
                   Pedro de Contreras


              PROLOGO AL LECTOR

  Valame Dios, y con quanta gana deues de
estar esperando aora, lector illustre, o quier
plebeyo, este prologo, creyendo hallar en el
venganças, riñas y vituperios del autor del
segundo don Quixote, digo de aquel que dizen
que se engendró en Tordesillas y nacio en
Tarragona. Pues en verdad que no te he
dar este contento, que puesto que los agrauios
despiertan la colera en los mas humildes
pechos, en el mio ha de padecer excepcion esta
regla; quisieras tu que lo diera del asno, del
mentecato y del atreuido; pero no me passa
por el pensamiento: castíguele su pecado, con
su pan se lo coma y alla se lo aya.
  Lo que no he podido dexar de sentir es que
me note de viejo y de manco, como si
huuiera sido en mi mano auer detenido el tiempo
que no passasse por mi, o si mi manquedad
huuiera nacido en alguna taberna, sino en la
mas alta ocasion que vieron los siglos passados,
los presentes, ni esperan ver los venideros.
Si mis heridas no resplandecen en los ojos
de quien las mira, son estimadas, a lo menos,
en la estimacion de los que saben dónde se
cobraron; que el soldado mas bien parece
muerto en la batalla que libre en la fuga, y
es esto en mi de manera, que si aora me
propusieran y facilitaran vn impossible, quisiera
antes auerme hallado en aquella faccion
prodigiosa que sano aora de mis heridas sin auerme
hallado en ella. Las que el soldado muestra
en el rostro y en los pechos, estrellas son
que guian a los demas al cielo de la honra, y
al de dessear la justa alabança, y hase de
aduertir que no se escriue con las canas, sino con
el entendimiento, el qual suele mejorarse con
los años.
  He sentido tambien que me llame inuidioso,
y que, como a ignorante, me descriua qué cosa
sea la inuidia; que en realidad de verdad,
de dos que ay yo no conozco sino a la santa,
a la noble y bien intencionada; y siendo esto
assi, como lo es, no tengo yo de perseguir a
ningun sacerdote, y mas si tiene por añadidura
ser familiar del Santo Oficio, y si el lo
dixo, por quien parece que lo dixo, engañose
de todo en todo; que del tal adoro el ingenio,
admiro las obras y la ocupacion continua y
virtuosa. Pero, en efecto, le agradezco a este
señor autor el dezir que mis Nouelas son mas
satiricas que exemplares, pero que son buenas;
y no lo pudieran ser si no tuuieran de todo.
  Pareceme que me dizes que ando muy limitado
y que me contengo mucho en los terminos
de mi modestia, sabiendo que no se ha
añadir aflicion al afligido, y que la que deue
de tener este señor sin duda es grande, pues
no ossa parecer a campo abierto y al cielo
claro, encubriendo su nombre, fingiendo su
patria, como si huuiera hecho alguna traycion
de lesa magestad. Si por ventura llegares a
conocerle, dile de mi parte que no me tengo
por agrauiado; que bien se lo que son
tentaciones del demonio, y que vna de las mayores
es ponerle a vn hombre en el entendimiento
que puede componer y imprimir vn libro con
que gane tanta fama como dineros, y tantos
dineros quanta fama, y para confirmacion desto
quiero que en tu buen donayre y gracia le
cuentes este cuento.
  Auia en Seuilla vn loco que dio en el mas
gracioso disparate y tema que dio loco en el
mundo. Y fue que hizo vn cañuto de caña
puntiagudo en el fin, y, en cogiendo algun perro
en la calle, o en qualquiera otra parte, con el
vn pie le cogia el suyo, y el otro le alçaua con
la mano, y como mejor podia le acomodaua el
cañuto en la parte que, soplandole, le ponia
redondo como vna pelota, y, en teniendolo
desta suerte, le daua dos palmaditas en la barriga
y le soltaua, diziendo a los circunstantes,
que siempre eran muchos: “¿Pensarán vuessas
mercedes aora que es poco trabajo inchar vn
perro?” “¿Pensará vuessa merced aora que es
poco trabajo hazer vn libro?” --Y si este cuento
no le quadrare, dirasle, lector amigo, este,
que tambien es de loco y de perro.
  Auia en Cordoua otro loco que tenia por
costumbre de traer encima de la cabeça vn
pedaço de losa de marmol, o vn canto no muy
liuiano, y, en topando algun perro descuydado,
se le ponia junto, y a plomo dexaua caer
sobre el el peso. Amohinauase el perro y,
dando ladridos y aullidos, no paraua en tres
calles.
  Sucedio, pues, que entre los perros que
descargó la carga, fue vno vn perro de vn
bonetero, a quien queria mucho su dueño. Baxó el
canto, diole en la cabeça, alçó el grito el molido
perro, violo y sintiolo su amo, assio de vna
vara de medir y salio al loco, y no le dexó
huesso sano; y cada palo que le daua dezia:
  “Perro ladron, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel,
que era podenco mi perro?”
  Y, repitiendole el nombre de podenco
muchas vezes, embió al loco echo vna alheña.
Escarmento el loco y retirose, y en mas de vn
mes no salio a la plaça, al cabo del qual
tiempo boluio con su inuencion y con mas carga.
Llegauase donde estaua el perro y, mirandole
muy bien de hito en hito y, sin querer ni
atreuerse a descargar la piedra, dezia: “Este es
podenco; guarda.” En efeto, todos quantos
perros topaua, aunque fuessen alanos o gozques,
dezia que eran podencos, y assi, no solto
mas el canto.
  Quiça de esta suerte le podra acontecer a
este historiador, que no se atreuera a soltar
mas la presa de su ingenio en libros que, en
siendo malos, son mas duros que las peñas.
  Dile tambien que de la amenaza que me
haze, que me ha de quitar la ganancia con su
libro, no se me da vn ardite; que acomodandome
al entremes famoso de la Perendenga,
le respondo que me viua el Veynteyquatro
mi señor, y Christo con todos. Viua el gran
Conde de Lemos, cuya christiandad y liberalidad
bien conocida contra todos los golpes de
mi corta fortuna me tiene en pie, y viuame la
suma caridad del illustrissimo de Toledo don
Bernardo de Sandoual y Rojas, y siquiera
no aya emprentas en el mundo, y siquiera se
impriman contra mi mas libros que tienen
letras las coplas de Mingo Rebulgo. Estos dos
principes, sin que los solicite adulacion mia, ni
otro genero de aplauso, por sola su bondad,
han tomado a su cargo el hazerme merced
y fauorecerme; en lo que me tengo por mas
dichoso y mas rico que si la fortuna por camino
ordinario me huuiera puesto en su cumbre.
La honra puedela tener el pobre, pero no el
vicioso: la pobreza puede anublar a la nobleza,
pero no escurecerla del todo; pero como la
virtud de alguna luz de si, aunque sea por los
inconuenientes y resquicios de la estrecheza,
viene a ser estimada de los altos y nobles
espiritus, y, por el consiguiente, fauorecida.
  Y no le digas mas, ni yo quiero dezirte mas
a ti, sino aduertirte que consideres que esta
segunda parte de don Quixote que te ofrezco,
es cortada del mismo artifice y del mesmo paño
que la primera, y que en ella te doy a don
Quixote dilatado y, finalmente, muerto y
sepultado, por que ninguno se atreua a leuantarle
nueuos testimonios, pues bastan los passados,
y basta tambien que vn hombre honrado aya
dado noticia destas discretas locuras, sin querer
de nueuo entrarse en ellas; que la abundancia
de las cosas, aunque sean buenas, haze que no
se estimen, y la carestia, aun de las malas, se
estima en algo. Oluidaseme de dezirte, que
esperes el Persiles que ya estoy acabando y la
segunda parte de Galatea.


        DEDICATORIA AL CONDE DE LEMOS

  Embiando a Vuestra Excelencia los dias
passados mis Comedias, antes impressas que
representadas, si bien me acuerdo, dixe que
don Quixote quedaua calçadas las espuelas
para yr a besar las manos a Vuestra Excelencia,
y aora digo que se las ha calçado y se ha
puesto en camino, y si el alla llega me parece
que aure hecho algun seruicio a Vuestra
Excelencia, porque es mucha la priessa que de
infinitas partes me dan a que le embie, para
quitar el hamago y la nausea que ha causado otro
don Quixote, que con nombre de segunda parte
se ha disfraçado y corrido por el orbe; y el que
mas ha mostrado dessearle ha sido el grande
Emperador de la China, pues en lengua
chinesca aura vn mes que me escriuio vna carta
con vn propio, pidiendome, o por mejor
dezir, suplicandome, se le embiasse porque queria
fundar vn colegio donde se leyesse la lengua
castellana, y queria que el libro que se leyesse
fuesse el de la historia de don Quixote;
juntamente con esto me dezia que fuesse yo a ser
el Rector del tal colegio.
  Preguntele al portador si su magestad le
auia dado para mi alguna ayuda de costa.
Respondiome que ni por pensamiento.
  “Pues, hermano”, le respondi yo, “vos os
podeys boluer a vuestra China a las diez o a las
veynte o a las que venis despachado, porque yo
no estoy con salud para ponerme en tan largo
viage. Ademas, que, sobre estar enfermo, estoy
muy sin dineros, y, emperador por emperador
y monarca por monarca, en Napoles tengo al
grande Conde de Lemos, que, sin tantos titulillos
de colegios ni rectorias, me sustenta, me
ampara y haze mas merced que la que yo
acierto a dessear.”
  Con esto le despedi, y con esto me despido,
ofreciendo a Vuestra Excelencia Los trabajos
de Persilis y Sigismunda, libro a quien dare
fin dentro de quatro meses, Deo volente; el qual
ha de ser, o el mas malo, o el mejor que en
nuestra lengua se haya compuesto, quiero
dezir de los de entretenimiento, y digo que me
arrepiento de auer dicho el mas malo, porque
segun la opinion de mis amigos ha de llegar al
estremo de bondad possible.
  Venga Vuestra Excelencia con la salud que
es desseado, que ya estara Persiles para besarle
las manos, y yo, los pies, como criado que soy
de Vuestra Excelencia.
  De Madrid, vltimo de otubre de mil
seyscientos y quinze.
  Criado de Vuestra Excelencia,

              Miguel de Ceruantes Saauedra.


               Capitulo primero

 De lo que el cura y el barbero passaron con
     don Quixote cerca de su enfermedad.

  Cuenta Zide Hamete Benengeli en la segunda
parte desta historia, y tercera salida de
don Quixote, que el cura y el barbero se
estuuieron casi vn mes sin verle, por no renouarle
y traerle a la memoria las cosas passadas.
Pero no por esto dexaron de visitar a su sobrina
y a su ama, encargandolas tuuiessen cuenta
con regalarle, dandole a comer cosas confortatiuas
y apropiadas para el coraçon y el celebro,
de donde procedia, segun buen discurso, toda
su mala ventura. Las quales dixeron que assi
lo hazian, y lo harian con la voluntad y
cuydado possible, porque echauan de ver que su
señor por momentos yua dando muestras de
estar en su entero juyzio, de lo qual recibieron
los dos gran contento por parecerles que auian
acertado en auerle traydo encantado en el
carro de los bueyes, como se conto en la
primera parte desta tan grande como puntual
historia, en su vltimo capitulo. Y, assi,
determinaron de visitarle y hazer esperiencia de su
mejoria, aunque tenian casi por impossible que
la tuuiesse, y acordaron de no tocarle en
ningun punto de la andante caualleria, por no
ponerse a peligro de descosser los de la herida,
que tan tiernos estauan.
  Visitaronle, en fin, y hallaronle sentado en
la cama, vestida vna almilla de vayeta verde,
con vn bonete colorado toledano, y estaua tan
seco y amoxamado, que no parecia sino hecho
de carne momia. Fueron del muy bien recebidos,
preguntaronle por su salud, y el dio cuenta
de si y de ella con mucho juyzio y con
muy elegantes palabras. Y en el discurso de
su platica vinieron a tratar en esto que llaman
razon de estado y modos de gouierno,
enmendando este abuso y condenando aquel;
reformando vna costumbre y desterrando otra,
haziendose cada vno de los tres vn nueuo
legislador, vn Licurgo moderno o vn Solon
flamante; y de tal manera renouaron la Republica,
que no parecio sino que la auian puesto
en vna fragua y sacado otra de la que pusieron;
y habló don Quixote con tanta discrecion
en todas las materias que se tocaron, que los
dos essaminadores creyeron indubitadamente
que estaua del todo bueno y en su entero
juyzio.
  Hallaronse presentes a la platica la sobrina
y ama, y no se hartauan de dar gracias a Dios
de ver a su señor con tan buen entendimiento;
pero el cura, mudando el proposito primero,
que era de no tocarle en cosa de cauallerias,
quiso hazer de todo en todo esperiencia si la
sanidad de don Quixote era falsa o verdadera;
y assi, de lance en lance vino a contar algunas
nueuas que auian venido de la Corte, y, entre
otras, dixo que se tenia por cierto que el
Turco baxaua con vna poderosa armada, y que no
se sabia su designio, ni adonde auia de
descargar tan gran nublado, y con este temor, con
que casi cada año nos toca arma, estaua puesta
en ella toda la christiandad, y su magestad
auia hecho proueer las costas de Napoles y
Sicilia y la Isla de Malta.
  A esto respondio don Quixote:
  “Su magestad ha hecho como prudentissimo
guerrero en proueer sus estados con tiempo
porque no le halle dessapercebido el enemigo,
pero si se tomara mi consejo, aconsejarale yo
que vsara de vna preuencion, de la qual su
magestad la hora de agora deue estar muy
ageno de pensar en ella.”
  Apenas oyo esto el cura, quando dixo
entre si:
  “Dios te tenga de su mano, pobre don
Quixote, que me parece que te despeñas de la
alta cumbre de tu locura hasta el profundo
abismo de tu simplicidad.”
  Mas el barbero, que ya auia dado en el
mesmo pensamiento que el cura, preguntó a
don Quixote quál era la aduertencia de la
preuencion que dezia era bien se hiziesse;
quiza podria ser tal, que se pusiesse en la lista
de los muchos aduertimientos impertinentes
que se suelen dar a los principes.
  “El mio, señor rapador”, dixo don Quixote,
“no sera impertinente, sino perteneciente.”
  “No lo digo por tanto”, replicó el barbero,
“sino porque tiene mostrado la esperiencia
que todos o los mas arbitrios, que se dan a su
magestad, o son impossibles o disparatados,
o en daño del rey o del reyno.”
  “Pues el mio”, respondio don Quixote, “ni
es impossible ni disparatado, sino el mas facil,
el mas justo y el mas mañero y breue que puede
caber en pensamiento de arbitrante alguno.”
  “Ya tarda en dezirle vuessa merced, señor
don Quixote”, dixo el cura.
  “No querria”, dixo don Quixote, “que le
dixesse yo aqui agora, y amaneciesse mañana
en los oydos de los señores consejeros, y se
lleuasse otro las gracias y el premio de mi
trabajo.”
  “Por mi”, dixo el barbero, “doy la palabra,
para aqui y para delante de Dios, de no dezir
lo que vuessa merced dixere a rey ni a roque,
ni a hombre terrenal: juramento que aprendi
del romance del cura que en el prefacio auisó
al rey del ladron que le auia robado las cien
doblas y la su mula la andariega.”
  “No se historias”, dixo don Quixote, “pero
se que es bueno esse juramento, en fee de que
se que es hombre de bien el señor barbero.”
  “Quando no lo fuera”, dixo el cura, “yo le
abono y salgo por el, que en este caso no
hablará mas que vn mudo, so pena de pagar
lo juzgado y sentenciado.”
  “Y a vuessa merced ¿quién le fia, señor
cura?”, dixo don Quixote.
  “Mi profession”, respondio el cura, “que es
de guardar secreto.”
  “¡Cuerpo de tal!”, dixo a esta sazon don
Quixote. “¿Ay mas sino mandar su magestad por
publico pregon que se junten en la Corte para
vn dia señalado todos los caualleros andantes
que vagan por España, que aunque no
viniessen sino media docena, tal podria venir
entre ellos que solo bastasse a destruyr toda
la potestad del Turco? Estenme vuessas
mercedes atentos y vayan conmigo. ¿Por ventura,
es cosa nueua deshazer vn solo cauallero
andante vn exercito de docientos mil hombres,
como si todos juntos tuuieran vna sola garganta,
o fueran hechos de alfeñique? Si no,
diganme, ¿quántas historias estan llenas destas
marauillas? ¡Auia, en hora mala para mi, que
no quiero dezir para otro, de viuir oy el famoso
don Belianis o alguno de los del inumerable
linage de Amadis de Gaula!; que si alguno
destos oy viuiera y con el Turco se afrontara,
a fee que no le arrendara la ganancia; pero
Dios mirará por su pueblo y deparará alguno,
que, si no tan brauo como los passados andantes
caualleros, a lo menos, no les sera inferior
en el animo; y Dios me entiende y no digo
mas.”
  “¡Hai!”, dixo a este punto la sobrina, “¡que
me maten, si no quiere mi señor boluer a ser
cauallero andante!”
  A lo que dixo don Quixote:
  “Cauallero andante he de morir, y baxe o
suba el Turco quando el quisiere y quan
poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios
me entiende.”
  A esta sazon dixo el barbero:
  “Suplico a vuessas mercedes que se me de
licencia para contar vn cuento breue que
sucedio en Seuilla, que, por venir aqui como de
molde, me da gana de contarle.”
  Dio la licencia don Quixote, y el cura y los
demas le prestaron atencion, y el començo
desta manera:
  “En la casa de los locos de Seuilla estaua vn
hombre a quien sus parientes auian puesto alli
por falto de juyzio; era graduado en Canones
por Osuna, pero aunque lo fuera por Salamanca,
segun opinion de muchos, no dexara de
ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos
años de recogimiento se dio a entender que
estaua cuerdo y en su entero juyzio, y con esta
imaginacion escriuio al arçobispo, suplicandole
encarecidamente, y con muy concertadas
razones, le mandasse sacar de aquella miseria
en que viuia, pues por la misericordia de Dios
auia ya cobrado el juyzio perdido, pero que
sus parientes, por gozar de la parte de su
hazienda, le tenian alli, y, a pesar de la verdad,
querian que fuesse loco hasta la muerte.
  ”El arçobispo, persuadido de muchos villetes
concertados y discretos, mandó a vn capellan
suyo se informasse del retor de la casa si era
verdad lo que aquel licenciado le escriuia, y
que assimesmo hablasse con el loco, y que si
le pareciesse que tenia juyzio, le sacasse y
pusiesse en libertad. Hizolo assi el capellan, y el
retor le dixo que aquel hombre aun se estaua
loco; que puesto que hablaua muchas vezes
como persona de grande entendimiento, al
cabo disparaua con tantas necedades, que en
muchas y en grandes igualauan a sus primeras
discreciones, como se podia hazer la esperiencia
hablandole. Quiso hazerla el capellan, y,
poniendole con el loco, habló con el vna hora y
mas, y en todo aquel tiempo jamas el loco dixo
razon torzida ni disparatada, antes habló tan
atentadamente que el capellan fue forçado a
creer que el loco estaua cuerdo; y entre otras
cosas que el loco le dixo fue que el retor le
tenia ojeriza, por no perder los regalos que sus
parientes le hazian por que dixesse que aun
estaua loco, y con luzidos interualos, y que el
mayor contrario que en su desgracia tenia era
su mucha hazienda, pues por gozar della sus
enemigos ponian dolo y dudauan de la merced
que nuestro Señor le auia hecho en boluerle
de bestia en hombre; finalmente, el habló de
manera, que hizo sospechoso al retor, codiciosos
y desalmados a sus parientes, y a el tan
discreto, que el capellan se determinó a
lleuarsele consigo, a que el arçobispo le viesse y
tocasse con la mano la verdad de aquel
negocio.
  ”Con esta buena fee, el buen capellan pidio
al retor mandasse dar los vestidos con que alli
auia entrado el licenciado; boluio a dezir el
retor que mirasse lo que hazia, porque sin duda
alguna el licenciado aun se estaua loco; no
siruieron de nada para con el capellan las
preuenciones y aduertimientos del retor para que
dexasse de lleuarle; obedecio el retor, viendo
ser orden del arçobispo; pusieron al licenciado
sus vestidos, que eran nueuos y decentes, y
como el se vio vestido de cuerdo y desnudo
de loco, suplicó al capellan que por caridad le
diesse licencia para yr a despedirse de sus
compañeros los locos; el capellan dixo que el le
queria acompañar y ver los locos que en la
casa auia; subieron, en efeto, y con ellos
algunos que se hallaron presentes, y llegado el
licenciado a vna xaula adonde estaua vn loco
furioso, aunque entonces sossegado y quieto,
le dixo:
  «Hermano mio, mire si me manda algo, que
»me voy a mi casa; que ya Dios ha sido seruido
»por su infinita bondad y misericordia, sin yo
»merecerlo, de boluerme mi juyzio; ya estoy
»sano y cuerdo, que acerca del poder de Dios
»ninguna cosa es impossible; tenga grande
»esperança y confiança en El, que pues a mi me
»ha buelto a mi primero estado, tambien le boluera
»a el, si en El confia; yo tendre cuydado de
»embiarle algunos regalos que coma, y comalos
»en todo caso, que le hago saber que imagino,
»como quien ha passado por ello, que todas
»nuestras locuras proceden de tener los
»estomagos vazios y los celebros llenos de ayre;
»esfuercesse, esfuercese, que el descaecimiento
»en los infortunios apoca la salud y acarrea la
»muerte.»
  ”Todas estas razones del licenciado escuchó
otro loco que estaua en otra xaula, frontero de
la del furioso, y leuantandose de vna estera
vieja, donde estaua echado y desnudo en cueros,
preguntó a grandes vozes quién era el que
se yua sano y cuerdo; el licenciado respondio:
  «Yo soy, hermano, el que me voy; que ya no
»tengo necessidad de estar mas aqui, por lo que
»doy infinitas gracias a los cielos que tan
»grande merced me han hecho.»
  «Mirad lo que dezis, licenciado, no os engañe
»el diablo», replicó el loco; «sossegad el pie y
»estaos quedito en vuestra casa y ahorrareis la
»buelta.»
  «Yo se que estoy bueno», replicó el
licenciado, «y no aura para que tornar a andar
»estaciones.»
  «¿Vos bueno?», dixo el loco; «agora bien, ello
»dira; andad con Dios, pero yo os voto a Iupiter,
»cuya magestad yo represento en la tierra, que
»por solo este pecado que oy comete Seuilla en
»sacaros desta casa y en teneros por cuerdo,
»tengo de hazer vn tal castigo en ella, que quede
»memoria del por todos los siglos de los siglos,
»amen. ¿No sabes tu, licenciadillo menguado,
»que lo podre hazer, pues, como digo, soy
»Iupiter tonante, que tengo en mis manos los rayos
»abrassadores con que puedo y suelo amenazar
»y destruyr el mundo? Pero con sola vna cosa
»quiero castigar a este ignorante pueblo, y es
»con no llouer en el, ni en todo su distrito y
»contorno, por tres enteros años, que se han de
»contar desde el dia y punto en que ha sido
»hecha esta amenaza en adelante. ¿Tu libre, tu
»sano, tu cuerdo; y yo loco, y yo enfermo, y yo
»atado? Assi pienso llouer como pensar
»ahorcarme.»
  ”A las vozes y a las razones del loco
estuuieron los circustantes atentos; pero nuestro
licenciado, boluiendose a nuestro capellan y
asiendole de las manos, le dixo:
  «No tenga vuessa merced pena, señor mio,
»ni haga caso de lo que este loco ha dicho; que
»si el es Iupiter y no quisiere llouer, yo que soy
»Neptuno, el padre y el dios de las aguas,
»llouere todas las vezes que se me antojare y
»fuere menester.»
  ”A lo que respondio el capellan:
  «Con todo esso, señor Neptuno, no sera bien
»enojar al señor Iupiter; vuessa merced se
»quede en su casa; que otro dia, quando aya mas
»comodidad y mas espacio, bolueremos por
»vuessa merced.»
  ”Riose el retor y los presentes, por cuya risa
se medio corrio el capellan; desnudaron al
licenciado, quedose en casa y acabose el
cuento.”
  “Pues ¿este es el cuento, señor barbero”, dixo
don Quixote, “que, por venir aqui como de molde,
no podia dexar de contarle? ¡A, señor rapista,
señor rapista, y quán ciego es aquel que no
vee por tela de cedazo! Y ¿es possible que
vuessa merced no sabe que las comparaciones que
se hazen de ingenio a ingenio, de valor a valor,
de hermosura a hermosura y de linage a linage
son siempre odiosas y mal recebidas? Yo, señor
barbero, no soy Neptuno el dios de las aguas,
ni procuro que nadie me tenga por discreto, no
lo siendo; solo me fatigo por dar a entender al
mundo en el error en que está, en no renouar
en si el felicissimo tiempo donde campeaua la
orden de la andante caualleria; pero no es
merecedora la deprauada edad nuestra de gozar
tanto bien como el que gozaron las edades
donde los andantes caualleros tomaron a su
cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa
de los reynos, el amparo de las donzellas, el
socorro de los huerfanos y pupilos, el castigo
de los soberuios y el premio de los humildes.
Los mas de los caualleros que agora se vsan,
antes les cruxen los damascos, los brocados y
otras ricas telas de que se visten, que la malla
con que se arman; ya no ay cauallero que
duerma en los campos, sugeto al rigor del cielo,
armado de todas armas desde los pies a la
cabeça; y ya no ay quien, sin sacar los pies
de los estriuos, arrimado a su lança, solo
procure descabeçar, como dizen, el sueño como
lo hazian los caualleros andantes. Ya no ay
ninguno que saliendo deste bosque entre en
aquella montaña, y de alli, pise vna esteril y
desierta playa del mar, las mas vezes proceloso
y alterado; y, hallando en ella y en su orilla
vn pequeño batel sin remos, vela, mastil, ni
xarcia alguna, con intrepido coraçon se arroge
en el, entregandose a las implacables olas del
mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le
baxan al abismo, y el, puesto el pecho a la
incontrastable borrasca, quando menos se cata,
se halla tres mil y mas leguas distante del
lugar donde se embarcó; y, saltando en tierra
remota y no conocida le suceden cosas dignas
de estar escritas, no en pergaminos, sino en
bronces.
  ”Mas agora ya triunfa la pereza de la diligencia,
la ociosidad del trabajo, el vicio de la
virtud, la arrogancia de la valentia y la teorica
de la practica de las armas, que solo viuieron
y resplandecieron en las edades del oro y en
los andantes caualleros. Si no, diganme, ¿quién
mas honesto y mas valiente que el famoso
Amadis de Gaula? ¿Quién mas discreto que
Palmerin de Inglaterra? ¿Quién mas acomodado
y manual que Tirante el Blanco? ¿Quién
mas galan que Lisuarte de Grecia? ¿Quién mas
acuchillado ni acuchillador que don Belianis?
¿Quién mas intrepido que Perion de Gaula?
O ¿quién mas acometedor de peligros que
Felixmarte de Yrcania? O ¿quién mas sincero
que Esplandian? ¿Quién mas arrojado que don
Ceriongilio de Tracia? ¿Quién mas brauo
que Rodamonte? ¿Quién mas prudente que el
rey Sobrino? ¿Quién mas atreuido que
Reynaldos? ¿Quién mas inuencible que Roldan? Y
¿quién mas gallardo y mas cortés que Rugero,
de quien decienden oy los duques de Ferrara,
segun Turpin en su Cosmografia?
  ”Todos estos caualleros, y otros muchos que
pudiera dezir, señor cura, fueron caualleros
andantes, luz y gloria de la caualleria. Destos,
o tales como estos, quisiera yo que fueran los
de mi arbitrio, que a serlo, su magestad se
hallara bien seruido, y ahorrara de mucho gasto,
y el Turco se quedara pelando las barbas; y,
con esto, no quiero quedar en mi casa, pues
no me saca el capellan della, y [si] Iupiter,
como ha dicho el barbero, no llouiere, aqui
estoy yo que llouere quando se me antojare;
digo esto, por que sepa el señor Vazia que le
entiendo.”
  “En verdad, señor don Quixote”, dixo el
barbero, “que no lo dixe por tanto, y assi me
ayude Dios como fue buena mi intencion, y que
no deue vuessa merced sentirse.”
  “Si puedo sentirme o no”, respondio don
Quixote “yo me lo se.”
  A esto dixo el cura:
  “Aun bien que yo casi no he hablado palabra
hasta aora, y no quisiera quedar con vn
escrupulo que me roe y escarua la conciencia,
nacido de lo que aqui el señor don Quixote ha
dicho.”
  “Para otras cosas mas”, respondio don Quixote,
“tiene licencia el señor cura, y assi puede
dezir su escrupulo, porque no es de gusto andar
con la conciencia escrupulosa.”
  “Pues con esse beneplacito”, respondio el
cura, “digo que mi escrupulo es que no me
puedo persuadir en ninguna manera a que
toda la caterua de caualleros andantes que
vuessa merced, señor don Quixote, ha referido,
ayan sido real y verdaderamente personas de
carne y huesso en el mundo; antes imagino
que todo es ficcion, fabula y mentira, y sueños
contados por hombres despiertos o, por mejor
dezir, medio dormidos.”
  “Esse es otro error”, respondio don Quixote,
“en que han caydo muchos que no creen que
aya auido tales caualle[r]os en el mundo, y yo
muchas vezes, con diuersas gentes y ocasiones,
he procurado sacar a la luz de la verdad este
casi comun engaño; pero algunas vezes no he
salido con mi intencion y otras si, sustentandola
sobre los ombros de la verdad, la qual verdad
es tan cierta, que estoy por dezir que con
mis propios ojos vi a Amadis de Gaula, que
era vn hombre alto de cuerpo, blanco de rostro,
bien puesto de barba, aunque negra, de vista
entre blanda y rigurosa, corto de razones, tardo
en ayrarse y presto en deponer la ira; y del
modo que he delineado a Amadis, pudiera, a
mi parecer, pintar y [describir] todos quantos
caualleros andantes andan en las historias en
el orbe; que por la aprehension que tengo de
que fueron como sus historias cuentan, y por
las hazañas que hizieron y condiciones que
tuuieron, se pueden sacar por buena filosofia
sus faciones, sus colores y estaturas.”
  “¿Qué tan grande le parece a vuessa
merced, mi señor don Quixote”, preguntó el
barbero, “deuia de ser el gigante Morgante?”
  “En esto de gigantes”, respondio don Quixote,
“ay diferentes opiniones, si los ha auido o
no en el mundo: pero la Santa Escritura, que
no puede faltar vn atomo en la verdad, nos
muestra que los huuo, contandonos la historia
de aquel filisteazo de Golias, que tenia siete
codos y medio de altura, que es vna desmesurada
grandeza. Tambien en la isla de Sicilia se
han hallado canillas y espaldas tan grandes,
que su grandeza manifiesta que fueron gigantes
sus dueños, y tan grandes, como grandes
torres, que la geometria saca esta verdad de
duda. Pero con todo esto no sabre dezir con
certidumbre qué tamaño tuuiesse Morgante,
aunque imagino que no deuio de ser muy
alto; y mueueme a ser deste parecer hallar en
la historia donde se haze mencion particular
de sus hazañas, que muchas vezes dormia
debaxo de techado, y pues hallaua casa donde
cupiesse, claro está que no era desmesurada
su grandeza.”
  “Assi es”, dixo el cura.
  El qual, gustando de oyrle dezir tan grandes
disparates, le preguntó que qué sentia acerca
de los rostros de Reynaldos de Montaluan y de
don Roldan, y de los demas doze Pares de
Francia, pues todos auian sido caualleros
andantes.
  “De Reynaldos”, respondio don Quixote,
“me atreuo a dezir que era ancho de rostro,
de color bermejo, los ojos bayladores y algo
saltados, puntoso y colerico en demasia, amigo
de ladrones y de gente perdida; de Roldan
o Rotolando o Orlando, que con todos estos
nombres le nombran las historias, soy de parecer,
y me afirmo, que fue de mediana estatura,
ancho de espaldas, algo esteuado, moreno de
rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y
de vista amenazadora, corto de razones, pero
muy comedido y bien criado.”
  “Si no fue Roldan mas gentilhombre que
vuessa merced ha dicho”, replicó el cura, “no
fue marauilla que la señora Angelica la Bella
le desdeñasse y dexasse por la gala, brio y
donayre que deuia de tener el morillo
barbiponiente a quien ella se entregó, y anduuo
discreta de adamar antes la blandura de Medoro,
que la aspereça de Roldan.”
  “Essa Angelica”, respondio don Quixote,
“señor cura, fue vna donzella destrayda,
andariega y algo antojadiza, y tan lleno dexó
el mundo de sus impertinencias como de la
fama de su hermosura: despreció mil señores,
mil valientes y mil discretos, y contentose con
vn pagezillo barbiluzio, sin otra hazienda ni
nombre que el que le pudo dar de agradecido
la amistad que guardó a su amigo. El gran
cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no
atreuerse o por no querer cantar lo que a esta
señora le sucedio despues de su ruyn entrego,
que no deuieron ser cosas demasiadamente
honestas, la dexó, donde dixo:

        Y como del Catay recibio el cetro,
      quiza otro cantará con mejor plectro.

  ”Y, sin duda, que esto fue como profecia, que
los poetas tambien se llaman vates, que quiere
dezir adiuinos; veese esta verdad clara: porque
despues aca vn famoso poeta andaluz lloró
y cantó sus lagrimas, y otro famoso y vnico
poeta castellano cantó su hermosura.”
  “Digame, señor don Quixote”, dixo a esta
sazon el barbero, “¿no ha auido algun poeta
que aya hecho alguna satira a essa señora
Angelica entre tantos como la han alabado?”
  “Bien creo yo”, respondio don Quixote, “que
si Sacripante o Roldan fueran poetas, que ya
me huuieran xabonado a la donzella, porque
es propio y natural de los poetas desdeñados
y no admitidos de sus damas --fingidas, o
[no] fingidas-- en efeto, de aquellas a quien
ellos escogieron por señoras de sus pensamientos,
vengarse con satiras y libelos, vengança,
por cierto, indigna de pechos generosos; pero
hasta agora no ha llegado a mi noticia ningun
verso infamatorio contra la señora Angelica,
que truxo rebuelto el mundo.”
  “Milagro”, dixo el cura.
  Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina,
que ya auian dexado la conuersacion, dauan
grandes vozes en el patio, y acudieron todos
al ruydo.

                 Capitulo II

Que trata de la notable pendencia que
  Sancho Pança tuuo con la sobrina y ama de
  don Quixote, con otros sugetos graciosos.

  Cuenta la Historia que las vozes que oyeron
don Quixote, el cura y el barbero eran de la
sobrina y ama, que las dauan, diziendo a
Sancho Pança, que pugnaua por entrar a ver a
don Quixote, y ellas le defendian la puerta:
  “¿Qué quiere este mostrenco en esta casa?
Ydos a la vuestra, hermano; que vos soys, y
no otro, el que destrae y sonsaca a mi señor y
le lleua por essos andurriales.”
  A lo que Sancho respondio:
  “Ama de Satanas, el sonsacado y el destraydo
y el lleuado por essos andurriales soy
yo, que no tu amo; el me lleuó por essos
mundos, y vosotras os engañays en la mitad del
justo precio; el me sacó de mi casa con
engañifas, prometiendome vna insula, que hasta
agora la espero.”
  “Malas insulas te ahoguen”, respondio la
sobrina, “Sancho maldito, y ¿qué son insulas?
¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilon,
que tu eres?”
  “No es de comer”, replicó Sancho, “sino de
gouernar y regir mejor que quatro ciudades
y que quatro alcaldes de Corte.”
  “Con todo esso”, dixo el ama, “no entrareis
aca, saco de maldades y costal de malicias; id
a gouernar vuestra casa y a labrar vuestros
pegujares, y dexaos de pretender insulas ni
insulos.”
  Grande gusto recebian el cura y el barbero
de oyr el coloquio de los tres; pero don
Quixote, temeroso que Sancho se descosiesse y
desbuchasse algun monton de maliciosas
necedades y tocasse en puntos que no le estarian
bien a su credito, le llamó y hizo a las dos que
callassen y le dexassen entrar; entró Sancho, y
el cura y el barbero se despidieron de don
Quixote, de cuya salud dessesperaron, viendo
quán puesto estaua en sus desuariados
pensamientos y quán embeuido en la simplicidad
de sus mal andantes cauallerias, y, assi, dixo el
cura al barbero:
  “Vos vereis, compadre, como, quando menos
lo pensemos, nuestro hidalgo sale otra vez a
bolar la ribera.”
  “No pongo yo duda en esso”, respondio el
barbero; “pero no me marauillo tanto de la
locura del cauallero como de la simplicidad del
escudero, que tan creydo tiene aquello de la
insula, que creo que no se lo sacarán del casco
quantos dessengaños pueden imaginarse.”
  “Dios los remedie”, dixo el cura, “y
estemos a la mira: veremos en lo que para esta
maquina de disparates de tal cauallero y de
tal escudero; que parece que los forxaron a los
dos en vna mesma turquessa, y que las locuras
del señor sin las necedades del criado no
valian vn ardite.”
  “Assi es”, dixo el barbero, “y holgara
mucho saber qué tratarán aora los dos.”
  “Yo seguro”, respondio el cura, “que la
sobrina del ama nos lo cuenta despues, que no
son de condicion que dexarán de escucharlo.”
  En tanto, don Quixote se encerro con Sancho
en su aposento, y, estando solos, le dixo:
  “Mucho me pesa, Sancho, que ayas dicho y
digas que yo fuy el que te saqué de tus
casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis
casas; juntos salimos, juntos fuymos y juntos
peregrinamos; vna misma fortuna y vna misma
suerte ha corrido por los dos; si a ti te mantearon
vna vez, a mi me han molido ciento, y esto
es lo que te lleuo de ventaja.”
  “Esso estaua puesto en razon”, respondio
Sancho, “porque, segun vuessa merced dize,
mas anexas son a los caualleros andantes las
desgracias que a sus escuderos.”
  “Engañaste, Sancho”, dixo don Quixote,
“segun aquello, quando caput dolet, &c.”
  “No entiendo otra lengua que la mia”,
respondio Sancho.
  “Quiero dezir”, dixo don Quixote, “que
quando la cabeça duele, todos los miembros
duelen, y, assi, siendo yo tu amo y señor, soy
tu cabeça y tu mi parte, pues eres mi criado, y
por esta razon el mal que a mi me toca o
tocare, a ti te ha de doler y a mi el tuyo.”
  “Assi auia de ser, dixo Sancho; “pero
quando a mi me manteauan como a miembro, se
estaua mi cabeça detras de las bardas,
mirandome bolar por los ayres, sin sentir dolor
alguno, y pues los miembros estan obligados a
dolerse del mal de la cabeça, auia de estar
obligada ella a dolerse dellos.”
  “¿Querras tu dezir agora, Sancho”, respondio
don Quixote, “que no me dolia yo quando
a ti te manteauan? Y si lo dizes, no lo digas,
ni lo pienses, pues mas dolor sentia yo entonces
en mi espiritu que tu en tu cuerpo; pero
dexemos esto a parte por agora, que tiempo
aura donde lo ponderemos y pongamos en su
punto; y dime, Sancho amigo, ¿qué es lo que
dizen de mi por esse lugar, en qué opinion me
tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué
los caualleros? ¿Qué dizen de mi valentia,
qué de mis hazañas y qué de mi cortesia?
¿Qué se platica del assumpto que he tomado
de resucitar y boluer al mundo la ya oluidada
orden caualleresca? Finalmente, quiero,
Sancho, me digas lo que acerca desto ha llegado
a tus oydos, y esto me has de dezir, sin añadir
al bien ni quitar al mal cosa alguna; que de
los vassallos leales es dezir la verdad a sus
señores en su ser y figura propia, sin que la
adulacion la acreciente, o otro vano respeto la
disminuya; y quiero que sepas, Sancho, que si
a los oydos de los principes llegasse la verdad
desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros
siglos correrian, otras edades serian tenidas
por mas de hierro que la nuestra, que entiendo
que de las que aora se vsan es la dorada;
siruate este aduertimiento, Sancho, para que
discreta y bien intencionadamente pongas en mis
oydos la verdad de las cosas que supieres de
lo que te he preguntado.”
  “Esso hare yo de muy buena gana, señor
mio”, respondio Sancho, “con condicion que
vuessa merced no se ha de enojar de lo que
dixere, pues quiere que lo diga en cueros sin
vestirlo de otras ropas de aquellas con que
llegaron a mi noticia.”
  “En ninguna manera me enojaré”, respondio
don Quixote; “bien puedes, Sancho, hablar
libremente y sin rodeo alguno.”
  “Pues lo primero que digo”, dixo, “es que
el vulgo tiene a vuessa merced por grandissimo
loco y a mi por no menos mentecato. Los
hidalgos dizen que, no conteniendose vuessa
merced en los limites de la hidalguia, se ha
puesto don y se ha arremetido a cauallero, con
quatro cepas y dos yugadas de tierra y con vn
trapo atras y otro adelante. Dizen los caualleros
que no querrian que los hidalgos se opusiessen
a ellos, especialmente aquellos hidalgos
escuderiles que dan humo a los çapatos y
toman los puntos de las medias negras con
seda verde.”
  “Esso”, dixo don Quixote, “no tiene que ver
conmigo, pues ando siempre bien vestido y
jamas remendado; roto, bien podria ser, y el
roto mas de las armas que del tiempo.”
  “En lo que toca”, prosiguio Sancho, “a
la valentia, cortesia, hazañas y assumpto de
vuessa merced, ay diferentes opiniones: vnos
dizen «loco, pero gracioso»; otros, «valiente,
»pero desgraciado»; otros, «cortés, pero
»impertinente»; y por aqui van discurriendo en tantas
cosas, que ni a vuessa merced ni a mi nos
dexan huesso sano.”
  “Mira, Sancho”, dixo don Quixote, “donde
quiera que está la virtud en eminente grado,
es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos
varones que passaron dexó de ser calumniado
de la malicia. Iulio Cesar, animosissimo,
prudentissimo y valentissimo capitan, fue
notado de ambicioso y algun tanto no limpio, ni
en sus vestidos ni en sus costumbres.
Alexandro, a quien sus hazañas le alcançaron el
renombre de Magno, dizen del que tuuo sus
ciertos puntos de borracho. De Hercules, el de
los muchos trabajos, se cuenta que fue lasciuo
y muelle. De don Galaor, hermano de Amadis
de Gaula, se murmura que fue mas que
demasiadamente rixoso, y de su hermano, que fue
lloron. Assi que, o Sancho, entre las tantas
calumnias de buenos bien pueden passar las
mias, como no sean mas de las que has dicho.”
  “Ai está el toque, cuerpo de mi padre”,
replicó Sancho.
  “Pues ¿ay mas?”, preguntó don Quixote.
  “Aun la cola falta por dessollar”, dixo
Sancho: “lo de hasta aqui son tortas y pan
pintado; mas si vuessa merced quiere saber todo lo
que ay acerca de las caloñas que le ponen,
yo le traere aqui luego al momento quien se
las diga todas, sin que les falte vna meaja; que
anoche llegó el hijo de Bartolome Carrasco, que
viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller,
y, yendole yo a dar la bienvenida, me dixo
que andaua ya en libros la historia de vuessa
merced con nombre del ingenioso Hidalgo don
Quixote de la Mancha; y dize que me mientan
a mi en ella con mi mesmo nombre de Sancho
Pança, y a la señora Dulcinea del Toboso, con
otras cosas que passamos nosotros a solas, que
me hize cruzes de espantado, cómo las pudo
saber el historiador que las escriuio.”
  “Yo te asseguro, Sancho”, dixo don Quixote,
“que deue de ser algun sabio encantador el
autor de nuestra historia; que a los tales no se
les encubre nada de lo que quieren escriuir.”
  “Y ¡cómo”, dixo Sancho, “si era sabio y
encantador, pues --segun dize el bachiller
Sanson Carrasco, que assi se llama el que dicho
tengo-- que el autor de la historia se llama
Cide Hamete Berengena!”
  “Esse nombre es de moro”, respondio don
Quixote.
  “Assi sera”, respondio Sancho, “porque por
la mayor parte he oydo dezir que los moros
son amigos de berengenas.”
  “Tu deues, Sancho”, dixo don Quixote,
“errarte en el sobrenombre de esse Cide, que
en arabigo quiere dezir señor.”
  “Bien podria ser”, replicó Sancho; “mas si
vuessa merced gusta que yo le haga venir
aqui, yre por el en bolandas.”
  “Harasme mucho placer, amigo”, dixo don
Quixote; “que me tiene suspenso lo que me
has dicho, y no comere bocado que bien me
sepa hasta ser informado de todo.”
  “Pues yo voy por el”, respondio Sancho.
  Y, dexando a su señor, se fue a buscar al
bachiller, con el qual boluio de alli a poco
espacio, y entre los tres passaron vn graciosissimo
coloquio.

                 Capitulo III

Del ridiculo razonamiento que passó entre don
  Quixote, Sancho Pança y el bachiller Sanson
  Carrasco.

  Pensatiuo a demas quedó don Quixote, esperando
al bachiller Carrasco, de quien esperaua
oir las nueuas de si mismo puestas en libro
como auia dicho Sancho, y no se podia persuadir
a que tal historia huuiesse, pues aun no
estaua enxuta en la cuchilla de su espada la
sangre de los enemigos que auia muerto, y ya
querian que anduuiessen en estampa sus altas
cauallerias. Con todo esso, imaginó que algun
sabio, o ya amigo [o] enemigo, por arte de
encantamento las aura dado a la estampa: si
amigo, para engrandecerlas y leuantarlas sobre
las mas señaladas de cauallero andante; si
enemigo, para aniquilarlas y ponerlas debaxo de
las mas viles que de algun vil escudero se
huuiessen escrito, puesto, dezia entre si, que
nunca hazañas de escuderos se escriuieron: y
quando fuesse verdad que la tal historia
huuiesse, siendo de cauallero andante, por fuerça
auia de ser grandiloqua, alta, insigne,
magnifica y verdadera.
  Con esto se consolo algun tanto, pero
desconsolole pensar que su autor era moro, segun
aquel nombre de Cide, y de los moros no se
podia esperar verdad alguna; porque todos son
embelecadores, falsarios y quimeristas. Temiase
no huuiesse tratado sus amores con alguna
indecencia que redundasse en menoscabo y
perjuyzio de la honestidad de su señora Dulcinea
del Toboso; desseaua que huuiesse declarado
su fidelidad y el decoro que siempre la
auia guardado, menospreciando reynas, emperatrices
y donzellas de todas calidades, teniendo
a raya los impetus de los naturales mouimientos;
y, assi, embuelto y rebuelto en estas y
otras muchas imaginaciones, le hallaron Sancho
y Carrasco, a quien don Quixote recibio con
mucha cortesia.
  Era el bachiller, aun que se llamaua Sanson,
no muy grande de cuerpo, aunque muy gran
socarron, de color macilenta, pero de muy buen
entendimiento; tendria hasta veinte y quatro
años, cariredondo, de nariz chata y de boca
grande, señales todas de ser de condicion
maliciosa y amigo de donayres y de burlas, como
lo mostro en viendo a don Quixote, poniendose
delante del de rodillas, diziendole:
  “Deme vuestra grandeza las manos, señor
don Quixote de la Mancha; que por el habito de
San Pedro que visto, aunque no tengo otras
ordenes que las quatro primeras, que es vuessa
merced vno de los mas famosos caualleros
andantes que ha auido, ni aun aura en toda
la redondez de la tierra. Bien aya Cide Hamete
Benengeli que la historia de vuestras grandezas
dexó escritas, y rebien aya el curioso que
tuuo cuydado de hazerlas traduzir de arabigo
en nuestro vulgar castellano para vniuersal
entretenimiento de las gentes.”
  Hizole leuantar don Quixote, y dixo:
  “¿Dessa manera verdad es que ay historia
mia, y que fue moro y sabio el que la compuso?”
  “Es tan verdad, señor”, dixo Sanson, “que
tengo para mi, que el dia de oy estan impressos
mas de doze mil libros de la tal historia;
si no, digalo Portugal, Barcelona y Valencia,
donde se han impresso, y aun ay fama que se
está imprimiendo en Amberes, y a mi se me
trasluze que no ha de auer nacion ni lengua
donde no se traduzga.”
  “Vna de las cosas”, dixo a esta sazon don
Quixote, “que mas deue de dar contento a vn
hombre virtuoso y eminente es verse, viuiendo,
andar con buen nombre por las lenguas de las
gentes, impreso y en estampa; dixe con buen
nombre: porque siendo al contrario, ninguna
muerte se le ygualara.”
  “Si por buena fama y si por buen nombre
va”, dixo el bachiller, “solo vuessa merced
lleua la palma a todos los caualleros andantes;
porque el moro en su lengua y el christiano en
la suya tuuieron cuydado de pintarnos muy al
viuo la gallardia de vuessa merced, el animo
grande en acometer los peligros, la paciencia
en las aduersidades y el sufrimiento, assi en
las desgracias como en las heridas, la
honestidad y continencia en los amores tan
platonicos de vuessa merced y de mi señora doña
Dulcinea del Toboso.”
  “Nunca”, dixo a este punto Sancho Pança, “he
oido llamar con don a mi señora Dulcinea, sino
solamente la señora Dulcinea del Toboso, y ya
en esto anda errada la historia.”
  “No es objecion de importancia essa”,
respondio Carrasco.
  “No por cierto”, respondio don Quixote.
“Pero digame vuessa merced, señor bachiller,
¿qué hazañas mias son las que mas se
ponderan en essa historia?”
  “En esso”, respondio el bachiller, “ay
diferentes opiniones, como ay diferentes gustos:
vnos se atienen a la auentura de los molinos
de viento, que a vuessa merced le parecieron
Briareos y gigantes; otros, a la de los batanes;
este, a la descripcion de los dos exercitos, que
despues parecieron ser dos manadas de carneros;
aquel encarece la del muerto que lleuauan
a enterrar a Segouia; vno dize que a todas se
auentaja la de la libertad de los galeotes; otro,
que ninguna yguala a la de los dos gigantes
benitos, con la pendencia del valeroso
vizcaino.”
  “Digame, señor bachiller”, dixo a esta sazon
Sancho, “¿entra ay la auentura de los
yangueses, quando a nuestro buen Rozinante se le
antojó pedir cotufas en el golfo?”
  “No se le quedó nada”, respondio Sanson,
“al sabio en el tintero; todo lo dize y todo lo
apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen
Sancho hizo en la manta.”
  “En la manta no hize yo cabriolas”, respondio
Sancho; “en el aire si, y aun mas de las
que yo quisiera.”
  “A lo que yo imagino”, dixo don Quixote,
“no ay historia humana en el mundo que no
tenga sus altibaxos, especialmente las que
tratan de cauallerias, las quales nunca pueden
estar llenas de prosperos sucessos.”
  “Con todo esso”, respondio el bachiller,
“dizen algunos que han leydo la historia, que se
holgaran se les huuiera oluidado a los autores
della algunos de los infinitos palos que
en diferentes encuentros dieron al señor don
Quixote.”
  “Ay entra la verdad de la historia”, dixo
Sancho.
  “Tambien pudieran callarlos por equidad”,
dixo don Quixote, “pues las acciones que ni
mudan, ni alteran la verdad de la historia, no
ay para qué escriuirlas, si han de redundar en
menosprecio del señor de la historia. A fee que
no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le
pinta, ni tan prudente Vlisses como le descriue
Homero.”
  “Assi es”, replicó Sanson; “pero vno es
escriuir como poeta y otro como historiador; el
poeta puede contar o cantar las cosas, no como
fueron, sino como deuian ser, y el historiador
las ha de escriuir, no como deuian ser, sino
como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad
cosa alguna.”
  “Pues si es que se anda a dezir verdades
esse señor moro”, dixo Sancho, “a buen seguro
que entre los palos de mi señor se hallen
los mios; porque nunca a su merced le tomaron
la medida de las espaldas, que no me la
tomassen a mi de todo el cuerpo; pero no ay
de que marauillarme, pues como dize el mismo
señor mio, del dolor de la cabeça han de
participar los miembros.”
  “Socarron soys, Sancho”, respondio don
Quixote; “a fee que no os falta memoria, quando
vos quereis tenerla.”
  “Quando yo quisiesse oluidarme de los
garrotazos que me han dado”, dixo Sancho, “no
lo consentiran los cardenales, que aun se estan
frescos en las costillas.”
  “Callad, Sancho”, dixo don Quixote, “y no
interrumpais al señor bachiller, a quien suplico
passe adelante en dezirme lo que se dize de
mi en la referida historia.”
  “Y de mi”, dixo Sancho; “que tambien dizen
que soy yo vno de los principales presonages
della.”
  “Personages, que no presonages, Sancho
amigo”, dixo Sanson.
  “Otro reprochador de voquibles tenemos”,
dixo Sancho; “pues andense a esso y no
acabaremos en toda la vida.”
  “Mala me la de Dios, Sancho”, respondio el
bachiller, “si no soys vos la segunda persona
de la historia, y que ay tal que precia mas
oyros hablar a vos que al mas pintado de toda
ella, puesto que tambien ay quien diga que
anduuistes demasiadamente de credulo en creer
que podia ser verdad el gouierno de aquella
insula ofrecida por el señor don Quixote, que
está presente.”
  “Aun ay sol en las vardas”, dixo don
Quixote, “y mientras mas fuere entrando en edad
Sancho, con la esperiencia que dan los años,
estara mas idoneo y mas habil para ser
gouernador, que no está agora.”
  “Por Dios, señor”, dixo Sancho, “la isla que
yo no gouernasse con los años que tengo, no
la gouernaré con los años de Matusalen; el
daño está en que la dicha insula se entretiene,
no se dónde, y no en faltarme a mi el caletre
para gouernarla.”
  “Encomendadlo a Dios, Sancho”, dixo don
Quixote; “que todo se hara bien, y quiça mejor
de lo que vos pensais; que no se mueue la
hoja en el arbol sin la voluntad de Dios.”
  “Assi es verdad”, dixo Sanson, “que si Dios
quiere, no le faltarán a Sancho mil islas que
gouernar, quanto mas vna.”
  “Gouernador he visto por ay”, dixo Sancho,
“que a mi parecer no llegan a la suela de
mi çapato, y, con todo esso, los llaman señoria,
y se siruen con plata.”
  “Essos no son gouernadores de insulas”,
replicó Sanson, “sino de otros gouiernos mas
manuales; que los que gouiernan insulas, por
lo menos, han de saber gramatica.”
  “Con la grama bien me auendria yo”, dixo
Sancho, “pero con la tica ni me tiro ni me
pago, porque no la entiendo; pero dexando
esto del gouierno en las manos de Dios, que
me eche a las partes donde mas de mi se sirua,
digo, señor bachiller Sanson Carrasco, que
infinitamente me ha dado gusto que el autor de
la historia aya hablado de mi de manera, que
no enfadan las cosas que de mi se cuentan;
que a fe de buen escudero que si huuiera dicho
de mi cosas que no fueran muy de christiano
viejo, como soy, que nos auian de oyr los
sordos.”
  “Esso fuera hazer milagros”, respondio
Sanson.
  “Milagros o no milagros”, dixo Sancho,
“cada vno mire cómo habla o cómo escriue de
las presonas, y no ponga a troche moche lo
primero que le viene al magin.”
  “Vna de las tachas que ponen a la tal historia”,
dixo el bachiller, “es que su autor puso
en ella vna nouela intitulada: El Curioso
Impertinente, no por mala ni por mal razonada,
sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que
ver con la historia de su merced del señor don
Quixote.”
  “Yo apostaré”, replicó Sancho, “que ha
mezclado el hideperro berzas con capachos.”
  “Aora digo”, dixo don Quixote, “que no ha
sido sabio el autor de mi historia, sino algun
ignorante hablador que, a tiento y sin algun
discurso, se puso a escriuirla, salga lo que
saliere, como hazia Orbaneja, el pintor de
Vbeda, al qual preguntandole qué pintaua,
respondio: «Lo que saliere»; tal vez pintaua vn
gallo de tal suerte y tan mal parecido, que era
menester que con letras goticas escriuiesse
junto a el: «este es gallo»; y assi deue de ser de
mi historia, que tendra necessidad de comento
para entenderla.”
  “Esso no”, respondio Sanson; “porque es tan
clara, que no ay cosa que dificultar en ella; los
niños la manosean, los moços la leen, los
hombres la entienden y los viejos la celebran,
y, finalmente, es tan trillada y tan leyda, y tan
sabida de todo genero de gentes, que apenas
han visto algun rocin flaco, quando dizen: «Alli
»va Rocinante», y los que mas se han dado a su
letura son los pages. No ay antecamara de
señor, donde no se halle vn don Quixote; vnos
le toman, si otros le dexan; estos le embisten y
aquellos le piden; finalmente, la tal historia es
del mas gustoso y menos perjudicial entretenimiento
que hasta agora se aya visto; porque
en toda ella no se descubre, ni por semejas, vna
palabra deshonesta, ni vn pensamiento menos
que catolico.”
  “A escriuir de otra suerte”, dixo don Quixote,
“no fuera escriuir verdades, sino mentiras, y
los historiadores que de mentiras se valen
auian de ser quemados, como los que hazen
moneda falsa, y no se yo que le mouio al autor
a valerse de nouelas y cuentos agenos, auiendo
tanto que escriuir en los mios; sin duda se
deuio de atener al refran: «De paja y de heno,
»&c.». Pues en verdad que en solo manifestar
mis pensamientos, mis sospiros, mis lagrimas,
mis buenos desseos y mis acometimientos
pudiera hazer vn volumen mayor, o tan
grande, que el que pueden hazer todas las
obras del Tostado. En efeto, lo que yo
alcanço, señor bachiller, es que para componer
historias y libros de qualquier suerte que sean, es
menester vn gran juyzio y vn maduro entendimiento;
dezir gracias y escriuir donayres es de
grandes ingenios; la mas discreta figura de la
comedia es la del bobo, porque no lo ha de
ser el que quiere dar a entender que es simple.
La historia es como cosa sagrada, porque ha
de ser verdadera, y donde está la verdad está
Dios, en quanto a verdad, pero no obstante esto
ay algunos que assi componen y arrojan libros
de si, como si fuessen buñuelos.”
  “No ay libro tan malo”, dixo el bachiller,
“que no tenga algo bueno.”
  “No ay duda en esso”, replicó don Quixote,
“pero muchas vezes acontece, que los que
tenian meritamente grangeada y alcançada gran
fama por sus escritos, en dandolos a la estampa,
la perdieron del todo, o la menoscabaron
en algo.”
  “La causa desso es”, dixo Sanson, “que como
las obras impressas se miran despacio,
facilmente se veen sus faltas, y tanto mas se
escudriñan quanto es mayor la fama del que las
compuso. Los hombres famosos por sus ingenios,
los grandes poetas, los ilustres historiadores,
siempre, o las mas vezes, son embidiados
de aquellos que tienen por gusto y por particular
entretenimiento juzgar los escritos agenos,
sin auer dado algunos propios a la luz del
mundo.”
  “Esso no es de marauillar”, dixo don
Quixote, “porque muchos teologos ay que no son
buenos para el pulpito, y son bonissimos para
conocer las faltas o sobras de los que
predican.”
  “Todo esso es assi, señor don Quixote”,
dixo Carrasco; “pero quisiera yo que los tales
censuradores fueran mas misericordiosos y menos
escrupulosos, sin atenerse a los atomos del
sol clarissimo de la obra de que murmuran,
que si aliquando bonus dormitat Homerus,
consideren lo mucho que estuuo despierto por
dar la luz de su obra con la menos sombra
que pudiesse, y quiça podria ser que lo que a
ellos les parece mal, fuessen lunares que a las
vezes acrecientan la hermosura del rostro que
los tiene, y, assi, digo que es grandissimo el
riesgo a que se pone el que imprime vn libro,
siendo de toda impossibilidad impossible
componerle tal, que satisfaga y contente a todos
los que le leyeren.”
  “El que de mi trata”, dixo don Quixote, “a
pocos aura contentado.”
  “Antes es al reues”, [replicó Sanson], “que
como de stultorum infinitus est numerus,
infinitos son los que han gustado de la tal
historia. Y algunos han puesto falta y dolo en la
memoria del autor, pues se le oluida de contar
quién fue el ladron que hurtó el ruzio a Sancho,
que alli no se declara, y solo se infiere de
lo escrito que se le hurtaron, y de alli a poco le
vemos a cauallo sobre el mesmo jumento, sin
auer parecido; tambien dizen que se le oluidó
poner lo que Sancho hizo de aquellos cien
escudos que halló en la maleta en Sierra Morena,
que nunca mas los nombra, y ay muchos que
desean saber qué hizo dellos, o en qué los
gastó, que es vno de los puntos sustanciales que
faltan en la obra.”
  Sancho respondio:
  “Yo, señor Sanson, no estoy aora para
ponerme en cuentas ni cuentos; que me ha
tomado vn desmayo de estomago, que si no le
reparo con dos tragos de lo añejo me pondra
en la espina de Santa Lucia; en casa lo
tengo, mi oislo me aguarda, en acabando de
comer dare la buelta, y sati[s]fare a vuessa
merced y a todo el mundo de lo que preguntar
quisieren, assi de la perdida del jumento, como
del gasto de los cien escudos.”
  Y, sin esperar respuesta ni dezir otra palabra,
se fue a su casa. Don Quixote pidio y rogo al
bachiller se quedasse a hazer penitencia con
el; tuuo el bachiller el embite, quedose,
añadiose al ordinario vn par de pichones, tratose
en la mesa de cauallerias, siguiole el humor
Carrasco, acabose el banquete, durmieron la
siesta, boluio Sancho y renouose la platica
passada.

                 Capitulo IV

Donde Sancho Pança satisfaze al bachiller
  Sanson Carrasco de sus dudas y preguntas,
  con otros sucessos dignos de saberse y de
  contarse.

  Boluio Sancho a casa de don Quixote, y
boluiendo al passado razonamiento, dixo:
  “A lo que el señor Sanson dixo que se
desseaua saber quién, o cómo, o quándo se me
hurtó el jumento, respondiendo digo, que la
noche misma que huyendo de la Santa Hermandad
nos entramos en Sierra Morena, despues
de la auentura sin ventura de los galeotes,
y de la del difunto que lleuauan a Segouia, mi
señor y yo nos metimos entre vna espesura,
adonde mi señor, arrimado a su lança, y yo
sobre mi ruzio, molidos y cansados de las
passadas refriegas, nos pusimos a dormir como si
fuera sobre quatro colchones de pluma;
especialmente yo dormi con tan pesado sueño, que
quienquiera que fue tuuo lugar de llegar y
suspenderme sobre quatro estacas que puso a
los quatro lados de la albarda, de manera, que
me dexó a cauallo sobre ella y me sacó debaxo
de mi al ruzio, sin que yo lo sintiesse.”
  “Esso es cosa facil”, [dixo Sanson], “y no
acontecimiento nueuo; que lo mesmo le sucedio
a Sacripante quando, estando en el cerco
de Albraca, con essa misma inuencion le sacó
el cauallo de entre las piernas aquel famoso
ladron llamado Brunelo.”
  “Amanecio”, prosiguio Sancho, “y apenas
me huue estremecido, quando, faltando las
estacas, di conmigo en el suelo vna gran caida,
miré por el jumento y no le vi, acudieronme
lagrimas a los ojos y hize vna lamentacion,
que si no la puso el autor de nuestra historia,
puede hazer cuenta que no puso cosa buena.
Al cabo de no se quántos dias, viniendo con la
señora princesa Micomicona, conoci mi asno,
y que venia sobre el en habito de gitano aquel
Gines de Passamonte, aquel embustero y
grandissimo maleador que quitamos mi señor y
yo de la cadena.”
  “No está en esso el yerro”, replicó Sanson,
“sino en que antes de auer parecido el jumento,
dize el autor que yua a cauallo Sancho en el
mesmo ruzio.”
  “A esso”, dixo Sancho, “no se qué responder,
sino que el historiador se engañó o ya
seria descuido del impressor.”
  “Assi es, sin duda”, dixo Sanson, “pero, ¿qué
se hizieron los cien escudos?; ¿deshizieronse?”
  Respondio Sancho:
  “Yo los gasté en pro de mi persona y de la
de mi muger y de mis hijos, y ellos han sido
causa de que mi muger lleue en paciencia los
caminos y carreras que he andado siruiendo a
mi señor don Quixote; que si al cabo de tanto
tiempo boluiera sin blanca y sin el jumento
a mi casa, negra ventura me esperaua; y si ay
mas que saber de mi, aqui estoy, que respondere
al mesmo rey en presona, y nadie tiene para
qué meterse en si truxe o no truxe, si gasté o no
gasté; que si los palos que me dieron en estos
viages se huuieran de pagar a dinero, aunque
no se tassaran sino a quatro marauedis cada
vno, en otros cien escudos no auia para
pagarme la mitad; y cada vno meta la mano en
su pecho y no se ponga a juzgar lo blanco por
negro y lo negro por blanco; que cada vno es
como Dios le hizo, y aun peor muchas vezes.”
  “Yo tendre cuidado”, dixo Carrasco, “de acusar
al autor de la historia que si otra vez la
imprimiere, no se le oluide esto que el buen
Sancho ha dicho, que sera realçarla vn buen
coto mas de lo que ella se está.”
  “¿Ay otra cosa que enmendar en essa leyenda,
señor bachiller?”, preguntó don Quixote.
  “Si deue de auer”, respondio el; “pero
ninguna deue de ser de la importancia de las ya
referidas.”
  “Y ¿por ventura”, dixo don Quixote,
“promete el autor segunda parte?”
  “Si promete”, re[s]pondio Sanson; “pero dize
que no ha hallado ni sabe quién la tiene, y, assi,
estamos en duda si saldra o no; y, assi, por esto,
como porque algunos dizen: «Nunca segundas
»partes fueron buenas», y otros: «De las cosas de
»don Quixote bastan las escritas», se duda que
no ha de auer segunda parte, aunque algunos
que son mas jouiales que saturninos dizen:
«Vengan mas quixotadas, embista don Quixote,
»y hable Sancho Pança, y sea lo que fuere; que
»con esso nos contentamos».”
  “Y ¿a qué se atiene el autor?”
  “A que”, respondio Sanson, “en hallando
que halle la historia que el va buscando con
extraordinarias diligencias, la dara luego a la
estampa, lleuado mas del interes que de darla
se le sigue, que de otra alabança alguna.”
  A lo que dixo Sancho:
  “¿Al dinero y al interes mira el autor?
Marauilla sera que acierte, porque no hara sino
harbar, harbar como sastre en visperas de pasquas,
y las obras que se hazen a priessa nunca se
acaban con la perfecion que requieren; atienda
esse señor moro, o lo que es, a mirar lo que
haze; que yo y mi señor le daremos tanto ripio
a la mano en materia de auenturas y de
sucessos diferentes, que pueda componer no solo
segunda parte, sino ciento; deue de pensar el
buen hombre, sin duda, que nos dormimos
aqui en las pajas; pues tenganos el pie al
herrar y vera del que cosqueamos. Lo que yo se
dezir es que si mi señor tomasse mi consejo, ya
auiamos de estar en essas campañas deshaziendo
agrauios y endereçando tuertos, como es
vso y costumbre de los buenos andantes
caualleros.”
  No auia bien acabado de dezir estas razones
Sancho, quando llegaron a sus oidos relinchos
de Rozinante, los quales relinchos tomó don
Quixote por felicissimo aguero, y determinó de
hazer de alli a tres o quatro dias otra salida, y,
declarando su intento al bachiller, le pidio consejo
por qué parte començaria su jornada; el qual le
respondio que era su parecer que fuesse al
reyno de Aragon y a la ciudad de Zaragoça,
adonde de alli a pocos dias se auian de hazer
vnas solenissimas justas por la fiesta de San
Iorge, en las quales podria ganar fama sobre
todos los caualleros aragonesses, que seria
ganarla sobre todos los del mundo. Alabole ser
honradissima y valentissima su determinacion,
y aduirtiole que anduuiesse mas atentado en
acometer los peligros, a causa que su vida no
era suya, sino de todos aquellos que le auian
de menester para que los amparasse y
socorriesse en sus desuenturas.
  “Desso es lo que yo reniego, señor Sanson”,
dixo a este punto Sancho; “que assi acomete
mi señor a cien hombres armados, como vn
muchacho goloso a media dozena de badeas;
¡cuerpo del mundo, señor bachiller, si, que tiempos
ay de acometer, y tiempos de retirar; si,
no ha de ser todo «Santiago, y cierra, España!»
Y mas, que yo he oido dezir, y creo que a mi
señor mismo, si mal no me acuerdo, que en
los estremos de cobarde y de temerario está el
medio de la valentia, y si esto es assi, no quiero
que huya sin tener para qué, ni que acometa
quando la demasia pide otra cosa; pero, sobre
todo, auiso a mi señor que si me ha de lleuar
consigo, ha de ser con condicion que el se lo ha
de batallar todo, y que yo no he de estar
obligado a otra cosa que a mirar por su persona en
lo que tocare a su limpieza y a su regalo; que
en esto yo le bailaré el agua delante; pero
pensar que tengo de poner mano a la espada,
aunque sea contra villanos malandrines de acha y
capellina, es pensar en lo escusado. Yo,
señor Sanson, no pienso grangear fama de
valiente, sino del mejor y mas leal escudero que
jamas siruio a cauallero andante; y si mi señor
don Quixote, obligado de mis muchos y buenos
seruicios, quisiere darme alguna insula de
las muchas que su merced dize que se ha de
topar por ay, recibire mucha merced en ello; y
quando no me la diere, nacido soy, y no ha
de viuir el hombre en oto de otro, sino de
Dios, y mas, que tan bien, y aun quiça mejor,
me sabra el pan desgouernado que siendo
gouernador. Y ¿se yo, por ventura, si en essos
gouiernos me tiene aparejada el diablo alguna
çancadilla donde tropiece y caiga y me haga
las muelas? Sancho naci y Sancho pienso
morir; pero si con todo esto, de buenas a buenas,
sin mucha solicitud y sin mucho riesgo, me
deparasse el cielo alguna insula o otra cosa
semejante, no soy tan necio que la desechasse;
que tambien se dize: «quando te dieren la
»baquilla, corre con la soguilla», y «quando viene
»el bien, metelo en tu casa».”
  “Vos, hermano Sancho”, dixo Carrasco, “aueis
hablado como vn cathedratico; pero con todo
esso confiad en Dios y en el señor don Quixote,
que os ha de dar vn reyno, no que vna
insula.”
  “Tanto es lo demas como lo de menos”,
respondio Sancho; “aunque sé dezir al señor
Carrasco, que no echará mi señor el reyno que
me diera en saco roto; que yo he tomado el
pulso a mi mismo, y me hallo con salud para
regir reynos y gouernar insulas, y esto ya otras
vezes lo he dicho a mi señor.”
  “Mirad, Sancho”, dixo Sanson, “que los
oficios mudan las costumbres, y podria ser que,
viendoos gouernador, no conociessedes a la
madre que os pario.”
  “Esso alla se ha de entender”, respondio
Sancho, “con los que nacieron en las maluas,
y no con los que tienen sobre el alma quatro
dedos de enjundia de christianos viejos como
yo los tengo: ¡no, sino llegaos a mi condicion,
que sabra vsar de desagradecimiento con
alguno!”
  “Dios lo haga”, dixo don Quixote, “y ello
dira quando el gouierno venga; que ya me
parece que le trayo entre los ojos.”
  Dicho esto, rogo al bachiller que, si era
poeta, le hiziesse merced de componerle vnos
versos que tratassen de la despedida que pensaua
hazer de su señora Dulcinea del Toboso, y que
aduirtiesse que en el principio de cada verso
auia de poner vna letra de su nombre, de
manera, que al fin de los versos, juntando
las primeras letras, se leyesse Dulcinea del
Toboso.
  El bachiller respondio que puesto que el
no era de los famosos poetas que auia en
España, que dezian que no eran sino tres y
medio, que no dexaria de componer los tales
metros, aunque hallaua vna dificultad grande en
su composicion a causa que las letras que
contenian el nombre eran diez y siete, y que si
hazia quatro castellanas de a quatro versos,
sobrara vna letra, y si de a cinco, a quien
llaman dezimas o redondillas, faltauan tres
letras; pero con todo esso procuraria embeuer
vna letra lo mejor que pudiesse, de manera, que
en las quatro castellanas se incluyesse el
nombre de Dulcinea del Toboso.
  “Ha de ser assi en todo caso”, dixo don
Quixote; “que si alli no va el nombre patente y
de manifiesto, no ay muger que crea que para
ella se hizieron los metros.”
  Quedaron en esto y en que la partida seria de
alli a ocho dias; encargó don Quixote al
bachiller la tuuiesse secreta, especialmente al
cura y a maesse Nicolas y a su sobrina y al
ama, porque no estoruassen su honrada y
valerosa determinacion; todo lo prometio
Carrasco. Con esto se despidio, encargando a don
Quixote que de todos sus buenos o malos sucessos
le auisasse, auiendo comodidad, y, assi,
se despidieron, y Sancho fue a poner en orden
lo necessario para su jornada.

                  Capitulo V

De la discreta y graciosa platica que passó
  entre Sancho Pança y su muger Teresa
  Pança, y otros sucessos dignos de felice
  recordacion.

  Llegando a escriuir el traductor desta historia
este quinto capitulo, dize que le tiene por
apocrifo, porque en el habla Sancho Pança con
otro estilo del que se podia prometer de su
corto ingenio, y dize cosas tan sutiles, que no
tiene por possible que el las supiesse; pero que
no quiso dexar de traduzirlo, por cumplir con
lo que a su oficio deuia, y, assi, prosiguio
diziendo:
  Llegó Sancho a su casa tan regozijado y
alegre, que su muger conocio su alegria a tiro de
ballesta, tanto, que la obligó a preguntarle:
  “¿Qué trae[i]s, Sancho amigo, que tan
alegre venis?”
  A lo que el respondio:
  “Muger mia, si Dios quisiera, bien me holgara
yo de no estar tan contento como muestro.”
  “No os entiendo, marido”, replicó ella, “y no
se qué quereis dezir en esso de que os holgaredes,
si Dios quisiera, de no estar contento;
que maguer tonta, no se yo quién recibe
gusto de no tenerle.”
  “Mirad, Teresa”, respondio Sancho: “yo estoy
alegre porque tengo determinado de boluer a
seruir a mi amo don Quixote, el qual quiere la
vez tercera salir a buscar las auenturas, y
yo bueluo a salir con el porque lo quiere assi
mi necessidad, junto con la esperança que me
alegra de pensar si podre hallar otros cien
escudos como los ya gastados, puesto que me
entristeze el auerme de apartar de ti y de mis
hijos; y si Dios quisiera darme de comer a pie
enxuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos
y encrucijadas, pues lo podia hazer a poca
costa y no mas de quererlo, claro está que mi
alegria fuera mas firme y valedera, pues que la
que tengo va mezclada con la tristeza del
dexarte; assi, que dixe bien que holgara, si Dios
quisiera, de no estar contento.”
  “Mirad, Sancho”, replicó Teresa; “despues
que os hizistes miembro de cauallero andante,
hablais de tan rodeada manera, que no ay
quien os entienda.”
  “Basta que me entienda Dios, muger”,
respondio Sancho, “que El es el entendedor de
todas las cosas, y quedese esto aqui; y aduertid,
hermana, que os conuiene tener cuenta estos
tres dias con el ruzio, de manera, que esté para
armas tomar; dobladle los piensos, requerid
la albarda y las demas xarcias, porque no vamos
a bodas, sino a rodear el mundo, y a tener
dares y tomares con gigantes, con endriagos y
con vestiglos, y a oyr siluos, rugidos, bramidos
y baladros, y aun todo esto fuera flores de
cantueso, si no tuuieramos que entender con
yanguesses y con moros encantados.”
  “Bien creo yo, marido”, replicó Teresa, “que,
los escuderos andantes no comen el pan de
valde, y, assi, quedaré rogando a nuestro Señor
os saque presto de tanta mala ventura.”
  “Yo os digo, muger”, respondio Sancho,
“que si no pensasse antes de mucho tiempo
verme gouernador de vna insula, aqui me
caeria muerto.”
  “Esso no, marido mio”, dixo Teresa; “viua
la gallina, aunque sea con su pepita; viuid vos,
y lleuese el diablo quantos gouiernos ay en el
mundo. Sin gouierno salistes del vientre de
vuestra madre, sin gouierno aueys viuido hasta
aora, y sin gouierno os yreys o os lleuarán a la
sepultura quando Dios fuere seruido. Como
essos ay en el mundo que viuen sin gouierno,
y no por esso dexan de viuir y de ser contados
en el numero de las gentes. La mejor salsa del
mundo es la hambre, y como esta no falta a
los pobres, siempre comen con gusto. Pero
mirad, Sancho, si por ventura os vieredes con
algun gouierno, no os oluideys de mi y de
vuestros hijos. Aduertid que Sanchico tiene ya
quinze años cabales, y es razon que vaya a la
escuela, si es que su tio, el abad, le ha de
dexar hecho de la Iglesia. Mirad tambien que
Mari Sancha, vuestra hija, no se morira si la
casamos, que me va dando barruntos que
dessea tanto tener marido como vos desseays
veros con gouierno, y en fin en fin, mejor
parece la hija mal casada que bien
abarraganada.”
  “A buena fe”, respondio Sancho, “que si
Dios me llega a tener algo que de gouierno,
que tengo de casar, muger mia, a Mari Sancha
tan altamente que no la alcancen sino con
llamarla señor[i]a.”
  “Esso no, Sancho”, respondio Teresa;
“casadla con su ygual, que es lo mas acertado;
que si de los çuecos la sacays a chapines y de
saya parda de catorzeno a verdugado y saboyanas
de seda, y de vna Marica y vn tu a vna
doña tal y señoria, no se ha de hallar la
mochacha y a cada paso ha de caer en mil faltas,
descubriendo la hilaza de su tela basta y
grossera.”
  “Calla, boba”, dixo Sancho, “que todo sera
vsarlo dos o tres años; que despues le vendra
el señorio y la grauedad como de molde, y
quando no, ¿qué importa? Sease ella señoria
y venga lo que viniere.”
  “Medios, Sancho, con vuestro estado”,
respondio Teresa, “no os querays alçar a mayores
y aduertid al refran que dize: al hijo de tu
vezino limpiale las narizes y metele en tu casa.
Por cierto que seria gentil cosa casar a nuestra
Maria con vn condazo, o con [vn] cauallerote
que quando se le antojase la pusiesse como
nueua, llamandola de villana, hija del
destripaterrones y de la pelaruecas. ¡No en mis dias,
marido; para esso por cierto he criado yo a mi
hija! Traed vos dineros, Sancho, y el casarla
dexadlo a mi cargo; que ai está Lope Tocho, el
hijo de Iuan Tocho, moço rollizo y sano, y que
le conocemos, y se que no mira de mal ojo a
la mochacha, y con este que es nuestro ygual
estara bien casada, y le tendremos siempre a
nuestros ojos, y seremos todos vnos, padres y
hijos, nietos y yernos, y andara la paz y la
bendicion de Dios entre todos nosotros, y no
casarmela vos aora en essas cortes y en essos
palacios grandes, adonde ni a ella la
entiendan ni ella se entienda.”
  “Ven aca, bestia y muger de Barrabas”,
replicó Sancho; “¿por qué quieres tu aora, sin
qué ni para qué, estoruarme que no case a mi
hija con quien me de nietos que se llamen
señoria? Mira, Teresa, siempre he oydo dezir a
mis mayores que el que no sabe gozar de la
ventura quando le viene, que no se deue quexar
si se le passa. Y no seria bien que, aora
que está llamando a nuestra puerta, se la
cerremos; dexemonos lleuar deste viento fauorable
que nos sopla.” (Por este modo de hablar
y por lo que mas abaxo dize Sancho, dixo el
tradutor desta historia que tenia por apocrifo
este capitulo.)
  “¿No te parece, animalia”, prosiguio Sancho,
“que sera bien dar con mi cuerpo en algun
gouierno prouechoso que nos saque el pie del
lodo? Y casesse a Mari Sancha con quien yo
quisiere, y veras como te llaman a ti doña
Teresa Pança, y te sientas en la iglesia sobre
alcatifa, almohadas y arambeles, a pesar y
despecho de las hidalgas del pueblo. No, sino
estaos siempre en vn ser, sin crecer ni
menguar, como figura de paramento, y en esto no
hablemos mas, que Sanchica ha de ser
condessa, aunque tu mas me digas.”
  “¿Veis quanto dezis, marido?”, respondio
Teresa. “Pues con todo esso temo que este
condado de mi hija ha de ser su perdicion;
vos hazed lo que quisieredes, ora la hagays
duquessa o princessa; pero seos dezir que no
sera ello con voluntad ni consentimiento mio.
Siempre, hermano, fuy amiga de la ygualdad,
y no puedo ver entonos sin fundamentos. Teresa
me pusieron en el bautismo, nombre mondo
y escueto, sin añadiduras, ni cortapisas, ni
arrequiues de dones ni donas; Cascajo se llamó
mi padre, y a mi, por ser vuestra muger, me
llaman Teresa Pança, que a buena razon me
auian de llamar Teresa Cascajo. Pero alla van
reyes do quieren leyes, y con este nombre me
contento, sin que me le pongan vn don encima
que pese tanto, que no le pueda lleuar, y no
quiero dar que dezir a los que me vieren andar
vestida a lo condesil o a lo de gouernadora,
que luego diran: «¡Mirad que entonada va la
»pazpuerca: ayer no se hartaua de estirar de
»vn copo de estopa, y yua a missa cubierta la
»cabeça con la falda de la saya en lugar de
»manto, y ya oy va con verdugado, con broches y con
»entono, como si no la conociessemos!» Si Dios
me guarda mis siete o mis cinco sentidos, o los
que tengo, no pienso dar ocasion de verme en
tal aprieto. Vos, hermano, ydos a ser gouierno
o insulo, y entonaos a vuestro gusto; que mi
hija ni yo por el siglo de mi madre que no nos
hemos de mudar vn paso de nuestra aldea: la
muger honrada, la pierna quebrada y en casa;
y la donzella honesta, el hazer algo es su
fiesta; ydos con vuestro don Quixote a vuestras
auenturas y dexadnos a nosotras con nuestras
malas venturas; que Dios nos las mejorará
como seamos buenas. Y yo no se por cierto
quién le puso a el don que no tuuieron sus
padres ni sus aguelos.”
  “Aora digo”, replicó Sancho, “que tienes
algun familiar en esse cuerpo. ¡Valate Dios, la
muger, y qué de cosas has ensartado vnas en
otras, sin tener pies ni cabeça! ¿Qué tiene que
ver el Cascajo, los broches, los refranes y el
entono con lo que yo digo? Ven acá, mentecata
e ignorante, que assi te puedo llamar, pues
no entiendes mis razones y vas huyendo de la
dicha. Si yo dixera que mi hija se arrojara de
vna torre abaxo, o que se fuera por essos mundos,
como se quiso yr la infanta doña Vrraca,
tenias razon de no venir con mi gusto; pero si
en dos paletas y en menos de vn abrir y cerrar
de ojos te la chanto vn don y vna señoria
acuestas, y te la saco de los rastrojos, y te la
pongo en toldo y en peana y en vn estrado de
mas almohadas de velludo, que tuuieron moros
en su linage los Almohadas de Marruecos,
¿por qué no has de consentir y querer lo que
yo quiero?”
  “¿Sabeys por qué, marido?”, respondio Teresa:
“por el refran que dize: Quien te cubre te
descubre. Por el pobre todos passan los ojos
como de corrida, y en el rico los detienen, y si
el tal rico fue vn tiempo pobre, alli es el
murmurar, y el mal dezir, y el peor perseuerar de
los maldizientes, que los ay por essas calles a
montones, como enxambres de abejas.”
  “Mira, Teresa”, respondio Sancho, “y escucha
lo que agora quiero dezirte, quiça no lo
auras oydo en todos los dias de tu vida, y yo
agora no hablo de mio; que todo lo que pienso
dezir son sentencias del padre predicador que
la quaresma passada predicó en este pueblo,
el qual, si mal no me acuerdo, dixo que todas
las cosas presentes que los ojos estan mirando
se presentan, estan y assisten en nuestra
memoria mucho mejor y con mas vehemencia
que las cosas passadas.” (Todas estas razones
que aqui va diziendo Sancho son las segundas
por quien dize el tradutor que tiene por apocrifo
este capitulo, que exceden a la capacidad
de Sancho. El qual prosiguio diziendo:) “De
donde nace que quando vemos alguna persona
bien adereçada y con ricos vestidos compuesta
y con ponpa de criados, parece que por
fuerça nos mueue y combida a que la tengamos
respeto, puesto que la memoria en aquel
instante nos represente alguna baxeza en que
vimos a la tal persona; la qual inominia, aora
sea de pobreza, o de linage, como ya passó,
no es, y solo es lo que vemos presente. Y si
este a quien la fortuna sacó del borrador de
su baxeza --que por estas mesmas razones lo
dixo el padre--, a la alteza de su prosperidad,
fuere bien criado, liberal y cortés con
todos, y no se pusiere en cuentos con aquellos
que por antiguedad son nobles, ten por cierto,
Teresa, que no aura quien se acuerde de lo
que fue, sino que reuerencien lo que es, si no
fueren los inuidiosos, de quien ninguna
prospera fortuna está segura.”
  “Yo no os entiendo, marido”, replicó Teresa;
“hazed lo que quisieredes y no me quebreys
mas la cabeça con vuestras arengas y retoricas.
Y si estays rebuelto en hazer lo que dezys...”
  “Resuelto has de dezir, muger”, dixo Sancho,
“y no rebuelto.”
  “No os pongays a disputar, marido, conmigo”,
respondio Teresa; “yo hablo como Dios es
seruido y no me meto en mas dibuxos; y digo,
que si estays porfiando en tener gouierno, que
lleueys con vos a vuestro hijo Sancho, para
que desde agora le enseñeys a tener gouierno;
que bien es que los hijos hereden y aprendan
los oficios de sus padres.”
  “En teniendo gouierno”, dixo Sancho, “embiaré
por el por la posta, y te embiaré dineros
que no me faltarán, pues nunca falta quien se
los preste a los gouernadores quando no los
tienen, y vistele de modo que dissimule lo que
es y parezca lo que ha de ser.”
  “Embiad vos dinero”, dixo Teresa, “que yo
os lo vistire como vn palmito.”
  “En efecto, ¿quedamos de acuerdo”, dixo
Sancho, “de que ha de ser condessa nuestra
hija?”
  “El dia que yo la viere condessa”, respondio
Teresa, “esse hare cuenta que la entierro; pero
otra vez os digo que hagays lo que os diere
gusto; que con esta carga nacemos las mugeres
de estar obedientes a sus maridos aunque
sean vnos porros.”
  Y, en esto, començo a llorar tan de veras como
si ya viera muerta y enterrada a Sanchica.
Sancho la consolo diziendole que ya que la
huuiesse de hazer condessa, la haria todo lo
mas tarde que ser pudiesse. Con esto se acabó
su platica, y Sancho boluio a ver a don Quixote
para dar orden en su partida.

                 Capitulo VI

De lo que le passó a don Quixote con su sobrina
  y con su ama, y es vno de los importantes
  capitulos de toda la historia.

  En tanto que Sancho Pança y su muger Teresa
Cascajo passaron la impertinente referida
platica, no estauan ociosas la sobrina y el ama
de don Quixote, que por mil señales yuan
coligiendo que su tio y señor queria desgarrarse
la vez tercera y boluer al exercicio de su, para
ellas, mal andante caualleria; procurauan por
todas las vias possibles aparta[r]le de tan mal
pensamiento, pero todo era predicar en desierto
y majar en hierro frio. Con todo esto, entre
otras muchas razones que con el passaron, le
dixo el ama:
  “En verdad, señor mio, que si vuessa merced
no afirma el pie llano y se está quedo en su
casa y se dexa de andar por los montes y por
los valles como anima en pena, buscando essas
que dizen que se llaman auenturas, a quien yo
llamo desdichas, que me tengo de quexar en
voz y en grita a Dios y al rey, que pongan
remedio en ello.”
  A lo que respondio don Quixote:
  “Ama, lo que Dios respondera a tus quexas
yo no lo se, ni lo que ha de responder su
magestad tan poco, y solo se que si yo fuera rey,
me escusara de responder a tanta infinidad de
memoriales impertinentes como cada dia le
dan; que vno de los mayores trabajos que los
reyes tienen entre otros muchos es el estar
obligados a escuchar a todos y a responder a
todos, y, assi, no querria yo que cosas mias le
diessen pesadumbre.”
  A lo que dixo el ama:
  “Diganos, señor, ¿en la corte de su magestad
no ay caualleros?”
  “Si”, respondio don Quixote, “y muchos, y
es razon que los aya para adorno de la grandeza
de los principes y para ostentacion de la
magestad real.”
  “Pues ¿no seria vuessa merced”, replicó
ella, “vno de los que a pie quedo siruiessen a
su rey y señor, estandose en la corte?”
  “Mira, amiga”, respondio don Quixote, “no
todos los caualleros pueden ser cortesanos, ni
todos los cortesanos pueden ni deuen ser
caualleros andantes; de todos ha de auer en el
mundo, y aunque todos seamos caualleros, va
mucha diferencia de los vnos a los otros: porque
los cortesanos, sin salir de sus aposentos
ni de los vmbrales de la corte, se passean por
todo el mundo, mirando vn mapa, sin costarles
blanca, ni padecer calor ni frio, hambre ni sed.
Pero nosotros los caualleros andantes verdaderos,
al sol, al frio, al ayre, a las inclemencias
del cielo, de noche y de dia, a pie y a cauallo,
medimos toda la tierra con nuestros mismos
pies. Y no solamente conocemos los enemigos
pintados, sino en su mismo ser, y en todo trance
y en toda ocasion los acometemos, sin mirar
en niñerias, ni en las leyes de los desafios, si
lleua o no lleua mas corta la lança o la espada,
si trae sobre si reliquias o algun engaño encubierto,
si se ha de partir y hazer tajadas el sol,
o no, con otras ceremonias deste jaez, que se
vsan en los desafios particulares de persona
a persona, que tu no sabes y yo si.
  ”Y has de saber mas: que el buen cauallero
andante, aunque vea diez gigantes que con las
cabeças no solo tocan, sino passan las nubes,
y que a cada vno le siruen de piernas dos
grandissimas torres, y que los braços semejan
arboles de gruessos y poderosos nauios, y cada
ojo como vna gran rueda de molino y mas
ardiendo que vn horno de vidrio, no le han de
espantar en manera alguna, antes con gentil
continente y con intrepido coraçon los ha de
acometer y embestir, y, si fuere possible,
vencerlos y desbaratarlos en vn pequeño instante,
aunque viniessen armados de vnas conchas de
vn cierto pescado que dizen que son mas
duras que si fuessen de diamantes, y en lugar de
espadas truxessen cuchillos tajantes de
damasquino azero, o porras ferradas con puntas
assimismo de azero, como yo las he visto mas de
dos vezes. Todo esto he dicho, ama mia, porque
veas la diferencia que ay de vnos caualleros
a otros, y seria razon que no huuiesse principe
que no estimasse en mas esta segunda, o
por mejor dezir, primera especie de caualleros
andantes; que, segun leemos en sus historias,
tal ha auido entre ellos, que ha sido la salud
no solo de vn reyno, sino de muchos.”
  “¡A, señor mio!”, dixo a esta sazon la sobrina,
“aduierta vuessa merced que todo esso que
dize de los caualleros andantes es fabula y
mentira, y sus historias, ya que no las quemassen,
merecian que a cada vna se le echasse vn
sanbenito, o alguna señal en que fuesse conocida
por infame y por gastadora de las buenas
costumbres.”
  “Por el Dios que me sustenta”, dixo don
Quixote, “que si no fueras mi sobrina
derechamente, como hija de mi misma hermana, que
auia de hazer vn tal castigo en ti por la
blasfemia que has dicho, que sonara por todo el
mundo. ¿Cómo que es possible que vna rapaza
que apenas sabe menear doze palillos de randas
se atreua a poner lengua y a censurar las
historias de los caualleros andantes? ¿Qué dixera
el señor Amadis si lo tal oyera? Pero a
buen seguro que el te perdonara, porque fue el
mas humilde y cortés cauallero de su tiempo, y
demas, grande amparador de las donzellas; mas
tal te pudiera auer oydo, que no te fuera bien
dello; que no todos son cortesses ni bien
mirados: algunos ay follones y descomedidos. Ni
todos los que se llaman caualleros lo son de
todo en todo, que vnos son de oro, otros de
alquimia y todos parecen caualleros, pero no
todos pueden estar al toque de la piedra de la
verdad. Hombres baxos ay que rebientan por
parecer caualleros, y, caualleros altos ay que
parece que aposta mueren por parecer hombres
baxos; aquellos se lleuantan, o con la ambicion,
o con la virtud, estos se abaxan, o con
la floxedad, o con el vicio, y es menester
aprouecharnos del conocimiento discreto para
distinguir estas dos maneras de caualleros tan
parecidos en los nombres y tan distantes en las
acciones.”
  “Valame Dios”, dixo la sobrina; “que sepa
vuessa merced tanto, señor tio, que si fuesse
menester en vna necessidad, podria subir en vn
pulpito e yrse a predicar por essas calles, y
que, con todo esto, de en vna ceguera tan
grande y en vna sandez tan conocida, que se
de a entender que es valiente, siendo viejo,
que tiene fuerças, estando enfermo, y que
endereça tuertos, estando por la edad agobiado,
y, sobre todo, que es cauallero, no lo siendo,
porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no
lo son los pobres.”
  “Tienes mucha razon, sobrina, en lo que
dizes”, respondio don Quixote, “y cosas te
pudiera yo dezir cerca de los linages, que te
admiraran, pero por no mezclar lo diuino con lo
humano, no las digo. Mirad, amigas, a quatro
suertes de linages, y estadme atentas, se
pueden reduzir todos los que ay en el mundo, que
son estas: vnos que tuuieron principios humildes
y se fueron estendiendo y dilatando hasta
llegar a vna suma grandeza; otros, que tuuieron
principios grandes y los fueron conseruando,
y los conseruan y mantienen en el ser que
començaron; otros, que aunque tuuieron
principios grandes, acauaron en punta como
piramide, auiendo diminuido y aniquilado su
principio hasta parar en nonada, como lo es la
punta de la piramide, que respeto de su bassa
o assiento no es nada; otros ay, y estos son los
mas, que ni tuuieron principio bueno, ni razonable
medio, y assi tendran el fin, sin nombre,
como el linage de la gente plebeya y
ordinaria.
  ”De los primeros que tuuieron principio
humilde y subieron a la grandeza que agora
conseruan te sirua de exemplo la casa Otomana,
que de vn humilde y baxo pastor que le dio
principio, está en la cumbre que le vemos.
Del segundo linage, que tuuo principio en
grandeza y la conserua sin aumentarla, seran
exemplo muchos principes que por herencia lo son,
y se conseruan en ella sin aumentarla ni
diminuirla, conteniendose en los limites de sus
estados pacificamente. De los que començaron
grandes y acabaron en punta ay millares de
exemplos. Porque todos los Faraones y Tolomeos
de Egypto, los Cesares de Roma, con toda
la caterba, si es que se le puede dar este
nombre, de infinitos principes, monarcas, señores,
medos, asirios, persas, griegos y barbaros,
todos estos linages y señorios han acabado en
punta y en nonada, assi ellos como los que les
dieron principio, pues no sera possible hallar
agora ninguno de sus decendientes, y si le
hallassemos, seria en baxo y humilde estado.
Del linage plebeyo no tengo que dezir, sino
que sirue solo de acrecentar el numero de los
que viuen, sin que merezcan otra fama ni otro
elogio sus grandezas.
  “De todo lo dicho quiero que infirays, bobas
mias, que es grande la confusion que ay entre
los linages, y que solos aquellos parecen grandes
y illustres que lo muestran en la virtud y
en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dixe
virtudes, riquezas y liberalidades, porque el
grande que fuere vicioso sera vicioso grande,
y el rico no liberal sera vn auaro mendigo; que
al posseedor de las riquezas no le haze dichoso
el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas
como quiera, sino el saberlas bien gastar. Al
cauallero pobre no le queda otro camino para
mostrar que es cauallero, sino el de la virtud,
siendo afable, bien criado, cortés y comedido
y oficioso; no soberuio, no arrogante, no
murmurador y, sobre todo, caritatiuo; que con dos
marauedis que con animo alegre de al pobre,
se mostrará tan liberal como el que a campana
herida da limosna, y no aura quien le vea
adornado de las referidas virtudes que, aunque no
le conozca, dexe de juzgarle y tenerle por de
buena casta, y el no serlo seria milagro; y
siempre la alabança fue premio de la virtud, y
los virtuosos no pueden dexar de ser alabados.
  ”Dos caminos ay, hijas, por donde pueden yr
los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el
vno es el de las letras, otro, el de las armas.
Yo tengo mas armas que letras, y naci, segun
me inclino a las armas, debaxo de la influencia
del planeta Marte; assi, que casi me es forçoso
seguir por su camino, y por el tengo de yr
a pesar de todo el mundo, y sera en valde
cansaros en persuadirme a que no quiera yo
lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y
la razon pide y, sobre todo, mi voluntad dessea.
Pues con saber, como se, los innumerables
trabajos que son anexos al andante caualleria,
se tambien los infinitos bienes que se alcançan
con ella. Y se que la senda de la virtud es muy
estrecha, y el camino del vicio ancho y espacioso.
Y se que sus fines y paraderos son diferentes,
porque el del vicio, dilatado y espacioso,
acaba en muerte, y el de la virtud, angosto
y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se
acaba, sino en la que no tendra fin. Y se, como
dize el gran poeta castellano nuestro, que:

      “Por estas asperezas se camina
    de la inmortalidad al alto asiento,
    do nunca arriba, quien de alli declina.”

  “¡Ay desdichada de mi!”, dixo la sobrina,
“que tambien mi señor es poeta. Todo lo sabe,
todo lo alcança; yo apostaré que si quisiera
ser albañil, que supiera fabricar vna casa como
vna xaula.”
  “Yo te prometo, sobrina”, respondio don
Quixote, “que si estos pensamientos cauallerescos
no me lleuassen tras si todos los sentidos,
que no auria cosa que yo no hiziesse, ni
curiosidad que no saliesse de mis manos,
especialmente xaulas y palillos de dientes.”
  A este tiempo llamaron a la puerta, y
preguntando quién llamaua, respondio Sancho
Pança que el era, y apenas le huuo conocido
el ama, quando corrio a esconderse por no
verle: tanto le aborrecia. Abriole la sobrina,
salio a recebirle con los braços abiertos su señor
don Quixote, y encerraronse los dos en su
aposento, donde tuuieron otro coloquio que no le
haze ventaja el passado.

                 Capitulo VII

De lo que passó don Quixote con su escudero,
       con otros sucessos famosissimos.

  Apenas vio el ama que Sancho Pança se
encerraua con su señor, quando dio en la
cuenta de sus tratos, y, imaginando que de
aquella consulta auia de salir la resolucion de
su tercera salida, y, tomando su manto, toda
llena de congoxa y pesadumbre, se fue a buscar
al bachiller Sanson Carrasco, pareciendole
que por ser bien hablado y amigo fresco de su
señor, le podria persuadir a que dexasse tan
desuariado proposito.
  Hallole passeandose por el patio de su casa, y,
viendole, se dexó caer ante sus pies, trasudando
y congoxosa. Quando la vio Carrasco con
muestras tan doloridas y sobresaltadas, le dixo:
  “¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha
acontecido, que parece que se le quiere arrancar
el alma?”
  “No es nada, señor Sanson mio, sino que mi
amo se sale, salese sin duda.”
  “Y ¿por dónde se sale, señora?”, preguntó
Sanson. “¿Hasele roto alguna parte de su
cuerpo?”
  “No se sale”, respondio ella, “sino por la
puerta de su locura. Quiero dezir, señor bachiller
de mi anima, que quiere salir otra vez, que
con esta sera la tercera, a buscar por esse
mundo lo que el llama venturas, que yo no
puedo entender como les da este nombre. La
vez primera nos le boluieron atrauesado sobre
vn jumento, molido a palos. La segunda vino
en vn carro de bueyes, metido y encerrado en
vna xaula, adonde el se daua a entender que
estaua encantado, y venia tal el triste, que no
le conociera la madre que le pario: flaco,
amarillo, los ojos hundidos en los vltimos
camaranchones del celebro; que para auerle de boluer
algun tanto en si, gasté mas de seiscientos
hueuos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y
mis gallinas que no me dexarán mentir.”
  “Esso creo yo muy bien”, respondio el
bachiller; “que ellas son tan buenas, tan gordas y
tan bien criadas, que no diran vna cosa por
otra si rebentassen. En efecto, señora ama, ¿no
ay otra cosa, ni ha sucedido otro desman
alguno, sino el que se teme que quiere hazer el
señor don Quixote?”
  “No, señor”, respondio ella.
  “Pues no tenga pena”, respondio el bachiller,
“sino vayase en hora buena a su casa, y
tengame adereçado de almorzar alguna cosa
caliente, y, de camino, vaya rezando la oracion
de Santa Apolonia, si es que la sabe; que yo yre
luego alla y vera marauillas.”
  “Cuytada de mi”, replicó el ama: “la oracion
de Santa Apolonia dize vuessa merced que
reze; esso fuera si mi amo lo huuiera de las
muelas, pero no lo ha sino de los cascos.”
  “Yo se lo que digo, señora ama; vayase y
no se ponga a disputar conmigo, pues sabe que
soy bachiller por Salamanca, que no ay mas
que bachillear”, respondio Carrasco.
  Y, con esto, se fue el ama, y el bachiller fue
luego a buscar al cura, a comunicar con el lo
que se dira a su tiempo.
  En el que estuuieron encerrados don Quixote
y Sancho passaron las razones que con mucha
puntualidad y verdadera relacion cuenta la
historia. Dixo Sancho a su amo:
  “Señor, ya yo tengo reluzida a mi muger a
que me dexe yr con vuessa merced adonde
quisiere lleuarme.”
  “Reduzida has de dezir, Sancho”, dixo don
Quixote, “que no reluzida.”
  “Vna o dos vezes”, respondio Sancho, “si
mal no me acuerdo, he suplicado a vuessa
merced que no me emiende los vocablos, si es
que entiende lo que quiero dezir en ellos, y que
quando no los entienda, diga, «Sancho, o diablo,
»no te entiendo»; y si yo no me declarare,
entonces podra emendarme; que yo soy tan focil.”
  “No te entiendo, Sancho”, dixo luego don
Quixote, “pues no se qué quiere dezir soy
ta[n] focil.”
  “Tan focil quiere dezir”, respondio Sancho,
“Soy tan assi.”
  “Menos te entiendo agora”, replicó don
Quixote.
  “Pues si no me puede entender”, respondio
Sancho, “no se cómo lo diga; no se mas, y
Dios sea conmigo.”
  “Ya, ya caygo”, respondio don Quixote, “en
ello. Tu quieres dezir que eres tan docil, blando
y mañero, que tomarás lo que yo te dixere, y
passarás por lo que te enseñare.”
  “Apostaré yo”, dixo Sancho, “que desde el
emprincipio me caló y me entendio, sino que
quiso turbarme por oyrme dezir otras
docientas patochadas.”
  “Podra ser”, replicó don Quixote; “y, en
efecto, ¿qué dize Teresa?”
  “Teresa dize”, dixo Sancho, “que ate bien
mi dedo con vuessa merced, y que hablen
cartas y callen barbas, porque quien destaja no
baraja, pues mas vale vn toma que dos te dare.
Y yo digo que el consejo de la muger es poco,
y el que no le toma es loco.”
  “Y yo lo digo tambien”, respondio don
Quixote. “Dezid, Sancho amigo; passá adelante,
que hablays oy de perlas.”
  “Es el caso”, replicó Sancho, “que como
vuessa merced mejor sabe, todos estamos
sugetos a la muerte, y que oy somos y mañana
no, y que tan presto se va el cordero como el
carnero, y que nadie puede prometerse en
este mundo mas horas de vida de las que
Dios quisiere darle, porque la muerte es sorda,
y quando llega a llamar a las puertas de nuestra
vida, siempre va de priesa, y no la haran
detener ni ruegos, ni fuerças, ni ceptros, ni
mitras, segun es publica voz y fama, y segun nos
lo dizen por essos pulpitos.”
  “Todo esso es verdad”, dixo don Quixote.
“Pero no se donde vas a parar.”
  “Voy a parar”, dixo Sancho, “en que vuessa
merced me señale salario conocido de lo que
me ha de dar cada mes, el tiempo que le
siruiere, y que el tal salario se me pague de su
hazienda; que no quiero estar a mercedes que
llegan tarde, o mal, o nunca; con lo mio me
ayude Dios. En fin, yo quiero saber lo que gano,
poco o mucho que sea; que sobre vn hueuo
pone la gallina, y muchos pocos hazen vn mucho,
y mientras se gana algo no se pierde nada.
Verdad sea, que si sucediesse, lo qual ni lo
creo, ni lo espero, que vuessa merced me diesse
la insula que me tiene prometida, no soy tan
ingrato, ni lleuo las cosas tan por los cabos,
que no querre que se aprecie lo que montare
la renta de la tal insula, y se descuente de mi
salario gata por cantidad.”
  “Sancho amigo”, respondio don Quixote, “a
las vezes tan buena suele ser vna gata como
vna rata.”
  “Ya entiendo”, dixo Sancho: “yo apostaré
que auia de dezir rata y no gata, pero no
importa nada, pues vuessa merced me ha
entendido.”
  “Y tan entendido”, respondio don Quixote,
“que he penetrado lo vltimo de tus pensamientos,
y se al blanco que tiras con las inumerables
saetas de tus refranes. Mira, Sancho, yo bien
te señalaria salario, si huuiera hallado en alguna
de las historias de los caualleros andantes
exemplo que me descubriesse y mostrasse por algun
pequeño resquicio, qué es lo que solian ganar
cada mes o cada año; pero yo he leydo todas,
o las mas de sus historias, y no me acuerdo
auer leydo que ningun cauallero andante aya
señalado conocido salario a su escudero. Solo
se que todos seruian a merced, y que quando
menos se lo pensauan, si a sus señores les auia
corrido bien la suerte, se hallauan premiados
con vna insula o con otra cosa equiualente, y,
por lo menos, quedauan con titulo y señoria.
Si con estas esperanças y aditamentos vos,
Sancho, gustais de boluer a seruirme, sea en buena
hora; que pensar que yo he de sacar de sus
terminos y quicios la antigua vsança de la
caualleria andante, es pensar en lo escusado.
Assi que, Sancho mio, bolueos a vuestra casa y
declarad a vuestra Teresa mi intencion, y si
ella gustare y vos gustaredes de estar a merced
conmigo, bene quidem, y si no, tan amigos como
de antes; que si al palomar no le falta cebo, no
le faltarán palomas. Y aduertid, hijo, que vale
mas buena esperança que ruin possession, y
buena quexa que mala paga. Hablo de esta
manera, Sancho, por daros a entender que tambien
como vos se yo arrojar refranes como llouidos.
Y, finalmente, quiero dezir, y os digo, que si
no quereys venir a merced conmigo, y correr la
suerte que yo corriere, que Dios quede con vos
y os haga vn santo; que a mi no me faltarán
escuderos mas obedientes, mas solicitos y no
tan empachados, ni tan habladores como vos.”
  Quando Sancho oyo la firme resolucion de
su amo, se le anubló el cielo y se le cayeron
las alas del coraçon, porque tenia creydo que
su señor no se yria sin el por todos los aueres
del mundo, y, assi, estando suspenso y pensatiuo,
entró Sanson Carrasco y la sobrina,
desseosos de oyr con qué razones persuadia a
su señor que no tornasse a buscar las auenturas.
Llegó Sanson, socarron famoso, y, abraçandole
como la vez primera, y con voz leuantada,
le dixo:
  “¡O flor de la andante caualleria, o luz
resplandeciente de las armas, o honor y espejo de
la nacion española!; plega a Dios todopoderoso
donde mas largamente se contiene, que la
persona o personas que pusieren impedimento
y estoruaren tu tercera salida, que no la hallen
en el laberinto de sus desseos, ni jamas se les
cumpla lo que mas dessearen.”
  Y, boluiendose al ama, le dixo:
  “Bien puede la señora ama no rezar mas la
oracion de Santa Apolonia; que yo se que es
determinacion precisa de las esferas que el
señor don Quixote buelua a executar sus altos
y nueuos pensamientos, y yo encargaria mucho
mi conciencia si no intimasse y persuadiesse a
este cauallero que no tenga mas tiempo encogida
y detenida la fuerça de su valeroso braço
y la bondad de su animo valentissimo, porque
defrauda con su tardança el derecho de los
tuertos, el amparo de los huerfanos, la honra
de las donzellas, el fauor de las viudas y el
arrimo de las casadas, y otras cosas deste jaez,
que tocan, atañen, dependen y son anejas a la
orden de la caualleria andante. Ea, señor don
Quixote mio, hermoso y brauo, antes oy que
mañana se ponga vuessa merced y su grandeza
en camino, y si alguna cosa faltare para ponerle
en execucion, aqui estoy yo para suplirla
con mi persona y hazienda, y si fuere necessidad
seruir a tu magnificencia de escudero,
lo tendre a felicissima ventura.”
  A esta sazon dixo don Quixote, boluiendose
a Sancho:
  “¿No te dixe yo, Sancho, que me auian de
sobrar escuderos? Mira quién se ofrece a serlo
sino el inaudito bachiller Sanson Carrasco,
perpetuo trastulo y regozijador de los
patios de las escuelas salmanticenses, sano de
su persona, agil de sus miembros, callado,
sufridor assi del calor como del frio, assi de la
hambre como de la sed, con todas aquellas
partes que se requieren para ser escudero de
vn cauallero andante; pero no permita el
cielo que por seguir mi gusto desxarrete y
quiebre la coluna de las letras y el vaso de las
ciencias y tronque la palma eminente de las
buenas y liberales artes. Quedese el nueuo
Sanson en su patria, y, honrandola, honre
juntamente las canas de sus ancianos padres;
que yo con qualquier escudero estare contento,
ya que Sancho no se digna de venir conmigo.”
  “Si digno”, respondio Sancho, enternecido y
llenos de lagrimas los ojos, y prosiguio: “No
se dira por mi, señor mio, «el pan comido y la
»compañia desecha»; si, que no vengo yo de
alguna alcurnia desagradecida; que ya sabe
todo el mundo, y especialmente mi pueblo,
quién fueron los Panças de quien yo deciendo,
y mas, que tengo conocido y calado por
muchas buenas obras y por mas buenas
palabras el desseo que vuessa merced tiene de
hazerme merced, y si me he puesto en cuentas
de tanto mas quanto acerca de mi salario, ha
sido por complazer a mi muger, la qual quando
toma la mano a persuadir vna cosa, no ay
maço que tanto apriete los aros de vna cuba
como ella aprieta a que se haga lo que quiere;
pero, en efeto, el hombre ha de ser hombre,
y la muger, muger, y pues yo soy hombre
dondequiera, que no lo puedo negar, tambien
lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare;
y, assi, no ay mas que hazer sino que vuessa
merced ordene su testamento con su codicilo,
en modo que no se pueda rebolcar, y pongamonos
luego en camino, porque no padezca el
alma del señor Sanson, que dize que su
conciencia le lita que persuada a vuessa merced
a salir vez tercera por esse mundo; y yo de
nueuo me ofrezco a seruir a vuessa merced
fiel y legalmente, tambien y mejor que quantos
escuderos han seruido a caualleros andantes
en los passados y presentes tiempos.”
  Admirado quedó el bachiller de oir el
termino y modo de hablar de Sancho Pança, que,
puesto que auia leido la primera historia de su
señor, nunca creyo que era tan gracioso como
alli le pintan; pero oyendole dezir aora
testamento y codicilo que no se pueda rebolcar, en
lugar de testamento y codicilo que no se pueda
reuocar, creyo todo lo que del auia leido, y
confirmolo por vno de los mas solenes mentecatos
de nuestros siglos, y dixo entre si que
tales dos locos como amo y moço no se aurian
visto en el mundo.
  Finalmente, don Quixote y Sancho se
abraçaron y quedaron amigos, y con parecer y
beneplacito del gran Carrasco, que por entonces
era su oraculo, se ordenó que de alli a tres
dias fuesse su partida, en los quales auria
lugar de adereçar lo necessario para el viage,
y de buscar vna celada de encaxe, que en
todas maneras dixo don Quixote que la auia
de lleuar. Ofreciosela Sanson, porque sabia no
se la negaria vn amigo suyo que la tenia,
puesto que estaua mas escura por el orin y el
moho que clara y limpia por el terso acero.
  Las maldiciones que las dos, ama y
sobrina, echaron al bachiller no tuuieron cuento;
mesaron sus cabellos, arañaron sus rostros, y
al modo de las endechaderas que se
vsauan, lamentauan la partida como si fuera
la muerte de su señor. El designo que tuuo
Sanson para persuadirle a que otra vez saliesse
fue hazer lo que adelante cuenta la historia,
todo por consejo del cura y del barbero, con
quien el antes lo auia comunicado.
  En resolucion, en aquellos tres dias don
Quixote y Sancho se acomodaron de lo que
les parecio conuenirles, y, auiendo aplacado
Sancho a su muger, y don Quixote a su sobrina
y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo
viesse sino el bachiller, que quiso acompañarles
media legua del lugar, se pusieron en
camino del Toboso, Don Quixote sobre su buen
Rocinante y Sancho sobre su antiguo ruzio,
proueidas las alforjas de cosas tocantes a la
bucolica, y la bolsa, de dineros, que le dio don
Quixote para lo que se ofreciesse. Abraçole
Sanson y suplicole le auisasse de su buena o
mala suerte, para alegrarse con esta o
entristecerse con aquella, como las leyes de su
amistad pedian; prometioselo don Quixote, dio
Sanson la buelta a su lugar, y los dos tomaron
la de la gran ciudad del Toboso.

                Capitulo VIII

Donde se cuenta lo que le sucedio a don
  Quixote, yendo a ver su señora Dulcinea
  del Toboso.

  ¡Bendito sea el poderoso Ala!, dize Hamete
Benengeli al comienço deste octauo capitulo;
¡bendito sea Ala!, repite tres vezes, y dize que
da estas bendiciones por ver que tiene ya en
campaña a don Quixote y a Sancho, y que los
letores de su agradable historia pueden hazer
cuenta que desde este punto comiençan las hazañas
y donaires de don Quixote y de su escudero;
persuadeles que se les oluiden las passadas
cauallerias del ingenioso hidalgo, y pongan
los ojos en las que estan por venir, que desde
agora en el camino del Toboso comiençan,
como las otras començaron en los campos de
Montiel, y no es mucho lo que pide para tanto
como el promete, y, assi, prosigue diziendo:
  Solos quedaron don Quixote y Sancho, y
apenas se huuo apartado Sanson, quando
començo a relinchar Rocinante y a sospirar el
ruzio, que de entrambos, cauallero y escudero,
fue tenido a buena señal y por felicissimo
aguero, aunque, si se ha de contar la
verdad, mas fueron los sospiros y rebuznos del
ruzio que los relinchos del rocin, de donde
coligio Sancho que su ventura auia de
sobrepujar y ponerse encima de la de su señor,
fundandose no se si en astrologia judiciaria
que el se sabia, puesto que la historia no lo
declara; solo le oyeron dezir que quando
tropeçaua o caia, se holgara no auer salido de
casa, porque del tropeçar o caer no se sacaua
otra cosa sino el çapato roto o las costillas
quebradas, y aunque tonto, no andaua en esto muy
fuera de camino.
  Dixole don Quixote:
  “Sancho amigo, la noche se nos va entrando
a mas andar y con mas escuridad de la que
auiamos menester para alcançar a ver con el
dia al Toboso, adonde tengo determinado de
yr antes que en otra auentura me ponga, y alli
tomaré la bendicion y buena licencia de la sin
par Dulcinea, con la qual licencia pienso y
tengo por cierto de acabar y dar felice cima a
toda peligrosa auentura, porque ninguna cosa
desta vida haze mas valientes a los caualleros
andantes que verse fauorecidos de sus damas.”
  “Yo assi lo creo”, respondio Sancho; “pero
tengo por dificultoso que vuessa merced pueda
hablarla, ni verse con ella en parte, a lo menos,
que pueda recebir su bendicion, si ya no se la
echa desde las bardas del corral, por donde yo
la vi la vez primera, quando le lleué la carta
donde yuan las nueuas de las sandezes y
locuras que vuessa merced quedaua haziendo en
el coraçon de Sierra Morena.”
  “¿Bardas de corral se te antojaron aquellas,
Sancho”, dixo don Quixote, “adonde o por
donde viste aquella jamas bastantemente
alabada gentileza y hermosura? No deuian de ser
sino galerias, o corredores, o lonjas, o como
las llaman, de ricos y reales palacios.”
  “Todo pudo ser”, respondio Sancho, “pero
a mi bardas me parecieron, si no es que soy
falto de memoria.”
  “Con todo esso, vamos alla, Sancho”, replicó
don Quixote; “que como yo la vea, esso se me
da que sea por bardas que por ventanas, o por
resquicios, o verjas de jardines; que qualquier
rayo que del sol de su belleza llegue a mis
ojos alumbrará mi entendimiento y fortalezera
mi coraçon de modo, que quede vnico
y sin ygual en la discrecion y en la valentia.”
  “Pues en verdad, señor”, respondio Sancho,
“que quando yo vi esse sol de la señora
Dulcinea del Toboso, que no estaua tan claro que
pudiesse echar de si rayos algunos, y deuio de
ser que como su merced estaua ahechando
aquel trigo que dixe, el mucho poluo que sacaua
se le puso como nube ante el rostro y se le
escurecio.”
  “¡Que todauia das, Sancho”, dixo don Quixote,
“en dezir, en pensar, en creer y en porfiar
que mi señora Dulcinea ahechaua trigo, siendo
esso vn menester y exercicio que va desuiado
de todo lo que hazen y deuen hazer las personas
principales que estan constituidas y guardadas
para otros exercicios y entretenimientos,
que muestran a tiro de ballesta su principalidad!
Mal se te acuerdan a ti, o Sancho, aquellos
versos de nuestro poeta, donde nos pinta
las labores que hazian, alla en sus moradas de
cristal, aquellas quatro ninfas que del Tajo
amado sacaron las cabeças, y se sentaron a
labrar en el prado verde aquellas ricas telas que
alli el ingenioso poeta nos descriue, que todas
eran de oro, sirgo y perlas contestas y texidas.
Y desta manera deuia de ser el de mi
señora quando tu la viste, sino que la embidia
que algun mal encantador deue de tener a mis
cosas, todas las que me han de dar gusto trueca
y buelue en diferentes figuras que ellas tienen,
y, assi, temo que en aquella historia que
dizen que anda impressa de mis hazañas, si
por ventura ha sido su autor algun sabio mi
enemigo, aura puesto vnas cosas por otras,
mezclando con vna verdad mil mentiras,
diuertiendose a contar otras acciones fuera de lo
que requiere la continuacion de vna verdadera
historia. ¡O embidia, rayz de infinitos males y
carcoma de las virtudes! Todos los vicios,
Sancho, traen vn no se qué de deleyte consigo;
pero el de la embidia no trae sino disgustos,
rancores y rabias.”
  “Esso es lo que yo digo tambien”, respondio
Sancho, “y pienso que en essa leyenda o historia
que nos dixo el bachiller Carrasco que de
nosotros auia visto, deue de andar mi honra a
coche aca, cinchado, y, como dizen, al estricote,
aqui y alli, barriendo las calles. Pues a fe
de bueno, que no he dicho yo mal de ningun
encantador ni tengo tantos bienes que pueda ser
embidiado; bien es verdad que soy algo
malicioso y que tengo mis ciertos assomos de
vellaco; pero todo lo cubre y tapa la gran capa
de la simpleza mia, siempre natural y nunca
artificiosa, y quando otra cosa no tuuiesse sino
el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente,
en Dios y en todo aquello que tiene y
cree la santa Iglesia Catolica Romana, y el ser
enemigo mortal, como lo soy, de los judios,
deuian los historiadores tener misericordia de
mi y tratarme bien en sus escritos; pero digan
lo que quisieren, que desnudo naci, desnudo me
hallo, ni pierdo ni gano; aunque por verme
puesto en libros y andar por esse mundo de
mano en mano, no se me da vn higo que digan
de mi todo lo que quisieren.”
  “Esso me parece, Sancho”, dixo don Quixote,
“a lo que sucedio a vn famoso poeta destos
tiempos, el qual, auiendo hecho vna maliciosa
satira contra todas las damas cortesanas, no
puso ni nombró en ella a vna dama que se
podia dudar si lo era o no; la qual, viendo que
no estaua en la lista de las demas, se quexó al
poeta, diziendole que qué auia visto en ella
para no ponerla en el numero de las otras,
y que alargasse la satira y la pusiesse en el
ensanche; si no, que mirasse para lo que auia
nacido; hizolo assi el poeta, y pusola qual no
digan dueñas, y ella quedó satisfecha por verse
con fama, aunque infame; tambien viene con
esto lo que cuentan de aquel pastor que puso
fuego y abrasó el templo famoso de Diana,
contado por vna de las siete marauillas del
mundo, solo porque quedasse viuo su nombre
en los siglos venideros; y aunque se mandó
que nadie le nombrasse ni hiziesse por palabra
o por escrito mencion de su nombre, porque
no consiguiesse el fin de su desseo, todauia se
supo que se llamaua Erostrato; tambien alude
a esto lo que sucedio al grande emperador
Carlo Quinto con vn cauallero en Roma.
  ”Quiso ver el emperador aquel famoso templo
de la Rotunda, que en la antiguedad se
llamó el templo de todos los dioses, y aora, con
mejor vocacion, se llama de todos los santos,
y es el edificio que mas entero ha quedado de
los que alçó la gentilidad en Roma, y es el
que mas conserua la fama de la grandiosidad
y magnificencia de sus fundadores. El es de
hechura de vna media naranja, grandissimo en
estremo y está muy claro, sin entrarle otra luz
que la que le concede vna ventana o, por
mejor dezir, claraboya redonda que está en su
cima, desde la qual mirando el emperador el
edificio, estaua con el y a su lado vn cauallero
romano declarandole los primores y sutilezas
de aquella gran maquina y memorable arquitetura,
y, auiendose quitado de la claraboya,
dixo al emperador:
  «Mil vezes, sacra magestad, me vino
»desseo de abraçarme con vuestra magestad y
»arrojarme de aquella claraboya abaxo por
»dexar de mi fama eterna en el mundo.»
  «Yo os agradezco», respondio el emperador,
«el no auer puesto tan mal pensamiento en
»efeto, y de aqui adelante no os pondre yo
»en ocasion que boluais a hazer prueua de
»vuestra lealtad, y, assi, os mando que jamas
»me hableis, ni esteis donde yo estuuiere»,
y tras estas palabras le hizo vna gran merced.
  ”Quiero dezir, Sancho, que el desseo de
alcançar fama es actiuo en gran manera: ¿quién
piensas tu que arrojó a Horacio del puente
abaxo, armado de todas armas, en la profundidad
del Tibre?; ¿quién abrasó el braço y la
mano a Mucio?; ¿quién impelio a Curcio a lançarse
en la profunda sima ardiente que aparecio
en la mitad de Roma?; ¿quién contra todos
los agueros que en contra se le auian mostrado,
hizo passar el Rubicon a [Iulio] Cesar?;
y, con exemplos mas modernos, ¿quién barrenó
los nauios y dexó en seco y aislados los
valerosos españoles guiados por el cortesissimo
Cortés en el nueuo mundo? Todas estas,
y otras grandes y diferentes hazañas son,
fueron y seran obras de la fama que los mortales
dessean como premios y parte de la inmortalidad
que sus famosos hechos merecen, puesto
que los christianos, catolicos y andantes
caualleros mas auemos de atender a la gloria de
los siglos venideros, que es eterna en las
regiones etereas y celestes, que a la vanidad de la
fama que en este presente y acabable siglo
se alcança; la qual fama, por mucho que dure,
en fin se ha de acabar con el mesmo mundo,
que tiene su fin señalado; assi, o Sancho, que
nuestras obras no han de salir del limite que
nos tiene puesto la religion christiana que
professamos. Hemos de matar en los gigantes
a la soberuia; a la embidia, en la generosidad
y buen pecho; a la ira, en el reposado
continente y quietud del animo; a la gula y al
sueño, en el poco comer que comemos y en el
mucho velar que velamos; a la [lujuria] y
lasciuia, en la lealtad que guardamos a las que
hemos hecho señoras de nuestros pensamientos;
a la pereza, con andar por todas las partes
del mundo buscando las ocasiones que nos
puedan hazer y hagan, sobre christianos,
famosos caualleros. Ves aqui, Sancho, los medios
por donde se alcançan los estremos de
alabanças que consigo trae la buena fama.”
  “Todo lo que vuessa merced hasta aqui me
ha dicho”, dixo Sancho, “lo he entendido muy
bien, pero con todo esso querria que vuessa
merced me sorbiesse vna duda que agora en
este punto me ha venido a la memoria.”
  “Assoluiesse quieres dezir, Sancho”, dixo
don Quixote; “di en buenora; que yo
respondere lo que supiere.”
  “Digame, señor”, prosiguio Sancho, “essos
Iulios o Agostos, y todos essos caualleros
hazañosos que ha dicho, que ya son muertos,
¿dónde estan agora?”
  “Los gentiles”, respondio don Quixote, “sin
duda estan en el infierno; los christianos, si
fueron buenos christianos, o estan en el
purgatorio o en el cielo.”
  “Está bien”, dixo Sancho, “pero sepamos
aora, essas sepulturas donde estan los cuerpos
dessos señorazos, ¿tienen delante de si lamparas
de plata, o estan adornadas las paredes de
sus capillas de muletas, de mortajas, de
cabelleras, de piernas y de ojos de cera? Y si desto
no, ¿de qué estan adornadas?”
  A lo que respondio don Quixote:
  “Los sepulcros de los gentiles fueron por la
mayor parte suntuosos templos; las cenizas del
cuerpo de Iulio Cesar se pusieron sobre vna
piramide de piedra de desmesurada grandeza,
a quien oy llaman en Roma la Aguja de San
Pedro. Al emperador Adriano le siruio de
sepultura vn castillo tan grande como vna buena
aldea, a quien llamaron Moles Adriani, que
agora es el castillo de Santangel en Roma; la
reyna Artemisa sepultó a su marido Mausoleo
en vn sepulcro que se tuuo por vna de las siete
marauillas del mundo; pero ninguna destas
sepulturas, ni otras muchas que tuuieron los
gentiles, se adornaron con mortajas, ni con
otras ofrendas y señales que mostrassen ser
santos los que en ellas estauan sepultados.”
  “A esso voy”, replicó Sancho, “y digame
agora, ¿quál es mas: resucitar a vn muerto, o
matar a vn gigante?”
  “La respuesta está en la mano”, respondio
don Quixote: “mas es resucitar a vn muerto.”
  “Cogido le tengo”, dixo Sancho; “luego la
fama del que resucita muertos, da vista a los
ciegos, endereza los coxos y da salud a los
enfermos, y delante de sus sepulturas arden
lamparas y estan llenas sus capillas de gentes
deuotas que de rodillas adoran sus reliquias,
mejor fama sera para este y para el otro siglo,
que la que dexaron y dexaren quantos emperadores
gentiles y caualleros andantes ha auido
en el mundo.”
  “Tambien confiesso essa verdad”, respondio
don Quixote.
  “Pues esta fama, estas gracias, estas
prerogatiuas, como llaman a esto”, respondio
Sancho, “tienen los cuerpos y las reliquias de los
santos, que con aprouacion y licencia de nuestra
santa madre Iglesia tienen lamparas, velas,
mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos,
piernas, con que aumentan la deuocion y
engrandecen su christiana fama; los cuerpos de
los santos o sus reliquias lleuan los reyes sobre
sus ombros, besan los pedaços de sus huessos,
adornan y enriquezen con ellos sus oratorios y
sus mas preciados altares...”
  “¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo
lo que has dicho?”, dixo don Quixote.
  “Quiero dezir”, dixo Sancho, “que nos demos
a ser santos y alcançaremos mas breuemente
la buena fama que pretendemos; y aduierta,
señor, que ayer o antes de ayer, que
segun ha poco se puede dezir desta manera,
canonizaron o beatificaron dos frailecitos
descalços, cuyas cadenas de hierro con que ceñian
y atormentauan sus cuerpos se tiene aora a
gran ventura el besarlas y tocarlas, y estan en
mas veneracion que está, segun dixe, la espada
de Roldan en la armeria del rey nuestro señor,
que Dios guarde; assi que, señor mio, mas
vale ser humilde frailecito de qualquier orden
que sea, que valiente y andante cauallero; mas
alcançan con Dios dos dozenas de diciplinas
que dos mil lançadas, ora las den a gigantes,
ora a vestiglos o a endri[a]gos.”
  “Todo esso es assi”, respondio don Quixote;
“pero no todos podemos ser frailes, y muchos
son los caminos por donde lleua Dios a los
suyos al cielo; religion es la caualleria,
caualleros santos ay en la gloria.”
  “Si”, respondio Sancho, “pero yo he oido
dezir que ay mas frailes en el cielo que
caualleros andantes.”
  “Esso es”, respondio don Quixote, “porque
es mayor el numero de los religiosos que el de
los caualleros.”
  “Muchos son los andantes”, dixo Sancho.
  “Muchos”, respondio don Quixote, “pero
pocos los que merecen nombre de caualleros.”
  En estas y otras semejantes platicas se les
passó aquella noche y el dia siguiente, sin
acontecerles cosa que de contar fuesse, de que
no poco le pesó a don Quixote; en fin, otro dia
al anochecer descubrieron la gran ciudad
del Toboso, con cuya vista se le alegraron los
espiritus a don Quixote y se le entristecieron a
Sancho, porque no sabia la casa de Dulcinea,
ni en su vida la auia visto, como no la auia
visto su señor; de modo que el vno por verla,
y el otro por no auerla visto, estauan
alborotados, y no imaginaua Sancho qué auia de
hazer quando su dueño le embiasse al Toboso;
finalmente, ordenó don Quixote entrar en la
ciudad entrada la noche, y en tanto que la hora
se llegaua, se quedaron entre vnas enzinas que
cerca del Toboso estauan; y, llegado el
determinado punto, entraron en la ciudad, donde les
sucedio cosas que a cosas llegan.

                 Capitulo IX

    Donde se cuenta lo que en el se vera.

          Media noche era por filo,

poco mas a menos, quando don Quixote y Sancho
dexaron el monte y entraron en el Toboso;
estaua el pueblo en vn sossegado silencio,
porque todos sus vezinos dormian y reposauan a
pierna tendida, como suele dezirse. Era la noche
entreclara, puesto que quisiera Sancho que
fuera del todo escura por hallar en su escuridad
disculpa de su sandez; no se oia en todo el
lugar sino ladridos de perros, que atronauan los
oidos de don Quixote y turbauan el coraçon de
Sancho; de quando en quando rebuznaua vn
jumento, gruñian puercos, mayauan gatos, cuyas
vozes de diferentes sonidos se aumentauan
con el silencio de la noche, todo lo qual tuuo
el enamorado cauallero a mal aguero, pero,
con todo esto, dixo a Sancho:
  “Sancho hijo, guia al palacio de Dulcinea;
quiça podra ser que la hallemos despierta.”
  “¿A qué palacio tengo de guiar, cuerpo del
sol”, respondio Sancho, “que en el que yo vi
a su grandeza no era sino casa muy pequeña?”
  “Deuia de estar retirada entonces”, respondio
don Quixote, “en algun pequeño apartamiento
de su alcaçar, solazandose a solas con
sus donzellas, como es vso y costumbre de las
altas señoras y princesas.”
  “Señor”, dixo Sancho, “ya que vuessa merced
quiere, a pesar mio, que sea alcaçar la casa
de mi señora Dulcinea, ¿es hora esta, por ventura,
de hallar la puerta abierta?; ¿y sera bien
que demos aldauazos para que nos oyan y nos
abran, metiendo en alboroto y rumor toda la
gente?; ¿vamos por dicha a llamar a la casa
de nuestras mancebas, como hazen los
abarraganados, que llegan y llaman y entran a
qualquier hora, por tarde que sea?”
  “Hallemos primero vna por vna el alcaçar”,
replicó don Quixote; “que entonces yo te dire,
Sancho, lo que sera bien que hagamos, y
aduierte, Sancho, que yo veo poco, [o] que aquel
bulto grande y sombra que desde aqui se descubre,
la deue de hazer el palacio de Dulcinea.”
  “Pues guie vuessa merced”, respondio Sancho;
“quiça sera assi: aunque yo lo vere con
los ojos y lo tocaré con las manos, y assi lo
creere yo como creer que es aora de dia.”
  Guio don Quixote, y auiendo andado como
docientos pasos, dio con el bulto que hazia la
sombra, y vio vna gran torre, y luego conocio
que el tal edificio no era alcaçar, sino la iglesia
principal del pueblo. Y dixo:
  “Con la iglesia hemos dado, Sancho.”
  “Ya lo veo”, respondio Sancho, “y plega a
Dios que no demos con nuestra sepultura; que
no es buena señal andar por los cimenterios a
tales horas, y mas auiendo yo dicho a vuessa
merced, si mal no acuerdo, que la casa desta
señora ha de estar en vna callejuela sin salida.”
  “Maldito seas de Dios, mentecato”, dixo
don Quixote; “¿adónde has tu hallado que los
alcaçares y palacios reales esten edificados en
callejuelas sin salida?”
  “Señor”, respondio Sancho, “en cada tierra
su vso; quiça se vsa aqui en el Toboso edificar
en callejuelas los palacios y edificios grandes;
y, assi, suplico a vuessa merced me dexe
buscar por estas calles o callejuelas que se me
ofrecen; podria ser que en algun rincon topasse
con esse alcaçar, que le vea yo comido de
perros, que assi nos trae corridos y
asendereados.”
  “Habla con respeto, Sancho, de las cosas de
mi señora”, dixo don Quixote, “y tengamos la
fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el
caldero.”
  “Yo me reportaré”, respondio Sancho, “pero
¿con qué paciencia podre lleuar que quiera
vuessa merced que de sola vna vez que vi la casa
de nuestra ama la aya de saber siempre, y
hallarla a media noche, no hallandola vuessa
merced, que la deue de auer visto millares de
vezes?”
  “Tu me haras desesperar, Sancho”, dixo don
Quixote; “ven aca, herege, ¿no te he dicho mil
vezes que en todos los dias de mi vida no he
visto a la sin par Dulcinea, ni jamas atrauesse
los vmbrales de su palacio, y que solo estoy
enamorado de oidas, y de la gran fama que
tiene de hermosa y discreta?”
  “Aora lo oygo”, respondio Sancho, “y digo
que pues vuessa merced no la ha visto, ni yo
tampoco.”
  “Esso no puede ser”, replicó don Quixote;
“que, por lo menos, ya me has dicho tu que la
viste ahechando trigo, quando me truxiste la
respuesta de la carta que le embié contigo.”
  “No se atenga a esso, señor”, respondio
Sancho, “porque le hago saber que tambien fue de
oidas la vista y la respuesta que le truxe;
porque assi se yo quien es la señora Dulcinea,
como dar vn puño en el cielo.”
  “Sancho, Sancho”, respondio don Quixote,
“tiempos ay de burlar, y tiempos donde caen y
parecen mal las burlas. No porque yo diga que
ni he visto ni hablado a la señora de mi alma
has tu de dezir tambien que ni la has hablado
ni visto, siendo tan al reues como sabes.”
  Estando los dos en estas platicas, vieron que
venia a passar por donde estauan vno con dos
mulas, que por el ruido que hazia el arado, que
arrastraua por el suelo, juzgaron que deuia de
ser labrador, que auria madrugado antes del
dia a yr a su labrança, y assi fue la verdad;
venia el labrador cantando aquel romance
que dizen:

      “Mala la huuistes, franceses,
    en essa de Roncesualles.”

  “Que me maten, Sancho”, dixo en oyendole
don Quixote, “si nos ha de suceder cosa buena
esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando
esse villano?”
  “Si oigo”, respondio Sancho, “pero ¿qué
haze a nuestro proposito la caça de
Roncesualles? Assi pudiera cantar el romance de
Calainos, que todo fuera vno para sucedernos
bien o mal en nuestro negocio.”
  Llegó en esto el labrador, a quien don
Quixote preguntó:
  “¿Sabreisme dezir, buen amigo, que buena
ventura os de Dios, dónde son por aqui los
palacios de la sin par princesa doña Dulcinea
del Toboso?”
  “Señor”, respondio el moço, “yo soy forastero
y ha pocos dias que estoy en este pueblo
siruiendo a vn labrador rico en la labrança del
campo; en essa casa frontera viuen el cura y
el sacristan del lugar: entrambos o qualquier
dellos sabra dar a vuessa merced razon dessa
señora princesa, porque tienen la lista de todos
los vezinos del Toboso; aunque para mi tengo
que en todo el no viue princesa alguna, muchas
señoras si, principales, que cada vna en
su casa puede ser princesa.”
  “Pues entre essas”, dixo don Quixote, “deue
de estar, amigo, esta por quien te pregunto.”
  “Podria ser”, respondio el moço; “y a Dios,
que ya viene el alua.”
  Y, dando a sus mulas, no atendio a mas
preguntas.
  Sancho, que vio suspenso a su señor, y assaz
mal contento, le dixo:
  “Señor, ya se viene a mas andar el dia y no
sera acertado dexar que nos halle el sol en la
calle; mejor sera que nos salgamos fuera de la
ciudad, y que vuessa merced se embosque en
alguna floresta aqui cercana, y yo boluere de
dia, y no dexaré ostugo en todo este lugar,
donde no busque la casa, alcaçar o palacio de mi
señora, y assaz seria de desdichado si no le
hallase, y hallandole, hablaré con su merced,
y le dire dónde y cómo queda vuessa merced
esperando que le de orden y traça para verla,
sin menoscabo de su honra y fama.”
  “Has dicho, Sancho”, dixo don Quixote, “mil
sentencias encerradas en el circulo de breues
palabras; el consejo que aora me has dado le
apetezco y recibo de bonissima gana; ven, hijo,
y vamos a buscar donde me embosque; que tu
bolueras, como dizes, a buscar, a ver y hablar
a mi señora, de cuya discrecion y cortesia
espero mas que milagrosos fauores.”
  Rabiaua Sancho por sacar a su amo del
pueblo, porque no aueriguasse la mentira de la
respuesta que de parte de Dulcinea le auia
lleuado a Sierra Morena, y, assi, dio priessa a la
salida, que fue luego, y a dos millas de[l] lugar
hallaron vna floresta o bosque, donde don
Quixote se emboscó, en tanto que Sancho boluia
a la ciudad a hablar a Dulcinea, en cuya
embaxada le sucedieron cosas que piden nueua
atencion y nueuo credito.

                  Capitulo X

Donde se cuenta la industria que Sancho tuuo
  para encantar a la señora Dulcinea, y de
  otros sucessos tan ridiculos como verdaderos.

  Llegando el autor desta grande historia a
contar lo que en este capitulo cuenta, dize que
quisiera passarle en silencio, temeroso de que
no auia de ser creido; porque las locuras de
don Quixote llegaron aqui al termino y raya
de las mayores que pueden imaginarse, y aun
passaron dos tiros de ballesta mas alla de las
mayores; finalmente, aunque con este miedo y
rezelo, las escriuio de la misma manera que el
las hizo, sin añadir ni quitar a la historia vn
atomo de la verdad, sin darsele nada por las
objeciones que podian ponerle de mentiroso;
y tuuo razon, porque la verdad adelgaza, y no
quiebra, y siempre anda sobre la mentira, como
el azeite sobre el agua; y, assi, prosiguiendo su
historia, dize, que assi como don Quixote se emboscó
en la floresta, encinar, o selua junto al gran
Toboso, mandó a Sancho boluer a la ciudad, y
que no boluiesse a su presencia sin auer primero
hablado de su parte a su señora, pidiendola
fuesse seruida de dexarse ver de su cautiuo
cauallero, y se dignasse de echarle su bendicion,
para que pudiesse esperar por ella felicissimos
sucessos de todos sus acometimientos y
dificultosas empresas. Encargose Sancho de
hazerlo assi como se le mandaua, y de
traerla tan buena respuesta, como le truxo la vez
primera.
  “Anda, hijo”, replicó don Quixote, “y no te
turbes quando te vieres ante la luz del sol de
hermosura que vas a buscar. Dichoso tu sobre
todos los escuderos del mundo; ten memoria y
no se te passe della, cómo te recibe, si muda las
colores el tiempo que la estuuieres dando mi
embaxada, si se desasossiega y turba, oyendo
mi nombre; si no cabe en la almohada si acaso
la hallas sentada en el estrado rico de su
autoridad, y si está en pie, mirala, si se pone aora
sobre el vno, aora sobre el otro pie; si te repite
la respuesta que te diere, dos o tres vezes; si la
muda de blanda en aspera, de azeda en amorosa;
si leuanta la mano al cabello para componerle,
aunque no esté desordenado; finalmente,
hijo, mira todas sus acciones y mouimientos;
porque si tu me los relatares como ellos fueron,
sacaré yo lo que ella tiene escondido en lo
secreto de su coraçon acerca de lo que al fecho
de mis amores toca; que has de saber, Sancho,
si no lo sabes, que entre los amantes las acciones
y mouimientos exteriores que muestran,
quando de sus amores se trata, son certissimos
correos que traen las nueuas de lo que alla en
lo interior del alma passa. Ve, amigo, y guiete
otra mejor ventura que la mia, y bueluate otro
mejor sucesso del que yo quedo temiendo y
esperando en esta amarga soledad en que me
dexas.”
  “Yo yre y boluere presto”, dixo Sancho, “y
ensanche vuessa merced, señor mio, esse
coraçoncillo, que le deue de tener agora no mayor
que vna abellana, y considere que se suele
dezir que buen coraçon quebranta mala ventura,
y que donde no ay tocinos no ay estacas; y
tambien se dize, donde no piensa, salta la liebre;
digolo porque si esta noche no hallamos
los palacios o alcaçares de mi señora, agora
que es de dia los pienso hallar, quando menos
lo piense, y hallados, dexenme a mi con
ella.”
  “Por cierto, Sancho”, dixo don Quixote, “que
siempre traes tus refranes tan a pelo de lo que
tratamos, quanto me de Dios mejor ventura en
lo que desseo.”
  Esto dicho, boluio Sancho las espaldas y
vareó su ruzio, y don Quixote se quedó a cauallo,
descansando sobre los estriuos y sobre el
arrimo de su lança, lleno de tristes y confusas
imaginaciones, donde le dexaremos, yendonos
con Sancho Pança, que no menos confuso y
pensatiuo se apartó de su señor que el
quedaua; y tanto, que apenas huuo salido del
bosque, quando, boluiendo la cabeça y viendo
que don Quixote no parecia, se apeó del
jumento, y, sentandose al pie de vn arbol,
començo a hablar consigo mesmo y a dezirse:
  “Sepamos agora, Sancho hermano, ¿adónde
va vuessa merced? ¿Va a buscar algun jumento
que se le aya perdido? No por cierto. Pues
¿qué va a buscar? Voy a buscar, como quien
no dize nada, a vna princessa, y en ella al sol
de la hermosura, y a todo el cielo junto. Y
¿adónde pensays hallar esso que dezys,
Sancho? ¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso.
Y bien, y ¿de parte de quién la vays a buscar?
De parte del famoso Cauallero don Quixote
de la Mancha, que desfaze los tuertos y
da de comer al que ha sed y de beuer al que
ha hambre. Todo esso está muy bien; y
¿sabeys su casa, Sancho? Mi amo dize que han
de ser vnos reales palacios o vnos soberuios
alcaçares. Y ¿aueysla visto algun dia por
ventura? Ni yo ni mi amo la auemos visto
jamas. Y ¿pareceos que fuera acertado y bien
hecho que si los del Toboso supiessen que estays
vos aqui con intencion de yr a sonsacarles
sus princessas y a dessassossegarles sus
damas, viniessen y os moliessen las costillas a
puros palos y no os dexassen huesso sano? En
verdad que tendrian mucha razon, quando no
considerassen que soy mandado, y que

      mensagero soys, amigo,
      no mereceys culpa, non.

No os fieys en esso, Sancho, porque la gente
manchega es tan colerica como honrada y no
consiente cosquillas de nadie. Viue Dios, que
si os huele, que os mando mala ventura.
¡Oxte, puto!; ¡alla daras, rayo! No, sino andeme
yo buscando tres pies al gato por el gusto
ageno; y mas, que assi sera buscar a Dulcinea por
el Toboso como a Marica por Rabena o al
bachiller en Salamanca; el diablo, el diablo me
ha metido a mi en esto, que otro no.”
  Este soliloquio passó consigo Sancho, y lo
que sacó del fue que boluio a dezirse: “Aora
bien, todas las cosas tienen remedio, si no es
la muerte, debaxo de cuyo yugo hemos de
passar todos, mal que nos pese, al acabar de
la vida. Este mi amo por mil señales he visto
que es vn loco de atar, y aun tambien yo no
le quedo en zaga, pues soy mas mentecato que
el, pues le sigo y le siruo, si es verdadero el
refran que dize: «dime con quién andas, dezirte
»he quién eres», y el otro de «no con quien
»naces, sino con quien paces». Siendo, pues,
loco, como lo es, y de locura que las mas vezes
toma vnas cosas por otras y juzga lo blanco
por negro y lo negro por blanco, como le
parecio quando dixo que los molinos de viento
eran gigantes, y las mulas de los religiosos
dromedarios, y las manadas de carneros exercitos
de enemigos, y otras muchas cosas a este
tono, no sera muy dificil hazerle creer que vna
labradora, la primera que me topare por aqui,
es la señora Dulcinea, y quando el no lo crea,
juraré yo, y si el jurare, tornaré yo a jurar, y
si porfiare, porfiaré yo mas, y de manera, que
tengo de tener la mia siempre sobre el hito,
venga lo que viniere; quiça con esta porfia
acabaré con el que no me embie otra vez a
semejantes mensagerias, viendo quán mal
recado le traygo dellas, o quiça pensará, como
yo imagino, que algun mal encantador de
estos que el dize que le quieren mal la aura
mudado la figura por hazerle mal y daño.”
  Con esto que pensó Sancho Pança quedó
sossegado su espiritu, y tuuo por bien acabado
su negocio, (y) deteniendose alli hasta la tarde,
por dar lugar a que don Quixote pensasse que
le [a]uia tenido para yr y boluer del Toboso; y
sucediole todo tan bien, que, quando se leuantó
para subir en el ruzio, vio que del Toboso
hazia donde el estaua venian tres labradoras
sobre tres pollinos, o pollinas, que el autor no
lo declara, aunque mas se puede creer que
eran borricas, por ser ordinaria caualleria de
las aldeanas; pero como no va mucho en
esto, no ay para qué detenernos en
aueriguarlo.
  En resolucion, assi como Sancho vio a las
labradoras, a paso tirado boluio a buscar a su
señor don Quixote, y hallole suspirando y
diziendo mil amorosas lamentaciones. Como don
Quixote le vio, le dixo:
  “¿Qué ay, Sancho amigo? ¿Podre señalar
este dia con piedra blanca, o con negra?”
  “Mejor sera”, respondio Sancho, “que vuessa
merced le señale con almagre, como retulos
de catedras, porque le echen bien de ver
los que le vieren.”
  “De esse modo”, replicó don Quixote,
“buenas nueuas traes.”
  “Tan buenas”, respondio Sancho, “que no
tiene mas que hazer vuessa merced sino picar
a Rozinante y salir a lo raso a ver a la señora
Dulcinea del Toboso, que con otras dos,
donzellas suyas, viene a ver a vuessa merced.”
  “Santo Dios, ¿qué es lo que dizes, Sancho
amigo?”, dixo don Quixote. “Mira no me
engañes, ni quieras con falsas alegrias alegrar
mis verdaderas tristezas.”
  “¿Qué sacaria yo de engañar a vuessa
merced”, respondio Sancho, “y mas estando tan
cerca de descubrir mi verdad? Pique, señor,
y venga, y vera venir a la princessa, nuestra
ama, vestida y adornada, en fin, como quien
ella es. Sus donzellas y ella todas son vna
ascua de oro. Todas maçorcas de perlas,
todas son diamantes, todas rubies, todas telas
de brocado de mas de diez altos. Los cabellos
sueltos por las espaldas, que son otros tantos
rayos del sol, que andan jugando con el viento,
y, sobre todo, vienen a cauallo sobre tres
cananeas remendadas, que no ay mas que ver.”
  “Hacaneas, querras dezir, Sancho.”
  “Poca diferencia ay”, respondio Sancho, “de
cananeas a hacaneas; pero vengan sobre lo
que vinieren, ellas vienen las mas galanas
señoras que se puedan dessear, especialmente
la princessa Dulcinea, mi señora, que pasma
los sentidos.”
  “Vamos, Sancho hijo”, respondio don Quixote,
“y en albricias destas no esperadas como
buenas nueuas te mando el mejor despojo que
ganare en la primera auentura que tuuiere, y
si esto no te contenta, te mando las crias que
este año me dieren las tres yeguas mias, que
tu sabes que quedan para parir en el prado
concegil de nuestro pueblo.”
  “A las crias me atengo”, respondio Sancho,
“porque de ser buenos los despojos de la
primera auentura no está muy cierto.”
  Ya en esto, salieron de la selua y descubrieron
cerca a las tres aldeanas. Tendio don Quixote
los ojos por todo el camino del Toboso, y
como no vio sino a las tres labradoras, turbose
todo, y preguntó a Sancho si las auia dexado
fuera de la ciudad.
  “¿Cómo fuera de la ciudad?”, respondio;
“¿por ventura tiene vuessa merced los ojos en
el colodrillo, que no vee que son estas las que
aqui vienen, resplandecientes como el mismo
sol a medio dia?”
  “Yo no veo, Sancho”, dixo don Quixote,
“sino a tres labradoras sobre tres borricos.”
  “Agora me libre Dios del diablo”, respondio
Sancho; “y ¿es possible que tres hacaneas, o
como se llaman, blancas como el hampo de la
nieue, le parezcan a vuessa merced borricos?
¡Viue el Señor, que me pele estas barbas si tal
fuesse verdad!”
  “Pues yo te digo, Sancho amigo”, dixo don
Quixote, “que es tan verdad que son borricos,
o borricas, como yo soy don Quixote y tu Sancho
Pança; a lo menos, a mi tales me parecen.”
  “Calle, señor”, dixo Sancho, “no diga la tal
palabra, sino despauile essos ojos y venga a
hazer reuerencia a la señora de sus
pensamientos, que ya llega cerca.”
  Y, diziendo esto, se adelantó a recebir a las
tres aldeanas, y, apeandose del ruzio, tuuo del
cabestro al jumento de vna de las tres labradoras,
y, hincando ambas rodillas en el suelo,
dixo:
  “Reyna y princessa y duquessa de la hermosura,
vuestra altiuez y grandeza sea seruida
de recebir en su gracia y buen talente al
cautiuo cauallero vuestro, que alli está hecho
piedra marmol, todo turbado y sin pulsos de verse
ante vuestra magnifica presencia. Yo soy Sancho
Pança su escudero, y el es el assendereado
cauallero don Quixote de la Mancha, llamado
por otro nombre el Cauallero de la Triste
Figura.”
  A esta sazon ya se auia puesto don Quixote
de hinojos junto a Sancho, y miraua con ojos
desencajados y vista turbada a la que Sancho
llamaua reyna y señora, y como no descubria
en ella sino vna moça aldeana y no de muy
buen rostro, porque era cariredonda y chata,
estaua suspenso y admirado, sin osar desplegar
los labios. Las labradoras estauan assimismo
atonitas, viendo aquellos dos hombres tan
diferentes hincados de rodillas, que no dexauan
passar adelante a su compañera. Pero
rompiendo el silencio la detenida, toda
desgraciada y mohina dixo:
  “Apartense nora en tal del camino, y
dexenmos passar; que vamos de priesa.”
  A lo que respondio Sancho:
  “¡O princessa y señora vniuersal del Toboso!
¿Cómo vuestro magnanimo coraçon no se enternece
viendo arrodillado ante vuestra sublimada
presencia a la coluna y sustento de la andante
caualleria?”
  Oyendo lo qual otra de las dos, dixo:
  “¡Mas jo, que te estrego, burra de mi
suegro!; mirad con qué se vienen los señoritos 
aora a hazer burla de las aldeanas, como
si aqui no supiessemos echar pullas como ellos;
vayan su camino e dexenmos hazer el nueso,
y serles ha sano.”
  “Leuantate, Sancho”, dixo a este punto don
Quixote; “que ya veo que la Fortuna, de mi mal
no harta, tiene tomados los caminos todos por
donde pueda venir algun contento a esta anima
mezquina que tengo en las carnes. Y tu, ¡o
estremo del valor que puede dessearse, termino de
la humana gentileza, vnico remedio deste
afligido coraçon que te adora!, ya que el maligno
encantador me persigue y ha puesto nubes y
cataratas en mis ojos, y para solo ellos y no
para otros ha mudado y transformado tu sin
ygual hermosura y rostro en el de vna
labradora pobre, si ya tambien el mio no le ha
cambiado en el de algun vestiglo para hazerle
aborrecible a tus ojos, no dexes de mirarme
blanda y amorosamente, echando de ver en
esta sumision y arrodillamiento que a tu
contrahecha hermosura hago, la humildad con que
mi alma te adora.”
  “¡Tomá qué, mi aguelo!”, respondio la
aldeana; “amiguita soy yo de oyr resquebraxos.
Apartense y dexenmos yr y agradecerselo
hemos.”
  Apartose Sancho y dexola yr, contentissimo
de auer salido bien de su enredo.
  Apenas se vio libre la aldeana que auia hecho
la figura de Dulcinea, quando, picando a su
cananea con vn aguijon que en vn palo traia,
dio a correr por el prado adelante. Y como la
borrica sentia la punta del aguijon que le
fatigaua mas de lo ordinario, començo a dar
corcobos, de manera, que dio con la señora
Dulcinea en tierra; lo qual visto por don Quixote,
acudio a leuantarla, y Sancho a componer y
cinchar el albarda, que tambien vino a la
barriga de la pollina. Acomodada, pues, la
albarda, y quiriendo don Quixote leuantar a su
encantada señora en los braços sobre la
jumenta, la señora, leuantandose del suelo, le
quitó de aquel trabajo, porque haziendose algun
tanto atras, tomó vna corridica, y puestas
ambas manos sobre las ancas de la pollina, dio
con su cuerpo mas ligero que vn halcon sobre
la albarda, y quedó a horcajadas, como si fuera
hombre; y entonces dixo Sancho:
  “Viue Roque, que es la señora nuestra ama
mas ligera que vn a[l]cotan y que puede
enseñar a subir a la gineta al mas diestro
cordoues o mexicano. El arzon trasero de la silla
passó de vn salto, y sin espuelas haze correr
la hacanea como vna zebra, y no le van
en zaga sus donzellas, que todas corren como
el viento.”
  Y assi era la verdad, porque en viendose
a cauallo Dulcinea, todas picaron tras ella y
dispararon a correr, sin boluer la cabeça atras
por espacio de mas de media legua. Siguiolas
don Quixote con la vista, y quando vio que no
parecian, boluiendose a Sancho, le dixo:
  “¿Sancho, qué te parece quán mal quisto soy
de encantadores? Y mira hasta dónde se estiende
su malicia y la ogeriza que me tienen, pues
me han querido priuar del contento que
pudiera darme ver en su ser a mi señora. En
efecto, yo naci para exemplo de desdichados
y para ser blanco y terrero donde tomen la
mira y assiesten las flechas de la mala fortuna.
Y has tambien de aduertir, Sancho, que no se
contentaron estos traydores de auer buelto y
transformado a mi Dulcinea, sino que la
transformaron y boluieron en vna figura tan baxa y
tan fea como la de aquella aldeana, y
juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las
principales señoras, que es el buen olor, por
andar siempre entre ambares y entre flores;
porque te hago saber, Sancho, que quando
llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea,
segun tu dizes, que a mi me parecio borrica,
me dio vn olor de ajos crudos, que me
encalabrinó y atosigó el alma.”
  “¡O canalla!”, gritó a esta sazon Sancho, “¡o
encantadores aziagos y mal intencionados, y
quién os viera a todos ensartados por las
agallas como sardinas en lercha! Mucho sabeys,
mucho podeys y mucho mas hazeys; bastaros
deuiera, vellacos, auer mudado las perlas
de los ojos de mi señora en agallas
alcornoqueñas y sus cabellos de oro purissimo en
cerdas de cola de buey bermejo, y, finalmente,
todas sus faciones de buenas en malas, sin que
le tocarades en el olor; que por el siquiera
sacaramos lo que estaua encubierto debaxo de
aquella fea corteza, aunque, para dezir verdad,
nunca yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la
qual subia de punto y quilates vn lunar que
tenia sobre el labio derecho a manera de
vigote, con siete o ocho cabellos rubios como
hebras de oro y largos de mas de vn palmo.”
  “A esse lunar”, dixo don Quixote, “segun la
correspondencia que tienen entre si los del
rostro con los del cuerpo, ha de tener otro
Dulcinea en la tabla del muslo que corresponde al
lado donde tiene el del rostro; pero muy luengos
para lunares son pelos de la grandeza que
has significado.”
  “Pues yo se dezir a vuessa merced”,
respondio Sancho, “que le parecian alli como
nacidos.”
  “Yo lo creo, amigo”, replicó don Quixote,
“porque ninguna cosa puso la naturaleza
en Dulcinea que no fuesse perfecta y bien
acabada, y assi, si tuuiera cien lunares como el
que dizes, en ella no fueran lunares, sino lunas
y estrellas resplandecientes. Pero dime,
Sancho, ¿aquella que a mi me parecio albarda que
tu adereçaste, era silla rasa, o sillon?”
  “No era”, respondio Sancho, “sino silla a la
gineta, con vna cubierta de campo que vale la
mitad de vn reyno, segun es de rica.”
  “Y ¡que no viesse yo todo esso, Sancho!”,
dixo don Quixote; “aora torno a dezir, y dire
mil vezes, que soy el mas desdichado de los
hombres.”
  Harto tenia que hazer el socarron de Sancho
en dissimular la risa, oyendo las sandezes de su
amo, tan delicadamente engañado. Finalmente,
despues de otras muchas razones que entre los
dos passaron, boluieron a subir en sus bestias
y siguieron el camino de Zaragoça, adonde
pensauan llegar a tiempo que pudiessen
hallarse en vnas solenes fiestas que en aquella
insigne ciudad cada año suelen hazerse. Pero
antes que alla llegassen les sucedieron cosas,
que por muchas, grandes y nueuas, merecen ser
escritas y leydas, como se vera adelante.

                 Capitulo XI

De la estraña auentura que le sucedio al valeroso
  don Quixote con el carro o carreta de las
  Cortes de la Muerte.

  Pensatiuo a demas yua don Quixote por su
camino adelante, considerando la mala burla
que le auian hecho los encantadores, boluiendo
a su señora Dulcinea en la mala figura de la
aldeana, y no imaginaua qué remedio tendria
para boluerla a su ser primero, y estos
pensamientos le lleuauan tan fuera de si, que,
sin sentirlo, solto las riendas a Rocinante, el
qual, sintiendo la libertad que se le daua, a
cada paso se detenia a pacer la verde yerua,
de que aquellos campos abundauan; de su
embelesamiento le boluio Sancho Pança,
diziendole:
  “Señor, las tristezas no se hizieron para las
bestias, sino para los hombres; pero si los
hombres las sienten demasiado se bueluen bestias;
vuessa merced se reporte y buelua en si y coja
las riendas a Rozinante, y auiue y despierte, y
muestre aquella gallardia que conuiene que
tengan los caualleros andantes. ¿Qué diablos
es esto? ¿Qué descaecimiento es este?
¿Estamos aqui, o en Francia? Mas que se lleue
Satanas a quantas Dulcineas ay en el mundo,
pues vale mas la salud de vn solo cauallero
andante que todos los encantos y
transformaciones de la tierra.”
  “Calla, Sancho”, respondio don Quixote con
voz no muy desmayada; “calla, digo, y no
digas blasfemias contra aquella encantada
señora; que de su desgracia y desuentura yo solo
tengo la culpa: de la inuidia que me tienen los
malos ha nacido su mala andança.”
  “Assi lo digo yo”, respondio Sancho: “quien
la vido y la vee aora, ¿quál es el coraçon que
no llora?”
  “Esso puedes tu dezir bien, Sancho”, replicó
don Quixote, “pues la viste en la entereza
caual de su hermosura; que el encanto no
se estendio a turbarte la vista ni a encubrirte
su belleza; contra mi solo y contra mis ojos
se endereza la fuerça de su veneno. Mas con
todo esto he caydo, Sancho, en vna cosa, y es
que me pintaste mal su hermosura, porque, si
mal no me acuerdo, dixiste que tenia los ojos
de perlas, y los ojos que parecen de perlas,
antes son de besugo que de dama, y a lo que
yo creo, los de Dulcinea deuen ser de verdes
esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos
que les siruen de cejas. Y essas perlas quitalas
de los ojos y passalas a los dientes; que sin
duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por
los dientes.”
  “Todo puede ser”, respondio Sancho, “porque
tambien me turbó a mi su hermosura como a
vuessa merced su fealdad; pero encomendemoslo
todo a Dios, que El es el sabidor de las
cosas que han de suceder en este valle de
lagrimas, en este mal mundo que tenemos, donde
apenas se halla cosa que esté sin mezcla de
maldad, embuste y vellaqueria. De vna cosa
me pesa, señor mio, mas que de otras: que es
pensar qué medio se ha de tener quando vuessa
merced vença a algun gigante o otro cauallero,
y le mande que se vaya a presentar ante
la hermosura de la señora Dulcinea, ¿adónde la
ha de hallar este pobre gigante o este pobre y
misero cauallero vencido? Pareceme que los
veo andar por el Toboso hechos vnos bausanes
buscando a mi señora Dulcinea, y aunque
la encuentren en mitad de la calle, no la
conoceran mas que a mi padre.”
  “Quiça, Sancho”, respondio don Quixote, “no
se estendera el encantamento a quitar el
conocimiento de Dulcinea a los vencidos y
presentados gigantes y caualleros, y en vno o dos de
los primeros que yo vença y le embie haremos
la experiencia, si la ven o no, mandandoles
que bueluan a darme relacion de lo que acerca
desto les huuiere sucedido.”
  “Digo, señor”, replicó Sancho, “que me ha
parecido bien lo que vuessa merced ha dicho,
y que con esse artificio vendremos en conocimiento
de lo que desseamos, y si es que ella a
solo vuessa merced se encubre, la desgracia
mas sera de vuessa merced que suya; pero
como la señora Dulcinea tenga salud y
contento, nosotros por aca nos auendremos y lo
passaremos lo mejor que pudieremos, buscando
nuestras auenturas, y dexando al tiempo
que haga de las suyas; que el es el mejor
medico destas y de otras mayores
enfermedades.”
  Responder queria don Quixote a Sancho
Pança; pero estoruoselo vna carreta que salio al
traues del camino, cargada de los mas diuersos
y estraños personages y figuras que pudieron
imaginarse. El que guiaua las mulas y seruia
de carretero era vn feo demonio. Venia la carreta
descubierta al cielo abierto, sin toldo ni
çarço. La primera figura que se ofrecio a los
ojos de don Quixote, fue la de la misma Muerte,
con rostro humano; junto a ella venia vn
angel con vnas grandes y pintadas alas. Al vn
lado estaua vn emperador con vna corona, al
parecer de oro, en la cabeça. A los pies de la
Muerte estaua el dios que llaman Cupido, sin
venda en los ojos, pero con su arco, carcax y
saetas. Venia tambien vn cauallero armado de
punta en blanco, excepto que no traia morrion,
ni celada, sino vn sombrero lleno de plumas de
diuersas colores; con estas venian otras personas
de diferentes trages y rostros. Todo lo qual
visto de improuiso en alguna manera alborotó
a don Quixote, y puso miedo en el coraçon de
Sancho; mas luego se alegró don Quixote,
creyendo que se le ofrecia alguna nueua y
peligrosa auentura, y con este pensamiento, y con
animo dispuesto de acometer qualquier peligro,
se puso delante de la carreta, y, con voz alta y
amenazadora, dixo:
  “Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres,
no tardes en dezirme quién eres, a do vas y
quién es la gente que lleuas en tu carricoche,
que mas parece la barca de Caron que carreta
de las que se vsan.”
  A lo qual mansamente, deteniendo el diablo
la carreta, respondio:
  “Señor, nosotros somos recitantes de la
compañia de Angulo el malo; hemos hecho en
vn lugar que está detras de aquella loma, esta
mañana, que es la octaua del Corpus, el auto
de Las Cortes de la Muerte, y hemosle de
hazer esta tarde en aquel lugar que desde aqui
se parece, y por estar tan cerca y escusar el
trabajo de desnudarnos y boluernos a vestir, nos
vamos vestidos con los mesmos vestidos que
representamos. Aquel mancebo va de Muerte,
el otro de Angel. Aquella muger, que es la del
autor, va de Reyna, el otro de Soldado, aquel de
Emperador, y yo de Demonio, y soy vna de las
principales figuras del auto, porque hago en
esta compañia los primeros papeles. Si otra
cosa vuessa merced dessea saber de nosotros,
preguntemelo, que yo le sabre responder con
toda puntualidad; que como soy demonio, todo
se me alcança.”
  “Por la fe de cauallero andante”, respondio
don Quixote, “que assi como vi este carro
imaginé que alguna grande auentura se me ofrecia,
y aora digo que es menester tocar las apariencias
con la mano para dar lugar al desengaño.
Andad con Dios, buena gente, y hazed vuestra
fiesta; y mirad si mandays algo en que pueda
seros de prouecho; que lo haré con buen animo
y buen talante, porque desde mochacho fuy
aficionado a la caratula, y en mi mocedad se
me yuan los ojos tras la farandula.”
  Estando en estas platicas quiso la suerte que
llegasse vno de la compañia, que venia vestido
de bogiganga, con muchos cascabeles, y en la
punta de vn palo traia tres bexigas de vaca
hinchadas; el qual moarracho, llegandose a don
Quixote, començo a esgrimir el palo y a sacudir
el suelo con las bexigas y a dar grandes
saltos, sonando los cascabeles, cuya mala vision
assi alborotó a Rozinante, que, sin ser poderoso
a detenerle don Quixote, tomando el freno entre
los dientes, dio a correr por el campo con mas
ligereza que jamas prometieron los huesos de
su notomia. Sancho, que consideró el peligro
en [que] yua su amo de ser derribado, saltó
del ruzio, y a toda priesa fue a valerle; pero
quando a el llegó, ya estaua en tierra, y junto
a el Rozinante, que con su amo vino al suelo:
ordinario fin y paradero de las lozanias de
Rozinante y de sus atreuimientos.
  Mas apenas huuo dexado su caualleria Sancho
por acudir a don Quixote, quando el demonio
baylador de las bexigas saltó sobre el
ruzio, y, sacudiendole con ellas, el miedo y
ruydo, mas que el dolor de los golpes, le hizo
volar por la campaña hazia el lugar donde
yuan a hazer la fiesta. Miraua Sancho la carrera
de su ruzio y la cayda de su amo, y no sabia
a quál de las dos necessidades acudiria primero.
Pero, en efecto, como buen escudero y como
buen criado, pudo mas con el el amor de su
señor que el cariño de su jumento, puesto que
cada vez que veia leuantar las bexigas en el
ayre y caer sobre las ancas de su ruzio, eran
para el tartagos y sustos de muerte, y antes
quisiera que aquellos golpes se los dieran a el
en las niñas de los ojos que en el mas minimo
pelo de la cola de su asno. Con esta perplexa
tribulacion llegó donde estaua don Quixote,
harto mas maltrecho de lo que el quisiera, y,
ayudandole a subir sobre Rozinante, le dixo:
  “Señor, el Diablo se ha lleuado al ruzio.”
  “¿Qué diablo?”, preguntó don Quixote.
  “El de las bexigas”, respondio Sancho.
  “Pues yo le cobraré”, replicó don Quixote,
“si bien se encerrasse con el en los mas hondos
y escuros calaboços del infierno. Sigueme,
Sancho; que la carreta va despacio, y con las
mulas della satisfare la perdida del ruzio.”
  “No ay para qué hazer essa diligencia,
señor”, respondio Sancho; “vuessa merced
temple su colera; que, segun me parece, ya el
Diablo ha dexado el ruzio, y buelue a la
querencia.”
  Y assi era la verdad, porque auiendo caydo
el Diablo con el ruzio, por imitar a don Quixote
y a Rozinante, el Diablo se fue a pie al pueblo,
y el jumento se boluio a su amo.
  “Con todo esso”, dixo don Quixote, “sera
bien castigar el descomedimiento de aquel
demonio en alguno de los de la carreta, aunque
sea el mesmo Emperador.”
  “Quitesele a vuessa merced esso de la
imaginacion”, replicó Sancho, “y tome mi consejo,
que es que nunca se tome con farsantes, que
es gente fauorecida. Recitante he visto yo estar
preso por dos muertes y salir libre y sin costas.
Sepa vuessa merced que, como son gentes alegres
y de plazer, todos los fauorecen, todos los
amparan, ayudan y estiman, y mas siendo de
aquellos de las compañias reales y de titulo,
que todos, o los mas, en sus trages y
compostura parecen vnos principes.”
  “Pues con todo”, respondio don Quixote,
“no se me ha de yr el demonio farsante
alabando, aunque le fauorezca todo el genero
humano.”
  Y, diziendo esto, boluio a la carreta, que ya
estaua bien cerca del pueblo; [y] yua dando
vozes, diziendo:
  “Deteneos, esperad, turba alegre y regozijada;
que os quiero dar a entender cómo se han
de tratar los jumentos y alimañas que siruen
de caualleria a los escuderos de los caualleros
andantes.”
  Tan altos eran los gritos de don Quixote,
que los oyeron y entendieron los de la carreta,
y, juzgando por las palabras la intencion del
que las dezia, en vn instante saltó la Muerte de
la carreta, y tras ella, el Emperador, el Diablo
carretero y el Angel, sin quedarse la Reyna ni
el dios Cupido, y todos se cargaron de piedras
y se pusieron en ala, esperando recebir a don
Quixote en las puntas de sus guijarros. Don
Quixote que los vio puestos en tan gallardo
esquadron, los braços leuantados con ademan
de despedir poderosamente las piedras, detuuo
las riendas a Rozinante y pusose a pensar de
qué modo los acometeria con menos peligro
de su persona. En esto que se detuuo, llegó
Sancho, y viendole en talle de acometer al
bien formado esquadron, le dixo:
  “Assaz de locura seria intentar tal empresa;
considere vuessa merced, señor mio, que para
sopa de arroyo y tente, bonete, no ay arma
defensiua en el mundo, sino es embutirse y
encerrarse en vna campana de bronze, y tambien
se ha de considerar que es mas temeridad
que valentia acometer vn hombre solo a vn
exercito donde está la Muerte y pelean en
persona emperadores, y a quien ayudan los buenos
y los malos angeles; y si esta consideracion
no le mueue a estarse quedo, mueuale saber de
cierto que entre todos los que alli estan,
aunque parecen reyes, principes y emperadores,
no ay ningun cauallero andante.”
  “Aora si”, dixo don Quixote, “has dado,
Sancho, en el punto que puede y deue mudarme de
mi ya determinado intento. Yo no puedo ni
deuo sacar la espada, como otras vezes muchas
te he dicho, contra quien no fuere armado
cauallero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la
vengança del agrauio que a tu ruzio se le ha
hecho; que yo desde aqui te ayudaré con
vozes y aduertimientos saludables.”
  “No ay para qué, señor”, respondio Sancho,
“tomar vengança de nadie, pues no es de buenos
christianos tomarla de los agrauios, quanto
mas que yo acabaré con mi asno que ponga
su ofensa en las manos de mi voluntad, la
qual es de viuir pacificamente los dias que los
cielos me dieren de vida.”
  “Pues essa es tu determinacion”, replicó don
Quixote, “Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho
christiano y Sancho sincero, dexemos estas
fantasmas y boluamos a buscar mejores y mas
calificadas auenturas; que yo veo esta tierra
de talle que no han de faltar en ella muchas y
muy milagrosas.”
  Boluio las riendas luego, Sancho fue a tomar
su ruzio, la Muerte con todo su esquadron
bolante boluieron a su carreta y prosiguieron su
viage, y este felice fin tuuo la temerosa
auentura de la carreta de la Muerte, gracias sean
dadas al saludable consejo que Sancho Pança
dio a su amo, al qual el dia siguiente le sucedio
otra con vn enamorado y andante cauallero,
de no menos suspension que la passada.

                 Capitulo XII

De la estraña auentura que le sucedio al
  valero[so] don Quixote con el brauo Cauallero de
  los Espejos.

  La noche que siguio al dia del rencuentro de
la Muerte la passaron don Quixote y su escudero
debaxo de vnos altos y sombrosos arboles,
auiendo, a persuasion de Sancho, comido
don Quixote de lo que venia en el repuesto
del ruzio, y, entre la cena, dixo Sancho a su
señor:
  “Señor, qué tonto huuiera andado yo, si
huuiera escogido en albricias los despojos de la
primera auentura que vuessa merced acabara,
antes que las crias de las tres yeguas. En efecto,
en efecto, mas vale paxaro en mano que buytre
volando.”
  “Todauia”, respondio don Quixote, “si tu,
Sancho, me dexaras acometer, como yo queria,
te huuieran cabido en despojos, por lo menos,
la corona de oro de la Emperatriz y las pintadas
alas de Cupido; que yo se las quitara al
redropelo y te las pusiera en las manos.”
  “Nunca los cetros y coronas de los emperadores
farsantes”, respondio Sancho Pança, “fueron
de oro puro, sino de oropel o hoja de lata.”
  “Assi es verdad”, replicó don Quixote,
“porque no fuera acertado que los atauios de la
comedia fueran finos, sino fingidos y
aparentes como lo es la mesma comedia, con
la qual quiero, Sancho, que estes bien, teniendola
en tu gracia, y por el mismo consiguiente
a los que las representan y a los que las
componen, porque todos son instrumentos de hazer
vn gran bien a la Republica, poniendonos vn
espejo a cada paso delante, donde se veen
al viuo las acciones de la vida humana, y
ninguna comparacion ay que mas al viuo nos
represente lo que somos y lo que auemos de ser
como la comedia y los comediantes: si no, dime,
¿no has visto tu representar alguna comedia
adonde se introduzen reyes, emperadores y
pontifices, caualleros, damas y otros diuersos
personages? Vno haze el rufian, otro el embustero,
este el mercader, aquel el soldado, otro
el simple discreto, otro el enamorado simple.
Y, acabada la comedia, y desnudandose de
los vestidos della, quedan todos los recitantes
yguales.”
  “Si he visto”, respondio Sancho.
  “Pues lo mesmo”, dixo don Quixote, “acontece
en la comedia y trato deste mundo, donde
vnos hazen los emperadores, otros los pontifices,
y, finalmente, todas quantas figuras se
pueden introduzir en vna comedia; pero, en
llegando al fin, que es quando se acaba la vida,
a todos les quita la muerte las ropas que los
diferenciauan, y quedan yguales en la
sepultura.”
  “Braua comparacion”, dixo Sancho, “aunque
no tan nueua que yo no la aya oydo muchas
y diuersas vezes, como aquella del juego
del axedrez, que mientras dura el juego, cada
pieça tiene su particular oficio, y, en
acabandose el juego, todas se mezclan, juntan y
barajan, y dan con ellas en vna bolsa, que es
como dar con la vida en la sepultura.”
  “Cada dia, Sancho”, dixo don Quixote, “te
vas haziendo menos simple y mas discreto.”
  “Si, que algo se me ha de pegar de la
discrecion de vuessa merced”, respondio Sancho;
“que las tierras que de suyo son esteriles
y secas, estercolandolas y cultiuandolas,
vienen a dar buenos frutos; quiero dezir que la
conuersacion de vuessa merced ha sido el
estiercol que sobre la esteril tierra de mi seco
ingenio ha caydo; la cultiuacion, el tiempo que
ha que le siruo y comunico, y con esto espero
de dar frutos de mi que sean de bendicion,
tales, que no desdigan ni deslizen de los
senderos de la buena criança que vuessa merced
ha hecho en el agostado entendimiento mio.”
  Riose don Quixote de las afectadas razones
de Sancho, y pareciole ser verdad lo que dezia
de su emienda, porque de quando en quando
hablaua de manera que le admiraua, puesto
que todas o las mas vezes que Sancho queria
hablar de oposicion, y a lo cortesano, acabaua
su razon con despeñarse del monte de su
simplicidad al profundo de su ignorancia, y en lo
que el se mostraua mas elegante y memorioso
era en traer refranes, viniessen o no viniessen
a pelo de lo que trataua, como se aura visto
y se aura notado en el discurso desta historia.
  En estas y en otras platicas se les passó
gran parte de la noche, y a Sancho le vino en
voluntad de dexar caer las compuertas de los
ojos, como el dezia quando queria dormir,
y, desaliñando al ruzio, le dio pasto abundoso
y libre. No quitó la silla a Rozinante por
ser expreso mandamiento de su señor que
en el tiempo que anduuiessen en campaña, o
no durmiessen debaxo de techado, no desaliñasse
a Rozinante: antigua vsança establecida
y guardada de los andantes caualleros, quitar
el freno y colgarle del arzon de la silla; pero
¿quitar la silla al cauallo?, ¡guarda!; y assi lo hizo
Sancho, y le dio la misma libertad que al ruzio,
cuya amistad del y de Rozinante fue tan vnica
y tan trauada, que ay fama, por tradicion de
padres a hijos, que el autor desta verdadera
historia hizo particulares capitulos della; mas
que, por guardar la decencia y decoro que a
tan heroyca historia se deue, no los puso en
ella, puesto que algunas vezes se descuyda
deste su prosupuesto, y escriue que assi como
las dos bestias se juntauan, acudian a rascarse
el vno al otro, y que, despues de cansados
y satisfechos, cruzaua Rozinante el pescuezo
sobre el cuello del ruzio, que le sobraua de la
otra parte mas de media vara, y mirando los
dos atentamente al suelo, se solian estar de
aquella manera tres dias, a lo menos, todo el
tiempo que les dexauan o no les compelia la
hambre a buscar sustento.
  Digo que dizen que dexó el autor escrito
que los auia comparado en la amistad a la que
tuuieron Niso y Eurialo, y Pilades y Orestes,
y si esto es assi, se podia echar de ver, para
vniuersal admiracion, quán firme deuio ser la
amistad destos dos pacificos animales, y para
confusion de los hombres, que tan mal saben
guardarse amistad los vnos a los otros. Por
esto se dixo:

      «No ay amigo para amigo,
      las cañas se bueluen lanças...”

y el otro que cantó:

      De amigo a amigo la chinche, etc.

Y no le parezca a alguno que anduuo el
autor algo fuera de camino en auer comparado
la amistad destos animales a la de los
hombres; que de las bestias han recebido
muchos aduertimientos los hombres y aprendido
muchas cosas de importancia, como son:
de las cigueñas, el cristel; de los perros, el
vomito y el agradecimiento; de las grullas, la
vigilancia; de las hormigas, la prouidencia; de
los elefantes, la honestidad; y la lealtad del
cauallo. Finalmente, Sancho se quedó dormido
al pie de vn alcornoque, y don Quixote,
dormitando al de vna robusta enzina.
  Pero poco espacio de tiempo auia passado
quando le desperto vn ruydo que sintio a sus
espaldas, y, leuantandose con sobresalto, se
puso a mirar y a escuchar de dónde el ruydo
procedia, y vio que eran dos hombres a cauallo,
y que el vno, dexandose derribar de la silla,
dixo al otro:
  “Apeate, amigo, y quita los frenos a los
cauallos; que, a mi parecer, este sitio abunda de
yerua para ellos y del silencio y soledad que
han menester mis amorosos pensamientos.”
  El dezir esto y el tenderse en el suelo todo
fue a vn mesmo tiempo, y al arrojarse hizieron
ruydo las armas de que venia armado,
manifiesta señal por donde conocio don Quixote
que deuia de ser cauallero andante, y, llegandose
a Sancho, que dormia, le trabó del braço,
y con no pequeño trabajo le boluio en su
acuerdo, y con voz baxa le dixo:
  “Hermano Sancho, auentura tenemos.”
  “Dios nos la de buena”, respondio Sancho;
“y ¿adónde está, señor mio, su merced de essa
señora auentura?”
  “¿Adónde, Sancho?”, replicó don Quixote.
“Buelue los ojos y mira, y veras alli tendido vn
andante cauallero, que, a lo que a mi se me
trasluze, no deue de estar demasiadamente
alegre, porque le vi arrojar del cauallo y
tenderse en el suelo con algunas muestras de
despecho, y al caer le cruxieron las armas.”
  “Pues ¿en qué halla vuessa merced”, dixo
Sancho, “que esta sea auentura?”
  “No quiero yo dezir”, respondio don
Quixote, “que esta sea auentura del todo, sino
principio della; que por aqui se comiençan las
auenturas. Pero escucha; que, a lo que parece,
templando está vn laud o viguela, y segun
escupe y se desembaraça el pecho, deue de
prepararse para cantar algo.”
  “A buena fe que es assi”, respondio Sancho,
“y que deue de ser cauallero enamorado.”
  “No ay ninguno de los andantes que no lo
sea”, dixo don Quixote, “y escuchemosle; que
por el hilo sacaremos el ouillo de sus
pensamientos, si es que canta; que de la abundancia
del coraçon habla la lengua.”
  Replicar queria Sancho a su amo; pero la
voz del Cauallero del Bosque, que no era muy
mala ni muy buena, lo estoruó, y estando los
dos atonitos, oyeron que lo que cantó fue
este

                 «SONETO.

      Dadme, señora, vn termino que siga,
    conforme a vuestra voluntad cortado;
    que sera de la mia assi estimado,
    que por jamas vn punto del desdiga.
      Si gustays que callando mi fatiga
    muera, contadme ya por acabado;
    si quereys que os la cuente en desusado
    modo, hare que el mesmo Amor la diga.
      A prueua de contrarios estoy hecho,
    de blanda cera y de diamante duro,
    y a las leyes de amor el alma ajust[o].
      Blando qual es, o fuerte, ofrezco el pecho;
    entallad o imprimid lo que os de gusto,
    que de guardarlo eternamente juro.»

  Con vn ¡ay! arrancado, al parecer, de lo intimo
de su coraçon, dio fin a su canto el Cauallero
del Bosque, y de alli a vn poco, con voz
doliente y lastimada, dixo:
  “¡O la mas hermosa y la mas ingrata muger
del orbe!, ¿cómo que sera possible, serenissima
Casildea de Vandalia, que has de consentir
que se consuma y acabe en continuas peregrinaciones
y en asperos y duros trabajos este tu
cautiuo cauallero? ¿No basta ya que he hecho
que te confiessen por la mas hermosa del mundo
todos los caualleros de Nauarra, todos los
leoneses, todos los tartesios, todos los castellanos
y, finalmente, todos los caualleros de la
Mancha?”
  “Esso no”, dixo a esta sazon don Quixote,
“que yo soy de la Mancha y nunca tal he
confessado, ni podia, ni deuia confessar vna cosa
tan perjudicial a la belleza de mi señora, y este
tal cauallero ya vees tu, Sancho, que desuaria;
pero escuchemos: quiça se declarará mas.”
  “Si hará”, replicó Sancho; “que termino
lleua de quexarse vn mes a[r]reo.”
  Pero no fue assi, porque auiendo entreoydo
el Cauallero del Bosque que hablauan cerca del,
sin passar adelante en su lamentacion se puso
en pie, y dixo con voz sonora y comedida:
  “¿Quién va alla, qué gente?; ¿es por ventura
de la del numero de los contentos, o la del
de los afligidos?”
  “De los afligidos”, respondio don Quixote.
  “Pues lleg[u]ese a mi”, respondio el del
Bosque, “y hara cuenta que se llega a la mesma
tristeza y a la aflicion mesma.”
  Don Quixote, que se vio responder tan tierna
y comedidamente, se llegó a el, y Sancho ni
mas ni menos; el cauallero lamentador assio a
don Quixote del braço, diziendo:
  “Sentaos aqui, señor cauallero; que para
entender que lo soys y de los que professan la
andante caualleria, bastame el aueros hallado
en este lugar, donde la soledad y el sereno os
hazen compañia, naturales lechos y propias
estancias de los caualleros andantes.”
  A lo que respondio don Quixote:
  “Cauallero soy y de la profession que
dezis, y aunque en mi alma tienen su propio
assiento las tristezas, las desgracias y las
desuenturas, no por esso se ha ahuyentado della
la compassion que tengo de las agenas
desdichas; de lo que contaste[s] poco ha,
colegi que las vuestras son enamoradas, quiero
dezir, del amor que teneis a aquella hermosa
ingrata que en vuestras lamentaciones
nombrastes.”
  Ya quando esto passauan, estauan sentados
juntos sobre la dura tierra en buena paz y
compañia, como si al romper del dia no se
huuieran de romper las cabeças.
  “¿Por ventura, señor cauallero”, preguntó
el del Bosque a don Quixote: “soys
enamorado?”
  “Por desuentura, lo soy”, respondio don
Quixote, “aunque los daños que nacen de los
bien colocados pensamientos, antes se deuen
tener por gracias que por desdichas.”
  “Assi es la verdad”, replicó el del Bosque,
“si no nos turbassen la razon y el entendimiento
los desdenes, que siendo muchos, parecen
venganças.”
  “Nunca fuy desdeñado de mi señora”,
respondio don Quixote.
  “No, por cierto”, dixo Sancho, que alli
junto estaua, “porque es mi señora como
vna borrega mansa: es mas blanda que vna
manteca.”
  “¿Es vuestro escudero este?”, preguntó el
del Bosque.
  “Si es”, respondio don Quixote.
  “Nunca he visto yo escudero”, replicó el del
Bosque, “que se atreua a hablar donde habla
su señor; a lo menos, ai está esse mio, que es tan
grande como su padre, y no se prouará que aya
desplegado el labio donde yo hablo.”
  “Pues a fe”, dixo Sancho, “que he hablado
yo y puedo hablar delante de otro tan..., y aun
quedese aqui; que es peor meneallo.”
  El escudero del Bosque assio por el braço a
Sancho, diziendole:
  “Vamonos los dos donde podamos hablar
escuderilmente todo quanto quisieremos, y
dexemos a estos señores amos nuestros que se
den de las astas contandose las historias de
sus amores; que a buen seguro que les ha de
coger el dia en ellas y no las han de auer
acabado.”
  “Sea en buena hora”, dixo Sancho, “y yo le
dire a vuessa merced quien soy, para que vea
si puedo entrar en dozena con los mas
hablantes escuderos.”
  Con esto se apartaron los dos escuderos,
entre los quales passó vn tan gracioso
coloquio, como fue graue el que passó entre sus
señores.

                 Capitulo XIII

Donde se prosigue la auentura del Cauallero
  del Bosque, con el discreto, nueuo y suaue
  coloquio que passó entre los dos escuderos.

  Diuididos estauan caualleros y escuderos,
estos contandose sus vidas, y aquellos sus
amores; pero la historia cuenta primero el
razonamiento de los moços y luego prosigue el de
los amos, y, assi, dize que, apartandose vn poco
dellos, el del Bosque dixo a Sancho:
  “Trabajosa vida es la que passamos y viuimos,
señor mio, estos que somos escuderos de
caualleros andantes; en verdad que comemos
el pan en el sudor de nuestros rostros, que
es vna de las maldiciones que echó Dios a
nuestros primeros padres.”
  “Tambien se puede dezir”, añadio Sancho,
“que lo comemos en el yelo de nuestros cuerpos,
porque ¿quién mas calor y mas frio que los
miserables escuderos de la andante caualleria?;
y aun menos mal si comieramos, pues los duelos
con pan son menos; pero tal vez ay que se
nos passa vn dia y dos sin desayunarnos, si no
es del viento que sopla.”
  “Todo esso se puede lleuar y conlleuar”, dixo
el del Bosque, “con la esperança que tenemos
del premio, porque si demasiadamente no es
desgraciado el cauallero andante a quien vn
escudero sirue, por lo menos, a pocos lances se
vera premiado con vn hermoso gouierno de
qualque insula, o con vn condado de buen
parecer.”
  “Yo”, replicó Sancho, “ya he dicho a mi
amo que me contento con el gouierno de alguna
insula, y el es tan noble y tan liberal que
me le ha prometido muchas y diuersas vezes.”
  “Yo”, dixo el del Bosque, “con vn canonicato
quedaré satisfecho de mis seruicios, y ya
me le tiene mandado mi amo, y ¡qué tal!”
  “Deue de ser”, dixo Sancho, “su amo de
vuessa merced cauallero a lo eclesiastico, y
podra hazer essas mercedes a sus buenos
escuderos, pero el mio es meramente lego, aunque
yo me acuerdo quando le querian aconsejar
personas discretas, aunque, a mi parecer,
mal intencionadas, que procurasse ser arçobispo;
pero el no quiso sino ser emperador, y yo
estaua entonces temblando si le venia en voluntad
de ser de la Iglesia, por no hallarme suficiente
de tener beneficios por ella, porque le
hago saber a vuessa merced que, aunque parezco
hombre, soy vna bestia para ser de la
Iglesia.”
  “Pues en verdad que lo yerra vuessa merced”,
dixo el del Bosque, “a causa que los gouiernos
insulanos no son todos de buena data;
algunos ay torcidos, algunos pobres, algunos
malenconicos y, finalmente, el mas erguido y
bien dispuesto trae consigo vna pesada carga
de pensamientos y de incomodidades, que
pone sobre sus ombros el desdichado que le
cupo en suerte. Harto mejor seria que los que
professamos esta maldita seruidumbre nos
retirassemos a nuestras casas, y alli nos
entretuuiessemos en exercicios mas suaues, como si
dixessemos, caçando o pescando; que ¿qué
escudero ay tan pobre en el mundo a quien le
falte vn rozin, y vn par de galgos, y vna caña
de pescar, con que entretenerse en su aldea?”
  “A mi no me falta nada desso”, respondio
Sancho; “verdad es que no tengo rozin, pero
tengo vn asno que vale dos vezes mas que el
cauallo de mi amo. Mala pascua me de Dios, y
sea la primera que viniere, si le trocara por el,
aunque me diessen quatro fanegas de cebada
encima; a burla tendra vuessa merced el valor
de mi ruzio; que ruzio es el color de mi
jumento. Pues galgos, no me auian de faltar,
auiendolos sobrados en mi pueblo; y mas, que
entonces es la caça mas gustosa, quando se
haze a costa agena.”
  “Real y verdaderamente”, respondio el del
Bosque, “señor escudero, que tengo propuesto
y determinado de dexar estas borracherias
destos caualleros, y retirarme a mi aldea y criar
mis h[i]jitos, que tengo tres como tres
orientales perlas.”
  “Dos tengo yo”, dixo Sancho, “que se pueden
presentar al Papa en persona, especialmente
vna muchacha, a quien crio para condessa,
si Dios fuere seruido, aunque a pesar de
su madre.”
  “Y ¿qué edad tiene essa señora que se cria
para condessa?”, preguntó el del Bosque.
  “Quinze años, dos mas a menos“, respondio
Sancho; “pero es tan grande como vna lança,
y tan fresca como vna mañana de abril, y
tiene vna fuerça de vn ganapan.”
  “Partes son essas”, respondio el del Bosque,
“no solo para ser condessa, sino para ser ninfa
del verde bosque. ¡O hideputa puta, y qué
rexo deue de tener la vellaca!”
  A lo que respondio Sancho, algo mohino:
  “Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo sera
ninguna de las dos, Dios quiriendo, mientras
yo viuiere. Y hablese mas comedidamente; que
para auerse criado vuessa merced entre caualleros
andantes, que son la mesma cortesia, no
me parecen muy concertadas essas palabras.”
  “¡O, qué mal se le entiende a vuessa merced”,
replicó el del Bosque, “de achaque de
alabanças, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que
quando algun cauallero da vna buena lançada
al toro en la plaça, o quando alguna persona
haze alguna cosa bien hecha, suele dezir el
vulgo: «¡o hideputa puto, y qué bien que lo ha
»hecho!», y aquello que parece vituperio en
aquel termino, es alabança notable? Y renegad
vos, señor, de los hijos o hijas que no hazen
obras que merezcan se les den a sus padres
loores semejantes.”
  “Si reniego”, respondio Sancho; “y desse
modo y por essa misma razon podia echar
vuessa merced a mi, y hijos, y a mi muger
toda vna puteria encima, porque todo
quanto hazen y dizen son estremos dignos de
semejantes alabanças; y para boluerlos a ver,
ruego yo a Dios me saque de pecado mortal,
que lo mesmo sera si me saca deste peligroso
oficio de escudero, en el qual he incurrido
segunda vez, cebado y engañado de vna bolsa
con cien ducados que me hallé vn dia en el
coraçon de Sierra Morena; y el diablo me pone
ante los ojos aqui, alli, aca no, sino aculla, vn
talego lleno de doblones, que me parece que a
cada paso le toco con la mano y me abraço
con el, y lo lleuo a mi casa, y echo censos, y
fundo rentas, y viuo como vn principe, y el rato
que en esto pienso se me hazen faciles y
lleuaderos quantos trabajos padezco con este
mentecato de mi amo, de quien se que tiene mas
de loco que de cauallero.”
  “Por esso”, respondio el del Bosque, “dizen
que la codicia rompe el saco, y si va a tratar
dellos, no ay otro mayor en el mundo que mi
amo, porque es de aquellos que dizen:
«cuydados agenos matan al asno»; pues porque
cobre otro cauallero el juyzio que ha perdido,
se haze el loco, y anda buscando lo que no
se si despues de hallado le ha de salir a los
hozicos.”
  “Y ¿es enamorado por dicha?”
  “Si”, dixo el del Bosque, “de vna tal Casildea
de Vandalia, la mas cruda y la mas asada
señora que en todo el orbe puede hallarse;
pero no coxea del pie de la crudeza; que otros
mayores embustes le gruñen en las entrañas, y
ello dira antes de muchas horas.”
  “No ay camino tan llano”, replicó Sancho,
“que no tenga algun tropezon o barranco; en
otras casas cuezen habas, y en la mia, a
calderadas; mas acompañados y paniaguados deue
de tener la locura que la discrecion. Mas si es
verdad lo que comunmente se dize, que el tener
compañeros en los trabajos suele seruir de
aliuio en ellos, con vuessa merced podre
consolarme, pues sirue a otro amo tan tonto como
el mio.”
  “Tonto, pero valiente”, respondio el del
Bosque, “y mas vellaco que tonto y que valiente.”
  “Esso no es el mio”, respondio Sancho;
“digo que no tiene nada de vellaco, antes tiene
vna alma como vn cantaro; no sabe hazer mal
a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia
alguna; vn niño le hara entender que es de noche
en la mitad del dia, y por esta senzillez le quiero
como a las telas de mi coraçon, y no me amaño
a dexarle, por mas disparates que haga.”
  “Con todo esso, hermano y señor”, dixo el
del Bosque, “si el ciego guia al ciego, ambos
van a peligro de caer en el hoyo. Mejor es
retirarnos con buen compas de pies y boluernos a
nuestras querencias; que los que buscan
auenturas no siempre las hallan buenas.”
  Escupia Sancho a menudo, al parecer, vn
cierto genero de saliua pegajosa y algo seca, lo
qual visto y notado por el caritatiuo bosqueril
escudero, dixo:
  “Pareceme que de lo que hemos hablado se
nos pegan al paladar las lenguas; pero yo
traygo vn despegador pendiente del arzon de mi
cauallo, que es tal como bueno.”
  Y, leuantandose, boluio desde alli a vn poco
con vna gran bota de vino y vna empanada de
media vara, y no es encarecimiento, porque
era de vn conejo albar tan grande, que Sancho,
al tocarla, entendio ser de algun cabron, no que
de cabrito; lo qual visto por Sancho, dixo:
  “Y ¿esto trae vuessa merced consigo, señor?”
  “Pues ¿qué se pensaua”, respondio el otro;
“soy yo por ventura algun escudero de agua y
lana? Mejor repuesto traygo yo en las ancas
de mi cauallo que lleua consigo quando va de
camino vn general.”
  Comio Sancho sin hazerse de rogar, y
tragaua a escuras bocados de nudos de suelta,
y dixo:
  “Vuessa merced si que es escudero fiel y
legal, moliente y corriente, magnifico y grande,
como lo muestra este banquete, que si no ha
venido aqui por arte de encantamento, parecelo,
a lo menos; y no como yo, mezquino y
malauenturado, que solo traygo en mis alforjas vn
poco de queso, tan duro, que pueden descalabrar
con ello a vn gigante; a quien hazen
compañia quatro dozenas de algarrobas y otras
tantas de auellanas y nuezes, mercedes a la
estrecheza de mi dueño y a la opinion que
tiene y orden que guarda de que los caualleros
andantes no se han de mantener y sustentar
sino con frutas secas y con las yeruas del
campo.”
  “Por mi fe, hermano”, replicó el del Bosque,
“que yo no tengo hecho el estomago a tagarninas,
ni a piruetanos, ni a rayzes de los montes;
alla se lo ayan con sus opiniones y leyes
cauallerescas nuestros amos, y coman lo que ellos
mandaren; fiambreras traygo y esta bota colgando
del arzon de la silla, por si o por no; y
es tan deuota mia, y quierola tanto, que
pocos ratos se passan sin que la de mil besos
y mil abraços.”
  Y, diziendo esto, se la puso en las manos a
Sancho, el qual, empinandola puesta a la boca,
estuuo mirando las estrellas vn quarto de hora,
y, en acabando de beuer, dexó caer la cabeça a
vn lado, y, dando vn gran suspiro, dixo:
  “¡O hideputa, vellaco, y cómo es catolico!”
  “¿Veis ai”, dixo el del Bosque, en oyendo el
hideputa de Sancho, “como aueis alabado este
vino, llamandole hideputa?”
  “Digo”, respondio Sancho, “que confiesso
que conozco que no es deshonra llamar hijo
de puta a nadie quando cae debaxo del
entendimiento de alabarle. Pero digame, señor, por
el siglo de lo que mas quiere: ¿este vino es de
Ciudad Real?”
  “¡Brauo moxon!”, respondio el del Bosque;
“en verdad que no es de otra parte, y que
tiene algunos años de ancianidad.”
  “¡A mi con esso!”, dixo Sancho; “no tomeys
menos, sino que se me fuera a mi por alto dar
alcance a su conocimiento. ¿No sera bueno,
señor escudero, que tenga yo vn instinto tan
grande y tan natural en esto de conocer vinos,
que en dandome a oler qualquiera, acierto la
patria, el linage, el sabor, y la dura y las
bueltas que ha de dar, con todas las circunstancias
al vino atañederas? Pero no ay de que
marauillarse, si tuue en mi linage por parte de mi
padre los dos mas excelentes moxones que en
luengos años conocio la Mancha; para prueua
de lo qual les sucedio lo que aora dire.
Dieronles a los dos a prouar del vino de vna cuba,
pidiendoles su parecer del estado, qualidad,
bondad o malicia del vino; el vno lo prouo con
la punta de la lengua, el otro no hizo mas de
llegarlo a las narizes. El primero dixo que
aquel vino sabia a hierro, el segundo dixo
que mas sabia a cordouan. El dueño dixo que
la cuba estaua limpia y que el tal vino no tenia
adobo alguno, por donde huuiesse tomado
sabor de hierro ni de cordouan. Con todo esso,
los dos famosos moxones se afirmaron en lo
que auian dicho. Anduuo el tiempo, vendiose
el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella
vna llaue pequeña pendiente de vna correa de
cordouan. Porque vea vuessa merced si
quien viene desta ralea podra dar su parecer
en semejantes causas.”
  “Por esso digo”, dixo el del Bosque, “que
nos dexemos de andar buscando auenturas,
y pues tenemos hogaças, no busquemos tortas,
y boluamonos a nuestras choças; que alli nos
hallará Dios si El quiere.”
  “Hasta que mi amo llegue a Zaragoça, le
seruire; que despues todos nos
entenderemos.”
  Finalmente, tanto hablaron y tanto beuieron
los dos buenos escuderos, que tuuo necessidad
el sueño de atarles las lenguas y templarles la
sed, que quitarsela fuera impossible; y, assi,
assidos entrambos de la ya casi vazia bota,
con los bocados a medio mascar en la boca,
se quedaron dormidos, donde los dexaremos
por aora, por contar lo que el Cauallero del
Bosque passó con el de la Triste Figura.

                 Capitulo XIV

  Donde se prosigue la auentura del Cauallero
                  del Bosque.

  Entre muchas razones que passaron don Quixote
y el Cauallero de la Selua, dize la historia
que el del Bosque dixo a don Quixote:
  “Finalmente, señor cauallero, quiero que
sepays que mi destino, o por mejor dezir, mi
eleccion me truxo a enamorar de la sin par
Casildea de Vandalia; llamola sin par, porque
no le tiene, assi en la grandeza del cuerpo
como en el estremo del estado y de la hermosura.
Esta tal Casildea, pues, que voy contando,
pagó mis buenos pensamientos y comedidos
desseos con hazerme ocupar, como su madrina
a Hercules, en muchos y diuersos peligros,
prometiendome al fin de cada vno, que en el fin
del otro llegaria el de mi esperança; pero assi
se han ydo eslabonando mis trabajos, que no
tienen cuento, ni yo se quál ha de ser el
vltimo que de principio al cumplimiento de mis
buenos desseos. Vna vez me mandó que fuesse
a desafiar a aquella famosa giganta de Seuilla
llamada la Giralda, que es tan valiente y
fuerte como hecha de bronze, y sin mudarse de vn
lugar es la mas mouible y voltaria muger del
mundo. Llegué, vila y vencila, y hizela estar
queda y a raya, porque en mas de vna semana
no soplaron sino vientos nortes. Vez tambien
huuo, que me mandó fuesse a tomar en peso
las antiguas piedras de los valientes toros de
Guisando, empresa mas para encomendarse
a ganapanes que a caualleros; otra vez me
mandó que me precipitasse y sumiesse en la
sima de Cabra, peligro inaudito y
temeroso, y que le truxesse particular relacion
de lo que en aquella escura profundidad se
encierra. Detuue el mouimiento a la Giralda,
pesé los toros de Guisando, despeñeme en la
sima y saqué a luz lo escondido de su abismo,
y mis esperanças, muertas que muertas,
y sus mandamientos y desdenes, viuos que
viuos.
  ”En resolucion, vltimamente me ha mandado
que discurra por todas las prouincias de
España y haga confessar a todos los andantes
caualleros, que por ellas vagaren, que ella sola
es la mas auentajada en hermosura de quantas
oy viuen, y que yo soy el mas valiente y el
mas bien enamorado cauallero del orbe; en
cuya demanda he andado ya la mayor parte
de España, y en ella he vencido muchos
caualleros; que se han atreuido a contradezirme.
Pero de lo que yo mas me precio y vfano es
de auer vencido en singular batalla a aquel
tan famoso cauallero don Quixote de la
Mancha, y hechole confessar que es mas hermosa
mi Casildea que su Dulcinea, y en solo este
vencimiento hago cuenta que he vencido todos
los caualleros del mundo, porque el tal don
Quixote que digo los ha vencido a todos, y
auiendole yo vencido a el, su gloria, su fama
y su honra se ha transferido y passado a mi
persona:

     Y tanto el vencedor es mas honrado,
   quanto mas el vencido es reputado.

  ”Assi, que ya corren por mi cuenta y son
mias las inumerables hazañas del ya referido
don Quixote.”
  Admirado quedó don Quixote de oyr al
Cauallero del Bosque, y estuuo mil vezes por
dezirle que mentia, y ya tuuo el mentis en el
pico de la lengua; pero reportose lo mejor que
pudo por hazerle confessar por su propia boca
su mentira, y, assi, sossegadamente le dixo:
  “De que vuessa merced, señor cauallero,
aya vencido a los mas caualleros andantes de
España, y aun de todo el mundo, no digo nada;
pero de que aya vencido a don Quixote de la
Mancha, pongolo en duda; podria ser que
fuesse otro que le pareciesse, aunque ay pocos
que le parezcan.”
  “¿Cómo no?”, replicó el del Bosque; “por el
cielo que nos cubre que peleé con don Quixote,
y le venci y rendi, y es vn hombre alto
de cuerpo, seco de rostro, estirado y abellanado
de miembros, entrecano, la nariz aguileña
y algo corba, de vigotes grandes, negros
y caydos. Campea debaxo del nombre del Cauallero
de la Triste Figura, y trae por escudero
a vn labrador llamado Sancho Pança, oprime
el lomo y rige el freno de vn famoso cauallo
llamado Rozinante, y, finalmente, tiene por
señora de su voluntad a vna tal Dulcinea del
Toboso, llamada vn tiempo Aldonça Lorenço;
como la mia, que, por llamarse Casilda y ser
de la Andaluzia, yo la llamo Casildea de
Vandalia; si todas estas señas no bastan para
acreditar mi verdad, aqui está mi espada que la
hara dar credito a la mesma incredulidad.”
  “Sossegaos, señor cauallero”, dixo don
Quixote, “y escuchad lo que deziros quiero. Aueis
de saber que esse don Quixote que dezis es
el mayor amigo que en este mundo tengo, y
tanto, que podre dezir que le tengo en lugar
de mi misma persona, y que por las señas que
del me aueis dado, tan puntuales y ciertas, no
puedo pensar sino que sea el mismo que aueis
vencido. Por otra parte, veo con los ojos y toco
con las manos no ser possible ser el mesmo,
si ya no fuesse que como el tiene muchos
enemigos encantadores, especialmente vno que de
ordinario le persigue, no aya alguno dellos
tomado su figura para dexarse vencer, por
defraudarle de la fama que sus altas cauallerias
le tienen grangeada y adquirida, por todo lo
descubierto de la tierra. Y, para confirmacion
desto, quiero tambien que sepays que los tales
encantadores, sus contrarios, no ha mas de
dos dias que transformaron la figura y persona
de la hermosa Dulcinea del Toboso en vna
aldeana soez y baxa, y desta manera auran
transformado a don Quixote; y si todo esto no
basta para enteraros en esta verdad que digo,
aqui está el mesmo don Quixote que la sustentará
con sus armas, a pie o a cauallo, o de
qualquiera suerte que os agradare.”
  Y, diziendo esto, se leuantó en pie y se
empuñó en la espada, esperando qué resolucion
tomaria el Cauallero del Bosque, el qual, con
voz assimismo sossegada, respondio y dixo:
  “Al buen pagador no le duelen prendas; el
que vna vez, señor don Quixote, pudo venceros
transformado, bien podra tener esperança de
rendiros en vuestro propio ser. Mas porque no
es bien que los caualleros hagan sus fechos
de armas ascuras, como los salteadores y
rufianes, esperemos el dia para que el sol vea
nuestras obras. Y ha de ser condicion de nuestra
batalla que el vencido ha de quedar a la
voluntad del vencedor, para que haga del todo lo
que quisiere, con tal que sea decente a
cauallero lo que se le ordenare.”
  “Soy mas que contento dessa condicion y
conuenencia”, respondio don Quixote.
  Y, en diziendo esto, se fueron donde estauan
sus escuderos, y los hallaron roncando y en la
misma forma que estauan quando les salteó el
sueño. Despertaronlos y mandaronles que tuuiessen
a punto los cauallos, porque en saliendo
el sol auian de hazer los dos vna sangrienta,
singular y desigual batalla; a cuyas nueuas
quedó Sancho atonito y pasmado, temeroso de
la salud de su amo por las valentias que auia
oydo dezir del suyo al escudero del Bosque;
pero, sin hablar palabra, se fueron los dos
escuderos a buscar su ganado; que ya todos tres
cauallos y el ruzio se auian olido y estauan
todos juntos.
  En el camino dixo el del Bosque a Sancho:
  “Ha de saber, hermano, que tienen por
costumbre los peleantes de la Andaluzia, quando
son padrinos de alguna pendencia, no estarse
ociosos, mano sobre mano, en tanto que sus
ahijados riñen; digolo porque esté aduertido,
que mientras nuestros dueños riñeren nosotros
tambien hemos de pelear y hazernos astillas.”
  “Essa costumbre, señor escudero”, respondio
Sancho, “alla puede correr y passar con
los rufianes y peleantes que dize; pero con los
escuderos de los caualleros andantes, ni por
pienso. A lo menos, yo no he oydo dezir a mi
amo semejante costumbre, y sabe de memoria
todas las ordenanças de la andante caualleria.
Quanto mas que yo quiero que sea verdad
y ordenança expresa el pelear los escuderos
en tanto que sus señores pelean; pero yo no
quiero cumplirla, sino pagar la pena que estuuiere
puesta a los tales pacificos escuderos, que
yo asseguro que no passe de dos libras de cera,
y mas quiero pagar las tales libras, que se que
me costarán menos que las hilas que podre
gastar en curarme la cabeça, que ya me la cuento
por partida y diuidida en dos partes; ay mas:
que me impossibilita el reñir el no tener
espada, pues en mi vida me la puse.”
  “Para esso se yo vn buen remedio”, dixo el
del Bosque; “yo traygo aqui dos talegas de
lienço de vn mesmo tamaño; tomareys vos la
vna y yo la otra, y riñiremos a talegazos con
armas yguales.”
  “Dessa manera, sea en buena hora”, respondio
Sancho, “porque antes seruira la tal pelea
de despoluorearnos que de herirnos.”
  “No ha de ser assi”, replicó el otro, “porque
se han de echar dentro de las talegas, porque
no se las lleue el ayre, media dozena de guijarros
lindos y pelados que pesen tanto los vnos
como los otros, y desta manera nos pondremos
atalegar sin hazernos mal ni daño.”
  “Mirad, ¡cuerpo de mi padre”, respondio
Sancho, “qué martas cebollinas o qué
copos de algodon cardado pone en las talegas
para no quedar molidos los cascos y hechos
alheña los huesos! Pero aunque se llenaran de
capullos de seda, sepa, señor mio, que no he
de pelear; peleen nuestros amos y alla se lo
ayan, y beuamos y viuamos nosotros; que
el tiempo tiene cuydado de quitarnos las vidas,
sin que andemos buscando apetites para que
se acaben antes de llegar su sazon y termino,
y que se cayan de maduras.”
  “Con todo”, replicó el del Bosque, “hemos
de pelear siquiera media hora.”
  “Esso, no”, respondio Sancho; “no sere yo
tan descortes ni tan desagradecido, que con
quien he comido y he beuido trabe question
alguna, por minima que sea; quanto mas que
estando sin colera y sin enojo, ¿quién diablos
se ha de amañar a reñir a secas?”
  “Para esso”, dixo el del Bosque, “yo dare vn
suficiente remedio, y es que antes que
comencemos la pelea, yo me llegaré bonitamente a
vuessa merced y le dare tres o quatro bofetadas
que de con el a mis pies, con las quales
le hare despertar la colera aunque esté con
mas sueño que vn liron.”
  “Contra esse corte se yo otro”, respondio
Sancho, “que no le va en zaga: cogere yo vn
garrote, y antes que vuessa merced llegue a
despertarme la colera hare yo dormir a garrotazos
de tal suerte la suya, que no despierte
si no fuere en el otro mundo, en el qual se
sabe que no soy yo hombre que me dexo manosear
el rostro de nadie; y cada vno mire por
el virote. Aunque lo mas acertado seria dexar
dormir su colera a cada vno; que no sabe
nadie el alma de nadie, y tal suele venir por
lana que buelue tresquilado, y Dios bendixo
la paz y maldixo las riñas; porque si vn gato
acosado, encerrado y apretado se buelue en
leon, yo, que soy hombre, Dios sabe en lo que
podre boluerme, y, assi, desde aora intimo a
vuessa merced, señor escudero, que corra por
su cuenta todo el mal y daño que de nuestra
pendencia resultare.”
  “Está bien”, replicó el del Bosque;
“amanezera Dios y medraremos.”
  En esto, ya començauan a gorgear en los
arboles mil suertes de pintados paxarillos, y en
sus diuersos y alegres cantos parecia que dauan
la norabuena y saludauan a la fresca aurora,
que ya por las puertas y balcones del Oriente
yua descubriendo la hermosura de su rostro,
sacudiendo de sus cabellos vn numero infinito
de liquidas perlas, en cuyo suaue licor bañandose
las yeruas, parecia assimesmo [que] ellas
brotauan y llouian blanco y menudo aljofar;
los sauzes destilauan maná sabroso, reianse las
fuentes, murmurauan los arroyos, alegrauanse
las seluas y enriquezianse los prados con su
venida. Mas apenas dio lugar la claridad del
dia para ver y diferenciar las cosas, quando la
primera que se ofrecio a los ojos de Sancho
Pança fue la nariz del escudero del Bosque,
que era tan grande, que casi le hazia sombra
a todo el cuerpo. Cuentase, en efecto, que era
de demasiada grandeza, corba en la mitad
y toda llena de berrugas, de color amoratado,
como de verengena; baxauale dos dedos mas
abaxo de la boca, cuya grandeza, color, berrugas
y encorbamiento assi le afeauan el rostro,
que, en viendole Sancho, començo a herir de
pie y de mano como niño con alferezia, y
propuso en su coraçon de dexarse dar dozientas
bofetadas antes que despertar la colera para
reñir con aquel vestiglo.
  Don Quixote miró a su contendor y hallole
ya puesta y calada la celada, de modo que no
le pudo ver el rostro, pero notó que era
hombre membrudo, y no muy alto de cuerpo. Sobre
las armas traia vna sobreuista o casaca de vna
tela, al parecer, de oro finissimo, sembradas por
ella muchas lunas pequeñas de resplandecientes
espejos, que le hazian en grandissima manera
galan y vistoso; bolauanle sobre la celada
grande cantidad de plumas verdes, amarillas
y blancas; la lança que tenia arrimada a vn
arbol era grandissima y gruessa, y de vn hierro
azerado de mas de vn palmo.
  Todo lo miró y todo lo notó don Quixote, y
juzgó de lo visto y mirado que el ya dicho
cauallero deuia de ser de grandes fuerças;
pero no por esso temio como Sancho Pança,
antes con gentil denuedo dixo al Cauallero de
los Espejos:
  “Si la mucha gana de pelear, señor cauallero,
no os gasta la cortesia, por ella os pido
que alceys la visera vn poco, porque yo vea si
la gallardia de vuestro rostro responde a la de
vuestra disposicion.”
  “O vencido o vencedor que salgays desta
empresa, señor cauallero”, respondio el de los
Espejos, “os quedará tiempo y espacio
demasiado para verme, y si aora no satisfago a
vuestro desseo, es por parecerme que hago
notable agrauio a la hermosa Casildea de
Vandalia en dilatar el tiempo que tardare en
alçarme la visera, sin hazeros confessar lo que
ya sabeys que pretendo.”
  “Pues en tanto que subimos a cauallo”, dixo
don Quixote, “bien podeys dezirme si soy yo
aquel don Quixote que dixistes auer vencido.”
  “A esso vos respondemos”, dixo el de los
Espejos, “que pareceys como se parece vn
hueuo a otro al mismo cauallero que yo venci;
pero, segun vos dezis que le persiguen
encantadores, no osaré afirmar si soys el contenido
o no.”
  “Esso me basta a mi”, respondio don Quixote,
“para que crea vuestro engaño; empero,
para sacaros del de todo punto, vengan nuestros
cauallos; que en menos tiempo que el que
tardarades en alçaros la visera, si Dios, si mi
señora y mi braço me valen, vere yo vuestro
rostro, y vos vereis que no soy yo el vencido
don Quixote que pensays.”
  Con esto, acortando razones, subieron a
cauallo, y don Quixote boluio las riendas a
Rozinante para tomar lo que conuenia del campo
para boluer a encontrar a su contrario, y lo
mesmo hizo el de los Espejos; pero no se auia
apartado don Quixote veynte pasos, quando se
oyo llamar del de los Espejos, y partiendo los
dos el camino, el de los Espejos le dixo:
  “Aduertid, señor cauallero, que la condicion
de nuestra batalla es que el vencido, como
otra vez he dicho, ha de quedar a discrecion
del vencedor.”
  “Ya la se”, respondio do[n] Quixote, “con tal
que lo que se le impusiere y mandare al
vencido han de ser cosas que no salgan de los
limites de la caualleria.”
  “Assi se entiende”, respondio el de los
Espejos.
  Ofrecieronsele en esto a la vista de don
Quixote las estrañas narizes del escudero, y no se
admiró menos de verlas que Sancho, tanto, que
le juzgó por algun monstro, o por hombre nueuo
y de aquellos que no se vsan en el mundo.
Sancho, que vio partir a su amo para tomar
carrera, no quiso quedar solo con el narigudo,
temiendo que con solo vn passagonçalo
con aquellas narizes en las suyas seria
acabada la pendencia suya, quedando del golpe,
o del miedo, tendido en el suelo, y fuesse
tras su amo, assido a vna accion de
Rozinante, y quando le parecio que ya era tiempo
que boluiesse, le dixo:
  “Suplico a vuessa merced, señor mio, que
antes que buelua a encontrarse me ayude a
subir sobre aquel alcornoque, de donde podre
ver mas a mi sabor, mejor que desde el suelo, el
gallardo encuentro que vuessa merced ha de
hazer con este cauallero.”
  “Antes creo, Sancho”, dixo don Quixote,
“que te quieres encaramar y subir en andamio
por ver sin peligro los toros.”
  “La verdad que diga”, respondio Sancho,
“las desaforadas narizes de aquel escudero me
tienen atonito y lleno de espanto, y no me
atreuo a estar junto a el.”
  “Ellas son tales”, dixo don Quixote, “que a
no ser yo quien soy, tambien me asombraran,
y, assi, ven, ayudarte he a subir donde dizes.”
  En lo que se detuuo don Quixote en que
Sancho subiesse en el alcornoque, tomó el de
los Espejos del campo lo que le parecio
necessario, y creyendo que lo mismo auria hecho
don Quixote, sin esperar son de trompeta ni
otra señal que los auisasse, boluio las riendas
a su cauallo, que no era mas ligero ni de mejor
parecer que Rozinante, y a todo su correr, que
era vn mediano trote, yua a encontrar a su
enemigo; pero viendole ocupado en la subida de
Sancho, detuuo las riendas y parose en la
mitad de la carrera, de lo que el cauallo quedó
agradecidissimo, a causa que ya no podia
mouerse. Don Quixote, que le parecio que ya su
enemigo venia volando, arrimó reziamente las
espuelas a las trashijadas hijadas de Rozinante,
y le hizo aguijar de manera, que cuenta la
historia que esta sola vez se conocio auer corrido
algo, porque todas las demas siempre fueron
trotes declarados, y con esta no vista furia llegó
donde el de los Espejos estaua hincando a su
cauallo las espuelas hasta los botones, sin que
le pudiesse mouer vn solo dedo del lugar
donde auia hecho estanco de su carrera.
  En esta buena sazon y coyuntura halló don
Quixote a su contrario embaraçado con su
cauallo y ocupado con su lança, que nunca, o no
acerto, o no tuuo lugar de ponerla en ristre.
  Don Quixote, que no miraua en estos
inconuenientes, a saluamano y sin peligro alguno
encontro al de los Espejos con tanta fuerça, que
mal de su grado le hizo venir al suelo por las
ancas del cauallo, dando tal cayda, que sin
mouer pie ni mano, dio señales de que estaua
muerto.
  Apenas le vio caydo Sancho, quando se
deslizó del alcornoque, y a toda priesa vino
donde su señor estaua, el qual, apeandose de
Rozinante, fue sobre el de los Espejos, y quitandole
las lazadas del yelmo para ver si era muerto,
y para que le diesse el ayre, si acaso estaua
viuo, [y] vio... ¿quién podra dezir lo que vio,
sin causar admiracion, marauilla y espanto a
los que lo oyeren? Vio, dize la historia, el rostro
mesmo, la misma figura, el mesmo aspecto, la
misma fisonomia, la mesma efigie, la pespetiua
mesma del bachiller Sanson Carrasco,
y assi como la vio, en altas vozes dixo:
  “Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y
no lo has creer; aguija, hijo, y aduierte lo
que puede la magia, lo que pueden los
hechizeros y los encantadores.”
  Llegó Sancho, y como vio el rostro del
bachiller Carrasco, començo a hazerse mil cruzes
y a santiguarse otras tantas; en todo esto, no
daua muestras de estar viuo el derribado
cauallero, y Sancho dixo a don Quixote:
  “Soy de parecer, señor mio, que, por si o por
no, vuessa merced hinque y meta la espada
por la boca a este que parece el bachiller
Sanson Carrasco: quiça matará en el a alguno de
sus enemigos los encantadores.”
  “No dizes mal”, dixo don Quixote, “porque
de los enemigos, los menos.”
  Y, sacando la espada para poner en efecto
el auiso y consejo de Sancho, llegó el escudero
del de los Espejos, ya sin las narizes que tan
feo le auian hecho, y a grandes vozes dixo:
  “Mire vuessa merced lo que haze, señor don
Quixote; que esse que tiene a los pies es el
bachiller Sanson Carrasco, su amigo, y yo soy
su escudero.”
  Y, viendole Sancho sin aquella fealdad
primera, le dixo:
  “Y ¿las narizes?”
  A lo que el respondio:
  “Aqui las tengo, en la faldriquera.”
  Y, echando mano a la derecha, sacó vnas
narizes de pasta y barniz de mascara, de la
manifatura que quedan delineadas, y mirandole
mas y mas Sancho, con voz admiratiua y
grande, dixo:
  “¡Santa Maria, y valme!, ¿este no es Tomé
Cecial, mi vezino y mi compadre?”
  “Y ¡cómo si lo soy!”, respondio el ya
desnarigado escudero. “Tomé Cecial soy, compadre y
amigo Sancho Pança, y luego os dire los
arcaduzes, embustes y enredos por donde soy aqui
venido, y, en tanto, pedid y suplicad al señor
vuestro amo que no toque, maltrate, hiera ni
mate al Cauallero de los Espejos que a sus pies
tiene, porque sin duda alguna es el atreuido y
mal aconsejado [d]el bachiller Sanson
Carrasco, nuestro compatrioto.”
  En esto, boluio en si el de los Espejos, lo qual
visto por don Quixote, le puso la punta desnuda
de su espada encima del rostro, y le dixo:
  “Muerto soys, cauallero, si no confessays que
la sin par Dulcinea del Toboso se auentaja en
belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y demas
de esto aueys de prometer, si de esta contienda
y cayda quedarades con vida, de yr a
la ciudad del Toboso, y presentaros en su
presencia de mi parte, para que haga de vos lo
que mas en voluntad le viniere; y si os dexare
en la vuestra, assimismo aueys de boluer a
buscarme --que el rastro de mis hazañas os seruira
de guia que os trayga donde yo estuuiere-- y
a dezirme lo que con ella huuieredes passado;
condiciones que, conforme a las que pusimos
antes de nuestra batalla, no salen de los
terminos de la andante caualleria.”
  “Confiesso”, dixo el caydo cauallero, “que
vale mas el çapato descosido y suzio de la
señora Dulcinea del Toboso, que las barbas mal
peynadas, aunque limpias, de Casildea, y prometo
de yr y boluer de su presencia a la vuestra
y daros entera y particular cuenta de lo que
me pedis.”
  “Tambien aueis de confessar y creer”,
añadio don Quixote, “que aquel cauallero que
vencistes no fue ni pudo ser don Quixote de
la Mancha, sino otro que se le parecia, como
yo confiesso y creo que vos, aunque pareceys el
bachiller Sanson Carrasco, no lo soys, sino otro
que le parece, y que en su figura aqui me le
han puesto mis enemigos para que detenga y
temple el impetu de mi colera, y para que vse
blandamente de la gloria del vencimiento.”
  “Todo lo confiesso, juzgo y siento como vos
lo creeys, juzgays y sentis”, respondio el
derrengado cauallero. “Dexadme leuantar, os
ruego, si es que lo permite el golpe de mi cayda,
que assaz maltrecho me tiene.”
  Ayudole a leuantar don Quixote y Tomé
Cecial su escudero, del qual no apartaua los
ojos Sancho, preguntandole cosas, cuyas
respuestas le dauan manifiestas señales de que
verdaderamente era el Tomé Cecial que dezia;
mas la aprehension que en Sancho auia hecho
lo que su amo dixo, de que los encantadores
auian mudado la figura del Cauallero de los
Espejos en la del bachiller Carrasco, no le dexaua
dar credito a la verdad que con los ojos estaua
mirando. Finalmente, se quedaron con este
engaño amo y moço, y el de los Espejos y su
escudero, mohinos y mal andantes, se apartaron
de don Quixote y Sancho, con intencion de
buscar algun lugar donde vizmarle y entablarle
las costillas. Don Quixote y Sancho boluieron
a proseguir su camino de Zaragoça, donde los
dexa la historia, por dar cuenta de quien era
el cauallero de los Espejos y su narigante
escudero.

                  Capitulo XV

 Donde se cuenta y da noticia de quién era el
    Cauallero de los Espejos y su escudero.

  En estremo contento, vfano y vanaglorioso
yua don Quixote por auer alcançado vitoria
de tan valiente cauallero como el se imaginaua
que era el de los Espejos, de cuya caualleresca
palabra esperaua saber si el encantamento
de su señora passaua adelante, pues era
forçoso que el tal vencido cauallero boluiesse,
so pena de no serlo, a darle razon de lo que
con ella le huuiesse sucedido. Pero vno
pensaua don Quixote y otro el de los Espejos,
puesto que por entonces no era otro su
pensamiento sino buscar donde vizmarse, como
se ha dicho.
  Dize, pues, la historia que quando el
bachiller Sanson Carrasco aconsejó a don Quixote
que boluiesse a proseguir sus dexadas
cauallerias, fue por auer entrado primero en bureo
con el cura y el barbero, sobre qué medio se
podria tomar para reduzir a don Quixote a que
se estuuiesse en su casa quieto y sossegado,
sin que le alborotassen sus mal buscadas
auenturas, de cuyo consejo salio por voto comun
de todos y parecer particular de Carrasco, que
dexassen salir a don Quixote, pues el detenerle
parecia impossible, y que Sanson le saliesse
al camino como cauallero andante, y trabasse
batalla con el, pues no faltaria sobre qué, y le
venciesse, teniendolo por cosa facil, y que
fuesse pacto y concierto que el vencido
quedasse a merced del vencedor, y, assi, vencido
don Quixote, le auia de mandar el bachiller
cauallero se boluiesse a su pueblo y casa, y no
saliesse della en dos años, o hasta tanto que
por el le fuesse mandado otra cosa; lo qual era
claro que don Quixote, vencido, cumpliria
indubitablemente, por no contrauenir y faltar a las
leyes de la caualleria, y podria ser que en el
tiempo de su reclusion se le oluidassen sus
vanidades, o se diesse lugar de buscar a su
locura algun conueniente remedio.
  Aceptolo Carrasco, y ofreciosele por escudero
Tomé Cecial, compadre y vezino de Sancho
Pança, hombre alegre y de luzios cascos.
Armose Sanson como queda referido y Tomé
Cecial acomodó sobre sus naturales narizes las
falsas y de mascara ya dichas, porque no fuesse
conocido de su compadre quando se viessen,
y, assi, siguieron el mismo viage que lleuaua
don Quixote, y llegaron casi a hallarse en la
auentura del carro de la Muerte. Y, finalmente,
dieron con ellos en el bosque, donde les sucedio
todo lo que el prudente ha leydo, y si no
fuera por los pensamientos extraordinarios de
don Quixote, que se dio a entender que el
bachiller no era el bachiller, el señor bachiller
quedara impossibilitado para siempre de graduarse
de licenciado, por no auer hallado nidos
donde penso hallar paxaros.
  Tomé Cecial, que vio quán mal auia logrado
sus desseos y el mal paradero que auia tenido
su camino, dixo al bachiller:
  “Por cierto, señor Sanson Carrasco, que
tenemos nuestro merecido; con facilidad se piensa
y se acomete vna empresa, pero con dificultad
las mas vezes se sale della; don Quixote
loco, nosotros cuerdos, el se va sano y riendo,
vuessa merced queda molido y triste. Sepamos,
pues, aora, quál es mas loco, ¿el que lo es por
no poder menos, o el que lo es por su
voluntad?”
  A lo que respondio Sanson:
  “La diferencia que ay entre essos dos locos
es que el que lo es por fuerça lo sera siempre,
y el que lo es de grado, lo dexará de ser
quando quisiere.”
  “Pues assi es”, dixo Tomé Cecial, “yo fuy
por mi voluntad loco quando quise hazerme
escudero de vuessa merced, y por la
misma quiero dexar de serlo y voluerme a mi
casa.”
  “Esso os cumple”, respondio Sanson, “porque
pensar que yo he de boluer a la mia hasta
auer molido a palos a don Quixote es pensar
en lo escusado, y no me lleuará aora a buscarle
el desseo de que cobre su juyzio, sino el
de la vengança; que el dolor grande de mis
costillas no me dexa hazer mas piadosos
discursos.”
  En esto fueron razonando los dos, hasta
que llegaron a vn pueblo donde fue ventura
hallar vn algebrista con quien se curó el
Sanson desgraciado. Tomé Cecial se boluio y le
dexó, y el quedó imaginando su vengança, y
la historia buelue a hablar del a su
tiempo, por no dexar de regozijarse aora con don
Quixote.

                 Capitulo XVI

De lo que sucedio a don Quixote con vn discreto
            cauallero de la Mancha.

  Con la alegria, contento y vfanidad que se
ha dicho, seguia don Quixote su jornada,
imaginandose por la passada vitoria ser el
cauallero andante mas valiente que tenia en
aquella edad el mundo; daua por acabadas y a
felize fin conduzidas quantas auenturas
pudiessen sucederle de alli adelante; tenia en
poco a los encantos y a los encantadores, no
se acordaua de los inumerables palos que en
el discurso de sus cauallerias le auian dado, ni
de la pedrada que le derribó la mitad de los
dientes, ni del desagradecimiento de los
galeotes, ni del atreuimiento y lluuia de estacas
de los yangueses. Finalmente, dezia entre si,
que si el hallara arte, modo o manera cómo
desencantar a su señora Dulcinea, no inuidiara
a la mayor ventura que alcançó o pudo alcançar
el mas venturoso cauallero andante de los
passados siglos.
  En estas imaginaciones yua todo ocupado,
quando Sancho le dixo:
  “¿No es bueno, señor, que aun todauia
traygo entre los ojos las desaforadas narizes, y
mayores de marca, de mi compadre Tomé Cecial?”
  “Y ¿crees tu, Sancho, por ventura, que el
Cauallero de los Espejos era el bachiller Carrasco,
y su escudero Tomé Cecial, tu compadre?”
  “No se qué me diga a esso”, respondio
Sancho, “solo se que las señas que me dio de mi
casa, muger y hijos, no me las podria dar otro
que el mesmo, y la cara, quitadas las narizes,
era la misma de Tomé Cecial, como yo se la
he visto muchas vezes en mi pueblo y pared
en medio de mi misma casa, y el tono de la
habla era todo vno.”
  “Estemos a razon, Sancho”, replicó don
Quixote: “Ven acá, ¿en qué consideracion puede
caber que el bachiller Sanson Carrasco viniesse
como cauallero andante armado de armas ofensiuas
y defensiuas, a pelear conmigo? ¿He sido
yo su enemigo, por ventura? ¿Hele dado yo
jamas ocasion para tenerme ogeriza? ¿Soy yo
su ribal, o haze el profession de las armas para
tener inuidia a la fama que yo por ellas he
ganado?”
  “Pues ¿qué diremos, señor”, respondio Sancho,
“a esto de parecerse tanto aquel cauallero,
sea el que se fuere, al bachiller Carrasco, y
su escudero a Tomé Cecial, mi compadre? Y si
ello es encantamento como vuessa merced ha
dicho, ¿no auia en el mundo otros dos a quien
se parecieran?”
  “Todo es artificio y traça”, respondio don
Quixote, “de los malignos magos que me
persiguen, los quales, anteuiendo que yo auia de
quedar vencedor en la contienda, se preuinieron
de que el cauallero vencido mostrasse el
rostro de mi amigo el bachiller, porque la amistad
que le tengo se pusiesse entre los filos de
mi espada y el rigor de mi braço, y templasse la
justa ira de mi coraçon, y desta manera
quedasse con vida el que con embelecos y falsias
procuraua quitarme la mia. Para prueua
de lo qual ya sabes, ¡o Sancho!, por experiencia
que no te dexará mentir ni engañar, quán facil
sea a los encantadores mudar vnos rostros en
otros, haziendo de lo hermoso feo y de lo feo
hermoso, pues no ha dos dias que viste por
tus mismos ojos la hermosura y gallardia de
la sin par Dulcinea en toda su entereza y
natural conformidad, y yo la vi en la fealdad y
baxeza de vna zafia labradora, con cataratas
en los ojos y con mal olor en la boca; y mas,
que el peruerso encantador que se atreuio a
hazer vna transformacion tan mala, no es
mucho que aya hecho la de Sanson Carrasco y la
de tu compadre, por quitarme la gloria del
vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me
consuelo, porque, en fin, en qualquiera
figura que aya sido, he quedado vencedor de mi
enemigo.”
  “Dios sabe la verdad de todo”, respondio
Sancho.
  Y como el sabia que la transformacion de
Dulcinea auia sido traça y embeleco suyo, no
le satisfazian las quimeras de su amo; pero no
le quiso replicar, por no dezir alguna palabra
que descubriesse su embuste.
  En estas razones estauan, quando los alcançó
vn hombre que detras dellos por el mismo
camino venia sobre vna muy hermosa yegua
tordilla, vestido vn gauan de paño fino verde,
gironado de terciopelo leonado, con vna
montera del mismo terciopelo; el adereço de la
yegua era de campo, y de la gineta, assimismo
de morado y verde; traia vn alfange morisco
pendiente de vn ancho tahali de verde y
oro, y los borzeguies eran de la labor del
tahali; las espuelas no eran doradas, sino dadas
con vn barniz verde, tan tersas y bruñidas,
que, por hazer labor con todo el vestido,
parecian mejor que si fuera[n] de oro puro. Quando
llegó a ellos el caminante los saludó
cortesmente, y, picando a la yegua, se passaua de
largo; pero don Quixote le dixo:
  “Señor galan, si es que vuessa merced lleua
el camino que nosotros y no importa el darse
priesa, merced recibiria en que nos fuessemos
juntos.”
  “En verdad”, respondio el de la yegua, “que
no me passara tan de largo, si no fuera por
temor que con la compañia de mi yegua no se
alborotara esse cauallo.”
  “Bien puede, señor”, respondio a esta sazon
Sancho, “bien puede tener las riendas a su
yegua, porque nuestro cauallo es el mas
honesto y bien mirado del mundo; jamas en
semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y
vna vez que se desmandó (h)a hazerla, la
lastamos mi señor y yo con las setenas. Digo otra
vez, que puede vuessa merced detenerse, si
quisiere; que aunque se la den entre dos platos,
a buen seguro que el cauallo no la arrostre.”
  Detuuo la rienda el caminante, admirandose
de la apostura y rostro de don Quixote, el qual
yua sin celada, que la lleuaua Sancho como
maleta en el arzon delantero de la albarda del
ruzio, y si mucho miraua el de lo verde a don
Quixote, mucho mas miraua don Quixote al de
lo verde, pareciendole hombre de chapa; la edad
mostraua ser de cincuenta años, las canas pocas
y el rostro aguileño, la vista entre alegre y
graue; finalmente, en el trage y apostura daua
a entender ser hombre de buenas prendas.
  Lo que juzgó de don Quixote de la Mancha
el de lo verde fue que semejante manera ni
parecer de hombre no le auia visto jamas;
admirole la longura de su cauallo, la grandeza
de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su
rostro, sus armas, su ademan y compostura,
figura y retrato no visto por luengos tiempos
atras en aquella tierra. Notó bien don Quixote
la atencion con que el caminante le miraua, y
leyole en la suspenssion su desseo, y como era
tan cortés y tan amigo de dar gusto a todos,
antes que le preguntasse nada le salio al
camino, diziendole:
  “Esta figura que vuessa merced en mi ha
visto, por ser tan nueua y tan fuera de las que
comunmente se vsan, no me marauillaria yo
de que le huuiesse marauillado; pero dexará
vuessa merced de estarlo, quando le diga,
como le digo, que soy cauallero

      destos que dizen las gentes,
      que a sus auenturas van.

Sali de mi patria, empeñé mi hazienda, dexé mi
regalo y entregueme en los braços de la Fortuna
que me lleuassen donde mas fuesse seruida.
Quise resucitar la ya muerta andante caualleria,
y ha muchos dias que, tropeçando aqui, cayendo
alli, despeñandome aca y leuantandome aculla,
he cumplido gran parte de mi desseo, socorriendo
viudas, amparando donzellas y fauoreciendo
casadas, huerfanos y pupilos, propio y natural
oficio de caualleros andantes, y, assi, por mis
valerosas, muchas y christianas hazañas he
merecido andar ya en estampa en casi todas o las
mas naciones del mundo; treynta mil volumenes
se han impresso de mi historia, y lleua camino
de imprimirse treynta mil vezes de millares,
si el cielo no lo remedia. Finalmente, por
encerrarlo todo en breues palabras, o en vna sola,
digo que yo soy don Quixote de la Mancha, por
otro nombre llamado el Cauallero de la Triste
Figura, y puesto que las propias alabanças
enuilezen, esme forçoso dezir yo tal vez las mias,
y esto se entiende quando no se halla presente
quien las diga; assi que, señor gentilhombre, ni
este cauallo, [ni] esta lança, ni este escudo ni
escudero, ni todas juntas estas armas, ni la
amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza
os podra admirar de aqui adelante, auiendo ya
sabido quién soy y la profession que hago.”
  Calló en diziendo esto don Quixote, y el de
lo verde, segun se tardaua en responderle,
parecia que no acertaua a hazerlo; pero de alli a
buen espacio le dixo:
  “Acertastes, señor cauallero, a conocer por
mi suspension mi desseo; pero no aueys acertado
a quitarme la marauilla que en mi causa
el aueros visto; que puesto que como vos,
señor, dezys, que el saber ya quién soys me
la podria quitar, no ha sido assi, antes, agora
que lo se, quedo mas suspenso y marauillado.
¿Cómo y es possible que ay oy caualleros
andantes en el mundo, y que ay historias
impressas de verdaderas cauallerias? No me puedo
persuadir que aya oy en la tierra quien fauorezca
viudas, ampare donzellas, ni honre casadas,
ni socorra huerfanos, y no lo creyera si en
vuessa merced no lo huuiera visto con mis
ojos. Bendito sea el cielo, que con essa historia
que vuessa merced dize que está impressa de
sus altas y verdaderas cauallerias, se auran
puesto en oluido las innumerables de los fingidos
caualleros andantes, de que estaua lleno el mundo,
tan en daño de las buenas costumbres y tan en
perjuyzio y descredito de las buenas historias.”
  “Ay mucho que dezir”, respondio don
Quixote, “en razon de si son fingidas o no las
historias de los andantes caualleros.”
  “Pues ¿ay quien dude”, respondio el Verde,
“que no son falsas las tales historias?”
  “Yo lo dudo”, respondio don Quixote; “y
quedese esto aqui; que si nuestra jornada dura,
espero en Dios de dar a entender a vuessa
merced que ha hecho mal en yrse con la corriente
de los que tienen por cierto que no son
verdaderas.”
  Desta vltima razon de don Quixote tomó
barruntos el caminante de que don Quixote
deuia de ser algun mentecato, y aguardaua
que con otras lo confirmasse; pero antes que
se diuertiessen en otros razonamientos, don
Quixote le rogo le dixesse quién era, pues el
le auia dado parte de su condicion y de su
vida. A lo que respondio el del Verde Gauan:
  “Yo, señor Cauallero de la Triste Figura, soy
vn hidalgo, natural de vn lugar donde yremos
a comer oy, si Dios fuere seruido; soy mas que
medianamente rico, y es mi nombre don Diego
de Miranda; passo la vida con mi muger y con
mis hijos y con mis amigos; mis exercicios son
el de la caça y pesca, pero no mantengo ni
halcon, ni galgos, sino algun perdigon manso
o algun huron atreuido; tengo hasta seys
dozenas de libros, quáles de romance y quáles
de latin, de historia algunos y de deuocion
otros; los de cauallerias aun no han entrado
por los vmbrales de mis puertas; hogeo mas
los que son profanos que los deuotos, como
sean de honesto entretenimiento, que deleyten
con el lenguage y admiren y suspendan con
la inuencion, puesto que destos ay muy pocos
en España. Alguna vez como con mis vezinos
y amigos, y muchas vezes los combido; son
mis combites limpios y asseados y no nada
escassos; ni gusto de murmurar, ni consiento que
delante de mi se murmure; no escudriño las
vidas agenas, ni soy linze de los hechos de los
otros; oygo missa cada dia, reparto de mis
bienes con los pobres, sin hazer alarde de las
buenas obras por no dar entrada en mi coraçon
a la hipocresia y vanagloria, enemigos
que blandamente se apoderan del coraçon mas
recatado; procuro poner en paz los que se que
estan desauenidos. Soy deuoto de Nuestra
Señora y confio siempre en la misericordia
infinita de Dios Nuestro Señor.”
  Atentissimo estuuo Sancho a la relacion de
la vida y entretenimientos del hidalgo, y,
pareciendole buena y santa, y que quien la hazia
deuia de hazer milagros, se arrojó del ruzio y
con gran priesa le fue a assir del estriuo
derecho, y con deuoto coraçon y casi lagrimas le
besó los pies vna y muchas vezes. Visto lo
qual por el hidalgo, le preguntó:
  “¿Qué hazeys, hermano? ¿Qué besos son
estos?”
  “Dexenme besar”, respondio Sancho, “porque
me parece vuessa merced el primer santo
a la gineta que he visto en todos los dias de
mi vida.”
  “No soy santo”, respondio el hidalgo, “sino
gran pecador; vos si, hermano, que deueys
de ser bueno, como vuestra simplicidad lo
muestra.”
  Boluio Sancho a cobrar la albarda, auiendo
sacado a plaça la risa de la profunda
malencolia de su amo y causado nueua admiracion
a don Diego.
  Preguntole don Quixote que quántos hijos
tenia, y dixole que vna de las cosas en que
ponian el sumo bien los antiguos filosofos,
que carecieron del verdadero conocimiento de
Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los
de la fortuna, en tener muchos amigos y en
tener muchos y buenos hijos.
  “Yo, señor don Quixote”, respondio el hidalgo,
“tengo vn hijo que a no tenerle quiça me
juzgara por mas dichoso de lo que soy, y no
porque el sea malo, sino porque no es tan
bueno como yo quisiera; sera de edad de diez
y ocho años, los seis ha estado en Salamanca,
aprendiendo las lenguas latina y griega,
y quando quise que passasse a estudiar otras
ciencias, hallele tan embeuido en la de la
Poesia, si es que se puede llamar ciencia, que no
es possible hazerle arrostrar la de las Leyes,
que yo quisiera que estudiara, ni de la reyna
de todas, la Theologia; qu[i]siera yo que fuera
corona de su linage, pues viuimos en siglo
donde nuestros reyes premian altamente las
virtuosas y buenas letras, porque letras sin
virtud son perlas en el muladar. Todo el dia se le
passa en aueriguar si dixo bien o mal Homero
en tal verso de la Iliada, si Marcial anduuo
deshonesto o no en tal epigrama, si se han de
entender de vna manera o otra tales y tales
versos de Virgilio. En fin, todas sus
conuersaciones son con los libros de los referidos
poetas, y con los de Horacio, Persio, Iuuenal y
Tibulo; que de los modernos romancistas no
haze mucha cuenta, y con todo el mal cariño
que muestra tener a la poesia de romance, le
tiene agora desuanecidos los pensamientos el
hazer vna glossa a quatro versos que le han
embiado de Salamanca, y pienso que son de
justa literaria.”
  A todo lo qual respondio don Quixote:
  “Los hijos, señor, son pedaços de las entrañas
de sus padres, y, assi, se han de querer, o
buenos o malos que sean, como se quieren las
almas que nos dan vida; a los padres toca el
encaminarlos desde pequeños por los pasos
de la virtud, de la buena criança y de las
buenas y christianas costumbres, para que, quando
grandes, sean baculo de la vejez de sus padres
y gloria de su posteridad; y en lo de forçarles
que estudien esta o aquella ciencia no lo
tengo por acertado, aunque el persuadirles no
sera dañoso; y quando no se [h]a de estudiar
para pane lucrando, siendo tan venturoso el
estudiante, que le dio el cielo padres que se lo
dexen, seria yo de parecer que le dexen seguir
aquella ciencia a que mas le vieren inclinado,
y aunque la de la poesia es menos vtil que
deleytable, no es de aquellas que suelen
deshonrar a quien las possee.
  “La poesia, señor hidalgo, a mi parecer, es
como vna donzella tierna y de poca edad y en
todo estremo hermosa, a quien tienen cuydado
de enriquezer, pulir y adornar otras muchas
donzellas, que son todas las otras ciencias, y ella se
ha de seruir de todas, y todas se han de autorizar
con ella; pero esta tal donzella no quiere ser
manoseada, ni trayda por las calles, ni publicada
por las esquinas de las plaças ni por los
rincones de los palacios. Ella es hecha de vna
alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar
la boluera en oro purissimo de inestimable
precio; hala de tener, el que la tuuiere, a raya,
no dexandola correr en torpes satyras ni en
desalmados sonetos; no ha de ser vendible en
ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroycos,
en lamentables tragedias, o en comedias
alegres y artificiosas; no se ha de dexar
tratar de los truhanes ni del ignorante vulgo,
incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en
ella se encierran. Y no penseys, señor, que yo
llamo aqui vulgo solamente a la gente plebeya
y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque
sea señor y principe, puede y deue entrar
en numero de vulgo.
  “Y, assi, el que con los requisitos que he dicho
tratare y tuuiere a la poesia, sera famoso y
estimado su nombre en todas las naciones polticas
del mundo. Y a lo que dezys, señor, que vuestro
hijo no estima mucho la poesia de romance,
doyme a entender que no anda muy acertado
en ello, y la razon es esta: el grande Homero
no escriuio en latin porque era griego, ni
Virgilio no escriuio en griego porque era latino.
En resolucion, todos los poetas antiguos
escriuieron en la lengua que mamaron en la leche,
y no fueron a buscar las estrangeras para declarar
la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto
assi, razon seria se estendiesse esta costumbre
por todas las naciones, y que no se desestimasse
el poeta aleman porque escriue en su
lengua, ni el castellano, ni aun el vizcayno
que escriue en la suya.
  ”Pero vuestro hijo, a lo que yo, señor,
imagino, no deue de estar mal con la poesia de
romance, sino con los poetas que son meros
romancistas, sin saber otras lenguas ni otras
ciencias que adornen y despierten y ayuden a
su natural impulso, y aun en esto puede auer
yerro. Porque, segun es opinion verdadera, el
poeta nace...: quieren dezir que del vientre
de su madre el poeta natural sale poeta; y con
aquella inclinacion que le dio el cielo, sin mas
estudio ni artificio, compone cosas que haze
verdadero al que dixo: Est Deus in nobis, etc..
Tambien digo que el natural poeta que se ayudare
del arte sera mucho mejor y se auentajará
al poeta que solo por saber el arte quisiere
serlo; la razon es porque el arte no se auentaja
a la naturaleza, sino perficionala; assi que,
mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con
la naturaleza, sacarán vn perfetissimo poeta.
  ”Sea, pues, la conclusion de mi platica,
señor hidalgo, que vuessa merced dexe caminar
a su hijo por donde su estrella le llama; que,
siendo el tan buen estudiante como deue de
ser, y, auiendo ya subido felicemente el primer
escalon de las [ciencias], que es el de las
lenguas, con ellas por si mesmo subira a la
cumbre de las letras humanas, las quales tan
bien parecen en vn cauallero de capa y espada,
y assi le adornan, honran y engrandecen como
las mitras a los obispos, o como las garnachas
a los peritos jurisconsultos. Riña vuessa merced
a su hijo si hiziere satyras que perjudiquen
las honras agenas, y castiguele y rompaselas;
pero si hiziere sermones al modo de
Horacio, donde reprehenda los vicios en general,
como tan elegantemente el lo hizo, alabele,
porque licito es al poeta escriuir contra la
inuidia y dezir en sus versos mal de los
inuidiosos, y assi de los otros vicios, con que no
señale persona alguna; pero ay poetas que a trueco
de dezir vna malicia se pondran a peligro que
los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta
fuere casto en sus costumbres, lo sera tambien
en sus versos: la pluma es lengua del alma;
quales fueren los conceptos que en ella se
engendraren, tales seran sus escritos, y quando
los reyes y principes veen la milagrosa ciencia
de la poesia en sugetos prudentes, virtuosos y
graues, los honran, los estiman y los enriquezen,
y aun los coronan con las hojas del arbol
a quien no ofende el rayo, como en señal que
no han de ser ofendidos de nadie los que con
tales coronas veen honradas y adornadas
sus sienes.”
  Admirado quedó el del Verde Gauan del
razonamiento de don Quixote, y tanto, que fue
perdiendo de la opinion que con el tenia de ser
mentecato. Pero a la mitad desta platica, Sancho,
por no ser muy de su gusto, se auia desuiado
del camino a pedir vn poco de leche a vnos
pastores que alli junto estauan ordeñando
vnas ouejas, y en esto, ya boluia a renouar la
platica el hidalgo, satisfecho en estremo de la
discrecion y buen discurso de don Quixote,
quando, alçando don Quixote la cabeça, vio que
por el camino por donde ellos yuan venia vn
carro lleno de vanderas reales; y, creyendo que
deuia de ser alguna nueua auentura, a grandes
vozes llamó a Sancho que viniesse a darle la
celada, el qual Sancho, oyendose llamar, dexó
a los pastores, y a toda priesa picó al ruzio y
llegó donde su amo estaua, a quien sucedio
vna espantosa y desatinada auentura.

                 Capitulo XVII

De donde se declaró el vltimo punto y estremo
  adonde llegó y pudo llegar el inaudito animo
  de don Quixote con la felizemente acabada
  auentura de los leones.

  Cuenta la historia que quando don Quixote
daua vozes a Sancho que le truxesse el yelmo,
estaua el comprando vnos requesones que los
pastores le vendian, y acossado de la mucha
priesa de su amo, no supo que hazer dellos, ni
en qué traerlos, y por no perderlos, que ya los
tenia pagados, acordo de echarlos en la celada
de su señor, y con este buen recado boluio a
ver lo que le queria; el qual, en llegando, le
dixo:
  “Dame, amigo, essa celada; que yo se poco
de auenturas, o lo que alli descubro es alguna
que me ha de necessitar, y me necessita, a
tomar mis armas.”
  El del Verde Gauan, que esto oyo, tendio la
vista por todas partes, y no descubrio otra cosa
que vn carro que hazia ellos venia, con dos o
tres vanderas pequeñas, que le dieron a entender
que el tal carro deuia de traer moneda de
su magestad, y, assi, se lo dixo a don Quixote;
pero el no le dio credito, siempre creyendo y
pensando que todo lo que le sucediesse auian
de ser auenturas y mas auenturas, y, assi,
respondio al hidalgo:
  “Hombre apercebido, medio combatido; no se
pierde nada en que yo me aperciba; que se por
experiencia que tengo enemigos visibles e
inuisibles, y no se quándo, ni adónde, ni en qué
tiempo, ni en qué figuras me han de acometer.”
  Y, boluiendose a Sancho, le pidio la celada,
el qual, como no tuuo lugar de sacar los
requesones, le fue forçoso darsela como estaua.
Tomola don Quixote, y sin que echasse de ver lo
que dentro venia, con toda priesa se la encaxó
en la cabeça, y como los requesones se apretaron
y exprimieron, començo a correr el suero
por todo el rostro y barbas de don Quixote, de
lo que recibio tal susto, que dixo a Sancho:
  “¿Qué sera esto, Sancho, que parece que se
me ablandan los cascos o se me derriten los
sesos, o que sudo de los pies a la cabeça? Y si
es que sudo, en verdad que no es de miedo; sin
duda creo que es terrible la auentura que agora
quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me
limpie; que el copioso sudor me ciega los ojos.”
  Calló Sancho y diole vn paño, y dio, con el,
gracias a Dios de que su señor no huuiesse
caydo en el caso. Limpiose don Quixote y quitose
la celada, por ver qué cosa era la que, a su
parecer, le enfriaua la cabeça, y viendo aquellas
gachas blancas dentro de la celada, las llegó a
las narizes, y, en oliendolas, dixo:
  “¡Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso
que son requesones los que aqui me has puesto,
traydor, vergante y mal mirado escudero!”
  A lo que con gran flema y dissimul[a]cion
respondio Sancho:
  “Si son requesones, demelos vuessa merced,
que yo me los comere; pero comalos el diablo,
que deuio de ser el que ahi los puso. ¿Yo auia
de tener atreuimiento de ensuziar el yelmo de
vuessa merced? ¡Hallado le aueis el atreuido! A
la fe, señor, a lo que Dios me da a entender,
tambien deuo yo de tener encantadores que me
persiguen, como a hechura y miembro de vuessa
merced, y auran puesto ahi essa inmundicia
para mouer a colera su paciencia, y hazer que
me muela, como suele, las costillas. Pues en
verdad que esta vez han dado salto en vago;
que yo confio en el buen discurso de mi señor,
que aura considerado que ni yo tengo requesones,
ni leche, ni otra cosa que lo valga, y que
si la tuuiera, antes la pusiera en mi estomago
que en la celada.”
  “Todo puede ser”, dixo don Quixote.
  Y todo lo miraua el hidalgo, y de todo se
admiraua, especialmente quando, despues de
auerse limpiado don Quixote cabeça, rostro y
barbas y celada, se la encaxó, y afirmandose
bien en los estriuos, requiriendo la espada y
assiendo la lança, dixo:
  “Aora venga lo que viniere; que aqui estoy
con animo de tomarme con el mesmo Satanas
en persona.”
  Llegó, en esto, el carro de las vanderas, en el
qual no venia otra gente que el carretero en las
mulas, y vn hombre sentado en la delantera.
Pusose don Quixote delante, y dixo:
  “¿Adónde vays, hermanos? ¿Qué carro es
este, qué lleuays en el y qué vanderas son
aquestas?”
  A lo que respondio el carretero:
  “El carro es mio; lo que va en el son dos
brauos leones enxaulados, que el General de
Oran embia a la Corte, presentados a su magestad;
las vanderas son del rey nuestro señor, en
señal que aqui va cosa suya.”
  “Y ¿son grandes los leones?”, preguntó don
Quixote.
  “Tan grandes”, respondio el hombre que
yua a la puerta del carro, “que no han passado
mayores, ni tan grandes, de Africa a España
jamas, y yo soy el leonero y he passado otros,
pero como estos ninguno; son hembra y macho,
el macho va en esta xaula primera, y la
hembra en la de atras, y aora van hambrientos,
porque no han comido oy; y, assi, vuessa
merced se desuie; que es menester llegar presto
donde les demos de comer.”
  A lo que dixo don Quixote, sonriendose
vn poco:
  “¿Leoncitos a mi?, ¿a mi leoncitos, y a
tales horas? Pues por Dios que han de ver essos
señores que aca los embian, si soy yo hombre
que se espanta de leones. Apeaos, buen hombre,
y pues soys el leonero, abrid essas xaulas y
echadme essas bestias fuera; que en mitad desta
campaña les dare a conocer quién es don
Quixote de la Mancha, a despecho y pesar de los
encantadores que a mi los embian.”
  “Ta, ta”, dixo a esta sazon entre si el
hidalgo, “dado ha señal de quien es nuestro
buen cauallero; los requesones sin duda le
han ablandado los cascos y madurado los
sesos.”
  Llegóse, en esto, a el Sancho, y dixole:
  “Señor, por quien Dios es, que vuessa
merced haga de manera que mi señor don Quixote
no se tome con estos leones; que si se toma,
aqui nos han de hazer pedaços a todos.”
  “Pues ¿tan loco es vuestro amo”, respondio
el hidalgo, “que temeys y creeys que se ha de
tomar con tan fieros animales?”
  “No es loco”, respondio Sancho, “sino
atreuido.”
  “Yo hare que no lo sea”, replicó el hidalgo.
  Y, llegandose a don Quixote, que estaua
dando priesa al leonero que abriesse las xaulas,
le dixo:
  “Señor cauallero: los caualleros andantes
han de acometer las auenturas que prometen
esperança de salir bien dellas, y no aquellas
que de [todo] en todo la quitan; porque la valentia
que se entra en la juridicion de la temeridad,
mas tiene de locura que de fortaleza. Quanto
mas que estos leones no vienen contra vuessa
merced, ni lo sueñan; van presentados a su
magestad, y no sera bien detenerlos ni impedirles
su viage.”
  “Vayase vuessa merced, señor hidalgo”,
respondio don Quixote, “(h)a entender con su
perdigon manso y con su huron atreuido, y
dexe a cada vno hazer su oficio; este es el mio,
y yo se si vienen a mi o no estos señores
leones.”
  Y, boluiendose al leonero, le dixo:
  “¡Voto a tal, don vellaco, que si no abris luego
luego las xaulas, que con esta lança os he de
coser con el carro!”
  El carretero, que vio la determinacion de
aquella armada fantasma, le dixo:
  “Señor mio, vuessa merced sea seruido, por
caridad, dexarme desunzir las mulas y ponerme
en saluo con ellas, antes que se desenuaynen
los leones, porque si me las matan, quedaré
rematado para toda mi vida; que no tengo otra
hazienda sino este carro y estas mulas.”
  “¡O hombre de poca fe!”, respondio don Quixote;
“apeate y desunze y haz lo que quisieres,
que presto veras que trabajaste en vano, y que
pudieras ahorrar desta diligencia.”
  Apeose el carretero y desunzio a gran priesa,
y el leonero dixo a grandes vozes:
  “Seanme testigos quantos aqui estan, como
contra mi voluntad y forçado abro las xaulas y
suelto los leones, y de que protesto a este
señor que todo el mal y daño que estas bestias
hizieren corra y vaya por su cuenta, con mas
mis salarios y derechos; vuestras mercedes,
señores, se pongan en cobro antes que abra; que
yo seguro estoy que no me han de hazer
daño.”
  Otra vez le persuadio el hidalgo que no
hiziesse locura semejante, que era tentar a
Dios acometer tal disparate. A lo que respondio
don Quixote, que el sabia lo que hazia.
Respondiole el hidalgo que lo mirasse bien,
que el entendia que se engañaua.
  “Aora, señor”, replicó don Quixote, “si
vuessa merced no quiere ser oyente desta que
a su parecer ha de ser tragedia, pique la
tordilla y pongase en saluo.”
  Oydo lo qual por Sancho, con lagrimas en
los ojos le suplicó desistiesse de tal empresa,
en cuya comparacion auian sido tortas y pan
pintado la de los molinos de viento y la
temerosa de los batanes y, finalmente, todas las
hazañas que auia acometido en todo el discurso
de su vida.
  “Mire, señor”, dezia Sancho, “que aqui no
ay encanto ni cosa que lo valga; que yo he
visto por entre las verjas y resquizios de la
xaula vna vña de leon verdadero, y saco por
ella que el tal leon, cuya deue de ser la
tal vña, es mayor que vna montaña.”
  “El miedo, a lo menos”, respondio don
Quixote, “te le hara parecer mayor que la mitad
del mundo. Retirate, Sancho, y dexame, y si
aqui muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto:
acudiras a Dulcinea, y no te digo mas.”
  A estas añadio otras razones con que quitó
las esperanças de que no auia de dexar de
proseguir su desuariado intento. Quisiera el
del Verde Gauan oponersele, pero viose desigual
en las armas, y no le parecio cordura tomarse
con vn loco, que ya se lo auia parecido
de todo punto don Quixote, el qual, boluiendo
a dar priesa al leonero y a reyterar las amenazas,
dio ocasion al hidalgo a que picase la
yegua y Sancho al ruzio y el carretero a sus
mulas, procurando todos apartarse del carro lo
mas que pudiessen, antes que los leones se
desembanastassen.
  Lloraua Sancho la muerte de su señor, que
aquella vez sin duda creya que llegaua en las
garras de los leones, maldezia su ventura y
llamaua menguada la hora en que le vino al
pensamiento boluer a seruirle; pero no por
llorar y lamentarse dexaua de aporrear al ruzio
para que se alexasse del carro. Viendo, pues,
el leonero que ya los que yuan huyendo estauan
bien desuiados, tornó a requerir y (h)a
intimar a don Quixote lo que ya le auia requerido
e intimado, el qual respondio que lo oia
y que no se curasse de mas intimaciones y
requirimientos; que todo seria de poco fruto, y
que se diesse priessa. En el espacio que tardó
el leonero en abrir la xaula primera, estuuo
considerando don Quixote si seria bien hazer
la batalla antes a pie que a cauallo. Y, en fin, se
determinó de hazerla a pie, temiendo que Rozinante
se espantaria con la vista de los leones;
por esto saltó del cauallo, arrojó la lança y
embraçó el escudo, y, desenuaynando la espada,
paso ante paso, con marauilloso denuedo y
coraçon valiente, se fue a poner delante del
carro, encomendandose a Dios de todo coraçon,
y luego a su señora Dulcinea.
  Y es de saber que, llegando a este paso
el autor de esta verdadera historia, exclama
y dize:
  “¡O fuerte y sobre todo encarecimiento
animoso don Quixote de la Mancha, espejo donde
se pueden mirar todos los valientes del mundo,
segundo y nueuo don Manuel de Leon, que
fue gloria y honra de los españoles caualleros!
¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa
hazaña, o con qué razones la hare creyble a
los siglos venideros, o qué alabanças aura
que no te conuengan y quadren, aunque sean
hiperboles sobre todos los hiperboles? Tu a
pie, tu solo, tu intrepido, tu magnanimo, con
sola vna espada, y no de las del perrillo
cortadoras, con vn escudo no de muy luziente y
limpio azero, estás aguardando y atendiendo
los dos mas fieros leones que jamas criaron las
africanas seluas. Tus mismos hechos sean los
que te alaben, valeroso manchego; que yo los
dexo aqui en su punto, por faltarme palabras
con que encarecerlos.”
  Aqui cessó la referida exclamacion del autor
y passó adelante, anudando el hilo de la
historia, diziendo:
  Que visto el leonero ya puesto en postura
a don Quixote, y que no podia dexar de soltar
al leon macho, so pena de caer en la desgracia
del indignado y atreuido cauallero, abrio de
par en par la primera xaula donde estaua,
como se ha dicho, el leon, el qual parecio de
grandeza extraordinaria y de espantable y fea
catadura. Lo primero que hizo fue reboluerse
en la xaula, donde venia echado, y tender la
garra y despereçarse todo; abrio luego la boca
y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos
de lengua que sacó fuera se despoluoreó los
ojos y se lauo el rostro; hecho esto, sacó la
cabeça fuera de la xaula y miró a todas partes
con los ojos hechos brasas, vista y ademan
para poner espanto a la misma temeridad. Solo
don Quixote lo miraua atentamente, desseando
que saltasse ya del carro, y viniesse con el a
las manos, entre las quales pensaua hazerle
pedaços.
  Hasta aqui llegó el extremo de su jamas
vista locura. Pero el generoso leon, mas
comedido que arrogante, no haziendo caso de
niñerias ni de brauatas, despues de auer mirado a
vna y otra parte, como se ha dicho, boluio las
espaldas y enseñó sus traseras partes a don
Quixote, y con gran flema y remanso se boluio
a echar en la xaula. Viendo lo qual, don
Quixote mandó al leonero que le diesse de palos
y le irritasse para echarle fuera.
  “Esso no hare yo”, respondio el leonero,
“porque si yo le instigo, el primero a quien hara
pedaços sera a mi mismo. Vuessa merced, señor
cauallero, se contente con lo hecho, que es
todo lo que puede dezirse en genero de valentia,
y no quiera tentar segunda fortuna. El leon
tiene abierta la puerta, en su mano está salir
o no salir, pero pues no ha salido hasta aora,
no saldra en todo el dia. La grandeza del
coraçon de vuessa merced ya está bien declarada;
ningun brauo peleante, segun a mi se me
alcança, está obligado a mas que a desafiar a
su enemigo y esperarle en campaña, y si el
contrario no acude, en el se queda la infamia, y
el esperante gana la corona del vencimiento.”
  “Assi es verdad”, respondio don Quixote;
“cierra, amigo, la puerta, y dame por
testimonio en la mejor forma que pudieres lo que
aqui me has visto hazer. Conuiene a saber:
como tu abriste al leon, yo le esperé, el no
salio, boluile a esperar, boluio a no salir y
boluiose acostar. No deuo mas, y encantos
afuera; y Dios ayude a la razon, y a la verdad,
y a la verdadera caualleria; y cierra, como he
dicho, en tanto que hago señas a los huydos
y ausentes, para que sepan de tu boca esta
hazaña.”
  Hizolo assi el leonero, y don Quixote,
poniendo en la punta de la lança el lienço con
que se auia limpiado el rostro de la lluuia de
los requesones, començo a llamar a los que
no dexauan de huyr ni de boluer la cabeça a
cada paso, todos en tropa y antecogidos del
hidalgo; pero alcançando Sancho a ver la
señal del blanco paño, dixo:
  “Que me maten si mi señor no ha vencido
a las fieras bestias, pues nos llama.”
  Detuuieronse todos y con[o]cieron que el que
hazia las señas era don Quixote, y, perdiendo
alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron
acercando hasta donde claramente oyeron
las vozes de don Quixote, que los llamaua.
Finalmente, boluieron al carro, y, en llegando,
dixo don Quixote al carretero:
  “Bolued, hermano, a vnzir vuestras mulas y
a proseguir vuestro viage, y tu, Sancho, dale
dos escudos de oro para el y para el leonero,
en recompensa de lo que por mi se han
detenido.”
  “Essos dare yo de muy buena gana”,
respondio Sancho; “pero ¿qué se han hecho los
leones? ¿Son muertos, o viuos?”
  Entonces el leonero, menudamente y por sus
pausas, conto el fin de la contienda, exagerando
como el mejor pudo y supo el valor de don
Quixote, de cuya vista el leon, acobardado,
no quiso ni osó salir de la xaula, puesto que
auia tenido vn buen espacio abierta la puerta
de la xaula; y que por auer el dicho a aquel
cauallero que era tentar a Dios irritar al leon
para que por fuerça saliesse, como el queria
que se irritasse, mal de su grado, y contra toda
su voluntad, auia permitido que la puerta se
cerrasse.
  “¿Qué te parece desto, Sancho?”, dixo don
Quixote. “¿Ay encantos que valgan contra la
verdadera valentia? Bien podran los encantadores
quitarme la ventura, pero el esfuerzo y
el animo, sera impossible.”
  Dio los escudos Sancho, vnzio el carretero,
besó las manos el leonero a don Quixote por
la merced recebida, y prometiole de contar
aquella valerosa hazaña al mismo rey quando
en la corte se viesse.
  “Pues si acaso su magestad preguntare
quién la hizo, direisle que el Cauallero de los
Leones, que de aqui adelante quiero que en
este se trueque, cambie, buelua y mude el
que hasta aqui he tenido del Cauallero de la
Triste Figura, y en esto sigo la antigua vsança
de los andantes caualleros, que se mudauan
los nombres quando querian, o quando les
venia a cuento.”
  Siguio su camino el carro, y don Quixote,
Sancho y el del Verde Gauan prosiguieron el
suyo. En todo este tiempo no auia hablado
palabra don Diego de Miranda, todo atento a
mirar y a notar los hechos y palabras de don
Quixote, pareciendole que era vn cuerdo loco
y vn loco que tiraua a cuerdo. No auia aun
llegado a su noticia la primera parte de su
historia; que si la huuiera leydo, cessara la
admiracion en que lo ponian sus hechos y sus
palabras, pues ya supiera el genero de su locura;
pero como no la sabia, ya le tenia por cuerdo
y ya por loco, porque lo que hablaua era
concertado, elegante y bien dicho, y lo que hazia,
disparatado, temerario y tonto, y dezia entre
si, «¿Qué mas locura puede ser que ponerse la
»celada llena de requesones y darse a entender
»que le ablandaua[n] los cascos los enca[n]tadores,
»y qué mayor temeridad y disparate que
»querer pelear por fuerza con leones?»
  Destas imaginaciones y deste soliloquio le
sacó don Quixote, diziendole:
  “¿Quién duda, señor don Diego de Miranda,
que vuessa merced no me tenga en su opinion
por vn hombre disparatado y loco? Y no seria
mucho que assi fuesse, porque mis obras no
pueden dar testimonio de otra cosa; pues, con
todo esto, quiero que vuessa merced aduierta
que no soy tan loco ni tan menguado como
deuo de auerle parecido. Bien parece vn
gallardo cauallero a los ojos de su rey, en la
mitad de vna gran plaça, dar vna lançada con
felize sucesso a vn brauo toro. Bien parece vn
cauallero armado de resplandecientes armas
passar la tela en alegres justas delante de las
damas, y bien parecen todos aquellos caualleros
que en exercicios militares, o que lo parezcan,
entretienen y alegran y, si se puede dezir,
honran las cortes de sus principes; pero sobre
todos estos parece mejor vn cauallero andante,
que por los desiertos, por las soledades, por
las encrucijadas, por las seluas y por los
montes anda buscando peligrosas auenturas, con
intencion de darles dichosa y bien afortunada
cima, solo por alcançar gloriosa fama y duradera.
Mejor parece, digo, vn cauallero andante
socorriendo a vna viuda en algun despoblado
que vn cortesano cauallero requebrando a vna
donzella en las ciudades. Todos los caualleros
tienen sus particulares exercicios: sirua a las
damas el cortesano, autorize la corte de su rey
con libreas, sustente los caualleros pobres con
el esplendido plato de su mesa, concierte
justas, mantenga torneos y muestrese grande,
liberal y magnifico y buen christiano sobre
todo, y desta manera cumplira con sus
precisas obligaciones.
  ”Pero el andante cauallero busque los rincones
del mundo, entrese en los mas intricados
laberintos, acometa a cada paso lo impossible,
resista en los paramos despoblados los ardientes
rayos del sol en la mitad del verano, y en
el inuierno la dura inclemencia de los vientos
y de los yelos; no le asombren leones, ni le
espanten vestiglos, ni atemorizen endriagos; que
buscar estos, acometer aquellos y vencerlos a
todos son sus principales y verdaderos
exercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser
vno del numero de la andante caualleria, no
puedo dexar de acometer todo aquello que a
mi me pareciere que cae debaxo de la juridicion
de mis exercicios, y assi, el acometer los
leones que aora acometi derechamente me
tocaua, puesto que conoci ser temeridad
esoruitante, porque bien se lo que es valentia, que
es vna virtud que está puesta entre dos estremos
viciosos, como son la couardia y la temeridad;
pero menos mal sera que el que es valiente
toque y suba al punto de temerario, que no
que baxe y toque en el punto de couarde; que
assi como es mas facil venir el prodigo a ser
liberal que al auaro, assi es mas facil dar el
temerario en verdadero valiente que no el
couarde subir a la verdadera valentia; y en esto
de acometer auenturas, creame vuessa merced,
señor don Diego, que antes se [h]a de perder
por carta de mas que de menos, porque mejor
suena en las orejas de los que lo oyen, «el tal
»cauallero es temerario y atreuido», que no
«el tal cauallero es timido y couarde».”
  “Digo, señor don Quixote”, respondio don
Diego, “que todo lo que vuessa merced ha
dicho y hecho va niuelado con el fiel de la
misma razon, y que entiendo que si las
ordenanças y leyes de la caualleria andante se
perdiessen, se hallarian en el pecho de vuessa
merced como en su mismo deposito y archiuo;
y demonos priesa, que se haze tarde, y
lleguemos a mi aldea y casa, donde descansará
vuessa merced del passado trabajo, que si no ha
sido del cuerpo, ha sido del espiritu, que suele
tal vez redundar en cansancio del cuerpo.”
  “Tengo el ofrecimiento a gran fauor y merced,
señor don Diego”, respondio don Quixote.
  Y, picando mas de lo que hasta entonces,
serian como las dos de la tarde quando
llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a
quien don Quixote llamaua el Cauallero del
Verde Gauan.

                Capitulo XVIII

De lo que sucedio a don Quixote en el castillo
  o casa del Cauallero del Verde Gauan, con
  otras cosas extrauagantes.

  Halló don Quixote ser la casa de don Diego
de Miranda ancha como de aldea; las armas,
empero, aunque de piedra tosca, encima de la
puerta de la calle, la bodega en el patio, la
cueua en el portal, y muchas tinajas a la redonda,
que, por ser del Toboso, le renouaron las
memorias de su encantada y transformada
Dulcinea; y, sospirando y sin mirar lo que dezia,
ni delante de quien estaua, dixo:

     “¡O dulces prendas, por mi mal halladas;
   dulces y alegres quando Dios queria!

  ”¡O tobosescas tinajas, que me aueys traydo
a la memoria la dulce prenda de mi mayor
amargura!”
  Oyole dezir esto el estudiante poeta, hijo de
don Diego, que con su madre auia salido a
recebirle, y madre y hijo quedaron suspensos de
ver la extraña figura de don Quixote, el qual,
apeandose de Rozinante, fue con mucha cortesia
a pedirle las manos para besarselas, y don
Diego dixo:
  “Recebid, señora, con vuestro solito agrado
al señor don Quixote de la Mancha, que
es el que teneis delante, andante cauallero, y
el mas valiente y el mas discreto que tiene el
mundo.”
  La señora, que doña Cristina se llamaua, le
recibio con muestras de mucho amor y de mucha
cortesia, y don Quixote se le ofrecio con
assaz de discretas y comedidas razones; casi
los mismos comedimientos passó con el estudiante,
que, en oyendole hablar don Quixote, le
tuuo por discreto y agudo.
  Aqui pinta el autor todas las circunstancias
de la casa de don Diego, pintandonos en ellas
lo que contiene vna casa de vn cauallero labrador
y rico; pero al traductor desta historia le
parecio passar estas y otras semejantes
menudencias en silencio, porque no venian bien con
el proposito principal de la historia, la qual
mas tiene su fuerça en la verdad que en las
frias digressiones.
  Entraron a don Quixote en vna sala, desarmole
Sancho, quedó en valones y en jubon de
camuça, todo visunto con la mugre de las armas;
el cuello era valona a lo estudiantil, sin
almidon y sin randas; los borzeguies eran
datilados, y encerados los çapatos; ciñose su buena
espada, que pendia de vn tahali de lobos
marinos, que es opinion que muchos años fue
enfermo de los riñones; cubriose vn herreruelo
de buen paño pardo; pero antes de todo con
cinco calderos o seys de agua, que en la
cantidad de los calderos ay alguna diferencia, se
lauó la cabeça y rostro, y todauia se quedó el
agua de color de suero, merced a la golosina
de Sancho y a la compra de sus negros
requesones, que tan blanco pusieron a su amo.
  Con los referidos atauios y con gentil donayre
y gallardia salio don Quixote a otra sala,
donde el estudiante le estaua esperando para
entretenerle en tanto que las mesas se ponian;
que por la venida de tan noble huesped queria
la señora doña Cristina mostrar que sabia y
podia regalar a los que a su casa llegassen.
  En tanto que don Quixote se estuuo
desarmando, tuuo lugar don Lorenço, que assi se
llamaua el hijo de don Diego, de dezir a su
padre:
  “¿Quién diremos, señor, que es este cauallero
que vuessa merced nos ha traydo a casa? Que
el nombre, la figura y el dezir que es
cauallero andante, a mi y a mi madre nos tiene
suspensos.”
  “No se lo que te diga, hijo”, respondio don
Diego; “solo te sabre dezir, que le he visto
hazer cosas del mayor loco del mundo, y dezir
razones tan discretas que borran y deshazen
sus hechos; hablale tu y toma el pulso a lo que
sabe, y, pues eres discreto, juzga de su
discrecion o tonteria lo que mas puesto en razon
estuuiere; aunque, para dezir verdad, antes le
tengo por loco que por cuerdo.”
  Con esto se fue don Lorenço a entretener a
don Quixote, como queda dicho, y entre otras
platicas que los dos passaron, dixo don
Quixote a don Lorenço:
  “El señor don Diego de Miranda, padre de
vuessa merced, me ha dado noticia de la rara
habilidad y sutil ingenio que vuessa merced
tiene, y, sobre todo, que es vuessa merced vn
gran poeta.”
  “Poeta bien podra ser”, respondio don Lorenço,
“pero grande, ni por pensamiento; verdad
es que yo soy algun tanto aficionado a la
poesia y a leer los buenos poetas; pero no de
manera que se me pueda dar el nombre de
grande que mi padre dize.”
  “No me parece mal essa humildad”, respondio
don Quixote, “porque no ay poeta que no
sea arrogante y piense de si que es el mayor
poeta del mundo.”
  “No ay regla sin excepcion”, respondio don
Lorenço, “y alguno aura que lo sea y no lo
piense.”
  “Pocos”, respondio don Quixote; “pero
digame vuessa merced, ¿qué versos son los que
agora trae entre manos, que me ha dicho el
señor su padre que le traen algo inquieto y
pensatiuo? Y si es alguna glossa, a mi se me
entiende algo de achaque de glossas, y holgaria
saberlos; y si es que son de justa literaria,
procure vuessa merced lleuar el segundo premio,
que el primero siempre se lleua el fauor
o la gran calidad de la persona, el segundo se
le lleua la mera justicia, y el tercero viene a ser
segundo, y el primero, a esta cuenta, sera el
tercero, al modo de las licencias que se dan
en las vniuersidades; pero con todo esto,
gran personage es el nombre de primero.”
  “Hasta aora”, dixo entre si don Lorenço, “no
os podre yo juzgar por loco; vamos adelante.”
  Y dixole:
  “Pareceme que vuessa merced ha cursado
las escuelas: ¿qué ciencias ha oydo?”
  “La de la caualleria andante”, respondio
don Quixote, “que es tan buena como la de la
poesia, y aun dos deditos mas.”
  “No se que ciencia sea essa”, replicó don
Lorenço, “y hasta aora no ha llegado a mi
noticia.”
  “Es vna ciencia”, replicó don Quixote, “que
encierra en si todas o las mas ciencias del
mundo, a causa que el que la professa ha de
ser jurisperito y saber las leyes de la justicia
distributiua y comutatiua, para dar a cada vno
lo que es suyo y lo que le conuiene; ha de ser
theologo, para saber dar razon de la christiana
ley que professa, clara y distintamente,
adondequiera que le fuere pedido; ha de ser medico,
y principalmente heruolario, para conocer en
mitad de los despoblados y desiertos las yeruas
que tienen virtud de sanar las heridas, que
no ha de andar el cauallero andante a cada
triquete buscando quien se las cure; ha de ser
astrologo, para conocer por las estrellas
quantas horas son passadas de la noche y en qué
parte y en qué clima del mundo se halla; ha de
saber las matematicas, porque a cada paso se
le ofrecera tener necessidad dellas, y, dexando
aparte que ha de estar adornado de todas las
virtudes theologales y cardinales, decendiendo
a otras menudencias, digo que ha de saber
nadar como dizen que nadaua el pexe Nicolas
o Nicolao; ha de saber herrar vn cauallo y
aderezar la silla y el freno, y, boluiendo a lo de
arriba, ha de guardar la fe a Dios y a su dama;
ha de ser casto en los pensamientos, honesto
en las palabras, liberal en las obras, valiente
en los hechos, sufrido en los trabajos, caritatiuo
con los menesterosos y, finalmente, mantenedor
de la verdad, aunque le cueste la vida el
defenderla. De todas estas grandes y minimas
partes se compone vn buen cauallero andante,
porque vea vuessa merced, señor don Lorenço,
si es ciencia mocosa lo que aprende el cauallero
que la estudia y la professa, y si se puede
ygualar a las mas estiradas que en los ginasios
y escuelas se enseñan.”
  “Si esso es assi”, replicó don Lorenço, “yo
digo que se auentaja essa ciencia a todas.”
  “¿Cómo si es assi?”, respondio don Quixote.
  “Lo que yo quiero dezir”, dixo don Lorenço,
“es que dudo que aya auido, ni que los ay
aora, caualleros andantes y adornados de
virtudes tantas.”
  “Muchas vezes he dicho lo que bueluo a
dezir aora”, respondio don Quixote: “que la
mayor parte de la gente del mundo está de
parecer de que no ha auido en el caualleros
andantes, y por parecerme a mi que si el cielo
milagrosamente no les da a entender la verdad
de que los huuo y de que los ay, qualquier
trabajo que se tome ha de ser en vano, como
muchas vezes me lo ha mostrado la experiencia,
no quiero detenerme agora en sacar a
vuessa merced del error, que con los muchos
tiene; lo que pienso hazer es el rogar al
cielo le saque del, y le de a entender quán
prouechosos y quán necessarios fueron al
mundo los caualleros andantes en los passados
siglos, y quán vtiles fueran en el presente, si
se vsaran; pero triunfan aora, por pecados de
las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el
regalo.”
  “Escapado se nos ha nuestro huesped”, dixo
a esta sazon entre si don Lorenço; “pero con
todo esso, el es loco vizarro, y yo seria
mentecato floxo si assi no lo creyesse.”
  Aqui dieron fin a su platica, porque los
llamaron a comer. Preguntó don Diego a su hijo
qué auia sacado en limpio del ingenio del
huesped, a lo que el respondio:
  “No le sacarán del borrador de su locura
quantos medicos y buenos escriuanos tiene el
mundo; el es vn entreuerado loco, lleno de
luzidos interualos.”
  Fueronse a comer, y la comida fue tal como
don Diego auia dicho en el camino que la
solia dar a sus combidados: limpia, abundante
y sabrosa; pero de lo que mas se contentó don
Quixote fue del marauilloso silencio que en
toda la casa auia, que semejaua vn monasterio
de cartuxos. Leuantados, pues, los ma[n]teles
y dadas gracias a Dios, y agua a las manos,
don Quixote pidio ahincadamente a don Lorenço,
dixesse los versos de la justa literaria.
A lo que el respondio, que por no parecer de
aquellos poetas que quando les ruegan digan
sus versos los niegan, y quando no se los
piden los vomitan, “yo dire mi glossa, de la
qual no espero premio alguno; que solo por
exercitar el ingenio la he hecho.”
  “Vn amigo y discreto”, respondio don Quixote,
“era de parecer que no se auia de cansar
nadie en glossar versos, y la razon, dezia el,
era que jamas la glossa podia llegar al texto,
y que muchas o las mas vezes yua la glossa
fuera de la intencion y proposito de lo que
pedia lo que se glossaua, y mas que las leyes
de la glossa eran demasiadamente estrechas:
que no sufrian interrogantes, ni dixo, ni dire,
ni hazer nombres de verbos, ni mudar el sentido,
con otras ataduras y estrechezas con que
van atados los que glossan, como vuessa
merced deue de saber.”
  “Verdaderamente, señor don Quixote”, dixo
don Lorenço, “que desseo coger a vuessa
merced en vn mal latin continuado, y no puedo,
porque se me desliza de entre las manos como
anguila.”
  “No entiendo”, respondio don Quixote, “lo
que vuessa merced dize ni quiere dezir en
esso del deslizarme.”
  “Yo me dare a entender”, respondio don
Lorenço, “y por aora esté vuessa merced atento
a los versos glossados y a la glossa, que
dizen desta manera:

         ¡Si mi fue tornasse a es,
       sin esperar mas sera,
       o viniesse el tiempo ya
       de lo que sera despues!

                GLOSSA

         Al fin, como todo passa,
       se passó el bien que me dio
       fortuna, vn tiempo no escassa,
       y nunca me le boluio,
       ni abundante ni por tassa.
       Siglos ha ya que me vees,
       fortuna, puesto a tus pies;
       buelueme a ser venturoso;
       que sera mi ser dichoso
       si mi fue tornasse a es.
         No quiero otro gusto o gloria,
       otra palma o vencimiento,
       otro triunfo, otra vitoria,
       sino boluer al contento
       que es pessar en mi memoria.
       Si tu me buelues allá,
       fortuna, templado está
       todo el rigor de mi fuego,
       y mas si este bien es luego,
       sin esperar mas sera.
         Cosas impossibles pido,
       pues boluer el tiempo a ser
       despues que vna vez ha sido,
       no ay en la tierra poder
       que a tanto se aya estendido.
       Corre el tiempo, buela y va
       ligero y no boluera,
       y herraria el que pidiesse
       o que el tiempo ya se fuesse,
       o boluiesse el tiempo ya.
         Viuo en perplexa vida,
       ya esperando, ya temiendo,
       es muerte muy conocida,
       y es mucho mejor muriendo
       buscar al dolor salida.
       A mi me fuera interes
       acabar, mas no lo es,
       pues, con discurso mejor,
       me da la vida el temor
       de lo que sera despues.”

  En acabando de dezir su glossa don Lorenço,
se leuantó en pie don Quixote, y en voz
leuantada que parecia grito, assiendo con su mano
la derecha de don Lorenço, dixo:
  “Viuen los cielos donde mas altos estan,
mancebo generoso, que soys el mejor poeta
del orbe, y que mereceys estar laureado, no
por Chipre, ni por Gaeta, como dixo vn poeta
que Dios perdone, sino por las Academias
de Atenas, si oy viuieran, y por las que oy viuen
de Paris, Bolonia y Salamanca; plega al cielo
que los juezes que os quitaren el premio
primero, Febo los assaetee y las Musas jamas
atrauiessen los vmbrales de sus casas.
Dezidme, señor, si soys seruido, algunos versos
mayores; que quiero tomar de todo en todo el
pulso a vuestro admirable ingenio.”
  ¿No es bueno que dizen que se holgo don
Lorenço de verse alabar de don Quixote, aunque
le tenia por loco? ¡O fuerça de la adulacion,
a quánto te estiendes y quán dilatados limites
son los de tu juridicion agradable! Esta verdad
acreditó don Lorenço, pues concedio con la
demanda y desseo de don Quixote, diziendole
este soneto a la fabula o historia de Piramo y
Tisbe:

                 “SONETO

     El muro rompe la donzella hermosa,
   que de Piramo abrio el gallardo pecho;
   parte el Amor de Chipre y va derecho
   a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.
     Habla el silencio alli, porque no osa
   la voz entrar por tan estrecho estrecho;
   las almas si, que amor suele de hecho
   facilitar la mas dificil cosa.
     Salio el desseo de compas, y el paso
   de la imprudente virgen solicita
   por su gusto su muerte. Ved que historia:
     que a entrambos en vn punto ¡o estraño caso!
   los mata, los encubre y resucita
   vna espada, vn sepulcro, vna memoria.”

  “¡Bendito sea Dios!”, dixo don Quixote,
auiendo oydo el soneto a don Lorenço, “que
entre los infinitos poetas consumidos que ay,
he visto vn consumado poeta, como lo es
vuessa merced, señor mio; que assi me lo da a
entender el artificio deste soneto.”
  Quatro dias estuuo don Quixote regaladissimo
en la casa de don Diego, al cabo de los
quales le pidio licencia para yrse, diziendole
que le agradecia la merced y buen tratamiento
que en su casa auia recebido, pero que por no
parecer bien que los caualleros andantes se
den muchas horas a[l] ocio y al regalo se queria
yr a cumplir con su oficio, buscando las auenturas,
de quien tenia noticia que aquella tierra
abundaua, donde esperaua entretener el tiempo
hasta que llegasse el dia de las justas de
Zaragoça, que era el de su derecha derrota, y
que primero auia de entrar en la cueua de
Montesinos, de quien tantas y tan admirables
cosas en aquellos contornos se contauan,
sabiendo e inquiriendo assimismo el nacimiento
y verdaderos manantiales de las siete lagunas
llamadas comunmente de Ruydera.
  Don Diego y su hijo le alabaron su honrosa
determinacion, y le dixeron que tomasse de su
casa y de su hazienda todo lo que en grado le
viniesse; que le seruirian con la voluntad
possible, que a ello les obligaua el valor de su
persona y la honrosa profession suya. Llegose,
en fin, el dia de su partida, tan alegre para don
Quixote como triste y aziago para Sancho Pança,
que se hallaua muy bien con la abundancia
de la casa de don Diego, y rehusaua de boluer
a la hambre que se vsa en las florestas [y]
despoblados, y a la estrecheza de sus mal proueydas
alforjas; con todo esto, las llenó y colmó de
lo mas necessario que le parecio. Y al
despedirse, dixo don Quixote a don Lorenço:
  “No se si he dicho a vuessa merced otra vez,
y si lo he dicho, lo bueluo a dezir, que quando
vuessa merced quisiere ahorrar caminos y
trabajos para llegar a la inacessible cumbre del
templo de la fama, no tiene que hazer otra
cosa sino dexar a vna parte la senda de la
poesia, algo estrecha, y tomar la estrechissima
de la andante caualleria, bastante para hazerle
emperador en daca las pajas.”
  Con estas razones acabó don Quixote de
cerrar el processo de su locura, y mas con las
que añadio, diziendo:
  “Sabe Dios si quisiera lleuar conmigo al
señor don Lorenço para enseñarle cómo se
han de perdonar los sugetos y supeditar y
acozear los soberuios, virtudes anejas a la
profession que yo professo; pero pues no lo pide
su poca edad, ni lo querran consentir sus loables
exercicios, solo me contento con aduertirle
a vuessa merced, que siendo poeta podra
ser famoso, si se guia mas por el parecer ageno
que por el propio, porque no ay padre ni madre
a quien sus hijos les parezcan feos, y en
los que lo son del entendimiento corre mas
este engaño.”
  De nueuo se admiraron padre y hijo de las
entremetidas razones de don Quixote, ya
discretas y ya disparatadas, y del tema y teson
que lleuaua de acudir de todo en todo a la
busca de sus desuenturadas auenturas, que las
tenia por fin y blanco de sus desseos; reyteraronse
los ofrecimientos y comedimientos, y con
la buena licencia de la señora del castillo, don
Quixote y Sancho, sobre Rozinante y el ruzio,
se partieron.

                 Capitulo XIX

Donde se cuenta la auentura del pastor
  enamorado, con otros, en verdad, graciosos
  sucessos.

  Poco trecho se auia alongado don Quixote
del lugar de don Diego, quando encontro con
dos como clerigos o como estudiantes y con dos
labradores que sobre quatro bestias asnales
venian caualleros; el vno de los estudiantes traia
como en portamanteo, en vn lienço de vocazi
verde embuelto, al parecer, vn poco de grana
blanca y dos pares de medias de cordellate; el
otro no traia otra cosa que dos espadas negras
de esgrima, nueuas, y con sus çapatillas. Los
labradores traian otras cosas que dauan indicio y
señal que venian de alguna villa grande, donde
las auian comprado y las lleuauan a su aldea;
y, assi, estudiantes como labradores cayeron en
la misma admiracion en que caian todos aquellos
que la vez primera veyan a don Quixote, y
morian por saber qué hombre fuesse aquel tan
fuera del vso de los otros hombres. Saludoles
don Quixote, y despues de saber el camino que
lleuauan, que era el mesmo que el hazia, les
ofrecio su compañia, y les pidio detuuiessen el
paso, porque caminauan mas sus pollinas que
su cauallo, y para obligarlos, en breues razones
les dixo quién era, y su oficio y profession,
que era de cauallero andante, que yua a buscar
las auenturas por todas las partes del mundo.
Dixoles que se llamaua de nombre propio don
Quixote de la Mancha, y por el apelatiuo el
Cauallero de los Leones. Todo esto para los
labradores era hablarles en griego o en
gerigonça, pero no para los estudiantes, que luego
entendieron la flaqueza del celebro de don
Quixote; pero, con todo esso, le mirauan con
admiracion y con respecto, y vno dellos le
dixo:
  “Si vuessa merced, señor cauallero, no lleua
camino determinado, como no le suelen lleuar
los que buscan las auenturas, vuessa merced
se venga con nosotros, vera vna de las mejores
bodas y mas ricas que hasta el dia de oy se
auran celebrado en la Mancha, ni en otras
muchas leguas a la redonda.”
  Preguntole don Quixote si eran de algun
principe que assi las ponderaua.
  “No son”, respondio el estudiante, “sino de
vn labrador y vna labradora: el, el mas rico de
toda esta tierra, y ella, la mas hermosa que han
visto los hombres. El aparato con que se han de
hazer es estraordinario y nueuo, porque se han
de celebrar en vn prado que está junto al pueblo
de la nouia, a quien por excelencia llaman
Quiteria la hermosa, y el desposado se llama
Camacho el rico, ella de edad de diez y ocho
años y el de veinte y dos, ambos para en vno,
aunque algunos curiosos, que tienen de memoria
los linages de todo el mundo, quieren dezir
que el de la hermosa Quiteria se auentaja al
de Camacho; pero ya no se mira en esto, que
las riquezas son poderosas de soldar muchas
quiebras. En efecto, el tal Camacho es liberal,
y hasele antojado de enramar y cubrir todo el
prado por arriba, de tal suerte, que el sol se ha
de ver en trabajo, si quiere entrar a visitar las
yeruas verdes de que está cubierto el suelo.
Tiene assimesmo maheridas danças, assi de
espadas como de cascabel menudo, que ay en
su pueblo quien los repique y sacuda por
estremo; de çapateadores no digo nada, que es vn
juyzio los que tiene muñidos; pero ninguna de
las cosas referidas, ni otras muchas que he
dexado por referir, ha de hazer mas memorables
estas bodas, sino las que imagino que hara en
ellas el despechado Basilio.
  ”Es este Basilio vn zagal vezino del mesmo
lugar de Quiteria, el qual tenia su casa pared
y medio de la de los padres de Quiteria, de
donde tomó ocasion el amor de renouar al
mundo los ya oluidados amores de Piramo y
Tisbe, porque Basilio se enamoró de Quiteria
desde sus tiernos y primeros años, y ella fue
correspondiendo a su desseo con mil honestos
fauores. Tanto, que se contauan por entretenimiento
en el pueblo los amores de los dos niños
Basilio y Quiteria. Fue creciendo la edad, y acordo
el padre de Quiteria de estoruar a Basilio la
ordinaria entrada que en su casa tenia, y por
quitarse de andar rezeloso y lleno de
sospechas, ordenó de casar a su hija con el rico
Camacho, no pareciendole ser bien casarla con
Basilio, que no tenia tantos bienes de fortuna
como de naturaleza, pues si va (h)a dezir las
verdades sin inuidia, el es el mas agil mancebo
que conocemos, gran tirador de barra, luchador
estremado y gran jugador de pelota; corre
como vn gamo, salta mas que vna cabra y birla
a los bolos como por encantamento; canta
como vna calandria y toca vna guitarra que la
haze hablar, y, sobre todo, juega vna espada
como el mas pintado.”
  “Por essa sola gracia”, dixo a esta sazon don
Quixote, “merecia esse mancebo no solo casarse
con la hermosa Quiteria, sino con la mesma
reyna Ginebra, si fuera oy viua, a pesar de
Lanzarote y de todos aquellos que estoruarlo
quisieran.”
  “A mi muger con esso”, dixo Sancho Pança,
que hasta entonces auia ydo callando y
escuchando, “la qual no quiere sino que cada vno
case con su ygual, ateniendose al refran que
dizen, «cada oueja con su pareja»; lo que yo
quisiera es, que esse buen Basilio, que ya me
le voy aficionando, se casara con essa señora
Quiteria; que buen siglo ayan y buen poso, yua
a dezir al rebes, los que estoruan que se casen
los que bien se quieren.”
  “Si todos los que bien se quieren se huuiessen
de casar”, dixo don Quixote, “quitariase
la elecion y juridicion a los padres de
casar sus hijos con quien y quando deuen, y
si a la voluntad de las hijas quedasse escoger
los maridos, tal auria que escogiesse al criado
de su padre, y tal al que vio passar por la
calle, a su parecer, vizarro y entonado, aunque
fuesse vn desbaratado espadachin; que el amor
y la aficion con facilidad ciegan los ojos del
entendimiento, tan necessarios para escoger
estado, y el del matrimonio está muy a peligro
de errarse, y es menester gran tiento y
particular fauor del cielo para acertarle. Quiere
hazer vno vn viage largo, y si es prudente,
antes de ponerse en camino busca alguna
compañia segura y apazible con quien
acompañarse. Pues ¿por qué no hara lo mesmo
el que ha de caminar toda la vida hasta el
paradero de la muerte, y mas si la compañia
le ha de acompañar en la cama, en la mesa y
en todas partes, como es la de la muger con
su marido? La de la propia muger no es
mercaduria que vna vez comprada se buelue, o se
trueca o cambia, porque es accidente inseparable
que dura lo que dura la vida. Es vn lazo,
que si vna vez le echays al cuello, se buelue
en el nudo gordiano, que si no le corta la
guadaña de la muerte, no ay desatarle. Muchas
mas cosas pudiera dezir en esta materia, si no
lo estoruara el desseo que tengo de saber si le
queda mas que dezir al señor licenciado
acerca de la historia de Basilio.”
  A lo que respondio el estudiante bachiller, o
licenciado, como le llamó don Quixote, (que):
  “De todo no me queda mas que dezir, sino
que desde el punto que Basilio supo que la
hermosa Quiteria se casaua con Camacho el
rico, nunca mas le han visto reyr, ni hablar
razon concertada, y siempre anda pensatiuo y
triste, hablando entre si mismo, con que da
ciertas y claras señales de que se le ha buelto
el juyzio; come poco y duerme poco, y lo que
come son frutas, y en lo que duerme, si duerme,
es en el campo sobre la dura tierra como
animal bruto; mira de quando en quando al
cielo, y otras vezes claua los ojos en la tierra,
con tal embelesamiento, que no parece sino
estatua vestida que el ayre le mueue la ropa. En
fin, el da tales muestras de tener apassionado el
coraçon, que tememos todos los que le
conocemos que el dar el si mañana la hermosa
Quiteria ha de ser la sentencia de su muerte.”
  “Dios lo hara mejor”, dixo Sancho, “que
Dios que da la llaga da la medicina; nadie
sabe lo que está por venir, de aqui a mañana
muchas horas ay, y en vna, y aun en vn momento,
se cae la casa; yo he visto llouer y hazer
sol, todo a vn mesmo punto; tal se acuesta
sano la noche, que no se puede mouer otro
dia; y diganme, ¿por ventura aura quien se
alabe que tiene echado vn clauo a la rodaja
de la Fortuna? No, por cierto, y entre el si y el
no de la muger no me atreueria yo a poner
vna punta de alfiler, porque no cabria; denme
a mi que Quiteria quiera de buen coraçon y de
buena voluntad a Basilio, que yo le dare a el
vn saco de buena ventura; que el amor, segun
yo he oydo dezir, mira con vnos antojos que
hazen parecer oro al cobre, a la pobreza
riqueza y a las lagañas perlas.”
  “¿Adónde vas a parar, Sancho, que seas
maldito?”, dixo don Quixote. “Que quando comienças
a ensartar refranes y cuentos, no te puede
esperar sino el mesmo Iudas, que te lleue.
Dime, animal, ¿qué sabes tu de clauos, ni de
rodajas, ni de otra cosa ninguna?”
  “O, pues si no me entienden”, respondio
Sancho, “no es marauilla que mis sentencias sean
tenidas por disparates; pero no importa, yo me
entiendo y se que no he dicho muchas
necedades en lo que he dicho, sino que vuessa
merced, señor mio, siempre es friscal de mis
dichos y aun de mis hechos.”
  “Fiscal has de dezir”, dixo don Quixote,
“que no friscal, preuaricador del buen lenguage,
que Dios te confunda.”
  “No se apunte vuessa merced conmigo”,
respondio Sancho, “pues sabe que no me he
criado en la corte, ni he estudiado en
Salamanca, para saber si añado o quito alguna
letra a mis vocablos. Si, que valgame Dios, no
ay para qué obligar al sayagues a que hable
como el toledano, y toledanos puede auer que
no las corten en el ayre en esto del hablar
polido.”
  “Assi es”, dixo el licenciado, “porque no
pueden hablar tan bien los que se crian en las
Tenerias y en Zocodouer como los que se
passean casi todo el dia por el claustro de la
Iglesia Mayor, y todos son toledanos; el
lenguage puro, el propio, el elegante y claro
está en los discretos cortesanos, aunque ayan
nacido en Majalahonda; dixe discretos, porque
ay muchos que no lo son, y la discrecion es la
gramatica del buen lenguage que se acompaña
con el vso; yo, señores, por mis pecados he
estudiado canones en Salamanca, y picome
algun tanto de dezir mi razon con palabras
claras, llanas y significantes.”
  “Si no os picarades mas de saber mas menear
las negras que lleuais que la lengua”, dixo
el otro estudiante, “vos lleuarades el primero
en licencias, como lleuastes cola.”
  “Mirad, bachiller”, respondio el licenciado,
“vos estais en la mas errada opinion del
mundo acerca de la destreza de la espada,
teniendola por vana.”
  “Para mi no es opinion, sino verdad assentada”,
replicó Corchuelo; “y si quereys que os
lo muestre con la experiencia, espadas traeis,
comodidad ay, yo pulsos y fuerças tengo, que
acompañadas de mi animo, que no es poco, os
haran confessar que yo no me engaño; apeaos
y vsad de vuestro compas de pies, de vuestros
circulos y vuestros angulos y ciencia, que yo
espero de hazeros ver estrellas a medio dia
con mi destreza moderna y zafia, en quien
espero, despues de Dios, que está por nacer
hombre que me haga boluer las espaldas, y
que no le ay en el mundo a quien yo no le
haga perder tierra.”
  “En esso de boluer o no las espaldas, no me
meto”, replicó el diestro, “aunque podria ser
que en la parte donde la vez primera clauassedes
el pie, alli os abriessen la sepultura; quiero
dezir, que alli quedassedes muerto por la
despreciada destreza.”
  “Aora se vera”, respondio Corchuelo.
  Y, apeandose con gran presteza de su jumento,
tiró con furia de vna de las espadas que
lleuaua el licenciado en el suyo.
  “No ha de ser assi”, dixo a este instante don
Quixote, “que yo quiero ser el maestro desta
esgrima y el juez desta muchas vezes no
aueriguada question.”
  Y, apeandose de Rozinante y assiendo de
su lança, se puso en la mitad del camino, a
tiempo que ya el licenciado, con gentil donayre
de cuerpo y compas de pies, se yua contra
Corchuelo, que contra el se vino lançando,
como dezirse suele, fuego por los ojos; los
otros dos labradores del acompañamiento, sin
apearse de sus pollinas, siruieron de aspetatores
en la mortal tragedia; las cuchilladas,
estocadas, altibaxos, reueses y mandobles que
tiraua Corchuelo eran sin numero, mas espesas
que higado y mas menudas que granizo.
Arremetia como vn leon irritado; pero saliale
al encuentro vn tapaboca de la çapatilla de
la espada del licenciado, que en mitad de
su furia le detenia y se la hazia besar como si
fuera reliquia, aunque no con tanta deuocion
como las reliquias deuen y suelen besarse.
  Finalmente, el licenciado le contó a estocadas
todos los botones de vna media sotanilla
que traia vestida, haziendole tiras los
faldamentos como colas de pulpo, derribole el
sombrero dos vezes y cansole de manera, que de
despecho, colera y rabia assio la espada por la
empuñadura y arrojola por el ayre con tanta
fuerça, que vno de los labradores assistentes,
que era escriuano, que fue por ella, dio
despues por testimonio que la alongo de si casi
tres quartos de legua, el qual testimonio sirue
y ha seruido para que se conozca y vea con
toda verdad como la fuerça es vencida del
arte.
  Sentose cansado Corchuelo y, llegandose a
el Sancho, le dixo:
  “Mia fe, señor bachiller, si vuessa merced
toma mi consejo, de aqui adelante no ha de
desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a
tirar la barra, pues tiene edad y fuerças para
ello; que destos a quien llaman diestros he
oydo dezir que meten vna punta de vna espada
por el ojo de vna aguja.”
  “Yo me contento”, respondio Corchuelo, “de
auer caydo de mi burra, y de que me aya
mostrado la experiencia la verdad de quien tan
lexos estaua.”
  Y, leuantandose abraçó al licenciado y
quedaron mas amigos que de antes; y no queriendo
esperar al escriuano, que auia ydo por la
espada, por parecerle que tardaria mucho, (y)
assi determinaron seguir por llegar temprano a
la aldea de Quiteria, de donde todos eran.
  En lo que faltaua del camino les fue contando
el licenciado las excelencias de la espada,
con tantas razones demostratiuas, y con tantas
figuras y demostraciones matematicas, que
todos quedaron enterados de la bondad de la
ciencia, y Corchuelo reduzido de su pertinacia.
  Era anochecido, pero antes que llegassen
les parecio a todos que estaua delante del
pueblo vn cielo lleno de inumerables y
resplandecientes estrellas. Oyeron assimismo
confusos y suaues sonidos de diuersos instrumentos
como de flautas, tamborinos, salterios,
albogues, panderos y sonajas, y quando
llegaron cerca vieron que los arboles de vna
enramada que a mano auian puesto a la entrada
del pueblo estauan todos llenos de luminarias,
a quien no ofendia el viento, que entonces no
soplaua sino tan manso, que no tenia fuerça
para mouer las hojas de los arboles; los musicos
eran los regozijadores de la boda, que en
diuersas quadrillas por aquel agradable sitio
andauan, vnos baylando, y otros cantando, y
otros tocando la diuersidad de los referidos
instrumentos; en efecto, no parecia sino que
por todo aquel prado andaua corriendo la
alegria y saltando el contento.
  Otros muchos andauan ocupados en leuantar
andamios, de donde con comodidad pudiessen
ver otro dia las representaciones y
danças que se auian de hazer en aquel lugar,
dedicado para solenizar las bodas del rico
Camacho y las exequias de Basilio. No quiso
entrar en el lugar don Quixote, aunque se lo
pidieron assi el labrador como el bachiller;
pero el dio por disculpa, bastantissima a su
parecer, ser costumbre de los caualleros
andantes dormir por los campos y florestas antes
que en los poblados, aunque fuesse debaxo
de dorados techos, y, con esto, se desuió vn
poco del camino, bien contra la voluntad de
Sancho, viniendosele a la memoria el buen
alojamiento que auia tenido en el castillo o
casa de don Diego.

                  Capitulo XX

   Donde se cuentan las bodas de Camacho el
   rico con el sucesso de Basilio el pobre.

  Apenas la blanca aurora auia dado lugar a
que el luziente Febo, con el ardor de sus
calientes rayos las liquidas perlas de sus
cabellos de oro enxugasse, quando don Quixote,
sacudiendo la pereza de sus miembros, se
puso en pie y llamó a su escudero Sancho,
que aun todauia roncaua, lo qual visto por
don Quixote, antes que le despertasse le dixo:
  “¡O tu, bienauenturado sobre quantos viuen
sobre la haz de la tierra, pues, sin tener inuidia
ni ser inuidiado, duermes con sossegado
espiritu, ni te persiguen encantadores ni
sobresaltan encantamentos! Duerme[s], digo otra vez,
y lo dire otras ciento, sin que te tengan en
contina vigilia zelos de tu dama, ni te
desuelen pensamientos de pagar deudas que
deuas, ni de lo que has de hazer para comer
otro dia tu y tu pequeña y angustiada familia,
ni la ambicion te inquieta, ni la pompa vana
del mundo te fatiga, pues los limites de tus
desseos no se estienden a mas que a pensar
tu jumento; que el de tu persona sobre mis
ombros le tienes puesto, contrapeso y carga
que puso la naturaleza y la costumbre a los
señores. Duerme el criado y está velando el
señor, pensando cómo le ha de sustentar,
mejorar y hazer mercedes; la congoxa de ver que
el cielo se haze de bronze sin acudir a la tierra
con el conueniente rozio no aflige al criado,
sino al señor, que ha de sustentar en la esterilidad
y hambre al que le siruio en la fertilidad
y abundancia.”
  A todo esto no respondio Sancho porque
dormia, ni despertara tan presto si don Quixote
con el cuento de la lança no le hiziera
boluer en si. Desperto, en fin, soñoliento y
perezoso, y, boluiendo el rostro a todas partes,
dixo:
  “De la parte desta enramada, si no me engaño,
sale vn tufo y olor harto mas de torreznos
assados que de juncos y tomillos; bodas
que por tales olores comiençan, para mi
santiguada que deuen de ser abundantes y
generosas.”
  “Acaba, gloton”, dixo don Quixote; “ven,
yremos a ver estos desposorios, por ver lo que
haze el desdeñado Basilio.”
  “Mas que haga lo que quisiere”, respondio
Sancho; “no fuera el pobre, y casarase con
Quiteria; ¿no ay mas sino no tener vn quarto
y querer ca[sa]rse por las nubes? A la fe,
señor, yo soy de parecer que el pobre deue de
contentarse con lo que hallare, y no pedir
cotufas en el golfo; yo apostaré vn braço que
puede Camacho emboluer en reales a Basilio,
y si esto es assi, como deue de ser, bien boba
fuera Quiteria en desechar las galas y las
joyas que le deue de auer dado y le puede
dar Camacho, por escoger el tirar de la barra y
el jugar de la negra de Basilio. Sobre vn buen
tiro de barra o sobre vna gentil treta de espada
no dan vn quartillo de vino en la taberna;
habilidades y gracias que no son vendibles, mas
que las tenga el conde Dirlos; pero quando
las tales gracias caen sobre quien tiene buen
dinero, tal sea mi vida como ellas parecen;
sobre vn buen cimiento se puede leuantar vn
buen edificio, y el mejor cimiento y çanja del
mundo es el dinero.”
  “Por quien Dios es, Sancho”, dixo a esta
sazon don Quixote, “que concluyas con tu
arenga, que tengo para mi que si te dexassen
seguir en las que a cada paso comienças, no
te quedaria tiempo para comer ni para dormir;
que todo le gastarias en hablar.”
  “Si vuessa merced tuuiera buena memoria”,
replicó Sancho, “deuierase acordar de los
capitulos de nuestro concierto antes que esta
vltima vez saliessemos de casa; vno dellos fue
que me auia de dexar hablar todo aquello que
quisiesse, con que no fuesse contra el proximo,
ni contra la autoridad de vuessa merced, y
hasta agora me parece que no he contrauenido
contra el tal capitulo.”
  “Yo no me acuerdo, Sancho”, respondio
don Quixote, “del tal capitulo, y puesto que
sea assi, quiero que calles y vengas; que ya
los instrumentos que anoche oymos bueluen a
alegrar los valles, y sin duda los desposorios
se celebrarán en el frescor de la mañana, y no
en el calor de la tarde.”
  Hizo Sancho lo que su señor le mandaua, y
poniendo la silla a Rozinante y la albarda al
ruzio, subieron los dos, y paso ante paso se
fueron entrando por la enramada. Lo primero que
se le ofrecio a la vista de Sancho fue, espetado
en vn assador de vn olmo entero, vn entero
nouillo, y en el fuego donde se auia de assar
ardia vn mediano monte de leña, y seys ollas
que alrededor de la hoguera estauan no se
auian hecho en la comun turquesa de las
demas ollas, porque eran seys medias tinajas,
que cada vna cabia vn rastro de carne, assi
embeuian y encerrauan en si carneros enteros,
sin echarse de ver como si fueran palominos;
las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin
pluma que estauan colgadas por los arboles
para sepultarlas en las ollas no tenian numero;
los paxaros y caça de diuersos generos eran
infinitos, colgados de los arboles para que el
ayre los enfriasse. Conto Sancho mas de sesenta
zaques de mas de a dos arrobas cada vno
y todos llenos, segun despues parecio, de
generosos vinos; assi auia rimeros de pan
blanquissimo como los suele auer de montones de
trigo en las heras; los quesos puestos como
ladrillos en reja[le]s formauan vna muralla, y
dos calderas de azeyte mayores que las de vn
tinte seruian de freir cosas de masa, que con
dos valientes palas las sacauan fritas y las
zabullian en otra caldera de preparada miel que
alli junto estaua. Los cozineros y cozineras
passauan de cincuenta, todos limpios, todos
diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre
del nouillo estauan doze tiernos y pequeños
lechones que, cosidos por encima, seruian
de darle sabor y enternecerle; las especias
de diuersas suertes no parecia auerlas
comprado por libras, sino por arrobas, y todas
estauan de manifiesto en vna grande arca.
Finalmente, el aparato de la boda era rustico,
pero tan abundante, que podia sustentar a vn
exercito.
  Todo lo miraua Sancho Pança, y todo lo
contemplaua, y de todo se aficionaua: primero le
cautiuaron y rindieron el desseo las ollas, de
quien el tomara de bonissima gana vn mediano
puchero; luego le aficionaron la voluntad
los zaques y, vltimamente, las frutas de sarten,
si es que se podian llamar sartenes las tan
orondas calderas; y, assi, sin poderlo sufrir ni
ser en su mano hazer otra cosa, se llegó a vno
de los solicitos cozineros, y con corteses y
hambrientas razones le rogo le dexasse mojar
vn mendrugo de pan en vna de aquellas ollas.
A lo que el cozinero respondio:
  “Hermano, este dia no es de aquellos sobre
quien tiene juridicion la hambre, merced al
rico Camacho; apeaos y mirad si ay por ay vn
cucharon, y espumad vna gallina o dos, y buen
prouecho os hagan.”
  “No veo ninguno”, respondio Sancho.
  “Esperad”, dixo el cozinero; “¡pecador de mi,
y qué melindroso y para poco deueis de ser!”
  Y, diziendo esto, assio de vn caldero y,
encaxandole en vna de las medias tinajas, sacó en
el tres gallinas y dos gansos, y dixo a Sancho:
  “Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma
en tanto que se llega la hora del yantar.”
  “No tengo en qué echarla”, respondio Sancho.
  “Pues lleuaos”, dixo el cozinero, “la cuchara
y todo; que la riqueza y el contento de
Camacho todo lo suple.”
  En tanto, pues, que esto passaua Sancho,
estaua don Quixote mirando como por vna parte
de la enramada entrauan hasta doze labradores
sobre doze hermosissimas yeguas, con ricos y
vistosos jaezes de campo y con muchos cascaueles
en los petrales, y todos vestidos de regozijo
y fiestas, los quales, en concertado tropel,
corrieron no vna sino muchas carreras por el
prado, con regozijada algazara y grita, diziendo:
  “Viuan Camacho y Quiteria, el tan rico
como ella hermosa, y ella la mas hermosa
del mundo.”
  Oyendo lo qual don Quixote, dixo entre si:
  “Bien parece que estos no han visto a mi
Dulcinea del Toboso; que si la huuieran visto,
ellos se fueran a la mano en las alabanças
desta su Quiteria.”
  De alli a poco començaron a entrar por
diuersas partes de la enramada muchas y
diferentes danças, entre los quales venia vna de
espadas, de hasta veinte y quatro zagales de
gallardo parecer y brio, todos vestidos de
delgado y blanquissimo lienço, con sus paños de
tocar labrados de varias colores de fina seda,
y al que los guiaua, que era vn ligero mancebo,
preguntó vno de los de las yeguas si se
auia herido alguno de los dançantes.
  “Por aora, bendito sea Dios, no se ha herido
nadie, todos vamos sanos.”
  Y luego començo a enredarse con los demas
compañeros, con tantas bueltas y con tanta
destreza, que aunque don Quixote estaua hecho
a ver semejantes danças, ninguna le auia
parecido tan bien como aquella. Tambien le
parecio bien otra que entró de donzellas
hermosissimas, tan moças, que, al parecer,
ninguna baxaua de catorze ni llegaua a diez y ocho
años, vestidas todas de palmilla verde, los
cabellos parte trançados y parte sueltos, pero
todos tan rubios que con los del sol podian
tener competencia, sobre los quales traian
guirnaldas de jazmines, rosas, amaranto y
madreselua compuestas; guiaualas vn venerable
viejo y vna anciana matrona, pero mas ligeros
y sueltos que sus años prometian. Haziales el
son vna gayta zamorana, y ellas, lleuando
en los rostros y en los ojos a la honestidad y
en los pies a la ligereza, se mostrauan las
mejores bayladoras del mundo.
  Tras esta entró otra dança de artificio y de
las que llaman habladas: era de ocho ninfas,
repartidas en dos hileras; de la vna hilera era
guia el dios Cupido, y de la otra el Interes,
aquel adornado de alas, arco, aljaua y saetas;
este, vestido de ricas y diuersas colores de oro
y seda; las ninfas que al Amor seguian traian
a las espaldas en pargamino blanco y letras
grandes escritos sus nombres: Poesia era el
titulo de la primera, el de la segunda Discrecion,
el de la tercera Buen linage, el de la quarta
Valentia; del modo mesmo venian señaladas
las que al Interes seguian: dezia Liberalidad el
titulo de la primera, Dadiua el de la segunda,
Tesoro el de la tercera y el de la quarta
Possession pacifica. Delante de todos venia vn
castillo de madera a quien tirauan quatro saluages,
todos vestidos de yedra y de cañamo teñido
de verde, tan al natural, que por poco espantaran
a Sancho. En la frontera del castillo y en
todas quatro partes de sus quadros traia escrito,
Castillo del buen recato; hazianles el son
quatro diestros tañedores de tamboril y flauta;
començaua la dança Cupido, y auiendo hecho
dos mudanças, alçaua los ojos y flechaua el
arco contra vna donzella que se ponia entre
las almenas del castillo, a la qual desta suerte
dixo:

         “Yo soy el dios poderoso
       en el ayre y en la tierra
       y en el ancho mar vndoso,
       y en quanto el abismo encierra
       en su baratro espantoso.
         Nunca conoci qué es miedo,
       todo quanto quiero puedo,
       aunque quiera lo impossible,
       y en todo lo que es possible
       mando, quito, pongo y vedo.”

  Acabó la copla, disparó vn[a] flecha por lo
alto del castillo y retirose a su puesto. Salio
luego el Interes y hizo otras dos mudanças;
callaron los tamborinos, y el dixo:

         “Soy quien puede mas que Amor,
       y es Amor el que me guia,
       soy de la estirpe mejor
       que el cielo en la tierra cria,
       mas conocida y mayor.
         Soy el Interes en quien
       pocos suelen obrar bien,
       y obrar sin mi es gran milagro,
       y qual soy te me consagro
       por siempre jamas, amen.”

  Retirose el Interes y hizose adelante la
Poesia, la qual, despues de auer hecho sus
mudanças como los demas, puestos los ojos en la
donzella del castillo, dixo:

         “En dulcisissimos conceptos,
       la dulcissima Poesia,
       altos, graues y discretos,
       señora, el alma te embia,
       embuelta entre mil sonetos.
         Si acaso no te importuna
       mi porfia, tu fortuna,
       de otras muchas inuidiada,
       sera por mi leuantada
       sobre el cerco de la luna.”

  Desuiose la Poesia y de la parte del Interes
salio la Liberalidad, y despues de hechas sus
mudanças, dixo:

         “Llaman Liberalidad
       al dar, que el estremo huye
       de la prodigalidad,
       y del contrario, que arguye
       tibia y floxa voluntad.
         Mas yo por te engrandezer,
       de oy mas prodiga he de ser;
       que aunque es vicio, es vicio honrado
       y de pecho enamorado,
       que en el dar se echa de ver.”

  Deste modo salieron y se retiraron todas las
(dos) figuras de las dos esquadras, y cada vno
hizo sus mudanças y dixo sus versos, algunos
elegantes y algunos ridiculos, y solo tomó de
memoria don Quixote, que la tenia grande, los
ya referidos; y luego se mezclaron todos,
haziendo y deshaziendo lazos con gentil donayre
y desemboltura, y quando passaua el Amor por
delante del castillo disparaua por alto sus
flechas, pero el Interes quebraua en el alcancias
doradas.
  Finalmente, despues de auer baylado vn
buen espacio, el Interes sacó vn bolson que le
formaua el pellejo de vn gran gato romano,
que parecia estar lleno de dineros, y arrojandole
al castillo, con el golpe se desencaxaron
las tablas y se cayeron, dexando a la donzella
descubierta y sin defensa alguna; llegó el
Interes con las figuras de su valia, y echandola
vna gran cadena de oro al cuello, mostraron
prenderla, rendirla y cautiuarla; lo qual visto
por el Amor y sus valedores, hizieron ademan
de quitarsela, y todas las demostraciones que
hazian eran al son de los tamborinos, baylando
y dançando concertadamente; pusieronlos
en paz los saluages, los quales con mucha
presteza boluieron a armar y a encaxar las
tablas del castillo, y la donzella se encerro en
el como de nueuo, y con esto se acabó la dança,
con gran contento de los que la mirauan.
  Preguntó don Quixote a vna de las ninfas,
que quién la auia compuesto y ordenado.
Respondiole que vn beneficiado de aquel pueblo,
que tenia gentil caletre para semejantes
inuenciones.
  “Yo apostaré”, dixo don Quixote, “que deue
de ser mas amigo de Camacho que de Basilio
el tal bachiller o beneficiado, y que deue de
tener mas de satirico que de visperas; bien
[h]a encaxado en la dança las habilidades de
Basilio y las riquezas de Camacho.”
  Sancho Pança, que lo escuchaua todo, dixo:
  “El rey es mi gallo, a Camacho me atengo.”
  “En fin”, dixo don Quixote, “bien se parece,
Sancho, que eres villano y de aquellos que
dizen, viua quien vence.”
  “No se de los que soy”, respondio Sancho,
“pero bien se que nunca de ollas de Basilio
sacaré yo tan elegante espuma como es esta
que he sacado de las de Camacho.”
  Y enseñole el caldero lleno de gansos y de
gallinas, y, assiendo de vna, començo a comer
con mucho donayre y gana, y dixo:
  “¡A la barba de las habilidades de Basilio!;
que tanto vales quanto tienes, y tanto tienes
quanto vales. Dos linages solos ay en el
mundo, como dezia vna aguela mia, que son el
tener y el no tener, aunque ella al del tener se
atenia, y el dia de oy, mi señor don Quixote,
antes se toma el pulso al auer que al saber:
vn asno cubierto de oro parece mejor que vn
cauallo enalbardado. Assi que bueluo a dezir
que a Camacho me atengo, de cuyas ollas son
abundantes espumas gansos y gallinas, liebres
y conejos, y de las de Basilio seran, si viene a
mano, y aunque no venga sino al pie,
aguachirle.”
  “¿Has acabado tu arenga, Sancho?”, dixo
don Quixote.
  “Aurela acabado”, respondio Sancho, “porque
veo que vuessa merced recibe pesadumbre
con ella; que si esto no se pusiera de por
medio, obra auia cortada para tres dias.”
  “Plega a Dios, Sancho”, replicó don Quixote,
“que yo te vea mudo antes que me muera.”
  “Al paso que lleuamos”, respondio Sancho,
“antes que vuessa merced se muera estare yo
mascando barro, y entonces podra ser que
esté tan mudo que no hable palabra hasta la
fin del mundo, o, por lo menos, hasta el dia del
juyzio.”
  “Aunque esso assi suceda, ¡o Sancho!”,
respondio don Quixote, “nunca llegará tu silencio
a do ha llegado lo que has hablado, hablas y
tienes de hablar en tu vida, y mas, que está
muy puesto en razon natural que primero
llegue el dia de mi muerte que el de la tuya, y
assi, jamas pienso verte mudo, ni aun quando
estes beuiendo o durmiendo, que es lo que
puedo encarecer.”
  “A buena fe, señor”, respondio Sancho, “que
no ay que fiar en la descarnada, digo en la
muerte, la qual tambien come cordero como
carnero, y a nuestro cura he oydo dezir que con
ygual pie pisaua las altas torres de los reyes
como las humildes choças de los pobres;
tiene esta señora mas de poder que de melindre,
no es nada asquerosa, de todo come y a
todo haze, y de toda suerte de gentes, edades
y preeminencias hinche sus alforjas; no es
segador que duerme las siestas, que a todas horas
siega, y corta assi la seca como la verde yerua,
y no parece que masca, sino que engulle y
traga quanto se le pone delante, porque tiene
hambre canina, que nunca se harta; y aunque
no tiene barriga, da a entender que está
hidropica y sedienta de beuer solas las vidas de
quantos viuen, como quien se beue vn jarro de
agua fria.”
  “No mas, Sancho”, dixo a este punto don
Quixote, “tente en buenas y no te dexes
caer, que en verdad que lo que has dicho
de la muerte por tus rusticos terminos, es lo
que pudiera dezir vn buen predicador. Digote,
Sancho, que, [a]si como tienes buen natural
y discrecion, pudieras tomar vn pulpito en
la mano y yrte por esse mundo predicando
lindezas.”
  “Bien predica quien bien viue”, respondio
Sancho, “y yo no se otras thologias.”
  “Ni las has menester”, dixo don Quixote;
“pero yo no acabo de entender, ni alcançar,
cómo siendo el principio de la sabiduria el
temor de Dios, tu, que temes mas a vn lagarto
que a El, sabes tanto.”
  “Iuzgue vuessa merced, señor, de sus
cauallerias”, respondio Sancho, “y no se meta en
juzgar de los temores o valentias agenas; que
tan gentil temeroso soy yo de Dios como cada
hijo de vezino, y dexeme vuessa merced
despabilar esta espuma, que lo demas todas son
palabras ociosas de que nos han de pedir
cuenta en la otra vida.”
  Y, diziendo esto, començo de nueuo a dar
assalto a su caldero con tan buenos alientos,
que desperto los de don Quixote, y sin duda
le ayudara, si no lo impidiera lo que es fuerça
se diga adelante.

                 Capitulo XXI

   Donde se prosiguen las bodas de Camacho,
         con otros gustosos sucessos.

  Quando estauan don Quixote y Sancho en las
razones referidas en el capitulo antecedente, se
oyeron grandes vozes y gran ruydo, y dauanlas
y causauanle los de las yeguas, que con
larga carrera y grita yuan a recebir a los nouios,
que, rodeados de mil generos de instrumentos y
de inuenciones, venian acompañados del cura
y de la parentela de entrambos y de toda la
gente mas luzida de los lugares circunuezinos,
todos vestidos de fiesta. Y como Sancho vio a
la nouia, dixo:
  “A buena fe que no viene vestida de labradora,
sino de garrida palaciega. ¡Pardiez que
segun diuiso, que las patenas que auia de traer
son ricos corales, y la palmilla verde de Cuenca
es terciopelo de treynta pelos, y montas que la
guarnicion es de tiras de lienço blanco! ¡Voto
a mi que es de raso; pues, tomadme las manos
adornadas con sortijas de azauache! No medre
yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y
empedrados con pelrras blancas como vna
quajada, que cada vna deue de valer vn ojo de la
cara. ¡O hideputa y qué cabellos, que si no son
postizos, no los he visto mas luengos ni mas
rubios en toda mi vida! ¡No sino ponedla tacha
en el brio y en el talle, y no la compareys a
vna palma que se mueue cargada de razimos
de datiles, que lo mesmo parecen los dixes que
trae pendientes de los cabellos y de la garganta!
Iuro en mi anima que ella es vna chapada
moça y que puede passar por los bancos de
Flandes.”
  Riose don Quixote de las rusticas alabanças
de Sancho Pança; pareciole que, fuera de su
señora Dulcinea del Toboso, no auia visto
muger mas hermosa jamas; venia la hermosa
Quiteria algo descolorida, y deuia de ser de la
mala noche que siempre passan las nouias en
componerse para el dia venidero de sus bodas.
Yuanse acercando a vn teatro que a vn lado del
prado estaua adornado de alfombras y ramos,
adonde se auian de hazer los desposorios y de
donde auian de mirar las danças y las
inuenciones. Y a la sazon que llegauan al puesto,
oyeron a sus espaldas grandes vozes, y vna
que dezia:
  “¡Esperaos vn poco, gente tan inconsiderada
como presurosa!”
  A cuyas vozes y palabras todos voluieron la
cabeça, y vieron que las daua vn hombre vestido,
al parecer, de vn sayo negro gironado de
carmesi a llamas; venia coronado, como se vio
luego, con vna corona de funesto cipres, en
las manos traia vn baston grande; en llegando
mas cerca fue conocido de todos por el
gallardo Basilio, y todos estuuieron suspensos,
esperando en qué auian de parar sus vozes y sus
palabras, temiendo algun mal sucesso de su
venida en sazon semejante.
  Llegó, en fin, cansado y sin aliento, y puesto
delante de los desposados, hincando el baston
en el suelo, que tenia el cuento de vna punta
de azero, mudada la color, puestos los ojos en
Quiteria, con voz tremente y ronca estas
razones dixo:
  “Bien sabes, desconocida Quiteria, que
conforme a la santa ley que professamos, que,
viuiendo yo, tu no puedes tomar esposo; y
juntamente no ignoras, que por esperar yo que el
tiempo y mi diligencia mejorassen los bienes
de mi fortuna, no he querido dexar de guardar
el decoro que a tu honra conuenia; pero tu,
echando a las espaldas todas las obligaciones
que deues a mi buen desseo, quieres hazer
señor de lo que es mio a otro, cuyas riquezas
le siruen no solo de buena fortuna, sino de
bonissima ventura. Y para que la tenga colmada,
y no como yo pienso que la merece, sino
como se la quieren dar los cielos, yo, por mis
manos, deshare el impossible o el inconueniente
que puede estoruarsela, quitandome a mi de
por medio. ¡Viua, viua el rico Camacho con la
ingrata Quiteria largos y felices siglos, y muera,
muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las
alas de su dicha y le puso en la sepultura!”
  Y, diziendo esto, assio del baston que tenia
hincado en el suelo, y, quedandose la mitad del
en la tierra, mostro que seruia de vayna a vn
mediano estoque que en el se ocultaua, y
puesta la que se podia llamar empuñadura en
el suelo, con ligero desenfado y determinado
proposito se arrojó sobre el, y en vn punto
mostro la punta sangrienta a las espaldas, con la
mitad del azerada cuchilla, quedando el triste
bañado en su sangre y tendido en el suelo, de
sus mismas armas traspassado.
  Acudieron luego sus amigos a fauorecerle,
condolidos de su miseria y lastimosa desgracia,
y, dexando don Quixote a Rozinante, acudio
a fauorecerle y le tomó en sus braços, y halló
que aun no auia espirado. Quisieronle sacar el
estoque, pero el cura, que estaua presente, fue
de parecer que no se le sacassen antes de
confessarle, porque el sacarsele y el espirar seria
todo a vn tiempo; pero boluiendo vn poco en
si Basilio, con voz doliente y desmayada dixo:
  “Si quisiesses, cruel Quiteria, darme en este
vltimo y forçoso trance la mano de esposa, aun
pensaria que mi temeridad tendria desculpa,
pues en ella alcancé el bien de ser tuyo.”
  El cura, oyendo lo qual, le dixo que atendiesse
a la salud del alma antes que a los gustos
del cuerpo, y que pidiesse muy de veras a Dios
perdon de sus pecados y de su desesperada
determinacion.
  A lo qual replicó Basilio que en ninguna
manera se confessaria si primero Quiteria no le
daua la mano de ser su esposa; que aquel contento
le adobaria la voluntad y le daria aliento
para confessarse.
  En oyendo don Quixote la peticion del herido,
en altas vozes dixo que Basilio pedia vna
cosa muy justa y puesta en razon y, ademas,
muy hazedera, y que el señor Camacho quedaria
tan honrado recibiendo a la señora Quiteria
viuda del valeroso Basilio, como si la
recibiera del lado de su padre: “Aqui no ha de
auer mas de vn si, que no tenga otro efecto
que el pronunciarle, pues el talamo de estas
bodas ha de ser la sepultura.”
  Todo lo oia Camacho y todo le tenia suspenso
y confuso, sin saber qué hazer ni qué dezir;
pero las vozes de los amigos de Basilio fueron
tantas, pidiendole que consintiesse que
Quiteria le diesse la mano de esposa, porque su
alma no se perdiesse, partiendo desesperado
desta vida, que le mouieron, y aun forçaron, a
dezir que si Quiteria queria darsela, que el se
contentaua, pues todo era dilatar por vn
momento el cumplimiento de sus desseos.
  Luego acudieron todos a Quiteria, y vnos
con ruegos y otros con lagrimas y otros con
eficaces razones la persu[a]dian que diesse la
mano al pobre Basilio, y ella, mas dura que vn
marmol y mas sesga que vna estatua, mostraua
que ni sabia, ni podia, ni queria responder
palabra; ni la respondiera, si el cura no la dixera
que se determinasse presto en lo que auia de
hazer, porque tenia Basilio ya el alma en los
dientes, y no daua lugar a esperar inresolutas
determinaciones.
  Entonces la hermosa Quiteria, sin responder
palabra alguna, turbada, al parecer, triste y
pesarosa, llegó donde Basilio estaua, ya los
ojos bueltos, el aliento corto y apresurado,
murmurando entre los dientes el nombre de
Quiteria, dando muestras de morir como gentil y
no como christiano. Llegó, en fin, Quiteria, y
puesta de rodillas le pidio la mano por señas,
y no por palabras. Desencaxó los ojos Basilio,
y mirandola atentamente, le dixo:
  “¡O Quiteria, que has venido a ser piadosa a
tiempo, quando tu piedad ha de seruir de
cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya
no tengo fuerças para lleuar la gloria que me
das en escogerme por tuyo, ni para suspender
el dolor que tan apriesa me va cubriendo los
ojos con la espantosa sombra de la muerte! Lo
que te suplico es, ¡o fatal estrella mia!, que la
mano que me pides y quieres darme no sea por
cumplimiento, ni para engañarme de nueuo,
sino que confiesses y digas que, sin hazer
fuerça a tu voluntad, me la entregas y me la das
como a tu legitimo esposo, pues no es razon
que en vn trance como este me engañes ni
vses de fingimientos con quien tantas verdades
ha tratado contigo.”
  Entre estas razones se desmayaua; de modo
que todos los presentes pensauan que cada
desmayo se auia de lleuar el alma consigo.
  Quiteria, toda honesta y toda vergonçosa,
assiendo con su derecha mano la de Basilio,
le dixo:
  “Ninguna fuerça fuera bastante a torcer mi
voluntad, y, assi, con la mas libre que tengo te
doy la mano de legitima esposa, y recibo la
tuya, si es que me la das de tu libre aluedrio,
sin que la turbe ni contraste la calamidad en
que tu discurso acelerado te ha puesto.”
  “Si doy”, respondio Basilio, “no turbado ni
confuso, sino con el claro entendimiento que
el cielo quiso darme, y assi me doy y me
entrego por tu esposo.”
  “Y yo por tu esposa”, respondio Quiteria,
“aora viuas largos años, aora te lleuen de mis
braços a la sepultura.”
  “Para estar tan herido este mancebo”, dixo
a este punto Sancho Pança, “mucho habla;
haganle que se dexe de requiebros, y que atienda
a su alma; que, a mi parecer, mas la tiene en
la lengua que en los dientes.”
  Estando, pues, assidos de las manos Basilio
y Quiteria, el cura, tierno y lloroso, los echó
la bendicion y pidio al cielo diesse buen poso al
alma del nueuo desposado, el qual assi como
recibio la bendicion, con presta ligereza se
leuantó en pie, y con no vista desemboltura
se sacó el estoque a quien seruia de vayna su
cuerpo.
  Quedaron todos los circunstantes admirados,
y algunos dellos, mas simples que curiosos, en
altas vozes començaron a dezir:
  “¡Milagro, milagro!”
  Pero Basilio replicó:
  “No milagro, milagro, sino industria,
industria.”
  El cura, desatentado y atonito, acudio con
ambas manos a tentar la herida, y halló que la
cuchilla auia passado, no por la carne y
costillas de Basilio, sino por vn cañon hueco de
hierro que, lleno de sangre, en aquel lugar bien
acomodado tenia, preparada la sangre, segun
despues se supo, de modo que no se elasse.
  Finalmente, el cura y Camacho, con todos los
mas circunstantes, se tuuieron por burlados y
escarnidos. La esposa no dio muestras de pesarle
de la burla, antes oyendo dezir que aquel
casamiento, por auer sido engañoso, no auia
de ser valedero, dixo que ella le confirmaua
de nueuo, de lo qual coligieron todos que de
consentimiento y sabiduria de los dos se auia
trazado aquel caso; de lo que quedó Camacho
y sus valedores tan corridos, que remitieron su
vengança a las manos, y, desenuaynando muchas
espadas, arremetieron a Basilio, en cuyo
fauor en vn instante se desenuaynaron casi
otras tantas. Y tomando la delantera a cauallo
don Quixote, con la lança sobre el braço, y
bien cubierto de su escudo, se hazia dar lugar
de todos. Sancho, a quien jamas pluguieron ni
solazaron semejantes fechurias, se acogio a las
tinajas donde auia sacado su agradable
espuma, pareciendole aquel lugar como sagrado,
que auia de ser tenido en respeto. Don Quixote
a grandes vozes dezia:
  “Teneos, señores, teneos, que no es razon
tomeys vengança de los agrauios que el amor
nos haze; y aduertid que el amor y la guerra
son vna misma cosa, y assi como en la guerra
es cosa licita y acostumbrada vsar de ardides y
estratagemas para vencer al enemigo, assi en
las contiendas y competencias amorosas se
tienen por buenos los embustes y marañas que
se hazen para conseguir el fin que se dessea,
como no sean en menoscabo y deshonra de la
cosa amada. Quiteria era de Basilio y Basilio
de Quiteria por justa y fauorable disposicion
de los cielos. Camacho es rico y podra comprar
su gusto, quando, donde y como quisiere;
Basilio no tiene mas desta oueja, y no se la ha
de quitar alguno, por poderoso que sea; que a
los dos que Dios junta no podra separar el
hombre, y el que lo intentare, primero ha de
passar por la punta desta lança.”
  Y, en esto, la blandió tan fuerte y tan
diestramente, que puso pauor en todos los que no le
conocian; y tan intensamente se fixó en la
imaginacion de Camacho el desden de Quiteria,
que se la borró de la memoria en vn instante,
y, assi, tuuieron lugar con el las persuasiones
del cura, que era varon prudente y bien
intencionado, con las quales quedó Camacho y los
de su parcialidad pacificos y sossegados; en
señal de lo qual boluieron las espadas a sus
lugares, culpando mas a la facilidad de
Quiteria que a la industria de Basilio; haziendo
discurso Camacho, que si Quiteria queria bien a
Basilio donzella, tambien le quisiera casada,
y que deuia de dar gracias al cielo, mas
por auersela quitado, que por auersela dado.
  Consolado, pues, y pacifico Camacho y los
de su mesnada, todos los de la de Basilio se
sossegaron, y el rico Camacho, por mostrar
que no sentia la burla ni la estimaua en nada,
quiso que las fiestas passassen adelante como
si realmente se desposara; pero no quisieron
assistir a ellas Basilio ni su esposa ni sequazes,
y, assi, se fueron a la aldea de Basilio,
que tambien los pobres virtuosos y discretos
tienen quien los siga, honre y ampare, como
los ricos tienen quien los lisongee y acompañe.
Lleuaronse consigo a don Quixote, estimandole
por hombre de valor y de pelo en pecho.
A solo Sancho se le escurecio el alma por
verse impossibilitado de aguardar la esplendida
comida y fiestas de Camacho, que duraron
hasta la noche; y, assi, assender[e]ado y
triste, siguio a su señor, que con la quadrilla de
Basilio yua, y assi se dexó atras las ollas de
Egypto, aunque las lleuaua en el alma; cuya ya
casi consumida y acabada espuma que en el
caldero lleuaua, le representaua la gloria y la
abundancia del bien que perdia, y, assi,
congoxado y pensatiuo, aunque sin hambre, sin
apearse del ruzio, siguio las huellas de
Rozinante.

                 Capitulo XXII

Donde se da cuenta [de] la grande auentura
  de la cueua de Montesinos, que está en el
  coraçon de la Mancha, a quien dio felice
  cima el valeroso don Quixote de la Mancha.

  Grandes fueron y muchos los regalos que
los desposados hizieron a don Quixote, obligados
de las muestras que auia dado, defendiendo
su causa, y al par de la valentia le graduaron
la discrecion, teniendole por vn Cid en las
armas y por vn Ciceron en la elocuencia. El
buen Sancho se refociló tres dias a costa de
los nouios, de los quales se supo que no fue
traça comunicada con la hermosa Quiteria el
herirse fingidamente, sino industria de Basilio,
esperando della el mesmo sucesso que se auia
visto; bien es verdad que confesso que auia
dado parte de su pensamiento a algunos de
sus amigos, para que al tiempo necessario
fauoreciessen su intencion y abonassen su engaño.
  “No se pueden ni deuen llamar engaños”,
dixo don Quixote, “los que ponen la mira en
virtuosos fines.”
  Y que el de casarse los enamorados era el
fin de mas excelencia, aduirtiendo que el
mayor contrario que el amor tiene es la hambre
y la continua necessidad, porque el amor es
todo alegria, regozijo y contento, y mas
quando el amante está en possession de la cosa
amada, contra quien son enemigos opuestos
y declarados la necessidad y la pobreza; y que
todo esto dezia con intencion de que se
dexasse el señor Basilio de exercitar las
habilidades que sabe, que aunque le dauan fama,
no le dauan dineros, y que atendiesse a grangear
hazienda por medios licitos e
industriosos, que nunca faltan a los prudentes y
aplicados.
  “El pobre honrado, si es que puede ser
honrado el pobre, tiene prenda en tener muger
hermosa, que quando se la quitan, le quitan la
honra y se la matan. La muger hermosa y
honrada, cuyo marido es pobre, merece ser
coronada con laureles y palmas de vencimiento
y triunfo; la hermosura por si sola atrae las
voluntades de quantos la miran y conocen,
y como a señuelo gustoso se le abaten las
aguilas reales y los paxaros altaneros; pero si
a la tal hermosura se le junta la necessidad
y estrecheza, tambien la embisten los cueruos,
los milanos y las otras aues de rapiña, y la
que está a tantos encuentros firme, bien
merece llamarse corona de su marido.
  ”Mirad, discreto Basilio”, añadio don
Quixote, “opinion fue de no se qué sabio que no
auia en todo el mundo sino vna sola muger
buena, y daua por consejo, que cada vno pensasse
y creyesse que aquella sola buena era la
suya, y assi viuiria contento. Yo no soy casado
ni hasta agora me ha venido en pensamiento
serlo, y con todo esto me atreueria a dar consejo
al que me lo pidiesse [d]el modo que auia de
buscar la muger con quien se quisiesse casar.
Lo primero, le aconsejaria que mirasse mas a
la fama que a la hazienda, porque la buena
muger no alcança la buena fama solamente con
ser buena, sino con parecerlo; que mucho mas
dañan a las honras de las mugeres las desembolturas
y libertades publicas que las maldades
secretas. Si traes buena muger a tu casa, facil
cosa seria conseruarla y aun mejorarla en aquella
bondad; pero si la traes mala, en trabajo te
pondra el enmendarla; que no es muy hazedero
passar de vn estremo a otro. Yo no digo que
sea impossible, pero tengolo por dificultoso.”
  Oia todo esto Sancho, y dixo entre si:
  “Este mi amo, quando yo hablo cosas de
meollo y de sustancia, suele dezir que podria
yo tomar vn pulpito en las manos y yrme por
esse mundo adelante predicando lindezas, y
yo digo del, que quando comiença a enhilar
sentencias y a dar consejos, no solo puede tomar
[vn] pulpito en las manos, sino dos en cada
dedo y andarse por essas plaças a qué quieres,
boca. ¡Valate el diablo por cauallero andante
que tantas cosas sabes! Yo pensaua en mi anima
que solo podia saber aquello que tocaua a
sus cauallerias, pero no ay cosa donde no
pique y dexe de meter su cucharada.”
  Murmuraua esto algo Sancho, y
entreoyole su señor y preguntole:
  “¿Qué murmuras, Sancho?”
  “No digo nada ni murmuro de nada”, respondio
Sancho, “solo estaua diziendo entre mi,
que quisiera auer oydo lo que vuessa merced
aqui ha dicho antes que me casara, que quiça
dixera yo agora: el buey suelto bien se lame.”
  “¿Tan mala es tu Teresa, Sancho?”, dixo don
Quixote.
  “No es muy mala”, respondio Sancho, “pero
no es muy buena, a lo menos, no es tan buena
como yo quisiera.”
  “Mal hazes, Sancho”, dixo don Quixote, “en
dezir mal de tu muger, que en efecto es madre
de tus hijos.”
  “No nos deuemos nada”, respondio Sancho;
“que tambien ella dize mal de mi quando se le
antoja, especialmente quando está zelosa; que
entonces sufrala el mesmo Satanas.”
  Finalmente, tres dias estuuieron con los
nouios, donde fueron regalados y seruidos como
cuerpos de rey. Pidio don Quixote al diestro
licenciado le diesse vna guia que le encaminasse
a la cueua de Montesinos, porque tenia
gran desseo de entrar en ella y ver a ojos
vistas si eran verdaderas las marauillas que de
ella se dezian por todos aquellos contornos.
El licenciado le dixo que le daria a vn primo
suyo, famoso estudiante y muy aficionado a
leer libros de cauallerias, el qual con mucha
voluntad le pondria a la boca de la mesma
cueua y le enseñaria las lagunas de Ruydera,
famosas ansimismo en toda la Mancha y
aun en toda España, y dixo[l]e que lleuaria
con el gustoso entretenimiento, a causa que
era moço que sabia hazer libros para imprimir,
y para dirigirlos a principes. Finalmente, el
primo vino con vna pollina preñada, cuya
albarda cubria vn gayado tapete o arpillera.
Ensilló Sancho a Rozinante y adereçó al ruzio,
proueyó sus alforjas, a las quales acompañaron
las del primo, assimismo bien proueydas,
y, encomendandose a Dios y despediendose de
todos, se pusieron en camino, tomando la
derrota de la famosa cueua de Montesinos.
  En el camino preguntó don Quixote al primo
de qué genero y calidad eran sus exercicios, su
pr[o]fession y estudios. A lo que el respondio:
que su profession era ser humanista, sus
exercicios y estudios componer libros para dar a la
estampa, todos de gran prouecho y no menos
entretenimiento para la republica; que el vno se
intitulaua El de las libreas, donde pinta
setecientas y tres libreas con sus colores, motes y
cifras, de donde podian sacar y tomar las que
quisiessen en tiempo de fiestas y regozijos los
caualleros cortesanos, sin andarlas mendigando
de nadie, ni lambicando, como dizen, el
cerbelo por sacarlas conformes a sus desseos e
intenciones.
  “Porque doy al zeloso, al desdeñado, al
oluidado y al ausente las que les conuienen, que
les vendran mas justas que pecadoras. Otro
libro tengo tambien, a quien he de llamar
Metamorfoseos, o Ouidio español, de inuencion
nueua y rara, porque en el, imitando a Ouidio
a lo burlesco, pinto quién fue la Giralda de
Seuilla y el Angel de la Madalena, quién el
Caño de Vecinguerra de Cordoua, quiénes los
toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes
de Leganitos y Lauapies en Madrid, no oluidandome
de la del Piojo, de la del Caño Dorado y
de la Priora, y esto, con sus alegorias,
metaforas y translaciones, de modo, que alegran,
suspenden y enseñan a vn mismo punto.
  ”Otro libro tengo que le llamo Suplemento a
Virgilio Polidoro, que trata de la inuencion
de las cosas, que es de grande erudicion y
estudio, a causa que las cosas que se dexó de
dezir Polidoro de gran sustancia, las aueriguo
yo y las declaro por gentil estilo. Oluidosele a
Virgilio de declararnos quién fue el primero
que tuuo catarro en el mundo, y el primero que
tomó las vnciones para curarse del morbo galico,
y yo lo declaro al pie de la letra y lo autorizo
con mas de veynte y cinco autores: porque
vea vuessa merced si he trabajado bien y si
ha de ser vtil el tal libro a todo el mundo.”
  Sancho, que auia estado muy atento a la
narracion del primo, le dixo:
  “Digame, señor, assi Dios le de buena
manderecha en la impression de sus libros,
¿sabriame dezir, que si sabra, pues todo lo sabe,
quién fue el primero que se rascó en la cabeça?;
que yo para mi tengo que deuio de ser nuestro
padre Adan.”
  “Si seria”, respondio el primo, “porque
Adan no ay duda sino que tuuo cabeça y
cabellos, y siendo esto assi, y siendo el primer
hombre del mundo, alguna vez se rascaria.”
  “Assi lo creo yo”, respondio Sancho; “pero
digame aora: ¿quién fue el primer bolteador
del mundo?”
  “En verdad, hermano”, respondio el primo,
“que no me sabre determinar por aora, hasta
que lo estudie; yo lo estudiaré en boluiendo
adonde tengo mis libros, y yo os satisfare
quando otra vez nos veamos; que no ha de
ser esta la postrera.”
  “Pues mire, señor”, replicó Sancho, “no tome
trabajo en esto, que aora he caydo en la
cuenta de lo que le he preguntado; sepa que el
primer bolteador del mundo fue Lucifer, quando
le echaron o arrojaron del cielo, que vino
bolteando hasta los abismos.”
  “Tienes razon, amigo”, dixo el primo.
  Y dixo don Quixote:
  “Essa pregunta y respuesta no es tuya,
Sancho; a alguno las has oydo dezir.”
  “Calle, señor”, replicó Sancho, “que a buena
fe que si me doy a preguntar y a responder,
que no acabe de aqui a mañana. Si, que para
preguntar necedades y responder disparates
no he menester yo andar buscando ayuda de
vezinos.”
  “Mas has dicho, Sancho, de lo que sabes”,
dixo don Quixote; “que ay algunos que se
cansan en saber y aueriguar cosas que despues
de sabidas y aueriguadas no importan vn
ardite al entendimiento ni a la memoria.”
  En estas y otras gustosas platicas se les
passó aquel dia, y a la noche se aluergaron en
vna pequeña aldea, adonde el primo dixo a
don Quixote que desde alli a la cueua de
Montesinos no auia mas de dos leguas, y
que si lleuaua determinado de entrar en ella,
era menester prou[e]erse de sogas para atarse
y descolgarse en su profundidad.
  Don Quixote dixo que aunque llegasse al
abismo, auia de ver donde paraua, y, assi,
compraron casi cien braças de soga, y otro dia, a
las dos de la tarde, llegaron a la cueua, cuya
boca es espaciosa y ancha, pero llena de
cambroneras y cabrahigos, de çarças y malezas,
tan espesas y intricadas, que de todo en todo
la ciegan y encubren. En viendola, se apearon
el primo, Sancho y don Quixote, al qual los
dos le ataron luego fortissimamente con las
sogas; y en tanto que le faxauan y ceñian, le
dixo Sancho:
  “Mire vuessa merced, señor mio, lo que
haze, no se quiera sepultar en vida, ni se
ponga adonde parezca frasco que le ponen a
enfriar en algun pozo. Si que a vuessa merced
no le toca ni atañe ser el escudriñador desta
que deue de ser peor que mazmorra.”
  “Ata y calla”, respondio don Quixote; “que
tal empresa como aquesta, Sancho amigo, para
mi estaua guardada.”
  Y entonces dixo la guia:
  “Suplico a vuessa merced, señor don Quixote,
que mire bien y especule con cien ojos lo
que ay alla dentro: quiça aura cosas que las
ponga yo en el libro de mis Transformaciones.”
  “En manos está el pandero que le sabra
bien tañer”, respondio Sancho Pança.
  Dicho esto, y acabada la ligadura de don
Quixote, que no fue sobre el arnes, sino sobre
el jubon de armar, dixo don Quixote:
  “Inaduertidos hemos andado en no auernos
proueydo de algun esquilon pequeño, que fuera
atado junto a mi en esta mesma soga, con
cuyo sonido se entendiera que todauia baxaua
y estaua viuo; pero pues ya no es possible, a
la mano de Dios, que me guie.”
  Y luego se hincó de rodillas y hizo vna
oracion en voz baxa al cielo, pidiendo a Dios le
ayudasse y le diesse buen sucesso en aquella,
al parecer, peligrosa y nueua auentura, y en
voz alta dixo luego:
  “¡O señora de mis acciones y mouimientos,
clarissima y sin par Dulcinea del Toboso! Si es
possible que lleguen a tus oydos las plegarias
y rogaciones deste tu venturoso amante, por
tu inaudita belleza te ruego las escuches; que
no son otras que rogarte no me niegues tu
fauor y amparo aora que tanto le he menester.
Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme
en el abismo que aqui se me representa,
solo porque conozca el mundo que si tu me
fauoreces, no aura impossible a quien yo no
acometa y acabe.”
  Y, en diziendo esto, se acercó a la sima, vio
no ser possible descolgarse ni hazer lugar a la
entrada, si no era a fuerça de braços o a
cuchilladas, y assi, poniendo mano a la espada,
començo a derribar y a cortar de aquellas
malezas que a la boca de la cueua estauan, por
cuyo ruydo y estruendo salieron por ella vna
infinidad de grandissimos cueruos y grajos, tan
espesos y con tanta priesa, que dieron con
don Quixote en el suelo; y si el fuera tan
agorero como catolico christiano, lo tuuiera a
mala señal y escusara de encerra[r]se en lugar
semejante. Finalmente, se leuantó, y viendo
que no salian mas cueruos ni otras aues
noturnas, como fueron murcielagos, que assimismo
entre los cueruos salieron, dandole soga el
primo y Sancho (y) se dexó calar al fondo
de la caberna espantosa, y al entrar, echandole
Sancho su bendicion y haziendo sobre el
mil cruces, dixo:
  “¡Dios te guie y la Peña de Francia, junto con
la Trinidad de Gaeta, flor, nata y espuma de
los caualleros andantes! ¡Alla vas, valenton del
mundo, coraçon de azero, braços de bronze!
¡Dios te guie, otra vez, y te buelua libre, sano y
sin cautela a la luz desta vida que dexas por
enterrarte en esta escuridad que buscas!”
  Casi las mismas plegarias y deprecaciones
hizo el primo.
  Yua don Quixote dando vozes que le diessen
soga y mas soga, y ellos se la dauan poco a
poco, y quando las vozes, que acanaladas por
la cueua salian, dexaron de oyrse, ya ellos
tenian descolgadas las cien braças de soga, y
fueron de parecer de boluer a subir a don
Quixote, pues no le podian dar mas cuerda; con
todo esso, se detuuieron como media hora, al
cabo del qual espacio boluieron a recoger la
soga con mucha facilidad y sin peso alguno,
señal que les hizo imaginar que don Quixote
se quedaua dentro, y, creyendolo assi Sancho,
lloraua amargamente y tiraua con mucha priesa
por desengañarse; pero llegando, a su parecer,
a poco mas de las ochenta braças, sintieron
peso, de que en estremo se alegraron. Finalmente,
a las diez, vieron distintamente a don
Quixote, a quien dio vozes Sancho, diziendole:
  “Sea vuessa merced muy bien buelto, señor
mio, que ya pensauamos que se quedaua alla
para casta.”
  Pero no respondia palabra don Quixote, y,
sacandole del todo, vieron que traia cerrados
los ojos, con muestras de estar dormido.
Tendieronle en el suelo y desliaronle, y con todo
esto, no despertaua. Pero tanto le boluieron y
reboluieron, sacudieron y menearon, que al
cabo de vn buen espacio boluio en si,
desperezandose, bien como si de algun graue y
profundo sueño despertara, y, mirando a vna y otra
parte como espantado, dixo:
  “Dios os lo perdone, amigos, que me aueis
quitado de la mas sabrosa y agradable vida y
vista que ningun humano ha visto ni passado.
En efecto: aora acabo de conocer que todos los
contentos desta vida passan como sombra y
sueño, o se marchitan como la flor del campo.
¡O desdichado Montesinos; o mal ferido
Durandarte; o sin ventura Belerma; o lloroso
Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera,
que mostrays en vuestras aguas las que lloraron
vuestros hermosos ojos!”
  Con [atencion es]cuchauan el primo y
Sancho las palabras de don Quixote, que las dezia
como si con dolor inmenso las sacara de las
entrañas. Suplicaronle les diesse a entender lo
que dezia, y les dixesse lo que en aquel infierno
auia visto.
  “¿Infierno le llamais?”, dixo don Quixote;
“pues no le llameis ansi, porque no lo merece,
como luego vereis.”
  Pidio que le diessen algo de comer, que traia
grandissima hambre; tendieron la harpillera
del primo sobre la verde yerua, acudieron a la
despensa de sus alforjas, y, sentados todos tres
en buen amor y compaña, merendaron y cenaron
todo junto. Leuantada la harpillera, dixo
don Quixote de la Mancha:
  “No se leuante nadie y estadme, hijos, todos
atentos.”

                Capitulo XXIII

De las admirables cosas que el estremado don
  Quixote conto que auia visto en la profunda
  cueua de Montesinos, cuya impossibilidad
  y grandeza haze que se tenga esta auentura
  por apocrifa.

  Las quatro de la tarde serian, quando el sol
entre nubes cubierto, con luz escasa y templados
rayos, dio lugar a don Quixote para que
sin calor y pesadumbre contasse a sus dos
clarissimos oyentes lo que en la cueua de
Montesinos auia visto, y començo en el modo
siguiente:
  “A obra de doze o catorze estados de la
profundidad desta mazmorra, a la derecha mano,
se haze vna concauidad y espacio capaz de
poder caber en ella vn gran carro con sus
mulas; entrale vna pequeña luz por vnos
resquizios o agujeros, que lexos le responden,
abiertos en la superficie de la tierra; esta
concauidad y espacio vi yo a tiempo, quando
ya yua cansado y mohino de verme, pendiente
y colgado de la soga, caminar por aquella escura
region abaxo, sin lleuar cierto ni determinado
camino, y, assi, determiné entrarme en
ella y descansar vn poco; di vozes pidiendoos
que no descolgassedes mas soga hasta que yo
os lo dixesse, pero no deuistes de oyrme; fuy
recogiendo la soga que embiauades, y, haziendo
della vna rosca o rimero, me sente sobre el,
pensatiuo a demas, considerando lo que hazer
deuia para calar al fondo, no teniendo quien
me sustentasse; y estando en este pensamiento
y confusion, de repente, y sin procurarlo, me
salteó vn sueño profundissimo, y quando
menos lo pensaua, sin saber cómo ni cómo no,
desperte del y me hallé en la mitad del mas
bello, ameno y deleytoso prado que puede criar
la naturaleza, ni imaginar la mas discreta
imaginacion humana. Despauilé los ojos,
limpiemelos y vi que no dormia, sino que realmente
estaua despierto; con todo esto me tente la
cabeça y los pechos, por certificarme si era yo
mismo el que alli estaua, o alguna fantasma
vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento,
los discursos concertados, que entre mi
hazia, me certificaron que yo era alli entonces
el que soy aqui aora.
  ”Ofrecioseme luego a la vista vn real y
suntuoso palacio o alcaçar, cuyos muros y paredes
parecian de transparente y claro cristal
fabricados, del qual abriendose dos grandes
puertas, vi que por ellas salia y hazia mi se venia
vn venerable anciano, vestido con vn capuz de
bayeta morada, que por el suelo le arrastraua;
ceñiale los ombros y los pechos vna beca de
colegial de raso verde, cubriale la cabeça vna
gorra milanesa negra, y la barba, canissima,
le passaua de la cintura; no traia arma ninguna,
sino vn rosario de cuentas en la mano,
mayores que medianas nuezes, y los diezes
assimismo como hueuos medianos de auestruz; el
continente, el paso, la grauedad y la anchissima
presencia, cada cosa de por si y todas juntas,
me suspendieron y admiraron. Llegose a mi,
y lo primero que hizo fue abraçarme estrechamente
y luego dezirme: «Luengos tiempos ha,
»valeroso cauallero don Quixote de la Mancha,
»que los que estamos en estas soledades
»encantados esperamos verte, para que des
»noticia al mundo de lo que encierra y cubre
»la profunda cueua por donde has entrado,
»llamada la cueua de Montesinos; hazaña solo
»guardada para ser acometida de tu inuencible
»coraçon y de tu animo stupendo. Ven conmigo,
»señor clarissimo, que te quiero mostrar
»las marauillas que este transparente alcaçar
»solapa, de quien yo soy alcayde y guarda
»mayor perpetua, porque soy el mismo
»Montesinos, de quien la cueua toma nombre.»
  ”Apenas me dixo que era Montesinos, quando
le pregunté si fue verdad lo que en el mundo
de acarriba se contaua, que el auia sacado
de la mitad del pecho, con vna pequeña daga,
el coraçon de su grande amigo Durandarte y
lleuadole a la señora Belerma, como el se
lo mandó al punto de su muerte.
  ”Respondiome que en todo dezian verdad,
sino en la daga; porque no fue daga, ni
pequeña, sino vn puñal buydo, mas agudo que
vna lezna.”
  “Deuia de ser”, dixo a este punto Sancho, “el
tal puñal de Ramon de Hozes el seuillano.”
  “No se”, prosiguio don Quixote, “pero no
seria desse puñalero, porque Ramon de Hozes
fue ayer, y lo de Roncesualles, donde acontecio
esta desgracia, ha muchos años, y esta
aueriguacion no es de importancia, ni turba ni
altera la verdad y contesto de la historia.”
  “Assi es”, respondio el primo; “prosiga
vuessa merced, señor don Quixote, que le escucho
con el mayor gusto del mundo.”
  “No con menor lo cuento yo”, respondio don
Quixote; “y assi digo, que el venerable Montesinos
me metio en el cristalino palacio, donde
en vna sala baxa fresquissima sobremodo y
toda de alabastro, estaua vn sepulcro de marmol
con gran maestria fabricado, sobre el qual
vi a vn cauallero tendido de largo a largo, no
de bronze, ni de marmol, ni de jaspe hecho,
como los suele auer en otros sepulcros, sino de
pura carne y de puros huesos. Tenia la mano
derecha, que, a mi parecer, es algo peluda y
neruosa, señal de tener muchas fuerças su
dueño, puesta sobre el lado del coraçon; y antes
que preguntasse nada a Montesinos, viendome
suspenso mirando al del sepulcro, me dixo:
  «Este es mi amigo Durandarte, flor y espejo
»de los caualleros enamorados y valientes de su
»tiempo; tienele aqui encantado, como me tiene
»a mi y a otros muchos y muchas, Merlin, aquel
»frances encantador, que dizen que fue hijo del
»diablo; y lo que yo creo es que no fue hijo del
»diablo, sino que supo, como dizen, vn punto
»mas que el diablo. El cómo o para qué nos
»encantó nadie lo sabe, y ello dira andando los
»tiempos, que no estan muy lexos, segun imagino;
»lo que a mi me admira es que se, tan cierto
»como aora es de dia, que Durandarte acabó
»los de su vida en mis braços, y que despues
»de muerto le saqué el coraçon con mis propias
»manos, y en verdad que deuia de pesar
»dos libras, porque segun los naturales, el que
»tiene mayor coraçon es dotado de mayor valentia
»del que le tiene pequeño; pues siendo
»esto assi, y que realmente murio este cauallero,
»¿cómo aora se quexa y sospira de quando en
»quando, como si estuuiesse viuo?»
  ”Esto dicho, el misero Durandarte, dando
vna gran voz, dixo:

          «¡O mi primo Montesinos!,
        lo postrero que os rogaua,
        que quando yo fuere muerto
        y mi anima arrancada,
        que lleueis mi coraçon
        adonde Belerma estaua,
        sacandomele del pecho,
        ya con puñal, ya con daga.»

  ”Oyendo lo qual el venerable Montesinos, se
puso de rodillas ante el lastimado cauallero, y
con lagrimas en los ojos le dixo:
  «Ya señor Durandarte, carissimo primo mio,
»ya hize lo que me mandastes en el azyago dia
»de nuestra perdida; yo os saqué el coraçon lo
»mejor que pude, sin que os dexasse vna
»minima parte en el pecho; yo le limpié con vn
»pañizuelo de puntas, yo parti con el de carrera
»para Francia, auiendoos primero puesto en el
»seno de la tierra, con tantas lagrimas, que
»fueron bastantes a lauarme las manos y limpiarme
»con ellas la sangre que tenian de aueros andado
»en las entrañas; y por mas señas, primo de
»mi alma, en el primero lugar que topé saliendo
»de Roncesualles, eché vn poco de sal en vuestro
»coraçon, porque no oliesse mal y fuesse, si
»no fresco, a lo menos, amojamado a la presencia
»de la señora Belerma, la qual, con vos
»y conmigo y con Guadiana, vuestro escudero,
»y con la dueña Ruydera y sus siete hijas y dos
»sobrinas, y con otros muchos de vuestros
»conocidos y amigos, nos tiene aqui encantados
»el sabio Merlin ha muchos años; y aunque
»passan de quinientos, no se ha muerto ninguno
»de nosotros; solamente faltan Ruydera y sus
»hijas y sobrinas, las quales llorando, por
»compassion que deuio de tener Merlin dellas, las
»conuirtio en otras tantas lagunas, que aora en
»el mundo de los viuos y en la prouincia de la
»Mancha las llaman las lagunas de Ruydera;
»las siete son de los reyes de España, y las dos
»sobrinas, de los caualleros de vna Orden
»santissima que llaman de San Iuan. Guadiana,
»vuestro escudero, plañendo assimesmo vuestra
»desgracia, fue conuertido en vn rio llamado
»de su mesmo nombre, el qual quando llegó a la
»superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo,
»fue tanto el pesar que sintio de ver que os
»dexaua, que se sumergio en las entrañas de la
»tierra; pero como no es possible dexar de acudir
»a su natural corriente, de quando en quando
»sale y se muestra donde el sol y las gentes le
»vean; vanle administrando de sus aguas las
»referidas lagunas, con las quales y con otras
»muchas que se llegan, entra pomposo y grande
»en Portugal. Pero con todo esto, por donde
»quiera que va, muestra su tristeza y melancolia
»y no se precia de criar en sus aguas pezes
»regalados y de estima, sino burdos y dessabridos,
»bien diferentes de los del Tajo dorado;
»y esto que agora os digo, ¡o primo mio!,
»os lo he dicho muchas vezes, y como no me
»respondeis, imagino que no me days credito,
»o no me oys, de lo que yo recibo tanta pena
»qual Dios lo sabe.
  »Vnas nueuas os quiero dar aora, las quales,
»ya que no siruan de aliuio a vuestro dolor, no
»os le aumentarán en ninguna manera. Sabed
»que teneis aqui en vuestra presencia, y abrid
»los ojos y vereislo, aquel gran cauallero de
»quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio
»Merlin, aquel don Quixote de la Mancha, digo,
»que de nueuo y con mayores ventajas que en
»los passados siglos ha resucitado en los
»presentes la ya oluidada andante caualleria, por
»cuyo medio y fauor podria ser que nosotros
»fuessemos desencantados: que las grandes
»hazañas para los grandes hombres estan
»guardadas.»
  «Y quando assi no sea», respondio el
lastimado Durandarte con voz desmayada y baxa,
«quando assi no sea, ¡o primo!, digo, paciencia
»y barajar.» Y, boluiendose de lado, tornó a
su acostumbrado silencio, sin hablar mas
palabra.
  ”Oyeronse en esto grandes alaridos y llantos,
acompañados de profundos gemidos y angustiados
sollozos; bolui la cabeça y vi por las
paredes de cristal que por otra sala passaua
vna procession de dos hileras de hermosissimas
donzellas, todas vestidas de luto, con turbantes
blancos sobre las cabeças, al modo turquesco;
al cabo y fin de las hileras venia vna
señora, que en la grauedad lo parecia, assimismo
vestida de negro, con tocas blancas tan
tendidas y largas, que besauan la tierra. Su
turbante era mayor dos vezes que el mayor de
alguna de las otras; era cexijunta y la nariz
algo chata, la boca grande, pero colorados los
labios; los dientes, que tal vez los descubria,
mostrauan ser ralos y no bien puestos, aunque
eran blancos como vnas peladas almendras;
traia en las manos vn lienço delgado, y entre
el, a lo que pude diuisar, vn coraçon de carne
momia, segun venia seco y amojamado; dixome
Montesinos como toda aquella gente de la
procession eran siruientes de Durandarte y de
Belerma, que alli con sus dos señores estauan
encantados, y que la vltima que traia el coraçon
entre el lienço y en las manos era la señora
Belerma, la qual, con sus donzellas, quatro
dias en la semana hazian aquella procession
y cantauan, o, por mejor dezir, llorauan
endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado
coraçon de su primo; y que si me auia parecido
algo fea, o no tan hermosa como tenia la fama,
era la causa las malas noches y peores dias
que en aquel encantamento passaua, como lo
podia ver en sus grandes ojeras y en su color
quebradiza.
  «Y no toma ocasion su amarillez y sus
»ojeras de estar con el mal mensil, ordinario en
»las mugeres, porque ha muchos meses, y aun
»años, que no le tiene, ni assoma por sus
»puertas, sino del dolor que siente su coraçon por
»el que de contino tiene en las manos, que le
»renueua y trae a la memoria la desgracia de
»su mal logrado amante; que si esto no fuera,
»apenas la ygualara en hermosura, donayre
»y brio la gran Dulcinea del Toboso, tan
»celebrada en todos estos contornos y aun en todo
»el mundo.»
  «Cepos quedos», dixe yo entonces, «señor don
»Montesinos: cuente vuessa merced su historia
»como deue, que ya sabe que toda comparacion
»es odiosa, y, assi, no ay para qué comparar
»a nadie con nadie; la sin par Dulcinea
»del Toboso es quien es, y la señora doña
»Belerma es quien es y quien ha sido, y quedese
»aqui.»
  ”A lo que el me respondio:
  «Señor don Quixote, perdoneme vuessa
»merced, que yo confiesso que anduue mal y
»no dixe bien en dezir que apenas ygualara la
»señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me
»bastaua a mi auer entendido por no se qué
»barruntos que vuessa merced es su cauallero,
»para que me mordiera la lengua antes de
»compararla sino con el mismo cielo.»
  ”Con esta satisfacion que me dio el gran
Montesinos, se quietó mi coraçon del
sobresalto que recebi en oyr que a mi señora la
comparauan con Belerma.”
  “Y aun me marauillo yo”, dixo Sancho, “de
como vuessa merced no se subio sobre el vejote,
y le molio a cozes todos los huessos y le
peló las barbas, sin dexarle pelo en ellas.”
  “No, Sancho amigo”, respondio don Quixote;
“no me estaua a mi bien hazer esso, porque
estamos todos obligados a tener respeto a los
ancianos, aunque no sean caualleros, y
principalmente a los que lo son y estan encantados;
yo se bien que no nos quedamos a deuer nada
en otras muchas demandas y respuestas que
entre los dos passamos.”
  A esta sazon dixo el primo:
  “Yo no se, señor don Quixote, cómo vuessa
merced en tan poco espacio de tiempo como
ha que está alla baxo, aya visto tantas cosas
y hablado y respondido tanto.”
  “¿Quánto ha que baxé?”, preguntó don
Quixote.
  “Poco mas de vna hora”, respondio Sancho.
  “Esso no puede ser”, replicó don Quixote,
“porque alla me anochecio y amanecio, y tornó
a anochecer y amanecer tres vezes; de modo
que, a mi cuenta, tres dias he estado en
aquellas partes remotas y escondidas a la vista
nuestra.”
  “Verdad deue de dezir mi señor”, dixo
Sancho; “que como todas las cosas que le han
sucedido son por encantamento, quiça lo que a
nosotros nos parece vn hora, deue de parecer
alla tres dias con sus noches.”
  “Assi sera”, respondio don Quixote.
  “Y ¿ha comido vuessa merced en todo este
tiempo, señor mio?”, preguntó el primo.
  “No me he desayunado de bocado”, respondio
don Quixote, “ni aun he tenido hambre, ni
por pensamiento.”
  “Y ¿los encantados comen?”, dixo el primo.
  “No comen”, respondio don Quixote, “ni
tienen escrementos mayores, aunque es opinion
que les crecen las vñas, las barbas y los
cabellos.”
  “¿Y duermen por ventura los encantados,
señor?”, preguntó Sancho.
  “No, por cierto”, respondio don Quixote; “a
lo menos, en estos tres dias que yo he estado
con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo
tampoco.”
  “Aqui encaxa bien el refran”, dixo Sancho,
“de dime con quién andas, dezirte he quién
eres; andase vuessa merced con encantados,
ayunos y vigilantes, mirad si es mucho que ni
coma ni duerma mientras con ellos anduuiere;
pero perdoneme vuessa merced, señor mio,
si le digo que de todo quanto aqui ha dicho,
lleueme Dios, que yua a dezir el diablo, si le
creo cosa alguna.”
  “¿Cómo no?”, dixo el primo, “Pues ¿auia de
mentir el señor don Quixote, que, aunque
quisiera, no ha tenido lugar para componer e
imaginar tanto millon de mentiras?”
  “Yo no creo que mi señor miente”,
respondio Sancho.
  “Si no ¿qué crees?”, le preguntó don Quixote.
  “Creo”, respondio Sancho, “que aquel Merlin
o aquellos encantadores que encantaron a
toda la chusma que vuessa merced dize que
ha visto y comunicado alla baxo, le encaxaron
en el magin o la memoria toda essa maquina
que nos ha contado, y todo aquello que por
contar le queda.”
  “Todo esso pudiera ser, Sancho”, replicó
don Quixote; “pero no es assi, porque lo que he
contado lo vi por mis propios ojos y lo toqué
con mis mismas manos; pero ¿qué diras quando
te diga yo aora como entre otras infinitas
cosas y marauillas que me mostro Montesinos,
las quales despacio y a sus tiempos te las yre
contando en el discurso de nuestro viage, por
no ser todas deste lugar, me mostro tres
labradoras que por aquellos amenissimos campos
yuan saltando y brincando como cabras, y
apenas las huue visto, quando conoci ser la
vna la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras
dos aquellas mismas labradoras que venian
con ella, que hablamos a la salida del Toboso?
Pregunté a Montesinos si las conocia;
respondiome que no, pero que el imaginaua que
deuian de ser algunas señoras principales
encantadas, que pocos dias auia que en aquellos
prados auian parecido, y que no me marauillasse
desto, porque alli estauan otras muchas
señoras de los passados y presentes siglos,
encantadas en diferentes y estrañas figuras, entre
las quales conocia el a la reina Ginebra y su
dueña Quintañona, escanciando el vino a
Lançarote quando de Bretaña vino.”
  Quando Sancho Pança oyo dezir esto a su
amo, penso perder el juyzio o morirse de risa;
que como el sabia la verdad del fingido
encanto de Dulcinea, de quien el auia sido el
encantador y el leuantador de tal testimonio,
acabó de conocer indubitablemente que su
señor estaua fuera de juyzio y loco de todo
punto, y, assi, le dixo:
  “En mala coyuntura y en peor sazon y en
aziago dia baxó vuessa merced, caro patron
mio, al otro mundo, y en mal punto se encontro
con el señor Montesinos, que tal nos le ha
buelto. Bien se estaua vuessa merced acarriba
con su entero juyzio, tal qual Dios se le auia
dado, hablando sentencias y dando consejos a
cada paso, y no agora, contando los mayores
disparates que pueden imaginarse.”
  “Como te conozco, Sancho”, respondio don
Quixote, “no hago caso de tus palabras.”
  “Ni yo tampoco de las de vuessa merced”,
replicó Sancho, “siquiera me hiera, siquiera
me mate por las que le he dicho o por las que
le pienso dezir si en las suyas no se corrige y
enmienda. Pero digame vuessa merced, aora
que estamos en paz: ¿cómo o en qué conocio
a la señora nuestra ama? Y si la habló, ¿qué
dixo y qué le respondio?”
  “Conocila”, respondio don Quixote, “en que
trae los mesmos vestidos que traia quando tu
me la mostraste; hablela, pero no me respondio
palabra, antes me boluio las espaldas, y se
fue huyendo con tanta priessa, que no la alcançara
vna xara; quise seguirla, y lo hiziera si no
me aconsejara Montesinos que no me cansasse
en ello, porque seria en balde, y mas, porque
se llegaua la hora donde me conuenia boluer
a salir de la sima. Dixome assimesmo que
andando el tiempo se me daria auiso cómo
auian de ser desencantados el y Belerma y
Durandarte, con todos los que alli estauan;
pero lo que mas pena me dio de las que alli
vi y noté, fue que estandome diziendo Montesinos
estas razones, se llegó a mi por vn lado,
sin que yo la viesse venir, vna de las dos
compañeras de la sin ventura Dulcinea, y llenos
los ojos de lagrimas, con turbada y baxa voz
me dixo: «Mi señora Dulcinea del Toboso besa
»a vuessa merced las manos, y suplica a
»vuessa merced se la haga de hazerla saber cómo
»está; y que, por estar en vna gran necessidad
»assimismo suplica a vuessa merced, quan
»encarecidamente puede, sea seruido de prestarle
»sobre este faldellin que aqui traygo, de
»cotonia, nueuo, media dozena de reales, o los
»que vuessa merced tuuiere; que ella da su
»palabra de boluerselos con mucha breuedad.»
  ”Suspendiome y admirome el tal recado, y,
boluiendome al señor Montesinos, le pregunté:
»¿Es possible, señor Montesinos, que los
»encantados principales padecen necessidad?» A lo
que el me respondio: «Creame vuessa merced,
»señor don Quixote de la Mancha, que esta
»que llaman necessidad adonde quiera se vsa,
»y por todo se estiende y a todos alcança, y aun
»hasta los encantados no perdona; y pues
»la señora Dulcinea del Toboso embia a pedir
»essos seis reales y la prenda es buena, segun
»parece, no ay sino darselos; que sin duda
»deue de estar puesta en algun grande aprieto.»
«Prenda, no la tomaré yo», le respondi,
«ni menos le dare lo que pide, porque no tengo
»sino solos quatro reales.» Los quales le di,
que fueron los que tu, Sancho, me diste el otro
dia para dar limosna a los pobres que topasse
por los caminos, y le dixe: «Dezid, amiga mia,
»a vuessa señora, que a mi me pesa en el alma
»de sus trabajos, y que quisiera ser vn Fucar
»para remediarlos; y que le hago saber que yo
»no puedo ni deuo tener salud, careciendo de
»su agradable vista y discreta conuersacion, y
»que le suplico quan encarecidamente puedo,
»sea seruida su merced de dexarse ver y tratar
»deste su cautiuo seruidor y assendereado
»cauallero. Direisle tambien que quando menos
»se lo piense oyra dezir como yo he hecho vn
»juramento y voto, a modo de aquel que hizo
»el marques de Mantua, de vengar a su sobrino
»Baldouinos quando le halló para espirar en
»mitad de la montiña, que fue de no comer
»pan a manteles, con las otras zarandajas que
»alli añadio, hasta vengarle; y assi le hare yo
»de no sossegar y de andar las siete partidas
»del mundo, con mas puntualidad que las
»anduuo el infante don Pedro de Portugal,
»hasta desencantarla.» «Todo esso y mas deue
»vuessa merced a mi señora», me respondio
la donzella; y tomando los quatro reales, en
lugar de hazerme vna reuerencia, hizo vna
cabriola, que se leuantó dos varas de medir
en el ayre.”
  “¡O santo Dios!”, dixo a este tiempo dando
vna gran voz Sancho, “¿es possible que tal
ay en el mundo y que tengan en el tanta
fuerça los encantadores y encantamentos, que
ayan trocado el buen juyzio de mi señor en
vna tan disparatada locura? ¡O señor, señor!;
por quien Dios es, que vuessa merced mire
por si y buelua por su honra, y no de credito
a essas vaciedades que le tienen menguado y
descabalado el sentido.”
  “Como me quieres bien, Sancho, hablas
dessa manera”, dixo don Quixote, “y como no
estás experimentado en las cosas del mundo,
todas las cosas que tienen algo de dificultad
te parecen impossibles; pero andara el tiempo,
como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas
de las que alla abaxo he visto, que te haran
creer las que aqui he contado, cuya verdad
ni admite replica ni disputa.”

                 Capitulo XXIV

Donde se cuentan mil çarandajas tan
  impertinentes como necessarias al verdadero
  entendimiento desta grande historia.

  Dize el que traduxo esta grande historia del
original, de la que escriuio su primer autor
Cide Hamete Benengeli, que llegando al capitulo
de la auentura de la cueua de Montesinos,
en el margen del estauan escritas de mano del
mesmo Hamete estas mismas razones:
  “No me puedo dar a entender, ni me puedo
persuadir, que al valeroso don Quixote le
passasse puntualmente todo lo que en el
antecedente capitulo queda escrito; la razon es
que todas las auenturas hasta aqui sucedidas
han sido contingibles y verisimiles; pero esta
desta cueua no le hallo entrada alguna para
tenerla por verdadera, por yr tan fuera de los
terminos razonables; pues pensar yo que don
Quixote mintiesse, siendo el mas verdadero
hidalgo y el mas noble cauallero de sus tiempos,
no es possible; que no dixera el vna mentira
si le assaetearan. Por otra parte, considero
que el la conto y la dixo con todas las
circunstancias dichas, y que no pudo fabricar en tan
breue espacio tan gran maquina de disparates,
y si esta auentura parece apocrifa, yo no tengo
la culpa, y assi, sin afirmarla por falsa o
verdadera la escriuo. Tu, letor, pues eres prudente,
juzga lo que te pareciere, que yo no deuo ni
puedo mas, puesto que se tiene por cierto que
al tiempo de su fin y muerte dizen que se retrató
della y dixo que el la auia inuentado, por
parecerle que conuenia y quadraua bien con
las auenturas que auia leydo en sus
historias.”
  Y luego prosigue diziendo:
  Espantose el primo, assi del atreuimiento de
Sancho Pança como de la paciencia de su amo,
y juzgó que del contento que tenia de auer
visto a su señora Dulcinea del Toboso, aunque
encantada, le nacia aquella condicion blanda
que entonces mostraua, porque si assi no
fuera, palabras y razones le dixo Sancho, que
merecian molerle a palos; porque realmente le
parecio que auia andado atreuidillo con su
señor, a quien le dixo:
  “Yo, señor don Quixote de la Mancha, doy
por bien empleadissima la jornada que con
vuessa merced he hecho, porque en ella he
grangeado quatro cosas. La primera, auer
conocido a vuessa merced, que lo tengo a gran
felicidad. La segunda, auer sabido lo que se
encierra en esta cueua de Montesinos, con las
mutaciones de Guadiana y de las lagunas de
Ruidera, que me seruiran para el Ouidio español
que traygo entre manos. La tercera, entender
la antiguedad de los naypes, que, por lo
menos, ya se vsauan en tiempo del emperador
Carlo Magno, segun puede colegirse de las
palabras que vuessa merced dize que dixo
Durandarte, quando al cabo de aquel grande
espacio que estuuo hablando con el Montesinos,
el desperto, diziendo: «Paciencia y barajar»,
y esta razon y modo de hablar no la pudo
aprender encantado, sino quando no lo estaua,
en Francia y en tiempo del referido emperador
Carlo Magno, y esta aueriguacion me viene
pintiparada para el otro libro que voy componiendo,
que es Suplemento de Virgilio Polidoro,
en la inuencion de las antiguedades, y creo
que en el suyo no se acordo de poner la de los
naypes, como la pondre yo aora; que sera de
mucha importancia, y mas, alegando autor tan
graue y tan verdadero como es el señor
Durandarte. La quarta es auer sabido con
certidumbre el nacimiento del rio Guadiana, hasta
aora ignorado de las gentes.”
  “Vuessa merced tiene razon”, dixo don
Quixote; “pero querria yo saber, ya que Dios
le haga merced de que se le de licencia para
imprimir essos sus libros, que lo dudo, ¿a quién
piensa dirigirlos?”
  “Señores y grandes ay en España a quien
puedan dirigirse”, dixo el primo.
  “No muchos”, respondio don Quixote, “y no
porque no lo merezcan, sino que no quieren
admitirlos por no obligarse a la satisfacion que
parece se deue al trabajo y cortesia de sus
autores. Vn principe conozco yo que puede
suplir la falta de los demas con tantas ventajas,
que si me atreuiere a dezirlas, quiça
despertará la inuidia en mas de quatro generosos
pechos; pero quedese esto aqui para otro
tiempo mas comodo, y vamos a buscar adonde
recogernos esta noche.”
  “No lexos de aqui”, respondio el primo,
“está vna hermita donde haze su habitacion
vn hermitaño, que dizen ha sido soldado, y
está en opinion de ser vn buen christiano,
y muy discreto y caritatiuo ademas. Iunto con
la hermita tiene vna pequeña casa que el ha
labrado a su costa, pero, con todo, aunque
chica, es capaz de recibir huespedes.”
  “¿Tiene, por ventura, gallinas el tal
hermitaño?”, preguntó Sancho.
  “Pocos hermitaños estan sin ellas”, respondio
don Quixote, “porque no son los que agora
se vsan como aquellos de los desiertos de
Egypto, que se vestian de hojas de palma y
comian rayzes de la tierra. Y no se entienda
que por dezir bien de aquellos, no lo digo de
aquestos, sino que quiero dezir que al rigor y
estrecheza de entonces no llegan las penitencias
de los de agora; pero no por esto dexan
de ser todos buenos, a lo menos, yo por buenos
los juzgo, y quando todo corra turbio, menos
mal haze el hipocrita que se finge bueno que
el publico pecador.”
  Estando en esto, vieron que hazia donde
ellos estauan venia vn hombre a pie,
caminando a priesa y dando varazos a vn macho
que venia cargado de lanças y de alabardas;
quando llegó a ellos, los saludó y passó de
largo; don Quixote le dixo:
  “Buen hombre; deten[e]os, que parece que
vays con mas diligencia que esse macho ha
menester.”
  “No me puedo detener, señor”, respondio el
hombre, “porque las armas que veys que aqui
lleuo han de seruir mañana, y, assi, me es forçoso
el no detenerme, y a Dios; pero si quisieredes
saber para qué las lleuo, en la venta que
está mas arriba de la hermita pienso alojar
esta noche, y si es que hazeis este mesmo
camino, alli me hallareys, donde os contaré
marauillas, y a Dios otra vez.”
  Y de tal manera aguijó el macho, que no
tuuo lugar don Quixote de preguntarle qué
marauillas eran las que pensaua dezirles, y
como el era algo curioso y siempre le
fatigauan desseos de saber cosas nueuas, ordenó
que al momento se partiessen y fuessen a
passar la noche en la venta, sin tocar en la
hermita, donde quisiera el primo que se
quedaran.
  Hizose assi, subieron a cauallo y siguieron
todos tres el derecho camino de la venta --a la
qual llegaron vn poco antes de anochezer--.
Dixo el primo a don Quixote que llegassen a
ella a beuer vn trago. Apenas oyo esto
Sancho Pança, quando encaminó el ruzio a la
hermita, y lo mismo hizieron don Quixote y el
primo; pero la mala suerte de Sancho parece que
ordenó que el hermitaño no estuuiesse en casa,
que assi se lo dixo vna sotahermitaño que en
la hermita hallaron; pidieronle de lo caro,
respondio que su señor no lo tenia, pero que si
querian agua barata, que se la daria de muy
buena gana.
  “Si yo la tuuiera de agua”, respondio Sancho,
“pozos ay en el camino, donde la huuiera
satisfecho. ¡A, bodas de Camacho y abundancia
de la casa de don Diego, y quántas vezes os
tengo de echar menos!”
  Con esto dexaron la hermita y picaron hazia
la venta, y a poco trecho toparon vn mancebito
que delante dellos yua caminando no con
mucha priesa, y assi le alcançaron; lleuaua la
espada sobre el ombro y en ella puesto vn bulto
o emboltorio, al parecer, de sus vestidos, que,
al parecer, deuian de ser los calçones o greguescos,
y herreruelo, y alguna camisa, porque traia
puesta vna ropilla de terciopelo, con algunas
vislumbres de raso, y la camisa, de fuera; las
medias eran de seda y los çapatos quadrados,
a vso de Corte; la edad llegaria a diez y ocho
o diez y nueue años, alegre de rostro y, al
parecer, agil de su persona; yua cantando
seguidillas para entretener el trabajo del camino;
quando llegaron a el, acabaua de cantar vna,
que el primo tomó de memoria, que dizen que
dezia:

     “A la guerra me lleua mi necessidad.
   Si tuuiera dineros, no fuera, en verdad.”

  El primero que le habló fue don Quixote,
diziendole:
  “Muy a la ligera camina vuessa merced,
señor galan, y ¿adónde bueno?; sepamos, si es
que gusta dezirlo.”
  A lo que el moço respondio:
  “El caminar tan a la ligera lo causa el calor
y la pobreza, y el adónde voy es a la guerra.”
  “¿Cómo la pobreza?”, preguntó don Quixote;
“que por el calor bien puede ser.”
  “Señor”, replicó el mancebo, “yo lleuo en
este emboltorio vnos greguescos de terciopelo,
compañeros desta ropilla; si los gasto en
el camino, no me podre honrar con ellos en la
ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y,
assi, por esto, como por orearme, voy desta manera
hasta alcançar vnas compañias de infanteria,
que no estan doze leguas de aqui, donde
assentaré mi plaça, y no faltarán bagajes en
que caminar de alli adelante, hasta el
embarcadero, que dizen ha de ser en Cartagena; y
mas quiero tener por amo y por señor al rey y
seruirle en la guerra, que no a vn pelon en la
corte.”
  “Y ¿lleua vuessa merced alguna ventaja por
ventura?”, preguntó el primo.
  “Si yo huuiera seruido a algun grande de
España o algun principal personage”, respondio
el moço, “a buen seguro que yo la lleuara,
que esso tiene el seruir a los buenos; que del
tinelo suelen salir a ser alferez o capitanes, o
con algun buen entretenimiento; pero yo,
desuenturado, serui siempre a catariberas y a
gente aduenediza, de racion y quitacion tan misera
y atenuada, que en pagar el almidonar vn cuello
se consumia la mitad della, y seria tenido a
milagro que vn page auenturero alcançasse
alguna siquiera razonable ventura.”
  “Y digame por su vida, amigo”, preguntó
don Quixote, “¿es possible que en los años que
siruio no ha podido alcançar alguna librea?”
  “Dos me han dado”, respondio el page,
“pero assi como el que se sale de alguna
religion antes de professar le quitan el habito y le
bueluen sus vestidos, assi me boluian a mi los
mios mis amos, que, acabados los negocios a
que venian a la corte, se boluian a sus casas y
recogian las libreas que por sola ostentacion
auian dado.”
  “Notable espilorcheria, como dize el
italiano”, dixo don Quixote; “pero con todo esso,
tenga a felice ventura el auer salido de la corte
con tan buena intencion como lleua, porque no
ay otra cosa en la tierra mas honrada ni de
mas prouecho que seruir a Dios, primeramente,
y luego a su rey y señor natural, especialmente
en el exercicio de las armas, por las quales se
alcançan, si no mas riquezas, a lo menos, mas
honra que por las letras, como yo tengo dicho
muchas vezes; que puesto que han fundado
mas mayorazgos las letras que las armas, todauia
lleuan vn no se qué los de las armas a los
de las letras, con vn si se qué de esplendor, que
se halla en ellos, que los auentaja a todos. Y
esto que aora le quiero dezir, lleuelo en la
memoria, que le sera de mucho prouecho y aliuio
en su trabajos, y es que aparte la imaginacion
de los sucessos aduersos que le podran venir;
que el peor de todos es la muerte, y como esta
sea buena, el mejor de todos es el morir.
Preguntaronle a Iulio Cesar, aquel valeroso
emperador romano, quál era la mejor muerte;
respondio que la impensada, la de repente y no
preuista, y aunque respondio como gentil y
ageno del conocimiento del verdadero Dios,
con todo esso, dixo bien, para ahorrarse del
sentimiento humano; que puesto caso que os maten
en la primera faccion y refriega, o ya de vn tiro
de artilleria, o bolado de vna mina, ¿qué
importa?, todo es morir y acabose la obra; y segun
Terencio, mas bien parece el soldado muerto
en la batalla que viuo y saluo en la huyda, y
tanto alcança de fama el buen soldado, quanto
tiene de obediencia a sus capitanes y a los que
mandarle pueden. Y aduertid, hijo, que al soldado
mejor le está el oler a poluora que algalia,
y que si la vejez os coge en este honroso exercicio,
aunque sea lleno de heridas y estropeado o
coxo, a lo menos, no os podra coger sin honra,
y tal, que no os la podra menoscabar la pobreza;
quanto mas que ya se va dando orden como
se entretengan y remedien los soldados viejos
y estropeados, porque no es bien que se haga
con ellos lo que suelen hazer los que ahorran
y dan libertad a sus negros quando ya son
viejos y no pueden seruir, y, echandolos de casa
con titulo de libres, los hazen esclauos de la
hambre, de quien no piensan ahorrarse sino
con la muerte. Y por aora no os quiero dezir
mas, sino que subays a las ancas deste mi
cauallo hasta la venta, y alli cenareys conmigo,
y por la mañana seguireis el camino, que os le
de Dios tan bueno como vuestros desseos
merecen.”
  El page no aceptó el convite de las ancas,
aunque si el de cenar con el en la venta, y a
esta sazon dizen que dixo Sancho entre si:
  “¡Valate Dios por señor! Y ¿es possible que
hombre que sabe dezir tales, tantas y tan
buenas cosas como aqui ha dicho, diga que ha
visto los disparates impossibles que cuenta de
la cueua de Montesinos? Aora bien, ello dira.”
  Y en esto llegaron a la venta a tiempo que
anochezia, y no sin gusto de Sancho, por ver
que su señor la juzgó por verdadera venta y no
por castillo, como solia. No huuieron bien
entrado, quando don Quixote preguntó al ventero
por el hombre de las lanças y alabardas, el
qual le respondio que en la caualleriza estaua
acomodando el macho; lo mismo hizieron de
sus jumentos el sobrino y Sancho, dando a
Rozinante el mejor pesebre y el mejor lugar de
la caualleriza.

                 Capitulo XXV

Donde se apunta la auentura del rebuzno y la
  graciosa del titerero, con las memorables
  adiuinanças del mono adiuino.

  No se le cozia el pan a don Quixote, como
suele dezirse, hasta oyr y saber las marauillas
prometidas del hombre condutor de las armas;
fuele a buscar donde el ventero le auia dicho
que estaua, y hallole, y dixole que en todo
caso le dixesse luego lo que le auia de dezir
despues, acerca de lo que le auia preguntado en
el camino. El hombre le respondio:
  “Mas despacio, y no en pie, se ha de tomar
el cuento de mis marauillas: dexeme vuessa
merced, señor bueno, acabar de dar recado a
mi bestia, que yo le dire cosas que le admiren.”
  “No quede por esso”, respondio don
Quixote; “que yo os ayudaré a todo.”
  Y assi lo hizo, aechandole la ceuada y
limpiando el pesebre, humildad que obligó al
hombre a contarle con buena voluntad lo que
le pedia, y, sentandose en vn poyo y don
Quixote junto a el, teniendo por senado y
auditorio al primo, al page, a Sancho Pança y al
ventero, començo a dezir desta manera:
  “Sabran vuessas mercedes que en vn lugar
que está quatro leguas y media desta venta,
sucedio que a vn regidor del, por industria y
engaño de vna muchacha criada suya, y esto
es largo de contar, le faltó vn asno, y aunque
el tal regidor hizo las diligencias possibles por
hallarle, no fue possible. Quinze dias serian
passados, segun es publica voz y fama, que el
asno faltaua, quando, estando en la plaça el
regidor perdidoso, otro regidor del mismo pueblo
le dixo: «Dadme albricias, compadre, que
»vuestro jumento ha parecido.» «Yo os las mando
»y buenas, compadre», respondio el otro; «pero
»sepamos dónde ha parecido.» «En el monte»,
respondio el hallador, «le vi esta mañana,
»sin albarda y sin aparejo alguno, y tan flaco
»que era vna compassion miralle; quisele
»antecoger delante de mi y traerosle, pero está
»ya tan montaraz y tan vraño, que quando
»llegué a el, se fue huyendo y se entró en
»lo mas escondido del monte; si quereis que
»boluamos los dos a buscarle, dexadme poner
»esta borrica en mi casa, que luego bueluo.»
«Mucho plazer me hareis», dixo el del
jumento, «e yo procuraré pagaroslo en la
»mesma moneda.»
  ”Con estas circunstancias todas y de la
mesma manera que yo lo voy contando lo cuentan
todos aquellos que estan enterados en la
verdad deste caso; en resolucion, los dos
regidores, a pie y mano a mano, se fueron al
monte, y llegando al lugar y sitio donde pensaron
hallar el asno, no le hallaron, ni parecio por
todos aquellos contornos, aunque mas le
buscaron; viendo, pues, que no parecia, dixo el
regidor que le auia visto al otro:
  «Mirad, compadre, vna traça me ha venido
»al pensamiento, con la qual, sin duda alguna,
»podremos descubrir este animal aunque esté
»metido en las entrañas de la tierra, no que del
»monte, y es que yo se rebuznar marauillosamente,
»y si vos sabeis algun tanto, dad el
»hecho por concluydo.» «¿Algun tanto dezis,
»compadre?», dixo el otro; «por Dios que no
»de la ventaja a nadie, ni aun a los mesmos
»asnos.» «Aora lo veremos,» respondio el
regidor segundo, «porque tengo determinado que
»os vais vos por vna parte del monte y yo por
»otra, de modo que le rodeemos y andemos
»todo, y de trecho en trecho rebuznaréis vos
»y rebuznaré yo, y no podra ser menos sino
»que el asno nos oya y nos responda, si es
»que está en el monte.» A lo que respondio el
dueño del jumento: «Digo, compadre, que la
»traça es excelente y digna de vuestro gran
»ingenio.»
  ”Y, diuidiendose los dos, segun el acuerdo,
sucedio que casi a vn mesmo tiempo rebuznaron,
y cada vno, engañado del rebuzno del otro,
acudieron a buscarse, pensando que ya el jumento
auia parecido; y en viendose, dixo el perdidoso:
«¿Es possible, compadre, que no fue mi
»asno el que rebuznó?» «No fue sino yo»,
respondio el otro. «Aora digo», dixo el dueño,
«que de vos a vn asno, compadre, no ay alguna
»diferencia, en quanto toca al rebuznar,
»porque en mi vida he visto ni oido cosa mas
»propia.» «Essas alabanças y encarecimiento»,
respondio el de la traça, «mejor os atañen
»y tocan a vos que a mi, compadre; que por
»el Dios que me crio que podeis dar dos
»rebuznos de ventaja al mayor y mas perito
»rebuznador del mundo; porque el sonido que
»teneis es alto, lo sostenido de la voz, a su
»tiempo y compas, los dexos, muchos y
»apresurados, y, en resolucion, yo me doy por
»vencido y os rindo la palma y doy la vandera
»desta rara habilidad.» «Aora digo», respondio
el dueño, «que me tendre y estimaré en
»mas de aqui adelante y pensaré que se
»alguna cosa, pues tengo alguna gracia; que
»puesto que pensara que rebuznaua bien, nunca
»entendi que llegaua al estremo que dezis.»
«Tambien dire yo aora», respondio el segundo,
»que ay raras habilidades perdidas en el
»mundo y que son mal empleadas en aquellos que
»no saben aprouecharse dellas.» «Las nuestras»,
respondio el dueño, «si no es en casos
»semejantes como el que traemos entre manos,
»no nos pueden seruir en otros, y aun en este
»plega a Dios que nos sean de prouecho.»
  ”Esto dicho, se tornaron a diuidir y a boluer
a sus rebuznos, y a cada paso se engañauan y
boluian a juntarse, hasta que se dieron por
contraseño que para entender que eran ellos
y no el asno, rebuznassen dos vezes, vna tras
otra; con esto, doblando a cada paso los rebuznos,
rodearon todo el monte sin que el perdido
jumento respondiesse, ni aun por señas. Mas
¿cómo auia de responder el pobre y mal
logrado, si le hallaron en lo mas escondido del
bosque comido de lobos? Y, en viendole, dixo
su dueño: «Ya me marauillaua yo de que el
»no respondia, pues a no estar muerto, el
»rebuznara si nos oyera, o no fuera asno; pero a
»trueco de aueros oydo rebuznar con tanta
»gracia, compadre, doy por bien empleado el
»trabajo que he tenido en buscarle, aunque le he
»hallado muerto.» «En buena mano está,
»compadre», respondio el otro, «pues si bien canta
»el abad, no le va en zaga el monazillo.»
  ”Con esto, desconsolados y roncos, se
boluieron a su aldea, adonde contaron a sus
amigos, vezinos y conocidos quanto les auia
acontecido en la busca del asno, exagerando
el vno la gracia del otro en el rebuznar, todo
lo qual se supo y se estendio por los lugares
circunuezinos. Y el diablo, que no duerme,
como es amigo de sembrar y derramar renzillas
y discordia por doquiera, leuantando caramillos
en el viento y grandes quimeras de nonada,
ordenó e hizo que las gentes de los otros
pueblos, en viendo a alguno de nuestra aldea,
rebuznasse[n], como dandoles en rostro con el
rebuzno de nuestros regidores. Dieron en ello
los muchachos, que fue dar en manos y en
bocas de todos los demonios del infierno, y fue
cundiendo el rebuzno de en vno en otro pueblo,
de manera, que son conocidos los naturales
del pueblo del rebuzno, como son conocidos
y diferenciados los negros de los blancos, y
ha llegado a tanto la desgracia desta burla, que
muchas vezes con mano armada y formado
esquadron han salido contra los burladores los
burlados a darse la batalla, sin poderlo
remediar rey ni roque, ni temor, ni verguença.
Yo creo que mañana o essotro dia han de salir
en campaña los de mi pueblo, que son los del
rebuzno, contra otro lugar que está a dos
leguas del nuestro, que es vno de los que mas
nos persiguen, y por salir bien apercebidos,
lleuo compradas estas lanças y alabardas que
aueis visto. Y estas son las marauillas que
dixe que os auia de contar, y si no os lo han
parecido, no se otras.”
  Y, con esto, dio fin a su platica el buen
hombre, y, en esto, entró por la puerta de la
venta vn hombre todo vestido de camuça,
medias, greguescos y jubon, y con voz leuantada
dixo:
  “Señor huesped, ¿ay posada? Que viene aqui
el mono adiuino y el retablo de la libertad de
Melisendra.”
  “¡Cuerpo de tal”, dixo el ventero, “que aqui
está el señor masse Pedro!; buena noche se
nos apareja.”
  Oluidauaseme de dezir como el tal masse
Pedro traia cubierto el ojo yzquierdo y casi
medio carrillo con vn parche de tafetan verde,
señal que todo aquel lado deuia de estar
enfermo; y el ventero prosiguio diziendo:
  “Sea bien venido vuessa merced, señor
masse Pedro; ¿adónde está el mono y el
retablo, que no los veo?”
  “Ya llegan cerca”, respondio el todo camuça,
“sino que yo me he adelantado a saber si
ay posada.”
  “Al mismo duque de Alua se la quitara para
darsela al señor masse Pedro”, respondio el
ventero; “llegue el mono y el retablo, que
gente ay esta noche en la venta que pagará el
verle y las habilidades del mono.”
  “Sea en buenora”, respondio el del parche,
“que yo moderaré el precio, y con sola la costa
me daré por bien pagado; y yo bueluo a hazer
que camine la carreta, donde viene el mono y
el retablo.”
  Y luego se boluio a salir de la venta.
  Preguntó luego don Quixote al ventero qué
masse Pedro era aquel, y qué retablo y qué
mono traia.
  A lo que respondio el ventero:
  “Este es vn famoso titerero que ha muchos
dias que anda por esta Mancha de Aragon enseñando
vn retablo de Melisendra [libertada]
por el famoso don Gayferos, que es vna de las
mejores y mas bien representadas historias
que de muchos años a esta parte en este reyno
se han visto; trae assimismo consigo vn mono
de la mas rara habilidad que se vio entre
monos, ni se imaginó entre hombres, porque si le
preguntan algo, está atento a lo que le pregunta[n],
y luego salta sobre los ombros de su
amo, y llegandosele al oydo le dize la respuesta
de lo que le preguntan, y maesse Pedro la
declara luego; y de las cosas passadas dize
mucho mas que de las que estan por venir, y
aunque no todas vezes acierta en todas, en las
mas no yerra, de modo, que nos haze creer que
tiene el diablo en el cuerpo; dos reales lleua
por cada pregunta, si es que el mono responde,
quiero dezir, si responde el amo por el, despues
de auerle hablado al oydo; y, assi, se cree
que el tal maesse Pedro está riquissimo; y es
hombre galante, como dizen en Italia, y bon
compaño, y dase la mejor vida del mundo;
habla mas que seys y beue mas que doze, todo
a costa de su lengua y de su mono y de su
retablo.”
  En esto, boluio maesse Pedro, y en vna carreta
venia el retablo, y el mono, grande y sin
cola, con las posaderas de fieltro, pero no de
mala cara, y apenas le vio don Quixote,
quando le preguntó:
  “Digame vuessa merced, señor adiuino, ¿qué
pexe pillamo?, ¿qué ha de ser de nosotros?;
y vea aqui mis dos reales.”
  Y mandó a Sancho que se los diesse a
maesse Pedro, el qual respondio por el mono
y dixo:
  “Señor, este animal no responde, ni da
noticia de las cosas que estan por venir; de las
passadas sabe algo, y de las presentes, algun
tanto.”
  “¡Voto a rrus!”, dixo Sancho, “no de yo vn
ardite porque me digan lo que por mi ha
passado, porque ¿quién lo puede saber mejor
que yo mesmo?; y pagar yo porque me digan
lo que se, seria vna gran necedad; pero pues
sabe las cosas presentes, e aqui mis dos reales
y digame el señor monissimo qué haze aora
mi muger Teresa Pança y en qué se
entretiene.”
  No quiso tomar maesse Pedro el dinero,
diziendo:
  “No quiero recebir adelantados los premios
sin que ayan precedido los seruicios.”
  Y, dando con la mano derecha dos golpes
sobre el ombro yzquierdo, en vn brinco se le
puso el mono en el, y, llegando la boca al oydo,
daua diente con diente muy a priesa; y, auiendo
hecho este ademan por espacio de vn credo,
de otro brinco se puso en el suelo; y al punto
con grandissima priessa se fue maesse Pedro a
poner de rodillas ante don Quixote, y
abraçandole las piernas dixo:
  “Estas piernas abraço, bien assi como si
abraçara las dos colunas de Hercules, ¡o
resucitador insigne de la ya puesta en oluido
andante caualleria, o no jamas como se deue
alabado cauallero don Quixote de la Mancha,
animo de los desmayados, arrimo de los que
van a caer, braço de los caydos, baculo y
consuelo de todos los desdichados!”
  Quedó pasmado don Quixote, absorto Sancho,
suspenso el primo, atonito el page, abobado
el del rebuzno, confuso el ventero y,
finalmente, espantados todos los que oyeron
las razones del titerero, el qual prosiguio,
diziendo:
  “Y tu, ¡o buen Sancho Pança!, el mejor escudero
y del mejor cauallero del mundo: alegrate,
que tu buena muger Teresa está buena, y esta
es la hora en que ella está rastrillando vna libra
de lino, y por mas señas, tiene a su lado
yzquierdo vn jarro desbocado que cabe vn buen
porqué de vino, con que se entretiene en su
trabajo.”
  “Esso creo yo muy bien”, respondio Sancho,
“porque es ella vna bienauenturada, y a no
ser zelosa, no la trocara yo por la giganta
Andandona, que, segun mi señor, fue vna
muger muy cabal y muy de pro, y es mi Teresa de
aquellas que no se dexan mal passar, aunque
sea a costa de sus herederos.”
  “Aora digo”, dixo a esta sazon don Quixote,
“que el que lee mucho y anda mucho, vee
mucho y sabe mucho. Digo esto, porque ¿qué
persuasion fuera bastante para persuadirme
que ay monos en el mundo que adiuinen, como
lo he visto aora por mis propios ojos?: porque
yo soy el mesmo don Quixote de la Mancha,
que este buen animal ha dicho, puesto que se
ha estendido algun tanto en mis alabanças;
pero como quiera que yo me sea, doy gracias
al cielo, que me dotó de vn animo blando y
compassiuo, inclinado siempre a hazer bien a
todos y mal a ninguno.”
  “Si yo tuuiera dineros”, dixo el page,
“preguntara al señor mono que me ha de suceder
en la peregrinacion que lleuo.”
  A lo que respondio maesse Pedro, que ya se
auia leuantado de los pies de don Quixote:
  “Ya he dicho que esta bestezuela no responde
a lo por venir, que si respondiera no importara
no auer dineros; que por seruicio del señor
don Quixote, que está presente, dexara yo
todos los interesses del mundo, y agora porque
se lo deuo y por darle gusto, quiero armar mi
retablo y dar plazer a quantos estan en la venta,
sin paga alguna.”
  Oyendo lo qual el ventero, alegre sobremanera,
señaló el lugar donde se podia poner el
retablo, que en vn punto fue hecho. Don Quixote
no estaua muy contento con las adiuinanças
del mono, por parecerle no ser a proposito
que vn mono adiuinasse, ni las de por venir, ni
las passadas cosas, y, assi, en tanto que maesse
Pedro acomodaua el retablo, se retiró don
Quixote con Sancho a vn rincon de la caualleriza,
donde, sin ser oydos de nadie, le dixo:
  “Mira, Sancho, yo he considerado bien la
estraña habilidad deste mono, y hallo por mi
cuenta que sin duda este maesse Pedro, su
amo, deue de tener hecho pacto, tacito o
espreso, con el demonio.”
  “Si el patio es espeso y del demonio”, dixo
Sancho, “sin duda deue de ser muy suzio patio;
pero ¿de qué prouecho le es al tal maesse
Pedro tener essos patios?”
  “No me entiendes, Sancho; no quiero dezir
sino que deue de tener hecho algun concierto
con el demonio, de que infunda essa habilidad
en el mono, con que gane de comer, y despues
que esté rico le dara su alma, que es lo que
este vniuersal enemigo pretende; y hazeme
creer esto el ver que el mono no responde
sino a las cosas passadas o presentes, y la
sabiduria del diablo no se puede estender a mas,
que las por venir no las sabe, si no es por
conjeturas, y no todas vezes; que a solo Dios está
reseruado conocer los tiempos y los momentos,
y para El no ay passado ni porvenir, que todo
es presente; y siendo esto assi, como lo es, está
claro que este mono habla con el estilo del
diablo, y estoy marauillado como no le han
acusado al Santo Oficio, y examinadole, y sacado
de quajo en virtud de quién adiuina; porque
cierto está que este mono no es astrologo, ni su
amo ni el alçan, ni saben alçar estas figuras que
llaman judiciarias, que tanto aora se vsan
en España, que no hay mugercilla, ni page, ni
çapatero de viejo que no presuma de alçar vna
figura, como si fuera vna sota de naypes del
suelo, echando a perder con sus mentiras e
ignorancias la verdad marauillosa de la
ciencia. De vna señora se yo, que preguntó a vno
destos figureros que si vna perrilla de falda,
pequeña, que tenia, si se empreñaria y pariria,
y quántos y de qué color serian los perros que
pariesse; a lo que el señor judiciario, despues
de auer alçado la figura, respondio que la
perrica se empreñaria y pariria tres perricos,
el vno verde, el otro encarnado y el otro de
mezcla, con tal condicion, que la tal perra se
cubriesse entre las onze y doze del dia o de la
noche, y que fuesse en lunes o en sabado; y lo
que sucedio fue que de alli a dos dias se murio
la perra de ahita, y el señor leuantador quedó
acreditado en el lugar por acertadissimo
judiciario, como lo quedan todos o los mas
leuantadores.”
  “Con todo esso querria”, dixo Sancho, “que
vuessa merced dixesse a maesse Pedro
preguntasse a su mono si es verdad lo que a
vuessa merced le passó en la cueua de
Montesinos; que yo para mi tengo, con perdon de
vuessa merced, que todo fue embeleco y
mentira, o, por lo menos, cosas soñadas.”
  “Todo podria ser”, respondio don Quixote;
“pero yo hare lo que me aconsejas, puesto que
me ha de quedar vn no se qué de escrupulo.”
  Estando en esto, llegó maesse Pedro a buscar
a don Quixote y dezirle que ya estaua en orden
el retablo, que su merced viniesse a verle
porque lo merecia; don Quixote le comunicó su
pensamiento y le rogo preguntasse luego a su
mono le dixesse si ciertas cosas que auia
passado en la cueua de Montesinos auian sido
soñadas o verdaderas, porque a el le parecia
que tenian de todo. A lo que maesse Pedro, sin
responder palabra, boluio a traer el mono, y
puesto delante de don Quixote y de Sancho,
dixo:
  “Mirad, señor mono, que este cauallero quiere
saber si ciertas cosas que le passaron en vna
cueua llamada de Montesinos, si fueron falsas,
o verdaderas.”
  Y, haziendole la acostumbrada señal, el
mono se le subio en el ombro yzquierdo, y
hablandole al parecer en el oydo, dixo luego
maesse Pedro:
  “El mono dize que parte de las cosas que
vuessa merced vio o passó en la dicha cueua
son falsas, y parte verissimiles, y que esto es lo
que sabe, y no otra cosa, en quanto a esta
pregunta; y que si vuessa merced quisiere saber
mas, que el viernes venidero respondera a todo
lo que se le preguntare; que por aora se le ha
acabado la virtud, que no le vendra hasta el
viernes, como dicho tiene.”
  “¿No lo dezia yo”, dixo Sancho, “que no se
me podia assentar que todo lo que vuessa merced,
señor mio, ha dicho de los acontecimientos
de la cueua era verdad, ni aun la mitad?”
  “Los sucessos lo diran, Sancho”, respondio
don Quixote; “que el tiempo, descubridor de
todas las cosas, no se dexa ninguna que no las
saque a la luz del sol, aunque esté escondida
en los senos de la tierra; y por aora baste esto,
y vamonos a ver el retablo del buen maesse
Pedro, que para mi tengo que deue de tener
alguna nouedad.”
  “¿Cómo alguna?”, respondio maesse Pedro;
“sesenta mil encierra en si este mi retablo:
digole a vuessa merced, mi señor don Quixote,
que es vna de las cosas mas de ver que oy
tiene el mundo, y operibus credite & non
verbis; y manos a labor, que se haze
tarde, y tenemos mucho que hazer y que dezir
y que mostrar.”
  Obedecieronle don Quixote y Sancho, y
vinieron donde ya estaua el retablo puesto y
descubierto, lleno por todas partes de candelillas
de cera encendidas, que le hazian vistoso
y resplandeciente. En llegando, se metio maesse
Pedro dentro del, que era el que auia de manejar
las figuras del artificio, y fuera se puso vn
muchacho, criado del maesse Pedro, para seruir
de interprete y declarador de los misterios del
tal retablo; tenia vna varilla en la mano con
que señalaua las figuras que salian. Puestos,
pues, todos quantos auia en la venta, y algunos
en pie, frontero del retablo, y acomodados don
Quixote, Sancho, el page y el primo en los
mejores lugares, el truxaman començo a dezir
lo que oyra y vera el que le oyere, o viere el
capitulo siguiente.

                Capitulo XXVI

Donde se prosigue la graciosa auentura del
  titerero, con otras cosas en verdad harto
  buenas.

    “Callaron todos, tirios y troyanos,”

quiero dezir, pendientes estauan todos los que
el retablo mirauan de la boca del declarador
de sus marauillas, quando se oyeron sonar en
el retablo cantidad de atabales, y trompetas, y
dispararse mucha artilleria, cuyo rumor passó
en tiempo breue, y luego alçó la voz el
muchacho, y dixo:
  “Esta verdadera historia que aqui a vuessas
mercedes se representa, es sacada al pie de la
letra de las coronicas francessas y de los
romances españoles que andan en boca de las
gentes y de los muchachos por essas calles; trata
de la libertad que dio el señor don Gayferos a
su esposa Melisendra, que estaua cautiua en
España, en poder de moros, en la ciudad de
Sansueña, que assi se llamaua entonces la que
oy se llama Zaragoça; y vean vuessas mercedes
alli como está jugando a las tablas don
Gayferos, segun aquello que se canta:

    Iugando está a las tablas don Gayferos
  que ya de Melisendra está oluidado;

y aquel personage, que alli asoma con corona
en la cabeça y ceptro en las manos, es el
emperador Carlo Magno, padre putatiuo de la
tal Melisendra, el qual, mohino de ver el ocio y
descuydo de su yerno, le sale a reñir; y
aduiertan con la vehemencia y ahinco que le riñe,
que no parece sino que le quiere dar con el
ceptro media dozena de coscorrones, y aun ay
autores que dizen que se los dio, y muy bien
dados, y despues de auerle dicho muchas cosas
acerca del peligro que corria su honra en no
procurar la libertad de su esposa, dizen que
le dixo:

    «harto os he dicho, miradlo».

Miren vuessas mercedes tambien como el
emperador buelue las espaldas y dexa despechado
a don Gayferos, el qual ya ven como arroja
impaciente de la colera lexos de si el tablero
y las tablas, y pide a priesa las armas, y a don
Roldan, su primo, pide prestada su espada
Durindana, y como don Roldan no se la quiere
prestar, ofreciendole su compañia en la dificil
empresa en que se pone; pero el valeroso
enojado no lo quiere aceptar, antes dize que el
solo es bastante para sacar a su esposa, si bien
estuuiesse metida en el mas hondo centro de
la tierra; y, con esto, se entra a armar para
ponerse luego en camino.
  ”Bueluan vuessas mercedes los ojos a aquella
torre que alli parece, que se presupone que
es vna de las torres del alcaçar de Zaragoça,
que aora llaman la Aljaferia, y aquella dama
que en aquel valcon parece, vestida a lo moro,
es la sin par Melisendra, que desde alli muchas
vezes se ponia a mirar el camino de Francia, y
puesta la imaginacion en Paris y en su esposo,
se consolaua en su cautiuerio. Miren tambien
vn nueuo caso que aora sucede, quiça no visto
jamas. ¿No veen aquel moro que callandico y
pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se
llega por las espaldas de Melisendra? Pues
miren como la da vn beso en mitad de los
labios, y la priesa que ella se da a escupir y a
limpiarselos con la blanca manga de su camisa,
y como se lamenta y se arranca de pesar sus
hermosos cabellos, como si ellos tuuieran la
culpa del maleficio. Miren tambien como aquel
graue moro que está en aquellos corredores es
el rey Marsilio de Sansueña, el qual, por auer
visto la insolencia del moro, puesto que era vn
pariente y gran priuado suyo, le mandó luego
prender y que le den dozientos açotes,
lleuandole por las calles acostumbradas de la
ciudad,

        con chilladores delante,
        y enuaramiento detras;

y veys aqui donde salen a executar la sentencia,
aun bien apenas no auiendo sido puesta
en execucion la culpa, porque entre moros no
ay traslado a la parte, ni a prueua y estese como
entre nosotros.”
  “Niño, niño”, dixo con voz alta a esta sazon
don Quixote: “Seguid vuestra historia linea
recta y no os metais en las curuas o
transuersales; que para sacar vna verdad en limpio
menester son muchas prueuas y reprueuas.”
  Tambien dixo maesse Pedro desde dentro:
  “Muchacho, no te metas en dibuxos, sino
haz lo que esse señor te manda, que sera lo
mas acertado; sigue tu canto llano y no te
metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de
sotiles.”
  “Yo lo hare assi”, respondio el muchacho, y
prosiguio, diziendo:
  “Esta figura que aqui parece a cauallo
cubierta con vna capa gascona, es la mesma de
don Gayferos; [aqui] su esposa, ya vengada
del atreuimiento del enamorado moro, con
mejor y mas sossegado semblante se ha puesto a
los miradores de la torre, y habla con su esposo
creyendo que es algun passagero, con quien
passó todas aquellas razones y coloquios de
aquel romance que dizen:

       «Cauallero, si a Francia ydes,
     por Gayferos preguntad.»

Las quales no digo yo aora, porque de la prolixidad
se suele engendrar el fastidio; basta ver
como don Gayferos se descubre, y que por los
ademanes alegres que Melisendra haze, se nos
da a entender que ella le ha conocido, y mas
aora que veemos se descuelga del valcon, para
ponerse en las ancas del cauallo de su buen
esposo; mas ¡ay, sin ventura!, que se le ha assido
vna punta del faldellin de vno de los hierros
del valcon, y está pendiente en el ayre, sin
poder llegar al suelo. Pero veys como el piadoso
cielo socorre en las mayores necessidades, pues
llega don Gayferos, y sin mirar si se rasgará o
no el rico faldellin, asse della, y mal su grado
la haze baxar al suelo, y luego de vn brinco
la pone sobre las ancas de su cauallo, a
horcajadas como hombre, y la manda que se tenga
fuertemente y le eche los braços por las
espaldas, de modo que los cruze en el pecho,
porque no se cayga, a causa que no estaua la
señora Melisendra acostumbrada a semejantes
cauallerias. Veys tambien como los relinchos
del cauallo dan señales que va contento con la
valiente y hermosa carga que lleua en su señor
y en su señora. Veys como bueluen las espaldas
y salen de la ciudad, y alegres y regozijados
toman de Paris la via. ¡Vays en paz, o par
sin par de verdaderos amantes; llegueis a
saluamento a vuestra desseada patria, sin que la
fortuna ponga estoruo en vuestro felice viage;
los ojos de vuestros amigos y parientes os vean
gozar en paz tranquila los dias --que los de
Nestor sean--, que os quedan de la vida!”
  Aqui alçó otra vez la voz maesse Pedro, y
dixo:
  “Llaneza, muchacho, no te encumbres; que
toda afectacion es mala.”
  No respondio nada el interprete, antes
prosiguio, diziendo:
  “No faltaron algunos ociosos ojos, que lo
suelen ver todo, que no viessen la baxada y
la subida de Melisendra, de quien dieron noticia
al rey Marsilio, el qual mandó luego tocar al
arma, y miren con qué priesa: que ya la ciudad
se hunde con el son de las campanas, que en
todas las torres de las mezquitas suenan.”
  “Esso no”, dixo a esta sazon don Quixote;
“en esto de las campanas anda muy impropio
maesse Pedro, porque entre moros no se vsan
campanas, sino atabales y vn genero de
dulzaynas que parecen nuestras chirimias, y esto
de sonar campanas en Sansueña sin duda que
es vn gran disparate.”
  Lo qual oydo por maesse Pedro, cessó el
tocar, y dixo:
  “No mire vuessa merced en niñerias, señor
don Quixote, ni quiera lleuar las cosas tan por
el cabo, que no se le halle. ¿No se representan
por ay casi de ordinario mil comedias llenas de
mil impropiedades y disparates, y, con todo
esso, corren felicissimamente su carrera y se
escuchan, no solo con aplauso, sino con
admiracion y todo? Prosigue, muchacho, y dexa
dezir, que como yo llene mi talego, siquiera
represente mas impropiedades que tiene
atomos el sol.”
  “Assi es la verdad”, replicó don Quixote.
  Y el muchacho dixo:
  “Miren quánta y quán luzida caualleria sale
de la ciudad en siguimiento de los dos
catolicos amantes, quántas trompetas que suenan,
quántas dulzaynas que tocan y quántos
atabales y atambores que retumban; temome que
los han de alcançar y los han de boluer atados
a la cola de su mismo cauallo, que seria vn
horrendo espetaculo.”
  Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y
tanto estruendo don Quixote, pareciole ser
bien dar ayuda a los que huian, y,
leuantandose en pie, en voz alta dixo:
  “No consentire yo que en mis dias y en mi
presencia se le haga supercheria a tan
famoso cauallero y a tan atreuido enamorado como
don Gayferos. ¡Deteneos, mal nacida canalla,
no le siguays ni persigays; si no, conmigo
sois en la batalla!”
  Y, diziendo y haziendo, desenuaynó la espada,
y de vn brinco se puso junto al retablo y
con acelerada y nunca vista furia començo a
llouer cuchilladas sobre la titerera morisma,
derribando a vnos, descabeçando a otros,
estropeando a este, destroçando a aquel, y entre
otros muchos, tiró vn altibaxo tal, que si maesse
Pedro no se abaxa, se encoge y agazapa, le
cercenara la cabeça con mas facilidad que si
fuera hecha de masa de maçapan. Daua vozes
maesse Pedro, diziendo:
  “Detengase vuessa merced, señor don Quixote,
y aduierta que estos que derriba, destroza
y mata no son verdaderos moros, sino vnas
figurillas de pasta; ¡mire, pecador de mi, que me
destruye y echa a perder toda mi hazienda!”
  Mas no por esto dexaua de menudear don
Quixote cuchilladas, mandobles, tajos y
rebeses como llouidos. Finalmente, en menos de
dos credos dio con todo el retablo en el suelo,
hechas pedaços y desmenuzadas todas sus jarcias
y figuras, el rey Marsilio mal herido y el
emperador Carlo Magno, partida la corona y la
cabeça en dos partes. Alborotose el senado
de los oyentes, huyose el mono por los tejados
de la venta, temio el primo, acobardose el
page, y hasta el mesmo Sancho Pança tuuo
pauor grandissimo, porque como el juró despues
de passada la borrasca, jamas auia visto
a su señor con tan desatinada colera. Hecho,
pues, el general destroço del retablo,
sossegose vn poco don Quixote y dixo:
  “Quisiera yo tener aqui delante en este punto
todos aquellos que no creen ni quieren creer de
quánto prouecho sean en el mundo los caualleros
andantes; miren si no me hallara yo aqui
presente qué fuera del buen don Gayferos y de
la hermosa Melisendra; a buen seguro que esta
fuera ya la hora que los huuieran alcançado
estos canes y les huuieran hecho algun desaguisado.
En resolucion, ¡viua la andante caualleria
sobre quantas cosas oy viuen en la tierra!”
  “Viua en hora buena”, dixo a esta sazon
con voz enfermiza maesse Pedro, “y muera
yo, pues soy tan desdichado que puedo dezir
con el rey don Rodrigo:

        Ayer fuy señor de España,
      y oy no tengo vna almena
      que pueda dezir que es mia.

No ha media hora, ni aun vn mediano momento,
que me vi señor de reyes y de emperadores,
llenas mis cauallerizas y mis cofres y
sacos de infinitos cauallos y de innumerables
galas, y agora me veo desolado y abatido,
pobre y mendigo, y, sobre todo, sin mi mono,
que a fe que primero que le buelua a mi poder
me han de sudar los dientes, y todo por la
furia mal considerada deste señor cauallero,
de quien se dize que ampara pupilos y endereza
tu[e]rtos, y haze otras obras caritatiuas,
y en mi solo ha venido a faltar su intencion
generosa, que sean benditos y alabados los
cielos alla donde tienen mas leuantados sus
assientos. En fin, el Cauallero de la Triste
Figura auia de ser aquel que auia de desfigurar
las mias.”
  Enterneciose Sancho Pança con las razones
de maesse Pedro, y dixole:
  “No llores, maesse Pedro, ni te lamentes,
que me quiebras el coraçon; porque te hago
saber que es mi señor don Quixote tan catolico
y escrupuloso christiano, que si el cae en la
cuenta de que te ha hecho algun agrauio, te lo
sabra y te lo querra pagar y satisfazer con
muchas ventajas.”
  “Con que me pagasse el señor don Quixote
alguna parte de las hechuras que me ha deshecho,
quedaria contento, y su merced asseguraria
su conciencia, porque no se puede saluar
quien tiene lo ageno contra la voluntad de su
dueño y no lo restituye.”
  “Assi es”, dixo don Quixote; “pero hasta
aora yo no se que tenga nada vuestro, maesse
Pedro.”
  “¿Cómo no?”, respondio maesse Pedro. “Y
estas reliquias que estan por este duro y esteril
suelo, ¿quién las esparcio y aniquiló sino la
fuerça inuencible desse poderoso braço? Y
¿cuyos eran sus cuerpos sino mios? Y ¿con
quién me sustentaua yo sino con ellos?”
  “Aora acabo de creer”, dixo a este punto
don Quixote, “lo que otras muchas vezes he
creydo: que estos encantadores que me
persiguen no hazen sino ponerme las figuras
como ellas son delante de los ojos, y luego me
las mudan y truecan en las que ellos quieren.
Real y verdaderamente os digo, señores que
me ois, que a mi me parecio todo lo que aqui
ha passado que passaua al pie de la letra: que
Melisendra era Melisendra; don Gayferos, don
Gayferos; Marsilio, Marsilio, y Carlo Magno,
Carlo Magno. Por esso se me alteró la colera, y,
por cumplir con mi profession de cauallero
andante, quise dar ayuda y fauor a los que huian,
y con este buen proposito hize lo que aueys
visto; si me ha salido al rebes no es culpa mia,
sino de los malos que me persiguen; y, con
todo esto, deste mi hierro, aunque no ha
procedido de malicia, quiero yo mismo condenarme
en costas; vea maesse Pedro lo que quiere
por las figuras deshechas; que yo me ofrezco
a pagarselo luego en buena y corriente moneda
castellana.”
  Inclinosele maesse Pedro, diziendole:
  “No esperaua yo menos de la inaudita
christiandad del valeroso don Quixote de la
Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos
los necessitados y menesterosos vagamundos;
y aqui el señor ventero y el gran Sancho seran
medianeros y apreciadores entre vuessa merced
y mi de lo que valen o podian valer las ya
deshechas figuras.”
  El ventero y Sancho dixeron que assi lo
harian, y luego maesse Pedro alçó del suelo,
con la cabeça menos, al rey Marsilio de
Zaragoça, y dixo:
  “Ya se vee quán impossible es boluer a este
rey a su ser primero, y, assi, me parece, saluo
mejor juyzio, que se me de por su muerte, fin
y acabamiento quatro reales y medio.”
  “Adelante”, dixo don Quixote.
  “Pues por esta abertura de arriba abaxo”,
prosiguio maesse Pedro, tomando en las
manos al partido emperador Carlo Magno, “no
seria mucho que pidiesse yo cinco reales y vn
quartillo.”
  “No es poco”, dixo Sancho.
  “Ni mucho”, replicó el ventero; “mediese la
partida y señalensele cinco reales.”
  “Densele todos cinco y quartillo”, dixo don
Quixote; “que no está en vn quartillo mas a
menos la monta desta notable desgracia, y acabe
presto maesse Pedro, que se haze hora de cenar
y yo tengo ciertos barruntos de hambre.”
  “Por esta figura”, dixo maesse Pedro, “que
está sin narizes y vn ojo menos, que es de la
hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo
justo, dos reales y doze marauedis.”
  “Aun ai seria el diablo”, dixo don Quixote,
“si ya no estuuiesse Melisendra con su esposo,
por lo menos, en la raya de Francia, porque el
cauallo en que yuan a mi me parecio que antes
bolaua que corria, y, assi, no ay para qué
venderme a mi el gato por liebre, presentandome
aqui a Melisendra desnarigada, estando
la otra, si viene a mano, aora holgandose en
Francia con su esposo a pierna tendida. Ayude
Dios con lo suyo a cada vno, señor maesse
Pedro, y caminemos todos con pie llano y con
intencion sana, y prosiga.”
  Maesse Pedro, que vio que don Quixote
yzqui[e]rdeaua y que boluia a su primer tema,
no quiso que se le escapasse, y, assi, le dixo:
  “Esta no deue de ser Melisendra, sino alguna
de las donzellas que la seruian, y, assi, con
sesenta marauedis que me den por ella,
quedaré contento y bien pagado.”
  Desta manera fue poniendo precio a otras
muchas destroçadas figuras, que despues los
moderaron los dos juezes arbitros, con
satisfacion de las partes, que llegaron a quarenta
reales y tres quartillos, y ademas desto, que
luego lo desembolsó Sancho, pidio maesse Pedro
dos reales por el trabajo de tomar el mono.
  “Daselos, Sancho”, dixo don Quixote, “no
para tomar el mono, sino la mona, y dozientos
diera yo aora en albricias a quien me dixera
con certidumbre que la señora doña Melisendra
y el señor don Gayferos estauan ya en
Francia y entre los suyos.”
  “Ninguno nos lo podra dezir mejor que mi
mono”, dixo maesse Pedro, “pero no aura diablo
que aora le tome; aunque imagino que el cariño
y la hambre le han de forçar (h)a que me busque
esta noche, y amanecera Dios, y veremonos.”
  En resolucion, la borrasca del retablo se
acabó y todos cenaron en paz y en buena
compañia, a costa de don Quixote, que era
liberal en todo estremo. Antes que amaneciesse
se fue el que lleuaua las lanças y las alabardas,
y ya despues de amanecido se vinieron a
despedir de don Quixote el primo y el page, el
vno para boluerse a su tierra, y el otro, a
proseguir su camino, para ayuda del qual le dio
don Quixote vna dozena de reales. Maesse
Pedro no quiso boluer a entrar en mas dimes
ni diretes con don Quixote, a quien el conocia
muy bien, y, assi, madrugó antes que el sol, y,
cogiendo las reliquias de su retablo y a su
mono, se fue tambien a buscar sus auenturas.
El ventero, que no conocia a don Quixote,
tan admirado le tenian sus locuras como su
liberalidad. Finalmente, Sancho le pagó muy bien
por orden de su señor, y, despidiendose del,
casi a las ocho del dia dexaron la venta y se
pusieron en camino, donde los dexaremos yr,
que assi conuiene, para dar lugar a contar
otras cosas pertenecientes a la declaracion
desta famosa historia.

                Capitulo XXVII

Donde se da cuenta quiénes eran maesse
  Pedro y su mono, con el mal sucesso que don
  Quixote tuuo en la auentura del rebuzno,
  que no la acabó como el quisiera y como lo
  tenia pensado.

  Entra Cide Hamete, coronista desta grande
historia, con estas palabras en este capitulo:
  “Iuro como catolico christiano”; a lo que su
traductor dize que el jurar Cide Hamete como
catolico christiano, siendo el moro, como sin
duda lo era, no quiso dezir otra cosa, sino que
assi como el catolico christiano, quando jura,
jura o deue jurar verdad y dezirla en lo que
dixere, assi el la dezia como si jurara como
christiano catolico en lo que queria escriuir de
don Quixote, especialmente en dezir quién era
maesse Pedro y quién el mono adiuino que
traia admirados todos aquellos pueblos con
sus adiuinanças.
  Dize, pues, que bien se acordará el que
huuiere leydo la primera parte desta historia de
aquel Gines de Passamonte a quien, entre otros
galeotes, dio libertad don Quixote en Sierra
Morena, beneficio que despues le fue mal
agradecido y peor pagado de aquella gente maligna
y mal acostumbrada. Este Gines de Passamonte,
a quien don Quixote llamaua Ginessillo de
Parapilla, fue el que hurtó a Sancho Pança el
ruzio, que por no auerse puesto el cómo ni
el quándo en la primera parte, por culpa de los
impressores, ha dado en qué entender a
muchos, que atribuian a poca memoria del autor
la falta de emprenta. Pero, en resolucion,
Gines le hurtó estando sobre el durmiendo
Sancho Pança, vsando de la traça y modo que
vsó Brunelo quando, estando Sacripante sobre
Albraca, le sacó el cauallo de entre las piernas,
y despues le cobró Sancho, como se ha
contado. Este Gines, pues, temeroso de no ser
hallado de la justicia que le buscaua para
castigarle de sus infinitas vellaquerias y delitos,
que fueron tantos y tales, que el mismo
compuso vn gran volumen contandolos, determinó
passarsse al reyno de Aragon y cubrirse el ojo
yzquierdo, acomodandose al oficio de titerero;
que esto y el jugar de manos lo sabia hazer
por estremo.
  Sucedio, pues, que de vnos christianos ya
libres que venian de Berberia compró aquel
mono, a quien enseñó que en haziendole
cierta señal, se le subiesse en el ombro y le
murmurasse, o lo pareciesse, al oydo. Hecho esto,
antes que entrasse en el lugar donde entraua
con su retablo y mono, se informaua en el
lugar más cercano, o de quien el mejor podia,
qué cosas particulares huuiessen sucedido en el
tal lugar y a qué personas, y lleuandolas bien
en la memoria, lo primero que hazia era mostrar
su retablo, el qual vnas vezes era de vna
historia y otras de otra, pero todas alegres y
regozijadas y conocidas. Acabada la muestra
proponia las habilidades de su mono, diziendo
al pueblo que adiuinaua todo lo passado
y lo presente, pero que en lo de por venir
no se daua maña; por la respuesta de cada
pregunta pedia dos reales y de algunas hazia
varato, segun tomaua el pulso a los preguntantes,
y como tal vez llegaua a las casas de
quien el sabia los sucessos de los que en ella
morauan, aunque no le preguntassen nada,
por no pagarle, el hazia la seña al mono y
luego dezia que le auia dicho tal y tal cosa,
que venia de molde con lo sucedido; con esto
cobraua credito inefable y andauanse todos
tras el; otras vezes, como era tan discreto,
respondia de manera, que las respuestas venian
bien con las preguntas, y como nadie le apuraua
ni apretaua a que dixesse como adeuinaua
su mono, a todos hazia monas y llenaua
sus esqueros.
  Assi como entró en la venta conocio a don
Quixote y a Sancho, por cuyo conocimiento
le fue facil poner en admiracion a don Quixote
y a Sancho Pança y a todos los que en ella
estauan; pero huuierale de costar caro, si don
Quixote baxara vn poco mas la mano, quando
cortó la cabeça al rey Marsilio y destruyó toda
su caualleria, como queda dicho en el
antecedente capitulo.
  Esto es lo que ay que dezir de maesse Pedro
y de su mono. Y, boluiendo a don Quixote de
la Mancha, digo que despues de auer salido
de la venta, determinó de ver primero las
riberas del rio Hebro y todos aquellos contornos,
antes de entrar en la ciudad de Zaragoça,
pues le daua tiempo para todo el mucho que
faltaua desde alli a las justas. Con esta
intencion siguio su camino, por el qual anduuo dos
dias sin acontecerle cosa digna de ponerse en
escritura, hasta que al tercero, al subir de vna
loma, oyo vn gran rumor de atambores, de
trompetas y arcabuzes; al principio penso que
algun tercio de soldados passaua por aquella
parte, y por verlos picó a Rozinante y subio la
loma arriba, y quando estuuo en la cumbre vio
al pie della, a su parecer, mas de dozientos
hombres armados de diferentes suertes de
armas, como si dixessemos lanzones, ballestas,
partesanas, alabardas y picas, y algunos
arcabuzes y muchas rodelas. Baxó del recuesto y
acercose al esquadron, tanto, que distintamente
vio las vanderas, juzgó de las colores y notó
las empressas que en ellas traian, especialmente
vna que en vn estandarte o giron de raso
blanco venia, en el qual estaua pintado muy al
viuo vn asno como vn pequeño sardesco, la
cabeça leuantada, la boca abierta y la lengua
de fuera, en acto y postura como si estuuiera
rebuznando; alrededor del estauan escritos de
letras grandes estos dos versos:

         “No rebuznaron en valde
       el vno y el otro alcalde.”

  Por esta insignia sacó don Quixote que aquella
gente deuia de ser del pueblo del rebuzno,
y assi se lo dixo a Sancho, declarandole lo que
en el estandarte venia escrito; dixole tambien
que el que les auia dado noticia de aquel caso
se auia errado en dezir que dos regidores auian
sido los que rebuznaron; pero, que segun los
versos del estandarte, no auian sido sino
alcaldes. A lo que respondio Sancho Pança:
  “Señor, en esso no ay que reparar, que bien
puede ser que los regidores que entonces
rebuznaron viniessen con el tiempo a ser alcaldes
de su pueblo, y, assi, se pueden llamar con
entrambos titulos, quanto mas que no haze al
caso a la verdad de la historia ser los rebuznadores
alcaldes o regidores, como ellos vna por
vna ayan rebuznado, porque tan a pique está
de rebuznar vn alcalde como vn regidor.”
  Finalmente, conocieron y supieron como el
pueblo corrido salia a pelear con otro que le
corria mas de lo justo y de lo que se deuia a
la buena vezindad. Fuesse llegando a ellos don
Quixote, no con poca pesadumbre de Sancho,
que nunca fue amigo de hallarse en semejantes
jornadas. Los del esquadron le recogieron
en medio, creyendo que era alguno de los de
su parcialidad. Don Quixote, alçando la visera,
con gentil brio y continente llegó hasta el
estandarte del asno, y alli se le pusieron alrededor
todos los mas principales del exercito, por
verle, admirados con la admiracion acostumbrada,
en que caian todos aquellos que la vez
primera le mirauan. Don Quixote, que los
vio tan atentos a mirarle, sin que ninguno le
hablasse ni le preguntasse nada, quiso aprouecharse
de aquel silencio y, rompiendo el suyo,
alçó la voz y dixo:
  “Buenos señores, quan encarecidamente
puedo os suplico que no interrumpays vn
razonamiento que quiero hazeros, hasta que
veays que os disgusta y enfada; que si esto
sucede, con la mas minima señal que me hagays,
pondre vn sello en mi boca y echaré vna
mordaza a mi lengua.”
  Todos le dixeron que dixesse lo que
quisiesse, que de buena gana le escucharian. Don
Quixote, con esta licencia, prosiguio, diziendo:
  “Yo, señores mios, soy cauallero andante,
cuyo exercicio es el de las armas, y cuya
profession la de fauorecer a los necessitados de
fauor y acudir a los menesterosos. Dias ha que
he sabido vuestra desgracia y la causa que os
mueue a tomar las armas a cada paso, para
vengaros de vuestros enemigos. Y, auiendo
discurrido vna y muchas vezes en mi entendimiento
sobre vuestro negocio, hallo, segun las
leyes del duelo, que estays engañados en
teneros por afrentados, porque ningun particular
puede afrentar a vn pueblo entero, si no es
retandole de traydor por junto, porque no sabe
en particular quién cometio la traycion porque
le reta. Exemplo desto tenemos en don Diego
Ordoñez de Lara, que retó a todo el pueblo
zamorano, porque ignoraua que solo Vellido
Dolfos auia cometido la traycion de matar a
su rey, y, assi, retó a todos y a todos tocaua la
vengança y la respuesta; aunque bien es verdad
que el señor don Diego anduuo algo demasiado
y aun pasó muy adelante de los limites
del reto, porque no tenia para qué retar a
los muertos, a las aguas, ni a los panes, ni a
los que estauan por nacer, ni a las otras menudencias
que alli se declaran; pero ¡vaya!, pues
quando la colera sale de madre, no tiene la
lengua padre, ayo ni freno que la corrija.
Siendo, pues, esto assi, que vno solo no puede
afrentar a reyno, prouincia, ciudad, republica ni
pueblo entero, queda en limpio que no ay para
qué salir a la vengança del reto de la tal
afrenta, pues no lo es; porque ¡bueno seria que se
matassen a cada paso los del pueblo de la Reloxa
con quien se lo llama, ni los cazoleros,
verengeneros, vallenatos, xauoneros, ni los de
otros nombres y apellidos que andan por ahi
en boca de los muchachos y de gente de poco
mas a menos! ¡Bueno seria, por cierto, que
todos estos insignes pueblos se corriessen y
vengassen y anduuiessen contino hechas las
espadas sacabuches a qualquier pendencia, por
pequeña que fuesse! No, no, ni Dios lo permita
o quiera; los varones prudentes, las republicas
bien concertadas, por quatro cosas han de
tomar las armas y desenuaynar las espadas y
poner a riesgo sus personas, vidas y haziendas:
la primera, por defender la fe catolica;
la segunda, por defender su vida, que es de
ley natural y diuina; la tercera, en defensa de
su honra, de su familia y hazienda; la quarta,
en seruicio de su rey en la guerra justa, y si le
quisieremos añadir la quinta, que se puede
contar por segunda, es en defensa de su patria.
A estas cinco causas, como capitales, se
pueden agregar algunas otras que sean justas
y razonables y que obliguen a tomar las
armas; pero tomarlas por niñerias y por cosas
que antes son de risa y passatiempo que de
afrenta, parece que quien las toma carece de
todo razonable discurso, quanto mas que el
tomar vengança injusta, que justa no puede
auer alguna que lo sea, va derechamente contra
la santa ley que professamos, en la qual se
nos manda que hagamos bien a nuestros
enemigos y que amemos a los que nos aborrecen,
mandamiento que aunque parece algo dificultoso
de cumplir, no lo es sino para aquellos
que tienen menos de Dios que del mundo, y
mas de carne que de espiritu; porque Iesu
Christo, Dios y hombre verdadero, que nunca
mintio, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador
nuestro, dixo que su yugo era suaue y su carga
liuiana, y, assi, no nos auia de mandar cosa
que fuesse impossible el cumplirla. Assi que,
mis señores, vuessas mercedes estan obligados
por leyes diuinas y humanas a sossegarse.”
  “El diablo me lleue”, dixo a esta sazon Sancho
entre si, “si este mi amo no es tologo, y si
no lo es, que lo parece como vn gueuo a otro.”
  Tomó vn poco de aliento don Quixote, y,
viendo que todauia le prestauan silencio, quiso
passar adelante en su platica, como passara si
no se pusiera en medio la agudeza de
Sancho, el qual, viendo que su amo se detenia,
tomó la mano por el, diziendo:
  “Mi señor don Quixote de la Mancha, que
vn tiempo se llamó el Cauallero de la Triste
Figura y aora se llama el Cauallero de los
Leones, es vn hidalgo muy atentado que sabe
latin y romance como vn bachiller, y en todo
quanto trata y aconseja procede como muy
buen soldado, y tiene todas las leyes y
ordenanças de lo que llaman el duelo en la vña, y
assi no ay mas que hazer sino dexarse lleuar
por lo que el dixere, y sobre mi si lo erraren;
quanto mas que ello se está dicho que es
necedad correrse por solo oyr vn rebuzno; que
yo me acuerdo, quando muchacho, que rebuznaua
cada y quando que se me antojaua, sin
que nadie me fuesse a la mano, y con tanta
gracia y propiedad, que en rebuznando yo,
rebuznauan todos los asnos del pueblo, y no por
esso dexaua de ser hijo de mis padres, que
eran honradissimos; y aunque por esta habilidad
era inuidiado de mas de quatro de los estirados
de mi pueblo, no se me daua dos ardites.
Y porque se vea que digo verdad, esperen
y escuchen; que esta ciencia es como la del
nadar que, vna vez aprendida, nunca se oluida.”
  Y luego, puesta la mano en las narizes,
començo a rebuznar tan reziamente, que todos
los cercanos valles retumbaron. Pero vno de
los que estauan junto a el, creyendo que hazia
burla dellos, alçó vn varapalo que en la mano
tenia y diole tal golpe con el, que sin ser
poderoso a otra cosa, dio con Sancho Pança en el
suelo. Don Quixote, que vio tan mal parado a
Sancho, arremetio al que le auia dado, con la
lança sobre mano; pero fueron tantos los que
se pusieron en medio, que no fue possible
vengarle; antes, viendo que llouia sobre el vn
nublado de piedras y que le amenazauan mil
encaradas ballestas y no menos cantidad de
arcabuzes, boluio las riendas a Rozinante, y a
todo lo que su galope pudo se salio de entre
ellos, encomendandose de todo coraçon a Dios,
que de aquel peligro le librasse, temiendo a
cada paso no le entrasse alguna vala por las
espaldas y le saliesse al pecho, y a cada punto
recogia el aliento, por ver si le faltaua.
  Pero los del esquadron se contentaron con verle
huyr, sin tirarle. A Sancho le pusieron sobre
su jumento, apenas buelto en si y le dexaron yr
tras su amo, no porque el tuuiesse sentido para
regirle; pero el ruzio siguio las huellas de
Rozinante, sin el qual no se hallaua vn punto.
  Alongado, pues, don Quixote buen trecho,
boluio la cabeça y vio que Sancho venia, y
atendiole, viendo que ninguno le seguia. Los
del esquadron se estuuieron alli hasta la noche,
y por no auer salido a la batalla sus contrarios
se boluieron a su pueblo regozi[j]ados
y alegres, y si ellos supieran la costumbre
antigua de los griegos, leuantaran en aquel lugar
y sitio vn trofeo.

               Capitulo XXVIII

  De cosas que dize Benengeli que las sabra
  quien le leyere, si las lee con atencion.

  Quando el valiente huye la supercheria está
descubierta, y es de varones prudentes guardarse
para mejor ocasion. Esta verdad se verificó
en don Quixote, el qual, dando lugar a la
furia del pueblo y a las malas intenciones de
aquel indignado escuadron, puso pies en
poluorosa, y sin acordarse de Sancho ni del
peligro en que le dexaua, se apartó tanto quanto
le parecio que bastaua, para estar seguro.
Seguiale Sancho atrauessado en su jumento,
como queda referido. Llegó, en fin, ya buelto
en su acuerdo, y al llegar se dexó caer del
ruzio a los pies de Rozinante, todo ansioso,
todo molido y todo apaleado. Apeose don
Quixote para catarle las feridas, pero como le
hallase sano de los pies a la cabeça, con assaz
colera le dixo:
  “¡Tan en hora mala supistes vos rebuznar,
Sancho! Y ¿dónde hallastes vos ser bueno el
nombrar la soga en casa del ahorcado? A
musica de rebuznos ¿qué contrapunto se auia
de lleuar sino de varapalos? Y dad gracias a
Dios, Sancho, que ya que os santiguaron con
vn palo, no os hizieron el per signum cruzis con
vn alfange.”
  “No estoy para responder”, respondio
Sancho, “porque me parece que hablo por las
espaldas; subamos y apartemonos de aqui, que
yo pondre silencio en mis rebuznos; pero no
[puedo] dexar de dezir que los caualleros
andantes huyen, y dexan a sus buenos
escuderos molidos como alheña o como cibera en
poder de sus enemigos.”
  “No huye el que se retira”, respondio don
Quixote, “porque has de saber, Sancho, que
la valentia que no se funda sobre la basa de
la prudencia se llama temeridad, y las hazañas
del temerario mas se atribuyen a la buena
fortuna que a su animo. Y, assi, yo confiesso que
me he retirado, pero no huydo, y en esto e
imitado a muchos valientes, que se han guardado
para tiempos mejores, y desto estan las
historias llenas, las quales, por no serte a ti de
prouecho ni a mi de gusto, no te las refiero
aora.”
  En esto, ya estaua a cauallo Sancho, ayudado
de don Quixote, el qual assimismo subio
en Rozinante, y poco a poco se fueron a
emboscar en vna alameda que hasta vn quarto de
legua de alli se parecia. De quando en quando
daua Sancho vnos ayes profundissimos y vnos
gemidos dolorosos. Y, preguntandole don
Quixote la causa de tan amargo sentimiento,
respondio que desde la punta del espinazo hasta
la nuca del celebro le dolia de manera, que le
sacaua de sentido.
  “La causa desse dolor deue de ser, sin duda”,
dixo don Quixote, “que como era el palo con
que te dieron largo y tendido, te cogio todas
las espaldas, donde entran todas essas partes
que te duelen; y si mas te cogiera, mas te
doliera.”
  “Por Dios”, dixo Sancho, “que vuessa merced
me ha sacado de vna gran duda, y que me
la ha declarado por lindos terminos. ¡Cuerpo
de mi!, ¿tan encubierta estaua la causa de mi
dolor, que ha sido menester dezirme que me
duele todo todo aquello que alcançó el palo?
Si me dolieran los touillos, aun pudiera ser que
se anduuiera adiuinando el por qué me dolian;
pero dolerme lo que me molieron no es mucho
adiuinar. A la fe, señor nuestro amo, el mal
ageno de pelo cuelga, y cada dia voy
descubriendo tierra de lo poco que puedo esperar
de la compañia que con vuessa merced tengo,
porque si esta vez me ha dexado apalear, otra
y otras ciento bolueremos a los manteamientos
de marras y a otras muchacherias, que si
aora me han salido a las espaldas, despues
me saldran a los ojos. Harto mejor haria yo,
sino que soy vn barbaro y no hare nada que
bueno sea en toda mi vida, harto mejor haria
yo, bueluo a dezir, en boluerme a mi casa y a
mi muger y a mis hijos, y sustentarla y criarlos
con lo que Dios fue[sse] seruido de darme, y no
andarme tras vuessa merced por caminos sin
camino, y por sendas y carreras que no las
tienen, beuiendo mal y comiendo peor. Pues
¡tomadme el dormir! Contad, hermano escudero,
siete pies de tierra, y si quisieredes mas, tomad
otros tantos, que en vuestra mano está escudillar,
y tendeos a todo vuestro buen talante, que
quemado vea yo y hecho poluos al primero
que dio puntada en la andante caualleria, o, a
lo menos, al primero que quiso ser escudero
de tales tontos como deuieron ser todos los
caualleros andantes passados; de los presentes
no digo nada, que por ser vuessa merced vno
dellos los tengo respeto, y porque se que sabe
vuessa merced vn punto mas que el diablo en
quanto habla y en quanto piensa.”
  “Haria yo vna buena apuesta con vos,
Sancho”, dixo don Quixote, “que aora que vays
hablando, sin que nadie os vaya a la mano,
que no os duele nada en todo vuestro cuerpo.
Hablad, hijo mio, todo aquello que os viniere
al pensamiento y a la boca; que a trueco de
que a vos no os duela nada, tendre yo por gusto
el enfado que me dan vuestras impertinencias,
y si tanto desseays bolueros a vuestra
casa con vuestra muger y hijos, no permita
Dios que yo os lo impida; dineros teneys mios,
mirad quánto ha que esta tercera vez salimos
de nuestro pueblo, y mirad lo que podeys y
deueys ganar cada mes, y pagaos de vuestra
mano.”
  “Quando yo seruia”, respondio Sancho, “a
Tomé Carrasco, el padre del bachiller Sanson
Carrasco, que vuessa merced bien conoce, dos
ducados ganaua cada mes, amen de la comida;
con vuessa merced no se lo que puedo ganar,
puesto que se que tiene mas trabajo el escudero
del cauallero andante que el que sirue a
vn labrador; que, en resolucion, los que
seruimos a labradores, por mucho que trabajemos
de dia, por mal que suceda, a la noche
cenamos olla y dormimos en cama, en la qual no
he dormido despues que ha que siruo a vuessa
merced, si no ha sido el tiempo breue que
estuuimos en casa de don Diego de Miranda,
y la gira que tuue con la espuma que saqué de
las ollas de Camacho, y lo que comi y beui y
dormi en casa de Basilio; todo el otro tiempo
he dormido en la dura tierra al cielo abierto,
sugeto a lo que dizen inclemencias del cielo,
sustentandome con rajas de queso y mendrugos
de pan, y beuiendo aguas, ya de arroyos,
ya de fuentes, de las que encontramos por
essos andurriales donde andamos.”
  “Confiesso”, dixo don Quixote, “que todo lo
que dizes, Sancho, sea verdad; ¿quánto parece
que os deuo dar mas de lo que os daua Tomé
Carrasco?”
  “A mi parecer”, dixo Sancho, “con dos
reales mas que vuessa merced añadiesse cada
mes me tendria por bien pagado. Esto es quanto
al salario de mi trabajo; pero en quanto a
satisfazerme a la palabra y promessa que
vuessa merced me tiene hecha de darme el
gouierno de vna insula, seria justo que se me
añadiessen otros seys reales, que por todos
serian treynta.”
  “Está muy bien”, replicó don Quixote “y
conforme al salario que vos os aueis señalado,
25 dias ha que salimos de nuestro pueblo:
contad, Sancho, rata por cantidad y mirad lo
que os deuo, y pagaos, como os tengo dicho,
de vuestra mano.”
  “¡O cuerpo de mi!”, dixo Sancho, “que va
vuessa merced muy errado en esta cuenta,
porque en lo de la promessa de la insula se ha
de contar desde el dia que vuessa merced me
la prometio, hasta la presente hora en que
estamos.”
  “Pues ¿qué tanto ha, Sancho, que os la
prometi?”, dixo don Quixote.
  “Si yo mal no me acuerdo”, respondio Sancho,
“deue de auer mas de 20 años, tres dias
mas a menos.”
  Diose don Quixote vna gran palmada en la
frente, y començo a reyr muy de gana, y
dixo:
  “Pues no anduue yo en Sierra Morena, ni en
todo el discurso de nuestras salidas, sino dos
meses apenas, y ¿dizes, Sancho, que ha 20
años que te prometi la insula? Aora digo que
quieres que se consuma en tus salarios el
dinero que tienes mio, y si esto es assi y tu
gustas dello, desde aqui te lo doy y buen
prouecho te haga; que a trueco de verme sin tan
mal escudero, holgareme de quedarme pobre y
sin blanca. Pero dime, preuaricador de las
ordenanças escuderiles de la andante caualleria,
¿dónde has visto tu, o leydo, que ningun
escudero de cauallero andante se aya puesto con
su señor, en [tanto mas quanto] me aueis
de dar cada mes porque os sirua? Entrate,
entrate, malandrin, follon y vestiglo, que todo
lo pareces, entrate, digo, por el mare magnum
de sus historias, y si hallares que algun
escudero aya dicho, ni pensado, lo que aqui has
dicho, quiero que me le claues en la frente, y,
por añadidura, me hagas quatro mamonas
selladas en mi rostro. Buelue las riendas, o el
cabestro, al ruzio, y bueluete a tu casa, porque
vn solo paso desde aqui no has de passar mas
adelante conmigo. ¡O pan mal conocido!;
¡o promessas mal colocadas!; ¡o hombre que
tiene mas de bestia que de persona! ¿Aora
quando yo pensaua ponerte en estado, y tal, que
a pesar de tu muger te llamaran señoria, te
despides? ¿Aora te vas, quando yo venia con
intencion firme y valedera de hazerte señor de la
mejor insula del mundo? En fin, como tu has
dicho otras vezes, no es la miel, etc.; asno eres,
y asno has de ser y en asno has de parar quando
se te acabe el curso de la vida, que para
mi tengo que antes llegará ella a su vltimo
termino que tu caygas y des en la cuenta de
que eres bestia.”
  Miraua Sancho a don Quixote de en hito en
hito, en tanto que los tales vituperios le dezia;
y compungiose de manera, que le vinieron las
lagrimas a los ojos, y con voz dolorida y
enferma le dixo:
  “Señor mio, yo confiesso que, para ser del
todo asno, no me falta mas de la cola; si
vuessa merced quiere ponermela, yo la dare por
bien puesta y le seruire como jumento todos
los dias que me quedan de mi vida. Vuessa
merced me perdone y se duela de mi mocedad,
y aduierta que se poco, y que si hablo
mucho, mas procede de enfermedad que de
malicia; mas quien yerra y se enmienda, a Dios
se encomienda.”
  “Marauillarame yo, Sancho, si no mezclaras
algun refrancico en tu coloquio. Aora bien, yo
te perdono con que te emiendes y con que
no te muestres de aqui adelante tan amigo de
tu interes, sino que procures ensanchar el
coraçon y te alientes y animes a esperar el
cumplimiento de mis promessas, que, aunque se
tarda, no se impossibilita.”
  Sancho respondio que si haria, aunque sacasse
fuerças de flaqueza. Con esto, se metieron
en la alameda, y don Quixote se acomodó al
pie de vn olmo y Sancho al de vna haya, que
estos tales arboles y otros sus semejantes
siempre tienen pies, y no manos. Sancho passó la
noche penosamente, porque el varapalo se
hazia mas sentir con el sereno. Don Quixote la
passó en sus continuas memorias, pero con
todo esso dieron los ojos al sueño, y al salir
del alua siguieron su camino buscando las
riberas del famoso Ebro, donde les sucedio lo
que se contará en el capitulo venidero.

                Capitulo XXIX

    De la famosa auentura del barco encantado.

  Por sus pasos contados y por contar, dos
dias despues que salieron de la alameda,
llegaron don Quixote y Sancho al rio Hebro, y el
verle fue de gran gusto a don Quixote, porque
contempló y miró en el la amenidad de sus
riberas, la claridad de sus aguas, el sossiego
de su curso y la abundancia de sus liquidos
cristales, cuya alegre vista renouo en su
memoria mil amorosos pensamientos; especialmente,
fue y vino en lo que auia visto en la
cueua de Montesinos, que, puesto que el mono
de maesse Pedro le auia dicho que parte de
aquellas cosas eran verdad y parte mentira, el
se atenia mas a las verdaderas que a las
mentirosas, bien al rebes de Sancho, que todas las
tenia por la mesma mentira.
  Yendo, pues, desta manera, se le ofrecio a la
vista vn pequeño barco sin remos, ni otras
jarcias algunas, que estaua atado en la orilla a
vn tronco de vn arbol que en la ribera estaua.
Miró don Quixote a todas partes y no vio
persona alguna, y luego, sin mas ni mas se apeó
de Rozinante y mandó a Sancho que lo mesmo
hiziesse del ruzio, y que a entrambas bestias
las atasse muy bien, juntas, al tronco de vn
alamo o sauze que alli estaua. Preguntole
Sancho la causa de aquel subito apeamiento y
de aquel ligamiento. Respondio don Quixote:
  “Has de saber, Sancho, que este barco que
aqui está, derechamente y sin poder ser otra
cosa en contrario, me está llamando y
combidando a que entre en el, y vaya en el a dar
socorro a algun cauallero o a otra necessitada
y principal persona, que deue de estar puesta
en alguna grande cuyta, porque este es estilo
de los libros de las historias cauallerescas y de
los encantadores que en ellas se entremeten
y platican: quando algun cauallero está puesto
en algun trabajo, que no puede ser librado del
sino por la mano de otro cauallero, puesto que
esten distantes el vno del otro dos o tres mil
leguas y aun mas, o le arrebatan en vna nube,
o le deparan vn barco donde se entre, y, en
menos de vn abrir y cerrar de ojos, le lleuan,
o por los ayres o por la mar, donde quieren
y adonde es menester su ayuda. Assi que, ¡o
Sancho!, este barco está puesto aqui para el
mesmo efecto, y esto es tan verdad como es
aora de dia, y antes que este se passe, ata
juntos al ruzio y a Rozinante, y a la mano de
Dios que nos guie; que no dexaré de embarcarme
si me lo pidiessen frayles descalços.”
  “Pues assi es”, respondio Sancho, “y vuessa
merced quiere dar a cada paso en estos que
no se si los llame disparates, no ay sino
obedecer y baxar la cabeça, atendiendo al refran:
haz lo que tu amo te manda y sientate con el
a la mesa. Pero con todo esto, por lo que toca
al descargo de mi conciencia, quiero aduertir
a vuessa merced que a mi me parece que
este tal barco no es de los encantados, sino
de algunos pescadores deste rio, porque en el
se pescan las mejores sabogas del mundo.”
  Esto dezia mientras ataua las bestias
Sancho, dexandolas a la protecion y amparo de
los encantadores, con harto dolor de su anima.
Don Quixote le dixo que no tuuiesse pena del
desamparo de aquellos animales; que el que
los lleuaria a ellos por tan longinquos caminos
y regiones tendria cuenta de sustentarlos.
  “No entiendo esso de logicuos”, dixo Sancho,
“ni he oydo tal vocablo en todos los dias
de mi vida.”
  “Longinquos”, respondio don Quixote, “quiere
dezir apartados, y no es marauilla que no lo
entiendas, que no estás tu obligado a saber
latin, como algunos que presumen que lo
saben, y lo ignoran.”
  “Ya estan atados”, replicó Sancho; “¿qué
hemos de hazer aora?”
  “¿Qué?”, respondio don Quixote; “santiguarnos
y leuar ferro, quiero dezir, embarcarnos
y cortar la amarra con que este barco está
atado.”
  Y, dando vn salto en el, siguiendole Sancho,
cortó el cordel, y el barco se fue apartando
poco a poco de la ribera, y quando Sancho se
vio obra de dos varas dentro del rio, començo
a temblar, temiendo su perdicion; pero ninguna
cosa le dio mas pena que el oyr roznar al
ruzio y el ver que Rozinante pugnaua por
desatarse, y dixole a su señor:
  “El ruzio rebuzna, condolido de nuestra
ausencia, y Rozinante procura ponerse en libertad
para arrojarse tras nosotros. ¡O carissimos
amigos, quedaos en paz, y la locura que nos
aparta de vosotros, conuertida en desengaño, nos
buelua a vuestra presencia!”
  Y en esto, començo a llorar tan amargamente,
que don Quixote, mohino y colerico, le dixo:
  “¿De qué temes, couarde criatura? ¿De qué
lloras, coraçon de mantequillas? ¿Quién te
persigue o quién te acosa, animo de raton casero,
o qué te falta, menesteroso en la mitad de
las entrañas de la abundancia? ¿Por dicha vas
caminando a pie y descalço por las montañas
rifeas, sino sentado en vna tabla como vn
archiduque, por el sesgo curso deste agradable
rio, de donde en breue espacio saldremos al
mar dilatado? Pero ya auemos de auer salido,
y caminado, por lo menos, setecientas o
ochocientas leguas, y si yo tuuiera aqui vn
astrolabio con que tomar la altura del polo,
yo te dixera las que hemos caminado, aunque,
o yo se poco, o ya hemos passado o passaremos
presto por la linea equinocial que diuide
y corta los dos contrapuestos polos en ygual
distancia.”
  “Y quando lleguemos a essa leña que vuessa
merced dize”, preguntó Sancho, “¿quánto
auremos caminado?”
  “Mucho”, replicó don Quixote, “porque de
trecientos y sesenta grados que contiene el
globo del agua y de la tierra, segun el
computo de Ptolomeo, que fue el mayor
cosmografo que se sabe, la mitad auremos
caminado, llegando a la linea que he dicho.”
  “Por Dios”, dixo Sancho, “que vuessa merced
me trae por testigo de lo que dize a vna gentil
persona, puto y gafo, con la añadidura de meon
o meo, o no se cómo.”
  Riose don Quixote de la interpretacion que
Sancho auia dado al nombre y al computo y
cuenta del cosmografo Ptolomeo, y dixole:
  “Sabras, Sancho, que los españoles y los
que se embarcan en Cadiz para yr a las Indias
Orientales, vna de las señales que tienen
para entender que han passado la linea equinocial
que te he dicho, es que a todos los que
van en el nauio se les mueren los piojos, sin
que les quede ninguno, ni en todo el vagel le
hallarán si le pesan a oro, y, assi, puedes,
Sancho, passear vna mano por vn muslo, y si
topares cosa viua, saldremos desta duda, y si no,
passado auemos.”
  “Yo no creo nada desso”, respondio Sancho,
“pero con todo hare lo que vuessa merced me
manda, aunque no se para qué ay necessidad
de hazer essas experiencias, pues yo veo con
mis mismos ojos que no nos auemos apartado
de la ribera cinco varas, ni hemos decantado
de donde estan las alemañas dos varas, porque
alli estan Rozinante y el ruzio en el propio
lugar do los dexamos, y tomada la mira como
yo la tomo aora, voto a tal que no nos
mouemos ni andamos al paso de vna hormiga.”
  “Haz, Sancho, la aueriguacion que te he dicho
y no te cures de otra, que tu no sabes qué cosa
sean coluros, lineas, paralelos, zodiacos, cliticas,
polos, solsticios, equinocios, planetas,
signos, puntos, medidas de que se compone la
esfera celeste y terrestre; que si todas estas
cosas supieras, o parte dellas, vieras
claramente qué de paralelos hemos cortado, qué de
signos visto y qué de imagines hemos dexado
atras y vamos dexando aora. Y tornote a dezir
que te tientes y pesques; que yo para mi tengo
que estás mas limpio que vn pl[i]ego de papel
liso y blanco.”
  Tentose Sancho, y, llegando con la mano
bonitamente y con tiento hazia la corba
yzquierda, alçó la cabeça y miró a su amo, y dixo:
  “O la experiencia es falsa, o no hemos
llegado adonde vuessa merced dize, ni con muchas
leguas.”
  “Pues ¿qué?”, preguntó don Quixote; “¿has
topado algo?”
  “Y aun algos”, respondio Sancho.
  Y, sacudiendose los dedos, se lauó toda la
mano en el rio, por el qual sossegadamente
se deslizaua el barco por mitad de la corriente,
sin que le mouiesse alguna inteligencia secreta
ni algun encantador escondido, sino el mismo
curso del agua, blando entonces y suaue.
  En esto, descubrieron vnas grandes hazeñas
que en la mitad del rio estauan, y apenas las
huuo visto don Quixote, quando con voz alta
dixo a Sancho:
  “¿Vees? Alli, ¡o amigo!, se descubre la ciudad,
castillo o fortaleza donde deue de estar algun
cauallero oprimido, o alguna reyna, infanta
o princessa malparada, para cuyo socorro soy
aqui traydo.”
  “¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo,
dize vuessa merced, señor?”, dixo Sancho; “¿no
echa de ver que aquellas son hazeñas que
estan en el rio, donde se muele el trigo?”
  “Calla, Sancho”, dixo don Quixote, “que
aunque parecen hazeñas, no lo son, y ya te he
dicho que todas las cosas trastruecan y mudan
de su ser natural los encantos; no quiero
dezir que las mudan de en vno en otro ser
realmente, sino que lo parece, como lo mostro
la experiencia en la transformacion de
Dulcinea, vnico refugio de mis esperanças.”
  En esto, el barco, entrado en la mitad de la
corriente del rio, començo a caminar no tan
lentamente como hasta alli. Los molineros de
las hazeñas, que vieron venir aquel barco por
el rio y que se yua a embocar por el raudal de
las ruedas, salieron con presteza muchos dellos
con varas largas a detenerle, y como salian
enharinados y cubiertos los rostros y los
vestidos del poluo de la harina, representauan vna
mala vista; dauan vozes grandes, diziendo:
  “¡Demonios de hombres! ¿Dónde vays?
¿Venis desesperados, que quereys ahogaros
y hazeros pedaços en estas ruedas?”
  “¿No te dixe yo, Sancho”, dixo a esta sazon
don Quixote, “que auiamos llegado donde he
de mostrar a do llega el valor de mi braço?
Mira qué de malandrines y follones me salen al
encuentro; mira quántos vestiglos se me
oponen; mira quántas feas cataduras nos hazen
cocos; pues ¡aora lo vereis, bellacos!”
  Y, puesto en pie en el barco, con grandes
vozes començo a amenazar a los molineros,
diziendoles:
  “¡Canalla maluada y peor aconsejada, dexad
en su libertad y libre aluedrio a la persona que
en essa vuestra fortaleza o prision teneis
oprimida, alta o baxa, de qualquiera suerte o
calidad que sea; que yo soy don Quixote de la
Mancha, llamado el Cauallero de los Leones
por otro nombre, a quien está reseruada por
orden de los altos cielos el dar fin felice a esta
auentura!”
  Y, diziendo esto, echó mano a su espada y
començo a esgrimirla en el ayre contra los
molineros, los quales, oyendo y no entendiendo
aquellas sandezes, se pusieron con sus varas
a detener el barco que ya yua entrando en el
raudal y canal de las ruedas. Pusose Sancho
de rodillas, pidiendo deuotamente al cielo le
librasse de tan manifiesto peligro, como lo hizo
por la industria y presteza de los molineros,
que, oponiendose con sus palos al barco, le
detuuieron, pero no de manera, que dexassen de
trastornar el barco y dar con don Quixote y con
Sancho al traues en el agua; pero vinole bien a
don Quixote, que sabia nadar como vn ganso,
aunque el peso de las armas le lleuó al fondo
dos vezes, y si no fuera por los molineros,
que se arrojaron al agua y los sacaron como
en peso a entrambos, alli auia sido Troya para
los dos.
  Puestos, pues, en tierra, mas mojados que
muertos de sed, Sancho, puesto de rodillas, las
manos juntas y los ojos clauados al cielo,
pidio a Dios con vna larga y deuota plegaria le
librasse de alli adelante de los atreuidos
desseos y acometimientos de su señor. Llegaron,
en esto, los pescadores dueños del barco, a
quien auian hecho pedaços las ruedas de las
hazeñas, y viendole roto, acometieron a
desnudar a Sancho y a pedir a don Quixote se lo
pagasse, el qual, con gran sossiego, como si no
huuiera passado nada por el, dixo a los
molineros y pescadores que el pagaria el barco de
bonissima gana, con condicion que le diessen
libre y sin cautela a la persona o personas que
en aquel castillo estauan oprimidas.
  “¿Qué personas o qué castillo dize”,
respondio vno de los molineros, “hombre sin
juyzio?; ¿quiereste lleuar, por ventura, las que
vienen a moler trigo a estas hazeñas?”
  “Basta”, dixo entre si don Quixote, “aqui sera
predicar en desierto querer reduzir a esta
canalla a que por ruegos haga virtud alguna. Y
en esta auentura se deuen de auer encontrado
dos valientes encantadores, y el vno estorua
lo que el otro intenta; el vno me deparó el
barco y el otro dio conmigo al traues. Dios lo
remedie; que todo este mundo es maquinas
y traças, contrarias vnas de otras. Yo no
puedo mas.”
  Y, alçando la voz, prosiguio diziendo y
mirando a las hazeñas:
  “Amigos, qualesquiera que seays, que en
essa prision quedays encerrados, perdonadme,
que por mi desgracia y por la vuestra yo no os
puedo sacar de vuestra cuyta; para otro
cauallero deue de estar guardada y reseruada esta
auentura.”
  En diziendo esto, se concerto con los pescadores
y pagó por el barco 50 reales, que los dio
Sancho de muy mala gana, diziendo:
  “A dos barcadas como esta(s), daremos con
todo el caudal al fondo.”
  Los pescadores y molineros estauan admirados,
mirando aquellas dos figuras tan fuera
del vso, al parecer, de los otros hombres, y no
acabauan de entender a do se encaminauan las
razones y preguntas que don Quixote les dezia,
y, teniendolos por locos, les dexaron y se
recogieron a sus hazeñas, y los pescadores a sus
ranchos. Boluieron a sus bestias y a ser bestias,
don Quixote y Sancho; y este fin tuuo la
auentura del encantado barco.

                 Capitulo XXX

De lo que le auino a don Quixote con vna bella
                  caçadora.

  Assaz melancolicos y de mal talante llegaron
a sus animales cauallero y escudero, esp[e]cialmente
Sancho, a quien llegaua al alma llegar
al caudal del dinero, pareciendole que todo lo
que del se quitaua era quitarselo a el de las
niñas de sus ojos. Finalmente, sin hablarse
palabra, se pusieron a cauallo y se apartaron del
famoso rio, Don Quixote, sepultado en los
pensamientos de sus amores, y Sancho, en los de
su acrecentamiento, que por entonces le parecia
que estaua bien lexos de tenerle, porque
maguer era tonto, bien se le alcançaua que
las acciones de su amo, todas o las mas, eran
disparates, y buscaua ocasion de que, sin entrar
en cuentas ni en despedimientos con su señor,
vn dia se desgarrasse y se fuesse a su casa;
pero la fortuna ordenó las cosas muy al reues
de lo que el temia.
  Sucedio, pues, que otro dia, al poner del sol,
y al salir de vna selua, tendio don Quixote la
vista por vn verde prado, y en lo vltimo del vio
gente, y, llegandose cerca, conocio que eran
caçadores de altaneria; llegose mas, y entre ellos
vio vna gallarda señora sobre vn palafren o
hacanea blanquissima, adornada de guarniciones
verdes y con vn sillon de plata. Venia la
señora assimismo vestida de verde, tan bizarra
y ricamente, que la misma bizarria venia
transformada en ella. En la mano yzquierda traia vn
azor, señal que dio a entender a don Quixote
ser aquella alguna gran señora, que deuia serlo
de todos aquellos caçadores, como era la
verdad, y, assi, dixo a Sancho:
  “Corre, hijo Sancho, y di a aquella señora
del palafren y del azor, que yo, el Cauallero de
los Leones, besa las manos a su gran fermosura,
y que si su grandeza me da licencia, se las
yre a besar y a seruirla en quanto mis fuerças
pudieren y su alteza me mandare; y mira,
Sancho, cómo hablas, y ten cuenta de no encaxar
algun refran de los tuyos en tu embaxada.”
  “Hallado os le aueis el encaxador”, respondio
Sancho. “¡A mi con esso!; ¡si, que no es esta
la vez primera que he lleuado embaxadas a
altas y crecidas señoras en esta vida!”
  “Si no fue la que lleuaste a la señora
Dulcinea”, replicó don Quixote, “yo no se que ayas
lleuado otra, a lo menos, en mi poder.”
  “Assi es verdad”, respondio Sancho, “pero
al buen pagador no le duelen prendas, y en
casa llena presto se guisa la cena; quiero dezir
que a mi no ay que dezirme ni aduertirme de
nada; que para todo tengo y de todo se me
alcança vn poco.”
  “Yo lo creo, Sancho”, dixo don Quixote; “ve
en buena hora y Dios te guie.”
  Partio Sancho de carrera, sacando de su paso
al ruzio, y llegó donde la bella caçadora estaua,
y apeandose, puesto ante ella de hinojos, le dixo:
  “Hermosa señora: aquel cauallero que alli se
parece, llamado el Cauallero de los Leones, es
mi amo, y yo soy vn escudero suyo, a quien
llaman en su casa Sancho Pança; este tal
Cauallero de los Leones, que no ha mucho que se
llamaua el de la Triste Figura, embia por mi a
dezir a vuestra grandeza sea seruida de darle
licencia para que, con su proposito y
beneplacito y consentimiento, el venga a poner en
obra su desseo, que no es otro, segun el dize
y yo pienso, que de seruir a vuestra encumbrada
altaneria y fermosura; que en darsela
vuestra señoria hara cosa que redunde en su
pro, y el recibira señaladissima merced y
contento.”
  “Por cierto, buen escudero”, respondio la
señora, “vos aueys dado la embaxada vuestra
con todas aquellas circunstancias que las tales
embaxadas piden: leuantaos del suelo, que
escudero de tan gran cauallero como es el de la
Triste Figura, de quien ya tenemos aca mucha
noticia, no es justo que esté de hinojos;
leuantaos, amigo, y dezid a vuestro señor que venga
mucho en hora buena a seruirse de mi y del
duque, mi marido, en vna casa de plazer que
aqui tenemos.”
  Leuantose Sancho, admirado assi de la
hermosura de la buena señora como de su mucha
criança y cortesia, y mas de lo que auia dicho
que tenia noticia de su señor el Cauallero de
la Triste Figura, y que si no le auia llamado
el de los Leones, deuia de ser por auersele
puesto tan nueuamente. Preguntole la
duquessa --cuyo titulo aun no se sabe:
  “Dezidme, hermano escudero, este vuestro
señor, ¿no es vno de quien anda impressa vna
historia que se llama del Ingenioso Hidalgo
don Quixote de la Mancha, que tiene por señora
de su alma a vna tal Dulcinea del Toboso?”
  “El mesmo es, señora”, respondio Sancho,
“y aquel escudero suyo que anda, o deue de
andar, en la tal historia, a quien llaman Sancho
Pança, soy yo, si no es que me trocaron en la
cuna, quiero dezir, que me trocaron en la
estampa.”
  “De todo esso me huelgo yo mucho”, dixo
la duquessa; “yd, hermano Pança, y dezid a
vuestro señor que el sea el bien llegado y el
bien venido a mis estados, y que ninguna cosa
me pudiera venir que mas contento me diera.”
  Sancho, con esta tan agradable respuesta,
con grandissimo gusto boluio a su amo, a
quien conto todo lo que la gran señora le auia
dicho, leuantando con sus rusticos terminos a
los cielos su mucha fermosura, su gran donayre
y cortesia. Don Quixote se gallardeó en
la silla; pusose bien en los estriuos, acomodose
la visera, arremetio a Rozinante y con gentil
denuedo fue a besar las manos a la duquessa;
la qual, haziendo llamar al duque, su marido,
le conto, en tanto que don Quixote llegaua,
toda la embaxada suya, y los dos, por auer
leydo la primera parte desta historia y auer
entendido por ella el disparatado humor de
don Quixote, con grandissimo gusto y con
desseo de conocerle, le atendian, con prosupuesto
de seguirle el humor y conceder con el
en quanto les dixesse, tratandole como a
cauallero andante los dias que con ellos se
detuuiesse, con todas las ceremonias acostumbradas
en los libros de cauallerias, que ellos auian
leydo, y aun les eran muy aficionados.
  En esto, llegó don Quixote, alçada la visera,
y dando muestras de apearse, acudio Sancho
a tenerle el estriuo; pero fue tan desgraciado,
que al apearse del ruzio, se le assio vn pie en
vna soga del albarda, de tal modo, que no fue
possible desenredarle, antes quedó colgado
del, con la boca y los pechos en el suelo. Don
Quixote, que no tenia en costumbre apearse
sin que le tuuiessen el estriuo, pensando que
ya Sancho auia llegado a tenersele, descargó
de golpe el cuerpo y lleuose tras si la silla de
Rozinante, que deuia de estar mal cinchado, y
la silla y el vinieron al suelo, no sin verguença
suya y de muchas maldiciones que entre
dientes echó al desdichado de Sancho, que aun
todauia tenia el pie en la corma.
  El duque mandó a sus caçadores que acudiessen
al cauallero y al escudero, los quales
leuantaron a don Quixote maltrecho de la
cayda, y, renqueando y como pudo, fue a hincar
las rodillas ante los dos señores; pero el
duque no lo consintio en ninguna manera;
antes, apeandose de su cauallo, fue a abraçar a
don Quixote, diziendole:
  “A mi me pesa, señor Cauallero de la Triste
Figura, que la primera que vuessa merced ha
hecho en mi tierra aya sido tan mala como se
ha visto; pero descuydos de escuderos sue