From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
19.2 (1999): 55-86.
Copyright © 1999, The Cervantes Society of America
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JESÚS G. MAESTRO |
onsideraremos en estas
páginas las principales dificultades que encuentra la comedia cervantina
en sus tentativas de renovación dramática, de superación
de sus propios objetivos experimentales (J. Canavaggio,
1977)2. Estimamos que estas limitaciones
básicas se reducen fundamentalmente a dos, que atenúan y perturban
el logro de las innovaciones pretendidas por Cervantes, y que proceden, en
primer lugar, de los imperativos lógicos de la poética
clásica, a la que Cervantes sigue desde demasiado cerca en su ideal
de que un arte de calidad es
1 En la
elaboración de este trabajo hemos manejado las siguientes ediciones
de la obra de M. de Cervantes, a cargo de F. Sevilla Arroyo y A. Rey Hazas:
Teatro completo, Barcelona, Planeta, 1987; Obra completa. III.
Ocho comedias y ocho entremeses. El trato de Argel. La Numancia. Viaje del
Parnaso. Poesía sueltas, Alcalá de Henares, Centro de Estudios
Cervantinos, 1995; El trato de Argel, Madrid, Alianza Editorial, 1996;
El gallardo español. La casa de los celos, Madrid, Alianza
Editorial, 1997; y El rufián dichoso, Madrid, Castalia, 1997,
ed. de F. Sevilla Arroyo.
2 Sobre el teatro
de Miguel de Cervantes, cfr., además del mencionado estudio de J.
Canavaggio (1977), los trabajos de J. Casalduero (1951), M. García
Martín (1980), C. B. Johnson (1981), F. Meregalli (1981), W. S. Moody
(1981), A. Sánchez (1992), S. Zimic (1992), así como el volumen
7 de los Cuadernos de Teatro Clásico, dedicado al teatro
cervantino.
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un arte adecuado a una determinada expresión de lógica y
verosimilitud; y en segundo lugar, al triunfo social, político y
estético, de los postulados de la comedia nueva configurada por Lope
de Vega.
Desde este punto de vista, trataremos de demostrar,
en lo que se refiere al personaje, que la renovación que se experimenta
y triunfa en la novela cervantina, que no del mismo modo en la comedia, se
explica porque Cervantes no logra superar los imperativos lógicos
exigidos por una poética clásica de la literatura que ha sido
elaborada para la explicación y percepción de un mundo antiguo,
en el que el personaje está determinado y delimitado por su
construcción lógica en una serie de categorías que afectan
a los siguientes aspectos: a) el uso regulado del lenguaje según valores
objetivos definidos moral y estamentalmente (principio del decoro); b) la
estructura de los hechos (fábula) como expresión de una
acción externa a la voluntad sujeto, desarrollada en unas determinadas
condiciones temporales y espaciales (unidades de acción, tiempo y
lugar); c) la configuración del personaje como una realidad que ha
de ajustarse a la correspondencia armónica entre la inmutabilidad
de los Hechos naturales, sociales y políticos, y los Valores morales
y religiosos, cuyo fundamento es meramente metafísico (preexistencia
de un orden moral inmutable y objetivo del que la voluntad humana sería
una consecuencia); d) la constitución del personaje como sujeto de
formas de conducta que siguen esquemas lógicos y causales,
característicos de una etapa histórica y prototípicas
de una determinada sociedad (el personaje literario como arquetipo lógico
de comportamientos sociales); y e) la lógica de las diferentes formas
del lenguaje teatral (soliloquio, monólogo, diálogo y aparte),
que dispone en el drama la constitución discursiva de sujetos de
ficción, y cuya enunciación revela y objetiva únicamente
la expresión externa del personaje y su evolución en la
acción (metabolé), antes que cualquier forma de experiencia
subjetiva.
2. EL TEATRO EXPERIMENTAL DE CERVANTES ENTRE LA LÓGICA DE LA POÉTICA CLÁSICA Y LOS CÓDIGOS DE LA COMEDIA NUEVA.
Desde nuestro punto de vista, la experimentalidad3 del teatro cervantino se ve limitada, como trataremos de indicar, por una serie
3 Cervantes
escribe un conjunto de obras dramáticas que, frente a los usos
escénicos instaurados por Lope de Vega, ha sido considerado por estudiosos
como J. Canavaggio como una auténtica tentativa de teatro experimental:
un théâtre à naître: un théâtre
que notre temps est prêt à investir de ses doutes, de
[p. 57] ses angoisses, peut-être aussi
de ses raisons de croire et d'espérer (J. Canavaggio, 1977:
450). En la misma línea se sitúa la valoración de estudios
más recientes, llevados a cabo por autores como F. Sevilla, a partir
del análisis de las ideas poéticas de Cervantes sobre el teatro
de su tiempo: Todas sus declaraciones sobre el particular lo definen
como un tratadista de corte clásico, de remota raigambre
aristotélica, pero abiertamente proclive a la innovación
experimental (F. Sevilla, 1986; y como editor de El rufián
dichoso, 1997: 31).
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de conceptos procedentes de la poética clásica, que se imponen
de forma sistemática desde el Renacimiento italiano como una preceptiva
estética, y que siguen esquemas lógicos y causales en la
explicación, desarrollo e interpretación del discurso literario;
por otro lado, sabemos que el éxito de la comedia lopesca, con sus
códigos estéticos, sociales y morales, limitó decisivamente
las posibilidades experimentales del teatro cervantino.
En capítulos importantes de la obra
literaria de Cervantes (E. C. Riley, 1973) se encuentran consideraciones
determinantes sobre una poética del drama, caracterizada por su afinidad
con la preceptiva clásica y sus explícitas objeciones a la
estética teatral de la comedia nueva. Aunque las referencias a la
cuestión teatral, desde planteamientos estéticos y poéticos,
resultan frecuentes en la producción literaria cervantina, se considera
que existen al menos tres momentos en los que se aborda este problema de
forma amplia y relevante. Se trata, según la cronología de
la publicación de tales textos algo que por otro lado no nos
aclara demasiado acerca del momento de su composición, del
capítulo 48 del Quijote de 1605, del Prólogo al
lector de la edición de 1615 de las Ocho comedias y ocho
entremeses, y del comienzo de la jornada segunda de El rufián
dichoso (II, 1209-1312), en el acto que corresponde al diálogo
entre los personajes alegóricos de la Comedia y la Curiosidad. Vamos
a considerar brevemente sólo algunas de las ideas poéticas
de Cervantes apuntadas en estos textos, con objeto de verificar la
aplicación, que este autor hace en su creación literaria, de
modelos de interpretación caracterizados por el dominio del pensamiento
lógico y especulativo, heredado de la poética antigua, y
característico del pensamiento
aristotélico4.
4 Cfr.
a este respecto los tratados y textos sobre poética en los siglos
XVI y XVII, entre los que citamos, sin ningún afán de
exhaustividad, los de L. Alfonso de Carvallo (1602); la Poética
de Aristóteles traducida de latín (1623), de Juan Pablo
Mártir Rizo; Teatro de los teatros (Madrid, 1690), de F. A.
Bances Candamo; F. Cascales (1617); el cap. 48 de la primera parte del
Quijote; El enano de las musas . . .
(1654), de A. Cubillo de Aragón; El viaje de Sannio (1585),
de Juan de la Cueva; la Aprobación del reverendo padre Fray Manuel
Guerra y Ribera a la Verdadera V Parte de Calderón (Madrid, 1682);
F. Lope de Vega (1609); Philosophia antigua, poética (1596),
de L. López Pinciano. Vid. también a este respecto los
estudios de A. García Berrio (1975, 1977 y 1980), M. Menéndez
Pelayo (Historia de las ideas estéticas, 1883), F. Sánchez
Escribano y A. Porqueras Mayo (1965), A. Porqueras Mayo (1986), M. Vitse
(1990, 1995) e I. Arellano (1995: 146-161).
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La valoración que Cervantes hace por boca del canónigo, en el capítulo 48 de la primera parte del Quijote, de la comedia de su tiempo, puede interpretarse a partir de su implicación en tres ámbitos fundamentales de la pragmática de la comunicación literaria en los Siglos de Oro, referidos prioritariamente a la importancia de la preceptiva clásica, especialmente en lo que se refiere al principio del decoro y las unidades de lugar y de tiempo, como marco de referencia para la estética de la creación literaria; al principio lógico de verosimilitud, de formulación aristotélica, en el que se cifra y objetiva para Cervantes el logro de la calidad artística de una obra narrativa o dramática; y a la función del receptor en el proceso de la comunicación social que supone, en la España del siglo XVII, el espectáculo teatral de la comedia, cuya expresión debe amalgamar, según la tradición horaciana a la que parece apuntarse Cervantes, valores morales y didácticos.
Estas que ahora se usan, así las imaginadas como las de historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo5, y no de otra manera; y que las que llevan traza y siguen la fábula como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio (Quijote, I, 48)6.
Cervantes logra en la novela lo que Shakespeare en el teatro: la construcción de personajes cuya voluntad individual se impone formal y funcionalmente, estética y axiológicamente, a los imperativos éticos y referenciales del mundo antiguo, a las exigencias religiosas, políticas y estamentales, de un orden moral trascendente que trató de regular, hasta la Ilustración europea, toda forma de conducta individual. Cervantes inaugura en la novela europea, al configurarla
5 Y
escrivo por el arte que inventaron / los que el vulgar aplauso pretendieron;
/ porque, como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle
gusto (F. Lope de Vega, 1609/1994: II, 247, vv. 45-48).
6 En las citas
de las obras de M. de Cervantes seguimos la edición de las Obras
completas, de F. Sevilla y A. Rey, Madrid, Alianza, 1996-1997.
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como género literario, una poesía de la experiencia,
del mismo modo que hará Shakespeare al crear en el personaje del drama
isabelino las cualidades existenciales del sujeto de la Edad Contemporánea.
De no haber sido por la excesiva afinidad mostrada hacia la preceptiva
clásica, y la incapacidad para superar en el formato de la comedia
española del XVII los imperativos lógicos del orden moral heredado
de la Antigüedad y fortalecido por la axiología lopesca
de la comedia nueva, es posible que Cervantes hubiera podido demostrar
en su teatro mayores logros, sin duda afines o semejantes a los del drama
shakespeareano.
Si consideramos algunas de las múltiples
ideas, apuntadas en el Prólogo al lector de las Ocho
comedias y ocho entremeses (1615), sobre poética e historia del
teatro, comprobamos que, al margen de los hoy ampliamente anotados
comentarios sobre su propia obra, y sus autoatribuciones respecto a la
originalidad de la comedia nueva, Cervantes insiste en la percepción
y valoración del teatro y de lo cómico desde el punto de vista
de la labor de Lope de Rueda, vinculada a la experiencia del entremés,
y del contexto dramático del siglo XVI, en el que se sitúa
la primera etapa del teatro cervantino. Este es el período de las
únicas comedias representadas, que Cervantes recuerda satisfactoriamente
como una etapa en la que ha podido lograr de los empresarios cierta
atención para su teatro; a este período parece limitar
básicamente el alcance de sus consideraciones, a la vez que se muestra
incapaz de nuevas reflexiones sobre el teatro del siglo XVII, al margen de
reconocer el éxito de la comedia lopesca, y ya sin insistir, siquiera
nuevamente, en sus objeciones, demostrando y asumiendo en cierto modo que
en lo referente al teatro los tiempos le han sobrepasado. En su
Prólogo al lector Cervantes describe el marco de referencias
que determina su experiencia teatral: en lo que se refiere a autoridades,
Lope de Rueda; a formas dramáticas, el entremés, como género
libre de preceptivas; a personajes y tipos, todos de amplias proyecciones
sociales y literarias (simple, rufián, pastor, vizcaíno, villano
rico, soldado, personajes alegóricos, etc.); en cuanto a formas de
comunicación dramática, unos coloquios, abiertos
a la expresión polifónica que dispone el propio Cervantes para
sus entremeses; y en lo que se refiere a la puesta en escena de la historia
o fábula, nada de tramoyas ni desafíos, ni apariciones
por por lo hueco del teatro, limitado como está a una
manta vieja, tirada con dos cordeles de una parte a otra.
La lectura del diálogo entre la Comedia
y la Curiosidad, al comienzo de la jornada segunda de El rufián
dichoso, puede ilustrar
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y explicar algunos de los desequilibrios cervantinos entre la poética del teatro y la creación teatral propiamente dicha. El diálogo de nuestra comedia [entre Comedia y Curiosidad] escriben F. Sevilla y A. Rey (1987: 285) se explica como simple autojustificación de una práctica teatral fruto de una teoría dramática vacilante y confusa7. Como tratamos de sostener en estas páginas, creemos que tales vacilaciones se deben a la doble limitación que experimenta la creación teatral cervantina, entre la lógica de la preceptiva clásica y los códigos de la comedia lopista. En El rufián dichoso aparecen personajes alegóricos (Comedia y Curiosidad), y episodios en cuya verosimilitud insiste Cervantes de forma constante8, mientras que paralelamente se constata la falta de observación de las unidades clásicas, contrariando así algunos de los postulados cervantinos en materia de poética teatral. Se hace aquí imprescindible la lectura del capítulo cuarenta y ocho de la primera parte del Quijote, donde Cervantes censuraba la falta de crédito y veracidad de muchas comedias, humanas y divinas, entonces al uso9.
7 En otro
lugar, F. Sevilla (1986: 236) considera que este fragmento debe entenderse
como una simple concesión ocasional a las modas dramáticas.
Una concesión alentada por el soporte estético que la
configuración del Rufián dichoso suministra para su
realización; explicable, no porque Cervantes haya cambiado diametralmente
de sentir dramático, sino precisamente porque se mantiene en su
línea de pensamiento habitual. Está fuera de lugar, entonces,
ver en el texto una palinodia de su propia ideología dramática
pasada, mucho menos una claudicación ante la moda impuesta por Lope
y sus seguidores.
8 En la jornada
II, entre los versos 1643 y 1644, Cervantes señala una acotación
en que indica la entrada de Ana Treviño, un médico y dos criados,
y a continuación declara que todo esto es verdad de la
historia. Más adelante, en el momento en que se produce la
visión ante el padre Cruz, antiguo rufián, y fray Andrés,
entre los versos 1743 y 1744, dice la acotación que todo esto
desta máscara y visión fue verdad, que así lo cuenta
la historia del santo; poco después, entre 1759 y 1760, se insiste
en que todo esto fue así, que no es visión supuesta,
apócrifa ni mentirosa; en la jornada tercera, se lee entre 2265
y 2266: Entranse todos, y salen dos demonios; el uno con figura de
oso, y el otro como quisieren. Esta visión fue verdadera, que ansí
se cuenta en su historia.
9 Al contrastar
las ideas de Cervantes sobre poética teatral con su realización
literaria en las comedias, se justifican las palabras de diversos autores
que han coincidido en calificar a su teoría dramática de
vacilante y confusa (A. Cotarelo, 1915: 349 ss; J. Canavaggio,
1977: 46-53; F. Sevilla y A. Rey, 1987: 284-285), y que han insistido
también en afirmar que el diálogo entre la Comedia y la Curiosidad
no debe leerse como una plena aceptación de la preceptiva dramática
del Arte Nuevo de Lope de Vega, del mismo modo que las ideas sobre
la poética de la comedia, expuestas en el capítulo cuarenta
y ocho de la primera parte del Quijote, no deben entenderse como una
adhesión absoluta y definitiva a la preceptiva clásica.
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No hay que olvidar que el pensamiento
aristotélico, desde el que se elaboran fundamentos que para la
poética occidental estarán vigentes hasta el siglo XVIII, era
de naturaleza filosófica y lógica, es decir, de tipo eminentemente
especulativo y deductivo. Los fundamentos de la Poética de
Aristóteles, principalmente el de mímesis, como principio
generador del arte, así como la formulación de las leyes
estructurales y teleológicas sobre la tragedia, en torno a los conceptos
de fábula y catharsis, respectivamente, constituye la
aplicación a la literatura de modelos de interpretación
caracterizados por el dominio del pensamiento lógico y especulativo,
característico del modo de conocimiento empleado por los griegos,
y desarrollado en el Occidente europeo hasta la llegada de la Edad Moderna.
El concepto de fábula, tal como lo delimita Aristóteles,
reconoce en la esencia de la tragedia secuencias lógicas de
acontecimientos, que exigen a su vez caracteres igualmente lógicos,
es decir, arquetípicos, en lugar de caracteres reales.
3. TENTATIVAS DE RENOVACIÓN TEATRAL EN LA POÉTICA CERVANTINA.
Consideramos que es posible identificar al menos cinco aspectos de la poética clásica que limitan formal y funcionalmente la estética experimental del teatro cervantino. No hay que olvidar que Cervantes asume referencialmente estos cinco postulados de la poética clásica, precisamente porque su deseo se cifra, y aquí reside la originalidad de su estética y de sus tentativas de renovación, en presentarlos con frecuencia transformados desde presupuestos formales y funcionales. Cervantes se basa en el decoro, en los conceptos clásicos de fábula y caracteres, en la configuración arquetípica de los personajes, en el uso tradicional de las formas de lenguaje dramático (monólogo, diálogo, aparte), etc., no para presentarlos formal y funcionalmente tal como los recibe de la tradición antigua, tal como los percibe el mundo clásico para el que fueron formulados, sino que los transforma en cada una de sus obras con pretensiones renovadoras, aunque no logre en el conjunto de su producción teatral una configuración que sí consigue Lope de Vega definitiva o sistemática, a la que en todo caso no se le puede negar su valor intencional y experimental. He aquí las cinco limitaciones de la preceptiva clásica a las que se enfrenta la estética experimental del teatro cervantino.
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3.1. Limitación de la expresión del personaje en el uso del
lenguaje: el decoro frente a la
polifonía.
El concepto de decorum o aptum,
tal como lo denominaron los latinos, procede de la retórica de los
sofistas, es matizado por el pensamiento socrático, en torno al principio
de la mímesis, y resulta considerado por Aristóteles, en sus
tratados de Retórica y Poética, como la
adecuación o armonía entre la virtud del sujeto, valores morales
y emocionales de su discurso y el equilibrio formal de las diferentes partes
del mismo.
A la preceptiva renacentista debemos la
interpretación moderna del decoro como la correspondencia entre
la condición o índole de un personaje y las acciones y modo
de hablar que se le atribuyen en una obra literaria (F. Lázaro
Carreter, 1953/1992: 128-129). Nos parece ésta una de las definiciones
más precisas y completas que pueden manejarse del decoro, como concepto
en el que se aglutinan cuatro categorías esenciales de la poética
clásica, que han determinado la creación literaria desde la
Antigüedad grecolatina hasta la Ilustración europea, y que afectan
1) al Ser del personaje literario, es decir, a la ontología del sujeto,
delimitada por su armonía con los hechos naturales y sus valores sociales,
por relación a los que se establece en el personaje la
adecuación de los caracteres; 2) al Sujeto de las acciones
literarias, mediante una construcción y tipificación del personaje
completamente subordinada a las exigencias lógicas de un modo de actuar;
3) a la Fábula, como principio estructural y teleológico de
las acciones literarias; y 4) al Lenguaje literario, como medio que regula
formal y estamentalmente la expresión del personaje y su relevancia
social.
Sin embargo, las formas de la literatura
polifónica (narraciones medievales, novela cervantina, personajes
nihilistas10, expresión
10 El
personaje nihilista es el principal agente de la acción en la denominada
por G. Steiner (1996) tragedia absoluta. Timón de
Atenas, de Shakespeare, representa en este sentido una obra de referencia:
la misantropía es tal que el cosmos todo se convierte en objeto de
una condena definitiva por parte del protagonista, ni una sola acción
queda sin ser dolorosamente castigada, [p. 63]
cualquier impulso noble es objeto de burla y escarnio, y todo acto constituyente
de existencia humana nacimiento, continuidad de la especie, educación
intelectual . . . es interpretado como provocación
absurda que conduce al dolor y la traición. Los personajes nihilistas
alcanzan en Shakespeare un punto de inflexión determinante en su
evolución hacia la Edad Contemporánea, a partir del mundo
católico, en pletórico desorden, que refiere la literatura
de The Canterbury Tales.
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lúdica de la vida en la commedia dell'arte, dialéctica
social de pasos y entremeses, etc. . .) logran, en su desarrollo
hacia la Edad Contemporánea, la fragmentación de la
armónica concordancia de todos los elementos que componen el
discurso en su más amplio sentido del personaje.
De este modo, el uso particular, subjetivo, existencial diríamos,
de la palabra del personaje acaba por imponerse a los postulados de la
poética clásica que, sistemazada como preceptiva desde el
Renacimiento italiano, organiza en torno al antiguo concepto del decoro una
valoración moral y estamental del individuo, en sus posibilidades
comunicativas (formales) y actanciales (funcionales), es decir, en lo que
se refiere a la interpretación de los sucesos de la fábula,
y a la percepción de su experiencia subjetiva sobre tales hechos.
Un personaje que rompe el decoro es un personaje
que rompe las limitaciones formales y funcionales impuestas por la
metafísica antigua a su modo personal de hablar y de actuar, y que
discute además, desde su experiencia personal, la validez del orden
moral desde el que se exigen y justifican tales imperativos. Cervantes, que
teóricamente al menos se declara partidario del decoro en lo relativo
al personaje teatral, siguiendo los preceptos de la poética antigua,
por momentos parece abandonarlo totalmente en la creación literaria
de sus personajes narrativos, e incluso en las comedias, son numerosos los
testimonios de ironía respecto al cumplimiento del decoro por parte
de algunos personajes11.
11 Aunque
teóricamente Cervantes pone en boca del canónigo toda una
declaración en favor del decoro Y ¿qué mayor
[disparate] que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayo
rectórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa
fregona? (Quijote, I, 48), la práctica de la
creación literaria, tanto dramática como narrativa si
bien en esta última mucho más intensamente, se aproxima
más al ejercicio polifónico que al rigor estamental del decoro.
Con declaraciones como las del canónigo, Cervantes consigue ante todo
desorientarnos respecto a la realidad de su práctica literaria, y
demostrarnos, paralelamente, que su vinculación con la poética
clásica es más bien teórica y formal, pues en la
mayoría de los casos la libertad de la creación literaria
sobre todo narrativa desmiente el ejercicio imperativo de la
preceptiva tradicional más próxima a la práctica
de sus obras teatrales.
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En El gallardo español, Nacor
es un personaje construido desde la influencia, consciente o no, del pensamiento
de Maquiavelo; sin alcanzar no obstante la profundidad psicológica
de los traidores del teatro isabelino, confirma en todo caso que la experiencia
humana puede conducirse mediante conclusiones lógicas hacia formas
de conducta que se justifican por sí mismas: que, por reinar
y por amor no hay culpa / que no tenga perdón y halle disculpa
(II, 1389-1390). La valoración que de este personaje hacen tanto Arlaxa
Tengo a Nacor por traidor (II, 1613) como los militares
españoles, por boca de Martín, es la del prototipo del traidor
y falsario: Cubre el traidor sus malas intenciones / con rostro grave
y ademán sincero, / y adorna su traición con las razones /
de que se precia un pecho verdadero (II, 1415-1418). En su doblez,
Nacor es personaje que dice una cosa y hace otra, rompiendo
toda adecuación o armonía entre el discurso y la
fábula12.
El laberinto de amor es la comedia en
la que Cervantes discute con mayor ironía y habilidad la autenticidad
y el valor del principio del decoro. Tal es lo que consigue, por ejemplo,
al presentar a Anastasio con una indumentaria propia de villano duque
en hábito de labrador en el momento en que pronuncia ante Dagoberto
uno de los mejores y escasísimos discursos en favor de
la libertad humana contenidos en el teatro español del siglo XVII.
Así, uno de los interlocutores le confirma Por Dios, que
habéis hablado largamente, / y que, notando bien vuestro lenguaje,
/ es tanto del vestido diferente, / que uno muestra la lengua y otro el
traje (I, 214-217). Por otro lado, con objeto de comprobar la importancia
del decoro como forma que regula los modos de conducta, basta recordar que
Dagoberto, hijo del duque de Utrino, acusa como enamorado despechado
falsamente a Rosamira, ante su padre, el duque Federico de Novara, de
amancebamiento, con un hombre de inferior condición social: Digo
que en deshonrado ayuntamiento / se estrecha con un bajo caballero
(I, 62-63).
12 Participa
en cierto modo de los impulsos que mueven a los personajes llamados nihilistas,
que quebrantan toda tentativa de autenticidad o armonía con el discurso
oficial de su tiempo. Baste recordar, en este sentido, el episodio en que
Nacor revela su intención de traicionar a Alimuzel a los ojos de Arlaxa,
y dice sí, haré, cuando su intención real
es, deliberadamente sin mentir, no declarar una verdad que hará a
la mora considerar cobarde a Alimuzel: [. . .] Sí
haré. / (Aparte ) Sentirá Arlaxa la mengua / que tanto
al cristiano amengua, / haciéndole della alarde; / vos quedaréis
por cobarde, / o mal me andará la lengua (I, 332-336).
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Paralelamente, Julia y Porcia, que se hacen llamar respectivamente Camilo y Rutilio, al fingirse dos mozos villanos (que a la misma verdad engañaremos [I, 807]), van como pastores de camino a Novara, donde se encuentran con Manfredo y unos cazadores, quienes les hacen observaciones acerca del decoro de su condición, permitiendo a Cervantes ironizar sobre la autenticidad de un principio estético que el propio dramaturgo dice respetar.
| Manfredo: | En verdad | |
| que parecen de ciudad | ||
| vuestros nombres y el estilo, | ||
| y que en ellos, y aun en él, | ||
| poco es, mentís villanía (I, 459-463). | ||
| . . . . . . . . . . . . | ||
| Cazador 1: | Y aun vosotros, de caudal | |
| mayor del que habéis mostrado; | ||
| si no, dígalo el lenguaje, | ||
| y el uno y otro pellico (I, 480-484). |
Las categorías sociales se interpretan como categorías morales, porque en ellas se objetivan las expectativas sobre el comportamiento de los sujetos, definidos por relación a un código de privilegios y deberes, desde los que se pretende determinar el grado de vicio o virtuosismo. De este modo, el decoro prescribía paralelamente los límites sociales y morales del personaje. En Pedro de Urdemalas Cervantes ironiza, con mayor intensidad que en ninguna otra comedia, sobre la autenticidad de estas prescripciones basadas en el decoro. El caso de Belica / Isabel es quizá el más expresivo. En la presentación que la gitana hace de sí misma ante el rey, Cervantes despliega una grave ironía frente a las exigencias del decoro, al poner en boca de la moza la declaración de ser gitana bien nacida, y añadir acto seguido, no obstante, que no sabe quién es su padre (II, 1657-1658).
| Belica: | Soy gitana bien nacida. | |
| Rey: | ¿Quién es tu padre? | |
| Belica: | No sé. |
3.2. Devaluación y subordinación del sujeto en
la fábula, como principio estructural y teleológico
de los hechos.
Aristóteles configura la fábula como la parte más importante de la obra, como categoría esencial y necesaria, de modo que a ella se
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subordinan los restantes elementos, según los planteamientos lógicos
y funcionales de causalidad y verosimilitud que describe en la Poética
(6, 1450a 15, 1450a 22-23, 1450a 29-32, 1450a 38).
En la parte de la Poética
correspondiente a los consejos a los jóvenes,
Aristóteles vuelve sobre el concepto de la adecuación, insistiendo
en este caso en sus relaciones con la elocución retórica del
personaje, siempre al servicio estructural y compositivo de la acción
(fábula). Aristóteles considera el carácter
como el modo de ser de un personaje, es decir, aquello que determina la facultad
de decisión del sujeto para actuar de un modo u otro. Entre las
propiedades que, como delimitación del concepto de sujeto,
Aristóteles atribuye a los caracteres, se encuentran algunos aspectos
determinantes de la poética teatral que asume Cervantes a lo largo
del siglo XVI. En primer lugar, se dispone que los caracteres deben presentarse
subordinados a la fábula, es decir, a la disposición de los
hechos más apropiada para producir el efecto deseado en el público,
que como hemos dicho presenta implicaciones morales y sociales, de tipo religioso
y político. Queda así formulada la reducción,
devaluación o subordinación, del personaje a la acción,
del sujeto a la fábula. Paralelamente, el carácter del personaje
se define en relación a una condición actancial que sitúa
al sujeto en una posición de decisión ante los hechos de la
fábula, que habrán de desembocar, de forma lógica y
verosímil, en un desenlace adecuado al orden social y moral. Existe,
pues, el reconocimiento de una tentativa de libertad humana, limitada a
posteriori por los imperativos de un orden moral trascendente.
La interpretación del personaje en el
sentido moderno se sintetiza en una idea básica, que consiste en
discriminar Fábula y Sujeto, es decir, acción y personaje,
así como los elementos y referentes constitutivos de uno y otra: la
acción, la fábula, puede convertir a un personaje en un cobarde,
en un indigno, en un valiente, etc., pero esto no significa nada, a menos
que el personaje actúe movido por una conciencia, por una pulsión,
por un deseo, por una reflexión . . . , de
cobardía, indignidad, o valor, etc. . . El personaje
debe, pues, experimentar subjetivamente aquello que ejecuta
funcionalmente.
El teatro de Cervantes se debate entre la
aceptación y superación de los postulados de la preceptiva
clásica, frente a una estética de la modernidad aún
no formulada literariamente, pero que el propio Cervantes, en sus comedias,
intenta en cierto modo diseñar, sin el éxito decisivo que alcanza
en la narrativa. En suma, las comedias
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cervantinas construyen un personaje teatral que se mueve entre los imperativos
del mundo antiguo y los deseos de un mundo moderno que aún no ha dado
nombre a muchos de sus impulsos. De este modo, el personaje cervantino de
las comedias no siempre es superior e irreductible a un agente de la trama
(Aristóteles), y aunque muy poco o nada tiene que ver con un
estímulo de simpatía cuyos actos susciten piedad o terror (tragedia
griega), el personaje no se limita a una expresión histórica
o legendaria de su naturaleza como figura dramática (neosenequismo),
ni se manifiesta como un simple representante de una categoría moral
(religiosa o política) trascendente a lo humano (comedia lopista).
Sin embargo, el personaje cervantino de la comedia tampoco está dotado
de una conciencia capaz de exceder las exigencias y posibilidades argumentales
de la fábula (Shakespeare), y muy pocas veces parece poseer una vida
fuera de la trama, semejante a la de algunos personajes del teatro isabelino
inglés. El personaje teatral cervantino sigue siendo en muchos casos
un ser inmutable, antes que una criatura a la que puedan perturbar las
reflexiones sobre su propia
experiencia13.
En El gallardo español, la
construcción de la fábula potencia y exterioriza la expresión
de un prototipo ideológico de sujeto dramático encarnado en
la figura ideal de Fernando de Saavedra. Parece que todos los demás
elementos, personajes y formas, se disponen estructuralmente para
favorecer y justificar la construcción del personaje protagonista,
en el que trata de fundamentarse un determinado orden moral y estamental,
así como también se articulan teleológicamente
para favorecer un determinado desenlace que ratifica la estabilidad social.
Pese a que desde un punto de vista formal, los procedimientos
estructurales de la comedia se distinguen sensiblemente
13 De
este modo se explica que, embebido en los postulados a través de los
que la Edad Moderna sistematiza y asume la poética antigua, Cervantes
se declare por momentos resuelto partidario de las unidades clásicas:
Porque, ¿qué mayor disparate puede ser en el sujeto que
tratamos que salir un niño en mantillas en la primera cena del primer
acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? [. . .].
¿Qué diré, pues, de la observancia que guardan en los
tiempos en que pueden o podían suceder las acciones que representan,
sino que he visto comedia que la primera jornada comenzó en Europa,
la segunda en Asia, la tercera se acabó en Africa, y ansí fuera
de cuatro jornadas, la cuarta acababa en América, y así se
hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? (Quijote,
I, 48). Sin embargo, una vez más, la práctica de su creación
literaria, especialmente en comedias como La entretenida y Pedro
de Urdemalas, desmiente la teoría de los imperativos
preceptistas.
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de los códigos del teatro lopesco, la orientación
teleológica es muy semejante al modelo barroco de Lope. El
principal sujeto dramático, sin carácter existencial, absorbe
funcionalmente a todos los demás personajes, con objeto de justificar
a través de la estructura de los hechos (fábula) las ideas
encarnadas en el protagonista (sujeto).
Respecto a la
transgresión14 cervantina de las normas
funcionales que articulan la fábula en la comedia nueva conviene
tener en cuenta algunas observaciones15.
El hecho de que Cervantes no conceda al desarrollo de la historia o trama
un final que concluya según los presupuestos habituales (matrimonio,
triunfo del enredo, indulto de la burla, lances de
honor . . .), como sería de esperar en la lógica
actancial de las comedias de capa y espada, puede entenderse como la
expresión deliberada de una inadecuación entre la estructura
de los hechos (fábula), que en principio deberían atenerse
a un orden moral trascendente, desde el que adquieren a priori el
sentido de su desarrollo, y la experiencia particular de los actantes o
personajes que protagonizan tales hechos (sujeto). La acción desmiente
14 En
las últimas décadas parece haber triunfado la tesis según
la cual comedias como La entretenida, o también Pedro de
Urdemalas, constituyen una parodia del modelo dramático
codificado en la comedia lopesca (J. B. Avalle-Arce, 1959; J. L. Flecniakoska,
1972; E. M. Friedman, 1981; F. J. López Alfonso, 1986). Desde nuestro
punto de vista, estimamos que esta interpretación, sin ser desacertada,
es más bien resultado de una lectura cervantina ampliamente desarrollada
en el siglo XX, y muy mediatizada por el conocimiento de la experiencia literaria
que enfrenta a Cervantes con Lope de Vega. De este modo, se tiende a ver
en la literatura de aquél una expresión dialéctica de
la de éste, lo que ha llevado a desplazar en cierto modo la importancia,
esencial a nuestro modo de ver, que adquiere en este terreno la estrecha
y contradictoria relación de Cervantes con la poética
clásica (aceptada en la teoría y desmentida en la práctica).
Considerar a La entretenida, o a Pedro de Urdemalas, como una
parodia del modelo de la comedia lopesca es más bien un ejercicio
contrastado de lectura, una interpretación mediatizada
por un conjunto de conocimientos sólo asequibles desde la experiencia
investigadora del siglo XX, antes que el reconocimiento de una intención
autorial explícita por parte del propio Cervantes.
15 En relación
con este aspecto, I. Arellano (1995: 52) señala la siguiente
observación, que conviene tener en cuenta: Hay, sin embargo,
que señalar que muchas dimensiones irónicas están ya
en la Comedia nueva: considerar que en la comedia de enredo lopiana los padres
son siempre honorables garantes del honor, rígidamente mantenido,
etc., es adoptar una visión muy reducida, y ciertamente errónea,
que conduce a nuevos desvíos. Cervantes ofrece, sin duda, un juego
complejo, con notas de burla, ironía y parodia, pero en ese sentido
no habría una radical innovación ni un enfrentamiento
programático con la comedia nueva, que explota no menos
esos elementos. Para defender al teatro de Cervantes no es preciso ignorar
la propia flexibilidad y apertura de los modelos dramáticos que al
final predominarán en el Siglo de Oro.
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la tipología de los caracteres, porque el sujeto se resiste a someterse
a los códigos de la fábula. Parece que Cervantes rechazara
en estas últimas comedias la definitiva construcción del personaje
como resultado de la voluntad de un orden moral trascendente e inmutable,
de modo que probablemente discute esa relación de identidad o
armonía entre Hechos naturales, sociales o políticos, y Valores
morales, religiosos o estamentales, tal como los confirma y codifica el teatro
lopesco.
Son varios los rasgos actanciales que determinan
funcionalmente el desenlace de La entretenida desde presupuestos
contrarios a la lógica de la comedia nueva. En primer lugar, no triunfa
el embuste pergeñado por Muñoz, Cardenio y Torrente, ya que
la presencia y el comportamiento del auténtico Silvestre de
Almendárez, que aparece en la jornada III de la comedia, lo desmiente
abiertamente. En segundo lugar, como tantas veces se nos ha repetido, la
comedia no acaba en matrimonio16. Y en tercer
lugar, conviene advertir que el engaño no queda impune por parte de
los burlados, quienes por boca de Marcela condenan lenitivamente la farsa
de Muñoz, Torrente y
Cardenio17.
Finalmente el espectador asiste a una
auténtica disolución funcional del personaje teatral. La comedia
termina con una especie de deserción del personaje, pues cada uno
de ellos va abandonando progresivamente el escenario después de reconocer
verbalmente su fracaso en el desarrollo de las acciones e intenciones que
se había propuesto. El personaje se disgrega, se disuelve, desde el
punto de vista del desarrollo de la acción, y así, devaluada
o anulada su funcionalidad en la fábula, el personaje sólo
puede desaparecer. Los personajes de la comedia nueva de Lope triunfan al
triunfar sus acciones, dado que el sujeto es en la medida en que es
expresión de un personaje que actúa por relación al
orden moral del que adquiere sentido.
16 Ninguna
de las posibles parejas que han mantenido una intriga amorosa acaba en
matrimonio: Cristina con Quiñones, Ocaña o Torrente; Antonio
con Marcela; Ambrosio o Silvestre con la hermana de Antonio, también
llamada Marcela: . . . el Pontífice no quiso
/ conceder dispensación / entre mi primo y mi hermana (III,
2986-2988).
17 Recuérdense
en este sentido las palabras de Marcela: Con licencia de mi hermano
/ y de mi primo, yo quiero / sentenciar al escudero / y al gran embustero
indiano. / Trocará la mano el juego / a cuyas leyes me arrimo, / y
él se salga della luego. / Lleve su vergüenza mayor / que puede
tomar Amor / de invenciones como aquéstas. / A Muñoz le doy
la pena / que da el arrepentimiento / y el destierro (III, 320-334).
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| Torrente: | Siento en aqueste desastre | |
| sólo el perder a Cristina. | ||
| Muñoz: | Camina, Muñoz, camina, | |
| pobre, sin bayeta y sastre. | ||
| (Entrase.) | ||
| Dorotea: | Sin Marcela, don Antonio, | |
| se entra amargo el corazón. | ||
| (Entrase.) | ||
| D. Silvestre: | Y yo sin dispensación. | |
| (Entrase.) | ||
| Cristina: | Cristina sin matrimonio. | |
| (Entrase.) | ||
| Clavijo: | Yo seguiré de mi amigo | |
| los pasos, medio contento. | ||
| (Entrase.) | ||
| D. Francisco: | Yo alabaré el pensamiento | |
| de don Antonio, a quien sigo. | ||
| (Entrase.) | ||
| Marcela: | Yo quedaré en mi entereza, | |
| no procurando imposibles, | ||
| sino casos convenibles | ||
| a nuestra naturaleza. | ||
| (Entrase.) | ||
| Ocaña: | Esto en este cuento pasa: | |
| los unos por no querer, | ||
| los otros por no poder, | ||
| al fin ninguno se casa (III, 3064-3085). |
3.3. Construcción del personaje como resultado de la voluntad de un
orden moral trascendente e inmutable.
El sentido aristotélico del drama, en
vigor hasta el siglo XVIII, como hemos indicado, concibe la literatura, como
expresión de una acción externa al sujeto. Los hechos
significan por relación a una moral públicamente admitida,
absolutamente extrovertida hacia dioses y demás trascendencias
sobrehumanas. El teatro, escenificación de sacrificios humanos,
dependía estructuralmente de la creencia en un único sistema
moral objetivo, trascendente e inmutable, válido en sí mismo,
e impuesto en su legalidad inmanente al sujeto humano, que nada puede hacer
por transformarlo.
Con anterioridad al movimiento que constituye
la Ilustración, no se concibe la existencia en el ser humano de puntos
de vista
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propios, personales, que sean resultado de una visión del mundo igualmente
particular o individualista, sino como una posición variable o relativa,
pero siempre dentro de una escala moral públicamente codificada,
establecida como algo inmutable, e igualmente aceptada por héroes,
villanos y nobles18.
Desde el siglo XVII, particularmente desde
el pensamiento cartesiano (1637), el individuo siente que la realidad lo
va abandonando progresivamente, los objetos se tornan cada vez más
dudosos en su supuesta legalidad inmanente, y el sujeto, a falta de seguridad
en su vida exterior, se atiene a los límites de su conciencia, a un
aislamiento interior cada vez más sofisticado, merced a la sucesivas
reflexiones que desde distintos órdenes vienen produciéndose
sobre las potencias de la voluntad, la imaginación y el deseo, cualidades
principales de la subjetividad humana.
R. Abirached (1978) ha insistido en la idea
de que, pese a la diversidad de los sistemas teatrales de la Europa Occidental,
el personaje dramático apenas experimenta cambios sustanciales hasta
las poéticas y las literaturas del
romanticismo19. El teatro griego clásico
había reproducido materialmente en el personaje una imagen del mundo,
la sociedad y la persona, integrada en un orden moral que es seguido muy
de cerca, desde los fundamentos metafísicos de un sistema político,
por teatros nacionales como el español, y que resulta
18 El
personaje del drama tradicional, lejos de dejarse atrapar enteramente en
su perspectiva particular, tiene siempre presente la perspectiva general
de donde extrae el juicio de sus acciones. Esta es la diferencia crucial
que nos separa de tanta literatura pre-ilustrada, y que nos empuja, a juicio
de los críticos, a malinterpretar románticamente
cuando leemos. Nos resulta difícil comprender la resignación
que reina entre los condenados por Dante al infierno, o que la simpatía
de Dante hacia Francesca no implique una crítica al juicio divino
contra ella, o que nuestra simpatía por el héroe trágico
no deba implicar una crítica a los dioses y a sus criterios.
Aparentemente, el orden moral se aceptaba como algo inamovible, del mismo
modo en que hoy aceptamos el orden natural; y la combinación de
sufrimiento y aquiescencia era probablemente el secreto de la antigua
emoción trágica una emoción de la que hablamos
mucho pero que, sospecho, se nos escapa. Y es que hemos sido educados en
una exigencia concreta, la de que toda perspectiva particular debe conducirse
a su conclusión lógica, hacia valores que se justifican solos.
Sin embargo, el personaje tradicional se representa a sí mismo sólo
de manera parcial, pues también colabora en la exposición del
significado moral de la obra. Interpreta su historia personal con el fin
de reforzar el orden moral (R. Langbaum, 1957/1996: 275-276).
19 De
sa naissance jusqu'au XVIIIe siècle, le théâtre
européen a certes fonctionné selon des modalités
extrêmement diverses, en théorie comme en pratique, mais sa
définition globale n'a jamais varié. Le but de la
représentation est constamment demeuré d'imiter les actions
des hommes, par le truchement des [p. 72]
comédiens, à travers un espace et un temps figurés,
devant un publique invité à ajouter foi aux images ainsi
construites; cette mimésis, qui est une activité de l'imaginaire
s'exerçant sur le réel, en vise pas simplement à donner
du plaisir, mais aussi à affirmer ou à affermir un savoir
(R. Abirached, 1978/1994: 89).
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muy sutilmente discutido en el teatro isabelino inglés por los referentes
formales del drama shakespeareano.
La naturaleza humana es insuficiente por sí
misma para (auto)gobernarse, lo que justifica, a los ojos del siglo XVII,
el sometimiento de la voluntad humana al orden moral trascendente, desde
el que pretende reglamentarse la vida del individuo, así como la
construcción de personajes dramáticos que respondan a este
prototipo. En el teatro antiguo casi todo es monista, casi todo tiene una
sola naturaleza y una sola consecuencia. Así se mantiene aún
en la comedia de Lope de Vega, y sin embargo nada de eso existe ya en
Shakespeare, donde casi nada es
monista20.
En este sentido, la pregunta que debemos hacernos
aquí consiste en saber cuál es la aportación cervantina
en este terreno, es decir, hasta qué punto el personaje de las comedias
de Cervantes es, o no es, una construcción en que se refleja y objetiva
la voluntad de un orden moral trascendente, elaborado en la Antigüedad,
y justificado por la sistematización normativa de la poética
clásica desde el Renacimiento europeo.
Son principalmente tres los símbolos
que, en el teatro español de los Siglos de Oro, representan el
sometimiento del sujeto a las exigencias metafísicas de un orden moral
trascendente: el Dios contrarreformista, el Monarca absolutista, y la Honra
como legitimidad social del individuo. El laberinto de amor es la
comedia de Cervantes que mejor representa la actitud del autor ante los
imperativos de un orden moral que exige al sujeto renunciar a su voluntad
y a sus modos de conducta, al crear determinados personajes, como Anastasio,
20 Sin
duda, en el Barroco había una tendencia a lograr una inmovilización
o, cuando menos, a imponer una dirección a las fuerzas de avance que
el Renacimiento había puesto en marcha. Pero, en la pugna entre una
y otra tendencia, las fuerzas expansivas que se trataba de contener eran
de tal energía que, más pronto o más tarde casos,
respectivamente de Inglaterra y de Francia, acabaron ganando la partida.
Shakespeare o Ben Jonson no representan una cultura que hiciera imposible
la revolución industrial. Racine o Molière tal vez contribuyeron
a preparar los espíritus para la fase renovadora del colbertismo.
Pero de las condiciones en que se produjo el teatro de Lope o el de
Calderón y que en sus obras se reflejaron con no dejar de ser
ellos modernos, no se podría salir, sin embargo, hacia un mundo
definitivamente moderno, rompiendo el inmovilismo de la estructura social
en que el teatro de uno y otro se apoyaba (J. A. Maravall, 1975/1986:
77).
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que actúan precisamente para demostrar la falta de coherencia
existente en un sistema moral que no es capaz de explicar ni resolver
determinadas formas de conducta, las cuales, en última instancia,
no existirían si no existiera un orden moral tan restrictivo.
Anastasio se configura como un personaje que,
al censurar la conducta de Dagoberto, intercede por la libertad individual
del sujeto, en este caso Rosamira, frente a las consecuencias que la
perversión de determinados impulsos humanos, como los celos, pueden
provocar en la convivencia de los hechos sociales y los valores morales,
al disponer un enfrentamiento entre el ser humano y el orden moral trascendente
encargado de juzgar la conducta humana. El discurso de Anastasio (I, 174-207)
es un rechazo explícito de toda forma de conducta que estimule el
enfrentamiento entre la acción humana particular y los valores morales
que la juzgan, y constituye por consiguiente una tentativa en favor, no de
la transformación de un orden moral, que se estima inmutable, sino
de una forma de conducta que, asegurando la convivencia, haga más
amplios y asequibles los límites de la libertad.
El duque Federico de Novara, padre de Rosamira,
es el personaje que representa la autoridad ejecutora del orden moral
trascendente al sujeto, y así, cumpliendo con los imperativos del
sistema moral, dispone la ejecución de su propia hija, a menos que
algún caballero no desmienta con las armas la acusación de
Dagoberto. Se confirma una vez más que para la España del siglo
XVII la victoria por las armas lo es absolutamente todo. El carcelero de
Rosamira le comunica lo sentenciado por el duque, su padre, de quien Cervantes,
por boca de Manfredo, salvaguardando el decoro de quien ordena la ejecución
de su propia hija, dice: que sé que el duque es muy bueno, /
y que traición ni ruindad, / si no es razón y bondad, / jamás
albergó en su seno (I, 934-937).
Se observa de este modo, cómo desde
el punto de vista del intertexto literario y del contexto social, el personaje
teatral de la comedia española del siglo XVII está determinado
por la idea del honor específica de este período. En este contexto,
el ser de la persona está determinado por la honra, es decir,
por la capacidad de integración del sujeto y sus formas de conducta
en los imperativos de un orden moral y estamental trascendente a la persona,
inmutable en sus exigencias, y basado en un conjunto de creencias y valores
exclusivamente metafísicos, que el siglo XVIII y la experiencia de
la Ilustración europea acabarían por discutir y superar.
Existe en La entretenida una
intervención de Marcela, apuntalada por una firme declaración
de su hermano Antonio, relativa al honor,
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que constituye quizá el discurso más intensamente lopesco y menos cervantino de esta comedia, a la vez que revela, una vez más, hasta qué punto Cervantes se debate en la práctica teatral entre los valores axiológicos de la comedia nueva y las tentativas de renovación, a partir de los postulados de la poética clásica, del arte literario, como discurso desde el que ha de ser posible ofrecer una nueva explicación y percepción de la realidad humana y social del momento.
| Marcela: | La desventura mayor, | |
| más espantosa y temida, | ||
| es la de perder la vida. | ||
| D. Antonio: | Primero es la del honor (II, 1128-1131). |
3.4. Reducción del personaje teatral a un arquetipo lógico
de formas de conducta.
La construcción del personaje teatral
como un arquetipo lógico de formas de conducta, es decir, como un
ente de ficción determinado formalmente por su valor actancial en
el desarrollo funcional de la fábula, es una característica
que procede de la Poética de Aristóteles, desde la que
se reconoce que el sujeto de las acciones dramáticas es (y está)
implicado en la evolución de la fábula según criterios
lógicos de funcionalidad, causalidad y
verosimilitud21.
La evolución de la concepción
funcional del personaje en las formas de la comedia, como género literario
y como forma de espectáculo, estará mediatizada por numerosos
aspectos que no interfieren de igual modo en los géneros trágicos.
Todo lo que tiene que ver con el humor, la parodia, la risa, el carnaval,
la subversión, etc. . . , de los diferentes aspectos
de la realidad, y que no penetra en la estética de la tragedia, es
asimilado ampliamente en las diferentes formas artísticas y populares
de los géneros cómicos, en un desarrollo, con frecuencia, libre
de toda preceptiva. Surgen de este modo nuevas ideas y realizaciones en la
concepción del personaje, como el clown del teatro inglés,
las emblemáticas figuras de la commedia dell'arte, o
el gracioso de la comedia española del XVII, por citar algunos
ejemplos canónicos. Ante esta circunstancia, se ha planteado en muchos
casos la exigencia, o conveniencia, de ofrecer
21 Y
también en los caracteres, lo mismo que en la estructuración
de los hechos, es preciso buscar siempre lo necesario o lo verosímil,
de suerte que sea necesario o verosímil que tal personaje hable u
obre de tal modo, y sea necesario o verosímil que después de
tal cosa se produzca tal otra (Aristóteles,
Poética, 17, 1454a 33-37).
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sistematizaciones o tipologías del personaje, explicativas de los
distintos autores, movimientos, géneros, teatros nacionales, etc.,
que han dado lugar a resultados más o menos discutibles o eficaces,
según los criterios utilizados, y según los contextos
dramáticos a los que se hace referencia.
Los personajes de la commedia dell'arte,
en cierta medida expresión teatral de la conciencia fragmentada y
plural de la Italia de la época, en la que se amalgaman idiosincrasias
regionales y variantes dialectales con impulsos satíricos entregados
al movimiento, la burla y la improvisación, constituyen una galería
de figuras que representan una concepción paródica de prototipos
sociales, es decir, una imitación burlesca de determinados valores
y relaciones, realmente dominantes en la sociedad a la que remiten, y que
cada actor codificaba formal y funcionalmente mediante la expresión
de varios sistemas de signos. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, formas
y géneros cómicos de la literatura europea se servirán
ampliamente de los esquemas y estereotipos de la commedia dell'arte,
cuyos personajes principales respondían a la siguiente tipología,
ampliamente divulgada, en la que se distinguen los amos, como personajes
en los que se parodia alguna forma de poder: Pantaleone, Il
Capitano e Il Dottore; los criados, como Arlecchino,
Brighella, Pulcinella, o figuras femeninas como
Colombina; y finalmente los amantes, o innamorati, que solían
ser la pareja de enamorados, de nombres bucólicos (Rosana y Florindo,
Isabel y Octavio . . .), hijo o hija de Pantaleone
o del Dottore.
El personaje de los pasos y entremeses, por
su parte, queda reducido con frecuencia a un arquetipo, adecuado a la
expresión de la burla social, que va cediendo con el tiempo en favor
de la intención crítica, especialmente desde los entremeses
cervantinos, como reflejo de una época y una cultura en la que el
engaño y la apariencia, la represión y la picaresca, se
convirtieron en formas habituales de conducta. Si la commedia dell'arte
ofrecía una expresión paródica de personajes procedentes
de un determinado tipo de sociedad incipientemente aburguesada, los pasos
y entremeses expresan una concepción fundamentalmente lúdica
y crítica de prototipos sociales característicos de la España
de los Siglos de Oro. Entre los personajes representativos del entremés
se han señalado tipos humanos entre los que se identifican el Viejo,
el Bobo o simple, el Sacristán, el Soldado, el Rufián, el
Vizcaíno, la Celestina, la Meretriz, la Criada, y la Mujer joven mal
casada.
Frente a los dramatis personae de la
commedia dell'arte y de los pasos y entremeses, la comedia nueva de
Lope de Vega presenta un
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conjunto de personajes, y un sistema de relaciones entre tales personajes,
que ha sido delimitado a lo largo de las últimas décadas desde
criterios eminentemente sociales y funcionales. La clasificación propuesta
en 1963 por J. de José Prades ha sido seguida, con mayores o menores
variantes, por algunos estudiosos que se han referido al personaje teatral
en la comedia española del siglo XVII (F. Ruiz Ramón, 1967/1971:
149-158; I. Arellano, 1995: 126-129)22.
Señala esta autora seis prototipos básicos, que identifica
funcionalmente en los papeles de la Dama, el Galán, el Poderoso, el
Viejo, el Gracioso y la Criada, quien hace con frecuencia pareja con el
gracioso.
Consideramos, desde este punto de vista, que
la comedia lopesca convierte al personaje en una categoría social
y moral determinada funcionalmente por el decoro de su condición
estamental. De este modo, el teatro de Lope codifica, desde la creación
literaria, una concepción lógica, moral y funcional de prototipos
estamentales.
Frente al teatro de Lope de Vega, la comedia
cervantina, en lo que se refiere al personaje, se atiene a una concepción
experimental tanto de arquetipos humanos como de formas de conducta renovadoras
del personaje teatral23. Los límites
de la tentativa teatral cervantina están muy bien definidos, como
tratamos de demostrar, por una preceptiva y una axiología que,
solidariamente articuladas en el teatro lopista, exigen al personaje guardar
un decoro poético y moral, subordinar el papel del sujeto a la estructura
funcional de la fábula, construir un personaje en el que se refleje
la voluntad del orden moral y estamental trascendente al individuo y,
consiguientemente, delimitar la acción del personaje teatral según
un arquetipo lógico de formas de conducta, desde las que se custodien
los principios morales y políticos que regulan la vida de cada
individuo.
Pese a tales exigencias, el teatro de Cervantes
no se construye exclusivamente con personajes arquetípicos (no existen
en la comedia cervantina sujetos que funcionen como prototipos definidos
ni definitivos del gracioso, del rey, del villano, etc. . .); y
sin embargo, difícilmente el personaje cervantino logra actuar con
independencia absoluta de unas formas de conducta integradas, de forma
lógica, y pretendidamente verosímil, en una fábula que
sigue una evolución
22
Vid., en relación con otros enfoques sobre el tema, los trabajos
de Ch. Aubrun (1966), B. W. Wardropper (1968), A. Valbuena Prat (1969), J.
M. Díez Borque (1976) y J. Canavaggio (1995).
23 Entre otros
estudios sobre el personaje cervantino, pueden consultarse los trabajos de
E. C. Riley (1971), J. Canavaggio (1980) y C. B. Johnson (1995), además
de los trabajos recogidos en el volumen 15 de la revista
Cervantes (1995), dedicado precisamente
a la construcción del personaje en la obra cervantina.
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causal en su desarrollo, y que ha de responder a un orden moral preexistente,
desde el que se rechaza toda tentativa de transformación
axiológica.
En consecuencia, creemos que es posible
identificar, en las comedias de Cervantes, al menos doce tipos de personajes,
cuya realización formal y funcional obedece a varias tentativas
experimentales, lo que en cierta medida puede explicar su posible diversidad
e irregularidad en el conjunto de sus comedias: 1) el personaje alegórico,
2) el personaje mítico (figuras épicas, bucólicas y
fantásticas), 3) el rey (moro o cristiano), 4) el galán (en
tres variantes, que amalgaman rasgos procedentes de la comedia nueva, el
teatro experimental cervantino y la tradición folclórica),
5) la mujer (como personaje que se mueve entre la experimentación
y aceptación de varias formas de conducta), 6) el criado, 7) el cautivo,
8) el supuesto gracioso cervantino, 9) el rufián, 10)
el soldado, 11) el santo, y 12) el incipiente personaje
nihilista.
Diremos, en conclusión, que la
construcción del personaje teatral en las comedias cervantinas, como
arquetipo lógico de formas de conducta, se sitúa entre las
tentativas experimentales de renovación del personaje dramático,
a partir de las normativas de la poética clásica, y la
disolución de los prototipos funcionales codificados en la comedia
nueva por Lope de Vega. El resultado es una obra dramática que, en
su conjunto, trata de ofrecer una imagen verosímil de la complejidad
de la vida real, mediante la incorporación de prototipos humanos cuyo
desarrollo se queda en muchos casos en un proceso abierto, como algunas de
las formas de conducta encarnadas en los personajes femeninos; en otros casos,
figuras como las del cautivo, el soldado o el rufián, ofrecen una
visión realista de la vida desgarrada y pendenciera del momento; a
su vez, el galán y el gracioso representan en algunos episodios las
expresiones más claras de disolución en el drama cervantino
de los prototipos lopescos, así como las figuras bucólicas
y fantásticas remiten a una desintegración de los ideales
renacentistas; quizá en el conjunto de esta creación
dramática sea el personaje nihilista el que remite a un desarrollo
más experimental, que deja en ciernes uno de los prototipos más
decisivos del teatro de Shakespeare.
3.5. Negación de la experiencia subjetiva del personaje en las formas del lenguaje dramático.
El personaje del drama europeo anterior a la Ilustración, con excepción del personaje shakespeareano en el teatro isabelino inglés,
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está muy lejos de disponer en el escenario de una experiencia subjetiva
que pueda constituirse en algún momento en móvil de sus acciones.
La comedia nueva de Lope de Vega representó en este sentido una
auténtica negación de la experiencia subjetiva del personaje
en las formas del lenguaje dramático, principalmente en el soliloquio
y en el monólogo, y en menor medida en el diálogo y el aparte.
En este contexto, las tentativas experimentales del teatro cervantino apenas
han logrado superar las formas lopescas, negadoras de la subjetividad del
individuo, y avaladas en este caso por la poética y la literatura
antiguas, así como por los modos de interpretación literarios
hasta entonces vigentes.
Basta recordar a este respecto el comienzo
de The Merchant of Venice (1600) para verificar las diferencias existentes
entre el personaje shakespeareano y cualquier protagonista de una comedia
española del siglo XVII. El valor de la subjetividad en la
percepción de la realidad en que se sitúa Antonio, el personaje
que habla, se convierte en el objetivo principal del discurso. El sujeto
reflexiona sobre sí mismo, y nada menos que se inquiere, a la altura
de 1600, sobre la causalidad de su estado de ánimo, sobre la experiencia
de sus efectos, y sobre sus posibilidades de reconocimiento.
En verdad, ignoro por qué estoy tan triste. Me inquieta. Decís que a vosotros os inquieta también; pero cómo he adquirido esta tristeza, tropezado o encontrado con ella, de qué substancia se compone, de dónde proviene, es lo que no acierto a explicarme. Y me ha vuelto tan pobre de espíritu, que me cuesta gran trabajo reconocerme24.
Para apreciar la emersión del personaje sobre la acción, del sujeto sobre la fábula, hay que considerar los móviles y las pulsiones que inducen al personaje a hablar ante sí mismo, a enunciar un discurso basado en un único proceso semiósico de expresión. ¿Por qué y para qué habla ante sí mismo un personaje dramático?25 Una de
24 Cfr.
W. Shakespeare, El mercader de Venecia, Madrid, Espasa-Calpe, 1940.
Trad. esp. de Luis Astrana Marín. Vid. el texto original
inglés, The Merchant of Venice (1600), I, 1, vv. 1-6:
| In sooth I know not why I am so sad, |
| It wearies me: you say it wearies you; |
| But how I caught it, found it, or came by it, |
| What stuff 'tis made of, whereof it is born, |
| I am to learn: and such a want-wit sadness makes of me, |
| That I have much ado to know myself. |
25 Como
explica a propósito de W. Shakespeare, R. Langbaum considera que el
principal motivo que induce al personaje a convertirse en sujeto de enunciaciones
presenta una doble naturaleza, orientada al cumplimiento de una
[p. 79] función autoexpresiva o
lírica, y capaz de expresar al mismo tiempo una situación
de desequilibrio entre la experiencia subjetiva del protagonista (sujeto)
y la estructura de los hechos (fábula) de la situación
dramática en que se sitúa como personaje (R. Langbaum, 1957/1996:
301).
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las principales pulsiones que inducen al sujeto de la enunciación
al uso de la palabra radica en los deseos de afirmación de su propio
punto de vista, con la finalidad de involucrar al posible interlocutor en
su ámbito moral, como conjunto de leyes que justifican el pensamiento
del sujeto y sus formas de conducta.
Desde este punto de vista, el monólogo
dramático se configura como la expresión verbal del modo en
que una idea, en el curso de su evolución, llega a ser percibida por
un personaje, por medio de una situación dialéctica particular,
la cual se manifiesta a través de un desajuste de modalidades (querer,
saber, poder . . . , hacer algo), que enfrentan a varios
sujetos, y que adquiere forma objetiva en la fábula. El personaje
del drama se caracteriza porque ha de tomar una decisión radical frente
a unos hechos, motivado por unos presupuestos lógicos, causales y
finales, desde los cuales percibe tanto la estructuración de los
acontecimientos como las relaciones de los personajes que en ellos intervienen,
a todo lo cual pretende dar un sentido coherente.
Entre las características del personaje
que enuncia el soliloquio del drama moderno no siempre hallamos las cualidades
del personaje teatral cervantino, quien, más próximo en este
caso a la estética de la comedia nueva, utiliza las formas del lenguaje
dramático para atenuar o negar la experiencia subjetiva del sujeto
protagonista.
El objetivo moderno del soliloquio dramático
es potenciar en el discurso la presencia semántica del sujeto hablante,
así como en la construcción e interpretación del sentido
general de la obra, formalizando de este modo la institucionalización
de la existencia del personaje en el discurso literario y su
expresión espectacular. Hemos insistido sobre cómo en el teatro
moderno todas las cualidades que necesita el personaje para su éxito
o fracaso son existenciales.
Desde el punto de vista de la pragmática
de la comunicación literaria, el discurso entre Aurelio y los personajes
alegóricos resulta especialmente relevante (III, 1690-1752). Este
soliloquio de Aurelio se caracteriza porque está penetrado por enunciados
de dos personajes alegóricos, la Ocasión y la Necesidad, con
los que en ningún momento dialoga, sino que más bien se presentan
como voces que brotan de su conciencia. Aurelio, en su soliloquio,
únicamente repite
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perifrásticamente el contenido de los enunciados de los personajes
alegóricos; no hay diálogo, porque no hay interacción;
no hay tampoco monólogo, porque nadie escucha sus palabras; tampoco
apartes, pues convencionalmente se admite que las figuras alegóricas
hablan desde la conciencia del personaje, conciencia que se exterioriza y
se objetiva en la expresión antropomórfica y alegórica
de la Ocasión y la Necesidad. La polivalencia de sujetos enunciativos
(Ocasión, Necesidad, Aurelio . . .) hace que el soliloquio
resulte semánticamente redundante, formalmente fragmentado y
funcionalmente monológico26.
Sin embargo, el soliloquio más sorprendente,
por su pasividad e impermeabilidad a la experiencia personal de quien lo
pronuncia, es el de Rosamira (II, 1905-1920), en el que nada dice ni acerca
de sí misma, ni de su experiencia subjetiva sobre la calumnia que
padece, y que la llevará a ser ejecutada por orden de su propio padre
quien cumple con el orden moral establecido, sino sobre la
acción exterior en que se encuentra, como si se tratara simplemente
de una mala industria de la fortuna. He aquí las palabras
de Rosamira, en las que está completamente ausente la perspectiva
particular de la persona que va a ser ejecutada a causa de una falsa
acusación; su discurso está ubicado en la voluntad de un orden
moral trascendente al sujeto, cuya acción exterior niega toda experiencia
subjetiva en el personaje dramático:
| Quien me viere de esta suerte, |
| juzgará, sin duda alguna, |
| que me tiene la fortuna |
| en los brazos de la muerte. |
| Pues no es así; porque amor, |
| cuando se quiere extremar, |
| con el vuelo del pesar |
| suele encubrir su favor. |
| Honra, eclipse padecéis |
| porque entre vos y mi gusto |
| la industria ha puesto un disgusto, |
26 En
consecuencia, Los tratos de Argel ofrecen un ejemplo perfecto de lo
que Cervantes asegura haber aportado al teatro, y de hecho aportó
como novedad, que consistió en sacar a las tablas exteriorizaciones
dramáticas de la vida interior, mediante el procedimiento de
encarnar en personajes abstractos los pensamientos íntimos, para hacer
más funcional y evidente el soliloquio interno, al dramatizarlo como
diálogo representable de figuras morales (A. Rey y F. Sevilla,
1996-1997: III, 10).
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| por el cual escura os veis; |
| mas pasará esta fortuna |
| que así vuestra luz atierra |
| como sombra de la tierra, |
| puesta entre el sol y la luna (II, 1905-1920). |
En La entretenida, el monólogo de Antonio (III, 1817-1830), que parece ser oído por su amigo y confidente Francisco, a juzgar por sus palabras (Siempre han de herir los vientos, / amigo, en cualquier sazón / los ayes de tu pasión, / los ecos de tus lamentos, III, 1831-1834), constituye igualmente un uso de las formas del lenguaje dramático característico de la comedia española del siglo XVII: la negación de la subjetividad27. En este monólogo de Antonio, el personaje hablante se compara con una realidad exterior a sí mismo se objetiva, diríamos, con el fin de evitar cualquier tentativa de interiorizar el drama al que dedica sus palabras. Configura una especie de diálogo especular, dirigido a una alteridad que se objetiva en elementos de la naturaleza. Nótese cómo no existe en el enunciado del monólogo dramático ningún rasgo formal del sujeto de la enunciación.
| En la sazón del erizado invierno, |
| desnudo el árbol de su flor y fruto, |
| cambia en un parto desabrido luto |
| las esmeraldas del vestido tierno. |
| Mas, aunque vuela el tiempo casi eterno, |
| vuelve a cobrar el general tributo, |
| y al árbol seco, y de su humor enjuto, |
| halla con muestras de verdor interno. |
| Torna el pasado tiempo al mismo instante |
| y punto que pasó: que no lo arrasa |
27 Como
personaje teatral inmerso en la estructura de unos hechos, organizados desde
imperativos lógicos que se atienen a un orden moral superior, el sujeto
de la enunciación se refiere a sí mismo desde el punto de vista
de los motivos y consecuencias de sus formas de conducta, es decir, desde
el punto de vista del papel de sus actos en el conjunto de la fábula.
Su discurso constituye una declaración sobre las repercusiones exteriores
de la acción, y una expresión de objetividad sobre su propia
percepción de los hechos. El personaje de la comedia española
no se identifica ante sí mismo como sujeto de acciones propias, sino
más bien como agente o delegado actancial de una realidad trascendente,
metafísica, de cuya voluntad depende el sentido de toda acción
humana, así como el fundamento moral y religioso de la sociedad en
que se desarrollan sus consecuencias.
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| todo, pues tiemplan su rigor los cielos. |
| Pero no le sucede así al amante, |
| que habrá de perecer si una vez pasa |
| por él la infernal rabia de los celos (III, 1817-1830). |
| UNIVERSIDAD DE VIGO |
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
| URL: http://users.ipfw.edu/jehle/cervante/csa/articf99/maestro.htm | ||