From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
9.1 (1989): 17-33.
Copyright © 1989, The Cervantes Society of America
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EDUARDO URBINA |
A ALEGRIA Y LA
RISA aparecen asociadas en el Quijote con la admiración
en dos ocasiones principales. La primera de ellas tiene lugar en las con
frecuencia citadas palabras del canónigo en su diálogo con
don Quijote sobre la inverosimilitud y disparatada naturaleza de los libros
de caballerías:
Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo los ánimos admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas; y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la verisimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfeción de lo que se escribe (I.47,565).1
Es de notar de inmediato que el canónigo
habla aquí de alegría y no de risa, del placer que es parte
de la función del admiratio, enseñar y deleitar
juntamente (I.47,567), tal y como corresponde a las fábulas
que imitando la vida han de resultar verosímiles y maravillosas. La
distinción es importante, sobre todo a la hora de interpretar
después el significado de la verosimilitud propia de la admiración
opuesta a la risa observada por el narrador en la segunda cita.
Ocurre ésta a considerable distancia
de la primera y en un contexto totalmente distinto. Es ahora el narrador
quien a modo de aparte o transición, comentando los acontecimientos
de la historia y
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anticipando las acciones, se dirige al lector en estos términos:
. . . atiende a saber lo que le pasó a su amo aquella noche; que si con ello no rieres, por lo menos desplegarás los labios con risa de jimia, porque los sucesos de don Quijote, o se han de celebrar con admiración, o con risa (II.44, 368).
Aunque la alegría no implica necesariamente
risa, es significativo que el canónigo en la primera cita prescribe
que ha de ocurrir en conjunción con la admiración, mientras
que en la segunda la admiración se anticipa ocurriendo disyuntivamente
con la risa.2 Considerando el
contexto de ambas citas se observa, además, que el canónigo
hace referencia a la necesidad de armonizar lo admirable y lo maravilloso,
es decir, aquello que además de conmover y enseñar produce
deleite, como piedra de toque del tipo de literatura que propone, basada
en la verosimilitud y la imitación. Nótese asimismo que se
trata de un personaje hablando desde dentro de la ficción sobre una
posible historia a un lector fuera de ella. En la segunda cita la relación
disyuntiva que presentan las palabras del narrador es de más difícil
interpretación, aunque podamos apreciar en principio el caso contrario
de una voz comentando desde fuera de la historia sobre la ficción
que narra. Con razón le parecieron a Riley enigmáticas, sin
que lograra explicarlas de manera totalmente satisfactoria: The explanation
of this not altogether clear distinction is to be sought, I believe, in the
idea that the truly admirable must have
verisimilitude.3 Y así,
teniendo en cuenta el tono y contexto de la cita, se podría admitir
quizás que, por un lado, los hechos de don Quijote merecen
admiración como expresión triunfante de su carácter
e ideal, mientras que por otro la risa que habrán de despertar
podría remitirse a su irrevocable condición de héroe
burlesco al servicio de la parodia.
Este tipo de reacción doble que provoca
don Quijote ha sido objeto de numerosas soluciones y acercamientos
críticos. Entre ellos destaco aquí el de John J. Allen, quien
en un intento de elucidar Cervantes' devices of disclosure of the proper
ethical perspective toward Don Quixote divide el carácter del
personaje en dos componentes: soberbia y
fe.4 Me hago eco aquí nada
más de las bien fundadas objeciones de Ruth El Saffar a esta
división, no sólo porque concuerdo con ella en que the
generating pride is inseparable from the resulting
mission,5 sino porque creo
también que tal misión no puede interpretarse con independencia
o al margen de la parodia como un hecho en sí admirable. Allen asocia
la risa con la censura, con los deseos de fama del ingenioso hidalgo, con
su arrogancia y vanidad, mientras que la admiración
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proviene de la contemplación de su fe, del progresivo triunfo sobre
sí mismo. El caso es que en el Quijote el deseo de fama y la
resultante hubris del viejo hidalgo metido a caballero novel, no
sólo constituyen la raíz de su misión y carácter
burlesco y como tal, razón y causa de continua risa sino
que son el motivo paródico central que genera y domina la obra, con
lo cual parecería negarse toda posibilidad de admiración o
triunfo.
Como me propongo demostrar, el problema en
torno a la doble reacción provocada por la figura, palabras y acciones
de don Quijote es en verdad uno que se resiste a ser fijado, reducido a una
simple antítesis o asimilado al patrón de una trayectoria
ascendente hacia el triunfo.6
Un acercamiento cabal al problema de la reacción del lector ante don
Quijote requiere ante todo reconocer cómo opera el concepto de
admiratio en la obra y analizarlo en el contexto de la creación
paródica de Cervantes. Es decir, se hace necesario explicar la
relación existente entre la conjunción de admiración
y alegría, que según el canónigo se ha de producir en
toda obra verosímil, con la disyunción observada por el narrador
en cuanto a las reacciones provocadas por el propio don Quijote en la historia:
admiración o risa.
E. C. Riley es el único crítico
que ha tratado la cuestión de la función y significado del
concepto de admiratio en el Quijote, estudiando su uso primero
en el tercer capítulo de Cervantes's Theory of the Novel y
más tarde en un artículo titulado Aspectos del concepto
de admiratio en la teoría literaria del siglo de
oro.7 Dada la importancia
capital de sus observaciones me permito elaborar brevemente sobre su contenido
a fin de mejor establecer las bases de mi estudio.
En el capítulo aludido Riley hace
hincapié en la polisemia del concepto, en su variegated
meaning, cuestión primaria y fundamental. Entre sus significados
se incluye pleasurable surprise, astonishment,
wonder y awe (89). De mayor importancia incluso es
la conexión existente entre el concepto y el problema que quizás
más preocupó a los escritores y teóricos del Renacimiento
en Italia y España: la reconciliación de lo maravilloso y lo
verosímil.8 Pero es en
el artículo de 1963 donde Riley trata con más amplitud los
orígenes e implicaciones del concepto. Empieza por afirmar que La
admiración era uno de los principios fundamentales del arte barroco
(173), y al hablar de sus tres funciones, conmover, enseñar y deleitar,
nos remite a las palabras del canónigo a don Quijote de la primera
de nuestras citas. Luego, en su conclusión, Riley incluye también
la segunda cita a fin de poner de manifiesto, precisamente, el carácter
conflictivo del
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concepto en relación con lo propuesto pon las teorías de El
Pinciano en España: sólo lo maravilloso verosímil produce
admiración, mientras que lo maravilloso que carece de verosimilitud
causa risa. Sin embargo, la discusión que sigue no llega a esclarecer,
como indiqué antes, el sentido de las palabras del narrador, o sea,
la disyunción entre admiración y risa en las acciones de don
Quijote observada por el narrador en la Segunda Parte.
Años más tarde Alban Forcione,
en un minucioso y perspicaz análisis del diálogo entre el
canónigo y don Quijote, resalta no ya la cuestión de la
antítesis admiración/risa, sino la ambivalencia existente entre
admiración y
alegría.9 Para Forcione
Cervantes es escritor atento y consciente de su público y considera
por ello la disparatada respuesta de don Quijote un ataque que acaba por
invalidar las en un principio sólidas objeciones del canónigo.
Lo disparatado se va haciendo admirable en el proceso mismo del discurso
narrativo ya que la respuesta supone el deseo de Cervantes de establecer
su autonomía como autor, la posibilidad de crear un tipo de verosimilitud
independiente de los principios neoaristotélicos. Don Quijote se convierte
en la encarnación del autor como dios que rechaza así el control
y las limitaciones impuestas por la parodia desde fuera a su libertad
creadora.l0 El punto de vista
de Forcione, que inicia su discusión desde la base tradicionalmente
aceptada de considerar las afirmaciones del canónigo como the
most complete and profound statement of a theory of literature (91)
por parte de Cervantes, supone la temprana afirmación de la
autonomía del personaje como creador de su destino y con ello de las
condiciones que determinan su verosimilitud. La importancia de tal
contribución se pondrá de manifiesto en el curso de la
interpretación del concepto de admiratio que propongo. Sin
embargo, aunque Forcione insiste en the protean nature of Cervantes'
parody, no llega tampoco a resolver el sentido de la ambivalencia presente
en la segunda cita, limitándose a constatar, en último extremo,
The wonderful inconclusiveness of Cervantes humor (129).
Ahora bien, me pregunto, ¿resultan adecuadas
las explicaciones hasta aquí ofrecidas a la problemática
relación que ha de darse entre admiración, alegría y
risa en la creación de una obra verosímil, según se
manifiesta en la doble reacción suscitada por don Quijote? Creo que
no. Si por un lado el canónigo propone que admiración y
alegría deben de ir juntas, y si por otro el narrador nos indica que
los sucesos de don Quijote han de celebrarse, disyuntivamente, con
admiración o con risa, ¿tiene razón Allen al mantener
separados los dos aspectos de la reacción y del carácter de
don Quijote? ¿quiere esto decir que Cervantes
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no obedece el programa de su propio portavoz? o ¿existe quizás la posibilidad de una solución nueva al problema de la relación entre lo admirable y lo risible en la Segunda Parte del Quijote, según parece sugerir Forcione? He aquí entonces nuestro objetivo: identificar, clasificar y analizar los casos de admiración producidos por los sucesos de don Quijote a través de las dos Partes, a fin de interpretar el sentido de la distancia entre la conjunción del canónigo y la disyunción de admiración y risa en la obra. Con ello esperamos poder remontarnos más allá de la antítesis propuesta por Allen entre fe (admiración) y soberbia (risa) y especificar el significado de la ambivalencia señalada por Forcione. El carácter problemático de la respuesta apropiada ante la nueva ficción creada por Cervantes se centra así en la ambivalencia provocada por los hechos de don Quijote, de la que se hace consciente el narrador, y que se halla en aparente conflicto con las normas del canónigo sobre la verosimilitud y la imitación. La posibilidad de tal solución la situamos, anticipadamente, en lo grotesco como modo ambivalente donde es posible se den en equilibrio, sin conflicto y de manera irreconciliable, extremos opuestos: admiración y risa.11
Dados los casos de admiración que se
encuentran en el Quijote, según las diversas derivaciones de
la palabra y los diversos contextos en que tiene lugar su uso,
¿cuáles son los tipos o grados de admiración presentes
y cuál es su función narrativa vis-à-vis la
caracterización del personaje, la consumación de la parodia
y la creación de una historia capaz de provocar admiración
y alegría, de ser maravillosa y verosímil a un tiempo según
el programa del canónigo?
En primer lugar he de señalar que el
uso de admiratio más de doscientos casos no predomina
en ninguna de las dos Partes, y que no existe tampoco una concentración
en un grupo limitado de capítulos o
episodios.12 De hecho, su uso
se halla bien distribuido, siendo raro el capítulo donde no se dé
al menos uno. Tras repasar cuidadosamente el texto e identificar las diversas
variantes léxicas en que se manifiesta (admirar,
admirable, admiración), así como los
diferentes contextos, es posible reconocer y clasificar la admiración
en tres categorías: positiva, negativa y
ambivalente.13
La admiración positiva tiene su fuente
en la belleza y en la armonía. Representa aceptación, agrado
y es la que mejor expresa el ideal del canónigo de reconciliar lo
maravilloso con lo verosímil. En algunas ocasiones es también
ejemplo de lo extraordinario, lo nuevo, lo que causa sorpresa o asombro por
su novedad. La admiración de signo
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negativo representa igualmente una reacción inicial de asombro, pero
debido más bien a lo extraño, a lo inesperado por extravagante
o fuera de uso, por anacrónico o disparatado.
El tipo de sorpresa asociado con la
admiración negativa proviene no sólo de lo feo o la deformidad
física o mental, sino de aquello que carece precisamente de verosimilitud.
Puede provocar risa abiertamente, pero la reacción puede limitarse
a la extrañeza, a la sorpresa producida por lo ridículo. Este
tipo de reacción se relaciona con la teoría de Maggi del valor
cómico que toda admiración representa como expresión
de lo maravilloso
inverosímil.14 En el
caso de don Quijote, caballero anacrónico y extravagante por excelencia,
y cuya figura, motivación y misión están inexorablemente
ancladas en la parodia, podría argüirse que toda admiración
ha de resultar negativa. Sin embargo, y a pesar de la inversión de
la ironía en determinadas ocasiones, sería temprano afirmar
que tal es el caso, dada la disyunción posible entre admiración
y risa que llega a observar el narrador.
Lo que llamo admiración ambivalente
constituye una yuxtaposición de las reacciones provocadas por los
otros dos tipos, una actitud doble por parte de observadores y lectores,
a su vez actuando doblemente como narradores y personajes. Teniendo su base
en la sorpresa, es ora asombro y aceptación, ora extrañeza
y rechazo, sin poder separar la una de la otra. Esta reacción doble
y conflictiva es la esencia del concepto de lo grotesco y de la tensión
creativa que provoca. Mientras que los casos de admiración positiva
y negativa se dan alternativamente a través de toda la obra, la
ambivalente aparece al final de la Primera Parte y predomina en la Segunda.
Creo importante añadir que esto ocurre, inevitablemente, a raíz
del desarrollo insistente del motivo del burlador burlado, pero que no supone
a mi parecer un cambio en la dirección de la trayectoria de don Quijote
o de la naturaleza paródica de la obra. La historia se dilata y enriquece
gracias a la ambivalencia aportada por el modo grotesco pero no deja de ser
nunca lo intentado por Cervantes. De ahí que tanto la curación
de don Quijote como la muerte de Alonso Quijano sean hechos de difícil
justificación, e incluso, para algunos, no del todo aceptables o incluso
forzados desde la perspectiva de la narración.
Ahora bien, ¿de dónde parte la
reacción positiva hacia el personaje? ¿Cómo se propone
Cervantes llevar a cabo el programa del canónigo en la creación
de su obra? ¿Podría adjudicarse a la obra, pero no al carácter
de su protagonista, la intención del canónigo? ¿Sería
posible tomar las palabras del narrador en la Segunda Parte como evidencia
de una concepción nueva en cuanto a la resolución del conflicto
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entre lo maravilloso y lo verosímil? A fin de contestar, en la medida
de lo posible, a estas preguntas analizo a continuación el uso de
admiratio en el Quijote a partir de sus diversas manifestaciones
en el texto y según las categorías establecidas.
Los casos de admiración positiva, es
decir, suspenso y espanto sin mezcla de ironía, conmueven, enseñan
y deleitan de acuerdo con la poética tradicional prescrita por el
canónigo. Los encontramos en la admiración y silencio
que inspira Marcela (I.14,185), maravillosa visión que
deja a quienes la ven admirados de su discreción y hermosura
tras la defensa que hace de sí misma (I.14,188). Otro tanto ocurre
con la belleza de Dorotea, en particular la de sus cabellos (I.28,346), así
como con la que causa luego su discreción (I.36,452). Admira la hermosura
de Zoraida, su paciencia y deseo de hacerse cristiana (I.41,512-13), y
también la de doña Clara, hija del oidor (I.42,515). Y admira
no menos la hermosura de Leandra al igual que su discreción y virtud
(I.51,591). Estos casos, a pesar de su inmediatez, establecen un punto de
referencia necesario a la hora de enjuiciar la admiración provocada
por don Quijote. En la Segunda Parte este tipo de admiración es menos
frecuente que en la Primera y podría decirse que cuando ocurre se
halla subordinado casi siempre a situaciones y estructuras
irónico-paródicas. Así sucede, por ejemplo, cuando Sancho
se admira de la belleza de la duquesa. No obstante, existe en la admiración
provocada por la belleza de Ana Félix (II.30,269), en la gallardía,
buen talle y bizarría de Claudia (II.65,539), y desde luego en la
admiración que despierta en todos la gallarda disposición de
Roque Guinart (II.60,503).
La admiración positiva como suspenso
ante lo maravilloso, eminente expresión de sorpresa y asombro sin
asomo de risa o extrañeza, se da en numerosos casos. La mudanza de
Grisóstomo y Ambrosio de estudiantes a pastores deja admirados a todos
los que tienen noticia de ella (I.12,163). Admira a los cabreros la demanda
de Cardenio, y el mismo don Quijote queda admirado al oir el cuento del cabrero
sobre Cardenio (I.23,287-89). La voz que se escucha cantando los ovillejos
admira por no ser propia del lugar (I.23,289). Cardenio se admira del llanto
de Lucinda por ser hasta allí jamás nunca visto,
y admiran los sucesos acaecidos en el desposorio de Lucinda (I.27,334). El
encuentro imprevisto de Dorotea y Cardenio es causa de repetida admiración
(I.29,359-61). El curioso impertinente es campo fértil para
la admiración positiva como suspenso, al igual que sucede con la historia
del cautivo. En todos estos casos es aplicable lo que dijera Riley sobre
el Persiles y las Novelas ejemplares: the most fertile
source of admiratio . . . is not the
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prodigious and the supernatural but surprising events in the course of human
affairs.15 Tales peripecias
y reconocimientos se ajustan al programa del canónigo de crear una
historia verosímil, que admire y deleite, pero en la cual lo maravilloso
sea de tal suerte que facilite los imposibles y allane las grandezas a fin
de que produzcan a un tiempo admiración y alegría.
Por lo que toca a la Segunda Parte, aunque
tampoco falten allí tales sorpresas y suspensiones, i.e., la
resurrección de Basilio (II.21,200), el encuentro con la moza vestida
de hombre durante la ronda en la ínsula (II.49,410), o los acontecimientos
relacionados con Ricote (II.54,452), ocurre que los sucesos inesperados que
provocan admiración tienen que ver casi exclusivamente con situaciones
burlescas, es decir, con las burlas de que repetidamente es objeto don Quijote,
quien, a pesar de ver su anticipada fama hecha realidad, se admira de verse
tratado por primera vez como caballero en el palacio de los duques
(II.31,281).16
Otro tipo de admiración positiva relacionado
con el anterior es aquél que produce no ya suspenso, sino miedo, aunque
sea todavía expresión de lo maravilloso verosímil en
the course of human affairs. Así, vemos que admirada y
temerosa queda la señora del coche ante el desafío de don Quijote
y el vizcaíno (I.8,136). Otros ejemplos similares son el temor inspirado
por Marcela (I.14,185), por las acciones de Lotario y Anselmo (I.33,404)
y por los avatares del rescate del cautivo (I.40,493). Más frecuentes,
sin embargo, son el pasmo y el espanto, como en el caso de los encamisados
cuando Sancho pasmóse al ver las lumbres en la noche
(I.19,229), o en la aventura de los batanes cuando se quedó
suspenso y medroso ante los misteriosos ruidos (I.20,248). Luego
será don Quijote quien se pasme al descubrir lo que eran, descubrimiento
marcado por la risa y con el que se pasa de un tipo de admiración
a otro. En la Segunda Parte miedo y espanto aparecen, como observé
antes al ocuparme del suspenso, en situaciones irónico-burlescas y
frecuentemente en conexión con el motivo del burlador burlado, i.e.,
la embajada del diablo que forma parte de la burla de los duques (II.34)
y la aparición de los falsos disciplinantes (II.35).
La admiración negativa consiste en sucesos
que al causar sorpresa implican a un tiempo desaprobación, y como
tales suelen formar parte de la parodia burlesca encarnada por don Quijote
y su empresa, es decir, la emprendida por un caballero no ya nuevo o
sorprendente, sino ridículo, fuera del uso, inverosímil.
Debido a que la sorpresa y la risa son resultado no sólo de lo feo
o desproporcionado, sino de lo
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inesperado, por la perplejidad que causa lo ridículo, la admiración
negativa es factor invencible y definidor de la arrogancia de don Quijote,
de su hubris. Podrá existir alternando con un tipo de
admiración positiva y producir incluso el tipo de admiración
ambivalente de que hemos hablado, pero la admiración negativa que
producen los hechos de don Quijote es una constante que no llega nunca a
ser superada.
No creo que sea necesario insistir a estas
alturas en que la figura, palabras y acciones de don Quijote son causa repetida
de extrañeza y de risa. Lo que interesa más es subrayar que
tal extrañeza va asociada lingüísticamente siempre en
el texto con el concepto de admiratio. Resulta, pues, axiomático
que don Quijote provoca admiración pero que tal admiración
no es independiente de la risa. Dado nuestro propósito, dejamos a
un lado las reacciones caracterizadas únicamente por la risa, como
la provocada en las dos mozas que llenas de miedo no pudieron tener
la risa ante sus palabras y mal talle al verse llamadas doncellas por
don Quijote (I.2,83), para fijarnos en cambio en la extrañeza asociada
con la risa, como fuente de admiración negativa.
Es el ventero, y los presentes en la venta,
quienes de hecho primero se admiran de tan extraño género
de locura (I.3,90). Poco más tarde, también el labrador
que recoge a don Quijote quedó admirado oyendo aquellos
disparates, en los que hace referencia al romance del marqués
de Mantua (1.5,104). Asimismo, el cura y compañía se admiran
de su locura al oirle hablar de Reinaldo de Montalbán (I.7,123). Los
frailes se admiran de sus palabras tanto como de sus razones y figura (I.8,134),
y para el capítulo trece puede hablarse ya de la admiración
negativa que recibía de todos aquellos que de nuevo venían
en conocimiento de ella, de su locura (I.13,173). Se admira la ventera,
su hija y Maritornes, que no comprenden sus palabras (I.16,200), mientras
que Cardenio se admira de su figura, talle y armas (I.23,290). Cuando el
cura y el barbero oyen de Sancho la recapitulación de sus aventuras
quedan ambos admirados, así como del poco juicio con que Sancho se
las cuenta (I.26,232). Tras el paréntesis del Curioso, donde
no existe posibilidad de tal admiración negativa, el cura cuenta a
don Fernando y al resto de los concurrentes en la venta la locura de don
Quijote, a la que califica de extraño género y
de la que todos se admiraron y rieron (I.37,458). Se añade
aquí una vez más la risa a la admiración, pero la risa
no es redundancia o negación, sino expresión externa, auditiva,
de la admiración negativa producida por la extrañeza;
distinción esta, me permito subrayar, de capital importancia. El oidor
se admira de los razonamientos disparatados de don Quijote, y admira no menos
su talle que sus palabras (I.42,515). Esta
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reacción anticipa la que sigue del canónigo, el cual se admira
de los concertados disparates de don Quijote, así como
de la necedad de Sancho (I.50,588). Esto no supone, de nuevo, como quisiera
John G. Weiger, que los razonamientos no sean disparatados por ser razonamientos,
o que los disparates dejen de serlo, por muy concertados que puedan parecer
los de un loco cuya arrogancia y vanidad le han llevado a creerse caballero
andante.17 Es más, se
da el caso inmediato de la reacción de los caminantes que, aunque
inicialmente admirados de las palabras de don Quijote, son quitados de esa
admiración al saber que estaba fuera de juicio (I.44,532). La locura,
pues, no sólo es causa en esta ocasión de admiración
negativa, sino que elimina la posibilidad de la positiva.
Y llegamos al lugar de la primera de nuestras
citas, el diálogo entre el canónigo y don Quijote. Primero,
ha de señalarse que la historia contada por el cura al canónigo
y sus criados es calificada de peregrina, es decir, de extraña. De
ahí que sea ocasión de renovada admiración, sorpresa,
temor y risa. Esta reacción ante la inverosimilitud de la empresa
y condición de don Quijote es el punto inicial de la ambivalencia
propia de lo grotesco ya que en la actitud del canónigo se percibe
el deseo de reconciliar extremos, de que anden a un mismo paso la
admiración y la alegría juntas.
Confirma más adelante el canónigo
su reacción ante don Quijote, admirábase de ver la
estrañeza de su grande locura. . . (I.49,577) y, sin
embargo, movido de compasión, le habla a fin de hacerle
comprender su error tratando de despertar en él la discreción
y el gusto por otro tipo de lecturas. La absurda y burlesca, por excesiva,
respuesta de don Quijote, a pesar del brillante análisis de Forcione,
renueva la admiración del canónigo por la mezcla que
don Quijote hacía de verdades y mentiras
(I.49,582).18 Termina la respuesta
con la descripción de una aventura subterránea, la del Caballero
del Lago, que muestra claramente por primera vez el carácter ambivalente
de la admiración que despierta don Quijote en el canónigo y
en el lector. Mientras que por un lado sirve como confirmación de
su locura y de vehículo paródico-burlesco a través del
cual se satiriza la grotesca monstruosidad de los libros de caballerías
(admiración negativa) por otro se pone en evidencia el gusto y poder
de que tal ficción es capaz, encarnada en la imaginación recreadora
de don Quijote (admiración positiva). El punto de arranque que nos
permite establecer la conexión con lo grotesco es la descripción
de la fuente a lo brutesco adornada que de manera prominente
figura en la aventura del Caballero del Lago
(I.50,584).19
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En anticipo de lo que ocurre en la Segunda
Parte, ya en la Primera se da la diferencia entre alegría, compatible
con lo maravilloso verosímil, y la risa que provoca lo inverosímil,
y que en términos del programa del canónigo es incompatible
con lo maravilloso verosímil, es decir, incapaz de producir
admiratio. A lo más, se concibe la posibilidad de
concertados disparates que, como la grotesca fuente descrita
por don Quijote, se aproximen a la monstruosidad grotesca de los libros de
caballerías, compuestos con tantos miembros que más parece
que llevan intención a formar una quimera o un monstruo que a hacer
una figura proporcionada (I.47,565). Corolario de lo anterior es la
posibilidad, dada la disyunción entre admiración y risa, de
un tipo de admiración que, en cuanto a verosimilitud, no dependa del
tipo de imitación descrito por el canónigo, sino que fundada
en el principio de deleite ordene su verdad de acuerdo con el entendimiento
de los que la leyeren, según contextos y principios narrativos
nuevos. Fundamental ejemplo de este tipo de innovación, y nuevo principio,
son los efectos de la inclusión de la Primera Parte en la Segunda
que, en el contexto que nos ocupa, veremos más adelante.
La parodia supone una oposición, un
hacer deshaciendo que da lugar a una tensión creativa capaz de convertir
lo antitético en
paradoja.20 No es simplemente
ya un caso de admiración o risa, sino de admiración
y risa en un nuevo sentido al proyectado por el canónigo. La
reacción ambivalente ante los hechos de don Quijote es signo de su
carácter grotesco, de la creación de una respuesta a un nivel
en el que coexisten los extremos. El principio de deleite abre la puerta
a un tipo de ficción que podrá resultar verosímil a
pesar de su radical inverosimilitud porque se basa en la verdad de una
experiencia intratextual, de páginas adentro, en lugar de la experiencia
de una verdad extratextual de páginas afuera.
La transición de un tipo de verosimilitud
basado en la imitación de modelos y realidades (verdad externa), a
otro basado en la experiencia de la ficción (verdad interna), no es,
sin embargo, abrupta. Aparece ya en la Primera Parte la risa de otros personajes,
como distanciamiento irónico que valida la experiencia, cuando Cardenio
se ríe del disfraz del cura y el barbero (I.27,331), así como
en el caso de un don Quijote burlado y admirado por el ensalmo y milagro
de las barbas restituidas (I.29,369) o ante la portentosa transformación
de Micomicona en Dorotea (I.37,457). Por otra parte, la compasión
de los caminantes y del canónigo, al igual que el hecho de un don
Quijote burlado, admirándose de lo acontecido a otros, anticipa la
ambivalencia propia de la situación grotesca que vendrá a
caracterizar la Segunda Parte. Se trata
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en el fondo de un modo grotesco que tiene como base la ruptura de preceptos
y normas, siempre failing to conform to accepted standards of mimesis
and decorum,21 provocando
admiración y risa, conmoviendo y deleitando, y haciendo de
lo que en un modo es inverosímil algo verosímil en otro.
Tres son los factores que afectan el carácter
de la admiración negativa en la Segunda Parte: 1) la aparición
y existencia internalizada en ella de la Primera Parte que viene a
dividir los encuentros y personajes en ignorantes e informados, creando así
nuevos distanciamientos e ironías, 2) el sentido irónico que
el motivo del burlador burlado concede a la admiración, y 3) los sucesos
tipificados por la separación, el desdoblamiento y la inversión
capaces de crear de por sí reacciones dobles.
Continúa en la Segunda Parte, si bien
de manera esporádica, la reacción de perplejidad, extrañeza
y risa frecuente en los encuentros de don Quijote en la Primera. Pero siguiendo
el cauce abierto por el canónigo, se va insistiendo en la admiración
ambivalente, en su habilidad de mezclar verdades y mentiras e inspirar
compasión. El Caballero del Verde Gabán es quien primero y
mejor ejemplifica la elaboración de esta ambivalencia hacia el personaje.
Debido a su ignorancia, se admira inicialmente de su apostura y rostro ya
que semejante manera ni parecer de hombre no le había visto
jamás . . . por ser figura y retrato no visto por luengos
tiempos atrás en aquella tierra (II.16,150-51). Don Quijote
trata de informarle de su persona y condición, sólo para dejar
al del Verde Gabán aún más maravillado hasta que,
finalmente, admirado quedó . . . del razonamiento
de don Quijote (II.16,157). Es decir, la reacción inicial de
extrañeza se hace menos negativa debido al poder imaginativo y de
proveer deleite de su buen discurso, como sucediera en el diálogo
con el canónigo, hasta el punto en esta ocasión de rayar en
la positiva afirmación de su discreción. No obstante, en el
capítulo siguiente interviene el narrador para asegurarnos de lo
consabido, que cesara la admiración de don Diego (II.17,166)
si éste conociera la Primera Parte, el género de su locura.
Dada la nueva admiración del Caballero del Verde Gabán ante
las razones discretas y disparatadas de don Quijote, el narrador
concluye reiterando el proceso de la locura de don Quijote
(II.18,176-77). Esta intervención autorial correctiva constituye un
elemento tan importante como decisivo en la creación de la ambivalencia
inspirada por los sucesos de don Quijote en la Segunda Parte.
El caso de los estudiantes refuerza esta
admiración ambivalente ya que si bien al principio reaccionan con
la consabida admiración negativa,
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considerando a don Quijote tan fuera del uso, es decir, según
la extrañeza provocada por lo ridículo, luego le otorgan
admiración y respeto aun a pesar de entender su locura
(II.19,178). Tales cambios van haciendo más y más difícil
para el lector seguir por la senda de la admiración negativa provocada
por las burlas de la Primera Parte, incluso cuando asiste a nuevos sucesos
burlescos y a los múltiples rebajamientos provocados por las frecuentes
ironías estructurales. Así, mientras los procedimientos descritos
tienden a corroborar la observación del narrador, i.e, la necesidad
de celebrar los sucesos de don Quijote con admiración o con
risa, la narración misma va afirmando la tendencia hacia una
reacción ambivalente de admiración y risa, pero no
según el programa del canónigo, sino de acuerdo con los principios
de la nueva ficción que paródicamente se crea, de una ficción
en esencia grotesca.
A partir de su encuentro con los duques será
don Quijote el que se muestre con frecuencia admirado. Pero ya le vimos
suspenso y admirado al encontrarse con la aldeana que Sancho
le presenta como Dulcinea (II.10,110), y otro tanto le ocurre al descubrir
el rostro del bachiller en el que creía caballero de los espejos
(II.23,212). Aún más admiración le causa su aventura
en la cueva de Montesinos, cuyas acciones en verdad le suspendieron
y admiraron (II.23,212). Son estos, claro está, ejemplos y
consecuencia de burlas ajenas, y la admiración que confiesa don Quijote
sirve así para renovar en otra clave la admiración negativa
que es propia de su locura. Lo que concede a sus experiencias una cualidad
distinta, y que conduce hacia la ambivalencia de lo grotesco, es que la Primera
Parte, su fama realizada, le hace paradójicamente histórico,
mientras que el carácter festivo y lúdico de las burlas sigue
acentuando su ficcionalidad. Asimismo, las ocasiones de admiración
que don Quijote experimenta en el palacio son innumerables, pero todas ellas
obedecen al patrón aludido de admiración positiva a lo burlesco.
En ellas la risa del burlador acompaña a la admiración no ya
del burlado, sino hacia la aparente autonomía del burlado y de la
ficción que como experiencia vivida internamente parece verosímil.
En lugar de las acciones inverosímiles y disparatadas de los libros
de caballerías, faltas de admiración, tenemos ahora
surprising events in the course of human affairs, tan admirables
como risibles, gracias a la ambivalencia de lo grotesco.
Si bien no cabe duda que el canónigo es el portavoz de Cervantes al realizar la crítica del carácter disparatado y extravagante de los libros de caballerías, su programa neoaristotélico no va más allá de lo
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realizado en los romances de las historias intercaladas en la Primera Parte.22 Sin embargo, el carácter doble y dialógico de la parodia23 abre la posibilidad primero de un desdoblamiento de reacciones y de una admiración ambivalente, después, ante los sucesos, razonamientos y experiencias de don Quijote: la posibilidad de un nuevo modo grotesco en el que se dan en equilibrio lo verosímil y lo admirable. Sin llegar al extremo de afirmar que en la Segunda Parte la preocupación estética de Cervantes se hace ética y moral, o que la trayectoria de don Quijote cambia de un punto a otro, de la arrogancia a la fe, o que su actitud de confident unawareness se convierte en desengaño a través de su papel como ironista, es posible apreciar aún que estamos ante otro libro marcadamente distinto.24 Como afirma Eisenberg, el Quijote permanece a puzzle for which there is no solution (185). Y sin embargo hemos de insistir en que don Quijote puede que viva distintas experiencias de manera distinta, pero es todavía el mismo don Quijote, de reconocido y extraño género de locura, sometido hasta el final a su destino paródico-burlesco. Sucede, eso sí, que las reacciones que provoca se hacen más y más complejas hasta que llegan a representar the deep inner anguish of his human condition in a world turned upside down.25 En último término, la disyunción prescrita por el narrador se convierte, a partir de una reacción inicial de compasión y simpatía, en una reacción ambivalente de admiración y risa propia de lo grotesco, la cual viene a expresar intratextualmente la tensión irresoluble entre la parodia como vivencia artificiosa de una ficción y la creación de una ficción como experiencia vivida.
| TEXAS A & M UNIVERSITY |
NOTES
1
Cito por la edición de Luis A. Murillo (Madrid: Castalia, 1978), indicando
entre paréntesis en el texto Parte, capítulo y páginas.
2
Daniel Eisenberg en su libro A Study of Don Quixote (Newark,
DE: Juan de la Cuesta, 1987) discute en varias ocasiones la admiración
que causan las acciones de don Quijote. Hace referencia a nuestras dos citas
y las contrasta para mostrar que Cervantes logró lo que el canónigo
proponía (105-06). Sin embargo, Eisenberg no trata de lleno el concepto
de admiratio y no parece tampoco dar especial significación
a la yuxtaposición de admiración con la alegría y la
risa, las cuales considera reacciones separadas e imposibles de combinar:
Contrary to his [Cervantes] further expectations, it was not possible
to combine admiration for Don Quixote with laughter at him (193). El
presente estudio, iniciado antes de conocer el trabajo de Eisenberg, trata
de probar la posibilidad de tal combinación mostrando cómo
en el ámbito de lo grotesco pueden darse en tensión, de manera
ambivalente, admiración y risa.
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3
Cervantes' Theory of the Novel (Oxford: Clarendon Press, 1962), 92.
Véanse también P. E. Russell, Don Quixote as a
Funny Book, MLR, 64(1969), 312-26, esp. pág. 324, y Alan
Trueblood, La risa en el
Quijote y la risa de don Quijote, Cervantes,
4 (1984), 3-23. Trueblood examina los diferentes
tipos de risa y reacciones suscitadas por don Quijote y advierte que en la
Segunda Parte la risa primero aparece junto con la admiración y la
sorpresa para luego ir haciéndose más abierta (11),una risa
que señala simpatía y calor humanó (21),
produciéndose así una evolución de la Primera a la Segunda
Parte hacia una risa contenida y reflexiva (22). De menos
interés sobre el mismo tema son Victoriano Ugalde, La risa en
Don Quijote, AC, 15 (1976), 157-70, y Elena Gascón
Vera, La risa en el Quijote, Cervantes, su obra y su
mundo, ed. Manuel Criado de Val (Madrid: Edi-6, 1981), 681-85.
4
Don Quixote: Hero or Fool?, I (University Presses of Florida, 1969),
6.
5
Véase su reseña del libro de Allen en MLN, 85 (1970),
272.
6
Aun Eisenberg observa en don Quijote wisdom, increasing self-knowledge,
admirable ideas, noble spirit, self-sacrifice, and moral isolation(187)
y encuentra impossible not to admire him (193).
El título del libro de Allen, citado
en la nota 4 arriba, es sintomático del insistente
dualismo en torno a las reacciones provocadas por don Quijote. Su punto de
partida es la división entre las dos modalidades de críticos,
hard y soft, establecidas por Oscar Mandel en su
ya famoso artículo The Function of the Norm in Don
Quixote, MPh, 55 (1958), 154-63. Eisenberg da buena cuenta de lo
que tiene de artificial esta antítesis al sentar la base de su
posición sobre la naturaleza paradójica de la obra (185).
7
Studia Philologica: Homenaje a Dámaso Alonso, III (Madrid,
1963), 173-83.
8
Riley, Cervantes's Theory of the Novel, 89-90, y Teoría
literaria, Suma Cervantina, eds. E. C. Riley y J. B. Avalle-Arce
(London: Tamesis, 1973), 293-322; Marvin T. Herrick, Comic Theory in the
Sixteenth Century (University of Illinois Press, 1950), 36-57; y Baxter
Hathaway, Marvels and Commonplaces: Renaissance Literary Criticism
(New York: Random House, 1968), 58-117. Véase asimismo Daniel Eisenberg,
Cervantes and Tasso Reexamined, KRQ, 31 (1984), 305-17.
9
Cervantes, Aristotle and thePersiles (Princeton University
Press, 1970), 91-130. He intentado tener siempre presente la siguiente
advertencia de Forcione, y espero que mi análisis así lo refleje:
I would like to emphasize the fruitlessness of any attempt to arrest
the fluid interplay of thought that marks the entire context of the
Quijote for purposes of rendering it conveniently schematic. The
multidimensionality of Cervantes irony is never more evident than in
Don Quixote's response to the canon, where a serious rejoinder to conventional
attacks on the romance of chivalry is contained within what is obviously
a parody of that very genre (127-28).
10
Forcione señala acertadamente que Don Quixote's exposure of
the weakness underlying the canon's conception of verisimilitude suggests
Cervantes' suspicion of the fundamental direction of sixteenth-century critical
thought . . . Cervantes the artist stands beyond all the norms
and restrictions by which criticism would control his creative powers, as
god above his creation and his audience (125). Cf. Mary Gaylord Randel,
Cervantes' Portrait of the
Artist, Cervantes, 3 (1983),
83-102.
11
En su estudio monográfico The Grotesque (London: Methuen, 1972),
Philip Thomson insiste en que lo grotesco must be seen if it is to
be meaningful
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as an aesthetic category, as a comprehensive structural
device (19), y lo define como the unresolved clash of incompatibles
in work and response (27). Subraya el carácter irresoluble del
conflicto de lo grotesco, que incluye the copresence of the laughable
and something which is incompatible with the laughable (3). Sobre lo
grotesco véanse Wolfgang Kayser, The Grotesque in Art and
Literature, trad. de U. Weisstein (Bloomington: Indiana UP, 1963); Malcolm
Griffith, Theories of the Grotesque, en Anthony N. Zahareas (ed.)
Ramón del Valle-Inclán (New York: Las Americas Publishing
Co., 1968), 483-92; Michael Steig, Defining the Grotesque: an Attempt
at Synthesis, Journal of Aesthetics and Art Criticism, 29 (1970),
253-60; James Iffland, Theories of the Grotesque and their Applicability
to the Problem of the Grotesque in Quevedo, en Quevedo and the
Grotesque (London:Tamesis, 1978), 17-57; así como los estudios
citados en las notas 21 y 25
abajo.
Sobre la presencia y función de lo grotesco
en el Quijote véase Eduardo Urbina, Tres aspectos de
lo grotesco en el Quijote, en Actas del IX Congreso de la
Asociación Internacional de Hispanistas (Berlin, 1986), de
próxima aparición. Resulta de poco interés y valor el
estudio de Henry K. Zyomek, Lo grotesco en la literatura española
del Siglo de Oro (Madrid: Alcalá, 1983). Como John G. Weiger observa
en su reseña [BCom, 37 (1985), 145-48], se trata más
bien de un catálogo de escenas y pasajes grotescos en diferentes obras.
Zyomek parece confundir lo grotesco con lo incongruo, o lo simplemente
grosero.
12
Eisenberg dedica todo un capítulo al estudio del humor en el
Quijote, precisamente para dar cuenta de su carácter
problemático. Se apresta Eisenberg a reiterar la diferencia fundamental
entre el humor de las dos Partes (109-56, esp. 140 y sigs.), y señala
que el humor burlesco de la Primera Parte is not as funny (131)
en la Segunda. Las aventuras are less successful as humor (137)
y una de las razones es que In Cervantine terms, the
admiración and the risa have been separated
(137-8).
13
Además de mi propio escrutinio del texto, me he servido de Enrique
Ruiz Fornells, Las concordancias deEl ingenioso hidalgo don Quijote
de la Mancha I (Madrid: Cultura Hispánica, 1976), 137-40.
14
Riley señala en Aspectos que El Pinciano considera lo
admirable y lo ridículo como categorías antitéticas
dentro de la polémica sobre lo verosímil y lo maravilloso (179).
Menciona también allí la teoría menos difundida de Maggi,
para quien lo admirable era fuente posible de lo cómico. Es de notar
que Herrick (Comic Theory) considera el tratado de Maggi De
ridiculis (1550) the most elaborate discussion of the risible in
the XVIth Century (41). Herrick observa además que aunque este
tratado parece haber tenido poca influencia en otros escritores, estableció
surprise as the most characteristic feature of the risible (52).
Hathaway por su parte indica en Marvels and Commonplaces que in
point of composition Maggi was the first to bring to bear upon Aristotle's
text the full weight of the learning the earlier humanists had acquired
(16). Según Hathaway, Maggi sí influenció a otros escritores
como Antonio Riccoboni, Giacopo Mazzoni y Francesco Bonciani, que intentaban
extender el concepto de admiratio a lo cómico, y añade
que el sicologismo original de Maggi acerca de la naturaleza del placer
artístico included pleasure in admiration and a humoral explanation
of the psychology of the comic (153). Sobre la relación entre
lo maravilloso y lo verosímil véanse págs. 54-60.
Véase asimismo su anterior libro, The Age of Criticism: The Late
Renaissance in Italy (Cornell University Press, 1962).
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15
Cervantes's Theory of the Novel, 184. John J. Allen insiste en la
intervención de la Providencia divina en el Quijote como uno
de los tres fundamental movements en la creación de la
novela y solución al conflicto entre lo maravilloso y lo verosímil,
en Don Quixote and the Origins of the Novel, Cervantes
and the Renaissance, ed. Michael D. McGaha (Juan de la CuestaHispanic
Monographs, 1980), 125-40. Según Allen el movimiento de lo milagroso
a lo providencial provided the solution to the problem of achieving
the goal of admiratio without sacrificing verisimilitude (130).
Véase también su The Providential World of Cervantes'
Fiction, Thought, 35 (1980), 184-85. Sucede, sin embargo, que
lo providencial es parte integrante del mundo del romance, y por lo
tanto del Quijote, como ha señalado E. C. Riley en
Romance y novela en Cervantes, Cervantes: su obra y
su mundo, 5-13. Véase asimismo Northrop Frye, Anatomy of
Criticism (Princeton University Press, 1957) y The Secular Scripture:
A Study of the Structure of Romance (Harvard University Press, 1976).
16
Eisenberg nota también que a partir de su encuentro con los duques
Don Quixote is admirado at what other people do, rather than
the producer of admiración (135).
17
Don Quixote: The Comedy in Spite of Itself, BHS,
60 (1983), 283-92.
18
Forcione señala la simpatía de Cervantes for the artistic
freedom which the romances represented (126), paradoja esta
íntimamente ligada a las operaciones de la parodia y la
ironía.
19
Véase mi estudio Gigantes y enanos: de lo maravilloso a lo grotesco
en el Quijote, Romanistisches Jahrbuch, de próxima
aparición. Forcione reconoce que la grotesca fuente es an analogue
of the style which Don Quixote is praising in the romances (121), y
es por lo tanto ejemplo de parodia. Pero también ve en la
descripción liberation of art from the mimetic theories
(121), o sea, creación. Da énfasis, sin embargo, a su
condición ordenada, hecha explícita por el uso
de participios pasados, y no a su carácter grotesco en un sentido
ambivalente. Cf. Gillian Beer, The Romance (London: Methuen, 1970),
45.
20
Sobre lo paradójico en el Quijote, y el Quijote como
paradoja, véase Eisenberg, 184-5 y 188-93.
21
Sylvie Debevec Henning, La Forme In-Formante: A Reconsideration
of the Grotesque, Mosaic, 14 (1981), 107-21; cita en pág.
107. Para Debevec Henning lo grotesco constituye a play with the very
indeterminacy of existence (107).
22
Edwin Williamson, Romance and Realism
in the Interpolated Stories of the Quixote,
Cervantes, 2 (1982), 43-67.
23
Sobre la parodia y su función creadora a través de un proceso
de trans-contextualización véase Linda Hutcheon, A Theory
of Parody (New York-London: Methuen, 1985). Véase asimismo Mikhail
Bakhtin, The Dialogic Imagination, trad. Caryl Emerson y Michael Holquist,
ed. Michael Holquist (Austin, TX: University of Texas Press, 1981).
24
John J. Allen, Don Quixote: Hero or Fool?, II (University Presses
of Florida, 1979), 104. Cf. Ruth El Saffar, Tracking the Trickster
in the Works of Cervantes, Symposium, 37.2 (1983), 106-124.
25
Frances Barasch, The Grotesque: A Study in Meaning (The Hague: Mouton,
1971), 107.
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Digitized with the help of Contessa Marion |
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