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OBRAS COMPLETAS
DE
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
_______
DON QUIJOTE DE LA MANCHA
TOMO IV
Versión modernizada
Texto electrónico por
Fred F. Jehle
Copyright © 1941 Rodolfo Schevill
Copyright © 1997 Fred F. Jehle &
Purdue Research Foundation
OBRAS COMPLETAS
DE
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
_______
DON QUIJOTE
DE LA MANCHA
TOMO IV
EDICIÓN PUBLICADA POR
RODOLFO SCHEVILL Y ADOLFO BONILLA
Profesor en la Profesor en la
Universidad de Universidad de
California (Berkeley). Madrid.
MADRID
GRÁFICAS REUNIDAS, S. A.
M. CM. XLI.
p. 4
p. 5
ADVERTENCIA
Al terminar este cuarto y último tomo de la
obra imperecedera de Cervantes, quiero dar
mis más sinceras gracias a mis colegas y
amigos Edwin S. Morby y Dorotea Clarke, quienes,
en medio de sus propias faenas, se han dado
la molestia de leer las pruebas del texto y de
las notas. Y si se puede decir con alguna
justicia amici probantur rebus adversis, también
se puede decir que no hay mejor prueba de los
amigos que la ayuda ofrecida para descubrir y
subsanar las equivocaciones de otros, sobre
todo las erratas de imprenta que tienen la
destreza mágica de ocultarse en las pruebas sólo
para quedar patentes a la vista de todos desde
el momento en que se publica la obra.
p. 6
p. 7
Capítulo XXXVIII
Donde se cuenta la que dio de su mala
andanza la dueña Dolorida.
Detrás de los tristes músicos comenzaron a
entrar por el jardín adelante hasta cantidad de 5
doce dueñas, repartidas en dos hileras, todas
vestidas de unos monjiles anchos, al parecer,
de anascote batanado, con unas tocas blancas
de delgado canequí, tan luengas, que sólo el
ribete del monjil descubrían. Tras ellas venía 10
la condesa Trifaldi, a quien traía de la mano
el escudero Trifaldín de la Blanca Barba, vestida
de finísima y negra bayeta por frisar, que, a
venir frisada, descubriera cada grano del
grandor de un garbanzo de los buenos de 15
Martos. La cola o falda, o como llamarla
quisieren, era de tres puntas, las cuales se
sustentaban en las manos de tres pajes asimismo
vestidos de luto, haciendo una vistosa y
matemática figura con aquellos tres ángulos agudos, 20
que las tres puntas formaban, por lo cual cayeron
todos los que la falda puntiaguda miraron,
que por ella se debía llamar la condesa
Trifaldi, como si dijésemos la condesa de las
Tres Faldas. Y, así, dice Benengeli que fue 25
verdad, y que de su propio apellido se llamó
la condesa Lobuna, a causa que se criaban
en su condado muchos lobos, y que, si como
eran lobos fueran zorras, la llamaran la
condesa Zorruna, por ser costumbre en aquellas 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 8
partes tomar los señores la denominación de
sus nombres de la cosa, o cosas, en que más
sus estados abundan; empero esta condesa,
por favorecer la novedad de su falda, dejó el
Lobuna, y tomó el Trifaldi. 5
Venían las doce dueñas y la señora a paso
de procesión, cubiertos los rostros con unos
velos negros, y no transparentes como el de
Trifaldín, sino tan apretados que ninguna cosa
se traslucían. 10
Así como acabó de parecer el dueñesco
escuadrón, el duque, la duquesa y don Quijote
se pusieron en pie, y todos aquellos que la
espaciosa procesión miraban. Pararon las
doce dueñas e hicieron calle, por medio de la 15
cual la Dolorida se adelantó, sin dejarla de la
mano Trifaldín; viendo lo cual el duque, la
duquesa y don Quijote, se adelantaron obra
de doce pasos a recibirla. Ella puesta[s] las
rodillas en el suelo, con voz antes basta y ronca 20
que sutil y delicada, dijo:
Vuestras grandezas sean servidas de no
hacer tanta cortesía a este su criado, digo a
esta su criada, porque según soy de dolorida,
no acertaré a responder a lo que debo, a causa 25
que mi extraña y jamás vista desdicha me ha
llevado el entendimiento, no sé adónde, y debe
de ser muy lejos, pues cuanto más le busco,
menos le hallo.
Sin él estaría, respondió el duque, señora 30
condesa, el que no descubriese por vuestra
persona vuestro valor, el cual, sin más ver, es
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 9
merecedor de toda la nata de la cortesía,
y de toda la flor de las bien criadas
ceremonias.
Y, levantándola de la mano, la llevó a sentar
en una silla junto a la duquesa, la cual la 5
recibió asimismo con mucho comedimiento.
Don Quijote callaba, y Sancho andaba
muerto por ver el rostro de la Trifaldi y de
alguna de sus muchas dueñas; pero no fue
posible, hasta que ellas de su grado y 10
voluntad se descubrieron. Sosegados todos y
puestos en silencio, estaban esperando quién le
había de romper, y fue la dueña Dolorida con
estas palabras:
Confiada estoy, señor poderosísimo, 15
hermosísima señora y discretísimos circunstantes,
que ha de hallar mi cuitísima en vuestros
valerosísimos pechos acogimiento, no menos
plácido que generoso y doloroso; porque ella
es tal, que es bastante a enternecer los 20
mármoles, y a ablandar los diamantes, y a
molificar los aceros de los más endurecidos
corazones del mundo. Pero antes que salga a la
plaza de vuestros oídos, por no decir orejas,
quisiera que me hicieran sabedora si está en 25
este gremio, corro y compañía, el acendradísimo
caballero don Quijote de la Manchísima,
y su escuderísimo Panza.
El Panza, antes que otro respondiese,
dijo Sancho, aquí está, y el don Quijotísimo 30
asimismo. Y, así, podréis, dolorosísima
dueñísima, decir lo que quisieridísimis; que todos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 10
estamos prontos y aparejadísimos a ser
vuestros servidorísimos.
En esto, se levantó don Quijote, y, encaminando
sus razones a la Dolorida dueña, dijo:
Si vuestras cuitas, angustiada señora, se 5
pueden prometer alguna esperanza de
remedio por algún valor o fuerzas de algún
andante caballero, aquí están las mías, que,
aunque flacas y breves, todas se emplearán en
vuestro servicio. Yo soy don Quijote de la 10
Mancha, cuyo asunto es acudir a toda suerte
de menesterosos, y siendo esto así, como lo
es, no habéis menester, señora, captar
benevolencias, ni buscar preámbulos, sino a la llana
y sin rodeos decir vuestros males; que oídos 15
os escuchan, que sabrán, si no remediarlos,
dolerse de ellos.
Oyendo lo cual la Dolorida dueña, hizo
señal de querer arrojarse a los pies de don
Quijote, y aun se arrojó, y pugnando por 20
abrazárselos, decía:
Ante estos pies y piernas me arrojo, oh
caballero invicto, por ser los que son basas y
columnas de la andante caballería; estos pies
quiero besar, de cuyos pasos pende y cuelga 25
todo el remedio de mi desgracia, ¡oh valeroso
andante, cuyas verdaderas fazañas dejan atrás
y oscurecen las fabulosas de los Amadises,
Esplandianes y Belianises!
Y, dejando a don Quijote, se volvió a Sancho 30
Panza y, asiéndole de las manos, le dijo:
¡Oh tú el más leal escudero que jamás sirvió
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 11
a caballero andante en los presentes, ni en los
pasados siglos, más luengo en bondad que la
barba de Trifaldín, mi acompañador que está
presente!, bien puedes preciarte que en servir
al gran don Quijote sirves en cifra a toda la 5
caterva de caballeros que han tratado las
armas en el mundo. Conjúrote, por lo que
debes a tu bondad fidelísima, me seas buen
intercesor con tu dueño, para que luego
favorezca a esta humildísima y desdichadísima 10
condesa.
A lo que respondió Sancho:
De que sea mi bondad, señoría mía, tan
larga y grande como la barba de vuestro
escudero, a mí me hace muy poco al caso. 15
Barbada y con bigotes tenga yo mi alma cuando
de esta vida vaya, que es lo que importa; que
de las barbas de acá poco o nada me curo.
Pero, sin esas socaliñas ni plegarias, yo
rogaré a mi amo, que sé que me quiere bien, 20
y más ahora que me ha menester para cierto
negocio, que favorezca y ayude a vuestra
merced en todo lo que pudiere. Vuestra merced
desembaúle su cuita, y cuéntenosla, y deje
hacer; que todos nos entenderemos. 25
Reventaban de risa con estas cosas los
duques, como aquellos que habían tomado el
pulso a la tal aventura, y alababan entre sí la
agudeza y disimulación de la Trifaldi, la cual,
volviéndose a sentar, dijo: 30
Del famoso reino de Candaya, que cae
entre la gran Trapobana y el mar del Sur, dos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 12
leguas más allá del cabo Comorín, fue
señora la reina doña Maguncia, viuda del rey
Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimonio
tuvieron y procrearon a la infanta Antonomasia,
heredera del reino, la cual dicha infanta 5
Antonomasia se crio y creció debajo de mi
tutela y doctrina, por ser yo la más antigua y
la más principal dueña de su madre. Sucedió,
pues, que yendo días y viniendo días, la niña
Antonomasia llegó a edad de catorce años, 10
con tan gran perfección de hermosura, que no
la pudo subir más de punto la naturaleza.
Pues ¡digamos ahora que la discreción era
mocosa! Así era discreta como bella, y era la
más bella del mundo, y lo es, si ya los hados 15
envidiosos y las parcas endurecidas no la han
cortado la estambre de la vida; pero no habrán,
que no han de permitir los cielos que se haga
tanto mal a la tierra, como sería llevarse en
agraz el racimo del más hermoso veduño del 20
suelo.
De esta hermosura, y no como se debe
encarecida de mi torpe lengua, se enamoró un
número infinito de príncipes, así naturales
como extranjeros, entre los cuales osó levantar 25
los pensamientos al cielo de tanta belleza
un caballero particular, que en la corte estaba,
confiado en su mocedad y en su bizarría y en
sus muchas habilidades y gracias, y facilidad y
felicidad de ingenio. Porque hago saber a 30
vuestras grandezas, si no lo tienen por enojo,
que tocaba una guitarra que la hacía hablar, y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 13
más que era poeta y gran bailarín, y sabía
hacer una jaula de pájaros, que solamente
a hacerlas pudiera ganar la vida, cuando se
viera en extrema necesidad; que todas estas
partes y gracias son bastantes a derribar una 5
montaña, no que una delicada doncella. Pero
toda su gentileza y buen donaire, y todas sus
gracias y habilidades fueran poca o ninguna
parte para rendir la fortaleza de mi niña, si el
ladrón desuellacaras no usara del remedio de 10
rendirme a mí primero. Primero quiso el
malandrín y desalmado vagamundo granjearme
la voluntad, y cohecharme el gusto, para que
yo, mal alcaide, le entregase las llaves de la
fortaleza que guardaba. 15
En resolución, él me aduló el entendimiento,
y me rindió la voluntad con no sé qué
dijes y brincos que me dio; pero lo que más
me hizo postrar y dar conmigo por el suelo
fueron unas coplas que le oí cantar una noche, 20
desde una reja que caía a una callejuela donde
él estaba, que si mal no me acuerdo decían:
De la dulce mi enemiga
nace un mal que al alma hiere,
y por más tormento, quiere 25
que se sienta y no se diga.
Parecióme la trova de perlas, y su voz, de
almíbar, y después acá, digo, desde entonces,
viendo el mal en que caí por estos y otros
semejantes versos, he considerado que de las 30
buenas y concertadas repúblicas se habían de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 14
desterrar los poetas, como aconsejaba Platón,
a lo menos los lascivos, porque escriben
unas coplas, no como las del marqués de
Mantua, que entretienen y hacen llorar los
niños y a las mujeres, sino unas agudezas 5
que a modo de blandas espinas os atraviesan
el alma, y como rayos os hieren en ella,
dejando sano el vestido, y otra vez cantó:
Ven, muerte, tan escondida,
que no te sienta venir; 10
porque el placer del morir
no me torne a dar la vida.
Y de este jaez otras coplitas y estrambotes
que, cantados encantan, y escritos suspenden;
pues ¿qué cuando se humillan a componer un 15
género de verso que en Candaya se usaba
entonces, a quien ellos llamaban seguidillas?
Allí era el brincar de las almas, el retozar de
la risa, el desasosiego de los cuerpos, y,
finalmente, el azogue de todos los sentidos. Y 20
así, digo, señores míos, que los tales trovadores
con justo título los debían desterrar a las
islas de los Lagartos. Pero no tienen ellos
la culpa, sino los simples que los alaban, y
las bobas que los creen. Y si yo fuera la buena 25
dueña que debía, no me habían de mover sus
trasnochados conceptos, ni había de creer ser
verdad aquel decir: «Vivo muriendo, ardo en
»el hielo, tiemblo en el fuego, espero sin
»esperanza, pártome y quédome», con otros 30
imposibles de esta ralea, de que están sus
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXVIII p. 15
escritos llenos. Pues ¿qué cuando prometen el
fénix de Arabia, la corona de Aridiana, los
caballos del Sol, del Sur las perlas, de Tíbar
el oro, y de Pancaya el bálsamo? Aquí es
donde ellos alargan más la pluma, como les 5
cuesta poco prometer lo que jamás piensan,
ni pueden cumplir. Pero ¿dónde me divierto?
¡Ay de mí desdichada! ¿Qué locura, o qué
desatino me lleva a contar las ajenas faltas,
teniendo tanto que decir de las mías? ¡Ay de mí, 10
otra vez, sin ventura!, que no me rindieron los
versos, sino mi simplicidad. No me ablandaron
las músicas, sino mi liviandad; mi mucha
ignorancia y mi poco advertimiento abrieron el
camino y desembarazaron la senda a los pasos 15
de don Clavijo, que éste es el nombre del
referido caballero. Y así, siendo yo la medianera,
él se halló una y muy muchas veces en la
estancia de la por mí y no por él engañada
Antonomasia, debajo del título de verdadero 20
esposo; que aunque pecadora, no consintiera
que, sin ser su marido, la llegara a la vira de
la suela de sus zapatillas. ¡No, no, eso no; el
matrimonio ha de ir adelante en cualquier
negocio de estos, que por mí se tratare! 25
Solamente hubo un daño en este negocio, que fue
el de la desigualdad, por ser don Clavijo un
caballero particular, y la infanta Antonomasia
heredera, como ya he dicho, del reino.
Algunos días estuvo encubierta y solapada 30
en la sagacidad de mi recato esta maraña,
hasta que me pareció que la iba descubriendo a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 16
más andar no sé qué hinchazón del vientre de
Antonomasia, cuyo temor nos hizo entrar en
bureo a los tres, y salió de él, que antes que se
saliese a luz el mal recado, don Clavijo
pidiese ante el vicario por su mujer a 5
Antonomasia, en fe de una cédula, que de ser su
esposa la infanta le había hecho, notada por mi
ingenio con tanta fuerza, que las de Sansón no
pudieran romperla. Hiciéronse las diligencias,
vio el vicario la cédula, tomó el tal vicario la 10
confesión a la señora, confesó de plano, mandóla
depositar en casa de un alguacil de corte
muy honrado.
A esta sazón dijo Sancho:
También en Candaya hay alguaciles de corte, 15
poetas y seguidillas: por lo que puedo jurar
que imagino que todo el mundo es uno; pero
dése vuestra merced prisa, señora Trifaldi, que
es tarde, y ya me muero por saber el fin de esta
tan larga historia. 20
Sí haré, respondió la condesa.
p. 17
Capítulo XXXIX
Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y
memorable historia.
De cualquiera palabra que Sancho decía la
duquesa gustaba tanto, como se desesperaba 5
don Quijote, y, mandándole que callase, la
Dolorida prosiguió, diciendo:
En fin, al cabo de muchas demandas y
respuestas, como la infanta se estaba siempre en
sus trece, sin salir ni variar de la primera 10
declaración, el vicario sentenció en favor de don
Clavijo, y se la entregó por su legítima esposa,
de lo que recibió tanto enojo la reina doña
Maguncia, madre de la infanta Antonomasia,
que dentro de tres días la enterramos. 15
Debió de morir, sin duda, dijo Sancho.
Claro está, respondió Trifaldín; que en
Candaya no se entierran las personas vivas,
sino las muertas.
Ya se ha visto, señor escudero, replicó 20
Sancho, enterrar un desmayado, creyendo ser
muerto, y parecíame a mí que estaba la reina
Maguncia obligada a desmayarse antes que a
morirse; que con la vida muchas cosas se
remedian, y no fue tan grande el disparate de 25
la infanta, que obligase a sentirle tanto.
Cuando se hubiera casado esa señora con algún
paje suyo, o con otro criado de su casa, como
han hecho otras muchas, según he oído decir,
fuera el daño sin remedio; pero el haberse 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 18
casado con un caballero tan gentilhombre, y tan
entendido como aquí nos le han pintado, en
verdad en verdad, que aunque fue necedad,
no fue tan grande como se piensa. Porque según
las reglas de mi señor, que está presente 5
y no me dejará mentir, así como se hacen de
los hombres letrados los obispos, se pueden
hacer de los caballeros, y más si son andantes,
los reyes y los emperadores.
Razón tienes, Sancho, dijo don Quijote, 10
porque un caballero andante, como tenga dos
dedos de ventura, está en potencia propincua
de ser el mayor señor del mundo. Pero pase
adelante la señora Dolorida; que a mí se me
trasluce que le falta por contar lo amargo 15
de esta hasta aquí dulce historia.
Y ¡cómo si queda lo amargo!, respondió la
condesa; y tan amargo, que en su comparación
son dulces las tueras, y sabrosas las adelfas.
Muerta, pues, la reina, y no desmayada, 20
la enterramos, y apenas la cubrimos con la
tierra, y apenas le dimos el último vale,
cuando, quis talia fando temperet a lacrymis?,
puesto sobre un caballo de madera, pareció
encima de la sepultura de la reina el gigante 25
Malambruno, primo cormano de Maguncia,
que junto con ser cruel era encantador, el cual
con sus artes, en venganza de la muerte de su
cormana, y por castigo del atrevimiento de don
Clavijo, y por despecho de la demasía de 30
Antonomasia, los dejó encantados sobre la misma
sepultura, a ella, convertida en una jimia de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 19
bronce, y a él, en un espantoso cocodrilo de un
metal no conocido, y entre los dos está un
padrón asimismo de metal, y en él escritas en
lengua siríaca unas letras, que, habiéndose
declarado en la candayesca, y ahora en la 5
castellana, encierran esta sentencia: «No cobrarán
»su primera forma estos dos atrevidos amantes,
»hasta que el valeroso Manchego venga conmigo
»a las manos en singular batalla; que para solo
»su gran valor guardan los hados esta nunca 10
»vista aventura.»
Hecho esto, sacó de la vaina un ancho y
desmesurado alfanje, y, asiéndome a mí por
los cabellos, hizo finta de querer segarme la
gola, y cortarme cercén la cabeza. Turbéme, 15
pegóseme la voz a la garganta, quedé mohína
en todo extremo; pero con todo me esforcé lo
más que pude, y, con voz tembladora y
doliente, le dije tantas y tales cosas, que le
hicieron suspender la ejecución de tan riguroso 20
castigo. Finalmente, hizo traer ante sí todas
las dueñas de palacio, que fueron estas que
están presentes, y después de haber exagerado
nuestra culpa, y vituperado las condiciones de
las dueñas, sus malas mañas y peores trazas, 25
y, cargando a todas la culpa que yo sola tenía,
dijo que no quería con pena capital castigarnos,
sino con otras penas dilatadas, que nos
diesen una muerte civil y continua, y en aquel
mismo momento y punto que acabó de decir 30
esto, sentimos todas que se nos abrían los
poros de la cara, y que por toda ella nos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 20
punzaban como con puntas de agujas; acudimos
luego con las manos a los rostros, y hallámonos
de la manera que ahora veréis.
Y luego la Dolorida y las demás dueñas
alzaron los antifaces con que cubiertas venían, 5
y descubrieron los rostros todos poblados de
barbas, cuáles rubias, cuáles negras, cuáles
blancas, y cuáles albarrazadas, de cuya vista
mostraron quedar admirados el duque y la
duquesa, pasmados don Quijote y Sancho, y 10
atónitos todos los presentes, y la Trifaldi
prosiguió:
De esta manera nos castigó aquel follón y
mal intencionado de Malambruno, cubriendo la
blandura y morbidez de nuestros rostros con 15
la aspereza de estas cerdas; que pluguiera al
cielo que antes con su desmesurado alfanje
nos hubiera derribado las testas, que no que
nos asombrara la luz de nuestras caras con
esta borra que nos cubre, porque si entramos 20
en cuenta, señores míos --y esto que voy a
decir ahora, lo quisiera decir hechos mis ojos
fuentes, pero la consideración de nuestra
desgracia y los mares que hasta aquí han llovido,
los tienen sin humor y secos como aristas, y, 25
así, lo diré sin lágrimas--, digo, pues, que
¿adónde podrá ir una dueña con barbas? ¿Qué
padre, o qué madre se dolerá de ella? ¿Quién la
dará ayuda? Pues aun cuando tiene la tez lisa,
y el rostro martirizado con mil suertes de 30
menjurjes y mudas, apenas halla quien bien la
quiera, ¿qué hará cuando descubra hecho un
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XXXIX p. 21
bosque su rostro? ¡Oh dueñas y compañeras
mías, en desdichado punto nacimos, en hora
menguada nuestros padres nos engendraron!
Y, diciendo esto, dio muestras de
desmayarse. 5
p. 22
Capítulo XL
De cosas que atañen y tocan a esta aventura
y a esta memorable historia.
Real y verdaderamente todos los que gustan
de semejantes historias como ésta deben de 5
mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor
primero, por la curiosidad que tuvo en contarnos
las semínimas de ella, sin dejar cosa, por
menuda que fuese, que no la sacase a luz
distintamente. Pinta los pensamientos, descubre 10
las imaginaciones, responde a las tácitas,
aclara las dudas, resuelve los argumentos;
finalmente, los átomos del más curioso deseo
manifiesta: ¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh don
Quijote dichoso! ¡Oh Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho 15
Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de
por sí viváis siglos infinitos, para gusto y
general pasatiempo de los vivientes.
Dice, pues, la historia que así como Sancho
vio desmayada a la Dolorida, dijo: 20
Por la fe de hombre de bien juro, y por el
siglo de todos mis pasados los Panzas, que
jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha
contado, ni en su pensamiento ha cabido
semejante aventura como ésta. Válgate mil 25
Satanases, por no maldecirte, por encantador y
gigante, Malambruno, y ¿no hallaste otro
género de castigo que dar a estas pecadoras, sino
el de barbarlas? ¿Cómo y no fuera mejor, y a
ellas les estuviera más a cuento, quitarles la 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XL p. 23
mitad de las narices de medio arriba, aunque
hablaran gangoso, que no ponerles barbas?
Apostaré yo que no tienen hacienda para
pagar a quien las rape.
Así es la verdad, señor, respondió una 5
de las doce; que no tenemos hacienda para
mondarnos, y, así, hemos tomado algunas de
nosotras por remedio ahorrativo de usar de
unos pegotes o parches pegajosos, y,
aplicándolos a los rostros y tirando de golpe, 10
quedamos rasas y lisas como fondo de mortero de
piedra; que puesto que hay en Candaya mujeres
que andan de casa en casa a quitar el vello y
a pulir las cejas y hacer otros menjurjes
tocantes a mujeres, nosotras las dueñas de mi 15
señora por jamás quisimos admitirlas, porque
las más oliscan a terceras, habiendo dejado de
ser primas. Y si por el señor don Quijote no
somos remediadas, con barbas nos llevarán a
la sepultura. 20
Yo me pelaría las mías, dijo don Quijote,
en tierra de moros, si no remediase las
vuestras.
A este punto volvió de su desmayo la
Trifaldi, y dijo: 25
El retintín de esa promesa, valeroso
caballero, en medio de mi desmayo llegó a mis
oídos, y ha sido parte para que yo de él vuelva
y cobre todos mis sentidos, y así, de nuevo os
suplico, andante ínclito y señor indomable, 30
vuestra graciosa promesa se convierta en
obra.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 24
Por mí no quedará, respondió don Quijote;
ved, señora, qué es lo que tengo de hacer,
que el ánimo está muy pronto para serviros.
Es el caso, respondió la Dolorida, que
desde aquí al reino de Candaya, si se va por 5
tierra, hay cinco mil leguas, dos más a menos;
pero si se va por el aire, y por la línea recta,
hay tres mil y doscientas y veinte y siete. Es
también de saber que Malambruno me dijo
que cuando la suerte me deparase al caballero 10
nuestro libertador, que él le enviaría una
cabalgadura harto mejor y con menos malicias
que las que son de retorno, porque ha de ser
aquel mismo caballo de madera sobre quien
llevó el valeroso Pierres robada a la linda 15
Magalona, el cual caballo se rige por una
clavija que tiene en la frente, que le sirve de
freno, y vuela por el aire con tanta ligereza,
que parece que los mismos diablos le llevan.
Este tal caballo, según es tradición antigua, fue 20
compuesto por aquel sabio Merlín. Prestósele
a Pierres que era su amigo, con el cual hizo
grandes viajes y robó, como se ha dicho, a la
linda Magalona, llevándola a las ancas por el
aire, dejando embobados a cuantos desde la 25
tierra los miraban; y no le prestaba sino a
quien él quería o mejor se lo pagaba, y desde
el gran Pierres hasta ahora no sabemos que
haya subido alguno en él. De allí le ha sacado
Malambruno con sus artes y le tiene en su poder, 30
y se sirve de él en sus viajes, que los hace
por momentos, por diversas partes del mundo,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XL p. 25
y hoy está aquí y mañana en Francia, y otro día
en Potosí, y es lo bueno que el tal caballo ni
come, ni duerme, ni gasta herraduras, y lleva
un portante por los aires, sin tener alas, que
el que lleva encima puede lleva[r] una taza 5
llena de agua en la mano, sin que se le derrame
gota, según camina llano y reposado; por
lo cual la linda Magalona se holgaba mucho
de andar caballera en él.
A esto dijo Sancho: 10
Para andar reposado y llano, mi rucio,
puesto que no anda por los aires; pero, por
la tierra, yo le cutiré con cuantos portantes
hay en el mundo.
Riéronse todos y la Dolorida prosiguió: 15
Y este tal caballo, si es que Malambruno
quiere dar fin a nuestra desgracia, antes que
sea media hora entrada la noche estará en
nuestra presencia; porque él me significó que
la señal que me daría por donde yo 20
entendiese que había hallado el caballero que
buscaba, sería enviarme el caballo, donde fuese,
con comodidad y presteza.
Y ¿cuántos caben en ese caballo? preguntó
Sancho. 25
La Dolorida respondió:
Dos personas, la una en la silla y la otra
en las ancas, y por la mayor parte estas tales
dos personas son caballero y escudero, cuando
falta alguna robada doncella. 30
Querría yo saber, señora Dolorida, dijo
Sancho, qué nombre tiene ese caballo.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 26
El nombre, respondió la Dolorida, no es
como el caballo de Belerofonte, que se llamaba
Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado
Bucéfalo, ni como el del furioso Orlando,
cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte, 5
que fue el de Reinaldos de Montalbán, ni
Frontino como el de Rugero, ni Bootes ni Peritoa,
como dicen que se llaman los del Sol, ni
tampoco se llama Orelia, como el caballo en que
el desdichado Rodrigo, último rey de los godos, 10
entró en la batalla donde perdió la vida y
el reino.
Yo apostaré, dijo Sancho, que pues no
le han dado ninguno de esos famosos nombres
de caballos tan conocidos, que tampoco le 15
habrán dado el de mi amo, Rocinante, que en
ser propio excede a todos los que se han
nombrado.
Así es, respondió la barbada condesa;
pero todavía le cuadra mucho, porque se 20
llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre
conviene con el ser de leño y con la clavija que
trae en la frente, y con la ligereza con que
camina, y así, en cuanto al nombre, bien
puede competir con el famoso Rocinante. 25
No me descontenta el nombre, replicó
Sancho; pero ¿con qué freno o con qué
jáquima se gobierna?
Ya he dicho, respondió la Trifaldi, que
con la clavija, que volviéndola a una parte o a 30
otra el caballero que va encima, le hace
caminar como quiere, o ya por los aires, o ya
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XL p. 27
rastreando y casi barriendo la tierra, o por el
medio, que es el que se busca y se ha de tener
en todas las acciones bien ordenadas.
Ya lo querría ver, respondió Sancho; pero
pensar que tengo de subir en él, ni en la silla 5
ni en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Bueno
es que apenas puedo tenerme en mi rucio, y
sobre un albarda más blanda que la misma
seda, y querrían ahora que me tuviese en unas
ancas de tabla sin cojín ni almohada alguna! 10
Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las
barbas a nadie. Cada cual se rape como más
le viniere a cuento; que yo no pienso acompañar
a mi señor en tan largo viaje, cuanto más
que yo no debo de hacer al caso para el 15
rapamiento de estas barbas como lo soy para el
desencanto de mi señora Dulcinea.
Sí sois, amigo, respondió la Trifaldi; y
tanto que sin vuestra presencia entiendo que
no haremos nada. 20
¡Aquí del rey!, dijo Sancho. ¿Qué tienen
que ver los escuderos con las aventuras de
sus señores? ¿Hanse de llevar ellos la fama
de las que acaban, y hemos de llevar nosotros
el trabajo? ¡Cuerpo de mí! Aun si dijesen los 25
historiadores: «El tal caballero acabó la tal y
»tal aventura; pero con ayuda de fulano su
»escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla».
»Pero, ¡que escriban a secas: «Don Paralipomenón
»de las Tres Estrellas acabó la aventura 30
»de los seis vestiglos», sin nombrar la persona
de su escudero que se halló presente a todo,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 28
como si no fuera en el mundo! Ahora, señores,
vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo,
y buen provecho le haga; que yo me quedaré
aquí en compañía de la duquesa mi señora,
y podría ser que cuando volviese hallase 5
mejorada la causa de la señora Dulcinea en
tercio y quinto. Porque pienso, en los ratos
ociosos y desocupados, darme una tanda de
azotes, que no me la cubra pelo.
Con todo eso, le habéis de acompañar si 10
fuere necesario, buen Sancho, porque os lo
rogarán buenos; que no han de quedar por
vuestro inútil temor tan poblados los rostros
de estas señoras, que cierto sería mal caso.
¡Aquí del rey otra vez!, replicó Sancho. 15
Cuando esta caridad se hiciera por algunas
doncellas recogidas, o por algunas niñas de la
doctrina, pudiera el hombre aventurarse a
cualquier trabajo; pero que lo sufra por quitar
las barbas a dueñas, ¡mal año! Mas que las 20
viese yo a todas con barbas desde la mayor
hasta la menor, y de la más melindrosa hasta
la más repulgada.
Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo,
dijo la duquesa; mucho os vais tras la 25
opinión del boticario toledano. Pues a fe que
no tenéis razón: que dueñas hay en mi casa que
pueden ser ejemplo de dueñas; que aquí está
mi doña Rodríguez que no me dejará decir
otra cosa. 30
Mas que la diga vuestra excelencia, dijo
Rodríguez; que Dios sabe la verdad de todo,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XL p. 29
y buenas o malas, barbadas o lampiñas que
seamos las dueñas, también nos parió nuestra
madre como a las otras mujeres, y pues
Dios nos echó en el mundo, El sabe para qué,
y a su misericordia me atengo, y no a las 5
barbas de nadie.
Ahora bien, señora Rodríguez, dijo don
Quijote, y señora Trifaldi y compañía, yo
espero en el cielo que mirará con buenos ojos
vuestras cuitas; que Sancho hará lo que yo le 10
mandare, ya viniese Clavileño, y ya me viese
con Malambruno; que yo sé que no habría
navaja que con más facilidad rapase a vuestras
mercedes como mi espada raparía de los hombros
la cabeza de Malambruno; que Dios sufre 15
a los malos, pero no para siempre.
¡Ay!, dijo a esta sazón la Dolorida. Con
benignos ojos miren a vuestra grandeza,
valeroso caballero, todas las estrellas de las
regiones celestes e infundan en vuestro ánimo 20
toda prosperidad y valentía para ser escudo y
amparo del vituperioso y abatido género
dueñesco, abominado de boticarios, murmurado
de escuderos y socaliñado de pajes; que mal
haya la bellaca que en la flor de su edad no se 25
metió primero a ser monja, que a dueña.
¡Desdichadas de nosotras las dueñas; que aunque
vengamos por línea recta de varón en varón
del mismo Héctor el troyano, no dejaran de
echaros un vos nuestras señoras si pensasen 30
por ello ser reinas! ¡Oh gigante Malambruno,
que aunque eres encantador, eres certísimo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 30
en tus promesas! Envíanos ya al sin par
Clavileño, para que nuestra desdicha se acabe;
que si entra el calor y estas nuestras barbas
duran, ¡guay de nuestra ventura!
Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, 5
que sacó las lágrimas de los ojos de todos los
circunstantes, y aun arrasó los de Sancho, y
propuso en su corazón de acompañar a su señor
hasta las últimas partes del mundo, si es
que en ello consistiese quitar la lana de 10
aquellos venerables rostros.
p. 31
Capítulo XLI
De la venida de Clavileño, con el fin
de esta dilatada aventura.
Llegó en esto la noche, y con ella el punto
determinado en que el famoso caballo Clavileño 5
viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don
Quijote, pareciéndole que, pues Malambruno
se detenía en enviarle, o que él no era el
caballero para quien estaba guardada aquella
aventura, o que Malambruno no osaba venir con él 10
a singular batalla. Pero veis aquí, cuando a
deshora entraron por el jardín cuatro salvajes
vestidos todos de verde yedra, que sobre sus
hombros traían un gran caballo de madera;
pusiéronle de pies en el suelo, y uno de los 15
salvajes dijo:
Suba sobre esta máquina el que tuviere
ánimo para ello...
Aquí, dijo Sancho, yo no subo, porque
ni tengo ánimo, ni soy caballero. 20
Y el salvaje prosiguió, diciendo:
Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo
tiene, y fíese del valeroso Malambruno, que si
no fuere de su espada, de ninguna otra ni de
otra malicia será ofendido. Y no hay más que 25
torcer esta clavija que sobre el cuello trae
puesta, que él los llevará por los aires adonde
los atiende Malambruno; pero porque la alteza
y sublimidad del camino no les cause vahídos,
se han de cubrir los ojos hasta que el 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 32
caballo relinche, que será señal de haber dado fin
a su viaje.
Esto dicho, dejando a Clavileño, con gentil
continente se volvieron por donde habían venido.
La Dolorida, así como vio al caballo, casi 5
con lágrimas dijo a don Quijote:
Valeroso caballero, las promesas de
Malambruno han sido ciertas, el caballo está en
casa, nuestras barbas crecen, y cada una de
nosotras y con cada pelo de ellas te suplicamos 10
nos rapes y tundas, pues no está en más sino
en que subas en él con tu escudero y des feliz
principio a vuestro nuevo viaje.
Eso haré yo, señora condesa Trifaldi, de
muy buen grado y de mejor talante, sin ponerme 15
a tomar cojín, ni calzarme espuelas, por no
detenerme; tanta es la gana que tengo de veros
a vos, señora, y a todas estas dueñas rasas y
mondas.
Eso no haré yo, dijo Sancho, ni de malo 20
ni de buen talante, en ninguna manera. Y si es
que este rapamiento no se puede hacer sin que
yo suba a las ancas, bien puede buscar mi
señor otro escudero que le acompañe, y estas
señoras otro modo de alisarse los rostros; que 25
yo no soy brujo, para gustar de andar por los
aires. Y ¿qué dirán mis insulanos cuando
sepan que su gobernador se anda paseando por
los vientos? Y otra cosa más: que habiendo tres
mil y tantas leguas de aquí a Candaya, si el 30
caballo se cansa, o el gigante se enoja,
tardaremos en dar la vuelta media docena de años,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 33
y ya ni habrá ínsula, ni ínsulos en el mundo que
me conozcan; y pues se dice comúnmente que
en la tardanza va el peligro y que cuando te
dieren la vaquilla, acudas con la soguilla,
perdónenme las barbas de estas señoras, que bien 5
se está San Pedro en Roma. Quiero decir que
bien me estoy en esta casa, donde tanta merced
se me hace, y de cuyo dueño tan gran bien
espero, como es verme gobernador.
A lo que el duque dijo: 10
Sancho amigo, la ínsula que yo os he
prometido no es movible ni fugitiva; raíces tiene
tan hondas echadas en los abismos de la tierra,
que no la arrancarán ni mudarán de donde
está a tres tirones. Y pues vos sabéis que sé yo 15
que no hay ningún género de oficio de estos de
mayor cuantía que no se granjee con alguna
suerte de cohecho, cuál más, cuál menos, el
que yo quiero llevar por este gobierno es que
vais con vuestro señor don Quijote a dar cima 20
y cabo a esta memorable aventura; que ahora
volváis sobre Clavileño con la brevedad que
su ligereza promete, ora la contraria fortuna os
traiga y vuelva a pie, hecho romero, de mesón
en mesón, y de venta en venta, siempre que 25
volviereis hallaréis vuestra ínsula donde la
dejáis, y a vuestros insulanos con el mismo
deseo de recibiros por su gobernador que
siempre han tenido, y mi voluntad será la
misma, y no pongáis duda en esta verdad, señor 30
Sancho; que sería hacer notorio agravio al
deseo que de serviros tengo.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 34
No más, señor, dijo Sancho; yo soy un
pobre escudero y no puedo llevar a cuestas
tantas cortesías. Suba mi amo, tápenme estos
ojos, y encomiéndenme a Dios, y avísenme si
cuando vamos por esas altanerías podré 5
encomendarme a nuestro Señor, o invocar los
ángeles que me favorezcan.
A lo que respondió Trifaldi:
Sancho, bien podéis encomendaros a Dios,
o a quien quisiereis; que Malambruno, aunque 10
es encantador, es cristiano y hace sus
encantamientos con mucha sagacidad y con
mucho tiento, sin meterse con nadie.
Ea, pues, dijo Sancho; Dios me ayude y
la Santísima Trinidad de Gaeta. 15
Desde la memorable aventura de los
batanes, dijo don Quijote, nunca he visto a
Sancho con tanto temor como ahora, y si yo fuera
tan agorero como otros, su pusilanimidad me
hiciera algunas cosquillas en el ánimo. Pero 20
llegaos aquí, Sancho; que con licencia de estos
señores os quiero hablar aparte dos palabras.
Y, apartando a Sancho entre unos árboles del
jardín, y, asiéndole ambas las manos, le dijo:
Ya ves, Sancho hermano, el largo viaje 25
que nos espera, y que sabe Dios cuándo
volveremos de él, ni la comodidad y espacio que
nos darán los negocios; y, así, querría que
ahora te retirases en tu aposento, como que
vas a buscar alguna cosa necesaria para el 30
camino, y en un daca la[s] pajas te dieses a
buena cuenta de los tres mil y trescientos azotes
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 35
a que estás obligado, siquiera quinientos,
que dados te los tendrás; que el comenzar
las cosas es tenerlas medio acabadas.
¡Par Dios, dijo Sancho, que vuestra
merced debe de ser menguado! Esto es como 5
aquello que dicen: «¿En prisa me ves y
»doncellez me demandas?» ¿Ahora que tengo de ir
sentado en una tabla rasa, quiere vuestra
merced que me lastime las posas? En verdad en
verdad que no tiene vuestra merced razón. Vamos 10
ahora a rapar estas dueñas; que a la vuelta
yo le prometo a vuestra merced, como quien
soy, de darme tanta prisa a salir de mi
obligación que vuestra merced se contente, y no le
digo más. 15
Y don Quijote respondió:
Pues con esa promesa, buen Sancho, voy
consolado, y creo que la cumplirás, porque, en
efecto, aunque tonto, eres hombre verídico.
No soy verde, sino moreno, dijo Sancho, 20
pero aunque fuera de mezcla, cumpliera mi
palabra.
Y, con esto, se volvieron a subir en
Clavileño, y al subir dijo don Quijote:
Tapaos, Sancho, y subid, Sancho; que quien 25
de tan lueñes tierras envía por nosotros no
será para engañarnos, por la poca gloria que
le puede redundar de engañar a quien de él se
fía, y puesto que todo sucediese al revés de lo
que imagino, la gloria de haber emprendido 30
esta hazaña no la podrá oscurecer malicia
alguna.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 36
Vamos, señor, dijo Sancho, que las
barbas y lágrimas de estas señoras las tengo
clavadas en el corazón, y no comeré bocado que
bien me sepa hasta verlas en su primera lisura.
Suba vuestra merced, y tápese primero; que 5
si yo tengo de ir a las ancas, claro está que
primero sube el de la silla.
Así es la verdad, replicó don Quijote.
Y, sacando un pañuelo de la faldriquera,
pidió a la Dolorida que le cubriese muy bien 10
los ojos, y, habiéndoselos cubierto, se volvió a
descubrir y dijo:
Si mal no me acuerdo, yo he leído en
Virgilio aquello del Paladión de Troya, que
fue un caballo de madera que los griegos 15
presentaron a la diosa Palas, el cual iba preñado
de caballeros armados, que después fueron la
total ruina de Troya; y, así, será bien ver
primero lo que Clavileño trae en su estómago.
No hay para qué, dijo la Dolorida; que yo 20
le fío, y sé que Malambruno no tiene nada de
malicioso ni de traidor. Vuestra merced, señor
don Quijote, suba sin pavor alguno, y a mi
daño si alguno le sucediere.
Parecióle a don Quijote que cualquiera cosa 25
que replicase acerca de su seguridad sería
poner en detrimento su valentía, y, así, sin
más altercar, subió sobre Clavileño, y le tentó
la clavija, que fácilmente se rodeaba, y como
no tenía estribos y le colgaban las piernas, no 30
parecía sino figura de tapiz flamenco, pintada o
tejida, en algún romano triunfo. De mal
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 37
talante, y poco a poco, llegó a subir Sancho, y
acomodándose lo mejor que pudo en las ancas,
las halló algo duras y no nada blandas, y pidió
al duque que, si fuese posible, le acomodasen
de algún cojín, o de alguna almohada, 5
aunque fuese del estrado de su señora la
duquesa o del lecho de algún paje, porque las
ancas de aquel caballo más parecían de mármol
que de leño.
A esto dijo la Trifaldi que ningún jaez ni 10
ningún género de adorno sufría sobre sí
Clavileño; que lo que podía hacer era ponerse a
mujeriegas, y que así no sentiría tanto la
dureza. Hízolo así Sancho, y diciendo: A Dios,
se dejó vendar los ojos, y ya después de vendados, 15
se volvió a descubrir, y, mirando a todos
los del jardín tiernamente y con lágrimas, dijo
que le ayudasen en aquel trance con sendos
paternostres y sendas avemarías, por que Dios
deparase quien por ellos los dijese cuando 20
en semejantes trances se viesen. A lo que dijo
don Quijote:
Ladrón, ¿estás puesto en la horca por ventura,
o en el último término de la vida, para usar
de semejantes plegarias? ¿No estás, desalmada 25
y cobarde criatura, en el mismo lugar que ocupó
la linda Magalona, del cual descendió, no a la
sepultura, sino a ser reina de Francia, si no
mienten las historias? Y yo, que voy a tu lado,
¿no puedo ponerme al del valeroso Pierres, 30
que oprimió este mismo lugar que yo ahora
oprimo? Cúbrete, cúbrete, animal descorazonado,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 38
y no te salga a la boca el temor que tienes,
a lo menos, en presencia mía.
Tápenme, respondió Sancho, y pues no
quieren que me encomiende a Dios ni que sea
encomendado, ¿qué mucho que tema no ande 5
por aquí alguna región de diablos que den
con nosotros en Peralvillo?
Cubriéronse, y, sintiendo don Quijote que
estaba como había de estar, tentó la clavija, y
apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando 10
todas las dueñas y cuantos estaban presentes
levantaron las voces, diciendo:
¡Dios te guíe, valeroso caballero! ¡Dios sea
contigo, escudero intrépido! ¡Ya, ya vais por
esos aires, rompiéndolos con más velocidad 15
que una saeta! ¡Ya comenzáis a suspender y
admirar a cuantos desde la tierra os están
mirando! ¡Tente, valeroso Sancho, que te
bamboleas, mira no caigas; que será peor tu caída
que la del atrevido mozo que quiso regir el 20
carro del Sol, su padre!
Oyó Sancho las voces, y, apretándose con
su amo, y ciñéndole con los brazos, le dijo:
Señor, ¿cómo dicen éstos que vamos tan
altos, si alcanzan acá sus voces y no parece 25
sino que están aquí hablando, junto a
nosotros?
No repares en eso, Sancho; que como estas
cosas y estas volaterías van fuera de los
cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás 30
lo que quisieres. Y no me aprietes tanto, que
me derribas. Y en verdad, que no sé de qué te
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 39
turbas ni te espantas; que osaré jurar que en
todos los días de mi vida he subido en
cabalgadura de paso más llano. No parece sino que
no nos movemos de un lugar. Destierra, amigo,
el miedo; que, en efecto, la cosa va como 5
ha de ir, y el viento llevamos en popa.
Así es la verdad, respondió Sancho; que
por este lado me da un viento tan recio, que
parece que con mil fuelles me están soplando.
Y así era ello; que unos grandes fuelles le 10
estaban haciendo aire: tan bien trazada estaba
la tal aventura por el duque, y la duquesa, y su
mayordomo, que no le faltó requisito que la
dejase de hacer perfecta. Sintiéndose pues
soplar don Quijote, dijo: 15
Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos
de llegar a la segunda región del aire, adonde
se engendra el granizo, las nieves; los
truenos, los relámpagos, y los rayos se engendran
en la tercera región, y si es que de esta manera 20
vamos subiendo, presto daremos en la región
del fuego, y no sé yo cómo templar esta
clavija para que no subamos donde nos abrasemos.
En esto, con unas estopas ligeras de
encenderse y apagarse, desde lejos, pendientes de 25
una caña, les calentaban los rostros. Sancho,
que sintió el calor, dijo:
Que me maten si no estamos ya en el lugar
del fuego, o bien cerca, porque una gran parte
de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, 30
señor, por descubrirme y ver en qué parte
estamos.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 40
No hagas tal, respondió don Quijote, y
acuérdate del verdadero cuento del licenciado
Torralba, a quien llevaron los diablos en
volandas por el aire, caballero en una caña,
cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, 5
y se apeó en Torre de Nona, que es una
calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y
asalto y muerte de Borbón, y por la mañana
ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio
cuenta de todo lo que había visto; el cual 10
asimismo dijo que cuando iba por el aire le
mandó el diablo que abriese los ojos, y los
abrió, y se vio tan cerca, a su parecer, del
cuerpo de la luna, que la pudiera asir con
la mano, y que no osó mirar a la tierra por no 15
desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para
qué descubrirnos; que el que nos lleva a cargo,
él dará cuenta de nosotros. Y quizá vamos
tomando puntas y subiendo en alto, para
dejarnos caer de una sobre el reino de 20
Candaya, como hace el sacre o neblí sobre la
garza para cogerla, por más que se remonte; y
aunque nos parece que no ha media hora que
nos partimos del jardín, créeme que debemos
de haber hecho gran camino. 25
No sé lo que es, respondió Sancho Panza;
sólo sé decir que si la señora Magallanes, o
Magalona, se contentó de estas ancas, que
no debía de ser muy tierna de carnes.
Todas estas pláticas de los dos valientes 30
oían el duque y la duquesa y los del jardín, de
que recibían extraordinario contento; y,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 41
queriendo dar remate a la extraña y bien fabricada
aventura, por la cola de Clavileño le pegaron
fuego con unas estopas, y al punto, por estar
el caballo lleno de cohetes tronadores, voló
por los aires con extraño ruido, y dio con don 5
Quijote y con Sancho Panza en el suelo, medio
chamuscados.
En este tiempo ya se habían desparecido
del jardín todo el barbado escuadrón de las
dueñas, y la Trifaldi y todo, y los del jardín 10
quedaron como desmayados, tendidos por el
suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron
maltrechos, y, mirando a todas partes, quedaron
atónitos de verse en el mismo jardín de donde
habían partido, y de ver tendido por tierra tanto 15
número de gente. Y creció más su admiración
cuando a un lado del jardín vieron hincada
una gran lanza en el suelo, y pendiente de ella
y de dos cordones de seda verde un pergamino
liso y blanco, en el cual con grandes letras de 20
oro estaba escrito lo siguiente:
El ínclito caballero don Quijote de la
Mancha feneció y acabó la aventura de la condesa
Trifaldi, por otro nombre llamada la dueña
Dolorida, y compañía, con sólo intentarla. 25
Malambruno se da por contento y satisfecho
a toda su voluntad, y las barbas de las dueñas
ya quedan lisas y mondas, y los reyes don
Clavijo y Antonomasia, en su prístino estado.
Y cuando se cumpliere el escuderil vápulo, la 30
blanca paloma se verá libre de los pestíferos
gerifaltes que la persiguen y en brazos de su
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 42
querido arrullador; que así está ordenado por
el sabio Merlín, protoencantador de los
encantadores.
Habiendo, pues, don Quijote leído las letras
del pergamino, claro entendió que del 5
desencanto de Dulcinea hablaban, y, dando muchas
gracias al cielo de que con tan poco peligro
hubiese acabado tan gran fecho, reduciendo a
su pasada tez los rostros de las venerables
dueñas, que ya no parecían, se fue adonde el 10
duque y la duquesa aún no habían vuelto en
sí, y, trabando de la mano al duque, le dijo:
¡Ea, buen señor, buen ánimo, buen ánimo;
que todo es nada! La aventura es ya acabada
sin daño de barras, como lo muestra claro el 15
escrito que en aquel padrón está puesto.
El duque, poco a poco y como quien de un
pesado sueño recuerda, fue volviendo en sí, y
por el mismo tenor la duquesa y todos los que
por el jardín estaban caídos, con tales muestras 20
de maravilla y espanto, que casi se podían
dar a entender haberles acontecido de veras lo
que tan bien sabían fingir de burlas. Leyó el
duque el cartel con los ojos medio cerrados, y
luego, con los brazos abiertos, fue a abrazar a 25
don Quijote, diciéndole ser el más buen
caballero que en ningún siglo se hubiese visto.
Sancho andaba mirando por la Dolorida,
por ver qué rostro tenía sin las barbas, y si era
tan hermosa sin ellas como su gallarda 30
disposición prometía; pero dijéronle que así como
Clavileño bajó ardiendo por los aires y dio en
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 43
el suelo, todo el escuadrón de las dueñas con
la Trifaldi había desaparecido, y que ya iban
rapadas y sin cañones. Preguntó la duquesa
a Sancho que cómo le había ido en aquel largo
viaje. A lo cual Sancho respondió: 5
Yo, señora, sentí que íbamos, según mi
señor me dijo, volando por la región del fuego,
y quise descubrirme un poco los ojos; pero
mi amo, a quien pedí licencia para descubrirme,
no la consintió. Mas yo, que tengo no sé qué 10
briznas de curioso y de desear saber lo que
se me estorba e impide, bonitamente, y sin que
nadie lo viese, por junto a las narices aparté
tanto cuanto el pañizuelo que me tapaba los
ojos, y por allí miré hacia la tierra, y 15
parecióme que toda ella no era mayor que un grano
de mostaza, y los hombres que andaban sobre
ella poco mayores que avellanas, por que se
vea cuán altos debíamos de ir entonces.
A esto dijo la duquesa: 20
Sancho amigo, mirad lo que decís; que a lo
que parece vos no visteis la tierra, sino los
hombres que andaban sobre ella. Y está claro que
si la tierra os pareció como un grano de
mostaza, y cada hombre como una avellana, un 25
hombre solo había de cubrir toda la tierra.
Así es verdad, respondió Sancho, pero
con todo eso la descubrí por un ladito, y la vi
toda.
Mirad, Sancho, dijo la duquesa, que por 30
un ladito no se ve el todo de lo que se mira.
Yo no sé esas miradas, replicó Sancho;
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 44
sólo sé que será bien que vuestra señoría
entienda que, pues volábamos por encantamiento,
por encantamiento podía yo ver toda la
tierra y todos los hombres por doquiera que
los mirara. Y si esto no se me cree, tampoco 5
creerá vuestra merced como, descubriéndome
por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo,
que no había de mí a él palmo y medio, y por
lo que puedo jurar, señora mía, que es muy
grande además; y sucedió que íbamos por 10
parte donde están las siete cabrillas, y, en Dios
y en mi ánima, que como yo en mi niñez fui
en mi tierra cabrerizo, que así como las vi, me
dio una gana de entretenerme con ellas un
rato. Y si no le cumpliera, me parece que 15
reventara. Vengo, pues, y tomo, y ¿qué hago?
Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco,
bonita y pasitamente me apeé de Clavileño y
me entretuve con las cabrillas, que son como
unos alhelíes y como unas flores, casi tres 20
cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un
lugar, ni pasó adelante.
Y ¿en tanto que el buen Sancho se entretenía
con las cabras, preguntó el duque, en qué
se entretenía el señor don Quijote? 25
A lo que don Quijote respondió:
Como todas estas cosas y estos tales sucesos
van fuera del orden natural, no es mucho
que Sancho diga lo que dice; de mí sé decir
que ni me descubrí por alto, ni por bajo, ni vi 30
el cielo, ni la tierra, ni la mar, ni las arenas.
Bien es verdad que sentí que pasaba por la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLI p. 45
región del aire, y aun que tocaba a la del
fuego; pero que pasásemos de allí, no lo puedo
creer, pues, estando la región del fuego entre
el cielo de la luna y la última región del aire,
no podíamos llegar al cielo donde están las 5
siete cabrillas, que Sancho dice, sin abrasarnos.
Y pues no nos asuramos, o Sancho miente, o
Sancho sueña.
Ni miento, ni sueño, respondió Sancho;
si no, pregúntenme las señas de las tales 10
cabras, y por ellas verán si digo verdad o no.
Dígalas, pues, Sancho, dijo la duquesa.
Son, respondió Sancho, las dos verdes,
las dos encarnadas, las dos azules, y la una de
mezcla. 15
Nueva manera de cabras es ésa, dijo el
duque, y por esta nuestra región del suelo no
se usan tales colores, digo, cabras de tales
colores.
Bien claro está eso, dijo Sancho; sí, que 20
diferencia ha de haber de las cabras del cielo a
las del suelo.
Decidme, Sancho, preguntó el duque,
¿visteis allá entre esas cabras algún cabrón?
No señor, respondió Sancho, pero oí decir 25
que ninguno pasaba de los cuernos de la luna.
No quisieron preguntarle más de su viaje,
porque les pareció que llevaba Sancho hilo de
pasearse por todos los cielos, y dar nuevas
de cuanto allá pasaba, sin haberse movido del 30
jardín. En resolución, éste fue el fin de la
aventura de la dueña Dolorida, que dio que reír a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 46
los duques, no sólo aquel tiempo, sino el de
toda su vida, y que contar a Sancho siglos, si
los viviera. Y, llegándose don Quijote a Sancho
al oído, le dijo:
Sancho, pues vos queréis que se os crea lo 5
que habéis visto en el cielo, yo quiero que
vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de
Montesinos; y no os digo más.
p. 47
Capítulo XLII
De los consejos que dio don Quijote a Sancho
Panza antes que fuese a gobernar la ínsula,
con otras cosas bien consideradas.
Con el feliz y gracioso suceso de la aventura 5
de la Dolorida quedaron tan contentos los
duques, que determinaron pasar con las burlas
adelante, viendo el acomodado sujeto que
tenían para que se tuviesen por veras. Y así,
habiendo dado la traza y órdenes que sus 10
criados y sus vasallos habían de guardar con
Sancho en el gobierno de la ínsula prometida,
otro día, que fue el que sucedió al vuelo de
Clavileño, dijo el duque a Sancho que se
adeliñase y compusiese para ir a ser 15
gobernador; que ya sus insulanos le estaban
esperando como el agua de mayo. Sancho se le
humilló, y le dijo:
Después que bajé del cielo, y después que
desde su alta cumbre miré la tierra y la vi tan 20
pequeña, se templó en parte en mí la gana
que tenía tan grande de ser gobernador, porque
¿qué grandeza es mandar en un grano de
mostaza, o qué dignidad o imperio el gobernar
a media docena de hombres tamaños como 25
avellanas, que, a mi parecer, no había más en toda
la tierra? Si vuestra señoría fuese servido
de darme una tantica parte del cielo, aunque
no fuese más de media legua, la tomaría de
mejor gana que la mayor ínsula del mundo. 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 48
Mirad, amigo Sancho, respondió el duque,
yo no puedo dar parte del cielo a nadie,
aunque no sea mayor que una uña; que a solo
Dios están reservadas esas mercedes y
gracias. Lo que puedo dar, os doy, que es una 5
ínsula hecha y derecha, redonda y bien
proporcionada, y sobremanera fértil y abundosa,
donde, si vos os sabéis dar maña, podéis con
las riquezas de la tierra granjear las del cielo.
Ahora bien, respondió Sancho, venga esa 10
ínsula; que yo pugnaré por ser tal gobernador,
que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo. Y
esto no es por codicia que yo tenga de salir de
mis casillas, ni de levantarme a mayores, sino
por el deseo que tengo de probar a qué sabe 15
el ser gobernador.
Si una vez lo probáis, Sancho, dijo el
duque, comeros heis las manos tras el
gobierno, por ser dulcísima cosa el mandar y
ser obedecido. A buen seguro que cuando 20
vuestro dueño llegue a ser emperador, que lo
será sin duda, según van encaminadas sus
cosas, que no se lo arranquen comoquiera, y
que le duela y le pese en la mitad del alma del
tiempo que hubiere dejado de serlo. 25
Señor, replicó Sancho, yo imagino que
es bueno mandar, aunque sea a un hato de
ganado.
Con vos me entierren, Sancho, que sabéis
de todo, respondió el duque; y yo espero que 30
seréis tal gobernador como vuestro juicio
promete. Y quédese esto aquí, y advertid que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLII p. 49
mañana en ese mismo día habéis de ir al gobierno
de la ínsula, y esta tarde os acomodarán
del traje conveniente que habéis de llevar,
y de todas las cosas necesarias a vuestra
partida. 5
Vístanme, dijo Sancho, como quisieren;
que de cualquier manera que vaya vestido,
seré Sancho Panza.
Así es verdad, dijo el duque; pero los
trajes se han de acomodar con el oficio, o 10
dignidad, que se profesa; que no sería bien
que un jurisperito se vistiese como soldado, ni
un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho,
iréis vestido parte de letrado, y parte de
capitán, porque en la ínsula que os doy tanto son 15
menester las armas como las letras y las letras
como las armas.
Letras, respondió Sancho, pocas tengo,
porque aún no sé el A, B, C; pero bástame
tener el Cristus en la memoria para ser buen 20
gobernador. De las armas manejaré las que
me dieren, hasta caer, y Dios delante.
Con tan buena memoria, dijo el duque,
no podrá Sancho errar en nada.
En esto, llegó don Quijote, y, sabiendo lo 25
que pasaba, y la celeridad con que Sancho se
había de partir a su gobierno, con licencia del
duque, le tomó por la mano, y se fue con él a
su estancia, con intención de aconsejarle cómo
se había de haber en su oficio. 30
Entrados, pues, en su aposento, cerró tras sí
la puerta, e hizo casi por fuerza que Sancho
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 50
se sentase junto a él, y con reposada voz le
dijo:
Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo,
de que antes y primero que yo haya encontrado
con alguna buena dicha, te haya salido a ti a 5
recibir y a encontrar la buena ventura. Yo, que
en mi buena suerte te tenía librada la paga de
tus servicios, me veo en los principios de
aventajarme, y tú, antes de tiempo, contra la ley
del razonable discurso, te ves premiado de 10
tus deseos. Otros cohechan, importunan, solicitan,
madrugan, ruegan, porfían, y no alcanzan
lo que pretenden; y llega otro, y sin saber
cómo ni cómo no, se halla con el cargo y
oficio que otros muchos pretendieron. Y aquí 15
entra y encaja bien el decir que hay buena y
mala fortuna en las pretensiones. Tú, que para
mí, sin duda alguna, eres un porro, sin madrugar
ni trasnochar, y sin hacer diligencia alguna,
con sólo el aliento que te ha tocado de la 20
andante caballería, sin más ni más te ves
gobernador de una ínsula, como quien no dice
nada. Todo esto digo, oh Sancho, para que no
atribuyas a tus merecimientos la merced recibida,
sino que des gracias al cielo, que dispone 25
suavemente las cosas, y después las darás a la
grandeza que en sí encierra la profesión de
la caballería andante. Dispuesto, pues, el
corazón a creer lo que te he dicho, está, oh hijo,
atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte 30
y ser norte y guía que te encamine y saque a
seguro puerto de este mar proceloso, donde vas
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLII p. 51
a engolfarte; que los oficios y grandes cargos
no son otra cosa sino un golfo profundo de
confusiones.
Primeramente, oh hijo, has de temer a Dios,
porque en el temerle está la sabiduría, y siendo 5
sabio, no podrás errar en nada.
Lo segundo, has de poner los ojos en quien
eres, procurando conocerte a ti mismo, que es
el más difícil conocimiento que puede
imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte 10
como la rana que quiso igualarse con el buey;
que si esto haces, vendrá a ser feos pies
de la rueda de tu locura la consideración de
haber guardado puercos en tu tierra.
Así es la verdad, respondió Sancho, pero 15
fue cuando muchacho; pero después, algo
hombrecillo, gansos fueron los que guardé,
que no puercos. Pero esto paréceme a mí que
no hace al caso; que no todos los que
gobiernan vienen de casta de reyes. 20
Así es verdad, replicó don Quijote; por
lo cual los no de principios nobles deben
acompañar la gravedad del cargo que ejercitan
con una blanda suavidad que, guiada por
la prudencia, los libre de la murmuración 25
maliciosa, de quien no hay estado que se escape.
Haz gala, Sancho, de la humildad de tu
linaje, y no te desprecies de decir que vienes
de labradores; porque viendo que no te corres,
ninguno se pondrá a correrte, y préciate más 30
de ser humilde virtuoso que pecador soberbio.
Innumerables son aquellos que de baja estirpe
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 52
nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia
e imperatoria, y de esta verdad te pudiera
traer tantos ejemplos que te cansaran.
Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud,
y te precias de hacer hechos virtuosos, no 5
hay para qué tener envidia a los que los
tienen, príncipes y señores; porque la sangre se
hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale
por sí sola lo que la sangre no vale.
Siendo esto así, como lo es, que si acaso 10
viniere a verte cuando estés en tu ínsula
alguno de tus parientes, no le deseches, ni le
afrentes. Antes le has de acoger, agasajar y
regalar; que con esto satisfarás al cielo, que
gusta que nadie se desprecie de lo que él hizo, 15
y corresponderás a lo que debes a la naturaleza
bien concertada.
Si trajeres a tu mujer contigo --porque no
es bien que los que asisten a gobiernos de
mucho tiempo estén sin las propias--, enséñala, 20
doctrínala y desbástala de su natural rudeza,
porque todo lo que suele adquirir un gobernador
discreto, suele perder y derramar una
mujer rústica y tonta.
Si acaso enviudares --cosa que puede 25
suceder-- y con el cargo mejorares de consorte,
no la tomes tal, que te sirva de anzuelo y
de caña de pescar, y del no quiero de tu
capilla; porque en verdad te digo que de todo
aquello que la mujer del juez recibiere, ha de 30
dar cuenta el marido en la residencia universal,
donde pagará con el cuatro tanto en la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLII p. 53
muerte las partidas de que no se hubiere hecho
cargo en la vida.
Nunca te guíes por la ley del encaje, que
suele tener mucha cabida con los ignorantes
que presumen de agudos. 5
Hallen en ti más compasión las lágrimas
del pobre, pero no más justicia, que las
informaciones del rico.
Procura descubrir la verdad por entre las
promesas y dádivas del rico, como por entre 10
los sollozos e importunidades del pobre.
Cuando pudiere y debiere tener lugar la
equidad, no cargues todo el rigor de la ley al
delincuente; que no es mejor la fama del juez
riguroso que la del compasivo. 15
Si acaso doblares la vara de la justicia, no
sea con el peso de la dádiva, sino con el de la
misericordia.
Cuando te sucediere juzgar algún pleito
de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu 20
injuria, y ponlos en la verdad del caso.
No te ciegue la pasión propia en la causa
ajena; que los yerros que en ella hicieres las
más veces serán sin remedio, y si le tuvieren,
será a costa de tu crédito y aun de tu hacienda. 25
Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte
justicia, quita los ojos de sus lágrimas, y tus
oídos de sus gemidos, y considera despacio
la sustancia de lo que pide, si no quieres que se
anegue tu razón en su llanto y tu bondad en 30
sus suspiros.
Al que has de castigar con obras no trates
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 54
mal con palabras, pues le basta al desdichado
la pena del suplicio, sin la añadidura de las
malas razones.
Al culpado que cayere debajo de tu
jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto 5
a las condiciones de la depravada naturaleza
nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin
hacer agravio a la contraria, muéstratele
piadoso y clemente; porque aunque los atributos
de Dios todos son iguales, más resplandece y 10
campea, a nuestro ver, el de la misericordia que
el de la justicia.
Si estos preceptos y estas reglas sigues,
Sancho, serán luengos tus días, tu fama será
eterna, tus premios colmados, tu felicidad 15
indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos
tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz, y
beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos
de la vida te alcanzará el de la muerte en vejez
suave y madura, y cerrarán tus ojos las 20
tiernas y delicadas manos de tus terceros
netezuelos. Esto que hasta aquí te he dicho son
documentos que han de adornar tu alma; escucha
ahora los que han de servir para adorno del
cuerpo. 25
p. 55
Capítulo XLIII
De los consejos segundos que dio don Quijote
a Sancho Panza.
¿Quién oyera el pasado razonamiento de
don Quijote que no le tuviera por persona muy 5
cuerda y mejor intencionada? Pero como muchas
veces en el progreso de esta grande historia
queda dicho, solamente disparaba en tocándole
en la caballería, y en los demás discursos
mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, 10
de manera, que a cada paso desacreditaban
sus obras su juicio, y su juicio sus obras;
pero en esta de estos segundos documentos que
dio a Sancho mostró tener gran donaire, y puso
su discreción y su locura en un levantado punto. 15
Atentísimamente le escuchaba Sancho y
procuraba conservar en la memoria sus consejos,
como quien pensaba guardarlos y salir por
ellos a buen parto de la preñez de su gobierno.
Prosiguió, pues, don Quijote, y dijo: 20
En lo que toca a cómo has de gobernar tu
persona y casa, Sancho, lo primero que te
encargo es que seas limpio, y que te cortes las
uñas, sin dejarlas crecer, como algunos hacen, a
quien su ignorancia les ha dado a entender que 25
las uñas largas les hermosean las manos, como
si aquel excremento y añadidura que se dejan
de cortar fuese uña, siendo antes garras de
cernícalo lagartijero: puerco y extraordinario
abuso. 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 56
No andes, Sancho, desceñido y flojo; que el
vestido descompuesto da indicios de ánimo
desmalazado, si ya la descompostura y
flojedad no cae debajo de socarronería, como se
juzgó en la de Julio César. 5
Toma con discreción el pulso a lo que pudiere
valer tu oficio, y si sufriere que des librea
a tus criados, dásela honesta y provechosa más
que vistosa y bizarra, y repártela entre tus
criados y los pobres: quiero decir, que si has de 10
vestir seis pajes, viste tres y otros tres pobres,
y, así, tendrás pajes para el cielo y para el
suelo; y este nuevo modo de dar librea no la
alcanzan los vanagloriosos.
No comas ajos ni cebollas, porque no saquen 15
por el olor tu villanería. Anda despacio.
Habla con reposo, pero no de manera que
parezca que te escuchas a ti mismo; que toda
afectación es mala.
Come poco y cena más poco; que la salud 20
de todo el cuerpo se fragua en la oficina del
estómago.
Sé templado en el beber, considerando que
el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple
palabra. 25
Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos
carrillos, ni de eructar delante de nadie.
Eso de eructar no entiendo, dijo Sancho.
Y don Quijote le dijo:
Eructar, Sancho, quiere decir regoldar; y 30
éste es uno de los más torpes vocablos que
tiene la lengua castellana, aunque es muy
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIII p. 57
significativo. Y, así, la gente curiosa se ha acogido
al latín, y al regoldar dice eructar, y a los
regüeldos, eructaciones; y cuando algunos no
entienden estos términos, importa poco, que el
uso los irá introduciendo con el tiempo, que 5
con facilidad se entiendan, y esto es enriquecer
la lengua sobre quien tiene poder el vulgo y
el uso.
En verdad, señor, dijo Sancho, que uno
de los consejos y avisos que pienso llevar en 10
la memoria ha de ser el de no regoldar, porque
lo suelo hacer muy a menudo.
Eructar, Sancho, que no regoldar, dijo don
Quijote.
Eructar diré de aquí adelante, respondió 15
Sancho, y a fe que no se me olvide.
También, Sancho, no has de mezclar en tus
pláticas la muchedumbre de refranes que sueles;
que puesto que los refranes son sentencias
breves, muchas veces los traes tan por los 20
cabellos, que más parecen disparates que
sentencias.
Eso Dios lo puede remediar, respondió
Sancho, porque sé más refranes que un libro,
y viénenseme tantos juntos a la boca cuando 25
hablo, que riñen por salir unos con otros; pero
la lengua va arrojando los primeros que
encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo
tendré cuenta de aquí adelante de decir los
que convengan a la gravedad de mi cargo; 30
que en casa llena presto se guisa la cena. Y
quien destaja no baraja, y a buen salvo está
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 58
el que repica. Y el dar y el tener seso ha
menester.
¡Eso sí, Sancho!, dijo don Quijote. ¡Encaja,
ensarta, enhila refranes; que nadie te va
a la mano! Castígame mi madre, y yo 5
trómposelas. Estoyte diciendo que excuses
refranes, y en un instante has echado aquí una
letanía de ellos, que así cuadran con lo que
vamos tratando como por los cerros de Ubeda.
Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal 10
un refrán traído a propósito; pero cargar y
ensartar refranes a trochemoche hace la
plática desmayada y baja.
Cuando subieres a caballo, no vayas echando
el cuerpo sobre el arzón postrero, ni lleves 15
las piernas tiesas y tiradas y desviadas de la
barriga del caballo, ni tampoco vayas tan
flojo, que parezca que vas sobre el rucio; que
el andar a caballo a unos hace caballeros, a
otros caballerizos. 20
Sea moderado tu sueño; que el que no
madruga con el sol no goza del día. Y advierte,
oh Sancho, que la diligencia es madre de la
buena ventura, y la pereza, su contraria, jamás
llegó al término que pide un buen deseo. 25
Este último consejo que ahora darte quiero
--puesto que no sirva para adorno del
cuerpo--, quiero que le lleves muy en la memoria,
que creo que no te será de menos provecho
que los que hasta aquí te he dado; y es que 30
jamás te pongas a disputar de linajes, a lo
menos comparándolos entre sí, pues, por fuerza,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIII p. 59
en los que se comparan uno ha de ser el mejor,
y del que abatieres serás aborrecido, y del que
levantares, en ninguna manera premiado.
Tu vestido será calza entera, ropilla larga,
herreruelo un poco más largo; gregüescos, ni 5
por pienso, que no les están bien ni a los
caballeros, ni a los gobernadores.
Por ahora, esto se me ha ofrecido, Sancho,
que aconsejarte; andará el tiempo, y según las
ocasiones, así serán mis documentos, como 10
tú tengas cuidado de avisarme el estado en
que te hallares.
Señor, respondió Sancho, bien veo que
todo cuanto vuestra merced me ha dicho son
cosas buenas, santas y provechosas; pero ¿de 15
qué han de servir, si de ninguna me acuerdo?
Verdad sea que aquello de no dejarme crecer
las uñas, y de casarme otra vez, si se
ofreciere, no se me pasará del magín. Pero esotros
badulaques y enredos y revoltillos, no se me 20
acuerda ni acordará más de ellos que de las
nubes de antaño, y, así, será menester que
se me den por escrito; que puesto que no sé
leer ni escribir, yo se los daré a mi confesor
para que me los encaje y recapacite cuando 25
fuere menester.
¡Ah, pecador de mí, respondió don Quijote,
y qué mal parece en los gobernadores el
no saber leer ni escribir! Porque has de saber,
oh Sancho, que no saber un hombre leer o ser 30
zurdo arguye una de dos cosas: o que fue hijo
de padres demasiado de humildes y bajos, o
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 60
él tan travieso y malo, que no pudo entrar en
él [el] buen uso (*), ni la buena doctrina. Gran
falta es la que llevas contigo, y, así, querría
que aprendieses a firmar siquiera.
Bien sé firmar mi nombre, respondió 5
Sancho; que cuando fui prioste en mi lugar
aprendí a hacer unas letras como de marca de
fardo, que decían que decía mi nombre. Cuanto
más que fingiré que tengo tullida la mano
derecha, y haré que firme otro por mí; que para 10
todo hay remedio, si no es para la muerte. Y
teniendo yo el mando y el palo, haré lo que
quisiere; cuanto más que el que tiene el padre
alcalde... Y siendo yo gobernador, que es
más que ser alcalde, ¡llegaos, que la dejan ver! 15
No sino popen y calóñenme; que vendrán por
lana y volverán trasquilados. Y a quien Dios
quiere bien, la casa le sabe. Y las necedades
del rico por sentencias pasan en el mundo; y
siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente 20
liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que
se me parezca. No sino haceos miel, y paparos
han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía
una mi abuela. Y del hombre arraigado no te
verás vengado. 25
¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho!, dijo a
esta sazón don Quijote. ¡Sesenta mil Satanases
te lleven a ti y a tus refranes! Una hora ha
que los estás ensartando y dándome con cada
uno tragos de tormento. Yo te aseguro que 30
estos refranes te han de llevar un día a la
horca; por ellos te han de quitar el gobierno
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIII p. 61
tus vasallos, o ha de haber entre ellos
comunidades. Dime: ¿dónde los hallas, ignorante, o
cómo los aplicas, mentecato?; que para decir
yo uno, y aplicarle bien, sudo y trabajo como
si cavase. 5
Por Dios, señor nuestro amo, replicó
Sancho, que vuestra merced se queja de bien
pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que
yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra
tengo, ni otro caudal alguno sino refranes y 10
más refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro,
que venían aquí pintiparados, o como peras
en tabaque; pero no los diré, porque al buen
callar llaman Sancho.
Ese Sancho no eres tú, dijo don Quijote; 15
porque no sólo no eres buen callar, sino mal
hablar y mal porfiar. Y, con todo eso, querría
saber qué cuatro refranes te ocurrían ahora a la
memoria, que venían aquí a propósito; que yo
ando recorriendo la mía, que la tengo buena, 20
y ninguno se me ofrece.
¿Qué mejores, dijo Sancho, que «entre
»dos muelas cordales nunca pongas tus
»pulgares», y «a idos de mi casa y ¿qué queréis
»con mi mujer?, no hay responder», y «si da el 25
»cántaro en la piedra, o la piedra en el cántaro,
»mal para el cántaro», todos los cuales vienen
a pelo? Que nadie se tome con su gobernador,
ni con el que le manda, porque saldrá
lastimado, como el que pone el dedo entre dos 30
muelas cordales, y aunque no sean cordales,
como sean muelas no importa; y a lo que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 62
dijere el gobernador no hay que replicar, como
al «salíos de mi casa, y ¿qué queréis con mi
»mujer?» Pues lo de la piedra en el cántaro,
un ciego lo verá. Así, que es menester que el
que ve la mota en el ojo ajeno, vea la viga 5
en el suyo, porque no se diga por él «espantóse
»la muerta de la degollada»; y vuestra
merced sabe bien que más sabe el necio en su
casa que el cuerdo en la ajena.
Eso no, Sancho, respondió don Quijote; 10
que el necio en su casa ni en la ajena sabe
nada, a causa que sobre el cimiento de la
necedad no asienta ningún discreto edificio. Y
dejemos esto aquí, Sancho; que si mal gobernares,
tuya será la culpa, y mía la vergüenza. 15
Mas consuélome que he hecho lo que debía
en aconsejarte con las veras, y con la
discreción a mí posible; con esto salgo de mi
obligación, y de mi promesa. Dios te guíe,
Sancho, y te gobierne en tu gobierno, y a mí me 20
saque del escrúpulo que me queda que has de
dar con toda la ínsula patas arriba, cosa que
pudiera yo excusar con descubrir al duque
quién eres, diciéndole que toda esa gordura,
y esa personilla que tienes, no es otra cosa 25
que un costal lleno de refranes y de malicias.
Señor, replicó Sancho, si a vuestra merced
le parece que no soy de pro para este gobierno,
desde aquí le suelto; que más quiero un
solo negro de la uña de mi alma que a todo 30
mi cuerpo, y así me sustentaré Sancho a
secas con pan y cebolla como gobernador con
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIII p. 63
perdices y capones. Y más, que mientras se
duerme, todos son iguales, los grandes y los
menores, los pobres y los ricos, y si vuestra
merced mira en ello, verá que sólo vuestra
merced me ha puesto en esto de gobernar; 5
que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que
un buitre, y si se imagina que por ser gobernador
me ha de llevar el diablo, más me quiero
ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.
Por Dios, Sancho, dijo don Quijote, que 10
por solas estas últimas razones que has dicho
juzgo que mereces ser gobernador de mil
ínsulas; buen natural tienes, sin el cual no hay
ciencia que valga. Encomiéndate a Dios, y
procura no errar en la primera intención; quiero 15
decir que siempre tengas intento y firme
propósito de acertar en cuantos negocios te
ocurrieren, porque siempre favorece el cielo los
buenos deseos. Y vámonos a comer; que creo
que ya estos señores nos aguardan. 20
p. 64
Capítulo XLIV
Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno,
y de la extraña aventura que en el castillo
sucedió a don Quijote.
Dicen que en el propio original de esta historia 5
se lee que llegando Cide Hamete a escribir este
capítulo, no le tradujo su intérprete como él le
había escrito, que fue un modo de queja que
tuvo el moro de sí mismo por haber tomado
entre manos una historia tan seca y tan 10
limitada como esta de don Quijote, por parecerle
que siempre había de hablar de él y de Sancho,
sin osar extenderse a otras digresiones y
episodios más graves y más entretenidos, y decía
que el ir siempre atenido el entendimiento, la 15
mano y la pluma a escribir de un solo sujeto,
y hablar por las bocas de pocas personas era
un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba
en el de su autor, y que, por huir de este
inconveniente, había usado en la primera parte 20
del artificio de algunas novelas, como fueron
la del Curioso impertinente, y la del Capitán
cautivo, que están como separadas de la historia,
puesto que las demás que allí se cuentan
son casos sucedidos al mismo don Quijote, que 25
no podían dejar de escribirse. También pensó,
como él dice, que muchos, llevados de la
atención que piden las hazañas de don Quijote, no
la darían a las novelas, y pasarían por ellas, o
con prisa, o con enfado, sin advertir la gala 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 65
y artificio que en sí contienen, el cual se
mostrara bien al descubierto, cuando por sí solas,
sin arrimarse a las locuras de don Quijote, ni
a las sandeces de Sancho, salieran a luz. Y,
así, en esta segunda parte no quiso injerir 5
novelas sueltas, ni pegadizas, sino algunos
episodios que lo pareciesen, nacidos de los
mismos sucesos que la verdad ofrece, y aun
éstos, limitadamente y con solas las palabras
que bastan a declararlos; y pues se contiene 10
y cierra en los estrechos límites de la
narración, teniendo habilidad, suficiencia y
entendimiento para tratar del universo todo, pide
no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas
no por lo que escribe, sino por lo que ha 15
dejado de escribir.
Y luego prosigue la historia diciendo que
en acabando de comer don Quijote el día que
dio los consejos a Sancho, aquella tarde
se los dio escritos para que él buscase quien 20
se los leyese; pero apenas se los hubo dado,
cuando se le cayeron y vinieron a manos del
duque, que los comunicó con la duquesa, y
los dos se admiraron de nuevo de la locura
y del ingenio de don Quijote. Y, así, llevando 25
adelante sus burlas, aquella tarde enviaron a
Sancho con mucho acompañamiento al lugar
que para él había de ser ínsula.
Acaeció, pues, que el que le llevaba a cargo
era un mayordomo del duque, muy discreto y 30
muy gracioso, que no puede haber gracia donde
no hay discreción, el cual había hecho la persona
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 66
de la condesa Trifaldi, con el donaire que
queda referido, y, con esto, y con ir industriado
de sus señores de cómo se había de haber con
Sancho, salió con su intento maravillosamente.
Digo, pues, que acaeció que así como Sancho 5
vio al tal mayordomo, se le figuró en su rostro
el mismo de la Trifaldi, y, volviéndose a su
señor, le dijo:
Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de
aquí de donde estoy en justo y en creyente, 10
o vuestra merced me ha de confesar que el
rostro de este mayordomo del duque, que aquí
está, es el mismo de la Dolorida.
Miró don Quijote atentamente al mayordomo,
y, habiéndole mirado, dijo a Sancho: 15
No hay para qué te lleve el diablo, Sancho,
ni en justo ni en creyente --que no sé lo que
quieres decir--; que el rostro de la Dolorida es
el del mayordomo, pero no por eso el mayordomo
es la Dolorida; que a serlo, implicaría 20
contradicción muy grande, y no es tiempo ahora
de hacer estas averiguaciones; que sería
entrarnos en intricados laberintos. Créeme,
amigo, que es menester rogar a nuestro Señor
muy de veras que nos libre a los dos de malos 25
hechiceros y de malos encantadores.
No es burla, señor, replicó Sancho, sino
que denantes le oí hablar, y no pareció sino que
la voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos.
Ahora bien, yo callaré; pero no dejaré de andar 30
advertido de aquí adelante, a ver si descubre
otra señal que confirme o desfaga mi sospecha.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 67
Así lo has de hacer, Sancho, dijo don
Quijote, y darásme aviso de todo lo que en
este caso descubrieres, y de todo aquello que
en el gobierno te sucediere.
Salió, en fin, Sancho, acompañado de mucha 5
gente, vestido a lo letrado, y encima un gabán
muy ancho de chamelote de aguas, leonado,
con una montera de lo mismo, sobre un macho
a la jineta, y, detrás de él, por orden del duque,
iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles 10
de seda, y flamantes. Volvía Sancho la cabeza
de cuando en cuando a mirar a su asno, con
cuya compañía iba tan contento, que no se
trocara con el emperador de Alemania.
Al despedirse de los duques les besó las 15
manos, y tomó la bendición de su señor, que se
la dio con lágrimas, y Sancho la recibió con
pucheritos.
Deja, lector amable, ir en paz y en hora
buena al buen Sancho, y espera dos fanegas 20
de risa, que te ha de causar el saber cómo se
portó en su cargo, y en tanto atiende a saber
lo que le pasó a su amo aquella noche; que
si con ello no rieres, por lo menos desplegarás
los labios con risa de jimia, porque los 25
sucesos de don Quijote, o se han de celebrar
con admiración o con risa.
Cuéntase, pues, que apenas se hubo partido
Sancho, cuando don Quijote sintió su soledad,
y si le fuera posible revocarle la comisión y 30
quitarle el gobierno, lo hiciera. Conoció la
duquesa su melancolía, y preguntóle que de qué
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 68
estaba triste; que si era por la ausencia de
Sancho, que escuderos, dueñas y doncellas
había en su casa que le servirían muy a
satisfacción de su deseo.
Verdad es, señora mía, respondió don 5
Quijote, que siento la ausencia de Sancho;
pero no es ésa la causa principal que me hace
parecer que estoy triste, y de los muchos
ofrecimientos que vuestra excelencia me hace
solamente acepto y escojo el de la voluntad con 10
que se me hacen. Y en lo demás suplico a
vuestra excelencia que dentro de mi aposento
consienta y permita que yo solo sea el que me
sirva.
En verdad, dijo la duquesa, señor don 15
Quijote, que no ha de ser así: que le han de
servir cuatro doncellas de las mías, hermosas
como unas flores.
Para mí, respondió don Quijote, no serán
ellas como flores, sino como espinas que me 20
puncen el alma. Así entrarán ellas en mi aposento,
ni cosa que lo parezca, como volar. Si es
que vuestra grandeza quiere llevar adelante el
hacerme merced, sin yo merecerla, déjeme que
yo me las haya conmigo y que yo me sirva de 25
mis puertas adentro; que yo ponga una muralla
en medio de mis deseos y de mi honestidad, y
no quiero perder esta costumbre por la
liberalidad que vuestra alteza quiere mostrar
conmigo. Y, en resolución, antes dormiré vestido 30
que consentir que nadie me desnude.
¡No más, no más, señor don Quijote!,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 69
replicó la duquesa; por mí digo que daré orden
que ni aun una mosca entre en su estancia, no
que una doncella. No soy yo persona que
por mí se ha de descabalar la decencia del
señor don Quijote; que, según se me ha 5
traslucido, la que más campea entre sus muchas
virtudes es la de la honestidad. Desnúdese vuestra
merced y vístase a sus solas y a su modo, como
y cuando quisiere; que no habrá quien lo
impida, pues dentro de su aposento hallará los 10
vasos necesarios al menester del que duerme a
puerta cerrada, porque ninguna natural necesidad
le obligue a que la abra. Viva mil siglos
la gran Dulcinea del Toboso, y sea su nombre
extendido por toda la redondez de la tierra, 15
pues mereció ser amada de tan valiente y tan
honesto caballero, y los benignos cielos
infundan en el corazón de Sancho Panza, nuestro
gobernador, un deseo de acabar presto sus
disciplinas, para que vuelva a gozar el mundo 20
de la belleza de tan gran señora.
A lo cual dijo don Quijote:
Vuestra altitud ha hablado como quien es;
que en la boca de las buenas señoras no ha
de haber ninguna que sea mala, y más venturosa 25
y más conocida será en el mundo Dulcinea
por haberla alabado vuestra grandeza, que
por todas las alabanzas que puedan darle los
más elocuentes de la tierra.
Ahora bien, señor don Quijote, replicó la 30
duquesa, la hora de cenar se llega y el
duque debe de esperar. Venga vuestra merced y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 70
cenemos, y acostaráse temprano; que el viaje
que ayer hizo de Candaya no fue tan corto,
que no haya causado algún molimiento.
No siento ninguno, señora, respondió don
Quijote, porque osaré jurar a vuestra 5
excelencia que en mi vida he subido sobre bestia
más reposada, ni de mejor paso que Clavileño,
y no sé yo qué le pudo mover a Malambruno
para deshacerse de tan ligera y tan gentil
cabalgadura, y abrasarla así, sin más ni más. 10
A eso se puede imaginar, respondió la
duquesa, que, arrepentido del mal que había
hecho a la Trifaldi y compañía, y a otras
personas, y de las maldades que, como hechicero
y encantador, debía de haber cometido, quiso 15
concluir con todos los instrumentos de su
oficio, y como a principal y que más le traía
desasosegado, vagando de tierra en tierra,
abrasó a Clavileño; que con sus abrasadas
cenizas, y con el trofeo del cartel queda eterno 20
el valor del gran don Quijote de la Mancha.
De nuevo nuevas gracias dio don Quijote a
la duquesa, y, en cenando don Quijote, se
retiró en su aposento solo, sin consentir que
nadie entrase con él a servirle: tanto se temía 25
de encontrar ocasiones que le moviesen o
forzasen a perder el honesto decoro que a su
señora Dulcinea guardaba, siempre puesta en la
imaginación la bondad de Amadís, flor y espejo
de los andantes caballeros. Cerró tras sí 30
la puerta, y a la luz de dos velas de cera se
desnudó, y al descalzarse --¡oh desgracia
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 71
indigna de tal persona!-- se le soltaron, no
suspiros, ni otra cosa que desacreditasen la
limpieza de su policía, sino hasta dos docenas de
puntos de una media, que quedó hecha celosía.
Afligióse en extremo el buen señor, y diera 5
él por tener allí un adarme de seda verde una
onza de plata; digo seda verde, porque las
medias eran verdes.
Aquí exclamó Benengeli, y escribiendo, dijo:
¡Oh pobreza, pobreza, no sé yo con qué 10
razón se movió aquel gran poeta cordobés, a
llamarte dádiva santa desagradecida! Yo,
aunque moro, bien sé, por la comunicación que
he tenido con cristianos, que la santidad
consiste en la caridad, humildad, fe, obediencia y 15
pobreza. Pero, con todo eso, digo que ha de
tener mucho de Dios el que se viniere a
contentar con ser pobre, si no es de aquel modo
de pobreza de quien dice uno de sus mayores
santos: «Tened todas las cosas como si no las 20
»tuvieseis», y a esto llaman pobreza de espíritu;
pero tú, segunda pobreza, que eres de la
que yo hablo, ¿por qué quieres estrellarte con
los hidalgos y bien nacidos más que con la
otra gente? ¿Por qué los obligas a dar pantalia 25
a los zapatos, y a que los botones de sus
ropillas unos sean de seda, otros de cerdas y
otros de vidrio? ¿Por qué sus cuellos, por la
mayor parte, han de ser siempre escarolados, y
no abiertos con molde? Y en esto se echará 30
de ver que es antiguo el uso del almidón y de
los cuellos abiertos. Y prosiguió: Miserable
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 72
del bien nacido que va dando pistos a su honra,
comiendo mal, y a puerta cerrada, haciendo
hipócrita al palillo de dientes con que sale a
la calle después de no haber comido cosa que le
obligue a limpiárselos; miserable de aquel, 5
digo, que tiene la honra espantadiza, y piensa
que desde una legua se le descubre el remiendo
del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza
del herreruelo y la hambre de su estómago!
Todo esto se le renovó a don Quijote en la 10
soltura de sus puntos; pero consolóse con ver
que Sancho le había dejado unas botas de
camino, que pensó ponerse otro día.
Finalmente, él se recostó pensativo y
pesaroso, así de la falta que Sancho le hacía, 15
como de la irreparable desgracia de sus
medias, a quien tomara los puntos aunque fuera
con seda de otra color, que es una de las
mayores señales de miseria que un hidalgo puede
dar en el discurso de su prolija estrechez. 20
Mató las velas. Hacía calor y no podía dormir;
levantóse del lecho y abrió un poco la ventana
de una reja que daba sobre un hermoso jardín,
y al abrirla, sintió y oyó que andaba y
hablaba gente en el jardín. Púsose a escuchar 25
atentamente. Levantaron la voz los de abajo,
tanto, que pudo oír estas razones:
No me porfíes, oh Emerencia, que cante, pues
sabes que desde el punto que este forastero
entró en este castillo, y mis ojos le miraron, yo 30
no sé cantar, sino llorar; cuanto más que el
sueño de mi señora tiene más de ligero que de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 73
pesado, y no querría que nos hallase aquí por
todo el tesoro del mundo. Y, puesto caso que
durmiese y no despertase, en vano sería mi
canto si duerme y no despierta para oírle este
nuevo Eneas, que ha llegado a mis regiones 5
para dejarme escarnecida.
No des en eso, Altisidora amiga,
respondieron; que sin duda la duquesa y cuantos
hay en esa casa duermen, si no es el señor de
tu corazón y el despertador de tu alma, porque 10
ahora sentí que abría la ventana de la reja de su
estancia, y sin duda debe de estar despierto.
Canta, lastimada mía, en tono bajo y suave, al
son de tu arpa, y cuando la duquesa nos sienta,
le echaremos la culpa al calor que hace. 15
No está en eso el punto, oh Emerencia,
respondió la Altisidora, sino en que no querría
que mi canto descubriese mi corazón y fuese
juzgada de los que no tienen noticia de las
fuerzas poderosas de amor por doncella antojadiza 20
y liviana. Pero venga lo que viniere; que
más vale vergüenza en cara que mancilla en
corazón.
Y, en esto, sintió tocar una harpa
suavísimamente; oyendo lo cual quedó don Quijote 25
pasmado, porque en aquel instante se le vinieron
a la memoria las infinitas aventuras semejantes
a aquella de ventanas, rejas y jardines,
músicas, requiebros y desvanecimientos que en los
sus desvanecidos libros de caballerías había 30
leído. Luego imaginó que alguna doncella de
la duquesa estaba de él enamorada, y que la
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 74
honestidad la forzaba a tener secreta su
voluntad, temió no le rindiese, y propuso en su
pensamiento el no dejarse vencer; y,
encomendándose de todo buen ánimo y buen talante a
su señora Dulcinea del Toboso, determinó de 5
escuchar la música, y para dar a entender que
allí estaba, dio un fingido estornudo, de que no
poco se alegraron las doncellas, que otra cosa
no deseaban sino que don Quijote las oyese.
Recorrida, pues, y afinada la harpa, Altisidora 10
dio principio a este romance:
¡Oh tú, que estás en tu lecho,
entre sábanas de holanda,
durmiendo a pierna tendida
de la noche a la mañana, 15
caballero el más valiente
que ha producido la Mancha,
más honesto y más bendito
que el oro fino de Arabia!
Oye a una triste doncella, 20
bien crecida y mal lograda,
que en la luz de tus dos soles
se siente abrasar el alma.
Tú buscas tus aventuras,
y ajenas desdichas hallas; 25
das las feridas, y niegas
el remedio de sanarlas.
Dime, valeroso joven,
que Dios prospere tus ansias,
si te criaste en la Libia, 30
o en las montañas de Jaca,
si sierpes te dieron leche,
si a dicha fueron tus amas
la aspereza de las selvas
y el horror de las montañas. 35
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 75
Muy bien puede Dulcinea,
doncella rolliza y sana,
preciarse de que ha rendido
a una tigre y fiera brava.
Por esto será famosa, 5
desde Henares a Jarama,
desde el Tajo a Manzanares,
desde Pisuerga hasta Arlanza.
Trocárame yo por ella,
y diera encima una saya 10
de las más gayadas mías,
que de oro le adornan franjas.
¡Oh, quién se viera en tus brazos,
o si no, junto a tu cama,
rascándote la cabeza, 15
y matándote la caspa!
Mucho pido, y no soy digna
de merced tan señalada:
los pies quisiera traerte;
que a una humilde esto le basta. 20
¡Oh, qué de cofias te diera,
qué de escarpines de plata,
qué de calzas de damasco,
qué de herreruelos de holanda!
¡Qué de finísimas perlas, 25
cada cual como una agalla,
que, a no tener compañeras,
las solas fueran llamadas!
No mires de tu Tarpeya
este incendio que me abrasa, 30
Nerón manchego del mundo,
ni le avives con tu saña.
Niña soy, pulcela tierna.
Mi edad de quince no pasa;
catorce tengo y tres meses 35
te juro en Dios y en mi ánima.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 76
No soy renca, ni soy coja,
ni tengo nada de manca;
los cabellos, como lirios,
que, en pie, por el suelo arrastran.
Y, aunque es mi boca aguileña, 5
y la nariz algo chata,
ser mis dientes de topacios
mi belleza al cielo ensalza.
Mi voz, ya ves, si me escuchas,
que a la que es más dulce iguala, 10
y soy de disposición
algo menos que mediana.
Estas y otras gracias miras:
son despojos de tu aljaba;
de esta casa soy doncella, 15
y Altisidora me llaman.
Aquí dio fin el canto de la malferida
Altisidora, y comenzó el asombro del requerido don
Quijote, el cual, dando un gran suspiro, dijo
entre sí: 20
¡Que tengo de ser tan desdichado andante,
que no ha de haber doncella que me mire que
de mí no se enamore! ¡Que tenga de ser tan
corta de ventura la sin par Dulcinea del Toboso,
que no la han de dejar a solas gozar de la 25
incomparable firmeza mía! ¿Qué la queréis,
reinas? ¿A qué la perseguís, emperatrices?
¿Para qué la acosáis, doncellas de a catorce a
quince años? Dejad, dejad a la miserable que
triunfe, se goce y ufane con la suerte que amor 30
quiso darle en rendirle mi corazón y entregarle
mi alma. Mirad, caterva enamorada, que para
sola Dulcinea soy de masa y de alfeñique,
y para todas las demás soy de pedernal. Para
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIV p. 77
ella soy miel, y para vosotras acíbar. Para mí
sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la
honesta, la gallarda y la bien nacida, y las demás,
las feas, las necias, las livianas y las de peor
linaje; para ser yo suyo, y no de otra alguna, 5
me arrojó la naturaleza al mundo. Llore o
cante Altisidora, desespérese madama por quien
me aporrearon en el castillo del moro encantado;
que yo tengo de ser de Dulcinea, cocido o
asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar 10
de todas las potestades hechiceras de la tierra.
Y, con esto, cerró de golpe la ventana, y,
despechado y pesaroso, como si le hubiera
acontecido alguna gran desgracia, se acostó en
su lecho, donde le dejaremos por ahora, porque 15
nos está llamando el gran Sancho Panza, que
quiere dar principio a su famoso gobierno.
p. 78
Capítulo XLV
De cómo el gran Sancho Panza tomó la
posesión de su ínsula, y del modo que comenzó
a gobernar.
¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, 5
hacha del mundo, ojo del cielo, meneo dulce de
las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí,
tirador acá, médico acullá, padre de la poesía,
inventor de la música, tú que siempre sales y
aunque lo parece, nunca te pones! ¡A ti digo, 10
oh sol, con cuya ayuda el hombre engendra al
hombre!: a ti digo que me favorezcas y
alumbres la oscuridad de mi ingenio, para
que pueda discurrir por sus puntos en la
narración del gobierno del gran Sancho Panza; 15
que, sin ti, yo me siento tibio, desmalazado y
confuso.
Digo, pues, que con todo su acompañamiento
llegó Sancho a un lugar de hasta mil vecinos,
que era de los mejores que el duque tenía; 20
diéronle a entender que se llamaba la ínsula
Baratario, o ya porque el lugar se llamaba
Barataria, o ya por el barato con que se le había
dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la
villa, que era cercada, salió el regimiento del 25
pueblo a recibirle; tocaron las campanas, y
todos los vecinos dieron muestras de general
alegría, y con mucha pompa le llevaron a la
iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego, con
algunas ridículas ceremonias, le entregaron las 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLV p. 79
llaves del pueblo, y le admitieron por perpetuo
gobernador de la ínsula Barataria.
El traje, las barbas, la gordura y pequeñez
del nuevo gobernador tenía admirada a toda
la gente que el busilis del cuento no sabía, y 5
aun a todos los que lo sabían, que eran muchos.
Finalmente, en sacándole de la iglesia, le
llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en
ella, y el mayordomo del duque le dijo:
Es costumbre antigua en esta ínsula, señor 10
gobernador, que el que viene a tomar posesión
de esta famosa ínsula está obligado a
responder a una pregunta que se le hiciere, que
sea algo intricada y dificultosa, de cuya
respuesta el pueblo toma y toca el pulso del 15
ingenio de su nuevo gobernador; y, así, o se
alegra, o se entristece con su venida.
En tanto que el mayordomo decía esto a
Sancho, estaba él mirando unas grandes y muchas
letras que en la pared frontera de su silla 20
estaban escritas, y como él no sabía leer, preguntó
que qué eran aquellas pinturas que en aquella
pared estaban; fuele respondido:
Señor, allí está escrito y notado el día en
que vuestra señoría tomó posesión de esta ínsula, 25
y dice el epitafio: «Hoy día, a tantos de tal
»mes y de tal año, tomó la posesión de esta
»ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos
»años la goce.»
Y ¿a quién llaman don Sancho Panza?, 30
preguntó Sancho.
A vuestra señoría, respondió el mayordomo;
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 80
que en esta ínsula no ha entrado otro Panza,
sino el que está sentado en esa silla.
Pues advertid, hermano, dijo Sancho, que
yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha
habido: Sancho Panza me llaman a secas, y 5
Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi abuelo, y
todos fueron Panzas sin añadiduras de dones
ni doñas; y yo imagino que en esta ínsula debe
de haber más dones que piedras. Pero basta,
Dios me entiende, y podrá ser que si el 10
gobierno me dura cuatro días, yo escardaré estos
dones, que por la muchedumbre deben de enfadar
como los mosquitos. Pase adelante con su
pregunta el señor mayordomo; que yo responderé
lo mejor que supiere, ora se entristezca, o 15
no se entristezca el pueblo.
A este instante entraron en el juzgado dos
hombres, el uno vestido de labrador, y el otro
de sastre, porque traía una[s] tijeras en la mano;
y el sastre dijo: 20
Señor gobernador, yo y este hombre labrador
venimos ante vuestra merced en razón que
este buen hombre llegó a mi tienda ayer --que
yo, con perdón de los presentes, soy sastre
examinado, que Dios sea bendito--, y, 25
poniéndome un pedazo de paño en las manos, me
preguntó: «Señor, ¿habría en este paño harto
»para hacerme una caperuza?» Yo, tanteando
el paño, le respondí que sí; él debióse de
imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, 30
que, sin duda, yo le quería hurtar alguna parte
del paño, fundándose en su malicia y en la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLV p. 81
mala opinión de los sastres. Y replicóme que
mirase si habría para dos. Adivinéle el
pensamiento, y díjele que sí; y él, caballero en su
dañada y primera intención, fue añadiendo
caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que 5
llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto
acaba de venir por ellas. Yo se las doy, y no
me quiere pagar la hechura; antes me pide que
le pague o vuelva su paño.
Es todo esto así, hermano?, preguntó 10
Sancho.
Sí señor, respondió el hombre; pero hágale
vuestra merced que muestre las cinco caperuzas
que me ha hecho.
De buena gana, respondió el sastre. 15
Y, sacando incontinenti la mano debajo
del herreruelo, mostró en ella cinco caperuzas
puestas en las cinco cabezas de los dedos de
la mano, y dijo:
He aquí las cinco caperuzas que este buen 20
hombre me pide, y en Dios y en mi conciencia
que no me ha quedado nada del paño, y yo
daré la obra a vista de veedores del oficio.
Todos los presentes se rieron de la multitud
de las caperuzas, y del nuevo pleito. Sancho 25
se puso a considerar un poco, y dijo:
Paréceme que en este pleito no ha de haber
largas dilaciones, sino juzgar luego a juicio
de buen varón, y, así, yo doy por sentencia
que el sastre pierda las hechuras, y el labrador 30
el paño, y las caperuzas se lleven a los presos
de la cárcel, y no haya más.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 82
Si la sentencia pasada de la bolsa del
ganadero movió a admiración a los circunstantes,
ésta les provocó a risa. Pero, en fin, se
hizo lo que mandó el gobernador; ante el
cual se presentaron dos hombres ancianos, el 5
uno traía una cañaheja por báculo, y el sin
báculo dijo:
Señor, a este buen hombre le presté días
ha 10 escudos de oro en oro, por hacerle
placer y buena obra, con condición que me los 10
volviese cuando se los pidiese. Pasáronse
muchos días sin pedírselos, por no ponerle en
mayor necesidad, de volvérmelos, que la que
él tenía cuando yo se los presté: pero por
parecerme que se descuidaba en la paga, se 15
los he pedido una y muchas veces, y no
solamente no me los vuelve, pero me los niega, y
dice que nunca tales 10 escudos le presté,
y que si se los presté, que ya me los ha vuelto.
Yo no tengo testigos ni del prestado, ni de la 20
vuelta, porque no me los ha vuelto. Querría
que vuestra merced le tomase juramento y, si
jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono
para aquí y para delante de Dios.
¿Qué decís vos a esto, buen viejo del 25
báculo?, dijo Sancho.
A lo que dijo el viejo:
Yo, señor, confieso que me los prestó,
y baje vuestra merced esa vara, y, pues él
lo deja en mi juramento, yo juraré como 30
se los he vuelto y pagado real y
verdaderamente.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLV p. 83
Bajó el gobernador la vara, y, en tanto, el
viejo del báculo dio el báculo al otro viejo,
que se le tuviese en tanto que juraba, como
si le embarazara mucho, y luego puso la mano
en la cruz de la vara, diciendo que era verdad, 5
que se le habían prestado aquellos diez escudos
que se le pedían; pero que él se los había vuelto
de su mano a la suya, y que por no caer en
ello se los volvía a pedir por momentos.
Viendo lo cual el gran gobernador, preguntó al 10
acreedor qué respondía a lo que decía su
contrario; y dijo que sin duda alguna su deudor
debía de decir verdad, porque le tenía por
hombre de bien y buen cristiano, y que a él
se le debía de haber olvidado el cómo y cuándo 15
se los había vuelto, y que desde allí en adelante
jamás le pediría nada. Tornó a tomar su báculo
el deudor, y, bajando la cabeza, se salió del
juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin más
ni más se iba, y viendo también la paciencia 20
del demandante, inclinó la cabeza sobre el
pecho, y, poniéndose el índice de la mano
derecha sobre las cejas y las narices, estuvo
como pensativo un pequeño espacio, y luego
alzó la cabeza y mandó que le llamasen al 25
viejo del báculo, que ya se había ido.
Trajéronsele, y, en viéndole Sancho, le dijo:
Dadme, buen hombre, ese báculo; que le
he menester.
De muy buena gana, respondió el viejo: 30
hele aquí, señor.
Y púsosele en la mano.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 84
Tomóle Sancho, y, dándosele al otro viejo,
le dijo:
Andad con Dios, que ya vais pagado.
¿Yo, señor?, respondió el viejo. Pues, ¿vale
esta cañaheja 10 escudos de oro? 5
Sí, dijo el gobernador, o si no, yo soy el
mayor porro del mundo, y ahora se verá si
tengo yo caletre para gobernar todo un reino.
Y mandó que allí delante de todos se
rompiese y abriese la caña. Hízose así, y en el 10
corazón de ella hallaron 10 escudos en oro.
Quedaron todos admirados, y tuvieron a su
gobernador por un nuevo Salomón. Preguntáronle
de dónde había colegido que en aquella
cañaheja estaban aquellos 10 escudos, y 15
respondió que de haberle visto dar el viejo que
juraba, a su contrario, aquel báculo en tanto
que hacía el juramento, y jurar que se los había
dado real y verdaderamente, y que, en acabando
de jurar, le tornó a pedir el báculo, le 20
vino a la imaginación que dentro de él estaba
la paga de lo que pedían. De donde se podía
colegir que los que gobiernan, aunque sean
unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus
juicios; y más, que él había oído contar otro 25
caso como aquél al cura de su lugar, y que él
tenía tan gran memoria, que a no olvidársele
todo aquello de que quería acordarse, no
hubiera tal memoria en toda la ínsula. Finalmente,
el un viejo corrido, y el otro pagado, se 30
fueron, y los presentes quedaron admirados.
Y el que escribía las palabras, hechos y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLV p. 85
movimientos de Sancho, no acababa de determinarse
si le tendría y pondría por tonto, o por
discreto.
Luego, acabado este pleito, entró en el
juzgado una mujer, asida fuertemente de un 5
hombre vestido de ganadero rico, la cual venía
dando grandes voces, diciendo:
¡Justicia, señor gobernador, justicia, y si no
la hallo en la tierra, la iré a buscar al cielo!
Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre 10
me ha cogido en la mitad de ese campo, y
se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera
trapo mal lavado, y, desdichada de mí, me ha
llevado lo que yo tenía guardado más de
veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros 15
y cristianos, de naturales y extranjeros,
y yo, siempre dura como un alcornoque,
conservándome entera como la salamanquesa en
el fuego, o como la lana entre las zarzas, para
que este buen hombre llegase ahora con sus 20
manos limpias a manosearme.
Aún eso está por averiguar, si tiene limpias
o no las manos este galán, dijo Sancho.
Y, volviéndose al hombre, le dijo qué
decía y respondía a la querella de aquella 25
mujer; el cual, todo turbado, respondió:
Señores, yo soy un pobre ganadero de
ganado de cerda, y esta mañana salía de este
lugar, de vender, con perdón sea dicho,
cuatro puercos, que me llevaron de alcabalas y 30
socaliñas poco menos de lo que ellos valían.
Volvíame a mi aldea, topé en el camino a esta
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 86
buena dueña, y el diablo, que todo lo añasca
y todo lo cuece, hizo que yogásemos juntos;
paguéle lo suficiente, y ella, mal contenta,
asió de mí, y no me ha dejado hasta traerme
a este puesto. Dice que la forcé, y miente, 5
para el juramento que hago o pienso hacer;
y ésta es toda la verdad, sin faltar meaja.
Entonces el gobernador le preguntó si traía
consigo algún dinero en plata. El dijo que
hasta veinte ducados tenía en el seno en una 10
bolsa de cuero; Mandó que la sacase y se la
entregase así como estaba a la querellante;
él lo hizo temblando, tomóla [la] mujer, y,
haciendo mil zalemas a todos, y, rogando a
Dios por la vida y salud del señor gobernador, 15
que así miraba por las huérfanas menesterosas
y doncellas. Y, con esto, se salió del
juzgado, llevando la bolsa asida con entrambas
manos, aunque primero miró si era de plata la
moneda que llevaba dentro. 20
Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero,
que ya se le saltaban las lágrimas, y los
ojos y el corazón se iban tras su bolsa:
Buen hombre, id tras aquella mujer, y
quitadle la bolsa, aunque no quiera, y volved 25
aquí con ella.
Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque
luego partió como un rayo y fue a lo que se le
mandaba. Todos los presentes estaban suspensos,
esperando el fin de aquel pleito, y de 30
allí [a] poco volvieron el hombre y la mujer,
más asidos y aferrados que la vez primera,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLV p. 87
ella la saya levantada, y en el regazo puesta
la bolsa, y el hombre pugnando por quitársela,
mas no era posible, según la mujer la defendía,
la cual daba voces, diciendo:
¡Justicia de Dios, y del mundo! ¡Mire vuestra 5
merced, señor gobernador, la poca vergüenza
y el poco temor de este desalmado, que en mitad
de poblado y en mitad de la calle me ha querido
quitar la bolsa que vuestra merced mandó
darme! 10
Y ¿háosla quitado?, preguntó el
gobernador.
¿Cómo quitar?, respondió la mujer; antes
me dejara yo quitar la vida que me quiten la
bolsa. ¡Bonita es la niña; otros gatos me han 15
de echar a las barbas, que no este desventurado
y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos
y escoplos no serán bastantes a sacármela de
las uñas, ni aun garras de leones; antes el
ánima de en mitad en mitad de las carnes! 20
Ella tiene razón, dijo el hombre, y yo me
doy por rendido y sin fuerzas, y confieso que
las mías no son bastantes para quitársela, y
déjola.
Entonces el gobernador dijo a la mujer: 25
Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.
Ella se la dio luego, y el gobernador se la
volvió al hombre y dijo a la esforzada, y no
forzada:
Hermana mía, si el mismo aliento y valor 30
que habéis mostrado para defender esta bolsa le
mostrarais, y aun la mitad menos, para defender
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 88
vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules
no os hicieran fuerza; andad con Dios y mucho
de enhoramala, y no paréis en toda esta
ínsula ni en seis leguas a la redonda, so pena
de doscientos azotes. ¡Andad luego, digo, 5
churrullera, desvergonzada y embaidora!
Espantóse la mujer y fuese cabizbaja y
mal contenta, y el gobernador dijo al hombre:
Buen hombre, andad con Dios a vuestro
lugar con vuestro dinero, y de aquí adelante, 10
si no le queréis perder, procurad que no os
venga en voluntad de yogar con nadie.
El hombre le dio las gracias lo peor que supo
y fuese, y los circunstantes quedaron admirados
de nuevo de los juicios y sentencias de su 15
nuevo gobernador. Todo lo cual notado de
su cronista fue luego escrito al duque, que
con gran deseo lo estaba esperando.
Y quédese aquí el buen Sancho; que es
mucha la prisa que nos da su amo, alborozado 20
con la música de Altisidora.
p. 89
Capítulo XLVI
Del temeroso espanto cencerril y gatuno que
recibió don Quijote en el discurso de los
amores de la enamorada Altisidora.
Dejamos al gran don Quijote envuelto en 5
los pensamientos que le había causado la
música de la enamorada doncella Altisidora.
Acostóse con ellos, y como si fueran pulgas, no
le dejaron dormir ni sosegar un punto, y
juntábansele los que le faltaban de sus medias; pero 10
como es ligero el tiempo y no hay barranco que
le detenga, corrió caballero en las horas, y con
mucha presteza llegó la de la mañana. Lo cual
visto por don Quijote, dejó las blandas plumas,
y no nada perezoso, se vistió su agamuzado 15
vestido y se calzó sus botas de camino,
por encubrir la desgracia de sus medias.
Arrojóse encima su mantón de escarlata y púsose
en la cabeza una montera de terciopelo verde,
guarnecida de pasamanos de plata, colgó el 20
tahalí de sus hombros con su buena y tajadora
espada, asió un gran rosario que consigo continuo
traía, y, con gran prosopopeya y contoneo
salió a la antesala, donde el duque y la
duquesa estaban ya vestidos y como esperándole, 25
y al pasar por una galería, estaban aposta
esperándole Altisidora y la otra doncella su
amiga; y así como Altisidora vio a don Quijote,
fingió desmayarse, y su amiga la recogió
en sus faldas, y con gran presteza la iba a 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 90
desabrochar el pecho. Don Quijote que lo vio,
llegándose a ellas, dijo:
Ya sé yo de qué proceden estos
accidentes.
No sé yo de qué, respondió la amiga, 5
porque Altisidora es la doncella más sana de
toda esta casa, y yo nunca la he sentido un ¡ay!
en cuanto ha que la conozco; que mal hayan
cuantos caballeros andantes hay en el mundo,
si es que todos son desagradecidos. Váyase 10
vuestra merced, señor don Quijote; que no volverá
en sí esta pobre niña en tanto que vuestra
merced aquí estuviere.
A lo que respondió don Quijote:
Haga vuestra merced, señora, que se me 15
ponga un laúd esta noche en mi aposento, que
yo consolaré lo mejor que pudiere a esta
lastimada doncella; que en los principios amorosos
los desengaños prestos suelen ser remedios
calificados. 20
Y, con esto, se fue, porque no fuese notado
de los que allí le viesen. No se hubo bien
apartado, cuando, volviendo en sí la
desmayada Altisidora, dijo a su compañera:
Menester será que se le ponga el laúd; que 25
sin duda don Quijote quiere darnos música, y
no será mala, siendo suya.
Fueron luego a dar cuenta a la duquesa de
lo que pasaba, y del laúd que pedía don
Quijote, y ella, alegre sobre modo, concertó con 30
el duque y con sus doncellas de hacerle una
burla que fuese más risueña que dañosa, y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVI p. 91
con mucho contento esperaban la noche, que
se vino tan aprisa como se había venido el
día, el cual pasaron los duques en sabrosas
pláticas con don Quijote. Y la duquesa
aquel día real y verdaderamente despachó a 5
un paje suyo, que había hecho en la selva la
figura encantada de Dulcinea, a Teresa Panza,
con la carta de su marido Sancho Panza,
y con el lío de ropa que había dejado para
que se le enviase, encargándole le trajese 10
buena relación de todo lo que con ella
pasase.
Hecho esto, y llegadas las once horas de la
noche, halló don Quijote una vihuela en su
aposento; templóla, abrió la reja, y sintió que 15
andaba gente en el jardín, y, habiendo recorrido
los trastes de la vihuela, y afinándola lo mejor
que supo, escupió y remondóse el pecho, y
luego, con una voz ronquilla aunque entonada,
cantó el siguiente romance, que él mismo 20
aquel día había compuesto:
Suelen las fuerzas de amor
sacar de quicio a las almas,
tomando por instrumento
la ociosidad descuidada. 25
Suele el coser y el labrar
y el estar siempre ocupada
ser antídoto al veneno
de las amorosas ansias.
Las doncellas recogidas 30
que aspiran a ser casadas...
la honestidad es la dote
y voz de sus alabanzas.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 92
Los andantes caballeros
y los que en la corte andan
requiébranse con las libres;
con las honestas se casan.
Hay amores de Levante, 5
que entre huéspedes se tratan,
que llegan presto al Poniente,
porque en el partirse acaban.
El amor recién venido
que hoy llegó, y se va mañana, 10
las imágenes no deja
bien impresas en el alma.
Pintura sobre pintura,
ni se muestra ni señala;
y do hay primera belleza, 15
la segunda no hace baza.
Dulcinea del Toboso
del alma en la tabla rasa
tengo pintada, de modo
que es imposible borrarla. 20
La firmeza en los amantes
es la parte más preciada,
por quien hace Amor milagros,
y asimismo los levanta.
Aquí llegaba don Quijote de su canto, a 25
quien estaban escuchando el duque y la duquesa,
Altisidora y casi toda la gente del castillo,
cuando de improviso, desde encima de un
corredor que sobre la reja de don Quijote a
plomo caía, descolgaron un cordel donde 30
venían más de cien [cen]cerros asidos, y luego
tras ellos derramaron un gran saco de gatos,
que asimismo traían cencerros menores atados
a las colas. Fue tan grande el ruido de los
cencerros y el maullar de los gatos, que aunque 35
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVI p. 93
los duques habían sido inventores de la burla,
todavía les sobresaltó, y, temeroso don Quijote,
quedó pasmado; y quiso la suerte que dos o
tres gatos se entraron por la reja de su estancia,
y, dando de una parte a otra, parecía que 5
una región de diablos andaba en ella. Apagaron
las velas que en el aposento ardían, y
andaban buscando por do escaparse; el descolgar
y subir del cordel de los grandes cencerros
no cesaba. La mayor parte de la gente del 10
castillo, que no sabía la verdad del caso, estaba
suspensa y admirada.
Levantóse don Quijote en pie, y, poniendo
mano a la espada, comenzó a tirar estocadas
por la reja y a decir a grandes voces: 15
¡Afuera malignos encantadores, afuera
canalla hechiceresca; que yo soy don Quijote de
la Mancha, contra quien no valen ni tienen
fuerza vuestras malas intenciones!
Y, volviéndose a los gatos que andaban por 20
el aposento, les tiró muchas cuchilladas; ellos
acudieron a la reja, y por allí se salieron, aunque
uno, viéndose tan acosado de las cuchilladas
de don Quijote, le saltó al rostro y le asió de
las narices con las uñas y los dientes, por 25
cuyo dolor don Quijote comenzó a dar los
mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duque
y la duquesa, y considerando lo que podía ser,
con mucha presteza acudieron a su estancia, y,
abriendo con llave maestra, vieron al pobre 30
caballero pugnando con todas sus fuerzas por
arrancar el gato de su rostro. Entraron con
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 94
luces, y vieron la desigual pelea. Acudió el
duque a despartirla, y don Quijote dijo a voces:
¡No me le quite nadie, déjenme mano a
mano con este demonio, con este hechicero,
con este encantador; que yo le daré a entender 5
de mí a él, quién es don Quijote de la
Mancha!
Pero el gato, no curándose de estas amenazas,
gruñía y apretaba; mas, en fin, el duque
se le desarraigó y le echó por la reja. 10
Quedó don Quijote acribado el rostro y no
muy sanas las narices, aunque muy despechado
porque no le habían dejado fenecer la batalla
que tan trabada tenía con aquel malandrín
encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, 15
y la misma Altisidora, con sus blanquísimas
manos, le puso unas vendas por todo lo herido,
y, al ponérselas, con voz baja le dijo:
Todas estas malandanzas te suceden,
empedernido caballero, por el pecado de tu dureza 20
y pertinacia; y plegue a Dios que se le olvide
a Sancho tu escudero el azotarse, porque
nunca salga de su encanto esta tan amada tuya
Dulcinea, ni tú la goces, ni llegues a tálamo
con ella, a lo menos viviendo yo, que te 25
adoro.
A todo esto no respondió don Quijote otra
palabra, si no fue dar un profundo suspiro, y
luego se tendió en su lecho, agradeciendo a
los duques la merced, no porque él tenía temor 30
de aquella canalla gatesca, encantadora y
cencerruna, sino porque había conocido la buena
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVI p. 95
intención con que habían venido a socorrerle.
Los duques le dejaron sosegar y se fueron
pesarosos del mal suceso de la burla; que no
creyeron que tan pesada y costosa le saliera a
don Quijote aquella aventura: que le costó 5
cinco días de encerramiento y de cama, donde
le sucedió otra aventura más gustosa que la
pasada, la cual no quiere su historiador contar
ahora, por acudir a Sancho Panza, que andaba
muy solícito y muy gracioso en su gobierno. 10
p. 96
Capítulo XLVII
Donde se prosigue cómo se portaba Sancho
Panza en su gobierno.
Cuenta la historia que desde el juzgado
llevaron a Sancho Panza a un suntuoso palacio, 5
adonde en una gran sala estaba puesta una
real y limpísima mesa; y así como Sancho
entró en la sala, sonaron chirimías y salieron
cuatro pajes a darle aguamanos, que Sancho
recibió con mucha gravedad. 10
Cesó la música, sentóse Sancho a la cabecera
de la mesa, porque no había más de aquel
asiento, y no otro servicio en toda ella. Púsose
a su lado en pie un personaje, que después
mostró ser médico, con una varilla de ballena 15
en la mano. Levantaron una riquísima y blanca
toalla con que estaban cubiertas las frutas y
mucha diversidad de platos de diversos
manjares; uno que parecía estudiante echó la
bendición, y un paje puso un babador randado a 20
Sancho, otro que hacía el oficio de maestresala
llegó un plato de fruta delante, pero apenas
hubo comido un bocado, cuando el de la
varilla tocando con ella en el plato, se le
quitaron de delante con grandísima celeridad. Pero 25
el maestresala le llegó otro, de otro manjar;
iba a probarle Sancho, pero antes que llegase
a él ni le gustase, ya la varilla había tocado en
él, y un paje alzádole con tanta presteza como
el de la fruta. Visto lo cual por Sancho, quedó 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 97
suspenso, y, mirando a todos, preguntó si se había
de comer aquella comida como juego de maesecoral.
A lo cual respondió el de la vara:
No se ha de comer, señor gobernador, sino
como es uso y costumbre en las otras ínsulas 5
donde hay gobernadores. Yo, señor, soy médico,
y estoy asalariado en esta ínsula para serlo
de los gobernadores de ella, y miro por su salud
mucho más que por la mía, estudiando de
noche y de día y tanteando la complexión del 10
gobernador, para acertar a curarle cuando
cayere enfermo; y lo principal que hago es
asistir a sus comidas y cenas, y a dejarle comer
de lo que me parece que le conviene, y a
quitarle lo que imagino que le ha de hacer daño 15
y ser nocivo al estómago. Y, así, mandé
quitar el plato de la fruta, por ser
demasiadamente húmeda, y el plato del otro manjar
también le mandé quitar, por ser demasiadamente
caliente y tener muchas especias, que 20
acrecientan la sed; y el que mucho bebe, mata y
consume el húmedo radical, donde consiste
la vida.
De esa manera, aquel plato de perdices que
están allí asadas, y, a mi parecer, bien 25
sazonadas, no me harán algún daño.
A lo que el médico respondió:
Esas no comerá el señor gobernador en
tanto que yo tuviere vida.
Pues ¿por qué?, dijo Sancho. 30
Y el médico respondió:
Porque nuestro maestro Hipócrates, norte
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 98
y luz de la medicina, en un aforismo suyo dice:
Omnis saturatio mala, perdices autem
pessima. Quiere decir: «toda hartazga es mala;
»pero la de las perdices, malísima.»
Si eso es así, dijo Sancho, vea el señor 5
doctor de cuantos manjares hay en esta mesa,
cuál me hará más provecho y cuál menos
daño, y déjeme comer de él sin que me le apalee;
porque por vida del gobernador, y así Dios
me le deje gozar, que me muero de hambre, y 10
el negarme la comida, aunque le pese al señor
doctor y él más me diga, antes será quitarme la
vida que aumentármela.
Vuestra merced tiene razón, señor
gobernador, respondió el médico, y así es mi 15
parecer que vuestra merced no coma de aquellos
conejos guisados que allí están, porque es
manjar peliagudo. De aquella ternera, si no
fuera asada y en adobo, aún se pudiera probar;
pero no hay para qué. 20
Y Sancho dijo:
Aquel platonazo que está más adelante
vahando me parece que es olla podrida, que,
por la diversidad de cosas que en las tales ollas
podridas hay, no podré dejar de topar con alguna 25
que me sea de gusto y de provecho.
Absit, dijo el médico; vaya lejos de
nosotros tan mal pensamiento. No hay cosa en el
mundo de peor mantenimiento que una olla
podrida. Allá las ollas podridas para los canónigos, 30
o para los rectores de colegios, o para las
bodas labradorescas, y déjennos libres las
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 99
mesas de los gobernadores, donde ha de asistir
todo primor y toda atildadura. Y la razón es
porque siempre y a doquiera y de quienquiera
son más estimadas las medicinas simples que
las compuestas, porque en las simples no se 5
puede errar, y en las compuestas sí, alterando
la cantidad de las cosas de que son compuestas;
mas lo que yo sé que ha de comer el señor
gobernador ahora, para conservar su salud y
corroborarla es un ciento de cañutillos de 10
suplicaciones, y unas tajadicas sutiles de
carne de membrillo, que le asienten el estómago,
y le ayuden a la digestión.
Oyendo esto Sancho, se arrimó sobre el espaldar
de la silla, y miró de hito en hito al tal 15
médico, y con voz grave le preguntó cómo se
llamaba, y dónde había estudiado.
A lo que él respondió:
Yo, señor gobernador, me llamo el doctor
Pedro Recio de Agüero, y soy natural de un 20
lugar llamado Tirteafuera, que está entre
Caracuel y Almodóvar del Campo, a la mano
derecha, y tengo el grado de doctor por la
Universidad de Osuna.
A lo que respondió Sancho, todo encendido 25
en cólera:
Pues, señor doctor Pedro Recio de mal
Agüero, natural de Tirteafuera, lugar que está
a la derecha mano, como vamos de Caracuel a
Almodóvar del Campo, graduado en Osuna, 30
quíteseme luego delante. Si no, voto al sol que
tome un garrote y que a garrotazos, comenzando
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 100
por él, no me ha de quedar médico en toda
la ínsula, a lo menos, de aquellos que yo
entienda que son ignorantes; que a los médicos
sabios, prudentes y discretos los pondré sobre
mi cabeza y los honraré como a personas 5
divinas. Y vuelvo a decir que se me vaya Pedro
Recio de aquí. Si no, tomaré esta silla donde
estoy sentado, y se la estrellaré en la cabeza,
y pídanmelo en residencia; que yo me descargaré
con decir que hice servicio a Dios en 10
matar a un mal médico, verdugo de la república.
Y denme de comer, o si no, tómense su
gobierno; que oficio que no da de comer a su
dueño no vale dos habas.
Alborotóse el doctor viendo tan colérico al 15
gobernador, y quiso hacer tirteafuera de la sala,
sino que en aquel instante sonó una corneta de
posta en la calle, y, asomándose el maestresala
a la ventana, volvió, diciendo:
Correo viene del duque mi señor; algún 20
despacho debe de traer de importancia.
Entró el correo sudando y asustado, y,
sacando un pliego del seno, le puso en las manos
del gobernador, y Sancho le puso en las del
mayordomo, a quien mandó leyese el sobrescrito 25
que decía así: «A don Sancho Panza,
»gobernador de la ínsula Barataria, en su
»propia mano, o en las de su secretario.» Oyendo
lo cual Sancho, dijo:
¿Quién es aquí mi secretario? 30
Y uno de los que presentes estaban
respondió:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 101
Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy
vizcaíno.
Con esa añadidura, dijo Sancho, bien
podéis ser secretario del mismo emperador;
abrid ese pliego, y mirad lo que dice. 5
Hízolo así el recién nacido secretario, y,
habiendo leído lo que decía, dijo que era
negocio para tratarle a solas. Mandó Sancho
despejar la sala, y que no quedasen en ella sino
el mayordomo y el maestresala, y los demás y 10
el médico se fueron, y luego el secretario leyó
la carta que así decía:
A mi noticia ha llegado, señor don Sancho
Panza, que unos enemigos míos y de esa ínsula
la han de dar un asalto furioso no se qué 15
noche; conviene velar y estar alerta, porque no
le tomen desapercibido. Sé también por espías
verdaderas que han entrado en ese lugar
cuatro personas disfrazadas para quitaros la
vida porque se temen de vuestro ingenio; abrid 20
el ojo y mirad quién llega a hablaros, y no
comáis de cosa que os presentaren. Yo tendré
cuidado de socorreros si os viereis en trabajo,
y en todo haréis como se espera de vuestro
entendimiento. De este lugar a 16 de agosto 25
a las cuatro de la mañana. Vuestro amigo, El
duque.
Quedó atónito Sancho, y mostraron quedarlo
asimismo los circunstantes, y, volviéndose al
mayordomo, le dijo: 30
Lo que ahora se ha de hacer, y ha de ser
luego, es meter en un calabozo al doctor Recio,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 102
porque si alguno me ha de matar, ha de ser
él, y de muerte adminícula y pésima, como
es la de la hambre.
También, dijo el maestresala, me parece
a mí que vuestra merced no coma de todo 5
lo que está en esta mesa, porque lo han
presentado unas monjas, y, como suele decirse,
detrás de la cruz está el diablo.
No lo niego, respondió Sancho, y, por
ahora, denme un pedazo de pan, y obra de 10
cuatro libras de uvas; que en ellas no podrá
venir veneno, porque, en efecto, no puedo
pasar sin comer, y si es que hemos de estar
prontos para estas batallas que nos amenazan,
menester será estar bien mantenidos, porque 15
tripas llevan corazón, que no corazón tripas, y
vos, secretario, responded al duque mi señor,
y decidle que se cumplirá lo que manda como
lo manda, sin faltar punto, y daréis de mi
parte un besamanos a mi señora la duquesa, y 20
que le suplico no se le olvide de enviar con
un propio mi carta y mi lío a mi mujer Teresa
Panza; que en ello recibiré mucha merced, y
tendré cuidado de [ser]virla con todo lo que
mis fuerzas alcanzaren, y de camino podéis 25
encajar un besamanos a mi señor don Quijote
de la Mancha, porque vea que soy pan
agradecido. Y vos, como buen secretario y como
buen vizcaíno, podéis añadir todo lo que
quisiereis y más viniere a cuento. Y álcense 30
estos manteles y denme a mí de comer; que yo
me avendré con cuantas espías y matadores y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 103
encantadores vinieren sobre mí y sobre mi
ínsula.
En esto, entró un paje y dijo:
Aquí está un labrador negociante que quiere
hablar a vuestra señoría en un negocio, según 5
él dice, de mucha importancia.
Extraño caso es éste, dijo Sancho, de estos
negociantes. ¿Es posible que sean tan necios,
que no echen de ver que semejantes horas
como éstas no son en las que han de venir a 10
negociar? ¿Por ventura los que gobernamos,
los que somos jueces, no somos hombres de
carne y de hueso, y que es menester que nos
dejen descansar el tiempo que la necesidad
pide, sino que quieren que seamos hechos de 15
piedra mármol? Por Dios y en mi conciencia
que si me dura el gobierno --que no durará
según se me trasluce--, que yo ponga en
pretina a más de un negociante. Ahora decid a
ese buen hombre que entre; pero adviértase 20
primero no sea alguno de los espías, o
matador mío.
No, señor, respondió el paje, porque
parece una alma de cántaro, y yo sé poco, o él
es tan bueno como el buen pan. 25
No hay que temer, dijo el mayordomo;
que aquí estamos todos.
¿Sería posible, dijo Sancho, maestresala,
que ahora que no está aquí el doctor Pedro
Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y 30
de sustancia, aunque fuese un pedazo de pan
y una cebolla?
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 104
Esta noche, a la cena, se satisfará la falta
de la comida, y quedará vuestra señoría
satisfecho y pagado, dijo el maestresala.
Dios lo haga, respondió Sancho.
Y, en esto, entró el labrador, que era de muy 5
buena presencia, y de mil leguas se le echaba
de ver que era bueno y buena alma.
Lo primero que dijo fue:
¿Quién es aquí el señor gobernador?
¿Quién ha de ser, respondió el secretario, 10
sino el que está sentado en la silla?
Humíllome, pues, a su presencia, dijo el
labrador.
Y, poniéndose de rodillas, le pidió la mano
para besársela. Negósela Sancho y mandó que 15
se levantase y dijese lo que quisiese. Hízolo
así el labrador, y luego dijo:
Yo, señor, soy labrador, natural de
Miguelturra, un lugar que está dos leguas de
Ciudad Real. 20
Otro Tirteafuera tenemos, dijo Sancho;
decid, hermano, que lo que yo os sé decir es
que sé muy bien a Miguelturra, y que no está
muy lejos de mi pueblo.
Es, pues, el caso, señor, prosiguió el 25
labrador, que yo por la misericordia de Dios
soy casado en paz y en haz de la san[ta] Iglesia
católica romana. Tengo dos hijos estudiantes,
que el menor estudia para bachiller y el
mayor para licenciado; soy viudo porque se 30
murió mi mujer, o, por mejor decir, me la mató
un mal médico, que la purgó estando preñada,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 105
y si Dios fuera servido que saliera a luz el
parto, y fuera hijo, yo le pusiera a estudiar
para doctor, porque no tuviera envidia a sus
hermanos el bachiller y el licenciado.
De modo, dijo Sancho, que si vuestra 5
mujer no se hubiera muerto, o la hubieran
muerto, ¿vos no fuerais ahora viudo?
No, señor, en ninguna manera, respondió
el labrador.
Medrados estamos, replicó Sancho; adelante 10
hermano, que es hora de dormir más que
de negociar.
Digo, pues, dijo el labrador, que este mi
hijo que ha de ser bachiller se enamoró en el
mismo pueblo de una doncella llamada Clara 15
Perlerina, hija de Andrés Perlerino, labrador
riquísimo, y este nombre de Perlerines no les
viene de abolengo ni otra alcurnia, sino porque
todos los de este linaje son perláticos, y, por
mejorar el nombre, los llaman Perlerines, 20
aunque si va decir la verdad, la doncella es
como una perla oriental, y mirada por el lado
derecho parece una flor del campo, por el
izquierdo no tanto, porque le falta aquel ojo que
se le saltó de viruelas. Y aunque los hoyos del 25
rostro son muchos y grandes, dicen los que la
quieren bien que aquéllos no son hoyos, sino
sepulturas donde se sepultan las almas de sus
amantes. Es tan limpia, que por no ensuciar la
cara, trae las narices, como dicen, arremangadas, 30
que no parece sino que van huyendo de
la boca, y con todo esto parece bien por extremo,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 106
porque tiene la boca grande, y a no faltarle
diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar
y echar raya entre las más bien formadas. De
los labios no tengo qué decir, porque son tan
sutiles y delicados, que si se usaran aspar 5
labios, pudieran hacer de ellos una madeja; pero
como tienen diferente color de la que en los
labios se usa comúnmente, parecen milagrosos,
porque son jaspeados de azul y verde, y
aberenjenado. Y perdóneme el señor gobernador, 10
si por tan menudo voy pintando las partes de
la que al fin al fin ha de ser mi hija; que la
quiero bien, y no me parece mal.
Pintad lo que quisiereis, dijo Sancho;
que yo me voy recreando en la pintura, y si 15
hubiera comido, no hubiera mejor postre para
mí que vuestro retrato.
Eso tengo yo por servir, respondió el
labrador; pero tiempo vendrá en que seamos,
si ahora no somos. Y digo, señor, que si pudiera 20
pintar su gentileza y la altura de su cuerpo,
fuera cosa de admiración; pero no puede ser a
causa de que ella está agobiada y encogida, y
tiene las rodillas con la boca, y con todo eso,
se echa bien de ver que si se pudiera levantar 25
diera con la cabeza en el techo, y ya ella
hubiera dado la mano de esposa a mi bachiller,
sino que no la puede extender, que está
añudada. Y con todo, en las uñas largas y
acanaladas se muestra su bondad y buena 30
hechura.
Está bien, dijo Sancho, y haced cuenta,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 107
hermano, que ya la habéis pintado de los pies
a la cabeza. ¿Qué es lo que queréis ahora? Y
venid al punto sin rodeos ni callejuelas, ni
retazos ni añadiduras.
Querría, señor, respondió el labrador, 5
que vuestra merced me hiciese merced de
darme una carta de favor para mi consuegro,
suplicándole sea servido de que este
casamiento se haga, pues no somos desiguales en
los bienes de fortuna, ni en los de la 10
naturaleza; porque, para decir la verdad, señor
gobernador, mi hijo es endemoniado, y no hay día
que tres o cuatro veces no le atormenten los
malignos espíritus. Y de haber caído una vez
en el fuego tiene el rostro arrugado como 15
pergamino, y los ojos algo llorosos y manantiales;
pero tiene una condición de un ángel, y
si no es que se aporrea y se da de puñadas él
mismo a sí mismo, fuera un bendito.
¿Queréis otra cosa, buen hombre?, replicó 20
Sancho.
Otra cosa querría, dijo el labrador, sino
que no me atrevo a decirlo; pero, vaya, que,
en fin, no se me ha de podrir en el pecho,
pegue o no pegue. Digo, señor, que querría 25
que vuestra merced me diese trescientos o
seiscientos ducados para ayuda [a] la dote
de mi bachiller, digo, para ayuda de poner
su casa, porque, en fin, han de vivir por sí,
sin estar sujetos a las impertinencias de los 30
suegros.
Mirad si queréis otra cosa, dijo Sancho,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 108
y no la dejéis de decir por empacho ni por
vergüenza.
No por cierto, respondió el labrador.
Y apenas dijo esto, cuando, levantándose
en pie el gobernador, asió de la silla en que 5
estaba sentado, y dijo:
¡Voto a tal, don patán rústico y mal mirado,
que si no os apartáis y escondéis luego de mi
presencia, que con esta silla os rompa y abra
la cabeza! Hideputa, bellaco, pintor del mismo 10
demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme
seiscientos ducados? Y ¿dónde los tengo yo,
hediondo? Y ¿por qué te los había de dar,
aunque los tuviera, socarrón y mentecato? Y ¿qué
se me da a mí de Miguelturra, ni de todo el 15
linaje de los Perlerines? ¡Va de mí, digo; si no,
por vida del duque mi señor que haga lo que
tengo dicho! ¡Tú no debes de ser de Miguelturra,
sino algún socarrón que para tentarme
te ha enviado aquí el infierno! Dime, 20
desalmado, aún no ha día y medio que tengo el
gobierno, y ¿ya quieres que tenga seiscientos
ducados?
Hizo de señas el maestresala al labrador
que se saliese de la sala, el cual lo hizo 25
cabizbajo, y, al parecer, temeroso de que
el gobernador no ejecutase su cólera; que
el bellacón supo hacer muy bien su oficio.
Pero dejemos con su cólera a Sancho, y
ándese la paz en el corro, y volvamos a don 30
Quijote, que le dejamos vendado el rostro
y curado de las gatescas heridas, de las
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVII p. 109
cuales no sanó en ocho días; en uno de los
cuales le sucedió lo que Cide Hamete promete
de contar con la puntualid[ad] y verdad que
suele contar las cosas de esta historia, por
mínimas que sean. 5
p. 110
Capítulo XLVIII
De lo que le sucedió a don Quijote con doña
Rodríguez, la dueña de la duquesa, con
otros acontecimientos dignos de escritura y
de memoria eterna. 5
A demás estaba mohíno y melancólico el
malferido don Quijote, vendado el rostro y
señalado, no por la mano de Dios, sino por las
uñas de un gato, desdichas anejas a la andante
caballería. Seis días estuvo sin salir en 10
público, en una noche de los cuales, estando
despierto y desvelado, pensando en sus desgracias
y en el perseguimiento de Altisidora, sintió
que con una llave abrían la puerta de su
aposento, y luego imaginó que la enamorada 15
doncella venía para sobresaltar su honestidad y
ponerle en condición de faltar a la fe que
guardar debía a su señora Dulcinea del Toboso.
No, dijo, creyendo a su imaginación, y
esto, con voz que pudiera ser oída, no ha 20
de ser parte la mayor hermosura de la tierra
para que yo deje de adorar la que tengo grabada
y estampada en la mitad de mi corazón, y
en lo más escondido de mis entrañas, ora estés,
señora mía, transformada en cebolluda labradora, 25
ora en ninfa del dorado Tajo, tejiendo
telas de oro y sirgo compuestas, ora te tenga
Merlín o Montesinos donde ellos quisieren; que
adondequiera eres mía y adoquiera he sido yo,
y he de ser, tuyo. 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 111
El acabar estas razones y el abrir de la
puerta fue todo uno. Púsose en pie sobre la
cama, envuelto de arriba abajo en una colcha
de raso amarillo, una galocha en la cabeza, y
el rostro y los bigotes vendados; el rostro, por 5
los aruños, los bigotes, porque no se le
desmayasen y cayesen, en el cual traje parecía
la más extraordinaria fantasma que se pudiera
pensar. Clavó los ojos en la puerta, y cuando
esperaba ver entrar por ella a la rendida y 10
lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendísima
dueña con unas tocas blancas repulgadas
y luengas, tanto, que la cubrían y enmantaban
desde los pies a la cabeza. Entre los dedos de
la mano izquierda traía una media vela 15
encendida, y con la derecha se hacía sombra,
porque no le diese la luz en los ojos, a quien
cubrían unos muy grandes anteojos; venía
pisando quedito, y movía los pies blandamente.
Miróla don Quijote desde su atalaya, y cuando 20
vio su adeliño y notó su silencio, pensó que
alguna bruja o maga venía en aquel traje a
hacer en él alguna mala fechoría, y comenzó
a santiguarse con mucha prisa. Fuese llegando
la visión, y cuando llegó a la mitad del 25
aposento, alzó los ojos y vio la prisa con que
se estaba haciendo cruces don Quijote, y si él
quedó medroso en ver tal figura, ella quedó
espantada en ver la suya, porque así como le
vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con 30
las vendas que le desfiguraban, dio una gran
voz diciendo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 112
Jesús, ¿qué es lo que veo?
Y con el sobresalto se le cayó la vela de las
manos, y, viéndose a oscuras, volvió las
espaldas para irse, y con el miedo tropezó en
sus faldas y dio consigo una gran caída. 5
Don Quijote, temeroso, comenzó a decir:
Conjúrote, fantasma, o lo que eres, que me
digas quién eres, y que me digas qué es lo que
de mí quieres. Si eres alma en pena, dímelo;
que yo haré por ti todo cuanto mis fuerzas 10
alcanzaren, porque soy católico cristiano, y
amigo de hacer bien a todo el mundo; que
para esto tomé la orden de la caballería
andante que profeso, cuyo ejercicio aun hasta
hacer bien a las ánimas de purgatorio se 15
extiende.
La abrumada dueña, que oyó conjurarse, por
su temor coligió el de don Quijote, y con voz
afligida y baja le respondió:
Señor don Quijote, si es que acaso vuestra 20
merced es don Quijote, yo no soy fantasma,
ni visión, ni alma de purgatorio, como vuestra
merced debe de haber pensado, sino doña
Rodríguez, la dueña de honor de mi señora la
duquesa, que con una necesidad, de aquellas 25
que vuestra merced suele remediar, a vuestra
merced vengo.
Dígame, señora doña Rodríguez, dijo don
Quijote; ¿por ventura viene vuestra merced
a hacer alguna tercería? Porque le hago 30
saber que no soy de provecho para nadie,
merced a la sin par belleza de mi señora
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 113
Dulcinea del Toboso. Digo, en fin, señora doña
Rodríguez, que como vuestra merced salve y
deje a una parte todo recado amoroso, puede
volver a encender su vela, y vuelva, y
departiremos de todo lo que más mandare y más en 5
gusto le viniere, salvando, como digo, todo
incitativo melindre.
¿Yo recado de nadie, señor mío?, respondió
la dueña. Mal me conoce vuestra merced;
sí, que aún no estoy en edad tan prolongada, 10
que me acoja a semejantes niñerías, pues, Dios
loado, mi alma me tengo en las carnes, y
todos mis dientes y muelas en la boca, amén de
unos pocos que me han usurpado unos catarros,
que en esta tierra de Aragón son tan 15
ordinarios. Pero espéreme vuestra merced un
poco; saldré a encender mi vela, y volveré en
un instante a contar mis cuitas, como a
remediador de todas las del mundo.
Y, sin esperar respuesta, se salió del 20
aposento, donde quedó don Quijote sosegado y
pensativo esperándola; pero luego le
sobrevinieron mil pensamientos acerca de aquella
nueva aventura, y parecíale ser mal hecho y
peor pensado ponerse en peligro de romper 25
a su señora la fe prometida, y decíase a sí
mismo:
¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y
mañoso, querrá engañarme ahora con una dueña,
lo que no ha podido con emperatrices, reinas, 30
duquesas, marquesas ni condesas? Que yo
he oído decir muchas veces y a muchos discretos
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 114
que, si él puede, antes os la dará roma que
aguileña; y ¿quién sabe, si esta soledad,
esta ocasión y este silencio despertará mis
deseos que duermen, y harán que al cabo de mis
años venga a caer donde nunca he tropezado? 5
Y en casos semejantes, mejor es huir que
esperar la batalla. Pero yo no debo de estar en
mi juicio, pues tales disparates digo y pienso;
que no es posible que una dueña toquiblanca,
larga y anteojuna pueda mover ni levantar 10
pensamiento lascivo en el más desalmado pecho
del mundo. ¿Por ventura hay dueña en la tierra
que tenga buenas carnes? ¿Por ventura hay
dueña en el orbe que deje de ser impertinente,
fruncida y melindrosa? ¡Afuera, pues, caterva 15
dueñesca, inútil para ningún humano regalo!
¡Oh, cuán bien hacía aquella señora de quien
se dice que tenía dos dueñas de bulto con sus
anteojos y almohadillas al cabo de su estrado,
como que estaban labrando, y tanto le servían 20
para la autoridad de la sala aquellas estatuas,
como las dueñas verdaderas!
Y, diciendo esto, se arrojó del lecho con
intención de cerrar la puerta y no dejar entrar
a la señora Rodríguez; mas cuando la llegó a 25
cerrar, ya la señora Rodríguez volvía, encendida
una vela de cera blanca, y cuando ella vio
a don Quijote de más cerca, envuelto en la
colcha, con las vendas, galocha o bicoquín,
temió de nuevo, y, retirándose atrás como dos 30
pasos, dijo:
¿Estamos seguras, señor caballero? Porque
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 115
no tengo a muy honesta señal haberse vuestra
merced levantado de su lecho.
Eso mismo es bien que yo pregunte,
señora, respondió don Quijote, y, así,
pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y 5
forzado.
¿De quién o a quién pedís, señor caballero,
esa seguridad?, respondió la dueña.
A vos, y de vos la pido, replicó don
Quijote; porque ni yo soy de mármol, ni vos de 10
bronce, ni ahora son las diez del día, sino
medianoche, y aun un poco más, según imagino, y
en una estancia más cerrada y secreta que lo
debió de ser la cueva donde el traidor y
atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido. 15
Pero dadme, señora, la mano; que yo no quiero
otra seguridad mayor que la de mi continencia
y recato, y la que ofrecen esas reverendísimas
tocas.
Y, diciendo esto, besó su derecha mano y le 20
asió de la suya, que ella le dio con las
mismas ceremonias.
Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice
que por Mahoma que diera por ver ir a los
dos así asidos y trabados desde la puerta al 25
lecho la mejor almalafa de dos que tenía.
Entróse, en fin, don Quijote en su lecho, y
quedóse doña Rodríguez sentada en una silla,
algo desviada de la cama, no quitándose los
anteojos ni la vela. Don Quijote se acurrucó y 30
se cubrió todo, no dejando más del rostro
descubierto y, habiéndose los dos sosegado, el
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 116
primero que rompió el silencio fue don Quijote,
diciendo:
Puede vuestra merced ahora, mi señora doña
Rodríguez, descoserse y desbuchar todo aquello
que tiene dentro de su cuitado corazón y 5
lastimadas entrañas; que será de mí escuchada
con castos oídos y socorrida con piadosas
obras.
Así lo creo yo, respondió la dueña; que
de la gentil y agradable presencia de vuestra 10
merced no se podía esperar sino tan cristiana
respuesta. Es, pues, el caso, señor don Quijote,
que aunque vuestra merced me ve sentada en
esta silla y en la mitad del reino de Aragón, y
en hábito de dueña aniquilada y asendereada, 15
soy natural de las Asturias de Oviedo y de
linaje, que atraviesan por él muchos de los
mejores de aquella provincia. Pero mi corta
suerte y el descuido de mis padres, que
empobrecieron antes de tiempo sin saber cómo ni 20
cómo no, me trajeron a la corte, a Madrid,
donde, por bien de paz, y por excusar mayores
desventuras, mis padres me acomodaron a servir
de doncella de labor a una principal señora;
y quiero hacer sabedor a vuestra merced que en 25
hacer vainillas y labor blanca, ninguna me ha
echado el pie adelante en toda la vida. Mis
padres me dejaron sirviendo y se volvieron a
su tierra, y de allí a pocos años se debieron de
ir al cielo, porque eran además buenos y 30
católicos cristianos; quedé huérfana y atenida
al miserable salario y a las angustiadas
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 117
mercedes que a las tales criadas se suele dar en
palacio. Y, en este tiempo, sin que diese yo
ocasión a ello, se enamoró de mí un escudero
de casa, hombre ya en días, barbudo y
apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, 5
porque era montañés. No tratamos tan
secretamente nuestros amores, que no viniesen
a noticia de mi señora, la cual, por excusar
dimes y diretes, nos casó en paz y en haz de la
santa madre Iglesia católica romana, de cuyo 10
matrimonio nació una hija para rematar con
mi ventura, si alguna tenía, no porque yo
muriese del parto, que le tuve derecho y en
sazón, sino porque desde allí a poco murió mi
esposo de un cierto espanto que tuvo, que a tener 15
ahora lugar para contarle, yo sé que vuestra
merced se admirara.
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente,
y dijo:
Perdóneme vuestra merced, señor don 20
Quijote; que no va más en mi mano, porque todas
las veces que me acuerdo de mi mal logrado
se me arrasan los ojos de lágrimas. ¡Válgame
Dios, y con qué autoridad llevaba a mi señora
a las ancas de una poderosa mula, negra como 25
el mismo azabache!; que entonces no se usaban
coches ni sillas, como ahora dicen que se usan,
y las señoras iban a las ancas de sus
escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de
contarlo, porque se note la crianza y puntualidad 30
de mi buen marido. Al entrar de la calle de
Santiago, en Madrid, que es algo estrecha,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 118
venía a salir por ella un alcalde de corte, con
dos alguaciles delante, y, así como mi buen
escudero le vio, volvió las riendas a la mula,
dando señal de volver a acompañarle. Mi
señora, que iba a las ancas, con voz baja le 5
decía: «¿Qué hacéis, desventurado, no veis
»que voy aquí?» El alcalde, de comedido,
detuvo la rienda al caballo, y díjole: «Seguid,
»señor, vuestro camino; que yo soy el que
»debo acompañar a mi señora doña Casilda», 10
que así era el nombre de mi ama. Todavía
porfiaba mi marido con la gorra en la mano,
a querer ir acompañando al alcalde; viendo
lo cual mi señora, llena de cólera y enojo, sacó
un alfiler gordo, o creo que un punzón del 15
estuche, y clavósele por los lomos, de manera,
que mi marido dio una gran voz, y torció el
cuerpo de suerte, que dio con su señora en
el suelo.
Acudieron dos lacayos suyos a levantarla, 20
y lo mismo hizo el alcalde y los alguaciles;
alborotóse la puerta de Guadalajara, digo, la
gente baldía que en ella estaba. Vínose a pie
mi ama, y mi marido acudió en casa de un
barbero, diciendo que llevaba pasadas de 25
parte a parte las entrañas. Divulgóse la cortesía
de mi esposo, tanto, que los muchachos le
corrían por las calles, y por esto, y porque él era
algún tanto corto de vista, mi señora (la
duquesa) le despidió, de cuyo pesar, sin duda 30
alguna, tengo para mí que se le causó el mal
de la muerte; quedé yo viuda y desamparada y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 119
con hija a cuestas, que iba creciendo en
hermosura como la espuma de la mar. Finalmente,
como yo tuviese fama de gran labrandera, mi
señora la duquesa, que estaba recién casada
con el duque mi señor, quiso traerme consigo 5
a este reino de Aragón, y a mi hija ni más ni
menos, adonde, yendo días y viniendo días,
creció mi hija, y con ella todo el donaire del
mundo; canta como una calandria, danza como
el pensamiento, baila como una perdida, lee y 10
escribe como un maestro de escuela, y cuenta
como un avariento. De su limpieza no digo
nada; que el agua que corre no es más limpia,
y debe de tener ahora, si mal no me acuerdo,
diez y seis años, cinco meses y tres días, uno 15
más a menos.
En resolución, de esta mi muchacha se
enamoró un hijo de un labrador riquísimo que
está en una aldea del duque mi señor, no muy
lejos de aquí; en efecto, no sé cómo ni cómo 20
no, ellos se juntaron, y debajo de la palabra
de ser su esposo burló a mi hija y no se la
quiere cumplir, y aunque el duque mi señor lo
sabe, porque yo me he quejado a él, no una,
sino muchas veces, y pedídole mande que el 25
tal labrador se case con mi hija, hace orejas de
mercader, y apenas quiere oírme, y es la causa
que como el padre del burlador es tan rico, y
le presta dineros y le sale por fiador de sus
trampas por momentos, no le quiere 30
descontentar, ni dar pesadumbre en ningún modo.
Querría, pues, señor mío, que vuestra merced
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 120
tomase a cargo el deshacer este agravio, o ya
por ruegos, o ya por armas, pues según todo
el mundo dice, vuestra merced nació en él para
deshacerlos y para enderezar los tuertos y
amparar los miserables. Y póngasele a vuestra 5
merced por delante la orfandad de mi hija, su
gentileza, su mocedad con todas las buenas
partes que he dicho que tiene; que en Dios y
en mi conciencia que de cuantas doncellas
tiene mi señora, que no hay ninguna que llegue 10
a la suela de su zapato, y que una que llaman
Altisidora, que es la que tienen por más
desenvuelta y gallarda, puesta en comparación de mi
hija no la llega con dos leguas. Porque quiero
que sepa vuestra merced, señor mío, que no es 15
todo oro lo que reluce, porque esta Altisidorilla
tiene más de presunción que de hermosura, y
más de desenvuelta que de recogida, además
que no está muy sana; que tiene un cierto
aliento cansado, que no hay sufrir el estar junto 20
a ella un momento, y aun mi señora la
duquesa... quiero callar, que se suele decir que
las paredes tienen oídos.
¿Qué tiene mi señora la duquesa, por vida
mía, señora doña Rodríguez?, preguntó don 25
Quijote.
Con ese conjuro, respondió la dueña, no
puedo dejar de responder a lo que se me
pregunta, con toda verdad. ¿Ve vuestra merced,
señor don Quijote, la hermosura de mi señora 30
la duquesa, aquella tez de rostro que no
parece sino de una espada acicalada y tersa,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLVIII p. 121
aquellas dos mejillas de leche y de carmín, que
en la una tiene el sol y en la otra la luna,
y aquella gallardía con que va pisando y aun
despreciando el suelo, que no parece sino
que va derramando salud donde pasa? Pues 5
sepa vuestra merced que lo puede agradecer
primero a Dios, y luego a dos fuentes que
tiene en las dos piernas, por donde se desagua
todo el mal humor de quien dicen los médicos
que está llena. 10
¡Santa María!, dijo don Quijote; y ¿es
posible que mi señora la duquesa tenga tales
desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran
frailes descalzos; pero pues la señora doña
Rodríguez lo dice, debe de ser así. Pero tales 15
fuentes y en tales lugares no deben de manar
humor, sino ámbar líquido. Verdaderamente
que ahora acabo de creer que esto de hacerse
fuentes debe de ser cosa importante para
salud. 20
Apenas acabó don Quijote de decir esta
razón, cuando con un gran golpe abrieron las
puertas del aposento, y del sobresalto del
golpe se le cayó a doña Rodríguez la vela de la
mano y quedó la estancia como boca de lobo, 25
como suele decirse. Luego sintió la pobre
dueña que la asían de la garganta con dos manos
tan fuertemente, que no la dejaban gañir,
y que otra persona con mucha presteza sin
hablar palabra le alzaba las faldas, y con una 30
al parecer chinela le comenzó a dar tantos
azotes, que era una compasión; y aunque don
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 122
Quijote se la tenía, no se meneaba del lecho,
y no sabía qué podía ser aquello, y estábase
quedo y callando, y aun temiendo no viniese
por él la tanda y tunda azotesca. Y no fue vano
su temor, porque, en dejando molida a la 5
dueña los callados verdugos --la cual no osaba
quejarse--, acudieron a don Quijote, y,
desenvolviéndole de la sábana y de la colcha, le
pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que
no pudo dejar de defenderse a puñadas, y todo 10
esto en silencio admirable.
Duró la batalla casi media hora; saliéronse
las fantasmas, recogió doña Rodríguez sus
faldas, y, gimiendo su desgracia, se salió por la
puerta afuera, sin decir palabra a don Quijote, 15
el cual doloroso y pellizcado, confuso y
pensativo, se quedó solo, donde le dejaremos
deseoso de saber quién había sido el perverso
encantador que tal le había puesto. Pero ello se
dirá a su tiempo; que Sancho Panza nos llama, 20
y el buen concierto de la historia lo pide.
p. 123
Capítulo XLIX
De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando
su ínsula.
Dejamos al gran gobernador enojado y
mohíno con el labrador pintor y socarrón, el 5
cual industriado del mayordomo, y el mayordomo
del duque, se burlaban de Sancho; pero
él se las tenía tiesas a todos, maguera tonto,
bronco y rollizo, y dijo a los que con él
estaban, y al doctor Pedro Recio, que como se 10
acabó el secreto de la carta del duque había
vuelto a entrar en la sala:
Ahora verdaderamente que entiendo que los
jueces y gobernadores deben de ser, o han de
ser, de bronce para no sentir las importunidades 15
de los negociantes, que a todas horas y a
todos tiempos quieren que los escuchen y
despachen, atendiendo sólo a su negocio, venga
lo que viniere. Y si el pobre del juez no los
escucha y despacha, o porque no puede, o 20
porque no es aquél el tiempo diputado para
darles audiencia, luego les maldicen y murmuran,
y les roen los huesos y aun les deslindan los
linajes. Negociante necio, negociante
mentecato, no te apresures, espera sazón y 25
coyuntura para negociar, no vengas a la hora del
comer, ni a la del dormir; que los jueces son
de carne y de hueso, y han de dar a la
naturaleza lo que naturalmente les pide, si no es
yo, que no le doy de comer a la mía, merced 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 124
al señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que
está delante, que quiere que muera de hambre,
y afirma que esta muerte es vida, que así se
la dé Dios a él y a todos los de su ralea, digo,
a la de los malos médicos; que la de los buenos 5
palmas y lauros merecen.
Todos los que conocían a Sancho Panza se
admiraban, oyéndole hablar tan elegantemente,
y no sabían a qué atribuirlo sino a que los
oficios y cargos graves, o adoban, o entorpecen 10
los entendimientos. Finalmente, el doctor
Pedro Recio Agüero de Tirteafuera prometió de
darle de cenar aquella noche, aunque excediese
de todos los aforismos de Hipócrates.
Con esto quedó contento el gobernador, y 15
esperaba con grande ansia llegase la noche y la
hora de cenar, y aunque el tiempo, al parecer
suyo, se estaba quedo sin moverse de un lugar,
todavía se llegó por él [el] tanto deseado,
donde le dieron de cenar un salpicón de vaca con 20
cebolla, y unas manos cocidas de ternera, algo
entrada en días. Entregóse en todo con más
gusto que si le hubieran dado francolines de
Milán, faisanes de Roma, ternera de Sorrento,
perdices de Morón, o gansos de Lavajos, y 25
entre la cena, volviéndose al doctor, le dijo:
Mirad, señor doctor, de aquí adelante no
os curéis de darme a comer cosas regaladas
ni manjares exquisitos, porque será sacar a mi
estómago de sus quicios, el cual está acostumbrado 30
a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a
nabos y a cebollas, y si acaso le dan otros
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 125
manjares de palacio los recibe con melindre,
y algunas veces con asco. Lo que el maestresala
puede hacer es traerme estas que llaman
ollas podridas, que mientras más podridas son,
mejor huelen, y en ellas puede embaular y 5
encerrar todo lo que él quisiere, como sea de
comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré
algún día; y no se burle nadie conmigo, porque
o somos, o no somos: vivamos todos y
comamos en buena paz compaña, pues cuando 10
Dios amanece, para todos amanece. Yo
gobernaré esta ínsula sin perdonar derecho ni
llevar cohecho, y todo el mundo traiga el ojo
alerta y mire por el virote, porque les hago
saber que el diablo está en Cantillana, y que 15
si me dan ocasión, han de ver maravillas. ¡No
sino haceos miel, y comeros han moscas!
Por cierto, señor gobernador, dijo el
maestresala, que vuestra merced tiene mucha razón
en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco, en nombre 20
de todos los insulanos de esta ínsula, que
han de servir a vuestra merced con toda
puntualidad, amor y benevolencia, porque el
suave modo de gobernar, que en estos principios
vuestra merced ha dado, no les da lugar 25
de hacer ni de pensar cosa que en deservicio
de vuestra merced redunde.
Yo lo creo, respondió Sancho, y serían
ellos unos necios si otra cosa hiciesen o
pensasen; y vuelvo a decir que se tenga cuenta 30
con mi sustento y con el de mi rucio, que es
lo que en este negocio importa y hace más al
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 126
caso, y, en siendo hora, vamos a rondar; que
es mi intención limpiar esta ínsula de todo
género de inmundicia, y de gente vagabunda,
holgazana y mal entretenida. Porque quiero
que sepáis, amigos, que la gente baldía y 5
perezosa es en la república lo mismo que los
zánganos en las colmenas, que se comen la
miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso
favorecer a los labradores, guardar sus
preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos, 10
y, sobre todo, tener respeto a la religión y a la
honra de los religiosos. ¿Qué os parece de esto,
amigos?; ¿digo algo, o quiébrome la cabeza?
Dice tanto vuestra merced, señor gobernador,
dijo el mayordomo, que estoy admirado 15
de ver que un hombre tan sin letras como
vuestra merced, que a lo que creo no tiene
ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de
sentencias y de avisos, tan fuera de todo
aquello que del ingenio de vuestra merced 20
esperaban los que nos enviaron y los que aquí
venimos. Cada día se ven cosas nuevas en el
mundo, las burlas se vuelven en veras, y los
burladores se hallan burlados.
Llegó la noche y cenó el gobernador con 25
licencia del señor doctor Recio. Aderezáronse
de ronda, salió con el mayordomo, secretario
y maestresala, y el cronista que tenía
cuidado de poner en memoria sus hechos, y
alguaciles y escribanos: tantos, que podían 30
formar un mediano escuadrón. Iba Sancho en
medio, con su vara, que no había más que ver,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 127
y pocas calles andadas del lugar, sintieron
ruido de cuchilladas; acudieron allá y hallaron
que eran dos solos hombres los que reñían,
los cuales, viendo venir a la justicia, se
estuvieron quedos, y el uno de ellos dijo: 5
Aquí de Dios y del rey. ¿Cómo y qué se
ha de sufrir que roben en poblado en este
pueblo, y que salga a saltear en él en la
mitad de las calles?
Sosegaos, hombre de bien, dijo Sancho, 10
y contadme qué es la causa de esta pendencia;
que yo soy el gobernador.
El otro contrario dijo:
Señor gobernador, yo la diré con toda
brevedad. Vuestra merced sabrá que este 15
gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de
juego que está aquí frontero más de mil reales,
y sabe Dios cómo, y, hallándome yo presente,
juzgué más de una suerte dudosa en su favor,
contra todo aquello que me dictaba la conciencia. 20
Alzóse con la ganancia, y cuando esperaba
que me había de dar algún escudo, por lo
menos, de barato, como es uso y costumbre
darle a los hombres principales como yo, que
estamos asistentes para bien y mal pasar, 25
y para apoyar sinrazones y evitar pendencias,
él embolsó su dinero y se salió de la casa. Yo
vine despechado tras él, y con buenas y
corteses palabras le he pedido que me diese
siquiera ocho reales, pues sabe que yo soy 30
hombre honrado y que no tengo oficio ni
beneficio, porque mis padres no me le enseñaron,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 128
ni me le dejaron; y el socarrón, que no es
más ladrón Caco, ni más fullero
Andradilla, no quería darme más de cuatro
reales, porque vea vuestra merced, señor
gobernador, ¡qué poca vergüenza y qué poca 5
conciencia! Pero a fe que si vuestra merced
no llegara, que yo le hiciera vomitar la
ganancia, y que había de saber con cuántas entraba
la romana.
¿Qué decís vos a esto?, preguntó Sancho. 10
Y el otro respondió que era verdad cuanto
su contrario decía, y no había querido darle
más de cuatro reales, porque se los daba
muchas veces; y los que esperan barato han de
ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que 15
les dieren, sin ponerse en cuentas con los
gananciosos, si ya no supiesen de cierto que
son fulleros y que lo que ganan es mal
ganado. Y que para señal que él era hombre de
bien, y no ladrón, como decía, ninguna había 20
mayor que el no haberle querido dar nada; que
siempre los fulleros son tributarios de los
mirones, que los conocen.
Así es, dijo el mayordomo; vea vuestra
merced, señor gobernador, qué es lo que se ha 25
de hacer de estos hombres.
Lo que se ha de hacer es esto, respondió
Sancho: vos, ganancioso, bueno o malo, o
indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador
cien reales, y más habéis de desembolsar 30
treinta para los pobres de la cárcel; y vos, que
no tenéis oficio ni beneficio, y andáis de nones
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 129
en esta ínsula, tomad luego esos cien reales,
y mañana en todo el día salid de esta ínsula
desterrado por diez años, so pena, si lo
quebrantareis, los cumpláis en la otra vida,
colgándoos yo de una picota, o, a lo menos, el 5
verdugo por mi mandado. Y ninguno me replique,
que le asentaré la mano.
Desembolsó el uno, recibió el otro, éste se
salió de la ínsula, y aquél se fue a su casa,
y el gobernador quedó diciendo: 10
Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas
de juego; que a mí se me trasluce que son
muy perjudiciales.
Esta, a lo menos, dijo un escribano, no la
podrá vuestra merced quitar, porque la tiene 15
un gran personaje, y más es, sin comparación,
lo que él pierde al año que lo que saca de los
naipes. Contra otros garitos de menor cuantía
podrá vuestra merced mostrar su poder, que
son los que más daño hacen y más insolencias 20
encubren; que en las casas de los caballeros
principales y de los señores no se atreven los
famosos fulleros a usar de sus tretas, y pues
el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio
común, mejor es que se juegue en casas 25
principales que no en la de algún oficial, donde
cogen a un desdichado de medianoche abajo
y le desuellan vivo.
Ahora, escribano, dijo Sancho, yo sé que
hay mucho que decir en eso. 30
Y, en esto, llegó un corchete que traía asido
a un mozo, y dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 130
Señor gobernador, este mancebo venía hacia
nosotros, y así como columbró la justicia,
volvió las espaldas y comenzó a correr como
un gamo, señal que debe de ser algún delincuente.
Yo partí tras él, y si no fuera porque 5
tropezó, y cayó, no le alcanzara jamás.
¿Por qué huías, hombre?, preguntó Sancho.
A lo que el mozo respondió:
Señor, por excusar de responder a las muchas
preguntas que las justicias hacen. 10
¿Que oficio tienes?
Tejedor.
¿Y qué tejes?
Hierros de lanzas, con licencia buena de
vuestra merced. 15
¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os
picáis? Está bien. Y ¿adónde ibais ahora?
Señor, a tomar el aire.
Y ¿adónde se toma el aire en esta ínsula?
Adonde sopla. 20
Bueno: respondéis muy a propósito, discreto
sois, mancebo; pero haced cuenta que yo
soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino
a la cárcel. Asilde, hola, y llevadle; que
yo haré que duerma allí sin aire esta noche. 25
¡Par Dios, dijo el mozo, así me haga
vuestra merced dormir en la cárcel como
hacerme rey!
Pues ¿por qué no te haré yo dormir en la
cárcel?, respondió Sancho. ¿No tengo yo 30
poder para prenderte y soltarte cada y cuando
que quisiere?
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 131
Por más poder que vuestra merced tenga,
dijo el mozo, no será bastante para hacerme
dormir en la cárcel.
¿Cómo que no?, replicó Sancho; llevadle
luego donde verá por sus ojos el desengaño, 5
aunque más el alcaide quiera usar con él de su
interesal liberalidad; que yo le pondré pena
de dos mil ducados si te deja salir un paso de
la cárcel.
Todo eso es cosa de risa, respondió el 10
mozo; el caso es que no me harán dormir en
la cárcel cuantos hoy viven.
Dime, demonio, dijo Sancho, ¿tienes
algún ángel que te saque y que te quite los
grillos que te pienso mandar echar? 15
Ahora, señor gobernador, respondió el
mozo con muy buen donaire, estemos a razón
y vengamos al punto. Presuponga vuestra
merced que me manda llevar a la cárcel y que
en ella me echan grillos y cadenas, y que me 20
meten en un calabozo, y se le ponen al alcaide
graves penas si me deja salir, y que él lo
cumple como se le manda; con todo esto, si yo no
quiero dormir, y estarme despierto toda la
noche sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced 25
bastante con todo su poder para hacerme
dormir, si yo no quiero?
No por cierto, dijo el secretario, y el
hombre ha salido con su intención.
De modo, dijo Sancho, que no dejaréis 30
de dormir por otra cosa que por vuestra
voluntad, y no por contravenir a la mía.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 132
No, señor, dijo el mozo, ni por pienso.
Pues, andad con Dios, dijo Sancho, idos
a dormir a vuestra casa, y Dios os dé buen
sueño; que yo no quiero quitárosle. Pero
aconséjoos que de aquí adelante no os burléis con 5
la justicia, porque toparéis con alguna que os
dé con la burla en los cascos.
Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió
con su ronda. Y de allí a poco vinieron dos
corchetes que traían a un hombre asido, y 10
dijeron:
Señor gobernador, este que parece hombre
no lo es, sino mujer, y no fea, que viene
vestida en hábito de hombre.
Llegáronle a los ojos dos o tres linternas, a 15
cuyas luces descubrieron un rostro de una
mujer, al parecer, de 16 o pocos más años;
recogidos los cabellos con una redecilla de oro y
seda verde, hermosa como mil perlas.
Miráronla de arriba abajo, y vieron que venía 20
con unas medias de seda encarnada, con ligas
de tafetán blanco, y rapacejos de oro y aljófar;
los gregüescos eran verdes, de tela de oro, y
una saltaembarca o ropilla de lo mismo,
suelta, debajo de la cual traía un jubón de 25
tela finísima de oro y blanco, y los zapatos
eran blancos y de hombre. No traía espada
ceñida, sino una riquísima daga, y en los dedos
muchos y muy buenos anillos. Finalmente, la
moza parecía bien a todos, y ninguno la conoció 30
de cuantos la vieron, y los naturales del
lugar dijeron que no podían pensar quién
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 133
fuese, y los consabidores de las burlas que se
habían de hacer a Sancho fueron los que más
se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo
no venía ordenado por ellos, y, así, estaban
dudosos, esperando en qué pararía el caso. 5
Sancho quedó pasmado de la hermosura de
la moza y preguntóle quién era, adónde iba, y
qué ocasión le había movido para vestirse en
aquel hábito. Ella, puestos los ojos en tierra,
con honestísima vergüenza, respondió: 10
No puedo, señor, decir tan en público lo
que tanto me importaba fuera secreto; una cosa
quiero que se entienda: que no soy ladrón ni
persona facinerosa, sino una doncella desdichada
a quien la fuerza de unos celos ha hecho 15
romper el decoro que a la honestidad se debe.
Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:
Haga, señor gobernador, apartar la gente,
porque esta señora con menos empacho pueda
decir lo que quisiere. 20
Mandólo así el gobernador, apartáronse
todos, si no fueron el mayordomo, maestresala
y el secretario. Viéndose, pues, solos, la
doncella prosiguió diciendo:
Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, 25
arrendador de las lanas de este lugar, el
cual suele muchas veces ir en casa de mi
padre.
Eso no lleva camino, dijo el mayordomo,
señora, porque yo conozco muy bien a Pedro 30
Pérez, y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón
ni hembra, y más, que decís que es vuestro
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 134
padre, y luego añadís que suele ir muchas
veces en casa de vuestro padre.
Ya yo había dado en ello, dijo Sancho.
Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo
que me digo, respondió la doncella; pero la 5
verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana,
que todos vuestras mercedes deben de
conocer.
Aun eso lleva camino, respondió el
mayordomo; que yo conozco a Diego de la Llana, 10
y sé que es un hidalgo principal y rico, y que
tiene un hijo y una hija, y que después que
enviudó no ha habido nadie en todo este lugar,
que pueda decir que ha visto el rostro de
su hija; que la tiene tan encerrada que no da 15
lugar al sol que la vea, y, con todo esto, la
fama dice que es en extremo hermosa.
Así es la verdad, respondió la doncella,
y esa hija soy yo; si la fama miente o no en
mi hermosura, ya os habréis, señores, 20
desengañado, pues me habéis visto.
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente.
Viendo lo cual el secretario, se llegó al oído
del maestresala, y le dijo muy paso:
Sin duda alguna que a esta pobre doncella 25
le debe de haber sucedido algo de importancia,
pues en tal traje y a tales horas, y siendo tan
principal, anda fuera de su casa.
No hay dudar en eso, respondió el
maestresala, y más, que esa sospecha la confirman 30
sus lágrimas.
Sancho la consoló con las mejores razones
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 135
que él supo, y le pidió que sin temor alguno
les dijese lo que le había sucedido; que todos
procurarían remediarlo con muchas veras, y
por todas las vías posibles.
Es el caso, señores, respondió ella, que 5
mi padre me ha tenido encerrada diez años ha,
que son los mismos que a mi madre come la
tierra. En casa dicen misa en un rico oratorio,
y yo en todo este tiempo no he visto que el
sol del cielo de día, y la luna y las estrellas de 10
noche; ni sé qué son calles, plazas ni templos,
ni aun hombres, fuera de mi padre y de un
hermano mío, y de Pedro Pérez el arrendador,
que por entrar de ordinario en mi casa, se me
antojó decir que era mi padre, por no declarar 15
el mío. Este encerramiento y este negarme el
salir de casa, siquiera a la iglesia, ha muchos
días y meses que me trae muy desconsolada;
quisiera yo ver el mundo, o, a lo menos, el
pueblo donde nací, pareciéndome que este deseo 20
no iba contra el buen decoro que las doncellas
principales deben guardar a sí mismas. Cuando
oía decir que corrían toros y jugaban cañas,
y se representaban comedias, preguntaba a mi
hermano, que es un año menor que yo, que me 25
dijese qué cosas eran aquéllas, y otras
muchas que yo no he visto; él me lo declaraba
por los mejores modos que sabía, pero todo
era encenderme más el deseo de verlo. Finalmente,
por abreviar el cuento de mi perdición, 30
digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que
nunca tal pidiera ni tal rogara...
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 136
Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo
le dijo:
Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de
decirnos lo que le ha sucedido; que nos tienen a
todos suspensos sus palabras y sus lágrimas. 5
Pocas me quedan por decir, respondió la
doncella, aunque muchas lágrimas sí que
llorar, porque los mal colocados deseos no
pueden traer consigo otros descuentos que los
semejantes. 10
Habíase sentado en el alma del maestresala
la belleza de la doncella, y llegó otra vez su
linterna para verla de nuevo, y parecióle que
no eran lágrimas las que lloraba, sino aljófar o
rocío de los prados, y aun las subía de punto, 15
y las llegaba a perlas orientales, y estaba
deseando que su desgracia no fuese tanta como
daban a entender los indicios de su llanto y de
sus suspiros. Desesperábase el gobernador de
la tardanza que tenía la moza en dilatar su 20
historia, y díjole que acabase de tenerlos más
suspensos; que era tarde y faltaba mucho que
andar del pueblo. Ella entre interrotos sollozos
y mal formados suspiros, dijo:
No es otra mi desgracia ni mi infortunio es 25
otro sino que yo rogué a mi hermano que me
vistiese en hábitos de hombre con uno de sus
vestidos, y que me sacase una noche a ver
todo el pueblo cuando nuestro padre durmiese.
El, importunado de mis ruegos, condescendió 30
con mi deseo, y, poniéndome este vestido,
y él, vistiéndose de otro mío, que le está como
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 137
nacido, porque él no tiene pelo de barba
y no parece sino una doncella hermosísima,
esta noche, debe de haber una hora, poco más
o menos, nos salimos de casa, y, guiados de
nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos 5
rodeado todo el pueblo, y cuando queríamos
volver a casa, vimos venir un gran tropel
de gente, y mi hermano me dijo: «Hermana,
Ȏsta debe de ser la ronda. Aligera los pies y
»pon alas en ellos, y vente tras mí corriendo, 10
»porque no nos conozcan; que nos será mal
»contado.» Y, diciendo esto, volvió las espaldas
y comenzó, no digo a correr, sino a volar;
yo, a menos de seis pasos, caí con el sobresalto,
y entonces llegó el ministro de la justicia 15
que me trajo ante vuestras mercedes, adonde
por mala y antojadiza me veo avergonzada
ante tanta gente.
En efecto, señora, dijo Sancho, ¿no os ha
sucedido otro desmán alguno, ni celos, como 20
vos al principio de vuestro cuento dijisteis, no
os sacaron de vuestra casa?
No me ha sucedido nada, ni me sacaron
celos, sino sólo el deseo de ver mundo, que no
se extendía a más que a ver las calles de este 25
lugar.
Y acabó de confirmar ser verdad lo que la
doncella decía llegar los corchetes con su
hermano preso, a quien alcanzó uno de ellos,
cuando se huyó de su hermana; no traía sino un 30
faldellín rico y una mantillina de damasco azul
con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 138
ni con otra cosa adornada que sus mismos
cabellos, que eran sortijas de oro, según eran
rubios y enrizados. Apartáronse con [él] el
gobernador, mayordomo y maestresala, y sin que
lo oyese su hermana, le preguntaron cómo 5
venía en aquel traje, y él, con no menos
vergüenza y empacho contó lo mismo que su
hermana había contado, de que recibió gran gusto
el enamorado maestresala; pero el gobernador
les dijo: 10
Por cierto, señores, que ésta ha sido una
gran rapacería, y para contar esta necedad y
atrevimiento no eran menester tantas largas ni
tantas lágrimas y suspiros; que con decir:
«Somos fulano y fulana, que nos salimos a 15
»espaciar de casa de nuestros padres con esta
»invención, sólo por curiosidad, sin otro designio
»alguno», se acabara el cuento, y no gemidicos,
y lloramicos, y darle.
Así es la verdad, respondió la doncella; 20
pero sepan vuestras mercedes que la turbación
que he tenido ha sido tanta, que no me ha
dejado guardar el término que debía.
No se ha perdido nada, respondió Sancho:
vamos, y dejaremos a vuestras mercedes 25
en casa de su padre; quizá no los habrá echado
menos. Y de aquí adelante no se muestren
tan niños, ni tan deseosos de ver mundo; que
la doncella honrada, la pierna quebrada, y en
casa. Y la mujer y la gallina, por andar se 30
pierden aína; y la que es deseosa de ver, también
tiene deseo de ser vista. No digo más.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO XLIX p. 139
El mancebo agradeció al gobernador la merced
que quería hacerles de volverlos a su casa,
y, así, se encaminaron hacia ella, que no estaba
muy lejos de allí. Llegaron, pues, y, tirando
el hermano una china a una reja, al momento 5
bajó una criada que los estaba esperando
y les abrió la puerta, y ellos se entraron,
dejando a todos admirados, así de su gentileza
y hermosura, como del deseo que tenían
de ver mundo de noche, y sin salir del lugar; 10
pero todo lo atribuyeron a su poca edad.
Quedó el maestresala traspasado su corazón,
y propuso de luego otro día pedírsela por
mujer a su padre, teniendo por cierto que no se
la negaría, por ser el criado del duque, y aun 15
a Sancho le vinieron deseos y barruntos de
casar al mozo con Sanchica su hija, y determinó
de ponerlo en plática a su tiempo, dándose a
entender que a una hija de un gobernador
ningún marido se le podía negar. Con esto se 20
acabó la ronda de aquella noche, y de allí a dos
días el gobierno, con que se destroncaron y
borraron todos sus designios, como se verá
adelante.
p. 140
Capítulo L
Donde se declara quién fueron los encantadores
y verdugos que azotaron a la dueña y
pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el
suceso que tuvo el paje que llevó la carta 5
a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza.
Dice Cide Hamete, puntualísimo escudriñador
de los átomos de esta verdadera historia,
que el tiempo que doña Rodríguez salió de su
aposento para ir a la estancia de don Quijote, 10
otra dueña que con ella dormía lo sintió, y que
como todas las dueñas son amigas de saber,
entender y oler, se fue tras ella con tanto
silencio, que la buena Rodríguez no lo echó de ver,
y, así como la dueña la vio entrar en la estancia 15
de don Quijote, porque no faltase en ella
la general costumbre que todas las dueñas
tienen de ser chismosas, al momento lo fue a
poner en pico a su señora la duquesa, de
cómo doña Rodríguez quedaba en el aposento 20
de don Quijote; la duquesa se lo dijo al duque
y le pidió licencia para que ella y Altisidora
viniesen a ver lo que aquella dueña quería
con don Quijote. El duque se la dio, y las dos,
con gran tiento y sosiego, paso ante paso, 25
llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento,
y tan cerca, que oían todo lo que dentro
hablaban, y cuando oyó la duquesa que Rodríguez
había echado en la calle el Aranjuez de
sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 141
Altisidora, y, así, llenas de cólera, y deseosas de
venganza, entraron de golpe en el aposento, y
acribillaron a don Quijote, y vapularon a la
dueña del modo que queda contado; porque
las afrentas que van derechas contra la hermosura 5
y presunción de las mujeres, despierta en
ellas en gran manera la ira, y enciende el
deseo de vengarse. Contó la duquesa al duque
lo que le había pasado, de lo que se holgó
mucho; y la duquesa, prosiguiendo con su 10
intención de burlarse y recibir pasatiempo con
don Quijote, despachó al paje que había hecho
la figura de Dulcinea en el concierto de su
desencanto --que tenía bien olvidado Sancho
Panza con la ocupación de su gobierno--, a 15
Teresa Panza su mujer, con la carta de su
marido, y con otra suya, y con una gran sarta de
corales ricos presentados.
Dice, pues, la historia, que el paje era muy
discreto y agudo, y, con deseo de servir a sus 20
señores, partió de muy buena gana al lugar de
Sancho, y, antes de entrar en él, vio en un
arroyo estar lavando cantidad de mujeres, a quien
preguntó si le sabrían decir si en aquel lugar
vivía una mujer llamada Teresa Panza, mujer 25
de un cierto Sancho Panza, escudero de un
caballero llamado don Quijote de la Mancha, a
cuya pregunta se levantó en pie una mozuela
que estaba lavando, y dijo:
Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal 30
Sancho mi señor padre, y el tal caballero
nuestro amo.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 142
Pues venid, doncella, dijo el paje, y
mostradme a vuestra madre, porque le traigo
una carta y un presente del tal vuestro padre.
Eso haré yo de muy buena gana, señor
mío, respondió la moza, que mostraba ser de 5
edad de catorce años, poco más a menos; y,
dejando la ropa que lavaba a otra compañera,
sin tocarse ni calzarse, que estaba en piernas y
desgreñada, saltó delante de la cabalgadura
del paje, y dijo: 10
Venga vuestra merced; que a la entrada del
pueblo está nuestra casa, y mi madre en ella,
con harta pena por no haber sabido muchos días
ha de mi señor padre.
Pues yo se las llevo tan buenas, dijo el 15
paje, que tiene que dar bien gracias a Dios
por ellas.
Finalmente, saltando, corriendo y brincando
llegó al pueblo la muchacha, y, antes de entrar
en su casa, dijo a voces desde la puerta: 20
Salga, madre Teresa, salga, salga; que viene
aquí un señor que trae cartas y otras cosas de
mi buen padre.
A cuyas voces salió Teresa Panza su madre,
hilando un copo de estopa, con una saya parda. 25
Parecía, según era de corta, que se la habían
cortado por vergonzoso lugar; con un corpezuelo
asimismo pardo, y una camisa de pechos.
No era muy vieja, aunque mostraba pasar
de los cuarenta; pero fuerte, tiesa, nervuda 30
y avellanada, la cual, viendo a su hija, y al
paje a caballo, le dijo:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 143
¿Qué es esto, niña, qué señor es éste?
Es un servidor de mi señora doña Teresa
Panza, respondió el paje; y, diciendo y
haciendo, se arrojó del caballo, y se fue con
mucha humildad a poner de hinojos ante la 5
señora Teresa, diciendo:
Déme vuestra merced sus manos, mi señora
doña Teresa, bien así como mujer legítima y
particular del señor don Sancho Panza,
gobernador propio de la ínsula Barataria. 10
Ay, señor mío, quítese de ahí, no haga eso,
respondió Teresa; que yo no soy nada
palaciega, sino una pobre labradora, hija de un
estripaterrones y mujer de un escudero andante,
y no de gobernador alguno. 15
Vuestra merced, respondió el paje, es
mujer dignísima de un gobernador archidignísimo,
y para prueba de esta verdad reciba
vuestra merced esta carta y este presente.
Y sacó al instante de la faldriquera una sarta 20
de corales con extremos de oro, y se la echó
al cuello, y dijo:
Esta carta es del señor gobernador, y otra
que traigo y estos corales son de mi señora la
duquesa que a vuestra merced me envía. 25
Quedó pasmada Teresa, y su hija ni más
ni menos, y la muchacha dijo:
Que me maten si no anda por aquí nuestro
señor amo don Quijote, que debe de haber
dado a padre el gobierno o condado que 30
tantas veces le había prometido.
Así es la verdad, respondió el paje; que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 144
por respeto del señor don Quijote es ahora el
señor Sancho gobernador de la ínsula Barataria,
como se verá por esta carta.
Léamela vuestra merced, señor gentilhombre,
dijo Teresa, porque aunque yo sé hilar, 5
no sé leer migaja.
Ni yo tampoco, añadió Sanchica; pero
espérenme aquí; que yo iré a llamar quien la
lea, ora sea el cura mismo, o el bachiller
Sansón Carrasco, que vendrán de muy buena gana 10
por saber nuevas de mi padre.
No hay para qué se llame a nadie; que yo no
sé hilar, pero sé leer y la leeré.
Y, así, se la leyó toda, que por quedar ya
referida no se pone aquí, y luego sacó otra de 15
la duquesa, que decía de esta manera:
Amiga Teresa: las buenas partes de la
bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho
me movieron y obligaron a pedir a mi marido
el duque le diese un gobierno de una ínsula, 20
de muchas que tiene. Tengo noticia que
gobierna como un gerifalte, de lo que yo estoy
muy contenta y el duque mi señor por el
consiguiente, por lo que doy muchas gracias al
cielo de no haberme engañado en haberle escogido 25
para el tal gobierno; porque quiero que sepa
la señora Teresa que con dificultad se halla un
buen gobernador en el mundo, y tal me haga
a mí Dios como Sancho gobierna. Ahí le envío,
querida mía, una sarta de corales con extremos 30
de oro; yo me holgara que fuera de perlas
orientales; pero quien te da el hueso, no
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 145
te querría ver muerta. Tiempo vendrá en que nos
conozcamos y nos comuniquemos, y Dios sabe
lo que será. Encomiéndeme a Sanchica, su hija,
y dígale de mi parte que se apareje; que la
tengo de casar altamente cuando menos lo 5
piense. Dícenme que en ese lugar hay bellotas
gordas. Envíeme hasta dos docenas, que las
estimaré en mucho por ser de su mano, y
escríbame largo, avisándome de su salud y de su
bienestar, y si hubiere menester alguna cosa, 10
no tiene que hacer más que boquear; que su
boca será medida. Y Dios me la guarde. De este
lugar. Su amiga que bien la quiere,
La Duquesa.
¡Ay!, dijo Teresa, en oyendo la carta, y 15
¡qué buena y qué llana y qué humilde señora!
Con estas tales señoras me entierren a
mí, y no las hidalgas que en este pueblo se
usan, que piensan que por ser hidalgas no las
ha de tocar el viento, y van a la iglesia con 20
tanta fantasía, como si fuesen las mismas
reinas, que no parece sino que tienen a deshonra
el mirar a una labradora. Y veis aquí donde
esta buena señora, con ser duquesa, me llama
amiga, y me trata como si fuera su igual; que 25
igual la vea yo con el más alto campanario
que hay en la Mancha. Y en lo que toca a las
bellotas, señor mío, yo le enviaré a su señoría
un celemín, que por gordas las pueden venir a
ver a la mira y a la maravilla. Y por ahora, 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 146
Sanchica, atiende a que se regale este señor. Pon
en orden este caballo, y saca de la caballeriza
huevos, y corta tocino adunia, y démosle de
comer como a un príncipe; que las buenas
nuevas que nos ha traído y la buena cara que él 5
tiene lo merece todo, y, en tanto, saldré yo a
dar a mis vecinas las nuevas de nuestro
contento, y al padre cura, y a maese Nicolás el
barbero, que tan amigos son y han sido de tu padre.
Sí haré, madre, respondió Sanchica; pero 10
mire que me ha de dar la mitad de esa sarta;
que no tengo yo por tan boba a mi señora la
duquesa, que se la había de enviar a ella toda.
Todo es para ti, hija, respondió Teresa;
pero déjamela traer algunos días al cuello, 15
que verdaderamente parece que me alegra el
corazón.
También se alegrarán, dijo el paje, cuando
vean el lío que viene en este portamanteo,
que es un vestido de paño finísimo que el 20
gobernador sólo un día llevó a caza, el cual todo
le envía para la señora Sanchica.
Que me viva él mil años, respondió
Sanchica, y el que lo trae, ni más ni menos, y
aun dos mil, si fuere necesidad. 25
Salióse en esto Teresa fuera de casa, con
las cartas, y con la sarta al cuello, e iba
tañendo en las cartas como si fuera en un pandero,
y, encontrándose acaso con el cura y Sansón
Carrasco, comenzó a bailar, y a decir: 30
¡A fe que ahora que no hay pariente pobre!
¡Gobiernito tenemos! ¡No sino tómese conmigo
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 147
la más pintada hidalga; que yo la pondré
como nueva!
¿Qué es esto, Teresa Panza, qué locuras son
éstas y qué papeles son ésos?
No es otra la locura, sino que éstas son 5
cartas de duquesas y de gobernadores, y estos
que traigo al cuello son corales finos, las
avemarías y los padres nuestros son de oro de
martillo, y yo soy gobernadora.
De Dios en ayuso no os entendemos, Teresa, 10
ni sabemos lo que os decís.
Ahí lo podrán ver ellos, respondió Teresa.
Y dioles las cartas. Leyólas el cura de modo
que las oyó Sansón Carrasco, y Sansón y el
cura se miraron el uno al otro como admirados 15
de lo que habían leído. Y preguntó el bachiller
quién había traído aquellas cartas; respondió
Teresa que se viniesen con ella a su casa y
verían el mensajero, que era un mancebo
como un pino de oro, y que le traía otro 20
presente que valía más de tanto. Quitóle el
cura los corales del cuello y mirólos, y remirólos,
y, certificándose que eran finos, tornó a
admirarse de nuevo, y dijo:
Por el hábito que tengo, que no sé qué me 25
diga ni qué me piense de estas cartas y de
estos presentes; por una parte veo y toco la
fineza de estos corales, y por otra leo que una
duquesa envía a pedir dos docenas de
bellotas. 30
Aderézame esas medidas, dijo entonces
Carrasco. Ahora bien, vamos a ver al portador
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 148
de este pliego; que de él nos informaremos de
las dificultades que se nos ofrecen.
Hiciéronlo así, y volvióse Teresa con ellos.
Hallaron al paje cribando un poco de cebada
para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un 5
torrezno para empedrarle con huevos y dar
de comer al paje, cuya presencia y buen adorno
contentó mucho a los dos, y después de haberle
saludado cortésmente, y él a ellos, le preguntó
Sansón les dijese nuevas así de don Quijote, 10
como de Sancho Panza; que puesto que habían
leído las cartas de Sancho y de la señora
duquesa, todavía estaban confusos y no acababan
de atinar qué sería aquello del gobierno
de Sancho, y más de una ínsula, siendo todas 15
o las más que hay en el mar Mediterráneo de su
majestad.
A lo que el paje respondió:
De que el señor Sancho Panza sea gobernador
no hay que dudar en ello; de que sea 20
ínsula, o no, la que gobierna, en eso no me
entremeto. Pero basta que sea un lugar de más
de mil vecinos, y en cuanto a lo de las
bellotas, digo que mi señora la duquesa es tan
llana y tan humilde --que no decía él enviar 25
a pedir bellotas a una labradora; pero que le
acontecía enviar a pedir un peine prestado a
una vecina suya--. Porque quiero que sepan
vuestras mercedes que las señoras de Aragón,
aunque son tan principales, no son tan puntuosas 30
y levantadas como las señoras castellanas;
con más llaneza tratan con las gentes.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 149
Estando en la mitad de estas pláticas saltó
Sanchica con un halda de huevos, y preguntó
al paje:
Dígame, señor, ¿mi señor padre trae por
ventura calzas atacadas después que es 5
gobernador?
No he mirado en ello, respondió el paje,
pero sí debe de traer.
¡Ay Dios mío, replicó Sanchica, y que
será de ver a mi padre con pedorreras! ¿No es 10
bueno sino que desde que nací tengo deseo
de ver a mi padre con calzas atacadas?
Como con esas cosas le verá vuestra
merced si vive, respondió el paje. Par Dios,
términos lleva de caminar con papahígo, 15
con solos dos meses que le dure el
gobierno.
Bien echaron de ver el cura y el bachiller
que el paje hablaba socarronamente. Pero la
fineza de los corales y el vestido de caza que 20
Sancho enviaba lo deshacía todo; que ya Teresa
les había mostrado el vestido, y no dejaron
de reírse del deseo de Sanchica, y más, cuando
Teresa dijo:
Señor cura, eche cata por ahí si hay alguien 25
que vaya a Madrid o a Toledo, para que me
compre un verdugado redondo, hecho y derecho,
y sea al uso y de los mejores que hubiere;
que en verdad en verdad que tengo de honrar
el gobierno de mi marido en cuanto yo pudiere, 30
y aunque si me enojo, me tengo de ir a
esa corte, y echar un coche como todas; que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 150
la que tiene marido gobernador muy bien le
puede traer y sustentar.
Y ¡cómo, madre!, dijo Sanchica. Pluguiese
a Dios que fuese antes hoy que mañana,
aunque dijesen los que me viesen ir sentada con 5
mi señora madre en aquel coche: «¡Mirad la tal
»por cual, hija del harto de ajos, y cómo va
»sentada y tendida en el coche, como si fuera una
»papesa!» Pero pisen ellos los lodos y ándeme
yo en mi coche, levantado[s] los pies del 10
suelo. ¡Mal año y mal mes para cuantos
murmuradores hay en el mundo; y ándeme yo
caliente, y ríase la gente! ¿Digo bien, madre mía?
Y ¡cómo que dices bien, hija!, respondió
Teresa; y todas estas venturas, y aun mayores, 15
me las tiene profetizadas mi buen Sancho,
y verás tú, hija, cómo no para hasta hacerme
condesa; que todo es comenzar a ser venturosas,
y como yo he oído decir muchas veces
a tu buen padre, que así como lo es tuyo, lo 20
es de los refranes, cuando te dieren la vaquilla,
corre con soguilla; cuando te dieren un
gobierno, cógele; cuando te dieren un condado,
agárrale, y cuando te hicieren tus, tus, con
alguna buena dádiva, envásala. ¡No sino 25
dormíos, y no respondáis a las venturas y
buenas dichas que están llamando a la puerta de
vuestra casa!
Y ¿qué se me da a mí, añadió Sanchica,
que diga el que quisiere cuando me vea 30
entonada y fantasiosa: «Viose el perro en bragas
»de cerro...», y lo demás?
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 151
Oyendo lo cual el cura, dijo:
Yo no puedo creer sino que todos los de este
linaje de los Panzas nacieron cada uno con
un costal de refranes en el cuerpo; ninguno
de ellos he visto, que no los derrame a todas 5
horas y en todas las pláticas que tienen.
Así es la verdad, dijo el paje; que el
señor gobernador Sancho a cada paso los dice.
Y aunque muchos no vienen a propósito,
todavía dan gusto, y mi señora la duquesa y el 10
duque los celebran mucho.
¿Que todavía se afirma vuestra merced,
señor mío, dijo el bachiller, ser verdad esto
del gobierno de Sancho, y de que hay duquesa
en el mundo que le envíe presentes y le 15
escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los
presentes y hemos leído las cartas no lo
creemos, y pensamos que ésta es una de las cosas
de don Quijote nuestro compatrioto, que todas
piensa que son hechas por encantamiento; y, 20
así, estoy por decir que quiero tocar y palpar
a vuestra merced, por ver si es embajador
fantástico, u hombre de carne y hueso.
Señores, yo no sé más de mí, respondió
el paje, sino que soy embajador verdadero, 25
y que el señor Sancho Panza es gobernador
efectivo; y que mis señores duque y duquesa
pueden dar, y han dado, el tal gobierno; y que
he oído decir que en él se porta valentísimamente
el tal Sancho Panza. Si en esto hay 30
encantamiento o no, vuestras mercedes lo disputen
allá entre ellos; que yo no sé otra cosa para
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 152
el juramento que hago, que es por vida de mis
padres; que los tengo vivos y los amo y los
quiero mucho.
Bien podrá ello ser así, replicó el
bachiller; pero, dubitat Augustinus. 5
Dude quien dudare, respondió el paje; la
verdad es la que he dicho, y esta que ha de
andar siempre sobre la mentira como el aceite
sobre el agua. Y si no, operibus credite, & non
verbis: véngase alguno de vuestras mercedes 10
conmigo, y verán con los ojos lo que no creen
por los oídos.
Esa ida a mí toca, dijo Sanchica; lléveme
vuestra merced, señor, a las ancas de su
rocín; que yo iré de muy buena gana a ver a 15
mi señor padre.
Las hijas de los gobernadores no han de ir
solas por los caminos, sino acompañadas de
carrozas y literas, y de gran número de
sirvientes. 20
Par Dios, respondió Sancha, tan bien
me vaya yo sobre una pollina como sobre un
coche. ¡Hallado la habéis la melindrosa!
Calla, muchacha, dijo Teresa, que no
sabes lo que te dices, y este señor está en lo 25
cierto; que tal el tiempo, tal el tiento: cuando
Sancho, Sancha, y cuando gobernador, señora,
y no sé si diga algo.
Más dice la señora Teresa de lo que
piensa, dijo el paje; y denme de comer y 30
despáchenme luego, porque pienso volverme esta
tarde.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO L p. 153
A lo que dijo el cura:
Vuestra merced se vendrá a hacer penitencia
conmigo; que la señora Teresa más tiene
voluntad que alhajas para servir a tan buen
huésped. 5
Reusólo el paje; pero, en efecto, lo hubo de
conceder por su mejora. Y el cura le llevó
consigo de buena gana por tener lugar de
preguntarle de espacio por don Quijote y sus hazañas.
El bachiller se ofreció de escribir las cartas 10
a Teresa, de la respuesta. Pero ella no quiso
que el bachiller se metiese en sus cosas; que
le tenía por algo burlón. Y, así, dio un bollo y
dos huevos a un monacillo, que sabía escribir,
el cual le escribió dos cartas, una para su 15
marido, y otra para la duquesa, notadas de su
mismo caletre, que no son las peores que en
esta grande historia se ponen, como se verá
adelante.
p. 154
Capítulo LI
Del progreso del gobierno de Sancho Panza,
con otros sucesos tales como buenos.
Amaneció el día que se siguió a la noche
de la ronda del gobernador, la cual el maestresala 5
pasó sin dormir, ocupado el pensamiento
en el rostro, brío y belleza de la disfrazada
doncella; y el mayordomo ocupó lo que de ella
faltaba en escribir a sus señores lo que
Sancho Panza hacía y decía, tan admirado de sus 10
hechos como de sus dichos: porque andaban
mezcladas sus palabras y sus acciones con
asomos discretos, y tontos. Levantóse, en fin,
el señor gobernador, y por orden del doctor
Pedro Recio le hicieron desayunar con un poco 15
de conserva y cuatro tragos de agua fría, cosa
que la trocara Sancho con un pedazo de pan y
un racimo de uvas. Pero viendo que aquello
era más fuerza que voluntad, pasó por ello
con harto dolor de su alma y fatiga de su 20
estómago, haciéndole creer Pedro Recio que los
manjares pocos y delicados avivaban el
ingenio, que era lo que más convenía a las
personas constituidas en mandos y en oficios
graves, donde se han de aprovechar no tanto de 25
las fuerzas corporales, como de las del
entendimiento. Con esta sofistería padecía hambre
Sancho, y tal, que en su secreto maldecía el
gobierno, y aun a quien se le había dado; pero
con su hambre y con su conserva se puso a 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LI p. 155
juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció
fue una pregunta que un forastero le hizo,
estando presentes a todo el mayordomo y los
demás acólitos, que fue:
Señor: un caudaloso río dividía dos 5
términos de un mismo señorío --y esté vuestra
merced atento, porque el caso es de importancia y
algo dificultoso--. Digo, pues, que sobre este
río estaba una puente, y al cabo de ella una
horca y una como casa de audiencia, en la 10
cual de ordinario había cuatro jueces que
juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la
puente y del señorío, que era en esta forma:
«Si alguno pasare por esta puente de una
»parte a otra, ha de jurar primero adónde y a 15
»qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar, y
»si dijere mentira, muera por ello ahorcado en
»la horca que allí se muestra, sin remisión
»alguna.» Sabida esta ley y la rigurosa
condición de ella, pasaban muchos, y luego en lo 20
que juraban se echaba de ver que decían verdad,
y los jueces lo[s] dejaban pasar libremente.
Sucedió, pues, que tomando juramento
a un hombre, juró y dijo que para el juramento
que hacía, que iba a morir en aquella 25
horca que allí estaba, y no a otra cosa.
Repararon los jueces en el juramento y dijeron:
«Si a este hombre le dejamos pasar libremente,
»mintió en su juramento, y conforme a
»la ley debe morir; y si le ahorcamos, el juró 30
»que iba a morir en aquella horca, y, habiendo
»jurado verdad, por la misma ley debe ser
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 156
»libre.» Pídese a vuestra merced, señor
gobernador, qué harán los jueces de tal hombre;
que aun hasta ahora están dudosos y suspensos,
y, habiendo tenido noticia del agudo y
elevado entendimiento de vuestra merced, me 5
enviaron a mí, a que suplicase a vuestra merced
de su parte diese su parecer en tan intricado
y dudoso caso.
A lo que respondió Sancho:
Por cierto que esos señores jueces que a 10
mí os envían lo pudieran haber excusado,
porque yo soy un hombre que tengo más de
mostrenco que de agudo; pero, con todo eso,
repetidme otra vez el negocio de modo que yo
le entienda. Quizá podría ser que diese en 15
el hito.
Volvió otra y otra vez el preguntante a referir
lo que primero había dicho, y Sancho dijo:
A mi parecer, este negocio en dos paletas
le declararé yo, y es así: el tal hombre jura 20
que va a morir en la horca, y si muere en ella
juró verdad, y por la ley puesta merece ser
libre, y que pase la puente; y si no le ahorcan,
juró mentira, y por la misma ley merece que
le ahorquen. 25
Así es como el señor gobernador dice,
dijo el mensajero; y cuanto a la entereza y
entendimiento del caso, no hay más que pedir
ni que dudar.
Digo yo, pues, ahora, replicó Sancho, 30
que de este hombre aquella parte que juró
verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LI p. 157
ahorquen, y de esta manera se cumplirá al pie
de la letra la condición del pasaje.
Pues, señor gobernador, replicó el
preguntador, será necesario que el tal hombre
se divida en [dos] partes, en mentirosa y verdadera, 5
y si se divide, por fuerza ha de morir; y,
así, no se consigue cosa alguna de lo que la
ley pide, y es de necesidad expresa que se
cumpla con ella.
Venid acá, señor buen hombre, respondió 10
Sancho; este pasajero que decís, o yo soy
un porro, o él tiene la misma razón para morir
que para vivir y pasar la puente; porque si la
verdad le salva, la mentira le condena
igualmente. Y siendo esto así, como lo es, soy de 15
parecer que digáis a esos señores que a mí
os enviaron que, pues están en un fiel las
razones de condenarle o absolverle, que le dejen
pasar libremente, pues siempre es alabado
más el hacer bien que mal; y esto lo diera 20
firmado de mi nombre si supiera firmar, y yo en
este caso no he hablado de mío, sino que se
me vino a la memoria un precepto, entre otros
muchos, que me dio mi amo don Quijote la
noche antes que viniese a ser gobernador de 25
esta ínsula, que fue que cuando la justicia
estuviese en duda, me decantase y acogiese
a la misericordia. Y ha querido Dios que
ahora se me acordase, por venir en este caso
como de molde. 30
Así es, respondió el mayordomo, y
tengo para mí que el mismo Licurgo, que dio
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 158
leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor
sentencia que la que el gran Panza ha dado; y
acábese con esto la audiencia de esta mañana,
y yo daré orden como el señor gobernador
coma muy a su gusto. 5
Eso pido, y barras derechas, dijo Sancho;
denme de comer y lluevan casos y dudas
sobre mí; que yo las despabilaré en el aire.
Cumplió su palabra el mayordomo,
pareciéndole ser cargo de conciencia matar de 10
hambre a tan discreto gobernador; y más, que
pensaba concluir con él aquella misma noche,
haciéndole la burla última, que traía en
comisión de hacerle.
Sucedió, pues, que habiendo comido aquel día 15
contra las reglas y aforismos del doctor
Tirteafuera, al levantar de los manteles entró un
correo con una carta de don Quijote para el
gobernador; mandó Sancho al secretario que la
leyese para sí, y que si no viniese en ella 20
alguna cosa digna de secreto, la leyese en voz
alta. Hízolo así el secretario, y, repasándola
primero, dijo:
Bien se puede leer en voz alta; que lo que
el señor don Quijote escribe a vuestra merced 25
merece estar estampado y escrito con letras
de oro, y dice así:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LI p. 159
CARTA DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA A
SANCHO PANZA, GOBERNADOR DE LA INSULA
BARATARIA.
«Cuando esperaba oír nuevas de tus
»descuidos e impertinencias, Sancho amigo, las 5
»oí de tus discreciones, de que di por ello
»gracias particulares al cielo, el cual del
»estiércol sabe levantar los pobres y de los
»tontos hacer discretos. Dícenme que gobiernas
»como si fueses hombre, y que eres hombre 10
»como si fueses bestia, según es la humildad
»con que te tratas. Y quiero que adviertas,
»Sancho, que muchas veces conviene, y es necesario,
»por la autoridad del oficio, ir contra la
»humildad del corazón, porque el buen adorno 15
»de la persona que está puesta en graves
»cargos ha de ser conforme a lo que ellos piden,
»y no a la medida de lo que su humilde
»condición le inclina. Vístete bien, que un palo
»compuesto no parece palo. No digo que 20
»traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te
»vistas como soldado, sino que te adornes con el
»hábito que tu oficio requiere, con tal que sea
»limpio y bien compuesto.
»Para ganar la voluntad del pueblo que 25
»gobiernas, entre otras, has de hacer dos cosas:
»la una, ser bien criado con todos, aunque esto
»ya otra vez te lo he dicho. Y la otra, procurar
»la abundancia de los mantenimientos; que no
»hay cosa que más fatigue el corazón de los 30
»pobres que la hambre y la carestía.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 160
»No hagas muchas pragmáticas, y si las
»hicieres, procura que sean buenas y, sobre todo,
»que se guarden y cumplan; que las pragmáticas
»que no se guardan lo mismo es que si no
»lo fuesen. Antes dan a entender que el 5
»príncipe que tuvo discreción y autoridad para
»hacerlas, no tuvo valor para hacer que se
»guardasen, y las leyes que atemorizan y no
»se ejecutan vienen a ser como la viga, rey
»de las ranas, que al principio las espantó, y 10
»con el tiempo la menospreciaron y se subieron
»sobre ella.
»Sé padre de las virtudes y padrastro de los
»vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre
»blando, y escoge el medio entre estos dos 15
»extremos; que en esto está el punto de la
»discreción. Visita las cárceles, las carnicerías y
»las plazas; que la presencia del gobernador
»en lugares tales es de mucha importancia:
»consuela a los presos que esperan la brevedad 20
»de su despacho, es coco a los carniceros
»que por entonces igualan los pesos, y es
»espantajo a las placeras por la misma razón.
»No te muestres, aunque por ventura lo seas
»--lo cual yo no creo--, codicioso, mujeriego 25
»ni glotón; porque en sabiendo el pueblo y los
»que te tratan tu inclinación determinada, por
»allí te darán batería, hasta derribarte en el
»profundo de la perdición.
»Mira y remira, pasa y repasa los consejos 30
»y documentos que te di por escrito antes que
»de aquí partieses a tu gobierno, y verás como
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LI p. 161
»hallas en ellos, si los guardas, una ayuda de
»costa que te sobrelleve los trabajos y dificultades
»que a cada paso a los gobernadores se les
»ofrecen. Escribe a tus señores y muéstrateles
»agradecido; que la ingratitud es hija de la 5
»soberbia, y uno de los mayores pecados que
»se sabe, y la persona que es agradecida a los
»que bien le han hecho da indicio que también
»lo será a Dios, que tantos bienes le hizo y de
»continuo le hace. 10
»La señora duquesa despachó un propio con
»tu vestido y otro presente a tu mujer Teresa
»Panza; por momentos esperamos respuesta.
»Yo he estado un poco mal dispuesto de un
»cierto gateamiento que me sucedió no muy a 15
»cuento de mis narices, pero no fue nada; que
»si hay encantadores que me maltraten, también
»los hay que me defiendan. Avísame si el
»mayordomo que está contigo tuvo que ver en las
»acciones de la Trifaldi, como tú sospechaste; 20
»y de todo lo que te sucediere me irás dando
»aviso, pues es tan corto el camino, cuanto más
»que yo pienso dejar presto esta vida ociosa
»en que estoy, pues no nací para ella. Un
»negocio se me ha ofrecido, que creo que me 25
»ha de poner en desgracia de estos señores. Pero
»aunque se me da mucho, no se me da nada,
»pues en fin, en fin, tengo de cumplir antes con
»mi profesión que con su gusto, conforme a lo
»que suele decirse: Amicus Plato, sed magis 30
»amica veritas: Dígote este latín porque me
»doy a entender que después que eres gobernador
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 162
»lo habrás aprendido. Y a Dios, el cual te
»guarde de que ninguno te tenga lástima.
Tu amigo, don Quijote de la Mancha.»
Oyó Sancho la carta con mucha atención,
y fue celebrada y tenida por discreta de los 5
que la oyeron, y luego Sancho se levantó de
la mesa, y, llamando al secretario, se encerró
con él en su estancia, y sin dilatarlo más quiso
responder luego a su señor don Quijote, y
dijo al secretario que sin añadir ni quitar cosa 10
alguna fuese escribiendo lo que él le dijese;
y así lo hizo, y la carta de la respuesta fue
del tenor siguiente:
CARTA DE SANCHO PANZA A DON QUIJOTE
DE LA MANCHA. 15
La ocupación de mis negocios es tan
grande, que no tengo lugar para rascarme la
cabeza, ni aun para cortarme las uñas, y, así,
las traigo tan crecidas cual Dios lo remedie.
Digo esto, señor mío de mi alma, porque 20
vuestra merced no se espante, si hasta ahora
no he dado aviso de mi bien o mal estar en
este gobierno, en el cual tengo más hambre
que cuando andábamos los dos por las selvas
y por los despoblados. 25
Escribióme el duque mi señor el otro día,
dándome aviso que habían entrado en esta
ínsula ciertas espías para matarme, y hasta
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LI p. 163
ahora yo no he descubierto otra que un cierto
doctor que está en este lugar asalariado para
matar a cuantos gobernadores aquí vinieren.
Llámase el doctor Pedro Recio, y es natural de
Tirteafuera; porque vea vuestra merced qué 5
nombre para no temer que he de morir a sus
manos. Este tal doctor dice él mismo de sí
mismo que él no cura las enfermedades cuando
las hay, sino que las previene para que no
vengan, y las medicinas que usa son dieta y 10
más dieta, hasta poner la persona en los
huesos mondos, como si no fuese mayor
mal la flaqueza que la calentura. Finalmente,
él me va matando de hambre, y yo me voy
muriendo de despecho, pues cuando pensé 15
venir a este gobierno a comer caliente y a
beber frío, y a recrear el cuerpo entre sábanas
de holanda, sobre colchones de pluma, he venido
a hacer penitencia como si fuera ermitaño,
y como no la hago de mi voluntad, pienso 20
que al cabo al cabo me ha de llevar el diablo.
Hasta ahora no he tocado derecho ni llevado
cohecho, y no puedo pensar en qué va esto;
porque aquí me han dicho que los gobernadores
que a esta ínsula suelen venir, antes de 25
entrar en ella, o les han dado o les han prestado
los del pueblo muchos dineros, y que ésta
es ordinaria usanza en los demás que van a
gobiernos, no solamente en éste.
Anoche, andando de ronda, topé una muy 30
hermosa doncella en traje de varón y un
hermano suyo en hábito de mujer; de la moza se
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 164
enamoró mi maestresala, y la escogió en su
imaginación para su mujer, según él ha dicho, y
yo escogí al mozo para mi yerno. Hoy los dos
pondremos en plática nuestros pensamientos
con el padre de entrambos, que es un tal 5
Diego de la Llana, hidalgo y cristiano viejo
cuanto se quiere.
Yo visito las plazas como vuestra merced
me lo aconseja, y ayer hallé una tendera que
vendía avellanas nuevas, y averigüéle que 10
había mezclado con una hanega de avellanas
nuevas otra de viejas, vanas y podridas;
apliquélas todas para los niños de la doctrina,
que las sabrían bien distinguir, y sentenciéla
que por quince días no entrase en la plaza. 15
Hanme dicho que lo hice valerosamente; lo
que sé decir a vuestra merced es que es fama en
este pueblo que no hay gente más mala que
las placeras, porque todas son desvergonzadas,
desalmadas y atrevidas, y yo así lo creo por 20
las que he visto en otros pueblos.
De que mi señora la duquesa haya escrito
a mi mujer Teresa Panza y enviádole el
presente que vuestra merced dice, estoy muy
satisfecho, y procuraré de mostrarme agradecido 25
a su tiempo: bésele vuestra merced las
manos de mi parte, diciendo que digo yo que
no lo ha echado en saco roto, como lo verá
por la obra. No querría que vuestra merced
tuviese trabacuentas de disgusto con esos 30
mis señores, porque si vuestra merced se enoja
con ellos, claro está que ha de redundar en mi
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LI p. 165
daño, y no será bien que pues se me da a mí
por consejo que sea agradecido, que vuestra
merced no lo sea con quien tantas mercedes le
tiene hechas, y con tanto regalo ha sido
tratado en su castillo. 5
Aquello del gateado no entiendo, pero
imagino que debe de ser alguna de las malas
fechorías que con vuestra merced suelen usar
los malos encantadores; yo lo sabré cuando
nos veamos. Quisiera enviarle a vuestra merced 10
alguna cosa, pero no sé qué envíe, si no
es algunos cañutos de jeringas, que para con
vejigas los hacen en esta ínsula muy curiosos,
aunque si me dura el oficio, yo buscaré qué
enviar, de haldas o de mangas. Si me 15
escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuestra
merced el porte y envíeme la carta; que tengo
grandísimo deseo de saber del estado de mi
casa, de mi mujer y de mis hijos. Y, con esto,
Dios libre a vuestra merced de malintencionados 20
encantadores y a mí me saque con bien y
en paz de este gobierno, que lo dudo, porque le
pienso dejar con la vida, según me trata el
doctor Pedro Recio.
Criado de vuestra merced, Sancho Panza 25
el gobernador.
Cerró la carta el secretario y despachó luego
al correo, y juntándose los burladores de
Sancho, dieron orden entre sí cómo despacharle
del gobierno; y aquella tarde la pasó Sancho 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 166
en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen
gobierno de la que él imaginaba ser ínsula. Y
ordenó que no hubiese regatones de los
bastimentos en la república; y que pudiesen
meter en ella vino de las partes que quisiesen, 5
con aditamento que declarasen el lugar de
donde era, para ponerle el precio según su
estimación, bondad y fama. Y el que lo aguase
o le mudase el nombre, perdiese la vida por
ello. Moderó el precio de todo calzado, 10
principalmente el de los zapatos, por parecerle que
corría con exorbitancia. Puso tasa en los
salarios de los criados que caminaban a rienda
suelta por el camino del interés. Puso
gravísimas penas a los que cantasen cantares 15
lascivos y descompuestos, ni de noche ni de
día. Ordenó que ningún ciego cantase milagro
en coplas si no trajese testimonio auténtico
de ser verdadero, por parecerle que los
más que los ciegos cantan son fingidos, en 20
perjuicio de los verdaderos.
Hizo y creó un alguacil de pobres, no para
que los persiguiese, sino para que los
examinase si lo eran; porque a la sombra de la
manquedad fingida y de la llaga falsa andan los 25
brazos ladrones y la salud borracha. En
resolución, él ordenó cosas tan buenas, que hasta
hoy se guardan en aquel lugar y se nombran:
Las constituciones del gran gobernador Sancho
Panza. 30
p. 167
Capítulo LII
Donde se cuenta la aventura de la segunda
dueña Dolorida, o Angustiada, llamada por
otro nombre doña Rodríguez.
Cuenta Cide Hamete que estando ya don 5
Quijote sano de sus aruños, le pareció que la
vida que en aquel castillo tenía era contra
toda la orden de caballería que profesaba, y,
así, determinó de pedir licencia a los duques
para partirse a Zaragoza, cuyas fiestas llegaban 10
cerca, adonde pensaba ganar el arnés que en
las tales fiestas se conquista. Y, estando un día
a la mesa con los duques, y comenzando a
poner en obra su intención, y pedir la licencia,
veis aquí a deshora entrar por la puerta de la 15
gran sala dos mujeres, como después pareció,
cubiertas de luto de los pies a la cabeza, y la
una de ellas, llegándose a don Quijote, se le
echó a los pies, tendida de largo a largo, la boca
cosida con los pies de don Quijote, y daba unos 20
gemidos tan tristes, tan profundos y tan
dolorosos, que puso en confusión a todos los que
la oían y miraban; y, aunque los duques
pensaron que sería alguna burla que sus criados
querían hacer a don Quijote, todavía, viendo 25
con el ahínco que la mujer suspiraba, gemía y
lloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que
don Quijote, compasivo, la levantó del suelo,
e hizo que se descubriese y quitase el manto
de sobre la faz llorosa. Ella lo hizo así, y 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 168
mostró ser --lo que jamás se pudiera pensar--,
porque descubrió el rostro de doña Rodríguez, la
dueña de casa, y la otra enlutada era su hija,
la burlada del hijo del labrador rico.
Admiráronse todos aquellos que la conocían, y más 5
los duques que ninguno; que puesto que la
tenían por boba y de buena pasta, no por
tanto, que viniese a hacer locuras. Finalmente,
doña Rodríguez, volviéndose a los señores,
les dijo: 10
Vuestras excelencias sean servidos de
darme licencia que yo departa un poco con este
caballero, porque así conviene para salir con
bien del negocio en que me ha puesto el
atrevimiento de un mal intencionado villano. 15
El duque dijo que él se la daba y que
departiese con el señor don Quijote cuanto le
viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y
el rostro a don Quijote, dijo:
Días ha, valeroso caballero, que os tengo 20
dada cuenta de la sinrazón y alevosía que un
mal labrador tiene fecha a mi muy querida y
amada fija, que es esta desdichada que aquí está
presente, y vos me habéis prometido de volver
por ella, enderezándole el tuerto que le tienen 25
fecho, y ahora ha llegado a mi noticia que os
queréis partir de este castillo, en busca de las
buena[s] venturas que Dios os depare. Y, así,
querría que antes que os escurrieseis por
esos caminos, desafiaseis a este rústico 30
indómito y le hicieseis que se casase con
mi hija, en cumplimiento de la palabra que le
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LII p. 169
dio de ser su esposo, antes y primero que
yogase con ella; porque pensar que el duque
mi señor me ha de hacer justicia es pedir peras
al olmo, por la ocasión que ya a vuestra
merced en puridad tengo declarada. Y, con esto, 5
nuestro Señor dé a vuestra merced mucha salud,
y a nosotras no nos desampare.
A cuyas razones respondió don Quijote, con
mucha gravedad y prosopopeya:
Buena dueña, templad vuestras lágrimas, o 10
por mejor decir, enjugadlas y ahorrad de
vuestros suspiros; que yo tomo a mi cargo el
remedio de vuestra hija, a la cual le hubiera
estado mejor no haber sido tan fácil en creer
promesas de enamorados, las cuales, por la 15
mayor parte, son ligeras de prometer y muy
pesadas de cumplir. Y, así, con licencia del
duque mi señor, yo me partiré luego en busca
de ese desalmado mancebo, y le hallaré y le
desafiaré y le mataré cada y cuando que se 20
excusare de cumplir la prometida palabra; que
el principal asunto de mi profesión es perdonar
a los humildes y castigar a los soberbios:
quiero decir, acorrer a los miserables y
destruir a los rigurosos. 25
No es menester, respondió el duque, que
vuestra merced se ponga en trabajo de buscar al
rústico de quien esta buena dueña se queja,
ni es menester tampoco que vuestra merced
me pida a mí licencia para desafiarle; que yo 30
le doy por desafiado, y tomo a mi cargo de
hacerle saber este desafío, y que le acepte, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 170
venga a responder por sí a este mi castillo,
donde a entrambos daré campo seguro, guardando
todas las condiciones que en tales actos
suelen y deben guardarse, guardando igualmente
su justicia a cada uno, como están obligados 5
a guardarla todos aquellos príncipes que
dan campo franco a los que se combaten en los
términos de sus señoríos.
Pues con ese seguro y con buena licencia
de vuestra grandeza, replicó don Quijote, 10
desde aquí digo que por esta vez renuncio mi
hidalguía y me allano y ajusto con la llaneza
del dañador, y me hago igual con él,
habilitándole para poder combatir conmigo. Y, así,
aunque ausente, le desafío y reto en razón 15
de que hizo mal en defraudar a esta pobre, que
fue doncella y ya por su culpa no lo es; y que
le ha de cumplir la palabra que le dio de ser su
legítimo esposo, o morir en la demanda.
Y luego, descalzándose un guante, le arrojó 20
en mitad de la sala, y el duque le alzó, diciendo
que como ya había dicho, él aceptaba el tal
desafío en nombre de su vasallo, y señalaba
el plazo de allí a seis días, y el campo en la
plaza de aquel castillo, y las armas las 25
acostumbradas de los caballeros: lanza y escudo y
arnés tranzado, con todas las demás piezas, sin
engaño, superchería o superstición alguna,
examinadas y vistas por los jueces del campo.
Pero ante todas cosas es menester que esta 30
buena dueña y esta mala doncella pongan el
derecho de su justicia en manos del señor don
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LII p. 171
Quijote; que de otra manera no se hará nada
ni llegará a debida ejecución el tal desafío.
Yo sí pongo, respondió la dueña.
Y yo también, añadió la hija, toda llorosa
y toda vergonzosa y de mal talante. 5
Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo
imaginado el duque lo que había de hacer en
el caso, las enlutadas se fueron, y ordenó la
duquesa que de allí adelante no las tratasen
como a sus criadas, sino como a señoras aventureras 10
que venían a pedir justicia a su casa; y,
así, les dieron cuarto aparte y las sirvieron
como a forasteras, no sin espanto de las demás
criadas que no sabían en qué había de parar la
sandez y desenvoltura de doña Rodríguez, y 15
de su malandante hija.
Estando en esto, para acabar de regocijar
la fiesta y dar buen fin a la comida, veis aquí
donde entró por la sala el paje que llevó las
cartas y presentes a Teresa Panza, mujer del 20
gobernador Sancho Panza, de cuya llegada
recibieron gran contento los duques, deseosos
de saber lo que le había sucedido en su viaje,
y, preguntándoselo, respondió el paje que no
lo podía decir tan en público, ni con breves 25
palabras; que sus excelencias fuesen servidos
de dejarlo para a solas, y que entretanto se
entretuviesen con aquellas cartas. Y, sacando
dos cartas, las puso en manos de la duquesa.
La una decía en el sobrescrito: Carta para mi 30
señora la duquesa tal, de no sé donde y la
otra: A mi marido Sancho Panza, gobernador
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 172
de la ínsula Barataria, que Dios prospere más
años que a mí.
No se le cocía el pan, como suele decirse, a
la duquesa hasta leer su carta, y, abriéndola
y leído para sí, y viendo que la podía leer en 5
voz alta para que el duque y los circunstantes
la oyesen, leyó de esta manera:
CARTA DE TERESA PANZA A LA DUQUESA
Mucho contento me dio, señora mía, la
carta que vuestra grandeza me escribió, que en 10
verdad que la tenía bien deseada. La sarta de
corales es muy buena, y el vestido de caza de
mi marido no le va en zaga. De que vuestra
señoría haya hecho gobernador a Sancho mi
consorte ha recibido mucho gusto todo este 15
lugar, puesto que no hay quien lo crea,
principalmente el cura, y maese Nicolás el barbero,
y Sansón Carrasco el bachiller. Pero a mí no
se me da nada; que como ello sea así, como
lo es, diga cada uno lo que quisiere, aunque, 20
si va a decir verdad, a no venir los corales y
el vestido, tampoco yo lo creyera; porque en
este pueblo todos tienen a mi marido por un
porro, y que sacado de gobernar un hato de
cabras, no pueden imaginar para qué gobierno 25
pueda ser bueno. Dios lo haga, y lo encamine
como ve que lo han menester sus hijos.
Yo, señora de mi alma, estoy determinada,
con licencia de vuestra merced, de meter este
buen día en mi casa, yéndome a la corte a 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LII p. 173
tenderme en un coche, para quebrar los ojos a
mil envidiosos que ya tengo. Y, así, suplico
a vuestra excelencia mande a mi marido, me
envíe algún dinerillo, y que sea algo qué,
porque en la corte son los gastos grandes; que 5
el pan vale a real, y la carne la libra a treinta
maravedís, que es un juicio. Y si quisiere que
no vaya, que me lo avise con tiempo, porque
me están bullendo los pies por ponerme en
camino; que me dicen mis amigas y mis 10
vecinas que si yo y mi hija andamos orondas y
pomposas en la corte, vendrá a ser conocido
mi marido por mí más que yo por él, siendo
forzoso que pregunten muchos: «¿Quién son
»estas señoras de este coche?» Y un criado mío 15
responder: «La mujer y la hija de Sancho
»Panza, gobernador de la ínsula Barataria», y
de esta manera será conocido Sancho, y yo seré
estimada, y a Roma por todo.
Pésame, cuanto pesarme puede, que este 20
año no se han cogido bellotas en este pueblo;
con todo eso, envío a vuestra alteza hasta
medio celemín, que una a una las fui yo a coger
y a escoger al monte, y no las hallé más
mayores. Yo quisiera que fueran como huevos de 25
avestruz.
No se le olvide a vuestra pomposidad de
escribirme; que yo tendré cuidado de la
respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que
hubiere que avisar de este lugar, donde quedo 30
rogando a nuestro Señor guarde a vuestra
grandeza, y a mí no olvide. Sancha mi hija
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 174
y mi hijo besan a vuestra merced las
manos.
La que tiene más deseo de ver a vuestra señoría
que de escribirla. Su criada, Teresa Panza.
Grande fue el gusto que todos recibieron de 5
oír la carta de Teresa Panza, principalmente
los duques, y la duquesa pidió parecer a don
Quijote si sería bien abrir la carta que venía
para el gobernador, que imaginaba debía de
ser bonísima. Don Quijote dijo que él la 10
abriría por darles gusto, y así lo hizo, y vio
que decía de esta manera:
CARTA DE TERESA PANZA A SANCHO PANZA
SU MARIDO
Tu carta recibí, Sancho mío de mi alma, y 15
yo te prometo y juro como católica cristiana
que no faltaron dos dedos para volverme loca
de contento. Mira, hermano, cuando yo llegué
a oír que eres gobernador, me pensé allí caer
muerta de puro gozo; que ya sabes tú que 20
dicen que así mata la alegría súbita como el
dolor grande. A Sanchica tu hija se le fueron
las aguas sin sentirlo de puro contento. El
vestido que me enviaste tenía delante, y los
corales que me envió mi señora la duquesa al 25
cuello, y las cartas en las manos, y el portador
de ellas allí presente, y, con todo eso, creía y
pensaba que era todo sueño lo que veía y lo
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LII p. 175
que tocaba; porque ¿quién podía pensar que
un pastor de cabras había de venir a ser
gobernador de ínsulas? Ya sabes tú, amigo, que
decía mi madre que era menester vivir mucho
para ver mucho; dígolo porque pienso ver más, 5
si vivo más, porque no pienso parar hasta
verte arrendador o alcabalero, que son oficios
que aunque lleva el diablo a quien mal los usa,
en fin en fin siempre tienen y manejan dineros.
Mi señora la duquesa te dirá el deseo que 10
tengo de ir a la corte. Mírate en ello, y
avísame de tu gusto; que yo procuraré honrarte en
ella andando en coche.
El cura, el barbero, el bachiller y aun el
sacristán no pueden creer que eres gobernador y 15
dicen que todo es embeleco, o cosas de
encantamiento, como son todas las de don Quijote
tu amo, y dice Sansón que ha de ir a buscarte
y a sacarte el gobierno de la cabeza, y a don
Quijote la locura de los cascos; yo no hago 20
sino reírme, y mirar mi sarta, y dar traza del
vestido que tengo de hacer del tuyo a nuestra
hija. Unas bellotas envié a mi señora la
duquesa; yo quisiera que fueran de oro.
Envíame tú algunas sartas de perlas, si se usan en 25
esa ínsula.
Las nuevas de este lugar son que la Berrueca
casó a su hija con un pintor de mala mano,
que llegó a este pueblo a pintar lo que saliese;
mandóle el concejo pintar las armas de su 30
majestad sobre las puertas del Ayuntamiento,
pidió dos ducados, dierónselos adelantados,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 176
trabajó ocho días, al cabo de los cuales no
pintó nada y dijo que no acertaba a pintar
tantas baratijas. Volvió el dinero, y, con todo
eso, se casó a título de buen oficial; verdad
es que ya ha dejado el pincel y tomado el 5
azada, y va al campo como gentilhombre. El
hijo de Pedro de Lobo se ha ordenado de
grados y corona, con intención de hacerse clérigo;
súpolo Minguilla, la nieta de Mingo Silvato,
y hale puesto demanda de que la tiene dada 10
palabra de casamiento. Malas lenguas quieren
decir que ha estado encinta de él, pero él lo
niega a pies juntillas.
Hogaño no hay aceitunas, ni se halla una
gota de vinagre en todo este pueblo. Por aquí 15
pasó una compañía de soldados; lleváronse de
camino tres mozas de este pueblo, no te quiero
decir quién son. Quizá volverán y no faltará
quien las tome por mujeres, con sus tachas
buenas o malas. Sanchica hace puntas de randas, 20
gana cada día ocho maravedís horros, que
los va echando en una alcancía para ayuda a
su ajuar; pero ahora que es hija de un gobernador
tú le darás la dote sin que ella lo trabaje.
La fuente de la plaza se secó, un rayo cayó 25
en la picota, y allí me las den todas. Espero
respuesta de ésta, y la resolución de mi ida a la
corte; y, con esto, Dios te me guarde más años
que a mí, o tantos, porque no querría dejarte
sin mí en este mundo. 30
Tu mujer, Teresa Panza.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LII p. 177
Las cartas fueron solemnizadas, reídas,
estimadas y admiradas, y para acabar de echar el
sello llegó el correo, el que traía la que Sancho
enviaba a don Quijote, que asimismo se leyó
públicamente, la cual puso en duda la sandez 5
del gobernador.
Retiróse la duquesa para saber del paje lo
que le había sucedido en el lugar de Sancho, el
cual se lo contó muy por extenso sin dejar
circunstancia que no refiriese; diole las bellotas, 10
y más un queso que Teresa le dio por ser muy
bueno, que se aventajaba a los de Tronchón.
Recibiólo la duquesa con grandísimo gusto,
con el cual la dejaremos, por contar el fin que
tuvo el gobierno del gran Sancho Panza, flor y 15
espejo de todos los insulanos gobernadores.
p. 178
Capítulo LIII
Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno
de Sancho Panza.
Pensar que en esta vida las cosas de ella han
de durar siempre en un estado es pensar en lo 5
excusado. Antes parece que ella anda todo en
redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue
al verano, el verano al estío, el estío al
otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la
primavera, y así torna a andarse el tiempo 10
con esta rueda continua. Sola la vida humana
corre a su fin, ligera más que el tiempo,
sin esperar renovarse, sino es en la otra que no
tiene términos que la limiten. Esto dice Cide
Hamete, filósofo mahomético; porque esto de 15
entender la ligereza e instabilidad de la vida
presente y la duración de la eterna que se
espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la
luz natural, lo han entendido. Pero aquí
nuestro autor lo dice por la presteza con que se 20
acabó, se consumió, se deshizo, se fue como
en sombra y humo el gobierno de Sancho.
El cual, estando la séptima noche de los días
de su gobierno en su cama, no harto de pan ni
de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de 25
hacer estatutos y pragmáticas, cuando el sueño
a despecho y pesar de la hambre le comenzaba
a cerrar los párpados, oyó tan gran ruido
de campanas y de voces, que no parecía sino
que toda la ínsula se hundía. Sentóse en la 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIII p. 179
cama y estuvo atento y escuchando, por ver
si daba en la cuenta de lo que podía ser la
causa de tan grande alboroto; pero no sólo no
lo supo, pero añadiéndose al ruido de voces y
campanas el de infinitas trompetas y 5
tambores, quedó más confuso y lleno de temor y
espanto, y, levantándose en pie, se puso unas
chinelas por la humedad del suelo, y sin
ponerse sobrerropa de levantar, ni cosa que se
pareciese, salió a la puerta de su aposento, a 10
tiempo cuando vio venir por unos corredores
más de veinte personas con hachas encendidas
en las manos, y con las espadas desenvainadas,
gritando todos a grandes voces:
¡Arma, arma, señor gobernador, arma!; que 15
han entrado infinitos enemigos en la ínsula, y
somos perdidos si vuestra industria y valor no
nos socorre.
Con este ruido, furia y alboroto llegaron
donde Sancho estaba, atónito y embelesado 20
de lo que oía y veía, y cuando llegaron a él,
uno le dijo:
Armese luego vuestra señoría, si no quiere
perderse y que toda esta ínsula se pierda.
¿Qué me tengo de armar, respondió Sancho, 25
ni qué sé yo de armas ni de socorros?
Estas cosas mejor será dejarlas para mi amo
don Quijote, que en dos paletas las despachará,
y pondrá en cobro; que yo, pecador fui a
Dios, no se me entiende nada de estas prisas. 30
¡Ah, señor gobernador!, dijo otro. ¿Qué
relente es ése? Armese vuestra merced; que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 180
aquí le traemos armas ofensivas y defensivas,
y salga a esa plaza y sea nuestra guía y
nuestro capitán, pues de derecho le toca el
serlo, siendo nuestro gobernador.
Armenme norabuena, replicó Sancho. 5
Y al momento le trajeron dos paveses, que
venían proveídos de ellos, y le pusieron encima
de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un
pavés delante y otro detrás, y por unas concavidades
que traían hechas, le sacaron los brazos 10
y le liaron muy bien con unos cordeles, de
modo, que quedó emparedado y entablado, derecho
como un huso, sin poder doblar las rodillas,
ni menearse un solo paso. Pusiéronle en
las manos una lanza, a la cual se arrimó para 15
poder tenerse en pie. Cuando así le tuvieron,
le dijeron que caminase y los guiase y animase
a todos; que siendo él su norte, su linterna
y su lucero, tendrían buen fin sus negocios.
¿Cómo tengo de caminar, desventurado 20
yo, respondió Sancho, que no puedo jugar
las choquezuelas de las rodillas, porque me lo
impiden estas tablas que tan cosidas tengo
con mis carnes? Lo que han de hacer es
llevarme en brazos y ponerme atravesado, o en 25
pie, en algún postigo; que yo le guardaré, o
con esta lanza o con mi cuerpo.
Ande, señor gobernador, dijo otro, que
más el miedo que las tablas le impiden el paso.
Acabe y menéese; que es tarde y los enemigos 30
crecen, y las voces se aumentan, y el peligro
carga.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIII p. 181
Por cuyas persuasiones y vituperios probó el
pobre gobernador a moverse, y fue dar consigo
en el suelo tan gran golpe que pensó que
se había hecho pedazos. Quedó como galápago
encerrado y cubierto con sus conchas, o como 5
medio tocino metido entre dos artesas, o bien
así como barca que da al través en la arena,
y no por verle caído aquella gente burladora
le tuvieron compasión alguna; antes, apagando
las antorchas tornaron a reforzar las voces 10
y a reiterar el ¡arma! con tan gran prisa,
pasando por encima del pobre Sancho, dándole
infinitas cuchilladas sobre los paveses,
que si él no se recogiera y encogiera metiendo
la cabeza entre los paveses, lo pasara muy 15
mal el pobre gobernador; el cual, en aquella
estrechez recogido, sudaba y trasudaba, y de
todo corazón se encomendaba a Dios que de
aquel peligro le sacase. Unos tropezaban en
él, otros caían, y tal hubo que se puso encima 20
un buen espacio, y, desde allí, como desde
atalaya, gobernaba los ejércitos, y a grandes
voces decía:
¡Aquí de los nuestros: que por esta parte
cargan más los enemigos! ¡Aquel portillo se 25
guarde, aquella puerta se cierre, aquellas
escalas se tranquen! ¡Vengan alcancías, pez y
resina en calderas de aceite ardiendo!
¡Trinchéense las calles con colchones!
En fin, él nombraba con todo ahínco todas 30
las baratijas e instrumentos y pertrechos de
guerra, con que suele defenderse el asalto de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 182
una ciudad, y el molido Sancho, que lo escuchaba
y sufría todo, decía entre sí:
¡Oh, si mi Señor fuese servido que se
acabase ya de perder esta ínsula, y me viese yo,
o muerto, o fuera de esta grande angustia! 5
Oyó el cielo su petición, y cuando menos lo
esperaba, oyó voces que decían:
¡Victoria, victoria, los enemigos van de
vencida! ¡Ea, señor gobernador, levántese vuestra
merced! Y venga a gozar del vencimiento, y a 10
repartir los despojos que se han tomado a los
enemigos, por el valor de ese invencible brazo.
Levántenme, dijo con voz doliente el
dolorido Sancho.
Ayudáronle a levantar, y, puesto en pie, dijo: 15
El enemigo que yo hubiere vencido quiero
que me le claven en la frente. Yo no quiero
repartir despojos de enemigos, sino pedir y
suplicar a algún amigo, si es que le tengo, que
me dé un trago de vino, que me seco; y me 20
enjugue este sudor, que me hago agua.
Limpiáronle, trajéronle el vino, desliáronle
los paveses, sentóse sobre su lecho, y desmayóse
del temor del sobresalto y del trabajo. Ya
les pesaba a los de la burla, de habérsela hecho 25
tan pesada; pero el haber vuelto en sí Sancho
les templó la pena que les había dado su
desmayo. Preguntó qué hora era; respondiéronle
que ya amanecía. Calló, y, sin decir otra cosa,
comenzó a vestirse, todo sepultado en silencio, 30
y todos le miraban y esperaban en qué había de
parar la prisa con que se vestía. Vistióse, en
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIII p. 183
fin, y poco a poco, porque estaba molido y no
podía ir mucho a mucho, se fue a la caballeriza,
siguiéndole todos los que allí se hallaban,
y, llegándose al rucio, le abrazó y le dio un
beso de paz en la frente y, no sin lágrimas en 5
los ojos, le dijo:
Venid vos acá, compañero mío y amigo mío,
y conllevador de mis trabajos y miserias.
Cuando yo me avenía con vos, y no tenía otros
pensamientos que los que me daban los cuidados 10
de remendar vuestros aparejos y de sustentar
vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas,
mis días y mis años; pero después que os dejé,
y me subí sobre las torres de la ambición y de
la soberbia, se me han entrado por el alma 15
adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil
desasosiegos.
Y, en tanto que estas razones iba diciendo,
iba asimismo enalbardando el asno, sin que
nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el 20
rucio, con gran pena y pesar subió sobre él, y,
encaminando sus palabras y razones al mayordomo,
al secretario, al maestresala y a Pedro
Recio el doctor, y a otros muchos que allí
presentes estaban, dijo: 25
Abrid camino, señores míos, y dejadme
volver a mi antigua libertad; dejadme que
vaya a buscar la vida pasada, para que me
resucite de esta muerte presente. Yo no nací
para ser gobernador, ni para defender ínsulas 30
ni ciudades de los enemigos que quisieren
acometerlas; mejor se me entiende a mí de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 184
arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas
que de dar leyes ni de defender provincias ni
reinos. Bien se está San Pedro en Roma;
quiero decir que bien se está cada uno usando el
oficio para que fue nacido: mejor me está a mí 5
una hoz en la mano que un cetro de gobernador.
Más quiero hartarme de gazpachos que
estar sujeto a la miseria de un médico
impertinente que me mate de hambre, y más quiero
recostarme a la sombra de una encina en el 10
verano, y arroparme con un zamarro de dos
pelos en el invierno, en mi libertad, que
acostarme con la sujeción del gobierno entre
sábanas de holanda, y vestirme de martas
cebellinas. Vuestras mercedes se queden con Dios y 15
digan al duque mi señor que desnudo nací,
desnudo me hallo, ni pierdo ni gano. Quiero
decir que sin blanca entré en este gobierno, y
sin ella salgo, bien al revés de como suelen
salir los gobernadores de otras ínsulas. Y 20
apártense, déjenme ir; que me voy a bizmar, que
creo que tengo brumadas todas las costillas,
merced a los enemigos que esta noche se han
paseado sobre mí.
No ha de ser así, señor gobernador, dijo 25
el doctor Recio; que yo le daré a vuestra
merced una bebida contra caídas y molimientos,
que luego le vuelva en su prístina entereza y
vigor, y en lo de la comida yo prometo a
vuestra merced de enmendarme, dejándole 30
comer abundantemente de todo aquello que
quisiere.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIII p. 185
Tarde piache, respondió Sancho; así
dejaré de irme como volverme turco. No son
estas burlas para dos veces. Por Dios que así
me quede en éste ni admita otro gobierno,
aunque me le diesen entre dos platos, como 5
volar al cielo sin alas. Yo soy del linaje de
los Panzas, que todos son testarudos, y si una
vez dicen nones, nones han de ser, aunque
sean pares, a pesar de todo el mundo.
Quédense en esta caballeriza las alas de la 10
hormiga, que me levantaron en el aire para que
me comiesen vencejos y otros pájaros, y
volvámonos a andar por el suelo con pie llano;
que si no le adornaren zapatos picados de
cordobán, no le faltarán alpargatas toscas de 15
cuerda. Cada oveja con su pareja, y nadie
tienda más la pierna de cuanto fuere larga la
sábana; y déjenme pasar, que se me hace
tarde.
A lo que el mayordomo dijo: 20
Señor gobernador, de muy buena gana
dejáramos ir a vuestra merced, puesto que
nos pesara mucho de perderle; que su ingenio
y su cristiano proceder obligan a desearle.
Pero ya se sabe que todo gobernador está 25
obligado, antes que se ausente de la parte
donde ha gobernado, dar primero residencia;
déla vuestra merced de los diez días que
ha que tiene el gobierno, y váyase a la paz de
Dios. 30
Nadie me la puede pedir, respondió
Sancho, si no es quien ordenare el duque mi
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 186
señor. Yo voy a verme con él y a él se la daré
de molde; cuanto más que saliendo yo desnudo
como salgo, no es menester otra señal
para dar a entender que he gobernado como
un ángel. 5
Par Dios que tiene razón el gran Sancho,
dijo el doctor Recio, y que soy de parecer
que le dejemos ir, porque el duque ha de
gustar infinito de verle.
Todos vinieron [en] ello, y le dejaron ir, 10
ofreciéndole primero compañía y todo aquello
que quisiese para el regalo de su persona y
para la comodidad de su viaje. Sancho dijo
que no quería más de un poco de cebada para
el rucio, y medio queso y medio pan para él; 15
que pues el camino era tan corto, no había
menester mayor ni mejor repostería. Abrazáronle
todos, y él, llorando, abrazó a todos, y los dejó
admirados así de sus razones como de su
determinación tan resoluta y tan discreta. 20
p. 187
Capítulo LIV
Que trata de cosas tocantes a esta historia
y no a otra alguna.
Resolviéronse el duque y la duquesa de
que el desafío que don Quijote hizo a su vasallo 5
por la causa ya referida pasase adelante;
y puesto que el mozo estaba en Flandes,
adonde se había ido huyendo por no tener por
suegra a doña Rodríguez, ordenaron de poner
en su lugar a un lacayo gascón que se llamaba 10
Tosilos, industriándole primero muy bien de
todo lo que había de hacer.
De allí a dos días dijo el duque a don
Quijote como desde allí a cuatro vendría su
contrario, y se presentaría en el campo armado 15
como caballero, y sustentaría como la doncella
mentía por mitad de la barba, y aun por toda
la barba entera, si se afirmaba que él le
hubiese dado palabra de casamiento. Don Quijote
recibió mucho gusto con las tales nuevas, 20
y se prometió a sí mismo de hacer maravillas
en el caso, y tuvo a gran ventura habérsele
ofrecido ocasión donde aquellos señores
pudiesen ver hasta dónde se extendía el valor
de su poderoso brazo. Y, así, con alborozo y 25
contento esperaba los cuatro días que se le
iban haciendo, a la cuenta de su deseo,
cuatrocientos siglos.
Dejémoslos pasar nosotros, como dejamos
pasar otras cosas, y vamos a acompañar a 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 188
Sancho, que entre alegre y triste venía
caminando sobre el rucio a buscar a su amo, cuya
compañía le agradaba más que ser gobernador
de todas las ínsulas del mundo.
Sucedió, pues, que no habiéndose alongado 5
mucho de la ínsula de su gobierno --que él
nunca se puso a averiguar si era ínsula, ciudad,
villa o lugar la que gobernaba--, vio que
por el camino por donde él iba venían seis
peregrinos con sus bordones, de estos 10
extranjeros que piden la limosna cantando, los
cuales, en llegando a él, se pusieron en ala, y,
levantando las voces todos juntos, comenzaron
a cantar en su lengua lo que Sancho no pudo
entender, si no fue una palabra que claramente 15
pronunciaba limosna, por donde entendió,
que era limosna la que en su canto pedían; y
como él, según dice Cide Hamete, era caritativo
además, sacó de sus alforjas medio pan y
medio queso, de que venía proveído, y dióselo, 20
diciéndoles por señas que no tenía otra
cosa que darles. Ellos lo recibieron de muy
buena gana y dijeron: guelte, guelte.
No entiendo, respondió Sancho, qué es
lo que me pedís, buena gente. 25
Entonces uno de ellos sacó una bolsa del
seno, y mostrósela a Sancho, por donde entendió
que le pedían dineros, y él, poniéndose el
dedo pulgar en la garganta, y extendiendo la
mano arriba, les dio a entender que no tenía 30
ostugo de moneda, y, picando al rucio, rompió
por ellos; y al pasar, habiéndole estado mirando
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIV p. 189
uno de ellos con mucha atención, arremetió
a él, echándole los brazos por la cintura, en
voz alta y muy castellana dijo:
¡Válgame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es
posible que tengo en mis brazos al mi caro 5
amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? Sí
tengo, sin duda, porque yo ni duermo, ni estoy
ahora borracho.
Admiróse Sancho de verse nombrar por su
nombre, y de verse abrazar del extranjero 10
peregrino, y después de haberle estado mirando,
sin hablar palabra, con mucha atención, nunca
pudo conocerle; pero viendo su suspensión
el peregrino, le dijo:
¿Cómo y es posible, Sancho Panza hermano, 15
que no conoces a tu vecino Ricote el morisco,
tendero de tu lugar?
Entonces Sancho le miró con más atención,
y comenzó a refigurarle, y, finalmente, le
vino a conocer de todo punto, y, sin apearse 20
del jumento, le echó los brazos al cuello, y le
dijo:
¿Quién diablos te había de conocer, Ricote,
en ese traje de moharracho que traes? Dime:
¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes 25
atrevimiento de volver a España, donde si te
cogen y conocen, tendrás harta mala ventura?
Si tú no me descubres, Sancho, respondió
el peregrino, seguro estoy; que en este traje
no habrá nadie que me conozca. Y apartémonos 30
del camino a aquella alameda que allí parece,
donde quieren comer y reposar mis compañeros,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 190
y allí comerás con ellos, que son muy apacible
gente. Yo tendré lugar de contarte lo que
me ha sucedido después que me partí de nuestro
lugar, por obedecer el bando de su majestad,
que con tanto rigor a los desdichados 5
de mi nación amenazaba, según oíste.
Hízolo así Sancho, y, hablando Ricote a los
demás peregrinos, se apartaron a la alameda,
que se parecía, bien desviados del camino real.
Arrojaron los bordones, quitáronse las mucetas 10
o esclavinas y quedaron en pelota, y todos ellos
eran mozos, y muy gentiles hombres, excepto
Ricote, que ya era hombre entrado en años.
Todos traían alforjas, y todas, según pareció,
venían bien proveídas, a lo menos, de cosas 15
incitativas y que llaman a la sed de dos leguas.
Tendiéronse en el suelo, y, haciendo manteles
de las hierbas, pusieron sobre ellas pan,
sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos
mondos de jamón, que si no se dejaban mascar, 20
no defendían el ser chupados. Pusieron
asimismo un manjar negro que dicen que se
llama caviar, y es hecho de huevos de
pescados, gran despertador de la colambre. No
faltaron aceitunas, aunque secas y sin adobo 25
alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo
que más campeó en el campo de aquel banquete
fueron seis botas de vino, que cada uno
sacó la suya de su alforja; hasta el buen Ricote,
que se había transformado de morisco en alemán, 30
o en tudesco, sacó la suya, que en grandeza
podía competir con las cinco. Comenzaron
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIV p. 191
a comer con grandísimo gusto y muy
despacio, saboreándose con cada bocado, que
le tomaban con la punta del cuchillo, y muy
poquito de cada cosa, y luego al punto todos
a una levantaron los brazos y las botas en el 5
aire; puestas las bocas en su boca, clavados
los ojos en el cielo, no parecía sino que ponían
en él la puntería, y de esta manera meneando
las cabezas a un lado y a otro, señales que
acreditaban el gusto que recibían, se estuvieron 10
un buen espacio trasegando en sus estómagos
las entrañas de las vasijas.
Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa
se dolía, antes por cumplir con el refrán que
él muy bien sabía, de «cuando a Roma fueres 15
»haz como vieres», pidió a Ricote la bota, y tomó
su puntería como los demás, y no con menos
gusto que ellos. Cuatro veces dieron lugar las
botas para ser empinadas, pero la quinta no
fue posible, porque ya estaban más enjutas 20
y secas que un esparto, cosa que puso mustia
la alegría que hasta allí habían mostrado. De
cuando en cuando juntaba alguno su mano
derecha con la de Sancho, y decía:
Español y tudesqui tuto uno: bon 25
compaño.
Y Sancho respondía:
Bon compaño, jura Di, y disparaba con
una risa que le duraba un hora, sin acordarse
entonces de nada de lo que le había sucedido 30
en su gobierno; porque sobre el rato y tiempo
cuando se come y bebe, poca jurisdicción suelen
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 192
tener los cuidados. Finalmente, el acabársele
el vino fue principio de un sueño que dio a
todos, quedándose dormidos sobre las mismas
mesas y manteles. Solos Ricote y Sancho
quedaron alerta, porque habían comido más y 5
bebido menos, y, apartando Ricote a Sancho, se
sentaron al pie de una haya, dejando a los
peregrinos sepultados en dulce sueño, y Ricote,
sin tropezar nada en su lengua morisca, en la
pura castellana le dijo las siguientes razones: 10
Bien sabes, oh Sancho Panza, vecino y
amigo mío, como el pregón y bando que su
majestad mandó publicar contra los de mi nación,
puso terror y espanto en todos nosotros, a lo
menos, en mí le puso de suerte que me parece 15
que antes del tiempo que se nos concedía para
que hiciésemos ausencia de España, ya tenía
el rigor de la pena ejecutado en mi persona y
en la de mis hijos. Ordené, pues, a mi parecer,
como prudente, bien así como el que sabe 20
que para tal tiempo le han de quitar la casa
donde vive, y se provee de otra donde mudarse,
ordené, digo, de salir yo solo sin mi familia
de mi pueblo, e ir a buscar donde llevarla con
comodidad, y sin la prisa con que los demás 25
salieron. Porque bien vi y vieron todos
nuestros ancianos que aquellos pregones no eran
sólo amenazas, como algunos decían, sino
verdaderas leyes que se habían de poner en
ejecución a su determinado tiempo. Y forzábame a 30
creer esta verdad saber yo los ruines y
disparatados intentos que los nuestros tenían, y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIV p. 193
tales, que me parece que fue inspiración divina
la que movió a su majestad a poner en efecto
tan gallarda resolución, no porque todos
fuésemos culpados; que algunos había cristianos
firmes y verdaderos. Pero eran tan pocos que no 5
se podían oponer a los que no lo eran, y no era
bien criar la sierpe en el seno, teniendo los
enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa
razón fuimos castigados con la pena del
destierro, blanda y suave al parecer de algunos; 10
pero al nuestro la más terrible que se nos podía
dar. Doquiera que estamos lloramos por España;
que, en fin, nacimos en ella y es nuestra
patria natural. En ninguna parte hallamos el
acogimiento que nuestra desventura desea, y 15
en Berbería y en todas las partes de Africa
donde esperábamos ser recibidos, acogidos y
regalados, allí es donde más nos ofenden y
maltratan. No hemos conocido el bien hasta
que le hemos perdido, y es el deseo tan grande 20
que casi todos tenemos de volver a España,
que los más de aquellos, y son muchos, que
saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y
dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados:
tanto es el amor que la tienen; y ahora 25
conozco y experimento lo que suele decirse:
que es dulce el amor de la patria.
Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en
Francia, y aunque allí nos hacían buen
acogimiento, quise verlo todo; pasé a Italia, y 30
llegué a Alemania, y allí me pareció que se podía
vivir con más libertad, porque sus habitadores
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 194
no miran en muchas delicadezas: cada uno
vive como quiere, porque en la mayor parte
de ella se vive con libertad de conciencia. Dejé
tomada casa en un pueblo junto a Augusta.
Juntéme con estos peregrinos que tienen por 5
costumbre de venir a España, muchos de ellos
cada año, a visitar los santuarios de ella; que los
tienen por sus Indias, y por certísima granjería
y conocida ganancia. Andanla casi toda, y
no hay pueblo ninguno de donde no salgan 10
comidos y bebidos, como suele decirse, y con un
real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su
viaje salen con más de cien escudos de sobra,
que trocados en oro, o ya en el hueco de los
bordones, o entre los remiendos de las esclavinas, 15
o con la industria que ellos pueden los
sacan del reino, y los pasan a sus tierras, a
pesar de las guardas de los puestos y puertos
donde se registran.
Ahora es mi intención, Sancho, sacar el 20
tesoro que dejé enterrado, que por estar fuera
del pueblo lo podré hacer sin peligro, y
escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi
mujer, que sé que está en Argel, y dar traza
cómo traerlas a algún puerto de Francia, y 25
desde allí llevarlas a Alemania, donde esperaremos
lo que Dios quisiere hacer de nosotros.
Que, en resolución, Sancho, yo sé cierto que la
Ricota mi hija y Francisca Ricota mi mujer son
católicas cristianas, y aunque yo no lo soy 30
tanto, todavía tengo más de cristiano que de
moro, y ruego siempre a Dios me abra los ojos
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIV p. 195
del entendimiento y me dé a conocer cómo le
tengo de servir. Y lo que me tiene admirado
es no saber por qué se fue mi mujer y mi hija
antes a Berbería que a Francia, adonde podía
vivir como cristiana. 5
A lo que respondió Sancho:
Mira, Ricote, eso no debió estar en su mano,
porque las llevó Juan Tiopieyo, el hermano
de tu mujer, y como debe de ser fino moro,
fuese a lo más bien parado; y séte decir otra 10
cosa que creo: que vas en balde a buscar lo
que dejaste encerrado, porque tuvimos
nuevas que habían quitado a tu cuñado y tu
mujer muchas perlas y mucho dinero en oro,
que llevaban por registrar. 15
Bien puede ser eso, replicó Ricote; pero
yo sé, Sancho, que no tocaron a mi encierro,
porque yo no les descubrí dónde estaba,
temeroso de algún desmán, y así, si tú, Sancho,
quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y 20
a encubrirlo, yo te daré doscientos escudos,
con que podrás remediar tus necesidades,
que ya sabes que sé yo que las tienes, muchas.
Yo lo hiciera, respondió Sancho; pero no
soy nada codicioso, que a serlo un oficio dejé 25
yo esta mañana de las manos, donde pudiera
hacer las paredes de mi casa de oro, y comer
antes de seis meses en platos de plata. Y así,
por esto, como por parecerme haría traición a
mi rey en dar favor a sus enemigos, no fuera 30
contigo, si como me prometes doscientos escudos
me dieras aquí de contado cuatrocientos.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 196
Y ¿qué oficio es el que has dejado,
Sancho?, preguntó Ricote.
He dejado de ser gobernador de una
ínsula, respondió Sancho, y tal, que a buena
fe que no hallen otra como ella a tres tirones. 5
Y ¿dónde está esa ínsula?, preguntó
Ricote.
¿Adónde?, respondió Sancho. Dos leguas
de aquí, y se llama la ínsula Barataria.
Calla, Sancho, dijo Ricote; que las ínsulas 10
están allá dentro de la mar; que no hay ínsulas
en la tierra firme.
¿Cómo no?, replicó Sancho. Dígote, Ricote
amigo, que esta mañana me partí de ella, y
ayer estuve en ella gobernando a mi placer, 15
como un sagitario; pero, con todo eso, la he
dejado, por parecerme oficio peligroso el de
los gobernadores.
Y ¿qué has ganado en el gobierno?,
preguntó Ricote. 20
He ganado, respondió Sancho, el haber
conocido que no soy bueno para gobernar, si
no es un hato de ganado, y que las riquezas
que se ganan en los tales gobiernos son a
costa de perder el descanso y el sueño y aun el 25
sustento; porque en las ínsulas deben de
comer poco los gobernadores, especialmente si
tienen médicos que miren por su salud.
Yo no te entiendo, Sancho, dijo Ricote;
pero paréceme que todo lo que dices es disparate; 30
que ¿quién te había de dar a ti ínsulas que
gobernases? ¿Faltaban hombres en el mundo
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIV p. 197
más hábiles para gobernadores que tú eres?
Calla, Sancho, y vuelve en ti y mira si quieres
venir conmigo, como te he dicho, a ayudarme
a sacar el tesoro que dejé escondido; que en
verdad que es tanto que se puede llamar tesoro, 5
y te daré con que vivas, como te he dicho.
Ya te he dicho, Ricote, replicó Sancho,
que no quiero. Conténtate que por mí no serás
descubierto, y prosigue en buena hora tu
camino y déjame seguir el mío; que yo sé que 10
lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su
dueño.
No quiero porfiar, Sancho, dijo Ricote;
pero dime: ¿hallástete en nuestro lugar cuando
se partió de él mi mujer, mi hija y mi cuñado? 15
Sí hallé, respondió Sancho, y séte decir
que salió tu hija tan hermosa, que salieron a
verla cuantos había en el pueblo, y todos decían
que era la más bella criatura del mundo. Iba
llorando y abrazaba a todas sus amigas y 20
conocidas y a cuantos llegaban a verla, y a todos
pedía la encomendasen a Dios y a Nuestra
Señora su madre; y esto, con tanto sentimiento,
que a mí me hizo llorar, que no suelo ser muy
llorón. Y a fe que muchos tuvieron deseo de 25
esconderla y salir a quitársela en el camino;
pero el miedo de ir contra el mandado del rey
los detuvo. Principalmente se mostró más
apasionado don Pedro Gregorio, aquel mancebo
mayorazgo rico que tú conoces, que dicen que 30
la quería mucho, y después que ella se partió,
nunca más él ha parecido en nuestro lugar, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 198
todos pensamos que iba tras ella para robarla;
pero hasta ahora no se ha sabido nada.
Siempre tuve yo mala sospecha, dijo
Ricote, de que ese caballero adamaba a mi
hija. Pero fiado en el valor de mi Ricota, nunca 5
me dio pesadumbre el saber que la quería bien;
que ya habrás oído decir, Sancho, que las
moriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por
amores con cristianos viejos, y mi hija, que,
a lo que yo creo, atendía a ser más cristiana 10
que enamorada, no se curaría de las solicitudes
de ese señor mayorazgo.
Dios lo haga, replicó Sancho; que a
entrambos les estaría mal, y déjame partir de
aquí, Ricote amigo; que quiero llegar esta 15
noche adonde está mi señor don Quijote.
Dios vaya contigo, Sancho hermano; que
ya mis compañeros se rebullen, y también es
hora que prosigamos nuestro camino.
Y luego se abrazaron los dos, y Sancho subió 20
en su rucio y Ricote se arrimó a su bordón,
y se apartaron.
p. 199
Capítulo LV
De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y
otras, que no hay más que ver.
El haberse detenido Sancho con Ricote no le
dio lugar a que aquel día llegase al castillo 5
del duque, puesto que llegó media legua de él,
donde le tomó la noche algo oscura y cerrada.
Pero como era verano, no le dio mucha
pesadumbre, y, así, se apartó del camino, con
intención de esperar la mañana, y quiso su corta 10
y desventurada suerte, que, buscando lugar
donde mejor acomodarse, cayeron él y el rucio
en una honda y oscurísima sima que entre
unos edificios muy antiguos estaba, y al tiempo
del caer, se encomendó a Dios de todo corazón, 15
pensando que no había de parar hasta el
profundo de los abismos, y no fue así, porque
a poco más de tres estados dio fondo el rucio,
y él se halló encima de él, sin haber recibido
lesión ni daño alguno. Tentóse todo el cuerpo y 20
recogió el aliento por ver si estaba sano, o
agujereado, por alguna parte, y, viéndose
bueno, entero y católico de salud, no se hartaba
de dar gracias a Dios nuestro Señor de la
merced que le había hecho; porque sin duda pensó 25
que estaba hecho mil pedazos. Tentó asimismo
con las manos por las paredes de la sima,
por ver si sería posible salir de ella sin ayuda de
nadie; pero todas las halló rasas y sin asidero
alguno, de lo que Sancho se congojó mucho, 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 200
especialmente cuando oyó que el rucio se
quejaba tierna y dolorosamente, y no era mucho,
ni se lamentaba de vicio, que a la verdad no
estaba muy bien parado.
¡Ay, dijo entonces Sancho Panza, y cuán 5
no pensados sucesos suelen suceder a cada
paso a los que viven en este miserable mundo!
¿Quién dijera que el que ayer se vio
entronizado gobernador de una ínsula, mandando a
sus sirvientas y a sus vasallos, hoy se había de 10
ver sepultado en una sima, sin haber persona
alguna que le remedie, ni criado, ni vasallo
que acuda a su socorro? Aquí habremos de
perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos
morimos antes, él de molido y quebrantado, y 15
yo de pesaroso. A lo menos, no seré yo tan
venturoso como lo fue mi señor don Quijote de
la Mancha, cuando descendió y bajó a la cueva
de aquel encantado Montesinos, donde halló
quien le regalase mejor que en su casa; que 20
no parece sino que se fue a mesa puesta y a
cama hecha. Allí vio él visiones hermosas y
apacibles, y yo veré aquí, a lo que creo, sapos
y culebras. ¡Desdichado de mí!, y en qué han
parado mis locuras y fantasías? De aquí 25
sacarán mis huesos, cuando el cielo sea servido
que me descubran, mondos, blancos y raídos,
y los de mi buen rucio con ellos, por donde
quizá se echará de ver quién somos, a lo
menos, de los que tuvieren noticia [de] que nunca 30
Sancho Panza se apartó de su asno, ni su asno
de Sancho Panza; otra vez digo: ¡miserables
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LV p. 201
de nosotros, que no ha querido nuestra corta
suerte que muriésemos en nuestra patria, y
entre los nuestros, donde ya que no hallara
remedio nuestra desgracia, no faltara quien de ello
se doliera, y en la hora última de nuestro 5
pasamiento nos cerrara los ojos!
¡Oh compañero y amigo mío, qué mal pago
te he dado de tus buenos servicios! Perdóname,
y pide a la fortuna, en el mejor modo que
supieres, que nos saque de este miserable trabajo 10
en que estamos puestos los dos; que yo
prometo de ponerte una corona de laurel en la
cabeza, que no parezcas sino un laureado
poeta, y de darte los piensos doblados.
De esta manera se lamentaba Sancho Panza, 15
y su jumento le escuchaba sin responderle
palabra alguna, tal era el aprieto y angustia en
que el pobre se hallaba. Finalmente, habiendo
pasado toda aquella noche en miserables
quejas y lamentaciones, vino el día, con cuya 20
claridad y resplandor vio Sancho que era
imposible de toda imposibilidad salir de aquel
pozo, sin ser ayudado, y comenzó a lamentarse
y dar voces, por ver si alguno le oía; pero
todas sus voces eran dadas en desierto, pues 25
por todos aquellos contornos no había persona
que pudiese escucharle, y entonces se acabó
de dar por muerto. Estaba el rucio boca arriba
y Sancho Panza le acomodó de modo, que le
puso en pie, que apenas se podía tener; y, 30
sacando de las alforjas, que también habían
corrido la misma fortuna de la caída, un pedazo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 202
de pan, lo dio a su jumento, que no le supo
mal, y díjole Sancho, como si lo entendiera:
Todos los duelos con pan son buenos.
En esto, descubrió a un lado de la sima un
agujero, capaz de caber por él una persona, 5
si se agobiaba y encogía. Acudió a él Sancho
Panza, y, agazapándose, se entró por él y vio
que por de dentro era espacioso y largo; y
púdolo ver porque por lo que se podía llamar
techo entraba un rayo de sol que lo descubría 10
todo. Vio también que se dilataba y alargaba
por otra concavidad espaciosa; viendo lo cual
volvió a salir adonde estaba el jumento, y con
una piedra comenzó a desmoronar la tierra del
agujero de modo, que en poco espacio hizo 15
lugar donde con facilidad pudiese entrar el
asno, como lo hizo, y, cogiéndole del cabestro,
comenzó a caminar por aquella gruta adelante,
por ver si hallaba alguna salida por otra parte.
A veces iba a oscuras, y a veces sin luz, pero 20
ninguna vez sin miedo.
¡Válgame Dios todo poderoso!, decía entre
sí. Esta, que para mí es desventura, mejor
fuera para aventura de mi amo don Quijote; él
sí que tuviera estas profundidades y mazmorras 25
por jardines floridos, y por palacios de
Galiana, y esperara salir de esta oscuridad
y estrechez a algún florido prado. Pero yo
sin ventura, falto de consejo y menoscabado
de ánimo, a cada paso pienso que debajo de 30
los pies de improviso se ha de abrir otra
sima más profunda que la otra, que acabe
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LV p. 203
de tragarme. Bien vengas, mal, si vienes
solo.
De esta manera, y con estos pensamientos le
pareció que habría caminado poco más de media
legua, al cabo de la cual descubrió una confusa 5
claridad que pareció ser ya de día, y que
por alguna parte entraba, que daba indicio de
tener fin abierto aquel, para él, camino de la
otra vida.
Aquí le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve 10
a tratar [de] don Quijote, que alborozado y
contento esperaba el plazo de la batalla que
había de hacer con el robador de la honra de
la hija de doña Rodríguez, a quien pensaba
enderezar el tuerto y desaguisado que 15
malamente le tenían fecho.
Sucedió, pues, que saliéndose una mañana
a imponerse y ensayarse en lo que había de
hacer en el trance en que otro día pensaba
verse, dando un repelón o arremetida a 20
Rocinante, llegó a poner los pies tan junto a una
cueva, que a no tirarle fuertemente las riendas,
fuera imposible no caer en ella. En fin, le
detuvo, y no cayó; y, llegándose algo más cerca
sin apearse, miró aquella hondura, y, estándola 25
mirando, oyó grandes voces dentro, y,
escuchando atentamente, pudo percibir y entender
que el que las daba decía:
¡Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me
escuche, o algún caballero caritativo que se 30
duela de un pecador enterrado en vida, o
un desdichado desgobernado gobernador?
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 204
Parecióle a don Quijote que oía la voz
de Sancho Panza, de que quedó suspenso y
asombrado, y, levantando la voz todo lo que
pudo, dijo:
¿Quién está allá bajo, quién se queja? 5
¿Quién puede estar aquí, o quién se ha de
quejar, respondieron, sino el asendereado
de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados
y por su mala andanza, de la ínsula Barataria,
escudero que fue del famoso caballero don 10
Quijote de la Mancha?
Oyendo lo cual don Quijote, se le dobló la
admiración, y se le acrecentó el pasmo,
viniéndosele al pensamiento que Sancho
Panza debía de ser muerto, y que estaba allí 15
penando su alma; y, llevado de esta imaginación
dijo:
Conjúrote por todo aquello que puedo
conjurarte, como católico cristiano, que me digas
quién eres, y si eres alma en pena, dime qué 20
quieres que haga por ti; que pues es mi
profesión favorecer y acorrer a los necesitados
de este mundo, también lo seré para acorrer y
ayudar a los menesterosos del otro mundo,
que no pueden ayudarse por sí propios. 25
De esa manera, respondieron, vuestra
merced que me habla debe de ser mi señor don
Quijote de la Mancha, y aun en el órgano de
la voz no es otro, sin duda.
Don Quijote soy, replicó don Quijote; el 30
que profeso socorrer y ayudar en sus necesidades
a los vivos y a los muertos. Por eso,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LV p. 205
dime quién eres; que me tienes atónito. Porque
si eres mi escudero Sancho Panza, y te has
muerto, como no te hayan llevado los diablos,
y por la misericordia de Dios estés en el
purgatorio, sufragios tiene nuestra santa madre la 5
Iglesia Católica Romana bastantes a sacarte de
las penas en que estás, y yo, que lo solicitaré
con ella, por mi parte, con cuanto mi hacienda
alcanzare; por eso acaba de declararte, y dime
quién eres. 10
¡Voto a tal!, respondieron, y por el
nacimiento de quien vuestra merced quisiere juro,
señor don Quijote de la Mancha, que yo soy
su escudero Sancho Panza, y que nunca me he
muerto en todos los días de mi vida, sino que 15
habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas
que es menester más espacio para decirlas,
anoche caí en esta sima donde yago, el rucio
conmigo, que no me dejará mentir, pues, por
más señas, está aquí conmigo. 20
Y hay más; que no parece sino que el
jumento entendió lo que Sancho dijo, porque al
momento comenzó a rebuznar, tan recio, que toda
la cueva retumbaba.
Famoso testigo, dijo don Quijote; el 25
rebuzno conozco como si le pariera, y tu voz
oigo, Sancho mío. Espérame, iré al castillo del
duque que está aquí cerca, y traeré quien te
saque de esta sima, donde tus pecados te deben
de haber puesto. 30
Vaya vuestra merced, dijo Sancho, y
vuelva presto, por un solo Dios; que ya no lo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 206
puedo llevar el estar aquí sepultado en vida, y
me estoy muriendo de miedo.
Dejóle don Quijote y fue al castillo a
contar a los duques el suceso de Sancho Panza,
de que no poco se maravillaron, aunque bien 5
entendieron que debía de haber caído por la
correspondencia de aquella gruta, que de
tiempos inmemoriales estaba allí hecha; pero no
podían pensar cómo había dejado el gobierno,
sin tener ellos aviso de su venida. Finalmente, 10
como dicen, llevaron sogas y maromas, y a
costa de mucha gente y de mucho trabajo
sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas
tinieblas a la luz del sol.
Viole un estudiante, y dijo: 15
De esta manera habían de salir de sus
gobiernos todos los malos gobernadores, como sale
este pecador del profundo del abismo: muerto
de hambre, descolorido y sin blanca, a lo que
yo creo. 20
Oyólo Sancho, y dijo:
Ocho días o diez ha, hermano murmurador,
que entré a gobernar la ínsula que me dieron,
en los cuales no me vi harto de pan siquiera
un hora; en ellos me han perseguido médicos 25
y enemigos me han brumado los huesos, ni
he tenido lugar de hacer cohechos ni de cobrar
derechos, y, siendo esto así, como lo es, no
merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera.
Pero el hombre pone y Dios dispone, y Dios 30
sabe lo mejor y lo que le está bien a cada uno,
y cual el tiempo tal el tiento, y nadie diga
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LV p. 207
de esta agua no beberé; que adonde se piensa
que hay tocinos no hay estacas, y Dios me
entiende y basta y no digo más, aunque pudiera.
No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre
de lo que oyeres; que será nunca acabar. 5
Ven tú con segura conciencia, y digan lo que
dijeren, y es querer atar las lenguas de los
maldicientes lo mismo que querer poner puertas
al campo. Si el gobernador sale rico de su
gobierno dicen de él que ha sido un ladrón, y si 10
sale pobre, que ha sido un parapoco y un
mentecato.
A buen seguro, respondió Sancho, que
por esta vez antes me han de tener por tonto
que por ladrón. 15
En estas pláticas llegaron, rodeados de
muchachos y de otra mucha gente, al castillo,
adonde en unos corredores estaban ya el
duque y la duquesa, esperando a don Quijote y
a Sancho, el cual no quiso subir a ver al duque 20
sin que primero no hubiese acomodado al rucio
en la caballeriza, porque decía que había
pasado muy mala noche en la posada, y luego
subió a ver a sus señores, ante los cuales puesto
de rodillas, dijo: 25
Yo, señores, porque lo quiso así vuestra
grandeza, sin ningún merecimiento mío, fui a
gobernar vuestra ínsula Barataria, en la cual
entré desnudo, y desnudo me hallo, ni pierdo,
ni gano; si he gobernado bien o mal, testigos 30
he tenido delante, que dirán lo que quisieren.
He declarado dudas, sentenciado pleitos, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 208
siempre muerto de hambre, por haberlo querido
así el doctor Pedro Recio, natural de
Tirteafuera, médico insulano, y gobernadoresco.
Acometiéronnos enemigos de noche, y, habiéndonos
puesto en grande aprieto, dicen los de la 5
ínsula que salieron libres y con victoria por el
valor de mi brazo; que tal salud les dé Dios
como ellos dicen verdad.
En resolución, en este tiempo yo he tanteado
las cargas que trae consigo y las obligaciones 10
el gobernar, y he hallado por mi cuenta que
no las podrán llevar mis hombros, ni son peso
de mis costillas, ni flechas de mi aljaba; y, así,
antes que diese conmigo al través el gobierno,
he querido yo dar con el gobierno al través, 15
y ayer de mañana dejé la ínsula como la hallé,
con las mismas calles, casas y tejados que
tenía cuando entré en ella. No he pedido
prestado a nadie ni metídome en granjerías, y
aunque pensaba hacer algunas ordenanzas 20
provechosas, no hice ninguna, temeroso que no se
habían de guardar; que es lo mismo hacerlas
que no hacerlas. Salí, como digo, de la ínsula,
sin otro acompañamiento que el de mi rucio.
Caí en una sima, víneme por ella adelante, 25
hasta que esta mañana, con la luz del sol, vi la
salida; pero no tan fácil, que a no depararme
el cielo a mi señor don Quijote, allí me
quedara hasta la fin del mundo. Así que, mis
señores duque y duquesa, aquí está vuestro 30
gobernador Sancho Panza, que ha granjeado en
solos diez días que ha tenido el gobierno a
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LV p. 209
conocer que no se le ha de dar nada por ser
gobernador, no que de una ínsula, sino de todo
el mundo. Y con este presupuesto, besando a
vuestras mercedes los pies, imitando al juego
de los muchachos que dicen: «salta tú, y 5
»dámela tú», doy un salto del gobierno y me
paso al servicio de mi señor don Quijote; que,
en fin, en él, aunque como el pan con sobresalto,
hártome, a lo menos, y para mí, como yo
esté harto, eso me hace que sea de zanahorias 10
que de perdices.
Con esto dio fin a su larga plática Sancho,
temiendo siempre don Quijote que había de
decir en ella millares de disparates, y cuando
le vio acabar con tan pocos, dio en su corazón 15
gracias al cielo, y el duque abrazó a Sancho y
le dijo que le pesaba en el alma de que
hubiese dejado tan presto el gobierno; pero que
él haría de suerte que se le diese en su estado
otro oficio de menos carga y de más provecho. 20
Abrazóle la duquesa asimismo, y mandó que
le regalasen, porque daba señales de venir
mal molido y peor parado.
p. 210
Capítulo LVI
De la descomunal y nunca vista batalla que
pasó entre don Quijote de la Mancha y el
lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la
dueña doña Rodríguez. 5
No quedaron arrepentidos los duques de la
burla hecha a Sancho Panza del gobierno que
le dieron, y más que aquel mismo día vino su
mayordomo y les contó punto por punto todas
casi las palabras y acciones que Sancho había 10
dicho y hecho en aquellos días, y, finalmente,
les encareció el asalto de la ínsula y el miedo
de Sancho, y su salida, de que no pequeño
gusto recibieron.
Después de esto, cuenta la historia que se llegó 15
el día de la batalla aplazada, y, habiendo el
duque una y muy muchas veces advertido a su
lacayo Tosilos cómo se había de avenir con don
Quijote para vencerle sin matarle ni herirle,
ordenó que se quitasen los hierros a las lanzas, 20
diciendo a don Quijote que no permitía la
cristiandad de que él se preciaba que aquella
batalla fuese con tanto riesgo y peligro de las
vidas, y que se contentase con que le daba
campo franco en su tierra, puesto que iba contra 25
el decreto del santo Concilio, que prohíbe
los tales desafíos, y no quisiese llevar por todo
rigor aquel trance tan fuerte.
Don Quijote dijo que su excelencia
dispusiese las cosas de aquel negocio como más 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVI p. 211
fuese servido; que él le obedecería en todo.
Llegado, pues, el temeroso día, y, habiendo
mandado el duque que delante de la plaza del
castillo se hiciese un espacioso cadalso,
donde estuviesen los jueces del campo, y las 5
dueñas, madre e hija, demandantes, había
acudido de todos los lugares y aldeas circunvecinas
infinita gente a ver la novedad de aquella
batalla; que nunca otra tal no habían visto ni
oído decir en aquella tierra los que vivían, ni 10
los que habían muerto.
El primero que entró en el campo y estacada
fue el maestro de las ceremonias, que tanteó el
campo, y le paseó todo, porque en él no
hubiese algún engaño ni cosa encubierta donde 15
se tropezase y cayese. Luego entraron las
dueñas y se sentaron en sus asientos, cubiertas
con los mantos hasta los ojos, y aun hasta los
pechos, con muestras de no pequeño sentimiento.
Presente don Quijote en la estacada, 20
de allí a poco, acompañado de muchas trompetas,
asomó por una parte de la plaza, sobre
un poderoso caballo, hundiéndola toda, el
grande lacayo Tosilos, calada la visera y todo
encambronado con unas fuertes y lucientes armas. 25
El caballo mostraba ser frisón, ancho y de color
tordillo; de cada mano y pie le pendía una
arroba de lana.
Venía el valeroso combatiente bien informado
del duque su señor de cómo se había de 30
portar con el valeroso don Quijote de la
Mancha, advertido que en ninguna manera le
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 212
matase, sino que procurase huir el primer
encuentro, por excusar el peligro de su muerte,
que estaba cierto si de lleno en lleno le
encontrase. Paseó la plaza, y, llegando donde las
dueñas estaban, se puso algún tanto a mirar a 5
la que por esposo le pedía; llamó el maese de
campo a don Quijote, que ya se había presentado
en la plaza, y junto con Tosilos habló a las
dueñas, preguntándoles si consentían que volviese
por su derecho don Quijote de la Mancha. 10
Ellas dijeron que sí, y que todo lo que en
aquel caso hiciese lo daban por bien hecho,
por firme y por valedero.
Ya en este tiempo estaban el duque y la
duquesa puestos en una galería que caía sobre 15
la estacada, toda la cual estaba coronada de
infinita gente que esperaba ver el riguroso
trance nunca visto. Fue condición de los
combatientes que si don Quijote vencía, su
contrario se había de casar con la hija de doña 20
Rodríguez; y si él fuese vencido, quedaba
libre su contendor de la palabra que se le
pedía, sin dar otra satisfacción alguna.
Partióles el maestro de las ceremonias el
sol y puso a los dos cada uno en el puesto 25
donde habían de estar. Sonaron los tambores,
llenó el aire el son de las trompetas, temblaba
debajo de los pies la tierra, estaban suspensos
los corazones de la mirante turba, temiendo
unos y esperando otros el bueno o el mal 30
suceso de aquel caso. Finalmente, don Quijote,
encomendándose de todo su corazón a Dios
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVI p. 213
nuestro Señor, y a la señora Dulcinea del
Toboso, estaba aguardando que se le diese
señal precisa de la arremetida.
Empero nuestro lacayo tenía diferentes
pensamientos; no pensaba él sino en lo que ahora 5
diré: Parece ser que cuando estuvo mirando a
su enemiga le pareció la más hermosa mujer
que había visto en toda su vida, y el niño
ceguezuelo a quien suelen llamar de ordinario
Amor por esas calles, no quiso perder la ocasión 10
que se le ofreció de triunfar de una alma
lacayuna y ponerla en la lista de sus trofeos,
y, así, llegándose a él bonitamente, sin que
nadie le viese, le envasó al pobre lacayo una
flecha de dos varas por el lado izquierdo y le 15
pasó el corazón de parte a parte, y púdolo
hacer bien al seguro, porque el amor es
invisible y entra y sale por do quiere, sin que
nadie le pida cuenta de sus hechos.
Digo, pues, que cuando dieron la señal de 20
la arremetida, estaba nuestro lacayo transportado,
pensando en la hermosura de la que ya
había hecho señora de su libertad, y, así, no
atendió al son de la trompeta, como hizo don
Quijote, que apenas la hubo oído, cuando 25
arremetió; y, a todo el correr que permitía
Rocinante, partió contra su enemigo, y, viéndole
partir su buen escudero Sancho, dijo a grandes
voces:
¡Dios te guíe, nata y flor de los andantes 30
caballeros; Dios te dé la victoria, pues llevas la
razón de tu parte!
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 214
Y aunque Tosilos vio venir contra sí a don
Quijote, no se movió un paso de su puesto;
antes, con grandes voces, llamó al maese de
campo, el cual, venido a ver lo que quería,
le dijo: 5
Señor, ¿esta batalla no se hace porque yo
me case, o no me case, con aquella señora?
Así es, le fue respondido.
Pues yo, dijo el lacayo, soy temeroso de
mi conciencia y pondríala en gran cargo si 10
pasase adelante en esta batalla, y así digo
que yo me doy por vencido y que quiero
casarme luego con aquella señora.
Quedó admirado el maese de campo de las
razones de Tosilos, y como era uno de los 15
sabedores de la máquina de aquel caso, no le
supo responder palabra. Detúvose don Quijote
en la mitad de su carrera, viendo que su
enemigo no le acometía. El duque no sabía la
ocasión porque no se pasaba adelante en la 20
batalla; pero el maese de campo le fue a
declarar lo que Tosilos decía, de lo que quedó
suspenso y colérico en extremo.
En tanto que esto pasaba, Tosilos se llegó
adonde doña Rodríguez estaba, y dijo a 25
grandes voces:
Yo, señora, quiero casarme con vuestra
hija, y no quiero alcanzar por pleitos ni
contiendas lo que puedo alcanzar por paz, y sin
peligro de la muerte. 30
Oyó esto el valeroso don Quijote, y dijo:
Pues esto así es, yo quedo libre y suelto de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVI p. 215
mi promesa; cásense en hora buena, y pues
Dios nuestro Señor se la dio, San Pedro se la
bendiga.
El duque había bajado a la plaza del castillo,
y llegándose a Tosilos, le dijo: 5
¿Es verdad, caballero, que os dais por
vencido, y que, instigado de vuestra temerosa
conciencia, os queréis casar con esta
doncella?
Sí, señor, respondió Tosilos. 10
El hace muy bien, dijo a esta sazón
Sancho Panza; porque lo que has de dar al
mur, dalo al gato, y sacarte ha de cuidado.
Ibase Tosilos desenlazando la celada, y
rogaba que aprisa le ayudasen, porque le 15
iban faltando los espíritus del aliento, y no
podía verse encerrado tanto tiempo en la
estrechez de aquel aposento. Quitáronsela
aprisa, y quedó descubierto y patente su
rostro de lacayo. Viendo lo cual doña Rodríguez 20
y su hija, dando grandes voces, dijeron:
¡Este es engaño, engaño es éste! ¡A Tosilos,
el lacayo del duque mi señor, nos han puesto
en lugar de mi verdadero esposo! ¡Justicia de
Dios y del rey, de tanta malicia, por no decir 25
bellaquería!
No vos acuitéis, señoras, dijo don Quijote;
que ni ésta es malicia, ni es bellaquería,
y si la es, y no ha sido la causa el duque,
sino los malos encantadores que me persiguen, 30
los cuales envidiosos de que yo alcanzase la
gloria de este vencimiento, han convertido el
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 216
rostro de vuestro esposo en el de este que decís
que es lacayo del duque. Tomad mi consejo, y,
a pesar de la malicia de mis enemigos, casaos
con él; que, sin duda, es el mismo que vos
deseáis alcanzar por esposo. 5
El duque, que esto oyó, estuvo por romper
en risa toda su cólera, y dijo:
Son tan extraordinarias las cosas que suceden
al señor don Quijote, que estoy por creer
que este mi lacayo no lo es; pero usemos de este 10
ardid y maña. Dilatemos el casamiento quince
días, si quieren, y tengamos encerrado a este
personaje que nos tiene dudosos, en los cuales
podría ser que volviese a su prístina figura;
que no ha de durar tanto el rencor que los 15
encantadores tienen al señor don Quijote, y
más, yéndoles tan poco en usar estos embelecos
y transformaciones.
Oh, señor, dijo Sancho, que ya tienen
estos malandrines por uso y costumbre de 20
mudar las cosas de unas en otras, que tocan a
mi amo. Un caballero que venció los días
pasados, llamado el de los Espejos, le volvieron
en la figura del bachiller Sansón Carrasco,
natural de nuestro pueblo y grande amigo 25
nuestro, y a mi señora Dulcinea del Toboso la
han vuelto en una rústica labradora, y, así,
imagino que este lacayo ha de morir y vivir
lacayo todos los días de su vida.
A lo que dijo la hija de Rodríguez: 30
Séase quien fuere este que me pide por
esposa --que yo se lo agradezco--; que más
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVI p. 217
quiero ser mujer legítima de un lacayo, que
no amiga y burlada de un caballero, puesto
que el que a mí me burló no lo es.
En resolución, todos estos cuentos y
sucesos pararon en que Tosilos se recogiese 5
hasta ver en qué paraba su transformación;
aclamaron todos la victoria por don Quijote, y
los más quedaron tristes y melancólicos de ver
que no se habían hecho pedazos los tan
esperados combatientes, bien así como los 10
muchachos quedan tristes, cuando no sale el
ahorcado que esperan, porque le ha perdonado, o
la parte, o la justicia. Fuese la gente,
volviéronse el duque y don Quijote al castillo,
encerraron a Tosilos, quedaron doña Rodríguez y 15
su hija contentísimas de ver que por una vía o
por otra aquel caso había de parar en casamiento,
y Tosilos no esperaba menos.
p. 218
Capítulo LVII
Que trata de cómo don Quijote se despidió del
duque, y de lo que le sucedió con la discreta
y desenvuelta Altisidora, doncella de la
duquesa. 5
Ya le pareció a don Quijote que era bien
salir de tanta ociosidad como la que en aquel
castillo tenía; que se imaginaba ser grande la
falta que su persona hacía en dejarse estar
encerrado y perezoso entre los infinitos regalos 10
y deleites que como a caballero andante aquellos
señores le hacían, y parecíale que había de
dar cuenta estrecha al cielo de aquella
ociosidad y encerramiento. Y, así, pidió un día
licencia a los duques para partirse. Diéronsela con 15
muestras de que en gran manera les pesaba
de que los dejase. Dio la duquesa las cartas
de su mujer a Sancho Panza, el cual lloró con
ellas, y dijo:
¿Quién pensara que esperanzas tan grandes 20
como las que en el pecho de mi mujer Teresa
Panza engendraron las nuevas de mi gobierno
habían de parar en volverme yo ahora a las
arrastradas aventuras de mi amo don Quijote
de la Mancha? Con todo esto, me contento de 25
ver que mi Teresa correspondió a ser quien es,
enviando las bellotas a la duquesa; que a no
habérselas enviado, quedando yo pesaroso, se
mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVII p. 219
es que esta dádiva no se le puede dar
nombre de cohecho, porque ya tenía yo el
gobierno cuando ella las envió, y está puesto en
razón que los que reciben algún beneficio,
aunque sea con niñerías, se muestren agradecidos. 5
En efecto, yo entré desnudo en el gobierno y
salgo desnudo de él; y, así, podré decir con
segura conciencia, que no es poco: «desnudo nací,
»desnudo me hallo, ni pierdo ni gano».
Esto pasaba entre sí Sancho el día de la 10
partida; y saliendo don Quijote, habiéndose
despedido la noche antes de [los] duques, una
mañana se presentó armado en la plaza del
castillo. Mirábanle de los corredores toda la
gente del castillo, y asimismo los duques 15
salieron a verle. Estaba Sancho sobre su rucio,
con sus alforjas, maleta y repuesto, contentísimo,
porque el mayordomo del duque, el que
fue la Trifaldi, le había dado un bolsico con
doscientos escudos de oro, para suplir los 20
menesteres del camino, y esto aún no lo sabía
don Quijote.
Estando como queda dicho, mirándole todos,
a deshora entre las otras dueñas y doncellas de
la duquesa, que le miraban, alzó la voz la 25
desenvuelta y discreta Altisidora, y en son
lastimero dijo:
Escucha, mal caballero,
detén un poco las riendas;
no fatigues las ijadas 30
de tu mal regida bestia.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 220
Mira, falso, que no huyes
de alguna serpiente fiera,
sino de una corderilla
que está muy lejos de oveja.
Tú has burlado, monstruo horrendo, 5
la más hermosa doncella
que Diana vio en sus montes,
que Venus miró en sus selvas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas. 10
Tú llevas ¡llevar impío!
en las garras de tus cerras
las entrañas de una humilde,
como enamorada, tierna.
Llévaste tres tocadores, 15
y unas ligas, de unas piernas
que al mármol puro se igualan
en lisas, blancas y negras.
Llévaste dos mil suspiros,
que, a ser de fuego, pudieran 20
abrasar a dos mil Troyas,
si dos mil Troyas hubiera.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
De ese Sancho tu escudero 25
las entrañas sean tan tercas
y tan duras, que no salga
de su encanto Dulcinea.
De la culpa que tú tienes
lleve la triste la pena; 30
que justos por pecadores
tal vez pagan en mi tierra.
Tus más finas aventuras
en desventuras se vuelvan,
en sueños tus pasatiempos, 35
en olvidos tus firmezas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVII p. 221
Seas tenido por falso
desde Sevilla a Marchena,
desde Granada hasta Loja,
de Londres a Inglaterra.
Si jugares al reinado, 5
los cientos, o la primera,
los reyes huyan de ti;
ases, ni sietes no veas.
Si te cortares los callos,
sangre las heridas viertan; 10
y quédente los raigones
si te sacares las muelas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
En tanto que de la suerte que se ha dicho se 15
quejaba la lastimada Altisidora, la estuvo
mirando don Quijote, y, sin responderla palabra,
volviendo el rostro a Sancho, le dijo:
Por el siglo de tus pasados, Sancho mío,
te conjuro que me digas una verdad; dime, 20
¿llevas por ventura, los tres tocadores, y las
ligas que esta enamorada doncella dice?
A lo que Sancho respondió:
Los tres tocadores sí llevo; pero las ligas,
como por los cerros de Ubeda. 25
Quedó la duquesa admirada de la desenvoltura
de Altisidora, que aunque la tenía por
atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado
que se atreviera a semejantes desenvolturas;
y como no estaba advertida de esta burla, creció 30
más su admiración. El duque quiso reforzar el
donaire, y dijo:
No me parece bien, señor caballero, que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 222
habiendo recibido en este mi castillo el buen
acogimiento que en él se os ha hecho, os hayáis
atrevido a llevaros tres tocadores, por lo
menos, si por lo más las ligas de mi doncella;
indicios son de mal pecho y muestras que no 5
corresponden a vuestra fama. Volvedle las
ligas; si no, yo os desafío a mortal batalla,
sin tener temor que malandrines encantadores
me vuelvan ni muden el rostro, como han hecho
en el de Tosilos mi lacayo, el que entró 10
con vos en batalla.
No quiera Dios, respondió don Quijote,
que yo desenvaine mi espada contra vuestra
ilustrísima persona, de quien tantas
mercedes he recibido. Los tocadores volveré, 15
porque dice Sancho que los tiene; las ligas es
imposible, porque ni yo las he recibido ni él
tampoco, y si esta vuestra doncella quisiere
mirar sus escondrijos, a buen seguro que las
halle. Yo, señor duque, jamás he sido ladrón, 20
ni lo pienso ser en toda mi vida, como Dios no
me deje de su mano. Esta doncella habla, como
ella dice, como enamorada, de lo que yo no le
tengo culpa, y, así, no tengo de qué pedirle
perdón, ni a ella, ni a vuestra excelencia, a 25
quien suplico me tenga en mejor opinión, y me
dé de nuevo licencia para seguir mi camino.
Déosle Dios tan bueno, dijo la duquesa,
señor don Quijote, que siempre oigamos buenas
nuevas de vuestras fechorías; y andad con 30
Dios, que mientras más os detenéis, más
aumentáis el fuego de los pechos de las doncellas
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVII p. 223
que os miran. Y a la mía yo la castigaré
de modo, que de aquí adelante no se desmande
con la vista ni con las palabras.
Una no más quiero que me escuches, ¡oh
valeroso don Quijote!, dijo entonces Altisidora, 5
y es que te pido perdón del latrocinio
de las ligas, porque en Dios y en mi ánima,
que las tengo puestas, y he caído en el descuido
del que yendo sobre el asno, le buscaba.
¿No lo dije yo?, dijo Sancho. ¡Bonico 10
soy yo para encubrir hurtos! Pues a quererlos
hacer, de paleta me había venido la ocasión en
mi gobierno.
Abajó la cabeza don Quijote e hizo reverencia
a los duques y a todos los circunstantes, 15
y, volviendo las riendas a Rocinante,
siguiéndole Sancho sobre el rucio, se salió del
castillo, enderezando su camino a Zaragoza.
p. 224
Capítulo LVIII
Que trata de cómo menudearon sobre don
Quijote aventuras tantas, que no se daban
vagar unas a otras.
Cuando don Quijote se vio en la campaña 5
rasa, libre y desembarazado de los requiebros
de Altisidora, le pareció que estaba en su
centro y que los espíritus se le renovaban para
proseguir de nuevo el asunto de sus caballerías,
y, volviéndose a Sancho, le dijo: 10
La libertad, Sancho, es uno de los más
preciosos dones que a los hombres dieron los
cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros
que encierra la tierra ni el mar encubre. Por la
libertad, así como por la honra, se puede y 15
debe aventurar la vida; y, por el contrario, el
cautiverio es el mayor mal que puede venir a
los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien
has visto el regalo, la abundancia que en este
castillo, que dejamos, hemos tenido; pues en 20
mitad de aquellos banquetes sazonados y de
aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que
estaba metido entre las estrecheces de la
hambre. Porque no lo gozaba con la libertad que
lo gozara si fueran míos; que las obligaciones 25
de las recompensas de los beneficios y mercedes
recibidas son ataduras que no dejan campear
al ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quien
el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 225
obligación de agradecerlo a otro que al mismo
cielo!
Con todo eso, dijo Sancho, que vuestra
merced me ha dicho, no es bien que se quede[n]
sin agradecimiento de nuestra parte doscientos 5
escudos de oro, que en una bolsilla me dio el
mayordomo del duque, que como pítima y
confortativo la llevo puesta sobre el corazón,
para lo que se ofreciere; que no siempre hemos
de hallar castillos donde nos regalen, que tal 10
vez toparemos con algunas ventas donde nos
apaleen.
En estos y otros razonamientos iban los
andantes caballero y escudero, cuando vieron,
habiendo andado poco más de una legua, que 15
encima de la hierba de un pradillo verde,
encima de sus capas, estaban comiendo hasta una
docena de hombres, vestidos de labradores.
Junto a sí tenían unas como sábanas blancas,
con que cubrían alguna cosa que debajo estaba; 20
estaban empinadas y tendidas y de trecho
a trecho puestas. Llegó don Quijote a los
que comían, y, saludándolos primero cortésmente,
les preguntó que qué era lo que aquellos
lienzos cubrían. Uno de ellos le respondió: 25
Señor, debajo de estos lienzos están unas
imágenes de relieve y entalladura, que han
de servir en un retablo que hacemos en nuestra
aldea; llevámoslas cubiertas porque no se
desfloren, y en hombros porque no se quiebren. 30
Si sois servidos, respondió don Quijote,
holgaría de verlas, pues imágenes que con
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 226
tanto recato se llevan, sin duda deben de ser
buenas.
Y, ¡cómo si lo son!, dijo otro; si no,
dígalo lo que cuesta; que en verdad que no hay
ninguna que no esté en más de cincuenta ducados, 5
y porque vea vuestra merced esta verdad,
espere vuestra merced, y verla ha por vista
de ojos.
Y, levantándose, dejó de comer, y fue a
quitar la cubierta de la primera imagen, que 10
mostró ser la de San Jorge puesto a caballo, con
una serpiente enroscada a los pies, y la lanza
atravesada por la boca, con la fiereza que
suele pintarse. Toda la imagen parecía una
ascua de oro, como suele decirse. Viéndola don 15
Quijote, dijo:
Este caballero fue uno de los mejores
andantes que tuvo la milicia divina; llamóse don
San Jorge, y fue, además, defendedor de
doncellas. Veamos esta otra. 20
Descubrióla el hombre, y pareció ser la de
San Martín, puesto a caballo, que partía la
capa con el pobre, y apenas la hubo visto don
Quijote, cuando dijo:
Este caballero también fue de los aventureros 25
cristianos, y creo que fue más liberal
que valiente, como lo puedes echar de ver,
Sancho, en que está partiendo la capa con el
pobre, y le da la mitad, y sin duda debía de ser
entonces invierno, que si no, él se la diera 30
toda, según era de caritativo.
No debió de ser eso, dijo Sancho, sino
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 227
que se debió de atener al refrán que dicen:
«que para dar y tener, seso es menester».
Riose don Quijote, y pidió que quitasen
otro lienzo, debajo del cual se descubrió la
imagen del patrón de las Españas a caballo, la 5
espada ensangrentada, atropellando moros y
pisando cabezas, y, en viéndola, dijo don
Quijote:
Este sí que es caballero y de las escuadras
de Cristo; éste se llama don San Diego 10
Matamoros, uno de los más valientes santos y
caballeros que tuvo el mundo y tiene ahora el
cielo.
Luego descubrieron otro lienzo y pareció
que encubría la caída de San Pablo del caballo 15
abajo, con todas las circunstancias que en
el retablo de su conversión suelen pintarse;
cuando le vio tan al vivo, que dijeran que
Cristo le hablaba y Pablo respondía.
Este, dijo don Quijote, fue el mayor 20
enemigo que tuvo la iglesia de Dios Nuestro
Señor en su tiempo, y el mayor defensor suyo
que tendrá jamás, caballero andante por la
vida, y santo a pie quedo por la muerte;
trabajador incansable en la viña del Señor, 25
doctor de las gentes, a quien sirvieron de
escuelas los cielos, y de catedrático y maestro
que le enseñase, el mismo Jesucristo.
No había más imágenes, y, así, mandó don
Quijote que las volviesen a cubrir, y dijo a 30
los que las llevaban:
Por buen agüero he tenido, hermanos, haber
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 228
visto lo que he visto, porque estos santos y
caballeros profesaron lo que yo profeso, que
es el ejercicio de las armas; sino que la
diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos
fueron santos y pelearon a lo divino, y yo soy 5
pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron
el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo
padece fuerza, y yo hasta ahora no sé lo que
conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi
Dulcinea del Toboso saliese de los que 10
padece, mejorándose mi ventura y adobándoseme
el juicio, podría ser que encaminase mis
pasos por mejor camino del que llevo.
Dios lo oiga y el pecado sea sordo, dijo
Sancho a esta ocasión. 15
Admiráronse los hombres así de la figura
como de las razones de don Quijote, sin entender
la mitad de lo que en ellas decir quería.
Acabaron de comer, cargaron con sus imágenes
y, despidiéndose de don Quijote, siguieron 20
su viaje.
Quedó Sancho de nuevo como si jamás hubiera
conocido a su señor, admirado de lo que
sabía, pareciéndole que no debía de haber
historia en el mundo, ni suceso que no lo 25
tuviese cifrado en la uña y clavado en la
memoria, y díjole:
En verdad, señor nuestramo, que si esto
que nos ha sucedido hoy se puede llamar
aventura, ella ha sido de las más suaves y dulces 30
que en todo el discurso de nuestra peregrinación
nos ha sucedido; de ella habemos salido sin
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 229
palos y sobresalto alguno, ni hemos echado
mano a las espadas, ni hemos batido la tierra
con los cuerpos, ni quedamos hambrientos.
¡Bendito sea Dios, que tal me ha dejado ver
con mis propios ojos! 5
Tú dices bien, Sancho, dijo don Quijote;
pero has de advertir que no todos los tiempos
son unos ni corren de una misma suerte, y esto
que el vulgo suele llamar comúnmente agüeros,
que no se fundan sobre natural razón alguna, 10
del que es discreto han de ser tenidos y
juzgados por buenos acontecimientos. Levántase
uno de estos agoreros por la mañana, sale de
su casa, encuéntrase con un fraile de la orden
del bienaventurado San Francisco, y como si 15
hubiera encontrado con un grifo, vuelve las
espaldas, y vuélvese a su casa. Derrámasele al
otro Mendoza la sal encima de la mesa, y
derrámasele a él la melancolía por el corazón;
como si estuviese obligada la naturaleza a 20
dar señales de las venideras desgracias con
cosas tan de poco momento como las referidas.
El discreto y cristiano no ha de andar en
puntillos con lo que quiere hacer el cielo. Llega
Cipión a Africa, tropieza en saltando en tierra, 25
tiénenlo por mal agüero sus soldados, pero él,
abrazándose con el suelo, dijo: «No te me
»podrás huir, Africa, porque te tengo asida y
»entre mis brazos.» Así que, Sancho, el haber
encontrado con estas imágenes ha sido para mí 30
felicísimo acontecimiento.
Yo así lo creo, respondió Sancho, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 230
querría que vuestra merced me dijese qué es
la causa porque dicen los españoles cuando
quieren dar alguna batalla, invocando aquel
San Diego Matamoros: «¡Santiago, y cierra
»España!» ¿Está por ventura España abierta, y de 5
modo, que es menester cerrarla, o qué
ceremonia es ésta?
Simplicísimo eres, Sancho, respondió don
Quijote, y mira que este gran caballero de la
cruz bermeja háselo dado Dios a España por 10
patrón y amparo suyo, especialmente en los
rigurosos trances que con los moros los
españoles han tenido, y, así, le invocan y llaman
como a defensor suyo en todas las batallas
que acometen, y muchas veces le han visto 15
visiblemente en ellas, derribando, atropellando,
destruyendo y matando los agarenos escuadrones;
y de esta verdad se pudiera traer muchos
ejemplos que en las verdaderas historias
españolas se cuentan. 20
Mudó Sancho plática y dijo a su amo:
Maravillado estoy, señor, de la desenvoltura
de Altisidora, la doncella de la duquesa;
bravamente la debe de tener herida y
traspasada aquel que llaman Amor, que dicen que 25
es un rapaz ceguezuelo que, con estar legañoso,
o por mejor decir, sin vista, si toma por
blanco un corazón, por pequeño que sea, le
acierta y traspasa de parte a parte con sus
flechas. He oído decir también que en la 30
vergüenza y recato de las doncellas se despuntan
y embotan las amorosas saetas; pero en esta
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 231
Altisidora más parece que se aguzan que
despuntan.
Advierte, Sancho, dijo don Quijote, que
el amor ni mira respetos ni guarda términos
de razón en sus discursos, y tiene la misma 5
condición que la muerte, que así acomete los
altos alcázares de los reyes como las humildes
chozas de los pastores, y cuando toma entera
posesión de una alma, lo primero que hace
es quitarle el temor y la vergüenza; y, así, 10
sin ella declaró Altisidora sus deseos, que
engendraron en mi pecho antes confusión
que lástima.
Crueldad notoria, dijo Sancho;
desagradecimiento inaudito. Yo de mí sé decir que 15
me rindiera y avasallara la más mínima razón
amorosa suya. ¡Hideputa, y qué corazón de
mármol, qué entrañas de bronce y qué alma
de argamasa! Pero no puedo pensar qué es lo
que vio esta doncella en vuestra merced que 20
así la rindiese y avasallase. Qué gala, qué
brío, qué donaire, qué rostro, que cada cosa
por sí de éstas, o todas juntas, le enamoraron;
que en verdad, en verdad, que muchas veces
me paro a mirar a vuestra merced desde la punta 25
del pie hasta el último cabello de la cabeza,
y que veo más cosas para espantar que para
enamorar. Y, habiendo yo también oído decir
que la hermosura es la primera y principal
parte que enamora, no teniendo vuestra 30
merced ninguna, no sé yo de qué se enamoró la
pobre.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 232
Advierte, Sancho, respondió don Quijote,
que hay dos maneras de hermosura: una del
alma, y otra del cuerpo. La del alma campea y
se muestra en el entendimiento, en la honestidad,
en el buen proceder, en la liberalidad y 5
en la buena crianza, y todas estas partes caben
y pueden estar en un hombre feo, y cuando se
pone la mira en esta hermosura y no en la del
cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y
con ventajas. Yo, Sancho, bien veo que no soy 10
hermoso, pero también conozco que no soy
disforme, y bástale a un hombre de bien no ser
monstruo para ser bien querido, como tenga
los dotes del alma que te he dicho.
En estas razones y pláticas se iban entrando 15
por una selva que fuera del camino estaba, y a
deshora, sin pensar en ello, se halló don
Quijote enredado entre unas redes de hilo verde,
que desde unos árboles a otros estaban
tendidas; y, sin poder imaginar qué pudiese ser 20
aquello, dijo a Sancho:
Paréceme, Sancho, que esto de estas redes
debe de ser una de las más nuevas aventuras
que pueda imaginar. Que me maten si los
encantadores que me persiguen no quieren 25
enredarme en ellas, y detener mi camino, como en
venganza de la rigurosidad que con Altisidora
he tenido. Pues mándoles yo que aunque estas
redes, si como son hechas de hilo verde fueran
de durísimos diamantes, o más fuertes que 30
aquélla con que el celoso dios de los herreros
enredó a Venus y a Marte, así la rompiera
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 233
como si fuera de juncos marinos o de hilachas
de algodón.
Y, queriendo pasar adelante y romperlo
todo, al improviso se le ofrecieron delante,
saliendo de entre unos árboles, dos hermosísimas 5
pastoras, a lo menos, vestidas como pastoras,
sino que los pellicos y sayas eran de fino
brocado, digo, que las sayas eran riquísimos
faldellines de tabí de oro. Traían los cabellos
sueltos por las espaldas, que en rubios podían 10
competir con los rayos del mismo sol; los
cuales se coronaban con dos guirnaldas, de verde
laurel y de rojo amaranto tejidas. La edad, al
parecer, ni bajaba de los quince, ni pasaba de
los diez y ocho. Vista fue ésta que admiró a 15
Sancho, suspendió a don Quijote, hizo parar al
sol en su carrera para verlas, y tuvo en
maravilloso silencio a todos cuatro; en fin, quien
primero habló fue una de las dos zagalas, que
dijo a don Quijote: 20
Detened, señor caballero, el paso, y no
rompáis las redes; que no para daño vuestro,
sino para nuestro pasatiempo ahí están tendidas.
Y porque sé que nos habéis de preguntar
para qué se han puesto, y quién somos, os lo 25
quiero decir en breves palabras. En una aldea
que está hasta dos leguas de aquí, donde hay
mucha gente principal y muchos hidalgos y
ricos, entre muchos amigos y parientes se
concertó que con sus hijos, mujeres e hijas, 30
vecinos, amigos y parientes nos viniésemos a
holgar a este sitio, que es uno de los más
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 234
agradables de todos estos contornos, formando
entre todos una nueva y pastoril Arcadia,
vistiéndonos las doncellas de zagalas, y los
mancebos de pastores; traemos estudiadas dos
églogas, una del famoso poeta Garcilaso, y 5
otra de[l] excelentísimo Camoens, en su misma
lengua portuguesa, las cuales hasta ahora
no hemos representado. Ayer fue el primero
día que aquí llegamos; tenemos entre estos
ramos plantadas algunas tiendas que dicen se 10
llaman de campaña, en el margen de un abundoso
arroyo que todos estos prados fertiliza;
tendimos la noche pasada estas redes de estos
árboles, para engañar los simples pajarillos
que, ojeados con nuestro ruido, vinieren a dar 15
en ellas. Si gustáis, señor, de ser nuestro
huésped, seréis agasajado liberal y cortésmente;
porque por ahora en este sitio no ha de entrar
la pesadumbre ni la melancolía.
Calló y no dijo más. A lo que respondió don 20
Quijote:
Por cierto, hermosísima señora, que no
debió de quedar más suspenso ni admirado
Anteón, cuando vio al improviso bañarse en
las aguas a Diana, como yo he quedado atónito 25
en ver vuestra belleza. Alabo el asunto
de vuestros entretenimientos, y el de vuestros
ofrecimientos agradezco, y si os puedo servir,
con seguridad de ser obedecidas, me lo podéis
mandar; porque no es [otra] la profesión 30
mía, sino de mostrarme agradecido y bienhechor
con todo género de gente, en especial,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 235
con la principal que vuestras personas
representa[n], y si como estas redes, que deben de
ocupar algún pequeño espacio, ocuparan toda
la redondez de la tierra, buscara yo nuevos
mundos por do pasar, sin romperlas; y porque 5
deis algún crédito a esta mi exageración, ved
que os lo promete, por lo menos, don Quijote
de la Mancha, si es que ha llegado a vuestros
oídos este nombre.
¡Ay, amiga de mi alma, dijo entonces la 10
otra zagala, y qué ventura tan grande nos ha
sucedido! ¿Ves este señor que tenemos
delante? Pues hágote saber que es el más
valiente y el más enamorado y el más
comedido que tiene el mundo, si no es que nos 15
miente y nos engaña una historia que de sus
hazañas anda impresa y yo he leído. Yo
apostaré que este buen hombre que viene
consigo es un tal Sancho Panza, su escudero, a
cuyas gracias no hay ningunas que se le igualen. 20
Así es la verdad, dijo Sancho; que yo
soy ese gracioso y ese escudero que vuestra
merced dice, y este señor es mi amo, el
mismo don Quijote de la Mancha historiado y
referido. 25
¡Ay!, dijo la otra, supliquémosle, amiga,
que se quede; que nuestros padres y nuestros
hermanos gustarán infinito de ello; que también
he oído yo decir de su valor y de sus gracias
lo mismo que tú me has dicho, y, sobre todo, 30
dicen de él que es el más firme y más leal
enamorado que se sabe, y que su dama es una
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 236
tal Dulcinea del Toboso, a quien en toda
España la dan la palma de la hermosura.
Con razón se la dan, dijo don Quijote,
si ya no lo pone en duda vuestra sin igual
belleza; no os canséis, señoras, en detenerme, 5
porque las precisas obligaciones de mi
profesión no me dejan reposar en ningún cabo.
Llegó en esto adonde los cuatro estaban un
hermano de una de las dos pastoras, vestido
asimismo de pastor, con la riqueza y galas 10
que a las de las zagalas correspondía. Contáronle
ellas que el que con ellas estaba era el
valeroso don Quijote de la Mancha, y el otro
su escudero Sancho, de quien tenía él ya
noticia por haber leído su historia. Ofreciósele 15
el gallardo pastor, pidióle que se viniese con él
a sus tiendas; húbolo de conceder don Quijote,
y así lo hizo.
Llegó, en esto, el ojeo, llenáronse las redes
de pajarillos diferentes, que, engañados de la 20
color de las redes caían en el peligro de que
iban huyendo; juntáronse en aquel sitio más
de treinta personas, todas bizarramente de
pastores y pastoras vestidas, y en un instante
quedaron enteradas de quiénes eran don 25
Quijote y su escudero, de que no poco contento
recibieron, porque ya tenían de él noticia
por su historia. Acudieron a las tiendas,
hallaron las mesas puestas, ricas, abundantes y
limpias. Honraron a don Quijote, dándole el 30
primer lugar en ellas; mirábanle todos y
admirábanse de verle.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 237
Finalmente, alzados los manteles, con gran
reposo alzó don Quijote la voz, y dijo:
Entre los pecados mayores que los hombres
cometen, aunque algunos dicen que es la
soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, 5
ateniéndome a lo que suele decirse: que de los
desagradecidos está lleno el infierno. Este
pecado, en cuanto me ha sido posible, he
procurado yo huir desde el instante que tuve uso
de razón, y si no puedo pagar las buenas 10
obras que me hacen con otras obras, pongo
en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando
éstos no bastan, las publico, porque quien dice
y publica las buenas obras que recibe, también
las recompensara con otras si pudiera; porque, 15
por la mayor parte los que reciben son inferiores
a los que dan, y, así, es Dios sobre todos,
porque es dador sobre todos, y no pueden
corresponder las dádivas del hombre a las de
Dios con igualdad, por infinita distancia; y esta 20
estrechez y cortedad, en cierto modo, la suple
el agradecimiento. Yo, pues, agradecido a la
merced que aquí se me ha hecho, no pudiendo
corresponder a la misma medida, conteniéndome
en los estrechos límites de mi poderío, 25
ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi
cosecha, y, así, digo, que sustentaré dos días
naturales, en mitad de ese camino real que
va a Zaragoza, que estas señoras zagalas
contrahechas que aquí están son las más hermosas 30
doncellas, y más corteses, que hay en el mundo,
exceptuando sólo a la sin par Dulcinea del
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 238
Toboso, única señora de mis pensamientos, con
paz sea dicho de cuantos y cuantas me
escuchan.
Oyendo lo cual Sancho, que con grande
atención le había estado escuchando, dando 5
una gran voz, dijo:
¿Es posible que haya en el mundo personas
que se atrevan a decir y a jurar que este mi
señor es loco? Digan vuestras mercedes señores
pastores, ¿hay cura de aldea, por discreto y por 10
estudiante que sea, que pueda decir lo que mi
amo ha dicho, ni hay caballero andante, por más
fama que tenga de valiente, que pueda ofrecer
lo que mi amo aquí ha ofrecido?
Volvióse don Quijote a Sancho, y, encendido 15
el rostro, y colérico, le dijo:
¿Es posible, oh Sancho, que haya en todo el
orbe alguna persona que diga que no eres
tonto, aforrado de lo mismo, con no sé qué
ribetes de malicioso y de bellaco? ¿Quién te 20
mete a ti en mis cosas, y en averiguar si soy
discreto o majadero? Calla y no me repliques,
sino ensilla, si está desensillado Rocinante.
Vamos a poner en efecto mi ofrecimiento; que
con la razón que va de mi parte, puedes dar 25
por vencidos a todos cuantos quisieren
contradecirla.
Y con gran furia y muestras de enojo se
levantó de la silla, dejando admirados a los
circunstantes, haciéndoles dudar si le podían 30
tener por loco, o por cuerdo. Finalmente,
habiéndole persuadido que no se pusiese en tal
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 239
demanda, que ellos daban por bien conocida su
agradecida voluntad, y que no eran menester
nuevas demostraciones para conocer su ánimo
valeroso, pues bastaban las que en la historia
de los hechos se referían, con todo esto, salió 5
don Quijote con su intención, y, puesto sobre
Rocinante, embrazando su escudo y tomando
su lanza, se puso en la mitad de un real camino
que no lejos del verde prado estaba. Siguióle
Sancho sobre su rucio, con toda la gente del 10
pastoral rebaño, deseosos de ver en qué paraba
su arrogante y nunca visto ofrecimiento.
Puesto, pues, don Quijote en mitad del
camino, como os he dicho, hirió el aire con
semejantes palabras: 15
¡Oh vosotros, pasajeros y viandantes,
caballeros, escuderos, gente de a pie y de a caballo
que por este camino pasáis o habéis de pasar
en estos dos días siguientes, sabed que don
Quijote de la Mancha, caballero andante, está 20
aquí puesto para defender que a todas las
hermosuras y cortesías del mundo exceden las que
se encierran en las ninfas habitadoras de estos
prados y bosques, dejando a un lado a la
señora de mi alma, Dulcinea del Toboso. Por 25
eso, el que fuere de parecer contrario, acuda;
que aquí le espero!
Dos veces repitió estas mismas razones, y
dos veces no fueron oídas de ningún
aventurero. Pero la suerte, que sus cosas iba 30
encaminando de mejor en mejor, ordenó, que de
allí a poco se descubriese por el camino
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 240
muchedumbre de hombres de a caballo, y muchos
de ellos con lanzas en las manos, caminando
todos apiñados de tropel y a gran prisa.
No los hubieron bien visto los que con don
Quijote estaban, cuando volviendo las 5
espaldas se apartaron bien lejos del camino;
porque conocieron que si esperaban les podía
suceder algún peligro. Sólo don Quijote, con
intrépido corazón, se estuvo quedo, y Sancho
Panza se escudó con las ancas de Rocinante. 10
Llegó el tropel de los lanceros, y uno de ellos
que venía más delante, a grandes voces comenzó
a decir a don Quijote:
¡Apártate, hombre del diablo, del camino;
que te harán pedazos estos toros! 15
¡Ea, canalla, respondió don Quijote, para
mí no hay toros que valgan, aunque sean de los
más bravos que cría Jarama en sus riberas!
Confesad, malandrines, así, a carga cerrada,
que es verdad lo que yo aquí he publicado; si 20
no, conmigo sois en batalla.
No tuvo lugar de responder el vaquero, ni
don Quijote le tuvo de desviarse, aunque quisiera;
y, así, el tropel de los toros bravos y el
de los mansos cabestros, con la multitud de 25
los vaqueros y otras gentes que a encerrar los
llevaban a un lugar donde otro día habían de
correrse, pasaron sobre don Quijote y sobre
Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos
ellos en tierra, echándole a rodar por el 30
suelo. Quedó molido Sancho, espantado don
Quijote, aporreado el rucio y no muy católico
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LVIII p. 241
Rocinante; pero, en fin, se levantaron todos,
y don Quijote a gran prisa, tropezando aquí
y cayendo allí, comenzó a correr tras la vacada,
diciendo a voces:
¡Deteneos y esperad, canalla malandrina; 5
que un solo caballero os espera, el cual no
tiene condición, ni es de parecer de los que
dicen que al enemigo que huye, hacerle la
puente de plata!
Pero no por eso se detuvieron los apresurados 10
corredores, ni hicieron más caso de sus
amenazas que de las nubes de antaño.
Detúvole el cansancio a don Quijote, y más
enojado que vengado se sentó en el camino,
esperando a que Sancho, Rocinante y el rucio 15
llegasen. Llegaron, volvieron a subir amo y
mozo, y sin volver a despedirse de la Arcadia
fingida o contrahecha y, con más vergüenza
que gusto, siguieron su camino.
p. 242
Capítulo LIX
Donde se cuenta del extraordinario suceso,
que se puede tener por aventura, que le
sucedió a don Quijote.
Al polvo y al cansancio que don Quijote y 5
Sancho sacaron del descomedimiento de los
toros socorrió una fuente clara y limpia que
entre una fresca arboleda hallaron, en el
margen de la cual, dejando libres sin jáquima y
freno al rucio y a Rocinante, los dos 10
asendereados amo y mozo se sentaron. Acudió Sancho
a la repostería de sus alforjas, y de ellas sacó de
lo que él solía llamar condumio; enjuagóse la
boca, lavóse don Quijote el rostro, con cuyo
refrigerio cobraron aliento los espíritus 15
desalentados. No comía don Quijote de puro
pesaroso, ni Sancho no osaba tocar a los
manjares que delante tenía, de puro comedido, y
esperaba a que su señor hiciese la salva;
pero viendo que, llevado de sus imaginaciones, 20
no se acordaba de llevar el pan a la boca, no
abrió la suya, y, atropellando por todo
género de crianza, comenzó a embaular en el
estómago el pan y queso que se le ofrecía.
Come, Sancho amigo, dijo don Quijote; 25
sustenta la vida, que más que a mí te importa,
y déjame morir a mí a manos de mis
pensamientos y a fuerzas de mis desgracias. Yo,
Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para
morir comiendo, y porque veas que te digo 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIX p. 243
verdad en esto, considérame impreso en
historias, famoso en las armas, comedido en mis
acciones, respetado de príncipes, solicitado de
doncellas; al cabo al cabo cuando esperaba
palmas, triunfos y coronas granjeadas y 5
merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto
esta mañana pisado y acoceado y molido de
los pies de animales inmundos y soeces. Esta
consideración me embota los dientes, entorpece
la[s] muelas, y entumece las manos y quita 10
de todo en todo la gana del comer, de manera,
que pienso dejarme morir de hambre: muerte
la más cruel de las muertes.
De esa manera, dijo Sancho, sin dejar de
mascar aprisa, no aprobará vuestra merced 15
aquel refrán que dicen: «muera Marta, y muera
»harta». Yo, a lo menos, no pienso matarme
a mí mismo. Antes pienso hacer como el zapatero,
que tira el cuero con los dientes hasta que
le hace llegar donde él quiere; yo tiraré mi 20
vida comiendo hasta que llegue al fin que le
tiene determinado el cielo, y sepa, señor, que
no hay mayor locura que la que toca en querer
desesperarse como vuestra merced, y créame y
después de comido, échese a dormir un poco 25
sobre los colchones verdes de estas hierbas, y
verá como cuando despierte se halla algo más
aliviado.
Hízolo así son Quijote, pareciéndole que
las razones de Sancho más eran de filósofo 30
que de mentecato, y díjole:
Si tú, oh Sancho, quisieses hacer por mí lo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 244
que yo ahora te diré, serían mis alivios más
ciertos y mis pesadumbres no tan grandes, y
es que mientras yo duermo, obedeciendo tus
consejos, tú te desviases un poco lejos de
aquí, y con las riendas de Rocinante, echando 5
al aire tus carnes, te dieses trescientos o
cuatrocientos azotes a buena cuenta de los tres
mil y tantos que te has de dar por el desencanto
de Dulcinea; que es lástima no pequeña que
aquella pobre señora esté encantada por tu 10
descuido y negligencia.
Hay mucho que decir en eso, dijo Sancho;
durmamos por ahora entrambos, y después,
Dios dijo lo que será. Sepa vuestra merced
que esto de azotarse un hombre a sangre fría 15
es cosa recia, y más si caen los azotes sobre
un cuerpo mal sustentado y peor comido; tenga
paciencia mi señora Dulcinea; que cuando
menos se cate, me verá hecho una criba, de
azotes; y hasta la muerte todo es vida, quiero 20
decir que aún yo la tengo, junto con el deseo
de cumplir con lo que he prometido.
Agradeciéndoselo don Quijote, comió algo,
y Sancho mucho, y echáronse a dormir
entrambos, dejando a su albedrío y sin orden 25
alguna pacer del abundosa hierba de que
aquel prado estaba lleno a los dos continuos
compañeros y amigos Rocinante y el rucio.
Despertaron algo tarde, volvieron a subir y a
seguir su camino, dándose prisa para llegar 30
a una venta, que, al parecer, una legua de allí
se descubría: digo que era venta, porque don
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIX p. 245
Quijote la llamó así, fuera del uso que tenía
de llamar a todas las ventas castillos.
Llegaron, pues, a ella, preguntaron al huésped
si había posada. Fueles respondido que sí,
con toda la comodidad y regalo que pudiera 5
hallar en Zaragoza. Apeáronse, y recogió Sancho
su repostería en un aposento, de quien el
huésped le dio la llave; llevó las bestias a la
caballeriza, echóles sus piensos, salió a ver lo
que don Quijote, que estaba sentado sobre un 10
poyo, le mandaba, dando particulares gracias
al cielo de que a su amo no le hubiese parecido
castillo aquella venta.
Llegóse la hora del cenar, recogiéronse a su
estancia. Preguntó Sancho al huésped que qué 15
tenía para darles de cenar. A lo que el
huésped respondió que su boca sería medida, y,
así, que pidiese lo que quisiese; que de las
pajaricas del aire, de las aves de la tierra y
de los pescados del mar estaba proveída 20
aquella venta.
No es menester tanto, respondió Sancho;
que con un par de pollos que nos asen,
tendremos lo suficiente, porque mi señor es
delicado y come poco, y yo no soy tragantón en 25
demasía.
Respondióle el huésped que no tenía pollos,
porque los milanos los tenían asolados.
Pues mande el señor huésped, dijo Sancho,
asar una polla que sea tierna. 30
¿Polla? ¡Mi padre!, respondió el huésped;
en verdad en verdad que envié ayer a la
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 246
ciudad a vender más de cincuenta; pero fuera
de pollas pida vuestra merced lo que quisiere.
De esa manera, dijo Sancho, no faltará
ternera o cabrito.
En casa, por ahora, respondió el huésped, 5
no lo hay, porque se ha acabado; pero la
semana que viene lo habrá de sobra.
¡Medrados estamos con eso!, respondió
Sancho; yo pondré que se vienen a resumirse
todas estas faltas en las sobras que debe 10
de haber de tocino y huevos.
Por Dios, respondió el huésped, que es
gentil relente el que mi huésped tiene, pues
hele dicho que ni tengo pollas ni gallinas, y
quiere que tenga huevos; discurra, si quisiere, 15
por otras delicadezas, y déjese de pedir
gallinas.
Resolvámonos, cuerpo de mí, dijo Sancho,
y dígame finalmente lo que tiene, y déjese
de descurrimientos, señor huésped. 20
Dijo el ventero:
Lo que real y verdaderamente tengo son
dos uñas de vaca que parecen manos de ternera,
o dos manos de ternera que parecen uñas
de vaca; están cocidas, con sus garbanzos, 25
cebollas y tocino, y la hora de ahora están
diciendo: «¡Coméme, coméme!»
Por mías las marco desde aquí, dijo Sancho,
y nadie las toque; que yo las pagaré mejor
que otro, porque para mí ninguna otra cosa 30
pudiera esperar de más gusto, y no se me daría
nada que fuesen manos como fuesen uñas.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIX p. 247
Nadie las tocará, dijo el ventero, porque
otros huéspedes que tengo, de puro principales,
traen consigo cocinero, despensero y
repostería.
Si por principales va, dijo Sancho, 5
ninguno más que mi amo; pero el oficio que él
trae no permite despensas ni botillerías; ahí nos
tendemos en mitad de un prado, y nos hartamos
de bellotas o de nísperos.
Esta fue la plática que Sancho tuvo con el 10
ventero, sin querer Sancho pasar adelante en
responderle; que ya le había preguntado qué
oficio o qué ejercicio era el de su amo.
Llegóse, pues, la hora de cenar, recogióse
a su estancia don Quijote, trajo el huésped la 15
olla así como estaba, y sentóse a cenar muy
de propósito. Parece ser que en otro aposento
que junto al de don Quijote estaba, que no le
dividía más que un sutil tabique, oyó decir don
Quijote: 20
Por vida de vuestra merced, señor don
Jerónimo, que en tanto que trae la cena
leamos otro capítulo de la Segunda parte de don
Quijote de la Mancha.
Apenas oyó su nombre don Quijote, cuando 25
se puso en pie, y con oído alerto escuchó
lo que de él trataban, y oyó que el tal don
Jerónimo referido respondió:
¿Para qué quiere vuestra merced, señor don
Juan, que leamos estos disparates [si] el 30
que hubiere leído la primera parte de la
historia de don Quijote de la Mancha no es
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 248
posible que pueda tener gusto en leer esta
segunda?
Con todo eso, dijo el don Juan, será
bien leerla, pues no hay libro tan malo que no
tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en éste 5
más desplace es que pinta a don Quijote ya
desenamorado de Dulcinea del Toboso.
Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y
de despecho, alzó la voz, y dijo:
Quienquiera que dijere que don Quijote 10
de la Mancha ha olvidado, ni puede olvidar, a
Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con
armas iguales que va muy lejos de la verdad,
porque la sin par Dulcinea del Toboso ni
puede ser olvidada, ni en don Quijote puede 15
caber olvido. Su blasón es la firmeza, y su
profesión el guardarla con suavidad y sin hacerse
fuerza alguna.
¿Quién es el que nos responde?, respondieron
del otro aposento. 20
¿Quién ha de ser, respondió Sancho, sino
el mismo don Quijote de la Mancha, que hará
bueno cuanto ha dicho, y aun cuanto dijere?;
que al buen pagador no le duelen prendas.
Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron 25
por la puerta de su aposento dos caballeros,
que tales lo parecían, y uno de ellos, echando
los brazos al cuello de don Quijote, le dijo:
Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro
nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar 30
vuestra presencia; sin duda vos, señor,
sois el verdadero don Quijote de la Mancha,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIX p. 249
norte y lucero de la andante caballería, a
despecho y pesar del que ha querido usurpar
vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas,
como lo ha hecho el autor de este libro que aquí
os entrego. 5
Y, poniéndole un libro en las manos, que
traía su compañero, le tomó don Quijote, y,
sin responder palabra, comenzó a hojearle, y
de allí a un poco se le volvió, diciendo:
En esto poco que he visto he hallado tres 10
cosas en este autor, dignas de reprensión.
La primera es algunas palabras que he leído
en el prólogo. La otra, que el lenguaje es
aragonés, porque tal vez escribe sin artículos; y
la tercera, que más le confirma por ignorante, 15
es que yerra y se desvía de la verdad en lo
más principal de la historia, porque aquí dice
que la mujer de Sancho Panza mi escudero se
llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino
Teresa Panza; y quien en esta parte tan 20
principal yerra, bien se podrá temer que yerra en
todas las demás de la historia.
A esto dijo Sancho:
¡Donosa cosa de historiador! ¡Por cierto,
bien debe de estar en el cuento de nuestros 25
sucesos, pues llama a Teresa Panza, mi mujer,
Mari Gutiérrez! Torne a tomar el libro,
señor, y mire si ando yo por ahí, y si me ha
mudado el nombre.
Por lo que he oído hablar, amigo, dijo 30
don Jerónimo, sin duda debéis de ser Sancho
Panza, el escudero del señor don Quijote.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 250
Sí soy, respondió Sancho, y me precio
de ello.
Pues a fe, dijo el caballero, que no os
trata este autor moderno con la limpieza que
en vuestra persona se muestra: píntaos comedor 5
y simple, y no nada gracioso, y muy otro
del Sancho que en la primera parte de la
historia de vuestro amo se describe.
Dios se lo perdone, dijo Sancho; dejárame
en mi rincón, sin acordarse de mí, porque 10
quien las sabe las tañe, y bien se está San
Pedro en Roma.
Los dos caballeros pidieron a don Quijote
se pasase a su estancia a cenar con ellos;
que bien sabían que en aquella venta no había 15
cosas pertenecientes para su persona. Don
Quijote, que siempre fue comedido, condescendió
con su demanda, y cenó con ellos; quedóse
Sancho con la olla con mero mixto imperio;
sentóse en cabecera de mesa, y con él el 20
ventero, que no menos que Sancho estaba de sus
manos y de sus uñas aficionado.
En el discurso de la cena preguntó don Juan
a don Quijote qué nuevas tenía de la señora
Dulcinea del Toboso, si se había casado, si 25
estaba parida o preñada, o si estando en su
entereza se acordaba --guardando su honestidad
y buen decoro--, de los amorosos pensamientos
del señor don Quijote. A lo que él
respondió: 30
Dulcinea se está entera, y mis pensamientos
más firmes que nunca; las correspondencias,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIX p. 251
en su sequedad antigua; su hermosura,
en la de una soez labradora transformada.
Y luego les fue contando punto por punto
el encanto de la señora Dulcinea, y lo que le
había sucedido en la cueva de Montesinos, con 5
la orden que el sabio Merlín le había dado, para
desencantarla, que fue la de los azotes de
Sancho.
Sumo fue el contento que los dos caballeros
recibieron de oír contar a don Quijote los 10
extraños sucesos de su historia, y, así,
quedaron admirados de sus disparates, como del
elegante modo con que los contaba. Aquí le tenían
por discreto, y allí se les deslizaba por
mentecato, sin saber determinarse qué grado le 15
darían entre la discreción y la locura.
Acabó de cenar Sancho, y, dejando hecho
equis al ventero, se pasó a la estancia de
su amo, y, en entrando, dijo:
Que me maten, señores, si el autor de este 20
libro que vuestras mercedes tienen [no] quiere
que no comamos buenas migas juntos; yo
querría que ya que me llama comilón, como
vuestras [mercedes] dicen, no me llamase
también borracho. 25
Sí llama, dijo don Jerónimo; pero no
me acuerdo en qué manera, aunque sé que son
malsonantes las razones, y además, mentirosas,
según yo echo de ver en la fisonomía del
buen Sancho, que está presente. 30
Créanme vuestras mercedes, dijo Sancho,
que el Sancho y el don Quijote de esa historia
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 252
deben de ser otros que los que andan en
aquella que compuso Cide Hamete Benengeli, que
somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y
enamorado, y yo, simple, gracioso, y no
comedor ni borracho. 5
Yo así lo creo, dijo don Juan, y si fuera
posible, se había de mandar que ninguno fuera
osado a tratar de las cosas del gran don
Quijote, si no fuese Cide Hamete su primer autor;
bien así como mandó Alejandro que ninguno 10
fuese osado a retratarle sino Apeles.
Retráteme el que quisiere, dijo don
Quijote, pero no me maltrate; que muchas veces
suele caerse la paciencia cuando la cargan de
injurias. 15
Ninguna, dijo don Juan, se le puede
hacer al señor don Quijote, de quien él no se
pueda vengar, si no la repara en el escudo de
su paciencia, que, a mi parecer, es fuerte y
grande. 20
En estas y otras pláticas se pasó gran parte
de la noche, y aunque don Juan quisiera que
don Quijote leyera más del libro, por ver lo
que discantaba, no lo pudieron acabar con él,
diciendo que él lo daba por leído y lo 25
confirmaba por todo necio, y que no quería, si
acaso llegase a noticia de su autor que le había
tenido en sus manos, se alegrase con pensar
que le había leído, pues de las cosas obscenas
y torpes los pensamientos se han de apartar, 30
cuanto más los ojos. Preguntáronle que adónde
llevaba determinado su viaje. Respondió que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LIX p. 253
a Zaragoza a hallarse en las justas del arnés
que en aquella ciudad suelen hacerse todos
los años. Díjole don Juan que aquella nueva
historia contaba como don Quijote, sea
quien se quisiere, se había hallado en ella en 5
una sortija falta de invención, pobre de letras,
pobrísima de libreas, aunque rica de
simplicidades.
Por el mismo caso, respondió don Quijote,
no pondré los pies en Zaragoza, y, así, 10
sacaré a la plaza del mundo la mentira de ese
historiador moderno, y echarán de ver las
gentes como yo no soy el don Quijote que él
dice.
Hará muy bien, dijo don Jerónimo; y 15
otras justas hay en Barcelona, donde podrá el
señor don Quijote mostrar su valor.
Así lo pienso hacer, dijo don Quijote,
y vuestras mercedes me den licencia, pues ya
es hora, para irme al lecho, y me tengan y 20
pongan en el número de sus mayores amigos
y servidores.
Y a mí también, dijo Sancho; quizá seré
bueno para algo.
Con esto, se despidieron, y don Quijote y 25
Sancho se retiraron a su aposento, dejando a
don Juan y a don Jerónimo admirados de ver
la mezcla que había hecho de su discreción y
de su locura, y verdaderamente creyeron que
éstos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, 30
y no los que describía su autor aragonés.
Madrugó don Quijote, y, dando golpes al tabique
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 254
del otro aposento, se despidió de sus
huéspedes; pagó Sancho al ventero
magníficamente, y aconsejóle que alabase menos
la provisión de su venta, o la tuviese más
proveída. 5
p. 255
Capítulo LX
De lo que sucedió a don Quijote yendo
a Barcelona.
Era fresca la mañana, y daba muestras de
serlo asimismo el día en que don Quijote 5
salió de la venta, informándose primero cuál
era el más derecho camino para ir a Barcelona,
sin tocar en Zaragoza; tal era el deseo que
tenía de sacar mentiroso aquel nuevo historiador
que tanto decían que le vituperaba. 10
Sucedió, pues, que en más de seis días no
le sucedió cosa digna de ponerse en escritura,
al cabo de los cuales, yendo fuera de camino,
le tomó la noche entre unas espesas encinas, o
alcornoques; que en esto no guarda la 15
puntualidad Cide Hamete que en otras cosas suele.
Apeáronse de sus bestias amo y mozo, y
acomodándose a los troncos de los árboles,
Sancho, que había merendado aquel día, se dejó
entrar de rondón por las puertas del sueño, 20
pero don Quijote, a quien desvelaban sus
imaginaciones mucho más que la hambre, no podía
pegar sus ojos, antes iba y venía con el
pensamiento por mil géneros de lugares. Ya le
parecía hallarse en la cueva de Montesinos; ya 25
ver brincar y subir sobre su pollina a la
convertida en labradora Dulcinea; ya que le sonaban
en los oídos las palabras del sabio Merlín, que
le referían las condiciones y diligencias que se
habían [de] hacer y tener en el desencanto de 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 256
Dulcinea. Desesperábase de ver la flojedad y
caridad poca de Sancho su escudero, pues, a lo
que creía, solos cinco azotes se había dado,
número desigual y pequeño para los infinitos que
le faltaban, y de esto recibió tanta pesadumbre 5
y enojo, que hizo este discurso:
Si nudo gordiano cortó el Magno
Alejandro, diciendo: «Tanto monta cortar como
»desatar», y no por eso dejó de ser universal
señor de toda la Asia, ni más ni menos podría 10
suceder ahora en el desencanto de Dulcinea, si
yo azotase a Sancho a pesar suyo; que si la
condición de este remedio está en que Sancho
reciba los tres mil y tantos azotes, ¿qué se me
da a mí que se los dé él, o que se los dé otro, 15
pues la sustancia está en que él los reciba,
lleguen por do llegaren?
Con esta imaginación se llegó a Sancho,
habiendo primero tomado las riendas de
Rocinante, y, acomodádolas en modo que pudiese 20
azotarle con ellas, comenzóle a quitar las
cintas, que es opinión que no tenía más que la
delantera, en que se sustentaban los
gregüescos; pero apenas hubo llegado, cuando
Sancho despertó en todo su acuerdo, y dijo: 25
¿Qué es esto? ¿Quién me toca y desencinta?
Yo soy, respondió don Quijote, que vengo
a suplir tus faltas y a remediar mis trabajos;
véngote a azotar, Sancho, y a descargar en
parte la deuda a que te obligaste. Dulcinea 30
perece, tú vives en descuido, yo muero deseando,
y, así, desatácate por tu voluntad; que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 257
la mía es de darte en esta soledad por lo
menos dos mil azotes.
Eso no, dijo Sancho; vuestra merced se
esté quedo: si no, por Dios verdadero que nos
han de oír los sordos. Los azotes a que yo me 5
obligué han de ser voluntarios, y no por fuerza,
y ahora no tengo gana de azotarme. Basta que
doy a vuestra merced mi palabra de
vapulearme y mosquearme cuando en voluntad me
viniere. 10
No hay dejarlo a tu cortesía, Sancho, dijo
don Quijote, porque eres duro de corazón, y
aunque villano, blando de carnes.
Y, así, procuraba, y pugnaba por desenlazarle.
Viendo lo cual Sancho Panza, se puso en 15
pie, y, arremetiendo a su amo, se abrazó con
él a brazo partido, y, echándole una zancadilla,
dio con él en el suelo boca arriba; púsole la
rodilla derecha sobre el pecho, y con las manos
le tenía las manos, de modo que ni le dejaba 20
rodear ni alentar. Don Quijote le decía:
¿Cómo, traidor? ¿Contra tu amo y señor
natural te desmandas? ¿Con quien te da su pan
te atreves?
Ni quito rey, ni pongo rey, respondió 25
Sancho, sino ayúdome a mí, que soy mi señor.
Vuestra merced me prometa que se estará quedo
y no tratará de azotarme por ahora; que yo
le dejaré libre y desembarazado; donde no,
aquí morirás, traidor, 30
enemigo de doña Sancha.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 258
Prometióselo don Quijote, y juró por vida de
sus pensamientos no tocarle en el pelo de la
ropa, y que dejaría en toda su voluntad y
albedrío el azotarse cuando quisiese. Levantóse
Sancho, y desvióse de aquel lugar un buen 5
espacio, y, yendo a arrimarse a otro árbol,
sintió que le tocaban en la cabeza, y, alzando las
manos, topó con dos pies de persona, con
zapatos y calzas. Tembló de miedo, acudió a otro
árbol y sucedióle lo mismo; dio voces, llamando 10
a don Quijote que le favoreciese. Hízolo
así don Quijote, y, preguntándole qué le había
sucedido y de qué tenía miedo, le respondió
Sancho que todos aquellos árboles estaban
llenos de pies y de piernas humanas. Tentólos 15
don Quijote, y cayó luego en la cuenta de lo
que podía ser, y díjole a Sancho:
No tienes de qué tener miedo, porque estos
pies y piernas que tientas y no ves, sin duda
son de algunos forajidos y bandoleros que en 20
estos árboles están ahorcados; que por aquí los
suele ahorcar la justicia, cuando los coge, de
veinte en veinte, y de treinta en treinta, por
donde me doy a entender que debo de estar
cerca de Barcelona. 25
Y así era la verdad, como él lo había
imaginado.
Al parecer, alzaron los ojos y vieron los
racimos de aquellos árboles, que eran cuerpos
de bandoleros. Ya, en esto, amanecía, y si los 30
muertos los habían espantado, no menos los
atribularon más de cuarenta bandoleros vivos
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 259
que de improviso les rodearon, diciéndoles en
lengua catalana que estuviesen quedos y se
detuviesen, hasta que llegase su capitán.
Hallóse don Quijote a pie, su caballo sin
freno, su lanza arrimada a un árbol, y, 5
finalmente, sin defensa alguna, y, así, tuvo por
bien de cruzar las manos e inclinar la cabeza,
guardándose para mejor sazón y coyuntura.
Acudieron los bandoleros a espulgar al rucio,
y a no dejarle ninguna cosa de cuantas en las 10
alforjas y la maleta traía, y avínole bien a
Sancho, que en una ventrera que tenía ceñida
venían los escudos del duque y los que habían
sacado de su tierra; y con todo eso, aquella
buena gente le escardara y le mirara hasta lo 15
que entre el cuero y la carne tuviera escondido,
si no llegara en aquella sazón su capitán, el
cual mostró ser de hasta edad de treinta y
cuatro años, robusto, más que de mediana
proporción, de mirar grave y color morena. 20
Venía sobre un poderoso caballo, vestida la
acerada cota, y con cuatro pistoletes, que en
aquella tierra se llaman pedreñales, a los lados.
Vio que sus escuderos, que así llaman a los
que andan en aquel ejercicio, iban a despojar 25
a Sancho Panza; mandóles que no lo hiciesen,
y fue luego obedecido, y, así, se escapó la
ventrera. Admiróle ver lanza arrimada al
árbol, escudo en el suelo, y a don Quijote
armado y pensativo, con la más triste y 30
melancólica figura que pudiera formar la misma
tristeza. Llegóse a él, diciéndole:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 260
No estéis tan triste, buen hombre, porque no
habéis caído en las manos de algún cruel
Osiris, sino en las de Roque Guinart, que
tienen más de compasivas que de rigurosas.
No es mi tristeza, respondió don Quijote, 5
haber caído en tu poder, oh valeroso Roque,
cuya fama no hay límites en la tierra que la
encierren, sino por haber sido tal mi descuido,
que me hayan cogido tus soldados sin el freno,
estando yo obligado, según la orden de la 10
andante caballería, que profeso, a vivir continuo
alerta, siendo a todas horas centinela de mí
mismo; porque te hago saber, oh gran Roque,
que si me hallaran sobre mi caballo, con mi
lanza y con mi escudo, no les fuera muy fácil 15
rendirme: porque yo soy don Quijote de la
Mancha, aquel que de sus hazañas tiene lleno
todo el orbe.
Luego Roque Guinart conoció que la
enfermedad de don Quijote tocaba más en locura 20
que en valentía, y aunque algunas veces le
había oído nombrar, nunca tuvo por verdad sus
hechos, ni se pudo persuadir a que semejante
humor reinase en corazón de hombre, y holgóse
en extremo de haberle encontrado, para 25
tocar de cerca lo que de lejos de él había oído,
y, así, le dijo:
Valeroso caballero, no os despechéis, ni
tengáis a siniestra fortuna ésta en que os
halláis; que podía ser que en estos tropiezos 30
vuestra torcida suerte se enderezase; que el
cielo, por extraños y nunca vistos rodeos, de
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 261
los hombres no imaginados, suele levantar los
caídos y enriquecer los pobres.
Ya le iba a dar las gracias don Quijote,
cuando sintieron a sus espaldas un ruido
como de tropel de caballos, y no era sino uno 5
solo, sobre el cual venía a toda furia un
mancebo, al parecer, de hasta veinte años, vestido
de damasco verde, con pasamanos de oro,
gregüescos y saltaembarca, con sombrero
terciado a la valona, botas enceradas y justas, 10
espuelas, daga y espada doradas, una escopeta
pequeña en las manos y dos pistolas a los
lados. Al ruido, volvió Roque la cabeza y vio
esta hermosa figura, la cual, en llegando a
él, dijo: 15
En tu busca venía, oh valeroso Roque, para
hallar en ti, si no remedio, a lo menos alivio en
mi desdicha, y por no tenerte suspenso, porque
sé que no me has conocido, quiero decirte
quién soy; y soy Claudia Jerónima, hija de 20
Simón Forte, tu singular amigo, y enemigo
particular de Clauquel Torrellas, que asimismo lo
es tuyo por ser uno de los de tu contrario bando.
Y ya sabes que este Torrellas tiene un hijo
que don Vicente Torrellas se llama, o, a lo 25
menos, se llamaba no ha dos horas. Este, pues
--por abreviar el cuento de mi desventura, te
diré en breves palabras la que me ha causado--,
viome, requebróme, escuchéle, enamoréme
a hurto de mi padre, porque no hay mujer, 30
por retirada que esté y recatada que sea, a quien
no le sobre tiempo para poner en ejecución y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 262
efecto sus atropellados deseos. Finalmente, él
me prometió de ser mi esposo, y yo le di la
palabra de ser suya, sin que en obras pasásemos
adelante. Supe ayer que, olvidado de lo que
me debía, se casaba con otra, y que esta 5
mañana iba a desposarse, nueva que me turbó el
sentido y acabó la paciencia; y, por no estar mi
padre en el lugar, le tuve yo de ponerme en el
traje que ves, y, apresurando el paso a este
caballo, alcancé a don Vicente obra de una 10
legua de aquí, y, sin ponerme a dar quejas ni a
oír disculpas, le disparé esta escopeta, y,
por añadidura estas dos pistolas, y a lo que creo
le debí de encerrar más de dos balas en el
cuerpo, abriéndole puertas por donde envuelta 15
en su sangre saliese mi honra. Allí le dejo
entre sus criados, que no osaron ni pudieron
ponerse en su defensa. Vengo a buscarte para
que me pases a Francia, donde tengo parientes
con quien viva, y, asimismo, a rogarte 20
defiendas a mi padre, porque los muchos de
don Vicente no se atrevan a tomar en él
desaforada venganza.
Roque, admirado de la gallardía, bizarría,
buen talle y suceso de la hermosa Claudia, 25
le dijo:
Ven, señora, y vamos a ver si es muerto tu
enemigo; que después veremos lo que más te
importare.
Don Quijote que estaba escuchando 30
atentamente lo que Claudia había dicho y lo que
Roque Guinart respondió, dijo:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 263
No tiene nadie para qué tomar trabajo en
defender a esta señora; que lo tomo yo a mi
cargo. Denme mi caballo y mis armas, y
espérenme aquí; que yo iré a buscar a ese
caballero y, muerto o vivo, le haré cumplir la 5
palabra prometida a tanta belleza.
Nadie dude de esto, dijo Sancho, porque
mi señor tiene muy buena mano para
casamentero, pues no ha muchos días que hizo
casar a otro que también negaba a otra 10
doncella su palabra, y si no fuera porque los
encantadores que le persiguen le mudaron su
verdadera figura en la de un lacayo, ésta fuera la
hora que ya la tal doncella no lo fuera.
Roque, que atendía más a pensar en el 15
suceso de la hermosa Claudia que en las
razones de amo y mozo, no las entendió; y,
mandando a sus escuderos que volviesen a Sancho
todo cuanto le habían quitado del rucio,
mandándoles asimismo que se retirasen a la parte 20
donde aquella noche habían estado alojados,
y luego se partió con Claudia a toda prisa
a buscar al herido o muerto don Vicente.
Llegaron al lugar donde le encontró Claudia, y no
hallaron en él sino recién derramada sangre; 25
pero tendiendo la vista por todas partes,
descubrieron por un recuesto arriba alguna gente, y
diéronse a entender, como era la verdad, que
debía ser don Vicente, a quien sus criados, o
muerto o vivo, llevaban, o para curarle o para 30
enterrarle. Diéronse prisa a alcanzarlos, que, como
iban despacio, con facilidad lo hicieron.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 264
Hallaron a don Vicente en los brazos de sus
criados, a quien con cansada y debilitada voz
rogaba que le dejasen allí morir, porque el
dolor de las heridas no consentía que más
adelante pasase. Arrojáronse de los caballos 5
Claudia y Roque, llegáronse a él; temieron los
criados la presencia de Roque, y Claudia se
turbó en ver la de don Vicente, y, así, entre
enternecida y rigurosa se llegó a él, y,
asiéndole de las manos, le dijo: 10
Si tú me dieras éstas conforme a nuestro
concierto, nunca tú te vieras en este paso.
Abrió los casi cerrados ojos el herido
caballero, y, conociendo a Claudia, le dijo:
Bien veo, hermosa y engañada señora, que 15
tú has sido la que me has muerto, pena no
merecida ni debida a mis deseos, con los
cuales, ni con mis obras, jamás quise ni supe
ofenderte.
Luego, ¿no es verdad, dijo Claudia, que 20
ibas esta mañana a desposarte con Leonora,
la hija del rico Balvastro?
No, por cierto, respondió don Vicente; mi
mala fortuna le debió de llevar estas nuevas,
para que, celosa, me quitases la vida, la cual 25
pues la dejo en tus manos y en tus brazos,
tengo mi suerte por venturosa. Y para asegurarte
de esta verdad, aprieta la mano y recíbeme
por esposo, si quisieres; que no tengo otra
mayor satisfacción que darte del agravio que 30
piensas que de mí has recibido.
Apretóle la mano Claudia, y apretósele a
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 265
ella el corazón de manera, que sobre la sangre
y pecho de don Vicente se quedó desmayada,
y a él le tomó un mortal parasismo. Confuso
estaba Roque y no sabía qué hacerse. Acudieron
los criados a buscar agua que echarles en 5
los rostros, y trajéronla, con que se los
bañaron. Volvió de su desmayo Claudia, pero no
de su paroxismo don Vicente, porque se le acabó
la vida. Visto lo cual de Claudia, habiéndose
enterado que ya su dulce esposo no vivía, 10
rompió los aires con suspiros, hirió los cielos
con quejas, maltrató sus cabellos entregándolos
al viento, afeó su rostro con sus propias
manos, con todas las muestras de dolor y
sentimiento que de un lastimado pecho pudieran 15
imaginarse.
¡Oh cruel e inconsiderada mujer, decía, con
qué facilidad te moviste a poner en ejecución
tan mal pensamiento! ¡Oh fuerza rabiosa de los
celos, a qué desesperado fin conducís a quien 20
os da acogida en su pecho! ¡Oh esposo mío,
cuya desdichada suerte, por ser prenda mía, te
ha llevado del tálamo a la sepultura!
Tales y tan tristes eran las quejas de
Claudia, que sacaron las lágrimas de los ojos de 25
Roque, no acostumbrados a verterlas en ninguna
ocasión. Lloraban los criados, desmáyabase
a cada paso Claudia, y todo aquel circuito
parecía campo de tristeza y lugar de desgracia.
Finalmente, Roque Guinart ordenó a los criados 30
de don Vicente que llevasen su cuerpo al
lugar de su padre, que estaba allí cerca, para
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 266
que le diesen sepultura. Claudia dijo a Roque
que querría irse a un monasterio donde era
abadesa una tía suya, en el cual pensaba
acabar la vida, de otro mejor esposo y más
eterno acompañada. Alabóle Roque su buen 5
propósito, ofreciósele de acompañarla hasta
donde quisiese, y de defender a su padre de
los parientes y de todo el mundo, si ofenderle
quisiese. No quiso su compañía Claudia en
ninguna manera, y, agradeciendo sus ofrecimientos 10
con las mejores razones que supo, se
despidió de él llorando; los criados de don
Vicente llevaron su cuerpo, y Roque se volvió
a los suyos, y este fin tuvieron los amores
de Claudia Jerónima. Pero, ¿qué mucho, si 15
tejieron la trama de su lamentable historia
las fuerzas invencibles y rigurosas de los
celos?
Halló Roque Guinart a sus escuderos en la
parte donde les había ordenado, y a don Quijote 20
entre ellos sobre Rocinante, haciéndoles una
plática en que les persuadía dejasen aquel
modo de vivir tan peligroso así para el alma
como para el cuerpo; pero como los más eran
gascones, gente rústica y desbaratada, no les 25
entraba bien la plática de don Quijote. Llegado
que fue Roque, preguntó a Sancho Panza si le
habían vuelto y restituido las alhajas y preseas
que los suyos del rucio le habían quitado. Sancho
respondió que sí, sino que le faltaban tres 30
tocadores que valían tres ciudades.
¿Qué es lo que dices, hombre?, dijo uno
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 267
de los presentes; que yo los tengo y no valen
tres reales.
Así es, dijo don Quijote, pero estímalos
mi escudero en lo que ha dicho, por habérmelos
dado quien me los dio. 5
Mandóselos volver al punto Roque Guinart,
y, mandando poner los suyos en ala, mandó
traer allí delante todos los vestidos, joyas y
dineros, y todo aquello que desde la última
repartición habían robado, y, haciendo brevemente 10
el tanteo, volviendo lo no repartible, y
reduciéndolo a dineros, lo repartió por toda su
compañía con tanta legalidad y prudencia, que
no pasó un punto ni defraudó nada de la justicia
distributiva. Hecho esto, con lo cual todos 15
quedaron contentos, satisfechos y pagados,
dijo Roque a don Quijote:
Si no se guardase esta puntualidad con
éstos, no se podría vivir con ellos.
A lo que dijo Sancho: 20
Según lo que aquí he visto es tan buena la
justicia, que es necesaria se use aun entre los
mismos ladrones.
Oyólo un escudero, y enarboló el mocho de
un arcabuz, con el cual sin duda le abriera la 25
cabeza a Sancho, si Roque Guinart no le diera
voces que se detuviese. Pasmóse Sancho y
propuso de no descoser los labios en tanto que
entre aquella gente estuviese. Llegó, en esto,
uno o algunos de aquellos escuderos que 30
estaban puestos por centinelas por los caminos,
para ver la gente que por ellos venía y dar
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 268
aviso a su mayor de lo que pasaba, y éste
dijo:
Señor, no lejos de aquí, por el camino que
va a Barcelona, viene un gran tropel de gente.
A lo que respondió Roque: 5
¿Has echado de ver si son de los que nos
buscan, o de los que nosotros buscamos?
No sino de los que buscamos, respondió el
escudero.
Pues salid todos, replicó Roque, y 10
traédmelos aquí luego, sin que se os escape
ninguno.
Hiciéronlo así, y, quedándose solos don
Quijote, Sancho y Roque, aguardaron a ver lo
que los escuderos traían, y en este entretanto 15
dijo Roque a don Quijote:
Nueva manera de vida le debe de parecer
al señor don Quijote la nuestra, nuevas aventuras,
nuevos sucesos, y todos peligrosos; y no
me maravillo que así le parezca, porque 20
realmente le confieso que no hay modo de vivir
más inquieto ni más sobresaltado que el nuestro.
A mí me han puesto en él no sé qué deseos
de venganza, que tienen fuerza de turbar los
más sosegados corazones. Yo de mi natural 25
soy compasivo y bien intencionado; pero,
como tengo dicho, el querer vengarme de un
agravio que se me hizo, así da con todas mis
buenas inclinaciones en tierra, que persevero
en este estado a despecho y pesar de lo que 30
entiendo. Y como un abismo llama a otro y un
pecado a otro pecado, hanse eslabonado las
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 269
venganzas de manera, que no sólo las mías,
pero las ajenas tomo a mi cargo. Pero Dios
es servido de que, aunque me veo en la mitad
del laberinto de mis confusiones, no pierdo la
esperanza de salir de él a puerto seguro. 5
Admirado quedó don Quijote de oír hablar
a Roque tan buenas y concertadas razones,
porque él se pensaba que entre los de oficios
semejantes de robar, matar y saltear, no podía
haber alguno que tuviese buen discurso, y 10
respondióle:
Señor Roque, el principio de la salud está en
conocer la enfermedad, y en querer tomar el
enfermo las medicinas que el médico le ordena.
Vuestra merced está enfermo, conoce su dolencia, 15
y el cielo, o Dios, por mejor decir, que es
nuestro médico, le aplicará medicinas que le
sanen, las cuales suelen sanar poco a poco, y
no de repente y por milagro; y más, que los
pecadores discretos están más cerca de 20
enmendarse que los simples, y pues vuestra merced
ha mostrado en sus razones su prudencia, no
hay sino tener buen ánimo y esperar mejoría de
la enfermedad de su conciencia. Y si vuestra
merced quiere ahorrar camino y ponerse con 25
facilidad en el de su salvación, véngase
conmigo; que yo le enseñaré a ser caballero
andante, donde se pasan tantos trabajos y
desventuras, que, tomándolas por penitencia, en
dos paletas le pondrán en el cielo. 30
Riose Roque del consejo de don Quijote, a
quien, mudando plática, contó el trágico
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 270
suceso de Claudia Jerónima, de que le pesó
en extremo a Sancho; que no le había parecido
mal la belleza, desenvoltura y brío de la moza.
Llegaron, en esto, los escuderos de la presa,
trayendo consigo dos caballeros a caballo 5
y dos peregrinos a pie, y un coche de mujeres
con hasta seis criados, que a pie y a caballo
las acompañaban, con otros dos mozos de mulas
que los caballeros traían. Cogiéronlos los
escuderos en medio, guardando vencidos y 10
vencedores gran silencio, esperando a que el gran
Roque Guinart hablase. El cual preguntó a los
caballeros que quién eran y adónde iban, y qué
dinero llevaban. Uno de ellos le respondió:
Señor, nosotros somos dos capitanes de 15
infantería española; tenemos nuestras
compañías en Nápoles y vamos a embarcarnos en
cuatro galeras que dicen están en Barcelona,
con orden de pasar a Sicilia. Llevamos hasta
doscientos o trescientos escudos, con que, a 20
nuestro parecer, vamos ricos y contentos, pues
la estrechez ordinaria de los soldados no
permite mayores tesoros.
Preguntó Roque a los peregrinos lo mismo
que a los capitanes; fuele respondido que iban 25
a embarcarse para pasar a Roma, y que entre
entrambos podían llevar hasta sesenta reales.
Quiso saber también quién iba en el coche y
adónde, y el dinero que llevaban; y uno de los
de a caballo dijo: 30
Mi señora doña Guiomar de Quiñones, mujer
del regente de la Vicaría de Nápoles, con
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 271
una hija pequeña, una doncella y una dueña, son
las que van en el coche; acompañámosla seis
criados, y los dineros son seiscientos escudos.
De modo, dijo Roque Guinart, que ya
tenemos aquí novecientos escudos y sesenta 5
reales. Mis soldados deben de ser hasta sesenta;
mírese a cómo le cabe a cada uno, porque
yo soy mal contador.
Oyendo decir esto los salteadores, levantaron
la voz, diciendo: ¡Viva Roque Guinart 10
muchos años, a pesar de los lladres que su
perdición procuran!
Mostraron afligirse los capitanes, entristecióse
la señora regenta y no se holgaron nada
los peregrinos, viendo la confiscación de sus 15
bienes. Túvolos así un rato suspensos Roque;
pero no quiso que pasase adelante su tristeza,
que ya se podía conocer a tiro de arcabuz, y,
volviéndose a los capitanes, dijo:
Vuestras mercedes, señores capitanes, por 20
cortesía sean servidos de prestarme sesenta
escudos, y la señora regenta ochenta para
contentar esta escuadra que me acompaña; porque
el abad de lo que canta yanta. Y luego puédense
ir su camino libre y desembarazadamente, 25
con un salvoconducto que yo les daré,
para que si toparen otras de algunas escuadras
mías, que tengo divididas por estos contornos,
no les hagan daño; que no es mi intención de
agraviar a soldados, ni a mujer alguna, 30
especialmente, a las que son principales.
Infinitas y bien dichas fueron las razones con
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 272
que los capitanes agradecieron a Roque su
cortesía y liberalidad; que por tal la tuvieron
en dejarles su mismo dinero. La señora doña
Guiomar de Quiñones se quiso arrojar del
coche para besar los pies y las manos del gran 5
Roque. Pero él no lo consintió en ninguna
manera; antes le pidió perdón del agravio, que le
[hacia], forzado de cumplir con las obligaciones
precisas de su mal oficio. Mandó la señora
regenta a un criado suyo diese luego los ochenta 10
escudos que le habían repartido, y ya los
capitanes habían desembolsado los sesenta. Iban
los peregrinos a dar toda su miseria; pero
Roque les dijo que se estuviesen quedos, y,
volviéndose a los suyos, les dijo: 15
De estos escudos dos tocan a cada uno, y
sobran veinte; los diez se den a estos
peregrinos, y los otros diez a este buen escudero,
porque pueda decir bien de esta aventura.
Y, trayéndole aderezo de escribir, de que 20
siempre andaba proveído Roque, les dio por
escrito un salvoconducto para los mayorales de
sus escuadras, y, despidiéndose de ellos, los
dejó ir libres y admirados de su nobleza, de
su gallarda disposición y extraño proceder, 25
teniéndole más por un Alejandro Magno, que
por ladrón conocido. Uno de los escuderos dijo
en su lengua gascona y catalana:
Este nuestro capitán más es para frade, que
para bandolero; si de aquí adelante quisiere 30
mostrarse liberal, séalo con su hacienda, y no
con la nuestra.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LX p. 273
No lo dijo tan paso el desventurado, que
dejase de oírlo Roque, el cual, echando mano
a la espada, le abrió la cabeza casi en dos
partes, diciéndole:
De esta manera castigo yo a los deslenguados 5
y atrevidos.
Pasmáronse todos y ninguno le osó decir
palabra; tanta era la obediencia que le tenían.
Apartóse Roque a una parte y escribió una
carta a un su amigo, a Barcelona, dándole 10
aviso como estaba consigo el famoso don Quijote
de la Mancha, aquel caballero andante de
quien tantas cosas se decían, y que le hacía
saber que era el más gracioso y el más entendido
hombre del mundo, y que de allí a cuatro 15
días, que era el de San Juan Bautista, se le
pondría en mitad de la playa de la ciudad,
armado de todas sus armas, sobre Rocinante su
caballo, y a su escudero Sancho sobre un asno,
y que diese noticia de esto a sus amigos los 20
Niarros, para que con él se solazasen; que él
quisiera que carecieran de este gusto los
Cadells, sus contrarios. Pero que esto era
imposible, a causa que las locuras y discreciones
de don Quijote, y los donaires de su escudero 25
Sancho Panza no podían dejar de dar gusto
general a todo el mundo. Despachó esta
carta con uno de sus escuderos que, mudando
el traje de bandolero en el de un labrador,
entró en Barcelona y la dio a quien iba. 30
p. 274
Capítulo LXI
De lo que le sucedió a don Quijote en la
entrada de Barcelona, con otras [cosas]
que tienen más de lo verdadero que de lo
discreto. 5
Tres días y tres noches estuvo don Quijote
con Roque, y si estuviera trescientos años, no le
faltara qué mirar y admirar en el modo de su
vida; aquí amanecían, acullá comían, unas veces
huían sin saber de quién, y otras esperaban 10
sin saber a quién. Dormían en pie,
interrumpiendo el sueño, mudándose de un lugar a
otro. Todo era poner espías, escuchar
centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces,
aunque traían pocos, porque todos se servían 15
de pedreñales. Roque pasaba las noches
apartado de los suyos en partes y lugares donde
ellos no pudiesen saber dónde estaba,
porque los muchos bandos que el virrey de
Barcelona había echado sobre su vida, le traían 20
inquieto y temeroso, y no se osaba fiar de
ninguno, temiendo que los mismos suyos, o le
habían de matar, o entregar a la justicia: vida,
por cierto, miserable y enfadosa.
En fin, por caminos desusados, por atajos y 25
sendas encubiertas partieron Roque, don
Quijote y Sancho con otros seis escuderos a
Barcelona. Llegaron a su playa la víspera de San
Juan, en la noche, y abrazando Roque a don
Quijote y a Sancho, a quien dio los diez 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXI p. 275
escudos prometidos, que hasta entonces no se los
había dado, los dejó, con mil ofrecimientos que
de la una a la otra parte se hicieron. Volvióse
Roque; quedóse don Quijote esperando el día,
así, a caballo como estaba, y no tardó mucho 5
cuando comenzó a descubrirse por los balcones
del Oriente la faz de la blanca Aurora,
alegrando las hierbas y las flores, en lugar de
alegrar el oído, aunque al mismo instante
alegraron también el oído el son de muchas 10
chirimías y atabales, ruido de cascabeles, «trapa,
»trapa, aparta, aparta», de corredores que,
al parecer, de la ciudad salían. Dio lugar la
Aurora al sol, que, un rostro mayor que el
de una rodela, por el más bajo horizonte poco a 15
poco se iba levantando. Tendieron don Quijote
y Sancho la vista por todas partes, vieron
el mar hasta entonces de ellos no visto;
parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las
lagunas de Ruidera que en la Mancha habían 20
visto. Vieron las galeras que estaban en la
playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se
descubrieron llenas de flámulas y gallardetes, que
tremolaban al viento y besaban y barrían el
agua. Dentro sonaban clarines, trompetas y 25
chirimías, que cerca y lejos llenaban el aire
de suaves y belicosos acentos. Comenzaron a
moverse y a hacer modo de escaramuza
por las sosegadas aguas, correspondiéndoles
casi al mismo modo infinitos caballeros que 30
de la ciudad, sobre hermosos caballos y con
vistosas libreas, salían. Los soldados de las
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 276
galeras disparaban infinita artillería, a quien
respondían los que estaban en las murallas y
fuertes de la ciudad; y la artillería gruesa con
espantoso estruendo rompía los vientos, a quien
respondían los cañones de crujía de las galeras. 5
El mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro,
sólo tal vez turbio del humo de la artillería,
parece que iba infundiendo y engendrando
gusto súbito en todas las gentes.
No podía imaginar Sancho cómo pudiesen 10
tener tantos pies aquellos bultos que por el mar
se movían. En esto, llegaron corriendo con grita,
lelilíes y algazara los de las libreas, adonde
don Quijote suspenso y atónito estaba, y uno
de ellos, que era el avisado de Roque, dijo en 15
alta voz a don Quijote:
Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo,
el farol, la estrella y el norte de toda la
caballería andante, donde más largamente se
contiene. Bien sea venido, digo, el valeroso don 20
Quijote de la Mancha, no el falso, no el
ficticio, no el apócrifo, que en falsas historias
estos días nos han mostrado, sino el verdadero,
el legal y el fiel que nos describió Cide Hamete
Benengeli, flor de los historiadores. 25
No respondió don Quijote palabra, ni los
caballeros esperaron a que la respondiese, sino,
volviéndose y revolviéndose con los demás
que los seguían, comenzaron a hacer un revuelto
caracol al derredor de don Quijote, el cual, 30
volviéndose a Sancho, dijo:
Estos bien nos han conocido; yo apostaré
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXI p. 277
que han leído nuestra historia, y aun la del
aragonés recién impresa.
Volvió otra vez el caballero que habló a don
Quijote, y díjole:
Vuestra merced, señor don Quijote, se 5
venga con nosotros; que todos somos sus
servidores, y grandes amigos de Roque Guinart.
A lo que don Quijote respondió:
Si cortesías engendran cortesías, la vuestra,
señor caballero, es hija o parienta muy cercana 10
de las del gran Roque. Llevadme do quisiereis,
que yo no tendré otra voluntad que la
vuestra, y más, si la queréis ocupar en vuestro
servicio.
Con palabras no menos comedidas que éstas 15
le respondió el caballero, y, encerrándole todos
en medio, al son de las chirimías y de los
atabales, se encaminaron con él a la ciudad; al
entrar de la cual, el malo, que todo lo malo
ordena, y los muchachos que son más malos 20
que el malo, dos de ellos, traviesos y atrevidos,
se entraron por toda la gente, y, alzando
el uno de la cola del rucio, y el otro la de
Rocinante, les pusieron y encajaron sendos
manojos de aliagas. Sintieron los pobres animales 25
las nuevas espuelas, y, apretando las colas,
aumentaron su disgusto de manera, que, dando
mil corcovos, dieron con sus dueños en tierra.
Don Quijote, corrido y afrentado, acudió a
quitar el plumaje de la cola de su matalote, y 30
Sancho el de su rucio. Quisieran los que guiaban a
don Quijote castigar el atrevimiento de los
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 278
muchachos, y no fue posible, porque se
encerraron entre más de otros mil que los seguían.
Volvieron a subir don Quijote y Sancho; con
el mismo aplauso y música llegaron a la casa
de su guía, que era grande y principal, en fin, 5
como de caballero rico, donde le dejaremos
por ahora, porque así lo quiere Cide Hamete.
p. 279
Capítulo LXII
Que trata de la aventura de la cabeza encantada,
con otras niñerías que no pueden dejar
de contarse.
Don Antonio Moreno se llamaba el huésped 5
de don Quijote, caballero rico y discreto, y
amigo de holgarse a lo honesto y afable. El
cual, viendo en su casa a don Quijote, andaba
buscando modos cómo, sin su perjuicio,
sacase a plaza sus locuras. Porque no son 10
burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que
valgan si son con daño de tercero. Lo primero
que hizo fue hacer desarmar a don Quijote y
sacarle a vistas con aquel su estrecho y
agamuzado vestido --como ya otras veces le 15
hemos descrito y pintado-- a un balcón que salía
a una calle de las más principales de la ciudad,
a vista de las gentes y de los muchachos que
como a mona le miraban. Corrieron de nuevo
delante de él los de las libreas, como si para él 20
solo, no para alegrar aquel festivo día, se
las hubieran puesto. Y Sancho estaba contentísimo,
por parecerle que se había hallado, sin
saber cómo ni cómo no, otras bodas de Camacho,
otra casa como la de don Diego de Miranda 25
y otro castillo como el del duque.
Comieron aquel día con don Antonio
algunos de sus amigos, honrando todos y tratando
a don Quijote como a caballero andante, de lo
cual, hueco y pomposo, no cabía en sí de 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 280
contento. Los donaires de Sancho fueron tantos,
que de su boca andaban como colgados todos
los criados de casa y todos cuantos le oían.
Estando a la mesa, dijo don Antonio a Sancho:
Acá tenemos noticia, buen Sancho, que 5
sois tan amigo de manjar blanco y de
albondiguillas, que si os sobran, las guardáis en el
seno para el otro día.
No, señor, no es así, respondió Sancho,
porque tengo más de limpio que de goloso, y 10
mi señor don Quijote, que está delante, sabe
bien que con un puño de bellotas o de nueces
nos solemos pasar entrambos ocho días. Verdad
es que si tal vez me sucede que me den la
vaquilla, corro con la soguilla; quiero decir, 15
que como lo que me dan, y uso de los tiempos
como los hallo. Y quienquiera que hubiere dicho
que yo soy comedor aventajado y no limpio,
téngase por dicho que no acierta; y de otra
manera dijera esto, si no mirara a las barbas 20
honradas que están a la mesa.
Por cierto, dijo don Quijote, que la
parsimonia y limpieza con que Sancho come se
puede escribir y grabar en láminas de bronce,
para que quede en memoria eterna en los siglos 25
venideros; verdad es que cuando él tiene
hambre parece algo tragón, porque come
aprisa y masca a dos carrillos. Pero la
limpieza siempre la tiene en su punto, y en el
tiempo que fue gobernador aprendió a comer 30
a lo melindroso, tanto, que comía con tenedor
las uvas, y aun los granos de la granada.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 281
¿Cómo?, dijo don Antonio; ¿gobernador
ha sido Sancho?
Sí, respondió Sancho, y de una ínsula
llamada la Barataria; diez días la goberné a
pedir de boca. En ellos perdí el sosiego y 5
aprendí a despreciar todos los gobiernos del
mundo; salí huyendo de ella, caí en una cueva
donde me tuve por muerto, de la cual salí vivo
por milagro.
Contó don Quijote por menudo todo el 10
suceso del gobierno de Sancho, con que dio
gran gusto a los oyentes. Levantados los
manteles, y tomando don Antonio por la mano a
don Quijote, se entró con él en un apartado
aposento, en el cual no había otra cosa de 15
adorno que una mesa, al parecer, de jaspe,
que sobre un pie de lo mismo se sostenía,
sobre la cual estaba puesta al modo de las
cabezas de los emperadores romanos, de los pechos
arriba, una que semejaba ser de bronce. 20
Paseóse don Antonio con don Quijote por todo
el aposento, rodeando muchas veces la mesa,
después de lo cual dijo:
Ahora, señor don Quijote, que estoy enterado
que no nos oye y escucha alguno, y está 25
cerrada la puerta, quiero contar a vuestra
merced una de las más raras aventuras, o, por
mejor decir, novedades que imaginarse pueden,
con condición que lo que a vuestra merced
dijere lo ha de depositar en los últimos 30
retretes del secreto.
Así lo juro, respondió don Quijote, y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 282
aun le echaré una losa encima para más
seguridad; porque quiero que sepa vuestra merced,
señor don Antonio --que ya sabía su
nombre--, que está hablando con quien, aunque
tiene oídos para oír, no tiene lengua para 5
hablar. Así que con seguridad puede vuestra
merced trasladar lo que tiene en su pecho en
el mío y hacer cuenta que lo ha arrojado en
los abismos del silencio.
En fe de esa promesa, respondió don 10
Antonio, quiero poner a vuestra merced en
admiración con lo que viere y oyere, y darme
a mí algún alivio de la pena que me causa no
tener con quien comunicar mis secretos, que
no son para fiarse de todos. 15
Suspenso estaba don Quijote, esperando en
qué habían de parar tantas prevenciones. En
esto, tomándole la mano don Antonio, se la
paseó por la cabeza de bronce, y por toda la
mesa, y por el pie de jaspe sobre que se 20
sostenía, y luego dijo:
Esta cabeza, señor don Quijote, ha sido
hecha y fabricada por uno de los mayores
encantadores y hechiceros que ha tenido
el mundo, que creo era polaco de nación y 25
discípulo del famoso Escotillo, de quien
tantas maravillas se cuentan, el cual estuvo
aquí en mi casa, y por precio de mil escudos
que le di labró esta cabeza que tiene propiedad
y virtud de responder a cuantas cosas al 30
oído le preguntaren. Guardó rumbos, pintó
caracteres, observó astros, miró puntos, y,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 283
finalmente, la sacó con la perfección que
veremos mañana; porque los viernes está muda, y
hoy, que lo es, nos ha de hacer esperar hasta
mañana. En este tiempo podrá vuestra merced
prevenirse de lo que querrá preguntar; que 5
por experiencia sé que dice verdad en cuanto
responde.
Admirado quedó don Quijote de la virtud y
propiedad de la cabeza, y estuvo por no creer
a don Antonio. Pero por ver cuán poco tiempo 10
había para hacer la experiencia, no quiso decirle
otra cosa sino que le agradecía el haberle
descubierto tan gran secreto. Salieron del
aposento, cerró la puerta don Antonio con llave y
fuéronse a la sala donde los demás caballeros 15
estaban.
En este tiempo les había contado Sancho
muchas de las aventuras y sucesos que a su
amo habían acontecido. Aquella tarde sacaron
a pasear a don Quijote, no armado, sino de 20
rúa, vestido un balandrán de paño leonado,
que pudiera hacer sudar en aquel tiempo al
mismo hielo. Ordenaron con sus criados que
entretuviesen a Sancho, de modo, que no le
dejasen salir de casa. Iba don Quijote, no 25
sobre Rocinante, sino sobre un gran macho de
paso llano y muy bien aderezado. Pusiéronle
el balandrán, y en las espaldas, sin que lo
viese, le cosieron un pergamino donde le
escribieron con letras grandes: Este es don 30
Quijote de la Mancha. En comenzando el paseo,
llevaba el rótulo los ojos de cuantos venían a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 284
verle, y como leían: Este es don Quijote de la
Mancha, admirábase don Quijote de ver que
cuantos le miraban le nombraban y conocían.
Y, volviéndose a don Antonio, que iba a su
lado, le dijo: 5
Grande es la prerrogativa que encierra en
sí la andante caballería, pues hace conocido y
famoso al que la profesa por todos los términos
de la tierra. Si no, mire vuestra merced,
señor don Antonio, que hasta los muchachos 10
de esta ciudad, sin nunca haberme visto, me
conocen.
Así es, señor don Quijote, respondió don
Antonio; que así como el fuego no puede
estar escondido y encerrado, la virtud no 15
puede dejar de ser conocida, y la que se
alcanza por la profesión de las armas
resplandece y campea sobre todas las otras.
Acaeció, pues, que yendo don Quijote con
el aplauso que se ha dicho, un castellano que 20
leyó el rótulo de las espaldas, alzó la voz,
diciendo:
¡Válgate el diablo por don Quijote de la
Mancha! ¿Cómo que hasta aquí has llegado
sin haberte muerto los infinitos palos que tienes 25
a cuestas? Tú eres loco, y si lo fueras a solas y
dentro de las puertas de tu locura, fuera menos
mal; pero tienes propiedad de volver locos y
mentecatos a cuantos te tratan y comunican.
si no, mírenlo por estos señores que te 30
acompañan. Vuélvete, mentecato, a tu casa, y mira
por tu hacienda, por tu mujer y tus hijos, y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 285
déjate de estas vaciedades que te carcomen el
seso y te desnatan el entendimiento.
Hermano, dijo don Antonio, seguid
vuestro camino y no deis consejos a quien no os
los pide; el señor don Quijote de la 5
Mancha es muy cuerdo y nosotros, que le
acompañamos, no somos necios. La virtud se ha
de honrar dondequiera que se hallare, y
andad enhoramala, y no os metáis donde no os
llaman. 10
Pardiez, vuestra merced tiene razón,
respondió el castellano; que aconsejar a este
buen hombre es dar coces contra el aguijón.
Pero, con todo eso, me da muy gran lástima
que el buen ingenio que dicen que tiene en 15
todas las cosas este mentecato, se le desagüe
por la canal de su andante caballería; y la
enhoramala que vuestra merced dijo sea para mí
y para todos mis descendientes si de hoy más,
aunque viviese más años que Matusalén, 20
diere consejo a nadie, aunque me lo pida.
Apartóse el consejero, siguió adelante el
paseo; pero fue tanta la prisa que los
muchachos y toda la gente tenía leyendo el
rótulo, que se le hubo de quitar don Antonio, 25
como que le quitaba otra cosa. Llegó la noche,
volviéronse a casa, hubo sarao de damas,
porque la mujer de don Antonio, que era una
señora principal y alegre, hermosa y discreta,
convidó a otras sus amigas a que viniesen a 30
honrar a su huésped y a gustar de sus nunca
vistas locuras. Vinieron algunas, cenóse
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 286
espléndidamente y comenzóse el sarao casi a las
diez de la noche. Entre las damas había dos
de gusto pícaro, y burlonas, y con ser muy
honestas, eran algo descompuestas, por dar lugar
que las burlas alegrasen sin enfado. Estas 5
dieron tanta prisa en sacar a danzar a don
Quijote, que le molieron, no sólo el cuerpo,
pero el ánima; era cosa de ver la figura de don
Quijote, largo, tendido, flaco, amarillo,
estrecho en el vestido, desairado, y, sobre todo, 10
no nada ligero. Requebrábanle como a hurto
las damiselas, y él, también como a hurto, las
desdeñaba; pero viéndose apretar de requiebros,
alzó la voz, y dijo:
Fugite, partes adversae. ¡Dejadme en 15
mi sosiego, pensamientos mal venidos! Allá
os avenid, señoras, con vuestros deseos; que
la que es reina de los míos, la sin par
Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos
otros que los suyos me avasallen y rindan. 20
Y, diciendo esto, se sentó en mitad de la
sala en el suelo, molido y quebrantado de tan
bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le
llevasen en peso a su lecho, y el primero
que asió de él fue Sancho, diciéndole: 25
¡Nora en tal, señor nuestro amo, lo habéis
bailado! ¿Pensáis que todos los valientes son
danzadores, y todos los andantes caballeros
bailarines? Digo que si lo pensáis, que estáis
engañado: hombre hay que se atreverá a matar 30
a un gigante antes que hacer una cabriola. Si
hubierais de zapatear, yo supliera vuestra
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 287
falta, que zapateo como un gerifalte; pero en
lo del danzar no doy puntada.
Con estas y otras razones dio que reír
Sancho a los del sarao, y dio con su amo en la
cama, arropándole para que sudase la frialdad 5
de su baile.
Otro día le pareció a don Antonio ser bien
hacer la experiencia de la cabeza encantada, y
con don Quijote, Sancho y otros dos amigos,
con las dos señoras que habían molido a don 10
Quijote en el baile, que aquella propia noche
se habían quedado con la mujer de don Antonio,
se encerró en la estancia donde estaba la
cabeza. Contóles la propiedad que tenía,
encargóles el secreto y díjoles que aquél era el 15
primero día donde se había de probar la virtud
de la tal cabeza encantada. Y si no eran los
dos amigos de don Antonio, ninguna otra persona
sabía el busilis del encanto, y aun si don
Antonio no se le hubiera descubierto primero 20
a sus amigos, también ellos cayeran en la
admiración en que los demás cayeron, sin ser
posible otra cosa; con tal traza y tal orden
estaba fabricada.
El primero que se llegó al oído de la cabeza 25
fue el mismo don Antonio, y díjole en voz
sumisa, pero no tanto que de todos no fuese
entendida:
Dime, cabeza, por la virtud que en ti
se encierra, ¿qué pensamientos tengo yo 30
ahora?
Y la cabeza le respondió, sin mover los
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 288
labios, con voz clara y distinta, de modo, que
fue de todos entendida, esta razón:
Yo no juzgo de pensamientos.
Oyendo lo cual todos quedaron atónitos, y
más, viendo que en todo el aposento ni al 5
derredor de la mesa no había persona humana
que responder pudiese.
¿Cuántos estamos aquí?, tornó a preguntar
don Antonio, y fuele respondido por el propio
tenor, paso: 10
Estáis tú y tu mujer, con dos amigos
tuyos, y dos amigas de ella, y un caballero
famoso llamado don Quijote de la Mancha, y
un su escudero que Sancho Panza tiene por
nombre. 15
¡Aquí sí que fue el admirarse de nuevo; aquí
sí que fue el erizarse los cabellos a todos, de
puro espanto! Y, apartándose don Antonio
de la cabeza, dijo:
¡Esto me basta para darme a entender que 20
no fui engañado del que te me vendió, cabeza
sabia, cabeza habladora, cabeza respondona,
y admirable cabeza! Llegue otro, y pregúntele
lo que quisiere.
Y como las mujeres de ordinario son 25
presurosas y amigas de saber, la primera que se
llegó fue una de las dos amigas de la mujer
de don Antonio, y lo que le preguntó fue:
Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy
hermosa? 30
Y fuele respondido:
Sé muy honesta.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 289
No te pregunto más, dijo la preguntanta.
Llegó luego la compañera, y dijo:
Querría saber, cabeza, si mi marido me
quiere bien o no.
Y respondiéronle: 5
Mira las obras que te hace, y echarlo has
de ver.
Apartóse la casada, diciendo:
Esta respuesta no tenía necesidad de
pregunta, porque, en efecto, las obras que se 10
hacen declaran la voluntad que tiene el que
las hace.
Luego llegó uno de los dos amigos de don
Antonio, y preguntóle:
¿Quién soy yo? 15
Y fuele respondido:
Tú lo sabes.
No te pregunto eso, respondió el caballero,
sino que me digas si me conoces tú.
Sí conozco, le respondieron; que eres don 20
Pedro Noriz.
No quiero saber más, pues esto basta para
entender, oh cabeza, que lo sabes todo.
Y, apartándose, llegó el otro amigo, y
preguntóle: 25
Dime, cabeza, ¿qué deseos tiene mi hijo
el mayorazgo?
Ya yo he dicho, le respondieron, que yo
no juzgo de deseos; pero con todo eso te sé
decir que los que tu hijo tiene son de 30
enterrarte.
Eso es, dijo el caballero: lo que veo por
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 290
los ojos con el dedo lo señalo; y no pregunto
más.
Llegóse la mujer de don Antonio, y dijo:
Yo no sé, cabeza, qué preguntarte; sólo
querría saber de ti, si gozaré muchos años de 5
buen marido.
Y respondiéronle:
Sí gozarás, porque su salud y su templanza
en el vivir prometen muchos años de vida, la
cual muchos suelen acortar por su 10
destemplanza.
Llegóse luego don Quijote, y dijo:
Dime tú, el que respondes: ¿fue verdad, o
fue sueño lo que yo cuento que me pasó en
la cueva de Montesinos? ¿Serán ciertos los 15
azotes de Sancho mi escudero? ¿Tendrá efecto el
desencanto de Dulcinea?
A lo de la cueva, respondieron, hay mucho
que decir: de todo tiene. Los azotes de Sancho
irán despacio; el desencanto de Dulcinea 20
llegará a debida ejecución.
No quiero saber más, dijo don Quijote;
que como yo vea a Dulcinea desencantada,
haré cuenta que vienen de golpe todas las
venturas que acertare a desear. 25
El último preguntante fue Sancho, y lo que
preguntó fue:
Por ventura, cabeza, ¿tendré otro gobierno?
¿Saldré de la estrechez de escudero? ¿Volveré
a ver a mi mujer y a mis hijos? 30
A lo que le respondieron:
Gobernarás en tu casa, y si vuelves a ella,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 291
verás a tu mujer y a tus hijos, y, dejando de
servir, dejarás de ser escudero.
¡Bueno, par Dios!, dijo Sancho Panza.
Esto yo me lo dijera. No dijera más el
profeta Perogrullo. 5
Bestia, dijo don Quijote, ¿qué quieres
que te respondan? ¿No basta que las respuestas
que esta cabeza ha dado correspondan a
lo que se le pregunta?
Sí basta, respondió Sancho; pero quisiera 10
yo que se declarara más y me dijera más.
Con esto se acabaron las preguntas y las
respuestas. Pero no se acabó la admiración en
que todos quedaron, excepto los dos amigos de
don Antonio, que el caso sabían. El cual quiso 15
Cide Hamete Benengeli declarar luego, por no
tener suspenso al mundo, creyendo que algún
hechicero y extraordinario misterio en la tal
cabeza se encerraba, y, así, dice que don
Antonio Moreno, a imitación de otra cabeza que 20
vio en Madrid, fabricada por un estampero,
hizo ésta en su casa para entretenerse y
suspender a los ignorantes, y la fábrica era de
esta suerte: la tabla de la mesa era de palo,
pintada y barnizada como jaspe, y el pie sobre 25
que se sostenía era de lo mismo, con cuatro
garras de águila que de él salían para mayor
firmeza del peso. La cabeza, que parecía
medalla y figura de emperador romano y de color
de bronce, estaba toda hueca, y ni más ni 30
menos la tabla de la mesa, en que se encajaba
tan justamente, que ninguna señal de juntura
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 292
se parecía. El pie de la tabla era asimismo
hueco, que respondía a la garganta y pechos
de la cabeza, y todo esto venía a responder a
otro aposento que debajo de la estancia de la
cabeza estaba. Por todo este hueco de pie, 5
mesa, garganta y pechos de la medalla y
figura referida se encaminaba un cañón de hoja
de lata muy justo, que de nadie podía ser visto;
en el aposento de abajo correspondiente al de
arriba se ponía el que había de responder, 10
pegada la boca con el mismo cañón, de modo,
que a modo de cerbatana iba la voz de arriba
abajo y de abajo arriba, en palabras articuladas
y claras, y de esta manera no era posible
conocer el embuste. Un sobrino de don Antonio, 15
estudiante agudo y discreto, fue el respondiente,
el cual estando avisado de su señor tío
de los que habían de entrar con él en aquel día
en el aposento de la cabeza, le fue fácil
responder con presteza y puntualidad a la 20
primera pregunta; a las demás respondió por
conjeturas, y, como discreto, discretamente.
Y dice más Cide Hamete: que hasta diez o
doce días duró esta maravillosa máquina; pero
que divulgándose por la ciudad que don Antonio 25
tenía en su casa una cabeza encantada, que
a cuantos le preguntaban respondía, temiendo
no llegase a los oídos de las despiertas centinelas
de nuestra fe, habiendo declarado el caso
a los señores inquisidores, le mandaron que lo 30
deshiciese y no pasase más adelante, porque
el vulgo ignorante no se escandalizase.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 293
pero en la opinión de don Quijote y de Sancho
Panza la cabeza quedó por encantada y por
respondona, más a satisfacción de don Quijote,
que de Sancho.
Los caballeros de la ciudad por complacer a 5
don Antonio y por agasajar a don Quijote y
dar lugar a que descubriese sus sandeces,
ordenaron de correr sortija de allí a seis días,
que no tuvo efecto por la ocasión que se dirá
adelante. Diole gana a don Quijote de pasear 10
la ciudad a la llana y a pie, temiendo que si iba
a caballo le habían de perseguir los muchachos,
y, así, él y Sancho con otros dos criados que
don Antonio le dio salieron a pasearse.
Sucedió, pues, que yendo por una calle, alzó 15
los ojos don Quijote y vio escrito sobre una
puerta, con letras muy grandes: Aquí se
imprimen libros, de lo que se contentó mucho,
porque hasta entonces no había visto imprenta
alguna, y deseaba saber cómo fuese. Entró 20
dentro con todo su acompañamiento, y vio
tirar en una parte, corregir en otra, componer
en ésta, enmendar en aquélla, y, finalmente,
toda aquella máquina que en las imprentas
grandes se muestra. Llegábase don Quijote a 25
un cajón y preguntaba qué era aquello que allí
se hacía; dábanle cuenta los oficiales,
admirábase y pasaba adelante. Llegó en otras a
uno, y preguntóle qué era lo que hacía. El
oficial le respondió: 30
Señor, este caballero que aquí está --y
enseñóle a un hombre de muy buen talle y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 294
parecer y de alguna gravedad--, ha traducido
un libro toscano en nuestra lengua castellana,
y estoyle yo componiendo, para darle a la
estampa.
¿Qué título tiene el libro?, preguntó don 5
Quijote.
A lo que el autor respondió:
Señor, el libro en toscano se llama Le
Bagatele.
Y ¿qué responde Le Bagatele en nuestro 10
castellano?, preguntó don Quijote.
Le Bagatele, dijo el autor, es como si en
castellano dijésemos los juguetes; y aunque
este libro es en el nombre humilde, contiene y
encierra en sí cosas muy buenas y 15
sustanciales.
Yo, dijo don Quijote, sé algún tanto
del toscano, y me precio de cantar algunas
estancias del Ariosto; pero dígame vuestra
merced, señor mío, y no digo esto porque quiero 20
examinar el ingenio de vuestra merced, sino
por curiosidad no más: ¿ha hallado en su
escritura alguna vez nombrar piñata?
Sí, muchas veces, respondió el autor.
Y ¿cómo la traduce vuestra merced en 25
castellano?, preguntó don Quijote.
¿Cómo la había de traducir?, replicó el
autor, sino diciendo olla.
¡Cuerpo de tal, dijo don Quijote, y qué
adelante está vuestra merced en el toscano 30
idioma! Yo apostaré una buena apuesta que
adonde diga en el toscano piache, dice vuestra
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 295
merced en el castellano place, y adonde diga
più, dice más, y el su declara con arriba, y el
giù con abajo.
Sí declaro, por cierto, dijo el autor,
porque ésas son sus propias correspondencias. 5
Osaré yo jurar, dijo don Quijote, que
no es vuestra merced conocido en el mundo,
enemigo siempre de premiar los floridos
ingenios ni los loables trabajos. ¡Qué de
habilidades hay perdidas por ahí, qué de ingenios 10
arrinconados, qué de virtudes menospreciadas!
Pero, con todo esto, me parece que el traducir
de una lengua en otra, como no sea de las
reinas de las lenguas, griega y latina, es como
quien mira los tapices flamencos por el revés; 15
que aunque se ven las figuras, son llenas de
hilos que las oscurecen, y no se ven con la
lisura y tez de la haz. Y el traducir de lenguas
fáciles ni arguye ingenio ni elocución, como no
le arguye el que traslada ni el que copia un 20
papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir
que no sea loable este ejercicio del traducir,
porque en otras cosas peores se podría ocupar
el hombre y que menos provecho le trajesen.
Fuera de esta cuenta van los dos famosos 25
traductores, el uno, el doctor Cristóbal de
Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de
Jáuregui, en su Aminta, donde felizmente
ponen en duda cuál es la traducción o cuál el
original. Pero dígame vuestra merced, este libro 30
¿imprímese por su cuenta, o tiene ya vendido
el privilegio a algún librero?
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 296
Por mi cuenta lo imprimo, respondió el
autor, y pienso ganar mil ducados, por lo
menos, con esta primera impresión, que ha de ser
de dos mil cuerpos, y se han de despachar a
seis reales cada uno, en daca las pajas. 5
Bien está vuestra merced en la cuenta,
respondió don Quijote; bien parece que no
sabe las entradas y salidas de los impresores,
y las correspondencias que hay de unos a otros.
Yo le prometo que cuando se vea cargado de 10
dos mil cuerpos de libros, vea tan molido su
cuerpo, que se espante, y más si el libro es un
poco avieso, y no nada picante.
Pues ¿qué?, dijo el autor; ¿quiere vuestra
merced que se lo dé a un librero que me dé 15
por el privilegio tres maravedís, y aun piensa
que me hace merced en dármelos? Yo no
imprimo mis libros para alcanzar fama en el
mundo, que ya en él soy conocido por mis
obras; provecho quiero, que sin él no vale un 20
cuatrín la buena fama.
Dios le dé a vuestra merced buena
manderecha, respondió don Quijote.
Y pasó adelante a otro cajón, donde vio
que estaban corrigiendo un pliego de un libro 25
que se intitulaba Luz del alma, y, en
viéndole, dijo:
Estos tales libros, aunque hay muchos de este
género, son los que se deben imprimir, porque
son muchos los pecadores que se usan, y son 30
menester infinitas luces para tantos
desalumbrados.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXII p. 297
Pasó adelante y vio que asimismo estaban
corrigiendo otro libro, y, preguntando su título,
le respondieron que se llamaba la Segunda
parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la
Mancha, compuesta por un tal vecino de 5
Tordesillas.
Ya yo tengo noticia de este libro, dijo don
Quijote, y en verdad y en mi conciencia que
pensé que ya estaba quemado y hecho polvos
por impertinente. Pero su San Martín se le 10
llegará como a cada puerco; que las historias
fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables
cuanto se llegan a la verdad o la semejanza
de ella, y las verdaderas tanto son mejores
cuanto son más verdaderas. 15
Y diciendo esto, con muestras de algún
despecho, se salió de la imprenta. Y aquel mismo
día ordenó don Antonio de llevarle a ver las
galeras que en la playa estaban, de que Sancho
se regocijó mucho, a causa que en su vida las 20
había visto. Avisó don Antonio al cuatralbo de
las galeras como aquella tarde había de llevar
a verlas a su huésped el famoso don Quijote
de la Mancha, de quien ya el cuatralbo y
todos los vecinos de la ciudad tenían noticia, 25
y lo que le sucedió en ellas se dirá en el
siguiente capítulo.
p. 298
Capítulo LXIII
De lo mal que le avino a Sancho Panza con la
visita de las galeras, y la nueva aventura de
la hermosa morisca.
Grandes eran los discursos que don Quijote 5
hacía sobre la respuesta de la encantada
cabeza, sin que ninguno de ellos diese en el
embuste, y todos paraban con la promesa, que el
tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea.
Allí iba y venía, y se alegraba entre sí mismo, 10
creyendo que había de ver presto su
cumplimiento, y Sancho, aunque aborrecía el ser
gobernador, como queda dicho, todavía deseaba
volver a mandar y a ser obedecido; que esta
mala ventura trae consigo el mando, aunque 15
sea de burlas.
En resolución, aquella tarde don Antonio
Moreno su huésped, y sus dos amigos, con don
Quijote y Sancho fueron a las galeras. El
cuatralbo, que estaba avisado de su buena 20
venida, por ver a los dos tan famosos Quijote y
Sancho; apenas llegaron a la marina, cuando
todas las galeras abatieron tienda, y sonaron las
chirimías. Arrojaron luego el esquife al agua,
cubierto de ricos tapetes y de almohadas de 25
terciopelo carmesí, y, en poniendo que puso los
pies en él don Quijote, disparó la capitana el
cañón de crujía, y las otras galeras hicieron lo
mismo, y al subir don Quijote por la escala
derecha, toda la chusma le saludó, como es 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIII p. 299
usanza cuando una persona principal entra en
la galera, diciendo: «Hu, hu, hu», tres
veces. Diole la mano el general, que con este
nombre le llamaremos, que era un principal
caballero valenciano; abrazó a don Quijote, 5
diciéndole:
Este día señalaré yo con piedra blanca, por
ser uno de los mejores que pienso llevar en
mi vida, habiendo visto al señor don Quijote de
la Mancha: tiempo y señal que nos muestra 10
que en él se encierra y cifra todo el valor del
andante caballería.
Con otras no menos corteses razones le
respondió don Quijote, alegre sobremanera de
verse tratar tan a lo señor. Entraron todos en 15
la popa, que estaba muy bien aderezada, y
sentáronse por los bandines; pasóse el cómitre
en crujía, y dio señal con el pito que la
chusma hiciese fuerarropa, que se hizo en un
instante. Sancho, que vio tanta gente en 20
cueros, quedó pasmado, y más cuando vio hacer
tienda con tanta prisa, que a él le pareció
que todos los diablos andaban allí trabajando;
pero esto todo fueron tortas y pan pintado,
para lo que ahora diré. Estaba Sancho sentado 25
sobre el estanterol, junto al espalder de la
mano derecha, el cual, ya avisado de lo que
había de hacer, asió de Sancho, y, levantándole
en los brazos, toda la chusma puesta en pie y
alerta, comenzando de la derecha banda, le 30
fue dando y volteando sobre los brazos de la
chusma de banco en banco, con tanta prisa,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 300
que el pobre Sancho perdió la vista de los ojos,
y sin duda pensó que los mismos demonios le
llevaban, y no pararon con él hasta volverle
por la siniestra banda y ponerle en la popa.
Quedó el pobre molido y jadeando y trasudando, 5
sin poder imaginar qué fue lo que sucedido
le había.
Don Quijote, que vio el vuelo sin alas de
Sancho, preguntó al general si eran ceremonias
aquéllas que se usaban con los primeros 10
que entraban en las galeras; porque si acaso lo
fuese, él, que no tenía intención de profesar
en ellas, no quería hace[r] semejantes ejercicios,
y que votaba a Dios que si alguno llegaba
a asirle para voltearle, que le había de sacar 15
el alma a puntillazos. Y, diciendo esto, se
levantó en pie y empuñó la espada.
A este instante abatieron tienda, y con
grandísimo ruido dejaron caer la entena de alto
abajo. Pensó Sancho que el cielo se desencajaba 20
de sus quicios y venía a dar sobre su
cabeza; y, agobiándola lleno de miedo, la puso
entre las piernas. No las tuvo todas consigo
don Quijote, que también se estremeció y
encogió de hombros y perdió la color del rostro. 25
La chusma izó la entena con la misma prisa
y ruido que la habían amainado, y todo esto,
callando, como si no tuvieran voz ni aliento.
Hizo señal el cómitre que zarpasen el ferro, y,
saltando en mitad de la crujía con el corbacho 30
o rebenque, comenzó a mosquear las espaldas
de la chusma, y a largarse poco a poco
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIII p. 301
a la mar. Cuando Sancho vio a una moverse
tantos pies colorados, que tales pensó él que
eran los remos, dijo entre sí:
Estas sí son verdaderamente cosas
encantadas, y no las que mi amo dice. ¿Qué han 5
hecho estos desdichados, que así los azotan,
y cómo este hombre solo que anda por aquí
silbando tiene atrevimiento para azotar a tanta
gente? Ahora yo digo que éste es infierno, o,
por lo menos, el purgatorio. 10
Don Quijote, que vio la atención con que
Sancho miraba lo que pasaba, le dijo:
¡Ah, Sancho amigo, y con qué brevedad y
cuán a poca costa os podíais vos, si
quisieseis, desnudar de medio cuerpo arriba, y 15
poneros entre estos señores, y acabar con el
desencanto de Dulcinea! Pues con la miseria y
pena de tantos, no sentaríais vos mucho la
vuestra; y más que podría ser que el sabio
Merlín tomase en cuenta cada azote de éstos, 20
por ser dados de buena mano, por diez de los
que vos finalmente os habéis de dar.
Preguntar quería el general, qué azotes eran
aquéllos, o qué desencanto de Dulcinea, cuando
dijo el marinero: 25
Señal hace Monjuí de que hay bajel de remos
en la costa, por la banda del poniente.
Esto oído, saltó el general en la crujía y
dijo:
¡Ea, hijos, no se nos vaya! Algún bergantín 30
de cosarios de Argel debe de ser este que la
atalaya nos señala.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 302
Llegáronse luego las otras tres galeras a la
capitana, a saber lo que se les ordenaba. Mandó
el general que las dos saliesen a la mar, y
él con la otra iría tierra a tierra, porque así
el bajel no se les escaparía. Apretó la chusma 5
los remos, impeliendo las galeras con tanta
furia que parecía que volaban. Las que salieron
a la mar, a obra de dos millas, descubrieron
un bajel, que con la vista le marcaron por
de hasta catorce o quince bancos, y, así era la 10
verdad; el cual bajel, cuando descubrió las
galeras, se puso en caza, con intención y
esperanza de escaparse por su ligereza. Pero
avínole mal, porque la galera capitana era de los
más ligeros bajeles que en la mar navegaban, 15
y, así, le fue entrando, que claramente los del
bergantín conocieron que no podían escaparse,
y, así, el arráez quisiera que dejaran los
remos y se entregaran, por no irritar a enojo al
capitán que nuestras galeras regía. Pero la 20
suerte, que de otra manera lo guiaba, ordenó
que ya que la capitana llegaba tan cerca, que
podían los del bajel oír las voces que desde
ella les decían que se rindiesen, dos
toraquis, que es como decir dos turcos, 25
borrachos, que en el bergantín venían con estos
doce, dispararon dos escopetas, con que dieron
muerte a dos soldados que sobre nuestras
arrumbadas venían. Viendo lo cual, juró el
general de no dejar con vida a todos cuantos 30
en el bajel tomase, y, llegando a embestir con
toda furia, se le escapó por debajo de la
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIII p. 303
palamenta. Pasó la galera adelante un buen
trecho; los del bajel se vieron perdidos, hicieron
vela en tanto que la galera volvía, y de nuevo,
a vela y a remo se pusieron en caza. Pero no
les aprovechó su diligencia tanto como les 5
dañó su atrevimiento, porque, alcanzándoles
la capitana a poco más de media milla, les
echó la palamenta encima y los cogió vivos a
todos.
Llegaron, en esto, las otras dos galeras, y 10
todas cuatro con la presa volvieron a la playa,
donde infinita gente los estaba esperando,
deseosos de ver lo que traían. Dio fondo el
general cerca de tierra, y conoció que estaba
en la marina el virrey de la ciudad. Mandó 15
echar el esquife para traerle, y mandó
amainar la entena para ahorcar luego luego al
arráez, y a los demás turcos que en el bajel
había cogido, que serían hasta treinta y seis
personas, todos gallardos, y los más, escopeteros 20
turcos. Preguntó el general quién era el
arráez del bergantín, y fuele respondido por
uno de los cautivos, en lengua castellana, que
después pareció ser renegado español:
Este mancebo, señor, que aquí ves, es 25
nuestro arráez.
Y mostróle uno de los más bellos y
gallardos mozos que pudiera pintar la humana
imaginación. La edad, al parecer, no llegaba a
veinte años. Preguntóle el general: 30
Dime, mal aconsejado perro, ¿quién te
movió a matarme mis soldados, pues veías ser
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 304
imposible el escaparte? ¿Ese respeto se
guarda a las capitanas? ¿No sabes tú que no es
valentía la temeridad? Las esperanzas dudosas
han de hacer a los hombres atrevidos, pero no
temerarios. 5
Responder quería el arráez, pero no pudo el
general por entonces oír la respuesta, por
acudir a recibir al virrey, que ya entraba en la
galera, con el cual entraron algunos de sus
criados y algunas personas del pueblo. 10
¡Buena ha estado la caza, señor general!
dijo el virrey.
Y tan buena, respondió el general, cual
la verá vuestra excelencia ahora colgada de
esta entena. 15
Cómo así?, replicó el virrey.
Porque me han muerto, respondió el
general, contra toda ley y contra toda razón y
usanza de guerra, dos soldados de los mejores
que en estas galeras venían, y yo he jurado de 20
ahorcar a cuantos he cautivado, principalmente
a este mozo, que es el arráez del bergantín.
Y enseñóle al que ya tenía atadas las manos,
y echado el cordel a la garganta, esperando la
muerte. 25
Miróle el virrey, y, viéndole tan hermoso y
tan gallardo y tan humilde, dándole en aquel
instante una carta de recomendación su
hermosura, le vino deseo de excusar su muerte,
y, así, le preguntó: 30
Dime, arráez, ¿eres turco de nación, o moro,
o renegado?
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIII p. 305
A lo cual el mozo respondió en lengua
asimismo castellana:
Ni soy turco de nación, ni moro, ni
renegado.
Pues ¿qué eres?, replicó el virrey. 5
Mujer cristiana, respondió el mancebo.
¿Mujer, y cristiana, y en tal traje y en
tales pasos? Más es cosa para admirarla que
para creerla.
Suspended, dijo el mozo, oh señores, la 10
ejecución de mi muerte; que no se perderá
mucho en que se dilate vuestra venganza en
tanto que yo os cuente mi vida.
¿Quién fuera el de corazón tan duro, que
con estas razones no se ablandara, o, a lo 15
menos, hasta oír las que el triste y lastimado
mancebo decir quería? El general le dijo que
dijese lo que quisiese; pero que no esperase
alcanzar perdón de su conocida culpa. Con
esta licencia el mozo comenzó a decir de esta 20
manera:
De aquella nación más desdichada que
prudente, sobre quien ha llovido estos días un
mar de desgracias, nací yo de moriscos padres
engendrada. En la corriente de su desventura 25
fui yo por dos tíos míos llevada a Berbería,
sin que me aprovechase decir que era
cristiana, como, en efecto, lo soy, y no de las
fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y
católicas. No me valió con los que tenían a cargo 30
nuestro miserable destierro decir esta verdad,
ni mis tíos quisieron creerla; antes la tuvieron
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 306
por mentira y por invención, para quedarme en
la tierra donde había nacido, y, así, por fuerza
más que por grado me trajeron consigo. Tuve
una madre cristiana y un padre discreto y
cristiano ni más ni menos; mamé la fe católica 5
en la leche, criéme con buenas costumbres. Ni
en la lengua, ni en ellas jamás, a mi parecer, di
señales de ser morisca. Al par y al paso de estas
virtudes, que yo creo que lo son, creció mi
hermosura, si es que tengo alguna; y aunque mi 10
recato y mi encerramiento fue mucho, no
debió de ser tanto que no tuviese lugar de
verme un mancebo caballero llamado don Gaspar
Gregorio, hijo mayorazgo de un caballero
que junto a nuestro lugar otro suyo tiene. Cómo 15
me vio, cómo nos hablamos, cómo se vio
perdido por mí y cómo yo no muy ganada por él,
sería largo de contar, y más en tiempo que
estoy temiendo que entre la lengua y la
garganta se ha de atravesar el riguroso cordel 20
que me amenaza; y, así, sólo diré como en
nuestro destierro quiso acompañarme don
Gregorio. Mezclóse con los moriscos que de otros
lugares salieron, porque sabía muy bien la
lengua, y en el viaje se hizo amigo de dos tíos 25
míos, que consigo me traían; porque mi padre,
prudente y prevenido, así como oyó el primer
bando de nuestro destierro, se salió del lugar
y se fue a buscar alguno en los reinos
extraños, que nos acogiese. Dejó encerradas y 30
enterradas en una parte, de quien yo sola tengo
noticia, muchas perlas y piedras de gran valor,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIII p. 307
con algunos dineros en cruzados y doblones
de oro. Mandóme que no tocase al tesoro que
dejaba, en ninguna manera, si acaso antes
que él volviese nos desterraban. Hícelo así,
y con mis tíos, como tengo dicho, y otros 5
parientes y allegados pasamos a Berbería y el
lugar donde hicimos asiento fue en Argel, como
si le hiciéramos en el mismo infierno.
Tuvo noticia el rey de mi hermosura, y la
fama se la dio de mis riquezas, que en parte 10
fue ventura mía. Llamóme ante sí, preguntóme
de qué parte de España era, y qué dineros y
qué joyas traía. Díjele el lugar, y que las joyas
y dineros quedaban en él enterrados; pero que
con facilidad se podrían cobrar si yo misma 15
volviese por ellos. Todo esto le dije,
temerosa de que no le cegase mi hermosura, sino
su codicia. Estando conmigo en estas pláticas,
le llegaron a decir como venía conmigo uno de
los más gallardos y hermosos mancebos que 20
se podía imaginar. Luego entendí que lo decían
por don Gaspar Gregorio, cuya belleza se deja
atrás las mayores que encarecer se pueden.
Turbéme, considerando el peligro que don
Gregorio corría, porque entre aquellos bárbaros 25
turcos en más se tiene y estima un muchacho
o mancebo hermoso que una mujer, por bellísima
que sea. Mandó luego el rey que se le
trajesen allí delante para verle, y preguntóme
si era verdad lo que de aquel mozo le decían. 30
Entonces yo, casi como prevenida del cielo, le
dije que sí era; pero que le hacía saber que no
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 308
era varón, sino mujer como yo, y que le suplicaba
me la dejase ir a vestir en su natural traje,
para que de todo en todo mostrase su belleza
y con menos empacho pareciese ante su
presencia. Díjome que fuese en buena hora, y 5
que otro día hablaríamos en el modo que se
podía tener para que yo volviese a España a
sacar el escondido tesoro. Hablé con don Gaspar,
contéle el peligro que corría el mostrar ser
hombre, vestíle de mora, y aquella misma 10
tarde le traje a la presencia del rey, el cual,
en viéndole, quedó admirado e hizo designio
de guardarla para hacer presente de ella al Gran
Señor; y por huir del peligro que en el serrallo
de sus mujeres podía tener, y temer de sí mismo, 15
la mandó poner en casa de unas principales
moras que la guardasen, y la sirviesen,
adonde le llevaron luego. Lo que los dos
sentimos, que no puedo negar que no le quiero,
se deje a la consideración de los que se apartan 20
si bien se quieren.
Dio luego traza el rey de que yo volviese
a España en este bergantín, y que me acompañasen
dos turcos de nación que fueron los que
mataron vuestros soldados. Vino también conmigo 25
este renegado español --señalando al que
había hablado primero--, del cual sé yo bien que
es cristiano encubierto y que viene con más
deseo de quedarse en España que de volver a
Berbería; la demás chusma del bergantín son 30
moros y turcos, que no sirven de más que de
bogar al remo. Los dos turcos codiciosos e
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIII p. 309
insolentes, sin guardar el orden que traíamos
de que a mí y a este renegado en la primer
parte de España, en hábito de cristianos, de
que venimos proveídos, nos echasen en tierra,
primero quisieron barrer esta costa y hacer 5
alguna presa, si pudiesen, temiendo que si
primero nos echaban en tierra, por algún
accidente que a los dos nos sucediese, podríamos
descubrir que quedaba el bergantín en la mar,
y si acaso hubiese galeras por esta costa, los 10
tomasen. Anoche descubrimos esta playa, y
sin tener noticia de estas cuatro galeras, fuimos
descubiertos, y nos ha sucedido lo que habéis
visto. En resolución, don Gregorio queda en
hábito de mujer entre mujeres, con manifiesto 15
peligro de perderse, y yo me veo atadas las
manos esperando, o, por mejor decir, temiendo
perder la vida que ya me cansa.
Este es, señores, el fin de mi lamentable
historia, tan verdadera como desdichada; lo que 20
os ruego es que me dejéis morir como cristiana,
pues como ya he dicho, en ninguna cosa
he sido culpante de la culpa en que los de mi
nación han caído.
Y luego calló, preñados los ojos de tiernas 25
lágrimas, a quien acompañaron muchas de los
que presentes estaban. El virrey, tierno y
compasivo, sin hablarle palabra, se llegó a ella y le
quitó con sus manos el cordel que las hermosas
de la mora ligaba. En tanto, pues, que la 30
morisca cristiana su peregrina historia trataba,
tuvo clavados los ojos en ella un anciano
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 310
peregrino, que entró en la galera cuando entró
el virrey, y apenas dio fin a su plática la
morisca, cuando él se arrojó a sus pies, y,
abrazado de ellos, con interrumpidas palabras de mil
sollozos y suspiros, le dijo: 5
¡Oh Ana Félix, desdichada hija mía! Yo soy
tu padre Ricote, que volvía a buscarte, por no
poder vivir sin ti, que eres mi alma.
A cuyas palabras abrió los ojos Sancho, y
alzó la cabeza, que inclinada tenía pensando 10
en la desgracia de su paseo, y mirando al
peregrino, conoció ser el mismo Ricote que topó
el día que salió de su gobierno. Y confirmóse
que aquélla era su hija, la cual, ya desatada,
abrazó a su padre, mezclando sus lágrimas con 15
las suyas; el cual dijo al general y al virrey:
Esta, señores, es mi hija, más desdichada
en sus sucesos que en su nombre. Ana Félix
se llama, con el sobrenombre de Ricote, famosa
tanto por su hermosura como por mi riqueza. 20
Yo salí de mi patria a buscar en reinos
extraños quien nos albergase y recogiese, y,
habiéndole hallado en Alemania, volví en este
hábito de peregrino, en compañía de otros
alemanes a buscar mi hija y a desenterrar 25
muchas riquezas que dejé escondidas. No hallé a
mi hija, hallé el tesoro que conmigo traigo, y
ahora, por el extraño rodeo que habéis visto, he
hallado el tesoro que más me enriquece, que
es a mi querida hija. Si nuestra poca culpa y sus 30
lágrimas y las mías por la integridad de vuestra
justicia pueden abrir puertas a la misericordia,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIII p. 311
usadla con nosotros, que jamás tuvimos
pensamiento de ofenderos, ni convenimos en
ningún modo con la intención de los nuestros,
que justamente han sido desterrados.
Entonces dijo Sancho: 5
Bien conozco a Ricote, y sé que es verdad
lo que dice en cuanto a ser Ana Félix su hija;
que en esotras zarandajas de ir y venir, tener
buena o mala intención, no me entremeto.
Admirados del extraño caso todos los 10
presentes, el general dijo:
Una por una, vuestras lágrimas no me
dejarán cumplir mi juramento; vivid, hermosa
Ana Félix, los años de vida que os tiene
determinados el cielo, y lleven la pena de su culpa 15
los insolentes y atrevidos que la cometieron.
Y mandó luego ahorcar de la entena a los
dos turcos, que a sus dos soldados habían muerto;
pero el virrey le pidió encarecidamente no
los ahorcase, pues más locura que valentía 20
había sido la suya. Hizo el general lo que el
virrey le pedía, porque no se ejecutan bien las
venganzas a sangre helada. Procuraron luego
dar traza de sacar a don Gaspar Gregorio del
peligro en que quedaba. Ofreció Ricote para 25
ello más de dos mil ducados que en perlas y
en joyas tenía. Diéronse muchos medios; pero
ninguno fue tal como el que dio el renegado
español que se ha dicho, el cual se ofreció de
volver a Argel en algún barco pequeño, de 30
hasta seis bancos, armado de remeros
cristianos, porque él sabía dónde, cómo y cuándo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 312
podía y debía desembarcar. Y, asimismo, no
ignoraba la casa donde don Gaspar quedaba.
Dudaron el general y el virrey el fiarse del
renegado, ni confiar de los cristianos que
habían de bogar el remo. Fiole Ana Félix, y 5
Ricote, su padre, dijo que salía a dar el rescate
de los cristianos, si acaso se perdiesen.
Firmados, pues, en este parecer, se desembarcó
el virrey, y don Antonio Moreno se llevó consigo
a la morisca y a su padre, encargándole el 10
virrey que los regalase y acariciase cuanto le
fuese posible; que de su parte le ofrecía lo
que en su casa hubiese para su regalo. Tanta
fue la benevolencia y caridad que la hermosura
de Ana Félix infundió en su pecho. 15
p. 313
Capítulo LXIV
Que trata de la aventura que más pesadumbre
dio a don Quijote de cuantas hasta
entonces le habían sucedido.
La mujer de don Antonio Moreno cuenta la 5
historia que recibió grandísimo contento de
ver a Ana Félix en su casa; recibióla con
mucho agrado, así enamorada de su belleza
como de su discreción, porque en lo uno y en lo
otro era extremada la morisca, y toda la gente 10
de la ciudad, como a campana tañida, venían
a verla. Dijo don Quijote a don Antonio que
el parecer que habían tomado en la libertad de
don Gregorio no era bueno, porque tenía más
de peligroso que de conveniente, y que sería 15
mejor que le pusiesen a él en Berbería con
sus armas y caballo, que él le sacaría a pesar
de toda la morisma, como había hecho don
Gaiferos a su esposa Melisendra.
Advierta vuestra merced, dijo Sancho 20
oyendo esto, que el señor don Gaiferos sacó
a su esposa de tierra firme y la llevó a Francia
por tierra firme; pero aquí, si acaso sacamos
a don Gregorio, no tenemos por dónde traerle
a España, pues está la mar en medio. 25
Para todo hay remedio, si no es para la
muerte, respondió don Quijote; pues llegando el
barco a la marina, nos podremos embarcar en
él, aunque todo el mundo lo impida.
Muy bien lo pinta y facilita vuestra merced, 30
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 314
dijo Sancho; pero del dicho al hecho hay gran
trecho, y yo me atengo al renegado que me
parece muy hombre de bien y de muy buenas
entrañas.
Don Antonio dijo que si el renegado no saliese 5
bien del caso, se tomaría el expediente
de que el gran don Quijote pasase en Berbería.
De allí a dos días partió el renegado en
un ligero barco de seis remos por banda,
armado de valentísima chusma, y de allí a otros 10
dos se partieron las galeras a Levante, habiendo
pedido el general al virrey fuese servido de
avisarle de lo que sucediese en la libertad de
don Gregorio y en el caso de Ana Félix. Quedó
el virrey de hacerlo así, como se lo pedía. 15
Y una mañana, saliendo don Quijote a
pasearse por la playa, armado de todas sus
armas, porque, como muchas veces decía, ellas
eran sus arreos, y su descanso el pelear, y
no se hallaba sin ellas un punto, vio venir 20
hacia él un caballero armado asimismo de punta
en blanco, que en el escudo traía pintada
una luna resplandeciente; el cual, llegándose
a trecho que podía ser oído, en altas voces,
encaminando sus razones a don Quijote, dijo: 25
Insigne caballero y jamás como se debe
alabado don Quijote de la Mancha, yo soy el
Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas
hazañas quizá te le habrán traído a la memoria.
Vengo a contender contigo y a probar la fuerza 30
de tus brazos, en razón de hacerte conocer y
confesar que mi dama, sea quien fuere, es sin
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIV p. 315
comparación más hermosa que tu Dulcinea del
Toboso; la cual verdad si tú la confiesas de
llano en llano, excusarás tu muerte y el trabajo
que yo he de tomar en dártela, y si tú peleares
y yo te venciere no quiero otra satisfacción sino 5
que, dejando las armas y absteniéndose de
buscar aventuras, te recojas y retires a tu lugar
por tiempo de un año, donde has de vivir sin
echar mano a la espada, en paz tranquila y en
provechoso sosiego, porque así conviene al 10
aumento de tu hacienda y a la salvación de tu
alma. Y si tú me vencieres, quedará a tu
discreción mi cabeza, y serán tuyos los despojos
de mis armas y caballo, y pasará a la tuya la
fama de mis hazañas. Mira lo que está mejor, 15
y respóndeme luego; porque hoy todo el día
traigo de término para despachar este
negocio.
Don Quijote quedó suspenso y atónito, así
de la arrogancia del Caballero de la Blanca 20
Luna, como de la causa por que le desafiaba; y
con reposo y ademán severo le respondió:
Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazañas
hasta ahora no han llegado a mi noticia,
yo osaré jurar que jamás habéis visto a la 25
ilustre Dulcinea; que si visto la hubierais
yo sé que procurarais no poneros en esta
demanda, porque su vista os desengañara de que
no ha habido ni puede haber belleza que con la
suya comparar se pueda. Y, así, no diciéndoos 30
que mentís, sino que no acertáis en lo propuesto,
con las condiciones que habéis referido
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 316
acepto vuestro desafío, y luego, porque no se
pase el día que traéis determinado. Y sólo
excepto de las condiciones la de que se pase a
mí la fama de vuestras hazañas, porque no sé
cuáles ni qué tales sean; con las mías me 5
contento, tales cuales ellas son. Tomad, pues, la
parte del campo que quisiereis; que yo haré
lo mismo, y a quien Dios se la diere, San
Pedro se la bendiga.
Habían descubierto de la ciudad al Caballero 10
de la Blanca Luna, y díchoselo al virrey
que estaba hablando con don Quijote de
la Mancha. El virrey, creyendo sería alguna
nueva aventura fabricada por don Antonio
Moreno o por otro algún caballero de la ciudad, 15
salió luego a la playa con don Antonio y con
otros muchos caballeros que le acompañaban,
a tiempo cuando don Quijote volvía las
riendas a Rocinante para tomar del campo lo
necesario. Viendo, pues, el virrey que daban 20
los dos señales de volverse a encontrar, se
puso en medio, preguntándoles qué era la
causa que les movía a hacer tan de improviso
batalla.
El Caballero de la Blanca Luna respondió 25
que era precedencia de hermosura, y, en breves
razones, le dijo las mismas que había dicho a
don Quijote, con la aceptación de las condiciones
del desafío hechas por entrambas partes.
Llegóse el virrey a don Antonio y preguntóle 30
paso si sabía quién era el tal Caballero
de la Blanca Luna, o si era alguna burla que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIV p. 317
querían hacer a don Quijote. Don Antonio le
respondió que ni sabía quién era, ni si era de
burlas ni de veras el tal desafío. Esta respuesta
tuvo perplejo al virrey en si les dejaría o
no pasar adelante en la batalla; pero no 5
pudiéndose persuadir a que fuese sino burla, se
apartó, diciendo:
Señores caballeros, si aquí no hay otro
remedio sino confesar o morir, y el señor don
Quijote está en sus trece, y vuestra merced, el 10
de la Blanca Luna en sus catorce, a la mano
de Dios, y dense.
Agradeció el de la Blanca Luna con corteses
y discretas razones al virrey la licencia
que se les daba, y don Quijote hizo lo 15
mismo; el cual, encomendándose al cielo de
todo corazón y a su Dulcinea, como tenía de
costumbre al comenzar de las batallas que se
le ofrecían, tornó a tomar otro poco más del
campo, porque vio que su contrario hacía lo 20
mismo, y, sin tocar trompeta ni otro instrumento
bélico que les diese señal de arremeter,
volvieron entrambos a un mismo punto las
riendas a sus caballos, y como era más ligero
el de la Blanca Luna, llegó a don Quijote a 25
dos tercios andados de la carrera, y allí le
encontró con tan poderosa fuerza, sin tocarle con
la lanza --que la levantó, al parecer, de
propósito--, que dio con Rocinante y con don
Quijote por el suelo una peligrosa caída. Fue 30
luego sobre él, y, poniéndole la lanza sobre la
visera, le dijo:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 318
Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no
confesáis las condiciones de nuestro desafío.
Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse
la visera, como si hablara dentro de una tumba,
con voz debilitada y enferma, dijo: 5
Dulcinea del Toboso es la más hermosa
mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero
de la tierra, y no es bien que mi flaqueza
defraude esta verdad; aprieta, caballero,
la lanza, y quítame la vida, pues me has 10
quitado la honra.
Eso no haré yo, por cierto, dijo el de la
Blanca Luna; viva, viva en su entereza la fama
de la hermosura de la señora Dulcinea del
Toboso; que sólo me contento con que el gran 15
don Quijote se retire a su lugar un año, o hasta
el tiempo que por mí le fuere mandado, como
concertamos antes de entrar en esta batalla.
Todo esto oyeron el virrey y don Antonio,
con otros muchos que allí estaban, y oyeron 20
asimismo que don Quijote respondió que
como no le pidiese cosa que fuese en
perjuicio de Dulcinea, todo lo demás cumpliría
como caballero puntual y verdadero.
Hecha esta confesión, volvió las riendas el 25
de la Blanca Luna, y, haciendo mesura con la
cabeza al virrey, a medio galope se entró en
la ciudad. Mandó el virrey a don Antonio
que fuese tras él, y que en todas maneras
supiese quién era. Levantaron a don Quijote, 30
descubriéronle el rostro y halláronle sin color
y trasudando. Rocinante, de puro malparado,
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIV p. 319
no se pudo mover por entonces. Sancho, todo
triste, todo apesarado, no sabía qué decirse
ni qué hacerse; parecíale que todo aquel
suceso pasaba en sueños, y que toda aquella
máquina era cosa de encantamiento. Veía a su 5
señor rendido y obligado a no tomar armas en
un año; imaginaba la luz de la gloria de sus
hazañas oscurecida, las esperanzas de sus
nuevas promesas desechas, como se deshace
el humo con el viento. Temía si quedaría, o 10
no, contrecho Rocinante, o dislocado su amo;
que no fuera poca ventura si dislocado quedara.
Finalmente, con una silla de manos, que
mandó traer el virrey, le llevaron a la ciudad,
y el virrey se volvió también a ella con 15
deseo de saber quién fuese el Caballero de la
Blanca Luna, que de tan mal talante había
dejado a don Quijote.
p. 320
Capítulo LXV
Donde se da noticia quién era el de la Blanca
Luna, con la libertad de don Gregorio y de
otros sucesos.
Siguió don Antonio Moreno al Caballero de 5
la Blanca Luna, y siguiéronle también, y aun
persiguiéronle, muchos muchachos hasta que
le cerraron en un mesón dentro de la ciudad.
Entró [en] él don Antonio con deseo de
conocerle; salió un escudero a recibirle y a 10
desarmarle, encerróse en una sala baja, y con él
don Antonio, que no se le cocía el pan hasta
saber quién fuese. Viendo, pues, el de la
Blanca Luna, que aquel caballero no le dejaba,
le dijo: 15
Bien sé, señor, a lo que venís, que es a
saber quién soy; y porque no hay para qué
negároslo, en tanto que este mi criado me
desarma, os lo diré sin faltar un punto a la verdad
del caso. Sabed, señor, que a mí me llaman el 20
bachiller Sansón Carrasco, soy del mismo
lugar de don Quijote de la Mancha, cuya locura y
sandez mueve a que le tengamos lástima todos
cuantos le conocemos, y entre los que más se
la han tenido he sido yo, y, creyendo que está 25
su salud en su reposo y en que se esté en su
tierra y en su casa, di traza para hacerle estar
en ella, y, así, habrá tres meses que le salí
al camino como caballero andante, llamándome
el Caballero de los Espejos, con intención 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXV p. 321
de pelear con él y vencerle sin hacerle daño,
poniendo por condición de nuestra pelea que
el vencido quedase a discreción del vencedor,
y lo que yo pensaba pedirle, porque ya le
juzgaba por vencido, era que se volviese a su 5
lugar y que no saliese de él en todo un año, en
el cual tiempo podría ser curado. Pero la
suerte lo ordenó de otra manera, porque él me
venció a mí y me derribó del caballo, y, así,
no tuvo efecto mi pensamiento. El prosiguió 10
su camino, y yo me volví vencido, corrido y
molido de la caída, que fue además peligrosa;
pero no por esto se me quitó el deseo de
volver a buscarle y a vencerle, como hoy se ha
visto. Y como él es tan puntual en guardar las 15
órdenes de la andante caballería, sin duda
alguna, guardará la que le he dado en cumplimiento
de su palabra. Esto es, señor, lo [que]
pasa, sin que tenga que deciros otra cosa
alguna: suplícoos no me descubráis, ni le digáis 20
a don Quijote quién soy, porque tengan efecto
los buenos pensamientos míos, y vuelva a
cobrar su juicio un hombre que le tiene
bonísimo, como le dejen las sandeces de la
caballería. 25
Oh, señor, dijo don Antonio, Dios os
perdone el agravio que habéis hecho a todo el
mundo en querer volver cuerdo al más gracioso
loco que hay en él. No veis, señor, que no
podrá llegar el provecho que cause la cordura 30
de don Quijote a lo que llega el gusto que
da con sus desvaríos. Pero yo imagino que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 322
toda la industria del señor bachiller no ha de
ser parte para volver cuerdo a un hombre tan
rematadamente loco, y si no fuese contra caridad
diría que nunca sane don Quijote, porque,
con su salud, no solamente perdemos sus 5
gracias, sino las de Sancho Panza su escudero;
que cualquiera de ellas puede volver a alegrar a
la misma melancolía. Con todo esto, callaré, y
no le diré nada, por ver si salgo verdadero en
sospechar que no ha de tener efecto la diligencia 10
hecha por el señor Carrasco.
El cual respondió que ya una por una estaba
en buen punto aquel negocio, de quien esperaba
feliz suceso. Y, habiéndole ofrecido don
Antonio de hacer lo que más le mandase, se 15
despidió de él, y hecho liar sus armas sobre un
macho, luego al mismo punto, sobre el caballo
con que entró en la batalla, se salió de la
ciudad aquel mismo día, y se volvió a su patria,
sin sucederle cosa que obligue a contarla en 20
esta verdadera historia.
Contó don Antonio al virrey todo lo que
Carrasco le había contado, de lo que el virrey
no recibió mucho gusto, porque en el recogimiento
de don Quijote se perdía el que podían 25
tener todos aquellos que de sus locuras
tuviesen noticia.
Seis días estuvo don Quijote en el lecho,
marrido, triste, pensativo y mal acondicionado,
yendo y viniendo con la imaginación en el 30
desdichado suceso de su vencimiento. Consolábale
Sancho, y, entre otras razones, le dijo:
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXV p. 323
Señor mío, alce vuestra merced la cabeza y
alégrese si puede, y dé gracias al cielo, que,
ya que le derribó en la tierra, no salió con
alguna costilla quebrada, y pues sabe que donde
las dan las toman, y que no siempre hay tocinos 5
donde hay estacas, dé una higa al médico,
pues no le ha menester para que le cure en
esta enfermedad. Volvámonos a nuestra casa,
y dejémonos de andar buscando aventuras
por tierras y lugares que no sabemos; y si bien 10
se considera, yo soy aquí el más perdidoso,
aunque es vuestra merced el más mal parado.
Yo, que dejé con el gobierno los deseos de
ser más gobernador, no dejé la gana de ser
conde, que jamás tendrá efecto si vuestra 15
merced deja de ser rey, dejando el ejercicio de
su caballería, y, así, vienen a volverse en
humo mis esperanzas.
Calla, Sancho, pues ves que mi reclusión y
retirada no ha de pasar de un año; que luego 20
volveré a mis honrados ejercicios, y no me
ha de faltar reino que gane y algún condado
que darte.
Dios lo oiga, dijo Sancho, y el
pecado sea sordo; que siempre he oído decir 25
que más vale buena esperanza que ruin
posesión.
En esto estaban, cuando entró don Antonio,
diciendo, con muestras de grandísimo
contento: 30
¡Albricias, señor don Quijote, que don
Gregorio y el renegado que fue por él está en la
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 324
playa! ¿Qué digo en la playa? Ya está en casa
del virrey, y será aquí al momento.
Alegróse algún tanto don Quijote, y dijo:
En verdad que estoy por decir que me
holgara que hubiera sucedido todo al revés, 5
porque me obligara a pasar en Berbería, donde
con la fuerza de mi brazo diera libertad no
sólo a don Gregorio sino a cuantos cristianos
cautivos hay en Berbería. Pero ¿qué digo,
miserable? ¿No soy yo el vencido? ¿No soy yo el 10
derribado? ¿No soy yo el que no puede tomar
arma en un año? Pues ¿qué prometo? ¿De qué
me alabo, si antes me conviene usar de la
rueca que de la espada?
Déjese de eso, señor, dijo Sancho; viva 15
la gallina aunque con su pepita; que hoy por ti
y mañana por mí; y en estas cosas de encuentros
y porrazos no hay tomarles tiento alguno,
pues el que hoy cae puede levantarse mañana,
si no es que se quiere estar en la cama, quiero 20
decir, que se deje desmayar, sin cobrar nuevos
bríos para nuevas pendencias. Y levántese
vuestra merced ahora para recibir a don
Gregorio; que me parece que anda la gente
alborotada y ya debe de estar en casa. 25
Y así era la verdad; porque habiendo ya
dado cuenta don Gregorio y el renegado al
virrey de su ida y vuelta, deseoso don
Gregorio de ver a Ana Félix, vino con el
renegado a casa de don Antonio, y aunque don 30
Gregorio cuando le sacaron de Argel fue con
hábitos de mujer, en el barco los trocó por los
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXV p. 325
de un cautivo que salió consigo. Pero en
cualquiera que viniera mostrara ser persona para
ser codiciada, servida y estimada, porque era
hermoso sobremanera, y la edad, al parecer,
de diez y siete o diez y ocho años. Ricote y 5
su hija salieron a recibirle, el padre con
lágrimas, y la hija con honestidad. No se abrazaron
unos a otros, porque donde hay mucho amor
no suele haber demasiada desenvoltura. Las
dos bellezas juntas de don Gregorio y Ana 10
Félix admiraron en particular a todos juntos
los que presentes estaban. El silencio fue allí
el que habló por los dos amantes, y los ojos
fueron las lenguas que descubrieron sus alegres
y honestos pensamientos. 15
Contó el renegado la industria y medio que
tuvo para sacar a don Gregorio; contó don
Gregorio los peligros y aprietos en que se había
visto con las mujeres con quien había quedado,
no con largo razonamiento, sino con breves 20
palabras, donde mostró que su discreción se
adelantaba a sus años. Finalmente, Ricote
pagó y satisfizo liberalmente así al renegado
como a los que habían bogado al remo.
Reincorporóse y redújose el renegado con la 25
Iglesia, y de miembro podrido, volvió limpio y
sano con la penitencia y el arrepentimiento.
De allí a dos días trató el virrey con don
Antonio qué modo tendrían para que Ana
Félix y su padre quedasen en España, 30
pareciéndoles no ser de inconveniente alguno que
quedasen en ella hija tan cristiana, y padre,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 326
al parecer, tan bien intencionado. Don Antonio
se ofreció venir a la corte a negociarlo,
donde había de venir forzosamente a otros
negocios, dando a entender que en ella, por
medio del favor y de las dádivas, muchas 5
cosas dificultosas se acaban.
No, dijo Ricote, que se halló presente a
esta plática, hay que esperar en favores ni en
dádivas; porque con el gran don Bernardino
de Velasco, conde de Salazar, a quien dio 10
su majestad cargo de nuestra expulsión, no
valen ruegos, no promesas, no dádivas, no
lástimas; porque aunque es verdad que él
mezcla la misericordia con la justicia, como él
ve que todo el cuerpo de nuestra nación está 15
contaminado y podrido, usa con él antes del
cauterio que abrasa que del ungüento que
molifica. Y, así, con prudencia, con sagacidad,
con diligencia y con miedos que pone, ha
llevado sobre sus fuertes hombros a debida 20
ejecución el peso de esta gran máquina, sin que
nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y
fraudes hayan podido deslumbrar sus ojos de
Argos, que continuo tiene alerta, porque no se le
quede ni encubra ninguno de los nuestros, que, 25
como raíz escondida, que con el tiempo
venga después a brotar y a echar frutos
venenosos en España, ya limpia, ya desembarazada
de los temores en que nuestra muchedumbre
la tenía. Heroica resolución del gran Felipe 30
Tercero, e inaudita prudencia en haberla
encargado al tal don Bernardino de Velasco.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXV p. 327
Una por una, yo haré, puesto allá, las
diligencias posibles, y haga el cielo lo que más
fuere servido, dijo don Antonio; don Gregorio
se irá conmigo a consolar la pena que sus
padres deben tener por su ausencia. Ana Félix 5
se quedará con mi mujer en mi casa, o en un
monasterio, y yo sé que el señor virrey
gustará se quede en la suya el buen Ricote, hasta
ver cómo yo negocio.
El visrey consintió en todo lo propuesto; 10
pero don Gregorio, sabiendo lo que pasaba,
dijo que en ninguna manera podía ni quería
dejar a doña Ana Félix. Pero teniendo intención
de ver a su[s] padres y de dar traza de
volver por ella, vino en el decretado concierto. 15
Quedóse Ana Félix con la mujer de don Antonio
y Ricote en casa del virrey.
Llegóse el día de la partida de don Antonio,
y el de don Quijote y Sancho, que fue de allí
a otros dos; que la caída no le concedió que 20
más presto se pusiese en camino. Hubo
lágrimas, hubo suspiros, desmayos y sollozos al
despedirse don Gregorio de Ana Félix. Ofrecióle
Ricote a don Gregorio mil escudos, si los
quería; pero él no tomó ninguno, sino solos 25
cinco que le prestó don Antonio, prometiendo
la paga de ellos en la corte. Con esto se
partieron los dos, y don Quijote y Sancho después,
como se ha dicho, don Quijote, desarmado
y de camino; Sancho, a pie, por ir el rucio 30
cargado con las armas.
p. 328
Capítulo LXVI
Que trata de lo que verá el que lo leyere,
o lo oirá el que lo escuchare leer.
Al salir de Barcelona volvió don Quijote a
mirar el sitio donde había caído, y dijo: 5
Aquí fue Troya. Aquí mi desdicha, y no mi
cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias. Aquí
usó la fortuna conmigo de sus vueltas y
revueltas. Aquí se oscurecieron mis hazañas. Aquí,
finalmente, cayó mi ventura para jamás 10
levantarse.
Oyendo lo cual Sancho, dijo:
Tan de valientes corazones es, señor mío,
tener sufrimiento en las desgracias, como
alegría en las prosperidades, y esto lo juzgo por 15
mí mismo; que si cuando era gobernador estaba
alegre, ahora que soy escudero de a pie,
no estoy triste. Porque he oído decir que esta
que llaman por ahí Fortuna es una mujer borracha
y antojadiza, y, sobre todo, ciega, y, así, 20
no ve lo que hace ni sabe a quien derriba ni
a quien ensalza.
Muy filósofo estás, Sancho, respondió
don Quijote; muy a lo discreto hablas. No sé
quién te lo enseña. Lo que te sé decir es que 25
no hay fortuna en el mundo, ni las cosas que en
él suceden, buenas o malas que sean, vienen
acaso, sino por particular providencia de los
cielos, y de aquí viene lo que suele decirse que
cada uno es artífice de su ventura. Yo lo he sido 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXVI p. 329
de la mía, pero no con la prudencia necesaria,
y, así, me han salido al gallarín mis
presunciones; pues debiera pensar que al poderoso
grandor del caballo del de la Blanca Luna no
podía resistir la flaqueza de Rocinante. Atrevíme, 5
en fin; hice lo que pude, derribáronme, y
aunque perdí la honra, no perdí ni puedo perder
la virtud de cumplir mi palabra. Cuando era
caballero andante, atrevido y valiente, con mis
obras y con mis manos acreditaba mis hechos, 10
y ahora, cuando soy escudero pedestre,
acreditaré mis palabras, cumpliendo la que di de
mi promesa. Camina, pues, amigo Sancho, y
vamos a tener en nuestra tierra el año del
noviciado, con cuyo encerramiento cobraremos 15
virtud nueva para volver al nunca de mí
olvidado ejercicio de las armas.
Señor, respondió Sancho, no es cosa tan
gustosa el caminar a pie, que me mueva e
incite a hacer grandes jornadas. Dejemos estas 20
armas colgadas de algún árbol, en lugar de
un ahorcado, y, ocupando yo las espaldas del
rucio, levantados los pies del suelo, haremos
las jornadas como vuestra merced las pidiere
y midiere; que pensar que tengo de caminar 25
a pie y hacerlas grandes es pensar en lo
excusado.
Bien has dicho, Sancho, respondió don
Quijote, cuélguense mis armas por trofeo, y
al pie de ellas, o alrededor de ellas grabaremos en 30
los árboles lo que en el trofeo de las armas
de Roldán estaba escrito:
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 330
Nadie las mueva
que estar no pueda con Roldán a prueba.
Todo eso me parece de perlas, respondió
Sancho, y si no fuera por la falta que para el
camino nos había de hacer Rocinante, también 5
fuera bien dejarle colgado.
Pues ni él ni las armas, replicó don Quijote,
quiero que se ahorquen, porque no se diga
que a buen servicio mal galardón.
Muy bien dice vuestra merced, respondió 10
Sancho, porque, según opinión de discretos,
la culpa del asno no se ha de echar a la albarda;
y pues de este suceso vuestra merced tiene
la culpa, castíguese a sí mismo, y no revienten
sus iras por las ya rotas y sangrientas armas, 15
ni por las mansedumbres de Rocinante, ni por
la blandura de mis pies, queriendo que caminen
más de lo justo.
En estas razones y pláticas se les pasó todo
aquel día, y aun otros cuatro, sin sucederles 20
cosa que estorbase su camino, y al quinto día,
a la entrada de un lugar, hallaron a la puerta
de un mesón mucha gente que por ser fiesta se
estaba allí solazando. Cuando llegaba a ellos
don Quijote, un labrador alzó la voz, diciendo: 25
Alguno de estos dos señores que aquí vienen,
que no conocen las partes, dirá lo que se
ha de hacer en nuestra apuesta.
Sí diré, por cierto, respondió don Quijote,
con toda rectitud, si es que alcanzo a 30
entenderla.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXVI p. 331
Es, pues, el caso, dijo el labrador, señor
bueno, que un vecino de este lugar, tan gordo
que pesa once arrobas, desafió a correr a otro
su vecino, que no pesa más que cinco. Fue la
condición que habían de correr una carrera de 5
cien pasos con pesos iguales, y, habiéndole
preguntado al desafiador cómo se había de igualar
el peso, dijo que el desafiado, que pesa cinco
arrobas, se pusiese seis de hierro a cuestas, y,
así, se igualarían las once arrobas del flaco 10
con las once del gordo.
Eso no, dijo a esta sazón Sancho, antes
que don Quijote respondiese. Y a mí, que
ha pocos días que salí de ser gobernador y
juez, como todo el mundo sabe, toca averiguar 15
estas dudas y dar parecer en todo pleito.
Responde, en buen hora, dijo don Quijote,
Sancho amigo; que yo no estoy para dar
migas a un gato, según traigo alborotado y
trastornado el juicio. 20
Con esta licencia, dijo Sancho a los
labradores, que estaban muchos alrededor de él, la
boca abierta, esperando la sentencia de la suya:
Hermanos, lo que el gordo pide no lleva
camino, ni tiene sombra de justicia alguna; porque 25
si es verdad lo que se dice que el desafiado
puede escoger las armas, no es bien que éste
las escoja tales, que le impidan ni estorben
el salir vencedor. Y, así, es mi parecer que el
gordo desafiador se escamonde, monde, entresaque, 30
pula y atilde, y saque seis arrobas de
sus carnes, de aquí o de allí de su cuerpo,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 332
como mejor le pareciere y estuviere, y de esta
manera, quedando en cinco arrobas de peso, se
igualará y ajustará con las cinco de su
contrario, y así podrán correr igualmente.
Voto a tal, dijo un labrador que escuchó 5
la sentencia de Sancho, que este señor ha
hablado como un bendito y sentenciado como
un canónigo. Pero a buen seguro que no ha de
querer quitarse el gordo una onza de sus
carnes, cuanto más seis arrobas. 10
Lo mejor es que no corran, respondió otro,
porque el flaco no se muela con el peso, ni el
gordo se descarne; y échese la mitad de la
apuesta en vino, y llevemos [a] estos señores
a la taberna de lo caro, y sobre mí..., la 15
capa cuando llueva.
Yo, señores, respondió don Quijote, os
lo agradezco; pero no puedo detenerme un
punto, porque pensamientos y sucesos tristes
me hacen parecer descortés y caminar más que 20
de paso.
Y, así, dando de las espuelas a Rocinante,
pasó adelante, dejándolos admirados de haber
visto y notado así su extraña figura como la
discreción de su criado; que por tal juzgaron 25
a Sancho. Y otro de los labradores dijo:
Si el criado es tan discreto, ¡cuál debe de
ser el amo! Yo apostaré que si van a estudiar a
Salamanca, que a un tris han de venir a ser
alcaldes de corte; que todo es burla sino 30
estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura,
y cuando menos se piensa el hombre se halla
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXVI p. 333
con una vara en la mano o con una mitra en
la cabeza.
Aquella noche la pasaron amo y mozo en
mitad del campo al cielo raso y descubierto, y
otro día, siguiendo su camino, vieron que hacia 5
ellos venía un hombre de a pie, con unas alforjas
al cuello y una azcona o chuzo en la mano,
propio talle de correo de a pie; el cual como
llegó junto a don Quijote adelantó el paso, y
medio corriendo llegó a él, y, abrazándole por 10
el muslo derecho, que no alcanzaba a más, le
dijo, con muestras de mucha alegría:
¡Oh, mi señor don Quijote de la Mancha, y
qué gran contento ha de llegar al corazón de
mi señor el duque cuando sepa que vuestra 15
merced vuelve a su castillo!; que todavía se
está en él con mi señora la duquesa.
No os conozco, amigo, respondió don Quijote,
ni sé quién sois, si vos no me lo decís.
Yo, señor don Quijote, respondió el 20
correo, soy Tosilos, el lacayo del duque mi
señor, que no quise pelear con vuestra merced
sobre el casamiento de la hija de doña
Rodríguez.
¡Válgame Dios!, dijo don Quijote; ¿es 25
posible que sois vos el que los encantadores mis
enemigos transformaron en ese lacayo que
decís, por defraudarme de la honra de aquella
batalla?
Calle, señor bueno, replicó el cartero, que 30
no hubo encanto alguno, ni mudanza de rostro
ninguna; tan lacayo Tosilos entré en la estacada
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 334
como Tosilos lacayo salí de ella. Yo pensé
casarme sin pelear, por haberme parecido bien
la moza; pero sucedióme al revés mi
pensamiento, pues así como vuestra merced se
partió de nuestro castillo, el duque mi señor me 5
hizo dar cien palos por haber contravenido a las
ordenanzas que me tenía dadas antes de entrar
en la batalla, y todo ha parado en que la
muchacha es ya monja, y doña Rodríguez se ha
vuelto a Castilla, y yo voy ahora a Barcelona a 10
llevar un pliego de cartas al virrey, que le
envía mi amo. Si vuestra merced quiere un
traguito, aunque caliente, puro, aquí llevo una
calabaza llena de lo caro, con no sé cuántas
rajitas de queso de Tronchón, que servirán de 15
llamativo y despertador de la sed, si acaso está
durmiendo.
Quiero el envite, dijo Sancho, y échese
el resto de la cortesía, y escancie el buen
Tosilos a despecho y pesar de cuantos 20
encantadores hay en las Indias.
En fin, dijo don Quijote, tú eres, Sancho,
el mayor glotón del mundo, y el mayor ignorante
de la tierra, pues no te persuades que
este correo es encantado, y este Tosilos, 25
contrahecho. Quédate con él y hártate; que yo me
iré adelante poco a poco, esperándote a que
vengas.
Riose el lacayo, desenvainó su calabaza,
desalforjó sus rajas, y, sacando un panecillo, 30
él y Sancho se sentaron sobre la hierba verde,
y en buena paz compaña despabilaron y
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXVI p. 335
dieron fondo con todo el repuesto de las
alforjas, con tan buenos alientos, que lamieron el
pliego de las cartas, sólo porque olía a queso.
Dijo Tosilos a Sancho:
Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe 5
de ser un loco.
¿Cómo debe?, respondió Sancho; no debe
nada a nadie; que todo lo paga, y más, cuando
la moneda es locura. Bien lo veo yo, y bien se
lo digo a él. Pero ¿qué aprovecha? Y más 10
ahora que va rematado, porque va vencido del
Caballero de la Blanca Luna.
Rogóle Tosilos le contase lo que le había
sucedido. Pero Sancho le respondió que era
descortesía dejar que su amo le esperase; 15
que otro día, si se encontrasen, habría lugar
para ello. Y, levantándose, después de haberse
sacudido el sayo y las migajas de las barbas,
antecogió al rucio, y diciendo «a Dios», dejó
a Tosilos, y alcanzó a su amo que a la sombra 20
de un árbol le estaba esperando.
p. 336
Capítulo LXVII
De la resolución que tomó don Quijote de
hacerse pastor y seguir la vida del campo en
tanto que se pasaba el año de su promesa,
con otros sucesos en verdad gustosos y 5
buenos.
Si muchos pensamientos fatigaban a don
Quijote antes de ser derribado, muchos más
le fatigaron después de caído. A la sombra del
árbol estaba, como se ha dicho, y allí, como 10
moscas a la miel le acudían y picaban
pensamientos; unos iban al desencanto de Dulcinea,
y otros a la vida que había de hacer en su
forzosa retirada. Llegó Sancho, y alabóle la
liberal condición del lacayo Tosilos. 15
¿Es posible, le dijo don Quijote, que
todavía, oh Sancho, pienses que aquél sea
verdadero lacayo? Parece que se te ha ido de las
mientes haber visto a Dulcinea convertida y
transformada en labradora, y al Caballero de 20
los Espejos en el bachiller Carrasco, obras
todas de los encantadores que me persiguen.
Pero dime ahora, ¿preguntaste a ese Tosilos
que dices qué ha hecho Dios de Altisidora, si
ha llorado mi ausencia, o si ha dejado ya en 25
las manos del olvido los enamorados
pensamientos que en mi presencia la fatigaban?
No eran, respondió Sancho, los que yo
tenía tales, que me diesen lugar a preguntar
boberías. ¡Cuerpo de mí!, señor, ¿está vuestra 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXVII p. 337
merced ahora en términos de inquirir
pensamientos ajenos, especialmente amorosos?
Mira, Sancho, dijo don Quijote; mucha
diferencia hay de las obras que se hacen por
amor a las que se hacen por agradecimiento. 5
Bien puede ser que un caballero sea
desamorado; pero no puede ser, hablando en todo
rigor, que sea desagradecido. Quísome bien,
al parecer, Altisidora, diome los tres tocadores
que sabes, lloró en mi partida, maldíjome, 10
vituperóme, quejóse a despecho de la vergüenza,
públicamente, señales todas de que me
adoraba; que las iras de los amantes suelen
parar en maldiciones. Yo no tuve esperanzas
que darle, ni tesoros que ofrecerle, porque las 15
mías las tengo entregadas a Dulcinea, y los
tesoros de los caballeros andantes son como
los de los duendes, aparentes y falsos, y sólo
puedo darle estos acuerdos que de ella tengo, sin
perjuicio, pero, de los que tengo de Dulcinea, 20
a quien tú agravias con la remisión que tienes
en azotarte y en castigar esas carnes --que
vea yo comidas de lobos-- que quieren
guardarse antes para los gusanos que para el
remedio de aquella pobre señora. 25
Señor, respondió Sancho, si va a decir la
verdad, yo no me puedo persuadir que los
azotes de mis posaderas tengan que ver con
los desencantos de los encantados, que es
como si dijésemos: «si os duele la cabeza, 30
»untaos las rodillas». A lo menos, yo osaré
jurar que en cuantas historias vuestra merced
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 338
ha leído que tratan de la andante caballería
no ha visto algún desencantado por azotes;
pero, por sí o por no, yo me los daré, cuando
tenga gana y el tiempo me dé comodidad para
castigarme. 5
Dios lo haga, respondió don Quijote, y
los cielos te den gracia para que caigas en la
cuenta y en la obligación que te corre de
ayudar a mi señora, que lo es tuya, pues tú eres
mío. 10
En estas pláticas iban siguiendo su camino,
cuando llegaron al mismo sitio y lugar donde
fueron atropellados de los toros. Reconocióle
don Quijote; dijo a Sancho:
Este es el prado donde topamos a las 15
bizarras pastoras y gallardos pastores que en él
querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia,
pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya
imitación, si es que a ti te parece bien, querría,
oh Sancho, que nos convirtiésemos en pastores, 20
siquiera el tiempo que tengo de estar recogido.
Yo compraré algunas ovejas y todas las
demás cosas que al pastoral ejercicio son
necesarias, y, llamándome yo el pastor Quijotiz,
y tú el pastor Pancino, nos andaremos por los 25
montes, por las selvas y por los prados,
cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los
líquidos cristales de las fuentes, o ya de los
limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos.
Daránnos con abundantísima mano de su 30
dulcísimo fruto las encinas, asiento los
troncos de los durísimos alcornoques, sombra los
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXVII p. 339
sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores
matizadas los extendidos prados, aliento el
aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, a
pesar de la oscuridad de la noche, gusto el
canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor 5
conceptos, con que podremos hacernos eternos
y famosos, no sólo en los presentes, sino en los
venideros siglos.
Pardiez, dijo Sancho, que me ha cuadrado,
y aun esquinado tal género de vida; y 10
más, que no la ha de haber aún bien visto el
bachiller Sansón Carrasco y maese Nicolás el
barbero, cuando la han de querer seguir, y
hacerse pastores con nosotros. Y aun quiera Dios
no le venga en voluntad al cura de entrar 15
también en el aprisco, según es de alegre y amigo
de holgarse.
Tú has dicho muy bien, dijo don Quijote,
y podrá llamarse el bachiller Sansón Carrasco,
si entra en el pastoral gremio, como entrará, 20
sin duda, el pastor Sansonino, o ya el pastor
Carrascón; el barbero Nicolás se podrá llamar
Miculoso, como ya el antiguo Boscán se
llamó Nemoroso. Al cura no sé qué nombre le
pongamos, si no es algún derivativo de su 25
nombre, llamándole el pastor Curiambro. Las
pastoras de quien hemos de ser amantes, como
entre peras podremos escoger sus nombres; y
pues el de mi señora cuadra así al de pastora
como al de princesa, no hay para qué cansarme 30
en buscar otro que mejor le venga. Tú, Sancho,
pondrás a la tuya el que quisieres.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 340
No pienso, respondió Sancho, ponerle
otro alguno sino el de Teresona, que le vendrá
bien con su gordura y con el propio que tiene,
pues se llama Teresa; y más, que celebrándola
yo en mis versos, vengo a descubrir mis castos 5
deseos, pues no ando a buscar pan de trastrigo
por las casas ajenas. El cura no será
bien que tenga pastora, por dar buen ejemplo;
y si quisiere el bachiller tenerla, su alma en su
palma. 10
¡Válgame Dios, dijo don Quijote, y qué
vida nos hemos de dar, Sancho amigo! ¡Qué de
churumbelas han de llegar a nuestros oídos,
qué de gaitas zamoranas, qué tamborines,
y qué de sonajas, y qué de rabeles! Pues ¡qué 15
si de estas diferencias de músicas resuena la de
los albogues! Allí se verá[n] casi todos los
instrumentos pastorales.
¿Qué son albogues?, preguntó Sancho;
que ni los he oído nombrar, ni los he visto 20
en toda mi vida.
Albogues son, respondió don Quijote,
unas chapas a modo de candeleros de azófar,
que dando una con otra por lo vacío y
hueco, hace un son, si no muy agradable, 25
ni armónico, no descontenta, y viene bien con
la rusticidad de la gaita y del tamborín; y este
nombre albogues es morisco, como lo son todos
aquellos que en nuestra lengua castellana
comienzan en al, conviene a saber: almohaza, 30
almorzar, alfombra, alguacil, alhucema,
almacén, alcancía, y otros semejantes, que deben
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXVII p. 341
ser pocos más. Y solos tres tiene nuestra
lengua que son moriscos y acaban en í, y son
borceguí, zaquizamí, y maravedí; alhelí y
alfaquí, tanto por el al primero como por el í
en que acaban, son conocidos por arábigos. 5
Esto te he dicho de paso por habérmelo reducido
a la memoria la ocasión de haber nombrado
albogues; y hanos de ayudar mucho al parecer
en perfección este ejercicio el ser yo algún
tanto poeta, como tú sabes, y el serlo también 10
en extremo el bachiller Sansón Carrasco. Del
cura no digo nada, pero yo apostaré que debe
de tener sus puntas y collares de poeta; y que
las tenga también maese Nicolás, no dudo en
ello, porque todos o los más son guitarristas y 15
copleros. Yo me quejaré de ausencia. Tú te
alabarás de firme enamorado; el pastor Carrascón
de desdeñado, y el cura Curiambro de lo
que él más puede servirse, y, así, andará la
cosa que no haya más que desear. 20
A lo que respondió Sancho:
Yo soy, señor, tan desgraciado que temo no
ha de llegar el día en que en tal ejercicio me
vea. ¡Oh, qué pulidas cuchares tengo de
hacer cuando pastor me vea! ¡Qué de migas, qué 25
de natas, qué de guirnaldas y qué de zarandajas
pastoriles, que, puesto que no me granjeen
fama de discreto, no dejarán de granjearme
la de ingenioso! Sanchica mi hija nos llevará la
comida al hato. Pero ¡guarda! que es de buen 30
parecer, y hay pastores más maliciosos que
simples, y no querría que fuese por lana y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 342
volviese trasquilada; y también suelen andar los
amores y los no buenos deseos por los campos
como por las ciudades, y por las pastorales
chozas como por los reales palacios, y quitada
la causa, se quita el pecado, y ojos que no 5
ven, corazón que no quiebra, y más vale salto
de mata que ruego de hombres buenos.
No más refranes, Sancho, dijo don Quijote,
pues cualquiera de los que has dicho basta
para dar a entender tu pensamiento, y muchas 10
veces te he aconsejado que no seas tan pródigo
de refranes, y que te vayas a la mano en decirlos;
pero paréceme que es predicar en desierto,
y «castígame mi madre, y yo trómposelas».
Paréceme, respondió Sancho, que vuestra 15
merced es como lo que dicen: «dijo la sartén
»a la caldera: quítate allá, ojinegra». Estáme
reprendiendo que no diga yo refranes, y
ensártalos vuestra merced de dos en dos.
Mira, Sancho, respondió don Quijote; yo 20
traigo los refranes a propósito, y vienen cuando
los digo como anillo en el dedo. Pero tráeslos
tan por los cabellos, que los arrastras, y no
los guías; y si no me acuerdo mal, otra vez te
he dicho que los refranes son sentencias breves, 25
sacadas de la experiencia y especulación de
nuestros antiguos sabios, y el refrán que no
viene a propósito antes es disparate que
sentencia. Pero dejémonos de esto, y pues ya viene
la noche, retirémonos del camino real algún 30
trecho, donde pasaremos esta noche, y Dios
sabe lo que será mañana.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXVII p. 343
Retiráronse, cenaron tarde y mal, bien contra
la voluntad de Sancho, a quien se le representaban
las estrecheces de la andante caballería
usadas en las selvas y en los montes, si
bien tal vez la abundancia se mostraba en los 5
castillos y casas, así de don Diego de Miranda,
como en las bodas del rico Camacho, y de
don Antonio Moreno; pero consideraba no ser
posible ser siempre de día ni siempre de
noche, y, así, pasó aquélla durmiendo y su amo 10
velando.
p. 344
Capítulo LXVIII
De la cerdosa aventura que le aconteció
a don Quijote.
Era la noche algo oscura, puesto que la luna
estaba en el cielo, pero no en parte que pudiese 5
ser vista; que tal vez la señora Diana se
va a pasear a los antípodas, y deja los montes
negros y los valles oscuros. Cumplió don
Quijote con la naturaleza, durmiendo el primer
sueño, sin dar lugar al segundo, bien al revés 10
de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque
le duraba el sueño desde la noche hasta la
mañana, en que se mostraba su buena complexión
y pocos cuidados. Los de don Quijote
le desvelaron de manera, que despertó a Sancho 15
y le dijo:
Maravillado estoy, Sancho, de la libertad
de tu condición. Yo imagino que eres hecho de
mármol o de duro bronce, en quien no cabe
movimiento ni sentimiento alguno. Yo velo 20
cuando tú duermes, yo lloro cuando cantas,
yo me desmayo de ayuno cuando tú estás
perezoso y desalentado de puro harto. De buenos
criados es conllevar las penas de sus señores
y sentir sus sentimientos, por el bien parecer 25
siquiera. Mira la serenidad de esta noche, la
soledad en que estamos, que nos convida a
entremeter alguna vigilia entre nuestro sueño.
Levántate, por tu vida, y desvíate algún trecho
de aquí, y con buen ánimo y denuedo agradecido, 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXVIII p. 345
date trescientos o cuatrocientos azotes a
buena cuenta de los del desencanto de
Dulcinea, y esto rogando te lo suplico; que no
quiero venir contigo a los brazos, como la otra
vez, porque sé que los tienes pesados. 5
Después que te hayas dado, pasaremos lo que
resta de la noche cantando, yo mi ausencia, y
tú tu firmeza, dando desde ahora principio al
ejercicio pastoral que hemos de tener en
nuestra aldea. 10
Señor, respondió Sancho, no soy yo
religioso para que desde la mitad de mi sueño me
levante y me discipline, ni menos me parece
que del extremo del dolor de los azotes se
pueda pasar al de la música. Vuestra merced 15
me deje dormir y no me apriete en lo del
azotarme; que me hará hacer juramento de no
tocarme jamás al pelo del sayo, no que al de
mis carnes.
¡Oh alma endurecida! ¡Oh escudero sin piedad! 20
¡Oh pan mal empleado, y mercedes mal consideradas
las que te [he] hecho y pienso de hacerte!
Por mí te has visto gobernador, y por mí te
ves con esperanzas propincuas de ser conde
o tener otro título equivalente, y no tardará el 25
cumplimiento de ellas más de cuanto tarde en
pasar este año; que yo, post tenebras spero
lucem.
No entiendo eso, replicó Sancho; sólo
entiendo que en tanto que duermo, ni tengo 30
temor, ni esperanza, ni trabajo, ni gloria. Y
bien haya el que inventó el sueño, capa que
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 346
cubre todos los humanos pensamientos, manjar
que quita la hambre, agua que ahuyenta la
sed, fuego que calienta el frío, frío que templa
el ardor, y, finalmente, moneda general con
que todas las cosas se compran, balanza y peso 5
que iguala al pastor con el rey, y al simple con
el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño,
según he oído decir, y es que se parece a la
muerte, pues de un dormido a un muerto hay
muy poca diferencia. 10
Nunca te he oído hablar, Sancho, dijo
don Quijote, tan elegantemente como ahora;
por donde vengo a conocer ser verdad el refrán
que tú algunas veces sueles decir: «no con
»quien naces, sino con quien paces». 15
Ah, pesia tal, replicó Sancho, señor
nuestro amo. ¡No soy yo ahora el que ensarta
refranes!; que también a vuestra merced se le caen
de la boca de dos en dos mejor que a mí, sino
que debe de haber entre los míos y los suyos 20
esta diferencia, que los de vuestra merced
vendrán a tiempo, y los míos a desora. Pero, en
efecto, todos son refranes.
En esto estaban, cuando sintieron un sordo
estruendo y un áspero ruido, que por todos 25
aquellos valles se extendía. Levantóse en pie
don Quijote y puso mano a la espada, y Sancho
se agazapó debajo del rucio, poniéndose
a los lados el lío de las armas y la albarda de
su jumento, tan temblando de miedo, como 30
alborotado don Quijote. De punto en punto iba
creciendo el ruido, y, llegándose cerca a los
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXVIII p. 347
dos temerosos, a lo menos, al uno, que al otro
ya se sabe su valentía.
Es, pues, el caso que llevaban unos hombres
a vender a una feria más de seiscientos
puercos, con los cuales caminaban a aquellas 5
horas, y era tanto el ruido que llevaban, y el
gruñir y el bufar, que ensordecieron los oídos
de don Quijote y de Sancho, que no advirtieron
lo que ser podía. Llegó de tropel la extendida
y gruñidora piara, y sin tener respeto a la 10
autoridad de don Quijote ni a la de Sancho,
pasaron por cima de los dos, deshaciendo las
trincheras de Sancho y derribando no sólo a don
Quijote, sino llevando por añadidura a Rocinante.
El tropel, el gruñir, la presteza con que 15
llegaron los animales inmundos puso en confusión
y por el suelo a la albarda, a las armas,
al rucio, a Rocinante, a Sancho y a don Quijote.
Levantóse Sancho como mejor pudo y pidió
a su amo la espada, diciéndole que quería 20
matar media docena de aquellos señores y
descomedidos puercos; que ya había conocido que lo
eran. Don Quijote le dijo:
Déjalos estar, amigo; que esta afrenta es
pena de mi pecado, y justo castigo del cielo es 25
que a un caballero andante vencido le coman
adivas, y le piquen avispas, y le hollen puercos.
También debe de ser castigo del cielo,
respondió Sancho, que a los escuderos de los
caballeros vencidos los puncen moscas, los 30
coman piojos, y les embista la hambre. Si los
escuderos fuéramos hijos de los caballeros a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 348
quien servimos, o parientes suyos muy
cercanos, no fuera mucho que nos alcanzara la
pena de sus culpas, hasta la cuarta generación;
pero ¿qué tienen que ver los Panzas con los
Quijotes? Ahora bien, tornémonos a acomodar, 5
y durmamos lo poco que queda de la noche,
y amanecerá Dios y medraremos.
Duerme tú, Sancho, respondió don Quijote,
que naciste para dormir; que yo, que nací
para velar, en el tiempo que falta de aquí al 10
día daré rienda a mis pensamientos, y los
desfogaré en un madrigalete que, sin que tú lo
sepas, anoche compuse en la memoria.
A mí me parece, respondió Sancho, que
los pensamientos que dan lugar a hacer 15
coplas no deben de ser muchos. Vuestra merced
coplee cuanto quisiere; que yo dormiré cuanto
pudiere.
Y luego, tomando en el suelo cuanto quiso, se
acurrucó, y durmió a sueño suelto, sin que fianzas, 20
ni deudas, ni dolor alguno se lo estorbase.
Don Quijote, arrimado a un tronco de una haya
o de un alcornoque --que Cide Hamete Benengeli
no distingue el árbol que era--, al son
de sus mismos suspiros cantó de esta suerte: 25
Amor, cuando yo pienso
en el mal que me das, terrible y fuerte,
voy corriendo a la muerte,
pensando así acabar mi mal inmenso;
mas en llegando al paso 30
que es puerto en este mar de mi tormento,
tanta alegría siento,
que la vida se esfuerza, y no le paso.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXVIII p. 349
Así el vivir me mata,
que la muerte me torna a dar la vida.
¡Oh condición no oída
la que conmigo muerte y vida trata!
Cada verso de éstos acompañaba con muchos 5
suspiros y no pocas lágrimas, bien como aquél
cuyo corazón tenía traspasado con el dolor
del vencimiento, y con la ausencia de Dulcinea.
Llegóse en esto el día, dio el sol con sus
rayos en los ojos a Sancho, despertó y esperezóse, 10
sacudiéndose y estirándose los perezosos
miembros; miró el destrozo que habían hecho los
puercos en su repostería, y maldijo la piara, y
aun más adelante. Finalmente, volvieron los
dos a su comenzado camino, y al declinar de 15
la tarde vieron que hacia ellos venían hasta
diez hombre[s] de a caballo y cuatro o cinco de
a pie. Sobresaltóse el corazón de don Quijote
y azoróse el de Sancho, porque la gente que
se les llegaba traía lanzas y adargas y venía 20
muy a punto de guerra. Volvióse don Quijote
a Sancho, y díjole:
Si yo pudiera, Sancho, ejercitar mis armas,
y mi promesa no me hubiera atado los brazos,
esta máquina que sobre nosotros viene la 25
tuviera yo por tortas y pan pintado; pero podría
ser fuese otra cosa de la que tememos.
Llegaron en esto los de a caballo, y,
arbolando las lanzas, sin hablar palabra alguna,
rodearon a don Quijote y se las pusieron a las 30
espaldas y pechos, amenazándole de muerte.
Uno de los de a pie, puesto un dedo en la boca
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 350
en señal de que callase, asió del freno de
Rocinante y le sacó del camino, y los demás de
a pie, antecogiendo a Sancho y al rucio, guardando
todos maravilloso silencio, siguieron los
pasos del que llevaba a don Quijote, el cual 5
dos o tres veces quiso preguntar adónde le
llevaban, o qué querían; pero apenas comenzaba
a mover los labios, cuando se los iban a
cerrar con los hierros de las lanzas. Y a
Sancho le acontecía lo mismo, porque apenas daba 10
muestras de hablar, cuando uno de los de a
pie con un aguijón le punzaba, y al rucio ni
más ni menos, como si hablar quisiera.
Cerró la noche, apresuraron el paso, creció
en los dos presos el miedo, y más, cuando 15
oyeron que de cuando en cuando les decían:
¡Caminad, trogloditas! ¡Callad, bárbaros!
¡Pagad, antropófagos! ¡No os quejéis, escitas, ni
abráis los ojos, Polifemos matadores, leones
carniceros! 20
Y otros nombres semejantes a éstos, con que
atormentaban los oídos de los miserables amo
y mozo. Sancho iba diciendo entre sí:
¿Nosotros tortolitas, nosotros barberos
ni estropajos? ¿Nosotros perritas, a quien dicen 25
cita, cita? No me contentan nada estos nombres,
a mal viento va esta parva; todo el mal
nos viene junto, como al perro los palos, y
¡ojalá parase en ellos lo que amenaza esta
aventura tan desventurada! 30
Iba don Quijote embelesado, sin poder
atinar con cuantos discursos hacía qué serían
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXVIII p. 351
aquellos nombres llenos de vituperios que les
ponían, de los cuales sacaba en limpio no
esperar ningún bien y temer mucho mal. Llegaron,
en esto, un hora casi de la noche, a un
castillo, que bien conoció don Quijote que era 5
el del duque, donde había poco que había estado.
¡Válgame Dios!, dijo así como conoció
la estancia; y ¿qué será esto? Sí que en esta
casa todo es cortesía y buen comedimiento;
pero para los vencidos el bien se vuelve en mal 10
y el mal en peor.
Entraron al patio principal del castillo, y
viéronle aderezado y puesto de manera, que les
acrecentó la admiración y les dobló el miedo,
como se verá en el siguiente capítulo. 15
p. 352
Capítulo LXIX
Del más raro y más nuevo suceso que en
todo el discurso de esta grande historia avino
a don Quijote.
Apeáronse los de a caballo, y junto con los 5
de a pie, tomando en peso y arrebatadamente
a Sancho y a don Quijote, los entraron en el
patio, alrededor del cual ardían casi cien hachas,
puestas en sus blandones, y por los corredores
del patio más de quinientas luminarias, 10
de modo, que a pesar de la noche, que se
mostraba algo oscura, no se echaba de ver la
falta del día. En medio del patio se levantaba
un túmulo como dos varas del suelo, cubierto
todo con un grandísimo dosel de terciopelo 15
negro, alrededor del cual, por sus gradas,
ardían velas de cera blanca sobre más de cien
candeleros de plata; encima del cual túmulo se
mostraba un cuerpo muerto de una tan hermosa
doncella, que hacía parecer con su hermosura 20
hermosa a la misma muerte. Tenía la cabeza
sobre una almohada de brocado, coronada con
una guirnalda de diversas y odoríferas flores
tejida, las manos cruzadas sobre el pecho, y
entre ellas un ramo de amarilla y vencedora palma. 25
A un lado del patio estaba puesto un teatro
y dos sillas, sentados dos personajes, que,
por tener coronas en la cabeza y cetros en las
manos daban señales de ser algunos reyes, ya
verdaderos o ya fingidos; al lado de este teatro, 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIX p. 353
adonde se subía por algunas gradas, estaban
otras dos sillas, sobre las cuales los que
trajeron los presos sentaron a don Quijote y a
Sancho, todo esto callando, y dándoles a entender
con señales a los dos que asimismo callasen. 5
Pero sin que se lo señalaran, callaron ellos,
porque la admiración de lo que estaban mirando
les tenía atadas las lenguas.
Subieron, en esto, al teatro con mucho
acompañamiento dos principales personajes, que 10
luego fueron conocidos de don Quijote ser el
duque y la duquesa, sus huéspedes; los cuales
se sentaron en dos riquísimas sillas junto a
los dos que parecían reyes. ¿Quién no se había
de admirar con esto, añadiéndose a ello haber 15
conocido don Quijote que el cuerpo muerto
que estaba sobre el túmulo era el de la
hermosa Altisidora?
Al subir el duque y la duquesa en el teatro,
se levantaron don Quijote y Sancho, y les 20
hicieron una profunda humillación, y los duques
hicieron lo mismo, inclinando algún tanto
las cabezas. Salió, en esto, de través un
ministro, y, llegándose a Sancho, le echó una ropa
de bocací negro encima, toda pintada con llamas 25
de fuego, y, quitándole la caperuza, le puso
en la cabeza una coroza, al modo de las que
sacan los penitenciados por el Santo Oficio, y
díjole al oído que no descosiese los labios,
porque le echarían una mordaza o le quitarían 30
la vida. Mirábase Sancho de arriba abajo,
veíase ardiendo en llamas, pero como no le
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 354
quemaban, no las estimaba en dos ardites. Quitóse
la coraza, viola pintada de diablos, volviósela
[a] poner, diciendo entre sí:
Aun bien que ni ellas me abrasan ni ellos
me llevan. 5
Mirábale también don Quijote, y aunque el
temor le tenía suspensos los sentidos, no dejó
de reírse de ver la figura de Sancho. Comenzó,
en esto, a salir, al parecer, debajo del túmulo
un son sumiso y agradable de flautas, que 10
por no ser impedido de alguna humana voz,
porque en aquel sitio el mismo silencio guardaba
silencio a sí mismo, se mostraba blando y
amoroso. Luego hizo de sí improvisa muestra,
junto a la almohada del al parecer cadáver, un 15
hermoso mancebo vestido a lo romano, que al
son de una arpa, que él mismo tocaba, cantó
con suavísima y clara voz estas dos estancias:
En tanto que en sí vuelve Altisidora,
muerta por la crueldad de don Quijote, 20
y en tanto que en la corte encantadora
se vistieren las damas de picote,
y en tanto que a sus dueñas mi señora
vistiere de bayeta y de anascote,
cantaré su belleza y su desgracia, 25
con mejor plectro que el cantor de Tracia.
Y aun no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida;
mas con la lengua muerta y fría en la boca
pienso mover la voz a ti debida. 30
Libre mi alma de su estrecha roca,
por el estigio lago conducida,
celebrándote irá, y aquel sonido
hará parar las aguas del olvido.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIX p. 355
No más, dijo a esta sazón uno de los dos
que parecían reyes, no más, cantor divino; que
sería proceder en infinito representarnos ahora
la muerte y las gracias de la sin par Altisidora,
no muerta como el mundo ignorante piensa, 5
sino viva, en las lenguas de la fama, y en la
pena que para volverla a la perdida luz ha de
pasar Sancho Panza, que está presente. Y,
así, oh tú, Radamanto, que conmigo juzgas en
las cavernas lóbregas de Lite, pues sabes 10
todo aquello que en los inescrutables hados
está determinado acerca de volver en sí esta
doncella, dilo y decláralo luego, porque no se
nos dilate el bien que con su nueva vuelta
esperamos. 15
Apenas hubo dicho esto Minos, juez, y
compañero de Radamanto, cuando, levantándose
en pie Radamanto, dijo:
Ea, ministros de esta casa, altos y bajos,
grandes y chicos, acudid unos tras otros y 20
sellad el rostro de Sancho con veinte y cuatro
mamonas y doce pellizcos y seis alfilerazos
[en] brazos y lomos; que en esta ceremonia
consiste la salud de Altisidora.
Oyendo lo cual Sancho Panza, rompió el 25
silencio, y dijo:
¡Voto a tal, así me deje yo sellar el rostro
ni manosearme la cara como volverme moro!
¡Cuerpo de mí! ¿Qué tiene que ver manosearme
el rostro con la resurrección de esta doncella? 30
Regostóse la vieja a los bledos...; encantan a
Dulcinea, y azótanme para que se desencante.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 356
Muérese Altisidora de males que Dios quiso
darle, y hanla de resucitar [a] hacerme a mí
veinte y cuatro mamonas, y a [a]cribarme el
cuerpo a alfilerazos, y a acardenalarme los brazos
a pellizcos. Esas burlas a un cuñado; que yo 5
soy perro viejo, y no hay conmigo tus, tus.
¡Morirás!, dijo en alta voz Radamanto.
¡Ablándate, tigre; humíllate, Nembrot soberbio,
y sufre y calla, pues no te piden imposibles!
Y no te metas en averiguar las dificultades 10
de este negocio: mamonado has de ser, acribillado
te has de ver, pellizcado has de gemir.
Ea, digo, ministros, cumplid mi mandamiento;
si no, por la fe de hombre de bien que habéis de
ver para lo que nacisteis. 15
Parecieron, en esto, que por el patio venían
hasta seis dueñas en procesión, una tras otra,
las cuatro con antojos, y todas levantadas las
manos derechas en alto, con cuatro dedos de
muñecas de fuera, para hacer las manos más 20
largas, como ahora se usa.
No las hubo visto Sancho, cuando, bramando
como un toro, dijo:
Bien podré yo dejarme manosear de todo el
mundo; pero consentir que me toquen dueñas, 25
¡eso no! Gatéenme el rostro, como hicieron
a mi amo en este mismo castillo. Traspásenme
el cuerpo con puntas de dagas buidas.
Atenácenme los brazos con tenazas de fuego,
que yo lo llevaré en paciencia, o serviré a estos 30
señores, pero que me toquen dueñas no lo
consentiré, si me llevase el diablo.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIX p. 357
Rompió también el silencio don Quijote,
diciendo a Sancho:
Ten paciencia, hijo, y da gusto a estos señores,
y muchas gracias al cielo por haber puesto
tal virtud en tu persona, que con el martirio 5
de ella desencantes los encantados, y resucites
los muertos.
Ya estaban las dueñas cerca de Sancho,
cuando él, más blando y más persuadido,
poniéndose bien en la silla, dio rostro y 10
barba a la primera, la cual la hizo una
mamona muy bien sellada y luego una gran
reverencia.
Menos cortesía, menos mudas, señora
dueña, dijo Sancho; que por Dios que traéis 15
las manos oliendo a vinagrillo.
Finalmente, todas las dueñas le sellaron, y
otra mucha gente de casa le pellizcaron; pero
lo que él no pudo sufrir fue el punzamiento de
los alfileres. Y, así, se levantó de la silla, al 20
parecer, mohíno, y, asiendo de una hacha
encendida que junto a él estaba, dio tras las
dueñas, y tras todos sus verdugos, diciendo:
¡Afuera, ministros infernales; que no soy
yo de bronce para no sentir tan extraordinarios 25
martirios!
En esto, Altisidora, que debía de estar
cansada por haber estado tanto tiempo supina, se
volvió de un lado. Visto lo cual por los
circunstantes, casi todos a una voz dijeron: 30
¡Viva es Altisidora! ¡Altisidora vive!
Mandó Radamanto a Sancho que depusiese
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 358
la ira, pues ya se había alcanzado el intento
que se procuraba.
Así como don Quijote vio rebullir a
Altisidora, se fue a poner de rodillas delante de
Sancho, diciéndole: 5
Ahora es tiempo, hijo de mis entrañas, no
que escudero mío, que te des algunos de
los azotes que estás obligado a dar por el
desencanto de Dulcinea. Ahora, digo, que es el
tiempo donde tienes sazonada la virtud, y con 10
eficacia de obrar el bien que de ti se espera.
A lo que respondió Sancho:
Esto me parece argado sobre argado, y no
miel sobre hojuelas. ¡Bueno sería que tras
pellizcos, mamonas y alfilerazos viniesen ahora 15
los azotes! No tienen más que hacer sino tomar
una gran piedra y atármela al cuello, y dar
conmigo en un pozo, de lo que a mí no
pesaría mucho, si es que para curar los males
ajenos tengo yo de ser la vaca de la boda. 20
Déjenme; si no, por Dios que lo arroje y lo eche
todo a trece, aunque no se venda.
Ya, en esto, se había sentado en el túmulo
Altisidora, y al mismo instante sonaron las
chirimías, a quien acompañaron las flautas, 25
y las voces de todos que aclamaban:
¡Viva Altisidora, Altisidora viva!
Levantáronse los duques y los reyes Minos
y Radamanto, y todos juntos con don Quijote
y Sancho fueron a recibir a Altisidora, 30
y a bajarla del túmulo; la cual, haciendo de
la desmayada, se inclinó a los duques y a los
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXIX p. 359
reyes, y, mirando de través a don Quijote, le
dijo:
Dios te lo perdone, desamorado caballero,
pues por tu crueldad he estado en el otro
mundo, a mi parecer, más de mil años; y a ti, 5
¡oh el más compasivo escudero que contiene el
orbe!, te agradezco la vida que poseo. Dispón
desde hoy más, amigo Sancho, de seis camisas
mías que te mando, para que hagas otras seis
para ti, y si no son todas sanas, a lo menos, 10
son todas limpias.
Besóle por ello las manos Sancho, con la
coroza en la mano y las rodillas en el suelo.
Mandó el Duque que se la quitasen, y le
volviesen su caperuza y le pusiesen el sayo y 15
le quitasen la ropa de las llamas. Suplicó
Sancho al duque que le dejasen la ropa y
mitra, que las quería llevar a su tierra por
señal y memoria de aquel nunca visto suceso.
La duquesa respondió que sí dejarían: que ya 20
sabía él cuán grande amiga suya era. Mandó
el duque despejar el patio, y que todos se
recogiesen a sus estancias, y que a don Quijote
y a Sancho los llevasen a las que ellos ya se
sabían. 25
p. 360
Capítulo LXX
Que sigue al sesenta y nueve, y trata de
cosas no excusadas para la claridad de esta
historia.
Durmió Sancho aquella noche en una 5
carriola, en el mismo aposento de don Quijote,
cosa que él quisiera excusarla si pudiera,
porque bien sabía que su amo no le había de dejar
dormir a preguntas y a respuestas, y no se
hallaba en disposición de hablar mucho, porque 10
los dolores de los martirios pasados los
tenía presentes, y no le dejaban libre la
lengua, y viniérale más a cuento dormir en una
choza, solo, que no en aquella rica estancia
acompañado. Salióle su temor tan verdadero 15
y su sospecha tan cierta, que apenas hubo
entrado su señor en el lecho, cuando dijo:
¿Qué te parece, Sancho, del suceso de esta
noche? Grande y poderosa es la fuerza del
desdén desamorado, como por tus mismos 20
ojos has visto muerta a Altisidora, no con
otras saetas, ni con otra espada, ni con otro
instrumento bélico, ni con venenos mortíferos,
sino con la consideración del rigor y el desdén
con que yo siempre la he tratado. 25
Muriérase ella en hora buena cuando
quisiera y como quisiera, respondió Sancho,
y dejárame a mí en mi casa, pues ni yo la
enamoré, ni la desdeñé en mi vida. Yo no sé ni
puedo pensar cómo sea que la salud de 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXX p. 361
Altisidora, doncella más antojadiza que discreta,
tenga que ver, como otra vez he dicho, con
los martirios de Sancho Panza. Ahora sí que
vengo a conocer clara y distintamente que hay
encantadores y encantos en el mundo, de 5
quien Dios me libre, pues yo no me sé librar.
Con todo esto, suplico a vuestra merced me
deje dormir y no me pregunte más si no
quiere que me arroje por una ventana abajo.
Duerme, Sancho amigo, respondió don 10
Quijote, si es que te dan lugar los alfilerazos
y pellizcos recibidos, y las mamonas hechas.
Ningún dolor, replicó Sancho, llegó a la
afrenta de las mamonas, no por otra cosa que
por habérmelas hecho dueña, que confundidas 15
sean. Y torno a suplicar a vuestra merced me
deje dormir; porque el sueño es alivio de las
miserias de los que las tienen despiertos.
Sea así, dijo don Quijote, y Dios te
acompañe. 20
Durmiéronse los dos, y en este tiempo quiso
escribir y dar cuenta Cide Hamete, autor de esta
grande historia, qué les movió a los duques a
levantar el edificio de la máquina referida; y
dice que no habiéndosele olvidado al bachiller 25
Sansón Carrasco cuando el Caballero de los
Espejos fue vencido y derribado por don Quijote,
cuyo vencimiento y caída borró y deshizo
todos sus designios, quiso volver a probar
la mano, esperando mejor suceso que el pasado. 30
Y, así, informándose del paje que llevó
la carta y presente a Teresa Panza, mujer de
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 362
Sancho, adónde don Quijote quedaba, buscó
nuevas armas y caballo, y puso en el escudo
la blanca luna, llevándolo todo sobre un macho
a quien guiaba un labrador, y no Tomé Cecial,
su antiguo escudero, porque no fuese 5
conocido de Sancho ni de don Quijote. Llegó,
pues, al castillo del duque, que le informó el
camino y derrota que don Quijote llevaba,
con intento de hallarse en las justas de
Zaragoza. Díjole asimismo las burlas que le había 10
hecho con la traza del desencanto de Dulcinea,
que había de ser a costa de las posaderas
de Sancho. En fin, dio cuenta de la burla que
Sancho había hecho a su amo, dándole a
entender que Dulcinea estaba encantada y 15
transformada en labradora, y cómo la duquesa su
mujer había dado a entender a Sancho que él
era el que se engañaba; porque verdaderamente
estaba encantada Dulcinea, de que no
poco se rio y admiró el bachiller, considerando 20
la agudeza y simplicidad de Sancho, como del
extremo de la locura de don Quijote.
Pidióle el duque que si le hallase, y le
venciese, o no, se volviese por allí a darle cuenta
del suceso. Hízolo así el bachiller; partióse 25
en su busca, no le halló en Zaragoza, pasó
adelante, y sucedióle lo que queda referido.
Volvióse por el castillo del duque, y contóselo
todo, con las condiciones de la batalla, y que
ya don Quijote volvía a cumplir, como buen 30
caballero andante, la palabra de retirarse un
año en su aldea, en el cual tiempo podía ser
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXX p. 363
--dijo el bachiller--, que sanase de su
locura; que ésta era la intención que le había
movido a hacer aquellas transformaciones, por
ser cosa de lástima que un hidalgo tan bien
entendido como don Quijote fuese loco. Con 5
esto se despidió del duque, y se volvió a su
lugar, esperando en él a don Quijote, que tras
él venía.
De aquí tomó ocasión el duque de hacerle
aquella burla, tanto era lo que gustaba de las 10
cosas de Sancho y de don Quijote, y,
haciendo tomar los caminos cerca y lejos del
castillo, por todas las partes que imaginó que
podría volver don Quijote, con muchos criados
suyos de a pie y de a caballo, para que por 15
fuerza o de grado le trajesen al castillo, si le
hallasen.
Halláronle, dieron aviso al duque, el cual
ya prevenido de todo lo que había de hacer,
así como tuvo noticia de su llegada, mandó 20
encender las hachas y las luminarias del patio,
y poner a Altisidora sobre el túmulo, con todos
los aparatos que se han contado, tan al vivo y
tan bien hechos, que de la verdad a ellos había
bien poca diferencia. Y dice más Cide Hamete, 25
que tiene para sí ser tan locos los burladores
como los burlados, y que no estaban los duques
dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco
ponían en burlarse de dos tontos. Los cuales,
el uno durmiendo a sueño suelto, y el otro 30
velando a pensamientos desatados, les tomó el
día y la gana de levantarse; que las ociosas
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 364
plumas, ni vencido ni vencedor, jamás dieron
gusto a don Quijote.
Altisidora, en la opinión de don Quijote,
vuelta de muerte a vida, siguiendo el humor
de sus señores, coronada con la misma 5
guirnalda que en el túmulo tenía, y vestida una
tunicela de tafetán blanco, sembrada de flores
de oro, y sueltos los cabellos por las espaldas,
arrimada a un báculo de negro y finísimo
ébano, entró en el aposento de don Quijote, 10
con cuya presencia turbado y confuso, se
encogió y cubrió casi todo con las sábanas y
colchas de la cama, muda la lengua, sin que
acertase a hacerle cortesía ninguna. Sentóse
Altisidora en una silla, junto a su cabecera, y 15
después de haber dado un gran suspiro, con voz
tierna y debilitada, le dijo:
Cuando las mujeres principales y las recatadas
doncellas atropellan por la honra, y dan
licencia a la lengua que rompa por todo 20
inconveniente, dando noticia en público de los
secretos que su corazón encierra, en estrecho
término se hallan. Yo, señor don Quijote de la
Mancha, soy una de éstas, apretada, vencida y
enamorada; pero, con todo esto, sufrida y 25
honesta, tanto, que por serlo tanto, reventó mi
alma por mi silencio, y perdí la vida. Dos días
ha que [con] la consideración del rigor con
que me has tratado,
¡Oh más duro que mármol a mis quejas, 30
empedernido caballero!, he estado muerta, o, a
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXX p. 365
lo menos, juzgada por tal de los que me han
visto. Y si no fuera porque el amor, condoliéndose
de mí, depositó mi remedio en los martirios
de este buen escudero, allá me quedara en
el otro mundo. 5
Bien pudiera el amor, dijo Sancho,
depositarlos en los de mi asno, que yo se lo
agradeciera. Pero dígame, señora, así el cielo la
acomode con otro más blando amante que mi
amo, ¿qué es lo que vio en el otro mundo? ¿Qué 10
hay en el infierno? Porque quien muere desesperado,
por fuerza ha de tener aquel paradero.
La verdad que os diga, respondió Altisidora,
yo no debí de morir del todo, pues no entré
en el infierno; que si allá entrara, una por una 15
no pudiera salir de él, aunque quisiera. La verdad
es que llegué a la puerta, adonde estaban
jugando hasta una docena de diablos a la
pelota, todos en calzas y en jubón, con valonas
guarnecidas con puntas de randas flamencas, y 20
con unas vueltas de lo mismo que les servían
de puños, con cuatro dedos de brazo de fuera,
porque pareciesen las manos más largas,
en las cuales tenían unas palas de fuego; y lo
que más me admiró fue que les servían, en 25
lugar de pelotas, libros, al parecer, llenos de
viento y de borra, cosa maravillosa y nueva.
Pero esto no me admiró tanto como el ver que,
siendo natural de los jugadores el alegrarse los
gananciosos y entristecerse los que pierden, 30
allí en aquel juego todos gruñían, todos
regañaban y todos se maldecían.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 366
Eso no es maravilla, respondió Sancho;
porque los diablos, jueguen o no jueguen,
nunca pueden estar contentos, ganen o no
ganen.
Así debe de ser, respondió Altisidora. 5
Mas hay otra cosa que también me admira,
quiero decir me admiró entonces, y fue que al
primer voleo no quedaba pelota en pie, ni de
provecho para servir otra vez, y así,
menudeaban libros nuevos y viejos, que era una 10
maravilla. A uno de ellos, nuevo, flamante y bien
encuadernado, le dieron un papirotazo, que
le sacaron las tripas y le esparcieron las hojas.
Dijo un diablo a otro: «Mirad qué libro es
»ése.» Y el diablo le respondió: «Esta es la 15
»Segunda parte de la historia de don
»Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide
»Hamete, su primer autor, sino por un aragonés,
»que él dice ser natural de Tordesillas.»
«Quitádmele de ahí», respondió el otro 20
diablo, «y metedle en los abismos del
»infierno, no le vean más mis ojos.» «¿Tan malo
»es?», respondió el otro. «Tan malo», replicó el
primero, «que si de propósito yo mismo me
»pusiera a hacerle peor, no acertara.» Prosiguieron 25
su juego, peloteando otros libros, y yo por
haber oído nombrar a don Quijote a quien
tanto adamo y quiero, procuré que se me
quedase en la memoria esta visión.
Visión debió de ser, sin duda, dijo don 30
Quijote; porque no hay otro yo en el mundo,
y ya esa historia anda por acá de mano en
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXX p. 367
mano, pero no para en ninguna, porque todos
la dan del pie. Yo no me he alterado en oír
que ando como cuerpo fantástico por las tinieblas
del abismo, ni por la claridad de la tierra,
porque no soy aquel de quien esa historia 5
trata. Si ella fuere buena, fiel y verdadera,
tendrá siglos de vida, pero si fuere mala, de su
parto a la sepultura no será muy largo el
camino.
Iba Altisidora a proseguir en quejarse de 10
don Quijote, cuando le dijo don Quijote:
Muchas veces os he dicho, señora, que a
mí me pesa de que hayáis colocado en mí
vuestros pensamientos, pues de los míos antes
pueden ser agradecidos que remediados: yo 15
nací para ser de Dulcinea del Toboso, y los
hados, si los hubiera, me dedicaron para ella;
y pensar que otra alguna hermosura ha de
ocupar el lugar que en mi alma tiene, es
pensar lo imposible. Suficiente desengaño es 20
éste para que os retiréis en los límites de
vuestra honestidad, pues nadie se puede
obligar a lo imposible.
Oyendo lo cual Altisidora, mostrando
enojarse y alterarse, le dijo: 25
¡Vive el Señor, don bacallao, alma de
almirez, cuesco de dátil, más terco y duro que
villano rogado cuando tiene la suya sobre el
hito, que si arremeto a vos, que os tengo de
sacar los ojos! ¿Pensáis, por ventura, don 30
vencido y don molido a palos, que yo me he
muerto por vos? Todo lo que habéis visto esta
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 368
noche ha sido fingido; que no soy yo mujer
que por semejantes camellos había de dejar
que me doliese un negro de la uña, cuanto
más morirme.
Eso creo yo muy bien, dijo Sancho; que 5
esto del morirse los enamorados es cosa de risa.
Bien lo pueden ellos decir, pero hacer, créalo
Judas.
Estando en estas pláticas, entró el músico,
cantor y poeta, que había cantado las dos ya 10
referidas estancias, el cual, haciendo una gran
reverencia a don Quijote, dijo:
Vuestra merced, señor caballero, me cuente
y tenga en el número de sus mayores
servidores, porque ha muchos días que le soy 15
muy aficionado, así por su fama como por sus
hazañas.
Don Quijote le respondió:
Vuestra merced me diga quién es, porque
mi cortesía responda a sus merecimientos. 20
El mozo respondió que era el músico y
panegírico de la noche antes.
Por cierto, replicó don Quijote, que
vuestra merced tiene extremada voz. Pero lo que
cantó no me parece que fue muy a propósito; 25
porque ¿qué tienen que ver las estancias de
Garcilaso con la muerte de esta señora?
No se maraville vuestra merced de eso,
respondió el músico; que ya entre los intonsos
poetas de nuestra edad se usa que cada uno 30
escriba como quisiere, y hurte de quien quisiere,
venga o no venga a pelo de su intento, y ya
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXX p. 369
no hay necedad que canten o escriban que no
se atribuya a licencia poética.
Responder quisiera don Quijote, pero
estorbáronlo el duque y la duquesa, que entraron
a verle, entre los cuales pasaron una larga y 5
dulce plática, en la cual dijo Sancho tantos
donaires y tantas malicias, que dejaron de
nuevo admirados a los duques, así con su
simplicidad, como con su agudeza. Don
Quijote les suplicó le diesen licencia para 10
partirse aquel mismo día, pues a los vencidos
caballeros, como él, más le convenía habitar una
zahúrda que no reales palacios. Diéronsela de
muy buena gana, y la duquesa le preguntó
si quedaba en su gracia Altisidora. El le 15
respondió:
Señora mía, sepa vuestra señoría que todo
el mal de esta doncella nace de ociosidad, cuyo
remedio es la ocupación honesta y continua.
Ella me ha dicho aquí que se usan randas en 20
el infierno, y pues ella las debe de saber hacer,
no las deje de la mano; que ocupada en
menear los palillos, no se menearán en su
imaginación la imagen o imágenes de lo que bien
quiere. Y ésta es la verdad, éste mi parecer y 25
éste es mi consejo.
Y el mío, añadió Sancho, pues no he visto
en toda mi vida randera que por amor se haya
muerto; que las doncellas ocupadas más ponen
sus pensamientos en acabar sus tareas que en 30
pensar en sus amores. Por mí lo digo, pues
mientras estoy cavando, no me acuerdo de mi
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 370
oíslo, digo, de mi Teresa Panza, a quien quiero
más que a las pestañas de mis ojos.
Vos decís muy bien, Sancho, dijo la
duquesa, y yo haré que mi Altisidora se ocupe
de aquí adelante en hacer alguna labor blanca, 5
que la sabe hacer por extremo.
No hay para qué, señora, respondió Altisidora,
usar de ese remedio, pues la consideración
de las crueldades que conmigo ha usado
este malandrín mostrenco, me le borrarán de 10
la memoria sin otro artificio alguno. Y, con
licencia de vuestra grandeza, me quiero quitar
de aquí, por no ver delante de mis ojos ya no
su triste figura, sino su fea y abominable
catadura. 15
Eso me parece, dijo el duque, a lo que
suele decirse:
Porque aquel que dice injurias,
cerca está de perdonar.
Hizo Altisidora muestra de limpiarse las 20
lágrimas con un pañuelo, y, haciendo reverencia
a sus señores, se salió del aposento.
Mándote yo, dijo Sancho, pobre doncella,
mándote, digo, mala ventura, pues las
has habido con una alma de esparto y con un 25
corazón de encina. A fe que si las hubieras
conmigo, que otro gallo te cantara.
Acabóse la plática, vistióse don Quijote,
comió con los duques y partióse aquella tarde.
p. 371
Capítulo LXXI
De lo que a don Quijote le sucedió con su
escudero Sancho yendo a su aldea.
Iba el vencido y asendereado don Quijote
pensativo además por una parte y muy alegre 5
por otra. Causaba su tristeza el vencimiento,
y la alegría el considerar en la virtud de
Sancho, como lo había mostrado en la resurrección
de Altisidora, aunque con algún escrúpulo
se persuadía a que la enamorada doncella 10
fuese muerta de veras.
No iba nada Sancho alegre, porque le entristecía
ver que Altisidora no le había cumplido
la palabra de darle las camisas, y, yendo y
viniendo en esto, dijo a su amo: 15
En verdad, señor, que soy el más
desgraciado médico que se debe de hallar en el
mundo, en el cual hay físicos que, con matar al
enfermo que curan, quieren ser pagados de su
trabajo, que no es otro sino firmar una cedulilla 20
de algunas medicinas, que no las hace él,
sino el boticario, y cátalo cantusado; y a
mí, que la salud ajena me cuesta gotas de
sangre, mamonas, pellizcos, alfilerazos y azotes,
no me dan un ardite. Pues yo les voto a tal 25
que si me traen a las manos otro algún enfermo,
que antes que le cure me han de untar las
mías; que el abad de donde canta yanta, y no
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 372
quiero creer que me haya dado el cielo la virtud
que tengo para que yo la comunique con otros
de bóbilis, bóbilis.
Tú tienes razón, Sancho amigo, respondió
don Quijote, y halo hecho muy mal Altisidora 5
en no haberte dado las prometidas camisas,
y puesto que tu virtud es gratis data, que
no te ha costado estudio alguno, más que estudio
es recibir martirios en tu persona. De mí
te sé decir que si quisieras paga por los azotes 10
del desencanto de Dulcinea, ya te la hubiera
dado tal como buena; pero no sé si vendrá
bien con la cura la paga, y no querría que
impidiese el premio a la medicina. Con todo
eso, me parece que no se perderá nada en 15
probarlo: mira, Sancho, el que quieres, y
azótate luego, y págate de contado y de tu propia
mano, pues tienes dineros míos.
A cuyos ofrecimientos abrió Sancho los ojos
y las orejas de un palmo, y dio consentimiento 20
en su corazón a azotarse de buena gana, y dijo
a su amo:
Ahora bien, señor, yo quiero disponerme a
dar gusto a vuestra merced en lo que desea,
con provecho mío; que el amor de mis hijos y 25
de mi mujer me hace que me muestre interesado.
Dígame vuestra merced cuánto me dará
por cada azote que me diere.
Si yo te hubiera de pagar, Sancho, respondió
don Quijote, conforme lo que merece la 30
grandeza y calidad de este remedio, el tesoro de
Venecia, las minas del Potosí fueran poco para
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXI p. 373
pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío,
y pon el precio a cada azote.
Ellos, respondió Sancho, son tres mil y
trescientos y tantos; de ellos me he dado hasta
cinco: quedan los demás. Entren entre los 5
tantos estos cinco, y vengamos a los tres mil y
trescientos, que a cuartillo cada uno --que no
llevaré menos si todo el mundo me lo mandase--,
montan tres mil y trescientos cuartillos,
que son los tres mil, mil y quinientos 10
medios reales, que hacen setecientos y cincuenta
reales; y los trescientos hacen ciento y cincuenta
medios reales, que vienen a hacer setenta y
cinco reales, que, juntándose a los setecientos
y cincuenta, son por todos ochocientos y veinte 15
y cinco reales. Estos desfalcaré yo de los
que tengo de vuestra merced y entraré en mi
casa, rico y contento, aunque bien azotado;
porque no se toman truchas... y no digo más.
¡Oh Sancho bendito! ¡Oh Sancho amable, 20
respondió don Quijote, y cuán obligados
hemos de quedar Dulcinea y yo a servirte todos
los días que el cielo nos diere de vida! Si ella
vuelve al ser perdido --que no es posible
sino que vuelva--, su desdicha habrá sido dicha, 25
y mi vencimiento, felicísimo triunfo. Y mira,
Sancho, cuándo quieres comenzar la disciplina;
que porque la abrevies te añado cien reales.
¿Cuándo?, replicó Sancho; esta noche sin
falta. Procure vuestra merced que la tengamos 30
en el campo al cielo abierto; que yo me abriré
mis carnes.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 374
Llegó la noche esperada de don Quijote con
la mayor ansia del mundo, pareciéndole que
las ruedas del carro de Apolo se habían
quebrado, y que el día se alargaba más de lo
acostumbrado, bien así como acontece a los 5
enamorados, que jamás ajustan la cuenta de
sus deseos. Finalmente, se entraron entre unos
amenos árboles que poco desviados del camino
estaban, donde, dejando vacías la silla y
albarda de Rocinante y el rucio, se tendieron 10
sobre la verde hierba, y cenaron del repuesto
de Sancho; el cual, haciendo del cabestro y de
la jáquima del rucio un poderoso y flexible
azote, se retiró hasta veinte pasos de su amo,
entre unas hayas. Don Quijote, que le vio ir 15
con denuedo y con brío, le dijo:
Mira, amigo, que no te hagas pedazos; da
lugar que unos azotes aguarden a otros. No
quieras apresurarte tanto en la carrera, que en
la mitad de ella te falte el aliento; quiero decir 20
que no te des tan recio que te falte la vida
antes de llegar al número deseado. Y, porque no
pierdas por carta de más ni de menos, yo estaré
desde aparte contando por este mi rosario
los azotes que te dieres; favorézcate el cielo 25
conforme tu buena intención merece.
Al buen pagador no le duelen prendas,
respondió Sancho: yo pienso darme de manera,
que sin matarme, me duela; que en esto
debe de consistir la sustancia de este milagro. 30
Desnudóse luego de medio cuerpo arriba,
y arrebatando el cordel, comenzó a
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXI p. 375
darse, y comenzó don Quijote a contar los
azotes.
Hasta seis u ocho se habría dado Sancho,
cuando le pareció ser pesada la burla, y muy
barato el precio de ella, y, deteniéndose un poco, 5
dijo a su amo que se llamaba a engaño, porque
merecía cada azote de aquéllos ser pagado
a medio real, no que a cuartillo.
Prosigue, Sancho amigo, y no desmayes,
le dijo don Quijote; que yo doblo la parada 10
del precio.
De ese modo, dijo Sancho, ¡a la mano de
Dios, y lluevan azotes!
Pero el socarrón dejó de dárselos en las
espaldas, y daba en los árboles, con unos 15
suspiros de cuando en cuando, que parecía que con
cada uno de ellos se le arrancaba el alma. Tierna
la de don Quijote, temeroso de que no se le
acabase la vida y no consiguiese su deseo
por la imprudencia de Sancho, le dijo: 20
Por tu vida, amigo, que se quede en este
punto este negocio; que me parece muy áspera
esta medicina, y será bien dar tiempo al
tiempo; que no se ganó Zamora en un hora. Más
de mil azotes, si yo no he contado mal, te has 25
dado; bastan por ahora: que el asno --hablando
a lo grosero-- sufre la carga, mas no la
sobrecarga.
No, no, señor, respondió Sancho; no se
ha de decir por mí: «a dineros pagados, brazos 30
»quebrados». Apártese vuestra merced otro
poco y déjeme dar otros mil azotes siquiera;
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 376
que a dos levadas de éstas habremos cumplido
con esta partida, y aun nos sobrará ropa.
Pues tú te hallas con tan buena disposición,
dijo don Quijote, el cielo te ayude, y
pégate; que yo me aparto. 5
Volvió Sancho a su tarea con tanto denuedo,
que ya había quitado las cortezas a muchos
árboles: tal era la riguridad con que se
azotaba. Y, alzando un[a] vez la voz, y, dando un
desaforado azote en una haya, dijo: 10
Aquí morirás, Sansón, y cuantos con él
son.
Acudió don Quijote luego al son de la
lastimada voz y del golpe del riguroso azote, y,
asiendo del torcido cabestro que le servía de 15
corbacho a Sancho, le dijo:
No permita la suerte, Sancho amigo, que
por el gusto mío pierdas tú la vida, que ha de
servir para sustentar a tu mujer, y a tus hijos:
espere Dulcinea mejor coyuntura; que yo me 20
contendré en los límites de la esperanza
propincua, y esperaré que cobres fuerzas nuevas,
para que se concluya este negocio a gusto de
todos.
Pues vuestra merced, señor mío, lo quiere 25
así, respondió Sancho, sea en buena hora,
y écheme su ferreruelo sobre estas espaldas;
que estoy sudando y no querría resfriarme: que
los nuevos disciplinantes corren este peligro.
Hízolo así don Quijote, y, quedándose en 30
pelota abrigó a Sancho, el cual se durmió
hasta que le despertó el sol. Y luego volvieron
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXI p. 377
a proseguir su camino, a quien dieron fin, por
entonces, en un lugar que tres leguas de allí
estaba. Apeáronse en un mesón, que por tal
le reconoció don Quijote, y no por castillo de
cava honda, torres, rastrillos y puente 5
levadiza; que después que le vencieron, con más
juicio en todas las cosas discurría, como ahora
se dirá. Alojáronle en una sala baja, a quien
servían de guadameciles unas sargas viejas
pintadas, como se usan en las aldeas. En una 10
de ellas estaba pintada de malísima mano el
robo de Elena, cuando el atrevido huésped
se la llevó a Menalao, y en otra estaba la
historia de Dido y de Eneas, ella sobre una alta
torre, como que hacía de señas con una media 15
sábana al fugitivo huésped, que por el mar,
sobre una fragata o bergantín, se iba
huyendo.
Notó en las dos historias que Elena no iba
de muy mala gana, porque se reía a socapa, y 20
a lo socarrón; pero la hermosa Dido mostraba
verter lágrimas del tamaño de nueces por los
ojos. Viendo lo cual don Quijote, dijo:
Estas dos señoras fueron desdichadísimas
por no haber nacido en esta edad, y yo sobre 25
todos desdichado, en no haber nacido en la
suya: encontrara a aquestos señores, ni fuera
abrasada Troya, ni Cartago destruida, pues
con sólo que yo matara a Paris, se excusaran
tantas desgracias. 30
Yo apostaré, dijo Sancho, que antes de
mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 378
ni mesón, o tienda de barbero, donde no ande
pintada la historia de nuestras hazañas; pero
querría yo que la pintasen manos de otro mejor
pintor que el que ha pintado a éstas.
Tienes razón, Sancho, dijo don Quijote, 5
porque este pintor es como Orbaneja, un
pintor que estaba en Ubeda, que cuando le
preguntaban qué pintaba, respondía: «Lo que
»saliere»; y si por ventura pintaba un gallo,
escribía debajo: «Este es gallo», porque no 10
pensasen que era zorra. De esta manera me parece
a mí, Sancho, que debe de ser el pintor o escritor,
que todo es uno, que sacó a luz la historia
de este nuevo don Quijote que ha salido; que
pintó o escribió lo que saliere. O habrá sido como 15
un poeta que andaba los años pasados en la
corte, llamado Mauleón, el cual respondía de
repente a cuanto le preguntaban, y preguntándole
uno que qué quería decir Deum de Deo,
respondió: «Dé donde diere». Pero dejando 20
esto aparte, dime si piensas, Sancho, darte otra
tanda esta noche, y si quieres que sea debajo
de techado, o al cielo abierto.
Pardiez, señor, respondió Sancho, que
para lo que yo pienso darme, eso se me da en 25
casa que en el campo; pero con todo eso
querría que fuese entre árboles, que parece que
me acompañan y me ayudan a llevar mi trabajo
maravillosamente.
Pues no ha de ser así, Sancho amigo, 30
respondió don Quijote, sino que, para que tomes
fuerzas, lo hemos de guardar para nuestra
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXI p. 379
aldea, que, a lo más tarde, llegaremos allá
después de mañana.
Sancho respondió que hiciese su gusto,
pero que él quisiera concluir con brevedad
aquel negocio a sangre caliente y cuando 5
estaba picado el molino, porque en la tardanza
suele estar muchas veces el peligro; y a Dios
rogando, y con el mazo dando, y que más valía
un toma que dos te daré, y el pájaro en la
mano que el buitre volando. 10
No más refranes, Sancho, por un solo Dios,
dijo don Quijote; que parece que te vuelves
al sicut erat. Habla a lo llano, a lo liso, a lo
no intricado, como muchas veces te he dicho,
y verás como te vale un pan por ciento. 15
No sé qué mala ventura es esta mía,
respondió Sancho, que no sé decir razón sin
refrán, ni refrán que no me parezca razón; pero
yo me enmendaré, si pudiere.
Y con esto cesó por entonces su plática. 20
p. 380
Capítulo LXXII
De cómo don Quijote y Sancho llegaron
a su aldea.
Todo aquel día esperando la noche estuvieron
en aquel lugar y mesón don Quijote y 5
Sancho, el uno para acabar en la campaña
rasa la tanda de su disciplina, y el otro para ver
el fin de ella, en el cual consistía el de su deseo.
Llegó, en esto, al mesón un caminante a caballo,
con tres o cuatro criados, uno de los cuales 10
dijo al que el señor de ellos parecía:
Aquí puede vuestra merced, señor don Alvaro
Tarfe, pasar hoy la siesta: la posada parece
limpia y fresca.
Oyendo esto don Quijote, le dijo a 15
Sancho:
Mira, Sancho, cuando yo hojeé aquel libro
de la segunda parte de mi historia, me
parece que de pasada topé allí este nombre de
don Alvaro Tarfe. 20
Bien podrá ser, respondió Sancho;
dejémosle apear, que después se lo
preguntaremos.
El caballero se apeó, y frontero del aposento
de don Quijote la huéspeda le dio una sala 25
baja, enjaezada con otras pintadas sargas,
como las que tenía la estancia de don Quijote.
Púsose el recién venido caballero a lo de
verano, y, saliéndose al portal del mesón, que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXII p. 381
era espacioso y fresco, por el cual se paseaba
don Quijote, le preguntó:
¿Adónde bueno camina vuestra merced, señor
gentilhombre?
Y don Quijote le respondió: 5
A una aldea que está aquí cerca, de donde
soy natural; y vuestra merced, ¿dónde camina?
Yo, señor, respondió el caballero, voy a
Granada, que es mi patria.
Y buena patria, replicó don Quijote. Pero 10
dígame vuestra merced, por cortesía, su
nombre; porque me parece que me ha de importar
saberlo más de lo que buenamente podré
decir.
Mi nombre es don Alvaro Tarfe, respondió 15
el huésped.
A lo que replicó don Quijote:
Sin duda alguna pienso que vuestra merced
debe de ser aquel don Alvaro Tarfe que anda
impreso en la Segunda parte de la historia de 20
don Quijote de la Mancha, recién impresa, y
dada a la luz del mundo por un autor
moderno.
El mismo soy, respondió el caballero, y
el tal don Quijote, sujeto principal de la tal 25
historia, fue grandísimo amigo mío, y yo fui
el que le sacó de su tierra, o, a lo menos, le
moví a que viniese a unas justas que se hacían
en Zaragoza, adonde yo iba, y en verdad en
verdad que le hice muchas amistades, y que le 30
quité de que no le palmease las espaldas el
verdugo, por ser demasiadamente atrevido.
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 382
Y dígame vuestra merced, señor don Alvaro;
¿parezco yo en algo a ese tal don Quijote,
que vuestra merced dice?
No, por cierto, respondió el huésped, en
ninguna manera. 5
Y ese don Quijote, dijo el nuestro,
¿traía consigo a un escudero llamado Sancho
Panza?
Sí traía, respondió don Alvaro, y aunque
tenía fama de muy gracioso, nunca le oí decir 10
gracia que la tuviese.
Eso creo yo muy bien, dijo a esta sazón
Sancho, porque el decir gracias no es para
todos, y ese Sancho que vuestra merced dice,
señor gentilhombre, debe de ser algún grandísimo 15
bellaco, frión y ladrón juntamente; que
el verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo
más gracias que llovidas, y si no, haga vuestra
merced la experiencia, y ándese tras de mí, por
lo menos, un año, y verá que se me caen a 20
cada paso, y tales y tantas, que sin saber yo las
más veces lo que me digo, hago reír a cuantos
me escuchan. Y el verdadero don Quijote
de la Mancha, el famoso, el valiente y el
discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, 25
el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de
las viudas, el matador de las doncellas, el que
tiene por única señora a la sin par Dulcinea del
Toboso, es este señor que está presente, que
es mi amo. Todo cualquier otro don Quijote y 30
cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa
de sueño.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXII p. 383
Por Dios que lo creo, respondió don Alvaro;
porque más gracias habéis dicho vos, amigo,
en cuatro razones que habéis hablado, que el
otro Sancho Panza en cuantas yo le oí hablar,
que fueron muchas. Más tenía de comilón que 5
de bien hablado, y más de tonto que de gracioso;
y tengo por sin duda que los encantadores
que persiguen a don Quijote el bueno, han
querido perseguirme a mí con don Quijote el
malo. Pero no sé qué me diga; que osaré yo 10
jurar que le dejo metido en la casa del Nuncio
en Toledo para que le curen, y ahora remanece
aquí otro don Quijote, aunque bien diferente
del mío.
Yo, dijo don Quijote, no sé si soy bueno, 15
pero sé decir que no soy el malo, para prueba
de lo cual quiero que sepa vuestra merced, mi
señor don Alvaro Tarfe, que en todos los días
de mi vida no he estado en Zaragoza; antes
por haberme dicho que ese don Quijote 20
fantástico se había hallado en las justas de esa
ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar a
las barbas del mundo su mentira, y, así, me
pasé de claro a Barcelona, archivo de la
cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de 25
los pobres, patria de los valientes, venganza
de los ofendidos, y correspondencia grata de
firmes amistades, y, en sitio y en belleza, única.
Y aunque los sucesos que en ella me han
sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha 30
pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla
visto. Finalmente, señor don Alvaro Tarfe, yo
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 384
soy don Quijote de la Mancha, el mismo que
dice la fama, y no ese desventurado que ha
querido usurpar mi nombre y honrarse con mis
pensamientos. A vuestra merced suplico por lo
que debe a ser caballero, sea servido de hacer 5
una declaración ante el alcalde de este lugar, de
que vuestra merced no me ha visto en todos los
días de su vida hasta ahora, y de que yo no
soy el don Quijote impreso en la segunda
parte, ni este Sancho Panza mi escudero es 10
aquel que vuestra merced conoció.
Eso haré yo de muy buena gana, respondió
don Alvaro, puesto que cause admiración
ver dos don Quijotes y dos Sanchos a un mismo
tiempo, tan conformes en los nombres como 15
diferentes en las acciones, y vuelvo a decir y
me afirmo que no he visto lo que he visto, ni
ha pasado por mí lo que ha pasado.
Sin duda, dijo Sancho, que vuestra
merced debe de estar encantado, como mi señora 20
Dulcinea del Toboso. Y pluguiera al cielo que
estuviera su desencanto de vuestra merced en
darme otros tres mil y tantos azotes como me
doy por ella; que yo me los diera sin interés
alguno. 25
No entiendo eso de azotes, dijo don
Alvaro.
Y Sancho le respondió que era largo de contar;
pero que él se lo contaría si acaso iban un
mismo camino. 30
Llegóse, en esto, la hora de comer; comieron
juntos don Quijote y don Alvaro. Entró acaso
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXII p. 385
el alcalde del pueblo en el mesón, con un
escribano, ante el cual alcalde pidió don
Quijote, por una petición, de que a su derecho
convenía de que don Alvaro Tarfe, aquel caballero
que allí estaba presente, declarase ante su 5
merced como no conocía a don Quijote de la
Mancha, que asimismo estaba allí presente, y
que no era aquel que andaba impreso en una
historia intitulada Segunda parte de don
Quijote de la Mancha, compuesta por un tal de 10
Avellanada, natural de Tordesillas. Finalmente,
el alcalde proveyó jurídicamente; la declaración
se hizo con todas las fuerzas que en tales
casos debían hacerse, con lo que quedaron
don Quijote y Sancho muy alegres, como si les 15
importara mucho semejante declaración, y no
mostrara claro la diferencia de los dos don
Quijotes y la de los dos Sanchos sus obras y
sus palabras. Muchas de cortesías y ofrecimientos
pasaron entre don Alvaro y don Quijote, 20
en las cuales mostró el gran manchego su
discreción, de modo, que desengañó a don
Alvaro Tarfe del error en que estaba; el cual
se dio a entender que debía de estar encantado,
pues tocaba con la mano dos tan contrarios 25
don Quijotes.
Llegó la tarde, partiéronse de aquel lugar, y
a obra de media legua se apartaban dos caminos
diferentes, el uno que guiaba a la aldea
de don Quijote, y el otro, el que había de llevar 30
don Alvaro. En este poco espacio le contó don
Quijote la desgracia de su vencimiento, y el
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 386
encanto y el remedio de Dulcinea, que todo
puso en nueva admiración a don Alvaro, el
cual, abrazando a don Quijote y a Sancho,
siguió su camino, y don Quijote el suyo, que
aquella noche la pasó entre otros árboles, por 5
dar lugar a Sancho de cumplir su penitencia,
que la cumplió del mismo modo que la pasada
noche, a costa de las cortezas de las hayas,
harto más que de sus espaldas; que las guardó
tanto, que no pudieran quitar los azotes una 10
mosca, aunque la tuviera encima.
No perdió el engañado don Quijote un solo
golpe de la cuenta, y halló que con los de la
noche pasada eran tres mil y veinte y nueve.
Parece que había madrugado el sol a ver el 15
sacrificio, con cuya luz volvieron a proseguir su
camino, tratando entre los dos del engaño de
don Alvaro, y de cuán bien acordado había sido
tomar su declaración ante la justicia, y tan
auténticamente. 20
Aquel día y aquella noche caminaron sin
sucederles cosa digna de contarse, si no fue
que en ella acabó Sancho su tarea, de que
quedó don Quijote contento sobremodo, y
esperaba el día, por ver si en el camino topaba 25
ya desencantada a Dulcinea su señora; y,
siguiendo su camino, no topaba mujer ninguna
que no iba a reconocer si era Dulcinea del
Toboso, teniendo por infalible no poder mentir
las promesas de Merlín. 30
Con estos pensamientos y deseos, subieron
una cuesta arriba, desde la cual descubrieron
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXII p. 387
su aldea, la cual vista de Sancho, se hincó de
rodillas, y dijo:
Abre los ojos, deseada patria, y mira que
vuelve a ti Sancho Panza tu hijo, si no muy
rico, muy bien azotado. Abre los brazos, y 5
recibe también tu hijo don Quijote, que si viene
vencido de los brazos ajenos, viene vencedor
de sí mismo; que, según él me ha dicho, es el
mayor vencimiento que desearse puede. Dineros
llevo, porque si buenos azotes me daban, 10
bien caballero me iba.
Déjate de esas sandeces, dijo don
Quijote, y vamos con pie derecho a entrar en
nuestro lugar, donde daremos vado a nuestras
imaginaciones, y la traza que en la pastoral vida 15
pensamos ejercitar.
Con esto, bajaron de la cuesta y se fueron
a su pueblo.
p. 388
Capítulo LXXIII
De los agüeros que tuvo don Quijote al entrar
de su aldea, con otros sucesos que adornan
y acreditan esta grande historia.
A la entrada del cual, según dice Cide 5
Hamete, vio don Quijote que en las eras del
lugar estaban riñendo dos muchachos, y el uno
dijo al otro:
No te canses, Periquillo; que no la has de
ver en todos los días de tu vida. 10
Oyólo don Quijote, y dijo a Sancho:
¿No adviertes, amigo, lo que aquel muchacho
ha dicho: «no la has de ver en todos los
días de tu vida»?
Pues bien; ¿qué importa, respondió Sancho, 15
que haya dicho eso el muchacho?
¿Qué?, replicó don Quijote. ¿No ves tú
que aplicando aquella palabra a mi intención,
quiere significar que no tengo de ver más a
Dulcinea? 20
Queríale responder Sancho, cuando se lo
estorbó ver que por aquella campaña venía
huyendo una liebre seguida de muchos galgos y
cazadores, la cual, temerosa, se vino a recoger
y a agazapar debajo de los pies del rucio. 25
Cogióla Sancho a mano salva, y presentósela a
don Quijote, el cual estaba diciendo:
Malum signum, malum signum: liebre huye,
galgos la siguen, Dulcinea no parece.
Extraño es vuestra merced, dijo Sancho; 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXIII p. 389
presupongamos que esta liebre es Dulcinea
del Toboso y estos galgos que la persiguen son
los malandrines encantadores que la transformaron
en labradora. Ella huye, yo la cojo y la
pongo en poder de vuestra merced, que la tiene 5
en sus brazos y la regala. ¿Qué mala señal es
ésta ni qué mal agüero se puede tomar de
aquí?
Los dos muchachos de la pendencia se
llegaron a ver la liebre, y al uno de ellos 10
preguntó Sancho que por qué reñían. Y fuele
respondido por el que había dicho «no la veras
»más en toda tu vida» que él había tomado al otro
muchacho una jaula de grillos, la cual no
pensaba volvérsela en toda su vida. Sacó Sancho 15
cuatro cuartos de la faltriquera, y dióselos al
muchacho por la jaula, y púsosela en las manos
a don Quijote, diciendo:
He aquí, señor, rompidos y desbaratados
estos agüeros, que no tienen que ver más con 20
nuestros sucesos, según que yo imagino, aunque
tonto, que con las nubes de antaño. Y si
no me acuerdo mal, he oído decir al cura de
nuestro pueblo que no es de personas cristianas
ni discretas mirar en estas niñerías, y aun 25
vuestra merced mismo me lo dijo los días
pasados, dándome a entender que eran tontos
todos aquellos cristianos que miraban en
agüeros; y no es menester hacer hincapié en
esto, sino pasemos adelante, y entremos en 30
nuestra aldea.
Llegaron los cazadores, pidieron su liebre y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 390
diósela don Quijote; pasaron adelante, y a la
entrada del pueblo toparon en un pradecillo
rezando al cura y al bachiller Carrasco. Y es de
saber que Sancho Panza había echado sobre el
rucio y sobre el lío de las armas, para que 5
sirviese de repostero, la túnica de bocací pintada
de llamas de fuego, que le vistieron en el
castillo del duque la noche que volvió en sí
Altisidora. Acomodóle también la coroza en la
cabeza, que fue la más nueva transformación 10
y adorno con que se vio jamás jumento en el
mundo.
Fueron luego conocidos los dos del cura y
del bachiller, que se vinieron a ellos con los
brazos abiertos. Apeóse don Quijote y abrazólos 15
estrechamente, y los muchachos, que son
linces no excusados, divisaron la coroza del
jumento, y acudieron a verle, y decían unos
a otros:
Venid, muchachos, y veréis el asno de 20
Sancho Panza más galán que Mingo, y la bestia
de don Quijote más flaca hoy que el primer día.
Finalmente, rodeados de muchachos, y
acompañados del cura y del bachiller, entraron
en el pueblo, y se fueron a casa de don 25
Quijote, y hallaron a la puerta de ella al ama y
a su sobrina, a quien ya habían llegado las
nuevas de su venida. Ni más ni menos se las habían
dado a Teresa Panza, mujer de Sancho, la
cual, desgreñada y medio desnuda, trayendo 30
de la mano a Sanchica su hija, acudió a ver a
su marido; y viéndole no tan bien adeliñado
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXIII p. 391
como ella se pensaba que había de estar un
gobernador, le dijo:
¿Cómo venís así, marido mío, que me parece
que venís a pie y despeado, y más traéis
semejanza de desgobernado que de 5
gobernador?
Calla, Teresa, respondió Sancho, que
muchas veces donde hay estacas no hay tocinos, y
vámonos a nuestra casa; que allá oirás
maravillas. Dineros traigo, que es lo que 10
importa, ganados por mi industria y sin daño de
nadie.
Traed vos dinero, mi buen marido, dijo
Teresa, y sean ganados por aquí o por allí,
que como quiera que los hayáis ganado, no 15
habréis hecho usanza nueva en el mundo.
Abrazó Sanchica a su padre, y preguntóle si
traía algo; que le estaba esperando como el
agua de mayo, y, asiéndole de un lado del
cinto, y su mujer de la mano, tirando su hija 20
al rucio, se fueron a su casa, dejando a don
Quijote en la suya, en poder de su sobrina y
de su ama, y en compañía del cura y del
bachiller.
Don Quijote, sin guardar términos ni horas, 25
en aquel mismo punto se apartó a solas con el
bachiller y el cura, y en breves razones les
contó su vencimiento y la obligación en que
había quedado de no salir de su aldea en un
año, la cual pensaba guardar al pie de la letra, 30
sin traspasarla en un átomo, bien así como
caballero andante obligado por la puntualidad
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 392
y orden de la andante caballería, y que tenía
pensado de hacerse aquel año pastor y
entretenerse en la soledad de los campos, donde a
rienda suelta podía dar vado a sus amorosos
pensamientos, ejercitándose en el pastoral y 5
virtuoso ejercicio, y que les suplicaba, si no
tenían mucho que hacer y no estaban impedidos
en negocios más importantes, quisiesen
ser sus compañeros; que él compraría ovejas y
ganado suficiente que les diese nombre de 10
pastores, y que les hacía saber que lo más
principal de aquel negocio estaba hecho,
porque les tenía puestos los nombres que les
vendrían como de molde. Díjole el cura que los
dijese. Respondió don Quijote que él se había 15
de llamar el pastor Quijotiz, y el bachiller, el
pastor Carrascón; y el cura, el pastor Curambro,
y Sancho Panza, el pastor Pancino.
Pasmáronse todos de ver la nueva locura de
don Quijote; pero porque no se les fuese otra 20
vez del pueblo a sus caballerías, esperando que
en aquel año podría ser curado, concedieron
con su nueva intención, y aprobaron por discreta
su locura, ofreciéndosele por compañeros
en su ejercicio. 25
Y, más, dijo Sansón Carrasco, que,
como ya todo el mundo sabe, yo soy celebérrimo
poeta, y a cada paso compondré versos
pastoriles, o cortesanos, o como más me viniere
a cuento, para que nos entretengamos por 30
esos andurriales donde habemos de andar; y
lo que más es menester, señores míos, es que
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXIII p. 393
cada uno escoja el nombre de la pastora que
piensa celebrar en sus versos, y que no
dejemos árbol, por duro que sea, donde no la
rotule y grabe su nombre como es uso y costumbre
de los enamorados pastores. 5
Eso está de molde, respondió don Quijote,
puesto que yo estoy libre de buscar nombre
de pastora fingida, pues está ahí la sin par
Dulcinea del Toboso, gloria de estas riberas,
adorno de estos prados, sustento de la 10
hermosura, nata de los donaires, y, finalmente,
sujeto sobre quien puede asentar bien toda
alabanza, por hipérbole que sea.
Así es verdad, dijo el cura; pero nosotros
buscaremos por ahí pastoras mañeruelas, que 15
si no nos cuadraren, nos esquinen.
A lo que añadió Sansón Carrasco:
Y cuando faltare[n], darémosles los
nombres de las estampadas e impresas, de quien
está lleno el mundo: Fílidas, Amarilis, Dianas, 20
Fléridas, Galateas y Belisardas; que pues las
venden en las plazas, bien las podemos comprar
nosotros, y tenerlas por nuestras. Si mi
dama, o por mejor decir mi pastora, por
ventura se llamare Ana, la celebraré debajo del 25
nombre de Anarda, y si Francisca, la llamaré yo
Francenia, y si Lucía, Lucinda; que todo se
sale allá. Y Sancho Panza, si es que ha de
entrar en esta cofradía, podrá celebrar a su
mujer Teresa Panza con nombre de Teresaina. 30
Riose don Quijote de la aplicación del
nombre, y el cura le alabó infinito su honesta y
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 394
honrada resolución, y se ofreció de nuevo a
hacerle compañía todo el tiempo que le vacase
de atender a sus forzosas obligaciones. Con
esto, se despidieron de él, y le rogaron y
aconsejaron tuviese cuenta con su salud, con 5
regalarse lo que fuese bueno.
Quiso la suerte que su sobrina y el ama
oyeron la plática de los tres, y así como se
fueron, se entraron entrambas con don Quijote,
y la sobrina le dijo: 10
¿Qué es esto, señor tío? Ahora que
pensábamos nosotras que vuestra merced volvía a
reducirse en su casa, y pasar en ella una vida
quieta y honrada, ¿se quiere meter en nuevos
laberintos, haciéndose 15
Pastorcillo, tú que vienes,
pastorcico, tú que vas?
Pues en verdad que está ya duro el alcacel
para zampoñas.
A lo que añadió el ama: 20
Y ¿podrá vuestra merced pasar en el campo
las siestas del verano, los serenos del invierno,
el aullido de los lobos? No por cierto; que éste
es ejercicio y oficio de hombres robustos,
curtidos, y criados para tal ministerio casi desde 25
las fajas y mantillas. Aun mal por mal, mejor
es ser caballero andante que pastor. Mire,
señor, tome mi consejo, que no se le doy sobre
estar harta de pan y vino, sino en ayunas, y
sobre cincuenta años que tengo de edad: estése 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXIII p. 395
en su casa, atienda a su hacienda, confiese
a menudo, favorezca a los pobres, y sobre mi
ánima si mal le fuere.
Callad, hijas, les respondió don Quijote;
que yo sé bien lo que me cumple. Llevadme al 5
lecho; que me parece que no estoy muy bueno,
y tened por cierto que, ahora sea caballero
andante, o pastor por andar, no dejaré siempre
de acudir a lo que hubiereis menester, como
lo veréis por la obra. 10
Y las buenas hijas, que lo eran sin duda
ama y sobrina, le llevaron a la cama, donde le
dieron de comer y regalaron lo posible.
p. 396
Capítulo LXXIV
De cómo don Quijote cayó malo, y del
testamento que hizo, y su muerte.
Como las cosas humanas no sean eternas,
yendo siempre en declinación de sus principios 5
hasta llegar a su último fin, especialmente las
vidas de los hombres, y como la de don
Quijote no tuviese privilegio del cielo para
detener el curso de la suya, llegó su fin y
acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque, o 10
ya fuese de la melancolía que le causaba el
verse vencido, o ya por la disposición del
cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una
calentura, que le tuvo seis días en la cama, en
los cuales fue visitado muchas veces del cura, 15
del bachiller, y del barbero, sus amigos, sin
quitársele de la cabecera Sancho Panza, su
buen escudero.
Estos, creyendo que la pesadumbre de verse
vencido y de no ver cumplido su deseo en 20
la libertad y desencanto de Dulcinea le tenía
de aquella suerte, por todas las vías posibles
procuraban alegrarle, diciéndole el bachiller
que se animase y levantase para comenzar
su pastoral ejercicio, para el cual tenía ya 25
compuesta una égloga, que mal año para
cuantas Sanazaro había compuesto, y que
ya tenía comprados de su propio dinero dos
famosos perros, para guardar el ganado, el uno
llamado Barcino y el otro Butrón, que se 30
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXIV p. 397
los había vendido un ganadero del Quintanar.
Pero no por esto dejaba don Quijote sus
tristezas. Llamaron sus amigos al médico, tomóle
el pulso y no le contentó mucho, y dijo que,
por sí o por no, atendiese a la salud de su 5
alma, porque la del cuerpo corría peligro.
Oyólo don Quijote con ánimo sosegado,
pero no lo oyeron así su ama, su sobrina y
su escudero, los cuales comenzaron a llorar
tiernamente, como si ya le tuvieran muerto 10
delante. Fue el parecer del médico que
melancolías y desabrimientos le acababan. Rogó
don Quijote que le dejasen solo, porque quería
dormir un poco. Hiciéronlo así, y durmió
de un tirón, como dicen, más de seis horas, 15
tanto que pensaron el ama y la sobrina que se
había de quedar en el sueño. Despertó al cabo
del tiempo dicho, y, dando una gran voz, dijo:
¡Bendito sea el poderoso Dios que tanto
bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no 20
tienen límite, ni las abrevian ni impiden los
pecados de los hombres.
Estuvo atenta la sobrina a las razones del
tío, y pareciéronle más concertadas que él
solía decirlas, a lo menos, en aquella 25
enfermedad, y preguntóle:
¿Qué es lo que vuestra merced dice, señor?
¿Tenemos algo de nuevo? ¿Qué misericordias
son éstas, o qué pecados de los hombres?
Las misericordias, respondió don Quijote, 30
sobrina, son las que en este instante ha usado
Dios conmigo, a quien, como dije, no las
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 398
impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya, libre
y claro, sin las sombras caliginosas de la
ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y
continua leyenda de los detestables libros de
las caballerías. Ya conozco sus disparates y 5
sus embelecos, y no me pesa sino que este
desengaño ha llegado tan tarde, que no me
deja tiempo para hacer alguna recompensa,
leyendo otros que sean luz del alma. Yo me
siento, sobrina, a punto de muerte. Querría 10
hacerla de tal modo, que diese a entender
que no había sido mi vida tan mala que dejase
renombre de loco; que puesto que lo he sido,
no querría confirmar esta verdad en mi muerte.
Llámame, amiga, a mis buenos amigos: al 15
cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese
Nicolás el barbero; que quiero confesarme y
hacer mi testamento.
Pero de este trabajo se excusó la sobrina con
la entrada de los tres. Apenas los vio don 20
Quijote, cuando dijo:
Dadme albricias, buenos señores, de que
ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino
Alonso Quijano, a quien mis costumbres me
dieron renombre de Bueno. Ya soy enemigo 25
de Amadís de Gaula y de toda la infinita
caterva de su linaje, ya me son odiosas todas
las historias profanas del andante caballería.
Ya conozco mi necedad y el peligro en que
me pusieron haberlas leído. Ya, por misericordia 30
de Dios, escarmentando en cabeza propia,
las abomino.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXIV p. 399
Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron
sin duda que alguna nueva locura le había
tomado. Y Sansón le dijo:
¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos
nueva, que está desencantada la señora 5
Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y ¿ahora
que estamos tan a pique de ser pastores, para
pasar cantando la vida como unos príncipes,
quiere vuestra merced hacerse ermitaño? Calle
por su vida, vuelva en sí y déjese de cuentos. 10
Los de hasta aquí, replicó don Quijote,
que han sido verdaderos en mi daño, los ha de
volver mi muerte con ayuda del cielo en mi
provecho. Yo, señores, siento que me voy
muriendo a toda prisa. Déjense burlas aparte, 15
y tráiganme un confesor que me confiese, y
un escribano que haga mi testamento; que en
tales trances como éste no se ha de burlar el
hombre con el alma. Y, así, suplico, que en
tanto que el señor cura me confiesa, vayan 20
por el escribano.
Miráronse unos a otros, admirados de las
razones de don Quijote, y, aunque en duda,
le quisieron creer, y una de las señales por
donde conjeturaron se moría fue el haber vuelto 25
con tanta facilidad de loco a cuerdo; porque a
las ya dichas razones añadió otras muchas tan
bien dichas, tan cristianas y con tanto
concierto, que del todo les vino a quitar la duda,
y a creer que estaba cuerdo. 30
Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo
con él, y confesóle. El bachiller fue por el
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 400
escribano, y de allí a poco volvió con él y con
Sancho Panza; el cual Sancho, que ya sabía
por nuevas del bachiller en qué estado estaba
su señor, hallando a la ama y a la sobrina
llorosas, comenzó a hacer pucheros y a derramar 5
lágrimas. Acabóse la confesión, y salió el
cura, diciendo:
Verdaderamente se muere, y verdaderamente
está cuerdo Alonso Quijano el Bueno;
bien podemos entrar para que haga su 10
testamento.
Estas nuevas dieron un terrible empujón a
los ojos preñados de ama, sobrina, y de
Sancho Panza su buen escudero, de tal manera,
que los hizo reventar las lágrimas de los ojos 15
y mil profundos suspiros del pecho, porque
verdaderamente, como alguna vez se ha dicho,
en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano
el Bueno a secas, y en tanto que fue don
Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible 20
condición y de agradable trato, y por esto no
sólo era bien querido de los de su casa, sino
de todos cuantos le conocían.
Entró el escribano con los demás, y después
de haber hecho la cabeza del testamento y 25
ordenado su alma don Quijote, con todas aquellas
circunstancias cristianas que se requieren,
llegando a las mandas, dijo:
Item, es mi voluntad que de ciertos dineros
que Sancho Panza, a quien en mi locura hice 30
mi escudero, tiene, que porque ha habido entre
él y mí ciertas cuentas y dares y tomares, quiero
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXIV p. 401
que no se le haga cargo de ellos ni se le pida
cuenta alguna; sino que si sobrare alguno,
después de haberse pagado de lo que le debo,
el restante sea suyo, que será bien poco, y
buen provecho le haga. Y si como estando 5
yo loco fui parte para darle el gobierno de
la ínsula, pudiera ahora, estando cuerdo, darle
el de un reino, se le diera, porque la sencillez
de su condición y fidelidad de su trato lo
merece. 10
Y, volviéndose a Sancho, le dijo:
Perdóname, amigo, de la ocasión que te he
dado de parecer loco como yo, haciéndote caer
en el error en que yo he caído, de que hubo
y hay caballeros andantes en el mundo. 15
¡Ay!, respondió Sancho llorando. No se
muera vuestra merced, señor mío, sino tome
mi consejo, y viva muchos años; porque la
mayor locura que puede hacer un hombre en
esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin 20
que nadie le mate, ni otras manos le acaben
que las de la melancolía. Mire no sea perezoso,
sino levántese de esa cama, y vámonos al
campo, vestidos de pastores, como tenemos
concertado; quizá tras de alguna mata hallaremos 25
a la señora doña Dulcinea desencantada, que
no haya más que ver. Si es que se muere de
pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa,
diciendo que por haber yo cinchado mal a
Rocinante le derribaron; cuanto más que vuestra 30
merced habrá visto en sus libros de caballerías
ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 402
otros, y el que es vencido hoy, ser vencedor
mañana.
Así es, dijo Sansón, y el buen Sancho
Panza está muy en la verdad de estos casos.
Señores, dijo don Quijote, vámonos 5
poco a poco, pues ya en los nidos de antaño
no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya
soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha,
y soy ahora, como he dicho, Alonso Quijano
el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi 10
arrepentimiento y mi verdad volverme a la
estimación que de mí se tenía, y prosiga
adelante el señor escribano.
Item, mando toda mi hacienda a puerta
cerrada a Antonia Quijana, mi sobrina, que 15
está presente, habiendo sacado primero de lo
más bien parado de ella lo que fuere menester
para cumplir las mandas que dejo hechas; y
la primera satisfacción que se haga quiero que
sea pagar el salario que debo del tiempo que 20
mi ama me ha servido, y más veinte ducados
para un vestido. Dejo por mis albaceas al
señor cura y al señor bachiller Sansón
Carrasco, que están presentes. --Item, es mi voluntad
que si Antonia Quijana, mi sobrina, quisiere 25
casarse, se case con hombre de quien primero
se haya hecho información, que no sabe qué
cosas sean libros de caballerías, y en caso
que se averiguare que lo sabe, y, con todo
eso, mi sobrina quisiere casarse con él, y se 30
casare, pierda todo lo que le he mandado, lo
cual puedan mis albaceas distribuir en obras
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXIV p. 403
pías, a su voluntad. --Item, suplico a los dichos
señores mis albaceas que si la buena suerte
les trajere a conocer al autor que dicen que
compuso una historia que anda por ahí con el
título de Segunda parte de las hazañas de don 5
Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan,
cuan encarecidamente ser pueda, perdone la
ocasión que sin yo pensarlo le di de haber
escrito tantos y tan grandes disparates como
en ella escribe; porque parto de esta vida con 10
escrúpulo de haberle dado motivo para
escribirlos.
Cerró con esto el testamento, y, tomándole
un desmayo, se tendió de largo a largo en la
cama. Alborotáronse todos, y acudieron a su 15
remedio, y en tres días que vivió después de éste
donde hizo el testamento, se desmayaba muy
a menudo. Andaba la casa alborotada, pero,
con todo, comía la sobrina, brindaba el ama
y se regocijaba Sancho Panza; que esto del 20
heredar algo borra o templa en el heredero
la memoria de la pena que es razón que deje
el muerto.
En fin, llegó el último de don Quijote,
después de recibidos todos los sacramentos, y 25
después de haber abominado con muchas y
eficaces razones de los libros de caballerías.
Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca
había leído en ningún libro de caballerías que
algún caballero andante hubiese muerto en 30
su lecho tan sosegadamente y tan cristiano
como don Quijote; el cual, entre compasiones
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 404
y lágrimas de los que allí se hallaron dio su
espíritu, quiero decir, que se murió.
Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le
diese por testimonio como Alonso Quijano el
Bueno, llamado comúnmente don Quijote de 5
la Mancha, había pasado de esta presente vida
y muerto naturalmente. Y que el tal testimonio
pedía para quitar la ocasión de [que] algún otro
autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase
falsamente, e hiciese inacabables historias 10
de sus hazañas.
Este fin tuvo el ingenioso hidalgo de la
Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete
puntualmente, por dejar que todas las villas
y lugares de la Mancha contendiesen entre sí 15
por ahijársele y tenérsele por suyo, como
contendieron las siete ciudades de Grecia por
Homero.
Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho,
sobrina y ama de don Quijote, los nuevos 20
epitafios de su sepultura, aunque Sansón
Carrasco le puso éste:
Yace aquí el Hidalgo fuerte
que a tanto extremo llegó
de valiente, que se advierte 25
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura, 30
que acreditó su ventura
morir cuerdo, y vivir loco.
SEGUNDA PARTE, CAPITULO LXXIV p. 405
Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su
pluma:
Aquí quedarás, colgada de esta espetera y
de este hilo de alambre, ni sé si bien cortada o
mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos 5
siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores
no te descuelgan para profanarte. Pero
antes que a ti lleguen, les puedes advertir y
decirles en el mejor modo que pudieres:
«¡Tate, tate, folloncicos! 10
»De ninguno sea tocada;
»porque esta empresa, buen rey,
»para mí estaba guardada.
»Para mí sola nació don Quijote, y yo para
»él; él supo obrar, y yo escribir. Solos los dos 15
»somos para en uno a despecho y pesar del
»escritor fingido y tordesillesco que se atrevió,
»o se ha de atrever, a escribir con pluma de
»avestruz grosera y mal [a]deliñada las
»hazañas de mi valeroso caballero, porque no es 20
»carga de sus hombros ni asunto de su resfriado
»ingenio, a quien advertirás, si acaso llegas a
»conocerle, que deje reposar en la sepultura
»los cansados y ya podridos huesos de don
»Quijote, y no le quiera llevar, contra todos 25
»los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja,
»haciéndole salir de la fosa, donde real y
»verdaderamente yace, tendido de largo a largo,
»imposibilitado de hacer tercera jornada y
»salida nueva; que para hacer burla de tantas 30
»como hicieron tantos andantes caballeros,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA p. 406
»bastan las dos que él hizo, tan a gusto y
»beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron,
»así en estos como en los extraños reinos.»
Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión,
aconsejando bien a quien mal te quiere, 5
y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido
el primero que gozó el fruto de sus escritos
enteramente, como deseaba, pues no ha sido
otro mi deseo que poner en aborrecimiento
de los hombres las fingidas y disparatadas 10
historias de los libros de caballerías, que por
las de mi verdadero don Quijote van ya
tropezando, y han de caer del todo, sin duda
alguna. --Vale.
FIN
p. 407
TABLA
DE LOS CAPITULOS DE ESTA SEGUNDA PARTE
DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA
_______
Págs.
_____
Capítulo XXXVIII. - Donde se cuenta la que
dio de su mala andanza la dueña Dolorida....... 7
Capítulo XXXIX. - Donde la Trifaldi prosigue
su estupenda y memorable historia.............. 17
Capítulo XL. - De cosas que atañen y tocan a
esta aventura y a esta memorable historia...... 22
Capítulo XLI. - De la venida de Clavileño,
con el fin de esta dilatada aventura........... 31
Capítulo XLII. - De los consejos que dio don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a
gobernar la ínsula, con otras cosas bien
consideradas................................... 47
Capítulo XLIII. - De los consejos segundos
que dio don Quijote a Sancho Panza............. 55
Capítulo XLIV. - Cómo Sancho Panza fue llevado
al gobierno, y de la extraña aventura que
en el castillo sucedió a don Quijote........... 64
Capítulo XLV. - De cómo el gran Sancho
Panza tomó posesión de su ínsula, y del
modo que comenzó a gobernar.................... 78
Capítulo XLVI. - Del temeroso espanto cencerril
y gatuno que recibió don Quijote en el
discurso de los amores de la enamorada
Altisidora..................................... 89
Capítulo XLVII. - Donde se prosigue cómo se
portaba Sancho Panza en su gobierno............ 96
Capítulo XLVIII. - De lo que le sucedió a don
Quijote con doña Rodríguez, la dueña de la
duquesa, con otros acontecimientos dignos de
escritura y de memoria eterna.................. 110
TABLA p. 408
Págs.
_____
Capítulo XLIX. - De lo que le sucedió a
Sancho Panza rondando su ínsula................ 123
Capítulo L. - Donde se declara quién fueron
los encantadores y verdugos que azotaron
a la dueña y pellizcaron y arañaron a don
Quijote, con el suceso que tuvo el paje que
llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de
Sancho Panza................................... 140
Capítulo LI. - Del progreso del gobierno de
Sancho Panza, con otros sucesos tales como
buenos......................................... 154
Capítulo LII. - Donde se cuenta la aventura
de la segunda dueña Dolorida, o Angustiada,
por otro nombre doña Rodríguez................. 167
Capítulo LIII. - Del fatigado fin y remate que
tuvo el gobierno de Sancho Panza............... 178
Capítulo LIV. - Que trata de cosas tocantes
a esta historia y no a otra alguna............. 187
Capítulo LV. - De cosas sucedidas a Sancho
en el camino y otras, que no hay más que
ver............................................ 199
Capítulo LVI. - De la descomunal y nunca
vista batalla que pasó entre don Quijote de
la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa
de la hija de la dueña doña Rodríguez.......... 210
Capítulo LVII. - Que trata de cómo don Quijote
se despidió del duque, y de lo que le sucedió
con la discreta y desenvuelta Altisidora,
doncella de la duquesa......................... 218
Capítulo LVIII. - Que trata de cómo menudearon
sobre don Quijote aventuras tantas,
que no se daban vagar unas a otras............. 224
Capítulo LIX. - Donde se cuenta del
extraordinario suceso que se puede tener por
aventura que le sucedió a don Quijote.......... 242
Capítulo LX. - De lo que sucedió a don Quijote
yendo a Barcelona.............................. 255
TABLA p. 409
Págs.
_____
Capítulo LXI. - De lo que le sucedió a don
Quijote en la entrada en Barcelona, con otras
que tienen más de lo verdadero que de lo
discreto....................................... 274
Capítulo LXII. - Que trata de la aventura de
la cabeza encantada, con otras niñerías que no
pueden dejar de contarse....................... 279
Capítulo LXIII. - De lo mal que le avino a
Sancho Panza con la visita de las galeras, y la
nueva aventura de la hermosa morisca........... 298
Capítulo LXIV. - Que trata de la aventura
que más pesadumbre dio a don Quijote de
cuantas hasta entonces le habían sucedido...... 313
Capítulo LXV. - Donde se da noticia quién
era el de la Blanca Luna, con la libertad de
don Gregorio y de otros sucesos................ 320
Capítulo L[X]VI. - Que trata de lo que verá el
que lo leyere, o lo oyere el que lo escuchare
leer........................................... 328
Capítulo LXVII. - De la resolución que tomó
don Quijote de hacerse pastor y seguir la
vida del campo, en tanto que se pasaba el
año de su promesa, con otros sucesos, en
verdad gustosos y buenos....................... 336
Capítulo LXVIII. - De la cerdosa aventura
que le aconteció a don Quijote................. 344
Capítulo LXIX. - Del más raro y más nuevo
suceso que en todo el discurso de esta
grande historia avino a don Quijote............ 352
Capítulo LXX. - Que sigue al sesenta y
nueve y trata de cosas no excusadas para la
claridad de esta historia...................... 360
Capítulo LXXI. - De lo que a don Quijote le
sucedió con su escudero Sancho yendo a su
aldea.......................................... 371
Capítulo LXXII. - De cómo don Quijote y
Sancho llegaron a su aldea..................... 380
TABLA p. 410
Págs.
_____
Capítulo LXXIII. - De los agüeros que tuvo
don Quijote al entrar de su aldea, con otros
sucesos que adornan y acreditan esta grande
historia....................................... 388
Capítulo LXXIV. - De cómo don Quijote
cayó malo, y del testamento que hizo, y su
muerte......................................... 396
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