From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
3.2 (1983): 121-33.
Copyright © 1983, The Cervantes Society of America
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ANA GARCÍA CHICHESTER |
N SYMBOLISM
IN Don Quixote, Part II, Chapter
73,1 el profesor E. C. Riley analiza
la técnica simbólica de Cervantes. Su estudio se concentra
en los dos augurios o
agüeros2 que aparecen en
ese capítulo y en las dos imágenes principales de éstos:
la liebre y la jaula de grillos. Riley concluye que ambas imágenes
son metáforas de la Dulcinea encantada y que la intervención
de Sancho en la interpretación que hace don Quijote de los agüeros
resulta ser, igualmente, un acto simbólico. La importancia de estas
conclusiones es que Riley establece, sin lugar a dudas, que los agüeros
en la segunda parte del Quijote forman un código simbólico,
cuyo sentido es preciso investigar.
El presente artículo toma como objeto
de su estudio los agüeros que aparecen en el capítulo 9 de la
segunda parte, en el que se narra la entrada de don Quijote y Sancho en el
Toboso. Me propongo analizar la estructura y el significado de los dos distintos
agüeros de que consta el capítulo. De ahí, a modo de
conclusión, intentaré señalar de qué manera la
aparición del elemento de la superstición contribuye al significado
de esta aventura en el Toboso.
1 E. C.
Riley, Symbolism in Don Quixote, Part II, Chapter 73,
Journal of Hispanic Philology 3 (1979), 161-74.
2 Aunque algo
arcaico, emplearé el término agüero en este
estudio, para no diferir del que emplea Cervantes.
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La estructura del capítulo 9 podría dividirse en dos partes, según los dos agüeros que encontramos. El primero surge al principio, al entrar en el pueblo don Quijote y Sancho:
Medianoche era por filo, poco más a menos, cuando don Quijote y Sancho dejaron el monte y entraron en el Toboso. Estaba el pueblo en un sosegado silencio, porque todos sus vecinos dormían y reposaban a pierna tendida, como suele decirse. Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho que fuera del todo escura, por hallar en su escuridad disculpa de su sandez. No se oía en todo el lugar sino ladridos de perros, que atronaban los oídos de don Quijote y turbaban el corazón de Sancho. De cuando en cuando rebuznaba un jumento, gruñían puercos, mayaban gatos, cuyas voces, de diferentes sonidos, se aumentaban en el silencio de la noche, todo lo cual tuvo el enamorado caballero a mal agüero, pero con todo esto dijo a Sancho:
Sancho, hijo, guía al palacio de Dulcinea; quizás podrá ser que la hallemos despierta.3
Después de guiar unos pasos don Quijote exclama:
Con la iglesia hemos dado, Sancho.
Ya lo veo respondió Sancho. Y plega a Dios que no demos con nuestra sepultura; que no es buena señal andar por los cimenterios a tales horas, y más habiendo yo dicho a vuesa merced, si mal no me acuerdo, que la casa desta señora ha de estar en una callejuela sin salida (págs. 196-97).
El segundo agüero aparece en relación a la figura de un labrador que se les cruza en el camino, ya hacia el final del capítulo. Tras abandonar el cementerio, don Quijote y Sancho continúan la marcha:
Estando los dos en estas pláticas, vieron que venía a pasar por donde estaban uno con dos mulas, que por el ruido que hacia el arado, que arrastraba por el suelo, juzgaron que debía de ser labrador, que habría madrugado antes del día a ir a su labranza, y así fue la verdad. Venía cantando aquel romance que dicen:
Mala la hubistes, franceses, En esa de Roncesvalles.
Que me maten, Sancho dijo en oyéndole don Quijote, si nos ha de suceder cosa buena esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando ese villano? (pp. 200-01).
3 Miguel
de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha,
ed, Francisco Rodríguez Marín (Madrid: Atlas, 1948), IV, 194-95.
El subrayado es mío. De aquí en adelante las citas que se refieran
a esta edición se anotarán entre paréntesis en el
texto.
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El capítulo que he escogido para este
estudio resulta de especial interés. Su importancia proviene de la
posición en que se encuentra, tanto dentro del contexto narrativo,
como dentro de lo que se podría llamar el sistema de
agüeros de la segunda parte y que contiene los capítulos
4, 8, 9, 22, 41, 58 y 73.4 En primer lugar,
el contexto del capítulo es esencial en el desarrollo de la Segunda
Parte, puesto que se trata del comienzo de la primera aventura en la tercera
salida de don Quijote y Sancho: la búsqueda de Dulcinea en el Toboso.
La posición del capítulo dentro del sistema de agüeros
es también significativo: éstos son los primeros agüeros
rnalos que se presentan en la segunda parte y el único
capítulo, exceptuando el 73, en el que aparece más de un solo
agüero.5
Además de la clase de agüeros (buenos
o malos) y del número, es necesario señalar el tipo. Existen
tres tipos de agüeros: dos dentro de la categoría de
auguria y los de tipo omen. Pedro Ciruelo explica los distintos
tipos de agüeros que se conocían a mediados del siglo XVI en
su Reprouación de las supersticiones y
hechizerzías.6 Conforme a su
división, los dos tipos que se encuentran en la categoría de
auguria son: los agüeros que se basan en movimientos de animales
(o de aves) y los basados en movimientos del hombre, ya sean corporales o
espirituales.7 A éstos, Ciruelo añade
los de la categoría de tipo omen, o sea, los
4 Un estudio
de los agüeros podría llevar a la conclusión de que dentro
del sistema existen dos códigos: 1) en el que se hace referencia a
agüeros buenos (caps. 4, 8 y 58); y 2) en el que se hace
referencia a agüeros malos (caps. 9, 22 y 41). Como indica
Riley, en el 73, debido a la intervención de Sancho, los malos
agüeros iniciales se convierten en uno bueno. Habría que estudiar
la relación de los agüeros dentro de cada código, en
particular, la relación entre el 58 y el 73, o sea, entre las
imágenes de los santos a caballo y la imagen que describe Riley, de
don Quijote sobre Rocinante, con la liebre y la jaula de grillos en sus manos.
Véase Riley, pp. 169-70.
5 Todos los
demás constan de uno solo. El capítulo 73 resulta de interés
especial puesto que la intervención de Sancho introduce lo que
podría ser un tercer agüero.
6 Pedro Ciruelo,
Aprouación de las supersticiones y hechizerías, intr.
Alva V. Ebersole (Valencia: Albatros, 1978). La división que cito
y a que me refiero a continuación está en las pp. 62-63.
7 Hay sub-divisiones
más detalladas de las señales que Ciruelo denomina
auguria. En el Dictionnaire Infernal, Collin de Plancy explica:
Gaspard de Peucer [teólogo alemán] dit que les augures
se prenaient de cinq choses: 1° du ciel; 2° des oiseaux; 3°
des bêtes à quatre pieds; 5° de ce qui arrive au corps
humain, soit dans la maison, soit hors de la maison. Véase:
Jacques Collin de Plancy, Dictionnaire Infernal (Paris: Mellier, 1894),
p. 60.
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fundados en la interpretación de lo que dice o hace otra
persona.8 De estos tres, dos se hallan en
el capítulo 9, uno de cada categoría. El primer agüero
corresponde al primer tipo que menciona Ciruelo (movimientos de animales,
en este caso sonidos), en tanto que el segundo agüero pertenece al tipo
oral del omen (romance que interpreta don Quijote como mala
señal).9
Una vez establecida la importancia del
capítulo, podemos pasar a analizar el significado de cada agüero.
El primer agüero puede dividirse en dos, a pesar de que para don Quijote
los sonidos de los animales en la noche bastan para que todo, en conjunto,
constituya una mala señal. La primera división sería
la de los sonidos de los animales, que a su vez, se dividen en dos: los ladridos
de perro y los demás sonidos. Dentro de esta misma división
también habría que incluir el ambiente, es decir, la hora de
la noche (más o menos medianoche) y el silencio. La segunda división
está compuesta por los detalles que se dan a conocer más tarde:
en primer lugar, el hecho de que la oscuridad no le permita a don Quijote
reconocer la silueta de la iglesia; y en segundo lugar, el que la acción
tenga lugar en el cementerio de la iglesia. Ambas estructuras están
combinadas en un solo agüero.
Una vez establecida la importancia del
capítulo, podemos pasar a analizar el significado de cada agüero.
El primer agüero puede dividirse en dos, a pesar de que para don Quijote
los sonidos de los animales en la noche bastan para que todo, en conjunto,
constituya una mala señal. La primera división sería
la de los sonidos de los animales, que a su vez, se dividen en dos: los ladridos
de perro y los demás sonidos. Dentro de esta misma división
también habría que incluir el
8 Sobre
el tercer tipo, E. C. Riley cita a A. Marasso y a Rodríguez Marín,
y explica que el omen is a kind of oral sortes virgilianae
or biblicae . . . of great antiquity, to be found
. . . in classical literature from the Odyssey onwards;
in Greek tragedies, Plutarch, Diogenes Laertius, and St. Augustine
. . . . Véase Riley, p. 168.
9 Aquí
también se podrían hacer divisiones dentro del sistema de
agüeros de acuerdo con el tipo. En el cap. 4 y en el 8 se presenta el
agüero de tipo animal (relinchos de Rocinante y sospiros
del rucio), en el 22 el de animales o aves (cuervos, grajos, murciélagos),
en el 41 el humano (miedo de Sancho de montar sobre Clavileño) y en
el 58 también el humano (imágenes de santos a caballo). En
el 73 aparecen los mismos agüeros que en el 9, aunque en orden inverso.
Primero se encuentra el omen (lo que le dice un muchacho a otro en
relación a la jaula de grillos) y luego el animal (liebre perseguida).
Sólo en estos dos capítulos (9 y 73) se da el tipo
omen.
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ambiente, es decir, la hora de la noche (más o menos medianoche) y
el silencio. La segunda división está compuesta por los detalles
que se dan a conocer más tarde: en primer lugar, el hecho de que la
oscuridad no le permita a don Quijote reconocer la silueta de la iglesia;
y en segundo lugar, el que la acción tenga lugar en el cementerio
de la iglesia. Ambas estructuras están combinadas en un solo
agüero.
La información que existe sobre las
asociaciones con el sonido que emiten los perros es vasta. Por ejemplo, se
cree que el aullido del perro es una señal de muerte. El origen de
esta superstición procede de la creencia de que el perro puede detectar
el olor de la muerte y percibir la presencia de ánimas o de futuros
difuntos.10 Cora Linn Daniels distingue el
aullido del perro del ladrido: el aullido es una señal
natural de la venida de la muerte, mientras que el ladrido se
asocia a hechos
sobrenaturales.11 Como quiera
que sea, el sonido de perros ladrando o aullando en el silencio de la noche,
se considera un mal presagio.
La información sobre los sonidos de
los otros animales que aparecen en este agüero es menos categórica.
Tanto los puercos como los jumentos se asocian a la venida de la muerte o
a la presencia de ánimas. Se dice que el puerco gives its master
warning of his approaching death by giving utterance to a certain peculiar
whine.12 De los jumentos
dice García de Diego que se creía en Antas (Pontevedra) que
cuando una caballería se para en un camino, y no consiguen que
ande sino con grandes esfuerzos, es que ha visto algún fantasma, anuncio
de la muerte de la familia.13 Igualmente,
el maullido del gato (gatos negros en particular) a medianoche is a
bad omen, and foretells a death.14
10 Ver
sobre todo: E. y M. A. Radford, Encyclopaedia of Superstitions, rev.
C. Hole (London: Hutchinson, 1961), p. 102; J. E. Cirlot, A Dictionary
of Symbols, tr. J. Sage (New York: Routledge, 1967), p. 80; Gertrude
Jobes, Dictionary of Mythology, Folklore, and Symbols (New York:
Scarecrow, 1962), I, 456-67; The Book of Beasts: Being a Translation from
a Latin Bestiary of the Twelfth Century, tr. y ed. T. H. White (London:
Cape, 1954), 66-67; Milton Goldsmith, Signs, Omens, and Superstitions
(New York: Sully, 1918), p. 122.
11 Cora Linn
Daniels, ed., Encyclopaedia of Superstitions, Folklore, and the Occult
Sciences of the World (Chicago: Yewdale, 1903), pp. 184-185.
12 Radford,
p. 189. También se usaban estos animales como víctimas rituales
en sacrificios a los dioses de la muerte. Véase Jobes, II, 1270.
13 Pilar
García de Diego, Supersticiones, Revista de
dialectología y tradiciones populares, 9 (1935), 152.
14 Goldsmith,
p. 123.
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A pesar de que se puede documentar la
superstición general sobre los sonidos de jumentos, puercos
y gatos, no puede decirse que la función esencial de los ruidos producidos
conjuntamente por los animales consista en un anuncio de muerte (aunque este
macabro aspecto del agüero no deba
ignorarse).15 El sentido de todos los sonidos
(ladridos y demás), en el silencio de la medianoche, cerca del cementerio
de la iglesia, corresponde a supersticiones mucho más específicas.
O sea, más que asociados a presagios de muerte, estos sonidos tienen
que ver con los ruidos de la hechicería nocturna, y expresan un aspecto
grave y una gran preocupación del pueblo español de entonces.
Hacia mediados del siglo XVI y principios del
XVII, se llevaron a cabo en España una serie de procesos contra la
hechicería. En 1610 por ejemplo, se realizaron procesos y autos de
fé contra las brujas del pueblo vasco-navarro de Zugarramurdi, a cargo
del inquisidor don Juan Valle Alvarado.16
Estos y otros procesos que siguieron efectuándose hasta 1620 en la
región de Navarra se hicieron famosos. La delación de personas
que acusaban a otras de practicar la nigromancia produjo tal pánico
que incluso los que eran inocentes confesaban el delito. Según Alfonso
Otazu, los procesos navarros condujeron al desencadenamiento de un
terror colectivo, a una especie de Gran Miedo, al que las comunidades campesinas
se sometían durante el tiempo que durasen los
procesos.17
La fama de los procesos y el terror que
cundió por Navarra y la región vasca no deja de manifestarse
(aunque en menor escala) en
15 Los
animales que más directamente anuncian la muerte son los cuervos,
los murciélagos, las lechuzas, los ladridos de perros y el cruce de
una liebre frente a alguien, entre otros. Véase Daniels, pp. 180-83.
16 Julio Caro
Baroja, Las brujas y su mundo (Madrid: Revista de Occidente, 1961),
229-44. Simultáneamente, en la región vasca francesca de Labourd,
Pierre de Lancre llevó a cabo procesos contra brujas, también
famosos. Por lo general se refiere a las personas que practicaban la nigromancia
en términos femeninos, debido a que la gran mayoría eran mujeres.
Según Castañega, no se le llamaban nigrománticas a las
mujeres, sino megas, brujas, hechiceras, jorguinas o adevinas.
Véase Fray Martín de Castañega, Tratado de las
supersticiones y hechicerías (Madrid: Sociedad de bibliófilos
españoles, 1946), p. 38.
17 Alfonso Otazu,
Brujería y régimen señorial en la Montaña
atlántica de Navarra (1600-1620), Homenaje a Julio Caro
Baroja (Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas, 1978),
p. 828.
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Castilla la Nueva, donde la Inquisición de los Tribunales de Toledo
y de Cuenca celebraron unos 235 procesos (151 en Toledo y 84 en Cuenca) durante
el siglo XVII.18 Desde luego, este gran problema
social y moral no podía haber escapado la atención de Cervantes,
y no es de extrañar que entre las supersticiones en el Quijote
haya incluido este aspecto singular de la superstición.
Estos sonidos de animales, pues, formaban parte
de los conjuros y además, daban indicación de que había
comenzado el aquelarre.19 Rodríguez
Marín comenta este punto en su apéndice XIII al Quijote:
. . . tales ruidos nocturnos, que siempre sobrecogen el ánimo, estaban estrechamente relacionados con los conjuros que por paste de hechicería solían hacerse a aquella medrosa hora, y en los cuales, en opinión de las gentes, el diablo daba señal de quedar atendida la invocación, por medio de rebuznos, ladridos, puertas que sonaban al cerrarse de golpe, etc.20
Cirac Estopañán recoge en su estudio sobre la brujería en Castilla la Nueva conjuros de brujas que mencionan ladridos de perros y balidos de ovejas.21 Rodríguez Marín menciona en un conjuro que encontró en el Archivo Nacional, ladridos y rebuznos.22 La conección entre los gatos y la brujería es de sobra conocida: se cree que las brujas pueden transformarse en gatos y que éstos sirven de instrumento
18
Sebastián Cirac Estopañán, Los procesos de
hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva (Madrid:
Diana, 1942), pp. 212-22.
19 Este era
un término vasco, de akerr macho cabrío
y larre, larra prado. Se le llamaba así
debido a que las convocaciones se celebraban en lugares descampados y a que
el demonio con frecuencia aparecía en forma de macho cabrío.
Según Pierre de Lancre, cuyos escritos le sirvieron de base a Julio
Caro Baroja para sus estudios sobre la brujería, el aquelarre
reproducía una corte real, con reyes y altos dignatarios. Véase
Pierre de Lancre, L'incredulité et Mescreance du Sortilege Plainement
Convaincve (Paris: Bvon, 1622), citado por Julio Caro Baroja, pp.
233-44.
20 Francisco
Rodríguez Marín, Las supersticiones en el
Quijote, en su edición del Quijote, IX, 212-13.
21 Cirac
Estopañán, pp. 131-32, 154. Entre los conjuros que se mencionan
se destaca el siguiente: Marta, Marta, / no la digna ni la santa
. . . / Yo te conjuro / . . . que me traiga a N. más
ayna, / o me dés hombre que hable / o perro que ladre. Y
también: Venga F. a mis amores, / como el gallo cantando, /
como el perro ladrando, / y la obeja balando.
22 Rodríguez
Marín, Las supersticiones . . . , p. 213. Menciona
el conjuro: tres señales que pido / me la has de otorgar: /
Puertas sonar / Perros ladrar y borricos rebuznar.
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para los hechizos.23 Por último, en el quinto acto de un documento sobre las declaraciones de brujos ante la Inquisición de Navarra (1613), se halla la siguiente nota:
Yten para mas comprouación . . . y de que van y asisten corporalmente, se proponen las confessiones de muchas personas, que se declaran como hiendo o asistiendo en el aquelarre. Oyen cualquier ruido y bozes de pastores y otras personas, latidos de perros, los puercos que gruñen, cencerros de los ganados, el relox y las campanas.24
La oscuridad, el sonido de los animales y el
cementerio dominan la acción en torno a este primer agüero. A
causa de la oscuridad de la noche, don Quijote confunde la sombra de la iglesia
con el alcázar de Dulcinea.25 Historias
de apariciones en los cementerios, que abundaban por entonces, justifican
el miedo de Sancho, puesto que era la creencia que sólo las brujas
andaban de noche por allí, en busca de tierra de sepulturas y de huesos
de muertos para sus hechicerías. De ahí que el asistir a los
cementerios de las iglesias a las altas horas de la noche tuviera tan mala
señal, porque quien tal hacía asemejábase a aquella
calaña de gentes, no sin riesgo de caer en manos del Tribunal de la
Inquisición.26
En el segundo agüero, como en el primero,
los detalles se revelan gradualmente. En primer término aparece el
hombre con las dos mulas y el arado; en segundo término, el romance
que viene cantando; y por último, queda la información que
da el mismo labrador cuando responde a las preguntas de don Quijote.
23
Véase Cirac Estopañán, pp. 93, 181; Jobes, p. 297.
Según Jobes, la hechicera griega Hecate se convertía en gato.
De ahí quizás el origen de la asociación del gato con
las brujas.
24 Florencio
Idoate, Un documento de la Inquisición sobre brujería en
Navarra (Pamplona: Aranzadi, 1972), p. 63.
25 El proceso
más antiguo instruido por el Tribunal de Toledo (1530), y que debió
de ser conocido por toda Castilla la Nueva, se llevó a cabo contra
la bruja Juana Ruiz, anciana de Daimiel. Resulta curioso notar las semejanzas
entre las circunstancias que llevan a don Quijote y a Sancho al cementerio
de la iglesia, y una de las historias que recoge Cirac Estopañán
sobre Juana Ruiz, en la que se relata como una noche, muy pasada la medianoche,
al ir a su trabajo dos cardadores, vieron en el carnero del cementerio un
bulto y que al acercarse, llenos de miedo, descubrieron que se trataba de
Juana Ruiz, envuelta en un lienzo. Véase Cirac Estopañán,
pp. 187-88.
26 Rodríguez
Marín, nota 8 al capítulo 9 de la segunda parte de su edición
del Quijote, IV, 196-97.
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Este agüero resulta más ambiguo
que el primero. Sin embargo, hay dos cosas que resaltan de la descripción
que hace Cervantes del labrador que se acerca: el hecho de que aún
no era de día y el hincapié que se hace en el ruido
que hacía el arado. Estos dos detalles tendrían un sentido
claro para los lectores de la época. Recurro de nuevo al documento
de la Inquisición de Navarra, y al mismo quinto acto que describe
los sonidos que oían los asistentes a los aquelarres. Dos de los brujos
que confiesan sus actividades declaran que quando algunas personas
hablauan alto, las oya, y las boces de los pastores que estauan en los montes
cercanos . . . ; y que hiendo y biniendo al aquelarre,
oya muy bien cualquier ruido que se
hiziese.27
Lo que me interesa recalcar de esta cita anterior
es que si consideramos que los agüeros del principio de la búsqueda
de Dulcinea en el Toboso introducen a don Quijote y a Sancho en un ambiente
sobrenatural el omen que aparece después de la
descripción del labrador también se encuentra presentado dentro
del mismo ambiente. Es decir, la imagen que tenemos es la de don Quijote
y Sancho, de regreso de un cementerio entre ruidos que parecen anunciar
influencias maléficas, cruzándose en el camino con un pobre
labrador. Aunque don Quijote y Sancho no aparecen como deliberadamente
participando en un aquelarre, la descripción de los elementos del
agüero (medianoche; ladridos, rebuznos, etc.), claramente sugería
al lector contemporáneo la presencia diabólica y su influencia
maléfica y, de esta forma, irónicamente, el narrador los convierte
en inocentes participantes en actividades de hechicería. Así
pues, al igual que los herejes que concurrían a esas
convocaciones y a pesar de la poca claridad del alba, don Quijote y Sancho
logran ver al labrador a lo lejos y oir el ruido del arado que arrastra y
el romance que viene cantando. De ahí que la importancia de cómo
se ha presentado el omen resida en la percepción de don Quijote
y Sancho (y del lector avisado) de la escena.
Tanto en el capítulo 73 que estudia
Riley como en éste, Cervantes recurre al omen como instrumento
retórico para dar un sentido simbólico a la narración.
El romance que canta el labrador es un trozo (muy popular entonces) del romance
de Roncesvalles, en el que se narra la captura de Guarinos. Rodríguez
Marín atribuye el mal agüero a que
27 Idoate,
pp. 63-64.
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el romance le recordara a don Quijote la famosa batalla en que murió
la flor de la caballería francesa, y a que su espíritu
. . . estaba sobresaltado y mal dispuesto a causa del primer
agüero.28 Las primeras palabras del
romance (Mala la hubistes), además de aludir a la muerte
de los Doce Pares y el mal destino de Carlomagno y de Guarinos, pueden tener
otro significado.29 Comparadas a las palabras
de don Quijote unas líneas antes de encontrarse con el labrador
(¿no te he dicho mil veces que en todos los días de mi
vida no he visto a la sin par Dulcinea? p. 198), las palabras del romance
también pueden ser una indicación de que don Quijote va a fracasar
en su intento de hallar a la Dulcinea que busca. El romance de Roncesvalles,
entonces, pronostica la derrota de la empresa esencial de don Quijote en
esta segunda parte.
Existe, irónicamente, un segundo significado
en este agüero, que poco tiene que ver con el omen del romance,
sino que se basa en la figura del labrador y en lo que éste le responde
a don Quijote. Frente a las dos figuras herejes de don Quijote
y Sancho, el labrador simboliza al cristiano castizo, en camino a su humilde
labor. La sensatez de sus palabras enfatiza esta idea:
Señor respondió el mozo, yo soy forastero y ha pocos días que estoy en este pueblo sirviendo a un labrador rico en la labranza del campo; en esa casa frontera viven el cura y el sacristán del lugar: entrambos o cualquier dellos sabrá dar a vuesa merced razón desa señora princesa, porque tienen la lista de todos los vecinos del Toboso; aunque para mí tengo que en todo él no vive princesa alguna; muchas señoras sí, principales, que cada una en su casa puede ser princesa (p. 202).
Las palabras del labrador muestran que detrás del ambiente de brujería y del romance que don Quijote ha interpretado como mal agüero se esconde una buena señal, un buen agüero. La función del
28
Rodríguez Marín, Las supersticiones . . .
p. 212.
29 El verso
completo según el Cancionero de Romances (Anvers, 1550), ed.
Antonio Rodríguez-Moñino (Madrid: Castalia, 1967), es:
| Mala la vistes Franceses |
| la caça de Roncesvalles |
| don Carlos perdio la honrra |
| murieron los Doze pares |
| catiuaron a Guarinos |
| Almirante de las mares (p. 180). |
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labrador en este episodio es la de señalarle a don Quijote dos cosas:
que quienes pueden ayudarle en su búsqueda del amor son los servidores
de Dios, o sea, el sacristán y el sacerdote; y que toda mujer es digna
de ser amada, aunque viva en una callejuela sin salida en vez
de en un alcázar.30
Como se habrá podido apreciar, el estudio
de estos agüeros revela que en el capítulo existe una dualidad
de significado. Los agüeros cumplen dos funciones: la de señalar
el camino del mal que don Quijote no debe seguir (función negativa);
y la de sugerir la posibilidad de un camino más provechoso (función
positiva). Aunque don Quijote interpreta ambos agüeros como señales
del mal, cada agüero en realidad encierra, indirectamente, un
pronóstico de buena ventura. El aspecto negativo de los agüeros
es el que se basa, en el caso del primer agüero, en los elementos de
la hechicería nocturna, cuyo significado depende del carácter
supersticioso de don Quijote y de que el lector posea el código
simbólico, y en el del segundo agüero, en el conocimiento de
la literatura caballeresca. El aspecto positivo es el que se presenta
directamente pero cuyo significado queda oculto debido a la oscuridad de
entendimiento de don Quijote, que no ve las señales obvias, sino los
agüeros. Es decir, a pesar de que para don Quijote y Sancho el mal del
primer agüero reside en los ruidos nocturnos, la verdadera señal
consiste en el hecho de que han tropezado con la casa de Dios, en vez del
alcázar de Dulcinea. Igualmente, en el caso del segundo agüero,
aunque para don Quijote la mala señal sea el omen de la batalla
de Roncesvalles, el verdadero sentido se encuentra en las palabras del labrador,
que, de nuevo, lo dirigen a la iglesia.
Considerando estas dos tendencias en términos
de la estructura general del capítulo, nos encontramos con que el
capítulo funciona como si fuera un agüero en sí. Es decir,
por una parte, el capítulo
30 Esta
frase puede ser una sugerencia irónica de Sancho de que Dulcinea es
una bruja, pues Cirac Estopañán dice que la gran mayoría
de las brujas eran mujeres de mal vivir, abandonadas por sus maridos o
enviudecidas jóvenes, pobrísimas, quienes tenían que
hacerse brujas por necesidad y a veces hasta cobraban dinero por sus hechizos
y conjuros. Cirac Estopañán menciona, como ejemplo, a las
Pelonas, madre e hija, quienes se mantenían de lavar ropa,
hilar lana, espigar en agosto, de curar y de lo que les daban por temor de
sus hechizos; vivían en la última casa de un callejón
sin salida . . . . Véase Cirac Estopañán,
pp. 214-19.
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| 132 | ANA GARCÍA CHICHESTER | Cervantes |
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consiste en un presagio de lo que está por venir en la historia de
don Quijote: la noción de que Dulcinea está encantada y que
en lugar de princesa, los encantadores la han convertido en una
pestífera villana. Al confundir el alcázar de Dulcinea
con la iglesia y su cementerio, Cervantes hace que don Quijote esté
asociando a Dulcinea con las brujas que andaban despiertas y haciendo hechizos
a medianoche. Al mismo tiempo, Cervantes ha introducido a don Quijote y Sancho
en un mundo sobrenatural, en el cual se encuentra explicación de lo
incomprensible. La oscuridad de la noche y sus ruidos, que simbolizan el
mundo maléfico, la locura de don Quijote y su incapacidad de entender
el verdadero ser de Dulcinea del Toboso, anticipan el que éste, en
su ignorancia, vaya a caer víctima del maleficio de los encantadores.
Este aspecto de brujería y maleficio resulta especialmente aplicable
a Sancho, puesto que anuncia, irónicamente, la función de brujo
y encantador que va a desempeñar inmediatamente después de
este capítulo. De ahí que esta aventura en el Toboso prepare
el camino a la inmediata transformación de Dulcinea por el mágico
arte de los encantadores.
Por otra parte, en un plano más profundo,
el capítulo sirve de indicación de una realidad que la oscura
visión de don Quijote no le permite apreciar y que queda oculta para
él y para los que como él, sólo ven los agüeros.
En la visión de la iglesia y las palabras del labrador, que dirigen
a don Quijote al cura para encontrar la justa información sobre Dulcinea,
este capítulo señala el camino de la razón luminosa,
de la verdad y la salvación que don Quijote podría haber seguido.
Lo que busca don Quijote no se encuentra en los palacios, sino en la iglesia.
El verdadero cristiano no es el caballero andante, sino el humilde campesino;
el amante ideal no busca la perfección, sino que acepta las imperfecciones
del prójimo y lo ama a pesar de
ellas.31 El capítulo, por tanto, sirve
de presagio a estas dos fuerzas
31 Mi
interpretación coincide con la de Javier Herrero, quien sugiere que
Cervantes rechaza la tradición neoplatónica que idealiza a
la mujer y en su lugar favorece el concepto del amor conyugal presentado
por Vives y Erasmo, como el ideal cristiano que le permite al hombre not
only to enjoy the legitimate pleasure of the sexual union, but to help each
other to fight against the inevitable weakness and imperfection of the human
condition. Véase Javier Herrero, Sierra Morena as Labyrinth:
From Wildness to Christian Knighthood, Forum for Modern Language
Studies, 17 (1981), p. 65.
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| 3 (1983) | Don Quijote y Sancho en El Toboso | 133 |
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conflictivas en la obra: la derrota del amante cortesano y la promesa de
la vida eterna del creyente.
El capítulo 73 es el último en
el sistema de agüeros de la segunda parte, en la cual, tal como concluye
Riley, Cervantes recurre a la superstición para marcar ciertos valores
simbólicos. Mientras que esos agüeros anuncian el final de la
aventura quijotesca, en el capítulo 9, don Quijote comienza su aventura.
Es apropiado, pues, que encontremos aquí agüeros que marquen
las dos posible rutas de don Quijote: la santidad y la gloria eterna o la
gloria del mundo de los caballeros andantes. Cervantes se propone, en estos
capítulos, mostrarnos el conflicto entre las inclinaciones profundamente
cristianas que subyacen en el espíritu de don Quijote y la dirección
caballeresca impuesta por sus lecturas. Tal conflicto se expresa inicialmente
en metáforas y símbolos que, mediante alusiones a fenómenos
sobrenaturales y mágicos, introducen en el texto el mundo del
espíritu, y que sólo cobran su pleno significado más
tarde, en relación con el encuentro con las imágenes de los
santos, las conversaciones con Roque Guinart, y la palinodia final de Don
Quijote.
Department of Spanish, Italian, and Portuguese |
| University of Virginia |
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
| URL: http://users.ipfw.edu/jehle/cervante/csa/articf83/garcia.htm | ||