From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
15.1 (1995): 60-69.
Copyright © 1995, The Cervantes Society of America
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ANTONIO CRUZ CASADO |
l propio Cervantes se
encarga de señalar la raigambre clásica de su último
libro al indicar, en el prólogo de las Novelas ejemplares (1613),
que Los trabajos de Persiles y Sigismunda, su obra siguiente, se
atreve a competir con Heliodoro, si ya por atrevida no sale con las manos
en la cabeza.1 La competición
con la antigua novela griega se resuelve a favor del escritor español,
de acuerdo con la opinión que del relato tienen algunos de sus amigos
a los que lo ha comunicado, puesto que los primeros lectores le manifiestan
sin rebozo que había de llegar no sólo al extremo de bondad
posible,2 sino que había superado
claramente a su modelo.
1 Miguel
de Cervantes, Novelas ejemplares, ed. Juan Bautista Avalle-Arce (Madrid:
Castalia, 1982), I, 65.
2 Y con
esto me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia los Trabajos de Persiles
y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro de cuatro meses, Deo
volente; el cual ha de ser o el más malo o el mejor que en nuestra
lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento; y digo
que me arrepiento de haber dicho el más malo, porque según
la opinión de mis amigos, ha de llegar al estremo de bondad
posible, Miguel de Cervantes, Dedicatoria al Conde de Lemos
(1615), Don Quijote de la Mancha, ed. Martín de Riquer (Barcelona:
Planeta, 1975), p. 572.
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De esta forma, las raíces clásicas del príncipe de Tule,3 a quien se llama Periandro en la mayor parte de la obra, tendrían que encontrarse en la Historia etiópica, de Heliodoro, cuyo libro había sido traducido al español al menos en dos ocasiones,4 reeditado en varias más,5 convirtiéndose en lectura favorita de numerosos humanistas que eran, al mismo tiempo, admiradores fervientes de Erasmo. Tal como se ha indicado en diversas ocasiones, la admiración de los erasmistas por esta forma literaria deriva de su consideración como narración sumamente moral, de su carácter verosímil, frente a la invención fantástica y salacidad de los libros de caballerías, y del empleo en la composición de la misma de la prestigiosa lengua griega,6 aunque esto se llevase a cabo en prosa, cosa que algunos consideraban un demérito, puesto que resultaba una expresión menos artística que la que emplea el verso.7 Pero la antigüedad clásica había
3 Con
respecto a la isla de Tule, patria de Persiles, escribe Olao Magno, Historia
de las gentes septentrionales, ed. J. Daniel Terán Fierro (Madrid:
Tecnos, 1989), p. 87: La tierra de Islandia está situada debajo
del polo Ártico, expuesta principalmente al viento cierzo, y cercana
al mar Glacial; por esto merece denominarse Tierra glacial, o finalmente
Tule, la isla celebrada por todos los antepasados cuyos pobladores son
considerados por Saxo Sialándico como los más frugales, bastante
cristianos en cuanto a religión, poseedores de escritura propia y
de una historia de magníficas gestas. Todavía hoy redactan
las hazañas de su tiempo: que celebran con cánticos y ritmos,
y esculpen en promontorios y peñascos, para que ningún ultraje,
si no es la propia naturaleza, lo haga desaparecer para la posteridad. La
situación de la isla se extiende entre el Austro y el Bóreas,
con una longitud de cien millas germánicas. En su mayor parte es
montañosa y sin cultivar, particularmente hacia la región
septentrional, debido a los severos soplidos del ya mencionado viento cierzo,
que ni siquiera permite elevarse a los arbustos. Del fragmento transcrito
interesa resaltar, además de los rasgos propiamente geográficos,
la idea de que los habitantes de Tule son cristianos y guerreros, elementos
que se dan en desigual medida en el protagonista cervantino.
4 Véase
Heliodoro, Historia etiópica de los amores de Teágenes y
Cariclea, trad. Fernando de Mena, ed. Francisco López Estrada
(Madrid: Real Academia Española, 1954), pp. 7-17 del prólogo.
5 Téngase
en cuenta, además de las ediciones habitualmente mencionadas, la casi
siempre omitida edición de Toledo, 1563, que reproduce la versión
anónima de Amberes. Véase al respecto, Javier González
Rovira, Una edición olvidada de Teágenes y Cariclea
de Heliodoro, Boletín de la Biblioteca Menéndez
Pelayo (en prensa). Agradezco a González Rovira la copia de su
buen artículo, aún inédito, sobre la cuestión.
6 Marcel Bataillon,
Erasmo y España (México: Fondo de Cultura Económica,
1966), pp. 620-22.
7 Quede
asentado ya, dice, que la imitación en prosa es un poema sin atavío,
pero vivo y verdadero, Alonso López Pinciano, Philosophía
antigua poética, ed. Alfredo Carballo Picazo (1953; reimp. Madrid:
CSIC, 1974), I, 279.
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legado a la cultura occidental en su vertiente hispana alguna otra narración, no tan prestigiosa como las Etiópicas, pero en la que se advierten rasgos genéricos coincidentes con las aventuras de Teágenes y Cariclea, entre las que se encuentran Leucipe y Clitofonte, de Aquiles Tacio,8 e Ismene e Ismenias, de Eustacio Macrembolita. De la obra de Aquiles Tacio nos quedó una adaptación parcial en Los amores de Clareo y Florisea y los trabajos de la sin ventura Isea (1552), de Alonso Núñez de Reinoso, y una traducción mutilada, que no pudo ser aprovechada por Cervantes en su último libro, puesto que apareció en 1617, con el título de Los más fieles amantes Leucipe y Clitofonte, obra de Diego de Agreda y Vargas. En cuanto a la obra de Eustacio, no se ha conservado que sepamos ninguna versión clásica española, que existió probablemente, puesto que se aprovechó de manera relativa en algún episodio de la Diana, de Montemayor; además, y es un detalle que se ha omitido de forma habitual, el padre Juan Luis de la Cerda indica que Pellicer y Tovar9 había traducido también Ismene e Ismenias, para 1630, según noticia transmitida en El fénix y su historia natural, con lo que se adelantaría en unos tres siglos la versión española de la novela griega, ya que existe una adaptación resumida del original, a su vez refundición de una traducción probablemente francesa, y editada en 1835. Además hay que tener en cuenta que todos estos textos y algunos más afines, como la Argenis, de John Barclay,10 pudieron ser conocidos por los escritores españoles en su traducción a otra lengua, como la italiana,11 cuando no en latín, de forma predominante, e incluso ocasionalmente en griego.
8 Véanse
los importantes estudios sobre esta cuestión de Stanislav Zimic,
Alonso Núñez de Reinoso, traductor del Leucipe y
Clitofonte, Symposium, 21 (1967), 166-75; Leucipe
y Clitofonte y Clareo y Florisea en el Persiles de
Cervantes, Anales cervantinos, 12-14 (1974-75), 37-58, y
Cervantes, lector de Aquiles Tacio y de Alonso Núñez de
Reinoso, tesis, Duke University, 1964.
9 José
Pellicer de Salas y Tovar, El Fénix y su historia natural escrita
en veinte y dos ejercitaciones, diatribes o capítulos (Madrid,
1630), textos preliminares, aunque se indica escuetamente: la versión
de Eustacio en los sucesos de Ismenes, entre diversas traducciones
eruditas. Al respecto hay que señalar que también a Pellicer
se debe una traducción de la primera parte de la Argenis, de
Barclay, y también de la segunda parte de la misma obra, cuyo autor
es Mouchemberg.
10 Véase
para el tema, María Rosa Lida, Argenis, o de la caducidad
en el arte, Estudios de literatura española y comparada
(Buenos Aires: EUDEBA, 1969), pp. 221-37.
11 Al respecto
tenemos la noticia de que entre los numerosos libros de toda índole
que se exportaban al nuevo mundo, se encontraban también las muestras
más relevantes de las novelas griegas y bizantinas, sobre todo las
Etiópicas, tal como se ve en el libro de Irving A. Leonard,
Los libros del conquistador (México: Fondo de Cultura
Económica, 1979), pp. 318-412; de esta forma en el registro
[p. 63] de Luis de Padilla, Sevilla, 1600, se
incluye con el número 138: Amores de Ysmenio [Eristathius
[sic], Macrambolites]. En ytaliano. En dos rs. [respeto la grafía
y la transcripción errónea del nombre latinizado de
Eustacio].
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El hecho es que existía un caldo de
cultivo adecuado, en cuanto a traducciones y adaptaciones se refiere, para
la aparición de un nuevo texto hispánico, en cuya trayectoria
genérica se contaba también con precedentes igualmente
hispánicos, como la Selva de aventuras (1565), de Jerónimo
de Contreras, en numerosas ediciones con diferentes finales, El peregrino
en su patria (1604), de Lope de Vega, y El poema trágico del
español Gerardo y desengaño del amor lascivo (1615), de
Céspedes y Meneses.
Ahora bien, ¿cómo es el protagonista
masculino de las antiguas narraciones de aventuras? En contra de lo pudiera
esperarse en estas obras que tienden, por lo general, a sustituir en la
estimación del público al prestigioso poema heroico, el nuevo
protagonista carece de la mayoría de los ideales que configuran los
rasgos bélicos observados en Aquiles, Eneas, Ulises o Jasón.
El guerrero ha sido sustituido por un enamorado, blando en ocasiones, ajeno
casi siempre a las armas, poco definido en relación a la mujer, que
es el eje habitual del relato; entre sus cualidades se suele señalar
su carácter apasionado y fiel, su entereza en las desdichas, alguna
vez su astucia, también su belleza. La pareja como unidad es objeto
de la asechanza de diversos competidores amorosos, que quieren conseguir
el amor de la dama, si son hombres, y que en el caso del enamorado suelen
ser mujeres. Este triángulo amoroso formado por la pareja y un competidor
es el que hace avanzar la acción, formándose y deshaciéndose
mediante la huida.
De esta manera, en la novela griega que se
considera más antigua, Quéreas y Calírroe,
fragmentaria al igual que la mayoría de ellas, el centro de atención
es la dama Calírroe, cuya belleza provoca sucesivos enamoramientos
por parte de otros personajes, en tanto que Quéreas sólo parece
tener como misión la búsqueda de la mujer amada, sin que suscite
el amor de ninguna otra; en las Efesíacas, tanto Antía,
la enamorada, como Habrócomes, el esposo, son objeto de intentos de
seducción; unos nueve pretendientes asedian a Antía a lo largo
del relato, en tanto que Habrócomes, aunque en menor medida, también
resulta asediado, incluso por dos piratas, con lo que se da origen a una
relación amorosa de carácter efébico. En las
Babiloníacas, de las que sólo nos queda un resumen,
Ródanes, el hombre, no tiene pretendientes, en tanto que sí
los tiene la bella Sinónide; en Leucipe y Clitofonte tanto
el joven como la muchacha sufren
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intentos de seducción, siendo el más importante el episodio
de la viuda Mélite que a toda costa quiere gozar al muchacho, cosa
que finalmente consigue. Esta situación se amplía considerablemente
en la remodelación y adaptación española que lleva a
cabo Núñez de Reinoso, en la que el papel de la viuda, aquí
llamada Isea, adquiere mayores proporciones y perspectivas distintas.
El disfraz femenino del muchacho se encuentra
tanto en Aquiles Tacio como en Núñez de Reinoso, aunque Cervantes
lo había utilizado también, además de en el
Persiles, en un episodio del Quijote, cosa que ha inducido
a algunos críticos a hablar de la posible ambigüedad sexual del
personaje12 de ficción disfrazado.
De hecho, el travestismo de Periandro, en la dinámica de la
narración, es un recurso necesario para el acercamiento al lugar donde
se encuentra su amada, puesto que así disfrazado podrá pasar
por mujer y ser encerrado en el sitio donde están las cautivas, cuyo
destino está llamado a ser el matrimonio con el más valiente
de los bárbaros. Por otra parte, aunque resulta menos frecuente que
la mujer vestida de hombre, que tanto gustaba al público español
de la comedia áurea y que era considerada tan peligrosa por los
moralistas, el hombre vestido de mujer también se documenta en el
teatro de nuestro Siglo de Oro, tal como ocurre en El Aquiles, de
Tirso de Molina, El caballero dama, de Cristóbal de Monroy,
o El monstruo de los jardines, de Calderón de la Barca.
En cuanto se refiere a las
Etiópicas, también el joven Teágenes provoca
el amor de la reina Ársace, de la misma manera que Cariclea sufre
el asedio de numerosos pretendientes masculinos. El hecho tiene luego su
reflejo en el Persiles
cervantino,13 en los episodios en que Periandro
es el objeto del amor de Sinforosa y de la cortesana Hipólita,
narración tejida, en el último de los casos mencionados, sobre
el episodio bíblico de la mujer de Putifar. De todo ello podemos deducir
la mayor importancia del personaje femenino sobre el masculino, que en algunas
de las narraciones clásicas señaladas actúa más
bien como acompañante en gran parte de las ocasiones y en
12
Véase el interesante capítulo Cervantes and the
Androgyne del libro de Diana de Armas Wilson, Allegories of Love.
Cervantes's Persiles and Sigismunda (Princeton: Princeton University
Press, 1991), pp. 78-105, y Ruth El Saffar, Tres imágenes claves
de lo femenino en el Persiles, Revista canadiense de estudios
hispánicos, 3 (1973), 219-36, y
Fiction and the Androgyne in the
Works of Cervantes, Cervantes, 3
(1983), 35-49.
13 Sobre la
influencia general de Heliodoro sobre Cervantes aún son válidos
los estudios de Rudolf Schevill, Studies in Cervantes: Persiles
y Sigismunda. Introduction, Modern Philology, 4 (1906),
1-24, y Studies in Cervantes, Persiles y Sigismunda. The Question
of Heliodorus, Modern Philology, 4 (1907), 677-704.
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otras como contrapunto de las aventuras de la heroína; incluso en
las interpretaciones simbólicas de que fueron objeto cobra importancia
la protagonista, tal como se ve a propósito de las
Etiópicas, en las que el neoplatónico
Filipo14 considera que Cariclea representa
el alma y sus viajes simbolizan el proceso que el alma sufre desde la oscuridad
hacia la luz, en tanto que Teágenes es sólo el conocimiento
filosófico o razón que la acompaña en su
peregrinación.
En suma, nos encontramos ante un relato moral
en la mayoría de los casos, con personajes sumamente morales, cuyas
actuaciones, excepto en el caso del Clitofonte de Aquiles Tacio, se mueven
dentro de la más estricta ortodoxia, lo que equivale más bien
a esquemas de conducta que a entes de ficción de somera
caracterización, con cierta vida, en el sentido literario
del término. Con todo, en algunas ocasiones, estas narraciones tuvieron
una consideración ajena a la moral, incluso se pensó que pudieran
tener algún carácter afrodisíaco; y así nos ha
quedado la noticia de que algún médico de la antigüedad
las aconsejaba como remedio contra la impotencia, como
excitantes,15 lo que parece algo exagerado
con relación a la mayoría de los textos que han llegado hasta
nosotros. Sin embargo, hay que señalar que también Lope de
Vega, refiriéndose a un pasaje de las Etiópicas, en
el que los enamorados se quedan solos en la oscuridad de una cueva, comenta:
Esto más enciende que
entretiene,16 lo que implica un rechazo
del relato clásico, siempre considerado como muy moral. Lo que sí
es cierto, y así parece percibirse en algunas obras del género,
es que en este tipo de relatos se advierte un erotismo soterrado, poco definido,
en las aventuras de estos enamorados que se mantienen vírgenes en
las situaciones más difíciles y que peregrinan solos o
acompañados por los lugares más remotos, hasta tal punto que
en algunas muestras del género, ya en su vertiente hispánica,
las situaciones eróticas suelen hacerse bastantes explícitas,
tal como ocurre en la actuación de Pánfilo, en El peregrino
en su patria, que en un momento de la narración a toda costa quiere
mantener relaciones físicas con su amada, o con Gerardo, que se aparta
de los rasgos del protagonista habitual en numerosos aventuras eróticas,
algunas con un alto contenido de violencia, que al final se resuelven en
una narración moralizante, tal como indica la segunda parte del
título Desengaño del amor lascivo.
14
Véase Heliodoro, Las Etiópicas o Teágenes y
Cariclea, ed. Emilio Crespo Güemes (Madrid: Gredos, 1979), p. 44.
15 Tomo el dato
de Carlos García Gual, Los orígenes de la novela (Madrid:
Istmo, 1972), p. 39.
16 La
Dorotea, ed. Edwin S. Morby (Madrid: Castalia, 1968), p. 205.
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Cervantes, en este contexto de traducciones
dulcificadas o de erotismo soterrado y a veces explícito, hace de
su personaje masculino un ente de intachable moral, un tanto acartonado,
aunque proclive a la efusión sentimental y a las lágrimas,
como se advierte en el repetido llanto por la muerte de Cloelia, con pocas
iniciativas, quizás como reacción a los impulsivos y turbulentos
personajes de Lope y de Céspedes. No hay que pensar, sin embargo,
que en la etapa de la Contrarreforma estos libros de aventuras peregrinas
pudieran tener una intención ajena a la moralidad vigente, pero en
algún caso este rasgo se le añade a posteriori, de manera un
tanto redundante, tal como hace Lope por medio de diferentes textos latinos,
de origen bíblico en su mayoría, que se añaden al final
de cada una de las partes de la obra, reflexión que refuerza el
carácter religioso y misceláneo de la misma, ya abundante y
completamente conseguido mediante la inserción de diversos autos
sacramentales. En el personaje de Periandro parece observarse un intento
diferenciador con respecto al Pánfilo de Lope y quizás, aunque
en menor medida, con el Gerardo de Céspedes, puesto que con relación
al último personaje mencionado hay que tener en cuenta que, para la
fecha de edición de El español Gerardo (1615), Cervantes
tendría ya prácticamente acabada la obra o, al menos, casi
todo lo acabada que nos ha llegado a nosotros, reflexión que, como
se ha señalado en diferentes
ocasiones,17 sugiere que no lo está
en su totalidad, sobre todo en su última parte.
Con quienes creemos que presenta más
afinidad el personaje cervantino de Periandro es con el Teágenes de
Heliodoro y en no menor medida con el Clitofonte de Tacio. De la primera
adaptación española de la obra de Tacio, es decir del Clareo
y Florisea, se ha podido tomar incluso el nombre, el poco frecuente
Periandro, que es una versión masculina, desde el punto de vista
morfológico, del de la princesa Periandra, personaje episódico
del libro mencionado que se enamora del caballero Felesindos, ya en la segunda
parte del relato, y a la que sus padres envían muy lejos del reino
de Trapisonda,18 para que lo olvide, en tanto
que el caballero se enamora luego de la princesa Luciandra, la cual adquiere
más importancia en la obra y un simbolismo más profundo. Tal
como se ha
17
Véase, entre otros estudios, Antonio Cruz Casado, Una revisión
del desenlace del Persiles, Actas del segundo coloquio internacional
de la Asociación de Cervantistas (Barcelona: Anthropos, 1991),
pp. 719-26.
18 Véase
ahora la reciente edición de Alonso Núñez de Reinoso,
Los amores de Clareo y Florisea y los trabajos de la sin ventura Isea,
ed. Miguel Ángel Teijeiro Fuentes ([Cáceres]: Universidad de
Extremadura, 1991), p. 146.
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venido observando en muchas ocasiones, los nombres de los personajes suelen
tener un significado de acuerdo con sus acciones un tanto acorde con su
etimología; así Periandro, compuesto de los términos
griegos peri, en torno a, y andrós,
hombre, podría interpretarse como aquél que
se acerca o está en torno al hombre, con el sentido de
simulación e intento de consolidar la esencia del varón, cosa
que conseguirá cuando recupere ante todos su verdadero nombre, Persiles,
que está formado, como indicaron en su momento Schevill y
Bonilla,19 a imitación de los
caballerescos Sarquiles, Granfiles o Gastiles, de los libros de
Amadís, aunque en el fondo subyace el del más valiente
de los griegos, Aquiles. Parece como si Periandro fuese una etiqueta
semitransparente que va llenándose de esencia poco a poco, conforme
se va haciendo el personaje por medio de los trabajos y peregrinaciones,
y que desemboca en la recuperación de su identidad total, como hombre
creyente, valiente y esforzado, sobre todo en sus acciones referidas en la
última parte del relato, que recuerdan la actuación de
Teágenes en los combates del final de las Etiópicas,
hecho que conlleva la adopción o recuperación de su nombre
auténtico, el de Persiles.
Claro que tampoco hay que rechazar que los
nombres de Periandro/Persiles, al igual que los de Auristela/Sigismunda,
tengan un carácter arbitrario y que se adopten por eufonía,
por musicalidad o persiguiendo un efecto de extrañeza en el lector
provocada por lo inusual de los nombres, tal como se advierte en la
designación de otras parejas como Teágenes y Cariclea, Leucipe
y Clitofonte, Habrócomes y Antía, Quéreas y Calírroe,
Calímaco y Crisórroe, Clareo y Florisea, Semprilis y Genorodano,
Eustorgio y Clorilene, Angelia y Lucenrique, Hipólito y Aminta, Narciso
y Filomela, que corresponden a protagonistas de la antigua novela griega
y bizantina y de los libros hispánicos de aventuras
peregrinas.20
19 Miguel de
Cervantes Saavedra, Persiles y Sigismunda, ed. Rodolfo Schevill y
Adolfo Bonilla (Madrid: los editores, 1914), I, p. 36 de la
introducción.
20 Para un panorama
sobre el género y sus características, véase especialmente
Antonio Cruz Casado, Los amantes peregrinos Angelia y Lucenrique,
un libro de aventuras peregrinas inédito (Madrid: Publicaciones
de la Universidad Complutense, 1989), y otras aportaciones puntuales del
mismo autor, como Los libros de aventuras peregrinas. Nuevas
aportaciones, Actas del IX Congreso de la Asociación
Internacional de Hispanistas (Frankfurt am Main: Vervuet, 1989), pp.
425-31, Problemas en torno a una obra narrativa inédita: Los
amantes peregrinos Angelia y Lucenrique, La edición de
textos, Actas del I Congreso Internacional de Hispanistas del Siglo de Oro,
ed. Pablo Jauralde, Dolores Noguera y Alfonso Rey (London: Tamesis, 1990),
pp. 153-60, Para la poética de la narrativa de aventuras
peregrinas, en Estado actual de los estudios sobre el Siglo de Oro
[p. 68] [Actas del II Congreso de la Asociación
Internacional Siglo de Oro] ed. Manuel García Martín
(Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 1993), pp. 261-67.
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Rasgo tradicional de este tipo de relatos y
que Periandro conserva es la belleza masculina, que suele estar asociada
con la nobleza originaria del personaje y, en la narración de
carácter idealista, es un indicativo un tanto velado de ese origen
noble. Ya desde el principio del relato el protagonista se nos describe como
un mancebo, al parecer de hasta diez y nueve o veinte años,
vestido de lienzo basto, como marinero, pero hermoso sobre todo
encarecimiento. . . . Luego le sacudieron los cabellos, que
como infinitos anillos de oro puro, la cabeza le cubrían.
Limpiáronle el rostro, que cubierto de polvo tenía, y
descubrió una tan maravillosa hermosura, que suspendió y
enterneció los pechos de aquellos que para ser sus verdugos le
llevaban.21 Al disfrazarse de mujer,
Arnaldo le encuentra un gran parecido con Auristela y al respecto se indica:
vistió a Periandro, que quedó, al parecer, la más
gallarda y hermosa mujer que hasta entonces los ojos humanos habían
visto, pues si no era la hermosura de Auristela, ninguna otra podía
igualársele. Los del navío quedaron admirados; Taurisa,
atónita; el príncipe confuso; el cual, a no pensar que era
hermano de Auristela, el considerar que era varón le traspasara el
alma con la aguda lanza de los celos, cuya punta se atreve a entrar por las
del más agudo diamante (p. 60). Parece como si Cervantes hubiera
desviado el pensamiento original mediante la última frase apuntada,
en la que un lector actual esperaría encontrar cierta atracción
del capitán por el muchacho disfrazado de mujer, cosa que evita al
introducir el importante tema de los celos, por otra parte tan frecuente
en la obra. Asimismo, en la versión coetánea de Leucipe
y Clitofonte, de Diego de Agreda y Vargas, los amores de carácter
homosexual del original griego se omiten o se transforman en amor heterosexual,
tal como hemos señalado en otra
ocasión.22
De la misma manera que los personajes de la
narración se van alejando de la animalidad terrestre que se encuentra
en las islas bárbaras y el paisaje desolado del principio de la obra,
y muchos de ellos van adquiriendo rasgos y actitudes cada vez más
morales y católicos conforme van acercándose al centro de la
cristiandad,
21 Miguel
de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. Juan Bautista
Avalle-Arce (Madrid: Castalia 1969), p. 53.
22 Véase
Antonio Cruz Casado, Diego de Agreda y Vargas traductor de Aquiles
Tacio (1617), Actas del VI Simposio de la Sociedad Española
de Literatura General y Comparada, ed. Juan Paredes Núñez
y Andrés Soria Olmedo (Granada: Publicaciones de la Universidad de
Granada, 1989), pp. 285-92.
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también se observa en el comportamiento de Persiles un desligamiento de los elementos materiales de su amor, hasta tal punto que, en el episodio del envenenamiento producido por el hechizo que está a punto de provocar la muerte de Auristela23 o Sigismunda, el enamorado sigue manteniendo idéntica actitud, puesto que él siente un amor platónico por el alma de la joven, no por el cuerpo, que se aja y se afea, como ocurría también en La española inglesa.24 Es ya, por lo tanto, un modelo perfecto de amante, moral y cristiano. La metamorfosis del personaje de la antigua novela griega admirado por los erasmistas, manteniendo los caracteres esenciales, se ha ido llenando de actitudes contrarreformistas y católicas, hasta convertirse en paradigma y símbolo de la condición humana. El antiguo peregrino de amor se ha transformado finalmente en un peregrino de la vida,25 de lo que viene a ser un ejemplo más el propio Cervantes, señalado como tal por el casi desconocido Francisco de Urbina al decir en su epitafio, tras calificarlo de insigne y cristiano ingenio: Caminante, el peregrino / Cervantes aquí se encierra; / su cuerpo cubre la tierra, / no su nombre, que es divino.26 La conversión paulatina del personaje en símbolo universal es lo que ha hecho del mismo un mal personaje de novela según parámetros actuales, sin desarrollos interiores, como pálido fantasma de un mundo de ensueño, según apunta un crítico,27 carente de la profundidad y de la psicología que se advierten en don Quijote y Sancho y en otros personajes cervantinos, hecho que desembocará posteriormente en el símbolo de escasísimos rasgos novelescos que configuran Andrenio y Critilo en El criticón, de estructura genérica similar al Persiles.
| I. B. MARQUÉS DE COMARES, LUCENA |
23 Me
he ocupado de la cuestión en
Auristela hechizada: Un caso de
maleficia en el Persiles, Cervantes,
12.2 (1992), 91-104.
24 Un estudio
sobre el tema es el de Rafael Lapesa, En torno a La española
inglesa y el Persiles, De la Edad Media a nuestros
días (Madrid: Gredos, 1971), pp. 242-63.
25 Sobre el
tema, véanse los conocidos artículos, ahora recogidos en libro,
de Antonio Vilanova, El peregrino andante en el Persiles de
Cervantes y El peregrino de amor en las Soledades de
Góngora, en Erasmo y Cervantes (Barcelona: Lumen, 1989),
pp. 326-446.
26
Persiles, ed. Avalle-Arce, p. 43.
27 Celestino
Capasso, Persiles y Sigismunda, en González Porto-Bompiani,
Diccionario literario, tomo 11 (Barcelona: Montaner y Simón,
1960), p. 741.
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| URL: http://users.ipfw.edu/jehle/cervante/csa/artics95/cruzcasa.htm | ||