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OBRAS COMPLETAS
DE
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
_______
DON QVIXOTE DE LA MANCHA
TOMOS I Y II
Texto electrónico por
Fred F. Jehle
Copyright © 1928 Rodolfo Schevill
Copyright © 1996 Fred F. Jehle &
Purdue Research Foundation
OBRAS COMPLETAS
DE
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
_______
DON QVIXOTE
DE LA MANCHA
TOMOS I Y II
EDICIÓN PUBLICADA POR
RODOLFO SCHEVILL Y ADOLFO BONILLA
Profesor en la Profesor en la
Universidad de Universidad de
California (Berkeley). Madrid.
MADRID
GRÁFICAS REUNIDAS, S. A.
M. CM. XXVIII.
A
DON JUAN C. CEBRIAN
SU DEVOTO
R. S.
PRÓLOGO
El nombre de mi colaborador y hermano del
alma, Adolfo Bonilla y San Martín (q. e. p. d.),
debe ir al principio de este prólogo con el que
reanudo solo y con profundo dolor la publicación
de estas obras cervantinas. La pérdida de
mi amigo fraternal me hizo patente desde luego
cuán débiles habían de resultar mis propias
fuerzas para la continuación de una empresa
tan grande. Pero al darme cuenta de que él no
habría cejado en seguir esta faena en la cual
los dos habíamos puesto tanto cariño y tantas
horas de felicidad, cobré nuevamente valor y
tomé la resolución de dedicarme, en cuanto me
fuera posible, y hasta donde cupiera en la
disposición del cielo, a la tarea de dar fin a esta
edición. De tal manera, anhelaba pagar un tributo
forzosamente defectuoso y nada proporcionado
a la amistad que durante veinticinco
años llenó de luz y hermosura espiritual nuestra
vida, y al genio de trabajo concienzudo y
desinteresado que inspiró a Adolfo Bonilla la
creación de tantas publicaciones duraderas,
entre las cuales él quería dejar el primer lugar
a las obras de Cervantes.
* * *
Con esta edición del QUIJOTE ofrezco al lector
una reproducción del texto original, evitando
en cuanto me parecía justificado toda enmienda,
y conservando, conforme a lo que pide la
crítica rigurosa de hoy, las lecciones de la
primera edición: ésta se ha de reverenciar como
si fuera el manuscrito que se refleja y reproduce
en ella. En tal proceder me ha alentado antes
de todo el deseo de dar a la propia obra de
Cervantes la forma que, hasta cierto punto, se
pudiera acercar lo más posible a un texto
definitivo. A cada paso me he percatado de que más
vale conservar una sola palabra, una frase o un
giro cervantino que sustituir una enmienda, la
cual, por acertada que pareciese, claro es, había
de responder más a reglas de hoy que al estilo
o lenguaje del siglo XVI.
He tomado como base científica la primera
edición (señalada con A), examinando y cotejando
varios ejemplares de la misma (en España,
Londres y Nueva York), y notando en ellos
algunas variantes que se pueden dividir en tres
clases: (1) discrepancias de tipografía tales
como ta~-tan, tie~po-tiempo,
fè-fê-fee; (2) erratas
subsanadas en algunos ejemplares, dejadas sin
corregir en otros, y (3) contadísimas lecciones
diferentes como en su-en el su. Todas estas
diferencias pueden atribuírse a cambios hechos
mientras se tiraban los pliegos del libro. Sobre
este último proceder escribe Antonio López de
Vega en su prólogo a los pocos cuerdos y
desengañados varones: Pónense en las erratas
sólo los yerros más considerables. Y aunque a
algunos se acudió en parte de la impresión,
según el tiempo en que se reconocieron, como
quedó la otra parte con ellos, a mayor cautela
de los tomos comprendidos y por la dificultad
de la excepción de los preservados, se pone el
defecto como general. El a quien cupiere la
suerte de tomo corregido, por el trabajo que se
le excusa, perdone la acusación falsa. Al que la
hallare verdadera, le ruego no lea sin enmendar;
i, a todos, que sea en la lección deste libro
vuestra primera curiosidad el examinar en esto,
i corregir el que a cada uno le tocare:
governándoos por la buena razón, para lo mismo
en lo que halláredes que dexó de corregirse.
Heráclito i Demócrito de nuestro siglo etc.
Diálogos morales etc. Madrid, 1641.
Por lo tanto, las enmiendas realizadas
durante la impresión representan una costumbre
tradicional y carecen de trascendencia en cuanto
a los ejemplares de la misma tirada. De todos
modos me he limitado en las notas a señalar,
de las tres clases de variantes ya mencionadas,
solamente las lecciones distintas y las erratas
de la primera edición, dejando sin notar variantes
tales como que-q~, don-dó, que no representan
sino caprichos tipográficos. En cambio,
las erratas pueden reflejar bastante a menudo
descuidos correspondientes al mismo
manuscrito, además de darnos una idea más clara
del carácter de la impresión; y, tratándose
de una obra de universal renombre, cada detalle
de la primera edición es muy digno de ser
notado.
Infiero que el original se dictaba al cajista:
primero, por la omisión o repetición mecánica
de vocales o de sílabas enteras; segundo, por
bastantes erratas peculiares: verbigracia,
cuando se oyó ansi por aun si, el oydo por he
leydo, y, por fin, por algunas palabras como
tambien, simpar, por tan bien y sin par. Ya
se sabe que en dichas condiciones el cajista se
fija antes en el sonido que en el sentido del
dictado, lo cual explica muchos detalles del
texto original. Señalo en las notas las
peculiaridades ortográficas sin subsanarlas en el
texto, porque el rectificarlas a cada paso
parece desnaturalizar la primera edición, dándole
un aspecto pulido que desdice enteramente de
su carácter. Si se encontrasen estos rasgos en
el manuscrito de Cervantes, nadie se atrevería
a tocarlos, y, aunque ignoramos con qué fidelidad
la primera edición refleja la ortografía del
manuscrito, ya que no poseemos éste (vale
repetirlo), no es lícito entregarnos a cambios
de mero antojo por más limado que resultara
el texto.
Doy las variantes intencionales (no las
erratas tipográficas) de la segunda edición de
Cuesta, 1605 (señalada con B); de la tercera de
Cuesta, 1608 (señalada con C); y de la de
Bruselas, 1607 (señalada con Br), que tomó por base
la segunda (B). De las ediciones de Cuesta,
porque se imprimieron en Madrid en vida de
Cervantes; de la de Bruselas también por su
fecha, y porque, de cuantas ediciones vieron
la luz fuera de España en la primera mitad
del siglo XVII, parece ser la impresa con más
esmero y con mayor discreción en las enmiendas.
No señalo variantes como dexais-dexays,
de essa-dessa, nube-nuue,
asentó-assentó; en
cambio, mismo-mesmo, assí-ansí tienen
importancia. Creo definitivos los indicios de que
Cervantes no intervino para nada en ninguna
edición, ni en A, ni después de impresa A; esto
da a las variantes señaladas solamente el valor
de una lección distinta contemporánea, la cual,
por consiguiente, tiene derecho a un lugar en el
léxico del idioma. El que Cervantes no hubiese
de corregir nada en B ni en otras ediciones me
parece patente por el proceder disparatado y
poco lógico del que enmendaba el texto, dejando
a cada paso de corregir palabras o giros
que pedían a gritos enmiendas que el propio
autor no hubiera podido dejar de hacer. Una
prueba convincente de esta aseveración, sacada
de las propias palabras de Cervantes, se
encuentra en la segunda parte del QUIJOTE.
Cuando el autor alude (II, caps. 3 y 4) a los
reparos que se le hacían por haber omitido de su
relato la pérdida y el hallazgo del Rucio, no
sabe qué responder, sino que el historiador se
engañó, o ya sería descuido del impresor. Y
también dice Sancho que hizo una lamentación,
que si no la puso el autor de nuestra
historia, puede hacer cuenta que no puso cosa
buena. Yo tendré cuidado, le contesta Carrasco,
de acusar al autor de la historia, que si
otra vez la imprimiere no se le olvide esto que
el buen Sancho ha dicho. Y en el capítulo 27
de la segunda parte el autor vuelve a hablar del
hurto del Rucio que por no haberse puesto el
cómo ni el cuándo en la primera parte por culpa
de los impresores, ha dado en que entender a
muchos, que atribuían a poca memoria del
autor la falta de imprenta. Si Cervantes
conocía B, no parece posible que hubiera escrito
estas palabras sin añadir que se habían suplido
las faltas de A por las enmiendas de B.
Tampoco ignoraba Cervantes que la historia de
Don Quijote se estaba imprimiendo en varios
países (cap. 3), pero no dice ni una palabra de
una edición corregida. En efecto, está claro
que muchas segundas ediciones se hacían a
menudo, sin consultar al autor, a raíz de
agotarse la primera, y las enmiendas introducidas
se hacían sin razonarlas, y a gran prisa, poco
antes de la impresión. Entre los ejemplares de
B no hay, si no me equivoco, tantas
discrepancias como entre los de A.
Se ha exagerado algo el descuido con que se
imprimió A. Comparado con otras primeras
ediciones, v. gr., las de El Buscón, Guzmán de
Alfarache y El Peregrino en su Patria, no
parece digna de tanto desprecio. En cambio, nada
peor que las dos ediciones del QUIJOTE de
Lisboa (1605), que carecen de todo valor para un
estudio crítico del texto. Las dos ediciones de
Valencia (me inclino a creer que no representan
tiradas distintas), tampoco merecen mucha
consideración. Corrigen algunas erratas de A,
introducen bastantes nuevas y hacen unas
contadas enmiendas dignas de notar y que se
hallan también más tarde en ediciones de Madrid
(v. gr., las de 1637 y 1647) y en la de Tonson
(Londres, 1738).
En mi texto resuelvo las abreviaturas de A,
tales como tie~po, q~, a~ql, V. M.; sigo en la
puntuación el proceder adoptado en los tomos
anteriores, y pongo el acento en algunos vocablos
homónimos, de más de una sílaba (v. gr., en
la 1.ª y 3.ª persona del singular del pretérito
de la 1.ª conjugación en los verbos regulares:
alabé, alabó, y no acorde ni acordo, en la
1.ª
y 2.ª persona del singular y en la 3.ª del singular
y plural del futuro, como alabaré, alabarás,
alabará, alabarán, etc.; y añado el acento a
los pronombres interrogativos quién, qué, cuál;
cúyo, adj.), para facilitar la lectura.
He tratado de tener en cuenta, hasta donde
me ha sido posible, los trabajos de investigación
y los comentarios escritos hasta la fecha
para las obras cervantinas. Las notas de los
principales cervantistas que me parecieron
dignas de consideración se señalan en las de esta
edición. Cierto es que hace falta un estudio
comparativo de las principales investigaciones
que se han publicado sobre el QUIJOTE desde
Vicente de los Ríos (1780) hasta la última edición
del Sr. D. Francisco Rodríguez Marín (1928). Es
una lista muy extensa y de un valor sumamente
desigual, siendo las más significantes las de
Juan Bowle (1781), Pellicer (1797), Navarrete
(Vida de Cervantes, 1819), García Arrieta (1826),
Bastús (1832-4), Clemencín (1833-9),
Hartzenbusch y La Barrera (1863), León Máinez
(1876-8), Benjumea (1880), Ormsby (1885),
Fitzmaurice-Kelly (1898, 1901), Cortejón (1905-13),
Cejador (La Lengua de Cervantes, 1905-6) y
Rodríguez Marín (1916-17). De todas éstas se
__________
(*) Logré ver la edición de 1928 sólo después
de impresas ya mis notas.
destacan principalmente las de Rodríguez
Marín, Clemencín, Cortejón y Cejador, a quienes
debemos el que podamos entender mejor
muchísimos pasos difíciles de la obra.
Pero cualquier comentario refleja, no sólo la
época, sino los conocimientos peculiares y las
cualidades personalísimas del comentador. En
Clemencín, que, disfrutando de una erudición
vastísima, sobre todo en la materia de los libros
de caballerías, arrojó a cada paso mucha luz
sobre frases obscuras, y aclaró múltiples alusiones
literarias e históricas, tenemos un ejemplo
admirable de crítico unilateral; nada sirve, por
lo tanto, ponderar su concepto estrecho de la
gramática, ni su falta de sentido histórico del
lenguaje, cuya evolución a través de los siglos
parece que le fué una ciencia enteramente
desconocida. Muchas observaciones de Cortejón,
por acertadas y valiosas que sean, están
obscurecidas o ahogadas entre extensas notas de
poco valor literario o científico; el inmenso
cuadro de las variantes que añadió da la misma
trascendencia a las insignificantes que a las que
merecen ser consideradas; y es de sentir
también que su sistema mal organizado acarrease
muchas equivocaciones. Los dos tomos aludidos
de Cejador (que comprenden una Gramática
y Diccionario) son de gran utilidad; pero
es lástima que se fundasen en la tercera
edición de Cuesta, lo cual hace carecer algunas
lecciones de la autoridad que se deriva
únicamente de la primera. A Rodríguez Marín,
patriarca de los cervantistas por una existencia
entera noblemente dedicada al estudio de la
vida y las obras de Cervantes, debemos el
comentario más trascendental de cuantos se
hayan emprendido para diversas obras de
Cervantes. Le debemos el que se puedan entender
por primera vez una infinidad de pasajes,
de giros y palabras que antes nadie había
acertado a explicar. Con su caudal inmenso de
conocimientos en materia de la literatura y de
las costumbres del siglo XVI, Rodríguez Marín
relaciona a Cervantes íntimamente con el
lenguaje y la cultura del Renacimiento; si bien
la crítica ha señalado que este admirable
investigador ha forzado un tanto la nota con
sus deseos de amenizar su comentario, acaso
para no pecar de erudito seco; esta objeción,
puede, sin embargo, pasarse por alto, ya que
dicha amenidad le debió de hacer soportables
tantas y tantas horas de abrumadores trabajos.
Está justificado el que ninguno de estos
comentadores se haya ocupado en hacer un
estudio detallado lingüístico del glosario
cervantino, ni de infinitos detalles de la sintaxis
que todavía piden una aclaración. La ciencia
de hoy día exige un trabajo definitivo, el cual
no se puede hacer comprensivamente sin (a)
un texto modelo y uniforme de todas las obras
de Cervantes, ni sin (b) un diccionario de las
voces que el gran escritor empleó; éstas se
podrían reunir con más exactitud por medio de
unas concordancias de sus escritos, siguiendo
los dechados del género que existen para ciertas
obras clásicas, y, en inglés, para la Biblia,
para Shakespeare y otros escritores famosos.
Excusa decir que un estudio definitivo sobre el
lenguaje del siglo XVI, tal como se refleja en
las obras cervantinas, sería uno de los capítulos
más trascendentales en la historia de la
evolución del idioma.
A cada paso se notan en Cervantes palabras
y giros difíciles de explicar, y toda solución
está hecha a medias si no toma en cuenta todo
el caudal del lenguaje cervantino (tanto de sus
versos como de su prosa), además del léxico
usado por sus contemporáneos. De lo cual se
sigue que muchas observaciones lingüísticas
abultarían desproporcionadamente en un
comentario que va con el texto, sin dejar de ser
deficientes por falta de trabajos fundamentales.
Hay todavía muchos vocablos cuyo origen no
se ha estudiado bastante, v. gr., estricote
(página 42-14), y hasta frases hechas, dichos y
refranes nacidos de una tradición antigua, que
se van dilucidando lentamente por medio de
las indagaciones de los eruditos y con la luz de
citas sacadas de un sinnúmero de autores. Para
facilitar el estudio de la bibliografía de las
obras relacionadas con los escritos de Cervantes
hacen falta catálogos de los libros españoles
que se custodian en las bibliotecas principales
de Europa y América (v. gr., Viena, Berlín,
Munich, Friburgo (bibl. de Schaeffer), Gotinga,
París, Nueva York, etc.), por el estilo del
pequeño libro utilísimo del erudito hispanista
Dr. Henry Thomas, sobre los libros españoles
que se hallan en el Museo Británico.
En vista de la importancia que ha de darse
únicamente al texto de Cervantes, he procurado
evitar toda erudición que pudiera parecer
excesiva, y tampoco he querido meterme en
ninguna crítica de índole literaria o estética,
para la cual tendré más valor una vez terminada
esta edición cervantina. Sigo creyendo en
un Cervantes cuya invención natural (la
palabra es suya) superaba inmensamente a su
educación y a sus conocimientos escolásticos;
cuyo genio, avivado y madurado por las
propias experiencias de una vida de acción y
perfeccionado por un don sin par de entender
omne humanum, supo expresarse en un lenguaje
y estilo que seguirán siendo la maravilla de
los tiempos venideros. El espíritu nuevo de la
crítica estética parece querer ocuparse cada
vez más de Cervantes artista, consciente de
cada belleza de estilo, y trabajando como un
arquitecto en la construcción de su obra de
arte inmortal; pero podría desorientar al
lector, si lo hiciera a costa de la inspiración
inconsciente y espontánea del novelista.
Los detalles que relacionan al QUIJOTE con
otros libros de su género, sus fuentes, las
huellas que dejó en obras posteriores, la
contribución inmensa de Cervantes, en resumidas
cuentas, a la historia novelística, haría un tomo
por sí misma. En efecto, una biografía razonada
del propio Cervantes coincidiría con un estudio
detallado de la literatura y del lenguaje
españoles del siglo XVI, llegando hasta integrarse
en una historia fundamental de las ideas
estéticas del Renacimiento.
Algunos giros extraños se me habrán
deslizado en el discurso de mis observaciones o
comentarios, pero no me han de cortar la mano
con que los escribí. Si el lector me averigua
faltas, errores e ignorancias, tendré que
contestarle con toda franqueza: ¡pero si usted
no puede figurarse cuántas cosas ignoro!, y no
será fácil ocultar el triste hecho a pesar del
tiempo y del cariño que he invertido en una
faena que por fuerza ha de quedar deficiente.
El comentario puesto a una obra inmortal no
puede aspirar a ser más que una pequeña piedra
añadida a un edificio que se ha de levantar
con el transcurso de los siglos. De todos modos
agradeceré cualquier reparo que se le ocurra
al lector, y trataré de aprovecharlo con tal que
hiciere más aceptable el texto cervantino.
De lo más esencial ha de carecer el comentario
sin la erudición vastísima de mi amigo
Adolfo Bonilla, que dotado de una memoria
sobrenatural no dejó casi nunca por escrito
apuntes o notas para los trabajos que pensaba
emprender. Pero confío en la indulgencia del
lector, convencido de que únicamente con ella
tendré valor para terminar esta edición de las
obras de Cervantes.
A mi querido amigo, el Dr. Ludwig Pfandl,
de Munich, doy aquí mis más expresivas
gracias por haberse tomado la molestia de leer
las pruebas del texto, y a mi estimado colega
D. Homero Serís por haber leído las pruebas
de las notas.
RODOLFO SCHEVILL.
Madrid, Otoño de 1928.
EL INGENIOSO
HIDALGO DON QVIXOTE
DE LA MANCHA
Compuesto por Miguel de Ceruantes
Saauedra.
DIRIGIDO AL DVQVE DE BEIAR,
Marques de Gibraleon, Conde de Benalcaçar Bañares,
Vizconde de la Puebla de Alcozer, Señor de
las villas de Capilla, Curiel y
Burguillos.
Escudo del impresor:
una mano, sobre
la cual hay un
halcón, puesto el
Año capirote; debajo 1605
un león echado; la
leyenda dice: Post
tenebras spero
lvcem
CON PRIVILEGIO
EN MADRID Por Iuan de la Cuesta.
__________________________________________________
Vendese en casa de Francisco de Robles,
librero del Rey nuestro señor. 15
TASSA
Yo, Iuan Gallo de Andrada, escriuano de
Camara del Rey nuestro señor, de los que residen
en su Consejo, certifico y doy fe: que,
auiendo visto por los señores del vn libro
intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha,
compuesto por Miguel de Ceruantes Saauedra,
tassaron cada pliego del dicho libro a tres
marauedis y medio, el qual tiene ochenta y
tres pliegos, que al dicho precio monta el dicho
libro docientos y nouenta marauedis y
medio, en que se ha de vender en papel, y dieron
licencia para que a este precio se pueda
vender; y mandaron que esta tassa se ponga al
principio del dicho libro, y no se pueda
vender sin ella. Y para que dello conste, di
la presente, en Valladolid, a veinte dias del
mes de Deziembre de mil y seyscientos y
quatro años.
Iuan Gallo de Andrada.
TESTIMONIO DE LAS ERRATAS
Este Libro no tiene cosa digna [de notar]
que no corresponda a su original. En testimonio
de lo auer correcto di esta fee, en el
Colegio de la Madre de Dios de los Teologos de
la Vniuersidad de Alcala, en primero de
Diziembre de 1604 años.
El Licenciado Francisco Murcia de la Llana.
EL REY
Por quanto por parte de vos, Miguel de
Ceruantes, nos fue fecha relacion que auiades
compuesto vn libro intitulado El ingenioso
Hidalgo de la Mancha, el qual os auia costado
mucho trabajo, y era muy vtil y prouechoso,
[y] nos pedistes y suplicastes os mandassemos
dar licencia y facultad para le poder imprimir,
y preuilegio por el tiempo que fuessemos
seruidos, o como la nuestra merced fuesse, lo
qual, visto por los del nuestro Consejo, por
quanto en el dicho libro se hizieron las
diligencias que la prematica vltimamente por nos
fecha sobre la impression de los libros
dispone, fue acordado que deuiamos mandar dar
esta nuestra cedula para vos, en la dicha
razon, y nos tuuimoslo por bien.
Por la qual, por os hazer bien y merced,
os damos licencia y facultad para que vos, o
la persona que vuestro poder huuiere, y no
otra alguna, podays imprimir el dicho libro,
intitulado El ingenioso Hidalgo de la Mancha,
que de suso se haze mencion, en todos estos
nuestros Reynos de Castilla, por tiempo y
espacio de diez años, que corran y se cuenten
desde el dicho dia de la data desta nuestra
cedula; so pena que la persona, o personas,
que sin tener vuestro poder lo imprimiere o
vendiere, o hiziere imprimir o vender, por el
mesmo caso pierda la impression que hiziere,
con los moldes y aparejos della, y mas incurra
en pena de cincuenta mil marauedis cada vez
que lo contrario hiziere. La qual dicha pena
sea la tercia parte para la persona que lo
acusare, y la otra tercia parte para nuestra
Camara, y la otra tercia parte para el juez que lo
sentenciare. Con tanto, que todas las vezes que
huuieredes de hazer imprimir el dicho libro
durante el tiempo de los dichos diez años, le
traygais al nuestro Consejo, juntamente con el
original que en el fue visto, que va rubricado
cada plana, y firmado al fin del, de Iuan Gallo
de Andrada, nuestro escriuano de Camara, de
los que en el residen, para saber si la dicha
impression está conforme el original; o traygays
fe en publica forma de como por corretor
nombrado por nuestro mandado, se vio y corrigio
la dicha impression por el original y se
imprimio conforme a el, y quedan impressas las
erratas por el apuntadas, para cada vn libro
de los que assi fueren impressos, para que se
tasse el precio que por cada volume[n]
huuieredes de auer.
Y mandamos al impressor que assi imprimiere
el dicho libro, no imprima el principio,
ni el primer pliego del, ni entregue mas de vn
solo libro, con el original, al autor o persona
a cuya costa lo imprimiere, ni otro alguno,
para efeto de la dicha correcion y tassa, hasta
que antes y primero el dicho libro esté
corregido y tassado por los del nuestro Consejo;
y estando hecho, y no de otra manera, pueda
imprimir el dicho principio y primer pliego, y
sucessiuamente ponga esta nuestra cedula, y
la aprouacion, tassa y erratas, so pena de caer
e incurrir en las penas contenidas en las leyes
y prematicas destos nuestros Reynos.
Y mandamos a los del nuestro Consejo, y
a otras qualesquier justicias dellos, guarden y
cumplan esta nuestra cedula y lo en ella
contenido.
Fecha en Valladolid, a veynte y seys dias
del mes de Setiembre de mil y seyscientos y
quatro años.
YO EL REY
Por mandado del Rey nuestro señor,
Iuan de Amezqueta.
AL DVQVE DE
BEIAR, MARQVES DE
Gibraleon, Conde de Benalcaçar y
Bañares, Vizconde de la Puebla de
Alcozer, Señor de las villas
de Capilla, Curiel y
Burguillos.
En fe del buen acogimiento y honra que
haze Vuestra Excelencia a toda suerte de libros,
como Principe tan inclinado a fauorecer las
buenas artes, mayormente las que por su nobleza
no se abaten al seruicio y grangerias del
vulgo, he determinado de sacar a luz al
Ingenioso Hidalgo don Quixote de la Mancha, al
abrigo del clarissimo nombre de vuestra
Excelencia, a quien, con el acatamiento que deuo
a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente
en su proteccion, para que a su sombra,
aunque desnudo de aquel precioso ornamento
de elegancia y erudicion de que suelen andar
vestidas las obras que se componen en las
casas de los hombres que saben, ose parecer
seguramente en el juyzio de algunos que,
[no] continiendose en los limites de su
ignorancia, suelen condenar con mas rigor y
menos justicia los trabajos agenos; que, poniendo
los ojos la prudencia de vuestra Excelencia
en mi buen desseo, fio que no desdeñará
la cortedad de tan humilde seruicio.
Miguel de Ceruantes Saauedra.
PROLOGO
Desocupado lector: sin juramento me podras
creer que quisiera que este libro, como
hijo del entendimiento, fuera el mas hermoso,
el mas gallardo y mas discreto que pudiera
imaginarse; pero no he podido yo contrauenir
al orden de naturaleza, que en ella cada cosa
engendra su semejante. Y assi, ¿qué podra
engendrar el esteril y mal cultiuado ingenio
mio, sino la historia de vn hijo seco, auellanado,
antojadizo y lleno de pensamientos varios,
y nunca imaginados de otro alguno, bien
como quien se engendró en vna carcel, donde
toda incomodidad tiene su assiento y donde
todo triste ruydo haze su habitacion? El
sossiego, el lugar apazible, la amenidad de los
campos, la serenidad de los cielos, el murmurar
de las fuentes, la quietud del espiritu, son
grande parte para que las musas mas esteriles se
muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo
que le colmen de marauilla y de contento.
Acontece tener vn padre vn hijo feo y sin
gracia alguna, y el amor que le tiene le pone
vna venda en los ojos para que no vea sus faltas,
antes las juzga por discreciones y lindezas,
y las cuenta a sus amigos por agudezas y
donayres. Pero yo, que, aunque parezco padre,
soy padrastro de don Quixote, no quiero yrme
con la corriente del vso, ni suplicarte, casi con
las lagrimas en los ojos, como otros hazen,
lector carissimo, que perdones o dissimules las
faltas que en este mi hijo vieres; y ni eres
su pariente, ni su amigo, y tienes tu alma en
tu cuerpo, y tu libre aluedrio, como el mas
pintado, y estás en tu casa, donde eres señor
della, como el Rey de sus alcaualas, y sabes
lo que comunmente se dize, que debaxo de mi
manto al Rey mato. Todo lo qual te essenta
y haze libre de todo respecto y obligacion, y
assi puedes dezir de la historia todo aquello
que te pareciere, sin temor que te calunien
por el mal, ni te premien por el bien que
dixeres della.
Solo quisiera dartela monda y desnuda, sin
el hornato de Prologo, ni de la inumerabilidad
y catalogo de los acostumbrados sonetos,
epigramas y elogios que al principio de los libros
suelen ponerse. Porque te se dezir, que,
aunque me costo algun trabajo componerla,
ninguno tuue por mayor que hazer esta prefacion
que vas leyendo. Muchas vezes tomé la pluma
para escriuille, y muchas la dexé, por no saber
lo que escriuiria; y estando vna suspenso,
con el papel delante, la pluma en la oreja,
el codo en el bufete y la mano en la mexilla,
pensando lo que diria, entró a deshora vn
amigo mio, gracioso y bien entendido, el qual,
viendome tan imaginatiuo, me preguntó la
causa, y no encubriendosela yo, le dixe que
pensaua en el Prologo que auia de hazer a la
historia de don Quixote, y que me tenia de
suerte que ni queria hazerle, ni menos sacar
a luz las hazañas de tan noble cauallero.
Porque ¿cómo quereys vos que no me
tenga confuso el que dirá el antiguo legislador
que llaman vulgo, quando vea que al cabo
de tantos años como ha que duermo en el
silencio del oluido, salgo aora, con todos mis
años a cuestas, con vna leyenda seca como
vn esparto, agena de inuencion, menguada
de estilo, pobre de concetos y falta de toda
erudicion y doctrina; sin acotaciones en las
margenes y sin anotaciones en el fin del libro,
como veo que estan otros libros, aunque sean
fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias
de Aristoteles, de Platon y de toda la caterua
de filosofos, que admiran a los leyentes, y
tienen a sus autores por hombres leydos,
eruditos y eloquentes? ¡Pues qué, quando citan la
Diuina Escritura, no diran sino que son vnos
Santos Tomases y otros Doctores de la Yglesia,
guardando en esto vn decoro tan ingenioso,
que en vn renglon han pintado vn enamorado
destraydo, y en otro hazen vn sermonzico
christiano, que es vn contento y vn regalo
oylle, o leelle! De todo esto ha de carecer
mi libro, porque ni tengo qué acotar en el
margen, ni qué anotar en el fin, ni menos se qué
autores sigo en el, para ponerlos al principio,
como hazen todos, por las letras del A B C,
començando en Aristoteles y acaba[n]do en
Xenofonte y en Zoylo, o Zeuxis, aunque
fue maldiciente el vno y pintor el otro.
Tambien ha de carecer mi libro de sonetos al
principio, a lo menos de sonetos cuyos autores
sean duques, marqueses, condes, obispos,
damas o poetas celeberrimos. Aunque si yo los
pidiesse a dos o tres oficiales amigos, yo se
que me los darian, y tales, que no les
ygualassen los de aquellos que tienen mas nombre
en nuestra España.
En fin, señor y amigo mio --prosegui-- yo
determino que el señor don Quixote se quede
sepultado en sus archiuos en la Mancha, hasta
que el cielo depare quien le adorne de tantas
cosas como le faltan, porque yo me hallo
incapaz de remediarlas, por mi insuficiencia y
pocas letras, y porque naturalmente soy
poltron y perezoso de andarme buscando autores
que digan lo que yo me se dezir sin ellos. De
aqui nace la suspension y eleuamiento, amigo,
en que me hallastes, bastante causa
para ponerme en ella la que de mi aueys oydo.
Oyendo lo qual, mi amigo, dandose vna
palmada en la frente y disparando en vna carga
de risa, me dixo:
Por Dios, hermano, que agora me acabo
de desengañar de vn engaño en que he estado
todo el mucho tiempo que ha que os conozco,
en el qual siempre os he tenido por discreto
y prudente en todas vuestras aciones. Pero
agora veo que estays tan lexos de serlo
como lo está el cielo de la tierra. ¿Cómo que
es possible que cosas de tan poco momento, y
tan faciles de remediar, puedan tener fuerças
de suspender y absortar vn ingenio tan maduro
como el vuestro, y tan hecho a romper y atropellar
por otras dificultades mayores? A la fe,
esto no nace de falta de abilidad, sino de
sobra de pereza y penuria de discurso. ¿Quereys
ver si es verdad lo que digo? Pues estadme
atento y vereys como en vn abrir y cerrar
de ojos confundo todas vuestras dificultades,
y remedio todas las faltas que dezis que os
suspenden y acobardan para dexar de sacar
a la luz del mundo la historia de vuestro
famoso don Quixote, luz y espejo de toda la
caualleria andante.
Dezid, le repliqué yo, oyendo lo que me
dezia: ¿de qué modo pensays llenar el vazio
de mi temor, y reduzir a claridad el caos de
mi confusion?
A lo qual el dixo:
Lo primero, en que reparays de los sonetos,
epigramas o elogios que os faltan para
el principio, y que sean de personages graues
y de titulo, se puede remediar en que vos
mesmo tomeys algun trabajo en hazerlos, y
despues los podeys bautizar y poner el nombre
que quisieredes, ahijandolos al Preste Iuan de
las Indias, o al Emperador de Trapisonda, de
quien yo se que ay noticia que fueron famosos
poetas, y quando no lo ayan sido, y vuiere
algunos pedantes y bachilleres que por
detras os muerdan y murmuren desta verdad, no
se os de dos marauedis, porque ya que os
aueriguen la mentira, no os han de cortar la mano
con que lo escriuistes.
En lo de citar en las margenes los libros y
autores de donde sacaredes las sentencias y
dichos que pusieredes en vuestra historia, no
ay mas sino hazer de manera que venga[n] a
pelo algunas sentencias, o latines, que vos
sepays de memoria, o, a lo menos, que os cuesten
poco trabajo el buscalle, como sera poner,
tratando de libertad y cautiuerio: Non bene pro
toto libertas venditur auro; y luego en el
margen citar a Oracio, o a quien lo dixo. Si
trataredes del poder de la muerte, acudir
luego con
Pa[l]lida Mors oequo pulsat pede pauperum tabernas
regumque turres.
Si de la amistad y amor que Dios manda que
se tenga al enemigo, entraros luego al punto
por la Escritura Diuina, que lo podeys hazer
con tantico de curiosidad, y dezir las palabras,
por lo menos, del mismo Dios: Ego autem dico
vobis, diligite inimicos vestros. Si trataredes
de malos pensamientos, acudid con el Euangelio:
De corde exeunt cogitationes malae.
Si de la instabilidad de los amigos, ahi está
Caton, que os dara su distico:
Donec eris felix, multos numerabis amicos,
tempora si fuerint nubila, solus eris.
Y con estos latinicos, y otros tales, os tendran
siquiera por gramatico; que el serlo no es de
poca honra y prouecho el dia de oy.
En lo que toca al poner anotaciones al fin
del libro, seguramente lo podeys hazer desta
manera; si nombrays algun gigante en vuestro
libro, hazelde que sea el gigante Golias, y con
solo esto, que os costará casi nada, teneys vna
grande anotacion, pues podeys poner: El gigante
Golias, o Goliat, fue vn filisteo a quien el
pastor Dauid mató de vna gran pedrada en el
valle de Terebinto, segun se cuenta en el libro
de los Reyes, en el capitulo que vos hallaredes
que se escriue. Tras esto, para mostraros
hombre erudito en letras humanas y cosmografo,
hazed de modo como en vuestra historia
se nombre el rio Tajo, y vereysos luego con
otra famosa anotacion, poniendo: El rio Tajo
fue assi dicho por vn Rey de las Españas; tiene
su nacimiento en tal lugar y muere en el mar
Oceano, besando los muros de la famosa ciudad
de Lisboa, y es opinion que tiene las arenas
de oro, &c. Si trataredes de ladrones, yo os
dire la historia de Caco, que la se de coro;
si de mugeres rameras, ahi está el Obispo de
Mondoñedo, que os prestará a Lamia, Layda y
Flora, cuya anotacion os dara gran credito;
si de crueles, Ouidio os entregará a Medea; si
de encantadores y hechizeras, Homero tiene
a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes
valerosos, el mesmo Iulio Cesar os prestará
a si mismo en sus Comentarios, y Plutarco
os dara mil Alexandros. Si trataredes de amores,
con dos onças que sepays de la lengua toscana,
topareys con Leon Hebreo, que os hincha
las medidas. Y si no quereys andaros por
tierras estrañas, en vuestra casa teneys a
Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra todo
lo que vos y el mas ingenioso acertare a
dessear en tal materia. En resolucion, no ay mas
sino que vos procureys nombrar estos nombres,
o tocar estas historias en la vuestra, que
aqui he dicho, y dexadme a mi el cargo de
poner las anotaciones y acotaciones; que yo
os voto a tal de llenaros las margenes y de
gastar quatro pliegos en el fin del libro.
Vengamos aora a la citacion de los autores
que los otros libros tienen, que en el vuestro
os faltan. El remedio que esto tiene es muy
facil, porque no aueys de hazer otra cosa que
buscar vn libro que los acote todos, desde la A
hasta la Z, como vos dezis. Pues esse mismo
abecedario pondreys vos en vuestro libro; que,
puesto que a la clara se vea la mentira, por la
poca necessidad que vos teniades de aprouecharos
dellos, no importa nada, y quiça alguno
aura tan simple que crea que de todos os aueys
aprouechado en la simple y senzilla historia
vuestra. Y quando no sirua de otra cosa, por
lo menos seruira aquel largo catalogo de
autores a dar de improuiso autoridad al libro.
Y mas, que no aura quien se ponga a aueriguar
si los seguistes o no los seguistes, no
yendole nada en ello; quanto mas que, si
bien caygo en la cuenta, este vuestro libro no
tiene necessidad de ninguna cosa de aquellas
que vos dezis que le falta, porque todo el es
vna inuectiua contra los libros de cauallerias,
de quien nunca se acordo Aristoteles, ni dixo
nada San Basilio, ni alcançó Ciceron. Ni caen
debaxo de la cuenta de sus fabulosos disparates
las puntualidades de la verdad, ni las
obseruaciones de la astrologia, ni le son de
importancia las medidas geometricas, ni la
confutacion de los argumentos de quien se sirue
la retorica, ni tiene para que predicar a
ninguno, mezclando lo humano con lo diuino,
que es vn genero de mezcla de quien no se
ha de vestir ningun christiano entendimiento.
Solo tiene que aprouecharse de la imitacion
en lo que fuere escriuiendo; que quanto
ella fuere mas perfecta, tanto mejor sera lo que
se escriuiere. Y pues esta vuestra escritura no
mira a mas que a deshazer la autoridad y
cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los
libros de cauallerias, no ay para que andeys
mendigando sentencias de filosofos, consejos
de la Diuina Escritura, fabulas de poetas,
oraciones de retoricos, milagros de santos, sino
procurar que a la llana, con palabras significantes,
honestas y bien colocadas, salga vuestra
oracion y periodo sonoro y festiuo; pintando
en todo lo que alcançaredes y fuere possible,
vuestra intencion, dando a entender vuestros
conceptos, sin intricarlos y escurecerlos.
Procurad tambien que, leyendo vuestra historia,
el melancolico se mueua a risa, el risueño la
acreciente, el simple no se enfade, el discreto
se admire de la inuencion, el graue no la
desprecie, ni el prudente dexe de alabarla. En
efecto, lleuad la mira puesta a derribar la
maquina mal fundada destos cauallerescos libros,
aborrecidos de tantos y alabados de muchos
mas; que, si esto alcançassedes, no auriades
alcançado poco.
Con silencio grande estuue escuchando lo
que mi amigo me dezia, y de tal manera se
imprimieron en mi sus razones, que, sin ponerlas
en disputa, las aproue por buenas, y de
ellas mismas quise hazer este Prologo; en el
qual veras, lector suaue, la discrecion de mi
amigo, la buena ventura mia en hallar en tiempo
tan necessitado tal consegero, y el aliuio
tuyo en hallar tan sinzera y tan sin rebueltas la
historia del famoso don Quixote de la Mancha,
de quien ay opinion por todos los habitadores
del distrito del campo de Montiel, que fue el
mas casto enamorado y el mas valiente cauallero
que de muchos años a esta parte se vio
en aquellos contornos. Yo no quiero encarecerte
el seruicio que te hago en darte a conocer
tan noble y tan honrado cauallero; pero
quiero que me agradezcas el conocimiento que
tendras del famoso Sancho Pança, su escudero,
en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas
las gracias escuderiles que en la caterua de los
libros vanos de cauallerias estan esparzidas.
Y con esto, Dios te de salud, y a mi no oluide.
Vale.
AL LIBRO DE DON QVIXOTE DE LA MANCHA
VRGANDA LA DESCONOCIDA
Si de llegarte a los bue-,
libro, fueres con letu-,
no te dira el boquirru-
que no pones bien los de-.
Mas si el pan no se te cue-
por yr a manos de idio-,
veras, de manos a bo-,
aun no dar vna en el cla-;
si bien se comen las ma-
por mostrar que son curio-.
Y, pues la espiriencia ense-
que el que a buen arbol se arri-
buena sombra le cobi-,
en Bexar tu buena estre-
vn arbol real te ofre-
que da Principes por fru-,
en el qual florecio vn Du-
que es nueuo Alexandro Ma-;
llega a su sombra: que a osa-
fauorece la fortu-.
De vn noble hidalgo manche-
contarás las auentu-,
a quien ociosas letu-
trastornaron la cabe-.
Damas, armas, caualle-
le prouocaron de mo-
que, qual Orlando furio-,
templado a lo enamora-,
alcançó a fuerça de bra-
a Dulzinea del Tobo-.
No indiscretos hierogli-
estampes en el escu-;
que, quando es todo figu-,
con ruynes puntos se embi-.
Si en la direccion te humi-,
no dira mofante algu-:
«¡Qué don Aluaro de Lu-,
qué Anibal el de Carta-,
qué Rey Francisco en Espa-
se quexa de la fortu-!»
Pues al cielo no le plu-
que saliesses tan ladi-
como el negro Iuan Lati-,
hablar latines rehu-
No me despuntes de agu-,
ni me alegues con filo-;
porque torziendo la bo-,
dira el que entiende la le-,
no vn palmo de las ore-:
«¿Para que conmigo flo-?»
No te metas en dibu-,
ni en saber vidas age-;
que en lo que no va ni vie-
passar de largo es cordu-.
Que suelen en caperu-
darles a los que grace-;
mas tu quemate las ce-
solo en cobrar buena fa-;
que el que imprime neceda-
dalas a censo perpe-.
Aduierte que es desati-,
siendo de vidrio el teja-,
tomar piedras en las ma-
para tirar al vezi-.
Dexa que el hombre de juy-
en las obras que compo-
se vaya con pies de plo-;
que el que saca a luz pape-
para entretener donze-,
escriue a tontas y a lo-.
AMADIS DE GAVLA
A DON QVIXOTE DE LA MANCHA
SONETO
Tu, que imitaste la llorosa vida
que tuue, ausente y desdeñado, sobre
el gran ribaço de la Peña Pobre,
de alegre a penitencia reduzida;
tu, a quien los ojos dieron la beuida
de abundante licor, aunque salobre,
y, alçandote la plata, estaño y cobre,
te dio la tierra en tierra la comida;
biue seguro de que eternamente,
en tanto, al menos, que en la quarta esfera
sus cauallos aguije el rubio Apolo,
tendras claro renombre de valiente,
tu patria sera en todas la primera,
tu sabio autor, al mundo vnico y solo.
DON BELIANIS DE GRECIA
A DON QVIXOTE DE LA MANCHA
SONETO
Rompi, corté, abollé, y dixe, y hize
mas que en el orbe cauallero andante;
fuy diestro, fuy valiente, fuy arrogante;
mil agrauios vengué, cien mil deshize.
Hazañas di a la fama que eternize;
fuy comedido y regalado amante;
fue enano para mi todo gigante,
y al duelo en qualquier punto satisfize.
Tuue a mis pies postrada la fortuna,
y traxo del copete mi cordura
a la calua ocasion al estricote.
Mas, aunque sobre el cuerno de la luna
siempre se vio encumbrada mi ventura,
tus proezas embidio, ¡o, gran Quixote!
LA SEÑORA ORIANA
A DVLZINEA DEL TOBOSO
SONETO
¡O, quien tuuiera, hermosa Dulzinea,
por mas comodidad y mas reposo,
a Miraflores puesto en el Toboso,
y trocara sus Londres con tu aldea!
¡O, quien de tus desseos y librea
alma y cuerpo adornara, y del famoso
cauallero, que hiziste venturoso,
mirara alguna desigual pelea!
¡O, quien tan castamente se escapara
del señor Amadis, como tu hiziste
del comedido hidalgo don Quixote!
Que assi, embidiada fuera, y no embidiara,
y fuera alegre el tiempo que fue triste,
y gozara los gustos sin escote.
GANDALIN, ESCVDERO DE AMADIS DE GAVLA,
A SANCHO PANÇA, ESCVDERO DE DON QVIXOTE
SONETO
Salue, varon famoso, a quien fortuna,
quando en el trato escuderil te puso,
tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
que lo passaste sin desgracia alguna.
Ya la açada o la hoz poco repugna
al andante exercicio; ya está en vso
la llaneza escudera, con que acuso
al soberuio que intenta hollar la luna.
Embidio a tu jumento, y a tu nombre,
y a tus alforjas ygualmente imbidio,
que mostraron tu cuerda prouidencia.
Salue otra vez, ¡o, Sancho! tan buen hombre,
que a solo tu nuestro español Ouidio
con buzcorona te haze reberencia.
DEL DONOSO POETA ENTREVERADO
A SANCHO PANÇA Y ROZINANTE
Soy Sancho Pança, escude-
del manchego don Quixo-;
puse pies en poluoro-
por viuir a lo discre-;
que el tacito Villadie-
toda su razon de esta-
cifró en vna retira-,
segun siente Celesti-,
libro, en mi opinion, diui-,
si encubriera mas lo huma-.
A ROZINANTE
Soy Rozinante el famo-,
bisnieto del gran Babie-;
por pecados de flaque-
fuy a poder de vn don Quixo-.
Parejas corri a lo flo-,
mas por vña de caua-
no se me escapó ceua-;
que esto saqué a Lazari-
quando, para hurtar el vi-
al ciego, le di la pa-.
ORLANDO FVRIOSO
A DON QVIXOTE DE LA MANCHA
SONETO
Si no eres par, tampoco le has tenido;
que par pudieras ser entre mil pares,
ni puede auerle donde tu te hallares,
inuito vencedor, jamas vencido.
Orlando soy, Quixote, que, perdido
por Angelica, vi remotos mares,
ofreciendo a la fama en sus altares
aquel valor que respetó el oluido.
No puedo ser tu ygual, que este decoro
se deue a tus proezas y a tu fama,
puesto que, como yo, perdiste el seso.
Mas serlo has mio, si al soberuio Moro
y Cita fiero domas, que oy nos llama
yguales en amor con mal sucesso.
EL CAVALLERO DEL FEBO
A DON QVIXOTE DE LA MANCHA
SONETO
A vuestra espada no ygualó la mia,
Phebo español, curioso cortesano,
ni a la alta gloria de valor mi mano,
que rayo fue do nace y muere el dia.
Imperios desprecié; la monarquia
que me ofrecio el Oriente roxo en vano
dexé, por ver el rostro soberano
de Claridiana, aurora hermosa mia.
Amela por milagro vnico y raro,
y, ausente en su desgracia, el propio infierno
temio mi braço, que domó su rabia.
Mas vos, godo Quixote, ilustre y claro,
por Dulzinea soys al mundo eterno,
y ella por vos famosa, honesta y sabia.
DE SOLISDAN
A DON QVIXOTE DE LA MANCHA
SONETO
Maguer, señor Quixote, que sandezes
vos tengan el cerbelo derrumbado,
nunca sereys de alguno reprochado
por home de obras viles y soezes.
Seran vuessas fazañas los joezes,
pues tuertos desfaziendo aueys andado,
siendo vegadas mil apaleado
por follones cautiuos y rahezes.
Y si la vuessa linda Dulzinea
dessaguisado contra vos comete,
ni a vuessas cuytas muestra buen talante,
en tal desman, vuesso conorte sea
que Sancho Pança fue mal alcaguete,
necio el, dura ella, y vos no amante.
DIALOGO ENTRE BABIECA
Y ROZINANTE
SONETO
B. ¿Cómo estays, Rozinante, tan delgado?
R. Porque nunca se come, y se trabaja.
B. Pues ¿qué es de la ceuada y de la paja?
R. No me dexa mi amo ni vn bocado.
B. Andá, señor, que estays muy mal criado,
pues vuestra lengua de asno al amo vltraja.
R. Asno se es de la cuna a la mortaja.
¿Quereyslo ver? Miraldo enamorado.
B. ¿Es necedad amar?
R. No es gran prudencia.
B. Metafisico estays.
R. Es que no como.
B. Quexaos del escudero.
R. No es bastante.
¿Cómo me he de quexar en mi dolencia,
si el amo y escudero o mayordomo
son tan rozines como Rozinante?
PRIMERA PARTE
DEL INGENIOSO
hidalgo don Quixote de
la Mancha.
Capitulo Primero
Que trata de la condicion y exercicio del famoso
hidalgo don Quixote de la Mancha.
En vn lugar de la Mancha, de cuyo nombre
no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que
viuia vn hidalgo de los de lança en astillero,
adarga antigua, rozin flaco y galgo corredor.
Vna olla de algo mas vaca que carnero,
salpicon las mas noches, duelos y quebrantos
los sabados, lantejas los viernes, algun
palomino de añadidura los domingos, consumian
las tres partes de su hazienda. El resto
della concluian sayo de velarte, calças de
velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo
mesmo, y los dias de entre semana se honraua
con su vellori de lo mas fino.
Tenia en su casa vna ama que passaua de
los quarenta, y vna sobrina que no llegaua a
los veynte, y vn moço de campo y plaça, que
assi ensillaua el rozin como tomaua la
podadera. Frisaua la edad de nuestro hidalgo con
los cinquenta años. Era de complexion rezia,
seco de carnes, enjuto de rostro, gran
madrugador y amigo de la caça. Quieren dezir que
tenia el sobrenombre de Quixada, o Quesada,
que en esto ay alguna diferencia en los autores
que deste caso escriuen, aunque por conjeturas
verosimiles se dexa entender que se
llamaua Quexana. Pero esto importa poco
a nuestro cuento; basta que en la narracion
del no se salga vn punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo,
los ratos que estaua ocioso, que eran los
mas del año, se daua a leer libros de cauallerias,
con tanta aficion y gusto, que oluidó casi
de todo punto el exercicio de la caça, y aun la
administracion de su hazienda; y llegó a tanto
su curiosidad y desatino en esto, que vendio
muchas hanegas de tierra de sembradura para
comprar libros de cauallerias en que leer, y
assi lleuó a su casa todos quantos pudo auer
dellos, y, de todos, ningunos le parecian tambien
como los que compuso el famoso Feliciano
de Silua; porque la claridad de su prosa,
y aquellas entricadas razones suyas le
parecian de perlas; y mas quando llegaua a leer
aquellos requiebros y cartas de desafios, donde
en muchas partes hallaua escrito: La razon
de la sinrazon que a mi razon se haze, de tal
manera mi razon enflaqueze, que con razon
me quexo de la vuestra fermosura. Y tambien
quando leia: Los altos cielos que de vuestra
diuinidad diuinamente con las estrellas os
fortifican, y os hazen merecedora del merecimiento
que merece la vuestra grandeza. Con estas
razones perdia el pobre cauallero el juyzio, y
desuelauase por entenderlas y desentrañarles
el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera
el mesmo Aristoteles, si resucitara
para solo ello.
No estaua muy bien con las heridas que don
Belianis daua y recebia, porque se imaginaua
que, por grandes maestros que le huuiessen
curado, no dexaria de tener el rostro y todo el
cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con
todo, alabaua en su autor aquel acabar su libro
con la promessa de aquella inacabable auentura,
y muchas vezes le vino desseo de tomar
la pluma y dalle fin al pie de la letra, como alli
se promete; y sin duda alguna lo hiziera, y aun
saliera con ello, si otros mayores y continuos
pensamientos no se lo estoruaran.
Tuuo muchas vezes competencia con el cura
de su lugar, que era hombre docto, graduado
en Ciguença, sobre quál auia sido mejor
cauallero, Palmerin de Ingalaterra o Amadis
de Gaula; mas Maese Nicolas, barbero del
mesmo pueblo, dezia que ninguno llegaua al
Cauallero del Febo, y que si alguno se le podia
comparar, era don Galaor, hermano de Amadis
de Gaula, porque tenia muy acomodada condicion
para todo; que no era cauallero melindroso,
ni tan lloron como su hermano, y que
en lo de la valentia no le yua en çaga.
En resolucion, el se enfrascó tanto en su
letura, que se le passauan las noches leyendo de
claro en claro, y los dias de turbio en turbio;
y, assi, del poco dormir y del mucho leer, se
le secó el celebro de manera que vino a perder
el juyzio. Llenosele la fantasia de todo aquello
que leia en los libros, assi de encantamentos
como de pendencias, batallas, desafios, heridas,
requiebros, amores, tormentas y disparates
impossibles. Y assentosele de tal modo en
la imaginacion que era verdad toda aquella
maquina de aquellas sonadas soñadas
inuenciones que leia, que para el no auia otra
historia mas cierta en el mundo. Dezia el, que
el Cid Ruydiaz auia sido muy buen cauallero;
pero que no tenia que ver con el Cauallero de
la Ardiente Espada, que de solo vn reues
auia partido por medio dos fieros y descomunales
gigantes. Mejor estaua con Bernardo del
Carpio, porque en Ronçesualles auia muerto
a Roldan el encantado, valiendose de la industria
de Hercules, quando ahogó a Anteo, el
hijo de la Tierra, entre los braços. Dezia mucho
bien del gigante Morgante porque, con ser
de aquella generacion gigantea, que todos
son soberuios y descomedidos, el solo era
afable y bien criado. Pero sobre todos estaua
bien con Reynaldos de Montaluan, y mas
quando le veia salir de su castillo, y robar
quantos topaua, y quando en allende robó
aquel idolo de Mahoma, que era todo de oro,
segun dize su historia. Diera el, por dar vna
mano de cozes al traydor de Galalon, al ama
que tenia, y aun a su sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juyzio, vino a dar
en el mas estraño pensamiento que jamas
dio loco en el mundo, y fue, que le parecio
conuenible y necessario, assi para el aumento
de su honra como para el seruicio de su
republica, hazerse cauallero andante, y yrse por
todo el mundo con sus armas y cauallo, a buscar
las auenturas, y a exercitarse en todo aquello
que el auia leydo que los caualleros andantes
se exercitauan, deshaziendo todo genero
de agrauio, y poniendose en ocasiones y
peligros, donde, acabandolos, cobrase eterno
nombre y fama. Ymaginauase el pobre ya
coronado por el valor de su braço, por lo menos
del imperio de Trapisonda, y, assi, con estos
tan agradables pensamientos, lleuado del estraño
gusto que en ellos sentia, se dio priessa
a poner en efeto lo que desseaua.
Y lo primero que hizo fue limpiar vnas armas
que auian sido de sus visabuelos, que,
tomadas de orin y llenas de moho, luengos
siglos auia que estauan puestas y oluidadas
en vn rincon. Limpiolas y adereçolas lo mejor
que pudo; pero vio que tenian vna gran falta,
y era que no tenian zelada de encaxe, sino
morrion simple; mas a esto suplio su industria,
porque de cartones hizo vn modo de media
zelada, que, encaxada con el morrion, hazian
vna apariencia de zelada entera. Es verdad
que para prouar si era fuerte y podia estar al
riesgo de vna cuchillada, sacó su espada y le
dio dos golpes, y con el primero y en vn
punto deshizo lo que auia hecho en vna semana;
y no dexó de parecerle mal la facilidad con
que la auia hecho pedaços, y, por assegurarse
deste peligro, la tornó a hazer de nueuo,
poniendole vnas barras de hierro por de dentro,
de tal manera, que el quedó satisfecho de su
fortaleza, y, sin querer hazer nueua experiencia
della, la diputó y tuuo por zelada finissima de
encaxe.
Fue luego a ver su rozin, y, aunque tenia
mas quartos que vn real y mas tachas que el
cauallo de Gonela, que tantum pellis & ossa
fuit, le parecio que ni el Buzefalo de
Alexandro, ni Babieca el del Cid con el se
ygualauan. Quatro dias se le passaron en imaginar
qué nombre le pondria, porque, segun se dezia
el a si mesmo, no era razon que cauallo de
cauallero tan famoso, y tan bueno el por si,
estuuiesse sin nombre conocido, y, ansi,
procuraua acomodarsele de manera que declarasse
quien auia sido antes que fuesse de cauallero
andante, y lo que era entonces; pues estaua
muy puesto en razon que, mudando su señor
estado, mudasse el tambien el nombre, y [le]
cobrasse famoso y de estruendo, como conuenia
a la nueua orden y al nueuo exercicio
que ya professaua; y assi, despues de muchos
nombres que formó, borró y quitó, añadio,
deshizo y tornó a hazer en su memoria e
imaginacion, al fin le vino a llamar Rozinante,
nombre, a su parecer, alto, sonoro y significatiuo
de lo que auia sido quando fue rozin,
antes de lo que aora era, que era antes y
primero de todos los rozines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su cauallo,
quiso ponersele a si mismo, y en este pensamiento
duró otros ocho dias, y al cabo se vino
a llamar don Quixote; de donde, como queda
dicho, tomaron ocasion los autores desta
tan verdadera historia que, sin duda, se deuia
de llamar Quixada, y no Quesada, como otros
quisieron dezir. Pero acordandose que el
valeroso Amadis, no solo se auia contentado con
llamarse Amadis a secas, sino que añadio el
nombre de su reyno y patria por [hazerla]
famosa, y se llamó Amadis de Gaula, assi
quiso, como buen cauallero, añadir al suyo el
nombre de la suya y llamarse don Quixote de
la Mancha, con que, a su parecer, declaraua
muy al viuo su linage y patria, y la honraua
con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrion
zelada, puesto nombre a su rozin y confirmandose
a si mismo, se dio a entender que no
le faltaua otra cosa sino buscar vna dama de
quien enamorarse; porque el cauallero andante
sin amores era arbol sin hojas y sin fruto, y
cuerpo sin alma. Deziase el a si: [Si] yo por
malos de mis pecados, o por mi buena
suerte, me encuentro por ahi con algun gigante,
como de ordinario les acontece a los caualleros
andantes, y le derribo de vn encuentro, o
le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le
venço y le rindo, ¿no sera bien tener a quien
embiarle presentado, y que entre y se hinque
de rodillas ante mi dulce señora, y diga con
voz humilde, y rendido: «Yo, señora, soy
»el gigante Caraculiambro, señor de la insula
»Malindrania, a quien vencio en singular
»batalla el jamas como se deue alabado
»cauallero don Quixote de la Mancha, el qual me
»mandó que me presentasse ante vuestra
»merced para que la vuestra grandeza
»disponga de mi a su talante?»
¡O, cómo se holgo nuestro buen cauallero
quando huuo hecho este discurso, y mas quando
halló a quien dar nombre de su dama! Y fue,
a lo que se cree, que en vn lugar cerca del suyo
auia vna moça labradora de muy buen parecer,
de quien el vn tiempo anduuo enamorado,
aunque, segun se entiende, ella jamas lo supo
ni se dio cata dello. Llamauase Aldonça
Lorenço, y a esta le parecio ser bien darle titulo
de señora de sus pensamientos; y, buscandole
nombre que no desdixesse mucho del suyo, y
que tirasse y se encaminasse al de princesa y
gran señora, vino a llamarla Dulcinea del
Toboso, porque era natural del Toboso; nombre,
a su parecer, musico y peregrino, y significatiuo,
como todos los demas que a el y a
sus cosas auia puesto.
Capitulo II
Que trata de la primera salida que de su tierra
hizo el ingenioso don Quixote.
Hechas, pues, estas preuenciones, no quiso
aguardar mas tiempo a poner en efeto su
pensamiento, apretandole a ello la falta que el
pensaua que hazia en el mundo su tardança, segun
eran los agrauios que pensaua deshazer, tuertos
que endereçar, sinrazones que emendar,
y abusos que mejorar, y deudas que satisfazer.
Y assi, sin dar parte a persona alguna de su
intencion y sin que nadie le viesse, vna mañana,
antes del dia, que era vno de los calurosos del
mes de Iulio, se armó de todas sus armas, subio
sobre Rocinante, puesta su mal compuesta
zelada, embraçó su adarga, tomó su lança, y, por
la puerta falsa de vn corral, salio al campo con
grandissimo contento y alboroço de ver con
quánta facilidad auia dado principio a su buen
desseo.
Mas apenas se vio en el campo quando le
assaltó vn pensamiento terrible, y tal, que por
poco le hiziera dexar la començada empresa;
y fue, que le vino a la memoria que no era
armado cauallero, y que, conforme a ley de
caualleria, ni podia ni deuia tomar armas con
ningun cauallero; y, puesto que lo fuera, auia de
lleuar armas blancas, como nouel cauallero, sin
empresa en el escudo, hasta que por su esfuerço
la ganasse. Estos pensamientos le hizieron
titubear en su proposito; mas, pudiendo mas su
locura que otra razon alguna, propuso de
hazerse armar cauallero del primero que topasse,
a imitacion de otros muchos que assi lo hizieron,
segun el auia leydo en los libros que tal le
tenian. En lo de las armas blancas, pensaua
limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que
lo fuessen mas que vn armiño; y con esto
se quietó y prosiguio su camino, sin lleuar otro
que aquel que su cauallo queria, creyendo que
en aquello consistia la fuerça de las auenturas.
Yendo, pues, caminando nuestro flamante
auenturero, yua hablando consigo mesmo,
y diziendo: ¿Quién duda, sino que en los
venideros tiempos, quando salga a luz la verdadera
historia de mis famosos hechos, que el sabio
que los escriuiere no ponga, quando llegue a
contar esta mi primera salida tan de mañana,
desta manera?: «Apenas auia el rubicundo Apolo
»tendido por la faz de la ancha y espaciosa
»tierra las doradas hebras de sus hermosos
»cabellos, y apenas los pequeños y pintados
»paxarillos con sus harpadas lenguas auian
»saludado con dulce y meliflua armonia la venida
»de la rosada Aurora, que, dexando la blanda
»cama del zeloso marido, por las puertas y
»balcones del manchego orizonte a los mortales
»se mostraua, quando el famoso cauallero don
»Quixote de la Mancha, dexando las ociosas
»plumas, subio sobre su famoso cauallo
»Rozinante, y començo a caminar por el antiguo y
»conocido campo de Montiel.» Y era la
verdad que por el caminaua; y añadio diziendo:
Dichosa edad, y siglo dichoso, aquel adonde
saldran a luz las famosas hazañas mias, dignas
de entallarse en bronzes, esculpirse en marmoles
y pintarse en tablas, para memoria en lo
futuro. ¡O tu, sabio encantador, quien quiera
que seas, a quien ha de tocar el ser coronista
desta peregrina historia, ruegote que no te
oluides de mi buen Rozinante, compañero eterno
mio en todos mis caminos y carreras! Luego
boluia diziendo, como si verdaderamente fuera
enamorado: ¡O princesa Dulcinea, señora deste
cautiuo coraçon!, mucho agrauio me auedes
fecho en despedirme y reprocharme con el
riguroso afincamiento de mandarme no parecer
ante la vuestra fermosura. Plegaos, señora,
de membraros deste vuestro sujeto coraçon, que
tantas cuytas por vuestro amor padece. Con
estos yua ensartando otros disparates, todos al
modo de los que sus libros le auian enseñado,
imitando en quanto podia su lenguaje. Con
esto caminaua tan despacio, y el sol entraua
tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante
a derretirle los sesos, si algunos tuuiera.
Casi todo aquel dia caminó sin acontecerle
cosa que de contar fuesse, de lo qual se
desesperaua, porque quisiera topar luego luego,
con quien hazer experiencia del valor de su
fuerte braço. Autores ay que dizen que la
primera auentura que le auino fue la del puerto
Lapice, otros dizen que la de los molinos
de viento; pero lo que yo he podido aueriguar
en este caso, y lo que he hallado escrito en
los Anales de la Mancha, es que el anduuo
todo aquel dia, y al anochecer, su rozin y el se
hallaron cansados y muertos de hambre; y que,
mirando a todas partes por ver si descubriria
algun castillo o alguna majada de pastores
donde recogerse, y adonde pudiesse remediar
su mucha hambre y necessidad, vio, no
lexos del camino por donde yua, vna venta,
que fue como si viera vna estrella que no
a los portales, sino a los alcaçares de su
redencion le encaminaua. Diose priessa a
caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecia.
Estauan acaso a la puerta dos mugeres moças,
destas que llaman del partido, las quales
yuan a Seuilla con vnos harrieros que en
la venta aquella noche acertaron a hazer
jornada; y como a nuestro auenturero todo quanto
pensaua, veia o imaginaua, le parecia ser hecho
y passar al modo de lo que auia leydo, luego
que vio la venta se le representó que era vn
castillo con sus quatro torres y chapiteles de
luziente plata, sin faltarle su puente leuadiza
y honda caua, con todos aquellos aderentes
que semejantes castillos se pintan.
Fues(s)e llegando a la venta que a el le
parecia castillo, y a poco trecho della detuuo las
riendas a Rozinante, esperando que algun enano
se pusiesse entre las almenas, a dar señal
con alguna trompeta de que llegaua cauallero
al castillo. Pero como vio que se tardauan y
que Rozinante se daua priessa por llegar a la
caualleriza, se llegó a la puerta de la venta, y
vio a las dos destraydas moças que alli
estauan, que a el le parecieron dos hermosas
donzellas o dos graciosas damas, que delante de
la puerta del castillo se estauan solazando. En
esto sucedio acaso que vn porquero, que
andaua recogiendo de vnos rastrojos vna manada
de puercos, que, sin perdon, assi se llaman,
tocó vn cuerno, a cuya señal ellos se recogen,
y al instante se le representó a don Quixote lo
que desseaua, que era que algun enano hazia
señal de su venida; y assi, con estraño contento,
llegó a la venta y a las damas. Las quales,
como vieron venir vn hombre de aquella suerte
armado, y con lança y adarga, llenas de miedo
se yuan a entrar en la venta; pero don Quixote,
coligiendo por su huyda su miedo, alçandose
la visera de papelon, y descubriendo su seco y
poluoroso rostro, con gentil talante y voz
reposada les dixo:
No fuyan las vuestras mercedes ni teman
desaguisado alguno, ca a la orden de caualleria
que professo non toca ni atañe fazerle a
ninguno, quanto mas a tan altas donzellas como
vuestras presencias demuestran.
Mirauan[le] las moças, y andauan con los
ojos buscandole el rostro, que la mala visera
le encubria; mas como se oyeron llamar
donzellas, cosa tan fuera de su profession, no
pudieron tener la risa, y fue de manera que don
Quixote vino a correrse y a dezirles:
Bien parece la mesura en las fermosas, y
es mucha sandez, ademas, la risa que de leue
causa procede; pero non vos lo digo porque os
acuytedes ni mostredes mal talante, que el mio
non es de al que de seruiros.
El lenguaje, no entendido de las señoras, y
el mal talle de nuestro cauallero acrecentaua en
ellas la risa, y en el el enojo, y passara muy
adelante si a aquel punto no saliera el ventero,
hombre que, por ser muy gordo, era muy pacifico;
el qual, viendo aquella figura contrahecha,
armada de armas tan desiguales como eran la
brida, lança, adarga y coselete, no estuuo en
nada en acompañar a las donzellas en las
muestras de su contento. Mas, en efeto,
temiendo la maquina de tantos pertrechos,
determinó de hablarle comedidamente, y assi
le dixo:
Si vuestra merced, señor cauallero, busca
posada, amen del lecho, porque en esta venta
no ay ninguno, todo lo demas se hallará en
ella en mucha abu[n]dancia.
Viendo don Quixote la humildad del alcayde
de la fortaleza, que tal le parecio a el el
ventero y la venta, respondio:
Para mi, señor castellano, qualquiera cosa
basta, porque
mis arreos son las armas,
mi descanso el pelear, &c.
Penso el huesped que el auerle llamado
castellano auia sido por auerle parecido de los
sanos de Castilla, aunque el era andaluz, y
de los de la Playa de San Lucar, no menos
ladron que Caco, ni menos maleante que
estudiantado paje; y, assi, le respondio:
Segun esso, las camas de vuestra merced
seran duras peñas, y su dormir, siempre velar;
y, siendo assi, bien se puede apear, con
seguridad de hallar en esta choça ocasion y
ocasiones para no dormir en todo vn año, quanto
mas en vna noche.
Y, diziendo esto, fue a tener el estribo a
don Quixote, el qual se apeó con mucha dificultad
y trabaxo, como aquel que en todo aquel
dia no se auia desayunado. Dixo luego al
huesped que le tuuiesse mucho cuydado de su
cauallo, porque era la mejor pieça que comia pan
en el mundo. Mirole el ventero, y no le parecio
tan bueno como don Quixote dezia, ni aun la
mitad; y acomodandole en la caualleriza, boluio
a ver lo que su huesped mandaua, al qual estauan
desarmando las donzellas, que ya se auian
reconciliado con el; las quales, aunque le auian
quitado el peto y el espaldar, jamas supieron
ni pudieron desencaxarle la gola, ni quitalle
la contrahecha zelada que traia atada con vnas
cintas verdes, y era menester cortarlas por no
poderse quitar los ñudos; mas el no lo quiso
consentir en ninguna manera, y, assi, se quedó
toda aquella noche con la zelada puesta, que
era la mas graciosa y estraña figura que se
pudiera pensar. Y al desarmarle, como el se
imaginaua que aquellas traydas y lleuadas que
le desarmauan eran algunas principales señoras
y damas de aquel castillo, les dixo con
mucho donayre:
Nunca fuera cauallero
de damas tambien seruido,
como fuera don Quixote
quando de su aldea vino:
donzellas curauan del,
princesas del su rozino.
O Rozinante; que este es el nombre, señoras
mias, de mi cauallo, y don Quixote de la Mancha
el mio; que, puesto que no quisiera descubrirme
fasta que las fazañas fechas en vuestro
seruicio y pro me descubrieran, la fuerça de
acomodar al proposito presente este romance
viejo de Lançarote ha sido causa que sepays
mi nombre antes de toda sazon; pero tiempo
vendra en que las vuestras señorias me
manden, y yo obedezca, y el valor de mi braço
descubra el desseo que tengo de seruiros.
Las moças, que no estauan hechas a oyr
semejantes retoricas, no respondian palabra;
solo le preguntaron si queria comer alguna
cosa.
Qualquiera yantaria yo, respondio don
Quixote, porque a lo que entiendo me haria
mucho al caso.
A dicha acerto a ser viernes aquel dia, y no
auia en toda la venta sino vnas raciones de
vn pescado que en Castilla llaman abadexo, y
en Andaluzia bacallao, y en otras partes
curadillo, y en otras truchuela. Preguntaronle si,
por ventura, comeria su merced truchuela; que
no auia otro pescado que dalle a comer.
Como aya muchas truchuelas, respondio
don Quixote, podran seruir de vna trucha;
porque esso se me da que me den ocho reales
en senzillos, que en vna pieça de a ocho.
Quanto mas que podria ser que fuessen estas
truchuelas como la ternera, que es mejor que
la vaca, y el cabrito que el cabron. Pero, sea
lo que fuere, venga luego, que el trabajo y
peso de las armas no se puede lleuar sin el
gouierno de las tripas.
Pusieronle la mesa a la puerta de la venta
por el fresco, y truxole el huesped vna porcion
del mal remojado y peor cozido bacallao, y vn
pan tan negro y mugriento como sus armas;
pero era materia de grande risa verle comer,
porque, como tenia puesta la zelada y alçada la
visera, no podia poner nada en la boca con
sus manos si otro no se lo daua y ponia, y
ansi, vna de aquellas señoras seruia deste
menester. Mas al darle de beuer, no fue possible,
ni lo fuera, si el ventero no horadara vna
caña, y, puesto el vn cabo en la boca, por el
otro le yua echando el vino; y todo esto lo
recebia en paciencia, a trueco de no romper las
cintas de la zelada.
Estando en esto, llegó acaso a la venta vn
castrador de puercos, y assi como llegó, sono
su siluato de cañas quatro o cinco vezes, con
lo qual acabó de confirmar don Quixote que
estaua en algun famoso castillo, y que le
seruian con musica, y que el abadexo eran
truchas, el pan candeal, y las rameras damas,
y el ventero castellano del castillo; y con esto
daua por bien empleada su determinacion y
salida. Mas lo que mas le fatigaua era el no
verse armado cauallero, por parecerle que no
se podria poner legitimamente en auentura
alguna, sin recebir la orden de caualleria.
Capitulo III
Donde se cuenta la graciosa manera que tuuo
don Quixote en armarse cauallero.
Y assi, fatigado deste pensamiento, abreuió
su venteril y limitada cena. La qual acabada,
llamó al ventero, y, encerrandose con el en la
caualleriza, se hincó de rodillas ante el,
diziendole:
No me leuantaré jamas de donde estoy,
valeroso cauallero, fasta que la vuestra
cortesia me otorgue vn don que pedirle quiero, el
qual redundará en alabança vuestra y en pro
del genero humano.
El ventero, que vio a su huesped a sus pies
y oyo semeja[n]tes razones, estaua confuso
mirandole sin saber qué hazerse ni dezirle, y
porfiaua con el que se leuantase, y jamas
quiso, hasta que le huuo de dezir que el le
otorgaua el don que le pedia.
No esperaua yo menos de la gran magnificencia
vuestra, señor mio, respondio don
Quixote, y assi os digo que el don que os
he pedido, y de vuestra liberalidad me ha sido
otorgado, es que mañana, en aquel dia, me
aueys de armar cauallero, y esta noche en la
capilla deste vuestro castillo velaré las armas,
y mañana, como tengo dicho, se cumplira lo
que tanto desseo, para poder, como se deue,
yr por todas las quatro partes del mundo
buscando las auenturas en pro de los
menesterosos, como está a cargo de la caualleria y
de los caualleros andantes, como yo soy, cuyo
desseo a semejantes fazañas es inclinado.
El ventero, que, como está dicho, era vn poco
socarron, y ya tenia algunos barruntos de la
falta de juyzio de su huesped, acabó de creerlo
quando acabó de oyrle semejantes razones,
y, por tener que reyr aquella noche, determinó
de seguirle el humor; y, assi, le dixo que andaua
muy acertado en lo que desseaua y pedia,
y que tal prosupuesto era propio y natural de
los caualleros tan principales como el parecia
y como su gallarda presencia mostraua; y que
el, ansi mesmo, en los años de su mocedad,
se auia dado a aquel honroso exercicio,
andando por diuersas partes del mundo buscando
sus auenturas, sin que huuiesse dexado los
percheles de Malaga, islas de [Riaran],
Compas de Seuilla, Azoguejo de Segouia, la
Oliuera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de
San Lucar, Potro de Cordoua y las Ventillas
de Toledo, y otras diuersas partes, donde
auia exercitado la ligereza de sus pies,
sutileza de sus manos, haziendo muchos tuertos,
requestando muchas viudas, deshaziendo
algunas donzellas y engañando a algunos
pupilos, y, finalmente, dandose a conocer por
quantas audiencias y tribunales ay casi en toda
España; y que, a lo vltimo, se auia venido a
recoger a aquel su castillo, donde viuia con
su hazienda y con las agenas, recogiendo en el
a todos los caualleros andantes, de qualquiera
calidad y condicion que fuessen, solo por la
mucha aficion que les tenia, y porque partiessen
con el de sus aueres en pago de su buen
desseo.
Dixole tambien que en aquel su castillo no
auia capilla alguna donde poder velar las
armas, porque estaua derribada para hazerla de
nueuo; pero que, en caso de necessidad, el
sabia que se podian velar donde quiera, y que
aquella noche las podria velar en vn patio del
castillo; que a la mañana, siendo Dios seruido,
se harian las deuidas ceremonias, de manera
que el quedasse armado cauallero, y tan
cauallero, que no pudiesse ser mas en el mundo.
Preguntole si traia dineros; respondio don
Quixote que no traia blanca, porque el nunca
auia leydo en las historias de los caualleros
andantes que ninguno los huuiesse traydo.
A esto dixo el ventero que se engañaua; que,
puesto caso que en las historias no se escriuia,
por auerles parecido a los autores dellas que
no era menester escreuir vna cosa tan clara
y tan necessaria de traerse, como eran dineros
y camisas limpias, no por esso se auia de
creer que no los truxeron; y assi, tuuiesse por
cierto y aueriguado que todos los caualleros
andantes, de que tantos libros estan llenos y
atestados, lleuauan bien herradas las bolsas
por lo que pudiesse sucederles, y que assi
mismo lleuauan camisas y vna arqueta pequeña
llena de vnguentos para curar las heridas que
recebian, porque no todas vezes en los campos
y desiertos, donde se combatian y salian
heridos, auia quien los curasse, si ya no era que
tenian algun sabio encantador por amigo, que
luego los socorria, trayendo por el ayre, en
alguna nuue, alguna donzella o enano con
alguna redoma de agua de tal virtud que, en
gustando alguna gota della, luego al punto
quedauan sanos de sus llagas y heridas, como
si mal alguno huui[e]ssen tenido; mas que, en
tanto que esto no huuiesse, tuuieron los
passados caualleros por cosa acertada que sus
escuderos fuessen proueydos de dineros y de otras
cosas necessarias, como eran hilas y vnguentos
para curarse; y quando sucedia que los tales
caualleros no tenian escuderos, que eran pocas
y raras vezes, ellos mesmos lo lleuauan
todo en vnas alforjas muy sutiles, que casi no
se parecian, a las ancas del cauallo, como que
era otra cosa de mas importancia; porque, no
siendo por ocasion semejante, esto de lleuar
alforjas no fue muy admitido entre los caualleros
andantes, y por esto le daua por consejo,
pues aun se lo podia mandar como a su ahijado,
que tan presto lo auia de ser, que no caminasse
de alli adelante sin dineros y sin las
preuenciones referidas, y que veria quan bien
se hallaua con ellas, quando menos se pensase.
Prometiole don Quixote de hazer lo que se
le aconsejaua con toda puntualidad. Y, assi, se
dio luego orden como velasse las armas en vn
corral grande que a vn lado de la venta estaua,
y, recogiendolas don Quixote todas, las puso
sobre vna pila que junto a vn pozo estaua. Y,
embraçando su adarga, asio de su lança, y con
gentil continente se començo a passear delante
de la pila, y quando començo el passeo
començaua a cerrar la noche.
Conto el ventero a todos quantos estauan en
la venta la locura de su huesped, la vela de las
armas y la armazon de caualleria que esperaua.
Admiraronse de tan estraño genero de
locura, y fueronselo a mirar desde lexos, y
vieron que, con sossegado ademan, vnas vezes se
passeaua, otras, arrimado a su lança, ponia los
ojos en las armas, sin quitarlos por vn buen
espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero
con tanta claridad de la luna, que podia competir
con el que se la prestaua; de manera, que
quanto el nouel cauallero hazia era bien visto
de todos.
Antojosele en esto a vno de los harrieros que
estauan en la venta yr a dar agua a su requa,
y fue menester quitar las armas de don
Quixote, que estauan sobre la pila, el qual,
viendole llegar, en voz alta le dixo:
¡O tu, quien quiera que seas, atreuido
cauallero, que llegas a tocar las armas del mas
valeroso andante que jamas se ciño espada, mira
lo que hazes y no las toques, si no quieres
dexar la vida en pago de tu atreui[mi]ento!
No se curó el harriero destas razones, y fuera
mejor que se curara, porque fuera curarse en
salud; antes, trauando de las correas, las arrojó
gran trecho de si. Lo qual visto por don
Quixote, alçó los ojos al cielo, y puesto el
pensamiento, a lo que parecio, en su señora
Dulzinea, dixo:
Acorredme, señora mia, en esta primera
afrenta que a este vuestro auassallado pecho
se le ofrece; no me desfallezca en este primero
trance vuestro fauor y amparo.
Y, diziendo estas y otras semejantes razones,
soltando la adarga, alçó la lança a dos manos,
y dio con ella tan gran golpe al harriero en la
cabeça, que le derribó en el suelo tan
maltrecho, que, si segundara con otro, no tuuiera
necessidad de maestro que le curara. Hecho esto,
recogio sus armas y tornó a passearse con el
mismo reposo que primero.
Desde alli a poco, sin saberse lo que auia
passado, porque aun es[ta]ua aturdido el
harriero, llegó otro con la mesma intencion de
dar agua a sus mulos, y, llegando a quitar las
armas para desembaraçar la pila, sin hablar
don Quixote palabra, y sin pedir fauor a nadie,
solto otra vez la adarga, y alçó otra vez la
lança, y sin hazerla pedaços, hizo mas de tres la
cabeça del segundo harriero, porque se la abrio
por quatro. Al ruydo acudio toda la gente de la
venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto don
Quixote, embraçó su adarga, y, puesta mano a
su espada, dixo:
¡O señora de la fermosura, esfuerço y vigor
del debilitado coraçon mio, aora es tiempo que
bueluas los ojos de tu grandeza a este tu
cautiuo cauallero, que tamaña auentura está
atendiendo!
Con esto cobró, a su parecer, tanto animo,
que si le acometieran todos los harrieros del
mundo no boluiera el pie atras. Los compañeros
de los heridos, que tales los vieron, començaron
desde lexos a llouer piedras sobre don
Quixote, el qual, lo mejor que podia, se
reparaua con su adarga, y no se osaua apartar de
la pila por no desamparar las armas. El ventero
daua vozes que le dexassen, porque ya les
auia dicho como era loco, y que por loco se
libraria aunque los matasse a todos. Tambien
don Quixote las daua, mayores, llamandolos de
aleuosos y traydores, y que el señor del castillo
era vn follon y mal nacido cauallero, pues de
tal manera consentia que se tratassen los
andantes caualleros, y que si el huuiera recebido
la orden de caualleria, que el le diera a entender
su aleuosia: Pero de vosotros, soez y baxa
canalla, no hago caso alguno. ¡Tirad, llegad,
venid y ofendedme en quanto pudieredes;
que vosotros vereys el pago que lleuays de
vuestra sandez y demasia!
Dezia esto con tanto brio y denuedo, que
infundio vn terrible temor en los que le acometian,
y, assi, por esto, como por las persuasiones
del ventero, le dexaron de tirar, y el dexó
retirar a los heridos, y tornó a la vela de sus
armas con la misma quietud y sossiego que
primero.
No le parecieron bien al ventero las burlas
de su huesped, y determinó abreuiar y darle la
negra orden de caualleria luego, antes que otra
desgracia sucediesse. Y assi, llegandose a el, se
desculpó de la insolencia que aquella gente
baxa con el auia vsado, sin que el supiesse
cosa alguna, pero que bien castigados quedauan
de su atreuimiento. Dixole, como ya le
auia dicho, que en aquel castillo no auia capilla,
y para lo que restaua de hazer tampoco era
necessaria; que todo el toque de quedar armado
cauallero consistia en la pescoçada y en el
espaldarazo, segun el tenia noticia del ceremonial
de la orden, y que aquello en mitad de vn
campo se podia hazer, y que ya auia cumplido
con lo que tocaua al velar de las armas, que
con solas dos horas de vela se cumplia, quanto
mas que el auia estado mas de quatro.
Todo se lo creyo don Quixote [y dixo]
que el estaua alli pronto para obedecerle,
y que concluyesse con la mayor breuedad que
pudiesse; porque si fuesse otra vez acometido,
y se viesse armado cauallero, no pensaua dexar
persona viua en el castillo, eceto aquellas que
el le mandasse, a quien por su respeto dexaria.
Aduertido y medroso desto el castellano,
truxo luego vn libro donde assentaua la paja
y ceuada que daua a los harrieros, y con vn
cabo de vela que le traia vn muchacho, y con
las dos ya dichas donzellas, se vino adonde
don Quixote estaua, al qual mandó hincar de
rodillas, y, leyendo en su manual, como que
dezia alguna deuota oracion, en mitad de la
leyenda alçó la mano y diole sobre el cuello
vn buen golpe, y tras el, con su mesma
espada, vn gentil espaldarazo, siempre
murmurando entre dientes, como que rezaua. Hecho
esto, mandó a vna de aquellas damas que le
ciñesse la espada, la qual lo hizo con mucha
desemboltura y discrecion, porque no fue
menester poca para no rebentar de risa a cada
punto de las ceremonias; pero las proezas que
ya auian visto del nouel cauallero les tenia la
risa a raya.
Al ceñirle la espada, dixo la buena señora:
Dios haga a vuestra merced muy venturoso
cauallero y le de ventura en lides.
Don Quixote le preguntó como se llamaua,
porque el supiesse de alli adelante a quien
quedaua obligado por la merced recebida,
porque pensaua darle alguna parte de la honra
que alcançasse por el valor de su braço. Ella
respondio con mucha humildad que se llamaua
la Tolosa, y que era hija de vn remendon
natural de Toledo, que viuia a las tendillas
de Sancho Bienaya, y que donde quiera
que ella estuuiesse le seruiria y le tendria por
señor. Don Quixote le replicó que, por su amor,
le hiziesse merced que de alli adelante se
pusiesse don, y se llamasse doña Tolosa. Ella se
lo prometio, y la otra le calçó la espuela, con
la qual le passó casi el mismo coloquio que
con la de la espada. Preguntole su nombre, y
dixo que se llamaua la Molinera, y que era
hija de vn honrado molinero de Antequera; a
la qual tambien rogo don Quixote que se
pusiesse don, y se llamasse doña Molinera,
ofreciendole nueuos seruicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprissa, las
hasta alli nunca vistas ceremonias, no vio la hora
don Quixote de verse a cauallo y salir
buscando las auenturas, y, ensillando luego a
Rozinante, subio en el, y abraçando a su
huesped, le dixo cosas tan estrañas, agradeciendole
la merced de auerle armado cauallero,
que no es possible acertar a referirlas. El
ventero, por verle ya fuera de la venta, con no
menos retoricas, aunque con mas breues palabras,
respondio a las suyas, y, sin pedirle
la costa de la posada, le dexó yr a la buen
hora.
Capitulo IV
De lo que le sucedio a nuestro cauallero
quando salio de la venta.
La del alua seria quando don Quixote salio
de la venta, tan contento, tan gallardo, tan
alboroçado por verse ya armado cauallero, que
el gozo le rebentaua por las cinchas del
cauallo. Mas viniendole a la memoria los consejos
de su huesped cerca de las preuenciones tan
necessarias que auia de lleuar consigo,
especial la de los dineros y camisas, determinó
boluer a su casa y acomodarse de todo, y de
vn escudero, haziendo cuenta de recebir a vn
labrador vezino suyo, que era pobre y con
hijos, pero muy a proposito para el oficio
escuderil de la caualleria. Con este pensamiento
guió a Rozinante hazia su aldea, el qual, casi
conociendo la querencia, con tanta gana
començo a caminar, que parecia que no ponia
los pies en el suelo.
No auia andado mucho, quando le parecio
que a su diestra mano, de la espessura de vn
bosque que alli estaua, salian vnas vozes
delicadas, como de persona que se quexaua, y, a
penas las huuo oydo, quando dixo:
Gracias doy al cielo por la merced que me
haze, pues tan presto me pone ocasiones
delante donde yo pueda cumplir con lo que deuo
a mi profession y donde pueda coger el fruto
de mis buenos desseos. Estas vozes, sin duda,
son de algun menesteroso, o menesterosa, que
ha menester mi fauor y ayuda.
Y, boluiendo las riendas, encaminó a
Rozinante hazia donde le parecio que las vozes
salian. Y, a pocos passos que entró por el
bosque, vio atada vna yegua a vna enzina, y atado
en otra a vn muchacho, desnudo de medio
cuerpo arriba, hasta de edad de quinze años,
que era el que las vozes daua, y no sin causa,
porque le estaua dando con vna pretina muchos
açotes vn labrador de buen talle, y cada
açote le acompañaua con vna reprehension y
consejo. Porque dezia:
La lengua queda, y los ojos listos.
Y el muchacho respondia:
No lo hare otra vez, señor mio; por la
passion de Dios, que no lo hare otra vez, y yo
prometo de tener de aqui adelante mas cuydado
con el hato.
Y viendo don Quixote lo que passaua, con
voz ayrada dixo:
Descortes cauallero, mal parece tomaros
con quien defender no se puede; subid sobre
vuestro cauallo y tomad vuestra lança --que
tambien tenia vna lança arrimada a la enzina
adonde estaua arrimada la yegua--, que yo
os hare conocer ser de cobardes lo que estays
haziendo.
El labrador, que vio sobre si aquella figura
llena de armas, blandiendo la lança sobre su
rostro, tuuose por muerto, y con buenas
palabras respondio:
Señor cauallero, este muchacho que estoy
castigando, es vn mi criado que me sirue de
guardar vna manada de ouejas que tengo en
estos contornos, el qual es tan descuydado,
que cada dia me falta vna; y porque castigo su
descuydo, o vellaqueria, dize que lo hago de
miserable, por no pagalle la soldada que le
deuo, y en Dios y en mi anima que miente.
¿Miente delante de mi, ruyn villano?, dixo
don Quixote. Por el sol que nos alumbra, que
estoy por passaros de parte a parte con esta
lança; pagadle luego sin mas replica; si no,
por el Dios que nos rige que os concluya y
aniquile en este punto. Desatadlo luego.
El labrador baxó la cabeça, y, sin responder
palabra, desató a su criado, al qual preguntó
don Quixote que quánto le deuia su amo; el
dixo que nueue meses, a siete reales cada mes.
Hizo la cuenta don Quixote y halló que montauan
sesenta y tres reales, y dixole al labrador
que al momento los desembolsasse, si no
queria morir por ello. Respondio el medroso
villano que para el passo en que estaua y
juramento que auia hecho --y aun no auia jurado
nada--, que no eran tantos, porque se
le auian de descontar y recebir en cuenta tres
pares de çapatos que le auia dado, y vn real
de dos sangrias que le auian hecho estando
enfermo.
Bien está todo esso, replicó don Quixote;
pero quedense los çapatos y las sangrias
por los açotes que sin culpa le aueys
dado; que si el rompio el cuero de los çapatos
que vos pagastes, vos le aueys rompido el de
su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre
estando enfermo, vos en sanidad se la aueys
sacado; ansi que, por esta parte, no os deue
nada.
El daño está, señor cauallero, en que no
tengo aqui dineros; vengase Andres conmigo
a mi casa, que yo se los pagaré vn real sobre
otro.
¿Yrme yo con el, dixo el muchacho, mas?
¡Mal año, no señor, ni por pienso; porque, en
viendose solo, me dessuelle como a vn San
Bartolome!
No hara tal, replicó don Quixote; basta
que yo se lo mande para que me tenga respeto;
y con que el me lo jure por la ley de
caualleria que ha recebido, le dexaré yr libre y
asseguraré la paga.
Mire vuestra merced, señor, lo que dize,
dixo el muchacho; que este mi amo no es
cauallero, ni ha recebido orden de caualleria
alguna; que es Iuan Haldudo el rico, el vezino
del Quintanar.
Importa poco esso, respondio don Quixote,
que Haldudos puede auer caualleros; quanto
mas, que cada vno es hijo de sus obras.
Assi es verdad, dixo Andres; pero este
mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega
mi soldada, y mi sudor y trabajo?
No niego, hermano Andres, respondio el
labrador, y hazedme plazer de veniros
conmigo; que yo juro por todas las ordenes que
de cauallerias ay en el mundo de pagaros,
como tengo dicho, vn real sobre otro, y aun
sahumados.
Del sahumerio os hago gracia, dixo don
Quixote; dadselos en reales, que con esso me
contento, y mirad que lo cumplays como lo
aueys jurado; si no, por el mismo juramento os
juro de boluer a buscaros y a castigaros, y
que os tengo de hallar, aunque os escondays
mas que vna lagartija. Y, si quereys saber
quien os manda esto, para quedar con mas
veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el
valeroso don Quixote de la Mancha, el desfazedor
de agrauios y sinrazones, y a Dios quedad;
y no se os parta de las mientes lo prometido
y jurado, so pena de la pena pronunciada.
Y, en diziendo esto, picó a su Rozinante, y
en breue espacio se apartó dellos. Siguiole el
labrador con los ojos, y quando vio que auia
traspuesto del bosque y que ya no parecia,
boluiose a su criado Andres, y dixole:
Venid aca, hijo mio, que os quiero pagar lo
que os deuo, como aquel deshazedor de
agrauios me dexó mandado.
Esso juro yo, dixo Andres; y ¡cómo que
andara vuestra merced acertado en cumplir el
mandamiento de aquel buen cauallero, que
mil años viua; que, segun es de valeroso y de
buen juez, viue Roque que si no me paga, que
buelua y execute lo que dixo!
Tambien lo juro yo, dixo el labrador; pero,
por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar
la deuda por acrecentar la paga.
Y, asiendole del braço, le tornó a atar a la
enzina, donde le dio tantos açotes que le dexó
por muerto.
Llamad, señor Andres, aora, dezia el
labrador, al desfazedor de agrauios; vereys como
no desfaze aqueste, aunque creo que no está
acabado de hazer, porque me viene gana de
dessollaros viuo, como vos temiades.
Pero, al fin, le desató y le dio licencia que
fuesse a buscar su juez para que executasse
la pronunciada sentencia. Andres se partio algo
mohino, jurando de yr a buscar al valeroso don
Quixote de la Mancha y contalle punto por
punto lo que auia passado, y que se lo auia de
pagar con las setenas. Pero, con todo esto,
el se partio llorando y su amo se quedó riendo.
Y desta manera deshizo el agrauio el valeroso
don Quixote, el qual, contentissimo de lo
sucedido, pareciendole que auia dado felicissimo
y alto principio a sus cauallerias, con gran
satisfacion de si mismo yua caminando hazia
su aldea, diziendo a media voz:
Bien te puedes llamar dichosa sobre quantas
oy viuen en la tierra, ¡o sobre las bellas
bella Dulzinea del Toboso!, pues te cupo en
suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad
e talante a vn tan valiente y tan nombrado
cauallero como lo es y sera don Quixote de la
Mancha. El qual, como todo el mundo sabe,
ayer rescibio la orden de caualleria, y oy
ha desfecho el mayor tuerto y agrauio que
formó la sinrazon y cometio la crueldad. Oy
quitó el latigo de la mano a aquel despiadado
enemigo, que tan sin ocasion vapulaua
a aquel delicado infante.
En esto, llegó a vn camino que en quatro se
diuidia, y luego se le vino a la imaginacion las
encruzexadas donde los caualleros andantes
se ponian a pensar quál camino de aquellos
tomarian, y, por imitarlos estuuo vn rato quedo,
y, al cabo de auerlo muy bien pensado, solto la
rienda a Rozinante, dexando a la voluntad del
rozin la suya, el qual siguio su primer intento,
que fue el yrse camino de su caualleriza. Y
auiendo andado como dos millas, descubrio
don Quixote vn grande tropel de gente, que,
como despues se supo, eran vnos mercaderes
toledanos que yuan a comprar seda a Murcia.
Eran seys, y venian con sus quitasoles, con
otros quatro criados a cauallo y tres moços
de mulas a pie.
Apenas los diuisó don Quixote, quando se
imaginó ser cosa de nueua auentura; y, por
imitar en todo quanto a el le parecia possible
los passos que auia leydo en sus libros, le
parecio venir alli de molde vno que pensaua
hazer. Y assi, con gentil continente y denuedo,
se afirmó bien en los estribos, apreto la lança,
llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad
del camino, estuuo esperando que aquellos
caualleros andantes llegassen, que ya el por tales
los tenia y juzgaua, y, quando llegaron a trecho
que se pudieron ver y oyr, leuantó don Quixote
la voz, y, con ademan arrogante, dixo:
Todo el mundo se tenga, si todo el mundo
no confiessa que no ay en el mundo todo
donzella mas hermosa que la Emperatriz de la
Mancha, la simpar Dulzinea del Toboso.
Pararonse los mercaderes al son destas
razones, y a ver la estraña figura del que las
dezia, y por la figura y por las razones
luego echaron de ver la locura de su dueño;
mas quisieron ver despacio en que paraua
aquella confession que se les pedia, y vno
dellos, que era vn poco burlon y muy mucho
discreto, le dixo:
Señor cauallero, nosotros no conocemos
quién sea essa buena señora que dezis;
mostradnosla, que si ella fuere de tanta hermosura
como significays, de buena gana y sin
apremio alguno confessaremos la verdad que por
parte vuestra nos es pedida.
Si os la mostrara, replicó don Quixote,
¿qué hizierades vosotros en confessar vna
verdad tan notoria? La importancia está en
que, sin verla, lo aueis de creer, confessar,
afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo
soys en batalla, gente descomunal y soberuia.
Que, aora vengays vno a vno, como pide la
orden de caualleria, ora todos juntos, como es
costumbre y mala vsança de los de vuestra
ralea, aqui os aguardo y espero, confiado en
la razon que de mi parte tengo.
Señor cauallero, replicó el mercader,
suplico a vuestra merced, en nombre de todos
estos principes que aqui estamos que, por que
no encarguemos nuestras conciencias,
confessando vna cosa por nosotros jamas vista ni
oyda, y mas siendo tan en perjuyzio de las
emperatrizes y reynas del Alcarria y
Estremadura, que vuestra merced sea seruido de
mostrarnos algun retrato de essa señora, aunque
sea tamaño como vn grano de trigo; que por
el hilo se sacará el ouillo, y quedaremos con
esto satisfechos y seguros, y vuestra merced
quedará contento y pagado. Y aun creo que
estamos ya tan de su parte, que, aunque su
retrato nos muestre que es tuerta de vn ojo y
que del otro le mana bermellon y piedra
açufre, con todo esso, por complazer a vuestra
merced, diremos en su fauor todo lo que
quisiere.
No le mana, canalla infame, respondio don
Quixote encendido en colera; no le mana,
digo, esso que dezis, sino ambar y algalia entre
algodones; y no es tuerta ni corcobada, sino
mas derecha que vn huso de Guadarrama.
Pero ¡vosotros pagareys la grande blasfemia
que aueys dicho contra tamaña beldad, como
es la de mi señora!
Y, en diziendo esto, arremetio con la lança
baxa contra el que lo auia dicho, con tanta
furia y enojo, que, si la buena suerte no
hiziera que en la mitad del camino tropeçara y
cayera Rozinante, lo passara mal el atreuido
mercader. Cayo Rozinante, y fue rodando su
amo vna buena pieça por el campo, y, queriendose
leuantar, jamas pudo: tal embaraço le
causauan la lança, adarga, espuelas y zelada,
con el peso de las antiguas armas. Y entre
tanto que pugnaua por leuantarse y no podia,
estaua diziendo:
¡Non fuyais, gente cobarde, gente cautiua,
atended; que no por culpa mia, sino de mi
cauallo, estoy aqui tendido!
Vn moço de mulas de los que alli venian,
que no deuia de ser muy bien intencionado,
oyendo dezir al pobre caydo tantas arrogancias,
no lo pudo sufrir sin darle la respuesta
en las costillas. Y, llegandose a el, tomó la
lança, y despues de auerla hecho pedaços, con
vno dellos començo a dar a nuestro don Quixote
tantos palos, que, a despecho y pesar de
sus armas, le molio como cibera. Dauanle vozes
sus amos que no le diesse tanto, y que le
dexasse; pero estaua ya el moço picado y no
quiso dexar el juego hasta embidar todo el
resto de su colera; y, acudiendo por los demas
troços de la lança, los acabó de deshazer sobre
el miserable caydo, que, con toda aquella
tempestad de palos que sobre el via, no cerraua
la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a
los malandrines, que tal le parecian.
Cansose el moço, y los mercaderes siguieron
su camino, lleuando qué contar en todo el
del pobre apaleado. El qual, despues que se
vio solo, tornó a prouar si podia leuantarse;
pero si no lo pudo hazer quando sano y
bueno, ¿cómo lo haria molido y casi deshecho?
Y aun se tenia por dichoso, pareciendole que
aquella era propia desgracia de caualleros
andantes, y toda la atribuia a la falta de su
cauallo; y no era possible leuantarse, segun tenia
brumado todo el cuerpo.
Capitulo V
Donde se prosigue la narracion de la desgracia
de nuestro cauallero.
Viendo, pues, que, en efeto, no podia menearse,
acordo de acogerse a su ordinario remedio,
que era pensar en algun passo de sus
libros, y truxole su locura a la memoria aquel de
Valdouinos y del Marques de Mantua, quando
Carloto le dexó herido en la montiña,
historia sabida de los niños, no ignorada de los
moços, celebrada y aun creyda de los viejos,
y, con todo esto, no mas verdadera que los
milagros de Mahoma. Esta, pues, le parecio a
el que le venia de molde para el passo en que
se hallaua; y assi, con muestras de grande
sentimiento, se començo a bolcar por la tierra, y a
dezir con debilitado aliento lo mesmo que
dizen dezia el herido cauallero del bosque:
¿Dónde estás, señora mia,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.
Y desta manera fue prosiguiendo el
romance, hasta aquellos versos que dizen:
¡O, noble Marques de Mantua,
mi tio y señor carnal!
Y quiso la suerte que, quando llegó a este
verso, acerto a passar por alli vn labrador de su
mesmo lugar y vezino suyo, que venia de
lleuar vna carga de trigo al molino, el qual,
viendo aquel hombre alli tendido, se llegó a
el y le preguntó que quién era y qué mal
sentia, que tan tristemente se quexaua.
Don Quixote creyo, sin duda, que aquel era
el Marques de Mantua, su tio, y, assi, no le
respondio otra cosa sino fue proseguir en su
romance, donde le daua cuenta de su desgracia
y de los amores del hijo del Emperante con su
esposa; todo de la mesma manera que el
romance lo canta. El labrador estaua admirado
oyendo aquellos disparates, y, quitandole la
visera, que ya estaua hecha pedaços de los
palos, le limpio el rostro, que le tenia
cubierto de poluo, y apenas le huuo limpiado,
quando le conocio, y le dixo:
Señor Quixana --que assi se deuia de
llamar quando el tenia juyzio y no auia passado
de hidalgo sossegado a cauallero andante--,
¿quién a puesto a vuestra merced desta
suerte?
Pero el seguia con su romance a quanto le
preguntaua.
Viendo esto el buen hombre, lo mejor que
pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si
tenia alguna herida; pero no vio sangre ni
señal alguna. Procuró leuantarle del suelo, y no
con poco trabajo le subio sobre su jumento, por
parecer caualleria mas sossegada. Recogio
las armas, hasta las astillas de la lança, y liolas
sobre Rozinante, al qual tomó de la rienda, y
del cabestro al asno, y se encaminó hazia su
pueblo, bien pensatiuo de oyr los disparates
que don Quixote dezia. Y no menos yua don
Quixote, que, de puro molido y quebrantado,
no se podia tener sobre el borrico, y de quando
en quando daua vnos suspiros que los ponia
en el cielo; de modo, que de nueuo obligó
a que el labrador le preguntasse le dixesse qué
mal sentia. Y no parece sino que el diablo le
traia a la memoria los cuentos acomodados a
sus sucessos, porque en aquel punto, oluidandose
de Valdouinos, se acordo del moro Abindarraez,
quando el alcayde de Antequera, Rodrigo
de Naruaez, le prendio y lleuó cautiuo
a su alcaydia. De suerte que, quando el
labrador le boluio a preguntar que cómo estaua
y qué sentia, le respondio las mesmas
palabras y razones que el cautiuo Abenzerrage
respondia a Rodrigo de Naruaez, del mesmo
modo que el auia leydo la historia en la Diana,
de Iorge de Montemayor, donde se escriue,
aprouechandose della tan a proposito, que
el labrador se yua dando al diablo de oyr tanta
maquina de necedades; por donde conocio que
su vezino estaua loco y dauale priessa a
llegar al pueblo por escusar el enfado que don
Quixote le causaua con su larga arenga. Al
cabo de lo qual, dixo:
Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo
de Naruaez, que esta hermosa Xarifa, que he
dicho, es aora la linda Dulzinea del Toboso,
por quien yo he hecho, hago y hare los mas
famosos hechos de cauallerias que se han visto,
vean ni veran en el mundo.
A esto respondio el labrador:
Mire vuestra merced, señor, ¡pecador de
mi!, que yo no soy don Rodrigo de Naruaez, ni
el Marques de Mantua, sino Pedro Alonso,
su vezino; ni vuestra merced es Valdouinos,
ni Abindarraez, sino el honrado hidalgo del
señor Quixana.
Yo se quién soy, respondio don Quixote,
y se que puedo ser, no solo los que he dicho,
sino todos los doze Pares de Francia, y aun
todos los Nueue de la Fama, pues a todas
las hazañas que ellos todos juntos y cada vno
por si hizieron, se auentajarán las mias.
En estas platicas y en otras semejantes
llegaron al lugar a la hora que anochecia; pero
el labrador aguardó a que fuesse algo mas
noche, porque no viessen al molido hidalgo
tan mal cauallero. Llegada, pues, la hora que
le parecio, entró en el pueblo y en la casa
de don Quixote, la qual halló toda alborotada
--y estauan en ella el cura y el barbero del
lugar, que eran grandes amigos de don Quixote--:
que estaua diziendoles su ama a vozes:
¿Qué le parece a vuestra merced, señor
licenciado Pero Perez --que assi se llamaua el
cura--, de la desgracia de mi señor? Tres
dias ha que no parecen el, ni el rozin, ni la
adarga, ni la lança, ni las armas. ¡Desuenturada
de mi!, que me doy a entender, y assi es ello la
verdad como naci para morir, que estos malditos
libros de cauallerias que el tiene y suele
leer tan de ordinario, le han buelto el juyzio;
que aora me acuerdo auerle oydo dezir
muchas vezes, hablando entre si, que queria
hazerse cauallero andante e yrse a buscar las
auenturas por essos mundos. Encomendados
sean a Satanas y a Barrabas tales libros, que
assi han echado a perder el mas delicado
entendimiento que auia en toda la Mancha.
La sobrina dezia lo mesmo, y aun dezia mas:
Sepa señor maese Nicolas --que este era
el nombre del barbero--, que muchas vezes
le acontecio a mi señor tio estarse leyendo en
estos desalmados libros de desuenturas dos
dias con sus noches, al cabo de los quales
arrojaua el libro de las manos y ponia mano
a la espada y andaua a cuchilladas con las
paredes, y, quando estaua muy cansado, dezia
que auia muerto a quatro gigantes como quatro
torres, y el sudor que sudaua del cansancio
dezia que era sangre de las feridas que
auia recebido en la batalla, y beuias(s)e luego
vn gran jarro de agua fria, y quedaua sano y
sossegado, diziendo que aquella agua era vna
preciosissima beuida que le auia traydo el
sabio Esquife, vn grande encantador y amigo
suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que
no auisé a vuestras mercedes de los disparates
de mi señor tio, para que lo remediaran
antes de llegar a lo que ha llegado, y
quemaran todos estos descomulgados libros; que
tiene muchos, que bien merecen ser abrasados
como si fuessen de herejes.
Esto digo yo tambien, dixo el cura, y
a fee que no se passe el dia de mañana sin
que dellos no se haga acto publico, y sean
condenados al fuego, porque no den ocasion a
quien los leyere de hazer lo que mi buen
amigo deue de auer hecho.
Todo esto estauan oyendo el labrador, y don
Quixote, con que acabó de entender el
labrador la enfermedad de su vezino, y assi,
començo a dezir a vozes:
Abran vuestras mercedes al señor Valdouinos
y al señor Marques de Mantua, que viene
mal ferido; y al señor moro Abindarraez, que
trae cautiuo el valeroso Rodrigo de Naruaez,
alcayde de Antequera.
A estas vozes salieron todos, y como conocieron
los vnos a su amigo, las otras a su amo
y tio, que aun no se auia apeado del jumento,
porque no podia, corrieron a abraçarle. El
dixo:
Tenganse todos; que vengo mal ferido por
la culpa de mi cauallo. Lleuenme a mi lecho,
y llamese, si fuere possible, a la sabia
Vrganda, que cure y cate de mis feridas.
¡Mirá en hora maça, dixo a este punto
el ama, si me dezia a mi bien mi coraçon
del pie que coxeaua mi señor! Suba vuestra
merced en buen hora; que, sin que venga essa
Vrgada, le sabremos aqui curar. ¡Malditos,
digo, sean otra vez y otras ciento estos libros
de cauallerias, que tal han parado a vuestra
merced!
Lleuaronle luego a la cama, y, catandole
las feridas, no le hallaron ninguna; y el dixo
que todo era molimiento, por auer dado vna
gran cayda con Rozinante, su cauallo,
combatiendose con diez jayanes, los mas desaforados
y atreuidos que se pudieran fallar en gran
parte de la tierra.
Ta, ta, dixo el cura; ¿jayanes ay en la
dança? Para mi santiguada, que yo los queme
mañana antes que llegue la noche.
Hizieronle a don Quixote mil preguntas, y a
ninguna quiso responder otra cosa sino que le
diessen de comer y le dexassen dormir, que
era lo que mas le importaua. Hizose assi, y el
cura se informó muy a la larga del labrador,
del modo que auia hallado a don Quixote; el
se lo conto todo, con los disparates que al
hallarle y al traerle auia dicho, que fue poner
mas desseo en el Licenciado de hazer lo que
otro dia hizo, que fue llamar a su amigo el
barbero maese Nicolas, con el qual se vino a
casa de don Quixote.
Capitulo VI
Del donoso y grande escrutinio que el cura
y el barbero hizieron en la libreria de
nuestro ingenioso hidalgo.
El qual aun todauia dormia. Pidio las llaues,
a la sobrina, del aposento donde estauan los
libros, autores del daño, y ella se las dio de
muy buena gana; entraron dentro todos, y la
ama con ellos, y hallaron mas de cien cuerpos
de libros grandes muy bien enquadernados, y
otros pequeños; y, assi como el ama los vio,
boluiose a salir del aposento con gran priessa,
y tornó luego con vna escudilla de agua
bendita y vn hisopo, y dixo:
Tome vuestra merced, señor Licenciado;
rozie este aposento, no esté aqui algun
encantador de los muchos que tienen estos libros,
y nos encanten, en pena de las que les
queremos dar echandolos del mundo.
Causó risa al Licenciado la simplicidad del
ama, y mandó al barbero que le fuesse dando
de aquellos libros, vno a vno, para ver de qué
tratauan, pues podia ser hallar algunos que no
mereciessen castigo de fuego.
No, dixo la sobrina, no ay para qué
perdonar a ninguno, porque todos han sido
los dañadores; mejor sera arrojallos por las
ventanas al patio, y hazer vn rimero dellos
y pegarles fuego, y, si no, lleuarlos al corral,
y alli se hara la hoguera, y no ofendera el
humo.
Lo mismo dixo el ama: tal era la gana que
las dos tenian de la muerte de aquellos
inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero
leer siquiera los titulos. Y el primero que
maese Nicolas le dio en las manos, fue Los
quatro de Amadis de Gaula, y dixo el cura:
Parece cosa de misterio esta, porque, segun
he oydo dezir, este libro fue el primero de
cauallerias que se imprimio en España, y todos
los demas han tomado principio y origen deste,
y assi me parece que, como a dogmatizador de
vna secta tan mala, le deuemos sin escusa
alguna condenar al fuego.
No señor, dixo el barbero; que tambien
he oydo dezir que es el mejor de todos los
libros que de este genero se han compuesto,
y assi, como a vnico en su arte, se deue
perdonar.
Assi es verdad, dixo el cura, y por essa
razon se le otorga la vida por aora. Veamos
essotro que está junto a el.
Es, dixo el barbero, Las Sergas de Esplandian,
hijo legitimo de Amadis de Gaula.
Pues en verdad, dixo el cura, que no le
ha de valer al hijo la bondad del padre.
Tomad, señora ama, abrid essa ventana y echadle
al corral, y de principio al monton de la
hoguera que se ha de hazer.
Hizolo assi el ama con mucho contento, y el
bueno de Esplandian fue bolando al corral,
esperando con toda paciencia el fuego que le
amenazaua.
Adelante, dixo el cura.
Este que viene, dixo el barbero, es Amadis
de Grecia, y aun todos los deste lado, a
lo que creo, son del mesmo linage de Amadis.
Pues vayan todos al corral, dixo el cura;
que a trueco de quemar a la reyna Pintiquiniestra
y al pastor Darinel, y a sus eglogas, y
a las endiabladas y rebueltas razones de su
autor, quemaré con ellos al padre que me
engendró, si anduuiera en figura de cauallero
andante.
De esse parecer soy yo, dixo el barbero.
Y aun yo, añadio la sobrina.
Pues assi es, dixo el ama, vengan, y al
corral con ellos.
Dieronselos, que eran muchos, y ella ahorró
la escalera, y dio con ellos por la ventana
abaxo.
¿Quién es esse tonel?, dixo el cura.
Este es, respondio el barbero, Don
Oliuante de Laura.
El autor de esse libro, dixo el cura, fue el
mesmo que compuso a Iardin de flores, y
en verdad que no sepa determinar quál de los
dos libros es mas verdadero, o, por dezir mejor,
menos mentiroso. Solo se dezir que este yra al
corral por disparatado y arrogante.
Este que se sigue es Florismarte de
Hircania, dixo el barbero.
¿Ay está el señor Florismarte?, replicó
el cura. Pues a fe que ha de parar presto en
el corral, a pesar de su estraño nacimiento y
sonadas auenturas; que no da lugar a otra
cosa la dureza y sequedad de su estilo. Al
corral con el y con esotro, señora ama.
Que me plaze, señor mio, respondia ella,
y con mucha alegria executaua lo que le era
mandado.
Este es El cauallero Platir, dixo el
barbero.
Antiguo libro es esse, dixo el cura, y no
hallo en el cosa que merezca venia; acompañe
a los demas sin replica.
Y assi fue hecho.
Abriose otro libro, y vieron que tenia por
titulo El Cauallero de la Cruz.
Por nombre tan santo como este libro tiene,
se podia perdonar su ignorancia; mas tambien
se suele dezir: tras la Cruz está el diablo; vaya
al fuego.
Tomando el barbero otro libro, dixo:
Este es Espejo de cauallerias.
Ya conozco a su merced, dixo el cura; ay
anda el señor Reynaldos de Montaluan con sus
amigos y compañeros, mas ladrones que Caco,
y los doze Pares con el verdadero historiador
Turpin, y, en verdad, que estoy por
condenarlos no mas que a destierro perpetuo,
siquiera porque tienen parte de la inuencion del
famoso Mateo Boyardo, de donde tambien texio
su tela el christiano poeta Ludouico Ariosto,
al qual, si aqui le hallo, y que habla en otra
lengua que la suya, no le guardaré respeto
alguno; pero si habla en su idioma, le pondre
sobre mi cabeça.
Pues yo le tengo en italiano, dixo el
barbero; mas no le entiendo.
Ni aun fuera bien que vos le entendierades,
respondio el cura; y aqui le perdonaramos
al señor Capitan que no le huuiera traydo
a España y hecho castellano, que le quitó mucho
de su natural valor; y lo mesmo haran todos
aquellos que los libros de verso quisieren
boluer en otra lengua; que, por mucho cuydado
que pongan y habilidad que muestren, jamas
llegarán al punto que ellos tienen en su primer
nacimiento. Digo, en efeto, que este libro y
todos los que se hallaren que tratan destas
cosas de Francia, se echen y depositen en vn
pozo seco, hasta que con mas acuerdo se vea
lo que se ha de hazer dellos, ecetuando a
vn Bernardo del Carpio que anda por ahi, y
a otro llamado Roncesualles; que estos, en
llegando a mis manos, han de estar en las del
ama y dellas en las del fuego, sin remission
alguna.
Todo lo confirmó el barbero, y lo tuuo por
bien y por cosa muy acertada, por entender
que era el cura tan buen christiano y tan amigo
de la verdad, que no diria otra cosa por todas
las del mundo. Y, abriendo otro libro, vio que
era Palmerin de Oliua, y junto a el estaua
otro que se llamaua Palmerin de Ingalaterra.
Lo qual, visto por el licenciado, dixo:
Essa Oliua se haga luego raxas y se
queme, que aun no queden della las cenizas; y
essa Palma de Ingalaterra se guarde y se
conserue, como a cosa vnica, y se haga para
ello otra caxa como la que halló Alexandro
en los despojos de Dario, que la diputó para
guardar en ella las obras del poeta Homero.
Este libro, señor compadre, tiene autoridad por
dos cosas: la vna, porque el por si es muy
bueno; y la otra, porque es fama que le compuso
vn discreto rey de Portugal. Todas las auenturas
del castillo de Miraguarda son bonissimas y
de grande artificio, las razones cortesanas y
claras, que guardan y miran el decoro del que
habla con mucha propriedad y entendimiento.
Digo, pues, saluo vuestro buen parecer,
señor maese Nicolas, que este y Amadis
de Gaula queden libres del fuego, y todos los
demas, sin hazer mas cala y cata, perezcan.
No, señor compadre, replicó el barbero;
que este que aqui tengo es el afamado Don
Belianis.
Pues esse, replicó el cura, con la segunda,
tercera y quarta parte, tienen necessidad de vn
poco de ruybarbo para purgar la demasiada colera
suya, y es menester quitarles todo aquello
del castillo de la Fama y otras impertinencias de
mas importancia, para lo qual se les da termino
vltramarino, y como se enmendaren, assi
se vsará con ellos de misericordia o de justicia;
y, en tanto, tenedlos vos, compadre, en vuestra
casa; mas no los dexeys leer a ninguno.
Que me plaze, respondio el barbero.
Y sin querer cansarse mas en leer libros de
cauallerias, [el cura] mandó al ama que
tomasse todos los grandes y diesse con ellos en
el corral. No se dixo a tonta ni a sorda, sino a
quien tenia mas gana de quemallos que de
echar vna tela, por grande y delgada que fuera,
y, asiendo casi ocho de vna vez, los arrojó por
la ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayo
vno a los pies del barbero, que le tomó gana
de ver de quién era, y vio que dezia: Historia
del famoso Cauallero Tirante el Blanco.
¡Válame Dios!, dixo el cura, dando vna
gran voz; ¡que aqui esté Tirante el Blanco!
Dadmele aca, compadre, que hago cuenta que
he hallado en el vn tesoro de contento y vna
mina de passatiempos. Aqui está don Quirieleyson
de Montaluan, valeroso cauallero, y su
hermano Tomas de Montaluan, y el cauallero
Fonseca, con la batalla que el valiente [de
Tirante] hizo con el alano, y las agudezas
de la donzella Plazerdemiuida, con los
amores y embustes de la viuda Reposada, y la
señora Emperatriz, enamorada de Ipolito, su
escudero. Digoos verdad, señor compadre, que
por su estilo es este el mejor libro del mundo;
aqui comen los caualleros, y duermen y
mueren en sus camas, y hazen testamento antes
de su muerte, con [otras] cosas, de que
todos los demas libros deste genero carecen.
Con todo esso, os digo que merecia el que
le compuso, pues no hizo tantas necedades
de industria, que le echaran a galeras por
todos los dias de su vida. Lleuadle a casa
y leedle, y vereys que es verdad quanto del
os he dicho.
Assi sera, respondio el barbero; pero,
¿qué haremos destos pequeños libros que
quedan?
Estos, dixo el cura, no deuen de ser de
cauallerias, sino de poesia.
Y abriendo vno, vio que era La Diana, de
Iorge de Montemayor, y dixo, creyendo que
todos los demas eran del mesmo genero:
Estos no merecen ser quemados, como los
demas, porque no hazen ni haran el daño que
los de cauallerias han hecho; que son libros
de entendimiento, sin perjuyzio de tercero.
¡Ay, señor!, dixo la sobrina, bien los
puede vuestra merced mandar quemar como a
los demas, porque no seria mucho que, auiendo
sanado mi señor tio de la enfermedad
caualleresca, leyendo estos se le antojasse de
hazerse pastor y andarse por los bosques y
prados cantando y tañendo, y, lo que seria peor,
hazerse poeta, que, segun dizen, es
enfermedad incurable y pegadiza.
Verdad dize esta donzella, dixo el cura,
y sera bien quitarle a nuestro amigo este
tropieço y ocasion delante. Y pues començamos
por La Diana, de Montemayor, soy de
parecer que no se queme, sino que se le quite
todo aquello que trata de la sabia Felicia y de
la agua encantada, y casi todos los versos
mayores, y quedesele en ora buena la prosa y la
honra de ser primero en semejantes libros.
Este que se sigue, dixo el barbero, es
La Diana, llamada segunda, del Salmantino, y
este, otro que tiene el mesmo nombre, cuyo
autor es Gil Polo.
Pues la del Salmantino, respondio el cura,
acompañe y acreciente el numero de los
condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde
como si fuera del mesmo Apolo; y passe
adelante, señor compadre, y demonos prissa
que se va haziendo tarde.
Este libro es, dixo el barbero abriendo
otro, Los diez libros de Fortuna de Amor,
compuestos por Antonio de Lofraso, poeta
sardo.
Por las ordenes que recebi, dixo el cura,
que desde que Apolo fue Apolo, y las musas
musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan
disparatado libro como esse no se ha compuesto,
y que, por su camino, es el mejor y el
mas vnico de quantos deste genero han salido
a la luz del mundo; y el que no le ha leydo
puede hazer cuenta que no ha leydo jamas
cosa de gusto. Dadmele aca, compadre; que
precio mas auerle hallado que si me dieran
vna sotana de raja de Florencia.
Pusole aparte con grandissimo gusto, y el
barbero prosiguio diziendo:
Estos que se siguen son: El Pastor de
Iberia, Ninfas de Enares y Desengaños de
zelos.
Pues no ay mas que hazer, dixo el cura,
sino entregarlos al braço seglar del ama, y
no se me pregunte el por qué, que seria nunca
acabar.
Este que viene es El Pastor de Filida.
No es esse pastor, dixo el cura, sino muy
discreto cortesano; guardese como joya
preciosa.
Este gran