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               OBRAS COMPLETAS

                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______

           DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                 TOMOS I Y II




            Texto electrónico por
                Fred F. Jehle


      Copyright © 1928 Rodolfo Schevill
      Copyright © 1996 Fred F. Jehle &
          Purdue Research Foundation


               OBRAS COMPLETAS
                      DE

         MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
                   _______


                 DON QVIXOTE

                 DE LA MANCHA

                 TOMOS I Y II


            EDICIÓN PUBLICADA POR

 RODOLFO SCHEVILL     Y      ADOLFO BONILLA
  Profesor en la             Profesor en la
  Universidad de             Universidad de
California (Berkeley).           Madrid.




                    MADRID

            GRÁFICAS REUNIDAS, S. A.

                M. CM. XXVIII.





                      A

             DON JUAN C. CEBRIAN



                                   SU DEVOTO
                                      R. S.


                   PRÓLOGO


  El nombre de mi colaborador y hermano del
alma, Adolfo Bonilla y San Martín (q. e. p. d.),
debe ir al principio de este prólogo con el que
reanudo solo y con profundo dolor la publicación
de estas obras cervantinas. La pérdida de
mi amigo fraternal me hizo patente desde luego
cuán débiles habían de resultar mis propias
fuerzas para la continuación de una empresa
tan grande. Pero al darme cuenta de que él no
habría cejado en seguir esta faena en la cual
los dos habíamos puesto tanto cariño y tantas
horas de felicidad, cobré nuevamente valor y
tomé la resolución de dedicarme, en cuanto me
fuera posible, y hasta donde cupiera en la
disposición del cielo, a la tarea de dar fin a esta
edición. De tal manera, anhelaba pagar un tributo
forzosamente defectuoso y nada proporcionado
a la amistad que durante veinticinco
años llenó de luz y hermosura espiritual nuestra
vida, y al genio de trabajo concienzudo y
desinteresado que inspiró a Adolfo Bonilla la
creación de tantas publicaciones duraderas,
entre las cuales él quería dejar el primer lugar
a las obras de Cervantes.

                    * * *

  Con esta edición del QUIJOTE ofrezco al lector
una reproducción del texto original, evitando
en cuanto me parecía justificado toda enmienda,
y conservando, conforme a lo que pide la
crítica rigurosa de hoy, las lecciones de la
primera edición: ésta se ha de reverenciar como
si fuera el manuscrito que se refleja y reproduce
en ella. En tal proceder me ha alentado antes
de todo el deseo de dar a la propia obra de
Cervantes la forma que, hasta cierto punto, se
pudiera acercar lo más posible a un texto
definitivo. A cada paso me he percatado de que más
vale conservar una sola palabra, una frase o un
giro cervantino que sustituir una enmienda, la
cual, por acertada que pareciese, claro es, había
de responder más a reglas de hoy que al estilo
o lenguaje del siglo XVI.
  He tomado como base científica la primera
edición (señalada con A), examinando y cotejando
varios ejemplares de la misma (en España,
Londres y Nueva York), y notando en ellos
algunas variantes que se pueden dividir en tres
clases: (1) discrepancias de tipografía tales
como ta~-tan, tie~po-tiempo,
--fee; (2) erratas
subsanadas en algunos ejemplares, dejadas sin
corregir en otros, y (3) contadísimas lecciones
diferentes como en su-en el su. Todas estas
diferencias pueden atribuírse a cambios hechos
mientras se tiraban los pliegos del libro. Sobre
este último proceder escribe Antonio López de
Vega en su prólogo a los pocos cuerdos y
desengañados varones: “Pónense en las erratas
sólo los yerros más considerables. Y aunque a
algunos se acudió en parte de la impresión,
según el tiempo en que se reconocieron, como
quedó la otra parte con ellos, a mayor cautela
de los tomos comprendidos y por la dificultad
de la excepción de los preservados, se pone el
defecto como general. El a quien cupiere la
suerte de tomo corregido, por el trabajo que se
le excusa, perdone la acusación falsa. Al que la
hallare verdadera, le ruego no lea sin enmendar;
i, a todos, que sea en la lección deste libro
vuestra primera curiosidad el examinar en esto,
i corregir el que a cada uno le tocare:
governándoos por la buena razón, para lo mismo
en lo que halláredes que dexó de corregirse.”
Heráclito i Demócrito de nuestro siglo etc.
Diálogos morales etc. Madrid, 1641.
  Por lo tanto, las enmiendas realizadas
durante la impresión representan una costumbre
tradicional y carecen de trascendencia en cuanto
a los ejemplares de la misma tirada. De todos
modos me he limitado en las notas a señalar,
de las tres clases de variantes ya mencionadas,
solamente las lecciones distintas y las erratas
de la primera edición, dejando sin notar variantes
tales como que-q~, don-, que no representan
sino caprichos tipográficos. En cambio,
las erratas pueden reflejar bastante a menudo
descuidos correspondientes al mismo
manuscrito, además de darnos una idea más clara
del carácter de la impresión; y, tratándose
de una obra de universal renombre, cada detalle
de la primera edición es muy digno de ser
notado.
  Infiero que el original se dictaba al cajista:
primero, por la omisión o repetición mecánica
de vocales o de sílabas enteras; segundo, por
bastantes erratas peculiares: verbigracia,
cuando se oyó ansi por aun si, el oydo por he
leydo, y, por fin, por algunas palabras como
tambien, simpar, por tan bien y sin par. Ya
se sabe que en dichas condiciones el cajista se
fija antes en el sonido que en el sentido del
dictado, lo cual explica muchos detalles del
texto original. Señalo en las notas las
peculiaridades ortográficas sin subsanarlas en el
texto, porque el rectificarlas a cada paso
parece desnaturalizar la primera edición, dándole
un aspecto pulido que desdice enteramente de
su carácter. Si se encontrasen estos rasgos en
el manuscrito de Cervantes, nadie se atrevería
a tocarlos, y, aunque ignoramos con qué fidelidad
la primera edición refleja la ortografía del
manuscrito, ya que no poseemos éste (vale
repetirlo), no es lícito entregarnos a cambios
de mero antojo por más limado que resultara
el texto.
  Doy las variantes intencionales (no las
erratas tipográficas) de la segunda edición de
Cuesta, 1605 (señalada con B); de la tercera de
Cuesta, 1608 (señalada con C); y de la de
Bruselas, 1607 (señalada con Br), que tomó por base
la segunda (B). De las ediciones de Cuesta,
porque se imprimieron en Madrid en vida de
Cervantes; de la de Bruselas también por su
fecha, y porque, de cuantas ediciones vieron
la luz fuera de España en la primera mitad
del siglo XVII, parece ser la impresa con más
esmero y con mayor discreción en las enmiendas.
No señalo variantes como dexais-dexays,
de essa-dessa, nube-nuue,
asentó-assentó; en
cambio, mismo-mesmo, assí-ansí tienen
importancia. Creo definitivos los indicios de que
Cervantes no intervino para nada en ninguna
edición, ni en A, ni después de impresa A; esto
da a las variantes señaladas solamente el valor
de una lección distinta contemporánea, la cual,
por consiguiente, tiene derecho a un lugar en el
léxico del idioma. El que Cervantes no hubiese
de corregir nada en B ni en otras ediciones me
parece patente por el proceder disparatado y
poco lógico del que enmendaba el texto, dejando
a cada paso de corregir palabras o giros
que pedían a gritos enmiendas que el propio
autor no hubiera podido dejar de hacer. Una
prueba convincente de esta aseveración, sacada
de las propias palabras de Cervantes, se
encuentra en la segunda parte del QUIJOTE.
Cuando el autor alude (II, caps. 3 y 4) a los
reparos que se le hacían por haber omitido de su
relato la pérdida y el hallazgo del Rucio, no
sabe “qué responder, sino que el historiador se
engañó, o ya sería descuido del impresor”. Y
también dice Sancho que hizo “una lamentación,
que si no la puso el autor de nuestra
historia, puede hacer cuenta que no puso cosa
buena”. “Yo tendré cuidado”, le contesta Carrasco,
“de acusar al autor de la historia, que si
otra vez la imprimiere no se le olvide esto que
el buen Sancho ha dicho.” Y en el capítulo 27
de la segunda parte el autor vuelve a hablar del
hurto del Rucio “que por no haberse puesto el
cómo ni el cuándo en la primera parte por culpa
de los impresores, ha dado en que entender a
muchos, que atribuían a poca memoria del
autor la falta de imprenta”. Si Cervantes
conocía B, no parece posible que hubiera escrito
estas palabras sin añadir que se habían suplido
las faltas de A por las enmiendas de B.
Tampoco ignoraba Cervantes que la historia de
Don Quijote se estaba imprimiendo en varios
países (cap. 3), pero no dice ni una palabra de
una edición corregida. En efecto, está claro
que muchas segundas ediciones se hacían a
menudo, sin consultar al autor, a raíz de
agotarse la primera, y las enmiendas introducidas
se hacían sin razonarlas, y a gran prisa, poco
antes de la impresión. Entre los ejemplares de
B no hay, si no me equivoco, tantas
discrepancias como entre los de A.
  Se ha exagerado algo el descuido con que se
imprimió A. Comparado con otras primeras
ediciones, v. gr., las de El Buscón, Guzmán de
Alfarache y El Peregrino en su Patria, no
parece digna de tanto desprecio. En cambio, nada
peor que las dos ediciones del QUIJOTE de
Lisboa (1605), que carecen de todo valor para un
estudio crítico del texto. Las dos ediciones de
Valencia (me inclino a creer que no representan
tiradas distintas), tampoco merecen mucha
consideración. Corrigen algunas erratas de A,
introducen bastantes nuevas y hacen unas
contadas enmiendas dignas de notar y que se
hallan también más tarde en ediciones de Madrid
(v. gr., las de 1637 y 1647) y en la de Tonson
(Londres, 1738).
  En mi texto resuelvo las abreviaturas de A,
tales como tie~po, q~, a~ql, V. M.; sigo en la
puntuación el proceder adoptado en los tomos
anteriores, y pongo el acento en algunos vocablos
homónimos, de más de una sílaba (v. gr., en
la 1.ª y 3.ª persona del singular del pretérito
de la 1.ª conjugación en los verbos regulares:
alabé, alabó, y no acorde ni acordo, en la
1.ª
y 2.ª persona del singular y en la 3.ª del singular
y plural del futuro, como alabaré, alabarás,
alabará, alabarán, etc.; y añado el acento a
los pronombres interrogativos quién, qué, cuál;
cúyo, adj.), para facilitar la lectura.
  He tratado de tener en cuenta, hasta donde
me ha sido posible, los trabajos de investigación
y los comentarios escritos hasta la fecha
para las obras cervantinas. Las notas de los
principales cervantistas que me parecieron
dignas de consideración se señalan en las de esta
edición. Cierto es que hace falta un estudio
comparativo de las principales investigaciones
que se han publicado sobre el QUIJOTE desde
Vicente de los Ríos (1780) hasta la última edición
del Sr. D. Francisco Rodríguez Marín (1928). Es
una lista muy extensa y de un valor sumamente
desigual, siendo las más significantes las de
Juan Bowle (1781), Pellicer (1797), Navarrete
(Vida de Cervantes, 1819), García Arrieta (1826),
Bastús (1832-4), Clemencín (1833-9),
Hartzenbusch y La Barrera (1863), León Máinez
(1876-8), Benjumea (1880), Ormsby (1885),
Fitzmaurice-Kelly (1898, 1901), Cortejón (1905-13),
Cejador (La Lengua de Cervantes, 1905-6) y
Rodríguez Marín (1916-17). De todas éstas se
__________
  (*) Logré ver la edición de 1928 sólo después
de impresas ya mis notas.

destacan principalmente las de Rodríguez
Marín, Clemencín, Cortejón y Cejador, a quienes
debemos el que podamos entender mejor
muchísimos pasos difíciles de la obra.
  Pero cualquier comentario refleja, no sólo la
época, sino los conocimientos peculiares y las
cualidades personalísimas del comentador. En
Clemencín, que, disfrutando de una erudición
vastísima, sobre todo en la materia de los libros
de caballerías, arrojó a cada paso mucha luz
sobre frases obscuras, y aclaró múltiples alusiones
literarias e históricas, tenemos un ejemplo
admirable de crítico unilateral; nada sirve, por
lo tanto, ponderar su concepto estrecho de la
gramática, ni su falta de sentido histórico del
lenguaje, cuya evolución a través de los siglos
parece que le fué una ciencia enteramente
desconocida. Muchas observaciones de Cortejón,
por acertadas y valiosas que sean, están
obscurecidas o ahogadas entre extensas notas de
poco valor literario o científico; el inmenso
cuadro de las variantes que añadió da la misma
trascendencia a las insignificantes que a las que
merecen ser consideradas; y es de sentir
también que su sistema mal organizado acarrease
muchas equivocaciones. Los dos tomos aludidos
de Cejador (que comprenden una Gramática
y Diccionario) son de gran utilidad; pero
es lástima que se fundasen en la tercera
edición de Cuesta, lo cual hace carecer algunas
lecciones de la autoridad que se deriva
únicamente de la primera. A Rodríguez Marín,
patriarca de los cervantistas por una existencia
entera noblemente dedicada al estudio de la
vida y las obras de Cervantes, debemos el
comentario más trascendental de cuantos se
hayan emprendido para diversas obras de
Cervantes. Le debemos el que se puedan entender
por primera vez una infinidad de pasajes,
de giros y palabras que antes nadie había
acertado a explicar. Con su caudal inmenso de
conocimientos en materia de la literatura y de
las costumbres del siglo XVI, Rodríguez Marín
relaciona a Cervantes íntimamente con el
lenguaje y la cultura del Renacimiento; si bien
la crítica ha señalado que este admirable
investigador ha forzado un tanto la nota con
sus deseos de amenizar su comentario, acaso
para no pecar de erudito seco; esta objeción,
puede, sin embargo, pasarse por alto, ya que
dicha amenidad le debió de hacer soportables
tantas y tantas horas de abrumadores trabajos.
  Está justificado el que ninguno de estos
comentadores se haya ocupado en hacer un
estudio detallado lingüístico del glosario
cervantino, ni de infinitos detalles de la sintaxis
que todavía piden una aclaración. La ciencia
de hoy día exige un trabajo definitivo, el cual
no se puede hacer comprensivamente sin (a)
un texto modelo y uniforme de todas las obras
de Cervantes, ni sin (b) un diccionario de las
voces que el gran escritor empleó; éstas se
podrían reunir con más exactitud por medio de
unas concordancias de sus escritos, siguiendo
los dechados del género que existen para ciertas
obras clásicas, y, en inglés, para la Biblia,
para Shakespeare y otros escritores famosos.
Excusa decir que un estudio definitivo sobre el
lenguaje del siglo XVI, tal como se refleja en
las obras cervantinas, sería uno de los capítulos
más trascendentales en la historia de la
evolución del idioma.
  A cada paso se notan en Cervantes palabras
y giros difíciles de explicar, y toda solución
está hecha a medias si no toma en cuenta todo
el caudal del lenguaje cervantino (tanto de sus
versos como de su prosa), además del léxico
usado por sus contemporáneos. De lo cual se
sigue que muchas observaciones lingüísticas
abultarían desproporcionadamente en un
comentario que va con el texto, sin dejar de ser
deficientes por falta de trabajos fundamentales.
Hay todavía muchos vocablos cuyo origen no
se ha estudiado bastante, v. gr., estricote
(página 42-14), y hasta “frases hechas”, dichos y
refranes nacidos de una tradición antigua, que
se van dilucidando lentamente por medio de
las indagaciones de los eruditos y con la luz de
citas sacadas de un sinnúmero de autores. Para
facilitar el estudio de la bibliografía de las
obras relacionadas con los escritos de Cervantes
hacen falta catálogos de los libros españoles
que se custodian en las bibliotecas principales
de Europa y América (v. gr., Viena, Berlín,
Munich, Friburgo (bibl. de Schaeffer), Gotinga,
París, Nueva York, etc.), por el estilo del
pequeño libro utilísimo del erudito hispanista
Dr. Henry Thomas, sobre los libros españoles
que se hallan en el Museo Británico.
  En vista de la importancia que ha de darse
únicamente al texto de Cervantes, he procurado
evitar toda erudición que pudiera parecer
excesiva, y tampoco he querido meterme en
ninguna crítica de índole literaria o estética,
para la cual tendré más valor una vez terminada
esta edición cervantina. Sigo creyendo en
un Cervantes cuya “invención” natural (la
palabra es suya) superaba inmensamente a su
educación y a sus conocimientos escolásticos;
cuyo genio, avivado y madurado por las
propias experiencias de una vida de acción y
perfeccionado por un don sin par de entender
omne humanum, supo expresarse en un lenguaje
y estilo que seguirán siendo la maravilla de
los tiempos venideros. El espíritu nuevo de la
crítica estética parece querer ocuparse cada
vez más de Cervantes artista, consciente de
cada belleza de estilo, y trabajando como un
arquitecto en la construcción de su obra de
arte inmortal; pero podría desorientar al
lector, si lo hiciera a costa de la inspiración
inconsciente y espontánea del novelista.
  Los detalles que relacionan al QUIJOTE con
otros libros de su género, sus fuentes, las
huellas que dejó en obras posteriores, la
contribución inmensa de Cervantes, en resumidas
cuentas, a la historia novelística, haría un tomo
por sí misma. En efecto, una biografía razonada
del propio Cervantes coincidiría con un estudio
detallado de la literatura y del lenguaje
españoles del siglo XVI, llegando hasta integrarse
en una historia fundamental de las ideas
estéticas del Renacimiento.
  Algunos giros extraños se me habrán
deslizado en el discurso de mis observaciones o
comentarios, pero no me han de cortar la mano
con que los escribí. Si el lector me averigua
faltas, errores e ignorancias, tendré que
contestarle con toda franqueza: ¡pero si usted
no puede figurarse cuántas cosas ignoro!, y no
será fácil ocultar el triste hecho a pesar del
tiempo y del cariño que he invertido en una
faena que por fuerza ha de quedar deficiente.
El comentario puesto a una obra inmortal no
puede aspirar a ser más que una pequeña piedra
añadida a un edificio que se ha de levantar
con el transcurso de los siglos. De todos modos
agradeceré cualquier reparo que se le ocurra
al lector, y trataré de aprovecharlo con tal que
hiciere más aceptable el texto cervantino.
  De lo más esencial ha de carecer el comentario
sin la erudición vastísima de mi amigo
Adolfo Bonilla, que dotado de una memoria
sobrenatural no dejó casi nunca por escrito
apuntes o notas para los trabajos que pensaba
emprender. Pero confío en la indulgencia del
lector, convencido de que únicamente con ella
tendré valor para terminar esta edición de las
obras de Cervantes.
  A mi querido amigo, el Dr. Ludwig Pfandl,
de Munich, doy aquí mis más expresivas
gracias por haberse tomado la molestia de leer
las pruebas del texto, y a mi estimado colega
D. Homero Serís por haber leído las pruebas
de las notas.

                       RODOLFO SCHEVILL.

Madrid, Otoño de 1928.


                 EL INGENIOSO
             HIDALGO DON QVIXOTE

                DE LA MANCHA

      Compuesto por Miguel de Ceruantes
                  Saauedra.

         DIRIGIDO AL DVQVE DE BEIAR,
Marques de Gibraleon, Conde de Benalcaçar Bañares,
    Vizconde de la Puebla de Alcozer, Señor de
       las villas de Capilla, Curiel y
                 Burguillos.


              Escudo del impresor:
              una mano, sobre
              la cual hay un
              halcón, puesto el
     Año      capirote; debajo       1605
              un león echado; la
              leyenda dice: Post
                tenebras spero
                  lvcem


                CON PRIVILEGIO

      EN MADRID  Por Iuan de la Cuesta.
__________________________________________________
   Vendese en casa de Francisco de Robles,
        librero del Rey nuestro señor.                   15


                    TASSA

  Yo, Iuan Gallo de Andrada, escriuano de
Camara del Rey nuestro señor, de los que residen
en su Consejo, certifico y doy fe: que,
auiendo visto por los señores del vn libro
intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha,
compuesto por Miguel de Ceruantes Saauedra,
tassaron cada pliego del dicho libro a tres
marauedis y medio, el qual tiene ochenta y
tres pliegos, que al dicho precio monta el dicho
libro docientos y nouenta marauedis y
medio, en que se ha de vender en papel, y dieron
licencia para que a este precio se pueda
vender; y mandaron que esta tassa se ponga al
principio del dicho libro, y no se pueda
vender sin ella. Y para que dello conste, di
la presente, en Valladolid, a veinte dias del
mes de Deziembre de mil y seyscientos y
quatro años.
                       Iuan Gallo de Andrada.


          TESTIMONIO DE LAS ERRATAS


  Este Libro no tiene cosa digna [de notar]
que no corresponda a su original. En testimonio
de lo auer correcto di esta fee, en el
Colegio de la Madre de Dios de los Teologos de
la Vniuersidad de Alcala, en primero de
Diziembre de 1604 años.

     El Licenciado Francisco Murcia de la Llana.


                    EL REY


  Por quanto por parte de vos, Miguel de
Ceruantes, nos fue fecha relacion que auiades
compuesto vn libro intitulado El ingenioso
Hidalgo de la Mancha, el qual os auia costado
mucho trabajo, y era muy vtil y prouechoso,
[y] nos pedistes y suplicastes os mandassemos
dar licencia y facultad para le poder imprimir,
y preuilegio por el tiempo que fuessemos
seruidos, o como la nuestra merced fuesse, lo
qual, visto por los del nuestro Consejo, por
quanto en el dicho libro se hizieron las
diligencias que la prematica vltimamente por nos
fecha sobre la impression de los libros
dispone, fue acordado que deuiamos mandar dar
esta nuestra cedula para vos, en la dicha
razon, y nos tuuimoslo por bien.
  Por la qual, por os hazer bien y merced,
os damos licencia y facultad para que vos, o
la persona que vuestro poder huuiere, y no
otra alguna, podays imprimir el dicho libro,
intitulado El ingenioso Hidalgo de la Mancha,
que de suso se haze mencion, en todos estos
nuestros Reynos de Castilla, por tiempo y
espacio de diez años, que corran y se cuenten
desde el dicho dia de la data desta nuestra
cedula; so pena que la persona, o personas,
que sin tener vuestro poder lo imprimiere o
vendiere, o hiziere imprimir o vender, por el
mesmo caso pierda la impression que hiziere,
con los moldes y aparejos della, y mas incurra
en pena de cincuenta mil marauedis cada vez
que lo contrario hiziere. La qual dicha pena
sea la tercia parte para la persona que lo
acusare, y la otra tercia parte para nuestra
Camara, y la otra tercia parte para el juez que lo
sentenciare. Con tanto, que todas las vezes que
huuieredes de hazer imprimir el dicho libro
durante el tiempo de los dichos diez años, le
traygais al nuestro Consejo, juntamente con el
original que en el fue visto, que va rubricado
cada plana, y firmado al fin del, de Iuan Gallo
de Andrada, nuestro escriuano de Camara, de
los que en el residen, para saber si la dicha
impression está conforme el original; o traygays
fe en publica forma de como por corretor
nombrado por nuestro mandado, se vio y corrigio
la dicha impression por el original y se
imprimio conforme a el, y quedan impressas las
erratas por el apuntadas, para cada vn libro
de los que assi fueren impressos, para que se
tasse el precio que por cada volume[n]
huuieredes de auer.
  Y mandamos al impressor que assi imprimiere
el dicho libro, no imprima el principio,
ni el primer pliego del, ni entregue mas de vn
solo libro, con el original, al autor o persona
a cuya costa lo imprimiere, ni otro alguno,
para efeto de la dicha correcion y tassa, hasta
que antes y primero el dicho libro esté
corregido y tassado por los del nuestro Consejo;
y estando hecho, y no de otra manera, pueda
imprimir el dicho principio y primer pliego, y
sucessiuamente ponga esta nuestra cedula, y
la aprouacion, tassa y erratas, so pena de caer
e incurrir en las penas contenidas en las leyes
y prematicas destos nuestros Reynos.
  Y mandamos a los del nuestro Consejo, y
a otras qualesquier justicias dellos, guarden y
cumplan esta nuestra cedula y lo en ella
contenido.
  Fecha en Valladolid, a veynte y seys dias
del mes de Setiembre de mil y seyscientos y
quatro años.

                  YO EL REY

            Por mandado del Rey nuestro señor,
                      Iuan de Amezqueta.


                 AL DVQVE DE

              BEIAR, MARQVES DE

       Gibraleon, Conde de Benalcaçar y
      Bañares, Vizconde de la Puebla de
        Alcozer, Señor de las villas
             de Capilla, Curiel y
                 Burguillos.

  En fe del buen acogimiento y honra que
haze Vuestra Excelencia a toda suerte de libros,
como Principe tan inclinado a fauorecer las
buenas artes, mayormente las que por su nobleza
no se abaten al seruicio y grangerias del
vulgo, he determinado de sacar a luz al
Ingenioso Hidalgo don Quixote de la Mancha, al
abrigo del clarissimo nombre de vuestra
Excelencia, a quien, con el acatamiento que deuo
a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente
en su proteccion, para que a su sombra,
aunque desnudo de aquel precioso ornamento
de elegancia y erudicion de que suelen andar
vestidas las obras que se componen en las
casas de los hombres que saben, ose parecer
seguramente en el juyzio de algunos que,
[no] continiendose en los limites de su
ignorancia, suelen condenar con mas rigor y
menos justicia los trabajos agenos; que, poniendo
los ojos la prudencia de vuestra Excelencia
en mi buen desseo, fio que no desdeñará
la cortedad de tan humilde seruicio.

               Miguel de Ceruantes Saauedra.


                   PROLOGO


  Desocupado lector: sin juramento me podras
creer que quisiera que este libro, como
hijo del entendimiento, fuera el mas hermoso,
el mas gallardo y mas discreto que pudiera
imaginarse; pero no he podido yo contrauenir
al orden de naturaleza, que en ella cada cosa
engendra su semejante. Y assi, ¿qué podra
engendrar el esteril y mal cultiuado ingenio
mio, sino la historia de vn hijo seco, auellanado,
antojadizo y lleno de pensamientos varios,
y nunca imaginados de otro alguno, bien
como quien se engendró en vna carcel, donde
toda incomodidad tiene su assiento y donde
todo triste ruydo haze su habitacion? El
sossiego, el lugar apazible, la amenidad de los
campos, la serenidad de los cielos, el murmurar
de las fuentes, la quietud del espiritu, son
grande parte para que las musas mas esteriles se
muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo
que le colmen de marauilla y de contento.
  Acontece tener vn padre vn hijo feo y sin
gracia alguna, y el amor que le tiene le pone
vna venda en los ojos para que no vea sus faltas,
antes las juzga por discreciones y lindezas,
y las cuenta a sus amigos por agudezas y
donayres. Pero yo, que, aunque parezco padre,
soy padrastro de don Quixote, no quiero yrme
con la corriente del vso, ni suplicarte, casi con
las lagrimas en los ojos, como otros hazen,
lector carissimo, que perdones o dissimules las
faltas que en este mi hijo vieres; y ni eres
su pariente, ni su amigo, y tienes tu alma en
tu cuerpo, y tu libre aluedrio, como el mas
pintado, y estás en tu casa, donde eres señor
della, como el Rey de sus alcaualas, y sabes
lo que comunmente se dize, que debaxo de mi
manto al Rey mato. Todo lo qual te essenta
y haze libre de todo respecto y obligacion, y
assi puedes dezir de la historia todo aquello
que te pareciere, sin temor que te calunien
por el mal, ni te premien por el bien que
dixeres della.
  Solo quisiera dartela monda y desnuda, sin
el hornato de Prologo, ni de la inumerabilidad
y catalogo de los acostumbrados sonetos,
epigramas y elogios que al principio de los libros
suelen ponerse. Porque te se dezir, que,
aunque me costo algun trabajo componerla,
ninguno tuue por mayor que hazer esta prefacion
que vas leyendo. Muchas vezes tomé la pluma
para escriuille, y muchas la dexé, por no saber
lo que escriuiria; y estando vna suspenso,
con el papel delante, la pluma en la oreja,
el codo en el bufete y la mano en la mexilla,
pensando lo que diria, entró a deshora vn
amigo mio, gracioso y bien entendido, el qual,
viendome tan imaginatiuo, me preguntó la
causa, y no encubriendosela yo, le dixe que
pensaua en el Prologo que auia de hazer a la
historia de don Quixote, y que me tenia de
suerte que ni queria hazerle, ni menos sacar
a luz las hazañas de tan noble cauallero.
  “Porque ¿cómo quereys vos que no me
tenga confuso el que dirá el antiguo legislador
que llaman vulgo, quando vea que al cabo
de tantos años como ha que duermo en el
silencio del oluido, salgo aora, con todos mis
años a cuestas, con vna leyenda seca como
vn esparto, agena de inuencion, menguada
de estilo, pobre de concetos y falta de toda
erudicion y doctrina; sin acotaciones en las
margenes y sin anotaciones en el fin del libro,
como veo que estan otros libros, aunque sean
fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias
de Aristoteles, de Platon y de toda la caterua
de filosofos, que admiran a los leyentes, y
tienen a sus autores por hombres leydos,
eruditos y eloquentes? ¡Pues qué, quando citan la
Diuina Escritura, no diran sino que son vnos
Santos Tomases y otros Doctores de la Yglesia,
guardando en esto vn decoro tan ingenioso,
que en vn renglon han pintado vn enamorado
destraydo, y en otro hazen vn sermonzico
christiano, que es vn contento y vn regalo
oylle, o leelle! De todo esto ha de carecer
mi libro, porque ni tengo qué acotar en el
margen, ni qué anotar en el fin, ni menos se qué
autores sigo en el, para ponerlos al principio,
como hazen todos, por las letras del A B C,
començando en Aristoteles y acaba[n]do en
Xenofonte y en Zoylo, o Zeuxis, aunque
fue maldiciente el vno y pintor el otro.
Tambien ha de carecer mi libro de sonetos al
principio, a lo menos de sonetos cuyos autores
sean duques, marqueses, condes, obispos,
damas o poetas celeberrimos. Aunque si yo los
pidiesse a dos o tres oficiales amigos, yo se
que me los darian, y tales, que no les
ygualassen los de aquellos que tienen mas nombre
en nuestra España.
  ”En fin, señor y amigo mio --prosegui-- yo
determino que el señor don Quixote se quede
sepultado en sus archiuos en la Mancha, hasta
que el cielo depare quien le adorne de tantas
cosas como le faltan, porque yo me hallo
incapaz de remediarlas, por mi insuficiencia y
pocas letras, y porque naturalmente soy
poltron y perezoso de andarme buscando autores
que digan lo que yo me se dezir sin ellos. De
aqui nace la suspension y eleuamiento, amigo,
en que me hallastes, bastante causa
para ponerme en ella la que de mi aueys oydo.”
  Oyendo lo qual, mi amigo, dandose vna
palmada en la frente y disparando en vna carga
de risa, me dixo:
  “Por Dios, hermano, que agora me acabo
de desengañar de vn engaño en que he estado
todo el mucho tiempo que ha que os conozco,
en el qual siempre os he tenido por discreto
y prudente en todas vuestras aciones. Pero
agora veo que estays tan lexos de serlo
como lo está el cielo de la tierra. ¿Cómo que
es possible que cosas de tan poco momento, y
tan faciles de remediar, puedan tener fuerças
de suspender y absortar vn ingenio tan maduro
como el vuestro, y tan hecho a romper y atropellar
por otras dificultades mayores? A la fe,
esto no nace de falta de abilidad, sino de
sobra de pereza y penuria de discurso. ¿Quereys
ver si es verdad lo que digo? Pues estadme
atento y vereys como en vn abrir y cerrar
de ojos confundo todas vuestras dificultades,
y remedio todas las faltas que dezis que os
suspenden y acobardan para dexar de sacar
a la luz del mundo la historia de vuestro
famoso don Quixote, luz y espejo de toda la
caualleria andante.”
  “Dezid”, le repliqué yo, oyendo lo que me
dezia: “¿de qué modo pensays llenar el vazio
de mi temor, y reduzir a claridad el caos de
mi confusion?”
  A lo qual el dixo:
  “Lo primero, en que reparays de los sonetos,
epigramas o elogios que os faltan para
el principio, y que sean de personages graues
y de titulo, se puede remediar en que vos
mesmo tomeys algun trabajo en hazerlos, y
despues los podeys bautizar y poner el nombre
que quisieredes, ahijandolos al Preste Iuan de
las Indias, o al Emperador de Trapisonda, de
quien yo se que ay noticia que fueron famosos
poetas, y quando no lo ayan sido, y vuiere
algunos pedantes y bachilleres que por
detras os muerdan y murmuren desta verdad, no
se os de dos marauedis, porque ya que os
aueriguen la mentira, no os han de cortar la mano
con que lo escriuistes.
  ”En lo de citar en las margenes los libros y
autores de donde sacaredes las sentencias y
dichos que pusieredes en vuestra historia, no
ay mas sino hazer de manera que venga[n] a
pelo algunas sentencias, o latines, que vos
sepays de memoria, o, a lo menos, que os cuesten
poco trabajo el buscalle, como sera poner,
tratando de libertad y cautiuerio: Non bene pro
toto libertas venditur auro; y luego en el
margen citar a Oracio, o a quien lo dixo. Si
trataredes del poder de la muerte, acudir
luego con

  Pa[l]lida Mors oequo pulsat pede pauperum tabernas
  regumque turres.

Si de la amistad y amor que Dios manda que
se tenga al enemigo, entraros luego al punto
por la Escritura Diuina, que lo podeys hazer
con tantico de curiosidad, y dezir las palabras,
por lo menos, del mismo Dios: Ego autem dico
vobis, diligite inimicos vestros. Si trataredes
de malos pensamientos, acudid con el Euangelio:
De corde exeunt cogitationes malae.
Si de la instabilidad de los amigos, ahi está
Caton, que os dara su distico:

  Donec eris felix, multos numerabis amicos,
    tempora si fuerint nubila, solus eris.

Y con estos latinicos, y otros tales, os tendran
siquiera por gramatico; que el serlo no es de
poca honra y prouecho el dia de oy.
  ”En lo que toca al poner anotaciones al fin
del libro, seguramente lo podeys hazer desta
manera; si nombrays algun gigante en vuestro
libro, hazelde que sea el gigante Golias, y con
solo esto, que os costará casi nada, teneys vna
grande anotacion, pues podeys poner: El gigante
Golias, o Goliat, fue vn filisteo a quien el
pastor Dauid mató de vna gran pedrada en el
valle de Terebinto, segun se cuenta en el libro
de los Reyes, en el capitulo que vos hallaredes
que se escriue. Tras esto, para mostraros
hombre erudito en letras humanas y cosmografo,
hazed de modo como en vuestra historia
se nombre el rio Tajo, y vereysos luego con
otra famosa anotacion, poniendo: El rio Tajo
fue assi dicho por vn Rey de las Españas; tiene
su nacimiento en tal lugar y muere en el mar
Oceano, besando los muros de la famosa ciudad
de Lisboa, y es opinion que tiene las arenas
de oro, &c. Si trataredes de ladrones, yo os
dire la historia de Caco, que la se de coro;
si de mugeres rameras, ahi está el Obispo de
Mondoñedo, que os prestará a Lamia, Layda y
Flora, cuya anotacion os dara gran credito;
si de crueles, Ouidio os entregará a Medea; si
de encantadores y hechizeras, Homero tiene
a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes
valerosos, el mesmo Iulio Cesar os prestará
a si mismo en sus Comentarios, y Plutarco
os dara mil Alexandros. Si trataredes de amores,
con dos onças que sepays de la lengua toscana,
topareys con Leon Hebreo, que os hincha
las medidas. Y si no quereys andaros por
tierras estrañas, en vuestra casa teneys a
Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra todo
lo que vos y el mas ingenioso acertare a
dessear en tal materia. En resolucion, no ay mas
sino que vos procureys nombrar estos nombres,
o tocar estas historias en la vuestra, que
aqui he dicho, y dexadme a mi el cargo de
poner las anotaciones y acotaciones; que yo
os voto a tal de llenaros las margenes y de
gastar quatro pliegos en el fin del libro.
  ”Vengamos aora a la citacion de los autores
que los otros libros tienen, que en el vuestro
os faltan. El remedio que esto tiene es muy
facil, porque no aueys de hazer otra cosa que
buscar vn libro que los acote todos, desde la A
hasta la Z, como vos dezis. Pues esse mismo
abecedario pondreys vos en vuestro libro; que,
puesto que a la clara se vea la mentira, por la
poca necessidad que vos teniades de aprouecharos
dellos, no importa nada, y quiça alguno
aura tan simple que crea que de todos os aueys
aprouechado en la simple y senzilla historia
vuestra. Y quando no sirua de otra cosa, por
lo menos seruira aquel largo catalogo de
autores a dar de improuiso autoridad al libro.
Y mas, que no aura quien se ponga a aueriguar
si los seguistes o no los seguistes, no
yendole nada en ello; quanto mas que, si
bien caygo en la cuenta, este vuestro libro no
tiene necessidad de ninguna cosa de aquellas
que vos dezis que le falta, porque todo el es
vna inuectiua contra los libros de cauallerias,
de quien nunca se acordo Aristoteles, ni dixo
nada San Basilio, ni alcançó Ciceron. Ni caen
debaxo de la cuenta de sus fabulosos disparates
las puntualidades de la verdad, ni las
obseruaciones de la astrologia, ni le son de
importancia las medidas geometricas, ni la
confutacion de los argumentos de quien se sirue
la retorica, ni tiene para que predicar a
ninguno, mezclando lo humano con lo diuino,
que es vn genero de mezcla de quien no se
ha de vestir ningun christiano entendimiento.
  ”Solo tiene que aprouecharse de la imitacion
en lo que fuere escriuiendo; que quanto
ella fuere mas perfecta, tanto mejor sera lo que
se escriuiere. Y pues esta vuestra escritura no
mira a mas que a deshazer la autoridad y
cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los
libros de cauallerias, no ay para que andeys
mendigando sentencias de filosofos, consejos
de la Diuina Escritura, fabulas de poetas,
oraciones de retoricos, milagros de santos, sino
procurar que a la llana, con palabras significantes,
honestas y bien colocadas, salga vuestra
oracion y periodo sonoro y festiuo; pintando
en todo lo que alcançaredes y fuere possible,
vuestra intencion, dando a entender vuestros
conceptos, sin intricarlos y escurecerlos.
Procurad tambien que, leyendo vuestra historia,
el melancolico se mueua a risa, el risueño la
acreciente, el simple no se enfade, el discreto
se admire de la inuencion, el graue no la
desprecie, ni el prudente dexe de alabarla. En
efecto, lleuad la mira puesta a derribar la
maquina mal fundada destos cauallerescos libros,
aborrecidos de tantos y alabados de muchos
mas; que, si esto alcançassedes, no auriades
alcançado poco.”
  Con silencio grande estuue escuchando lo
que mi amigo me dezia, y de tal manera se
imprimieron en mi sus razones, que, sin ponerlas
en disputa, las aproue por buenas, y de
ellas mismas quise hazer este Prologo; en el
qual veras, lector suaue, la discrecion de mi
amigo, la buena ventura mia en hallar en tiempo
tan necessitado tal consegero, y el aliuio
tuyo en hallar tan sinzera y tan sin rebueltas la
historia del famoso don Quixote de la Mancha,
de quien ay opinion por todos los habitadores
del distrito del campo de Montiel, que fue el
mas casto enamorado y el mas valiente cauallero
que de muchos años a esta parte se vio
en aquellos contornos. Yo no quiero encarecerte
el seruicio que te hago en darte a conocer
tan noble y tan honrado cauallero; pero
quiero que me agradezcas el conocimiento que
tendras del famoso Sancho Pança, su escudero,
en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas
las gracias escuderiles que en la caterua de los
libros vanos de cauallerias estan esparzidas.
Y con esto, Dios te de salud, y a mi no oluide.
Vale.


     AL LIBRO DE DON QVIXOTE DE LA MANCHA

            VRGANDA LA DESCONOCIDA

        Si de llegarte a los bue-,
      libro, fueres con letu-,
      no te dira el boquirru-
      que no pones bien los de-.
      Mas si el pan no se te cue-
      por yr a manos de idio-,
      veras, de manos a bo-,
      aun no dar vna en el cla-;
      si bien se comen las ma-
      por mostrar que son curio-.
        Y, pues la espiriencia ense-
      que el que a buen arbol se arri-
      buena sombra le cobi-,
      en Bexar tu buena estre-
      vn arbol real te ofre-
      que da Principes por fru-,
      en el qual florecio vn Du-
      que es nueuo Alexandro Ma-;
      llega a su sombra: que a osa-
      fauorece la fortu-.
        De vn noble hidalgo manche-
      contarás las auentu-,
      a quien ociosas letu-
      trastornaron la cabe-.
      Damas, armas, caualle-
      le prouocaron de mo-
      que, qual Orlando furio-,
      templado a lo enamora-,
      alcançó a fuerça de bra-
      a Dulzinea del Tobo-.
        No indiscretos hierogli-
      estampes en el escu-;
      que, quando es todo figu-,
      con ruynes puntos se embi-.
      Si en la direccion te humi-,
      no dira mofante algu-:
      «¡Qué don Aluaro de Lu-,
      qué Anibal el de Carta-,
      qué Rey Francisco en Espa-
      se quexa de la fortu-!»
        Pues al cielo no le plu-
      que saliesses tan ladi-
      como el negro Iuan Lati-,
      hablar latines rehu-
      No me despuntes de agu-,
      ni me alegues con filo-;
      porque torziendo la bo-,
      dira el que entiende la le-,
      no vn palmo de las ore-:
      «¿Para que conmigo flo-?»
        No te metas en dibu-,
      ni en saber vidas age-;
      que en lo que no va ni vie-
      passar de largo es cordu-.
      Que suelen en caperu-
      darles a los que grace-;
      mas tu quemate las ce-
      solo en cobrar buena fa-;
      que el que imprime neceda-
      dalas a censo perpe-.
        Aduierte que es desati-,
      siendo de vidrio el teja-,
      tomar piedras en las ma-
      para tirar al vezi-.
      Dexa que el hombre de juy-
      en las obras que compo-
      se vaya con pies de plo-;
      que el que saca a luz pape-
      para entretener donze-,
      escriue a tontas y a lo-.


               AMADIS DE GAVLA
          A DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                    SONETO

    Tu, que imitaste la llorosa vida
  que tuue, ausente y desdeñado, sobre
  el gran ribaço de la Peña Pobre,
  de alegre a penitencia reduzida;
    tu, a quien los ojos dieron la beuida
  de abundante licor, aunque salobre,
  y, alçandote la plata, estaño y cobre,
  te dio la tierra en tierra la comida;
    biue seguro de que eternamente,
  en tanto, al menos, que en la quarta esfera
  sus cauallos aguije el rubio Apolo,
    tendras claro renombre de valiente,
  tu patria sera en todas la primera,
  tu sabio autor, al mundo vnico y solo.


            DON BELIANIS DE GRECIA
          A DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                    SONETO

  Rompi, corté, abollé, y dixe, y hize
mas que en el orbe cauallero andante;
fuy diestro, fuy valiente, fuy arrogante;
mil agrauios vengué, cien mil deshize.
  Hazañas di a la fama que eternize;
fuy comedido y regalado amante;
fue enano para mi todo gigante,
y al duelo en qualquier punto satisfize.
  Tuue a mis pies postrada la fortuna,
y traxo del copete mi cordura
a la calua ocasion al estricote.
  Mas, aunque sobre el cuerno de la luna
siempre se vio encumbrada mi ventura,
tus proezas embidio, ¡o, gran Quixote!


               LA SEÑORA ORIANA
            A DVLZINEA DEL TOBOSO

                    SONETO

  ¡O, quien tuuiera, hermosa Dulzinea,
por mas comodidad y mas reposo,
a Miraflores puesto en el Toboso,
y trocara sus Londres con tu aldea!
  ¡O, quien de tus desseos y librea
alma y cuerpo adornara, y del famoso
cauallero, que hiziste venturoso,
mirara alguna desigual pelea!
  ¡O, quien tan castamente se escapara
del señor Amadis, como tu hiziste
del comedido hidalgo don Quixote!
  Que assi, embidiada fuera, y no embidiara,
y fuera alegre el tiempo que fue triste,
y gozara los gustos sin escote.


    GANDALIN, ESCVDERO DE AMADIS DE GAVLA,
   A SANCHO PANÇA, ESCVDERO DE DON QVIXOTE

                    SONETO

  Salue, varon famoso, a quien fortuna,
quando en el trato escuderil te puso,
tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
que lo passaste sin desgracia alguna.
  Ya la açada o la hoz poco repugna
al andante exercicio; ya está en vso
la llaneza escudera, con que acuso
al soberuio que intenta hollar la luna.
  Embidio a tu jumento, y a tu nombre,
y a tus alforjas ygualmente imbidio,
que mostraron tu cuerda prouidencia.
  Salue otra vez, ¡o, Sancho! tan buen hombre,
que a solo tu nuestro español Ouidio
con buzcorona te haze reberencia.


         DEL DONOSO POETA ENTREVERADO
          A SANCHO PANÇA Y ROZINANTE

          Soy Sancho Pança, escude-
        del manchego don Quixo-;
        puse pies en poluoro-
        por viuir a lo discre-;
        que el tacito Villadie-
        toda su razon de esta-
        cifró en vna retira-,
        segun siente Celesti-,
        libro, en mi opinion, diui-,
        si encubriera mas lo huma-.


                 A ROZINANTE

          Soy Rozinante el famo-,
        bisnieto del gran Babie-;
        por pecados de flaque-
        fuy a poder de vn don Quixo-.
        Parejas corri a lo flo-,
        mas por vña de caua-
        no se me escapó ceua-;
        que esto saqué a Lazari-
        quando, para hurtar el vi-
        al ciego, le di la pa-.


               ORLANDO FVRIOSO
          A DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                    SONETO

    Si no eres par, tampoco le has tenido;
  que par pudieras ser entre mil pares,
  ni puede auerle donde tu te hallares,
  inuito vencedor, jamas vencido.
    Orlando soy, Quixote, que, perdido
  por Angelica, vi remotos mares,
  ofreciendo a la fama en sus altares
  aquel valor que respetó el oluido.
    No puedo ser tu ygual, que este decoro
  se deue a tus proezas y a tu fama,
  puesto que, como yo, perdiste el seso.
    Mas serlo has mio, si al soberuio Moro
  y Cita fiero domas, que oy nos llama
  yguales en amor con mal sucesso.


            EL CAVALLERO DEL FEBO
          A DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                    SONETO

    A vuestra espada no ygualó la mia,
  Phebo español, curioso cortesano,
  ni a la alta gloria de valor mi mano,
  que rayo fue do nace y muere el dia.
    Imperios desprecié; la monarquia
  que me ofrecio el Oriente roxo en vano
  dexé, por ver el rostro soberano
  de Claridiana, aurora hermosa mia.
    Amela por milagro vnico y raro,
  y, ausente en su desgracia, el propio infierno
  temio mi braço, que domó su rabia.
    Mas vos, godo Quixote, ilustre y claro,
  por Dulzinea soys al mundo eterno,
  y ella por vos famosa, honesta y sabia.


                 DE SOLISDAN
          A DON QVIXOTE DE LA MANCHA

                    SONETO

    Maguer, señor Quixote, que sandezes
  vos tengan el cerbelo derrumbado,
  nunca sereys de alguno reprochado
  por home de obras viles y soezes.
    Seran vuessas fazañas los joezes,
  pues tuertos desfaziendo aueys andado,
  siendo vegadas mil apaleado
  por follones cautiuos y rahezes.
    Y si la vuessa linda Dulzinea
  dessaguisado contra vos comete,
  ni a vuessas cuytas muestra buen talante,
    en tal desman, vuesso conorte sea
  que Sancho Pança fue mal alcaguete,
  necio el, dura ella, y vos no amante.


            DIALOGO ENTRE BABIECA
                 Y ROZINANTE

                    SONETO

B.  ¿Cómo estays, Rozinante, tan delgado?
R.  Porque nunca se come, y se trabaja.
B.  Pues ¿qué es de la ceuada y de la paja?
R.  No me dexa mi amo ni vn bocado.
B.  Andá, señor, que estays muy mal criado,
    pues vuestra lengua de asno al amo vltraja.
R.  Asno se es de la cuna a la mortaja.
    ¿Quereyslo ver? Miraldo enamorado.
B.  ¿Es necedad amar?
R.                    No es gran prudencia.
B.  Metafisico estays.
R.                     Es que no como.
B.  Quexaos del escudero.
R.                        No es bastante.
    ¿Cómo me he de quexar en mi dolencia,
    si el amo y escudero o mayordomo
    son tan rozines como Rozinante?


                PRIMERA PARTE
                DEL INGENIOSO
            hidalgo don Quixote de
                  la Mancha.

               Capitulo Primero

Que trata de la condicion y exercicio del famoso
      hidalgo don Quixote de la Mancha.

  En vn lugar de la Mancha, de cuyo nombre
no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que
viuia vn hidalgo de los de lança en astillero,
adarga antigua, rozin flaco y galgo corredor.
Vna olla de algo mas vaca que carnero,
salpicon las mas noches, duelos y quebrantos
los sabados, lantejas los viernes, algun
palomino de añadidura los domingos, consumian
las tres partes de su hazienda. El resto
della concluian sayo de velarte, calças de
velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo
mesmo, y los dias de entre semana se honraua
con su vellori de lo mas fino.
  Tenia en su casa vna ama que passaua de
los quarenta, y vna sobrina que no llegaua a
los veynte, y vn moço de campo y plaça, que
assi ensillaua el rozin como tomaua la
podadera. Frisaua la edad de nuestro hidalgo con
los cinquenta años. Era de complexion rezia,
seco de carnes, enjuto de rostro, gran
madrugador y amigo de la caça. Quieren dezir que
tenia el sobrenombre de Quixada, o Quesada,
que en esto ay alguna diferencia en los autores
que deste caso escriuen, aunque por conjeturas
verosimiles se dexa entender que se
llamaua Quexana. Pero esto importa poco
a nuestro cuento; basta que en la narracion
del no se salga vn punto de la verdad.
  Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo,
los ratos que estaua ocioso, que eran los
mas del año, se daua a leer libros de cauallerias,
con tanta aficion y gusto, que oluidó casi
de todo punto el exercicio de la caça, y aun la
administracion de su hazienda; y llegó a tanto
su curiosidad y desatino en esto, que vendio
muchas hanegas de tierra de sembradura para
comprar libros de cauallerias en que leer, y
assi lleuó a su casa todos quantos pudo auer
dellos, y, de todos, ningunos le parecian tambien
como los que compuso el famoso Feliciano
de Silua; porque la claridad de su prosa,
y aquellas entricadas razones suyas le
parecian de perlas; y mas quando llegaua a leer
aquellos requiebros y cartas de desafios, donde
en muchas partes hallaua escrito: La razon
de la sinrazon que a mi razon se haze, de tal
manera mi razon enflaqueze, que con razon
me quexo de la vuestra fermosura. Y tambien
quando leia: Los altos cielos que de vuestra
diuinidad diuinamente con las estrellas os
fortifican, y os hazen merecedora del merecimiento
que merece la vuestra grandeza. Con estas
razones perdia el pobre cauallero el juyzio, y
desuelauase por entenderlas y desentrañarles
el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera
el mesmo Aristoteles, si resucitara
para solo ello.
  No estaua muy bien con las heridas que don
Belianis daua y recebia, porque se imaginaua
que, por grandes maestros que le huuiessen
curado, no dexaria de tener el rostro y todo el
cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con
todo, alabaua en su autor aquel acabar su libro
con la promessa de aquella inacabable auentura,
y muchas vezes le vino desseo de tomar
la pluma y dalle fin al pie de la letra, como alli
se promete; y sin duda alguna lo hiziera, y aun
saliera con ello, si otros mayores y continuos
pensamientos no se lo estoruaran.
  Tuuo muchas vezes competencia con el cura
de su lugar, que era hombre docto, graduado
en Ciguença, sobre quál auia sido mejor
cauallero, Palmerin de Ingalaterra o Amadis
de Gaula; mas Maese Nicolas, barbero del
mesmo pueblo, dezia que ninguno llegaua al
Cauallero del Febo, y que si alguno se le podia
comparar, era don Galaor, hermano de Amadis
de Gaula, porque tenia muy acomodada condicion
para todo; que no era cauallero melindroso,
ni tan lloron como su hermano, y que
en lo de la valentia no le yua en çaga.
  En resolucion, el se enfrascó tanto en su
letura, que se le passauan las noches leyendo de
claro en claro, y los dias de turbio en turbio;
y, assi, del poco dormir y del mucho leer, se
le secó el celebro de manera que vino a perder
el juyzio. Llenosele la fantasia de todo aquello
que leia en los libros, assi de encantamentos
como de pendencias, batallas, desafios, heridas,
requiebros, amores, tormentas y disparates
impossibles. Y assentosele de tal modo en
la imaginacion que era verdad toda aquella
maquina de aquellas sonadas soñadas
inuenciones que leia, que para el no auia otra
historia mas cierta en el mundo. Dezia el, que
el Cid Ruydiaz auia sido muy buen cauallero;
pero que no tenia que ver con el Cauallero de
la Ardiente Espada, que de solo vn reues
auia partido por medio dos fieros y descomunales
gigantes. Mejor estaua con Bernardo del
Carpio, porque en Ronçesualles auia muerto
a Roldan el encantado, valiendose de la industria
de Hercules, quando ahogó a Anteo, el
hijo de la Tierra, entre los braços. Dezia mucho
bien del gigante Morgante porque, con ser
de aquella generacion gigantea, que todos
son soberuios y descomedidos, el solo era
afable y bien criado. Pero sobre todos estaua
bien con Reynaldos de Montaluan, y mas
quando le veia salir de su castillo, y robar
quantos topaua, y quando en allende robó
aquel idolo de Mahoma, que era todo de oro,
segun dize su historia. Diera el, por dar vna
mano de cozes al traydor de Galalon, al ama
que tenia, y aun a su sobrina de añadidura.
  En efeto, rematado ya su juyzio, vino a dar
en el mas estraño pensamiento que jamas
dio loco en el mundo, y fue, que le parecio
conuenible y necessario, assi para el aumento
de su honra como para el seruicio de su
republica, hazerse cauallero andante, y yrse por
todo el mundo con sus armas y cauallo, a buscar
las auenturas, y a exercitarse en todo aquello
que el auia leydo que los caualleros andantes
se exercitauan, deshaziendo todo genero
de agrauio, y poniendose en ocasiones y
peligros, donde, acabandolos, cobrase eterno
nombre y fama. Ymaginauase el pobre ya
coronado por el valor de su braço, por lo menos
del imperio de Trapisonda, y, assi, con estos
tan agradables pensamientos, lleuado del estraño
gusto que en ellos sentia, se dio priessa
a poner en efeto lo que desseaua.
  Y lo primero que hizo fue limpiar vnas armas
que auian sido de sus visabuelos, que,
tomadas de orin y llenas de moho, luengos
siglos auia que estauan puestas y oluidadas
en vn rincon. Limpiolas y adereçolas lo mejor
que pudo; pero vio que tenian vna gran falta,
y era que no tenian zelada de encaxe, sino
morrion simple; mas a esto suplio su industria,
porque de cartones hizo vn modo de media
zelada, que, encaxada con el morrion, hazian
vna apariencia de zelada entera. Es verdad
que para prouar si era fuerte y podia estar al
riesgo de vna cuchillada, sacó su espada y le
dio dos golpes, y con el primero y en vn
punto deshizo lo que auia hecho en vna semana;
y no dexó de parecerle mal la facilidad con
que la auia hecho pedaços, y, por assegurarse
deste peligro, la tornó a hazer de nueuo,
poniendole vnas barras de hierro por de dentro,
de tal manera, que el quedó satisfecho de su
fortaleza, y, sin querer hazer nueua experiencia
della, la diputó y tuuo por zelada finissima de
encaxe.
  Fue luego a ver su rozin, y, aunque tenia
mas quartos que vn real y mas tachas que el
cauallo de Gonela, que tantum pellis & ossa
fuit, le parecio que ni el Buzefalo de
Alexandro, ni Babieca el del Cid con el se
ygualauan. Quatro dias se le passaron en imaginar
qué nombre le pondria, porque, segun se dezia
el a si mesmo, no era razon que cauallo de
cauallero tan famoso, y tan bueno el por si,
estuuiesse sin nombre conocido, y, ansi,
procuraua acomodarsele de manera que declarasse
quien auia sido antes que fuesse de cauallero
andante, y lo que era entonces; pues estaua
muy puesto en razon que, mudando su señor
estado, mudasse el tambien el nombre, y [le]
cobrasse famoso y de estruendo, como conuenia
a la nueua orden y al nueuo exercicio
que ya professaua; y assi, despues de muchos
nombres que formó, borró y quitó, añadio,
deshizo y tornó a hazer en su memoria e
imaginacion, al fin le vino a llamar Rozinante,
nombre, a su parecer, alto, sonoro y significatiuo
de lo que auia sido quando fue rozin,
antes de lo que aora era, que era antes y
primero de todos los rozines del mundo.
  Puesto nombre, y tan a su gusto, a su cauallo,
quiso ponersele a si mismo, y en este pensamiento
duró otros ocho dias, y al cabo se vino
a llamar don Quixote; de donde, como queda
dicho, tomaron ocasion los autores desta
tan verdadera historia que, sin duda, se deuia
de llamar Quixada, y no Quesada, como otros
quisieron dezir. Pero acordandose que el
valeroso Amadis, no solo se auia contentado con
llamarse Amadis a secas, sino que añadio el
nombre de su reyno y patria por [hazerla]
famosa, y se llamó Amadis de Gaula, assi
quiso, como buen cauallero, añadir al suyo el
nombre de la suya y llamarse don Quixote de
la Mancha, con que, a su parecer, declaraua
muy al viuo su linage y patria, y la honraua
con tomar el sobrenombre della.
  Limpias, pues, sus armas, hecho del morrion
zelada, puesto nombre a su rozin y confirmandose
a si mismo, se dio a entender que no
le faltaua otra cosa sino buscar vna dama de
quien enamorarse; porque el cauallero andante
sin amores era arbol sin hojas y sin fruto, y
cuerpo sin alma. Deziase el a si: “[Si] yo por
malos de mis pecados, o por mi buena
suerte, me encuentro por ahi con algun gigante,
como de ordinario les acontece a los caualleros
andantes, y le derribo de vn encuentro, o
le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le
venço y le rindo, ¿no sera bien tener a quien
embiarle presentado, y que entre y se hinque
de rodillas ante mi dulce señora, y diga con
voz humilde, y rendido: «Yo, señora, soy
»el gigante Caraculiambro, señor de la insula
»Malindrania, a quien vencio en singular
»batalla el jamas como se deue alabado
»cauallero don Quixote de la Mancha, el qual me
»mandó que me presentasse ante vuestra
»merced para que la vuestra grandeza
»disponga de mi a su talante?»”
  ¡O, cómo se holgo nuestro buen cauallero
quando huuo hecho este discurso, y mas quando
halló a quien dar nombre de su dama! Y fue,
a lo que se cree, que en vn lugar cerca del suyo
auia vna moça labradora de muy buen parecer,
de quien el vn tiempo anduuo enamorado,
aunque, segun se entiende, ella jamas lo supo
ni se dio cata dello. Llamauase Aldonça
Lorenço, y a esta le parecio ser bien darle titulo
de señora de sus pensamientos; y, buscandole
nombre que no desdixesse mucho del suyo, y
que tirasse y se encaminasse al de princesa y
gran señora, vino a llamarla Dulcinea del
Toboso, porque era natural del Toboso; nombre,
a su parecer, musico y peregrino, y significatiuo,
como todos los demas que a el y a
sus cosas auia puesto.

                 Capitulo II

Que trata de la primera salida que de su tierra
       hizo el ingenioso don Quixote.

  Hechas, pues, estas preuenciones, no quiso
aguardar mas tiempo a poner en efeto su
pensamiento, apretandole a ello la falta que el
pensaua que hazia en el mundo su tardança, segun
eran los agrauios que pensaua deshazer, tuertos
que endereçar, sinrazones que emendar,
y abusos que mejorar, y deudas que satisfazer.
Y assi, sin dar parte a persona alguna de su
intencion y sin que nadie le viesse, vna mañana,
antes del dia, que era vno de los calurosos del
mes de Iulio, se armó de todas sus armas, subio
sobre Rocinante, puesta su mal compuesta
zelada, embraçó su adarga, tomó su lança, y, por
la puerta falsa de vn corral, salio al campo con
grandissimo contento y alboroço de ver con
quánta facilidad auia dado principio a su buen
desseo.
  Mas apenas se vio en el campo quando le
assaltó vn pensamiento terrible, y tal, que por
poco le hiziera dexar la començada empresa;
y fue, que le vino a la memoria que no era
armado cauallero, y que, conforme a ley de
caualleria, ni podia ni deuia tomar armas con
ningun cauallero; y, puesto que lo fuera, auia de
lleuar armas blancas, como nouel cauallero, sin
empresa en el escudo, hasta que por su esfuerço
la ganasse. Estos pensamientos le hizieron
titubear en su proposito; mas, pudiendo mas su
locura que otra razon alguna, propuso de
hazerse armar cauallero del primero que topasse,
a imitacion de otros muchos que assi lo hizieron,
segun el auia leydo en los libros que tal le
tenian. En lo de las armas blancas, pensaua
limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que
lo fuessen mas que vn armiño; y con esto
se quietó y prosiguio su camino, sin lleuar otro
que aquel que su cauallo queria, creyendo que
en aquello consistia la fuerça de las auenturas.
  Yendo, pues, caminando nuestro flamante
auenturero, yua hablando consigo mesmo,
y diziendo: “¿Quién duda, sino que en los
venideros tiempos, quando salga a luz la verdadera
historia de mis famosos hechos, que el sabio
que los escriuiere no ponga, quando llegue a
contar esta mi primera salida tan de mañana,
desta manera?: «Apenas auia el rubicundo Apolo
»tendido por la faz de la ancha y espaciosa
»tierra las doradas hebras de sus hermosos
»cabellos, y apenas los pequeños y pintados
»paxarillos con sus harpadas lenguas auian
»saludado con dulce y meliflua armonia la venida
»de la rosada Aurora, que, dexando la blanda
»cama del zeloso marido, por las puertas y
»balcones del manchego orizonte a los mortales
»se mostraua, quando el famoso cauallero don
»Quixote de la Mancha, dexando las ociosas
»plumas, subio sobre su famoso cauallo
»Rozinante, y començo a caminar por el antiguo y
»conocido campo de Montiel.»” Y era la
verdad que por el caminaua; y añadio diziendo:
“Dichosa edad, y siglo dichoso, aquel adonde
saldran a luz las famosas hazañas mias, dignas
de entallarse en bronzes, esculpirse en marmoles
y pintarse en tablas, para memoria en lo
futuro. ¡O tu, sabio encantador, quien quiera
que seas, a quien ha de tocar el ser coronista
desta peregrina historia, ruegote que no te
oluides de mi buen Rozinante, compañero eterno
mio en todos mis caminos y carreras!” Luego
boluia diziendo, como si verdaderamente fuera
enamorado: “¡O princesa Dulcinea, señora deste
cautiuo coraçon!, mucho agrauio me auedes
fecho en despedirme y reprocharme con el
riguroso afincamiento de mandarme no parecer
ante la vuestra fermosura. Plegaos, señora,
de membraros deste vuestro sujeto coraçon, que
tantas cuytas por vuestro amor padece.” Con
estos yua ensartando otros disparates, todos al
modo de los que sus libros le auian enseñado,
imitando en quanto podia su lenguaje. Con
esto caminaua tan despacio, y el sol entraua
tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante
a derretirle los sesos, si algunos tuuiera.
  Casi todo aquel dia caminó sin acontecerle
cosa que de contar fuesse, de lo qual se
desesperaua, porque quisiera topar luego luego,
con quien hazer experiencia del valor de su
fuerte braço. Autores ay que dizen que la
primera auentura que le auino fue la del puerto
Lapice, otros dizen que la de los molinos
de viento; pero lo que yo he podido aueriguar
en este caso, y lo que he hallado escrito en
los Anales de la Mancha, es que el anduuo
todo aquel dia, y al anochecer, su rozin y el se
hallaron cansados y muertos de hambre; y que,
mirando a todas partes por ver si descubriria
algun castillo o alguna majada de pastores
donde recogerse, y adonde pudiesse remediar
su mucha hambre y necessidad, vio, no
lexos del camino por donde yua, vna venta,
que fue como si viera vna estrella que no
a los portales, sino a los alcaçares de su
redencion le encaminaua. Diose priessa a
caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecia.
  Estauan acaso a la puerta dos mugeres moças,
destas que llaman del partido, las quales
yuan a Seuilla con vnos harrieros que en
la venta aquella noche acertaron a hazer
jornada; y como a nuestro auenturero todo quanto
pensaua, veia o imaginaua, le parecia ser hecho
y passar al modo de lo que auia leydo, luego
que vio la venta se le representó que era vn
castillo con sus quatro torres y chapiteles de
luziente plata, sin faltarle su puente leuadiza
y honda caua, con todos aquellos aderentes
que semejantes castillos se pintan.
  Fues(s)e llegando a la venta que a el le
parecia castillo, y a poco trecho della detuuo las
riendas a Rozinante, esperando que algun enano
se pusiesse entre las almenas, a dar señal
con alguna trompeta de que llegaua cauallero
al castillo. Pero como vio que se tardauan y
que Rozinante se daua priessa por llegar a la
caualleriza, se llegó a la puerta de la venta, y
vio a las dos destraydas moças que alli
estauan, que a el le parecieron dos hermosas
donzellas o dos graciosas damas, que delante de
la puerta del castillo se estauan solazando. En
esto sucedio acaso que vn porquero, que
andaua recogiendo de vnos rastrojos vna manada
de puercos, que, sin perdon, assi se llaman,
tocó vn cuerno, a cuya señal ellos se recogen,
y al instante se le representó a don Quixote lo
que desseaua, que era que algun enano hazia
señal de su venida; y assi, con estraño contento,
llegó a la venta y a las damas. Las quales,
como vieron venir vn hombre de aquella suerte
armado, y con lança y adarga, llenas de miedo
se yuan a entrar en la venta; pero don Quixote,
coligiendo por su huyda su miedo, alçandose
la visera de papelon, y descubriendo su seco y
poluoroso rostro, con gentil talante y voz
reposada les dixo:
  “No fuyan las vuestras mercedes ni teman
desaguisado alguno, ca a la orden de caualleria
que professo non toca ni atañe fazerle a
ninguno, quanto mas a tan altas donzellas como
vuestras presencias demuestran.”
  Mirauan[le] las moças, y andauan con los
ojos buscandole el rostro, que la mala visera
le encubria; mas como se oyeron llamar
donzellas, cosa tan fuera de su profession, no
pudieron tener la risa, y fue de manera que don
Quixote vino a correrse y a dezirles:
  “Bien parece la mesura en las fermosas, y
es mucha sandez, ademas, la risa que de leue
causa procede; pero non vos lo digo porque os
acuytedes ni mostredes mal talante, que el mio
non es de al que de seruiros.”
  El lenguaje, no entendido de las señoras, y
el mal talle de nuestro cauallero acrecentaua en
ellas la risa, y en el el enojo, y passara muy
adelante si a aquel punto no saliera el ventero,
hombre que, por ser muy gordo, era muy pacifico;
el qual, viendo aquella figura contrahecha,
armada de armas tan desiguales como eran la
brida, lança, adarga y coselete, no estuuo en
nada en acompañar a las donzellas en las
muestras de su contento. Mas, en efeto,
temiendo la maquina de tantos pertrechos,
determinó de hablarle comedidamente, y assi
le dixo:
  “Si vuestra merced, señor cauallero, busca
posada, amen del lecho, porque en esta venta
no ay ninguno, todo lo demas se hallará en
ella en mucha abu[n]dancia.”
  Viendo don Quixote la humildad del alcayde
de la fortaleza, que tal le parecio a el el
ventero y la venta, respondio:
  “Para mi, señor castellano, qualquiera cosa
basta, porque

           mis arreos son las armas,
           mi descanso el pelear, &c.”

  Penso el huesped que el auerle llamado
castellano auia sido por auerle parecido de los
sanos de Castilla, aunque el era andaluz, y
de los de la Playa de San Lucar, no menos
ladron que Caco, ni menos maleante que
estudiantado paje; y, assi, le respondio:
  “Segun esso, las camas de vuestra merced
seran duras peñas, y su dormir, siempre velar;
y, siendo assi, bien se puede apear, con
seguridad de hallar en esta choça ocasion y
ocasiones para no dormir en todo vn año, quanto
mas en vna noche.”
  Y, diziendo esto, fue a tener el estribo a
don Quixote, el qual se apeó con mucha dificultad
y trabaxo, como aquel que en todo aquel
dia no se auia desayunado. Dixo luego al
huesped que le tuuiesse mucho cuydado de su
cauallo, porque era la mejor pieça que comia pan
en el mundo. Mirole el ventero, y no le parecio
tan bueno como don Quixote dezia, ni aun la
mitad; y acomodandole en la caualleriza, boluio
a ver lo que su huesped mandaua, al qual estauan
desarmando las donzellas, que ya se auian
reconciliado con el; las quales, aunque le auian
quitado el peto y el espaldar, jamas supieron
ni pudieron desencaxarle la gola, ni quitalle
la contrahecha zelada que traia atada con vnas
cintas verdes, y era menester cortarlas por no
poderse quitar los ñudos; mas el no lo quiso
consentir en ninguna manera, y, assi, se quedó
toda aquella noche con la zelada puesta, que
era la mas graciosa y estraña figura que se
pudiera pensar. Y al desarmarle, como el se
imaginaua que aquellas traydas y lleuadas que
le desarmauan eran algunas principales señoras
y damas de aquel castillo, les dixo con
mucho donayre:

             “Nunca fuera cauallero
           de damas tambien seruido,
           como fuera don Quixote
           quando de su aldea vino:
           donzellas curauan del,
           princesas del su rozino.

  ”O Rozinante; que este es el nombre, señoras
mias, de mi cauallo, y don Quixote de la Mancha
el mio; que, puesto que no quisiera descubrirme
fasta que las fazañas fechas en vuestro
seruicio y pro me descubrieran, la fuerça de
acomodar al proposito presente este romance
viejo de Lançarote ha sido causa que sepays
mi nombre antes de toda sazon; pero tiempo
vendra en que las vuestras señorias me
manden, y yo obedezca, y el valor de mi braço
descubra el desseo que tengo de seruiros.”
  Las moças, que no estauan hechas a oyr
semejantes retoricas, no respondian palabra;
solo le preguntaron si queria comer alguna
cosa.
  “Qualquiera yantaria yo”, respondio don
Quixote, “porque a lo que entiendo me haria
mucho al caso.”
  A dicha acerto a ser viernes aquel dia, y no
auia en toda la venta sino vnas raciones de
vn pescado que en Castilla llaman abadexo, y
en Andaluzia bacallao, y en otras partes
curadillo, y en otras truchuela. Preguntaronle si,
por ventura, comeria su merced truchuela; que
no auia otro pescado que dalle a comer.
  “Como aya muchas truchuelas”, respondio
don Quixote, “podran seruir de vna trucha;
porque esso se me da que me den ocho reales
en senzillos, que en vna pieça de a ocho.
Quanto mas que podria ser que fuessen estas
truchuelas como la ternera, que es mejor que
la vaca, y el cabrito que el cabron. Pero, sea
lo que fuere, venga luego, que el trabajo y
peso de las armas no se puede lleuar sin el
gouierno de las tripas.”
  Pusieronle la mesa a la puerta de la venta
por el fresco, y truxole el huesped vna porcion
del mal remojado y peor cozido bacallao, y vn
pan tan negro y mugriento como sus armas;
pero era materia de grande risa verle comer,
porque, como tenia puesta la zelada y alçada la
visera, no podia poner nada en la boca con
sus manos si otro no se lo daua y ponia, y
ansi, vna de aquellas señoras seruia deste
menester. Mas al darle de beuer, no fue possible,
ni lo fuera, si el ventero no horadara vna
caña, y, puesto el vn cabo en la boca, por el
otro le yua echando el vino; y todo esto lo
recebia en paciencia, a trueco de no romper las
cintas de la zelada.
  Estando en esto, llegó acaso a la venta vn
castrador de puercos, y assi como llegó, sono
su siluato de cañas quatro o cinco vezes, con
lo qual acabó de confirmar don Quixote que
estaua en algun famoso castillo, y que le
seruian con musica, y que el abadexo eran
truchas, el pan candeal, y las rameras damas,
y el ventero castellano del castillo; y con esto
daua por bien empleada su determinacion y
salida. Mas lo que mas le fatigaua era el no
verse armado cauallero, por parecerle que no
se podria poner legitimamente en auentura
alguna, sin recebir la orden de caualleria.

                 Capitulo III

Donde se cuenta la graciosa manera que tuuo
    don Quixote en armarse cauallero.

  Y assi, fatigado deste pensamiento, abreuió
su venteril y limitada cena. La qual acabada,
llamó al ventero, y, encerrandose con el en la
caualleriza, se hincó de rodillas ante el,
diziendole:
  “No me leuantaré jamas de donde estoy,
valeroso cauallero, fasta que la vuestra
cortesia me otorgue vn don que pedirle quiero, el
qual redundará en alabança vuestra y en pro
del genero humano.”
  El ventero, que vio a su huesped a sus pies
y oyo semeja[n]tes razones, estaua confuso
mirandole sin saber qué hazerse ni dezirle, y
porfiaua con el que se leuantase, y jamas
quiso, hasta que le huuo de dezir que el le
otorgaua el don que le pedia.
  “No esperaua yo menos de la gran magnificencia
vuestra, señor mio”, respondio don
Quixote, “y assi os digo que el don que os
he pedido, y de vuestra liberalidad me ha sido
otorgado, es que mañana, en aquel dia, me
aueys de armar cauallero, y esta noche en la
capilla deste vuestro castillo velaré las armas,
y mañana, como tengo dicho, se cumplira lo
que tanto desseo, para poder, como se deue,
yr por todas las quatro partes del mundo
buscando las auenturas en pro de los
menesterosos, como está a cargo de la caualleria y
de los caualleros andantes, como yo soy, cuyo
desseo a semejantes fazañas es inclinado.”
  El ventero, que, como está dicho, era vn poco
socarron, y ya tenia algunos barruntos de la
falta de juyzio de su huesped, acabó de creerlo
quando acabó de oyrle semejantes razones,
y, por tener que reyr aquella noche, determinó
de seguirle el humor; y, assi, le dixo que andaua
muy acertado en lo que desseaua y pedia,
y que tal prosupuesto era propio y natural de
los caualleros tan principales como el parecia
y como su gallarda presencia mostraua; y que
el, ansi mesmo, en los años de su mocedad,
se auia dado a aquel honroso exercicio,
andando por diuersas partes del mundo buscando
sus auenturas, sin que huuiesse dexado los
percheles de Malaga, islas de [Riaran],
Compas de Seuilla, Azoguejo de Segouia, la
Oliuera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de
San Lucar, Potro de Cordoua y las Ventillas
de Toledo, y otras diuersas partes, donde
auia exercitado la ligereza de sus pies,
sutileza de sus manos, haziendo muchos tuertos,
requestando muchas viudas, deshaziendo
algunas donzellas y engañando a algunos
pupilos, y, finalmente, dandose a conocer por
quantas audiencias y tribunales ay casi en toda
España; y que, a lo vltimo, se auia venido a
recoger a aquel su castillo, donde viuia con
su hazienda y con las agenas, recogiendo en el
a todos los caualleros andantes, de qualquiera
calidad y condicion que fuessen, solo por la
mucha aficion que les tenia, y porque partiessen
con el de sus aueres en pago de su buen
desseo.
  Dixole tambien que en aquel su castillo no
auia capilla alguna donde poder velar las
armas, porque estaua derribada para hazerla de
nueuo; pero que, en caso de necessidad, el
sabia que se podian velar donde quiera, y que
aquella noche las podria velar en vn patio del
castillo; que a la mañana, siendo Dios seruido,
se harian las deuidas ceremonias, de manera
que el quedasse armado cauallero, y tan
cauallero, que no pudiesse ser mas en el mundo.
  Preguntole si traia dineros; respondio don
Quixote que no traia blanca, porque el nunca
auia leydo en las historias de los caualleros
andantes que ninguno los huuiesse traydo.
A esto dixo el ventero que se engañaua; que,
puesto caso que en las historias no se escriuia,
por auerles parecido a los autores dellas que
no era menester escreuir vna cosa tan clara
y tan necessaria de traerse, como eran dineros
y camisas limpias, no por esso se auia de
creer que no los truxeron; y assi, tuuiesse por
cierto y aueriguado que todos los caualleros
andantes, de que tantos libros estan llenos y
atestados, lleuauan bien herradas las bolsas
por lo que pudiesse sucederles, y que assi
mismo lleuauan camisas y vna arqueta pequeña
llena de vnguentos para curar las heridas que
recebian, porque no todas vezes en los campos
y desiertos, donde se combatian y salian
heridos, auia quien los curasse, si ya no era que
tenian algun sabio encantador por amigo, que
luego los socorria, trayendo por el ayre, en
alguna nuue, alguna donzella o enano con
alguna redoma de agua de tal virtud que, en
gustando alguna gota della, luego al punto
quedauan sanos de sus llagas y heridas, como
si mal alguno huui[e]ssen tenido; mas que, en
tanto que esto no huuiesse, tuuieron los
passados caualleros por cosa acertada que sus
escuderos fuessen proueydos de dineros y de otras
cosas necessarias, como eran hilas y vnguentos
para curarse; y quando sucedia que los tales
caualleros no tenian escuderos, que eran pocas
y raras vezes, ellos mesmos lo lleuauan
todo en vnas alforjas muy sutiles, que casi no
se parecian, a las ancas del cauallo, como que
era otra cosa de mas importancia; porque, no
siendo por ocasion semejante, esto de lleuar
alforjas no fue muy admitido entre los caualleros
andantes, y por esto le daua por consejo,
pues aun se lo podia mandar como a su ahijado,
que tan presto lo auia de ser, que no caminasse
de alli adelante sin dineros y sin las
preuenciones referidas, y que veria quan bien
se hallaua con ellas, quando menos se pensase.
  Prometiole don Quixote de hazer lo que se
le aconsejaua con toda puntualidad. Y, assi, se
dio luego orden como velasse las armas en vn
corral grande que a vn lado de la venta estaua,
y, recogiendolas don Quixote todas, las puso
sobre vna pila que junto a vn pozo estaua. Y,
embraçando su adarga, asio de su lança, y con
gentil continente se començo a passear delante
de la pila, y quando començo el passeo
començaua a cerrar la noche.
  Conto el ventero a todos quantos estauan en
la venta la locura de su huesped, la vela de las
armas y la armazon de caualleria que esperaua.
Admiraronse de tan estraño genero de
locura, y fueronselo a mirar desde lexos, y
vieron que, con sossegado ademan, vnas vezes se
passeaua, otras, arrimado a su lança, ponia los
ojos en las armas, sin quitarlos por vn buen
espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero
con tanta claridad de la luna, que podia competir
con el que se la prestaua; de manera, que
quanto el nouel cauallero hazia era bien visto
de todos.
  Antojosele en esto a vno de los harrieros que
estauan en la venta yr a dar agua a su requa,
y fue menester quitar las armas de don
Quixote, que estauan sobre la pila, el qual,
viendole llegar, en voz alta le dixo:
  “¡O tu, quien quiera que seas, atreuido
cauallero, que llegas a tocar las armas del mas
valeroso andante que jamas se ciño espada, mira
lo que hazes y no las toques, si no quieres
dexar la vida en pago de tu atreui[mi]ento!”
  No se curó el harriero destas razones, y fuera
mejor que se curara, porque fuera curarse en
salud; antes, trauando de las correas, las arrojó
gran trecho de si. Lo qual visto por don
Quixote, alçó los ojos al cielo, y puesto el
pensamiento, a lo que parecio, en su señora
Dulzinea, dixo:
  “Acorredme, señora mia, en esta primera
afrenta que a este vuestro auassallado pecho
se le ofrece; no me desfallezca en este primero
trance vuestro fauor y amparo.”
  Y, diziendo estas y otras semejantes razones,
soltando la adarga, alçó la lança a dos manos,
y dio con ella tan gran golpe al harriero en la
cabeça, que le derribó en el suelo tan
maltrecho, que, si segundara con otro, no tuuiera
necessidad de maestro que le curara. Hecho esto,
recogio sus armas y tornó a passearse con el
mismo reposo que primero.
  Desde alli a poco, sin saberse lo que auia
passado, porque aun es[ta]ua aturdido el
harriero, llegó otro con la mesma intencion de
dar agua a sus mulos, y, llegando a quitar las
armas para desembaraçar la pila, sin hablar
don Quixote palabra, y sin pedir fauor a nadie,
solto otra vez la adarga, y alçó otra vez la
lança, y sin hazerla pedaços, hizo mas de tres la
cabeça del segundo harriero, porque se la abrio
por quatro. Al ruydo acudio toda la gente de la
venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto don
Quixote, embraçó su adarga, y, puesta mano a
su espada, dixo:
  “¡O señora de la fermosura, esfuerço y vigor
del debilitado coraçon mio, aora es tiempo que
bueluas los ojos de tu grandeza a este tu
cautiuo cauallero, que tamaña auentura está
atendiendo!”
  Con esto cobró, a su parecer, tanto animo,
que si le acometieran todos los harrieros del
mundo no boluiera el pie atras. Los compañeros
de los heridos, que tales los vieron, començaron
desde lexos a llouer piedras sobre don
Quixote, el qual, lo mejor que podia, se
reparaua con su adarga, y no se osaua apartar de
la pila por no desamparar las armas. El ventero
daua vozes que le dexassen, porque ya les
auia dicho como era loco, y que por loco se
libraria aunque los matasse a todos. Tambien
don Quixote las daua, mayores, llamandolos de
aleuosos y traydores, y que el señor del castillo
era vn follon y mal nacido cauallero, pues de
tal manera consentia que se tratassen los
andantes caualleros, y que si el huuiera recebido
la orden de caualleria, que el le diera a entender
su aleuosia: “Pero de vosotros, soez y baxa
canalla, no hago caso alguno. ¡Tirad, llegad,
venid y ofendedme en quanto pudieredes;
que vosotros vereys el pago que lleuays de
vuestra sandez y demasia!”
  Dezia esto con tanto brio y denuedo, que
infundio vn terrible temor en los que le acometian,
y, assi, por esto, como por las persuasiones
del ventero, le dexaron de tirar, y el dexó
retirar a los heridos, y tornó a la vela de sus
armas con la misma quietud y sossiego que
primero.
  No le parecieron bien al ventero las burlas
de su huesped, y determinó abreuiar y darle la
negra orden de caualleria luego, antes que otra
desgracia sucediesse. Y assi, llegandose a el, se
desculpó de la insolencia que aquella gente
baxa con el auia vsado, sin que el supiesse
cosa alguna, pero que bien castigados quedauan
de su atreuimiento. Dixole, como ya le
auia dicho, que en aquel castillo no auia capilla,
y para lo que restaua de hazer tampoco era
necessaria; que todo el toque de quedar armado
cauallero consistia en la pescoçada y en el
espaldarazo, segun el tenia noticia del ceremonial
de la orden, y que aquello en mitad de vn
campo se podia hazer, y que ya auia cumplido
con lo que tocaua al velar de las armas, que
con solas dos horas de vela se cumplia, quanto
mas que el auia estado mas de quatro.
  Todo se lo creyo don Quixote [y dixo]
que el estaua alli pronto para obedecerle,
y que concluyesse con la mayor breuedad que
pudiesse; porque si fuesse otra vez acometido,
y se viesse armado cauallero, no pensaua dexar
persona viua en el castillo, eceto aquellas que
el le mandasse, a quien por su respeto dexaria.
  Aduertido y medroso desto el castellano,
truxo luego vn libro donde assentaua la paja
y ceuada que daua a los harrieros, y con vn
cabo de vela que le traia vn muchacho, y con
las dos ya dichas donzellas, se vino adonde
don Quixote estaua, al qual mandó hincar de
rodillas, y, leyendo en su manual, como que
dezia alguna deuota oracion, en mitad de la
leyenda alçó la mano y diole sobre el cuello
vn buen golpe, y tras el, con su mesma
espada, vn gentil espaldarazo, siempre
murmurando entre dientes, como que rezaua. Hecho
esto, mandó a vna de aquellas damas que le
ciñesse la espada, la qual lo hizo con mucha
desemboltura y discrecion, porque no fue
menester poca para no rebentar de risa a cada
punto de las ceremonias; pero las proezas que
ya auian visto del nouel cauallero les tenia la
risa a raya.
  Al ceñirle la espada, dixo la buena señora:
  “Dios haga a vuestra merced muy venturoso
cauallero y le de ventura en lides.”
  Don Quixote le preguntó como se llamaua,
porque el supiesse de alli adelante a quien
quedaua obligado por la merced recebida,
porque pensaua darle alguna parte de la honra
que alcançasse por el valor de su braço. Ella
respondio con mucha humildad que se llamaua
la Tolosa, y que era hija de vn remendon
natural de Toledo, que viuia a las tendillas
de Sancho Bienaya, y que donde quiera
que ella estuuiesse le seruiria y le tendria por
señor. Don Quixote le replicó que, por su amor,
le hiziesse merced que de alli adelante se
pusiesse don, y se llamasse doña Tolosa. Ella se
lo prometio, y la otra le calçó la espuela, con
la qual le passó casi el mismo coloquio que
con la de la espada. Preguntole su nombre, y
dixo que se llamaua la Molinera, y que era
hija de vn honrado molinero de Antequera; a
la qual tambien rogo don Quixote que se
pusiesse don, y se llamasse doña Molinera,
ofreciendole nueuos seruicios y mercedes.
  Hechas, pues, de galope y aprissa, las
hasta alli nunca vistas ceremonias, no vio la hora
don Quixote de verse a cauallo y salir
buscando las auenturas, y, ensillando luego a
Rozinante, subio en el, y abraçando a su
huesped, le dixo cosas tan estrañas, agradeciendole
la merced de auerle armado cauallero,
que no es possible acertar a referirlas. El
ventero, por verle ya fuera de la venta, con no
menos retoricas, aunque con mas breues palabras,
respondio a las suyas, y, sin pedirle
la costa de la posada, le dexó yr a la buen
hora.

                 Capitulo IV

  De lo que le sucedio a nuestro cauallero
        quando salio de la venta.

  La del alua seria quando don Quixote salio
de la venta, tan contento, tan gallardo, tan
alboroçado por verse ya armado cauallero, que
el gozo le rebentaua por las cinchas del
cauallo. Mas viniendole a la memoria los consejos
de su huesped cerca de las preuenciones tan
necessarias que auia de lleuar consigo,
especial la de los dineros y camisas, determinó
boluer a su casa y acomodarse de todo, y de
vn escudero, haziendo cuenta de recebir a vn
labrador vezino suyo, que era pobre y con
hijos, pero muy a proposito para el oficio
escuderil de la caualleria. Con este pensamiento
guió a Rozinante hazia su aldea, el qual, casi
conociendo la querencia, con tanta gana
començo a caminar, que parecia que no ponia
los pies en el suelo.
  No auia andado mucho, quando le parecio
que a su diestra mano, de la espessura de vn
bosque que alli estaua, salian vnas vozes
delicadas, como de persona que se quexaua, y, a
penas las huuo oydo, quando dixo:
  “Gracias doy al cielo por la merced que me
haze, pues tan presto me pone ocasiones
delante donde yo pueda cumplir con lo que deuo
a mi profession y donde pueda coger el fruto
de mis buenos desseos. Estas vozes, sin duda,
son de algun menesteroso, o menesterosa, que
ha menester mi fauor y ayuda.”
  Y, boluiendo las riendas, encaminó a
Rozinante hazia donde le parecio que las vozes
salian. Y, a pocos passos que entró por el
bosque, vio atada vna yegua a vna enzina, y atado
en otra a vn muchacho, desnudo de medio
cuerpo arriba, hasta de edad de quinze años,
que era el que las vozes daua, y no sin causa,
porque le estaua dando con vna pretina muchos
açotes vn labrador de buen talle, y cada
açote le acompañaua con vna reprehension y
consejo. Porque dezia:
  “La lengua queda, y los ojos listos.”
  Y el muchacho respondia:
  “No lo hare otra vez, señor mio; por la
passion de Dios, que no lo hare otra vez, y yo
prometo de tener de aqui adelante mas cuydado
con el hato.”
  Y viendo don Quixote lo que passaua, con
voz ayrada dixo:
  “Descortes cauallero, mal parece tomaros
con quien defender no se puede; subid sobre
vuestro cauallo y tomad vuestra lança --que
tambien tenia vna lança arrimada a la enzina
adonde estaua arrimada la yegua--, que yo
os hare conocer ser de cobardes lo que estays
haziendo.”
  El labrador, que vio sobre si aquella figura
llena de armas, blandiendo la lança sobre su
rostro, tuuose por muerto, y con buenas
palabras respondio:
  “Señor cauallero, este muchacho que estoy
castigando, es vn mi criado que me sirue de
guardar vna manada de ouejas que tengo en
estos contornos, el qual es tan descuydado,
que cada dia me falta vna; y porque castigo su
descuydo, o vellaqueria, dize que lo hago de
miserable, por no pagalle la soldada que le
deuo, y en Dios y en mi anima que miente.”
  “¿Miente delante de mi, ruyn villano?”, dixo
don Quixote. “Por el sol que nos alumbra, que
estoy por passaros de parte a parte con esta
lança; pagadle luego sin mas replica; si no,
por el Dios que nos rige que os concluya y
aniquile en este punto. Desatadlo luego.”
  El labrador baxó la cabeça, y, sin responder
palabra, desató a su criado, al qual preguntó
don Quixote que quánto le deuia su amo; el
dixo que nueue meses, a siete reales cada mes.
Hizo la cuenta don Quixote y halló que montauan
sesenta y tres reales, y dixole al labrador
que al momento los desembolsasse, si no
queria morir por ello. Respondio el medroso
villano que para el passo en que estaua y
juramento que auia hecho --y aun no auia jurado
nada--, que no eran tantos, porque se
le auian de descontar y recebir en cuenta tres
pares de çapatos que le auia dado, y vn real
de dos sangrias que le auian hecho estando
enfermo.
  “Bien está todo esso”, replicó don Quixote;
“pero quedense los çapatos y las sangrias
por los açotes que sin culpa le aueys
dado; que si el rompio el cuero de los çapatos
que vos pagastes, vos le aueys rompido el de
su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre
estando enfermo, vos en sanidad se la aueys
sacado; ansi que, por esta parte, no os deue
nada.”
  “El daño está, señor cauallero, en que no
tengo aqui dineros; vengase Andres conmigo
a mi casa, que yo se los pagaré vn real sobre
otro.”
  “¿Yrme yo con el”, dixo el muchacho, “mas?
¡Mal año, no señor, ni por pienso; porque, en
viendose solo, me dessuelle como a vn San
Bartolome!”
  “No hara tal”, replicó don Quixote; “basta
que yo se lo mande para que me tenga respeto;
y con que el me lo jure por la ley de
caualleria que ha recebido, le dexaré yr libre y
asseguraré la paga.”
  “Mire vuestra merced, señor, lo que dize”,
dixo el muchacho; “que este mi amo no es
cauallero, ni ha recebido orden de caualleria
alguna; que es Iuan Haldudo el rico, el vezino
del Quintanar.”
  “Importa poco esso”, respondio don Quixote,
“que Haldudos puede auer caualleros; quanto
mas, que cada vno es hijo de sus obras.”
  “Assi es verdad”, dixo Andres; “pero este
mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega
mi soldada, y mi sudor y trabajo?”
  “No niego, hermano Andres”, respondio el
labrador, “y hazedme plazer de veniros
conmigo; que yo juro por todas las ordenes que
de cauallerias ay en el mundo de pagaros,
como tengo dicho, vn real sobre otro, y aun
sahumados.”
  “Del sahumerio os hago gracia”, dixo don
Quixote; “dadselos en reales, que con esso me
contento, y mirad que lo cumplays como lo
aueys jurado; si no, por el mismo juramento os
juro de boluer a buscaros y a castigaros, y
que os tengo de hallar, aunque os escondays
mas que vna lagartija. Y, si quereys saber
quien os manda esto, para quedar con mas
veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el
valeroso don Quixote de la Mancha, el desfazedor
de agrauios y sinrazones, y a Dios quedad;
y no se os parta de las mientes lo prometido
y jurado, so pena de la pena pronunciada.”
  Y, en diziendo esto, picó a su Rozinante, y
en breue espacio se apartó dellos. Siguiole el
labrador con los ojos, y quando vio que auia
traspuesto del bosque y que ya no parecia,
boluiose a su criado Andres, y dixole:
  “Venid aca, hijo mio, que os quiero pagar lo
que os deuo, como aquel deshazedor de
agrauios me dexó mandado.”
  “Esso juro yo”, dixo Andres; “y ¡cómo que
andara vuestra merced acertado en cumplir el
mandamiento de aquel buen cauallero, que
mil años viua; que, segun es de valeroso y de
buen juez, viue Roque que si no me paga, que
buelua y execute lo que dixo!”
  “Tambien lo juro yo”, dixo el labrador; “pero,
por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar
la deuda por acrecentar la paga.”
  Y, asiendole del braço, le tornó a atar a la
enzina, donde le dio tantos açotes que le dexó
por muerto.
  “Llamad, señor Andres, aora”, dezia el
labrador, “al desfazedor de agrauios; vereys como
no desfaze aqueste, aunque creo que no está
acabado de hazer, porque me viene gana de
dessollaros viuo, como vos temiades.”
  Pero, al fin, le desató y le dio licencia que
fuesse a buscar su juez para que executasse
la pronunciada sentencia. Andres se partio algo
mohino, jurando de yr a buscar al valeroso don
Quixote de la Mancha y contalle punto por
punto lo que auia passado, y que se lo auia de
pagar con las setenas. Pero, con todo esto,
el se partio llorando y su amo se quedó riendo.
  Y desta manera deshizo el agrauio el valeroso
don Quixote, el qual, contentissimo de lo
sucedido, pareciendole que auia dado felicissimo
y alto principio a sus cauallerias, con gran
satisfacion de si mismo yua caminando hazia
su aldea, diziendo a media voz:
  “Bien te puedes llamar dichosa sobre quantas
oy viuen en la tierra, ¡o sobre las bellas
bella Dulzinea del Toboso!, pues te cupo en
suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad
e talante a vn tan valiente y tan nombrado
cauallero como lo es y sera don Quixote de la
Mancha. El qual, como todo el mundo sabe,
ayer rescibio la orden de caualleria, y oy
ha desfecho el mayor tuerto y agrauio que
formó la sinrazon y cometio la crueldad. Oy
quitó el latigo de la mano a aquel despiadado
enemigo, que tan sin ocasion vapulaua
a aquel delicado infante.”
  En esto, llegó a vn camino que en quatro se
diuidia, y luego se le vino a la imaginacion las
encruzexadas donde los caualleros andantes
se ponian a pensar quál camino de aquellos
tomarian, y, por imitarlos estuuo vn rato quedo,
y, al cabo de auerlo muy bien pensado, solto la
rienda a Rozinante, dexando a la voluntad del
rozin la suya, el qual siguio su primer intento,
que fue el yrse camino de su caualleriza. Y
auiendo andado como dos millas, descubrio
don Quixote vn grande tropel de gente, que,
como despues se supo, eran vnos mercaderes
toledanos que yuan a comprar seda a Murcia.
Eran seys, y venian con sus quitasoles, con
otros quatro criados a cauallo y tres moços
de mulas a pie.
  Apenas los diuisó don Quixote, quando se
imaginó ser cosa de nueua auentura; y, por
imitar en todo quanto a el le parecia possible
los passos que auia leydo en sus libros, le
parecio venir alli de molde vno que pensaua
hazer. Y assi, con gentil continente y denuedo,
se afirmó bien en los estribos, apreto la lança,
llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad
del camino, estuuo esperando que aquellos
caualleros andantes llegassen, que ya el por tales
los tenia y juzgaua, y, quando llegaron a trecho
que se pudieron ver y oyr, leuantó don Quixote
la voz, y, con ademan arrogante, dixo:
  “Todo el mundo se tenga, si todo el mundo
no confiessa que no ay en el mundo todo
donzella mas hermosa que la Emperatriz de la
Mancha, la simpar Dulzinea del Toboso.”
  Pararonse los mercaderes al son destas
razones, y a ver la estraña figura del que las
dezia, y por la figura y por las razones
luego echaron de ver la locura de su dueño;
mas quisieron ver despacio en que paraua
aquella confession que se les pedia, y vno
dellos, que era vn poco burlon y muy mucho
discreto, le dixo:
  “Señor cauallero, nosotros no conocemos
quién sea essa buena señora que dezis;
mostradnosla, que si ella fuere de tanta hermosura
como significays, de buena gana y sin
apremio alguno confessaremos la verdad que por
parte vuestra nos es pedida.”
  “Si os la mostrara”, replicó don Quixote,
“¿qué hizierades vosotros en confessar vna
verdad tan notoria? La importancia está en
que, sin verla, lo aueis de creer, confessar,
afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo
soys en batalla, gente descomunal y soberuia.
Que, aora vengays vno a vno, como pide la
orden de caualleria, ora todos juntos, como es
costumbre y mala vsança de los de vuestra
ralea, aqui os aguardo y espero, confiado en
la razon que de mi parte tengo.”
  “Señor cauallero”, replicó el mercader,
“suplico a vuestra merced, en nombre de todos
estos principes que aqui estamos que, por que
no encarguemos nuestras conciencias,
confessando vna cosa por nosotros jamas vista ni
oyda, y mas siendo tan en perjuyzio de las
emperatrizes y reynas del Alcarria y
Estremadura, que vuestra merced sea seruido de
mostrarnos algun retrato de essa señora, aunque
sea tamaño como vn grano de trigo; que por
el hilo se sacará el ouillo, y quedaremos con
esto satisfechos y seguros, y vuestra merced
quedará contento y pagado. Y aun creo que
estamos ya tan de su parte, que, aunque su
retrato nos muestre que es tuerta de vn ojo y
que del otro le mana bermellon y piedra
açufre, con todo esso, por complazer a vuestra
merced, diremos en su fauor todo lo que
quisiere.”
  “No le mana, canalla infame”, respondio don
Quixote encendido en colera; “no le mana,
digo, esso que dezis, sino ambar y algalia entre
algodones; y no es tuerta ni corcobada, sino
mas derecha que vn huso de Guadarrama.
Pero ¡vosotros pagareys la grande blasfemia
que aueys dicho contra tamaña beldad, como
es la de mi señora!”
  Y, en diziendo esto, arremetio con la lança
baxa contra el que lo auia dicho, con tanta
furia y enojo, que, si la buena suerte no
hiziera que en la mitad del camino tropeçara y
cayera Rozinante, lo passara mal el atreuido
mercader. Cayo Rozinante, y fue rodando su
amo vna buena pieça por el campo, y, queriendose
leuantar, jamas pudo: tal embaraço le
causauan la lança, adarga, espuelas y zelada,
con el peso de las antiguas armas. Y entre
tanto que pugnaua por leuantarse y no podia,
estaua diziendo:
  “¡Non fuyais, gente cobarde, gente cautiua,
atended; que no por culpa mia, sino de mi
cauallo, estoy aqui tendido!”
  Vn moço de mulas de los que alli venian,
que no deuia de ser muy bien intencionado,
oyendo dezir al pobre caydo tantas arrogancias,
no lo pudo sufrir sin darle la respuesta
en las costillas. Y, llegandose a el, tomó la
lança, y despues de auerla hecho pedaços, con
vno dellos començo a dar a nuestro don Quixote
tantos palos, que, a despecho y pesar de
sus armas, le molio como cibera. Dauanle vozes
sus amos que no le diesse tanto, y que le
dexasse; pero estaua ya el moço picado y no
quiso dexar el juego hasta embidar todo el
resto de su colera; y, acudiendo por los demas
troços de la lança, los acabó de deshazer sobre
el miserable caydo, que, con toda aquella
tempestad de palos que sobre el via, no cerraua
la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a
los malandrines, que tal le parecian.
  Cansose el moço, y los mercaderes siguieron
su camino, lleuando qué contar en todo el
del pobre apaleado. El qual, despues que se
vio solo, tornó a prouar si podia leuantarse;
pero si no lo pudo hazer quando sano y
bueno, ¿cómo lo haria molido y casi deshecho?
Y aun se tenia por dichoso, pareciendole que
aquella era propia desgracia de caualleros
andantes, y toda la atribuia a la falta de su
cauallo; y no era possible leuantarse, segun tenia
brumado todo el cuerpo.

                  Capitulo V

Donde se prosigue la narracion de la desgracia
            de nuestro cauallero.

  Viendo, pues, que, en efeto, no podia menearse,
acordo de acogerse a su ordinario remedio,
que era pensar en algun passo de sus
libros, y truxole su locura a la memoria aquel de
Valdouinos y del Marques de Mantua, quando
Carloto le dexó herido en la montiña,
historia sabida de los niños, no ignorada de los
moços, celebrada y aun creyda de los viejos,
y, con todo esto, no mas verdadera que los
milagros de Mahoma. Esta, pues, le parecio a
el que le venia de molde para el passo en que
se hallaua; y assi, con muestras de grande
sentimiento, se començo a bolcar por la tierra, y a
dezir con debilitado aliento lo mesmo que
dizen dezia el herido cauallero del bosque:

          ¿Dónde estás, señora mia,
        que no te duele mi mal?
        O no lo sabes, señora,
        o eres falsa y desleal.

  Y desta manera fue prosiguiendo el
romance, hasta aquellos versos que dizen:

          ¡O, noble Marques de Mantua,
        mi tio y señor carnal!

  Y quiso la suerte que, quando llegó a este
verso, acerto a passar por alli vn labrador de su
mesmo lugar y vezino suyo, que venia de
lleuar vna carga de trigo al molino, el qual,
viendo aquel hombre alli tendido, se llegó a
el y le preguntó que quién era y qué mal
sentia, que tan tristemente se quexaua.
  Don Quixote creyo, sin duda, que aquel era
el Marques de Mantua, su tio, y, assi, no le
respondio otra cosa sino fue proseguir en su
romance, donde le daua cuenta de su desgracia
y de los amores del hijo del Emperante con su
esposa; todo de la mesma manera que el
romance lo canta. El labrador estaua admirado
oyendo aquellos disparates, y, quitandole la
visera, que ya estaua hecha pedaços de los
palos, le limpio el rostro, que le tenia
cubierto de poluo, y apenas le huuo limpiado,
quando le conocio, y le dixo:
  “Señor Quixana” --que assi se deuia de
llamar quando el tenia juyzio y no auia passado
de hidalgo sossegado a cauallero andante--,
“¿quién a puesto a vuestra merced desta
suerte?”
  Pero el seguia con su romance a quanto le
preguntaua.
  Viendo esto el buen hombre, lo mejor que
pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si
tenia alguna herida; pero no vio sangre ni
señal alguna. Procuró leuantarle del suelo, y no
con poco trabajo le subio sobre su jumento, por
parecer caualleria mas sossegada. Recogio
las armas, hasta las astillas de la lança, y liolas
sobre Rozinante, al qual tomó de la rienda, y
del cabestro al asno, y se encaminó hazia su
pueblo, bien pensatiuo de oyr los disparates
que don Quixote dezia. Y no menos yua don
Quixote, que, de puro molido y quebrantado,
no se podia tener sobre el borrico, y de quando
en quando daua vnos suspiros que los ponia
en el cielo; de modo, que de nueuo obligó
a que el labrador le preguntasse le dixesse qué
mal sentia. Y no parece sino que el diablo le
traia a la memoria los cuentos acomodados a
sus sucessos, porque en aquel punto, oluidandose
de Valdouinos, se acordo del moro Abindarraez,
quando el alcayde de Antequera, Rodrigo
de Naruaez, le prendio y lleuó cautiuo
a su alcaydia. De suerte que, quando el
labrador le boluio a preguntar que cómo estaua
y qué sentia, le respondio las mesmas
palabras y razones que el cautiuo Abenzerrage
respondia a Rodrigo de Naruaez, del mesmo
modo que el auia leydo la historia en la Diana,
de Iorge de Montemayor, donde se escriue,
aprouechandose della tan a proposito, que
el labrador se yua dando al diablo de oyr tanta
maquina de necedades; por donde conocio que
su vezino estaua loco y dauale priessa a
llegar al pueblo por escusar el enfado que don
Quixote le causaua con su larga arenga. Al
cabo de lo qual, dixo:
  “Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo
de Naruaez, que esta hermosa Xarifa, que he
dicho, es aora la linda Dulzinea del Toboso,
por quien yo he hecho, hago y hare los mas
famosos hechos de cauallerias que se han visto,
vean ni veran en el mundo.”
  A esto respondio el labrador:
  “Mire vuestra merced, señor, ¡pecador de
mi!, que yo no soy don Rodrigo de Naruaez, ni
el Marques de Mantua, sino Pedro Alonso,
su vezino; ni vuestra merced es Valdouinos,
ni Abindarraez, sino el honrado hidalgo del
señor Quixana.”
  “Yo se quién soy”, respondio don Quixote,
“y se que puedo ser, no solo los que he dicho,
sino todos los doze Pares de Francia, y aun
todos los Nueue de la Fama, pues a todas
las hazañas que ellos todos juntos y cada vno
por si hizieron, se auentajarán las mias.”
  En estas platicas y en otras semejantes
llegaron al lugar a la hora que anochecia; pero
el labrador aguardó a que fuesse algo mas
noche, porque no viessen al molido hidalgo
tan mal cauallero. Llegada, pues, la hora que
le parecio, entró en el pueblo y en la casa
de don Quixote, la qual halló toda alborotada
--y estauan en ella el cura y el barbero del
lugar, que eran grandes amigos de don Quixote--:
que estaua diziendoles su ama a vozes:
  “¿Qué le parece a vuestra merced, señor
licenciado Pero Perez --que assi se llamaua el
cura--, de la desgracia de mi señor? Tres
dias ha que no parecen el, ni el rozin, ni la
adarga, ni la lança, ni las armas. ¡Desuenturada
de mi!, que me doy a entender, y assi es ello la
verdad como naci para morir, que estos malditos
libros de cauallerias que el tiene y suele
leer tan de ordinario, le han buelto el juyzio;
que aora me acuerdo auerle oydo dezir
muchas vezes, hablando entre si, que queria
hazerse cauallero andante e yrse a buscar las
auenturas por essos mundos. Encomendados
sean a Satanas y a Barrabas tales libros, que
assi han echado a perder el mas delicado
entendimiento que auia en toda la Mancha.”
  La sobrina dezia lo mesmo, y aun dezia mas:
  “Sepa señor maese Nicolas --que este era
el nombre del barbero--, que muchas vezes
le acontecio a mi señor tio estarse leyendo en
estos desalmados libros de desuenturas dos
dias con sus noches, al cabo de los quales
arrojaua el libro de las manos y ponia mano
a la espada y andaua a cuchilladas con las
paredes, y, quando estaua muy cansado, dezia
que auia muerto a quatro gigantes como quatro
torres, y el sudor que sudaua del cansancio
dezia que era sangre de las feridas que
auia recebido en la batalla, y beuias(s)e luego
vn gran jarro de agua fria, y quedaua sano y
sossegado, diziendo que aquella agua era vna
preciosissima beuida que le auia traydo el
sabio Esquife, vn grande encantador y amigo
suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que
no auisé a vuestras mercedes de los disparates
de mi señor tio, para que lo remediaran
antes de llegar a lo que ha llegado, y
quemaran todos estos descomulgados libros; que
tiene muchos, que bien merecen ser abrasados
como si fuessen de herejes.”
  “Esto digo yo tambien”, dixo el cura, “y
a fee que no se passe el dia de mañana sin
que dellos no se haga acto publico, y sean
condenados al fuego, porque no den ocasion a
quien los leyere de hazer lo que mi buen
amigo deue de auer hecho.”
  Todo esto estauan oyendo el labrador, y don
Quixote, con que acabó de entender el
labrador la enfermedad de su vezino, y assi,
començo a dezir a vozes:
  “Abran vuestras mercedes al señor Valdouinos
y al señor Marques de Mantua, que viene
mal ferido; y al señor moro Abindarraez, que
trae cautiuo el valeroso Rodrigo de Naruaez,
alcayde de Antequera.”
  A estas vozes salieron todos, y como conocieron
los vnos a su amigo, las otras a su amo
y tio, que aun no se auia apeado del jumento,
porque no podia, corrieron a abraçarle. El
dixo:
  “Tenganse todos; que vengo mal ferido por
la culpa de mi cauallo. Lleuenme a mi lecho,
y llamese, si fuere possible, a la sabia
Vrganda, que cure y cate de mis feridas.”
  “¡Mirá en hora maça”, dixo a este punto
el ama, “si me dezia a mi bien mi coraçon
del pie que coxeaua mi señor! Suba vuestra
merced en buen hora; que, sin que venga essa
Vrgada, le sabremos aqui curar. ¡Malditos,
digo, sean otra vez y otras ciento estos libros
de cauallerias, que tal han parado a vuestra
merced!”
  Lleuaronle luego a la cama, y, catandole
las feridas, no le hallaron ninguna; y el dixo
que todo era molimiento, por auer dado vna
gran cayda con Rozinante, su cauallo,
combatiendose con diez jayanes, los mas desaforados
y atreuidos que se pudieran fallar en gran
parte de la tierra.
  “Ta, ta”, dixo el cura; “¿jayanes ay en la
dança? Para mi santiguada, que yo los queme
mañana antes que llegue la noche.”
  Hizieronle a don Quixote mil preguntas, y a
ninguna quiso responder otra cosa sino que le
diessen de comer y le dexassen dormir, que
era lo que mas le importaua. Hizose assi, y el
cura se informó muy a la larga del labrador,
del modo que auia hallado a don Quixote; el
se lo conto todo, con los disparates que al
hallarle y al traerle auia dicho, que fue poner
mas desseo en el Licenciado de hazer lo que
otro dia hizo, que fue llamar a su amigo el
barbero maese Nicolas, con el qual se vino a
casa de don Quixote.

                 Capitulo VI

Del donoso y grande escrutinio que el cura
  y el barbero hizieron en la libreria de
  nuestro ingenioso hidalgo.

  El qual aun todauia dormia. Pidio las llaues,
a la sobrina, del aposento donde estauan los
libros, autores del daño, y ella se las dio de
muy buena gana; entraron dentro todos, y la
ama con ellos, y hallaron mas de cien cuerpos
de libros grandes muy bien enquadernados, y
otros pequeños; y, assi como el ama los vio,
boluiose a salir del aposento con gran priessa,
y tornó luego con vna escudilla de agua
bendita y vn hisopo, y dixo:
  “Tome vuestra merced, señor Licenciado;
rozie este aposento, no esté aqui algun
encantador de los muchos que tienen estos libros,
y nos encanten, en pena de las que les
queremos dar echandolos del mundo.”
  Causó risa al Licenciado la simplicidad del
ama, y mandó al barbero que le fuesse dando
de aquellos libros, vno a vno, para ver de qué
tratauan, pues podia ser hallar algunos que no
mereciessen castigo de fuego.
  “No”, dixo la sobrina, “no ay para qué
perdonar a ninguno, porque todos han sido
los dañadores; mejor sera arrojallos por las
ventanas al patio, y hazer vn rimero dellos
y pegarles fuego, y, si no, lleuarlos al corral,
y alli se hara la hoguera, y no ofendera el
humo.”
  Lo mismo dixo el ama: tal era la gana que
las dos tenian de la muerte de aquellos
inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero
leer siquiera los titulos. Y el primero que
maese Nicolas le dio en las manos, fue Los
quatro de Amadis de Gaula, y dixo el cura:
  “Parece cosa de misterio esta, porque, segun
he oydo dezir, este libro fue el primero de
cauallerias que se imprimio en España, y todos
los demas han tomado principio y origen deste,
y assi me parece que, como a dogmatizador de
vna secta tan mala, le deuemos sin escusa
alguna condenar al fuego.”
  “No señor”, dixo el barbero; “que tambien
he oydo dezir que es el mejor de todos los
libros que de este genero se han compuesto,
y assi, como a vnico en su arte, se deue
perdonar.”
  “Assi es verdad”, dixo el cura, “y por essa
razon se le otorga la vida por aora. Veamos
essotro que está junto a el.”
  “Es”, dixo el barbero, “Las Sergas de Esplandian,
hijo legitimo de Amadis de Gaula.”
  “Pues en verdad”, dixo el cura, “que no le
ha de valer al hijo la bondad del padre.
Tomad, señora ama, abrid essa ventana y echadle
al corral, y de principio al monton de la
hoguera que se ha de hazer.”
  Hizolo assi el ama con mucho contento, y el
bueno de Esplandian fue bolando al corral,
esperando con toda paciencia el fuego que le
amenazaua.
  “Adelante”, dixo el cura.
  “Este que viene”, dixo el barbero, “es Amadis
de Grecia, y aun todos los deste lado, a
lo que creo, son del mesmo linage de Amadis.”
  “Pues vayan todos al corral”, dixo el cura;
“que a trueco de quemar a la reyna Pintiquiniestra
y al pastor Darinel, y a sus eglogas, y
a las endiabladas y rebueltas razones de su
autor, quemaré con ellos al padre que me
engendró, si anduuiera en figura de cauallero
andante.”
  “De esse parecer soy yo”, dixo el barbero.
  “Y aun yo”, añadio la sobrina.
  “Pues assi es”, dixo el ama, “vengan, y al
corral con ellos.”
  Dieronselos, que eran muchos, y ella ahorró
la escalera, y dio con ellos por la ventana
abaxo.
  “¿Quién es esse tonel?”, dixo el cura.
  “Este es”, respondio el barbero, “Don
Oliuante de Laura.”
  “El autor de esse libro”, dixo el cura, “fue el
mesmo que compuso a Iardin de flores, y
en verdad que no sepa determinar quál de los
dos libros es mas verdadero, o, por dezir mejor,
menos mentiroso. Solo se dezir que este yra al
corral por disparatado y arrogante.”
  “Este que se sigue es Florismarte de
Hircania”, dixo el barbero.
  “¿Ay está el señor Florismarte?”, replicó
el cura. “Pues a fe que ha de parar presto en
el corral, a pesar de su estraño nacimiento y
sonadas auenturas; que no da lugar a otra
cosa la dureza y sequedad de su estilo. Al
corral con el y con esotro, señora ama.”
  “Que me plaze, señor mio”, respondia ella,
y con mucha alegria executaua lo que le era
mandado.
  “Este es El cauallero Platir”, dixo el
barbero.
  “Antiguo libro es esse”, dixo el cura, “y no
hallo en el cosa que merezca venia; acompañe
a los demas sin replica.”
  Y assi fue hecho.
  Abriose otro libro, y vieron que tenia por
titulo El Cauallero de la Cruz.
  “Por nombre tan santo como este libro tiene,
se podia perdonar su ignorancia; mas tambien
se suele dezir: tras la Cruz está el diablo; vaya
al fuego.”
  Tomando el barbero otro libro, dixo:
  “Este es Espejo de cauallerias”.
  “Ya conozco a su merced”, dixo el cura; “ay
anda el señor Reynaldos de Montaluan con sus
amigos y compañeros, mas ladrones que Caco,
y los doze Pares con el verdadero historiador
Turpin, y, en verdad, que estoy por
condenarlos no mas que a destierro perpetuo,
siquiera porque tienen parte de la inuencion del
famoso Mateo Boyardo, de donde tambien texio
su tela el christiano poeta Ludouico Ariosto,
al qual, si aqui le hallo, y que habla en otra
lengua que la suya, no le guardaré respeto
alguno; pero si habla en su idioma, le pondre
sobre mi cabeça.”
  “Pues yo le tengo en italiano”, dixo el
barbero; “mas no le entiendo.”
  “Ni aun fuera bien que vos le entendierades”,
respondio el cura; “y aqui le perdonaramos
al señor Capitan que no le huuiera traydo
a España y hecho castellano, que le quitó mucho
de su natural valor; y lo mesmo haran todos
aquellos que los libros de verso quisieren
boluer en otra lengua; que, por mucho cuydado
que pongan y habilidad que muestren, jamas
llegarán al punto que ellos tienen en su primer
nacimiento. Digo, en efeto, que este libro y
todos los que se hallaren que tratan destas
cosas de Francia, se echen y depositen en vn
pozo seco, hasta que con mas acuerdo se vea
lo que se ha de hazer dellos, ecetuando a
vn Bernardo del Carpio que anda por ahi, y
a otro llamado Roncesualles; que estos, en
llegando a mis manos, han de estar en las del
ama y dellas en las del fuego, sin remission
alguna.”
  Todo lo confirmó el barbero, y lo tuuo por
bien y por cosa muy acertada, por entender
que era el cura tan buen christiano y tan amigo
de la verdad, que no diria otra cosa por todas
las del mundo. Y, abriendo otro libro, vio que
era Palmerin de Oliua, y junto a el estaua
otro que se llamaua Palmerin de Ingalaterra.
Lo qual, visto por el licenciado, dixo:
  “Essa Oliua se haga luego raxas y se
queme, que aun no queden della las cenizas; y
essa Palma de Ingalaterra se guarde y se
conserue, como a cosa vnica, y se haga para
ello otra caxa como la que halló Alexandro
en los despojos de Dario, que la diputó para
guardar en ella las obras del poeta Homero.
Este libro, señor compadre, tiene autoridad por
dos cosas: la vna, porque el por si es muy
bueno; y la otra, porque es fama que le compuso
vn discreto rey de Portugal. Todas las auenturas
del castillo de Miraguarda son bonissimas y
de grande artificio, las razones cortesanas y
claras, que guardan y miran el decoro del que
habla con mucha propriedad y entendimiento.
Digo, pues, saluo vuestro buen parecer,
señor maese Nicolas, que este y Amadis
de Gaula queden libres del fuego, y todos los
demas, sin hazer mas cala y cata, perezcan.”
  “No, señor compadre”, replicó el barbero;
“que este que aqui tengo es el afamado Don
Belianis”.
  “Pues esse”, replicó el cura, “con la segunda,
tercera y quarta parte, tienen necessidad de vn
poco de ruybarbo para purgar la demasiada colera
suya, y es menester quitarles todo aquello
del castillo de la Fama y otras impertinencias de
mas importancia, para lo qual se les da termino
vltramarino, y como se enmendaren, assi
se vsará con ellos de misericordia o de justicia;
y, en tanto, tenedlos vos, compadre, en vuestra
casa; mas no los dexeys leer a ninguno.”
  “Que me plaze”, respondio el barbero.
  Y sin querer cansarse mas en leer libros de
cauallerias, [el cura] mandó al ama que
tomasse todos los grandes y diesse con ellos en
el corral. No se dixo a tonta ni a sorda, sino a
quien tenia mas gana de quemallos que de
echar vna tela, por grande y delgada que fuera,
y, asiendo casi ocho de vna vez, los arrojó por
la ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayo
vno a los pies del barbero, que le tomó gana
de ver de quién era, y vio que dezia: Historia
del famoso Cauallero Tirante el Blanco.
  “¡Válame Dios!”, dixo el cura, dando vna
gran voz; “¡que aqui esté Tirante el Blanco!
Dadmele aca, compadre, que hago cuenta que
he hallado en el vn tesoro de contento y vna
mina de passatiempos. Aqui está don Quirieleyson
de Montaluan, valeroso cauallero, y su
hermano Tomas de Montaluan, y el cauallero
Fonseca, con la batalla que el valiente [de
Tirante] hizo con el alano, y las agudezas
de la donzella Plazerdemiuida, con los
amores y embustes de la viuda Reposada, y la
señora Emperatriz, enamorada de Ipolito, su
escudero. Digoos verdad, señor compadre, que
por su estilo es este el mejor libro del mundo;
aqui comen los caualleros, y duermen y
mueren en sus camas, y hazen testamento antes
de su muerte, con [otras] cosas, de que
todos los demas libros deste genero carecen.
Con todo esso, os digo que merecia el que
le compuso, pues no hizo tantas necedades
de industria, que le echaran a galeras por
todos los dias de su vida. Lleuadle a casa
y leedle, y vereys que es verdad quanto del
os he dicho.”
  “Assi sera”, respondio el barbero; “pero,
¿qué haremos destos pequeños libros que
quedan?”
  “Estos”, dixo el cura, “no deuen de ser de
cauallerias, sino de poesia.”
  Y abriendo vno, vio que era La Diana, de
Iorge de Montemayor, y dixo, creyendo que
todos los demas eran del mesmo genero:
  “Estos no merecen ser quemados, como los
demas, porque no hazen ni haran el daño que
los de cauallerias han hecho; que son libros
de entendimiento, sin perjuyzio de tercero.”
  “¡Ay, señor!”, dixo la sobrina, “bien los
puede vuestra merced mandar quemar como a
los demas, porque no seria mucho que, auiendo
sanado mi señor tio de la enfermedad
caualleresca, leyendo estos se le antojasse de
hazerse pastor y andarse por los bosques y
prados cantando y tañendo, y, lo que seria peor,
hazerse poeta, que, segun dizen, es
enfermedad incurable y pegadiza.”
  “Verdad dize esta donzella”, dixo el cura,
“y sera bien quitarle a nuestro amigo este
tropieço y ocasion delante. Y pues començamos
por La Diana, de Montemayor, soy de
parecer que no se queme, sino que se le quite
todo aquello que trata de la sabia Felicia y de
la agua encantada, y casi todos los versos
mayores, y quedesele en ora buena la prosa y la
honra de ser primero en semejantes libros.”
  “Este que se sigue”, dixo el barbero, “es
La Diana, llamada segunda, del Salmantino, y
este, otro que tiene el mesmo nombre, cuyo
autor es Gil Polo.”
  “Pues la del Salmantino”, respondio el cura,
“acompañe y acreciente el numero de los
condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde
como si fuera del mesmo Apolo; y passe
adelante, señor compadre, y demonos prissa
que se va haziendo tarde.”
  “Este libro es”, dixo el barbero abriendo
otro, “Los diez libros de Fortuna de Amor,
compuestos por Antonio de Lofraso, poeta
sardo.”
  “Por las ordenes que recebi”, dixo el cura,
“que desde que Apolo fue Apolo, y las musas
musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan
disparatado libro como esse no se ha compuesto,
y que, por su camino, es el mejor y el
mas vnico de quantos deste genero han salido
a la luz del mundo; y el que no le ha leydo
puede hazer cuenta que no ha leydo jamas
cosa de gusto. Dadmele aca, compadre; que
precio mas auerle hallado que si me dieran
vna sotana de raja de Florencia.”
  Pusole aparte con grandissimo gusto, y el
barbero prosiguio diziendo:
  “Estos que se siguen son: El Pastor de
Iberia, Ninfas de Enares y Desengaños de
zelos.”
  “Pues no ay mas que hazer”, dixo el cura,
“sino entregarlos al braço seglar del ama, y
no se me pregunte el por qué, que seria nunca
acabar.”
  “Este que viene es El Pastor de Filida.”
  “No es esse pastor”, dixo el cura, “sino muy
discreto cortesano; guardese como joya
preciosa.”
  “Este grande que aqui viene se intitula”,
dixo el barbero, “Tesoro de varias poesias.”
  “Como ellas no fueran tantas”, dixo el cura,
“fueran mas estimadas; menester es que este
libro se escarde y limpie de algunas baxezas
que entre sus grandezas tiene; guardese,
porque su autor es amigo mio, y por respeto de
otras mas heroycas y leuantadas obras que ha
escrito.”
  “Este es”, siguio el barbero, “El Cancionero,
de Lopez Maldonado.”
  “Tambien el autor de esse libro”, replicó el
cura, “es grande amigo mio, y sus versos en
su boca admiran a quien los oye, y tal es la
suauidad de la voz con que los canta, que
encanta. Algo largo es en las eglogas, pero
nunca lo bueno fue mucho; guardese con los
escogidos. Pero, ¿qué libro es esse que está
junto a el?”
  “La Galatea, de Miguel de Cerbantes, dixo
el barbero.
  “Muchos años ha que es grande amigo mio
esse Cerbantes, y se que es mas versado en
desdichas que en versos. Su libro tiene algo
de buena inuencion; propone algo y no
concluye nada. Es menester esperar la segunda
parte que promete; quiça con la emienda
alcançará del todo la misericordia que aora se
le niega, y entretanto que esto se ve,
tenedle recluso en vuestra posada, señor
compadre.”
  “Que me plaze”, respondio el barbero. “Y
aqui vienen tres, todos juntos: La Araucana
de don Alonso de Ercil[l]a; La Austriada, de
Iuan Rufo, Iurado de Cordoua, y El Monserrate,
de Christoual de Virues, poeta
Valenciano.”
  “Todos essos tres libros”, dixo el cura,
“son los mejores que en verso heroyco, en
lengua Castellana, estan escritos, y pueden
competir con los mas famosos de Italia;
guardense como las mas ricas prendas de poesia
que tiene España.”
  Cansose el cura de ver mas libros, y assi, a
carga cerrada, quiso que todos los demas se
quemassen; pero ya tenia abierto vno el
barbero, que se llamaua Las Lagrimas de
Angelica.
  “Lloraralas yo”, dixo el cura en oyendo el
nombre, “si tal libro huuiera mandado quemar;
porque su autor fue vno de los famosos
poetas del mundo, no solo de España, y fue
felicissimo en la traducion de algunas fabulas
de Ouidio.”

                 Capitulo VII

De la segunda salida de nuestro buen cauallero
          don Quixote de la Mancha.

  Estando en esto, començo a dar vozes don
Quixote, diziendo:
  “¡Aqui, aqui, valerosos caualleros, aqui es
menester mostrar la fuerça de vuestros valerosos
braços; que los cortesanos lleuan lo mejor
del torneo!”
  Por acudir a este ruydo y estruendo, no se
passó adelante con el escrutinio de los demas
libros que quedauan; y assi, se cree que fueron
al fuego, sin ser vistos ni oydos: La Carolea y
Leon de España, con Los Hechos del Emperador,
compuestos por don Luys de Auila, que,
sin duda, deuian de estar entre los que quedauan,
y quiça, si el cura los viera, no passaran
por tan rigurosa sentencia.
  Quando llegaron a don Quixote, ya el estaua
leuantado de la cama, y proseguia en sus
vozes y en sus desatinos, dando cuchilladas y
reueses a todas partes, estando tan despierto
como si nunca huuiera dormido; abraçaronse
con el y por fuerça le boluieron al lecho, y
despues que huuo sossegado vn poco,
boluiendose a hablar con el cura, le dixo:
  “Por cierto, señor arçobispo Turpin, que es
gran mengua de los que nos llamamos Doze
Pares, dexar tan sin mas ni mas lleuar la
vitoria deste torneo a los caualleros cortesanos,
auiendo nosotros los auentureros ganado el
prez en los tres dias antecedentes.”
  “Calle vuestra merced, señor compadre”,
dixo el cura; “que Dios sera seruido que la
suerte se mude y que lo que oy se pierde se
gane mañana; y atienda vuestra merced a su
salud por agora, que me parece que deue
de estar demasiadamente cansado, si ya no es
que está mal ferido.”
  “Ferido, no”, dixo don Quixote; “pero molido
y quebrantado, no ay duda en ello, porque
aquel bastardo de don Roldan me ha molido a
palos con el tronco de vna enzina, y todo de
embidia, porque ve que yo solo soy el opuesto
de sus valentias. Mas no me llamaria yo
Reynaldos de Montaluan si, en leuantandome deste
lecho, no me lo pagare, a pesar de todos sus
encantamentos; y, por agora, traiganme
de yantar, que se que es lo que mas me hara
al caso, y quedese lo del vengarme a mi
cargo.”
  Hizieronlo ansi, dieronle de comer, y
quedose otra vez dormido, y ellos admirados de su
locura.
  Aquella noche quemó y abrasó el ama quantos
libros auia en el corral y en toda la casa, y
tales deuieron de arder que merecian guardarse
en perpetuos archiuos; mas no lo permitio
su suerte y la pereza del escrutiñador, y
assi se cumplio el refran en ellos, de que
pagan a las vezes justos por pecadores.
  Vno de los remedios que el cura y el barbero
dieron por entonces, para el mal de su amigo,
fue que le murassen y tapiassen el aposento
de los libros, porque quando se leuantasse no
los hallasse --quiça quitando la causa, cessaria
el efeto--, y que dixessen que vn encantador
se los auia lleuado, y el aposento y todo;
y assi fue hecho con mucha presteza.
  De alli a dos dias se leuantó don Quixote, y
lo primero que hizo fue [yr] a ver sus libros,
y como no hallaua el aposento donde le auia
dexado, andaua de vna en otra parte buscandole.
Llegaua adonde solia tener la puerta y
tentauala con las manos, y boluia y reboluia
los ojos por todo, sin dezir palabra; pero al
cabo de vna buena pieça, preguntó a su ama
que hazia qué parte estaua el aposento de sus
libros.
  El ama, que ya estaua bien aduertida de lo
que auia de responder, le dixo:
  “¿Qué aposento o qué nada busca vuestra
merced? Ya no ay aposento ni libros en esta
casa, porque todo se lo lleuó el mesmo diablo.”
  “No era diablo”, replicó la sobrina, “sino vn
encantador que vino sobre vna nuue vna
noche, despues del dia que vuestra merced de
aqui se partio, y, apeandose de vna sierpe en
que venia cauallero, entró en el aposento, y no
se lo que se hizo dentro, que a cabo de poca
pieça salio bolando por el texado, y dexó la
casa llena de humo, y quando acordamos a
mirar lo que dexaua hecho, no vimos libro ni
aposento alguno; solo se nos acuerda muy bien a
mi y al ama que, al tiempo del partirse aquel
mal viejo, dixo en altas vozes que, por
enemistad secreta que tenia al dueño de aquellos
libros y aposento, dexaua hecho el daño en
aquella casa que despues se veria; dixo,
tambien, que se llamaua el sabio Muñaton.”
  “Freston diria”, dixo don Quixote.
  “No se”, respondio el ama, “si se llamaua
Freston o Friton, solo se que acabó en ton su
nombre.”
  “Assi es”, dixo don Quixote; “que esse es
vn sabio encantador, grande enemigo mio, que
me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y
letras que tengo de venir, andando los tiempos,
a pelear en singular batalla con vn cauallero a
quien el fauorece, y le tengo de vencer sin que
el lo pueda estoruar, y por esto procura hazerme
todos los sinsabores que puede; y mandole
yo que mal podra el contradezir, ni euitar, lo
que por el cielo está ordenado.”
  “¿Quién duda de esso?”, dixo la sobrina.
“¿Pero quién le mete a vuestra merced, señor
tio, en essas pendencias? ¿No sera mejor estarse
pacifico en su casa y no yrse por el mundo
a buscar pan de trastrigo, sin considerar que
muchos van por lana y bueluen tresquilados?”
  “¡O sobrina mia”, respondio don Quixote, “y
quán mal que estás en la cuenta! Primero que
a mi me tresquilen, tendre peladas y quitadas
las baruas a quantos imaginaren tocarme en la
punta de vn solo cabello.”
  No quisieron las dos replicarle mas, porque
vieron que se le encendia la colera.
  Es, pues, el caso que el estuuo qui[n]ze dias
en casa muy sossegado, sin dar muestras de
querer segundar sus primeros deuaneos, en los
quales dias passó graciosissimos cuentos con
sus dos compadres el cura y el barbero, sobre
que el dezia que la cosa de que mas necessidad
tenia el mundo era de caualleros andantes,
y de que en el se resucitasse la caualleria
andantesca. El cura algunas vezes le contradezia,
y otras concedia, porque si no guardaua este
artificio, no auia poder aueriguarse con el.
  En este tiempo solicitó don Quixote a vn
labrador vezino suyo, hombre de bien, si es
que este titulo se puede dar al que es pobre,
pero de muy poca sal en la mollera. En
resolucion, tanto le dixo, tanto le persuadio y
prometio, que el pobre villano se determinó
de salirse con el y seruirle de escudero.
  Deziale, entre otras cosas, don Quixote, que
se dispusiesse a yr con el de buena gana,
porque tal vez le podia suceder auentura, que
ganasse, en quitame alla essas pajas, alguna
insula, y le dexasse a el por gouernador della.
Con estas promessas y otras tales, Sancho
Pança, que assi se llamaua el labrador,
dexó su muger y hijos y asento por escudero
de su vezino. Dio luego don Quixote orden en
buscar dineros, y, vendiendo vna cosa y
empeñando otra y malbaratandolas todas, llegó
vna razonable cantidad. Acomodose, assi mesmo,
de vna rodela que pidio prestada a vn su
amigo, y, pertrechando su rota zelada lo mejor
que pudo, auisó a su escudero Sancho del dia
y la hora que pensaua ponerse en camino,
para que el se acomodasse de lo que viesse
que mas le era menester. Sobre todo le encargó
que lleuasse alforjas, e dixo que si
lleuaria, y que ansi mesmo pensaua lleuar vn
asno que tenia muy bueno, porque el no
estaua duecho a andar mucho a pie.
  En lo del asno reparó vn poco don Quixote,
ymaginando si se le acordaua si algun cauallero
andante auia traydo escudero cauallero asnalmente,
pero nunca le vino alguno a la memoria;
mas con todo esto determinó que le lleuasse,
con presupuesto de acomodarle de mas honrada
caualleria en auiendo ocasion para ello,
quitandole el cauallo al primer descortes
cauallero que topasse.
  Proueyose de camisas y de las demas cosas
que el pudo, conforme al consejo que el
ventero le auia dado. Todo lo qual hecho y
cumplido, sin despedirse Pança de sus hijos y
muger, ni don Quixote de su ama y sobrina, vna
noche se salieron del lugar sin que persona los
viesse; en la qual caminaron tanto, que, al
amanecer, se tuuieron por seguros de que no
los hallarian aunque los buscassen.
  Yua Sancho Pança sobre su jumento como
vn patriarca, con sus alforjas y su bota, y con
mucho desseo de verse ya gouernador de la
insula que su amo le auia prometido. Acerto
don Quixote a tomar la misma derrota y
camino que el que el auia tomado en su primer
viaje, que fue por el campo de Montiel, por el
qual caminaua con menos pesadumbre que la
vez passada, porque, por ser la hora de la
mañana y herirles a soslayo los rayos del sol, no
les fatigauan.
  Dixo en esto Sancho Pança a su amo:
  “Mire vuestra merced, señor cauallero
andante, que no se le oluide lo que de la insula
me tiene prometido, que yo la sabre gouernar
por grande que sea.”
  A lo qual le respondio don Quixote:
  “Has de saber, amigo Sancho Pança, que fue
costumbre muy vsada de los caualleros andantes
antiguos, hazer gouernadores a sus escuderos
de las insulas o reynos que ganauan, y
yo tengo determinado de que por mi no falte
tan agradecida vsança, antes pienso auentajarme
en ella; porque ellos algunas vezes, y
quiça las mas, esperauan a que sus escuderos
fuessen viejos, y ya despues de hartos de seruir
y de lleuar malos dias y peores noches, les
dauan algun titulo de conde, o, por lo mucho,
de marques, de algun valle o prouincia
de poco mas a menos; pero si tu viues y yo
viuo, bien podria ser que antes de seys dias
ganasse yo tal reyno, que tuuiesse otros a el
aderentes, que viniessen de molde para coronarte
por rey de vno dellos. Y no lo tengas a
mucho, que cosas y casos acontecen a los tales
caualleros, por modos tan nunca vistos ni
pensados, que con facilidad te podria dar avn
mas de lo que te prometo.”
  “De essa manera”, respondio Sancho Pança,
“si yo fuesse rey por algun milagro de los
que vuestra merced dize, por lo menos, Iuana
Gutierrez, mi oislo, vendria a ser reyna, y
mis hijos infantes.”
  “Pues ¿quién lo duda?”, respondio don
Quixote.
  “Yo lo dudo”, replicó Sancho Pança; “porque
tengo para mi que, aunque llouiesse Dios
reynos sobre la tierra, ninguno assentaria bien
sobre la cabeça de Mari Gutierrez. Sepa, señor,
que no vale dos marauedis para reyna; condesa
le caera mejor, y aun Dios y ayuda.”
  “Encomiendalo tu a Dios, Sancho”, respondio
don Quixote, “que El dara lo que mas
le conuenga; pero no apoques tu animo tanto
que te vengas a contentar con menos que con
ser adelantado.”
  “No hare, señor mio”, respondio Sancho, “y
mas teniendo tan principal amo en vuestra
merced, que me sabra dar todo aquello que
me esté bien y yo pueda lleuar.”

                Capitulo VIII

Del buen sucesso que el valeroso don Quixote
  tuuo en la espantable y jamas imaginada
  auentura de los molinos de viento, con otros
  sucessos dignos de felice recordacion.

  En esto descubrieron treinta o quarenta
molinos de viento que ay en aquel campo; y, assi
como don Quixote los vio, dixo a su escudero:
  “La ventura va guiando nuestras cosas
mejor de lo que acertaramos a dessear; porque
¿ves alli, amigo Sancho Pança, donde se
descubren treynta, o pocos mas, desaforados
gigantes con quien pienso hazer batalla y
quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos
començaremos a enriquecer?; que esta es buena
guerra, y es gran seruicio de Dios quitar
tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.”
  “¿Qué gigantes?”, dixo Sancho Pança.
  “Aquellos que alli ves”, respondio su amo,
“de los braços largos; que los suelen tener
algunos de casi dos leguas.”
  “Mire vuestra merced”, respondio Sancho,
“que aquellos que alli se parecen no son
gigantes, sino molinos de viento, y lo que en
ellos parecen braços, son las aspas, que,
bolteadas del viento, hazen andar la piedra del
molino.”
  “Bien parece”, respondio don Quixote, “que
no estás cursado en esto de las auenturas:
ellos son gigantes, y si tienes miedo, quitate
de ahi, y ponte en oracion en el espacio que
yo voy a entrar con ellos en fiera y desygual
batalla.”
  Y, diziendo esto, dio de espuelas a su cauallo
Rozinante, sin atender a las vozes que su
escudero Sancho le daua, aduirtiendole que
sin duda alguna eran molinos de viento, y no
gigantes, aquellos que yua a acometer. Pero
el yua tan puesto en que eran gigantes, que
ni ohia las vozes de su escudero Sancho, ni
echaua de ver, aunque estaua ya bien cerca, lo
que eran; antes yua diziendo en vozes altas:
  “¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas;
que vn solo cauallero es el que os acomete!”
  Leuantose en esto vn poco de viento, y las
grandes aspas començaron a mouerse, lo qual
visto por don Quixote, dixo:
  “Pues aunque mouais mas braços que los
del gigante Briareo, me lo aueis de pagar.”
  Y, en diziendo esto, y encomendandose de
todo coraçon a su señora Dulzinea, pidiendole
que en tal trance le socorriesse, bien cubierto
de su rodela, con la lança en el ristre, arremetio
a todo el galope de Rozinante, y enuistio
con el primero molino que estaua delante, y
dandole vna lançada en el aspa, la boluio el
viento con tanta furia que hizo la lança
pedaços, lleuandose tras si al cauallo y al
cauallero, que fue rodando muy mal trecho por el
campo.
  Acudio Sancho Pança a socorrerle a todo el
correr de su asno, y, quando llego, hallo que
no se podia menear: tal fue el golpe que dió
con el Rozinante.
  “¡Valame Dios!”, dixo Sancho; “¿no le dixe
yo a vuestra merced que mirasse bien lo que
hazia, que no eran sino molinos de viento, y no
lo podia ignorar sino quien lleuasse otros tales
en la cabeça?”
  “Calla, amigo Sancho”, respondio don
Quixote; “que las cosas de la guerra, mas que
otras, estan sujetas a continua mudança;
quanto mas que yo pienso, y es assi verdad, que
aquel sabio Freston que me robó el aposento
y los libros ha buelto estos gigantes en molinos,
por quitarme la gloria de su vencimiento:
tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo
al cabo, han de poder poco sus malas artes
contra la bondad de mi espada.”
  “Dios lo haga como puede”, respondio
Sancho Pança.
  Y, ayudandole a leuantar, tornó a subir sobre
Rozinante, que medio despaldado estaua; y,
hablando en la passada auentura, siguieron el
camino del puerto Lapice, porque alli dezia
don Quixote que no era possible dexar de
hallarse muchas y diuersas auenturas, por ser
lugar muy passagero, sino que yua muy
pesaroso por auerle faltado la lança, y,
diziendoselo a su escudero, le dixo:
  “Yo me acuerdo auer leydo que vn cauallero
español, llamado Diego Perez de Vargas,
auiendosele en vna batalla roto la espada,
desgajó de vna enzina vn pesado ramo o tronco,
y con el hizo tales cosas aquel dia, y machacó
tantos moros, que le quedó por sobrenombre
Machuca, y, assi, el como sus decendientes
se llamaron desde aquel dia en adelante
Vargas y Machuca. Hete dicho esto, porque
de la primera enzina o roble que se me depare
pienso desgajar otro tronco, tal y tan bueno
como aquel, que me imagino y pienso hazer
con el tales hazañas, que tu te tengas por bien
afortunado de auer merecido venir a vellas
y a ser testigo de cosas que apenas podran
ser creydas.”
  “A la mano de Dios”, dixo Sancho; “yo lo
creo todo assi como vuestra merced lo dize;
pero enderecese vn poco, que parece que va
de medio lado, y deue de ser del molimiento
de la cayda.”
  “Assi es la verdad”, respondio don Quixote;
“y si no me quexo del dolor, es porque no es
dado a los caualleros andantes quexarse de
herida alguna, aunque se le salgan las
tripas por ella.”
  “Si esso es assi, no tengo yo que replicar”,
respondio Sancho; “pero sabe Dios si yo me
holgara que vuestra merced se quexara quando
alguna cosa le doliera. De mi se dezir que me
he de quexar del mas pequeño dolor que
tenga, si ya no se entiende tambien con los
escuderos de los caualleros andantes esso del
no quexarse.”
  No se dexó de reyr don Quixote de la simplicidad
de su escudero, y, assi, le declaró que
podia muy bien quexarse como y quando quisiesse,
sin gana o con ella; que hasta entonces
no auia leydo cosa en contrario en la orden de
caualleria. Dixole Sancho que mirasse que era
hora de comer. Respondiole su amo que por
entonces no le hazia menester; que comiesse
el quando se le antojasse.
  Con esta licencia, se acomodó Sancho lo
mejor que pudo sobre su jumento, y sacando
de las alforjas lo que en ellas auia puesto,
yua caminando y comiendo detras de su amo
muy de su espacio, y de quando en quando
empinaua la bota, con tanto gusto, que le
pudiera embidiar el mas regalado bodegonero
de Malaga. Y en tanto que el yua de aquella
manera menudeando tragos, no se le acordaua
de ninguna promessa que su amo le huuiesse
hecho, ni tenia por ningun trabajo, sino por
mucho descanso, andar buscando las
auenturas, por peligrosas que fuessen.
  En resolucion, aquella noche la passaron
entre vnos arboles, y del vno dellos desgajó
don Quixote vn ramo seco que casi le podia
seruir de lança, y puso en el el hierro que quitó
de la que se le auia quebrado. Toda aquella
noche no durmio don Quixote, pensando en
su señora Dulzinea, por acomodarse a lo que
auia leydo en sus libros quando los caualleros
passauan sin dormir muchas noches en las
florestas y despoblados, entretenidos con las
memorias de sus señoras.
  No la passó ansi Sancho Pança; que,
como tenia el estomago lleno, y no de agua
de chicoria, de vn sueño se la lleuó toda, y
no fueran parte para despertarle, si su amo no
lo llamara, los rayos del sol, que le dauan
en el rostro, ni el canto de las aues, que
muchas y muy regozijadamente la venida del
nueuo dia saludauan. Al leuantarse, dio vn
tiento a la bota, y hallola algo mas flaca que
la noche antes, y afligiosele el coraçon, por
parecerle que no lleuauan camino de remediar
tan presto su falta. No quiso desayunarse don
Quixote, porque, como está dicho, dio en
sustentarse de sabrosas memorias.
  Tornaron a su començado camino del puerto
Lapice, y a obra de las tres del dia le
descubrieron.
  “Aqui”, dixo en viendole don Quixote,
“podemos, hermano Sancho Pança, meter las
manos hasta los codos en esto que llaman
auenturas. Mas aduierte que, aunque me veas en
los mayores peligros del mundo, no has de
poner mano a tu espada para defenderme, si
ya no vieres que los que me ofenden es canalla
y gente baxa, que en tal caso bien puedes
ayudarme; pero si fueren caualleros, en ninguna
manera te es licito ni concedido por las leyes
de caualleria que me ayudes, hasta que seas
armado cauallero.”
  “Por cierto, señor”, respondio Sancho, “que
vuestra merced sea muy bien obedicido en
esto, y mas, que yo de mio me soy pacifico y
enemigo de meterme en ruydos ni pendencias;
bien es verdad que en lo que tocare a defender
mi persona no tendre mucha cuenta con essas
leyes, pues las diuinas y humanas permiten
que cada vno se defienda de quien quisiere
agr[a]uiarle.”
  “No digo yo menos”, respondio don Quixote;
“pero en esto de ayudarme contra caualleros,
has de tener a raya tus naturales impetus.”
  “Digo que assi lo hare”, respondio Sancho,
“y que guardaré esse preceto tambien como
el dia del domingo.”
  Estando en estas razones, asomaron por el
camino dos frayles de la orden de San Benito,
caualleros sobre dos dromedarios, que no eran
mas pequeñas dos mulas en que venian. Traian
sus antojos de camino y sus quitasoles. Detras
dellos venia vn coche con quatro o cinco de
a cauallo que le acompañauan, y dos moços de
mulas a pie. Venia en el coche, como despues
se supo, vna señora vizcayna que yua a Seuilla,
donde estaua su marido, que passaua a las
Indias con vn muy honroso cargo. No venian los
frayles con ella, aunque yuan el mesmo camino;
mas apenas los diuisó don Quixote, quando
dixo a su escudero:
  “O yo me engaño, o esta ha de ser la mas
famosa auentura que se aya visto, porque
aquellos bultos negros que alli parecen deuen
de ser, y son, sin duda, algunos encantadores
que lleuan hurtada alguna princesa en aquel
coche, y es menester deshazer este tuerto a
todo mi poderio.”
  “Peor sera esto que los molinos de viento”,
dixo Sancho. “Mire, señor, que aquellos son
frayles de San Benito, y el coche deue de ser
de alguna gente passagera. Mire que digo que
mire bien lo que haze, no sea el diablo que le
engañe.”
  “Ya te he dicho, Sancho”, respondio don
Quixote, “que sabes poco de achaque de auenturas;
lo que yo digo es verdad, y aora lo veras.”
  Y, diziendo esto, se adelantó y se puso en
la mitad del camino por donde los frayles
venian, y, en llegando tan cerca que a el le
parecio que le podrian oyr lo que dixesse, en
alta voz dixo:
  “¡Gente endiablada y descomunal, dexad luego
al punto las altas princesas que en esse coche
lleuays forçadas; si no, aparejaos a recebir
presta muerte por justo castigo de vuestras
malas obras!”
  Detuuieron los frayles las riendas, y
quedaron admirados, assi de la figura de don
Quixote como de sus razones, a las quales
respondieron:
  “Señor cauallero, nosotros no somos endiablados
ni descomunales, sino dos religiosos de
San Benito que vamos nuestro camino, y no
sabemos si en este coche vienen o no ningunas
forçadas princesas.”
  “Para conmigo no ay palabras blandas; que
ya yo os conozco, fementida canalla”, dixo
don Quixote.
  Y, sin esperar mas respuesta, picó a
Rozinante y, la lança baxa, arremetio contra el
primero frayle, con tanta furia y denuedo, que
si el frayle no se dexara caer de la mula, el
le hiziera venir al suelo mal de su grado, y
aun mal ferido, si no cayera muerto.
  El segundo religioso, que vio del modo que
tratauan a su compañero, puso piernas al
castillo de su buena mula, y començo a correr por
aquella campaña, mas ligero que el mesmo
viento.
  Sancho Pança, que vio en el suelo al frayle,
apeandose ligeramente de su asno, arremetio
a el y le començo a quitar los habitos.
Llegaron en esto dos moços de los frayles, y
preguntaronle que por qué le desnudaua;
respondioles Sancho que aquello le tocaua a el
ligitimamente, como despojos de la batalla
que su señor don Quixote auia ganado. Los
moços, que no sabian de burlas, ni entendian
aquello de despojos ni batallas, viendo que ya
don Quixote estaua desuiado de alli, hablando
con las que en el coche venian, arremetieron
con Sancho, y dieron con el en el suelo, y sin
dexarle pelo en las barbas, le molieron a cozes,
y le dexaron tendido en el suelo, sin aliento
ni sentido; y, sin detenerse vn punto, tornó a
subir el frayle todo temeroso y acobardado y
sin color en el rostro, y quando se vio a
cauallo, picó tras su compañero, que vn buen
espacio de alli le estaua aguardando y esperando
en que paraua aquel sobresalto; y, sin querer
aguardar el fin de todo aquel començado
sucesso, siguieron su camino, haziendose mas
cruzes que si lleuaran al diablo a las
espaldas.
  Don Quixote estaua, como se ha dicho,
hablando con la señora del coche, diziendole:
  “La vuestra fermosura, señora mia, puede
fazer de su persona lo que mas le viniere en
talante, porque ya la soberuia de vuestros
robadores yaze por el suelo, derribada por este
mi fuerte braço; y, porque no peneys por saber
el nombre de vuestro libertador, sabed que yo
me llamo don Quixote de la Mancha, cauallero
andante y auenturero, y cautiuo de la sin
par y hermosa doña Dulzinea del Toboso; y en
pago del beneficio que de mi aueys recebido,
no quiero otra cosa sino que boluays al Toboso,
 y que de mi parte os presenteys ante
esta señora y le digays lo que por vuestra
libertad he fecho.”
  Todo esto que don Quixote dezia, escuchaua
vn escudero de los que el coche acompañauan,
que era vizcayno; el qual, viendo que
no queria dexar passar el coche adelante, sino
que dezia que luego auia de dar la buelta al
Toboso, se fue para don Quixote, y, asiendole
de la lança, le dixo en mala lengua castellana
y peor vizcayna, desta manera:
  “Anda, cauallero, que mal andes; por el
Dios que criome, que, si no dexas coche, assi
te matas como estás ahi vizcayno.”
  Entendiole muy bien don Quixote, y con
mucho sossiego le respondio:
  “Si fueras cauallero, como no lo eres, ya yo
huuiera castigado tu sandez y atreuimiento,
cautiua criatura.”
  A lo qual replicó el vizcayno:
  “¿Yo no cauallero? Iuro a Dios tan mientes
como christiano. ¡Si lança ar[r]ojas y espada
sacas, el agua quán presto veras que al gato
lleuas!. Vizcayno por tierra, hidalgo por mar,
hidalgo por el diablo, y mientes que mira si
otra dizes cosa.”
  “¡Aora lo veredes, dixo Agrages!”,
respondio don Quixote. Y ar[r]ojando la lança en
el suelo, sacó su espada y embraçó su rodela,
y arremetió al vizcayno con determinacion de
quitarle la vida.
  El vizcayno, que assi le vio venir, aunque
quisiera apearse de la mula, que, por ser de
las malas de alquiler, no auia que fiar en ella,
no pudo hazer otra cosa sino sacar su espada;
pero auinole bien que se halló junto al coche,
de donde pudo tomar vna almohada que le
siruio de escudo, y luego se fueron el vno
para el otro, como si fueran dos mortales
enemigos. La demas gente quisiera ponerlos en
paz; mas no pudo, porque dezia el vizcayno
en sus mal trauadas razones, que si no le
dexauan acabar su batalla, que el mismo auia de
matar a su ama y a toda la gente que se lo
estoruasse. La señora del coche, admirada y
temerosa de lo que veia, hizo al cochero que
se desuiasse de alli algun poco, y desde lexos
se puso a mirar la rigurosa contienda, en el
discurso de la qual dio el vizcayno vna gran
cuchillada a don Quixote encima de vn ombro,
por encima de la rodela, que, a darsela sin
defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quixote,
que sintio la pesadumbre de aquel desaforado
golpe, dio vna gran voz, diziendo:
  “¡0 señora de mi alma, Dulzinea, flor de la
fermosura, socorred a este vuestro cauallero,
que, por satisfazer a la vuestra mucha bondad,
en este riguroso trance se halla!”
  El dezir esto, y el apretar la espada, y el
cubrirse bien de su rodela, y el arremeter al
vizcayno, todo fue en vn tiempo, lleuando
determinacion de auenturarlo todo a la de vn gol[pe]
solo. El vizcayno, que assi le vio venir
contra el, bien entendio por su denuedo su coraje,
y determinó de hazer lo mesmo que don
Quixote; y, assi, le aguardó bien cubierto de
su almohada, sin poder rodear la mula a vna
ni a otra parte, que ya, de puro cansada y no
hecha a semejantes niñerias, no podia dar vn
passo.
  Venia, pues, como se ha dicho, don Quixote
contra el cauto vizcayno, con la espada en
alto, con determinacion de abrirle por medio,
y el vizcayno le aguardaua ansi mesmo,
leuantada la espada y aforrado con su almohada,
y todos los circunstantes estauan temerosos
y colgados de lo que auia de suceder de
aquellos tamaños golpes con que se
amenazauan; y la señora del coche y las demas
criadas suyas estauan haziendo mil votos y
ofrecimientos a todas las imagenes y casas de
deuocion de España, porque Dios librasse a su
escudero, y a ellas, de aquel tan grande
peligro en que se hallauan.
  Pero está el daño de todo esto que en este
punto y termino dexa pendiente el autor desta
historia esta batalla, disculpandose que no
halló mas escrito destas hazañas de don Quixote,
de las que dexa referidas. Bien es verdad que
el segundo autor desta obra no quiso creer
que tan curiosa historia estuuiesse entregada
a las leyes del oluido, ni que huuiessen sido
tan poco curiosos los ingenios de la Mancha,
que no tuuiessen en sus archiuos o en sus
escritorios algunos papeles que deste famoso
cauallero tratassen, y, assi, con esta imaginacion,
no se desesperó de hallar el fin desta apazible
historia, el qual, siendole el cielo fauorable, le
halló del modo que se contará en la segunda
parte.

                SEGVNDA PARTE
                DEL INGENIOSO
            hidalgo don Quixote de
                  la Mancha.

                 Capitulo IX

Donde se concluye y da fin a la estupenda
  batalla que el gallardo vizcayno y el valiente
  manchego tuuieron.

  Dexamos en la primera parte desta historia
al valeroso vizcayno y al famoso don
Quixote con las espadas altas y desnudas, en
guisa de descargar dos furibundos fe[n]dientes,
tales que, si en lleno se acertauan, por lo menos
se diuidirian y fenderian de arriba a baxo y
abririan como vna granada; y que en aquel
punto tan dudoso paró y quedó destroncada
tan sabrosa historia, sin que nos diesse noticia
su autor donde se podria hallar lo que della
faltaua. Causome esto mucha pesadumbre, porque
el gusto de auer leydo tan poco se boluia
en disgusto de pensar el mal camino que se
ofrecia para hallar lo mucho que, a mi parecer,
faltaua de tan sabroso cuento. Pareciome cosa
impossible y fuera de toda buena costumbre,
que a tan buen cauallero le huuiesse faltado
algun sabio que tomara a cargo el escreuir
sus nunca vistas hazañas, cosa que no faltó a
ninguno de los caualleros andantes,

          “de los que dizen las gentes
          que van a sus auenturas”,

porque cada vno dellos tenia vno o dos sabios,
como de molde, que no solamente escriuian
sus hechos, sino que pintauan sus mas minimos
pensamientos y niñerias, por mas escondidas
que fuessen. Y no auia de ser tan desdichado
tan buen cauallero, que le faltasse a el
lo que sobró a Platir y a otros semejantes.
Y, assi, no podia inclinarme a creer que tan
gallarda historia huuiesse quedado manca y
estropeada, y echaua la culpa a la malignidad
del tiempo, deuorador y consumidor de todas
las cosas, el qual, o la tenia oculta o
consumida.
  Por otra parte, me parecia que, pues entre
sus libros se auian hallado tan modernos como
Desengaño de zelos y Ninfas y pastores de
Henares, que tambien su historia deuia de
ser moderna, y que, ya que no estuuiesse
escrita, estaria en la memoria de la gente de su
aldea y de las a ella circunuezinas. Esta
imaginacion me traia confuso y desseoso de saber
real y verdaderamente toda la vida y milagros
de nuestro famoso español don Quixote de la
Mancha, luz y espejo de la caualleria manchega,
y el primero que en nuestra edad y en estos
tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y
exercicio de las andantes armas, y al [de]
desfazer agrauios, socorrer viudas, amparar
donzellas, de aquellas que andauan con sus açotes
y palafrenes, y con toda su virginidad a
cuestas, de monte en monte y de valle en valle;
que si no era que algun follon, o algun villano
de acha y capellina, o algun descomunal
gigante las forçaua, donzella huuo en los
passados tiempos que, al cabo de ochenta años,
que en todos ellos no durmio vn dia debaxo
de tejado, se fue tan entera a la sepultura
como la madre que la auia parido.
  Digo, pues, que por estos y otros muchos
respetos, es digno nuestro gallardo Quixote de
continuas y memorables alabanças, y aun a mi
no se me deuen negar por el trabajo y diligencia
que puse en buscar el fin desta agradable
historia. Aunque bien se que si el cielo, el
caso y la fortuna no me ayudan, el mundo
quedara falto y sin el passatiempo y gusto que
bien casi dos horas podra tener el que con
atencion la leyere. Passó, pues, el hallarla en
esta manera.
  Estando yo vn dia en el Alcana de Toledo,
llegó vn muchacho a vender vnos cartapacios
y papeles viejos a vn sedero, y como yo soy
aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos
de las calles, lleuado desta mi natural inclinacion,
tomé vn cartapacio de los que el muchacho
vendia, y vile con caracteres que conoci ser
arauigos. Y puesto que, aunque los conocia,
no los sabia leer, anduue mirando si parecia
por alli algun morisco aljamiado que los leyesse;
y no fue muy dificultoso hallar interprete
semejante, pues aunque le buscara de otra
mejor y mas antigua lengua le hallara. En fin,
la suerte me deparó vno, que, diziendole mi
desseo y poniendole el libro en las manos, le
abrio por medio, y leyendo vn poco en el, se
començo a reyr.
  Preguntele yo que de qué se reya, y
respondiome que de vna cosa que tenia aquel
libro escrita en el margen por anotacion.
Dixele que me la dixesse, y el, sin dexar la
risa, dixo:
  “Está, como he dicho, aqui, en el margen,
escrito esto: «Esta Dulzinea del Toboso, tantas
»vezes en esta historia referida, dizen que tuuo
»la mejor mano para salar puercos que otra
»muger de toda la Mancha.»”
  Quando yo ohi dezir “Dulzinea del Toboso”,
quedé atonito y suspenso, porque luego se me
representó que aquellos cartapacios contenian
la historia de don Quixote. Con esta imaginacion
le di priessa que leyesse el principio, y,
haziendolo ansi, boluiendo de improuiso el
arauigo en castellano, dixo que dezia: Historia
de don Quixote de la Mancha, escrita por Cide
Hamete Benengeli, historiador arauigo.
  Mucha discrecion fue menester para dissimular
el contento que recebi quando llegó a mis
oydos el titulo del libro, y, salteandosele al
sedero, compré al muchacho todos los papeles y
cartapacios por medio real; que si el tuuiera
discrecion y supiera lo que yo los desseaua,
bien se pudiera prometer y lleuar mas de seys
reales de la compra.
  Aparteme luego con el morisco por el claustro
de la Iglesia Mayor, y roguele me boluiesse
aquellos cartapacios, todos los que tratauan de
don Quixote, en lengua castellana, sin quitarles
ni añadirles nada, ofreciendole la paga que el
quisiesse. Contentose con dos arrobas de passas
y dos fanegas de trigo, y prometio de traduzirlos
bien y fielmente y con mucha breuedad.
Pero yo, por facilitar mas el negocio y por
no dexar de la mano tan buen hallazgo, le
truxe a mi casa, donde en poco mas de mes y
medio la traduxo toda, del mesmo modo
que aqui se refiere.
  Estaua en el primero cartapacio pintada, muy
al natural, la batalla de don Quixote con el
vizcayno, puestos en la mesma postura que
la historia cuenta: leuantadas las espadas, el
vno cubierto de su rodela, el otro de la
almohada, y la mula del vizcayno tan al viuo, que
estaua mostrando ser de alquiler a tiro de
ballesta. Tenia a los pies escrito el vizcayno vn
titulo que dezia: Don Sancho de Azpe[i]tia,
que sin duda deuia de ser su nombre, y a los
pies de Rozinante estaua otro que dezia: Don
Quixote. Estaua Rozinante marauillosamente
pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y
flaco, con tanto espinazo, tan etico confirmado,
que mostraua bien al descubierto con quanta
aduertencia y propriedad se le auia puesto
el nombre de Rozinante. Iunto a el estaua Sancho
Pança, que tenia del cabestro a su asno, a
los pies del qual estaua otro retulo que dezia:
Sancho Çancas, y deuia de ser que tenia, a lo
que mostraua la pintura, la barriga grande, el
talle corto y las çancas largas, y por esto se le
deuio de poner nombre de Pança, y de Çancas;
que con estos dos sobrenombres le llama
algunas vezes la historia.
  Otras algunas menudencias auia que aduertir;
pero todas son de poca importancia, y
que no hazen al caso a la verdadera relacion
de la historia, que ninguna es mala como sea
verdadera. Si a esta se le puede poner alguna
obgecion cerca de su verdad, no podra ser
otra sino auer sido su autor arauigo, siendo
muy propio de los de aquella nacion ser
mentirosos, aunque, por ser tan nuestros enemigos,
antes se puede entender auer quedado falto en
ella que demasiado. Y ansi me parece a mi,
pues quando pudiera y deuiera estender la
pluma en las alabanças de tan buen cauallero,
parece que de industria las passa en silencio:
cosa mal hecha y peor pensada, auiendo y
deuiendo ser los historiadores puntuales,
verdaderos y no nada apassionados, y que ni el
interes ni el miedo, el rancor ni la aficion, no
les hagan torcer del camino de la verdad,
cuya madre es la historia, emula del tiempo,
deposito de las acciones, testigo de lo passado,
exemplo y auiso de lo presente, aduertencia
de lo por venir. En esta se que se hallará
todo lo que se acertare a dessear en la mas
apazible; y si algo bueno en ella faltare, para
mi tengo que fue por culpa del galgo de su
autor, antes que por falta del sujeto.
  En fin, su segunda parte, siguiendo la
traducion, començaua desta manera:
  Puestas y leuantadas en alto las cortadoras
espadas de los dos valerosos y enojados
combatientes, no parecia sino que estauan amenazando
al cielo, a la tierra y al abismo: tal era
el denuedo y continente que tenian. Y el primero
que fue a descargar el golpe fue el colerico
vizcayno, el qual fue dado con tanta fuerça
y tanta furia, que, a no boluersele la espada
en el camino, aquel solo golpe fuera bastante
para dar fin a su rigurosa contienda y a todas
las auenturas de nuestro cauallero; mas la
buena suerte, que para mayores cosas le tenia
guardado, torcio la espada de su contrario, de
modo que, aunque le acerto en el hombro
yzquierdo, no le hizo otro daño que desarmarle
todo aquel lado, lleuandole de camino gran
parte de la zelada, con la mitad de la oreja;
que todo ello con espantosa ruyna vino al
suelo, dexandole muy mal trecho.
  ¡Valame Dios, y quién sera aquel que
buenamente pueda contar aora la rabia que entró
en el coraçon de nuestro manchego, viendose
parar de aquella manera! No se diga mas sino
que fue de manera, que se alçó de nueuo en
los estribos, y, apretando mas la espada en las
dos manos, con tal furia descargó sobre el
vizcayno, acertandole de lleno sobre la almohada
y sobre la cabeça, que, sin ser parte tan buena
defensa, como si cayera sobre el vna montaña,
començo a echar sangre por las narizes y por
la boca y por los oydos, y a dar muestras de
caer de la mula abaxo, de donde cayera, sin
duda, si no se abraçara con el cuello; pero
con todo esso, sacó los pies de los estribos, y
luego solto los braços, y la mula, espantada
del terrible golpe, dio a correr por el campo, y,
a pocos corcobos dio con su dueño en tierra.
  Estauaselo con mucho sossiego mirando don
Quixote, y, como lo vio caer, saltó de su
cauallo, y con mucha ligereza se llegó a el, y,
poniendole la punta de la espada en los ojos, le
dixo que se rindiesse; si no, que le cortaria
la cabeça. Estaua el vizcayno tan turbado que
no podia responder palabra, y el lo passara
mal, segun estaua ciego don Quixote, si las
señoras del coche, que hasta entonces con
gran desmayo auian mirado la pendencia, no
fueran a donde estaua y le pidieran con mucho
encarecimiento, les hiziesse tan gran
merced y fauor de perdonar la vida a aquel su
escudero.
  A lo qual don Quixote respo[n]dio con mucho
entono y grauedad:
  “Por cierto, fermosas señoras, yo soy muy
contento de hazer lo que me pedis; mas ha de
ser con vna condicion y concierto, y es que
este cauallero me ha de prometer de yr al
lugar del Toboso y presentarse de mi parte ante
la simpar doña Dulzinea, para que ella haga
del lo que mas fuere de su voluntad.”
  La[s] temerosa[s] y desconsolada[s] señora[s],
sin entrar en cuenta de lo que don
Quixote pedia, y sin preguntar quien Dulzinea
fuesse, le prometieron que el escudero haria
todo aquello que de su parte le fuesse
mandado.
  “Pues en fe de essa palabra, yo no le hare
mas daño, puesto que me lo tenia bien
merecido.”

                  Capitulo X

De lo que mas le auino a don Quixote con
  el vizcayno y del peligro en que se vio con
  vna turba de iangueses.

  Ya en este tiempo se auia leuantado Sancho
Pança, algo maltratado de los moços de los
frayles, y auia estado atento a la batalla de su
señor don Quixote, y rogaua a Dios en su coraçon
fuesse seruido de darle vitoria, y que en
ella ganasse alguna insula de donde le
hiziesse gouernador, como se lo auia prometido.
Viendo, pues, ya acabada la pendencia, y que
su amo boluia a subir sobre Rozinante, llegó a
tenerle el estribo, y antes que subiesse se
hincó de rodillas delante del, y, asiendole de la
mano, se la besó y le dixo:
  “Sea vuestra merced seruido, señor don
Quixote mio, de darme el gouierno de la
insula que en esta rigurosa pendencia se ha
ganado; que, por grande que sea, yo me siento
con fuerças de saberla gouernar, tal y tan bien
como otro que aya gouernado insulas en el
mundo.”
  A lo qual respondio don Quixote:
  “Aduertid, hermano Sancho, que esta auentura,
y la[s] a esta semejantes, no son auenturas
de insulas, sino de encruzijadas, en las
quales no se gana otra cosa que sacar rota la
cabeça o vna oreja menos. Tened paciencia;
que auenturas se ofreceran donde no
solamente os pueda hazer gouernador, sino mas
adelante.”
  Agradecioselo mucho Sancho, y, besandole
otra vez la mano y la falda de la loriga, le
ayudó a subir sobre Rozinante, y el subio sobre su
asno, y començo a seguir a su señor, que, a
passo tirado, sin despedirse ni hablar mas con
las del coche, se entró por vn bosque que alli
junto estaua. Seguiale Sancho a todo el trote
de su jumento, pero caminaua tanto Rozinante,
que, viendose quedar atras, le fue forçoso dar
vozes a su amo que se aguardasse. Hizolo assi
don Quixote, teniendo las riendas a Rozinante
hasta que llegasse su cansado escudero, el
qual, en llegando, le dixo:
  “Pareceme, señor, que seria acertado yrnos
a retraer a alguna iglesia; que, segun quedó
maltrecho aquel con quien os combatistes, no
sera mucho que den noticia del caso a la Santa
Hermandad y nos prendan; y a fe que si lo
hazen, que primero que salgamos de la
carcel, que nos ha de sudar el hopo.”
  “Calla”, dixo don Quixote. “¿Y dónde has
visto tu, o leydo jamas, que cauallero andante
aya sido puesto ante la justicia por mas
homicidios que huuiesse cometido?”
  “Yo no se nada de omecillos”, respondio
Sancho, “ni en mi vida le caté a ninguno; solo
se que la Santa Hermandad tiene que ver con
los que pelean en el campo, y en essotro no
me entremeto.”
  “Pues no tengas pena, amigo”, respondio
don Quixote; “que yo te sacaré de las manos
de los caldeos, quanto mas de las de la
Hermandad. Pero dime, por tu vida: ¿has visto
mas valeroso cauallero que yo en todo lo
descubierto de la tierra? ¿Has leydo en historias
otro que tenga ni aya tenido mas brio en acometer,
mas aliento en el perseuerar, mas destreza
en el herir, ni mas maña en el derribar?”
  “La verdad sea”, respondio Sancho, “que yo
no he leydo ninguna historia jamas, porque ni
se leer ni escreuir; mas lo que osaré apostar
es que mas atreuido amo que vuestra merced
yo no le he seruido en todos los dias de mi
vida, y quiera Dios que estos atreui[mi]entos
no se paguen donde tengo dicho. Lo que le
ruego a vuestra merced es que se cure, que
le va mucha sangre de essa oreja; que aqui
traygo hilas y vn poco de vnguento blanco en
las alforjas.”
  “Todo esso fuera bien escusado”, respondio
don Quixote, “si a mi se me acordara de hazer
vna redoma del balsamo de Fierabras; que con
sola vna gota se ahorraran tiempo y
medizinas.”
  “¿Qué redoma y qué balsamo es esse?” dixo
Sancho Pança.
  “Es vn balsamo”, respondio don Quixote,
“de quien tengo la receta en la memoria, con
el qual no ay que tener temor a la muerte, ni
ay pensar morir de ferida alguna. Y, ansi,
quando yo le haga y te le de, no tienes mas
que hazer sino que, quando vieres que en
alguna batalla me han partido por medio del
cuerpo, como muchas vezes suele acontecer,
bonitamente la parte del cuerpo que huuiere
caydo en el suelo, y con mucha sotiliza,
antes que la sangre se yele, la pondras sobre
la otra mitad que quedare en la silla,
aduirtiendo de encaxallo ygualmente y al justo.
Luego me daras a beuer solos dos tragos del
balsamo que he dicho, y verasme quedar
mas sano que vna mançana.”
  “Si esso ay”, dixo Pança, “yo renuncio desde
aqui el gouierno de la prometida insula, y no
quiero otra cosa en pago de mis muchos y
buenos seruicios, sino que vuestra merced me
de la receta de esse estremado licor; que para
mi tengo que valdra la onça, adonde quiera,
mas de a dos reales, y no he menester yo mas
para passar esta vida honrada y descansadamente.
Pero es de saber agora si tiene mucha
costa el hazelle.”
  “Con menos de tres reales se pueden hazer
tres azumbres”, respondio don Quixote.
  “¡Pecador de mi!”, replicó Sancho, “¿pues a
qué aguarda vuestra merced a hazelle y a
enseñarmele?”
  “Calla, amigo”, respondio don Quixote; “que
mayores secretos pienso enseñarte y mayores
mercedes hazerte; y por agora curemonos,
que la oreja me duele mas de lo que yo
quisiera.”
  Sacó Sancho de las alforjas hilas y vnguento.
Mas quando don Quixote llegó a ver rota su
zelada, penso perder el juyzio, y, puesta la
mano en la espada y alçando los ojos al cielo,
dixo:
  “Yo hago juramento al Criador de todas las
cosas, y a los santos quatro Euangelios donde
mas largamente estan escritos, de hazer la vida
que hizo el grande Marques de Mantua quando
juró de vengar la muerte de su sobrino
Valdouinos, que fue de no comer pan a
manteles, ni con su muger folgar, y otras cosas
que, aunque dellas no me acuerdo, las doy
aqui por expressadas, hasta tomar entera
vengança del que tal desaguisado me fizo.”
  Oyendo esto Sancho, le dixo:
  “Aduierta vuestra merced, señor don Quixote,
que si el cauallero cumplio lo que se le
dexó ordenado de yrse a presentar ante
mi señora Dulzinea del Toboso, ya aura cumplido
con lo que deuia, y no merece otra pena
si no comete nueuo delito.”
  “Has hablado y apuntado muy bien”,
respondio don Quixote; “y, assi, anulo el
juramento en quanto lo que toca a tomar del
nueua vengança; pero hagole y confirmole de
nueuo de hazer la vida que he dicho hasta
tanto que quite por fuerça otra zelada, tal y
tan buena como esta, a algun cauallero. Y
no pienses, Sancho, que assi a humo de pajas
hago esto; que bien tengo a quien imitar en
ello, que esto mesmo passó al pie de la
letra sobre el yelmo de Mambrino, que tan
caro le costo a Sacripante.”
  “Que de al diablo vuestra merced tales
juramentos, señor mio”, replicó Sancho, “que son
muy en daño de la salud y muy en perjuyzio
de la conciencia. Si no, digame aora: si acaso
en muchos dias no topamos hombre armado
con zelada, ¿qué hemos de hazer? ¿Hase de
cumplir el juramento a despecho de tantos
inconuenientes e incomodidades como sera el
dormir vestido, y el no dormir en poblado, y
otras mil penitencias que contenia el juramento
de aquel loco viejo del Marques de Mantua,
que vuestra merced quiere reualidar aora? Mire
vuestra merced bien que por todos estos caminos
no andan hombres armados, sino harrieros
y carreteros, que no solo no traen zeladas, pero
quiça no las han oydo nombrar en todos los
dias de su vida.”
  “Engañaste en esso”, dixo don Quixote,
“porque no auremos estado dos horas por
estas encruzijadas, quando veamos mas armados
que los que vinieron sobre Albraca a la
conquista de Angelica la Bella.”
  “Alto, pues; sea ansi”, dixo Sancho, “y
a Dios prazga que nos suceda bien, y que se
llegue ya el tiempo de ganar esta insula que
tan cara me cuesta, y muerame yo luego.”
  “Ya te he dicho, Sancho, que no te de esso
cuydado alguno; que, quando faltare insula,
ay está el reyno de Dinamarca o el de Sobradisa,
que te vendran como anillo al dedo,
y mas que, por ser en tierra firme, te deues
mas alegrar. Pero dexemos esto para su tiempo,
y mira si traes algo en essas alforjas que
comamos, porque vamos luego en busca de
algun castillo donde aloxemos esta noche y
hagamos el balsamo que te he dicho, porque
yo te boto a Dios, que me va doliendo mucho
la oreja.”
  “Aqui trayo vna cebolla y vn poco de queso
y no se quantos mendrugos de pan”, dixo
Sancho; “pero no son manjares que pertenecen
a tan valiente cauallero como vuestra
merced.”
  “Qué mal lo entiendes”, respondio don
Quixote; “hagote saber, Sancho, que es honra de
los caualleros andantes no comer en vn mes,
y ya que coman, sea de aquello que hallaren
mas a mano; y esto se te hiziera cierto si
huuieras leydo tantas historias como yo, que,
aunque han sido muchas, en todas ellas no he
hallado hecha relacion de que los caualleros
andantes comiessen, si no era acaso y en
algunos suntuosos banquetes que les hazian, y
los demas dias se los passauan en flores.
Y aunque se dexa entender que no podian
passar sin comer y sin hazer todos los otros
menesteres naturales, porque, en efeto, eran
hombres como nosotros, hase de entender
tambien que, andando lo mas del tiempo de
su vida por las florestas y despoblados, y sin
cozinero, que su mas ordinaria comida seria
de viandas rusticas, tales como las que tu aora
me ofreces. Assi que, Sancho amigo, no te
congoje lo que a mi me da gusto; ni querras
tu hazer mundo nueuo, ni sacar la caualleria
andante de sus quicios.”
  “Perdoneme vuestra merced”, dixo Sancho;
“que como yo no se leer ni escreuir, como
otra vez he dicho, no se ni he caydo en las
reglas de la profession caualleresca, y de aqui
adelante yo proueere las alforjas de todo
genero de fruta seca para vuestra merced, que es
cauallero, y para mi las proueere, pues no lo
soy, de otras cosas bolatiles y de mas
sustancia.”
  “No digo yo, Sancho”, replicó don Quixote,
“que sea forçoso a los caualleros andantes no
comer otra cosa sino essas frutas que dizes,
sino que su mas ordinario sustento deuia de
ser dellas, y de algunas yeruas que hallauan
por los campos, que ellos conocian y yo
tambien conozco.”
  “Virtud es”, respondio Sancho, “conocer
essas yeruas, que, segun yo me voy imaginando,
algun dia sera menester vsar de esse
conocimiento.”
  Y sacando, en esto, lo que dixo que trahia,
comieron los dos en buena paz y compaña.
Pero desseosos de buscar donde alojar aquella
noche, acabaron con mucha breuedad su pobre
y seca comida. Subieron luego a cauallo,
y dieronse priessa por llegar a poblado antes
que anocheciesse; pero faltoles el sol, y la
esperança de alcançar lo que desseauan, junto a
vnas choças de vnos cabreros, y, assi,
determinaron de passarla alli; que, quanto fue de
pesadumbre para Sancho no llegar a poblado,
fue de contento para su amo dormirla al cielo
descubierto, por parecerle que cada vez que
esto le sucedia era hazer vn acto possessiuo
que facilitaua la prueua de su caualleria.

                 Capitulo XI

De lo que le sucedio a don Quixote con vnos
                  cabreros.

  Fue recogido de los cabreros con buen
animo, y auiendo Sancho, lo mejor que pudo,
acomodado a Rozinante y a su jumento, se fue
tras el olor que despedian de si ciertos tasajos
de cabra, que hiruiendo al fuego en vn caldero
estauan; y, aunque el quisiera en aquel
mesmo punto ver si estauan en sazon de
trasladarlos del caldero al estomago, lo dexó de
hazer, porque los cabreros los quitaron del
fuego, y, tendiendo por el suelo vnas pieles
de ouejas, adereçaron con mucha priessa su
rustica mesa, y combidaron a los dos, con
muestras de muy buena voluntad, con lo que
tenian. Sentaronse a la redonda de las pieles
seis dellos, que eran los que en la majada auia,
auiendo primero, con grosseras ceremonias,
rogado a don Quixote que se sentasse sobre
vn dornajo que buelto del reues le pusieron.
Sentose don Quixote, y quedauase Sancho en
pie para seruirle la copa, que era hecha de
cuerno. Viendole en pie su amo, le dixo:
  “Porque veas, Sancho, el bien que en si
encierra la andante caualleria, y quán a pique
estan los que en qualquiera ministerio della se
exercitan de venir breuemente a ser honrados
y estimados del mundo, quiero que aqui, a mi
lado y en compañia desta buena gente, te
sientes, y que seas vna mesma cosa conmigo,
que soy tu amo y natural señor; que comas en
mi plato y beuas por donde yo beuiere, porque
de la caualleria andante se puede dezir lo
mesmo que del amor se dize: que todas
las cosas yguala.”
  “Gran merced”, dixo Sancho; “pero se dezir
a vuestra merced que como yo tuuiesse bien
de comer, tambien y mejor me lo comeria
en pie y a mis solas como sentado a par de
vn emperador. Y aun si va a dezir verdad,
mucho mejor me sabe lo que como en mi rincon,
sin melindres ni respetos, aunque sea pan
y cebolla, que los gallipauos de otras mesas
donde me sea forçoso mascar despacio, beuer
poco, limpiarme a menudo, no estornudar, ni
toser si me viene gana, ni hazer otras cosas
que la soledad y la libertad traen consigo.
Ansi que, señor mio, estas honras que
vuestra merced quiere darme por ser ministro
y aderente de la caualleria andante, como lo
soy siendo escudero de vuestra merced,
conuiertalas en otras cosas que me sean de mas
comodo y prouecho; que estas, aunque las doy
por bien recebidas, las renuncio para desde
aqui al fin del mundo.”
  “Con todo esso, te has de sentar, porque a
quien se humilla Dios le ensalça.”
  Y, asiendole por el braço, le forço a que
junto del se sentasse.
  No entendian los cabreros aquella gerigonça
de escuderos y de caualleros andantes, y no
hazian otra cosa que comer y callar, y mirar
a sus huespedes, que, con mucho donayre y
gana, embaulauan tassajo como el puño. Acabado
el seruicio de carne, tendieron sobre las
zaleas gran cantidad de bellotas auellanadas,
y juntamente pusieron vn medio queso, mas
duro que si fuera hecho de argamassa. No
estaua en esto ocioso el cuerno, porque andaua
a la redonda tan a menudo, ya lleno, ya vazio,
como arcaduz de noria, que con facilidad
vazió vn zaque de dos que estauan de
manifiesto.
  Despues que don Quixote huuo bien satisfecho
su estomago, tomó vn puño de bellotas
en la mano, y, mirandolas atentamente, solto
la voz a semejantes razones:
  “¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a
quien los antiguos pusieron nombre de dorados;
y no porque en ellos el oro, que en esta
nuestra edad de hierro tanto se estima, se
alcançasse en aquella venturosa sin fatiga alguna,
sino porque entonces los que en ella viuian
ignorauan estas dos palabras de tuyo y mio!
Eran en aquella santa edad todas las cosas
comunes; a nadie le era necessario, para alcançar
su ordinario sustento, tomar otro trabajo que
alçar la mano y alcançarle de las robustas
enzinas, que liberalmente les estauan combidando
con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes
y corrientes rios, en magnifica abundancia,
sabrosas y transparentes aguas les ofrecian. En
las quiebras de las peñas y en lo hueco de los
arboles formauan su republica las solicitas y
discretas abejas, ofreciendo a qualquiera mano,
sin interes alguno, la fertil cosecha de su
dulcissimo trabajo. Los valientes alcornoques
despedian de si, sin otro artificio que el de su
cortesia, sus anchas y liuianas cortezas, con que
se començaron a cubrir las casas, sobre
rusticas estacas sustentadas, no mas que para
defensa de las inclemencias del cielo. Todo era
paz entonces, todo amistad, todo concordia;
aun no se auia atreuido la pesada reja del corbo
arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas
de nuestra primera madre, que ella, sin ser
forçada, ofrecia por todas las partes de su fertil
y espacioso seno lo que pudiesse hartar,
sustentar y deleytar a los hijos que entonces la
posseian.
  ”Entonces si que andauan las simples y hermosas
çagalejas de valle en valle y de otero en
otero, en trença y en cabello, sin mas vestidos
de aquellos que eran menester para cubrir
honestamente lo que la honestidad quiere y
ha querido siempre que se cubra, y no eran
sus adornos de los que aora se vsan, a quien
la purpura de Tyro y la por tantos modos
martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas
verdes de lampazos y yedra entretexidas,
con lo que quiça yuan tan pomposas y compuestas
como van agora nuestras cortesanas
con las raras y peregrinas inuenciones que la
curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces
se decorauan los concetos amorosos del alma
simple y senzillamente, del mesmo modo
y manera que ella los concebia, sin buscar
artificioso rodeo de palabras para encarecerlos.
No auia la fraude, el engaño ni la malicia,
mezcladose con la verdad y llaneza. La
justicia se estaua en sus proprios terminos,
sin que la osassen turbar ni ofender los del
fauor y los del interesse, que tanto aora la
menoscaban, turban y persiguen. La ley del
encaxe aun no se auia sentado en el
entendimiento del juez, porque entonces no auia
que juzgar, ni quien fuesse juzgado. Las
donzellas y la honestidad andauan, como tengo
dicho, por donde quiera, sola y señera, sin
temor que la agena desemboltura y lasciuo
intento le menoscabassen, y su perdicion
nacia de su gusto y propria voluntad. Y agora,
en estos nuestros detestables siglos, no
está segura ninguna, aunque la oculte y cierre
otro nueuo laberinto como el de Creta; porque
alli, por los resquicios, o por el ayre, con el zelo
de la maldita solicitud, se les entra la amorosa
pestilencia y les haze dar con todo su recogimiento
al traste. Para cuya seguridad, andando
mas los tiempos y creciendo mas la malicia, se
instituyó la orden de los caualleros andantes
para defender las donzellas, amparar las
viudas, y socorrer a los huerfanos y a los
menesterosos.
  ”Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a
quien agradezco el gassaje y buen
acogimiento que hazeis a mi y a mi escudero. Que,
aunque por ley natural estan todos los que
viuen obligados a fauorecer a los caualleros
andantes, todauia, por saber que sin saber
vosotros esta obligacion me acogistes y regalastes,
es razon que con la voluntad a mi possible
os agradezca la vuestra.”
  Toda esta larga arenga, que se pudiera muy
bien escusar, dixo nuestro cauallero, porque
las bellotas que le dieron le truxeron a la
memoria la edad dorada. Y antojosele hazer aquel
inutil razonamiento a los cabreros, que, sin
respondelle palabra, embouados y suspensos,
le estuuieron escuchando. Sancho, assi mesmo,
callaua y comia bellotas, y visitaua
muy a menudo el segundo zaque, que, porque
se enfriasse el vino, le tenian colgado de vn
alcornoque.
  Mas tardó en hablar don Quixote que en
acabarse la cena; al fin de la qual vno de los
cabreros dixo:
  “Para que con mas veras pueda vuestra
merced dezir, señor cauallero andante, que le
agassajamos con prompta y buena voluntad,
queremos darle solaz y contento con hazer
que cante vn compañero nuestro, que no tardará
mucho en estar aqui. El qual es vn zagal
muy entendido y muy enamorado, y que, sobre
todo, sabe leer y escreuir, y es musico de vn
rabel que no ay mas que dessear.”
  Apenas auia el cabrero acabado de dezir
esto, quando llegó a sus oydos el son del rabel,
y de alli a poco llegó el que le tañia, que era
vn moço de hasta veynte y dos años, de muy
buena gracia. Preguntaronle sus compañeros
si auia cenado, y, respondiendo que si, el que
auia hecho los ofrecimientos le dixo:
  “De essa manera, Antonio, bien podras
hazernos plazer de cantar vn poco, por que vea
este señor huesped que tenemos, que tambien
por los montes y seluas ay quien sepa de
musica. Hemosle dicho tus buenas habilidades,
y desseamos que las muestres y nos saques
verdaderos; y, assi, te ruego por tu vida
que te sientes y cantes el romance de tus
amores, que te compuso el beneficiado tu tio, que
en el pueblo ha parecido muy bien.”
  “Que me plaze”, respondio el moço.
  Y, sin hazerse mas de rogar, se sento en el
tronco de vna desmochada enzina, y, templando
su rabel, de alli a poco, con muy buena gracia,
començo a cantar, diziendo desta manera:

                 ANTONIO

        Yo se, Olalla, que me adoras,
      puesto que no me lo has dicho
      ni aun con los ojos siquiera,
      mudas lenguas de amorios.
        Porque se que eres sabida,
      en que me quieres me afirmo;
      que nunca fue desdichado
      amor que fue conocido.
        Bien es verdad, que tal vez,
      Olalla, me has dado indicio
      que tienes de bronze el alma
      y el blanco pecho de risco.
        Mas alla, entre tus reproches
      y honestissimos desuios,
      tal vez la esperança muestra
      la orilla de su vestido.
        Aualançase al señuelo
      mi fe, que nunca ha podido,
      ni menguar por no llamado,
      ni crecer por escogido.
        Si el amor es cortesia,
      de la que tienes colijo,
      que el fin de mis esperanças
      ha de ser qual imagino.
        Y si son seruicios parte
      de hazer vn pecho benigno,
      algunos de los que he hecho
      fortalezen mi partido.
        Porque si has mirado en ello,
      mas de vna vez auras visto
      que me he vestido en los lunes
      lo que me honraua el domingo.
        Como el amor y la gala
      andan vn mesmo camino,
      en todo tiempo a tus ojos
      quise mostrarme polido.
        Dexo el baylar por tu causa,
      ni las musicas te pinto
      que has escuchado a deshoras
      y al canto del gallo primo.
        No cuento las alabanças
      que de tu belleza he dicho;
      que, aunque verdaderas, hazen
      ser yo de algunas malquisto.
        Teresa del Berrocal,
      yo alabandote, me dixo:
      “Tal piensa que adora a vn angel,
      y viene a adorar a vn gimio,
        merced a los muchos dixes,
      y a los cabellos postizos,
      y a hipocritas hermosuras
      que engañan al amor mismo.”
        Desmentila, y enojose;
      boluio por ella su primo,
      desafiome, y ya sabes
      lo que yo hize y el hizo.
        No te quiero yo a monton,
      ni te pretendo y te siruo
      por lo de barragania,
      que mas bueno es mi designio.
        Coyundas tiene la Iglesia
      que son lazadas de sirgo;
      pon tu el cuello en la gamella,
      veras como pongo el mio.
        Donde no, desde aqui juro
      por el santo mas bendito
      de no salir destas sierras
      sino para capuchino.

  Con esto dio el cabrero fin a su canto, y
aunque don Quixote le rogo que algo mas
cantasse, no lo consintio Sancho Pança, porque
estaua mas para dormir que para oyr
canciones. Y ansi, dixo a su amo:
  “Bien puede vuestra merced acomodarse
desde luego a donde ha de posar esta noche;
que el trabajo que estos buenos hombres
tienen todo el dia no permite que passen las
noches cantando.”
  “Ya te entiendo, Sancho”, le respondio don
Quixote; “que bien se me trasluze que las
visitas del zaque piden mas recompensa de
sueño que de musica.”
  “A todos nos sabe bien, bendito sea Dios”,
respondio Sancho.
  “No lo niego”, replicó don Quixote; “pero
acomodate tu donde quisieres, que los de mi
profession mejor parecen velando que
durmiendo. Pero, con todo esto, seria bien,
Sancho, que me bueluas a curar esta oreja,
que me va doliendo mas de lo que es
menester.”
  Hizo Sancho lo que se le mandaua. Y, viendo
vno de los cabreros la herida, le dixo que
no tuuiesse pena, que el pondria remedio con
que facilmente se sanasse. Y, tomando algunas
hojas de romero, de mucho que por alli auia,
las mascó y las mezcló con vn poco de sal,
y, aplicandoselas a la oreja, se la vendó muy
bien, assegurandole que no auia menester otra
medicina, y assi fue la verdad.

                 Capitulo XII

  De lo que conto vn cabrero a los que estauan
               con don Quixote.

  Estando en esto, llegó otro moço de los que
les traian del aldea el bastimento, y dixo:
  “¿Sabeis lo que passa en el lugar,
compañeros?”
  “¿Cómo lo podemos saber?”, respondio vno
dellos.
  “Pues sabed”, prosiguio el moço, “que murio
esta mañana aquel famoso pastor estudiante
llamado Grisostomo, y se murmura que
ha muerto de amores de aquella endiablada
moça de Marcela, la hija de Guillermo el rico,
aquella que se anda en habito de pastora por
essos andurriales.”
  “Por Marcela dirás”, dixo vno.
  “Por essa digo”, respondio el cabrero. “Y es
lo bueno que mandó en su testamento que le
enterrassen en el campo, como si fuera moro,
y que sea al pie de la peña donde está la
fuente del alcornoque; porque, segun es fama,
y el dizen que lo dixo, aquel lugar es adonde
el la vio la vez primera. Y tambien mandó
otras cosas, tales, que los abades del pueblo
dizen que no se han de cumplir, ni es bien que
se cumplan, porque parecen de gentiles. A
todo lo qual responde aquel gran su amigo
Ambrosio, el estudiante, que tambien se vistio
de pastor con el, que se ha de cumplir todo,
sin faltar nada, como lo dexó mandado Grisostomo,
y sobre esto anda el pueblo alborotado;
mas, a lo que se dize, en fin se hara lo que
Ambrosio y todos los pastores, sus amigos,
quieren; y mañana le vienen a enterrar con
gran pompa adonde tengo dicho. Y tengo para
mi que ha de ser cosa muy de ver; a lo menos,
yo no dexaré de yr a verla, si supiesse no
boluer mañana al lugar.”
  “Todos haremos lo mesmo”, respondieron
los cabreros, “y echaremos suertes a quien
ha de quedar a guardar las cabras de todos.”
  “Bien dizes, Pedro”, dixo [vno]; “que no
sera menester vsar de essa diligencia, que yo
me quedaré por todos; y no lo atribuyas a
virtud y a poca curiosidad mia, sino a que no
me dexa andar el garrancho que el otro dia
me passó este pie.”
  “Con todo esso, te lo agradecemos”,
respondio Pedro.
  Y don Quixote rogo a Pedro le dixesse qué
muerto era aquel y qué pastora aquella. A lo
qual Pedro respondio que lo que sabia era
que el muerto era vn hijodalgo rico, vezino
de vn lugar que estaua en aquellas sierras,
el qual auia sido estudiante muchos años en
Salamanca, al cabo de los quales auia buelto
a su lugar, con opinion de muy sabio y muy
leydo. “Principalmente, dezian que sabia la
ciencia de las estrellas, y de lo que passan alla
en el cielo el sol y la luna, porque puntualmente
nos dezia el cris del sol y de la luna.”
  “Eclipse se llama, amigo, que no cris, el
escurecerse essos dos luminares mayores”, dixo
don Quixote.
  Mas Pedro, no reparando en niñerias,
prosiguio su cuento, diziendo:
  “Assi mesmo adeuinaua quándo auia de
ser el año abundante o estil.”
  “Esteril quereys dezir, amigo”, dixo don
Quixote.
  “Esteril o estil”, respondio Pedro, “todo se
sale alla. Y digo que con esto que dezia se
hizieron su padre y sus amigos, que le dauan
credito, muy ricos, porque hazian lo que el les
aconsejaua, diziendoles: «Sembrad este año
»ceuada, no trigo; en este podeis sembrar
»garuanços, y no ceuada; el que viene sera
»de guilla de azeyte; los tres siguientes no se
»cogera gota.»”
  “Essa ciencia se llama astrologia”, dixo don
Quixote.
  “No se yo cómo se llama”, replicó Pedro,
“mas se que todo esto sabia, y aun mas.
Finalmente, no passaron muchos meses despues
que vino de Salamanca, quando vn dia remanecio
vestido de pastor, con su cayado y
pellico, auiendose quitado los habitos largos
que como escolar traia, y juntamente se vistio
con el de pastor otro su grande amigo,
llamado Ambrosio, que auia sido su compañero
en los estudios. Oluidauaseme de dezir como
Grisostomo, el difunto, fue grande hombre
de componer coplas; tanto, que el hazia los
villancicos para la noche del Nacimiento del
Señor y los autos para el dia de Dios, que los
representauan los moços de nuestro pueblo, y
todos dezian que eran por el cabo. Quando los
del lugar vieron tan de improuiso vestidos de
pastores a los dos escolares, quedaron
admirados, y no podian adiuinar la causa que les
auia mouido a hazer aquella tan estraña
mudança. Ya en este tiempo era muerto el padre
de nuestro Grisostomo, y el quedó heredado
en mucha cantidad de hazienda, ansi en muebles
como en rayzes, y en no pequeña cantidad
de ganado mayor y menor, y en gran cantidad
de dineros; de todo lo qual quedó el moço
señor desoluto, y en verdad que todo lo merecia;
que era muy buen compañero, y caritatiuo,
y amigo de los buenos, y tenia vna cara
como vna bendicion. Despues se vino a
entender que el auerse mudado de traje no auia
sido por otra cosa que por andarse por estos
despoblados empos de aquella pastora Marcela,
que nuestro çagal nombró denantes, de la
qual se auia enamorado el pobre difunto de
Grisostomo. Y quiero os dezir agora, porque
es bien que lo sepais, quien es esta rapaza;
quiça, y aun sin quiça, no aureis oydo semejante
cosa en todos los dias de vuestra vida,
aunque viuais mas años que Sarna.”
  “Dezid Sarra”, replicó don Quixote, no
pudiendo sufrir el trocar de los vocablos del
cabrero.
  “Harto viue la sarna”, respondio Pedro; “y
si es, señor, que me aueis de andar çaheriendo
a cada passo los vocablos, no acabaremos en
vn año.”
  “Perdonad, amigo”, dixo don Quixote; “que
por auer tanta diferencia de sarna a Sarra os
lo dixe. Pero vos respondistes muy bien,
porque viue mas sarna que Sarra; y proseguid
vuestra historia, que no os replicaré mas en
nada.”
  “Digo, pues, señor mio de mi alma”, dixo el
cabrero, “que en nuestra aldea huuo vn labrador,
aun mas rico que el padre de Grisostomo,
el qual se llamaua Guillermo, y al qual dio
Dios, amen de las muchas y grandes riquezas,
vna hija de cuyo parto murio su madre, que
fue la mas honrada muger que huuo en todos
estos contornos. No parece sino que aora la
veo, con aquella cara que del vn cabo tenia
el sol y del otro la luna, y, sobre todo,
hazendosa y amiga de los pobres, por lo que creo
que deue de estar su anima a la hora de
aora gozando de Dios en el otro mundo.
De pesar de la muerte de tan buena muger
murio su marido Guillermo, dexando a su hija
Marcela, muchacha y rica, en poder de vn
tio suyo, sacerdote y beneficiado en nuestro
lugar. Crecio la niña con tanta belleza, que
nos hazia acordar de la de su madre, que la
tuuo muy grande, y, con todo esto, se juzgaua
que le auia de passar la de la hija.
  ”Y assi fue, que, quando llegó a edad de
catorze a quinze años, nadie la miraua que
no bendezia a Dios, que tan hermosa la auia
criado, y los mas quedauan enamorados y
perdidos por ella. Guardauala su tio con mucho
recato y con mucho encerramiento; pero, con
todo esto, la fama de su mucha hermosura se
estendio de manera que, assi por ella como
por sus muchas riquezas, no solamente de los
de nuestro pueblo, sino de los de muchas leguas
a la redonda, y de los mejores dellos, era
rogado, solicitado e importunado su tio se la
diesse por muger. Mas el, que a las derechas
es buen christiano, aunque quisiera casarla
luego, assi como la via de edad, no quiso
hazerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a la
ganancia y grangeria que le ofrecia el tener la
hazienda de la moça, dilatando su casamiento.
Y a fe que se dixo esto en mas de vn corrillo
en el pueblo, en alabança del buen sacerdote.
Que quiero que sepa, señor andante, que en
estos lugares cortos de todo se trata y de
todo se murmura. Y tened para vos, como yo
tengo para mi, que deuia de ser demasiadamente
bueno el clerigo que obliga a sus feligreses
a que digan bien del, especialmente en
las aldeas.”
  “Assi es la verdad”, dixo don Quixote, “y
proseguid adelante; que el cuento es muy
bueno, y vos, buen Pedro, le contais con muy
buena gracia.”
  “La del Señor no me falte, que es la que haze
al caso. Y en lo demas, sabreis que, aunque el
tio proponia a la sobrina y le dezia las
calidades de cada vno en particular, de los muchos
que por muger la pedian, rogandole que se
casasse y escogiesse a su gusto, jamas ella
respondio otra cosa sino que por entonces no
queria casarse, y que, por ser tan muchacha,
no se sentia abil para poder lleuar la carga
del matrimonio. Con estas que daua, al parecer,
justas escusas, dexaua el tio de importunarla,
y esperaua a que entrasse algo mas en
edad, y ella supiesse escoger compañia a su
gusto. Porque dezia el, y dezia muy bien, que
no auian de dar los padres a sus hijos estado
contra su voluntad. Pero hetelo aqui, quando
no me cato, que remanece vn dia la melindrosa
Marcela hecha pastora; y, sin ser parte
su tio ni todos los del pueblo, que se lo
desaconsejauan, dio en yrse al campo con las
demas çagalas del lugar, y dio en guardar su
mesmo ganado. Y, assi como ella salio en
publico y su hermosura se vio al descubierto,
no os sabre buenamente dezir quántos ricos
mancebos, hidalgos y labradores, han tomado
el traje de Grisostomo y la andan requebrando
por essos campos. Vno de los quales, como ya
está dicho, fue nuestro difunto, del qual dezian
que la dexaua de querer, y la adoraua.
  ”Y no se piense que porque Marcela se puso
en aquella libertad y vida tan suelta, y de tan
poco o de ningun recogimiento, que por esso
ha dado indicio, ni por semejas, que venga en
menoscabo de su honestidad y recato; antes
es tanta y tal la vigilancia con que mira por
su honra, que de quantos la siruen y solicitan
ninguno se ha alabado, ni con verdad se podra
alabar, que le aya dado alguna pequeña
esperança de alcançar su desseo. Que, puesto que
no huye ni se esquiua de la compañia y
conuersacion de los pastores, y los trata cortes y
amigablemente, en llegando a descubrirle su
intencion qualquiera dellos, aunque sea tan
justa y santa como la del matrimonio, los arroja
de si como con vn trabuco. Y con esta manera
de condicion haze mas daño en esta tierra que
si por ella entrara la pestilencia; porque su
afabilidad y hermosura atrae los coraçones de
los que la tratan a seruirla y a amarla; pero su
desden y desengaño los conduze a terminos
de desesperarse, y, assi, no saben que dezirle,
sino llamarla a vozes cruel y desagradecida,
con otros titulos a este semejante[s], que
bien la calidad de su condicion manifiestan.
Y si aqui estuuiessedes, señor, algun dia, veriades
resonar estas sierras y estos valles con los
lamentos de los desengañados que la siguen.
  ”No está muy lexos de aqui vn sitio donde
ay casi dos dozenas de altas hayas, y no ay
ninguna que en su lisa corteza no tenga grauado
y escrito el nombre de Marcela, y encima
de alguno, vna corona grauada en el mesmo
arbol, como si mas claramente dixera
su amante que Marcela la lleua y la merece
de toda la hermosura humana. Aqui sospira
vn pastor, alli se quexa otro, aculla se oyen
amorosas canciones, aca desesperadas
endechas. Qual ay que passa todas las horas de
la noche sentado al pie de alguna enzina o
peñasco, y alli, sin plegar los llorosos ojos,
embeuecido y transportado en sus pensamientos,
le halló el sol a la mañana; y qual ay
que, sin dar vado ni tregua a sus suspiros, en
mitad del ardor de la mas enfadosa siesta del
verano, tendido sobre la ardiente arena, embia
sus quexas al piadoso cielo; y deste y de
aquel, y de aquellos y de estos, libre y
desenfadadamente triunfa la hermosa Marcela, y
todos los que la conocemos estamos esperando
en qué ha de parar su altiuez, y quién ha de
ser el dichoso que ha de venir a domeñar
condicion tan terrible y gozar de hermosura tan
estremada. Por ser todo lo que he contado tan
aueriguada verdad, me doy a entender que
tambien lo es la que nuestro çagal dixo que
se dezia de la causa de la muerte de Grisostomo.
Y, assi, os aconsejo, señor, que no dexeis
de hallaros mañana a su entierro, que sera
muy de ver, porque Grisostomo tiene muchos
amigos, y no está de este lugar a aquel
donde manda enterrarse media legua.”
  “En cuydado me lo tengo”, dixo don
Quixote, “y agradezcoos el gusto que me aueis
dado con la narracion de tan sabroso cuento.”
  “¡O!”, replicó el cabrero, “aun no se yo la
mitad de los casos sucedidos a los amantes de
Marcela; mas podria ser que mañana topassemos
en el camino algun pastor que nos los
dixesse, y por aora, bien sera que os vais a
dormir debaxo de techado, porque el sereno
os podria dañar la herida, puesto que es tal la
medicina que se os ha puesto, que no ay que
temer de contrario acidente.”
  Sancho Pança, que ya daua al diablo el tanto
hablar del cabrero, solicitó, por su parte, que
su amo se entrasse a dormir en la choça de
Pedro. Hizolo assi, y todo lo mas de la noche
se le passó en memorias de su señora Dulzinea,
a imitacion de los amantes de Marcela.
Sancho Pança se acomodó entre Rozinante y
su jumento, y durmio, no como enamorado
desfauorecido, sino como hombre molido a
cozes.

                Capitulo XIII

Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela,
              con otros sucessos.

  Mas apenas començo a descubrirse el dia
por los valcones del Oriente, quando los cinco
de los seis cabreros se leuantaron y fueron a
despertar a don Quixote, y a dezille si estaua
todauia con proposito de yr a ver el famoso
entierro de Grisostomo, y que ellos le harian
compañia. Don Quixote, que otra cosa no
desseaua, se leuantó y mandó a Sancho que
ensillasse y enalbardasse al momento, lo qual
el hizo con mucha diligencia, y con la mesma
se pusieron luego todos en camino. Y no
huuieron andado vn quarto de legua, quando,
al cruzar de vna senda, vieron venir hazia
ellos hasta seis pastores, vestidos con
pellicos negros y coronadas las cabeças con
guirnaldas de cypres y de amarga adelfa. Traia
cada vno vn gruesso baston de azebo en la
mano. Venian con ellos, assi mesmo, dos
gentiles hombres de a cauallo, muy bien
adereçados de camino, con otros tres moços de
a pie que los acompañauan. En llegandose
a juntar se saludaron cortesmente, y,
preguntandose los vnos a los otros donde yuan,
supieron que todos se encaminauan al lugar del
entierro, y, assi, començaron a caminar todos
juntos.
  Vno de los de a cauallo, hablando con su
compañero, le dixo:
  “Pareceme, señor Viualdo, que auemos de
dar por bien empleada la tardança que
hizieremos en ver este famoso entierro, que no
podra dexar de ser famoso, segun estos pastores
nos han contado estrañezas, ansi del muerto
pastor como de la pastora omicida.”
  “Assi me lo parece a mi”, respondio
Viualdo; “y no digo yo hazer tardança de vn
dia, pero de quatro la hiziera, a trueco de
verle.”
  Preguntoles don Quixote qué era lo que
auian oydo de Marcela y de Grisostomo. El
caminante dixo que aquella madrugada auian
en[con]trado con aquellos pastores, y que,
por auerles visto en aquel tan triste traje, les
auian preguntado la ocasion porque yuan de
aquella manera; que vno dellos se lo conto,
contando la estrañeza y hermosura de vna
pastora llamada Marcela, y los amores de muchos
que la requestauan, con la muerte de aquel
Grisostomo a cuyo entierro yuan. Finalmente,
el conto todo lo que Pedro a don Quixote auia
contado.
  Cessó esta platica, y començose otra,
preguntando el que se llamaua Viualdo a don
Quixote qué era la ocasion que le mouia a
andar armado de aquella manera por tierra tan
pacifica.
  A lo qual respondio don Quixote:
  “La profession de mi exercicio no consiente
ni permite que yo ande de otra manera. El
buen passo, el regalo y el reposo alla se
inuentó para los blandos cortesanos; mas el
trabajo, la inquietud y las armas solo se
inuentaron e hizieron para aquellos que el mundo
llama caualleros andantes, de los quales yo,
aunque indigno, soy el menor de todos.”
  Apenas le oyeron esto, quando todos le
tuuieron por loco. Y por aueriguarlo mas y ver
qué genero de locura era el suyo, le tornó a
preguntar Viualdo, que qué queria dezir
caualleros andantes.
  “¿No han vuestras mercedes leydo”, respondio
don Quixote, “los anales e historias de
Ingalaterra, donde se tratan las famosas fazañas
del rey Arturo, que continuamente en nuestro
romance castellano llamamos el rey Artus,
de quien es tradicion antigua y comun en todo
aquel reyno de la gran Bretaña, que este rey
no murio, sino que, por arte de encantamento,
se conuirtio en cueruo, y que, andando los
tiempos, ha de boluer a reynar y a cobrar su
reyno y cetro; a cuya causa no se prouará
que desde aquel tiempo a este aya ningun
ingles muerto cuerno alguno? Pues en
tiempo deste buen rey fue instituyda aquella
famosa orden de caualleria de los caualleros
de la Tabla Redonda, y passaron, sin faltar
vn punto, los amores que alli se cuentan de
don Lançarote del Lago con la reyna Ginebra,
siendo medianera dellos y sabidora aquella
tan honrada dueña Quintañona, de donde nacio
aquel tan sabido romance, y tan decantado
en nuestra España, de:

           «Nunca fuera cauallero
         de damas tan bien seruido,
         como fuera Lançarote
         quando de Bretaña vino»,

con aquel progresso tan dulce y tan suaue
de sus amorosos y fuertes fechos. Pues desde
entonces, de mano en mano, fue aquella orden
de caualleria estendiendose y dilatandose
por muchas y diuersas partes del mundo. Y
en ella fueron famosos y conocidos por sus
fechos el valiente Amadis de Gaula, con todos
sus hijos y nietos, hasta la quinta generacion,
y el valeroso Felixmarte de Hircania, y el
nunca como se deue alabado Tirante el Blanco, y
casi que en nuestros dias vimos y comunicamos
y oymos al inuencible y valeroso cauallero
don Belianis de Grecia. Esto, pues, señores,
es ser cauallero andante, y la que he
dicho es la orden de su caualleria; en la qual,
como otra vez he dicho, yo, aunque pecador,
he hecho profession, y lo mesmo que
professaron los caualleros referidos professo yo.
Y, assi, me voy por estas soledades y
despoblados buscando las auenturas, con animo
deliberado de ofrecer mi braço y mi persona a
la mas peligrosa que la suerte me deparare,
en ayuda de los flacos y menesterosos.”
  Por estas razones que dixo, acabaron de
enterarse los caminantes que era don Quixote
falto de juyzio, y del genero de locura que lo
señoreaua, de lo qual recibieron la mesma
admiracion que recibian todos aquellos que
de nueuo venian en conocimiento della. Y
Viualdo, que era persona muy discreta y de
alegre condicion, por passar sin pesadumbre el
poco camino que dezian que les faltaua, al
llegar a la sierra del entierro, quiso darle
ocasion a que passasse mas adelante con sus
disparates. Y assi le dixo:
  “Pareceme, señor cauallero andante, que
vuestra merced ha professado vna de las mas
estrechas professiones que ay en la tierra, y
tengo para mi que aun la de los frayles
cartuxos no es tan estrecha.”
  “Tan estrecha bien podia ser”, respondio
nuestro don Quixote; “pero tan necessaria en
el mundo, no estoy en dos dedos de ponello
en duda; porque, si va a dezir verdad, no haze
menos el soldado que pone en execucion lo
que su capitan le manda, que el mesmo
capitan que se lo ordena. Quiero dezir que los
religiosos, con toda paz y sossiego, piden al
cielo el bien de la tierra; pero los soldados
y caualleros ponemos en execucion lo que
ellos pide[n], defendiendola con el valor de
nuestros braços y filos de nuestras espadas, no
debaxo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos
por blanco de los insufribles rayos del sol
en el verano y de los erizados yelos del
inuierno. Assi, que somos ministros de Dios en la
tierra, y braços por quien se executa en ella su
justicia. Y como las cosas de la guerra y las a
ellas tocantes y concernientes no se pueden
poner en execucion sino sudando, afanando y
trabajando, siguese que aquellos que la
professan tienen, sin duda, mayor trabajo que
aquellos que en sossegada paz y reposo estan
rogando a Dios fauorezca a los que poco pueden.
No quiero yo dezir, ni me passa por pensamiento,
que es tan buen estado el de cauallero
andante como el del encerrado religioso;
solo quiero inferir, por lo que yo padezco, que
sin duda es mas trabajoso y mas aporreado, y
mas hambriento y sediento, miserable, roto y
piojoso; porque no ay duda sino que los
caualleros andantes passados passaron mucha
malauentura en el discurso de su vida. Y si
algunos subieron a ser emperadores por el valor
de su braço, a fe que les costo buen porque
de su sangre y de su sudor; y que si a los que
a tal grado subieron les faltaran encantadores
y sabios que los ayudaran, que ellos quedaran
bien defraudados de sus desseos, y bien
engañados de sus esperanças.”
  “De esse parecer estoy yo”, replicó el
caminante; “pero vna cosa, entre otras muchas, me
parece muy mal de los caualleros andantes, y
es que, quando se ven en ocasion de acometer
vna grande y peligrosa auentura en que se vee
manifiesto peligro de perder la vida, nunca en
aquel instante de acometella se acuerdan de
encomendarse a Dios, como cada christiano
está obligado a hazer en peligros semejantes;
antes se encomiendan a sus damas, con tanta
gana y deuocion, como si ellas fueran su Dios:
cosa que me parece que huele algo a
gentilidad.”
  “Señor”, respondio don Quixote, “esso no
puede ser menos en ninguna manera, y caeria
en mal caso el cauallero andante que otra cosa
hiziesse; que ya está en vso y costumbre en la
caualleria andantesca que el cauallero andante
que al acometer algun gran fecho de armas
tuuiesse su señora delante, buelua a ella los
ojos blanda y amorosamente, como que le pide
con ellos le fauorezca y ampare en el dudoso
trance que acomete. Y aun si nadie le oye, está
obligado a dezir algunas palabras entre dientes,
en que de todo coraçon se le encomiende;
y desto tenemos innumerables exemplos en las
historias. Y no se ha de entender por esto que
han de dexar de encomendarse a Dios; que
tiempo y lugar les queda para hazerlo en el
discurso de la obra.”
  “Con todo esso”, replicó el caminante, “me
queda vn escrupulo, y es que muchas vezes he
leydo que se trauan palabras entre dos andantes
caualleros, y, de vna en otra, se les viene a
encender la colera, y a boluer los cauallos y
tomar vna buena pieça del campo, y luego, sin
mas ni mas, a todo el correr dellos, se bueluen
a encontrar, y en mitad de la corrida se
encomiendan a sus damas; y lo que suele suceder
del encuentro es que el vno cae por las ancas
del cauallo passado con la lança del contrario
de parte a parte, y al otro le viene tambien,
que, a no tenerse a las crines del suyo, no
pudiera dexar de venir al suelo. Y no se yo como
el muerto tuuo lugar para encomendarse a Dios
en el discurso de esta tan acelerada obra.
Mejor fuera que las palabras que en la carrera
gastó encomendandose a su dama, las gastara
en lo que deuia y estaua obligado como
christiano. Quanto mas, que yo tengo para mi que
no todos los caualleros andantes tienen damas
a quien encomendarse, porque no todos son
enamorados.”
  “Esso no puede ser”, respondio don Quixote;
“digo que no puede ser que aya cauallero andante
sin dama, porque tan proprio y tan natural
les es a los tales ser enamorados como al
cielo tener estrellas. Y a buen seguro que no
se aya visto historia donde se halle cauallero
andante sin amores, y, por el mesmo caso que
estuuiesse sin ellos, no seria tenido por legitimo
cauallero, sino por bastardo, y que entró en
la fortaleza de la caualleria dicha, no por la
puerta, sino por las bardas, como salteador y
ladron.”
  “Con todo esso”, dixo el caminante, “me
parece, si mal no me acuerdo, auer leydo que
don Galaor, hermano del valeroso Amadis de
Gaula, nunca tuuo dama señalada a quien
pudiesse encomendarse, y con todo esto no fue
tenido en menos, y fue vn muy valiente y
famoso cauallero.”
  A lo qual respondio nuestro don Quixote:
  “Señor, vna golondrina sola no haze verano;
quanto mas que yo se que de secreto estaua
esse cauallero muy bien enamorado; fuera que
aquello de querer a todas bien quantas bien
le parecian era condicion natural a quien no
podia yr a la mano. Pero, en resolucion,
aueriguado está muy bien que el tenia vna sola a
quien el auia hecho señora de su voluntad, a
la qual se encomendaua muy a menudo y
muy secretamente, porque se preció de secreto
cauallero.”
  “Luego, si es de essencia que todo cauallero
andante aya de ser enamorado”, dixo el
caminante, “bien se puede creer que vuestra
merced lo es, pues es de la profession. Y si es
que vuestra merced no se precia de ser tan
secreto como don Galaor, con las veras que
puedo le suplico, en nombre de toda esta
compañia y en el mio, nos diga el nombre,
patria, calidad y hermosura de su dama; que ella
se tendria por dichosa de que todo el mundo
sepa que es querida y seruida de vn tal
cauallero como vuestra merced parece.”
  Aqui dio vn gran suspiro don Quixote, y dixo:
  “Yo no podre afirmar si la dulce mi enemiga
gusta o no de que el mundo sepa que
yo la siruo; solo se dezir, respondiendo a lo
que con tanto comedimiento se me pide, que
su nombre es Dulzinea; su patria, el Toboso,
vn lugar de la Mancha; su calidad, por lo
menos, ha de ser de princesa, pues es reyna y
señora mia; su hermosura, sobrehumana, pues
en ella se vienen a hazer verdaderos todos los
impossibles y quimericos atributos de belleza
que los poetas dan a sus damas: que sus
cabellos son oro, su frente campos Eliseos, sus
cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus
mexillas rosas, sus labios corales, perlas sus
dientes, alauastro su cuello, marmol su pecho,
marfil sus manos, su blancura nieue, y las partes
que a la vista humana encubrio la honestidad
son tales, segun yo pienso y entiendo, que
solo la discreta consideracion puede
encarecerla[s] y no compararlas.”
  “El linaje, prosapia y alcurnia querriamos
saber”, replicó Viualdo.
  A lo qual respondio don Quixote:
  “No es de los antiguos Curcios, Gayos y
Cipiones romanos; ni de los modernos Colonas
y Vrsinos; ni de los Moncadas y Requesenes de
Cataluña; ni menos de los Rebellas y Villanouas
de Valencia; Palafoxes, Nuças, Rocabertis,
Corellas, Lunas, Alagones, Vrreas, Fozes y
Gurreas de Aragon; Cerdas, Manriques, Mendoças
y Guzmanes de Castilla; Alencastros, Pallas y
Meneses de Portogal; pero es de los del
Toboso de la Mancha, linage, aunque moderno,
tal que puede dar generoso principio a las mas
ilustres familias de los venideros siglos. Y no
se me replique en esto, si no fuere con las
condiciones que puso Cerbino al pie del trofeo de
las armas de Orlando, que dezia:

                       “Nadie las mueua,
   que estar no pueda con Roldan a prueua.”

  “Aunque el mio es de los Cachopines de
Laredo”, respondio el caminante, “no le
osaré yo poner con el del Toboso de la Mancha,
puesto que, para dezir verdad, semejante
apellido hasta aora no ha llegado a mis oydos.”
  “¡Como esso no aura llegado!”, replicó don
Quixote.
  Con gran atencion yuan escuchando todos
los demas la platica de los dos, y aun hasta los
mesmos cabreros y pastores conocieron la
demasiada falta de juyzio de nuestro don
Quixote. Solo Sancho Pança pensaua que quanto
su amo dezia era verdad, sabiendo el quién
era y auiendole conocido desde su nacimiento.
Y en lo que dudaua algo era en creer aquello
de la linda Dulzinea del Toboso, porque nunca
tal nombre ni tal princesa auia llegado jamas
a su noticia, aunque viuia tan cerca del
Toboso.
  En estas platicas yuan, quando vieron que,
por la quiebra que dos altas montañas hazian,
baxauan hasta veynte pastores, todos con
pellicos de negra lana vestidos, y coronados
con guirnaldas, que, a lo que despues parecio,
eran qual de texo y qual de cipres. Entre seys
dellos traian vnas andas, cubiertas de mucha
diuersidad de flores y de ramos, lo qual visto
por vno de los cabreros, dixo:
  “Aquellos que alli vienen son los que traen
el cuerpo de Grisostomo, y el pie de aquella
montaña es el lugar donde el mandó que le
enterrassen.”
  Por esto se dieron priessa a llegar, y fue a
tiempo que ya los que venian auian puesto
las andas en el suelo, y quatro dellos con
agudos picos estauan cauando la sepultura a vn
lado de vna dura peña. Recibieronse los vnos
y los otros cortesmente. Y luego don Quixote
y los que con el venian se pusieron a mirar
las andas, y en ellas vieron cubierto de flores
vn cuerpo muerto, vestido como pastor, de
edad, al parecer, de treinta años; y, aunque
muerto, mostraua que viuo auia sido de rostro
hermoso y de disposi[ci]on gallarda. Alrededor
del tenia en las mesmas andas algunos
libros y muchos papeles abiertos y cerrados.
Y, assi, los que esto mirauan como los que
abrian la sepultura y todos los demas que alli
auia, guardauan vn marauilloso silencio, hasta
que vno de los que al muerto truxeron, dixo
a otro:
  “Mira bien, Ambrosio, si es este el lugar
que Grisostomo dixo, ya [que] quereis que
tan puntualmente se cumpla lo que dexó
mandado en su testamento.”
  “Este es”, respondio Ambrosio; “que muchas
vezes en el me conto mi desdichado amigo
la historia de su desuentura. Alli me dixo
el que vio la vez primera a aquella enemiga
mortal del linaje humano, y alli fue tambien
donde la primera vez le declaró su pensamiento,
tan honesto como enamorado; y alli fue la
vltima vez donde Marcela le acabó de desengañar
y desdeñar, de suerte que puso fin a la
tragedia de su miserable vida. Y aqui, en
memoria de tantas desdichas, quiso el que le
depositassen en las entrañas del eterno oluido.”
  Y boluiendose a don Quixote y a los
caminantes, prosiguio diziendo:
  “Esse cuerpo, señores, que con piadosos ojos
estais mirando, fue depositario de vn alma en
quien el cielo puso infinita parte de sus
riquezas. Esse es el cuerpo de Grisostomo, que fue
vnico en el ingenio, solo en la cortesia,
estremo en la gentileza, fenix en la amistad,
magnifico sin tassa, graue sin presuncion, alegre
sin baxeza, y, finalmente, primero en todo lo
que es ser bueno, y sin segundo en todo lo que
fue ser desdichado. Quiso bien, fue aborrecido;
adoró, fue desdeñado; rogo a vna fiera,
importunó a vn marmol, corrio tras el viento,
dio vozes a la soledad, siruio a la ingratitud,
de quien alcançó por premio ser despojos de
la muerte en la mitad de la carrera de su vida,
a la qual dio fin vna pastora, a quien el
procuraua eternizar para que viuiera en la memoria
de las gentes, qual lo pudieran mostrar bien
essos papeles que estais mirando, si el no me
huuiera mandado que los entregara al fuego
en auiendo entregado su cuerpo a la tierra.”
  “De mayor rigor y crueldad vsareis vos con
ellos”, dixo Viualdo, “que su mesmo dueño,
pues no es justo ni acertado que se cumpla la
voluntad de quien lo que ordena va fuera de
todo razonable discurso; y no le tuuiera bueno
A[u]gusto Cesar si consintiera que se
pusiera en execucion lo que el diuino Mantuano
dexó en su testamento mandado. Ansi que,
señor Ambrosio, ya que deis el cuerpo de vuestro
amigo a la tierra, no querais dar sus escritos
al oluido; que si el ordenó como agrauiado, no
es bien que vos cumplais como indiscreto. Antes
hazed, dando la vida a estos papeles, que la
tenga siempre la crueldad de Marcela, para que
sirua de exemplo en los tiempos que estan por
venir, a los viuientes, para que se aparten y
huyan de caer en semejantes despeñaderos; que
ya se yo, y los que aqui venimos, la historia
deste vuestro enamorado y desesperado amigo,
y sabemos la amistad vuestra, y la ocasion
de su muerte, y lo que dexó mandado al acabar
de la vida; de la qual lamentable historia
se puede sacar quánta aya sido la crueldad
de Marcela, el amor de Grisostomo, la fe de la
amistad vuestra, con el paradero que tienen
los que a rienda suelta corren por la senda que
el desuariado amor delante de los ojos les
pone. Anoche supimos la muerte de Grisostomo,
y que en este lugar auia de ser enterrado,
y, assi, de curiosidad y de lastima, dexamos
nuestro derecho viaje, y acordamos de venir a
ver con los ojos lo que tanto nos auia lastimado
en oyllo. Y en pago desta lastima y del
desseo que en nosotros nacio de remedialla si
pudieramos, te rogamos, ¡o discreto Ambrosio!,
a lo menos, yo te lo suplico de mi parte, que,
dexando de abrasar estos papeles, me dexes
lleuar algunos dellos.”
  Y, sin aguardar que el pastor respondiesse,
alargó la mano y tomó algunos de los que mas
cerca estauan; viendo lo qual Ambrosio, dixo:
  “Por cortesia consentire que os quedeis,
señor, con los que ya aueis tomado; pero pensar
que dexaré de [abrasar] los que quedan, es
pensamiento vano.”
  Viualdo, que desseaua ver lo que los papeles
dezian, abrio luego el vno dellos y vio que
tenia por titulo Cancion desesperada. Oyolo
Ambrosio, y dixo:
  “Esse es el vltimo papel que escriuio el
desdichado, y porque veais, señor, en el termino
que le tenian sus desuenturas, leelde de modo
que seais oydo; que bien os dara lugar a ello
el que se tardare en abrir la sepultura.”
  “Esso hare yo de muy buena gana”, dixo
Viualdo.
  Y como todos los circunstantes tenian el
mesmo desseo, se le pusieron a la redonda,
y el, leyendo en voz clara, vio que assi dezia:

                 Capitulo XIV

Donde se ponen los versos desesperados del
  difunto pastor, con otros no esperados
  sucessos.

          CANCION DE GRISOSTOMO

    Ya que quieres, cruel, que se publique
  de lengua en lengua y de vna en otra gente
  del aspero rigor tuyo la fuerça,
  hare que el mesmo infierno comunique
  al triste pecho mio vn son doliente,
  con que el vso comun de mi voz tuerça.
  Y al par de mi desseo, que se esfuerça
  a dezir mi dolor y tus hazañas,
  de la espantable voz yra el acento,
  y en el mezcladas, por mayor tormento
  pedaços de las miseras entrañas.
  Escucha, pues, y presta atento oydo,
  no al concertado son, sino al ruydo
  que de lo hondo de mi amargo pecho,
  lleuado de vn forçoso desuario,
  por gusto mio sale y tu despecho.
    El [rugir] del leon, del lobo fiero,
  el temeroso aullido, el siluo horrendo
  de escamosa serpiente, el espantable
  baladro de algun monstruo, el agorero
  graznar de la corneja, y el estruendo
  del viento contrastado en mar instable;
  del ya vencido toro el implacable
  bramido, y de la viuda tortolilla
  el sentible arrullar; el triste canto
  del embidiado buho, con el llanto
  de toda la infernal negra quadrilla,
  salgan con la doliente anima fuera,
  mezclados en vn son, de tal manera,
  que se confundan los sentidos todos,
  pues la pena cruel que en mi se halla,
  para contalle pide nueuos modos.
    De tanta confusion, no las arenas
  del padre Tajo oyran los tristes ecos,
  ni del famoso Betis las oliuas;
  que alli se esparziran mis duras penas
  en altos riscos y en profundos huecos,
  con muerta lengua y con palabras viuas,
  o ya en escuros valles, o en esquiuas
  playas, desnudas de contrato humano,
  o adonde el sol jamas mostro su lumbre,
  o entre la venenosa muchedumbre
  de fieras que alimenta el libio llano;
  que, puesto que en los paramos desiertos
  los ecos roncos de mi mal, inciertos,
  suenen con tu rigor tan sin segundo,
  por priuilegio de mis cortos hados,
  seran lleuados por el ancho mundo.
    Mata vn desden, atierra la paciencia,
  o verdadera o falsa, vna sospecha;
  matan los zelos con rigor mas fuerte;
  desconcierta la vida larga ausencia:
  contra vn temor de oluido no aprouecha
  firme esperança de dichosa suerte.
  En todo ay [cierta], ineuitable muerte,
  mas yo, ¡milagro nunca visto!, viuo
  zeloso, ausente, desdeñado y cierto
  de las sospechas que me tienen muerto,
  y en el oluido en quien mi fuego auiuo,
  y, entre tantos tormentos, nunca alcança
  mi vista a ver en sombra a la esperança,
  ni yo, desesperado, la procuro;
  antes, por estremarme en mi querella,
  estar sin ella eternamente juro.
    ¿Puedese, por ventura, en vn instante
  esperar y temer, o es bien hazello,
  siendo las causas del temor mas ciertas?
  ¿Tengo, si el duro zelo está delante,
  de cerrar estos ojos, si he de vello
  por mil heridas en el alma abiertas?
  ¿Quién no abrira de par en par las puertas
  a la desconfiança, quando mira
  descubierto el desden, y las sospechas,
  ¡o amarga conuersion!, verdades hechas,
  y la limpia verdad buelta en mentira?
  ¡O en el reyno de amor fieros tyranos
  zelos!, ponedme vn hierro en estas manos;
  dame, desden, vna torcida soga;
  mas ¡ay de mi!, que, con cruel vitoria,
  vuestra memoria el sufrimiento ahoga.
    Yo muero, en fin; y por que nunca espere
  buen sucesso en la muerte, ni en la vida,
  pertinaz estare en mi fantasia;
  dire que va acertado el que bien quiere,
  y que es mas libre el alma mas rendida
  a la de amor antigua tyrania.
  Dire que la enemiga siempre mia
  hermosa el alma como el cuerpo tiene,
  y que su oluido de mi culpa nace,
  y que en fe de los males que nos haze,
  amor su imperio en justa paz mantiene.
  Y con esta opinion, y vn duro lazo,
  acelerando el miserable plazo
  a que me han conduzido sus desdenes,
  ofrecere a los vientos cuerpo y alma,
  sin lauro o palma de futuros bienes.
    Tu, que con tantas sinrazones muestras
  la razon que me fuerça a que la haga
  a la cansada vida que aborrezco,
  pues ya ves que te da notorias muestras
  esta del coraçon profunda llaga,
  de como alegre a tu rigor me ofrezco,
  si por dicha conoces que merezco
  que el cielo claro de tus bellos ojos
  en mi muerte se turbe, no lo hagas;
  que no quiero que en nada satisfagas
  al darte de mi alma los despojos.
  Antes con risa en la ocasion funesta
  descubre que el fin mio fue tu fiesta;
  mas gran simpleza es auisarte desto,
  pues se que está tu gloria conocida
  en que mi vida llegue al fin tan presto.
    Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo
  Tantalo con su sed, Sisifo venga
  con el peso terrible de su canto;
  Ticio traya su buytre, y ansi mismo
  con su rueda Egion no se detenga,
  ni las hermanas que trabajan tanto.
  Y todos juntos su mortal quebranto
  trasladen en mi pecho, y en voz baxa,
  si ya a vn desesperado son deuidas,
  canten obsequias tristes, doloridas,
  al cuerpo, a quien se niegue aun la mortaja.
  Y el portero infernal de los tres rostros,
  con otras mil quimeras y mil monstros,
  lleuen el doloroso contrapunto;
  que otra pompa mejor no me parece
  que la merece vn amador difunto.
    Cancion desesperada, no te quexes
  quando mi triste compañia dexes;
  antes, pues que la causa do naciste
  con mi desdicha augmenta su ventura,
  aun en la sepultura, no estes triste.

  Bien les parecio a los que escuchado auian
la cancion de Grisostomo, puesto que el que
la leyo dixo que no le parecia que conformaua
con la relacion que el auia oydo del recato y
bondad de Marcela, porque en ella se quexaua
Grisostomo de zelos, sospechas y de ausencia,
todo en perjuyzio del buen credito y buena
fama de Marcela. A lo qual respondio
Ambrosio, como aquel que sabia bien los mas
escondidos pensami[e]ntos de su amigo:
  “Para que, señor, os satisfagais dessa
duda, es bien que sepais que quando este
desdichado escriuio esta cancion estaua ausente de
Marcela, de quien el se auia ausentado por su
voluntad, por ver si vsaua con el la ausencia de
sus ordinarios fueros. Y como al enamorado
ausente no ay cosa que no le fatigue ni temor
que no le de alcance, assi le fatigauan a
Grisostomo los zelos imaginados y las sospechas
temidas como si fueran verdaderas. Y con esto
queda en su punto la verdad que la fama pregona
de la bondad de Marcela, la qual, fuera
de ser cruel y vn poco arrogante, y vn mucho
desdeñosa, la mesma embidia ni deue ni puede
ponerle falta alguna.”
  “Assi es la verdad”, respondio Viualdo.
  Y, queriendo leer otro papel de los que auia
reseruado del fuego, lo estoruó vna marauillosa
vision, que tal parecia ella, que improuisamente
se les ofrecio a los ojos, y fue que por
cima de la peña donde se cauaua la sepultura,
parecio la pastora Marcela, tan hermosa, que
passaua a su fama su hermosura. Los que hasta
entonces no la auian visto la mirauan con
admiracion y silencio, y los que ya estauan
acostumbrados a verla no quedaron menos
suspensos que los que nunca la auian visto. Mas
apenas la huuo visto Ambrosio, quando con
muestras de animo indignado le dixo:
  “¿Vienes a ver por ventura, ¡o fiero basilisco
destas montañas!, si con tu presencia vierten
sangre las heridas deste miserable a quien tu
crueldad quitó la vida? ¿O vienes a vfanarte
en las crueles hazañas de tu condicion, o a ver
desde essa altura, como otro despiadado
Nero, el incendio de su abrasada Roma, o a
pisar arrogante este desdichado cadauer, como
la ingrata hija al de su padre Tarquino?
Dinos presto a lo que vienes, o qué es aquello de
que mas gustas; que por saber yo que los
pensamientos de Grisostomo jamas dexaron de
obedecerte en vida, hare que, aun el muerto, te
obedezcan los de todos aquellos que se
llamaron sus amigos.”
  “No vengo, ¡o Ambrosio!, a ninguna cosa de
las que has dicho”, respondio Marcela, “sino a
boluer por mi misma y a dar a entender quán
fuera de razon van todos aquellos que de sus
penas y de la muerte de Grisostomo me culpan;
y, assi, ruego a todos los que aqui estais me
esteis atentos, que no sera menester mucho
tiempo, ni gastar muchas palabras, para persuadir
vna verdad a los discretos.
  ”Hizome el cielo, segun vosotros dezis,
hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos
a otra cosa, a que me ameis os mueue mi
hermosura. Y por el amor que me mostrais, dezis,
y aun quereis, que esté yo obligada a amaros.
Yo conozco, con el natural entendimiento que
Dios me ha dado, que todo lo hermoso es
amable; mas no alcanço que, por razon de
ser amado, esté obligado lo que es amado por
hermoso, a amar a quien le ama. Y mas, que
podria acontecer que el amador de lo hermoso
fuesse feo, y siendo lo feo digno de ser
aborrecido, cae muy mal el dezir: «quierote por
»hermosa; hasme de amar aunque sea feo». Pero,
puesto caso que corran igualmente las
hermosuras, no por esso han de correr iguales los
desseos, que no todas hermosuras enamoran;
que algunas alegran la vista y no rinden la
voluntad; que si todas las bellezas enamorassen
y rindiessen, seria vn andar las voluntades
confusas y descaminadas, sin saber en
quál auian de parar; porque, siendo infinitos
los sujetos hermosos, infinitos auian de ser los
desseos, y, segun yo he oydo dezir, el verdadero
amor no se diuide, y ha de ser voluntario
y no forçoso. Siendo esto assi, como yo creo
que lo es, ¿por qué quereis que rinda mi
voluntad por fuerça, obligada no mas de que
dezis que me quereis bien? Si no, dezidme: si
como el cielo me hizo hermosa me hiziera fea,
¿fuera justo que me quexara de vosotros
porque no me amauades? Quanto mas que aueis
de considerar que yo no escogi la hermosura
que tengo, que, tal qual es, el cielo me la dio
de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y, assi
como la viuora no merece ser culpada por la
ponçoña que tiene, puesto que con ella mata,
por auersela dado naturaleza, tan poco yo
merezco ser reprehendida por ser hermosa, que
la hermosura en la muger honesta es como el
fuego apartado, o como la espada aguda: que
ni el quema, ni ella corta a quien a ellos no se
acerca. La honra y las virtudes son adornos
del alma, sin las quales el cuerpo, aunque lo
sea, no deue de parecer hermoso. Pues si la
honestidad es vna de las virtudes que al cuerpo
y alma mas adornan y hermosean, ¿por qué
la ha de perder la que es amada por hermosa,
por corresponder a la intencion de aquel que
por solo su gusto, con todas sus fuerças e
industrias, procura que la pierda?
  ”Yo naci libre, y para poder viuir libre
escogi la soledad de los campos. Los arboles
destas montañas son mi compañia, las claras
aguas destos arroyos mis espejos; con los
arboles y con las aguas comunico mis
pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y
espada puesta lexos. A los que he enamorado
con la vista, he desengañado con las palabras.
Y si los desseos se sustentan con esperanças,
no auiendo yo dado alguna a Grisostomo
ni a otro alguno, en fin, de ninguno dellos,
bien se puede dezir que antes le mató su
porfia que mi crueldad. Y si se me haze cargo
que eran honestos sus pensamientos, y que
por esto estaua obligada a corresponder a
ellos, digo que, quando en esse mismo lugar
donde aora se caua su sepultura me descubrio
la bondad de su intencion, le dixe yo que la
mia era viuir en perpetua soledad, y de que
sola la tierra gozasse el fruto de mi recogimiento
y los despojos de mi hermosura; y si el,
con todo este desengaño, quiso porfiar contra
la esperança y nauegar contra el viento, ¿qué
mucho que se anegasse en la mitad del golfo
de su desatino? Si yo le entretuuiera, fuera
falsa; si le contentara, hiziera contra mi mejor
intencion y prosupuesto. Porfió desengañado,
desesperó sin ser aborrecido; ¡mirad aora si
sera razon que de su pena se me de a mi la
culpa! Quexese el engañado, desesperese aquel
a quien le faltaron las prometidas esperanças,
confie(s)se el que yo llamare, vfanese el que yo
admitiere; pero no me llame cruel ni omicida
aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo
ni admito.
  ”El cielo aun hasta aora no ha querido que
yo ame por destino; y el pensar que tengo de
amar por eleccion es escusado. Este general
desengaño sirua a cada vno de los que me
solicitan de su particular prouecho; y entiendase
de aqui adelante, que, si alguno por mi
muriere, no muere de zeloso ni desdichado,
porque quien a nadie quiere, a ninguno deue
dar zelos; que los desengaños no se han de
tomar en cuenta de desdenes. El que me llama
fiera y basilisco, dexeme como cosa perjudicial
y mala; el que me llama ingrata, no me sirua;
el que desconocida, no me conozca; quien
cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco,
esta ingrata, esta cruel y esta desconocida,
ni los buscará, seruira, conocera, ni seguira en
ninguna manera; que si a Grisostomo mató su
impaciencia y arrojado desseo, ¿por qué se ha
de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo
conseruo mi limpieza con la compañia de los
arboles, ¿por qué ha de querer que la pierda
el que quiere que la tenga con los hombres?
Yo, como sabeis, tengo riquezas propias y no
codicio las agenas. Tengo libre condicion y no
gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a
nadie. No engaño a este, ni solicito aquel;
ni burlo con vno, ni me entretengo con el otro.
La conuersacion honesta de las zagalas destas
aldeas y el cuydado de mis cabras me
entretiene. Tienen mis desseos por termino estas
montañas; y si de aqui salen, es a contemplar
la hermosura del cielo, passos con que camina
el alma a su morada primera.”
  Y, en diziendo esto, sin querer oyr respuesta
alguna, boluio las espaldas y se entró por lo
mas cerrado de vn monte que alli cerca estaua,
dexando admirados, tanto de su discrecion
como de su hermosura, a todos los que alli
estauan. Y algunos dieron muestras, de aquellos
que de la poderosa flecha de los rayos de
sus bellos ojos estauan heridos, de quererla
seguir, sin aprouecharse del manifiesto
desengaño que auian oydo.
  Lo qual visto por don Quixote, pareciendole
que alli venia bien vsar de su caualleria
socorriendo a las donzellas menesterosas, puesta
la mano en el puño de su espada, en altas e
inteligibles vozes dixo:
  “Ninguna persona, de qualquier estado y
condicion que sea, se atreua a seguir a la
hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa
indignacion mia. Ella ha mostrado, con claras y
suficientes razones, la poca o ninguna culpa
que ha tenido en la muerte de Grisostomo, y
quán agena viue de condescender con los
desseos de ninguno de sus amantes; a cuya causa
es justo que, en lugar de ser seguida y
perseguida, sea honrada y estimada de todos los
buenos del mundo, pues muestra que en el,
ella es sola la que con tan honesta intencion
viue.”
  O ya que fuesse por las amenazas de don
Quixote, o porque Ambrosio les dixo que
concluyessen con lo que a su buen amigo deuian,
ninguno de los pastores se mouio ni apartó de
alli hasta que, acabada la sepultura y
abrasados los papeles de Grisostomo, pusieron su
cuerpo en ella, no sin muchas lagrimas de los
circunstantes. Cerraron la sepultura con vna
gruessa peña, en tanto que se acabaua vna
losa que, segun Ambrosio dixo, pensaua mandar
hazer, con vn epitafio que auia de dezir
desta manera:

           Yaze aqui de vn amador
         el misero cuerpo elado,
         que fue pastor de ganado,
         perdido por desamor.
           Murio a manos del rigor
         de vna esquiua hermosa ingrata,
         con quien su imperio dilata
         la tirania de amor.

  Luego esparzieron por cima de la sepultura
muchas flores y ramos, y, dando todos el
pesame a su amigo Ambrosio, se despidieron del.
Lo mesmo hizieron Viualdo y su compañero,
y don Quixote se despidio de sus huespedes
y de los caminantes, los quales le rogaron se
viniesse con ellos a Seuilla, por ser lugar tan
acomodado a hallar auenturas, que en cada
calle y tras cada esquina se ofrecen mas que
en otro alguno.
  Don Quixote les agradecio el auiso y el
animo que mostrauan de hazerle merced, y dixo
que por entonces no queria ni deuia yr a
Seuilla, hasta que huuiesse despojado todas
aquellas sierras de ladrones malandrines, de
quien era fama que todas estauan llenas.
Viendo su buena determinacion, no quisieron los
caminantes importunarle mas, sino, tornandose
a despedir de nueuo, le dexaron y prosiguieron
su camino; en el qual no les faltó de qué tratar,
assi de la historia de Marcela y Grisostomo,
como de las locuras de don Quixote. El
qual determinó de yr a buscar a la pastora
Marcela y ofrecerle todo lo que el podia en su
seruicio. Mas no le auino como el pensaua,
segun se cuenta en el discurso desta verdadera
historia, dando aqui fin la segunda parte.


                TERCERA PARTE
                DEL INGENIOSO
            hidalgo don Quixote de
                  la Mancha.


                 Capitulo XV

Donde se cuenta la desgraciada auentura que
  se topó don Quixote en topar con vnos
  desalmados iangueses .

  Cuenta el sabio Cide Hamete Venengeli que,
assi como don Quixote se despidio de sus
huespedes y de todos los que se hallaron al
entierro del pastor Grisostomo, el y su
escudero se entraron por el mesmo bosque donde
vieron que se auia entrado la pastora Marcela;
y, auiendo andado mas de dos horas por el,
buscandola por todas partes sin poder hallarla,
vinieron a parar a vn prado lleno de fresca
yerua, junto del qual corria vn arroyo apazible
y fresco, tanto, que combidó, y forço, a passar
alli las horas de la siesta, que rigurosamente
començaua ya a entrar.
  Apearonse don Quixote y Sancho, y, dexando
al jumento y a Rozinante a sus anchuras
pacer de la mucha yerua que alli auia, dieron
saco a las alforjas, y, sin cerimonia alguna,
en buena paz y compañia, amo y moço comieron
lo que en ellas hallaron. No se auia curado
Sancho de echar sueltas a Rozinante, seguro
de que le conocia por tan manso y tan poco
rijoso, que todas las yeguas de la dehesa de
Cordoua no le hizieran tomar mal siniestro.
Ordenó, pues, la suerte, y el diablo, que no
todas vezes duerme, que andauan por aquel
valle paciendo vna manada de hacas galicianas
de vnos harrieros gallegos, de los
quales es costumbre sestear con su requa en
lugares y sitios de yerua y agua. Y aquel,
donde acerto a hallarse don Quixote, era muy
a proposito de los gallegos. Sucedio, pues,
que a Rozinante le vino en desseo de refocilarse
con las señoras facas, y saliendo, assi
como las olio, de su natural passo y costumbre,
sin pedir licencia [a] su dueño, tomó vn
trotico algo picadillo y se fue a comunicar
su necessidad con ellas. Mas ellas, que, a lo que
parecio, deuian de tener mas gana de pacer
que de al, recibieronle con las herraduras y
con los dientes, de tal manera, que a poco
espacio se le rompieron las cinchas y quedó sin
silla, en pelota. Pero lo que el deuio mas de
sentir fue que, viendo los harrieros la fuerça
que a sus yeguas se les hazia, acudieron con
estacas, y tantos palos le dieron, que le
derribaron mal parado en el suelo.
  Ya, en esto, don Quixote y Sancho, que la
paliza de Rozinante auian visto, llegauan
hijadeando. Y dixo don Quixote a Sancho:
  “A lo que yo veo, amigo Sancho, estos no
son caualleros, sino gente soez y de baxa
ralea. Digolo porque bien me puedes ayudar a
tomar la deuida vengança del agrauio que
delante de nuestros ojos se le a hecho a
Rozinante.”
  “¿Qué diablos de vengança hemos de tomar”,
respondio Sancho, “si estos son mas de
veinte, y nosotros no mas de dos, y aun quiça
nosotros sino vno y medio?”
  “Yo valgo por ciento”, replicó don Quixote.
  Y, sin hazer mas discursos, echó mano a su
espada y arremetio a los gallegos, y lo
mesmo hizo Sancho Pança, incitado y mouido
del exemplo de su amo. Y, a las primeras dio
don Quixote vna cuchillada a vno que le abrio
vn sayo de cuero de que venia vestido, con
gran parte de la espalda. Los gallegos, que
se vieron maltratar de aquellos dos hombres
solos, siendo ellos tantos, acudieron a sus
estacas, y, cogiendo a los dos en medio,
començaron a menudear sobre ellos con grande
hahinco y vehemencia. Verdad es que al
segundo toque dieron con Sancho en el suelo,
y lo mesmo le auino a don Quixote, sin que
le valiesse su destreza y buen animo. Y quiso
su ventura que viniesse a caer a los pies de
Rozinante, que aun no se auia leuantado; donde
se echa de ver la furia con que machacan
estacas puestas en manos rusticas y enojadas.
  Viendo, pues, los gallegos el mal recado
que auian hecho, con la mayor presteza que
pudieron cargaron su requa y siguieron su
camino, dexando a los dos auentureros de mala
traça y de peor talante. El primero que se
resintio fue Sancho Pança, y hallandose junto a
su señor, con voz enferma y lastimada, dixo:
  “¡Señor don Quixote! ¡A, señor don
Quixote!”
  “¡Qué quieres, Sancho hermano!”, respondio
don Quixote, con el mesmo tono afeminado
y doliente que Sancho.
  “Querria, si fuesse possible”, respondio
Sancho Pança, “que vuestra merced me diesse dos
tragos de aquella beuida del feo Blas, si es
que la tiene vuestra merced ay a mano: quiça
sera de prouecho para los quebrantamientos
de huesos como lo es para las feridas.”
  “Pues a tenerla yo aqui, ¡desgraciado yo!,
¿qué nos faltaua?”, respondio don Quixote.
“Mas yo te juro, Sancho Pança, a fe de cauallero
andante, que antes que passen dos dias,
si la fortuna no ordena otra cosa, la tengo de
tener en mi poder, o mal me han de andar las
manos.”
  “Pues ¿en quántos le parece a vuestra
merced que podremos mouer los pies?”, replicó
Sancho Pança.
  “De mi se dezir”, dixo el molido cauallero
don Quixote, “que no sabre poner termino a
essos dias. Mas yo me tengo la culpa de todo,
que no auia de poner mano a la espada contra
hombres que no fuessen armados caualleros
como yo. Y, assi, creo que en pena de auer
passado las leyes de la caualleria, ha permitido
el Dios de las batallas que se me diesse este
castigo. Por lo qual, Sancho Pança, conuiene
que estes aduertido en esto que aora te dire,
porque importa mucho a la salud de entrambos,
y es que quando veas que semejante canalla
nos haze algun agrauio, no aguardes a
que yo ponga mano al espada para ellos, porque
no lo hare en ninguna manera, sino pon tu
mano a tu espada y castigalos muy a tu sabor;
que, si en su ayuda y defensa acudieren
caualleros, yo te sabre defender y ofendellos con
todo mi poder, que ya auras visto por mil
señales y experiencias hasta adonde se estiende
el valor de este mi fuerte braço.”
  Tal quedó de arrogante el pobre señor con
el vencimiento del valiente vizcayno.
  Mas no le parecio tambien a Sancho
Pança el auiso de su amo, que dexasse de
responder, diziendo:
  “Señor, yo soy hombre pacifico, manso,
sossegado, y se dissimular qualquiera injuria,
porque tengo muger y hijos que sustentar y criar.
Assi, que seale a vuestra merced tambien auiso,
pues no puede ser mandato, que en ninguna
manera pondre mano a la espada ni contra
villano ni contra cauallero. Y que, desde aqui
para delante de Dios, perdono quantos agrauios
me han hecho y han de hazer, ora me los
aya hecho o haga o aya de hazer persona alta
o baxa, rico o pobre, hidalgo o pechero, sin
eceptar estado ni condicion alguna.”
  Lo qual oydo por su amo, le respondio:
  “Quisiera tener aliento para poder hablar vn
poco descansado, y que el dolor que tengo en
esta costilla se aplacara tanto quanto, para
darte a entender, Pança, en el error en que estás.
Ven aca, pecador: si el viento de la fortuna,
hasta aora tan contrario, en nuestro fauor se
buelue, llenandonos las velas del desseo,
para que seguramente y sin contraste alguno
tomemos puerto en alguna de las insulas que te
tengo prometida, ¿qué seria de ti, si, ganandola
yo, te hiziesse señor della, pues lo vendras a
impossibilitar por no ser cauallero, ni quererlo
ser, ni tener valor ni intencion de vengar tus
injurias y defender tu señorio? Porque has de
saber que en los reynos y prouincias
nueuamente conquistados nunca estan tan quietos
los animos de sus naturales, ni tan de parte del
nueuo señor, que no se tengan temor de que
han de hazer alguna nouedad para alterar de
nueuo las cosas, y boluer, como dizen, a prouar
ventura. Y, assi, es menester que el nueuo
possessor tenga entendimiento para saberse
gouernar, y valor para ofender y defenderse en
qualquiera acontecimiento.”
  “En este que aora nos ha acontecido”, respondio
Sancho, “quisiera yo tener esse entendimiento
y esse valor que vuestra merzed dize.
Mas yo le juro, a fe de pobre hombre, que mas
estoy para bizmas que para platicas. Mire
vuestra merced si se puede leuantar, y ayudaremos
a Rozinante, aunque no lo merece, porque el
fue la causa principal de todo este molimiento.
Iamas tal crei de Rozinante, que le tenia por
persona casta y tan pacifica como yo. En fin,
bien dizen que es menester mucho tiempo para
venir a conocer las personas, y que no ay cosa
segura en esta vida. ¿Quién dixera que tras de
aquellas tan grandes cuchilladas como vuestra
merced dio a aquel desdichado cauallero andante,
auia de venir por la posta y en seguimiento
suyo esta tan grande tempestad de palos
que ha descargado sobre nuestras espaldas?”
  “Aun las tuyas, Sancho”, replicó don Quixote,
“deuen de estar hechas a semejantes nublados;
pero las mias, criadas entre sinabafas
y olandas, claro está que sentiran mas el dolor
desta desgracia. Y si no fuesse porque imagino,
¿qué digo imagino? se muy cierto, que todas
estas incomodidades son muy anejas al exercicio
de las armas, aqui me dexaria morir de puro
enojo.”
  A esto replicó el escudero:
  “Señor, ya que estas desgracias son de la
cosecha de la caualleria, digame vuestra
merced si suceden muy a menudo, o si tienen sus
tiempos limitados en que acaecen; porque me
parece a mi que a dos cosechas quedaremos
inutiles para la tercera, si Dios, por su infinita
misericordia, no nos socorre.”
  “Sabete, amigo Sancho”, respondio don
Quixote, “que la vida de los caualleros andantes
está sujeta a mil peligros y desuenturas, y
ni mas ni menos está en potencia propinqua
de ser los caualleros andantes reyes y
emperadores, como lo ha mostrado la experiencia
en muchos y diuersos caualleros, de cuyas
historias yo tengo entera noticia. Y pudierate
contar agora, si el dolor me diera lugar, de
algunos que solo por el valor de su braço han
subido a los altos grados que he contado. Y
estos mesmos se vieron antes y despues en
diuersas calamidades y miserias; porque el
valeroso Amadis de Gaula se vio en poder de
su mortal enemigo Arcalaus el encantador, de
quien se tiene por aueriguado que le dio,
teniendole preso, mas de dozientos açotes con
las riendas de su cauallo, atado a vna coluna
de vn patio. Y aun ay vn autor secreto, y de
no poco credito, que dize que, auiendo cogido
al Cauallero del Febo con vna cierta trampa
que se le hundio debaxo de los pies, en vn
cierto castillo, (y) al caer, se halló en vna honda
sima debaxo de tierra, atado de pies y manos,
y alli le echaron vna destas que llaman melezinas
de agua de nieue y arena, de lo que llegó
muy al cabo, y si no fuera socorrido en aquella
gran cuyta de vn sabio grande amigo suyo, lo
passara muy mal el pobre cauallero. Ansi,
que bien puedo yo passar entre tanta buena
gente; que mayores afrentas son las que estos
passaron que no las que aora nosotros passamos.
Porque quiero hazerte sabidor, Sancho,
que no afrentan las heridas que se dan con los
inst[r]umentos que acaso se hallan en las
manos. Y esto está, en la ley del duelo,
escrito por palabras expressas: que si el çapatero
da a otro con la horma que tiene en la mano,
puesto que verdaderamente es de palo, no por
esso se dira que queda apaleado aquel a quien
dio con ella. Digo esto porque no pienses que,
puesto que quedamos desta pendencia molidos,
quedamos afrentados, porque las armas
que aquellos hombres traian, con que nos
machacaron, no eran otras que sus estacas, y
ninguno dellos, a lo que se me acuerda, tenia
estoque, espada ni puñal.”
  “No me dieron a mi lugar”, respondio
Sancho, “a que mirasse en tanto, porque apenas
puse mano a mi tizona, quando me santiguaron
los ombros con sus pinos, de manera que
me quitaron la vista de los ojos y la fuerça de
los pies, dando conmigo a donde aora yago, y
adonde no me da pena alguna el pensar si fue
afrenta, o no, lo de los estacazos, como me
la da el dolor de los golpes, que me han de
quedar tan impressos en la memoria como en
las espaldas.”
  “Con todo esso te hago saber, hermano
Pança”, replicó don Quixote, “que no ay
memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor
que muerte no le consuma.”
  “Pues ¿qué mayor desdicha puede ser”,
replicó Pança, “de aquella que aguarda al
tiempo que la consuma y a la muerte que la
acabe? Si esta nuestra desgracia fuera de
aquellas que con vn par de bizmas se curan, aun
no tan malo; pero voy viendo que no han de
bastar todos los emplastos de vn hospital para
ponerlas en buen termino siquiera.”
  “Dexate desso y saca fuerças de flaqueza,
Sancho”, respondio don Quixote, “que assi
hare yo, y veamos cómo está Rozinante, que, a
lo que me parece, no le ha cabido al pobre la
menor parte desta desgracia.”
  “No ay de que marauillarse desso”, respondio
Sancho, “siendo el tan buen cauallero
andante; de lo que yo me marauillo es de que
mi jumento aya quedado libre y sin costas,
donde nosotros salimos sin costillas.”
  “Siempre dexa la ventura vna puerta abierta
en las desdichas para dar remedio a ellas”,
dixo don Quixote. “Digolo porque essa bestezuela
podra suplir aora la falta de Rozinante,
lleuandome a mi desde aqui a algun castillo
donde sea curado de mis feridas. Y mas, que
no tendre a deshonra la tal caualleria, porque
me acuerdo auer leydo que aquel buen viejo
Sileno, ayo y pedagogo del alegre Dios de la
risa, quando entró en la ciudad de las cien
puertas, yua muy a su plazer cauallero sobre
vn muy hermoso asno.”
  “Verdad sera que el deuia de yr cauallero
como vuestra merced dize”, respondio Sancho;
“pero ay grande diferencia del yr cauallero al
yr atrauessado como costal de vasura.”
  A lo qual respondio don Quixote:
  “Las feridas que se reciben en las batallas
antes dan honra que la quitan. Assi que, Pança
amigo, no me repliques mas, sino, como ya
te he dicho, leuantate lo mejor que pudieres
y ponme de la manera que mas te agradare
encima de tu jumento, y vamos de aqui antes
que la noche venga y nos saltee en este
despoblado.”
  “Pues yo he oydo dezir a vuestra merced”,
dixo Pança, “que es muy de caualleros andantes
el dormir en los paramos y desiertos lo mas
del año, y que lo tienen a mucha ventura.”
  “Esso es”, dixo don Quixote, “quando no
pueden mas, o quando estan enamorados; y es
tan verdad esto, que ha auido cauallero que se
ha estado sobre vna peña, al sol y a la sombra
y a las inclemencias del cielo, dos años, sin
que lo supiesse su señora. Y vno destos fue
Amadis quando, llamandose Beltenebros, se
aloxó en la Peña Pobre, ni se si ocho años
o ocho meses, que no estoy muy bien en la
cuenta. Basta que el estuuo alli haziendo
penitencia por no se qué sinsabor que le hizo la
señora Oriana. Pero dexemos ya esto, Sancho,
y acaba, antes que suceda otra desgracia al
jumento como a Rozinante.”
  “Aun ahi seria el diablo”, dixo Sancho.
  Y despidiendo treinta ayes y sesenta sospiros
y ciento y veynte pesetes y reniegos de
quien alli le auia traido, se leuantó, quedandose
agouiado en la mitad del camino, como arco
turquesco, sin poder acabar de endereçarse; y
con todo este trabajo aparejó su asno, que
tambien auia andado algo destraydo con la
demasiada libertad de aquel dia. Leuantó luego
a Rozinante, el qual, si tuuiera lengua con
que quexarse, a buen seguro que Sancho ni
su amo no le fueran en çaga.
  En resolucion, Sancho acomodó a don Quixote
sobre el asno y puso de reata a Rozinante,
y, lleuando al asno de cabestro se encaminó
poco mas a menos hazia donde le parecio
que podia estar el camino real. Y la suerte,
que sus cosas de bien en mejor yua guiando,
aun no huuo andado vna pequeña legua, quando
le deparó el camino, en el qual descubrio
vna venta que, a pesar suyo y gusto de don
Quixote, auia de ser castillo. Porfiaua Sancho
que era venta, y su amo que no, sino castillo;
y tanto duró la porfia, que tuuieron lugar, sin
acabarla, de llegar a ella, en la qual Sancho se
entró, sin mas aueriguacion, con toda su requa.

                 Capitulo XVI

De lo que le sucedio al ingenioso hidalgo en
  la venta que el imaginaua ser castillo.

  El ventero, que vio a don Quixote atrauesado
en el asno, preguntó a Sancho qué mal
traia. Sancho le respondio que no era nada,
sino que auia dado vna cayda de vna peña
abaxo, y que venia algo brumadas las costillas.
  Tenia el ventero por muger a vna, no de la
condicion que suelen tener las de semejante
trato, porque naturalmente era caritatiua y se
dolia de las calamidades de sus proximos, y,
assi, acudio luego a curar a don Quixote, y
hizo que vna hija suya donzella, muchacha y
de muy buen parecer, la ayudasse a curar a su
huesped. Seruia en la venta, assi mesmo, vna
moça asturiana, ancha de cara, llana de cogote,
de nariz roma, del vn ojo tuerta y del otro
no muy sana. Verdad es que la gallardia del
cuerpo suplia las demas faltas: no tenia siete
palmos de los pies a la cabeça, y las espaldas,
que algun tanto le cargauan, la hazian mirar
al suelo mas de lo que ella quisiera. Esta
gentil moça, pues, ayudó a la donzella; y las dos
hizieron vna muy mala cama a don Quixote
en vn camaranchon que, en otros tiempos,
daua manifiestos indicios que auia seruido de
pajar muchos años. En la qual tambien
aloxaua vn harriero que tenia su cama hecha vn
poco mas alla de la de nuestro don Quixote,
y, aunque era de las enxalmas y mantas de
sus machos, hazia mucha ventaja a la de don
Quixote, que solo contenia quatro mal lisas
tablas sobre dos no muy yguales bancos, y vn
colchon que, en lo sutil, parecia colcha, lleno de
bodoques, que, a no mostrar que eran de lana
por algunas roturas, al tiento, en la dureza,
semejauan de guijarro, y dos sauanas hechas
de cuero de adarga, y vna fraçada, cuyos hilos,
si se quisieran contar, no se perdiera vno solo
de la cuenta.
  En esta maldita cama se acosto don Quixote.
Y luego la ventera y su hija le emplastaron
de arriba abajo, alumbrandoles Maritornes,
que assi se llamaua la asturiana; y
como al bizmalle viesse la ventera tan
acardenalado a partes a don Quixote, dixo que
aquello mas parecian golpes que cayda.
  “No fueron golpes”, dixo Sancho, “sino que
la peña tenia muchos picos y tropeçones, y que
cada vno auia hecho su cardenal.” Y tambien
le dixo: “Haga vuestra merced, señora, de
manera que queden algunas estopas, que no
faltará quien las aya menester; que tambien me
duelen a mi vn poco los lomos.”
  “Dessa manera”, respondio la ventera,
“¿tambien deuistes vos de caer?”
  “No cay”, dixo Sancho Pança, “sino que del
sobresalto que tomé de ver caer a mi amo, de
tal manera me duele a mi el cuerpo, que me
parece que me han dado mil palos.”
  “Bien podra ser esso”, dixo la donzella;
“que a mi me ha acontecido muchas vezes
soñar que caya de vna torre abaxo, y que
nunca acabaua de llegar al suelo, y quando
despertaua del sueño, hallarme tan molida y
quebrantada como si verdaderamente huuiera
caydo.”
  “Ay está el toque, señora”, respondio Sancho
Pança: “que yo sin soñar nada, sino estando
mas despierto que aora estoy, me hallo con
pocos menos cardenales que mi señor don
Quixote.”
  “¿Cómo se llama este cauallero?”, preguntó
la asturiana Maritornes.
  “Don Quixote de la Mancha”, respondio
Sancho Pança, “y es cauallero auenturero, y
de los mejores y mas fuertes que de luengos
tiempos aca se han visto en el mundo.”
  “¿Qué es cauallero auenturero?”, replicó la
moça.
  “¿Tan nueua sois en el mundo, que no lo
sabeis vos?”, respondio Sancho Pança. “Pues
sabed, hermana mia, que cauallero auenturero
es vna cosa que en dos palabras se ve apaleado
y emperador. Oy está la mas desdichada
criatura del mundo y la mas menesterosa, y
mañana tendria dos o tres coronas de
reynos que dar a su escudero.”
  “Pues ¿cómo vos, siendolo deste tan buen
señor”, dixo la ventera, “no teneis, a lo que
parece, siquiera algun condado?”
  “Aun es temprano”, respondio Sancho,
“porque no ha sino vn mes que andamos buscando
las auenturas, y hasta aora no hemos topado
con ninguna que lo sea. Y tal vez ay que se
busca vna cosa y se halla otra. Verdad es que
si mi señor don Quixote sana desta herida, o
cayda, y yo no quedo contrecho della, no
trocaria mis esperanças con el mejor titulo de
España.”
  Todas estas platicas estaua escuchando muy
atento don Quixote, y sentandose en el lecho
como pudo, tomando de la mano a la ventera,
le dixo:
  “Creedme, fermosa señora, que os podeis
llamar venturosa por auer alojado en este vuestro
castillo a mi persona, que es tal, que si yo
no la alabo, es por lo que suele dezirse que la
alabança propria enuilece, pero mi escudero
os dira quién soy. Solo os digo que tendre
eternamente escrito en mi memoria el seruicio que
me auedes fecho, para agradeceroslo mientras
la vida me durare. Y pluguiera a los altos
cielos que el amor no me tuuiera tan rendido y
tan sujeto a sus leyes, y los ojos de aquella
hermosa ingrata que digo entre mis dientes;
que los desta fermosa donzella fueran señores
de mi libertad.”
  Confusas estauan la ventera y su hija y la
buena de Maritornes oyendo las razones del
andante cauallero, que assi las entendian como
si hablara en griego, aunque bien alcançaron
que todas se encaminauan a ofrecimiento y
requiebros; y, como no vsadas a semejante
lenguage, mirauanle y admirauanse, y pareciales
otro hombre de los que se vsauan; y, agradeciendole
con venteriles razones sus ofrecimientos,
le dexaron, y la asturiana Maritornes
curó a Sancho, que no menos lo auia menester
que su amo.
  Auia el harriero concertado con ella que
aquella noche se refocilarian juntos, y ella le auia
dado su palabra de que, en estando sossegados
los huespedes y durmiendo sus amos, le yria a
buscar y satisfazerle el gusto en quanto le
mandasse. Y cuentase desta buena moça que jamas
dio semejantes palabras que no las cumpliesse,
aunque las diesse en vn monte y sin testigo
alguno, porque presumia muy de hidalga, y no
tenia por afrenta estar en aquel exercicio de
seruir en la venta; porque dezia ella que
desgracias y malos sucessos la auian traydo a
aquel estado.
  El duro, estrecho, apocado y fementido lecho
de don Quixote estaua primero en mitad de
aquel estrellado establo, y luego, junto a el, hizo
el suyo Sancho, que solo contenia vna estera
de enea y vna manta, que antes mostraua ser
de angeo tundido que de lana. Sucedia a estos
dos lechos el del harriero, fabricado, como se
ha dicho, de las enxalmas y de todo el adorno
de los dos mejores mulos que trahia, aunque
eran doze, luzios, gordos y famosos, porque era
vno de los ricos harrieros de Areualo, segun lo
dize el autor desta historia, que deste harriero
haze particular mencion, porque le conocia muy
bien, y aun quieren dezir que era algo pariente
suyo. Fuera de que Cide Mahamate Benengeli
fue historiador muy curioso y muy puntual
en todas las cosas; y echase bien de ver, pues
las que quedan referidas, con ser tan minimas y
tan rateras, no las quiso passar en silencio. De
donde podran tomar exemplo los historiadores
graues, que nos cuentan las acciones tan corta
y sucintamente, que apenas nos llegan a los
labios, dexandose en el tintero, ya por descuydo,
por malicia o ygnorancia, lo mas substancial
de la obra. ¡Bien aya mil vezes el autor
de Tablante de Ricamonte, y aquel del otro
libro donde se cuenta los hechos del conde
Tomillas, y con qué puntualidad lo
descriuen todo!
  Digo, pues, que despues de auer visitado
el harriero a su requa y dadole el segundo
pienso, se tendio en sus enxalmas y se dio a
esperar a su puntualissima Maritornes. Ya
estaua Sancho bizmado y acostado, y, aunque
procuraua dormir, no lo consentia el dolor de
sus costillas; y don Quixote, con el dolor de
las suyas, tenia los ojos abiertos como liebre.
Toda la venta estaua en silencio, y en toda ella
no auia otra luz que la que daua vna lampara
que colgada en medio del portal ardia. Esta
marauillosa quietud, y los pensamientos que
siempre nuestro cauallero trahia de los
sucessos que a cada passo se cuentan en los
libros autores de su desgracia, le truxo a la
ymaginacion vna de las estrañas locuras que
buenamente ymaginarse pueden. Y fue, que el se
ymaginó auer llegado a vn famoso castillo,
que, como se ha dicho, castillos eran a su
parecer todas las ventas donde aloxaua, y que la
hija del ventero lo era del señor del castillo, la
qual, vencida de su gentileza, se auia enamorado
del y prometido que aquella noche, a furto
de sus padres, vendria a yazer con el vna buena
pieça; y, teniendo toda esta quimera, que el se
auia fabricado, por firme y valedera, se
començo a acuytar y a pensar en el peligroso
trance en que su honestidad se auia de ver,
y propuso en su coraçon de no cometer
aleuosia a su señora Dulzinea del Toboso,
aunque la mesma reyna Ginebra con su dama
Quintañona se le pusiessen delante.
  Pensando, pues, en estos disparates, se llegó
el tiempo y la hora, que para el fue menguada,
de la venida de la asturiana, la qual, en
camisa y descalça, cogidos los cabellos en vna
aluanega de fustan, con tacitos y atentados
passos, entró en el aposento donde los tres
aloxauan, en busca del harriero. Pero apenas
llegó a la puerta, quando don Quixote la
sintio, y sentandose en la cama, a pesar de sus
bizmas y con dolor de sus costillas, tendio los
braços para recebir a su fermosa donzella.
La asturiana, que, toda recogida y callando,
yua con las manos delante buscando a su
querido, topó con los braços de don Quixote, el
qual la asio fuertemente de vna muñeca, y,
tirandola hazia si, sin que ella osasse hablar
palabra, la hizo sentar sobre la cama. Tentole
luego la camisa, y, aunque ella era de harpillera,
a el le parecio ser de finissimo y delgado
cendal. Trahia en las muñecas vnas cuentas de
vidro, pero a el le dieron vislumbres de
preciosas perlas orientales. Los cabellos, que en
alguna manera tirauan a crines, el los marcó por
hebras de luzidissimo oro de Arabia, cuyo
resplandor al del mesmo sol escurecia. Y el
aliento, que, sin duda alguna, olia a ensalada
fiambre y trasnochada, a el le parecio que
arrojaua de su boca vn olor suaue y aromatico;
y, finalmente, el la pintó en su ymaginacion
de la misma traça y modo que lo auia
leydo en sus libros, de la otra princesa que
vino a ver el mal ferido cauallero, vencida
de sus amores, con todos los adornos que aqui
van puestos. Y era tanta la ceguedad del
pobre hidalgo, que el tacto, ni el aliento, ni
otras cosas que trahia en si la buena donzella,
no le desengañauan, las quales pudieran hazer
vomitar a otro que no fuera harriero; antes le
parecia que tenia entre sus braços a la diosa
de la hermosura. Y, teniendola bien asida, con
voz amorosa y baxa, le començo a dezir:
  “Quisiera hallarme en terminos, fermosa y
alta señora, de poder pagar tamaña merced
como la que con la vista de vuestra gran
fermosura me auedes fecho; pero ha querido la
fortuna, que no se cansa de perseguir a los
buenos, ponerme en este lecho, donde yago
tan molido y quebrantado, que, aunque de mi
voluntad quisiera satisfazer a la vuestra, fuera
impossible. Y mas, que se añade a esta
impossibilidad otra mayor, que es la prometida fe
que tengo dada a la simpar Dulzinea del
Toboso, vnica señora de mis mas escondidos
pensamientos. Que si esto no vuiera de por
medio, no fuera yo tan sandio cauallero, que
dexara passar en blanco la venturosa ocasion
en que vuestra gran bondad me ha puesto.”
  Maritornes estaua congoxadissima y trasudando
de verse tan asida de don Quixote, y,
sin entender ni estar atenta a las razones que
le dezia, procuraua, sin hablar palabra,
desasirse. El bueno del harriero, a quien tenian
despierto sus malos desseos, desde el punto que
entró su coyma por la puerta, la sintio; estuuo
atentamente escuchando todo lo que don Quixote
dezia, y, zeloso de que la asturiana le
vuiesse faltado [a] la palabra por otro, se
fue llegando mas al lecho de don Quixote, y
estuuose quedo hasta ver en qué parauan
aquellas razones que el no podia entender.
Pero como vio que la moça forcejaua por desasirse,
y don Quixote trabaxaua por tenella,
pareciendole mal la burla, enarboló el braço en
alto y descargó tan terrible puñada sobre las
estrechas quixadas del enamorado cauallero,
que le bañó toda la boca en sangre; y, no contento
con esto, se le subio encima de las costillas,
y con los pies, mas que de trote, se las
passeó todas de cabo a cabo. El lecho, que era
vn poco endeble y de no firmes fundamentos,
no pudiendo sufrir la añadidura del harriero,
dio consigo en el suelo, a cuyo gran ruydo
desperto el ventero, y luego ymaginó que deuian
de ser pendencias de Maritornes, porque,
auiendola llamado a bozes, no respondia. Con esta
sospecha se leuantó y, encendiendo vn candil,
se fue hazia donde auia sentido la pelaza. La
moça, viendo que su amo venia y que era de
condicion terrible, toda medrosica y alborotada,
se acogio a la cama de Sancho Pança, que
aun dormia, y alli se acorrucó y se hizo vn
ouillo.
  El ventero entró diziendo:
  “¿Adónde estás, puta? A buen seguro que
son tus cosas estas.”
  En esto desperto Sancho, y, sintiendo aquel
bulto casi encima de si, penso que tenia la
pesadilla y començo a dar puñadas a vna y
otra parte, y, entre otras, alcançó con no se
quántas a Maritornes, la qual, sentida del dolor,
echando a rodar la honestidad, dio el retorno
a Sancho con tantas, que, a su despecho, le
quitó el sueño; el qual, viendose tratar de
aquella manera y sin saber de quien, alçandose
como pudo, se abraçó con Maritornes, y
començaron entre los dos la mas reñida y
graciosa escaramuça del mundo.
  Viendo, pues, el harriero, a la lumbre del
candil del ventero, quál andaua su dama,
dexando a don Quixote, acudio a dalle el socorro
necessario; lo mismo hizo el ventero, pero con
intencion diferente, porque fue a castigar a la
moça, creyendo, sin duda, que ella sola era la
ocasion de toda aquella armonia. Y, assi, como
suele dezirse: el gato al rato, el rato a la
cuerda, la cuerda al palo, daua el harriero a
Sancho, Sancho a la moça, la moça a el, el
ventero a la moça, y todos menudeauan con
tanta priessa que no se dauan punto de
reposo; y fue lo bueno que al ventero se le
apagó el candil, y, como quedaron ascuras,
dauanse tan sin compassion todos a bulto, que
a doquiera que ponian la mano no dexauan
cosa sana.
  Aloxaua acaso aquella noche en la venta
vn quadrillero de los que llaman de la Santa
Hermandad Vieja de Toledo, el qual, oyendo
ansi mesmo el estraño estruendo de la
pelea, asio de su media vara y de la caxa de
lata de sus titulos, y entró ascuras en el
aposento, diziendo:
  “¡Tenganse a la justicia! ¡Tenganse a la Santa
Hermandad!”
  Y el primero con quien topó fue con el
apuñeado de don Quixote, que estaua en su
derribado lecho, tendido boca arriba, sin sentido
alguno; y, echandole a tiento mano a las barbas,
no cessaua de dezir: “¡Fauor a la justicia!”
Pero viendo que el que tenia asido no se
bullia ni meneaua, se dio a entender que estaua
muerto, y que los que alli dentro estauan eran
sus matadores, y, con esta sospecha, reforço la
voz, diziendo:
  “¡Cierrese la puerta de la venta! ¡Miren no se
vaya nadie, que han muerto aqui a vn hombre!”
  Esta voz sobresaltó a todos, y cada qual
dexó la pendencia en el grado que le tomó la
voz. Retirose el ventero a su aposento, el
harriero a sus enxalmas, la moça a su rancho;
solos los desuenturados don Quixote y Sancho
no se pudieron mouer de donde estauan. Solto
en esto el quadrillero la barba de don Quixote,
y salio a buscar luz, para buscar y prender los
delinquentes; mas no la halló, porque el
ventero, de industria, auia muerto la lampara
quando se retiró a su estancia, y fuele forçoso
acudir a la chimenea, donde, con mucho trabajo y
tiempo, encendio el quadrillero otro candil.

                Capitulo XVII

Donde se prosiguen los innumerables trabajos
  que el brauo don Quixote y su buen escudero
  Sancho Pança passaron en la venta que, por
  su mal, penso que era castillo.

Auia ya buelto en este tiempo de su parasismo
don Quixote, y con el mesmo tono
de voz con que el dia antes auia llamado a su
escudero, quando estaua tendido en el val de
las estacas, le començo a llamar, diziendo:
  “Sancho amigo, ¿duermes? ¿Duermes, amigo
Sancho?”
  “¡Qué tengo de dormir, pesia a mi!”, respondio
Sancho, lleno de pesadumbre y de despecho;
“que no parece sino que todos los diablos
han andado comigo esta noche.”
  “Puedeslo creer ansi, sin duda”, respondio
don Quixote; “porque, o yo se poco, o este
castillo es encantado. Porque has de saber...;
mas esto que aora quiero dezirte, hasme de
jurar que lo tendras secreto hasta despues de
mi muerte.”
  “Si, juro”, respondio Sancho.
  “Digolo”, replicó don Quixote, “porque soy
enemigo de que se quite la honra a nadie.”
  “Digo que si juro”, tornó a dezir Sancho;
“que lo callaré hasta despues de los dias de
vuestra merced, y plega a Dios que lo pueda
descubrir mañana.”
  “¿Tan malas obras te hago, Sancho”,
respondio don Quixote, “que me querrias ver
muerto con tanta breuedad?”
  “No es por esso”, respondio Sancho, “sino
porque soy enemigo de guardar mucho las
cosas, y no querria que se me pudriessen de
guardadas.”
  “Sea por lo que fuere”, dixo don Quixote,
“que mas fio de tu amor y de tu cortesia; y, assi,
has de saber que esta noche me ha sucedido
vna de las mas estrañas auenturas que yo sabre
encarecer; y, por contartela en breue, sabras
que poco ha que a mi vino la hija del señor
deste castillo, que es la mas apuesta y fermosa
donzella que en gran parte de la tierra se puede
hallar. ¿Qué te podria dezir del adorno de su
persona? ¿Qué de su gallardo entendimiento?
¿Qué de otras cosas ocultas, que, por guardar
la fe que deuo a mi señora Dulzinea del Toboso,
dexaré passar intactas y en silencio? Solo
te quiero dezir que, embidioso el cielo de tanto
bien como la ventura me auia puesto en las
manos, o quiça --y esto es lo mas cierto--, que,
como tengo dicho, es encantado este castillo,
al tiempo que yo estaua con ella en dulcissimos
y amorosissimos coloquios, sin que yo la
viesse ni supiesse por donde venia, vino vna
mano pegada a algun braço de algun descomunal
gigante y assentome vna puñada en las
quixadas, tal, que las tengo todas bañadas en
sangre, y despues me molio de tal suerte que
estoy peor que ayer quando los gallegos,
que, por demasias de Rozinante, nos hizieron el
agrauio que sabes. Por donde conjeturo que el
tesoro de la fermosura desta donzella le deue
de guardar algun encantado moro, y no deue
de ser para mi.”
  “Ni para mi tampoco”, respondio Sancho,
“porque mas de quatrocientos moros me han
aporreado a mi de manera, que el molimiento
de las estacas fue tortas y pan pintado. Pero
digame, señor, ¿cómo llama a esta buena y
rara auentura, auiendo quedado della qual
quedamos? Aun vuestra merced, menos mal, pues
tuuo en sus manos aquella incomparable
fermosura que ha dicho. Pero yo ¿qué tuue, sino
los mayores porrazos que pienso recebir en
toda mi vida? ¡Desdichado de mi y de la madre
que me pario, que ni soy cauallero andante, ni
lo pienso ser jamas, y de todas las
malandanças me cabe la mayor parte!”
  “Luego ¿tambien estás tu aporreado?”,
respondio don Quixote.
  “¿No le he dicho que si, pesia a mi
linage?”, dixo Sancho.
  “No tengas pena, amigo”, dixo don Quixote;
“que yo hare agora el balsamo precioso
con que sanaremos en vn abrir y cerrar
de ojos.”
  Acabó en esto de encender el candil el
quadrillero, y entró a ver el que pensaua que era
muerto, y assi como le vio entrar Sancho,
viendole venir en camisa y con su paño de cabeça
y candil en la mano, y con vna muy mala cara,
preguntó a su amo:
  “Señor, ¿si sera este a dicha el moro encantado
que nos buelue a castigar, si se dexó algo
en el tintero?”
  “No puede ser el moro”, respondio don
Quixote, “porque los encantados no se dexan ver
de nadie.”
  “Si no se dexan ver, dexanse sentir”, dixo
Sancho; “si no, diganlo mis espaldas.”
  “Tambien lo podrian dezir las mias”, respondio
don Quixote; “pero no es bastante indicio
esse para creer que este que se vee sea el
encantado moro.”
  Llegó el quadrillero, y como los halló
hablando en tan sossegada conuersacion, quedó
suspenso. Bien es verdad que aun don Quixote se
estaua boca arriba, sin poderse menear de puro
molido y emplastado. Llegose a el el
quadrillero y dixole:
  “Pues ¿cómo va, buen hombre?”
  “Hablara yo mas bien criado”, respondio don
Quixote, “si fuera que vos. ¿Vsase en esta
tierra hablar dessa suerte a los caualleros
andantes, majadero?”
  El quadrillero, que se vio tratar tan mal de vn
hombre de tan mal parecer, no lo pudo sufrir, y,
alçando el candil con todo su azeyte, dio a don
Quixote con el en la cabeça, de suerte que le
dexó muy bien descalabrado; y como todo quedó
ascuras, saliose luego, y Sancho Pança
dixo:
  “Sin duda, señor, que este es el moro
encantado, y deue de guardar el tesoro para otros,
y para nosotros solo guarda las puñadas y los
candilazos.”
  “Assi es”, respondio don Quixote, “y no ay
que hazer caso destas cosas de encantamentos,
ni ay para qué tomar colera ni enojo con ellas;
que, como son inuisibles y fantasticas, no
hallaremos de quien vengarnos, aunque mas lo
procuremos. Leuantate, Sancho, si puedes, y llama
al alcayde desta fortaleza, y procura que se me
de vn poco de azeyte, vino, sal y romero para
hazer el salutifero balsamo; que en verdad que
creo que lo he bien menester aora, porque se
me va mucha sangre de la herida que esta
fantasma me ha dado.”
  Leuantose Sancho con harto dolor de sus
huessos, y fue ascuras donde estaua el ventero,
y, encontrandose con el quadrillero, que estaua
escuchando en que paraua su enemigo, le dixo:
  “Señor, quien quiera que seays, hazednos
merced y beneficio de darnos vn poco de romero,
azeyte, sal y vino, que es menester para
curar vno de los mejores caualleros andantes
que ay en la tierra, el qual yaze en aquella
cama mal ferido por las manos del encantado
moro que está en esta venta.”
  Quando el quadrillero tal oyo, tuuole por
hombre falto de seso. Y porque ya començaua
a amanecer, abrio la puerta de la venta, y,
llamando al ventero, le dixo lo que aquel buen
hombre queria. El ventero le proueyo de
quanto quiso, y Sancho se lo lleuó a don
Quixote, que estaua con las manos en la cabeça,
quexandose del dolor del candilazo, que no le
auia hecho mas mal que leuantarle dos chichones
algo crecidos, y lo que el pensaua que
era sangre no era sino sudor que sudaua con
la congoxa de la passada tormenta.
  En resolucion, el tomó sus simples, de los
quales hizo vn compuesto, mezclandolos todos
y coziendolos vn buen espacio, hasta que le
parecio que estauan en su punto. Pidio
luego alguna redoma para echallo, y como no la
vuo en la venta, se resoluio de ponello en vna
alcuza o azeytera de hoja de lata, de quien el
ventero le hizo grata donacion. Y luego dixo
sobre la alcuza mas de ochenta paternostres
y otras tantas auemarias, salues y credos, y a
cada palabra acompañaua vna cruz a modo de
bendicion; a todo lo qual se hallaron presentes
Sancho, el ventero y quadrillero, que ya el
harriero sossegadamente andaua entendiendo en
el beneficio de sus machos.
  Hecho esto, quiso el mesmo hazer luego la
esperiencia de la virtud de aquel precioso
balsamo que el se ymaginaua, y, assi, se beuio de
lo que no pudo caber en la alcuza y quedaua
en la olla donde se auia cozido, casi media
azumbre; y apenas lo acabó de beuer, quando
començo a vomitar de manera, que no le quedó
cosa en el estomago, y con las ansias y
agitacion del vomito le dio vn sudor copiosissimo,
por lo qual mandó que le arropassen y le
dexassen solo. Hizieronlo ansi, y quedose
dormido mas de tres horas, al cabo de las
quales desperto y se sintio aliuiadissimo del
cuerpo, y en tal manera mejor de su quebrantamiento,
que se tuuo por sano. Y verdaderamente
creyo que auia acertado con el balsamo
de Fierabras, y que con aquel remedio podia
acometer desde alli adelante, sin temor alguno,
qualesquiera ruynas, batallas y pendencias, por
peligrosas que fuessen.
  Sancho Pança, que tambien tuuo a milagro
la mejoria de su amo, le rogo que le diesse a
el lo que quedaua en la olla, que no era poca
cantidad. Concedioselo don Quixote, y el,
tomandola a dos manos, con buena fe y mejor
talante, se la echó a pechos y enuasó bien
poco menos que su amo. Es, pues, el caso que
el estomago del pobre Sancho no deuia de ser
tan delicado como el de su amo, y, assi,
primero que vomitasse le dieron tantas ansias y
vascas, con tantos trasudores y desmayos, que el
penso bien y verdaderamente que era llegada
su vltima hora; y viendose tan afligido y
congoxado, maldezia el balsamo y al ladron que
se lo auia dado.
  Viendole assi don Quixote, le dixo:
  “Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene
de no ser armado cauallero; porque tengo para
mi que este licor no deue de aprouechar a los
que no lo son.”
  “Si esso sabia vuestra merced”, replicó
Sancho, “¡mal aya yo y toda mi parentela!, ¿para
qué consintio que lo gustasse?”
  En esto hizo su operacion el breuage, y
començo el pobre escudero a dessaguarse por
entrambas canales, con tanta priessa, que la
estera de enea sobre quien se auia buelto a
echar, ni la manta de angeo con que se cubria,
fueron mas de prouecho. Sudaua y trasudaua
con tales parasismos y accidentes, que no
solamente el, sino todos pensaron que se le
acabaua la vida. Durole esta borrasca y mala
andança casi dos horas, al cabo de las quales no
quedó como su amo, sino tan molido y
quebrantado, que no se podia tener.
  Pero don Quixote, que, como se ha dicho,
se sintio aliuiado y sano, quiso partirse luego
a buscar auenturas, pareciendole que todo el
tiempo que alli se tardaua era quitarsele al
mundo y a los en el menesterosos de su fauor
y amparo, y mas con la seguridad y confiança
que lleuaua en su balsamo; y assi, forçado
deste desseo, el mismo ensilló a Rozinante y
enalbardó al jumento de su escudero, a quien
tambien ayudó a vestir y a subir en el asno.
Pusose luego a cauallo, y, llegandose a vn
rincon de la venta, asio de vn lançon que alli
estaua, para que le siruiesse de lança.
  Estauanle mirando todos quantos auia en la
venta, que passauan de mas de veynte personas;
mirauale tambien la hija del ventero, y el
tambien no quitaua los ojos della, y de quando
en quando arrojaua vn sospiro que parecia
que le arrancaua de lo profundo de sus
entrañas, y todos pensauan que deuia de ser del
dolor que sentia en las costillas; a lo menos
pensauanlo aquellos que la noche antes le
auian visto bizmar.
  Ya que estuuieron los dos a cauallo, puesto
a la puerta de la venta, llamó al ventero, y con
voz muy reposada y graue le dixo:
  “Muchas y muy grandes son las mercedes,
señor alcayde, que en este vuestro castillo he
recebido, y quedo obligadissimo a agradeceroslas
todos los dias de mi vida. Si os las puedo
pagar en hazeros vengado de algun soberuio
que os aya fecho algun agrauio, sabed que
mi oficio no es otro sino valer a los que poco
pueden, y vengar a los que reciben tuertos, y
castigar aleuosias. Recorred vuestra memoria,
y, si hallays alguna cosa deste jaez que
encomendarme, no ay sino dezilla, que yo os
prometo, por la orden de cauallero que recebi, de
fazeros satisfecho y pagado a toda vuestra
voluntad.”
  El ventero le respondio con el mesmo
sossiego:
  “Señor cauallero, yo no tengo necessidad de
que vuestra merced me vengue ningun agrauio,
porque yo se tomar la vengança que me
parece, quando se me hazen. Solo he menester
que vuestra merced me pague el gasto que
esta noche ha hecho en la venta, assi de la
paja y ceuada de sus dos bestias, como de la
cena y camas.”
  “Luego ¿venta es esta?”, replicó don
Quixote.
  “Y muy honrada”, respondio el ventero.
  “Engañado he viuido hasta aqui”, respondio
don Quixote; “que en verdad que pense que
era castillo, y no malo; pero, pues es ansi
que no es castillo, sino venta, lo que se podra
hazer por agora es que perdoneys por la
paga; que yo no puedo contrauenir a la orden
de los caualleros andantes, de los quales se
cierto, sin que hasta aora aya leydo cosa en
contrario, que jamas pagaron posada ni otra
cosa en venta donde estuuiessen, porque se
les deue de fuero y de derecho qualquier buen
acogimiento que se les hiziere, en pago del
insufrible trabajo que padecen buscando las
auenturas de noche y de dia, en inuierno y en
verano, a pie y a cauallo, con sed y con hambre,
con calor y con frio, sugetos a todas las
inclemencias del cielo y a todos los incomodos
de la tierra.”
  “Poco tengo yo que ver en esso”, respondio
el ventero; “pagueseme lo que se me deue, y
dexemonos de cuentos ni de cauallerias; que
yo no tengo cuenta con otra cosa que con
cobrar mi hazienda.”
  “Vos soys vn sandio y mal hostalero”,
respondio don Quixote.
  Y, poniendo piernas al Rozinante y
terciando su lançon, se salio de la venta sin que
nadie le detuuiesse, y el, sin mirar si le seguia
su escudero, se alongo vn buen trecho. El ventero
que le vio yr y que no le pagaua, acudio a
cobrar de Sancho Pança, el qual dixo que pues
su señor no auia querido pagar, que tampoco
el pagaria; porque siendo el escudero de
cauallero andante, como era, la mesma regla y
razon corria por el como por su amo en no
pagar cosa alguna en los mesones y ventas.
Amohinose mucho desto el ventero, y amenazole
que si no le pagaua, que lo cobraria de modo
que le pesasse. A lo qual Sancho respondio
que, por la ley de caualleria que su amo auia
recebido, no pagaria vn solo cornado, aunque
le costasse la vida, porque no auia de perder
por el la buena y antigua vsança de los
caualleros andantes, ni se auian de quexar del los
escuderos de los tales que estauan por venir
al mundo, reprochandole el quebrantamiento
de tan justo fuero.
  Quiso la mala suerte del desdichado Sancho
que, entre la gente que estaua en la venta, se
hallassen quatro perayles de Segouia, tres
agujeros del Potro de Cordoua y dos vezinos de
la Heria de Seuilla, gente alegre, bien
intencionada, maleante y juguetona; los quales, casi
como instigados y mouidos de vn mesmo
espiritu, se llegaron a Sancho, y, apeandole del
asno, vno dellos entró por la manta de la cama
del huesped, y, echandole en ella, alçaron los
ojos y vieron que el techo era algo mas baxo
de lo que auian menester para su obra, y
determinaron salirse al corral, que tenia por limite
el cielo. Y alli, puesto Sancho en mitad de la
manta, començaron a leuantarle en alto y a
holgarse con el, como con perro por
carnestolendas.
  Las vozes que el misero manteado daua fueron
tantas, que llegaron a los oydos de su amo,
el qual [deteniendose] a escuchar
atentamente, creyo que alguna nueua auentura le
venia, hasta que claramente conocio que el que
gritaua era su escudero; y, boluiendo las
riendas, con vn penado galope llegó a la venta, y,
hallandola cerrada, la rodeó por ver si hallaua
por donde entrar. Pero no vuo llegado a las
paredes del corral, que no eran muy altas,
quando vio el mal juego que se le hazia a su
escudero. Viole baxar y subir por el ayre, con
tanta gracia y presteza, que, si la colera le
dexara, tengo para mi que se riera. Prouo a subir
desde el cauallo a las bardas, pero estaua tan
molido y quebrantado, que aun apearse no
pudo, y, assi, desde encima del cauallo, començo
a dezir tantos denuestos y baldones a los
que a Sancho manteauan, que no es possible
acertar a escriuillos; mas no por esto cessauan
ellos de su risa y de su obra, ni el bolador
Sancho dexaua sus quexas, mezcladas ya con
amenazas, ya con ruegos; mas todo aprouechaua
poco, ni aprouechó, hasta que de puro cansados
le dexaron. Truxeronle alli su asno, y,
subiendole encima, le arroparon con su gauan.
Y la compassiua de Maritornes, viendole tan
fatigado, le parecio ser bien socorrelle con vn
jarro de agua, y, assi, se le truxo del pozo, por
ser mas frio; tomole Sancho, y lleuandole a
la boca, se paró a las vozes que su amo le
daua, diziendo:
  “¡Hijo Sancho, no beuas agua! ¡Hijo, no la
beuas, que te matará! Ves aqui tengo el
santissimo balsamo” --y enseñauale la alcuza del
breuage--, “que con dos gotas que del beuas
sanarás sin duda.”
  A estas vozes boluio Sancho los ojos como
de traues, y dixo con otras mayores:
  “Por dicha ¿hasele oluidado a vuestra
merced como yo no soy cauallero, o quiere que
acabe de vomitar las entrañas que me quedaron
de anoche? ¡Guardese su licor con todos los
diablos, y dexeme a mi!”
  Y el acabar de dezir esto y el començar a
beuer, todo fue vno; mas como al primer trago
vio que era agua, no quiso passar adelante, y
rogo a Maritornes que se le truxesse de vino,
y assi lo hizo ella de muy buena voluntad, y
lo pagó de su mesmo dinero, porque, en
efecto, se dize della que, aunque estaua en
aquel trato, tenia vnas sombras y lexos de
christiana.
  Assi como beuio Sancho dio de los carcaños
a su asno, y, abriendole la puerta de la
venta de par en par, se salio della, muy
contento de no auer pagado nada y de auer salido
con su intencion, aunque auia sido a costa de
sus acostumbrados fiadores, que eran sus
espaldas. Verdad es que el ventero se quedó con
sus alforjas en pago de lo que se le deuia; mas
Sancho no las echó menos, segun salio turbado.
Quiso el ventero atrancar bien la puerta
assi como le vio fuera; mas no lo consintieron
los manteadores, que era gente que, aunque
don Quixote fuera verdaderamente de los
caualleros andantes de la Tabla Redonda, no le
estimaran en dos ardites.

                Capitulo XVIII

Donde se cuentan las razones que passo
  Sancho Pança con su señor don Quixote, con
  otras auenturas dignas de ser contadas.

  Llegó Sancho a su amo marchito y desmayado,
tanto, que no podia harrear a su jumento.
Quando assi le vio don Quixote, le dixo:
  “Aora acabo de creer, Sancho bueno, que
aquel castillo o venta, de que es encantado
sin duda, porque aquellos que tan atrozmente
tomaron passatiempo contigo, ¿qué podian ser
sino fantasmas y gente del otro mundo? Y
confirmo esto por auer visto que quando estaua
por las bardas del corral mirando los actos
de tu triste tragedia, no me fue possible subir
por ellas, ni menos pude apearme de Rozinante,
porque me deuian de tener encantado; que
te juro por la fe de quien soy que, si pudiera
subir o apearme, que yo te hiziera vengado
de manera que aquellos follones y malandrines
se acordaran de la burla para siempre,
aunque en ello supiera contrauenir a las leyes
de la caualleria, que, como ya muchas vezes
te he dicho, no consienten que cauallero ponga
mano contra quien no lo sea, si no fuere en
defensa de su propria vida y persona, en caso
de vrgente y gran necessidad.”
  “Tambien me vengara yo si pudiera, fuera o
no fuera armado cauallero, pero no pude;
aunque tengo para mi que aquellos que se
holgaron conmigo no eran fantasmas ni hombres
encantados, como vuestra merced dize, sino
hombres de carne y de huesso como nosotros;
y todos, segun los oy nombrar quando me
bolteauan, tenian sus nombres: que el vno se
llamaua Pedro Martinez, y el otro Tenorio
Hernandez, y el ventero oy que se llamaua Iuan
Palomeque el Zurdo. Assi que, señor, el no poder
saltar las bardas del corral ni apearse del
cauallo, en al estuuo que en encantamentos.
Y lo que yo saco en limpio de todo esto es,
que estas auenturas que andamos buscando,
al cabo al cabo, nos han de traer a tantas
desuenturas, que no sepamos quál es nuestro
pie derecho. Y lo que seria mejor y mas
acertado, segun mi poco entendimiento, fuera el
boluernos a nuestro lugar, aora que es tiempo
de la siega y de entender en la hazienda,
dexandonos de andar de Ceca en Meca y de zoca
en colodra, como dizen.”
  “¡Qué poco sabes, Sancho”, respondio don
Quixote, “de achaque de caualleria! Calla y ten
paciencia; que [dia] vendra donde veas, por
vista de ojos, quán honrosa cosa es andar en
este exercicio. Si no, dime, ¿qué mayor contento
puede auer en el mundo, o qué gusto puede
ygualarse al de vencer vna batalla y al de
triunfar de su enemigo? Ninguno, sin duda
alguna.”
  “Assi deue de ser”, respondio Sancho,
“puesto que yo no lo se. Solo se que despues
que somos caualleros andantes, o vuestra
merced lo es --que yo no ay para qué me cuente
en tan honroso numero--, jamas hemos vencido
batalla alguna, si no fue la del vizcayno, y
aun de aquella salio vuestra merced con media
oreja y media zelada menos; que despues aca
todo ha sido palos y mas palos, puñadas y mas
puñadas, lleuando yo de ventaja el manteamiento,
y auerme sucedido por personas encantadas,
de quien no puedo vengarme, para saber
hasta donde llega el gusto del vencimiento del
enemigo, como vuestra merced dize.”
  “Essa es la pena que yo tengo y la que tu
deues tener, Sancho”, respondio don Quixote;
“pero de aqui adelante yo procuraré auer a las
manos alguna espada hecha por tal maestria,
que al que la truxere consigo no le puedan
hazer ningun genero de encantamentos. Y aun
podria ser que me deparasse la ventura aquella
de Amadis, quando se llamaua el Cauallero
de la Ardiente Espada, que fue vna de las
mejores espadas que tuuo cauallero en el mundo,
porque, fuera que tenia la virtud dicha, cortaua
como vna nauaja, y no auia armadura, por fuerte
y encantada que fuesse, que se le parasse
delante.”
  “Yo soy tan venturoso”, dixo Sancho, “que
quando esso fuesse y vuestra merced viniesse
a hallar espada semejante, solo vendria a
seruir y aprouechar a los armados caualleros,
como el balsamo; y a los escuderos... que se
los papen duelos.”
  “No temas esso, Sancho”, dixo don Quixote,
“que mejor lo hara el cielo contigo.”
  En estos coloquios yuan don Quixote y su
escudero, quando vio don Quixote que por el
camino que yuan venia hazia ellos vna grande
y espessa poluareda, y, en viendola, se
boluio a Sancho y le dixo:
  “Este es el dia, ¡o, Sancho!, en el qual se ha
de ver el bien que me tiene guardado mi
suerte. Este es el dia, digo, en que se ha de
mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de
mi braço, y en el que tengo de hazer obras que
queden escritas en el libro de la fama por todos
los venideros siglos. ¿Ves aquella poluareda
que alli se leuanta, Sancho? Pues toda es
quaxada de vn copiosissimo exercito que de
diuersas e innumerables gentes por alli viene
marchando.”
  “A essa cuenta, dos deuen de ser”, dixo
Sancho, “porque desta parte contraria se leuanta
assi mesmo otra semejante poluareda.”
  Boluio a mirarlo don Quixote, y vio que assi
era la verdad, y, alegrandose sobremanera,
penso sin duda alguna que eran dos exercitos
que venian a enuestirse y a encontrarse en
mitad de aquella espaciosa llanura; porque
tenia a todas horas y momentos llena la fantasia
de aquellas batallas, encantamentos, sucessos,
desatinos, amores, desafios, que en los libros
de cauallerias se cuentan, y todo quanto
hablaua, pensaua o hazia, era encaminado a
cosas semejantes; y la poluareda que auia visto
la leuantauan dos grandes manadas de ouejas
y carneros que, por aquel mesmo camino, de
dos diferentes partes venian, las quales, con el
poluo, no se echaron de ver hasta que llegaron
cerca. Y con tanto ahinco afirmaua don Quixote
que eran exercitos, que Sancho lo vino a
creer y a dezirle:
  “Señor, pues ¿qué hemos de hazer
nosotros?”
  “¿Qué?”, dixo don Quixote; “fauorecer y
ayudar a los menesterosos y desualidos. Y has de
saber, Sancho, que este que viene por nuestra
frente le conduze y guia el grande emperador
Alifanfaron, señor de la grande ysla
Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha
es el de su enemigo el rey de los garamantas,
Pentapolen del Arremangado Braço, porque
siempre entra en las batallas con el braço
derecho desnudo.”
  “Pues ¿por qué se quieren tan mal estos dos
señores?”, preguntó Sancho.
  “Quierense mal”, respondio don Quixote,
“porque este Alefanfaron es vn foribundo
pagano, y está enamorado de la hija de Pentapolin,
que es vna muy fermosa y ademas agraciada
señora, y es christiana, y su padre no se
la quiere entregar al rey pagano, si no dexa
primero la ley de su falso profeta Mahoma y
se buelue a la suya.”
  “¡Para mis barbas”, dixo Sancho, “si no haze
muy bien Pentapolin, y que le tengo de
ayudar en quanto pudiere!”
  “En esso haras lo que deues, Sancho”, dixo
don Quixote, “porque para entrar en batallas
semejantes no se requiere ser armado
cauallero.”
  “Bien se me alcança esso”, respondio
Sancho. “Pero, ¿dónde pondremos a este asno,
que estemos ciertos de hallarle despues de
passada la refriega?; porque el entrar en ella
en semejante caualleria no creo que está en
vso hasta agora.”
  “Assi es verdad”, dixo don Quixote; “lo que
puedes hazer del es dexarle a sus auenturas,
ora se pierda o no, porque seran tantos los
cauallos que tendremos despues que salgamos
vencedores, que aun corre peligro Rozinante
no le trueque por otro. Pero estame atento y
mira, que te quiero dar cuenta de los caualleros
mas principales que en estos dos exercitos
vienen. Y para que mejor los veas y notes,
retiremonos a aquel altillo que alli se haze, de
donde se deuen de descubrir los dos exercitos.”
  Hizieronlo ansi, y pusieronse sobre vna
loma, desde la qual se vieran bien las dos
manadas que a don Quixote se le hizieron exercito[s],
si las nuues del poluo que leuantauan
no les turbara y cegara la vista; pero, con todo
esto, viendo en su ymaginacion lo que no veya
ni auia, con voz leuantada començo a dezir:
  “Aquel cauallero que alli ves de las armas
jaldes, que trae en el escudo vn leon coronado,
rendido a los pies de vna donzella, es el
valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata;
el otro de las armas de las flores de oro,
que trae en el escudo tres coronas de plata en
campo azul, es el temido Micocolembo, gran
duque de Quirocia; el otro de los miembros
giganteos, que está a su derecha mano, es el
nunca medroso Brandabarbaran de Boliche,
señor de las tres Arabias, que viene armado
de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo
vna puerta, que, segun es fama, es vna de
las del templo que derribó Sanson, quando con
su muerte se vengó de sus enemigos.
  ”Pero buelue los ojos a estotra parte, y veras
delante y en la frente destotro exercito al
siempre vencedor y jamas vencido Timonel de
Carcajona, principe de la Nueua Vizcaya, que viene
armado con las armas partidas a quarteles,
azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el
escudo vn gato de oro en campo leonado, con
vna letra que dize: «Miau», que es el principio
del nombre de su dama, que, segun se dize,
es la simpar Miulina, hija del duque
Alfeñiquen del Algarue; el otro, que carga y oprime
los lomos de aquella poderosa alfana, que trae
las armas como nieue blancas, y el escudo blanco
y sin empresa alguna, es vn cauallero nouel,
de nacion frances, llamado Pierres Papin,
señor de las baronias de Vtrique; el otro, que
bate las hijadas con los herrados carcaños
a aquella pintada y ligera cebra, y trae las
armas de los veros azules, es el poderoso duque
de Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae
por empresa en el escudo vna esparraguera,
con vna letra en castellano que dize assi:
«Rastrea mi suerte».”
  Y desta manera fue nombrando muchos
caualleros del vno y del otro esquadron, que el
se ymaginaua, y a todos les dio sus armas,
colores, empresas y motes de improuiso, lleuado
de la ymaginacion de su nunca vista locura,
y, sin parar, prosiguio diziendo:
  “A este esquadron frontero forman y hazen
gentes de diuersas naciones: aqui estan los que
beuian las dulces aguas del famoso Xanto;
los montuosos que pisan los masilicos campos;
los que [des]cubren el finissimo y menudo
oro en la felize Arabia; los que gozan las
famosas y frescas riberas del claro Termodonte;
los que sangran por muchas y diuersas
vias al dorado Pactolo; los numidas, dudosos
en sus promessas; los persas [en] arcos y
flechas famosos; [los] partos, los medos, que
pelean huyendo; los arabes, de mudables casas;
los citas, tan crueles como blancos; los
etiopes, de horadados labios, y otras infinitas
naciones, cuyos rostros conozco y veo, aunque de los
nombres no me acuerdo. En estotro esquadron
vienen los que beuen las corrientes cristalinas
del oliuifero Betis; los que tersan y pulen sus
rostros con el licor del siempre rico y dorado
Tajo; los que gozan las prouechosas aguas del
diuino Genil; los que pisan los tartesios
campos, de pastos abundantes; los que se alegran
en los eliseos xerezanos prados; los manchegos,
ricos y coronados de rubias espigas; los de
hierro vestidos, reliquias antiguas de la sangre
goda; los que en Pisuerga se bañan, famoso
por la mansedumbre de su corriente; los que su
ganado apacientan en las estendidas dehesas
del tortuoso Guadiana, celebrado por su
escondido curso; los que tiemblan con el frio del
siluoso Pirineo y con los blancos copos del
leuantado Apenino. Finalmente, quantos toda la
Europa en si contiene y encierra.”
  ¡Valame Dios, y quántas prouincias dixo,
quantas naciones nombró, dandole a cada vna
con marauillosa presteza los atributos que le
pertenecian, todo absorto y empapado en lo
que auia leydo en sus libros mentirosos!
  Estaua Sancho Pança colgado de sus palabras,
sin hablar ninguna, y de quando en quando
boluia la cabeça a ver si veya los caualleros
y gigantes que su amo nombraua; y como no
descubria a ninguno, le dixo:
  “Señor, encomiendo al diablo hombre, ni
gigante, ni cauallero de quantos vuestra merced
dize parece por todo esto, a lo menos,
yo no los veo; quiça todo deue ser
encantamento, como las fantasmas de anoche.”
  “¿Cómo dizes esso?”, respondio don Quixote.
“¿No oyes el relinchar de los cauallos, el tocar
de los clarines, el ruydo de los atambores?”
  “No oygo otra cosa”, respondio Sancho, “sino
muchos balidos de ouejas y carneros.”
  Y assi era la verdad, porque ya llegauan
cerca los dos rebaños.
  “El miedo que tienes”, dixo don Quixote, “te
haze, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas.
Porque vno de los efectos del miedo es
turbar los sentidos y hazer que las cosas no
parezcan lo que son; y, si es que tanto temes,
retirate a vna parte y dexame solo; que solo
basto a dar la victoria a la parte a quien yo
diere mi ayuda.”
  Y, diziendo esto, puso las espuelas a
Rozinante, y puesta la lança en el ristre, baxó de
la costezuela como vn rayo.
  Diole vozes Sancho, diziendole:
  “¡Bueluase vuestra merced, señor don Quixote,
que boto a Dios que son carneros y ouejas
las que va a enuestir! ¡Bueluase, desdichado
del padre que me engendró! ¿Qué locura es
esta? ¡Mire que no ay gigante ni cauallero
alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos
ni enteros, ni veros azules ni endiablados! ¿Qué
es lo que haze?, ¡pecador soy yo a Dios!”
  Ni por essas boluio don Quixote; antes, en
altas vozes, yua diziendo:
  “¡Ea, caualleros, los que seguis y militays
debaxo de las vanderas del valeroso Emperador
Pentapolin del Arremangado Braço, seguidme
todos; vereys quán facilmente le doy
vengança de su enemigo Alefanfaron de
la Trapobana!”
  Esto diziendo, se entró por medio del
esquadron de las ouejas, y començo de alanceallas
con tanto corage y denuedo, como si de veras
alanceara a sus mortales enemigos. Los
pastores y ganaderos que con la manada venian
dauanle vozes que no hiziesse aquello; pero,
viendo que no aprouechauan, desciñeronse las
hondas y començaron a saludalle los oydos
con piedras como el puño. Don Quixote no se
curaua de las piedras; antes, discurriendo a
todas partes, [dezia]:
  “¿Adonde estás, soberuio Alifanfaron?
Vente a mi, ¡que vn cauallero solo soy que
dessea de solo a solo prouar tus fuerças y
quitarte la vida, en pena de la que das al valeroso
Pentapolin Garamanta!”
  Llegó en esto vna peladilla de arroyo, y,
dandole en vn lado, le sepultó dos costillas en
el cuerpo. Viendose tan maltrecho, creyo, sin
duda, que estaua muerto o mal ferido, y,
acordandose de su licor, sacó su alcuza y pusosela
a la boca, y començo a echar licor en el
estomago; mas antes que acabasse de enuasar lo
que a el le parecia que era bastante, llegó otra
almendra y diole en la mano y en el alcuza, tan
de lleno, que se la hizo pedaços, lleuandole de
camino tres o quatro dientes y muelas de la
boca, y machucandole malamente dos dedos
de la mano.
  Tal fue el golpe primero, y tal el segundo,
que le fue forçoso al pobre cauallero dar
consigo del cauallo abaxo. Llegaronse a el los
pastores y creyeron que le auian muerto. Y, assi,
con mucha priessa, recogieron su ganado, y
cargaron de las reses muertas, que passauan
de siete, y sin aueriguar otra cosa, se fueron.
  Estauase todo este tiempo Sancho sobre la
cuesta, mirando las locuras que su amo hazia,
y arrancauase las barbas, maldiziendo la hora
y el punto en que la fortuna se le auia dado a
conocer. Viendole, pues, caydo en el suelo, y
que ya los pastores se auian ydo, baxó de la
cuesta y llegose a el, y hallole de muy mal arte,
aunque no auia perdido el sentido, y dixole:
  “¿No le dezia yo, señor don Quixote, que se
boluiesse, que los que yua a acometer no eran
exercitos, sino manadas de carneros?”
  “Como esso puede desparecer y
contrahazer aquel ladron del sabio mi enemigo.
Sabete, Sancho, que es muy facil cosa a los tales
hazernos parecer lo que quieren, y este maligno
que me persigue, embidioso de la gloria
que vio que yo auia de alcançar desta batalla,
ha buelto los esquadrones de enemigos en
manadas de ouejas. Si no, haz vna cosa, Sancho,
por mi vida, porque te desengañes y veas ser
verdad lo que te digo: sube en tu asno y
siguelos bonitamente, y veras como, en alexandose
de aqui algun poco, se bueluen en su ser
primero, y, dexando de ser carneros, son hombres
hechos y derechos como yo te los pinté primero...
Pero no vayas agora, que he menester
tu fabor y ayuda; llegate a mi y mira quántas
muelas y dientes me faltan, que me parece
que no me ha quedado ninguno en la boca.”
  Llegose Sancho tan cerca, que casi le metia
los ojos en la boca, y fue a tiempo que ya auia
obrado el balsamo en el estomago de don
Quixote, y al tiempo que Sancho llegó a mirarle
la boca, arrojó de si, mas rezio que vna
escopeta, quanto dentro tenia, y dio con todo ello
en las barbas del compassiuo escudero.
  “¡Santa Maria!”, dixo Sancho, “y ¿qué es esto
que me ha sucedido? Sin duda este pecador
está herido de muerte, pues vomita sangre por
la boca.”
  Pero reparando vn poco mas en ello, echó
de ver en la color, sabor y olor, que no era
sangre, sino el balsamo de la alcuza, que el le
auia visto beuer; y fue tanto el asco que tomó,
que, reboluiendosele el estomago, vomitó las
tripas sobre su mismo señor, y quedaron
entrambos como de perlas. Acudio Sancho a su
asno para sacar de las alforjas con que
limpiarse y con que curar a su amo, y como no
las halló, estuuo a punto de perder el juyzio.
Maldixose de nueuo y propuso en su coraçon
de dexar a su amo y boluerse a su tierra,
aunque perdiesse el salario de lo seruido y las
esperanças del gouierno de la prometida insula.
  Leuantose en esto don Quixote, y, puesta la
mano yzquierda en la boca, porque no se le
acabassen de salir los dientes, asio con la otra
las riendas de Rozinante, que nunca se auia
mouido de junto a su amo, tal era de leal y
bien acondicionado, y fue(s)se a donde su
escudero estaua, de pechos sobre su asno, con la
mano en la mexilla, en guisa de hombre
pensatiuo ademas. Y, viendole don Quixote de
aquella manera, con muestras de tanta
tristeza, le dixo:
  “Sabete, Sancho, que no es vn hombre mas
que otro, si no haze mas que otro. Todas estas
borrascas que nos suceden son señales de que
presto ha de serenar el tiempo y han de
sucedernos bien las cosas, porque no es possible
que el mal ni el bien sean durables, y de aqui
se sigue que, auiendo durado mucho el mal, el
bien está ya cerca. Assi que no deues congojarte
por las desgracias que a mi me suceden,
pues a ti no te cabe parte dellas.”
  “¿Cómo no?”, respondio Sancho. “Por ventura
el que ayer mantearon, ¿era otro que el
hijo de mi padre? Y las alforjas que oy me
faltan, con todas mis alhajas, ¿son de otro que
del mismo?”
  “¿Que te faltan las alforjas, Sancho?”, dixo
don Quixote.
  “Si que me faltan”, respondio Sancho.
  “Desse modo, no tenemos qué comer oy”,
replicó don Quixote.
  “Esso fuera”, respondio Sancho, “quando
faltaran por estos prados las yeruas que
vuestra merced dize que conoce, con que suelen
suplir semejantes faltas los tan mal auenturados
andantes caualleros como vuestra merced
es.”
  “Con todo esso”, respondio don Quixote,
“tomara yo aora mas ayna vn quartal de pan,
o vna hogaza, y dos cabeças de sardinas arenques,
que quantas yeruas descriue Dioscorides,
aunque fuera el ilustrado por el doctor
Laguna. Mas, con todo esto, sube en tu
jumento, Sancho el bueno, y vente tras mi; que
Dios, que es proueedor de todas las cosas,
no nos ha de faltar, y mas, andando tan en su
seruicio como andamos, pues no falta a los
mosquitos del ayre, ni a los gusanillos de la
tierra, ni a los renaquajos del agua. Y es tan
piadoso, que haze salir su sol sobre los
buenos y los malos, y llueue sobre los injustos
y justos.”
  “Mas bueno era vuestra merced”, dixo
Sancho, “para predicador que para cauallero
andante.”
  “De todo sabian y han de saber los
caualleros andantes, Sancho”, dixo don Quixote,
“porque cauallero andante vuo en los passados
siglos, que assi se paraua a hazer vn sermon
o platica en mitad de vn campo real, como si
fuera graduado por la vniuersidad de Paris; de
donde se infiere que nunca la lança embotó
la pluma, ni la pluma la lança.”
  “Aora bien, sea assi como vuestra merced
dize”, respondio Sancho. “Vamos aora de
aqui, y procuremos dónde aloxar esta noche,
y quiera Dios que sea en parte donde no aya
mantas, ni manteadores, ni fantasmas, ni moros
encantados; que, si los ay, dare al diablo el
hato y el garauato.”
  “Pideselo tu a Dios, hijo”, dixo don Quixote,
“y guia tu por donde quisieres; que esta vez
quiero dexar a tu elecion el alojarnos. Pero
dame aca la mano, y atientame con el dedo, y
mira bien quántos dientes y muelas me faltan
deste lado derecho, de la quixada alta, que
alli siento el dolor.”
  Metio Sancho los dedos, y, estandole
tentando, le dixo:
  “¿Quántas muelas solia vuestra merced
tener en esta parte?”
  “Quatro”, respondio don Quixote, “fuera de
la cordal, todas enteras y muy sanas.”
  “Mire vuestra merced bien lo que dize,
señor”, respondio Sancho.
  “Digo quatro, si no eran cinco”, respondio
don Quixote, “porque en toda mi vida me han
sacado diente ni muela de la boca, ni se me
ha caydo, ni comido de neguijon ni de reuma
alguna.”
  “Pues en esta parte de abaxo”, dixo Sancho,
“no tiene vuestra merced mas de dos muelas
y media, y en la de arriba, ni media ni
ninguna, que toda está rasa como la palma de la
mano.”
  “¡Sin ventura yo!”, dixo don Quixote, oyendo
las tristes nueuas que su escudero le daua,
“que mas quisiera que me vuieran derribado vn
braço, como no fuera el de la espada; porque
te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas
es como molino sin piedra, y en mucho mas
se ha de estimar vn diente que vn diamante.
Mas a todo esto estamos sugetos los que
professamos la estrecha orden de la caualleria.
Sube, amigo, y guia, que yo te seguire al passo
que quisieres.”
  Hizolo assi Sancho y encaminose hazia donde
le parecio que podia hallar acogimiento, sin
salir del camino real que por alli yua muy
seguido. Yendose, pues, poco a poco, porque el
dolor de las quixadas de don Quixote no le
dexaua sossegar ni atender a darse priessa,
quiso Sancho entretenelle y diuertille
diziendole alguna cosa, y entre otras que le dixo,
fue lo que se dira en el siguiente capitulo.

                 Capitulo XIX

De las discretas razones que Sancho passaua
  con su amo, y de la auentura que le sucedio
  con vn cuerpo muerto, con otros
  acontecimientos famosos.

  “Pareceme, señor mio, que todas estas
desuenturas que estos dias nos han sucedido, sin
duda alguna, han sido pena del pecado cometido
por vuestra merced contra la orden de su
caualleria, no auiendo cumplido el juramento
que hizo de no comer pan a manteles ni con
la reyna folgar, con todo aquello que a esto se
sigue y vuestra merced juró de cumplir, hasta
quitar aquel almete de Malandrino, o como se
llama el moro, que no me acuerdo bien.”
  “Tienes mucha razon, Sancho”, dixo don
Quixote. “Mas, para dezirte verdad, ello se me
auia passado de la memoria; y tambien puedes
tener por cierto que por la culpa de no auermelo
tu acordado en tiempo, te sucedio aquello
de la manta; pero yo hare la enmienda, que
modos ay de composicion en la orden de la
caualleria para todo.”
  “Pues ¿juré yo algo, por dicha?”, respondio
Sancho.
  “No importa que no ayas jurado”, dixo don
Quixote; “basta que yo entiendo que de participantes
no estás muy seguro, y, por si o por no,
no sera malo proueernos de remedio.”
  “Pues si ello es assi”, dixo Sancho, “mire
vuestra merced no se le torne a oluidar esto,
como lo del juramento; quiça les boluera la
gana a las fantasmas de solazarse otra vez
conmigo, y aun con vuestra merced, si le ven tan
pertinaz.”
  En estas y otras platicas les tomó la noche en
mitad del camino, sin tener ni descubrir donde
aquella noche se recogiessen; y lo que no auia
de bueno en ello era que perecian de hambre,
que con la falta de las alforjas les faltó toda la
despensa y matalotaje. Y para acabar de confirmar
esta desgracia les sucedio vna auentura,
que, sin artificio alguno, verdaderamente lo
parecia. Y fue que la noche cerro con alguna
escuridad, pero con todo esto caminauan,
creyendo Sancho que, pues aquel camino era real,
a vna o dos leguas, de buena razon hallaria en
el alguna venta.
  Yendo, pues, desta manera, la noche escura,
el escudero hambriento y el amo con gana de
comer, vieron que por el mesmo camino que
yuan, venian hazia ellos gran multitud de lumbres,
que no parecian sino estrellas que se mouian.
Pasmose Sancho en viendolas, y don Quixote
no las tuuo todas consigo; tiró el vno del
cabestro a su asno, y el otro de las riendas a su
rozino, y estuuieron quedos mirando atentamente
lo que podia ser aquello, y vieron que
las lumbres se yuan acercando a ellos, y
mientras mas se llegauan mayores parecian. A cuya
vista Sancho començo a temblar como vn azogado,
y los cabellos de la cabeça se le erizaron
a don Quixote, el qual, animandose vn poco,
dixo:
  “Esta, sin duda, Sancho, deue de ser
grandissima y peligrosissima auentura, donde sera
necessario que yo muestre todo mi valor y
esfuerço.”
  “¡Desdichado de mi!”, respondio Sancho. “Si
acaso esta auentura fuesse de fantasmas, como
me lo va pareciendo, ¿adónde aura costillas que
la sufran?”
  “Por mas fantasmas que sean”, dixo don
Quixote, “no consentire yo que te toque en
el pelo de la ropa; que si la otra vez se burlaron
contigo, fue porque no pude yo saltar las
paredes del corral; pero aora estamos en campo
raso, donde podre yo como quisiere esgremir
mi espada.”
  “Y si le encantan y entomecen, como la otra
vez lo hizieron”, dixo Sancho, “¿qué
aprouechará estar en campo abierto o no?”
  “Con todo esso”, replicó don Quixote, “te
ruego, Sancho, que tengas buen animo; que la
experiencia te dara a entender el que yo tengo.”
  “Si tendre, si a Dios plaze”, respondio
Sancho.
  Y, apartandose los dos a vn lado del
camino, tornaron a mirar atentamente lo que
aquello de aquellas lumbres que caminauan
podia ser; y de alli a muy poco descubrieron
muchos encamisados, cuya temerosa vision de
todo punto remató el animo de Sancho Pança,
el qual començo a dar diente con diente, como
quien tiene frio de quartana; y crecio mas el
batir y dentellear quando distintamente vieron
lo que era, porque descubrieron hasta veynte
encamisados, todos a cauallo, con sus hachas
encendidas en las manos, detras de los quales
venia vna litera cubierta de luto, a la qual
seguian otros seys de a cauallo, enlutados hasta
los pies de las mulas; que bien vieron que no
eran cauallos en el sossiego con que caminauan.
Yuan los encamisados murmurando entre
si, con vna voz baxa y compassiua. Esta estraña
vision a tales horas y en tal despoblado,
bien bastaua para poner miedo en el coraçon
de Sancho, y aun en el de su amo; y assi
fuera en quanto a don Quixote, que ya Sancho
auia dado al traues con todo su esfuerço. Lo
contrario le auino a su amo, al qual en aquel
punto se le representó en su imaginacion, al
viuo, que aquella era vna de las auenturas de
sus libros. Figurosele que la litera eran andas
donde deuia de yr algun mal ferido o muerto
cauallero, cuya vengança a el solo estaua
reseruada, y, sin hazer otro discurso, enristró su
lançon, pusose bien en la silla, y, con gentil brio
y continente se puso en la mitad del camino
por donde los encamisados forçosamente auian
de passar, y quando los vio cerca, alçó la voz
y dixo:
  “Deteneos, caualleros, o quien quiera que
seays, y dadme cuenta de quién soys, de dónde
venis, adónde vays, qué es lo que en aquellas
andas lleuays; que, segun las muestras, o
vosotros aueys fecho, o vos han fecho, algun
desaguisado, y conuiene y es menester que yo
lo sepa, o bien para castigaros del mal que
fezistes, o bien para vengaros del tuerto que
vos fizieron.”
  “Vamos de priessa”, respondio vno de los
encamisados, “y está la venta lexos, y no nos
podemos detener a dar tanta cuenta como
pedis.”
  Y, picando la mula, passó adelante. Sintiose
desta respuesta grandemente don Quixote, y
trauando del freno dixo:
  “Deteneos y sed mas bien criado, y dadme
cuenta de lo que os he preguntado; si no,
conmigo soys todos en batalla.”
  Era la mula assombradiza, y al tomarla del
freno se espantó de manera, que, alçandose en
los pies, dio con su dueño por las hancas en
el suelo. Vn moço que yua a pie, viendo caer
al encamisado, començo a denostar a don
Quixote, el qual, ya encolerizado, sin esperar
mas, enristrando su lançon, arremetio a vno de
los enlutados y, mal ferido dio con el en tierra;
y reboluiendose por los demas, era cosa de ver
con la presteza que los acometia y desbarataua,
que no parecia sino que en aquel instante
le auian nacido alas a Rozinante, segun andaua
de ligero y orgulloso. Todos los encamisados
era gente medrosa y sin armas, y, assi, con
facilidad en vn momento dexaron la refriega y
començaron a correr por aquel campo con las
hachas encendidas, que no parecian sino a los
de las mascaras que en noche de regozijo y
fiesta corren. Los enlutados, assi mesmo
rebueltos y embueltos en sus faldamentos y lobas,
no se podian mouer; assi que, muy a su saluo,
don Quixote los apaleó a todos, y les hizo dexar
el sitio mal de su grado, porque todos pensaron
que aquel no era hombre, sino diablo del
infierno que les salia a quitar el cuerpo muerto
que en la litera lleuauan.
  Todo lo miraua Sancho, admirado del
ardimiento de su señor, y dezia entre si:
  “Sin duda este mi amo es tan valiente y
esforçado como el dize.”
  Estaua vna hacha ardiendo en el suelo junto
al primero que derribó la mula, a cuya luz
le pudo ver don Quixote, y, llegandose a el, le
puso la punta del lançon en el rostro, diziendole
que se rindiesse; si no, que le mataria. A lo
qual respondio el caydo:
  “Harto rendido estoy, pues no me puedo
mouer, que tengo vna pierna quebrada; suplico
a vuestra merced, si es cauallero christiano,
que no me mate, que cometera vn gran sacrilegio;
que soy licenciado y tengo las primeras
ordenes.”
  “Pues ¿quién diablos os ha traydo aqui”,
dixo don Quixote, “siendo hombre de iglesia?”
  “¿Quién, señor?”, replicó el caydo: “mi
desuentura.”
  “Pues otra mayor os amenaza”, dixo don
Quixote, “si no me satisfazeys a todo quanto
primero os pregunté.”
  “Con facilidad sera vuestra merced satisfecho”,
respondio el licenciado; “y assi, sabra
vuestra merced que, aunque denantes dixe que
yo era licenciado, no soy sino bachiller, y
llamome Alonso Lopez; soy natural de Alcouendas,
vengo de la ciudad de Baeça con otros
onze sacerdotes, que son los que huyeron con
las hachas; vamos a la ciudad de Segouia
acompañando vn cuerpo muerto, que va en
aquella litera, que es de vn cauallero que
murio en Baeça, donde fue depositado, y aora,
como digo, lleuauamos sus huessos a su
sepultura, que está en Segouia, de donde es
natural.”
  “Y ¿quién le mató?”, preguntó don Quixote.
  “Dios, por medio de vnas calenturas pestilentes
que le dieron”, respondio el bachiller.
  “Dessa suerte”, dixo don Quixote, “quitado
me ha nuestro Señor del trabaxo que auia de
tomar en vengar su muerte, si otro alguno le
huuiera muerto; pero auiendole muerto quien
le mató, no ay sino callar y encoger los
ombros, porque lo mesmo hiziera si a mi
mismo me matara; y quiero que sepa vuestra
reuerencia que yo soy vn cauallero de la
Mancha, llamado don Quixote, y es mi oficio y
exercicio andar por el mundo endereçando
tuertos y desfaziendo agrauios.”
  “No se como pueda ser esso de endereçar
tuertos”, dixo el bachiller, “pues a mi de
derecho me aueys buelto tuerto, dexandome vna
pierna quebrada, la qual no se vera derecha
en todos los dias de su vida; y el agrauio que
en mi aueys deshecho ha sido dexarme
agrauiado de manera, que me quedaré agrauiado
para siempre; y harta desuentura ha sido topar
con vos, que vays buscando auenturas.”
  “No todas las cosas”, respondio don Quixote,
“suceden de vn mismo modo; el daño estuuo,
señor bachiller Alonso Lopez, en venir,
como veniades, de noche, vestidos con aquellas
sobrepellizes, con las hachas encendidas,
rezando, cubiertos de luto, que propiamente
semejauades cosa mala y del otro mundo, y
assi, yo no pude dexar de cumplir con mi
obligacion acometiendoos, y os acometiera aunque
verdaderamente supiera que erades los mesmos
Satanases del infierno, que por tales
os juzgué y tuue siempre.”
  “Ya que assi lo ha querido mi suerte”, dixo
el bachiller, “suplico a vuestra merced, señor
cauallero andante --que tan mala andança me
ha dado--, me ayude a salir de debaxo desta
mula, que me tiene tomada vna pierna entre
el estribo y la silla.”
  “¡Hablara yo para mañana!”, dixo don
Quixote; “y ¿hasta quándo aguardauades a
dezirme vuestro afan?”
  Dio luego vozes a Sancho Pança que viniesse;
pero el no se curó de venir, porque andaua
ocupado desbalijando vna azemila de repuesto
que trahian aquellos buenos señores, bien
bastezida de cosas de comer. Hizo Sancho
costal de su gauan, y, recogiendo todo lo que
pudo y cupo en el talego, cargó su jumento, y
luego acudio a las vozes de su amo, y ayudó a
sacar al señor bachiller de la opression de la
mula; y, poniendole encima della, le dio la
hacha, y don Quixote le dixo que siguiesse la
derrota de sus compañeros, a quien de su
parte pidiesse perdon del agrauio; que no auia
sido en su mano dexar de auerle hecho.
  Dixole tambien Sancho:
  “Si acaso quisieren saber essos señores quién
ha sido el valeroso que tales los puso, dirales
vuestra merced que es el famoso don Quixote
de la Mancha, que por otro nombre se llama el
Cauallero de la Triste Figura.”
  Con esto se fue el bachiller, y don Quixote
preguntó a Sancho que qué le auia mouido a
llamarle el Cauallero de la Triste Figura, mas
entonces que nunca.
  “Yo se lo dire”, respondio Sancho: “porque
le he estado mirando vn rato a la luz de
aquella hacha que lleua aquel mal andante, y
verdaderamente tiene vuestra merced la mas mala
figura de poco aca que jamas he visto; y
deuelo de auer causado, o ya el cansancio deste
combate, o ya la falta de las muelas y dientes.”
  “No es esso”, respondio don Quixote, “sino
que el sabio a cuyo cargo deue de estar el
escriuir la historia de mis hazañas, le aura
parecido que sera bien que yo tome algun nombre
apelatiuo, como lo tomauan todos los caualleros
passados: qual se llamaua el de la Ardiente
Espada; qual, el del Vnicornio; aquel, [el]
de las Donzellas; aqueste, el del aue Fenix, el
otro, el Cauallero del Grifo; estotro, el de la
Muerte: y por estos nombres e insignias eran
conocidos por toda la redondez de la tierra. Y
assi, digo que el sabio ya dicho te aura puesto
en la lengua y en el pensamiento aora que me
llamasses el Cauallero de la Triste Figura, como
pienso llamarme desde oy en adelante; y para
que mejor me quadre tal nombre, determino
de hazer pintar, quando aya lugar, en mi
escudo vna muy triste figura.”
  “No ay para qué gastar tiempo y dineros
en hazer essa figura”, dixo Sancho, “sino lo
que se ha de hazer es que vuestra merced descubra
la suya y de rostro a los que le miraren,
que, sin mas ni mas, y sin otra imagen ni escudo,
le llamarán el de la Triste Figura; y creame
que le digo verdad, porque le prometo a vuestra
merced, señor, y esto sea dicho en burlas,
que le haze tan mala cara la hambre y la falta
de las muelas, que, como ya tengo dicho,
se podra muy bien escusar la triste pintura.”
  Riose don Quixote del donayre de Sancho;
pero, con todo, propuso de llamarse de aquel
nombre en pudiendo pintar su escudo, o rodela,
como auia imaginado.
  [En esto boluio el bachiller, y le dixo a don
Quixote]:
  “Oluidauaseme de dezir que aduierta vuestra
merced que queda descomulgado, por auer
puesto las manos violentamente en cosa sagrada:
Iuxta illud, si quis suadente diabolo, &.”
  “No entiendo esse latin”, respondio don
Quixote; “mas yo se bien que no puse las
manos, sino este lançon; quanto mas que yo no
pense que ofendia a sacerdotes, ni a cosas
de la Yglesia, a quien respeto y adoro como
catolico y fiel christiano que soy, sino a
fantasmas y a vestiglos del otro mundo; y quando
esso assi fuesse, en la memoria tengo lo que le
passó al Cid Ruy Diaz, quando quebró la silla
del embaxador de aquel rey delante de su
Santidad del Papa, por lo qual lo descomulgó,
y anduuo aquel dia el buen Rodrigo de Viuar
como muy honrado y valiente cauallero.”
  En oyendo esto el bachiller, se fue, como
queda dicho, sin replicarle palabra.
  Quisiera don Quixote mirar si el cuerpo que
venia en la litera eran huessos o no; pero no
lo consintio Sancho, diziendole:
  “Señor, vuestra merced ha acabado esta
peligrosa auentura lo mas a su saluo de todas
las que yo he visto; esta gente, aunque vencida
y desbaratada, podria ser que cayesse en la
cuenta de que los vencio sola vna persona, y,
corridos y auergonçados desto, boluiessen a
rehazerse y a buscarnos, y nos diessen en
qué entender. El jumento está como conuiene,
la montaña cerca, la hambre carga, no ay
que hazer sino retirarnos con gentil compas
de pies, y, como dizen, vaya(s)se el muerto a
la sepultura y el viuo a la hogaza.”
  Y, antecogiendo su asno, rogo a su señor que
le siguiesse, el qual, pareciendole que Sancho
tenia razon, sin boluerle a replicar le siguio. Y
a poco trecho que caminauan por entre dos
montañuelas, se hallaron en vn espacioso y
escondido valle, donde se apearon, y Sancho
aliuió el jumento, y tendidos sobre la verde
yerua, con la salsa de su hambre, almorçaron,
comieron, merendaron y cenaron a vn mesmo
punto, satisfaziendo sus estomagos con mas de
vna fiambrera que los señores clerigos del
difunto, que pocas vezes se dexan mal passar, en
la azemila de su repuesto trahian.
  Mas sucedioles otra desgracia, que Sancho
la tuuo por la peor de todas, y fue que no
tenian vino que beuer, ni aun agua que llegar a
la boca; y, acossados de la sed, dixo Sancho,
viendo que el prado donde estauan estaua
colmado de verde y menuda yerua, lo que se dira
en el siguiente capitulo.

                 Capitulo XX

De la jamas vista ni oyda auentura que con
  mas poco peligro fue acabada de famoso
  cauallero en el mundo, como la que acabó el
  valeroso don Quixote de la Mancha.

  “No es possible, señor mio, sino que estas
yeruas dan testimonio de que por aqui cerca
deue de estar alguna fuente o arroyo que
estas yeruas humedece, y, assi, sera bien que
vamos vn poco mas adelante; que ya toparemos
donde podamos mitigar esta terrible sed que
nos fatiga, que, sin duda, causa mayor pena
que la hambre.”
  Pareciole bien el consejo a don Quixote, y,
tomando de la rienda a Rozinante, y Sancho
del cabestro a su asno, despues de auer puesto
sobre el los relieues que de la cena quedaron,
començaron a caminar por el prado arriba a
tiento, porque la escuridad de la noche no les
dexaua ver cosa alguna; mas no huuieron
andado dozientos passos, quando llegó a sus
oydos vn grande ruydo de agua, como que de
algunos grandes y leuantados riscos se
despeñaua. Alegroles el ruydo en gran manera, y,
parandose a escuchar hazia que parte sonaua,
oyeron a deshora otro estruendo que les aguó
el contento del agua, especialmente a Sancho,
que naturalmente era medroso y de poco
animo. Digo que oyeron que dauan vnos golpes
a compas, con vn cierto cruxir de hierros y
cadenas, que, acompañados del furioso estruendo
del agua, que pusieran pauor a qualquier
otro coraçon que no fuera el de don Quixote.
  Era la noche, como se ha dicho, escura, y
ellos acertaron a entrar entre vnos arboles
altos, cuyas hojas, mouidas del blando viento,
hazian vn temeroso y manso ruydo; de manera
que la soledad, el sitio, la escuridad, el ruydo
del agua con el susurro de las hojas, todo
causaua horror y espanto; y mas quando vieron
que ni los golpes cessauan, ni el viento dormia,
ni la mañana llegaua, añadiendose a todo esto
el ignorar el lugar donde se hallauan. Pero don
Quixote, acompañado de su intrepido coraçon,
saltó sobre Rozinante, y, embraçando su rodela,
terció su lançon, y dixo:
  “Sancho amigo, has de saber que yo naci
por querer del cielo en esta nuestra edad de
hierro, para resucitar en ella la de oro, o la
dorada, como suele llamarse. Yo soy aquel
para quien estan guardados los peligros, las
grandes hazañas, los valerosos hechos. Yo soy,
digo otra vez, quien ha de resucitar los de la
Tabla Redonda, los Doze de Francia y los Nueue
de la Fama, y el que ha de poner en oluido
los Platires, los Tablantes, Oliuantes y Tirantes,
los Febos y Belianises, con toda la caterua
de los famosos caualleros andantes del passado
tiempo, haziendo en este en que me hallo
tales grandezas, estrañezas y fechos de armas,
que escurezcan las mas claras que ellos fizieron.
Bien notas, escudero fiel y legal, las tinieblas
desta noche, su estraño silencio, el sordo
y confuso estruendo destos arboles, el
temeroso ruydo de aquella agua en cuya busca
venimos, que parece que se despeña y der[r]umba
desde los altos montes de la Luna, y aquel
incessable golpear que nos hiere y lastima los
oydos, las quales cosas todas juntas, y cada vna
por si, son bastantes a infundir miedo, temor
y espanto en el pecho del mesmo Marte,
quanto mas en aquel que no está acostumbrado
a semejantes acontecimientos y auenturas.
Pues todo esto que yo te pinto, son incentiuos y
despertadores de mi animo, que ya haze que
el coraçon me rebiente en el pecho, con el
desseo que tiene de acometer esta auentura,
por mas dificultosa que se muestra. Assi que
aprieta vn poco las cinchas a Rozinante, y
quedate a Dios, y esperame aqui hasta tres dias
no mas, en los quales si no boluiere, puedes
tu boluerte a nuestra aldea, y desde alli, por
hazerme merced y buena obra, yras al Toboso,
donde diras a la incomparable señora mia
Dulzinea que su cautiuo cauallero murio por
acometer cosas que le hiziessen digno de
poder llamarse suyo.”
  Quando Sancho oyo las palabras de su amo,
començo a llorar con la mayor ternura del
mundo y a dezille:
  “Señor, yo no se porque quiere vuestra
merced acometer esta tan temerosa auentura;
aora es de noche, aqui no nos vee nadie, bien
podemos torcer el camino y desuiarnos del
peligro, aunque no beuamos en tres dias; y
pues no ay quien nos vea, menos aura quien
nos note de cobardes; quanto mas que yo he
oydo predicar al cura de nuestro lugar, que
vuestra merced bien conoce, que quien busca
el peligro, perece en el; assi que no es bien
tentar a Dios acometiendo tan desaforado hecho,
donde no se puede escapar sino por milagro,
y basta los que ha hecho el cielo con
vuestra merced en librarle de ser manteado,
como yo lo fuy, y en sacarle vencedor, libre y
saluo de entre tantos enemigos como
acompañauan al difunto. Y quando todo esto no
mueua ni ablande esse duro coraçon, mueuale
el pensar y creer que apenas se aura vuestra
merced apartado de aqui, quando yo, de miedo,
de mi anima a quien quisiere lleuarla. Yo sali
de mi tierra y dexé hijos y muger por venir a
seruir a vuestra merced, creyendo valer mas
y no menos; pero como la cudicia rompe el
saco, a mi me ha rasgado mis esperanças,
pues quando mas viuas las tenia de alcançar
aquella negra y malhadada insula que tantas
vezes vuestra merced me ha prometido, veo
que, en pago y trueco della, me quiere aora
dexar en vn lugar tan apartado del trato
humano. ¡Por vn solo Dios, señor mio, que no se
me faga tal desaguisado!; y ya que del todo no
quiera vuestra merced desistir de acometer
este fecho, dilatelo, a lo menos, hasta la
mañana, que, a lo que a mi me muestra la ciencia
que aprendi quando era pastor, no deue de
auer desde aqui al alua tres horas, porque la
boca de la bozina está encima de la cabeça, y
haze la media noche en la linea del braço
yzquierdo.”
  “¿Como puedes tu, Sancho”, dixo don
Quixote, “ver donde haze essa linea, ni donde
está essa boca o esse colodrillo que dizes, si
haze la noche tan escura, que no parece en
todo el cielo estrella alguna?”
  “Assi es”, dixo Sancho; “pero tiene el miedo
muchos ojos, y vee las cosas debaxo de tierra,
quanto mas encima en el cielo, puesto que,
por buen discurso, bien se puede entender que
ay poco de aqui al dia.”
  “Falte lo que faltare”, respondio don Quixote,
“que no se ha de dezir por mi aora, ni en
ningun tiempo, que lagrimas y ruegos me
apartaron de hazer lo que deuia a estilo de
cauallero; y, assi, te ruego, Sancho, que calles,
que Dios, que me ha puesto en coraçon de
acometer aora esta tan no vista y tan temerosa
auentura, tendra cuydado de mirar por mi salud
y de consolar tu tristeza. Lo que has de hazer es
apretar bien las cinchas a Rozinante y quedarte
aqui, que yo dare la buelta presto, o viuo o
muerto.”
  Viendo, pues, Sancho la vltima resolucion
de su amo, y quán poco valian con el sus
lagrimas, consejos y ruegos, determinó de
aprouecharse de su industria, y hazerle esperar
hasta el dia, si pudiesse; y assi, quando
apretaua las cinchas al cauallo, bonitamente y sin
ser sentido, ató con el cabestro de su asno
ambos pies a Rozinante, de manera que, quando
don Quixote se quiso partir, no pudo, porque
el cauallo no se podia mouer sino a saltos.
  Viendo Sancho Pança el buen sucesso de su
embuste, dixo:
  “Ea, señor, que el cielo, conmouido de mis
lagrimas y plegarias, ha ordenado que no se
pueda mouer Rozinante, y si vos quereys porfiar
y espolear y dalle, sera enojar a la fortuna,
y dar cozes, como dizen, contra el aguijon.”
  Desesperauase con esto don Quixote, y, por
mas que ponia las piernas al cauallo, menos le
podia mouer; y, sin caer en la cuenta de la
ligadura, tuuo por bien de sossegarse y
esperar, o a que amaneciesse, o a que Rozinante
se meneasse, creyendo, sin duda, que aquello
venia de otra parte que de la industria de
Sancho; y, assi, le dixo:
  “Pues assi es, Sancho, que Rozinante no
puede mouerse, yo soy contento de esperar a
que ria el alua, aunque yo llore lo que ella
tardare en venir.”
  “No ay que llorar”, respondio Sancho, “que
yo entretendre a vuestra merced contando
cuentos desde aqui al dia, si ya no es que se
quiere apear y echarse a dormir vn poco sobre
la verde yerua, a vso de caualleros andantes,
para hallarse mas descansado quando llegue
el dia y punto de acometer esta tan
desemejable auentura que le espera.”
  “¿A qué llamas apear, o a qué dormir?”, dixo
don Quixote. “¿Soy yo por ventura de aquellos
caualleros que toman reposo en los peligros?
Duerme tu, que naciste para dormir, o
haz lo que quisieres, que yo hare lo que viere
que mas viene con mi pretension.”
  “No se enoje vuestra merced, señor mio”,
respondio Sancho, “que no lo dixe por tanto.”
  Y, llegandose a el, puso la vna mano en el
arzon delantero y la otra en el otro, de modo
que quedó abraçado con el muslo yzquierdo
de su amo, sin osarse apartar del vn dedo: tal
era el miedo que tenia a los golpes que
todauia alternatiuamente sonauan.
  Dixole don Quixote que contasse algun
cuento para entretenerle, como se lo auia
prometido, a lo que Sancho dixo que si hiziera, si
le dexara el temor de lo que oia.
  “Pero con todo esso, yo me esforçaré a dezir
vna historia, que, si la acierto a contar y no
me van a la mano, es la mejor de las historias;
y esteme vuestra merced atento, que ya
comienço: «Erase que se era, el bien que
»viniere para todos sea, y el mal para quien lo
»fuere a buscar...» Y aduierta vuestra
merced, señor mio, que el principio que los
antiguos dieron a sus consejas no fue assi como
quiera, que fue vna sentencia de Caton
Çonzorino, romano, que dize: «Y el mal para
»quien le fuere a buscar», que viene aqui como
anillo al dedo, para que vuestra merced se esté
quedo, y no vaya a buscar el mal a ninguna
parte, sino que nos boluamos por otro camino,
pues nadie nos fuerça a que sigamos este,
donde tantos miedos nos sobresaltan.”
  “Sigue tu cuento, Sancho”, dixo don
Quixote, “y del camino que hemos de seguir
dexame a mi el cuydado.”
  “Digo, pues”, prosiguio Sancho, “que en vn
lugar de Estremadura auia vn pastor cabrerizo,
quiero dezir, que guardaua cabras, el qual pastor
o cabrerizo, como digo de mi cuento, se
llamaua Lope Ruyz, y este Lope Ruyz andaua
enamorado de vna pastora que se llamaua
Torralua, la qual pastora llamada Torralua era
hija de vn ganadero rico, y este ganadero
rico...”
  “Si dessa manera cuentas tu cuento, Sancho”,
dixo don Quixote, “repitiendo dos vezes
lo que vas diziendo, no acabarás en dos dias;
dilo seguidamente, y cuentalo como hombre
de entendimiento, y si no, no digas nada.”
  “De la misma manera que yo lo cuento”,
respondio Sancho, “se cuentan en mi tierra
todas las consejas, y yo no se contarlo de otra,
ni es bien que vuestra merced me pida que
haga vsos nueuos.”
  “Di como quisieres”, respondio don Quixote;
“que pues la suerte quiere que no pueda
dexar de escucharte, prosigue.”
  “Assi que, señor mio de mi anima”, prosiguio
Sancho, “que, como ya tengo dicho, este
pastor andaua enamorado de Torralua la
pastora, que era vna moça rolliza, zahareña, y
tiraua algo a hombruna, porque tenia vnos
pocos de vigotes, que parece que aora
la veo.”
  “¿Luego conocistela tu?”, dixo don Quixote.
  “No la conoci yo”, respondio Sancho; “pero
quien me conto este cuento me dixo que era
tan cierto y verdadero, que podia bien, quando
lo contasse a otro, afirmar y jurar que lo auia
visto todo. Assi que, yendo dias y viniendo
dias, el diablo, que no duerme y que todo lo
añasca, hizo de manera que el amor que el
pastor tenia a la pastora se boluiesse en
omezillo y mala voluntad, y la causa fue, segun
malas lenguas, vna cierta cantidad de zelillos
que ella le dio, tales, que passauan de la raya
y llegauan a lo vedado; y fue tanto lo que el
pastor la aborrecio de alli adelante, que, por
no verla, se quiso ausentar de aquella tierra e
yrse donde sus ojos no la viessen jamas. La
Torralua, que se vio desdeñada del Lope,
luego le quiso bien, mas que nunca le auia
querido.”
  “Essa es natural condicion de mugeres”,
dixo don Quixote: “desdeñar a quien las quiere
y amar a quien las aborrece; passa adelante,
Sancho.”
  “Sucedio”, dixo Sancho, “que el pastor puso
por obra su determinacion, y, antecogiendo sus
cabras, se encaminó por los campos de Estremadura
para passarse a los reynos de Portugal.
La Torralua, que lo supo, se fue tras el, y
seguiale a pie y descalça desde lexos, con vn
bordon en la mano y con vnas alforjas al
cuello, donde lleuaua, segun es fama, vn pedaço
de espejo y otro de vn peyne, y no se qué
botezillo de mudas para la cara; mas lleuasse lo
que lleuasse, que yo no me quiero meter aora
en aueriguallo, solo dire que dizen que el
pastor llegó con su ganado a passar el rio
Guadiana, y en aquella sazon yua crecido y
casi fuera de madre, y por la parte que llegó
no auia barca ni barco, ni quien le passasse a
el ni a su ganado de la otra parte, de lo que se
congoxó mucho, porque veia que la Torralua
venia ya muy cerca, y le auia de dar mucha
pesadumbre con sus ruegos y lagrimas; mas
tanto anduuo mirando, que vio vn pescador
que tenia junto a si vn barco tan pequeño, que
solamente podian caber en el vna persona y
vna cabra, y, con todo esto, le habló y concerto
con el que le passasse a el y a trezientas cabras
que lleuaua. Entró el pescador en el barco, y
passó vna cabra; boluio, y passó otra; tornó a
boluer, y tornó a passar otra. Tenga vuestra
merced cuenta en las cabras que el pescador
va passando, porque si se pierde vna de la
memoria, se acabará el cuento y no sera
possible contar mas palabra del. Sigo, pues, y
digo que el dessembarcadero de la otra parte
estaua lleno de cieno y resbaloso, y tardaua el
pescador mucho tiempo en yr y boluer. Con
todo esto, boluio por otra cabra, y otra, y
otra...”
  “Haz cuenta que las passó todas”, dixo don
Quixote; “no andes yendo y viniendo dessa
manera, que no acabarás de passarlas en vn
año.”
  “¿Quántas han passado hasta agora?”,
dixo Sancho.
  “Yo ¡qué diablos se!”, respondio don
Quixote.
  “He ay lo que yo dixe, que tuuiesse buena
cuenta; pues, por Dios, que se ha acabado
el cuento, que no ay passar adelante.”
  “¿Cómo puede ser esso?”, respondio don
Quixote. “¿Tan de essencia de la historia es
saber las cabras que han passado por estenso,
que si se yerra vna del numero no puedes
seguir adelante con la historia?”
  “No, señor, en ninguna manera”, respondio
Sancho; “porque assi como yo pregunté a vuestra
merced que me dixesse quántas cabras auian
passado, y me respondio que no sabia, en aquel
mesmo instante se me fue a mi de la
memoria quanto me quedaua por dezir, y a fe que
era de mucha virtud y contento.”
  “¿De modo”, dixo don Quixote, “que ya la
historia es acabada?”
  “Tan acabada es como mi madre”, dixo
Sancho.
  “Digote de verdad”, respondio don Quixote,
“que tu has contado vna de las mas nueuas
consejas, cuento o historia, que nadie pudo
pensar en el mundo, y que tal modo de contarla,
ni dexarla, jamas se podra ver ni aura
visto en toda la vida, aunque no esperaua yo
otra cosa de tu buen discurso; mas no me
marauillo, pues quiça estos golpes, que no
cessan, te deuen de tener turbado el
entendimiento.”
  “Todo puede ser”, respondio Sancho; “mas
yo se que en lo de mi cuento no ay mas que
dezir, que alli se acaba do comiença el yerro
de la cuenta del passage de las cabras.”
  “Acabe norabuena donde quisiere”, dixo
don Quixote, “y veamos si se puede mouer
Rozinante.”
  Tornole a poner las piernas, y el tornó a dar
saltos y a estarse quedo: tanto estaua de bien
atado.
  En esto parece ser, o que el frio de la
mañana, que ya venia, o que Sancho vuiesse
cenado algunas cosas lenitiuas, o que fuesse
cosa natural, que es lo que mas se deue creer,
a el le vino en voluntad y desseo de hazer lo
que otro no pudiera hazer por el. Mas era
tanto el miedo que auia entrado en su coraçon,
que no osaua apartarse vn negro de vña de su
amo; pues pensar de no hazer lo que tenia
gana, tampoco era possible, y, assi, lo que hizo,
por bien de paz, fue soltar la mano derecha,
que tenia asida al arçon trasero, con la qual,
bonitamente y sin rumor alguno, se solto la
lazada corrediza con que los calçones se
sostenian, sin ayuda de otra alguna, y, en
quitandosela, dieron luego abaxo, y se le quedaron
como grillos. Tras esto, alçó la camisa lo mejor
que pudo, y echó al ayre entrambas posaderas,
que no eran muy pequeñas. Hecho esto, que
el penso que era lo mas que tenia que hazer
para salir de aquel terrible aprieto y angustia,
le sobreuino otra mayor, que fue que le parecio
que no podia mudarse sin hazer estrepito
y ruydo, y començo a apretar los dientes y a
encoger los hombros, recogiendo en si el
aliento todo quanto podia. Pero, con todas
estas diligencias, fue tan desdichado, que, al
cabo al cabo, vino a hazer vn poco de ruydo,
bien diferente de aquel que a el le ponia
tanto miedo. Oyolo don Quixote, y dixo:
  “¿Qué rumor es esse, Sancho?”
  “No se, señor”, respondio el; “alguna cosa
nueua deue de ser, que las auenturas y
desuenturas nunca comiençan por poco.”
  Tornó otra vez a prouar ventura, y sucediole
tan bien, que, sin mas ruydo ni alboroto que el
passado, se halló libre de la carga que tanta
pesadumbre le auia dado. Mas como don Quixote
tenia el sentido del holfato tan viuo como
el de los oydos, y Sancho estaua tan junto y
cosido con el, que casi por linea recta subian
los vapores hazia arriba, no se pudo escusar de
que algunos no llegassen a sus narizes, y
apenas vuieron llegado, quando el fue al socorro
apretandolas entre los dos dedos, y, con tono
algo gangoso, dixo:
  “Pareceme, Sancho, que tienes mucho
miedo.”
  “Si tengo”, respondio Sancho; “mas ¿en qué
lo echa de ver vuestra merced aora mas que
nunca?”
  “En que aora mas que nunca hueles, y no a
ambar”, respondio don Quixote.
  “Bien podra ser”, dixo Sancho; “mas yo no
tengo la culpa, sino vuestra merced, que me
trae a deshoras y por estos no acostumbrados
passos.”
  “Retirate tres o quatro alla, amigo”, dixo don
Quixote --todo esto sin quitarse los dedos de
las narizes--; “y desde aqui adelante ten mas
cuenta con tu persona, y con lo que deues a la
mia, que la mucha conuersacion que tengo
contigo ha engendrado este menosprecio.”
  “Apostaré”, replicó Sancho, “que piensa
vuestra merced que yo he hecho de mi
persona alguna cosa que no deua.”
  “Peor es meneallo, amigo Sancho”,
respondio don Quixote.
  En estos coloquios y otros semejantes
passaron la noche amo y moço. Mas viendo Sancho
que a mas andar se venia la mañana, con
mucho tiento desligó a Rozinante y se ató los
calçones. Como Rozinante se vio libre, aunque
el de suyo no era nada brioso, parece que se
resintio, y començo a dar manotadas, porque
corbetas, con perdon suyo, no las sabia hazer.
Viendo, pues, don Quixote que ya Rozinante
se mouia, lo tuuo a buena señal, y creyo que
lo era de que acometiesse aquella temerosa
auentura. Acabó en esto de descubrirse el alua
y de parecer distintamente las cosas, y vio don
Quixote que estaua entre vnos arboles altos, que
ellos eran castaños, que hazen la sombra
muy escura; sintio tambien que el golpear no
cessaua, pero no vio quien lo podia causar. Y,
assi, sin mas detenerse, hizo sentir las espuelas
a Rozinante, y, tornando a despedirse de Sancho,
le mandó que alli le aguardasse tres dias
a lo mas largo, como ya otra vez se lo auia
dicho, y que si al cabo dellos no vuiesse buelto,
tuuiesse por cierto que Dios auia sido seruido
de que en aquella peligrosa auentura se le
acabassen sus dias. Tornole a referir el recado y
embaxada que auia de lleuar de su parte a su
señora Dulzinea, y que en lo que tocaua a la
paga de sus seruicios no tuuiesse pena, porque
el auia dexado hecho su testamento antes que
saliera de su lugar, donde se hallaria gratificado
de todo lo tocante a su salario, rata por
cantidad, del tiempo que vuiesse seruido; pero
que si Dios le sacaua de aquel peligro sano y
saluo y sin cautela, se podia tener por muy
mas que cierta la prometida insula.
  De nueuo tornó a llorar Sancho, oyendo de
nueuo las lastimeras razones de su buen señor,
y determinó de no dexarle hasta el vltimo
transito y fin de aquel negocio.
  Destas lagrimas y determinacion tan honrada
de Sancho Pança, saca el autor desta historia
que deuia de ser bien nacido, y, por lo menos,
christiano viejo; cuyo sentimiento enternecio
algo a su amo, pero no tanto que mostrasse
flaqueza alguna; antes, dissimulando lo mejor que
pudo, començo a caminar hazia la parte por
donde le parecio que el ruydo del agua y del
golpear venia. Seguiale Sancho a pie, lleuando,
como tenia de costumbre, del cabestro a su
jumento, perpetuo compañero de sus prosperas y
aduersas fortunas. Y, auiendo andado vna buena
pieça por entre aquellos castaños y arboles
sombrios, dieron en vn pradezillo que al pie de
vnas altas peñas se hazia, de las quales se
precipitaua vn grandissimo golpe de agua. Al pie
de las peñas estauan vnas casas mal hechas,
que mas parecian ruynas de edificios que casas,
de entre las quales aduirtieron que salia el
ruydo y estruendo de aquel golpear, que aun no
cessaua.
  Alborotose Rozinante con el estruendo del
agua y de los golpes, y, sossegandole don
Quixote, se fue llegando poco a poco a las casas,
encomendandose de todo coraçon a su señora,
suplicandole que en aquella temerosa jornada
y empresa le fauoreciesse, y, de camino, se
encomendaua tambien a Dios, que no le oluidasse.
No se le quitaua Sancho del lado, el qual alargaua
quanto podia el cuello y la vista por entre
las piernas de Rozinante, por ver si veria ya lo
que tan suspenso y medroso le tenia.
  Otros cien passos serian los que anduuieron,
quando, al doblar de vna punta, parecio
descubierta y patente la misma causa, sin que
pudiesse ser otra, de aquel horrisono y para
ellos espantable ruydo, que tan suspensos y
medrosos toda la noche los auia tenido. Y
eran --si no lo has, o lector, por pesadumbre
y enojo--, seis maços de batan, que con
sus alternatiuos golpes aquel estruendo
formauan.
  Quando don Quixote vio lo que era, enmudecio
y pasmose de arriba abaxo. Mirole Sancho,
y vio que tenia la cabeça inclinada sobre
el pecho, con muestras de estar corrido. Miró
tambien don Quixote a Sancho, y viole que tenia
los carrillos hinchados y la boca llena de
risa, con euidentes señales de querer rebentar
con ella, y no pudo su melanconia tanto con
el, que a la vista de Sancho pudiesse dexar de
reyrse; y como vio Sancho que su amo auia
començado, solto la presa de manera, que tuuo
necessidad de apretarse las hijadas con los
puños por no rebentar riendo. Quatro vezes
sossego, y otras tantas boluio a su risa con el
mismo impetu que primero; de lo qual ya se
daua al diablo don Quixote, y mas quando le
oyo dezir, como por modo de fisga: “Has de
saber, ¡o, Sancho amigo!, que yo naci, por
querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro
para resucitar en ella la dorada, o de oro. Yo
soy aquel para quien estan guardados los
peligros, las hazañas grandes, los valerosos
fechos”; y por aqui fue repitiendo todas o las
mas razones, que don Quixote dixo la vez
primera que oyeron los temerosos golpes.
  Viendo, pues, don Quixote que Sancho hazia
burla del, se corrio y enojó en tanta manera,
que alçó el lançon y le assento dos palos tales,
que si, como los recibio en las espaldas, los
recibiera en la cabeça, quedara libre de pagarle
el salario, si no fuera a sus herederos. Viendo
Sancho que sacaua tan malas veras de sus
burlas, con temor de que su amo no passasse
adelante en ellas, con mucha vmildad le dixo:
  “Sossieguese vuestra merced, que por Dios
que me burlo.”
  “Pues porque os burlays, no me burlo yo”,
respondio don Quixote. “Venid aca, señor
alegre: ¿pareceos a vos que si como estos fueron
maços de batan, fueran otra peligrosa auentura,
no auia yo mostrado el animo que conuenia
para emprendella y acaballa? ¿Estoy yo
obligado, a dicha, siendo, como soy, cauallero,
a conocer y destinguir los sones, y saber
quáles son de batan o no? Y mas, que podria
ser, como es verdad, que no los he visto en mi
vida, como vos los aureys visto, como villano
ruyn que soys, criado y nacido entre ellos.
Si no, hazed vos que estos seys maços se bueluan
en seys jayanes, y echadmelos a las barbas
vno a vno, o todos juntos, y quando yo no
diere con todos patas arriba, hazed de mi la
burla que quisieredes.”
  “No aya mas, señor mio”, replicó Sancho,
“que yo confiesso que he andado algo risueño
en demasia. Pero digame vuestra merced,
aora que estamos en paz --assi Dios le saque
de todas las auenturas que le sucedieren tan
sano y saluo como le ha sacado desta--, ¿no
ha sido cosa de reyr, y lo es de contar, el
gran miedo que hemos tenido?; a lo menos
el que yo tuue, que de vuestra merced ya yo
se que no le conoce, ni sabe qué es temor ni
espanto.”
  “No niego yo”, respondio don Quixote, “que
lo que nos ha sucedido no sea cosa digna de
risa; pero no es digna de contarse, que no son
todas las personas tan discretas que sepan
poner en su punto las cosas.”
  “A lo menos”, respondio Sancho, “supo
vuestra merced poner en su punto el lançon,
apuntandome a la cabeça y dandome en las
espaldas, gracias a Dios y a la diligencia que
puse en ladearme. Pero vaya, que todo saldra
en la colada; que yo he oydo dezir: «esse te
»quiere bien, que te haze llorar»; y mas, que
suelen los principales señores, tras vna mala
palabra que dizen a vn criado, darle luego vnas
calças, aunque no se lo que le suelen dar tras
auerle dado de palos, si ya no es que los
caualleros andantes dan, tras palos, insulas o
reynos en tierra firme.”
  “Tal podria correr el dado”, dixo don Quixote,
“que todo lo que dizes viniesse a ser verdad;
y perdona lo passado, pues eres discreto
y sabes que los primeros mouimientos no son
en mano del hombre; y está aduertido de aqui
adelante en vna cosa, para que te abstengas y
reportes en el hablar demasiado conmigo; que
en quantos libros de cauallerias he leydo, que
son infinitos, jamas he hallado que ningun
escudero hablasse tanto con su señor como tu
con el tuyo. Y en verdad que lo tengo a gran
falta, tuya y mia: tuya, en que me estimas en
poco; mia, en que no me dexo estimar en mas.
Si, que Gandalin, escudero de Amadis de Gaula,
conde fue de la Insula Firme. Y se lee del
que siempre hablaua a su señor con la gorra
en la mano, inclinada la cabeça y doblado el
cuerpo, more turquesco. Pues ¿qué diremos
de Gasabal, escudero de don Galaor, que fue
tan callado, que para declararnos la excelencia
de su marauilloso silencio, sola vna vez se
nombra su nombre en toda aquella tan grande
como verdadera historia? De todo lo que he
dicho has de inferir, Sancho, que es menester
hazer diferencia de amo a moço, de señor a
criado y de cauallero a escudero. Assi que
desde oy en adelante nos hemos de tratar con
mas respeto, sin darnos cordelejo, porque de
qualquiera manera que yo me enoje con vos,
ha de ser mal para el cantaro. Las mercedes
y beneficios que yo os he prometido llegarán
a su tiempo; y si no llegaren, el salario a lo
menos no se ha de perder, como ya os he
dicho.”
  “Está bien quanto vuestra merced dize”,
dixo Sancho; “pero querria yo saber, por si
acaso no llegasse el tiempo de las mercedes y
fuesse necessario acudir al de los salarios,
quánto ganaua vn escudero de vn cauallero
andante en aquellos tiempos, y si se concertauan
por meses, o por dias, como peones de
albañir.”
  “No creo yo”, respondio don Quixote, “que
jamas los tales escuderos estuuieron a salario,
sino a merced. Y si yo aora te le he señalado
a ti en el testamento cerrado que dexé en mi
casa, fue por lo que podia suceder; que aun no
se cómo prueua en estos tan calamitosos tiempos
nuestros la caualleria, y no querria que por
pocas cosas penasse mi anima en el otro
mundo. Porque quiero que sepas, Sancho, que en
el no ay estado mas peligroso que el de los
auentureros.”
  “Assi es verdad”, dixo Sancho, “pues solo
el ruydo de los maços de vn batan pudo
alborotar y desassossegar el coraçon de vn tan
valeroso andante auenturero como es vuestra
merced. Mas bien puede estar seguro que, de
aqui adelante, no despliegue mis labios para
hazer donayre de las cosas de vuestra merced,
si no fuere para honrarle como a mi amo y
señor natural.”
  “Dessa manera”, replicó don Quixote, “viuiras
sobre la haz de la tierra, porque, despues
de a los padres, a los amos se ha de respetar
como si lo fuessen.”

                 Capitulo XXI

Que trata de la alta auentura y rica
  ganancia del yelmo de Mambrino, con otras
  cosas sucedidas a nuestro inuencible
  cauallero.

  En esto començó a llouer vn poco, y quisiera
Sancho que se entraran en el molino de los
batanes. Mas auiales cobrado tal aborrecimiento
don Quixote por la pesada burla, que en
ninguna manera quiso entrar dentro; y, assi,
torciendo el camino a la derecha mano, dieron
en otro como el que auian lleuado el dia de
antes.
  De alli a poco descubrio don Quixote vn
hombre a cauallo, que trahia en la cabeça vna
cosa que relumbraua como si fuera de oro, y
aun el apenas le vuo visto, quando se boluio
a Sancho y le dixo:
  “Pareceme, Sancho, que no ay refran que
no sea verdadero, porque todos son sentencias
sacadas de la mesma experiencia, madre de
las ciencias todas, especialmente aquel que
dize: «donde vna puerta se cierra, otra se abre».
Digolo porque si anoche nos cerro la ventura
la puerta de la que buscauamos, engañandonos
con los batanes, aora nos abre de par en par
otra para otra mejor y mas cierta auentura;
que, si yo no acertare a entrar por ella, mia
sera la culpa, sin que la pueda dar a la poca
noticia de batanes, ni a la escuridad de la
noche. Digo esto porque, si no me engaño, hazia
nosotros viene vno que trae en su cabeça
puesto el yelmo de Mambrino, sobre que yo
hize el juramento que sabes.”
  “Mire vuestra merced bien lo que dize, y
mejor lo que haze”, dixo Sancho; “que no
querria que fuessen otros batanes que nos
acabassen de abatanar y aporrear el
sentido.”
  “¡Valate el diablo por hombre!”, replicó don
Quixote. “¿Qué va de yelmo a batanes?”
  “No se nada”, respondio Sancho; “mas a fe
que si yo pudiera hablar tanto como solia, que
quiça diera tales razones, que vuestra merced
viera que se engañaua en lo que dize.”
  “¿Cómo me puedo engañar en lo que digo,
traydor escrupuloso?”, dixo don Quixote. “Dime,
¿no ves aquel cauallero que hazia nosotros
viene, sobre vn cauallo ruzio rodado, que trae
puesto en la cabeça vn yelmo de oro?”
  “Lo que yo veo y columbro”, respondio
Sancho, “no es sino vn hombre sobre vn asno,
pardo como el mio, que trae sobre la cabeça
vna cosa que relumbra.”
  “Pues esse es el yelmo de Mambrino”, dixo
don Quixote. “Apartate a vna parte y dexame
con el a solas; veras quán sin hablar palabra,
por ahorrar del tiempo, concluyo esta auentura
y queda por mio el yelmo que tanto he
desseado.”
  “Yo me tengo en cuydado el apartarme”,
replicó Sancho; “mas quiera Dios, torno a
dezir, que oregano sea, y no batanes.”
  “Ya os he dicho, hermano, que no me menteys,
ni por pienso, mas esso de los batanes”,
dixo don Quixote, “que voto..., y no digo mas,
que os batanee el alma.”
  Calló Sancho, con temor que su amo no
cumpliesse el voto que le auia echado, redondo
como vna bola.
  Es, pues, el caso que el yelmo y el cauallo
y cauallero que don Quixote vehia, era esto:
que en aquel contorno auia dos lugares, el vno
tan pequeño que ni tenia botica ni barbero, y
el otro, que estaua junto a [el], si; y, assi,
el barbero del mayor seruia al menor, en el
qual tuuo necessidad vn enfermo de sangrarse
y otro de hazerse la barba, para lo qual venia
el barbero y traya vna bazia de azofar, y quiso
la suerte que, al tiempo que venia, començo
a llouer, y porque no se le manchase el sombrero,
que deuia de ser nueuo, se puso la bazia
sobre la cabeça, y, como estaua limpia, desde
media legua relumbraua. Venia sobre vn asno
pardo, como Sancho dixo, y esta fue la
ocasion que a don Quixote le parecio cauallo
ruzio rodado, y cauallero y yelmo de oro;
que todas las cosas que veya con mucha facilidad
las acomodaua a sus desuariadas cauallerias
y mal andantes pensamientos. Y quando el
vio que el pobre cauallero llegaua cerca, sin
ponerse con el en razones, a todo correr de
Rozinante le enristró con el lançon baxo, lleuando
intencion de passarle de parte a parte; mas
quando a el llegaua, sin detener la furia de su
carrera, le dixo:
  “¡Defiendete, cautiua criatura, o entriegame
de tu voluntad lo que con tanta razon se me
deue!”
  El barbero, que, tan sin pensarlo ni temerlo,
vio venir aquella fantasma sobre si, no tuuo
otro remedio, para poder guardarse del golpe
de la lança, sino fue el dexarse caer del asno
abaxo; y no vuo tocado al suelo, quando se
leuantó mas ligero que vn gamo, y començo a
correr por aquel llano, que no le alcançara el
viento. Dexose la bazia en el suelo, con la qual
se contentó don Quixote, y dixo que el pagano
auia andado discreto, y que auia ymitado al
castor, el qual, viendose acosado de los
caçadores, se taraça y [harpa] con los dientes
aquello por lo que el, por distinto natural, sabe
que es perseguido. Mandó a Sancho que alçasse
el yelmo, el qual, tomandola en las
manos, dixo:
  “¡Por Dios que la bazia es buena, y que vale
vn real de a ocho como vn marauedi!”
  Y dandosela a su amo, se la puso luego en
la cabeça, rodeandola a vna parte y a otra,
buscandole el encaxe, y como no se le
hallaua, dixo:
  “Sin duda que el pagano a cuya medida se
forjó primero esta famosa celada, deuia de
tener grandissima cabeça, y lo peor dello es que
le falta la mitad.”
  Quando Sancho oyó llamar a la bazia celada,
no pudo tener la risa; mas vinosele a las
mientes la colera de su amo, y calló en la
mitad della.
  “¿De qué te ries, Sancho?”, dixo don
Quixote.
  “Riome”, respondio el, “de considerar la
gran cabeça que tenia el pagano dueño deste
almete, que no semeja si[no] vna bazia de
barbero pintiparada.”
  “¿Sabes qué ymagino, Sancho? Que esta
famosa pieça deste encantado yelmo, por algun
estraño acidente deuio de venir a manos de
quien no supo conocer ni estimar su valor, y,
sin saber lo que hazia, viendola de oro purissimo,
deuio de fundir la otra mitad para aprouecharse
del precio, y de la otra mitad hizo esta
que parece bazia de barbero, como tu dizes;
pero sea lo que fuere, que para mi que la
conozco no haze al caso su trasmutacion; que
yo la adereçaré en el primer lugar donde aya
herrero, y de suerte que no le haga ventaja, ni
aun le llegue, la que hizo y forjó el Dios de las
herrerias para el Dios de las batallas, y en
este entretanto la traere como pudiere, que mas
vale algo que no nada, quanto mas que bien
sera bastante para defenderme de alguna
pedrada.”
  “Esso sera”, dixo Sancho, “si no se tira con
honda, como se tiraron en la pelea de los
dos exercitos, quando le santiguaron a vuestra
merced las muelas, y le rompieron el alcuza
donde venia aquel benditissimo breuaje que
me hizo vomitar las assaduras.”
  “No me da mucha pena el auerle perdido,
que ya sabes tu, Sancho”, dixo don Quixote,
“que yo tengo la receta en la memoria.”
  “Tambien la tengo yo”, respondio Sancho.
“Pero si yo le hiziere ni le prouare mas en mi
vida, aqui sea mi hora; quanto mas, que no
pienso ponerme en ocasion de auerle menester,
porque pienso guardarme con todos mis
cinco sentidos de ser ferido ni de ferir a nadie.
De lo del ser otra vez manteado no digo nada,
que semejantes desgracias mal se pueden
preuenir, y si vienen, no ay que hazer otra cosa
sino encoger los hombros, detener el aliento,
cerrar los ojos y dexarse yr por donde la
suerte y la manta nos lleuare.”
  “Mal christiano eres, Sancho”, dixo, oyendo
esto, don Quixote, “porque nunca oluidas la
injuria que vna vez te han hecho; pues sabete
que es de pechos nobles y generosos no hazer
caso de niñerias. ¿Qué pie sacaste coxo, qué
costilla quebrada, qué cabeça rota, para que no
se te oluide aquella burla? Que, bien apurada
la cosa, burla fue y passatiempo; que a no
entenderlo yo ansi, ya yo vuiera buelto
alla y vuiera hecho en tu vengança mas daño
que el que hizieron los griegos por la robada
Elena. La qual si fuera en este tiempo, o mi
Dulzinea fuera en aquel, pudiera estar segura
que no tuuiera tanta fama de hermosa como
tiene.”
  Y aqui dio vn sospiro, y le puso en las
nuues. Y dixo Sancho:
  “[Passe] por burlas, pues la vengança no
puede passar en veras; pero yo se de que calidad
fueron las veras y las burlas, y se tambien
que no se me caeran de la memoria, como nunca
se quitarán de las espaldas. Pero dexando
esto aparte, digame vuestra merced qué haremos
deste cauallo ruzio rodado, que parece asno
pardo, que dexó aqui desamparado aquel Martino
que vuestra merced derribó; que, segun el
puso los pies en poluorosa y cogio las de
Villadiego, no lleua pergenio de boluer por el jamas,
y ¡para mis barbas, si no es bueno el ruzio!”
  “Nunca yo acostumbro”, dixo don Quixote,
“despojar a los que venço, ni es vso de caualleria
quitarles los cauallos y dexarlos a pie;
si ya no fuesse que el vencedor vuiesse perdido
en la pendencia el suyo; que, en tal caso,
licito es tomar el del vencido, como ganado en
guerra licita. Assi que, Sancho, dexa esse cauallo
o asno, o lo que tu quisieres que sea; que,
como su dueño nos vea alongados de aqui,
boluera por el.”
  “Dios sabe si quisiera lleuarle”, replicó
Sancho, “o, por lo menos, trocalle con este mio,
que no me parece tan bueno. Verdaderamente
que son estrechas las leyes de caualleria, pues
no se estienden a dexar trocar vn asno por
otro, y querria saber si podria trocar los
aparejos siquiera.”
  “En esso no estoy muy cierto”, respondio
don Quixote; “y en caso de duda, hasta estar
mejor informado, digo que los trueques, si es
que tienes dellos necessidad estrema.”
  “Tan estrema es”, respondio Sancho, “que
si fueran para mi misma persona, no los
vuiera menester mas.”
  Y luego, abilitado con aquella licencia, hizo
mutacio caparum, y puso su jumento a las
mil lindezas, dexandole mejorado en tercio y
quinto.
  Hecho esto, almorçaron de las sobras del
real que del azemila despojaron, beuieron del
agua del arroyo de los batanes, sin boluer la
cara a mirallos: tal era el aborrecimiento que
les tenian, por el miedo en que les auian
puesto. Cortada, pues, la colera, y aun la
malenconia, subieron a cauallo, y sin tomar
determinado camino, por ser muy de caualleros
andantes el no tomar ninguno cierto, se pusieron
a caminar por donde la voluntad de Rozinante
quiso, que se lleuaua tras si la de su amo,
y aun la del asno, que siempre le seguia por
donde quiera que guiaua, en buen amor y
compañia. Con todo esto, boluieron al camino
real, y siguieron por el a la ventura, sin otro
disignio alguno.
  Yendo, pues, assi caminando, dixo Sancho
a su amo:
  “Señor, ¿quiere vuestra merced darme
licencia que departa vn poco con el? Que
despues que me puso aquel aspero mandamiento
del silencio se me han podrido mas de quatro
cosas en el estomago, y vna sola que aora
tengo en el pico de la lengua no querria que se
mal lograsse.”
  “Dila”, dixo don Quixote; “y se breue en
tus razonamientos, que ninguno ay gustoso si
es largo.”
  “Digo, pues, señor”, respondio Sancho, “que
de algunos dias a esta parte he considerado
quán poco se gana y grangea de andar
buscando estas auenturas que vuestra merced
busca por estos desiertos y encruzijadas de
caminos, donde ya que se vençan y acaben las
mas peligrosas, no ay quien las vea ni sepa, y
assi, se han de quedar en perpetuo silencio y
en perjuyzio de la intencion de vuestra
merced y de lo que ellas merecen. Y assi, me
parece que seria mejor, saluo el mejor parecer
de vuestra merced, que nos fuessemos a seruir
a algun emperador, o a otro principe grande
que tenga alguna guerra, en cuyo seruicio
vuestra merced muestre el valor de su persona,
sus grandes fuerças y mayor entendimiento;
que visto esto del señor a quien siruieremos,
por fuerça nos ha de remunerar a
cada qual segun sus meritos, y alli no faltará
quien ponga en escrito las hazañas de vuestra
merced, para perpetua memoria. De las mias
no digo nada, pues no han de salir de los limites
escuderiles; aunque se dezir que si se vsa en
la caualleria escriuir hazañas de escuderos,
que no pienso que se han de quedar las mias
entre renglones.”
  “No dizes mal, Sancho”, respondio don
Quixote; “mas antes que se llegue a esse termino
es menester andar por el mundo, como en
aprouacion, buscando las auenturas, para que,
acabando algunas, se cobre nombre y fama tal,
que quando se fuere a la corte de algun gran
monarca ya sea el cauallero conocido por sus
obras, y que apenas le ayan visto entrar los
muchachos por la puerta de la ciudad, quando
todos le sigan y rodeen, dando vozes, diziendo:
«Este es el cauallero del Sol», o de la
Sierpe, o de otra insignia alguna, debaxo de
la qual vuiere acabado grandes hazañas. «Este
»es, diran, el que vencio en singular batalla al
»gigantazo Brocabruno de la Gran Fuerça; el
»que desencantó al gran Mameluco de Persia
»del largo encantamento en que auia estado
»casi nouecientos años.» Assi que, de mano en
mano, yran pregonando sus hechos, y luego,
al alboroto de los muchachos y de la demas
gente, se parará a las fenestras de su real
palacio el rey de aquel reyno; y, assi como vea
al cauallero, conociendole por las armas o por
la empresa del escudo, forçosamente ha de
dezir: «¡Ea, sus; salgan mis caualleros, quantos
»en mi corte estan, a recebir a la flor de la
»caualleria, que alli viene!» A cuyo mandamiento
saldran todos, y el llegará hasta la mitad de
la escalera, y le abraçará estrechissimamente,
y le dara paz, besandole en el rostro, y luego
le lleuará por la mano al aposento de la
señora reyna, adonde el cauallero la hallará
con la infanta su hija, que ha de ser vna de
las mas fermosas y acabadas donzellas que
en gran parte de lo descubierto de la tierra a
duras penas se pueda hallar. Sucedera tras
esto, luego en continente, que ella ponga los
ojos en el cauallero, y el en los della, y cada
vno parezca a[l] otro cosa mas diuina que
humana, y, sin saber cómo ni cómo [no], han
de quedar presos y enlazados en la intricable
red amorosa, y con gran cuyta en sus coraçones,
por no saber cómo se han de fablar para descubrir
sus ansias y sentimientos. Desde alli le
lleuarán, sin duda, a algun quarto del palacio,
ricamente adereçado, donde, auiendole quitado
las armas, le traeran vn rico manto de
escarlata con que se cubra, y, si bien parecio
armado, tan bien y mejor ha de parecer en
farseto.
  ”Venida la noche, cenará con el rey, reyna
e infanta, donde nunca quitará los ojos
della, mirandola a furto de los circu[n]stantes, y
ella hara lo mesmo con la mesma sagacidad,
porque, como tengo dicho, es muy discreta
donzella. Leuantarse an las tablas, y entrará
a deshora por la puerta de la sala vn feo y
pequeño enano con vna fermosa dueña, que entre
dos gigantes, detras del enano viene, con
cierta auentura hecha por vn antiquissimo
sabio, que el que la acabare sera tenido por el
mejor cauallero del mundo. Mandará luego
el rey que todos los que estan presentes la
prueuen, y ninguno le dara fin y cima sino
el cauallero huesped, en mucho pro de su
fama, de lo qual quedará contentissima la
infanta, y se tendra por contenta y pagada
ademas por auer puesto y colocado sus
pensamientos en tan alta parte. Y lo bueno es que
este rey o principe, o lo que es, tiene vna muy
reñida guerra con otro tan poderoso como el,
y el cauallero huesped le pide --al cabo de
algunos dias que ha estado en su corte--,
licencia para yr a seruirle en aquella guerra
dicha. Darasela el rey de muy buen talante, y el
cauallero le bessará cortesmente las manos por
la merced que le faze.
  ”Y aquella noche se despedira de su señora
la infanta por las rejas de vn jardin, que cae en
el aposento donde ella duerme, por las quales
ya otras muchas vezes la auia fablado, siendo
medianera y sabidora de todo vna donzella
de quien la infanta mucho se fiaua. Sospirará
el, desmayara(s)se ella, traera agua la
donzella, acuytara(s)se mucho porque viene
la mañana y no querria que fuessen descubiertos,
por la honra de su señora. Finalmente,
la infanta boluera en si, y dara sus blancas
manos por la reja al cauallero, el qual se las
besará mil y mil vezes, y se las bañará en
lagrimas. Quedará concertado entre los dos del
modo que se han de hazer saber sus buenos
o malos sucessos, y rogarale la princesa que
se detenga lo menos que pudiere; prometerselo
ha el con muchos juramentos; tornale a besar
las manos, y despidese con tanto sentimiento,
que estara [a] poco por acabar la vida; vase
desde alli a su aposento, echa(s)se sobre su
lecho, no puede dormir del dolor de la partida,
madruga muy de mañana; vase a despedir
del rey, y de la reyna, y de la infanta; dizenle,
auiendose despedido de los dos, que la
señora infanta está mal dispuesta y que no
puede recebir visita; piensa el cauallero que es
de pena de su partida, traspa(s)sassele el
coraçon, y falta poco de no dar indicio manifiesto
de su pena; está la donzella medianera delante;
halo de notar todo, vaselo a dezir a su señora,
la qual la recibe con lagrimas, y le dize que
vna de las mayores penas que tiene es no saber
quien sea su cauallero, y si es de linage de
reyes, o no; assegurala la donzella que no
puede caber tanta cortesia, gentileza y valentia
como la de su cauallero sino en subjeto real y
graue; consuelase con esto la cuytada: procura
consolarse por no dar mal indicio de si a
sus padres, y a cabo de dos dias sale en publico.
Ya se es ydo el cauallero, pelea en la guerra,
vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades,
triunfa de muchas batallas; buelue a la
corte, ve a su señora por donde suele,
conciertase que la pida a su padre por muger en
pago de sus seruicios; no se la quiere dar el
rey, porque no sabe quién es; pero, con todo
esto, o robada o de otra qualquier suerte que
sea, la infanta viene a ser su esposa, y su padre
lo viene a tener a gran ventura, porque se vino
a aueriguar que el tal cauallero es hijo de vn
valeroso rey de no se qué reyno, porque creo
que no deue de estar en el mapa. Muerese el
padre, hereda la infanta, queda rey el cauallero,
en dos palabras. Aqui entra luego el hazer
mercedes a su escudero y a todos aquellos
que le ayudaron a subir a tan alto estado.
Casa a su escudero con vna donzella de la
infanta, que sera, sin duda, la que fue tercera
en sus amores, que es hija de vn duque muy
principal.”
  “¡Esso pido, y barras derechas!”, dixo
Sancho; “a esso me atengo, porque todo al pie de
la letra ha de suceder por vuestra merced,
llamandose el Cauallero de la Triste Figura.”
  “No lo dudes, Sancho”, replicó don Quixote,
“porque del mesmo [modo], y por los
mesmos passos que esto he contado, suben y
han subido los caualleros andantes a ser reyes
y emperadores. Solo falta agora mirar qué
rey de los christianos o de los paganos tenga
guerra y tenga hija hermosa; pero tiempo aura
para pensar esto, pues, como te tengo dicho,
primero se ha de cobrar fama por otras partes que
se acuda a la corte. Tambien me falta otra cosa:
que, puesto caso que se halle rey con guerra y
con hija hermosa, y que yo aya cobrado fama
increyble por todo el vniuerso, no se yo como
se podia hallar que yo sea de linage de reyes, o,
por lo menos, primo segundo de emperador;
porque no me querra el rey dar a su hija por
muger, si no está primero muy enterado en esto,
aunque mas lo merezcan mis famosos hechos.
Assi que, por esta falta, temo perder lo que mi
braço tiene bien merecido. Bien es verdad que
yo soy hijodalgo de solar conocido, de possession
y propriedad, y de devengar quinientos
sueldos, y podria ser que el sabio que
escriuiesse mi historia deslindasse de tal manera
mi parentela y decendencia, que me hallasse
quinto o sesto nieto de rey. Porque te hago
saber, Sancho, que ay dos maneras de linages
en el mundo: vnos que traen y deriban su
decendencia de principes y monarcas, a quien
poco a poco el tiempo ha deshecho, y han
acabado en punta, como piramide puesta al
reues; otros tuuieron principio de gente
baxa, y van subiendo de grado en grado, hasta
llegar a ser grandes señores. De manera que
está la diferencia en que vnos fueron, que ya
no son, y otros son, que ya no fueron; y podria
ser yo destos que, despues de aueriguado,
vuiesse sido mi principio grande y famoso, con
lo qual se deuia de contentar el rey mi suegro,
que vuiere de ser; y quando no, la infanta
me ha de querer de manera, que a pesar de
su padre, aunque claramente sepa que soy
hijo de vn açacan, me ha de admitir por señor
y por esposo; y si no, aqui entra el roballa y
lleualla donde mas gusto me diere, que el
tiempo o la muerte ha de acabar el enojo de
sus padres.”
  “Ay entra bien tanbien”, dixo Sancho, “lo
que algunos desalmados dizen: «no pidas de
»grado, lo que puedes tomar por fuerça»,
aunque mejor quadra dezir: «mas vale salto de
»mata, que ruego de hombres buenos». Digolo
porque, si el señor rey, suegro de vuestra
merced, no se quisiere domeñar a entregalle a
mi señora la infanta, no ay sino, como vuestra
merced dize, roballa y trasponella. Pero está el
daño que, en tanto que se hagan las pazes
y se goze pacificamente del reyno, el pobre
escudero se podra estar a diente en esto de las
mercedes; si ya no es que la donzella tercera
que ha de ser su muger, se sale con la infanta,
y el passa con ella su mala ventura, hasta
que el cielo ordene otra cosa; porque bien
podra, creo yo, desde luego darsela su señor por
ligitima esposa.”
  “Esso no ay quien la quite”, dixo don
Quixote.
  “Pues como esso sea”, respondio Sancho,
“no ay sino encomendarnos a Dios, y dexar
correr la suerte por donde mejor lo
encaminare.”
  “Hagalo Dios”, respondio don Quixote,
“como yo desseo y tu, Sancho, has menester,
y ruyn sea quien por ruyn se tiene.”
  “Sea par Dios”, dixo Sancho; “que yo
christiano viejo soy, y para ser conde esto me
basta.”
  “Y aun te sobra”, dixo don Quixote; “y quando
no lo fueras, no hazia nada al caso, porque
siendo yo el rey, bien te puedo dar nobleza,
sin que la compres ni me siruas con nada.
Porque en haziendote conde, catate ahi
cauallero, y digan lo que dixeren, que a buena fe
que te han de llamar señoria, mal que les pese.”
  “Y ¡montas que no sabria yo autorizar el
litado!”, dixo Sancho.
  “Dictado has de dezir, que no litado”, dixo
su amo.
  “Sea ansi”, respondio Sancho Pança. “Digo
que le sabria bien acomodar, porque por vida
mia que vn tiempo fuy muñidor de vna
cofradia, y que me assentaua tan bien la ropa de
muñidor, que dezian todos que tenia
presencia para poder ser prioste de la mesma
cofradia. Pues ¿qué sera quando me ponga vn
ropon ducal acuestas, o me vista de oro y de
perlas, a vso de conde estrangero? Para mi
tengo que me han de venir a ver de cien
leguas.”
  “Bien pareceras”, dixo don Quixote; “pero
sera menester que te rapes las barbas a menudo;
que, segun las tienes de espessas, aborrascadas
y mal puestas, si no te las rapas a
nauaja cada dos dias, por lo menos, a tiro de
escopeta se echará de ver lo que eres.”
  “¿Qué ay mas”, dixo Sancho, “sino tomar
vn barbero y tenelle assalariado en casa.
Y aun, si fuere menester, le hare que ande tras
mi, como cauallerizo de grande.”
  “Pues ¿cómo sabes tu”, preguntó don Quixote,
“que los grandes lleuan detras de si a
sus cauallerizos?”
  “Yo se lo dire”, respondio Sancho. “Los
años passados estuue vn mes en la corte, y
alli vi que, passeandose vn señor muy pequeño,
que dezian que era muy grande, vn hombre
le seguia a cauallo a todas las bueltas que
daua, que no parecia sino que era su rabo.
Pregunté que cómo aquel hombre no se juntaua
con el otro, sino que siempre andaua
tras del. Respondieronme que era su cauallerizo,
y que era vso de grandes lleuar tras si a los
tales. Desde entonces lo se tan bien, que
nunca se me ha oluidado.”
  “Digo que tienes razon”, dixo don Quixote,
“y que assi puedes tu lleuar a tu barbero; que
los vsos no vinieron todos juntos ni se
inuentaron a vna, y puedes ser tu el primero conde
que lleue tras si su barbero; y aun es de mas
confiança el hazer la barba que ensillar vn
cauallo.”
  “Quedese esso del barbero a mi cargo”,
dixo Sancho, “y al de vuestra merced se quede
el procurar venir a ser rey y el hazerme
conde.”
  “Assi sera”, respondio don Quixote.
  Y, alçando los ojos, vio lo que se dira en
el siguiente capitulo.

                Capitulo XXII

De la libertad que dio don Quixote a muchos
  desdichados que, mal de su grado, los
  lleuauan donde no quisieran yr.

  Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arauigo
y manchego en esta grauissima, altisonante,
minima, dulçe e ymaginada historia, que
despues que entre el famoso don Quixote de la
Mancha y Sancho Pança su escudero passaron
aquellas razones, que en el fin del capitulo
veynte y vno quedan referidas, que don Quixote
alçó los ojos y vio que por el camino que
lleuaua venian hasta doze hombres a pie,
ensartados como cuentas en vna gran cadena de
hierro por los cuellos, y todos con esposas a
las manos; venian ansi mismo con ellos dos
hombres de a cauallo y dos de a pie; los de a
cauallo con escopetas de rueda, y los de a pie
con dardos y espadas, y que assi como Sancho
Pança los vido, dixo:
  “Esta es cadena de galeotes: gente forçada
del rey, que va a las galeras.”
  “¿Cómo gente forçada?”, preguntó don Quixote.
“¿Es possible que el rey haga fuerça a ninguna
gente?”
  “No digo esso”, respondio Sancho, “sino que
es gente que por sus delitos va condenada a
seruir al rey en las galeras, de por fuerça.”
  “En resolucion”, replicó don Quixote, “como
quiera que ello sea, esta gente, aunque los
lleuan, van de por fuerça y no de su voluntad.”
  “Assi es”, dixo Sancho.
  “Pues dessa manera”, dixo su amo, “aqui
encaxa la execucion de mi oficio: desfazer
fuerças y socorrer y acudir a los miserables.”
  “Aduierta vuestra merced”, dixo Sancho,
“que la justicia, que es el mesmo rey, no haze
fuerça ni agrauio a semejante gente, sino que
los castiga en pena de sus delitos.”
  Llegó en esto la cadena de los galeotes, y
don Quixote, con muy corteses razones, pidio
a los que yuan en su guarda fuessen seruidos
de informalle y dezille la causa, o causas,
porque lleua[ua]n aquella gente de aquella
manera.
  Vna de las guardas de a cauallo respondio
que eran galeotes, gente de su magestad que
yua a galeras, y que no auia mas que dezir, ni
el tenia mas que saber.
  “Con todo esso”, replicó don Quixote, “querria
saber de cada vno dellos, en particular, la
causa de su desgracia.”
  Añadio a estas otras tales y tan comedidas
razones para mouerlos a que le dixessen lo que
desseaua, que la otra guarda de a cauallo le
dixo:
  “Aunque lleuamos aqui el registro y la fe de
las sentencias de cada vno destos malauenturados,
no es tiempo este de detenerles a sacarlas
ni a leellas; vuestra merced llegue y se lo
pregunte a ellos mesmos, que ellos lo diran
si quisieren; que si querran, porque es gente
que recibe gusto de hazer y dezir vellaquerias.”
  Con esta licencia, que don Quixote se tomara
aunque no se la dieran, se llegó a la cadena y
al primero le preguntó que por qué pecados
yua de tan mala guisa; el le respondio que
por enamorado yua de aquella manera.
  “¿Por esso no mas?”, replicó don Quixote.
“¡Pues si por enamorados echan a galeras, dias
ha que pudiera yo estar bogando en ellas!”
  “No son los amores como los que vuestra
merced piensa”, dixo el galeote; “que los mios
fueron que quise tanto a vna canasta de colar
atestada de ropa blanca, que la abracé conmigo
tan fuertemente, que, a no quitarmela la justicia
por fuerça, aun hasta agora no la vuiera
dexado de mi voluntad. Fue en fragante, no vuo
lugar de tormento; concluyose la causa,
acomodaronme las espaldas con ciento, y por
añadidura tres precisos de gurapas, y acabose
la obra.”
  “¿Qué son gurapas?”, preguntó don Quixote.
  “Gurapas son galeras”, respondio el galeote.
  El qual era vn moço de hasta edad de veynte
y quatro años, y dixo que era natural de
Piedrahita.
  Lo mesmo preguntó don Quixote al segundo,
el qual no respondio palabra, segun yua
de triste y malenconico; mas respondio por
el el primero, y dixo:
  “Este, señor, va por canario; digo, por
musico y cantor.”
  “Pues ¿cómo?”, repitio don Quixote, “¿por
musicos y cantores van tambien a galeras?”
  “Si, señor”, respondio el galeote; “que no ay
peor cosa que cantar en el ansia.”
  “Antes he yo oydo dezir”, dixo don Quixote,
“que quien canta, sus males espanta.”
  “Aca es al reues”, dixo el galeote; “que
quien canta vna vez, llora toda la vida.”
  “No lo entiendo”, dixo don Quixote.
  Mas vna de las guardas le dixo:
  “Señor cauallero: cantar en el ansia se dize,
entre esta gente non santa, confessar en el
tormento. A este pecador le dieron tormento y
confesso su delito, que era ser quatrero, que
es ser ladron de bestias, y por auer confessado
le condenaron por seys años a galeras, amen
de dozientos açotes que ya lleua en las
espaldas. Y va siempre pensatiuo y triste, porque
los demas ladrones que alla quedan y aqui
van, le maltratan y aniquilan, y escarnecen y
tienen en poco, porque confesso y no tuuo animo
de dezir nones; porque dizen ellos que tantas
letras tiene vn no como vn si, y que harta
ventura tiene vn delinquente que está en su
lengua su vida o su muerte, y no en la de los
testigos y prouanças; y para mi tengo que no
van muy fuera de camino.”
  “Y yo lo entiendo assi”, respondio don
Quixote.
  El qual, passando al tercero, preguntó lo
que a los otros; el qual, de presto y con mucho
desenfado, respondio y dixo:
  “Yo voy por cinco años a las señoras
gurapas por faltarme diez ducados.”
  “Yo dare veynte de muy buena gana”, dixo
don Quixote, “por libraros dessa pesadumbre.”
  “Esso me parece”, respondio el galeote,
“como quien tiene dineros en mitad del golfo
y se está muriendo de hambre, sin tener adonde
comprar lo que ha menester. Digolo porque,
si a su tiempo tuuiera yo essos veynte ducados
que vuestra merced aora me ofrece, vuiera
vntado con ellos la pendola del escriuano y
auiuado el ingenio del procurador, de manera
que oy me viera en mitad de la plaça de Çocodouer,
de Toledo, y no en este camino, atraillado
como galgo; pero Dios es grande: paciencia,
y basta.”
  Passó don Quixote al quarto, que era vn
hombre de venerable rostro, con vna barba
blanca que le passaua del pecho, el qual,
oyendose preguntar la causa porque alli venia,
començo a llorar, y no respondio palabra;
mas el quinto condenado le siruio de lengua,
y dixo:
  “Este hombre honrado va por quatro años a
galeras, auiendo passeado las acostumbradas
vestido en pompa y a cauallo.”
  “Esso es”, dixo Sancho Pança, “a lo que a
mi me parece, auer salido a la verguença.”
  “Assi es”, replicó el galeote; “y la culpa
porque le dieron esta pena es por auer sido
corredor de oreja, y aun de todo el cuerpo. En
efecto, quiero dezir que este cauallero va por
alcahuete, y por tener assi mesmo sus
puntas y collar de hechizero.”
  “A no auerle añadido essas puntas y collar”,
dixo don Quixote, “por solamente el alcahuete
limpio no merecia el yr a vogar en las galeras,
sino a mandallas y a ser general dellas, porque
no es assi como quiera el oficio de alcahuete;
que es oficio de discretos y necessarissimo en
la republica bien ordenada, y que no le deuia
exercer sino gente muy bien nacida, y aun auia
de auer veedor y examinador de los tales, como
le ay de los demas oficios, con numero deputado
y conocido, como corredores de lonja, y
desta manera se escusarian muchos males que
se causan por andar este oficio y exercicio
entre gente idiota y de poco entendimiento, como
son mugerzillas de poco mas a menos, pajezillos
y truhanes de pocos años y de poca
experiencia, que a la mas necessaria ocasion, y
quando es menester dar vna traça que importe,
se les yelan las migas entre la boca y la mano,
y no saben qual es su mano derecha. Quisiera
passar adelante y dar las razones porque conuenia
hazer eleccion de los que en la republica
auian de tener tan necessario oficio; pero
no es el lugar acomodado para ello: algun dia
lo dire a quien lo pueda proueer y remediar.
Solo digo aora que la pena que me ha causado
ver estas blancas canas y este rostro venerable
en tanta fatiga por alcahuete, me la ha quitado
el adjunto de ser hechizero; aunque bien se
que no ay hechizos en el mundo que puedan
mouer y forçar la voluntad, como algunos simples
piensan; que es libre nuestro aluedrio, y no
ay yerua ni encanto que le fuerce. Lo que suelen
hazer algunas mugerzillas simples y algunos
embusteros vellacos, es algunas misturas y
venenos con que bueluen locos a los hombres,
dando a entender que tienen fuerça para hazer
querer bien, siendo, como digo, cosa
impossible forçar la voluntad.”
  “Assi es”, dixo el buen viejo, “y en verdad,
señor, que en lo de hechizero que no tuue
culpa; en lo de alcahuete no lo pude negar. Pero
nunca pense que hazia mal en ello, que toda
mi intencion era que todo el mundo se holgasse
y viuiesse en paz y quietud sin pendencias
ni penas; pero no me aprouechó nada este
buen desseo para dexar de yr a donde no
espero boluer, segun me cargan los años y vn
mal de orina que lleuo, que no me dexa
reposar vn rato.”
  Y aqui tornó a su llanto como de primero, y
tuuole Sancho tanta compassion, que sacó vn
real de a quatro del seno y se le dio de limosna.
Passó adelante don Quixote y preguntó a otro
su delito, el qual respondio con no menos, sino
con mucha mas gallardia que el passado:
  “Yo voy aqui porque me burlé demasiadamente
con dos primas hermanas mias, y con
otras dos hermanas que no lo eran mias;
finalmente, tanto me burlé con todas, que resultó
de la burla crecer la parentela tan intricadamente,
que no ay diablo que la declare.
Prouoseme todo, faltó fauor, no tuue dineros,
viame a pique de perder los tragaderos;
sentenciaronme a galeras por seys años,
consenti: castigo es de mi culpa; moço soy, dure
la vida, que con ella todo se alcança. Si vuestra
merced, señor cauallero, lleua alguna cosa con
que socorrer a estos pobretes, Dios se lo
pagará en el cielo, y nosotros tendremos en la
tierra cuydado de rogar a Dios en nuestras
oraciones por la vida y salud de vuestra
merced, que sea tan larga y tan buena como su
buena presencia merece.”
  Este yua en abito de estudiante, y dixo vna
de las guardas que era muy grande hablador y
muy gentil latino.
  Tras todos estos venia vn hombre de muy
buen parecer, de edad de treynta años, sino
que al mirar metia el vn ojo en el otro vn poco.
Venia diferentemente atado que los demas,
porque traya vna cadena al pie, tan grande, que
se la liaua por todo el cuerpo, y dos argollas
a la garganta, la vna en la cadena, y la otra
de las que llaman guarda-amigo o pie-de-amigo,
de la qual decendian dos hierros que llegauan
a la cintura, en los quales se asian dos
esposas, donde lleuaua las manos, cerradas con
vn grueso candado, de manera que ni con las
manos podia llegar a la boca, ni podia baxar la
cabeça a llegar a las manos. Preguntó don
Quixote que cómo yua aquel hombre con tantas
prisiones mas que los otros. Respondiole la
guarda: porque tenia aquel solo mas delitos
que todos los otros juntos, y que era tan
atreuido y tan grande vellaco, que aunque le
lleuauan de aquella manera, no yuan seguros del,
sino que temian que se les auia de huyr.
  “¿Qué delitos puede tener”, dixo don
Quixote, “si no han merecido mas pena que
echalle a las galeras?”
  “Va por diez años”, replicó la guarda, “que
es como muerte ceuil. No se quiera saber
mas sino que este buen hombre es el famoso
Gines de Passamonte, que por otro nombre
llaman Ginesillo de Parapilla.”
  “Señor comissario”, dixo entonces el galeote,
“vayase poco a poco, y no andemos aora a
deslindar nombres y sobrenombres; Gines me
llamo, y no Ginesillo, y Passamonte es mi
alcurnia, y no Parapilla, como boace dize; y cada
vno se de vna buelta a la redonda, y no hara
poco.”
  “Hable con menos tono”, replicó el comissario,
“señor ladron de mas de la marca, si no
quiere que le haga callar, mal que le pese.”
  “Bien parece”, respondio el galeote, “que va
el hombre como Dios es seruido; pero algun
dia sabra alguno si me llamo Ginesillo de
Parapilla o no.”
  “Pues ¿no te llaman ansi, embustero?”,
dixo la guarda.
  “Si llaman”, respondio Gines; “mas yo hare
que no me lo llamen, o me las pelaria donde
yo digo entre mis dientes. Señor cauallero, si
tiene algo que darnos, denoslo ya, y vaya con
Dios, que ya enfada con tanto querer saber
vidas agenas; y si la mia quiere saber, sepa que
yo soy Gines de Passamonte, cuya vida esta
escrita por estos pulgares.”
  “Dize verdad”, dixo el comissario; “que el
mesmo ha escrito su historia, que no ay mas,
y dexa empeñado el libro en la carcel en
dozientos reales.”
  “Y le pienso quitar”, dixo Gines, “si quedara
en dozientos ducados.”
  “¿Tan bueno es?”, dixo don Quixote.
  “Es tan bueno”, respondio Gines, “que mal
año para Lazarillo de Tormes y para todos
quantos de aquel genero se han escrito o
escriuieren. Lo que le se dezir a boace es que trata
verdades, y que son verdades tan lindas y tan
donosas, que no puede auer mentiras que se
le ygualen.”
  “Y ¿cómo se intitula el libro?”, preguntó don
Quixote.
  “La vida de Gines de Passamonte”,
respondio el mismo.
  “Y ¿está acabado?”, preguntó don Quixote.
  “¿Cómo puede estar acabado”, respondio el,
“si aun no está acabada mi vida? Lo que está
escrito es desde mi nacimiento hasta el punto
que esta vltima vez me han echado en galeras.”
  “Luego ¿otra vez aueys estado en ellas?”,
dixo don Quixote.
  “Para seruir a Dios y al rey, otra vez he
estado quatro años, y ya se a que sabe el
vizcocho y el corbacho”, respondio Gines; “y no me
pesa mucho de yr a ellas, porque alli tendre
lugar de acabar mi libro; que me quedan
muchas cosas que dezir, y en las galeras de
España ay mas sossiego de aquel que seria
menester, aunque no es menester mucho mas para
lo que yo tengo de escriuir, porque me lo se
de coro.”
  “Abil pareces”, dixo don Quixote.
  “Y desdichado”, respondio Gines, “porque
siempre las desdichas persiguen al buen
ingenio.”
  “Persiguen a los vellacos”, dixo el comissario.
  “Ya le he dicho, señor comissario”,
respondio Passamonte, “que se vaya poco a poco;
que aquellos señores no le dieron essa vara
para que maltratasse a los pobretes que aqui
vamos, sino para que nos guiasse y lleuasse
adonde su Magestad manda. Si no, ¡por vida
de..., basta!; que podria ser que saliessen algun
dia en la colada las manchas que se hizieron
en la venta; y todo el mundo calle, y viua bien,
y hable mejor, y caminemos, que ya es mucho
regodeo este.”
  Alçó la vara en alto el comissario para dar
a Passamonte, en respuesta de sus amenazas,
mas don Quixote se puso en medio y le rogo
que no le maltratasse, pues no era mucho que
quien lleuaua tan atadas las manos tuuiesse
algun tanto suelta la lengua; y, boluiendose a
todos los de la cadena, dixo:
  “De todo quanto me aueys dicho, hermanos
carissimos, he sacado en limpio que, aunque os
han castigado por vuestras culpas, las penas
que vays a padecer no os dan mucho gusto, y
que vays a ellas muy de mala gana y muy contra
vuestra voluntad, y que podria ser que el
poco animo que aquel tuuo en el tormento, la
falta de dineros deste, el poco fauor del otro, y,
finalmente, el torcido juyzio del juez, huuiesse
sido causa de vuestra perdicion y de no auer
salido con la justicia que de vuestra parte
teniades. Todo lo qual se me representa a mi aora
en la memoria, de manera que me está diziendo,
persuadiendo y aun forçando, que muestre
con vosotros el efeto para que el cielo me arrojó
al mundo y me hizo professar en el la orden de
caualleria que professo, y el voto que en ella
hize de fauorecer a los menesterosos y opressos
de los mayores. Pero, porque se que vna de
las partes de la prudencia es que lo que se
puede hazer por bien no se haga por mal, quiero
rogar a estos señores guardianes y comissario
sean seruidos de desataros y dexaros yr en paz;
que no faltarán otros que siruan al rey en
mejores ocasiones, porque me parece duro caso
hazer esclauos a los que Dios y naturaleza hizo
libres. Quanto mas, señores guardas”, añadio
don Quixote, “que estos pobres no han cometido
nada contra vosotros; alla se lo aya cada
vno con su pecado. Dios ay en el cielo, que no
se descuyda de castigar al malo ni de premiar
al bueno, y no es bien que los hombres
honrados sean verdugos de los otros hombres, no
yendoles nada en ello. Pido esto con esta
mansedumbre y sossiego, porque tenga, si lo
cumplis, algo que agradeceros; y quando de grado
no lo hagays, esta lança y esta espada, con el
valor de mi braço, haran que lo hagays por
fuerça.”
  “¡Donosa majaderia!”, respondio el comissario.
“¡Bueno está el donayre con que ha salido
a cabo de rato! Los forçados del rey quiere que
le dexemos, como si tuuieramos autoridad para
soltarlos, o el la tuuiera para mandarnoslo.
¡Vayase vuestra merced, señor, norabuena su
camino adelante, y enderecese esse bazin que
trae en la cabeça, y no ande buscando tres pies
al gato!”
  “¡Vos soys el gato y el rato y el vellaco!”,
respondio don Quixote. Y, diziendo y haziendo,
arremetio con el tan presto, que, sin que tuuiesse
lugar de ponerse en defensa, dio con el en
el suelo, mal herido de vna lançada; y auinole
bien, que este era el de la escopeta. Las demas
guardas quedaron atonitas y suspensas del no
esperado acontecimiento; pero, boluiendo sobre
si, pusieron mano a sus espadas los de a cauallo,
y los de a pie a sus dardos, y arremetieron
a don Quixote, que con mucho sossiego los
aguardaua; y sin duda lo passara mal si los
galeotes, viendo la ocasion que se les ofrecia de
alcançar libertad, no la procura[ra]n,
procurando romper la cadena donde venian
ensartados. Fue la rebuelta de manera que las
guardas, ya por acudir a los galeotes que se
desatauan, ya por acometer a don Quixote que
los acometia, no hizieron cosa que fuesse de
prouecho. Ayudó Sancho, por su parte, a la
soltura de Gines de Passamonte, que fue el primero
que saltó en la campaña, libre y desembaraçado,
y, arremetiendo al comissario caydo,
le quitó la espada y la escopeta, con la qual,
apuntando al vno y señalando al otro, sin
disparalla jamas, no quedó guarda en todo el
campo, porque se fueron huyendo, assi de la
escopeta de Passamonte como de las muchas
pedradas que los ya sueltos galeotes les tirauan.
  Entristeciose mucho Sancho deste sucesso,
porque se le representó que los que yuan
huyendo auian de dar noticia del caso a la
Santa Hermandad, la qual, a campana herida,
saldria a buscar los delinquentes, y assi se lo
dixo a su amo, y le rogo que luego de alli se
partiessen, y se emboscassen en la sierra, que
estaua cerca.
  “Bien está esso”, dixo don Quixote; “pero yo
se lo que aora conuiene que se haga.”
  Y llamando a todos los galeotes, que
andauan alborotados y auian despojado al
comissario hasta dexarle en cueros, se le pusieron
todos a la redonda para ver lo que les
mandaua; y assi les dixo:
  “De gente bien nacida es agradecer los
beneficios que reciben, y vno de los pecados que
mas a Dios ofende es la ingratitud. Digolo
porque ya aueys visto, señores, con manifiesta
experiencia, el que de mi aueys recebido, en
pago del qual querria, y es mi voluntad, que,
cargados de essa cadena que quité de vuestros
cuellos, luego os pongays en camino y vays a
la ciudad del Toboso, y alli os presenteys ante
la señora Dulzinea del Toboso, y le digays que
su cauallero, el de la Triste Figura, se le embia
a encomendar, y le conteys punto por punto
todos los que ha tenido esta famosa auentura,
hasta poneros en la desseada libertad; y, hecho
esto, os podreys yr donde quisieredes, a la
buena ventura.”
  Respondio por todos Gines de Passamonte,
y dixo:
  “Lo que vuestra merced nos manda, señor y
libertador nuestro, es impossible de toda
impossibilidad cumplirlo, porque no podemos yr
juntos por los caminos, sino solos y diuididos,
y cada vno, por su parte, procurando meterse
en las entrañas de la tierra por no ser hallado
de la Santa Hermandad, que, sin duda alguna,
ha de salir en nuestra busca. Lo que vuestra
merced puede hazer, y es justo que haga, es
mudar esse seruicio y montazgo de la señora
Dulzinea del Toboso en alguna cantidad de
auemarias y credos, que nosotros diremos por la
intencion de vuestra merced, y esta es cosa que
se podra cumplir de noche y de dia, huyendo
o reposando, en paz o en guerra; pero pensar
que hemos de boluer aora a las ollas de Egypto,
digo, a tomar nuestra cadena, y a ponernos en
camino del Toboso, es pensar que es aora de
noche, que aun no son las diez del dia, y es
pedir a nosotros esso como pedir peras al olmo.”
  “Pues, ¡voto a tal”, dixo don Quixote, ya
puesto en colera, “don hijo de la puta, don
Ginesillo de Paropillo, o como os llamays, que
aueys de yr vos solo, rabo entre piernas, con
toda la cadena a cuestas!”
  Passamonte, que no era nada bien sufrido,
estando ya enterado que don Quixote no era muy
cuerdo, pues tal disparate auia acometido
como el de querer darles libertad, viendose
tratar de aquella manera, hizo del ojo a los
compañeros, y, apartandose a parte, començaron a
llouer tantas piedras sobre don Quixote, que
no se daua manos a cubrirse con la rodela, y
el pobre de Rozinante no hazia mas caso de la
espuela que si fuera hecho de bronze. Sancho
se puso tras su asno, y con el se defendia de la
nuue y pedrisco que sobre entrambos llouia.
No se pudo escudar tan bien don Quixote que
no le acertassen no se quantos guijarros en el
cuerpo, con tanta fuerça, que dieron con el en
el suelo; y apenas huuo caydo, quando fue
sobre el el estudiante, y le quitó la vazia de la
cabeça, y diole con ella tres o quatro golpes en
las espaldas y otros tantos en la tierra, con que
la hizo pedaços. Quitaronle vna ropilla que
trahia sobre las armas, y las medias calças le
querian quitar, si las greuas no lo estoruaran.
A Sancho le quitaron el gauan, y dexandole
en pelota, repartiendo entre si los demas
despojos de la batalla, se fueron cada vno por
su parte, con mas cuydado de escaparse de la
Hermandad que temian que de cargarse de la
cadena e yr a presentarse ante la señora
Dulzinea del Toboso.
  Solos quedaron jumento y Rozinante, Sancho
y don Quixote; el jumento, cabizbaxo y
pensatiuo, sacudiendo de quando en quando
las orejas, pensando que aun no auia cessado
la borrasca de las piedras que le perseguian
los oydos; Rozinante, tendido junto a su amo,
que tambien vino al suelo de otra pedrada;
Sancho en pelota y temeroso de la Santa
Hermandad; don Quixote, mohinissimo de verse
tan mal parado por los mismos a quien tanto
bien auia hecho.

                Capitulo XXIII

De lo que le acontecio al famoso don Quixote
  en Sierra Morena, que fue vna de las mas
  raras auenturas que en esta verdadera
  historia se cuentan.

  Viendose tan mal parado don Quixote, dixo
a su escudero:
  “Siempre, Sancho, lo he oydo dezir: que el
hazer bien a villanos es echar agua en la mar.
Si yo huuiera creydo lo que me dixiste, yo
huuiera escusado esta pesadumbre; pero ya
está hecho; paciencia, y escarmentar para desde
aqui adelante.”
  “Assi escarmentará vuestra merced”, respondio
Sancho, “como yo soy turco; pero, pues
dize que si me huuiera creydo se huuiera
escusado este daño, creame aora y escusará otro
mayor, porque le hago saber que con la Santa
Hermandad no ay vsar de cauallerias; que no
se le da a ella por quantos caualleros andantes
ay dos marauedis, y sepa que ya me parece
que sus saetas me zumban por los oydos.”
  “Naturalmente eres couarde, Sancho”, dixo
don Quixote; “pero porque no digas que soy
contumaz y que jamas hago lo que me aconsejas,
por esta vez quiero tomar tu consejo y
apartarme de la furia que tanto temes; mas ha
de ser con vna condicion: que jamas, en vida
ni en muerte, has de dezir a nadie que yo me
retiré y aparté deste peligro de miedo, sino por
complazer a tus ruegos; que si otra cosa dixeres,
mentiras en ello, y desde aora para entonces,
y desde entonces para aora, te desmiento,
y digo que mientes y mentiras todas las vezes
que lo pensares o lo dixeres. Y no me repliques
mas; que en solo pensar que me aparto y retiro
de algun peligro, especialmente deste que
parece que lleua algun es, no es, de sombra de
miedo, estoy ya para quedarme, y para aguardar
aqui solo, no solamente a la Santa Hermandad
que dizes y temes, sino a los hermanos
de los doze Tribus de Israel, y a los siete
Macabeos, y a Castor y a Polux, y aun a
todos los hermanos y hermandades que ay en
el mundo.”
  “Señor”, respondio Sancho, “que el retirar
no es huyr, ni el esperar es cordura, quando el
peligro sobrepuja a la esperança; y de sabios
es guardarse hoy para mañana, y no auenturarse
todo en vn dia. Y sepa que, aunque çafio
y villano, todauia se me alcança algo desto que
llaman buen gouierno; assi que no se arrepienta
de auer tomado mi consejo, sino suba en Rozinante
si puede, o si no, yo le ayudaré, y sigame,
que el caletre me dize que hemos menester
aora mas los pies que las manos.”
  Subio don Quixote sin replicarle mas palabra,
y, guiando Sancho sobre su asno, se entraron
por vna parte de Sierra Morena, que alli
junto estaua, lleuando Sancho intencion de
atrauessarla toda, e yr a salir al Viso, o a
Almodouar del Campo, y esconderse algunos dias
por aquellas asperezas, por no ser hallados si
la Hermandad los buscasse. Animole a esto
auer visto que de la refriega de los galeotes se
auia escapado libre la despensa que sobre su
asno venia, cosa que la juzgó a milagro, segun
fue lo que lleuaron y buscaron los galeotes.
  Assi como don Quixote entró por aquellas
montañas, se le alegró el coraçon, pareciendole
aquellos lugares acomodados para las auenturas
que buscaua. Reduziansele a la memoria
los marauillosos acaecimientos que en semejantes
soledades y asperezas auian sucedido a
caualleros andantes. Yua pensando en estas
cosas, tan embeuecido y trasportado en ellas,
que de ninguna otra se acordaua. Ni Sancho
lleuaua otro cuydado, despues que le parecio
que caminaua por parte segura, sino de satisfazer
su estomago con los relieues que del despojo
clerical auian quedado, y assi, yua tras su
amo sentado a la mugeriega sobre su
jumento, sacando de vn costal y embaulando
en su pança, y no se le diera por hallar otra
ventura, entretanto que yua de aquella
manera, vn ardite.
  En esto alçó los ojos y vio que su amo
estaua parado, procurando con la punta del lançon
alçar no se que bulto que estaua caydo en el
suelo, por lo qual se dio priessa a llegar a
ayudarle, si fuesse menester; y quando llegó
fue a tiempo que alçaua con la punta del
lançon vn coxin y vna maleta asida a el, medio
podridos, o podridos del todo, y deshechos; mas
pesaua tanto, que fue necessario que Sancho
se apeasse a tomarlos, y mandole su amo
que viesse lo que en la maleta venia.
  Hizolo con mucha presteza Sancho, y aunque
la maleta venia cerrada con vna cadena y su
candado, por lo roto y podrido della vio lo que
en ella auia, que eran quatro camisas de
delgada olanda, y otras cosas de lienço no menos
curiosas que limpias, y en vn pañizuelo halló
vn buen montonzillo de escudos de oro, y assi
como los vio dixo:
  “¡Bendito sea todo el cielo, que nos ha
deparado vna auentura que sea de prouecho!”
  Y, buscando mas, halló vn librillo de memoria
ricamente guarnecido. Este le pidio don
Quixote, y mandole que guardasse el dinero y lo
tomasse para el. Besole las manos Sancho por
la merced, y, desbalijando a la balija de su
lenceria, la puso en el costal de la despensa. Todo
lo qual visto por don Quixote, dixo:
  “Pareceme, Sancho, y no es possible que sea
otra cosa, que algun caminante descaminado
deuio de passar por esta sierra, y, salteandole
malandrines, le deuieron de matar y le truxeron
a enterrar en esta tan escondida parte.”
  “No puede ser esso”, respondio Sancho,
“porque si fueran ladrones, no se dexaran aqui
este dinero.”
  “Verdad dizes”, dixo don Quixote, “y assi, no
adiuino ni doy en lo que esto pueda ser; mas
esperate, veremos si en este librillo de memoria
ay alguna cosa escrita por donde podamos
rastrear y venir en conocimiento de lo que
desseamos.”
  Abriole, y lo primero que halló en el, escrito
como en borrador, aunque de muy buena letra,
fue vn soneto, que, leyendole alto, porque
Sancho tambien lo oyesse, vio que dezia desta
manera:

      O le falta al Amor conocimiento,
    o le sobra crueldad, o no es mi pena
    igual a la ocasion que me condena
    al genero mas duro de tormento.
      Pero si Amor es dios, es argumento
    que nada ignora, y es razon muy buena
    que vn dios no sea cruel; pues ¿quién ordena
    el terrible dolor que adoro y siento?
      Si digo que soys vos, Fili, no acierto,
    que tanto mal en tanto bien no cabe,
    ni me viene del cielo esta ruyna.
      Presto aure de morir, que es lo mas cierto;
    que al mal de quien la causa no se sabe
    milagro es acertar la medicina.

  “Por essa troba”, dixo Sancho, “no se puede
saber nada, si ya no es que por esse hilo que
está ahi se saque el ouillo de todo.”
  “¿Qué hilo está aqui?”, dixo don Quixote.
  “Pareceme”, dixo Sancho, “que vuestra
merced nombró ahi Hilo.”
  “No dixe sino Fili”, respondio don Quixote,
“y este, sin duda, es el nombre de la dama de
quien se quexa el autor deste soneto; y a fe
que deue de ser razonable poeta, o yo se poco
del arte.”
  “Luego ¿tambien”, dixo Sancho, “se le
entiende a vuestra merced de trobas?”
  “Y mas de lo que tu piensas”, respondio don
Quixote, “y veraslo quando lleues vna carta,
escrita en verso de arriba abaxo, a mi señora
Dulzinea del Toboso; porque quiero que sepas,
Sancho, que todos o los mas caualleros andantes
de la edad passada eran grandes trobadores
y grandes musicos; que estas dos abilidades,
o gracias, por mejor dezir, son anexas a
los enamorados andantes. Verdad es que las
coplas de los passados caualleros tienen mas
de espiritu que de primor.”
  “Lea mas vuestra merced”, dixo Sancho;
“que ya hallará algo que nos satisfaga.”
  Boluio la hoja don Quixote, y dixo:
  “Esto es prosa, y parece carta.”
  “¿Carta missiua, señor?”, preguntó Sancho.
  “En el principio no parece sino de amores”,
respondio don Quixote.
  “Pues lea vuestra merced alto”, dixo Sancho,
“que gusto mucho destas cosas de amores.”
  “Que me plaze”, dixo don Quixote.
  Y leyendola alto, como Sancho se lo auia
rogado, vio que dezia desta manera:
  “Tu falsa promessa y mi cierta desuentura
me lleuan a parte donde antes bolueran a tus
oydos las nueuas de mi muerte que las razones
de mis quexas. Desechasteme, ¡o ingrata!,
por quien tiene mas, no por quien vale mas
que yo; mas si la virtud fuera riqueza que se
estimara, no embidiara yo dichas agenas, ni
llorara desdichas propias. Lo que leuantó tu
hermosura han derribado tus obras: por ella
entendi que eras angel, y por ellas conozco que
eres muger. Quedate en paz, causadora de mi
guerra, y haga el cielo que los engaños de tu
esposo esten siempre encubiertos, porque tu no
quedes arrepentida de lo que heziste y yo no
tome vengança de lo que no desseo.”
  Acabando de leer la carta, dixo don
Quixote:
  “Menos por esta que por los versos se puede
sacar mas de que quien la escriuio es algun
desdeñado amante.”
  Y, hojeando casi todo el librillo, halló otros
versos y cartas, que algunos pudo leer y otros
no; pero lo que todos contenian eran quexas,
lamentos, desconfianças, sabores y sinsabores,
fauores y desdenes, solenizados los vnos y
llorados los otros.
  En tanto que don Quixote passaua el libro,
passaua Sancho la maleta, sin dexar rincon en
toda ella, ni en el coxin, que no buscasse,
escudriñasse e inquiriesse, ni costura que no
deshiziesse, ni vedixa de lana que no escarmenasse,
porque no se quedasse nada por diligencia ni
mal recado: tal golosina auian despertado en el
los hallados escudos, que passauan de ciento.
Y aunque no halló mas de lo hallado, dio por
bien empleados los buelos de la manta, el vomitar
del breuaje, las bendiciones de las estacas,
las puñadas del harriero, la falta de las
alforjas, el robo del gauan, y toda la hambre,
sed y cansancio que auia passado en seruicio
de su buen señor, pareciendole que estaua
mas que rebien pagado con la merced
recebida de la entrega del hallazgo.
  Con gran desseo quedó el Cauallero de la
Triste Figura de saber quien fuesse el dueño
de la maleta, conjeturando por el soneto y
carta, por el dinero en oro y por las tan
buenas camisas, que deuia de ser de algun
principal enamorado, a quien desdenes y malos
tratamientos de su dama deuian de auer
conduzido a algun desesperado termino. Pero como
por aquel lugar inhabitable y escabroso no
parecia persona alguna de quien poder informarse,
no se curó de mas que de passar adelante,
sin lleuar otro camino que aquel que
Rozinante queria, que era por donde el podia
caminar, siempre con imaginacion que no podia
faltar por aquellas malezas alguna estraña
auentura.
  Yendo, pues, con este pensamiento, vio que
por cima de vna montañuela que delante de
los ojos se le ofrecia, yua saltando vn hombre
de risco en risco y de mata en mata con estraña
ligereza. Figurosele que yua desnudo, la barba
negra y espessa, los cabellos muchos y rabultados,
los pies descalços y las piernas sin cosa
alguna; los muslos cubrian vnos calçones, al
parecer, de terciopelo leonado, mas tan hechos
pedaços, que por muchas partes se le descubrian
las carnes. Traia la cabeça descubierta,
y, aunque passó con la ligereza que se ha dicho,
todas estas menudencias miró y notó el Cauallero
de la Triste Figura; y, aunque lo procuró,
no pudo seguille, porque no era dado a la
debilidad de Rozinante andar por aquellas
asperezas, y mas siendo el de suyo pisacorto y
flematico. Luego imaginó don Quixote que
aquel era el dueño del coxin y de la maleta,
y propuso en si de buscalle, aunque supiesse
andar vn año por aquellas montañas hasta
hallarle; y assi, mandó a Sancho que se apeasse
del asno y atajasse por la vna parte de
la montaña, que el yria por la otra, y podria
ser que topassen, con esta diligencia, con aquel
hombre que con tanta priessa se les auia
quitado de delante.
  “No podre hazer esso”, respondio Sancho,
“porque en apartandome de vuestra merced,
luego es conmigo el miedo, que me assalta
con mil generos de sobresaltos y visiones. Y
siruale esto que digo de auiso, para que de
aqui adelante no me aparte vn dedo de su
presencia.”
  “Assi sera”, dixo el de la triste Figura, “y
yo estoy muy contento de que te quieras valer
de mi animo, el qual no te ha de faltar, aunque
te falte el anima del cuerpo; y vente aora tras
mi poco a poco, o como pudieres, y haz de los
ojos lanternas; rodearemos esta serrezuela,
quiça toparemos con aquel hombre que vimos, el
qual, sin duda alguna, no es otro que el dueño
de nuestro hallazgo.”
  A lo que Sancho respondio:
  “Harto mejor seria no buscalle, porque si
le hallamos y acaso fuesse el dueño del dinero,
claro está que lo tengo de restituyr, y assi, fuera
mejor, sin hazer esta inutil diligencia, posseerlo
yo con buena fe, hasta que por otra via menos
curiosa y diligente pareciera su verdadero
señor, y quiça fuera a tiempo que lo huuiera
gastado, y entonces el rey me hazia franco.”
  “Engañaste en esso, Sancho”, respondio don
Quixote; “que ya que hemos caydo en sospecha
de quien es el dueño, quasi delante,
estamos obligados a buscarle y boluerselos; y,
quando no le buscassemos, la vehemente
sospecha que tenemos de que el lo sea nos pone
ya en tanta culpa como si lo fuesse. Assi que,
Sancho amigo, no te de pena el buscalle, por
la que a mi se me quitará si le hallo.”
  Y assi, picó a Rozinante, y siguiole Sancho
con su acostumbrado jumento. Y, auiendo
rodeado parte de la montaña, hallaron en
vn arroyo cayda, muerta y medio comida de
perros, y picada de grajos, vna mula ensillada
y enfrenada. Todo lo qual confirmó en ellos
mas la sospecha de que aquel que huia era
el dueño de la mula y del coxin. Estandola
mirando, oyeron vn siluo como de pastor que
guardaua ganado; y a deshora, a su siniestra
mano, parecieron vna buena cantidad de cabras,
y tras ellas, por cima de la montaña, parecio
el cabrero que las guardaua, que era vn
hombre anciano. Diole vozes don Quixote, y
rogole que baxasse donde estauan. El respondio
a gritos que quién les auia traydo por aquel
lugar, pocas o ningunas vezes pisado sino de
pies de cabras, o de lobos y otras fieras que
por alli andauan. Respondiole Sancho que
baxasse, que de todo le darian buena cuenta.
Baxó el cabrero, y, en llegando adonde don
Quixote estaua, dixo:
  “Apostaré que está mirando la mula de alquiler
que está muerta en essa hondonada; pues a
buena fe que ha ya seys meses que está en
esse lugar. Diganme, ¿han topado por ahi a su
dueño?”
  “No hemos topado a nadie”, respondio don
Quixote, “sino a vn coxin y a vna maletilla que
no lexos deste lugar hallamos.”
  “Tambien la hallé yo”, respondio el cabrero;
“mas nunca la quise alçar ni llegar a ella,
temeroso de algun desman, y de que no me la
pidiessen por de hurto; que es el diablo sotil,
y debaxo de los pies se leuanta allombre
cosa donde tropiece y caya, sin saber cómo ni
cómo no.”
  “Esso mesmo es lo que yo digo”, respondio
Sancho; “que tambien la hallé yo, y no quise
llegar a ella con vn tiro de piedra; alli la
dexé, y alli se queda como se estaua, que no
quiero perro con cencerro.”
  “Dezidme, buen hombre”, dixo don Quixote,
“¿sabeys vos quién sea el dueño destas
prendas?”
  “Lo que sabre yo dezir”, dixo el cabrero, “es
que aura al pie de seys meses, poco mas a
menos, que llegó a vna majada de pastores,
que estara como tres leguas deste lugar, vn
mancebo de gentil talle y apostura, cauallero
sobre essa mesma mula que ahi está muerta,
y con el mesmo coxin y maleta que dezis
que hallastes y no tocastes. Preguntonos que
quál parte desta sierra era la mas aspera y
escondida. Diximosle que era esta donde aora
estamos, y es ansi la verdad, porque si entrays
media legua mas adentro, quiça no acertareys
a salir; y estoy marauillado de cómo aueys
podido llegar aqui, porque no ay camino ni
senda que a este lugar encamine.
  ”Digo, pues, que en oyendo nuestra respuesta
el mancebo, boluio las riendas y encaminó
hazia el lugar donde le señalamos, dexandonos
a todos contentos de su buen talle, y
admirados de su demanda y de la priessa con
que le viamos caminar y boluerse hazia la sierra;
y desde entonces nunca mas le vimos, hasta
que desde alli a algunos dias salio al camino
a vno de nuestros pastores, y, sin dezille nada,
se llegó a el y le dio muchas puñadas y
cozes, y luego se fue a la borrica del hato y le
quitó quanto pan y quesso en ella trahia, y con
estraña ligereza, hecho esto, se boluio a
emboscar en la sierra. Como esto supimos
algunos cabreros, le anduuimos a buscar casi
dos dias por lo mas cerrado desta sierra, al
cabo de los quales le hallamos metido en el
hueco de vn grueso y valiente alcornoque.
Salio a nosotros con mucha mansedumbre, ya roto
el vestido, y el rostro disfigurado y tostado
del sol, de tal suerte, que apenas le conociamos,
sino que los vestidos, aunque rotos, con
la noticia que dellos teniamos, nos dieron a
entender que era el que buscauamos.
  ”Saludonos cortesmente, y en pocas y muy
buenas razones nos dixo que no nos marauillassemos
de verle andar de aquella suerte, porque
assi le conuenia para cumplir cierta penitencia
que por sus muchos pecados le auia sido
impuesta. Rogamosle que nos dixesse quién era;
mas nunca lo pudimos acabar con el. Pedimosle
tambien que quando huuiesse menester el sustento,
sin el qual no podia passar, nos dixesse
donde le hallariamos, porque con mucho amor
y cuydado se lo lleuariamos; y que si esto tampoco
fuesse de su gusto, que, a lo menos, saliesse
a pedirlo, y no a quitarlo, a los pastores.
Agradecio nuestro ofrecimiento, pidio perdon
de los assaltos passados, y ofrecio de pedillo
de alli adelante por amor de Dios, sin dar
molestia alguna a nadie. En quanto lo que
tocaua a la estancia de su habitacion, dixo que no
tenia otra, que aquella que le ofrecia la
ocasion donde le tomaua la noche, y acabó su
platica con vn tan tierno llanto, que bien
fueramos de piedra los que escuchado le auiamos si
en el no le acompañaramos, considerandole
como le auiamos visto la vez primera, y qual
le veiamos entonces. Porque, como tengo dicho,
era vn muy gentil y agraciado mancebo, y en
sus corteses y concertadas razones mostraua ser
bien nacido y muy cortesana persona; que,
puesto que eramos rusticos los que le
escuchauamos, su gentileza era tanta, que bastaua
a darse a conocer a la mesma rusticidad.
  ”Y estando en lo mejor de su platica, paró y
enmudeciose; clauó los ojos en el suelo por vn
buen espacio, en el qual todos estuuimos
quedos y suspensos, esperando en qué auia de
parar aquel enuelesamiento, con no poca lastima
de verlo, porque por lo que hazia de abrir
los ojos, estar fixo mirando al suelo sin mouer
pestaña gran rato, y otras vezes cerrarlos
apretando los labios y enarcando las cejas,
facilmente conocimos que algun accidente de locura
le auia sobreuenido. Mas el nos dio a entender
presto ser verdad lo que pensauamos, porque
se leuantó con gran furia del suelo donde se
auia echado, y arremetio con el primero que
halló junto a si, con tal denuedo y rabia, que,
si no se le quitaramos, le matara a puñadas y
a bocados; y todo esto hazia diziendo: «¡A,
»fementido Fernando!; ¡aqui, aqui me pagarás la
»sinrazon que me heziste! Estas manos te
»sacarán el coraçon donde aluergan y tienen
»manida todas las maldades juntas, principalmente
»la fraude y el engaño.» Y a estas añadia
otras razones, que todas se encaminauan a
dezir mal de aquel Fernando, y a tacharle de
traydor y fementido.
  ”Quitamossele, pues, con no poca pesadumbre,
y el, sin dezir mas palabra, se apartó
de nosotros y se emboscó corriendo por entre
estos xarales y malezas, de modo, que nos
impossibilitó el seguille. Por esto conjeturamos
que la locura le venia a tiempos, y que
alguno que se llamaua Fernando le deuia
de auer hecho alguna mala obra, tan pesada
quanto lo mostraua el termino a que le auia
conduzido. Todo lo qual se ha confirmado
despues aca con las vezes, que han sido muchas,
que el ha salido al camino, vnas a pedir a los
pastores le den de lo que lleuan para comer, y
otras a quitarselo por fuerça; porque quando
está con el accidente de la locura, aunque los
pastores se lo ofrezcan de buen grado, no lo
admite, sino que lo toma a puñadas; y quando
está en su seso, lo pide por amor de Dios,
cortes y comedidamente, y rinde por ello muchas
gracias, y no con falta de lagrimas. Y en
verdad os digo, señores --prosiguio el
cabrero--, que ayer determinamos yo y quatro
zagales, los dos criados y los dos amigos mios,
de buscarle hasta tanto que le hallemos; y
despues de hallado, ya por fuerça, ya por grado,
le hemos de lleuar a la villa de Almodouar,
que está de aqui ocho leguas, y alli le
curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos
quién es quando esté en su seso, y si tiene
parientes a quien dar noticia de su desgracia.
Esto es, señores, lo que sabre deziros de lo que
me aueys preguntado, y entended que el dueño
de las prendas que hallastes es el mesmo
que vistes passar con tanta ligereza como
desnudez” --; que ya le auia dicho don Quixote
como auia visto passar aquel hombre saltando
por la sierra.
  El qual quedó admirado de lo que al cabrero
auia oydo, y quedó con mas desseo de saber
quién era el desdichado loco, y propuso en si
lo mesmo que ya tenia pensado: de buscalle
por toda la montaña, sin dexar rincon ni cueua
en ella que no mirasse, hasta hallarle. Pero
hizolo mejor la suerte de lo que el pensaua ni
esperaua, porque en aquel mesmo instante
parecio por entre vna quebrada de vna sierra,
que salia donde ellos estauan, el mancebo que
buscaua, el qual venia hablando entre si cosas
que no podian ser entendidas de cerca, quanto
mas de lexos. Su trage era qual se ha pintado,
solo que, llegando cerca, vio don Quixote que
vn coleto hecho pedaços que sobre si trahia,
era de ambar, por donde acabó de entender
que persona que tales habitos trahia no deuia
de ser de infima calidad.
  En llegando el mancebo a ellos, les saludo
con vna voz desentonada y bronca, pero
con mucha cortesia. Don Quixote le boluio las
saludes con no menos comedimiento, y, apeandose
de Rozinante, con gentil continente y donayre
le fue a abraçar, y le tuuo vn buen espacio
estrechamente entre sus braços, como si de
luengos tiempos le huuiera conocido. El otro, a
quien podemos llamar el Roto de la Mala
Figura, como a don Quixote el de la Triste,
despues de auerse dexado abraçar, le apartó vn
poco de si, y, puestas sus manos en los ombros
de don Quixote, le estuuo mirando como que
queria ver si le conocia; no menos admirado
quiça de ver la figura, talle y armas de don
Quixote, que don Quixote lo estaua de verle a
el. En resolucion, el primero que habló despues
del abraçamiento fue el Roto, y dixo lo que se
dira adelante.

                Capitulo XXIV

  Donde se prosigue la auentura de la Sierra
                   Morena.

  Dize la historia que era grandissima la
atencion con que don Quixote escuchaua al astroso
cauallero de la Sierra, el qual, prosiguiendo su
platica, dixo:
  “Por cierto, señor, quien quiera que seays,
que yo no os conozco, yo os agradezco las
muestras y la cortesia que conmigo aueys vsado,
y quisiera yo hallarme en terminos que, con
mas que la voluntad, pudiera seruir la que
aueys mostrado tenerme en el buen acogimiento
que me aueys hecho; mas no quiere mi suerte
darme otra cosa con que corresponda a las
buenas obras que me hazen, que buenos
desseos de satisfazerlas.”
  “Los que yo tengo”, respondio don Quixote,
“son de seruiros; tanto, que tenia determinado
de no salir destas sierras hasta hallaros y saber
de vos si el dolor que en la estrañeza de
vuestra vida mostrays tener, se podia hallar
algun genero de remedio, y, si fuera menester
buscarle, buscarle con la diligencia possible.
Y quando vuestra desuentura fuera de aquellas
que tienen cerradas las puertas a todo genero
de consuelo, pensaua ayudaros a llorarla y
plañirla como mejor pudiera; que todauia es
consuelo en las desgracias hallar quien se
duela dellas. Y si es que mi buen intento merece
ser agradecido con algun genero de cortesia,
yo os suplico, señor, por la mucha que veo que
en vos se encierra, y juntamente os conjuro
por la cosa que en esta vida mas aueys amado
o amays, que me digays quién soys y la causa
que os ha traydo a viuir y a morir entre estas
soledades como bruto animal, pues morays
entre ellos tan ageno de vos mismo, qual lo
muestra vuestro trage y persona. Y juro --añadio
don Quixote--, por la orden de caualleria
que recebi, aunque indigno y pecador, y por la
profession de cauallero andante, que si en
esto, señor, me complazeys, de seruiros con las
veras a que me obliga el ser quien soy, ora
remediando vuestra desgracia, si tiene remedio,
ora ayudandoos a llorarla, como os lo he
prometido.”
  El Cauallero del Bosque, que de tal manera
oyo hablar al de la Triste Figura, no hazia sino
mirarle y remirarle, y tornarle a mirar de arriba
a baxo, y despues que le huuo bien mirado,
le dixo:
  “Si tienen algo que darme a comer, por amor
de Dios que me lo den; que despues de auer
comido, yo hare todo lo que se me manda, en
agradecimiento de tan buenos desseos como
aqui se me han mostrado.”
  Luego sacaron, Sancho de su costal y el cabrero
de su çurron, con que satisfizo el Roto su
hambre, comiendo lo que le dieron como persona
atontada, tan apriessa, que no daua espacio
de vn bocado al otro, pues antes los engullia
que tragaua; y en tanto que comia, ni el ni
los que le mirauan hablauan palabra. Como
acabó de comer, les hizo de señas que le
siguiessen, como lo hizieron, y el los lleuó a vn
verde pradezillo que a la buelta de vna peña
poco desuiada de alli estaua. En llegando a el,
se tendio en el suelo encima de la yerua, y los
demas hizieron lo mismo; y todo esto sin que
ninguno hablasse, hasta que el Roto, despues
de auerse acomodado en su assiento, dixo:
  “Si gustays, señores, que os diga en breues
razones la inmensidad de mis desuenturas,
aueysme de prometer de que con ninguna pregunta
ni otra cosa no interrompereys el hilo de
mi triste historia, porque en el punto que lo
hagays, en esse se quedará lo que fuere
contando.”
  Estas razones del Roto truxeron a la memoria
a don Quixote el cuento que le auia contado
su escudero, quando no acerto el numero
de las cabras que auian passado el rio, y se
quedó la historia pendiente. Pero boluiendo al
Roto, prosiguio diziendo:
  “Esta preuencion que hago es porque querria
passar breuemente por el cuento de mis
desgracias; que el traerlas a la memoria no me
sirue de otra cosa que añadir otras de nueuo,
y mientras menos me preguntaredes, mas presto
acabaré yo de dezillas, puesto que no dexaré
por contar cosa alguna que sea de importancia
para no satisfazer del todo a vuestro
desseo.”
  Don Quixote se lo prometio en nombre de
los demas, y el, con este seguro, començo desta
manera:
  “Mi nombre es Cardenio, mi patria vna ciudad
de las mejores desta Andaluzia, mi linage
noble, mis padres ricos, mi desuentura tanta,
que la deuen de auer llorado mis padres y sentido
mi linage, sin poderla aliuiar con su riqueza,
que, para remediar desdichas del cielo, poco
suelen valer los bienes de fortuna. Viuia en
esta mesma tierra vn cielo, donde puso el
amor toda la gloria que yo acertara a dessearme.
Tal es la hermosura de Luscinda, donzella
tan noble y tan rica como yo, pero de mas
ventura, y de menos firmeza de la que a mis
honrados pensamientos se deuia. A esta Luscinda
amé, quise y adoré desde mis tiernos y primeros
años, y ella me quiso a mi con aquella senzillez
y buen animo que su poca edad permitia.
Sabian nuestros padres nuestros intentos, y
no les pesaua dello, porque bien vehian que,
quando passaran adelante, no podian tener
otro fin que el de casarnos, cosa que casi la
concertaua la ygualdad de nuestro linage y
riquezas. Crecio la edad y con ella el amor de
entrambos, que al padre de Luscinda le
parecio que por buenos respetos estaua obligado
a negarme la entrada de su casa; casi imitando
en esto a los padres de aquella Tisbe tan
decantada de los poetas. Y fue esta negacion
añadir llama a llama y desseo a desseo, porque,
aunque pusieron silencio a las lenguas, no
le pudieron poner a las plumas, las quales, con
mas libertad que las lenguas, suelen dar a
entender a quien quieren lo que en el alma esta
encerrado: que muchas vezes la presencia de
la cosa amada turba y enmudece la intencion
mas determinada y la lengua mas atreuida. ¡Ay,
cielos, y quántos villetes le escriui! ¡Quán
regaladas y honestas respuestas tuue! ¡Quántas
canciones compuse y quántos enamorados versos,
donde el alma declaraua y trasladaua sus
sentimientos, pintaua sus encendidos desseos,
entretenia sus memorias y recreaua su voluntad!
En efeto, viendome apurado, y que mi alma
se consumia con el desseo de verla, determiné
poner por obra y acabar en vn punto lo que
me parecio que mas conuenia para salir con
mi desseado y merecido premio, y fue el
pedirsela a su padre por legitima esposa, como lo
hize. A lo que el me respondio que me agradecia
la voluntad que mostraua de honralle
y de querer honrarme con prendas suyas, pero
que siendo mi padre viuo, a el tocaua de justo
derecho hazer aquella demanda, porque, si no,
fuesse con mucha voluntad y gusto suyo, no
era Luscinda muger para tomarse ni darse
a hurto.
  ”Yo le agradeci su buen intento, pareciendome
que lleuaua razon en lo que dezia, y que
mi padre vendria en ello como yo se lo dixesse.
Y con este intento, luego, en aquel mismo
instante, fuy a dezirle a mi padre lo que
desseaua, y al tiempo que entré en vn aposento
donde estaua, le hallé con vna carta abierta en
la mano, la qual, antes que yo le dixesse palabra,
me la dio, y me dixo: «Por essa carta veras,
»Cardenio, la voluntad que el duque Ricardo
»tiene de hazerte merced.» Este duque Ricardo,
como ya vosotros, señores, deueys de saber,
es vn grande de España que tiene su estado
en lo mejor desta Andaluzia. Tomé y ley
la carta, la qual venia tan encarecida, que a mi
mesmo me parecio mal si mi padre dexaua de
cumplir lo que en ella se le pedia, que era que
me embiasse luego donde el estaua; que queria
que fuesse compañero, no criado, de su hijo
el mayor, y que el tomaua a cargo el ponerme
en estado que correspondiesse a la estimacion
en que me tenia. Ley la carta, y enmudeci
leyendola, y mas quando ohi que mi padre me
dezia: «De aqui a dos dias te partiras,
»Cardenio, a hazer la voluntad del duque, y da
»gracias a Dios que te va abriendo camino por
»donde alcances lo que yo se que mereces.»
Añadio a estas otras razones de padre
consejero.
  ”Llegose el termino de mi partida, hablé vna
noche a Luscinda, dixele todo lo que passaua,
y lo mesmo hize a su padre, suplicandole
se entretuuiesse algunos dias y dilatasse el
darle estado hasta que yo viesse lo que
Ricardo me queria. El me lo prometio, y ella me
lo confirmó con mil juramentos y mil
desmayos. Vine, en fin, donde el duque Ricardo
estaua, fuy del tan bien recebido y tratado, que
desde luego començo la embidia a hazer su
oficio, teniendomela los criados antiguos,
pareciendoles que las muestras que el duque daua
de hazerme merced auian de ser en perjuyzio
suyo. Pero el que mas se holgo con mi yda
fue vn hijo segundo del duque, llamado
Fernando, moço gallardo, gentil hombre, liberal
y enamorado, el qual en poco tiempo quiso
que fuesse tan su amigo, que daua que dezir
a todos; y aunque el mayor me queria bien y
me hazia merced, no llegó al estremo con que
don Fernando me queria y trataua.
  ”Es, pues, el caso, que, como entre los
amigos no ay cosa secreta que no se comunique,
y la priuança que yo tenia con don Fernando
dexaua de serlo por ser amistad, todos sus
pensamientos me declaraua, especialmente
vno enamorado que le trahia con vn poco de
desassossiego. Queria bien a vna labradora,
vassalla de su padre, y ella los tenia muy
ricos, y era tan hermosa, recatada, discreta y
honesta, que nadie que la conocia se
determinaua en quál destas cosas tuuiesse mas
excelencia, ni mas se auentajasse. Estas tan
buenas partes de la hermosa labradora reduxeron
a tal termino los desseos de don Fernando,
que se determinó, para poder alcançarlo y
conquistar la entereza de la labradora, darle
palabra de ser su esposo, porque de otra
manera era procurar lo impossible. Yo, obligado
de su amistad, con las mejores razones que
supe y con los mas viuos exemplos que pude,
procuré estoruarle y apartarle de tal proposito.
Pero viendo que no aprouechaua, determiné
de dezirle el caso al duque Ricardo, su padre.
Mas don Fernando, como astuto y discreto, se
rezeló y temio desto, por parecerle que estaua
yo obligado, en vez de buen criado, [a] no
tener encubierta cosa que tan en perjuyzio de
la honra de mi señor el duque venia; y assi, por
diuertirme y engañarme, me dixo que no
hallaua otro mejor remedio para poder apartar
de la memoria la hermosura que tan sugeto le
tenia, que el ausentarse por algunos meses, y
que queria que el ausencia fuesse que los
dos nos viniessemos en casa de mi padre, con
ocasion que darian al duque, que venia a
ver y a feriar vnos muy buenos cauallos que en
mi ciudad auia, que es madre de los mejores
del mundo.
  ”Apenas le ohi yo dezir esto, quando, mouido
de mi aficion, aunque su determinacion no
fuera tan buena, la aprouara yo por vna de las
mas acertadas que se podian imaginar, por
ver quán buena ocasion y coyuntura se me
ofrecia de boluer a ver a mi Luscinda. Con
este pensamiento y desseo aproue su parecer
y esforce su proposito, diziendole que lo
pusiesse por obra con la breuedad possible,
porque, en efeto, la ausencia hazia su oficio a
pesar de los mas firmes pensamientos. Ya,
quando el me vino a dezir esto, segun despues
se supo, auia gozado a la labradora, con titulo
de esposo, y esperaua ocasion de descubrirse
a su saluo, temeroso de lo que el duque, su
padre, haria quando supiesse su disparate.
  ”Sucedio, pues, que, como el amor en los
moços por la mayor parte no lo es, sino
apetito, el qual, como tiene por vltimo fin el
deleyte, en llegando a alcançarle se acaba, y ha
de boluer atras aquello que parecia amor,
porque no puede passar adelante del termino que
le puso naturaleza, el qual termino no le puso a
lo que es verdadero amor...; quiero dezir, que
assi como don Fernando gozó a la labradora,
se le aplacaron sus desseos y se resfriaron sus
ahincos, y si primero fingia quererse ausentar
por remediarlos, aora de veras procuraua yrse
por no ponerlos en execucion. Diole el duque
licencia, y mandome que le acompañasse.
Venimos a mi ciudad, recibiole mi padre como
quien era. Vi yo luego a Luscinda, tornaron a
viuir, aunque no auian estado muertos ni
amortiguados, mis desseos, de los quales di
cuenta, por mi mal, a don Fernando, por
parecerme que, en la ley de la mucha amistad que
mostraua, no le deuia encubrir nada. Alabele
la hermosura, donayre y discrecion de Luscinda
de tal manera, que mis alabanças mouieron
en el los desseos de querer ver donzella
de tantas buenas partes adornada. Cumpliselos
yo, por mi corta suerte, enseñandosela
vna noche, a la luz de vna vela, por vna ventana
por donde los dos soliamos hablarnos. Viola
en sayo, tal, que todas las bellezas hasta
entonces por el vistas las puso en oluido.
Enmudecio, perdio el sentido, quedó absorto; y,
finalmente, tan enamorado, qual lo vereys en el
discurso del cuento de mi desuentura. Y, para
encenderle mas el desseo, que a mi me zelaua,
y al cielo a solas descubria, quiso la fortuna
que hallasse vn dia vn villete suyo pidiendome
que la pidiesse a su padre por esposa, tan
discreto, tan honesto y tan enamorado, que, en
leyendolo, me dixo que en sola Luscinda se
encerrauan todas las gracias de hermosura y
de entendimiento que en las demas mugeres
del mundo estauan repartidas.
  ”Bien es verdad que quiero confessar aora
que, puesto que yo veia con quán justas
causas don Fernando a Luscinda alabaua, me
pesaua de oyr aquellas alabanças de su boca,
y comence a temer y a rezelarme del,
porque no se passaua momento donde no quisiesse
que tratassemos de Luscinda, y el mouia la
platica aunque la truxesse por los cabellos,
cosa que despertaua en mi vn no se que de
zelos, no porque yo temiesse reues alguno de
la bondad y de la fe de Luscinda, pero, con
todo esso, me hazia temer mi suerte lo mesmo
que ella me asseguraua. Procuraua siempre
don Fernando leer los papeles que yo a
Luscinda embiaua y los que ella me respondia,
a titulo que de la discrecion de los dos gustaua
mucho. Acaecio, pues, que auiendome pedido
Luscinda vn libro de cauallerias en que leer,
de quien era ella muy aficionada, que era el
de Amadis de Gaula...”
  No huuo bien oydo don Quixote nombrar
libro de cauallerias, quando dixo:
  “Con que me dixera vuestra merced al
principio de su historia que su merced de la
señora Luscinda era aficionada a libros de
cauallerias, no fuera menester otra exageracion
para darme a entender la alteza de su
entendimiento, porque no le tuuiera tan bueno como
vos, señor, le aueys pintado, si careciera del
gusto de tan sabrosa leyenda; assi que para
conmigo no es menester gastar mas palabras
en declararme su hermosura, valor y entendimiento;
que, con solo auer entendido su aficion,
la confirmo por la mas hermosa y mas discreta
muger del mundo; y quisiera yo, señor, que
vuestra merced le huuiera embiado, junto con
Amadis de Gaula, al bueno de don Rugel de
Grecia, que yo se que gustara la señora
Luscinda mucho de Darayda y Geraya, y de
las discreciones del pastor Darinel, y de
aquellos admirables versos de sus Bucolicas,
cantadas y representadas por el con todo
donayre, discrecion y desemboltura; pero tiempo
podra venir en que se enmiende essa falta, y
no dura mas en hazerse la enmienda de
quanto quiera vuestra merced ser seruido de
venirse conmigo a mi aldea; que alli le podre
dar mas de trecientos libros, que son el regalo
de mi alma y el entretenimiento de mi vida,
aunque tengo para mi que ya no tengo ninguno,
merced a la malicia de malos y embidiosos
encantadores. Y perdoneme vuestra merced el
auer contrauenido a lo que prometimos de no
interromper su platica, pues en oyendo cosas
de cauallerias y de caualleros andantes, assi es
en mi mano dexar de hablar en ellos, como lo
es en la de los rayos del sol dexar de calentar,
ni humedecer en los de la luna. Assi que,
perdon, y proseguir, que es lo que aora haze mas
al caso.”
  En tanto que don Quixote estaua diziendo lo
que queda dicho, se le auia caydo a Cardenio
la cabeça sobre el pecho, dando muestras de
estar profundamente pensatiuo. Y puesto que
dos vezes le dixo don Quixote que prosiguiesse
su historia, ni alçaua la cabeça, ni respondia
palabra. Pero al cabo de vn buen espacio la
leuantó, y dixo:
  “No se me puede quitar del pensamiento, ni
aura quien me lo quite en el mundo, ni quien
me de a entender otra cosa, y seria vn majadero
el que lo contrario entendiesse o creyesse,
sino que aquel vellaconazo del maestro
Elisabat estaua amancebado con la reyna
Madasima.”
  “Esso no, ¡voto a tal!”, respondio con mucha
colera don Quixote, y arrojole, como tenia de
costumbre; “y essa es vna muy gran malicia,
o vellaqueria, por mejor dezir. La reyna
Madasima fue muy principal señora, y no se ha
de presumir que tan alta princessa se auia de
amancebar con vn sacapotras; y quien lo
contrario entendiere, miente como muy gran
vellaco. Y yo se lo dare a entender a pie o a
cauallo, armado o desarmado, de noche o de dia,
o como mas gusto le diere.”
  Estauale mirando Cardenio muy atentamente,
al qual ya auia venido el accidente de su
locura, y no estaua para proseguir su historia,
ni tampoco don Quixote se la oyera, segun
le auia disgustado lo que de Madasima le auia
oydo. ¡Estraño caso!, que assi boluio por ella
como si verdaderamente fuera su verdadera y
natural señora: tal le tenian sus descomulgados
libros. Digo, pues, que como ya Cardenio
estaua loco, y se oyo tratar de mentis y de
vellaco, con otros denuestos semejantes, pareciole
mal la burla, y alçó vn guijarro que halló
junto a si, y dio con el en los pechos tal
golpe a don Quixote, que le hizo caer de
espaldas. Sancho Pança, que de tal modo vio
parar a su señor, arremetio al loco con el puño
cerrado, y el Roto le recibio de tal suerte, que
con vna puñada dio con el a sus pies, y luego
se subio sobre el y le brumó las costillas muy
a su sabor. El cabrero, que le quiso defender,
corrio el mesmo peligro. Y despues que los
tuuo a todos rendidos y molidos, los dexó y se
fue con gentil sossiego a emboscarse en la
montaña.
  Leuantose Sancho, y con la rabia que tenia
de verse aporreado tan sin merecerlo, acudio
a tomar la vengança del cabrero, diziendole
que el tenia la culpa de no auerles auisado
que a aquel hombre le tomaua a tiempos la
locura; que si esto supieran, huuieran estado
sobre auiso para poderse guardar. Respondio
el cabrero que ya lo auia dicho, y que si el no
lo auia oydo, que no era suya la culpa. Replicó
Sancho Pança, y tornó a replicar el cabrero, y
fue el fin de las replicas asirse de las barbas y
darse tales puñadas, que si don Quixote no los
pusiera en paz, se hizieran pedaços. Dezia
Sancho, asido con el cabrero:
  “Dexeme vuestra merced, señor Cauallero
de la Triste Figura, que en este que es villano
como yo y no está armado cauallero, bien
puedo a mi saluo satisfazerme del agrauio que
me ha hecho, peleando con el mano a mano,
como hombre honrado.”
  “Assi es”, dixo don Quixote; “pero yo se
que el no tiene ninguna culpa de lo sucedido.”
  Con esto los apaziguo, y don Quixote boluio
a preguntar al cabrero si seria possible hallar
a Cardenio, porque quedaua con grandissimo
desseo de saber el fin de su historia. Dixole el
cabrero lo que primero le auia dicho, que
era no saber de cierto su manida, pero que si
anduuiesse mucho por aquellos contornos no
dexaria de hallarle, o cuerdo o loco.

                 Capitulo XXV

Que trata de las estrañas cosas que en Sierra
  Morena sucedieron al valiente cauallero de
  la Mancha, y de la imitacion que hizo a la
  penitencia de Beltenebros.

  Despidiose del cabrero don Quixote, y,
subiendo otra vez sobre Rozinante, mandó a
Sancho que le siguiesse, el qual lo hizo con su
jumento de muy mala gana. Yuanse poco a
poco entrando en lo mas aspero de la montaña,
y Sancho yua muerto por razonar con su amo,
y desseaua que el començasse la platica por
no contrauenir a lo que le tenia mandado; mas
no pudiendo sufrir tanto silencio, le dixo:
  “Señor don Quixote, vuestra merced me
eche su bendicion y me de licencia, que desde
aqui me quiero boluer a mi casa, y a mi muger
y a mis hijos, con los quales, por lo menos,
hablaré y departire todo lo que quisiere;
porque querer vuestra merced que vaya con el
por estas soledades de dia y de noche, y que
no le hable quando me diere gusto, es enterrarme
en vida. Si ya quisiera la suerte que los
animales hablaran, como hablauan en tiempo
de Guisopete, fuera menos mal, porque
departiera yo con mi jumento lo que me
viniera en gana, y con esto passara mi mala
ventura; que es rezia cosa, y que no se puede
lleuar en paciencia, andar buscando auenturas
toda la vida, y no hallar sino cozes y
manteamientos, ladrillazos y puñadas, y, con todo
esto, nos hemos de coser la boca, sin osar
dezir lo que el hombre tiene en su coraçon, como
si fuera mudo.”
  “Ya te entiendo, Sancho”, respondio don
Quixote; “tu mueres porque te alce el entredicho
que te tengo puesto en la lengua. Dale
por alçado y di lo que quisieres, con condicion
que no ha de durar este alçamiento mas de
en quanto anduuieremos por estas sierras.”
  “Sea ansi”, dixo Sancho; “hable yo aora,
que despues Dios sabe lo que sera; y començando
a gozar de esse saluoconduto, digo que
¿qué le yua a vuestra merced en boluer tanto
por aquella reyna Magimasa, o como se
llama? O ¿qué hazia al caso que aquel abad
fuesse su amigo o no? Que si vuestra merced
passara con ello, pues no era su juez, bien
creo yo que el loco passara adelante con su
historia, y se vuieran ahorrado el golpe del
guijarro y las cozes, y aun mas de seys
torniscones.”
  “A fe, Sancho”, respondio don Quixote, “que
si tu supieras, como yo lo se, quán honrada y
quán principal señora era la reyna Madasima,
yo se que dixeras que tuue mucha paciencia,
pues no quebre la boca por donde tales
blasfemias salieron. Porque es muy gran
blasfemia dezir ni pensar que vna reyna esté
amancebada con vn cirujano. La verdad del
cuento es que aquel maestro Elisabat, que el
loco dixo, fue vn hombre muy prudente y de
muy sanos consejos, y siruio de ayo y de
medico a la reyna. Pero, pensar que ella era su
amiga es disparate, digno de muy gran
castigo. Y porque veas que Cardenio no supo lo
que dixo, has de aduertir que quando lo dixo
ya estaua sin juyzio.”
  “Esso digo yo”, dixo Sancho; “que no auia
para qué hazer cuenta de las palabras de vn
loco, porque si la buena suerte no ayudara a
vuestra merced, y encaminara el guijarro a la
cabeça como le encaminó al pecho, buenos
quedaramos por auer buelto por aquella mi
señora, que Dios cohonda. Pues ¡montas que
no se librara Cardenio por loco!”
  “Contra cuerdos y contra locos”, [respondio
don Quixote], “está obligado qualquier
cauallero andante a boluer por la honra de las
mugeres, qualesquiera que sean; quanto mas por
las reynas de tan alta guisa y pro como fue
la reyna Madasima, a quien yo tengo particular
aficion por sus buenas partes; porque fuera
de auer sido fermosa, ademas fue muy prudente
y muy sufrida en sus calamidades, que
las tuuo muchas. Y los consejos y compañia
del maestro Elisabat le fue y le fueron de
mucho prouecho y aliuio para poder lleuar sus
trabajos con prudencia y paciencia. Y de aqui
tomó ocasion el vulgo, ignorante y mal
intencionado, de dezir y pensar que ella era su
manceba. ¡Y mienten, digo otra vez, y mentiran
otras dozientas, todos los que tal pensaren
y dixeren!”
  “Ni yo lo digo ni lo pienso”, respondio
Sancho. “Alla se lo ayan; con su pan se lo coman.
Si fueron amancebados o no, a Dios auran
dado la cuenta. De mis viñas vengo, no se
nada; no soy amigo de saber vidas agenas;
que el que compra y miente, en su bolsa lo
siente. Quanto mas, que desnudo naci, desnudo
me hallo: ni pierdo ni gano. Mas que lo
fuessen, ¿qué me va a mi? Y muchos piensan
que ay tozinos, y no ay estacas. Mas, ¿quién
puede poner puertas al campo? Quanto mas,
que de Dios dixeron.”
  “¡Valame Dios”, dixo don Quixote, “y qué de
necedades vas, Sancho, ensartando! ¿Qué va
de lo que tratamos a los refranes que enhilas?
Por tu vida, Sancho, que calles, y de aqui
adelante entremetete en espolear a tu asno, y
dexa de hazello en lo que no te importa. Y
entiende con todos tus cinco sentidos que todo
quanto yo he hecho, hago e hiziere, va muy
puesto en razon y muy conforme a las reglas
de caualleria, que las se mejor que quantos
caualleros las professaron en el mundo.”
  “Señor”, respondio Sancho, “y ¿es buena
regla de caualleria que andemos perdidos por
estas montañas, sin senda ni camino, buscando
[a vn loco], el qual, despues de hallado,
quiça le vendra en voluntad de acabar lo que
dexó començado, no de su cuento, sino de la
cabeça de vuestra merced y de mis costillas,
acabandonoslas de romper de todo punto?”
  “¡Calla, te digo otra vez, Sancho!”, dixo don
Quixote; “porque te hago saber que no solo
me trae por estas partes el desseo de hallar al
loco, quanto el que tengo de hazer en ellas
vna hazaña con que he de ganar perpetuo
nombre y fama en todo lo descubierto de la
tierra, y sera tal, que he de echar con ella el
sello a todo aquello que puede hazer perfecto
y famoso a vn andante cauallero.”
  “Y ¿es de muy gran peligro essa hazaña?”,
preguntó Sancho Pança.
  “No”, respondio el de la Triste Figura,
“puesto que de tal manera podia correr el
dado, que echassemos azar en lugar de
encuentro; pero todo ha de estar en tu
diligencia.”
  “¿En mi diligencia?”, dixo Sancho.
  “Si”, dixo don Quixote, “porque si buelues
presto de adonde pienso embiarte, presto se
acabará mi pena, y presto començará mi
gloria; y porque no es bien que te tenga mas
suspenso esperando en lo que han de parar
mis razones, quiero, Sancho, que sepas que el
famoso Amadis de Gaula fue vno de los mas
perfectos caualleros andantes. No he dicho
bien, fue vno: fue el solo, el primero, el vnico,
el señor de todos quantos vuo en su tiempo
en el mundo. ¡Mal año y mal mes para don
Belianis y para todos aquellos que dixeren
que se le ygualó en algo, porque se engañan,
juro cierto! Digo, assi mismo, que quando
algun pintor quiere salir famoso en su arte,
procura imitar los originales de los mas vnicos
pintores que sabe. Y esta mesma regla corre
por todos los mas oficios o exercicios de
cuenta que siruen para adorno de las republicas.
Y assi lo ha de hazer y haze el que quiere
alcançar nombre de prudente y sufrido, imitando
a Vlises, en cuya persona y trabajos nos
pinta Omero vn retrato viuo de prudencia y
de sufrimiento; como tambien nos mostro Virgilio,
en persona de Eneas, el valor de vn hijo
piadoso y la sagacidad de vn valiente y entendido
capitan, no pintandolo ni descubriendolo
como ellos fueron, sino como auian de
ser, para quedar exemplo a los venideros
hombres de sus virtudes. Desta mesma suerte,
Amadis fue el norte, el luzero, el sol de los
valientes y enamorados caualleros, a quien
deuemos de imitar todos aquellos que debaxo
de la vandera de amor y de la caualleria
militamos. Siendo, pues, esto ansi, como lo es,
hallo yo, Sancho amigo, que el cauallero
andante que mas le imitare, estara mas cerca de
alcançar la perfecion de la caualleria. Y vna
de las cosas en que mas este cauallero mostro
su prudencia, valor, valentia, sufrimiento,
firmeça y amor, fue quando se retiró, desdeñado
de la señora Oriana, a hazer penitencia
en la Peña Pobre, mudado su nombre en
el de Beltenebros, nombre por cierto significatiuo
y proprio para la vida que el de su
voluntad auia escogido. Ansi que me es a mi
mas facil imitarle en esto que no en hender
gigantes, descabeçar serpientes, matar endriagos,
desbaratar exercitos, fracasar armadas y
deshazer encantamentos. Y pues estos lugares
son tan acomodados para semejantes efectos,
no ay para que se dexe passar la ocasion,
que aora con tanta comodidad me ofrece
sus guedejas.”
  “En efecto”, dixo Sancho, “¿qué es lo que
vuestra merced quiere hazer en este tan
remoto lugar?”
  “¿Ya no te he dicho”, respondio don Quixote,
“que quiero imitar a Amadis haziendo aqui del
desesperado, del sandio y del furioso, por
imitar juntamente al valiente don Roldan, quando
halló en vna fuente las señales de que Angelica
la Bella auia cometido vileza con Medoro,
de cuya pesadumbre se boluio loco, y
arrancó los arboles, enturbió las aguas de las
claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados,
abrasó choças, derribó casas, arrastró yeguas,
y hizo otras cien mil insolencias dignas
de eterno nombre y escritura? Y, puesto que yo
no pienso imitar a Roldan, o Orlando, o
Rotolando --que todos estos tres nombres tenia--,
parte por parte en todas las locuras que hizo,
dixo y penso, hare el bosquexo como mejor
pudiere en las que me pareciere ser mas
essenciales; y podra ser que viniesse a contentarme
con sola la imitacion de Amadis, que sin hazer
locuras de daño, sino de lloros y sentimientos,
alcançó tanta fama como el que mas.”
  “Pareceme a mi”, dixo Sancho, “que los
caualleros que lo tal fizieron fueron prouocados
y tuuieron causa para hazer essas necedades
y penitencias. Pero vuestra merced, ¿qué
causa tiene para boluerse loco, qué dama le ha
desdeñado, o qué señales ha hallado que le
den a entender que la señora Dulzinea del
Toboso ha hecho alguna niñeria con moro o
christiano?”
  “Ahi está el punto”, respondio don Quixote,
“y essa es la fineza de mi negocio. Que
boluerse loco vn cauallero andante con causa, ni
grado ni gracias; el toque está desatinar sin
ocasion, y dar a entender a mi dama que si en
seco hago esto, ¿qué hiziera en mojado? Quanto
mas, que harta ocasion tengo en la larga
ausencia que he hecho de la siempre señora mia
Dulzinea del Toboso, que, como ya oyste dezir
a aquel pastor de marras, Ambrosio: «quien
»está ausente, todos los males tiene y teme».
Assi que, Sancho amigo, no gastes tiempo en
aconsejarme que dexe tan rara, tan felize y
tan no vista imitacion. Loco soy, loco he de
ser hasta tanto que tu bueluas con la respuesta
de vna carta que contigo pienso embiar a mi
señora Dulzinea; y si fuere tal qual a mi fe se
le deue, acabarse a mi sandez y mi penitencia;
y si fuere al contrario, sere loco de veras, y
siendolo, no sentire nada. Ansi que, de
qualquiera manera que responda, saldre del conflito
y trabajo en que me dexares: gozando el bien
que me truxeres, por cuerdo, o no sintiendo el
mal que me aportares, por loco. Pero dime,
Sancho, ¿traes bien guardado el yelmo de
Mambrino? Que ya vi que le alçaste del suelo
quando aquel desagradecido le quiso hazer
pedazos; pero no pudo, donde se puede echar de
ver la fineza de su temple.”
  A lo qual respondio Sancho:
  “¡Viue Dios, señor Cauallero de la Triste
Figura, que no puedo sufrir ni lleuar en paciencia
algunas cosas que vuestra merced dize!; y
que por ellas vengo a imaginar que todo quanto
me dize de cauallerias y de alcançar reynos
e imperios, de dar insulas y de hazer otras
mercedes y grandezas, como es vso de caualleros
andantes, que todo deue de ser cosa de
viento y mentira, y todo pastraña, o patraña, o
como lo llamaremos. Porque quien oyere dezir
a vuestra merced que vna bazia de barbero es
el yelmo de Mambrino, y que no salga de este
error en mas de quatro dias, ¿qué ha de pensar
sino que quien tal dize y afirma deue de tener
guero el juyzio? La bazia yo la lleuo en el
costal toda abollada, y lleuola para adereçarla en
mi casa y hazerme la barba en ella, si Dios me
diere tanta gracia que algun dia me vea con
mi muger y hijos.”
  “Mira, Sancho, por el mismo que denantes
juraste, te juro”, dixo don Quixote, “que tienes
el mas corto entendimiento que tiene ni tuuo
escudero en el mundo. ¿Que es possible que
en quanto ha que andas conmigo no has echado
de ver que todas las cosas de los caualleros
andantes parecen quimeras, necedades y
desatinos, y que son todas hechas al reues? Y no
porque sea ello ansi, sino porque andan entre
nosotros siempre vna caterua de encantadores
que todas nuestras cosas mudan y truecan,
y les bueluen segun su gusto y segun tienen
la gana de fauorecernos o destruyrnos, y assi,
esso que a ti te parece bazia de barbero me
parece a mi el yelmo de Mambrino, y a otro le
parecera otra cosa. Y fue rara prouidencia del
sabio que es de mi parte hazer que parezca
bazia a todos lo que real y verdaderamente es
yelmo de Mambrino, a causa que, siendo el de
tanta estima, todo el mundo me perseguira
por quitarmele, pero como ven que no es mas
de vn bazin de barbero, no se curan de procuralle,
como se mostro bien en el que quiso rompelle
y le dexó en el suelo sin lleuarle; que a fe
que si le conociera, que nunca el le dexara.
Guardale, amigo, que por aora no le he
menester; que antes me tengo de quitar todas
estas armas y quedar desnudo como quando
naci, si es que me da en voluntad de seguir en
mi penitencia mas a Roldan que a Amadis.”
  Llegaron en estas platicas al pie de vna alta
montaña, que casi como peñon tajado estaua
sola entre otras muchas que la rodeauan. Corria
por su falda vn manso arroyuelo, y haziase
por toda su redondez vn prado tan verde y
vicioso, que daua contento a los ojos que le
mirauan. Auia por alli muchos arboles
siluestres, y algunas plantas y flores que hazian
el lugar apazible. Este sitio escogio el cauallero
de la Triste Figura para hazer su penitencia, y
assi, en viendole, començo a dezir en voz alta,
como si estuuiera sin juyzio:
  “Este es el lugar, ¡o, cielos!, que diputo y
escojo para llorar la desuentura en que vosotros
mesmos me aueys puesto. Este es el sitio
donde el humor de mis ojos acrecentará las
aguas deste pequeño arroyo, y mis continos
y profundos sospiros moueran a la contina
las hojas destos montarazes arboles, en
testimonio y señal de la pena que mi assendereado
coraçon padece. ¡O vosotros, quien quiera que
seays, rusticos dioses, que en este inhabitable
lugar teneys vuestra morada: oyd las quexas
deste desdichado amante, a quien vna luenga
ausencia y vnos ymaginados zelos han traydo
a lamentarse entre estas hasperezas, y a quexarse
de la dura condicion de aquella ingrata y
bella, termino y fin de toda humana hermosura!
¡O vosotras, napeas y driadas, que teneys
por costumbre de habitar en las espessuras de
los montes, assi los ligeros y lasciuos satiros,
de quien soys, aunque en vano, amadas, no
perturben jamas vuestro dulce sossiego, que
me ayudeys a lamentar mi desuentura, o, a lo
menos, no os canseys de oylla! ¡O Dulzinea
del Toboso, dia de mi noche, gloria de mi
pena, norte de mis caminos, estrella de mi
ventura, assi el cielo te la de buena en quanto
acertares a pedirle, que consideres el lugar y
el estado a que tu ausencia me ha conduzido,
y que con buen termino correspondas al que
a mi fe se le deue! ¡O solitarios arboles, que
desde oy en adelante aueys de hazer compañia
a mi soledad: dad indicio, con el blando
mouimiento de vuestras ramas, que no os
desagrade mi presencia! ¡O tu, escudero mio,
agradable compañero en mas prosperos y
aduersos sucessos, toma bien en la memoria lo
que aqui me veras hazer, para que lo cuentes
y recites a la causa total de todo ello!”
  Y diziendo esto, se apeó de Rozinante, y en
vn momento le quitó el freno y la silla, y,
dandole vna palmada en las ancas, le dixo:
  “Libertad te da el que sin ella queda, ¡o
cauallo tan estremado por tus obras quan desdichado
por tu suerte! Vete por do quisieres; que
en la frente lleuas escrito que no te ygualó en
ligereza el Hipogrifo de Astolfo, ni el
nombrado Frontino, que tan caro le costo a
Bradamante.”
  Viendo esto Sancho, dixo:
  “Bien aya quien nos quitó aora del trabajo
de desenalbardar al ruzio; que a fe que no
faltaran palmadicas que dalle ni cosas que
dezille en su alabança; pero si el aqui estuuiera,
no consintiera yo que nadie le desalbardara,
pues no auia para qué; que a el no le
tocauan las generales de enamorado ni de
desesperado, pues no lo estaua su amo, que
era yo, quando Dios queria. Y, en verdad, señor
Cauallero de la Triste Figura, que si es que
mi partida y su locura de vuestra merced va
de veras, que sera bien tornar a ensillar a
Rozinante para que supla la falta del ruzio,
porque sera ahorrar tiempo a mi yda y buelta;
que si la hago a pie, no se quando llegaré ni
quando boluere, porque, en resolucion, soy mal
caminante.”
  “Digo, Sancho”, respondio don Quixote, “que
sea como tu quisieres, que no me parece mal
tu designio; y digo que de aqui a tres dias te
partiras, porque quiero que en este tiempo
veas lo que por ella hago y digo, para que se
lo digas.”
  “Pues ¿qué mas tengo de ver”, dixo
Sancho, “que lo que he visto?”
  “Bien estás en el cuento”, respondio don
Quixote; “ahora me falta rasgar las vestiduras,
esparzir las armas, y darme de calabaçadas
por estas peñas, con otras cosas deste jaez,
que te han de admirar.”
  “¡Por amor de Dios!”, dixo Sancho, “que
mire vuestra merced cómo se da essas calabaçadas;
que a tal peña podra llegar, y en tal
punto, que con la primera se acabasse la
maquina desta penitencia; y seria yo de parecer
que, ya que a vuestra merced le parece que
son aqui necessarias calabaçadas y que no se
puede hazer esta obra sin ellas, se contentasse,
pues todo esto es fingido y cosa contrahecha
y de burla, se contentase, digo, con
darselas en el agua, o en alguna cosa blanda,
como algodon, y dexeme a mi el cargo, que
yo dire a mi señora que vuestra merced se las
daua en vna punta de peña mas dura que la
de vn diamante.”
  “Yo agradezco tu buena intencion, amigo
Sancho”, respondio don Quixote; “mas quierote
hazer sabidor de que todas estas cosas que
hago no son de burlas, sino muy de veras;
porque de otra manera, seria contrauenir a las
ordenes de caualleria, que nos mandan que
no digamos mentira alguna, pena de relasos,
y el hazer vna cosa por otra, lo mesmo
es que mentir. Ansi que mis calabaçadas
han de ser verdaderas, firmes y valederas,
sin que lleuen nada del sofistico ni del
fantastico. Y sera necessario que me dexes
algunas hilas para curarme, pues que la
ventura quiso que nos faltasse el balsamo que
perdimos.”
  “Mas fue perder el asno”, respondio Sancho,
“pues se perdieron en el las hilas y todo,
y ruegole a vuestra merced que no se acuerde
mas de aquel maldito breuage, que en solo
oyrle mentar se me rebuelue el alma, no
que el estomago. Y mas le ruego, que haga
cuenta que son ya passados los tres dias que
me ha dado de termino para ver las locuras
que haze, que ya las doy por vistas y por
passadas, en cosa juzgada, y dire marauillas a mi
señora; y escriua la carta y despacheme
luego, porque tengo gran desseo de boluer a
sacar a vuestra merced deste purgatorio donde
le dexo.”
  “¿Purgatorio le llamas, Sancho?”, dixo don
Quixote; “mejor hizieras de llamarle infierno,
y aun peor, si ay otra cosa que lo sea.”
  “Quien ha infierno”, respondio Sancho,
“nula es retencio, segun he oydo dezir.”
  “No entiendo qué quiere dezir retencio”, dixo
don Quixote.
  “Retencio es”, respondio Sancho, “que
quien está en el infierno nunca sale del, ni
puede. Lo qual sera al reues en vuestra merced,
o a mi me andaran mal los pies, si es que
lleuo espuelas para auiuar a Rozinante; y
pongame yo vna por vna en el Toboso y delante
de mi señora Dulzinea; que yo le dire tales
cosas de las necedades y locuras, que todo es
vno, que vuestra merced ha hecho y queda
haziendo, que la venga a poner mas blanda
que vn guante, aunque la halle mas dura que
vn alcornoque; con cuya respuesta, dulze y
melificada, boluere por los ayres como bruxo,
y sacaré a vuestra merced deste purgatorio,
que parece infierno y no lo es, pues ay esperança
de salir del, la qual, como tengo dicho,
no la tienen de salir los que estan en el infierno,
ni creo que vuestra merced dira otra cosa.”
  “Assi es la verdad”, dixo el de la Triste
Figura; “pero ¿qué haremos para escriuir la
carta?”
  “Y la librança pollinezca tambien”, añadio
Sancho.
  “Todo yra inserto”, dixo don Quixote; “y
seria bueno, ya que no ay papel, que la
escriuiessemos, como hazian los antiguos, en hojas
de arboles o en vnas tablitas de cera; aunque
tan dificultoso sera hallarse esso aora como el
papel. Mas ya me ha venido a la memoria
donde sera bien, y aun mas que bien, escriuilla,
que es en el librillo de memoria que fue
de Cardenio, y tu tendras cuydado de hazerla
trasladar en papel, de buena letra, en el
primer lugar que hallares donde aya maestro de
escuela de muchachos, o si no, qualquiera
sacristan te la trasladará, y no se la des a
trasladar a ningun escriuano, que hazen letra
processada, que no la entendera Satanas.”
  “Pues ¿qué se ha de hazer de la firma?”,
dixo Sancho.
  “Nunca las cartas de Amadis se firman”,
respondio don Quixote.
  “Está bien”, respondio Sancho; “pero la
librança forçosamente se ha de firmar, y essa si
se traslada, diran que la firma es falsa, y
quedareme sin pollinos.”
  “La librança yra en el mesmo librillo
firmada, que en viendola mi sobrina, no pondra
dificultad en cumplilla. Y en lo que toca a la
carta de amores, pondras por firma: «Vuestro
»hasta la muerte, el Cauallero de la Triste
»Figura.» Y hara poco al caso que vaya de mano
agena, porque, a lo que yo me se acordar, Dulzinea
no sabe escriuir ni leer, y en toda su vida
ha visto letra mia, ni carta mia, porque mis
amores y los suyos han sido siempre platonicos,
sin estenderse a mas que a vn honesto mirar.
Y aun esto tan de quando en quando, que
osaré jurar con verdad que en doze años que
ha que la quiero mas que a la lumbre destos
ojos que han de comer la tierra, no la he visto
quatro vezes, y aun podra ser que destas quatro
vezes no vuiesse ella echado de ver la vna
que la miraua: tal es el recato y encerramiento
con que su padre Lorenço Corchuelo y su
madre Aldonça Nogales la han criado.”
  “¡Ta, ta!”, dixo Sancho. “¿Que la hija de
Lorenço Corchuelo es la señora Dulzinea del
Toboso, llamada por otro nombre Aldonça
Lorenço?”
  “Essa es”, dixo don Quixote, “y es la que
merece ser señora de todo el vniuerso.”
  “Bien la conozco”, dixo Sancho, “y se dezir
que tira tan bien vna barra como el mas forçudo
çagal de todo el pueblo. ¡Viue el Dador,
que es moça de chapa, hecha y derecha, y
de pelo en pecho, y que puede sacar la barba
del lodo a qualquier cauallero andante, o por
andar, que la tuuiere por señora! ¡O, hideputa,
qué rejo que tiene y qué voz! Se dezir que se
puso vn dia encima del campanario del aldea
a llamar vnos çagales suyos que andauan en
vn baruecho de su padre, y aunque estauan
de alli mas de media legua, assi la oyeron
como si estuuieran al pie de la torre; y lo
mejor que tiene es que no es nada melindrosa,
porque tiene mucho de cortesana: con todos se
burla y de todo haze mueca y donayre. Aora
digo, señor Cauallero de la Triste Figura, que
no solamente puede y deue vuestra merced
hazer locuras por ella, sino que con justo titulo
puede desesperarse, y ahorcarse; que nadie
aura que lo sepa que no diga que hizo demasiado
de bien, puesto que le lleue el diablo.
Y querria ya verme en camino solo por vella,
que ha muchos dias que no la veo, y deue de
estar ya trocada, porque gasta mucho la faz de
las mugeres andar siempre al campo, al sol y
al ayre. Y confiesso a vuestra merced vna
verdad, señor don Quixote: que hasta aqui he
estado en vna grande ignorancia; que pensaua
bien y fielmente que la señora Dulzinea deuia
de ser alguna princesa de quien vuestra
merced estaua enamorado, o alguna persona tal,
que mereciesse los ricos presentes que vuestra
merced le ha embiado, assi el del Vizcayno
como el de los galeotes, y otros muchos que
deuen ser, segun deuen de ser muchas las
vitorias que vuestra merced ha ganado y ganó
en el tiempo que yo aun no era su escudero.
Pero bien considerado, ¿qué se le ha de dar a
la señora Aldonça Lorenço, digo, a la señora
Dulzinea del Toboso, de que se le vayan a hincar
de rodillas delante della los vencidos que
vuestra merced le embia y ha de embiar?
Porque podria ser que al tiempo que ellos
llegassen estuuiesse ella rastrillando lino, o
trillando en las heras, y ellos se corriessen de
verla, y ella se riesse y enfadasse del
presente.”
  “Ya te tengo dicho antes de agora
muchas vezes, Sancho”, dixo don Quixote, “que
eres muy grande hablador, y que, aunque de
ingenio boto, muchas vezes despuntas de
agudo; mas para que veas quán necio eres tu
y quán discreto soy yo, quiero que me oyas
vn breue cuento: Has de saber que vna viuda
hermosa, moça, libre y rica, y, sobre todo,
desenfadada, se enamoró de vn moço motilon,
rollizo y de buen tomo; alcançolo a saber su
mayor, y vn dia dixo a la buena viuda, por
via de fraternal reprehension: «Marauillado
»estoy, señora, y no sin mucha causa, de que vna
»muger tan principal, tan hermosa y tan rica
»como vuestra merced, se aya enamorado de
»vn hombre tan soez, tan baxo y tan idiota
»como Fulano, auiendo en esta casa tantos
»maestros, tantos presentados y tantos teologos
»en quien vuestra merced pudiera escoger,
»como entre peras, y dezir: este quiero, aqueste
»no quiero.» Mas ella le respondio con mucho
donayre y desemboltura: «Vuestra merced,
»señor mio, esta muy engañado, y piensa muy a
»lo antiguo, si piensa que yo he escogido mal
»en Fulano por idiota que le parece, pues para
»lo que yo le quiero, tanta filosofia sabe y mas
»que Aristoteles.» Assi que, Sancho, por lo
que yo quiero a Dulzinea del Toboso, tanto
vale como la mas alta princesa de la tierra. Si,
que no todos los poetas que alaban damas
debaxo de vn nombre que ellos a su aluedrio
les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas
tu que las Amariles, las Filis, las
Siluias, las Dianas, las Galateas, las Filidas
y otras tales de que los libros, los
romances, las tiendas de los barberos, los
teatros de las comedias, estan llenos, fueron
verdaderamente damas de carne y huesso, y de
aquellos que las celebran y celebraron? No, por
cierto, sino que las mas se las fingen por dar
subjeto a sus versos, y porque los tengan
por enamorados y por hombres que tienen
valor para serlo. Y assi, bastame a mi pensar y
creer que la buena de Aldonça Lorenço es
hermosa y honesta; y, en lo del linage, importa
poco, que no han de yr a hazer la informacion
del para darle algun abito, y yo me hago cuenta
que es la mas alta princesa del mundo. Porque
has de saber, Sancho, si no lo sabes, que
dos cosas solas incitan a amar mas que otras,
que son la mucha hermosura y la buena fama,
y estas dos cosas se hallan consumadamente
en Dulzinea, porque en ser hermosa ninguna
le yguala, y en la buena fama pocas le llegan.
Y para concluyr con todo, yo imagino que
todo lo que digo es assi, sin que sobre ni falte
nada; y pintola en mi imaginacion como la
desseo, assi en la belleza como en la
principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcança
Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mugeres de
las edades preteritas, griega, barbara o latina.
Y diga cada vno lo que quisiere; que si por
esto fuere reprehendido de los ignorantes, no
sere castigado de los rigurosos.”
  “Digo que en todo tiene vuestra merced
razon”, respondio Sancho, “y que yo soy vn
asno; mas no se yo para qué nombro asno en
mi boca, pues no se ha de mentar la soga en
casa del ahorcado. Pero venga la carta, y a
Dios, que me mudo.”
  Sacó el libro de memoria don Quixote, y,
apartandose a vna parte, con mucho sossiego
començo a escriuir la carta, y, en acabandola,
llamó a Sancho y le dixo que se la queria
leer porque la tomasse de memoria, si acaso
se le perdiesse por el camino, porque de su
desdicha todo se podia temer. A lo qual
respondio Sancho:
  “Escriuala vuestra merced dos o tres vezes
ahi en el libro, y demele, que yo le lleuaré
bien guardado; porque pensar que yo la he
de tomar en la memoria es disparate, que la
tengo tan mala, que muchas vezes se me oluida
cómo me llamo. Pero, con todo esso, digamela
vuestra merced, que me holgaré mucho
de oylla, que deue de yr como de molde.”
  “Escucha, que assi dize”, dixo don Quixote:

CARTA DE DON QVIXOTE
                      A DVLZINEA DEL TOBOSO

     “Soberana y alta señora:

  ”El ferido de punta de ausencia y el llagado
de las telas del coraçon, dulcissima Dulzinea
del Toboso, te embia la salud que el no
tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu
valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi
afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido,
mal podre sostenerme en esta cuyta, que,
ademas de ser fuerte, es muy duradera. Mi
buen escudero Sancho te dara entera relacion,
¡o bella ingrata, amada enemiga mia!, del
modo que por tu causa quedo. Si gustares de
acorrerme, tuyo soy, y si no, haz lo que te
viniere en gusto, que con acabar mi vida aure
satisfecho a tu crueldad y a mi desseo.
  ”Tuyo hasta la muerte,

          ”El Cauallero de la Triste Figura.”

  “¡Por vida de mi padre”, dixo Sancho en
oyendo la carta, “que es la mas alta cosa que
jamas he oydo! ¡Pesia a mi, y cómo que le dize
vuestra merced ahi todo quanto quiere, y qué
bien que encaxa en la firma el Cauallero de la
Triste Figura! Digo de verdad que es vuestra
merced el mesmo diablo, y que no ay cosa
que no sepa.”
  “Todo es menester”, respondio don
Quixote, “para el oficio que trayo.”
  “Ea, pues”, dixo Sancho, “ponga vuestra
merced en essotra buelta la cedula de los tres
pollinos, y firmela con mucha claridad, porque
la conozcan en viendola.”
  “Que me plaze”, dixo don Quixote.
  Y, auiendola escrito, se la leyo, que dezia
ansi:
  “Mandará vuestra merced, por esta primera
de pollinos, señora sobrina, dar a Sancho
Pança, mi escudero, tres de los cinco que dexé
en casa y estan a cargo de vuestra merced.
Los quales tres pollinos se los mando librar
y pagar por otros tantos aqui recebidos de
contado; que con esta, y con su carta de
pago seran bien dados. Fecha en las entrañas
de Sierra Morena, a veynte y dos de agosto
deste presente año.”
  “Buena está”, dixo Sancho; “firmela
vuestra merced.”
  “No es menester firmarla”, dixo don
Quixote, “sino solamente poner mi rubrica, que
es lo mesmo que firma, y para tres asnos, y
aun para trezientos, fuera bastante.”
  “Yo me confio de vuestra merced”, respondio
Sancho; “dexeme, yre a ensillar a Rozinante,
y aparejese vuestra merced a echarme su
bendicion, que luego pienso partirme, sin ver
las sandezes que vuestra merced ha de hazer,
que yo dire que le vi hazer tantas, que no
quiera mas.”
  “Por lo menos quiero, Sancho, y porque es
menester ansi, quiero, digo, que me veas
en cueros y hazer vna o dos dozenas de locuras,
que las hare en menos de media hora, porque
auiendolas tu visto por tus ojos, puedas
jurar a tu saluo en las demas que quisieres
añadir; y assegurote que no diras tu tantas
quantas yo pienso hazer.”
  “¡Por amor de Dios, señor mio, que no vea
yo en cueros a vuestra merced, que me dara
mucha lastima y no podre dexar de llorar!; y
tengo tal la cabeça del llanto que anoche
hize por el ruzio, que no estoy para meterme
en nueuos lloros; y si es que vuestra merced
gusta de que yo vea algunas locuras, hagalas
vestido, breues y las que le vinieren mas a
cuento. Quanto mas que para mi no era
menester nada desso, y, como ya tengo dicho,
fuera ahorrar el camino de mi buelta, que ha
de ser con las nueuas que vuestra merced
dessea y merece. Y si no, aparejese la señora
Dulzinea; que si no responde como es razon,
voto hago solene a quien puedo que le tengo
de sacar la buena respuesta del estomago a
cozes y a vofetones. Porque, ¿dónde se ha de
sufrir que vn cauallero andante, tan famoso
como vuestra merced, se buelua loco, sin qué
ni para qué, por vna...? No me lo haga dezir la
señora, porque por Dios que despotrique y lo
eche todo a doze, aunque nunca se venda.
¡Bonico soy yo para esso! ¡Mal me conoce, pues
a fe que si me conociesse, que me ayunasse!”
  “A fe, Sancho”, dixo don Quixote, “que,
a lo que parece, que no estas tu mas cuerdo
que yo.”
  “No estoy tan loco”, respondio Sancho, “mas
estoy mas colerico. Pero dexando esto aparte,
¿qué es lo que ha de comer vuestra merced en
tanto que yo bueluo? ¿Ha de salir al camino,
como Cardenio, a quitarselo a los pastores?”
  “No te de pena esse cuydado”, respondio
don Quixote, “porque, aunque tuuiera, no
comiera otra cosa que las yeruas y frutos que
este prado y estos arboles me dieren; que la
fineza de mi negocio está en no comer y en
hazer otras asperezas equiualentes.”
  “A Dios, pues”, [dixo Sancho]. “Pero ¿sabe
vuestra merced que temo que no tengo de
acertar a boluer a este lugar donde agora le
dexo, segun está de escondido?”
  “Toma bien las señas, que yo procuraré no
apartarme destos contornos”, dixo don
Quixote, “y aun tendre cuydado de subirme por
estos mas altos riscos, por ver si te descubro
quando bueluas. Quanto mas que lo mas acertado
sera, para que no me yerres y te pierdas,
que cortes algunas retamas de las muchas que
por aqui ay, y las vayas poniendo de trecho a
trecho hasta salir a lo raso, las quales te
seruiran de mojones y señales para que me halles
quando bueluas, a imitacion del hilo del
laberinto de Perseo.”
  “Assi lo hare”, respondio Sancho Pança; y
cortando algunos pidio la bendicion a su
señor, y, no sin muchas lagrimas de entrambos,
se despidio del. Y, subiendo sobre Rozinante,
a quien don Quixote encomendo mucho, y que
mirasse por el como por su propria persona,
se puso en camino del llano, esparziendo de
trecho a trecho los ramos de la retama, como
su amo se lo auia aconsejado. Y assi se fue,
aunque todauia le importunaua don Quixote
que le viesse siquiera hazer dos locuras. Mas
no vuo andado cien passos, quando boluio
y dixo:
  “Digo, señor, que vuestra merced ha dicho
muy bien: que para que pueda jurar sin cargo
de conciencia que le he visto hazer locuras,
sera bien que vea siquiera vna, aunque bien
grande la he visto en la quedada de vuestra
merced.”
  “¿No te lo dezia yo?”, dixo don Quixote:
“¡Esperate, Sancho, que en vn credo las hare!”
  Y, desnudandose con toda priessa los calçones,
quedó en carnes y en pañales, y luego, sin
mas ni mas, dio dos çapatetas en el ayre y dos
tumbas la cabeça abaxo y los pies en alto,
descubriendo cosas, que, por no verlas otra vez,
boluio Sancho la rienda a Rozinante, y se dio
por contento y satisfecho de que podia jurar
que su amo quedaua loco. Y assi, le dexaremos
yr su camino hasta la buelta, que fue breue.

                Capitulo XXVI

Donde se prosiguen las finezas que de enamorado
      hizo don Quixote en Sierra Morena.

  Y, boluiendo a contar lo que hizo el de la
Triste Figura despues que se vio solo, dize la
historia que assi como don Quixote acabó de
dar las tumbas o bueltas de medio abaxo desnudo,
y de medio arriba vestido, y que vio que
Sancho se auia ydo sin querer aguardar a ver
mas sandezes, se subio sobre vna punta de vna
alta peña, y alli tornó a pensar lo que otras
muchas vezes auia pensado, sin auerse jamas
resuelto en ello, y era que quál seria mejor y
le estaria mas a cuento: imitar a Roldan en las
locuras desaforadas que hizo, o Amadis en
las malenconicas; y, hablando entre si mesmo,
dezia: “Si Roldan fue tan buen cauallero
y tan valiente como todos dizen, ¿qué marauilla?,
pues al fin era encantado, y no le podia
matar nadie si no era metiendole vn alfiler de
a blanca por la punta del pie, y el trahia
siempre los çapatos con siete suelas de hierro,
aunque no le valieron tretas contra Bernardo
del Carpio, que se las entendio y le ahogó
entre los braços en Ronzesvalles. Pero
dexando en el lo de la valentia a vna parte,
vengamos a lo de perder el juyzio, que es cierto
que le perdio por las señales que halló en la
[fontana], y por las nueuas que le dio el
pastor de que Angelica auia dormido mas de dos
siestas con Medoro, vn morillo de cabellos
enrriçados y paje de Agramante. Y si el
entendio que esto era verdad y que su dama le
auia cometido desaguissado, no hizo mucho
en boluerse loco. Pero yo, ¿cómo puedo imitalle
en las locuras, si no le imito en la
ocasion dellas?, porque mi Dulzinea del Toboso
ossaré yo jurar que no ha visto en todos los
dias de su vida moro alguno, ansi como el
es, en su mismo traje, y que se está oy como la
madre que la pario; y hariale agrauio
manifiesto si, imaginando otra cosa della, me
boluiesse loco de aquel genero de locura de
Roldan el furioso.
  ”Por otra parte, veo que Amadis de Gaula,
sin perder el juyzio y sin hazer locuras,
alcançó tanta fama de enamorado como el que
mas, porque lo que hizo, segun su historia, no
fue mas de que, por verse desdeñado de su
señora Oriana, que le auia mandado que no
pareciesse ante su presencia hasta que fuesse
su voluntad, de que se retiró a la Peña
Pobre en compañia de vn ermitaño, y alli se
hartó de llorar y de encomendarse a Dios,
hasta que el cielo le acorrio en medio de
su mayor cuyta y necessidad. Y si esto es
verdad, como lo es, ¿para qué quiero yo tomar
trabajo agora de desnudarme del todo, ni dar
pesadumbre a estos arboles, que no me han
hecho mal alguno, ni tengo para qué enturbiar
el agua clara destos arroyos, los quales me
han de dar de beuer quando tenga gana? Viua
la memoria de Amadis, y sea imitado de don
Quixote de la Mancha en todo lo que pudiere;
del qual se dira lo que del otro se dixo, que
si no acabó grandes cosas, murio por acometellas;
y si yo no soy desechado ni desdeñado
de Dulzinea del Toboso, bastame, como ya
he dicho, estar ausente della. ¡Ea, pues, manos
a la obra! Venid a mi memoria, cosas de
Amadis, y enseñadme por dónde tengo de començar
a imitaros; mas ya se que lo mas que el
hizo fue rezar y encomendarse a Dios; pero,
¿qué hare de rosario, que no le tengo?”
  En esto le vino al pensamiento cómo le haria,
y fue que rasgó vna gran tira de las faldas
de la camisa, que andauan colgando, y diole
honze ñudos, el vno mas gordo que los demas,
y esto le siruio de rosario el tiempo que alli
estuuo, donde rezó vn millon de Aue Marias.
Y lo que le fatigaua mucho era no hallar por
alli otro ermitaño que le confessasse y con
quien consolarse. Y, assi, se entretenia
passeandose por el pradezillo, escriuiendo y
grauando por las cortezas de los arboles y por la
menuda arena muchos versos, todos acomodados
a su tristeza, y algunos en alabança de
Dulzinea. Mas los que se pudieron hallar
enteros, y que se pudiessen leer despues que a
el alli le hallaron, no fueron mas que estos que
aqui se siguen:

       Arboles, yeruas y plantas
     que en aqueste sitio estays,
     tan altos, verdes y tantas:
     si de mi mal no os holgays,
     escuchad mis quexas santas.
       Mi dolor no os alborote,
     aunque mas terrible sea,
     pues, por pagaros escote,
     aqui lloró don Quixote
     ausencias de Dulzinea
          del Toboso.
       Es aqui el lugar adonde
     el amador mas leal
     de su señora se esconde,
     y ha venido a tanto mal
     sin saber cómo o por dónde.
       Traele amor al estricote,
     que es de muy mala ralea,
     y assi, hasta henchir vn pipote,
     aqui lloró don Quixote
     ausencias de Dulzinea
          del Toboso.
       Buscando las auenturas
     por entre las duras peñas,
     maldiziendo entrañas duras,
     que entre riscos y entre breñas
     halla el triste desuenturas,
       hiriole amor con su açote,
     no con su blanda correa,
     y en tocandole el cogote,
     aqui lloró don Quixote
     ausencias de Dulzinea
        del Toboso.

  No causó poca risa en los que hallaron los
versos referidos el añadidura del Toboso al
nombre de Dulzinea, porque imaginaron que
deuio de imaginar don Quixote que si en
nombrando a Dulzinea no dezia tambien del
Toboso, no se podria entender la copla, y assi
fue la verdad, como el despues confesso. Otros
muchos escriuio, pero, como se ha dicho, no se
pudieron sacar en limpio, ni enteros, mas
destas tres coplas. En esto, y en suspirar, y en
llamar a los faunos y siluanos de aquellos
bosques, a las ninfas de los rios, a la dolorosa y
vmida Eco, que le respondiesse, consolassen
y escuchassen, se entretenia, y en buscar
algunas yeruas con que sustentarse en tanto
que Sancho boluia; que si como tardó tres dias,
tardara tres semanas, el Cauallero de la Triste
Figura quedara tan desfigurado, que no le
conociera la madre que lo pario.
  Y sera bien dexalle embuelto entre sus
suspiros y versos, por contar lo que le auino
a Sancho Pança en su mandaderia. Y fue que,
en saliendo al camino real, se puso en busca
del del Toboso, y otro dia llegó a la venta
donde le auia sucedido la desgracia de la manta;
y no la vuo bien visto, quando le parecio que
otra vez andaua en los ayres, y no quiso entrar
dentro, aunque llegó a hora que lo pudiera y
deuiera hazer, por ser la del comer y lleuar en
desseo de gustar algo caliente, que auia grandes
dias que todo era fiambre. Esta necessidad
le forço a que llegasse junto a la venta, todauia
dudoso si entraria o no. Y estando en esto,
salieron de la venta dos personas que luego
le conocieron, y dixo el vno al otro:
  “Digame, señor licenciado, aquel del
cauallo, ¿no es Sancho Pança, el que dixo el
ama de nuestro auenturero que auia salido
con su señor por escudero?”
  “Si es”, dixo el licenciado; “y aquel es el
cauallo de nuestro don Quixote.”
  Y conocieronle tan bien como aquellos
que eran el cura y el barbero de su mismo
lugar, y los que hizieron el escrutinio y acto
general de los libros. Los quales, assi como
acabaron de conocer a Sancho Pança y a
Rozinante, desseosos de saber de don Quixote,
se fueron a el, y el cura le llamó por
su nombre, diziendole:
  “Amigo Sancho Pança, ¿adónde queda
vuestro amo?”
  Conociolos luego Sancho Pança, y determinó
de encubrir el lugar y la suerte dónde y
cómo su amo quedaua; y assi, les respondio
que su amo quedaua ocupado en cierta parte
y en cierta cosa que le era de mucha importancia,
la qual el no podia descubrir, por
los ojos que en la cara tenia.
  “No, no”, dixo el barbero, “Sancho Pança,
si vos no nos dezis donde queda, imaginaremos,
como ya imaginamos, que vos le aueys
muerto y robado, pues venis encima de su
cauallo; en verdad que nos aueys de dar el
dueño del rozin, o sobre esso, morena.”
  “No ay para qué conmigo amenazas, que yo
no soy hombre que robo ni mato a nadie: a
cada vno mate su ventura, o Dios, que le hizo.
Mi amo queda haziendo penitencia en la mitad
desta montaña, muy a su sabor.”
  Y luego, de corrida y sin parar, les conto de
la suerte que quedaua, las auenturas que le
auian sucedido, y como lleuaua la carta a la
señora Dulzinea del Toboso, que era la hija
de Lorenço Corchuelo, de quien estaua
enamorado hasta los higados. Quedaron admirados
los dos de lo que Sancho Pança les contaua, y
aunque ya sabian la locura de don Quixote y
el genero della, siempre que la oyan se
admirauan de nueuo. Pidieron(do)le a Sancho Pança
que les enseñasse la carta que lleuaua a la
señora Dulzinea del Toboso; el dixo que yua
escrita en vn libro de memoria, y que era
orden de su señor que la hiziesse trasladar en
papel en el primer lugar que llegasse; a lo
qual dixo el cura que se la mostrasse, que el
la trasladaria de muy buena letra. Metio la
mano en el seno Sancho Pança buscando el
librillo, pero no le halló, ni le podia hallar si
le buscara hasta agora, porque se auia
quedado don Quixote con el, y no se le auia dado,
ni a el se le acordo de pedirsele.
  Quando Sancho vio que no hallaua el libro,
fue(s)sele parando mortal el rostro, y, tornandose
a tentar todo el cuerpo muy apriessa, tornó
a echar de ver que no le hallaua, y, sin mas ni
mas, se hechó entrambos puños a las barbas y
se arrancó la mitad de ellas, y luego, apriessa
y sin cessar, se dio media dozena de puñadas
en el rostro y en las narizes, que se las bañó
todas en sangre. Visto lo qual por el cura y el
barbero, le dixeron que qué le auia sucedido,
que tan mal se paraua.
  “¿Qué me ha de suceder?”, respondio Sancho,
“sino el auer perdido de vna mano a otra,
en vn estante, tres pollinos, que cada vno
era como vn castillo.”
  “¿Cómo es esso?”, replicó el barbero.
  “He perdido el libro de memoria”, respondio
Sancho, “donde venia carta para Dulzinea
y vna cedula firmada de su señor, por
la qual mandaua que su sobrina me diesse
tres pollinos, de quatro o cinco que estauan en
casa.”
  Y con esto les conto la perdida del ruzio.
Consolole el cura, y dixole que en hallando a
su señor el le haria reualidar la manda, y que
tornasse a hazer la librança en papel, como era
vso y costumbre, porque las que se hazian en
libros de memoria jamas se acetauan ni
cumplian. Con esto se consolo Sancho, y dixo que
como aquello fuesse ansi, que no le daua
mucha pena la perdida de la carta de Dulzinea,
porque el la sabia casi de memoria, de la qual
se podria trasladar donde y quando quisiessen.
  “D