From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America 8.1 (1988): 61-104.
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Los Quijotes del siglo XVIII 1) La imprenta de Manuel Martín


ENRIQUE RODRÍGUEZ-CEPEDA

Para Guillermo con la esperanza de que lea algún día bien el Quijote


DADA LA FILOSOFÍA cultural de la Ilustración, siempre creí que nuestro libro más famoso, el Quijote, no había tenido buena fortuna editorial en el siglo XVIII y así lo comentaban los bibliógrafos más respetables al interesarse sólo por textos tan minoritarios y exclusivos como podían ser la magnífica edición de Tonson o la monumental de Ibarra para la Academia en 1780.
     Dándole vueltas al asunto durante años, di con este sencillo texto de Leo Spitzer: “En América Don Quijote, junto con otras cosas españolas, fue víctima de la filosofía de la Ilustración; pero en Europa Don Quijote es ante todo un libro para niños, hecho significativo que no debemos permitir que se nos olvide en nuestras eruditas disquisiciones.”1 Tan sugerente comentario me llevó a pensar que la gran obra

     1 En Estilo y estructura de la literatura española (Barcelona: Crítica, 1980, p. 291 de “Sobre el significado de Don Quijote.” Esta mi investigación tiene presentes a mis amigos del anticuariado de libros de Madrid. Digo sus nombres porque no puedo olvidar el agradecimiento que debo a mi amigo Luis Bardón, [p. 62] a Guillermo Blázquez y a la Librería de La Escalinata de Madrid. También quiero agradecer la ayuda de bibliotecarios de la BN de Madrid, en especial a la Srta. Malo, y a Javier, del laboratorio fotográfico. La otra asistencia fundamental que tengo que mencionar es el repetido apoyo que siempre he tenido del Comité de Investigación de UCLA, tan comprensivo en mi caso.

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de Cervantes también tenía que haber sido un libro para todos en el llamado siglo del racionalismo y que su mensaje, posiblemente, podía haber calado, más que nunca, a nivel popular. Hasta hace poco no nos imaginábamos el gran desarrollo del romancero impreso en la cultura popular dieciochesca; el Quijote, con mucha naturalidad, podía haber sido parte de estos mismos gustos y movimiento.
     La bibliografía de la buena, la que no se hace con fichas, la que se hace con los libros vivos en la mano, la tenida por verdadera, por la más jugosa y culta, la que es parte de la verdadera historia, siempre ha interesado por sus enigmas; uno de los enigmas mayores de la historia del libro español, si no es el mayor, es la vida de sus Quijotes; esta narración novelesca se ha convertido, de alguna manera, en un símbolo poderoso de lo hispánico y, especialmente, atañe a editores, libreros, estudiosos, coleccionistas, autoridades y gobierno; es uno de los pocos libros que hay que leer en su propia lengua y es uno de los pocos textos castellanos que se ha editado en el mundo entero, sobre todo en los países de las culturas modernas, en su idioma de origen. Siempre ha interesado, pues, qué ha pasado con los Quijotes y quién los ha editado, por qué y cuándo; qué tipo de edición se ha hecho, a quién iba dirigida o en qué país se ha confeccionado. Poner un Quijote en tinta de imprenta es, casi siempre, un dato importante porque, aparte de ser un libro gordo —unas mil páginas diríamos—, es un trabajo que siempre contrae un compromiso de tipo vario y múltiple. En fin, que no es cualquier aventura de imprenta. Nunca faltan razones para justificar la salida de un texto así al mundo. Y ese compromiso ha sido, también, diverso a través de la historia de su larga vida editorial. En el siglo XVIII publicar un Quijote, suponía, aparte del lema pronunciado por Leo Spitzer, cuestiones serias de sociología del libro y de la cultura de entonces, del alcance de la nueva imprenta, de la consideración de una primera clase media lectora mucho más numerosa que la del siglo anterior, de una economía diferente y de un público consumista más fácil y abierto; me refiero, sobre todo, a los últimos 25 años del siglo. Además del triunfo de la literatura como imitación y forma de vida, eran nuevos también la protección oficial a escritores y el prestigio que éstos mantenían ante la sociedad. Los editores, en este ambiente y


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competencia, eran más cultos y la crítica en torno mucho más acerba. Por todo esto se extendió con los ilustrados el alcance de la obra cervantina y la fuerza del texto abarcaba a todas las clases sociales y a todos niveles culturales; quien no se entretenía con la paz de espíritu y los actos sublimes de nuestro personaje, se interesaba por lo ridículo, disparatado e irracional; en el XVIII empezó a ser el verdadero libro para todos. Se ha dicho que don Quijote es el único personaje literario que ha salido de su propia narración y se ha ido a visitar la imprenta donde lo componían. Y es que la manera de poner en tinta de imprenta las aventuras quijotescas ha sido de gran importancia para los lectores de la obra. Aunque los Quijotes siempre fueron en busca de un editor adecuado, el lector siempre ha podido plantear sus gustos y necesidades porque se trata de un libro que depende, a menudo, del propio punto de vista de este lector, ya sea niño o adulto; claro está que sin perder la dimensión y el control que el propio Cervantes le dio. Aquí radican el milagro y el maridaje que surgen del espíritu de la letra y de la agresividad de la tinta en imprenta.
     En el siglo XVIII se editaron tres tipos de Quijotes, de tres tamaños especiales; dirigidos, cada uno, a una clase de lector diferente. Me explico: el Quijote nunca se ha leído, salvo raras veces, en la edición de Ibarra de 1780, una de las impresiones más grandes de tamaño y la más hermosa de las conocidas, sin olvidar la mencionada de Tonson de 1738 y la ilustrada por Doré de 1863. Esta edición pesa, no es manejable y fue pensada, como regalo aristocrático y protegido que fue, para manejo de políticos, administración y Gobierno. Además, creemos, se conservan la mayor parte de los ejemplares tirados entonces porque siempre fue libro de alta estima y costoso, y se guardó bien y de manera adecuada. Que sepamos, sigue habiendo ejemplares en venta hoy en el mejor anticuariado. La tirada, no cabe duda, no fue superior a los mil ejemplares y sabemos que fueron muy costosos la composición, los tipos de letra usados, la decoración elegida, el papel empleado y las láminas, la encuadernación y los operarios. En fin, en esta edición no se ha leído el Quijote; la obra de Cervantes se ha leído en tiradas común y corrientes, de manejo más fácil y cómodo, en donde lo físico del libro no llegó a imponer la distancia y el rigor del respeto. Fue el impresor catalán Juan Jolis quien, en 1755, comprendiendo la necesidad de poner en circulación una edición barata y manejable, pidió licencia para imprimir, por primera vez en España, un Quijote de bolsillo.
     El otro Quijote del siglo XVIII con características especiales es el de Antonio Sancha de 1777, en tirada de 1.500 ejemplares y al que don


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Antonio Rodríguez Moñino dedicó unas sustanciosas páginas.2 Esta impresión se editó siguiendo, más o menos, la idea que había iniciado Ibarra con otro texto, impreso en 8°, un poco aislado dentro de las impresiones de 1771, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros del Reino. Sancha e Ibarra, con gustos parecidos, editaron estos manejables y atractivos Quijotes, sin grabados en madera, para un público de clase media alta, para el profesional y lector culto. Así lo comenta Rodríguez Moñino en su artículo antes citado, indicando que fue impreso “para un público modesto de oficinistas, maestros, empleados de poco sueldo y artesanos distinguidos,” y que “se lo disputan hoy los más pudientes bibliófilos como si se tratara de una joya.” Esta edición que, según don Antonio, fue un “libro en cierto modo económico para las clases populares” costaba, por lo menos, el doble de precio de lo que podía valer una de las tiradas en cuatro volúmenes de Juan Jolis o Manuel Martín por aquellos mismos años. Las impresiones de Sancha e Ibarra cubrían un mercado de menos de 5.000 ejemplares, mientras que Jolis, Barber y M. Martín abarcaban la cifra de casi 30.000 al principio de los años 80. Aquí, pues, difiere un poco nuestra posición de la de Rodríguez Moñino y creemos que las clases verdaderamente populares se nutrieron de los Quijotes llamados de Surtido confeccionados con tacos de madera, papel de calidad regular y tipos un poco grandes y legibles. Si el texto de Sancha es difícil de encontrar hoy es porque su tirada fue corta, fue leído y manejado, y pronto pasó al interés del coleccionismo. Los Quijotes más bastos, con tacos de madera, hasta hace poco nunca atrajeron al coleccionista, sin embargo hoy son también muy escasos, los conjuntos de cuatro volúmenes andan casi siempre descabalados (inclusive en los catálogos y bibliotecas oficiales), y el interés que ha tenido la bibliografía por estas ediciones es confuso y, en parte, oculto. Esta situación no se explica sino por el uso vario y diverso que se ha dada a todas impresiones modestas y económicas, expuestas a todo tipo de actividad y situación, desde la escuela al campo, desde la mesa a la faltriquera. Sociología muy diferente la dada por el dictamen de Leo Spitzer al sugerirnos que el Quijote se utilizaba para enseñar a leer a los niños a través del colegio en el momento en que, posiblemente, se empieza a superar el famoso Catón. Y los niños aprendían a leer no en los Quijotes de Sancha e Ibarra, sino

     2 Ver su estudio “El Quijote de don Antonio Sancha (1777),” en Homenaje a Cervantes (Cuadernos de Insula, Madrid, 1947); se reeditó, con dedicatoria a G. Demerson, en Relieves de erudición (Madrid: Castalia, 1959); nuestra cita viene de las pp. 280-81.


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en los más baratos, con grabados en madera, como hacían sus propios maestros que siempre sufrieron escasez de fondos como es sabido.
     Repitamos un par de ideas: los Quijotes con láminas son tiradas de 1.500 ejemplares, no hay más de tres ediciones en torno a 1775 y su precio era económico dentro, y sólo dentro, de las posibilidades de un profesional o clase media acomodada; de los Quijotes con tacos de madera debieron hacerse unos 2.000 o 3.000 ejemplares de cada tirada y contamos con unas 15 impresiones para cubrir todo el mercado popular y convertirse en un texto muy accesible en la Península.
     Don Antonio Rodríguez Moñino, en su artículo citado de 1947 (luego reeditado en 1959 y tenido en cuenta en 1971 para la redacción de La imprenta de don Antonio Sancha (Madrid, Castalia) describe así la situación de los Quijotes publicados alrededor de 1775:

     Desde 1750 hasta 1790 contamos con las siguientes ediciones hechas en España, excepto las mencionadas antes:
  1. 1750. Madrid, por Juan de San Martín (dos tomos).
  2. 1750. Madrid, por Pedro Alonso y Padilla (dos tomos).
  3. 1751. Madrid, por Pedro Alonso y Padilla (dos tomos).
  4. ¿1755? Barcelona, por Juan Solís (cuatro tomos). [por Jolis]
  5. 1757. Tarragona, por Joseph Barber (cuatro tomos).
  6. ¿1762? Barcelona, por Juan Solís (cuatro tomos). [por Jolis]
  7. 1764. Madrid, por Pedro Joseph Alonso y Padilla (dos tomos).
  8. 1765. Madrid, por Manuel Martín (cuatro tomos).
  9. 1777. Madrid, por Manuel Martín (cuatro tomos).
  10. 1787. Madrid, por la Viuda de Ibarra (seis tomos).

     Es indudable que estas ediciones, en su mayoría desaseadas y mendosas, no hubieran podido competir con la posible de Sancha. Hasta aquí don Antonio.

Todos son Quijotes con tacos de madera, excepto el n° 11. Con acierto interrogó a los Quijotes de Juan Jolis (que Moñino parece ser no conoció por el error que repite de su apellido) porque sólo sabíamos el año de su licencia (1755) y no el verdadero curso de las cuatro impresiones que se habían sucedido en su imprenta.3 Recordemos que muy pocos libros aparecen en la calle el año de su licencia; un ejemplo claro lo tenemos en el mismo Martín quien pide licencia para su primer Quijote en 1761, pero que no aparece el impreso hasta 1765, eso sí, en tres impresiones diferentes.
     Y ya llegamos a nuestro Manuel Martín. Moñino solamente cita

     3 Sobre los Quijotes publicados por Juan Jolis tenemos en prensa un estudio en la revista Hispania que dirige ahora Theodore A. Sackett.


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las tres impresiones de 1765, 1777 y 1782; nosotros vamos a enumerar nueve impresiones conocidas hasta ahora; acaso haya más.
     Los Quijotes de Martín son todos muy parecidos en sus características físicas; lo que debemos notar es que las ediciones primeras son las mejores, y las últimas, de 1782, las menos cuidadas y con papel inferior. Aunque se nota una decadencia clara en el transcurso de más de 15 años, todos sus Quijotes son de los llamados de consumo o surtido y, según sospechamos, se pudo mantener el bajo precio de venta y la competencia en contra de la calidad de imprenta. En estos Quijotes, siguiendo lo dispuesto en la impresión de Jolis, se intercalaba en el texto los tacos de madera que facilitaban la lectura al aludir a la acción tratada en cada capítulo. Martín ilustra 42 capítulos con tantos grabados, más dos para los frontis en un total de 44 tacos de madera. Jolis comenta también 42 capítulos pero solamente usa 38 tacos diferentes. Jolis y Martín vendían sus Quijotes junto con otras publicaciones populares, pliegos sueltos, comedias, hojas volantes, etc., en su establecimiento propio y aprovechando distribuidores y vendedores ambulantes como suele hacerse hoy con ciertos libros considerados “universitarios” y que se venden en quioscos de diarios y prensa semanal en todo el país.
     Sabemos que Manuel Martín buscó grandes horizontes económicos a sus Quijotes, hasta intentar su venta fuera de la península, enfrentándose siempre a los privilegios de exportación a Indias que mantenían grupos como el de la famosa Real Compañía de Impresores y Libreros.4 No cabe duda que Martín se cuidó muy mucho que otros editores no hicieran, en Madrid, Quijotes como los suyos. Los de Jolis y Barber no eran ya competencia y se vendían más al Este del país que en otra parte, y ya hemos dicho que los más cuidados de Sancha e Ibarra se destinaban a otro público y menesteres. Por esto, como dijimos antes, hay que pensar en la imprenta nacional de 1780 el campo vital, educador, político y sociológico de esos tres tipos de Quijotes de que hablamos. Los mejores editados han sobrevivido con facilidad la historia y son bien conocidos; a los baratos de consumo y editados para “mayor comodidad” les ha pasado de todo y ahora los tenemos casi desconocidos e ignorados con más del 50% de ejemplares en estado incompleto y, en general, los tenidos por completos están mal encuadernados

     4 Muy importante para todo lo que tiene que ver con esta Compañía es el libro de Diana M. Thomas The Royal Company of Printers and Booksellers of Spain: 1763-1794 (Troy, New York: The Whitston, 1984). Y su artículo “The Book Trade in Ibarra's Madrid,” en The Library, diciembre de 1983, vol. V.


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en conjuntos que no les corresponde. Estos Quijotes han sido los más leídos y manejados y éstas, las impresiones de ínfima calidad, las que más han universalizado la idea cervantina a los mismos españoles desde la Ilustración. Parece paradójico, pero no lo es, que la crítica y la filosofía racionalista del XVIII hicieran la primera crítica seria y dieran el primer empujón técnico al entendimiento de la figura de Cervantes; el manto del racionalismo fue el mejor escudo de la invención cervantina y permitió que un texto tan irracional, caprichoso y gesticulante pululara en la mentalidad del pueblo con suma facilidad. Así lo justifica un mercado de casi 40.000 Quijotes impresos en 25 años. Los esfuerzos de Gregorio Mayáns y de Vicente de los Ríos irían a parar, de alguna manera, al Pensamiento de Cervantes de Américo Castro. Diferente sería la interpretación del Quijote si su crítica y su dimensión popular no hubieran comenzado con el neoclasicismo, la primera época que se ocupó seriamente de esta novela en todos los sentidos, y si no contara con los primeros lectores que se tragaron completamente el anzuelo anti-filosófico y anti-racional encubierto en la inventiva del famoso manco. Hasta el mismo don Quijote (II, 3) afirma que la historia de su vida fue escrita por “algún ignorante hablador que, a tiento y sin ningún discurso, se puso a escribirla, salga lo que saliere.” Los neoclásicos creyéronlo todo, asegurando que era un libro caprichoso para niños y, más tarde, pieza sensata y pedagógica para otros; las contradicciones de los ilustrados se vieron satisfechas cuando comprendieron que el libro de Cervantes estaba fabricado de una tela especial para todo tipo de ropajes y de cortes. Así empezó la crítica del género novela y de la novela moderna que llegaría al siglo XX, pasaría por el escrutinio de Ortega y Gasset, y luego, adquiriría nueva dimensión novelística en la prosa de Latinoamérica con García Márquez y otros.
     Cuando Rodríguez Moñino daba la lista de los Quijotes publicados en torno al año 1775, se extrañaba de que 1.500 ejemplares de la tirada del impreso de Sancha hicieran popular al libro de Cervantes. Y está claro que no lo fue por este tipo de edición, como se verá más adelante. Los Quijotes de Sancha e Ibarra no intentaron inundar el mercado ni fueron gran negocio, ni duradero, porque el número de ejemplares, el costo y el tipo de lector a que iban dirigidos no lo permitían. Además, el dato más importante, como añade don Antonio mismo, ni Sancha, ni Ibarra “con ser tan excelsos propagadores de nuestros clásicos, hicieron nunca por su cuenta y riesgo, una edición del Quijote,” porque las ediciones que hicieron las pagaron la Academia y la Real Compañía citada. Estas ediciones de encargo, apoyadas en cierta oficialidad, no


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eran baratas y no podían, ni querían, competir con el voluminoso mercado de los Quijotes baratos, lo oculto del mundo de la imprenta pequeña y el especial interés en la edición de Sancha hicieron al grande bibliógrafo no entender, en ese momento, ni calar en el difícil mercado del libro popular. Don Antonio creía, más bien, que “no era provechoso poner más Quijotes en circulación” cuando la verdad es que no tomaba con acierto el pulso del mercado y la competencia en que se veía envuelto Sancha. Entre los años 1755 y 1782 se editaron en España más Quijotes que nunca, según hemos indicado anteriormente. Estos Quijotes baratos, de rápido consumo, no tenían subvenciones ni los pagaban organizaciones ni instituciones conocidas; los editaron sus impresores porque eran negocio y se vendían tan bien como los Catones y las Biblias, y otros textos de alto consumo, tales como los Belarminos y Cacasenos, las Guías de Forasteros, los Pronósticos, las Horas o el famoso Espejo de cristal fino, sin olvidar el divulgado Discurso de la industria popular de Campomanes, del cual se vendieron unos 30.000 ejemplares.5
     La verdad es que la gran fiebre y el grande mercado de Quijotes populares había pasado un poco cuando Sancha e Ibarra llegaron a competir con sus imprentas; éstos eran muy jóvenes en el momento que Jolis y Martín tenían muy bien establecidos sus negocios y contactos. Manuel Martín movía en Madrid a muchos puestos de imprenta a los que encargaba cosas y disponía a hacer libros baratos e interesantes en el mercado; él se encargaba de las licencias, distribución y venta, y él estudiaba la competencia y el negocio. Lo que llegaron a hacer Ibarra y Sancha era muy diferente; buscaron otro tipo de ayuda y público, y realizaban otro tipo de impresión con mucha más responsabilidad profesional. Por su parte Sancha llegará a escribir y a ofrecer de “dar a conocer al mismo tiempo los excelentes ingenios que España en todos los tiempos ha producido” y se dedicará a “reimprimir las mejores obras que se han escrito y [que] por raras apenas son conocidas.”6 No cabe duda que puede hacer referencia a los 21 tomos de las obras de Lope de Vega, a Quevedo, al Parnaso de Sedano, Cascales, las

     5 Otras contradicciones de este mercado del libro español en los últimos 25 años del siglo las comentamos en nuestro estudio, también en prensa, “Algunas noticias y problemas del libro y de las imprentas en el siglo XVIII” en Actas del Congreso Romancero UCLA 1984, para la Editorial Porrúa de Madrid. Los impresos llamados de consumo podían muy bien llegar a 30 y 40.000 ejemplares, a juzgar por una obra como el Catón Cristiano, la cual ocasionó el pleito que estudió A. González Palencia (Eruditos y libreros del siglo XVIII, Madrid: CSIC, 1948, pp. 337-41) y del que se vendían, como mínimo, 1.500 ejemplares al año; de este tipo de impresos habla también J. Simón Díaz en El libro español antiguo (Kassel: Ed. Reichenberger, 1983, p. 19).
     6 Antonio Rodríguez Moñino así lo cita en La imprenta de don Antonio Sancha (1771-1790) (Madrid: Castalia, 1971, p. 10).



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obras de Aristóteles, etc., y a los contemporáneos como Capmany y otros. Las categorías y los campos de trabajo quedaron así bien delimitados. Por esto se quejaba Martín en enero de 1765 de los “Quixotes con láminas finas” que intentaba publicar la Real Compañía de Impresores, impresión para la que consiguieron licencia porque se trataba de un texto aseado con “láminas finas” que no de tacos de madera para consumo general para cuya impresión ya tenía licencia el propio Martín. No sabemos por qué, pero los Quixotes con láminas finas nunca aparecieron, que sepamos. Para Martín la fuerza y las influencias de la Real Compañía eran peligrosas.7 A partir de 1765 Martín debía y tenía que desplazar y poner obstáculos a toda competencia en el terreno de imprimir Quijotes baratos y manejables. Sabido es lo difícil que era este hombre, y lo inquieto y luchador. Conocía muy bien el mercado del libro español y el nivel económico de sus varios y posibles lectores. Su preocupación especial por hacer libros “para pobres y para ricos” nos lleva a ese Memorial que presentó en 1763, y que publicaron, primero, A. González Palencia en 1944 y, luego, Moñino en 1966 (pp. 69-71 de su Historia de los Catálogos de Librería españoles). Es increíble su agresividad comercial cuando intenta publicar la famosa y lucrativa Guía de forasteros, que hacía Antonio Sanz y que Martín prometía editar “a más moderados precios,” ya que él decía ser el inventor de una nueva tinta negra que se secaba pronto y abarataba la impresión. No nos imaginamos cómo este Manuel Martín, tan problemático y competente, se dejara arrebatar el texto de la Vida de Cervantes de Mayáns para que, en sendas ocasiones, lo reprodujeran Ibarra y Sancha (en las ediciones citadas de 1771 y 1777). Con este anuncio, que reproduce Moñino en la Historia de los Catálogos citada, propagaba Martín sus productos:

     7 Consúltese el libro citado de D. Thomas en la nota 4, sobre todo el Appendix B. Además téngase en cuenta la cita que hace de M. Martín la carta del librero A. Boudet (1763) y que publicó P.-J. Guinard en “Le livre dans la Péninsule Ibérique au XVIIe siècle” (Bulletin Hispanique, LIX, 1957, p. 188).



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y con estas Marcas que clasificó Vindel (Escudos y marcas de impresores y libreros en España, Barcelona, 1942):


Parece ser simbólica (si pensamos en el polémico editor) la fuerza del león que ataca y se defiende de sus enemigos. Así estuvo activo hasta 1782, aunque en 1781 ya se le nota retirado y no participando en la lucha en contra de la Real Compañía (más detalles en el libro citado de D. Thomas, p. 118 y la gráfica de la p. 155). Martín desaparece de la industria del libro español en 1783; no sabemos si por enfermedad o muerte. Antes había traspasado o vendido su negocio a Plácido Barco López, quien, es posible, trabajara antes para él. También quedó afectado y envuelto en esta venta, por lo menos un tiempo, el impresor Pantaleón Aznar que, como vemos por esta Marca, imita el sello de Martín:


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De Barco López sabemos que, de paso, trabajó para la Real Compañía (ya muerto su, acaso, amigo y jefe Martín) por 1787; y también era socio de Pantaleón Aznar porque en 1795 publican juntos la edición de Cicerón Silva Selectorum operum (Matriti, Apud Placidum Barco López in via vulgo de la Cruz). Más tarde la Viuda de Aznar se instalará con su hijo en la calle Huertas. Barco López murió en 1803 y su viuda, de segundas nupcias, trabajó en la misma calle de la Cruz hasta por lo menos 1825. Estas Marcas que da Vindel nos hablan de la historia de la librería de esta familia:

La Viuda de Barco López publicará otro Quijote, similar a los de Martín, en el año 1808; con los mismos tipos y parecida composición, pero sin los grabados en madera que ya no estaban de moda. La Marca n° 762 es de la Viuda.
     La bibliografía de los Quijotes de Martín es complicada y laberíntica; la tradición rastreada, desde don Leopoldo Rius hasta Moñino, ha ido enumerando las diversas impresiones conocidas así: cuatro ediciones repartidas en los años 1765, 1770, 1777 y 1782, con la particularidad de que existen dos ediciones de la fecha de 1765, una caracterizada por llevar en su portada números romanos y la otra arábigos, además de otras diferencias internas en la confección general del texto. Total, cinco ediciones conocidas. Moñino solamente daba tres ediciones en sus estudios ya citados de 1947 y, repetido, en 1959; y todavía, en la


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magnífica Bibliografía de la literatura Hispánica (Madrid, 1970, t. VIII), J. Simón Díaz menciona las tres mismas fichas de don Antonio con los números 229, 233 y 238. El rastreo y cotejo hecho por nosotros en los últimos años ofrece la nueva cifra de 9 impresiones de Quijotes realizadas por Martín.
     La que creemos ser la primera edición es ésta de 1765 con la fecha en números arábigos:

[Texto A]


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     La Licencia para esta edición la firma José Antonio Yarza, en Madrid y a 7 de diciembre de 1761. Hay que notar que la licencia es de cuatro años antes que la impresión y salida del libro al mercado; parece muy posible que el lapso de tiempo entre la licencia y la impresión sea debido a algún pleito relacionado con la licencia que, en 1765, obtenía la Real Compañía para publicar ese Quijote de que hablábamos “con láminas finas.” Martín repitió los Quijotes con tacos de madera (que ya habían sido moda hace cuarenta años) y no permitió la competencia nueva que se anunciaba “con láminas finas” para Quijotes baratos en 8°. Martín, con la licencia de 1761, actuó inmediatamente y publicó, con éxito acaso sorprendente, tres impresiones en el mismo año de 1765. La Real Compañía de Impresores a Ibarra desisten un poco de sus proyectos de competencia porque los precios del (o de los) Quijote de Martín son más bajos. La Real Compañía no vuelve a proponer la edición de Quijotes manejables y cómodos hasta 1771, con encargo y realización de Ibarra, concebidos para un público diferente. Muy importantes son las noticias aportadas por D. Thomas (libro citado, p. 170) sobre el trabajo de Ibarra con la Real Compañía.
     El primer Quijote de Martín salió a la calle a costa de la hermandad de San Juan Evangelista, pero en el mismo año de 1765 hace dos impresiones más a costa propia, lo que es señal del gran éxito, acogida y negocio de esta edición y del propicio mercado encontrado. Esta primera impresión, que llamaremos siempre TEXTO A, es conocida en todas las bibliografías cervantinas; sin embargo, el único que se dio cuenta de la posible existencia de las tres impresiones de Quijotes de 1765 fue Homero Serís en 1918 (la Colección Cervantina de la Sociedad Hispánica de América, Urbana, Illinois, 1920, pág. 75, fichas 46 y 47) cuando notó, en un ejemplar que manejaba con la fecha en números romanos, que difería del ejemplar de la Biblioteca Bonsons con fecha en números arábigos; y sospechó que podía haber otra edición distinta con números romanos porque la portada que daba Henrich en su útil Iconografía de 1905 así lo demostraba en la reproducción n° 49.
     Las características más importantes del TEXTO A son las siguientes: las SS largas indican que esta edición es la más primitiva de las conocidas; estas SS largas de la vieja imprenta las dejaron de usar casi todos los impresores de la Península entre 1760 y 1775.8 Reprodujo su

     8 Véase la problemática de las SS largas de imprenta en nuestro estudio citado en la nota 3, en prensa. En otro sentido tenemos que tener en cuenta la posición de Jolis de sólo publicar trabajos por encargo y que fue el lema de siempre en su taller. Sin embargo sí publicó los Quijotes por su propia cuenta y fue el primero que los preparó en el tamaño de 8° para el bolsillo.


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portada la Iconografía de Henrich con el número 48 y después, en 1953, Luis Mª Plaza en Catálogo de la Colección Cervantina Sedó (Barcelona: Porter, lámina IV de la ficha al ejemplar n° 47). La impresión lleva, pues, la fecha en números arábigos algo tendidos. De este texto se conocen ejemplares en la Colección Bonsons de Barcelona; en la Biblioteca Nacional de Madrid con signaturas: Cervantes 374-77, R / 32516-19; y la Colección Sedó con signaturas 415-18 y 488-91.
     Aparte debemos notar, además, que los volúmenes III y IV poseen una portada ligeramente corregida y movida, problema común al tener que cambiar el renglón del tomo para numerar cada volumen; sin embargo el ajuste y el encuadre de la composición están ligeramente movidos y en el segundo renglón inferior se corrige el “Acosta” por “A costa” con su espacio correspondiente. Así aparece en el ejemplar que poseemos y en el de la BN de Madrid R / 32518:


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[Texto A, variante]

     Las estampas o tacos de madera empleados para esta edición, confiesa y repite el mismo Martín, le costaron mucho dinero, y más para él que tanto se alaba de editar barato y vender a poco precio. En la Licencia del Consejo se dice, en 1761, que “por una vez pueda reimprimir y vender los dos tomos de la Historia de don Quijote,” “con una muy lucida y costa reimpresión, añadiéndole lo costoso de las láminas.”


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     Esto quiere decir varias cosas: a) que, en principio, Martín pensó editar un Quijote en dos tomos como era tradición y como había hecho su viejo competidor Antonio Sanz; este tipo de Quijote en 4° no era cómodo dado los usos varios y populares de esta clase de impresión más barata; b) que, acaso, no conociera, en 1761, los Quijotes en 8° que ya hacía Juan Jolis en Barcelona desde 1756 o 1757; c) que Martín sí conoció después de esa fecha los Quijotes catalanes en 8° porque imita el carácter y la disposición de los grabados en madera usados por Jolis y que este conocimiento no fue anterior al año 1762 cuando el impresor catalán ya tenía sacadas más de dos impresiones. Martín debía saber, por 1765, que los Quijotes de bolsillo de Jolis se estaban vendiendo bien y que era el momento de sacar más textos en 8°, de faltriquera, “para la mayor comodidad;” además añadía la Vida de Cervantes del benemérito Mayáns, ya publicada antes por otro editor madrileño, Juan de San Martín. Manuel Martín, con sobrados ribetes de literato y crítico, se atrevía a tomar el pulso del lector y del mercado del texto cervantino en aquella sociedad y corte, anunciando el “inimitable arte de ironía” de Cervantes y la “enmienda del genio de una nación” porque “la fertilidad de su ingenio produjo (aunque a lo burlesco) los más seriosos, útiles y saludables efectos que pudieran imaginarse.” Este testimonial consejo “del impresor al lector” enumera parte de lo que entonces se creía del libro de Cervantes y de lo que luego se ha tenido por universalmente aceptado: la ironía, lo serio, lo burlesco, lo útil, lo saludable, lo fértil, lo ingenioso y lo imaginado. Y todo ello para todos, hasta para los niños, como recordaba y reconocía Spitzer.
     Martín decora este Quijote que todavía grafía con X y no con J, con más adornos que otros de sus textos; veamos algunos ejemplos:



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     Se componen cabeceras diferentes para los capítulos primeros de los tomos I y III; como era casi usual el primer volumen es más esmerado y detallado que el resto del conjunto porque él se daba el tono y la impresión general que se pretendía ante el público.


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     En estos ejemplos podemos notar, excepto por los tipos empleados en las palabras “DON QUIJOTE,” que las letras mayúsculas son diferentes y también parte del adorno de la cabecera. La inicial grande de capítulo, aunque del mismo tamaño su taco de madera, pertenece a otra serie de tipo; además el anuncio y tema de capítulo también se compone con otro tipo más grande y claro en el tomo I. Muchos de estos detalles se repiten en las impresiones que Martín por entonces hacía en su Oficina, cuando tenía máquinas de su propiedad; comparemos con los ejemplos de este impreso sobre Feijoó del año 1764:


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     Otras diferencias en los tomos de nuestro Quijote las encontramos en los frontis de cada volumen, pero sólo dos diferentes grabados de madera repetidos. En cuanto a la composición general se puede notar que los tomos I y II están mejor impresos que el III y IV, estos últimos mucho más pobres, y que se compusieron todo de nuevo y no lo hizo un mismo tipógrafo. Está mucho mejor dispuesto el frontis del tomo I, sin contar la diferencia textual entre “ingenioso cavallero” a “ingenioso hidalgo;” los tipos de la palabra “TOMO” son los únicos que se repiten.

     Estos tacos de madera usados en los frontis eran cosa tradicional en la impresión de Quijotes. Los símbolos que el grabador revela nos ayudan a conocer la mente del lector a que iba destinado el texto; el grabado del tomo 1 nos presenta a la florida Dulcinea muy alerta en el pedestal donde ha sido colocada, mientras don Quijote, distraído, la sueña y la recuerda; por el contrario Sancho a pie, como siervo, está pensativo; parece ser que el culto al amor cortés está protegido, además, por la tradición de la caballería andante. Rolando y Amadís son las dos grandes figuras de la historia de valientes enamorados. El segundo frontis a la segunda parte del Quijote alude al triunfo de la


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obra y sus personajes; nuestro héroe desafía a la naturaleza y demuestra su valentía ante todos, dominando a leones en alabanza del símbolo del amor por Dulcinea que también aparece ensalzada en su trono, con la vara del orden y del mando; enfrente, también con vara de gobernador, Sancho triunfador de la ley y de la moral de su ínsula. Al fondo, enmarcada, la figura del sabio Merlín presencia y dirige la magia de todo lo acontecido. A nivel popular estos frontis nos recuerdan la emblemática antigua y la dimensión visual y folklórica con que Cervantes pudo pensar y componer su novela; la alegoría poética y los símbolos en torno al ensimismamiento y la locura hacen que la figura de don Quijote pase por ciudadana, y, por cuerda, su buena y positiva actitud.9
     Nos queda por decir algo de la Vida de Cervantes que escribió Mayáns y que tantas veces compuso la imprenta de Martín.

     9 Véanse a este respecto las buenas observaciones sobre la Iconología de Cesare Ripa que hace Francisco Márquez Villanueva en “La locura emblemática en la segunda parte del Quijote” y, en otro sentido, lo apoya Manuel Durán en “El Quijote a través del prisma de Bakhtine,” en Cervantes and the Renaissance, editado por M. D. McGaha (Easton, Penn: Juan de la Cuesta, 1980). No olvidemos que la poliantea de Ripa tomó mucha importancia en el siglo XVIII; era muy buena la impresión de Perugia en 1764-67, y dos ediciones aparecieron en inglés de 1777 a 1785. Además en 1789 se pide permiso a Godoy, en Madrid, para volver a publicar la obra aumentada por el abate Cesare Orlandi, en una edición “por entregas” y en cuadernos, a costa de F. A. Ortiza y M. Pardo (ver nota 11 al apéndice II del libro de L. Domerge Tres calas en la censura dieciochesca, Universidad de Toulouse-Le Mirail, 1981, pág. 128). Muy importante para conocer ciertos aspectos del fondo emblemático y folklórico del Quijote es el librito de Michel Moner Cervantes: deux thémes majeurs (L'amour, les armes et les lettres), Toulouse, 1986.


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I [con el Texto A, de 1765]
 
II [con el Texto D, de 1777]

     Martín hizo de la obrita de Mayáns, por lo menos, cuatro impresiones diferentes. La I) de 1765 con números arábigos para el Texto A ya comentado; la II) de 1765 también, pero con números romanos que llega a editarse con el Texto D que comentaremos en su lugar, de 1777; la III) con el Texto E, de 1777-78, pero ella en sí con fecha de 1777 en romanos; y la IV) también de la misma fecha de 1777 pero acoplada al Texto F de 1782.


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III [con el Texto E, de 1777-78]

 
VI [con el Texto F, de 1782]

     De las dos últimas hay ejemplares en la Biblioteca Nacional de Madrid con signaturas R / 32231 (para el impreso de 1777-78) y en la Colección Sedó lleva la signatura 421-24 (para la impresión de 1782 de filete o barra gruesa arriba, al pie de imprenta).
     Estas cuatro impresiones son distintas; sobre todo lo son por el adorno de concha de la portada, y la composición en general. Otro dato digno de mencionar es que Martín incorpora esta Vida en las ediciones que necesita y conviene, sin mantener la fecha de composición de sus Quijotes con las Vidas; por esto encontramos en una impresión de 1782 una Vida de 1777, y una de 1765 en un Quijote de 1777. Que Martín tenía especial interés por la obra de Mayáns lo demuestra cuando presenta el escrito en su primera edición del Quijote impreso en 1765 y advierte al lector que “esta Vida ha sido cuidadosamente escrita,” y que la publica “para escitar más el apetito de sus lectores,” aparte de que “será de todos estimada, según es de perfecta y digna de mayor alabanza,” porque su autor Mayáns “ha dado bastantes pruebas de su capacidad y erudición; no sólo de informar al siglo presente, mas aún de instruir al venidero” porque “no hay cosa más entretenida que


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Vidas bien escritas de célebres autores.”10 Ya decíamos que las biografías estaban de moda, y que en la segunda mitad del siglo XVIII empiezan los nuevos estudios de historia y se comienza a documentar lo que luego, con el romanticismo, daría y sería el sentido de la moderna historia, el llamado “sentido histórico” de la nueva Universidad.
     La ficha total de este primer Quijote de Martín es la que corresponde al n° 48 de la Bibliografía de Rius con la acertada observación de que “la impresión es regular en los dos primeros tomos. Luego decae.” En el Catálogo de la Colección Cervantina de J. Givanel Mas (para la Biblioteca Central de Barcelona, que fue de Bonsons) lleva el n° 303; en la Bibliografía crítica de Ediciones del Quijote de Suñé y Suñé aparece con el n° 53. El Catálogo bibliográfico de la Sección de Cervantes de la Biblioteca Nacional (Madrid), de G. M. del Río y Rico, le asigna el n° 72. En el Catálogo de Sedó la ficha 47. La Iconografía de Henrich da su portada con el n° 48. Hay ejemplar en la biblioteca de la Hispanic Society of America manejado por H. Serís. Esta impresión es la mejor y más conocida de las de Martín; además parece ser la edición de la que tenemos hoy más copias conservadas, aparte de ser la mejor edición, la más cuidada, la impresa en mejor papel y la coleccionada por los bibliófilos.

     10 Sabido es que la figura de Mayáns es muy importante en la crítica cervantina; no sólo es el primero sino el que hace del Quijote un libro moderno, internacional y básico para entender a Cervantes y el género novela. Para el conocimiento de Mayáns en Inglaterra consúltese el interesante librito Cervantine Correspondence (Percy-Bowle) editado por Daniel Eisenberg (University of Exeter, 1987) en donde notamos que también en Londres se había editado, en impreso suelto, la obra de Mayáns referente a Cervantes y que estaba de moda como pasaba con otra vida del Petrarca. Además es sintomático que nuestro texto haya llegado a ser parte de la Colección de Clásicos Castellanos de Espasa Calpe, editado por A. Mestre (Madrid, 1972); otros datos en C. Real de la Riva “Historia de la crítica e interpretación de la obra de Cervantes” (RFE, t. XXXII, 1948), la nota de F. Aguilar Piñal “Cervantes en el siglo XVIII” (Anales Cervantinos, Madrid, 1983, tomo XXI), y la grata monografía, con facsímiles, del Homenaje a Mayáns de Jesús Gutiérrez (en Dieciocho, vol. 5, n° 2, 1982). El que M. Martín añada en una de sus ediciones de 1782 que la patria de Cervantes es Alcalá de Henares es que sigue las nuevas noticias que se están publicando constantemente en torno a Cervantes por esos años. Ya así lo hizo Sancha en su edición de 1777 corrigiendo lo dicho por Mayáns, crítico que había puesto alerta a todos los interesados en el famoso manco; ésta es la nota de Sancha:

[p. 84] La corrección se debía a investigaciones del benedictino Martín Sarmiento que había dejado una obra manuscrita titulada Noticia de la verdadera patria (Alcalá) de el Miguel de Cervantes (terminada y firmada en el año 1761, pero no editada hasta 1898 a “expensas del Sr. Don Isidro Bonsons,” en Barcelona; tirada de sólo 100 ejemplares) en donde habían participado ayudas del culto impresor y librero F. Manuel de Mena y del dramaturgo y erudito don Agustín de Montiano y Luyando.


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     El que consideramos segundo Quijote de Martín es diferente del anterior, aunque lleve la misma fecha, ahora en números romanos. Esta impresión no se publica a costa de la hermandad de San Juan Evangelista, sino a “expensas”de propio Martín. A esta edición de MDCCLXV le llamaremos TEXTO B:

 
[Texto B]
[Portada de Henrich]
 
[Texto B, Sedó]
[Ejemplar Col. Sedó]

     Damos dos portadas porque la ofrecida por Henrich difiere un poco del ejemplar de la Colección Sedó; las “licencias necesarias” al pie de página aparentan pertenecer a diversa tipografía. Si no es así es que Henrich no poesía ejemplar completo y retocó el disponible o el procedimiento fotográfico fue pobre. Como fuere, hay otro pequeño detalle de composición en la E inicial del pie de imprenta; en los dos textos está movida, en uno hacia arriba y en el otro hacia abajo; y


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además conocemos un ejemplar con la E bien acomodada. El resto de la composición es idéntico.
     Las características generales de esta impresión son: la J de “Quijote” y el cambio de adorno en la portada; el florón se convierte en un juego de armas con vegetación en rama. La fecha en números romanos se independiza entre el adorno y dos filetes inferiores, delgado arriba y más grueso abajo. Toda esta impresión es un poco más pobre que la anterior, pero con los mismos tacos de madera. Las SS largas de la primera impresión son sustituidas ahora por ss cortas, más modernas.
     El tercer texto de Martín, también con fecha en números romanos, le llamaremos TEXTO C; es éste:

 
[Texto C]


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     Posiblemente no sea impreso de la fecha que reza; acaso Martín se esté aprovechando de las licencias que posee para editar “por una vez” Quijotes desde 1761; el truco era común y nuestro editor hará unas 8 impresiones más (?). Nosotros consideramos que esta tercera tirada de Quijotes de consumo y baratos es de alrededor de 1768, cuando Martín publica, en fascículos, La tertulia de Aldea de un tal Santos Alonso; en esta publicación se hace intencionada propaganda de las aventuras de don Quijote y de la necesidad de leer el famoso libro de Cervantes.11 Reproducimos su portada y otra de la Colección de varias historias que publicó en el año 1778:

     11 Sobre Tertulia de Aldea habla Givanel Mas en el n° 377 de su Catálogo de la Colección cervantina de la Biblioteca Central, Barcelona 1941. Este impreso se seguía publicando en 1782 y por entregas como pliegos sueltos. Se trata de un texto que hacía propaganda del Quijote; los resúmenes de partes y capítulos enteros de la novela ocupan más de la mitad de los dos volúmenes; las impresiones siguientes a la primera de 1768 estaban preparadas literariamente por el mismo Martín; ya había dicho Rodríguez Moñino que nuestro impresor “tenía sus pujos de escritor” (Historia de los Catálogos citada, p. 68) y acaso sea por este tipo de publicación como la Colección de varias historias [p. 87] (reproducimos una portada de sus entregas de todos los martes, titulada La sobervia castigada) que firmaba don Manuel Josef Martín (tomo I, 1775; t. II, 1776 y t. III, 1778). Respecto a Hilario Santos, que se dice autor de la citada Tertulia, parece ser el impresor de Madrid que editó el famoso folleto de García de la Huerta La escena española defendida en el prólogo del theatro español (Madrid, 1786) y otros textos del periodista Nipho; también trabajó para la Real Compañía de Impresores.


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Parece ser que Martín pensó y mandó imprimir el año de sus tres impresiones de 1765 de diferente manera, ya sean arábigos ya romanos los números, para distinguir él mismo su proyecto y negocio.
     Del TEXTO B conservamos ejemplares en la Biblioteca Nacional de Madrid y en la llamada Bonsons de Barcelona. Henrich la reprodujo en su Iconografía como portada n° 49. Del ejemplar de la Colección Sedó también tenemos su portada; es la lámina VI del catálogo ya citado y con referencia a la ficha 49. H. Serís lo describe en la mencionada Colección cervantina de la Hispanic Society como n° 46. Rius no cita esta edición. Givanel Mas la menciona en su n°  304; los Suñé con la ficha 54; del Río y Rico en el apartado 73. Este texto lleva además la Vida de Mayáns con la impresión de números romanos del año 1765. Del TEXTO C hemos encontrado ejemplares en la BN de Madrid con la signatura de Cervantes 3312-15, y en la Colección Sedó con las signaturas 857-60 y 783-86, descritos con la ficha n° 48 de su Catálogo. Parece, hoy, uno de los impresos más raros de Martín. El volumen IV ya llevaba encuadernado, al final, el surtido de libros que tenía Martín en venta por aquella época.
     Otras características que hay que notar en esta pobre impresión son la barra o filete del pie de imprenta que es doble y más grueso que el de arriba. También se acompaña de una Vida de Mayáns, pero se sustituye el adorno y florón de las ediciones anteriores en su portada; el interior tampoco es el mismo del conocido según podemos notar en el ejemplar de la BN de Madrid con signatura Cervantes 360 (texto que fue de Gayangos).
     H. Serís, al hablar del ejemplar de la Hispanic Society, nota, en 1918, que esta portada carece de viñeta, según el comentario a la ficha n° 46. Henrich no reprodujo su portada. Ignoran la impresión Rius, Givanel Mas y los Suñé. Parece una edición rara en el mercado de hoy. Para mí es una de las impresiones más simples y modestas de las de Martín, con papel de baja calidad. La cuarta impresión de Martín lleva la fecha de siete años después de las citadas anteriormente. Nosotros llamamos a esta edición el TEXTO D; Henrich reprodujo su portada con el número 52 de su mencionada Iconografía.


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     Las características generales de esta impresión son muy parecidas al texto comentado anteriormente. Se vuelve a la fecha del año 1777, pero con números arábigos ahora. La portada de este nuevo Quijote repite en su composición el filete gordo arriba del pie de imprenta y otro sencillo por encima de las licencias.
     Este TEXTO D lo describe del Río y Rico en su ficha 78; Givanel Mas en la 347, y en donde recuerda el cotejo que hizo años atrás de esta impresión en Catáleg de la Collecio Cervantica, formada per D. Isidro Bonsoms (Barcelona, 1916-25, en la ficha n° 295).

 
[Texto D]


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     En H. Serís corresponde a la ficha 51; a la 53 en Catálogo Sedó. Rius le asigna la ficha 52 y los Suñé la 58. Existen ejemplares en la BN de Madrid con las signaturas Cervantes 344-47 y R / 32281 (solamente el vol. II); de Sedó encontramos las signaturas 840-43 y 811-14.
     Hay que hacer notar también que, en este año de 1777, don Antonio Sancha saca otro Quijote en 8° que ya hemos comentado a través de lo dicho por Moñino y en relación a las láminas finas (no tacos de madera) que incorpora.
     Este TEXTO D lleva, en el volumen IV, el Surtido de venta de libros de Martín en la calle de la Cruz que volveremos a encontrar en otras impresiones de 1782. Las licencias de este texto de 1777, en números arábigos, son las mismas y continúan citando los “dos tomos” para los que tenía permiso desde 1761. Los filetes, o barras, como podemos notar en el pie de imprenta, son dobles: más grueso el de arriba y más fino el de abajo.
     Los doce años (de 1765 a 1777) durante los cuales Martín no publicó Quijotes indican varias cosas del mercado; una, que todavía estaba vendiendo las impresiones previas; otra, que tenía otros encargos y proyectos que atender, además de vigilar constantemente la competencia de la citada Real Compañía de Impresores y el control que el Gobierno quería imponer a los talleres de imprenta, especialmente en Madrid.
     La quinta impresión de Quijotes de M. Martín aparece con pie de imprenta en números romanos MDCCLXXVII (1777, para los dos primeros tomos) y MIDCCLXXVIII (1778, para los dos restantes) en cada parte de la novela. El primer bibliógrafo que se dio cuenta y comentó esta variante fue Rius al hablar de su ficha n° 52. Llamaremos a esta impresión el TEXTO E. No es texto muy común y Henrich no reprodujo su portada. Los Suñé la citan en la ficha 59, pero no habló de ella Givanel Mas, ni la cita del Río y Rico, habiendo ejemplar, como lo hay, en la BN de Madrid con la signaturas R / 32231-14, y en la Colección Sedó con 861-64 y 807-10 y comentario y reproducción de su portada a la ficha n° 54.
     La Vida de Mayáns que acompaña a esta edición es el impreso del texto de 1777 con fecha en números romanos, con adorno sencillo de concha pero sin ornamento vegetal; la portada y composición es parecida, según hemos podido ver en las reproducciones, a la impresión del año 1782, del cual tenemos ejemplar en la Colección Sedó, con signatura 421.
     Estas son las portadas de los tomos I y III:


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[Texto E, 1777]

 
[Texto E]

     La portada y la composición general son diferentes a las de otras ediciones descritas. Los filetes, o barras, del pie de imprenta son nuevos en este Quijote de Martín; son tres los superiores, con uno grueso en el centro; en la parte inferior de las licencias se distingue un filete fino. Tambíén se ensaya por vez primera, en el título superior de la obra, la composición de mayúsculas y minúsculas alzadas en el renglón de “DEL INGENIOSO CABALLERO.” Manuel Martín no volverá a imprimir Quijotes durante cinco años.
     El Quijote que comentamos a continuación será el sexto de los realizados por Martín; lleva la fecha en números romanos y es del año 1782. Lo nombraremos TEXTO F. Hay que tener en cuenta al hablar de esta impresión que durante estos años el mercado de Quijotes se vio multiplicado por la edición en 8° de Ibarra, también del año 1782, para un público diferente (como lo fue en 1777 el texto de Sancha comentado por Rodríguez Moñino), y por el exclusivo texto monumental de la edición de la Academia de 1780. Nunca fue mayor la fama del libro cervantino fuera y dentro de la Península, ni jamás estuvo más ocupada


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la imprenta nacional de entonces en la composición de la famosa novela. Por si fuera poco la variedad de gustos y economía, Martín va a hacer cuatro impresiones de Quijotes en ese mismo año de 1782, por lo menos a su nombre, según rezan los pie de imprenta. Pensemos para este año citado en unos, como mínimo, 6.000 ejemplares a costa de Martín, unos cuatro mil (ed. de 1782) de Ibarra, más 1.000 ejemplares de los costosos como el de la Academia.

 
[Texto F, Tomo I]
 
[Texto F]

     Este TEXTO F es casi una impresión desconocida; lleva la fecha en números romanos de MDCCLXXXII. El ejemplar de la BN de Madrid, procedente de la Col. Sedó, no es completo; el tomo I es el único que pertenece a esta impresión con signatura 421, y el II con signatura 422; los volúmenes tercero y cuarto pertenecen a la impresión siguiente que vamos a comentar como TEXTO G.
     Las características más visibles de esta impresión son la falta de adornos, como en las últimas impresiones de Martín, y el error de la letra inicial en el “Prólogo” que dice “Grólogo,” con G; el que el error se repita en la siguiente edición anunciada como TEXTO G nos hace pensar que se trata de la misma impresión, pero no es así, aunque


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estas dos impresiones sean las que más se parecen de todas las que hemos consultado. La composición de la portada en el pie de imprenta de los volúmenes primeros que pertenecen a la Colección Sedó se puede notar como trabajo diferente de impresión; hay tipos que están movidos y otros corregidos al cambiar el número del tomo; me refiero al alineamiento de la I de “Imprenta” con el renglón inferior, con la l (ele) de la palabra “calle” en minúsculas; lo mismo con la M de Martín y la LL (elle) de “hallará;” el resto es similar.
     El otro dato distintivo y fundamental del TEXTO F es el filete inferior doble que va debajo de otro más largo y fino, con otro parecido sobre las licencias.
     La Vida de Mayáns que contiene esta edición corresponde al texto con números romanos de 1777, ya comentadas sus diferencias al hablar del TEXTO E fechado en 1777-78. La Vida no la conocemos impresa con filete gordo debajo de filete fino y ahora es el mismo texto que aparecerá en la impresión TEXTO G de la BN de Madrid con signatura Cerv. 958.12 Casi nadie habla de esta edición, aparte del comentario a la ficha 60 del Catálogo Sedó, si no es lo dicho por del Río y Rico en su ficha n° 83, aunque el tomo IV aquí descrito no pertenezca a esta impresión y sí sea parte del que luego comentamos como TEXTO I, el último del negocio montado por Martín y cuando ya participaba del establecimiento Plácido Barco López. Este Quijote no lo citan Rius, ni Givanel Mas ni los Suñé; ni la portada fue reproducida por Henrich. En la bibliofilia de hoy, 1987, el texto es escaso; mi biblioteca posee un tomo suelto.
     La impresión que damos a continuación es la séptima de la novela cervantina compuesta por Martín; es un texto bastante similar al anterior, aprovechando los mismos materiales y características. Acaso se haya hecho esta tirada para exportar. La única diferencia con la edición anterior es la disposición del pie de imprenta con filete grueso superior sobre otro fino; el resto del acople y encuadre coinciden, como pasa con la mayor parte de los errores en el texto.
     Llamaremos a este impreso el TEXTO G, también de MDCCLXXXI (1782) en números romanos.

     12 Véase lo dicho en la nota 10 y obsérvese la nota que añadía Martín a esta su edición:


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[Texto G]

     Esta edición se describe por primera vez aquí; los ejemplares conocidos son poquísimos y es fácil encontrar tomos sueltos bailados entre otras impresiones; nosotros poseemos tres volúmenes de los cuatro que forman el juego. El ejemplar de la BN de Madrid, con signatura Cervantes 958, está incompleto y lo mismo pasa con el de la Colección Sedó signatura 432 y 424. Los bibliógrafos no han clasificado debidamente esta impresión. El vol. IV no lleva al final la Lista de Surtido que acostumbraba propagar Martín y es el último de sus Quijotes que reza “En la imprenta de . . . ;” en los Textos H e I se elimina la palabra imprenta y aparece el “por D. M. Martín” que indica la persona que hizo el encargo, a costa de quién es la impresión y quién tiene los derechos de venta y distribución.
     La octava emisión que nuestro editor sacó al mercado de Quijotes es completamente diferente a las anteriores. La llamaremos el Texto H y se distingue por un sencillo adorno en la portada y por una tipografía que nunca usó, ni perteneció a Martín. Creemos que este pequeño adorno compuesto es característico de la imprenta madrileña de González, según podemos ver por tres de las portadas que reproducimos de sus impresos de esos años. A esta marca de impresor, de la que nada dice Vindel, nos referimos:


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     La fecha es la misma que la de los textos anteriores con números romanos y del año 1782, pero sin filetes al pie de imprenta. Conocíamos su portada por la Iconogreafía de Henrich, con el número 57. Esta es:

 
[Texto H]


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Y éstos son los adornos más peculiares que la caracterizan.


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     La imprenta de González había crecido mucho en el Madrid de 1782 al 1792; en 1782, cuando deja de trabajar Martín, todavía González no participa de los trabajos de la Real Compañía de Impresores y Libreros; lo hará después, cuando el encargado de la Imprenta Real, don Joseph Antonio Fita, se dará cuenta de que el establecimiento de González ha doblado en unos años el número de máquinas de imprenta en función.13

     13 Diana Thomas en su libro citado (The Royal Company, pág. 140) asegura que, de tres máquinas de imprenta que tenía, en pocos años subió a seis en función, y lo tiene muy en cuenta en 1788 el cronista E. Larruga y Boneta en sus Memorias políticas y económicas . . . , Madrid, 1785-1800, 45 vols; el III es de 1788, págs 212-13.


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     Del tomo I tenemos ejemplar en la Colección Sedó, ahora en la BN de Madrid, con la signatura 425, aparte del ejemplar con signatura 5 / 10400. Mi biblioteca particular también posee un ejemplar completo. El texto es uno de los más comunes y fue conocido de Givanel Mas (cita dos ejemplares con la ficha 376); Rius lo cita con la ficha 56 y los Suñé con la 63. La otra novedad es que no lleva Vida de Mayáns. El tomo IV tiene un interés especial porque incluye el Surtido de libros en venta que solía dar Martín, pero es la última vez que lo encontramos. El tomo III lleva mal paginado el reclamo del pliego T que va de las páginas 281 y 284.
     Reproducimos parte del Catálogo de surtido de libros de Martín por lo que luego vamos a decir:

     Estos cien impresos que se anuncian en el Surtido son de los textos más vendidos en torno a esos 25 años de la imprenta de Martín; los mismos libros seguían de moda diez años después con Barco López. Esta lista es de sumo interés porque añade varias noticias a lo conocido sobre libreros e impresores de la época en Madrid. Don Antonio Rodríguez Moñino reprodujo estos datos (en la pág 152 de su Historia de los Catálogos de Librería Españoles, Madrid, 1966) con la posible rúbrica de Martín:


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     Sigue el texto a dos columnas; comienza con los Sermones morales y concluye con las Obras de Pérez de Oliva.
     4.°, [4] págs. s. i. t., finales del siglo XVIII.
     Biblioteca del autor.

     78 CATÁLOGO / DE LAS OBRAS QUE SE HALLAN VENALES EN MADRID EN LA LIBRERÍA DE MARTÍN / CALLE DE LA CRUZ, Y EN SU DESPACHO DE LIBROS CALLE ANCHA DE / MAJADERITOS, NÚM. 6 y 7.

     Sigue el texto a dos columnas; comienza con las Tardes de la Granja y concluye con el Año panegírico.
     4.°, [4] págs. s. i. t., coms. del s. XIX.
     Biblioteca del autor.

En la lista tenemos la citada Tertulia de Aldea, Fray Luis de Granada y varias vidas de santos; libros clásicos de griegos y latinos, Nebrija, el Kempis y un Arte de cocina, el Belarmino y un Catón cristiano. La lista termina con el polémico librito Espejo de cristal fino que tantos dolores acarreó a Martín, a Ibarra y a Real Compañía de Impresores (los detalles en A. González Palencia, Eruditos y libreros del siglo XVIII, Madrid, 1948, pp. 343-57);14 aunque el pleito parece ser que lo ganó Martín, Ibarra

     14 Del entonces famoso y polémico impreso de Pedro de Espinosa Espejo de cristal fino hizo Ibarra las siguientes ediciones: 1774, 1775 y 1776; los cita I. Ruiz Lasala con los números 0350, 0375 y 0410 en Joaquín Ibarra y Marín, Zaragoza, 1968; también ténganse en cuenta nuestras notas 5 y 11.


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no dejó de editar y vender sus impresiones, y todavía la Viuda de Barco López guardaba privilegios para su composición según el impreso del año 1823.
     Como ya comentamos, desde este mismo año de 1782, la imprenta o, mejor, el negocio de Martín pudo pasar a manos de Plácido Barco López; las secuelas de esta relación las volvemos a encontrar en el Quijote que publicó la Viuda en 1808. Reproducimos la portada y su anteportada para poder comparar los tipos empleados; son los mismos que usaba Martín 30 años atrás. Esta nueva edición elimina todos decorados dieciochescos, la Vida de Mayáns y los tacos de madera ya, entonces, desgastados y pasados de moda. Al eliminarse los primitivos frontis, se crea una nueva anteportada, muy afrancesada, recuerdo de otro Quijote en 8°, de 1804, de la Imprenta Vega, de Madrid. En algunos ejemplares consultados, no en todos, se intercalan láminas grabadas de baja calidad y no esmerado gusto. Rius ya notó su procedencia en el comentario a la ficha 65. En la BN de Madrid tenemos ejemplares con signatura 32504-06.

[Frontis de la ed. de B. López]  


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     La novena edición de Quijotes en donde figura el nombre de M. Martín la nombraremos como Texto I, del año de 1782 y con números romanos también. Esta impresión tampoco ha sido comentada hasta ahora y no se la ha sabido distinguir del Texto H comentado. Las dos ediciones son completamente diferentes. Creemos que, además, la compuso la imprenta de González, como pasó con el anterior texto presentado, pero ahora a costa de Barco López por el posible contrato pendiente o cambio de negocio con Martín. En el pie de imprenta no se dice ni “en la imprenta de Barco López,” ni “en la imprenta de M. Martín.” La preposición “Por” indica el encargo de Martín y la lista de Surtido al final del tomo IV nos habla de la continuación del negocio de los libros que vendía y que pudo imprimir Martín al pasar a manos de Barco López.
     En la BN de Madrid hay ejemplar con signatura R / 32280, pero sólo el tomo I, suelto, que parece perteneció a J. Mª de Asensio; la biblioteca particular del autor de estas notas también posee ejemplar incompleto. El ejemplar citado de la BN está manipulado y, en pobre encuadernación del siglo XIX, se le ha añadido un retrato de Cervantes ajeno a su edición. Además existen en la BN de Madrid otros ejemplares con signatura R / 32239-42 (también con ex-libris de Asensio) y Cervantes 959-60-61.


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[Texto I]


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     Podemos notar en su portada que la pequeña viñeta que caracteriza la imprenta de González es de mayor tamaño que la viñeta compuesta para el texto anterior; en lo demás el conjunto es similar y la idea parecida. Solamente difieren el encuadre y los tipos empleados en “Por Miguel de Cervantes Saavedra” y algunas diferencias del interior como podemos ver por estos ejemplos de la pág. 4 del tomo II:

[Texto H]

[Texto I]

     En el último renglón la Y mayúscula del texto H es sustituida por y griega minúscula después del signo de interrogación; se añaden y desaparecen comas al lado de las palabras “tocinos” y “pierdo;” los espacios también difieren.
     Parte de las letras titulares del capítulo XXV de la segunda parte se componen con diferentes tipos. La palabra “C A P I T U L O” ocupa menos espacio en el texto H. En los renglones que siguen al título la palabra “Cabrero” aparece con mayúscula en el texto H y, al lado del reclamo, se observa la llamada del pliego al “Tom.II.”.


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     En este Texto I encontramos cierto ahorro de papel y materiales que no acostumbraba a hacer Martín, aunque el encarecimiento de la imprenta se había doblado y más en los últimos veinte años. Aparte debemos advertir que la fecha de 1782 de la impresión acaso no sea la fecha de composición real y que Barco López admitió por conveniencia de aprovechar licencias pasadas y el mercado conocido. Comentemos el recorte de detalles:


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[Impresión de M. Martín]

[Detalle de la impresión de Barco López]

     En la posible composición encargada por Barco López el capítulo no comienza página, y la numeración de la pág 105 del TEXTO I corresponde a la 113 del H; esto indica el ahorro de casi un pliego de papel a estas alturas de la composición, apretando más los espacios y eliminando los espacios finales y en blanco de cada capítulo. Otro pequeño detalle es que si en la edición primera de 1765 el tomo I acababa en el capítulo XXII, ahora, en 1782, se puede incorporar hasta el XXIV. La pobreza de la impresión de Barco López también se pudiera deber a que el mercado de Quijotes para “pobres” venía cambiando y se debilitaba en la década de los 80, cuando los tacos de madera suenan a vulgares y decae el negocio de componer y editar con este tipo de materiales tradicionales. La mayor cultura y el refinamiento de la clase media en los últimos años del siglo ayudan a la idea de competencia y al buen trabajo que hicieron impresores como los citados Sancha e Ibarra, quienes se apuntaban un tanto positivo al confeccionar Quijotes que indicaban que la obra cervantina ya no era sólo un libro cómico y para uso de las escuelas y niños, y que el costosísimo proyecto de la Real Academia, con su obra al tamaño folio de 1780, tenía por objeto crear un impacto nuevo por el respeto a la magna creación novelesca.
     Sea como fuere, los Quijotes populares, de surtido, casi desaparecen a partir de 1782 con el retiro de Martín. Los impresores independientes pierden iniciativa, se agrupan, los que pueden, a la Real Compañía de I. y L., a Ibarra, también en 1782, tira 4.000 Quijotes en 8° que


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cubren todos los gustos y la socio-cultura del momento en torno a la obra cervantina. Los sucesores de Ibarra y la Academia (contando con la Imprenta Real) no admiten competencia y el nuevo mercado quedará en sus manos. A lo lejos, otros Quijotes baratos en 8°, los de los años 1804 y 1808, ya no tienen casi interés. Uno de los datos más claros de que este nuevo texto de 1782 pueda ser un encargo de Barco López lo tenemos al final del tomo IV de este TEXTO I, y es la lista de Libros en venta en donde ya no aparece el nombre de Martín;15 ésta es:

     15 Moñino (en la Historia de los Catálogos citada, p. 118-19) reprodujo y dio noticia de varios catálogos de libros de la familia Barco López; después de un ejemplar falto, en 16°, de la biblioteca de P. Sainz y Rodríguez, reprodujo éste:

     10 CATÁLOGO / DE LOS LIBROS / QUE SE HALLAN IMPRESOS / POR D. PLÁCIDO BARCO LÓPEZ, / IMPRESOR EN ESTA CORTE, / CALLE DE LA CRUZ.

     Portada —v. en b.— TEXTO.
     8. °, 14 págs. s. i. t., pero Madrid, fines del siglo XVIII.
     Biblioteca del autor.

Al mismo González no le importa que ciertos impresores tengan que hacer Lista de Surtido o Catálogos de otros libreros y editores; pensemos que en vol. VI de su impresión Colección de Novelas Escogidas (Madrid, 1785) daba el Catálogo de los libros en venta en la librería y del puesto de Manuel del Cerro.


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     Es la misma lista de Surtido que daba Martín; ahora la repite Barco López con pequeña variante de la que reprodujo Moñino en su Catálogo citado y nosotros damos en nota. Lo que más llama la atención es que diga “. . . impresos por D. Plácido Barco” cuando eran los de Martín.
     Así acabó la vida y la historia de un gran animador de la imprenta española de la segunda mitad del siglo XVIII; hombre de amigos y enemigos, trabajador incansable que tuvo que buscar apoyo en el acaudalado comerciante don José Terroba Tejada y saber usar la influencia del Superintendente de Imprenta Don Juan Curiel Martín, el impresor que, antiguamente, más Quijotes ha impreso (o mandó imprimir) y más volúmenes vendió de la obra cervantina. Si arriesgamos la cifra de 30.000 ejemplares en total, creo que es prudente si tenemos en cuenta las necesidades de esos momentos, las modas, las coyunturas y la idea de Martín de abaratar los libros y abrir mercados. De 1765 a 1782 las impresiones de Martín iban subiendo de tirada; de 1.000 ejemplares llegó a sacar, en los últimos años, 3.000 de cada impresión. Lo mismo acontece con la competencia; Ibarra en 1771 posiblemente no hizo más de 1.000 ejemplares; Sancha en 1777 sube a 1.500 la tirada del Quijote imitación del de Ibarra (si es que sólo hizo una impresión); Ibarra, después del impreso en folio para la Academia del año 1780 (que creemos nunca pasó de los 1.000 ejemplares),16 sacó en 1782 otra edición en 8°

     16 Inocencio Ruiz Lasala, en el libro sobre Ibarra citado en la nota 14, lo comenta (pág. 71) así: “en 1781 todavía quedaban en los almacenes de la Academia unos mil ejemplares;” pero es que creemos que nunca hubo más que estos mil porque en el mismo año de 1781 empezó la distribución y venta. El número de 1500 ejemplares que dio Cotarelo hace años era aproximativo nada más, y nadie, hasta hoy, ha podido asegurar la cifra; además no es posible que en unos meses se acomodaran más de 500 copias. La vieja polémica sigue en pie e interesa a muchos, sobre todo a libreros, eruditos y coleccionistas. Sin embargo siguen ocultos 500 ejemplares fantasmas que [p. 108] parece ser nunca existieron; el dato más claro es que solamente había 1000 copias cuando el 27 de febrero de 1781 se presentaba, por primera vez, el libro al Rey, quien todavía no lo había visto ni había dado permiso para su reparto; posición parecida se podría obtener a través del comentario del Sr. R. de Córdoba (pág 59 de El maestro Ibarra, Madrid, R. Gans, 1931).


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de 4.000 ejemplares. Si todos iban multiplicando poco a poco sus tiradas, es porque los Quijotes se vendían y el nuevo tamaño acomodaba. Los nueve textos de Martín a lo largo de su vida hablan convincentemente de esta industria y mercado; nadie hasta ahora se había preocupado de ordenar y estudiar estos Quijotes tan despreciados por los coleccionistas y bibliógrafos. Ahora sorprenderán las cantidades y la problemática que sugieren. Los expertos no conocían más que cinco impresiones, y a don Antonio Rodríguez Moñino le extrañó mucho el ambiente en que había nacido su querido y comentado impreso de Antonio Sancha. Si en 1947 don Antonio hubiera tenido conocimiento de estas nueve impresiones de Martín, sus conclusiones sobre el mercado del libro cervantino en la época hubieran sido muy distintas. Si a esto añadimos que pasó cosa parecida con algún otro editor de Quijotes, el conjunto del asunto adquiere todavía mayor interés.l7


UNIVERSITY OF CALIFORNIA, LOS ANGELES


     17 Nos referimos a que el impresor catalán Juan Jolis hizo más de dos impresiones de sus Quijotes; véase nuestro estudio en prensa para la revista Hispania. No cabe duda que el gran impacto cervantino en la sociedad del siglo XVIII hasta ahora era un enigma y se sigue ocultando en obras modernas sobre el Quijote; no es excepción la buena edición de V. Gaos (Madrid, Gredos, 1987).


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