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               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______

           DON QUIJOTE DE LA MANCHA

                   TOMO II


             Versión modernizada


            Texto electrónico por
                Fred F. Jehle



      Copyright © 1931 Rodolfo Schevill
      Copyright © 1996 Fred F. Jehle &
          Purdue Research Foundation


OBRAS COMPLETAS DE MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA _______ DON QUIJOTE DE LA MANCHA TOMO II EDICIÓN PUBLICADA POR RODOLFO SCHEVILL Y ADOLFO BONILLA Profesor en la Profesor en la Universidad de Universidad de California (Berkeley). Madrid. MADRID GRÁFICAS REUNIDAS, S. A. M. CM. XXXI.
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p. 5 ADVERTENCIA Para ahorrar repeticiones enojosas, remito al lector al Prólogo del primer tomo del QUIJOTE, página 6 y siguientes. Empleando el mismo proceder, he cotejado varios ejemplares de la primera edición (A) en Nueva York, Londres y España, y he señalado las variantes y erratas de dichos ejemplares. He hojeado también varios ejemplares de B y de C, y he podido notar tanto en el grupo B como en el de C algunas discrepancias, aunque de poca importancia, siendo éstas, por la mayor parte, erratas corregidas en uno que otro ejemplar. El señalar en mis notas las erratas y las variantes entre los ejemplares del grupo B y las que se manifiestan entre los del grupo C, sería nunca acabar. Por consiguiente, pienso reservarlas para un estudio aparte si el cielo me concede vida y fuerzas para emprenderlo. R. S. Berkeley, otoño de 1930.
p. 6
p. 7 CUARTA PARTE DEL INGENIOSO hidalgo don Quijote de la Mancha. Capítulo XXVIII 5 Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y barbero sucedió en la mesma sierra. Felicísimos y venturosos fueron los tiempos donde se echó al mundo el audacísimo caballero 10 don Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tan honrosa determinación, como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya perdida y casi muerta orden de la andante caballería, gozamos ahora, en esta nuestra edad, 15 necesitada de alegres entretenimientos, no sólo de la dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios de ella, que, en parte, no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la misma historia. La cual, prosiguiendo 20 su rastrillado, torcido y aspado hilo, cuenta que, así como el cura comenzó a prevenirse para consolar a Cardenio, lo impidió
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 8 una voz que llegó a sus oídos, que, con tristes acentos, decía de esta manera: “¡Ay Dios! ¿Si será posible que he ya hallado lugar que pueda servir de escondida sepultura a la carga pesada de este cuerpo, que tan 5 contra mi voluntad sostengo? Sí será, si la soledad que prometen estas sierras no me miente. ¡Ay desdichada!, y cuán más agradable compañía harán estos riscos y malezas a mi intención --pues me darán lugar para que con 10 quejas comunique mi desgracia al cielo-- que no la de ningún hombre humano, pues no hay ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio en las quejas, ni remedio en los males.” 15 Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con él estaban; y por parecerles, como ello era, que allí junto las decían, se levantaron a buscar el dueño, y no hubieron andado veinte pasos, cuando, detrás de un 20 peñasco, vieron sentado al pie de un fresno a un mozo vestido como labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba los pies en el arroyo que por allí corría, no se le pudieron ver por entonces; y ellos 25 llegaron con tanto silencio, que de él no fueron sentidos, ni él estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo se habían 30 nacido. Suspendióles la blancura y belleza de los pies, pareciéndoles que no estaban hechos a
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 9 pisar terrones, ni a andar tras el arado y los bueyes, como mostraba el hábito de su dueño. Y, así, viendo que no habían sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo señas a los otros dos que se agazapasen o escondiesen 5 detrás de unos pedazos de peña que allí había; y así lo hicieron todos, mirando con atención lo que el mozo hacía, el cual traía puesto un capotillo pardo de dos haldas, muy ceñido al cuerpo con una toalla blanca. Traía, 10 asimismo, unos calzones y polainas de paño pardo, y en la cabeza una montera parda. Tenía las polainas levantadas hasta la mitad de la pierna, que, sin duda alguna, de blanco alabastro parecía. Acabóse de lavar los 15 hermosos pies, y luego, con un paño de tocar, que sacó debajo de la montera, se los limpió; y, al querer quitársele, alzó el rostro, y tuvieron lugar los que mirándole estaban de ver una hermosura incomparable, tal, que Cardenio 20 dijo al cura con voz baja: “Esta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.” El mozo se quitó la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte, se comenzaron 25 a descoger y esparcir unos cabellos que pudieran los del sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parecía labrador era mujer, y delicada, y aun la más hermosa que hasta entonces los ojos de los dos habían visto, 30 y aun los de Cardenio, si no hubieran mirado y conocido a Luscinda; que después afirmó
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 10 que sola la belleza de Luscinda podía contender con aquélla. Los luengos y rubios cabellos, no sólo le cubrieron las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos, que, si no eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo 5 se parecía: tales y tantos eran. En esto, les sirvió de peine unas manos, que si los pies en el agua habían parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos semejaban pedazos de apretada nieve; todo lo cual en más 10 admiración y en más deseo de saber quién era ponía a los tres que la miraban. Por esto determinaron de mostrarse, y, al movimiento que hicieron de ponerse en pie, la hermosa moza alzó la cabeza, y, apartándose 15 los cabellos de delante de los ojos con entrambas manos, miró los que el ruido hacían; y apenas los hubo visto, cuando se levantó en pie, y sin aguardar a calzarse ni a recoger los cabellos, asió con mucha presteza un bulto 20 como de ropa que junto a sí tenía, y quiso ponerse en huida, llena de turbación y sobresalto. Mas no hubo dado seis pasos, cuando, no pudiendo sufrir los delicados pies la aspereza de las piedras, dio consigo en el suelo; lo cual 25 visto por los tres, salieron a ella, y el cura fue el primero que le dijo: “Deteneos, señora, quienquiera que seáis; que los que aquí veis sólo tienen intención de serviros. No hay para qué os pongáis en tan 30 impertinente huida, porque ni vuestros pies lo podrán sufrir, ni nosotros consentir.”
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 11 A todo esto, ella no respondía palabra, atónita y confusa. Llegaron, pues, a ella, y asiéndola por la mano el cura, prosiguió diciendo: “Lo que vuestro traje, señora, nos niega, vuestros cabellos nos descubren: señales 5 claras, que no deben de ser de poco momento las causas que han disfrazado vuestra belleza en hábito tan indigno, y traídola a tanta soledad como es ésta, en la cual ha sido ventura el hallaros, si no para dar remedio a vuestros 10 males, a lo menos, para darles consejo, pues ningún mal puede fatigar tanto, ni llegar tan al extremo de serlo, mientras no acaba la vida, que rehuya de no escuchar siquiera el consejo que con buena intención se le da al que lo 15 padece. Así que, señora mía, o señor mío, o lo que vos quisiereis ser, perded el sobresalto que nuestra vista os ha causado, y contadnos vuestra buena o mala suerte; que en nosotros juntos, o en cada uno, hallaréis quien os 20 ayude a sentir vuestras desgracias.” En tanto que el cura decía estas razones, estaba la disfrazada moza como embelesada, mirándolos a todos, sin mover labio ni decir palabra alguna, bien así como rústico aldeano 25 que, de improviso, se le muestran cosas raras y de él jamás vistas. Mas volviendo el cura a decirle otras razones, al mismo efecto encaminadas, dando ella un profundo suspiro, rompió el silencio y dijo: 30 “Pues que la soledad de estas sierras no ha sido parte para encubrirme, ni la soltura de mis
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 12 descompuestos cabellos no ha permitido que sea mentirosa mi lengua, en balde sería fingir yo de nuevo ahora, lo que, si se me creyese, sería más por cortesía que por otra razón alguna. Presupuesto esto, digo, señores, que os 5 agradezco el ofrecimiento que me habéis hecho, el cual me ha puesto en obligación de satisfaceros en todo lo que me habéis pedido, puesto que temo que la relación que os hiciere de mis desdichas os ha de causar, al par de la compasión, 10 la pesadumbre, porque no habéis de hallar remedio para remediarlas, ni consuelo para entretenerlas. Pero con todo esto, porque no ande vacilando mi honra en vuestras intenciones, habiéndome ya conocido por mujer, y 15 viéndome moza, sola y en este traje, cosas todas juntas, y cada una por sí, que pueden echar por tierra cualquier honesto crédito, os habré de decir lo que quisiera callar, si pudiera.” Todo esto dijo sin parar la que tan hermosa 20 mujer parecía, con tan suelta lengua, con voz tan suave, que no menos les admiró su discreción que su hermosura. Y, tornándole a hacer nuevos ofrecimientos y nuevos ruegos para que lo prometido cumpliese, ella, sin hacerse 25 más de rogar, calzándose con toda honestidad y recogiendo sus cabellos, se acomodó en el asiento de una piedra, y puestos los tres alrededor de ella, haciéndose fuerza por detener algunas lágrimas que a los ojos se le venían, 30 con voz reposada y clara comenzó la historia de su vida de esta manera:
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 13 “En esta Andalucía hay un lugar, de quien toma título un duque, que le hace uno de los que llaman grandes en España. Este tiene dos hijos: el mayor, heredero de su estado, y, al parecer, de sus buenas costumbres, y el menor, 5 no sé yo de qué sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los embustes de Galalón. De este señor son vasallos mis padres, humildes en linaje, pero tan ricos, que si los bienes de su naturaleza igualaran a los de su 10 fortuna, ni ellos tuvieran más que desear, ni yo temiera verme en la desdicha en que me veo; porque quizá nace mi poca ventura de la que no tuvieron ellos en no haber nacido ilustres. Bien es verdad que no son tan bajos que 15 puedan afrentarse de su estado, ni tan altos que a mí me quiten la imaginación que tengo de que de su humildad viene mi desgracia. Ellos, en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza mal sonante, y, como 20 suele decirse, cristianos viejos ranciosos, pero tan ricos, que su riqueza y magnífico trato les va poco a poco adquiriendo nombre de hidalgos, y aun de caballeros, puesto que de la mayor riqueza y nobleza que ellos se preciaban 25 era de tenerme a mí por hija; y así, por no tener otra ni otro que los heredase, como por ser padres y aficionados, yo era una de las más regaladas hijas que padres jamás regalaron. Era el espejo en que se miraban, el báculo 30 de su vejez y el sujeto a quien encaminaban, midiéndolos con el cielo, todos sus deseos; de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 14 los cuales, por ser ellos tan buenos, los míos no salían un punto. Y, del mismo modo que yo era señora de sus ánimos, así lo era de su hacienda. Por mí se recibían y despedían los criados. La razón y cuenta de lo que se 5 sembraba y cogía pasaba por mi mano: los molinos de aceite, los lagares del vino, el número del ganado mayor y menor, el de las colmenas. Finalmente, de todo aquello que un tan rico labrador como mi padre puede tener, y 10 tiene, tenía yo la cuenta, y era la mayordoma y señora, con tanta solicitud mía y con tanto gusto suyo, que buenamente no acertaré a encarecerlo. ”Los ratos que del día me quedaban, 15 después de haber dado lo que convenía a los mayorales, a capataces y a otros jornaleros, los entretenía en ejercicios que son a las doncellas tan lícitos como necesarios, como son los que ofrece la aguja y la almohadilla, y la rueca 20 muchas veces; y, si alguna, por recrear el ánimo, estos ejercicios dejaba, me acogía al entretenimiento de leer algún libro devoto o a tocar una arpa, porque la experiencia me mostraba que la música compone los ánimos 25 descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu. ”Esta, pues, era la vida que yo tenía en casa de mis padres, la cual si tan particularmente he contado, no ha sido por ostentación, ni por 30 dar a entender que soy rica, sino porque se advierta cuán sin culpa me he venido de aquel
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 15 buen estado que he dicho, al infeliz en que ahora me hallo. Es, pues, el caso que pasando mi vida en tantas ocupaciones y en un encerramiento tal, que al de un monasterio pudiera compararse, sin ser vista, a mi parecer, de 5 otra persona alguna que de los criados de casa, porque los días que iba a misa era tan de mañana, y tan acompañada de mi madre y de otras criadas, y yo tan cubierta y recatada, que apenas veían mis ojos más tierra de 10 aquélla donde ponía los pies, y, con todo esto, los del amor, o los de la ociosidad, por mejor decir, a quien los de lince no pueden igualarse, me vieron, puestos en la solicitud de don Fernando, que éste es el nombre del 15 hijo menor del duque que os he contado.” No hubo bien nombrado a don Fernando la que el cuento contaba, cuando a Cardenio se le mudó la color del rostro, y comenzó a trasudar, con tan grande alteración, que el cura 20 y el barbero, que miraron en ello, temieron que le venía aquel accidente de locura que habían oído decir que de cuando en cuando le venía. Mas Cardenio no hizo otra cosa que trasudar y estarse quedo, mirando de hito en 25 hito a la labradora, imaginando quién ella era. La cual, sin advertir en los movimientos de Cardenio, prosiguió su historia, diciendo: ”Y no me hubieron bien visto, cuando, según él dijo después, quedó tan preso de mis 30 amores, cuanto lo dieron bien a entender sus demostraciones. Mas por acabar presto con
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 16 el cuento, que no le tiene, de mis desdichas, quiero pasar en silencio las diligencias que don Fernando hizo para declararme su voluntad. Sobornó toda la gente de mi casa, dio y ofreció dádivas y mercedes a mis parientes. 5 Los días eran todos de fiesta y de regocijo en mi calle; las noches no dejaban dormir a nadie las músicas. Los billetes que, sin saber cómo, a mis manos venían, eran infinitos, llenos de enamoradas razones y ofrecimientos, 10 con menos letras que promesas y juramentos. Todo lo cual no sólo no me ablandaba, pero me endurecía de manera, como si fuera mi mortal enemigo, y que todas las obras que para reducirme a su voluntad hacía, las hiciera 15 para el efecto contrario; no porque a mí me pareciese mal la gentileza de don Fernando, ni que tuviese a demasía sus solicitudes, porque me daba un no sé qué de contento verme tan querida y estimada de un tan principal 20 caballero; y no me pesaba ver en sus papeles mis alabanzas; que en esto, por feas que seamos las mujeres, me parece a mí que siempre nos da gusto el oír que nos llaman hermosas. ”Pero a todo esto se opone mi honestidad 25 y los consejos continuos que mis padres me daban, que ya muy al descubierto sabían la voluntad de don Fernando, porque ya a él no se le daba nada de que todo el mundo la supiese. Decíanme mis padres que en sola 30 mi virtud y bondad dejaban y depositaban su honra y fama, y que considerase la desigualdad
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 17 que había entre mí y don Fernando, y que por aquí echaría de ver que sus pensamientos, aunque él dijese otra cosa, más se encaminaban a su gusto que a mi provecho; y que si yo quisiese poner en alguna manera algún 5 inconveniente para que él se dejase de su injusta pretensión, que ellos me casarían luego con quien yo más gustase, así de los más principales de nuestro lugar, como de todos los circunvecinos, pues todo se podía esperar de 10 su mucha hacienda y de mi buena fama. Con estos ciertos prometimientos, y con la verdad que ellos me decían, fortificaba yo mi entereza, y jamás quise responder a don Fernando palabra que le pudiese mostrar, aunque de muy 15 lejos, esperanza de alcanzar su deseo. Todos estos recatos míos, que él debía de tener por desdenes, debieron de ser causa de avivar más su lascivo apetito, que este nombre quiero dar a la voluntad que me mostraba; la 20 cual, si ella fuera como debía, no la supierais vosotros ahora, porque hubiera faltado la ocasión de decírosla. ”Finalmente, don Fernando supo que mis padres andaban por darme estado, por quitarle 25 a él la esperanza de poseerme, o, a lo menos, porque yo tuviese más guardas para guardarme. Y esta nueva o sospecha fue causa para que hiciese lo que ahora oiréis. Y fue que una noche, estando yo en mi aposento, 30 con sola la compañía de una doncella que me servía, teniendo bien cerradas las puertas, por
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 18 temor que, por descuido, mi honestidad no se viese en peligro, sin saber ni imaginar cómo, en medio de estos recatos y prevenciones, y en la soledad de este silencio y encierro, me le hallé delante, cuya vista me turbó de 5 manera, que me quitó la de mis ojos y me enmudeció la lengua. Y, así, no fui poderosa de dar voces, ni aun él creó que me las dejara dar, porque luego se llegó a mí, y, tomándome entre sus brazos, porque yo, como digo, no 10 tuve fuerzas para defenderme, según estaba turbada, comenzó a decirme tales razones, que no sé cómo es posible que tenga tanta habilidad la mentira, que las sepa componer de modo que parezcan tan verdaderas. Hacía 15 el traidor que sus lágrimas acreditasen sus palabras, y los suspiros su intención. Yo, pobrecilla, sola, entre los míos mal ejercitada en casos semejantes, comencé, no sé en qué modo, a tener por verdaderas tantas 20 falsedades; pero no de suerte que me moviesen a compasión, menos que buena, sus lágrimas y suspiros. ”Y, así, pasándoseme aquel sobresalto primero, torné algún tanto a cobrar mis perdidos 25 espíritus, y con más ánimo del que pensé que pudiera tener, le dije: «Si como estoy, »señor, en tus brazos, estuviera entre los de un »león fiero, y el librarme de ellos se me »asegurara con que hiciera o dijera cosa que fuera 30 »en perjuicio de mi honestidad, así fuera »posible hacerla o decirla, como es posible dejar
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 19 »de haber sido lo que fue. Así que, si tú tienes »ceñido mi cuerpo con tus brazos, yo tengo »atada mi alma con mis buenos deseos, que »son tan diferentes de los tuyos, como lo verás, »si con hacerme fuerza quisieres pasar 5 »adelante en ellos. Tu vasalla soy, pero no tu »esclava; ni tiene ni debe tener imperio la »nobleza de tu sangre para deshonrar y tener »en poco la humildad de la mía. Y en tanto »me estimo yo, villana y labradora, como tú, 10 »señor y caballero. Conmigo no han de ser de »ningún efecto tus fuerzas, ni han de tener »valor tus riquezas, ni tus palabras han de »poder engañarme, ni tus suspiros y lágrimas »enternecerme. Si alguna de todas estas 15 »cosas que he dicho viera yo en el que mis »padres me dieran por esposo, a su voluntad »se ajustara la mía, y mi voluntad de la suya »no saliera. De modo que, como quedara con »honra, aunque quedara sin gusto, de grado 20 »le entregara lo que tú, señor, ahora con tanta »fuerza procuras. Todo esto he dicho, porque »no es pensar que de mí alcance cosa alguna »el que no fuere mi legítimo esposo.» «Si no »reparas más que en eso, bellísima Dorotea», 25 que éste es el nombre de esta desdichada --dijo el desleal caballero--, «ves, aquí te doy la »mano de serlo tuyo, y sean testigos de esta »verdad los cielos, a quien ninguna cosa se »esconde, y esta imagen de nuestra señora que 30 »aquí tienes.»” Cuando Cardenio le oyó decir que se llamaba
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 20 Dorotea, tornó de nuevo a sus sobresaltos, y acabó de confirmar por verdadera su primera opinión; pero no quiso interrumpir el cuento por ver en qué venía a parar lo que él ya casi sabía; sólo dijo: 5 “¿Que Dorotea es tu nombre, señora? Otra he oído yo decir del mismo, que quizá corre parejas con tus desdichas. Pasa adelante; que tiempo vendrá en que te diga cosas que te espanten en el mismo grado que te 10 lastimen.” Reparó Dorotea en las razones de Cardenio, y en su extraño y desastrado traje, y rogóle que si alguna cosa de su hacienda sabía, se la dijese luego; porque si algo le había dejado 15 bueno la fortuna, era el ánimo que tenía para sufrir cualquier desastre que le sobreviniese, segura de que, a su parecer, ninguno podía llegar que el que tenía acrecentase un punto. “No le perdiera yo, señora”, respondió 20 Cardenio, “en decirte lo que pienso, si fuera verdad lo que imagino, y hasta ahora no se pierde coyuntura, ni a ti te importa nada el saberlo.” “Sea lo que fuere”, respondió Dorotea, “lo que en mi cuento pasa fue que, tomando don 25 Fernando una imagen que en aquel aposento estaba, la puso por testigo de nuestro desposorio. Con palabras eficacísimas y juramentos extraordinarios me dio la palabra de ser mi marido, puesto que, antes que acabase de 30 decirlas, le dije que mirase bien lo que hacía, y que considerase el enojo que su padre había
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 21 de recibir de verle casado con una villana, vasalla suya; que no le cegase mi hermosura, tal cual era, pues no era bastante para hallar en ella disculpa de su yerro, y que si algún bien me quería hacer, por el amor que me 5 tenía, fuese dejar correr mi suerte a lo igual de lo que mi calidad pedía, porque nunca los tan desiguales casamientos se gozan, ni duran mucho en aquel gusto con que se comienzan. 10 ”Todas estas razones que aquí he dicho, le dije, y otras muchas de que no me acuerdo; pero no fueron parte para que él dejase de seguir su intento, bien así como el que no piensa pagar, que, al concertar de la barata, 15 no repara en inconvenientes. Yo, a esta sazón, hice un breve discurso conmigo, y me dije a mí misma: «Sí, que no seré yo la primera »que por vía de matrimonio haya subido de »humilde a grande estado, ni será don Fernando 20 »el primero a quien hermosura o ciega afición, »que es lo más cierto, haya hecho tomar »compañía desigual a su grandeza. Pues si no »hago ni mundo ni uso nuevo, bien es acudir »a esta honra que la suerte me ofrece, puesto 25 »que en éste no dure más la voluntad que me »muestra de cuanto dure el cumplimiento de »su deseo, que, en fin, para con Dios seré su »esposa. Y si quiero con desdenes despedirle, »en término le veo que no usando el 30 »que debe, usará el de la fuerza, y vendré a »quedar deshonrada y sin disculpa de la culpa
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 22 »que me podía dar el que no supiere cuán »sin ella he venido a este punto. Porque, ¿qué »razones serán bastantes para persuadir a mis »padres y a otros que este caballero entró en »mi aposento sin consentimiento mío?» 5 ”Todas estas demandas y respuestas revolví en un instante en la imaginación. Y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza, y a inclinarme a lo que fue, sin yo pensarlo, mi perdición, los juramentos de don Fernando, 10 los testigos que ponía, las lágrimas que derramaba, y, finalmente, su disposición y gentileza, que, acompañada con tantas muestras de verdadero amor, pudieran rendir a otro tan libre y recatado corazón como el 15 mío. Llamé a mi criada para que en la tierra acompañase a los testigos del cielo. Tornó don Fernando a reiterar y confirmar sus juramentos. Añadió a los primeros nuevos santos por testigos; echóse mil futuras maldiciones 20 si no cumpliese lo que me prometía. Volvió a humedecer sus ojos y a acrecentar sus suspiros; apretóme más entre sus brazos, de los cuales jamás me había dejado. Y, con esto, y con volverse a salir del aposento mi 25 doncella, yo dejé de serlo y él acabó de ser traidor y fementido. ”El día que sucedió a la noche de mi desgracia se venía aún no tan aprisa como yo pienso que don Fernando deseaba, porque, 30 después de cumplido aquello que el apetito pide, el mayor gusto que puede venir es
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 23 apartarse de donde le alcanzaron. Digo esto, porque don Fernando dio prisa por partirse de mí; y, por industria de mi doncella, que era la misma que allí le había traído, antes que amaneciese se vio en la calle. Y, al 5 despedirse de mí, aunque no con tanto ahínco y vehemencia como cuando vino, me dijo que estuviese segura de su fe y de ser firmes y verdaderos sus juramentos; y para más confirmación de su palabra, sacó un rico anillo 10 del dedo y lo puso en el mío. En efecto, él se fue y yo quedé, ni sé si triste o alegre: esto sé bien decir, que quedé confusa y pensativa, y casi fuera de mí, con el nuevo acaecimiento, y no tuve ánimo, o no se me acordó, de reñir 15 a mi doncella por la traición cometida de encerrar a don Fernando en mi mismo aposento, porque aún no me determinaba si era bien o mal el que me había sucedido. Díjele, al partir, a don Fernando que por el mismo camino 20 de aquélla podía verme otras noches, pues ya era suya, hasta que, cuando él quisiese, aquel hecho se publicase. Pero no vino otra alguna, si no fue la siguiente, ni yo pude verle en la calle ni en la iglesia en más de un mes, 25 que en vano me cansé en solicitarlo, puesto que supe que estaba en la villa y que los más días iba a caza, ejercicio de que él era muy aficionado. ”Estos días y estas horas bien sé yo que 30 para mí fueron aciagos y menguadas. Y bien sé que comencé a dudar en ellos, y aun a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 24 descreer de la fe de don Fernando; y sé también que mi doncella oyó entonces las palabras que, en reprensión de su atrevimiento, antes no había oído; y sé que me fue forzoso tener cuenta con mis lágrimas y con la compostura de 5 mi rostro, por no dar ocasión a que mis padres me preguntasen que de qué andaba descontenta y me obligasen a buscar mentiras que decirles. Pero todo esto se acabó en un punto, llegándose uno donde se atropellaron respetos 10 y se acabaron los honrados discursos, y adonde se perdió la paciencia y salieron a plaza mis secretos pensamientos. Y esto fue porque, de allí a pocos días, se dijo en el lugar cómo en una ciudad allí cerca se había casado 15 don Fernando con una doncella hermosísima en todo extremo y de muy principales padres, aunque no tan rica, que por la dote pudiera aspirar a tan noble casamiento. Díjose que se llamaba Luscinda, con otras cosas que en sus 20 desposorios sucedieron, dignas de admiración.” Oyó Cardenio el nombre de Luscinda, y no hizo otra cosa que encoger los hombros, morderse los labios, enarcar las cejas y dejar de allí a poco caer por sus ojos dos fuentes de 25 lágrimas. Mas no por esto dejó Dorotea de seguir su cuento, diciendo: “Llegó esta triste nueva a mis oídos, y en lugar de helárseme el corazón en oírla, fue tanta la cólera y rabia que se encendió en él, que 30 faltó poco para no salirme por las calles dando voces, publicando la alevosía y traición
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 25 que se me había hecho. Mas templóse esta furia por entonces con pensar de poner aquella misma noche por obra lo que puse, que fue ponerme en este hábito que me dio uno de los que llaman zagales en casa de los labradores, 5 que era criado de mi padre, al cual descubrí toda mi desventura, y le rogué me acompañase hasta la ciudad, donde entendí que mi enemigo estaba. El, después que hubo reprendido mi atrevimiento y afeado mi determinación, 10 viéndome resuelta en mi parecer, se ofreció a tenerme compañía, como él dijo, hasta el cabo del mundo. Luego, al momento encerré en una almohada de lienzo un vestido de mujer y algunas joyas y dineros, por lo que 15 podía suceder. Y en el silencio de aquella noche, sin dar cuenta a mi traidora doncella, salí de mi casa, acompañada de mi criado, y de muchas imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad a pie, llevada en vuelo del deseo 20 de llegar, ya que no a estorbar lo que tenía por hecho, a lo menos, a decir a don Fernando me dijese con qué alma lo había hecho. ”Llegué en dos días y medio donde quería, y, en entrando por la ciudad, pregunté por la 25 casa de los padres de Luscinda; y al primero a quien hice la pregunta, me respondió más de lo que yo quisiera oír. Díjome la casa y todo lo que había sucedido en el desposorio de su hija; cosa tan pública en la ciudad, que se 30 hacen corrillos para contarla por toda ella. Díjome que la noche que don Fernando se
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 26 desposó con Luscinda, después de haber ella dado el sí de ser su esposa, le había tomado un recio desmayo, y que, llegando su esposo a desabrocharle el pecho para que le diese el aire, le halló un papel escrito de la misma letra de 5 Luscinda, en que decía y declaraba que ella no podía ser esposa de don Fernando, porque lo era de Cardenio, que, a lo que el hombre me dijo, era un caballero muy principal de la misma ciudad; y que si había dado el sí a 10 don Fernando, fue por no salir de la obediencia de sus padres. En resolución, tales razones dijo que contenía el papel, que daba a entender que ella había tenido intención de matarse en acabándose de desposar, y daba allí las razones 15 por que se había quitado la vida; todo lo cual dicen que confirmó una daga que le hallaron, no sé en qué parte de sus vestidos. Todo lo cual visto por don Fernando, pareciéndole que Luscinda le había burlado y escarnecido y 20 tenido en poco, arremetió a ella antes que de su desmayo volviese, y con la misma daga que le hallaron la quiso dar de puñaladas, y lo hiciera, si sus padres y los que se hallaron presentes no se lo estorbaran. Dijeron más: que 25 luego se ausentó don Fernando, y que Luscinda no había vuelto de su parasismo hasta otro día, que contó a sus padres cómo ella era verdadera esposa de aquel Cardenio que he dicho. ”Supe más: que el Cardenio, según decían, 30 se halló presente a los desposorios, y que, en viéndola desposada, lo cual él jamás pensó, se
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 27 salió de la ciudad desesperado, dejándole primero escrita una carta, donde daba a entender el agravio que Luscinda le había hecho, y de cómo él se iba adonde gentes no le viesen. Esto todo era público y notorio en toda la 5 ciudad, y todos hablaban de ello; y más hablaron cuando supieron que Luscinda había faltado de casa de sus padres y de la ciudad, pues no la hallaron en toda ella; de que perdían el juicio sus padres y no sabían qué medio se tomar 10 para hallarla. Esto que supe puso en bando mis esperanzas, y tuve por mejor no haber hallado a don Fernando, que no hallarle casado, pareciéndome que aún no estaba del todo cerrada la puerta a mi remedio, dándome yo 15 a entender que podría ser que el cielo hubiese puesto aquel impedimento en el segundo matrimonio, por atraerle a conocer lo que al primero debía, y a caer en la cuenta de que era cristiano, y que estaba más obligado a su 20 alma que a los respetos humanos. ”Todas estas cosas revolvía en mi fantasía, y me consolaba sin tener consuelo, fingiendo unas esperanzas largas y desmayadas para entretener la vida, que ya aborrezco. Estando, 25 pues, en la ciudad, sin saber qué hacerme, pues a don Fernando no hallaba, llegó a mis oídos un público pregón, donde se prometía grande hallazgo a quien me hallase, dando las señas de la edad y del mismo traje que 30 traía. Y oí decir que se decía que me había sacado de casa de mis padres el mozo que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 28 conmigo vino, cosa que me llegó al alma, por ver cuán de caída andaba mi crédito, pues no bastaba perderle con mi venida, sino añadir el con quién, siendo sujeto tan bajo y tan indigno de mis buenos pensamientos. Al punto 5 que oí el pregón, me salí de la ciudad con mi criado, que ya comenzaba a dar muestras de titubear en la fe que de fidelidad me tenía prometida, y aquella noche nos entramos por lo espeso de esta montaña, con el miedo de 10 no ser hallados. ”Pero como suele decirse que un mal llama a otro, y que el fin de una desgracia suele ser principio de otra mayor, así me sucedió a mí; porque mi buen criado, hasta entonces fiel y 15 seguro, así como me vio en esta soledad, incitado de su misma bellaquería antes que de mi hermosura, quiso aprovecharse de la ocasión que, a su parecer, estos yermos le ofrecían. Y con poca vergüenza y menos temor de 20 Dios, ni respeto mío, me requirió de amores; y viendo que yo, con feas y justas palabras, respondía a las desvergüenzas de sus propósitos, dejó aparte los ruegos, de quien primero pensó aprovecharse, y comenzó a usar 25 de la fuerza. Pero el justo cielo, que pocas o ningunas veces deja de mirar y favorecer a las justas intenciones, favoreció las mías de manera, que, con mis pocas fuerzas y con poco trabajo, di con él por un derrumbadero, donde 30 le dejé, ni sé si muerto o si vivo. Y luego, con más ligereza que mi sobresalto y cansancio
CUARTA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 29 pedían, me entré por estas montañas, sin llevar otro pensamiento ni otro designio que esconderme en ellas y huir de mi padre y de aquellos que de su parte me andaban buscando. ”Con este deseo ha no sé cuántos meses 5 que entré en ellas, donde hallé un ganadero que me llevó por su criado a un lugar que está en las entrañas de esta sierra, al cual he servido de zagal todo este tiempo, procurando estar siempre en el campo por encubrir estos cabellos 10 que ahora, tan sin pensarlo, me han descubierto. Pero toda mi industria y toda mi solicitud fue, y ha sido, de ningún provecho, pues mi amo vino en conocimiento de que yo no era varón, y nació en él el mismo mal 15 pensamiento que en mi criado; y como no siempre la fortuna con los trabajos da los remedios, no hallé derrumbadero ni barranco de donde despeñar y despenar al amo, como le hallé para el criado. Y, así, tuve por menor inconveniente 20 dejarle y esconderme de nuevo entre estas asperezas que probar con él mis fuerzas o mis disculpas. Digo, pues, que me torné a emboscar y a buscar donde, sin impedimento alguno, pudiese con suspiros y lágrimas 25 rogar al cielo se duela de mi desventura y me dé industria y favor para salir de ella, o para dejar la vida entre estas soledades, sin que quede memoria de esta triste, que tan sin culpa suya habrá dado materia para que de ella se 30 hable y murmure en la suya y en las ajenas tierras.”
p. 30 Capítulo XXIX Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo. “Esta es, señores, la verdadera historia de 5 mi tragedia: mirad y juzgad ahora si los suspiros que escuchasteis, las palabras que oísteis y las lágrimas que de mis ojos salían, tenían ocasión bastante para mostrarse en mayor abundancia; y considerada la calidad de mi 10 desgracia, veréis que será en vano el consuelo, pues es imposible el remedio de ella. Sólo os ruego, lo que con facilidad podréis y debéis hacer, que me aconsejéis dónde podré pasar la vida, sin que me acabe el temor y 15 sobresalto que tengo de ser hallada de los que me buscan; que, aunque sé que el mucho amor que mis padres me tienen me asegura que seré de ellos bien recibida, es tanta la vergüenza que me ocupa sólo al pensar 20 que, no como ellos pensaban, tengo de parecer a su presencia, que tengo por mejor desterrarme para siempre de ser vista, que no verles el rostro con pensamiento que ellos miran el mío ajeno de la honestidad que de 25 mí se debían de tener prometida.” Calló en diciendo esto, y el rostro se le cubrió de un color que mostró bien claro el sentimiento y vergüenza del alma. En las suyas sintieron los que escuchado la habían tanta 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 31 lástima como admiración de su desgracia; y aunque luego quisiera el cura consolarla y aconsejarla, tomó primero la mano Cardenio, diciendo: “En fin, señora, que tú eres la hermosa 5 Dorotea, la hija única del rico Clenardo.” Admirada quedó Dorotea cuando oyó el nombre de su padre, y de ver cuán de poco era el que le nombraba, porque ya se ha dicho de la mala manera que Cardenio estaba 10 vestido. Y, así, le dijo: “¿Y quién sois vos, hermano, que así sabéis el nombre de mi padre? Porque yo, hasta ahora, si mal no me acuerdo, en todo el discurso del cuento de mi desdicha no le he 15 nombrado.” “Soy”, respondió Cardenio, “aquel sin ventura que, según vos, señora, habéis dicho, Luscinda dijo que era su esposo. Soy el desdichado Cardenio, a quien el mal término de aquel 20 que a vos os ha puesto en el que estáis, me ha traído a que me veáis, cual me veis, roto, desnudo, falto de todo humano consuelo, y, lo que es peor de todo, falto de juicio, pues no le tengo sino cuando al cielo se le antoja 25 dármele por algún breve espacio. Yo [Dorotea], soy el que me hallé presente a las sinrazones de don Fernando, y el que aguardó oír el sí que de ser su esposa pronunció Luscinda. Yo soy el que no tuvo ánimo para ver en qué 30 paraba su desmayo, ni lo que resultaba del papel que le fue hallado en el pecho, porque no tuvo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 32 el alma sufrimiento para ver tantas desventuras juntas; y, así, dejé la casa y la paciencia, y una carta que dejé a un huésped mío, a quien rogué que en manos de Luscinda la pusiese, y víneme a estas soledades con 5 intención de acabar en ellas la vida, que desde aquel punto aborrecí como mortal enemiga mía. Mas no ha querido la suerte quitármela, contentándose con quitarme el juicio, quizá por guardarme para la buena ventura que he 10 tenido en hallaros, pues siendo verdad, como creo que lo es, lo que aquí habéis contado, aún podría ser que a entrambos nos tuviese el cielo guardado mejor suceso en nuestros desastres que nosotros pensamos. Porque 15 presupuesto que Luscinda no puede casarse con don Fernando, por ser mía, ni don Fernando con ella, por ser vuestro, y haberlo ella tan manifiestamente declarado, bien podemos esperar que el cielo nos restituya lo que es nuestro, 20 pues está todavía en ser y no se ha enajenado ni deshecho. Y pues este consuelo tenemos, nacido no de muy remota esperanza, ni fundado en desvariadas imaginaciones, suplícoos, señora, que toméis otra resolución en vuestros 25 honrados pensamientos, pues yo la pienso tomar en los míos, acomodándoos a esperar mejor fortuna; que yo os juro por la fe de caballero y de cristiano de no desampararos hasta veros en poder de don Fernando, y que, 30 cuando con razones no le pudiere atraer a que conozca lo que os debe, de usar entonces la
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 33 libertad que me concede el ser caballero y poder, con justo título, desafiarle en razón de la sinrazón que os hace, sin acordarme de mis agravios, cuya venganza dejaré al cielo por acudir en la tierra a los vuestros.” 5 Con lo que Cardenio dijo se acabó de admirar Dorotea, y por no saber qué gracias volver a tan grandes ofrecimientos, quiso tomarle los pies para besárselos, mas no lo consintió Cardenio; y el licenciado respondió por 10 entrambos y aprobó el buen discurso de Cardenio, y, sobre todo, les rogó, aconsejó y persuadió que se fuesen con él a su aldea, donde se podrían reparar de las cosas que les faltaban, y que allí se daría orden cómo buscar a don 15 Fernando, o cómo llevar a Dorotea a sus padres, o hacer lo que más les pareciese conveniente. Cardenio y Dorotea se lo agradecieron y aceptaron la merced que se les ofrecía. El barbero, que a todo había estado suspenso y 20 callado, hizo también su buena plática y se ofreció, con no menos voluntad que el cura, a todo aquello que fuese bueno para servirles. Contó, asimismo, con brevedad la causa que allí los había traído, con la extrañeza de la 25 locura de don Quijote, y cómo aguardaban a su escudero, que había ido a buscarle. Vínosele a la memoria a Cardenio, como por sueños, la pendencia que con don Quijote había tenido, y contóla a los demás; mas no supo decir por 30 qué causa fue su cuestión. En esto, oyeron voces y conocieron que el
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 34 que las daba era Sancho Panza, que, por no haberlos hallado en el lugar donde los dejó, los llamaba a voces. Saliéronle al encuentro, y preguntándole por don Quijote, les dijo cómo le había hallado desnudo en camisa, 5 flaco, amarillo y muerto de hambre, y suspirando por su señora Dulcinea; y que, puesto que le había dicho que ella le mandaba que saliese de aquel lugar y se fuese al del Toboso, donde le quedaba esperando, había 10 respondido que estaba determinado de no parecer ante su fermosura fasta que hubiese fecho fazañas que le ficiesen digno de su gracia. Y que si aquello pasaba adelante, corría peligro de no venir a ser emperador, como estaba 15 obligado, ni aun arzobispo, que era lo menos que podía ser. Por eso, que mirasen lo que se había de hacer para sacarle de allí. El licenciado le respondió que no tuviese pena; que ellos le sacarían de allí, mal que le 20 pesase. Contó luego a Cardenio y a Dorotea lo que tenían pensado para remedio de don Quijote, a lo menos, para llevarle a su casa. A lo cual dijo Dorotea que ella haría la doncella menesterosa mejor que el barbero, y más, que 25 tenía allí vestidos con que hacerlo al natural, y que la dejasen el cargo de saber representar todo aquello que fuese menester para llevar adelante su intento, porque ella había leído muchos libros de caballerías y sabía bien el 30 estilo que tenían las doncellas cuitadas cuando pedían sus dones a los andantes caballeros.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 35 “Pues no es menester más”, dijo el cura, “sino que luego se ponga por obra; que, sin duda, la buena suerte se muestra en favor mío, pues tan sin pensarlo, a vosotros, señores, se os ha comenzado a abrir puerta para 5 vuestro remedio, y a nosotros se nos ha facilitado la que habíamos menester.” Sacó luego Dorotea de su almohada una saya entera de cierta telilla rica y una mantellina de otra vistosa tela verde, y de una cajita 10 un collar y otras joyas, con que en un instante se adornó, de manera, que una rica y gran señora parecía. Todo aquello y más dijo que había sacado de su casa para lo que se ofreciese, y que hasta entonces no se le había ofrecido 15 ocasión de haberlo menester. A todos contentó en extremo su mucha gracia, donaire y hermosura, y confirmaron a don Fernando por de poco conocimiento, pues tanta belleza desechaba. 20 Pero el que más se admiró fue Sancho Panza, por parecerle, como era así verdad, que en todos los días de su vida había visto tan hermosa criatura; y, así, preguntó al cura con grande ahínco le dijese quién era aquella 25 tan fermosa señora y qué era lo que buscaba por aquellos andurriales. “Esta hermosa señora”, respondió el cura, “Sancho hermano, es, como quien no dice nada, es la heredera, por línea recta de varón, 30 del gran reino de Micomicón, la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle un don, el cual
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 36 es que le desfaga un tuerto o agravio que un mal gigante le tiene fecho; y a la fama que de buen caballero vuestro amo tiene por todo lo descubierto, de Guinea ha venido a buscarle esta princesa.” 5 “¡Dichosa buscada y dichoso hallazgo!”, dijo a esta sazón Sancho Panza; “y más si mi amo es tan venturoso que desfaga ese agravio y enderece ese tuerto, matando a ese hideputa de ese gigante que vuestra merced 10 dice; que sí matará, si él le encuentra, si ya no fuese fantasma; que contra las fantasmas no tiene mi señor poder alguno. Pero una cosa quiero suplicar a vuestra merced, entre otras, señor licenciado, y es que porque a mi 15 amo no le tome gana de ser arzobispo, que es lo que yo temo, que vuestra merced le aconseje que se case luego con esta princesa, y así quedará imposibilitado de recibir órdenes arzobispales, y vendrá con facilidad a 20 su imperio, y yo al fin de mis deseos; que yo he mirado bien en ello y hallo por mi cuenta que no me está bien que mi amo sea arzobispo, porque yo soy inútil para la Iglesia, pues soy casado, y andarme ahora a traer dispensaciones 25 para poder tener renta por la Iglesia, teniendo, como tengo, mujer e hijos, sería nunca acabar. Así que, señor, todo el toque está en que mi amo se case luego con esta señora, que hasta ahora no sé su gracia, y así 30 no la llamo por su nombre.” “Llámase”, respondió el cura, “la princesa
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 37 Micomicona, porque llamándose su reino Micomicón, claro está que ella se ha de llamar así.” “No hay duda en eso”, respondió Sancho; “que yo he visto a muchos tomar el apellido y 5 alcurnia del lugar donde nacieron, llamándose Pedro de Alcalá, Juan de Ubeda y Diego de Valladolid; y esto mismo se debe de usar allá en Guinea: tomar las reinas los nombres de sus reinos.” 10 “Así debe de ser”, dijo el cura; “y en lo del casarse vuestro amo, yo haré en ello todos mis poderíos.” Con lo que quedó tan contento Sancho, cuanto el cura admirado de su simplicidad y 15 de ver cuán encajados tenía en la fantasía los mismos disparates que su amo, pues sin alguna duda se daba a entender que había de venir a ser emperador. Ya en esto se había puesto Dorotea sobre la mula del cura, y el 20 barbero se había acomodado al rostro la barba de la cola de buey, y dijeron a Sancho que los guiase adonde don Quijote estaba, al cual advirtieron que no dijese que conocía al licenciado ni al barbero, porque en no 25 conocerlos consistía todo el toque de venir a ser emperador su amo; puesto que ni el cura ni Cardenio quisieron ir con ellos, porque no se le acordase a don Quijote la pendencia que con Cardenio había tenido, y el cura porque 30 no era menester por entonces su presencia. Y, así, los dejaron ir delante y ellos los fueron
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 38 siguiendo a pie, poco a poco. No dejó de avisar el cura lo que había de hacer Dorotea, a lo que ella dijo que descuidasen: que todo se haría sin faltar punto, como lo pedían y pintaban los libros de caballerías. 5 Tres cuartos de legua habrían andado, cuando descubrieron a don Quijote entre unas intricadas peñas, ya vestido, aunque no armado; y así como Dorotea le vio y fue informada de Sancho que aquél era don Quijote, dio del 10 azote a su palafrén, siguiéndole el bien barbado barbero. Y, en llegando junto a él, el escudero se arrojó de la mula y fue a tomar en los brazos a Dorotea, la cual, apeándose con grande desenvoltura, se fue a hincar de rodillas 15 ante las de don Quijote, y, aunque él pugnaba por levantarla, ella, sin levantarse, le fabló en esta guisa: “De aquí no me levantaré, ¡oh valeroso y esforzado caballero!, fasta que la vuestra bondad 20 y cortesía me otorgue un don, el cual redundará en honra y prez de vuestra persona, y en pro de la más desconsolada y agraviada doncella que el sol ha visto. Y si es que el valor de vuestro fuerte brazo corresponde a la voz 25 de vuestra inmortal fama, obligado estáis a favorecer a la sin ventura que de tan lueñes tierras viene, al olor de vuestro famoso nombre, buscándoos para remedio de sus desdichas.” 30 “No os responderé palabra, fermosa señora”, respondió don Quijote, “ni oiré más cosa
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 39 de vuestra facienda, fasta que os levantéis de tierra.” “No me levantaré, señor”, respondió la afligida doncella, “si primero, por la vuestra cortesía, no me es otorgado el don que pido.” 5 “Yo vos le otorgo y concedo”, respondió don Quijote, “como no se haya de cumplir en daño o mengua de mi rey, de mi patria y de aquella que de mi corazón y libertad tiene la llave.” 10 “No será en daño ni en mengua de los que decís, mi buen señor”, replicó la dolorosa doncella. Y, estando en esto, se llegó Sancho Panza al oído de su señor, y muy pasito le dijo: 15 “Bien puede vuestra merced, señor, concederle el don que pide, que no es cosa de nada: sólo es matar a un gigantazo; y esta que lo pide es la alta princesa Micomicona, reina del gran reino Micomicón, de Etiopía.” 20 “Sea quien fuere”, respondió don Quijote; “que yo haré lo que soy obligado y lo que me dicta mi conciencia, conforme a lo que profesado tengo.” Y, volviéndose a la doncella, dijo: 25 “La vuestra gran fermosura se levante; que yo le otorgo el don que pedirme quisiere.” “Pues el que pido es”, dijo la doncella, “que la vuestra magnánima persona se venga luego conmigo donde yo le llevare, y me prometa 30 que no se ha de entremeter en otra aventura ni demanda alguna hasta darme venganza de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 40 un traidor que, contra todo derecho divino y humano, me tiene usurpado mi reino.” “Digo que así lo otorgo”, respondió don Quijote, “y así podéis, señora, desde hoy más, desechar la melancolía que os fatiga y 5 hacer que cobre nuevos bríos y fuerzas vuestra desmayada esperanza; que, con el ayuda de Dios y la de mi brazo, vos os veréis presto restituida en vuestro reino y sentada en la silla de vuestro antiguo y grande estado, a 10 pesar y a despecho de los follones que contradecirlo quisieren; y manos a labor, que en la tardanza dicen que suele estar el peligro.” La menesterosa doncella pugnó con mucha porfía por besarle las manos; mas don Quijote, 15 que en todo era comedido y cortés caballero, jamás lo consintió; antes la hizo levantar y la abrazó con mucha cortesía y comedimiento; y mandó a Sancho que requiriese las cinchas a Rocinante, y le armase luego al punto. 20 Sancho descolgó las armas, que, como trofeo, de un árbol estaban pendientes, y, requiriendo las cinchas, en un punto armó a su señor, el cual, viéndose armado, dijo: “Vamos de aquí, en el nombre de Dios, a 25 favorecer esta gran señora.” Estábase el barbero aún de rodillas, teniendo gran cuenta de disimular la risa y de que no se le cayese la barba, con cuya caída quizá quedaran todos sin conseguir su buena 30 intención; y, viendo que ya el don estaba concedido, y con la diligencia que don Quijote
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 41 se alistaba para ir a cumplirle, se levantó y tomó de la otra mano a su señora, y entre los dos la subieron en la mula; luego subió don Quijote sobre Rocinante y el barbero se acomodó en su cabalgadura, quedándose 5 Sancho a pie, donde de nuevo se le renovó la pérdida del rucio, con la falta que entonces le hacía; mas todo lo llevaba con gusto, por parecerle que ya su señor estaba puesto en camino y muy a pique de ser emperador, porque, 10 sin duda alguna, pensaba que se había de casar con aquella princesa y ser, por lo menos, rey de Micomicón; sólo le daba pesadumbre el pensar que aquel reino era en tierra de negros, y que la gente que por sus vasallos 15 le diesen habían de ser todos negros, a lo cual hizo luego en su imaginación un buen remedio, y díjose a sí mismo: “¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá más que cargar con ellos y 20 traerlos a España, donde los podré vender, y adonde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar algún título o algún oficio con que vivir descansado todos los días de mi vida? ¡No, sino dormíos, y no tengáis 25 ingenio ni habilidad para disponer de las cosas y para vender treinta o diez mil vasallos en dácame esas pajas! ¡Por Dios que los he de volar, chico con grande, o como pudiere; y que por negros que sean los he de volver blancos, 30 o amarillos; llegaos, que me mamo el dedo!” Con esto andaba tan solícito y tan contento,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 42 que se le olvidaba la pesadumbre de caminar a pie. Todo esto miraban de entre unas breñas Cardenio y el cura, y no sabían qué hacerse para juntarse con ellos; pero el cura, que era 5 gran tracista, imaginó luego lo que harían para conseguir lo que deseaban, y fue que, con unas tijeras que traía en un estuche, quitó con mucha presteza la barba a Cardenio y vistióle un capotillo pardo que él traía, y diole 10 un herreruelo negro, y él se quedó en calzas y en jubón; y quedó tan otro de lo que antes parecía Cardenio, que él mismo no se conociera, aunque a un espejo se mirara. Hecho esto, puesto ya que los otros habían pasado 15 adelante en tanto que ellos se disfrazaron, con facilidad salieron al camino real antes que ellos, porque las malezas y malos pasos de aquellos lugares no concedían que anduviesen tanto los de a caballo como los de a pie. 20 En efecto, ellos se pusieron en el llano a la salida de la sierra, y así como salió de ella don Quijote y sus camaradas, el cura se le puso a mirar muy despacio, dando señales de que le iba reconociendo; y al cabo de haberle una 25 buena pieza estado mirando, se fue a él abiertos los brazos y diciendo a voces: “¡Para bien sea hallado el espejo de la caballería, el mi buen compatriota don Quijote de la Mancha, la flor y la nata de la gentileza, 30 el amparo y remedio de los menesterosos, la quinta esencia de los caballeros andantes!”
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 43 Y, diciendo esto, tenía abrazado por la rodilla de la pierna izquierda a don Quijote, el cual, espantado de lo que veía y oía decir y hacer aquel hombre, se le puso a mirar con atención, y, al fin, le conoció, y quedó 5 como espantado de verle, e hizo grande fuerza por apearse; mas el cura no lo consintió, por lo cual don Quijote decía: “Déjeme vuestra merced, señor licenciado; que no es razón que yo esté a caballo, y una 10 tan reverenda persona como vuestra merced esté a pie.” “Eso no consentiré yo en ningún modo”, dijo el cura; “estése la vuestra grandeza a caballo, pues estando a caballo acaba las 15 mayores fazañas y aventuras que en nuestra edad se han visto; que a mí, aunque indigno sacerdote, bastaráme subir en las ancas de una de estas mulas de estos señores que con vuestra merced caminan, si no lo han por enojo. Y aun 20 haré cuenta que voy caballero sobre el caballo Pegaso, o sobre la cebra o alfana en que cabalgaba aquel famoso moro Muzaraque, que aun hasta ahora yace encantado en la gran cuesta Zulema, que dista poco de la gran 25 Compluto.” “Aún no caía yo en tanto, mi señor licenciado”, respondió don Quijote, “y yo sé que mi señora la princesa será servida, por mi amor, de mandar a su escudero dé a vuestra merced 30 la silla de su mula; que él podrá acomodarse en las ancas, si es que ella las sufre.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 44 “Sí sufre, a lo que yo creo”, respondió la princesa; “y también sé que no será menester mandárselo al señor mi escudero, que él es tan cortés y tan cortesano, que no consentirá que una persona eclesiástica vaya a pie, 5 pudiendo ir a caballo.” “Así es”, respondió el barbero. Y, apeándose en un punto, convidó al cura con la silla, y él la tomó sin hacerse mucho de rogar. Y fue el mal que, al subir a las ancas el 10 barbero, la mula, que, en efecto, era de alquiler, que para decir que era mala esto basta, alzó un poco los cuartos traseros y dio dos coces en el aire, que a darlas en el pecho de maese Nicolás, o en la cabeza, él diera al diablo la 15 venida por don Quijote. Con todo eso le sobresaltaron de manera, que cayó en el suelo, con tan poco cuidado de las barbas, que se le cayeron en el suelo; y como se vio sin ellas, no tuvo otro remedio sino acudir a 20 cubrirse el rostro con ambas manos y a quejarse que le habían derribado las muelas. Don Quijote, como vio todo aquel mazo de barbas sin quijadas y sin sangre, lejos del rostro del escudero caído, dijo: 25 “¡Vive Dios, que es gran milagro éste! ¡Las barbas le ha derribado y arrancado del rostro, como si las quitaran aposta!” El cura, que vio el peligro que corría su invención de ser descubierta, acudió luego a las 30 barbas y fuese con ellas adonde yacía maese Nicolás, dando aún voces todavía; y de un
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 45 golpe, llegándole la cabeza a su pecho, se las puso, murmurando sobre él unas palabras, que dijo que era cierto ensalmo apropiado para pegar barbas, como lo verían; y, cuando se las tuvo puestas, se apartó, y quedó el escudero 5 tan bien barbado y tan sano como de antes; de que se admiró don Quijote sobremanera y rogó al cura que, cuando tuviese lugar, le enseñase aquel ensalmo; que él entendía que su virtud a más que pegar barbas se debía de 10 extender, pues estaba claro que de donde las barbas se quitasen había de quedar la carne llagada y maltrecha; y que pues todo lo sanaba, a más que barbas aprovechaba. “Así es”, dijo el cura; y prometió de 15 enseñársele en la primera ocasión. Concertáronse que, por entonces, subiese el cura, y a trechos se fuesen los tres mudando, hasta que llegasen a la venta, que estaría hasta dos leguas de allí. Puestos los tres a 20 caballo, es a saber, don Quijote, la princesa y el cura, y los tres a pie, Cardenio, el barbero y Sancho Panza, don Quijote dijo a la doncella: “Vuestra grandeza, señora mía, guíe por 25 donde más gusto le diere.” Y antes que ella respondiese, dijo el licenciado: “¿Hacia qué reino quiere guiar la vuestra señoría? ¿Es por ventura hacia el de 30 Micomicón? Que sí debe de ser, o yo sé poco de reinos.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 46 Ella, que estaba bien en todo, entendió que había de responder que sí; y, así, dijo: “Sí, señor; hacia ese reino es mi camino.” “Si así es”, dijo el cura, “por la mitad de mi pueblo hemos de pasar, y de allí tomará 5 vuestra merced la derrota de Cartagena, donde se podrá embarcar con la buena ventura; y si hay viento próspero, mar tranquilo y sin borrasca, en poco menos de nueve años se podrá estar a vista de la gran laguna Meona, digo 10 Meótides, que está poco más de cien jornadas más acá del reino de vuestra grandeza.” “Vuestra merced está engañado, señor mío”, dijo ella, “porque no ha dos años que yo partí de él, y, en verdad, que nunca tuve buen 15 tiempo; y, con todo eso, he llegado a ver lo que tanto deseaba, que es al señor don Quijote de la Mancha, cuyas nuevas llegaron a mis oídos así como puse los pies en España, y ellas me movieron a buscarle para encomendarme 20 en su cortesía y fiar mi justicia del valor de su invencible brazo.” “¡No más; cesen mis alabanzas!”, dijo a esta sazón don Quijote, “porque soy enemigo de todo género de adulación, y, aunque ésta 25 no lo sea, todavía ofenden mis castas orejas semejantes pláticas. Lo que yo sé decir, señora mía, que ora tenga valor o no, el que tuviere o no tuviere, se ha de emplear en vuestro servicio hasta perder la vida; y, así, dejando 30 esto para su tiempo, ruego al señor licenciado me diga qué es la causa que le ha traído por
CUARTA PARTE, CAPITULO XXIX p. 47 estas partes, tan solo, y tan sin criados, y tan a la ligera, que me pone espanto.” “A eso yo responderé con brevedad”, respondió el cura, “porque sabrá vuestra merced, señor don Quijote, que yo y maese Nicolás, 5 nuestro amigo y nuestro barbero, íbamos a Sevilla a cobrar cierto dinero que un pariente mío, que ha muchos años que pasó a Indias, me había enviado, y no tan pocos que no pasan de sesenta mil pesos ensayados, que es 10 otro que tal, y, pasando ayer por estos lugares, nos salieron al encuentro cuatro salteadores y nos quitaron hasta las barbas; y de modo nos las quitaron, que le convino al barbero ponérselas postizas; y aun a este 15 mancebo que aquí va --señalando a Cardenio-- le pusieron como de nuevo. Y es lo bueno, que es pública fama por todos estos contornos, que los que nos saltearon son de unos galeotes que dicen que libertó, casi en este mismo 20 sitio, un hombre tan valiente, que, a pesar del comisario y de las guardas, los soltó a todos; y, sin duda alguna, él debía de estar fuera de juicio, o debe de ser tan grande bellaco como ellos, o algún hombre sin alma y sin conciencia, 25 pues quiso soltar al lobo entre las ovejas, a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre la miel; quiso defraudar la justicia, ir contra su rey y señor natural, pues fue contra sus justos mandamientos. Quiso, digo, quitar a las 30 galeras sus pies, poner en alboroto a la Santa Hermandad, que había muchos años que reposaba.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 48 Quiso, finalmente, hacer un hecho por donde se pierda su alma y no se gane su cuerpo.” Habíales contado Sancho al cura y al barbero la aventura de los galeotes, que acabó su 5 amo con tanta gloria suya, y por esto cargaba la mano el cura refiriéndola, por ver lo que hacía o decía don Quijote, al cual se le mudaba la color a cada palabra, y no osaba decir que él había sido el libertador de aquella 10 buena gente. “Estos, pues”, dijo el cura, “fueron los que nos robaron; ¡que Dios por su misericordia se lo perdone al que no los dejó llevar al debido suplicio!” 15
p. 49 Capítulo XXX Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había puesto. 5 No hubo bien acabado el cura, cuando Sancho dijo: “Pues mía fe, señor licenciado, el que hizo esa fazaña fue mi amo, y no porque yo no le dije antes y le avisé que mirase lo que 10 hacía, y que era pecado darles libertad, porque todos iban allí por grandísimos bellacos.” “¡Majadero!”, dijo a esta sazón don Quijote; “a los caballeros andantes no les toca, ni atañe averiguar, si los afligidos, encadenados 15 y opresos que encuentran por los caminos van de aquella manera, o están en aquella angustia por sus culpas o por sus gracias; sólo le toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus 20 bellaquerías. Yo topé un rosario y sarta de gente mohína y desdichada, e hice con ellos lo que mi religión me pide, y lo demás allá se avenga; y a quien mal le ha parecido, salvo la santa dignidad del señor licenciado y su honrada 25 persona, digo que sabe poco de achaque de caballería, y que miente como un hideputa y mal nacido, y esto le haré conocer con mi espada donde más largamente se contiene.” Y esto dijo, afirmándose en los estribos y 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 50 calándose el morrión, porque la bacía de barbero, que a su cuenta era el yelmo de Mambrino, llevaba colgado del arzón delantero, hasta adobarla del mal tratamiento que la hicieron los galeotes. Dorotea, que era discreta 5 y de gran donaire, como quien ya sabía el menguado humor de don Quijote y que todos hacían burla de él, sino Sancho Panza, no quiso ser para menos, y viéndole tan enojado, le dijo: 10 “Señor caballero, miémbresele a la vuestra merced el don que me tiene prometido, y que conforme a él, no puede entremeterse en otra aventura, por urgente que sea; sosiegue vuestra merced el pecho; que si el señor licenciado 15 supiera que por ese invicto brazo habían sido librados los galeotes, él se diera tres puntos en la boca, y aun se mordiera tres veces la lengua, antes que haber dicho palabra que en despecho de vuestra merced redundara.” 20 “Eso juro yo bien”, dijo el cura, “y aun me hubiera quitado un bigote.” “Yo callaré, señora mía”, dijo don Quijote, “y reprimiré la justa cólera que ya en mi pecho se había levantado, e iré quieto y pacífico hasta 25 tanto que os cumpla el don prometido; pero en pago de este buen deseo os suplico me digáis, si no se os hace de mal, cuál es la vuestra cuita y cuántas, quiénes y cuáles son las personas de quien os tengo de dar debida, 30 satisfecha y entera venganza.” “Eso haré yo de gana”, respondió Dorotea,
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 51 “si es que no os enfada oír lástimas y desgracias.” “No enfadará, señora mía”, respondió don Quijote. A lo que respondió Dorotea: 5 “Pues así es, esténme vuestras mercedes atentos.” No hubo ella dicho esto, cuando Cardenio y el barbero se le pusieron al lado, deseosos de ver cómo fingía su historia la discreta 10 Dorotea, y lo mismo hizo Sancho, que tan engañado iba con ella como su amo. Y ella, después de haberse puesto bien en la silla y prevenídose con toser y hacer otros ademanes, con mucho donaire comenzó a decir de esta 15 manera: “Primeramente quiero que vuestras mercedes sepan, señores míos, que a mí me llaman...” Y detúvose aquí un poco, porque se le 20 olvidó el nombre que el cura le había puesto; pero él acudió al remedio, porque entendió en lo que reparaba, y dijo: “No es maravilla, señora mía, que la vuestra grandeza se turbe y empache contando sus 25 desventuras; que ellas suelen ser tales, que muchas veces quitan la memoria a los que maltratan, de tal manera, que aun de sus mismos nombres no se les acuerda, como han hecho con vuestra gran señoría, que se ha 30 olvidado que se llama la princesa Micomicona, legítima heredera del gran reino Micomicón;
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 52 y con este apuntamiento puede la vuestra grandeza reducir ahora fácilmente a su lastimada memoria todo aquello que contar quisiere.” “Así es la verdad”, respondió la doncella, “y desde aquí adelante creo que no será 5 menester apuntarme nada; que yo saldré a buen puerto con mi verdadera historia. La cual es que el rey mi padre, que se llamaba Tinacrio el Sabidor, fue muy docto en esto que llaman el arte mágica, y alcanzó por su ciencia que 10 mi madre, que se llamaba la reina Jaramilla, había de morir primero que él, y que de allí a poco tiempo él también había de pasar de esta vida y yo había de quedar huérfana de padre y madre. Pero decía él que no le fatigaba tanto 15 esto cuanto le ponía en confusión saber por cosa muy cierta que un descomunal gigante, señor de una grande ínsula, que casi alinda con nuestro reino, llamado Pandafilando de la Fosca Vista --porque es cosa averiguada que 20 aunque tiene los ojos en su lugar y derechos, siempre mira al revés, como si fuese bizco, y esto lo hace él de maligno y por poner miedo y espanto a los que mira--, digo que supo que este gigante, en sabiendo mi 25 orfandad, había de pasar con gran poderío sobre mi reino y me lo había de quitar todo, sin dejarme una pequeña aldea donde me recogiese; pero que podía excusar toda esta ruina y desgracia si yo me quisiese casar con él; 30 mas, a lo que él entendía, jamás pensaba que me vendría a mí en voluntad de hacer tan
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 53 desigual casamiento; y dijo en esto la pura verdad, porque jamás me ha pasado por el pensamiento casarme con aquel gigante, pero ni con otro alguno, por grande y desaforado que fuese. 5 ”Dijo también mi padre que después que él fuese muerto y viese yo que Pandafilando comenzaba a pasar sobre mi reino, que no aguardase a ponerme en defensa, porque sería destruirme, sino que libremente le dejase 10 desembarazado el reino, si quería excusar la muerte y total destrucción de mis buenos y leales vasallos, porque no había de ser posible defenderme de la endiablada fuerza del gigante; sino que luego, con algunos de los 15 míos, me pusiese en camino de las Españas, donde hallaría el remedio de mis males, hallando a un caballero andante, cuya fama en este tiempo se extendería por todo este reino, el cual se había de llamar, si mal no me 20 acuerdo, don Azote o don Gigote.” “Don Quijote diría, señora”, dijo a esta sazón Sancho Panza, “o, por otro nombre, el Caballero de la Triste Figura.” “Así es la verdad”, dijo Dorotea. “Dijo 25 más: que había de ser alto de cuerpo, seco de rostro, y que en el lado derecho, debajo del hombro izquierdo, o por allí junto, había de tener un lunar pardo, con ciertos cabellos a manera de cerdas.” 30 En oyendo esto don Quijote, dijo a su escudero:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 54 “Ten aquí, Sancho, hijo; ayúdame a desnudar; que quiero ver si soy el caballero que aquel sabio rey dejó profetizado.” “Pues ¿para qué quiere vuestra merced desnudarse?”, dijo Dorotea. 5 “Para ver si tengo ese lunar que vuestro padre dijo”, respondió don Quijote. “No hay para qué desnudarse”, dijo Sancho; “que yo sé que tiene vuestra merced un lunar de esas señas en la mitad del espinazo, que es 10 señal de ser hombre fuerte.” “Eso basta”, dijo Dorotea; “porque con los amigos no se ha de mirar en pocas cosas, y que esté en el hombro, o que esté en el espinazo, importa poco; basta que haya lunar, y esté 15 donde estuviere, pues todo es una misma carne; y, sin duda, acertó mi buen padre en todo, y yo he acertado en encomendarme al señor don Quijote, que él es por quien mi padre dijo, pues las señales del rostro vienen con 20 las de la buena fama que este caballero tiene, no sólo en España, pero en toda la Mancha, pues apenas me hube desembarcado en Osuna, cuando oí decir tantas hazañas suyas que luego me dio el alma que era el mismo 25 que venía a buscar.” “¿Pues cómo se desembarcó vuestra merced en Osuna, señora mía”, preguntó don Quijote, “si no es puerto de mar?” Mas antes que Dorotea respondiese, tomó 30 el cura la mano y dijo: “Debe de querer decir la señora princesa
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 55 que, después que desembarcó en Málaga, la primera parte donde oyó nuevas de vuestra merced fue en Osuna.” “Eso quise decir”, dijo Dorotea. “Y esto lleva camino”, dijo el cura, “y 5 prosiga vuestra majestad adelante.” “No hay que proseguir”, respondió Dorotea, “sino que, finalmente, mi suerte ha sido tan buena en hallar al señor don Quijote, que ya me cuento y tengo por reina y señora de todo 10 mi reino, pues él, por su cortesía y magnificencia, me ha prometido el don de irse conmigo dondequiera que yo le llevare, que no será a otra parte que a ponerle delante de Pandafilando de la Fosca Vista para que le 15 mate y me restituya lo que tan contra razón me tiene usurpado; que todo esto ha de suceder a pedir de boca, pues así lo dejó profetizado Tinacrio el Sabidor, mi buen padre; el cual también dejó dicho y escrito, en letras caldeas 20 o griegas, que yo no las sé leer, que si este caballero de la profecía, después de haber degollado al gigante, quisiese casarse conmigo, que yo me otorgase luego, sin réplica alguna, por su legítima esposa, y le diese la posesión 25 de mi reino, junto con la de mi persona.” “¿Qué te parece, Sancho amigo?”, dijo a este punto don Quijote. “¿No oyes lo que pasa? ¿No te lo dije yo? Mira si tenemos ya reino que mandar y reina con quien casar.” 30 “Eso juro yo”, dijo Sancho; “¡para el puto que no se casare en abriendo el gaznatico al
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 56 señor Pandahilado! Pues ¡monta que es mala la reina! Así se me vuelvan las pulgas de la cama.” Y, diciendo esto, dio dos zapatetas en el aire, con muestras de grandísimo contento, y 5 luego fue a tomar las riendas de la mula de Dorotea, y, haciéndola detener, se hincó de rodillas ante ella, suplicándole le diese las manos para besárselas, en señal que la recibía por su reina y señora. ¿Quién no había de reír 10 de los circunstantes, viendo la locura del amo y la simplicidad del criado? En efecto, Dorotea se las dio y le prometió de hacerle gran señor en su reino, cuando el cielo le hiciese tanto bien que se lo dejase cobrar y gozar. 15 Agradecióselo Sancho con tales palabras, que renovó la risa en todos. “Esta, señores”, prosiguió Dorotea, “es mi historia; sólo resta por deciros que de cuanta gente de acompañamiento saqué de mi reino, 20 no me ha quedado sino sólo este buen barbado escudero, porque todos se anegaron en una gran borrasca que tuvimos a vista del puerto. Y él y yo salimos en dos tablas a tierra, como por milagro; y así, es todo milagro y misterio 25 el discurso de mi vida, como lo habréis notado. Y si en alguna cosa he andado demasiada, o no tan acertada como debiera, echad la culpa a lo que el señor licenciado dijo al principio de mi cuento: que los trabajos continuos 30 y extraordinarios quitan la memoria al que los padece.”
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 57 “Esa no me quitarán a mí, ¡oh alta y valerosa señora!”, dijo don Quijote, “cuantos yo pasare en serviros, por grandes y no vistos que sean. Y, así, de nuevo confirmo el don que os he prometido, y juro de ir con vos al 5 cabo del mundo hasta verme con el fiero enemigo vuestro, a quien pienso, con el ayuda de Dios y de mi brazo, tajar la cabeza soberbia con los filos de esta, no quiero decir buena espada, merced a Ginés de Pasamonte, que me 10 llevó la mía --esto dijo entre dientes, y prosiguió diciendo--, y después de habérsela tajado y puéstoos en pacífica posesión de vuestro estado, quedará a vuestra voluntad hacer de vuestra persona lo que más en talante 15 os viniere; porque mientras que yo tuviere ocupada la memoria y cautiva la voluntad, perdido el entendimiento, a aquélla... y no digo más, no es posible que yo arrostre, ni por pienso, el casarme, aunque fuese con el 20 ave fénix.” Parecióle tan mal a Sancho lo que últimamente su amo dijo acerca de no querer casarse, que, con grande enojo, alzando la voz, dijo: “¡Voto a mi y juro a mí, que no tiene vuestra 25 merced, señor don Quijote, cabal juicio! Pues ¿cómo es posible que pone vuestra merced en duda el casarse con tan alta princesa como aquésta? ¿Piensa que le ha de ofrecer la fortuna, tras cada cantillo, semejante ventura 30 como la que ahora se le ofrece? ¿Es por dicha más hermosa mi señora Dulcinea? No, por cierto;
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 58 ni aun con la mitad, y aun estoy por decir que no llega a su zapato de la que está delante. Así, noramala alcanzaré yo el condado que espero, si vuestra merced se anda a pedir cotufas en el golfo. Cásese, cásese luego, 5 encomiéndole yo a Satanás, y tome ese reino que se le viene a las manos de vobis, vobis; y, en siendo rey, hágame marqués o adelantado, y luego, siquiera se lo lleve el diablo todo.” Don Quijote, que tales blasfemias oyó decir 10 contra su señora Dulcinea, no lo pudo sufrir, y, alzando el lanzón, sin hablarle palabra a Sancho, y sin decirle esta boca es mía, le dio tales dos palos, que dio con él en tierra; y si no fuera porque Dorotea le dio voces que no 15 le diera más, sin duda le quitara allí la vida. “¿Pensáis”, le dijo a cabo de rato, “villano ruin, que ha de haber lugar siempre para ponerme la mano en la horcajadura, y que todo ha de ser errar vos y perdonaros yo? Pues ¡no lo 20 penséis, bellaco descomulgado, que sin duda lo estás, pues has puesto lengua en la sin par Dulcinea! Y ¿no sabéis vos, gañán, faquín, belitre, que si no fuese por el valor que ella infunde en mi brazo, que no le tendría 25 yo para matar una pulga? Decid, socarrón de lengua viperina, y ¿quién pensáis que ha ganado este reino; y cortado la cabeza a este gigante; y héchoos a vos marqués, que todo esto doy ya por hecho y por cosa pasada en 30 cosa juzgada, si no es el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de sus
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 59 hazañas? Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser. ¡Oh hideputa, bellaco, y cómo sois desagradecido, que os veis levantado del polvo de la tierra a ser señor de título, y correspondéis a tan 5 buena obra con decir mal de quien os la hizo!” No estaba tan maltrecho Sancho que no oyese todo cuanto su amo le decía, y, levantándose con un poco de presteza, se fue a poner detrás del palafrén de Dorotea, y desde allí 10 dijo a su amo: “Dígame, señor; si vuestra merced tiene determinado de no casarse con esta gran princesa, claro está que no será el reino suyo, y, no siéndolo, ¿qué mercedes me puede hacer? Esto 15 es de lo que yo me quejo; cásese vuestra merced una por una con esta reina, ahora que la tenemos aquí como llovida del cielo, y después puede volverse con mi señora Dulcinea; que reyes debe de haber habido en el mundo que hayan 20 sido amancebados. En lo de la hermosura no me entremeto, que, en verdad, si va a decirla, que entrambas me parecen bien, puesto que yo nunca he visto a la señora Dulcinea.” “¿Cómo que no la has visto, traidor 25 blasfemo?”, dijo don Quijote; “pues ¿no acabas de traerme ahora un recado de su parte?” “Digo que no la he visto tan despacio”, dijo Sancho, “que pueda haber notado particularmente su hermosura y sus buenas partes, 30 punto por punto; pero así a bulto, me parece bien.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 60 “Ahora te disculpo”, dijo don Quijote, “y perdóname el enojo que te he dado; que los primeros movimientos no son en manos de los hombres.” “Ya yo lo veo”, respondió Sancho, “y así 5 en mí la gana de hablar siempre es primero movimiento, y no puedo dejar de decir por una vez siquiera lo que me viene a la lengua.” “Con todo eso”, dijo don Quijote, “mira, Sancho, lo que hablas, porque tantas veces va 10 el cantarillo a la fuente...; y no te digo más.” “Ahora bien”, respondió Sancho, “Dios está en el cielo, que ve las trampas, y será juez de quién hace más mal: yo en no hablar bien, o vuestra merced en [no] obrarlo.” 15 “¡No haya más!”, dijo Dorotea; “corred, Sancho, y besad la mano a vuestro señor y pedidle perdón, y de aquí adelante andad más atentado en vuestras alabanzas y vituperios, y no digáis mal de aquesa señora Tobosa, a 20 quien yo no conozco, si no es para servirla, y tened confianza en Dios, que no os ha de faltar un estado donde viváis como un príncipe.” Fue Sancho cabizbajo y pidió la mano a su señor, y él se la dio con reposado continente, 25 y después que se la hubo besado, le echó la bendición, y dijo a Sancho que se adelantasen un poco: que tenía que preguntarle y que departir con él cosas de mucha importancia. Hízolo así Sancho, y apartáronse los dos algo 30 adelante, y díjole don Quijote: “Después que viniste no he tenido lugar ni
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 61 espacio para preguntarte muchas cosas de particularidad acerca de la embajada que llevaste y de la respuesta que trajiste, y ahora, pues la fortuna nos ha concedido tiempo y lugar, no me niegues tú la ventura que puedes darme 5 con tan buenas nuevas.” “Pregunte vuestra merced lo que quisiere”, respondió Sancho; “que a todo daré tan buena salida como tuve la entrada. Pero suplico a vuestra merced, señor mío, que no sea de aquí 10 adelante tan vengativo.” “¿Por qué lo dices, Sancho?”, dijo don Quijote. “Dígolo”, respondió, “porque estos palos de ahora más fueron por la pendencia que entre 15 los dos trabó el diablo la otra noche, que por lo que dije contra mi señora Dulcinea, a quien amo y reverencio como a una reliquia, aunque en ella no lo haya, sólo por ser cosa de vuestra merced.” 20 “No tornes a esas pláticas, Sancho, por tu vida”, dijo don Quijote; “que me dan pesadumbre; ya te perdoné entonces, y bien sabes tú que suele decirse: a pecado nuevo, penitencia nueva.” 25 En tanto que los dos iban en estas pláticas, dijo el cura a Dorotea que había andado muy discreta, así en el cuento como en la brevedad de él y en la similitud que tuvo con los de los libros de caballerías. Ella dijo que 30 muchos ratos se había entretenido en leerlos; pero que no sabía ella dónde eran las provincias
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 62 ni puertos de mar, y que así había dicho a tiento que se había desembarcado en Osuna. “Yo lo entendí así”, dijo el cura, “y por eso acudí luego a decir lo que dije, con que se acomodó todo. Pero ¿no es cosa extraña ver 5 con cuánta facilidad cree este desventurado hidalgo todas estas invenciones y mentiras, sólo porque llevan el estilo y modo de las necedades de sus libros?” “Sí es”, dijo Cardenio, “y tan rara y nunca 10 vista, que yo no sé si queriendo inventarla y fabricarla mentirosamente, hubiera tan agudo ingenio que pudiera dar en ella.” “Pues otra cosa hay en ello”, dijo el cura: “que, fuera de las simplicidades que este buen 15 hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de otras cosas, discurre con bonísimas razones y muestra tener un entendimiento claro y apacible en todo; de manera, que, como no le toquen en sus caballerías, no habrá nadie que le juzgue 20 sino por de muy buen entendimiento.” En tanto que ellos iban en esta conversación, prosiguió don Quijote con la suya, y dijo a Sancho: “Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar 25 en esto de nuestras pendencias, y dime ahora, sin tener cuenta con enojo ni rencor alguno, ¿dónde, cómo y cuándo hallaste a Dulcinea? ¿Qué hacía? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te respondió? ¿Qué rostro hizo cuando leía mi carta? 30 ¿Quién te la trasladó? Y todo aquello que vieres que en este caso es digno de saberse, de
CUARTA PARTE, CAPITULO XXX p. 63 preguntarse y satisfacerse, sin que añadas o mientas por darme gusto, ni menos te acortes por no quitármele.” “Señor”, respondió Sancho, “si va a decir la verdad, la carta no me la trasladó nadie, 5 porque yo no llevé carta alguna.” “Así es, como tú dices”, dijo don Quijote, “porque el librillo de memoria donde yo la escribí le hallé en mi poder a cabo de dos días de tu partida, lo cual me causó grandísima 10 pena, por no saber lo que habías tú de hacer cuando te vieses sin carta, y creí siempre que te volvieras desde el lugar donde la echaras menos.” “Así fuera”, respondió Sancho, “si no la 15 hubiera yo tomado en la memoria cuando vuestra merced me la leyó, de manera que se la dije a un sacristán que me la trasladó del entendimiento, tan punto por punto, que dijo que en todos los días de su vida, aunque había leído 20 muchas cartas de descomunión, no había visto ni leído tan linda carta como aquélla.” “Y ¿tiénesla todavía en la memoria, Sancho?”, dijo don Quijote. “No, señor”, respondió Sancho, “porque después 25 que la di, como vi que no había de ser de más provecho, di en olvidarla. Y si algo se me acuerda, es aquello del sobajada, digo del soberana señora, y lo último, «vuestro hasta »la muerte, el Caballero de la Triste Figura». 30 Y en medio de estas dos cosas le puse más de trescientas almas, y vidas, y ojos míos.”
p. 64 Capítulo XXXI De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos. “Todo eso no me descontenta; prosigue 5 adelante”, dijo don Quijote. “Llegaste, y ¿qué hacía aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la hallaste ensartando perlas, o bordando alguna empresa con oro de cañutillo para este su cautivo caballero.” 10 “No la hallé”, respondió Sancho, “sino ahechando dos fanegas de trigo en un corral de su casa.” “Pues haz cuenta”, dijo don Quijote, “que los granos de aquel trigo eran granos de 15 perlas, tocados de sus manos. Y si miraste, amigo, el trigo ¿era candeal, o trechel?” “No era sino rubión”, respondió Sancho. “Pues yo te aseguro”, dijo don Quijote, “que, ahechado por sus manos, hizo pan 20 candeal, sin duda alguna; pero pasa adelante. Cuando le diste mi carta, ¿besóla? ¿Púsosela sobre la cabeza? ¿Hizo alguna ceremonia digna de tal carta, o qué hizo?” “Cuando yo se la iba a dar”, respondió 25 Sancho, “ella estaba en la fuga del meneo de una buena parte de trigo que tenía en la criba. Y díjome: «Poned, amigo, esa carta sobre »aquel costal; que no la puedo leer hasta que »acabe de acribar todo lo que aquí está.»” 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 65 “Discreta señora”, dijo don Quijote; “eso debió de ser por leerla despacio y recrearse con ella. Adelante, Sancho; y en tanto que estaba en su menester, ¿qué coloquios pasó contigo? ¿Qué te preguntó de mí? Y tú, ¿qué le 5 respondiste? Acaba, cuéntamelo todo, no se te quede en el tintero una mínima.” “Ella no me preguntó nada”, dijo Sancho; “mas yo le dije de la manera que vuestra merced, por su servicio, quedaba haciendo penitencia, 10 desnudo de la cintura arriba, metido entre estas sierras, como si fuera salvaje, durmiendo en el suelo, sin comer pan a manteles ni sin peinarse la barba, llorando y maldiciendo su fortuna.” 15 “En decir que maldecía mi fortuna dijiste mal”, dijo don Quijote, “porque antes la bendigo y bendeciré todos los días de mi vida por haberme hecho digno de merecer amar tan alta señora como Dulcinea del Toboso.” 20 “Tan alta es”, respondió Sancho, “que a buena fe que me lleva a mí más de un coto.” “Pues ¿cómo, Sancho”, dijo don Quijote, “haste medido tú con ella?” “Medíme en esta manera”, respondió 25 Sancho: “que llegándole a ayudar a poner un costal de trigo sobre un jumento, llegamos tan juntos, que eché de ver que me llevaba más de un gran palmo.” “Pues ¡es verdad”, replicó don Quijote, “que 30 no acompaña esa grandeza y la adorna con mil millones de gracias del alma! Pero no
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 66 me negarás, Sancho, una cosa: cuando llegaste junto a ella, ¿no sentiste un olor sabeo, una fragancia aromática y un no sé qué de bueno, que yo no acierto a darle nombre? Digo ¿un tuho, o tufo, como si estuvieras en la tienda 5 de algún curioso guantero?” “Lo que sé decir”, dijo Sancho, “es que sentí un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa.” 10 “No sería eso”, respondió don Quijote, “sino que tú debías de estar romadizado o te debiste de oler a ti mismo, porque yo sé bien a lo que huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar desleído.” 15 “Todo puede ser”, respondió Sancho; “que muchas veces sale de mí aquel olor que entonces me pareció que salía de su merced de la señora Dulcinea; pero no hay de qué maravillarse, que un diablo parece a otro.” 20 “Y bien”, prosiguió don Quijote, “he aquí que acabó de limpiar su trigo y de enviarlo al molino. ¿Qué hizo cuando leyó la carta?” “La carta”, dijo Sancho, “no la leyó, porque dijo que no sabía leer ni escribir; antes la 25 rasgó y la hizo menudas piezas, diciendo que no la quería dar a leer a nadie, porque no se supiesen en el lugar sus secretos, y que bastaba lo que yo le había dicho de palabra acerca del amor que vuestra merced le tenía y de la 30 penitencia extraordinaria que por su causa quedaba haciendo. Y, finalmente, me dijo que dijese
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 67 a vuestra merced que le besaba las manos y que allí quedaba con más deseo de verle que de escribirle, y que así le suplicaba, y mandaba, que, vista la presente, saliese de aquellos matorrales y se dejase de hacer disparates 5 y se pusiese luego luego en camino del Toboso, si otra cosa de más importancia no le sucediese, porque tenía gran deseo de ver a vuestra merced. Riose mucho cuando le dije cómo se llamaba vuestra merced el Caballero 10 de la Triste Figura. Preguntéle si había ido allá el vizcaíno de marras; díjome que sí, y que era un hombre muy de bien. También le pregunté por los galeotes, mas díjome que no había visto hasta entonces alguno.” 15 “Todo va bien hasta ahora”, dijo don Quijote. “Pero dime: ¿qué joya fue la que te dio al despedirte, por las nuevas que de mí le llevaste? Porque es usada y antigua costumbre entre los caballeros y damas andantes dar a 20 los escuderos, doncellas o enanos que les llevan nuevas, de sus damas a ellos, a ellas de sus andantes, alguna rica joya, en albricias, en agradecimiento de su recado.” “Bien puede eso ser así, y yo la tengo por 25 buena usanza. Pero eso debió de ser en los tiempos pasados; que ahora sólo se debe de acostumbrar a dar un pedazo de pan y queso, que esto fue lo que me dio mi señora Dulcinea, por las bardas de un corral, cuando de ella me 30 despedí; y aun, por más señas, era el queso ovejuno.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 68 “Es liberal en extremo”, dijo don Quijote, “y si no te dio joya de oro, sin duda debió de ser porque no la tendría allí a la mano para dártela; pero buenas son mangas después de Pascua; yo la veré, y se satisfará todo. ¿Sabes 5 de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y viniste por los aires, pues poco más de tres días has tardado en ir y venir desde aquí al Toboso, habiendo de aquí allá más de treinta leguas. Por lo cual me doy a 10 entender que aquel sabio nigromante que tiene cuenta con mis cosas y es mi amigo, porque por fuerza le hay y le ha de haber, so pena que yo no sería buen caballero andante, digo que este tal te debió de ayudar a caminar sin que tú lo 15 sintieses; que hay sabio de éstos que coge a un caballero andante durmiendo en su cama y, sin saber cómo o en qué manera, amanece otro día más de mil leguas de donde anocheció. Y si no fuese por esto, no se podrían socorrer en sus 20 peligros los caballeros andantes unos a otros, como se socorren a cada paso. Que acaece estar uno peleando en las sierras de Armenia con algún endriago o con algún fiero vestiglo, o con otro caballero, donde lleva lo peor 25 de la batalla y está ya a punto de muerte, y cuando no os me cato asoma por acullá, encima de una nube o sobre un carro de fuego, otro caballero amigo suyo que poco antes se hallaba en Inglaterra, que le favorece y libra 30 de la muerte, y a la noche se halla en su posada cenando muy a su sabor, y suele haber de
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 69 la una a la otra parte dos o tres mil leguas. Y todo esto se hace por industria y sabiduría de estos sabios encantadores que tienen cuidado de estos valerosos caballeros. Así que, amigo Sancho, no se me hace dificultoso creer que en 5 tan breve tiempo hayas ido y venido desde este lugar al del Toboso; pues, como tengo dicho, algún sabio amigo te debió de llevar en volandillas, sin que tú lo sintieses.” “Así sería”, dijo Sancho, “porque a buena 10 fe que andaba Rocinante como si fuera asno de gitano con azogue en los oídos.” “Y ¡cómo si llevaba azogue!”, dijo don Quijote, “y aun una legión de demonios, que es gente que camina y hace caminar sin cansarse, 15 todo aquello que se les antoja. Pero, dejando esto aparte, ¿qué te parece a ti que debo yo de hacer ahora, cerca de lo que mi señora me manda que la vaya a ver?; que aunque yo veo que estoy obligado a cumplir su 20 mandamiento, véome también imposibilitado del don que he prometido a la princesa que con nosotros viene, y fuérzame la ley de caballería a cumplir mi palabra antes que mi gusto. Por una parte, me acosa y fatiga el deseo de ver 25 a mi señora; por otra, me incita y llama la prometida fe y la gloria que he de alcanzar en esta empresa. Pero lo que pienso hacer será caminar aprisa y llegar presto donde está este gigante, y, en llegando, le cortaré la 30 cabeza y pondré a la princesa pacíficamente en su estado, y al punto daré la vuelta a ver a la luz
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 70 que mis sentidos alumbra. A la cual daré tales disculpas, que ella venga a tener por buena mi tardanza, pues verá que todo redunda en aumento de su gloria y fama, pues cuanta yo he alcanzado, alcanzo y alcanzare por las 5 armas en esta vida, toda me viene del favor que ella me da y de ser yo suyo.” “¡Ay”, dijo Sancho, “y cómo está vuestra merced lastimado de esos cascos! Pues dígame, señor, ¿piensa vuestra merced caminar 10 este camino en balde y dejar pasar y perder un tan rico y tan principal casamiento como éste, donde le dan en dote un reino, que a buena verdad que he oído decir que tiene más de veinte mil leguas de contorno, y que es 15 abundantísimo de todas las cosas que son necesarias para el sustento de la vida humana, y que es mayor que Portugal y que Castilla juntos? Calle, por amor de Dios, y tenga vergüenza de lo que ha dicho, y tome mi consejo, 20 y perdóneme, y cásese luego en el primer lugar que haya cura, y si no, ahí está nuestro licenciado, que lo hará de perlas. Y advierta que ya tengo edad para dar consejos, y que este que le doy le viene de molde; y que 25 más vale pájaro en mano que buitre volando, porque quien bien tiene y mal escoge, por bien que se enoja, no se venga.” “Mira, Sancho”, respondió don Quijote, “si el consejo que me das de que me case es 30 porque sea luego rey, en matando al gigante, y tenga cómodo para hacerte mercedes y darte
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 71 lo prometido, hágote saber que sin casarme podré cumplir tu deseo muy fácilmente, porque yo sacaré de adehala, antes de entrar en la batalla, que, saliendo vencedor de ella, ya que no me case, me han de dar una parte del 5 reino para que la pueda dar a quien yo quisiere, y, en dándomela, ¿a quién quieres tú que la dé sino a ti?” “Eso está claro”, respondió Sancho; “pero mire vuestra merced que la escoja hacia la 10 marina, porque, si no me contentare la vivienda, pueda embarcar mis negros vasallos y hacer de ellos lo que ya he dicho. Y vuestra merced no se cure de ir por ahora a ver a mi señora Dulcinea, sino váyase a matar 15 al gigante y concluyamos este negocio; que por Dios que se me asienta que ha de ser de mucha honra y de mucho provecho.” “Dígote, Sancho”, dijo don Quijote, “que estás en lo cierto, y que habré de tomar tu 20 consejo en cuanto el ir antes con la princesa que a ver a Dulcinea. Y avísote que no digas nada a nadie, ni a los que con nosotros vienen, de lo que aquí hemos departido y tratado; que pues Dulcinea es tan recatada que no quiere 25 que se sepan sus pensamientos, no será bien que yo, ni otro por mí, los descubra.” “Pues si eso es así”, dijo Sancho, “¿cómo hace vuestra merced que todos los que vence por su brazo se vayan a presentar ante mi 30 señora Dulcinea, siendo esto firma de su nombre, que la quiere bien, y que es su enamorado? Y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 72 siendo forzoso que los que fueren se han de ir a hincar de finojos ante su presencia y decir que van de parte de vuestra merced a darle la obediencia, ¿cómo se pueden encubrir los pensamientos de entrambos?” 5 “¡Oh, qué necio y qué simple que eres!”, dijo don Quijote. “¿Tú no ves, Sancho, que eso todo redunda en su mayor ensalzamiento? Porque has de saber que en este nuestro estilo de caballería es gran honra tener una dama 10 muchos caballeros andantes que la sirvan, sin que se extiendan más sus pensamientos que a servirla, por sólo ser ella quien es, sin esperar otro premio de sus muchos y buenos deseos sino que ella se contente de aceptarlos por sus 15 caballeros.” “Con esa manera de amor”, dijo Sancho, “he oído yo predicar que se ha de amar a Nuestro Señor, por sí solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temor de pena. Aunque 20 yo le querría amar y servir por lo que pudiese.” “¡Válgate el diablo por villano”, dijo don Quijote, “y qué de discreciones dices a las veces!; no parece sino que has estudiado.” 25 “Pues a fe mía que no sé leer”, respondió Sancho. En esto, les dio voces maese Nicolás que esperasen un poco; que querían detenerse a beber en una fontecilla que allí estaba. 30 Detúvose don Quijote, con no poco gusto de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto, y
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 73 temía no le cogiese su amo a palabras; porque, puesto que él sabía que Dulcinea era una labradora del Toboso, no la había visto en toda su vida. Habíase en este tiempo vestido Cardenio los 5 vestidos que Dorotea traía cuando la hallaron, que, aunque no eran muy buenos, hacían mucha ventaja a los que dejaba. Apeáronse junto a la fuente, y con lo que el cura se acomodó en la venta satisficieron, aunque poco, la 10 mucha hambre que todos traían. Estando en esto, acertó a pasar por allí un muchacho que iba de camino, el cual, poniéndose a mirar con mucha atención a los que en la fuente estaban, de allí a poco 15 arremetió a don Quijote, y abrazándole por las piernas, comenzó a llorar muy de propósito, diciendo: “¡Ay, señor mío!, ¿no me conoce vuestra merced? Pues míreme bien, que yo soy aquel 20 mozo Andrés que quitó vuestra merced de la encina donde estaba atado.” Reconocióle don Quijote y, asiéndole por la mano, se volvió a los que allí estaban, y dijo: “Porque vean vuestras mercedes cuán de 25 importancia es haber caballeros andantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en él se hacen por los insolentes y malos hombres que en él viven, sepan vuestras mercedes que los días pasados, pasando yo por 30 un bosque, oí unos gritos y unas voces muy lastimosas, como de persona afligida y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 74 menesterosa; acudí luego, llevado de mi obligación, hacia la parte donde me pareció que las lamentables voces sonaban, y hallé atado a una encina a este muchacho que ahora está delante, de lo que me huelgo en el alma, porque será 5 testigo que no me dejará mentir en nada. Digo que estaba atado a la encina, desnudo del medio cuerpo arriba, y estábale abriendo a azotes con las riendas de una yegua un villano, que después supe que era amo suyo; 10 y así como yo le vi, le pregunté la causa de tan atroz vapulamiento; respondió el zafio que le azotaba porque era su criado, y que ciertos descuidos que tenía nacían más de ladrón que de simple. A lo cual este niño dijo: «Señor, 15 »no me azota sino porque le pido mi salario.» El amo replicó no sé qué arengas y disculpas, las cuales, aunque de mí fueron oídas, no fueron admitidas. En resolución, yo le hice desatar, y tomé juramento al villano de que le 20 llevaría consigo y le pagaría un real sobre otro, y aun sahumados. ¿No es verdad todo esto, hijo Andrés? ¿No notaste con cuánto imperio se lo mandé y con cuánta humildad prometió de hacer todo cuanto yo le impuse, 25 y notifiqué y quise? Responde, no te turbes ni dudes en nada; di lo que pasó a estos señores, porque se vea y considere ser del provecho que digo haber caballeros andantes por los caminos.” 30 “Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad”, respondió el muchacho; “pero
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 75 el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra merced se imagina.” “¿Cómo al revés?”, replicó don Quijote; “¿luego no te pagó el villano?” “No sólo no me pagó”, respondió el muchacho, 5 “pero así como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la misma encina y me dio de nuevo tantos azotes, que quedé hecho un San Bartolomé desollado. Y a cada azote que me daba me 10 decía un donaire y chufeta acerca de hacer burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo que decía. En efecto, él me paró tal, que hasta ahora he estado curándome en un hospital del mal que el mal 15 villano entonces me hizo. De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su camino adelante y no viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o dos 20 docenas de azotes, y luego me soltara y pagara cuanto me debía. Mas como vuestra merced le deshonró tan sin propósito y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y como no la pudo vengar en vuestra merced, cuando 25 se vio solo descargó sobre mí el nublado, de modo, que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.” “El daño estuvo”, dijo don Quijote, “en irme yo de allí, que no me había de ir hasta 30 dejarte pagado; porque bien debía yo de saber, por luengas experiencias, que no hay villano que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 76 guarde palabra que [diere], si él ve que no le está bien guardarla. Pero ya te acuerdas, Andrés, que yo juré que si no te pagaba, que había de ir a buscarle y que le había de hallar, aunque se escondiese en el vientre de la 5 ballena.” “Así es la verdad”, dijo Andrés, “pero no aprovechó nada.” “Ahora verás si aprovecha”, dijo don Quijote. 10 Y, diciendo esto, se levantó muy aprisa y mandó a Sancho que enfrenase a Rocinante, que estaba paciendo en tanto que ellos comían. Preguntóle Dorotea qué era lo que hacer quería. El le respondió que quería ir a 15 buscar al villano y castigarle de tan mal término y hacer pagado a Andrés hasta el último maravedí, a despecho y pesar de cuantos villanos hubiese en el mundo. A lo que ella respondió que advirtiese que no podía, conforme 20 al don prometido, entremeterse en ninguna empresa hasta acabar la suya, y que pues esto sabía él mejor que otro alguno, que sosegase el pecho hasta la vuelta de su reino. “Así es verdad”, respondió don Quijote, 25 “y es forzoso que Andrés tenga paciencia hasta la vuelta, como vos, señora, decís; que yo le torno a jurar y a prometer de nuevo de no parar hasta hacerle vengado y pagado.” “No me creo de esos juramentos”, dijo 30 Andrés; “más quisiera tener ahora con qué llegar a Sevilla, que todas las venganzas del mundo;
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXI p. 77 déme, si tiene ahí, algo que coma y lleve, y quédese con Dios su merced y todos los caballeros andantes, que tan bien andantes sean ellos para consigo, como lo han sido para conmigo.” 5 Sacó de su repuesto Sancho un pedazo de pan y otro de queso, y, dándoselo al mozo, le dijo: “Tomá, hermano Andrés; que a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia.” 10 “Pues ¿qué parte os alcanza a vos?”, preguntó Andrés. “Esta parte de queso y pan que os doy”, respondió Sancho; “que Dios sabe si me ha de hacer falta o no, porque os hago saber, amigo, 15 que los escuderos de los caballeros andantes estamos sujetos a mucha hambre y a mala ventura, y aun a otras cosas que se sienten mejor que se dicen.” Andrés asió de su pan y queso, y, viendo 20 que nadie le daba otra cosa, abajó su cabeza y tomó el camino en las manos, como suele decirse. Bien es verdad que, al partirse, dijo a don Quijote: “¡Por amor de Dios, señor caballero 25 andante, que si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced, a quien Dios 30 maldiga, y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo!”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 78 Ibase a levantar don Quijote para castigarle, mas él se puso a correr de modo que ninguno se atrevió a seguirle. Quedó corridísimo don Quijote del cuento de Andrés, y fue menester que los demás tuviesen mucha 5 cuenta con no reírse, por no acabarle de correr del todo.
p. 79 Capítulo XXXII Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote. Acabóse la buena comida, ensillaron luego, y, sin que les sucediese cosa digna de contar, 5 llegaron otro día a la venta, espanto y asombro de Sancho Panza; y aunque él quisiera no entrar en ella, no lo pudo huir. La ventera, ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a don Quijote y a Sancho, les salieron a recibir 10 con muestras de mucha alegría, y él las recibió con grave continente y aplauso, y díjoles que le aderezasen otro mejor lecho que la vez pasada; a lo cual le respondió la huéspeda que como la pagase mejor que la otra vez, que 15 ella se le daría de príncipes. Don Quijote dijo que sí haría, y, así, le aderezaron uno razonable en el mismo camaranchón de marras, y él se acostó luego, porque venía muy quebrantado y falto de juicio. No se hubo bien 20 encerrado, cuando la huéspeda arremetió al barbero y, asiéndole de la barba, dijo: “Para mi santiguada, que no se ha aún de aprovechar más de mi rabo para su barba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de 25 mi marido por esos suelos, que es vergüenza, digo, el peine que solía yo colgar de mi buena cola.” No se la quería dar el barbero, aunque ella más tiraba, hasta que el licenciado le dijo que 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 80 se la diese; que ya no era menester más usar de aquella industria, sino que se descubriese y mostrase en su misma forma, y dijese a don Quijote que cuando le despojaron los ladrones galeotes se había venido a aquella 5 venta huyendo, y que si preguntase por el escudero de la princesa, le dirían que ella le había enviado adelante a dar aviso a los de su reino cómo ella iba y llevaba consigo al libertador de todos. Con esto dio de buena gana la 10 cola a la ventera el barbero, y asimismo le volvieron todos los adherentes que había prestado para la libertad de don Quijote. Espantáronse todos los de la venta de la hermosura de Dorotea, y aun del buen talle del zagal Cardenio. 15 Hizo el cura que les aderezasen de comer de lo que en la venta hubiese, y el huésped, con esperanza de mejor paga, con diligencia les aderezó una razonable comida; y a todo esto dormía don Quijote, y fueron de parecer de no 20 despertarle, porque más provecho le haría por entonces el dormir que el comer. Trataron sobre comida, estando delante el ventero, su mujer, su hija, Maritornes, todos los pasajeros, de la extraña locura de don 25 Quijote y del modo que le habían hallado. La huéspeda les contó lo que con él y con el arriero les había acontecido; y, mirando si acaso estaba allí Sancho, como no le viese, contó todo lo de su manteamiento, de que no 30 poco gusto recibieron. Y como el cura dijese que los libros de caballerías que don Quijote
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXII p. 81 había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero: “No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ahí dos o tres 5 de ellos, con otros papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros muchos. Porque cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas, muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual 10 coge uno de estos libros en las manos, y rodeámonos de él más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de mí sé decir que cuando oigo decir aquellos furibundos y terribles golpes 15 que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días.” “Y yo ni más ni menos”, dijo la ventera, “porque nunca tengo buen rato en mi casa, 20 sino aquel que vos estáis escuchando leer; que estáis tan embobado, que no os acordáis de reñir por entonces.” “Así es la verdad”, dijo Maritornes; “y a buena fe que yo también gusto mucho de oír 25 aquellas cosas, que son muy lindas, y más cuando cuentan que se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y que les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho 30 sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 82 “Y a vos ¿qué os parece, señora doncella?”, dijo el cura, hablando con la hija del ventero. “No sé, señor, en mi ánima”, respondió ella; “también yo lo escucho, y en verdad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en oírlo; 5 pero no gusto yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los caballeros hacen cuando están ausentes de sus señoras; que en verdad que algunas veces me hacen llorar de compasión que les tengo.” 10 “Luego ¿bien las remediarais vos, señora doncella”, dijo Dorotea, “si por vos lloraran?” “No sé lo que me hiciera”, respondió la moza, “sólo sé que hay algunas señoras de aquéllas tan crueles, que las llaman sus caballeros 15 tigres, y leones, y otras mil inmundicias. Y ¡Jesús!, yo no sé qué gente es aquella tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado, le dejan que se muera, o que se vuelva loco. Yo no sé para 20 qué es tanto melindre; si lo hacen de honradas, cásense con ellos, que ellos no desean otra cosa.” “¡Calla, niña!”, dijo la ventera; “que parece que sabes mucho de estas cosas, y no está bien 25 a las doncellas saber ni hablar tanto.” “Como me lo pregunta este señor”, respondió ella, “no pude dejar de responderle.” “Ahora bien”, dijo el cura, “traedme, señor huésped, aquesos libros; que los quiero ver.” 30 “Que me place”, respondió él. Y, entrando en su aposento, sacó de él una
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXII p. 83 maletilla vieja cerrada con una cadenilla, y, abriéndola, halló en ella tres libros grandes y unos papeles de muy buena letra, escritos de mano. El primer libro que abrió vio que era Don Cirongilio de Tracia, y el otro de Felixmarte 5 de Hircania, y el otro la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de Diego García de Paredes. Así como el cura leyó los dos títulos primeros, volvió el rostro al barbero, y dijo: 10 “Falta nos hacen aquí ahora el ama de mi amigo y su sobrina.” “No hacen”, respondió el barbero; “que también sé yo llevarlos al corral o a la chimenea: que en verdad que hay muy buen fuego 15 en ella.” “Luego ¿quiere vuestra merced quemar más libros?” dijo el ventero. “No más”, dijo el cura, “que estos dos: el de Don Cirongilio y el de Felixmarte.” 20 “Pues, ¿por ventura”, dijo el ventero, “mis libros son herejes o flemáticos, que los quiere quemar?” “Cismáticos queréis decir, amigo”, dijo el barbero; “que no flemáticos.” 25 “Así es”, replicó el ventero; “mas si alguno quiere quemar, sea ese del Gran Capitán y de ese Diego García; que antes dejaré quemar un hijo que dejar quemar ninguno de esotros.” “Hermano mío”, dijo el cura, “estos dos 30 libros son mentirosos y están llenos de disparates y devaneos. Y este del Gran Capitán es
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 84 historia verdadera y tiene los hechos de Gonzalo Fernández de Córdoba; el cual, por sus muchas y grandes hazañas mereció ser llamado de todo el mundo Gran Capitán, renombre famoso y claro y de él solo merecido. Y este Diego García 5 de Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en Extremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales, que detenía con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia. Y puesto con 10 un montante en la entrada de una puente, detuvo a todo un innumerable ejército, que no pasase por ella. E hizo otras tales cosas, que si como él las cuenta y las escribe él, asimismo con la modestia de caballero y de 15 cronista propio, las escribiera otro libre y desapasionado, pusieran en su olvido las de los Héctores, Aquiles y Roldanes.” “¡Tomaos con mi padre!”, dijo el ventero; “mirad de qué se espanta, de detener una 20 rueda de molino; por Dios, ahora había vuestra merced de leer lo que [hizo] Felixmarte de Hircania, que de un revés solo partió cinco gigantes por la cintura como si fueran hechos de habas, como los frailecicos que hacen los 25 niños. Y otra vez arremetió con un grandísimo y poderosísimo ejército, donde llevó más de un millón y seiscientos mil soldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y los desbarató a todos como si fueran manadas de 30 ovejas. Pues ¿qué me dirán del bueno de don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXII p. 85 animoso como se verá en el libro, donde cuenta que navegando por un río, le salió de la mitad del agua una serpiente de fuego, y él, así como la vio, se arrojó sobre ella, y se puso a horcajadas encima de sus escamosas 5 espaldas y la apretó con ambas manos la garganta, con tanta fuerza que, viendo la serpiente que la iba ahogando, no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del río, llevándose tras sí al caballero, que nunca la quiso soltar? 10 Y cuando llegaron allá abajo, se halló en unos palacios y en unos jardines tan lindos, que era maravilla, y luego la sierpe se volvió en un viejo anciano, que le dijo tantas de cosas que no hay más que oír. ¡Calle, señor, que 15 si oyese esto, se volvería loco de placer; dos higas para el Gran Capitán y para ese Diego García, que dice!” Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio: 20 “Poco le falta a nuestro huésped para hacer la segunda parte de don Quijote.” “Así me parece a mí”, respondió Cardenio, “porque, según da indicio, él tiene por cierto que todo lo que estos libros cuentan pasó ni 25 más ni menos que lo escriben, y no le harán creer otra cosa frailes descalzos.” “Mirad, hermano”, tornó a decir el cura, “que no hubo en el mundo Felixmarte de Hircania, ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros 30 semejantes que los libros de caballerías cuentan. Porque todo es compostura y ficción de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 86 ingenios ociosos que los compusieron para el efecto que vos decís de entretener el tiempo, como lo entretienen leyéndolos vuestros segadores; porque, realmente, os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni tales 5 hazañas ni disparates acontecieron en él.” “¡A otro perro con ese hueso!”, respondió el ventero. “¡Como si yo no supiese cuántas son cinco y adónde me aprieta el zapato! ¡No piense vuestra merced darme papilla, 10 porque, por Dios que no soy nada blanco! ¡Bueno es que quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos libros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los señores del 15 Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas y tantos encantamientos, que quitan el juicio!” “Ya os he dicho, amigo”, replicó el cura, 20 “que esto se hace para entretener nuestros ociosos pensamientos; y así como se consiente en las repúblicas bien concertadas que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos, para entretener a algunos que ni tienen ni deben 25 ni pueden trabajar, así se consiente imprimir y que haya tales libros; creyendo, como es verdad, que no ha de haber alguno tan ignorante que tenga por historia verdadera ninguna de estos libros. Y si me fuera lícito ahora y el auditorio 30 lo requiriera, yo dijera cosas acerca de lo que han de tener los libros de caballerías para
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXII p. 87 ser buenos, que quizá fueran de provecho y aun de gusto para algunos; pero yo espero que vendrá tiempo en que lo pueda comunicar con quien pueda remediarlo, y en este entretanto, creed, señor ventero, lo que os he dicho, y 5 tomad vuestros libros, y allá os avenid con sus verdades o mentiras, y buen provecho os hagan, y quiera Dios que no cojeéis del pie que cojea vuestro huésped don Quijote.” “Eso no”, respondió el ventero; “que no 10 seré yo tan loco que me haga caballero andante: que bien veo que ahora no se usa lo que se usaba en aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famosos caballeros.” 15 A la mitad de esta plática se halló Sancho presente, y quedó muy confuso y pensativo de lo que había oído decir: que ahora no se usaban caballeros andantes, y que todos los libros de caballerías eran necedades y mentiras, y 20 propuso en su corazón de esperar en lo que paraba aquel viaje de su amo, y que si no salía con la felicidad que él pensaba, determinaba de dejarle y volverse con su mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo. 25 Llevábase la maleta y los libros el ventero, mas el cura le dijo: “Esperad, que quiero ver qué papeles son esos que de tan buena letra están escritos.” Sacólos el huésped, y, dándoselos a leer, vio 30 hasta obra de ocho pliegos, escritos de mano, y al principio tenían un título grande que decía:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 88 Novela del Curioso impertinente. Leyó el cura para sí tres o cuatro renglones, y dijo: “Cierto que no me parece mal el título de esta novela, y que me viene voluntad de leerla toda.” 5 A lo que respondió el ventero: “Pues bien puede leerla su reverencia, porque le hago saber que [a] algunos huéspedes que aquí la han leído les ha contentado mucho, y me la han pedido con muchas veras; 10 mas yo no se la he querido dar, pensando volvérsela a quien aquí dejó esta maleta olvidada con estos libros y esos papeles; que bien puede ser que vuelva su dueño por aquí algún tiempo, y aunque sé que me han de hacer falta 15 los libros, a fe que se los he de volver; que aunque ventero todavía soy cristiano.” “Vos tenéis mucha razón, amigo”, dijo el cura; “mas, con todo eso, si la novela me contenta, me la habéis de dejar trasladar.” 20 “De muy buena gana”, respondió el ventero. Mientras los dos esto decían, había tomado Cardenio la novela y comenzado a leer en ella, y, pareciéndole lo mismo que al cura, le rogó que la leyese de modo que todos la 25 oyesen. “Sí leyera”, dijo el cura, “si no fuera mejor gastar este tiempo en dormir que en leer.” “Harto reposo será para mí”, dijo Dorotea, “entretener el tiempo oyendo algún cuento, 30 pues aún no tengo el espíritu tan sosegado, que me conceda dormir cuando fuera razón.”
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXII p. 89 “Pues de esa manera”, dijo el cura, “quiero leerla por curiosidad siquiera; quizá tendrá alguna de gusto.” Acudió maese Nicolás a rogarle lo mismo, y Sancho también; lo cual visto del 5 cura, y entendiendo que a todos daría gusto y él le recibiría, dijo: “Pues así es, esténme todos atentos; que la novela comienza de esta manera.”
p. 90 Capítulo XXXIII Donde se cuenta la novela del Curioso impertinente. En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia, en la provincia que llaman Toscana, vivían 5 Anselmo y Lotario, dos caballeros ricos y principales, y tan amigos, que por excelencia y antonomasia de todos los que los conocían los dos amigos eran llamados. Eran solteros, mozos de una misma edad y de unas mismas 10 costumbres, todo lo cual era bastante causa a que los dos con recíproca amistad se correspondiesen. Bien es verdad que el Anselmo era algo más inclinado a los pasatiempos amorosos que el Lotario, al cual llevaban tras 15 sí los de la caza. Pero cuando se ofrecía dejaba Anselmo de acudir a sus gustos por seguir los de Lotario, y Lotario dejaba los suyos por acudir a los de Anselmo; y de esta manera andaban tan a una sus voluntades, que no había 20 concertado reloj que así lo anduviese. Andaba Anselmo perdido de amores de una doncella principal y hermosa de la misma ciudad, hija de tan buenos padres, y tan buena ella por sí, que se determinó, con el parecer 25 de su amigo Lotario, sin el cual ninguna cosa hacía, de pedirla por esposa a sus padres; y, así, lo puso en ejecución; y el que llevó la embajada fue Lotario, y el que concluyó el negocio tan a gusto de su amigo, que en breve 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 91 tiempo se vio puesto en la posesión que deseaba, y Camila tan contenta de haber alcanzado a Anselmo por esposo, que no cesaba de dar gracias al cielo y a Lotario, por cuyo medio tanto bien le había venido. 5 Los primeros días, como todos los de boda suelen ser alegres, continuó Lotario, como solía, la casa de su amigo Anselmo, procurando honrarle, festejarle y regocijarle con todo aquello que a él le fue posible. Pero acabadas las 10 bodas, y sosegada ya la frecuencia de las visitas y parabienes, comenzó Lotario a descuidarse con cuidado de las idas en casa de Anselmo, por parecerle a él, como es razón que parezca a todos los que fueren discretos, que 15 no se han de visitar ni continuar las casas de los amigos casados de la misma manera que cuando eran solteros; porque aunque la buena y verdadera amistad no puede ni debe de ser sospechosa en nada, con todo esto es tan 20 delicada la honra del casado, que parece que se puede ofender aun de los mismos hermanos, cuanto más de los amigos. Notó Anselmo la remisión de Lotario, y formó de él quejas grandes, diciéndole que si él 25 supiera que el casarse había de ser parte para no comunicarle como solía, que jamás lo hubiera hecho; y que si por la buena correspondencia que los dos tenían mientras él fue soltero habían alcanzado tan dulce nombre como 30 el de ser llamados los dos amigos, que no permitiese por querer hacer del circunspecto,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 92 sin otra ocasión alguna, que tan famoso y tan agradable nombre se perdiese; y que, así, le suplicaba, si era lícito que tal término de hablar se usase entre ellos, que volviese a ser señor de su casa y a entrar y salir 5 en ella como de antes, asegurándole que su esposa Camila no tenía otro gusto ni otra voluntad que la que él quería que tuviese; y que por haber sabido ella con cuántas veras los dos se amaban, estaba confusa de ver en él tanta 10 esquivez. A todas estas y otras muchas razones que Anselmo dijo a Lotario para persuadirle volviese, como solía, a su casa, respondió Lotario con tanta prudencia, discreción y aviso, que 15 Anselmo quedó satisfecho de la buena intención de su amigo; y quedaron de concierto que dos días en la semana y las fiestas fuese Lotario a comer con él; y aunque esto quedó así concertado entre los dos, propuso Lotario de 20 no hacer más de aquello que viese que más convenía a la honra de su amigo, cuyo crédito estimaba en más que el suyo propio. Decía él, y decía bien, que el casado a quien el cielo había concedido mujer hermosa tanto 25 cuidado había de tener qué amigos llevaba a su casa, como en mirar con qué amigas su mujer conversaba, porque lo que no se hace ni concierta en las plazas, ni en los templos, ni en las fiestas públicas, ni estaciones, cosas que no 30 todas veces las han de negar los maridos a sus mujeres, se concierta y facilita en casa de la
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 93 amiga o la parienta de quien más satisfacción se tiene. También decía Lotario que tenían necesidad los casados de tener cada uno algún amigo que le advirtiese de los descuidos que en 5 su proceder hiciese, porque suele acontecer que con el mucho amor que el marido a la mujer tiene, o no le advierte, o no le dice, por no enojarla, que haga o deje de hacer algunas cosas, que el hacerlas, o no, le sería de honra, 10 o de vituperio; de lo cual, siendo del amigo advertido, fácilmente pondría remedio en todo. Pero ¿dónde se hallará amigo tan discreto y tan leal y verdadero como aquí Lotario le pide? No lo sé yo, por cierto; sólo Lotario era 15 éste, que con toda solicitud y advertimiento miraba por la honra de su amigo, y procuraba diezmar, frisar y acortar los días del concierto del ir a su casa, porque no pareciese mal al vulgo ocioso, y a los ojos vagabundos y 20 maliciosos, la entrada de un mozo rico, gentilhombre y bien nacido, y de las buenas partes que él pensaba que tenía, en la casa de una mujer tan hermosa como Camila; que, puesto que su bondad y valor podía poner freno 25 a toda maldiciente lengua, todavía no quería poner en duda su crédito ni el de su amigo, y por esto los más de los días del concierto los ocupaba y entretenía en otras cosas, que él daba a entender ser inexcusables. Así que en 30 quejas del uno y disculpas del otro se pasaban muchos ratos y partes del día.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 94 Sucedió, pues, que uno, que los dos se andaban paseando por un prado fuera de la ciudad, Anselmo dijo a Lotario las semejantes razones: “Pensabas, amigo Lotario, que a las 5 mercedes que Dios me ha hecho en hacerme hijo de tales padres como fueron los míos, y al darme no con mano escasa los bienes, así los que llaman de naturaleza como los de fortuna, no puedo yo corresponder con agradecimiento 10 que llegue al bien recibido y sobre al que me hizo en darme a ti por amigo y a Camila por mujer propia, dos prendas que las estimo, si no en el grado que debo, en el que puedo. Pues con todas estas partes, que suelen 15 ser el todo con que los hombres suelen y pueden vivir contentos, vivo yo el más despechado y el más desabrido hombre de todo el universo mundo. Porque no sé qué días a esta parte me fatiga y aprieta un deseo tan extraño 20 y tan fuera del uso común de otros, que yo me maravillo de mí mismo, y me culpo, y me riño a solas, y procuro callarlo y encubrirlo de mis propios pensamientos, y, así, me ha sido posible salir con este secreto como 25 si de industria procurara decirlo a todo el mundo; y pues que, en efecto, él ha de salir a plaza, quiero que sea en la del archivo de tu secreto, confiado que con él y con la diligencia que pondrás, como mi amigo verdadero, en remediarme, 30 yo me veré presto libre de la angustia que me causa, y llegará mi alegría por tu
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 95 solicitud al grado que ha llegado mi descontento por mi locura.” Suspenso tenían a Lotario las razones de Anselmo, y no sabía en qué había de parar tan larga prevención o preámbulo, y aunque iba 5 revolviendo en su imaginación qué deseo podría ser aquel que a su amigo tanto fatigaba, dio siempre muy lejos del blanco de la verdad; y por salir presto de la agonía que le causaba aquella suspensión, le dijo que hacía notorio 10 agravio a su mucha amistad en andar buscando rodeos para decirle sus más encubiertos pensamientos, pues tenía cierto que se podía prometer de él, o ya consejos para entretenerlos, o ya remedio para cumplirlos. 15 “Así es la verdad”, respondió Anselmo, “y con esa confianza te hago saber, amigo Lotario, que el deseo que me fatiga es pensar si Camila, mi esposa, [es tan] buena y tan perfecta como yo pienso, y no puedo enterarme 20 en esta verdad si no es probándola de manera, que la prueba manifieste los quilates de su bondad, como el fuego muestra los del oro. Porque yo tengo para mí, oh amigo, que no es una mujer más buena de cuanto es o no es 25 solicitada, y que aquélla sola es fuerte que no se dobla a las promesas, a las dádivas, a las lágrimas y a las continuas importunidades de los solícitos amantes. Porque, ¿qué hay que agradecer --decía él-- que una mujer sea buena, 30 si nadie le dice que sea mala? ¿Qué mucho que esté recogida y temerosa la que no le dan
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 96 ocasión para que se suelte, y la que sabe que tiene marido que, en cogiéndola en la primera desenvoltura, la ha de quitar la vida? Así que la que es buena por temor, o por falta de lugar, yo no la quiero tener en aquella estima en que 5 tendré a la solicitada y perseguida que salió con la corona del vencimiento. De modo que, por estas razones y por otras muchas que te pudiera decir para acreditar y fortalecer la opinión que tengo, deseo que Camila mi esposa 10 pase por estas dificultades y se acrisole y quilate en el fuego de verse requerida y solicitada, y de quien tenga valor para poner en ella sus deseos; y si ella sale, como creo que saldrá, con la palma de esta batalla, tendré yo por sin 15 igual mi ventura. Podré yo decir que está colmo el vacío de mis deseos. Diré que me cupo en suerte la mujer fuerte de quien el Sabio dice que ¿quién la hallará? Y cuando esto suceda al revés de lo que pienso, con el gusto 20 de ver que acerté en mi opinión, llevaré sin pena la que de razón podrá causarme mi tan costosa experiencia. Y presupuesto que ninguna cosa de cuantas me dijeres en contra de mi deseo ha de ser de algún provecho para 25 dejar de ponerle por la obra, quiero, oh amigo Lotario, que te dispongas a ser el instrumento que labre aquesta obra de mi gusto; que yo te daré lugar para que lo hagas, sin faltarte todo aquello que yo viere ser necesario para 30 solicitar a una mujer honesta, honrada, recogida y desinteresada.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 97 ”Y muéveme, entre otras cosas, a fiar de ti esta tan ardua empresa, el ver que si de ti es vencida Camila, no ha de llegar el vencimiento a todo trance y rigor, sino a sólo a tener por hecho lo que se ha de hacer, por buen 5 respeto, y, así, no quedaré yo ofendido más de con el deseo, y mi injuria quedará escondida en la virtud de tu silencio, que bien sé que en lo que me tocare ha de ser eterno como el de la muerte. Así que, si quieres que yo tenga 10 vida que pueda decir que lo es, desde luego has de entrar en esta amorosa batalla, no tibia ni perezosamente, sino con el ahínco y diligencia que mi deseo pide y con la confianza que nuestra amistad me asegura.” 15 Estas fueron las razones que Anselmo dijo a Lotario, a todas las cuales estuvo tan atento, que, si no fueron las que quedan escritas que le dijo, no desplegó sus labios hasta que hubo acabado, y viendo que no decía más, después 20 que le estuvo mirando un buen espacio, como si mirara otra cosa que jamás hubiera visto, que le causara admiración y espanto, le dijo: “No me puedo persuadir, oh amigo Anselmo, a que no sean burlas las cosas que me has 25 dicho; que a pensar que de veras las decías no consintiera que tan adelante pasaras, porque con no escucharte previniera tu larga arenga. Sin duda imagino, o que no me conoces, o que yo no te conozco. Pero no: que bien sé que eres 30 Anselmo y tú sabes que yo soy Lotario; el daño está en que yo pienso que no eres el Anselmo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 98 que solías, y tú debes de haber pensado que tampoco yo soy el Lotario que debía ser; porque las cosas que me has dicho, ni son de aquel Anselmo mi amigo, ni las que me pides se han de pedir a aquel Lotario que tú conoces. 5 Porque los buenos amigos han de probar a sus amigos, y valerse de ellos, como dijo un poeta: usque ad aras; que quiso decir que no se habían de valer de su amistad en cosas que fuesen contra Dios. Pues si esto sintió un gentil de la 10 amistad, ¿cuánto mejor es que lo sienta el cristiano que sabe que por ninguna humana ha de perder la amistad divina? Y cuando el amigo tirase tanto la barra, que pusiese aparte los respetos del cielo por acudir a los de su amigo, 15 no ha de ser por cosas ligeras y de poco momento, sino por aquéllas en que vaya la honra y la vida de su amigo. Pues dime tú ahora, Anselmo, ¿cuál de estas dos cosas tienes en peligro, para que yo me aventure a complacerte y a 20 hacer una cosa tan detestable como me pides? Ninguna, por cierto; antes me pides, según yo entiendo, que procure y solicite quitarte la honra y la vida, y quitármela a mí juntamente. Porque si yo he de procurar quitarte la honra, 25 claro está que te quito la vida, pues el hombre sin honra peor es que un muerto; y, siendo yo el instrumento, como tú quieres que lo sea, de tanto mal tuyo, ¿no vengo a quedar deshonrado y, por el mismo consiguiente, sin 30 vida? Escucha, amigo Anselmo, y ten paciencia de no responderme hasta que acabe de
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 99 decirte lo que se me ofreciere acerca de lo que te ha pedido tu deseo; que tiempo quedará para que tú me repliques y yo te escuche.” “Que me place”, dijo Anselmo; “di lo que quisieres.” 5 Y Lotario prosiguió, diciendo: “Paréceme, oh Anselmo, que tienes tú ahora el ingenio como el que siempre tienen los moros, a los cuales no se les puede dar a entender el error de su secta con las acotaciones de la 10 Santa Escritura, ni con razones que consistan en especulación del entendimiento, ni que vayan fundadas en artículos de fe, sino que les han de traer ejemplos palpables, fáciles, inteligibles, demostrativos, indubitables, con 15 demostraciones matemáticas, que no se pueden negar, como cuando dicen: «Si de dos partes »iguales quitamos partes iguales, las que »quedan también son iguales.» Y cuando esto no entiendan de palabra, como en efecto no lo 20 entienden, háseles de mostrar con las manos y ponérselo delante de los ojos, y aún con todo esto no basta nadie con ellos a persuadirles las verdades de mi sacra religión. Y este mismo término y modo me convendrá usar 25 contigo, porque el deseo que en ti ha nacido va tan descaminado y tan fuera de todo aquello que tenga sombra de razonable, que me parece que ha de ser tiempo gastado el que ocupare en darte a entender tu simplicidad, que 30 por ahora no le quiero dar otro nombre, y aun estoy por dejarte en tu desatino, en pena de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 100 tu mal deseo; mas no me deja usar de este rigor la amistad que te tengo, la cual no consiente que te deje puesto en tan manifiesto peligro de perderte. ”Y porque claro lo veas, dime, Anselmo: ¿tú 5 no me has dicho que tengo de solicitar a una retirada, persuadir a una honesta, ofrecer a una desinteresada, servir a una prudente? Sí que me lo has dicho. Pues si tú sabes que tienes mujer retirada, honesta, desinteresada y 10 prudente, ¿qué buscas? Y si piensas que de todos mis asaltos ha de salir vencedora, como saldrá sin duda, ¿qué mejores títulos piensas darle después que los que ahora tiene?; ¿o qué será más después de lo que es ahora? O es que 15 tú no la tienes por la que dices, o tú no sabes lo que pides. Si no la tienes por lo que dices, ¿para qué quieres probarla, sino, como a mala, hacer de ella lo que más te viniere en gusto? Mas si es tan buena como crees, impertinente cosa 20 será hacer experiencia de la misma verdad, pues después de hecha se ha de quedar con la estimación que primero tenía. Así que es razón concluyente que el intentar las cosas de las cuales antes nos puede suceder daño que 25 provecho es de juicios sin discurso y temerarios; y más cuando quieren intentar aquéllas a que no son forzados ni compelidos, y que de muy lejos traen descubierto que el intentarlas es manifiesta locura. 30 ”Las cosas dificultosas se intentan por Dios, o por el mundo, o por entrambos a dos: las
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 101 que se acometen por Dios son las que acometieron los santos, acometiendo a vivir vida de ángeles en cuerpos humanos; las que se acometen por respeto del mundo son las de aquellos que pasan tanta infinidad de agua, tanta 5 diversidad de climas, tanta extrañeza de gentes, por adquirir estos que llaman bienes de fortuna. Y las que se intentan por Dios y por el mundo juntamente, son aquellas de los valerosos soldados, que apenas ven en el contrario 10 muro abierto tanto espacio cuanto es el que pudo hacer una redonda bala de artillería, cuando, puesto aparte todo temor, sin hacer discurso ni advertir al manifiesto peligro que les amenaza, llevados en vuelo de las alas del 15 deseo de volver por su fe, por su nación y por su rey, se arrojan intrépidamente por la mitad de mil contrapuestas muertes que los esperan. Estas cosas son las que suelen intentarse, y es honra, gloria y provecho intentarlas, 20 aunque tan llenas de inconvenientes y peligros. ”Pero la que tú dices que quieres intentar y poner por obra, ni te ha de alcanzar gloria de Dios, bienes de la fortuna, ni fama con los hombres; porque, puesto que salgas con ella como 25 deseas, no has de quedar ni más ufano, ni más rico, ni más honrado que estás ahora; y si no sales, te has de ver en la mayor miseria que imaginarse pueda; porque no te ha de aprovechar pensar entonces que no sabe nadie la 30 desgracia que te ha sucedido, porque bastará para afligirte y deshacerte que la sepas tú
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 102 mismo. Y para confirmación de esta verdad, te quiero decir una estancia, que hizo el famoso poeta Luis Tansilo, en el fin de su primera parte de las Lágrimas de San Pedro, que dice así: Crece el dolor y crece la vergüenza 5 en Pedro, cuando el día se ha mostrado, y aunque allí no ve a nadie, se avergüenza de sí mismo, por ver que había pecado: que a un magnánimo pecho a haber vergüenza no sólo ha de moverle el ser mirado; 10 que de sí se avergüenza cuando yerra, si bien otro no ve que cielo y tierra. ”Así que no excusarás con el secreto tu dolor; antes tendrás que llorar continuo, si no lágrimas de los ojos, lágrimas de sangre del 15 corazón, como las lloraba aquel simple doctor que nuestro poeta nos cuenta, que hizo la prueba del vaso, que con mejor discurso se excusó de hacerlo el prudente Reinaldos; que puesto que aquello sea ficción poética, tiene en sí 20 encerrados secretos morales dignos de ser advertidos y entendidos e imitados. Cuanto más, que con lo que ahora pienso decirte, acabarás de venir en conocimiento del grande error que quieres cometer. 25 ”Dime, Anselmo: si el cielo, o la suerte buena, te hubiera hecho señor y legítimo posesor de un finísimo diamante, de cuya bondad y quilates estuviesen satisfechos cuantos lapidarios le viesen, y que todos a una voz y de común 30 parecer dijesen que llegaba en quilates, bondad y fineza a cuanto se podía extender la
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 103 naturaleza de tal piedra, y tú mismo lo creyeses así, sin saber otra cosa en contrario, ¿sería justo que te viniese en deseo de tomar aquel diamante, y ponerle entre un yunque y un martillo, y allí, a pura fuerza de golpes y 5 brazos, probar si es tan duro y tan fino como dicen? Y más, si lo pusieses por obra; que puesto caso que la piedra hiciese resistencia a tan necia prueba, no por eso se le añadiría más valor ni más fama, y si se rompiese, cosa 10 que podría ser, ¿no se perdía todo? Sí, por cierto, dejando a su dueño en estimación de que todos le tengan por simple. Pues haz cuenta, Anselmo amigo, que Camila es finísimo diamante, así en tu estimación como en la 15 ajena, y que no es razón ponerla en contingencia de que se quiebre, pues aunque se quede con su entereza, no puede subir a más valor del que ahora tiene, y si faltase y no resistiese, considera desde ahora cuál quedarías sin 20 ella, y con cuánta razón te podrías quejar de ti mismo, por haber sido causa de su perdición y la tuya. ”Mira que no hay joya en el mundo que tanto valga como la mujer casta y honrada, y que 25 todo el honor de las mujeres consiste en la opinión buena que de ellas se tiene; y pues la de tu esposa es tal, que llega al extremo de bondad que sabes, ¿para qué quieres poner esta verdad en duda? Mira, amigo, que la 30 mujer es animal imperfecto y que no se le han de poner embarazos donde tropiece y caiga,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 104 sino quitárselos y despejarle el camino de cualquier inconveniente, para que sin pesadumbre corra ligera a alcanzar la perfección que le falta, que consiste en el ser virtuosa. ”Cuentan los naturales que el armiño es 5 un animalejo que tiene una piel blanquísima, y que, cuando quieren cazarle los cazadores, usan de este artificio: que, sabiendo las partes por donde suele pasar y acudir, las atajan con lodo, y después, ojeándole, le encaminan hacia 10 aquel lugar, y así como el armiño llega al lodo, se está quedo y se deja prender y cautivar, a trueco de no pasar por el cieno y perder y ensuciar su blancura, que la estima en más que la libertad y la vida. La honesta y 15 casta mujer es armiño, y es más que nieve blanca y limpia la virtud de la honestidad, y el que quisiere que no la pierda, antes la guarde y conserve, ha de usar de otro estilo diferente que con el armiño se tiene, porque no 20 le han de poner delante el cieno de los regalos y servicios de los importunos amantes, porque quizá, y aun sin quizá, no tiene tanta virtud y fuerza natural que pueda por sí misma atropellar y pasar por aquellos embarazos, y 25 es necesario quitárselos y ponerle delante la limpieza de la virtud y la belleza que encierra en sí la buena fama. ”Es asimismo la buena mujer como espejo de cristal luciente y claro, pero está 30 sujeto a empañarse y oscurecerse con cualquiera aliento que le toque. Hase de usar con
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 105 la honesta mujer el estilo que con las reliquias: adorarlas y no tocarlas. Hase de guardar y estimar la mujer buena como se guarda y estima un hermoso jardín que está lleno de flores y rosas, cuyo dueño no consiente que nadie le 5 pasee ni manosee; basta que desde lejos y por entre las verjas de hierro gocen de su fragancia y hermosura. Finalmente, quiero decirte unos versos que se me han venido a la memoria, que los oí en una comedia moderna, 10 que me parece que hacen al propósito de lo que vamos tratando. Aconsejaba un prudente viejo a otro, padre de una doncella, que la recogiese, guardase y encerrase, y, entre otras razones, le dijo éstas: 15 Es de vidrio la mujer; pero no se ha de probar si se puede o no quebrar, porque todo podría ser. Y es más fácil el quebrarse, 20 y no es cordura ponerse a peligro de romperse lo que no puede soldarse. Y en esta opinión estén todos, y en razón la fundo, 25 que si hay Dánaes en el mundo, hay lluvias de oro también. ”Cuanto hasta aquí te he dicho, oh Anselmo, ha sido por lo que a ti te toca; y ahora es bien que se oiga algo de lo que a mí me conviene; 30 y si fuere largo, perdóname; que todo lo requiere el laberinto donde te has entrado, y de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 106 donde quieres que yo te saque. Tú me tienes por amigo, y quieres quitarme la honra, cosa que es contra toda amistad, y aun no sólo pretendes esto, sino que procuras que yo te la quite a ti. Que me la quieres quitar a mí, está 5 claro, pues cuando Camila vea que yo la solicito, como me pides, cierto está que me ha de tener por hombre sin honra y mal mirado, pues intento y hago una cosa tan fuera de aquello que el ser quien soy y tu amistad me 10 obliga. De que quieres que te la quite a ti, no hay duda, porque viendo Camila que yo la solicito, ha de pensar que yo he visto en ella alguna liviandad que me dio atrevimiento a descubrirle mi mal deseo, y, teniéndose por 15 deshonrada, te toca a ti, como a cosa suya, su misma deshonra. Y de aquí nace lo que comúnmente se platica: que el marido de la mujer adúltera, puesto que él no lo sepa ni haya dado ocasión para que su mujer no sea la que 20 debe, ni haya sido en su mano, ni en su descuido y poco recato estorbar su desgracia, con todo le llaman y le nombran con nombre de vituperio y bajo, y en cierta manera le miran los que la maldad de su mujer saben con ojos 25 de menosprecio, en cambio de mirarle con los de lástima, viendo que, no por su culpa, sino por el gusto de su mala compañera, está en aquella desventura. ”Pero quiérote decir la causa, porque con 30 justa razón es deshonrado el marido de la mujer mala, aunque él no sepa que lo es, ni
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 107 tenga culpa, ni haya sido parte, ni dado ocasión para que ella lo sea. Y no te canses de oírme; que todo ha de redundar en tu provecho. Cuando Dios crió a nuestro primero padre en el Paraíso Terrenal, dice la Divina Escritura que 5 infundió Dios sueño en Adán, y que, estando durmiendo, le sacó una costilla del lado siniestro, de la cual formó a nuestra madre Eva; y así como Adán despertó y la miró, dijo: «Esta »es carne de mi carne y hueso de mis huesos.» 10 Y Dios dijo: «Por ésta dejará el hombre »a su padre y madre, y serán dos en una carne »misma.» Y, entonces fue instituido el divino sacramento del matrimonio, con tales lazos, que sola la muerte puede desatarlos. Y tiene 15 tanta fuerza y virtud este milagroso sacramento, que hace que dos diferentes personas sean una misma carne; y aún hace más en los buenos casados, que, aunque tienen dos almas, no tienen más de una voluntad. Y de aquí 20 viene que, como la carne de la esposa sea una misma con la del esposo, las manchas que en ella caen, o los defectos que se procura, redundan en la carne del marido, aunque él no haya dado, como queda dicho, ocasión para 25 aquel daño. Porque así como el dolor del pie, o de cualquier miembro del cuerpo humano, le siente todo el cuerpo, por ser todo de una carne misma, y la cabeza siente el daño del tobillo, sin que ella se le haya causado, así el 30 marido es participante de la deshonra de la mujer por ser una misma cosa con ella. Y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 108 como las honras y deshonras del mundo sean todas y nazcan de carne y sangre, y las de la mujer mala sean de este género, es forzoso que al marido le quepa parte de ellas y sea tenido por deshonrado sin que él lo sepa. 5 ”Mira, pues, oh Anselmo, al peligro que te pones en querer turbar el sosiego en que tu buena esposa vive. Mira por cuán vana e impertinente curiosidad quieres revolver los humores que ahora están sosegados en el pecho 10 de tu casta esposa. Advierte que lo que aventuras a ganar es poco, y que lo que perderás será tanto, que lo dejaré en su punto, porque me faltan palabras para encarecerlo. Pero si todo cuanto he dicho no basta a moverte de 15 tu mal propósito, bien puedes buscar otro instrumento de tu deshonra y desventura; que yo no pienso serlo, aunque por ello pierda tu amistad, que es la mayor pérdida que imaginar puedo.” 20 Calló en diciendo esto el virtuoso y prudente Lotario, y Anselmo quedó tan confuso y pensativo, que por un buen espacio no le pudo responder palabra; pero, en fin, le dijo: “Con la atención que has visto he escuchado, 25 Lotario amigo, cuanto has querido decirme, y en tus razones, ejemplos y comparaciones he visto la mucha discreción que tienes y el extremo de la verdadera amistad que alcanzas; y asimismo veo y confieso que si no 30 sigo tu parecer y me voy tras el mío, voy huyendo del bien y corriendo tras el mal.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 109 Presupuesto esto, has de considerar que yo padezco ahora la enfermedad que suelen tener algunas mujeres, que se les antoja comer tierra, yeso, carbón y otras cosas peores, aun asquerosas para mirarse, cuanto más para 5 comerse; así que es menester usar de algún artificio para que yo sane, y esto se podía hacer con facilidad sólo con que comiences, aunque tibia y fingidamente, a solicitar a Camila, la cual no ha de ser tan tierna, que a los primeros 10 encuentros dé con su honestidad por tierra; y con sólo este principio quedaré contento, y tú habrás cumplido con lo que debes a nuestra amistad, no solamente dándome la vida, sino persuadiéndome de no verme sin honra. Y estás 15 obligado a hacer esto por una razón sola, y es que estando yo, como estoy, determinado de poner en práctica esta prueba, no has tú de consentir que yo dé cuenta de mi desatino a otra persona, con que pondría en aventura el honor 20 que tú procuras que no pierda; y cuando el tuyo no esté en el punto que debe en la intención de Camila en tanto que la solicitares, importa poco o nada, pues con brevedad, viendo [en] ella la entereza que esperamos, le podrás 25 decir la pura verdad de nuestro artificio, con que volverá tu crédito al ser primero. Y pues tan poco aventuras y tanto contento me puedes dar aventurándote, no lo dejes de hacer, aunque más inconvenientes se te pongan 30 delante, pues, como ya he dicho, con sólo que comiences daré por concluida la causa.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 110 Viendo Lotario la resoluta voluntad de Anselmo, y no sabiendo qué más ejemplos traerle, ni qué más razones mostrarle para que no la siguiese, y viendo que le amenazaba que daría a otro cuenta de su mal deseo, por 5 evitar mayor mal, determinó de contentarle y hacer lo que le pedía, con propósito e intención de guiar aquel negocio de modo que, sin alterar los pensamientos de Camila, quedase Anselmo satisfecho; y, así, le respondió que no 10 comunicase su pensamiento con otro alguno, que él tomaba a su cargo aquella empresa, la cual comenzaría cuando a él le diese más gusto. Abrazóle Anselmo tierna y amorosamente, y agradecióle su ofrecimiento, como si 15 alguna grande merced le hubiera hecho, y quedaron de acuerdo entre los dos que desde otro día siguiente se comenzase la obra; que él le daría lugar y tiempo como a sus solas pudiese hablar a Camila, y asimismo le daría 20 dineros y joyas que darla y que ofrecerla. Aconsejóle que le diese músicas, que escribiese versos en su alabanza, y que, cuando él no quisiese tomar trabajo de hacerlos, él mismo los haría. A todo se ofreció Lotario, bien 25 con diferente intención que Anselmo pensaba. Y con este acuerdo se volvieron a casa de Anselmo, donde hallaron a Camila con ansia y cuidado, esperando a su esposo, porque aquel día tardaba en venir más de lo acostumbrado. 30 Fuese Lotario a su casa, y Anselmo quedó en la suya, tan contento como Lotario fue pensativo,
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 111 no sabiendo qué traza dar para salir bien de aquel impertinente negocio. Pero aquella noche pensó el modo que tendría para engañar a Anselmo sin ofender a Camila; y otro día vino a comer con su amigo, y fue bien 5 recibido de Camila, la cual le recibía y regalaba con mucha voluntad, por entender la buena que su esposo le tenía. Acabaron de comer, levantaron los manteles, y Anselmo dijo a Lotario que se quedase allí 10 con Camila en tanto que él iba a un negocio forzoso; que dentro de hora y media volvería. Rogóle Camila que no se fuese, y Lotario se ofreció a hacerle compañía; mas nada aprovechó con Anselmo, antes importunó a Lotario 15 que se quedase y le aguardase, porque tenía que tratar con él una cosa de mucha importancia. Dijo también a Camila que no dejase solo a Lotario, en tanto que él volviese. En efecto, él supo tan bien fingir la necesidad o 20 necedad de su ausencia, que nadie pudiera entender que era fingida. Fuese Anselmo, y quedaron solos a la mesa Camila y Lotario, porque la demás gente de casa toda se había ido a comer. Viose Lotario puesto en la estacada 25 que su amigo deseaba, y con el enemigo delante, que pudiera vencer, con sola su hermosura, a un escuadrón de caballeros armados; mirad si era razón que le temiera Lotario. Pero lo que hizo fue poner el codo sobre 30 el brazo de la silla y la mano abierta en la mejilla, y pidiendo perdón a Camila del mal
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 112 comedimiento, dijo que quería reposar un poco en tanto que Anselmo volvía. Camila le respondió que mejor reposaría en el estrado que en la silla, y, así, le rogó se entrase a dormir en él. No quiso Lotario, y allí se quedó 5 dormido hasta que volvió Anselmo; el cual, como halló a Camila en su aposento y a Lotario durmiendo, creyó que, como se había tardado tanto, ya habrían tenido los dos lugar para hablar y aun para dormir, y no vio la hora en que 10 Lotario despertase, para volverse con él fuera y preguntarle de su ventura. Todo le sucedió como él quiso; Lotario despertó, y luego salieron los dos de casa, y, así, le preguntó lo que deseaba; y le respondió 15 Lotario que no le había parecido ser bien que la primera vez se descubriese del todo, y, así, no había hecho otra cosa que alabar a Camila de hermosa, diciéndole que en toda la ciudad no se trataba de otra cosa que de su 20 hermosura y discreción; y que éste le había parecido buen principio para entrar ganando la voluntad y disponiéndola a que otra vez le escuchase con gusto, usando en esto del artificio que el demonio usa cuando quiere engañar a alguno 25 que está puesto en atalaya de mirar por sí; que se transforma en ángel de luz, siéndolo el de tinieblas, y, poniéndole delante apariencias buenas, al cabo descubre quien es, y sale con su intención, si a los principios no es descubierto 30 su engaño. Todo esto le contentó mucho a Anselmo, y dijo que cada día daría el mismo
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 113 lugar, aunque no saliese de casa, porque en ella se ocuparía en cosas que Camila no pudiese venir en conocimiento de su artificio. Sucedió, pues, que se pasaron muchos días que, sin decir Lotario palabra a Camila, 5 respondía a Anselmo que la hablaba, y jamás podía sacar de ella una pequeña muestra de venir en ninguna cosa que mala fuese, ni aun dar una señal de sombra de esperanza; antes decía que le amenazaba que si de aquel mal pensamiento 10 no se quitaba, que lo había de decir a su esposo. “Bien está”, dijo Anselmo; “hasta aquí ha resistido Camila a las palabras; es menester ver cómo resiste a las obras: yo os daré mañana 15 dos mil escudos de oro para que se los ofrezcáis y aun se los deis, y otros tantos para que compréis joyas con que cebarla; que las mujeres suelen ser aficionadas, y más si son hermosas, por más castas que sean, a esto de 20 traerse bien y andar galanas; y si ella resiste a esta tentación, yo quedaré satisfecho y no os daré más pesadumbre.” Lotario respondió que ya que había comenzado, que él llevaría hasta el fin aquella empresa, 25 puesto que entendía salir de ella cansado y vencido. Otro día recibió los cuatro mil escudos, y con ellos cuatro mil confusiones, porque no sabía qué decirse para mentir de nuevo; pero, en efecto, determinó de decirle que Camila 30 estaba tan entera a las dádivas y promesas como a las palabras, y que no había para qué
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 114 cansarse más, porque todo el tiempo se gastaba en balde. Pero la suerte, que las cosas guiaba de otra manera, ordenó que, habiendo dejado Anselmo solos a Lotario y a Camila, como otras veces 5 solía, él se encerró en un aposento, y por los agujeros de la cerradura estuvo mirando y escuchando lo que los dos trataban, y vio que en más de media hora Lotario no habló palabra a Camila, ni se la hablara si allí estuviera un 10 siglo. Y cayó en la cuenta de que cuanto su amigo le había dicho de las respuestas de Camila todo era ficción y mentira. Y para ver si esto era así, salió del aposento, y, llamando a Lotario aparte, le preguntó qué nuevas había y de 15 qué temple estaba Camila. Lotario le respondió que no pensaba más darle puntada en aquel negocio, porque respondía tan áspera y desabridamente, que no tendría ánimo para volver a decirle cosa alguna. 20 “¡Ha!”, dijo Anselmo, “¡Lotario, Lotario, y cuán mal correspondes a lo que me debes y a lo mucho que de ti confío! Ahora te he estado mirando por el lugar que concede la entrada de esta llave, y he visto que no has dicho palabra 25 a Camila, por donde me doy a entender que aun las primeras le tienes por decir; y si esto es así, como sin duda lo es, ¿para qué me engañas? O ¿por qué quieres quitarme con tu industria los medios que yo podría hallar para 30 conseguir mi deseo?” No dijo más Anselmo, pero bastó lo que
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 115 había dicho para dejar corrido y confuso a Lotario. El cual, casi como tomando por punto de honra el haber sido hallado en mentira, juró a Anselmo que desde aquel momento tomaba tan a su cargo el contentarle y no mentirle, cual 5 lo vería, si con curiosidad lo espiaba; cuanto más que no sería menester usar de ninguna diligencia, porque la que él pensaba poner en satisfacerle le quitaría de toda sospecha. Creyóle Anselmo, y para darle comodidad más 10 segura y menos sobresaltada, determinó de hacer ausencia de su casa por ocho días, yéndose a la de un amigo suyo que estaba en una aldea, no lejos de la ciudad. Con el cual amigo concertó que le enviase a llamar con muchas 15 veras, para tener ocasión con Camila de su partida. ¡Desdichado y mal advertido de ti, Anselmo! ¿Qué es lo que haces?, ¿qué es lo que trazas?, ¿qué es lo que ordenas? Mira que haces 20 contra ti mismo, trazando tu deshonra y ordenando tu perdición. Buena es tu esposa Camila, quieta y sosegadamente la posees, nadie sobresalta tu gusto, sus pensamientos no salen de las paredes de su casa, tú eres su cielo en 25 la tierra, el blanco de sus deseos, el cumplimiento de sus gustos y la medida por donde mide su voluntad, ajustándola en todo con la tuya y con la del cielo. Pues si la mina de su honor, hermosura, honestidad y recogimiento 30 te da sin ningún trabajo toda la riqueza que tiene y tú puedes desear, ¿para qué quieres
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 116 ahondar la tierra y buscar nuevas vetas de nuevo y nunca visto tesoro, poniéndote a peligro que toda venga abajo, pues, en fin, se sustenta sobre los débiles arrimos de su flaca naturaleza? Mira que el que busca lo imposible 5 es justo que lo posible se le niegue, como lo dijo mejor un poeta, diciendo: ”Busco en la muerte la vida, salud en la enfermedad, en la prisión libertad, 10 en lo cerrado salida y en el traidor lealtad. Pero mi suerte, de quien jamás espero algún bien, con el cielo ha estatuido 15 que, pues lo imposible pido, lo posible aun no me den.” Fuese otro día Anselmo a la aldea, dejando dicho a Camila que el tiempo que él estuviese ausente vendría Lotario a mirar por su casa y 20 a comer con ella; que tuviese cuidado de tratarle como a su misma persona. Afligióse Camila, como mujer discreta y honrada, de la orden que su marido le dejaba, y díjole que advirtiese que no estaba bien que nadie, él 25 ausente, ocupase la silla de su mesa, y que si lo hacía por no tener confianza que ella sabría gobernar su casa, que probase por aquella vez, y vería por experiencia cómo para mayores cuidados era bastante. Anselmo le replicó 30 que aquél era su gusto y que no tenía más que hacer que bajar la cabeza y obedecerle.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 117 Camila dijo que así lo haría, aunque contra su voluntad. Partióse Anselmo, y otro día vino a su casa Lotario, donde fue recibido de Camila con amoroso y honesto acogimiento. La cual jamás 5 se puso en parte donde Lotario la viese a solas, porque siempre andaba rodeada de sus criados y criadas, especialmente de una doncella suya, llamada Leonela, a quien ella mucho quería por haberse criado desde niñas 10 las dos juntas en casa de los padres de Camila, y cuando se casó con Anselmo la trajo consigo. En los tres días primeros nunca Lotario le dijo nada, aunque pudiera, cuando se levantaban los manteles y la gente se iba a 15 comer con mucha prisa, porque así se lo tenía mandado Camila. Y aun tenía orden Leonela que comiese primero que Camila, y que de su lado jamás se quitase; mas ella, que en otras cosas de su gusto tenía puesto el 20 pensamiento y había menester aquellas horas y aquel lugar para ocuparle en sus contentos, no cumplía todas veces el mandamiento de su señora; antes los dejaba solos, como si aquello le hubieran mandado. Mas la honesta 25 presencia de Camila, la gravedad de su rostro, la compostura de su persona era tanta, que ponía freno a la lengua de Lotario. Pero el provecho que las muchas virtudes de Camila hicieron, poniendo silencio en la lengua de Lotario, 30 redundó más en daño de los dos, porque si la lengua callaba, el pensamiento discurría, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 118 tenía lugar de contemplar parte por parte todos los extremos de bondad y de hermosura que Camila tenía, bastantes a enamorar una estatua de mármol, no que un corazón de carne. 5 Mirábala Lotario en el lugar y espacio que había de hablarla, y consideraba cuán digna era de ser amada, y esta consideración comenzó poco a poco a dar asaltos a los respetos que a Anselmo tenía, y mil veces quiso 10 ausentarse de la ciudad e irse donde jamás Anselmo le viese a él, ni él viese a Camila; mas ya le hacía impedimento y detenía el gusto que hallaba en mirarla. Hacíase fuerza y peleaba consigo mismo por desechar y no sentir el 15 contento que le llevaba a mirar a Camila. Culpábase a solas de su desatino, llamábase mal amigo y aun mal cristiano. Hacía discursos y comparaciones entre él y Anselmo, y todos paraban en decir que más había sido la locura 20 y confianza de Anselmo que su poca fidelidad. Y que si así tuviera disculpa para con Dios como para con los hombres de lo que pensaba hacer, que no temiera pena por su culpa. En efecto, la hermosura y la bondad de 25 Camila, juntamente con la ocasión que el ignorante marido le había puesto en las manos, dieron con la lealtad de Lotario en tierra. Y, sin mirar a otra cosa que aquélla a que su gusto le inclinaba, al cabo de tres días de la ausencia 30 de Anselmo, en los cuales estuvo en continua batalla por resistir a sus deseos, comenzó a
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 119 requebrar a Camila con tanta turbación y con tan amorosas razones, que Camila quedó suspensa, y no hizo otra cosa que levantarse de donde estaba y entrarse en su aposento sin responderle palabra alguna. Mas no por esta 5 sequedad se desmayó en Lotario la esperanza, que siempre nace juntamente con el amor; antes tuvo en más a Camila. La cual, habiendo visto en Lotario lo que jamás pensara, no sabía qué hacerse. Y, pareciéndole no ser cosa 10 segura ni bien hecha darle ocasión ni lugar a que otra vez la hablase, determinó de enviar aquella misma noche, como lo hizo, a un criado suyo con un billete a Anselmo, donde le escribió estas razones: 15
p. 120 Capítulo XXXIV Donde se prosigue la novela del Curioso impertinente. “Así como suele decirse que parece mal el ejército sin su general y el castillo sin su 5 castellano, digo yo que parece muy peor la mujer casada y moza sin su marido, cuando justísimas ocasiones no lo impiden. Yo me hallo tan mal sin vos, y tan imposibilitada de no poder sufrir esta ausencia, que si presto no 10 venís me habré de ir a entretener en casa de mis padres, aunque deje sin guarda la vuestra. Porque la que me dejasteis, si es que quedó con tal título, creo que mira más por su gusto que por lo que a vos os toca, y pues sois 15 discreto, no tengo más que deciros, ni aun es bien que más os diga.” Esta carta recibió Anselmo, y entendió por ella que Lotario había ya comenzado la empresa, y que Camila debía de haber respondido 20 como él deseaba. Y, alegre sobremanera de tales nuevas, respondió a Camila, de palabra, que no hiciese mudamiento de su casa en modo alguno, porque él volvería con mucha brevedad. Admirada quedó Camila de la respuesta 25 de Anselmo, que la puso en más confusión que primero, porque ni se atrevía a estar en su casa, ni menos irse a la de sus padres, porque en la quedada corría peligro su
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 121 honestidad, y en la ida iba contra el mandamiento de su esposo. En fin, se resolvió en lo que le estuvo peor, que fue en el quedarse, con determinación de no huir la presencia de Lotario, por no dar 5 qué decir a sus criados; y ya le pesaba de haber escrito lo que escribió a su esposo, temerosa de que no pensase que Lotario había visto en ella alguna desenvoltura que le hubiese movido a no guardarle el decoro que debía. 10 Pero, fiada en su bondad, se fio en Dios y en su buen pensamiento, con que pensaba resistir callando a todo aquello que Lotario decirle quisiese, sin dar más cuenta a su marido, por no ponerle en alguna pendencia y 15 trabajo. Y aun andaba buscando manera cómo disculpar a Lotario con Anselmo, cuando le preguntase la ocasión que le había movido a escribirle aquel papel. Con estos pensamientos, más 20 honrados que acertados ni provechosos, estuvo otro día escuchando a Lotario, el cual cargó la mano de manera, que comenzó a titubear la firmeza de Camila, y su honestidad tuvo harto que hacer en acudir a los ojos, para que no 25 diesen muestra de alguna amorosa compasión que las lágrimas y las razones de Lotario en su pecho habían despertado. Todo esto notaba Lotario y todo le encendía. Finalmente, a él le pareció que era menester, 30 en el espacio y lugar que daba la ausencia de Anselmo, apretar el cerco a aquella fortaleza.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 122 Y, así, acometió a su presunción con las alabanzas de su hermosura, porque no hay cosa que más presto rinda y allane las encastilladas torres de la vanidad de las hermosas que la mesma vanidad, puesta en las 5 lenguas de la adulación. En efecto, él, con toda diligencia, minó la roca de su entereza con tales pertrechos, que, aunque Camila fuera toda de bronce, viniera al suelo. Lloró, rogó, ofreció, aduló, porfió y fingió Lotario con 10 tantos sentimientos, con muestras de tantas veras, que dio al través con el recato de Camila y vino a triunfar de lo que menos se pensaba y más deseaba. Rindióse Camila; Camila se rindió; pero ¿qué mucho si la amistad de 15 Lotario no quedó en pie? Ejemplo claro que nos muestra que sólo se vence la pasión amorosa con huirla, y que nadie se ha de poner a brazos con tan poderoso enemigo, porque es menester fuerzas divinas para vencer las suyas 20 humanas. Sólo supo Leonela la flaqueza de su señora, porque no se la pudieron encubrir los dos malos amigos y nuevos amantes. No quiso Lotario decir a Camila la pretensión de Anselmo, ni que él le había dado lugar para 25 llegar a aquel punto, porque no tuviese en menos su amor, y pensase que así, acaso y sin pensar, y no de propósito, la había solicitado. Volvió de allí a pocos días Anselmo a su 30 casa, y no echó de ver lo que faltaba en ella, que era lo que en menos tenía y más estimaba.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 123 Fuese luego a ver a Lotario, y hallóle en su casa; abrazáronse los dos, y el uno preguntó por las nuevas de su vida o de su muerte. “Las nuevas que te podré dar, oh amigo 5 Anselmo”, dijo Lotario, “son de que tienes una mujer que dignamente puede ser ejemplo y corona de todas las mujeres buenas. Las palabras que le he dicho se las ha llevado el aire; los ofrecimientos se han tenido en poco; las 10 dádivas no se han admitido; de algunas lágrimas fingidas mías se ha hecho burla notable. En resolución: así como Camila es cifra de toda belleza, es archivo donde asiste la honestidad y vive el comedimiento y el recato y 15 todas las virtudes que pueden hacer loable y bien afortunada a una honrada mujer. Vuelve a tomar tus dineros, amigo; que aquí los tengo sin haber tenido necesidad de tocar a ellos, que la entereza de Camila no se rinde a cosas tan 20 bajas como son dádivas ni promesas. Conténtate, Anselmo, y no quieras hacer más pruebas de las hechas. Y, pues a pie enjuto has pasado el mar de las dificultades y sospechas que de las mujeres suelen y pueden tenerse, no quieras 25 entrar de nuevo en el profundo piélago de nuevos inconvenientes, ni quieras hacer experiencia con otro piloto de la bondad y fortaleza del navío que el cielo te dio en suerte para que en él pasases la mar de este mundo, sino 30 haz cuenta que estás ya en seguro puerto, y aférrate con las áncoras de la buena
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 124 consideración, y déjate estar hasta que te vengan a pedir la deuda que no hay hidalguía humana que de pagarla se excuse.” Contentísimo quedó Anselmo de las razones de Lotario, y así se las creyó como si fueran 5 dichas por algún oráculo. Pero, con todo eso, le rogó que no dejase la empresa, aunque no fuese más de por curiosidad y entretenimiento, aunque no se aprovechase de allí adelante de tan ahincadas diligencias como hasta 10 entonces. Y que sólo quería que le escribiese algunos versos en su alabanza, debajo del nombre de Clori, porque él le daría a entender a Camila que andaba enamorado de una dama, a quien le había puesto aquel nombre, por poder 15 celebrarla con el decoro que a su honestidad se le debía. Y que, cuando Lotario no quisiera tomar trabajo de escribir los versos, que él los haría. “No será menester eso”, dijo Lotario, “pues 20 no me son tan enemigas las musas, que algunos ratos del año no me visiten. Dile tú a Camila lo que has dicho del fingimiento de mis amores; que los versos yo los haré, si no tan buenos como el sujeto merece, serán, por lo menos, 25 los mejores que yo pudiere.” Quedaron de este acuerdo el impertinente y el traidor amigo. Y vuelto [Anselmo] a su casa, preguntó a Camila lo que ella ya se maravillaba que no se lo hubiese preguntado: que fue que 30 le dijese la ocasión por que le había escrito el papel que le envió. Camila le respondió que
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 125 le había parecido que Lotario la miraba un poco más desenvueltamente que cuando él estaba en casa; pero que ya estaba desengañada y creía que había sido imaginación suya, porque ya Lotario huía de verla y de estar con ella a 5 solas. Díjole Anselmo que bien podía estar segura de aquella sospecha, porque él sabía que Lotario andaba enamorado de una doncella principal de la ciudad, a quien él celebraba debajo del nombre de Clori, y que, aunque no lo 10 estuviera, no había que temer de la verdad de Lotario y de la mucha amistad de entrambos. Y, a no estar avisada Camila de Lotario de que eran fingidos aquellos amores de Clori, y que él se lo había dicho a Anselmo por poder 15 ocuparse algunos ratos en las mismas alabanzas de Camila, ella sin duda cayera en la desesperada red de los celos; mas por estar ya advertida pasó aquel sobresalto sin pesadumbre. 20 Otro día, estando los tres sobre mesa, rogó Anselmo a Lotario dijese alguna cosa de las que había compuesto a su amada Clori; que pues Camila no la conocía, seguramente podía decir lo que quisiese. 25 “Aunque la conociera”, respondió Lotario, “no encubriera yo nada, porque cuando algún amante loa a su dama de hermosa y la nota de cruel, ningún oprobio hace a su buen crédito. Pero sea lo que fuere, lo que sé decir, 30 que ayer hice un soneto a la ingratitud de esta Clori, que dice así:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 126 SONETO En el silencio de la noche, cuando ocupa el dulce sueño a los mortales, la pobre cuenta de mis ricos males estoy al cielo y a mi Clori dando. 5 Y al tiempo cuando el sol se va mostrando por las rosadas puertas orientales, con suspiros y acentos desiguales voy la antigua querella renovando. Y cuando el sol, de su estrellado asiento 10 derechos rayos a la tierra envía, el llanto crece y doblo los gemidos. Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento, y siempre hallo, en mi mortal porfía, al cielo, sordo; a Clori, sin oídos.” 15 Bien le pareció el soneto a Camila, pero mejor a Anselmo, pues le alabó y dijo que era demasiadamente cruel la dama que a tan claras verdades no correspondía. A lo que dijo Camila: 20 “Luego ¿todo aquello que los poetas enamorados dicen, es verdad?” “En cuanto poetas, no la dicen”, respondió Lotario; “mas en cuanto enamorados, siempre quedan tan cortos como verdaderos.” 25 “No hay duda de eso”, replicó Anselmo, todo por apoyar y acreditar los pensamientos de Lotario con Camila, tan descuidada del artificio de Anselmo, como ya enamorada de Lotario. Y, así, con el gusto que de sus cosas tenía, y 30 más, teniendo por entendido que sus deseos y escritos a ella se encaminaban, y que ella era
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 127 la verdadera Clori, le rogó que si otro soneto u otros versos sabía, los dijese. “Sí sé”, respondió Lotario, “pero no creo que es tan bueno como el primero, o, por mejor decir, menos malo. Y podréislo bien juzgar, pues 5 es éste: SONETO Yo sé que muero, y si no soy creído, es más cierto el morir, como es más cierto verme a tus pies, ¡oh bella ingrata!, muerto 10 antes que de adorarte arrepentido. Podré yo verme en la región de olvido, de vida y gloria y de favor desierto, y allí verse podrá en mi pecho abierto cómo tu hermoso rostro está esculpido. 15 Que esta reliquia guardo para el duro trance que me amenaza mi porfía, que en tu mismo rigor se fortalece. ¡Ay de aquel que navega, el cielo oscuro, por mar no usado y peligrosa vía, 20 adonde norte o puerto no se ofrece! También alabó este segundo soneto Anselmo, como había hecho el primero, y de esta manera iba añadiendo eslabón a eslabón a la cadena con que se enlazaba y trababa su 25 deshonra, pues cuando más Lotario le deshonraba, entonces le decía que estaba más honrado. Y con esto, todos los escalones que Camila bajaba hacia el centro de su menosprecio, los subía, en la opinión de su marido, hacia la 30 cumbre de la virtud y de su buena fama. Sucedió en esto, que hallándose una vez, entre otras, sola Camila con su doncella, le dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 128 “Corrida estoy, amiga Leonela, de ver en cuán poco he sabido estimarme, pues siquiera no hice que, con el tiempo, comprara Lotario la entera posesión que le di tan presto de mi voluntad. Temo que ha de [des]estimar mi presteza 5 o ligereza, sin que eche de ver la fuerza que él me hizo para no poder resistirle.” “No te dé pena eso, señora mía”, respondió Leonela; “que no está la monta, ni es causa para menguar la estimación, darse lo que se 10 da presto, si, en efecto, lo que se da es bueno, y ello por sí digno de estimarse. Y aun suele decirse que el que luego da, da dos veces.” “También se suele decir”, dijo Camila, “que lo que cuesta poco se estima en menos.” 15 “No corre por ti esa razón”, respondió Leonela, “porque el amor, según he oído decir, unas veces vuela y otras anda, con éste corre y con aquél va despacio, a unos entibia y a otros abrasa, a unos hiere y a otros mata. En 20 un mismo punto comienza la carrera de sus deseos, y en aquel mismo punto la acaba y concluye. Por la mañana suele poner el cerco a una fortaleza, y a la noche la tiene rendida, porque no hay fuerza que le resista. Y, siendo 25 así, ¿de qué te espantas, o de qué temes, si lo mismo debe de haber acontecido a Lotario, habiendo tomado el amor por instrumento de rendirnos la ausencia de mi señor? Y era forzoso que en ella se concluyese lo que el amor 30 tenía determinado, sin dar tiempo al tiempo, para que Anselmo le tuviese de volver y con
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 129 su presencia quedase imperfecta la obra. Porque el amor no tiene otro mejor ministro para ejecutar lo que desea que es la ocasión; de la ocasión se sirve en todos sus hechos, principalmente en los principios. Todo esto sé yo 5 muy bien, más de experiencia que de oídas; y algún día te lo diré, señora, que yo también soy de carne, y de sangre moza. Cuanto más, señora Camila, que no te entregaste, ni diste tan luego, que primero no hubieses visto en los 10 ojos, en los suspiros, en las razones y en las promesas y dádivas de Lotario toda su alma, viendo en ella y en sus virtudes cuán digno era Lotario de ser amado. Pues si esto es así, no te asalten la imaginación esos escrupulosos 15 y melindrosos pensamientos, sino asegúrate que Lotario te estima como tú le estimas a él, y vive con contento y satisfacción de que ya que caíste en el lazo amoroso, es el que te aprieta de valor y de estima. Y que no sólo 20 tiene las cuatro SS que dicen que han de tener los buenos enamorados, sino todo un A B C entero; si no, escúchame y verás cómo te le digo de coro: El es, según yo veo y a mí me parece, agradecido, bueno, caballero, 25 dadivoso, enamorado, firme, gallardo, honrado, ilustre, leal, mozo, noble, honesto, principal, quantioso, rico; y las SS que dicen. Y luego, tácito, verdadero. La X no le cuadra, porque es letra áspera. La Y ya está dicha. La Z, zelador de tu 30 honra.” Riose Camila del A B C de su doncella, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 130 túvola por más práctica en las cosas de amor que ella decía. Y, así, lo confesó ella, descubriendo a Camila cómo trataba amores con un mancebo bien nacido, de la misma ciudad. De lo cual se turbó Camila, temiendo que era aquél 5 camino por donde su honra podía correr riesgo. Apuróla si pasaban sus pláticas a más que serlo. Ella, con poca vergüenza y mucha desenvoltura, le respondió que sí pasaban. Porque es cosa ya cierta que los descuidos de las 10 señoras quitan la vergüenza a las criadas, las cuales, cuando ven a las amas echar traspiés, no se les da nada a ellas de cojear, ni de que lo sepan. No pudo hacer otra cosa Camila sino rogar 15 a Leonela no dijese nada de su hecho al que decía ser su amante, y que tratase sus cosas con secreto, porque no viniesen a noticia de Anselmo ni de Lotario. Leonela respondió que así lo haría; mas cumpliólo de manera, que 20 hizo cierto el temor de Camila de que por ella había de perder su crédito. Porque la deshonesta y atrevida Leonela, después que vio que el proceder de su ama no era el que solía, atrevióse a entrar y poner dentro de casa a su 25 amante, confiada que, aunque su señora le viese, no había de osar descubrirle. Que este daño acarrean, entre otros, los pecados de las señoras, que se hacen esclavas de sus mismas criadas, y se obligan a encubrirles 30 sus deshonestidades y vilezas, como aconteció con Camila; que, aunque vio una y muchas
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 131 veces que su Leonela estaba con su galán en un aposento de su casa, no sólo no la osaba reñir, mas dábale lugar a que lo encerrase, y quitábale todos los estorbos para que no fuese visto de su marido. Pero no los pudo 5 quitar, que Lotario no le viese una vez salir, al romper del alba, el cual, sin conocer quién era, pensó primero que debía de ser alguna fantasma. Mas cuando le vio caminar, embozarse y encubrirse con cuidado y recato, cayó de su 10 simple pensamiento y dio en otro, que fuera la perdición de todos, si Camila no lo remediara. Pensó Lotario que aquel hombre que había visto salir tan a deshora de casa de Anselmo no había entrado en ella por Leonela, ni aun se 15 acordó si Leonela era en el mundo. Sólo creyó que Camila, de la misma manera que había sido fácil y ligera con él, lo era para otro; que estas añadiduras trae consigo la maldad de la mujer mala, que pierde el crédito de su honra con el 20 mismo a quien se entregó rogada y persuadida, y cree que con mayor facilidad se entrega a otros, y da infalible crédito a cualquiera sospecha que de esto le venga. Y no parece sino que le faltó a Lotario en este punto todo 25 su buen entendimiento, y se le fueron de la memoria todos sus advertidos discursos, pues sin hacer alguno que bueno fuese, ni aun razonable, sin más ni más, antes que Anselmo se levantase, impaciente y ciego de la 30 celosa rabia, que las entrañas le roía, muriendo por vengarse de Camila, que en
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 132 ninguna cosa le había ofendido, se fue a Anselmo y le dijo: “Sábete, Anselmo, que ha muchos días que he andado peleando conmigo mismo, haciéndome fuerza a no decirte lo que ya no es 5 posible ni justo que más te encubra. Sábete que la fortaleza de Camila está ya rendida y sujeta a todo aquello que yo quisiere hacer de ella, y si he tardado en descubrirte esta verdad, ha sido por ver si era algún liviano antojo suyo, o 10 si lo hacía por probarme y ver si eran con propósito firme tratados los amores que, con tu licencia, con ella he comenzado. Creí asimismo que ella, si fuera la que debía y la que entrambos pensábamos, ya te hubiera dado cuenta 15 de mi solicitud; pero habiendo visto que se tarda, conozco que son verdaderas las promesas que me ha dado de que, cuando otra vez hagas ausencia de tu casa, me hablará en la recámara donde está el repuesto de tus alhajas 20 --y era la verdad que allí le solía hablar Camila--, y no quiero que precipitosamente corras a hacer alguna venganza, pues no está aún cometido el pecado sino con pensamiento, y podría ser que desde éste hasta el tiempo de 25 ponerle por obra se mudase el de Camila, y naciese en su lugar el arrepentimiento. Y así, ya que en todo o en parte has seguido siempre mis consejos, sigue y guarda uno que ahora te diré, para que sin engaño y con medroso 30 advertimiento te satisfagas de aquello que más vieres que te convenga. Finge que te ausentas
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 133 por dos o tres días, como otras veces sueles, y haz de manera que te quedes escondido en tu recámara, pues los tapices que allí hay, y otras cosas con que te puedas encubrir, te ofrecen mucha comodidad, y entonces verás por tus 5 mismos ojos, y yo por los míos, lo que Camila quiere; y si fuere la maldad, que se puede temer antes que esperar, con silencio, sagacidad y discreción podrás ser el verdugo de tu agravio.” 10 Absorto, suspenso y admirado quedó Anselmo con las razones de Lotario, porque le cogieron en tiempo donde menos las esperaba oír, porque ya tenía a Camila por vencedora de los fingidos asaltos de Lotario, y comenzaba 15 a gozar la gloria del vencimiento. Callando estuvo por un buen espacio, mirando al suelo sin mover pestaña, y al cabo dijo: “Tú lo has hecho, Lotario, como yo esperaba de tu amistad; en todo he de seguir tu 20 consejo; haz lo que quisieres, y guarda aquel secreto que ves que conviene en caso tan no pensado.” Prometióselo Lotario, y, en apartándose de él, se arrepintió totalmente de cuanto le había dicho, 25 viendo cuán neciamente había andado, pues pudiera él vengarse de Camila, y no por camino tan cruel y tan deshonrado. Maldecía su entendimiento, afeaba su ligera determinación, y no sabía qué medio tomarse para deshacer lo 30 hecho, o para darle alguna razonable salida. Al fin acordó de dar cuenta de todo a Camila,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 134 y como no faltaba lugar para poderlo hacer, aquel mismo día la halló sola, y [ella], así como vio que le podía hablar, le dijo: “Sabed, amigo Lotario, que tengo una pena en el corazón, que me le aprieta de suerte, que 5 parece que quiere reventar en el pecho, y ha de ser maravilla si no lo hace. Pues ha llegado la desvergüenza de Leonela a tanto, que cada noche encierra a un galán suyo en esta casa, y se está con él hasta el día, tan a costa de mi 10 crédito, cuanto le quedará campo abierto de juzgarlo al que le viere salir a horas tan inusitadas de mi casa; y lo que me fatiga es que no la puedo castigar ni reñir; que el ser ella secretario de nuestros tratos me ha puesto un freno 15 en la boca para callar los suyos, y temo que de aquí ha de nacer algún mal suceso.” Al principio que Camila esto decía creyó Lotario que era artificio para desmentirle que el hombre que había visto salir era de Leonela, 20 y no suyo; pero viéndola llorar y afligirse y pedirle remedio, vino a creer la verdad, y, en creyéndola, acabó de estar confuso y arrepentido del todo. Pero, con todo esto, respondió a Camila que no tuviese pena, que él ordenaría 25 remedio para atajar la insolencia de Leonela. Díjole asimismo lo que, instigado de la furiosa rabia de los celos, había dicho a Anselmo, y cómo estaba concertado de esconderse en la recámara para ver desde allí a la clara la poca 30 lealtad que ella le guardaba. Pidióle perdón de esta locura, y consejo para poder remediarla
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 135 y salir bien de tan revuelto laberinto como su mal discurso le había puesto. Espantada quedó Camila de oír lo que Lotario le decía, y con mucho enojo y muchas y discretas razones le riñó y afeó su mal 5 pensamiento y la simple y mala determinación que había tenido. Pero como naturalmente tiene la mujer ingenio presto para el bien y para el mal, más que el varón, puesto que le va faltando cuando de propósito se pone a 10 hacer discursos, luego al instante halló Camila el modo de remediar tan al parecer irremediable negocio, y dijo a Lotario que procurase que otro día se escondiese Anselmo donde decía, porque ella pensaba sacar de 15 su escondimiento comodidad para que desde allí en adelante los dos se gozasen sin sobresalto alguno; y sin declararle del todo su pensamiento, le advirtió que tuviese cuidado que, en estando Anselmo escondido, él 20 viniese cuando Leonela le llamase, y que a cuanto ella le dijese le respondiese como respondiera aunque no supiera que Anselmo le escuchaba. Porfió Lotario que le acabase de declarar su intención, por que con más 25 seguridad y aviso guardase todo lo que viese ser necesario. “Digo”, dijo Camila, “que no hay más que guardar, si no fuere responderme como yo os preguntare”; --no queriendo Camila darle 30 antes cuenta de lo que pensaba hacer, temerosa que no quisiese seguir el parecer que a ella
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 136 tan bueno le parecía, y siguiese o buscase otros que no podrían ser tan buenos. Con esto se fue Lotario, y Anselmo, otro día, con la excusa de ir [a] aquella aldea de su amigo, se partió y volvió a esconderse; que lo 5 pudo hacer con comodidad, porque de industria se la dieron Camila y Leonela. Escondido, pues, Anselmo, con aquel sobresalto que se puede imaginar que tendría el que esperaba ver por sus ojos hacer anatomía de las entrañas 10 de su honra, íbase a pique de perder el sumo bien que él pensaba que tenía en su querida Camila. Seguras ya y ciertas Camila y Leonela que Anselmo estaba escondido, entraron en la recámara, y apenas hubo puesto los 15 pies en ella Camila, cuando, dando un grande suspiro, dijo: “¡Ay, Leonela amiga!, ¿no sería mejor que antes que llegase a poner en ejecución lo que no quiero que sepas, porque no procures 20 estorbarlo, que tomases la daga de Anselmo que te he pedido y pasases con ella este infame pecho mío? Pero no hagas tal; que no será razón que yo lleve la pena de la ajena culpa. Primero quiero saber qué es lo que 25 vieron en mí los atrevidos y deshonestos ojos de Lotario que fuese causa de darle atrevimiento a descubrirme un tan mal deseo como es el que me ha descubierto en desprecio de su amigo y en deshonra mía. Ponte, Leonela, a 30 esa ventana y llámale; que sin duda alguna él debe de estar en la calle esperando poner
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 137 en efecto su mala intención. Pero primero se pondrá la cruel cuanto honrada mía.” “¡Ay, señora mía!”, respondió la sagaz y advertida Leonela, “y ¿qué es lo que quieres hacer con esta daga? ¿Quieres, por ventura, 5 quitarte la vida o quitársela a Lotario? Que cualquiera de estas cosas que quieras ha de redundar en pérdida de tu crédito y fama. Mejor es que disimules tu agravio, y no des lugar a que este mal hombre entre ahora en esta casa 10 y nos halle solas; mira, señora, que somos flacas mujeres, y él es hombre, y determinado, y como viene con aquel mal propósito, ciego y apasionado, quizá antes que tú pongas en ejecución el tuyo, hará él lo que te estaría más 15 mal que quitarte la vida. ¡Mal haya mi señor Anselmo, que tanto mal ha querido dar a este desuellacaras en su casa! Y ya, señora, que le mates, como yo pienso que quieres hacer, ¿qué hemos de hacer de él después de muerto?” 20 “¿Qué, amiga?”, respondió Camila; “dejarémosle para que Anselmo le entierre, pues será justo que tenga por descanso el trabajo que tomare en poner debajo de la tierra su misma infamia. Llámale, acaba; que todo el tiempo 25 que tardo en tomar la debida venganza de mi agravio parece que ofendo a la lealtad que a mi esposo debo.” Todo esto escuchaba Anselmo, y a cada palabra que Camila decía se le mudaban los 30 pensamientos. Mas cuando entendió que estaba resuelta en matar a Lotario, quiso salir y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 138 descubrirse, porque tal cosa no se hiciese; pero detúvole el deseo de ver en qué paraba tanta gallardía y honesta resolución, con propósito de salir a tiempo que la estorbase. Tomóle en esto a Camila un fuerte desmayo, y, 5 arrojándose encima de una cama que allí estaba, comenzó Leonela a llorar muy amargamente y a decir: “¡Ay, desdichada de mí, si fuese tan sin ventura, que se me muriese aquí entre mis brazos la flor de la honestidad del mundo, la 10 corona de las buenas mujeres, el ejemplo de la castidad!”, con otras cosas a éstas semejantes, que ninguno la escuchara que no la tuviera por la más lastimada y leal doncella del mundo, y a su señora por otra nueva y perseguida 15 Penélope. Poco tardó en volver de su desmayo Camila, y al volver en sí, dijo: “¿Por qué no vas, Leonela, a llamar al más leal amigo de amigo que vio el sol o cubrió la noche? ¡Acaba, corre, aguija, camina, no se 20 esfogue con la tardanza el fuego de la cólera que tengo, y se pase en amenazas y maldiciones la justa venganza que espero!” “Ya voy a llamarle, señora mía”, dijo Leonela; “mas hasme de dar primero esa daga, 25 porque no hagas cosa, en tanto que falto, que dejes con ella que llorar toda la vida a todos los que bien te quieren.” “Ve segura, Leonela amiga, que no haré”, respondió Camila, “porque ya que sea atrevida 30 y simple a tu parecer en volver por mi honra, no lo he de ser tanto como aquella Lucrecia,
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 139 de quien dicen que se mató sin haber cometido error alguno, y sin haber muerto primero a quien tuvo la causa de su desgracia; yo moriré, si muero, pero ha de ser vengada y satisfecha del que me ha dado ocasión de venir a este 5 lugar a llorar sus atrevimientos, nacidos tan sin culpa mía.” Mucho se hizo de rogar Leonela antes que saliese a llamar a Lotario, pero en fin salió, y entretanto que volvía, quedó Camila 10 diciendo, como que hablaba consigo misma: “¡Válgame Dios! ¿No fuera más acertado haber despedido a Lotario, como otras muchas veces lo he hecho, que no ponerle en condición, como ya le he puesto, que me tenga por deshonesta y 15 mala, siquiera este tiempo que he de tardar en desengañarle? Mejor fuera, sin duda; pero no quedara yo vengada, ni la honra de mi marido satisfecha, si tan a manos lavadas y tan a paso llano se volviera a salir de donde sus malos 20 pensamientos le entraron. Pague el traidor con la vida lo que intentó con tan lascivo deseo. Sepa el mundo, si acaso llegare a saberlo, de que Camila no sólo guardó la lealtad a su esposo, sino que le dio venganza del que se atrevió 25 a ofenderle. Mas, con todo, creo que fuera mejor dar cuenta de esto a Anselmo; pero ya se la apunté a dar en la carta que le escribí al aldea, y creo que el no acudir él al remedio del daño que allí le señalé, debió de ser que, 30 de puro bueno y confiado, no quiso ni pudo creer que en el pecho de su tan firme amigo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 140 pudiese caber género de pensamiento que contra su honra fuese, ni aun yo lo creí después por muchos días, ni lo creyera jamás, si su insolencia no llegara a tanto, que las manifiestas dádivas y las largas promesas y las 5 continuas lágrimas no me lo manifestaran. Mas ¿para qué hago yo ahora estos discursos? ¿Tiene, por ventura, una resolución gallarda necesidad de consejo alguno? No, por cierto. ¡Afuera, pues, traidores! ¡Aquí, venganzas! 10 ¡Entre el falso, venga, llegue, muera y acabe, y suceda lo que sucediere! Limpia entré en poder del que el cielo me dio por mío; limpia he de salir de él, y, cuando mucho, saldré bañada en mi casta sangre y en la impura del más 15 falso amigo que vio la amistad en el mundo.” Y, diciendo esto, se paseaba por la sala con la daga desenvainada dando tan desconcertados y desaforados pasos y haciendo tales ademanes, que no parecía sino que le faltaba 20 el juicio y que no era mujer delicada, sino un rufián desesperado. Todo lo miraba Anselmo, cubierto detrás de unos tapices donde se había escondido, y de todo se admiraba y ya le parecía que lo que 25 había visto y oído era bastante satisfacción para mayores sospechas, y ya quisiera que la prueba de venir Lotario faltara, temeroso de algún mal repentino suceso; y, estando ya para manifestarse y salir, para abrazar y 30 desengañar a su esposa, se detuvo porque vio que Leonela volvía con Lotario de la mano; y así
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 141 como Camila le vio, haciendo con la daga en el suelo una gran raya delante de ella, le dijo: “Lotario, advierte lo que te digo: si a dicha te atrevieres a pasar de esta raya que ves, ni aun llegar a ella, en el punto que viere que lo 5 intentas, en ese mismo me pasaré el pecho con esta daga que en las manos tengo, y antes que a esto me respondas palabra, quiero que otras algunas me escuches; que después responderás lo que más te agradare. Lo primero, 10 quiero, Lotario, que me digas si conoces a Anselmo, mi marido, y en qué opinión le tienes. Y lo segundo, quiero saber también si me conoces a mí. Respóndeme a esto, y no te turbes, ni pienses mucho lo que has de responder, pues 15 no son dificultades las que te pregunto.” No era tan ignorante Lotario, que desde el primer punto que Camila le dijo que hiciese esconder a Anselmo no hubiese dado en la cuenta de lo que ella pensaba hacer, y, así, 20 correspondió con su intención tan discretamente y tan a tiempo, que hicieran los dos pasar aquella mentira por más que cierta verdad, y, así, respondió a Camila de esta manera: “No pensé yo, hermosa Camila, que me 25 llamabas para preguntarme cosas tan fuera de la intención con que yo aquí vengo; si lo haces por dilatarme la prometida merced, desde más lejos pudieras entretenerla, porque tanto más fatiga el bien deseado cuanto la esperanza 30 está más cerca de poseerlo; pero porque no digas que no respondo a tus preguntas, digo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 142 que conozco a tu esposo Anselmo, y nos conocemos los dos desde nuestros más tiernos años, y no quiero decir lo que tú tan bien sabes de nuestra amistad, por [no] me hacer testigo del agravio que el amor hace que le haga: 5 poderosa disculpa de mayores yerros. A ti te conozco y tengo en la misma posesión que él te tiene; que, a no ser así, por menos prendas que las tuyas no había yo de ir contra lo que debo a ser quien soy, y contra las santas 10 leyes de la verdadera amistad, ahora por tan poderoso enemigo como el amor por mí rompidas y violadas.” “Si eso confiesas”, respondió Camila, “enemigo mortal de todo aquello que justamente 15 merece ser amado, ¿con qué rostro osas parecer ante quien sabes que es el espejo donde se mira aquél en quien tú te debieras mirar, para que vieras con cuán poca ocasión le agravias? Pero ya caigo, ¡ay, desdichada de mí!, en la 20 cuenta de quién te ha hecho tener tan poca con lo que a ti mismo debes, que debe de haber sido alguna desenvoltura mía, que no quiero llamarla deshonestidad, pues no habrá procedido de deliberada determinación, sino de algún 25 descuido de los que las mujeres, que piensan que no tienen de quién recatarse, suelen hacer inadvertidamente. Si no, dime: ¿cuándo, ¡oh traidor!, respondí a tus ruegos con alguna palabra o señal que pudiese despertar en ti 30 alguna sombra de esperanza de cumplir tus infames deseos? ¿Cuándo tus amorosas palabras
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 143 no fueron deshechas y reprendidas de las mías con rigor y con aspereza? ¿Cuándo tus muchas promesas y mayores dádivas fueron de mí creídas ni admitidas? Pero por parecerme que alguno no puede perseverar en el intento 5 amoroso luengo tiempo si no es sustentado de alguna esperanza, quiero atribuirme a mí la culpa de tu impertinencia, pues sin duda algún descuido mío ha sustentado tanto tiempo tu cuidado, y, así, quiero castigarme y darme la 10 pena que tu culpa merece. Y, porque vieses que siendo conmigo tan inhumana no era posible dejar de serlo contigo, quise traerte a ser testigo del sacrificio que pienso hacer a la ofendida honra de mi tan honrado marido, 15 agraviado de ti con el mayor cuidado que te ha sido posible, y de mí también con el poco recato que he tenido del huir la ocasión, si alguna te di, para favorecer y canonizar tus malas intenciones. Torno a decir que la sospecha 20 que tengo que algún descuido mío engendró en ti tan desvariados pensamientos es la que más me fatiga, y la que yo más deseo castigar con mis propias manos, porque, castigándome otro verdugo, quizá sería más pública mi culpa; 25 pero antes que esto haga, quiero matar muriendo, y llevar conmigo quien me acabe de satisfacer el deseo de la venganza que espero y tengo, viendo allá, dondequiera que fuere, la pena que da la justicia desinteresada y que no 30 se dobla al que en términos tan desesperados me ha puesto.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 144 Y, diciendo estas razones, con una increíble fuerza y ligereza arremetió a Lotario con la daga desenvainada, con tales muestras de querer enclavársela en el pecho, que casi él estuvo en duda si aquellas demostraciones 5 eran falsas o verdaderas, porque le fue forzoso valerse de su industria y de su fuerza para estorbar que Camila no le diese; la cual tan vivamente fingía aquel extraño embuste y fealdad, que por darle color de verdad, la quiso 10 matizar con su misma sangre; porque viendo que no podía haber a Lotario, o fingiendo que no podía, dijo: “Pues la suerte no quiere satisfacer del todo mi tan justo deseo, a lo menos no será tan 15 poderosa, que, en parte, me quite que no le satisfaga.” Y, haciendo fuerza para soltar la mano de la daga que Lotario la tenía asida, la sacó, y guiando su punta por parte que pudiese herir 20 no profundamente, se la entró y escondió por más arriba de la islilla del lado izquierdo, junto al hombro, y luego, se dejó caer en el suelo, como desmayada. Estaban Leonela y Lotario suspensos y 25 atónitos de tal suceso, y todavía dudaban de la verdad de aquel hecho, viendo a Camila tendida en tierra y bañada en su sangre; acudió Lotario con mucha presteza, despavorido y sin aliento, a sacar la daga, y, en ver la pequeña 30 herida, salió del temor que hasta entonces tenía, y de nuevo se admiró de la sagacidad,
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 145 prudencia y mucha discreción de la hermosa Camila; y por acudir con lo que a él le tocaba, comenzó a hacer una larga y triste lamentación sobre el cuerpo de Camila, como si estuviera difunta, echándose muchas maldiciones, 5 no sólo a él, sino al que había sido causa de haberle puesto en aquel término. Y como sabía que le escuchaba su amigo Anselmo, decía cosas que el que le oyera le tuviera mucha más lástima que a Camila, aunque por muerta 10 la juzgara. Leonela la tomó en brazos y la puso en el lecho, suplicando a Lotario fuese a buscar quien secretamente a Camila curase. Pedíale asimismo consejo y parecer de lo que dirían 15 a Anselmo de aquella herida de su señora, si acaso viniese antes que estuviese sana. El respondió que dijesen lo que quisiesen; que él no estaba para dar consejo que de provecho fuese; sólo le dijo que procurase tomarle 20 la sangre, porque él se iba adonde gentes no le viesen. Y con muestras de mucho dolor y sentimiento se salió de casa, y cuando se vio solo y en parte donde nadie le veía, no cesaba de hacerse cruces, maravillándose de la 25 industria de Camila y de los ademanes tan propios de Leonela. Consideraba cuán enterado había de quedar Anselmo de que tenía por mujer a una segunda Porcia, y deseaba verse con él para celebrar los dos la mentira y 30 la verdad más disimulada que jamás pudiera imaginarse. Leonela tomó, como se ha dicho, la
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 146 sangre a su señora, que no era más de aquello que bastó para acreditar su embuste, y lavando con un poco de vino la herida, se la ató lo mejor que supo, diciendo tales razones en tanto que la curaba, que aunque no hubieran precedido 5 otras, bastaran a hacer creer a Anselmo que tenía en Camila un simulacro de la honestidad. Juntáronse a las palabras de Leonela otras de Camila, llamándose cobarde y de poco 10 ánimo, pues le había faltado al tiempo que fuera más necesario tenerle, para quitarse la vida, que tan aborrecida tenía. Pedía consejo a su doncella si daría, o no, todo aquel suceso a su querido esposo, la cual le dijo que no se lo 15 dijese, porque le pondría en obligación de vengarse de Lotario, lo cual no podría ser sin mucho riesgo suyo; y que la buena mujer estaba obligada a no dar ocasión a su marido a que riñese, sino a quitarle todas aquellas 20 que le fuese posible. Respondió Camila que le parecía muy bien su parecer, y que ella le seguiría; pero que en todo caso convenía buscar qué decir a Anselmo de la causa de aquella herida, que él no 25 podría dejar de ver; a lo que Leonela respondía que ella, ni aun burlando, no sabía mentir. “Pues yo, hermana”, replicó Camila, “¿qué tengo de saber, que no me atreveré a forjar ni sustentar una mentira si me fuese en ello la 30 vida? Y si es que no hemos de saber dar salida a esto, mejor será decirle la verdad
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 147 desnuda, que no que nos alcance en mentirosa cuenta.” “No tengas pena, señora; de aquí a mañana”, respondió Leonela, “yo pensaré qué le digamos, y quizá que por ser la herida donde es, 5 se podrá encubrir sin que él la vea, y el cielo será servido de favorecer a nuestros tan justos y tan honrados pensamientos. Sosiégate, señora mía, y procura sosegar tu alteración, por que mi señor no te halle sobresaltada; y lo 10 demás déjalo a mi cargo y al de Dios, que siempre acude a los buenos deseos.” Atentísimo había estado Anselmo a escuchar y a ver representar la tragedia de la muerte de su honra; la cual con tan extraños y eficaces 15 afectos la representaron los personajes de ella, que pareció que se habían transformado en la misma verdad de lo que fingían. Deseaba mucho la noche y el tener lugar para salir de su casa, e ir a verse con su buen amigo Lotario, 20 congratulándose con él de la margarita preciosa que había hallado en el desengaño de la bondad de su esposa. Tuvieron cuidado las dos de darle lugar y comodidad a que saliese, y él, sin perderla, salió, y luego fue a buscar a 25 Lotario; el cual hallado, no se puede buenamente contar los abrazos que le dio, las cosas que de su contento le dijo, las alabanzas que dio a Camila. Todo lo cual escuchó Lotario sin poder dar muestras de alguna alegría; porque se le 30 representaba a la memoria cuán engañado estaba su amigo, y cuán injustamente él le
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 148 agraviaba. Y aunque Anselmo veía que Lotario no se alegraba, creyó ser la causa por haber dejado a Camila herida y haber él sido la causa. Y, así, entre otras razones, le dijo que no tuviese pena del suceso de Camila, porque, 5 sin duda, la herida era ligera, pues quedaban de concierto de encubrírsela a él. Y que, según esto, no había de qué temer, sino que de allí adelante se gozase y alegrase con él, pues por su industria y medio él se veía levantado a 10 la más alta felicidad que acertara desearse, y quería que no fuesen otros sus entretenimientos que en hacer versos en alabanza de Camila, que la hiciesen eterna en la memoria de los siglos venideros. Lotario alabó su buena 15 determinación, y dijo que él por su parte ayudaría a levantar tan ilustre edificio. Con esto quedó Anselmo el hombre más sabrosamente engañado que pudo haber en el mundo; él mismo llevaba por la mano a su casa, creyendo 20 que llevaba el instrumento de su gloria, toda la perdición de su fama. Recibíale Camila con rostro al parecer torcido, aunque con alma risueña. Duró este engaño algunos días, hasta que al cabo de pocos meses volvió fortuna su 25 rueda y salió a plaza la maldad con tanto artificio hasta allí cubierta, y a Anselmo le costó la vida su impertinente curiosidad.
p. 149 Capítulo XXXV Donde se da fin a la novela del Curioso impertinente. Poco más quedaba por leer de la novela, cuando del camaranchón donde reposaba don 5 Quijote salió Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces: “¡Acudid, señores, presto y socorred a mi señor, que anda envuelto en la más reñida y trabada batalla que mis ojos han visto! ¡Vive 10 Dios que ha dado una cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona, que le ha tajado la cabeza cercén a cercén, como si fuera un nabo!” “¿Qué dices, hermano?”, dijo el cura, 15 dejando de leer lo que de la novela quedaba. “¿Estáis en vos, Sancho? ¿Cómo diablos puede ser eso que decís, estando el gigante dos mil leguas de aquí?” En esto oyeron un gran ruido en el aposento, 20 y que don Quijote decía a voces: “¡Tente, ladrón, malandrín, follón; que aquí te tengo, y no te ha de valer tu cimitarra!” Y parecía que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho: 25 “No tienen que pararse a escuchar, sino entren a despartir la pelea, o a ayudar a mi amo; aunque ya no será menester, porque sin duda alguna el gigante está ya muerto y dando cuenta a Dios de su pasada y mala vida; que 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 150 yo vi correr la sangre por el suelo y la cabeza cortada y caída a un lado, que es tamaña como un gran cuero de vino.” “Que me maten”, dijo a esta sazón el ventero, “si don Quijote, o don diablo, no ha dado 5 alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre.” Y con esto, entró en el aposento, y todos tras 10 él, y hallaron a don Quijote en el más extraño traje del mundo: estaba en camisa, la cual no era tan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detrás tenía seis dedos menos; las piernas eran muy largas y 15 flacas, llenas de vello y no nada limpias. Tenía en la cabeza un bonetillo colorado grasiento, que era del ventero. En el brazo izquierdo tenía revuelta la manta de la cama, con quien tenía ojeriza Sancho, y él se sabía bien el 20 porqué; y en la derecha desenvainada la espada, con la cual daba cuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente estuviera peleando con algún gigante; y es lo bueno que no tenía los ojos abiertos, porque 25 estaba durmiendo y soñando que estaba en batalla con el gigante: que fue tan intensa la imaginación de la aventura que iba a fenecer, que le hizo soñar que ya había llegado al reino de Micomicón y que ya estaba en la pelea con 30 su enemigo. Y había dado tantas cuchilladas en los cueros, creyendo que las daba en el
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXV p. 151 gigante, que todo el aposento estaba lleno de vino; lo cual visto por el ventero, tomó tanto enojo, que arremetió con don Quijote, y, a puño cerrado, le comenzó a dar tantos golpes, que si Cardenio y el cura no se le quitaran, 5 él acabara la guerra del gigante; y con todo aquello no despertaba el pobre caballero, hasta que el barbero trajo un gran caldero de agua fría del pozo, y se le echó por todo el cuerpo de golpe, con lo cual despertó don Quijote, 10 mas no con tanto acuerdo, que echase de ver de la manera que estaba. Dorotea, que vio cuán corta y sutilmente estaba vestido, no quiso entrar a ver la batalla de su ayudador y de su contrario. Andaba 15 Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y como no la hallaba, dijo: “Ya yo sé que todo lo de esta casa es encantamiento; que la otra vez, en este mismo lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos 20 mojicones y porrazos, sin saber quién me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no parece por aquí esta cabeza que vi cortar por mis mismísimos ojos, y la sangre corría del cuerpo como de una fuente.” 25 “¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos?”, dijo el ventero. “¿No ves, ladrón, que la sangre y la fuente no es otra cosa que estos cueros que aquí están horadados y el vino tinto que nada en este 30 aposento, que nadando vea yo el alma, en los infiernos, de quien los horadó?”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 152 “No sé nada”, respondió Sancho; “sólo sé que vendré a ser tan desdichado, que por no hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado como la sal en el agua.” Y estaba peor Sancho despierto que su amo 5 durmiendo: tal le tenían las promesas que su amo le había hecho. El ventero se desesperaba de ver la flema del escudero y el maleficio del señor, y juraba que no había de ser como la vez pasada, que se le fueron sin pagar; y que 10 ahora no le habían de valer los privilegios de su caballería para dejar de pagar lo uno y lo otro, aun hasta lo que pudiesen costar las botanas que se habían de echar a los rotos cueros. Tenía el cura de las manos a don Quijote, el 15 cual, creyendo que ya había acabado la aventura y que se hallaba delante de la princesa Micomicona, se hincó de rodillas delante del cura, diciendo: “Bien puede la vuestra grandeza, alta y 20 famosa señora, vivir, de hoy más, segura que le pueda hacer mal esta mal nacida criatura, y yo también de hoy más soy quito de la palabra que os di, pues con el ayuda del alto Dios y con el favor de aquélla por quien yo vivo y 25 respiro, tan bien la he cumplido.” “¿No lo dije yo?”, dijo oyendo esto Sancho. “Sí que no estaba yo borracho; ¡mirad si tiene puesto ya en sal mi amo al gigante! ¡Ciertos son los toros; mi condado está de 30 molde!” ¿Quién no había de reír con los disparates
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXV p. 153 de los dos, amo y mozo? Todos reían, sino el ventero, que se daba a Satanás. Pero, en fin, tanto hicieron el barbero, Cardenio y el cura, que con no poco trabajo dieron con don Quijote en la cama, el cual se quedó dormido, con 5 muestras de grandísimo cansancio. Dejáronle dormir y saliéronse al portal de la venta a consolar a Sancho Panza de no haber hallado la cabeza del gigante, aunque más tuvieron que hacer en aplacar al ventero, que estaba 10 desesperado por la repentina muerte de sus cueros, y la ventera decía en voz y en grito: “En mal punto y en hora menguada entró en mi casa este caballero andante, que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. 15 La vez pasada se fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada, para él y para su escudero, y un rocín y un jumento, diciendo que era caballero aventurero --¡que mala ventura le dé Dios a él y a cuantos 20 aventureros hay en el mundo!--, y que por esto no estaba obligado a pagar nada; que así estaba escrito en los aranceles de la caballería andantesca. Y ahora, por su respeto, vino estotro señor y me llevó mi cola, y hámela vuelto con 25 más de dos cuartillos de daño, toda pelada, que no puede servir para lo que la quiere mi marido. Y, por fin y remate de todo, romperme mis cueros y derramarme mi vino, que derramada le vea yo su sangre. ¡Pues no se piense; que por 30 los huesos de mi padre y por el siglo de mi madre, si no me lo han de pagar un cuarto
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 154 sobre otro, o no me llamaría yo como me llamo ni sería hija de quien soy!” Estas y otras razones tales decía la ventera con grande enojo, y ayudábala su buena criada Maritornes. La hija callaba y de cuando en 5 cuando se sonreía. El cura lo sosegó todo, prometiendo de satisfacerles su pérdida lo mejor que pudiese, así de los cueros como del vino, y principalmente del menoscabo de la cola, de quien tanta cuenta hacían. Dorotea 10 consoló a Sancho Panza, diciéndole que cada y cuando que pareciese haber sido verdad que su amo hubiese descabezado al gigante, le prometía, en viéndose pacífica en su reino, de darle el mejor condado que en él hubiese. 15 Consolóse con esto Sancho y aseguró a la princesa que tuviese por cierto que él había visto la cabeza del gigante, y que, por más señas, tenía una barba que le llegaba a la cintura, y que si no parecía era porque todo cuanto en 20 aquella casa pasaba era por vía de encantamiento, como él lo había probado otra vez que había posado en ella. Dorotea dijo que así lo creía, y que no tuviese pena, que todo se haría bien y sucedería a pedir de boca. 25 Sosegados todos, el cura quiso acabar de leer la novela, porque vio que faltaba poco. Cardenio, Dorotea y todos los demás le rogaron la acabase; él, que a todos quiso dar gusto y por el que él tenía de leerla, prosiguió el 30 cuento, que así decía: Sucedió, pues, que por la satisfacción que
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXV p. 155 Anselmo tenía de la bondad de Camila, vivía una vida contenta y descuidada, y Camila, de industria, hacía mal rostro a Lotario, porque Anselmo entendiese al revés de la voluntad que le tenía, y para más confirmación 5 de su hecho, pidió licencia Lotario para no venir a su casa, pues claramente se mostraba la pesadumbre que con su vista Camila recibía; mas el engañado Anselmo le dijo que en ninguna manera tal hiciese. Y de esta 10 manera, por mil maneras era Anselmo el fabricador de su deshonra, creyendo que lo era de su gusto. En esto, el que tenía Leonela de verse cualificada, no de [deshonesta] con sus amores, 15 llegó a tanto, que, sin mirar a otra cosa, se iba tras él a suelta rienda, fiada en que su señora la encubría y aun la advertía del modo que con poco recelo pudiese ponerle en ejecución. En fin, una noche sintió Anselmo pasos en el 20 aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver quién los daba, sintió que le detenían la puerta, cosa que le puso más voluntad de abrirla; y tanta fuerza hizo, que la abrió, y entró dentro a tiempo que vio que un hombre saltaba por la 25 ventana a la calle, y acudiendo con presteza a alcanzarle o conocerle, no pudo conseguir lo uno ni lo otro, porque Leonela se abrazó con él, diciéndole: ”Sosiégate, señor mío, y no te alborotes ni 30 sigas al que de aquí saltó: es cosa mía, y tanto, que es mi esposo.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 156 No lo quiso creer Anselmo; antes, ciego de enojo, sacó la daga y quiso herir a Leonela, diciéndole que le dijese la verdad; si no, que la mataría. Ella, con el miedo, sin saber lo que se decía, le dijo: 5 “No me mates, señor; que yo te diré cosas de más importancia de las que puedes imaginar.” “Dilas luego”, dijo Anselmo; “si no, muerta eres.” 10 “Por ahora será imposible”, dijo Leonela, “según estoy de turbada; déjame hasta mañana, que entonces sabrás de mí lo que te ha de admirar; y está seguro que el que saltó por esta ventana es un mancebo de esta 15 ciudad, que me ha dado la mano de ser mi esposo.” Sosegóse con esto Anselmo y quiso aguardar el término que se le pedía, porque no pensaba oír cosa que contra Camila fuese, por estar 20 de su bondad tan satisfecho y seguro; y, así, se salió del aposento y dejó encerrada en él a Leonela, diciéndole que de allí no saldría hasta que le dijese lo que tenía que decirle. Fue luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo, 25 todo aquello que con su doncella le había pasado, y la palabra que le había dado de decirle grandes cosas y de importancia. Si se turbó Camila o no, no hay para qué decirlo, porque fue tanto el temor que cobró, creyendo verdaderamente 30 --y era de creer-- que Leonela había de decir a Anselmo todo lo que sabía de su poca
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXV p. 157 fe, que no tuvo ánimo para esperar si su sospecha salía falsa o no. Y aquella misma noche, cuando le pareció que Anselmo dormía, juntó las mejores joyas que tenía y algunos dineros, y, sin ser de nadie sentida, salió de 5 casa y se fue a la de Lotario, a quien contó lo que pasaba, y le pidió que la pusiese en cobro, o que se ausentasen los dos donde de Anselmo pudiesen estar seguros. La confusión en que Camila puso a Lotario fue tal, que no 10 le sabía responder palabra, ni menos sabía resolverse en lo que haría. En fin, acordó de llevar a Camila a un monasterio en quien era priora una su hermana. Consintió Camila en ello, y con la presteza 15 que el caso pedía, la llevó Lotario y la dejó en el monasterio, y él asimismo se ausentó luego de la ciudad, sin dar parte a nadie de su ausencia. Cuando amaneció, sin echar de ver Anselmo 20 que Camila faltaba de su lado, con el deseo que tenía de saber lo que Leonela quería decirle, se levantó y fue adonde la había dejado encerrada. Abrió y entró en el aposento, pero no halló en él a Leonela; sólo halló puestas 25 unas sábanas añudadas a la ventana, indicio y señal que por allí se había descolgado e ido. Volvió luego muy triste a decírselo a Camila, y, no hallándola en la cama ni en toda la casa, quedó asombrado. Preguntó a los criados de 30 casa por ella, pero nadie le supo dar razón de lo que pedía.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 158 Acertó acaso, andando a buscar a Camila, que vio sus cofres abiertos, y que de ellos faltaban las más de sus joyas, y con esto acabó de caer en la cuenta de su desgracia, y en que no era Leonela la causa de su desventura. Y así 5 como estaba, sin acabarse de vestir, triste y pensativo, fue a dar cuenta de su desdicha a su amigo Lotario; mas cuando no le halló, y sus criados le dijeron que aquella noche había faltado de casa, y había llevado consigo todos los 10 dineros que tenía, pensó perder el juicio. Y para acabar de concluir con todo, volviéndose a su casa, no halló en ella ninguno de cuantos criados ni criadas tenía, sino la casa desierta y sola. No sabía qué pensar, qué decir, ni qué 15 hacer, y poco a poco se le iba volviendo el juicio. Contemplábase y mirábase en un instante sin mujer, sin amigo y sin criados; desamparado, a su parecer, del cielo que le cubría, y, sobre todo, sin honra, porque en la falta de 20 Camila vio su perdición. Resolvióse, en fin, a cabo de una gran pieza, de irse a la aldea de su amigo, donde había estado cuando dio lugar a que se maquinase toda aquella desventura. Cerró las puertas de 25 su casa, subió a caballo, y con desmayado aliento se puso en camino; y apenas hubo andado la mitad, cuando, acosado de sus pensamientos, le fue forzoso apearse y arrendar su caballo a un árbol, a cuyo tronco se dejó caer, 30 dando tiernos y dolorosos suspiros; y allí se estuvo hasta casi que anochecía, y aquella
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXV p. 159 hora vio que venía un hombre a caballo de la ciudad, y, después de haberle saludado, le preguntó qué nuevas había en Florencia. El ciudadano respondió: “Las más extrañas que muchos días ha se 5 han oído en ella, porque se dice públicamente que Lotario, aquel grande amigo de Anselmo el rico, que vivía a San Juan, se llevó esta noche a Camila, mujer de Anselmo, el cual tampoco parece. Todo esto ha dicho una criada de 10 Camila, que anoche la halló el gobernador descolgándose con una sábana por las ventanas de la casa de Anselmo. En efecto, no sé puntualmente cómo pasó el negocio; sólo sé que toda la ciudad está admirada de este 15 suceso, porque no se podía esperar tal hecho de la mucha y familiar amistad de los dos, que dicen que era tanta, que los llamaban los dos amigos.” “¿Sábese, por ventura”, dijo Anselmo, “el 20 camino que llevan Lotario y Camila?” “Ni por pienso”, dijo el ciudadano, “puesto que el gobernador ha usado de mucha diligencia en buscarlos.” “A Dios vais, señor”, dijo Anselmo. 25 “Con El quedéis”, respondió el ciudadano, y fuese. Con tan desdichadas nuevas casi, casi llegó a términos Anselmo no sólo de perder el juicio, sino de acabar la vida. Levantóse como 30 pudo, y llegó a casa de su amigo, que aún no sabía su desgracia; mas como le vio llegar
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 160 amarillo, consumido y seco, entendió que de algún grave mal venía fatigado. Pidió luego Anselmo que le acostasen, y que le diesen aderezo de escribir. Hízose así, y dejáronle acostado y solo, porque él así lo quiso, y aun 5 que le cerrasen la puerta. Viéndose, pues, solo, comenzó a cargar tanto la imaginación de su desventura, que claramente conoció que se le iba acabando la vida; y, así, ordenó de dejar noticia de la causa de su extraña muerte; 10 y comenzando a escribir, antes que acabase de poner todo lo que quería, le faltó el aliento y dejó la vida en las manos del dolor que le causó su curiosidad impertinente. Viendo el señor de casa que era ya tarde, y 15 que Anselmo no llamaba, acordó de entrar a saber si pasaba adelante su indisposición, y hallóle tendido boca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete, sobre el cual estaba con el papel escrito y 20 abierto, y él tenía aún la pluma en la mano. Llegóse el huésped a él, habiéndole llamado primero, y trabándole por la mano, viendo que no le respondía, y hallándole frío, vio que estaba muerto. Admiróse y congojóse en gran 25 manera, y llamó a la gente de casa para que viesen la desgracia a Anselmo sucedida; y, finalmente, leyó el papel, que conoció que de su misma mano estaba escrito, el cual contenía estas razones: 30 “Un necio e impertinente deseo me quitó la vida. Si las nuevas de mi muerte llegaren a los
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXV p. 161 oídos de Camila, sepa que yo la perdono, porque no estaba ella obligada a hacer milagros, ni yo tenía necesidad de querer que ella los hiciese; y pues yo fui el fabricador de mi deshonra, no hay para qué...” 5 Hasta aquí escribió Anselmo, por donde se echó de ver que en aquel punto, sin poder acabar la razón, se le acabó la vida. Otro día dio aviso su amigo a los parientes de Anselmo de su muerte, los cuales ya sabían su desgracia 10 y el monasterio donde Camila estaba, casi en el término de acompañar a su esposo en aquel forzoso viaje, no por las nuevas del muerto esposo, mas por las que supo del ausente amigo. Dícese que, aunque se vio viuda, 15 no quiso salir del monasterio, ni menos hacer profesión de monja, hasta que, no de allí a muchos días, le vinieron nuevas que Lotario había muerto en una batalla que en aquel tiempo dio Monsiur de Lautrec al Gran Capitán 20 Gonzalo Fernández de Córdoba en el reino de Nápoles, donde había ido a parar el tarde arrepentido amigo, lo cual sabido por Camila, hizo profesión y acabó en breves días la vida a las rigurosas manos de tristezas y 25 melancolías. Este fue el fin que tuvieron todos, nacido de un tan desatinado principio. “Bien”, dijo el cura, “me parece esta novela; pero no me puedo persuadir que esto sea 30 verdad, y si es fingido, fingió mal el autor, porque no se puede imaginar que haya marido tan
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 162 necio, que quiera hacer tan costosa experiencia como Anselmo. Si este caso se pusiera entre un galán y una dama, pudiérase llevar; pero entre marido y mujer algo tiene del imposible; y en lo que toca al modo de contarle, no 5 me descontenta.”
p. 163 Capítulo XXXVI Que trata de (la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con) otros raros sucesos que en la venta le sucedieron. 5 Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo: “Esta que viene es una hermosa tropa de huéspedes; si ellos paran aquí, gaudeamus tenemos.” 10 “¿Qué gente es?”, dijo Cardenio. “Cuatro hombres”, respondió el ventero, “vienen a caballo, a la jineta, con lanzas y adargas, y todos con antifaces negros; y junto con ellos viene una mujer vestida de blanco, 15 en un sillón, asimismo cubierto el rostro, y otros dos mozos de a pie.” “¿Vienen muy cerca?”, preguntó el cura. “Tan cerca”, respondió el ventero, “que ya llegan.” 20 Oyendo esto Dorotea, se cubrió el rostro, y Cardenio se entró en el aposento de don Quijote; y casi no habían tenido lugar para esto, cuando entraron en la venta todos los que el ventero había dicho; y, apeándose los cuatro de 25 a caballo, que de muy gentil talle y disposición eran, fueron a apear a la mujer que en el sillón venía; y, tomándola uno de ellos en sus brazos, la sentó en una silla que estaba a la entrada del aposento donde Cardenio se había escondido. 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 164 En todo este tiempo, ni ella ni ellos se habían quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna; sólo que, al sentarse la mujer en la silla, dio un profundo suspiro y dejó caer los brazos, como persona enferma y desmayada. 5 Los mozos de a pie llevaron los caballos a la caballeriza. Viendo esto el cura, deseoso de saber qué gente era aquella que con tal traje y tal silencio estaba, se fue donde estaban los mozos, y a 10 uno de ellos le preguntó lo que ya deseaba, el cual le respondió: “¡Pardiez, señor!, yo no sabré deciros qué gente sea ésta; sólo sé que muestra ser muy principal, especialmente aquel que llegó a 15 tomar en sus brazos a aquella señora que habéis visto; y esto dígolo porque todos los demás le tienen respeto, y no se hace otra cosa más de la que él ordena y manda.” “Y la señora, ¿quién es?”, preguntó el cura. 20 “Tampoco sabré decir eso”, respondió el mozo, “porque en todo el camino no la he visto el rostro; suspirar sí la he oído muchas veces, y dar unos gemidos, que parece que con cada uno de ellos quiere dar el alma; y no es 25 de maravillar que no sepamos más de lo que habemos dicho, porque mi compañero y yo no ha más de dos días que los acompañamos; porque, habiéndolos encontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que viniésemos con 30 ellos hasta el Andalucía, ofreciéndose a pagárnoslo muy bien.”
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 165 “Y ¿habéis oído nombrar a alguno de ellos?”, preguntó el cura. “No, por cierto”, respondió el mozo, “porque todos caminan con tanto silencio, que es maravilla, porque no se oye entre ellos otra cosa que 5 los suspiros y sollozos de la pobre señora, que nos mueven a lástima, y sin duda tenemos creído que ella va forzada dondequiera que va; y según se puede colegir por su hábito, ella es monja, o va a serlo, que es lo más cierto, y 10 quizá porque no le debe de nacer de voluntad el monjío, va triste, como parece.” “Todo podría ser”, dijo el cura. Y, dejándolos se volvió adonde estaba Dorotea, la cual, como había oído suspirar a la 15 embozada, movida de natural compasión, se llegó a ella, y le dijo: “¿Qué mal sentís, señora mía? Mirad si es alguno de quien las mujeres suelen tener uso y experiencia de curarle; que de mi parte os 20 ofrezco una buena voluntad de serviros.” A todo esto callaba la lastimada señora, y aunque Dorotea tornó con mayores ofrecimientos, todavía se estaba en su silencio, hasta que llegó el caballero embozado, que dijo el 25 mozo que los demás obedecían, y dijo a Dorotea: “No os canséis, señora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene por costumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni 30 procuréis que os responda, si no queréis oír alguna mentira de su boca.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 166 “Jamás la dije”, dijo a esta sazón la que hasta allí había estado callando; “antes, por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas, me veo ahora en tanta desventura; y de esto vos mismo quiero que seáis el testigo, pues mi pura 5 verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.” Oyó estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estaba tan junto de quien las decía, que sola la puerta del aposento de don Quijote estaba en medio, y así como 10 las oyó, dando una gran voz, dijo: “¡Válgame Dios!, ¿qué es esto que oigo? ¿Qué voz es ésta que ha llegado a mis oídos?” Volvió la cabeza a estos gritos aquella señora, toda sobresaltada, y, no viendo quién las 15 daba, se levantó en pie y fuese a entrar en el aposento; lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. A ella, con la turbación y desasosiego, se le cayó el tafetán con que traía cubierto el rostro, y descubrió 20 una hermosura incomparable y un rostro milagroso, aunque descolorido y asombrado, porque con los ojos andaba rodeando todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto ahínco, que parecía persona fuera de juicio, 25 cuyas señales, sin saber por qué las hacía, pusieron gran lástima en Dorotea y en cuantos la miraban. Teníala el caballero fuertemente asida por las espaldas, y por estar tan ocupado en tenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo 30 que se le caía, como, en efecto, se le cayó del todo, y, alzando los ojos Dorotea, que
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 167 abrazada con la señora estaba, vio que el que abrazada asimismo la tenía era su esposo don Fernando; y apenas le hubo conocido, cuando arrojando de lo íntimo de sus entrañas un luengo y tristísimo ¡ay!, se dejó caer de 5 espaldas, desmayada, y a no hallarse allí junto el barbero, que la recogió en los brazos, ella diera consigo en el suelo. Acudió luego el cura a quitarle el embozo para echarle agua en el rostro, y así como la 10 descubrió, la conoció don Fernando, que era el que estaba abrazado con la otra, y quedó como muerto en verla; pero no porque dejase, con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse de sus brazos; la cual había 15 conocido en el suspiro a Cardenio, y él la había conocido a ella. Oyó asimismo Cardenio el ¡ay! que dio Dorotea cuando se cayó desmayada, y creyendo que era su Luscinda, salió del aposento despavorido, y lo primero 20 que vio fue a don Fernando, que tenía abrazada a Luscinda. También don Fernando conoció luego a Cardenio, y todos tres, Luscinda, Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos, casi sin saber lo que les había acontecido. 25 Callaban todos y mirábanse todos: Dorotea a don Fernando, don Fernando a Cardenio, Cardenio a Luscinda, y Luscinda a Cardenio. Mas quien primero rompió el silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando de esta manera: 30 “Dejadme, señor don Fernando, por lo que debéis a ser quien sois, ya que por otro
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 168 respeto no lo hagáis; dejadme llegar al muro de quien yo soy yedra, al arrimo de quien no me han podido apartar vuestras importunaciones, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras dádivas. Notad cómo el cielo, por 5 desusados y a nosotros encubiertos caminos, me ha puesto a mi verdadero esposo delante. Y bien sabéis por mil costosas experiencias que sola la muerte fuera bastante para borrarle de mi memoria: sean, pues, parte tan claros 10 desengaños para que volváis, ya que no podáis hacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad en despecho, y acabadme con él la vida; que como yo la rinda delante de mi buen esposo, la daré por bien empleada; quizá con mi muerte 15 quedará satisfecho de la fe que le mantuve, hasta el último trance de la vida.” Había en este entretanto vuelto Dorotea en sí, y había estado escuchando todas las razones que Luscinda dijo, por las cuales vino en 20 conocimiento de quién ella era; que viendo que don Fernando aún no la dejaba de los brazos, ni respondía a sus razones, esforzándose lo más que pudo, se levantó y se fue a hincar de rodillas a sus pies, y, derramando mucha 25 cantidad de hermosas y lastimeras lágrimas, así le comenzó a decir: “Si ya no es, señor mío, que los rayos de este sol que en tus brazos eclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habrás echado 30 de ver que la que a tus pies está arrodillada es la sin ventura, hasta que tú quieras, y la
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 169 desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde a quien tú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poder llamarse tuya. Soy la que, encerrada en los límites de la honestidad, vivió vida contenta 5 hasta que a las voces de tus importunidades y, al parecer, justos y amorosos sentimientos, abrió las puertas de su recato y te entregó las llaves de su libertad, dádiva de ti tan mal agradecida cual lo muestra bien claro haber sido 10 forzoso hallarme en el lugar donde me hallas, y verte yo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo esto, no querría que cayese en tu imaginación pensar que he venido aquí con pasos de mi deshonra, habiéndome traído sólo 15 los del dolor y sentimiento de verme de ti olvidada. Tú quisiste que yo fuese tuya, y quisístelo de manera, que, aunque ahora quieras que no lo sea, no será posible que tú dejes de ser mío. Mira, señor mío, que puede ser 20 recompensa a la hermosura y nobleza por quien me dejas la incomparable voluntad que te tengo. Tú no puedes ser de la hermosa Luscinda, porque eres mío, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio. Y más fácil te será, 25 si en ello miras, reducir tu voluntad a querer a quien te adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera. Tú solicitaste mi descuido, tú rogaste a mi entereza, tú no ignoraste mi calidad, tú sabes bien de la 30 manera que me entregué a toda tu voluntad: no te queda lugar ni acogida de llamarte a engaño.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 170 ”Y si esto es así, como lo es, y tú eres tan cristiano como caballero, ¿por qué por tantos rodeos dilatas de hacerme venturosa en los fines, como me hiciste en los principios? Y si no me quieres por la que soy, que soy tu 5 verdadera y legítima esposa, quiéreme, a lo menos, y admíteme por tu esclava; que como yo esté en tu poder, me tendré por dichosa y bien afortunada. No permitas, con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos 10 en mi deshonra. No des tan mala vejez a mis padres, pues no lo merecen los leales servicios que, como buenos vasallos, a los tuyos siempre han hecho. Y si te parece que has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la mía, 15 considera que pocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este camino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso en las ilustres descendencias. Cuanto más que la verdadera nobleza consiste 20 en la virtud, y si ésta a ti te falta, negándome lo que tan justamente me debes, yo quedaré con más ventajas de noble que las que tú tienes. En fin, señor, lo que últimamente te digo es que, quieras o no quieras, yo soy tu esposa, 25 testigos son tus palabras, que no han ni deben ser mentirosas, si ya es que te precias de aquello por que me desprecias. Testigo será la firma que hiciste, y testigo el cielo a quien tú llamaste por testigo de lo que me prometías. Y 30 cuando todo esto falte, tu misma conciencia no ha de faltar de dar voces callando en mitad de
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 171 tus alegrías, volviendo por esta verdad que te he dicho, y turbando tus mejores gustos y contentos.” Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea con tanto sentimiento y lágrimas, que los 5 mismos que acompañaban a don Fernando, y cuantos presentes estaban la acompañaron en ellas. Escuchóla don Fernando sin replicarle palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y principio a tantos sollozos y suspiros, que bien 10 había de ser corazón de bronce el que con muestras de tanto dolor no se enterneciera. Mirándola estaba Luscinda, no menos lastimada de su sentimiento que admirada de su mucha discreción y hermosura, y, aunque quisiera llegarse 15 a ella y decirle algunas palabras de consuelo, no la dejaban los brazos de don Fernando, que apretada la tenían; el cual, lleno de confusión y espanto, al cabo de un buen espacio que atentamente estuvo mirando a Dorotea, abrió los 20 brazos, y, dejando libre a Luscinda, dijo: “Venciste, hermosa Dorotea, venciste: porque no es posible tener ánimo para negar tantas verdades juntas.” Con el desmayo que Luscinda había tenido, 25 así como la dejó don Fernando iba a caer en el suelo; mas hallándose Cardenio allí junto, que a las espaldas de don Fernando se había puesto porque no le conociese, pospuesto todo temor y aventurando a todo riesgo, 30 acudió a sostener a Luscinda, y, cogiéndola entre sus brazos, le dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 172 “Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya tengas algún descanso, leal, firme y hermosa señora mía, en ninguna parte creo yo que le tendrás más seguro que en estos brazos que ahora te reciben y otro tiempo te recibieron, 5 cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte mía.” A estas razones puso Luscinda en Cardenio los ojos, y, habiendo comenzado a conocerle, primero por la voz, y, asegurándose que él era 10 con la vista, casi fuera de sentido y sin tener cuenta a ningún honesto respeto, le echó los brazos al cuello, y, juntando su rostro con el de Cardenio, le dijo: “Vos, sí, señor mío, sois el verdadero dueño 15 de esta vuestra cautiva, aunque más lo impida la contraria suerte, y aunque más amenazas le hagan [a] esta vida que en la vuestra se sustenta.” Extraño espectáculo fue éste para don 20 Fernando y para todos los circunstantes, admirándose de tan no visto suceso. Parecióle a Dorotea que don Fernando había perdido la color del rostro y que hacía ademán de querer vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar 25 la mano a ponerla en la espada; y así como lo pensó, con no vista presteza se abrazó con él por las rodillas, besándoselas y teniéndole apretado, que no le dejaba mover, y, sin cesar un punto de sus lágrimas, le decía: 30 “¿Qué es lo que piensas hacer, único refugio mío, en este tan impensado trance? Tú tienes
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 173 a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea está en los brazos de su marido; mira si te estará bien, o te será posible, deshacer lo que el cielo ha hecho, o si te convendrá querer levantar a igualar a ti mismo a la que, 5 pospuesto todo inconveniente, confirmada en su verdad y firmeza, delante de tus ojos tiene los suyos, bañados de licor amoroso el rostro y pecho de su verdadero esposo. Por quien Dios es te ruego, y por quien tú eres 10 te suplico, que este tan notorio desengaño no sólo no acreciente tu ira, sino que la mengüe en tal manera, que con quietud y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan sin impedimento tuyo todo el tiempo que el cielo 15 quisiere concedérsele, y en esto mostrarás la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y verá el mundo que tiene contigo más fuerza la razón que el apetito.” En tanto que esto decía Dorotea, aunque 20 Cardenio tenía abrazada a Luscinda, no quitaba los ojos de don Fernando, con determinación de que si le viese hacer algún movimiento en su perjuicio, procurar defenderse y ofender como mejor pudiese a todos aquellos 25 que en su daño se mostrasen, aunque le costase la vida; pero a esta sazón acudieron los amigos de don Fernando, y el cura y el barbero, que a todo habían estado presentes, sin que faltase el bueno de Sancho Panza, y 30 todos rodeaban a don Fernando, suplicándole tuviese por bien de mirar las lágrimas de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 174 Dorotea, y que, siendo verdad, como sin duda ellos creían que lo era, lo que en sus razones había dicho, que no permitiese quedase defraudada de sus tan justas esperanzas. Que considerase que no acaso, como parecía, sino 5 con particular providencia del cielo se habían todos juntado en lugar donde menos ninguno pensaba. Y, que advirtiese, dijo el cura, que sola la muerte podía apartar a Luscinda de Cardenio, y aunque los dividiesen filos de alguna 10 espada, ellos tendrían por felicísima su muerte, y que en los lazos irremediables era suma cordura, forzándose y venciéndose a sí mismo, mostrar un generoso pecho, permitiendo que por sola su voluntad los dos 15 gozasen el bien que el cielo ya les había concedido; que pusiese los ojos asimismo en la beldad de Dorotea, y vería que pocas, o ninguna, se le podían igualar, cuanto más hacerle ventaja, y que juntase a su hermosura su 20 humildad y el extremo del amor que le tenía, y, sobre todo, advirtiese que si se preciaba de caballero y de cristiano, que no podía hacer otra cosa que cumplirle la palabra dada; y que, cumpliéndosela, cumpliría con Dios y 25 satisfaría a las gentes discretas, las cuales saben y conocen que es prerrogativa de la hermosura, aunque esté en sujeto humilde, como se acompañe con la honestidad, poder levantarse e igualarse a cualquiera alteza, sin nota 30 de menoscabo del que la levanta e iguala a sí mismo; y cuando se cumplen las fuertes leyes
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 175 del gusto, como en ello no intervenga pecado, no debe de ser culpado el que las sigue. En efecto, a estas razones añadieron todos otras, tales y tantas, que el valeroso pecho de don Fernando, en fin, como alimentado con 5 ilustre sangre, se ablandó y se dejó vencer de la verdad que él no pudiera negar aunque quisiera, y la señal que dio de haberse rendido y entregado al buen parecer que se le había propuesto fue abajarse y abrazar a Dorotea, 10 diciéndole: “Levantaos, señora mía; que no es justo que esté arrodillada a mis pies la que yo tengo en mi alma, y si hasta aquí no he dado muestras de lo que digo, quizá ha sido por orden del 15 cielo, para que, viendo yo en vos la fe con que me amáis, os sepa estimar en lo que merecéis. Lo que os ruego es que no me reprendáis mi mal término y mi mucho descuido, pues la misma ocasión y fuerza que me movió para 20 aceptaros por mía, esa misma me impelió para procurar no ser vuestro; y que esto sea verdad, volved y mirad los ojos de la ya contenta Luscinda, y en ellos hallaréis disculpa de todos mis yerros; y pues ella halló y alcanzó lo que 25 deseaba, y yo he hallado en vos lo que me cumple, viva ella segura y contenta luengos y felices años con su Cardenio, que yo rogaré al cielo que me los deje vivir con mi Dorotea.” 30 Y, diciendo esto, la tornó a abrazar y a juntar su rostro con el suyo, con tan tierno
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 176 sentimiento, que le fue necesario tener gran cuenta con que las lágrimas no acabasen de dar indubitables señas de su amor y arrepentimiento. No lo hicieron así las de Luscinda y Cardenio, y aun las de casi todos los que 5 allí presentes estaban, porque comenzaron a derramar tantas, los unos de contento propio, y los otros del ajeno, que no parecía sino que algún grave y mal caso a todos había sucedido. Hasta Sancho Panza lloraba, aunque 10 después dijo que no lloraba él sino por ver que Dorotea no era, como él pensaba, la reina Micomicona, de quien él tantas mercedes esperaba. Duró algún espacio, junto con el llanto, la admiración en todos, y luego Cardenio y 15 Luscinda se fueron a poner de rodillas ante don Fernando, dándole gracias de la merced que les había hecho con tan corteses razones, que don Fernando no sabía qué responderles, y, así, los levantó y abrazó con muestras de 20 mucho amor y de mucha cortesía. Preguntó luego a Dorotea le dijese cómo había venido a aquel lugar tan lejos del suyo. Ella, con breves y discretas razones, contó todo lo que antes había contado a Cardenio, de lo 25 cual gustó tanto don Fernando y los que con él venían, que quisieran que durara el cuento más tiempo: tanta era la gracia con que Dorotea contaba sus desventuras. Y así como hubo acabado, dijo don Fernando lo que en la ciudad 30 le había acontecido, después que halló el papel en el seno de Luscinda, donde declaraba
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 177 ser esposa de Cardenio y no poderlo ser suya; dijo que la quiso matar, y lo hiciera si de sus padres no fuera impedido, y que, así, se salió de su casa despechado y corrido, con determinación de vengarse con más comodidad, y 5 que otro día supo cómo Luscinda había faltado de casa de sus padres, sin que nadie supiese decir dónde se había ido, y que, en resolución, al cabo de algunos meses vino a saber cómo estaba en un monasterio, con voluntad de 10 quedarse en él toda la vida, si no la pudiese pasar con Cardenio; y que así como lo supo, escogiendo para su compañía aquellos tres caballeros, vino al lugar donde estaba, a la cual no había querido hablar, temeroso que en 15 sabiendo que él estaba allí, había de haber más guarda en el monasterio; y, así, aguardando un día a que la portería estuviese abierta, dejó a los dos a la guarda de la puerta, y él con otro habían entrado en el 20 monasterio buscando a Luscinda, la cual hallaron en el claustro hablando con una monja; y, arrebatándola, sin darle lugar a otra cosa, se habían venido con ella a un lugar donde se acomodaron de aquello que hubieron menester 25 para traerla. Todo lo cual habían podido hacer bien a su salvo por estar el monasterio en el campo, buen trecho fuera del pueblo. Dijo que así como Luscinda se vio en su poder, perdió todos los sentidos, y que 30 después de vuelta en sí no había hecho otra cosa sino llorar y suspirar, sin hablar
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 178 palabra alguna, y que, así, acompañados de silencio y de lágrimas habían llegado a aquella venta, que para él era haber llegado al cielo, donde se rematan y tienen fin todas las desventuras de la tierra. 5
p. 179 Capítulo XXXVII Donde se prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras. Todo esto escuchaba Sancho, no con poco 5 dolor de su ánima, viendo que se le desparecían e iban en humo las esperanzas de su dictado, y que la linda princesa Micomicona se le había vuelto en Dorotea, y el gigante en don Fernando, y su amo se estaba durmiendo a 10 sueño suelto, bien descuidado de todo lo sucedido. No se podía asegurar Dorotea si era soñado el bien que poseía. Cardenio estaba en el mismo pensamiento, y el de Luscinda corría por la misma cuenta. Don Fernando daba 15 gracias al cielo por la merced recibida y haberle sacado de aquel intricado laberinto, donde se hallaba tan a pique de perder el crédito y el alma; y, finalmente, cuantos en la venta estaban, estaban contentos y gozosos del buen 20 suceso que habían tenido tan trabados y desesperados negocios. Todo lo ponía en su punto el cura, como discreto, y a cada uno daba el parabién del bien alcanzado; pero quien más jubilaba y se 25 contentaba era la ventera, por la promesa que Cardenio y el cura le habían hecho de pagarle todos los daños e intereses que por cuenta de don Quijote le hubiesen venido. Sólo Sancho, como ya se ha dicho, era el afligido, el 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 180 desventurado y el triste; y, así, con melancólico semblante entró a su amo, el cual acababa de despertar, a quien dijo: “Bien puede vuestra merced, señor Triste Figura, dormir todo lo que quisiere, sin cuidado 5 de matar a ningún gigante, ni de volver a la princesa su reino; que ya todo está hecho y concluido.” “Eso creo yo bien”, respondió don Quijote, “porque he tenido con el gigante la más 10 descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los días de mi vida; y de un revés, ¡zas!, le derribé la cabeza en el suelo; y fue tanta la sangre que le salió, que los arroyos corrían por la tierra, como si fueran de agua.” 15 “Como si fueran de vino tinto, pudiera vuestra merced decir mejor”, respondió Sancho; “porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no lo sabe, que el gigante muerto es un cuero horadado, y la sangre, seis arrobas de 20 vino tinto que encerraba en su vientre; y la cabeza cortada es la puta que me parió, y llévelo todo Satanás.” “Y ¿qué es lo que dices, loco?”, replicó don Quijote. “¿Estás en tu seso?” 25 “Levántese vuestra merced”, dijo Sancho, “y verá el buen recado que ha hecho, y lo que tenemos que pagar; y verá a la reina convertida en una dama particular, llamada Dorotea, con otros sucesos, que, si cae en ellos, le han 30 de admirar.” “No me maravillaría de nada de eso”, replicó
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 181 don Quijote, “porque, si bien te acuerdas, la otra vez que aquí estuvimos, te dije yo que todo cuanto aquí sucedía eran cosas de encantamiento, y no sería mucho que ahora fuese lo mismo.” 5 “Todo lo creyera yo”, respondió Sancho, “si también mi manteamiento fuera cosa de ese jaez; mas no lo fue, sino real y verdaderamente, y vi yo que el ventero, que aquí está hoy día, tenía del un cabo de la manta, y me empujaba 10 hacia el cielo con mucho donaire y brío, y con tanta risa como fuerza; y donde interviene conocerse las personas, tengo para mí, aunque simple y pecador, que no hay encantamiento alguno, sino mucho molimiento y mucha mala 15 ventura.” “Ahora bien, Dios lo remediará”, dijo don Quijote; “dame de vestir, y déjame salir allá fuera; que quiero ver los sucesos y transformaciones que dices.” 20 Diole de vestir Sancho, y en el entretanto que se vestía, contó el cura a don Fernando y a los demás las locuras de don Quijote, y del artificio que habían usado para sacarle de la Peña Pobre, donde él se imaginaba estar por 25 desdenes de su señora. Contóles asimismo casi todas las aventuras que Sancho había contado, de que no poco se admiraron y rieron, por parecerles, lo que a todos parecía, ser el más extraño género de locura que podía caber 30 en pensamiento disparatado. Dijo más el cura: que pues ya el buen suceso de la señora
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 182 Dorotea impedía pasar con su designio adelante, que era menester inventar y hallar otro para poderle llevar a su tierra. Ofrecióse Cardenio de proseguir lo comenzado, y que Luscinda haría y representaría la persona de Dorotea. 5 “No”, dijo don Fernando; “no ha de ser así; que yo quiero que Dorotea prosiga su invención, que, como no sea muy lejos de aquí el lugar de este buen caballero, yo holgaré de que se procure su remedio.” 10 “No está más de dos jornadas de aquí.” “Pues aunque estuviera más, gustara yo de caminarlas, a trueco de hacer tan buena obra.” Salió en esto don Quijote, armado de todos 15 sus pertrechos, con el yelmo, aunque abollado, de Mambrino en la cabeza, embrazado de su rodela y arrimado a su tronco o lanzón. Suspendió a don Fernando y a los demás la extraña presencia de don Quijote, viendo su 20 rostro de media legua de andadura, seco y amarillo, la desigualdad de sus armas y su mesurado continente, y estuvieron callando hasta ver lo que él decía, el cual, con mucha gravedad y reposo, puestos los ojos en la 25 hermosa Dorotea, dijo: “Estoy informado, hermosa señora, de este mi escudero que la vuestra grandeza se ha aniquilado, y vuestro ser se ha deshecho, porque de reina y gran señora que solíais ser, os habéis 30 vuelto en una particular doncella; si esto ha sido por orden del rey nigromante de vuestro
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 183 padre, temeroso que yo no os diese la necesaria y debida ayuda, digo que no supo, ni sabe, de la misa la media, y que fue poco versado en las historias caballerescas; porque si él las hubiera leído y pasado tan atentamente, 5 y con tanto espacio como yo las pasé y leí, hallara a cada paso cómo otros caballeros, de menor fama que la mía, habían acabado cosas más dificultosas, no siéndolo mucho matar a un gigantillo, por arrogante que sea; porque no ha 10 muchas horas que yo me vi con él; y... quiero callar, porque no me digan que miento; pero el tiempo, descubridor de todas las cosas, lo dirá cuando menos lo pensemos.” “Vísteisos vos con dos cueros, que no con un 15 gigante”, dijo a esta sazón el ventero, al cual mandó don Fernando que callase y no interrumpiese la plática de don Quijote en ninguna manera; y don Quijote prosiguió, diciendo: 20 “Digo, en fin, alta y desheredada señora, que si por la causa que he dicho vuestro padre ha hecho este metamorfóseos en vuestra persona, que no le deis crédito alguno; porque no hay ningún peligro en la tierra por quien no 25 se abra camino mi espada, con la cual, poniendo la cabeza de vuestro enemigo en tierra, os pondré a vos la corona de la vuestra en la cabeza, en breves días.” No dijo más don Quijote, y esperó a que 30 la princesa le respondiese, la cual, como ya sabía la determinación de don Fernando,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 184 de que se prosiguiese adelante en el engaño hasta llevar a su tierra a don Quijote, con mucho donaire y gravedad le respondió: “Quienquiera que os dijo, valeroso caballero de la Triste Figura, que yo me había mudado 5 y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto, porque la misma que ayer fui me soy hoy: verdad es que alguna mudanza han hecho en mí ciertos acaecimientos de buena ventura, que me la han dado la mejor que yo pudiera desearme; 10 pero no por eso he dejado de ser la que antes, y de tener los mismos pensamientos de valerme del valor de vuestro valeroso e invenerable brazo que siempre he tenido; así que, señor mío, vuestra bondad vuelva la 15 honra al padre que me engendró, y téngale por hombre advertido y prudente, pues con su ciencia halló camino tan fácil y tan verdadero para remediar mi desgracia; que yo creo que si por vos, señor, no fuera, jamás acertara a 20 tener la ventura que tengo, y en esto digo tanta verdad, como son buenos testigos de ella los más de estos señores que están presentes; lo que resta es que mañana nos pongamos en camino, porque ya hoy se podrá hacer poca 25 jornada, y en lo demás del buen suceso que espero, lo dejaré a Dios y al valor de vuestro pecho.” Esto dijo la discreta Dorotea, y, en oyéndolo don Quijote, se volvió a Sancho, y, con 30 muestras de mucho enojo, le dijo: “Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 185 bellacuelo que hay en España; dime, ladrón vagamundo, ¿no me acabaste de decir ahora que esta princesa se había vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que la cabeza que entiendo que corté a un gigante era la puta 5 que te parió, con otros disparates que me pusieron en la mayor confusión que jamás he estado en todos los días de mi vida? ¡Voto --y miró al cielo y apretó los dientes--, que estoy por hacer un estrago en ti, que ponga sal en la 10 mollera a todos cuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros andantes, de aquí adelante, en el mundo!” “Vuestra merced se sosiegue, señor mío”, respondió Sancho, “que bien podría ser que 15 yo me hubiese engañado en lo que toca a la mutación de la señora princesa Micomicona; pero en lo que toca a la cabeza del gigante, o, a lo menos, a la horadación de los cueros, y a lo de ser vino tinto la sangre, no me engaño, 20 ¡vive Dios!, porque los cueros allí están heridos a la cabecera del lecho de vuestra merced, y el vino tinto tiene hecho un lago el aposento, y si no, al freír de los huevos lo verá: quiero decir, que lo verá cuando aquí su merced del señor 25 ventero le pida el menoscabo de todo. De lo demás, de que la señora reina se esté como se estaba, me regocijo en el alma, porque me va mi parte, como a cada hijo de vecino.” “Ahora yo te digo, Sancho”, dijo don Quijote, 30 “que eres un mentecato, y perdóname, y basta.” “Basta”, dijo don Fernando, “y no se hable
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 186 más en esto; y pues la señora princesa dice que se camine mañana, porque ya hoy es tarde, hágase así, y esta noche la podremos pasar en buena conversación hasta el venidero día, donde todos acompañaremos al señor don 5 Quijote, porque queremos ser testigos de las valerosas e inauditas hazañas que ha de hacer en el discurso de esta grande empresa que a su cargo lleva.” “Yo soy el que tengo de serviros y 10 acompañaros”, respondió don Quijote; “y agradezco mucho la merced que se me hace y la buena opinión que de mí se tiene, la cual procuraré que salga verdadera, o me costará la vida, y aún más, si más costarme puede.” 15 Muchas palabras de comedimiento y muchos ofrecimientos pasaron entre don Quijote y don Fernando; pero a todo puso silencio un pasajero que en aquella sazón entró en la venta, el cual en su traje mostraba ser cristiano recién 20 venido de tierra de moros, porque venía vestido con una casaca de paño azul, corta de faldas, con medias mangas y sin cuello; los calzones eran asimismo de lienzo azul, con bonete de la misma color; traía unos borceguíes 25 datilados y un alfanje morisco, puesto en un tahalí que le atravesaba el pecho. Entró luego tras él, encima de un jumento, una mujer a la morisca vestida, cubierto el rostro, con una toca en la cabeza; traía un bonetillo de brocado, y 30 vestida una almalafa que desde los hombros a los pies la cubría.
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 187 Era el hombre de robusto y agraciado talle, de edad de poco más de cuarenta años, algo moreno de rostro, largo de bigotes, y la barba muy bien puesta; en resolución, él mostraba en su apostura, que si estuviera bien vestido, le 5 juzgaran por persona de calidad y bien nacida. Pidió en entrando un aposento, y como le dijeron que en la venta no le había, mostró recibir pesadumbre, y, llegándose a la que en el traje parecía mora, la apeó en sus brazos. 10 Luscinda, Dorotea, la ventera, su hija y Maritornes, llevados del nuevo y para ellos nunca visto traje, rodearon a la mora, y Dorotea, que siempre fue agraciada, comedida y discreta, pareciéndole que así ella como el que la traía se 15 congojaban por la falta del aposento, le dijo: “No os dé mucha pena, señora mía, la incomodidad de regalo que aquí falta, pues es propio de ventas no hallarse en ellas; pero, con todo esto, si gustareis de pasar con nosotras 20 --señalando a Luscinda--, quizá en el discurso de este camino habréis hallado otros no tan buenos acogimientos.” No respondió nada a esto la embozada, ni hizo otra cosa que levantarse de donde sentado 25 se había, y puestas entrambas manos cruzadas sobre el pecho, inclinada la cabeza, dobló el cuerpo en señal de que lo agradecía. Por su silencio imaginaron que, sin duda alguna, debía de ser mora y que no sabía hablar cristiano. 30 Llegó en esto el cautivo, que entendiendo en otra cosa hasta entonces había estado,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 188 y, viendo que todas tenían cercada a la que con él venía, y que ella a cuanto le decían callaba, dijo: “Señoras mías, esta doncella apenas entiende mi lengua, ni sabe hablar otra ninguna sino 5 conforme a su tierra, y por esto no debe de haber respondido, ni responde, a lo que se le ha preguntado.” “No se le pregunta otra cosa ninguna”, respondió Luscinda, “sino ofrecerle por esta 10 noche nuestra compañía y parte del lugar donde nos acomodaremos, donde se le hará el regalo que la comodidad ofreciere con la voluntad que obliga a servir a todos los extranjeros que de ello tuvieren necesidad, especialmente 15 siendo mujer a quien se sirve.” “Por ella y por mí”, respondió el cautivo, “os beso, señora mía, las manos, y estimo mucho y en lo que es razón la merced ofrecida, que en tal ocasión, y de tales personas como 20 vuestro parecer muestra, bien se echa de ver que ha de ser muy grande.” “Decidme, señor”, dijo Dorotea: “esta señora ¿es cristiana o mora? Porque el traje y el silencio nos hace pensar que es lo que no 25 querríamos que fuese.” “Mora es en el traje y en el cuerpo; pero en el alma es muy grande cristiana, porque tiene grandísimos deseos de serlo.” “Luego ¿no es bautizada?”, replicó 30 Luscinda. “No ha habido lugar para ello”, respondió el
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 189 cautivo, “después que salió de Argel, su patria y tierra, y hasta ahora no se ha visto en peligro de muerte tan cercana, que obligase a bautizarla sin que supiese primero todas las ceremonias que nuestra madre la Santa Iglesia 5 manda; pero Dios será servido que presto se bautice con la decencia que la calidad de su persona merece, que es más de lo que muestra su hábito y el mío.” [Con] estas razones puso gana en todos 10 los que escuchándole estaban de saber quién fuese la mora y el cautivo; pero nadie se lo quiso preguntar por entonces, por ver que aquella sazón era más para procurarles descanso que para preguntarles sus vidas. 15 Dorotea la tomó por la mano y la llevó a sentar junto a sí, y le rogó que se quitase el embozo. Ella miró al cautivo, como si le preguntara le dijese lo que decían y lo que ella haría. El, en lengua arábiga, le dijo que le pedían se 20 quitase el embozo, y que lo hiciese, y, así, se lo quitó y descubrió un rostro tan hermoso, que Dorotea la tuvo por más hermosa que a Luscinda, y Luscinda por más hermosa que a Dorotea, y todos los circunstantes conocieron 25 que si alguno se podría igualar al de las dos, era el de la mora, y aun hubo algunos que le aventajaron en alguna cosa. Y como la hermosura tenga prerrogativa y gracia de reconciliar los ánimos y atraer las voluntades, luego 30 se rindieron todos al deseo de servir y acariciar a la hermosa mora.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 190 Preguntó don Fernando al cautivo cómo se llamaba la mora, el cual respondió que lela Zoraida, y así como esto oyó ella, entendió lo que le habían preguntado al cristiano, y dijo con mucha prisa, llena de congoja y 5 donaire: “¡No, no Zoraida: María, María!”, dando a entender que se llamaba María y no Zoraida. Estas palabras, el grande afecto con que la mora las dijo, hicieron derramar más de una 10 lágrima a algunos de los que la escucharon, especialmente a las mujeres, que de su naturaleza son tiernas y compasivas. Abrazóla Luscinda con mucho amor, diciéndole: “¡Sí, sí; María, María!” 15 A lo cual respondió la mora: “¡Sí, sí; María; Zoraida macange!”, que quiere decir, no. Ya en esto llegaba la noche, y por orden de los que venían con don Fernando había el 20 ventero puesto diligencia y cuidado en aderezarles de cenar lo mejor que a él le fue posible. Llegada, pues, la hora, sentáronse todos a una larga mesa, como de tinelo, porque no la había redonda ni cuadrada en la 25 venta, y dieron la cabecera y principal asiento, puesto que él lo rehusaba, a don Quijote, el cual quiso que estuviese a su lado la señora Micomicona, pues él era su guardador. Luego se sentaron Luscinda y Zoraida, y frontero 30 de ellas, don Fernando y Cardenio, y luego el cautivo y los demás caballeros, y al lado de
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 191 las señoras, el cura y el barbero. Y, así, cenaron con mucho contento, y acrecentóseles más viendo que, dejando de comer don Quijote, movido de otro semejante espíritu que el que le movió a hablar tanto como habló cuando 5 cenó con los cabreros, comenzó a decir: “Verdaderamente, si bien se considera, señores míos, grandes e inauditas cosas ven los que profesan la orden de la andante caballería. Si no, ¿cuál de los vivientes habrá en el mundo 10 que ahora por la puerta de este castillo entrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea que nosotros somos quien somos? ¿Quién podrá decir que esta señora que está a mi lado es la gran reina que todos sabemos, y 15 que yo soy aquel Caballero de la Triste Figura que anda por ahí en boca de la fama? Ahora no hay que dudar, sino que esta arte y ejercicio excede a todas aquellas y aquellos que los hombres inventaron, y tanto más se ha de tener en 20 estima, cuanto a más peligros está sujeto. Quítenseme delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas; que les diré, y sean quien se fueren, que no saben lo que dicen. Porque la razón que los tales suelen decir, y a 25 lo que ellos más se atienen, es que los trabajos del espíritu exceden a los del cuerpo, y que las armas sólo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese su ejercicio oficio de ganapanes, para el cual no es menester más de buenas fuerzas, 30 o como si en esto que llamamos armas los que las profesamos no se encerrasen los actos de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 192 la fortaleza, los cuales piden para ejecutarlos mucho entendimiento, o como si no trabajase el ánimo del guerrero que tiene a su cargo un ejercito o la defensa de una ciudad sitiada, así con el espíritu como con el cuerpo. Si no, 5 véase si se alcanza con las fuerzas corporales a saber y conjeturar el intento del enemigo, los designios, las estratagemas, las dificultades, el prevenir los daños que se temen; que todas estas cosas son acciones del 10 entendimiento, en quien no tiene parte alguna el cuerpo. ”Siendo, pues, así, que las armas requieren espíritu como las letras, veamos ahora cuál de los dos espíritus, el del letrado o el del 15 guerrero, trabaja más. Y esto se vendrá a conocer por el fin y paradero a que cada uno se encamina, porque aquella intención se ha de estimar en más que tiene por objeto más noble fin. Es el fin y paradero de las letras..., y no 20 hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminar las almas al cielo; que a un fin tan sin fin como éste ninguno otro se le puede igualar: hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto la justicia 25 distributiva y dar a cada uno lo que es suyo, entender y hacer que las buenas leyes se guarden, fin por cierto generoso y alto y digno de grande alabanza, pero no de tanta como merece aquél a que las armas atienden, las 30 cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 193 en esta vida. Y, así, las primeras buenas nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron los ángeles la noche que fue nuestro día, cuando cantaron en los aires: «Gloria sea en las alturas y paz en la tierra a 5 »los hombres de buena voluntad»; y a la salutación que el mejor maestro de la tierra y del cielo enseñó a sus allegados y favorecidos fue decirles que, cuando entrasen en alguna casa, dijesen: «Paz sea en esta casa.» Y otras 10 muchas veces les dijo: «Mi paz os doy, mi paz os »dejo, paz sea con vosotros», bien como joya y prenda dada y dejada de tal mano, joya, que sin ella, en la tierra ni en el cielo puede haber bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de la 15 guerra, que lo mismo es decir armas que guerra. Presupuesta, pues, esta verdad, que el fin de la guerra es la paz, y que en esto hace ventaja al fin de las letras, vengamos ahora a los trabajos del cuerpo del letrado y a los del 20 profesor de las armas, y véase cuáles son mayores.” De tal manera y por tan buenos términos iba prosiguiendo en su plática don Quijote, que obligó a que por entonces ninguno de los 25 que escuchándole estaban le tuviese por loco. Antes, como todos los más eran caballeros, a quien son anejas las armas, le escuchaban de muy buena gana; y él prosiguió diciendo: 30 “Digo, pues, que los trabajos del estudiante son éstos: principalmente, pobreza, no porque
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 194 todos sean pobres, sino por poner este caso en todo el extremo que pueda ser, y en haber dicho que padece pobreza, me parece que no había que decir más de su mala ventura. Porque quien es pobre no tiene cosa buena; esta 5 pobreza la padece por sus partes, ya en hambre, ya en frío, ya en desnudez, ya en todo junto. Pero, con todo eso, no es tanta, que no coma, aunque sea un poco más tarde de lo que se usa, aunque sea de las sobras de 10 los ricos; que es la mayor miseria del estudiante este que entre ellos llaman andar a la sopa, y no les falta algún ajeno brasero o chimenea, que, si no calienta, a lo menos entibie su frío, y, en fin, la noche duermen 15 debajo de cubierta. No quiero llegar a otras menudencias, conviene a saber, de la falta de camisas y no sobra de zapatos, la raridad y poco pelo del vestido, ni aquel ahitarse con tanto gusto, cuando la buena suerte 20 les depara algún banquete. ”Por este camino que he pintado, áspero y dificultoso, tropezando aquí, cayendo allí, levantándose acullá, tornando a caer acá, llegan al grado que desean, el cual alcanzado, a 25 muchos hemos visto que, habiendo pasado por estas sirtes y por estas Scilas y Caribdis, como llevados en vuelo de la favorable fortuna, digo que los hemos visto mandar y gobernar el mundo desde una silla, trocada su hambre en 30 hartura, su frío en refrigerio, su desnudez en galas y su dormir en una estera en reposar
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 195 en holandas y damascos, premio justamente merecido de su virtud; pero contrapuestos y comparados sus trabajos con los del mílite guerrero, se quedan muy atrás en todo, como ahora diré.” 5
p. 196 Capítulo XXXVIII Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras. Prosiguiendo don Quijote, dijo: “Pues comenzamos en el estudiante por la 5 pobreza y sus partes, veamos si es más rico el soldado. Y veremos que no hay ninguno más pobre en la misma pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus 10 manos, con notable peligro de su vida y de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se suele reparar de las inclemencias del cielo, 15 estando en la campaña rasa, con sólo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que espere que llegue la noche para restaurarse de todas 20 estas incomodidades en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará de estrecha; que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere, y revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las 25 sábanas. ”Lléguese, pues, a todo esto el día y la hora de recibir el grado de su ejercicio; lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la cabeza, hecha de hilas, para curarle algún 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 197 balazo que quizá le habrá pasado las sienes, o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y cuando esto no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podrá ser que se quede en la misma pobreza que 5 antes estaba, y que sea menester que suceda uno y otro reencuentro, una y otra batalla, y que de todas salga vencedor, para medrar en algo. Pero estos milagros vense raras veces. ”Pero decidme, señores, si habéis mirado en 10 ello, ¿cuán menos son los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda habéis de responder que no tienen comparación, ni se pueden reducir a cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados 15 vivos con tres letras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados, porque de faldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen en qué entretenerse. Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el 20 premio. Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil letrados que a treinta mil soldados, porque a aquéllos se premian con darles oficios que por fuerza se han de dar a los de su profesión, y a éstos no 25 se pueden premiar, sino con la misma hacienda del señor a quien sirven, y esta imposibilidad fortifica más la razón que tengo. ”Pero dejemos esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la 30 preeminencia de las armas contra las letras: materia que hasta ahora está por averiguar,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 198 según son las razones que cada una de su parte alega; y entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de 5 lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, 10 se despejan los mares de corsarios, y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la 15 guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus privilegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más. ”Alcanzar alguno a ser eminente en letras le 20 cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, vaguidos de cabeza, indigestiones de estómago y otras cosas a éstas adherentes, que en parte ya las tengo referidas. Mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo 25 que al estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza puede llegar, ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un 30 soldado, que, hallándose cercado en alguna fuerza, y estando de posta o guarda en algún
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 199 revellín o caballero, siente que los enemigos están minando hacia la parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huir el peligro que de tan cerca le amenaza? Sólo lo que puede hacer es dar noticia a su 5 capitán de lo que pasa, para que lo remedie con alguna contramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo improvisamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. 10 ”Y si éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala, o hace ventajas, el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales, enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del 15 que concede dos pies de tabla del espolón. Y, con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo 20 una lanza, y, viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno; y, con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería y 25 procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que más es de admirar, que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mismo lugar, y si éste también cae en el mar, que 30 como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 200 muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra. ”Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a 5 cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, 10 en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y 15 acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos. ”Y, así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan 20 detestable como es ésta en que ahora vivimos, porque aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el 25 valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido; que tanto seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron 30 los caballeros andantes de los pasados siglos.”
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 201 Todo este largo preámbulo dijo don Quijote en tanto que los demás cenaban, olvidándose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces le había dicho Sancho Panza que cenase, que después habría lugar para decir 5 todo lo que quisiese. En los que escuchado le habían sobrevino nueva lástima, de ver que hombre que, al parecer, tenía buen entendimiento y buen discurso en todas las cosas que trataba, le hubiese perdido tan rematadamente 10 en tratándole de su negra y pizmienta caballería. El cura le dijo que tenía mucha razón en todo cuanto había dicho en favor de las armas, y que él, aunque letrado y graduado, estaba de su mismo parecer. 15 Acabaron de cenar, levantaron los manteles, y en tanto que la ventera, su hija y Maritornes aderezaban el camaranchón de don Quijote de la Mancha, donde habían determinado que aquella noche las mujeres solas en él se 20 recogiesen, don Fernando rogó al cautivo les contase el discurso de su vida, porque no podría ser sino que fuese peregrino y gustoso, según las muestras que había comenzado a dar, viniendo en compañía de Zoraida. A lo cual 25 respondió el cautivo que de muy buena gana haría lo que se le mandaba, y que sólo temía que el cuento no había de ser tal, que les diese el gusto que él deseaba; pero que, con todo eso, por no faltar en obedecerle, le contaría. 30 El cura y todos los demás se lo agradecieron, y de nuevo se lo rogaron. Y él, viéndose rogar
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 202 de tantos, dijo que no eran menester ruegos adonde el mandar tenía tanta fuerza. “Y, así, estén vuestras mercedes atentos, y oirán un discurso verdadero, a quien podría ser que no llegasen los mentirosos que con curioso 5 y pensado artificio suelen componerse.” Con esto que dijo, hizo que todos se acomodasen y le prestasen un grande silencio, y él, viendo que ya callaban y esperaban lo que decir quisiese, con voz agradable y 10 reposada comenzó a decir de esta manera:
p. 203 Capítulo XXXIX Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos. “En un lugar de las montañas de León tuvo principio mi linaje, con quien fue más agradecida y liberal la naturaleza que la fortuna, 5 aunque en la estrechez de aquellos pueblos todavía alcanzaba mi padre fama de rico, y verdaderamente lo fuera, si así se diera maña a conservar su hacienda como se la daba en gastarla. Y la condición que tenía de ser liberal 10 y gastador le procedió de haber sido soldado los años de su juventud; que es escuela la soldadesca, donde el mezquino se hace franco y el franco pródigo, y si algunos soldados se hallan miserables, son como monstruos que 15 se ven raras veces. Pasaba mi padre los términos de la liberalidad y rayaba en los de ser pródigo, cosa que no le es de ningún provecho al hombre casado y que tiene hijos que le han de suceder en el nombre y en el ser. Los que 20 mi padre tenía eran tres, todos varones y todos de edad de poder elegir estado. Viendo, pues, mi padre que, según él decía, no podía irse a la mano contra su condición, quiso privarse del instrumento y causa que le hacía gastador 25 y dadivoso, que fue privarse de la hacienda, sin la cual el mismo Alejandro pareciera estrecho. ”Y, así, llamándonos un día a todos tres a solas en un aposento, nos dijo unas razones 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 204 semejantes a las que ahora diré. «Hijos, para deciros que os quiero bien, basta saber y decir que sois mis hijos, y para entender que os quiero mal, basta saber que no me voy a la mano en lo que toca a conservar vuestra 5 hacienda. Pues para que entendáis desde aquí adelante que os quiero como padre, y que no os quiero destruir como padrastro, quiero hacer una cosa con vosotros, que ha muchos días que la tengo pensada y con madura consideración 10 dispuesta. Vosotros estáis ya en edad de tomar estado, o, a lo menos, de elegir ejercicio, tal, que, cuando mayores, os honre y aproveche. Y lo que he pensado es hacer de mi hacienda cuatro partes: las tres os daré a 15 vosotros, a cada uno lo que le tocare, sin exceder en cosa alguna, y con la otra me quedaré yo para vivir y sustentarme los días que el cielo fuere servido de darme de vida. Pero querría que después que cada uno tuviese en 20 su poder la parte que le toca de su hacienda, siguiese uno de los caminos que le diré. Hay un refrán en nuestra España, a mi parecer, muy verdadero, como todos lo son, por ser sentencias breves sacadas de la luenga y discreta 25 experiencia, y el que yo digo, dice: «Iglesia, »o mar, o casa real», como si más claramente dijera: Quien quisiere valer y ser rico, siga, o la Iglesia, o navegue ejercitando el arte de la mercancía, o entre a servir a los 30 reyes en sus casas. Porque dicen: «Más vale »migaja de rey, que merced de señor.» Digo
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 205 esto, porque querría, y es mi voluntad, que uno de vosotros siguiese las letras, el otro la mercancía, y el otro sirviese al rey en la guerra, pues es dificultoso entrar a servirle en su casa; que ya que la guerra no dé muchas 5 riquezas, suele dar mucho valor y mucha fama. Dentro de ocho días os daré toda vuestra parte en dineros, sin defraudaros en un ardite, como lo veréis por la obra. Decidme ahora si queréis seguir mi parecer y consejo en lo que os he 10 propuesto.» ”Y, mandándome a mí, por ser el mayor, que respondiese, después de haberle dicho que no se deshiciese de la hacienda, sino que gastase todo lo que fuese su voluntad, que nosotros 15 éramos mozos para saber ganarla, vine a concluir en que cumpliría su gusto, y que el mío era seguir el ejercicio de las armas, sirviendo en él a Dios y a mi rey. El segundo hermano hizo los mismos ofrecimientos, y escogió el 20 irse a las Indias, llevando empleada la hacienda que le cupiese. El menor, y, a lo que yo creo, el más discreto, dijo que quería seguir la Iglesia, o irse a acabar sus comenzados estudios a Salamanca. Así como 25 acabamos de concordarnos, y escoger nuestros ejercicios, mi padre nos abrazó a todos, y con la brevedad que dijo, puso por obra cuanto nos había prometido; y, dando a cada uno su parte, que, a lo que se me acuerda, fueron cada 30 tres mil ducados, en dineros, porque un nuestro tío compró toda la hacienda y la pagó de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 206 contado, porque no saliese del tronco de la casa, en un mismo día nos despedimos todos tres de nuestro buen padre, y en aquel mismo, pareciéndome a mí ser inhumanidad que mi padre quedase viejo y con tan poca hacienda, 5 hice con él que de mis tres mil tomase los dos mil ducados, porque a mí me bastaba el resto para acomodarme de lo que había menester un soldado. ”Mis dos hermanos, movidos de mi ejemplo, 10 cada uno le dio mil ducados. De modo que a mi padre le quedaron cuatro mil en dineros, y más tres mil, que, a lo que parece, valía la hacienda que le cupo, que no quiso vender, sino quedarse con ella en raíces. Digo, en fin, 15 que nos despedimos de él y de aquel nuestro tío que he dicho, no sin mucho sentimiento y lágrimas de todos, encargándonos que les hiciésemos saber, todas las veces que hubiese comodidad para ello, de nuestros sucesos, prósperos 20 o adversos. Prometímoselo, y, abrazándonos y echándonos su bendición, el uno tomó el viaje de Salamanca, el otro de Sevilla, y yo el de Alicante, adonde tuve nuevas que había una nave genovesa que cargaba allí lana para 25 Génova. ”Este hará veinte y dos años que salí de casa de mi padre, y en todos ellos, puesto que he escrito algunas cartas, no he sabido de él ni de mis hermanos nueva alguna. Y lo que en 30 este discurso de tiempo he pasado lo diré brevemente. Embarquéme en Alicante, llegué con
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 207 próspero viaje a Génova, fui desde allí a Milán, donde me acomodé de armas y de algunas galas de soldado, de donde quise ir a asentar mi plaza al Piamonte, y, estando ya de camino para Alejandría de la Palla, tuve nuevas que 5 el gran Duque de Alba pasaba a Flandes. Mudé propósito, fuime con él, servíle en las jornadas que hizo, halléme en la muerte de los condes de Eguemón y de Hornos, alcancé a ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara, 10 llamado Diego de Urbina. Y a cabo de algún tiempo que llegué a Flandes, se tuvo nuevas de la liga que la Santidad del Papa Pío Quinto, de feliz recordación, había hecho con Venecia y con España contra el enemigo 15 común, que es el turco. El cual, en aquel mismo tiempo, había ganado con su armada la famosa isla de Chipre, que estaba debajo del dominio de venecianos, y pérdida lamentable y desdichada. 20 ”Súpose cierto que venía por general de esta liga el serenísimo don Juan de Austria, hermano natural de nuestro buen rey don Felipe. Divulgóse el grandísimo aparato de guerra que se hacía. Todo lo cual me incitó y 25 conmovió el ánimo y el deseo de verme en la jornada que se esperaba; y aunque tenía barruntos, y casi promesas ciertas, de que en la primera ocasión que se ofreciese sería promovido a capitán, lo quise dejar todo y venirme, 30 como me vine, a Italia. Y quiso mi buena suerte que el señor don Juan de Austria
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 208 acababa de llegar a Génova; que pasaba a Nápoles a juntarse con la armada de Venecia, como después lo hizo en Mesina. ”Digo, en fin, que yo me hallé en aquella felicísima jornada, ya hecho capitán de 5 infantería, a cuyo honroso cargo me subió mi buena suerte más que mis merecimientos. Y aquel día, que fue para la cristiandad tan dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban, 10 creyendo que los turcos eran invencibles por la mar, en aquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia otomana quebrantada, entre tantos venturosos como allí hubo --porque más ventura tuvieron los cristianos que allí murieron, 15 que los que vivos y vencedores quedaron--, yo solo fui el desdichado; pues, en cambio de que pudiera esperar, si fuera en los romanos siglos, alguna naval corona, me vi aquella noche, que siguió a tan famoso día, con cadenas a los pies 20 y esposas a las manos. ”Y fue de esta suerte, que habiendo el Uchalí, rey de Argel, atrevido y venturoso corsario, embestido y rendido la capitana de Malta, que solos tres caballeros quedaron vivos en ella, y 25 éstos mal heridos, acudió la capitana de Juan Andrea a socorrerla, en la cual yo iba con mi compañía, y haciendo lo que debía en ocasión semejante, salté en la galera contraria, la cual, desvíandose de la que la había embestido, 30 estorbó que mis soldados me siguiesen, y, así, me hallé solo entre mis enemigos, a quien no
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 209 pude resistir por ser tantos; en fin, me rindieron lleno de heridas. Y como ya habréis, señores, oído decir que el Uchalí se salvó con toda su escuadra, vine yo a quedar cautivo en su poder, y solo fui el triste entre tantos alegres, y 5 el cautivo entre tantos libres; porque fueron quince mil cristianos los que aquel día alcanzaron la deseada libertad, que todos venían al remo en la turquesca armada. ”Lleváronme a Constantinopla, donde el Gran 10 Turco Selim hizo general de la mar a mi amo, porque había hecho su deber en la batalla, habiendo llevado por muestra de su valor el estandarte de la religión de Malta. Halléme el segundo año, que fue el de setenta y dos, en 15 Navarino, bogando en la capitana de los tres fanales. Vi y noté la ocasión que allí se perdió de no coger en el puerto toda el armada turquesca. Porque todos los leventes y jenízaros que en ella venían tuvieron por cierto 20 que les habían de embestir dentro del mismo puerto, y tenían a punto su ropa y pasamaques, que son sus zapatos, para huirse luego por tierra sin esperar ser combatidos: tanto era el miedo que habían cobrado a nuestra 25 armada. Pero el cielo lo ordenó de otra manera, no por culpa ni descuido del general que a los nuestros regía, sino por los pecados de la cristiandad, y porque quiere y permite Dios que tengamos siempre verdugos que nos 30 castiguen. ”En efecto, el Uchalí se recogió a Modón,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 210 que es una isla que está junto a Navarino, y, echando la gente en tierra, fortificó la boca del puerto y estúvose quedo hasta que el señor don Juan se volvió. En este viaje se tomó la galera que se llamaba La Presa, de quien era capitán 5 un hijo de aquel famoso corsario Barbarroja: tomóla la capitana de Nápoles, llamada La Loba, regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel venturoso y jamás vencido capitán don Alvaro de Bazán, 10 marqués de Santa Cruz. Y no quiero dejar de decir lo que sucedió en la presa de La Presa. Era tan cruel el hijo de Barbarroja, y trataba tan mal a sus cautivos, que así como los que venían al remo vieron que la galera Loba les 15 iba entrando, y que los alcanzaba, soltaron todos a un tiempo los remos, y asieron de su capitán que estaba sobre el estanterol gritando que bogasen aprisa, y pasándole de banco en banco, de popa a proa, le dieron 20 bocados, que a poco más que pasó del árbol ya había pasado su ánima al infierno. Tal era, como he dicho, la crueldad con que los trataba y el odio que ellos le tenían. ”Volvimos a Constantinopla, y el año 25 siguiente, que fue el de setenta y tres, se supo en ella cómo el señor don Juan había ganado a Túnez y quitado aquel reino a los turcos, y puesto en posesión de él a Muley Hamet, cortando las esperanzas que de volver a reinar en 30 él tenía Muley Hamida, el moro más cruel y más valiente que tuvo el mundo. Sintió mucho
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 211 esta pérdida el gran turco, y usando de la sagacidad que todos los de su casa tienen, hizo paz con venecianos, que mucho más que él la deseaban, y el año siguiente de setenta y cuatro acometió a la Goleta y al fuerte que junto a 5 Túnez había dejado medio levantado el señor don Juan. ”En todos estos trances andaba yo al remo, sin esperanza de libertad alguna; a lo menos, no esperaba tenerla por rescate, porque 10 tenía determinado de no escribir las nuevas de mi desgracia a mi padre. Perdióse, en fin, la Goleta; perdióse el fuerte, sobre las cuales plazas hubo de soldados turcos, pagados, setenta y cinco mil, y de moros y alárabes de 15 toda la Africa más de cuatrocientos mil, acompañado este tan gran número de gente con tantas municiones y pertrechos de guerra, y con tantos gastadores, que con las manos y a puñados de tierra pudieran cubrir la Goleta y 20 el fuerte. ”Perdióse primero la Goleta, tenida hasta entonces por inexpugnable, y no se perdió por culpa de sus defensores, los cuales hicieron en su defensa todo aquello que debían y podían, 25 sino porque la experiencia mostró la facilidad con que se podían levantar trincheras en aquella desierta arena, porque a dos palmos se hallaba agua, y los turcos no la hallaron a dos varas, y, así, con muchos sacos de arena levantaron 30 las trincheras tan altas, que sobrepujaban las murallas de la fuerza, y tirándoles a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 212 caballero, ninguno podía parar ni asistir a la defensa. Fue común opinión que no se habían de encerrar los nuestros en la Goleta, sino esperar en campaña al desembarcadero, y los que esto dicen hablan de lejos y con poca 5 experiencia de casos semejantes; porque si en la Goleta y en el fuerte apenas había siete mil soldados, ¿cómo podía tan poco número, aunque más esforzados fuesen, salir a la campaña y quedar en las fuerzas contra tanto como era el 10 de los enemigos? Y ¿cómo es posible dejar de perderse fuerza que no es socorrida, y más cuando la cercan enemigos muchos y porfiados y en su misma tierra? ”Pero a muchos les pareció, y así me pareció 15 a mí, que fue particular gracia y merced que el cielo hizo a España en permitir que se asolase aquella oficina y capa de maldades, y aquella gomia o esponja y polilla de la infinidad de dineros que allí sin provecho se 20 gastaban, sin servir de otra cosa que de conservar la memoria de haberla ganado la felicísima del invictísimo Carlos Quinto, como si fuera menester para hacerla eterna, como lo es y será, que aquellas piedras la sustentaran. Perdióse 25 también el fuerte, pero fuéronle ganando los turcos palmo a palmo, porque los soldados que lo defendían pelearon tan valerosa y fuertemente, que pasaron de veinte y cinco mil enemigos los que mataron en veinte y dos asaltos 30 generales que les dieron. Ninguno cautivaron sano de trescientos que quedaron vivos, señal
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 213 cierta y clara de su esfuerzo y valor y de lo bien que se habían defendido y guardado sus plazas. ”Rindióse a partido un pequeño fuerte o torre que estaba en mitad del estaño, a cargo de 5 don Juan Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado. Cautivaron a don Pedro Puertorcarrero, general de la Goleta, el cual hizo cuanto fue posible por defender su fuerza, y sintió tanto el haberla perdido, que de pesar 10 murió en el camino de Constantinopla, donde le llevaban cautivo. Cautivaron asimismo al general del fuerte, que se llamaba Gabrio Cervellón, caballero milanés, grande ingeniero y valentísimo soldado. Murieron en estas 15 dos fuerzas muchas personas de cuenta, de las cuales fue una Pagán de Oria, caballero del hábito de San Juan, de condición generoso, como lo mostró la suma liberalidad que usó con su hermano, el famoso Juan Andrea 20 de Oria, y lo que más hizo lastimosa su muerte fue haber muerto a manos de unos alárabes de quien se fio, viendo ya perdido el fuerte, que le ofrecieron de llevarle en hábito de moro a Tabarca, que es un portezuelo o casa que en 25 aquellas riberas tienen los genoveses que se ejercitan en la pesquería del coral, los cuales alárabes le cortaron la cabeza y se la trajeron al general de la armada turquesca, el cual cumplió con ellos nuestro refrán castellano que 30 «aunque la traición aplace, el traidor se »aborrece», y, así, se dice que mandó el general
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 214 ahorcar a los que le trajeron el presente, porque no se le habían traído vivo. ”Entre los cristianos que en el fuerte se perdieron, fue uno llamado don Pedro de Aguilar, natural no sé de qué lugar del Andalucía, 5 el cual había sido alférez en el fuerte, soldado de mucha cuenta y de raro entendimiento; especialmente tenía particular gracia en lo que llaman poesía. Dígolo porque su suerte le trajo a mi galera y a mi banco y a ser esclavo de 10 mi mismo patrón, y antes que nos partiésemos de aquel puerto hizo este caballero dos sonetos a manera de epitafios, el uno a la Goleta y el otro al fuerte. Y en verdad que los tengo de decir, porque los sé de memoria, 15 y creo que antes causarán gusto que pesadumbre.” En el punto que el cautivo nombró a don Pedro de Aguilar, don Fernando miró a sus camaradas, y todos tres se sonrieron, y cuando llegó 20 a decir de los sonetos, dijo el uno: “Antes que vuestra merced pase adelante, le suplico me diga qué se hizo ese don Pedro de Aguilar que ha dicho.” “Lo que sé es”, respondió el cautivo, “que al 25 cabo de dos años que estuvo en Constantinopla, se huyó en traje de arnaúte con un griego espía, y no sé si vino en libertad, puesto que creo que sí, porque de allí a un año vi yo al griego en Constantinopla, y no le pude 30 preguntar el suceso de aquel viaje.” “Pues lo fue”, respondió el caballero,
CUARTA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 215 “porque ese don Pedro es mi hermano, y está ahora en nuestro lugar, bueno y rico, casado y con tres hijos.” “Gracias sean dadas a Dios”, dijo el cautivo, “por tantas mercedes como le hizo, porque 5 no hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida.” “Y más”, replicó el caballero, “que yo sé los sonetos que mi hermano hizo.” 10 “Dígalos, pues, vuestra merced”, dijo el cautivo; “que los sabrá decir mejor que yo.” “Que me place”, respondió el caballero; y el de la Goleta decía así:
p. 216 Capítulo XL Donde se prosigue la historia del cautivo. SONETO Almas dichosas que del mortal velo libres y exentas, por el bien que obrasteis, 5 desde la baja tierra os levantasteis a lo más alto y lo mejor del cielo. Y, ardiendo en ira y en honroso celo, de los cuerpos la fuerza ejercitasteis, que en propia y sangre ajena colorasteis 10 el mar vecino y arenoso suelo; primero que el valor, faltó la vida en los cansados brazos que, muriendo, con ser vencidos, llevan la victoria. Y esta vuestra mortal, triste caída, 15 entre el muro y el hierro, os va adquiriendo fama que el mundo os da, y el cielo gloria. “De esa misma manera le sé yo”, dijo el cautivo. “Pues el del fuerte, si mal no me acuerdo”, 20 dijo el caballero, “dice así”: SONETO De entre esta tierra estéril, derribada de estos terrones por el suelo echados, las almas santas de tres mil soldados 25 subieron vivas a mejor morada, siendo primero, en vano, ejercitada la fuerza de sus brazos esforzados, hasta que, al fin, de pocos y cansados, dieron la vida al filo de la espada. 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 217 Y éste es el suelo que continuo ha sido de mil memorias lamentables lleno en los pasados siglos y presentes. Mas no más justas de su duro seno habrán al claro cielo almas subido, 5 ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes. No parecieron mal los sonetos, y el cautivo se alegró con las nuevas que de su camarada le dieron, y, prosiguiendo su cuento, dijo: “Rendidos, pues, la Goleta y el fuerte, los 10 turcos dieron orden en desmantelar la Goleta, porque el fuerte quedó tal, que no hubo qué poner por tierra, y para hacerlo con más brevedad y menos trabajo, la minaron por tres partes, pero con ninguna se pudo volar lo que 15 parecía menos fuerte, que eran las murallas viejas; y todo aquello que había quedado en pie de la fortificación nueva, que había hecho el Fratín, con mucha facilidad vino a tierra. En resolución, la armada volvió a Constantinopla 20 triunfante y vencedora, y de allí a pocos meses murió mi amo, el Uchalí, al cual llamaban Uchalí Fartax, que quiere decir en lengua turquesca el renegado tiñoso, porque lo era, y es costumbre entre los turcos ponerse 25 nombres de alguna falta que tengan, o de alguna virtud que en ellos haya. Y esto es porque no hay entre ellos sino cuatro apellidos de linajes, que descienden de la casa Otomana, y los demás, como tengo dicho, toman nombre y apellido 30 ya de las tachas del cuerpo, y ya de las virtudes del ánimo. Y este Tiñoso bogó el
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 218 remo, siendo esclavo del Gran Señor, catorce años, y a más de los treinta y cuatro de su edad renegó, de despecho de que un turco, estando al remo, le dio un bofetón, y por poderse vengar dejó su fe, y fue tanto su valor, que, sin 5 subir por los torpes medios y caminos que los más privados del Gran Turco suben, vino a ser rey de Argel, y después, a ser general de la mar, que es el tercero cargo que hay en aquel señorío. Era calabrés de nación, y moralmente 10 fue hombre de bien y trataba con mucha humanidad a sus cautivos, que llegó a tener tres mil, los cuales, después de su muerte, se repartieron, como él lo dejó en su testamento, entre el Gran Señor, que también es hijo 15 heredero de cuantos mueren y entra a la parte con los más hijos que deja el difunto, y entre sus renegados; y yo cupe a un renegado veneciano que, siendo grumete de una nave, le cautivó el Uchalí, y le quiso tanto, que fue uno de 20 los más regalados garzones suyos, y él vino a ser el más cruel renegado que jamás se ha visto. Llamábase Azán Agá, y llegó a ser muy rico y a ser rey de Argel, con el cual yo vine de Constantinopla algo contento por estar 25 tan cerca de España, no porque pensase escribir a nadie el desdichado suceso mío, sino por ver si me era más favorable la suerte en Argel que en Constantinopla, donde ya había probado mil maneras de huirme, y ninguna tuvo sazón 30 ni ventura; y pensaba en Argel buscar otros medios de alcanzar lo que tanto deseaba, porque
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 219 jamás me desamparó la esperanza de tener libertad, y cuando en lo que fabricaba, pensaba y ponía por obra no correspondía el suceso a la intención, luego, sin abandonarme, fingía y buscaba otra esperanza que me 5 sustentase, aunque fuese débil y flaca. ”Con esto entretenía la vida, encerrado en una prisión o casa que los turcos llaman baño, donde encierran los cautivos cristianos, así los que son del rey como de algunos particulares, 10 y los que llaman del almacén, que es como decir cautivos del Concejo, que sirven a la ciudad en las obras públicas que hace y en otros oficios, y estos tales cautivos tienen muy dificultosa su libertad; que, como son del 15 común y no tienen amo particular, no hay con quién tratar su rescate, aunque le tengan. En estos baños, como tengo dicho, suelen llevar a sus cautivos algunos particulares del pueblo, principalmente cuando son de rescate, porque 20 allí los tienen holgados y seguros hasta que venga su rescate. También los cautivos del rey que son de rescate no salen al trabajo con la demás chusma, si no es cuando se tarda su rescate; que entonces, por hacerles que escriban 25 por él con más ahínco, les hacen trabajar y ir por leña con los demás, que es un no pequeño trabajo. ”Yo, pues, era uno de los de rescate, que como se supo que era capitán, puesto que dije 30 mi poca posibilidad y falta de hacienda, no aprovechó nada para que no me pusiesen en
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 220 el número de los caballeros y gente de rescate. Pusiéronme una cadena, más por señal de rescate que por guardarme con ella, y, así, pasaba la vida en aquel baño, con otros muchos caballeros y gente principal, señalados y 5 tenidos por de rescate. Y aunque la hambre y desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos fatigaba tanto como oír y ver a cada paso las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los 10 cristianos. Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba a aquél; y esto por tan poca ocasión, y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo, y por ser natural condición suya ser homicida de 15 todo el género humano. Sólo libró bien con él un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio 20 palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra, y por la menor cosa de muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado; y así lo temió él más de una vez, y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora 25 algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia. ”Digo, pues, que encima del patio de nuestra prisión caían las ventanas de la casa de 30 un moro rico y principal, las cuales, como de ordinario son las de los moros, más eran
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 221 agujeros que ventanas, y aun éstas se cubrían con celosías muy espesas y apretadas. Acaeció, pues, que un día, estando en un terrado de nuestra prisión con otros tres compañeros, haciendo pruebas de saltar con las cadenas, por 5 entretener el tiempo, estando solos, porque todos los demás cristianos habían salido a trabajar, alcé acaso los ojos, y vi que por aquellas cerradas ventanillas que he dicho parecía una caña, y al remate de ella puesto un lienzo 10 atado, y la caña se estaba blandeando y moviéndose, casi como si hiciera señas que llegásemos a tomarla. Miramos en ello, y uno de los que conmigo estaban fue a ponerse debajo de la caña, por ver si la soltaban, o lo que 15 hacían; pero así como llegó, alzaron la caña y la movieron a los dos lados, como si dijeran no con la cabeza. Volvióse el cristiano, y tornáronla a bajar y hacer los mismos movimientos que primero. Fue otro de mis 20 compañeros, y sucedióle lo mismo que al primero. Finalmente, fue el tercero, y avínole lo que al primero y al segundo. ”Viendo yo esto, no quise dejar de probar la suerte, y así como llegué a ponerme debajo 25 de la caña, la dejaron caer, y dio a mis pies dentro del baño; acudí luego a desatar el lienzo, en el cual vi un nudo, y dentro de él venían diez cianiís, que son unas monedas de oro bajo que usan los moros, que cada una 30 vale diez reales de los nuestros. Si me holgué con el hallazgo, no hay para qué decirlo, pues
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 222 fue tanto el contento como la admiración de pensar de dónde podía venirnos aquel bien, especialmente a mí, pues las muestras de no haber querido soltar la caña sino a mí claro decían que a mí se hacía la merced. Tomé mi 5 buen dinero, quebré la caña, volvíme al terradillo, miré la ventana y vi que por ella salía una muy blanca mano, que la abrían y cerraban muy aprisa. Con esto entendimos o imaginamos que alguna mujer que en aquella casa 10 vivía nos debía de haber hecho aquel beneficio, y en señal de que lo agradecíamos hicimos zalemas a uso de moros, inclinando la cabeza, doblando el cuerpo y poniendo los brazos sobre el pecho. De allí a poco, sacaron por la 15 misma ventana una pequeña cruz hecha de cañas, y luego la volvieron a entrar. Esta señal nos confirmó en que alguna cristiana debía de estar cautiva en aquella casa, y era la que el bien nos hacía; pero la blancura de 20 la mano y las ajorcas que en ella vimos nos deshizo este pensamiento, puesto que imaginamos que debía de ser cristiana renegada, a quien de ordinario suelen tomar por legítimas mujeres sus mismos amos, y aun lo tienen 25 a ventura, porque las estiman en más que las de su nación. ”En todos nuestros discursos dimos muy lejos de la verdad del caso, y, así, todo nuestro entretenimiento desde allí adelante era mirar y 30 tener por norte a la ventana donde nos había aparecido la estrella de la caña; pero bien se
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 223 pasaron quince días en que no la vimos, ni la mano tampoco, ni otra señal alguna. Y aunque en este tiempo procuramos con toda solicitud saber quién en aquella casa vivía, y si había en ella alguna cristiana renegada, jamás hubo 5 quien nos dijese otra cosa, sino que allí vivía un moro principal y rico, llamado Agi Morato, alcaide que había sido de la Pata, que es oficio entre ellos de mucha calidad. Mas cuando más descuidados estábamos de que por allí 10 habían de llover más cianiís, vimos a deshora parecer la caña y otro lienzo en ella con otro nudo más crecido, y esto fue a tiempo que estaba el baño como la vez pasada, solo y sin gente. Hicimos la acostumbrada prueba, 15 yendo cada uno primero que yo, de los mismos tres que estábamos, pero a ninguno se rindió la caña sino a mí, porque en llegando yo, la dejaron caer. Desaté el nudo y hallé cuarenta escudos de oro españoles, y un papel escrito 20 en arábigo, y al cabo de lo escrito, hecha una grande cruz. Besé la cruz, tomé los escudos, volvíme al terrado, hicimos todos nuestras zalemas, tornó a parecer la mano, hice señas que leería el papel, cerraron la ventana. 25 Quedamos todos confusos y alegres con lo sucedido, y como ninguno de nosotros no entendía el arábigo, era grande el deseo que teníamos de entender lo que el papel contenía, y mayor la dificultad de buscar quien lo 30 leyese. ”En fin, yo me determiné de fiarme de un
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 224 renegado, natural de Murcia, que se había dado por grande amigo mío, y puesto prendas entre los dos que le obligaban a guardar el secreto que le encargase, porque suelen algunos renegados, cuando tienen intención de volverse a 5 tierra de cristianos, traer consigo algunas firmas de cautivos principales, en que dan fe, en la forma que pueden, como el tal renegado es hombre de bien y que siempre ha hecho bien a cristianos, y que lleva deseo de huirse en la 10 primera ocasión que se le ofrezca. Algunos hay que procuran estas fes con buena intención; otros se sirven de ellas acaso y de industria; que viniendo a robar a tierra de cristianos, si a dicha se pierden o los cautivan, sacan sus firmas 15 y dicen que por aquellos papeles se verá el propósito con que venían, el cual era de quedarse en tierra de cristianos, y que por eso venían en corso con los demás turcos. Con esto se escapan de aquel primer ímpetu, y se reconcilian 20 con la Iglesia, sin que se les haga daño, y cuando ven la suya, se vuelven a Berbería a ser lo que antes eran. Otros hay que usan de estos papeles, y los procuran con buen intento, y se quedan en tierra de cristianos. 25 ”Pues uno de los renegados que he dicho era este mi amigo, el cual tenía firmas de todas nuestras camaradas, donde le acreditábamos cuanto era posible, y si los moros le hallaran estos papeles, le quemaran vivo. Supe 30 que sabía muy bien arábigo, y no solamente hablarlo, sino escribirlo. Pero antes que del
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 225 todo me declarase con él, le dije que me leyese aquel papel, que acaso me había hallado en un agujero de mi rancho. Abrióle y estuvo un buen espacio mirándole y construyéndole, murmurando entre los dientes. Preguntéle si lo 5 entendía. Díjome que muy bien, y que si quería que me lo declarase palabra por palabra, que le diese tinta y pluma, porque mejor lo hiciese. Dímosle luego lo que pedía, y él, poco a poco, lo fue traduciendo; y, en acabando, dijo: 10 «Todo lo que va aquí en romance, sin faltar »letra, es lo que contiene este papel morisco, y »hase de advertir que adonde dice Lela Marién, »quiere decir Nuestra Señora la Virgen María.» ”Leímos el papel, y decía así: 15 «Cuando yo era niña tenía mi padre una »esclava, la cual en mi lengua me mostró la zalá »cristianesca y me dijo muchas cosas de Lela »Marién. La cristiana murió, y yo sé que no »fue al fuego, sino con Alá, porque después la 20 »vi dos veces, y me dijo que me fuese a tierra »de cristianos a ver a Lela Marién, que me »quería mucho. No sé yo cómo vaya; muchos »cristianos he visto por esta ventana, y »ninguno me ha parecido caballero, sino tú. Yo 25 »soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos »dineros que llevar conmigo. Mira tú si »puedes hacer cómo nos vamos, y serás allá »mi marido, si quisieres; y si no quisieres, no »se me dará nada, que Lela Marién me dará 30 »con quien me case. Yo escribí esto; mira a »quién lo das a leer; no te fíes de ningún moro,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 226 »porque son todos marfuces. De esto tengo »mucha pena, que quisiera que no te descubrieras »a nadie, porque si mi padre lo sabe, »me echará luego en un pozo y me cubrirá de »piedras. En la caña pondré un hilo, ata allí la 5 »respuesta; y si no tienes quien te escriba »arábigo, dímelo por señas; que Lela Marién »hará que te entienda. Ella y Alá te guarden, »y esa cruz que yo beso muchas veces; »que así me lo mandó la cautiva.» 10 ”Mirad, señores, si era razón que las razones de este papel nos admirasen y alegrasen, y, así, lo uno y lo otro fue de manera que el renegado entendió que no acaso se había hallado aquel papel, sino que realmente a alguno de 15 nosotros se había escrito; y, así, nos rogó que si era verdad lo que sospechaba, que nos fiásemos de él y se lo dijésemos, que él aventuraría su vida por nuestra libertad; y, diciendo esto, sacó del pecho un crucifijo de metal, y 20 con muchas lágrimas juró por el Dios que aquella imagen representaba, en quien él, aunque pecador y malo, bien y fielmente creía, de guardarnos lealtad y secreto en todo cuanto quisiésemos descubrirle, porque le parecía, y 25 casi adivinaba, que por medio de aquella que aquel papel había escrito, había él y todos nosotros de tener libertad y verse él en lo que tanto deseaba, que era reducirse al gremio de la Santa Iglesia su madre, de quien como 30 miembro podrido estaba dividido y apartado, por su ignorancia y pecado.
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 227 ”Con tantas lágrimas y con muestras de tanto arrepentimiento dijo esto el renegado, que todos de un mismo parecer consentimos y venimos en declararle la verdad del caso, y, así, le dimos cuenta de todo, sin encubrirle 5 nada. Mostrámosle la ventanilla por donde parecía la caña, y él marcó desde allí la casa y quedó de tener especial y gran cuidado de informarse quién en ella venía. Acordamos asimismo que sería bien responder al 10 billete de la mora, y como teníamos quien lo supiese hacer, luego al momento el renegado escribió las razones que yo le fui notando, que puntualmente fueron las que diré, porque de todos los puntos sustanciales que en este 15 suceso me acontecieron, ninguno se me ha ido de la memoria, ni aun se me irá en tanto que tuviere vida. En efecto, lo que a la mora se le respondió, fue esto: «El verdadero Alá te guarde, señora mía, y 20 »aquella bendita Marién, que es la verdadera »madre de Dios, y es la que te ha puesto en »corazón que te vayas a tierra de cristianos, »porque te quiere bien. Ruégale tú que se sirva »de darte a entender cómo podrás poner por 25 »obra lo que te manda; que ella es tan buena, »que sí hará. De mi parte, y de la de todos estos »cristianos que están conmigo, te ofrezco de »hacer por ti todo lo que pudiéremos, hasta »morir. No dejes de escribirme y avisarme lo que 30 »pensares hacer, que yo te responderé siempre; »que el grande Alá nos ha dado un cristiano
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 228 »cautivo que sabe hablar y escribir tu lengua »tan bien como lo verás por este papel. Así »que, sin tener miedo, nos puedes avisar de »todo lo que quisieres. A lo que dices que si »fueres a tierra de cristianos que has de ser mi 5 »mujer, yo te lo prometo como buen cristiano, »y sabe que los cristianos cumplen lo que »prometen mejor que los moros. Alá y Marién su »madre sean en tu guarda, señora mía.» ”Escrito y cerrado este papel, aguardé dos 10 días a que estuviese el baño solo, como solía, y luego salí al paso acostumbrado del terradillo, por ver si la caña parecía, que no tardó mucho en asomar. Así como la vi, aunque no podía ver quién la ponía, mostré el papel como 15 dando a entender que pusiesen el hilo; pero ya venía puesto en la caña, al cual até el papel, y de allí a poco tornó a parecer nuestra estrella con la blanca bandera de paz del atadillo; dejáronla caer, y alcé yo, y hallé en el paño, 20 en toda suerte de moneda de plata y de oro, más de cincuenta escudos, los cuales cincuenta veces más doblaron nuestro contento y confirmaron la esperanza de tener libertad. ”Aquella misma noche volvió nuestro 25 renegado, y nos dijo que había sabido que en aquella casa vivía el mismo moro que a nosotros nos habían dicho que se llamaba Agi Morato, riquísimo por todo extremo, el cual tenía una sola hija, heredera de toda 30 su hacienda; y que era común opinión en toda la ciudad ser la más hermosa mujer de la
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 229 Berbería, y que muchos de los virreyes que allí venían la habían pedido por mujer, y que ella nunca se había querido casar; y que también supo que tuvo una cristiana cautiva, que ya se había muerto. Todo lo cual concertaba 5 con lo que venía en el papel. Entramos luego en consejo con el renegado en qué orden se tendría para sacar a la mora y venirnos todos a tierra de cristianos; y, en fin, se acordó por entonces que esperásemos al 10 aviso segundo de Zoraida, que así se llamaba la que ahora quiere llamarse María. Porque bien vimos que ella, y no otra alguna, era la que había de dar medio a todas aquellas dificultades. Después que quedamos en esto, 15 dijo el renegado que no tuviésemos pena; que él perdería la vida, o nos pondría en libertad. ”Cuatro días estuvo el baño con gente, que fue ocasión que cuatro días tardase en 20 parecer la caña; al cabo de los cuales, en la acostumbrada soledad del baño pareció con el lienzo tan preñado, que un felicísimo parto prometía; inclinóse a mí la caña y el lienzo, hallé en él otro papel y cien escudos de oro, 25 sin otra moneda alguna; estaba allí el renegado, dímosle a leer el papel dentro de nuestro rancho, el cual dijo que así decía: «Yo no sé, mi señor, cómo dar orden que »nos vamos a España, ni Lela Marién me lo ha 30 »dicho, aunque yo se lo he preguntado; lo que »se podrá hacer es que yo os daré por esta
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 230 »ventana muchísimos dineros de oro: rescataos »vos con ellos, y vuestros amigos, y vaya uno »en tierra de cristianos, y compre allá una »barca, y vuelva por los demás, y a mí me »hallarán en el jardín de mi padre, que está 5 »a la puerta de Babazón, junto a la marina, »donde tengo de estar todo este verano con mi »padre y con mis criados; de allí de noche me »podréis sacar sin miedo y llevarme a la barca; »y mira que has de ser mi marido, porque si 10 »no, yo pediré a Marién que te castigue. Si no »te fías de nadie que vaya por la barca, rescátate »tú y ve; que yo sé que volverás mejor que »otro, pues eres caballero y cristiano. Procura »saber el jardín, y cuando te pasees por ahí 15 »sabré que está solo el baño y te daré mucho »dinero. Alá te guarde, señor mío.» ”Esto decía y contenía el segundo papel, lo cual visto por todos, cada uno se ofreció a querer ser el rescatado, y prometió de ir y volver 20 con toda puntualidad, y también yo me ofrecí a lo mismo; a todo lo cual se opuso el renegado, diciendo que en ninguna manera consentiría que ninguno saliese de libertad hasta que fuesen todos juntos, porque la experiencia le 25 había mostrado cuán mal cumplían los libres las palabras que daban en el cautiverio; porque muchas veces habían usado de aquel remedio algunos principales cautivos, rescatando a uno que fuese a Valencia o Mallorca con dineros 30 para poder armar una barca y volver por los que le habían rescatado, y nunca habían vuelto.
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 231 Porque, de[cía], la libertad alcanzada y el temor de no volver a perderla les borraba de la memoria todas las obligaciones del mundo. Y, en confirmación de la verdad que nos decía, nos contó brevemente un caso que casi en aquella 5 misma sazón había acaecido a unos caballeros cristianos, el más extraño que jamás sucedió en aquellas partes, donde a cada paso suceden cosas de grande espanto y de admiración. 10 ”En efecto, él vino a decir que lo que se podía y debía hacer era que el dinero que se había de dar para rescatar al cristiano, que se le diese a él, para comprar allí, en Argel, una barca, con achaque de hacerse mercader y 15 tratante en Tetuán y en aquella costa, y que siendo él señor de la barca, fácilmente se daría traza para sacarlos del baño y embarcarlos a todos. Cuanto más que si la mora, como ella decía, daba dineros para rescatarlos a todos, 20 que estando libres, era facilísima cosa aun embarcarse en la mitad del día, y que la dificultad que se ofrecía mayor era que los moros no consienten que renegado alguno compre ni tenga barca, si no es bajel grande para ir en corso, 25 porque se temen que el que compra barca, principalmente si es español, no la quiere sino para irse a tierra de cristianos; pero que él facilitaría este inconveniente con hacer que un moro tagarino fuese a la parte con él en 30 la compañía de la barca y en la ganancia de las mercancías, y con esta sombra él vendría a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 232 ser señor de la barca, con que daba por acabado todo lo demás. ”Y puesto que a mí y a mis camaradas nos había parecido mejor lo de enviar por la barca a Mallorca, como la mora decía, no osamos 5 contradecirle, temerosos que si no hacíamos lo que él decía, nos había de descubrir y poner a peligro de perder las vidas, si descubriese el trato de Zoraida, por cuya vida diéramos todos las nuestras, y, así, determinamos de ponernos 10 en las manos de Dios y en las del renegado, y en aquel mismo punto se le respondió a Zoraida diciéndole que haríamos todo cuanto nos aconsejaba, porque lo había advertido tan bien como si Lela Marién se lo hubiera 15 dicho, y que en ella sola estaba dilatar aquel negocio o ponerlo luego por obra. Ofrecímele de nuevo de ser su esposo, y con esto, otro día que acaeció a estar solo el baño, en diversas veces, con la caña y el paño, nos dio dos mil 20 escudos de oro, y un papel donde decía que el primer jumá, que es el viernes, se iba al jardín de su padre, y que antes que se fuese nos daría más dinero, y que si aquello no bastase, que se lo avisásemos, que nos daría 25 cuanto le pidiésemos: que su padre tenía tantos, que no lo echaría menos, cuanto más que ella tenía las llaves de todo. ”Dimos luego quinientos escudos al renegado para comprar la barca; con ochocientos me 30 rescaté yo, dando el dinero a un mercader valenciano que a la sazón se hallaba en Argel, el
CUARTA PARTE, CAPITULO XL p. 233 cual me rescató del rey, tomándome sobre su palabra, dándola de que con el primer bajel que viniese de Valencia pagaría mi rescate; porque si luego diera el dinero, fuera dar sospechas al rey que había muchos días que mi rescate estaba 5 en Argel, y que el mercader, por sus granjerías, lo había callado. Finalmente, mi amo era tan caviloso, que en ninguna manera me atreví a que luego se desembolsase el dinero. El jueves antes del viernes que la hermosa Zoraida se 10 había de ir al jardín nos dio otros mil escudos y nos avisó de su partida, rogándome que si me rescatase, supiese luego el jardín de su padre, y que en todo caso buscase ocasión de ir allá y verla. Respondíle en breves palabras que así 15 lo haría, y que tuviese cuidado de encomendarnos a Lela Marién con todas aquellas oraciones que la cautiva le había enseñado. ”Hecho esto, dieron orden en que los tres compañeros nuestros se rescatasen, por facilitar 20 la salida del baño, y porque viéndome a mí rescatado, y a ellos no, pues había dinero, no se alborotasen y les persuadiese el diablo que hiciesen alguna cosa en perjuicio de Zoraida; que puesto que el ser ellos quien eran me 25 podía asegurar de este temor, con todo eso, no quise poner el negocio en aventura, y, así, los hice rescatar por la misma orden que yo me rescaté, entregando todo el dinero al mercader para que con certeza y seguridad pudiese 30 hacer la fianza, al cual nunca descubrimos nuestro trato y secreto por el peligro que había.”
p. 234 Capítulo XLI Donde todavía prosigue el cautivo su suceso. “No se pasaron quince días, cuando ya nuestro renegado tenía comprada una muy buena barca, capaz de más de treinta personas; 5 y para asegurar su hecho y darle color, quiso hacer, como hizo, un viaje a un lugar que se llamaba Sargel, que está treinta leguas de Argel, hacia la parte de Orán, en el cual hay mucha contratación de higos pasos. Dos 10 o tres veces hizo este viaje en compañía del tagarino que había dicho. Tagarinos llaman en Berbería a los moros de Aragón, y a los de Granada mudéjares, y en el reino de Fez llaman a los mudéjares elches, los cuales 15 son la gente de quien aquel rey más se sirve en la guerra. ”Digo, pues, que cada vez que pasaba con su barca daba fondo en una caleta que estaba no dos tiros de ballesta del jardín donde Zoraida 20 esperaba, y allí, muy de propósito, se ponía el renegado con los morillos que bogaban el remo, o ya a hacer la zalá, o a como por ensayarse de burlas a lo que pensaba hacer de veras; y, así, se iba al jardín de Zoraida y 25 le pedía fruta; y su padre se la daba sin conocerle, y aunque él quisiera hablar a Zoraida, como él después me dijo, y decirle que él era el que por orden mía le había de llevar a tierra de cristianos, que estuviese contenta y segura, 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 235 nunca le fue posible, porque las moras no se dejan ver de ningún moro ni turco, si no es que su marido o su padre se lo manden. De cristianos cautivos se dejan tratar y comunicar, aun más de aquello que sería razonable, 5 y a mí me hubiera pesado que él la hubiera hablado: que quizá la alborotara, viendo que su negocio andaba en boca de renegados. ”Pero Dios, que lo ordenaba de otra manera, no dio lugar al buen deseo que nuestro 10 renegado tenía; el cual, viendo cuán seguramente iba y venía a Sargel, y que daba fondo cuando y como y adonde quería, y que el tagarino, su compañero, no tenía más voluntad de lo que la suya ordenaba, y que yo estaba ya 15 rescatado, y que sólo faltaba buscar algunos cristianos que bogasen el remo, me dijo que mirase yo cuáles quería traer conmigo, fuera de los rescatados, y que los tuviese hablados para el primer viernes, donde tenía determinado 20 que fuese nuestra partida. Viendo esto, hablé a doce españoles, todos valientes hombres del remo, y de aquellos que más libremente podían salir de la ciudad, y no fue poco hallar tantos en aquella coyuntura, porque estaban 25 veinte bajeles en corso y se habían llevado toda la gente de remo; y éstos no se hallaran, si no fuera que su amo se quedó aquel verano sin ir en corso, a acabar una galeota que tenía en astillero. A los cuales no les dije otra 30 cosa sino que el primer viernes, en la tarde, se saliesen uno a uno, disimuladamente, y se
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 236 fuesen la vuelta del jardín de Agi Morato, y que allí me aguardasen hasta que yo fuese. A cada uno di este aviso de por sí, con orden que, aunque allí viesen a otros cristianos, no les dijesen sino que yo les había mandado 5 esperar en aquel lugar. ”Hecha esta diligencia, me faltaba hacer otra, que era la que más me convenía: y era la de avisar a Zoraida en el punto que estaban los negocios para que estuviese apercibida y 10 sobre aviso, que no se sobresaltase, si de improviso la asaltásemos antes del tiempo que ella podía imaginar que la barca de cristianos podía volver. Y, así, determiné de ir al jardín y ver si podría hablarla, y, con ocasión 15 de coger algunas hierbas, un día antes de mi partida, fui allá, y la primera persona con quien encontré fue con su padre, el cual me dijo en lengua que en toda la Berbería y aun en Constantinopla se halla entre cautivos y 20 moros, que ni es morisca, ni castellana, ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas, con la cual todos nos entendemos, digo, pues, que en esta manera de lenguaje me preguntó que qué buscaba en aquel su jardín 25 y de quién era. Respondíle que era esclavo de Arnaúte Mamí --y esto porque sabía yo por muy cierto que era un grandísimo amigo suyo--, y que buscaba de todas hierbas para hacer ensalada. Preguntóme, por el 30 consiguiente, si era hombre de rescate o no, y que cuánto pedía mi amo por mí.
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 237 ”Estando en todas estas preguntas y respuestas, salió de la casa del jardín la bella Zoraida, la cual ya había mucho que me había visto, y como las moras en ninguna manera hacen melindre de mostrarse a los cristianos, ni 5 tampoco se esquivan, como ya he dicho, no se le dio nada de venir adonde su padre conmigo estaba; antes, luego cuando su padre vio que venía y despacio, la llamó y mandó que llegase. Demasiada cosa sería decir yo ahora 10 la mucha hermosura, la gentileza, el gallardo y rico adorno con que mi querida Zoraida se mostró a mis ojos; sólo diré que más perlas pendían de su hermosísimo cuello, orejas y cabellos, que cabellos tenía en la cabeza. En las 15 gargantas de los sus pies, que descubiertas a su usanza traía, traía dos carcajes --que así se llamaban las manillas o ajorcas de los pies en morisco-- de purísimo oro, con tantos diamantes engastados, que ella me dijo 20 después que su padre los estimaba en diez mil doblas, y las que traía en las muñecas de las manos valían otro tanto. Las perlas eran en gran cantidad y muy buenas, porque la mayor gala y bizarría de las moras es adornarse de 25 ricas perlas y aljófar, y, así, hay más perlas y aljófar entre moros que entre todas las demás naciones, y el padre de Zoraida tenía fama de tener muchas y de las mejores que en Argel había, y de tener asimismo más de doscientos 30 mil escudos españoles, de todo lo cual era señora esta que ahora lo es mía.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 238 ”Si con todo este adorno podía venir entonces hermosa, o no, por las reliquias que le han quedado en tantos trabajos se podrá conjeturar cuál debía de ser en las prosperidades. Porque ya se sabe que la hermosura de algunas 5 mujeres tiene días y sazones, y requiere accidentes para diminuirse o acrecentarse, y es natural cosa que las pasiones del ánimo la levanten o abajen, puesto que las más veces la destruyen; digo, en fin, que entonces llegó 10 en todo extremo aderezada y en todo extremo hermosa, o, a lo menos, a mí me pareció serlo la más que hasta entonces había visto, y con esto, viendo las obligaciones en que me había puesto, me parecía que tenía delante de mí 15 una deidad del cielo, venida a la tierra para mi gusto y para mi remedio. ”Así como ella llegó, le dijo su padre en su lengua cómo yo era cautivo de su amigo Arnaúte Mamí, y que venía a buscar ensalada. Ella 20 tomó la mano, y, en aquella mezcla de lenguas que tengo dicho, me preguntó si era caballero y qué era la causa que no me rescataba. Yo le respondí que ya estaba rescatado, y que en el precio podía echar de ver en lo que mi amo 25 me estimaba, pues había dado por mí mil y quinientos zoltanís. A lo cual ella respondió: «En verdad que si tú fueras de mi padre, »que yo hiciera que no te diera él por otros dos »tantos; porque vosotros, cristianos, siempre 30 »mentís en cuanto decís, y os hacéis pobres »por engañar a los moros.» «Bien podría ser
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 239 »eso, señora», le respondí; «mas en verdad »que yo la he tratado con mi amo, y la trato y »la trataré con cuantas personas hay en el »mundo.» «Y ¿cuándo te vas?», dijo Zoraida. «Mañana creo yo», dije, «porque está aquí un 5 »bajel de Francia que se hace mañana a la »vela, y pienso irme en él.» «¿No es mejor», replicó Zoraida, «esperar a que vengan bajeles »de España e irte con ellos, que no con los »de Francia, que no son vuestros amigos?» 10 «No», respondí yo; «aunque si como hay nuevas »que viene ya un bajel de España es verdad, »todavía yo le aguardaré, puesto que es más »cierto el partirme mañana, porque el deseo »que tengo de verme en mi tierra y con las 15 »personas que bien quiero es tanto, que no me »dejará esperar otra comodidad si se tarda, »por mejor que sea.» «Debes de ser, sin duda, »casado en tu tierra», dijo Zoraida, «y por eso »deseas ir a verte con tu mujer.» «No soy», 20 respondí yo, «casado, mas tengo dada la »palabra de casarme en llegando allá.» «Y ¿es »hermosa la dama a quien se la diste?», dijo Zoraida. «Tan hermosa es», respondí yo, «que »para encarecerla y decirte la verdad, te 25 »parece a ti mucho.» ”De esto se rio muy de veras su padre, y dijo: «Gualá, cristiano, que debe de ser muy »hermosa si se parece a mi hija, que es la más »hermosa de todo este reino. Si no, mírala bien 30 »y verás cómo te digo verdad.» Servíanos de intérprete a las más de estas palabras y razones
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 240 el padre de Zoraida, como más ladino, que aunque ella hablaba la bastarda lengua que, como he dicho, allí se usa, más declaraba su intención por señas que por palabras. ”Estando en estas y otras muchas razones 5 llegó un moro corriendo y dijo a grandes voces que por las bardas o paredes del jardín habían saltado cuatro turcos y andaban cogiendo la fruta, aunque no estaba madura. Sobresaltóse el viejo, y lo mismo hizo Zoraida; porque 10 es común y casi natural el miedo que los moros a los turcos tienen, especialmente a los soldados, los cuales son tan insolentes y tienen tanto imperio sobre los moros que a ellos están sujetos, que los tratan peor que si fuesen 15 esclavos suyos. Digo, pues, que dijo su padre a Zoraida: «Hija, retírate a la casa y enciérrate en »tanto que yo voy a hablar a estos canes, y tú, »cristiano, busca tus hierbas y vete en buen »hora, y llévete Alá con bien a tu tierra.» Yo me 20 incliné y él se fue a buscar los turcos, dejándome solo con Zoraida, que comenzó a dar muestras de irse donde su padre la había mandado. Pero apenas él se encubrió con los árboles del jardín, cuando ella, volviéndose a mí, llenos 25 los ojos de lágrimas, me dijo: «¿Amexi, cristiano, »ámexi?». Que quiere decir: ¿Vaste, cristiano, vaste? Yo la respondí: «Señora, sí, pero »no en ninguna manera sin ti; el primero jumá »me aguarda, y no te sobresaltes cuando nos 30 »veas; que sin duda alguna iremos a tierra de »cristianos.»
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 241 ”Yo le dije esto de manera que ella me entendió muy bien a todas las razones que entrambos pasamos, y, echándome un brazo al cuello, con desmayados pasos comenzó a caminar hacia la casa, y quiso la suerte, que 5 pudiera ser muy mala, si el cielo no lo ordenara de otra manera, que yendo los dos de la manera y postura que os he contado, con un brazo al cuello, su padre, que ya volvía de hacer ir a los turcos, nos vio de la suerte y 10 manera que íbamos, y nosotros vimos que él nos había visto; pero Zoraida, advertida y discreta, no quiso quitar el brazo de mi cuello, antes se llegó más a mí y puso su cabeza sobre mi pecho, doblando un poco las rodillas, 15 dando claras señales y muestras que se desmayaba, y yo asimismo di a entender que la sostenía contra mi voluntad. Su padre llegó corriendo adonde estábamos, y, viendo a su hija de aquella manera, le preguntó que qué 20 tenía; pero como ella no le respondiese, dijo su padre: «Sin duda alguna que con el »sobresalto de la entrada de estos canes se ha »desmayado»; y, quitándola del mío, la arrimó a su pecho, y ella, dando un suspiro y aun no 25 enjutos los ojos de lágrimas, volvió a decir: «¡Amexi, cristiano, ámexi!» (¡Vete, cristiano, vete!) A lo que su padre respondió: «No »importa, hija, que el cristiano se vaya, que »ningún mal te ha hecho, y los turcos ya son idos; 30 »no te sobresalte cosa alguna, pues ninguna »hay que pueda darte pesadumbre, pues, como
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 242 »ya te he dicho, los turcos, a mi ruego, se »volvieron por donde entraron.» «Ellos, señor, la »sobresaltaron, como has dicho», dije yo a su padre; «mas pues ella dice que yo me vaya, no »la quiero dar pesadumbre; quédate en paz, y 5 »con tu licencia volveré, si fuere menester, »por hierbas a este jardín; que, según dice mi »amo, en ninguno las hay mejores para ensalada »que en él.» «Todas las que quisieres podrás »volver», respondió Agi Morato; «que mi hija 10 »no dice esto porque tú ni ninguno de los »cristianos la enojaban, sino que por decir »que los turcos se fuesen, dijo que tú te »fueses, o porque ya era hora que buscases »tus hierbas.» 15 ”Con esto me despedí al punto de entrambos, y ella, arrancándosele el alma, al parecer, se fue con su padre. Y yo, con achaque de buscar las hierbas, rodeé muy bien y a mi placer todo el jardín. Miré bien las entradas y 20 salidas, y la fortaleza de la casa, y la comodidad que se podía ofrecer para facilitar todo nuestro negocio. Hecho esto, me vine y di cuenta de cuanto había pasado al renegado y a mis compañeros. Y ya no veía la hora de 25 verme gozar sin sobresalto del bien que en la hermosa y bella Zoraida la suerte me ofrecía. ”En fin, el tiempo se pasó y se llegó el día y plazo de nosotros tan deseado, y, siguiendo todos el orden y parecer que con discreta 30 consideración y largo discurso muchas veces habíamos dado, tuvimos el buen suceso que
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 243 deseábamos. Porque el viernes que se siguió al día que yo con Zoraida hablé en el jardín, [nuestro renegado], al anochecer, dio fondo con la barca casi frontero de donde la hermosísima Zoraida estaba. Ya los cristianos 5 que habían de bogar el remo estaban prevenidos y escondidos por diversas partes de todos aquellos alrededores. Todos estaban suspensos y alborozados aguardándome, deseosos ya de embestir con el bajel que a los 10 ojos tenían; porque ellos no sabían el concierto del renegado, sino que pensaban que a fuerza de brazos habían de haber y ganar la libertad, quitando la vida a los moros que dentro de la barca estaban. 15 ”Sucedió, pues, que así como yo me mostré y mis compañeros, todos los demás escondidos que nos vieron se vinieron llegando a nosotros. Esto era ya a tiempo que la ciudad estaba ya cerrada, y por toda aquella campaña ninguna 20 persona parecía. Como estuvimos juntos, dudamos si sería mejor ir primero por Zoraida, o rendir primero a los moros bagarinos, que bogaban el remo en la barca. Y, estando en esta duda, llegó a nosotros nuestro renegado, 25 diciéndonos que en qué nos deteníamos, que ya era hora, y que todos sus moros estaban descuidados, y los más de ellos durmiendo. Dijímosle en lo que reparábamos, y él dijo que lo que más importaba era rendir primero 30 el bajel, que se podía hacer con grandísima facilidad y sin peligro alguno, y que luego
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 244 podíamos ir por Zoraida. Pareciónos bien a todos lo que decía, y, así, sin detenernos más, haciendo él la guía, llegamos al bajel, y saltando él dentro primero, metió mano a un alfanje y dijo en morisco: «¡Ninguno de vosotros 5 »se mueva de aquí, si no quiere que le cueste la »vida!» Ya a este tiempo, habían entrado dentro casi todos los cristianos. Los moros, que eran de poco ánimo, viendo hablar de aquella manera a su arráez, quedáronse espantados, y sin 10 ninguno de todos ellos echar mano a las armas, que pocas o casi ningunas tenían, se dejaron, sin hablar alguna palabra, maniatar de los cristianos, los cuales con mucha presteza lo hicieron, amenazando a los moros que si 15 alzaban por alguna vía o manera la voz, que luego al punto los pasarían todos a cuchillo. ”Hecho ya esto, quedándose en guardia de ellos la mitad de los nuestros, los que quedábamos, haciéndonos asimismo el renegado la 20 guía, fuimos al jardín de Agi Morato, y quiso la buena suerte que, llegando a abrir la puerta, se abrió con tanta facilidad como si cerrada no estuviera; y, así, con gran quietud y silencio, llegamos a la casa sin ser sentidos de nadie. 25 Estaba la bellísima Zoraida aguardándonos a una ventana, y así como sintió gente, preguntó con voz baja si éramos nizarani, como si dijera o preguntara si éramos cristianos. Yo le respondí que sí, y que bajase. Cuando 30 ella me conoció, no se detuvo un punto, porque, sin responderme palabra, bajó en un
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 245 instante, abrió la puerta y mostróse a todos tan hermosa y ricamente vestida, que no lo acierto a encarecer. Luego que yo la vi, le tomé una mano y la comencé a besar, y el renegado hizo lo mismo, y mis dos camaradas; y los 5 demás, que el caso no sabían, hicieron lo que vieron que nosotros hacíamos; que no parecía sino que le dábamos las gracias y la reconocíamos por señora de nuestra libertad. El renegado le dijo en lengua morisca si estaba 10 su padre en el jardín. Ella respondió que sí, y que dormía. «Pues será menester despertarle», replicó el renegado, «y llevárnosle con nosotros, »y todo aquello que tiene de valor este »hermoso jardín.» «No», dijo ella; «a mi padre no 15 »se ha de tocar en ningún modo; y en esta casa »no hay otra cosa que lo que yo llevo, que es »tanto, que bien habrá para que todos quedéis »ricos y contentos; y esperaros un poco y »lo veréis.» 20 ”Y, diciendo esto, se volvió a entrar, diciendo que muy presto volvería; que nos estuviésemos quedos, sin hacer ningún ruido. Preguntéle al renegado lo que con ella había pasado, el cual me lo contó, a quien yo dije que 25 en ninguna cosa se había de hacer más de lo que Zoraida quisiese; la cual ya que volvía cargada con un cofrecillo lleno de escudos de oro, tantos, que apenas lo podía sustentar, quiso la mala suerte que su padre despertase 30 en el ínterin y sintiese el ruido que andaba en el jardín, y, asomándose a la ventana,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 246 luego conoció que todos los que en él estaban eran cristianos; y, dando muchas, grandes y desaforadas voces, comenzó a decir en arábigo: «¡Cristianos, cristianos! ¡Ladrones, »ladrones!» Por los cuales gritos nos vimos todos 5 puestos en grandísima y temerosa confusión. Pero el renegado, viendo el peligro en que estábamos, y lo mucho que le importaba salir con aquella empresa antes de ser sentido, con grandísima presteza, subió donde Agi Morato 10 estaba, y juntamente con él fueron algunos de nosotros; que yo no osé desamparar a la Zoraida, que como desmayada se había dejado caer en mis brazos. ”En resolución, los que subieron se dieron 15 tan buena maña, que en un momento bajaron con Agi Morato, trayéndole atadas las manos y puesto un pañizuelo en la boca, que no le dejaba hablar palabra, amenazándole que el hablarla le había de costar la vida. Cuando 20 su hija le vio, se cubrió los ojos por no verle, y su padre quedó espantado, ignorando cuán de su voluntad se había puesto en nuestras manos. Mas entonces siendo más necesarios los pies, con diligencia y presteza nos pusimos en la 25 barca, que ya los que en ella habían quedado nos esperaban, temerosos de algún mal suceso nuestro. ”Apenas serían dos horas pasadas de la noche, cuando ya estábamos todos en la barca, 30 en la cual se le quitó al padre de Zoraida la atadura de las manos y el paño de la boca;
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 247 pero tornóle a decir el renegado que no hablase palabra; que le quitarían la vida. El, como vio allí a su hija, comenzó a suspirar ternísimamente, y más cuando vio que yo estrechamente la tenía abrazada, y que ella, sin 5 defender, quejarse ni esquivarse, se estaba queda; pero, con todo esto, callaba, porque no pusiesen en efecto las muchas amenazas que el renegado le hacía. ”Viéndose, pues, Zoraida ya en la barca, y 10 que queríamos dar los remos al agua, y viendo allí a su padre y a los demás moros, que atados estaban, le dijo al renegado que me dijese le hiciese merced de soltar a aquellos moros y de dar libertad a su padre, porque antes 15 se arrojaría en la mar que ver delante de sus ojos, y por causa suya, llevar cautivo a un padre que tanto la había querido. El renegado me lo dijo, y yo respondí que era muy contento. Pero él respondió que no convenía, a causa 20 que, si allí los dejaban, apellidarían luego la tierra y alborotarían la ciudad, y serían causa que saliesen a buscarlos con algunas fragatas ligeras, y les tomasen la tierra y la mar, de manera, que no pudiésemos escaparnos; 25 que lo que se podría hacer era darles libertad en llegando a la primera tierra de cristianos. En este parecer venimos todos, y Zoraida, a quien se le dio cuenta, con las causas que nos movían a no hacer luego lo que quería, 30 también se satisfizo; y luego, con regocijado silencio y alegre diligencia, cada uno de nuestros
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 248 valientes remeros tomó su remo, y comenzamos, encomendándonos a Dios de todo corazón, a navegar la vuelta de las islas de Mallorca, que es la tierra de cristianos más cerca. ”Pero a causa de soplar un poco el viento 5 tramontana, y estar la mar algo picada, no fue posible seguir la derrota de Mallorca, y fuenos forzoso dejarnos ir tierra a tierra la vuelta de Orán, no sin mucha pesadumbre nuestra, por no ser descubiertos del lugar de 10 Sargel, que en aquella costa cae sesenta millas de Argel. Y asimismo temíamos encontrar por aquel paraje alguna galeota de las que de ordinario vienen con mercancía de Tetuán, aunque cada uno por sí, y por todos juntos, 15 presumíamos de que si se encontraba galeota de mercancía, como no fuese de las que andan en corso, que no sólo no nos perderíamos, mas que tomaríamos bajel donde con más seguridad pudiésemos acabar nuestro viaje. Iba 20 Zoraida, en tanto que se navegaba, puesta la cabeza entre mis manos por no ver a su padre, y sentía yo que iba llamando a Lela Marién, que nos ayudase. ”Bien habríamos navegado treinta millas, 25 cuando nos amaneció, como tres tiros de arcabuz desviados de tierra, toda la cual vimos desierta, y sin nadie que nos descubriese, pero con todo eso nos fuimos, a fuerza de brazos, entrando un poco en la mar que ya 30 estaba algo más sosegada; y, habiendo entrado casi dos leguas, diose orden que se bogase
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 249 a cuarteles en tanto que comíamos algo, que iba bien proveída la barca, puesto que los que bogaban dijeron que no era aquél tiempo de tomar reposo alguno: que les diesen de comer los que no bogaban; que ellos no 5 querían soltar los remos de las manos en manera alguna. Hízose así y, en esto, comenzó a soplar un viento largo que nos obligó a hacer luego vela y a dejar el remo, y enderezar a Orán, por no ser posible poder hacer otro 10 viaje. Todo se hizo con mucha presteza, y, así, a la vela navegamos por más de ocho millas por hora, sin llevar otro temor alguno, sino el de encontrar con bajel que de corso fuese. ”Dimos de comer a los moros bagarinos y 15 el renegado les consoló, diciéndoles como no iban cautivos: que en la primera ocasión les darían libertad; lo mismo se le dijo al padre de Zoraida, el cual respondió: «Cualquiera »otra cosa pudiera yo esperar y creer de vuestra 20 »liberalidad y buen término, ¡oh cristianos!; »mas el darme libertad, no me tengáis por »tan simple que lo imagine; que nunca os »pusisteis vosotros al peligro de quitármela para »volverla tan liberalmente, especialmente 25 »sabiendo quién soy yo, y el interés que se »os puede seguir de dármela, el cual interés »si le queréis poner nombre, desde aquí »os ofrezco todo aquello que quisiereis por »mí y por esa desdichada hija mía, o si no, 30 »por ella sola, que es la mayor y la mejor parte »de mi alma.»
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 250 ”En diciendo esto, comenzó a llorar tan amargamente, que a todos nos movió a compasión, y forzó a Zoraida que le mirase; la cual, viéndole llorar, así se enterneció, que se levantó de mis pies y fue a abrazar a su padre, 5 y juntando su rostro con el suyo comenzaron los dos tan tierno llanto, que muchos de los que allí íbamos le acompañamos en él; pero cuando su padre la vio adornada de fiesta y con tantas joyas sobre sí, le dijo en su 10 lengua: «¿Qué es esto, hija, que ayer al anochecer »antes que nos sucediese esta terrible »desgracia en que nos vemos, te vi con tus »ordinarios y caseros vestidos, y ahora, sin que »hayas tenido tiempo de vestirte, y sin haberte 15 »dado alguna nueva alegre de solemnizarle »con adornarte y pulirte, te veo compuesta con »los mejores vestidos que yo supe y pude darte »cuando nos fue la ventura más favorable? »Respóndeme a esto, que me tiene más suspenso 20 »y admirado que la misma desgracia en que »me hallo.» ”Todo lo que el moro decía a su hija nos lo declaraba el renegado, y ella no le respondía palabra; pero cuando él vio a un lado de la 25 barca el cofrecillo donde ella solía tener sus joyas, el cual sabía él bien que le había dejado en Argel y no traídole al jardín, quedó más confuso, y preguntóle que cómo aquel cofre había venido a nuestras manos, y qué era 30 lo que venía dentro. A lo cual el renegado, sin aguardar que Zoraida le respondiese, le
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 251 respondió: «No te canses, señor, en preguntar a »Zoraida tu hija tantas cosas, porque con una »que yo te responda te satisfaré a todas; y, así, »quiero que sepas que ella es cristiana, y es »la que ha sido la lima de nuestras cadenas y 5 »la libertad de nuestro cautiverio; ella va aquí »de su voluntad, tan contenta, a lo que yo »imagino, de verse en este estado, como el que sale »de las tinieblas a la luz, de la muerte a la »vida y de la pena a la gloria.» «¿Es verdad lo 10 »que éste dice, hija?», dijo el moro. «Así es», respondió Zoraida. «¿Que en efecto», replicó el viejo, «tú eres cristiana, y la que ha puesto a »su padre en poder de sus enemigos?» A lo cual respondió Zoraida: «La que es cristiana 15 »yo soy, pero no la que te ha puesto en este »punto, porque nunca mi deseo se extendió a »dejarte, ni a hacerte mal, sino a hacerme a »mí bien.» «Y ¿qué bien es el que te has hecho, »hija?» «Eso», respondió ella, «pregúntaselo 20 »tú a Lela Marién; que ella te lo sabrá decir »mejor que no yo.» ”Apenas hubo oído esto el moro, cuando, con una increíble presteza, se arrojó de cabeza en la mar, donde sin ninguna duda se ahogara, 25 si el vestido largo y embarazoso que traía no le entretuviera un poco sobre el agua. Dio voces Zoraida que le sacasen, y, así, acudimos luego todos, y, asiéndole de la almalafa, le sacamos medio ahogado y sin sentido, de que 30 recibió tanta pena Zoraida, que, como si fuera ya muerto, hacía sobre él un tierno y doloroso
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 252 llanto. Volvímosle boca abajo, volvió mucha agua, tornó en sí al cabo de dos horas, en las cuales, habiéndose trocado el viento, nos convino volver hacia tierra y hacer fuerza de remos por no embestir en ella; mas quiso nuestra 5 buena suerte que llegamos a una cala que se hace al lado de un pequeño promontorio o cabo, que de los moros es llamado el de la Cava Rumía, que en nuestra lengua quiere decir la mala mujer cristiana; y es tradición 10 entre los moros que en aquel lugar está enterrada la Cava, por quien se perdió España; porque cava en su lengua quiere decir mujer mala, y rumía, cristiana, y aun tienen por mal agüero llegar allí a dar fondo cuando la 15 necesidad les fuerza a ello, porque nunca le dan sin ella, puesto que para nosotros no fue abrigo de mala mujer, sino puerto seguro de nuestro remedio, según andaba alterada la mar. ”Pusimos nuestras centinelas en tierra, y no 20 dejamos jamás los remos de la mano; comimos de lo que el renegado había proveído, y rogamos a Dios y a Nuestra Señora, de todo nuestro corazón, que nos ayudase y favoreciese, para que felizmente diésemos fin a tan dichoso 25 principio. Diose orden, a suplicación de Zoraida, como echásemos en tierra a su padre y a todos los demás moros que allí atados venían; porque no le bastaba el ánimo, ni lo podían sufrir sus blandas entrañas, ver delante 30 de sus ojos atado a su padre y aquellos de su tierra presos. Prometímosle de hacerlo así al
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 253 tiempo de la partida, pues no corría peligro el dejarlos en aquel lugar, que era despoblado. No fueron tan vanas nuestras oraciones, que no fuesen oídas del cielo, que en nuestro favor luego volvió el viento, tranquilo el mar, 5 convidándonos a que tornásemos alegres a proseguir nuestro comenzado viaje. ”Viendo esto, desatamos a los moros y uno a uno los pusimos en tierra, de lo que ellos se quedaron admirados; pero llegando a 10 desembarcar al padre de Zoraida, que ya estaba en todo su acuerdo, dijo: «¿Por qué pensáis, »cristianos, que esta mala hembra huelga de »que me deis libertad? ¿Pensáis que es por »piedad que de mí tiene? No, por cierto; sino 15 »que lo hace por el estorbo que le dará mi »presencia cuando quiera poner en ejecución »sus malos deseos; ni penséis que la ha »movido a mudar religión entender ella que la »vuestra a la nuestra se aventaja, sino el saber 20 »que en vuestra tierra se usa la deshonestidad »más libremente que en la nuestra.» Y, volviéndose a Zoraida, teniéndole yo y otro cristiano de entrambos brazos asido porque algún desatino no hiciese, le dijo: «¡Oh infame 25 »moza y mal aconsejada muchacha! ¿Adónde »vas, ciega y desatinada, en poder de estos »perros, naturales enemigos nuestros? ¡Maldita »sea la hora en que yo te engendré y malditos »sean los regalos y deleites en que te he 30 »criado!». Pero viendo yo que llevaba término de no acabar tan presto, di prisa a ponerle en
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 254 tierra, y desde allí, a voces, prosiguió en sus maldiciones y lamentos, rogando a Mahoma rogase a Alá que nos destruyese, confundiese y acabase; y cuando, por habernos hecho a la vela, no pudimos oír sus palabras, 5 vimos sus obras, que eran arrancarse las barbas, mesarse los cabellos y arrastrarse por el suelo; mas una vez esforzó la voz de tal manera, que pudimos entender que decía: «¡Vuelve, »amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo 10 »perdono; entrega a esos hombres ese dinero »que ya es suyo, y vuelve a consolar a este »triste padre tuyo que en esta desierta arena »dejará la vida, si tú le dejas!» ”Todo lo cual escuchaba Zoraida, y todo lo 15 sentía y lloraba, y no supo decirle ni responderle palabra, sino: «¡Plega a Alá, padre mío, »que Lela Marién, que ha sido la causa de que »yo sea cristiana, ella te consuele en tu »tristeza! Alá sabe bien que no pude hacer otra 20 »cosa de la que he hecho, y que estos »cristianos no deben nada a mi voluntad, pues »aunque quisiera no venir con ellos y quedarme »en mi casa, me fuera imposible, según »la prisa que me daba mi alma a poner por 25 »obra esta que a mí me parece tan buena »como tú, padre amado, la juzgas por mala.» Esto dijo a tiempo que ni su padre la oía, ni nosotros ya le veíamos; y, así, consolando yo a Zoraida, atendimos todos a nuestro 30 viaje, el cual nos le facilitaba el propio viento, de tal manera, que bien tuvimos por
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 255 cierto de vernos otro día al amanecer en las riberas de España. ”Mas como pocas veces, o nunca, viene el bien puro y sencillo, sin ser acompañado o seguido de algún mal que le turbe o sobresalte, 5 quiso nuestra ventura, o quizá las maldiciones que el moro a su hija había echado, que siempre se han de temer de cualquier padre que sean, quiso, digo, que estando ya engolfados, y siendo ya casi pasadas tres horas de la 10 noche, yendo con la vela tendida de alto abajo, frenillados los remos porque el próspero viento nos quitaba del trabajo de haberlos menester, con la luz de la luna que claramente resplandecía, vimos cerca de nosotros un 15 bajel redondo, que, con todas las velas tendidas, llevando un poco a orza el timón, delante de nosotros atravesaba, y esto tan cerca, que nos fue forzoso amainar por no embestirle, y ellos, asimismo, hicieron 20 fuerza de timón para darnos lugar que pasásemos. ”Habíanse puesto a bordo del bajel a preguntarnos quién eramos y adónde navegábamos y de dónde veníamos; pero por preguntarnos 25 esto en lengua francesa, dijo nuestro renegado: «Ninguno responda, porque éstos sin »duda son corsarios franceses que hacen a toda »ropa.» Por este advertimiento ninguno respondió palabra, y, habiendo pasado un poco 30 delante, que ya el bajel quedaba [a] sotavento, de improviso soltaron dos piezas de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 256 artillería, y, a lo que parecía, ambas venían con cadenas, porque con una cortaron nuestro árbol por medio y dieron con él y con la vela en la mar, y al momento disparando otra pieza, vino a dar la [bala] en mitad de nuestra 5 barca, de modo que la abrió toda sin hacer otro mal alguno; pero como nosotros nos vimos ir a fondo, comenzamos todos a grandes voces a pedir socorro y a rogar a los del bajel que nos acogiesen, porque nos anegábamos. Amainaron 10 entonces, y, echando el esquife o barca a la mar, entraron en él hasta doce franceses, bien armados, con sus arcabuces y cuerdas encendidas; y así llegaron junto al nuestro, y, viendo cuán pocos éramos, y cómo el bajel 15 se hundía, nos recogieron, diciendo que por haber usado de la descortesía de no responderles nos había sucedido aquello. ”Nuestro renegado tomó el cofre de las riquezas de Zoraida, y dio con él en la mar, sin 20 que ninguno echase de ver en lo que hacía. En resolución, todos pasamos con los franceses, los cuales, después de haberse informado de todo aquello que de nosotros saber quisieron, como si fueran nuestros capitales enemigos, 25 nos despojaron de todo cuanto teníamos, y a Zoraida le quitaron hasta los carcajes que traía en los pies. Pero no me daba a mí tanta pesadumbre la que a Zoraida daban, como me la daba el temor que tenía de que habían de 30 pasar del quitar de las riquísimas y preciosísimas joyas al quitar de la joya que más valía
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 257 y ella más estimaba; pero los deseos de aquella gente no se extienden a más que al dinero, y de esto jamás se ve harta su codicia; lo cual entonces llegó a tanto, que aun hasta los vestidos de cautivos nos quitaran si de algún 5 provecho les fueran. Y hubo parecer entre ellos de que a todos nos arrojasen a la mar envueltos en una vela, porque tenían intención de tratar en algunos puertos de España con nombre de que eran bretones, y si nos 10 llevaban vivos serían castigados, siendo descubierto su hurto. ”Mas el capitán, que era el que había despojado a mi querida Zoraida, dijo que él se contentaba con la presa que tenía, y que no 15 quería tocar en ningún puerto de España, sino pasar el estrecho de Gibraltar de noche, o como pudiese, e irse a la Rochela, de donde había salido; y, así, tomaron por acuerdo de darnos el esquife de su navío y todo lo 20 necesario para la corta navegación que nos quedaba, como lo hicieron otro día, ya a vista de tierra de España, con la cual vista todas nuestras pesadumbres y pobrezas se nos olvidaron de todo punto, como si no hubieran 25 pasado por nosotros: tanto es el gusto de alcanzar la libertad perdida. ”Cerca de medio día podría ser cuando nos echaron en la barca, dándonos dos barriles de agua y algún bizcocho; y el capitán, movido no 30 sé de qué misericordia, al embarcarse la hermosísima Zoraida, le dio hasta cuarenta
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 258 escudos de oro, y no consintió que le quitasen sus soldados estos mismos vestidos que ahora tiene puestos. Entramos en el bajel, dímosles las gracias por el bien que nos hacían mostrándonos más agradecidos que quejosos; 5 ellos se hicieron a lo largo siguiendo la derrota del estrecho; nosotros, sin mirar a otro norte que a la tierra que se nos mostraba delante, nos dimos tanta prisa a bogar, que al poner del sol estábamos tan cerca, que bien pudiéramos, 10 a nuestro parecer, llegar antes que fuera muy noche; pero por no parecer en aquella noche la luna y el cielo mostrarse oscuro, y por ignorar el paraje en que estábamos, no nos pareció cosa segura embestir en tierra, como a 15 muchos de nosotros les parecía, diciendo que diésemos en ella, aunque fuese en unas peñas y lejos de poblado, porque así aseguraríamos el temor que de razón se debía tener que por allí anduviesen bajeles de corsarios 20 de Tetuán, los cuales anochecen en Berbería y amanecen en las costas de España, y hacen de ordinario presa, y se vuelven a dormir a sus casas; pero de los contrarios pareceres el que se tomó fue que nos llegásemos poco a poco 25 y que si el sosiego del mar lo concediese, desembarcásemos donde pudiésemos. ”Hízose así, y poco antes de la media noche sería cuando llegamos al pie de una disformísima y alta montaña, no tan junto al mar 30 que no concediese un poco de espacio para poder desembarcar cómodamente; embestimos
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 259 en la arena, salimos a tierra, besamos el suelo, y con lágrimas de muy alegrísimo contento dimos todos gracias a Dios, Señor Nuestro, por el bien tan incomparable que nos había hecho; sacamos de la barca los 5 bastimentos que tenía, tirámosla en tierra, y subimonos un grandísimo trecho en la montaña, porque aun allí estábamos y aún no podíamos asegurar el pecho, ni acabábamos de creer que era tierra de cristianos la que ya nos 10 sostenía. Amaneció más tarde, a mi parecer, de lo [que] quisiéramos; acabamos de subir toda la montaña por ver si desde allí algún poblado se descubría, o algunas cabañas de pastores, pero aunque más tendimos la vista, ni poblado, 15 ni persona, ni senda, ni camino descubrimos. ”Con todo esto determinamos de entrarnos la tierra adentro, pues no podría ser menos sino que presto descubriésemos quien nos diese noticia de ella; pero lo que a mí más me 20 fatigaba era el ver ir a pie a Zoraida por aquellas asperezas, que, puesto que alguna vez la puse sobre mis hombros, más le cansaba a ella mi cansancio que la reposaba su reposo, y, así, nunca más quiso que yo aquel trabajo tomase; 25 y con mucha paciencia y muestras de alegría, llevándola yo siempre de la mano, poco menos de un cuarto de legua debíamos de haber andado, cuando llegó a nuestros oídos el son de una pequeña esquila, señal clara que por allí 30 cerca había ganado, y, mirando todos con atención si alguno se parecía, vimos al pie de un
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 260 alcornoque un pastor mozo, que con grande reposo y descuido estaba labrando un palo con un cuchillo; dimos voces, y él, alzando la cabeza, se puso ligeramente en pie, y a lo que después supimos, los primeros que a la vista se 5 le ofrecieron fueron el renegado y Zoraida, y, como él los vio en hábito de moros, pensó que todos los de la Berbería estaban sobre él, y, metiéndose con extraña ligereza por el bosque adelante, comenzó a dar los mayores gritos del 10 mundo, diciendo: «¡Moros, moros hay en la »tierra; moros, moros, arma, arma!» ”Con estas voces quedamos todos confusos, y no sabíamos qué hacernos, pero considerando que las voces del pastor habían de alborotar 15 la tierra, y que la caballería de la costa había de venir luego a ver lo que era, acordamos que el renegado se desnudase las ropas de turco y se vistiese un gilecuelco o casaca de cautivo que uno de nosotros le dio luego, aunque se 20 quedó en camisa; y, así, encomendándonos a Dios, fuimos por el mismo camino que vimos que el pastor llevaba, esperando siempre cuándo había de dar sobre nosotros la caballería de la costa; y no nos engañó nuestro pensamiento, 25 porque aún no abrían pasado dos horas, cuando, habiendo ya salido de aquellas malezas a un llano, descubrimos hasta cincuenta caballeros que con gran ligereza, corriendo a media rienda, a nosotros se venían, y así como los vimos nos 30 estuvimos quedos aguardándolos; pero como ellos llegaron y vieron, en lugar de los moros
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 261 que buscaban, tanto pobre cristiano, quedaron confusos, y uno de ellos nos preguntó si éramos nosotros acaso la ocasión porque un pastor había apellidado al arma. «Sí», dije yo; y queriendo comenzar a decirle mi suceso, y de dónde 5 veníamos, y quién eramos, uno de los cristianos que con nosotros venían conoció al jinete que nos había hecho la pregunta, y dijo sin dejarme a mí decir más palabra: «Gracias sean »dadas a Dios, señores, que a tan buena parte 10 »nos ha conducido, porque si yo no me engaño, »la tierra que pisamos es la de Vélez Málaga, si »ya los años de mi cautiverio no me han quitado »de la memoria el acordarme que vos, señor, »que nos preguntáis quién somos, sois Pedro 15 »de Bustamante, tío mío.» ”Apenas hubo dicho esto el cristiano cautivo, cuando el jinete se arrojó del caballo y vino a abrazar al mozo, diciéndole: «Sobrino »de mi alma y de mi vida; ya te conozco, y ya 20 »te he llorado por muerto yo, y mi hermana tu »madre, y todos los tuyos, que aún viven, y »Dios ha sido servido de darles vida para que »gocen el placer de verte; ya sabíamos que »estabas en Argel, y por las señales y muestras 25 »de tus vestidos y la de todos los de esta »compañía, comprehendo que habéis tenido »milagrosa libertad.» «Así es», respondió el mozo, «y tiempo nos quedará para contároslo todo.» Luego que los jinetes entendieron que éramos 30 cristianos cautivos, se apearon de sus caballos, y cada uno nos convidaba con el suyo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 262 para llevarnos a la ciudad de Vélez Málaga, que legua y media de allí estaba. Algunos de ellos volvieron a llevar la barca a la ciudad, diciéndoles dónde la habíamos dejado; otros nos subieron a las ancas, y Zoraida fue en las 5 del caballo del tío del cristiano. ”Saliónos a recibir todo el pueblo, que ya de alguno que se había adelantado sabían la nueva de nuestra venida. No se admiraban de ver cautivos libres, ni moros cautivos, porque 10 toda la gente de aquella costa está hecha a ver a los unos y a los otros, pero admirábanse de la hermosura de Zoraida, la cual en aquel instante y sazón estaba en su punto, así con el cansancio del camino como con la alegría de 15 verse ya en tierra de cristianos, sin sobresalto de perderse, y esto le había sacado al rostro tales colores, que si no es que la afición entonces me engañaba, osaré decir que más hermosa criatura no había en el mundo; a lo 20 menos, que yo la hubiese visto. ”Fuimos derechos a la iglesia a dar gracias a Dios por la merced recibida, y así como en ella entró Zoraida, dijo que allí había rostros que se parecían a los de Lela Marién; dijímosle 25 que eran imágenes suyas, y, como mejor se pudo, le dio el renegado a entender lo que significaban, para que ella las adorase como si verdaderamente fueran cada una de ellas la misma Lela Marién que la había hablado; ella, 30 que tiene buen entendimiento y un natural fácil y claro, entendió luego cuanto acerca de las
CUARTA PARTE, CAPITULO XLI p. 263 imágenes se le dijo. Desde allí nos llevaron y repartieron a todos en diferentes casas del pueblo, pero al renegado, Zoraida y a mí nos llevó el cristiano que vino con nosotros, y en casa de sus padres, que medianamente eran 5 acomodados de los bienes de fortuna, y nos regalaron con tanto amor como a su mismo hijo. ”Seis días estuvimos en Vélez, al cabo de los cuales el renegado, hecha su información 10 de cuanto le convenía, se fue a la ciudad de Granada a reducirse por medio de la Santa Inquisición al gremio santísimo de la Iglesia; los demás cristianos libertados se fueron cada uno donde mejor le pareció; solos quedamos 15 Zoraida y yo con solos los escudos que la cortesía del francés le dio a Zoraida, de los cuales compré este animal en que ella viene; y, sirviéndola yo hasta ahora de padre y escudero, y no de esposo, vamos con intención de 20 ver si mi padre es vivo, o si alguno de mis hermanos ha tenido más próspera ventura que la mía, puesto que por haberme hecho el cielo compañero de Zoraida, me parece que ninguna otra suerte me pudiera venir, por buena que 25 fuera, que más la estimara. La paciencia con que Zoraida lleva las incomodidades que la pobreza trae consigo y el deseo que muestra tener de verse ya cristiana es tanto y tal, que me admira y me mueve a servirla todo el 30 tiempo de mi vida; puesto que el gusto que tengo de verme suyo y de que ella sea mía me
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 264 le turba y deshace no saber si hallaré en mi tierra algún rincón donde recogerla, y si habrán hecho el tiempo y la muerte tal mudanza en la hacienda y vida de mi padre y hermanos, que apenas halle quien me conozca, si ellos faltan. 5 ”No tengo más, señores, que deciros de mi historia, la cual si es agradable y peregrina, júzguenlo vuestros buenos entendimientos; que de mí sé decir que quisiera habérosla contado más brevemente, puesto que el temor de 10 enfadaros más de cuatro circunstancias me ha quitado de la lengua.”
p. 265 Capítulo XLII Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otras muchas cosas dignas de saberse. Calló en diciendo esto el cautivo, a quien don Fernando dijo: 5 “Por cierto, señor capitán, el modo con que habéis contado este extraño suceso ha sido tal, que iguala a la novedad y extrañeza del mismo caso. Todo es peregrino y raro y lleno de accidentes que maravillan y suspenden 10 a quien los oye. Y es de tal manera el gusto que hemos recibido en escucharle que, aunque nos hallara el día de mañana entretenidos en el mismo cuento, holgáramos que de nuevo se comenzara.” 15 Y, en diciendo esto, [Cardenio] y todos los demás se le ofrecieron con todo lo a ellos posible para servirle, con palabras y razones tan amorosas y tan verdaderas, que el capitán se tuvo por bien satisfecho de sus voluntades. 20 Especialmente le ofreció don Fernando que si quería volverse con él, que él haría que el marqués, su hermano, fuese padrino del bautismo de Zoraida, y que él, por su parte, le acomodaría de manera, que pudiese entrar 25 en su tierra con el autoridad y cómodo que a su persona se debía. Todo lo agradeció cortesísimamente el cautivo, pero no quiso aceptar ninguno de sus liberales ofrecimientos. En esto llegaba ya la noche, y al cerrar 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 266 de ella, llegó a la venta un coche, con algunos hombres de a caballo; pidieron posada; a quien la ventera respondió que no había en toda la venta un palmo desocupado. “Pues aunque eso sea”, dijo uno de los de 5 a caballo que habían entrado, “no ha de faltar para el señor oidor que aquí viene.” A este nombre se turbó la huéspeda, y dijo: “Señor, lo que en ello hay es que no tengo 10 camas; si es que su merced del señor oidor la trae, que sí debe de traer, entre en buen hora; que yo y mi marido nos saldremos de nuestro aposento, por acomodar a su merced.” “Sea en buen hora”, dijo el escudero. 15 Pero a este tiempo ya había salido del coche un hombre que, en el traje, mostró luego el oficio y cargo que tenía, porque la ropa luenga, con las mangas arrocadas, que vestía, mostraron ser oidor, como su criado había dicho. 20 Traía de la mano a una doncella, al parecer de hasta diez y seis años, vestida de camino, tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda, que a todos puso en admiración su vista, de suerte, que a no haber visto a Dorotea y a Luscinda y 25 Zoraida, que en la venta estaban, creyeran que otra tal hermosura como la de esta doncella difícilmente pudiera hallarse. Hallóse don Quijote al entrar del oidor y de la doncella, y así como le vio, dijo: 30 “Seguramente puede vuestra merced entrar y espaciarse en este castillo; que aunque es
CUARTA PARTE, CAPITULO XLII p. 267 estrecho y mal acomodado, no hay estrechez ni incomodidad en el mundo que no dé lugar a las armas y a las letras, y más si las armas y letras traen por guía y adalid a la fermosura, como la traen las letras de vuestra merced en 5 esta fermosa doncella, a quien deben no sólo abrirse y manifestarse los castillos, sino apartarse los riscos, y dividirse y abajarse las montañas, para darle acogida. Entre vuestra merced, digo, en este paraíso: que aquí hallará 10 estrellas y soles que acompañen el cielo que vuestra merced trae consigo. Aquí hallará las armas en su punto y la hermosura en su extremo.” Admirado quedó el oidor del razonamiento 15 de don Quijote, a quien se puso a mirar muy de propósito. Y no menos le admiraba su talle que sus palabras, y, sin hallar ningunas con que responderle, se tornó a admirar de nuevo cuando vio delante de sí a Luscinda, Dorotea 20 y a Zoraida, que, a las nuevas de los nuevos huéspedes y a las que la ventera les había dado de la hermosura de la doncella, habían venido a verla y a recibirla. Pero don Fernando, Cardenio y el cura le hicieron más llanos y 25 más cortesanos ofrecimientos. En efecto, el señor oidor entró confuso, así de lo que veía como de lo que escuchaba, y las hermosas de la venta dieron la bienllegada a la hermosa doncella. 30 En resolución, bien echó de ver el oidor que era gente principal toda la que allí estaba. Pero
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 268 el talle, visaje y la apostura de don Quijote le desatinaba; y, habiendo pasado entre todos corteses ofrecimientos y tanteado la comodidad de la venta, se ordenó lo que antes estaba ordenado: que todas las mujeres se entrasen en el 5 camaranchón ya referido, y que los hombres se quedasen fuera, como en su guarda. Y, así, fue contento el oidor que su hija, que era la doncella, se fuese con aquellas señoras, lo que ella hizo de muy buena gana. Y con parte 10 de la estrecha cama del ventero, y con la mitad de la que el oidor traía, se acomodaron aquella noche mejor de lo que pensaban. El cautivo, que desde el punto que vio al oidor, le dio saltos el corazón y barruntos de 15 que aquél era su hermano, preguntó a uno de los criados que con él venían que cómo se llamaba y si sabía de qué tierra era. El criado le respondió que se llamaba el licenciado Juan Pérez de Viedma, y que había oído decir que 20 era de un lugar de las montañas de León. Con esta relación, y con lo que él había visto, se acabó de confirmar de que aquél era su hermano, que había seguido las letras por consejo de su padre. Y alborotado y contento, llamando aparte 25 a don Fernando, a Cardenio y al cura, les contó lo que pasaba, certificándoles que aquel oidor era su hermano. Habíale dicho también el criado como iba proveído por oidor a las Indias, en la Audiencia de México. Supo también 30 como aquella doncella era su hija, de cuyo parto había muerto su madre, y que él había quedado
CUARTA PARTE, CAPITULO XLII p. 269 muy rico con el dote que con la hija se le quedó en casa. Pidióles consejo qué modo tendría para descubrirse, o para conocer primero si, después de descubierto, su hermano, por verle pobre, se afrentaba, o le recibía con buenas 5 entrañas. “Déjeseme a mí el hacer esa experiencia”, dijo el cura, “cuanto más que no hay pensar sino que vos, señor capitán, seréis muy bien recibido, porque el valor y prudencia que en 10 su buen parecer descubre vuestro hermano no da indicios de ser arrogante, ni desconocido, ni que no ha de saber poner los casos de la fortuna en su punto.” “Con todo eso”, dijo el capitán, “yo querría, 15 no de improviso, sino por rodeos, dármele a conocer.” “Ya os digo”, respondió el cura, “que yo lo trazaré de modo que todos quedemos satisfechos.” 20 Ya, en esto, estaba aderezada la cena, y todos se sentaron a la mesa, excepto el cautivo y las señoras, que cenaron de por sí en su aposento. En la mitad de la cena, dijo el cura: “Del mismo nombre de vuestra merced, 25 señor oidor, tuve yo una camarada en Constantinopla, donde estuve cautivo algunos años. La cual camarada era uno de los valientes soldados y capitanes que había en toda la infantería española. Pero tanto cuanto 30 tenía de esforzado y valeroso tenía de desdichado.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 270 “Y ¿cómo se llamaba ese capitán, señor mío?”, preguntó el oidor. “Llamábase”, respondió el cura, “Ruy Pérez de Viedma, y era natural de un lugar de las montañas de León. El cual me contó un caso 5 que [a] su padre con sus hermanos le había sucedido, que, a no contármelo un hombre tan verdadero como él, lo tuviera por conseja, de aquellas que las viejas cuentan el invierno al fuego. Porque me dijo que su padre había dividido 10 su hacienda entre tres hijos que tenía, y les había dado ciertos consejos, mejores que los de Catón. Y sé yo decir que el que él escogió de venir a la guerra le había sucedido tan bien, que en pocos años, por su valor y esfuerzo, sin otro 15 brazo que el de su mucha virtud, subió a ser capitán de infantería, y a verse en camino y predicamento de ser presto maestre de campo. Pero fuele la fortuna contraria, pues donde la pudiera esperar y tener buena, allí la perdió 20 con perder la libertad, en la felicísima jornada donde tantos la cobraron, que fue en la batalla de Lepanto. Yo la perdí en la Goleta, y después, por diferentes sucesos, nos hallamos camaradas en Constantinopla. Desde allí 25 vino a Argel, donde sé que le sucedió uno de los más extraños casos que en el mundo han sucedido.” De aquí fue prosiguiendo el cura, y con brevedad sucinta contó lo que con Zoraida a su 30 hermano había sucedido. A todo lo cual estaba tan atento el oidor, que ninguna vez había sido
CUARTA PARTE, CAPITULO XLII p. 271 tan oidor como entonces. Sólo llegó el cura al punto de cuando los franceses despojaron a los cristianos que en la barca venían, y la pobreza y necesidad en que su camarada y la hermosa mora habían quedado, de los cuales no 5 había sabido en qué habían parado, ni si habían llegado a España, o llevádolos los franceses a Francia. Todo lo que el cura decía estaba escuchando algo de allí desviado el capitán, y notaba todos los movimientos que su hermano 10 hacía. El cual, viendo que ya el cura había llegado al fin de su cuento, dando un grande suspiro y llenándosele los ojos de agua, dijo: “¡Oh, señor, si supieseis las nuevas que me habéis contado, y cómo me tocan tan en 15 parte, que me es forzoso dar muestras de ello con estas lágrimas que, contra toda mi discreción y recato, me salen por los ojos! Ese capitán tan valeroso que decís es mi mayor hermano, el cual, como más fuerte y de más altos 20 pensamientos que yo ni otro hermano menor mío, escogió el honroso y digno ejercicio de la guerra, que fue uno de los tres caminos que nuestro padre nos propuso, según os dijo vuestra camarada en la conseja que, a vuestro parecer, 25 le oístes. Yo seguí el de las letras, en las cuales Dios y mi diligencia me han puesto en el grado que me veis. Mi menor hermano está en el Perú, tan rico, que con lo que ha enviado a mi padre y a mí ha satisfecho bien la parte 30 que él se llevó, y aun dado a las manos de mi padre con que poder hartar su liberalidad
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 272 natural. Y yo, asimismo, he podido con más decencia y autoridad tratarme en mis estudios y llegar al puesto en que me veo. Vive aún mi padre, muriendo con el deseo de saber de su hijo mayor, y pide a Dios con continuas 5 oraciones no cierre la muerte sus ojos hasta que él vea con vida a los de su hijo. Del cual me maravillo, siendo tan discreto, cómo en tantos trabajos y aflicciones o prósperos sucesos se haya descuidado de dar noticia de sí a su padre; 10 que si él lo supiera, o alguno de nosotros, no tuviera necesidad de aguardar al milagro de la caña para alcanzar su rescate. Pero de lo que yo ahora me temo es de pensar si aquellos franceses le habrán dado libertad, o le habrán 15 muerto por encubrir su hurto. Esto todo será que yo prosiga mi viaje, no con aquel contento con que le comencé, sino con toda melancolía y tristeza. ¡Oh buen hermano mío, y quién supiera ahora dónde estabas; que yo te fuera 20 a buscar y a librar de tus trabajos, aunque fuera a costa de los míos! ¡Oh, quién llevara nuevas a nuestro viejo padre de que tenías vida, aunque estuvieras en las mazmorras más escondidas de Berbería; que de allí te sacaran 25 sus riquezas, las de mi hermano y las mías! ¡Oh Zoraida hermosa y liberal, quién pudiera pagar el bien que a un hermano hiciste; quién pudiera hallarse al renacer de tu alma, y a las bodas, que tanto gusto a todos nos 30 dieran!” Estas y otras semejantes palabras decía el
CUARTA PARTE, CAPITULO XLII p. 273 oidor, lleno de tanta compasión con las nuevas que de su hermano le habían dado, que todos los que le oían le acompañaban en dar muestras del sentimiento que tenían de su lástima. Viendo, pues, el cura, que tan bien había 5 salido con su intención, y con lo que deseaba el capitán, no quiso tenerlos a todos más tiempo tristes, y, así, se levantó de la mesa, y entrando donde estaba Zoraida, la tomó por la mano, y tras ella se vinieron Luscinda, Dorotea 10 y la hija del oidor. Estaba esperando el capitán a ver lo que el cura quería hacer, que fue que, tomándole a él asimismo de la otra mano, con entrambos a dos, se fue donde el oidor y los demás caballeros estaban, y dijo: 15 “Cesen, señor oidor, vuestras lágrimas, y cólmese vuestro deseo de todo el bien que acertare a desearse, pues tenéis delante a vuestro buen hermano, y a vuestra buena cuñada; este que aquí veis es el capitán Viedma, 20 y ésta la hermosa mora que tanto bien le hizo. Los franceses que os dije los pusieron en la estrechez que veis, para que vos mostréis la liberalidad de vuestro buen pecho.” Acudió el capitán a abrazar a su hermano, 25 y él le puso ambas manos en los pechos, por mirarle algo más apartado; mas cuando le acabó de conocer, le abrazó tan estrechamente, derramando tan tiernas lágrimas de contento, que los más de los que presentes estaban le 30 hubieron de acompañar en ellas. Las palabras que entrambos hermanos se dijeron, los
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 274 sentimientos que mostraron, apenas creo que pueden pensarse, cuanto más escribirse. Allí, en breves razones, se dieron cuenta de sus sucesos; allí mostraron, puesta en su punto, la buena amistad de dos hermanos; allí abrazó el 5 oidor a Zoraida; allí la ofreció su hacienda; allí hizo que la abrazase su hija; allí la cristiana hermosa y la mora hermosísima renovaron las lágrimas de todos. Allí don Quijote estaba atento sin hablar 10 palabra, considerando estos tan extraños sucesos, atribuyéndolos todos a quimeras de la andante caballería. Allí concertaron que el capitán y Zoraida se volviesen con su hermano a Sevilla, y avisasen a su padre de su 15 hallazgo y libertad, para que, como pudiese, viniese a hallarse en las bodas y bautismo de Zoraida, por no le ser al oidor posible dejar el camino que llevaba, a causa de tener nuevas que de allí a un mes partía flota 20 de Sevilla a la Nueva España, y fuérale de grande incomodidad perder el viaje. En resolución, todos quedaron contentos y alegres del buen suceso del cautivo, y como ya la noche iba casi en las dos partes de su 25 jornada, acordaron de recogerse y reposar lo que de ella les quedaba. Don Quijote se ofreció a hacer la guardia del castillo, porque de algún gigante u otro mal andante follón no fuesen acometidos, codiciosos del gran tesoro 30 de hermosura que en aquel castillo se encerraba. Agradeciéronselo los que le conocían, y
CUARTA PARTE, CAPITULO XLII p. 275 dieron al oidor cuenta del humor extraño de don Quijote, de que no poco gusto recibió. Sólo Sancho Panza se desesperaba con la tardanza del recogimiento, y sólo él se acomodó mejor que todos, echándose sobre los aparejos 5 de su jumento, que le costaron tan caros como adelante se dirá. Recogidas, pues, las damas en su estancia, y los demás acomodádose como menos mal pudieron, don Quijote se salió fuera de la venta 10 a hacer la centinela del castillo, como lo había prometido. Sucedió, pues, que faltando poco por venir el alba, llegó a los oídos de las damas una voz tan entonada y tan buena, que les obligó a que todas le prestasen atento 15 oído, especialmente Dorotea, que despierta estaba, a cuyo lado dormía doña Clara de Viedma, que así se llamaba la hija del oidor. Nadie podía imaginar quién era la persona que tan bien cantaba, y era una voz sola, sin que la 20 acompañase instrumento alguno. Unas veces les parecía que cantaban en el patio, otras que en la caballeriza. Y, estando en esta confusión muy atentas, llegó a la puerta del aposento Cardenio, y dijo: 25 “Quien no duerme, escuche; que oirán una voz de un mozo de mulas, que de tal manera canta, que encanta.” “Ya lo oímos, señor”, respondió Dorotea. Y con esto se fue Cardenio, y Dorotea, 30 poniendo toda la atención posible, entendió que lo que se cantaba era esto:
p. 276 [Capítulo XLIII Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros extraños acaecimientos en la venta sucedidos.] Marinero soy de amor, 5 y en su piélago profundo navego sin esperanza de llegar a puerto alguno. Siguiendo voy a una estrella que desde lejos descubro, 10 más bella y resplandeciente que cuantas vio Palinuro. Yo no sé adónde me guía, y, así, navego confuso, el alma a mirarla atenta, 15 cuidadosa y con descuido. Recatos impertinentes, honestidad contra el uso, son nubes que me la encubren cuando más verla procuro. 20 ¡Oh clara y luciente estrella, en cuya lumbre me apuro!, al punto que te me encubras, será de mi muerte el punto. Llegando el que cantaba a este punto, le 25 pareció a Dorotea que no sería bien que dejase Clara de oír una tan buena voz, y, así, moviéndola a una y a otra parte, la despertó, diciéndole: “Perdóname, niña, que te despierto, pues lo 30 hago porque gustes de oír la mejor voz que quizá habrás oído en toda tu vida.”
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 277 Clara despertó toda soñolienta, y de la primera vez no entendió lo que Dorotea le decía, y, volviéndoselo a preguntar ella, se lo volvió a decir, por lo cual estuvo atenta Clara. Pero apenas hubo oído dos versos, que el que 5 cantaba iba prosiguiendo, cuando le tomó un temblor tan extraño, como si de algún grave accidente de cuartana estuviera enferma, y, abrazándose estrechamente con Dorotea, le dijo: 10 “¡Ay, señora de mi alma y de mi vida! ¿Para qué me despertasteis?; que el mayor bien que la fortuna me podía hacer por ahora era tenerme cerrados los ojos y los oídos, para no ver ni oír a ese desdichado músico.” 15 “¿Qué es lo que dices, niña? Mira que dicen que el que canta es un mozo de mulas.” “No es sino señor de lugares”, respondió Clara, “y el que le tiene en mi alma, con tanta seguridad, que si él no quiere dejarle, no le 20 será quitado eternamente.” Admirada quedó Dorotea de las sentidas razones de la muchacha, pareciéndole que se aventajaban en mucho a la discreción que sus pocos años prometían. Y, así, le dijo: 25 “Habláis de modo, señora Clara, que no puedo entenderos; declaraos más, y decidme qué es lo que decís de alma y de lugares y de este músico, cuya voz tan inquieta os tiene. Pero no me digáis nada por ahora; que no 30 quiero perder, por acudir a vuestro sobresalto, el gusto que recibo de oír al que canta: que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 278 me parece que con nuevos versos y nuevo tono torna a su canto.” “Sea en buen hora”, respondió Clara. Y, por no oírle, se tapó con las manos entrambos oídos, de lo que también se admiró 5 Dorotea; la cual, estando atenta a lo que se cantaba, vio que proseguían en esta manera: Dulce esperanza mía, que, rompiendo imposibles y malezas, sigues firme la vía 10 que tú misma te finges y aderezas, no te desmaye el verte a cada paso junto al de tu muerte. No alcanzan perezosos honrados triunfos, ni victoria alguna, 15 ni pueden ser dichosos los que, no contrastando a la fortuna, entregan, desvalidos al ocio blando todos los sentidos. Que amor sus glorias venda 20 caras, es gran razón y es trato justo; pues no hay más rica prenda que la que se quilata por su gusto, y es cosa manifiesta que no es de estima lo que poco cuesta. 25 Amorosas porfías tal vez alcanzan imposibles cosas, y así, aunque con las mías sigo de amor las más dificultosas, no por eso recelo 30 de no alcanzar desde la tierra el cielo. Aquí dio fin la voz, y principio a nuevos sollozos Clara. Todo lo cual encendía el deseo de Dorotea, que deseaba saber la causa de
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 279 tan suave canto y de tan triste lloro. Y, así, le volvió a preguntar qué era lo que le quería decir denantes. Entonces Clara, temerosa de que Luscinda no la oyese, abrazando estrechamente a Dorotea, puso su boca tan junto 5 del oído de Dorotea, que seguramente podía hablar sin ser de otro sentida. Y, así, le dijo: “Este que canta, señora mía, es un hijo de un caballero, natural del reino de Aragón, señor 10 de dos lugares, el cual vivía frontero de la casa de mi padre, en la corte. Y aunque mi padre tenía las ventanas de su casa con lienzos en el invierno y celosías en el verano, yo no sé lo que fue, ni lo que no, que este 15 caballero, que andaba al estudio, me vio, ni sé si en la iglesia o en otra parte. Finalmente, él se enamoró de mí, y me lo dio a entender desde las ventanas de su casa, con tantas señas y con tantas lágrimas, que yo le hube de creer, y aun 20 querer, sin saber lo que me quería. Entre las señas que me hacía, era una de juntarse la una mano con la otra, dándome a entender que se casaría conmigo, y aunque yo me holgaría mucho de que así fuera, como sola y sin madre, 25 no sabía con quién comunicarlo, y, así, lo dejé estar, sin darle otro favor, si no era, cuando estaba mi padre fuera de casa y el suyo también, alzar un poco el lienzo, o la celosía, y dejarme ver toda, de lo que él hacía tanta 30 fiesta, que daba señales de volverse loco. ”Llegóse en esto el tiempo de la partida de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 280 mi padre, la cual él supo, y no de mí, pues nunca pude decírselo. Cayó malo, a lo que yo entiendo, de pesadumbre, y, así, el día que nos partimos nunca pude verle para despedirme de él, siquiera con los ojos. Pero a cabo de dos 5 días que caminábamos, al entrar de una posada en un lugar una jornada de aquí, le vi a la puerta del mesón, puesto en hábito de mozo de mulas, tan al natural, que si yo no le trajera tan retratado en mi alma, fuera imposible 10 conocerle. Conocíle, admiréme y alegréme; él me miró a hurto de mi padre, de quien él siempre se esconde cuando atraviesa por delante de mí en los caminos y en las posadas do llegamos. Y, como yo sé quién es, y considero que 15 por amor de mí viene a pie y con tanto trabajo, muérome de pesadumbre, y adonde él pone los pies, pongo yo los ojos. No sé con qué intención viene, ni cómo ha podido escaparse de su padre, que le quiere extraordinariamente, 20 porque no tiene otro heredero y porque él lo merece, como lo verá vuestra merced cuando le vea. Y, más le sé decir, que todo aquello que canta lo saca de su cabeza; que he oído decir que es muy gran estudiante 25 y poeta. Y hay más: que cada vez que le veo o le oigo cantar, tiemblo toda y me sobresalto, temerosa de que mi padre le conozca y venga en conocimiento de nuestros deseos. En mi vida le he hablado palabra, y con todo eso le 30 quiero de manera, que no he de poder vivir sin él. Esto es, señora mía, todo lo que os puedo decir
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 281 de este músico, cuya voz tanto os ha contentado, que en sola ella echaréis bien de ver que no es mozo de mulas, como decís, sino señor de almas y lugares, como yo os he dicho.” “No digáis más, señora doña Clara”, dijo a 5 esta sazón Dorotea, y esto, besándola mil veces. “No digáis más, digo, y esperad que venga el nuevo día; que yo espero en Dios de encaminar de manera vuestros negocios, que tengan el feliz fin que tan honestos 10 principios merecen.” “¡Ay, señora!”, dijo doña Clara, “¿qué fin se puede esperar, si su padre es tan principal y tan rico que le parecerá que aun yo no puedo ser criada de su hijo, cuanto más esposa? Pues 15 casarme yo a hurto de mi padre, no lo haré por cuanto hay en el mundo. No querría sino que este mozo se volviese y me dejase; quizá con no verle y con la gran distancia del camino que llevamos se me aliviaría la pena que 20 ahora llevo; aunque sé decir que este remedio que me imagino me ha de aprovechar bien poco; no sé qué diablos ha sido esto, ni por dónde se ha entrado este amor que le tengo, siendo yo tan muchacha y él tan muchacho, 25 que en verdad que creo que somos de una edad misma, y que yo no tengo cumplidos diez y seis años; que para el día de San Miguel que vendrá dice mi padre que los cumplo.” No pudo dejar de reírse Dorotea oyendo 30 cuán como niña hablaba doña Clara, a quien dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 282 “Reposemos, señora, lo poco que creo queda de la noche, y amanecerá Dios y medraremos, o mal me andarán las manos.” Sosegáronse con esto, y en toda la venta se guardaba un grande silencio; solamente no 5 dormían la hija de la ventera, y Maritornes su criada. Las cuales como ya sabían el humor de que pecaba don Quijote, y que estaba fuera de la venta, armado y a caballo, haciendo la guarda, determinaron las dos de hacerle alguna 10 burla, o, a lo menos, de pasar un poco el tiempo oyéndole sus disparates. Es, pues, el caso, que en toda la venta no había ventana que saliese al campo, sino un agujero de un pajar, por donde echaban la paja 15 por de fuera. A este agujero se pusieron las dos semidoncellas, y vieron que don Quijote estaba a caballo, recostado sobre su lanzón, dando de cuando en cuando tan dolientes y profundos suspiros, que parecía que con cada uno se le 20 arrancaba el alma. Y, asimismo, oyeron que decía con voz blanda, regalada y amorosa: “¡Oh mi señora Dulcinea del Toboso, extremo de toda hermosura, fin y remate de la discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la 25 honestidad, y, últimamente, idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en el mundo! Y ¿qué fará ahora la tu merced? ¿Si tendrás, por ventura, las mientes en tu cautivo caballero, que a tantos peligros por sólo 30 servirte de su voluntad ha querido ponerse? Dame tú nuevas de ella, ¡oh luminaria de las tres
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 283 caras!; quizá con envidia de la suya la estás ahora mirando, que, o paseándose por alguna galería de sus suntuosos palacios, o ya puesta de pechos sobre algún balcón, está considerando cómo, salva su honestidad y grandeza, 5 ha de amansar la tormenta que por ella este mi cuitado corazón padece, qué gloria ha de dar a mis penas, qué sosiego a mi cuidado, y, finalmente, qué vida a mi muerte y qué premio a mis servicios. Y tú, sol, que ya debes 10 de estar aprisa ensillando tus caballos por madrugar y salir a ver a mi señora, así como la veas, suplícote que de mi parte la saludes; pero guárdate que al verla y saludarla no le des paz en el rostro; que tendré más celos de 15 ti que tú los tuviste de aquella ligera ingrata que tanto te hizo sudar y correr por los llanos de Tesalia, o por las riberas de Peneo; que no me acuerdo bien por dónde corriste entonces, celoso y enamorado.” 20 A este punto llegaba entonces don Quijote en su tan lastimero razonamiento, cuando la hija de la ventera le comenzó a cecear, y a decirle: “Señor mío, lléguese acá la vuestra merced, 25 si es servido.” A cuyas señas y voz volvió don Quijote la cabeza, y vio a la luz de la luna, que entonces estaba en toda su claridad, cómo le llamaban del agujero que a él le pareció ventana, y aun 30 con rejas doradas, como conviene que las tengan tan ricos castillos como él se imaginaba
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 284 que era aquella venta; y luego en el instante se le representó en su loca imaginación que otra vez, como la pasada, la doncella fermosa, hija de la señora de aquel castillo, vencida de su amor, tornaba a solicitarle; y, con este 5 pensamiento, por no mostrarse descortés y desagradecido, volvió las riendas a Rocinante y se llegó al agujero, y así como vio a las dos mozas, dijo: “Lástima os tengo, fermosa señora, de que 10 hayáis puesto vuestras amorosas mientes en parte donde no es posible corresponderos conforme merece vuestro gran valor y gentileza; de lo que no debéis dar culpa a este miserable andante caballero, a quien tiene amor 15 imposibilitado de poder entregar su voluntad a otra que aquella que en el punto que sus ojos la vieron, la hizo señora absoluta de su alma. Perdonadme, buena señora, y recogeos en vuestro aposento, y no queráis con 20 significarme más vuestros deseos que yo me muestre más desagradecido; y si del amor que me tenéis halláis en mí otra cosa con que satisfaceros que el mismo amor no sea, pedídmela; que yo os juro por aquella ausente enemiga 25 dulce mía, de dárosla incontinente, si bien me pidieseis una guedeja de los cabellos de Medusa, que eran todos culebras, o ya los mismos rayos del sol, encerrados en una redoma.” 30 “No ha menester nada de eso mi señora, señor caballero”, dijo a este punto Maritornes.
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 285 “Pues ¿qué ha menester, discreta dueña, vuestra señora?”, respondió don Quijote. “Sola una de vuestras hermosas manos”, dijo Maritornes, “por poder desahogar con ella el gran deseo que a este agujero la ha 5 traído, tan a peligro de su honor, que si su señor padre la hubiera sentido, la menor tajada de ella fuera la oreja.” “Ya quisiera yo ver eso”, respondió don Quijote; “pero él se guardará bien de eso, si 10 ya no quiere hacer el más desastrado fin que padre hizo en el mundo, por haber puesto las manos en los delicados miembros de su enamorada hija.” Parecióle a Maritornes que sin duda don 15 Quijote daría la mano que le habían pedido, y, proponiendo en su pensamiento lo que había de hacer, se bajó del agujero y se fue a la caballeriza, donde tomó el cabestro del jumento de Sancho Panza, y con mucha 20 presteza se volvió a su agujero, a tiempo que don Quijote se había puesto de pies sobre la silla de Rocinante, por alcanzar a la ventana enrejada donde se imaginaba estar la ferida doncella; y al darle la mano, dijo: 25 “Tomad, señora, esa mano, o por mejor decir, ese verdugo de los malhechores del mundo; tomad esa mano, digo, a quien no ha tocado otra de mujer alguna, ni aun la de aquella que tiene entera posesión de todo 30 mi cuerpo. No os la doy para que la beséis, sino para que miréis la contextura de sus
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 286 nervios, la trabazón de sus músculos, la anchura y espaciosidad de sus venas; de donde sacaréis qué tal debe de ser la fuerza del brazo que tal mano tiene.” “Ahora lo veremos”, dijo Maritornes. 5 Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro, se la echó a la muñeca, y, bajándose del agujero, ató lo que quedaba al cerrojo de la puerta del pajar muy fuertemente. Don Quijote, que sintió la aspereza del cordel en su 10 muñeca, dijo: “Más parece que vuestra merced me ralla que no que me regala la mano; no la tratéis tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que mi voluntad os hace, ni es bien que en tan poca 15 parte venguéis el todo de vuestro enojo; mirad que quien quiere bien no se venga tan mal.” Pero todas estas razones de don Quijote ya no las escuchaba nadie, porque así como Maritornes le ató, ella y la otra se fueron, muertas 20 de risa, y le dejaron asido de manera, que fue imposible soltarse. Estaba, pues, como se ha dicho, de pies sobre Rocinante, metido todo el brazo por el agujero, y atado de la muñeca y al cerrojo de la puerta, con grandísimo temor 25 y cuidado que si Rocinante se desviaba a un cabo o a otro, había de quedar colgado del brazo; y, así, no osaba hacer movimiento alguno, puesto que de la paciencia y quietud de Rocinante bien se podía esperar que estaría sin 30 moverse un siglo entero. En resolución, viéndose don Quijote atado,
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 287 y que ya las damas se habían ido, se dio a imaginar que todo aquello se hacía por vía de encantamiento, como la vez pasada, cuando en aquel mismo castillo le molió aquel moro encantado del arriero, y maldecía entre sí su 5 poca discreción y discurso, pues habiendo salido tan mal la vez primera de aquel castillo, se había aventurado a entrar en él la segunda, siendo advertimiento de caballeros andantes que, cuando han probado una aventura y no 10 salido bien con ella, es señal que no está para ellos guardada, sino para otros, y, así, no tienen necesidad de probarla segunda vez. Con todo esto, tiraba de su brazo por ver si podía soltarse, mas él estaba tan bien asido, 15 que todas sus pruebas fueron en vano. Bien es verdad que tiraba con tiento, porque Rocinante no se moviese, y aunque él quisiera sentarse y ponerse en la silla, no podía sino estar en pie, o arrancarse la mano. 20 Allí fue el desear de la espada de Amadís, contra quien no tenía fuerza encantamiento alguno; allí fue el maldecir de su fortuna; allí fue el exagerar la falta que haría en el mundo su presencia el tiempo que allí estuviese 25 encantado, que sin duda alguna se había creído que lo estaba; allí el acordarse de nuevo de su querida Dulcinea del Toboso; allí fue el llamar a su buen escudero Sancho Panza, que, sepultado en sueño, y tendido sobre el albarda 30 de su jumento, no se acordaba en aquel instante de la madre que lo había parido; allí llamó
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 288 a los sabios Lirgandeo y Alquife, que le ayudasen; allí invocó a su buena amiga Urganda, que le socorriese, y, finalmente, allí le tomó la mañana, tan desesperado y confuso, que bramaba como un toro; porque no esperaba 5 él que con el día se remediaría su cuita, porque la tenía por eterna, teniéndose por encantado. Y hacíale creer esto ver que Rocinante poco ni mucho se movía, y creía que de aquella suerte, sin comer, ni beber, ni dormir, habían 10 de estar él y su caballo hasta que aquel mal influjo de las estrellas se pasase, o hasta que otro más sabio encantador le desencantase. Pero engañóse mucho en su creencia, porque apenas comenzó a amanecer, cuando llegaron 15 a la venta cuatro hombres de a caballo, muy bien puestos y aderezados, con sus escopetas sobre los arzones. Llamaron a la puerta de la venta, que aún estaba cerrada, con grandes golpes, lo cual visto por don Quijote desde 20 donde aún no dejaba de hacer la centinela, con voz arrogante y alta, dijo: “Caballeros, o escuderos, o quienquiera que seáis, no tenéis para qué llamar a las puertas de este castillo; que asaz de claro está que a 25 tales horas, o los que están dentro duermen, o no tienen por costumbre de abrirse las fortalezas hasta que el sol esté tendido por todo el suelo; desviaos afuera, y esperad que aclare el día, y entonces veremos si será justo o no que 30 os abran.” “¿Qué diablos de fortaleza o castillo es éste”,
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIII p. 289 dijo uno, “para obligarnos a guardar estas ceremonias? Si sois el ventero, mandad que nos abran; que somos caminantes que no queremos más de dar cebada a nuestras cabalgaduras y pasar adelante, porque vamos de prisa.” 5 “¿Paréceos, caballeros, que tengo yo talle de ventero?”, respondió don Quijote. “No sé de qué tenéis talle”, respondió el otro, “pero sé que decís disparates en llamar castillo a esta venta.” 10 “Castillo es”, replicó don Quijote, “y aun de los mejores de toda esta provincia; y gente tiene dentro que ha tenido cetro en la mano y corona en la cabeza.” “Mejor fuera al revés”, dijo el caminante: 15 “el cetro en la cabeza y la corona en la mano, y será, si a mano viene, que debe de estar dentro alguna compañía de representantes, de los cuales es tener a menudo esas coronas y cetros que decís, porque en una venta tan 20 pequeña, y adonde se guarda tanto silencio como ésta, no creo yo que se alojan personas dignas de corona y cetro.” “Sabéis poco del mundo”, replicó don Quijote, “pues ignoráis los casos que suelen 25 acontecer en la caballería andante.” Cansábanse los compañeros que con el preguntante venían del coloquio que con don Quijote pasaba, y, así, tornaron a llamar con grande furia, y fue de modo, que el ventero 30 despertó, y aun todos cuantos en la venta estaban, y así, se levantó a preguntar quién llamaba.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 290 Sucedió en este tiempo que una de las cabalgaduras en que venían los cuatro que llamaban se llegó a oler a Rocinante, que, melancólico y triste, con las orejas caídas, sostenía sin moverse a su estirado señor; y como, en fin, 5 era de carne, aunque parecía de leño, no pudo dejar de resentirse y tornar a oler a quien le llegaba a hacer caricias, y, así, no se hubo movido tanto cuanto, cuando se desviaron los juntos pies de don Quijote, y, resbalando de 10 la silla, dieran con él en el suelo a no quedar colgado del brazo, cosa que le causó tanto dolor, que creyó, o que la muñeca le cortaban, o que el brazo se le arrancaba, porque él quedó tan cerca del suelo, que con los extremos 15 de las puntas de los pies besaba la tierra, que era en su perjuicio, porque como sentía lo poco que le faltaba para poner las plantas en la tierra, fatigábase y estirábase cuanto podía por alcanzar al suelo, bien así como los que 20 están en el tormento de la garrucha puestos a toca, no toca, que ellos mismos son causa de acrecentar su dolor con el ahínco que ponen en estirarse, engañados de la esperanza que se les representa, que con poco más que se 25 estiren llegarán al suelo.
p. 291 Capítulo XLIV Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta. En efecto, fueron tantas las voces que don Quijote dio, que, abriendo de presto las puertas 5 de la venta, salió el ventero, despavorido, a ver quién tales gritos daba, y los que estaban fuera hicieron lo mismo. Maritornes, que ya había despertado a las mismas voces, imaginando lo que podía ser, se fue al pajar y 10 desató, sin que nadie lo viese, el cabestro que a don Quijote sostenía, y él dio luego en el suelo, a vista del ventero y de los caminantes, que, llegándose a él, le preguntaron qué tenía, que tales voces daba. El, sin responder palabra, se 15 quitó el cordel de la muñeca, y, levantándose en pie, subió sobre Rocinante, embrazó su adarga, enristró su lanzón, y, tomando buena parte del campo, volvió a medio galope, diciendo: 20 “Cualquiera que dijere que yo he sido con justo título encantado, como mi señora la princesa Micomicona me dé licencia para ello, yo le desmiento, le reto y desafío a singular batalla.” 25 Admirados se quedaron los nuevos caminantes de las palabras de don Quijote, pero el ventero les quitó de aquella admiración, diciéndoles que era don Quijote, y que no había que hacer caso de él, porque estaba fuera de juicio. 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 292 Preguntáronle al ventero si acaso había llegado a aquella venta un muchacho de hasta edad de quince años, que venía vestido como mozo de mulas, de tales y tales señas, dando las mismas que traía el amante de doña Clara. 5 El ventero respondió que había tanta gente en la venta, que no había echado de ver en el que preguntaban. Pero habiendo visto uno de ellos el coche donde había venido el oidor, dijo: “Aquí debe de estar, sin duda, porque éste 10 es el coche que él dicen que sigue; quédese uno de nosotros a la puerta, y entren los demás a buscarle, y aun sería bien que uno de nosotros rodease toda la venta, porque no se fuese por las bardas de los corrales.” 15 “Así se hará”, respondió uno de ellos. Y, entrándose los dos dentro, uno se quedó a la puerta y el otro se fue a rodear la venta, todo lo cual veía el ventero, y no sabía atinar para qué se hacían aquellas diligencias, 20 puesto que bien creyó que buscaban aquel mozo, cuyas señas le habían dado. Ya a esta sazón aclaraba el día, y así por esto, como por el ruido que don Quijote había hecho, estaban todos despiertos y se levantaban, especialmente 25 doña Clara y Dorotea, que, la una con sobresalto de tener tan cerca a su amante, y la otra con el deseo de verle, habían podido dormir bien mal aquella noche. Don Quijote, que vio que ninguno de los 30 cuatro caminantes hacía caso de él, ni le respondían a su demanda, moría y rabiaba de
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIV p. 293 despecho y saña, y si él hallara en las ordenanzas de su caballería que lícitamente podía el caballero andante tomar y emprender otra empresa, habiendo dado su palabra y fe de no ponerse en ninguna hasta acabar la que había prometido, 5 él embistiera con todos y les hiciera responder, mal de su grado. Pero por parecerle no convenirle ni estarle bien comenzar nueva empresa hasta poner a Micomicona en su reino, hubo de callar y estarse quedo, esperando 10 a ver en qué paraban las diligencias de aquellos caminantes, uno de los cuales halló al mancebo que buscaba durmiendo al lado de un mozo de mulas, bien descuidado de que nadie ni le buscase, ni menos de que le 15 hallase. El hombre le trabó del brazo y le dijo: “Por cierto, señor don Luis, que responde bien a quien vos sois el hábito que tenéis, y que dice bien la cama en que os hallo al regalo con que vuestra madre os crio.” 20 Limpióse el mozo los soñolientos ojos, y miró despacio al que le tenía asido, y luego conoció que era criado de su padre, de que recibió tal sobresalto, que no acertó o no pudo hablarle palabra por un buen espacio, y el 25 criado prosiguió, diciendo: “Aquí no hay que hacer otra cosa, señor don Luis, sino prestar paciencia y dar la vuelta a casa, si ya vuestra merced no gusta que su padre y mi señor la dé al otro mundo, porque 30 no se puede esperar otra cosa de la pena con que queda por vuestra ausencia.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 294 “Pues ¿cómo supo mi padre”, dijo don Luis, “que yo venía este camino y en este traje?” “Un estudiante”, respondió el criado, “a quien disteis cuenta de vuestros pensamientos, fue el que lo descubrió, movido a lástima, de 5 las que vio que hacía vuestro padre al punto que os echó menos; y, así, despachó a cuatro de sus criados en vuestra busca, y todos estamos aquí a vuestro servicio, más contentos de lo que imaginar se puede por el buen despacho 10 con que tornaremos, llevándoos a los ojos que tanto os quieren.” “Eso será como yo quisiere, o como el cielo lo ordenare”, respondió don Luis. “¿Qué habéis de querer, o qué ha de ordenar 15 el cielo, fuera de consentir en volveros, porque no ha de ser posible otra cosa?” Todas estas razones que entre los dos pasaban oyó el mozo de mulas, junto a quien don Luis estaba, y, levantándose de allí, fue a 20 decir lo que pasaba a don Fernando y a Cardenio y a los demás, que ya vestido se habían; a los cuales dijo cómo aquel hombre llamaba de don a aquel muchacho, y las razones que pasaban, y cómo le quería volver a casa de su 25 padre, y el mozo no quería; y con esto, y con lo que de él sabían, de la buena voz que el cielo le había dado, vinieron todos en gran deseo de saber más particularmente quién era, y aun de ayudarle, si alguna fuerza le quisiesen hacer; 30 y, así, se fueron hacia la parte donde aún estaba hablando y porfiando con su criado.
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIV p. 295 Salía en esto Dorotea de su aposento, y tras ella doña Clara toda turbada; y, llamando Dorotea a Cardenio aparte, le contó en breves razones la historia del músico y de doña Clara, a quien él también dijo lo que pasaba de la 5 venida a buscarle los criados de su padre, y no se lo dijo tan callando, que lo dejase de oír Clara; de lo que quedó tan fuera de sí, que si Dorotea no llegara a tenerla, diera consigo en el suelo. Cardenio dijo a Dorotea que se 10 volviesen al aposento, que él procuraría poner remedio en todo, y ellas lo hicieron. Ya estaban todos los cuatro que venían a buscar a don Luis dentro de la venta, y rodeados de él, persuadiéndole que luego, sin detenerse 15 un punto, volviese a consolar a su padre. El respondió que en ninguna manera lo podía hacer hasta dar fin a un negocio en que le iba la vida, la honra y el alma. Apretáronle entonces los criados, diciéndole que en ningún modo 20 volverían sin él, y que le llevarían, quisiese o no quisiese. “Eso no haréis vosotros”, replicó don Luis, “si no es llevándome muerto, aunque de cualquiera manera que me llevéis, será 25 llevarme sin vida.” Ya a esta sazón habían acudido a la porfía todos los más que en la venta estaban, especialmente Cardenio, don Fernando, sus camaradas, el oidor, el cura, el barbero y don 30 Quijote, que ya le pareció que no había necesidad de guardar más el castillo. Cardenio, como ya
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 296 sabía la historia del mozo, preguntó a los que llevarle querían, que qué les movía a querer llevar contra su voluntad [a] aquel muchacho. “Muévenos”, respondió uno de los cuatro, 5 “dar la vida a su padre, que por la ausencia de este caballero queda a peligro de perderla.” A esto dijo don Luis: “No hay para qué se dé cuenta aquí de mis cosas; yo soy libre y volveré si me diere 10 gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de hacer fuerza.” “Harásela a vuestra merced la razón”, respondió el hombre, “y cuando ella no bastare con vuestra merced, bastará con nosotros para 15 hacer a lo que venimos y lo que somos obligados.” “Sepamos qué es esto de raíz”, dijo a este tiempo el oidor. Pero el hombre que lo conoció, como vecino 20 de su casa, respondió: “¿No conoce vuestra merced, señor oidor, a este caballero, que es el hijo de su vecino, el cual se ha ausentado de casa de su padre, en el hábito tan indecente a su calidad, como 25 vuestra merced puede ver?” Miróle entonces el oidor más atentamente, y conocióle, y abrazándole, dijo: “¿Qué niñerías son éstas, señor don Luis, o qué causas tan poderosas, que os hayan 30 movido a venir de esta manera, y en este traje, que dice tan mal con la calidad vuestra?”
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIV p. 297 Al mozo se le vinieron las lágrimas a los ojos, y no pudo responder palabra. El oidor dijo a los cuatro que se sosegasen, que todo se haría bien, y, tomando por la mano a don Luis, le apartó a una parte, y 5 le preguntó qué venida había sido aquélla. Y en tanto que le hacía esta y otras preguntas, oyeron grandes voces a la puerta de la venta, y era la causa de ellas que dos huéspedes, que aquella noche habían alojado en ella, 10 viendo a toda la gente ocupada en saber lo que los cuatro buscaban, habían intentado a irse sin pagar lo que debían; mas el ventero, que atendía más a su negocio que a los ajenos, les asió al salir de la puerta y pidió su paga, y les 15 afeó su mala intención con tales palabras, que les movió a que le respondiesen con los puños; y, así, le comenzaron a dar tal mano, que el pobre ventero tuvo necesidad de dar voces y pedir socorro. La ventera y su hija no vieron 20 a otro más desocupado para poder socorrerle que a don Quijote, a quien la hija de la ventera dijo: “Socorra vuestra merced, señor caballero, por la virtud que Dios le dio, a mi pobre padre; 25 que dos malos hombres le están moliendo como a cibera.” A lo cual respondió don Quijote muy despacio y con mucha flema: “Fermosa doncella, no ha lugar por ahora 30 vuestra petición, porque estoy impedido de entremeterme en otra aventura en tanto que no
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 298 diere cima a una en que mi palabra me ha puesto; mas lo que yo podré hacer por serviros, es lo que ahora diré: corred y decid a vuestro padre que se entretenga en esa batalla lo mejor que pudiere y que no se deje vencer en 5 ningún modo, en tanto que yo pido licencia a la princesa Micomicona para poder socorrerle en su cuita; que si ella me la da, tened por cierto que yo le sacaré de ella.” “Pecadora de mí”, dijo a esto Maritornes, 10 que estaba delante, “primero que vuestra merced alcance esa licencia que dice, estará ya mi señor en el otro mundo.” “Dadme vos, señora, que yo alcance la licencia que digo”, respondió don Quijote; “que 15 como yo la tenga, poco hará al caso que él esté en el otro mundo, que de allí le sacaré, a pesar del mismo mundo que lo contradiga; o, por lo menos, os daré tal venganza de los que allá le hubieren enviado, que quedéis más que 20 medianamente satisfechas.” Y, sin decir más, se fue a poner de hinojos ante Dorotea, pidiéndole, con palabras caballerescas y andantescas, que la su grandeza fuese servida de darle licencia de acorrer y socorrer 25 al castellano de aquel castillo, que estaba puesto en una grave mengua. La princesa se la dio de buen talante, y él luego, embrazando su adarga y poniendo mano a su espada, acudió a la puerta de la venta, adonde aún todavía 30 traían los dos huéspedes a mal traer al ventero; pero así como llegó, embazó y se estuvo
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIV p. 299 quedo, aunque Maritornes y la ventera le decían que en qué se detenía; que socorriese a su señor y marido. “Deténgome”, dijo don Quijote, “porque no me es lícito poner mano a la espada contra 5 gente escuderil; pero llamadme aquí a mi escudero Sancho; que a él toca y atañe esta defensa y venganza.” Esto pasaba en la puerta de la venta, y en ella andaban las puñadas y mojicones muy en 10 su punto, todo en daño del ventero y en rabia de Maritornes, la ventera y su hija, que se desesperaban de ver la cobardía de don Quijote, y de lo mal que lo pasaba su marido, señor y padre. 15 Pero dejémosle aquí, que no faltará quien le socorra; o si no, sufra y calle el que se atreve a más de a lo que sus fuerzas le prometen, y volvámonos atrás cincuenta pasos a ver qué fue lo que don Luis respondió al oidor; 20 que le dejamos aparte preguntándole la causa de su venida a pie, y de tan vil traje vestido. A lo cual el mozo, asiéndole fuertemente de las manos, como en señal de que algún gran dolor le apretaba el corazón, y, derramando 25 lágrimas en grande abundancia, le dijo: “Señor mío, yo no sé deciros otra cosa sino que desde el punto que quiso el cielo y facilitó nuestra vecindad que yo viese a mi señora doña Clara, hija vuestra y señora mía, desde 30 aquel instante la hice dueño de mi voluntad; y si la vuestra, verdadero señor y padre mío,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 300 no lo impide, en este mismo día ha de ser mi esposa. Por ella dejé la casa de mi padre, y por ella me puse en este traje para seguirla dondequiera que fuese, como la saeta al blanco, o como el marinero al norte. Ella no 5 sabe de mis deseos más de lo que ha podido entender de algunas veces que desde lejos ha visto llorar mis ojos. Ya, señor, sabéis la riqueza y la nobleza de mis padres, y como yo soy su único heredero; si os parece que éstas son 10 partes para que os aventuréis a hacerme en todo venturoso, recibidme luego por vuestro hijo; que si mi padre, llevado de otros designios suyos, no gustare de este bien que yo supe buscarme, más fuerza tiene el tiempo para 15 deshacer y mudar las cosas que las humanas voluntades.” Calló en diciendo esto el enamorado mancebo, y el oidor quedó en oírle suspenso, confuso y admirado, así de haber oído el modo y 20 la discreción con que don Luis le había descubierto su pensamiento, como de verse en punto que no sabía el que poder tomar en tan repentino y no esperado negocio; y, así, no respondió otra cosa sino que se sosegase por 25 entonces, y entretuviese a sus criados, que por aquel día no le volviesen, porque se tuviese tiempo para considerar lo que mejor a todos estuviese. Besóle las manos por fuerza don Luis, y aun se las bañó con lágrimas, cosa que 30 pudiera enternecer un corazón de mármol, no sólo el del oidor, que, como discreto, ya había
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIV p. 301 conocido cuán bien le estaba a su hija aquel matrimonio; puesto que, si fuera posible, lo quisiera efectuar con voluntad del padre de don Luis, del cual sabía que pretendía hacer de título a su hijo. 5 Ya a esta sazón estaban en paz los huéspedes con el ventero, pues por persuasión y buenas razones de don Quijote, más que por amenazas, le habían pagado todo lo que él quiso, y los criados de don Luis aguardaban el fin de 10 la plática del oidor y la resolución de su amo, cuando el demonio, que no duerme, ordenó que en aquel mismo punto entró en la venta el barbero a quien don Quijote quitó el yelmo de Mambrino, y Sancho Panza los aparejos 15 del asno, que trocó con los del suyo; el cual barbero, llevando su jumento a la caballeriza, vio a Sancho Panza que estaba aderezando no sé qué de la albarda, y así como la vio, la conoció, y se atrevió a arremeter a 20 Sancho, diciendo: “¡Ah, don ladrón, que aquí os tengo! Venga mi bacía y mi albarda, con todos mis aparejos que me robasteis.” Sancho, que se vio acometer tan de improviso 25 y oyó los vituperios que le decían, con la una mano asió de la albarda, y con la otra dio un mojicón al barbero, que le bañó los dientes en sangre; pero no por esto dejó el barbero la presa que tenía hecha en el albarda, antes 30 alzó la voz de tal manera, que todos los de la venta acudieron al ruido y pendencia; y decía:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 302 “¡Aquí del rey y de la justicia; que sobre cobrar mi hacienda me quiere matar este ladrón, salteador de caminos!” “¡Mentís”, respondió Sancho; “que yo no soy salteador de caminos; que en buena guerra 5 ganó mi señor don Quijote estos despojos!” Ya estaba don Quijote delante, con mucho contento de ver cuán bien se defendía y ofendía su escudero, y túvole desde allí adelante por hombre de pro, y propuso en su corazón 10 de armarle caballero en la primera ocasión que se le ofreciese, por parecerle que sería en él bien empleada la orden de la caballería. Entre otras cosas que el barbero decía en el discurso de la pendencia, vino a decir: 15 “Señores: así esta albarda es mía como la muerte que debo a Dios; y así la conozco como si la hubiera parido, y ahí está mi asno en el establo, que no me dejará mentir; si no, pruébensela, y si no le viniere pintiparada, yo 20 quedaré por infame; y hay más: que el mismo día que ella se me quitó, me quitaron también una bacía de azófar nueva que no se había estrenado, que era señora de un escudo.” Aquí no se pudo contener don Quijote sin 25 responder, y, poniéndose entre los dos, y apartándoles, depositando la albarda en el suelo, que la tuviese de manifiesto hasta que la verdad se aclarase, dijo: “¡Porque vean vuestras mercedes clara y 30 manifiestamente el error en que está este buen escudero, pues llama bacía a lo que fue, es y
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIV p. 303 será yelmo de Mambrino, el cual se le quité yo en buena guerra, y me hice señor de él con legítima y lícita posesión! En lo del albarda no me entremeto; que lo que en ello sabré decir es que mi escudero Sancho me pidió licencia 5 para quitar los jaeces del caballo de este vencido cobarde, y con ellos adornar el suyo; yo se la di y él los tomó, y de haberse convertido de jaez en albarda no sabré dar otra razón si no es la ordinaria: que como esas 10 transformaciones se ven en los sucesos de la caballería; para confirmación de lo cual, corre, Sancho hijo, y saca aquí el yelmo que este buen hombre dice ser bacía.” “¡Pardiez, señor!”, dijo Sancho, “si no 15 tenemos otra prueba de nuestra intención que la que vuestra merced dice, tan bacía es el yelmo de Malino como el jaez de este buen hombre albarda.” “Haz lo que te mando”, replicó don Quijote; 20 “que no todas las cosas de este castillo han de ser guiadas por encantamiento.” Sancho fue a do estaba la bacía y la trajo, y así como don Quijote la vio, la tomó en las manos y dijo: 25 “Miren vuestras mercedes con qué cara podía decir este escudero que ésta es bacía, y no el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden de caballería que profeso, que este yelmo fue el mismo que yo le quité, sin haber añadido en 30 él ni quitado cosa alguna.” “En eso no hay duda”, dijo a esta sazón
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 304 Sancho; “porque desde que mi señor le ganó hasta ahora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a los sin ventura encadenados, y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz 5 de pedradas en aquel trance.”
p. 305 Capítulo XLV Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad. “¿Qué les parece a vuestras mercedes, señores”, 5 dijo el barbero, “de lo que afirman estos gentiles hombres, pues aún porfían que ésta no es bacía, sino yelmo?” “Y quien lo contrario dijere”, dijo don Quijote, “le haré yo conocer que miente, si fuere 10 caballero, y si escudero, que remiente mil veces.” Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenía tan bien conocido el humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar 15 adelante la burla, para que todos riesen, y dijo hablando con el otro barbero: “Señor barbero, o quien sois, sabed que yo también soy de vuestro oficio, y tengo más ha de veinte años carta de examen, y conozco 20 muy bien de todos los instrumentos de la barbería, sin que le falte uno; y ni más ni menos fui un tiempo en mi mocedad soldado, y sé también qué es yelmo, y qué es morrión y celada de encaje, y otras cosas tocantes a la milicia, 25 digo, a los géneros de armas de los soldados; y digo, salvo mejor parecer, remitiéndome siempre al mejor entendimiento, que esta pieza que está aquí delante, y que este buen señor tiene en las manos, no sólo no es bacía de 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 306 barbero, pero está tan lejos de serlo, como está lejos lo blanco de lo negro y la verdad de la mentira; también digo que éste, aunque es yelmo, no es yelmo entero.” “No, por cierto”, dijo don Quijote, “porque 5 le falta la mitad, que es la babera.” “Así es”, dijo el cura, que ya había entendido la intención de su amigo el barbero. Y lo mismo confirmó Cardenio, don Fernando y sus camaradas; y aun el oidor, si no 10 estuviera tan pensativo con el negocio de don Luis, ayudara por su parte a la burla; pero las veras de lo que pensaba le tenían tan suspenso, que poco o nada atendía a aquellos donaires. “¡Válgame Dios!”, dijo a esta sazón el barbero 15 burlado. “¿Que es posible que tanta gente honrada diga que ésta no es bacía, sino yelmo? Cosa parece ésta que puede poner en admiración a toda una universidad, por discreta que sea. Basta; si es que esta bacía es yelmo, 20 también debe de ser esta albarda jaez de caballo, como este señor ha dicho.” “A mí albarda me parece”, dijo don Quijote; “pero ya he dicho que en eso no me entremeto.” 25 “De que sea albarda o jaez”, dijo el cura, “no está en más de decirlo el señor don Quijote; que en estas cosas de la caballería todos estos señores y yo le damos la ventaja.” “Por Dios, señores míos”, dijo don Quijote, 30 “que son tantas y tan extrañas las cosas que en este castillo, en dos veces que en él he alojado,
CUARTA PARTE, CAPITULO XLV p. 307 me han sucedido, que no me atreva a decir afirmativamente ninguna cosa de lo que acerca de lo que en él se contiene se preguntare, porque imagino que cuanto en él se trata va por vía de encantamiento. La primera vez me 5 fatigó mucho un moro encantado que en él hay, y a Sancho no le fue muy bien con otros sus secuaces, y anoche estuve colgado de este brazo casi dos horas, sin saber cómo ni cómo no, vine a caer en aquella desgracia. Así que ponerme 10 yo ahora en cosa de tanta confusión a dar mi parecer, será caer en juicio temerario. En lo que toca a lo que dicen que ésta es bacía y no yelmo, ya yo tengo respondido; pero en lo de declarar si ésa es albarda o jaez, no me atrevo 15 a dar sentencia definitiva; sólo lo dejo al buen parecer de vuestras mercedes. Quizá por no ser armados caballeros, como yo lo soy, no tendrán que ver con vuestras mercedes los encantamientos de este lugar, y tendrán los 20 entendimientos libres, y podrán juzgar de las cosas de este castillo como ellas son real y verdaderamente, y no como a mí me parecían.” “No hay duda”, respondió a esto don Fernando, “sino que el señor don Quijote ha dicho 25 muy bien hoy, que a nosotros toca la definición de este caso, y porque vaya con más fundamento, yo tomaré en secreto los votos de estos señores, y de lo que resultare, daré entera y clara noticia.” 30 Para aquellos que la tenían del humor de don Quijote, era todo esto materia de grandísima
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 308 risa; pero para los que le ignoraban les parecía el mayor disparate del mundo, especialmente a los cuatro criados de don Luis, y a don Luis ni más ni menos, y a otros tres pasajeros que acaso habían llegado a la venta, 5 que tenían parecer de ser cuadrilleros, como, en efecto, lo eran. Pero el que más se desesperaba era el barbero, cuya bacía allí delante de sus ojos se le había vuelto en yelmo de Mambrino, y cuya albarda pensaba sin duda 10 alguna que se le había de volver en jaez rico de caballo, y los unos y los otros se reían de ver cómo andaba don Fernando tomando los votos de unos en otros, hablándolos al oído, para que en secreto declarasen si era albarda o jaez 15 aquella joya, sobre quien tanto se había peleado. Y después que hubo tomado los votos de aquellos que a don Quijote conocían, dijo en alta voz: “El caso es, buen hombre, que ya yo estoy 20 cansado de tomar tantos pareceres, porque veo que a ninguno pregunto lo que deseo saber, que no me diga que es disparate el decir que ésta sea albarda de jumento, sino jaez de caballo, y aun de caballo castizo, y, así, habréis 25 de tener paciencia, porque, a vuestro pesar y al de vuestro asno, éste es jaez y no albarda, y vos habéis alegado y probado muy mal de vuestra parte.” “No la tenga yo en el cielo”, dijo el 30 sobrebarbero, “si todos vuestras mercedes no se engañan, y que así parezca mi ánima ante
CUARTA PARTE, CAPITULO XLV p. 309 Dios, como ella me parece a mí albarda y no jaez; pero allá van leyes, etc., y no digo más; y en verdad que no estoy borracho: que no me he desayunado si de pecar no.” No menos causaban risa las necedades que 5 decía el barbero que los disparates de don Quijote, el cual a esta sazón dijo: “Aquí no hay más que hacer, sino que cada uno tome lo que es suyo, y a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.” 10 Uno de los cuatro dijo: “Si ya no es que esto sea burla pensada, no me puedo persuadir que hombres de tan buen entendimiento como son, o parecen todos los que aquí están, se atrevan a decir y afirmar 15 que ésta no es bacía, ni aquélla albarda; mas como veo que lo afirman y lo dicen, me doy a entender que no carece de misterio el porfiar una cosa tan contraria de lo que nos muestra la misma verdad y la misma 20 experiencia. Porque, ¡voto a tal! --y arrojóle redondo--, que no me den a mí a entender cuantos hoy viven en el mundo al revés de que ésta no sea bacía de barbero, y ésta albarda de asno.” 25 “Bien podría ser de borrica”, dijo el cura. “Tanto monta”, dijo el criado; “que el caso no consiste en eso, sino en si es o no es albarda, como vuestras mercedes dicen.” Oyendo esto uno de los cuadrilleros que 30 habían entrado, que había oído la pendencia y cuestión, lleno de cólera y de enfado dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 310 “Tan albarda es como mi padre, y el que otra cosa ha dicho o dijere debe de estar hecho uva.” “¡Mentís como bellaco villano!”, respondió don Quijote. 5 Y, alzando el lanzón, que nunca le dejaba de las manos, le iba a descargar tal golpe sobre la cabeza, que a no desviarse el cuadrillero, se le dejara allí tendido; el lanzón se hizo pedazos en el suelo, y los demás 10 cuadrilleros, que vieron tratar mal a su compañero, alzaron la voz pidiendo favor a la Santa Hermandad. El ventero, que era de la cuadrilla, entró al punto por su varilla y por su espada, y se puso al lado de sus compañeros. Los criados 15 de don Luis rodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese. El barbero, viendo la casa revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizo Sancho. Don Quijote puso mano a su espada y arremetió a los 20 cuadrilleros; don Luis daba voces a sus criados que le dejasen a él, y acorriesen a don Quijote y a Cardenio y a don Fernando, que todos favorecían a don Quijote. El cura daba voces, la ventera gritaba, su hija se afligía, 25 Maritornes lloraba, Dorotea estaba confusa, Luscinda, suspensa y doña Clara, desmayada; el barbero aporreaba a Sancho, Sancho molía al barbero; don Luis, a quien un criado suyo se atrevió a asirle del brazo porque no se 30 fuese, le dio una puñada que le bañó los dientes en sangre; el oidor le defendía; don
CUARTA PARTE, CAPITULO XLV p. 311 Fernando tenía debajo de sus pies a un cuadrillero, midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor. El ventero tornó a reforzar la voz pidiendo favor a la Santa Hermandad; de modo que toda la venta era llantos, voces, 5 gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias, cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusión de sangre; y en la mitad de este caos, máquina y laberinto de cosas, se le representó en la memoria de don Quijote que se veía 10 metido de hoz y de coz en la discordia del campo de Agramante; y, así, dijo con voz que atronaba la venta: “¡Ténganse todos; todos envainen; todos se sosieguen; óiganme todos, si todos quieren 15 quedar con vida!” A cuya gran voz todos se pararon, y él prosiguió, diciendo: “¿No os dije yo, señores, que este castillo era encantado y que alguna región de demonios 20 debe de habitar en él? En confirmación de lo cual quiero que veáis por vuestros ojos cómo se ha pasado aquí y trasladado entre nosotros la discordia del campo de Agramante. Mirad cómo allí se pelea por la espada, aquí 25 por el caballo, acullá por el águila, acá por el yelmo, y todos peleamos y todos no nos entendemos. Venga, pues, vuestra merced, señor oidor, y vuestra merced, señor cura, y el uno sirva de rey Agramante; y el otro de 30 rey Sobrino, y póngannos en paz, porque, por Dios todopoderoso, que es gran bellaquería
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 312 que tanta gente principal como aquí estamos se mate por causas tan livianas.” Los cuadrilleros, que no entendían el frasis de don Quijote y se veían malparados de don Fernando, Cardenio y sus camaradas, no 5 querían sosegarse; el barbero, sí, porque en la pendencia tenía deshechas las barbas y el albarda; Sancho, a la más mínima voz de su amo, obedeció, como buen criado; los cuatro criados de don Luis también se estuvieron 10 quedos, viendo cuán poco les iba en no estarlo. Sólo el ventero porfiaba que se habían de castigar las insolencias de aquel loco que a cada paso le alborotaba la venta; finalmente, el rumor se apaciguó por entonces, la albarda se 15 quedó por jaez hasta el día del juicio, y la bacía por yelmo, y la venta por castillo en la imaginación de don Quijote. Puestos, pues, ya en sosiego, y hechos amigos todos, a persuasión del oidor y del cura, 20 volvieron los criados de don Luis a porfiarle que al momento se viniese con ellos; y en tanto que él con ellos se avenía, el oidor comunicó con don Fernando, Cardenio y el cura, qué debía hacer en aquel caso, contándoseles 25 con las razones que don Luis le había dicho. En fin, fue acordado que don Fernando dijese a los criados de don Luis quién él era, y como era su gusto que don Luis se fuese con él al Andalucía, donde de su hermano el 30 marqués sería estimado como el valor de don Luis merecía, porque, de esta manera, se sabía de
CUARTA PARTE, CAPITULO XLV p. 313 la intención de don Luis que no volvería por aquella vez a los ojos de su padre, si le hiciesen pedazos. Entendida, pues, de los cuatro la calidad de don Fernando y la intención de don Luis, determinaron entre ellos que los tres 5 se volviesen a contar lo que pasaba a su padre, y el otro se quedase a servir a don Luis, y a no dejarle hasta que ellos volviesen por él, o viese lo que su padre les ordenaba. De esta manera se apaciguó aquella máquina 10 de pendencias por la autoridad de Agramante y prudencia del rey Sobrino; pero viéndose el enemigo de la concordia y el émulo de la paz menospreciado y burlado, y el poco fruto que había granjeado de haberlos puesto a todos 15 en tan confuso laberinto, acordó de probar otra vez la mano, resucitando nuevas pendencias y desasosiegos. Es, pues, el caso que los cuadrilleros se sosegaron por haber entreoído la calidad de 20 los que con ellos se habían combatido, y se retiraron de la pendencia, por parecerles que de cualquiera manera que sucediese, habían de llevar lo peor de la batalla; pero uno de ellos, que fue el que fue molido y pateado por don 25 Fernando, le vino a la memoria que entre algunos mandamientos que traía para prender a algunos delincuentes, traía uno contra don Quijote, a quien la Santa Hermandad había mandado prender por la libertad que dio a los 30 galeotes, y como Sancho, con mucha razón, había temido.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 314 Imaginando, pues, esto, quiso certificarse si las señas que de don Quijote traía venían bien; y, sacando del seno un pergamino, topó con el que buscaba, y poniéndosele a leer despacio, porque no era buen lector, a cada 5 palabra que leía ponía los ojos en don Quijote e iba cotejando las señas del mandamiento con el rostro de don Quijote, y halló que, sin duda alguna, era el que el mandamiento rezaba; y apenas se hubo certificado, cuando 10 recogiendo su pergamino, [en la izquierda] tomó el mandamiento, y con la derecha asió a don Quijote del cuello fuertemente, que no le dejaba alentar, y a grandes voces decía: “¡Favor a la Santa Hermandad!; y para que 15 se vea que lo pido de veras, léase este mandamiento, donde se contiene que se prenda a este salteador de caminos.” Tomó el mandamiento el cura, y vio como era verdad cuanto el cuadrillero decía, y como 20 convenía con las señas con don Quijote, el cual, viéndose tratar mal de aquel villano malandrín, puesta la cólera en su punto, y crujiéndole los huesos de su cuerpo, como mejor pudo, él asió al cuadrillero con entrambas 25 manos de la garganta, que, a no ser socorrido de sus compañeros, allí dejara la vida antes que don Quijote la presa. El ventero, que por fuerza había de favorecer a los de su oficio, acudió luego a darle favor. La ventera, que vio de 30 nuevo a su marido en pendencias, de nuevo alzó la voz, cuyo tenor le llevaron luego
CUARTA PARTE, CAPITULO XLV p. 315 Maritornes y su hija, pidiendo favor al cielo y a los que allí estaban. Sancho dijo, viendo lo que pasaba: “¡Vive el Señor, que es verdad cuanto mi amo dice de los encantos de este castillo, pues 5 no es posible vivir una hora con quietud en él!” Don Fernando despartió al cuadrillero y a don Quijote, y, con gusto de entrambos, les desenclavijó las manos que el uno en el collar 10 del sayo del uno, y el otro en la garganta del otro bien asidas tenían; pero no por esto cesaban los cuadrilleros de pedir su preso y que les ayudasen a dársele atado y entregado a toda su voluntad, porque así convenía al servicio 15 del rey y de la Santa Hermandad, de cuya parte de nuevo les pedían socorro y favor, para hacer aquella prisión de aquel robador y salteador de sendas y de carreras. Reíase de oír decir estas razones don 20 Quijote, y con mucho sosiego dijo: “Venid acá, gente soez y mal nacida; ¿saltear de caminos llamáis al dar libertad a los encadenados, soltar los presos, acorrer a los miserables, alzar los caídos, remediar los 25 menesterosos? ¡Ah, gente infame, digna por vuestro bajo y vil entendimiento que el cielo no os comunique el valor que se encierra [en] la caballería andante, ni os dé a entender el pecado e ignorancia en que estáis en no reverenciar 30 la sombra, cuanto más la asistencia de cualquier caballero andante! Venid acá, ladrones
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 316 en cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la Santa Hermandad; decidme, ¿quién fue el ignorante que firmó mandamiento de prisión contra un tal caballero como yo soy? ¿Quién el que ignoró que 5 son exentos de todo judicial fuero los caballeros andantes? ¿Y que su ley es su espada, sus fueros sus bríos, sus pragmáticas su voluntad? ¿Quién fue el mentecato, vuelvo a decir, que no sabe que no hay ejecutoria de hidalgo con 10 tantas preeminencias ni exenciones como la que adquiere un caballero andante el día que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio de la caballería? ¿Qué caballero andante pagó pecho, alcabala, chapín de la reina, 15 moneda forera, portazgo, ni barca? ¿Qué sastre le llevó hechura de vestido que le hiciese? ¿Qué castellano le acogió en su castillo que le hiciese pagar el escote? ¿Qué rey no le asentó a su mesa? ¿Qué doncella no se le aficionó y 20 se le entregó rendida a todo su talante y voluntad? Y, finalmente, ¿qué caballero andante ha habido, hay, ni habrá en el mundo que no tenga bríos para dar él solo cuatrocientos palos a cuatrocientos cuadrilleros que se le pongan 25 delante?”
p. 317 Capítulo XLVI De la notable aventura de los cuadrilleros y la gran ferocidad de nuestro buen caballero don Quijote. En tanto que don Quijote esto decía, estaba 5 persuadiendo el cura a los cuadrilleros como don Quijote era falto de juicio, como lo veían por sus obras y por sus palabras, y que no tenían para qué llevar aquel negocio adelante; pues aunque le prendiesen y llevasen, 10 luego le habían de dejar por loco; a lo que respondió el del mandamiento que a él no tocaba juzgar de la locura de don Quijote, sino hacer lo que por su mayor le era mandado, y que, una vez preso, siquiera le soltasen 15 trescientas. “Con todo eso”, dijo el cura, “por esta vez no le habéis de llevar, ni aun él dejará llevarse, a lo que yo entiendo.” En efecto, tanto les supo el cura decir y tantas 20 locuras supo don Quijote hacer, que más locos fueran que no él los cuadrilleros si no conocieran la falta de don Quijote, y así, tuvieron por bien de apaciguarse, y aun de ser medianeros de hacer las paces entre el barbero y 25 Sancho Panza, que todavía asistían con gran rencor a su pendencia; finalmente, ellos, como miembros de justicia, mediaron la causa y fueron árbitros de ella, de tal modo, que ambas partes quedaron, si no del todo contentas, a lo 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 318 menos, en algo satisfechas, porque se trocaron las albardas, y no las cinchas y jáquimas. Y, en lo que tocaba a lo del yelmo de Mambrino, el cura, a socapa y sin que don Quijote lo entendiese, le dio por la bacía ocho reales, y el 5 barbero le hizo una cédula del recibo, y de no llamarse a engaño por entonces, ni por siempre jamás, amén. Sosegadas, pues, estas dos pendencias, que eran las más principales y de más tomo, restaba 10 que los criados de don Luis se contentasen de volver los tres, y que el uno quedase para acompañarle donde don Fernando le quería llevar; y como ya la buena suerte y mejor fortuna había comenzado a romper lanzas y a 15 facilitar dificultades en favor de los amantes de la venta y de los valientes de ella, quiso llevarlo al cabo y dar a todo feliz suceso, porque los criados se contentaron de cuanto don Luis quería, de que recibió tanto contento doña 20 Clara, que ninguno en aquella sazón la mirara al rostro que no conociera el regocijo de su alma. Zoraida, aunque no entendía bien todos los sucesos que había visto, se entristecía y 25 alegraba a bulto, conforme veía y notaba los semblantes a cada uno, especialmente de su español, en quien tenía siempre puestos los ojos y traía colgada el alma. El ventero, a quien [no] se le pasó por alto la dádiva y recompensa 30 que el cura había hecho al barbero, pidió el escote de don Quijote, con el menoscabo
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVI p. 319 de sus cueros y falta de vino, jurando que no saldría de la venta Rocinante ni el jumento de Sancho, sin que se le pagase primero hasta el último ardite. Todo lo apaciguó el cura y lo pagó don Fernando, puesto que el oidor 5 de muy buena voluntad había también ofrecido la paga; y de tal manera quedaron todos en paz y sosiego, que ya no parecía la venta la discordia del campo de Agramante, como don Quijote había dicho, sino la misma paz y 10 quietud del tiempo de Octaviano; de todo lo cual fue común opinión que se debían dar las gracias a la buena intención y mucha elocuencia del señor cura, y a la incomparable liberalidad de don Fernando. 15 Viéndose, pues, don Quijote, libre y desembarazado de tantas pendencias, así de su escudero, como suyas, le pareció que sería bien seguir su comenzado viaje y dar fin a aquella grande aventura para que había sido llamado y 20 escogido; y, así, con resoluta determinación se fue a poner de hinojos ante Dorotea, la cual no le consintió que hablase palabra hasta que se levantase, y él, por obedecerla, se puso en pie y le dijo: 25 “Es común proverbio, fermosa señora, que la diligencia es madre de la buena ventura, y en muchas y graves cosas ha mostrado la experiencia que la solicitud del negociante trae a buen fin el pleito dudoso; pero en ningunas 30 cosas se muestra [más] esta verdad que en las de la guerra, adonde la celeridad y presteza
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 320 previene los discursos del enemigo y alcanza la victoria antes que el contrario se ponga en defensa. Todo esto digo, alta y preciosa señora, porque me parece que la estada nuestra en este castillo ya es sin provecho, y podría 5 sernos de tanto daño, que lo echásemos de ver algún día; porque ¿quién sabe si por ocultas espías y diligentes habrá sabido ya vuestro enemigo el gigante de que yo voy a destruirle, y dándole lugar el tiempo, se fortificase en 10 algún inexpugnable castillo o fortaleza contra quien valiesen poco mis diligencias y la fuerza de mi incansable brazo? Así que, señora mía, prevengamos, como tengo dicho, con nuestra diligencia sus designios, y partámonos 15 luego a la buena ventura; que no está más de tenerla vuestra grandeza como desea, de cuanto yo tarde de verme con vuestro contrario.” Calló y no dijo más don Quijote, y esperó 20 con mucho sosiego la respuesta de la fermosa infanta, la cual, con ademán señoril y acomodado al estilo de don Quijote, le respondió de esta manera: “Yo os agradezco, señor caballero, el deseo 25 que mostráis tener de favorecerme en mi gran cuita, bien así como caballero, a quien es anejo y concerniente favorecer los huérfanos y menesterosos; y quiera el cielo que el vuestro y mi deseo se cumplan para que veáis que hay 30 agradecidas mujeres en el mundo. Y en lo de mi partida, sea luego, que yo no tengo más
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVI p. 321 voluntad que la vuestra: disponed vos de mí a toda vuestra guisa y talante; que la que una vez os entregó la defensa de su persona y puso en vuestras manos la restauración de sus señoríos, no ha de querer ir contra lo que la 5 vuestra prudencia ordenare.” “A la mano de Dios”, dijo don Quijote; “pues así es que una señora se me humilla, no quiero yo perder la ocasión de levantarla y ponerla en su heredado trono; la partida sea 10 luego, porque me va poniendo espuelas al deseo, y al camino, lo que suele decirse que en la tardanza está el peligro; y pues no ha criado el cielo ni visto el infierno ninguno que me espante ni acobarde, ensilla, Sancho, a 15 Rocinante, y apareja tu jumento y el palafrén de la reina, y despidámonos del castellano y de estos señores, y vamos de aquí luego al punto.” Sancho, que a todo estaba presente, dijo, 20 meneando la cabeza a una parte y a otra: “¡Ay, señor, señor, y cómo hay más mal en el aldegüela que se suena, con perdón sea dicho de las tocas honradas!” “¿Qué mal puede haber en ninguna aldea, ni 25 en todas las ciudades del mundo, que pueda sonarse en menoscabo mío, villano?” “Si vuestra merced se enoja”, respondió Sancho, “yo callaré y dejaré [de] decir lo que soy obligado como buen escudero, y como 30 debe un buen criado decir a su señor.” “Di lo que quisieres”, replicó don
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 322 Quijote, “como tus palabras no se encaminen a ponerme miedo; que si tú le tienes, haces como quien eres, y si yo no le tengo, hago como quien soy.” “No es eso, pecador fui yo a Dios”, respondió 5 Sancho, “sino que yo tengo por cierto y por averiguado que esta señora que se dice ser reina del gran reino Micomicón no lo es más que mi madre, porque a ser lo que ella dice, no se anduviera hocicando con alguno 10 de los que están en la rueda, a vuelta de cabeza y a cada traspuesta.” Paróse colorada con las razones de Sancho Dorotea, porque era verdad que su esposo don Fernando alguna vez, a hurto de otros 15 ojos, había cogido con los labios parte del premio que merecían sus deseos --lo cual había visto Sancho, (y) pareciéndole que aquella desenvoltura más era de dama cortesana que de reina de tan gran reino--, y no pudo ni 20 quiso responder palabra a Sancho, sino dejóle proseguir en su plática, y él fue diciendo: “Esto digo, señor, porque si al cabo de haber andado caminos y carreras y pasado malas noches y peores días, ha de venir a coger el 25 fruto de nuestros trabajos el que se está holgando en esta venta, no hay para qué darme prisa a que ensille a Rocinante, albarde el jumento y aderece al palafrén, pues será mejor que nos estemos quedos, y cada puta 30 hile, y comamos.” ¡Oh, válgame Dios, y cuán grande que fue el
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVI p. 323 enojo que recibió don Quijote oyendo las descompuestas palabras de su escudero! Digo que fue tanto, que con voz atropellada y tartamuda lengua, lanzando vivo fuego por los ojos, dijo: “¡Oh bellaco villano, mal mirado, 5 descompuesto, ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente!; ¿tales palabras has osado decir en mi presencia y en la de estas ínclitas señoras? Y ¿tales deshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa 10 imaginación? ¡Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! 15 ¡Vete: no parezcas delante de mí, so pena de mi ira!” Y, diciendo esto, enarcó las cejas, hinchó los carrillos, miró a todas partes, y dio con el pie derecho una gran patada en el suelo, 20 señales todas de la ira que encerraba en sus entrañas. A cuyas palabras y furibundos ademanes quedó Sancho tan encogido y medroso, que se holgara que en aquel instante se abriera debajo de sus pies la tierra y le tragara. Y no 25 supo qué hacerse, sino volver las espaldas y quitarse de la enojada presencia de su señor. Pero la discreta Dorotea, que tan entendido tenía ya el humor de don Quijote, dijo para templarle la ira: 30 “No os despechéis, señor Caballero de la Triste Figura, de las sandeces que vuestro buen
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 324 escudero ha dicho, porque quizá no las debe de decir sin ocasión, ni de su buen entendimiento y cristiana conciencia se puede sospechar que levante testimonio a nadie; y, así, se ha de creer, sin poner duda en ello, que, como 5 en este castillo, según vos, señor caballero, decís, todas las cosas van y suceden por modo de encantamiento, podría ser, digo, que Sancho hubiese visto por esta diabólica vía lo que él dice que vio tan en ofensa de mi 10 honestidad.” “Por el omnipotente Dios juro”, dijo a esta sazón don Quijote, “que la vuestra grandeza ha dado en el punto, y que alguna mala visión se le puso delante a este pecador de Sancho, 15 que le hizo ver lo que fuera imposible verse de otro modo que por el de encantos no fuera; que sé yo bien de la bondad e inocencia de este desdichado, que no sabe levantar testimonios a nadie.” 20 “Así es y así será”, dijo don Fernando; “por lo cual debe vuestra merced, señor don Quijote, perdonarle y reducirle al gremio de su gracia, sicut erat in principio, antes que las tales visiones le sacasen de juicio.” 25 Don Quijote respondió que él le perdonaba, y el cura fue por Sancho, el cual vino muy humilde e, hincándose de rodillas, pidió la mano a su amo, y él se la dio, y después de habérsela dejado besar, le echó la bendición, 30 diciendo: “Ahora acabarás de conocer, Sancho hijo,
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVI p. 325 ser verdad lo que yo otras muchas veces te he dicho, de que todas las cosas de este castillo son hechas por vía de encantamiento.” “Así lo creo yo”, dijo Sancho, “excepto aquello de la manta, que realmente sucedió 5 por vía ordinaria.” “No lo creas”, respondió don Quijote; “que si así fuera, yo te vengara entonces, y aun ahora. Pero ni entonces ni ahora pude, ni vi en quién tomar venganza de tu agravio.” 10 Desearon saber todos qué era aquello de la manta, y el ventero les contó, punto por punto, la volatería de Sancho Panza, de que no poco se rieron todos, y de que no menos se corriera Sancho, si de nuevo no le asegurara 15 su amo que era encantamiento; puesto que jamás llegó la sandez de Sancho a tanto, que creyese no ser verdad pura y averiguada, sin mezcla de engaño alguno, lo de haber sido manteado por personas de carne y hueso, y 20 no por fantasmas soñadas ni imaginadas, como su señor lo creía y lo afirmaba. Dos días eran ya pasados los que había que toda aquella ilustre compañía estaba en la venta, y, pareciéndoles que ya era tiempo de 25 partirse, dieron orden para que, sin ponerse al trabajo de volver Dorotea y don Fernando con don Quijote a su aldea con la invención de la libertad de la reina Micomicona, pudiesen el cura y el barbero llevársele como deseaban, 30 y procurar la cura de su locura en su tierra. Y lo que ordenaron fue que se concertaron con
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 326 un carretero de bueyes que acaso acertó a pasar por allí, para que lo llevase en esta forma: hicieron una como jaula de palos enrejados, capaz que pudiese en ella caber holgadamente don Quijote, y luego don Fernando y sus 5 camaradas, con los criados de don Luis y los cuadrilleros, juntamente con el ventero, todos por orden y parecer del cura, se cubrieron los rostros y se disfrazaron, quién de una manera y quién de otra, de modo que a don Quijote le 10 pareciese ser otra gente de la que en aquel castillo había visto. Hecho esto, con grandísimo silencio se entraron adonde él estaba durmiendo y descansando de las pasadas refriegas. Llegáronse a 15 él, que libre y seguro de tal acontecimiento dormía, y, asiéndole fuertemente, le ataron muy bien las manos y los pies; de modo que, cuando él despertó con sobresalto, no pudo menearse ni hacer otra cosa más que admirarse y suspenderse 20 de ver delante de sí tan extraños visajes. Y luego dio en la cuenta de lo que su continua y desvariada imaginación le representaba, y se creyó que todas aquellas figuras eran fantasmas de aquel encantado castillo, y que, sin 25 duda alguna, ya estaba encantado, pues no se podía menear ni defender: todo a punto como había pensado que sucedería el cura, trazador de esta máquina. Sólo Sancho, de todos los presentes, estaba en su mismo juicio y en su 30 misma figura, el cual, aunque le faltaba bien poco para tener la misma enfermedad
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVI p. 327 de su amo, no dejó de conocer quién eran todas aquellas contrahechas figuras; mas no osó descoser su boca hasta ver en qué paraba aquel asalto y prisión de su amo. El cual tampoco hablaba palabra, atendiendo a ver el 5 paradero de su desgracia, que fue, que, trayendo allí la jaula, le encerraron dentro y le clavaron los maderos tan fuertemente, que no se pudieran romper a dos tirones. Tomáronle luego en hombros, y al salir del 10 aposento, se oyó una voz temerosa, todo cuanto la supo formar el barbero, no el del albarda, sino el otro, que decía: “¡Oh Caballero de la Triste Figura, no te dé afincamiento la prisión en que vas, porque así 15 conviene para acabar más presto la aventura en que tu gran esfuerzo te puso! La cual se acabará cuando el furibundo león manchado con la blanca paloma tobosina yoguiren en uno, ya después de humilladas las altas cervices al 20 blando yugo matrimoniesco; de cuyo inaudito consorcio saldrán a la luz del orbe los bravos cachorros que imitarán las rampantes garras del valeroso padre. Y esto será antes que el seguidor de la fugitiva ninfa faga dos vegadas la 25 visita de las lucientes imágenes, con su rápido y natural curso. Y tú, ¡oh el más noble y obediente escudero que tuvo espada en cinta, barbas en rostro y olfato en las narices!, no te desmaye ni descontente ver llevar así delante de tus 30 ojos mismos a la flor de la caballería andante; que presto, si al plasmador del mundo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 328 le place, te verás tan alto y tan sublimado, que no te conozcas, y no saldrán defraudadas las promesas que te ha fecho tu buen señor. Y asegúrote, de parte de la sabia Mentironiana, que tu salario te sea pagado, como lo 5 verás por la obra; y sigue las pisadas del valeroso y encantado caballero; que conviene que vayas donde paréis entrambos; y porque no me es lícito decir otra cosa, a Dios quedad; que yo me vuelvo a donde yo me sé.” 10 Y, al acabar de la profecía, alzó la voz de punto, y diminuyóla después, con tan tierno acento, que aun los sabidores de la burla estuvieron por creer que era verdad lo que oían. Quedó don Quijote consolado con la escuchada profecía, 15 porque luego coligió de todo en todo la significación de ella, y vio que le prometían el verse ayuntado en santo y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso, de cuyo feliz vientre saldrían los cachorros, 20 que eran sus hijos, para gloria perpetua de la Mancha. Y, creyendo esto bien y firmemente, alzó la voz, y, dando un gran suspiro, dijo: “¡Oh tú, quienquiera que seas, que tanto bien me has pronosticado!; ruégote que pidas de mi 25 parte al sabio encantador que mis cosas tiene a cargo, que no me deje perecer en esta prisión donde ahora me llevan, hasta ver cumplidas tan alegres e incomparables promesas como son las que aquí se me han hecho; que 30 como esto sea, tendré por gloria las penas de mi cárcel y por alivio estas cadenas que me
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVI p. 329 ciñen, y no por duro campo de batalla este lecho en que me acuestan, sino por cama blanda y tálamo dichoso. Y en lo que toca a la consolación de Sancho Panza, mi escudero, yo confío de su bondad y buen proceder que no 5 me dejará, en buena ni en mala suerte. Porque cuando no suceda, por la suya o por mi corta ventura, el poderle yo dar la ínsula, u otra cosa equivalente que le tengo prometida, por lo menos, su salario no podrá perderse; que 10 en mi testamento, que ya está hecho, dejo declarado lo que se le ha de dar, no conforme a sus muchos y buenos servicios, sino a la posibilidad mía.” Sancho Panza se le inclinó con mucho 15 comedimiento, y le besó entrambas las manos, porque la una no pudiera, por estar atadas entrambas. Luego tomaron la jaula en hombros aquellas visiones, y la acomodaron en el carro de los bueyes. 20
p. 330 Capítulo XLVII Del extraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos. Cuando don Quijote se vio de aquella 5 manera enjaulado y encima del carro, dijo: “Muchas y muy graves historias he yo leído de caballeros andantes, pero jamás he leído, ni visto, ni oído, que a los caballeros encantados los lleven de esta manera y con el espacio 10 que prometen estos perezosos y tardíos animales; porque siempre los suelen llevar por los aires, con extraña ligereza, encerrados en alguna parda y oscura nube, o en algún carro de fuego, o ya sobre algún hipogrifo u otra 15 bestia semejante. Pero que me lleven a mí ahora sobre un carro de bueyes, ¡vive Dios que me pone en confusión! Pero quizá la caballería y los encantos de estos nuestros tiempos deben de seguir otro camino que siguieron 20 los antiguos. Y también podría ser que, como yo soy nuevo caballero en el mundo y el primero que ha resucitado el ya olvidado ejercicio de la caballería aventurera, también nuevamente se hayan inventado otros géneros de 25 encantamientos, y otros modos de llevar a los encantados. ¿Qué te parece de esto, Sancho hijo?” “No sé yo lo que me parece”, respondió Sancho, “por no ser tan leído como vuestra 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVII p. 331 merced en las escrituras andantes. Pero, con todo eso, osaría afirmar y jurar que estas visiones que por aquí andan, que no son del todo católicas.” “¿Católicas? ¡Mi padre!”, respondió don 5 Quijote; “¿Cómo han de ser católicas, si son todos demonios que han tomado cuerpos fantásticos para venir a hacer esto, y a ponerme en este estado? Y si quieres ver esta verdad, tócalos y pálpalos, y verás como no tienen cuerpo sino 10 de aire, y como no consiste más de en la apariencia.” “Por Dios, señor”, replicó Sancho, “ya yo los he tocado, y este diablo que aquí anda tan solícito es rollizo de carnes, y tiene otra 15 propiedad muy diferente de la que yo he oído decir que tienen los demonios. Porque, según se dice, todos huelen a piedra azufre y a otros malos olores, pero éste huele a ámbar de media legua.” 20 Decía esto Sancho por don Fernando, que, como tan señor, debía de oler a lo que Sancho decía. “No te maravilles de eso, Sancho amigo”, respondió don Quijote, “porque te hago saber 25 que los diablos saben mucho, y puesto que traigan olores consigo, ellos no huelen nada, porque son espíritus, y si huelen, no pueden oler cosas buenas, sino malas y hediondas. Y la razón es, que, como ellos dondequiera que 30 están, traen el infierno consigo y no pueden recibir género de alivio alguno en sus
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 332 tormentos, y el buen olor sea cosa que deleita y contenta, no es posible que ellos huelan cosa buena. Y si a ti te parece que ese demonio que dices huele a ámbar, o tú te engañas, o él quiere engañarte con hacer que no le tengas 5 por demonio.” Todos estos coloquios pasaron entre amo y criado, y, temiendo don Fernando y Cardenio que Sancho no viniese a caer del todo en la cuenta de su invención, a quien andaba ya 10 muy en los alcances, determinaron de abreviar con la partida, y, llamando aparte al ventero, le ordenaron que ensillase a Rocinante y enalbardase el jumento de Sancho, el cual lo hizo con mucha presteza. 15 Ya, en esto, el cura se había concertado con los cuadrilleros que le acompañasen hasta su lugar, dándoles un tanto cada día. Colgó Cardenio del arzón de la silla de Rocinante, del un cabo la adarga y del otro la bacía, y por 20 señas mandó a Sancho que subiese en su asno y tomase de las riendas a Rocinante, y puso a los dos lados del carro a los dos cuadrilleros, con sus escopetas. Pero antes que se moviese el carro, salió la ventera, su hija y 25 Maritornes a despedirse de don Quijote, fingiendo que lloraban de dolor de su desgracia; a quien don Quijote dijo: “No lloréis, mis buenas señoras, que todas estas desdichas son anejas a los que profesan 30 lo que yo profeso, y si estas calamidades no me acontecieran, no me tuviera por famoso
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVII p. 333 caballero andante. Porque a los caballeros de poco nombre y fama nunca les suceden semejantes casos, porque no hay en el mundo quien se acuerde de ellos. A los valerosos, sí: que tienen envidiosos de su virtud y valentía a 5 muchos príncipes y a muchos otros caballeros, que procuran por malas vías destruir a los buenos. Pero, con todo eso, la virtud es tan poderosa, que por sí sola, a pesar de toda la nigromancia que supo su primer inventor Zoroastes, 10 saldrá vencedora de todo trance y dará de sí luz en el mundo, como la da el sol en el cielo. Perdonadme, fermosas damas, si algún desaguisado por descuido mío os he fecho, que de voluntad y a sabiendas jamás le di a 15 nadie; y rogad a Dios me saque de estas prisiones donde algún mal intencionado encantador me ha puesto; que si de ellas me veo libre, no se me caerá de la memoria las mercedes que en este castillo me habéis fecho, para 20 gratificarlas, servirlas y recompensarlas como ellas merecen.” En tanto que las damas del castillo esto pasaban con don Quijote, el cura y el barbero se despidieron de don Fernando y sus camaradas, 25 y del capitán y de su hermano y todas aquellas contentas señoras, especialmente de Dorotea y Luscinda. Todos se abrazaron y quedaron de darse noticia de sus sucesos, diciendo don Fernando al cura dónde había de escribirle 30 para avisarle en lo que paraba don Quijote, asegurándole que no habría cosa que más
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 334 gusto le diese que saberlo; y que él asimismo le avisaría de todo aquello que él viese que podría darle gusto, así de su casamiento, como del bautismo de Zoraida, y suceso de don Luis, y vuelta de Luscinda a su casa. El 5 cura ofreció de hacer cuanto se le mandaba, con toda puntualidad. Tornaron a abrazarse otra vez, y otra vez tornaron a nuevos ofrecimientos. El ventero se llegó al cura y le dio unos 10 papeles, diciéndole que los había hallado en un forro de la maleta donde se halló la Novela del curioso impertinente, y que pues su dueño no había vuelto más por allí, que se los llevase todos; que pues él no sabía leer, no los quería. 15 El cura se lo agradeció, y, abriéndolos luego, vio que al principio de lo escrito decía: Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde entendió ser alguna novela, y coligió que, pues la del Curioso impertinente había sido buena, que 20 también lo sería aquélla, pues podría ser fuesen todas de un mismo autor; y así, la guardó con presupuesto de leerla cuando tuviese comodidad. Subió a caballo, y también su amigo el 25 barbero, con sus antifaces, porque no fuesen luego conocidos de don Quijote, y pusiéronse a caminar tras el carro, y la orden que llevaban era ésta: iba primero el carro, guiándole su dueño; a los dos lados iban los cuadrilleros, 30 como se ha dicho, con sus escopetas; seguía luego Sancho Panza sobre su asno, llevando
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVII p. 335 de rienda a Rocinante. Detrás de todo esto iban el cura y el barbero sobre sus poderosas mulas, cubiertos los rostros, como se ha dicho, con grave y reposado continente, no caminando más de lo que permitía el paso tardo de los 5 bueyes. Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos los pies, y arrimado a las verjas, con tanto silencio y tanta paciencia, como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra. 10 Y, así, con aquel espacio y silencio caminaron hasta dos leguas, que llegaron a un valle, donde le pareció al boyero ser lugar acomodado para reposar y dar pasto a los bueyes. Y, comunicándolo con el cura, fue de parecer 15 el barbero que caminasen un poco más, porque él sabía detrás de un recuesto que cerca de allí se mostraba, había un valle de más hierba y mucho mejor que aquél donde parar querían. Tomóse el parecer del barbero, y, así, 20 tornaron a proseguir su camino. En esto volvió el cura el rostro y vio que a sus espaldas venían hasta seis o siete hombres de a caballo, bien puestos y aderezados, de los cuales fueron presto alcanzados, porque 25 caminaban, no con la flema y reposo de los bueyes, sino como quien iba sobre mulas de canónigos, y con deseo de llegar presto a sestear a la venta, que menos de una legua de allí se parecía. Llegaron los diligentes a los 30 perezosos, y saludáronse cortésmente, y uno de los que venían, que, en resolución, era
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 336 canónigo de Toledo y señor de los demás que le acompañaban, viendo la concertada procesión del carro, cuadrilleros, Sancho, Rocinante, cura y barbero, y más a don Quijote enjaulado y aprisionado, no pudo dejar de preguntar qué 5 significaba llevar aquel hombre de aquella manera, aunque ya se había dado a entender, viendo las insignias de los cuadrilleros, que debía de ser algún facineroso salteador u otro delincuente, cuyo castigo tocase a la Santa 10 Hermandad. Uno de los cuadrilleros, a quien fue hecha la pregunta, respondió así: “Señor, lo que significa ir este caballero de esta manera dígalo él, porque nosotros no lo sabemos.” 15 Oyó don Quijote la plática, y dijo: “¿Por dicha vuestras mercedes, señores caballeros, son versados y peritos en esto de la caballería andante? Porque si lo son, comunicaré con ellos mis desgracias, y si no, no hay 20 para qué me canse en decirlas.” Y a este tiempo habían ya llegado el cura y el barbero, viendo que los caminantes estaban en pláticas con don Quijote de la Mancha, para responder de modo, que no fuese 25 descubierto su artificio. El canónigo, a lo que don Quijote dijo, respondió: “En verdad, hermano, que sé más de libros de caballerías que de las Súmulas de Villalpando. Así que, si no está más que 30 en esto, seguramente podéis comunicar conmigo lo que quisiereis.”
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVII p. 337 “A la mano de Dios”, replicó don Quijote. “Pues así es, quiero, señor caballero, que sepáis que yo voy encantado en esta jaula por envidia y fraude de malos encantadores; que la virtud más es perseguida de los malos que 5 amada de los buenos. Caballero andante soy, y no de aquellos de cuyos nombres jamás la fama se acordó para eternizarlos en su memoria, sino de aquellos que a despecho y pesar de la misma envidia, y de cuantos magos crio 10 Persia, bracmanes la India, gimnosofistas la Etiopía, ha de poner su nombre en el templo de la inmortalidad, para que sirva de ejemplo y dechado en los venideros siglos, donde los caballeros andantes vean los pasos 15 que han de seguir, si quisieren llegar a la cumbre y alteza honrosa de las armas.” “Dice verdad el señor don Quijote de la Mancha”, dijo a esta sazón el cura, “que él va encantado en esta carreta, no por sus culpas y 20 pecados, sino por la mala intención de aquéllos a quien la virtud enfada y la valentía enoja. Este es, señor, el Caballero de la Triste Figura, si ya le oísteis nombrar en algún tiempo, cuyas valerosas hazañas y grandes hechos 25 serán escritas en bronces duros y en eternos mármoles, por más que se canse la envidia en oscurecerlos y la malicia en ocultarlos.” Cuando el canónigo oyó hablar al preso y al libre en semejante estilo, estuvo por hacerse 30 la cruz de admirado, y no podía saber lo que le había acontecido; y en la misma admiración
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 338 cayeron todos los que con él venían. En esto Sancho Panza, que se había acercado a oír la plática, para adobarlo todo, dijo: “Ahora, señores, quiéranme bien o quiéranme mal por lo que dijere, el caso de ello es que 5 así va encantado mi señor don Quijote como mi madre; él tiene su entero juicio, él come y bebe y hace sus necesidades como los demás hombres, y como las hacía ayer, antes que le enjaulasen. Siendo esto así, ¿cómo quieren 10 hacerme a mí entender que va encantado? Pues yo he oído decir a muchas personas que los encantados ni comen, ni duermen, ni hablan, y mi amo, si no le van a la mano, hablará más que treinta procuradores.” 15 Y, volviéndose a mirar al cura, prosiguió diciendo: “¡Ah, señor cura, señor cura!, pensaba vuestra merced que no le conozco, y pensará que yo no calo y adivino adónde se encaminan 20 estos nuevos encantamientos; pues sepa que le conozco, por más que se encubra el rostro, y sepa que le entiendo, por más que disimule sus embustes. En fin, donde reina la envidia no puede vivir la virtud, ni adonde hay 25 escasez, la liberalidad. Mal haya el diablo; que si por su reverencia no fuera, ésta fuera ya la hora que mi señor estuviera casado con la infanta Micomicona, y yo fuera conde por lo menos, pues no se podía esperar otra cosa, 30 así de la bondad de mi señor, el de la Triste Figura, como de la grandeza de mis servicios.
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVII p. 339 Pero ya veo que es verdad lo que se dice por ahí, que la rueda de la fortuna anda más lista que una rueda de molino, y que los que ayer estaban en pinganitos, hoy están por el suelo. De mis hijos y de mi mujer me pesa, pues 5 cuando podían y debían esperar ver entrar a su padre por sus puertas hecho gobernador o visorrey de alguna ínsula o reino, le verán entrar hecho mozo de caballos. Todo esto que he dicho, señor cura, no es más de por encarecer 10 a su paternidad haga conciencia del mal tratamiento que a mi señor se le hace, y mire bien no le pida Dios en la otra vida esta prisión de mi amo, y se le haga cargo de todos aquellos socorros y bienes que mi señor don 15 Quijote deja de hacer en este tiempo que está preso.” “¡Adóbame esos candiles!”, dijo a este punto el barbero. “¿También vos, Sancho, sois de la cofradía de vuestro amo? ¡Vive el Señor que 20 voy viendo que le habéis de tener compañía en la jaula, y que habéis de quedar tan encantado como él por lo que os toca de su humor y de su caballería! En mal punto os empreñasteis de sus promesas, y en mal hora se os entró en los 25 cascos la ínsula que tanto deseáis.” “Yo no estoy preñado de nadie”, respondió Sancho, “ni soy hombre que me dejaría empreñar del rey que fuese, y, aunque pobre, soy cristiano viejo y no debo nada a nadie; y si 30 ínsulas deseo, otros desean otras cosas peores, y cada uno es hijo de sus obras, y debajo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 340 de ser hombre, puedo venir a ser papa, cuanto más gobernador de una ínsula, y más pudiendo ganar tantas mi señor, que le falte a quien darlas. Vuestra merced mire cómo habla, señor barbero, que no es todo hacer barbas, y algo 5 va de Pedro a Pedro. Dígolo, porque todos nos conocemos, y a mí no se me ha de echar dado falso. Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe la verdad, y quédese aquí, porque es peor menearlo.” 10 No quiso responder el barbero a Sancho, porque no descubriese con sus simplicidades lo que él y el cura tanto procuraban encubrir. Y por este mismo temor había el cura dicho al canónigo que caminasen un poco delante; 15 que él le diría el misterio del enjaulado, con otras cosas que le diesen gusto. Hízolo así el canónigo, y adelantóse con sus criados, y con él estuvo atento a todo aquello que decirle quiso de la condición, vida, locura 20 y costumbres de don Quijote, contándole brevemente el principio y causa de su desvarío, y todo el progreso de sus sucesos hasta haberlo puesto en aquella jaula, y el designio que llevaban de llevarle a su tierra, para ver si por 25 algún medio hallaban remedio a su locura. Admiráronse de nuevo los criados y el canónigo de oír la peregrina historia de don Quijote, y, en acabándola de oír, dijo: “Verdaderamente, señor cura, yo hallo por 30 mi cuenta que son perjudiciales en la república estos que llaman libros de caballerías. Y
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVII p. 341 aunque [he leído], llevado de un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los más que hay impresos, jamás me he podido acomodar a leer ninguno del principio al cabo, porque me parece que, cuál más, cuál menos, todos ellos 5 son una misma cosa, y no tiene más éste que aquél, ni estotro que el otro. Y, según a mí me parece, este género de escritura y composición cae debajo de aquel de las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados 10 que atienden solamente a deleitar, y no a enseñar, al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente. Y puesto que el principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no sé yo 15 cómo puedan conseguirle, yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates. ”Que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura y concordancia que ve o contempla en las cosas que la vista o 20 la imaginación le ponen delante, y toda cosa que tiene en sí fealdad y descompostura no nos puede causar contento alguno. Pues ¿qué hermosura puede haber, o qué proporción de partes con el todo y del todo con las partes en un libro 25 o fábula donde un mozo de diez y seis años da una cuchillada a un gigante como una torre, y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique; y que cuando nos quieren pintar una batalla, después de haber dicho que hay de la 30 parte de los enemigos un millón de combatientes, como sea contra ellos el señor del libro,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 342 forzosamente, mal que nos pese, habemos de entender que el tal caballero alcanzó la victoria por sólo el valor de su fuerte brazo? ”Pues ¿qué diremos de la facilidad con que una reina o emperatriz heredera se conduce en 5 los brazos de un andante y no conocido caballero? ¿Qué ingenio, si no es del todo bárbaro e inculto, podrá contentarse leyendo que una gran torre, llena de caballeros, va por la mar adelante, como nave con próspero viento, y hoy 10 anochece en Lombardía, y mañana amanezca en tierras del preste Juan de las Indias, o en otras que ni las descubrió Tolomeo ni las vio Marco Polo? Y si a esto se me respondiese que los que tales libros componen los escriben 15 como cosas de mentira, y que así no están obligados a mirar en delicadezas ni verdades, responderles hía yo que tanto la mentira es mejor cuanto más parece verdadera, y tanto más agrada cuanto tiene más de lo dudoso y 20 posible. Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte, que, facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, 25 alborocen y entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas; y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la verosimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfección de lo que se escribe. 30 ”No he visto ningún libro de caballerías que haga un cuerpo de fábula entero con todos sus
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVII p. 343 miembros, de manera que el medio corresponda al principio y el fin al principio y al medio, sino que los componen con tantos miembros, que más parece que llevan intención a formar una quimera o un monstruo que a hacer una 5 figura proporcionada. Fuera de esto, son en el estilo duros; en las hazañas, increíbles; en los amores, lascivos; en las cortesías, mal mirados; largos en las batallas; necios en las razones; disparatados en los viajes, y, finalmente, 10 ajenos de todo discreto artificio, y, por esto, dignos de ser desterrados de la república cristiana, como a gente inútil.” El cura le estuvo escuchando con grande atención, y parecióle hombre de buen 15 entendimiento y que tenía razón en cuanto decía; y así, le dijo que, por ser él de su misma opinión y tener ojeriza a los libros de caballerías, había quemado todos los de don Quijote, que eran muchos. Y contóle el escrutinio que 20 de ellos había hecho, y los que había condenado al fuego y dejado con vida, de que no poco se rio el canónigo; y dijo que, con todo cuanto mal había dicho de tales libros, hallaba en ellos una cosa buena, que era el sujeto que ofrecían 25 para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma, descubriendo naufragios, tormentas, reencuentros y batallas; pintando un 30 capitán valeroso, con todas las partes que para ser tal se requieren, mostrándose prudente,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 344 previniendo las astucias de sus enemigos, y elocuente orador, persuadiendo o disuadiendo a sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente en el esperar como en el acometer; pintando ora un 5 lamentable y trágico suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísima dama, honesta, discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente y comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón; acá 10 un príncipe cortés, valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores. Ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de 15 estado, y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. Puede mostrar las astucias de Ulises, la piedad de Eneas, la valentía de Aquiles, las desgracias de Héctor, las traiciones de Sinón, la amistad de Euríalo, 20 la liberalidad de Alejandro, el valor de César, la clemencia y verdad de Trajano, la fidelidad de Zópiro, la prudencia de Catón, y, finalmente, todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un varón ilustre, ahora poniéndolas 25 en uno solo, ahora dividiéndolas en muchos; y siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios y hermosos lazos 30 tejida, que, después de acabada, tal perfección y hermosura muestre, que consiga el fin mejor
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVII p. 345 que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque la escritura desatada de estos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas 5 partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria; que la épica también puede escribirse en prosa como en verso.
p. 346 Capítulo XLVIII Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio. “Así es como vuestra merced dice, señor 5 canónigo”, dijo el cura, “y por esta causa son más dignos de reprensión los que hasta aquí han compuesto semejantes libros, sin tener advertencia a ningún buen discurso, ni al arte y reglas por donde pudieran guiarse y hacerse 10 famosos en prosa, como lo son en verso los dos príncipes de la poesía griega y latina.” “Yo, a lo menos”, replicó el canónigo, “he tenido cierta tentación de hacer un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que 15 he significado, y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas; y para hacer la experiencia de si correspondían a mi estimación, las he comunicado con hombres apasionados de esta leyenda, doctos y discretos, y 20 con otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oír disparates, y de todos he hallado una agradable aprobación; pero, con todo esto, no he proseguido adelante, así por parecerme que hago cosa ajena de mi profesión, como 25 por ver que es más el número de los simples que de los prudentes; y que puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo, a 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 347 quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. ”Pero lo que más me le quitó de las manos, y aun del pensamiento de acabarle, fue un argumento que hice conmigo mismo, sacado 5 de las comedias que ahora se representan, diciendo: «Si éstas que ahora se usan, así las »imaginadas como las de historia, todas o las »más son conocidos disparates, y cosas que no »llevan pies ni cabeza, y, con todo eso, el 10 »vulgo las oye con gusto, y las tiene y las »aprueba por buenas, estando tan lejos de »serlo, y los autores que las componen, y los »actores que las representan dicen que así »han de ser, porque así las quiere el vulgo, y 15 »no de otra manera, y que las que llevan traza »y siguen la fábula como el arte pide, no sirven »sino para cuatro discretos que las entienden, »y todos los demás se quedan ayunos de entender »su artificio, y que a ellos les está mejor 20 »ganar de comer con los muchos, que no opinión »con los pocos, de este modo vendrá a ser »mi libro, al cabo de haberme quemado las »cejas por guardar los preceptos referidos, y »vendré a ser el sastre del cantillo». 25 ”Y, aunque algunas veces he procurado persuadir a los actores que se engañan en tener la opinión que tienen, y que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que hagan el arte, que no con las 30 disparatadas, y están tan asidos e incorporados en su parecer, que no hay razón ni
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 348 evidencia que de él los saque. Acuérdome que un día dije a uno de estos pertinaces: «Decidme, »¿no os acordáis que ha pocos años que se »representaron en España tres tragedias, que »compuso un famoso poeta de estos reinos, las 5 »cuales fueron tales, que admiraron, alegraron »y suspendieron a todos cuantos las oyeron, »así simples como prudentes, así del vulgo »como de los escogidos, y dieron más dineros »a los representantes ellas tres solas que 10 »treinta de las mejores que después acá se han »hecho?» «Sin duda», respondió el autor que digo, «que debe de decir vuestra merced »por la Isabela, la Filis y la Alejandra.» «Por »ésas digo», le repliqué yo, «y mirad si 15 »guardaban bien los preceptos del arte, y si por »guardarlos dejaron de parecer lo que eran y »de agradar a todo el mundo. Así que no »está la falta en el vulgo que pide disparates, »sino en aquellos que no saben representar 20 »otra cosa. Sí que no fue disparate la Ingratitud »vengada, ni le tuvo la Numancia, ni se le »halló en la del Mercader amante, ni menos »en la Enemiga favorable, ni en otras algunas »que de algunos entendidos poetas han sido 25 »compuestas para fama y renombre suyo, »y para ganancia de los que las han representado.» Y otras cosas añadí a éstas, con que a mi parecer le dejé algo confuso, pero no satisfecho ni convencido, para sacarle de su 30 errado pensamiento.” “En materia ha tocado vuestra merced, señor
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 349 canónigo”, dijo a esta sazón el cura, “que ha despertado en mí un antiguo rencor que tengo con las comedias que ahora se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros de caballerías; porque habiendo de ser la comedia, 5 según le parece a Tulio, espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres e imagen de la verdad, las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos de necedades e imágenes de lascivia. Porque, ¿qué 10 mayor disparate puede ser en el sujeto que tratamos que salir un niño en mantillas en la primera escena del primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y ¿qué mayor que pintarnos un viejo valiente y un 15 mozo cobarde, un lacayo retórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona? ”¿Qué diré, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden o podían suceder las acciones que representan, sino 20 que he visto comedia que la primera jornada comenzó en Europa, la segunda en Asia, la tercera se acabó en Africa, y aun si fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa en América, y así se hubiera hecho en todas 25 las cuatro partes del mundo? Y si es que la imitación es lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo es posible que satisfaga a ningún mediano entendimiento que, fingiendo una acción que pasa en tiempo del 30 rey Pepino y Carlomagno, el mismo que en ella hace la persona principal le atribuían que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 350 fue el Emperador Heraclio, que entró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó la Casa Santa, como, Godofre de Bullón, habiendo infinitos años de lo uno a lo otro; y fundándose la comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades 5 de historia y mezclarle pedazos de otras sucedidas a diferentes personas y tiempos, y esto, no con trazas verosímiles, sino con patentes errores de todo punto inexcusables? Y es lo malo que hay ignorantes que digan que 10 esto es lo perfecto, y que lo demás es buscar gollerías. ”Pues ¿qué si venimos a las comedias divinas? ¡Qué de milagros falsos fingen en ellas, qué de cosas apócrifas y mal entendidas, 15 atribuyendo a un santo los milagros de otro! Y aun en las humanas se atreven a hacer milagros, sin más respeto ni consideración que parecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como ellos [los] llaman, 20 para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todo esto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias y aun en oprobio de los ingenios españoles, porque los extranjeros, que con mucha 25 puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros e ignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. ”Y no sería bastante disculpa de esto decir que el principal intento que las repúblicas bien 30 ordenadas tienen, permitiendo que se hagan públicas comedias, es para entretener la comunidad
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 351 con alguna honesta recreación, y divertirla a veces de los malos humores que suele engendrar la ociosidad; y que, pues éste se consigue con cualquier comedia buena o mala, no hay para qué poner leyes ni estrechar a los que 5 las componen y representan a que las hagan como debían hacerse; pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que con ellas se pretende. A lo cual respondería yo que este fin se conseguiría mucho mejor, sin comparación 10 alguna, con las comedias buenas que con las no tales. Porque de haber oído la comedia artificiosa y bien ordenada, saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado con las veras, admirado de los sucesos, discreto con las 15 razones, advertido con los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; que todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo del que la escuchare, por rústico y torpe que sea. 20 Y de toda imposibilidad, es imposible dejar de alegrar y entretener, satisfacer y contentar la comedia que todas estas partes tuviere, mucho más que aquella que careciere de ellas; como por la mayor parte carecen estas que de 25 ordinario ahora se representan. ”Y no tienen la culpa de esto los poetas que las componen, porque algunos hay de ellos que conocen muy bien en lo que yerran, y saben extremadamente lo que deben hacer. Pero como las 30 comedias se han hecho mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 352 no se las comprarían si no fuesen de aquel jaez; y, así, el poeta procura acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide. Y que esto sea verdad, véase por muchas e infinitas comedias que ha compuesto 5 un felicísimo ingenio de estos reinos, con tanta gala, con tanto donaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan graves sentencias, y, finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, que tiene lleno el mundo 10 de su fama; y por querer acomodarse al gusto de los representantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de la perfección que requieren. ”Otros las componen tan sin mirar lo que 15 hacen, que después de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse y ausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, por haber representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en 20 deshonra de algunos linajes. Y todos estos inconvenientes cesarían, y aun otros muchos más que no digo, con que hubiese en la corte una persona inteligente y discreta que examinase todas las comedias antes que se representasen, 25 no sólo aquellas que se hiciesen en la corte, sino todas las que se quisiesen representar en España, sin la cual aprobación, sello y firma, ninguna justicia en su lugar dejase representar comedia alguna; y de esta manera los 30 comediantes tendrían cuidado de enviar las comedias a la corte, y con seguridad podrían
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 353 representarlas; y aquellos que las componen mirarían con más cuidado y estudio lo que hacían, temerosos de haber de pasar sus obras por el riguroso examen de quien lo entiende, y de esta manera se harían buenas comedias y 5 se conseguiría felicísimamente lo que en ellas se pretende, así el entretenimiento del pueblo, como la opinión de los ingenios de España, el interés y seguridad de los recitantes, y el ahorro del cuidado de castigarlos. 10 ”Y si se diese cargo a otro, o a este mismo, que examinase los libros de caballerías que de nuevo se compusiesen, sin duda podrían salir algunos con la perfección que vuestra merced ha dicho, enriqueciendo nuestra lengua del 15 agradable y precioso tesoro de la elocuencia, dando ocasión que los libros viejos se oscureciesen a la luz de los nuevos que saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de los ociosos, sino de los más ocupados. Pues no es 20 posible que esté continuo el arco armado, ni la condición y flaqueza humana se pueda sustentar sin alguna lícita recreación.” A este punto de su coloquio llegaban el canónigo y el cura, cuando adelantándose el 25 barbero, llegó a ellos, y dijo al cura: “Aquí, señor licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que, sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto.” 30 “Así me lo parece a mí”, respondió el cura. Y, diciéndole al canónigo lo que pensaba
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 354 hacer, él también quiso quedarse con ellos, convidado del sitio de un hermoso valle que a la vista se les ofrecía; y, así, por gozar de él como de la conversación del cura, de quien ya iba aficionado, y por saber más por menudo 5 las hazañas de don Quijote, mandó a algunos de sus criados que se fuesen a la venta, que no lejos de allí estaba, y trajesen de ella lo que hubiese de comer, para todos, porque él determinaba de sestear en aquel lugar aquella 10 tarde. A lo cual uno de sus criados respondió que el acémila del repuesto, que ya debía de estar en la venta, traía recado bastante para no obligar a no tomar de la venta más que cebada. 15 “Pues así es”, dijo el canónigo, “llévense allá todas las cabalgaduras, y haced volver la acémila.” En tanto que esto pasaba, viendo Sancho que podía hablar a su amo sin la continua 20 asistencia del cura y el barbero, que tenía por sospechosos, se llegó a la jaula donde iba su amo y le dijo: “Señor, para descargo de mi conciencia le quiero decir lo que pasa cerca de su encantamiento, 25 y es que aquestos dos que vienen aquí cubiertos los rostros son el cura de nuestro lugar y el barbero, e imagino han dado esta traza de llevarle de esta manera, de pura envidia que tienen como vuestra merced se les 30 adelanta en hacer famosos hechos. Presupuesta, pues, esta verdad, síguese que no va
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 355 encantado, sino embaído y tonto. Para prueba de lo cual le quiero preguntar una cosa, y si me responde como creo que me ha de responder, tocará con la mano este engaño, y verá como no va encantado, sino trastornado el 5 juicio.” “Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho”, respondió don Quijote; “que yo te satisfaré y responderé a toda tu voluntad. Y en lo que dices que aquellos que allí van y vienen con 10 nosotros son el cura y el barbero, nuestros compatriotas y conocidos, bien podrá ser que parezca que son ellos mismos; pero que lo sean realmente y en efecto, eso no lo creas en ninguna manera. Lo que has de creer y entender 15 es que si ellos se les parecen, como dices, debe de ser que los que me han encantado habrán tomado esa apariencia y semejanza; porque es fácil a los encantadores tomar la figura que se les antoja, y habrán tomado las 20 de estos nuestros amigos para darte a ti ocasión de que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones que no aciertes a salir de él, aunque tuvieses la soga de Teseo; y también lo habrán hecho para que yo vacile en 25 mi entendimiento, y no sepa atinar de dónde me viene este daño; porque si por una parte tú me dices que me acompañan el barbero y el cura de nuestro pueblo, y por otra yo me veo enjaulado, y sé de mí que fuerzas humanas, 30 como no fueran sobrenaturales, no fueran bastantes para enjaularme, ¿qué quieres que diga
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 356 o piense sino que la manera de mi encantamiento excede a cuantas yo he leído en todas las historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados? Así que bien puedes darte paz y sosiego en esto de 5 creer que son los que dices, porque así son ellos como yo soy turco. Y en lo que toca a querer preguntarme algo, di; que yo te responderé aunque me preguntes de aquí a mañana.” 10 “¡Válgame Nuestra Señora!”, respondió Sancho, dando una gran voz. “Y ¿es posible que sea vuestra merced tan duro de cerebro y tan falto de meollo, que no eche de ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta su prisión 15 y desgracia tiene más parte la malicia que el encanto? Pero pues así es, yo le quiero probar evidentemente como no va encantado. Si no, dígame, así Dios le saque de esta tormenta, y así se vea en los brazos de mi señora Dulcinea 20 cuando menos se piense.” “Acaba de conjurarme”, dijo don Quijote, “y pregunta lo que quisieres; que ya te he dicho que te responderé con toda puntualidad.” “Eso pido”, replicó Sancho, “y lo que quiero 25 saber es que me diga, sin añadir ni quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se espera que la han de decir y la dicen todos aquellos que profesan las armas, como vuestra merced las profesa, debajo de título de caballeros 30 andantes...” “Digo que no mentiré en cosa alguna”,
CUARTA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 357 respondió don Quijote. “Acaba ya de preguntar; que en verdad que me cansas con tantas salvas, plegarias y prevenciones, Sancho.” “Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo, y así, porque hace al 5 caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acaso después que vuestra merced va enjaulado, y a su parecer encantado, en esta jaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, como suele 10 decirse.” “No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclárate más, si quieres que te responda derechamente.” “¿Es posible que no entiende vuestra 15 merced de hacer aguas menores o mayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues sepa que quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se excusa.” “¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas 20 veces, y aun ahora la tengo. ¡Sácame de este peligro; que no anda todo limpio!”
p. 358 Capítulo XLIX Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote. “¡Ha!”, dijo Sancho. “¡Cogido le tengo! ¡Esto es lo que yo deseaba saber como al alma y 5 como a la vida! Venga acá, señor: ¿podría negar lo que comúnmente suele decirse por ahí cuando una persona está de mala voluntad: «No sé qué tiene fulano, que ni come, ni bebe, »ni duerme, ni responde a propósito a lo que le 10 »preguntan, que no parece sino que está »encantado»? De donde se viene a sacar que los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obras naturales que yo digo, estos tales están encantados; pero no aquellos que tienen la 15 gana que vuestra merced tiene, y que bebe cuando se lo dan, y come cuando lo tiene, y responde a todo aquello que le preguntan.” “Verdad dices, Sancho”, respondió don Quijote; “pero ya te he dicho que hay muchas 20 maneras de encantamientos, y podría ser que con el tiempo se hubiesen mudado de unos en otros, y que ahora se use que los encantados hagan todo lo que yo hago, aunque antes no lo hacían. De manera, que contra el uso de los 25 tiempos no hay que argüir ni de qué hacer consecuencias. Yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia; que la formaría muy grande si yo pensase que no estaba encantado y me 30
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIX p. 359 dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde, defraudando el socorro que podría dar a muchos menesterosos y necesitados que de mi ayuda y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y extrema necesidad.” 5 “Pues con todo eso”, replicó Sancho, “digo que, para mayor abundancia y satisfacción, sería bien que vuestra merced probase a salir de esta cárcel; que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacarle de ella, y probase de 10 nuevo a subir sobre su buen Rocinante, que también parece que va encantado, según va de melancólico y triste; y hecho esto, probásemos otra vez la suerte de buscar más aventuras, y si no nos sucediese bien, tiempo nos 15 queda para volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen y leal escudero, de encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuere vuestra merced tan desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir con lo que 20 digo.” “Yo soy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano”, replicó don Quijote, “y cuando tú veas coyuntura de poner en obra mi libertad, yo te obedeceré en todo y por todo; 25 pero tú, Sancho, verás cómo te engañas en el conocimiento de mi desgracia.” En estas pláticas se entretuvieron el caballero andante y el mal andante escudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, los aguardaban 30 el cura, el canónigo y el barbero. Desunció luego los bueyes de la carreta el boyero y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 360 dejólos andar a sus anchuras por aquel verde y apacible sitio, cuya frescura convidaba a quererla gozar, no a las personas tan encantadas como don Quijote, sino a los tan advertidos y discretos como su escudero; el cual rogó 5 al cura que permitiese que su señor saliese por un rato de la jaula, porque si no le dejaban salir, no iría tan limpia aquella prisión como requería la decencia de un tal caballero como su amo. 10 Entendióle el cura, y dijo que de muy buena gana haría lo que le pedía, si no temiera que, en viéndose su señor en libertad, había de hacer de las suyas, e irse donde jamás gentes le viesen. 15 “Yo le fío de la fuga”, respondió Sancho. “Y yo y todo”, dijo el canónigo, “y más si él me da la palabra como caballero de no apartarse de nosotros hasta que sea nuestra voluntad.” 20 “Sí doy”, respondió don Quijote, que todo lo estaba escuchando; “cuanto más que el que está encantado, como yo, no tiene libertad para hacer de su persona lo que quisiere, porque el que le encantó le puede hacer que no se mueva 25 de un lugar en tres siglos, y si hubiere huido, le hará volver en volandas.” ... Y que, pues esto era así, bien podían soltarle, y más siendo tan en provecho de todos, y del no soltarle les protestaba que no podía dejar 30 de fatigarles el olfato, si de allí no se desviaban.
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIX p. 361 Tomóle la mano el canónigo, aunque las tenía atadas, y debajo de su buena fe y palabra le desenjaularon, de que él se alegró infinito y en grande manera de verse fuera de la jaula. Y lo primero que hizo fue estirarse 5 todo el cuerpo, y luego se fue donde estaba Rocinante, y, dándole dos palmadas en las ancas, dijo: “Aún espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los caballos, que presto nos 10 hemos de ver los dos cual deseamos: tú con tu señor a cuestas, y yo encima de ti, ejercitando el oficio para que Dios me echó al mundo.” Y, diciendo esto don Quijote, se apartó con Sancho en remota parte, de donde vino más 15 aliviado y con más deseos de poner en obra lo que su escudero ordenase. Mirábalo el canónigo y admirábase de ver la extrañeza de su grande locura, y de que en cuanto hablaba y respondía mostraba tener bonísimo entendimiento; 20 solamente venía a perder los estribos, como otras veces se ha dicho, en tratándole de caballería; y, así, movido de compasión, después de haberse sentado todos en la verde hierba para esperar el repuesto del 25 canónigo, le dijo: “¿Es posible, señor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced la amarga y ociosa lectura de los libros de caballerías, que le hayan vuelto el juicio de modo que venga a creer 30 que va encantado, con otras cosas de este jaez, tan lejos de ser verdaderas como lo está la
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 362 misma mentira de la verdad? Y ¿cómo es posible que haya entendimiento humano que se dé a entender que ha habido en el mundo aquella infinidad de Amadises, y aquella turbamulta de tanto famoso caballero, tanto 5 emperador de Trapisonda, tanto Felixmarte de Hircania, tanto palafrén, tanta doncella andante, tantas sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas inauditas aventuras, tanto género de encantamientos, tantas batallas, tantos 10 desaforados encuentros, tanta bizarría de trajes, tantas princesas enamoradas, tantos escuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete, tanto requiebro, tantas mujeres valientes, y, finalmente, tantos y tan disparatados 15 casos como los libros de caballerías contienen? De mí sé decir que cuando los leo, en tanto que no pongo la imaginación en pensar que son todos mentira y liviandad, me dan algún contento; pero cuando caigo en la cuenta 20 de lo que son, doy con el mejor de ellos en la pared, y aun diera con él en el fuego, si cerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal pena, por ser falsos y embusteros y fuera del trato que pide la común naturaleza, y como 25 a inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a quien da ocasión que el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderas tantas necedades como contienen. ”Y aun tienen tanto atrevimiento, que se 30 atreven a turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos, como se echa bien de
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIX p. 363 ver por lo que con vuestra merced han hecho, pues le han traído a términos que sea forzoso encerrarle en una jaula, y traerle sobre un carro de bueyes, como quien trae o lleva algún león, o algún tigre, de lugar en lugar, para 5 ganar con él dejando que le vean. Ea, señor don Quijote, duélase de sí mismo y redúzgase al gremio de la discreción, y sepa usar de la mucha que el cielo fue servido de darle, empleando el felicísimo talento de su ingenio en otra 10 lectura que redunde en aprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra. Y si todavía, llevado de su natural inclinación, quisiere leer libros de hazañas y de caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que 15 allí hallará verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo Lusitania; un César Roma; un Aníbal Cartago; un Alejandro Grecia; un conde Fernán González Castilla; un Cid Valencia; un Gonzalo 20 Fernández Andalucía; un Diego García de Paredes Extremadura; un Garci Pérez de Vargas Jerez; un Garcilaso Toledo; un don Manuel de León Sevilla, cuya lección de sus valerosos hechos puede entretener, enseñar, deleitar y 25 admirar a los más altos ingenios que los leyeren. Esta sí será lectura digna del buen entendimiento de vuestra merced, señor don Quijote mío, de la cual saldrá erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseñado en la bondad, 30 mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado sin cobardía, y todo esto,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 364 para honra de Dios, provecho suyo y fama de la Mancha, do, según he sabido, trae vuestra merced su principio y origen.” Atentísimamente estuvo don Quijote escuchando las razones del canónigo, y cuando 5 vio que ya había puesto fin a ellas, después de haberle estado un buen espacio mirando, le dijo: “Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminado a querer 10 darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo, y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e inútiles para la república, y que yo he hecho mal en leerlos, y peor en creerlos, y 15 más mal en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísima profesión de la caballería andante que ellos enseñan; negándome que no ha habido en el mundo Amadises, ni de Gaula, ni de Grecia, ni todos los otros caballeros de 20 que las escrituras están llenas.” “Todo es al pie de la letra, como vuestra merced lo va relatando”, dijo a esta sazón el canónigo. A lo cual respondió don Quijote: 25 ”Añadió también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho daño tales libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome en una jaula, y que me sería mejor hacer la enmienda y mudar de lectura, leyendo otros más 30 verdaderos y que mejor deleitan y enseñan.” “Así es”, dijo el canónigo.
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIX p. 365 “Pues yo”, replicó don Quijote, “hallo por mi cuenta que el sin juicio y el encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra una cosa tan recibida en el mundo y tenida por tan verdadera, que el 5 que la negase, como vuestra merced la niega, merecía la misma pena que vuestra merced dice que da a los libros cuando los lee y le enfadan. Porque querer dar a entender a nadie que Amadís no fue en el mundo, ni todos los 10 otros caballeros aventureros, de que están colmadas las historias, será querer persuadir que el sol no alumbra, ni el hielo enfría, ni la tierra sustenta; porque ¿qué ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadir a otro que no fue 15 verdad lo de la infanta Floripes y Guy de Borgoña? ¿Y lo de Fierabrás con la puente de Mantible, que sucedió en el tiempo de Carlomagno, que voto a tal que es tanta verdad como es ahora de día? 20 ”Y si es mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles, ni la guerra de Troya, ni los doce pares de Francia, ni el rey Artús de Inglaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo, y le esperan en su reino por 25 momentos. Y también se atreverán a decir que es mentirosa la historia de Guarino Mezquino, y la de la demanda del Santo Grial, y que son apócrifos los amores de don Tristán y la reina Iseo, como los de Ginebra y Lanzarote, 30 habiendo personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueña Quintañona, que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 366 fue la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña. Y es esto tan así, que me acuerdo yo que me decía una mi abuela, de partes de mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas reverendas: «Aquélla, nieto, 5 »se parece a la dueña Quintañona.» De donde arguyo yo que la debió de conocer ella, o, por lo menos, debió de alcanzar a ver algún retrato suyo. Pues, ¿quién podrá negar no ser verdadera la historia de Pierres y la linda Magalona, 10 pues aún hasta hoy día se ve en la armería de los reyes la clavija con que volvía al caballo de madera, sobre quien iba el valiente Pierres por los aires, que es un poco mayor que un timón de carreta, y junto a la clavija 15 está la silla de Babieca? ”Y en Roncesvalles está el cuerno de Roldán, tamaño como una grande viga; de donde se infiere que hubo doce pares, que hubo Pierres, que hubo Cides y otros caballeros 20 semejantes, de estos que dicen las gentes que a sus aventuras van. ”Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante el valiente lusitano 25 Juan de Merlo, que fue a Borgoña y se combatió en la ciudad de Ras con el famoso señor de Charní, llamado mosén Pierres, y después, en la ciudad de Basilea, con mosén Enrique de Remestán, saliendo de entrambas empresas 30 vencedor y lleno de honrosa fama. Y las
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIX p. 367 aventuras y desafíos que también acabaron en Borgoña los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada --de cuya alcurnia yo desciendo, por línea recta de varón--, venciendo a los hijos del conde de San Polo. Niéguenme, 5 asimismo, que no fue a buscar las aventuras a Alemania don Fernando de Guevara, donde se combatió con micer Jorge, caballero de la casa del duque de Austria. Digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, 10 del Paso; las empresas de mosén Luis de Falces contra don Gonzalo de Guzmán, caballero castellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos, de éstos y de los reinos extranjeros, tan auténticas y 15 verdaderas, que torno a decir, que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso.” Admirado quedó el canónigo de oír la mezcla que don Quijote hacía de verdades y 20 mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas cosas, tocantes y concernientes a los hechos de su andante caballería, y, así, le respondió: “No puedo yo negar”, señor don Quijote, 25 “que no sea verdad algo de lo que vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros andantes españoles; y, asimismo, quiero conceder que hubo doce Pares de Francia, pero no quiero creer que 30 hicieron todas aquellas cosas que el arzobispo Turpín de ellos escribe; porque la verdad de ello
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 368 es, que fueron caballeros escogidos por los reyes de Francia, a quien llamaron pares, por ser todos iguales en valor, en calidad y en valentía, a lo menos, si no lo eran, era razón que lo fuesen, y era como una religión de las que 5 ahora se usan de Santiago o de Calatrava, que se presupone que los que la profesan han de ser o deben ser caballeros valerosos, valientes y bien nacidos; y como ahora dicen caballero de San Juan o de Alcántara, decían en aquel 10 tiempo caballero de los doce Pares, porque lo fueron doce iguales los que para esta religión militar se escogieron. En lo de que hubo Cid, no hay duda, ni menos Bernardo del Carpio; pero de que hicieron las hazañas que 15 dicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija, que vuestra merced dice del conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en la armería de los reyes, confieso mi pecado, que soy tan ignorante o tan corto de 20 vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la clavija, y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.” “Pues allí está sin duda alguna”, replicó don Quijote, “y por más señas, dicen que está 25 metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.” “Todo puede ser”, respondió el canónigo, “pero por las órdenes que recibí, que no me acuerdo haberla visto; mas puesto que conceda 30 que está allí, no por eso me obligo a creer las historias de tantos Amadises ni las de tanta
CUARTA PARTE, CAPITULO XLIX p. 369 turbamulta de caballeros como por ahí nos cuentan, ni es razón que un hombre como vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado de tan buen entendimiento, se dé a entender que son verdaderas tantas y tan extrañas 5 locuras como las que están escritas en los disparatados libros de caballerías.”
p. 370 Capítulo L De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos. “Bueno está eso”, respondió don Quijote; “los libros que están impresos con licencia de 5 los reyes, y con aprobación de aquéllos a quien se remitieron, y que con gusto general son leídos y celebrados de los grandes y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e ignorantes, de los plebeyos y caballeros, 10 finalmente, de todo género de personas, de cualquier estado y condición que sean, ¿habían de ser mentira, y más llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar 15 y las hazañas, punto por punto y día por día, que el tal caballero hizo, o caballeros hicieron? Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia y créame --que le aconsejo en esto lo que debe de hacer como discreto--; si no, léalos, y 20 verá el gusto que recibe de su leyenda. ”Si no, dígame, ¿hay mayor contento que ver, como si dijésemos, aquí ahora se muestra delante de nosotros un gran lago de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando 25 por él muchas serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos géneros de animales feroces y espantables, y que del medio del lago sale una voz tristísima, que dice: «Tú, caballero, »quienquiera que seas, que el temeroso lago 30
CUARTA PARTE, CAPITULO L p. 371 »estás mirando: si quieres alcanzar el bien que »debajo de estas negras aguas se encubre, muestra »el valor de tu fuerte pecho, y arrójate en »mitad de su negro y encendido licor, porque »si así no lo haces, no serás digno de ver las 5 »altas maravillas que en sí encierran y contienen »los siete castillos de las siete fadas, que »debajo de esta negrura yacen?» ¿Y que apenas el caballero no ha acabado de oír la voz temerosa, cuando sin entrar más en cuentas 10 consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone, y aun sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Dios y a su señora, se arroja en mitad del bullente lago? 15 ”Y cuando no se cata ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa. Allí le parece que el cielo es más transparente, y que el sol luce con claridad más 20 nueva. Ofrécesele a los ojos una apacible floresta, de tan verdes y frondosos árboles compuesta, que alegra a la vista su verdura, y entretiene los oídos el dulce y no aprendido canto de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos que por 25 los intricados ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas frescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan. Acullá ve una 30 artificiosa fuente de jaspe variado y de liso mármol compuesta. Acá ve otra, a lo brutesco
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 372 adornada, adonde las menudas conchas de las almejas, con las torcidas casas, blancas y amarillas, del caracol, puestas con orden desordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y de contrahechas esmeraldas, hacen 5 una variada labor de manera, que el arte, imitando a la naturaleza, parece que allí la vence. ”Acullá, de improviso, se le descubre un fuerte castillo o vistoso alcázar, cuyas murallas son de macizo oro, las almenas de diamantes, 10 las puertas de jacintos; finalmente, él es de tan admirable compostura, que con ser la materia de que está formado no menos que de diamantes, de carbunclos, de rubíes, de perlas, de oro y de esmeraldas, es de más estimación su 15 hechura. Y, ¿hay más que ver, después de haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo un buen número de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese ahora a decirlos como las historias nos los cuentan, sería 20 nunca acabar; y tomar luego la que parecía principal de todas por la mano al atrevido caballero que se arrojó en el ferviente lago, y llevarle, sin hablarle palabra, dentro del rico alcázar o castillo, y hacerle desnudar como su 25 madre le parió, y bañarle con templadas aguas, y luego untarle todo con olorosos ungüentos, y vestirle una camisa de cendal delgadísimo, toda olorosa y perfumada, y acudir otra doncella y echarle un mantón sobre los hombros, que, 30 por lo menos menos, dicen que suele valer una ciudad y aún más?
CUARTA PARTE, CAPITULO L p. 373 ”¿Qué es ver, pues, cuando nos cuentan que tras todo esto, le llevan a otra sala, donde halla puestas las mesas con tanto concierto, que queda suspenso y admirado? ¿Qué el verle echar agua a manos, toda de ámbar y de olorosas 5 flores destilada? ¿Qué el hacerle sentar sobre una silla de marfil? ¿Qué verle servir todas las doncellas, guardando un maravilloso silencio? ¿Qué el traerle tanta diferencia de manjares, tan sabrosamente guisados, que no sabe el 10 apetito a cuál deba de alargar la mano? ¿Cuál será oír la música que en tanto que come suena, sin saberse quién la canta ni adónde suena? Y ¿después de la comida acabada y las mesas alzadas, quedarse el caballero recostado sobre 15 la silla, y quizá mondándose los dientes, como es costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra mucho más hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado del caballero, y comenzar a darle cuenta de qué 20 castillo es aquél, y de cómo ella está encantada en él, con otras cosas que suspenden al caballero y admiran a los leyentes que van leyendo su historia? ”No quiero alargarme más en esto, pues 25 de ello se puede colegir que cualquiera parte que se lea de cualquiera historia de caballero andante ha de causar gusto y maravilla a cualquiera que la leyere. Y vuestra merced créame, y, como otra vez le he dicho, lea estos 30 libros, y verá cómo le destierran la melancolía que tuviere, y le mejoran la condición, si acaso
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 374 la tiene mala. De mí sé decir que, después que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos; y, aunque ha tan poco que 5 me vi encerrado en una jaula como loco, pienso, por el valor de mi brazo, favoreciéndome el cielo y no me siendo contraria la fortuna, en pocos días verme rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y liberalidad 10 que mi pecho encierra; que mía fe, señor, el pobre está inhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunque en sumo grado la posea. Y el agradecimiento, que sólo consiste en el deseo, es cosa muerta, 15 como es muerta la fe sin obras. Por esto querría que la fortuna me ofreciese presto alguna ocasión, donde me hiciese emperador, por mostrar mi pecho, haciendo bien a mis amigos, especialmente a este pobre de Sancho 20 Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo, y querría darle un condado que le tengo muchos días ha prometido, sino que temo que no ha de tener habilidad para gobernar su estado.” 25 Casi estas últimas palabras oyó Sancho a su amo, a quien dijo: “Trabaje vuestra merced, señor don Quijote, en darme ese condado, tan prometido de vuestra merced como de mí esperado; que yo le 30 prometo que no me falte a mí habilidad para gobernarle, y, cuando me faltare, yo he oído
CUARTA PARTE, CAPITULO L p. 375 decir que hay hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados de los señores y les dan un tanto cada año, y ellos se tienen cuidado del gobierno; y el señor se está a pierna tendida, gozando de la renta que le dan, 5 sin curarse de otra cosa; y así haré yo, y no repararé en tanto más cuanto, sino que luego me desistiré de todo, y me gozaré mi renta como un duque; y allá se lo hayan.” “Eso, hermano Sancho”, dijo el canónigo, 10 “entiéndese en cuanto al gozar la renta; empero, al administrar justicia, ha de atender el señor del estado, y aquí entra la habilidad y buen juicio, y principalmente la buena intención de acertar, que si ésta falta en los 15 principios, siempre irán errados los medios y los fines; y así suele Dios ayudar al buen deseo del simple como desfavorecer al malo del discreto.” “No sé esas filosofías”, respondió Sancho 20 Panza; “mas sólo sé que tan presto tuviese yo el condado como sabría regirle; que tanta alma tengo yo como otro, y tanto cuerpo como el que más; y tan rey sería yo de mi estado como cada uno del suyo; y siéndolo, haría lo que 25 quisiese; y haciendo lo que quisiese, haría mi gusto; y haciendo mi gusto, estaría contento; y en estando uno contento, no tiene más que desear; y no teniendo más que desear, acabóse, y el estado venga; y a Dios y 30 veámonos, como dijo un ciego a otro.” “No son malas filosofías ésas, como tú
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 376 dices, Sancho”, [dijo el canónigo]; “pero, con todo eso, hay mucho que decir sobre esta materia de condados.” A lo cual replicó don Quijote: “Yo no sé qué haya más que decir; sólo me 5 guío por el ejemplo que me da el grande Amadís de Gaula, que hizo a su escudero conde de la Insula Firme; y, así, puedo yo sin escrúpulo de conciencia hacer conde a Sancho Panza, que es uno de los mejores escuderos que 10 caballero andante ha tenido.” Admirado quedó el canónigo de los concertados disparates que don Quijote había dicho, del modo con que había pintado la aventura del Caballero del Lago, de la impresión 15 que en él habían hecho las pensadas mentiras de los libros que había leído; y, finalmente, le admiraba la necedad de Sancho, que con tanto ahínco deseaba alcanzar el condado que su amo le había prometido. 20 Ya en esto volvían los criados del canónigo, que a la venta habían ido por la acémila del repuesto, y, haciendo mesa de una alfombra y de la verde hierba del prado, a la sombra de unos árboles se sentaron y comieron allí, 25 porque el boyero no perdiese la comodidad de aquel sitio, como queda dicho. Y, estando comiendo, a deshora oyeron un recio estruendo y un son de esquila, que por entre unas zarzas y espesas matas que allí junto estaban sonaba, 30 y al mismo instante vieron salir de entre aquellas malezas una hermosa cabra, toda la
CUARTA PARTE, CAPITULO L p. 377 piel manchada de negro, blanco y pardo. Tras ella venía un cabrero dándole voces, y diciéndole palabras a su uso, para que se detuviese, o al rebaño volviese. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida, se vino a la gente, como 5 a favorecerse de ella, y allí se detuvo. Llegó el cabrero, y, asiéndola de los cuernos, como si fuera capaz de discurso y entendimiento, le dijo: “¡Ah cerrera, cerrera; manchada, manchada, 10 y cómo andáis vos estos días de pie cojo! ¿Qué lobos os espantan, hija?; ¿no me diréis qué es esto, hermosa? Mas ¿qué puede ser sino que sois hembra, y no podéis estar sosegada; que mal haya vuestra condición y la de todas 15 aquéllas a quien imitáis? Volved, volved, amiga; que si no tan contenta, a lo menos, estaréis más segura en vuestro aprisco, o con vuestras compañeras; que si vos, que las habéis de guardar y encaminar, andáis tan sin guía y 20 tan descaminada, ¿en qué podrán parar ellas?” Contento dieron las palabras del cabrero a los que las oyeron, especialmente al canónigo, que le dijo: “Por vida vuestra, hermano, que os soseguéis 25 un poco, y no os acuciéis en volver tan presto esa cabra a su rebaño; que pues ella es hembra, como vos decís, ha de seguir su natural distinto, por más que vos os pongáis a estorbarlo, Tomad este bocado, y bebed una vez, 30 con que templaréis la cólera, y, en tanto, descansará la cabra.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 378 Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejo fiambre, todo fue uno. Tomólo, y agradeciólo el cabrero; bebió, y sosegóse; y luego dijo: “No querría que por haber yo hablado con 5 esta alimaña tan en seso, me tuviesen vuestras mercedes por hombre simple; que en verdad que no carecen de misterio las palabras que le dije. Rústico soy; pero no tanto que no entienda cómo se ha de tratar con los hombres 10 y con las bestias.” “Eso creo yo muy bien”, dijo el cura, “que ya yo sé de experiencia que los montes crían letrados, y las cabañas de los pastores encierran filósofos.” 15 “A lo menos, señor”, replicó el cabrero, “acogen hombres escarmentados; y para que creáis esta verdad y la toquéis con la mano, aunque parezca que sin ser rogado me convido, si no os enfadáis de ello, y queréis, señores, 20 un breve espacio prestarme oído atento, os contaré una verdad, que acredite lo que ese señor --señalando al cura-- ha dicho, y la mía.” A esto respondió don Quijote: 25 “Por ver que tiene este caso un no sé qué de sombra de aventura de caballería, yo, por mi parte, os oiré, hermano, de muy buena gana, y así lo harán todos estos señores, por lo mucho que tienen de discretos y de ser amigos de 30 curiosas novedades que suspendan, alegren y entretengan los sentidos, como sin duda pienso
CUARTA PARTE, CAPITULO L p. 379 que lo ha de hacer vuestro cuento. Comenzad, pues, amigo; que todos escucharemos.” “Saco la mía”, dijo Sancho, “que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada, donde pienso hartarme por tres días; porque he oído decir 5 a mi señor don Quijote, que el escudero de caballero andante ha de comer cuando se le ofreciere, hasta no poder más, a causa que se les suele ofrecer entrar acaso por una selva tan intricada, que no aciertan a salir de ella en seis 10 días, y si el hombre no va harto, o bien proveídas las alforjas, allí se podrá quedar, como muchas veces se queda, hecho carne momia.” “Tú estás en lo cierto, Sancho”, dijo don Quijote; “vete adonde quisieres y come lo que 15 pudieres; que yo ya estoy satisfecho, y sólo me falta dar al alma su refacción, como se la daré escuchando el cuento de este buen hombre.” “Así las daremos todos a las nuestras”, dijo el canónigo. 20 Y luego rogó al cabrero que diese principio a lo que prometido había. El cabrero dio dos palmadas sobre el lomo a la cabra, que por los cuernos tenía, diciéndole: “Recuéstate junto a mí, manchada; que tiempo 25 nos queda para volver a nuestro apero.” Parece que lo entendió la cabra, porque en sentándose su dueño, se tendió ella junto a él con mucho sosiego, y mirándole al rostro, daba a entender que estaba atenta a lo que el 30 cabrero iba diciendo, el cual comenzó su historia de esta manera.
p. 380 Capítulo LI Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban a don Quijote. “Tres leguas de este valle está una aldea que, aunque pequeña, es de las más ricas que hay 5 en todos estos contornos, en la cual había un labrador muy honrado, y tanto, que aunque es anejo al ser rico el ser honrado, más lo era él por la virtud que tenía, que por la riqueza que alcanzaba; mas lo que le hacía más dichoso, 10 según él decía, era tener una hija de tan extremada hermosura, rara discreción, donaire y virtud, que el que la conocía y la miraba, se admiraba de ver las extremadas partes con que el cielo y la naturaleza la habían enriquecido. 15 Siendo niña, fue hermosa, y siempre fue creciendo en belleza, y en la edad de diez y seis años fue hermosísima. La fama de su belleza se comenzó a extender por todas las circunvecinas aldeas, ¿qué digo yo por las circunvecinas 20 no más, si se extendió a las apartadas ciudades, y aun se entró por las salas de los reyes y por los oídos de todo género de gente que, como a cosa rara, o como a imagen de milagros, de todas partes a verla venían? 25 ”Guardábala su padre y guardábase ella, que no hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden a una doncella que las del recato propio. La riqueza del padre y la belleza de la hija movieron a muchos, así del 30
CUARTA PARTE, CAPITULO LI p. 381 pueblo como forasteros, a que por mujer se la pidiesen; mas él, como a quien tocaba disponer de tan rica joya, andaba confuso, sin saber determinarse a quién la entregaría de los infinitos que le importunaban; y entre los 5 muchos que tan buen deseo tenían, fui yo uno, a quien dieron muchas y grandes esperanzas de buen suceso conocer que el padre conocía quién yo era, el ser natural del mismo pueblo, limpio en sangre, en la edad floreciente, 10 en la hacienda muy rico y en el ingenio no menos acabado. ”Con todas estas mismas partes la pidió también otro del mismo pueblo, que fue causa de suspender y poner en balanza la voluntad 15 del padre, a quien parecía que con cualquiera de nosotros estaba su hija bien empleada; y por salir de esta confusión, determinó decírselo a Leandra, que así se llama la rica que en miseria me tiene puesto, advirtiendo que, pues 20 los dos éramos iguales, era bien dejar a la voluntad de su querida hija el escoger a su gusto, cosa digna de imitar de todos los padres que a sus hijos quieren poner en estado. No digo yo que los dejen escoger en cosas ruines 25 y malas, sino que se las propongan buenas, y de las buenas que escojan a su gusto. No sé yo el que tuvo Leandra; sólo sé que el padre nos entretuvo a entrambos con la poca edad de su hija, y con palabras generales, que ni le 30 obligaban, ni nos desobligaban tampoco. Llámase mi competidor Anselmo, y yo Eugenio,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 382 porque vais con noticia de los nombres de las personas que en esta tragedia se contienen, cuyo fin aún está pendiente, pero bien se deja entender que ha de ser desastrado. ”En esta sazón vino a nuestro pueblo un 5 Vicente de la Rosa, hijo de un pobre labrador del mismo lugar, el cual Vicente venía de las Italias y de otras diversas partes, de ser soldado; llevóle de nuestro lugar, siendo muchacho de hasta doce años, un capitán que con su 10 compañía por allí acertó a pasar, y volvió el mozo de allí a otros doce, vestido a la soldadesca, pintado con mil colores, lleno de mil dijes de cristal y sutiles cadenas de acero; hoy se ponía una gala y mañana otra, pero todas 15 sutiles, pintadas, de poco peso y menos tomo. La gente labradora, que de suyo es maliciosa, y dándole el ocio lugar es la misma malicia, lo notó, y contó punto por punto sus galas y preseas, y halló que los vestidos eran tres de 20 diferentes colores, con sus ligas y medias, pero, él hacía tantos guisados e invenciones de ellas, que si no se los contaran, hubiera quien jurara que había hecho muestra de más de diez pares de vestidos y de más de veinte plumajes. Y no 25 parezca impertinencia y demasía esto que de los vestidos voy contando, porque ellos hacen una buena parte en esta historia. ”Sentábase en un poyo que debajo de un gran álamo está en nuestra plaza, y allí nos 30 tenía a todos la boca abierta, pendientes de las hazañas que nos iba contando: no había tierra
CUARTA PARTE, CAPITULO LI p. 383 en todo el orbe que no hubiese visto, ni batalla donde no se hubiese hallado; había muerto más moros que tiene Marruecos y Túnez, y entrado en más singulares desafíos, según él decía, que Gante y Luna, Diego García de Paredes y 5 otros mil que nombraba, y de todos había salido con victoria, sin que le hubiesen derramado una sola gota de sangre; por otra parte, mostraba señales de heridas que, aunque no se divisaban, nos hacía entender que eran arcabuzazos 10 dados en diferentes reencuentros y facciones; finalmente, con una no vista arrogancia llamaba de vos a sus iguales y a los mismos que le conocían, y decía que su padre era su brazo, su linaje sus obras, y que, debajo de ser 15 soldado, al mismo rey no debía nada. Añadiósele a estas arrogancias ser un poco músico y tocar una guitarra a lo rasgado, de manera, que decían algunos que la hacía hablar; pero no pararon aquí sus gracias, que también la tenía de 20 poeta, y así, de cada niñería que pasaba en el pueblo componía un romance de legua y media de escritura. ”Este soldado, pues, que aquí he pintado, este Vicente de la Rosa, este bravo, este galán, 25 este músico, este poeta, fue visto y mirado muchas veces de Leandra desde una ventana de su casa que tenía la vista a la plaza; enamoróla el oropel de sus vistosos trajes; encantáronla sus romances, que de cada uno que componía 30 daba veinte traslados; llegaron a sus oídos la hazañas que él de sí mismo había referido, y,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 384 finalmente, que así el diablo lo debía de tener ordenado, ella se vino a enamorar de él, antes que en él naciese presunción de solicitarla, y como en los casos de amor no hay ninguno que con más facilidad se cumpla que aquel que 5 tiene de su parte el deseo de la dama, con facilidad se concertaron Leandra y Vicente, y primero que alguno de sus muchos pretendientes cayesen en la cuenta de su deseo, ya ella le tenía cumplido, habiendo dejado la 10 casa de su querido y amado padre, que madre no la tiene, y ausentádose de la aldea con el soldado, que salió con más triunfo de esta empresa que de todas las muchas que él se aplicaba. 15 ”Admiró el suceso a toda el aldea, y aun a todos los que de él noticia tuvieron; yo quedé suspenso, Anselmo atónito, el padre triste, sus parientes afrentados, solícita la justicia, los cuadrilleros listos; tomáronse los caminos, 20 escudriñáronse los bosques y cuanto había, y al cabo de tres días hallaron a la antojadiza Leandra en una cueva de un monte, desnuda en camisa, sin muchos dineros y preciosísimas joyas que de su casa había sacado. Volviéronla 25 a la presencia del lastimado padre; preguntáronle su desgracia; confesó sin apremio que Vicente de la Rosa la había engañado, y debajo de su palabra de ser su esposo la persuadió que dejase la casa de su padre; que él la 30 llevaría a la más rica y más viciosa ciudad que había en todo el universo mundo, que era
CUARTA PARTE, CAPITULO LI p. 385 Nápoles, y que ella, mal advertida y peor engañada, le había creído, y, robando a su padre, se le entregó la misma noche que había faltado; y que él la llevó a un áspero monte y la encerró en aquella cueva donde la habían hallado. 5 Contó también como el soldado, sin quitarle su honor, le robó cuanto tenía, y la dejó en aquella cueva y se fue: suceso que de nuevo puso en admiración a todos. ”Duro se nos hizo de creer la continencia 10 del mozo, pero ella lo afirmó con tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado padre se consolase, no haciendo cuenta de las riquezas que le llevaban, pues le habían dejado a su hija con la joya que, si una vez se pierde, 15 no deja esperanza de que jamás se cobre. El mismo día que pareció Leandra la desapareció su padre de nuestros ojos y la llevó a encerrar en un monasterio de una villa que está aquí cerca, esperando que el tiempo gaste 20 alguna parte de la mala opinión en que su hija se puso. Los pocos años de Leandra sirvieron de disculpa de su culpa, a lo menos con aquellos que no les iba algún interés en que ella fuese mala o buena; pero los que conocían su 25 discreción y mucho entendimiento no atribuyeron a ignorancia su pecado, sino a su desenvoltura y a la natural inclinación de las mujeres, que, por la mayor parte, suele ser desatinada y mal compuesta. 30 ”Encerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo ciegos, a lo menos, sin tener cosa que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 386 mirar que contento le diese; los míos en tinieblas, sin luz que a ninguna cosa de gusto les encaminase; con la ausencia de Leandra crecía nuestra tristeza, apocábase nuestra paciencia, maldecíamos las galas del soldado y 5 abominábamos del poco recato del padre de Leandra; finalmente, Anselmo y yo nos concertamos de dejar el aldea y venirnos a este valle, donde él apacentando una gran cantidad de ovejas suyas propias, y yo un numeroso rebaño de 10 cabras, también mías, pasamos la vida entre los árboles, dando vado a nuestras pasiones, o cantando juntos alabanzas o vituperios de la hermosa Leandra, o suspirando solos y a solas comunicando con el cielo nuestras 15 querellas. ”A imitación nuestra, otros muchos de los pretendientes de Leandra se han venido a estos ásperos montes usando el mismo ejercicio nuestro, y son tantos, que parece que este sitio 20 se ha convertido en la pastoral Arcadia, según está colmo de pastores y de apriscos, y no hay parte en él donde no se oiga el nombre de la hermosa Leandra; éste la maldice y la llama antojadiza, varia y deshonesta; aquél 25 la condena por fácil y ligera; tal la absuelve y perdona, y tal la justicia y vitupera; uno celebra su hermosura, otro reniega de su condición, y, en fin, todos la deshonran y todos la adoran, y de todos se extiende a tanto la 30 locura, que hay quien se queje de desdén sin haberla jamás hablado, y aun quien se lamente
CUARTA PARTE, CAPITULO LI p. 387 y sienta la rabiosa enfermedad de los celos, que ella jamás dio a nadie, porque, como ya tengo dicho, antes se supo su pecado que su deseo. No hay hueco de peña, ni margen de arroyo, ni sombra de árbol que no esté 5 ocupada de algún pastor que sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre de Leandra dondequiera que pueda formarse; Leandra resuenan los montes; Leandra murmuran los arroyos, y Leandra nos tiene a todos 10 suspensos y encantados, esperando sin esperanza y temiendo sin saber de qué tememos. ”Entre estos disparatados, el que muestra que menos y más juicio tiene es mi competidor Anselmo, el cual, teniendo tantas 15 otras cosas de que quejarse, sólo se queja de ausencia, y al son de un rabel que admirablemente toca, con versos, donde muestra su buen entendimiento, cantando se queja; yo sigo otro camino más fácil, y a mi parecer el más 20 acertado, que es decir mal de la ligereza de las mujeres, de su inconstancia, de su doble trato, de sus promesas muertas, de su fe rompida y, finalmente, del poco discurso que tienen en saber colocar sus pensamientos e intenciones 25 que tienen. Y ésta fue la ocasión, señores, de las palabras y razones que dije a esta cabra cuando aquí llegué: que por ser hembra la tengo en poco, aunque es la mejor de todo mi apero. 30 ”Esta es la historia que prometí contaros; si he sido en el contarla prolijo, no seré en
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 388 serviros corto; cerca de aquí tengo mi majada, y en ella tengo fresca leche y muy sabrosísimo queso, con otras varias y sazonadas frutas, no menos a la vista que al gusto agradables.” 5
p. 389 Capítulo LII De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la rara aventura de los disciplinantes, a quien dio feliz fin a costa de su sudor. 5 General gusto causó el cuento del cabrero a todos los que escuchado le habían, especialmente le recibió el canónigo, que con extraña curiosidad notó la manera con que le había contado, tan lejos de parecer rústico cabrero 10 cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y, así, dijo que había dicho muy bien el cura en decir que los montes criaban letrados. Todos se ofrecieron a Eugenio, pero el que más se mostró liberal en esto fue don Quijote, que 15 le dijo: “Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder comenzar alguna aventura, que luego luego me pusiera en camino, porque vos la tuvierais buena; que 20 yo sacara del monasterio, donde sin duda alguna debe de estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la abadesa y de cuantos quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras manos para que hicierais de ella a toda 25 vuestra voluntad y talante, guardando, pero, las leyes de la caballería, que mandan que a ninguna doncella se le sea fecho desaguisado alguno; aunque yo espero en Dios Nuestro Señor que no ha de poder tanto la fuerza de 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 390 un encantador malicioso, que no pueda más la de otro encantador mejor intencionado, y para entonces os prometo mi favor y ayuda, como me obliga mi profesión, que no es otra si no es favorecer a los desvalidos y 5 menesterosos.” Miróle el cabrero, y como vio a don Quijote de tan mal pelaje y catadura, admiróse y preguntó al barbero, que cerca de sí tenía: “Señor, ¿quién es este hombre que tal talle 10 tiene y de tal manera habla?” “¿Quién ha de ser”, respondió el barbero, “sino el famoso don Quijote de la Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, el amparo de las doncellas, el asombro de 15 los gigantes y el vencedor de las batallas?” “Eso me semeja”, respondió el cabrero, “a lo que se lee en los libros de caballeros andantes, que hacían todo eso que de este hombre vuestra merced dice; puesto que para mí 20 tengo, o que vuestra merced se burla, o que este gentil hombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabeza.” “Sois un grandísimo bellaco”, dijo a esta sazón don Quijote, “y vos sois el vacío y el 25 menguado; que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy hideputa puta que os parió.” Y, diciendo y hablando, arrebató de un pan que junto a sí tenía, y dio con él al cabrero en todo el rostro, con tanta furia, que le 30 remachó las narices; mas el cabrero, que no sabía de burlas, viendo con cuántas veras le
CUARTA PARTE, CAPITULO LII p. 391 maltrataban, sin tener respeto a la alfombra, ni a los manteles, ni a todos aquellos que comiendo estaban, saltó sobre don Quijote, y, asiéndole del cuello con entrambas manos, no dudara de ahogarle, si Sancho Panza no 5 llegara en aquel punto y le asiera por las espaldas y diera con él encima de la mesa, quebrando platos, rompiendo tazas y derramando y esparciendo cuanto en ella estaba. Don Quijote, que se vio libre, acudió a subirse sobre 10 el cabrero, el cual, lleno de sangre el rostro, molido a coces de Sancho, andaba buscando a gatas algún cuchillo de la mesa para hacer alguna sanguinolenta venganza, pero estorbábanselo el canónigo y el cura; mas el 15 barbero hizo de suerte que el cabrero cogió debajo de sí a don Quijote, sobre el cual llovió tanto número de mojicones, que del rostro del pobre caballero llovía tanta sangre como del suyo. Reventaban de risa el canónigo y el cura, 20 saltaban los cuadrilleros de gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando en pendencia están trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba, porque no se podía desasir de un criado del canónigo, que 25 le estorbaba que a su amo no ayudase. En resolución, estando todos en regocijo y fiesta, sino los dos aporreantes que se carpían, oyeron el son de una trompeta, tan triste, que les hizo volver los rostros hacia donde les pareció 30 que sonaba; pero el que más se alborotó de oírle fue don Quijote, el cual, aunque estaba
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 392 debajo del cabrero, harto contra su voluntad y más que medianamente molido, le dijo: “Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido valor y fuerzas para sujetar las mías, ruégote que hagamos 5 treguas, no más de por una hora, porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros oídos llega me parece que a alguna nueva aventura me llama.” El cabrero, que ya estaba cansado de moler 10 y ser molido, le dejó luego, y don Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son se oía, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos de blanco a modo de disciplinantes. 15 Era el caso, que aquel año habían las nubes negado su rocío a la tierra, y por todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones, rogativas y disciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les lloviese; y 20 para este efecto la gente de una aldea que allí junto estaba venía en procesión a una devota ermita que en un recuesto de aquel valle había. Don Quijote, que vio los extraños trajes de 25 los disciplinantes, sin pasarle por la memoria las muchas veces que los había de haber visto, se imaginó que era cosa de aventura y que a él solo tocaba, como a caballero andante, el acometerla; y confirmóle más esta imaginación, 30 pensar que una imagen que traían cubierta de luto fuese alguna principal señora que llevaban
CUARTA PARTE, CAPITULO LII p. 393 por fuerza aquellos follones y descomedidos malandrines, y como esto le cayó en las mientes, con gran ligereza arremetió a Rocinante, que paciendo andaba, quitándole del arzón el freno y el adarga, y en un punto le 5 enfrenó, y pidiendo a Sancho su espada, subió sobre Rocinante y embrazó su adarga, y dijo en alta voz a todos los que presentes estaban: “Ahora, valerosa compañía, veréis 10 cuánto importa que haya en el mundo caballeros que profesen la orden de la andante caballería; ahora digo que veréis, en la libertad de aquella buena señora que allí va cautiva, si se han de estimar los caballeros andantes.” 15 Y, en diciendo esto, apretó los muslos a Rocinante, porque espuelas no las tenía, y a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda esta verdadera historia que jamás la diese Rocinante, se fue a encontrar con los 20 disciplinantes, bien que fueran el cura y el canónigo y barbero a detenerle; mas no les fue posible, ni menos le detuvieron las voces que Sancho le daba, diciendo: “¿Adónde va, señor don Quijote?; ¿qué 25 demonios lleva en el pecho que le incitan a ir contra nuestra fe católica? Advierta, mal haya yo, que aquélla es procesión de disciplinantes, y que aquella señora que llevan sobre la peana es la imagen benditísima de la Virgen sin 30 mancilla; mire, señor, lo que hace, que por esta vez se puede decir que no es lo que sabe.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 394 Fatigóse en vano Sancho, porque su amo iba tan puesto en llegar a los ensabanados y en librar a la señora enlutada, que no oyó palabra, y aunque la oyera, no volviera, si el rey se lo mandara. Llegó, pues, a la procesión, y paró 5 a Rocinante, que ya llevaba deseo de quietarse un poco, y con turbada y ronca voz, dijo: “Vosotros, que quizá por no ser buenos os encubrís los rostros, atended y escuchad lo que deciros quiero.” 10 Los primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban, y uno de los cuatro clérigos que cantaban las letanías, viendo la extraña catadura de don Quijote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias 15 de risa que notó y descubrió en don Quijote, le respondió, diciendo: “Señor hermano, si nos quiere decir algo, dígalo presto, porque se van estos hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es razón 20 que nos detengamos a oír cosa alguna, si ya no es tan breve que en dos palabras se diga.” “En una lo diré”, replicó don Quijote, “y es ésta: que luego al punto dejéis libre a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante 25 dan claras muestras que la lleváis contra su voluntad y que algún notorio desaguisado le habéis fecho; y yo, que nací en el mundo para desfacer semejantes agravios, no consentiré que un solo paso adelante pase sin darle 30 la deseada libertad que merece.” En estas razones, cayeron todos los que las
CUARTA PARTE, CAPITULO LII p. 395 oyeron que don Quijote debía de ser algún hombre loco, y tomáronse a reír muy de gana, cuya risa fue poner pólvora a la cólera de don Quijote, porque sin decir más palabra, sacando la espada, arremetió a las andas; uno de 5 aquellos que las llevaban, dejando la carga a sus compañeros, salió al encuentro de don Quijote, enarbolando una horquilla o bastón con que sustentaba las andas en tanto que descansaba, y recibiendo en ella una gran cuchillada que 10 le tiró don Quijote, con que se la hizo dos partes, con el último tercio, que le quedó en la mano, dio tal golpe a don Quijote encima de un hombro, por el mismo lado de la espada, que no pudo cubrir el adarga contra villana 15 fuerza, que el pobre don Quijote vino al suelo muy malparado. Sancho Panza, que jadeando le iba a los alcances, viéndole caído, dio voces a su moledor que no le diese otro palo, porque 20 era un pobre caballero encantado, que no había hecho mal a nadie en todos los días de su vida; mas lo que detuvo al villano no fueron las voces de Sancho, sino el ver que don Quijote no bullía pie ni mano; y, así, creyendo 25 que le había muerto, con prisa se alzó la túnica a la cinta y dio a huir por la campaña como un gamo. Ya en esto llegaron todos los de la compañía de don Quijote adonde él estaba; 30 mas los de la procesión, que los vieron venir corriendo, y con ellos los cuadrilleros con sus
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 396 ballestas, temieron algún mal suceso e hiciéronse todos un remolino alrededor de la imagen, y alzados los capirotes, empuñando las disciplinas y los clérigos los ciriales, esperaban el asalto, con determinación de 5 defenderse y aun ofender, si pudiesen, a sus acometedores; pero la fortuna lo hizo mejor que se pensaba, porque Sancho no hizo otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo de su señor, haciendo sobre él el más doloroso y risueño 10 llanto del mundo, creyendo que estaba muerto. El cura fue conocido de otro cura que en la procesión venía, cuyo conocimiento puso en sosiego el concebido temor de los dos escuadrones; el primer cura dio al segundo en dos 15 razones cuenta de quién era don Quijote, y así, él como toda la turba de los disciplinantes fueron a ver si estaba muerto el pobre caballero, y oyeron que Sancho Panza, con lágrimas en los ojos, decía: 20 “¡Oh flor de la caballería, que con sólo un garrotazo acabaste la carrera de tus tan bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de toda la Mancha y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedará 25 lleno de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechorías! ¡Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de servicio me tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Oh humilde con 30 los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de peligros, sufridor de afrentas,
CUARTA PARTE, CAPITULO LII p. 397 enamorado sin causa, imitador de los buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines; en fin, caballero andante, que es todo lo que decir se puede!” Con las voces y gemidos de Sancho revivió 5 don Quijote, y la primer palabra que dijo fue: “El que de vos vive ausente, dulcísima Dulcinea, a mayores miserias que éstas está sujeto; ayúdame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro encantado; que ya no estoy para 10 oprimir la silla de Rocinante, porque tengo todo este hombro hecho pedazos.” “Eso haré yo de muy buena gana, señor mío”, respondió Sancho, “y volvamos a mi aldea en compañía de estos señores, que su bien 15 desean, y allí daremos orden de hacer otra salida que nos sea de más provecho y fama.” “Bien dices, Sancho”, respondió don Quijote, “y será gran prudencia dejar pasar el mal influjo de las estrellas que ahora corre.” 20 El canónigo y el cura y barbero le dijeron que haría muy bien en hacer lo que decía; y así, habiendo recibido grande gusto de las simplicidades de Sancho Panza, pusieron a don Quijote en el carro, como antes venía. La 25 procesión volvió a ordenarse y a proseguir su camino. El cabrero se despidió de todos. Los cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el cura les pagó lo que se les debía. El canónigo pidió al cura le avisase el suceso de don Quijote, 30 si sanaba de su locura, o si proseguía en ella, y con esto tomó licencia para seguir su viaje.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 398 En fin, todos se dividieron y apartaron, quedando solos el cura y barbero, don Quijote y Panza, y el bueno de Rocinante, que a todo lo que había visto estaba con tanta paciencia como su amo. El boyero unció sus bueyes y 5 acomodó a don Quijote sobre un haz de heno, y con su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y a cabo de seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad del día, que acertó a ser domingo, y 10 la gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual atravesó el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver lo que en el carro venía, y, cuando conocieron a su compatriota, quedaron maravillados, y un muchacho acudió corriendo 15 a dar las nuevas a su ama y a su sobrina de que su tío y su señor venía flaco y amarillo, y tendido sobre un montón de heno, y sobre un carro de bueyes. Cosa de lástima fue oír los gritos que las dos buenas señoras alzaron, las 20 bofetadas que se dieron, las maldiciones que de nuevo echaron a los malditos libros de caballerías; todo lo cual se renovó cuando vieron entrar a don Quijote por sus puertas. A las nuevas de esta venida de don Quijote 25 acudió la mujer de Sancho Panza, que ya había sabido que había ido con él, sirviéndole de escudero, y, así como vio a Sancho, lo primero que le preguntó fue que si venía bueno el asno. Sancho respondió que venía mejor 30 que su amo. “Gracias sean dadas a Dios”, replicó ella,
CUARTA PARTE, CAPITULO LII p. 399 “que tanto bien me ha hecho; pero contadme ahora, amigo, ¿qué bien habéis sacado de vuestras escuderías?; ¿qué saboyana me traéis a mí?; ¿qué zapaticos a vuestros hijos?” 5 “No traigo nada de eso”, dijo Sancho, “mujer mía, aunque traigo otras cosas de más momento y consideración.” “De eso recibo yo mucho gusto”, respondió la mujer; “mostradme esas cosas de más 10 consideración y más momento, amigo mío; que las quiero ver para que se me alegre este corazón, que tan triste y descontento ha estado en todos los siglos de vuestra ausencia.” “En casa os las mostraré, mujer”, dijo 15 Panza, “y por ahora estad contenta, que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar aventuras, vos me veréis presto conde o gobernador de una ínsula, y no de las de por ahí, sino la mejor que pueda 20 hallarse.” “Quiéralo así el cielo, marido mío; que bien lo habemos menester. Mas decidme, ¿qué es eso de ínsulas, que no lo entiendo?” “No es la miel para la boca del asno”, 25 respondió Sancho; “a su tiempo lo verás, mujer, y aun te admirarás de oírte llamar señoría de todos tus vasallos.” “¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías, ínsulas y vasallos?”, respondió Juana Panza, 30 que así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran parientes, sino porque se usa en
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 400 la Mancha tomar las mujeres el apellido de sus maridos. “No te acucies, Juana, por saber todo esto tan aprisa; basta que te digo verdad, y cose la boca. Sólo te sabré decir, así de paso, que 5 no hay cosa más gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero andante, buscador de aventuras. Bien es verdad que las más que se hallan no salen tan a gusto como el hombre querría, porque de 10 ciento que se encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas. Sélo yo de experiencia, porque de algunas he salido manteado y de otras molido. Pero, con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos, atravesando 15 montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas a toda discreción, sin pagar ofrecido sea al diablo el maravedí.” Todas estas pláticas pasaron entre Sancho 20 Panza y Juana Panza, su mujer, en tanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron y le desnudaron y le tendieron en su antiguo lecho. Mirábalas él con ojos atravesados, y no acababa de entender en qué parte estaba. El 25 cura encargó a la sobrina tuviese gran cuenta con regalar a su tío, y que estuviesen alerta de que otra vez no se les escapase, contando lo que había sido menester para traerle a su casa. Aquí alzaron las dos de nuevo los gritos 30 al cielo; allí se renovaron las maldiciones de los libros de caballerías; allí pidieron al cielo
CUARTA PARTE, CAPITULO LII p. 401 que confundiese en el centro del abismo a los autores de tantas mentiras y disparates. Finalmente, ellas quedaron confusas y temerosas de que se habían de ver sin su amo y tío en el mismo punto que tuviese alguna mejoría; 5 y así fue, como ellas se lo imaginaron. Pero el autor de esta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido hallar noticia de ellas, a lo 10 menos por escrituras auténticas; sólo la fama ha guardado en las memorias de la Mancha, que don Quijote, la tercera vez que salió de su casa, fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad hicieron, 15 y allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento. Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna, ni la alcanzara, ni supiera, si la buena suerte no le deparara un antiguo médico, que tenía en su poder una 20 caja de plomo, que, según él dijo, se había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se renovaba. En la cual caja se habían hallado unos pergaminos escritos con letras góticas, pero en versos castellanos, que 25 contenían muchas de sus hazañas y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del mismo don Quijote, con diferentes epitafios y elogios 30 de su vida y costumbres. Y los que se pudieron leer y sacar en limpio,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 402 fueron los que aquí pone el fidedigno autor de esta nueva y jamás vista historia. El cual autor no pide a los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó inquirir y buscar todos los archivos manchegos por 5 sacarla a luz, sino que le den el mismo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías, que tan validos andan en el mundo; que con esto se tendrá por bien pagado y satisfecho. Y se animará a sacar y buscar otras, si 10 no tan verdaderas, a lo menos, de tanta invención y pasatiempo. Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se halló en la caja de plomo eran éstas: Los académicos de la Argamasilla, lugar de 15 la Mancha, en vida y muerte del valeroso don Quijote de la Mancha, HOC SCRIPSERUNT.
CUARTA PARTE, CAPITULO LII p. 403 El Monicongo, académico de la Argamasilla, a la sepultura de don Quijote. EPITAFIO El calvatrueno, que adornó a la Mancha de más despojos que Jasón de Creta; 5 el juicio que tuvo la veleta aguda donde fuera mejor ancha; el brazo que su fuerza tanto ensancha, que llegó del Catay hasta Gaeta; la musa más horrenda y más discreta, 10 que grabó versos en broncínea plancha; el que a cola dejó los Amadises, y en muy poquito a Galaores tuvo, estribando en su amor y bizarría; el que hizo callar los Belianises; 15 aquel que en Rocinante errando anduvo, yace debajo de esta losa fría. Del Paniaguado, académico de la Argamasilla, in laudem Dulcineæ del Toboso. SONETO 20 Esta que veis de rostro amondongado, alta de pechos y ademán brioso, es Dulcinea, reina del Toboso, de quien fue el gran Quijote aficionado. Pisó por ella el uno y otro lado 25 de la gran Sierra Negra, y el famoso campo de Montiel, hasta el herboso llano de Aranjuez, a pie y cansado. Culpa de Rocinante. ¡Oh dura estrella, que esta manchega dama y este invito 30 andante caballero, en tiernos años, ella dejó muriendo de ser bella, y él, aunque queda en mármoles escrito, no pudo huir de amor, iras y engaños!
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 404 Del Caprichoso, discretísimo académico de la Argamasilla, en loor de Rocinante, caballo de don Quijote de la Mancha. SONETO En el soberbio trono diamantino 5 que con sangrientas plantas huella Marte, frenético el manchego su estandarte tremola con esfuerzo peregrino. Cuelga las armas y el acero fino con que destroza, asuela, raja y parte: 10 ¡nuevas proezas!, pero inventa el arte un nuevo estilo al nuevo paladino. Y si de su Amadís se precia Gaula, por cuyos bravos descendientes Grecia triunfó mil veces, y su fama ensancha, 15 hoy a Quijote le corona el aula do Belona preside, y de él se precia más que Grecia, ni Gaula, la alta Mancha. Nunca sus glorias el olvido mancha, pues hasta Rocinante en ser gallardo, 20 excede a Brilladoro y a Bayardo. Del Burlador, académico argamasillesco, a Sancho Panza. SONETO Sancho Panza es aquéste en cuerpo chico, 25 pero grande en valor, ¡milagro extraño! escudero el más simple y sin engaño que tuvo el mundo, os juro y certifico. De ser conde no estuvo en un tantico, si no se conjuraran en su daño 30 insolencias y agravios del tacaño siglo, que aun no perdonan a un borrico.
CUARTA PARTE, CAPITULO LII p. 405 Sobre él anduvo, con perdón se miente, este manso escudero, tras el manso caballo Rocinante y tras su dueño. ¡Oh vanas esperanzas de la gente, cómo pasáis con prometer descanso, 5 y al fin paráis en sombra, en humo, en sueño! Del Cachidiablo, académico de la Argamasilla, en la sepultura de don Quijote: EPITAFIO Aquí yace el caballero 10 bien molido y mal andante, a quien llevó Rocinante por uno y otro sendero. Sancho Panza, el majadero, yace también junto a él, 15 escudero el más fiel que vio el trato de escudero. Del Tiquitoc, académico de la Argamasilla, en la sepultura de Dulcinea del Toboso: EPITAFIO 20 Reposa aquí Dulcinea, y aunque de carnes rolliza, la volvió en polvo y ceniza la muerte espantable y fea. Fue de castiza ralea 25 y tuvo asomos de dama; del gran Quijote fue llama, y fue gloria de su aldea. Estos fueron los versos que se pudieron leer; los demás, por estar carcomida la letra, se 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 406 entregaron a un académico para que por conjeturas los declarase. Tiénese noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigilias y mucho trabajo, y que tiene intención de sacarlos a luz con esperanza de la tercera salida de don 5 Quijote. Forse altri cantera con miglior plettro. FINIS
p. 407 CUARTA PARTE DE LA HISTORIA DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA (I) Págs. _____ Capítulo XXVIII. - Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y barbero sucedió en la misma sierra..................... 7 Capítulo XXIX. - Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas de gusto y pasatiempo................................... 30 Capítulo XXX. - Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había puesto......................... 49 Capítulo XXXI. - De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos.......... 64 Capítulo XXXII. - Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote. 79 Capítulo XXXIII. - Donde se cuenta la novela del Curioso impertinente....................... 90 Capítulo XXXIV. - Donde se prosigue la novela del Curioso impertinente....................... 120 Capítulo XXXV. - Donde se da fin a la novela del Curioso impertinente....................... 149 Capítulo XXXVI. - Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta sucedieron............. 163 _________ (I) Tabla de la primera edición.
TABLA p. 408 Págs. _____ Capítulo XXXVII. - Que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras............................ 179 Capítulo XXXVIII. - Que trata del discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras. 196 Capítulo XXXIX. - Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos.............................. 203 Capítulo XL. - Donde se prosigue la historia del cautivo.................................... 216 Capítulo XLI. - Donde todavía prosigue el cautivo su suceso.............................. 234 Capítulo XLII. - Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otras muchas cosas dignas de saberse.............................. 265 Capítulo XLIII. - Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros extraños acaecimientos en la venta sucedidos. Comienza: Marinero soy de amor................. 276 Capítulo XLIV. - Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta.................. 291 Capítulo XLV. - Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad......................................... 305 Capítulo XLVI. - De la notable aventura de los cuadrilleros y la gran ferocidad de nuestro buen caballero................................. 317 Capítulo XLVII. - Del extraño modo con que fue encantado don Quijote, con otros famosos sucesos........................................ 330 Capítulo XLVIII. - Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio............... 346 Capítulo XLIX. - Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote.................................... 358 Capítulo L. - De las discretas altercaciones
TABLA p. 409 Págs. _____ que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos.................................. 370 Capítulo LI. - Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban al valiente don Quijote.................................... 380 Capítulo LII. - De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la rara aventura de los disciplinantes, a quien dio feliz fin a costa de su sudor.............................. 389
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