From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
12.2 (1992): 21-32.
Copyright © 1992, The Cervantes Society of America
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MAURICIO MOLHO |
A Pippo, cane romano.
a
demonomanía cervantina es sin duda la parte más misteriosa
y ambigua de una obra que puede legítimamente considerarse como
recóndita e impenetrable. ¿Qué pensaba Cervantes de las
prácticas que evoca en sus escritos? ¿Qué idea tenía
de las brujas? ¿Creería en la eficacia de sus maleficios? No
basta decir que le seguía el hilo a la corriente, porque también
podría ser que se limitara a reproducir el común discurso de
la gente (lo que se decía en la calle) sin que por ello sea lícito
identificarlo con los protagonistas o hablantes de sus novelas.
Las brujas y hechiceras no son sino la parte
visible de un reino soterraño regido por el diablo. ¿Quién
es el diablo para Cervantes? ¿Y quién es Dios? No disponemos
por ahora de un libro informado acerca de la religión en Cervantes,
y menos aun
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sobre la religión de Cervantes, que es empresa fracasable que nadie ha osado acometer.
La obra cervantina es sin duda la más
aparentemente laica (quiero decir: marginal en relación
al tema católico) del Siglo de Oro. No sacaré más que
dos o tres muestras.
Al acercarse don Quijote a la Cueva de Montesinos,
salieron por ella una infinidad de grandísimos cuervos y grajos
. . . que dieron con [él] en el suelo. Y añade
el siguiente comentario: Si él fuera tan agorero como católico
cristiano, lo tuviera a mala señal (II, 22). Ni una sola vez
en todo el libro ese católico cristiano se nos aparece
oyendo misa ni haciendo el señal de la cruz: no se persigna ante los
grajos de la cueva, como tampoco ante el demonio que abre el cortejo de
Merlín en la cacería del Duque (II, 34-35).
He aquí otro caso: en el Celoso
extremeño Carrizales muere sin confesión ni recibir los
sacramentos. Tampoco los recibe explícitamente don Quijote: Hizo
salir la gente el cura, quedó solo con él y confesóle
(II, 74). La cordura recobrada llega hasta confesarse, no a más. Y
no se me objete que en ambos casos el sacramento (comunión, extrema
unción) va por sí solo, pues un sacramento no es cosa para
quedarse en entredicho, sin contar que tantas son las cosas que unas veces
se mientan y otras no, que no hay más ley que la de la lectura literal,
es decir al pie de la letra.
Por último permítaseme aducir
un conocido pasaje del Quijote (I, 26) que ya fue citado y comentado
por Américo Castro. Don Quijote se ha quedado en Sierra Morena para
imitar las locuras de Roldán y de Amadís: está solo
y en paños menores, preguntándose cómo mejor podría
remedar los modelos de la andante caballería: Ea, pues,
manos a la obra: venid a mi memoria, cosas de Amadís, y enseñadme
por donde tengo de comenzar a imitaros. Más ya sé que lo más
que hizo fue rezar y encomendarse a Dios, pero ¿qué haré
de rosario, que no le tengo? En esto le vino al pensamiento
cómo le haría, y fue que rasgó una gran tira de las
faldas de la camisa, que quedaban colgando, y diole once ñudos, el
uno más gordo que los demás, y esto le sirvió de rosario
el tiempo que allí estuvo, donde rezó un millón de
avemarías.
Castro comenta: Si el pañal astroso
de don Quijote sirve para rezar en él un millón de avemarías,
poca importancia tienen para el autor el rosario y las avemarías.
Ni Lope ni Quevedo
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se habrían atrevido a tal profanación
(Pensamiento, p. 264). Pero lo grave del caso no es tanto la irreverente
improvisación del rosario1 como el
que don Quijote no rece de propia intención sino sólo para
imitar a Amadís en la más desenfrenada parodía, sin
contar que Amadís debía llevar rosario y don Quijote no.
La dificultad del tema de la religión
en Cervantes con el que está íntimamente relacionado
el del mal, de la tentación y del diablo está en que
abundan discursos contradictorios. Así, por ejemplo, se declaran
cristianos católicos en el Persiles el bailarín Rutilio
(I, 8) y el anciano Mauricio (I, 12), lo que no empece para que luego disientan
de los preceptos de la Iglesia sobre los maleficios hechiceriles y las
manifestaciones de licantropía. Pero téngase en cuenta que
los que se dicen católicos son personajes de ficción que se
expresan desde situaciones narrativas que les son propias.
Es más: los Trabajos de Persiles
y Segismunda a los que acabo de aludir, han dado lugar a lecturas
católicas, atribuyendo al autor un proyecto claramente católico
con el tema de la peregrinación y de su culminación en Roma.
Lecturas fáciles, a las que es preciso substituir una lectio
difficilior.
No es éste el lugar de examinar a fondo y contradictoriamente la lección del Persiles, por más que sea libro clave para el tema. Recuérdese el relato de Rutilio que una bruja salvó del suplicio raptándole por los aires. Apenas hubieron tocado tierra cuando comenzó a abrazarme no muy honestamente. Apartéla de mí con los brazos y, como mejor pude, divisé que la que me abrazaba era una figura de lobo . . . . [Mis pocas fuerzas] me pusieron en la mano un cuchillo que traía, y con furia y rabia se le hinqué por el pecho a la que pensé ser loba, la cual cayendo en el suelo, perdió aquella figura, y hallé muerta y perdiendo sangre a la desventurada encantadora (I, 8). Poco después se entera Rutilio que está en Noruega, tierra de maleficios y hechiceras, pues hay mucha abundancia [de ellos] en estas septentrionales partes. Y de hecho los dos primeros libros del Persiles, que
1 El texto
fue enmendado desde la segunda edición de Juan de la Cuesta (1605):
Mas yo sé que lo más que hizo fue rezar, y así
lo haré yo. Y sirviéronle de rosario unas agallas de un alcornoque,
que ensartó, de que hizo un diez. La atenuación se debe
a que las agallas de alcornoque son un producto de Dios, a diferencia de
la camisa que además, por ser prenda interior, debía cubrir
y rozar las vergüenzas de Don Quijote.
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transcurren en tierras del septentrión, son los de las magas
(recuérdese a la terrible Cenotia) y de los bárbaros.
No creo que se deba leer el Persiles
como geografía real, por más que movilice informaciones procedentes
de Olao Magno, sino como un relato de geografía fantástica
o, mejor dicho, mítica. Si las partes septentrionales son tierras
de maleficios y brujerías, las partes meridionales han de ser, por
oposición y contraste, tierras de transparencia y de prácticas
cristianas. Portugal, España, Francia e Italia se inscriben en una
geografía meridional tan mitológica y objetiva
como la del septentrión.
Entre las dos geografías no dejan de
existir interpenetraciones y transferencias. De modo que si aparecen brujas
y hechiceras en Italia o España, no son sino emanaciones del
septentrión mítico como la maga que raptó Rutilio de
Florencia a Noruega. A la inversa, existen en el septentrión hombres
meridionales que trasladan al norte la claridad y transparencia meridionales,
como el mismo Rutilio, y su informador italiano en tierras noruegas, el
bárbaro español y su familia que viven ocultos en islas pobladas
de bárbaros, pero que abrigan en su pecho la presencia de su espacio
originario.
La línea divisoria de ambos mundos la
define la fe católica que en aquellas partes septentrionales
andaba algo de quiebra (IV, 12). Por ello, Auristela/Segismunda se
hace enseñar en Roma por dos penitenciarios lo que a ella le
parecía que le faltaba por saber de la fe católica (IV,
5). Si el septentrión es tierra de brujería, es decir del diablo,
a la parte meridional, que es el polo opuesto, corresponde la presencia de
un Dios que los fieles manifiestan en la observancia del rito
católico.
Esa geografía mítica se significa
además por una oposición cósmico-simbólica. Al
septentrión, negativo por lo que toca a Dios, responde una prolongada
oscuridad nocturna, mientras que al mediodía católico le toca
el retorno diario de la luz.
Además de ser tierra de brujas, el
Septentrión es espacio de barbarie, tiranía y perpeua esclavitud,
a diferencia de las partes meridionales en que la práctica
cristiana es exponente de un espacio civilizador con leyes y fueros reconocidos,
en que las pasiones se rigen en bien o en mal según cánones
morales representativos de una ratio civil y humanística.
Roma funciona, pues, como centro de un espacio
mítico, en el que se incluye un espacio real que entre otros atributos
detenta el de ser un territorio sagrado reservado a prácticas rituales.
Un peligroso error sería el de interpretar la Roma del Persiles
en función de este último rasgo, que no es sino una de tantas
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caracterizaciones posibles de ese objeto mítico-simbólico definidor
del mundo meridional.
La Roma del Persiles tiene más
de la urbe turístico-devota de las peregrinaciones que de la
metrópoli de la fe. Su carácter ambiguo se marca de entrada
por la acogida de los peregrinos por los alojadores judíos. Tiene
sus basílicas, sus estaciones famosas, pero también sus cortesanas.
Muy significativo es el doble soneto con que
se la saluda. A un soneto en loor de Roma:
| ¡Oh grande, oh poderosa, o sacrosanta alma ciudad de Roma! |
replica otro soneto en vituperio de la ciudad, que compuso habrá
pocos años . . . un poeta español, enemigo mortal
de sí mismo y deshonra de su nación (IV, 3). Los dos
sonetos son tópicos. Sólo se enuncia el laudativo, pero por
debajo del elogio se oculta, en un espacio de no-dicho, el vituperio, como
si el loor de Roma no pudiera dejar de llevar un vituperio implícito.
Por lo que se me hace difícil consentir,
por sólo el libro romano, a la lectura católica del
Persiles.
El discurso del mundo brujo es el de la licantropía, discurso controvertido tanto en el septentrión como en las partes meridionales. La licantropía de las hechiceras dirá el huésped de Rutilio cómo pueda ser yo lo ignoro, y como cristiano que soy católico no lo creo. Pero la experiencia me muestra lo contrario (I, 8). ¿Ilusión del demonio? Como quiera que sea, la brujería es cosa de experiencia, y Rutilio lo confirma, así como el bárbaro español que, intentando ganar al remo en medio del mar furioso una isla próxima despoblada de gente humana, aunque llena de lobos que por ella a manadas discurrían, de pronto le pareció según él dice que la peña que me servía de puerto se coronaba de esos mismos lobos que en la marina había visto, y que uno dellos como es la verdad me dijo en voz clara y distinta, y en mi propia lengua: Español, hazte a lo largo, y busca a otra parte tu ventura, si no quieres en ésta morir hecho pedazos por nuestras uñas y dientes; y no preguntes quién es el que esto te dice, sino da gracias al cielo que has hallado piedad entre las mismas fieras (I, 5). El carácter poético del pasaje se marca en la misma métrica del discurso. Con todo esos lobos desdicen de la aserción dogmática del anciano Mauricio: Quede desde aquí sentado que no hay gente alguna que mude en otra su
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primer naturaleza (I, 18). Habráse reconocido la problemática
de Montilla tal como se expone en el Coloquio, donde los perros discuten,
contra las aserciones de la Cañizares, de si son perros u hombres
en figura de perros.
La mutación licantrópica produce
lobos en el septentrión, y perros en tierras meridionales. Lobos y
perros proceden ambos del maleficio o hechizo. De ahí el don de palabra
que les es conferido. Ambas especies pertenecen al grupo de los cánidos,
diferenciándose por signo negativo o positivo.
El animal negativo es el lobo; el positivo,
el perro. La negatividad del lobo es indisociable de su natural fiereza,
propia de las partes septentrionales. La positividad del perro que
no es sino un lobo atenuado, casero se marca por su fidelidad en servir
al hombre, su lucidez canina, que tal vez procede en Cipión y Berganza
de su humanidad oculta. ¿No proclama el Coloquio que el perro
es más hombre que el hombre y que, en todo caso, no hay más
lobo que el hombre? De hecho, no existe lobo alguno en el espacio del
Coloquio, pues los lobos por los que tocan a relato no son sino los
mismos pastores, como si las dos licantropías, la negativa y la positiva,
se excluyesen recíprocamente.
Por motivos que han desentrañado los
historiadores, las brujas y sus maleficios asedían la imaginación
del occidente desde las postrimerías del siglo XV. El problema de
saber si Cervantes creía o no en brujas y encantadores, carece de
solución. Sus brujas son las de una sociedad obcecada por sus pecados
e inclinada a invocar intermediarios que le allanen el camino de la
tentación.
El papel de la bruja hospitalera de Montilla
consiste en exponer al perro y por el perro al hombre que le escucha, la
causa y condición de su pecado. Éste nace del dominio que ejerce
Satanás sobre las criaturas de Dios, dominio del que brujas e hechiceras
no son sino el exponente visible y manifiesto.
Su función es más de exposición
que de acción, pues la bruja del Coloquio no tiene poder
mágico, salvo el de hundirse en un sueño cataléptico
que le permite acudir a los convites y aquelarres en que se juntan entorno
al Cabrón cantidad de brujos y brujas para comer
desabridamente y entregarse a prácticas sucias y
asquerosas. Cañizares comenta: Hay opinión que
vamos a esos convites sino con la fantasía en la cual nos representa
el demonio las imágenes de todas aquellas cosas que después
contamos que nos han sucedido.
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Esta tesis es la de Cornelio Agrippa y Wierus,
que se niegan a reconocer poder alguno a las brujas, en su afán de
reducir el fenómeno aparentemente sobrenatural al orden de naturaleza.
Reverencian y adoran solamente a su fantasía corrompida por
las imaginaciones que les suministra el Maligno, escribe
Wierus.2
Otra tesis contraria a la naturalista es que
van al aquelarre verdaderamente en cuerpo y alma. Pero para la
Cañizares, que es una fina observadora de los trastornos psíquicos,
ambas opiniones son verdaderas, porque todo lo que nos pasa en la
fantasía es tan intensamente que no hay que diferenciarlo de cuando
vamos real y verdaderamente.
La función esencial de la bruja de Montilla,
consiste en manifestar la raíz diabólica del mal. La
Cañizares distingue entre males de daño y males de culpa:
Los males que llaman de daño . . . son todas las
desgracias que vienen a las gentes, a los reinos, a las ciudades y a los
pueblos, las muertes repentinas, los naufragios, las caídas
y vienen de la mano del Altísimo y de su voluntad permitente,
mientras que los males de culpa vienen y se causan por nosotros
mismos. Porque Dios es impecable, de do se infiere que nosotros
somos los autores del pecado, formándole en la intención, en
la palabra y en la obra, todo permitiéndolo Dios por nuestros
pecados.
Esas declaraciones se aclaran si se confrontan
con la doctrina del Padre Rivadeneyra en su Libro de las tribulaciones:
En el pecado que hace el hombre concurren dos cosas: la una, el movimiento
y acto natural, que es el fundamento de aquella obra, y la otra la desorden
que con ella se hace. De la primera es autor Dios, y de la segunda el
hombre . . . . De la desorden y deformidad que intervienen
. . . no es causa Dios, aunque la permite; y permítela por
dejar al hombre en la libertad con que le crió, y por sacar de ella
mayores bienes . . . . Porque así como en
el fuego que hacemos se quema y consume la leña, y pierde su ser y
forma de leña, lo cual en sí es malo; pero de este mal se sigue
el alumbrarse el hombre, el cocerse las viandas, el purificarse el aire,
y otros buenos efectos que hace el fuego; y éstos son mayores bienes
que fue el mal del gastarse y corromperse la leña; así Dios
Nuestro Señor permite el mal de la culpa para descubrir por él
los tesoros y riqueza de su gloria.
2 Véase
mi Remarques sur Le mariage trompeur et Colloque des chiens
(París: Aubier-Flammarion, 1970), p. 58.
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Al diálogo de la bruja y del perro responde,
pues, el de la bruja y del jesuita. Pero lo que más importa observar
es que la doctrina teológica del Coloquio no la expone el hombre
de Dios sino la sierva del diablo. El jesuita es un personaje silencioso
que sólo predica por boca de la bruja, como si Dios hubiera elegido
enunciarse mediante el discurso diabólico.
En virtud del pacto diabólico que la
vincula a la raíz de todo mal, la Cañizares descubre al
alférez Campuzano, atento al discurso del perro Berganza, en qué
consistió su pecado o mal de culpa: la lujuria que encendió
en él la vista de doña Estefanía de Caicedo, y que se
mudó luego en avaricia por el apetito de hacerse con sus bienes. Todos
recuerdan el triste desenlace de la aventura: Yo, que tenía
entonces el juicio no en la cabeza, sino en los carcañares,
haciéndoseme el deleite en aquel punto mayor de lo que en la
imaginación le pintaba, y ofreciéndoseme a la vista la cantidad
de hacienda que ya la contemplaba en dineros convertida, sin hacer otros
discursos que aquellos a que daba lugar el gusto, que me tenía echados
grillos al entendimiento . . . . El mal de culpa
explica Campuzano es ante todo un trastorno del juicio, una ceguera
del entendimiento que conduce al pecador a salirse de toda discreción
y cordura. Ese desorden, dirá Cañizares, se causa en nosotros
permitiéndolo Dios por nuestros pecados, y lo permite
comenta Rivadeneyra por dejar al hombre en la libertad
en que le crió.
Pero la brujería no es más que
un caso específico de dedicación al demonio, del que la bruja
es la mediadora privilegiada, aunque no la única. Cualquier alma un
tanto perversa asume la misma función oscuramente o a las claras.
Recuerden, pues, el ambiguo entremés
de la Cueva de Salamanca y el personaje del Estudiante aparentemente
jocoso y burlón que pretende saber de nigromancia por haberse
enseñado en la diabólica sacristía de San Cebrián:
figura equívoca de la que no se sabe si hace de diablo paródico
o verdadero.3 Astucia propiamente diabólica
la que consiste para el Demonio en invertirse en un personaje que se pregona
por diablo o domador de diablos.
3 Para
más detalles, véase mi En torno a la Cueva de
Salamanca, en Lecciones cervantinas, coord. por Aurora Egido
(Zaragoza: Caja de Ahorros, 1985), pp. 44 y sigs.
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Un rasgo de la Cueva de Salamanca, es
que pervierte el motivo folclórico que la inspira: el estudiante de
la tradición trabaja contra el amante y a favor del marido injustamente
burlado. Por el contrario, el de la Cueva se dispara esencialmente
contra el marido, Pancracio el todopoderoso. Ello constituye un comportamiento
claramente demoníaco, pues apunta no a defender sino a arruinar en
la persona del paterfamilias la institución matrimonial fundada
en el sacramento.
Al enterarse de que tiene en su casa un
huésped nigromántico, Pancracio le declara su deseo de ver
lo que nunca ha visto y ser enseñado en la ciencia y ciencias
que se enseñan en la Cueva de Salamanca. El pecado de Pancracio,
inspirado por su bobería, es el de la curiosidad: pecado de conocimiento,
que se emparenta con la tentación original de comer la fruta del
árbol de la ciencia. Dicho de otro modo, la bobería de Pancracio
consiste en no comprender que el ingresar en la cueva nigromántica,
implica la suspensión de la ley cristiana y concretamente la del
matrimonio y de las muchas obligaciones contraídas con el sacramento.
La estupidez del personaje sirve para disimular con un velo de cómica
inocencia la gravedad de su comportamiento, salvando de ese modo el orden
y estilo del entremés.
El autor de ese desbarajuste familiar es el
estudiante diabólico que consigue sus fines sin más ardid que
el habitual del demonio: la seducción.
La única en presentir el engaño
es Cristinica la criada, que murmura entre dientes: El mismo diablo
tiene el estudiante en el cuerpo . . . . La frase
enuncia la parábola del entremés, y debe entenderse al pie
de la letra.
No siempre el demonio necesita trujamán,
brujo o embrujado. Opera también por vía directa, tentando
al hombre y abriéndole el camino del pecado.
De ahí la profunda perífrasis
que le designa en el Celoso extremeño y que encabeza la presente
ponencia: el sagaz perturbador del género humano. Así
dice el texto de las Novelas ejemplares de 1613, mientras que en el
manuscrito Porras de la Cámara figura una fórmula atenuada
y caracterizadamente accidental: el sagaz perturbador del
sosiego humano. En efecto, el sosiego no es más
que un accidente de la vida del hombre, de modo que substituir el sosiego
humano por el género humano, es pasar de lo accidental
a lo esencial de la especie contra la
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que se ejerce la sagacidad del Maligno, es decir su don de penetrar y prever
sus mínimas flaquezas.
En el Celoso extremeño se narra
cómo el demonio monta una máquina destinada a echar abajo el
edificio ideado por la presunción maniática de Carrizales,
así como las tácticas sutiles de Loaysa. La negra Guiomar se
niega a dar crédito a los juramentos en falso del virote: Por
mí, más que nunca jura, entre con todo
diablo.
No menos endemoniada está la dueña
Marialonso que al conducir a los amantes a su aposento, les echa la
bendición con una risa falsa de
demonio:4 bendición
sacrílega que se acompaña con risa, que es una de las marcas
de lo diabólico. El discurso de la dueña es claramente
demoníaco, pues para persuadir a Leonora a que ceda a las solicitaciones
de Loaysa, le asegura el secreto y duración del deleite, con
otras cosas que el demonio le puso en la lengua.
¿Cómo procede el Demonio para perturbar
al hombre y posesionarse de sus deseos? La vía más certera,
según explica el mismo Demonio de los Tratos de Argel, consiste
en enviar al pecador sus propias inclinaciones secretas. Así Aurelio
se enfrenta con Necesidad, que es la misma necesidad que le aprieta:
su necesidad, y Ocasión, que le ofrece acomodada salida de
sus desgracias. De modo que la seducción diabólica no tiene
más secreto que pervertir el soliloquio del hombre consigo mismo.
No es otro, en efecto, el sentido de la innovación que se atribuye
Cervantes en el prólogo de sus Ocho comedias: Fui el
primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos
del alma, sacando figuras morales al teatro. Esas figuras, que sólo
autoriza el teatro, son las secretas pasiones de cada uno, que son los cimientos
en que el sagaz perturbador asienta su dominio.
La conclusión de ese breve recorrido de la demonomanía cervantina, es que el Demonio domina el concepto de la vida moral
4 El ms.
Porras ofrece una variante: dándoles la bendición con
una risa falsa de mono. La paronimia demonio/mono es significativa:
el mono pasaba por diabólico. Recuérdese el mono adivino de
Maese Pedro, que no responde sino a las cosas pasadas o presentes,
pues la sabiduría del diablo no puede extenderse a más
(II, 25). De todos modos, ¿quién sabe si las adivinanzas del
mono son diabólicas o fingidas, y si el mismo Maese Pedro no tiene
conivencia con el Demonio? A menos que, como el atambor del Coloquio,
trabaje sin saberlo con un animal embrujado.
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y de sus prácticas transgresivas. Él es quien da fe de la obra
divina. Él solo atesta por sus mañas la existencia de Dios,
del que es la imagen negativa e inversa. Ocupa el proscenio del mundo, de
modo que él solo es visible. Dios permanece oculto, ausente. De donde
resulta que no hay más Dios que el Diablo, que es su caución
negativa. Si no hubiera Diablo, ¿qué sabríamos de Dios?
De ahí la impresión que la obra cervantina hace caso omiso
del Dios católico, presente sólo en hábitos sociales
que son parte integrante de la realidad objetiva de entonces.
Dicho de otro modo, nos hallamos ante un concepto
del mundo y de la teología que, contra todos los preceptos de la fe,
da la preferencia al discurso diabólico, segundo en relación
al discurso primordial, que es el de Dios. Postergar a Dios creador en beneficio
de su criatura luciferina, es una inversión del discurso teológico
ordinario, inversión que casi podría tacharse de desviante
si no se compensara con la presencia implícita de Dios en el discurso
del Espíritu que siempre niega.
No quisiera terminar sin evocar, después
de Mefistófeles y del perro negro que lo significa, al perro embrujado
de Montilla. Berganza debió recobrar su forma humana primigenia,
según le prometió la Cañizares, y siguió ejerciendo
por Andalucía y Castilla su profesión natural de brujo. Todos
recuerdan al titiritero Chanfalla que, al presentar al público su
Retablo de las maravillas, empieza declinando su nombre: Yo,
señores míos, soy Montiel . . . .
¿Quién es Montiel sino el hijo de la Montiela, el perro Berganza
librado del maleficio de la Camacha, y que ahora pasea por los pueblos un
objeto mágico descubridor de flaquezas y secretos?
Cosa sabida de todos es que una nefanda propiedad
de los diablos es ser hermafroditas. Ahora bien: la bisexualidad de los brujos
no es sino un reflejo del hermafrodismo diabólico.
Así el estudiante de la Cueva
sabrá pelar según dice Leonarda no sólo
capones, sino gansos y avutardas, discurso que parece significar que
su competencia en el pelar, o sea en la devoración sexual,
se extiende a toda clase de volatería: machos (gansos) y hembras
(avutardas), amén de los neutros asexuados (capones),
por lo que se le atribuyen cien mil vides / de uva tinta y de uva
blanca.5
Esa misma bisexualidad es la de Montiel:
transparece en su nombre de Chanfalla con desinencia femenina, y en
esa pareja
5 Véase
Molho, En torno a la Cueva de Salamanca, l.l.
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inversa que forma con la Chirinos, mujer viril por su nombre masculino.
Sin contar con el putito que acompaña la pareja, excitando las iras
celosas de la mujer: el gentil Rabelín que por su mismo nombre (derivado
de rabo) denuncia su
homosexualidad.6
Detalles como éstos revelan un fino
conocedor de las prácticas demonomaníacas, un ingenio solapadamente
subversivo y ante todo curioso de los mecanismos y leyes ocultas que regulan
el desorden del mundo.
| UNIVERSITÉ DE LA SORBONNE |
6 Véase
Alzieu, Jammes, Lissorgues, Poesía erótica del siglo de
oro, Toulouse, 1975 (especialmente el vocabulario sub rabo) y
M. Molho, Cervantes: raíces folklóricas, p. 174.
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
| URL: http://users.ipfw.edu/jehle/cervante/csa/articf92/molho.htm | ||