Publicado en: Palabra crítica (Estudios en homenaje a José Amezcua), ed. Serafín González García y Lillian von der Walde (México: Universidad Autónoma MetropolitanaUnidad Iztapalapa y Fondo de Cultura Económica, 1997 [1998]), 302-14.
La tesis que defiendo hoy es sencilla, pero
la defenderé a toda ultranza. Han pasado casi cuatrocientos años
desde la publicación del Ingenioso hidalgo don Quijote de la
Mancha. Las ediciones que ha habido de este libro cumbre de la literatura
española son numerosísimas, casi incontables. Las hay buenas
y las hay malas, esmeradas y disparatadas. Pero ninguna de ellas es ni ha
sido crítica. La edición crítica del
Quijote no existe. Repito: no hay ninguna edición crítica
del Quijote. Dicha edición crítica, por fin, nos hace
mucha falta, y conviene que se prepare. Hacerlo, es factible.
El principio del estudio de cualquier autor
es un texto fidedigno de su obra. A mí me es un motivo de continuo
asombro, y de rascarme la cabeza, el caos que existe en el campo de las ediciones
cervantinas. A pesar de su abundancia, no hay ninguna de reconocida autoridad
para el texto de Don Quijote.1 No hay
sino ediciones de fulano y mengano. Hay la edición de John J. Allen,
de Juan Bautista Avalle-Arce, de Ángel Basanta, de Joaquín
Casalduero, de Robert Flores, de Vicente Gaos, de Isaías Lerner y
Celina Sabor de Cortázar, de Luis Murillo, de Martín de Riquer,
de Francisco Rodríguez Marín, de Alberto Sánchez, de
Rudolph Schevill y Adolfo Bonilla, de Florencio Sevilla Arroyo y Antonio
Rey Hazas, de Ángel Valbuena Prat, de Domingo Ynduráin, y se
anuncian todavía más. Algunos de estos editores han preparado
más de una edición, que pueden estar simultáneamente
en el mercado.2 Quien escriba sobre Cervantes
cita por la página de la edición que tenga a mano, que haya
tenido su librero o la biblioteca de su facultad, o que le haya parecido
mejor o más conveniente según criterios completamente personales.
Miren las actas de cualquier coloquio cervantino, o cualquier número
de Anales cervantinos o Cervantes, y este caos salta a la vista.
No existe una herramienta tan fundamental para el estudio de un clásico
como un sistema uniforme de numeración para las páginas y
líneas de la obra. El investigador ha de tener acceso a toda una
biblioteca de ediciones.
Una edición crítica, y ninguna
de éstas que acabo de mencionar merece plenamente esta calificación,
sería una edición que representara con la máxima exactitud
posible el texto que el autor quería que leyéramos, y que nos
explicara en todo detalle los pasos a través de los cuales se
estableció este texto. Hay unas técnicas bien conocidas, y
autorizadas por el uso durante décadas con obras en muchas lenguas,
incluida la castellana, que se emplean para confeccionarla. Según
el Manual de crítica textual de Alberto Blecua, se trata, en
breve, de reunir todos los datos que puedan ayudar a conocer las intenciones
del autor, de estudiar estos datos, de tomar decisiones basadas en ellos
y de presentar los resultados en una forma que permita a cualquiera repasar
las decisiones tomadas.3
Acaso podría ser útil el explicarles
lo que la edición crítica no es, ya que este término
se usa sin la debida exactitud.4 No es una
edición que agarre un texto de la obra, sea el de ejemplares de las
primeras ediciones de 1605 y 1615, y lo transcriba, con enmiendas conformes
a los criterios del editor. Las deficiencias de este tipo de edición,
que abunda, son dos.
La primera es el "texto de la obra" con el
cual se trabaja. No existe ningún manuscrito de Don Quijote,
aparte de uno de la "Canción desesperada" de Grisóstomo, cuyas
variantes no constan, increíblemente, en casi ninguna de las modernas
y supuestamente científicas ediciones. Aparte de este único
manuscrito, no tenemos otra fuente que las ediciones impresas. Existen varios
ejemplares de cada una de ellas. Es un hecho bien conocido, y no está
en tela de juicio, que los libros del Siglo de Oro se corregían durante
la impresión. Los tipos de plomo eran caros, escaseaban, y no podían
quedarse parados en espera de una revisión cuidadosa de galeradas.
Era frecuente que no se encontraran errores hasta ya comenzado el proceso
de impresión. Se paraba la operación, se corregía y
se seguía con la tirada. No se desechaban las páginas
erróneas. El resultado es que las páginas de un libro de este
período existen, o pueden existir, en diferentes estados, unas con
erratas y otras corregidas.5 No era el caso,
tampoco, que un ejemplar del libro acabado contuviera los pliegos corregidos
y otro los defectuosos. Se mezclaban indiscriminadamente durante la
encuadernación. Un ejemplar podía tener la versión corregida
de un pliego, y la más primitiva, de otro. Resultado: no hay dos
ejemplares iguales de las primeras ediciones, o es muy posible que no los
haya (porque no se sabe con seguridad mientras no se estudien). Por lo cual,
siendo este hecho bien conocido, es responsabilidad de quien publique la
reproducción facsimilar de un impreso decirnos cuál fue el
ejemplar aprovechado. Ningún facsímil del Quijote lo
hace constar.
Sí consta, por los exámenes parciales
que se han hecho, que los varios ejemplares de las obras de Cervantes difieren
entre ellos. Frances Luttikhuizen lo ha detectado entre ejemplares de las
Novelas ejemplares.6 Rudolph Schevill,
sin facilitar todos los pormenores que hubiéramos deseado, dice haber
cotejado "varios ejemplares de la [edición príncipe] (en
España, Londres y Nueva York)".7 En
sus notas, repetidas veces explica cómo "unos ejemplares" de la primera
edición tienen una lectura y otros otra
diferente.8 Homero Serís y Edwin B.
Knowles, Jr., facilitan las diferencias de diez ejemplares, aunque no extienden
su análisis más que a unas
páginas.9 Robert Flores señala
algunas variantes entre cuatro ejemplares de cada
parte.10
Si no hay dos ejemplares iguales, ¿qué
hacer? Hay que compulsarlos. Existen máquinas que superponen la
proyección de dos páginas, para que las diferencias salten
a la vista. Si se teclean los ejemplares, o si resulta posible digitalizarlos
por un escáner, existen programas que generarán un listado
de las diferencias. O se puede hacer manualmente: una persona lee de un ejemplar,
y otra verifica en otro, palabra por palabra y letra por letra en las palabras
de ortografía variable. Con un lector y una sala llena de colaboradores,
se pueden compulsar muchos a la vez. Es el scriptorium romano a la
inversa.11 No es tarea de un solo día,
pero tampoco es un proyecto imposible de realizar, si se crea un equipo.
Para llevarlo a cabo, sin embargo, un proyectillo
previo sería la localización de los ejemplares de las primeras
ediciones de Don Quijote. Entre los varios inexplicables y rarísimos
hechos del cervantismo actual no es el menor el de que no se sabe cuántos
existen ni dónde se encuentran. Sólo podemos decir que hay
"acaso no más de dieciocho" de la príncipe de la Primera
Parte.12 En cambio, si me permiten el contraste,
Shakespeare tuvo la honra de una edición de sus obras reunidas en
1623, algo que Cervantes no recibiría hasta
1846.13 De esta edición, conocida
como el Primer Folio, sobreviven unos ciento ochenta ejemplares, y se
publicó un censo de ellos en 1924. Se han compulsado ochenta, que
figuran en una sola biblioteca, para detectar sus
variantes.14
¿Sería tan difícil seguir
las pistas de todos los ejemplares de la primera edición de Don
Quijote que han aparecido? ¿Importa saber dónde se hallan?
Creo que sí. Y ¿valdría la pena el esfuerzo de confrontarlos,
una caza de diferencias a veces mínimas? Opino también que
sí. Diga Ud. si detectar las "pródigas" y "continuas" erratas
del Quijote,15 publicado en edición
descuidada, no importa. Vaya pregunta. ¿Que se conocen ya todas? Esto
no lo ha afirmado nadie.
Otro tipo de información que nos hace
falta para establecer el texto de Don Quijote, y que no consta
sistemáticamente en ninguna edición desde la benemérita
de Rudolph Schevill, son las variantes de las ediciones contemporáneas.
Sobre todo importan las de las ediciones segunda y tercera de la Primera
Parte por Juan de la Cuesta (1605 y 1608), y las enmiendas hechas por el
"experto corrector"16 de la edición
de Bruselas, 1607, y por los editores científicos a partir del siglo
XVIII.
Se dice comúnmente que Cervantes no
intervino en ninguna edición posterior a la primera. Hay varios errores
de la primera edición que no están corregidos en la segunda,
ni hasta mucho después, como el "valiente Detriante" de la biblioteca
de Don Quijote, corregido a "el valiente de Tirante" en el siglo XVIII. Hay
también correcciones mal hechas.17
Pero con todo eso, las numerosas correcciones de las ediciones segunda y
tercera de Cuesta son de alguien. Si no fue Cervantes, se trata de un listo
que sabía corregir los títulos de libros mal citados (por ejemplo,
en el capítulo 6, el olvidado Los diez libros de fortuna de Ama).
Este enmendador cambia el nombre del protagonista,
(18 altera sistemáticamente el lenguaje, introduciendo,
por ejemplo, metátesis en los imperativos de
"vos"19 y añadiendo detalles
arcaizantes,20 y reemplaza "Sancho Panza"
por "hermano Sancho" (Schevill-Bonilla, I, 197, 5), y "el rigor del león",
en la "Canción desesperada" de Grisóstomo, por el más
inteligible "rugir del león" (Schevill-Bonilla, I, 180, 22). No hay
editor moderno que no acepte como buenas algunas de estas correcciones de
la segunda edición de Juan de la Cuesta. Hubo también unas
alteraciones de bulto: nuevos pasajes sobre el rubo y la recuperación
del rucio (capítulos 23 y 30), y el cambio del rosario quijotesco
de una tira de su camisa a agallas (capítulo 26). En la tercera
edición solamente, el mudable Vicente de la Rosa o Roca (capítulo
51) ya es siempre De la Roca.
Podría hacer una lista larga de estas
correcciones, retoques y enmiendas de las ediciones segunda y tercera de
Juan de la Cuesta; los enumerados no son sino una pequeña parte. Si
son producto de un corrector de la casa de Cuesta, esto constituye ya en
sí un hecho insólito y digno de estudio. Son los detalles que
llamaron la atención a un lector de la edición príncipe.
Pero me parece posible, insisto "posible", que Cervantes haya tenido algo
o aun mucho que ver con ellos.21 La
cuestión merece un estudio: ¿quién podría oponerse?
Pero por favor, en una edición que quiere ser crítica, que
se haga constar la existencia de estas correcciones y enmiendas. Ocupan pocas
líneas, y el trabajo de recogerlas está
hecho.22 De los editores recientes, sólo
Gaos hace constar una fracción, las que considera
"significativas".23 Para una relación
más completa tenemos que acudir a 1928, a la edición de Schevill,
o a la de Cortejón.
Compulsados los ejemplares, tendremos a nuestra
disposición las variantes entre los ejemplares y entre las diferentes
ediciones, y los que ofrecen nuestro único manuscrito, el de la
"Canción desesperada". Llegamos entonces a la segunda parte de la
tarea, menos cansada y más arriesgada: la depuración del texto
de las contaminaciones voluntarias o accidentales de los compositores, y
de los descuidos autoriales que es de suponer que Cervantes quisiera se
corrigieran. Que hubo contaminaciones, que los textos impresos no representan
con fidelidad total las intenciones de Cervantes, es una conclusión
insoslayable. Todos los cervantistas, mirabile dictu, estamos de acuerdo
en ello. Para citar un ejemplo, en el capítulo 32 de la Segunda Parte,
la duquesa comenta la pronunciación equivocada de Sancho Panza:
señala que éste ha dicho "cirimonias" en vez de
"cerimonias".24 Pero en el texto tal como
lo imprimió Juan de la Cuesta, Sancho nunca ha dicho tal cosa. Su
mala pronunciación ha desaparecido. O el compositor leyó
incorrectamente una letra de Cervantes, cuya mano parece haber sido difícil
de leer,25 o enmendó gratuitamente
la palabra mal escrita, sin darse cuenta (y no era su tarea fijarse en la
caracterización lingüística de los personajes) de que
así representaba Cervantes el habla del escudero.
Los diversos editores no van a estar de acuerdo
en las depuraciones y correcciones necesarias, deseables o permisibles. Cada
editor corrige diferentemente, y se critican mucho y acerbamente: es realmente
notable la rivalidad y falta de colaboración y mutuo aprecio entre
los editores de Don Quijote, sobre lo cual me abstengo de citar
testimonios. Las cuestiones que se levantan son difíciles. Los errores
del texto y la conducta de los cajistas se hicieron materia novelesca, en
esta novela paradójica y autocomentadora. Cuando Cervantes utiliza
lenguaje rústico, dialectal, arcaico y distorsionado, cuando juega
con la etimología de las palabras y crea vocablos nuevos, como "voquibles"
y "baciyelmo", puede ser difícil distinguir entre lo que escribió
y el error de composición, entre la equivocación del personaje,
la del autor y la del tipógrafo. A algunos les cuesta aceptar que
un gran novelista pudiera escribir deprisa, no releer y equivocarse, y niegan
esta conducta, para otros evidentísima. Todo ello tiene consecuencias
textuales.26
La depuración del texto de Don
Quijote es, entonces, un trabajo difícil y arbitrario. Aunque
hemos de buscar la objetividad hasta donde se pueda, siempre tendrá
algo, o aun mucho, de subjetivo. Depende en parte de cuestiones de
interpretación literaria: ¿quiso Cervantes que Vicente se llamara
"de la Rosa", "de la Roca", o como últimamente se ha sugerido, las
dos cosas?27 También entran en juego,
forzosamente, cuestiones de atribución: ¿quién escribió
los pasajes del robo y recuperación del rucio, presentes a partir
de la segunda edición?28 ¿Es
suyo el supuesto autógrafo y manuscrito fragmentario de las Semanas
del jardín, guía de incalculable valor para conocer su
ortografía y fonología, si es
genuino?29 ¿O es suya, en cambio, la
carta al Cardenal Sandoval y Rojas, punto de partida para los estudios de
su ortografía hasta que Antonio Rodríguez-Moñino
demostró en 1962 su carácter de
falsificación?30
Ya sabemos que los cajistas de Juan de la Cuesta
pueden fallar. Se ha hecho mucho hincapié en este hecho. ¿Es
posible que Cervantes haya fallado también? ¿O fue un dios infalible?
¿Se agacharía a atribuir a los impresores sus propias equivocaciones
(II, 3)? Y si hubo errores en su textoyo confieso que he entregado
a la imprenta libros con errores, y si los llegamos a detectar,
¿querría Cervantes que los corrigiéramos? ¿Y nos
importa su supuesto deseo?
¿Qué habría querido Cervantes
que se hiciera con el epígrafe del capítulo I, 10, que anuncia
a los yangüeses que no aparecen hasta cinco capítulos más
adelante? ¿Estaría contento con un texto en el cual el asno de
Sancho Panza desaparece y reaparece sin el menor comentario? ¿Cómo
es posible que la esposa de Sancho Panza tenga dos nombres diferentes, Juana
Gutiérrez y Mari Gutiérrez, en una sola página? ¿Se
equivoca Cervantes o el cajista en la cita del Ariosto al final de la Primera
Parte?
Tengo para mí que una solución
perfecta de todos los problemas es una meta imposible. Pero no por esto debemos
concluir que la edición crítica sea más arriesgada.
Los editores somos humanos, tan humanos como los últimamente muy
denostados cajistas de Juan de la Cuesta, y, como ellos, vamos a fallar.
Una edición sin enmiendas discutibles sería una edición
sin enmiendas, y una edición sin enmiendas no sería crítica.
El dejar de enmendar es señal de conservadurismo, de cobardía,
acaso, pero no de virtud. Dejar pasajes sin sentido, o cuyo sentido se deriva
de interpretaciones forzadas, no es cumplir con la tarea. Pero más
importante que las enmiendas específicas es el identificar las enmiendas
hechas como tales, y mejor todavía, explicarlas. En eso, en hacer
constar lo que se ha hecho, se halla la virtud editorial.
El segundo defecto de las ediciones del
Quijote no es, entonces, que corrijan el texto. Esto lo hacen todas,
y bien hecho, aunque difieren entre ellas notablemente en el número
y en la audacia de las enmiendas. Pero a menudo corrigen a la chita callando,
como si fuera inconfesable, o práctica de mínima relevancia.
En mi opinión es una falta de profesionalidad lamentable, y ha tenido
un impacto en el estudio de la obra.31 No
se me alcanza cómo un editor tan competente como Luis Murillo, en
una edición publicada por una casa reputada, Castalia, cambie "el
que le compuso" a "el que lo compuso", y no lo haga constar. No me ofende
mucho que Francisco Rodríguez Marín enmiende tácitamente
el título Auracana, que aparece en la edición
príncipe, a Araucana, y Ercila a Ercilla (capítulo I,
6). Pero sí me saca de quicio que cambie "entre tanto que esto se
ve" a "entre tanto que éste se ve" (también I, 6), sin ninguna
nota. En la reciente edición de Florencio Sevilla Arroyo y Antonio
Rey Hazas, "ni crítica ni científica" según su propia
descripción,32 cuando el texto de
la edición príncipe dice "el valiente De-/triante", lo restauran
a "el valiente de Tirante", sin hacer constar su
enmienda.33 Vicente Gaos, el más
responsable de los editores recientes, todavía cambia sin documentar.
Sin salir de la primera página del prólogo, une dos frases
en una, so capa de "modernización de
puntuación".34 Las palabras divididas
a final de renglón las une sin ni mencionar el hecho en su
introducción. Robert Flores cambia dos veces el "Florimorte de Hircania"
de la edición príncipe a "Florismarte de Hircania" (I, 6),
de un título equivocado a otro, haciéndolo constar, eso sí,
pero sin una palabra de explicación de un cambio tan extraño.
Y peor todavía, en el prólogo, el texto de la edición
príncipe reza "¿Qué podrá engendrar el estéril
y mal cultivado ingenio mío?", pero Flores lo enmienda "¿Qué
podía engendrar...?", otra vez sin ningún comentario.
El editor científico tiene obligatoriamente
que hacer constar lo que ha hecho. Si es honrado, pone las cartas boca arriba.
Documenta y explica. Tiene la confianza suficiente en sus decisiones como
para invitar a todo el mundo a su estudio. Su edición es un palimpsesto,
tras el cual se ve el original. Esto es el esqueleto o la infraestructura
de la edición crítica: el facilitar las variantes y el documentar
las enmiendas. Y todo lo demáslas enmiendas específicas,
si se modernizan y cómo se modernizan la ortografía y
puntuación, la arquitectura de la publicación resultante y
su maquetason detalles.
Volviendo a mi tema, entonces, no existe una
edición crítica del Quijote. Aunque unas son mejores
que otras, ninguna ha detectado todas las erratas
(35 y ninguna documenta sus cambios, retoques, enmiendas y
modernizaciones con el rigor necesario para reemplazar la consulta de las
ediciones originales. Ninguna presenta todos los datos que podrían
afectar al establecimiento del texto cervantino.
"Hagámosla", acaso piensan algunos de
Uds. Que se haga esta edición crítica. Ojalá. España
la necesita. Y el producir un texto fidedigno, no la edición de
bibliófilo con encuadernación en cuero y acuarelas de no sé
quién, es el homenaje más genuino y duradero al autor.
No es, les aseguro, una tarea extremadamente
difícil o costosa. Pero para un investigador solo, sin otros recursos
que los propios de nuestros menguados bolsillos, sería proyecto de
toda la vida, por el cual ganaría no sólo pocas pesetas, sino,
muy posiblemente, poca honra, poco aplauso. Y éste es el tema que
quisiera desarrollar a modo de conclusión.
La necesidad de una edición crítica
es del dominio público. Ha habido una serie de proyectos para prepararla.
En 1947, el Patronato del IV Centenario del Nacimiento de Cervantes tomó
un acuerdo "de reeditar todas las obras de Cervantes con el debido rigor
crítico". Los únicos resultados publicados fueron una
reedición del Quijote de Rodríguez Marín, de
1927, y la edición de Miguel Herrero García del Viaje del
Parnaso, que no vio la luz hasta 1983.
(36 El Consejo Superior de Investigaciones Científicas
designó en 1978 una comisión para la preparación de
una nueva edición crítica.37
No tengo noticia de que se hiciera nada. El proyecto pasó a ser de
la nueva Cervantes Society of America, a la cual pertenecen algunos de los
miembros de la comisión aludida.38
Aparecieron en su revista Cervantes cuatro artículos sobre
el tema.39 Su proyecto tampoco pasó
de la formación de una comisión. La Asociación de
Cervantistas patrocinó en 1990 un coloquio sobre la preparación
de una Edición Crítica de las Obras Completas de Cervantes.
Se formaron un Consejo y un Comité Ejecutivo, ninguno de los cuales
se ha convocado ni comunicado desde el día de su fundación.
Este proyecto también está abandonado. No conozco otros.
Todos estas posibles ediciones han acabado
en humo de pajas. Ninguna nos ha dejado ni siquiera un plan de trabajo, al
menos comunicado al público.
Si me permiten un pequeño
excursus, otra necesidad del cervantismo también candente,
y muy relacionada, es la de las concordancias del Quijote. Las
concordancias son un índice de las palabras del autor. Mediante ellas
podríamos ver cuántas veces aparece la palabra "rucio" y en
qué contextos, cuántas la voz "cura", dónde están
todas las referencias a Amadís de Gaula: es una herramienta fundamental
del investigador.
Se publicaron las concordancias de la Divina
Commedia en 1888 y de las obras de Shakespeare en 1891. En España,
se han publicado concordancias de la poesía de Garcilaso, Fray Luis
de León y Quevedo, de Berceo, Celestina y Calderón,
de las obras en prosa de Alfonso el Sabio, de las obras completas de don
Juan Manuel y de Santa Teresa, de Juan del Encina, del Arcipreste de Talavera,
de la Gran Conquista de Ultramar, de Bécquer, García
Lorca, Miguel Hernández y Leopoldo Panero. Hasta disponemos de
concordancias del Quijote de Avellaneda; qué absurdo cuando
no las hay del de Cervantes. Y de la obra cumbre de la literatura española,
las únicas concordancias, basadas en un texto mal escogido, se pararon
definitivamente en 1980 en la letra "CH".
(40
Ahora bien, si los cervantistas reconocemos,
en principio, la necesidad de una edición crítica del
Quijote, y si han fracasado, o nacido muertos, varios proyectos al
respecto, para evitar en lo posible futuras desventuras podríamos
acabar, acaso, con un examen de las posibles razones por este estado del
asunto. Ya he dicho que la edición crítica, aunque costará
algo el elaborarla, no es tan difícil y costosa como para ser
impracticable.
Estos proyectos, o proyectos de proyectos,
no pasan de la buena intención al plan escrito y a después
la acción porque no se sabe qué hacer. Se quiere una edición
mejor, eso sí, pero el fin es muy vago y hay mucho que debatir y muchas
decisiones que tomar. Debatir y llegar a acuerdos implica la transigencia
y el abandono de absolutismos, de la búsqueda de una perfección
teórica y absoluta, inalcanzable en el caso de Cervantes. Estamos
condenados a vivir camino de perfección, sin llegar jamás a
nuestro destino. Hay que aceptar unas confusiones como irresolubles, y producir
un texto crítico que refleje el hecho de que no sabemos si para Cervantes,
Vicente de la Roca fuera también De la Rosa, si escribiera el pasaje
del robo del rucio, o si es suyo el supuesto autógrafo del supuesto
capítulo de las Semanas del jardín.
Debatir y llegar a acuerdos también
implica la existencia de un grupo que discuta y decida. Y allí se
encuentra el toque del asunto, como diría Sancho Panza. La edición
crítica no la puede dirigir una persona sola. Es necesaria una
organización que sobreviva la muerte del individuo, que ha castigado
proyectos editoriales desde el de Diego Clemencín hasta el triste
caso más reciente de Vicente Gaos. Y una persona no puede tomar las
decisiones. Hay que discutir los detalles entre muchos. Los demás
cervantistas no apoyarán el proyecto de uno solo. Es necesario por
muchas razones un comité, un equipo y decisiones conjuntas.
He concluido, a fin de cuentas, y después
de mucha meditación, que el problema al fondo del caos editorial
cervantino es la rivalidad entre cervantistas, que remonta a los orígenes
del estudio del autor,41 si no a su vida
misma. Somos unos reyes de taifas, cada uno con dominio sobre un reducido
territorio. Cada uno tiene su edición particular o su plan de
edición, hecho las más veces sin consultar a nadie. Muchos,
cuál con soberbia y cuál con modestia, afirman la superioridad
de su edición o proyecto, se declaran el único legítimo
descendiente de Mahoma y que Dios ha mandado que los demás se arrodillen
delante de él. ¿Se acuerdan de la suerte de los pequeños
reinos de taifas? Fueron fácilmente conquistados, y desaparecieron.
La edición crítica del
Quijote, para llegar a ser, tiene que ser un proyecto en común.
Un proyecto español, de todos. De otra manera, las rivalidades, los
intereses comerciales y las ediciones personales ya en el mercado,
impedirán su financiación, elaboración y éxito.
El cervantismo, señores académicos
y cervantistas, es un espejo de España. ¿Cómo es posible
que España ocupe el lugar que le pertenece entre las naciones de Europa
y del mundo, cómo es posible que su literatura se estudie y se aprecie
debidamente en el extranjero, si los propios cervantistas maltratamos tanto
la obra máxima de su cultura?
En cambio, si podemos unirnos, si podemos apreciar
la contribución del ajeno más que su fallo, si podemos tomar
decisiones y producir en común, en equipo, un texto realmente
crítico de Don Quijote, según las exigencias de nuestra
edad, España se beneficiará. Cuando España se unió,
por el casamiento de Fernando e Isabel, pudo conquistar Granada y después
América.
Hace unos años conocí en una
fiesta a un grafólogo. Este señor, quien no sabía nada
de mí, me hizo una análisis sorprendente de mi personalidad
a base de unas frases escritas deprisa en un papel. Y me dijo también
que un medio para reformar uno su personalidad, si quería, pasaba
por cambiar la letra. Si uno cambia su escritura, lo cual requiere
concentración y esfuerzo, la personalidad forzosamente se cambiará
también.
Lo mismo les sugiero a Uds. El estado del
cervantismo refleja algo de la manera de ser de los españoles. Pero
también, una reforma, un éxito del cervantismo podría
cambiar a los españoles. Una edición crítica de Don
Quijote, una edición cuyo texto se regalara a todos aquellos que
quisieran publicar una edición anotada o divulgadora, una edición
que tuviera el apoyo entusiasta de todos o aun la mayoría de los
cervantistas, tendría un influjo positivo en la nación.
¿Será posible? ¿Será
posible? ¿Hay pájaros en los nidos de hogaño? ¿O
es tan inalcanzable como el desencanto de Dulcinea: una jaula de grillos,
una quimera, un engaño, una locura, un sueño imposible? ¿Nos
moriremos sin verla, igual que Don Quijote?
Digan ustedes.
1 Llega
a esta conclusión, Esteban Rodríguez Herrera, "¿Cuál
es el texto del Quijote que debe tomarse por modelo? (Mutilaciones,
enmiendas, alteraciones y profanaciones)", Boletín de la Academia
Cubana de la Lengua, 1 (1952), 178-98.
2 Se encuentra
un repaso de las ediciones de Don Quijote en José María
Casasayas Truyols, "Don Quijote [sic, sin cursiva] en el siglo XX.
Breve repaso a las más recientes ediciones eruditas", en Miguel
de Cervantes en su obra. Antología, selección de estudios y
documentación, Anthropos suplementos, 17 (Barcelona: Anthropos,
1989), págs. 289-96. En el índice del número y en la
contraportada, el título es "El Quijote del siglo XX". No sé
si llegará a ver la luz su ponencia, "Ahí va otra...: Lamentaciones
sobre las últimas ediciones quijotescas", presentada en el II Congreso
Internacional de la Asociación de Cervantistas, Napoli, 6 de abril
de 1994.
Ha quedado inédito, desgraciadamente,
el trabajo de Juan Suñé Benages, "Los errores y profanaciones
cometidos con el texto del Quijote", citado en Bibliografía
crítica de ediciones del "Quijote" impresas desde 1605 hasta 1917,
recopiladas y descritas por Juan Suñé Benages y Juan
Suñé Fonbuena, continuada hasta 1937 por el primero de los
citados autores y ahora redactada por J. D. M. Ford y C. T. Keller
(Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, 1939), pág. vi.
3 Manual de
crítica textual (Madrid: Castalia, 1983), págs. 33-34.
4 Se queja de
ello Carol Bingham Kirby, "La verdadera edición crítica de
un texto dramático del Siglo de Oro: teoría, metodología
y aplicación", Incipit, 6 (1986), 71-98; traducción
revisada, "The Preparation of a Genuine Critical Edition of Golden-Age Dramatic
Texts: Theory, Methodology and Application", Editing the Comedia,
II, Michigan Romance Studies, 11 (Ann Arbor: Department of Romance Languages,
University of Michigan, 1991), 1-38.
5 "Ocurría
con frecuencia que, una vez impresos varios ejemplares de un mismo pliego,
se advertía un error y se subsanaba el molde, pero los pliegos ya
impresos, dado el valor del papel, no se destruían. Esta costumbre
origina complicados problemas a la hora de trabajar sobre impresos de tipos
móviles.... Es frecuente hallar ejemplares de una misma edición
con diferencias incluso muy notables" (Blecua, págs. 172-73).
6 "Entre el texto
del ejemplar que se guarda en la Biblioteca Nacional (que a su vez sirvió
de modelo para el facsímil de la Real Academia Española) y
el ejemplar de la Biblioteca Bonsoms se detectan una veintena de variantes
(consistentes, en su mayor parte, en correcciones de erratas). El
ejemplar de la Hispanic Society es idéntico al de la Biblioteca Nacional;
mientras que un ejemplar de la British Library se asemeja al de Madrid
y el otro al de Barcelona. El ejemplar que sirvió de modelo para el
facsímil publicado en Berlín en 1923, y que probablemente se
perdería en la segunda guerra mundial, refleja algunas de las
erratas existentes en el ejemplar de la Biblioteca Nacional, pero también
incluye muchas de las correcciones del de Bonsoms. Este fenómeno
es corriente en las obras de la época: a medida que se imprimían
las hojasproceso que se hacía a mano, se iban corrigiendo
las erratas, sin que por ello se desecharan las hojas ya impresas. En
consecuencia, es perfectamente posible encontrar variantes dentro de una
misma edición." (De su edición de las Novelas ejemplares
[Barcelona: Planeta, 1994], pág. xx; la cursiva es mía.)
7 Don Quixote
de la Mancha, ed. Rodolfo Schevill y Adolfo Bonilla (Madrid: los editores,
1928-41), I, 6. Aunque se conoce como la edición Schevill-Bonilla,
Bonilla había fallecido antes de su elaboración. Hoy en día
insistiríamos en que nos facilitara las señas de los ejemplares
examinados.
8 Por ejemplo,
I, 237, 25-26: "vn cauallero nouel, de nacion frances, llamado Pierres Papin";
y en la nota "Algunos ejemplares de A [la edición príncipe]:
"Papio". Igual I, 346, 12-13, "el agrauio que me ha hecho, peleando con el
mano a mano" y en nota "Algunos ejemplares de A: peleado".
9 Serís:
"Una nueva variedad de la Edición príncipe del Quijote",
Romanic Review, 9 (1918), 194-205; reimpreso en su La colección
cervantina de la Sociedad Hispánica de América, University
of Illinois Studies in Language and Literature, 16, no. 1 (Urbana: University
of Illinois, 1918), págs. 30-42; "Sobre una nueva variedad de la
edición príncipe del Quijote", Bulletin Hispanique,
26 (1924), 313-22, donde comenta la reacción a su descubrimiento.
Knowles: "Notes on the Madrid, 1605, Editions of Don Quijote",
Hispanic Review, 16 (1946), 47-58; "A Rare Quixote Edition",
The Library of Congress Quarterly Journal of Acquisitions", 3,
número 2 (February, 1946), 3-5, reimpreso en Hispania, 30 (1947),
82-85. Discute la "nueva variedad", R. M. Flores, The Compositors of the
First and Second Madrid Editions of "Don Quixote" Part I (London: Modern
Humanities Research Association, 1975), que el que subscribe reseñó
en Hispania, 59 (1976), 954-55 y José María Casasayas
comentó en las págs. 168-72 de "La edición definitiva
de las obras de Cervantes", Cervantes, 6 (1986), 141-90, con correcciones
en Cervantes, 8 (1988), 123.
10 Don Quixote
de la Mancha. An Old-Spelling Control Edition based on the First Editions
of Parts I and II (Vancouver: University of British Columbia Press, 1988),
I, xix-xx y II, xiii. Estas listas no son completas: "I have not retained
the following incidental, typographical pecularities of the first editions:
...variants resulting from corrections made during the running off of the
forms" (I, xxv-xxvi).
José María Casasayas publicó
una reseña de esta edición, extracto de otra más larga
que no ha podido ver la luz: Bulletin of Hispanic Studies, 58 (1991),
529-32; la comenta también en su artículo citado en la nota
2. Hubo otra de Edward H. Friedman, Cervantes, 10, número 2
(Fall, 1990), 103-04 y Antonio Rey Hazas y Florencio Sevilla Arroyo comentan
la edición de Flores en la suya, Obra completa (Alcalá
de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1993-95), I, 4-5.
11 Ya ha sido
realizado, en el caso de Don Quijote, no con diversos ejemplares,
sino con ediciones: "El cotejo de estas ediciones estaba encomendado a
veintiséis jóvenes, sentados en torno de una mesa, cada cual
con distinta edición en la mano, leyendo en voz alta uno de ellos;
repitiendo la lectura de cada capítulo hasta diez o doce veces, anotando
las variantes que van saliendo" (Clemente Cortejón, citado por Juan
Suñé Benages y Juan Suñé Fonbuena,
Bibliografía crítica de ediciones del "Quijote" impresas
desde 1605 hasta 1917 [Barcelona: Perelló, 1917], pág.
178).
12 Casasayas,
en su reseña ya citada (nota 10) de la edición de Flores,
pág. 530. En la edición aludida, I, xv, nota 5, Flores dice
que hay "menos de veinte" de cada parte.
En su artículo "Notes on the Madrid,
1605 Editions" (supra, nota 9), pág. 47, Knowles se refiere
a diez ejemplares de la primera edición de Juan de la Cuesta y seis
de la segunda. Menciona la ubicación en 1946 de cada uno de ellos,
con la excepción de uno cuyo poseedor exigió el anonimato,
y especifica con cuidado como algunos han sido muy remendados, a veces con
páginas de otras ediciones.
13 Esta
edición, la de la Biblioteca de Autores Españoles, no llegó
a completarse con el tomo dedicado a las obras dramáticas de Cervantes
hasta 1944. Hubo una edición de Obras escogidas publicada en
París en 1826. La primera edición completa y acabada fue la
de Cayetano Rosell (Madrid, 1863-64).
El Primer Folio de Shakespeare sólo
incluyó sus obras dramáticas, excluyendo la poesía.
14 Sir Sidney
Lee, "A Survey of First Folios", en Studies in the First Folio (London:
Humphrey Milford, Oxford University Press, 1924), págs. 78-105; Harold
M. Otness, The Shakespeare Folio Handbook and Census (New York: Greenwood,
1990); Charlton Hinman, The Printing and Proof-Reading of the First Folio
of Shakespeare (Oxford: Clarendon Press, 1963), especialmente I, 7-8;
The First Folio of Shakespeare (New York: W. W. Norton, 1968).
15 Los
términos son de Casasayas, "La edición definitiva"
[supra, nota 9], pág. 147.
16 Suñé,
pág. 22.
17 Por ejemplo,
y hay otros ejemplos, en el primer capítulo "por conjeturas verosimiles
se dexa entender que se llamaua Quexana". En la segunda edición de
Cuesta, "Quixana" (Schevill-Bonilla, I, 50, 7-9). Pero en el capítulo
I, 5, donde en la primera edición se llamaba dos veces "Quixana",
en la segunda se llama las mismas dos veces "Quixada" (Schevill-Bonilla,
I, 89, 18 y I, 91, 10).
18 Véase
la nota anterior.
19 "Echalde"
por "echadle" (Schevill-Bonilla I, 96, 29); "llevalde" por "llevadle" (I,
102, 2); "leelde" por "leedle" (I, 102, 3), etc.
20 Cambia "no
fuyan" a "non fuyan" y "ni teman" a "nin teman" (Schevill-Bonilla, I, 61,
22, donde sólo se registra la segunda variante; Suñé,
p. 17).
21 En el manuscrito
que creo autógrafo de un capítulo de la perdida Semanas
del jardín, hay una serie de enmiendas estilísticas, cuyos
paralelos con los de las de las ediciones posteriores del Quijote
podrían estudiarse. ("Las semanas del jardín" de Miguel
de Cervantes [Salamanca: Diputación de Salamanca, 1988 (1989)];
reseñado por Antonio Cruz Casado en Anales cervantinos, 30
[1992], 163-73. Sobre las dificultades que la publicación de este
libro me ocasionó, véase mi "The Story of a Cervantine Discovery",
Manuscripts, 45 [1993], 13-21).
El caso de las Novelas ejemplares es
parecido. La segunda edición de este libro, fraudulenta y hecha al
parecer en Lisboa, tiene una serie de correcciones que en opinión
de Agustín González de Amezúa "pulen, alisan, mejoran
y perfeccionan" el texto de la edición príncipe (en su
edición de El casamiento engañoso y El coloquio de los
perros [Madrid, 1912], p. 259, citado por Harry Sieber en la
introducción de su edición de las Novelas ejemplares
[Madrid: Cátedra, 1981-82], I, 31). Hay otra serie de correcciones
en la edición de 1624. Aun si no son de Cervantes, son testimonio
de las lecturas de contemporáneos suyos. Pero los editores modernos
no sólo no facilitan estas variantes, muchos ni siquiera las mencionan.
(Sobre estas ediciones, véase Frances Luttihuizen, "Novelas
ejemplares (Madrid, Cuesta, 1614). (¿Madrid, Lisboa o Sevilla?)",
Anales cervantinos, 25-26 [1987-88], 275-83.)
22 No tengo
acceso al momento de escribir estas líneas a las ediciones de
Fitzmaurice-Kelly-Ormsby y Cortejón, que según Juan
Suñé Benages y Juan Suñé Fonbuena (págs.
166-67 y 178) cotejaron muchas ediciones. Las variantes de las ediciones
segunda y tercera de Cuesta y de Bruselas se hallan en la edición
de Schevill.
Existen facsímiles de las ediciones
segunda y tercera de Cuesta (segunda: New York: Hispanic Society of America,
1905; tercera: Barcelona: Montaner y Simón, 1897 y 1928).
23 El ingenioso
hidalgo Don Quijote de la Mancha, "edición crítica" y
comentario de Vicente Gaos (Madrid: Gredos, 1987), I, xxiii. No consideró
significativo advertir a los lectores, por ejemplo, que el nombre del
protagonista está cambiado dos veces en el capítulo I, 5. Sobre
esta edición, además de los atinados comentarios de Casasayas
en su artículo citado en la nota 2, puede verse Juan Bautista de
Avalle-Arce, "Hacia el Quijote del siglo XX", Ínsula,
494 (enero, 1988), 1, 3-4, y las respuestas de Alberto Sánchez, "Don
Quijote sigue cabalgando", Anthropos, 92 (1989), xxvi-xxx y Diego
Martínez Torrón, "El Quijote del siglo XX",
Anthropos, 100 (1989), xxiii-xxx. Sánchez menciona reseñas
que no he visto: de Francisco López Estrada, Ya, 20 de junio
de 1987, pág. 28, y Jean Canavaggio, ABC Literario, 12 de diciembre
de 1987.
24 Le agradezco
esta observación a John J. Allen, en los preliminares de su edición
(Madrid: Cátedra, 1977), I, 28.
25 Véase
Las semanas del jardín, pág. 140.
26 Sobre las
consecuencias positivas de la falta de relectura y corrección de
Cervantes, véase el último capítulo de mi La
interpretación cervantina del "Quijote" (Madrid: Compañía
Literaria, 1995. (Versión original: A Study of "Don Quixote" [Newark,
Delaware: Juan de la Cuesta, 1987.)
27 Stanislav
Zimic, "Sobre los amores de Leandra y Vicente de la Roca (Don Quijote,
I, caps. 50-52)", Anales cervantinos, 30 (1992), 67-76.
28 Yo las creo,
por su estilo inimitable en la época, cervantinas; véase "El
rucio de Sancho y la fecha de composición de la segunda parte del
Quijote", en mi Estudios cervantinos Barcelona: Sirmio, 1991),
págs. 143-52 (versión primitiva: Nueva revista de
filología hispánica, 25 [1976], 94-102). Pero aunque hay
cervantistas distinguidos de acuerdo conmigo en cuanto a la autoría,
hay otros que no la aceptan.
29 Véanse
el libro y artículo citado en la nota 21, y mi "Cervantes' Consonants",
Cervantes, 10, número 2 (Fall, 1990 [1991]), 3-14.
30 "La carta
de Cervantes al Cardenal Sandoval y Rojas", Nueva revista de filología
hispánica, 16 (1962), 81-89. Ya observé que esa
falsificación ha tenido una influencia nefasta sobre los editores
cervantinos ("Repaso crítico de las atribuciones cervantinas", Nueva
revista de filología hispánica, 38 [1990], 477-92;
versión revisada en mi Estudios cervantinos [Barcelona: Sirmio,
1991], págs. 83-103).
31 Rodríguez
Herrera, en el artículo citado en la nota 1, págs. 186-88,
ofrece unos ejemplos. Por mi parte me quedé horrorizado, cuando estudiaba
el pasaje que Diego Clemencín llamó el más oscuro del
libro, cuando descubrí tardíamente las "rectificaciones" y
"enmiendas" hechas tácitamente en el texto del mismo. (Véase
mi "Pero Pérez the Priest and His Comment on Tirant lo blanch",
Modern Language Notes, 88 [1973], 321-30; incluido en Romances
of Chivalry in the Spanish Golden Age [Newark, Delaware: Juan de la Cuesta,
1982], págs. 147-58; bibliografía última en La
interpretación cervantina del "Quijote", capítulo 3, nota
68.)
32 I, xciv.
En la misma página afirman que su edición es "correcta",
"fidedigna" y "crítica, científica y definitiva en la medida
en que los escritos de Cervantes pueden...soportar tales criterios". Una
edición, sin embargo, puede ser crítica, científica
o definitiva con testimonios (manuscritos y ediciones) muy deficientes, y
al mismo tiempo puede ser mal hecha con materiales abundantes. La calidad
del trabajo del editor es independiente del estado de sus fuentes.
33 "Hemos corregido,
sin advertencia alguna..., multitud de erratas que consideramos de imprenta"
(I, 3).
34 Edición
príncipe: "tienes tu alma en tu cuerpo, y tu libre aluedrio, como
el mas pintado. y estas en su casa, donde eres señor della". Gaos:
"tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más
pintado, y estás en tu casa, donde eres señor della". ¿Errata
de punto por coma? ¿Falta de tinta? Posiblemente. Pero también
es posible la errata de y minúscula por mayúscula. Por eso
se hacen constar las correcciones.
35 Es
posible que ya se conozcan todas las erratas de Don Quijote.
Pero hasta estudiar los ejemplares debidamente, no podemos estar seguros
de ello.
36 Alberto
Sánchez, "Nota previa", en esta edición (Madrid: Consejo Superior
de Investigaciones Científicas, Instituto Miguel de Cervantes, 1983),
págs. 7-10.
37 Anales
cervantinos, 18 (1979-80), 239. "Creo recordar que ya antes se había
tratado del tema en el I Congreso Internacional sobre Cervantes, de Madrid,
1978, que nombró una comisión para el estudio, y subsiguiente
puesta en práctica, de una edición de las obras de Cervantes,
de la que los mismos Allen y Avalle Arce [sic] formaban parte" (Casasayas,
"La edición definitiva" [supra, nota 9], pág. 166, nota
1).
38 Anales
cervantinos, 18 (1979-80), 239; Patricia Kenworthy, "The Cervantes Society
of America. A Brief History", Cervantes, 1 (1981), 7-8, en la pág.
8; "Newsletter" de la Cervantes Society of America, May 1980, pág.
2 y January 1981, pág. 1.
39 Robert Flores,
"The Need for a Scholarly, Modernized Edition of Cervantes' Works",
Cervantes, 2 (1982), 69-87; John J. Allen, "A More Modest Proposal
for an Obras completas Edition", Cervantes, 2 (1982), 181-84;
Daniel Eisenberg, "On Editing Don Quixote", Cervantes, 3 (1983),
3-34, con corrección en la pág. 160; José María
Casasayas, "La edición definitiva de las obras de Cervantes", ya citado
en la nota 9. Revisa y comenta estos artículos Julio Rodríguez
Luis, "Para una edición crítica de las Novelas
ejemplares", en La edición de textos. Actas del I Congreso
Internacional de Hispanistas del Siglo de Oro, editadas por Pablo Jauralde,
Dolores Noguera y Alfonso Rey (London: Tamesis, 1990), págs. 405-11.
40 Enrique
Ruiz-Fornells, Las concordancias de "El ingenioso hidalgo Don Quijote
de la Mancha" (Madrid: Cultura Hispánica, 1976-80); sobre la
edición escogida, véase el comentario de Casasayas en la
página 294 del artículo citado en la nota 2. No entiendo cómo
haya sido el mismo editor, Cultura Hispánica, que en 1984 publicara
las concordancias del Quijote de Avellaneda, en vez de acabar de
ofrecernos las del de Cervantes.
El manuscrito de los restantes tomos no lo
posee Ruiz-Fornells, según me comunicó. Las cintas en que el
texto digital de Don Quijote estuvo grabado existían hace pocos
años en el Centro de Computación de la Universidad de Alabama,
pero según su directora no figura allí, después de tantos
años, máquina que las lea, no habiéndose aprovechado
en su momento de las oportunidades de conversión a un nuevo formato.
41 La Real Academia
publicó su edición de 1780 deprisa para poder anticipar a la
edición ya anunciada de Bowle, mucho más científica
pero despreciada en España, y hoy inaccesible mientras la de la Real
Academia fue reimpresa en 1977. La respuesta a la edición más
científica de las Obras completas hasta la fecha, la de Schevill
y Bonilla, que tuvieron que publicar ellos mismos, no fue el aplauso, sino
la publicación de los facsímiles de la Real Academia. (Tanto
éxito tenía este rechazo, que Rodríguez Herrera, en
el artículo citado en la nota 1, no llegó a conocer su
edición.) Hay ejemplos más modernos de esta tendencia, de
sacrificar el esmero a la prisa, para "ganar la carrera" a otro
cervantista.
También he comentado los efectos de
la rivalidad entre cervantistas en mi "Repaso crítico de las atribuciones
cervantinas" (supra, nota 30), y en la "Nota sobre los textos" de
mi La interpretación cervantina del "Quijote".