From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
1.1-2 (1981): 29-41.
Copyright © 1981, The Cervantes Society of America
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JEAN CANAVAGGIO |
ONSIDERADO COMO OBRA
MENOR frente al Quijote a las Novelas ejemplares, el
Viaje del Parnaso no por eso ha dejado de despertar el interés
de los cervantistas, como puede comprobarse en las muchas ediciones, traducciones
e interpretaciones que ha suscitado desde el
Romanticismo.1 Pero se trata de un interés
orientado. Más que la estructura y el significado del poema en conjunto,
lo que ha preocupado a gran parte de los comentaristas ha sido el nexo del
Viaje con sus fuentes y, en particular, con el precedente en el cual
el propio Cervantes nos dice haberse inspirado, el Viaggio in Parnaso,
de Cesare Caporali.2 Otros eruditos se
han dedicado más bien a identificar a los poetas encomiados o satirizados
por el narrador durante su periplo, aclarando las indicaciones que nos aporta,
mediante este recurso, acerca de la vida
1 Los
dos compendios bibliográficos más recientes son los de Vicente
Gaos (ed. de Cervantes, Viaje del Parnaso, Madrid: Castalia, 1974,
pp. 38-42) y de E. L. Rivers (Suma cervantina, ed. Avalle-Arce y Riley,
Londres: Tamesis Books, 1973, pp. 424-26). Nuestras referencias al Viaje
del Parnaso proceden de la edición Castalia.
2 Cesare Caporali,
Viaggio in Parnaso (1582), in Opere poetiche, Venezia, 1608.
V. Novelas ejemplares, Prólogo: . . . el Viaje
del Parnaso, a imitación del de César Caporal
Perusino . . . (ed. Schevill-Bonilla [Madrid, 1922]
I, 21); Viaje del Parnaso, I, 1-24. Sobre la huella de Caporali en
Cervantes, V. B. Croce, Due illustrazioni al Viaje del Parnaso
del Cervantes, Homenaje a Menéndez Pelayo, I. [Madrid,
1899], 161-193.
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literaria en la España de Felipe
III.3 Tributaria de los convencionalismos
de la épica burlesca, así como de las trabas inherentes al
empleo sistemático de la terza rima, la celebración,
un tanto árida, de más de un centenar de escritores de toda
laya, amigos o conocidos del manco de Lepanto, ha sido generalmente entendida,
o bien como un mero ejercicio académico, o bien, a lo sumo, como un
intento frustrado de crítica
literaria.4
Si semejante displicencia no ha condenado al
poema al olvido, ello se debe, probablemente, a que su argumento, pese a
todo, no se deja reducir a una sarta de nombres, ilustres o desconocidos,
puesto que por boca del protagonista de una aventura henchida de referencias
culturales habla un escritor cuyo ser y existir ha fascinado desde siempre
a sus lectores. De ahí la atención que se ha dedicado a los
versos que, en términos velados, recuerdan la promesa no cumplida
por los Argensola de llamarle a Nápoles, a la corte del conde de
Lemos;5 de ahí también la
valoración que se ha hecho de lo que nos dice de su quehacer
poético, sus ideas estéticas o sus preferencias
literarias.6
Así se comprende por qué los
últimos comentaristas del Viaje, ya exentos de los prejuicios
de una crítica de tipo positivista, han concedido a estas confidencias
mayor interés que el puramente anecdótico, y por qué
las han relacionado con un auténtico propósito creador: ya
destacando lo que E. L. Rivers llama the autobiographical aspect
del poema, ya, con Vicente Caos, interpretando su finalidad inmediata como
la de una autobiografía reivindicadora legada por Cervantes
a la posteridad.7 Este enfoque nuevo no sólo
supone una verdadera rehabilitación; también corresponde a
una perspectiva según la cual el
3 Para
una identificación de estos poetas, v. las respectivas ediciones de
Schevill-Bonilla, Madrid, 1922, pp. 203-208, y Rodríguez Marín,
Madrid, 1935, passim.
4 Ni su
genio era hondamente satírico, como el de Quevedo, ni su crítica
literaria estaba bastante afirmada para trazar las características
de los personajes a quienes loa. (Schevill-Bonilla, ed. cit., p. ix).
5 V. a este respecto
Rodríguez Marín, ed. cit., Discurso preliminar, pp. ix-xii,
así como Astrana Marín, Vida ejemplar y heroica de
Cervantes, VII (Madrid, 1959), 113-159.
6 Américo
Castro, El pensamiento de Cervantes, reed. Madrid, 1972, p. 25
sq.; E. C. Riley, Teoría de la novela en Cervantes,
Madrid, 1966, p. 42 sq.; id., Teoría literaria,
Suma cervantina, pp. 295-302.
7 E. L. Rivers,
Cervantes' Journey to Parnassus, Modern Language Notes,
lxxxv, 1970, 243-48; V. Gaos, ed. cit., Introducción, p. 30.
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lector, en vez de perderse entre los datos que le proporciona el texto, los
abarca al contrario con una sola mirada: ya no como los elementos dispersos
de un contenido objetivo, sino como las apariciones del yo que los va
introduciendo en el transcurso de la narración.
Queda sin embargo por concretar la dimensión
autobiográfica que se suele reconocer al Viaje: decir, con
E. L. Rivers, que tenemos aquí the most autobiographical work
de toda la producción cervantina,8
es dar a entender que, si bien tiene puntos comunes con una autobiografía,
no obstante se separa de ella en aspectos que importa aclarar. Establecer
los criterios del autobiografismo del Viaje del Parnaso, determinar
la función que desempeña en el poema, deslindar el espacio
textual, en el cual se sitúa, ésta es, por lo tanto, la tarea
que quisiéramos esbozar aquí.
Al preguntarnos por qué el Viaje el Parnaso no es, strictu sensu, una autobiografía, planteamos un problema un tanto delicado, ya que no hay, en rigor, modelo canónico de lo que suele denominarse autobiografía: según han mostrado, cada cual a su modo, Jean Starobinski, Georges Gusdorf o Georges May, hablar de género, de forma o de estilo autobiográfico supone recurrir a conceptos inadecuados o, por lo menos, imprecisos.9 Sin embargo, queda asentado, desde las investigaciones de Philippe Lejeune, que la práctica autobiográfica, tal como se ha establecido y desarrollado desde el siglo XVIII, tiende a ejercerse, preferentemente, mediante el relato retrospectivo en prosa que un ser histórico [une personne réelle] hace de su propia existencia.10 A la luz de esta definición operatoria con tal de no incurrir en anacronismos ¿puede considerarse el Viaje del Parnaso como una autobiografía? A primera vista, no, ya que, además de ser poema, éste tiene por tema un viaje de pura convención: un recorrido cuya autenticidad no se admite ni un solo momento, ni puede en cualquier caso interpretarse como un episodio de la vida del escritor que dice haberlo realizado.
8 Rivers,
art. cit., p. 243.
9 Jean Starobinski,
Le style de l'autobiographie, L'Oeil vivant. II. La relation
critique, Paris, 1970, p. 84; Georges Gusdorf, De l'autobiographie
initiatique à l'autobiographie genre littéraire, Revue
d'Histoire Littéraire de la France, 75 (1975), 959-62; Georges
May, L'autobiographie, Paris, 1979, p. 9 sq.
10 Philippe
Lejeune, Le pacte autobiographique, Paris, 1975, p. 14. Según
concreta Lejeune, este tipo de relato merece llamarse autobiográfico
cada vez que dicho ser histórico hace hincapié en su vida
individual y, particularmente, en la historia de su personalidad.
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Ahora bien, reconociendo que ni la sinceridad del autor, ni la veracidad del testimonio que aduce figuran entre los discriminantes de la autobiografía, no es menos cierto que estos rasgos resultan de poca monta frente a los dos requisitos esenciales que ha de satisfacer cualquier autobiografía merecedora de tal nombre: la identidad entre autor y narrador; la identidad entre narrador y protagonista.11 Pues bien: el Viaje del Parnaso cumple perfectamente con ambos requisitos. Por un lado, el movimiento del poema y de la Adjunta en prosa que le sirve de epílogo viene a ser el de una narración autodiegética en la cual el constante recurso a la primera persona marca sin equívoco alguno la identidad del narrador con el protagonista. Por otro lado, este narrador-personaje se identifica de modo explícito con el autor: en efecto, el nombre de Cervantes no se limita a figurar en la portada del libro; dos interlocutores lo insertan en el transcurso del mismo relato, en el momento en que llegan a reconocer e interpelar al poeta;12 más aun: en la Adjunta al Parnaso, al acercarse Pancracio de Roncesvalles al protagonista, éste admite ser Miguel de Cervantes, asumiendo el nombre del autor:
Digo, pues, que el tal mancebo se llegó a mí, y con voz grave y reposada me dijo:
¿Es, por ventura, vuesa merced el señor Miguel de Cervantes Saavedra, el que ha pocos días que vino del Parnaso?
A esta pregunta creo, sin duda, que perdí la color del rostro, porque en un instante imaginé y dije entre mí:
¿Si es éste alguno de los poetas que puse o dejé de poner en mi Viaje, y viene ahora a darme el pago que él se imagina me debe? Pero, sacando fuerzas de flaqueza, le respondí:
Yo, señor, soy el mesmo que vuesa merced dice; ¿qué es lo que se me manda? (pp. 179-180).
Cabe observar que, a este respecto, el Viaje del Parnaso se sitúa en la línea del Viaggio de Caporali.13 Pero, en el poema italiano, la identidad entre autor, narrador y personaje no es más que un artificio de estilo mediante el cual se remozan, en cierta medida, las andanzas, un tanto trilladas, del poetastro que sube al Parnaso, montado en mula, para
11 Lejeune,
loc. cit.
12 El uno es
Mercurio (I, 202), el otro, un poeta anónimo, mancebito
cuellierguido (VIII, 437).
13 A diferencia
del Viaje de Sannio, de Juan de la Cueva otro precedente
señalado por la crítica (Schevill-Bonilla, p. vii) obra
cuyo autor-narrador (Cueva) no se confunde nunca con el protagonista
(Sannio).
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comparecer ante Apolo y el coro de las musas. Codificadas desde Dante como
lugar común de la poesía
encomiástica,14 pero desviadas por
el autor del Viaggio hacia una estilización burlesca, estas
andanzas pueden leerse hasta cierto punto desde un enfoque autobiográfico;
pero el espacio en el que se insertan se nos aparece falto de relieve: a
lo sumo, una selva de tópicos, demasiado densa para que el
narrador-protagonista pueda aventurarse en ella en busca de su propio
yo. En cambio, el Viaje cervantino no se limita a postular
esa doble identidad. Reivindicando sin rodeos la paternidad del autodiscurso,
el autor-narrador, si bien no llega a deshacer el esquema heredado de Caporali,
va alterando, de manera sistemática, el código elaborado por
su inspirador, recurriendo a procedimientos que, para mayor claridad, importa
especificar:
Ante todo, situando el espacio mítico
del viaje al menos inicialmente en un lugar real y verdadero,
Madrid, mediante las reiteradas alusiones del narrador cuando evoca su salida
de la corte: alusiones al Prado y sus fuentes, a los corrales de comedias,
a las gradas de San Felipe.15 A este primer
bosquejo hace eco, en la Adjunta, la mención del convento de
Atocha, junto al cual se verifica el encuentro de Pancracio con nuestro poeta
(p. 179), así como la del paradero de Miguel de Cervantes Saavedra,
en la calle de las Huertas, frontero de las casas donde. solía vivir
el príncipe de Marruecos . . . (p. 185). En otras
palabras, una topografía selectiva que, fuera de cualquier
preocupación de tipo documental, tiende a colocar al
autor-narrador-personaje en el marco de su existencia cotidiana, y a recordar
sus sitios predilectos.16
Luego, configurando este espacio procedente
de una tradición culta y de un saber mitológico en torno
a una serie de indicaciones que, no sólo permiten su exacta
localización, sino que llegan a ordenar, el transcurso de la odisea
del protagonista, una concatenación de paisajes marítimos
referibles a una geografía concreta: costas de Levante, entre el puerto
de Cartagena (I, 133-135) y la escombrada
14 V.
David M. Gitlitz, Cervantes y la poesía encomiástica,
Annali, Sezione Romanza, xiv, 1972, 191-218.
15 I, 116-129.
16 Semejante
ubicación cobra su pleno alcance cuando, al final de la Adjunta,
Cervantes, de regreso a la Corte, compara los infortunios del momento
presente con un incidente ocurrido años antes en Valladolid, el cual
le ofrece el pretexto de una anécdota de corte netamente
autobiográfico (pp. 183-84).
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playa de Valencia (III, 44); golfo de Narbona que de ningunos
vientos se defiende (III, 105) y de Génova (III, 131-132);
bocas del Tíber, junto a la ancha romana y peligrosa playa
(III, 230-231); riberas de Epiro (III, 281); inmediaciones de Corfú,
la isla inexpugnable (III, 295); al final, costas de Grecia,
adonde el cielo su hermosura muestra (III, 299).
Por último y sobre todo
comprometiéndose directamente, no sólo como protagonista, sino
como autor-narrador, en esta odisea. En efecto, en dicha toponimia aflora
constantemente el recuerdo de sus pasadas andanzas; reúne los lugares
que más impresionaron su mente y su sensibilidad, en circunstancias
que dejaron huella en su existencia: descubrimiento de Roma y Nápoles,
batalla de Lepanto, recordada fugazmente (I, 139-147), convalecencia en Sicilia,
captura por piratas argelinos en el golfo de León, desembarco en Valencia
al volver del cautiverio.17 Además,
estas impresiones y emociones van entremezclándose con el deseo frustrado
de aquella estancia prometida por los Argensola, deseo que se trasluce en
la nostálgica descripción de Nápoles y de sus fiestas
(VIII, 307-375). En cuanto a la aparición de Apolo en la cumbre del
Parnaso, no remite desde luego a ningún momento del vivir histórico
del autor; pero, al insertarse entre dos descansos del poeta dormido (VI,
10-48; VIII, 220-243), tiende a superar los convencionalismos de lo burlesco
mitológico para situarse en el ámbito del ensueño y
de la fantasía cervantina.
Dentro de este espacio así deslindado,
se va perfilando poco a poco un personaje cuyas andanzas, encuentros y
ocurrencias llegan a componer, si no un retrato, al menos un bosquejo en
el que cada toque cobra valor propio. Unos sugieren el rostro de un hombre
ya entrado en años cisne en las canas (I, 103);
otros se compaginan con el irónico recuerdo de la falta de cultura
que se le achaca (VI, 174), la comprobación discreta de sus virtudes
y méritos: su valor en la batalla naval (I, 139-147), su sentido del
honor (IV, 523), también su paciente y apacible
condición (Adjunta, p. 180); otros, por fin, aclaran
estas confidencias, señalando, a modo de contrapunto, las hazañas
de mocedad, las desventuras pasadas, los desengaños presentes, las
dichas y desdichas de una existencia menesterosa en la que siempre ha conllevado
el hambre y la miseria.18
17 Acerca
de estas andanzas, v. entre otros Cotarelo y Mori, Efemérides
cervantinas, Madrid, 1905; P. Guenoun, Cervantès par
lui-même, Paris, 1971.
18 I, 115
(humilde choza mía); I, 130 (hambre sotil);
IV, 89 (yo no tengo capa; VIII, 455 (mi antigua y lóbrega
posada).
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Lo que valora estas indicaciones dispersas, no es tanto el testimonio que representan como tales, sino, más bien, la manera como se van insertando en la trama del relato. No como las piezas de un rompecabezas que cabría combinar para reconstruir la trayectoria vital del autor, sino como los elementos mismos de la textura del poema: a veces, al compás de la narración; otras veces, a raíz del diálogo que sostiene el protagonista, sea consigo mismo dije entre mí (I, 43), dije a mí mismo (VIII, 244) sea con sus diversos interlocutores, reales o míticos, sea con un lector al que hace partícipe de su discurso. Estas técnicas de desdoblamiento permiten variar los ritos de aparición de un personaje que el narrador cuida de mantener constantemente a distancia, sea mediante la mirada reflexiva que echa sobre sí mismo, sea porque lo estamos contemplando con los ojos de Mercurio (I, 202), Apolo (IV, 79) o Pancracio (Adjunta). Se establece de esta suerte un contraste de perspectivas dentro del cual el Adán de los poetas celebrado por Mercurio (I, 202) se opone al ingenio lego vilipendiado por un rival anónimo (VI, 174), en tanto que el convite de Apolo al poeta sin asiento dobla tu capa y siéntate sobre ella suscita la desengañada respuesta del escritor:
Bien parece, señor, que no se advierte,
le respondí, que yo no tengo capa. (IV, 84-90)
Así queda asentada la presentación de un individuo que, en
vez de proceder de una esencia predeterminada, se ofrece ante nosotros desde
los ángulos más diversos.
Este perspectivismo que no deja de recordar
al Quijote, hubiera podido originar una fragmentación del
yo de Cervantes entre sus imágenes contradictorias. Nada de
eso. La coherencia de este yo no resulta meramente de la suma de sus
múltiples apariciones: se afirma poco a poco, conforme se va perfilando,
dentro de la lógica del autodiscurso cervantino, el doble movimiento
que la determina. Por un lado, aquel proceso mediante el cual el narrador
hace el balance de su pasado de escritor, marcado por el recuerdo de sus
desventuras y fracasos,19 expuesto a los
desaires de aquellos mismos cuya aprobación
19 Yo
que siempre trabajo y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia
que no quiso darme el cielo . . . (I, 25-27);
. . . y que en la cumbre de la varia rueda / . . .
jamás me pude ver sólo un momento, / . . . pues cuando
subir quiero, se está queda. (I, 107-109).
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solicitaba,20 pero con todo, consciente de
su condición de raro inventor y del valor de sus
innovaciones.21 Por otro lado, un impulso
vital que le lleva a superar su propio desengaño para comunicar a
sus lectores sus proyectos inmediatos, señalar las obras que tiene
en el telar Persiles, comedias, entremeses (IV, 46-48;
Adjunta, p. 183) despreciar mentirosas alabanzas e
hipócritos melindres (IV 340-341), hacer frente a los
azares de un porvenir incierto, con la resolución de quien sabe que
sólo consigo puede contar.22 Estos
procedimientos confieren al yo del Viaje una plenitud y un
relieve de que carece por completo el yo del Viaggio de Caporali,
el cual, a semejanza del yo retórico descrito por Benveniste,
sólo se refiere, las más veces, al acto de discurso individual
en que se pronuncia, y cuyo locutor queda señalado por este mismo
yo.23
Así se comprueba la constancia con la
cual el autodiscurso cervantino, negándose a amoldarse a un esquema
predefinido, se separa de esta esquema para elaborar un yo que va
forjando entre realidad y fantasía: no tanto en la intersección
de los juicios contradictorios emitidos acerca de él, sino, más
bien, más allá de esa misma contradicción. Esta
búsqueda y conquista por el narrador de su propia identidad, irreductible
al perfil ya poco grato, ya demasiado halagüeño que la vox
populi le ofrece de sí mismo, confiere su plena coherencia a lo
que E. L. Rivers llama con acierto l'image de marque que Cervantes
se propone imponer a su público;24
y es el mito personal instaurado por esa voluntad de que, sin esperar el
fallo de la posteridad, se reconozca su valor, es ese mito, decimos, el que
da al autodiscurso cervantino su carácter de autobiografía
reivindicadora.
En estas condiciones, ¿conservan algún
sentido las diferencias que
20
PANCRACIO Pues ¿por qué no se representan
sus comedias? MIGUEL Porque ni los autores me buscan,
ni yo les voy a buscar a ellos. PANCRACIO No deben de
saber que vuesa merced las tiene. MIGUEL Sí saben;
pero como tienen sus poetas paniaguados y les va bien con ellos, no buscan
pan de trastrigo. (Adjunta, p. 183).
21 I, 218-223;
IV, 13-57 y part. 25-27: Yo he abierto en mis Novelas un camino
/ . . . por do la lengua castellana puede / . . . mostrar
con propiedad un desatino.
22 con
poco me contento, aunque deseo / mucho . . ., le dice
Cervantes a Apolo, el cual le contesta incontinenti: Tú mismo
te has forjado tu ventura . . . (IV 67-68 y 79).
23 E. Benveniste,
Problèmes de linguistique générale, Paris, 1966,
p. 228 sq.
24 Rivers, art.
cit., p. 245.
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separan el Viaje del Parnaso de una autobiografía
ortodoxa? Creemos que sí. Si rehusamos dar el último
paso y definirlo sencillamente como poema autobiográfico, no es para
jugar con las palabras, sino medir la exacta distancia entre este tipo de
narración y el relato retrospectivo que una persona real hace de su
propia existencia. Esta distancia es la que conviene ahora concretar.
A decir verdad, no radica en el hecho de que
el periplo que se nos cuenta es, a primera vista, viaje de pura
imaginación. En realidad, la forma con que se relata convierte esa
subida al Parnaso en un modo de iniciación, interiorizada por un autor
cuya aspiración se cifra en la consagración simbólica
que esta experiencia supone. Prueba de ello son los dos polos entre los cuales
va oscilando constantemente la narración: por un lado, una
contaminación sistemática del espacio textual por el vivir
cervantino; por otro lado, una trama mitológica y una estilización
burlesca que interponen, entre este vivir y su traducción poética,
un filtro, como sí el autor quisiera no dejarse engañar por
sus propios ensueños, previniéndose contra cualquier desencanto
mediante la ironía y el humor.
Sin embargo, dichas trama y estilización,
aunque desempeñen una función específica dentro del
relato, forman parte de una herencia tradicional que, como tal, mantiene
con el autodiscurso cervantino una relación ambigua, cuando no
contradictoria. En cierto sentido, procede de esta herencia la convivencia
del protagonista con una serie de interlocutores, alegóricos o
históricos, que concurren a la valoración de un yo enfocado
desde los ángulos más insólitos; a la inversa, esa misma
proliferación determina una polifonía dentro de la cual no
siempre consigue hacerse oír la voz del narrador-personaje. Además,
esta obliteración episódica del autodiscurso resulta tanto
más insidiosa cuanto que el yo que asume existencialmente el
vivir cervantino no es, hablando con propiedad, el sujeto exclusivo del discurso;
va alternando con el yo retórico que, en la línea del
Viaje de Sannio, de Juan de la Cueva, y del Viaggio in Parnaso,
de Caporali, se limita a enunciar los tópicos de lo burlesco
mitológico, provocando inevitablemente una fragmentación del
espacio autobiográfico ordenado en torno al yo
cervantino.25 Por último, este mismo
yo existencial se revela constantemente desdoblado entre un autor-narrador
que, en el modo del deseo, se proyecta hacia una odisea mítica, y
un narrador-personaje que trasmuta esa proyección en un relato
retrospectivo. Por consiguiente, la
25 V.
sobre este particular David M. Gitlitz, art. cit., pp. 205-214.
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trayectoria temporal del Viaje va oscilando entre la supuesta rememoración de un periplo fantástico y la efectiva reconstrucción de un auténtico pasado de escritor. Si es verdad que el autobiógrafo suele ser un hombre que tiende a valorar su vida individual y, más especialmente, la historia de su personalidad,26 esa fractura en el orden del relato nos coloca irremediablemente más allá de la misma historia.
Estamos ahora en condiciones de deslindar mejor
la dimensión autobiográfica del Viaje del Parnaso. A
decir verdad, esta dimensión no puede ni reducirse a una norma, ni
referirse a un improbable arquetipo. Corresponde más bien a un enfoque
determinado que, en vez de situar al yo cervantino dentro de un espacio
cargado de referencias mitológicas, destaca el proceso según
el cual este yo va adueñándose de este espacio, poniendo
de realce el acto de escritura con el que elabora su propia afirmación.
De suerte que este enfoque evidencia una perspectiva de lectura que confiere,
como ha demostrado atinadamente Philippe Lejeune, una función dominante
a aquello que, anteriormente, no era más que un rasgo peculiar de
la obra considerada;27 de ahí, entre
otros efectos, el que la crítica contemporánea tienda a interpretar
la trama mitológica que emparenta el poema con sus modelos, como la
máscara tras la cual el autor-narrador se oculta para mejor
revelarse.28
¿No será esta visión un
tanto anacrónica? En el caso presente, opinamos que no. Conviene,
es cierto, precaverse contra la ilusión retrospectiva originada por
la aparición, en el siglo XVIII, de una literatura autobiográfica
en busca de estatuto propio, ilusión por la que suelen calificarse
de autobiográficos textos íntimos de índole
muy diversa.29 Pero tratándose de
la obra que nos ocupa, esta perspectiva procede en parte apreciable de la
situación del autor a la par que de la postura del narrador. Lejos
de imputarse a un prejuicio exclusivo del lector, el tipo de lectura que
supone ha sido preparado por el mismo Cervantes, mediante un empleo capcioso
de los tópicos del viaje burlesco; y ha
26 Lejeune,
op. cit., p. 14.
27 Ibid.,
p. 314.
28 Rivers, loc.
cit. Esta interpretación nos convence más que la que propone
Gustavo Correa dentro de una perspectiva simbólica. V. La
dimensión mitológica del Viaje del Parnaso de
Cervantes, Comparative Literature, 12, 1960, 113-124.
29 Lejeune, op.
cit., p. 314 sq.
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sido este empleo el que ha desviado el código de emisión del
poema, facilitando el encuentro de este código con nuestro código
de recepción del relato personal.
Puede medirse el pleno alcance de esta
alteración comparando el Viaje del Parnaso con los fragmentos
de El Trato de Argel, de La Galatea o del Cautivo, cuyo
sabor autobiográfico suele relacionarse con el hecho de
que relatan la toma de un navío cristiano en circunstancias análogas
a las de la captura de Cervantes por corsarios
berberiscos.30 A decir verdad, este sabor
resulta más bien difuso para nosotros, no tanto por las inevitables
discrepancias entre poesía e historia, sino porque los tres
narradores-protagonistas Aurelio, Timbrio y Ruy Pérez de
Viedma son entes idiomáticos cuyo estatuto no se puede disociar
de la función que desempeñan en el texto, y cuya identidad
no se confunde nunca con la del autor que les ha prestado momentáneamente
su voz. Puesto que éste afirma su propia identidad en el texto, se
excluye ab initio la mera posibilidad de lo que Philippe Lejeune ha
llamado el pacto
autobiográfico.31 En cambio,
el Viaje del Parnaso manifiesta de modo indiscutible el respeto de
las condiciones mínimas de tal pacto; muestra cómo ha podido
sellarse éste entre autor y lector a lo largo del relato aun cuando
el contrato que supone no se cumpla con perfecto rigor.
Así pues, Cervantes, al final de su
vida, saca la lección del contraste de pareceres que, diez años
antes, oponía a Don Quijote y a Ginés de Pasamonte. Atento
a las distintas modalidades según las cuales el yo protesta
ante los demás de su existencia y su coherencia, coincide con Ginés
para condenar el artificio inaugurado por el Lazarillo y sistematizado
por el Guzmán: aquella ficción autobiográfica
que, al asentar que Mateo Alemán no es Guzmán ni tampoco
Guzmanillo, ni encaja en lo verosímil, ni remite a lo verdadero,
desacreditando todos cuantos [libros] de aquel género se han
escrito o escribieren.32 Pero,
30 V.
Avalle-Arce, La captura de Cervantes, Boletín de la
Real Academia Española, 48, (1968), 237-80; se incluye en Nuevos
deslindes cervantinos, Barcelona, 1975, pp. 277-333.
31 En otros
términos, el proceso según el cual se afirma en el texto el
nombre del autor-narrador-personaje, que remite, en última
instancia, al nombre del autor en la portada. (op. cit., p.
26).
32 Don Quijote
de la Mancha, 1, 22, ed. Rodríguez Marín, Madrid: Atlas,
1947, II, pp. 180-84. Sobre la perspectiva adoptada por el relato picaresco,
v. F. Lázaro Carreter, La ficción autobiográfica
en el Lazarillo de Tormes, en Lazarillo de Tormes en la
picaresca, Barcelona, 1972, pp. 11-57; F. Rico, La novela picaresca
y el punto de vista, Barcelona, 1973, p. 93 sq.
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| 40 | JEAN CANAVAGGIO | Cervantes |
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a la vez, quien pretende trascender aquella negativa y componer, al estilo del galeote, un libro que trata . . . verdades tan lindas y tan donosas, que no puede haber mentiras que se le igualen,33 quien proyecta, dicho de otro modo, proporcionar a sus lectores una auténtica autobiografía, ha de afrontar un reparo difícilmente superable:
Y ¿está acabado? preguntó don Quijote.
¿Cómo puede estar acabado, respondió él, si aun no está acabada mi vida?34
En otros términos: puesto que enfoque
retrospectivo no lo hay en rigor sino a la hora de la muerte, dando ésta
sola su pleno significado a una vida ya cumplida, el relato autobiográfico
en tanto que obra literaria, o sea consagración que el autor-narrador
solicita de un público, es, por antonomasia, empresa inadmisible.
Entre ambos escollos intenta, pues, Cervantes
abrirse camino, en el momento de un balance que, a pesar de todo, le induce
a volverse hacia su pasado, plasmando en un acto de estilo este examen
retrospectivo. Este camino no pasa por la indebida valoración de un
discurso autobiográfico ilustrado en el Siglo de Oro por memoriales,
confesiones o testamentos, discurso confidencial no literario, y que no se
desvía nunca de su finalidad genuina; lleva más bien al autor
a imprimir una marca autobiográfica a una narración que se
hace tributaria del pacto que sella con su
lector.35 Semejante marca se comprueba en
los prólogos al Quijote, a las Novelas ejemplares, a
las Comedias y entremeses, al Persiles, donde, mediante
procedimientos complementarios, esa escritura del yo altera la
topología del exordio
canónico;36 también se evidencia
en el Viaje del Parnaso, liberándolo del peso del panegírico
33
Quijote, ed. cit., p. 183.
34 Ibid.,
p. 184. Sobre el valor y alcance de este reparo, v. Claudio Guillén,
Luis Sánchez, Ginés de Pasamonte y los inventores del
género picaresco, Homenaje a Rodríguez-Moñino,
Madrid, 1966, I, 221-31; Marcel Bataillon, Relaciones
literarias,Suma Cervantina, p. 226 sq.
35 V. a este
respecto Jean Molino, Stratégies de l'autobiographie au Siècle
d'Or, L'Autobiographie dans le monde hispanique, Actes du Colloque
international de la Baume-lès-Aix, Université de Provence,
1980, pp. 115-37.
36 V. Jean Canavaggio, Cervantes en primera
persona, Journal of Hispanic Philology, 2 (1977), 35-44. Sólo
uno de los prólogos cervantinos no presenta semejante alteración,
el del Viaje del Parnaso: así se confirma que, en este caso,
el cargamento autobiográfico se ha trasladado del pretexto al texto
propiamente dicho.
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burlesco para preparar, en los albores del siglo XVII, un nuevo horizonte
de expectativas: ése mismo sobre el cual se recorta, en nuestros
días, el autodiscurso prolífero y proteiforme en que nuestro
tiempo pone lo mejor y lo peor de sí
mismo.37
| UNIVERSITÉ DE CAEN |
37 Este
trabajo se presentó inicialmente en el coloquio citado supra,
n. 35. V. L'Autobiographie . . . , pp. 171-84. A don
José Sanchis-Banús agradezco sus atinadas observaciones y
sugerencias acerca de la versión castellana.
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
| URL: http://users.ipfw.edu/jehle/cervante/csa/articf81/canavagg.htm | ||