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               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______

          DON QUIJOTE DE LA MANCHA

                   TOMO III


             Versión modernizada


            Texto electrónico por
                Fred F. Jehle


      Copyright © 1941 Rodolfo Schevill
       Copyright © 1997 Fred F. Jehle &
          Purdue Research Foundation


OBRAS COMPLETAS DE MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA _______ DON QUIJOTE DE LA MANCHA TOMO III EDICIÓN PUBLICADA POR RODOLFO SCHEVILL Y ADOLFO BONILLA Profesor en la Profesor en la Universidad de Universidad de California (Berkeley). Madrid. MADRID GRÁFICAS REUNIDAS, S. A. M. CM. XXXV.
p. 4
p. 5 Advertencia preliminar La impresión del texto de la primera edición de la Segunda Parte de Don Quijote no resultó tan descuidada y deficiente como la de la Primera Parte de 1605, aunque ni el papel ni el tipo resulten mayormente recomendables. Desde el principio se notan letras rotas o caídas; entre aquéllas figuran t, f, la s larga (ƒ), n y u; hay confusión entre e y c, r y t; la paginación está errada en bastantes ocasiones; la puntuación en casi todas partes es execrable, no obstante mostrar discreción al servirse de los signos ortográficos en alguno que otro pasaje difícil. Por consiguiente, es raro que se pueda apelar al original para determinar el sentido de la frase por medio de la puntuación primitiva. En la Primera Parte se lee más Vuestra Merced (además de v. m. sin resolver), y en la Segunda, Vuessa Merced (al lado de v. merced y v. m.). Habiendo optado por Vuestra Merced al disolver v. m. en la Parte I, he seguido este mismo sistema en la Parte II. A menudo se presentaba la tentación de enmendar pequeños defectos de lenguaje en el original, y muchos editores lo han hecho sin indicar el cambio; pero he de insistir que el resultado así conseguido no representa el texto
ADVERTENCIA PRELIMINAR p. 6 de Cervantes. Para no abultar demasiadamente estos volúmenes no me he explayado en el comentario de términos, frases o nombres ya tratados por otros editores. Tampoco he incluido voces y giros registrados por el diccionario académico. Las abreviaturas se resuelven como en los demás tomos. No hago caso de variantes, omisiones ni adiciones caprichosas de las ediciones posteriores a la muerte de Cervantes, a menos que tengan especial importancia para aclarar el texto. La Segunda Parte no ofrece ningunas dificultades que desenredar de tanta monta como la Primera, vbgr., la pérdida del rucio y su hallazgo, ambos sin explicar, o los pasajes viciados por omisiones o trastornos de frases enteras. El problema que más ha dado que conjeturar a los cervantistas, y que todavía queda en pie a pesar de sus esfuerzos, es la solución del misterio que nos encubre el verdadero nombre de Alonso Fernández de Avellaneda, autor del falso Quijote, “de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas, y nació en Tarragona”. ¿Quién era este escritor, y de qué modo se relacionaba su existencia con la de Cervantes? Se cree, por lo común, que Cervantes no llegó nunca a conocer al historiador fingido; si supiese quién fuera, se hace difícil de interpretar su silencio sobre el caso. ¿Sería posible que no quisiera mentarle para no embrollarse con él, ni andar en dares y tomares con el mundo malicioso de los literatos? Se ha exagerado
ADVERTENCIA PRELIMINAR p. 7 mucho la importancia de la identidad del supuesto autor, y no es probable que el saber su nombre nos explique jamás las semejanzas notables entre ciertos rasgos de su libro y algunos de la Segunda Parte de Cervantes. Todas las conjeturas sobre Avellaneda, hasta ahora divulgadas, han perdido terreno poco a poco, y su verdadera persona se mantiene todavía desconocida. En un artículo que acaba de publicar D. Emilio Cotarelo en el Boletín de la Academia Española (junio de 1934), el erudito académico cree haber encontrado por fin en Guillén de Castro al autor del falso Quijote. Si no me equivoco, tampoco ha dado con la solución, la cual necesita pruebas más terminantes para convencernos y dispersar definitivamente nuestras dudas. No siendo este prólogo el lugar a propósito para refutar esta nueva hipótesis, trataré de ella en otra ocasión. En cuanto a la obra de Avellaneda, la crítica hostil ha aflojado mucho su tono intolerante, y promete cambiar todavía más hasta ver en el desconocido novelista un escritor de dotes muy apreciables. En el siglo XIX los críticos se complacían en hallar en el Quijote de Avellaneda una obra pornográfica y licenciosa, y, por lo general, de pocos, o ningunos méritos. Pero la única base de todo criterio recto en la evaluación artística viene a ser una crítica comparada, según la cual ha de señalarse el cambio del gusto estético de estas materias. Es evidente que el siglo XIX, en consecuencia de una
ADVERTENCIA PRELIMINAR p. 8 sensibilidad falsa y pasajera, veía en las páginas de Avellaneda aspectos censurables en los cuales ya no se hace tanto hincapié ahora. Si algunos escritores de dicho siglo encontraban en el novelista tordesillesco fealdades “que levantaban el estómago en cada página” (M. y P.), ¿qué dirían de la tendencia franca y sobremanera naturalista de ciertos novelistas modernos? Toda crítica ha de ser relativa, y, por lo tanto, nos inclinamos hoy día a reconocer que hay en Avellaneda muchas vulgaridades, una nota prosaica, monotonía en los episodios, ocasionada por falta de invención, lo cual tiende a fatigar al lector. El desconocido autor carece, sobre todo, de esa cualidad luminosa del genio de Cervantes. Pero llegamos a tal conclusión solamente después de una comparación imprescindible del lenguaje, del contenido y del arte de Avellaneda con las bellezas eternas de la obra del más grande de los literatos españoles. En cambio, juzgada por sí sola la novela de Avellaneda, sería un dislate manifiesto no querer admitir que hay en ella muchos rasgos admirables. Desde luego, lejos de estar toda la obra llena de episodios groseros y brutales, está escrita en un castellano vigoroso, con estilo claro, y sin tacha ni de culteranismo, ni de retórica falsa. Si Avellaneda se deja arrastrar algunas veces por su humor espontáneo --por otro lado, casi siempre sano-- a proferir una palabra o un pensamiento arriesgado,
ADVERTENCIA PRELIMINAR p. 9 o si se deja vencer por el mal gusto hasta pintarnos, una sola vez, una escena realmente atrevida, y aun ofensiva (cuento del Rico desesperado), hay que advertir, con plena justicia, que esto sucede en contadísimas páginas, y, que además, por supuesto, no causa mayor efecto en el paladar del lector acostumbrado a las producciones modernas. Nos preguntamos hoy si no sería la novela alguna composición de los años juveniles o estudiantiles del autor desconocido. Hasta el humor quevedesco, los chistes francos y la risa estrepitosa nos llevan a tal conclusión. Lo que parece poco menos que milagroso es que el autor no hubiese escrito más obra que ésta. Y, sin embargo, ni su estilo ni su contenido, recuerdan los de ningún otro escritor coetáneo. Con este tomo y el que ha de seguir pronto termino el comentario a las obras de Cervantes. Han de finalizar la colección un índice y una breve memoria acerca de la vida del gran autor. Durante los muchos años consagrados al trabajo de dilucidar sus escritos, me he atrevido a abrigar una sola esperanza: la de que se haya adelantado algo en el establecimiento de un texto fidedigno de sus obras completas. Al terminar la faena laboriosa de comentarista (ocupación por lo común despreciada), no me hago la ilusión de haber publicado estos volúmenes cervantinos sin muchos defectos, que son de lamentar, ni numerosas equivocaciones, que nadie querrá disculpar. No me ha de valer
ADVERTENCIA PRELIMINAR p. 10 el que todo estudio de lenguaje sea difícil, ni que no hubiera bastado una vida entera dedicada a pesquisas y averiguaciones para dar con la verdad en cada caso. Para tratar del sentido de las voces o de los giros usados en tiempos lejanos, todo investigador se ve obligado, a menudo, a discurrir sobre lo que en realidad no entiende; y para llevar a cabo semejante empresa hay que tener en cuenta la prisa ineludible y el desmayarse de las fuerzas: condiciones de una obra que tiene afinidad, según una comparación de Escalígero, con la faena de laborear las minas y el trabajo del yunque. Para nada sirve alegar inadvertencias causadas por rutinarios deberes del día, ni olvidos producidos por traiciones de la memoria en el momento de mayor urgencia. Se nos escapa hoy lo que se sabía ayer y que se recordará, sin ser llamado, mañana. ¡Felices los que sean escogidos para proseguir una labor tan espiritualmente grata con la seguridad de poderla dejar mejorada en tercio y quinto con sus esfuerzos! Me tendré por afortunado si para el edificio que ellos levanten se vieran necesitados a utilizar algunas de las piedras por mí allegadas. R. S. Berkeley, otoño de 1934.
p. 11 SEGUNDA PARTE DEL INGENIOSO CABALLERO DON QUIJOTE DE LA MANCHA Por Miguel de Cervantes Saavedra, autor de su primera parte Dirigida a don Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos, de Andrade y de Villalba, Marqués de Sarria, Gentilhombre de la Cámara de Su Majestad, Comendador de la Encomienda de Peñafiel, y la Zarza de la Orden de Alcántara, Virrey, Gobernador y Capitán General del Reino de Nápoles, y Presidente del Supremo Consejo de Italia. Escudo del impresor: una mano, sobre la cual hay un halcón, puesto el Año capirote; debajo, 1615 un león echado; la leyenda dice: Post tenebras spero lucem. CON PRIVILEGIO __________________________________________________ EN MADRID, por Juan de la Cuesta. Véndese en casa de Francisco de Robles, librero del Rey nuestro señor.
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p. 13 TASA Yo, Hernando de Vallejo, Escribano de Cámara del Rey nuestro señor, de los que residen en su Consejo, doy fe: que habiéndose visto por los señores de él un libro que compuso 5 Miguel de Cervantes Saavedra, intitulado don Quijote de la Mancha, segunda parte, que con licencia de su Majestad fue impreso, le tasaron a cuatro maravedís cada pliego en papel, el cual tiene setenta y tres pliegos, que al 10 dicho respeto suma y monta doscientos y noventa y dos maravedís, y mandaron que esta tasa se ponga al principio de cada volumen del dicho libro, para que se sepa y entienda, lo que por él se ha de pedir, y llevar, sin 15 que se exceda en ello en manera alguna, como consta y parece por el auto y decreto original sobre ello dado, y que queda en mi poder, a que me refiero, y de mandamiento de los dichos señores del Consejo, y de pedimento de 20 la parte del dicho Miguel de Cervantes di esta fe en Madrid, a veinte y uno días del mes de octubre de mil y seiscientos y quince años. Hernando de Vallejo.
p. 14 FE DE ERRATAS Vi este libro intitulado Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, y no hay en él cosa digna de notar que no corresponda a su original. 5 Dada en Madrid a veinte y uno de octubre, mil y seiscientos y quince. El Licenciado Francisco Murcia de la Llana.
p. 15 APROBACION Por comisión y mandado de los señores del Consejo, he hecho ver el libro contenido en este memorial. No contiene cosa contra la fe ni buenas costumbres, antes es libro de mucho 5 entretenimiento lícito, mezclado de mucha filosofía moral; puédesele dar licencia para imprimirle. En Madrid, a cinco de noviembre de mil seiscientos y quince. 10 Doctor Gutierre de Cetina.
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p. 17 APROBACION Por comisión y mandado de los señores del Consejo he visto la Segunda parte de don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra; no contiene cosa contra nuestra 5 santa fe católica, ni buenas costumbres: antes muchas de honesta recreación y apacible divertimiento, que los antiguos juzgaron convenientes a sus Repúblicas, pues aun [en] la severa de los lacedemonios levantaron estatua a la risa, 10 y los de Tesalia la dedicaron fiestas, como lo dice Pausanias, referido de Bosio, lib. 2 De signis Eccles., cap. 10, alentando ánimos marchitos y espíritus melancólicos, de que se acordó Tulio en el primero De legibus, y el poeta 15 diciendo: “Interpone tuis interdum gaudia curis”, lo cual hace el autor mezclando las veras a las burlas, lo dulce a lo provechoso y lo moral a lo faceto, disimulando en el cebo del donaire el anzuelo de la reprensión, y 20 cumpliendo con el acertado asunto en que pretende la expulsión de los libros de caballerías, pues con su buena diligencia mañosamente ha limpiado de su contagiosa dolencia a estos reinos. Es obra muy digna de su grande 25 ingenio, honra y lustre de nuestra nación, admiración y envidia de las extrañas. Este es mi parecer, salvo, etc. En Madrid, a 17 de marzo de 1615. El M. Joseph de Valdivielso. 30
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p. 19 APROBACION Por comisión del señor Doctor Gutierre de Cetina, vicario general de esta villa de Madrid, Corte de su Majestad, he visto este libro de la segunda parte del Ingenioso Caballero don 5 Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra, y no hallo en él cosa indigna de un cristiano celo ni que disuene de la decencia debida a buen ejemplo, ni virtudes morales: antes mucha erudición y aprovechamiento, así 10 en la continencia de su bien seguido asunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de caballerías, cuyo contagio había cundido más de lo que fuera justo, como en la lisura del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y 15 estudiada afectación, vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos, y en la corrección de vicios que generalmente toca, ocasionado de sus agudos discursos, guarda con tanta cordura las leyes de reprensión cristiana, que aquel que 20 fuere tocado de la enfermedad que pretende curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas gustosamente habrá bebido, cuando menos lo imagine, sin empacho ni asco alguno, lo provechoso de la detestación de su vicio, con que 25 se hallará, que es lo más difícil de conseguirse, gustoso y reprendido. Ha habido muchos que por no haber sabido templar ni mezclar a propósito lo útil con lo dulce han dado con todo su molesto trabajo en 30
APROBACION p. 20 tierra, pues no pudiendo imitar a Diógenes en lo filósofo y docto, atrevida, por no decir licenciosa y desalumbradamente, le pretenden imitar en lo cínico, entregándose a maldicientes, inventando casos que no pasaron para hacer 5 capaz al vicio que tocan de su áspera reprensión, y por ventura descubren caminos para seguirle hasta entonces ignorados, con que vienen a quedar, si no reprensores, a lo menos maestros de él. Hácense odiosos a los bien 10 entendidos, con el pueblo pierden el crédito, si alguno tuvieron, para admitir sus escritos y los vicios que arrojada e imprudentemente quisieren corregir en muy peor estado que antes, que no todas las postemas a un mismo tiempo 15 están dispuestas para admitir las recetas o cauterios; antes algunos mucho mejor reciben las blandas y suaves medicinas, con cuya aplicación el atentado y docto médico consigue el fin de resolverlas, término que muchas veces 20 es mejor que no el que se alcanza con el rigor del hierro. Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel de Cervantes así nuestra nación como las extrañas, pues como a milagro desean ver 25 el autor de libros que con general aplauso, así por su decoro y decencia como por la suavidad y blandura de sus discursos han recibido España, Francia, Italia, Alemania y Flandes. Certifico con verdad que en veinte y cinco 30 de febrero de este año de seiscientos y quince, habiendo ido el ilustrísimo señor don Bernardo
APROBACION p. 21 de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo de Toledo, mi señor, a pagar la visita que a Su Ilustrísima hizo el embajador de Francia, que vino a tratar cosas tocantes a los casamientos de sus príncipes y los de España, muchos 5 caballeros franceses de los que vinieron acompañando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a mí y a otros capellanes del cardenal mi señor, deseosos de saber qué libros de ingenio 10 andaban más validos, y tocando a caso en este que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la estimación en que así en Francia como en los 15 reinos sus confinantes, se tenían sus obras, la Galatea, que alguno de ellos tiene casi de memoria la primera parte de ésta, y las Novelas. Fueron tantos sus encarecimientos, que me ofrecí llevarles que viesen el autor de ellas, que 20 estimaron con mil demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas 25 formales palabras: “Pues ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?” Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con mucha agudeza, y dijo: 30 “Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia para
APROBACION p. 22 que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo.” Bien creo que está, para censura, un poco larga, alguno dirá que toca los límites de lisonjero elogio: mas la verdad de lo que 5 cortamente digo deshace en el crítico la sospecha y en mí el cuidado; además que el día de hoy no se lisonjea a quien no tiene con qué cebar el pico del adulador que, aunque afectuosa y falsamente dice de burlas, pretende ser remunerado 10 de veras. En Madrid, a veinte y siete de febrero de mil y seiscientos y quince. El Licenciado Márquez Torres.
p. 23 PRIVILEGIO Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue fecha relación que habíais compuesto la Segunda parte de don Quijote de la Mancha, de la cual hacíais 5 presentación, y por ser libro de historia agradable y honesta, y haberos costado mucho trabajo y estudio, nos suplicasteis os mandásemos dar licencia para le poder imprimir y privilegio por veinte años, o como la nuestra 10 merced fuese, lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hizo la diligencia que la pragmática, por nos sobre ello fecha, dispone, fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula en 15 la dicha razón, y nos tuvímoslo por bien. Por la cual vos damos licencia y facultad para que por tiempo y espacio de diez años cumplidos primeros siguientes, que corran y se cuenten desde el día de la fecha de esta nuestra cédula 20 en adelante, vos, o la persona que para ello vuestro poder hubiere, y no otra alguna, podáis imprimir y vender el dicho libro que de suso se hace mención, y por la presente damos licencia y facultad a cualquier impresor de 25 nuestros reinos que nombrareis para que durante el dicho tiempo le pueda imprimir por el original, que en el nuestro Consejo se vio que va rubricado y firmado al fin de Hernando de Vallejo, nuestro escribano de Cámara, y 30
PRIVILEGIO p. 24 uno de los que en él residen, con que antes y primero que se venda lo traigáis ante ellos, juntamente con el dicho original, para que se vea si la dicha impresión está conforme a él, o traigáis fe en pública forma, como por 5 corrector por nos nombrado se vio y corrigió la dicha impresión por el dicho original, y más al dicho impresor que así imprimiere el dicho libro no imprima el principio y primer pliego de él, ni entregue más de un solo libro 10 con el original al autor y persona a cuya costa lo imprimiere, ni a otra alguna, para efecto de la dicha corrección y tasa, hasta que antes y primero el dicho libro esté corregido y tasado por los del nuestro Consejo, y estando hecho, 15 y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, en el cual inmediatamente ponga esta nuestra licencia y la aprobación, tasa y erratas, ni lo podáis vender, ni vendáis vos ni otra persona alguna, hasta que 20 esté el dicho libro en la forma susodicha, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en la dicha pragmática y leyes de nuestros reinos que sobre ello disponen, y más, que durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra 25 licencia no le pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere y vendiere haya perdido y pierda cualesquiera libros, moldes y aparejos que de él tuviere, y más incurra en pena de cincuenta mil maravedís por cada vez 30 que lo contrario hiciere, de la cual dicha pena sea la tercia parte para nuestra Cámara, y la
PRIVILEGIO p. 25 otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y la otra tercia parte para el que lo denunciare; y más a los del nuestro Consejo, Presidentes, Oidores de las nuestras Audiencias, Alcaldes, Alguaciles de la nuestra Casa 5 y Corte y Chancillerías, y a otras cualesquiera justicias de todas las ciudades, villas y lugares de los nuestros reinos y señoríos y a cada uno en su jurisdicción, así a los que ahora son como a los que serán de aquí adelante, que 10 vos guarden y cumplan esta nuestra cédula y merced, que así vos hacemos, y contra ella no vayan ni pasen en manera alguna, so pena de la nuestra merced y de diez mil maravedís para la nuestra Cámara. 15 Dada en Madrid, a treinta días del mes de marzo de mil y seiscientos y quince años. YO EL REY Por mandado del Rey nuestro señor, Pedro de Contreras 20
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p. 27 PROLOGO AL LECTOR Válgame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del 5 segundo don Quijote, digo de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona. Pues en verdad que no te he dar este contento, que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes 10 pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido; pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya. 15 Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la 20 más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimación de los que saben dónde se 25 cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga, y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción 30
PROLOGO p. 28 prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la justa alabanza, y hase de 5 advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años. He sentido también que me llame envidioso, y que, como a ignorante, me describa qué cosa 10 sea la envidia; que en realidad de verdad, de dos que hay yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada. Y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura 15 ser familiar del Santo Oficio, y si él lo dijo, por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo; que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa. Pero, en efecto, le agradezco a este 20 señor autor el decir que mis Novelas son más satíricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no tuvieran de todo. Paréceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo mucho en los 25 términos de mi modestia, sabiendo que no se ha añadir aflicción al afligido, y que la que debe de tener este señor sin duda es grande, pues no osa parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su 30 patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. Si por ventura llegares a
PROLOGO p. 29 conocerle, dile de mi parte que no me tengo por agraviado; que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer e imprimir un libro con 5 que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros cuanta fama, y para confirmación de esto quiero que en tu buen donaire y gracia le cuentes este cuento. Había en Sevilla un loco que dio en el más 10 gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el fin, y, en cogiendo algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte, con el un pie le cogía el suyo, y el otro le alzaba con 15 la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía redondo como una pelota, y, en teniéndolo de esta suerte, le daba dos palmaditas en la barriga y le soltaba, diciendo a los circunstantes, 20 que siempre eran muchos: “¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?” “¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?” --Y si este cuento no le cuadrare, dirásle, lector amigo, éste, 25 que también es de loco y de perro. Había en Córdoba otro loco que tenía por costumbre de traer encima de la cabeza un pedazo de losa de mármol, o un canto no muy liviano, y, en topando algún perro descuidado, 30 se le ponía junto, y a plomo dejaba caer sobre él el peso. Amohinábase el perro y,
PROLOGO p. 30 dando ladridos y aullidos, no paraba en tres calles. Sucedió, pues, que entre los perros que descargó la carga, fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó el 5 canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y sintiólo su amo, asió de una vara de medir y salió al loco, y no le dejó hueso sano; y cada palo que le daba decía: “Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, 10 que era podenco mi perro?” Y, repitiéndole el nombre de podenco muchas veces, envió al loco hecho una alheña. Escarmentó el loco y retiróse, y en más de un mes no salió a la plaza, al cabo del cual 15 tiempo volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde estaba el perro y, mirándole muy bien de hito en hito y, sin querer ni atreverse a descargar la piedra, decía: “Este es podenco; guarda.” En efecto, todos cuantos 20 perros topaba, aunque fuesen alanos o gozques, decía que eran podencos, y así, no soltó más el canto. Quizá de esta suerte le podrá acontecer a este historiador, que no se atreverá a soltar 25 más la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos, son más duros que las peñas. Dile también que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia con su libro, no se me da un ardite; que acomodándome 30 al entremés famoso de La Perendenga, le respondo que me viva el Veinticuatro
PROLOGO p. 31 mi señor, y Cristo con todos. Viva el gran Conde de Lemos, cuya cristiandad y liberalidad bien conocida contra todos los golpes de mi corta fortuna me tiene en pie, y vívame la suma caridad del ilustrísimo de Toledo don 5 Bernardo de Sandoval y Rojas, y siquiera no haya imprentas en el mundo, y siquiera se impriman contra mí más libros que tienen letras las coplas de Mingo Revulgo. Estos dos príncipes, sin que los solicite adulación mía, ni 10 otro género de aplauso, por sola su bondad, han tomado a su cargo el hacerme merced y favorecerme; en lo que me tengo por más dichoso y más rico que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. 15 La honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso: la pobreza puede anublar a la nobleza, pero no oscurecerla del todo; pero como la virtud dé alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrechez, 20 viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus, y, por el consiguiente, favorecida. Y no le digas más, ni yo quiero decirte más a ti, sino advertirte que consideres que esta Segunda parte de don Quijote que te ofrezco, 25 es cortada del mismo artífice y del mismo paño que la primera, y que en ella te doy a don Quijote dilatado y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados, 30 y basta también que un hombre honrado haya dado noticia de estas discretas locuras, sin querer
PROLOGO p. 32 de nuevo entrarse en ellas; que la abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carestía, aun de las malas, se estima en algo. Olvídaseme de decirte, que esperes el Persiles que ya estoy acabando y la 5 Segunda parte de Galatea.
p. 33 DEDICATORIA AL CONDE DE LEMOS Enviando a Vuestra Excelencia los días pasados mis Comedias, antes impresas que representadas, si bien me acuerdo, dije que don Quijote quedaba calzadas las espuelas 5 para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia, y ahora digo que se las ha calzado y se ha puesto en camino, y si él allá llega me parece que habré hecho algún servicio a Vuestra Excelencia, porque es mucha la prisa que de 10 infinitas partes me dan a que le envíe, para quitar el hámago y la náusea que ha causado otro Don Quijote, que con nombre de segunda parte se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que más ha mostrado desearle ha sido el grande 15 Emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio, pidiéndome, o por mejor decir, suplicándome, se le enviase porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua 20 castellana, y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote; juntamente con esto me decía que fuese yo a ser el Rector del tal colegio. Preguntéle al portador si su majestad le 25 había dado para mí alguna ayuda de costa. Respondióme que ni por pensamiento. “Pues, hermano”, le respondí yo, “vos os podéis volver a vuestra China a las diez o a las veinte o a las que venís despachado, porque yo 30
DEDICATORIA p. 34 no estoy con salud para ponerme en tan largo viaje. Además, que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y, emperador por emperador y monarca por monarca, en Nápoles tengo al grande Conde de Lemos, que, sin tantos titulillos 5 de colegios ni rectorías, me sustenta, me ampara y hace más merced que la que yo acierto a desear.” Con esto le despedí, y con esto me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia Los trabajos 10 de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro de cuatro meses, Deo volente; el cual ha de ser, o el más malo, o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento, y digo que me 15 arrepiento de haber dicho el más malo, porque según la opinión de mis amigos ha de llegar al extremo de bondad posible. Venga Vuestra Excelencia con la salud que es deseado, que ya estará Persiles para besarle 20 las manos, y yo, los pies, como criado que soy de Vuestra Excelencia. De Madrid, último de octubre de mil seiscientos y quince. Criado de Vuestra Excelencia, 25 Miguel de Cervantes Saavedra.
p. 35 Capítulo primero De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad. Cuenta Cide Hamete Benengeli en la segunda parte de esta historia, y tercera salida de 5 don Quijote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes sin verle, por no renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas. Pero no por esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama, encargándolas tuviesen cuenta 10 con regalarle, dándole a comer cosas confortativas y apropiadas para el corazón y el cerebro, de donde procedía, según buen discurso, toda su mala ventura. Las cuales dijeron que así lo hacían, y lo harían con la voluntad y 15 cuidado posible, porque echaban de ver que su señor por momentos iba dando muestras de estar en su entero juicio, de lo cual recibieron los dos gran contento por parecerles que habían acertado en haberle traído encantado en el 20 carro de los bueyes, como se contó en la primera parte de esta tan grande como puntual historia, en su último capítulo. Y, así, determinaron de visitarle y hacer experiencia de su mejoría, aunque tenían casi por imposible que 25 la tuviese, y acordaron de no tocarle en ningún punto de la andante caballería, por no ponerse a peligro de descoser los de la herida, que tan tiernos estaban. Visitáronle, en fin, y halláronle sentado en 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 36 la cama, vestida una almilla de bayeta verde, con un bonete colorado toledano, y estaba tan seco y amojamado, que no parecía sino hecho de carne momia. Fueron de él muy bien recibidos, preguntáronle por su salud, y él dio 5 cuenta de sí y de ella con mucho juicio y con muy elegantes palabras. Y en el discurso de su plática vinieron a tratar en esto que llaman razón de estado y modos de gobierno, enmendando este abuso y condenando aquél; 10 reformando una costumbre y desterrando otra, haciéndose cada uno de los tres un nuevo legislador, un Licurgo moderno o un Solón flamante; y de tal manera renovaron la república, que no pareció sino que la habían puesto 15 en una fragua y sacado otra de la que pusieron; y habló don Quijote con tanta discreción en todas las materias que se tocaron, que los dos examinadores creyeron indubitablemente que estaba del todo bueno y en su entero 20 juicio. Halláronse presentes a la plática la sobrina y ama, y no se hartaban de dar gracias a Dios de ver a su señor con tan buen entendimiento; pero el cura, mudando el propósito primero, 25 que era de no tocarle en cosa de caballerías, quiso hacer de todo en todo experiencia si la sanidad de don Quijote era falsa o verdadera. Y así, de lance en lance vino a contar algunas nuevas que habían venido de la corte, y, entre 30 otras, dijo que se tenía por cierto que el Turco bajaba con una poderosa armada, y que no
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 37 se sabía su designio, ni adónde había de descargar tan gran nublado, y con este temor, con que casi cada año nos toca arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad, y su majestad había hecho proveer las costas de Nápoles y 5 Sicilia y la isla de Malta. A esto respondió don Quijote: “Su majestad ha hecho como prudentísimo guerrero en proveer sus estados con tiempo porque no le halle desapercibido el enemigo, 10 pero si se tomara mi consejo, aconsejárale yo que usara de una prevención, de la cual su majestad la hora de ahora debe estar muy ajeno de pensar en ella.” Apenas oyó esto el cura, cuando dijo 15 entre sí: “Dios te tenga de su mano, pobre don Quijote, que me parece que te despeñas de la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu simplicidad.” 20 Mas el barbero, que ya había dado en el mismo pensamiento que el cura, preguntó a don Quijote cuál era la advertencia de la prevención que decía era bien se hiciese; quizá podría ser tal, que se pusiese en la lista 25 de los muchos advertimientos impertinentes que se suelen dar a los príncipes. “El mío, señor rapador”, dijo don Quijote, “no será impertinente, sino perteneciente.” “No lo digo por tanto”, replicó el barbero, 30 “sino porque tiene mostrado la experiencia que todos o los más arbitrios, que se dan a su
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 38 majestad, o son imposibles o disparatados, o en daño del rey o del reino.” “Pues el mío”, respondió don Quijote, “ni es imposible ni disparatado, sino el más fácil, el más justo y el más mañero y breve que 5 puede caber en pensamiento de arbitrante alguno.” “Ya tarda en decirle vuestra merced, señor don Quijote”, dijo el cura. “No querría”, dijo don Quijote, “que le dijese yo aquí ahora, y amaneciese mañana 10 en los oídos de los señores consejeros, y se llevase otro las gracias y el premio de mi trabajo.” “Por mí”, dijo el barbero, “doy la palabra, para aquí y para delante de Dios, de no decir 15 lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque, ni a hombre terrenal: juramento que aprendí del romance del cura que en el prefacio avisó al rey del ladrón que le había robado las cien doblas y la su mula la andariega.” 20 “No sé historias”, dijo don Quijote, “pero sé que es bueno ese juramento, en fe de que sé que es hombre de bien el señor barbero.” “Cuando no lo fuera”, dijo el cura, “yo le abono y salgo por él, que en este caso no 25 hablará más que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.” “Y a vuestra merced ¿quién le fía, señor cura?”, dijo don Quijote. “Mi profesión”, respondió el cura, “que es 30 de guardar secreto.” “¡Cuerpo de tal!”, dijo a esta sazón don
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 39 Quijote. “¿Hay más sino mandar su majestad por público pregón que se junten en la corte para un día señalado todos los caballeros andantes que vagan por España, que aunque no viniesen sino media docena, tal podría venir 5 entre ellos que solo bastase a destruir toda la potestad del Turco? Esténme vuestras mercedes atentos y vayan conmigo. ¿Por ventura, es cosa nueva deshacer un solo caballero andante un ejército de doscientos mil hombres, 10 como si todos juntos tuvieran una sola garganta, o fueran hechos de alfeñique? Si no, díganme, ¿cuántas historias están llenas de estas maravillas? ¡Había, en hora mala para mí, que no quiero decir para otro, de vivir hoy el 15 famoso don Belianís o alguno de los del innumerable linaje de Amadís de Gaula!; que si alguno de éstos hoy viviera y con el Turco se afrontara, a fe que no le arrendara la ganancia. Pero Dios mirará por su pueblo y deparará alguno, 20 que, si no tan bravo como los pasados andantes caballeros, a lo menos, no les será inferior en el ánimo; y Dios me entiende y no digo más.” “¡Ay!”, dijo a este punto la sobrina, “¡que 25 me maten, si no quiere mi señor volver a ser caballero andante!” A lo que dijo don Quijote: “Caballero andante he de morir, y baje o suba el Turco cuando él quisiere y cuan 30 poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios me entiende.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 40 A esta sazón dijo el barbero: “Suplico a vuestras mercedes que se me dé licencia para contar un cuento breve que sucedió en Sevilla, que, por venir aquí como de molde, me da gana de contarle.” 5 Dio la licencia don Quijote, y el cura y los demás le prestaron atención, y él comenzó de esta manera: “En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes habían puesto allí 10 por falto de juicio; era graduado en cánones por Osuna, pero aunque lo fuera por Salamanca, según opinión de muchos, no dejara de ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos años de recogimiento se dio a entender que 15 estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta imaginación escribió al arzobispo, suplicándole encarecidamente, y con muy concertadas razones, le mandase sacar de aquella miseria en que vivía, pues por la misericordia de Dios 20 había ya cobrado el juicio perdido, pero que sus parientes, por gozar de la parte de su hacienda, le tenían allí, y, a pesar de la verdad, querían que fuese loco hasta la muerte. ”El arzobispo, persuadido de muchos billetes 25 concertados y discretos, mandó a un capellán suyo se informase del rector de la casa si era verdad lo que aquel licenciado le escribía, y que asimismo hablase con el loco, y que si le pareciese que tenía juicio, le sacase y 30 pusiese en libertad. Hízolo así el capellán, y el rector le dijo que aquel hombre aún se estaba
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 41 loco; que puesto que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, al cabo disparaba con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban a sus primeras discreciones, como se podía hacer la experiencia 5 hablándole. Quiso hacerla el capellán, y, poniéndole con el loco, habló con él una hora y más, y en todo aquel tiempo jamás el loco dijo razón torcida ni disparatada, antes habló tan atentadamente que el capellán fue forzado a 10 creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijo fue que el rector le tenía ojeriza, por no perder los regalos que sus parientes le hacían por que dijese que aún estaba loco, y con lúcidos intervalos, y que el 15 mayor contrario que en su desgracia tenía era su mucha hacienda, pues por gozar de ella sus enemigos ponían dolo y dudaban de la merced que Nuestro Señor le había hecho en volverle de bestia en hombre. Finalmente, él habló de 20 manera, que hizo sospechoso al rector, codiciosos y desalmados a sus parientes, y a él tan discreto, que el capellán se determinó a llevársele consigo, a que el arzobispo le viese y tocase con la mano la verdad de aquel 25 negocio. ”Con esta buena fe, el buen capellán pidió al rector mandase dar los vestidos con que allí había entrado el licenciado; volvió a decir el rector que mirase lo que hacía, porque sin duda 30 alguna el licenciado aún se estaba loco. No sirvieron de nada para con el capellán las
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 42 prevenciones y advertimientos del rector para que dejase de llevarle; obedeció el rector, viendo ser orden del arzobispo. Pusieron al licenciado sus vestidos, que eran nuevos y decentes, y como él se vio vestido de cuerdo y desnudo 5 de loco, suplicó al capellán que por caridad le diese licencia para ir a despedirse de sus compañeros los locos; el capellán dijo que él le quería acompañar y ver los locos que en la casa había. Subieron, en efecto, y con ellos 10 algunos que se hallaron presentes, y llegado el licenciado a una jaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y quieto, le dijo: «Hermano mío, mire si me manda algo, que 15 »me voy a mi casa; que ya Dios ha sido servido »por su infinita bondad y misericordia, sin yo »merecerlo, de volverme mi juicio. Ya estoy »sano y cuerdo, que acerca del poder de Dios »ninguna cosa es imposible; tenga grande 20 »esperanza y confianza en El, que pues a mí me »ha vuelto a mi primero estado, también le volverá »a él, si en El confía. Yo tendré cuidado de »enviarle algunos regalos que coma, y cómalos »en todo caso, que le hago saber que imagino, 25 »como quien ha pasado por ello, que todas »nuestras locuras proceden de tener los »estómagos vacíos y los cerebros llenos de aire; »esfuércese, esfuércese, que el descaecimiento »en los infortunios apoca la salud y acarrea la 30 »muerte.» ”Todas estas razones del licenciado escuchó
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 43 otro loco que estaba en otra jaula, frontero de la del furioso, y levantándose de una estera vieja, donde estaba echado y desnudo en cueros, preguntó a grandes voces quién era el que se iba sano y cuerdo; el licenciado respondió: 5 «Yo soy, hermano, el que me voy; que ya no »tengo necesidad de estar más aquí, por lo que »doy infinitas gracias a los cielos que tan »grande merced me han hecho.» «Mirad lo que decís, licenciado, no os engañe 10 »el diablo», replicó el loco; «sosegad el pie y »estaos quedito en vuestra casa y ahorraréis la »vuelta.» «Yo sé que estoy bueno», replicó el licenciado, «y no habrá para qué tornar a andar 15 »estaciones.» «¿Vos bueno?», dijo el loco; «ahora bien, ello »dirá. Andad con Dios, pero yo os voto a Júpiter, »cuya majestad yo represento en la tierra, que »por solo este pecado que hoy comete Sevilla en 20 »sacaros de esta casa y en teneros por cuerdo, »tengo de hacer un tal castigo en ella, que quede »memoria de él por todos los siglos de los siglos, »amén. ¿No sabes tú, licenciadillo menguado, »que lo podré hacer, pues, como digo, soy Júpiter 25 »Tonante, que tengo en mis manos los rayos »abrasadores con que puedo y suelo amenazar »y destruir el mundo? Pero con sola una cosa »quiero castigar a este ignorante pueblo, y es »con no llover en él, ni en todo su distrito y 30 »contorno, por tres enteros años, que se han de »contar desde el día y punto en que ha sido
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 44 »hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, tú »sano, tú cuerdo; y yo loco, y yo enfermo, y yo »atado? Así pienso llover como pensar »ahorcarme.» ”A las voces y a las razones del loco 5 estuvieron los circunstantes atentos; pero nuestro licenciado, volviéndose a nuestro capellán y asiéndole de las manos, le dijo: «No tenga vuestra merced pena, señor mío, »ni haga caso de lo que este loco ha dicho; que 10 »si él es Júpiter y no quisiere llover, yo que soy »Neptuno, el padre y el dios de las aguas, »lloveré todas las veces que se me antojare y »fuere menester.» ”A lo que respondió el capellán: 15 «Con todo eso, señor Neptuno, no será bien »enojar al señor Júpiter. Vuestra merced se »quede en su casa; que otro día, cuando haya más »comodidad y más espacio, volveremos por »vuestra merced.» 20 ”Riose el rector y los presentes, por cuya risa se medio corrió el capellán; desnudaron al licenciado, quedóse en casa y acabóse el cuento.” “Pues ¿éste es el cuento, señor barbero”, dijo 25 don Quijote, “que, por venir aquí como de molde, no podía dejar de contarle? ¡Ah, señor rapista, señor rapista, y cuán ciego es aquel que no ve por tela de cedazo! Y ¿es posible que vuestra merced no sabe que las comparaciones que 30 se hacen de ingenio a ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 45 son siempre odiosas y mal recibidas? Yo, señor barbero, no soy Neptuno el dios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto, no lo siendo. Sólo me fatigo por dar a entender al mundo en el error en que está, en no renovar 5 en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la orden de la andante caballería; pero no es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tanto bien como el que gozaron las edades donde los andantes caballeros tomaron a su 10 cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparo de las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de los soberbios y el premio de los humildes. Los más de los caballeros que ahora se usan, 15 antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas de que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero que duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armas desde los pies a la 20 cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de los estribos, arrimado a su lanza, sólo procure descabezar, como dicen, el sueño como lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que saliendo de este bosque entre en 25 aquella montaña, y de allí, pise una estéril y desierta playa del mar, las más veces proceloso y alterado; y, hallando en ella y en su orilla un pequeño batel sin remos, vela, mástil, ni jarcia alguna, con intrépido corazón se arroje 30 en él, entregándose a las implacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 46 bajan al abismo, y él, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menos se cata, se halla tres mil y más leguas distante del lugar donde se embarcó. Y, saltando en tierra remota y no conocida le suceden cosas dignas 5 de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces. ”Mas ahora ya triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica 10 de la práctica de las armas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los andantes caballeros. Si no, díganme, ¿quién más honesto y más valiente que el famoso Amadís de Gaula? ¿Quién más discreto que 15 Palmerín de Inglaterra? ¿Quién más acomodado y manual que Tirante el Blanco? ¿Quién más galán que Lisuarte de Grecia? ¿Quién más acuchillado ni acuchillador que don Belianís? ¿Quién más intrépido que Perión de Gaula? 20 O ¿quién más acometedor de peligros que Felixmarte de Hircania? O ¿quién más sincero que Esplandián? ¿Quién más arrojado que don Cirongilio de Tracia? ¿Quién más bravo que Rodamonte? ¿Quién más prudente que el 25 rey Sobrino? ¿Quién más atrevido que Reinaldos? ¿Quién más invencible que Roldán? Y ¿quién más gallardo y más cortés que Rugero, de quien descienden hoy los duques de Ferrara, según Turpín en su Cosmografía? 30 ”Todos estos caballeros, y otros muchos que pudiera decir, señor cura, fueron caballeros
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 47 andantes, luz y gloria de la caballería. De éstos, o tales como éstos, quisiera yo que fueran los de mi arbitrio, que a serlo, su majestad se hallara bien servido, y ahorrara de mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las barbas; y, 5 con esto, no quiero quedar en mi casa, pues no me saca el capellán de ella, y [si] Júpiter, como ha dicho el barbero, no lloviere, aquí estoy yo que lloveré cuando se me antojare. Digo esto, porque sepa el señor Bacía que le 10 entiendo.” “En verdad, señor don Quijote”, dijo el barbero, “que no lo dije por tanto, y así me ayude Dios como fue buena mi intención, y que no debe vuestra merced sentirse.” 15 “Si puedo sentirme o no”, respondió don Quijote “yo me lo sé.” A esto dijo el cura: “Aun bien que yo casi no he hablado palabra hasta ahora, y no quisiera quedar con un 20 escrúpulo que me roe y escarba la conciencia, nacido de lo que aquí el señor don Quijote ha dicho.” “Para otras cosas más”, respondió don Quijote, “tiene licencia el señor cura, y así puede 25 decir su escrúpulo, porque no es de gusto andar con la conciencia escrupulosa.” “Pues con ese beneplácito”, respondió el cura, “digo que mi escrúpulo es que no me puedo persuadir en ninguna manera a que 30 toda la caterva de caballeros andantes que vuestra merced, señor don Quijote, ha referido,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 48 hayan sido real y verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo; antes imagino que todo es ficción, fábula y mentira, y sueños contados por hombres despiertos o, por mejor decir, medio dormidos.” 5 “Ese es otro error”, respondió don Quijote, “en que han caído muchos que no creen que haya habido tales caballeros en el mundo, y yo muchas veces, con diversas gentes y ocasiones, he procurado sacar a la luz de la verdad este 10 casi común engaño; pero algunas veces no he salido con mi intención y otras sí, sustentándola sobre los hombros de la verdad, la cual verdad es tan cierta, que estoy por decir que con mis propios ojos vi a Amadís de Gaula, que 15 era un hombre alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto de barba, aunque negra, de vista entre blanda y rigurosa, corto de razones, tardo en airarse y presto en deponer la ira. Y del modo que he delineado a Amadís, pudiera, a 20 mi parecer, pintar y [describir] todos cuantos caballeros andantes andan en las historias en el orbe; que por la aprensión que tengo de que fueron como sus historias cuentan, y por las hazañas que hicieron y condiciones que 25 tuvieron, se pueden sacar por buena filosofía sus facciones, sus colores y estaturas.” “¿Qué tan grande le parece a vuestra merced, mi señor don Quijote”, preguntó el barbero, “debía de ser el gigante Morgante?” 30 “En esto de gigantes”, respondió don Quijote, “hay diferentes opiniones, si los ha habido o
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 49 no en el mundo: pero la Santa Escritura, que no puede faltar un átomo en la verdad, nos muestra que los hubo, contándonos la historia de aquel filisteazo de Golías, que tenía siete codos y medio de altura, que es una desmesurada 5 grandeza. También en la isla de Sicilia se han hallado canillas y espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta que fueron gigantes sus dueños, y tan grandes, como grandes torres, que la geometría saca esta verdad de 10 duda. Pero con todo esto no sabré decir con certidumbre qué tamaño tuviese Morgante, aunque imagino que no debió de ser muy alto; y muéveme a ser de este parecer hallar en la historia donde se hace mención particular 15 de sus hazañas, que muchas veces dormía debajo de techado, y pues hallaba casa donde cupiese, claro está que no era desmesurada su grandeza.” “Así es”, dijo el cura. 20 El cual, gustando de oírle decir tan grandes disparates, le preguntó que qué sentía acerca de los rostros de Reinaldos de Montalbán y de don Roldán, y de los demás doce Pares de Francia, pues todos habían sido caballeros 25 andantes. “De Reinaldos”, respondió don Quijote, “me atrevo a decir que era ancho de rostro, de color bermejo, los ojos bailadores y algo saltados, puntoso y colérico en demasía, amigo 30 de ladrones y de gente perdida; de Roldán o Rotolando u Orlando, que con todos estos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 50 nombres le nombran las historias, soy de parecer, y me afirmo, que fue de mediana estatura, ancho de espaldas, algo estevado, moreno de rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y de vista amenazadora, corto de razones, pero 5 muy comedido y bien criado.” “Si no fue Roldán más gentilhombre que vuestra merced ha dicho”, replicó el cura, “no fue maravilla que la señora Angélica la Bella le desdeñase y dejase por la gala, brío y 10 donaire que debía de tener el morillo barbiponiente a quien ella se entregó, y anduvo discreta de adamar antes la blandura de Medoro, que la aspereza de Roldán.” “Esa Angélica”, respondió don Quijote, 15 “señor cura, fue una doncella distraída, andariega y algo antojadiza, y tan lleno dejó el mundo de sus impertinencias como de la fama de su hermosura: despreció mil señores, mil valientes y mil discretos, y contentóse con 20 un pajecillo barbilucio, sin otra hacienda ni nombre que el que le pudo dar de agradecido la amistad que guardó a su amigo. El gran cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no atreverse o por no querer cantar lo que a esta 25 señora le sucedió después de su ruin entrego, que no debieron ser cosas demasiadamente honestas, la dejó, donde dijo: Y como del Catay recibió el cetro, quizá otro cantará con mejor plectro. 30 ”Y, sin duda, que esto fue como profecía, que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO I p. 51 los poetas también se llaman vates, que quiere decir adivinos; vese esta verdad clara: porque después acá un famoso poeta andaluz lloró y cantó sus lágrimas, y otro famoso y único poeta castellano cantó su hermosura.” 5 “Dígame, señor don Quijote”, dijo a esta sazón el barbero, “¿no ha habido algún poeta que haya hecho alguna sátira a esa señora Angélica entre tantos como la han alabado?” “Bien creo yo”, respondió don Quijote, “que 10 si Sacripante o Roldán fueran poetas, que ya me hubieran jabonado a la doncella, porque es propio y natural de los poetas desdeñados y no admitidos de sus damas --fingidas, o [no] fingidas-- en efecto, de aquéllas a quien 15 ellos escogieron por señoras de sus pensamientos, vengarse con sátiras y libelos, venganza, por cierto, indigna de pechos generosos; pero hasta ahora no ha llegado a mi noticia ningún verso infamatorio contra la señora Angélica, 20 que trajo revuelto el mundo.” “Milagro”, dijo el cura. Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina, que ya habían dejado la conversación, daban grandes voces en el patio, y acudieron todos 25 al ruido.
p. 52 Capítulo II Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos. Cuenta la historia que las voces que oyeron 5 don Quijote, el cura y el barbero eran de la sobrina y ama, que las daban, diciendo a Sancho Panza, que pugnaba por entrar a ver a don Quijote, y ellas le defendían la puerta: “¿Qué quiere este mostrenco en esta casa? 10 Idos a la vuestra, hermano; que vos sois, y no otro, el que distrae y sonsaca a mi señor y le lleva por esos andurriales.” A lo que Sancho respondió: “Ama de Satanás, el sonsacado y el distraído 15 y el llevado por esos andurriales soy yo, que no tu amo; él me llevó por esos mundos, y vosotras os engañáis en la mitad del justo precio. El me sacó de mi casa con engañifas, prometiéndome una ínsula, que hasta 20 ahora la espero.” “Malas ínsulas te ahoguen”, respondió la sobrina, “Sancho maldito, y ¿qué son ínsulas? ¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilón, que tú eres?” 25 “No es de comer”, replicó Sancho, “sino de gobernar y regir mejor que cuatro ciudades y que cuatro alcaldes de corte.” “Con todo eso”, dijo el ama, “no entraréis acá, saco de maldades y costal de malicias; id 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO II p. 53 a gobernar vuestra casa y a labrar vuestros pegujares, y dejaos de pretender ínsulas ni ínsulos.” Grande gusto recibían el cura y el barbero de oír el coloquio de los tres; pero don 5 Quijote, temeroso que Sancho se descosiese y desbuchase algún montón de maliciosas necedades y tocase en puntos que no le estarían bien a su crédito, le llamó e hizo a las dos que callasen y le dejasen entrar. Entró Sancho, y 10 el cura y el barbero se despidieron de don Quijote, de cuya salud desesperaron, viendo cuán puesto estaba en sus desvariados pensamientos y cuán embebido en la simplicidad de sus malandantes caballerías, y, así, dijo el 15 cura al barbero: “Vos veréis, compadre, cómo, cuando menos lo pensemos, nuestro hidalgo sale otra vez a volar la ribera.” “No pongo yo duda en eso”, respondió el 20 barbero; “pero no me maravillo tanto de la locura del caballero como de la simplicidad del escudero, que tan creído tiene aquello de la ínsula, que creo que no se lo sacarán del casco cuantos desengaños pueden imaginarse.” 25 “Dios los remedie”, dijo el cura, “y estemos a la mira: veremos en lo que para esta máquina de disparates de tal caballero y de tal escudero; que parece que los forjaron a los dos en una misma turquesa, y que las locuras 30 del señor sin las necedades del criado no valían un ardite.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 54 “Así es”, dijo el barbero, “y holgara mucho saber qué tratarán ahora los dos.” “Yo seguro”, respondió el cura, “que la sobrina del ama nos lo cuenta después, que no son de condición que dejarán de escucharlo.” 5 En tanto, don Quijote se encerró con Sancho en su aposento, y, estando solos, le dijo: “Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqué de tus casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis 10 casas; juntos salimos, juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte ha corrido por los dos. Si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido ciento, y esto es lo que te llevo de ventaja.” 15 “Eso estaba puesto en razón”, respondió Sancho, “porque, según vuestra merced dice, más anejas son a los caballeros andantes las desgracias que a sus escuderos.” “Engáñaste, Sancho”, dijo don Quijote, 20 “según aquello, cuando caput dolet, &c.” “No entiendo otra lengua que la mía”, respondió Sancho. “Quiero decir”, dijo don Quijote, “que cuando la cabeza duele, todos los miembros 25 duelen, y, así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabeza y tú mi parte, pues eres mi criado, y por esta razón el mal que a mí me toca o tocare, a ti te ha de doler y a mí el tuyo.” “Así había de ser, dijo Sancho; “pero 30 cuando a mí me manteaban como a miembro, se estaba mi cabeza detrás de las bardas,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO II p. 55 mirándome volar por los aires, sin sentir dolor alguno, y pues los miembros están obligados a dolerse del mal de la cabeza, había de estar obligada ella a dolerse de ellos.” “¿Querrás tú decir ahora, Sancho”, respondió 5 don Quijote, “que no me dolía yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses, pues más dolor sentía yo entonces en mi espíritu que tú en tu cuerpo; pero dejemos esto aparte por ahora, que tiempo 10 habrá donde lo ponderemos y pongamos en su punto. Y dime, Sancho amigo, ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar, en qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía, 15 qué de mis hazañas y qué de mi cortesía? ¿Qué se platica del asunto que he tomado de resucitar y volver al mundo la ya olvidada orden caballeresca? Finalmente, quiero, Sancho, me digas lo que acerca de esto ha llegado 20 a tus oídos, y esto me has de decir, sin añadir al bien ni quitar al mal cosa alguna; que de los vasallos leales es decir la verdad a sus señores en su ser y figura propia, sin que la adulación la acreciente, u otro vano respeto la 25 disminuya. Y quiero que sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían, otras edades serían tenidas por más de hierro que la nuestra, que entiendo 30 que de las que ahora se usan es la dorada; sírvate este advertimiento, Sancho, para que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 56 discreta y bienintencionadamente pongas en mis oídos la verdad de las cosas que supieres de lo que te he preguntado.” “Eso haré yo de muy buena gana, señor mío”, respondió Sancho, “con condición que 5 vuestra merced no se ha de enojar de lo que dijere, pues quiere que lo diga en cueros sin vestirlo de otras ropas de aquéllas con que llegaron a mi noticia.” “En ninguna manera me enojaré”, respondió 10 don Quijote; “bien puedes, Sancho, hablar libremente y sin rodeo alguno.” “Pues lo primero que digo”, dijo, “es que el vulgo tiene a vuestra merced por grandísimo loco y a mí por no menos mentecato. Los 15 hidalgos dicen que, no conteniéndose vuestra merced en los límites de la hidalguía, se ha puesto don y se ha arremetido a caballero, con cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un trapo atrás y otro adelante. Dicen los 20 caballeros que no querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las medias negras con seda verde.” 25 “Eso”, dijo don Quijote, “no tiene que ver conmigo, pues ando siempre bien vestido y jamás remendado; roto, bien podría ser, y el roto más de las armas que del tiempo.” “En lo que toca”, prosiguió Sancho, “a 30 la valentía, cortesía, hazañas y asunto de vuestra merced, hay diferentes opiniones: unos
SEGUNDA PARTE, CAPITULO II p. 57 dicen «loco, pero gracioso»; otros, «valiente, »pero desgraciado»; otros, «cortés, pero »impertinente». Y por aquí van discurriendo en tantas cosas, que ni a vuestra merced ni a mí nos dejan hueso sano.” 5 “Mira, Sancho”, dijo don Quijote, “dondequiera que está la virtud en eminente grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que pasaron dejó de ser calumniado de la malicia. Julio César, animosísimo, 10 prudentísimo y valentísimo capitán, fue notado de ambicioso y algún tanto no limpio, ni en sus vestidos ni en sus costumbres. Alejandro, a quien sus hazañas le alcanzaron el renombre de Magno, dicen de él que tuvo sus 15 ciertos puntos de borracho. De Hércules, el de los muchos trabajos, se cuenta que fue lascivo y muelle. De don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, se murmura que fue más que demasiadamente rijoso, y de su hermano, que fue 20 llorón. Así que, oh Sancho, entre las tantas calumnias de buenos bien pueden pasar las mías, como no sean más de las que has dicho.” “Ahí está el toque, cuerpo de mi padre”, replicó Sancho. 25 “Pues ¿hay más?”, preguntó don Quijote. “Aún la cola falta por desollar”, dijo Sancho: “lo de hasta aquí son tortas y pan pintado. Mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de las caloñas que le ponen, 30 yo le traeré aquí luego al momento quien se las diga todas, sin que les falte una meaja; que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 58 anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y, yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia de vuestra merced con nombre del Ingenioso Hidalgo don 5 Quijote de la Mancha. Y dice que me mientan a mí en ella con mi mismo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado, cómo las pudo 10 saber el historiador que las escribió.” “Yo te aseguro, Sancho”, dijo don Quijote, “que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.” 15 “Y ¡cómo”, dijo Sancho, “si era sabio y encantador, pues --según dice el bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo-- que el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!” 20 “Ese nombre es de moro”, respondió don Quijote. “Así será”, respondió Sancho, “porque por la mayor parte he oído decir que los moros son amigos de berenjenas.” 25 “Tú debes, Sancho”, dijo don Quijote, “errarte en el sobrenombre de ese Cide, que en arábigo quiere decir señor.” “Bien podría ser”, replicó Sancho; “mas si vuestra merced gusta que yo le haga venir 30 aquí, iré por él en volandas.” “Harásme mucho placer, amigo”, dijo don
SEGUNDA PARTE, CAPITULO II p. 59 Quijote; “que me tiene suspenso lo que me has dicho, y no comeré bocado que bien me sepa hasta ser informado de todo.” “Pues yo voy por él”, respondió Sancho. Y, dejando a su señor, se fue a buscar al 5 bachiller, con el cual volvió de allí a poco espacio, y entre los tres pasaron un graciosísimo coloquio.
p. 60 Capítulo III Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco. Pensativo además quedó don Quijote, esperando 5 al bachiller Carrasco, de quien esperaba oír las nuevas de sí mismo puestas en libro como había dicho Sancho, y no se podía persuadir a que tal historia hubiese, pues aún no estaba enjuta en la cuchilla de su espada la 10 sangre de los enemigos que había muerto, y ya querían que anduviesen en estampa sus altas caballerías. Con todo eso, imaginó que algún sabio, o ya amigo [o] enemigo, por arte de encantamiento las habrá dado a la estampa: si 15 amigo, para engrandecerlas y levantarlas sobre las más señaladas de caballero andante; si enemigo, para aniquilarlas y ponerlas debajo de las más viles que de algún vil escudero se hubiesen escrito, puesto, decía entre sí, que 20 nunca hazañas de escuderos se escribieron: y cuando fuese verdad que la tal historia hubiese, siendo de caballero andante, por fuerza había de ser grandílocua, alta, insigne, magnífica y verdadera. 25 Con esto se consoló algún tanto, pero desconsolóle pensar que su autor era moro, según aquel nombre de Cide, y de los moros no se podía esperar verdad alguna; porque todos son
SEGUNDA PARTE, CAPITULO III p. 61 embelecadores, falsarios y quimeristas. Temíase no hubiese tratado sus amores con alguna indecencia que redundase en menoscabo y perjuicio de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso. Deseaba que hubiese declarado 5 su fidelidad y el decoro que siempre la había guardado, menospreciando reinas, emperatrices y doncellas de todas calidades, teniendo a raya los ímpetus de los naturales movimientos; y, así, envuelto y revuelto en estas y 10 otras muchas imaginaciones, le hallaron Sancho y Carrasco, a quien don Quijote recibió con mucha cortesía. Era el bachiller, aunque se llamaba Sansón, no muy grande de cuerpo, aunque muy gran 15 socarrón, de color macilenta, pero de muy buen entendimiento; tendría hasta veinte y cuatro años, carirredondo, de nariz chata y de boca grande, señales todas de ser de condición maliciosa y amigo de donaires y de burlas, como 20 lo mostró en viendo a don Quijote, poniéndose delante de él de rodillas, diciéndole: “Déme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha; que por el hábito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras 25 órdenes que las cuatro primeras, que es vuestra merced uno de los más famosos caballeros andantes que ha habido, ni aun habrá en toda la redondez de la tierra. Bien haya Cide Hamete Benengeli que la historia de vuestras grandezas 30 dejó escritas, y rebién haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 62 en nuestro vulgar castellano para universal entretenimiento de las gentes.” Hízole levantar don Quijote, y dijo: “¿De esa manera verdad es que hay historia mía, y que fue moro y sabio el que la compuso?” 5 “Es tan verdad, señor”, dijo Sansón, “que tengo para mí, que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso, y aun hay fama que se 10 está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca.” “Una de las cosas”, dijo a esta sazón don Quijote, “que más debe de dar contento a un 15 hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa; dije con buen nombre: porque siendo al contrario, ninguna muerte se le igualara.” 20 “Si por buena fama y si por buen nombre va”, dijo el bachiller, “sólo vuestra merced lleva la palma a todos los caballeros andantes; porque el moro en su lengua y el cristiano en la suya tuvieron cuidado de pintarnos muy al 25 vivo la gallardía de vuestra merced, el ánimo grande en acometer los peligros, la paciencia en las adversidades y el sufrimiento, así en las desgracias como en las heridas, la honestidad y continencia en los amores tan 30 platónicos de vuestra merced y de mi señora doña Dulcinea del Toboso.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO III p. 63 “Nunca”, dijo a este punto Sancho Panza, “he oído llamar con don a mi señora Dulcinea, sino solamente la señora Dulcinea del Toboso, y ya en esto anda errada la historia.” “No es objeción de importancia ésa”, 5 respondió Carrasco. “No por cierto”, respondió don Quijote. “Pero dígame vuestra merced, señor bachiller, ¿qué hazañas mías son las que más se ponderan en esa historia?” 10 “En eso”, respondió el bachiller, “hay diferentes opiniones, como hay diferentes gustos: unos se atienen a la aventura de los molinos de viento, que a vuestra merced le parecieron Briareos y gigantes; otros, a la de los batanes; 15 éste, a la descripción de los dos ejércitos, que después parecieron ser dos manadas de carneros; aquél encarece la del muerto que llevaban a enterrar a Segovia; uno dice que a todas se aventaja la de la libertad de los galeotes; otro, 20 que ninguna iguala a la de los dos gigantes benitos, con la pendencia del valeroso vizcaíno.” “Dígame, señor bachiller”, dijo a esta sazón Sancho, “¿entra ahí la aventura de los 25 yangüeses, cuando a nuestro buen Rocinante se le antojó pedir cotufas en el golfo?” “No se le quedó nada”, respondió Sansón, “al sabio en el tintero; todo lo dice y todo lo apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen 30 Sancho hizo en la manta.” “En la manta no hice yo cabriolas”, respondió
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 64 Sancho; “en el aire sí, y aun más de las que yo quisiera.” “A lo que yo imagino”, dijo don Quijote, “no hay historia humana en el mundo que no tenga sus altibajos, especialmente las que 5 tratan de caballerías, las cuales nunca pueden estar llenas de prósperos sucesos.” “Con todo eso”, respondió el bachiller, “dicen algunos que han leído la historia, que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores 10 de ella algunos de los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor don Quijote.” “Ahí entra la verdad de la historia”, dijo Sancho. 15 “También pudieran callarlos por equidad”, dijo don Quijote, “pues las acciones que ni mudan, ni alteran la verdad de la historia, no hay para qué escribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A fe que 20 no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero.” “Así es”, replicó Sansón; “pero uno es escribir como poeta y otro como historiador; el 25 poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser, y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna.” 30 “Pues si es que se anda a decir verdades ese señor moro”, dijo Sancho, “a buen seguro
SEGUNDA PARTE, CAPITULO III p. 65 que entre los palos de mi señor se hallen los míos; porque nunca a su merced le tomaron la medida de las espaldas, que no me la tomasen a mí de todo el cuerpo. Pero no hay de qué maravillarme, pues como dice el mismo 5 señor mío, del dolor de la cabeza han de participar los miembros.” “Socarrón sois, Sancho”, respondió don Quijote; “a fe que no os falta memoria, cuando vos queréis tenerla.” 10 “Cuando yo quisiese olvidarme de los garrotazos que me han dado”, dijo Sancho, “no lo consentirán los cardenales, que aún se están frescos en las costillas.” “Callad, Sancho”, dijo don Quijote, “y no 15 interrumpáis al señor bachiller, a quien suplico pase adelante en decirme lo que se dice de mí en la referida historia.” “Y de mí”, dijo Sancho; “que también dicen que soy yo uno de los principales presonajes 20 de ella.” “Personajes, que no presonajes, Sancho amigo”, dijo Sansón. “Otro reprochador de voquibles tenemos”, dijo Sancho; “pues ándense a eso y no 25 acabaremos en toda la vida.” “Mala me la dé Dios, Sancho”, respondió el bachiller, “si no sois vos la segunda persona de la historia, y que hay tal que precia más oíros hablar a vos que al más pintado de toda 30 ella, puesto que también hay quien diga que anduvisteis demasiadamente de crédulo en creer
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 66 que podía ser verdad el gobierno de aquella ínsula ofrecida por el señor don Quijote, que está presente.” “Aún hay sol en las bardas”, dijo don Quijote, “y mientras más fuere entrando en edad 5 Sancho, con la experiencia que dan los años, estará más idóneo y más hábil para ser gobernador, que no está ahora.” “Por Dios, señor”, dijo Sancho, “la isla que yo no gobernase con los años que tengo, no 10 la gobernaré con los años de Matusalén; el daño está en que la dicha ínsula se entretiene, no sé dónde, y no en faltarme a mí el caletre para gobernarla.” “Encomendadlo a Dios, Sancho”, dijo don 15 Quijote; “que todo se hará bien, y quizá mejor de lo que vos pensáis; que no se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad de Dios.” “Así es verdad”, dijo Sansón, “que si Dios quiere, no le faltarán a Sancho mil islas que 20 gobernar, cuanto más una.” “Gobernador he visto por ahí”, dijo Sancho, “que a mi parecer no llegan a la suela de mi zapato, y, con todo eso, los llaman señoría, y se sirven con plata.” 25 “Esos no son gobernadores de ínsulas”, replicó Sansón, “sino de otros gobiernos más manuales; que los que gobiernan ínsulas, por lo menos, han de saber gramática.” “Con la grama bien me avendría yo”, dijo 30 Sancho, “pero con la tica ni me tiro ni me pago, porque no la entiendo. Pero dejando
SEGUNDA PARTE, CAPITULO III p. 67 esto del gobierno en las manos de Dios, que me eche a las partes donde más de mí se sirva, digo, señor bachiller Sansón Carrasco, que infinitamente me ha dado gusto que el autor de la historia haya hablado de mí de manera, que 5 no enfadan las cosas que de mí se cuentan; que a fe de buen escudero que si hubiera dicho de mí cosas que no fueran muy de cristiano viejo, como soy, que nos habían de oír los sordos.” 10 “Eso fuera hacer milagros”, respondió Sansón. “Milagros o no milagros”, dijo Sancho, “cada uno mire cómo habla o cómo escribe de las personas, y no ponga a trochemoche lo 15 primero que le viene al magín.” “Una de las tachas que ponen a la tal historia”, dijo el bachiller, “es que su autor puso en ella una novela intitulada: El curioso impertinente, no por mala ni por mal razonada, 20 sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del señor don Quijote.” “Yo apostaré”, replicó Sancho, “que ha mezclado el hideperro berzas con capachos.” 25 “Ahora digo”, dijo don Quijote, “que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino algún ignorante hablador que, a tiento y sin algún discurso, se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de 30 Ubeda, al cual preguntándole qué pintaba, respondió: «Lo que saliere». Tal vez pintaba un
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 68 gallo de tal suerte y tan mal parecido, que era menester que con letras góticas escribiese junto a él: «éste es gallo». Y así debe de ser de mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla.” 5 “Eso no”, respondió Sansón; “porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella. Los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran, y, finalmente, es tan trillada y tan leída, y tan 10 sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: «Allí »va Rocinante», y los que más se han dado a su lectura son los pajes. No hay antecámara de señor, donde no se halle un Don Quijote; unos 15 le toman, si otros le dejan; éstos le embisten y aquéllos le piden. Finalmente, la tal historia es del más gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta ahora se haya visto; porque en toda ella no se descubre, ni por semejas, una 20 palabra deshonesta, ni un pensamiento menos que católico.” “A escribir de otra suerte”, dijo don Quijote, “no fuera escribir verdades, sino mentiras, y los historiadores que de mentiras se valen 25 habían de ser quemados, como los que hacen moneda falsa, y no sé yo qué le movió al autor a valerse de novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir en los míos; sin duda se debió de atener al refrán: «De paja y de heno, 30 »&c.». Pues en verdad que en sólo manifestar mis pensamientos, mis suspiros, mis lágrimas,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO III p. 69 mis buenos deseos y mis acometimientos pudiera hacer un volumen mayor, o tan grande, que el que pueden hacer todas las obras del Tostado. En efecto, lo que yo alcanzo, señor bachiller, es que para componer historias 5 y libros de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento; decir gracias y escribir donaires es de grandes ingenios. La más discreta figura de la comedia es la del bobo, porque no lo ha de 10 ser el que quiere dar a entender que es simple. La historia es como cosa sagrada, porque ha de ser verdadera, y donde está la verdad está Dios, en cuanto a verdad, pero no obstante esto hay algunos que así componen y arrojan libros 15 de sí, como si fuesen buñuelos.” “No hay libro tan malo”, dijo el bachiller, “que no tenga algo bueno.” “No hay duda en eso”, replicó don Quijote, “pero muchas veces acontece, que los que 20 tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus escritos, en dándolos a la estampa, la perdieron del todo, o la menoscabaron en algo.” “La causa de eso es”, dijo Sansón, “que como 25 las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas, los ilustres historiadores, 30 siempre, o las más veces, son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 70 entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo.” “Eso no es de maravillar”, dijo don Quijote, “porque muchos teólogos hay que no son 5 buenos para el púlpito, y son bonísimos para conocer las faltas o sobras de los que predican.” “Todo eso es así, señor don Quijote”, dijo Carrasco; “pero quisiera yo que los tales 10 censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran, que si aliquando bonus dormitat Homerus, consideren lo mucho que estuvo despierto por 15 dar la luz de su obra con la menos sombra que pudiese, y quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal, fuesen lunares que a las veces acrecientan la hermosura del rostro que los tiene, y, así, digo que es grandísimo el 20 riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos los que le leyeren.” “El que de mí trata”, dijo don Quijote, “a 25 pocos habrá contentado.” “Antes es al revés”, [replicó Sansón], “que como de stultorum infinitus est numerus, infinitos son los que han gustado de la tal historia. Y algunos han puesto falta y dolo en la 30 memoria del autor, pues se le olvida de contar quién fue el ladrón que hurtó el rucio a Sancho,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO III p. 71 que allí no se declara, y sólo se infiere de lo escrito que se le hurtaron, y de allí a poco le vemos a caballo sobre el mismo jumento, sin haber parecido; también dicen que se le olvidó poner lo que Sancho hizo de aquellos cien 5 escudos que halló en la maleta en Sierra Morena, que nunca más los nombra, y hay muchos que desean saber qué hizo de ellos, o en qué los gastó, que es uno de los puntos sustanciales que faltan en la obra.” 10 Sancho respondió: “Yo, señor Sansón, no estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos; que me ha tomado un desmayo de estómago, que si no le reparo con dos tragos de lo añejo me pondrá 15 en la espina de Santa Lucía. En casa lo tengo, mi oíslo me aguarda, en acabando de comer daré la vuelta, y satisfaré a vuestra merced y a todo el mundo de lo que preguntar quisieren, así de la pérdida del jumento, como 20 del gasto de los cien escudos.” Y, sin esperar respuesta ni decir otra palabra, se fue a su casa. Don Quijote pidió y rogó al bachiller se quedase a hacer penitencia con él; tuvo el bachiller el envite, quedóse, 25 añadióse al ordinario un par de pichones, tratóse en la mesa de caballerías, siguióle el humor Carrasco, acabóse el banquete, durmieron la siesta, volvió Sancho y renovóse la plática pasada. 30
p. 72 Capítulo IV Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse. 5 Volvió Sancho a casa de don Quijote, y volviendo al pasado razonamiento, dijo: “A lo que el señor Sansón dijo que se deseaba saber quién, o cómo, o cuándo se me hurtó el jumento, respondiendo digo, que la 10 noche misma que huyendo de la Santa Hermandad nos entramos en Sierra Morena, después de la aventura sin ventura de los galeotes, y de la del difunto que llevaban a Segovia, mi señor y yo nos metimos entre una espesura, 15 adonde mi señor, arrimado a su lanza, y yo sobre mi rucio, molidos y cansados de las pasadas refriegas, nos pusimos a dormir como si fuera sobre cuatro colchones de pluma; especialmente yo dormí con tan pesado sueño, que 20 quienquiera que fue tuvo lugar de llegar y suspenderme sobre cuatro estacas que puso a los cuatro lados de la albarda, de manera, que me dejó a caballo sobre ella y me sacó debajo de mí al rucio, sin que yo lo sintiese.” 25 “Eso es cosa fácil”, [dijo Sansón], “y no acontecimiento nuevo; que lo mismo le sucedió a Sacripante cuando, estando en el cerco de Albraca, con esa misma invención le sacó
SEGUNDA PARTE, CAPITULO IV p. 73 el caballo de entre las piernas aquel famoso ladrón llamado Brunelo.” “Amaneció”, prosiguió Sancho, “y apenas me hube estremecido, cuando, faltando las estacas, di conmigo en el suelo una gran caída, 5 miré por el jumento y no le vi, acudiéronme lágrimas a los ojos e hice una lamentación, que si no la puso el autor de nuestra historia, puede hacer cuenta que no puso cosa buena. Al cabo de no sé cuántos días, viniendo con la 10 señora princesa Micomicona, conocí mi asno, y que venía sobre él en hábito de gitano aquel Ginés de Pasamonte, aquel embustero y grandísimo maleador que quitamos mi señor y yo de la cadena.” 15 “No está en eso el yerro”, replicó Sansón, “sino en que antes de haber parecido el jumento, dice el autor que iba a caballo Sancho en el mismo rucio.” “A eso”, dijo Sancho, “no sé qué responder, 20 sino que el historiador se engañó o ya sería descuido del impresor.” “Así es, sin duda”, dijo Sansón, “pero, ¿qué se hicieron los cien escudos?; ¿deshiciéronse?” Respondió Sancho: 25 “Yo los gasté en pro de mi persona y de la de mi mujer y de mis hijos, y ellos han sido causa de que mi mujer lleve en paciencia los caminos y carreras que he andado sirviendo a mi señor don Quijote; que si al cabo de tanto 30 tiempo volviera sin blanca y sin el jumento a mi casa, negra ventura me esperaba. Y si hay
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 74 más que saber de mí, aquí estoy, que responderé al mismo rey en persona, y nadie tiene para qué meterse en si traje o no traje, si gasté o no gasté; que si los palos que me dieron en estos viajes se hubieran de pagar a dinero, aunque 5 no se tasaran sino a cuatro maravedís cada uno, en otros cien escudos no había para pagarme la mitad. Y cada uno meta la mano en su pecho y no se ponga a juzgar lo blanco por negro y lo negro por blanco; que cada uno es 10 como Dios le hizo, y aun peor muchas veces.” “Yo tendré cuidado”, dijo Carrasco, “de acusar al autor de la historia que si otra vez la imprimiere, no se le olvide esto que el buen Sancho ha dicho, que será realzarla un buen 15 coto más de lo que ella se está.” “¿Hay otra cosa que enmendar en esa leyenda, señor bachiller?”, preguntó don Quijote. “Sí debe de haber”, respondió él; “pero ninguna debe de ser de la importancia de las ya 20 referidas.” “Y ¿por ventura”, dijo don Quijote, “promete el autor segunda parte?” “Sí promete”, respondió Sansón; “pero dice que no ha hallado ni sabe quién la tiene, y, así, 25 estamos en duda si saldrá o no. Y, así, por esto, como porque algunos dicen: «Nunca segundas »partes fueron buenas», y otros: «De las cosas de »don Quijote bastan las escritas», se duda que no ha de haber segunda parte, aunque algunos 30 que son más joviales que saturninos dicen: «Vengan más quijotadas, embista don Quijote,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO IV p. 75 »y hable Sancho Panza, y sea lo que fuere; que »con eso nos contentamos».” “Y ¿a qué se atiene el autor?” “A que”, respondió Sansón, “en hallando que halle la historia que él va buscando con 5 extraordinarias diligencias, la dará luego a la estampa, llevado más del interés que de darla se le sigue, que de otra alabanza alguna.” A lo que dijo Sancho: “¿Al dinero y al interés mira el autor? 10 Maravilla será que acierte, porque no hará sino harbar, harbar como sastre en vísperas de Pascuas, y las obras que se hacen aprisa nunca se acaban con la perfección que requieren. Atienda ese señor moro, o lo que es, a mirar lo que 15 hace; que yo y mi señor le daremos tanto ripio a la mano en materia de aventuras y de sucesos diferentes, que pueda componer no sólo segunda parte, sino ciento. Debe de pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos 20 aquí en las pajas; pues ténganos el pie al herrar y verá del qué cosqueamos. Lo que yo sé decir es que si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos de estar en esas campañas deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es 25 uso y costumbre de los buenos andantes caballeros.” No había bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a sus oídos relinchos de Rocinante, los cuales relinchos tomó don 30 Quijote por felicísimo agüero, y determinó de hacer de allí a tres o cuatro días otra salida, y,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 76 declarando su intento al bachiller, le pidió consejo por qué parte comenzaría su jornada; el cual le respondió que era su parecer que fuese al reino de Aragón y a la ciudad de Zaragoza, adonde de allí a pocos días se habían de hacer 5 unas solemnísimas justas por la fiesta de San Jorge, en las cuales podría ganar fama sobre todos los caballeros aragoneses, que sería ganarla sobre todos los del mundo. Alabóle ser honradísima y valentísima su determinación, 10 y advirtióle que anduviese más atentado en acometer los peligros, a causa que su vida no era suya, sino de todos aquellos que le habían de menester para que los amparase y socorriese en sus desventuras. 15 “De eso es lo que yo reniego, señor Sansón”, dijo a este punto Sancho; “que así acomete mi señor a cien hombres armados, como un muchacho goloso a media docena de badeas. ¡Cuerpo del mundo, señor bachiller, sí, que 20 tiempos hay de acometer, y tiempos de retirar; sí, no ha de ser todo «Santiago, y cierra, España!» Y más, que yo he oído decir, y creo que a mi señor mismo, si mal no me acuerdo, que en los extremos de cobarde y de temerario está el 25 medio de la valentía, y si esto es así, no quiero que huya sin tener para qué, ni que acometa cuando la demasía pide otra cosa. Pero, sobre todo, aviso a mi señor que si me ha de llevar consigo, ha de ser con condición que él se lo ha 30 de batallar todo, y que yo no he de estar obligado a otra cosa que a mirar por su persona en
SEGUNDA PARTE, CAPITULO IV p. 77 lo que tocare a su limpieza y a su regalo; que en esto yo le bailaré el agua delante; pero pensar que tengo de poner mano a la espada, aunque sea contra villanos malandrines de hacha y capellina, es pensar en lo excusado. Yo, 5 señor Sansón, no pienso granjear fama de valiente, sino del mejor y más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante; y si mi señor don Quijote, obligado de mis muchos y buenos servicios, quisiere darme alguna ínsula de 10 las muchas que su merced dice que se ha de topar por ahí, recibiré mucha merced en ello. Y cuando no me la diere, nacido soy, y no ha de vivir el hombre en hoto de otro, sino de Dios, y más, que tan bien, y aun quizá mejor, 15 me sabrá el pan desgobernado que siendo gobernador. Y ¿sé yo, por ventura, si en esos gobiernos me tiene aparejada el diablo alguna zancadilla donde tropiece y caiga y me haga las muelas? Sancho nací y Sancho pienso 20 morir. Pero si con todo esto, de buenas a buenas, sin mucha solicitud y sin mucho riesgo, me deparase el cielo alguna ínsula u otra cosa semejante, no soy tan necio que la desechase; que también se dice: «cuando te dieren la 25 »vaquilla, corre con la soguilla», y «cuando viene »el bien, mételo en tu casa».” “Vos, hermano Sancho”, dijo Carrasco, “habéis hablado como un catedrático; pero con todo eso confiad en Dios y en el señor don 30 Quijote, que os ha de dar un reino, no que una ínsula.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 78 “Tanto es lo de más como lo de menos”, respondió Sancho; “aunque sé decir al señor Carrasco, que no echará mi señor el reino que me diera en saco roto; que yo he tomado el pulso a mí mismo, y me hallo con salud para 5 regir reinos y gobernar ínsulas, y esto ya otras veces lo he dicho a mi señor.” “Mirad, Sancho”, dijo Sansón, “que los oficios mudan las costumbres, y podría ser que, viéndoos gobernador, no conocieseis a la 10 madre que os parió.” “Eso allá se ha de entender”, respondió Sancho, “con los que nacieron en las malvas, y no con los que tienen sobre el alma cuatro dedos de enjundia de cristianos viejos como 15 yo los tengo: ¡no, sino llegaos a mi condición, que sabrá usar de desagradecimiento con alguno!” “Dios lo haga”, dijo don Quijote, “y ello dirá cuando el gobierno venga; que ya me 20 parece que le traigo entre los ojos.” Dicho esto, rogó al bachiller que, si era poeta, le hiciese merced de componerle unos versos que tratasen de la despedida que pensaba hacer de su señora Dulcinea del Toboso, y que 25 advirtiese que en el principio de cada verso había de poner una letra de su nombre, de manera, que al fin de los versos, juntando las primeras letras, se leyese Dulcinea del Toboso. 30 El bachiller respondió que puesto que él no era de los famosos poetas que había en
SEGUNDA PARTE, CAPITULO IV p. 79 España, que decían que no eran sino tres y medio, que no dejaría de componer los tales metros, aunque hallaba una dificultad grande en su composición a causa que las letras que contenían el nombre eran diez y siete, y que si 5 hacía cuatro castellanas de a cuatro versos, sobrara una letra, y si de a cinco, a quien llaman décimas o redondillas, faltaban tres letras; pero con todo eso procuraría embeber una letra lo mejor que pudiese, de manera, que 10 en las cuatro castellanas se incluyese el nombre de Dulcinea del Toboso. “Ha de ser así en todo caso”, dijo don Quijote; “que si allí no va el nombre patente y de manifiesto, no hay mujer que crea que para 15 ella se hicieron los metros.” Quedaron en esto y en que la partida sería de allí a ocho días; encargó don Quijote al bachiller la tuviese secreta, especialmente al cura y a maese Nicolás y a su sobrina y al 20 ama, porque no estorbasen su honrada y valerosa determinación; todo lo prometió Carrasco. Con esto se despidió, encargando a don Quijote que de todos sus buenos o malos sucesos le avisase, habiendo comodidad, y, así, 25 se despidieron, y Sancho fue a poner en orden lo necesario para su jornada.
p. 80 Capítulo V De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de feliz recordación. 5 Llegando a escribir el traductor de esta historia este quinto capítulo, dice que le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se podía prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles, que no 10 tiene por posible que él las supiese; pero que no quiso dejar de traducirlo, por cumplir con lo que a su oficio debía, y, así, prosiguió diciendo: Llegó Sancho a su casa tan regocijado y 15 alegre, que su mujer conoció su alegría a tiro de ballesta, tanto, que la obligó a preguntarle: “¿Qué traéis, Sancho amigo, que tan alegre venís?” A lo que él respondió: 20 “Mujer mía, si Dios quisiera, bien me holgara yo de no estar tan contento como muestro.” “No os entiendo, marido”, replicó ella, “y no sé qué queréis decir en eso de que os holgareis, si Dios quisiera, de no estar contento; 25 que maguer tonta, no sé yo quién recibe gusto de no tenerle.” “Mirad, Teresa”, respondió Sancho: “yo estoy alegre porque tengo determinado de volver a servir a mi amo don Quijote, el cual quiere la 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO V p. 81 vez tercera salir a buscar las aventuras, y yo vuelvo a salir con él porque lo quiere así mi necesidad, junto con la esperanza que me alegra de pensar si podré hallar otros cien escudos como los ya gastados, puesto que me 5 entristece el haberme de apartar de ti y de mis hijos. Y si Dios quisiera darme de comer a pie enjuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos y encrucijadas, pues lo podía hacer a poca costa y no más de quererlo, claro está que mi 10 alegría fuera más firme y valedera, pues que la que tengo va mezclada con la tristeza del dejarte; así, que dije bien que holgara, si Dios quisiera, de no estar contento.” “Mirad, Sancho”, replicó Teresa; “después 15 que os hicisteis miembro de caballero andante, habláis de tan rodeada manera, que no hay quien os entienda.” “Basta que me entienda Dios, mujer”, respondió Sancho, “que El es el entendedor de 20 todas las cosas, y quédese esto aquí; y advertid, hermana, que os conviene tener cuenta estos tres días con el rucio, de manera, que esté para armas tomar. Dobladle los piensos, requerid la albarda y las demás jarcias, porque no 25 vamos a bodas, sino a rodear el mundo, y a tener dares y tomares con gigantes, con endriagos y con vestiglos, y a oír silbos, rugidos, bramidos y baladros, y aun todo esto fuera flores de cantueso, si no tuviéramos que entender con 30 yangüeses y con moros encantados.” “Bien creo yo, marido”, replicó Teresa, “que,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 82 los escuderos andantes no comen el pan de balde, y, así, quedaré rogando a nuestro Señor os saque presto de tanta mala ventura.” “Yo os digo, mujer”, respondió Sancho, “que si no pensase antes de mucho tiempo 5 verme gobernador de una ínsula, aquí me caería muerto.” “Eso no, marido mío”, dijo Teresa; “viva la gallina, aunque sea con su pepita; vivid vos, y llévese el diablo cuantos gobiernos hay en el 10 mundo. Sin gobierno salisteis del vientre de vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta ahora, y sin gobierno os iréis o os llevarán a la sepultura cuando Dios fuere servido. Como ésos hay en el mundo que viven sin gobierno, 15 y no por eso dejan de vivir y de ser contados en el número de las gentes. La mejor salsa del mundo es la hambre, y como ésta no falta a los pobres, siempre comen con gusto. Pero mirad, Sancho, si por ventura os viereis con 20 algún gobierno, no os olvidéis de mí y de vuestros hijos. Advertid que Sanchico tiene ya quince años cabales, y es razón que vaya a la escuela, si es que su tío, el abad, le ha de dejar hecho de la Iglesia. Mirad también que 25 Mari Sancha, vuestra hija, no se morirá si la casamos, que me va dando barruntos que desea tanto tener marido como vos deseáis veros con gobierno, y en fin en fin, mejor parece la hija mal casada que bien 30 abarraganada.” “A buena fe”, respondió Sancho, “que si
SEGUNDA PARTE, CAPITULO V p. 83 Dios me llega a tener algo qué de gobierno, que tengo de casar, mujer mía, a Mari Sancha tan altamente que no la alcancen sino con llamarla señor[í]a.” “Eso no, Sancho”, respondió Teresa; 5 “casadla con su igual, que es lo más acertado; que si de los zuecos la sacáis a chapines y de saya parda de catorceno a verdugado y saboyanas de seda, y de una Marica y un a una doña tal y señoría, no se ha de hallar la 10 muchacha y a cada paso ha de caer en mil faltas, descubriendo la hilaza de su tela basta y grosera.” “Calla, boba”, dijo Sancho, “que todo será usarlo dos o tres años; que después le vendrá 15 el señorío y la gravedad como de molde, y cuando no, ¿qué importa? Séase ella señoría y venga lo que viniere.” “Medíos, Sancho, con vuestro estado”, respondió Teresa, “no os queráis alzar a mayores 20 y advertid al refrán que dice: al hijo de tu vecino límpiale las narices y métele en tu casa. Por cierto que sería gentil cosa casar a nuestra María con un condazo, o con [un] caballerote que cuando se le antojase la pusiese como 25 nueva, llamándola de villana, hija del destripaterrones y de la pelarruecas. ¡No en mis días, marido; para eso por cierto he criado yo a mi hija! Traed vos dineros, Sancho, y el casarla dejadlo a mi cargo; que ahí está Lope Tocho, el 30 hijo de Juan Tocho, mozo rollizo y sano, y que le conocemos, y sé que no mira de mal ojo a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 84 la muchacha, y con éste que es nuestro igual estará bien casada, y le tendremos siempre a nuestros ojos, y seremos todos unos, padres e hijos, nietos y yernos, y andará la paz y la bendición de Dios entre todos nosotros, y no 5 casármela vos ahora en esas cortes y en esos palacios grandes, adonde ni a ella la entiendan ni ella se entienda.” “Ven acá, bestia y mujer de Barrabás”, replicó Sancho; “¿por qué quieres tú ahora, sin 10 qué ni para qué, estorbarme que no case a mi hija con quien me dé nietos que se llamen señoría? Mira, Teresa, siempre he oído decir a mis mayores que el que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, que no se debe quejar 15 si se le pasa. Y no sería bien que, ahora que está llamando a nuestra puerta, se la cerremos; dejémonos llevar de este viento favorable que nos sopla.” (Por este modo de hablar y por lo que más abajo dice Sancho, dijo el 20 traductor de esta historia que tenía por apócrifo este capítulo.) “¿No te parece, animalia”, prosiguió Sancho, “que será bien dar con mi cuerpo en algún gobierno provechoso que nos saque el pie del 25 lodo? Y cásese a Mari Sancha con quien yo quisiere, y verás cómo te llaman a ti doña Teresa Panza, y te sientas en la iglesia sobre alcatifa, almohadas y arambeles, a pesar y despecho de las hidalgas del pueblo. No, sino 30 estaos siempre en un ser, sin crecer ni menguar, como figura de paramento, y en esto no
SEGUNDA PARTE, CAPITULO V p. 85 hablemos más, que Sanchica ha de ser condesa, aunque tú más me digas.” “¿Veis cuanto decís, marido?”, respondió Teresa. “Pues con todo eso temo que este condado de mi hija ha de ser su perdición. 5 Vos haced lo que quisiereis, ora la hagáis duquesa o princesa; pero séos decir que no será ello con voluntad ni consentimiento mío. Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad, y no puedo ver entonos sin fundamentos. 10 Teresa me pusieron en el bautismo, nombre mondo y escueto, sin añadiduras, ni cortapisas, ni arrequives de dones ni donas; Cascajo se llamó mi padre, y a mí, por ser vuestra mujer, me llaman Teresa Panza, que a buena razón me 15 habían de llamar Teresa Cascajo. Pero allá van reyes do quieren leyes, y con este nombre me contento, sin que me le pongan un don encima que pese tanto, que no le pueda llevar, y no quiero dar que decir a los que me vieren andar 20 vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dirán: «¡Mirad que entonada va la »pazpuerca: ayer no se hartaba de estirar de »un copo de estopa, e iba a misa cubierta la »cabeza con la falda de la saya en lugar de 25 »manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con »entono, como si no la conociésemos!» Si Dios me guarda mis siete o mis cinco sentidos, o los que tengo, no pienso dar ocasión de verme en tal aprieto. Vos, hermano, idos a ser gobierno 30 o ínsulo, y entonaos a vuestro gusto; que mi hija ni yo por el siglo de mi madre que no nos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 86 hemos de mudar un paso de nuestra aldea: la mujer honrada, la pierna quebrada y en casa. Y la doncella honesta, el hacer algo es su fiesta. Idos con vuestro don Quijote a vuestras aventuras y dejadnos a nosotras con nuestras 5 malas venturas; que Dios nos las mejorará como seamos buenas. Y yo no sé por cierto quién le puso a él don que no tuvieron sus padres ni sus abuelos.” “Ahora digo”, replicó Sancho, “que tienes 10 algún familiar en ese cuerpo. ¡Válgate Dios, la mujer, y qué de cosas has ensartado unas en otras, sin tener pies ni cabeza! ¿Qué tiene que ver el Cascajo, los broches, los refranes y el entono con lo que yo digo? Ven acá, mentecata 15 e ignorante, que así te puedo llamar, pues no entiendes mis razones y vas huyendo de la dicha. Si yo dijera que mi hija se arrojara de una torre abajo, o que se fuera por esos mundos, como se quiso ir la infanta doña Urraca, 20 tenías razón de no venir con mi gusto; pero si en dos paletas y en menos de un abrir y cerrar de ojos te la chanto un don y una señoría a cuestas, y te la saco de los rastrojos, y te la pongo en toldo y en peana y en un estrado de 25 más almohadas de velludo, que tuvieron moros en su linaje los Almohadas de Marruecos, ¿por qué no has de consentir y querer lo que yo quiero?” “¿Sabéis por qué, marido?”, respondió Teresa: 30 “por el refrán que dice: Quien te cubre te descubre. Por el pobre todos pasan los ojos
SEGUNDA PARTE, CAPITULO V p. 87 como de corrida, y en el rico los detienen, y si el tal rico fue un tiempo pobre, allí es el murmurar, y el mal decir, y el peor perseverar de los maldicientes, que los hay por esas calles a montones, como enjambres de abejas.” 5 “Mira, Teresa”, respondió Sancho, “y escucha lo que ahora quiero decirte, quizá no lo habrás oído en todos los días de tu vida, y yo ahora no hablo de mío; que todo lo que pienso decir son sentencias del padre predicador que 10 la cuaresma pasada predicó en este pueblo, el cual, si mal no me acuerdo, dijo que todas las cosas presentes que los ojos están mirando se presentan, están y asisten en nuestra memoria mucho mejor y con más vehemencia 15 que las cosas pasadas.” (Todas estas razones que aquí va diciendo Sancho son las segundas por quien dice el traductor que tiene por apócrifo este capítulo, que exceden a la capacidad de Sancho. El cual prosiguió diciendo:) “De 20 donde nace que cuando vemos alguna persona bien aderezada y con ricos vestidos compuesta y con pompa de criados, parece que por fuerza nos mueve y convida a que la tengamos respeto, puesto que la memoria en aquel 25 instante nos represente alguna bajeza en que vimos a la tal persona; la cual ignominia, ahora sea de pobreza, o de linaje, como ya pasó, no es, y sólo es lo que vemos presente. Y si éste a quien la fortuna sacó del borrador de 30 su bajeza --que por estas mismas razones lo dijo el padre--, a la alteza de su prosperidad,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 88 fuere bien criado, liberal y cortés con todos, y no se pusiere en cuentos con aquellos que por antigüedad son nobles, ten por cierto, Teresa, que no habrá quien se acuerde de lo que fue, sino que reverencien lo que es, si no 5 fueren los envidiosos, de quien ninguna próspera fortuna está segura.” “Yo no os entiendo, marido”, replicó Teresa; “haced lo que quisiereis y no me quebréis más la cabeza con vuestras arengas y retóricas. 10 Y si estáis revuelto en hacer lo que decís...” “Resuelto has de decir, mujer”, dijo Sancho, “y no revuelto.” “No os pongáis a disputar, marido, conmigo”, respondió Teresa; “yo hablo como Dios es 15 servido y no me meto en más dibujos. Y digo, que si estáis porfiando en tener gobierno, que llevéis con vos a vuestro hijo Sancho, para que desde ahora le enseñéis a tener gobierno; que bien es que los hijos hereden y aprendan 20 los oficios de sus padres.” “En teniendo gobierno”, dijo Sancho, “enviaré por él por la posta, y te enviaré dineros que no me faltarán, pues nunca falta quien se los preste a los gobernadores cuando no los 25 tienen, y vístele de modo que disimule lo que es y parezca lo que ha de ser.” “Enviad vos dinero”, dijo Teresa, “que yo os lo vestiré como un palmito.” “En efecto, ¿quedamos de acuerdo”, dijo 30 Sancho, “de que ha de ser condesa nuestra hija?”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO V p. 89 “El día que yo la viere condesa”, respondió Teresa, “ése haré cuenta que la entierro. Pero otra vez os digo que hagáis lo que os diere gusto; que con esta carga nacemos las mujeres de estar obedientes a sus maridos aunque 5 sean unos porros.” Y, en esto, comenzó a llorar tan de veras como si ya viera muerta y enterrada a Sanchica. Sancho la consoló diciéndole que ya que la hubiese de hacer condesa, la haría todo lo 10 más tarde que ser pudiese. Con esto se acabó su plática, y Sancho volvió a ver a don Quijote para dar orden en su partida.
p. 90 Capítulo VI De lo que le pasó a don Quijote con su sobrina y con su ama, y es uno de los importantes capítulos de toda la historia. En tanto que Sancho Panza y su mujer Teresa 5 Cascajo pasaron la impertinente referida plática, no estaban ociosas la sobrina y el ama de don Quijote, que por mil señales iban coligiendo que su tío y señor quería desgarrarse la vez tercera y volver al ejercicio de su, para 10 ellas, mal andante caballería; procuraban por todas las vías posibles apartarle de tan mal pensamiento, pero todo era predicar en desierto y majar en hierro frío. Con todo esto, entre otras muchas razones que con él pasaron, le 15 dijo el ama: “En verdad, señor mío, que si vuestra merced no afirma el pie llano y se está quedo en su casa y se deja de andar por los montes y por los valles como ánima en pena, buscando esas 20 que dicen que se llaman aventuras, a quien yo llamo desdichas, que me tengo de quejar en voz y en grita a Dios y al rey, que pongan remedio en ello.” A lo que respondió don Quijote: 25 “Ama, lo que Dios responderá a tus quejas yo no lo sé, ni lo que ha de responder su majestad tampoco, y sólo sé que si yo fuera rey, me excusara de responder a tanta infinidad de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VI p. 91 memoriales impertinentes como cada día le dan; que uno de los mayores trabajos que los reyes tienen entre otros muchos es el estar obligados a escuchar a todos y a responder a todos, y, así, no querría yo que cosas mías le 5 diesen pesadumbre.” A lo que dijo el ama: “Díganos, señor, ¿en la corte de su majestad no hay caballeros?” “Sí”, respondió don Quijote, “y muchos, y 10 es razón que los haya para adorno de la grandeza de los príncipes y para ostentación de la majestad real.” “Pues ¿no sería vuestra merced”, replicó ella, “uno de los que a pie quedo sirviesen a 15 su rey y señor, estándose en la corte?” “Mira, amiga”, respondió don Quijote, “no todos los caballeros pueden ser cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros andantes; de todos ha de haber en el 20 mundo, y aunque todos seamos caballeros, va mucha diferencia de los unos a los otros: porque los cortesanos, sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la corte, se pasean por todo el mundo, mirando un mapa, sin costarles 25 blanca, ni padecer calor ni frío, hambre ni sed. Pero nosotros los caballeros andantes verdaderos, al sol, al frío, al aire, a las inclemencias del cielo, de noche y de día, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros mismos 30 pies. Y no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su mismo ser, y en todo trance
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 92 y en toda ocasión los acometemos, sin mirar en niñerías, ni en las leyes de los desafíos, si lleva o no lleva más corta la lanza o la espada, si trae sobre sí reliquias o algún engaño encubierto, si se ha de partir y hacer tajadas el sol, 5 o no, con otras ceremonias de este jaez, que se usan en los desafíos particulares de persona a persona, que tú no sabes y yo sí. ”Y has de saber más: que el buen caballero andante, aunque vea diez gigantes que con las 10 cabezas no sólo tocan, sino pasan las nubes, y que a cada uno le sirven de piernas dos grandísimas torres, y que los brazos semejan árboles de gruesos y poderosos navíos, y cada ojo como una gran rueda de molino y más 15 ardiendo que un horno de vidrio, no le han de espantar en manera alguna, antes con gentil continente y con intrépido corazón los ha de acometer y embestir, y, si fuere posible, vencerlos y desbaratarlos en un pequeño instante, 20 aunque viniesen armados de unas conchas de un cierto pescado que dicen que son más duras que si fuesen de diamantes, y en lugar de espadas trajesen cuchillos tajantes de damasquino acero, o porras ferradas con puntas 25 asimismo de acero, como yo las he visto más de dos veces. Todo esto he dicho, ama mía, porque veas la diferencia que hay de unos caballeros a otros, y sería razón que no hubiese príncipe que no estimase en más esta segunda, o 30 por mejor decir, primera especie de caballeros andantes; que, según leemos en sus historias,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VI p. 93 tal ha habido entre ellos, que ha sido la salud no sólo de un reino, sino de muchos.” “¡Ah, señor mío!”, dijo a esta sazón la sobrina, “advierta vuestra merced que todo eso que dice de los caballeros andantes es fábula y 5 mentira, y sus historias, ya que no las quemasen, merecían que a cada una se le echase un sambenito, o alguna señal en que fuese conocida por infame y por gastadora de las buenas costumbres.” 10 “Por el Dios que me sustenta”, dijo don Quijote, “que si no fueras mi sobrina derechamente, como hija de mi misma hermana, que había de hacer un tal castigo en ti por la blasfemia que has dicho, que sonara por todo el 15 mundo. ¿Cómo que es posible que una rapaza que apenas sabe menear doce palillos de randas se atreva a poner lengua y a censurar las historias de los caballeros andantes? ¿Qué dijera el señor Amadís si lo tal oyera? Pero a 20 buen seguro que él te perdonara, porque fue el más humilde y cortés caballero de su tiempo, y demás, grande amparador de las doncellas. Mas tal te pudiera haber oído, que no te fuera bien de ello; que no todos son corteses ni bien 25 mirados: algunos hay follones y descomedidos. Ni todos los que se llaman caballeros lo son de todo en todo, que unos son de oro, otros de alquimia y todos parecen caballeros, pero no todos pueden estar al toque de la piedra de la 30 verdad. Hombres bajos hay que revientan por parecer caballeros, y, caballeros altos hay que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 94 parece que aposta mueren por parecer hombres bajos; aquéllos se levantan, o con la ambición, o con la virtud, éstos se abajan, o con la flojedad, o con el vicio, y es menester aprovecharnos del conocimiento discreto para 5 distinguir estas dos maneras de caballeros tan parecidos en los nombres y tan distantes en las acciones.” “Válgame Dios”, dijo la sobrina; “que sepa vuestra merced tanto, señor tío, que si fuese 10 menester en una necesidad, podría subir en un púlpito e irse a predicar por esas calles, y que, con todo esto, dé en una ceguera tan grande y en una sandez tan conocida, que se dé a entender que es valiente, siendo viejo, 15 que tiene fuerzas, estando enfermo, y que endereza tuertos, estando por la edad agobiado, y, sobre todo, que es caballero, no lo siendo, porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres.” 20 “Tienes mucha razón, sobrina, en lo que dices”, respondió don Quijote, “y cosas te pudiera yo decir cerca de los linajes, que te admiraran, pero por no mezclar lo divino con lo humano, no las digo. Mirad, amigas, a cuatro 25 suertes de linajes, y estadme atentas, se pueden reducir todos los que hay en el mundo, que son éstas: unos que tuvieron principios humildes y se fueron extendiendo y dilatando hasta llegar a una suma grandeza; otros, que tuvieron 30 principios grandes y los fueron conservando, y los conservan y mantienen en el ser que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VI p. 95 comenzaron; otros, que aunque tuvieron principios grandes, acabaron en punta como pirámide, habiendo diminuido y aniquilado su principio hasta parar en nonada, como lo es la punta de la pirámide, que respeto de su basa 5 o asiento no es nada; otros hay, y éstos son los más, que ni tuvieron principio bueno, ni razonable medio, y así tendrán el fin, sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria. 10 ”De los primeros que tuvieron principio humilde y subieron a la grandeza que ahora conservan te sirva de ejemplo la casa Otomana, que de un humilde y bajo pastor que le dio principio, está en la cumbre que le vemos. 15 Del segundo linaje, que tuvo principio en grandeza y la conserva sin aumentarla, serán ejemplo muchos príncipes que por herencia lo son, y se conservan en ella sin aumentarla ni diminuirla, conteniéndose en los límites de sus 20 estados pacíficamente. De los que comenzaron grandes y acabaron en punta hay millares de ejemplos. Porque todos los Faraones y Tolomeos de Egipto, los Césares de Roma, con toda la caterva, si es que se le puede dar este 25 nombre, de infinitos príncipes, monarcas, señores, medos, asirios, persas, griegos y bárbaros, todos estos linajes y señoríos han acabado en punta y en nonada, así ellos como los que les dieron principio, pues no será posible hallar 30 ahora ninguno de sus descendientes, y si le hallásemos, sería en bajo y humilde estado.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 96 Del linaje plebeyo no tengo que decir, sino que sirve sólo de acrecentar el número de los que viven, sin que merezcan otra fama ni otro elogio sus grandezas. “De todo lo dicho quiero que infiráis, bobas 5 mías, que es grande la confusión que hay entre los linajes, y que solos aquéllos parecen grandes e ilustres que lo muestran en la virtud y en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dije virtudes, riquezas y liberalidades, porque el 10 grande que fuere vicioso será vicioso grande, y el rico no liberal será un avaro mendigo; que al poseedor de las riquezas no le hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas como quiera, sino el saberlas bien gastar. Al 15 caballero pobre no le queda otro camino para mostrar que es caballero, sino el de la virtud, siendo afable, bien criado, cortés y comedido y oficioso; no soberbio, no arrogante, no murmurador y, sobre todo, caritativo; que con dos 20 maravedís que con ánimo alegre dé al pobre, se mostrará tan liberal como el que a campana herida da limosna, y no habrá quien le vea adornado de las referidas virtudes que, aunque no le conozca, deje de juzgarle y tenerle por de 25 buena casta, y el no serlo sería milagro. Y siempre la alabanza fue premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de ser alabados. ”Dos caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el 30 uno es el de las letras, otro, el de las armas. Yo tengo más armas que letras, y nací, según
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VI p. 97 me inclino a las armas, debajo de la influencia del planeta Marte; así, que casi me es forzoso seguir por su camino, y por él tengo de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde cansaros en persuadirme a que no quiera yo 5 lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la razón pide y, sobre todo, mi voluntad desea. Pues con saber, como sé, los innumerables trabajos que son anejos al andante caballería, sé también los infinitos bienes que se alcanzan 10 con ella. Y sé que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio ancho y espacioso. Y sé que sus fines y paraderos son diferentes, porque el del vicio, dilatado y espacioso, acaba en muerte, y el de la virtud, angosto 15 y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no tendrá fin. Y sé, como dice el gran poeta castellano nuestro, que: “Por estas asperezas se camina de la inmortalidad al alto asiento, 20 do nunca arriba, quien de allí declina.” “¡Ay desdichada de mí!”, dijo la sobrina, “que también mi señor es poeta. Todo lo sabe, todo lo alcanza; yo apostaré que si quisiera ser albañil, que supiera fabricar una casa como 25 una jaula.” “Yo te prometo, sobrina”, respondió don Quijote, “que si estos pensamientos caballerescos no me llevasen tras sí todos los sentidos, que no habría cosa que yo no hiciese, ni 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 98 curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente jaulas y palillos de dientes.” A este tiempo llamaron a la puerta, y preguntando quién llamaba, respondió Sancho Panza que él era, y apenas le hubo conocido 5 el ama, cuando corrió a esconderse por no verle: tanto le aborrecía. Abrióle la sobrina, salió a recibirle con los brazos abiertos su señor don Quijote, y encerráronse los dos en su aposento, donde tuvieron otro coloquio que no le 10 hace ventaja el pasado.
p. 99 Capítulo VI[I] De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros sucesos famosísimos. Apenas vio el ama que Sancho Panza se encerraba con su señor, cuando dio en la 5 cuenta de sus tratos, e, imaginando que de aquella consulta había de salir la resolución de su tercera salida, y, tomando su manto, toda llena de congoja y pesadumbre, se fue a buscar al bachiller Sansón Carrasco, pareciéndole 10 que por ser bien hablado y amigo fresco de su señor, le podría persuadir a que dejase tan desvariado propósito. Hallóle paseándose por el patio de su casa, y, viéndole, se dejó caer ante sus pies, trasudando 15 y congojosa. Cuando la vio Carrasco con muestras tan doloridas y sobresaltadas, le dijo: “¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha acontecido, que parece que se le quiere arrancar el alma?” 20 “No es nada, señor Sansón mío, sino que mi amo se sale, sálese sin duda.” “Y ¿por dónde se sale, señora?”, preguntó Sansón. “¿Hásele roto alguna parte de su cuerpo?” 25 “No se sale”, respondió ella, “sino por la puerta de su locura. Quiero decir, señor bachiller de mi ánima, que quiere salir otra vez, que con ésta sera la tercera, a buscar por ese mundo lo que él llama venturas, que yo no 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 100 puedo entender cómo les da este nombre. La vez primera nos le volvieron atravesado sobre un jumento, molido a palos. La segunda vino en un carro de bueyes, metido y encerrado en una jaula, adonde él se daba a entender que 5 estaba encantado, y venía tal el triste, que no le conociera la madre que le parió: flaco, amarillo, los ojos hundidos en los últimos camaranchones del cerebro; que para haberle de volver algún tanto en sí, gasté más de seiscientos 10 huevos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y mis gallinas que no me dejarán mentir.” “Eso creo yo muy bien”, respondió el bachiller; “que ellas son tan buenas, tan gordas y tan bien criadas, que no dirán una cosa por 15 otra si reventasen. En efecto, señora ama, ¿no hay otra cosa, ni ha sucedido otro desmán alguno, sino el que se teme que quiere hacer el señor don Quijote?” “No, señor”, respondió ella. 20 “Pues no tenga pena”, respondió el bachiller, “sino váyase en hora buena a su casa, y téngame aderezado de almorzar alguna cosa caliente, y, de camino, vaya rezando la oración de Santa Apolonia, si es que la sabe; que yo iré 25 luego allá y verá maravillas.” “Cuitada de mí”, replicó el ama: “la oración de Santa Apolonia dice vuestra merced que rece; eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas, pero no lo ha sino de los cascos.” 30 “Yo sé lo que digo, señora ama; váyase y no se ponga a disputar conmigo, pues sabe que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VII p. 101 soy bachiller por Salamanca, que no hay más que bachillear”, respondió Carrasco. Y, con esto, se fue el ama, y el bachiller fue luego a buscar al cura, a comunicar con él lo que se dirá a su tiempo. 5 En el que estuvieron encerrados don Quijote y Sancho pasaron las razones que con mucha puntualidad y verdadera relación cuenta la historia. Dijo Sancho a su amo: “Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a 10 que me deje ir con vuestra merced adonde quisiere llevarme.” “Reducida has de decir, Sancho”, dijo don Quijote, “que no relucida.” “Una o dos veces”, respondió Sancho, “si 15 mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra merced que no me enmiende los vocablos, si es que entiende lo que quiero decir en ellos, y que cuando no los entienda, diga, «Sancho, o »diablo, no te entiendo». Y si yo no me declarare, 20 entonces podrá enmendarme; que yo soy tan fócil.” “No te entiendo, Sancho”, dijo luego don Quijote, “pues no sé qué quiere decir soy tan fócil.” “Tan fócil quiere decir”, respondió Sancho, 25 “Soy tan así.” “Menos te entiendo ahora”, replicó don Quijote. “Pues si no me puede entender”, respondió Sancho, “no sé cómo lo diga; no sé más, y 30 Dios sea conmigo.” “Ya, ya caigo”, respondió don Quijote, “en
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 102 ello. Tú quieres decir que eres tan dócil, blando y mañero, que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por lo que te enseñare.” “Apostaré yo”, dijo Sancho, “que desde el emprincipio me caló y me entendió, sino que 5 quiso turbarme por oírme decir otras doscientas patochadas.” “Podrá ser”, replicó don Quijote; “y, en efecto, ¿qué dice Teresa?” “Teresa dice”, dijo Sancho, “que ate bien 10 mi dedo con vuestra merced, y que hablen cartas y callen barbas, porque quien destaja no baraja, pues más vale un toma que dos te daré. Y yo digo que el consejo de la mujer es poco, y el que no le toma es loco.” 15 “Y yo lo digo también”, respondió don Quijote. “Decid, Sancho amigo; pasad adelante, que habláis hoy de perlas.” “Es el caso”, replicó Sancho, “que como vuestra merced mejor sabe, todos estamos 20 sujetos a la muerte, y que hoy somos y mañana no, y que tan presto se va el cordero como el carnero, y que nadie puede prometerse en este mundo más horas de vida de las que Dios quisiere darle, porque la muerte es sorda, 25 y cuando llega a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre va de prisa, y no la harán detener ni ruegos, ni fuerzas, ni cetros, ni mitras, según es pública voz y fama, y según nos lo dicen por esos púlpitos.” 30 “Todo eso es verdad”, dijo don Quijote. “Pero no sé dónde vas a parar.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VII p. 103 “Voy a parar”, dijo Sancho, “en que vuestra merced me señale salario conocido de lo que me ha de dar cada mes, el tiempo que le sirviere, y que el tal salario se me pague de su hacienda; que no quiero estar a mercedes que 5 llegan tarde, o mal, o nunca. Con lo mío me ayude Dios. En fin, yo quiero saber lo que gano, poco o mucho que sea; que sobre un huevo pone la gallina, y muchos pocos hacen un mucho, y mientras se gana algo no se pierde nada. 10 Verdad sea, que si sucediese, lo cual ni lo creo, ni lo espero, que vuestra merced me diese la ínsula que me tiene prometida, no soy tan ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos, que no querré que se aprecie lo que montare 15 la renta de la tal ínsula, y se descuente de mi salario gata por cantidad.” “Sancho amigo”, respondió don Quijote, “a las veces tan buena suele ser una gata como una rata.” 20 “Ya entiendo”, dijo Sancho: “yo apostaré que había de decir rata y no gata, pero no importa nada, pues vuestra merced me ha entendido.” “Y tan entendido”, respondió don Quijote, 25 “que he penetrado lo último de tus pensamientos, y sé al blanco que tiras con las innumerables saetas de tus refranes. Mira, Sancho, yo bien te señalaría salario, si hubiera hallado en alguna de las historias de los caballeros andantes 30 ejemplo que me descubriese y mostrase por algún pequeño resquicio, qué es lo que solían ganar
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 104 cada mes o cada año; pero yo he leído todas, o las más de sus historias, y no me acuerdo haber leído que ningún caballero andante haya señalado conocido salario a su escudero. Sólo sé que todos servían a merced, y que cuando 5 menos se lo pensaban, si a sus señores les había corrido bien la suerte, se hallaban premiados con una ínsula o con otra cosa equivalente, y, por lo menos, quedaban con título y señoría. Si con estas esperanzas y aditamentos vos, 10 Sancho, gustáis de volver a servirme, sea en buena hora; que pensar que yo he de sacar de sus términos y quicios la antigua usanza de la caballería andante, es pensar en lo excusado. Así que, Sancho mío, volveos a vuestra casa y 15 declarad a vuestra Teresa mi intención, y si ella gustare y vos gustareis de estar a merced conmigo, bene quidem, y si no, tan amigos como de antes; que si al palomar no le falta cebo, no le faltarán palomas. Y advertid, hijo, que vale 20 más buena esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga. Hablo de esta manera, Sancho, por daros a entender que también como vos sé yo arrojar refranes como llovidos. Y, finalmente, quiero decir, y os digo, que si 25 no queréis venir a merced conmigo, y correr la suerte que yo corriere, que Dios quede con vos y os haga un santo; que a mí no me faltarán escuderos más obedientes, más solícitos y no tan empachados, ni tan habladores como vos.” 30 Cuando Sancho oyó la firme resolución de su amo, se le anubló el cielo y se le cayeron
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VII p. 105 las alas del corazón, porque tenía creído que su señor no se iría sin él por todos los haberes del mundo, y, así, estando suspenso y pensativo, entró Sansón Carrasco y la sobrina, deseosos de oír con qué razones persuadía a 5 su señor que no tornase a buscar las aventuras. Llegó Sansón, socarrón famoso, y, abrazándole como la vez primera, y con voz levantada, le dijo: “¡Oh flor de la andante caballería, oh luz 10 resplandeciente de las armas, oh honor y espejo de la nación española!; plega a Dios todopoderoso donde más largamente se contiene, que la persona o personas que pusieren impedimento y estorbaren tu tercera salida, que no la hallen 15 en el laberinto de sus deseos, ni jamás se les cumpla lo que más desearen.” Y, volviéndose al ama, le dijo: “Bien puede la señora ama no rezar más la oración de Santa Apolonia; que yo sé que es 20 determinación precisa de las esferas que el señor don Quijote vuelva a ejecutar sus altos y nuevos pensamientos, y yo encargaría mucho mi conciencia si no intimase y persuadiese a este caballero que no tenga más tiempo encogida 25 y detenida la fuerza de su valeroso brazo y la bondad de su ánimo valentísimo, porque defrauda con su tardanza el derecho de los tuertos, el amparo de los huérfanos, la honra de las doncellas, el favor de las viudas y el 30 arrimo de las casadas, y otras cosas de este jaez, que tocan, atañen, dependen y son anejas a la
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 106 orden de la caballería andante. Ea, señor don Quijote mío, hermoso y bravo, antes hoy que mañana se ponga vuestra merced y su grandeza en camino, y si alguna cosa faltare para ponerle en ejecución, aquí estoy yo para suplirla 5 con mi persona y hacienda, y si fuere necesidad servir a tu magnificencia de escudero, lo tendré a felicísima ventura.” A esta sazón dijo don Quijote, volviéndose a Sancho: 10 “¿No te dije yo, Sancho, que me habían de sobrar escuderos? Mira quién se ofrece a serlo sino el inaudito bachiller Sansón Carrasco, perpetuo trastulo y regocijador de los patios de las escuelas salmanticenses, sano de 15 su persona, ágil de sus miembros, callado, sufridor así del calor como del frío, así de la hambre como de la sed, con todas aquellas partes que se requieren para ser escudero de un caballero andante; pero no permita el 20 cielo que por seguir mi gusto desjarrete y quiebre la columna de las letras y el vaso de las ciencias y tronque la palma eminente de las buenas y liberales artes. Quédese el nuevo Sansón en su patria, y, honrándola, honre 25 juntamente las canas de sus ancianos padres; que yo con cualquier escudero estaré contento, ya que Sancho no se digna de venir conmigo.” “Sí digno”, respondió Sancho, enternecido y llenos de lágrimas los ojos, y prosiguió: “No 30 se dirá por mí, señor mío, «el pan comido y la »compañía desecha». Sí, que no vengo yo de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VII p. 107 alguna alcurnia desagradecida; que ya sabe todo el mundo, y especialmente mi pueblo, quién fueron los Panzas de quien yo desciendo, y más, que tengo conocido y calado por muchas buenas obras y por más buenas 5 palabras el deseo que vuestra merced tiene de hacerme merced, y si me he puesto en cuentas de tanto más cuanto acerca de mi salario, ha sido por complacer a mi mujer, la cual cuando toma la mano a persuadir una cosa, no hay 10 mazo que tanto apriete los aros de una cuba como ella aprieta a que se haga lo que quiere. Pero, en efecto, el hombre ha de ser hombre, y la mujer, mujer, y pues yo soy hombre dondequiera, que no lo puedo negar, también 15 lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare; y, así, no hay más que hacer sino que vuestra merced ordene su testamento con su codicilo, en modo que no se pueda revolcar, y pongámonos luego en camino, porque no padezca el 20 alma del señor Sansón, que dice que su conciencia le lita que persuada a vuestra merced a salir vez tercera por ese mundo. Y yo de nuevo me ofrezco a servir a vuestra merced fiel y legalmente, tan bien y mejor que cuantos 25 escuderos han servido a caballeros andantes en los pasados y presentes tiempos.” Admirado quedó el bachiller de oír el término y modo de hablar de Sancho Panza, que, puesto que había leído la primera historia de su 30 señor, nunca creyó que era tan gracioso como allí le pintan; pero oyéndole decir ahora
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 108 testamento y codicilo que no se pueda revolcar, en lugar de testamento y codicilo que no se pueda revocar, creyó todo lo que de él había leído, y confirmólo por uno de los más solemnes mentecatos de nuestros siglos, y dijo entre sí que 5 tales dos locos como amo y mozo no se habrían visto en el mundo. Finalmente, don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos, y con parecer y beneplácito del gran Carrasco, que por entonces 10 era su oráculo, se ordenó que de allí a tres días fuese su partida, en los cuales habría lugar de aderezar lo necesario para el viaje, y de buscar una celada de encaje, que en todas maneras dijo don Quijote que la había 15 de llevar. Ofreciósela Sansón, porque sabía no se la negaría un amigo suyo que la tenía, puesto que estaba más oscura por el orín y el moho que clara y limpia por el terso acero. Las maldiciones que las dos, ama y sobrina, 20 echaron al bachiller no tuvieron cuento; mesaron sus cabellos, arañaron sus rostros, y al modo de las endechaderas que se usaban, lamentaban la partida como si fuera la muerte de su señor. El designio que tuvo 25 Sansón para persuadirle a que otra vez saliese fue hacer lo que adelante cuenta la historia, todo por consejo del cura y del barbero, con quien él antes lo había comunicado. En resolución, en aquellos tres días don 30 Quijote y Sancho se acomodaron de lo que les pareció convenirles, y, habiendo aplacado
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VII p. 109 Sancho a su mujer, y don Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese sino el bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se pusieron en camino del Toboso, Don Quijote sobre su buen 5 Rocinante y Sancho sobre su antiguo rucio, proveídas las alforjas de cosas tocantes a la bucólica, y la bolsa, de dineros, que le dio don Quijote para lo que se ofreciese. Abrazóle Sansón y suplicóle le avisase de su buena o 10 mala suerte, para alegrarse con ésta o entristecerse con aquélla, como las leyes de su amistad pedían; prometióselo don Quijote, dio Sansón la vuelta a su lugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad del Toboso. 15
p. 110 Capítulo VIII Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote, yendo a ver su señora Dulcinea del Toboso. «¡Bendito sea el poderoso Alá!», dice Hamete 5 Benengeli al comienzo de este octavo capítulo; «¡bendito sea Alá!», repite tres veces, y dice que da estas bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y a Sancho, y que los lectores de su agradable historia pueden hacer 10 cuenta que desde este punto comienzan las hazañas y donaires de don Quijote y de su escudero. Persuádeles que se les olviden las pasadas caballerías del ingenioso hidalgo, y pongan los ojos en las que están por venir, que desde 15 ahora en el camino del Toboso comienzan, como las otras comenzaron en los campos de Montiel, y no es mucho lo que pide para tanto como él promete, y, así, prosigue diciendo: Solos quedaron don Quijote y Sancho, y 20 apenas se hubo apartado Sansón, cuando comenzó a relinchar Rocinante y a suspirar el rucio, que de entrambos, caballero y escudero, fue tenido a buena señal y por felicísimo agüero, aunque, si se ha de contar la verdad, 25 más fueron los suspiros y rebuznos del rucio que los relinchos del rocín, de donde coligió Sancho que su ventura había de sobrepujar y ponerse encima de la de su señor, fundándose no sé si en astrología judiciaria 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VIII p. 111 que él se sabía, puesto que la historia no lo declara; sólo le oyeron decir que cuando tropezaba o caía, se holgara no haber salido de casa, porque del tropezar o caer no se sacaba otra cosa sino el zapato roto o las costillas 5 quebradas, y aunque tonto, no andaba en esto muy fuera de camino. Díjole don Quijote: “Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar y con más oscuridad de la que 10 habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso, adonde tengo determinado de ir antes que en otra aventura me ponga, y allí tomaré la bendición y buena licencia de la sin par Dulcinea, con la cual licencia pienso y 15 tengo por cierto de acabar y dar feliz cima a toda peligrosa aventura, porque ninguna cosa de esta vida hace más valientes a los caballeros andantes que verse favorecidos de sus damas.” “Yo así lo creo”, respondió Sancho; “pero 20 tengo por dificultoso que vuestra merced pueda hablarla, ni verse con ella en parte, a lo menos, que pueda recibir su bendición, si ya no se la echa desde las bardas del corral, por donde yo la vi la vez primera, cuando le llevé la carta 25 donde iban las nuevas de las sandeces y locuras que vuestra merced quedaba haciendo en el corazón de Sierra Morena.” “¿Bardas de corral se te antojaron aquéllas, Sancho”, dijo don Quijote, “adonde o por 30 donde viste aquella jamás bastantemente alabada gentileza y hermosura? No debían de ser
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 112 sino galerías, o corredores, o lonjas, o como las llaman, de ricos y reales palacios.” “Todo pudo ser”, respondió Sancho, “pero a mí bardas me parecieron, si no es que soy falto de memoria.” 5 “Con todo eso, vamos allá, Sancho”, replicó don Quijote; “que como yo la vea, eso se me da que sea por bardas que por ventanas, o por resquicios, o verjas de jardines; que cualquier rayo que del sol de su belleza llegue a mis 10 ojos alumbrará mi entendimiento y fortalecerá mi corazón de modo, que quede único y sin igual en la discreción y en la valentía.” “Pues en verdad, señor”, respondió Sancho, “que cuando yo vi ese sol de la señora 15 Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro que pudiese echar de sí rayos algunos, y debió de ser que como su merced estaba ahechando aquel trigo que dije, el mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante el rostro y se le 20 oscureció.” “¡Que todavía das, Sancho”, dijo don Quijote, “en decir, en pensar, en creer y en porfiar que mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo eso un menester y ejercicio que va desviado 25 de todo lo que hacen y deben hacer las personas principales que están constituidas y guardadas para otros ejercicios y entretenimientos, que muestran a tiro de ballesta su principalidad! Mal se te acuerdan a ti, oh Sancho, 30 aquellos versos de nuestro poeta, donde nos pinta las labores que hacían, allá en sus moradas de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VIII p. 113 cristal, aquellas cuatro ninfas que del Tajo amado sacaron las cabezas, y se sentaron a labrar en el prado verde aquellas ricas telas que allí el ingenioso poeta nos describe, que todas eran de oro, sirgo y perlas contestas y 5 tejidas. Y de esta manera debía de ser el de mi señora cuando tú la viste, sino que la envidia que algún mal encantador debe de tener a mis cosas, todas las que me han de dar gusto trueca y vuelve en diferentes figuras que ellas 10 tienen, y, así, temo que en aquella historia que dicen que anda impresa de mis hazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras, 15 divirtiéndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la continuación de una verdadera historia. ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; 20 pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias.” “Eso es lo que yo digo también”, respondió Sancho, “y pienso que en esa leyenda o historia que nos dijo el bachiller Carrasco que de 25 nosotros había visto, debe de andar mi honra a coche acá, cinchado, y, como dicen, al estricote, aquí y allí, barriendo las calles. Pues a fe de bueno, que no he dicho yo mal de ningún encantador ni tengo tantos bienes que pueda ser 30 envidiado. Bien es verdad que soy algo malicioso y que tengo mis ciertos asomos de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 114 bellaco; pero todo lo cubre y tapa la gran capa de la simpleza mía, siempre natural y nunca artificiosa, y cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente, en Dios y en todo aquello que tiene y 5 cree la santa Iglesia Católica Romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien en sus escritos. Pero digan lo que quisieren, que desnudo nací, desnudo me 10 hallo, ni pierdo ni gano; aunque por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano en mano, no se me da un higo que digan de mí todo lo que quisieren.” “Eso me parece, Sancho”, dijo don Quijote, 15 “a lo que sucedió a un famoso poeta de estos tiempos, el cual, habiendo hecho una maliciosa sátira contra todas las damas cortesanas, no puso ni nombró en ella a una dama que se podía dudar si lo era o no. La cual, viendo que 20 no estaba en la lista de las demás, se quejó al poeta, diciéndole que qué había visto en ella para no ponerla en el número de las otras, y que alargase la sátira y la pusiese en el ensanche; si no, que mirase para lo que había 25 nacido. Hízolo así el poeta, y púsola cual no digan dueñas, y ella quedó satisfecha por verse con fama, aunque infame; también viene con esto lo que cuentan de aquel pastor que puso fuego y abrasó el templo famoso de Diana, 30 contado por una de las siete maravillas del mundo, sólo porque quedase vivo su nombre
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VIII p. 115 en los siglos venideros; y aunque se mandó que nadie le nombrase ni hiciese por palabra o por escrito mención de su nombre, porque no consiguiese el fin de su deseo, todavía se supo que se llamaba Eróstrato; también alude 5 a esto lo que sucedió al grande emperador Carlos Quinto con un caballero en Roma. ”Quiso ver el emperador aquel famoso templo de la Rotunda, que en la antigüedad se llamó el templo de todos los dioses, y ahora, con 10 mejor vocación, se llama de todos los santos, y es el edificio que más entero ha quedado de los que alzó la gentilidad en Roma, y es el que más conserva la fama de la grandiosidad y magnificencia de sus fundadores. El es de 15 hechura de una media naranja, grandísimo en extremo y está muy claro, sin entrarle otra luz que la que le concede una ventana o, por mejor decir, claraboya redonda que está en su cima, desde la cual mirando el emperador el 20 edificio, estaba con él y a su lado un caballero romano declarándole los primores y sutilezas de aquella gran máquina y memorable arquitectura, y, habiéndose quitado de la claraboya, dijo al emperador: 25 «Mil veces, sacra majestad, me vino »deseo de abrazarme con vuestra majestad y »arrojarme de aquella claraboya abajo por »dejar de mí fama eterna en el mundo.» «Yo os agradezco», respondió el emperador, 30 »el no haber puesto tan mal pensamiento en »efecto, y de aquí adelante no os pondré yo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 116 »en ocasión que volváis a hacer prueba de »vuestra lealtad, y, así, os mando que jamás »me habléis, ni estéis donde yo estuviere», y tras estas palabras le hizo una gran merced. ”Quiero decir, Sancho, que el deseo de 5 alcanzar fama es activo en gran manera: ¿quién piensas tú que arrojó a Horacio del puente abajo, armado de todas armas, en la profundidad del Tibre? ¿Quién abrasó el brazo y la mano a Mucio? ¿Quién impelió a Curcio a 10 lanzarse en la profunda sima ardiente que apareció en la mitad de Roma? ¿Quién contra todos los agüeros que en contra se le habían mostrado, hizo pasar el Rubicón a [Julio] César? Y, con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó 15 los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el nuevo mundo? Todas éstas, y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama que los mortales 20 desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen, puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más hemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las 25 regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el mismo mundo, que tiene su fin señalado. Así, oh Sancho, que 30 nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene puesto la religión cristiana que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VIII p. 117 profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el 5 mucho velar que velamos; a la [lujuria] y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo buscando las ocasiones que nos 10 puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se alcanzan los extremos de alabanzas que consigo trae la buena fama.” “Todo lo que vuestra merced hasta aquí me 15 ha dicho”, dijo Sancho, “lo he entendido muy bien, pero con todo eso querría que vuestra merced me sorbiese una duda que ahora en este punto me ha venido a la memoria.” “Absolviese quieres decir, Sancho”, dijo 20 don Quijote; “di en buen hora; que yo responderé lo que supiere.” “Dígame, señor”, prosiguió Sancho, “esos Julios o Agostos, y todos esos caballeros hazañosos que ha dicho, que ya son muertos, 25 ¿dónde están ahora?” “Los gentiles”, respondió don Quijote, “sin duda están en el infierno; los cristianos, si fueron buenos cristianos, o están en el purgatorio o en el cielo.” 30 “Está bien”, dijo Sancho, “pero sepamos ahora, esas sepulturas donde están los cuerpos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 118 de esos señorazos, ¿tienen delante de sí lámparas de plata, o están adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras, de piernas y de ojos de cera? Y si de esto no, ¿de qué están adornadas?” 5 A lo que respondió don Quijote: “Los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos; las cenizas del cuerpo de Julio César se pusieron sobre una pirámide de piedra de desmesurada grandeza, 10 a quien hoy llaman en Roma la Aguja de San Pedro. Al emperador Adriano le sirvió de sepultura un castillo tan grande como una buena aldea, a quien llamaron Moles Adriani, que ahora es el castillo de Santángel en Roma. La 15 reina Artemisa sepultó a su marido Mausoleo en un sepulcro que se tuvo por una de las siete maravillas del mundo; pero ninguna de estas sepulturas, ni otras muchas que tuvieron los gentiles, se adornaron con mortajas, ni con 20 otras ofrendas y señales que mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados.” “A eso voy”, replicó Sancho, “y dígame ahora, ¿cuál es más: resucitar a un muerto, o matar a un gigante?” 25 “La respuesta está en la mano”, respondió don Quijote: “más es resucitar a un muerto.” “Cogido le tengo”, dijo Sancho; “luego la fama del que resucita muertos, da vista a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los 30 enfermos, y delante de sus sepulturas arden lámparas y están llenas sus capillas de gentes
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VIII p. 119 devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será para éste y para el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo.” 5 “También confieso esa verdad”, respondió don Quijote. “Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto”, respondió Sancho, “tienen los cuerpos y las reliquias de los 10 santos, que con aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia tienen lámparas, velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que aumentan la devoción y engrandecen su cristiana fama; los cuerpos de 15 los santos o sus reliquias llevan los reyes sobre sus hombros, besan los pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus más preciados altares...” “¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo 20 lo que has dicho?”, dijo don Quijote. “Quiero decir”, dijo Sancho, “que nos demos a ser santos y alcanzaremos más brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer o antes de ayer, que 25 según ha poco se puede decir de esta manera, canonizaron o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en 30 más veneración que está, según dije, la espada de Roldán en la armería del rey nuestro
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 120 señor, que Dios guarde. Así que, señor mío, más vale ser humilde frailecito de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero; más alcanzan con Dios dos docenas de disciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, 5 ora a vestiglos o a endriagos.” “Todo eso es así”, respondió don Quijote; “pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo; religión es la caballería, 10 caballeros santos hay en la gloria.” “Sí”, respondió Sancho, “pero yo he oído decir que hay más frailes en el cielo que caballeros andantes.” “Eso es”, respondió don Quijote, “porque 15 es mayor el número de los religiosos que el de los caballeros.” “Muchos son los andantes”, dijo Sancho. “Muchos”, respondió don Quijote, “pero pocos los que merecen nombre de caballeros.” 20 En éstas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el día siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le pesó a don Quijote; en fin, otro día al anochecer descubrieron la gran ciudad 25 del Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritus a don Quijote y se le entristecieron a Sancho, porque no sabía la casa de Dulcinea, ni en su vida la había visto, como no la había visto su señor; de modo que el uno por verla, 30 y el otro por no haberla visto, estaban alborotados, y no imaginaba Sancho qué había de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO VIII p. 121 hacer cuando su dueño le enviase al Toboso. Finalmente, ordenó don Quijote entrar en la ciudad entrada la noche, y en tanto que la hora se llegaba, se quedaron entre unas encinas que cerca del Toboso estaban; y, llegado el 5 determinado punto, entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas llegan.
p. 122 Capítulo IX Donde se cuenta lo que en él se verá. Media noche era por filo, poco más a menos, cuando don Quijote y Sancho dejaron el monte y entraron en el Toboso; 5 estaba el pueblo en un sosegado silencio, porque todos sus vecinos dormían y reposaban a pierna tendida, como suele decirse. Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho que fuera del todo oscura por hallar en su oscuridad 10 disculpa de su sandez. No se oía en todo el lugar sino ladridos de perros, que atronaban los oídos de don Quijote y turbaban el corazón de Sancho; de cuando en cuando rebuznaba un jumento, gruñían puercos, mayaban gatos, cuyas 15 voces de diferentes sonidos se aumentaban con el silencio de la noche, todo lo cual tuvo el enamorado caballero a mal agüero, pero, con todo esto, dijo a Sancho: “Sancho hijo, guía al palacio de Dulcinea; 20 quizá podrá ser que la hallemos despierta.” “¿A qué palacio tengo de guiar, cuerpo del sol”, respondió Sancho, “que en el que yo vi a su grandeza no era sino casa muy pequeña?” “Debía de estar retirada entonces”, respondió 25 don Quijote, “en algún pequeño apartamiento de su alcázar, solazándose a solas con sus doncellas, como es uso y costumbre de las altas señoras y princesas.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO IX p. 123 “Señor”, dijo Sancho, “ya que vuestra merced quiere, a pesar mío, que sea alcázar la casa de mi señora Dulcinea, ¿es hora ésta, por ventura, de hallar la puerta abierta? ¿Y será bien que demos aldabazos para que nos oigan y nos 5 abran, metiendo en alboroto y rumor toda la gente? ¿Vamos por dicha a llamar a la casa de nuestras mancebas, como hacen los abarraganados, que llegan y llaman y entran a cualquier hora, por tarde que sea?” 10 “Hallemos primero una por una el alcázar”, replicó don Quijote; “que entonces yo te diré, Sancho, lo que será bien que hagamos, y advierte, Sancho, que yo veo poco, [o] que aquel bulto grande y sombra que desde aquí se descubre, 15 la debe de hacer el palacio de Dulcinea.” “Pues guíe vuestra merced”, respondió Sancho; “quizá será así: aunque yo lo veré con los ojos y lo tocaré con las manos, y así lo creeré yo como creer que es ahora de día.” 20 Guio don Quijote, y habiendo andado como doscientos pasos, dio con el bulto que hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el tal edificio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo: 25 “Con la iglesia hemos dado, Sancho.” “Ya lo veo”, respondió Sancho, “y plega a Dios que no demos con nuestra sepultura; que no es buena señal andar por los cementerios a tales horas, y más habiendo yo dicho a vuestra 30 merced, si mal no acuerdo, que la casa de esta señora ha de estar en una callejuela sin salida.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 124 “Maldito seas de Dios, mentecato”, dijo don Quijote; “¿adónde has tú hallado que los alcázares y palacios reales estén edificados en callejuelas sin salida?” “Señor”, respondió Sancho, “en cada tierra 5 su uso; quizá se usa aquí en el Toboso edificar en callejuelas los palacios y edificios grandes. Y, así, suplico a vuestra merced me deje buscar por estas calles o callejuelas que se me ofrecen; podría ser que en algún rincón topase 10 con ese alcázar, que le vea yo comido de perros, que así nos trae corridos y asendereados.” “Habla con respeto, Sancho, de las cosas de mi señora”, dijo don Quijote, “y tengamos la 15 fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el caldero.” “Yo me reportaré”, respondió Sancho, “pero ¿con qué paciencia podré llevar que quiera vuestra merced que de sola una vez que vi la casa 20 de nuestra ama la haya de saber siempre, y hallarla a medianoche, no hallándola vuestra merced, que la debe de haber visto millares de veces?” “Tú me harás desesperar, Sancho”, dijo don 25 Quijote; “ven acá, hereje, ¿no te he dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo estoy enamorado de oídas, y de la gran fama que 30 tiene de hermosa y discreta?” “Ahora lo oigo”, respondió Sancho, “y digo
SEGUNDA PARTE, CAPITULO IX p. 125 que pues vuestra merced no la ha visto, ni yo tampoco.” “Eso no puede ser”, replicó don Quijote; “que, por lo menos, ya me has dicho tú que la viste ahechando trigo, cuando me trajiste la 5 respuesta de la carta que le envié contigo.” “No se atenga a eso, señor”, respondió Sancho, “porque le hago saber que también fue de oídas la vista y la respuesta que le traje; porque así sé yo quién es la señora Dulcinea, 10 como dar un puño en el cielo.” “Sancho, Sancho”, respondió don Quijote, “tiempos hay de burlar, y tiempos donde caen y parecen mal las burlas. No porque yo diga que ni he visto ni hablado a la señora de mi alma 15 has tú de decir también que ni la has hablado ni visto, siendo tan al revés como sabes.” Estando los dos en estas pláticas, vieron que venía a pasar por donde estaban uno con dos mulas, que por el ruido que hacía el arado, que 20 arrastraba por el suelo, juzgaron que debía de ser labrador, que habría madrugado antes del día a ir a su labranza, y así fue la verdad; venía el labrador cantando aquel romance que dicen: 25 “Mala la hubisteis, franceses, en esa de Roncesvalles.” “Que me maten, Sancho”, dijo en oyéndole don Quijote, “si nos ha de suceder cosa buena esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando 30 ese villano?”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 126 “Sí oigo”, respondió Sancho, “pero ¿qué hace a nuestro propósito la caza de Roncesvalles? Así pudiera cantar el romance de Calaínos, que todo fuera uno para sucedernos bien o mal en nuestro negocio.” 5 Llegó en esto el labrador, a quien don Quijote preguntó: “¿Sabréisme decir, buen amigo, que buena ventura os dé Dios, dónde son por aquí los palacios de la sin par princesa doña Dulcinea 10 del Toboso?” “Señor”, respondió el mozo, “yo soy forastero y ha pocos días que estoy en este pueblo sirviendo a un labrador rico en la labranza del campo; en esa casa frontera viven el cura y 15 el sacristán del lugar: entrambos o cualquier de ellos sabrá dar a vuestra merced razón de esa señora princesa, porque tienen la lista de todos los vecinos del Toboso. Aunque para mí tengo que en todo él no vive princesa alguna, muchas 20 señoras sí, principales, que cada una en su casa puede ser princesa.” “Pues entre ésas”, dijo don Quijote, “debe de estar, amigo, ésta por quien te pregunto.” “Podría ser”, respondió el mozo; “y a Dios, 25 que ya viene el alba.” Y, dando a sus mulas, no atendió a más preguntas. Sancho, que vio suspenso a su señor, y asaz malcontento, le dijo: 30 “Señor, ya se viene a más andar el día y no será acertado dejar que nos halle el sol en la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO IX p. 127 calle; mejor será que nos salgamos fuera de la ciudad, y que vuestra merced se embosque en alguna floresta aquí cercana, y yo volveré de día, y no dejaré ostugo en todo este lugar, donde no busque la casa, alcázar o palacio de mi 5 señora, y asaz sería de desdichado si no le hallase, y hallándole, hablaré con su merced, y le diré dónde y cómo queda vuestra merced esperando que le dé orden y traza para verla, sin menoscabo de su honra y fama.” 10 “Has dicho, Sancho”, dijo don Quijote, “mil sentencias encerradas en el círculo de breves palabras; el consejo que ahora me has dado le apetezco y recibo de bonísima gana. Ven, hijo, y vamos a buscar donde me embosque; que tú 15 volverás, como dices, a buscar, a ver y hablar a mi señora, de cuya discreción y cortesía espero más que milagrosos favores.” Rabiaba Sancho por sacar a su amo del pueblo, porque no averiguase la mentira de la 20 respuesta que de parte de Dulcinea le había llevado a Sierra Morena, y, así, dio prisa a la salida, que fue luego, y a dos millas del lugar hallaron una floresta o bosque, donde don Quijote se emboscó, en tanto que Sancho volvía 25 a la ciudad a hablar a Dulcinea, en cuya embajada le sucedieron cosas que piden nueva atención y nuevo crédito.
p. 128 Capítulo X Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos. Llegando el autor de esta grande historia a 5 contar lo que en este capítulo cuenta, dice que quisiera pasarle en silencio, temeroso de que no había de ser creído; porque las locuras de don Quijote llegaron aquí al término y raya de las mayores que pueden imaginarse, y aun 10 pasaron dos tiros de ballesta más allá de las mayores. Finalmente, aunque con este miedo y recelo, las escribió de la misma manera que él las hizo, sin añadir ni quitar a la historia un átomo de la verdad, sin dársele nada por las 15 objeciones que podían ponerle de mentiroso; y tuvo razón, porque la verdad adelgaza, y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira, como el aceite sobre el agua. Y, así, prosiguiendo su historia, dice, que así como don Quijote se emboscó 20 en la floresta, encinar, o selva junto al gran Toboso, mandó a Sancho volver a la ciudad, y que no volviese a su presencia sin haber primero hablado de su parte a su señora, pidiéndola fuese servida de dejarse ver de su cautivo 25 caballero, y se dignase de echarle su bendición, para que pudiese esperar por ella felicísimos sucesos de todos sus acometimientos y dificultosas empresas. Encargóse Sancho de hacerlo así como se le mandaba, y de traerle 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 129 tan buena respuesta, como le trajo la vez primera. “Anda, hijo”, replicó don Quijote, “y no te turbes cuando te vieres ante la luz del sol de hermosura que vas a buscar. Dichoso tú sobre 5 todos los escuderos del mundo. Ten memoria y no se te pase de ella, cómo te recibe, si muda las colores el tiempo que la estuvieres dando mi embajada, si se desasosiega y turba, oyendo mi nombre; si no cabe en la almohada si acaso 10 la hallas sentada en el estrado rico de su autoridad, y si está en pie, mírala, si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite la respuesta que te diere, dos o tres veces; si la muda de blanda en áspera, de aceda en amorosa; 15 si levanta la mano al cabello para componerle, aunque no esté desordenado. Finalmente, hijo, mira todas sus acciones y movimientos; porque si tú me los relatares como ellos fueron, sacaré yo lo que ella tiene escondido en lo 20 secreto de su corazón acerca de lo que al fecho de mis amores toca; que has de saber, Sancho, si no lo sabes, que entre los amantes las acciones y movimientos exteriores que muestran, cuando de sus amores se trata, son certísimos 25 correos que traen las nuevas de lo que allá en lo interior del alma pasa. Ve, amigo, y guíete otra mejor ventura que la mía, y vuélvate otro mejor suceso del que yo quedo temiendo y esperando en esta amarga soledad en que me 30 dejas.” “Yo iré y volveré presto”, dijo Sancho, “y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 130 ensanche vuestra merced, señor mío, ese corazoncillo, que le debe de tener ahora no mayor que una avellana, y considere que se suele decir que buen corazón quebranta mala ventura, y que donde no hay tocinos no hay estacas; y 5 también se dice, donde no piensa, salta la liebre. Dígolo porque si esta noche no hallamos los palacios o alcázares de mi señora, ahora que es de día los pienso hallar, cuando menos lo piense, y hallados, déjenme a mí con 10 ella.” “Por cierto, Sancho”, dijo don Quijote, “que siempre traes tus refranes tan a pelo de lo que tratamos, cuanto me dé Dios mejor ventura en lo que deseo.” 15 Esto dicho, volvió Sancho las espaldas y vareó su rucio, y don Quijote se quedó a caballo, descansando sobre los estribos y sobre el arrimo de su lanza, lleno de tristes y confusas imaginaciones, donde le dejaremos, yéndonos 20 con Sancho Panza, que no menos confuso y pensativo se apartó de su señor que él quedaba; y tanto, que apenas hubo salido del bosque, cuando, volviendo la cabeza y viendo que don Quijote no parecía, se apeó del 25 jumento, y, sentándose al pie de un árbol, comenzó a hablar consigo mismo y a decirse: “Sepamos ahora, Sancho hermano, ¿adónde va vuestra merced? ¿Va a buscar algún jumento que se le haya perdido? No por cierto. Pues 30 ¿qué va a buscar? Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 131 de la hermosura, y a todo el cielo junto. Y ¿adónde pensáis hallar eso que decís, Sancho? ¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso. Y bien, y ¿de parte de quién la vais a buscar? De parte del famoso Caballero don 5 Quijote de la Mancha, que desface los tuertos y da de comer al que ha sed y de beber al que ha hambre. Todo eso está muy bien; y ¿sabéis su casa, Sancho? Mi amo dice que han de ser unos reales palacios o unos soberbios 10 alcázares. Y ¿habéisla visto algún día por ventura? Ni yo ni mi amo la hemos visto jamás. Y ¿paréceos que fuera acertado y bien hecho que si los del Toboso supiesen que estáis vos aquí con intención de ir a sonsacarles 15 sus princesas y a desasosegarles sus damas, viniesen y os moliesen las costillas a puros palos y no os dejasen hueso sano? En verdad que tendrían mucha razón, cuando no considerasen que soy mandado, y que 20 mensajero sois, amigo, no merecéis culpa, no. No os fieis en eso, Sancho, porque la gente manchega es tan colérica como honrada y no consiente cosquillas de nadie. Vive Dios, que 25 si os huele, que os mando mala ventura. ¡Oxte, puto!; ¡allá darás, rayo! No, sino ándeme yo buscando tres pies al gato por el gusto ajeno; y más, que así será buscar a Dulcinea por el Toboso como a Marica por Ravena o al 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 132 bachiller en Salamanca. El diablo, el diablo me ha metido a mí en esto, que otro no.” Este soliloquio pasó consigo Sancho, y lo que sacó de él fue que volvió a decirse: “Ahora bien, todas las cosas tienen remedio, si no 5 es la muerte, debajo de cuyo yugo hemos de pasar todos, mal que nos pese, al acabar de la vida. Este mi amo por mil señales he visto que es un loco de atar, y aun también yo no le quedo en zaga, pues soy más mentecato que 10 él, pues le sigo y le sirvo, si es verdadero el refrán que dice: «dime con quién andas, decirte »he quién eres», y el otro de «no con quien »naces, sino con quien paces». Siendo, pues, loco, como lo es, y de locura que las más veces 15 toma unas cosas por otras y juzga lo blanco por negro y lo negro por blanco, como le pareció cuando dijo que los molinos de viento eran gigantes, y las mulas de los religiosos dromedarios, y las manadas de carneros ejércitos 20 de enemigos, y otras muchas cosas a este tono, no será muy difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare por aquí, es la señora Dulcinea, y cuando él no lo crea, juraré yo, y si él jurare, tornaré yo a jurar, y 25 si porfiare, porfiaré yo más, y de manera, que tengo de tener la mía siempre sobre el hito, venga lo que viniere; quizá con esta porfía acabaré con él que no me envíe otra vez a semejantes mensajerías, viendo cuán mal 30 recado le traigo de ellas, o quizá pensará, como yo imagino, que algún mal encantador de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 133 estos que él dice que le quieren mal la habrá mudado la figura por hacerle mal y daño.” Con esto que pensó Sancho Panza quedó sosegado su espíritu, y tuvo por bien acabado su negocio, (y) deteniéndose allí hasta la tarde, 5 por dar lugar a que don Quijote pensase que le había tenido para ir y volver del Toboso. Y sucedióle todo tan bien, que, cuando se levantó para subir en el rucio, vio que del Toboso hacia donde él estaba venían tres labradoras 10 sobre tres pollinos, o pollinas, que el autor no lo declara, aunque más se puede creer que eran borricas, por ser ordinaria caballería de las aldeanas; pero como no va mucho en esto, no hay para qué detenernos en 15 averiguarlo. En resolución, así como Sancho vio a las labradoras, a paso tirado volvió a buscar a su señor don Quijote, y hallóle suspirando y diciendo mil amorosas lamentaciones. Como don 20 Quijote le vio, le dijo: “¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré señalar este día con piedra blanca, o con negra?” “Mejor será”, respondió Sancho, “que vuestra merced le señale con almagre, como rétulos 25 de cátedras, porque le echen bien de ver los que le vieren.” “De ese modo”, replicó don Quijote, “buenas nuevas traes.” “Tan buenas”, respondió Sancho, “que no 30 tiene más que hacer vuestra merced sino picar a Rocinante y salir a lo raso a ver a la señora
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 134 Dulcinea del Toboso, que con otras dos, doncellas suyas, viene a ver a vuestra merced.” “Santo Dios, ¿qué es lo que dices, Sancho amigo?”, dijo don Quijote. “Mira no me engañes, ni quieras con falsas alegrías alegrar 5 mis verdaderas tristezas.” “¿Qué sacaría yo de engañar a vuestra merced”, respondió Sancho, “y más estando tan cerca de descubrir mi verdad? Pique, señor, y venga, y verá venir a la princesa, nuestra 10 ama, vestida y adornada, en fin, como quien ella es. Sus doncellas y ella todas son una ascua de oro. Todas mazorcas de perlas, todas son diamantes, todas rubíes, todas telas de brocado de más de diez altos. Los cabellos 15 sueltos por las espaldas, que son otros tantos rayos del sol, que andan jugando con el viento, y, sobre todo, vienen a caballo sobre tres cananeas remendadas, que no hay más que ver.” “Hacaneas, querrás decir, Sancho.” 20 “Poca diferencia hay”, respondió Sancho, “de cananeas a hacaneas; pero vengan sobre lo que vinieren, ellas vienen las más galanas señoras que se puedan desear, especialmente la princesa Dulcinea, mi señora, que pasma 25 los sentidos.” “Vamos, Sancho hijo”, respondió don Quijote, “y en albricias de estas no esperadas como buenas nuevas te mando el mejor despojo que ganare en la primera aventura que tuviere, y 30 si esto no te contenta, te mando las crías que este año me dieren las tres yeguas mías, que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 135 tú sabes que quedan para parir en el prado concejil de nuestro pueblo.” “A las crías me atengo”, respondió Sancho, “porque de ser buenos los despojos de la primera aventura no está muy cierto.” 5 Ya en esto, salieron de la selva y descubrieron cerca a las tres aldeanas. Tendió don Quijote los ojos por todo el camino del Toboso, y como no vio sino a las tres labradoras, turbóse todo, y preguntó a Sancho si las había dejado 10 fuera de la ciudad. “¿Cómo fuera de la ciudad?”, respondió; “¿por ventura tiene vuestra merced los ojos en el colodrillo, que no ve que son éstas las que aquí vienen, resplandecientes como el mismo 15 sol a mediodía?” “Yo no veo, Sancho”, dijo don Quijote, “sino a tres labradoras sobre tres borricos.” “Ahora me libre Dios del diablo”, respondió Sancho; “y ¿es posible que tres hacaneas, o 20 como se llaman, blancas como el ampo de la nieve, le parezcan a vuestra merced borricos? ¡Vive el Señor, que me pele estas barbas si tal fuese verdad!” “Pues yo te digo, Sancho amigo”, dijo don 25 Quijote, “que es tan verdad que son borricos, o borricas, como yo soy don Quijote y tú Sancho Panza; a lo menos, a mí tales me parecen.” “Calle, señor”, dijo Sancho, “no diga la tal palabra, sino despabile esos ojos y venga a 30 hacer reverencia a la señora de sus pensamientos, que ya llega cerca.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 136 Y, diciendo esto, se adelantó a recibir a las tres aldeanas, y, apeándose del rucio, tuvo del cabestro al jumento de una de las tres labradoras, e, hincando ambas rodillas en el suelo, dijo: 5 “Reina y princesa y duquesa de la hermosura, vuestra altivez y grandeza sea servida de recibir en su gracia y buen talante al cautivo caballero vuestro, que allí está hecho piedra mármol, todo turbado y sin pulsos de verse 10 ante vuestra magnífica presencia. Yo soy Sancho Panza su escudero, y él es el asendereado caballero don Quijote de la Mancha, llamado por otro nombre el Caballero de la Triste Figura.” 15 A esta sazón ya se había puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho, y miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora, y como no descubría en ella sino una moza aldeana y no de muy 20 buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar los labios. Las labradoras estaban asimismo atónitas, viendo aquellos dos hombres tan diferentes hincados de rodillas, que no dejaban 25 pasar adelante a su compañera. Pero rompiendo el silencio la detenida, toda desgraciada y mohína dijo: “Apártense nora en tal del camino, y déjennos pasar; que vamos de prisa.” 30 A lo que respondió Sancho: “¡Oh princesa y señora universal del Toboso!
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 137 ¿Cómo vuestro magnánimo corazón no se enternece viendo arrodillado ante vuestra sublimada presencia a la columna y sustento de la andante caballería?” Oyendo lo cual otra de las dos, dijo: 5 “¡Mas jo, que te estriego, burra de mi suegro! Mirad con qué se vienen los señoritos ahora a hacer burla de las aldeanas, como si aquí no supiésemos echar pullas como ellos; vayan su camino y déjennos hacer el nuestro, 10 y serles ha sano.” “Levántate, Sancho”, dijo a este punto don Quijote; “que ya veo que la Fortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde pueda venir algún contento a esta ánima 15 mezquina que tengo en las carnes. Y tú, ¡oh extremo del valor que puede desearse, término de la humana gentileza, único remedio de este afligido corazón que te adora!, ya que el maligno encantador me persigue y ha puesto nubes y 20 cataratas en mis ojos, y para sólo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo para hacerle 25 aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago, la humildad con que mi alma te adora.” 30 “¡Tomad qué, mi abuelo!”, respondió la aldeana; “amiguita soy yo de oír resquebrajos.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 138 Apártense y déjennos ir y agradecérselo hemos.” Apartóse Sancho y dejóla ir, contentísimo de haber salido bien de su enredo. Apenas se vio libre la aldeana que había hecho 5 la figura de Dulcinea, cuando, picando a su cananea con un aguijón que en un palo traía, dio a correr por el prado adelante. Y como la borrica sentía la punta del aguijón que le fatigaba más de lo ordinario, comenzó a dar 10 corcovos, de manera, que dio con la señora Dulcinea en tierra; lo cual visto por don Quijote, acudió a levantarla, y Sancho a componer y cinchar el albarda, que también vino a la barriga de la pollina. Acomodada, pues, la 15 albarda, y queriendo don Quijote levantar a su encantada señora en los brazos sobre la jumenta, la señora, levantándose del suelo, le quitó de aquel trabajo, porque haciéndose algún tanto atrás, tomó una corridica, y puestas 20 ambas manos sobre las ancas de la pollina, dio con su cuerpo más ligero que un halcón sobre la albarda, y quedó a horcajadas, como si fuera hombre; y entonces dijo Sancho: “Vive Roque, que es la señora nuestra ama 25 más ligera que un alcotán y que puede enseñar a subir a la jineta al más diestro cordobés o mexicano. El arzón trasero de la silla pasó de un salto, y sin espuelas hace correr la hacanea como una cebra, y no le van 30 en zaga sus doncellas, que todas corren como el viento.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 139 Y así era la verdad, porque en viéndose a caballo Dulcinea, todas picaron tras ella y dispararon a correr, sin volver la cabeza atrás por espacio de más de media legua. Siguiólas don Quijote con la vista, y cuando vio que no 5 parecían, volviéndose a Sancho, le dijo: “¿Sancho, qué te parece cuán malquisto soy de encantadores? Y mira hasta dónde se extiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han querido privar del contento que 10 pudiera darme ver en su ser a mi señora. En efecto, yo nací para ejemplo de desdichados y para ser blanco y terrero donde tomen la mira y asesten las flechas de la mala fortuna. Y has también de advertir, Sancho, que no se 15 contentaron estos traidores de haber vuelto y transformado a mi Dulcinea, sino que la transformaron y volvieron en una figura tan baja y tan fea como la de aquella aldeana, y juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las 20 principales señoras, que es el buen olor, por andar siempre entre ámbares y entre flores; porque te hago saber, Sancho, que cuando llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea, según tú dices, que a mí me pareció borrica, 25 me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma.” “¡Oh canalla!”, gritó a esta sazón Sancho, “¡oh encantadores aciagos y malintencionados, y quién os viera a todos ensartados por las 30 agallas como sardinas en lercha! Mucho sabéis, mucho podéis y mucho más hacéis. Bastaros
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 140 debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi señora en agallas alcornoqueñas y sus cabellos de oro purísimo en cerdas de cola de buey bermejo, y, finalmente, todas sus facciones de buenas en malas, sin que 5 le tocarais en el olor; que por él siquiera sacáramos lo que estaba encubierto debajo de aquella fea corteza, aunque, para decir verdad, nunca yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la cual subía de punto y quilates un lunar que 10 tenía sobre el labio derecho a manera de bigote, con siete u ocho cabellos rubios como hebras de oro y largos de más de un palmo.” “A ese lunar”, dijo don Quijote, “según la correspondencia que tienen entre sí los del 15 rostro con los del cuerpo, ha de tener otro Dulcinea en la tabla del muslo que corresponde al lado donde tiene el del rostro; pero muy luengos para lunares son pelos de la grandeza que has significado.” 20 “Pues yo sé decir a vuestra merced”, respondió Sancho, “que le parecían allí como nacidos.” “Yo lo creo, amigo”, replicó don Quijote, “porque ninguna cosa puso la naturaleza 25 en Dulcinea que no fuese perfecta y bien acabada, y así, si tuviera cien lunares como el que dices, en ella no fueran lunares, sino lunas y estrellas resplandecientes. Pero dime, Sancho, ¿aquella que a mí me pareció albarda que 30 tú aderezaste, era silla rasa, o sillón?” “No era”, respondió Sancho, “sino silla a la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO X p. 141 jineta, con una cubierta de campo que vale la mitad de un reino, según es de rica.” “Y ¡que no viese yo todo eso, Sancho!”, dijo don Quijote; “ahora torno a decir, y diré mil veces, que soy el más desdichado de los 5 hombres.” Harto tenía que hacer el socarrón de Sancho en disimular la risa, oyendo las sandeces de su amo, tan delicadamente engañado. Finalmente, después de otras muchas razones que entre los 10 dos pasaron, volvieron a subir en sus bestias y siguieron el camino de Zaragoza, adonde pensaban llegar a tiempo que pudiesen hallarse en unas solemnes fiestas que en aquella insigne ciudad cada año suelen hacerse. Pero 15 antes que allá llegasen les sucedieron cosas, que por muchas, grandes y nuevas, merecen ser escritas y leídas, como se verá adelante.
p. 142 Capítulo XI De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro o carreta de las Cortes de la Muerte. Pensativo además iba don Quijote por su 5 camino adelante, considerando la mala burla que le habían hecho los encantadores, volviendo a su señora Dulcinea en la mala figura de la aldeana, y no imaginaba qué remedio tendría para volverla a su ser primero, y estos 10 pensamientos le llevaban tan fuera de sí, que, sin sentirlo, soltó las riendas a Rocinante, el cual, sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se detenía a pacer la verde hierba, de que aquellos campos abundaban; de su 15 embelesamiento le volvió Sancho Panza, diciéndole: “Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado se vuelven bestias; 20 vuestra merced se reporte y vuelva en sí y coja las riendas a Rocinante, y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes. ¿Qué diablos es esto? ¿Qué descaecimiento es éste? 25 ¿Estamos aquí, o en Francia? Mas que se lleve Satanás a cuantas Dulcineas hay en el mundo, pues vale más la salud de un solo caballero andante que todos los encantos y transformaciones de la tierra.” 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XI p. 143 “Calla, Sancho”, respondió don Quijote con voz no muy desmayada; “calla, digo, y no digas blasfemias contra aquella encantada señora; que de su desgracia y desventura yo solo tengo la culpa: de la envidia que me tienen los 5 malos ha nacido su mala andanza.” “Así lo digo yo”, respondió Sancho: “quien la vio y la ve ahora, ¿cuál es el corazón que no llora?” “Eso puedes tú decir bien, Sancho”, replicó 10 don Quijote, “pues la viste en la entereza cabal de su hermosura; que el encanto no se extendió a turbarte la vista ni a encubrirte su belleza. Contra mí solo y contra mis ojos se endereza la fuerza de su veneno. Mas con 15 todo esto he caído, Sancho, en una cosa, y es que me pintaste mal su hermosura, porque, si mal no me acuerdo, dijiste que tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen de perlas, antes son de besugo que de dama, y a lo que 20 yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos que les sirven de cejas. Y esas perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes; que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por 25 los dientes.” “Todo puede ser”, respondió Sancho, “porque también me turbó a mí su hermosura como a vuestra merced su fealdad; pero encomendémoslo todo a Dios, que El es el sabedor de las 30 cosas que han de suceder en este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 144 apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería. De una cosa me pesa, señor mío, más que de otras: que es pensar qué medio se ha de tener cuando vuestra merced venza a algún gigante u otro caballero, 5 y le mande que se vaya a presentar ante la hermosura de la señora Dulcinea, ¿adónde la ha de hallar este pobre gigante o este pobre y mísero caballero vencido? Paréceme que los veo andar por el Toboso hechos unos bausanes 10 buscando a mi señora Dulcinea, y aunque la encuentren en mitad de la calle, no la conocerán más que a mi padre.” “Quizá, Sancho”, respondió don Quijote, “no se extenderá el encantamiento a quitar el 15 conocimiento de Dulcinea a los vencidos y presentados gigantes y caballeros, y en uno o dos de los primeros que yo venza y le envíe haremos la experiencia, si la ven o no, mandándoles que vuelvan a darme relación de lo que acerca 20 de esto les hubiere sucedido.” “Digo, señor”, replicó Sancho, “que me ha parecido bien lo que vuestra merced ha dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento de lo que deseamos, y si es que ella a 25 sólo vuestra merced se encubre, la desgracia más será de vuestra merced que suya. Pero como la señora Dulcinea tenga salud y contento, nosotros por acá nos avendremos y lo pasaremos lo mejor que pudiéremos, buscando 30 nuestras aventuras, y dejando al tiempo que haga de las suyas; que él es el mejor
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XI p. 145 médico de éstas y de otras mayores enfermedades.” Responder quería don Quijote a Sancho Panza; pero estorbóselo una carreta que salió al través del camino, cargada de los más diversos 5 y extraños personajes y figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas y servía de carretero era un feo demonio. Venía la carreta descubierta al cielo abierto, sin toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreció a los 10 ojos de don Quijote, fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a ella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas. Al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza. A los pies de la 15 Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y saetas. Venía también un caballero armado de punta en blanco, excepto que no traía morrión, ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de 20 diversas colores; con éstas venían otras personas de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso en alguna manera alborotó a don Quijote, y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego se alegró don Quijote, 25 creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa aventura, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometer cualquier peligro, se puso delante de la carreta, y, con voz alta y amenazadora, dijo: 30 “Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quién eres, a dó vas y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 146 quién es la gente que llevas en tu carricoche, que más parece la barca de Carón que carreta de las que se usan.” A lo cual mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió: 5 “Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el malo; hemos hecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de 10 hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece, y por estar tan cerca y excusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con los mismos vestidos que representamos. Aquel mancebo va de Muerte, 15 el otro de Angel. Aquella mujer, que es la del autor, va de Reina, el otro de Soldado, aquel de Emperador, y yo de Demonio, y soy una de las principales figuras del auto, porque hago en esta compañía los primeros papeles. Si otra 20 cosa vuestra merced desea saber de nosotros, pregúntemelo, que yo le sabré responder con toda puntualidad; que como soy demonio, todo se me alcanza.” “Por la fe de caballero andante”, respondió 25 don Quijote, “que así como vi este carro imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía, y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra 30 fiesta. Y mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho; que lo haré con buen ánimo
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XI p. 147 y buen talante, porque desde muchacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula.” Estando en estas pláticas quiso la suerte que llegase uno de la compañía, que venía vestido 5 de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de un palo traía tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho, llegándose a don Quijote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas y a dar grandes 10 saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visión así alborotó a Rocinante, que, sin ser poderoso a detenerle don Quijote, tomando el freno entre los dientes, dio a correr por el campo con más ligereza que jamás prometieron los huesos de 15 su anatomía. Sancho, que consideró el peligro en [que] iba su amo de ser derribado, saltó del rucio, y a toda prisa fue a valerle; pero cuando a él llegó, ya estaba en tierra, y junto a él Rocinante, que con su amo vino al suelo: 20 ordinario fin y paradero de las lozanías de Rocinante y de sus atrevimientos. Mas apenas hubo dejado su caballería Sancho por acudir a don Quijote, cuando el demonio bailador de las vejigas saltó sobre el 25 rucio, y, sacudiéndole con ellas, el miedo y ruido, más que el dolor de los golpes, le hizo volar por la campaña hacia el lugar donde iban a hacer la fiesta. Miraba Sancho la carrera de su rucio y la caída de su amo, y no sabía 30 a cuál de las dos necesidades acudiría primero. Pero, en efecto, como buen escudero y como
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 148 buen criado, pudo más con él el amor de su señor que el cariño de su jumento, puesto que cada vez que veía levantar las vejigas en el aire y caer sobre las ancas de su rucio, eran para él tártagos y sustos de muerte, y antes 5 quisiera que aquellos golpes se los dieran a él en las niñas de los ojos que en el más mínimo pelo de la cola de su asno. Con esta perpleja tribulación llegó donde estaba don Quijote, harto más maltrecho de lo que él quisiera, y, 10 ayudándole a subir sobre Rocinante, le dijo: “Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.” “¿Qué diablo?”, preguntó don Quijote. “El de las vejigas”, respondió Sancho. “Pues yo le cobraré”, replicó don Quijote, 15 “si bien se encerrase con él en los más hondos y oscuros calabozos del infierno. Sígueme, Sancho; que la carreta va despacio, y con las mulas de ella satisfaré la pérdida del rucio.” “No hay para qué hacer esa diligencia, 20 señor”, respondió Sancho; “vuestra merced temple su cólera; que, según me parece, ya el Diablo ha dejado el rucio, y vuelve a la querencia.” Y así era la verdad, porque habiendo caído 25 el Diablo con el rucio, por imitar a don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al pueblo, y el jumento se volvió a su amo. “Con todo eso”, dijo don Quijote, “será bien castigar el descomedimiento de aquel 30 demonio en alguno de los de la carreta, aunque sea el mismo Emperador.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XI p. 149 “Quítesele a vuestra merced eso de la imaginación”, replicó Sancho, “y tome mi consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que es gente favorecida. Recitante he visto yo estar preso por dos muertes y salir libre y sin costas. 5 Sepa vuestra merced que, como son gentes alegres y de placer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman, y más siendo de aquellos de las compañías reales y de título, que todos, o los más, en sus trajes y 10 compostura parecen unos príncipes.” “Pues con todo”, respondió don Quijote, “no se me ha de ir el demonio farsante alabando, aunque le favorezca todo el género humano.” 15 Y, diciendo esto, volvió a la carreta, que ya estaba bien cerca del pueblo; [e] iba dando voces, diciendo: “Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada; que os quiero dar a entender cómo se han 20 de tratar los jumentos y alimañas que sirven de caballería a los escuderos de los caballeros andantes.” Tan altos eran los gritos de don Quijote, que los oyeron y entendieron los de la carreta, 25 y, juzgando por las palabras la intención del que las decía, en un instante saltó la Muerte de la carreta, y tras ella, el Emperador, el Diablo carretero y el Angel, sin quedarse la Reina ni el dios Cupido, y todos se cargaron de piedras 30 y se pusieron en ala, esperando recibir a don Quijote en las puntas de sus guijarros. Don
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 150 Quijote que los vio puestos en tan gallardo escuadrón, los brazos levantados con ademán de despedir poderosamente las piedras, detuvo las riendas a Rocinante y púsose a pensar de qué modo los acometería con menos peligro 5 de su persona. En esto que se detuvo, llegó Sancho, y viéndole en talle de acometer al bien formado escuadrón, le dijo: “Asaz de locura sería intentar tal empresa; considere vuestra merced, señor mío, que para 10 sopa de arroyo y tente, bonete, no hay arma defensiva en el mundo, si no es embutirse y encerrarse en una campana de bronce, y también se ha de considerar que es más temeridad que valentía acometer un hombre solo a un 15 ejército donde está la Muerte y pelean en persona emperadores, y a quien ayudan los buenos y los malos ángeles. Y si esta consideración no le mueve a estarse quedo, muévale saber de cierto que entre todos los que allí están, 20 aunque parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay ningún caballero andante.” “Ahora sí”, dijo don Quijote, “has dado, Sancho, en el punto que puede y debe mudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni 25 debo sacar la espada, como otras veces muchas te he dicho, contra quien no fuere armado caballero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la venganza del agravio que a tu rucio se le ha hecho; que yo desde aquí te ayudaré con 30 voces y advertimientos saludables.” “No hay para qué, señor”, respondió Sancho,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XI p. 151 “tomar venganza de nadie, pues no es de buenos cristianos tomarla de los agravios, cuanto más que yo acabaré con mi asno que ponga su ofensa en las manos de mi voluntad, la cual es de vivir pacíficamente los días que los 5 cielos me dieren de vida.” “Pues ésa es tu determinación”, replicó don Quijote, “Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estas fantasmas y volvamos a buscar mejores y más 10 calificadas aventuras; que yo veo esta tierra de talle que no han de faltar en ella muchas y muy milagrosas.” Volvió las riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte con todo su escuadrón 15 volante volvieron a su carreta y prosiguieron su viaje, y este feliz fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de la Muerte, gracias sean dadas al saludable consejo que Sancho Panza dio a su amo, al cual el día siguiente le 20 sucedió otra con un enamorado y andante caballero, de no menos suspensión que la pasada.
p. 152 Capítulo XII De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos. La noche que siguió al día del reencuentro de 5 la Muerte la pasaron don Quijote y su escudero debajo de unos altos y sombrosos árboles, habiendo, a persuasión de Sancho, comido don Quijote de lo que venía en el repuesto del rucio, y, entre la cena, dijo Sancho a su 10 señor: “Señor, qué tonto hubiera andado yo, si hubiera escogido en albricias los despojos de la primera aventura que vuestra merced acabara, antes que las crías de las tres yeguas. En efecto, 15 en efecto, más vale pájaro en mano que buitre volando.” “Todavía”, respondió don Quijote, “si tú, Sancho, me dejaras acometer, como yo quería, te hubieran cabido en despojos, por lo menos, 20 la corona de oro de la Emperatriz y las pintadas alas de Cupido; que yo se las quitara al redropelo y te las pusiera en las manos.” “Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes”, respondió Sancho Panza, “fueron 25 de oro puro, sino de oropel u hoja de lata.” “Así es verdad”, replicó don Quijote, “porque no fuera acertado que los atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes como lo es la misma comedia, con 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XII p. 153 la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la república, poniéndonos un 5 espejo a cada paso delante, donde se ven al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que hemos de ser como la comedia y los comediantes: si no, dime, 10 ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro 15 el simple discreto, otro el enamorado simple. Y, acabada la comedia, y desnudándose de los vestidos de ella, quedan todos los recitantes iguales.” “Sí he visto”, respondió Sancho. 20 “Pues lo mismo”, dijo don Quijote, “acontece en la comedia y trato de este mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en 25 llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.” “Brava comparación”, dijo Sancho, “aunque 30 no tan nueva que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 154 del ajedrez, que mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio, y, en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.” 5 “Cada día, Sancho”, dijo don Quijote, “te vas haciendo menos simple y más discreto.” “Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuestra merced”, respondió Sancho; “que las tierras que de suyo son estériles 10 y secas, estercolándolas y cultivándolas, vienen a dar buenos frutos. Quiero decir que la conversación de vuestra merced ha sido el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que 15 ha que le sirvo y comunico, y con esto espero de dar frutos de mí que sean de bendición, tales, que no desdigan ni deslicen de los senderos de la buena crianza que vuestra merced ha hecho en el agostado entendimiento mío.” 20 Riose don Quijote de las afectadas razones de Sancho, y parecióle ser verdad lo que decía de su enmienda, porque de cuando en cuando hablaba de manera que le admiraba, puesto que todas o las más veces que Sancho quería 25 hablar de oposición, y a lo cortesano, acababa su razón con despeñarse del monte de su simplicidad al profundo de su ignorancia, y en lo que él se mostraba más elegante y memorioso era en traer refranes, viniesen o no viniesen 30 a pelo de lo que trataba, como se habrá visto y se habrá notado en el discurso de esta historia.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XII p. 155 En éstas y en otras pláticas se les pasó gran parte de la noche, y a Sancho le vino en voluntad de dejar caer las compuertas de los ojos, como él decía cuando quería dormir, y, desaliñando al rucio, le dio pasto abundoso 5 y libre. No quitó la silla a Rocinante por ser expreso mandamiento de su señor que en el tiempo que anduviesen en campaña, o no durmiesen debajo de techado, no desaliñase a Rocinante: antigua usanza establecida 10 y guardada de los andantes caballeros, quitar el freno y colgarle del arzón de la silla; pero ¿quitar la silla al caballo?, ¡guarda! Así lo hizo Sancho, y le dio la misma libertad que al rucio, cuya amistad de él y de Rocinante fue tan única 15 y tan trabada, que hay fama, por tradición de padres a hijos, que el autor de esta verdadera historia hizo particulares capítulos de ella; mas que, por guardar la decencia y decoro que a tan heroica historia se debe, no los puso en 20 ella, puesto que algunas veces se descuida de este su presupuesto, y escribe que así como las dos bestias se juntaban, acudían a rascarse el uno al otro, y que, después de cansados y satisfechos, cruzaba Rocinante el pescuezo 25 sobre el cuello del rucio, que le sobraba de la otra parte más de media vara, y mirando los dos atentamente al suelo, se solían estar de aquella manera tres días, a lo menos, todo el tiempo que les dejaban o no les compelía la 30 hambre a buscar sustento. Digo que dicen que dejó el autor escrito
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 156 que los había comparado en la amistad a la que tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades y Orestes, y si esto es así, se podía echar de ver, para universal admiración, cuán firme debió ser la amistad de estos dos pacíficos animales, y para 5 confusión de los hombres, que tan mal saben guardarse amistad los unos a los otros. Por esto se dijo: «No hay amigo para amigo, las cañas se vuelven lanzas...” 10 y el otro que cantó: De amigo a amigo la chinche, etc. Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de camino en haber comparado la amistad de estos animales a la de los 15 hombres; que de las bestias han recibido muchos advertimientos los hombres y aprendido muchas cosas de importancia, como son: de las cigüeñas, el cristel; de los perros, el vómito y el agradecimiento; de las grullas, la 20 vigilancia; de las hormigas, la providencia; de los elefantes, la honestidad; y la lealtad del caballo. Finalmente, Sancho se quedó dormido al pie de un alcornoque, y don Quijote, dormitando al de una robusta encina. 25 Pero poco espacio de tiempo había pasado cuando le despertó un ruido que sintió a sus espaldas, y, levantándose con sobresalto, se puso a mirar y a escuchar de dónde el ruido
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XII p. 157 procedía, y vio que eran dos hombres a caballo, y que el uno, dejándose derribar de la silla, dijo al otro: “Apéate, amigo, y quita los frenos a los caballos; que, a mi parecer, este sitio abunda de 5 hierba para ellos y del silencio y soledad que han menester mis amorosos pensamientos.” El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue a un mismo tiempo, y al arrojarse hicieron ruido las armas de que venía armado, 10 manifiesta señal por donde conoció don Quijote que debía de ser caballero andante, y, llegándose a Sancho, que dormía, le trabó del brazo, y con no pequeño trabajo le volvió en su acuerdo, y con voz baja le dijo: 15 “Hermano Sancho, aventura tenemos.” “Dios nos la dé buena”, respondió Sancho; “y ¿adónde está, señor mío, su merced de esa señora aventura?” “¿Adónde, Sancho?”, replicó don Quijote. 20 “Vuelve los ojos y mira, y verás allí tendido un andante caballero, que, a lo que a mí se me trasluce, no debe de estar demasiadamente alegre, porque le vi arrojar del caballo y tenderse en el suelo con algunas muestras de 25 despecho, y al caer le crujieron las armas.” “Pues ¿en qué halla vuestra merced”, dijo Sancho, “que ésta sea aventura?” “No quiero yo decir”, respondió don Quijote, “que ésta sea aventura del todo, sino 30 principio de ella; que por aquí se comienzan las aventuras. Pero escucha; que, a lo que parece,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 158 templando está un laúd o vihuela, y según escupe y se desembaraza el pecho, debe de prepararse para cantar algo.” “A buena fe que es así”, respondió Sancho, “y que debe de ser caballero enamorado.” 5 “No hay ninguno de los andantes que no lo sea”, dijo don Quijote, “y escuchémosle; que por el hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, si es que canta; que de la abundancia del corazón habla la lengua.” 10 Replicar quería Sancho a su amo; pero la voz del Caballero del Bosque, que no era muy mala ni muy buena, lo estorbó, y estando los dos atónitos, oyeron que lo que cantó fue este 15 «SONETO. Dadme, señora, un término que siga, conforme a vuestra voluntad cortado; que será de la mía así estimado, que por jamás un punto de él desdiga. 20 Si gustáis que callando mi fatiga muera, contadme ya por acabado; si queréis que os la cuente en desusado modo, haré que el mismo Amor la diga. A prueba de contrarios estoy hecho, 25 de blanda cera y de diamante duro, y a las leyes de amor el alma ajusto. Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho; entallad o imprimid lo que os dé gusto, que de guardarlo eternamente juro.» 30 Con un ¡ay! arrancado, al parecer, de lo íntimo de su corazón, dio fin a su canto el Caballero
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XII p. 159 del Bosque, y de allí a un poco, con voz doliente y lastimada, dijo: “¡Oh la más hermosa y la más ingrata mujer del orbe!, ¿cómo que será posible, serenísima Casildea de Vandalia, que has de consentir 5 que se consuma y acabe en continuas peregrinaciones y en ásperos y duros trabajos este tu cautivo caballero? ¿No basta ya que he hecho que te confiesen por la más hermosa del mundo todos los caballeros de Navarra, todos los 10 leoneses, todos los tartesios, todos los castellanos y, finalmente, todos los caballeros de la Mancha?” “Eso no”, dijo a esta sazón don Quijote, “que yo soy de la Mancha y nunca tal he 15 confesado, ni podía, ni debía confesar una cosa tan perjudicial a la belleza de mi señora, y este tal caballero ya ves tú, Sancho, que desvaría; pero escuchemos: quizá se declarará más.” “Sí hará”, replicó Sancho; “que término 20 lleva de quejarse un mes arreo.” Pero no fue así, porque habiendo entreoído el Caballero del Bosque que hablaban cerca de él, sin pasar adelante en su lamentación se puso en pie, y dijo con voz sonora y comedida: 25 “¿Quién va allá, qué gente?; ¿es por ventura de la del número de los contentos, o la del de los afligidos?” “De los afligidos”, respondió don Quijote. “Pues lléguese a mí”, respondió el del 30 Bosque, “y hará cuenta que se llega a la misma tristeza y a la aflicción misma.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 160 Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente, se llegó a él, y Sancho ni más ni menos; el caballero lamentador asió a don Quijote del brazo, diciendo: “Sentaos aquí, señor caballero; que para 5 entender que lo sois y de los que profesan la andante caballería, bástame el haberos hallado en este lugar, donde la soledad y el sereno os hacen compañía, naturales lechos y propias estancias de los caballeros andantes.” 10 A lo que respondió don Quijote: “Caballero soy y de la profesión que decís, y aunque en mi alma tienen su propio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras, no por eso se ha ahuyentado de ella 15 la compasión que tengo de las ajenas desdichas; de lo que contasteis poco ha, colegí que las vuestras son enamoradas, quiero decir, del amor que tenéis a aquella hermosa ingrata que en vuestras lamentaciones 20 nombrasteis.” Ya cuando esto pasaban, estaban sentados juntos sobre la dura tierra en buena paz y compañía, como si al romper del día no se hubieran de romper las cabezas. 25 “¿Por ventura, señor caballero”, preguntó el del Bosque a don Quijote: “sois enamorado?” “Por desventura, lo soy”, respondió don Quijote, “aunque los daños que nacen de los 30 bien colocados pensamientos, antes se deben tener por gracias que por desdichas.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XII p. 161 “Así es la verdad”, replicó el del Bosque, “si no nos turbasen la razón y el entendimiento los desdenes, que siendo muchos, parecen venganzas.” “Nunca fui desdeñado de mi señora”, 5 respondió don Quijote. “No, por cierto”, dijo Sancho, que allí junto estaba, “porque es mi señora como una borrega mansa: es más blanda que una manteca.” 10 “¿Es vuestro escudero éste?”, preguntó el del Bosque. “Sí es”, respondió don Quijote. “Nunca he visto yo escudero”, replicó el del Bosque, “que se atreva a hablar donde habla 15 su señor; a lo menos, ahí está ese mío, que es tan grande como su padre, y no se probará que haya desplegado el labio donde yo hablo.” “Pues a fe”, dijo Sancho, “que he hablado yo y puedo hablar delante de otro tan..., y aún 20 quédese aquí; que es peor menearlo.” El escudero del Bosque asió por el brazo a Sancho, diciéndole: “Vámonos los dos donde podamos hablar escuderilmente todo cuanto quisiéremos, y 25 dejemos a estos señores amos nuestros que se den de las astas contándose las historias de sus amores; que a buen seguro que les ha de coger el día en ellas y no las han de haber acabado.” 30 “Sea en buena hora”, dijo Sancho, “y yo le diré a vuestra merced quién soy, para que vea
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 162 si puedo entrar en docena con los más hablantes escuderos.” Con esto se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pasó un tan gracioso coloquio, como fue grave el que pasó entre sus 5 señores.
p. 163 Capítulo XIII Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos. Divididos estaban caballeros y escuderos, 5 éstos contándose sus vidas, y aquéllos sus amores; pero la historia cuenta primero el razonamiento de los mozos y luego prosigue el de los amos. Y, así, dice que, apartándose un poco de ellos, el del Bosque dijo a Sancho: 10 “Trabajosa vida es la que pasamos y vivimos, señor mío, estos que somos escuderos de caballeros andantes; en verdad que comemos el pan en el sudor de nuestros rostros, que es una de las maldiciones que echó Dios a 15 nuestros primeros padres.” “También se puede decir”, añadió Sancho, “que lo comemos en el hielo de nuestros cuerpos, porque ¿quién más calor y más frío que los miserables escuderos de la andante caballería? 20 Y aun menos mal si comiéramos, pues los duelos con pan son menos; pero tal vez hay que se nos pasa un día y dos sin desayunarnos, si no es del viento que sopla.” “Todo eso se puede llevar y conllevar”, dijo 25 el del Bosque, “con la esperanza que tenemos del premio, porque si demasiadamente no es desgraciado el caballero andante a quien un escudero sirve, por lo menos, a pocos lances se verá premiado con un hermoso gobierno de 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 164 cualquier ínsula, o con un condado de buen parecer.” “Yo”, replicó Sancho, “ya he dicho a mi amo que me contento con el gobierno de alguna ínsula, y él es tan noble y tan liberal que 5 me le ha prometido muchas y diversas veces.” “Yo”, dijo el del Bosque, “con un canonicato quedaré satisfecho de mis servicios, y ya me le tiene mandado mi amo, y ¡qué tal!” “Debe de ser”, dijo Sancho, “su amo de 10 vuestra merced caballero a lo eclesiástico, y podrá hacer esas mercedes a sus buenos escuderos, pero el mío es meramente lego, aunque yo me acuerdo cuando le querían aconsejar personas discretas, aunque, a mi parecer, 15 malintencionadas, que procurase ser arzobispo; pero él no quiso sino ser emperador, y yo estaba entonces temblando si le venía en voluntad de ser de la Iglesia, por no hallarme suficiente de tener beneficios por ella, porque le 20 hago saber a vuestra merced que, aunque parezco hombre, soy una bestia para ser de la Iglesia.” “Pues en verdad que lo yerra vuestra merced”, dijo el del Bosque, “a causa que los 25 gobiernos insulanos no son todos de buena data; algunos hay torcidos, algunos pobres, algunos melancólicos y, finalmente, el más erguido y bien dispuesto trae consigo una pesada carga de pensamientos y de incomodidades, que 30 pone sobre sus hombros el desdichado que le cupo en suerte. Harto mejor sería que los que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIII p. 165 profesamos esta maldita servidumbre nos retirásemos a nuestras casas, y allí nos entretuviésemos en ejercicios más suaves, como si dijésemos, cazando o pescando; que ¿qué escudero hay tan pobre en el mundo a quien le 5 falte un rocín, y un par de galgos, y una caña de pescar, con que entretenerse en su aldea?” “A mí no me falta nada de eso”, respondió Sancho; “verdad es que no tengo rocín, pero tengo un asno que vale dos veces más que el 10 caballo de mi amo. Mala pascua me dé Dios, y sea la primera que viniere, si le trocara por él, aunque me diesen cuatro fanegas de cebada encima. A burla tendrá vuestra merced el valor de mi rucio; que rucio es el color de mi 15 jumento. Pues galgos, no me habían de faltar, habiéndolos sobrados en mi pueblo; y más, que entonces es la caza más gustosa, cuando se hace a costa ajena.” “Real y verdaderamente”, respondió el del 20 Bosque, “señor escudero, que tengo propuesto y determinado de dejar estas borracherías de estos caballeros, y retirarme a mi aldea y criar mis hijitos, que tengo tres como tres orientales perlas.” 25 “Dos tengo yo”, dijo Sancho, “que se pueden presentar al Papa en persona, especialmente una muchacha, a quien crío para condesa, si Dios fuere servido, aunque a pesar de su madre.” 30 “Y ¿qué edad tiene esa señora que se cría para condesa?”, preguntó el del Bosque.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 166 “Quince años, dos más a menos“, respondió Sancho; “pero es tan grande como una lanza, y tan fresca como una mañana de abril, y tiene una fuerza de un ganapán.” “Partes son ésas”, respondió el del Bosque, 5 “no sólo para ser condesa, sino para ser ninfa del verde bosque. ¡Oh hideputa puta, y qué rejo debe de tener la bellaca!” A lo que respondió Sancho, algo mohíno: “Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será 10 ninguna de las dos, Dios queriendo, mientras yo viviere. Y háblese más comedidamente; que para haberse criado vuestra merced entre caballeros andantes, que son la misma cortesía, no me parecen muy concertadas esas palabras.” 15 “¡Oh, qué mal se le entiende a vuestra merced”, replicó el del Bosque, “de achaque de alabanzas, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que cuando algún caballero da una buena lanzada al toro en la plaza, o cuando alguna persona 20 hace alguna cosa bien hecha, suele decir el vulgo: «¡oh hideputa puto, y qué bien que lo ha »hecho!», y aquello que parece vituperio en aquel término, es alabanza notable? Y renegad vos, señor, de los hijos o hijas que no hacen 25 obras que merezcan se les den a sus padres loores semejantes.” “Sí reniego”, respondió Sancho; “y de ese modo y por esa misma razón podía echar vuestra merced a mí, y hijos, y a mi mujer 30 toda una putería encima, porque todo cuanto hacen y dicen son extremos dignos de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIII p. 167 semejantes alabanzas; y para volverlos a ver, ruego yo a Dios me saque de pecado mortal, que lo mismo será si me saca de este peligroso oficio de escudero, en el cual he incurrido segunda vez, cebado y engañado de una bolsa 5 con cien ducados que me hallé un día en el corazón de Sierra Morena. Y el diablo me pone ante los ojos aquí, allí, acá no, sino acullá, un talego lleno de doblones, que me parece que a cada paso le toco con la mano y me abrazo 10 con él, y lo llevo a mi casa, y echo censos, y fundo rentas, y vivo como un príncipe, y el rato que en esto pienso se me hacen fáciles y llevaderos cuantos trabajos padezco con este mentecato de mi amo, de quien sé que tiene más 15 de loco que de caballero.” “Por eso”, respondió el del Bosque, “dicen que la codicia rompe el saco, y si va a tratar de ellos, no hay otro mayor en el mundo que mi amo, porque es de aquellos que dicen: 20 «cuidados ajenos matan al asno»; pues porque cobre otro caballero el juicio que ha perdido, se hace el loco, y anda buscando lo que no sé si después de hallado le ha de salir a los hocicos.” 25 “Y ¿es enamorado por dicha?” “Sí”, dijo el del Bosque, “de una tal Casildea de Vandalia, la más cruda y la más asada señora que en todo el orbe puede hallarse. Pero no cojea del pie de la crudeza; que otros 30 mayores embustes le gruñen en las entrañas, y ello dirá antes de muchas horas.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 168 “No hay camino tan llano”, replicó Sancho, “que no tenga algún tropezón o barranco; en otras casas cuecen habas, y en la mía, a calderadas. Más acompañados y paniaguados debe de tener la locura que la discreción. Mas si es 5 verdad lo que comúnmente se dice, que el tener compañeros en los trabajos suele servir de alivio en ellos, con vuestra merced podré consolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como el mío.” 10 “Tonto, pero valiente”, respondió el del Bosque, “y más bellaco que tonto y que valiente.” “Eso no es el mío”, respondió Sancho; “digo que no tiene nada de bellaco, antes tiene una alma como un cántaro; no sabe hacer mal 15 a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna. Un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga.” 20 “Con todo eso, hermano y señor”, dijo el del Bosque, “si el ciego guía al ciego, ambos van a peligro de caer en el hoyo. Mejor es retirarnos con buen compás de pies y volvernos a nuestras querencias; que los que buscan 25 aventuras no siempre las hallan buenas.” Escupía Sancho a menudo, al parecer, un cierto género de saliva pegajosa y algo seca, lo cual visto y notado por el caritativo bosqueril escudero, dijo: 30 “Paréceme que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las lenguas; pero yo
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIII p. 169 traigo un despegador pendiente del arzón de mi caballo, que es tal como bueno.” Y, levantándose, volvió desde allí a un poco con una gran bota de vino y una empanada de media vara, y no es encarecimiento, porque 5 era de un conejo albar tan grande, que Sancho, al tocarla, entendió ser de algún cabrón, no que de cabrito; lo cual visto por Sancho, dijo: “Y ¿esto trae vuestra merced consigo, señor?” “Pues ¿qué se pensaba”, respondió el otro; 10 “soy yo por ventura algún escudero de agua y lana? Mejor repuesto traigo yo en las ancas de mi caballo que lleva consigo cuando va de camino un general.” Comió Sancho sin hacerse de rogar, y 15 tragaba a oscuras bocados de nudos de suelta, y dijo: “Vuestra merced sí que es escudero fiel y legal, moliente y corriente, magnífico y grande, como lo muestra este banquete, que si no ha 20 venido aquí por arte de encantamiento, parécelo, a lo menos; y no como yo, mezquino y malaventurado, que sólo traigo en mis alforjas un poco de queso, tan duro, que pueden descalabrar con ello a un gigante; a quien hacen 25 compañía cuatro docenas de algarrobas y otras tantas de avellanas y nueces, mercedes a la estrechez de mi dueño y a la opinión que tiene y orden que guarda de que los caballeros andantes no se han de mantener y sustentar 30 sino con frutas secas y con las hierbas del campo.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 170 “Por mi fe, hermano”, replicó el del Bosque, “que yo no tengo hecho el estómago a tagarninas, ni a piruétanos, ni a raíces de los montes; allá se lo hayan con sus opiniones y leyes caballerescas nuestros amos, y coman lo que ellos 5 mandaren. Fiambreras traigo y esta bota colgando del arzón de la silla, por sí o por no; y es tan devota mía, y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos y mil abrazos.” 10 Y, diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y, en acabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado, y, dando un gran suspiro, dijo: 15 “¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico!” “¿Veis ahí”, dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de Sancho, “cómo habéis alabado este vino, llamándole hideputa?” “Digo”, respondió Sancho, “que confieso 20 que conozco que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?” 25 “¡Bravo mojón!”, respondió el del Bosque; “en verdad que no es de otra parte, y que tiene algunos años de ancianidad.” “¡A mí con eso!”, dijo Sancho; “no toméis menos, sino que se me fuera a mí por alto dar 30 alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, que tenga yo un instinto tan
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIII p. 171 grande y tan natural en esto de conocer vinos, que en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor, y la dura y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas? Pero no hay de qué 5 maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos años conoció la Mancha; para prueba de lo cual les sucedió lo que ahora diré. Diéronles a los dos a probar del vino de una cuba, 10 pidiéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o malicia del vino; el uno lo probó con la punta de la lengua, el otro no hizo más de llegarlo a las narices. El primero dijo que aquel vino sabía a hierro, el segundo dijo 15 que más sabía a cordobán. El dueño dijo que la cuba estaba limpia y que el tal vino no tenía adobo alguno, por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobán. Con todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo 20 que habían dicho. Anduvo el tiempo, vendióse el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave pequeña pendiente de una correa de cordobán. Porque vea vuestra merced si quien viene de esta ralea podrá dar su parecer 25 en semejantes causas.” “Por eso digo”, dijo el del Bosque, “que nos dejemos de andar buscando aventuras, y pues tenemos hogazas, no busquemos tortas, y volvámonos a nuestras chozas; que allí nos 30 hallará Dios si El quiere.” “Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 172 serviré; que después todos nos entenderemos.” Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron los dos buenos escuderos, que tuvo necesidad el sueño de atarles las lenguas y templarles la 5 sed, que quitársela fuera imposible; y, así, asidos entrambos de la ya casi vacía bota, con los bocados a medio mascar en la boca, se quedaron dormidos, donde los dejaremos por ahora, por contar lo que el Caballero del 10 Bosque pasó con el de la Triste Figura.
p. 173 Capítulo XIV Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque. Entre muchas razones que pasaron don Quijote y el Caballero de la Selva, dice la historia 5 que el del Bosque dijo a don Quijote: “Finalmente, señor caballero, quiero que sepáis que mi destino, o por mejor decir, mi elección me trajo a enamorar de la sin par Casildea de Vandalia; llámola sin par, porque 10 no le tiene, así en la grandeza del cuerpo como en el extremo del estado y de la hermosura. Esta tal Casildea, pues, que voy contando, pagó mis buenos pensamientos y comedidos deseos con hacerme ocupar, como su madrina 15 a Hércules, en muchos y diversos peligros, prometiéndome al fin de cada uno, que en el fin del otro llegaría el de mi esperanza; pero así se han ido eslabonando mis trabajos, que no tienen cuento, ni yo sé cuál ha de ser el 20 último que dé principio al cumplimiento de mis buenos deseos. Una vez me mandó que fuese a desafiar a aquella famosa giganta de Sevilla llamada la Giralda, que es tan valiente y fuerte como hecha de bronce, y sin mudarse de un 25 lugar es la más movible y voltaria mujer del mundo. Llegué, vila y vencíla, e hícela estar queda y a raya, porque en más de una semana no soplaron sino vientos nortes. Vez también hubo, que me mandó fuese a tomar en peso 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 174 las antiguas piedras de los valientes toros de Guisando, empresa más para encomendarse a ganapanes que a caballeros; otra vez me mandó que me precipitase y sumiese en la sima de Cabra, peligro inaudito y temeroso, 5 y que le trajese particular relación de lo que en aquella oscura profundidad se encierra. Detuve el movimiento a la Giralda, pesé los toros de Guisando, despeñéme en la sima y saqué a luz lo escondido de su abismo, 10 y mis esperanzas, muertas que muertas, y sus mandamientos y desdenes, vivos que vivos. ”En resolución, últimamente me ha mandado que discurra por todas las provincias de 15 España y haga confesar a todos los andantes caballeros que por ellas vagaren, que ella sola es la más aventajada en hermosura de cuantas hoy viven, y que yo soy el más valiente y el más bien enamorado caballero del orbe; en 20 cuya demanda he andado ya la mayor parte de España, y en ella he vencido muchos caballeros; que se han atrevido a contradecirme. Pero de lo que yo más me precio y ufano es de haber vencido en singular batalla a aquel 25 tan famoso caballero don Quijote de la Mancha, y héchole confesar que es más hermosa mi Casildea que su Dulcinea, y en sólo este vencimiento hago cuenta que he vencido todos los caballeros del mundo, porque el tal don 30 Quijote que digo los ha vencido a todos, y habiéndole yo vencido a él, su gloria, su fama
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 175 y su honra se ha transferido y pasado a mi persona: Y tanto el vencedor es más honrado, cuanto más el vencido es reputado. ”Así, que ya corren por mi cuenta y son 5 mías las innumerables hazañas del ya referido don Quijote.” Admirado quedó don Quijote de oír al Caballero del Bosque, y estuvo mil veces por decirle que mentía, y ya tuvo el mentís en el 10 pico de la lengua; pero reportóse lo mejor que pudo por hacerle confesar por su propia boca su mentira, y, así, sosegadamente le dijo: “De que vuestra merced, señor caballero, haya vencido a los más caballeros andantes de 15 España, y aun de todo el mundo, no digo nada; pero de que haya vencido a don Quijote de la Mancha, póngolo en duda. Podría ser que fuese otro que le pareciese, aunque hay pocos que le parezcan.” 20 “¿Cómo no?”, replicó el del Bosque; “por el cielo que nos cubre que peleé con don Quijote, y le vencí y rendí, y es un hombre alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña 25 y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos. Campea debajo del nombre del Caballero de la Triste Figura, y trae por escudero a un labrador llamado Sancho Panza, oprime el lomo y rige el freno de un famoso caballo 30 llamado Rocinante, y, finalmente, tiene por
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 176 señora de su voluntad a una tal Dulcinea del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo; como la mía, que, por llamarse Casilda y ser de la Andalucía, yo la llamo Casildea de Vandalia. Si todas estas señas no bastan para 5 acreditar mi verdad, aquí está mi espada que la hará dar crédito a la misma incredulidad.” “Sosegaos, señor caballero”, dijo don Quijote, “y escuchad lo que deciros quiero. Habéis de saber que ese don Quijote que decís es 10 el mayor amigo que en este mundo tengo, y tanto, que podré decir que le tengo en lugar de mi misma persona, y que por las señas que de él me habéis dado, tan puntuales y ciertas, no puedo pensar sino que sea el mismo que habéis 15 vencido. Por otra parte, veo con los ojos y toco con las manos no ser posible ser el mismo, si ya no fuese que como él tiene muchos enemigos encantadores, especialmente uno que de ordinario le persigue, no haya alguno de ellos 20 tomado su figura para dejarse vencer, por defraudarle de la fama que sus altas caballerías le tienen granjeada y adquirida, por todo lo descubierto de la tierra. Y, para confirmación de esto, quiero también que sepáis que los 25 tales encantadores, sus contrarios, no ha más de dos días que transformaron la figura y persona de la hermosa Dulcinea del Toboso en una aldeana soez y baja, y de esta manera habrán transformado a don Quijote; y si todo esto no 30 basta para enteraros en esta verdad que digo, aquí está el mismo don Quijote que la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 177 sustentará con sus armas, a pie o a caballo, o de cualquiera suerte que os agradare.” Y, diciendo esto, se levantó en pie y se empuñó en la espada, esperando qué resolución tomaría el Caballero del Bosque, el cual, con 5 voz asimismo sosegada, respondió y dijo: “Al buen pagador no le duelen prendas; el que una vez, señor don Quijote, pudo venceros transformado, bien podrá tener esperanza de rendiros en vuestro propio ser. Mas porque no 10 es bien que los caballeros hagan sus fechos de armas a oscuras, como los salteadores y rufianes, esperemos el día para que el sol vea nuestras obras. Y ha de ser condición de nuestra batalla que el vencido ha de quedar a la voluntad 15 del vencedor, para que haga de él todo lo que quisiere, con tal que sea decente a caballero lo que se le ordenare.” “Soy más que contento de esa condición y conveniencia”, respondió don Quijote. 20 Y, en diciendo esto, se fueron donde estaban sus escuderos, y los hallaron roncando y en la misma forma que estaban cuando les salteó el sueño. Despertáronlos y mandáronles que tuviesen a punto los caballos, porque en saliendo 25 el sol habían de hacer los dos una sangrienta, singular y desigual batalla; a cuyas nuevas quedó Sancho atónito y pasmado, temeroso de la salud de su amo por las valentías que había oído decir del suyo al escudero del Bosque. 30 Pero, sin hablar palabra, se fueron los dos escuderos a buscar su ganado; que ya todos tres
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 178 caballos y el rucio se habían olido y estaban todos juntos. En el camino dijo el del Bosque a Sancho: “Ha de saber, hermano, que tienen por costumbre los peleantes de la Andalucía, cuando 5 son padrinos de alguna pendencia, no estarse ociosos, mano sobre mano, en tanto que sus ahijados riñen; dígolo porque esté advertido, que mientras nuestros dueños riñeren nosotros también hemos de pelear y hacernos astillas.” 10 “Esa costumbre, señor escudero”, respondió Sancho, “allá puede correr y pasar con los rufianes y peleantes que dice; pero con los escuderos de los caballeros andantes, ni por pienso. A lo menos, yo no he oído decir a mi 15 amo semejante costumbre, y sabe de memoria todas las ordenanzas de la andante caballería. Cuanto más que yo quiero que sea verdad y ordenanza expresa el pelear los escuderos en tanto que sus señores pelean; pero yo no 20 quiero cumplirla, sino pagar la pena que estuviere puesta a los tales pacíficos escuderos, que yo aseguro que no pase de dos libras de cera, y más quiero pagar las tales libras, que sé que me costarán menos que las hilas que podré 25 gastar en curarme la cabeza, que ya me la cuento por partida y dividida en dos partes. Hay mas: que me imposibilita el reñir el no tener espada, pues en mi vida me la puse.” “Para eso sé yo un buen remedio”, dijo el 30 del Bosque; “yo traigo aquí dos talegas de lienzo de un mismo tamaño; tomaréis vos la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 179 una y yo la otra, y reñiremos a talegazos con armas iguales.” “De esa manera, sea en buena hora”, respondió Sancho, “porque antes servirá la tal pelea de despolvorearnos que de herirnos.” 5 “No ha de ser así”, replicó el otro, “porque se han de echar dentro de las talegas, porque no se las lleve el aire, media docena de guijarros lindos y pelados que pesen tanto los unos como los otros, y de esta manera nos pondremos 10 atalegar sin hacernos mal ni daño.” “Mirad, ¡cuerpo de mi padre”, respondió Sancho, “qué martas cebollinas o qué copos de algodón cardado pone en las talegas para no quedar molidos los cascos y hechos 15 alheña los huesos! Pero aunque se llenaran de capullos de seda, sepa, señor mío, que no he de pelear. Peleen nuestros amos y allá se lo hayan, y bebamos y vivamos nosotros; que el tiempo tiene cuidado de quitarnos las vidas, 20 sin que andemos buscando apetites para que se acaben antes de llegar su sazón y término, y que se caigan de maduras.” “Con todo”, replicó el del Bosque, “hemos de pelear siquiera media hora.” 25 “Eso, no”, respondió Sancho; “no seré yo tan descortés ni tan desagradecido, que con quien he comido y he bebido trabe cuestión alguna, por mínima que sea. Cuanto más que estando sin cólera y sin enojo, ¿quién diablos 30 se ha de amañar a reñir a secas?” “Para eso”, dijo el del Bosque, “yo daré un
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 180 suficiente remedio, y es que antes que comencemos la pelea, yo me llegaré bonitamente a vuestra merced y le daré tres o cuatro bofetadas que dé con él a mis pies, con las cuales le haré despertar la cólera aunque esté con 5 más sueño que un lirón.” “Contra ese corte sé yo otro”, respondió Sancho, “que no le va en zaga: cogeré yo un garrote, y antes que vuestra merced llegue a despertarme la cólera haré yo dormir a garrotazos 10 de tal suerte la suya, que no despierte si no fuere en el otro mundo, en el cual se sabe que no soy yo hombre que me dejo manosear el rostro de nadie; y cada uno mire por el virote. Aunque lo más acertado sería dejar 15 dormir su cólera a cada uno; que no sabe nadie el alma de nadie, y tal suele venir por lana que vuelve trasquilado, y Dios bendijo la paz y maldijo las riñas; porque si un gato acosado, encerrado y apretado se vuelve en 20 león, yo, que soy hombre, Dios sabe en lo que podré volverme, y, así, desde ahora intimo a vuestra merced, señor escudero, que corra por su cuenta todo el mal y daño que de nuestra pendencia resultare.” 25 “Está bien”, replicó el del Bosque; “amanecerá Dios y medraremos.” En esto, ya comenzaban a gorjear en los árboles mil suertes de pintados pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parecía que daban 30 la norabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las puertas y balcones del Oriente
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 181 iba descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de sus cabellos un número infinito de líquidas perlas, en cuyo suave licor bañándose las hierbas, parecía asimismo [que] ellas brotaban y llovían blanco y menudo aljófar; 5 los sauces destilaban maná sabroso, reíanse las fuentes, murmuraban los arroyos, alegrábanse las selvas y enriquecíanse los prados con su venida. Mas apenas dio lugar la claridad del día para ver y diferenciar las cosas, cuando la 10 primera que se ofreció a los ojos de Sancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque, que era tan grande, que casi le hacía sombra a todo el cuerpo. Cuéntase, en efecto, que era de demasiada grandeza, corva en la mitad 15 y toda llena de verrugas, de color amoratado, como de berenjena; bajábale dos dedos más abajo de la boca, cuya grandeza, color, verrugas y encorvamiento así le afeaban el rostro, que, en viéndole Sancho, comenzó a herir de 20 pie y de mano como niño con alferecía, y propuso en su corazón de dejarse dar doscientas bofetadas antes que despertar la cólera para reñir con aquel vestiglo. Don Quijote miró a su contendor y hallóle 25 ya puesta y calada la celada, de modo que no le pudo ver el rostro, pero notó que era hombre membrudo, y no muy alto de cuerpo. Sobre las armas traía una sobrevesta o casaca de una tela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por 30 ella muchas lunas pequeñas de resplandecientes espejos, que le hacían en grandísima manera
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 182 galán y vistoso; volábanle sobre la celada grande cantidad de plumas verdes, amarillas y blancas. La lanza que tenía arrimada a un árbol era grandísima y gruesa, y de un hierro acerado de más de un palmo. 5 Todo lo miró y todo lo notó don Quijote, y juzgó de lo visto y mirado que el ya dicho caballero debía de ser de grandes fuerzas; pero no por eso temió como Sancho Panza, antes con gentil denuedo dijo al Caballero de 10 los Espejos: “Si la mucha gana de pelear, señor caballero, no os gasta la cortesía, por ella os pido que alcéis la visera un poco, porque yo vea si la gallardía de vuestro rostro responde a la de 15 vuestra disposición.” “O vencido o vencedor que salgáis de esta empresa, señor caballero”, respondió el de los Espejos, “os quedará tiempo y espacio demasiado para verme, y si ahora no satisfago a 20 vuestro deseo, es por parecerme que hago notable agravio a la hermosa Casildea de Vandalia en dilatar el tiempo que tardare en alzarme la visera, sin haceros confesar lo que ya sabéis que pretendo.” 25 “Pues en tanto que subimos a caballo”, dijo don Quijote, “bien podéis decirme si soy yo aquel don Quijote que dijisteis haber vencido.” “A eso vos respondemos”, dijo el de los Espejos, “que parecéis como se parece un 30 huevo a otro al mismo caballero que yo vencí; pero, según vos decís que le persiguen
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 183 encantadores, no osaré afirmar si sois el contenido o no.” “Eso me basta a mí”, respondió don Quijote, “para que crea vuestro engaño. Empero, para sacaros de él de todo punto, vengan 5 nuestros caballos; que en menos tiempo que el que tardarais en alzaros la visera, si Dios, si mi señora y mi brazo me valen, veré yo vuestro rostro, y vos veréis que no soy yo el vencido don Quijote que pensáis.” 10 Con esto, acortando razones, subieron a caballo, y don Quijote volvió las riendas a Rocinante para tomar lo que convenía del campo para volver a encontrar a su contrario, y lo mismo hizo el de los Espejos; pero no se había 15 apartado don Quijote veinte pasos, cuando se oyó llamar del de los Espejos, y partiendo los dos el camino, el de los Espejos le dijo: “Advertid, señor caballero, que la condición de nuestra batalla es que el vencido, como 20 otra vez he dicho, ha de quedar a discreción del vencedor.” “Ya la sé”, respondió don Quijote, “con tal que lo que se le impusiere y mandare al vencido han de ser cosas que no salgan de los 25 límites de la caballería.” “Así se entiende”, respondió el de los Espejos. Ofreciéronsele en esto a la vista de don Quijote las extrañas narices del escudero, y no se 30 admiró menos de verlas que Sancho, tanto, que le juzgó por algún monstruo, o por hombre
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 184 nuevo y de aquellos que no se usan en el mundo. Sancho, que vio partir a su amo para tomar carrera, no quiso quedar solo con el narigudo, temiendo que con sólo un pasagonzalo con aquellas narices en las suyas sería 5 acabada la pendencia suya, quedando del golpe, o del miedo, tendido en el suelo, y fuese tras su amo, asido a una acción de Rocinante, y cuando le pareció que ya era tiempo que volviese, le dijo: 10 “Suplico a vuestra merced, señor mío, que antes que vuelva a encontrarse me ayude a subir sobre aquel alcornoque, de donde podré ver más a mi sabor, mejor que desde el suelo, el gallardo encuentro que vuestra merced ha de 15 hacer con este caballero.” “Antes creo, Sancho”, dijo don Quijote, “que te quieres encaramar y subir en andamio por ver sin peligro los toros.” “La verdad que diga”, respondió Sancho, 20 “las desaforadas narices de aquel escudero me tienen atónito y lleno de espanto, y no me atrevo a estar junto a él.” “Ellas son tales”, dijo don Quijote, “que a no ser yo quien soy, también me asombraran, 25 y, así, ven, ayudarte he a subir donde dices.” En lo que se detuvo don Quijote en que Sancho subiese en el alcornoque, tomó el de los Espejos del campo lo que le pareció necesario, y creyendo que lo mismo habría hecho 30 don Quijote, sin esperar son de trompeta ni otra señal que los avisase, volvió las riendas
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 185 a su caballo, que no era más ligero ni de mejor parecer que Rocinante, y a todo su correr, que era un mediano trote, iba a encontrar a su enemigo; pero viéndole ocupado en la subida de Sancho, detuvo las riendas y paróse en la 5 mitad de la carrera, de lo que el caballo quedó agradecidísimo, a causa que ya no podía moverse. Don Quijote, que le pareció que ya su enemigo venía volando, arrimó reciamente las espuelas a las trasijadas ijadas de Rocinante, 10 y le hizo aguijar de manera, que cuenta la historia que esta sola vez se conoció haber corrido algo, porque todas las demás siempre fueron trotes declarados, y con esta no vista furia llegó donde el de los Espejos estaba hincando a su 15 caballo las espuelas hasta los botones, sin que le pudiese mover un solo dedo del lugar donde había hecho estanco de su carrera. En esta buena sazón y coyuntura halló don Quijote a su contrario embarazado con su 20 caballo y ocupado con su lanza, que nunca, o no acertó, o no tuvo lugar de ponerla en ristre. Don Quijote, que no miraba en estos inconvenientes, a salvamano y sin peligro alguno encontró al de los Espejos con tanta fuerza, que 25 mal de su grado le hizo venir al suelo por las ancas del caballo, dando tal caída, que sin mover pie ni mano, dio señales de que estaba muerto. Apenas le vio caído Sancho, cuando se 30 deslizó del alcornoque, y a toda prisa vino donde su señor estaba, el cual, apeándose de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 186 Rocinante, fue sobre el de los Espejos, y quitándole las lazadas del yelmo para ver si era muerto, y para que le diese el aire, si acaso estaba vivo, [y] vio... ¿quién podrá decir lo que vio, sin causar admiración, maravilla y espanto a 5 los que lo oyeren? Vio, dice la historia, el rostro mismo, la misma figura, el mismo aspecto, la misma fisonomía, la misma efigie, la perspectiva misma del bachiller Sansón Carrasco, y así como la vio, en altas voces dijo: 10 “Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y no lo has creer; aguija, hijo, y advierte lo que puede la magia, lo que pueden los hechiceros y los encantadores.” Llegó Sancho, y como vio el rostro del 15 bachiller Carrasco, comenzó a hacerse mil cruces y a santiguarse otras tantas; en todo esto, no daba muestras de estar vivo el derribado caballero, y Sancho dijo a don Quijote: “Soy de parecer, señor mío, que, por sí o por 20 no, vuestra merced hinque y meta la espada por la boca a este que parece el bachiller Sansón Carrasco: quizá matará en él a alguno de sus enemigos los encantadores.” “No dices mal”, dijo don Quijote, “porque 25 de los enemigos, los menos.” Y, sacando la espada para poner en efecto el aviso y consejo de Sancho, llegó el escudero del de los Espejos, ya sin las narices que tan feo le habían hecho, y a grandes voces dijo: 30 “Mire vuestra merced lo que hace, señor don Quijote; que ese que tiene a los pies es el
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 187 bachiller Sansón Carrasco, su amigo, y yo soy su escudero.” Y, viéndole Sancho sin aquella fealdad primera, le dijo: “Y ¿las narices?” 5 A lo que él respondió: “Aquí las tengo, en la faldriquera.” Y, echando mano a la derecha, sacó unas narices de pasta y barniz de máscara, de la manufactura que quedan delineadas, y mirándole 10 más y más Sancho, con voz admirativa y grande, dijo: “¡Santa María, y váleme!, ¿éste no es Tomé Cecial, mi vecino y mi compadre?” “Y ¡cómo si lo soy!”, respondió el ya 15 desnarigado escudero. “Tomé Cecial soy, compadre y amigo Sancho Panza, y luego os diré los arcaduces, embustes y enredos por donde soy aquí venido, y, en tanto, pedid y suplicad al señor vuestro amo que no toque, maltrate, hiera ni 20 mate al Caballero de los Espejos que a sus pies tiene, porque sin duda alguna es el atrevido y mal aconsejado del bachiller Sansón Carrasco, nuestro compatriota.” En esto, volvió en sí el de los Espejos, lo cual 25 visto por don Quijote, le puso la punta desnuda de su espada encima del rostro, y le dijo: “Muerto sois, caballero, si no confesáis que la sin par Dulcinea del Toboso se aventaja en belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y 30 además de esto habéis de prometer, si de esta contienda y caída quedarais con vida, de ir a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 188 la ciudad del Toboso, y presentaros en su presencia de mi parte, para que haga de vos lo que más en voluntad le viniere. Y si os dejare en la vuestra, asimismo habéis de volver a buscarme --que el rastro de mis hazañas os servirá 5 de guía que os traiga donde yo estuviere-- y a decirme lo que con ella hubiereis pasado; condiciones que, conforme a las que pusimos antes de nuestra batalla, no salen de los términos de la andante caballería.” 10 “Confieso”, dijo el caído caballero, “que vale más el zapato descosido y sucio de la señora Dulcinea del Toboso, que las barbas mal peinadas, aunque limpias, de Casildea, y prometo de ir y volver de su presencia a la vuestra 15 y daros entera y particular cuenta de lo que me pedís.” “También habéis de confesar y creer”, añadió don Quijote, “que aquel caballero que vencisteis no fue ni pudo ser don Quijote de 20 la Mancha, sino otro que se le parecía, como yo confieso y creo que vos, aunque parecéis el bachiller Sansón Carrasco, no lo sois, sino otro que le parece, y que en su figura aquí me le han puesto mis enemigos para que detenga y 25 temple el ímpetu de mi cólera, y para que use blandamente de la gloria del vencimiento.” “Todo lo confieso, juzgo y siento como vos lo creéis, juzgáis y sentís”, respondió el derrengado caballero. “Dejadme levantar, os 30 ruego, si es que lo permite el golpe de mi caída, que asaz maltrecho me tiene.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIV p. 189 Ayudóle a levantar don Quijote y Tomé Cecial su escudero, del cual no apartaba los ojos Sancho, preguntándole cosas, cuyas respuestas le daban manifiestas señales de que verdaderamente era el Tomé Cecial que decía; 5 mas la aprensión que en Sancho había hecho lo que su amo dijo, de que los encantadores habían mudado la figura del Caballero de los Espejos en la del bachiller Carrasco, no le dejaba dar crédito a la verdad que con los ojos estaba 10 mirando. Finalmente, se quedaron con este engaño amo y mozo, y el de los Espejos y su escudero, mohínos y malandantes, se apartaron de don Quijote y Sancho, con intención de buscar algún lugar donde bizmarle y entablarle 15 las costillas. Don Quijote y Sancho volvieron a proseguir su camino de Zaragoza, donde los deja la historia, por dar cuenta de quién era el Caballero de los Espejos y su narigante escudero. 20
p. 190 Capítulo XV Donde se cuenta y da noticia de quién era el Caballero de los Espejos y su escudero. En extremo contento, ufano y vanaglorioso iba don Quijote por haber alcanzado victoria 5 de tan valiente caballero como él se imaginaba que era el de los Espejos, de cuya caballeresca palabra esperaba saber si el encantamiento de su señora pasaba adelante, pues era forzoso que el tal vencido caballero volviese, 10 so pena de no serlo, a darle razón de lo que con ella le hubiese sucedido. Pero uno pensaba don Quijote y otro el de los Espejos, puesto que por entonces no era otro su pensamiento sino buscar donde bizmarse, como 15 se ha dicho. Dice, pues, la historia que cuando el bachiller Sansón Carrasco aconsejó a don Quijote que volviese a proseguir sus dejadas caballerías, fue por haber entrado primero en bureo 20 con el cura y el barbero, sobre qué medio se podría tomar para reducir a don Quijote a que se estuviese en su casa quieto y sosegado, sin que le alborotasen sus mal buscadas aventuras, de cuyo consejo salió por voto común 25 de todos y parecer particular de Carrasco, que dejasen salir a don Quijote, pues el detenerle parecía imposible, y que Sansón le saliese al camino como caballero andante, y trabase
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XV p. 191 batalla con él, pues no faltaría sobre qué, y le venciese, teniéndolo por cosa fácil, y que fuese pacto y concierto que el vencido quedase a merced del vencedor, y, así, vencido don Quijote, le había de mandar el bachiller 5 caballero se volviese a su pueblo y casa, y no saliese de ella en dos años, o hasta tanto que por él le fuese mandado otra cosa; lo cual era claro que don Quijote, vencido, cumpliría indubitablemente, por no contravenir y faltar a las 10 leyes de la caballería, y podría ser que en el tiempo de su reclusión se le olvidasen sus vanidades, o se diese lugar de buscar a su locura algún conveniente remedio. Aceptólo Carrasco, y ofreciósele por escudero 15 Tomé Cecial, compadre y vecino de Sancho Panza, hombre alegre y de lucios cascos. Armóse Sansón como queda referido y Tomé Cecial acomodó sobre sus naturales narices las falsas y de máscara ya dichas, porque no fuese 20 conocido de su compadre cuando se viesen, y, así, siguieron el mismo viaje que llevaba don Quijote, y llegaron casi a hallarse en la aventura del carro de la Muerte. Y, finalmente, dieron con ellos en el bosque, donde les sucedió 25 todo lo que el prudente ha leído, y si no fuera por los pensamientos extraordinarios de don Quijote, que se dio a entender que el bachiller no era el bachiller, el señor bachiller quedara imposibilitado para siempre de graduarse 30 de licenciado, por no haber hallado nidos donde pensó hallar pájaros.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 192 Tomé Cecial, que vio cuán mal había logrado sus deseos y el mal paradero que había tenido su camino, dijo al bachiller: “Por cierto, señor Sansón Carrasco, que tenemos nuestro merecido. Con facilidad se piensa 5 y se acomete una empresa, pero con dificultad las más veces se sale de ella; don Quijote loco, nosotros cuerdos, él se va sano y riendo, vuestra merced queda molido y triste. Sepamos, pues, ahora, cuál es más loco, ¿el que lo es por 10 no poder menos, o el que lo es por su voluntad?” A lo que respondió Sansón: “La diferencia que hay entre esos dos locos es que el que lo es por fuerza lo será siempre, 15 y el que lo es de grado, lo dejará de ser cuando quisiere.” “Pues así es”, dijo Tomé Cecial, “yo fui por mi voluntad loco cuando quise hacerme escudero de vuestra merced, y por la 20 misma quiero dejar de serlo y volverme a mi casa.” “Eso os cumple”, respondió Sansón, “porque pensar que yo he de volver a la mía hasta haber molido a palos a don Quijote es pensar 25 en lo excusado, y no me llevará ahora a buscarle el deseo de que cobre su juicio, sino el de la venganza; que el dolor grande de mis costillas no me deja hacer más piadosos discursos.” 30 En esto fueron razonando los dos, hasta que llegaron a un pueblo donde fue ventura
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XV p. 193 hallar un algebrista con quien se curó el Sansón desgraciado. Tomé Cecial se volvió y le dejó, y él quedó imaginando su venganza, y la historia vuelve a hablar de él a su tiempo, por no dejar de regocijarse ahora con don 5 Quijote.
p. 194 Capítulo XVI De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de la Mancha. Con la alegría, contento y ufanidad que se ha dicho, seguía don Quijote su jornada, 5 imaginándose por la pasada victoria ser el caballero andante más valiente que tenía en aquella edad el mundo; daba por acabadas y a feliz fin conducidas cuantas aventuras pudiesen sucederle de allí adelante. Tenía en 10 poco a los encantos y a los encantadores, no se acordaba de los innumerables palos que en el discurso de sus caballerías le habían dado, ni de la pedrada que le derribó la mitad de los dientes, ni del desagradecimiento de los 15 galeotes, ni del atrevimiento y lluvia de estacas de los yangüeses. Finalmente, decía entre sí, que si él hallara arte, modo o manera cómo desencantar a su señora Dulcinea, no envidiara a la mayor ventura que alcanzó o pudo alcanzar 20 el más venturoso caballero andante de los pasados siglos. En estas imaginaciones iba todo ocupado, cuando Sancho le dijo: “¿No es bueno, señor, que aún todavía traigo 25 entre los ojos las desaforadas narices, y mayores de marca, de mi compadre Tomé Cecial?” “Y ¿crees tú, Sancho, por ventura, que el Caballero de los Espejos era el bachiller Carrasco, y su escudero Tomé Cecial, tu compadre?” 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 195 “No sé qué me diga a eso”, respondió Sancho, “sólo sé que las señas que me dio de mi casa, mujer e hijos, no me las podría dar otro que él mismo, y la cara, quitadas las narices, era la misma de Tomé Cecial, como yo se la 5 he visto muchas veces en mi pueblo y pared en medio de mi misma casa, y el tono de la habla era todo uno.” “Estemos a razón, Sancho”, replicó don Quijote: “Ven acá, ¿en qué consideración puede 10 caber que el bachiller Sansón Carrasco viniese como caballero andante armado de armas ofensivas y defensivas, a pelear conmigo? ¿He sido yo su enemigo, por ventura? ¿Hele dado yo jamás ocasión para tenerme ojeriza? ¿Soy yo 15 su rival, o hace él profesión de las armas para tener envidia a la fama que yo por ellas he ganado?” “Pues ¿qué diremos, señor”, respondió Sancho, “a esto de parecerse tanto aquel caballero, 20 sea el que se fuere, al bachiller Carrasco, y su escudero a Tomé Cecial, mi compadre? Y si ello es encantamiento como vuestra merced ha dicho, ¿no había en el mundo otros dos a quien se parecieran?” 25 “Todo es artificio y traza”, respondió don Quijote, “de los malignos magos que me persiguen, los cuales, anteviendo que yo había de quedar vencedor en la contienda, se previnieron de que el caballero vencido mostrase el 30 rostro de mi amigo el bachiller, porque la amistad que le tengo se pusiese entre los filos de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 196 mi espada y el rigor de mi brazo, y templase la justa ira de mi corazón, y de esta manera quedase con vida el que con embelecos y falsías procuraba quitarme la mía. Para prueba de lo cual ya sabes, ¡oh Sancho!, por experiencia 5 que no te dejará mentir ni engañar, cuán fácil sea a los encantadores mudar unos rostros en otros, haciendo de lo hermoso feo y de lo feo hermoso, pues no ha dos días que viste por tus mismos ojos la hermosura y gallardía de 10 la sin par Dulcinea en toda su entereza y natural conformidad, y yo la vi en la fealdad y bajeza de una zafia labradora, con cataratas en los ojos y con mal olor en la boca; y más, que el perverso encantador que se atrevió a 15 hacer una transformación tan mala, no es mucho que haya hecho la de Sansón Carrasco y la de tu compadre, por quitarme la gloria del vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me consuelo, porque, en fin, en cualquiera figura 20 que haya sido, he quedado vencedor de mi enemigo.” “Dios sabe la verdad de todo”, respondió Sancho. Y como él sabía que la transformación de 25 Dulcinea había sido traza y embeleco suyo, no le satisfacían las quimeras de su amo; pero no le quiso replicar, por no decir alguna palabra que descubriese su embuste. En estas razones estaban, cuando los alcanzó 30 un hombre que detrás de ellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 197 tordilla, vestido un gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo, y de la jineta, asimismo de morado y verde. Traía un alfanje morisco 5 pendiente de un ancho tahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las espuelas no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y bruñidas, que, por hacer labor con todo el vestido, 10 parecían mejor que si fueran de oro puro. Cuando llegó a ellos el caminante los saludó cortésmente, y, picando a la yegua, se pasaba de largo; pero don Quijote le dijo: “Señor galán, si es que vuestra merced lleva 15 el camino que nosotros y no importa el darse prisa, merced recibiría en que nos fuésemos juntos.” “En verdad”, respondió el de la yegua, “que no me pasara tan de largo, si no fuera por 20 temor que con la compañía de mi yegua no se alborotara ese caballo.” “Bien puede, señor”, respondió a esta sazón Sancho, “bien puede tener las riendas a su yegua, porque nuestro caballo es el más 25 honesto y bien mirado del mundo; jamás en semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y una vez que se desmandó a hacerla, la lastamos mi señor y yo con las setenas. Digo otra vez, que puede vuestra merced detenerse, si 30 quisiere; que aunque se la den entre dos platos, a buen seguro que el caballo no la arrostre.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 198 Detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro de don Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en el arzón delantero de la albarda del rucio, y si mucho miraba el de lo verde a don 5 Quijote, mucho más miraba don Quijote al de lo verde, pareciéndole hombre de chapa; la edad mostraba ser de cincuenta años, las canas pocas y el rostro aguileño, la vista entre alegre y grave; finalmente, en el traje y apostura daba 10 a entender ser hombre de buenas prendas. Lo que juzgó de don Quijote de la Mancha el de lo verde fue que semejante manera ni parecer de hombre no le había visto jamás; admiróle la longura de su caballo, la grandeza 15 de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro, sus armas, su ademán y compostura, figura y retrato no visto por luengos tiempos atrás en aquella tierra. Notó bien don Quijote la atención con que el caminante le miraba, y 20 leyóle en la suspensión su deseo, y como era tan cortés y tan amigo de dar gusto a todos, antes que le preguntase nada le salió al camino, diciéndole: “Esta figura que vuestra merced en mí ha 25 visto, por ser tan nueva y tan fuera de las que comúnmente se usan, no me maravillaría yo de que le hubiese maravillado; pero dejará vuestra merced de estarlo, cuando le diga, como le digo, que soy caballero 30 de estos que dicen las gentes, que a sus aventuras van.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 199 Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo y entreguéme en los brazos de la Fortuna que me llevasen donde más fuese servida. Quise resucitar la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que, tropezando aquí, cayendo 5 allí, despeñándome acá y levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes, y, así, por mis 10 valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo; treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, 15 si el cielo no lo remedia. Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo que yo soy don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la Triste Figura, y puesto que las propias alabanzas 20 envilecen, esme forzoso decir yo tal vez las mías, y esto se entiende cuando no se halla presente quien las diga; así que, señor gentilhombre, ni este caballo, [ni] esta lanza, ni este escudo ni escudero, ni todas juntas estas armas, ni la 25 amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza os podrá admirar de aquí adelante, habiendo ya sabido quién soy y la profesión que hago.” Calló en diciendo esto don Quijote, y el de lo verde, según se tardaba en responderle, 30 parecía que no acertaba a hacerlo; pero de allí a buen espacio le dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 200 “Acertasteis, señor caballero, a conocer por mi suspensión mi deseo. Pero no habéis acertado a quitarme la maravilla que en mí causa el haberos visto; que puesto que como vos, señor, decís, que el saber ya quién sois me 5 la podría quitar, no ha sido así, antes, ahora que lo sé, quedo más suspenso y maravillado. ¿Cómo y es posible que hay hoy caballeros andantes en el mundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballerías? No me puedo 10 persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare doncellas, ni honre casadas, ni socorra huérfanos, y no lo creyera si en vuestra merced no lo hubiera visto con mis ojos. Bendito sea el cielo, que con esa historia 15 que vuestra merced dice que está impresa de sus altas y verdaderas caballerías, se habrán puesto en olvido las innumerables de los fingidos caballeros andantes, de que estaba lleno el mundo, tan en daño de las buenas costumbres y tan en 20 perjuicio y descrédito de las buenas historias.” “Hay mucho que decir”, respondió don Quijote, “en razón de si son fingidas o no las historias de los andantes caballeros.” “Pues ¿hay quien dude”, respondió el Verde, 25 “que no son falsas las tales historias?” “Yo lo dudo”, respondió don Quijote; “y quédese esto aquí; que si nuestra jornada dura, espero en Dios de dar a entender a vuestra merced que ha hecho mal en irse con la corriente 30 de los que tienen por cierto que no son verdaderas.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 201 De esta última razón de don Quijote tomó barruntos el caminante de que don Quijote debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras lo confirmase; pero antes que se divirtiesen en otros razonamientos, don 5 Quijote le rogó le dijese quién era, pues él le había dado parte de su condición y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán: “Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo, natural de un lugar donde iremos 10 a comer hoy, si Dios fuere servido; soy más que medianamente rico, y es mi nombre don Diego de Miranda. Paso la vida con mi mujer y con mis hijos y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza y pesca, pero no mantengo ni 15 halcón, ni galgos, sino algún perdigón manso o algún hurón atrevido. Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia algunos y de devoción otros; los de caballerías aún no han entrado 20 por los umbrales de mis puertas. Hojeo más los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención, puesto que de éstos hay muy pocos 25 en España. Alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados y no nada escasos. Ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí se murmure; no escudriño las 30 vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los otros. Oigo misa cada día, reparto de mis
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 202 bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón más recatado; procuro poner en paz los que sé que 5 están desavenidos. Soy devoto de Nuestra Señora y confío siempre en la misericordia infinita de Dios Nuestro Señor.” Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos del hidalgo, y, 10 pareciéndole buena y santa, y que quien la hacía debía de hacer milagros, se arrojó del rucio y con gran prisa le fue a asir del estribo derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le besó los pies una y muchas veces. Visto lo 15 cual por el hidalgo, le preguntó: “¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son éstos?” “Déjenme besar”, respondió Sancho, “porque me parece vuestra merced el primer santo 20 a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.” “No soy santo”, respondió el hidalgo, “sino gran pecador; vos sí, hermano, que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo 25 muestra.” Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la profunda melancolía de su amo y causado nueva admiración a don Diego. 30 Preguntóle don Quijote que cuántos hijos tenía, y díjole que una de las cosas en que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 203 ponían el sumo bien los antiguos filósofos, que carecieron del verdadero conocimiento de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los de la fortuna, en tener muchos amigos y en tener muchos y buenos hijos. 5 “Yo, señor don Quijote”, respondió el hidalgo, “tengo un hijo que a no tenerle quizá me juzgara por más dichoso de lo que soy, y no porque él sea malo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera; será de edad de diez 10 y ocho años, los seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina y griega, y cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, halléle tan embebido en la de la Poesía, si es que se puede llamar ciencia, que no 15 es posible hacerle arrostrar la de las Leyes, que yo quisiera que estudiara, ni de la reina de todas, la Teología. Quisiera yo que fuera corona de su linaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes premian altamente las 20 virtuosas y buenas letras, porque letras sin virtud son perlas en el muladar. Todo el día se le pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero en tal verso de la Ilíada, si Marcial anduvo deshonesto o no en tal epigrama, si se han de 25 entender de una manera u otra tales y tales versos de Virgilio. En fin, todas sus conversaciones son con los libros de los referidos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo; que de los modernos romancistas no 30 hace mucha cuenta, y con todo el mal cariño que muestra tener a la poesía de romance, le
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 204 tiene ahora desvanecidos los pensamientos el hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de Salamanca, y pienso que son de justa literaria.” A todo lo cual respondió don Quijote: 5 “Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y, así, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos 10 de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que, cuando grandes, sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad. Y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo 15 tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso; y cuando no se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante, que le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir 20 aquella ciencia a que más le vieren inclinado, y aunque la de la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee. ”La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es 25 como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar 30 con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 205 por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio; hala de tener, el que la tuviere, a raya, 5 no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos. No ha de ser vendible en ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar 10 tratar de los truhanes ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque 15 sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo. ”Y, así, el que con los requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será famoso y estimado su nombre en todas las naciones políticas 20 del mundo. Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doyme a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió en latín porque era griego, ni 25 Virgilio no escribió en griego porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto 30 así, razón sería se extendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 206 el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno que escribe en la suya. ”Pero vuestro hijo, a lo que yo, señor, imagino, no debe de estar mal con la poesía de 5 romance, sino con los poetas que son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni otras ciencias que adornen y despierten y ayuden a su natural impulso, y aun en esto puede haber yerro. Porque, según es opinión verdadera, el 10 poeta nace...: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta; y con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más estudio ni artificio, compone cosas que hace verdadero al que dijo: Est Deus in nobis, etc. 15 También digo que el natural poeta que se ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el arte quisiere serlo; la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perfecciónala. Así que, 20 mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con la naturaleza, sacarán un perfectísimo poeta. ”Sea, pues, la conclusión de mi plática, señor hidalgo, que vuestra merced deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama; que, 25 siendo él tan buen estudiante como debe de ser, y, habiendo ya subido felizmente el primer escalón de las [ciencias], que es el de las lenguas, con ellas por sí mismo subirá a la cumbre de las letras humanas, las cuales tan 30 bien parecen en un caballero de capa y espada, y así le adornan, honran y engrandecen como
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVI p. 207 las mitras a los obispos, o como las garnachas a los peritos jurisconsultos. Riña vuestra merced a su hijo si hiciere sátiras que perjudiquen las honras ajenas, y castíguele y rómpaselas; pero si hiciere sermones al modo de 5 Horacio, donde reprenda los vicios en general, como tan elegantemente él lo hizo, alábele, porque lícito es al poeta escribir contra la envidia y decir en sus versos mal de los envidiosos. Y así de los otros vicios, con que no 10 señale persona alguna; pero hay poetas que a trueco de decir una malicia se pondrán a peligro que los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta fuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos: la pluma es lengua del alma; 15 cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos, y cuando los reyes y príncipes ven la milagrosa ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran, los estiman y los enriquecen, 20 y aun los coronan con las hojas del árbol a quien no ofende el rayo, como en señal que no han de ser ofendidos de nadie los que con tales coronas ven honradas y adornadas sus sienes.” 25 Admirado quedó el del Verde Gabán del razonamiento de don Quijote, y tanto, que fue perdiendo de la opinión que con él tenía de ser mentecato. Pero a la mitad de esta plática, Sancho, por no ser muy de su gusto, se había 30 desviado del camino a pedir un poco de leche a unos pastores que allí junto estaban ordeñando
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 208 unas ovejas, y en esto, ya volvía a renovar la plática el hidalgo, satisfecho en extremo de la discreción y buen discurso de don Quijote, cuando, alzando don Quijote la cabeza, vio que por el camino por donde ellos iban venía un 5 carro lleno de banderas reales; y, creyendo que debía de ser alguna nueva aventura, a grandes voces llamó a Sancho que viniese a darle la celada, el cual Sancho, oyéndose llamar, dejó a los pastores, y a toda prisa picó al rucio y 10 llegó donde su amo estaba, a quien sucedió una espantosa y desatinada aventura.
p. 209 Capítulo XVII De donde se declaró el último punto y extremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote con la felizmente acabada aventura de los leones. 5 Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le trajese el yelmo, estaba él comprando unos requesones que los pastores le vendían, y acosado de la mucha prisa de su amo, no supo qué hacer de ellos, ni 10 en qué traerlos, y por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordó de echarlos en la celada de su señor, y con este buen recado volvió a ver lo que le quería; el cual, en llegando, le dijo: 15 “Dame, amigo, esa celada; que yo sé poco de aventuras, o lo que allí descubro es alguna que me ha de necesitar, y me necesita, a tomar mis armas.” El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la 20 vista por todas partes, y no descubrió otra cosa que un carro que hacia ellos venía, con dos o tres banderas pequeñas, que le dieron a entender que el tal carro debía de traer moneda de su majestad, y, así, se lo dijo a don Quijote; 25 pero él no le dio crédito, siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían de ser aventuras y más aventuras, y, así, respondió al hidalgo: “Hombre apercibido, medio combatido. No se 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 210 pierde nada en que yo me aperciba; que sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles, y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué figuras me han de acometer.” Y, volviéndose a Sancho, le pidió la celada, 5 el cual, como no tuvo lugar de sacar los requesones, le fue forzoso dársela como estaba. Tomóla don Quijote, y sin que echase de ver lo que dentro venía, con toda prisa se la encajó en la cabeza, y como los requesones se apretaron 10 y exprimieron, comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo que recibió tal susto, que dijo a Sancho: “¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos o se me derriten los 15 sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo, en verdad que no es de miedo; sin duda creo que es terrible la aventura que ahora quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie; que el copioso sudor me ciega los ojos.” 20 Calló Sancho y diole un paño, y dio, con él, gracias a Dios de que su señor no hubiese caído en el caso. Limpióse don Quijote y quitóse la celada, por ver qué cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la cabeza, y viendo aquellas 25 gachas blancas dentro de la celada, las llegó a las narices, y, en oliéndolas, dijo: “¡Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso que son requesones los que aquí me has puesto, traidor, bergante y mal mirado escudero!” 30 A lo que con gran flema y disimulación respondió Sancho:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 211 “Si son requesones, démelos vuestra merced, que yo me los comeré; pero cómalos el diablo, que debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había de tener atrevimiento de ensuciar el yelmo de vuestra merced? ¡Hallado le habéis el atrevido! A 5 la fe, señor, a lo que Dios me da a entender, también debo yo de tener encantadores que me persiguen, como a hechura y miembro de vuestra merced, y habrán puesto ahí esa inmundicia para mover a cólera su paciencia, y hacer que 10 me muela, como suele, las costillas. Pues en verdad que esta vez han dado salto en vago; que yo confío en el buen discurso de mi señor, que habrá considerado que ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosa que lo valga, y que 15 si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que en la celada.” “Todo puede ser”, dijo don Quijote. Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando, después de 20 haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada, se la encajó, y afirmándose bien en los estribos, requiriendo la espada y asiendo la lanza, dijo: “Ahora venga lo que viniere; que aquí estoy 25 con ánimo de tomarme con el mismo Satanás en persona.” Llegó, en esto, el carro de las banderas, en el cual no venía otra gente que el carretero en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. 30 Púsose don Quijote delante, y dijo: “¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 212 éste, qué lleváis en él y qué banderas son aquéstas?” A lo que respondió el carretero: “El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el General de 5 Orán envía a la Corte, presentados a su majestad. Las banderas son del rey nuestro señor, en señal que aquí va cosa suya.” “Y ¿son grandes los leones?”, preguntó don Quijote. 10 “Tan grandes”, respondió el hombre que iba a la puerta del carro, “que no han pasado mayores, ni tan grandes, de Africa a España jamás, y yo soy el leonero y he pasado otros, pero como éstos ninguno; son hembra y macho, 15 el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás, y ahora van hambrientos, porque no han comido hoy. Y, así, vuestra merced se desvíe; que es menester llegar presto donde les demos de comer.” 20 A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco: “¿Leoncitos a mí?, ¿a mí leoncitos, y a tales horas? Pues por Dios que han de ver esos señores que acá los envían, si soy yo hombre 25 que se espanta de leones. Apeaos, buen hombre, y pues sois el leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera; que en mitad de esta campaña les daré a conocer quién es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los 30 encantadores que a mí los envían.” “Ta, ta”, dijo a esta sazón entre sí el
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 213 hidalgo, “dado ha señal de quien es nuestro buen caballero; los requesones sin duda le han ablandado los cascos y madurado los sesos.” Llegóse, en esto, a él Sancho, y díjole: 5 “Señor, por quien Dios es, que vuestra merced haga de manera que mi señor don Quijote no se tome con estos leones; que si se toma, aquí nos han de hacer pedazos a todos.” “Pues ¿tan loco es vuestro amo”, respondió 10 el hidalgo, “que teméis y creéis que se ha de tomar con tan fieros animales?” “No es loco”, respondió Sancho, “sino atrevido.” “Yo haré que no lo sea”, replicó el hidalgo. 15 Y, llegándose a don Quijote, que estaba dando prisa al leonero que abriese las jaulas, le dijo: “Señor caballero: los caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen 20 esperanza de salir bien de ellas, y no aquellas que de [todo] en todo la quitan; porque la valentía que se entra en la jurisdicción de la temeridad, más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto más que estos leones no vienen contra vuestra 25 merced, ni lo sueñan; van presentados a su majestad, y no será bien detenerlos ni impedirles su viaje.” “Váyase vuestra merced, señor hidalgo”, respondió don Quijote, “a entender con su 30 perdigón manso y con su hurón atrevido, y deje a cada uno hacer su oficio; éste es el mío,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 214 y yo sé si vienen a mí o no estos señores leones.” Y, volviéndose al leonero, le dijo: “¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con esta lanza os he de 5 coser con el carro!” El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasma, le dijo: “Señor mío, vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme desuncir las mulas y ponerme 10 en salvo con ellas, antes que se desenvainen los leones, porque si me las matan, quedaré rematado para toda mi vida; que no tengo otra hacienda sino este carro y estas mulas.” “¡Oh hombre de poca fe!”, respondió don 15 Quijote; “apéate y desunce y haz lo que quisieres, que presto verás que trabajaste en vano, y que pudieras ahorrar de esta diligencia.” Apeóse el carretero y desunció a gran prisa, y el leonero dijo a grandes voces: 20 “Séanme testigos cuantos aquí están, como contra mi voluntad y forzado abro las jaulas y suelto los leones, y de que protesto a este señor que todo el mal y daño que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con más 25 mis salarios y derechos. Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobro antes que abra; que yo seguro estoy que no me han de hacer daño.” Otra vez le persuadió el hidalgo que no 30 hiciese locura semejante, que era tentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondió
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 215 don Quijote, que él sabía lo que hacía. Respondióle el hidalgo que lo mirase bien, que él entendía que se engañaba. “Ahora, señor”, replicó don Quijote, “si vuestra merced no quiere ser oyente de esta que 5 a su parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y póngase en salvo.” Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de tal empresa, en cuya comparación habían sido tortas y pan 10 pintado la de los molinos de viento y la temerosa de los batanes y, finalmente, todas las hazañas que había acometido en todo el discurso de su vida. “Mire, señor”, decía Sancho, “que aquí no 15 hay encanto ni cosa que lo valga; que yo he visto por entre las verjas y resquicios de la jaula una uña de león verdadero, y saco por ella que el tal león, cuya debe de ser la tal uña, es mayor que una montaña.” 20 “El miedo, a lo menos”, respondió don Quijote, “te le hará parecer mayor que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame, y si aquí muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto: acudirás a Dulcinea, y no te digo más.” 25 A éstas añadió otras razones con que quitó las esperanzas de que no había de dejar de proseguir su desvariado intento. Quisiera el del Verde Gabán oponérsele, pero viose desigual en las armas, y no le pareció cordura 30 tomarse con un loco, que ya se lo había parecido de todo punto don Quijote, el cual, volviendo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 216 a dar prisa al leonero y a reiterar las amenazas, dio ocasión al hidalgo a que picase la yegua y Sancho al rucio y el carretero a sus mulas, procurando todos apartarse del carro lo más que pudiesen, antes que los leones se 5 desembanastasen. Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía que llegaba en las garras de los leones, maldecía su ventura y llamaba menguada la hora en que le vino al 10 pensamiento volver a servirle; pero no por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del carro. Viendo, pues, el leonero que ya los que iban huyendo estaban bien desviados, tornó a requerir y a 15 intimar a don Quijote lo que ya le había requerido e intimado, el cual respondió que lo oía y que no se curase de más intimaciones y requerimientos; que todo sería de poco fruto, y que se diese prisa. En el espacio que tardó 20 el leonero en abrir la jaula primera, estuvo considerando don Quijote si sería bien hacer la batalla antes a pie que a caballo. Y, en fin, se determinó de hacerla a pie, temiendo que Rocinante se espantaría con la vista de los leones; 25 por esto saltó del caballo, arrojó la lanza y embrazó el escudo, y, desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón, 30 y luego a su señora Dulcinea. Y es de saber que, llegando a este paso
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 217 el autor de esta verdadera historia, exclama y dice: “¡Oh fuerte y sobre todo encarecimiento animoso don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo, 5 segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra de los españoles caballeros! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros, o qué alabanzas habrá 10 que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con sola una espada, y no de las del perrillo cortadoras, con un escudo no de muy luciente y 15 limpio acero, estás aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego; que yo los dejo aquí en su punto, por faltarme palabras 20 con que encarecerlos.” Aquí cesó la referida exclamación del autor y pasó adelante, anudando el hilo de la historia, diciendo: Que visto el leonero ya puesto en postura 25 a don Quijote, y que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caer en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la primera jaula donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de 30 grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue revolverse
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 218 en la jaula, donde venía echado, y tender la garra y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos de lengua que sacó fuera se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro. Hecho esto, sacó la 5 cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Sólo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro, y viniese con él a 10 las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos. Hasta aquí llegó el extremo de su jamás vista locura. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías 15 ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual, don 20 Quijote mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera. “Eso no haré yo”, respondió el leonero, “porque si yo le instigo, el primero a quien hará pedazos será a mí mismo. Vuestra merced, señor 25 caballero, se contente con lo hecho, que es todo lo que puede decirse en género de valentía, y no quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la puerta, en su mano está salir o no salir, pero pues no ha salido hasta ahora, 30 no saldrá en todo el día. La grandeza del corazón de vuestra merced ya está bien
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 219 declarada; ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza, está obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña, y si el contrario no acude, en él se queda la infamia, y el esperante gana la corona del vencimiento.” 5 “Así es verdad”, respondió don Quijote; “cierra, amigo, la puerta, y dame por testimonio en la mejor forma que pudieres lo que aquí me has visto hacer. Conviene a saber: como tú abriste al león, yo le esperé, él no 10 salió, volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse acostar. No debo más, y encantos afuera; y Dios ayude a la razón, y a la verdad, y a la verdadera caballería. Y cierra, como he dicho, en tanto que hago señas a los huidos 15 y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaña.” Hízolo así el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de 20 los requesones, comenzó a llamar a los que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada paso, todos en tropa y antecogidos del hidalgo; pero alcanzando Sancho a ver la señal del blanco paño, dijo: 25 “Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama.” Detuviéronse todos y conocieron que el que hacía las señas era don Quijote, y, perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron 30 acercando hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote, que los llamaba.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 220 Finalmente, volvieron al carro, y, en llegando, dijo don Quijote al carretero: “Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje, y tú, Sancho, dale dos escudos de oro para él y para el leonero, 5 en recompensa de lo que por mí se han detenido.” “Esos daré yo de muy buena gana”, respondió Sancho; “pero ¿qué se han hecho los leones? ¿Son muertos, o vivos?” 10 Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin de la contienda, exagerando como él mejor pudo y supo el valor de don Quijote, de cuya vista el león, acobardado, no quiso ni osó salir de la jaula, puesto que 15 había tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y que por haber él dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar al león para que por fuerza saliese, como él quería que se irritase, mal de su grado, y contra toda 20 su voluntad, había permitido que la puerta se cerrase. “¿Qué te parece de esto, Sancho?”, dijo don Quijote. “¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores 25 quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible.” Dio los escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos el leonero a don Quijote por la merced recibida, y prometióle de contar 30 aquella valerosa hazaña al mismo rey cuando en la corte se viese.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 221 “Pues si acaso su majestad preguntare quién la hizo, diréisle que el Caballero de los Leones, que de aquí adelante quiero que en éste se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de la 5 Triste Figura, y en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían, o cuando les venía a cuento.” Siguió su camino el carro, y don Quijote, 10 Sancho y el del Verde Gabán prosiguieron el suyo. En todo este tiempo no había hablado palabra don Diego de Miranda, todo atento a mirar y a notar los hechos y palabras de don Quijote, pareciéndole que era un cuerdo loco 15 y un loco que tiraba a cuerdo. No había aún llegado a su noticia la primera parte de su historia; que si la hubiera leído, cesara la admiración en que lo ponían sus hechos y sus palabras, pues ya supiera el género de su locura. 20 Pero como no la sabía, ya le tenía por cuerdo y ya por loco, porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto, y decía entre sí: «¿Qué más locura puede ser que ponerse la 25 »celada llena de requesones y darse a entender »que le ablandaban los cascos los encantadores, »y qué mayor temeridad y disparate que »querer pelear por fuerza con leones?» De estas imaginaciones y de este soliloquio le 30 sacó don Quijote, diciéndole: “¿Quién duda, señor don Diego de Miranda,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 222 que vuestra merced no me tenga en su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa; pues, con todo esto, quiero que vuestra merced advierta 5 que no soy tan loco ni tan menguado como debo de haberle parecido. Bien parece un gallardo caballero a los ojos de su rey, en la mitad de una gran plaza, dar una lanzada con feliz suceso a un bravo toro. Bien parece un 10 caballero armado de resplandecientes armas pasar la tela en alegres justas delante de las damas, y bien parecen todos aquellos caballeros que en ejercicios militares, o que lo parezcan, entretienen y alegran y, si se puede decir, 15 honran las cortes de sus príncipes; pero sobre todos éstos parece mejor un caballero andante, que por los desiertos, por las soledades, por las encrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando peligrosas aventuras, con 20 intención de darles dichosa y bien afortunada cima, sólo por alcanzar gloriosa fama y duradera. Mejor parece, digo, un caballero andante socorriendo a una viuda en algún despoblado que un cortesano caballero requebrando a una 25 doncella en las ciudades. Todos los caballeros tienen sus particulares ejercicios: sirva a las damas el cortesano, autorice la corte de su rey con libreas, sustente los caballeros pobres con el espléndido plato de su mesa, concierte 30 justas, mantenga torneos y muéstrese grande, liberal y magnífico y buen cristiano sobre
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVII p. 223 todo, y de esta manera cumplirá con sus precisas obligaciones. ”Pero el andante caballero busque los rincones del mundo, éntrese en los más intricados laberintos, acometa a cada paso lo imposible, 5 resista en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el invierno la dura inclemencia de los vientos y de los hielos. No le asombren leones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos; que 10 buscar éstos, acometer aquéllos y vencerlos a todos son sus principales y verdaderos ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser uno del número de la andante caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que a 15 mí me pareciere que cae debajo de la jurisdicción de mis ejercicios, y así, el acometer los leones que ahora acometí derechamente me tocaba, puesto que conocí ser temeridad exorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que 20 es una virtud que está puesta entre dos extremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad. Pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde; que 25 así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que al avaro, así es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía. Y en esto de acometer aventuras, créame vuestra merced, 30 señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de más que de menos, porque mejor
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 224 suena en las orejas de los que lo oyen, «el tal »caballero es temerario y atrevido», que no «el tal caballero es tímido y cobarde».” “Digo, señor don Quijote”, respondió don Diego, “que todo lo que vuestra merced ha 5 dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma razón, y que entiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballería andante se perdiesen, se hallarían en el pecho de vuestra merced como en su mismo depósito y archivo; 10 y démonos prisa, que se hace tarde, y lleguemos a mi aldea y casa, donde descansará vuestra merced del pasado trabajo, que si no ha sido del cuerpo, ha sido del espíritu, que suele tal vez redundar en cansancio del cuerpo.” 15 “Tengo el ofrecimiento a gran favor y merced, señor don Diego”, respondió don Quijote. Y, picando más de lo que hasta entonces, serían como las dos de la tarde cuando llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a 20 quien don Quijote llamaba el Caballero del Verde Gabán.
p. 225 Capítulo XVIII De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes. Halló don Quijote ser la casa de don Diego 5 de Miranda ancha como de aldea; las armas, empero, aunque de piedra tosca, encima de la puerta de la calle, la bodega en el patio, la cueva en el portal, y muchas tinajas a la redonda, que, por ser del Toboso, le renovaron las 10 memorias de su encantada y transformada Dulcinea. Y, suspirando y sin mirar lo que decía, ni delante de quién estaba, dijo: “¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas; dulces y alegres cuando Dios quería! 15 ”¡Oh tobosescas tinajas, que me habéis traído a la memoria la dulce prenda de mi mayor amargura!” Oyóle decir esto el estudiante poeta, hijo de don Diego, que con su madre había salido a 20 recibirle, y madre e hijo quedaron suspensos de ver la extraña figura de don Quijote, el cual, apeándose de Rocinante, fue con mucha cortesía a pedirle las manos para besárselas, y don Diego dijo: 25 “Recibid, señora, con vuestro sólito agrado al señor don Quijote de la Mancha, que es el que tenéis delante, andante caballero, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 226 el más valiente y el más discreto que tiene el mundo.” La señora, que doña Cristina se llamaba, le recibió con muestras de mucho amor y de mucha cortesía, y don Quijote se le ofreció con 5 asaz de discretas y comedidas razones; casi los mismos comedimientos pasó con el estudiante, que, en oyéndole hablar don Quijote, le tuvo por discreto y agudo. Aquí pinta el autor todas las circunstancias 10 de la casa de don Diego, pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y rico; pero al traductor de esta historia le pareció pasar estas y otras semejantes menudencias en silencio, porque no venían bien con 15 el propósito principal de la historia, la cual más tiene su fuerza en la verdad que en las frías digresiones. Entraron a don Quijote en una sala, desarmóle Sancho, quedó en valones y en jubón de 20 camuza, todo bisunto con la mugre de las armas; el cuello era valona a lo estudiantil, sin almidón y sin randas; los borceguíes eran datilados, y encerados los zapatos; ciñóse su buena espada, que pendía de un tahalí de lobos 25 marinos, que es opinión que muchos años fue enfermo de los riñones; cubrióse un herreruelo de buen paño pardo; pero antes de todo con cinco calderos o seis de agua, que en la cantidad de los calderos hay alguna diferencia, se 30 lavó la cabeza y rostro, y todavía se quedó el agua de color de suero, merced a la golosina
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVIII p. 227 de Sancho y a la compra de sus negros requesones, que tan blanco pusieron a su amo. Con los referidos atavíos y con gentil donaire y gallardía salió don Quijote a otra sala, donde el estudiante le estaba esperando para 5 entretenerle en tanto que las mesas se ponían; que por la venida de tan noble huésped quería la señora doña Cristina mostrar que sabía y podía regalar a los que a su casa llegasen. En tanto que don Quijote se estuvo 10 desarmando, tuvo lugar don Lorenzo, que así se llamaba el hijo de don Diego, de decir a su padre: “¿Quién diremos, señor, que es este caballero que vuestra merced nos ha traído a casa? Que 15 el nombre, la figura y el decir que es caballero andante, a mí y a mi madre nos tiene suspensos.” “No sé lo que te diga, hijo”, respondió don Diego; “sólo te sabré decir, que le he visto 20 hacer cosas del mayor loco del mundo, y decir razones tan discretas que borran y deshacen sus hechos. Háblale tú y toma el pulso a lo que sabe, y, pues eres discreto, juzga de su discreción o tontería lo que más puesto en razón 25 estuviere; aunque, para decir verdad, antes le tengo por loco que por cuerdo.” Con esto se fue don Lorenzo a entretener a don Quijote, como queda dicho, y entre otras pláticas que los dos pasaron, dijo don 30 Quijote a don Lorenzo: “El señor don Diego de Miranda, padre de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 228 vuestra merced, me ha dado noticia de la rara habilidad y sutil ingenio que vuestra merced tiene, y, sobre todo, que es vuestra merced un gran poeta.” “Poeta bien podrá ser”, respondió don 5 Lorenzo, “pero grande, ni por pensamiento. Verdad es que yo soy algún tanto aficionado a la poesía y a leer los buenos poetas; pero no de manera que se me pueda dar el nombre de grande que mi padre dice.” 10 “No me parece mal esa humildad”, respondió don Quijote, “porque no hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo.” “No hay regla sin excepción”, respondió don 15 Lorenzo, “y alguno habrá que lo sea y no lo piense.” “Pocos”, respondió don Quijote; “pero dígame vuestra merced, ¿qué versos son los que ahora trae entre manos, que me ha dicho el 20 señor su padre que le traen algo inquieto y pensativo? Y si es alguna glosa, a mí se me entiende algo de achaque de glosas, y holgaría saberlos. Y si es que son de justa literaria, procure vuestra merced llevar el segundo 25 premio, que el primero siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a esta cuenta, será el tercero, al modo de las licencias que se dan 30 en las universidades; pero con todo esto, gran personaje es el nombre de primero.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVIII p. 229 “Hasta ahora”, dijo entre sí don Lorenzo, “no os podré yo juzgar por loco; vamos adelante.” Y díjole: “Paréceme que vuestra merced ha cursado las escuelas: ¿qué ciencias ha oído?” 5 “La de la caballería andante”, respondió don Quijote, “que es tan buena como la de la poesía, y aun dos deditos más.” “No sé qué ciencia sea ésa”, replicó don Lorenzo, “y hasta ahora no ha llegado a mi 10 noticia.” “Es una ciencia”, replicó don Quijote, “que encierra en sí todas o las más ciencias del mundo, a causa que el que la profesa ha de ser jurisperito y saber las leyes de la justicia 15 distributiva y conmutativa, para dar a cada uno lo que es suyo y lo que le conviene. Ha de ser teólogo, para saber dar razón de la cristiana ley que profesa, clara y distintamente, adondequiera que le fuere pedido. Ha de ser médico, 20 y principalmente herbolario, para conocer en mitad de los despoblados y desiertos las hierbas que tienen virtud de sanar las heridas, que no ha de andar el caballero andante a cada triquete buscando quien se las cure. Ha de ser 25 astrólogo, para conocer por las estrellas cuántas horas son pasadas de la noche y en qué parte y en qué clima del mundo se halla. Ha de saber las matemáticas, porque a cada paso se le ofrecerá tener necesidad de ellas, y, dejando 30 aparte que ha de estar adornado de todas las virtudes teologales y cardinales, descendiendo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 230 a otras menudencias, digo que ha de saber nadar como dicen que nadaba el peje Nicolás o Nicolao. Ha de saber herrar un caballo y aderezar la silla y el freno, y, volviendo a lo de arriba, ha de guardar la fe a Dios y a su dama. 5 Ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el 10 defenderla. De todas estas grandes y mínimas partes se compone un buen caballero andante, porque vea vuestra merced, señor don Lorenzo, si es ciencia mocosa lo que aprende el caballero que la estudia y la profesa, y si se puede 15 igualar a las más estiradas que en los gimnasios y escuelas se enseñan.” “Si eso es así”, replicó don Lorenzo, “yo digo que se aventaja esa ciencia a todas.” “¿Cómo si es así?”, respondió don Quijote. 20 “Lo que yo quiero decir”, dijo don Lorenzo, “es que dudo que haya habido, ni que los hay ahora, caballeros andantes y adornados de virtudes tantas.” “Muchas veces he dicho lo que vuelvo a 25 decir ahora”, respondió don Quijote: “que la mayor parte de la gente del mundo está de parecer de que no ha habido en él caballeros andantes, y por parecerme a mí que si el cielo milagrosamente no les da a entender la verdad 30 de que los hubo y de que los hay, cualquier trabajo que se tome ha de ser en vano, como
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVIII p. 231 muchas veces me lo ha mostrado la experiencia, no quiero detenerme ahora en sacar a vuestra merced del error, que con los muchos tiene. Lo que pienso hacer es el rogar al cielo le saque de él, y le dé a entender cuán 5 provechosos y cuán necesarios fueron al mundo los caballeros andantes en los pasados siglos, y cuán útiles fueran en el presente, si se usaran; pero triunfan ahora, por pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el 10 regalo.” “Escapado se nos ha nuestro huésped”, dijo a esta sazón entre sí don Lorenzo; “pero con todo eso, él es loco bizarro, y yo sería mentecato flojo si así no lo creyese.” 15 Aquí dieron fin a su plática, porque los llamaron a comer. Preguntó don Diego a su hijo qué había sacado en limpio del ingenio del huésped, a lo que él respondió: “No le sacarán del borrador de su locura 20 cuantos médicos y buenos escribanos tiene el mundo; él es un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos.” Fuéronse a comer, y la comida fue tal como don Diego había dicho en el camino que la 25 solía dar a sus convidados: limpia, abundante y sabrosa; pero de lo que más se contentó don Quijote fue del maravilloso silencio que en toda la casa había, que semejaba un monasterio de cartujos. Levantados, pues, los manteles 30 y dadas gracias a Dios, y agua a las manos, don Quijote pidió ahincadamente a don Lorenzo,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 232 dijese los versos de la justa literaria. A lo que él respondió, que por no parecer de aquellos poetas que cuando les ruegan digan sus versos los niegan, y cuando no se los piden los vomitan, “yo diré mi glosa, de la 5 cual no espero premio alguno; que sólo por ejercitar el ingenio la he hecho.” “Un amigo y discreto”, respondió don Quijote, “era de parecer que no se había de cansar nadie en glosar versos, y la razón, decía él, 10 era que jamás la glosa podía llegar al texto, y que muchas o las más veces iba la glosa fuera de la intención y propósito de lo que pedía lo que se glosaba, y más que las leyes de la glosa eran demasiadamente estrechas: 15 que no sufrían interrogantes, ni dijo, ni diré, ni hacer nombres de verbos, ni mudar el sentido, con otras ataduras y estrecheces con que van atados los que glosan, como vuestra merced debe de saber.” 20 “Verdaderamente, señor don Quijote”, dijo don Lorenzo, “que deseo coger a vuestra merced en un mal latín continuado, y no puedo, porque se me desliza de entre las manos como anguila.” 25 “No entiendo”, respondió don Quijote, “lo que vuestra merced dice ni quiere decir en eso del deslizarme.” “Yo me daré a entender”, respondió don Lorenzo, “y por ahora esté vuestra merced 30 atento a los versos glosados y a la glosa, que dicen de esta manera:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVIII p. 233 ¡Si mi fue tornase a es, sin esperar más será, o viniese el tiempo ya de lo que será después! GLOSA 5 Al fin, como todo pasa, se pasó el bien que me dio fortuna, un tiempo no escasa, y nunca me le volvió, ni abundante ni por tasa. 10 Siglos ha ya que me ves, fortuna, puesto a tus pies. Vuélveme a ser venturoso; que será mi ser dichoso si mi fue tornase a es. 15 No quiero otro gusto o gloria, otra palma o vencimiento, otro triunfo, otra victoria, sino volver al contento que es pesar en mi memoria. 20 Si tú me vuelves allá, fortuna, templado está todo el rigor de mi fuego, y más si este bien es luego, sin esperar más será. 25 Cosas imposibles pido, pues volver el tiempo a ser después que una vez ha sido, no hay en la tierra poder que a tanto se haya extendido. 30 Corre el tiempo, vuela y va ligero y no volverá, y erraría el que pidiese o que el tiempo ya se fuese, o volviese el tiempo ya. 35
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 234 Vivo en perpleja vida, ya esperando, ya temiendo, es muerte muy conocida, y es mucho mejor muriendo buscar al dolor salida. 5 A mí me fuera interés acabar, mas no lo es, pues, con discurso mejor, me da la vida el temor de lo que será después.” 10 En acabando de decir su glosa don Lorenzo, se levantó en pie don Quijote, y en voz levantada que parecía grito, asiendo con su mano la derecha de don Lorenzo, dijo: “Viven los cielos donde más altos están, 15 mancebo generoso, que sois el mejor poeta del orbe, y que merecéis estar laureado, no por Chipre, ni por Gaeta, como dijo un poeta que Dios perdone, sino por las Academias de Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven 20 de París, Bolonia y Salamanca; plega al cielo que los jueces que os quitaren el premio primero, Febo los asaetee y las Musas jamás atraviesen los umbrales de sus casas. Decidme, señor, si sois servido, algunos versos 25 mayores; que quiero tomar de todo en todo el pulso a vuestro admirable ingenio.” ¿No es bueno que dicen que se holgó don Lorenzo de verse alabar de don Quijote, aunque le tenía por loco? ¡Oh fuerza de la adulación, 30 a cuánto te extiendes y cuán dilatados límites son los de tu jurisdicción agradable! Esta verdad acreditó don Lorenzo, pues concedió con la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVIII p. 235 demanda y deseo de don Quijote, diciéndole este soneto a la fábula o historia de Píramo y Tisbe: “SONETO El muro rompe la doncella hermosa, 5 que de Píramo abrió el gallardo pecho; parte el Amor de Chipre y va derecho a ver la quiebra estrecha y prodigiosa. Habla el silencio allí, porque no osa la voz entrar por tan estrecho estrecho; 10 las almas sí, que amor suele de hecho facilitar la más difícil cosa. Salió el deseo de compás, y el paso de la imprudente virgen solicita por su gusto su muerte. Ved qué historia: 15 que a entrambos en un punto ¡oh extraño caso! los mata, los encubre y resucita una espada, un sepulcro, una memoria.” “¡Bendito sea Dios!”, dijo don Quijote, habiendo oído el soneto a don Lorenzo, “que 20 entre los infinitos poetas consumidos que hay, he visto un consumado poeta, como lo es vuestra merced, señor mío; que así me lo da a entender el artificio de este soneto.” Cuatro días estuvo don Quijote regaladísimo 25 regaladísimo en la casa de don Diego, al cabo de los cuales le pidió licencia para irse, diciéndole que le agradecía la merced y buen tratamiento que en su casa había recibido, pero que por no parecer bien que los caballeros andantes se 30 den muchas horas al ocio y al regalo se quería ir a cumplir con su oficio, buscando las aventuras,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 236 de quien tenía noticia que aquella tierra abundaba, donde esperaba entretener el tiempo hasta que llegase el día de las justas de Zaragoza, que era el de su derecha derrota, y que primero había de entrar en la cueva de 5 Montesinos, de quien tantas y tan admirables cosas en aquellos contornos se contaban, sabiendo e inquiriendo asimismo el nacimiento y verdaderos manantiales de las siete lagunas llamadas comúnmente de Ruidera. 10 Don Diego y su hijo le alabaron su honrosa determinación, y le dijeron que tomase de su casa y de su hacienda todo lo que en grado le viniese; que le servirían con la voluntad posible, que a ello les obligaba el valor de su 15 persona y la honrosa profesión suya. Llegóse, en fin, el día de su partida, tan alegre para don Quijote como triste y aciago para Sancho Panza, que se hallaba muy bien con la abundancia de la casa de don Diego, y rehusaba de volver 20 a la hambre que se usa en las florestas [y] despoblados, y a la estrechez de sus mal proveídas alforjas; con todo esto, las llenó y colmó de lo más necesario que le pareció. Y al despedirse, dijo don Quijote a don Lorenzo: 25 “No sé si he dicho a vuestra merced otra vez, y si lo he dicho, lo vuelvo a decir, que cuando vuestra merced quisiere ahorrar caminos y trabajos para llegar a la inaccesible cumbre del templo de la fama, no tiene que hacer otra 30 cosa sino dejar a una parte la senda de la poesía, algo estrecha, y tomar la estrechísima
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XVIII p. 237 de la andante caballería, bastante para hacerle emperador en daca las pajas.” Con estas razones acabó don Quijote de cerrar el proceso de su locura, y más con las que añadió, diciendo: 5 “Sabe Dios si quisiera llevar conmigo al señor don Lorenzo para enseñarle cómo se han de perdonar los sujetos y supeditar y acocear los soberbios, virtudes anejas a la profesión que yo profeso; pero pues no lo pide 10 su poca edad, ni lo querrán consentir sus loables ejercicios, sólo me contento con advertirle a vuestra merced, que siendo poeta podrá ser famoso, si se guía más por el parecer ajeno que por el propio, porque no hay padre ni 15 madre a quien sus hijos les parezcan feos, y en los que lo son del entendimiento corre más este engaño.” De nuevo se admiraron padre e hijo de las entremetidas razones de don Quijote, ya 20 discretas y ya disparatadas, y del tema y tesón que llevaba de acudir de todo en todo a la busca de sus desventuradas aventuras, que las tenía por fin y blanco de sus deseos; reiteráronse los ofrecimientos y comedimientos, y con 25 la buena licencia de la señora del castillo, don Quijote y Sancho, sobre Rocinante y el rucio, se partieron.
p. 238 Capítulo XIX Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros, en verdad, graciosos sucesos. Poco trecho se había alongado don Quijote 5 del lugar de don Diego, cuando encontró con dos como clérigos o como estudiantes y con dos labradores que sobre cuatro bestias asnales venían caballeros. El uno de los estudiantes traía como en portamanteo, en un lienzo de bocací 10 verde envuelto, al parecer, un poco de grana blanca y dos pares de medias de cordellate; el otro no traía otra cosa que dos espadas negras de esgrima, nuevas, y con sus zapatillas. Los labradores traían otras cosas que daban indicio y 15 señal que venían de alguna villa grande, donde las habían comprado y las llevaban a su aldea; y, así, estudiantes como labradores cayeron en la misma admiración en que caían todos aquellos que la vez primera veían a don Quijote, y 20 morían por saber qué hombre fuese aquél tan fuera del uso de los otros hombres. Saludóles don Quijote, y después de saber el camino que llevaban, que era el mismo que él hacía, les ofreció su compañía, y les pidió detuviesen el 25 paso, porque caminaban más sus pollinas que su caballo, y para obligarlos, en breves razones les dijo quién era, y su oficio y profesión, que era de caballero andante, que iba a buscar las aventuras por todas las partes del mundo. 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIX p. 239 Díjoles que se llamaba de nombre propio don Quijote de la Mancha, y por el apelativo el Caballero de los Leones. Todo esto para los labradores era hablarles en griego o en jerigonza, pero no para los estudiantes, que luego 5 entendieron la flaqueza del cerebro de don Quijote; pero, con todo eso, le miraban con admiración y con respeto, y uno de ellos le dijo: “Si vuestra merced, señor caballero, no lleva 10 camino determinado, como no le suelen llevar los que buscan las aventuras, vuestra merced se venga con nosotros, verá una de las mejores bodas y más ricas que hasta el día de hoy se habrán celebrado en la Mancha, ni en otras 15 muchas leguas a la redonda.” Preguntóle don Quijote si eran de algún príncipe que así las ponderaba. “No son”, respondió el estudiante, “sino de un labrador y una labradora: él, el más rico de 20 toda esta tierra, y ella, la más hermosa que han visto los hombres. El aparato con que se han de hacer es extraordinario y nuevo, porque se han de celebrar en un prado que está junto al pueblo de la novia, a quien por excelencia llaman 25 Quiteria la hermosa, y el desposado se llama Camacho el rico, ella de edad de diez y ocho años y él de veinte y dos, ambos para en uno, aunque algunos curiosos, que tienen de memoria los linajes de todo el mundo, quieren decir 30 que el de la hermosa Quiteria se aventaja al de Camacho; pero ya no se mira en esto, que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 240 las riquezas son poderosas de soldar muchas quiebras. En efecto, el tal Camacho es liberal, y hásele antojado de enramar y cubrir todo el prado por arriba, de tal suerte, que el sol se ha de ver en trabajo, si quiere entrar a visitar las 5 hierbas verdes de que está cubierto el suelo. Tiene asimismo maheridas danzas, así de espadas como de cascabel menudo, que hay en su pueblo quien los repique y sacuda por extremo. De zapateadores no digo nada, que es un 10 juicio los que tiene muñidos; pero ninguna de las cosas referidas, ni otras muchas que he dejado por referir, ha de hacer más memorables estas bodas, sino las que imagino que hará en ellas el despechado Basilio. 15 ”Es este Basilio un zagal vecino del mismo lugar de Quiteria, el cual tenía su casa pared y medio de la de los padres de Quiteria, de donde tomó ocasión el amor de renovar al mundo los ya olvidados amores de Píramo y 20 Tisbe, porque Basilio se enamoró de Quiteria desde sus tiernos y primeros años, y ella fue correspondiendo a su deseo con mil honestos favores. Tanto, que se contaban por entretenimiento en el pueblo los amores de los dos niños 25 Basilio y Quiteria. Fue creciendo la edad, y acordó el padre de Quiteria de estorbar a Basilio la ordinaria entrada que en su casa tenía, y por quitarse de andar receloso y lleno de sospechas, ordenó de casar a su hija con el rico 30 Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que no tenía tantos bienes de fortuna
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIX p. 241 como de naturaleza, pues si va a decir las verdades sin envidia, él es el más ágil mancebo que conocemos, gran tirador de barra, luchador extremado y gran jugador de pelota; corre como un gamo, salta más que una cabra y birla 5 a los bolos como por encantamiento; canta como una calandria y toca una guitarra que la hace hablar, y, sobre todo, juega una espada como el más pintado.” “Por esa sola gracia”, dijo a esta sazón don 10 Quijote, “merecía ese mancebo no sólo casarse con la hermosa Quiteria, sino con la misma reina Ginebra, si fuera hoy viva, a pesar de Lanzarote y de todos aquellos que estorbarlo quisieran.” 15 “A mi mujer con eso”, dijo Sancho Panza, que hasta entonces había ido callando y escuchando, “la cual no quiere sino que cada uno case con su igual, ateniéndose al refrán que dicen, «cada oveja con su pareja». Lo que yo 20 quisiera es, que ese buen Basilio, que ya me le voy aficionando, se casara con esa señora Quiteria; que buen siglo hayan y buen poso, iba a decir al revés, los que estorban que se casen los que bien se quieren.” 25 “Si todos los que bien se quieren se hubiesen de casar”, dijo don Quijote, “quitaríase la elección y jurisdicción a los padres de casar sus hijos con quien y cuando deben, y si a la voluntad de las hijas quedase escoger 30 los maridos, tal habría que escogiese al criado de su padre, y tal al que vio pasar por la
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 242 calle, a su parecer, bizarro y entonado, aunque fuese un desbaratado espadachín; que el amor y la afición con facilidad ciegan los ojos del entendimiento, tan necesarios para escoger estado, y el del matrimonio está muy a peligro 5 de errarse, y es menester gran tiento y particular favor del cielo para acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo, y si es prudente, antes de ponerse en camino busca alguna compañía segura y apacible con quien 10 acompañarse. Pues ¿por qué no hará lo mismo el que ha de caminar toda la vida hasta el paradero de la muerte, y más si la compañía le ha de acompañar en la cama, en la mesa y en todas partes, como es la de la mujer con 15 su marido? La de la propia mujer no es mercaduría que una vez comprada se vuelve, o se trueca o cambia, porque es accidente inseparable que dura lo que dura la vida. Es un lazo, que si una vez le echáis al cuello, se vuelve 20 en el nudo gordiano, que si no le corta la guadaña de la muerte, no hay desatarle. Muchas más cosas pudiera decir en esta materia, si no lo estorbara el deseo que tengo de saber si le queda más que decir al señor licenciado acerca 25 de la historia de Basilio.” A lo que respondió el estudiante bachiller, o licenciado, como le llamó don Quijote: “De todo no me queda más que decir, sino que desde el punto que Basilio supo que la 30 hermosa Quiteria se casaba con Camacho el rico, nunca más le han visto reír, ni hablar
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIX p. 243 razón concertada, y siempre anda pensativo y triste, hablando entre sí mismo, con que da ciertas y claras señales de que se le ha vuelto el juicio. Come poco y duerme poco, y lo que come son frutas, y en lo que duerme, si duerme, 5 es en el campo sobre la dura tierra como animal bruto. Mira de cuando en cuando al cielo, y otras veces clava los ojos en la tierra, con tal embelesamiento, que no parece sino estatua vestida que el aire le mueve la ropa. En 10 fin, él da tales muestras de tener apasionado el corazón, que tememos todos los que le conocemos que el dar el si mañana la hermosa Quiteria ha de ser la sentencia de su muerte.” “Dios lo hará mejor”, dijo Sancho, “que 15 Dios que da la llaga da la medicina; nadie sabe lo que está por venir, de aquí a mañana muchas horas hay, y en una, y aun en un momento, se cae la casa. Yo he visto llover y hacer sol, todo a un mismo punto; tal se acuesta 20 sano la noche, que no se puede mover otro día. Y díganme, ¿por ventura habrá quien se alabe que tiene echado un clavo a la rodaja de la Fortuna? No, por cierto, y entre el si y el no de la mujer no me atrevería yo a poner 25 una punta de alfiler, porque no cabría. Denme a mí que Quiteria quiera de buen corazón y de buena voluntad a Basilio, que yo le daré a él un saco de buena ventura; que el amor, según yo he oído decir, mira con unos antojos que 30 hacen parecer oro al cobre, a la pobreza riqueza y a las lagañas perlas.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 244 “¿Adónde vas a parar, Sancho, que seas maldito?”, dijo don Quijote. “Que cuando comienzas a ensartar refranes y cuentos, no te puede esperar sino el mismo Judas, que te lleve. Dime, animal, ¿qué sabes tú de clavos, ni de 5 rodajas, ni de otra cosa ninguna?” “Oh, pues si no me entienden”, respondió Sancho, “no es maravilla que mis sentencias sean tenidas por disparates; pero no importa, yo me entiendo y sé que no he dicho muchas 10 necedades en lo que he dicho, sino que vuestra merced, señor mío, siempre es friscal de mis dichos y aun de mis hechos.” “Fiscal has de decir”, dijo don Quijote, “que no friscal, prevaricador del buen lenguaje, 15 que Dios te confunda.” “No se apunte vuestra merced conmigo”, respondió Sancho, “pues sabe que no me he criado en la corte, ni he estudiado en Salamanca, para saber si añado o quito alguna 20 letra a mis vocablos. Sí, que válgame Dios, no hay para qué obligar al sayagués a que hable como el toledano, y toledanos puede haber que no las corten en el aire en esto del hablar pulido.” 25 “Así es”, dijo el licenciado, “porque no pueden hablar tan bien los que se crían en las Tenerías y en Zocodover como los que se pasean casi todo el día por el claustro de la Iglesia Mayor, y todos son toledanos; el 30 lenguaje puro, el propio, el elegante y claro está en los discretos cortesanos, aunque hayan
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIX p. 245 nacido en Majalahonda. Dije discretos, porque hay muchos que no lo son, y la discreción es la gramática del buen lenguaje que se acompaña con el uso; yo, señores, por mis pecados he estudiado cánones en Salamanca, y pícome 5 algún tanto de decir mi razón con palabras claras, llanas y significantes.” “Si no os picarais más de saber más menear las negras que lleváis que la lengua”, dijo el otro estudiante, “vos llevarais el primero 10 en licencias, como llevasteis cola.” “Mirad, bachiller”, respondió el licenciado, “vos estáis en la más errada opinión del mundo acerca de la destreza de la espada, teniéndola por vana.” 15 “Para mí no es opinión, sino verdad asentada”, replicó Corchuelo; “y si queréis que os lo muestre con la experiencia, espadas traéis, comodidad hay, yo pulsos y fuerzas tengo, que acompañadas de mi ánimo, que no es poco, os 20 harán confesar que yo no me engaño. Apeaos y usad de vuestro compás de pies, de vuestros círculos y vuestros ángulos y ciencia, que yo espero de haceros ver estrellas a mediodía con mi destreza moderna y zafia, en quien 25 espero, después de Dios, que está por nacer hombre que me haga volver las espaldas, y que no le hay en el mundo a quien yo no le haga perder tierra.” “En eso de volver o no las espaldas, no me 30 meto”, replicó el diestro, “aunque podría ser que en la parte donde la vez primera clavaseis
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 246 el pie, allí os abriesen la sepultura; quiero decir, que allí quedaseis muerto por la despreciada destreza.” “Ahora se verá”, respondió Corchuelo. Y, apeándose con gran presteza de su jumento, 5 tiró con furia de una de las espadas que llevaba el licenciado en el suyo. “No ha de ser así”, dijo a este instante don Quijote, “que yo quiero ser el maestro de esta esgrima y el juez de esta muchas veces no 10 averiguada cuestión.” Y, apeándose de Rocinante y asiendo de su lanza, se puso en la mitad del camino, a tiempo que ya el licenciado, con gentil donaire de cuerpo y compás de pies, se iba contra 15 Corchuelo, que contra él se vino lanzando, como decirse suele, fuego por los ojos; los otros dos labradores del acompañamiento, sin apearse de sus pollinas, sirvieron de espectadores en la mortal tragedia. Las cuchilladas, 20 estocadas, altibajos, reveses y mandobles que tiraba Corchuelo eran sin número, más espesas que hígado y más menudas que granizo. Arremetía como un león irritado; pero salíale al encuentro un tapaboca de la zapatilla de 25 la espada del licenciado, que en mitad de su furia le detenía y se la hacía besar como si fuera reliquia, aunque no con tanta devoción como las reliquias deben y suelen besarse. Finalmente, el licenciado le contó a estocadas 30 todos los botones de una media sotanilla que traía vestida, haciéndole tiras los
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIX p. 247 faldamentos como colas de pulpo, derribóle el sombrero dos veces y cansóle de manera, que de despecho, cólera y rabia asió la espada por la empuñadura y arrojóla por el aire con tanta fuerza, que uno de los labradores asistentes, 5 que era escribano, que fue por ella, dio después por testimonio que la alongó de sí casi tres cuartos de legua, el cual testimonio sirve y ha servido para que se conozca y vea con toda verdad cómo la fuerza es vencida del 10 arte. Sentóse cansado Corchuelo y, llegándose a él Sancho, le dijo: “Mía fe, señor bachiller, si vuestra merced toma mi consejo, de aquí adelante no ha de 15 desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a tirar la barra, pues tiene edad y fuerzas para ello; que de éstos a quien llaman diestros he oído decir que meten una punta de una espada por el ojo de una aguja.” 20 “Yo me contento”, respondió Corchuelo, “de haber caído de mi burra, y de que me haya mostrado la experiencia la verdad de quien tan lejos estaba.” Y, levantándose abrazó al licenciado y 25 quedaron más amigos que de antes; y no queriendo esperar al escribano, que había ido por la espada, por parecerle que tardaría mucho, así determinaron seguir por llegar temprano a la aldea de Quiteria, de donde todos eran. 30 En lo que faltaba del camino les fue contando el licenciado las excelencias de la espada,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 248 con tantas razones demostrativas, y con tantas figuras y demostraciones matemáticas, que todos quedaron enterados de la bondad de la ciencia, y Corchuelo reducido de su pertinacia. Era anochecido, pero antes que llegasen 5 les pareció a todos que estaba delante del pueblo un cielo lleno de innumerables y resplandecientes estrellas. Oyeron asimismo confusos y suaves sonidos de diversos instrumentos como de flautas, tamborinos, salterios, 10 albogues, panderos y sonajas, y cuando llegaron cerca vieron que los árboles de una enramada que a mano habían puesto a la entrada del pueblo estaban todos llenos de luminarias, a quien no ofendía el viento, que entonces no 15 soplaba sino tan manso, que no tenía fuerza para mover las hojas de los árboles. Los músicos eran los regocijadores de la boda, que en diversas cuadrillas por aquel agradable sitio andaban, unos bailando, y otros cantando, y 20 otros tocando la diversidad de los referidos instrumentos; en efecto, no parecía sino que por todo aquel prado andaba corriendo la alegría y saltando el contento. Otros muchos andaban ocupados en 25 levantar andamios, de donde con comodidad pudiesen ver otro día las representaciones y danzas que se habían de hacer en aquel lugar, dedicado para solemnizar las bodas del rico Camacho y las exequias de Basilio. No quiso 30 entrar en el lugar don Quijote, aunque se lo pidieron así el labrador como el bachiller;
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XIX p. 249 pero él dio por disculpa, bastantísima a su parecer, ser costumbre de los caballeros andantes dormir por los campos y florestas antes que en los poblados, aunque fuese debajo de dorados techos, y, con esto, se desvió un 5 poco del camino, bien contra la voluntad de Sancho, viniéndosele a la memoria el buen alojamiento que había tenido en el castillo o casa de don Diego.
p. 250 Capítulo XX Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico con el suceso de Basilio el pobre. Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo, con el ardor de sus 5 calientes rayos las líquidas perlas de sus cabellos de oro enjugase, cuando don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso en pie y llamó a su escudero Sancho, que aún todavía roncaba, lo cual visto por 10 don Quijote, antes que le despertase le dijo: “¡Oh tú, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz de la tierra, pues, sin tener envidia ni ser envidiado, duermes con sosegado espíritu, ni te persiguen encantadores ni 15 sobresaltan encantamientos! Duerme[s], digo otra vez, y lo diré otras ciento, sin que te tengan en continua vigilia celos de tu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de lo que has de hacer para comer 20 otro día tú y tu pequeña y angustiada familia, ni la ambición te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues los límites de tus deseos no se extienden a más que a pensar tu jumento; que el de tu persona sobre mis 25 hombros le tienes puesto, contrapeso y carga que puso la naturaleza y la costumbre a los señores. Duerme el criado y está velando el señor, pensando cómo le ha de sustentar, mejorar y hacer mercedes; la congoja de ver que 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 251 el cielo se hace de bronce sin acudir a la tierra con el conveniente rocío no aflige al criado, sino al señor, que ha de sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvió en la fertilidad y abundancia.” 5 A todo esto no respondió Sancho porque dormía, ni despertara tan presto si don Quijote con el cuento de la lanza no le hiciera volver en sí. Despertó, en fin, soñoliento y perezoso, y, volviendo el rostro a todas partes, 10 dijo: “De la parte de esta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto más de torreznos asados que de juncos y tomillos; bodas que por tales olores comienzan, para mi 15 santiguada que deben de ser abundantes y generosas.” “Acaba, glotón”, dijo don Quijote; “ven, iremos a ver estos desposorios, por ver lo que hace el desdeñado Basilio.” 20 “Mas que haga lo que quisiere”, respondió Sancho; “no fuera él pobre, y casárase con Quiteria; ¿no hay más sino no tener un cuarto y querer casarse por las nubes? A la fe, señor, yo soy de parecer que el pobre debe de 25 contentarse con lo que hallare, y no pedir cotufas en el golfo; yo apostaré un brazo que puede Camacho envolver en reales a Basilio, y si esto es así, como debe de ser, bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y las 30 joyas que le debe de haber dado y le puede dar Camacho, por escoger el tirar de la barra y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 252 el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen tiro de barra o sobre una gentil treta de espada no dan un cuartillo de vino en la taberna. Habilidades y gracias que no son vendibles, mas que las tenga el conde Dirlos; pero cuando 5 las tales gracias caen sobre quien tiene buen dinero, tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el dinero.” 10 “Por quien Dios es, Sancho”, dijo a esta sazón don Quijote, “que concluyas con tu arenga, que tengo para mí que si te dejasen seguir en las que a cada paso comienzas, no te quedaría tiempo para comer ni para dormir; 15 que todo le gastarías en hablar.” “Si vuestra merced tuviera buena memoria”, replicó Sancho, “debiérase acordar de los capítulos de nuestro concierto antes que esta última vez saliésemos de casa; uno de ellos fue 20 que me había de dejar hablar todo aquello que quisiese, con que no fuese contra el prójimo, ni contra la autoridad de vuestra merced, y hasta ahora me parece que no he contravenido contra el tal capítulo.” 25 “Yo no me acuerdo, Sancho”, respondió don Quijote, “del tal capítulo, y puesto que sea así, quiero que calles y vengas; que ya los instrumentos que anoche oímos vuelven a alegrar los valles, y sin duda los desposorios 30 se celebrarán en el frescor de la mañana, y no en el calor de la tarde.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 253 Hizo Sancho lo que su señor le mandaba, y poniendo la silla a Rocinante y la albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se fueron entrando por la enramada. Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado 5 en un asador de un olmo entero, un entero novillo, y en el fuego donde se había de asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa de las 10 demás ollas, porque eran seis medias tinajas, que cada una cabía un rastro de carne, así embebían y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver como si fueran palominos. Las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin 15 pluma que estaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían número. Los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de los árboles para que el aire los enfriase. Contó Sancho más de sesenta 20 zaques de más de a dos arrobas cada uno y todos llenos, según después pareció, de generosos vinos; así había rimeros de pan blanquísimo como los suele haber de montones de trigo en las eras. Los quesos puestos como 25 ladrillos en rejales formaban una muralla, y dos calderas de aceite mayores que las de un tinte servían de freír cosas de masa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullían en otra caldera de preparada miel que 30 allí junto estaba. Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta, todos limpios, todos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 254 diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban doce tiernos y pequeños lechones que, cosidos por encima, servían de darle sabor y enternecerle; las especias de diversas suertes no parecía haberlas 5 comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústico, pero tan abundante, que podía sustentar a un ejército. 10 Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se aficionaba: primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quien él tomara de bonísima gana un mediano puchero. Luego le aficionaron la voluntad 15 los zaques y, últimamente, las frutas de sartén, si es que se podían llamar sartenes las tan orondas calderas; y, así, sin poderlo sufrir ni ser en su mano hacer otra cosa, se llegó a uno de los solícitos cocineros, y con corteses y 20 hambrientas razones le rogó le dejase mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinero respondió: “Hermano, este día no es de aquéllos sobre quien tiene jurisdicción la hambre, merced al 25 rico Camacho; apeaos y mirad si hay por ahí un cucharón, y espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.” “No veo ninguno”, respondió Sancho. “Esperad”, dijo el cocinero; “¡pecador de mí, 30 y qué melindroso y para poco debéis de ser!” Y, diciendo esto, asió de un caldero y,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 255 encajándole en una de las medias tinajas, sacó en él tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho: “Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma en tanto que se llega la hora del yantar.” “No tengo en qué echarla”, respondió Sancho. 5 “Pues llevaos”, dijo el cocinero, “la cuchara y todo; que la riqueza y el contento de Camacho todo lo suple.” En tanto, pues, que esto pasaba Sancho, estaba don Quijote mirando cómo por una parte 10 de la enramada entraban hasta doce labradores sobre doce hermosísimas yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con muchos cascabeles en los petrales, y todos vestidos de regocijo y fiestas, los cuales, en concertado tropel, 15 corrieron no una sino muchas carreras por el prado, con regocijada algazara y grita, diciendo: “Vivan Camacho y Quiteria, él tan rico como ella hermosa, y ella la más hermosa del mundo.” 20 Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre sí: “Bien parece que éstos no han visto a mi Dulcinea del Toboso; que si la hubieran visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas de esta su Quiteria.” 25 De allí a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramada muchas y diferentes danzas, entre los cuales venía una de espadas, de hasta veinte y cuatro zagales de gallardo parecer y brío, todos vestidos de 30 delgado y blanquísimo lienzo, con sus paños de tocar labrados de varias colores de fina seda,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 256 y al que los guiaba, que era un ligero mancebo, preguntó uno de los de las yeguas si se había herido alguno de los danzantes. “Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie, todos vamos sanos.” 5 Y luego comenzó a enredarse con los demás compañeros, con tantas vueltas y con tanta destreza, que aunque don Quijote estaba hecho a ver semejantes danzas, ninguna le había parecido tan bien como aquélla. También le 10 pareció bien otra que entró de doncellas hermosísimas, tan mozas, que, al parecer, ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho años, vestidas todas de palmilla verde, los cabellos parte trenzados y parte sueltos, pero 15 todos tan rubios que con los del sol podían tener competencia, sobre los cuales traían guirnaldas de jazmines, rosas, amaranto y madreselva compuestas; guiábalas un venerable viejo y una anciana matrona, pero más ligeros 20 y sueltos que sus años prometían. Hacíales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y en los ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban las mejores bailadoras del mundo. 25 Tras ésta entró otra danza de artificio y de las que llaman habladas: era de ocho ninfas, repartidas en dos hileras. De la una hilera era guía el dios Cupido, y de la otra el Interés, aquél adornado de alas, arco, aljaba y saetas; 30 éste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda. Las ninfas que al Amor seguían traían
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 257 a las espaldas en pergamino blanco y letras grandes escritos sus nombres: Poesía era el título de la primera, el de la segunda Discreción, el de la tercera Buen linaje, el de la cuarta Valentía; del modo mismo venían señaladas 5 las que al Interés seguían: decía Liberalidad el título de la primera, Dádiva el de la segunda, Tesoro el de la tercera y el de la cuarta Posesión pacífica. Delante de todos venía un castillo de madera a quien tiraban cuatro salvajes, 10 todos vestidos de yedra y de cáñamo teñido de verde, tan al natural, que por poco espantaran a Sancho. En la frontera del castillo y en todas cuatro partes de sus cuadros traía escrito, Castillo del buen recato; hacíanles el son 15 cuatro diestros tañedores de tamboril y flauta. Comenzaba la danza Cupido, y habiendo hecho dos mudanzas, alzaba los ojos y flechaba el arco contra una doncella que se ponía entre las almenas del castillo, a la cual de esta suerte 20 dijo: “Yo soy el dios poderoso en el aire y en la tierra y en el ancho mar undoso, y en cuanto el abismo encierra 25 en su báratro espantoso. Nunca conocí qué es miedo, todo cuanto quiero puedo, aunque quiera lo imposible, y en todo lo que es posible 30 mando, quito, pongo y vedo.” Acabó la copla, disparó una flecha por lo alto del castillo y retiróse a su puesto. Salió
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 258 luego el Interés e hizo otras dos mudanzas; callaron los tamborinos, y él dijo: “Soy quien puede más que Amor, y es Amor el que me guía, soy de la estirpe mejor 5 que el cielo en la tierra cría, más conocida y mayor. Soy el Interés en quien pocos suelen obrar bien, y obrar sin mí es gran milagro, 10 y cual soy te me consagro por siempre jamás, amén.” Retiróse el Interés e hízose adelante la Poesía, la cual, después de haber hecho sus mudanzas como los demás, puestos los ojos en la 15 doncella del castillo, dijo: “En dulcísimos conceptos, la dulcísima Poesía, altos, graves y discretos, señora, el alma te envía, 20 envuelta entre mil sonetos. Si acaso no te importuna mi porfía, tu fortuna, de otras muchas envidiada, será por mí levantada 25 sobre el cerco de la luna.” Desvióse la Poesía y de la parte del Interés salió la Liberalidad, y después de hechas sus mudanzas, dijo: “Llaman Liberalidad 30 al dar, que el extremo huye de la prodigalidad, y del contrario, que arguye tibia y floja voluntad.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 259 Mas yo por te engrandecer, de hoy más pródiga he de ser; que aunque es vicio, es vicio honrado y de pecho enamorado, que en el dar se echa de ver.” 5 De este modo salieron y se retiraron todas las figuras de las dos escuadras, y cada uno hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunos elegantes y algunos ridículos, y sólo tomó de memoria don Quijote, que la tenía grande, los 10 ya referidos; y luego se mezclaron todos, haciendo y deshaciendo lazos con gentil donaire y desenvoltura, y cuando pasaba el Amor por delante del castillo disparaba por alto sus flechas, pero el Interés quebraba en él alcancías 15 doradas. Finalmente, después de haber bailado un buen espacio, el Interés sacó un bolsón que le formaba el pellejo de un gran gato romano, que parecía estar lleno de dineros, y arrojándole 20 al castillo, con el golpe se desencajaron las tablas y se cayeron, dejando a la doncella descubierta y sin defensa alguna. Llegó el Interés con las figuras de su valía, y echándola una gran cadena de oro al cuello, mostraron 25 prenderla, rendirla y cautivarla; lo cual visto por el Amor y sus valedores, hicieron ademán de quitársela, y todas las demostraciones que hacían eran al son de los tamborinos, bailando y danzando concertadamente. Pusiéronlos 30 en paz los salvajes, los cuales con mucha presteza volvieron a armar y a encajar las
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 260 tablas del castillo, y la doncella se encerró en él como de nuevo, y con esto se acabó la danza, con gran contento de los que la miraban. Preguntó don Quijote a una de las ninfas, que quién la había compuesto y ordenado. 5 Respondióle que un beneficiado de aquel pueblo, que tenía gentil caletre para semejantes invenciones. “Yo apostaré”, dijo don Quijote, “que debe de ser más amigo de Camacho que de Basilio 10 el tal bachiller o beneficiado, y que debe de tener más de satírico que de vísperas; bien ha encajado en la danza las habilidades de Basilio y las riquezas de Camacho.” Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo: 15 “El rey es mi gallo, a Camacho me atengo.” “En fin”, dijo don Quijote, “bien se parece, Sancho, que eres villano y de aquellos que dicen: «viva quien vence».” “No sé de los que soy”, respondió Sancho, 20 “pero bien sé que nunca de ollas de Basilio sacaré yo tan elegante espuma como es ésta que he sacado de las de Camacho.” Y enseñóle el caldero lleno de gansos y de gallinas, y, asiendo de una, comenzó a comer 25 con mucho donaire y gana, y dijo: “¡A la barba de las habilidades de Basilio!; que tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una abuela mía, que son el 30 tener y el no tener, aunque ella al del tener se atenía, y el día de hoy, mi señor don Quijote,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 261 antes se toma el pulso al haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado. Así que vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollas son abundantes espumas gansos y gallinas, liebres 5 y conejos, y de las de Basilio serán, si viene a mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle.” “¿Has acabado tu arenga, Sancho?”, dijo don Quijote. 10 “Habréla acabado”, respondió Sancho, “porque veo que vuestra merced recibe pesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio, obra había cortada para tres días.” “Plega a Dios, Sancho”, replicó don Quijote, 15 “que yo te vea mudo antes que me muera.” “Al paso que llevamos”, respondió Sancho, “antes que vuestra merced se muera estaré yo mascando barro, y entonces podrá ser que esté tan mudo que no hable palabra hasta la 20 fin del mundo, o, por lo menos, hasta el día del juicio.” “Aunque eso así suceda, ¡oh Sancho!”, respondió don Quijote, “nunca llegará tu silencio a do ha llegado lo que has hablado, hablas y 25 tienes de hablar en tu vida, y más, que está muy puesto en razón natural que primero llegue el día de mi muerte que el de la tuya, y así, jamás pienso verte mudo, ni aun cuando estés bebiendo o durmiendo, que es lo que 30 puedo encarecer.” “A buena fe, señor”, respondió Sancho, “que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 262 no hay que fiar en la descarnada, digo en la muerte, la cual también come cordero como carnero, y a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres de los reyes como las humildes chozas de los pobres; 5 tiene esta señora más de poder que de melindre, no es nada asquerosa, de todo come y a todo hace, y de toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No es segador que duerme las siestas, que a todas horas 10 siega, y corta así la seca como la verde hierba, y no parece que masca, sino que engulle y traga cuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta; y aunque no tiene barriga, da a entender que está 15 hidrópica y sedienta de beber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua fría.” “No más, Sancho”, dijo a este punto don Quijote, “tente en buenas y no te dejes 20 caer, que en verdad que lo que has dicho de la muerte por tus rústicos términos, es lo que pudiera decir un buen predicador. Dígote, Sancho, que, así como tienes buen natural y discreción, pudieras tomar un púlpito en 25 la mano e irte por ese mundo predicando lindezas.” “Bien predica quien bien vive”, respondió Sancho, “y yo no sé otras teologías.” “Ni las has menester”, dijo don Quijote; 30 “pero yo no acabo de entender, ni alcanzar, cómo siendo el principio de la sabiduría el
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XX p. 263 temor de Dios, tú, que temes más a un lagarto que a El, sabes tanto.” “Juzgue vuestra merced, señor, de sus caballerías”, respondió Sancho, “y no se meta en juzgar de los temores o valentías ajenas; que 5 tan gentil temeroso soy yo de Dios como cada hijo de vecino, y déjeme vuestra merced despabilar esta espuma, que lo demás todas son palabras ociosas de que nos han de pedir cuenta en la otra vida.” 10 Y, diciendo esto, comenzó de nuevo a dar asalto a su caldero con tan buenos alientos, que despertó los de don Quijote, y sin duda le ayudara, si no lo impidiera lo que es fuerza se diga adelante. 15
p. 264 Capítulo XXI Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos sucesos. Cuando estaban don Quijote y Sancho en las razones referidas en el capítulo antecedente, se 5 oyeron grandes voces y gran ruido, y dábanlas y causábanle los de las yeguas, que con larga carrera y grita iban a recibir a los novios, que, rodeados de mil géneros de instrumentos y de invenciones, venían acompañados del cura 10 y de la parentela de entrambos y de toda la gente más lucida de los lugares circunvecinos, todos vestidos de fiesta. Y como Sancho vio a la novia, dijo: “A buena fe que no viene vestida de labradora, 15 sino de garrida palaciega. ¡Pardiez que según diviso, que las patenas que había de traer son ricos corales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos, y montas que la guarnición es de tiras de lienzo blanco! ¡Voto 20 a mí que es de raso; pues, tomadme las manos adornadas con sortijas de azabache! No medre yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y empedrados con perlas blancas como una cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la 25 cara. ¡Oh hideputa y qué cabellos, que si no son postizos, no los he visto más luengos ni más rubios en toda mi vida! ¡No sino ponedla tacha en el brío y en el talle, y no la comparéis a una palma que se mueve cargada de racimos 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXI p. 265 de dátiles, que lo mismo parecen los dijes que trae pendientes de los cabellos y de la garganta! Juro en mi ánima que ella es una chapada moza y que puede pasar por los bancos de Flandes.” 5 Riose don Quijote de las rústicas alabanzas de Sancho Panza; parecióle que, fuera de su señora Dulcinea del Toboso, no había visto mujer más hermosa jamás. Venía la hermosa Quiteria algo descolorida, y debía de ser de la 10 mala noche que siempre pasan las novias en componerse para el día venidero de sus bodas. Ibanse acercando a un teatro que a un lado del prado estaba adornado de alfombras y ramos, adonde se habían de hacer los desposorios y de 15 donde habían de mirar las danzas y las invenciones. Y a la sazón que llegaban al puesto, oyeron a sus espaldas grandes voces, y una que decía: “¡Esperaos un poco, gente tan inconsiderada 20 como presurosa!” A cuyas voces y palabras todos volvieron la cabeza, y vieron que las daba un hombre vestido, al parecer, de un sayo negro jironado de carmesí a llamas; venía coronado, como se vio 25 luego, con una corona de funesto ciprés, en las manos traía un bastón grande. En llegando más cerca fue conocido de todos por el gallardo Basilio, y todos estuvieron suspensos, esperando en qué habían de parar sus voces y sus 30 palabras, temiendo algún mal suceso de su venida en sazón semejante.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 266 Llegó, en fin, cansado y sin aliento, y puesto delante de los desposados, hincando el bastón en el suelo, que tenía el cuento de una punta de acero, mudada la color, puestos los ojos en Quiteria, con voz tremente y ronca estas 5 razones dijo: “Bien sabes, desconocida Quiteria, que conforme a la santa ley que profesamos, que, viviendo yo, tú no puedes tomar esposo. Y juntamente no ignoras, que por esperar yo que el 10 tiempo y mi diligencia mejorasen los bienes de mi fortuna, no he querido dejar de guardar el decoro que a tu honra convenía; pero tú, echando a las espaldas todas las obligaciones que debes a mi buen deseo, quieres hacer 15 señor de lo que es mío a otro, cuyas riquezas le sirven no sólo de buena fortuna, sino de bonísima ventura. Y para que la tenga colmada, y no como yo pienso que la merece, sino como se la quieren dar los cielos, yo, por mis 20 manos, desharé el imposible o el inconveniente que puede estorbársela, quitándome a mí de por medio. ¡Viva, viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria largos y felices siglos, y muera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las 25 alas de su dicha y le puso en la sepultura!” Y, diciendo esto, asió del bastón que tenía hincado en el suelo, y, quedándose la mitad de él en la tierra, mostró que servía de vaina a un mediano estoque que en él se ocultaba, y 30 puesta la que se podía llamar empuñadura en el suelo, con ligero desenfado y determinado
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXI p. 267 propósito se arrojó sobre él, y en un punto mostró la punta sangrienta a las espaldas, con la mitad del acerada cuchilla, quedando el triste bañado en su sangre y tendido en el suelo, de sus mismas armas traspasado. 5 Acudieron luego sus amigos a favorecerle, condolidos de su miseria y lastimosa desgracia, y, dejando don Quijote a Rocinante, acudió a favorecerle y le tomó en sus brazos, y halló que aún no había expirado. Quisiéronle sacar el 10 estoque, pero el cura, que estaba presente, fue de parecer que no se le sacasen antes de confesarle, porque el sacársele y el expirar sería todo a un tiempo; pero volviendo un poco en sí Basilio, con voz doliente y desmayada dijo: 15 “Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este último y forzoso trance la mano de esposa, aún pensaría que mi temeridad tendría disculpa, pues en ella alcancé el bien de ser tuyo.” El cura, oyendo lo cual, le dijo que atendiese 20 a la salud del alma antes que a los gustos del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios perdón de sus pecados y de su desesperada determinación. A lo cual replicó Basilio que en ninguna 25 manera se confesaría si primero Quiteria no le daba la mano de ser su esposa; que aquel contento le adobaría la voluntad y le daría aliento para confesarse. En oyendo don Quijote la petición del herido, 30 en altas voces dijo que Basilio pedía una cosa muy justa y puesta en razón y, además,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 268 muy hacedera, y que el señor Camacho quedaría tan honrado recibiendo a la señora Quiteria viuda del valeroso Basilio, como si la recibiera del lado de su padre: “Aquí no ha de haber más de un , que no tenga otro efecto 5 que el pronunciarle, pues el tálamo de estas bodas ha de ser la sepultura.” Todo lo oía Camacho y todo le tenía suspenso y confuso, sin saber qué hacer ni qué decir; pero las voces de los amigos de Basilio fueron 10 tantas, pidiéndole que consintiese que Quiteria le diese la mano de esposa, porque su alma no se perdiese, partiendo desesperado de esta vida, que le movieron, y aun forzaron, a decir que si Quiteria quería dársela, que él se 15 contentaba, pues todo era dilatar por un momento el cumplimiento de sus deseos. Luego acudieron todos a Quiteria, y unos con ruegos y otros con lágrimas y otros con eficaces razones la persuadían que diese la 20 mano al pobre Basilio, y ella, más dura que un mármol y más sesga que una estatua, mostraba que ni sabía, ni podía, ni quería responder palabra; ni la respondiera, si el cura no la dijera que se determinase presto en lo que había de 25 hacer, porque tenía Basilio ya el alma en los dientes, y no daba lugar a esperar irresolutas determinaciones. Entonces la hermosa Quiteria, sin responder palabra alguna, turbada, al parecer, triste y 30 pesarosa, llegó donde Basilio estaba, ya los ojos vueltos, el aliento corto y apresurado,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXI p. 269 murmurando entre los dientes el nombre de Quiteria, dando muestras de morir como gentil y no como cristiano. Llegó, en fin, Quiteria, y puesta de rodillas le pidió la mano por señas, y no por palabras. Desencajó los ojos Basilio, 5 y mirándola atentamente, le dijo: “¡Oh Quiteria, que has venido a ser piadosa a tiempo, cuando tu piedad ha de servir de cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya no tengo fuerzas para llevar la gloria que me 10 das en escogerme por tuyo, ni para suspender el dolor que tan aprisa me va cubriendo los ojos con la espantosa sombra de la muerte! Lo que te suplico es, ¡oh fatal estrella mía!, que la mano que me pides y quieres darme no sea por 15 cumplimiento, ni para engañarme de nuevo, sino que confieses y digas que, sin hacer fuerza a tu voluntad, me la entregas y me la das como a tu legítimo esposo, pues no es razón que en un trance como éste me engañes ni 20 uses de fingimientos con quien tantas verdades ha tratado contigo.” Entre estas razones se desmayaba; de modo que todos los presentes pensaban que cada desmayo se había de llevar el alma consigo. 25 Quiteria, toda honesta y toda vergonzosa, asiendo con su derecha mano la de Basilio, le dijo: “Ninguna fuerza fuera bastante a torcer mi voluntad, y, así, con la más libre que tengo te 30 doy la mano de legítima esposa, y recibo la tuya, si es que me la das de tu libre albedrío,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 270 sin que la turbe ni contraste la calamidad en que tu discurso acelerado te ha puesto.” “Sí doy”, respondió Basilio, “no turbado ni confuso, sino con el claro entendimiento que el cielo quiso darme, y así me doy y me 5 entrego por tu esposo.” “Y yo por tu esposa”, respondió Quiteria, “ahora vivas largos años, ahora te lleven de mis brazos a la sepultura.” “Para estar tan herido este mancebo”, dijo 10 a este punto Sancho Panza, “mucho habla. Háganle que se deje de requiebros, y que atienda a su alma; que, a mi parecer, más la tiene en la lengua que en los dientes.” Estando, pues, asidos de las manos Basilio 15 y Quiteria, el cura, tierno y lloroso, los echó la bendición y pidió al cielo diese buen poso al alma del nuevo desposado, el cual así como recibió la bendición, con presta ligereza se levantó en pie, y con no vista desenvoltura 20 se sacó el estoque a quien servía de vaina su cuerpo. Quedaron todos los circunstantes admirados, y algunos de ellos, más simples que curiosos, en altas voces comenzaron a decir: 25 “¡Milagro, milagro!” Pero Basilio replicó: “No milagro, milagro, sino industria, industria.” El cura, desatentado y atónito, acudió con 30 ambas manos a tentar la herida, y halló que la cuchilla había pasado, no por la carne y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXI p. 271 costillas de Basilio, sino por un cañón hueco de hierro que, lleno de sangre, en aquel lugar bien acomodado tenía, preparada la sangre, según después se supo, de modo que no se helase. Finalmente, el cura y Camacho, con todos los 5 más circunstantes, se tuvieron por burlados y escarnecidos. La esposa no dio muestras de pesarle de la burla, antes oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido engañoso, no había de ser valedero, dijo que ella le confirmaba 10 de nuevo, de lo cual coligieron todos que de consentimiento y sabiduría de los dos se había trazado aquel caso; de lo que quedó Camacho y sus valedores tan corridos, que remitieron su venganza a las manos, y, desenvainando muchas 15 espadas, arremetieron a Basilio, en cuyo favor en un instante se desenvainaron casi otras tantas. Y tomando la delantera a caballo don Quijote, con la lanza sobre el brazo, y bien cubierto de su escudo, se hacía dar lugar 20 de todos. Sancho, a quien jamás pluguieron ni solazaron semejantes fechorías, se acogió a las tinajas donde había sacado su agradable espuma, pareciéndole aquel lugar como sagrado, que había de ser tenido en respeto. Don Quijote 25 a grandes voces decía: “Teneos, señores, teneos, que no es razón toméis venganza de los agravios que el amor nos hace; y advertid que el amor y la guerra son una misma cosa, y así como en la guerra 30 es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides y estratagemas para vencer al enemigo, así en
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 272 las contiendas y competencias amorosas se tienen por buenos los embustes y marañas que se hacen para conseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo y deshonra de la cosa amada. Quiteria era de Basilio y Basilio 5 de Quiteria por justa y favorable disposición de los cielos. Camacho es rico y podrá comprar su gusto, cuando, donde y como quisiere. Basilio no tiene más de esta oveja, y no se la ha de quitar alguno, por poderoso que sea; que a 10 los dos que Dios junta no podrá separar el hombre, y el que lo intentare, primero ha de pasar por la punta de esta lanza.” Y, en esto, la blandió tan fuerte y tan diestramente, que puso pavor en todos los que no le 15 conocían; y tan intensamente se fijó en la imaginación de Camacho el desdén de Quiteria, que se la borró de la memoria en un instante, y, así, tuvieron lugar con él las persuasiones del cura, que era varón prudente y bien 20 intencionado, con las cuales quedó Camacho y los de su parcialidad pacíficos y sosegados. En señal de lo cual volvieron las espadas a sus lugares, culpando más a la facilidad de Quiteria que a la industria de Basilio; haciendo 25 discurso Camacho, que si Quiteria quería bien a Basilio doncella, también le quisiera casada, y que debía de dar gracias al cielo, más por habérsela quitado, que por habérsela dado. Consolado, pues, y pacífico Camacho y los 30 de su mesnada, todos los de la de Basilio se sosegaron, y el rico Camacho, por mostrar
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXI p. 273 que no sentía la burla ni la estimaba en nada, quiso que las fiestas pasasen adelante como si realmente se desposara; pero no quisieron asistir a ellas Basilio ni su esposa ni secuaces, y, así, se fueron a la aldea de Basilio, 5 que también los pobres virtuosos y discretos tienen quien los siga, honre y ampare, como los ricos tienen quien los lisonjee y acompañe. Lleváronse consigo a don Quijote, estimándole por hombre de valor y de pelo en pecho. 10 A solo Sancho se le oscureció el alma por verse imposibilitado de aguardar la espléndida comida y fiestas de Camacho, que duraron hasta la noche. Y, así, asendereado y triste, siguió a su señor, que con la cuadrilla de 15 Basilio iba, y así se dejó atrás las ollas de Egipto, aunque las llevaba en el alma; cuya ya casi consumida y acabada espuma que en el caldero llevaba, le representaba la gloria y la abundancia del bien que perdía, y, así, 20 congojado y pensativo, aunque sin hambre, sin apearse del rucio, siguió las huellas de Rocinante.
p. 274 Capítulo XXII Donde se da cuenta [de] la grande aventura de la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio feliz cima el valeroso don Quijote de la Mancha. 5 Grandes fueron y muchos los regalos que los desposados hicieron a don Quijote, obligados de las muestras que había dado, defendiendo su causa, y al par de la valentía le graduaron la discreción, teniéndole por un Cid en las 10 armas y por un Cicerón en la elocuencia. El buen Sancho se refociló tres días a costa de los novios, de los cuales se supo que no fue traza comunicada con la hermosa Quiteria el herirse fingidamente, sino industria de Basilio, 15 esperando de ella el mismo suceso que se había visto; bien es verdad que confesó que había dado parte de su pensamiento a algunos de sus amigos, para que al tiempo necesario favoreciesen su intención y abonasen su engaño. 20 “No se pueden ni deben llamar engaños”, dijo don Quijote, “los que ponen la mira en virtuosos fines.” Y que el de casarse los enamorados era el fin de más excelencia, advirtiendo que el 25 mayor contrario que el amor tiene es la hambre y la continua necesidad, porque el amor es todo alegría, regocijo y contento, y más cuando el amante está en posesión de la cosa amada, contra quien son enemigos opuestos 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXII p. 275 y declarados la necesidad y la pobreza; y que todo esto decía con intención de que se dejase el señor Basilio de ejercitar las habilidades que sabe, que aunque le daban fama, no le daban dineros, y que atendiese a granjear 5 hacienda por medios lícitos e industriosos, que nunca faltan a los prudentes y aplicados. “El pobre honrado, si es que puede ser honrado el pobre, tiene prenda en tener mujer 10 hermosa, que cuando se la quitan, le quitan la honra y se la matan. La mujer hermosa y honrada, cuyo marido es pobre, merece ser coronada con laureles y palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura por sí sola atrae las 15 voluntades de cuantos la miran y conocen, y como a señuelo gustoso se le abaten las águilas reales y los pájaros altaneros; pero si a la tal hermosura se le junta la necesidad y estrechez, también la embisten los cuervos, 20 los milanos y las otras aves de rapiña, y la que está a tantos encuentros firme, bien merece llamarse corona de su marido. ”Mirad, discreto Basilio”, añadió don Quijote, “opinión fue de no sé qué sabio que no 25 había en todo el mundo sino una sola mujer buena, y daba por consejo, que cada uno pensase y creyese que aquella sola buena era la suya, y así viviría contento. Yo no soy casado ni hasta ahora me ha venido en pensamiento 30 serlo, y con todo esto me atrevería a dar consejo al que me lo pidiese del modo que había de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 276 buscar la mujer con quien se quisiese casar. Lo primero, le aconsejaría que mirase más a la fama que a la hacienda, porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser buena, sino con parecerlo; que mucho más 5 dañan a las honras de las mujeres las desenvolturas y libertades públicas que las maldades secretas. Si traes buena mujer a tu casa, fácil cosa sería conservarla y aun mejorarla en aquella bondad. Pero si la traes mala, en trabajo te 10 pondrá el enmendarla; que no es muy hacedero pasar de un extremo a otro. Yo no digo que sea imposible, pero téngolo por dificultoso.” Oía todo esto Sancho, y dijo entre sí: “Este mi amo, cuando yo hablo cosas de 15 meollo y de sustancia, suele decir que podría yo tomar un púlpito en las manos e irme por ese mundo adelante predicando lindezas, y yo digo de él, que cuando comienza a enhilar sentencias y a dar consejos, no sólo puede 20 tomar [un] púlpito en las manos, sino dos en cada dedo y andarse por esas plazas a qué quieres, boca. ¡Válgate el diablo por caballero andante que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi ánima que sólo podía saber aquello que tocaba a 25 sus caballerías, pero no hay cosa donde no pique y deje de meter su cucharada.” Murmuraba esto algo Sancho, y entreoyóle su señor y preguntóle: “¿Qué murmuras, Sancho?” 30 “No digo nada ni murmuro de nada”, respondió Sancho, “sólo estaba diciendo entre mí,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXII p. 277 que quisiera haber oído lo que vuestra merced aquí ha dicho antes que me casara, que quizá dijera yo ahora: el buey suelto bien se lame.” “¿Tan mala es tu Teresa, Sancho?”, dijo don Quijote. 5 “No es muy mala”, respondió Sancho, “pero no es muy buena, a lo menos, no es tan buena como yo quisiera.” “Mal haces, Sancho”, dijo don Quijote, “en decir mal de tu mujer, que en efecto es madre 10 de tus hijos.” “No nos debemos nada”, respondió Sancho; “que también ella dice mal de mí cuando se le antoja, especialmente cuando está celosa; que entonces súfrala el mismo Satanás.” 15 Finalmente, tres días estuvieron con los novios, donde fueron regalados y servidos como cuerpos de rey. Pidió don Quijote al diestro licenciado le diese una guía que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque tenía 20 gran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las maravillas que de ella se decían por todos aquellos contornos. El licenciado le dijo que le daría a un primo suyo, famoso estudiante y muy aficionado a 25 leer libros de caballerías, el cual con mucha voluntad le pondría a la boca de la misma cueva y le enseñaría las lagunas de Ruidera, famosas asimismo en toda la Mancha y aun en toda España, y díjole que llevaría 30 con el gustoso entretenimiento, a causa que era mozo que sabía hacer libros para imprimir,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 278 y para dirigirlos a príncipes. Finalmente, el primo vino con una pollina preñada, cuya albarda cubría un gayado tapete o harpillera. Ensilló Sancho a Rocinante y aderezó al rucio, proveyó sus alforjas, a las cuales acompañaron 5 las del primo, asimismo bien proveídas, y, encomendándose a Dios y despidiéndose de todos, se pusieron en camino, tomando la derrota de la famosa cueva de Montesinos. En el camino preguntó don Quijote al primo 10 de qué género y calidad eran sus ejercicios, su profesión y estudios. A lo que él respondió: que su profesión era ser humanista, sus ejercicios y estudios componer libros para dar a la estampa, todos de gran provecho y no menos 15 entretenimiento para la república; que el uno se intitulaba El de las libreas, donde pinta setecientas y tres libreas con sus colores, motes y cifras, de donde podían sacar y tomar las que quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos los 20 caballeros cortesanos, sin andarlas mendigando de nadie, ni lambicando, como dicen, el cerebro por sacarlas conformes a sus deseos e intenciones. “Porque doy al celoso, al desdeñado, al 25 olvidado y al ausente las que les convienen, que les vendrán más justas que pecadoras. Otro libro tengo también, a quien he de llamar Metamorfóseos, u Ovidio español, de invención nueva y rara, porque en él, imitando a Ovidio 30 a lo burlesco, pinto quién fue la Giralda de Sevilla y el Angel de la Magdalena, quién el
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXII p. 279 Caño de Vecinguerra de Córdoba, quiénes los toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes de Leganitos y Lavapiés en Madrid, no olvidándome de la del Piojo, de la del Caño Dorado y de la Priora, y esto, con sus alegorías, 5 metáforas y traslaciones, de modo, que alegran, suspenden y enseñan a un mismo punto. ”Otro libro tengo que le llamo Suplemento a Virgilio Polidoro, que trata de la invención de las cosas, que es de grande erudición y 10 estudio, a causa que las cosas que se dejó de decir Polidoro de gran sustancia, las averiguo yo y las declaro por gentil estilo. Olvidósele a Virgilio de declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo, y el primero que 15 tomó las unciones para curarse del morbo gálico, y yo lo declaro al pie de la letra y lo autorizo con más de veinte y cinco autores: porque vea vuestra merced si he trabajado bien y si ha de ser útil el tal libro a todo el mundo.” 20 Sancho, que había estado muy atento a la narración del primo, le dijo: “Dígame, señor, así Dios le dé buena manderecha en la impresión de sus libros, ¿sabríame decir, que sí sabrá, pues todo lo sabe, 25 quién fue el primero que se rascó en la cabeza?; que yo para mí tengo que debió de ser nuestro padre Adán.” “Sí sería”, respondió el primo, “porque Adán no hay duda sino que tuvo cabeza y 30 cabellos, y siendo esto así, y siendo el primer hombre del mundo, alguna vez se rascaría.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 280 “Así lo creo yo”, respondió Sancho; “pero dígame ahora: ¿quién fue el primer volteador del mundo?” “En verdad, hermano”, respondió el primo, “que no me sabré determinar por ahora, hasta 5 que lo estudie. Yo lo estudiaré en volviendo adonde tengo mis libros, y yo os satisfaré cuando otra vez nos veamos; que no ha de ser ésta la postrera.” “Pues mire, señor”, replicó Sancho, “no tome 10 trabajo en esto, que ahora he caído en la cuenta de lo que le he preguntado; sepa que el primer volteador del mundo fue Lucifer, cuando le echaron o arrojaron del cielo, que vino volteando hasta los abismos.” 15 “Tienes razón, amigo”, dijo el primo. Y dijo don Quijote: “Esa pregunta y respuesta no es tuya, Sancho; a alguno las has oído decir.” “Calle, señor”, replicó Sancho, “que a buena 20 fe que si me doy a preguntar y a responder, que no acabe de aquí a mañana. Sí, que para preguntar necedades y responder disparates no he menester yo andar buscando ayuda de vecinos.” 25 “Más has dicho, Sancho, de lo que sabes”, dijo don Quijote; “que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que después de sabidas y averiguadas no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.” 30 En estas y otras gustosas pláticas se les pasó aquel día, y a la noche se albergaron en
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXII p. 281 una pequeña aldea, adonde el primo dijo a don Quijote que desde allí a la cueva de Montesinos no había más de dos leguas, y que si llevaba determinado de entrar en ella, era menester proveerse de sogas para atarse 5 y descolgarse en su profundidad. Don Quijote dijo que aunque llegase al abismo, había de ver dónde paraba, y, así, compraron casi cien brazas de soga, y otro día, a las dos de la tarde, llegaron a la cueva, cuya 10 boca es espaciosa y ancha, pero llena de cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas e intricadas, que de todo en todo la ciegan y encubren. En viéndola, se apearon el primo, Sancho y don Quijote, al cual los 15 dos le ataron luego fortísimamente con las sogas; y en tanto que le fajaban y ceñían, le dijo Sancho: “Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace, no se quiera sepultar en vida, ni se 20 ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algún pozo. Sí que a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñador de esta que debe de ser peor que mazmorra.” “Ata y calla”, respondió don Quijote; “que 25 tal empresa como aquésta, Sancho amigo, para mí estaba guardada.” Y entonces dijo la guía: “Suplico a vuestra merced, señor don Quijote, que mire bien y especule con cien ojos lo 30 que hay allá dentro: quizá habrá cosas que las ponga yo en el libro de mis Transformaciones.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 282 “En manos está el pandero que le sabrá bien tañer”, respondió Sancho Panza. Dicho esto, y acabada la ligadura de don Quijote, que no fue sobre el arnés, sino sobre el jubón de armar, dijo don Quijote: 5 “Inadvertidos hemos andado en no habernos proveído de algún esquilón pequeño, que fuera atado junto a mí en esta misma soga, con cuyo sonido se entendiera que todavía bajaba y estaba vivo; pero pues ya no es posible, a 10 la mano de Dios, que me guíe.” Y luego se hincó de rodillas e hizo una oración en voz baja al cielo, pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella, al parecer, peligrosa y nueva aventura, y en 15 voz alta dijo luego: “¡Oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea del Toboso! Si es posible que lleguen a tus oídos las plegarias y rogaciones de este tu venturoso amante, por 20 tu inaudita belleza te ruego las escuches; que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo ahora que tanto le he menester. Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en el abismo que aquí se me representa, 25 sólo porque conozca el mundo que si tú me favoreces, no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe.” Y, en diciendo esto, se acercó a la sima, vio no ser posible descolgarse ni hacer lugar a la 30 entrada, si no era a fuerza de brazos o a cuchilladas, y así, poniendo mano a la espada,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXII p. 283 comenzó a derribar y a cortar de aquellas malezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendo salieron por ella una infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan espesos y con tanta prisa, que dieron con 5 don Quijote en el suelo; y si él fuera tan agorero como católico cristiano, lo tuviera a mala señal y excusara de encerrarse en lugar semejante. Finalmente, se levantó, y viendo que no salían más cuervos ni otras aves 10 nocturnas, como fueron murciélagos, que asimismo entre los cuervos salieron, dándole soga el primo y Sancho (y) se dejó calar al fondo de la caverna espantosa, y al entrar, echándole Sancho su bendición y haciendo sobre él 15 mil cruces, dijo: “¡Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor, nata y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del mundo, corazón de acero, brazos de bronce! 20 ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre, sano y sin cautela a la luz de esta vida que dejas por enterrarte en esta oscuridad que buscas!” Casi las mismas plegarias y deprecaciones hizo el primo. 25 Iba don Quijote dando voces que le diesen soga y más soga, y ellos se la daban poco a poco, y cuando las voces, que acanaladas por la cueva salían, dejaron de oírse, ya ellos tenían descolgadas las cien brazas de soga, y 30 fueron de parecer de volver a subir a don Quijote, pues no le podían dar más cuerda. Con
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 284 todo eso, se detuvieron como media hora, al cabo del cual espacio volvieron a recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno, señal que les hizo imaginar que don Quijote se quedaba dentro, y, creyéndolo así Sancho, 5 lloraba amargamente y tiraba con mucha prisa por desengañarse; pero llegando, a su parecer, a poco más de las ochenta brazas, sintieron peso, de que en extremo se alegraron. Finalmente, a las diez, vieron distintamente a don 10 Quijote, a quien dio voces Sancho, diciéndole: “Sea vuestra merced muy bien vuelto, señor mío, que ya pensábamos que se quedaba allá para casta.” Pero no respondía palabra don Quijote, y, 15 sacándole del todo, vieron que traía cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendiéronle en el suelo y desliáronle, y con todo esto, no despertaba. Pero tanto le volvieron y revolvieron, sacudieron y menearon, que al 20 cabo de un buen espacio volvió en sí, desperezándose, bien como si de algún grave y profundo sueño despertara, y, mirando a una y otra parte como espantado, dijo: “Dios os lo perdone, amigos, que me habéis 25 quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto: ahora acabo de conocer que todos los contentos de esta vida pasan como sombra y sueño, o se marchitan como la flor del campo. 30 ¡Oh desdichado Montesinos; oh mal ferido Durandarte; oh sin ventura Belerma; oh lloroso
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXII p. 285 Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos!” Con [atención es]cuchaban el primo y Sancho las palabras de don Quijote, que las decía 5 como si con dolor inmenso las sacara de las entrañas. Suplicáronle les diese a entender lo que decía, y les dijese lo que en aquel infierno había visto. “¿Infierno le llamáis?”, dijo don Quijote; 10 “pues no le llaméis así, porque no lo merece, como luego veréis.” Pidió que le diesen algo de comer, que traía grandísima hambre; tendieron la harpillera del primo sobre la verde hierba, acudieron a la 15 despensa de sus alforjas, y, sentados todos tres en buen amor y compaña, merendaron y cenaron todo junto. Levantada la harpillera, dijo don Quijote de la Mancha: “No se levante nadie y estadme, hijos, todos 20 atentos.”
p. 286 Capítulo XXIII De las admirables cosas que el extremado don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura 5 por apócrifa. Las cuatro de la tarde serían, cuando el sol entre nubes cubierto, con luz escasa y templados rayos, dio lugar a don Quijote para que sin calor y pesadumbre contase a sus dos 10 clarísimos oyentes lo que en la cueva de Montesinos había visto, y comenzó en el modo siguiente: “A obra de doce o catorce estados de la profundidad de esta mazmorra, a la derecha mano, 15 se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella un gran carro con sus mulas; éntrale una pequeña luz por unos resquicios o agujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra. Esta 20 concavidad y espacio vi yo a tiempo, cuando ya iba cansado y mohíno de verme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella oscura región abajo, sin llevar cierto ni determinado camino, y, así, determiné entrarme en 25 ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos que no descolgaseis más soga hasta que yo os lo dijese, pero no debisteis de oírme. Fui recogiendo la soga que enviabais, y, haciendo de ella una rosca o rimero, me senté sobre él, 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII 287 p. 287 pensativo además, considerando lo que hacer debía para calar al fondo, no teniendo quién me sustentase; y estando en este pensamiento y confusión, de repente, y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo, y cuando 5 menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté de él y me hallé en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza, ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, 10 limpiémelos y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto. Con todo esto me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo mismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento, 15 los discursos concertados, que entre mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora. ”Ofrecióseme luego a la vista un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes 20 parecían de transparente y claro cristal fabricados, del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacia mí se venía un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el suelo le arrastraba; 25 ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial de raso verde, cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba, canísima, le pasaba de la cintura. No traía arma ninguna, sino un rosario de cuentas en la mano, 30 mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo como huevos medianos de avestruz; el
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 288 continente, el paso, la gravedad y la anchísima presencia, cada cosa de por sí y todas juntas, me suspendieron y admiraron. Llegóse a mí, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente y luego decirme: «Luengos tiempos ha, 5 »valeroso caballero don Quijote de la Mancha, »que los que estamos en estas soledades »encantados esperamos verte, para que des »noticia al mundo de lo que encierra y cubre »la profunda cueva por donde has entrado, 10 »llamada la cueva de Montesinos; hazaña sólo »guardada para ser acometida de tu invencible »corazón y de tu ánimo estupendo. Ven conmigo, »señor clarísimo, que te quiero mostrar »las maravillas que este transparente alcázar 15 »solapa, de quien yo soy alcaide y guarda »mayor perpetua, porque soy el mismo »Montesinos, de quien la cueva toma nombre.» ”Apenas me dijo que era Montesinos, cuando le pregunté si fue verdad lo que en el mundo 20 de acá arriba se contaba, que él había sacado de la mitad del pecho, con una pequeña daga, el corazón de su grande amigo Durandarte y llevádole a la señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su muerte. 25 ”Respondióme que en todo decían verdad, sino en la daga; porque no fue daga, ni pequeña, sino un puñal buido, más agudo que una lezna.” “Debía de ser”, dijo a este punto Sancho, “el 30 tal puñal de Ramón de Hoces el sevillano.” “No sé”, prosiguió don Quijote, “pero no
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 289 sería de ese puñalero, porque Ramón de Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció esta desgracia, ha muchos años, y esta averiguación no es de importancia, ni turba ni altera la verdad y contexto de la historia.” 5 “Así es”, respondió el primo; “prosiga vuestra merced, señor don Quijote, que le escucho con el mayor gusto del mundo.” “No con menor lo cuento yo”, respondió don Quijote; “y así digo, que el venerable Montesinos 10 me metió en el cristalino palacio, donde en una sala baja fresquísima sobremodo y toda de alabastro, estaba un sepulcro de mármol con gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballero tendido de largo a largo, no 15 de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puros huesos. Tenía la mano derecha, que, a mi parecer, es algo peluda y nervosa, señal de tener muchas fuerzas su 20 dueño, puesta sobre el lado del corazón; y antes que preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso mirando al del sepulcro, me dijo: «Este es mi amigo Durandarte, flor y espejo »de los caballeros enamorados y valientes de su 25 »tiempo; tiénele aquí encantado, como me tiene »a mí y a otros muchos y muchas, Merlín, aquel »francés encantador, que dicen que fue hijo del »diablo; y lo que yo creo es que no fue hijo del »diablo, sino que supo, como dicen, un punto 30 »más que el diablo. El cómo o para qué nos »encantó nadie lo sabe, y ello dirá andando los
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 290 »tiempos, que no están muy lejos, según imagino; »lo que a mí me admira es que sé, tan cierto »como ahora es de día, que Durandarte acabó »los de su vida en mis brazos, y que después »de muerto le saqué el corazón con mis 5 »propias manos, y en verdad que debía de pesar »dos libras, porque según los naturales, el que »tiene mayor corazón es dotado de mayor »valentía del que le tiene pequeño. Pues siendo »esto así, y que realmente murió este caballero, 10 »¿cómo ahora se queja y suspira de cuando en »cuando, como si estuviese vivo?» ”Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz, dijo: «¡Oh mi primo Montesinos!, 15 lo postrero que os rogaba, que cuando yo fuere muerto y mi ánima arrancada, que llevéis mi corazón adonde Belerma estaba, 20 sacándomele del pecho, ya con puñal, ya con daga.» ”Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante el lastimado caballero, y con lágrimas en los ojos le dijo: 25 «Ya señor Durandarte, carísimo primo mío, »ya hice lo que me mandasteis en el aciago día »de nuestra pérdida; yo os saqué el corazón lo »mejor que pude, sin que os dejase una mínima »parte en el pecho. Yo le limpié con un 30 »pañizuelo de puntas, yo partí con él de carrera »para Francia, habiéndoos primero puesto en el
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 291 »seno de la tierra, con tantas lágrimas, que »fueron bastantes a lavarme las manos y limpiarme »con ellas la sangre que tenían de haberos andado »en las entrañas; y por más señas, primo de »mi alma, en el primero lugar que topé saliendo 5 »de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestro »corazón, porque no oliese mal y fuese, si »no fresco, a lo menos, amojamado a la presencia »de la señora Belerma, la cual, con vos »y conmigo y con Guadiana, vuestro escudero, 10 »y con la dueña Ruidera y sus siete hijas y dos »sobrinas, y con otros muchos de vuestros »conocidos y amigos, nos tiene aquí encantados »el sabio Merlín ha muchos años. Y aunque »pasan de quinientos, no se ha muerto ninguno 15 »de nosotros; solamente faltan Ruidera y sus »hijas y sobrinas, las cuales llorando, por »compasión que debió de tener Merlín de ellas, las »convirtió en otras tantas lagunas, que ahora en »el mundo de los vivos y en la provincia de la 20 »Mancha las llaman las lagunas de Ruidera. »Las siete son de los reyes de España, y las dos »sobrinas, de los caballeros de una orden »santísima que llaman de San Juan. Guadiana, »vuestro escudero, plañendo asimismo vuestra 25 »desgracia, fue convertido en un río llamado »de su mismo nombre, el cual cuando llegó a la »superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo, »fue tanto el pesar que sintió de ver que os »dejaba, que se sumergió en las entrañas de la 30 »tierra; pero como no es posible dejar de acudir »a su natural corriente, de cuando en cuando
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 292 »sale y se muestra donde el sol y las gentes le »vean. Vanle administrando de sus aguas las »referidas lagunas, con las cuales y con otras »muchas que se llegan, entra pomposo y grande »en Portugal. Pero con todo esto, por dondequiera 5 »que va, muestra su tristeza y melancolía »y no se precia de criar en sus aguas peces »regalados y de estima, sino burdos y desabridos, »bien diferentes de los del Tajo dorado; »y esto que ahora os digo, ¡oh primo mío!, 10 »os lo he dicho muchas veces, y como no me »respondéis, imagino que no me dais crédito, »o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena »cual Dios lo sabe. »Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, 15 »ya que no sirvan de alivio a vuestro dolor, no »os le aumentarán en ninguna manera. Sabed »que tenéis aquí en vuestra presencia, y abrid »los ojos y veréislo, aquel gran caballero de »quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio 20 »Merlín, aquel don Quijote de la Mancha, digo, »que de nuevo y con mayores ventajas que en »los pasados siglos ha resucitado en los »presentes la ya olvidada andante caballería, por »cuyo medio y favor podría ser que nosotros 25 »fuésemos desencantados: que las grandes »hazañas para los grandes hombres están »guardadas.» «Y cuando así no sea», respondió el lastimado Durandarte con voz desmayada y baja, 30 «cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia »y barajar.» Y, volviéndose de lado, tornó a
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 293 su acostumbrado silencio, sin hablar más palabra. ”Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos, acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos; volví la cabeza y vi por las 5 paredes de cristal que por otra sala pasaba una procesión de dos hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes blancos sobre las cabezas, al modo turquesco. Al cabo y fin de las hileras venía una 10 señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas y largas, que besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era cejijunta y la nariz 15 algo chata, la boca grande, pero colorados los labios. Los dientes, que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque eran blancos como unas peladas almendras. Traía en las manos un lienzo delgado, y entre 20 él, a lo que pude divisar, un corazón de carne momia, según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos como toda aquella gente de la procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que allí con sus dos señores estaban 25 encantados, y que la última que traía el corazón entre el lienzo y en las manos era la señora Belerma, la cual, con sus doncellas, cuatro días en la semana hacían aquella procesión y cantaban, o, por mejor decir, lloraban 30 endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón de su primo; y que si me había parecido
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 294 algo fea, o no tan hermosa como tenía la fama, era la causa las malas noches y peores días que en aquel encantamiento pasaba, como lo podía ver en sus grandes ojeras y en su color quebradiza. 5 «Y no toma ocasión su amarillez y sus »ojeras de estar con el mal mensil, ordinario en »las mujeres, porque ha muchos meses, y aun »años, que no le tiene, ni asoma por sus puertas, »sino del dolor que siente su corazón por 10 »el que de continuo tiene en las manos, que le »renueva y trae a la memoria la desgracia de »su mal logrado amante; que si esto no fuera, »apenas la igualara en hermosura, donaire »y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan 15 »celebrada en todos estos contornos y aun en todo »el mundo.» «Cepos quedos», dije yo entonces, «señor don »Montesinos: cuente vuestra merced su historia »como debe, que ya sabe que toda comparación 20 »es odiosa, y, así, no hay para qué »comparar a nadie con nadie; la sin par Dulcinea »del Toboso es quien es, y la señora doña »Belerma es quien es y quien ha sido, y quédese »aquí.» 25 ”A lo que él me respondió: «Señor don Quijote, perdóneme vuestra »merced, que yo confieso que anduve mal y »no dije bien en decir que apenas igualara la »señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me 30 »bastaba a mí haber entendido por no sé qué »barruntos que vuestra merced es su caballero,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 295 »para que me mordiera la lengua antes de »compararla sino con el mismo cielo.» ”Con esta satisfacción que me dio el gran Montesinos, se quietó mi corazón del sobresalto que recibí en oír que a mi señora la 5 comparaban con Belerma.” “Y aun me maravillo yo”, dijo Sancho, “de cómo vuestra merced no se subió sobre el vejote, y le molió a coces todos los huesos y le peló las barbas, sin dejarle pelo en ellas.” 10 “No, Sancho amigo”, respondió don Quijote; “no me estaba a mí bien hacer eso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunque no sean caballeros, y principalmente a los que lo son y están encantados; 15 yo sé bien que no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y respuestas que entre los dos pasamos.” A esta sazón dijo el primo: “Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra 20 merced en tan poco espacio de tiempo como ha que está allá bajo, haya visto tantas cosas y hablado y respondido tanto.” “¿Cuánto ha que bajé?”, preguntó don Quijote. 25 “Poco más de una hora”, respondió Sancho. “Eso no puede ser”, replicó don Quijote, “porque allá me anocheció y amaneció, y tornó a anochecer y amanecer tres veces; de modo que, a mi cuenta, tres días he estado en 30 aquellas partes remotas y escondidas a la vista nuestra.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 296 “Verdad debe de decir mi señor”, dijo Sancho; “que como todas las cosas que le han sucedido son por encantamiento, quizá lo que a nosotros nos parece un hora, debe de parecer allá tres días con sus noches.” 5 “Así será”, respondió don Quijote. “Y ¿ha comido vuestra merced en todo este tiempo, señor mío?”, preguntó el primo. “No me he desayunado de bocado”, respondió don Quijote, “ni aun he tenido hambre, ni 10 por pensamiento.” “Y ¿los encantados comen?”, dijo el primo. “No comen”, respondió don Quijote, “ni tienen excrementos mayores, aunque es opinión que les crecen las uñas, las barbas y los 15 cabellos.” “¿Y duermen por ventura los encantados, señor?”, preguntó Sancho. “No, por cierto”, respondió don Quijote; “a lo menos, en estos tres días que yo he estado 20 con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco.” “Aquí encaja bien el refrán”, dijo Sancho, “de dime con quién andas, decirte he quién eres; ándase vuestra merced con encantados, 25 ayunos y vigilantes, mirad si es mucho que ni coma ni duerma mientras con ellos anduviere. Pero perdóneme vuestra merced, señor mío, si le digo que de todo cuanto aquí ha dicho, lléveme Dios, que iba a decir el diablo, si le 30 creo cosa alguna.” “¿Cómo no?”, dijo el primo, “Pues ¿había de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 297 mentir el señor don Quijote, que, aunque quisiera, no ha tenido lugar para componer e imaginar tanto millón de mentiras?” “Yo no creo que mi señor miente”, respondió Sancho. 5 “Si no ¿qué crees?”, le preguntó don Quijote. “Creo”, respondió Sancho, “que aquel Merlín o aquellos encantadores que encantaron a toda la chusma que vuestra merced dice que ha visto y comunicado allá bajo, le encajaron 10 en el magín o la memoria toda esa máquina que nos ha contado, y todo aquello que por contar le queda.” “Todo eso pudiera ser, Sancho”, replicó don Quijote; “pero no es así, porque lo que he 15 contado lo vi por mis propios ojos y lo toqué con mis mismas manos; pero ¿qué dirás cuando te diga yo ahora cómo entre otras infinitas cosas y maravillas que me mostró Montesinos, las cuales despacio y a sus tiempos te las iré 20 contando en el discurso de nuestro viaje, por no ser todas de este lugar, me mostró tres labradoras que por aquellos amenísimos campos iban saltando y brincando como cabras, y apenas las hube visto, cuando conocí ser la 25 una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos aquellas mismas labradoras que venían con ella, que hablamos a la salida del Toboso? Pregunté a Montesinos si las conocía; respondióme que no, pero que él imaginaba que 30 debían de ser algunas señoras principales encantadas, que pocos días había que en aquellos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 298 prados habían parecido, y que no me maravillase de esto, porque allí estaban otras muchas señoras de los pasados y presentes siglos, encantadas en diferentes y extrañas figuras, entre las cuales conocía él a la reina Ginebra y su 5 dueña Quintañona, escanciando el vino a Lanzarote cuando de Bretaña vino.” Cuando Sancho Panza oyó decir esto a su amo, pensó perder el juicio o morirse de risa; que como él sabía la verdad del fingido 10 encanto de Dulcinea, de quien él había sido el encantador y el levantador de tal testimonio, acabó de conocer indubitablemente que su señor estaba fuera de juicio y loco de todo punto, y, así, le dijo: 15 “En mala coyuntura y en peor sazón y en aciago día bajó vuestra merced, caro patrón mío, al otro mundo, y en mal punto se encontró con el señor Montesinos, que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced acá arriba 20 con su entero juicio, tal cual Dios se le había dado, hablando sentencias y dando consejos a cada paso, y no ahora, contando los mayores disparates que pueden imaginarse.” “Como te conozco, Sancho”, respondió don 25 Quijote, “no hago caso de tus palabras.” “Ni yo tampoco de las de vuestra merced”, replicó Sancho, “siquiera me hiera, siquiera me mate por las que le he dicho o por las que le pienso decir si en las suyas no se corrige y 30 enmienda. Pero dígame vuestra merced, ahora que estamos en paz: ¿cómo o en qué conoció
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 299 a la señora nuestra ama? Y si la habló, ¿qué dijo y qué le respondió?” “Conocíla”, respondió don Quijote, “en que trae los mismos vestidos que traía cuando tú me la mostraste; habléla, pero no me respondió 5 palabra, antes me volvió las espaldas, y se fue huyendo con tanta prisa, que no la alcanzara una jara. Quise seguirla, y lo hiciera si no me aconsejara Montesinos que no me cansase en ello, porque sería en balde, y más, porque 10 se llegaba la hora donde me convenía volver a salir de la sima. Díjome asimismo que andando el tiempo se me daría aviso cómo habían de ser desencantados él y Belerma y Durandarte, con todos los que allí estaban; 15 pero lo que más pena me dio de las que allí vi y noté, fue que estándome diciendo Montesinos estas razones, se llegó a mí por un lado, sin que yo la viese venir, una de las dos compañeras de la sin ventura Dulcinea, y llenos 20 los ojos de lágrimas, con turbada y baja voz me dijo: «Mi señora Dulcinea del Toboso besa »a vuestra merced las manos, y suplica a »vuestra merced se la haga de hacerla saber cómo »está; y que, por estar en una gran necesidad 25 »asimismo suplica a vuestra merced, cuan »encarecidamente puede, sea servido de prestarle »sobre este faldellín que aquí traigo, de »cotonía, nuevo, media docena de reales, o los »que vuestra merced tuviere; que ella da su 30 »palabra de volvérselos con mucha brevedad.» ”Suspendióme y admiróme el tal recado, y,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 300 volviéndome al señor Montesinos, le pregunté: »¿Es posible, señor Montesinos, que los »encantados principales padecen necesidad?» A lo que él me respondió: «Créame vuestra merced, »señor don Quijote de la Mancha, que esta 5 »que llaman necesidad adondequiera se usa, »y por todo se extiende y a todos alcanza, y aun »hasta los encantados no perdona. Y pues »la señora Dulcinea del Toboso envía a pedir »esos seis reales y la prenda es buena, según 10 »parece, no hay sino dárselos; que sin duda »debe de estar puesta en algún grande aprieto.» «Prenda, no la tomaré yo», le respondí, «ni menos le daré lo que pide, porque no tengo »sino solos cuatro reales.» Los cuales le di, 15 que fueron los que tú, Sancho, me diste el otro día para dar limosna a los pobres que topase por los caminos, y le dije: «Decid, amiga mía, »a vuestra señora, que a mí me pesa en el alma »de sus trabajos, y que quisiera ser un Fúcar 20 »para remediarlos; y que le hago saber que yo »no puedo ni debo tener salud, careciendo de »su agradable vista y discreta conversación, y »que le suplico cuan encarecidamente puedo, »sea servida su merced de dejarse ver y tratar 25 »de este su cautivo servidor y asendereado »caballero. Diréisle también que cuando menos »se lo piense oirá decir como yo he hecho un »juramento y voto, a modo de aquel que hizo »el marqués de Mantua, de vengar a su sobrino 30 »Valdovinos cuando le halló para expirar en »mitad de la montaña, que fue de no comer
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIII p. 301 »pan a manteles, con las otras zarandajas que »allí añadió, hasta vengarle; y así le haré yo »de no sosegar y de andar las siete partidas »del mundo, con más puntualidad que las »anduvo el infante don Pedro de Portugal, 5 »hasta desencantarla.» «Todo eso y más debe »vuestra merced a mi señora», me respondió la doncella; y tomando los cuatro reales, en lugar de hacerme una reverencia, hizo una cabriola, que se levantó dos varas de medir 10 en el aire.” “¡Oh santo Dios!”, dijo a este tiempo dando una gran voz Sancho, “¿es posible que tal hay en el mundo y que tengan en él tanta fuerza los encantadores y encantamientos, que 15 hayan trocado el buen juicio de mi señor en una tan disparatada locura? ¡Oh señor, señor!; por quien Dios es, que vuestra merced mire por sí y vuelva por su honra, y no dé crédito a esas vaciedades que le tienen menguado y 20 descabalado el sentido.” “Como me quieres bien, Sancho, hablas de esa manera”, dijo don Quijote, “y como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad 25 te parecen imposibles; pero andará el tiempo, como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas de las que allá abajo he visto, que te harán creer las que aquí he contado, cuya verdad ni admite réplica ni disputa.” 30
p. 302 Capítulo XXIV Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento de esta grande historia. Dice el que tradujo esta grande historia del 5 original, de la que escribió su primer autor Cide Hamete Benengeli, que llegando al capítulo de la aventura de la cueva de Montesinos, en el margen de él estaban escritas de mano del mismo Hamete estas mismas razones: 10 “No me puedo dar a entender, ni me puedo persuadir, que al valeroso don Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo queda escrito. La razón es que todas las aventuras hasta aquí sucedidas 15 han sido contingibles y verosímiles, pero esta de esta cueva no le hallo entrada alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los términos razonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el más verdadero 20 hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos, no es posible, que no dijera él una mentira si le asaetearan. Por otra parte, considero que él la contó y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que no pudo fabricar en tan 25 breve espacio tan gran máquina de disparates, y si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa, y así, sin afirmarla por falsa o verdadera la escribo. Tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIV p. 303 puedo más, puesto que se tiene por cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retractó de ella y dijo que él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con las aventuras que había leído en sus 5 historias.” Y luego prosigue diciendo: Espantóse el primo, así del atrevimiento de Sancho Panza como de la paciencia de su amo, y juzgó que del contento que tenía de haber 10 visto a su señora Dulcinea del Toboso, aunque encantada, le nacía aquella condición blanda que entonces mostraba, porque si así no fuera, palabras y razones le dijo Sancho, que merecían molerle a palos; porque realmente le 15 pareció que había andado atrevidillo con su señor, a quien le dijo: “Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornada que con vuestra merced he hecho, porque en ella he 20 granjeado cuatro cosas. La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad. La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos, con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de 25 Ruidera, que me servirán para el Ovidio español que traigo entre manos. La tercera, entender la antigüedad de los naipes, que, por lo menos, ya se usaban en tiempo del emperador Carlomagno, según puede colegirse de las 30 palabras que vuestra merced dice que dijo Durandarte, cuando al cabo de aquel grande
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 304 espacio que estuvo hablando con él Montesinos, él despertó, diciendo: «Paciencia y barajar», y esta razón y modo de hablar no la pudo aprender encantado, sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperador 5 Carlomagno, y esta averiguación me viene pintiparada para el otro libro que voy componiendo, que es Suplemento de Virgilio Polidoro, en la invención de las antigüedades, y creo que en el suyo no se acordó de poner la de los 10 naipes, como la pondré yo ahora; que será de mucha importancia, y más, alegando autor tan grave y tan verdadero como es el señor Durandarte. La cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana, hasta 15 ahora ignorado de las gentes.” “Vuestra merced tiene razón”, dijo don Quijote; “pero querría yo saber, ya que Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos sus libros, que lo dudo, ¿a quién 20 piensa dirigirlos?” “Señores y grandes hay en España a quien puedan dirigirse”, dijo el primo. “No muchos”, respondió don Quijote, “y no porque no lo merezcan, sino que no quieren 25 admitirlos por no obligarse a la satisfacción que parece se debe al trabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe conozco yo que puede suplir la falta de los demás con tantas ventajas, que si me atreviere a decirlas, quizá 30 despertará la envidia en más de cuatro generosos pechos; pero quédese esto aquí para otro
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIV p. 305 tiempo más cómodo, y vamos a buscar adonde recogernos esta noche.” “No lejos de aquí”, respondió el primo, “está una ermita donde hace su habitación un ermitaño, que dicen ha sido soldado, y 5 está en opinión de ser un buen cristiano, y muy discreto y caritativo además. Junto con la ermita tiene una pequeña casa que él ha labrado a su costa, pero, con todo, aunque chica, es capaz de recibir huéspedes.” 10 “¿Tiene, por ventura, gallinas el tal ermitaño?”, preguntó Sancho. “Pocos ermitaños están sin ellas”, respondió don Quijote, “porque no son los que ahora se usan como aquellos de los desiertos de 15 Egipto, que se vestían de hojas de palma y comían raíces de la tierra. Y no se entienda que por decir bien de aquéllos, no lo digo de aquéstos, sino que quiero decir que al rigor y estrechez de entonces no llegan las penitencias 20 de los de ahora; pero no por esto dejan de ser todos buenos, a lo menos, yo por buenos los juzgo, y cuando todo corra turbio, menos mal hace el hipócrita que se finge bueno que el público pecador.” 25 Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban venía un hombre a pie, caminando aprisa y dando varazos a un macho que venía cargado de lanzas y de alabardas; cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de 30 largo; don Quijote le dijo: “Buen hombre; deteneos, que parece que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 306 vais con más diligencia que ese macho ha menester.” “No me puedo detener, señor”, respondió el hombre, “porque las armas que veis que aquí llevo han de servir mañana, y, así, me es forzoso 5 el no detenerme, y a Dios; pero si quisiereis saber para qué las llevo, en la venta que está más arriba de la ermita pienso alojar esta noche, y si es que hacéis este mismo camino, allí me hallaréis, donde os contaré 10 maravillas, y a Dios otra vez.” Y de tal manera aguijó el macho, que no tuvo lugar don Quijote de preguntarle qué maravillas eran las que pensaba decirles, y como él era algo curioso y siempre le 15 fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenó que al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sin tocar en la ermita, donde quisiera el primo que se quedaran. 20 Hízose así, subieron a caballo y siguieron todos tres el derecho camino de la venta --a la cual llegaron un poco antes de anochecer--. Dijo el primo a don Quijote que llegasen a ella a beber un trago. Apenas oyó esto 25 Sancho Panza, cuando encaminó el rucio a la ermita, y lo mismo hicieron don Quijote y el primo; pero la mala suerte de Sancho parece que ordenó que el ermitaño no estuviese en casa, que así se lo dijo una sotaermitaño que en 30 la ermita hallaron. Pidiéronle de lo caro, respondió que su señor no lo tenía, pero que si
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIV p. 307 querían agua barata, que se la daría de muy buena gana. “Si yo la tuviera de agua”, respondió Sancho, “pozos hay en el camino, donde la hubiera satisfecho. ¡Ah, bodas de Camacho y abundancia 5 de la casa de don Diego, y cuántas veces os tengo de echar menos!” Con esto dejaron la ermita y picaron hacia la venta, y a poco trecho toparon un mancebito que delante de ellos iba caminando no con 10 mucha prisa, y así le alcanzaron; llevaba la espada sobre el hombro y en ella puesto un bulto o envoltorio, al parecer, de sus vestidos, que, al parecer, debían de ser los calzones o gregüescos, y herreruelo, y alguna camisa, porque traía 15 puesta una ropilla de terciopelo, con algunas vislumbres de raso, y la camisa, de fuera. Las medias eran de seda y los zapatos cuadrados, a uso de corte; la edad llegaría a diez y ocho o diez y nueve años, alegre de rostro y, al 20 parecer, ágil de su persona. Iba cantando seguidillas para entretener el trabajo del camino; cuando llegaron a él, acababa de cantar una, que el primo tomó de memoria, que dicen que decía: 25 “A la guerra me lleva mi necesidad. Si tuviera dineros, no fuera, en verdad.” El primero que le habló fue don Quijote, diciéndole: “Muy a la ligera camina vuestra merced, 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 308 señor galán, y ¿adónde bueno?; sepamos, si es que gusta decirlo.” A lo que el mozo respondió: “El caminar tan a la ligera lo causa el calor y la pobreza, y el adónde voy es a la guerra.” 5 “¿Cómo la pobreza?”, preguntó don Quijote; “que por el calor bien puede ser.” “Señor”, replicó el mancebo, “yo llevo en este envoltorio unos gregüescos de terciopelo, compañeros de esta ropilla. Si los gasto en 10 el camino, no me podré honrar con ellos en la ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y, así, por esto, como por orearme, voy de esta manera hasta alcanzar unas compañías de infantería, que no están doce leguas de aquí, donde 15 asentaré mi plaza, y no faltarán bagajes en que caminar de allí adelante, hasta el embarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y más quiero tener por amo y por señor al rey y servirle en la guerra, que no a un pelón en la 20 corte.” “Y ¿lleva vuestra merced alguna ventaja por ventura?”, preguntó el primo. “Si yo hubiera servido a algún grande de España o algún principal personaje”, respondió 25 el mozo, “a buen seguro que yo la llevara, que eso tiene el servir a los buenos; que del tinelo suelen salir a ser alférez o capitanes, o con algún buen entretenimiento. Pero yo, desventurado, serví siempre a catarriberas y a 30 gente advenediza, de ración y quitación tan mísera y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIV p. 309 se consumía la mitad de ella, y sería tenido a milagro que un paje aventurero alcanzase alguna siquiera razonable ventura.” “Y dígame por su vida, amigo”, preguntó don Quijote, “¿es posible que en los años que 5 sirvió no ha podido alcanzar alguna librea?” “Dos me han dado”, respondió el paje, “pero así como el que se sale de alguna religión antes de profesar le quitan el hábito y le vuelven sus vestidos, así me volvían a mí los 10 míos mis amos, que, acabados los negocios a que venían a la corte, se volvían a sus casas y recogían las libreas que por sola ostentación habían dado.” “Notable espilorchería, como dice el 15 italiano”, dijo don Quijote; “pero con todo eso, tenga a feliz ventura el haber salido de la corte con tan buena intención como lleva, porque no hay otra cosa en la tierra más honrada ni de más provecho que servir a Dios, primeramente, 20 y luego a su rey y señor natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se alcanzan, si no más riquezas, a lo menos, más honra que por las letras, como yo tengo dicho muchas veces; que puesto que han fundado 25 más mayorazgos las letras que las armas, todavía llevan un no sé qué los de las armas a los de las letras, con un sí sé qué de esplendor, que se halla en ellos, que los aventaja a todos. Y esto que ahora le quiero decir, llévelo en la 30 memoria, que le será de mucho provecho y alivio en su trabajos, y es que aparte la imaginación
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 310 de los sucesos adversos que le podrán venir; que el peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos es el morir. Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso emperador romano, cuál era la mejor muerte. 5 Respondió que la impensada, la de repente y no prevista, y aunque respondió como gentil y ajeno del conocimiento del verdadero Dios, con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del sentimiento humano; que puesto caso que os maten 10 en la primera facción y refriega, o ya de un tiro de artillería, o volado de una mina, ¿qué importa?, todo es morir y acabóse la obra. Y según Terencio, más bien parece el soldado muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida, y 15 tanto alcanza de fama el buen soldado, cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que mandarle pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le está el oler a pólvora que algalia, y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio, 20 aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos, no os podrá coger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza; cuanto más que ya se va dando orden como se entretengan y remedien los soldados viejos 25 y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen hacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no pueden servir, y, echándolos de casa con título de libres, los hacen esclavos de la 30 hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte. Y por ahora no os quiero decir
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIV p. 311 más, sino que subáis a las ancas de este mi caballo hasta la venta, y allí cenaréis conmigo, y por la mañana seguiréis el camino, que os le dé Dios tan bueno como vuestros deseos merecen.” 5 El paje no aceptó el convite de las ancas, aunque sí el de cenar con él en la venta, y a esta sazón dicen que dijo Sancho entre sí: “¡Válgate Dios por señor! Y ¿es posible que hombre que sabe decir tales, tantas y tan 10 buenas cosas como aquí ha dicho, diga que ha visto los disparates imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos? Ahora bien, ello dirá.” Y en esto llegaron a la venta a tiempo que anochecía, y no sin gusto de Sancho, por ver 15 que su señor la juzgó por verdadera venta y no por castillo, como solía. No hubieron bien entrado, cuando don Quijote preguntó al ventero por el hombre de las lanzas y alabardas, el cual le respondió que en la caballeriza estaba 20 acomodando el macho; lo mismo hicieron de sus jumentos el sobrino y Sancho, dando a Rocinante el mejor pesebre y el mejor lugar de la caballeriza.
p. 312 Capítulo XXV Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titerero, con las memorables adivinanzas del mono adivino. No se le cocía el pan a don Quijote, como 5 suele decirse, hasta oír y saber las maravillas prometidas del hombre conductor de las armas; fuele a buscar donde el ventero le había dicho que estaba, y hallóle, y díjole que en todo caso le dijese luego lo que le había de decir 10 después, acerca de lo que le había preguntado en el camino. El hombre le respondió: “Más despacio, y no en pie, se ha de tomar el cuento de mis maravillas: déjeme vuestra merced, señor bueno, acabar de dar recado a 15 mi bestia, que yo le diré cosas que le admiren.” “No quede por eso”, respondió don Quijote; “que yo os ayudaré a todo.” Y así lo hizo, ahechándole la cebada y limpiando el pesebre, humildad que obligó al 20 hombre a contarle con buena voluntad lo que le pedía, y, sentándose en un poyo y don Quijote junto a él, teniendo por senado y auditorio al primo, al paje, a Sancho Panza y al ventero, comenzó a decir de esta manera: 25 “Sabrán vuestras mercedes que en un lugar que está cuatro leguas y media de esta venta, sucedió que a un regidor de él, por industria y engaño de una muchacha criada suya, y esto es largo de contar, le faltó un asno, y aunque 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXV p. 313 el tal regidor hizo las diligencias posibles por hallarle, no fue posible. Quince días serían pasados, según es pública voz y fama, que el asno faltaba, cuando, estando en la plaza el regidor perdidoso, otro regidor del mismo pueblo 5 le dijo: «Dadme albricias, compadre, que »vuestro jumento ha parecido.» «Yo os las mando »y buenas, compadre», respondió el otro; «pero »sepamos dónde ha parecido.» «En el monte», respondió el hallador, «le vi esta mañana, 10 »sin albarda y sin aparejo alguno, y tan flaco »que era una compasión mirarle. Quísele »antecoger delante de mí y traérosle, pero está »ya tan montaraz y tan huraño, que cuando »llegué a él, se fue huyendo y se entró en 15 »lo más escondido del monte; si queréis que »volvamos los dos a buscarle, dejadme poner »esta borrica en mi casa, que luego vuelvo.» «Mucho placer me haréis», dijo el del jumento, «y yo procuraré pagároslo en la 20 »misma moneda.» ”Con estas circunstancias todas y de la misma manera que yo lo voy contando lo cuentan todos aquellos que están enterados en la verdad de este caso. En resolución, los dos 25 regidores, a pie y mano a mano, se fueron al monte, y llegando al lugar y sitio donde pensaron hallar el asno, no le hallaron, ni pareció por todos aquellos contornos, aunque más le buscaron; viendo, pues, que no parecía, dijo el 30 regidor que le había visto al otro: «Mirad, compadre, una traza me ha venido
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 314 »al pensamiento, con la cual, sin duda alguna, »podremos descubrir este animal aunque esté »metido en las entrañas de la tierra, no que del »monte, y es que yo sé rebuznar maravillosamente, »y si vos sabéis algún tanto, dad el 5 »hecho por concluido.» «¿Algún tanto decís, »compadre?», dijo el otro; «por Dios que no »dé la ventaja a nadie, ni aun a los mismos »asnos.» «Ahora lo veremos,» respondió el regidor segundo, «porque tengo determinado que 10 »os vais vos por una parte del monte y yo por »otra, de modo que le rodeemos y andemos »todo, y de trecho en trecho rebuznaréis vos »y rebuznaré yo, y no podrá ser menos sino »que el asno nos oiga y nos responda, si es 15 »que está en el monte.» A lo que respondió el dueño del jumento: «Digo, compadre, que la »traza es excelente y digna de vuestro gran »ingenio.» ”Y, dividiéndose los dos, según el acuerdo, 20 sucedió que casi a un mismo tiempo rebuznaron, y cada uno, engañado del rebuzno del otro, acudieron a buscarse, pensando que ya el jumento había parecido; y en viéndose, dijo el perdidoso: «¿Es posible, compadre, que no fue mi 25 »asno el que rebuznó?» «No fue sino yo», respondió el otro. «Ahora digo», dijo el dueño, «que de vos a un asno, compadre, no hay alguna »diferencia, en cuanto toca al rebuznar, »porque en mi vida he visto ni oído cosa más 30 »propia.» «Esas alabanzas y encarecimiento», respondió el de la traza, «mejor os atañen
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXV p. 315 »y tocan a vos que a mí, compadre; que por »el Dios que me crio que podéis dar dos »rebuznos de ventaja al mayor y más perito »rebuznador del mundo; porque el sonido que »tenéis es alto, lo sostenido de la voz, a su 5 »tiempo y compás, los dejos, muchos y »apresurados, y, en resolución, yo me doy por »vencido y os rindo la palma y doy la bandera »de esta rara habilidad.» «Ahora digo», respondió el dueño, «que me tendré y estimaré en 10 »más de aquí adelante y pensaré que sé »alguna cosa, pues tengo alguna gracia; que »puesto que pensara que rebuznaba bien, nunca »entendí que llegaba al extremo que decís.» «También diré yo ahora», respondió el segundo, 15 »que hay raras habilidades perdidas en el »mundo y que son mal empleadas en aquellos que »no saben aprovecharse de ellas.» «Las nuestras», respondió el dueño, «si no es en casos »semejantes como el que traemos entre manos, 20 »no nos pueden servir en otros, y aun en éste »plega a Dios que nos sean de provecho.» ”Esto dicho, se tornaron a dividir y a volver a sus rebuznos, y a cada paso se engañaban y volvían a juntarse, hasta que se dieron por 25 contraseña que para entender que eran ellos y no el asno, rebuznasen dos veces, una tras otra; con esto, doblando a cada paso los rebuznos, rodearon todo el monte sin que el perdido jumento respondiese, ni aun por señas. Mas 30 ¿cómo había de responder el pobre y mal logrado, si le hallaron en lo más escondido del
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 316 bosque comido de lobos? Y, en viéndole, dijo su dueño: «Ya me maravillaba yo de que él »no respondía, pues a no estar muerto, él »rebuznara si nos oyera, o no fuera asno; pero a »trueco de haberos oído rebuznar con tanta 5 »gracia, compadre, doy por bien empleado el »trabajo que he tenido en buscarle, aunque le he »hallado muerto.» «En buena mano está, compadre», respondió el otro, «pues si bien canta »el abad, no le va en zaga el monacillo.» 10 ”Con esto, desconsolados y roncos, se volvieron a su aldea, adonde contaron a sus amigos, vecinos y conocidos cuanto les había acontecido en la busca del asno, exagerando el uno la gracia del otro en el rebuznar, todo 15 lo cual se supo y se extendió por los lugares circunvecinos. Y el diablo, que no duerme, como es amigo de sembrar y derramar rencillas y discordia por doquiera, levantando caramillos en el viento y grandes quimeras de 20 nonada, ordenó e hizo que las gentes de los otros pueblos, en viendo a alguno de nuestra aldea, rebuznase[n], como dándoles en rostro con el rebuzno de nuestros regidores. Dieron en ello los muchachos, que fue dar en manos y en 25 bocas de todos los demonios del infierno, y fue cundiendo el rebuzno de en uno en otro pueblo, de manera, que son conocidos los naturales del pueblo del rebuzno, como son conocidos y diferenciados los negros de los blancos, y 30 ha llegado a tanto la desgracia de esta burla, que muchas veces con mano armada y formado
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXV p. 317 escuadrón han salido contra los burladores los burlados a darse la batalla, sin poderlo remediar rey ni roque, ni temor, ni vergüenza. Yo creo que mañana o esotro día han de salir en campaña los de mi pueblo, que son los del 5 rebuzno, contra otro lugar que está a dos leguas del nuestro, que es uno de los que más nos persiguen, y por salir bien apercibidos, llevo compradas estas lanzas y alabardas que habéis visto. Y éstas son las maravillas que 10 dije que os había de contar, y si no os lo han parecido, no sé otras.” Y, con esto, dio fin a su plática el buen hombre, y, en esto, entró por la puerta de la venta un hombre todo vestido de gamuza, 15 medias, gregüescos y jubón, y con voz levantada dijo: “Señor huésped, ¿hay posada? Que viene aquí el mono adivino y el retablo de la libertad de Melisendra.” 20 “¡Cuerpo de tal”, dijo el ventero, “que aquí está el señor maese Pedro!; buena noche se nos apareja.” Olvidábaseme de decir como el tal maese Pedro traía cubierto el ojo izquierdo y casi 25 medio carrillo con un parche de tafetán verde, señal que todo aquel lado debía de estar enfermo; y el ventero prosiguió diciendo: “Sea bien venido vuestra merced, señor maese Pedro; ¿adónde está el mono y el 30 retablo, que no los veo?” “Ya llegan cerca”, respondió el todo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 318 gamuza, “sino que yo me he adelantado a saber si hay posada.” “Al mismo duque de Alba se la quitara para dársela al señor maese Pedro”, respondió el ventero; “llegue el mono y el retablo, que 5 gente hay esta noche en la venta que pagará el verle y las habilidades del mono.” “Sea en buena hora”, respondió el del parche, “que yo moderaré el precio, y con sola la costa me daré por bien pagado; y yo vuelvo a hacer 10 que camine la carreta, donde viene el mono y el retablo.” Y luego se volvió a salir de la venta. Preguntó luego don Quijote al ventero qué maese Pedro era aquél, y qué retablo y qué 15 mono traía. A lo que respondió el ventero: “Este es un famoso titerero que ha muchos días que anda por esta Mancha de Aragón enseñando un retablo de Melisendra [libertada] 20 por el famoso don Gaiferos, que es una de las mejores y más bien representadas historias que de muchos años a esta parte en este reino se han visto. Trae asimismo consigo un mono de la más rara habilidad que se vio entre 25 monos, ni se imaginó entre hombres, porque si le preguntan algo, está atento a lo que le pregunta[n], y luego salta sobre los hombros de su amo, y llegándosele al oído le dice la respuesta de lo que le preguntan, y maese Pedro la 30 declara luego; y de las cosas pasadas dice mucho más que de las que están por venir, y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXV p. 319 aunque no todas veces acierta en todas, en las más no yerra, de modo, que nos hace creer que tiene el diablo en el cuerpo. Dos reales lleva por cada pregunta, si es que el mono responde, quiero decir, si responde el amo por él, después 5 de haberle hablado al oído; y, así, se cree que el tal maese Pedro está riquísimo. Y es hombre galante, como dicen en Italia, y bon compaño, y dase la mejor vida del mundo; habla más que seis y bebe más que doce, todo 10 a costa de su lengua y de su mono y de su retablo.” En esto, volvió maese Pedro, y en una carreta venía el retablo, y el mono, grande y sin cola, con las posaderas de fieltro, pero no de 15 mala cara, y apenas le vio don Quijote, cuando le preguntó: “Dígame vuestra merced, señor adivino, ¿qué peje pillamo?, ¿qué ha de ser de nosotros?; y vea aquí mis dos reales.” 20 Y mandó a Sancho que se los diese a maese Pedro, el cual respondió por el mono y dijo: “Señor, este animal no responde, ni da noticia de las cosas que están por venir; de las 25 pasadas sabe algo, y de las presentes, algún tanto.” “¡Voto a rus!”, dijo Sancho, “no dé yo un ardite porque me digan lo que por mí ha pasado, porque ¿quién lo puede saber mejor 30 que yo mismo?. Y pagar yo porque me digan lo que sé, sería una gran necedad; pero pues
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 320 sabe las cosas presentes, he aquí mis dos reales y dígame el señor monísimo qué hace ahora mi mujer Teresa Panza y en qué se entretiene.” No quiso tomar maese Pedro el dinero, 5 diciendo: “No quiero recibir adelantados los premios sin que hayan precedido los servicios.” Y, dando con la mano derecha dos golpes sobre el hombro izquierdo, en un brinco se le 10 puso el mono en él, y, llegando la boca al oído, daba diente con diente muy aprisa; y, habiendo hecho este ademán por espacio de un credo, de otro brinco se puso en el suelo. Y al punto con grandísima prisa se fue maese Pedro a 15 poner de rodillas ante don Quijote, y abrazándole las piernas dijo: “Estas piernas abrazo, bien así como si abrazara las dos columnas de Hércules, ¡oh resucitador insigne de la ya puesta en olvido 20 andante caballería, oh no jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, ánimo de los desmayados, arrimo de los que van a caer, brazo de los caídos, báculo y consuelo de todos los desdichados!” 25 Quedó pasmado don Quijote, absorto Sancho, suspenso el primo, atónito el paje, abobado el del rebuzno, confuso el ventero y, finalmente, espantados todos los que oyeron las razones del titerero, el cual prosiguió, 30 diciendo: “Y tú, ¡oh buen Sancho Panza!, el mejor escudero
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXV p. 321 y del mejor caballero del mundo: alégrate, que tu buena mujer Teresa está buena, y ésta es la hora en que ella está rastrillando una libra de lino, y por más señas, tiene a su lado izquierdo un jarro desbocado que cabe un buen 5 porqué de vino, con que se entretiene en su trabajo.” “Eso creo yo muy bien”, respondió Sancho, “porque es ella una bienaventurada, y a no ser celosa, no la trocara yo por la giganta 10 Andandona, que, según mi señor, fue una mujer muy cabal y muy de pro, y es mi Teresa de aquellas que no se dejan mal pasar, aunque sea a costa de sus herederos.” “Ahora digo”, dijo a esta sazón don Quijote, 15 “que el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho. Digo esto, porque ¿qué persuasión fuera bastante para persuadirme que hay monos en el mundo que adivinen, como lo he visto ahora por mis propios ojos?: porque 20 yo soy el mismo don Quijote de la Mancha, que este buen animal ha dicho, puesto que se ha extendido algún tanto en mis alabanzas; pero como quiera que yo me sea, doy gracias al cielo, que me dotó de un ánimo blando y 25 compasivo, inclinado siempre a hacer bien a todos y mal a ninguno.” “Si yo tuviera dineros”, dijo el paje, “preguntara al señor mono qué me ha de suceder en la peregrinación que llevo.” 30 A lo que respondió maese Pedro, que ya se había levantado de los pies de don Quijote:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 322 “Ya he dicho que esta bestezuela no responde a lo por venir, que si respondiera no importara no haber dineros; que por servicio de señor don Quijote, que está presente, dejara yo todos los intereses del mundo, y ahora porque 5 se lo debo y por darle gusto, quiero armar mi retablo y dar placer a cuantos están en la venta, sin paga alguna.” Oyendo lo cual el ventero, alegre sobremanera, señaló el lugar donde se podía poner el 10 retablo, que en un punto fue hecho. Don Quijote no estaba muy contento con las adivinanzas del mono, por parecerle no ser a propósito que un mono adivinase, ni las de por venir, ni las pasadas cosas, y, así, en tanto que maese 15 Pedro acomodaba el retablo, se retiró don Quijote con Sancho a un rincón de la caballeriza, donde, sin ser oídos de nadie, le dijo: “Mira, Sancho, yo he considerado bien la extraña habilidad de este mono, y hallo por mi 20 cuenta que sin duda este maese Pedro, su amo, debe de tener hecho pacto, tácito o expreso, con el demonio.” “Si el patio es espeso y del demonio”, dijo Sancho, “sin duda debe de ser muy sucio patio; 25 pero ¿de qué provecho le es al tal maese Pedro tener esos patios?” “No me entiendes, Sancho; no quiero decir sino que debe de tener hecho algún concierto con el demonio, de que infunda esa habilidad 30 en el mono, con que gane de comer, y después que esté rico le dará su alma, que es lo que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXV p. 323 este universal enemigo pretende. Y háceme creer esto el ver que el mono no responde sino a las cosas pasadas o presentes, y la sabiduría del diablo no se puede extender a más, que las por venir no las sabe, si no es por 5 conjeturas, y no todas veces; que a solo Dios está reservado conocer los tiempos y los momentos, y para El no hay pasado ni porvenir, que todo es presente. Y siendo esto así, como lo es, está claro que este mono habla con el estilo del 10 diablo, y estoy maravillado cómo no le han acusado al Santo Oficio, y examinádole, y sacado de cuajo en virtud de quién adivina; porque cierto está que este mono no es astrólogo, ni su amo ni él alzan, ni saben alzar estas figuras que 15 llaman judiciarias, que tanto ahora se usan en España, que no hay mujercilla, ni paje, ni zapatero de viejo que no presuma de alzar una figura, como si fuera una sota de naipes del suelo, echando a perder con sus mentiras e 20 ignorancias la verdad maravillosa de la ciencia. De una señora sé yo, que preguntó a uno de estos figureros que si una perrilla de falda, pequeña, que tenía, si se empreñaría y pariría, y cuántos y de qué color serían los perros que 25 pariese. A lo que el señor judiciario, después de haber alzado la figura, respondió que la perrica se empreñaría y pariría tres perricos, el uno verde, el otro encarnado y el otro de mezcla, con tal condición, que la tal perra se 30 cubriese entre las once y doce del día o de la noche, y que fuese en lunes o en sábado; y lo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 324 que sucedió fue que de allí a dos días se murió la perra de ahíta, y el señor levantador quedó acreditado en el lugar por acertadísimo judiciario, como lo quedan todos o los más levantadores.” 5 “Con todo eso querría”, dijo Sancho, “que vuestra merced dijese a maese Pedro preguntase a su mono si es verdad lo que a vuestra merced le pasó en la cueva de Montesinos; que yo para mí tengo, con perdón de 10 vuestra merced, que todo fue embeleco y mentira, o, por lo menos, cosas soñadas.” “Todo podría ser”, respondió don Quijote; “pero yo haré lo que me aconsejas, puesto que me ha de quedar un no sé qué de escrúpulo.” 15 Estando en esto, llegó maese Pedro a buscar a don Quijote y decirle que ya estaba en orden el retablo, que su merced viniese a verle porque lo merecía; don Quijote le comunicó su pensamiento y le rogó preguntase luego a su 20 mono le dijese si ciertas cosas que había pasado en la cueva de Montesinos habían sido soñadas o verdaderas, porque a él le parecía que tenían de todo. A lo que maese Pedro, sin responder palabra, volvió a traer el mono, y 25 puesto delante de don Quijote y de Sancho, dijo: “Mirad, señor mono, que este caballero quiere saber si ciertas cosas que le pasaron en una cueva llamada de Montesinos, si fueron falsas, 30 o verdaderas.” Y, haciéndole la acostumbrada señal, el
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXV p. 325 mono se le subió en el hombro izquierdo, y hablándole al parecer en el oído, dijo luego maese Pedro: “El mono dice que parte de las cosas que vuestra merced vio o pasó en la dicha cueva 5 son falsas, y parte verosímiles, y que esto es lo que sabe, y no otra cosa, en cuanto a esta pregunta. Y que si vuestra merced quisiere saber más, que el viernes venidero responderá a todo lo que se le preguntare; que por ahora se le ha 10 acabado la virtud, que no le vendrá hasta el viernes, como dicho tiene.” “¿No lo decía yo”, dijo Sancho, “que no se me podía asentar que todo lo que vuestra merced, señor mío, ha dicho de los acontecimientos 15 de la cueva era verdad, ni aun la mitad?” “Los sucesos lo dirán, Sancho”, respondió don Quijote; “que el tiempo, descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no las saque a la luz del sol, aunque esté escondida 20 en los senos de la tierra; y por ahora baste esto, y vámonos a ver el retablo del buen maese Pedro, que para mí tengo que debe de tener alguna novedad.” “¿Cómo alguna?”, respondió maese Pedro; 25 “sesenta mil encierra en sí este mi retablo: dígole a vuestra merced, mi señor don Quijote, que es una de las cosas más de ver que hoy tiene el mundo, y operibus credite & non verbis. Y manos a labor, que se hace 30 tarde, y tenemos mucho que hacer y que decir y que mostrar.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 326 Obedeciéronle don Quijote y Sancho, y vinieron donde ya estaba el retablo puesto y descubierto, lleno por todas partes de candelillas de cera encendidas, que le hacían vistoso y resplandeciente. En llegando, se metió maese 5 Pedro dentro de él, que era el que había de manejar las figuras del artificio, y fuera se puso un muchacho, criado del maese Pedro, para servir de intérprete y declarador de los misterios del tal retablo; tenía una varilla en la mano con 10 que señalaba las figuras que salían. Puestos, pues, todos cuantos había en la venta, y algunos en pie, frontero del retablo, y acomodados don Quijote, Sancho, el paje y el primo en los mejores lugares, el trujamán comenzó a decir 15 lo que oirá y verá el que le oyere, o viere el capítulo siguiente.
p. 327 Capítulo XXVI Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad harto buenas. “Callaron todos, tirios y troyanos,” 5 quiero decir, pendientes estaban todos los que el retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas, cuando se oyeron sonar en el retablo cantidad de atabales, y trompetas, y dispararse mucha artillería, cuyo rumor pasó 10 en tiempo breve, y luego alzó la voz el muchacho, y dijo: “Esta verdadera historia que aquí a vuestras mercedes se representa, es sacada al pie de la letra de las crónicas francesas y de los 15 romances españoles que andan en boca de las gentes y de los muchachos por esas calles; trata de la libertad que dio el señor don Gaiferos a su esposa Melisendra, que estaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad de 20 Sansueña, que así se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza. Y vean vuestras mercedes allí cómo está jugando a las tablas don Gaiferos, según aquello que se canta: Jugando está a las tablas don Gaiferos 25 que ya de Melisendra está olvidado; y aquel personaje, que allí asoma con corona
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 328 en la cabeza y cetro en las manos, es el emperador Carlomagno, padre putativo de la tal Melisendra, el cual, mohíno de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reñir. Y adviertan con la vehemencia y ahínco que le riñe, 5 que no parece sino que le quiere dar con el cetro media docena de coscorrones, y aun hay autores que dicen que se los dio, y muy bien dados, y después de haberle dicho muchas cosas acerca del peligro que corría su honra en no 10 procurar la libertad de su esposa, dicen que le dijo: «Harto os he dicho, miradlo». Miren vuestras mercedes también cómo el emperador vuelve las espaldas y deja despechado 15 a don Gaiferos, el cual ya ven cómo arroja impaciente de la cólera lejos de sí el tablero y las tablas, y pide aprisa las armas, y a don Roldán, su primo, pide prestada su espada Durindana, y cómo don Roldán no se la quiere 20 prestar, ofreciéndole su compañía en la difícil empresa en que se pone; pero el valeroso enojado no lo quiere aceptar, antes dice que él solo es bastante para sacar a su esposa, si bien estuviese metida en el más hondo centro de 25 la tierra. Y, con esto, se entra a armar para ponerse luego en camino. ”Vuelvan vuestras mercedes los ojos a aquella torre que allí parece, que se presupone que es una de las torres del alcázar de Zaragoza, 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVI p. 329 que ahora llaman la Aljafería, y aquella dama que en aquel balcón parece, vestida a lo moro, es la sin par Melisendra, que desde allí muchas veces se ponía a mirar el camino de Francia, y puesta la imaginación en París y en su esposo, 5 se consolaba en su cautiverio. Miren también un nuevo caso que ahora sucede, quizá no visto jamás. ¿No ven aquel moro que callandico y pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se llega por las espaldas de Melisendra? Pues 10 miren cómo la da un beso en mitad de los labios, y la prisa que ella se da a escupir y a limpiárselos con la blanca manga de su camisa, y cómo se lamenta y se arranca de pesar sus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la 15 culpa del maleficio. Miren también cómo aquel grave moro que está en aquellos corredores es el rey Marsilio de Sansueña, el cual, por haber visto la insolencia del moro, puesto que era un pariente y gran privado suyo, le mandó luego 20 prender y que le den doscientos azotes, llevándole por las calles acostumbradas de la ciudad, con chilladores delante, y envaramiento detrás; 25 y veis aquí donde salen a ejecutar la sentencia, aun bien apenas no habiendo sido puesta en ejecución la culpa, porque entre moros no hay traslado a la parte, ni a prueba y estése como entre nosotros.” 30 “Niño, niño”, dijo con voz alta a esta sazón
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 330 don Quijote: “Seguid vuestra historia línea recta y no os metáis en las curvas o transversales; que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas.” También dijo maese Pedro desde dentro: 5 “Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda, que será lo más acertado; sigue tu canto llano y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sutiles.” 10 “Yo lo haré así”, respondió el muchacho, y prosiguió, diciendo: “Esta figura que aquí parece a caballo cubierta con una capa gascona, es la misma de don Gaiferos; [aquí] su esposa, ya vengada 15 del atrevimiento del enamorado moro, con mejor y más sosegado semblante se ha puesto a los miradores de la torre, y habla con su esposo creyendo que es algún pasajero, con quien pasó todas aquellas razones y coloquios de 20 aquel romance que dicen: «Caballero, si a Francia ides, por Gaiferos preguntad.» Las cuales no digo yo ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar el fastidio; basta ver 25 cómo don Gaiferos se descubre, y que por los ademanes alegres que Melisendra hace, se nos da a entender que ella le ha conocido, y más ahora que vemos se descuelga del balcón, para ponerse en las ancas del caballo de su buen 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVI p. 331 esposo. Mas ¡ay, sin ventura!, que se le ha asido una punta del faldellín de uno de los hierros del balcón, y está pendiente en el aire, sin poder llegar al suelo. Pero veis cómo el piadoso cielo socorre en las mayores necesidades, pues 5 llega don Gaiferos, y sin mirar si se rasgará o no el rico faldellín, ase de ella, y mal su grado la hace bajar al suelo, y luego de un brinco la pone sobre las ancas de su caballo, a horcajadas como hombre, y la manda que se tenga 10 fuertemente y le eche los brazos por las espaldas, de modo que los cruce en el pecho, porque no se caiga, a causa que no estaba la señora Melisendra acostumbrada a semejantes caballerías. Veis también cómo los relinchos 15 del caballo dan señales que va contento con la valiente y hermosa carga que lleva en su señor y en su señora. Veis cómo vuelven las espaldas y salen de la ciudad, y alegres y regocijados toman de París la vía. ¡Vais en paz, oh par 20 sin par de verdaderos amantes; lleguéis a salvamento a vuestra deseada patria, sin que la fortuna ponga estorbo en vuestro feliz viaje. Los ojos de vuestros amigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los días --que los de 25 Néstor sean--, que os quedan de la vida!” Aquí alzó otra vez la voz maese Pedro, y dijo: “Llaneza, muchacho, no te encumbres; que toda afectación es mala.” 30 No respondió nada el intérprete, antes prosiguió, diciendo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 332 “No faltaron algunos ociosos ojos, que lo suelen ver todo, que no viesen la bajada y la subida de Melisendra, de quien dieron noticia al rey Marsilio, el cual mandó luego tocar al arma, y miren con qué prisa: que ya la ciudad 5 se hunde con el son de las campanas, que en todas las torres de las mezquitas suenan.” “Eso no”, dijo a esta sazón don Quijote; “en esto de las campanas anda muy impropio maese Pedro, porque entre moros no se usan 10 campanas, sino atabales y un género de dulzainas que parecen nuestras chirimías, y esto de sonar campanas en Sansueña sin duda que es un gran disparate.” Lo cual oído por maese Pedro, cesó el 15 tocar, y dijo: “No mire vuestra merced en niñerías, señor don Quijote, ni quiera llevar las cosas tan por el cabo, que no se le halle. ¿No se representan por ahí casi de ordinario mil comedias llenas de 20 mil impropiedades y disparates, y, con todo eso, corren felicísimamente su carrera y se escuchan, no sólo con aplauso, sino con admiración y todo? Prosigue, muchacho, y deja decir, que como yo llene mi talego, siquiera 25 represente más impropiedades que tiene átomos el sol.” “Así es la verdad”, replicó don Quijote. Y el muchacho dijo: “Miren cuánta y cuán lucida caballería sale 30 de la ciudad en seguimiento de los dos católicos amantes, cuántas trompetas que suenan,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVI p. 333 cuántas dulzainas que tocan y cuántos atabales y tambores que retumban; témome que los han de alcanzar y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que sería un horrendo espectáculo.” 5 Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote, parecióle ser bien dar ayuda a los que huían, y, levantándose en pie, en voz alta dijo: “No consentiré yo que en mis días y en mi 10 presencia se le haga superchería a tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos. ¡Deteneos, mal nacida canalla, no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en la batalla!” 15 Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada, y de un brinco se puso junto al retablo y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, 20 estropeando a éste, destrozando a aquél, y entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces 25 maese Pedro, diciendo: “Deténgase vuestra merced, señor don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta; ¡mire, pecador de mí, que me 30 destruye y echa a perder toda mi hacienda!” Mas no por esto dejaba de menudear don
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 334 Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos dio con todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus jarcias y figuras, el rey Marsilio malherido y el 5 emperador Carlomagno, partida la corona y la cabeza en dos partes. Alborotóse el senado de los oyentes, huyóse el mono por los tejados de la venta, temió el primo, acobardóse el paje, y hasta el mismo Sancho Panza tuvo 10 pavor grandísimo, porque como él juró después de pasada la borrasca, jamás había visto a su señor con tan desatinada cólera. Hecho, pues, el general destrozo del retablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo: 15 “Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen ni quieren creer de cuánto provecho sean en el mundo los caballeros andantes; miren si no me hallara yo aquí presente qué fuera del buen don Gaiferos y de 20 la hermosa Melisendra. A buen seguro que ésta fuera ya la hora que los hubieran alcanzado estos canes y les hubieran hecho algún desaguisado. En resolución, ¡viva la andante caballería sobre cuantas cosas hoy viven en la tierra!” 25 “Viva en hora buena”, dijo a esta sazón con voz enfermiza maese Pedro, “y muera yo, pues soy tan desdichado que puedo decir con el rey don Rodrigo: Ayer fui señor de España, 30 y hoy no tengo una almena que pueda decir que es mía.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVI p. 335 No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi señor de reyes y de emperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitos caballos y de innumerables galas, y ahora me veo desolado y abatido, 5 pobre y mendigo, y, sobre todo, sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva a mi poder me han de sudar los dientes, y todo por la furia mal considerada de este señor caballero, de quien se dice que ampara pupilos y endereza 10 tuertos, y hace otras obras caritativas, y en mí solo ha venido a faltar su intención generosa, que sean benditos y alabados los cielos allá donde tienen más levantados sus asientos. En fin, el Caballero de la Triste 15 Figura había de ser aquel que había de desfigurar las mías.” Enternecióse Sancho Panza con las razones de maese Pedro, y díjole: “No llores, maese Pedro, ni te lamentes, 20 que me quiebras el corazón; porque te hago saber que es mi señor don Quijote tan católico y escrupuloso cristiano, que si él cae en la cuenta de que te ha hecho algún agravio, te lo sabrá y te lo querrá pagar y satisfacer con 25 muchas ventajas.” “Con que me pagase el señor don Quijote alguna parte de las hechuras que me ha deshecho, quedaría contento, y su merced aseguraría su conciencia, porque no se puede salvar 30 quien tiene lo ajeno contra la voluntad de su dueño y no lo restituye.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 336 “Así es”, dijo don Quijote; “pero hasta ahora yo no sé que tenga nada vuestro, maese Pedro.” “¿Cómo no?”, respondió maese Pedro. “Y estas reliquias que están por este duro y estéril 5 suelo, ¿quién las esparció y aniquiló sino la fuerza invencible de ese poderoso brazo? Y ¿cúyos eran sus cuerpos sino míos? Y ¿con quién me sustentaba yo sino con ellos?” “Ahora acabo de creer”, dijo a este punto 10 don Quijote, “lo que otras muchas veces he creído: que estos encantadores que me persiguen no hacen sino ponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y luego me las mudan y truecan en las que ellos quieren. 15 Real y verdaderamente os digo, señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado que pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra; don Gaiferos, don Gaiferos; Marsilio, Marsilio, y Carlomagno, 20 Carlomagno. Por eso se me alteró la cólera, y, por cumplir con mi profesión de caballero andante, quise dar ayuda y favor a los que huían, y con este buen propósito hice lo que habéis visto; si me ha salido al revés no es culpa mía, 25 sino de los malos que me persiguen. Y, con todo esto, de este mi yerro, aunque no ha procedido de malicia, quiero yo mismo condenarme en costas. Vea maese Pedro lo que quiere por las figuras deshechas, que yo me ofrezco 30 a pagárselo luego en buena y corriente moneda castellana.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVI p. 337 Inclinósele maese Pedro, diciéndole: “No esperaba yo menos de la inaudita cristiandad del valeroso don Quijote de la Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos los necesitados y menesterosos vagamundos; 5 y aquí el señor ventero y el gran Sancho serán medianeros y apreciadores entre vuestra merced y mí de lo que valen o podían valer las ya deshechas figuras.” El ventero y Sancho dijeron que así lo 10 harían, y luego maese Pedro alzó del suelo, con la cabeza menos, al rey Marsilio de Zaragoza, y dijo: “Ya se ve cuán imposible es volver a este rey a su ser primero, y, así, me parece, salvo 15 mejor juicio, que se me dé por su muerte, fin y acabamiento cuatro reales y medio.” “Adelante”, dijo don Quijote. “Pues por esta abertura de arriba abajo”, prosiguió maese Pedro, tomando en las 20 manos al partido emperador Carlomagno, “no sería mucho que pidiese yo cinco reales y un cuartillo.” “No es poco”, dijo Sancho. “Ni mucho”, replicó el ventero; “médiese la 25 partida y señálensele cinco reales.” “Dénsele todos cinco y cuartillo”, dijo don Quijote; “que no está en un cuartillo más a menos la monta de esta notable desgracia, y acabe presto maese Pedro, que se hace hora de cenar 30 y yo tengo ciertos barruntos de hambre.” “Por esta figura”, dijo maese Pedro, “que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 338 está sin narices y un ojo menos, que es de la hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos reales y doce maravedís.” “Aún ahí sería el diablo”, dijo don Quijote, “si ya no estuviese Melisendra con su esposo, 5 por lo menos, en la raya de Francia, porque el caballo en que iban a mí me pareció que antes volaba que corría, y, así, no hay para qué venderme a mí el gato por liebre, presentándome aquí a Melisendra desnarigada, estando 10 la otra, si viene a mano, ahora holgándose en Francia con su esposo a pierna tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada uno, señor maese Pedro, y caminemos todos con pie llano y con intención sana, y prosiga.” 15 Maese Pedro, que vio que don Quijote izquierdeaba y que volvía a su primer tema, no quiso que se le escapase, y, así, le dijo: “Esta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que la servían, y, así, con 20 sesenta maravedís que me den por ella, quedaré contento y bien pagado.” De esta manera fue poniendo precio a otras muchas destrozadas figuras, que después los moderaron los dos jueces árbitros, con 25 satisfacción de las partes, que llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos, y además de esto, que luego lo desembolsó Sancho, pidió maese Pedro dos reales por el trabajo de tomar el mono. “Dáselos, Sancho”, dijo don Quijote, “no 30 para tomar el mono, sino la mona, y doscientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVI p. 339 con certidumbre que la señora doña Melisendra y el señor don Gaiferos estaban ya en Francia y entre los suyos.” “Ninguno nos lo podrá decir mejor que mi mono”, dijo maese Pedro, “pero no habrá diablo 5 que ahora le tome; aunque imagino que el cariño y la hambre le han de forzar a que me busque esta noche, y amanecerá Dios, y verémonos.” En resolución, la borrasca del retablo se acabó y todos cenaron en paz y en buena 10 compañía, a costa de don Quijote, que era liberal en todo extremo. Antes que amaneciese se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas, y ya después de amanecido se vinieron a despedir de don Quijote el primo y el paje, el 15 uno para volverse a su tierra, y el otro, a proseguir su camino, para ayuda del cual le dio don Quijote una docena de reales. Maese Pedro no quiso volver a entrar en más dimes ni dirétes con don Quijote, a quien él conocía 20 muy bien, y, así, madrugó antes que el sol, y, cogiendo las reliquias de su retablo y a su mono, se fue también a buscar sus aventuras. El ventero, que no conocía a don Quijote, tan admirado le tenían sus locuras como su 25 liberalidad. Finalmente, Sancho le pagó muy bien por orden de su señor, y, despidiéndose de él, casi a las ocho del día dejaron la venta y se pusieron en camino, donde los dejaremos ir, que así conviene, para dar lugar a contar 30 otras cosas pertenecientes a la declaración de esta famosa historia.
p. 340 Capítulo XXVII Donde se da cuenta quiénes eran maese Pedro y su mono, con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como lo 5 tenía pensado. Entra Cide Hamete, cronista de esta grande historia, con estas palabras en este capítulo: “Juro como católico cristiano”; a lo que su traductor dice que el jurar Cide Hamete como 10 católico cristiano, siendo él moro, como sin duda lo era, no quiso decir otra cosa, sino que así como el católico cristiano, cuando jura, jura o debe jurar verdad y decirla en lo que dijere, así él la decía como si jurara como 15 cristiano católico en lo que quería escribir de don Quijote, especialmente en decir quién era maese Pedro y quién el mono adivino que traía admirados todos aquellos pueblos con sus adivinanzas. 20 Dice, pues, que bien se acordará el que hubiere leído la primera parte de esta historia de aquel Ginés de Pasamonte a quien, entre otros galeotes, dio libertad don Quijote en Sierra Morena, beneficio que después le fue mal 25 agradecido y peor pagado de aquella gente maligna y mal acostumbrada. Este Ginés de Pasamonte, a quien don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fue el que hurtó a Sancho Panza el rucio, que por no haberse puesto el cómo ni 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVII p. 341 el cuándo en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en qué entender a muchos, que atribuían a poca memoria del autor la falta de imprenta. Pero, en resolución, Ginés le hurtó estando sobre él durmiendo 5 Sancho Panza, usando de la traza y modo que usó Brunelo cuando, estando Sacripante sobre Albraca, le sacó el caballo de entre las piernas, y después le cobró Sancho, como se ha contado. Este Ginés, pues, temeroso de no ser 10 hallado de la justicia que le buscaba para castigarle de sus infinitas bellaquerías y delitos, que fueron tantos y tales, que él mismo compuso un gran volumen contándolos, determinó pasarse al reino de Aragón y cubrirse el ojo 15 izquierdo, acomodándose al oficio de titerero; que esto y el jugar de manos lo sabía hacer por extremo. Sucedió, pues, que de unos cristianos ya libres que venían de Berbería compró aquel 20 mono, a quien enseñó que en haciéndole cierta señal, se le subiese en el hombro y le murmurase, o lo pareciese, al oído. Hecho esto, antes que entrase en el lugar donde entraba con su retablo y mono, se informaba en el 25 lugar más cercano, o de quien él mejor podía, qué cosas particulares hubiesen sucedido en el tal lugar y a qué personas, y llevándolas bien en la memoria, lo primero que hacía era mostrar su retablo, el cual unas veces era de una 30 historia y otras de otra, pero todas alegres y regocijadas y conocidas. Acabada la muestra
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 342 proponía las habilidades de su mono, diciendo al pueblo que adivinaba todo lo pasado y lo presente, pero que en lo de por venir no se daba maña; por la respuesta de cada pregunta pedía dos reales y de algunas hacía 5 barato, según tomaba el pulso a los preguntantes, y como tal vez llegaba a las casas de quien él sabía los sucesos de los que en ella moraban, aunque no le preguntasen nada, por no pagarle, él hacía la seña al mono y 10 luego decía que le había dicho tal y tal cosa, que venía de molde con lo sucedido. Con esto cobraba crédito inefable y andábanse todos tras él. Otras veces, como era tan discreto, respondía de manera, que las respuestas venían 15 bien con las preguntas, y como nadie le apuraba ni apretaba a que dijese cómo adivinaba su mono, a todos hacía monas y llenaba sus esqueros. Así como entró en la venta conoció a don 20 Quijote y a Sancho, por cuyo conocimiento le fue fácil poner en admiración a don Quijote y a Sancho Panza y a todos los que en ella estaban; pero hubiérale de costar caro, si don Quijote bajara un poco más la mano, cuando 25 cortó la cabeza al rey Marsilio y destruyó toda su caballería, como queda dicho en el antecedente capítulo. Esto es lo que hay que decir de maese Pedro y de su mono. Y, volviendo a don Quijote de 30 la Mancha, digo que después de haber salido de la venta, determinó de ver primero las
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVII p. 343 riberas del río Ebro y todos aquellos contornos, antes de entrar en la ciudad de Zaragoza, pues le daba tiempo para todo el mucho que faltaba desde allí a las justas. Con esta intención siguió su camino, por el cual anduvo dos 5 días sin acontecerle cosa digna de ponerse en escritura, hasta que al tercero, al subir de una loma, oyó un gran rumor de tambores, de trompetas y arcabuces; al principio pensó que algún tercio de soldados pasaba por aquella 10 parte, y por verlos picó a Rocinante y subió la loma arriba, y cuando estuvo en la cumbre vio al pie de ella, a su parecer, más de doscientos hombres armados de diferentes suertes de armas, como si dijésemos lanzones, ballestas, 15 partesanas, alabardas y picas, y algunos arcabuces y muchas rodelas. Bajó del recuesto y acercóse al escuadrón, tanto, que distintamente vio las banderas, juzgó de las colores y notó las empresas que en ellas traían, especialmente 20 una que en un estandarte o jirón de raso blanco venía, en el cual estaba pintado muy al vivo un asno como un pequeño sardesco, la cabeza levantada, la boca abierta y la lengua de fuera, en acto y postura como si estuviera 25 rebuznando; alrededor de él estaban escritos de letras grandes estos dos versos: “No rebuznaron en balde el uno y el otro alcalde.” Por esta insignia sacó don Quijote que aquella 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 344 gente debía de ser del pueblo del rebuzno, y así se lo dijo a Sancho, declarándole lo que en el estandarte venía escrito. Díjole también que el que les había dado noticia de aquel caso se había errado en decir que dos regidores habían 5 sido los que rebuznaron; pero, que según los versos del estandarte, no habían sido sino alcaldes. A lo que respondió Sancho Panza: “Señor, en eso no hay que reparar, que bien puede ser que los regidores que entonces 10 rebuznaron viniesen con el tiempo a ser alcaldes de su pueblo, y, así, se pueden llamar con entrambos títulos, cuanto más que no hace al caso a la verdad de la historia ser los rebuznadores alcaldes o regidores, como ellos una por 15 una hayan rebuznado, porque tan a pique está de rebuznar un alcalde como un regidor.” Finalmente, conocieron y supieron cómo el pueblo corrido salía a pelear con otro que le corría más de lo justo y de lo que se debía a 20 la buena vecindad. Fuese llegando a ellos don Quijote, no con poca pesadumbre de Sancho, que nunca fue amigo de hallarse en semejantes jornadas. Los del escuadrón le recogieron en medio, creyendo que era alguno de los de 25 su parcialidad. Don Quijote, alzando la visera, con gentil brío y continente llegó hasta el estandarte del asno, y allí se le pusieron alrededor todos los más principales del ejército, por verle, admirados con la admiración acostumbrada, 30 en que caían todos aquellos que la vez primera le miraban. Don Quijote, que los
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVII p. 345 vio tan atentos a mirarle, sin que ninguno le hablase ni le preguntase nada, quiso aprovecharse de aquel silencio y, rompiendo el suyo, alzó la voz y dijo: “Buenos señores, cuan encarecidamente 5 puedo os suplico que no interrumpáis un razonamiento que quiero haceros, hasta que veáis que os disgusta y enfada; que si esto sucede, con la mas mínima señal que me hagáis, pondré un sello en mi boca y echaré una 10 mordaza a mi lengua.” Todos le dijeron que dijese lo que quisiese, que de buena gana le escucharían. Don Quijote, con esta licencia, prosiguió, diciendo: “Yo, señores míos, soy caballero andante, 15 cuyo ejercicio es el de las armas, y cuya profesión la de favorecer a los necesitados de favor y acudir a los menesterosos. Días ha que he sabido vuestra desgracia y la causa que os mueve a tomar las armas a cada paso, para 20 vengaros de vuestros enemigos. Y, habiendo discurrido una y muchas veces en mi entendimiento sobre vuestro negocio, hallo, según las leyes del duelo, que estáis engañados en teneros por afrentados, porque ningún particular 25 puede afrentar a un pueblo entero, si no es retándole de traidor por junto, porque no sabe en particular quién cometió la traición porque le reta. Ejemplo de esto tenemos en don Diego Ordóñez de Lara, que retó a todo el pueblo 30 zamorano, porque ignoraba que sólo Vellido Dolfos había cometido la traición de matar a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 346 su rey, y, así, retó a todos y a todos tocaba la venganza y la respuesta; aunque bien es verdad que el señor don Diego anduvo algo demasiado y aun pasó muy adelante de los límites del reto, porque no tenía para qué retar a 5 los muertos, a las aguas, ni a los panes, ni a los que estaban por nacer, ni a las otras menudencias que allí se declaran. Pero ¡vaya!, pues cuando la cólera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que la corrija. 10 Siendo, pues, esto así, que uno solo no puede afrentar a reino, provincia, ciudad, república ni pueblo entero, queda en limpio que no hay para qué salir a la venganza del reto de la tal afrenta, pues no lo es; porque ¡bueno sería que se 15 matasen a cada paso los del pueblo de la Reloja con quien se lo llama, ni los cazoleros, berengeneros, ballenatos, jaboneros, ni los de otros nombres y apellidos que andan por ahí en boca de los muchachos y de gente de poco 20 más a menos! ¡Bueno sería, por cierto, que todos estos insignes pueblos se corriesen y vengasen y anduviesen continuo hechas las espadas sacabuches a cualquier pendencia, por pequeña que fuese! No, no, ni Dios lo permita 25 o quiera. Los varones prudentes, las repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las espadas y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por defender la fe católica; 30 la segunda, por defender su vida, que es de ley natural y divina; la tercera, en defensa de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVII p. 347 su honra, de su familia y hacienda; la cuarta, en servicio de su rey en la guerra justa, y si le quisiéremos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, es en defensa de su patria. A estas cinco causas, como capitales, se 5 pueden agregar algunas otras que sean justas y razonables y que obliguen a tomar las armas. Pero tomarlas por niñerías y por cosas que antes son de risa y pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de 10 todo razonable discurso, cuanto más que el tomar venganza injusta, que justa no puede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley que profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros 15 enemigos y que amemos a los que nos aborrecen, mandamiento que aunque parece algo dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de Dios que del mundo, y más de carne que de espíritu; porque 20 Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana, y, así, no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. Así que, 25 mis señores, vuestras mercedes están obligados por leyes divinas y humanas a sosegarse.” “El diablo me lleve”, dijo a esta sazón Sancho entre sí, “si este mi amo no es teólogo, y si no lo es, que lo parece como un huevo a otro.” 30 Tomó un poco de aliento don Quijote, y, viendo que todavía le prestaban silencio, quiso
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 348 pasar adelante en su plática, como pasara si no se pusiera en medio la agudeza de Sancho, el cual, viendo que su amo se detenía, tomó la mano por él, diciendo: “Mi señor don Quijote de la Mancha, que 5 un tiempo se llamó el Caballero de la Triste Figura y ahora se llama el Caballero de los Leones, es un hidalgo muy atentado que sabe latín y romance como un bachiller, y en todo cuanto trata y aconseja procede como muy 10 buen soldado, y tiene todas las leyes y ordenanzas de lo que llaman el duelo en la uña, y así no hay más que hacer sino dejarse llevar por lo que él dijere, y sobre mí si lo erraren. Cuanto más que ello se está dicho que es 15 necedad correrse por sólo oír un rebuzno; que yo me acuerdo, cuando muchacho, que rebuznaba cada y cuando que se me antojaba, sin que nadie me fuese a la mano, y con tanta gracia y propiedad, que en rebuznando yo, 20 rebuznaban todos los asnos del pueblo, y no por eso dejaba de ser hijo de mis padres, que eran honradísimos. Y aunque por esta habilidad era envidiado de más de cuatro de los estirados de mi pueblo, no se me daba dos 25 ardites. Y porque se vea que digo verdad, esperen y escuchen; que esta ciencia es como la del nadar que, una vez aprendida, nunca se olvida.” Y luego, puesta la mano en las narices, comenzó a rebuznar tan reciamente, que todos 30 los cercanos valles retumbaron. Pero uno de los que estaban junto a él, creyendo que hacía
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVII p. 349 burla de ellos, alzó un varapalo que en la mano tenía y diole tal golpe con él, que sin ser poderoso a otra cosa, dio con Sancho Panza en el suelo. Don Quijote, que vio tan mal parado a Sancho, arremetió al que le había dado, con la 5 lanza sobre mano; pero fueron tantos los que se pusieron en medio, que no fue posible vengarle. Antes, viendo que llovía sobre él un nublado de piedras y que le amenazaban mil encaradas ballestas y no menos cantidad de 10 arcabuces, volvió las riendas a Rocinante, y a todo lo que su galope pudo se salió de entre ellos, encomendándose de todo corazón a Dios, que de aquel peligro le librase, temiendo a cada paso no le entrase alguna bala por las 15 espaldas y le saliese al pecho, y a cada punto recogía el aliento, por ver si le faltaba. Pero los del escuadrón se contentaron con verle huir, sin tirarle. A Sancho le pusieron sobre su jumento, apenas vuelto en sí y le dejaron ir 20 tras su amo, no porque él tuviese sentido para regirle; pero el rucio siguió las huellas de Rocinante, sin el cual no se hallaba un punto. Alongado, pues, don Quijote buen trecho, volvió la cabeza y vio que Sancho venía, y 25 atendióle, viendo que ninguno le seguía. Los del escuadrón se estuvieron allí hasta la noche, y por no haber salido a la batalla sus contrarios se volvieron a su pueblo regocijados y alegres, y si ellos supieran la costumbre 30 antigua de los griegos, levantaran en aquel lugar y sitio un trofeo.
p. 350 Capítulo XXVIII De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere, si las lee con atención. Cuando el valiente huye la superchería está descubierta, y es de varones prudentes guardarse 5 para mejor ocasión. Esta verdad se verificó en don Quijote, el cual, dando lugar a la furia del pueblo y a las malas intenciones de aquel indignado escuadrón, puso pies en polvorosa, y sin acordarse de Sancho ni del 10 peligro en que le dejaba, se apartó tanto cuanto le pareció que bastaba, para estar seguro. Seguíale Sancho atravesado en su jumento, como queda referido. Llegó, en fin, ya vuelto en su acuerdo, y al llegar se dejó caer del 15 rucio a los pies de Rocinante, todo ansioso, todo molido y todo apaleado. Apeóse don Quijote para catarle las feridas, pero como le hallase sano de los pies a la cabeza, con asaz cólera le dijo: 20 “¡Tan en hora mala supisteis vos rebuznar, Sancho! Y ¿dónde hallasteis vos ser bueno el nombrar la soga en casa del ahorcado? A música de rebuznos ¿qué contrapunto se había de llevar sino de varapalos? Y dad gracias a 25 Dios, Sancho, que ya que os santiguaron con un palo, no os hicieron el per signum crucis con un alfanje.” “No estoy para responder”, respondió Sancho, “porque me parece que hablo por las 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 351 espaldas. Subamos y apartémonos de aquí, que yo pondré silencio en mis rebuznos; pero no [puedo] dejar de decir que los caballeros andantes huyen, y dejan a sus buenos escuderos molidos como alheña o como cibera en 5 poder de sus enemigos.” “No huye el que se retira”, respondió don Quijote, “porque has de saber, Sancho, que la valentía que no se funda sobre la basa de la prudencia se llama temeridad, y las hazañas 10 del temerario más se atribuyen a la buena fortuna que a su ánimo. Y, así, yo confieso que me he retirado, pero no huido, y en esto he imitado a muchos valientes, que se han guardado para tiempos mejores, y de esto están las 15 historias llenas, las cuales, por no serte a ti de provecho ni a mí de gusto, no te las refiero ahora.” En esto, ya estaba a caballo Sancho, ayudado de don Quijote, el cual asimismo subió 20 en Rocinante, y poco a poco se fueron a emboscar en una alameda que hasta un cuarto de legua de allí se parecía. De cuando en cuando daba Sancho unos ayes profundísimos y unos gemidos dolorosos. Y, preguntándole don 25 Quijote la causa de tan amargo sentimiento, respondió que desde la punta del espinazo hasta la nuca del cerebro le dolía de manera, que le sacaba de sentido. “La causa de ese dolor debe de ser, sin duda”, 30 dijo don Quijote, “que como era el palo con que te dieron largo y tendido, te cogió todas
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 352 las espaldas, donde entran todas esas partes que te duelen; y si más te cogiera, más te doliera.” “Por Dios”, dijo Sancho, “que vuestra merced me ha sacado de una gran duda, y que me 5 la ha declarado por lindos términos. ¡Cuerpo de mí!, ¿tan encubierta estaba la causa de mi dolor, que ha sido menester decirme que me duele todo todo aquello que alcanzó el palo? Si me dolieran los tobillos, aun pudiera ser que 10 se anduviera adivinando el por qué me dolían; pero dolerme lo que me molieron no es mucho adivinar. A la fe, señor nuestro amo, el mal ajeno de pelo cuelga, y cada día voy descubriendo tierra de lo poco que puedo esperar 15 de la compañía que con vuestra merced tengo, porque si esta vez me ha dejado apalear, otra y otras ciento volveremos a los manteamientos de marras y a otras muchacherías, que si ahora me han salido a las espaldas, después 20 me saldrán a los ojos. Harto mejor haría yo, sino que soy un bárbaro y no haré nada que bueno sea en toda mi vida, harto mejor haría yo, vuelvo a decir, en volverme a mi casa y a mi mujer y a mis hijos, y sustentarla y criarlos 25 con lo que Dios fue[se] servido de darme, y no andarme tras vuestra merced por caminos sin camino, y por sendas y carreras que no las tienen, bebiendo mal y comiendo peor. Pues ¡tomadme el dormir! Contad, hermano escudero, 30 siete pies de tierra, y si quisiereis más, tomad otros tantos, que en vuestra mano está escudillar,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 353 y tendeos a todo vuestro buen talante, que quemado vea yo y hecho polvos al primero que dio puntada en la andante caballería, o, a lo menos, al primero que quiso ser escudero de tales tontos como debieron ser todos los 5 caballeros andantes pasados; de los presentes no digo nada, que por ser vuestra merced uno de ellos los tengo respeto, y porque sé que sabe vuestra merced un punto más que el diablo en cuanto habla y en cuanto piensa.” 10 “Haría yo una buena apuesta con vos, Sancho”, dijo don Quijote, “que ahora que vais hablando, sin que nadie os vaya a la mano, que no os duele nada en todo vuestro cuerpo. Hablad, hijo mío, todo aquello que os viniere 15 al pensamiento y a la boca; que a trueco de que a vos no os duela nada, tendré yo por gusto el enfado que me dan vuestras impertinencias, y si tanto deseáis volveros a vuestra casa con vuestra mujer e hijos, no permita 20 Dios que yo os lo impida. Dineros tenéis míos, mirad cuánto ha que esta tercera vez salimos de nuestro pueblo, y mirad lo que podéis y debéis ganar cada mes, y pagaos de vuestra mano.” 25 “Cuando yo servía”, respondió Sancho, “a Tomé Carrasco, el padre del bachiller Sansón Carrasco, que vuestra merced bien conoce, dos ducados ganaba cada mes, amén de la comida. Con vuestra merced no sé lo que puedo ganar, 30 puesto que sé que tiene más trabajo el escudero del caballero andante que el que sirve a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 354 un labrador; que, en resolución, los que servimos a labradores, por mucho que trabajemos de día, por mal que suceda, a la noche cenamos olla y dormimos en cama, en la cual no he dormido después que ha que sirvo a vuestra 5 merced, si no ha sido el tiempo breve que estuvimos en casa de don Diego de Miranda, y la jira que tuve con la espuma que saqué de las ollas de Camacho, y lo que comí y bebí y dormí en casa de Basilio. Todo el otro tiempo 10 he dormido en la dura tierra al cielo abierto, sujeto a lo que dicen inclemencias del cielo, sustentándome con rajas de queso y mendrugos de pan, y bebiendo aguas, ya de arroyos, ya de fuentes, de las que encontramos por 15 esos andurriales donde andamos.” “Confieso”, dijo don Quijote, “que todo lo que dices, Sancho, sea verdad; ¿cuánto parece que os debo dar más de lo que os daba Tomé Carrasco?” 20 “A mi parecer”, dijo Sancho, “con dos reales más que vuestra merced añadiese cada mes me tendría por bien pagado. Esto es cuanto al salario de mi trabajo; pero en cuanto a satisfacerme a la palabra y promesa que 25 vuestra merced me tiene hecha de darme el gobierno de una ínsula, sería justo que se me añadiesen otros seis reales, que por todos serían treinta.” “Está muy bien”, replicó don Quijote “y 30 conforme al salario que vos os habéis señalado, 25 días ha que salimos de nuestro pueblo:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 355 contad, Sancho, rata por cantidad y mirad lo que os debo, y pagaos, como os tengo dicho, de vuestra mano.” “¡Oh cuerpo de mí!”, dijo Sancho, “que va vuestra merced muy errado en esta cuenta, 5 porque en lo de la promesa de la ínsula se ha de contar desde el día que vuestra merced me la prometió, hasta la presente hora en que estamos.” “Pues ¿qué tanto ha, Sancho, que os la 10 prometí?”, dijo don Quijote. “Si yo mal no me acuerdo”, respondió Sancho, “debe de haber más de 20 años, tres días más a menos.” Diose don Quijote una gran palmada en la 15 frente, y comenzó a reír muy de gana, y dijo: “Pues no anduve yo en Sierra Morena, ni en todo el discurso de nuestras salidas, sino dos meses apenas, y ¿dices, Sancho, que ha 20 20 años que te prometí la ínsula? Ahora digo que quieres que se consuma en tus salarios el dinero que tienes mío, y si esto es así y tú gustas de ello, desde aquí te lo doy y buen provecho te haga; que a trueco de verme sin tan 25 mal escudero, holgaréme de quedarme pobre y sin blanca. Pero dime, prevaricador de las ordenanzas escuderiles de la andante caballería, ¿dónde has visto tú, o leído, que ningún escudero de caballero andante se haya puesto con 30 su señor, en [tanto más cuanto] me habéis de dar cada mes porque os sirva? Entrate,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 356 éntrate, malandrín, follón y vestiglo, que todo lo pareces, éntrate, digo, por el mare magnum de sus historias, y si hallares que algún escudero haya dicho, ni pensado, lo que aquí has dicho, quiero que me le claves en la frente, y, 5 por añadidura, me hagas cuatro mamonas selladas en mi rostro. Vuelve las riendas, o el cabestro, al rucio, y vuélvete a tu casa, porque un solo paso desde aquí no has de pasar más adelante conmigo. ¡Oh pan mal conocido! 10 ¡Oh promesas mal colocadas! ¡Oh hombre que tiene más de bestia que de persona! ¿Ahora cuando yo pensaba ponerte en estado, y tal, que a pesar de tu mujer te llamaran señoría, te despides? ¿Ahora te vas, cuando yo venía con 15 intención firme y valedera de hacerte señor de la mejor ínsula del mundo? En fin, como tú has dicho otras veces, no es la miel, etc.; asno eres, y asno has de ser y en asno has de parar cuando se te acabe el curso de la vida, que para 20 mí tengo que antes llegará ella a su último término que tú caigas y des en la cuenta de que eres bestia.” Miraba Sancho a don Quijote de en hito en hito, en tanto que los tales vituperios le decía; 25 y compungióse de manera, que le vinieron las lágrimas a los ojos, y con voz dolorida y enferma le dijo: “Señor mío, yo confieso que, para ser del todo asno, no me falta más de la cola; si 30 vuestra merced quiere ponérmela, yo la daré por bien puesta y le serviré como jumento todos
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXVIII p. 357 los días que me quedan de mi vida. Vuestra merced me perdone y se duela de mi mocedad, y advierta que sé poco, y que si hablo mucho, más procede de enfermedad que de malicia; mas quien yerra y se enmienda, a Dios 5 se encomienda.” “Maravillárame yo, Sancho, si no mezclaras algún refrancico en tu coloquio. Ahora bien, yo te perdono con que te enmiendes y con que no te muestres de aquí adelante tan amigo de 10 tu interés, sino que procures ensanchar el corazón y te alientes y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas, que, aunque se tarda, no se imposibilita.” Sancho respondió que sí haría, aunque sacase 15 fuerzas de flaqueza. Con esto, se metieron en la alameda, y don Quijote se acomodó al pie de un olmo y Sancho al de una haya, que estos tales árboles y otros sus semejantes siempre tienen pies, y no manos. Sancho pasó la 20 noche penosamente, porque el varapalo se hacía más sentir con el sereno. Don Quijote la pasó en sus continuas memorias, pero con todo eso dieron los ojos al sueño, y al salir del alba siguieron su camino buscando las 25 riberas del famoso Ebro, donde les sucedió lo que se contará en el capítulo venidero.
p. 358 Capítulo XXIX De la famosa aventura del barco encantado. Por sus pasos contados y por contar, dos días después que salieron de la alameda, llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro, y el 5 verle fue de gran gusto a don Quijote, porque contempló y miró en él la amenidad de sus riberas, la claridad de sus aguas, el sosiego de su curso y la abundancia de sus líquidos cristales, cuya alegre vista renovó en su 10 memoria mil amorosos pensamientos; especialmente, fue y vino en lo que había visto en la cueva de Montesinos, que, puesto que el mono de maese Pedro le había dicho que parte de aquellas cosas eran verdad y parte mentira, él 15 se atenía más a las verdaderas que a las mentirosas, bien al revés de Sancho, que todas las tenía por la misma mentira. Yendo, pues, de esta manera, se le ofreció a la vista un pequeño barco sin remos, ni otras 20 jarcias algunas, que estaba atado en la orilla a un tronco de un árbol que en la ribera estaba. Miró don Quijote a todas partes y no vio persona alguna, y luego, sin más ni más se apeó de Rocinante y mandó a Sancho que lo mismo 25 hiciese del rucio, y que a entrambas bestias las atase muy bien, juntas, al tronco de un álamo o sauce que allí estaba. Preguntóle Sancho la causa de aquel súbito apeamiento y de aquel ligamiento. Respondió don Quijote: 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIX p. 359 “Has de saber, Sancho, que este barco que aquí está, derechamente y sin poder ser otra cosa en contrario, me está llamando y convidando a que entre en él, y vaya en él a dar socorro a algún caballero o a otra necesitada 5 y principal persona, que debe de estar puesta en alguna grande cuita, porque éste es estilo de los libros de las historias caballerescas y de los encantadores que en ellas se entremeten y platican: cuando algún caballero está puesto 10 en algún trabajo, que no puede ser librado de él sino por la mano de otro caballero, puesto que estén distantes el uno del otro dos o tres mil leguas y aún más, o le arrebatan en una nube, o le deparan un barco donde se entre, y, en 15 menos de un abrir y cerrar de ojos, le llevan, o por los aires o por la mar, donde quieren y adonde es menester su ayuda. Así que, ¡oh Sancho!, este barco está puesto aquí para el mismo efecto, y esto es tan verdad como es 20 ahora de día, y antes que éste se pase, ata juntos al rucio y a Rocinante, y a la mano de Dios que nos guíe; que no dejaré de embarcarme si me lo pidiesen frailes descalzos.” “Pues así es”, respondió Sancho, “y vuestra 25 merced quiere dar a cada paso en estos que no sé si los llame disparates, no hay sino obedecer y bajar la cabeza, atendiendo al refrán: haz lo que tu amo te manda y siéntate con él a la mesa. Pero con todo esto, por lo que toca 30 al descargo de mi conciencia, quiero advertir a vuestra merced que a mí me parece que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 360 este tal barco no es de los encantados, sino de algunos pescadores de este río, porque en él se pescan las mejores sabogas del mundo.” Esto decía mientras ataba las bestias Sancho, dejándolas a la protección y amparo de 5 los encantadores, con harto dolor de su ánima. Don Quijote le dijo que no tuviese pena del desamparo de aquellos animales; que el que los llevaría a ellos por tan longincuos caminos y regiones tendría cuenta de sustentarlos. 10 “No entiendo eso de logicuos”, dijo Sancho, “ni he oído tal vocablo en todos los días de mi vida.” “Longincuos”, respondió don Quijote, “quiere decir apartados, y no es maravilla que no lo 15 entiendas, que no estás tú obligado a saber latín, como algunos que presumen que lo saben, y lo ignoran.” “Ya están atados”, replicó Sancho; “¿qué hemos de hacer ahora?” 20 “¿Qué?”, respondió don Quijote; “santiguarnos y levar ferro, quiero decir, embarcarnos y cortar la amarra con que este barco está atado.” Y, dando un salto en él, siguiéndole Sancho, 25 cortó el cordel, y el barco se fue apartando poco a poco de la ribera, y cuando Sancho se vio obra de dos varas dentro del río, comenzó a temblar, temiendo su perdición; pero ninguna cosa le dio más pena que el oír roznar al 30 rucio y el ver que Rocinante pugnaba por desatarse, y díjole a su señor:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIX p. 361 “El rucio rebuzna, condolido de nuestra ausencia, y Rocinante procura ponerse en libertad para arrojarse tras nosotros. ¡Oh carísimos amigos, quedaos en paz, y la locura que nos aparta de vosotros, convertida en desengaño, nos 5 vuelva a vuestra presencia!” Y en esto, comenzó a llorar tan amargamente, que don Quijote, mohíno y colérico, le dijo: “¿De qué temes, cobarde criatura? ¿De qué lloras, corazón de mantequillas? ¿Quién te 10 persigue o quién te acosa, ánimo de ratón casero, o qué te falta, menesteroso en la mitad de las entrañas de la abundancia? ¿Por dicha vas caminando a pie y descalzo por las montañas rifeas, sino sentado en una tabla como un 15 archiduque, por el sesgo curso de este agradable río, de donde en breve espacio saldremos al mar dilatado? Pero ya habemos de haber salido, y caminado, por lo menos, setecientas u ochocientas leguas, y si yo tuviera aquí un 20 astrolabio con que tomar la altura del polo, yo te dijera las que hemos caminado, aunque, o yo sé poco, o ya hemos pasado o pasaremos presto por la línea equinoccial que divide y corta los dos contrapuestos polos en igual 25 distancia.” “Y cuando lleguemos a esa leña que vuestra merced dice”, preguntó Sancho, “¿cuánto habremos caminado?” “Mucho”, replicó don Quijote, “porque de 30 trescientos y sesenta grados que contiene el globo del agua y de la tierra, según el cómputo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 362 de Ptolomeo, que fue el mayor cosmógrafo que se sabe, la mitad habremos caminado, llegando a la línea que he dicho.” “Por Dios”, dijo Sancho, “que vuestra merced me trae por testigo de lo que dice a una gentil 5 persona, puto y gafo, con la añadidura de meón o meo, o no sé cómo.” Riose don Quijote de la interpretación que Sancho había dado al nombre y al cómputo y cuenta del cosmógrafo Ptolomeo, y díjole: 10 “Sabrás, Sancho, que los españoles y los que se embarcan en Cádiz para ir a las Indias Orientales, una de las señales que tienen para entender que han pasado la línea equinoccial que te he dicho, es que a todos los que 15 van en el navío se les mueren los piojos, sin que les quede ninguno, ni en todo el bajel le hallarán si le pesan a oro, y, así, puedes, Sancho, pasear una mano por un muslo, y si topares cosa viva, saldremos de esta duda, y si no, 20 pasado habemos.” “Yo no creo nada de eso”, respondió Sancho, “pero con todo haré lo que vuestra merced me manda, aunque no sé para qué hay necesidad de hacer esas experiencias, pues yo veo con 25 mis mismos ojos que no nos habemos apartado de la ribera cinco varas, ni hemos decantado de donde están las alimañas dos varas, porque allí están Rocinante y el rucio en el propio lugar do los dejamos, y tomada la mira como 30 yo la tomo ahora, voto a tal que no nos movemos ni andamos al paso de una hormiga.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIX p. 363 “Haz, Sancho, la averiguación que te he dicho y no te cures de otra, que tú no sabes qué cosa sean coluros, líneas, paralelos, zodíacos, clíticas, polos, solsticios, equinoccios, planetas, signos, puntos, medidas de que se compone la 5 esfera celeste y terrestre; que si todas estas cosas supieras, o parte de ellas, vieras claramente qué de paralelos hemos cortado, qué de signos visto y qué de imágenes hemos dejado atrás y vamos dejando ahora. Y tórnote a decir 10 que te tientes y pesques; que yo para mí tengo que estás más limpio que un pliego de papel liso y blanco.” Tentóse Sancho, y, llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia la corva izquierda, 15 alzó la cabeza y miró a su amo, y dijo: “O la experiencia es falsa, o no hemos llegado adonde vuestra merced dice, ni con muchas leguas.” “Pues ¿qué?”, preguntó don Quijote; “¿has 20 topado algo?” “Y aun algos”, respondió Sancho. Y, sacudiéndose los dedos, se lavó toda la mano en el río, por el cual sosegadamente se deslizaba el barco por mitad de la corriente, 25 sin que le moviese alguna inteligencia secreta ni algún encantador escondido, sino el mismo curso del agua, blando entonces y suave. En esto, descubrieron unas grandes aceñas que en la mitad del río estaban, y apenas las 30 hubo visto don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 364 “¿Ves? Allí, ¡oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe de estar algún caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa malparada, para cuyo socorro soy aquí traído.” 5 “¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo, dice vuestra merced, señor?”, dijo Sancho; “¿no echa de ver que aquéllas son aceñas que están en el río, donde se muele el trigo?” “Calla, Sancho”, dijo don Quijote, “que 10 aunque parecen aceñas, no lo son, y ya te he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural los encantos; no quiero decir que las mudan de en uno en otro ser realmente, sino que lo parece, como lo mostró 15 la experiencia en la transformación de Dulcinea, único refugio de mis esperanzas.” En esto, el barco, entrado en la mitad de la corriente del río, comenzó a caminar no tan lentamente como hasta allí. Los molineros de 20 las aceñas, que vieron venir aquel barco por el río y que se iba a embocar por el raudal de las ruedas, salieron con presteza muchos de ellos con varas largas a detenerle, y como salían enharinados y cubiertos los rostros y los 25 vestidos del polvo de la harina, representaban una mala vista; daban voces grandes, diciendo: “¡Demonios de hombres! ¿Dónde vais? ¿Venís desesperados, que queréis ahogaros y haceros pedazos en estas ruedas?” 30 “¿No te dije yo, Sancho”, dijo a esta sazón don Quijote, “que habíamos llegado donde he
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIX p. 365 de mostrar a dó llega el valor de mi brazo? Mira qué de malandrines y follones me salen al encuentro. Mira cuántos vestiglos se me oponen; mira cuántas feas cataduras nos hacen cocos; pues ¡ahora lo veréis, bellacos!” 5 Y, puesto en pie en el barco, con grandes voces comenzó a amenazar a los molineros, diciéndoles: “¡Canalla malvada y peor aconsejada, dejad en su libertad y libre albedrío a la persona que 10 en esa vuestra fortaleza o prisión tenéis oprimida, alta o baja, de cualquiera suerte o calidad que sea; que yo soy don Quijote de la Mancha, llamado el Caballero de los Leones por otro nombre, a quien está reservada por 15 orden de los altos cielos el dar fin feliz a esta aventura!” Y, diciendo esto, echó mano a su espada y comenzó a esgrimirla en el aire contra los molineros, los cuales, oyendo y no entendiendo 20 aquellas sandeces, se pusieron con sus varas a detener el barco que ya iba entrando en el raudal y canal de las ruedas. Púsose Sancho de rodillas, pidiendo devotamente al cielo le librase de tan manifiesto peligro, como lo hizo 25 por la industria y presteza de los molineros, que, oponiéndose con sus palos al barco, le detuvieron, pero no de manera, que dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote y con Sancho al través en el agua; pero vínole bien a 30 don Quijote, que sabía nadar como un ganso, aunque el peso de las armas le llevó al fondo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 366 dos veces, y si no fuera por los molineros, que se arrojaron al agua y los sacaron como en peso a entrambos, allí había sido Troya para los dos. Puestos, pues, en tierra, más mojados que 5 muertos de sed, Sancho, puesto de rodillas, las manos juntas y los ojos clavados al cielo, pidió a Dios con una larga y devota plegaria le librase de allí adelante de los atrevidos deseos y acometimientos de su señor. Llegaron, 10 en esto, los pescadores dueños del barco, a quien habían hecho pedazos las ruedas de las aceñas, y viéndole roto, acometieron a desnudar a Sancho y a pedir a don Quijote se lo pagase, el cual, con gran sosiego, como si no 15 hubiera pasado nada por él, dijo a los molineros y pescadores que él pagaría el barco de bonísima gana, con condición que le diesen libre y sin cautela a la persona o personas que en aquel castillo estaban oprimidas. 20 “¿Qué personas o qué castillo dice”, respondió uno de los molineros, “hombre sin juicio?; ¿quiéreste llevar, por ventura, las que vienen a moler trigo a estas aceñas?” “Basta”, dijo entre sí don Quijote, “aquí será 25 predicar en desierto querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna. Y en esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el uno estorba lo que el otro intenta; el uno me deparó el 30 barco y el otro dio conmigo al través. Dios lo remedie; que todo este mundo es máquinas
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXIX p. 367 y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más.” Y, alzando la voz, prosiguió diciendo y mirando a las aceñas: “Amigos, cualesquiera que seáis, que en 5 esa prisión quedáis encerrados, perdonadme, que por mi desgracia y por la vuestra yo no os puedo sacar de vuestra cuita; para otro caballero debe de estar guardada y reservada esta aventura.” 10 En diciendo esto, se concertó con los pescadores y pagó por el barco 50 reales, que los dio Sancho de muy mala gana, diciendo: “A dos barcadas como ésta, daremos con todo el caudal al fondo.” 15 Los pescadores y molineros estaban admirados, mirando aquellas dos figuras tan fuera del uso, al parecer, de los otros hombres, y no acababan de entender a do se encaminaban las razones y preguntas que don Quijote les decía, 20 y, teniéndolos por locos, les dejaron y se recogieron a sus aceñas, y los pescadores a sus ranchos. Volvieron a sus bestias y a ser bestias, don Quijote y Sancho; y este fin tuvo la aventura del encantado barco. 25
p. 368 Capítulo XXX De lo que le avino a don Quijote con una bella cazadora. Asaz melancólicos y de mal talante llegaron a sus animales caballero y escudero, especialmente 5 Sancho, a quien llegaba al alma llegar al caudal del dinero, pareciéndole que todo lo que de él se quitaba era quitárselo a él de las niñas de sus ojos. Finalmente, sin hablarse palabra, se pusieron a caballo y se apartaron del 10 famoso río, Don Quijote, sepultado en los pensamientos de sus amores, y Sancho, en los de su acrecentamiento, que por entonces le parecía que estaba bien lejos de tenerle, porque maguer era tonto, bien se le alcanzaba que 15 las acciones de su amo, todas o las más, eran disparates, y buscaba ocasión de que, sin entrar en cuentas ni en despedimientos con su señor, un día se desgarrase y se fuese a su casa; pero la fortuna ordenó las cosas muy al revés 20 de lo que él temía. Sucedió, pues, que otro día, al poner del sol, y al salir de una selva, tendió don Quijote la vista por un verde prado, y en lo último de él vio gente, y, llegándose cerca, conoció que eran 25 cazadores de altanería; llegóse más, y entre ellos vio una gallarda señora sobre un palafrén o hacanea blanquísima, adornada de guarniciones verdes y con un sillón de plata. Venía la señora asimismo vestida de verde, tan bizarra 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXX p. 369 y ricamente, que la misma bizarría venía transformada en ella. En la mano izquierda traía un azor, señal que dio a entender a don Quijote ser aquella alguna gran señora, que debía serlo de todos aquellos cazadores, como era la 5 verdad, y, así, dijo a Sancho: “Corre, hijo Sancho, y di a aquella señora del palafrén y del azor, que yo, el Caballero de los Leones, besa las manos a su gran fermosura, y que si su grandeza me da licencia, se las 10 iré a besar y a servirla en cuanto mis fuerzas pudieren y su alteza me mandare; y mira, Sancho, cómo hablas, y ten cuenta de no encajar algún refrán de los tuyos en tu embajada.” “Hallado os le habéis el encajador”, respondió 15 Sancho. “¡A mí con eso!; ¡sí, que no es ésta la vez primera que he llevado embajadas a altas y crecidas señoras en esta vida!” “Si no fue la que llevaste a la señora Dulcinea”, replicó don Quijote, “yo no sé que hayas 20 llevado otra, a lo menos, en mi poder.” “Así es verdad”, respondió Sancho, “pero al buen pagador no le duelen prendas, y en casa llena presto se guisa la cena. Quiero decir que a mí no hay que decirme ni advertirme de 25 nada; que para todo tengo y de todo se me alcanza un poco.” “Yo lo creo, Sancho”, dijo don Quijote; “ve en buena hora y Dios te guíe.” Partió Sancho de carrera, sacando de su paso 30 al rucio, y llegó donde la bella cazadora estaba, y apeándose, puesto ante ella de hinojos, le dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 370 “Hermosa señora: aquel caballero que allí se parece, llamado el Caballero de los Leones, es mi amo, y yo soy un escudero suyo, a quien llaman en su casa Sancho Panza. Este tal Caballero de los Leones, que no ha mucho que se 5 llamaba el de la Triste Figura, envía por mí a decir a vuestra grandeza sea servida de darle licencia para que, con su propósito y beneplácito y consentimiento, él venga a poner en obra su deseo, que no es otro, según él dice 10 y yo pienso, que de servir a vuestra encumbrada altanería y fermosura; que en dársela vuestra señoría hará cosa que redunde en su pro, y él recibirá señaladísima merced y contento.” 15 “Por cierto, buen escudero”, respondió la señora, “vos habéis dado la embajada vuestra con todas aquellas circunstancias que las tales embajadas piden: levantaos del suelo, que escudero de tan gran caballero como es el de la 20 Triste Figura, de quien ya tenemos acá mucha noticia, no es justo que esté de hinojos. Levantaos, amigo, y decid a vuestro señor que venga mucho en hora buena a servirse de mí y del duque, mi marido, en una casa de placer que 25 aquí tenemos.” Levantóse Sancho, admirado así de la hermosura de la buena señora como de su mucha crianza y cortesía, y más de lo que le había dicho que tenía noticia de su señor el Caballero de 30 la Triste Figura, y que si no le había llamado el de los Leones, debía de ser por habérsele
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXX p. 371 puesto tan nuevamente. Preguntóle la duquesa --cuyo título aún no se sabe: “Decidme, hermano escudero, este vuestro señor, ¿no es uno de quien anda impresa una historia que se llama del Ingenioso Hidalgo 5 don Quijote de la Mancha, que tiene por señora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?” “El mismo es, señora”, respondió Sancho, “y aquel escudero suyo que anda, o debe de andar, en la tal historia, a quien llaman Sancho 10 Panza, soy yo, si no es que me trocaron en la cuna, quiero decir, que me trocaron en la estampa.” “De todo eso me huelgo yo mucho”, dijo la duquesa; “id, hermano Panza, y decid a 15 vuestro señor que él sea el bien llegado y el bien venido a mis estados, y que ninguna cosa me pudiera venir que más contento me diera.” Sancho, con esta tan agradable respuesta, con grandísimo gusto volvió a su amo, a 20 quien contó todo lo que la gran señora le había dicho, levantando con sus rústicos términos a los cielos su mucha fermosura, su gran donaire y cortesía. Don Quijote se gallardeó en la silla, púsose bien en los estribos, acomodóse 25 la visera, arremetió a Rocinante y con gentil denuedo fue a besar las manos a la duquesa; la cual, haciendo llamar al duque, su marido, le contó, en tanto que don Quijote llegaba, toda la embajada suya, y los dos, por haber 30 leído la primera parte de esta historia y haber entendido por ella el disparatado humor de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 372 don Quijote, con grandísimo gusto y con deseo de conocerle, le atendían, con presupuesto de seguirle el humor y conceder con él en cuanto les dijese, tratándole como a caballero andante los días que con ellos se detuviese, 5 con todas las ceremonias acostumbradas en los libros de caballerías, que ellos habían leído, y aun les eran muy aficionados. En esto, llegó don Quijote, alzada la visera, y dando muestras de apearse, acudió Sancho 10 a tenerle el estribo; pero fue tan desgraciado, que al apearse del rucio, se le asió un pie en una soga del albarda, de tal modo, que no fue posible desenredarle, antes quedó colgado de él, con la boca y los pechos en el suelo. Don 15 Quijote, que no tenía en costumbre apearse sin que le tuviesen el estribo, pensando que ya Sancho había llegado a tenérsele, descargó de golpe el cuerpo y llevóse tras sí la silla de Rocinante, que debía de estar mal cinchado, y 20 la silla y él vinieron al suelo, no sin vergüenza suya y de muchas maldiciones que entre dientes echó al desdichado de Sancho, que aún todavía tenía el pie en la corma. El duque mandó a sus cazadores que acudiesen 25 al caballero y al escudero, los cuales levantaron a don Quijote maltrecho de la caída, y, renqueando y como pudo, fue a hincar las rodillas ante los dos señores; pero el duque no lo consintió en ninguna manera; 30 antes, apeándose de su caballo, fue a abrazar a don Quijote, diciéndole:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXX p. 373 “A mí me pesa, señor Caballero de la Triste Figura, que la primera que vuestra merced ha hecho en mi tierra haya sido tan mala como se ha visto; pero descuidos de escuderos suelen ser causa de otros peores sucesos.” 5 “El que yo he tenido en veros, valeroso príncipe”, respondió don Quijote, “es imposible ser malo, aunque mi caída no parara hasta el profundo de los abismos, pues de allí me levantara y me sacara la gloria de haberos 10 visto. Mi escudero, que Dios maldiga, mejor desata la lengua para decir malicias que ata y cincha una silla para que esté firme; pero comoquiera que yo me halle, caído o levantado, a pie o a caballo, siempre estaré al servicio 15 vuestro y al de mi señora la duquesa, digna consorte vuestra y digna señora de la hermosura y universal princesa de la cortesía.” “Pasito, mi señor don Quijote de la 20 Mancha”, dijo el duque; “que adonde está mi señora doña Dulcinea del Toboso, no es razón que se alaben otras fermosuras.” Ya estaba a esta sazón libre Sancho Panza del lazo, y, hallándose allí cerca, antes que su 25 amo respondiese, dijo: “No se puede negar, sino afirmar, que es muy hermosa mi señora Dulcinea del Toboso; pero donde menos se piensa se levanta la liebre, que yo he oído decir que esto que llaman 30 naturaleza es como un alcaller que hace vasos de barro, y el que hace un vaso hermoso también
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 374 puede hacer dos, y tres, y ciento. Dígolo, porque mi señora la duquesa a fe que no va en zaga a mi ama la señora Dulcinea del Toboso.” Volvióse don Quijote a la duquesa y dijo: 5 “Vuestra grandeza imagine que no tuvo caballero andante en el mundo escudero más hablador ni más gracioso del que yo tengo, y él me sacará verdadero si algunos días quisiere vuestra gran celsitud servirse de mí.” 10 A lo que respondió la duquesa: “De que Sancho el bueno sea gracioso lo estimo yo en mucho, porque es señal que es discreto; que las gracias y los donaires, señor don Quijote, como vuestra merced bien sabe, 15 no asientan sobre ingenios torpes. Y pues el buen Sancho es gracioso y donairoso, desde aquí le confirmo por discreto.” “Y hablador”, añadió don Quijote. “Tanto que mejor”, dijo el duque, “porque 20 muchas gracias no se pueden decir con pocas palabras; y porque no se nos vaya el tiempo en ellas, venga el gran Caballero de la Triste Figura.” “De los Leones ha de decir vuestra alteza”, 25 dijo Sancho; “que ya no hay Triste Figura ni Figuro.” “Sea el de los Leones”, prosiguió el duque: “digo que venga el señor Caballero de los Leones a un castillo mío que está aquí cerca, 30 donde se le hará el acogimiento que a tan alta persona se debe justamente, y el que yo y la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXX p. 375 duquesa solemos hacer a todos los caballeros andantes que a él llegan.” Ya en esto Sancho había aderezado y cinchado bien la silla a Rocinante, y, subiendo en él don Quijote, y el duque en un hermoso 5 caballo, pusieron a la duquesa en medio y encaminaron al castillo. Mandó la duquesa a Sancho que fuese junto a ella, porque gustaba infinito de oír sus discreciones. No se hizo de rogar Sancho, y entretejióse entre los 10 tres e hizo cuarto en la conversación, con gran gusto de la duquesa y del duque, que tuvieron a gran ventura acoger en su castillo tal caballero andante y tal escudero andado.
p. 376 Capítulo XXXI Que trata de muchas y grandes cosas. Suma era la alegría que llevaba consigo Sancho viéndose, a su parecer, en privanza con la duquesa, porque se le figuraba que había 5 de hallar en su castillo lo que en la casa de don Diego y en la de Basilio, siempre aficionado a la buena vida, y, así, tomaba la ocasión por la melena en esto del regalarse cada y cuando que se le ofrecía. 10 Cuenta, pues, la historia, que antes que a la [casa] de placer o castillo llegasen, se adelantó el duque y dio orden a todos sus criados del modo que habían de tratar a don Quijote, el cual como llegó con la duquesa a las puertas 15 del castillo, al instante salieron de él dos lacayos o palafreneros, vestidos hasta en pies de unas ropas que llaman de levantar, de finísimo raso carmesí, y, cogiendo a don Quijote en brazos, sin ser oído ni visto, le dijeron: 20 “Vaya la vuestra grandeza a apear a mi señora la duquesa.” Don Quijote lo hizo, y hubo grandes comedimientos entre los dos sobre el caso; pero, en efecto, venció la porfía de la duquesa y no 25 quiso descender o bajar del palafrén sino en los brazos del duque, diciendo que no se hallaba digna de dar a tan gran caballero tan inútil carga. En fin, salió el duque a apearla, y al entrar en un gran patio, llegaron dos 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXI p. 377 hermosas doncellas y echaron sobre los hombros a don Quijote un gran manto de finísima escarlata, y en un instante se coronaron todos los corredores del patio de criados y criadas de aquellos señores, diciendo a grandes voces: 5 “Bien sea venido la flor y la nata de los caballeros andantes.” Y todos, o los más, derramaban pomos de aguas olorosas sobre don Quijote y sobre los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote, 10 y aquél fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero, y no fantástico, viéndose tratar del mismo modo que él había leído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos. 15 Sancho, desamparando al rucio, se cosió con la duquesa y se entró en el castillo, y, remordiéndole la conciencia de que dejaba al jumento solo, se llegó a una reverenda dueña, que con otras a recibir a la duquesa había 20 salido, y con voz baja le dijo: “Señora González, o como es su gracia de vuestra merced ...” “Doña Rodríguez de Grijalba me llamo”, respondió la dueña; “¿qué es lo que mandáis, 25 hermano?” A lo que respondió Sancho: “Querría que vuestra merced me la hiciese de salir a la puerta del castillo, donde hallará un asno rucio mío; vuestra merced sea servida 30 de mandarle poner, o ponerle, en la caballeriza, porque el pobrecito es un poco medroso, y no
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 378 se hallará a estar solo, en ninguna de las maneras.” “Si tan discreto es el amo como el mozo”, respondió la dueña, “medradas estamos. Andad, hermano, mucho de enhoramala para vos 5 y para quien acá os trajo, y tened cuenta con vuestro jumento, que las dueñas de esta casa no estamos acostumbradas a semejantes haciendas.” “Pues en verdad”, respondió Sancho, “que 10 he oído yo decir a mi señor, que es zahorí de las historias, contando aquella de Lanzarote: Cuando de Bretaña vino, que damas curaban de él, y dueñas del su rocino; 15 y que en el particular de mi asno, que no le trocara yo con el rocín del señor Lanzarote.” “Hermano, si sois juglar”, replicó la dueña, “guardad vuestras gracias para donde lo parezcan y se os paguen; que de mí no podréis 20 llevar sino una higa.” “Aun bien”, respondió Sancho, “que será bien madura, pues no perderá vuestra merced la quínola de sus años por punto menos.” “Hijo de puta”, dijo la dueña, toda ya 25 encendida en cólera, “si soy vieja o no, a Dios daré la cuenta, que no a vos, bellaco harto de ajos.” Y esto dijo en voz tan alta, que lo oyó la duquesa, y, volviendo y viendo a la dueña tan 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXI p. 379 alborotada y tan encarnizados los ojos, le preguntó con quién las había. “Aquí las he”, respondió la dueña, “con este buen hombre que me ha pedido encarecidamente que vaya a poner en la caballeriza a un 5 asno suyo que está a la puerta del castillo, trayéndome por ejemplo que así lo hicieron no sé dónde, que unas damas curaron a un tal Lanzarote, y unas dueñas a su rocino, y, sobre todo, por buen término me ha llamado vieja.” 10 “Eso tuviera yo por afrenta”, respondió la duquesa, “más que cuantas pudieran decirme.” Y, hablando con Sancho, le dijo: “Advertid, Sancho amigo, que doña Rodríguez 15 es muy moza, y que aquellas tocas más las trae por autoridad y por la usanza, que por los años.” “Malos sean los que me quedan por vivir”, respondió Sancho, “si lo dije por tanto; sólo 20 lo dije porque es tan grande el cariño que tengo a mi jumento, que me pareció que no podía encomendarle a persona más caritativa que a la señora doña Rodríguez.” Don Quijote, que todo lo oía, le dijo: 25 “¿Pláticas son éstas, Sancho, para este lugar?” “Señor”, respondió Sancho, “cada uno ha de hablar de su menester dondequiera que estuviere. Aquí se me acordó del rucio y aquí hablé de él, y si en la caballeriza se me acordara, 30 allí hablara.” A lo que dijo el duque:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 380 “Sancho está muy en lo cierto y no hay que culparle en nada. Al rucio se le dará recado a pedir de boca, y descuide Sancho; que se le tratará como a su misma persona.” Con estos razonamientos, gustosos a todos, 5 sino a don Quijote, llegaron a lo alto, y entraron a don Quijote en una sala adornada de telas riquísimas de oro y de brocado; seis doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes, todas industriadas y advertidas del duque y de 10 la duquesa de lo que habían de hacer, y de cómo habían de tratar a don Quijote para que imaginase y viese que le trataban como caballero andante. Quedó don Quijote, después de desarmado, en sus estrechos gregüescos 15 y en su jubón de gamuza, seco, alto, tendido, con las quijadas, que por de dentro se besaba la una con la otra: figura que, a no tener cuenta las doncellas que le servían con disimular la risa, que fue una de las precisas órdenes que 20 sus señores les habían dado, reventaran riendo. Pidiéronle que se dejase desnudar para una camisa; pero nunca lo consintió, diciendo que la honestidad parecía tan bien en los caballeros andantes como la valentía. Con todo, 25 dijo que diesen la camisa a Sancho, y, encerrándose con él en una cuadra donde estaba un rico lecho, se desnudó y vistió la camisa, y viéndose solo con Sancho, le dijo: “Dime, truhán moderno y majadero antiguo, 30 ¿parécete bien deshonrar y afrentar a una dueña tan veneranda y tan digna de respeto como
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXI p. 381 aquélla? ¿Tiempos eran aquéllos para acordarte del rucio? ¿O señores son éstos para dejar mal pasar a las bestias, tratando tan elegantemente a sus dueños? Por quien Dios es, Sancho, que te reportes y que no descubras la 5 hilaza de manera, que caigan en la cuenta de que eres de villana y grosera tela tejido. Mira, pecador de ti, que en tanto más es tenido el señor, cuanto tiene más honrados y bien nacidos criados, y que una de las ventajas mayores 10 que llevan los príncipes a los demás hombres es que se sirven de criados tan buenos como ellos. ¿No adviertes, angustiado de ti y mal aventurado de mí, que si ven que tú eres un grosero villano o un mentecato gracioso, 15 pensarán que yo soy algún echacuervos o algún caballero de mohatra? No, no, Sancho amigo, huye, huye de estos inconvenientes; que quien tropieza en hablador y en gracioso, al primer puntapié cae y da en truhán desgraciado. Enfrena 20 la lengua, considera y rumia las palabras antes que te salgan de la boca, y advierte que hemos llegado a parte donde, con el favor de Dios y valor de mi brazo, hemos de salir mejorados en tercio y quinto, en fama y en 25 hacienda.” Sancho le prometió, con muchas veras, de coserse la boca o morderse la lengua antes de hablar palabra que no fuese muy a propósito y bien considerada, como él se lo mandaba, 30 y que descuidase acerca de lo tal; que nunca por él se descubriría quién ellos eran. Vistióse
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 382 don Quijote, púsose su tahalí con su espada, echóse el mantón de escarlata a cuestas, púsose una montera de raso verde que las doncellas le dieron, y con este adorno salió a la gran sala, adonde halló a las doncellas puestas en 5 ala, tantas a una parte como a otra, y todas con aderezo de darle aguamanos, la cual le dieron con muchas reverencias y ceremonias. Luego llegaron doce pajes con el maestresala para llevarle a comer, que ya los señores 10 le aguardaban. Cogiéronle en medio, y lleno de pompa y majestad, le llevaron a otra sala donde estaba puesta una rica mesa con solos cuatro servicios. La duquesa y el duque salieron a la puerta de la sala a recibirle, y con ellos 15 un grave eclesiástico de estos que gobiernan las casas de los príncipes; de estos que, como no nacen príncipes, no aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; de estos que quieren que la grandeza de los grandes se mida 20 con la estrechez de sus ánimos; de estos que queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados, les hacen ser miserables; de estos tales, digo, que debía de ser el grave religioso que con los duques salió a recibir a don 25 Quijote. Hiciéronse mil corteses comedimientos, y, finalmente, cogiendo a don Quijote en medio, se fueron asentar a la mesa. Convidó el duque a don Quijote con la cabecera de la mesa, y aunque él lo rehusó, las 30 importunaciones del duque fueron tantas, que la hubo de tomar. El eclesiástico se sentó
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXI p. 383 frontero, y el duque y la duquesa a los dos lados. A todo estaba presente Sancho, embobado y atónito de ver la honra que a su señor aquellos príncipes le hacían, y, viendo las muchas ceremonias y ruegos que pasaron entre el duque y 5 don Quijote para hacerle sentar a la cabecera de la mesa, dijo: “Si sus mercedes me dan licencia, les contaré un cuento que pasó en mi pueblo, acerca de esto de los asientos.” 10 Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando don Quijote tembló, creyendo, sin duda alguna, que había de decir alguna necedad. Miróle Sancho y entendióle, y dijo: “No tema vuestra merced, señor mío, que yo 15 me desmande ni que diga cosa que no venga muy a pelo; que no se me han olvidado los consejos que poco ha vuestra merced me dio sobre el hablar mucho o poco, o bien o mal.” “Yo no me acuerdo de nada, Sancho”, respondió 20 don Quijote; “di lo que quisieres, como lo digas presto.” “Pues lo que quiero decir”, dijo Sancho, “es tan verdad, que mi señor don Quijote, que está presente, no me dejará mentir.” 25 “Por mí”, replicó don Quijote, “miente tú, Sancho, cuanto quisieres, que yo no te iré a la mano; pero mira lo que vas a decir.” “Tan mirado y remirado lo tengo, que a buen salvo está el que repica, como se verá por la 30 obra.” “Bien será”, dijo don Quijote, “que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 384 vuestras grandezas manden echar de aquí a este tonto, que dirá mil patochadas.” “Por vida del duque”, dijo la duquesa, “que no se ha de apartar de mí Sancho un punto; quiérole yo mucho, porque sé que es muy 5 discreto.” “Discretos días”, dijo Sancho, “viva vuestra santidad por el buen crédito que de mí tiene, aunque en mí no lo haya. Y el cuento que quiero decir es éste. Convidó un hidalgo de mi 10 pueblo, muy rico y principal, porque venía de los Alamos de Medina del Campo, que casó con doña Mencía de Quiñones, que fue hija de don Alonso de Marañón, caballero del hábito de Santiago, que se ahogó en la Herradura, por 15 quien hubo aquella pendencia años ha en nuestro lugar, que a lo que entiendo, mi señor don Quijote se halló en ella, de donde salió herido Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro el herrero. ¿No es verdad todo esto, señor nuestro 20 amo? Dígalo por su vida, porque estos señores no me tengan por algún hablador mentiroso.” “Hasta ahora”, dijo el eclesiástico, “más os tengo por hablador que por mentiroso; pero de aquí adelante no sé por lo que os tendré.” 25 “Tú das tantos testigos, Sancho, y tantas señas, que no puedo dejar de decir que debes de decir verdad; pasa adelante y acorta el cuento, porque llevas camino de no acabar en dos días.” 30 “No ha de acortar tal”, dijo la duquesa, “por hacerme a mí placer. Antes le ha de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXI p. 385 contar de la manera que le sabe, aunque no le acabe en seis días; que si tantos fuesen, serían para mí los mejores que hubiese llevado en mi vida.” “Digo, pues, señores míos”, prosiguió Sancho, 5 “que este tal hidalgo, que yo conozco como a mis manos, porque no hay de mi casa a la suya un tiro de ballesta, convidó un labrador pobre, pero honrado.” “Adelante, hermano”, dijo a esta sazón el 10 religioso; “que camino lleváis de no parar con vuestro cuento hasta el otro mundo.” “A menos de la mitad pararé, si Dios fuere servido”, respondió Sancho; “y, así, digo, que llegando el tal labrador a casa del dicho 15 hidalgo convidador, que buen poso haya su ánima, que ya es muerto, y por más señas dicen que hizo una muerte de un ángel, que yo no me hallé presente, que había ido por aquel tiempo a segar a Tembleque...” 20 “Por vida vuestra, hijo, que volváis presto de Tembleque, y que sin enterrar al hidalgo, si no queréis hacer más exequias, acabéis vuestro cuento.” “Es pues, el caso”, replicó Sancho, “que 25 estando los dos para asentarse a la mesa, que parece que ahora los veo más que nunca...” Gran gusto recibían los duques del disgusto que mostraba tomar el buen religioso de la dilación y pausas con que Sancho contaba su 30 cuento, y don Quijote se estaba consumiendo en cólera y en rabia.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 386 “Digo, así”, dijo Sancho, “que estando como he dicho los dos para sentarse a la mesa, el labrador porfiaba con el hidalgo que tomase la cabecera de la mesa, y el hidalgo porfiaba también que el labrador la tomase, porque en 5 su casa se había de hacer lo que él mandase; pero el labrador, que presumía de cortés y bien criado, jamás quiso, hasta que el hidalgo, mohíno, poniéndole ambas manos sobre los hombros, le hizo sentar por fuerza, diciéndole: «Sentaos, 10 »majagranzas; que adondequiera que yo me »siente será vuestra cabecera.» Y éste es el cuento, y en verdad que creo que no ha sido aquí traído fuera de propósito.” Púsose don Quijote de mil colores, que sobre 15 lo moreno le jaspeaban y se le parecían; los señores disimularon la risa, porque don Quijote no acabase de correrse, habiendo entendido la malicia de Sancho, y por mudar de plática y hacer que Sancho no prosiguiese con 20 otros disparates, preguntó la duquesa a don Quijote que qué nuevas tenía de la señora Dulcinea, y que si le había enviado aquellos días algunos presentes de gigantes o malandrines, pues no podía dejar de haber vencido muchos. 25 A lo que don Quijote respondió: “Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendrán fin. Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado; pero ¿adónde la habían de hallar, si está 30 encantada y vuelta en la más fea labradora que imaginar se puede?”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXI p. 387 “No sé”, dijo Sancho Panza; “a mí me parece la más hermosa criatura del mundo; a lo menos, en la ligereza y en el brincar, bien sé yo que no dará ella la ventaja a un volteador. A buena fe, señora duquesa, así salta desde el 5 suelo sobre una borrica como si fuera un gato.” “¿Habéisla visto vos encantada, Sancho?”, preguntó el duque. “Y ¡cómo si la he visto!”, respondió Sancho. “Pues ¿quién diablos, sino yo, fue el primero 10 que cayó en el achaque del encantorio? Tan encantada está como mi padre.” El eclesiástico, que oyó decir de gigantes, de follones y de encantos, cayó en la cuenta de que aquél debía de ser don Quijote de la Mancha, 15 cuya historia leía el duque de ordinario, y él se lo había reprendido muchas veces, diciéndole que era disparate leer tales disparates, y enterándose ser verdad lo que él sospechaba, con mucha cólera, hablando con el 20 duque, le dijo: “Vuestra excelencia, señor mío, tiene que dar cuenta a nuestro Señor de lo que hace este buen hombre. Este don Quijote, o don Tonto, o como se llama, imagino yo que no debe de ser 25 tan mentecato como vuestra excelencia quiere que sea, dándole ocasiones a la mano para que lleve adelante sus sandeces y vaciedades.” Y, volviendo la plática a don Quijote, le dijo: “Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha 30 encajado en el cerebro que sois caballero andante y que vencéis gigantes y prendéis
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 388 malandrines? Andad enhorabuena, y en tal se os diga: volveos a vuestra casa y criad vuestros hijos si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por el mundo, papando viento y dando que reír a cuantos os 5 conocen y no conocen. ¿En dónde, ¡nora tal!, habéis vos hallado que hubo ni hay ahora caballeros andantes? ¿Dónde hay gigantes en España o malandrines en la Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de las simplicidades 10 que de vos se cuentan?” Atento estuvo don Quijote a las razones de aquel venerable varón, y, viendo que ya callaba, sin guardar respeto a los duques, con semblante airado y alborotado rostro, se puso en 15 pie y dijo... Pero esta respuesta capítulo por sí merece.
p. 389 Capítulo XXXII De la respuesta que dio don Quijote a su reprensor, con otros graves y graciosos sucesos. Levantado, pues, en pie don Quijote, 5 temblando de los pies a la cabeza como azogado, con presurosa y turbada lengua dijo: “El lugar donde estoy y la presencia ante quien me hallo, y el respeto que siempre tuve y tengo al estado que vuestra merced profesa, 10 tienen y atan las manos de mi justo enojo; y así por lo que he dicho como por saber que saben todos que las armas de los togados son las mismas que las de la mujer, que son la lengua, entraré con la mía en igual batalla 15 con vuestra merced, de quien se debía esperar antes buenos consejos que infames vituperios. Las reprensiones santas y bien intencionadas otras circunstancias requieren y otros puntos piden. A lo menos, el haberme reprendido en 20 público, y tan ásperamente, ha pasado todos los límites de la buena reprensión, pues las primeras mejor asientan sobre la blandura que sobre la aspereza, y no es bien, que sin tener conocimiento del pecado que se reprende, 25 llamar al pecador sin más ni más mentecato y tonto. Si no, dígame vuestra merced, ¿por cuál de las mentecaterías que en mí ha visto me condena y vitupera, y me manda que me vaya a mi casa a tener cuenta en el gobierno 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 390 de ella y de mi mujer y de mis hijos, sin saber si la tengo o los tengo? ¿No hay más sino a trochemoche entrarse por las casas ajenas a gobernar sus dueños, y, habiéndose criado algunos en la estrechez de algún pupilaje, sin haber 5 visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito, meterse de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballeros andantes? ¿Por ventura es asunto vano, o es tiempo mal gastado el que 10 se gasta en vagar por el mundo, no buscando los regalos de él, sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la inmortalidad? Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente 15 nacidos, tuviéralo por afrenta irreparable; pero de que me tengan por sandio los estudiantes, que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballería, no se me da un ardite: caballero soy y caballero he de morir si place al Altísimo. 20 ”Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia, otros por el de la adulación servil y baja, otros por el de la hipocresía engañosa y algunos por el de la verdadera religión, pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta 25 senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más 30 de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean, y siéndolo, no soy de los enamorados
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXII p. 391 viciosos, sino de los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno; si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que de esto trata merece ser llamado 5 bobo, díganlo vuestras grandezas, duque y duquesa excelentes.” “Bien, por Dios”, dijo Sancho; “no diga más vuestra merced, señor y amo mío, en su abono, porque no hay más que decir, ni más que pensar, 10 ni más que perseverar en el mundo; y más, que negando este señor, como ha negado, que no ha habido en el mundo ni los hay, caballeros andantes, ¿qué mucho que no sepa ninguna de las cosas que ha dicho?” 15 “Por ventura”, dijo el eclesiástico, “¿sois vos, hermano, aquel Sancho Panza que dicen, a quien vuestro amo tiene prometida una ínsula?” “Sí soy”, respondió Sancho, “y soy quien 20 la merece tan bien como otro cualquiera; soy quien júntate a los buenos y serás uno de ellos, y soy yo de aquellos no con quien naces sino con quien paces, y de los quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija. Yo me he 25 arrimado a buen señor, y ha muchos meses que ando en su compañía y he de ser otro como él, Dios queriendo; y viva él y viva yo, que ni a él le faltarán imperios que mandar, ni a mí ínsulas que gobernar.” 30 “No, por cierto, Sancho amigo”, dijo a esta sazón el duque; “que yo, en nombre del señor
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 392 don Quijote, os mando el gobierno de una que tengo de nones, de no pequeña calidad.” “Híncate de rodillas, Sancho”, dijo don Quijote, “y besa los pies a su excelencia, por la merced que te ha hecho.” 5 Hízolo así Sancho. Lo cual visto por el eclesiástico, se levantó de la mesa mohíno además, diciendo: “Por el hábito que tengo, que estoy por decir que es tan sandio vuestra excelencia como 10 estos pecadores; mirad si no han de ser ellos locos, pues los cuerdos canonizan sus locuras. Quédese vuestra excelencia con ellos; que en tanto que estuvieren en casa, me estaré yo en la mía, y me excusaré de reprender lo que 15 no puedo remediar.” Y, sin decir más, ni comer más, se fue, sin que fuesen parte a detenerle los ruegos de los duques, aunque el duque no le dijo mucho, impedido de la risa que su impertinente cólera 20 le había causado. Acabó de reír, y dijo a don Quijote: “Vuestra merced, señor Caballero de los Leones, ha respondido por sí tan altamente, que no le queda cosa por satisfacer de éste, que 25 aunque parece agravio, no lo es en ninguna manera, porque así como no agravian las mujeres, no agravian los eclesiásticos, como vuestra merced mejor sabe.” “Así es”, respondió don Quijote, “y la 30 causa es que el que no puede ser agraviado, no puede agraviar a nadie. Las mujeres, los niños
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXII p. 393 y los eclesiásticos, como no pueden defenderse, aunque sean ofendidos, no pueden ser afrentados, porque entre el agravio y la afrenta hay esta diferencia, como mejor vuestra excelencia sabe. La afrenta viene de parte de quien la 5 puede hacer y la hace y la sustenta; el agravio puede venir de cualquier parte sin que afrente. Sea ejemplo: está uno en la calle descuidado, llegan diez con mano armada, y, dándole de palos, pone mano a la espada y hace su deber; 10 pero la muchedumbre de los contrarios se le opone y no le deja salir con su intención, que es de vengarse. Este tal queda agraviado, pero no afrentado, y lo mismo confirmará otro ejemplo: está uno vuelto de espaldas, llega 15 otro y dale de palos, y en dándoselos huye y no espera, y el otro le sigue y no alcanza; este que recibió los palos, recibió agravio, mas no afrenta, porque la afrenta ha de ser sustentada. Si el que le dio los palos, aunque se los 20 dio a hurtacordel, pusiera mano a su espada y se estuviera quedo haciendo rostro a su enemigo, quedara el apaleado agraviado y afrentado juntamente: agraviado, porque le dieron a traición; afrentado, porque el que le dio 25 sustentó lo que había hecho, sin volver las espaldas y a pie quedo. Y, así, según las leyes del maldito duelo, yo puedo estar agraviado, mas no afrentado, porque los niños no sienten, ni las mujeres, ni pueden huir, ni tienen para 30 qué esperar, y lo mismo los constituidos en la sacra religión, porque estos tres géneros de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 394 gente carecen de armas ofensivas y defensivas, y, así, aunque naturalmente estén obligados a defenderse, no lo están para ofender a nadie, y aunque poco ha dije que yo podía estar agraviado, ahora digo que no, en ninguna 5 manera, porque quien no puede recibir afrenta, menos la puede dar; por las cuales razones yo no debo sentir, ni siento, las que aquel buen hombre me ha dicho. Sólo quisiera que esperara algún poco para darle a entender en el 10 error en que está en pensar y decir que no ha habido, ni los hay, caballeros andantes en el mundo; que si lo tal oyera Amadís, o uno de los infinitos de su linaje, yo sé que no le fuera bien a su merced.” 15 “Eso juro yo bien”, dijo Sancho; “cuchillada le hubieran dado, que le abrieran de arriba abajo como una granada o como a un melón muy maduro. ¡Bonitos eran ellos para sufrir semejantes cosquillas! Para mi santiguada que 20 tengo por cierto que si Reinaldos de Montalbán hubiera oído estas razones al hombrecito, tapaboca le hubiera dado que no hablara más en tres años; ¡no sino tomárase con ellos, y viera cómo escapaba de sus manos!” 25 Perecía de risa la duquesa en oyendo hablar a Sancho, y en su opinión le tenía por más gracioso y por más loco que a su amo, y muchos hubo en aquel tiempo que fueron de este mismo parecer. Finalmente, don 30 Quijote se sosegó y la comida se acabó, y, en levantando los manteles, llegaron cuatro
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXII p. 395 doncellas: la una, con una fuente de plata, y la otra, con un aguamanil asimismo de plata, y la otra, con dos blanquísimas y riquísimas toallas al hombro, y la cuarta, descubiertos los brazos hasta la mitad, y en sus blancas manos, 5 que sin duda eran blancas, una redonda pella de jabón napolitano. Llegó la de la fuente, y con gentil donaire y desenvoltura encajó la fuente debajo de la barba de don Quijote; el cual, sin hablar palabra, admirado de 10 semejante ceremonia, creyendo que debía ser usanza de aquella tierra en lugar de las manos lavar las barbas, así tendió la suya todo cuanto pudo, y al mismo punto comenzó a llover el aguamanil, y la doncella del jabón le 15 manoseó las barbas con mucha prisa, levantando copos de nieve, que no eran menos blancas las jabonaduras, no sólo por las barbas, mas por todo el rostro y por los ojos del obediente caballero, tanto que se los hicieron 20 cerrar por fuerza. El duque y la duquesa, que de nada de esto eran sabidores, estaban esperando en qué había de parar tan extraordinario lavatorio. La doncella barbera, cuando le tuvo con un 25 palmo de jabonadura, fingió que se le había acabado el agua, y mandó a la del aguamanil fuese por ella; que el señor don Quijote esperaría. Hízolo así, y quedó don Quijote con la más extraña figura y más para hacer reír 30 que se pudiera imaginar. Mirábanle todos los que presentes estaban, que eran muchos, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 396 como le veían con media vara de cuello, más que medianamente moreno, los ojos cerrados y las barbas llenas de jabón, fue gran maravilla y mucha discreción poder disimular la risa. Las doncellas de la burla tenían los ojos 5 bajos, sin osar mirar a sus señores; a ellos les retozaba la cólera y la risa en el cuerpo, y no sabían a qué acudir: o a castigar el atrevimiento de las muchachas, o darles premio por el gusto que recibían de ver a don Quijote de aquella 10 suerte. Finalmente, la doncella del aguamanil vino y acabaron de lavar a don Quijote, y luego la que traía las toallas le limpió y le enjugó muy reposadamente, y, haciéndole todas cuatro a 15 la par una grande y profunda inclinación y reverencia, se querían ir, pero el duque, porque don Quijote no cayese en la burla, llamó a la doncella de la fuente, diciéndole: “Venid y lavadme a mí, y mirad que no se 20 os acabe el agua.” La muchacha, aguda y diligente, llegó y puso la fuente al duque como a don Quijote, y, dándose prisa, le lavaron y jabonaron muy bien, y, dejándole enjuto y limpio, haciendo 25 reverencias se fueron; después se supo que había jurado el duque que si a él no le lavaran como a don Quijote había de castigar su desenvoltura, lo cual habían enmendado discretamente con haberle a él jabonado. 30 Estaba atento Sancho a las ceremonias de aquel lavatorio y dijo entre sí:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXII p. 397 “¡Válgame Dios! ¿Si será también usanza en esta tierra lavar las barbas a los escuderos como a los caballeros? Porque en Dios y en mi ánima que lo he bien menester, y aun que si me las rapasen a navaja, lo tendría a 5 más beneficio.” “¿Qué decís entre vos, Sancho?”, preguntó la duquesa. “Digo, señora”, respondió él, “que en las cortes de los otros príncipes siempre he oído 10 decir que en levantando los manteles dan agua a las manos, pero no lejía a las barbas; y que por eso es bueno vivir mucho por ver mucho, aunque también dicen que el que larga vida vive mucho mal ha de pasar, puesto que 15 pasar por un lavatorio de éstos antes es gusto que trabajo.” “No tengáis pena, amigo Sancho”, dijo la duquesa, “que yo haré que mis doncellas os laven, y aun os metan en colada, si fuere 20 menester.” “Con las barbas me contento”, respondió Sancho, “por ahora, a lo menos; que andando el tiempo, Dios dijo lo que será” “Mirad, maestresala”, dijo la duquesa, “lo 25 que el buen Sancho pide, y cumplidle su voluntad al pie de la letra.” El maestresala respondió que en todo sería servido el señor Sancho, y, con esto, se fue a comer y llevó consigo a Sancho, quedándose 30 a la mesa los duques y don Quijote, hablando en muchas y diversas cosas, pero todas tocantes
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 398 al ejercicio de las armas y de la andante caballería. La duquesa rogó a don Quijote que le delinease y describiese, pues parecía tener feliz memoria, la hermosura y facciones de la señora Dulcinea del Toboso, que, 5 según lo que la fama pregonaba de su belleza, tenía por entendido que debía de ser la más bella criatura del orbe, y aun de toda la Mancha. Suspiró don Quijote oyendo lo que la duquesa le mandaba, y dijo: 10 “Si yo pudiera sacar mi corazón y ponerle ante los ojos de vuestra grandeza, aquí sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi lengua de decir lo que apenas se puede pensar, porque vuestra excelencia la viera en él toda 15 retratada; pero ¿para qué es ponerme yo ahora a delinear y describir punto por punto y parte por parte la hermosura de la sin par Dulcinea, siendo carga digna de otros hombros que de los míos, empresa en quien se debían ocupar los 20 pinceles de Parrasio, de Timantes y de Apeles, y los buriles de Lisipo, para pintarla y grabarla en tablas, en mármoles y en bronces, y la retórica ciceroniana y demostina para alabarla?” “¿Qué quiere decir demostina, señor don 25 Quijote?”, preguntó la duquesa; “que es vocablo que no le he oído en todos los días de mi vida.” “Retórica demostina”, respondió don Quijote, “es lo mismo que decir retórica de 30 Demóstenes, como ciceroniana de Cicerón, que fueron los dos mayores retóricos del mundo.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXII p. 399 “Así es”, dijo el duque, “y habéis andado deslumbrada en la tal pregunta. Pero, con todo eso, nos daría gran gusto el señor don Quijote si nos la pintase; que a buen seguro que aunque sea en rasguño y bosquejo, que ella salga 5 tal, que la tengan envidia las más hermosas.” “Sí hiciera, por cierto”, respondió don Quijote, “si no me la hubiera borrado de la idea la desgracia que poco ha que le sucedió, que es tal, que más estoy para llorarla que para 10 describirla, porque habrán de saber vuestras grandezas, que yendo los días pasados a besarle las manos y a recibir su bendición, beneplácito y licencia para esta tercera salida, hallé otra de la que buscaba: halléla encantada 15 y convertida de princesa en labradora, de hermosa en fea, de ángel en diablo, de olorosa en pestífera, de bien hablada en rústica, de reposada en brincadora, de luz en tinieblas, y, finalmente, de Dulcinea del Toboso en una 20 villana de Sayago.” “¡Válgame Dios!”, dando una gran voz dijo a este instante el duque: “¿Quién ha sido el que tanto mal ha hecho al mundo? ¿Quién ha quitado de él la belleza que le alegraba, el 25 donaire que le entretenía y la honestidad que le acreditaba?” “¿Quién?”, respondió don Quijote. “¿Quién puede ser sino algún maligno encantador de los muchos envidiosos que me persiguen? Esta 30 raza maldita, nacida en el mundo para oscurecer y aniquilar las hazañas de los buenos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 400 y para dar luz y levantar los fechos de los malos. Perseguido me han encantadores, encantadores me persiguen y encantadores me perseguirán hasta dar conmigo y con mis altas caballerías en el profundo abismo del olvido; 5 y en aquella parte me dañan y hieren donde ven que más lo siento, porque quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira, y el sol con que se alumbra, y el sustento con que se mantiene. Otras muchas 10 veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir, que el caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento, y la sombra sin cuerpo de quien se cause.” “No hay más que decir”, dijo la duquesa; 15 “pero si con todo eso hemos de dar crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, de ella se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuestra 20 merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuestra merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfecciones que quiso.” 25 “En eso hay mucho que decir”, respondió don Quijote; “Dios sabe si hay Dulcinea o no [en] el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo 30 engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXII p. 401 que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son: hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada y, finalmente, alta por 5 linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfección que en las hermosas humildemente nacidas.” “Así es”, dijo el duque, “pero hame de 10 dar licencia el señor don Quijote para que diga lo que me fuerza a decir la historia que de sus hazañas he leído, de donde se infiere, que, puesto que se conceda que hay Dulcinea en el Toboso o fuera de él, y que sea hermosa 15 en el sumo grado que vuestra merced nos la pinta, en lo de la alteza del linaje no corre parejas con las Orianas, con las Alastrajareas, con las Madásimas, ni con otras de este jaez, de quien están llenas las historias que vuestra 20 merced bien sabe.” “A eso puedo decir”, respondió don Quijote, “que Dulcinea es hija de sus obras y que las virtudes adoban la sangre, y que en más se ha de estimar y tener un humilde virtuoso, que 25 un vicioso levantado. Cuanto más que Dulcinea tiene un jirón que la puede llevar a ser reina de corona y cetro: que el merecimiento de una mujer hermosa y virtuosa a hacer mayores milagros se extiende, y aunque no 30 formalmente, virtualmente tiene en sí encerradas mayores venturas.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 402 “Digo, señor don Quijote”, dijo la duquesa, “que en todo cuanto vuestra merced dice va con pie de plomo y, como suele decirse, con la sonda en la mano, y que yo, desde aquí adelante, creeré y haré creer a todos los de mi 5 casa, y aun al duque mi señor si fuere menester, que hay Dulcinea en el Toboso y que vive hoy día, y es hermosa, y principalmente nacida y merecedora que un tal caballero como es el señor don Quijote la sirva, que es lo más que 10 puedo ni sé encarecer. Pero no puedo dejar de formar un escrúpulo y tener algún no sé qué de ojeriza contra Sancho Panza; el escrúpulo es que dice la historia referida que el tal Sancho Panza halló a la tal señora Dulcinea, 15 cuando de parte de vuestra merced le llevó una epístola, ahechando un costal de trigo, y, por más señas, dice que era rubión, cosa que me hace dudar en la alteza de su linaje.” A lo que respondió don Quijote: 20 “Señora mía, sabrá la vuestra grandeza que todas o las más cosas que a mí me suceden van fuera de los términos ordinarios de las que a los otros caballeros andantes acontecen, o ya sean encaminadas por el querer inescrutable 25 de los hados, o ya vengan encaminadas por la malicia de algún encantador envidioso, y como es cosa ya averiguada que todos o los más caballeros andantes y famosos, uno tenga gracia de no poder ser encantado, otro, de ser de 30 tan impenetrables carnes que no pueda ser herido, como lo fue el famoso Roldán, uno de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXII p. 403 los Doce Pares de Francia, de quien se cuenta que no podía ser ferido sino por la planta del pie izquierdo, y que esto había de ser con la punta de un alfiler gordo y no con otra suerte de arma alguna; y, así, cuando Bernardo del 5 Carpio le mató en Roncesvalles, viendo, que no le podía llagar con fierro, le levantó del suelo entre los brazos y le ahogó, acordándose entonces de la muerte que dio Hércules a Anteón, aquel feroz gigante que decían ser 10 hijo de la tierra. Quiero inferir de lo dicho, que podría ser que yo tuviese alguna gracia de éstas, no del no poder ser ferido, porque muchas veces la experiencia me ha mostrado que soy de carnes blandas y no nada impenetrables, 15 ni la de no poder ser encantado, que ya me he visto metido en una jaula, donde todo el mundo no fuera poderoso a encerrarme, si no fuera a fuerzas de encantamientos; pero pues de aquél me libré, quiero creer que no 20 ha de haber otro alguno que me empezca, y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, 25 por quien yo vivo. Y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión 30 ni trigo, sino granos de perlas orientales. Y para prueba de esta verdad quiero decir a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 404 vuestras magnitudes, como viniendo poco ha por el Toboso, jamás pude hallar los palacios de Dulcinea; y que otro día, habiéndola visto Sancho, mi escudero, en su misma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una 5 labradora tosca y fea y no nada bien razonada, siendo la discreción del mundo. Y pues yo no estoy encantado ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han 10 vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. ”Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho 15 de Dulcinea; que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida, y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro 20 que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama. Por otra parte, quiero 25 que entiendan vuestras señorías que Sancho Panza es uno de los más graciosos escuderos que jamás sirvió a caballero andante: tiene a veces unas simplicidades tan agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no pequeño 30 contento. Tiene malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le confirman por bobo;
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXII p. 405 duda de todo y créelo todo. Cuando pienso que se va a despeñar de tonto, sale con unas discreciones que le levantan al cielo. Finalmente, yo no le trocaría con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad; y, así, estoy 5 en duda si será bien enviarle al gobierno de quien vuestra grandeza le ha hecho merced, aunque veo en él una cierta aptitud para esto de gobernar, que atusándole tantico el entendimiento, se saldría con cualquiera gobierno 10 como el rey con sus alcabalas. Y más que ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saben leer y gobiernan como unos 15 gerifaltes; el toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo, que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los gobernadores caballeros y no letrados, que sentencian con 20 asesor. Aconsejaríale yo que ni tome cohecho, ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el estómago, que saldrán a su tiempo para utilidad de Sancho, y provecho de la ínsula que gobernare.” 25 A este punto llegaban de su coloquio el duque, la duquesa y don Quijote, cuando oyeron muchas voces y gran rumor de gente en el palacio, y a deshora entró Sancho en la sala, todo asustado, con un cernadero por babador, 30 y tras él muchos mozos, o, por mejor decir, pícaros de cocina, y otra gente menuda, y uno venía
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 406 con un artesoncillo de agua que, en la color y poca limpieza, mostraba ser de fregar; seguíale y perseguíale el de la artesa, y procuraba con toda solicitud ponérsela y encajársela debajo de las barbas, y otro pícaro mostraba 5 querérselas lavar. “¿Qué es esto, hermanos?”, preguntó la duquesa. “¿Qué es esto? ¿Qué queréis a ese buen hombre? ¿Cómo y no consideráis que está electo gobernador?” 10 A lo que respondió el pícaro barbero: “No quiere este señor dejarse lavar como es usanza y como se la lavó el duque mi señor y el señor su amo.” “Sí quiero”, respondió Sancho con mucha 15 cólera; “pero querría que fuese con toallas más limpias, con lejía más clara y con manos no tan sucias; que no hay tanta diferencia de mí a mi amo, que a él le laven con agua de ángeles y a mí con lejía de diablos. Las usanzas 20 de las tierras y de los palacios de los príncipes tanto son buenas cuanto no dan pesadumbre; pero la costumbre del lavatorio que aquí se usa peor es que de disciplinantes. Yo estoy limpio de barbas, y no tengo necesidad de semejantes 25 refrigerios, y el que se llegare a lavarme ni a tocarme a un pelo de la cabeza, digo, de mi barba, hablando con el debido acatamiento, le daré tal puñada, que le deje el puño engastado en los cascos; que estas tales ceremonias y 30 jabonaduras más parecen burlas que agasajos de huéspedes.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXII p. 407 Perecida de risa estaba la duquesa, viendo la cólera y oyendo las razones de Sancho; pero no dio mucho gusto a don Quijote verle tan mal adeliñado con la jaspeada toalla, y tan rodeado de tantos entretenidos de cocina, y, así, 5 haciendo una profunda reverencia a los duques, como que les pedía licencia para hablar, con voz reposada dijo a la canalla: “¡Hola, señores caballeros!, vuestras mercedes dejen al mancebo y vuélvanse por donde vinieron, 10 o por otra parte si se les antojare; que mi escudero es limpio tanto como otro, y esas artesillas son para él estrechas, y penantes búcaros. Tomen mi consejo y déjenle, porque ni él ni yo sabemos de achaque de burlas.” 15 Cogióle la razón de la boca Sancho, y prosiguió diciendo: “No sino lléguense a hacer burla del mostrenco, que así lo sufriré como ahora es de noche; traigan aquí un peine, o lo que quisieren, 20 y almohácenme estas barbas, y si sacaren de ellas cosa que ofenda a la limpieza, que me trasquilen a cruces.” A esta sazón, sin dejar la risa, dijo la duquesa: 25 “Sancho Panza tiene razón en todo cuanto ha dicho, y la tendrá en todo cuanto dijere; él es limpio, y, como él dice, no tiene necesidad de lavarse, y si nuestra usanza no le contenta, su alma en su palma. Cuanto más que vosotros, 30 ministros de la limpieza, habéis andado demasiadamente de remisos y descuidados, y no sé si
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 408 diga atrevidos, a traer a tal personaje y a tales barbas en lugar de fuentes y aguamaniles de oro puro y de alemanas toallas, artesillas y dornajos de palo y rodillas de aparadores; pero, en fin, sois malos y mal nacidos, y no podéis 5 dejar, como malandrines que sois, de mostrar la ojeriza que tenéis con los escuderos de los andantes caballeros.” Creyeron los apicarados ministros, y aun el maestresala que venía con ellos, que la 10 duquesa hablaba de veras, y, así, quitaron el cernadero del pecho de Sancho, y todos confusos y casi corridos se fueron y le dejaron; el cual, viéndose fuera de aquel a su parecer sumo peligro, se fue a hincar de rodillas ante la 15 duquesa, y dijo: “De grandes señoras grandes mercedes se esperan; esta que la vuestra merced hoy me ha fecho, no puede pagarse con menos si no es con desear verme armado caballero andante para 20 ocuparme todos los días de mi vida en servir a tan alta señora. Labrador soy, Sancho Panza me llamo, casado soy, hijos tengo y de escudero sirvo; si con alguna de estas cosas puedo servir a vuestra grandeza, menos tardaré yo en 25 obedecer que vuestra señoría en mandar.” “Bien parece, Sancho”, respondió la duquesa, “que habéis aprendido a ser cortés en la escuela de la misma cortesía; bien parece, quiero decir, que os habéis criado a los pechos del 30 señor don Quijote, que debe de ser la nata de los comedimientos y la flor de las ceremonias
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXII p. 409 o ciremonias, como vos decís. Bien haya tal señor y tal criado, el uno, por norte de la andante caballería, y el otro, por estrella de la escuderil fidelidad; levantaos, Sancho amigo, que yo satisfaré vuestras cortesías con hacer que el 5 duque, mi señor, lo más presto que pudiere, os cumpla la merced prometida del gobierno.” Con esto cesó la plática, y don Quijote se fue a reposar la siesta, y la duquesa pidió a Sancho que, si no tenía mucha gana de dormir, 10 viniese a pasar la tarde con ella y con sus doncellas en una muy fresca sala. Sancho respondió, que aunque era verdad que tenía por costumbre dormir cuatro o cinco horas las siestas del verano, que por servir a su bondad, él 15 procuraría con todas sus fuerzas no dormir aquel día ninguna, y vendría obediente a su mandado, y fuese; el duque dio nuevas órdenes como se tratase a don Quijote como a caballero andante, sin salir un punto del estilo, 20 como cuentan que se trataban los antiguos caballeros.
p. 410 Capítulo XXXIII De la sabrosa plática que la duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note. Cuenta, pues, la historia, que Sancho no 5 durmió aquella siesta, sino que por cumplir su palabra, vino en comiendo a ver a la duquesa; la cual, con el gusto que tenía de oírle, le hizo sentar junto a sí en una silla baja, aunque Sancho, de puro bien criado, no quería sentarse. 10 Pero la duquesa le dijo que se sentase como gobernador y hablase como escudero, puesto que por entrambas cosas merecía el mismo escaño del Cid Ruy Díaz Campeador. Encogió Sancho los hombros, obedeció y 15 sentóse, y todas las doncellas y dueñas de la duquesa la rodearon atentas, con grandísimo silencio, a escuchar lo que diría; pero la duquesa fue la que habló primero, diciendo: “Ahora que estamos solos, y que aquí no nos 20 oye nadie, querría yo que el señor gobernador me absolviese ciertas dudas que tengo, nacidas de la historia que del gran don Quijote anda ya impresa, una de las cuales dudas es que pues el buen Sancho nunca vio a Dulcinea, 25 digo, a la señora Dulcinea del Toboso, ni le llevó la carta del señor don Quijote, porque se quedó en el libro de memoria en Sierra Morena, cómo se atrevió a fingir la respuesta y aquello de que la halló ahechando trigo, siendo 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 411 todo burla y mentira, y tan en daño de la buena opinión de la sin par Dulcinea, y todas que no vienen bien con la calidad y fidelidad de los buenos escuderos.” A estas razones, sin responder con alguna, 5 se levantó Sancho de la silla, y con pasos quedos, el cuerpo agobiado y el dedo puesto sobre los labios, anduvo por toda la sala levantando los doseles, y luego, esto hecho, se volvió a sentar y dijo: 10 “Ahora, señora mía, que he visto que no nos escucha nadie de solapa, fuera de los circunstantes, sin temor ni sobresalto, responderé a lo que se me ha preguntado y a todo aquello que se me preguntare. Y lo primero que digo es 15 que yo tengo a mi señor don Quijote por loco rematado, puesto que algunas veces dice cosas que, a mi parecer y aun de todos aquellos que le escuchan, son tan discretas y por tan buen carril encaminadas, que el mismo Satanás 20 no las podría decir mejores; pero, con todo esto, verdaderamente y sin escrúpulo, a mí se me ha asentado que es un mentecato. Pues como yo tengo esto en el magín, me atrevo a hacerle creer lo que no lleva pies ni cabeza, 25 como fue aquello de la respuesta de la carta, y lo de habrá seis u ocho días, que aún no está en historia, conviene a saber: lo del encanto de mi señora doña Dulcinea, que le he dado a entender que está encantada, no siendo más verdad 30 que por los cerros de Ubeda.” Rogóle la duquesa que le contase aquel
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 412 encantamiento o burla, y Sancho se lo contó todo del mismo modo que había pasado, de que no poco gusto recibieron los oyentes; y, prosiguiendo en su plática, dijo la duquesa: “De lo que el buen Sancho me ha contado 5 me anda brincando un escrúpulo en el alma, y un cierto susurro llega a mis oídos, que me dice: pues don Quijote de la Mancha es loco, menguado y mentecato, y Sancho Panza su escudero lo conoce, y, con todo eso, le sirve y 10 le sigue y va atenido a las vanas promesas suyas, sin duda alguna debe de ser él más loco y tonto que su amo; y, siendo esto así, como lo es, mal contado te será, señora duquesa, si al tal Sancho Panza le das ínsula que gobierne, 15 porque el que no sabe gobernarse a sí, ¿cómo sabrá gobernar a otros?” “Par Dios, señora”, dijo Sancho, “que ese escrúpulo viene con parto derecho. Pero dígale vuestra merced que hable claro, o como quisiere, 20 que yo conozco que dice verdad; que si yo fuera discreto, días ha que había de haber dejado a mi amo. Pero ésta fue mi suerte y ésta mi malandanza; no puedo más, seguirle tengo, somos de un mismo lugar, he comido su pan, 25 quiérole bien, es agradecido, diome sus pollinos, y, sobre todo, yo soy fiel, y, así es imposible que nos pueda apartar otro suceso que el de la pala y azadón. Y si vuestra altanería no quisiere que se me dé el prometido gobierno, 30 de menos me hizo Dios, y podría ser que el no dármele redundase en pro de mi conciencia;
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 413 que maguera tonto se me entiende aquel refrán de por su mal le nacieron alas a la hormiga. Y aun podría ser que se fuese más aína Sancho escudero al cielo que no Sancho gobernador. Tan buen pan hacen aquí como en 5 Francia, y de noche todos los gatos son pardos, y asaz de desdichada es la persona que a las dos de la tarde no se ha desayunado; y no hay estómago que sea un palmo mayor que otro, el cual se puede llenar, como suele decirse, de 10 paja y de heno, y las avecitas del campo tienen a Dios por su proveedor y despensero. Y más calientan cuatro varas de paño de Cuenca que otras cuatro de límiste de Segovia. Y al dejar este mundo y meternos la tierra 15 adentro, por tan estrecha senda va el príncipe como el jornalero, y no ocupa más pies de tierra el cuerpo del papa que el del sacristán, aunque sea más alto el uno que el otro; que al entrar en el hoyo todos nos ajustamos y 20 encogemos, o nos hacen ajustar y encoger, mal que nos pese, y a buenas noches. Y torno a decir que si vuestra señoría no me quisiere dar la ínsula por tonto, yo sabré no dárseme nada por discreto. Y yo he oído decir que detrás de la 25 cruz está el diablo, y que no es oro todo lo que reluce; y que de entre los bueyes, arados y coyundas sacaron al labrador Wamba para ser rey de España, y de entre los brocados, pasatiempos y riquezas sacaron a Rodrigo 30 para ser comido de culebras, si es que las trovas de los romances antiguos no mienten.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 414 “Y ¡cómo que no mienten!”, dijo a esta sazón doña Rodríguez, la dueña, que era una de las escuchantes, “que un romance hay que dice, que metieron al rey Rodrigo vivo vivo en una tumba llena de sapos, culebras y lagartos, y que 5 de allí a dos días dijo el rey desde dentro de la tumba, con voz doliente y baja: «Ya me comen, ya me comen por do más pecado había.» Y, según esto, mucha razón tiene este señor 10 en decir que quiere más ser más labrador que rey, si le han de comer sabandijas.” No pudo la duquesa tener la risa oyendo la simplicidad de su dueña, ni dejó de admirarse en oír las razones y refranes de Sancho, 15 a quien dijo: “Ya sabe el buen Sancho que lo que una vez promete un caballero, procura cumplirlo, aunque le cueste la vida. El duque, mi señor y marido, aunque no es de los andantes, no por 20 eso deja de ser caballero, y, así, cumplirá la palabra de la prometida ínsula, a pesar de la envidia y de la malicia del mundo. Esté Sancho de buen ánimo; que cuando menos lo piense se verá sentado en la silla de su ínsula, y en la 25 de su estado, y empuñará su gobierno, que con otro de brocado de tres altos lo deseche. Lo que yo le encargo es que mire cómo gobierna sus vasallos, advirtiendo que todos son leales y bien nacidos.” 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 415 “Eso de gobernarlos bien”, respondió Sancho, “no hay para qué encargármelo, porque yo soy caritativo de mío y tengo compasión de los pobres, y a quien cuece y amasa no le hurtes hogaza; y para mi santiguada que no 5 me han de echar dado falso. Soy perro viejo y entiendo todo tus, tus, y sé despabilarme a sus tiempos, y no consiento que me anden musarañas ante los ojos, porque sé dónde me aprieta el zapato; dígolo, porque los buenos tendrán 10 conmigo mano y concavidad y los malos, ni pie ni entrada. Y paréceme a mí que en esto de los gobiernos todo es comenzar, y podría ser que a quince días de gobernador me comiese las manos tras el oficio y supiese más de él 15 que de la labor del campo en que me he criado.” “Vos tenéis razón, Sancho”, dijo la duquesa; “que nadie nace enseñado, y de los hombres se hacen los obispos, que no de las 20 piedras. Pero volviendo a la plática que poco ha tratábamos del encanto de la señora Dulcinea, tengo por cosa cierta y más que averiguada que aquella imaginación que Sancho tuvo de burlar a su señor, y darle a entender 25 que la labradora era Dulcinea, y que si su señor no la conocía debía de ser por estar encantada, toda fue invención de alguno de los encantadores que al señor don Quijote persiguen; porque real y verdaderamente yo sé de 30 buena parte que la villana que dio el brinco sobre la pollina era y es Dulcinea del Toboso,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 416 y que el buen Sancho, pensando ser el engañador, es el engañado, y no hay poner más duda en esta verdad que en las cosas que nunca vimos. Y sepa el señor Sancho Panza, que también tenemos acá encantadores que 5 nos quieren bien y nos dicen lo que pasa por el mundo, pura y sencillamente, sin enredos ni máquinas. Y créame Sancho que la villana brincadora era y es Dulcinea del Toboso, que está encantada como la madre que la pario; y 10 cuando menos nos pensemos, la habemos de ver en su propia figura, y entonces saldrá Sancho del engaño en que vive.” “Bien puede ser todo eso”, dijo Sancho Panza, “y ahora quiero creer lo que mi amo 15 cuenta de lo que vio en la cueva de Montesinos, donde dice que vio a la señora Dulcinea del Toboso en el mismo traje y hábito que yo dije que la había visto cuando la encanté por solo mi gusto. Y todo debió de ser al revés, 20 como vuestra merced, señora mía, dice, porque de mi ruin ingenio no se puede ni debe presumir que fabricase en un instante tan agudo embuste, ni creo yo que mi amo es tan loco que con tan flaca y magra persuasión como la 25 mía creyese una cosa tan fuera de todo término; pero, señora, no por esto será bien que vuestra bondad me tenga por malévolo, pues no está obligado un porro como yo a taladrar los pensamientos y malicias de los pésimos 30 encantadores. Yo fingí aquello por escaparme de las riñas de mi señor don Quijote, y no
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 417 con intención de ofenderle; y si ha salido al revés, Dios está en el cielo, que juzga los corazones.” “Así es la verdad”, dijo la duquesa; “pero dígame ahora Sancho qué es esto que dice de 5 la cueva de Montesinos; que gustaría saberlo.” Entonces Sancho Panza le contó punto por punto lo que queda dicho acerca de la tal aventura. Oyendo lo cual, la duquesa dijo: “De este suceso se puede inferir que pues el 10 gran don Quijote dice que vio allí a la misma labradora que Sancho vio a la salida del Toboso, sin duda es Dulcinea, y que andan por aquí los encantadores muy listos y demasiadamente curiosos.” 15 “Eso digo yo”, dijo Sancho Panza; “que si mi señora Dulcinea del Toboso está encantada, su daño; que yo no me tengo de tomar con los enemigos de mi amo, que deben de ser muchos y malos. Verdad sea que la que yo 20 vi fue una labradora, y por labradora la tuve y por tal labradora la juzgué; y si aquélla era Dulcinea, no ha de estar a mi cuenta, ni ha de correr por mí, o sobre ello, morena. No sino ándense a cada triquete conmigo a dime y 25 diréte, Sancho lo dijo, Sancho lo hizo, Sancho tornó y Sancho volvió, como si Sancho fuese algún quienquiera, y no fuese el mismo Sancho Panza, el que anda ya en libros por ese mundo adelante, según me dijo Sansón Carrasco, 30 que, por lo menos, es persona bachillerada por Salamanca; y los tales no pueden
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 418 mentir, si no es cuando se les antoja o les viene muy a cuento. Así que no hay para qué nadie se tome conmigo, y pues que tengo buena fama y, según oí decir a mi señor, que más vale el buen nombre que las muchas riquezas, 5 encájenme ese gobierno y verán maravillas; que quien ha sido buen escudero será buen gobernador.” “Todo cuanto aquí ha dicho el buen Sancho”, dijo la duquesa, “son sentencias catonianas, 10 o, por lo menos, sacadas de las mismas entrañas del mismo Micael Verino, florentibus occidit annis. En fin, en fin, hablando a su modo, debajo de mala capa suele haber buen bebedor.” 15 “En verdad, señora”, respondió Sancho, “que en mi vida he bebido de malicia; con sed, bien podría ser, porque no tengo nada de hipócrita. Bebo cuando tengo gana, y cuando no la tengo, y cuando me lo dan, por no parecer 20 o melindroso o mal criado; que a un brindis de un amigo, ¿qué corazón ha de haber tan de mármol que no haga la razón? Pero, aunque las calzo, no las ensucio; cuanto más que los escuderos de los caballeros andantes casi de 25 ordinario beben agua, porque siempre andan por florestas, selvas y prados, montañas y riscos, sin hallar una misericordia de vino, si dan por ella un ojo.” “Yo lo creo así”, respondió la duquesa, 30 “y por ahora váyase Sancho a reposar, que después hablaremos más largo y daremos
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIII p. 419 orden como vaya presto a encajarse, como él dice, aquel gobierno.” De nuevo le besó las manos Sancho a la duquesa, y le suplicó le hiciese merced de que se tuviese buena cuenta con su rucio, 5 porque era la lumbre de sus ojos. “¿Qué rucio es éste?”, preguntó la duquesa. “Mi asno”, respondió Sancho, “que por no nombrarle con este nombre, le suelo llamar el 10 rucio, y a esta señora dueña le rogué, cuando entré en este castillo, tuviese cuenta con él, y azoróse de manera, como si la hubiera dicho que era fea o vieja, debiendo ser más propio y natural de las dueñas pensar jumentos que 15 autorizar las salas. ¡Oh, válgame Dios, y cuán mal estaba con estas señoras un hidalgo de mi lugar!” “Sería algún villano”, dijo doña Rodríguez, la dueña; “que si él fuera hidalgo y bien nacido, 20 él las pusiera sobre el cuerno de la luna.” “Ahora bien”, dijo la duquesa, “no haya más; calle doña Rodríguez y sosiéguese el señor Panza, y quédese a mí cargo el regalo del rucio, que por ser alhaja de Sancho, le 25 pondré yo sobre las niñas de mis ojos.” “En la caballeriza basta que esté”, respondió Sancho, “que sobre las niñas de los ojos de vuestra grandeza, ni él ni yo somos dignos de estar sólo un momento; y así lo consentiría yo 30 como darme de puñaladas, que aunque dice mi señor que en las cortesías antes se ha de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 420 perder por carta de más que de menos, en las jumentiles y asininas se ha de ir con el compás en la mano y con medido término.” “Llévele”, dijo la duquesa, “Sancho al gobierno, y allá le podrá regalar como 5 quisiere, y aun jubilarle del trabajo.” “No piense vuestra merced, señora duquesa, que ha dicho mucho”, dijo Sancho; “que yo he visto ir más de dos asnos a los gobiernos, y que llevase yo el mío no sería cosa 10 nueva.” Las razones de Sancho renovaron en la duquesa la risa y el contento, y, enviándole a reposar, ella fue a dar cuenta al duque de lo que con él había pasado. Y entre los dos dieron 15 traza y orden de hacer una burla a don Quijote que fuese famosa y viniese bien con el estilo caballeresco; en el cual le hicieron muchas, tan propias y discretas, que son las mejores aventuras que en esta grande historia se 20 contienen.
p. 421 Capítulo XXXIV Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se había de desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más famosas de este libro. 5 Grande era el gusto que recibían el duque y la duquesa de la conversación de don Quijote y de la de Sancho Panza, y, confirmándose en la intención que tenían de hacerles algunas burlas que llevasen vislumbres y apariencias 10 de aventuras, tomaron motivo de la que don Quijote ya les había contado de la cueva de Montesinos, para hacerle una que fuese famosa --pero de lo que más la duquesa se admiraba era que la simplicidad de Sancho fuese 15 tanta, que hubiese venido a creer ser verdad infalible que Dulcinea del Toboso estuviese encantada, habiendo sido él mismo el encantador y el embustero de aquel negocio--; y, así, habiendo dado orden a sus criados de todo lo 20 que habían de hacer, de allí a seis días le llevaron a caza de montería, con tanto aparato de monteros y cazadores como pudiera llevar un rey coronado. Diéronle a don Quijote un vestido de monte y a Sancho otro verde, de 25 finísimo paño; pero don Quijote no se le quiso poner, diciendo que otro día había de volver al duro ejercicio de las armas, y que no podía llevar consigo guardarropas ni reposterías. Sancho sí tomó el que le dieron, con 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 422 intención de venderle en la primera ocasión que pudiese. Llegado, pues, el esperado día, armóse don Quijote, vistióse Sancho, y encima de su rucio, que no le quiso dejar, aunque le daban un 5 caballo, se metió entre la tropa de los monteros; la duquesa salió bizarramente aderezada, y don Quijote, de puro cortés y comedido, tomó la rienda de su palafrén, aunque el duque no quería consentirlo, y, finalmente, 10 llegaron a un bosque que entre dos altísimas montañas estaba, donde, tomados los puestos, paranzas y veredas, y repartida la gente por diferentes puestos, se comenzó la caza con grande estruendo, grita y vocería, de manera, 15 que unos a otros no podían oírse, así por el ladrido de los perros, como por el son de las bocinas. Apeóse la duquesa, y con un agudo venablo en las manos, se puso en un puesto por donde ella sabía que solían venir algunos 20 jabalíes. Apeóse asimismo el duque y don Quijote y pusiéronse a sus lados; Sancho se puso detrás de todos, sin apearse del rucio, a quien no osara desamparar, porque no le sucediese algún desmán. 25 Y apenas habían sentado el pie y puésto[se] en ala con otros muchos criados suyos, cuando acosado de los perros y seguido de los cazadores vieron que hacia ellos venía un desmesurado jabalí, crujiendo dientes y colmillos y 30 arrojando espuma por la boca, y, en viéndole, embrazando su escudo y puesta mano a su
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 423 espada, se adelantó a recibirle don Quijote. Lo mismo hizo el duque con su venablo; pero a todos se adelantara la duquesa si el duque no se lo estorbara. Sólo Sancho, en viendo al valiente animal, desamparó al rucio y dio a 5 correr cuanto pudo; y, procurando subirse sobre una alta encina, no fue posible. Antes, estando ya a la mitad de él, asido de una rama, pugnando subir a la cima, fue tan corto de ventura y tan desgraciado, que se 10 desgajó la rama, y al venir al suelo, se quedó en el aire, asido de un gancho de la encina, sin poder llegar al suelo, y, viéndose así, y que el sayo verde se le rasgaba, y pareciéndole que si aquel fiero animal allí allegaba le podía 15 alcanzar, comenzó a dar tantos gritos y a pedir socorro con tanto ahínco, que todos los que le oían y no le veían creyeron que estaba entre los dientes de alguna fiera. Finalmente, el colmilludo jabalí quedó 20 atravesado de las cuchillas de muchos venablos que se le pusieron delante, y, volviendo la cabeza don Quijote a los gritos de Sancho, que ya por ellos le había conocido, viole pendiente de la encina, y la cabeza abajo, y al rucio junto 25 a él, que no le desamparó en su calamidad. Y dice Cide Hamete que pocas veces vio a Sancho Panza sin ver al rucio, ni al rucio sin ver a Sancho: tal era la amistad y buena fe que entre los dos se guardaban. Llegó don Quijote y 30 descolgó a Sancho, el cual, viéndose libre y en el suelo, miró lo desgarrado del sayo de monte,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 424 y pesóle en el alma; que pensó que tenía en el vestido un mayorazgo. En esto, atravesaron al jabalí poderoso sobre una acémila, y, cubriéndole con matas de romero y con ramas de mirto, le llevaron, como 5 en señal de victoriosos despojos, a unas grandes tiendas de campaña que en la mitad del bosque estaban puestas, donde hallaron las mesas en orden y la comida aderezada, tan suntuosa y grande, que se echaba bien de ver en ella la 10 grandeza y magnificencia de quien la daba. Sancho, mostrando las llagas a la duquesa de su roto vestido, dijo: “Si esta caza fuera de liebres o de pajarillos, seguro estuviera mi sayo de verse en este 15 extremo; yo no sé qué gusto se recibe de esperar a un animal que si os alcanza con un colmillo, os puede quitar la vida; yo me acuerdo haber oído cantar un romance antiguo, que dice: De los osos seas comido 20 como Favila el nombrado.” “Ese fue un rey godo”, dijo don Quijote, “que yendo a caza de montería, le comió un oso.” “Eso es lo que yo digo”, respondió Sancho, 25 “que no querría yo que los príncipes y los reyes se pusiesen en semejantes peligros, a trueco de un gusto que parece que no le había de ser, pues consiste en matar a un animal que no ha cometido delito alguno.” 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 425 “Antes os engañáis, Sancho”, respondió el duque, “porque el ejercicio de la caza de monte es el mas conveniente y necesario para los reyes y príncipes que otro alguno. La caza es una imagen de la guerra: hay en ella estratagemas, 5 astucias, insidias para vencer a su salvo al enemigo. Padécense en ella fríos grandísimos y calores intolerables, menoscábase el ocio y el sueño, corrobóranse las fuerzas, agilítanse los miembros del que la usa, y, en resolución, es 10 ejercicio que se puede hacer sin perjuicio de nadie y con gusto de muchos; y lo mejor que él tiene es que no es para todos, como lo es el de los otros géneros de caza, excepto el de la volatería, que también es sólo para reyes y grandes 15 señores. Así que, ¡oh Sancho!, mudad de opinión, y, cuando seáis gobernador, ocupaos en la caza y veréis como os vale un pan por ciento.” “Eso no”, respondió Sancho; “el buen gobernador la pierna quebrada, y en casa. Bueno 20 sería que viniesen los negociantes a buscarle fatigados, y él estuviese en el monte holgándose; así enhoramala andaría el gobierno. Mía fe, señor, la caza y los pasatiempos más han de ser para los holgazanes que para los 25 gobernadores. En lo que yo pienso entretenerme, es en jugar al triunfo envidado las pascuas, y a los bolos los domingos y fiestas; que esas cazas ni cazos no dicen con mi condición ni hacen con mi conciencia.” 30 “Plega a Dios, Sancho, que así sea, porque del dicho al hecho hay gran trecho.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 426 “Haya lo que hubiere”, replicó Sancho, “que al buen pagador no le duelen prendas, y más vale al que Dios ayuda, que al que mucho madruga, y tripas llevan pies, que no pies a tripas. Quiero decir que si Dios me ayuda, y 5 yo hago lo que debo con buena intención, sin duda que gobernaré mejor que un gerifalte; no sino pónganme el dedo en la boca, y verán si aprieto o no.” “¡Maldito seas de Dios y de todos sus 10 santos, Sancho maldito”, dijo don Quijote, “y cuándo será el día, como otras muchas veces he dicho, donde yo te vea hablar sin refranes una razón corriente y concertada! Vuestras grandezas dejen a este tonto, señores míos, 15 que les molerá las almas, no sólo puestas entre dos, sino entre dos mil refranes traídos tan a sazón y tan a tiempo cuanto le dé Dios a él la salud, o a mí si los querría escuchar.” “Los refranes de Sancho Panza”, dijo la 20 duquesa, “puesto que son más que los del Comendador Griego, no por eso son en menos de estimar por la brevedad de las sentencias. De mí sé decir que me dan más gusto que otros, aunque sean mejor traídos y con 25 más sazón acomodados.” Con estos y otros entretenidos razonamientos salieron de la tienda al bosque, y en requerir algunas paranzas presto se les pasó el día y se les vino la noche, y no tan clara ni tan 30 sesga como la sazón del tiempo pedía, que era en la mitad del verano; pero un cierto claroscuro
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 427 que trajo consigo, ayudó mucho a la intención de los duques. Y, así, como comenzó a anochecer, un poco más adelante del crepúsculo, a deshora pareció que todo el bosque por todas cuatro partes se ardía; y luego se oyeron por aquí 5 y por allí, y por acá y por acullá, infinitas cornetas y otros instrumentos de guerra, como de muchas tropas de caballería que por el bosque pasaba. La luz del fuego, el son de los bélicos instrumentos, casi cegaron y atronaron los ojos 10 y los oídos de los circunstantes y aun de todos los que en el bosque estaban. Luego se oyeron infinitos lelilíes al uso de moros cuando entran en las batallas; sonaron trompetas y clarines, retumbaron tambores, 15 resonaron pífanos, casi todos a un tiempo, tan continuo y tan aprisa, que no tuviera sentido el que no quedara sin él al son confuso de tantos instrumentos. Pasmóse el duque, suspendióse la duquesa, admiróse don Quijote, tembló 20 Sancho Panza, y, finalmente, aun hasta los mismos sabidores de la causa se espantaron; con el temor les cogió el silencio, y un postillón en traje de demonio les pasó por delante, tocando en vez de corneta un hueco 25 y desmesurado cuerno, que un ronco y espantoso son despedía. “Hola, hermano correo”, dijo el duque, “¿quién sois, adónde vais y qué gente de guerra es la que por este bosque parece que atraviesa?” 30 A lo que respondió el correo con voz horrísona y desenfadada:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 428 “Yo soy el diablo; voy a buscar a don Quijote de la Mancha. La gente que por aquí viene son seis tropas de encantadores, que sobre un carro triunfante traen a la sin par Dulcinea del Toboso; encantada viene con el gallardo 5 francés Montesinos a dar orden a don Quijote de cómo ha de ser desencantada la tal señora.” “Si vos fuerais diablo, como decís y como vuestra figura muestra, ya hubierais conocido al tal caballero don Quijote de la Mancha, 10 pues le tenéis delante.” “En Dios y en mi conciencia”, respondió el diablo, “que no miraba en ello, porque traigo en tantas cosas divertidos los pensamientos, que de la principal, a que venía, se me 15 olvidaba.” “Sin duda“, dijo Sancho, “que este demonio debe de ser hombre de bien y buen cristiano, porque a no serlo, no jurara en Dios y en mi conciencia. Ahora, yo tengo para mí que aun en 20 el mismo infierno debe de haber buena gente.” Luego el demonio, sin apearse, encaminando la vista a don Quijote, dijo: “A ti, el Caballero de los Leones --que entre las garras de ellos te vea yo--, me envía el 25 desgraciado pero valiente caballero Montesinos, mandándome que de su parte te diga que le esperes en el mismo lugar que te topare, a causa que trae consigo a la que llaman Dulcinea del Toboso, con orden de darte la que es menester 30 para desencantarla; y por no ser para más mi venida, no ha de ser más mi estada. Los
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 429 demonios como yo queden contigo y los ángeles buenos con estos señores.” Y, en diciendo esto, tocó el desaforado cuerno y volvió las espaldas y fuese sin esperar respuesta de ninguno. 5 Renovóse la admiración en todos, especialmente en Sancho y don Quijote; en Sancho, en ver que, a despecho de la verdad, querían que estuviese encantada Dulcinea; en don Quijote, por no poder asegurarse si era verdad o no 10 lo que le había pasado en la cueva de Montesinos. Y, estando elevado en estos pensamientos, el duque le dijo: “¿Piensa vuestra merced esperar, señor don Quijote?” 15 “¿Pues no?” respondió él. “Aquí esperaré intrépido y fuerte, si me viniese a embestir todo el infierno.” “Pues si yo veo otro diablo y oigo otro cuerno como el pasado, así esperaré yo aquí 20 como en Flandes”, dijo Sancho. En esto, se cerró más la noche, y comenzaron a discurrir muchas luces por el bosque, bien así como discurren por el cielo las exhalaciones secas de la tierra, que parecen a 25 nuestra vista estrellas que corren; oyóse, asimismo, un espantoso ruido, al modo de aquel que se causa de las ruedas macizas que suelen traer los carros de bueyes, de cuyo chirrido áspero y continuado se dice que huyen los lobos y los 30 osos, si los hay por donde pasan. Añadióse a toda esta tempestad otra que las aumentó
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 430 todas, que fue que parecía verdaderamente que a las cuatro partes del bosque se estaban dando a un mismo tiempo cuatro reencuentros o batallas, porque allí sonaba el duro estruendo de espantosa artillería; acullá se disparaban 5 infinitas escopetas. Cerca casi sonaban las voces de los combatientes; lejos se reiteraban los lelilíes agarenos. Finalmente, las cornetas, los cuernos, las bocinas, los clarines, las trompetas, los tambores, 10 la artillería, los arcabuces y, sobre todo, el temeroso ruido de los carros, formaban todos juntos un son tan confuso y tan horrendo, que fue menester que don Quijote se valiese de todo su corazón para sufrirle; pero el de 15 Sancho vino a tierra y dio con él desmayado en las faldas de la duquesa, la cual le recibió en ellas y a gran prisa mandó que le echasen agua en el rostro. Hízose así, y él volvió en su acuerdo a tiempo que ya un carro de las rechinantes 20 ruedas llegaba a aquel puesto. Tirábanle cuatro perezosos bueyes, todos cubiertos de paramentos negros; en cada cuerno traían atada y encendida una grande hacha de cera, y encima del carro venía hecho un asiento alto, 25 sobre el cual venía sentado un venerable viejo con una barba más blanca que la misma nieve, y tan luenga que le pasaba de la cintura. Su vestidura era una ropa larga de negro bocací; que por venir el carro lleno de infinitas luces 30 se podía bien divisar y discernir todo lo que en él venía. Guiábanle dos feos demonios vestidos
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIV p. 431 del mismo bocací, con tan feos rostros, que Sancho, habiéndolos visto una vez, cerró los ojos por no verlos otra. Llegando, pues, el carro a igualar al puesto, se levantó de su alto asiento el viejo venerable, y puesto en pie, dando 5 una gran voz, dijo: “Yo soy el sabio Lirgandeo.” Y pasó el carro adelante, sin hablar más palabra. Tras éste pasó otro carro de la misma 10 manera, con otro viejo entronizado, el cual, haciendo que el carro se detuviese, con voz no menos grave que el otro, dijo: “Yo soy el sabio Alquife, el grande amigo de Urganda la Desconocida.” 15 Y pasó adelante. Luego, por el mismo continente llegó otro carro; pero el que venía sentado en el trono no era viejo como los demás, sino hombrón robusto y de mala catadura, el cual, al llegar, 20 levantándose en pie como los otros, dijo con voz más ronca y más endiablada: “Yo soy Arcaláus, el encantador, enemigo mortal de Amadís de Gaula y de toda su parentela.” Y pasó adelante. 25 Poco desviados de allí hicieron alto estos tres carros y cesó el enfadoso ruido de sus ruedas; y luego se oyó otro, no ruido, sino un son de una suave y concertada música formado, con que Sancho se alegró y lo tuvo a 30 buena señal. Y, así, dijo a la duquesa, de quien un punto ni un paso se apartaba:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 432 “Señora, donde hay música no puede haber cosa mala.” “Tampoco donde hay luces y claridad”, respondió la duquesa. A lo que replicó Sancho: 5 “Luz da el fuego, y claridad las hogueras, como lo vemos en las que nos cercan, y bien podría ser que nos abrasasen; pero la música siempre es indicio de regocijos y de fiestas.” “Ello dirá”, dijo don Quijote, que todo lo 10 escuchaba, y dijo bien, como se muestra en el capítulo siguiente.
p. 433 Capítulo XXXV Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote del desencanto de Dulcinea con otros admirables sucesos. Al compás de la agradable música vieron 5 que hacia ellos venía un carro de los que llaman triunfales, tirado de seis mulas pardas encubiertas, empero, de lienzo blanco, y sobre cada una venía un disciplinante de luz, asimismo vestido de blanco, con una 10 hacha de cera grande, encendida, en la mano. Era el carro dos veces, y aun tres, mayor que los pasados, y los lados y encima de él, ocupaban doce otros disciplinantes albos como la nieve, todos con sus hachas encendidas, vista 15 que admiraba y espantaba juntamente; y en un levantado trono venía sentada una ninfa vestida de mil velos de tela de plata, brillando por todos ellos infinitas hojas de argentería de oro, que la hacían, si no rica, a lo menos, 20 vistosamente vestida. Traía el rostro cubierto con un transparente y delicado cendal, de modo, que, sin impedirlo sus lizos, por entre ellos se descubría un hermosísimo rostro de doncella; y las muchas luces daban lugar para distinguir 25 la belleza y los años, que, al parecer, no llegaban a veinte ni bajaban de diez y siete. Junto a ella venía una figura vestida de una ropa de las que llaman rozagantes, hasta los pies, cubierta la cabeza con un velo negro; pero al 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 434 punto que llegó el carro a estar frente a frente de los duques y de don Quijote, cesó la música de las chirimías, y luego la de las arpas y laúdes que en el carro sonaban. Y, levantándose en pie la figura de la ropa, la apartó a 5 entrambos lados, y, quitándose el velo del rostro, descubrió patentemente ser la misma figura de la Muerte descarnada y fea, de que don Quijote recibió pesadumbre, y Sancho miedo, y los duques hicieron algún sentimiento temeroso. 10 Alzada y puesta en pie esta Muerte viva, con voz algo dormida y con lengua no muy despierta, comenzó a decir de esta manera: “Yo soy Merlín, aquel que las historias dicen que tuve por mi padre al diablo, 15 (mentira autorizada de los tiempos), príncipe de la mágica y monarca y archivo de la ciencia zoroástrica, émulo a las edades y a los siglos, que solapar pretenden las hazañas 20 de los andantes bravos caballeros, a quien yo tuve y tengo gran cariño. Y puesto que es de los encantadores, de los magos o mágicos continuo dura la condición, áspera y fuerte, 25 la mía es tierna, blanda y amorosa, y amiga de hacer bien a todas gentes. En las cavernas lóbregas de Dite, donde estaba mi alma entretenida en formar ciertos rombos y caracteres, 30 llegó la voz doliente de la bella y sin par Dulcinea del Toboso. Supe su encantamiento y su desgracia, y su trasformación de gentil dama en rústica aldeana: condolíme, 35
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXV p. 435 y encerrando mi espíritu en el hueco de esta espantosa y fiera anatomía, después de haber revuelto cien mil libros de esta mi ciencia endemoniada y torpe, vengo a dar el remedio que conviene 5 a tamaño dolor, a mal tamaño. ¡Oh tú, gloria y honor de cuantos visten las túnicas de acero y de diamante, luz y farol, sendero, norte y guía de aquellos que, dejando el torpe sueño 10 y las ociosas plumas, se acomodan a usar el ejercicio intolerable de las sangrientas y pesadas armas!; a ti digo, ¡oh varón, como se debe, por jamás alabado!, a ti, valiente 15 juntamente y discreto don Quijote, de la Mancha esplendor, de España estrella, que para recobrar su estado primo la sin par Dulcinea del Toboso, es menester que Sancho, tu escudero, 20 se dé tres mil azotes y trescientos en ambas sus valientes posaderas, al aire descubiertas, y de modo, que le escuezan, le amarguen y le enfaden; y en esto se resuelven todos cuantos 25 de su desgracia han sido los autores, y a esto es mi venida, mis señores.” “¡Voto a tal!”, dijo a esta sazón Sancho; “no digo yo tres mil azotes, pero así me daré yo tres, como tres puñaladas. ¡Válgate el diablo por 30 modo de desencantar; yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos! Par Dios que si el señor Merlín no ha hallado otra manera como desencantar a la señora Dulcinea del Toboso, encantada se podrá ir a la sepultura.” 35 “Tomaros he yo”, dijo don Quijote, “don
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 436 villano, harto de ajos, y amarraros he a un árbol, desnudo como vuestra madre os parió, y no digo yo tres mil y trescientos, sino seis mil y seiscientos azotes os daré, tan bien pegados, que no se os caigan a tres mil y trescientos 5 tirones; y no me repliquéis palabra, que os arrancaré el alma.” Oyendo lo cual Merlín, dijo: “No ha de ser así, porque los azotes que ha de recibir el buen Sancho, han de ser por su 10 voluntad y no por fuerza, y en el tiempo que él quisiere; que no se le pone término señalado. Pero permítesele que si él quisiere redimir su vejación por la mitad de este vapulamiento, puede dejar que se los dé ajena mano, 15 aunque sea algo pesada.” “Ni ajena, ni propia, ni pesada, ni por pesar”, replicó Sancho: “a mí no me ha de tocar alguna mano. ¿Parí yo, por ventura, a la señora Dulcinea del Toboso, para que paguen 20 mis posas lo que pecaron sus ojos? El señor mi amo sí, que es parte suya, pues la llama a cada paso mi vida, mi alma, sustento y arrimo suyo, se puede y debe azotar por ella y hacer todas las diligencias necesarias para su 25 desencanto. Pero ¿azotarme yo?; abernuncio.” Apenas acabó de decir esto Sancho, cuando levantándose en pie la argentada ninfa que junto al espíritu de Merlín venía, quitándose el sutil velo del rostro, le descubrió tal, que a 30 todos pareció más que demasiadamente hermoso, y con un desenfado varonil y con una
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXV p. 437 voz no muy adamada, hablando derechamente con Sancho Panza, dijo: “¡Oh malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas guijeñas y apedernaladas!; si te mandaran, 5 ladrón, desuellacaras, que te arrojaras de una alta torre al suelo, si te pidieran, enemigo del género humano, que te comieras una docena de sapos, dos de lagartos y tres de culebras, si te persuadieran a que mataras a tu mujer y a 10 tus hijos con algún truculento y agudo alfanje, no fuera maravilla que te mostraras melindroso y esquivo. Pero hacer caso de tres mil y trescientos azotes, que no hay niño de la doctrina, por ruin que sea, que no se los lleve cada mes, 15 admira, adarva, espanta a todas las entrañas piadosas de los que lo escuchan y aun las de todos aquellos que lo vinieren a saber con el discurso del tiempo. Pon ¡oh miserable y endurecido animal!, pon, digo, esos tus ojos de 20 mochuelo espantadizo en las niñas de estos míos, comparados a rutilantes estrellas, y veráslos llorar hilo a hilo y madeja a madeja, haciendo surcos, carreras y sendas por los hermosos campos de mis mejillas. Muévate, 25 socarrón y mal intencionado monstruo, que la edad tan florida mía, que aún se está todavía en el diez y ..., de los años, pues tengo diez y nueve y no llego a veinte, se consume y marchita debajo de la corteza de una rústica 30 labradora. Y si ahora no lo parezco es merced particular que me ha hecho el señor Merlín,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 438 que está presente, sólo porque te enternezca mi belleza; que las lágrimas de una afligida hermosura vuelven en algodón los riscos y los tigres en ovejas. Date, date en esas carnazas, bestión indómito, y saca de harón ese brío 5 que a sólo comer y más comer te inclina; y pon en libertad la lisura de mis carnes, la mansedumbre de mi condición y la belleza de mi faz. Y si por mí no quieres ablandarte ni reducirte a algún razonable término, hazlo por ese 10 pobre caballero que a tu lado tienes, por tu amo, digo, de quien estoy viendo el alma, que la tiene atravesada en la garganta, no diez dedos de los labios, que no espera sino tu rígida o blanda respuesta, o para salirse por la 15 boca, o para volverse al estómago.” Tentóse oyendo esto la garganta don Quijote, y dijo, volviéndose al duque: “Por Dios, señor, que Dulcinea ha dicho la verdad, que aquí tengo el alma 20 atravesada en la garganta, como una nuez de ballesta.” “¿Qué decís vos a esto, Sancho?”, preguntó la duquesa. “Digo, señora”, respondió Sancho, “lo que 25 tengo dicho: que de los azotes abernuncio.” “Abrenuncio habéis de decir, Sancho, y no como decís”, dijo el duque. “Déjeme vuestra grandeza”, respondió Sancho; “que no estoy ahora para mirar en 30 sutilezas, ni en letras más a menos, porque me tienen tan turbado estos azotes que me han de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXV p. 439 dar o me tengo de dar, que no sé lo que me digo ni lo que me hago; pero querría yo saber de la señora, mi señora doña Dulcinea del Toboso, adónde aprendió el modo de rogar que tiene. Viene a pedirme que me abra las 5 carnes a azotes, y llámame alma de cántaro y bestión indómito, con una tiramira de malos nombres, que el diablo los sufra. ¿Por ventura son mis carnes de bronce?, ¿o vame a mí algo en que se desencante o no? ¿Qué canasta de 10 ropa blanca, de camisas, de tocadores y de escarpines, aunque no los gasto, trae delante de sí para ablandarme, sino un vituperio y otro, sabiendo aquel refrán que dicen por ahí, que un asno cargado de oro sube ligero por una 15 montaña, y que dádivas quebrantan peñas, y a Dios rogando y con el mazo dando, y que más vale un toma que dos te daré? Pues el señor, mi amo, que había de traerme la mano por el cerro y halagarme para que yo me 20 hiciese de lana y de algodón cardado, dice que si me coge me amarrará desnudo a un árbol, y me doblará la parada de los azotes. Y habían de considerar estos lastimados señores que no solamente piden que se azote un escudero, 25 sino un gobernador; como quien dice: bebe con guindas. Aprendan, aprendan mucho de enhoramala a saber rogar, y a saber pedir, y a tener crianza; que no son todos los tiempos unos, ni están los hombres siempre de un buen humor. 30 Estoy yo ahora reventando de pena por ver mi sayo verde roto, y vienen a pedirme que me
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 440 azote de mi voluntad, estando ella tan ajena de ello, como de volverme cacique.” “Pues en verdad, amigo Sancho”, dijo el duque, “que si no os ablandáis más que una breva madura, que no habéis de empuñar el 5 gobierno. Bueno sería que yo enviase a mis insulanos un gobernador cruel, de entrañas pedernalinas, que no se doblega a las lágrimas de las afligidas doncellas ni a los ruegos de discretos, imperiosos y antiguos encantadores 10 y sabios. En resolución, Sancho: o vos habéis de ser azotado, u os han de azotar, o no habéis de ser gobernador.” “Señor”, respondió Sancho, “¿no se me darían dos días de término para pensar lo [que] 15 me está mejor?” “No, en ninguna manera”, dijo Merlín; “aquí, en este instante y en este lugar ha de quedar asentado lo que ha de ser de este negocio: o Dulcinea volverá a la cueva de Montesinos 20 y a su prístino estado de labradora, o ya, en el ser que está será llevada a los Elíseos campos, donde estará esperando se cumpla el número del vápulo.” “Ea, buen Sancho”, dijo la duquesa, “buen 25 ánimo y buena correspondencia al pan que habéis comido del señor don Quijote, a quien todos debemos servir y agradar por su buena condición y por sus altas caballerías. Dad el sí, hijo, de esta azotaina, y váyase el diablo para diablo y 30 el temor para mezquino; que un buen corazón quebranta mala ventura, como vos bien sabéis.”
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXV p. 441 A estas razones respondió con estas disparatadas Sancho, que, hablando con Merlín, le preguntó: “Dígame vuestra merced, señor Merlín: cuando llegó aquí el diablo correo, dio a 5 mi amo un recado del señor Montesinos, mandándole de su parte que le esperase aquí, porque venía a dar orden de que la señora Dulcinea del Toboso se desencantase, y hasta ahora no hemos visto a Montesinos ni a sus 10 semejas.” A lo cual respondió Merlín: “El diablo, amigo Sancho, es un ignorante y un grandísimo bellaco; yo le envié en busca de vuestro amo, pero no con recado de Montesinos, 15 sino mío, porque Montesinos se está en su cueva, entendiendo, o por mejor decir, esperando su desencanto, que aún le falta la cola por desollar. Si os debe algo o tenéis alguna cosa que negociar con él, yo os lo traeré y 20 pondré donde vos más quisiereis; y por ahora acabad de dar el sí de esta disciplina, y creedme que os será de mucho provecho, así para el alma como para el cuerpo: para el alma, por la caridad con que la haréis; para el 25 cuerpo, porque yo sé que sois de complexión sanguínea, y no os podrá hacer daño sacaros un poco de sangre.” “Muchos médicos hay en el mundo, hasta los encantadores son médicos”, replicó Sancho; 30 “pero, pues todos me lo dicen, aunque yo no me lo veo, digo que soy contento de darme los tres
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 442 mil y trescientos azotes, con condición que me los tengo de dar cada y cuando que yo quisiere, sin que se me ponga tasa en los días ni en el tiempo. Y yo procuraré salir de la deuda lo más presto que sea posible, porque goce 5 el mundo de la hermosura de la señora doña Dulcinea del Toboso, pues, según parece, al revés de lo que yo pensaba, en efecto es hermosa. Ha de ser también condición, que no [he] de estar obligado a sacarme sangre con la 10 disciplina, y que si algunos azotes fueren de mosqueo, se me han de tomar en cuenta. Y ten, que si me errare en el número, el señor Merlín, pues lo sabe todo, ha de tener cuidado de contarlos y de avisarme los que me faltan o 15 los que me sobran.” “De las sobras no habrá que avisar”, respondió Merlín, “porque llegando al cabal número, luego quedará de improviso desencantada la señora Dulcinea, y vendrá a buscar, 20 como agradecida, al buen Sancho y a darle las gracias y aun premios por la buena obra. Así que no hay de qué tener escrúpulo de las sobras ni de las faltas, ni el cielo permita que yo engañe a nadie, aunque sea en un pelo de 25 la cabeza.” “Ea, pues, a la mano de Dios”, dijo Sancho; “yo consiento en mi mala ventura, digo, que yo acepto la penitencia con las condiciones apuntadas.” 30 Apenas dijo estas últimas palabras Sancho, cuando volvió a sonar la música de las
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXV p. 443 chirimías y se volvieron a disparar infinitos arcabuces, y don Quijote se colgó del cuello de Sancho, dándole mil besos en la frente y en las mejillas. La duquesa y el duque y todos los circunstantes dieron muestras de haber recibido 5 grandísimo contento, y el carro comenzó a caminar, y al pasar la hermosa Dulcinea inclinó la cabeza a los duques e hizo una gran reverencia a Sancho. Y ya, en esto, se venía a más andar el alba 10 alegre y risueña; las florecillas de los campos se descollaban y erguían, y los líquidos cristales de los arroyuelos, murmurando por entre blancas y pardas guijas, iban a dar tributo a los ríos que los esperaban. La tierra alegre, 15 el cielo claro, el aire limpio, la luz serena, cada uno por sí y todos juntos daban manifiestas señales que el día que al aurora venía pisando las faldas había de ser sereno y claro. Y satisfechos los duques de la caza y de haber 20 conseguido su intención tan discreta y felizmente, se volvieron a su castillo con presupuesto de segundar en sus burlas; que para ellos no había veras que más gusto les diesen.
p. 444 Capítulo XXXVI Donde se cuenta la extraña y jamás imaginada aventura de la dueña Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, con una carta que Sancho Panza escribió a su mujer, Teresa 5 Panza. Tenía un mayordomo el duque de muy burlesco y desenfadado ingenio, el cual hizo la figura de Merlín y acomodó todo el aparato de la aventura pasada, compuso los versos e 10 hizo que un paje hiciese a Dulcinea. Finalmente, con intervención de sus señores ordenó otra del más gracioso y extraño artificio que puede imaginarse. Preguntó la duquesa a Sancho otro día si había comenzado la tarea 15 de la penitencia que había de hacer por el desencanto de Dulcinea; dijo que sí, y que aquella noche se había dado cinco azotes. Preguntóle la duquesa que con qué se los había dado; respondió que con la mano. 20 “Eso”, replicó la duquesa, “más es darse de palmadas que de azotes; yo tengo para mí que el sabio Merlín no estará contento con tanta blandura. Menester será que el buen Sancho haga alguna disciplina de abrojos, o de 25 las de canelones, que se dejen sentir, porque la letra con sangre entra, y no se ha de dar tan barata la libertad de una tan gran señora como lo es Dulcinea por tan poco precio; y advierta Sancho que las obras de caridad que se hacen 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 445 tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada.” A lo que respondió Sancho: “Déme vuestra señoría alguna disciplina o ramal conveniente, que yo me daré con él, como 5 no me duela demasiado; porque hago saber a vuestra merced que, aunque soy rústico, mis carnes tienen más de algodón que de esparto, y no será bien que yo me descríe por el provecho ajeno.” 10 “Sea en buena hora”, respondió la duquesa; “yo os daré mañana una disciplina que os venga muy al justo y se acomode con la ternura de vuestras carnes, como si fueran sus hermanas propias.” 15 A lo que dijo Sancho: “Sepa vuestra alteza, señora mía de mi ánima, que yo tengo escrita una carta a mi mujer Teresa Panza, dándole cuenta de todo lo que me ha sucedido después que me aparté de ella; aquí 20 la tengo en el seno, que no le falta más de ponerle el sobrescrito. Querría que vuestra discreción la leyese, porque me parece que va conforme a lo de gobernador, digo, al modo que deben de escribir los gobernadores.” 25 “Y ¿quién la notó?”, preguntó la duquesa. “¿Quién la había de notar sino yo, pecador de mí?”, respondió Sancho. “Y ¿escribísteisla vos?”, dijo la duquesa. “Ni por pienso”, respondió Sancho, “porque 30 yo no sé leer ni escribir, puesto que sé firmar.” “Veámosla”, dijo la duquesa; “que a buen
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 446 seguro que vos mostréis en ella la calidad y suficiencia de vuestro ingenio.” Sacó Sancho una carta abierta del seno, y, tomándola la duquesa, vio que decía de esta manera: 5 CARTA DE SANCHO PANZA A TERESA PANZA, SU MUJER “Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba; si buen gobierno me tengo, buenos azotes me cuesta. Esto no lo entenderás tú, 10 Teresa mía, por ahora; otra vez lo sabrás. Has de saber, Teresa, que tengo determinado que andes en coche, que es lo que hace al caso, porque todo otro andar es andar a gatas. Mujer de un gobernador eres, ¡mira si te roerá nadie los 15 zancajos! Ahí te envío un vestido verde de cazador que me dio mi señora la duquesa; acomódale en modo que sirva de saya y cuerpos a nuestra hija. Don Quijote, mi amo, según he oído decir en esta tierra, es un loco cuerdo y 20 un mentecato gracioso, y que yo no le voy en zaga. Hemos estado en la cueva de Montesinos, y el sabio Merlín ha echado mano de mí para el desencanto de Dulcinea del Toboso, que por allá se llama Aldonza Lorenzo; con tres mil y 25 trescientos azotes menos cinco, que me he de dar, quedará desencantada como la madre que la parió. No dirás de esto nada a nadie, porque pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro. 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 447 ”De aquí a pocos días me partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este mismo deseo; tomaréle el pulso y avisaréte si has de venir a 5 estar conmigo o no. El rucio está bueno, y se te encomienda mucho, y no lo pienso dejar aunque me llevaran a ser Gran Turco. La duquesa, mi señora, te besa mil veces las manos; vuélvele el retorno con dos mil, que no hay cosa 10 que menos cueste ni valga más barata, según dice mi amo, que los buenos comedimientos. No ha sido Dios servido de depararme otra maleta con otros cien escudos como la de marras. Pero no te dé pena, Teresa mía, que en salvo está 15 el que repica, y todo saldrá en la colada del gobierno; sino que me ha dado gran pena que me dicen que si una vez le pruebo, que me tengo de comer las manos tras él, y si así fuese, no me costaría muy barato, aunque los 20 estropeados y mancos ya tienen su canonjía en la limosna que piden. Así que, por una vía o por otra, tú has de ser rica, de buena ventura. Dios te la dé, como puede, y a mí me guarde para servirte. De este castillo, a veinte 25 de julio 1614. Tu marido el gobernador, Sancho Panza.” En acabando la duquesa de leer la carta, dijo a Sancho: 30 “En dos cosas anda un poco descaminado el
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 448 buen gobernador: la una, en decir o dar a entender que este gobierno se le han dado por los azotes que se ha de dar, sabiendo él, que no lo puede negar, que cuando el duque, mi señor, se le prometió, no se soñaba haber azotes en el 5 mundo. La otra es, que se muestra en ella muy codicioso, y no querría que orégano fuese, porque la codicia rompe el saco, y el gobernador codicioso hace la justicia desgobernada.” “Yo no lo digo por tanto, señora”, respondió 10 Sancho, “y si a vuestra merced le parece que la tal carta no va como ha de ir, no hay sino rasgarla y hacer otra nueva, y podría ser que fuese peor si me lo dejan a mi caletre.” “No, no”, replicó la duquesa; “buena está 15 ésta, y quiero que el duque la vea.” Con esto se fueron a un jardín donde habían de comer aquel día; mostró la duquesa la carta de Sancho al duque, de que recibió grandísimo contento. Comieron, y después de alzado 20 los manteles, y después de haberse entretenido un buen espacio con la sabrosa conversación de Sancho, a deshora se oyó el son tristísimo de un pífano y el de un ronco y destemplado tambor; todos mostraron alborotarse con la 25 confusa, marcial y triste armonía, especialmente don Quijote, que no cabía en su asiento de puro alborotado. De Sancho no hay que decir, sino que el miedo le llevó a su acostumbrado refugio, que era el lado o faldas de la 30 duquesa, porque real y verdaderamente el son que se escuchaba era tristísimo y melancólico.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 449 Y, estando todos así suspensos, vieron entrar por el jardín adelante dos hombres vestidos de luto, tan luengo y tendido que les arrastraba por el suelo; éstos venían tocando dos grandes tambores, asimismo cubiertos de negro. A su 5 lado venía el pífano, negro y pizmiento como los demás. Seguía a los tres un personaje de cuerpo agigantado, amantado, no que vestido, con una negrísima loba, cuya falda era asimismo desaforada de grande; por encima de la loba le 10 ceñía y atravesaba un ancho tahalí, también negro, de quien pendía un desmesurado alfanje de guarniciones y vaina negra. Venía cubierto el rostro con un trasparente velo negro, por quien se entreparecía una longísima barba, 15 blanca como la nieve. Movía el paso al son de los tambores con mucha gravedad y reposo. En fin, su grandeza, su contoneo, su negrura y su acompañamiento pudiera y pudo suspender a todos aquellos que, sin conocerle, le miraron. 20 Llegó, pues, con el espacio y prosopopeya referida a hincarse de rodillas ante el duque, que en pie, con los demás que allí estaban, le atendía. Pero el duque en ninguna manera le consintió hablar hasta que se levantase. Hízolo 25 así el espantajo prodigioso, y, puesto en pie, alzó el antifaz del rostro e hizo patente la más horrenda, la más larga, la más blanca y más poblada barba que hasta entonces humanos ojos habían visto, y luego desencajó y arrancó del 30 ancho y dilatado pecho una voz grave y sonora, y poniendo los ojos en el duque, dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 450 “Altísimo y poderoso señor: a mí me llaman Trifaldín el de la Barba Blanca, soy escudero de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la dueña Dolorida, de parte de la cual traigo a vuestra grandeza una embajada, y es que la 5 vuestra magnificencia sea servida de darla facultad y licencia para entrar a decirle su cuita, que es una de las más nuevas y más admirables que el más cuitado pensamiento del orbe pueda haber pensado; y primero quiere saber si 10 está en este vuestro castillo el valeroso y jamás vencido caballero don Quijote de la Mancha, en cuya busca viene a pie, y sin desayunarse, desde el reino de Candaya hasta este vuestro estado, cosa que se puede y debe tener 15 a milagro, o a fuerza de encantamiento. Ella queda a la puerta de esta fortaleza o casa de campo, y no aguarda para entrar sino vuestro beneplácito; dije.” Y tosió luego, y manoseóse la barba de arriba 20 abajo con entrambas manos, y con mucho sosiego estuvo atendiendo la respuesta del duque, que fue: “Ya, buen escudero Trifaldín de la Blanca Barba, ha muchos días que tenemos noticia de 25 la desgracia de mi señora la condesa Trifaldi, a quien los encantadores la hacen llamar la dueña Dolorida; bien podéis, estupendo escudero, decirle que entre y que aquí está el valiente caballero don Quijote de la Mancha, de 30 cuya condición generosa puede prometerse con seguridad todo amparo y toda ayuda, y asimismo
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXVI p. 451 le podréis decir de mi parte que si mi favor le fuere necesario, no le ha de faltar, pues ya me tiene obligado a dársele el ser caballero, a quien es anejo y concerniente favorecer a toda suerte [de] mujeres, en especial a 5 las dueñas viudas, menoscabadas y doloridas, cual lo debe estar su señoría.” Oyendo lo cual Trifaldín, inclinó la rodilla hasta el suelo, y, haciendo al pífano y tambores señal que tocasen, al mismo son y al mismo 10 paso que había entrado, se volvió a salir del jardín, dejando a todos admirados de su presencia y compostura. Y, volviéndose el duque a don Quijote, le dijo: “En fin, famoso caballero, no pueden las 15 tinieblas de la malicia ni de la ignorancia encubrir y oscurecer la luz del valor y de la virtud. Digo esto, porque apenas ha seis días que la vuestra bondad está en este castillo, cuando ya os vienen a buscar de lueñes y 20 apartadas tierras; y no en carrozas ni en dromedarios, sino a pie y en ayunas, los tristes, los afligidos, confiados que han de hallar en ese fortísimo brazo el remedio de sus cuitas y trabajos, merced a vuestras grandes hazañas, 25 que corren y rodean todo lo descubierto de la tierra.” “Quisiera yo, señor duque”, respondió don Quijote, “que estuviera aquí presente aquel bendito religioso, que a la mesa el otro día 30 mostró tener tan mal talante y tan mala ojeriza contra los caballeros andantes, para que viera
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 452 por vista de ojos si los tales caballeros son necesarios en el mundo; tocara, por lo menos, con la mano que los extraordinariamente afligidos y desconsolados, en casos grandes y en desdichas enormes, no van a buscar su remedio a las 5 casas de los letrados, ni a la de los sacristanes de las aldeas, ni al caballero que nunca ha acertado a salir de los términos de su lugar, ni al perezoso cortesano, que antes busca nuevas para referirlas y contarlas que procura hacer 10 obras y hazañas para que otros las cuenten y las escriban. El remedio de las cuitas, el socorro de las necesidades, el amparo de las doncellas, el consuelo de las viudas, en ninguna suerte de personas se halla mejor que en los 15 caballeros andantes, y de serlo yo doy infinitas gracias al cielo, y doy por muy bien empleado cualquier desmán y trabajo que en este tan honroso ejercicio pueda sucederme. Venga esta dueña y pida lo que quisiere; que yo le 20 libraré su remedio en la fuerza de mi brazo y en la intrépida resolución de mi animoso espíritu.”
p. 453 Capítulo XXXVII Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña Dolorida. En extremo se holgaron el duque y la duquesa de ver cuán bien iba respondiendo a 5 su intención don Quijote, y a esta sazón dijo Sancho: “No querría yo que esta señora dueña pusiese algún tropiezo a la promesa de mi gobierno, porque yo he oído decir a un boticario 10 toledano, que hablaba como un silguero, que donde interviniesen dueñas no podía suceder cosa buena. ¡Válgame Dios y qué mal estaba con ellas el tal boticario! De lo que yo saco que, pues todas las dueñas son enfadosas e 15 impertinentes, de cualquiera calidad y condición que sean, ¿qué serán las que son doloridas, como han dicho que es esta condesa Tres Faldas o Tres Colas?; que en mi tierra faldas y colas, colas y faldas, todo es uno.” 20 “Calla, Sancho amigo”, dijo don Quijote, “que pues esta señora dueña de tan lueñes tierras viene a buscarme, no debe ser de aquellas que el boticario tenía en su número; cuanto más que ésta es condesa, y cuando las 25 condesas sirven de dueñas, será sirviendo a reinas y a emperatrices, que en sus casas son señorísimas que se sirven de otras dueñas.” A esto respondió doña Rodríguez, que se halló presente: 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 454 “Dueñas tiene mi señora la duquesa en su servicio, que pudieran ser condesas, si la fortuna quisiera; pero allá van leyes do quieren reyes, y nadie diga mal de las dueñas, y más de las antiguas y doncellas, que aunque yo no 5 lo soy, bien se me alcanza y se me trasluce la ventaja que hace una dueña doncella a una dueña viuda, y quien a nosotras trasquiló, las tijeras le quedaron en la mano.” “Con todo eso”, replicó Sancho, “hay tanto 10 que trasquilar en las dueñas, según mi barbero, cuanto será mejor no menear el arroz, aunque se pegue.” “Siempre los escuderos”, respondió doña Rodríguez, “son enemigos nuestros; que como 15 son duendes de las antesalas y nos ven a cada paso, los ratos que no rezan, que son muchos, los gastan en murmurar de nosotras, desenterrándonos los huesos y enterrándonos la fama. Pues mándoles yo a los leños movibles, que, 20 mal que les pese, hemos de vivir en el mundo y en las casas principales, aunque muramos de hambre y cubramos con un negro monjil nuestras delicadas o no delicadas carnes, como quien cubre o tapa un muladar con un tapiz en 25 día de procesión. A fe que si me fuera dado y el tiempo lo pidiera, que yo diera a entender, no sólo a los presentes, sino a todo el mundo, como no hay virtud que no se encierre en una dueña.” 30 “Yo creo”, dijo la duquesa, “que mi buena doña Rodríguez tiene razón, y muy grande;
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXVII p. 455 pero conviene que aguarde tiempo para volver por sí y por las demás dueñas, para confundir la mala opinión de aquel mal boticario y desarraigar la que tiene en su pecho el gran Sancho Panza.” 5 A lo que Sancho respondió: “Después que tengo humos de gobernador se me han quitado los vaguidos de escudero y no se me da por cuantas dueñas hay un cabrahígo.” 10 Adelante pasaran con el coloquio dueñesco, si no oyeran que el pífano y los tambores volvían a sonar, por donde entendieron que la dueña Dolorida entraba; preguntó la duquesa al duque si sería bien ir a recibirla, pues era 15 condesa y persona principal. “Por lo que tiene de condesa”, respondió Sancho, antes que el duque respondiese, “bien estoy en que vuestras grandezas salgan a recibirla; pero por lo de dueña, soy de parecer que 20 no se muevan un paso.” “¿Quién te mete a ti en esto, Sancho?”, dijo don Quijote. “¿Quién, señor?”, respondió Sancho. “Yo me meto, que puedo meterme, como escudero que 25 ha aprendido los términos de la cortesía en la escuela de vuestra merced, que es el más cortés y bien criado caballero que hay en toda la cortesanía, y en estas cosas, según he oído decir a vuestra merced, tanto se pierde por carta 30 de más como por carta de menos, y al buen entendedor, pocas palabras.”
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 456 “Así es como Sancho dice”, dijo el duque; “veremos el talle de la condesa, y por él tantearemos la cortesía que se le debe.” En esto, entraron los tambores y el pífano, como la vez primera. 5 Y aquí, con este breve capítulo dio fin el autor, y comenzó el otro, siguiendo la misma aventura, que es una de las más notables de la historia.
p. 457 TABLA DE LOS CAPITULOS DE ESTA SEGUNDA PARTE DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA _______ Págs. _____ Capítulo I. - De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad..................................... 35 Capítulo II. - Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de don Quijote con otros sujetos graciosos...................................... 52 Capítulo III. - Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco................... 60 Capítulo IV. - Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas con otros sucesos dignos de saberse y contarse..................................... 72 Capítulo V. - De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza y otros sucesos dignos de feliz recordación.................................... 80 Capítulo VI. - De lo que le pasó a don Quijote con su sobrina y con su ama, y es uno de los importantes capítulos de toda la historia.. 90 Capítulo VII. - De lo que pasó don Quijote con su escudero con otros sucesos famosísimos.................................... 99 Capítulo VIII. - Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote, yendo a ver a su señora Dulcinea del Toboso............................ 110 Capítulo IX. - Donde se cuenta lo que en él se verá........................................ 122 Capítulo X. - Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos................................ 128 Capítulo XI. - De la extraña aventura que le
TABLA p. 458 Págs. _____ sucedió al valeroso don Quijote con el carro o carreta de las Cortes de la Muerte........... 142 Capítulo XII. - De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos....................... 152 Capítulo XIII. - Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos.................................. 163 Capítulo XIV. - Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque....................... 173 Capítulo XV. - Donde se cuenta y da noticia de quien era el Caballero de los Espejos y su escudero....................................... 190 Capítulo XVI. - De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de la Mancha......... 194 Capítulo XVII. - De donde se declaró el último punto y extremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote con la felizmente acabada aventura de los leones... 209 Capítulo XVIII. - De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del Caballero del Verde Gabán con otras cosas extravagantes...... 225 Capítulo XIX. - Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado con otros en verdad graciosos sucesos.............................. 238 Capítulo XX. - Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico con el suceso de Basilio el pobre....................................... 250 Capítulo XXI. - Donde se prosiguen las bodas de Camacho con otros gustosos sucesos.......... 264 Capítulo XXII. - Donde se cuenta la grande aventura de la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio feliz cima el valeroso don Quijote de la Mancha 274 Capítulo XXIII. - De las admirables cosas que el extremado don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa............... 286 Capítulo XXIV. - Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento de esta grande historia....................................... 302
TABLA p. 459 Págs. _____ Capítulo XXV. - Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titerero con las memorables adivinanzas del mono adivino........ 312 Capítulo XXVI. - Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero con otras cosas en verdad harto buenas............................ 327 Capítulo XXVII. - Donde se da cuenta quiénes eran maese Pedro y su mono con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como lo tenía pensado........................ 340 Capítulo XXVIII. - De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere, si las lee con atención................................... 350 Capítulo XXIX. - De la famosa aventura del barco encantado................................ 358 Capítulo XXX. - De lo que le avino a don Quijote con una bella cazadora................. 368 Capítulo XXXI. - Que trata de muchas y grandes cosas.......................................... 376 Capítulo XXXII. - De la respuesta que dio don Quijote a su reprensor, con otros graves y graciosos sucesos............................ 389 Capítulo XXXIII. - De la sabrosa plática que la Duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note........................................ 410 Capítulo XXXIV. - Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se había de desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más famosas de este libro........ 421 Capítulo XXXV. - Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote del desencanto de Dulcinea, con otros admirables sucesos......... 433 Capítulo XXXVI. - Donde se cuenta la extraña y jamás imaginada aventura de la dueña dolorida, alias de la Condesa Trifaldi, con una carta que Sancho Panza escribió a su mujer Teresa Panza................................... 444 Capítulo XXXVII. - Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña Dolorida........... 453
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