From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
19.2 (1999): 11-23.
Copyright © 1999, The Cervantes Society of America
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GONZALO DÍAZ MIGOYO |
l título lo
insinúa, pero lo aclaro de antemano: no les voy a hablar de lo
cómico, en cualquiera de sus variedades de burla, parodia, sátira,
chiste, caricatura, ironía, etc.; ni siquiera voy a hablarles de lo
ridículo o de lo hilarante. Todo esto de lo que no les voy a hablar
produce risa, incluso se mide por la risa que produce, y de ésta
sólo es de lo que les voy a hablar. Voy a hablarles, además,
de la risa como fenómeno fisiológico, atendiendo sólo
de pasada a cualquiera de sus aspectos psicológicos de regocijo, de
alivio, de triunfo, de superioridad todos ellos supuestas consecuencias
de la risa según la multitud de teorías existentes sobre ella.
Voy a hablar, pues, de una respuesta corporal reflexoide, dependiente del
tálamo y el hipotálamo, o sea, del cerebro antiguo o intermedio,
y no de facultades mentales superiores de las que se encarga otra parte del
cerebro de desarrollo más reciente.
Voy a hablarles de la risa y de sus consecuencias
para la literatura y muy especialmente para el Quijote, ese
Quijote risueño, lleno de una risa hoy en gran parte marchita
que, según el cervantismo más reciente, deberíamos saber
recuperar. Y voy a intentar mostrarles que no sólo esto es
prácticamente imposible, sino que puede ser literariamente
peligroso.
Parece ser que nos hemos olvidado de que en
su día la lectura del Quijote producía ante todo risa,
una risa a carcajadas. Se suelen traer a colación a este respecto
las muy conocidas palabras de Baltasar Porreño, uno de los cronistas
de Felipe III, según las cuales,
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viendo éste desde una ventana de Palacio a un muchacho con un libro
en las manos que reía a carcajadas, exclamó: Aquel estudiante
o está fuera de sí o lee la historia de don Quijote (Russell,
421).
¿Quién o qué hacía
reír al estudiante, se preguntaba Felipe III, la locura, efecto sin
causa conocida, o la lectura, causa sin este insólito efecto? Bien
pensado, quizás al rey nunca le pasara por las mientes la locura del
muchacho, y la disyuntiva fuera retórica, una manera del monarca de
presentar como ingeniosa explicación de aquella detonante descompostura
lo que él sabía de antemano que estaba ocurriendo.
La disyuntiva, en cualquier caso, no oponía
los términos, sino que los equiparaba: ambas explicaciones eran igualmente
válidas para la conducta observada. ¿Es posible equiparar locura
y lectura? Sin duda. ¿Qué mejor caracterización de la
lectura que la de estar fuera de sí, en la imaginación de otro
u otros, autores o personajes, ajeno a la realidad circundante? Y
¿equiparar locura y risa? También. Quizás sólo
la naturalidad de la risa nos lo impida, pero basta con aislar la conducta
del que ríe de sus motivos para sorprenderse, cuando menos, de lo
mucho que se asemeja a una crisis de locura: crispar espasmódicamente
los músculos faciales, los de la laringe, los torácicos y los
abdominales, mostrando los dientes, entrecerrando los ojos, lagrimeando,
aullando intermitentemente, jadeando convulsivamente, bien puede ser, en
efecto, dar muestras ciertas de haber perdido el juicio.
Tal como refiere Porreño el sucedido,
parece que al monarca le hubiera bastado con oír una risa excesivamente
ruidosa, sin duda acompañada de aspavientos, para hacer la
observación. Yo me inclino a creer que se trata de una imprecisión
del cronista. Identificar al reidor como estudiante no parece posible más
que reconociéndole por el vestido a menos que Felipe III le
conociera de antemano o se encontrara en los patios de la Universidad. El
monarca, además, debió de ver que el estudiante tenía
un libro en las manos: no habría bastado una risa ruidosa cualquiera
para hacerle pensar en la lectura, del Quijote o de cualquier otro
libro.
Sucediera como sucediera y hay quien
pone en duda que haya ocurrido al rey no se le ocurrió pensar
en la lectura en general, en cualquier lectura, sino muy precisamente en
la del Quijote. Por lo visto, la risa lectora era lo suficientemente
notable como para poder inferir de ella no ya el tipo, sino incluso la identidad
del libro leído. Esta singularidad del Quijote se debía
bien a su conocida eficacia hilarante, bien a la escasez de otros libros
de este tipo. Sabiendo
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Felipe III, como parece ser que se sabía, que el Quijote era
un libro cuya lectura hacía reír, ni tenía que haberlo
leído para adivinar qué hacía reír a aquel lector,
ni tenía que adivinar qué pasaje del Quijote estaba
leyendo.
¿Aplaudiría o reprocharía
el rey la conducta del lector del libro, la conducta de su autor? No lo sabemos,
pero, fuera su intención censoria o aprobatoria, la exclamación
no indicaba que se tratase de una lectura impertinente sino, al contrario,
que era la apropiada para ese libro.
Resulta extraño imaginarse a un lector
portándose como un loco, es decir, riendo a carcajadas, y tener que
concluir que la causa de su conducta es la lectura de una obra literaria.
¿No es lo propio de la literatura la dignidad, la solemnidad incluso?
¿Es compatible la carcajada con la literatura? ¿Es compatible la
literatura con esta o con cualquier otra reacción corporal? ¿Son
acaso literarias las manifestaciones corporales; lo son sólo en el
caso de la literatura cómica, esa que, por definición, hace
reír única definición posible de lo
cómico? ¿Es la literatura que hace reír tan literaria
como la que ni lo hace ni lo pretende?
Si por lectura entendemos no el desciframiento
de signos, sino la comprensión y la participación en el sentido
de lo descifrado, es evidente que la lectura sí puede hacer reír.
Lo que no es evidente es que la lectura que hace reír sea una lectura
propiamente literaria. Es difícil homologar literariamente
una lectura seria y silenciosa con una ruidosa y visible. (A menos que seamos
de la opinión que toda lectura, y muy especialmente la literaria,
es ya siempre un tipo de locura. En cuyo caso la lectura hilarante, al hacer
sensible esa enajenación esencial del lector literario, sería
paradigmáticamente literaria.)
Toda lectura tiene efectos involuntarios tanto
psíquicos como corporales. Se suele entender que la visibilidad de
los efectos corporales los convierte en sintomáticos de unas reacciones
espirituales correspondientes: la lectura que da miedo se puede manifestar
por un encogimiento corporal de defensa, acompañado quizás
de un semblante tenso, de pupilas dilatadas: literatura de horror o gótica,
como dicen los ingleses; la lectura que causa pena, lástima o
compasión, puede hacer llorar: literatura lacrimógena, que
decimos nosotros; incluso puede pensarse en una lectura que dé tanto
asco que cause náuseas: literatura emética, quizás.
Estas lecturas no se distinguen de la que hace reír por el grado mayor
o menor de manifestación corporal: también el efecto regocijante
de una lectura puede oscilar entre un contento invisible y un aspaventoso
ataque
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de risa. Pero ¿se trata verdaderamente en cualquiera de esos casos de
lecturas literarias? O, más inquietantemente, ¿sigue siendo lo
literario lo que es a pesar de esas reacciones?
Adviértase que el miedo, la tristeza,
la compasión, el regocijo pueden acompañar a una lectura literaria
sin, por así decirlo, empañar su pureza estética, al
menos sin ponerla en entredicho, en la medida en que no se manifiestan
corporalmente o lo hacen de un modo imperceptible que es fácil pasar
por alto. Pero las carcajadas, en cambio, no pueden pasar inadvertidas: no
acompañan sino que interrumpen.
El caso es que todos esos efectos psíquicos
leves o intensos van acompañados de manifestaciones corporales sutiles
o evidentes. ¿Es posible desechar éstas como no literarias y
mantener aquéllos como literarios? ¿Por qué la compasión
sería literariamente aceptable y no lo serían las lágrimas
que a veces la acompañan? Lo mismo puede preguntarse del regocijo
cómico: ¿sería sólo literario el efecto anímico
y no su acompañamiento corporal? Difícil sería mantenerlo
cuando no se puede determinar solución de continuidad alguna entre
el contento silencioso e invisible, la sonrisa visible, pero callada, y el
doblarse ruidosamente de risa.
Tan problemática resulta la condición
estético-literaria del regocijo como la de la carcajada, la de la
compasión como la de las lágrimas, la del asco como la de la
náusea. Pero ello es tanto más inquietante en el caso de la
risa cuanto que ésta es el propósito evidente, a veces literalmente
declarado, de muchas obras que no dudamos en considerar literarias. Me refiero
a obras cuya intención hilarante es tan indiscutible como el
Pantagruel o el Gargantúa, o como El Buscón,
por hablar de clásicos antiguos, pero igualmente se puede pensar en
Tom Sawyer, en Zazie en el Metro o en La venganza de don
Mendo. El etcétera, claro, es abundantísimo. Reírse
a carcajadas con la lectura de esas obras no es malentenderlas, sino responder
a ellas apropiadamente. Si dejáramos fuera de una consideración
literaria toda carcajada provocada por la lectura de una de ellas, ¿no
estaríamos desatendiendo su intención o su eficacia
literarias?
Otra inquietante característica de la
risa: cuando un autor quiere hacer reír y lo consigue, impide que
su intención se pierda en el laberinto de las interpretaciones. Nadie,
en efecto, se ríe de la gracia que no comprende: quien se ríe,
la comprende; es más, la comprende riéndose. ¿Qué
clase de comprensión es entonces la de la risa, que parece lo contrario
de ella? Porque la risa no permite contradicción ni cambio alguno,
no es discutible, mientras que la comprensión acostumbrada implica
la posible y reiterable defensa
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de su validez. La risa despeja toda incógnita y concluye cualquier
argumento. Lo que tiene gracia, hace reír, y cuando no hace reír,
es que no tiene gracia.
Comprensión simultáneamente mental
y corporal de lo leído, cuando hay risa, es que el cuerpo ha comprendido.
Si el cuerpo no se ríe, sutil o abiertamente, es decir, si no hay
risa, no hay comprensión. ¿Cuál es la distancia, en efecto,
entre comprender un chiste y soltar el trapo? ¿Cuál es la
operación intermedia? ¿Acaso se puede medir la comprensión
de una situación intencionalmente hilarante más que por la
hilaridad que causa? Y ¿qué puede ser una literatura cuya eficacia
deba medirse con un risómetro?
Se siente uno tentado de decir que la carcajada
mata la experiencia estética, pero me temo que sea peor aún:
la carcajada es la reacción estética a las obras hilarantes.
Cualquier otra reacción adicional a la carcajada será posterior
a ella y ajena al propósito literario de la obra hilarante.
Y otra sorpresa más de la risa. La risa
no es síntoma, traducción o expresión del regocijo que
causa lo ridículo. En realidad, si se pudieran separar risa y regocijo,
que no lo creo, deberían entenderse en sentido opuesto, esto es, yendo
de la reacción corporal a la espiritual: la risa como causa del regocijo
y no al revés. No digo que lo que hace reír no cause
también, simultáneamente, regocijo, sino que gran parte
de ese regocijo es quizás consecuencia de la risa: es, simplemente,
el placer de reír, por las causas que sean. Y creo que se puede decir
lo mismo de la tristeza y de las lágrimas, del asco y del vómito:
quizás se esté triste porque se llora y no se llore
por estar triste; quizás se sienta asco porque se vomita y
no se vomite porque se sienta asco.
Este carácter primario de la reacción
risueña ataja todo intento de explicación, de reflexión
sobre la relación entre la literatura, el regocijo cómico y
la risa. A menos, claro, que aceptemos que la comprensión del cuerpo,
tan evidente en esta última, pueda ser el origen y no el final de
la comprensión. Quizás la reacción corporal sea el punto
cero de la literatura, de modo que lo literario se deba medir, por simple
gradación, por su alejamiento de este originario agujero negro de
la literatura. Este origen corporal de la reacción estética
no sería ni contrario ni independiente de la reacción espiritual
acostumbrada, sino, más bien, su otra cara, lo que, cuando pasa
inadvertido, le falta a ésta para alcanzar una existencia completa,
para imponerse como certeza indudable. No me parece que sea ello más
paradójico que el plausible origen figurativo de todo lenguaje literal,
o que el juego originario del que, se puede mantener, surge el
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trabajo. Aplicada a la comicidad esta conocida paradoja, significaría
que la seriedad no es más que aquello cuya comicidad originaria se
ha olvidado, un absurdo o una incongruencia inicialmente cómicos,
cuya repetición les hace acabar por convertirse en seriedades ortodoxas.
(Bien sabido es, en efecto, que la repetición es enemiga mortal de
lo cómico.) La carcajada no sería entonces sino la invención,
el descubrimiento de ese oculto origen de la seriedad; sería el
tropezón que, siempre amenazante, da al traste con el inestable equilibrio
de la seriedad acostumbrada.
Es curioso a este respecto que, análogamente
también al idioma figurativo, la risa carezca de sentido estricto:
el sentido literal de lo hilarante no es más que la falta de sentido,
el absurdo, de una seriedad cualquiera. (Bien es verdad que, como el pensamiento
tiene horror al vacío, la comprensión del absurdo, es decir,
la risa, da lugar inmediatamente a su interpretación, a su análisis
sin duda quehaceres ajenos a la risa misma.)
¿Es entonces más acertadamente
literaria una lectura del Quijote a carcajadas que una lectura
seria?
Volvamos a la risa, a la locura y a la lectura;
a la aparente locura del lector del Quijote y a la locura lectora
de don Quijote. Risueña una, seria la otra, nos reímos de la
seriedad de su lectura de los libros de caballerías tan seria
que la pone por obra en su propia vida, prueba definitiva de seriedad. Nos
reímos pues de su vida, consistente en actuar como si siguiera leyendo
estos libros. Nos reímos, en buena cuenta, del absurdo quijotesco
consistente en no distinguir entre ser y leer. Esta conflación a unos
nos parece cómica, y nos reímos. Para otros en cambio es una
triste gracia, una gracia seriamente triste, esta necesidad de distinguir
entre ambos mundos, el vivido y el leído. Para don Quijote la
separación entre ellos no tiene gracia alguna, se lamenta de ella
repetidamente y, desde luego, intenta remediarla. Pero en cualquier caso,
al reír, al llorar, o al llorar por haber reído, unos y otros,
incluso don Quijote, comprendemos todo lo que hay que comprender acerca de
la enrevesada relación entre vida y lectura. Cualquier deseo de
comprensión adicional al que supone cualquiera de esas reacciones
corporales involuntarias no intenta comprender su (quijotesca) relación,
sino el motivo y las consecuencias de nuestra comprensión de ella.
Ningún comentario al Quijote explica la comprensión
fulgurante de la risa o del llanto que provoca, sino que intenta
justificarlos.
¿Era la risa la reacción que se
proponía Cervantes, aunque hoy lo hayamos olvidado, como pretenden
últimamente varios hispanistas a cuya cabeza están Peter Russell
y Anthony Close? En ese caso, bien
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se podría decir que nuestro olvido equivale al fracaso actual del
propósito de Cervantes: si la risa es la respuesta adecuada a la obra
hilarante, ¿acaso no se debe pensar que cuando no hace reír es
que se ha muerto? (Coyuntura no muy distinta, entre paréntesis y de
nuevo, de la del lenguaje: figurativo antaño, literalmente aceptable
hoy.)
Si hiciéramos lo que Russell y
compañía aconsejan, si nos riéramos a carcajadas al
leer el Quijote título de su trabajo sobre el tema:
Don Quijote y la risa a carcajadas, ¿habríamos
comprendido ya el Quijote o esa comprensión estaría
todavía por abordar? ¿Qué quedaría por comprender;
qué otra labor quedaría por hacer para comprenderlo mejor?
(En cualquier caso, parece que habría que evitar la relectura del
Quijote, pues, sabida la poca gracia que hace una gracia recalentada,
difícilmente volveríamos a reír al releerlo.)
Aunque meritorio, el análisis de (los
motivos) de la risa siempre es impertinente: o tiene en cuenta las circunstancias
que hacen reír al lector actual o se atiene a las circunstancias de
la risa en el pasado por ejemplo, en tiempos del autor. Lo malo es
que unas y otras no se condicen: la risa del pasado no explica nuestra risa
actual. En materia de risa la ayuda filológica tiene una utilidad
muy limitada, dada su costumbre de olvidar cómo se lee, y se ríe,
hoy, para recordarnos cómo se leía, y se reía, entonces.
Por muchas explicaciones y por muchos recordatorios que desentierre, la
filología no consigue hacer reír, es decir, no consigue recuperar
lo hilarante. La naturaleza espontánea, involuntaria de la risa no
se aviene con explicaciones, ni históricas ni sociales ni
psicológicas. Tampoco la náusea, las lágrimas, el miedo,
la excitación sexual se pueden recuperar mediante explicaciones.
¿Qué efecto sicalíptico tendría hoy, por ejemplo,
por muy minuciosa que fuera la explicación de su pasada salacidad,
un texto que describiera la desnudez de una pantorrilla, femenina o
masculina?
Hoy el Quijote no hace reír o
muy poco. En gran medida se le ha muerto la risa. Si lo literario fuera lo
que más se acerca a la intención del escritor tal como la
evidencian las reacciones de sus lectores coetáneos, entonces el
Quijote, literatura antaño risueña, habría dejado
de ser literaria. O, alternativamente, no sería más literario
que entonces. Aunque también es posible que no fuera entonces sino
marginalmente literario, y sólo ahora, al perder comicidad, se haya
literaturizado plenamente.
Pero Russell y compañía no sólo
nos informan históricamente de un modo de leer el Quijote que
hoy ya no ocurre, sino que quieren convencernos de que ése
es el Quijote verdadero que hay que volver a leer. De sus acertadas
precisiones históricas yo no saco en
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conclusión como ellos, sin embargo, que hoy se lea mal el
Quijote porque no nos riamos con él o de él, sino que,
en vista de que ya no hace reír, se sigue leyendo de la única
manera actualmente posible para que siga teniendo valor literario. Es decir,
concluyo que lo centralmente literario del Quijote hoy no es su marchita
comicidad, sino su vigente problemática lectora, tan deslumbrantemente
iluminada por esa risa muerta.
Condenar la seriedad de la lectura actual como
de origen romántico y ajena al propósito cervantino me parece
que es mantener una sarta de desuetas creencias acerca de la trascendencia
histórica del propósito del autor y acerca de su intención
como origen decisivo del sentido de la literatura. Obligar hoy a que el
Quijote haga reír, o insistir en ello, es matar al
Quijote con una lectura anacrónicamente romántica.
Antes de concluir, para concluir, un detalle,
el de la naturaleza aniquiladora de la risa: la risa, comprensión
absoluta, decisiva, agota el sentido de lo que lee, lo consume totalmente
sin dejar resto. Hagamos la prueba de esta voracidad con un pasaje del
Quijote, que creo que todavía sigue siendo hilarante, el de
la pelea nocturna en la venta de Juan Palomeque, cuando don Quijote, Maritornes,
el arriero, Sancho y el ventero se enzarzan física y mentalmente en
un remolino de golpes y de equivocaciones.
Para que la prueba dé resultado es necesario
que se presten ustedes a ella; es decir, que se rían libremente cuando
la lectura les haga gracia, en vez de reprimir las ganas de reír por
mor de la buena educación, del decoro correspondiente a una conferencia,
etc. Aunque eso es lo que nos han enseñado, reírse a carcajadas
no debe tener la misma baja consideración social de, por ejemplo,
el eructo o el rascarse en público. Les invito pues a que dejen que
su cerebro sáurico responda libremente al estímulo de la lectura.
No desatiendan la palmaria voluntad cervantina al escribir este pasaje:
ríanse si les hace gracia. Me dirán que ustedes no han venido
aquí a reírse, sino a oír hablar seriamente de la risa.
Bien, pues de eso se trata, de una pequeña prueba seria de risa.
Vamos a ello. Don Quijote cree que Maritornes,
la criada asturiana de la venta, es la hija del señor del castillo
en que se aloja, la cual, vencida de su gentileza, se había
enamorado de él y prometido que aquella noche, a hurto de sus padres,
vendría a yacer con él una buena pieza. En realidad,
había el arriero concertado con ella que aquella noche se
refocilarían juntos, y ése es el propósito de
la moza al entrar a tientas en el camaranchón o desván donde,
al lado del arriero, reposan los doloridos caballero y escudero. En la oscuridad
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Maritornes topa primero con don Quijote, quien la retiene abrazada, a pesar de los esfuerzos de la muchacha por desasirse, para explicarle que está tan molido y quebrantado que, aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra, fuera imposible. Pero, sobre todo, continúa el reticente hidalgo, es que se añade
a esta imposibilidad otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos; que si esto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que vuestra gran bondad me ha puesto.
Maritornes estaba congojadísima y trasudando de verse tan asida de don Quijote, y, sin entender ni estar atenta a las razones que le decía, procuraba, sin hablar palabra, desasirse. El bueno del arriero, a quien tenían despierto sus malos deseos, desde el punto que entró su coima por la puerta, la sintió, estuvo atentamente escuchando todo lo que don Quijote decía, y, celoso de que la asturiana le hubiese faltado la palabra por otro, se fue llegando más al lecho de don Quijote, y estúvose quedo hasta ver en qué paraban aquellas razones que él no podía entender. Pero como vio que la moza forcejaba por desasirse y don Quijote trabajaba por tenella, pareciéndole mal la burla, enarboló el brazo en alto y descargó tan terrible puñada sobre las estrechas quijadas del enamorado caballero que le bañó la boca en sangre; y, no contento con esto, se le subió encima de las costillas y con los pies más que de trote se las paseó todas de cabo a rabo.
El lecho, que era un poco endeble y de no firmes fundamentos, no pudiendo sufrir la añadidura del arriero, dio consigo en el suelo, a cuyo gran ruido despertó el ventero; y luego imaginó que debían ser pendencias de Maritornes, porque, habiéndola llamado a voces, no respondía. Con esta sospecha se levantó y, encendiendo un candil, se fue hacia donde había sentido la pelaza. La moza, viendo que su amo venía y que era de condición terrible, toda medrosica y alborotada se acogió a la cama de Sancho Panza, que aún dormía, y allí se acorrucó y se hizo un ovillo. El ventero entró diciendo:
¿Adónde estás, puta? A buen seguro que son tus cosas éstas.
En esto despertó Sancho y, sintiendo aquel bulto casi encima de sí, pensó que tenía la pesadilla y comenzó a dar puñadas a una y otra parte, y entre otras alcanzó con no sé cuántas a Maritornes, la cual, sentida del dolor, echando a rodar la honestidad, dio el retorno a Sancho con tantas que, a su despecho, le quitó el sueño; el cual viéndose tratar de aquella manera y sin saber de quién, alzándose como pudo, se abrazó con Maritornes y comenzaron entre los dos la más reñida y graciosa escaramuza del mundo.
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Viendo, pues, el arriero, a la lumbre del candil del ventero, cuál andaba su dama, dejando a don Quijote, acudió a dalle el socorro necesario. Lo mismo hizo el ventero, pero con intención diferente, porque fue a castigar a la moza, creyendo sin duda que ella sola era la ocasión de toda aquella armonía. Y así como suele decirse, el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa que no se daban punto de reposo. Y fue lo bueno que al ventero se le apagó el candil y, como quedaron a oscuras, dábanse tan sin compasión todos a bulto que a doquiera que ponían la mano no dejaban cosa sana (Don Quijote, I, xvi).
He oído algunas carcajadas. Creo que
he visto sonrisas en todos nosotros. Hablemos seriamente de ello.
¿Hubiéramos podido evitarlas? ¿Hubiera bastado la voluntad
de no reírse? Sí, quizás con cierto esfuerzo lo
hubiéramos conseguido. Pero el esfuerzo habría sido ya muestra
del carácter espontáneo de la risa que queríamos atajar.
De lo contrario no hubiera hecho falta esforzarse. Sólo hubiéramos
podido evitar la risa no escuchando la lectura del pasaje, tapándonos
los oídos, abandonando esta sala, no atendiendo a lo que oíamos
por tener el pensamiento en otras imaginaciones o preocupaciones. Hubiera
bastado también la decisión de analizar el pasaje, por ejemplo,
contando el número de palabras oídas o su frecuencia, o los
gestos con que yo acompañaba su lectura. Pero eso hubiera equivalido
a ausentarse de la escena descrita.
Después de haber reído, es decir,
ahora mismo, podremos también arrepentirnos de haberlo hecho, podremos
reflexionar sobre lo que hemos hecho y sobre por qué lo hemos hecho.
Es lo que estamos haciendo. Pero lo estamos haciendo porque ya nos hemos
reído.
Quizás algunos oyentes no se hayan
reído en absoluto aun cuando escuchaban atentamente y comprendían
la escena en todos sus detalles. Simplemente no le habrán visto la
gracia. No se la habrán visto por muchas razones, pero también
ellas habrán sido involuntarias. Cualquier explicación que
se les diera a estos adustos oyentes sería incapaz de hacerles reír
ahora, a toro pasado; y dudo de que fuera capaz de hacerles reír si
se les hiciera escuchar la escena de nuevo.
No sé si quienes no se han reído,
los que no le han visto la gracia al pasaje, lo han escuchado más
literariamente que los que nos hemos reído. Lo que sí sé
es que no han tenido la reacción que, todo hace suponerlo, pretendía
Cervantes.
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Quienes sí le hemos visto la gracia
y nos hemos reído, ¿qué otra experiencia literaria hemos
tenido mientras nos reíamos, al reírnos? ¿Acaso
estábamos comprendiendo mal el pasaje? ¿Se nos escapaban otras
significaciones de él más importantes que la intención
de hacer reír? Lo dudo, pero aun cuando así fuera, es indudable
que esas significaciones habrían quedado eclipsadas por la risa y
habría que recuperarlas una vez extinguida ésta, sin duda
trabajosamente y sin que causaran regocijo alguno. ¿Serían
también parte entonces de la reacción literaria al pasaje?
No, hemos comprendido su gracia repentinamente,
sin ayudas ni reflexión algunas. El regocijo que se nos disparó
al reír, el que todavía nos queda en el cuerpo, creo que tiene
más que ver con esa economía, con esa rapidez de comprensión
del suceso que con cualquier sentimiento de superioridad, de alivio, de
satisfacción, explicaciones tradicionales de la risa. O, mejor dicho,
el regocijo sí tiene que ver con esos sentimientos, pero no entendidos
como superioridad sobre los personajes, como alivio de no estar entre ellos
o de no ser como ellos, como satisfacción de saberlos castigados o
premiados, sino con la superioridad, con el alivio, con la satisfacción
de haber comprendido el pasaje así de instantáneamente, así
de indudablemente, así de decisivamente; tanto, que el cuerpo se nos
ha reído, que nos hemos reído.
Acabada la escena, como quien dice a la salida
de este túnel de la risa, el regocijo resultante se debe quizás
a que hemos comprendido por medios distintos de los laboriosamente conscientes
y reflexivos. Quizás esta facilidad es lo que ha producido esta
alegría; quizás esta alegría es síntoma de habernos
reído, y no al revés.
Lo irresistible de la ridiculez del pasaje
tiene su emblema, en efecto, en la oscuridad de la escena: Toda la
venta estaba en silencio y en toda ella no había otra luz que la que
daba una lámpara que colgada en medio del portal ardía.
Así se inicia. Y fue lo bueno que al ventero se le apagó
el candil y, como quedaron ascuras, dábanse tan sin compasión
todos a bulto que doquiera ponían la mano no dejaban cosa sana.
Así termina.
Esta falta de luz me parece el correlato objetivo
de la locura de don Quijote y de la simplez de Sancho, oscuridades ambas
de la razón; igualmente lo es de las equivocaciones de los otros tres
participantes, mentalmente ciegos. Pero ¿no es también el correlato
de nuestra propia actividad lectora, esa risa nuestra que, a modo de sol
negro, no alumbró la escena, sino que nos eclipsó en ella la
luz de la reflexión? En la risa, en efecto, confluyen todas las cegueras
o tinieblas de la razón: cortocircuito mental, conexión
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desacostumbrada, anormal, pero perfectamente eficaz, tras un chispazo de
comprensión, acaba en un apagón.
¿Estaría leyendo el estudiante
este mismo pasaje cuando lo observó Felipe III? ¿Leería
las descompuestas acciones en la oscuridad de unos individuos enajenados
uno por su imaginación, otro por su falta de ella, otros por
sus errores, y comprendió instantáneamente lo incomprensible
de sus acciones? La inmediatez de su aceptación de ese absurdo como
tal absurdo, el alivio que le supuso para una comprensión sensata
y laboriosa, debió de ser total y le sacudió todo el cuerpo:
estalló en alegres carcajadas. En ese momento también él
perdió la razón, enloqueció.
Felipe III tenía más razón
de lo que creía. No había disyuntiva alguna: el estudiante
estaba fuera de sí porque leía apropiadamente la
historia de don Quijote: la leía a carcajadas. Bien pensado,
quizás también Felipe III haya estallado en carcajadas al darse
cuenta de ello.
| NORTHWESTERN UNIVERSITY |
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| OBRAS CITADAS | ||
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Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Edición del Instituto Cervantes. Dirigida por Francisco Rico. (Barcelona: Instituto Cervantes. Crítica, 1998).
Russell, P. E. Don Quijote a carcajadas, Temas de La Celestina. (Barcelona: Ariel, 1978): 407-40.
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
| URL: http://users.ipfw.edu/jehle/cervante/csa/articf99/diazmigo.htm | ||