From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
18.1 (1998): 71-95.
Copyright © 1998, The Cervantes Society of America
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LUIS F. AVILÉS |
| ¿Para quién edifiqué torres; para quién
adquirí honras; para quién planté árboles, para quién fabriqué navíos? ¡O tierra dura! ¿cómo me sostienes? |
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| Fernando de Rojas, La Celestina |
l dolor cósmico
que expresa Pleberio en el discurso final de La Celestina es el momento
cuando nos enfrentamos a la destrucción total de un plan de vida quebrado
por las relaciones sexuales que dominan la ciudad en la que habita. El mundo,
como el terreno donde se erige un hogar, se convierte en arena que
inexorablemente se traga a toda una familia. La casa se derrumba como cayeron
los cuerpos sin confesión de Calisto y Melibea. Esta fragilidad de
la casa frente a las interrelaciones horizontales y fuertemente sexuales
de la ciudad encuentra un paralelo distante y a la vez significativo en la
novela ejemplar El celoso extremeño de Cervantes. Joaquín
Casalduero, en su famoso estudio sobre las Novelas ejemplares, ya
había anunciado la importancia capital de la casa en esta novela:
En la novela el protagonista es la casa (171). Sin embargo, estas
palabras no han llevado a un estudio pormenorizado de las implicaciones textuales
que
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posee este edificio tan particular. El mismo Casalduero le dedica pocos
comentarios, llamándola mina ratonil, que tiene tres agujeros
(175), y de pasada catalogándola como prisión (176),
convento sin espíritu y sepultura (177, todos
significados que aparecen claramente en el texto). Forcione (35-36) y Julio
Rodríguez Luis (6) enfatizan las cualidades restrictivas de la casa
como prisión.1 Peter Dunn se refiere
a ella como un Hades (104). Molho la interpreta como un cuerpo femenino violado
por Loaysa. Ruth El Saffar ha señalado, aunque de forma muy breve,
la constitución comunicativa de la casa como objeto que transmite
un mensaje (44). Alison Weber la ha estudiado como representación
de aspectos del inconsciente de su dueño, a la vez que añade
la doble analogía del espacio del hogar como un cuerpo /
matriz.2 Percas de Ponseti la interpreta como
imagen gráfica del alma de Carrizales (140). Más
recientemente, James Fernández ha interpretado la casa como un espacio
colonial.3
Mi intención en el presente trabajo
es estudiar con detenimiento la casa como signo que se desplaza continuamente
desde un significante hasta otro. Como manifestación de un habitar
en el mundo, exploraré la manera en que ese espacio nos obliga
a pensar el comportamiento del lenguaje desde la perspectiva de la
alegoría. En los múltiples desplazamientos de sentido que va
asumiendo el edificio encuentro variados efectos en los personajes que son
descritos por medio de alegorías del cuerpo. En cuanto al personaje
de Carrizales, la construcción de su proyecto personal de vida se
va a manifestar como intensificación de su melancolía en el
momento en que ese plan confronta serios problemas de adecuación que,
necesariamente, afectan la representación y la articulación
lingüística en el texto. La alegoría y la melancolía
me ayudan a relacionar lenguaje, representación del cuerpo y del edificio,
enfrentamiento de los personajes con el espacio en que habitan y el personaje
del viejo celoso como sujeto atrapado en intentos y maneras de vivir su vida.
Mi objetivo es trabajar con la casa desde lo que podríamos llamar,
tomando prestado un concepto manejado por el antropólogo Yi-Fu Tuan,
la topofilia. Es decir, la continua y persistente representación de
1 Forcione
la llama a false paradise of confinement y a monstrous
machine of confinement.
2 Describe la
casa como un Undifferentiated body cavity which denies the need for
elimination (44).
3 Carrizales's
house can be viewed as an ínsula inhabited by a racially diverse
group of natives, who are maintained in perpetual childhood reinforced
through the candy and dolls not by any innate incapacity but by the
zealous, jealous, and extremist precautions of the indiano governor
Carrizales (974).
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interiores y exteriores que forma parte de una estética
topo(gráfica) privilegiada por muchos textos del Siglo de Oro. A este
tipo de acercamiento Bachelard lo denomina el
topo-análisis.4
En la novela, la historia de Felipo Carrizales
comienza como movimiento, constante cambio de lugar y relaciones sexuales
asociadas con la pérdida de dinero. Es en Sevilla donde malgasta toda
la fortuna familiar (es hidalgo de padres nobles) y, finalmente, decide
embarcarse a las Indias como remedio a su nueva situación de
penuria.5 Durante el viaje, en un momento
de reflexión, concluye tener otro estilo en guardar la hacienda
que Dios fuese servido de darle, y de proceder con más recato que
hasta allí con las mujeres
(100).6 Vemos cómo el personaje se
dibuja con un pasado dominado por dos problemas fundamentales: su manejo
del dinero y su
4 Yi-Fu
Tuan peca de no citar el famoso estudio del filósofo francés
La poétique de l'espace, traducido ya al inglés en 1964.
Ambos libros se dedican a estudiar el espacio en sus vertientes más
positivas. Tuan se encarga de explorar the affective bond between people
and place or setting (4). De manera similar la concepción de
la casa en Bachelard está íntimamente ligada a imágenes
de protección e integridad psicológica. De hecho, Bachelard
nos dice que el espacio hostil casi no se mencionará en su trabajo
(xxxii). El asocia ese espacio con la guerra y el combate. Quisiera puntualizar
aquí dos cosas antes de proseguir. Primero que nada, quiero distanciarme
de una concepción demasiado positiva e individualista del locus
de la casa, ya que no concuerda con una infinidad de textos en que las casas
son, como para Pleberio, lugares cuya protección e integridad han
sido demolidas por fuerzas ajenas al espacio íntimo. Además,
dentro de la evolución del sujeto en el espacio del hogar, la casa
no siempre ha sido un espacio que produzca recuerdos positivos. Por eso la
huída del pícaro, por eso el aburrimiento de Don Quijote, por
eso los traumas psicológicos originados en las tempranas relaciones
familiares. En segundo lugar, cuando tomo prestado el término topofilia,
lo utilizo en referencia a un gusto particular que demuestran infinidad de
textos del Siglo de Oro español, cuya estética está
ligada insistentemente a representaciones espaciales como generadoras de
actividad.
5 Para la
descripción de las Indias Cervantes utiliza una serie de apelativos
irónicos importantes que forman parte de un estilo particular que
extiende y promueve las analogías en forma de enumeración.
Las Indias se definen como remedio, refugio, amparo, iglesia, salvoconducto,
pala y cubierta, añagaza y engaño (todos en la pág.
99 de la edición de Harry Sieber. El número de página
de esta edición aparecerá en el texto entre paréntesis.
Consulto también la ed. de Avalle-Arce que contiene el manuscrito
Porras). Luego veremos que la misma tendencia aparecerá a la hora
de describir los atributos de la casa.
6 Este momento
reflexivo se asemeja al tema del movimiento y autoevaluación que aparece
en el soneto I de Garcilaso (Avilés). Lo vemos también en Antonio
de Guevara: El hombre prudente y cuerdo, si piensa una hora en lo que
ha de decir, ha de pensar diez en lo que ha de hacer (142-143). Esta
especie de autoanálisis será utilizado varias veces en la
novela.
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relación con las mujeres. A ambos se va a añadir la
característica del celoso extremo (102), lo cual nos hace pensar
inmediatamente que la densidad psicológica de Carrizales se asocia
con una necesidad de entablar relaciones con prostitutas como única
forma de acceder al cuerpo femenino (como una transacción monetaria
o negocio que implica la pérdida de dinero, pues el bien obtenido
no es un producto que genere ganancias sino que forma parte de una economía
del placer).7
Luego de veinte años en el Perú,
donde logra amasar una fortuna considerable, Felipo Carrizales determina
regresar a España y establecerse en Sevilla (en otras palabras, es
un indiano). Lo interesante es que el espacio más alejado es el que
proporciona a Carrizales mayor estabilidad al menos con referencia al control
de su dinero. A la vuelta, sin embargo, el indiano confronta nuevamente esa
preocupación por el dinero en el espacio de la urbe sevillana: si
entonces no dormía por pobre, ahora no podía sosegar por rico;
que tan pesada carga es la riqueza al que no está usado a tenerla
ni sabe usar della . . . (101). Esta inhabilidad para negociar
su estadía en Sevilla es clave para entender las decisiones que va
a tomar el personaje en el desarrollo de su historia.
Con respecto a sus relaciones con las mujeres,
Carrizales expresa el deseo de casarse y de tener hijos que hereden su nueva
fortuna, a pesar de su avanzada edad de 68 años (100). Un día,
caminando por las calles de Sevilla, ve en un balcón a una muchacha
de edad de trece o catorce años (102), llamada Leonora,
con quien eventualmente se casa gracias a que su familia es hidalga pobre
y el dinero de Felipo logra salvar la diferencia en edad. Esta decisión
se da nuevamente en un momento en el que el personaje se detiene a sopesar
y reflexionar sobre lo que quiere hacer (ver nota 6), y no debe sorprender
que dichos pensamientos giren sobre la dote y el dinero, y la manera en que
se va a relacionar con su futura esposa.8
Luego de
7 No podemos
despistarnos con las palabras del narrador sobre estos hechos: Y por
concluir con todo lo que no hace a nuestro propósito (100).
Ese no hace a nuestro propósito tendería a desviar
la atención de una temprana historia del personaje que, como veremos,
es fundamental para el desarrollo de la novela.
8 Esa relación
se define como encerramiento: Casarme he con ella; encerraréla
y haréla a mis mañas, y con esto no tendrá otra
condición que aquella que yo le enseñaré (102).
Volviendo sobre la reflexión privada nos dice el narrador: Y
así hecho este soliloquio, no una vez, sino ciento
. . . (103). Esta manera de pensar antes de tomar decisiones
es un indicio fuerte de la dificultad que el personaje enfrenta al tener
que actuar dentro de unos códigos culturales muy
[p. 75] específicos, característicos
de una sociedad urbana. Se manifiesta a través de un recurso literario
bastante extendido en la narrativa de la época y que Cervantes utiliza
en, por ejemplo, el famoso episodio de Sancho Panza y el (des)encuentro con
Dulcinea (Don Quijote II, 105-106). Sobre esto volveremos más
adelante.
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la unión con Leonora, el texto nos informa que Carrizales demostró
su condición celosa por medio de dos acciones: la primera se refiere
a la compra de vestidos para Leonora y el problema de las medidas de su cuerpo
(103); la segunda señal la dio al querer tenerle puesta casa
aparte (103), la cual transformó de varias maneras. Dos objetos
que se compran y se poseen, pero que a su vez necesitan sufrir cambios
suplementarios para que cumplan mejor una función específica
a la medida de su poseedor.9
En cuanto a su nueva casa, comprada en un
barrio principal de la ciudad (103), Carrizales efectúa unos
cambios muy importantes que quiero citar uno por uno:
cerró todas las ventanas que miraban a la calle, y diólas vista al cielo, y lo mismo hizo de todas las otras de casa (103).En el portal de la calle (. . .) hizo una caballeriza para una mula, y encima della un pajar y apartamiento donde estuviese el que había de curar della, que fue un negro viejo y eunuco [llamado Luis] (103-104).
levantó las paredes de las azuteas de tal manera que el que entraba en la casa había de mirar al cielo por línea recta, sin que pudiesen ver otra cosa (104).
hizo torno que de la casapuerta [portal] respondía al patio (104).
Compró un rico menaje para adornar la casa, de modo que por tapicerías, estrados y doseles ricos mostraba ser de un gran señor (104).
compró, asimismo, cuatro esclavas blancas, y herrólas en el rostro, y otras dos negras bozales (104).
Concertóse con un despensero que le trujese y comprase de comer, con condición que no durmiese en casa ni entrase en ella sino hasta el torno, por el cual había de dar lo que trujese (104).
9 Los
vestidos, hechos a la medida de una mujer pobre que sirvió de sustituta
al sastre, fueron tantos y tan ricos, que los padres de la desposada
tuvieron por más dichosos en haber acertado con tan buen yerno, para
remedio suyo y de su hija. La niña estaba asombrada de ver tantas
galas . . . (103). Se concluye de la cita que los vestidos
tienen un efecto hipnótico tanto para los padres como para la
niña. La compra de la ropa responde pues a una funcionalidad
retórica de convencimiento y persuasión.
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Hizo asimismo llave maestra para toda la casa, y encerró en ella todo lo que suele comprarse en junto y en sus sazones, para la provisión de todo el año (104).
La casa viene a representar el producto de
la manifestación de dos fuerzas contrastadas que aparecen en el personaje
de Felipo Carrizales. Una de ellas emerge de una necesidad social que se
vale del matrimonio como forma cronológica de organizar una vida y
que, para este personaje, implicaría el logro de su deseo: la posibilidad
de tener un hijo heredero. La segunda manifiesta una característica
psicológica muy personal e individual, los celos extremos, cuya intensidad
obliga al rechazo de la secuencia temporal soltero / casado / hijo heredero
impuesta por la cultura en que vive. No cabe duda de que, al Felipo elegir
casarse con Leonora, en realidad lo que hace es apostar por aquello que,
a nivel personal, le causará más ansiedad, para así
poder cumplir con un imperativo cultural que, a nivel social, y en el momento
en que ve a su futura esposa, se muestra como una posibilidad real y deseable.
La casa se convierte en el objeto diseñado para poder enfrentarse
a estas dos fuerzas una cultural y otra individual de una forma
efectiva. El personaje que la va a habitar se crea una forma
de estar en la
ciudad.10
Pero cabría preguntarse en este momento
lo siguiente: ¿qué es una casa en los siglos XVI y XVII en
España? ¿Existe una especificidad histórica de las funciones
de la casa, y si eso es así, en qué medida se diferencian de
los arreglos hechos por Carrizales? En esta época, el domus
se concebía como un espacio legal dominado por la autoridad del pater
familias, uno de los mecanismos de control social más importantes
establecidos en la temprana edad
moderna.11 La casa también se insertaba
en una red compleja de relaciones comunitarias. De estar localizada en una
ciudad (como es el caso de la casa de Carrizales en Sevilla), las oportunidades
de interacción con vecinos o desconocidos aumentaba considerablemente,
ya sea por el número mayor de espacios públicos de encuentro
(calles, plazas,
10 Por
eso, en las citas que describen la casa, dominan los verbos como
cerró, hizo, levantó,
compró (utilizado varias veces), herrólas
y concertóse. Todos ellos describen acciones necesarias
para poder vivir de acuerdo a unos imperativos individuales.
11 En su famoso
libro, Lawrence Stone estudia el incremento que él ve, tanto en
países protestantes como católicos, de los mecanismos de control
patriarcal y su asociación directa con la consolidación del
estado absolutista (109-146). A las mismas conclusiones llega Yves Castan
con respecto a Francia: A solid family structure formed the foundation
of the state (62), y esa estructura estaba dominada por la
resignación y sumisión de la esposa ante el marido (61).
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puertas de entrada y salida, el mercado), como también por la abundancia
de actividades conducentes a la participación en grupo (iglesia, teatro,
carnaval, celebración de una victoria, llegada de la flota de
Indias).12 Aunque se puede decir con seguridad
que los factores privatizantes inherentes al espacio doméstico se
intensificaron considerablemente con el paso de la Edad Media al Renacimiento,
este hecho sin embargo nunca canceló la participación del
núcleo familiar dentro de esta red de relaciones. Como muy bien lo
ha expuesto el historiador Chacón Jiménez: Podríamos
decir que la casa se mueve y que a través de ella se pone
en relación la red de amigos y parientes (27). Una situación
muy similar a esta ocurría en Paris, donde la vida familiar was
not withdrawn or self-centered (Farge
574).13
Queda claro entonces lo que significa la casa
para Carrizales, vista desde una perspectiva historicista. Al elegir casarse,
este personaje decide establecer una relación cuya función
es la de extender los contactos comunitarios; y sin embargo Carrizales quiere
romper esos lazos solidarios que son consecuencia directa del matrimonio
12 La
vida en la aldea, según Guevara, también debía integrarse
dentro de un tejido extenso de relaciones. De hecho, Guevara anota los peligros
de la vida solitaria y privada, la cual puede estar íntimamente
relacionada con el vicio (ver capítulo 4; sobre la soledad y el vicio,
véase la pág. 151). Lo interesante aquí es que Carrizales
rechaza volver a su pueblo natal precisamente porque la comunidad lo
asfixiaría, en especial si ahora es rico: era ponerse por blanco
de todas las importunidades que los pobres suelen dar al rico
. . . (102). La ciudad para este indiano empieza a definirse
como un locus que posibilita la privacidad a través
del anonimato, hecho que no contradice lo que he dicho arriba sobre las
relaciones comunitarias que permite el espacio urbano. Maravall ha señalado
esta noción de privacidad y soledad en la gran ciudad, quizás
otorgándole un énfasis demasiado fuerte: La
aglomeración [. . .] en la gran ciudad [. . .]
trae consigo un distanciamiento de persona a persona, crea en torno a cada
uno un cinturón de aislamiento (260-61). Pero, como veremos,
esta privacidad confrontará problemas serios con los personajes que
rodean la casa y los que viven dentro de ella.
13 Cito más
en extenso a Farge: [la familia] knew no intimacy in the current sense
of the word. It was open to the outside to the extent that it could not sustain
itself otherwise. Among the nobility of court and robe family was a matter
of lineage, title, landed property, inheritance, primogeniture, and blood
(574). La situación de la familia en España era muy parecida,
con algunas distinciones muy importantes que tenían que ver con las
consideraciones de limpieza de sangre que producen mayor ansiedad a la hora
del matrimonio. Las relaciones que menciona Farge aparecen en El celoso:
Ellos [los padres de Leonora] le pidieron tiempo para informarse de
lo que decía, y que él también le tendría para
enterarse ser verdad lo que de su nobleza le habían dicho
(103).
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(los padres de Leonora nunca pueden entrar en la casa, por ejemplo). A la vez, este personaje busca protegerse de elementos externos (en este caso masculinos) e internos (control del deseo latente de su joven esposa frente al cuerpo del otro, y que concuerda con la idea de la inconstancia de la mujer que dominaba el pensamiento de la época). En otras palabras, las características privatizantes del hogar se intensifican de una forma desmedida que va en contra de las funciones sociales e históricas que hemos descrito, aunque podríamos decir que el espacio privado comienza a aparecer como un lugar incipiente de la individualidad manifestada como anonimato. La casa entonces la debemos entender como la actualización de una estrategia, tal y como Bourdieu define el término: una acción surgida de la reflexión y planificación de un sujeto que confronta situaciones específicas que tiene que resolver.14 Si es cierto que esta casa puede ser manifestación del inconsciente (como han sugerido El Saffar, Molho y Weber), el espacio creado también procede de una estrategia detallada y consciente del personaje para conseguir su deseo y evadir en lo posible peligros reales que se le aparecen. Ahora bien, ¿en qué consiste esa estrategia? En términos arquitectónicos, la casa presenta elementos tomados de dos modelos: el del convento y el de la casa árabe. Diseñada hacia adentro, con pocas ventanas que den a la calle, y éstas con celosías que permiten la mirada hacia afuera pero no hacia adentro, la casa árabe se convierte en un modelo primario del personaje, quien intensifica sus estructuras privatizantes.15 De igual modo, la utilización del torno y la manera en que las mujeres experimentan ese espacio en el que habitan se asociará consistentemente con el convento.16 Sin embargo, la casa no es sólo un espacio privado, una estructura cerrada. Como objeto que evita la penetración de la
14 En
particular me interesa aquí la idea de Bourdieu al relacionar estrategia
y tiempo (en Outline of a Theory of Practice, 4-9). Son múltiples
los momentos en que Carrizales retarda la consecución de sus deseos.
El tiempo que le toma reflexionar (las cien veces que piensa si casarse o
no), el tiempo necesario para hacer las averiguaciones sobre los suegros,
el tiempo requerido para hacer los arreglos de la casa, todas son instancias
en que entra en función un mecanismo estratégico. Yo diría
que la estrategia se hace más visible en este caso, ya que el matrimonio
de Carrizales es bastante distinto a la norma, ya sea por la diferencia en
edad como por las particularidades psicológicas del personaje.
15 Ya esas
características habían sido utilizadas por Cervantes en la
historia de Ruy Pérez de Viedma en Don Quijote (I, cap. XL).
16 Hasta donde
tengo entendido, nadie ha desarrollado la posibilidad de ver en esta novela
alguna alusión crítica o paródica a la intensificación
de los requerimientos religiosos del claustro que, como se sabe, aumentaron
hacia el [p. 79] final del siglo XVI y la primera
mitad del XVII (Mario Rosa). Son incontables las veces que Santa Teresa,
en su Libro de la vida, describe el convento como una casa (véase
el estudio de María Carrión, págs. 123-160). Edwin
Williamson ha señalado de pasada la posibilidad de que exista una
parodia del lenguaje divino (799). No es el momento de explorar
con detenimiento este tema, aunque presenta posibles frutos.
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vista, su proyección externa en la urbe sevillana adquiere la cualidad
del enigma, imagen muy cercana a la alegoría. Loaysa es el
improvisador, definido por Greenblatt como el personaje que moldea
y manipula ciertos materiales y conocimientos que tiene a la mano para conquistar
(en sentido imperialista) un objetivo deseado
(227-228).17 Improvisar implica en este caso
el mecanismo diseñado para resolver o penetrar el enigma.
Para el improvisador Loaysa, este edificio
cerrado es un enigma desde afuera. Para los personajes que viven en ella,
se convierte en un espacio que va a adquirir múltiples significados
a través de una cadena de contigüidades metonímicas asociadas
con la alegoría. Ruth El Saffar ya había señalado este
punto: The creation (. . .), once externalized, becomes nothing
more nor nothing less than an object, open to many interpretations and always
more expressive than the feelings motivating it (44). Mi intención
en los párrafos que siguen es suplementar este atisbo de El Saffar.
Para demostrar la importancia de esta especie de movimiento de las
contigüidades y su relación con la alegoría, cito los
significados que se van entrelazando a medida que avanza la narración.
El primer significado es el de la muerte: les pareció [a los
padres de Leonora] que la llevaban a la sepultura (104); yo mismo
haya sido el fabricador del veneno que me va quitando la vida (133);
Yo fui el que, como el gusano de seda, me fabriqué la casa donde
muriese . . . (133). El primer desplazamiento de significados
concuerda con el último que cierra la novela. Ambos se refieren a
la muerte: la casa como sepultura, veneno y nido del gusano de seda. El segundo
significado que adquiere es probablemente el más productivo, la
analogía entre la casa y un monasterio. Cito los ejemplos más
significativos: Desta manera pasaron un año de noviciado y hicieron
profesión en aquella vida (106); No se vio monasterio
tan cerrado, ni monjas tan recogidas (106); Alcé las murallas
desta casa, quité la vista a las ventanas de la calle, doblé
las cerraduras de las puertas, púsele torno, como a monasterio
. . . (132-133).18 El tercer
sentido
17 Este
punto ya ha sido señalado por J. Fernández (975).
18 Hay otros
casos en que el texto articula significados religiosos. Por ejemplo, poco
antes de entrar Loaysa a la casa les dice a las mujeres cuando esté
[p. 80] dentro veréis milagros (112).
Los juramentos que tiene que hacer el virote antes de entrar (vuesa
merced nos ha de hacer primero que entre en nuestro reino un muy solene juramento
. . . , pág. 123), las constantes alusiones al
demonio, la mención particular de las palomas, el torno y las gateras,
todo tiene un contenido religioso.
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despliega una serie de imágenes de tipo militar y que giran en torno
a la vigilancia y la prisión: De día pensaba, de noche
no dormía; él era la ronda y centinela de su casa y el Argos
de lo que bien quería (106); después que aquí
nos emparedaron, ni aún el canto de los pájaros hemos
oído (114); poniendo centinelas y espías si el
viejo despertaba (115). Con una connotación mucho más
sexual y que proviene de la cultura árabe, la casa también
encuentra un paralelo con el harén (porque todas estaban deseosas
de ver dentro de su serrallo al señor músico 120). Esta
última cita corroboraría nuestra interpretación del
modelo árabe que imita la casa de Carrizales y, más aún,
sería una indicación de la apropiación que hace el grupo
de mujeres (al decir su serrallo) del espacio abierto del
jardín que está detrás de la puerta del torno. La referencia
al espacio árabe, por supuesto, se intensifica con la figura del
eunuco.
Cervantes organiza un mosaico de sentidos
que generan una especie de constante erosión y transmigración
de las imágenes. La casa es, al mismo tiempo, prisión (lugar
donde se encierran por castigo a las personas que han cometido alguna ofensa
social), monasterio (lugar de retiro, recogimiento y enclaustramiento como
forma de adquirir una educación religiosa y vivir cerca de la divinidad),
fortaleza militar (protección y defensa de un territorio concebido
como propiedad). Estos espacios comparten una función disciplinaria,
aunque en sentidos distintos y con objetivos que pueden contrastarse. A estos
habría que sumar la tumba, el harén y el reino (con sus
connotaciones de muerte, sexualidad, religiosas y geopolíticas
respectivamente). En su peregrinación, el significante casa
pierde su función doméstica tradicional no sólo para
el narrador, sino también para los personajes afectados por el encierro.
En ese momento en que Felipo decide echar raíces, no viajar ni hacer
las peregrinaciones que caracterizaron su juventud, buscar el estatismo y
la inercia que le permitan reintegrarse a una vida social, es aquí
precisamente cuando su casa se convierte en un signo que se le va escapando
de sus manos, que viaja inevitablemente de un significante a otro.
Paradójicamente, ese viaje del significante encuentra sus metas en
significados asociados con el estatismo, la vigilancia y
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la muerte. El desplazamiento de los signos nos lleva a la inercia de esos espacios que frenan el movimiento de las personas contenidas en ellos. La alegoría, definida tradicionalmente como un discurso que consistentemente hace alusión a otra serie de contenidos que se perfilan como más significativos y de carácter pedagógico, provocaría aquí un desplazamiento tan grave y centrífugo de los sentidos que empieza a perder su función educativa y privilegiada para convertirse en un signo fuera de control.19 Esta mise en abîme es algo parecido a lo que Joel Fineman postuló como el deseo insaciable de la alegoría, su continua necesidad de articular y buscar discursos analógicos. Si Felipo ha logrado construir una casa cuya función es la de articular un espacio de protección frente a su postura agorafóbica (idea sugerida por Williamson 799, aunque no desde la agorafobia), su cualidad de objeto / significante despierta una cadena de interpretaciones (el allos o la otredad alegórica con sus ramificaciones) que tendrían que definirse como lecturas alternativas o paródicas de ese espacio. No es simplemente que la alegoría busque su narrativa paralela como forma de privilegiar la temática edificante de esos contenidos, sino que, en esta novella de Cervantes, el allos se presenta como una red de posibilidades que en gran medida desestabiliza la regularidad metonímica de las relaciones de contigüidad. ¿Cómo conjugar espacios tan dispares como el monasterio y el harén, la fortaleza y la sepultura? El narrador y los demás personajes se convierten en entes creativos dialógicos que reaccionan frente a la arquitectura estratégica y monológica de Felipo, otorgándole unas funciones semióticas a la casa fundamentadas en la traslación creativa de sus sentidos. La casa, de ser un lugar, pasa a ser un espacio, si seguimos una distinción muy útil que hace Michel de Certeau de ambos términos (117). El crítico francés define el lugar (lieu) como un locus cuyos elementos están distribuidos en una localización definitiva y única, nunca superpuestos, y con una función distintiva. En cambio el espacio lo define como la práctica y temporalización del lugar. En otras palabras, el lugar vendría a ser la langue (sistema o códigos de uso), mientras que el espacio sería la actualización física de ese lugar (el acto, la práctica). El orden del sistema, que correspondería al lugar, se desarticula por el dispositivo alegórico que hace que coexistan
19 Joel
Fineman describe esta tendencia de la alegoría a privilegiar unos
contenidos sobre otros como la dominación del tema por sobre la
narración (28).
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lugares con funciones muy distintas como componentes de la casa de Carrizales.
La estructura privatizante de la casa se va destruyendo poco a poco desde
su interior y con la llegada de Loaysa, y el hogar empieza a recuperar las
relaciones afectivas y colectivas que caracterizan al espacio público
externo que Carrizales ha intentado cancelar con otro sistema rígido
de vigilancia. Es por esto que se concentran las alusiones al grupo de mujeres
con frases como la banda de palomas (utilizada dos veces en 124
y 126), vocablos como caterva, corro, y
específicamente la frase que sigue a la llegada de la dueña
con la llave: la alzaron en peso, como a catedrático, diciendo
¡viva, viva! (122). La frase apunta a un ceremonial
público entre estudiantes (a Loaysa se le llama, desde su entrada
al establo y a la casa, maestro).
El derrumbe de las estructuras
arquitectónicas que sostienen el edificio sevillano se produce
también por medio de las relaciones comunitarias que la casa intenta
precisamente cancelar. Lo interesante es que ese derrumbe se logra por medio
de la analogía fundamental de la casa con un cuerpo. Ya había
indicado que son Weber y Molho los dos críticos que han estudiado
el edificio desde esta perspectiva que se nutre del psicoanálisis.
Por mi parte, lo que me interesa ahora es acercarme a esos fenómenos
lingüísticos de tipo alegórico que aglutinan esta serie
de imágenes, y estudiar las implicaciones que tienen a la hora de
representar los cuerpos de los personajes en sí, atrapados dentro
de las fuerzas cambiantes del lenguaje articulado por el narrador. En cuanto
hace su aparición el personaje de Loaysa, se inician una serie de
estrategias diseñadas para comenzar a desmoronar aquel
edificio (108). Son varias las maneras en que esto se logra: la
música para tener acceso primero al espacio del eunuco Luis y, luego,
el uso de herramientas que darán principio a la destrucción
de las barreras arquitectónicas. Luego de quitar alguna tierra
del quicio, Loaysa dará a Luis unas tenazas y un
martillo para quitar los clavos de la cerradura (110).
Las mujeres, eventualmente, van a abrir un orificio en el torno para poder
observar al virote, lo cual cambia el objetivo de esta pieza arquitectónica
como barrera para la vista (no para el sonido). Paralelo a este desmembramiento
de la puerta y del torno, el cuerpo de Luis irá sufriendo
desarticulaciones parecidas a las que va sufriendo la casa: Luis el
negro, poniendo los oídos por entre las puertas, estaba
colgado de la música del virote, y diera un brazo por poder
abrir la puerta (108, énfasis mío). Esta serie de
sinécdoques, donde las partes del cuerpo parecen adquirir independencia
y desgajarse, forman un paralelo con los cambios que van sufriendo las barreras
que impone el edificio.
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El progresivo desgaje del cuerpo y de las piezas que arman la
casa va a afectar a todos los personajes que viven en
ella.20
La analogía casa / cuerpo no termina
aquí. Las ramificaciones de sentidos son aún más diversas
si tomamos en cuenta que hay una estrecha vinculación entre la
música y el canto, la voz, y la comida. El espacio que ocupa Luis
y el torno son obvias alegorías de una boca, el lugar por donde entran
los alimentos a la casa: de la noche antes, por una cédula que
ponían en el torno, le avisaban [al despensero] lo que había
de traer otro día (105); o sea, la cédula es la voz de
la casa que pide al despensero la comida que se desea. Son aún más
ricas las alusiones al canto, la comida y la boca con respecto a Luis. De
tanto deseo de aprender a tocar, el eunuco nos dice que ya me comen
los dedos por verlos puestos en la guitarra (111); Loaysa le recomienda
no comer cosas flemosas porque dañan la voz (111); cuando
entra el virote le puso una gran bota de vino en las manos y una caja
de conserva y otras cosas dulces a Luis (112); también el virote
lo besa dos veces en el rostro y lo
abraza.21 La casa es un locus de la
comida, de la ingestión de alimentos, incluso para las mujeres:
[Leonora] pasaba el tiempo con su dueña, doncellas y esclavas,
y ellas, por pasarle mejor, dieron en ser golosas, y pocos días se
pasaban sin hacer mil cosas a quien la miel y el azúcar hacen
sabrosas (105). Podríamos decir que el espacio ocupado por Luis
y el torno son imágenes de un tracto digestivo por donde entra la
música, la
20 Recordemos
que Loaysa también participa de este desmembramiento cuando activa
su plan de invasión de la casa: Quitóse un poco de barba
que tenía, cubrióse un ojo con un parche, vendóse una
pierna estrechamente, y arrimándose a dos muletas se convirtió
en un pobre tullido tal, que el más verdadero estropeado no se le
igualaba (107). La diferencia estriba en que Loaysa irá recuperando
su integridad corporal (dejando las muletas, como si no tuviera mal
alguno, comenzó a hacer cabriolas, 112; no estaba ya en
hábitos de pobre, 117), a la vez que su música
intensificará el derrumbamiento del cuerpo de los demás: No
quedó [. . .] moza que no se hiciese pedazos (115);
se comenzaron a hacer pedazos bailando (125). Mas adelante
comentaré los efectos en Carrizales.
21 Luis sufre
mayor desmembramiento por la naturaleza de lo que come: aunque con
dulce, bebió con tan buen talante de la bota, que le dejó más
fuera de sentido que la música (113). Aquí, estar fuera
de sentido forma parte de la desarticulación del manejo correcto del
cuerpo. Podríamos decir que, a nivel material, la casa se destruye
por medio de objetos como las herramientas y la llave. Los cuerpos, por otro
lado, sufren cambios gracias a la música, lo que se ingiere, y el
ungüento para dormir a Carrizales. En cuanto a la práctica textual
(la escritura), la transmigración de los sentidos por medio de la
alegoría es el elemento principal en la representación de esta
destrucción.
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voz del improvisador, la comida dulce junto con el vino, y todo aquello que
desembocará en la concepción de la casa como el veneno que
fabricó el mismo
Carrizales.22
¿Y por qué es significativa esta
interpretación del espacio de la casa como cuerpo? Las privaciones
que ocasiona el edificio en términos de experiencias para sus habitantes
femeninos y masculinos se traducen en el hambre de conocimiento que
tiene necesariamente que entrar por la puerta. La prisión, como
privación, hace que el deseo se manifieste en el intento no de salir,
sino de permitir entrar ese canto de los pájaros que hace
tiempo falta a los oídos (el canto del maestro Loaysa). Los agujeros
y rupturas están diseñados como nuevas bocas por las que se
satisfacen esas necesidades que crea el encerramiento. Así, las
alegorías del cuerpo y de la comida se presentan como el hambre de
Luis y unas mujeres carentes de experiencias significativas, incapaces de
tener alimento para los sentidos, alejados de doctrina y de los mecanismos
necesarios para interactuar en el mundo social que está fuera de las
puertas. En esta especie de panal de abejas donde lo que se come es dulce,
la casa hace que el mundo exterior se convierta en otro enigma que se intenta
experimentar a través de una movilización de fuerzas
centrípetas: comer alimentos, traer la experiencia de afuera hacia
adentro, manifestar los lazos comunitarios del grupo de mujeres que la casa
intentó cancelar, invitar a un maestro que mostrará lo que
es el mundo que no se ha visto.
Se puede postular que las fuerzas que dominan
los movimientos afectivos de los personajes son las mismas que, sin duda,
dominan los desplazamientos alegóricos que he mencionado. Si partimos
de los señalamientos de Fineman, la palabra clave aquí sería
el deseo: la constante búsqueda de satisfacciones que requiere de
un movimiento desde un espacio negativo (carente del objeto deseado) hasta
el lugar que provea las necesidades que se requieren. La escritura
alegórica, como los personajes, se caracteriza por ese constante
movimiento de un sentido (de una situación) a otro. De estas mismas
cualidades participa Loaysa, cuyos múltiples nombres y su capacidad
de asumir diferentes roles dan testimonio de su constante peregrinación
semiótica: es un virote, músico mendigo, Orfeo, demonio,
ángel (117), amante y maestro. De más está decir que
estos fenómenos alegóricos (o quizás sería mejor
decir estas
22 James
Fernández habla incluso de canibalismo en el momento en que las mujeres,
al ver a Loaysa, poetically and collectively dissect him and cook him
up (974).
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particulares manifestaciones centrífugas de la alegoría), socavan
considerablemente la función didáctica de la novela ejemplar,
privilegiando la textualidad como manifestación artística en
su textura misma. Esta aparición de un discurso alegórico de
cualidades textuales muy significativas implica que, en nuestro caso, el
análisis cultural o topo-análisis no puede obviar la productividad
literaria que sufren instituciones y contenidos sociales en los textos
literarios. La alegoría como desplazamiento metonímico de signos
contiguos es precisamente el mecanismo que enriquece la representación,
creando variaciones y colapsando esos contenidos sociales que, de cualquier
manera, no pueden dejar de ser analizados desde la vertiente cultural. En
otras palabras, la casa tiene que estudiarse desde su vertiente social (sus
funciones particulares para una época dada) y desde sus ramificaciones
alegóricas como transmisores de una productividad textual que destruye
funciones monológicas del lugar para recrear una verdadera poética
dialógica del espacio, para usar la terminología de Bajtín
y de Certeau.
Como vemos, el espacio que crea la casa despierta
en todos los personajes la necesidad de redefinir, desde su individualidad,
lo que ese espacio significa para ellos. Y, para desgracia de Felipo, esas
definiciones son lo más alejado posible de las funciones que dio a
su casa, invadida ahora por sus usos comunitarios que hacen que fracase el
hogar como espacio de una incipiente integridad psicológica y resguardo
individual que se vale del anonimato urbano, postura que se acerca mucho
a las ideas de Bachelard.23 Para estas mujeres,
el espacio doméstico es un no-lugar, concepto definido por el
antropólogo Marc Augé (77-79) como un locus que ha perdido
toda conexión con su función simbólica y comunitaria,
y se ha convertido en un lugar donde no ocurre nada, donde no hay nada que
hacer excepto comer dulces y, en el caso de Leonora, hacer muñecas:
dio con su simplicidad en hacer muñecas y en otras
niñerías (alusión a la impotencia de Felipo y
a su vejez, pues ha pasado un año desde que se casó con Leonora
y no hay señales de un hijo).24
23 Sin
embargo, no podemos olvidar que la descripción que hace Bachelard
de la casa responde a un período histórico muy alejado de la
época en que escribió Cervantes. El crítico francés
nos habla de un espacio caracterizado por una individualidad que no existía
en los Siglos de Oro. Quizás lo que nos demuestre la lectura de Bachelard
es, precisamente, la ilustración inequívoca de la incapacidad
y el fracaso del espacio individualista en el texto de Cervantes, cuya
función protectora del ser no puede ser articulada.
24 Estoy totalmente
de acuerdo con la observación que hace Percas de Ponseti al corregir
a gran parte de los críticos que interpretan este hecho como
[p. 86] juego (144). Ciertamente
no es lo mismo jugar que hacer muñecas. El producto de la
construcción de una muñeca es la obvia alusión a la
creación de ese objeto (el hijo/a) que nunca llega. De todas maneras,
aquí la mención de las muñecas se refiere a esa
práctica cultural de ir preparando, con el juego, a la mujer en su
rol de madre y en su entrada a la sexualidad.
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Otra forma en que se intensifica este
extrañamiento de la casa es a través de la coincidencia de
elementos culturales que provienen de la periferia, de la distancia, y que
J. Fernández ha estudiado como elementos coloniales (contenido
árabe, los africanos hechos esclavos, sistema de vigilancia imperial).
La casa funciona como una especie de aleph cartográfico, como
el cuadro de Holbein Los embajadores, quienes aparecen rodeados de
libros e instrumentos de navegación que remiten a la distancia imperial
concentrada en el escritorio. La coincidencia en un mismo lugar de una pluralidad
cultural contribuye decisivamente a transformar la casa de un lugar
a un espacio, siguiendo las definiciones de Certeau. Las relaciones
basadas en la esclavitud y la sujeción, al final, serán canceladas
por la apertura que sufre la casa y los efectos que tienen las acciones de
los demás en Felipo Carrizales, siendo este último el personaje
más afectado por la penetración de Loaysa. Pero los efectos
en Carrizales son mucho más complejos de lo que podría pensarse
a primera vista, y es en él donde se desarrolla una nueva productividad
literaria que afecta de manera directa al movimiento alegórico que
he descrito.
El personaje del viejo Carrizales es representado
con cierto relieve psicológico en la novela. Es bastante distinto
al tipo que esperaría el lector (como aparece claramente en el
entremés El viejo celoso). Las indicaciones que nos ofrece
el narrador sobre lo que fue su pasado de prodigalidad, malgasto de la hacienda
y problemas con las mujeres (lo que R. El Saffar denominó la prehistoria
del personaje, 42), resultan significativas ya que expanden el tipo
folklórico del viejo celoso. Más aún, esa
profundización se intensifica de manera crucial en el momento en que
Felipo presencia a su esposa dormida con el que cree su amante, y comienza
a sufrir una serie de problemas con su cuerpo que le hacen perder su capacidad
física y verbal, incapaz de articular una narración correcta
de la escena a la que se enfrenta: Sin pulsos quedó Carrizales
con la amarga vista de lo que miraba; la voz se le pegó a la garganta,
los brazos se le cayeron de desmayo, y quedó hecho una estatua de
mármol frío; y aunque la cólera hizo su natural oficio,
avivándole los casi muertos espíritus, pudo tanto el dolor,
que no le dejó tomar aliento (130). Su intento de tomar una
venganza, que el narrador describe como posibilidad
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efectiva y justificada, no se realiza.25 La cita describe el mal del indiano como una intensificación de su constante y siempre presente melancolía.26 Esta intensificación de la melancolía se combina con una cólera que no logra avivar del todo la capacidad motora del cuerpo. Teresa Soufas, citando múltiples ejemplos de tratados médicos peninsulares, ofrece como características del humor melancólico la contemplation, rumination, and excessive mental activity (4). Esto concuerda con la serie de citas que describen los momentos en que el personaje se detiene para reflexionar con sumo cuidado las acciones que guiarán su conducta. La melancolía guardaba también una estrecha relación con el espacio y sus funciones. Al respecto, Soufas cita a Bridget Gellert Lyons:
The melancholy man was described as haunting dark places, as being shut up in caves and dens, and as fleeing the light of the sun. The heart that was oppressed by gross and heavy melancholy humours was imprisoned, just as the melancholic himself was. There was no clear line of distinction between fact and image, or between the state of the melancholic's mind and the landscape that he inhabited or projected (11-12).
La cita corrobora la relación tan importante entre espacio y melancolía, unidos en un texto que insiste magistralmente en explotar los paralelismos topográficos y psíquicos de la representación. El melancólico se construye su propio espacio, aislándose y, de paso, cortando las vías de comunicación, aunque ese mismo corte resulte en otra forma de comunicación distinta. A estos señalamientos se debe añadir el hecho de que Carrizales, como viejo y celoso, es susceptible y candidato fuerte a sufrir de melancolía. Soufas (91-92) cita múltiples ejemplos de esta relación entre el viejo, los celos y la melancolía.27
25 El
narrador nos dice: [Carrizales] tomara la venganza que aquella grande
maldad requería, y luego llama a la venganza una
determinación honrosa y necesaria (ambas citas en 130).
Para El Saffar, la falta de una resolución violenta y previsible expande
y sobrepasa al estereotipo del esposo celoso (48).
26 A. Weber
es, hasta donde tengo entendido, la única que menciona la melancolía
como componente de la personalidad de Felipo, pero lo hace muy de pasada,
en la última nota de su artículo (nota 23, pág. 50).
27 Sobre la
relación entre la cólera y la melancolía, llamada
cólera adusta, véase Soufas (19-20). Cervantes,
aunque se vale de la teoría de los humores para construir a su personaje,
no permite que estos códigos de la personalidad dominen por completo
su creación, logrando sobrepasar el modelo puramente médico.
Carrizales no está totalmente dominado por la cólera a raíz
del impacto tan violento de lo que ve. El autor privilegia el lado
melancólico ya que intensifica el carácter
trágico del final del personaje.
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Desde una perspectiva más
contemporánea, y que no entraría en conflicto con el saber
médico de los Siglos de Oro, la fuerte experiencia que afecta
negativamente la capacidad motora del cuerpo de Carrizales presenta un paralelo
con lo que Kristeva ha denominado la asymbolia o retardación
lingüística que produce la melancolía, o lo que también
podríamos llamar, siguiendo ahora a Barthes, la fatiga del
lenguaje.28 Estas son características
que ya estaban presentes en otros personajes literarios (el encierro de Calisto,
por ejemplo; la melancolía de Don Quijote, el personaje de Hamlet)
y en los tratados de medicina amorosa (véase Schleiner 339). Felipo
Carrizales llega a reconocer su error y a ser liberal en la distribución
de sus bienes, pero sólo a raíz de una interpretación
errónea de la escena, pues Leonora no le fue
infiel.29
Paralelas a la postura final de Pleberio en
La Celestina, las últimas palabras de Carrizales se convierten
en una suerte de despedida, pues la melancolía ha socavado su capacidad
para armar una historia correcta de los hechos y es la manifestación
de esa fatiga del lenguaje que mencioné unas líneas atrás.
La melancolía funciona también como una especie de espejismo
que se interpone entre lo que se ve y lo que se interpreta, una dislexia
temporal que no logra unir la imagen que entra por la retina con la acción
que ocurrió en el pasado y que organizó la escena en el cuarto,
y que le impide interpretar correctamente las lágrimas de Leonora
(132). El viejo muere sin comprender de lleno lo que ha observado, pero más
fundamental que esto es la posibilidad de interpretar su postura final como
un efecto de su incapacidad de resolver los problemas que ocasionaron
precisamente la pérdida de su herencia familiar, su obligado viaje
a las Indias, y sus persistentes problemas con las mujeres, lo que sí
considero la verdadera prehistoria del personaje y que nunca
28 Kristeva
define esta dificultad que el sujeto confronta con el lenguaje como una
loss of meaning: if I am no longer capable of translating or metaphorizing,
I become silent and die (42). En el caso de Barthes, la frase la utiliza
para describir la tautología que caracteriza al fenómeno de
la fascinación, o la impotencia del lenguaje al hablar de aquello
que adoramos (20-21). La utilizo aquí con un sentido distinto: es
la unión de la fatiga corporal del sujeto melancólico con el
freno en el lenguaje y la voz (su incapacidad para generar discurso).
29 Para el celoso
the faulty interpretation of sensory evidence is the central issue,
fallo interpretativo que proviene de su intelecto hiperactivo que disrupts
the balanced functioning of [the mental] faculties (Soufas 90). Kristeva
(6-7) también describe la relación estrecha que existe entre
el pensamiento filosófico y la melancolía.
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aparece ni confrontada de lleno por el narrador ni resuelta, sino meramente
señalada.30 La prehistoria es el filtro
distorsionado que afecta la interpretación de lo que Carrizales observa
en el cuarto. Al final, es el narrador el que facilita los deseos del indiano
de convertirse en ejemplo para los lectores. Sin embargo, aunque hay un elemento
claramente didáctico en la novela, éste aparece altamente ironizado
y problemático, como muchos otros narradores que tanto gustan a Cervantes.
El narrador no se presenta como un instrumento adecuado pues no satisface
la seriedad del último discurso del personaje (es un narrador bastante
irónico, dialógico, que participa junto con los demás
personajes de los continuos desplazamientos alegóricos), sólo
tiene el poder de señalar la prehistoria sin entrar de lleno en ella,
y tampoco conoce a fondo las acciones de los personajes que construye, como
veremos más adelante.
Me parece que la novedad del personaje de
Felipo proviene directamente de una voluntad de hacerlo más complejo
por medio de una melancolía que viene arrastrándose desde la
prehistoria del indiano y que desencadena las acciones de Loaysa y de los
habitantes de la casa. Como consecuencia de esto, nos vemos obligados a
considerar el final como los estragos de unas fuerzas culturales que dominan
y delimitan lo que son los sujetos masculino y femenino (los códigos
que enmarcan las acciones de Carrizales), a la vez que nos hace considerar
la manera misma en que se exploran nuevas fronteras del relato en su
presentación de personajes.31 Contrario
a la venganza del deshonor típica de la comedia, por ejemplo, donde
la sangre tiene que correr para que el mundo pueda recomponerse (Cascardi
63-64; o sea, una preferencia por la cólera), aquí la voz del
narrador, que como vimos justificaría ese tipo de venganza, es contradicha
por las acciones del personaje mismo.
30 Para
mí, la prehistoria es esa zona del personaje que nunca hace acto de
presencia excepto a través de un residuo proveniente de un pasado
escondido. Contrario a El Saffar y, luego, a Molho, no creo que la verdadera
prehistoria se halle en las acciones de Carrizales antes de casarse con Leonora,
sino que es una condición preexistente que tiene un origen desconocido
pero cuyo empuje se manifiesta en los acontecimientos iniciales de la novela
y en las maneras en que el texto organiza una topografía dominada
por un residuo psicológico.
31 Estoy de
acuerdo con Forcione cuando dice que the situation of confinement and
liberation could enable the writer and reader to explore the universal problems
of restraint and freedom, [. . .] and the tensions and moral
ambiguities that inevitably beset human beings united as individuals within
a community (42).
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Leonora tampoco hace lo que se esperaría de un relato novelesco: no tiene relaciones con Loaysa a pesar de la negatividad inicial que muestra el narrador: Leonora se rindió, Leonora se engañó y Leonora se perdió, dando por tierra con todas las prevenciones del discreto Carrizales . . . (129).32 En la primera versión de la novela (el manuscrito Porras), Loaysa logra gozar de Leonora y, al parecer, esta cita es un recuerdo de esa antigua versión. Lo interesante del cambio, que demuestra el empuje experimental de Cervantes, es que ha desconcertado a la crítica pues queda fuera de las expectativas de estos, ya que las acciones del personaje femenino se convierten en un enigma. De forma paralela a la asymbolia o fatiga de Carrizales, la crítica ha encontrado una verdadera barrera interpretativa, como si el crítico experimentara, en la escena de la lectura, el enigma de la escena presenciada por Felipo. Una de las respuestas más interesantes y, a mi modo de ver, más controvertibles que se han dado a esta falta de verosimilitud es la expuesta por Américo Castro (214) y aceptada por Sieber, Forcione y Percas de Ponseti: Loaysa es un afeminado o un impotente, lo único que explicaría para estos críticos que Leonora lo rechace y/o que Loaysa no la fuerce.33 Al final, y como ya habíamos indicado, el narrador también ha confrontado problemas con este personaje femenino: Sólo no sé qué fue la causa que Leonora no puso más ahínco en desculparse y dar a entender a
32
Nótese la analogía arquitectónica entre las acciones
de Leonora y el echar por tierra el edificio protector de
Carrizales.
33 Véase
el artículo de Percas de Ponseti (143-144), donde se resumen algunas
de estas posturas. Sieber expone la posibilidad de que Loaysa sea afeminado
(19). Me parece que estos críticos recurren a esta lectura partiendo
de una interpretación fundamentada en dos posibilidades únicas
de acción: que el personaje femenino se rinda (la solución
del manuscrito Porras), o que el personaje recurra a la violencia. Lo que
hace Loaysa se demuestra para ellos como una insuficiencia de un concepto
bastante unidimensional de la masculinidad, basado en la violencia. Haría
falta un estudio más detallado de las posibles alusiones a la sexualidad
de Loaysa, pero partiendo de las manifestaciones bastante importantes de
homoerotismo entre Loaysa y el eunuco Luis, en especial si se tiene en cuenta
que uno de los sentidos que tiene la palabra eunuco es el de afeminado (por
eso podía ser el guarda de las mujeres en el harén). Las escenas
a las que me refiero aparecen en las páginas 112 y 115, en especial
frases relacionadas con el comer como la siguiente: aquel día
[Luis] dio de comer a Loaysa tan bien como si comiera en su casa, y aún
quizá mejor, pues pudiera ser que en su casa le faltara (115).
Hay que recordar aquí el eco indiscutible de las experiencias cervantinas
en su encarcelamiento en Argel. Esto evitaría recurrir a un rescate
de la violencia como requisito para Loaysa y mantendría intacta la
exploración de Cervantes y su necesidad de rebasar fronteras y
expectativas. Repito, habría que explorar este tema con mayor
atención.
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su celoso marido cuán limpia y sin ofensa había quedado en
aquel suceso . . . (135). En este sentido, los críticos
y el narrador se enfrentan con problemas fundamentales en la organización
de los hechos y en la lectura.34 Si la
alegoría se define como la peregrinación de las palabras en
busca de unas narraciones ilustrativas que ayuden a descifrar el enigma,
al final hay toda una serie de escamoteos de esa verdad que nunca llega a
saber Felipo y que, de forma paralela, sufre de la misma ininteligibilidad
cuando la crítica se enfrenta a la organización de los hechos
que hace el narrador en la versión final del manuscrito.
Al final de la obra nos enfrentamos con los
estragos de la melancolía, con los efectos devastadores de toda una
serie de estrategias e improvisaciones que encuentran su repercusión
en el desgaste del cuerpo (continuos desmayos que sufren el indiano y Leonora),
en la casa ahora abierta y la entrada del mundo exterior (los padres, el
escribano como representante de lo legal, y eventualmente el narrador), en
fin, en la incapacidad de improvisar más, con la excepción
de la experimentación verbal y narrativa que lleva a proponer un nuevo
artefacto cultural: una nueva función creativa para la novela a
través de una concepción productiva y dialógica de la
alegoría en sus manejos del
espacio.35 En las decisiones narrativas que
he señalado, el texto intenta explorar alternativas de acción
para sus personajes como una manera de moldear y ahondar en los límites
de la forma y de los horizontes de expectativa de los receptores. La
34 Una
de las manifestaciones más ilustrativas de este problema que confronta
la crítica con El celoso aparece en la gran cantidad de preguntas
que se hace la estudiosa Percas de Ponseti en su artículo (143, 149-151).
Esto lo señalo no como crítica, sino como una celebración
de los límites tan productivos que nos imponen los textos literarios.
Edwin Williamson también ve positivamente esta cualidad abierta de
la obra, al igual que Forcione.
35 El uso
dialógico de la alegoría se aleja mucho de su articulación
monológica en la literatura del Barroco, donde los personajes aparecen
limitados por una voluntad de reducir su movimiento por medio de nombres
alegóricos, como es el caso de
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modernidad de este relato no proviene necesariamente de las acciones del improvisador, como defendería Greenblatt, sino más bien de las repercusiones mentales y muy complejas de personajes que, en su intento de vivir individual, manifiestan conflictos profundos entre lo que son y las directrices impuestas por un lugar o una cultura. La topofilia discursiva de Cervantes lo que hace es explorar la topofobia espacial generada por un personaje atrapado en imperativos del lugar en que intenta vivir (lugar como lo define Certeau). El improvisador, en este caso, es una mera reacción ante la práctica espacial del melancólico y complejo personaje del viejo Carrizales. La narración termina con una interrogante, con la ineficacia epistemológica del conocedor de los hechos, con una reflexión sobre esas fuerzas de control que tanto dominan y que crean zonas oscuras que dirigen las acciones de los sujetos representados. La literatura se postula como una casa que se abre y se cierra constantemente a los lectores, que organiza desplazamientos y frenos a la cadena de signos, que levanta muros que limitan nuestro acceso pero que también construye nuevos senderos o derriba límites del género. De paso, el arte cervantino articula esas fuerzas diacrónicas de la cultura, muy enraizadas en esta época, tales como la preocupación excesiva por el honor, la herencia sanguínea, el matrimonio y sus problemas, el manejo del dinero, cómo negociar el deseo, manipular las funciones de la casa, y otros. Cervantes nos invita no a una prisión del lenguaje, sino a un campo abierto de posibilidades y límites que lo llevan a explorar las fronteras de un arte narrativo todavía dominado por las representaciones de personajes tipos pero que, a su vez, se vuelven más complejos al sobrepasar los límites impuestos por la psicología de los humores. Me parece que Cervantes lleva hasta el límite las posibilidades de este arte de narrar que, eventualmente, va a encontrar su desarrollo cabal en el siglo XVIII europeo, cuando las regiones más oscuras del ser serán exploradas de lleno. La topofilia, como el gusto crucial por la exploración del espacio y su interrelación con el lenguaje, resulta clave para entender las múltiples posibilidades que el arte cervantino tuvo a bien explorar.36
| UNIVERSITY OF CALIFORNIA, IRVINE |
36 Leí
varias versiones de este trabajo en diferentes foros que fueron nutriendo
el contenido final del mismo. Agradezco los comentarios de los alumnos y
facultad de los recintos de Río Piedras y Cayey de la Universidad
de Puerto Rico, y a los de la Universidad de California en Irvine. En particular
quiero agradecer a Lía Schwartz-Lerner su lectura cuidadosa y sus
comentarios muy valiosos. Doy las gracias también a Ivette Hernández
y Agnes Lugo-Ortiz.
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| OBRAS CITADAS | ||
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Augé, Mark. Non-Places. Trad. de John Howe. London & New York: Verso, 1995.
Avilés, Luis F. Contemplar mi 'stado: Las posibilidades del yo en el soneto I de Garcilaso. Calíope 2 (1996): 58-78.
Bachelard, Gaston. The Poetics of Space. Trad. de Maria Jolas. Boston: Beacon Press, 1969.
Barthes, Roland. A Lover's Discourse. Trad. de Richard Howard. New York: Hill and Wang, 1978.
Bourdieu, Pierre. Outline of a Theory of Practice. Trad. de Richard Nice. Cambridge: Cambridge UP, 1977.
Carrión, María. Arquitectura y cuerpo en la figura autorial de Teresa de Jesús. Madrid: Anthropos, 1994.
Casalduero, Joaquín. Sentido y forma de las Novelas ejemplares. 2a ed. Madrid: Gredos, 1969.
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
| URL: http://users.ipfw.edu/jehle/cervante/csa/artics98/aviles.htm | ||