Cervantes y Don Quijote, por Daniel Eisenberg. Copyright © 1993 Montesinos, S.A.


[Cabeza]  [Índice]   [Pie]


Cervantes y Don Quijote


Daniel Eisenberg



     El autor reconoce y agradece la ayuda de Margarita Merino en la corrección de su castellano.


Para mi compañera Elena


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


Nota preliminar:
El texto en rojo indica correcciones al texto impreso.

Las ilustraciones publicadas en el libro no siempre siguieron mis indicaciones. Incluso cuando se siguieron, eran de mala calidad. Dejo en este texto, entre [[paréntesis rectas]], las sugerencias de ilustraciones presentes en el manuscrito entregado a la editorial.

ÍNDICE


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


Preliminar

     Querido lector, tienes una oportunidad que te envidio, la de leer Don Quijote por primera vez, o si lo has leído fragmentaria o superficialmente, de ahondar y completar tu conocimiento de él. Te esperan los coloquios más sabrosos, las más disparatadas aventuras, una de las amistades más hondas y algunas de las más sabias reflexiones que se hayan escrito jamás en el papel. El libro ha sido la lectura preferida de muchos hombres de relieve: entre ellos un rey (Felipe III), un presidente de España (Manuel Azaña) y un filósofo (Unamuno). Y eso sin contar los numerosos e ilustres extranjeros para quienes ha sido libro de cabecera y lectura diaria durante años. A varios de ellos ha movido a aprender el castellano.
     Por el conducto de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, comenzarás a conocer a uno de los hombres más sabios de todos los tiempos. Aunque sin formación universitaria, o acaso debido a este mismo hecho, Cervantes gozaba de una vasta cultura. Había seguido el naciente teatro español desde la juventud. Leía constantemente, y es el primer autor que tiene un sentido de la literatura española en toda su riqueza, el primero en percibir la importancia y valor del surgimiento del nuevo género, la novela. Observador curioso, conversador infatigable, Cervantes conocía todas las clases sociales y todos los ambientes de su tiempo, desde la cárcel de Sevilla hasta la casa real. Conocía, también, el campo y el pueblo tanto como la ciudad. Por la ventana de Don Quijote verás, entonces, una vivísima España desaparecida, mucho mejor que en cualquier película.
     Cervantes no es un autor fácil, pues su lengua es de hace cuatro siglos. Supone de sus lectores unos conocimientos y actitudes que sólo recuperan y mantienen vivos los eruditos. Pero con todo eso es un autor que todos pueden leer, y de quien todos pueden aprender, entre otras cosas a mejorar su lenguaje.
     Cuando hayas leído a Cervantes, habrás entrado como adulto, como ciudadano de pleno derecho, en la cultura hispánica. Bienvenido.


El género gramatical. Me refiero al lector empleando el masculino como genérico totalizador y entendiendo siempre incluidas en él a las mujeres. En otra parte he protestado contra el sexismo de la lengua española y sugerí cómo, en teoría, se podría reformar. Actualmente no hay otro remedio sino decir siempre querido/a lector(a), amigo o amiga, tipográfica y estilísticamente feo.


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


¿Quién fue Cervantes?


     Hay autores cuyas vidas son tan anodinas que nadie se interesaría por ellas a no ser por sus escritos. Lo que vivieron y lo que escribieron siguen cauces distintos. Es, por ejemplo, el caso de Calderón. En cambio, hay autores cuyas vidas nos brindan testimonios apasionantes. La de Cervantes es interesantísima y muy relacionada con sus obras. Él mismo sin duda la consideraba novelesca, mucho más apasionada e intensa que las fingidas historias de los libros de caballerías. Las fuentes para conocerla son unos documentos, que en su mayoría tratan de su servicio a la corona como militar, comisario y recaudador de impuestos. Leídos—o escudriñados—con conocimiento de las prácticas comerciales, brotan a veces conclusiones jugosas de las secas líneas. Aparte de estos documentos, que iluminan bien sólo ciertas etapas y actividades de su biografía, tenemos que sacar conclusiones de la autopresentación de Cervantes en sus prólogos y dedicatorias, y de sus obras. Un aviso previo: como era el caso de muchos escritores y artistas, Cervantes solía cargar las tintas describiendo su mala posición económica, para animar al mecenas a una donación más generosa.


Biografía. Cervantes nació en 1547 en la joven ciudad universitaria de Alcalá de Henares, la ciudad castellana más intelectual del siglo XVI. Sus antecedentes, por sus oficios y por la falta de datos sobre su madre, tienen que haber formado parte del grupo llamado, sin caridad, “cristianos nuevos”. (No hay término para referirse a este grupo que no sea despectivo.) Esta gente descendía de judíos españoles, un grupo culto y trabajador forzosa o sinceramente convertido al catolicismo durante los siglos XIV y XV. Muchos de ellos, gente marginada social si no económicamente, en sinceridad y actividad religiosa sobrepasaban a los más seguros cristianos viejos. Víctimas de leyes cada vez más discriminatorias, que los excluían de las universidades, de los altos cargos y de las colonias americanas, recurrían a menudo a documentación fraudulenta para establecer su llamada “limpieza de sangre”. Se dedicaban a la medicina, profesión típica de los judíos, y a los oficios despreciados por los hidalgos: los oficios manuales como la sastrería, zapatería o orfebrería, la administración pública y particular, la banca.
     El padre de Cervantes fue cirujano, oficio sanitario algo inferior al de médico. Tuvo altibajos económicos, y mudó su familia de una ciudad a otra, según consta en los pocos documentos de esta etapa. Abandonó la ciudad humanista de Alcalá, entonces, cuando Miguel era joven. Por ello su influjo es tenue, pero también innegable. Luis Astrana Marín, en su biografía de Cervantes, ofrece un buena descripción de la Alcalá donde Miguel pasó sus primeros años: [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Escena universitaria o callejera de Alcalá de Henares]]

Ved aquí una oficina singular del pensamiento, una vasta forja del espíritu. Se hablan todas las lenguas, las clásicas, las orientales y las vivas. Se examinan todos los problemas científicos, todos los misterios teológicos, todas las conquistas del método experimental. Allí está el códice, la esfera y la retorta, la espátula, el compás y el tetragrama. Las torres mismas son otra rama de la Universidad. La ciencia y el arte viven allí felices, y la muerte parece una amenaza irreal. La propia vejez respira juventud entre la juventud, y una y otra entonan un himno triunfal a la vida. Allí se corona a los vates: Arias Montano recibe el laurel en 1551, y las enseñanzas de Cipriano de la Huerga despiertan en Fray Luis de León la levadura oriental de sus antepasados. Las riberas de Henares se pueblan de ninfas y de pastores. Mateo Alemán sólo aquí será optimista. Por ello, sólo aquí podía nacer el regocijo de las musas.


     El primer dato para conocer directamente la personalidad de Miguel es de 1569. En una colección de elegías reunida por Juan López de Hoyos, director del “Estudio de Madrid”, aparece Miguel como autor de cuatro poemas. Más significativo, encontramos que López de Hoyos le califica de “caro y amado discípulo”. Es de suponer, entonces, que fue un estudiante sobresaliente, el predilecto del maestro. Por el erasmista López de Hoyos disfrutara de otro contacto con la tradición humanística española que Felipe II pronto destruiría. Los seguidores de Erasmo de Roterdam, quien tuvo más influjo en España que en cualquier otro país—incluido el suyo—estimaron una religiosidad interna y personal y despreciaron las ceremonias religiosas y la vida monástica. Cervantes evidentemente recibió estas enseñanzas.
     Pronto encontramos a Cervantes desterrado por una riña cuyos detalles no sabemos. Sirve en Italia al cardenal Acquaviva. Entra en la marina, y según nos cuenta él mismo, participó en la batalla de Lepanto, una gran victoria de los galeones cristianos sobre los turcos. Por un arcabuzazo perdió el uso de la mano izquierda. Cervantes era, desde entonces, un minusválido. Su mano destrozada era muy visible y sin duda objeto de constantes comentarios y explicaciones.
     Durante el viaje de vuelta a España, Cervantes fue aprisionado por piratas argelinos. Entonces comienzan sus cinco años de cautiverio en Argel, una estancia que le marcaría hasta los tuétanos y que constituye, en opinión de Alonso Zamora Vicente y Juan Goytisolo, el eje de su vida. En lugar de ser vendido como esclavo, suerte de los cautivos pobres, fue retenido en espera de un rescate elevado e imposible de reunir para su familia. Según informaciones que sugieren pero no aclaran unas enormes lagunas, Cervantes organizó varios intentos de huida, fracasados todos ellos. Increíblemente, no recibió ningún castigo, y se hizo amigo de sus cautivadores. Cinco años después pudo volver a España gracias a los esfuerzos de su familia y de un fraile trinitario, Juan Gil. Entre sus actividades en el cautiverio figuraba la composición literaria.
     Llevaría siempre consigo un anhelo de libertad y una honda repugnancia hacia la crueldad de los administradores musulmanes. Otra vez en España, cuyo suelo no había pisado desde hacía más de diez años, Cervantes buscaba un empleo seguro al mismo tiempo que se dedicaba a la composición literaria. Sin éxito, intentó conseguir un puesto administrativo en las Indias. Consta cierta resonancia y lucro como autor de comedias: vendió “veinte o treinta” de ellas, que fueron representadas en los teatros de Madrid. Con pocas excepciones, estas comedias se han perdido. También Cervantes pudo vender la Primera Parte de su Galatea, publicada en 1585. Era la más filosófica de todas las llamadas “novelas pastoriles”, y es a ella a la que Cervantes expresa más veces el deseo de volver. Esta primera etapa de composición literaria se cierra con lo que Cervantes llama “el alzamiento de Lope con la monarquía cómica”. La aparición del fecundo Lope, quien más que Cervantes escribía para el gusto del público, significaba que las comedias de éste no se vendían.
     Hacia 1584 nace el único vástago de Cervantes: su hija Isabel, a quien después protegería económicamente. Pero los datos del amorío con la madre de su hija, Ana Franca de Rojas, nos faltan. El mismo año de 1584 Cervantes se casa con Catalina de Palacios, mujer mucho más joven y económicamente mejor acomodada que él, de la pequeña ciudad toledana de Esquivias. Aunque no lo sabemos directamente, el matrimonio, sin descendencia, parece haber sido infeliz, y Cervantes nunca se refiere a su esposa. Entonces consigue unos encargos administrativos: procurador de la Armada y recaudador de impuestos atrasados en el reino de Granada. Los dos eran trabajos regularmente pagados, aunque sin prestigio y conllevando la necesidad de enfrentarse con gente que no quería recibir, por sobrados motivos pecuniarios, ni a procuradores ni a recaudadores.
     Pero estos cargos aparentemente ingratos tenían la que sería para Cervantes una ventaja fundamental: la oportunidad de viajar por Andalucía. Dejando a su mujer bien respaldada materialmente, la abandona y se marcha de la casa marital. Es entonces cuando Cervantes, como después don Quijote, va de pueblo en pueblo. Trasnocha en ventas pobres, pero tiene algo que estima mucho: “la santa libertad”. Sus diversiones son la conversación y la lectura. Durante este período sucedió su famoso encarcelamiento en la cárcel real de Sevilla, aludido en el prólogo a la Primera Parte de Don Quijote.
     Las actividades posteriores de Cervantes nos son menos conocidas. Cuando la corte se traslada a Valladolid, a principios del siglo XVII, Cervantes se establece allí también, acompañado no de su mujer sino de su hermana y de otras parientes, costurera de nobles una de ellas. Parece que tuvo algún empleo administrativo particular. Fue entonces cuando acabó y publicó la Primera Parte de Don Quijote. Aunque la cronología de su desarrollo no está del todo clara, cuando la remata, aprovechando materiales ya escritos, se publica enseguida. Contrario a lo que se cree, Cervantes no tuvo dificultad en publicar sus libros acabados, aunque no con las recompensas elevadas que quisiera haber percibido.
     Con la Primera Parte del Quijote en la calle, Cervantes ganó la primera entrega de la fama que siempre anhelaba, si bien como autor “festivo”, es decir cómico. En la última década de su vida, cuando tenía más de 58 años, consiguió el apoyo económico del Conde de Lemos que le permitió dedicarse completamente a la escritura. Acaba en unos pocos años las Novelas ejemplares, obra que le saca de la poco prestigiosa categoría de autor humorístico y le concede el aplauso general. Entonces se le califica, por primera vez, de “honra y lustre de nuestra nación, admiración y envidia de las extrañas”. Comienza a tener admiradores y seguidores, entre ellos Tirso y Góngora. Entonces, también, le es posible publicar una colección de sus comedias y entremeses que en la portada declara, en desafío, “nunca representados”. En sus últimos años, enfermo y amargado por el infructuoso intento de conseguir un cargo en Nápoles, escribe constantemente. Con la colaboración activa de su antiguo rival Lope, aparece un ataque de mal gusto en la forma de la continuación de “Avellaneda” del Quijote, y se siente obligado a detenerse para acabar rápidamente su propia continuación, paralizada años atrás. Publica el Viaje del Parnaso, un poema de crítica literaria. Acaba apresuradamente la que considera su obra maestra, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, cuatro días antes de morir, y que publica, póstuma, su viuda. Aparte de las comedias de cuyos manuscritos no disponía porque las había vendido, se habían publicado todas sus obras acabadas. Con pocas excepciones, los manuscritos de sus obras editadas y de las inacabadas se perdieron.


¿Qué tipo de hombre fue Cervantes? [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Retrato verbal de Cervantes, del prólogo de las Novelas ejemplares. No existe una representación gráfica auténtica.]] Honrado, desde luego. Lo demuestran tanto el cuidado que tuvo para proteger a su hija natural y a su mujer, como los avales que consiguió para poder trabajar con dinero de la corona. También es notable su sentido de la responsabilidad del escritor a estimular al lector a vivir y obrar bien.
     Cervantes también era hablador, buen bebedor, asiduo de tabernas y jugador de naipes. Como don Quijote, estaba más a gusto entre gente humilde que en palacio. El pueblo llano le parecía por lo general más sensato, inteligente y honrado que la cortesana aristocracia, cuya ignorancia—cuando no corrupción—le era insoportable. Entre la gente sencilla Cervantes encontraba, a veces, verdaderos filósofos, personajes peculiares con quienes conversar y de quienes aprender con alegría.
     Era la conversación, entonces, un medio de satisfacer su curiosidad insaciable, sus ganas de conocer y entender. Era sin duda un hombre de amistades. Entre ellas se cuentan su maestro poético Pedro Laínez, los poetas Cristóbal de Mesa, Pedro de Padilla, Luis Barahona de Soto, Francisco de Figueroa, López Maldonado, Juan de Jáuregui, Vicente Espinel, y Francisco de Figueroa. Ya mayor, como hemos dicho, tuvo admiradores y hasta seguidores. También sabemos que fue amigo de Tomás Gutiérrez, dueño de una lujosa casa de huéspedes en Sevilla. Las burlas burdas de sus rivales Lope de Vega y “Avellaneda”, de quien trataremos más adelante, le hirieron mucho. No tenemos noticia, sin embargo, de ninguna amistad suya de toda la vida, ninguna que sepamos haya sido íntima. Tampoco tenemos noticia de una amistad femenina, y sus relaciones emocionales con su mujer y con Ana Franca, la madre de su hija, parecen haber sido parcas. Era un hombre rodeado de compañeros, pero al mismo tiempo solitario y callado, sin este “verdadero amigo”, de toda la vida, tan apreciado en sus obras.
     Otro medio de satisfacer su curiosidad era el viajar. Cervantes viajó mucho, y conocía Italia, Portugal, el imperio otomano, Barcelona y Andalucía. Quería viajar más: a las Indias, por ejemplo, y quería volver a Italia. Lo que no podía viajar lo reemplazaba con la lectura. Ésta tiene que haber sido su diversión favorita durante muchos años, según los muchísimos libros, entre ellos libros de historia, geografía, ciencias y matemáticas, que muestra haber conocido. Era uno de los hombres de más ancha formación que había en la España de su tiempo. En sus propias palabras: “quien anda mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho”.
     Saber mucho, en un mundo en que la libertad de prensa no existiría hasta siglos después, era carga a veces dura. Siendo la sociedad española de su tiempo más opresora de los intelectuales que de los criminales, comunicar un punto de vista disidente sin rodeos llevaría a uno directamente a los grilletes, cuando no a la hoguera. Pero las opiniones políticas y religiosas de Cervantes, nacidas de sus experiencias más que de la lectura, salen fácilmente de sus obras.
     Quería una sociedad racional y por ello justa, y la que le tocó vivir visiblemente distaba mucho de serla. Todas las almas son creadas iguales, recuerda el equitativo Cervantes, y cada uno es hijo de sus obras. Las obras de la corrupta aristocracia, cuando hacían otra cosa que entretenerse, no correspondían con su posición en la sociedad. Más honradez y menos hipocresía se podía encontrar entre los muleros, pícaros y prostitutas: hasta los criminales tenían honra. Más justicia había entre los moros. Resultado de la venalidad de la aristocracia, nobleza y realeza es que su país, tan rico, iba a la ruina.
     Como cualquier pensador de su tiempo, Cervantes disentía de varias posiciones oficiales de la iglesia. La abundancia de conventos y monasterios, ricos muchos de ellos, le parecía escandalosa. El culto a los falsos santos y milagros, el mal cumplimiento de los votos religiosos, las luchas entre facciones cristianas y la falta de unidad contra su “enemigo común”, los turcos, le desagradaban mucho. En un sentido más íntimo, se encontraba confuso ante la contradicción entre lo que le decían sus observaciones y razón, y las creencias a que le obligaba la fe. Estaba, entonces, perplejo ante el gran problema religioso: la existencia del mal.
     Por último, parte del deseo de Cervantes de vivir, en todos los sentidos, era el de sobrevivir a la muerte. La perspectiva tradicional de una vida eterna en el cielo no parece haberle satisfecho. Para permanecer vivo en la tierra el mejor remedio es la literatura. Las obras literarias, pues son independientes de una forma física, resisten el paso del tiempo mejor que los palacios, los monumentos, las láminas de bronce o piedra. De los griegos desapareció su pintura completamente, junto con la mayor parte de su escultura y sus monumentos. Sus creadores están olvidados, o no son sino nombres, completa e irreparablemente separados de sus creaciones. También los historiadores, los científicos, hasta los filósofos son conocidos de pocos.
     Pero el griego a quien conoce todavía toda persona culta es Homero. Ser autor de literatura ofrece la mejor defensa contra el olvido. ¿Quién tiene mayor fama, pregunta un teórico leído por Cervantes (Sánchez de Lima): Aquiles y Héctor por lo que hicieron, u Homero y Virgilio por lo que escribieron? Por eso figurar en un libro—reproducirse en muchos ejemplares—debe haber sido para Cervantes, como para su héroe don Quijote, motivo de una enorme satisfacción. Participar en la literatura europea más avanzada de su época, la española, poder contribuir a ella, era causa de orgullo tanto personal como patriótico. Le hubiera emocionado gravemente a Cervantes saber que sus obras están en la cumbre de la literatura española, que han sido traducidas a todos los lenguajes escritos del mundo y que hoy en día, después de casi cuatro siglos, se leen, se celebran y se estudian con más interés que nunca.


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


Cervantes, autor prolífico


     Durante los siglos XVIII, XIX y parte del XX Cervantes fue visto casi exclusivamente como autor de Don Quijote. Tal concepción no era desde luego la suya propia, ni la de sus contemporáneos. Cervantes fue uno de los escritores más fecundos e innovadores de su tiempo, y sus escritos abarcan todos los géneros, La crítica cervantina ha ido recuperando, una por una, sus otras obras, entendiendo sus temas y su estructura.


Las Novelas ejemplares. [[POSIBLES ILUSTRACIONES: Portadas de otras obras de Cervantes]] Recomendamos al lector que quiera conocer otras obras de Cervantes esta colección de doce muy diversas novelitas. (Novela, neologismo recién introducido del italiano, quería decir “cuento”.) Son, después del Quijote, su obra más paradójica y ambigua, características no sin relación a su popularidad. En el prólogo a la colección, Cervantes afirma que cada una de sus novelas, y la colección en conjunto, son ejemplares. No sólo no contienen nada que pudiera despistar al lector, incluso al más ingenuo, sino que contienen “ejemplos”, moralejas provechosas. Dicha postura debe haber agradado mucho a sus lectores contemporáneos, que hicieron un éxito de la colección. Desgraciadamente Cervantes no se molestó en exponer claramente dichos ejemplos, tema de continuas polémicas entre los cervantistas, algunos de los cuales niegan que Cervantes los formulara. La crítica ma reciente ve recomendado en la colección, como manera de vida, un camino intermedio entre la rebelión inútil contra la suerte o los dados de la vida de uno, y una resignación pasiva y abúlica. Los protagonistas cervantinos que se ejercitan en buscar una resolución de sus variados problemas, la encuentran.
     Como primeras lecturas en la colección, recomendamos las siguientes “novelas”. “Rinconete y Cortadillo” cuenta la historia de dos jóvenes que se integran en el inframundo sevillano. En “La gitanilla”, un joven adopta la vida gitana por amor de una hermosa e inteligente cantaora y bailarina, quien se reúne con sus verdaderos padres al final. “El celoso extremeño”, viejo y rico, encierra a su joven mujer entre cuatro paredes, impidiéndole todo contacto con otros varones, e incluso con animales machos. Un joven intenta penetrar esta cárcel, valiéndose de la música.
     La más innovadora de todas es el “Coloquio de los perros”, en el cual un perro, dotado una noche con el don maravilloso del habla, cuenta su vida azarosa, mezclada con observaciones acerbas de la sociedad, a un perro amigo. Esta novela, leída en castellano por Freud, contribuyó a la gestación de su teoría psicoanalítica.


La Galatea; el Persiles. Además del Quijote, Cervantes es también autor de dos novelas en el sentido actual del término: obras extensas de ficción en prosa. En 1585 publicó La Galatea, su primer libro, donde usó el recurso popular de los pastores para tratar problemas amorosos. Incluye una extensa defensa del papel benéfico, saludable y necesario del amor, y en el “Canto de Calíope”, su primer trabajo de crítica literaria.
     Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia septentrional, una novela en la terminología actual, Cervantes la concibió como un poema épico en prosa. En él sigue el modelo del recién descubierto Historia etiópica de Teágenes y Cariclea de Heliodoro, una ficción griega en prosa que participa de la la complicada estructura de los poemas épicos de Homero. Cervantes concibió el Persiles como su obra maestra: “según la opinión de mis amigos, ha de llegar al extremo de bondad posible”, lo comenta en una carta dedicatoria. En contraste con Don Quijote, escrito para todos y en especial para el amplio vulgo que leía los libros de caballerías, el Persiles era una obra para los eruditos. La obra vuelve al tema del amor: una pareja, fingiendo ser hermanos, vive una prolongada serie de peripecias hasta llegar a Roma, donde besan los pies del pontífice y se casan.


Cervantes poeta. Según la autodescripción de Cervantes en el Viaje del Parnaso, siempre quería ser poeta, gracia que no le concedió el cielo. Suponen los cervantistas que por el término “poeta” Cervantes quería decir versificador, aunque en otra ocasión también afirma, contradictoriamente, que la poesía puede escribirse en prosa.
     Se han perdido muchos poemas de Cervantes, entre ellos muchos romances. La mitad de lo que sobrevive son poesías sueltas de circunstancias, poemas preliminares de los libros de sus amigos, por ejemplo. Otros poemas gozaron de cierta fama: su soneto atrevido y burlón al túmulo de Felipe II, lo consideró la “honra principal” de sus escritos.
     Escribió un poema extenso, el Viaje del Parnaso. Se trata de un libro de viajes imaginario. En él todos los poetas importantes de la época viajan en un barco hecho de versos (la chusma romances, las jarcias seguidillas, etc.), al Monte Parnaso para visitar a Apolo. Dicha forma permite a Cervantes una cantidad de observaciones, favorables y desfavorables, sobre sus contemporáneos.
     La supuesta “Epístola a Mateo Vázquez”, que se halla en colecciones de sus versos, es un pastiche.


Cervantes dramaturgo. Cervantes fue desde joven un notable aficionado al teatro, y el drama fue una de sus preocupaciones durante toda su carrera literaria. En la década de los 80, tuvo éxito como autor de comedias. Vendió y aparecieron en las tablas, nos dice, unas “veinte o treinta”, y nos ofrece una lista: “La batalla naval”, que habrá tratado de Lepanto, “La confusa”, y varias otras. Casi todas ellas se han perdido, aunque por buena suerte ha sobrevivido La Numancia, su obra más influyente después de Don Quijote, en la cual presenta la heroica nacionalidad española como no sólo anterior a la “conquista” musulmana (que en el Siglo de Oro caía de su peso), sino incluso prerromana.
     Según Cervantes, Lope se impuso como el autor predilecto de los corrales. Desde aquella temprana fecha las comedias de Cervantes, más difíciles para el auditorio, no se compraban. Pero las guardaba en una arca, y cuando consiguió fama como novelista, pudo por fin publicar ocho de ellas. Durante los últimos veinte años estas comedias, varias increíblemente sin estrenar hasta la fecha, han encontrado cada vez más atención crítica. Hallamos en ellas los mismos temas que en el Quijote.
     En contraste con el rechazo a veces total hacia las comedias cervantinas en la primera mitad del siglo XX, siempre encontraban más favor sus Entremeses, publicados con las ocho comedias. Son dramas breves, cómicos y críticos, en que sobresalen los tipos populares.


Obras perdidas o no firmadas de Cervantes. No acaba aquí el corpus literario de Cervantes. Discutía sus proyectos literarios en sus prólogos y dedicatorias, y menciona tres que escribía pero que no llegó a acabar. Primero, habló tres veces de una continuación de La Galatea, aunque no nos dice cuán adelantada la tenía. Sí nos dice que tenía casi acabados los dos otros. El primero es el “famoso Bernardo”, que discutiremos adelante como su libro de caballerías, y también su Semanas del jardín. De esta obra creo haber identificado una parte. También consta que escribió, por encargo, un reportaje de las fiestas celebradas en el nacimiento del hijo de Felipe III, que puede identificarse con un reportaje anónimo publicado en 1605. Parece probable que éste no sea el único caso sobreviviente de redacción cervantina a sueldo.


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


Don Quijote


Dos palabras para el maestro. Hace poco tiempo me afirmó un profesor de instituto que no se podía enseñar el Quijote a los jóvenes. No lo entienden, me dijo, y explicado no les interesa. Tal aserción me entristeció. Don Quijote es, para mí, la más dulce de las materias.
     Presentado como una vieja novela con un viejo protagonista, atacando un género muerto, y encasillado como un “clásico” al cual se ha de apreciar guste o no, evidentemente no va a captar el interés del joven. Pero se puede hacer que el libro responda a cualquier interés del alumno.
     Esto supone que el alumno se interesa en algo. Para el que no confiesa ningún interés en nada la terapia es invitarle a tomar dos vasos de vino. Supone también que el joven está dispuesto a leer. Intento enseñar a mis estudiantes que la literatura escrita es y seguirá siendo más abierta, honrada, revolucionaria, inquieta y erótica que lo que nuestra sociedad permite que aparezca en una pantalla. Si quieren leer, por ejemplo, atrocidades y violencia, las encontrarán mucho más exquisitas, mucho más sangrientas, mucho más morbosas y espeluznantes en la página escrita que en el cine.
     Las películas actuales de acción son las fantasías caballerescas de hoy, y el fútbol un torneo. El motociclista, el astronauta aventurero, el policía y también el criminal heroico, descienden de don Quijote por línea recta de varón. El poeta—nato y no hecho, según Cervantes—es su sobrino.
     Don Quijote es viejo, pero su temperamento es el de un joven. No es un padre de familia, sino un solitario enajenado, rodeado de mujeres que no le entienden. Sale de su casa en busca de una vida diferente. Va a viajar y a ver su país, y a escuchar a todos los que tienen algo que contar. Don Quijote enseña también que el que tiene ideales, y está dispuesto a sufrir y si es necesario incluso a morir por estos ideales, puede obligar a la sociedad a una respuesta. El país y el mundo padecen muchos males, y se necesitan tanto ideas como manos de obra para resolverlos. Lo que falta en el gobierno es buena voluntad.
     En Don Quijote vemos también que las mujeres no tienen que quedarse en casa. Igual que los hombres, desean escaparse del control de sus padres y descubrir el mundo con sus propios ojos. Quieren y pueden decidir sus propias vidas. El peligro particular de las mujeres, que no ha desaparecido en absoluto, es el embarazo. Las promesas de enamorados, nos recuerda Cervantes, son fáciles de dar y muy pesadas de cumplir.


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


Cómo leer Don Quijote

 
    Don Quijote es un libro escrito lentamente, con pluma y tintero, y sus palabras han sido cuidadosamente escogidas y meditadas. Recomiendo una lectura también lenta, dejando tiempo para saborear y reflexionar sobre lo leído. Si puedes, léelo, o haz que te lo lean, en voz alta.


¿Tengo que leer el libro entero? No por cierto, incluso no lo recomiendo para un primer encuentro. Puedes leer trozos, capítulos sueltos, capítulos seguidos, episodios, o toda la obra según tu criterio. Puedes tomarlo y dejarlo, y saltar lo que no te guste. Estás en tu casa, donde eres señor o señora della, como dijo el mismo Cervantes en su prólogo. El libro es de ti, no tú de él.
     Confieso, y no me parece escandaloso, que hay partes de Don Quijote que me gustan más que otras. También, el libro arranca lentamente. Cuando me puse a leer la obra por primera vez, a los 14 años, comencé por el principio, llegué hasta los molinos de viento, y encontrándolo pesado, devolví el libro a la biblioteca y no volví a tocarlo en cuatro años.


Selecciones recomendadas. Los episodios que recomiendo para el que lee Don Quijote por primera vez, son: desde la aparición de Sancho en la novela, en el capítulo I, 7, hasta la entrada del par en la Sierra Morena, en el capítulo I, 23. En la Segunda Parte, desde el principio hasta el encuentro con los duques, en el capítulo II, 30. Si hay más tiempo, pueden añadirse, en la Primera Parte, la primera salida de don Quijote (1-5), la “Novela del curioso impertinente” (33-36) y las últimas aventuras de don Quijote en la venta (segunda mitad del 43-47). En la Segunda Parte, el gobierno de Sancho (45, 47, 49-51, 53). Y si el tiempo es realmente limitado, para una introducción brevísima, el encuentro con Maritornes en la venta (I, 16), y la Cueva de Montesinos (II, 23).
     Ahora bien, estas selecciones son algo irrepresentativas, como sería cualquier selección, por fragmentaria o subjetiva. No se puede decir que uno conoce la obra bien, sin haberla leído en su totalidad. Tampoco se puede ser cervantista sin leer sus obras completas.
     Cuanto más estudio a Cervantes, más me interesan y mejor entiendo todas sus páginas. Es un autor inagotable, sus obras—y Don Quijote en particular—son un “tesoro de contento y una mina de pasatiempos”, en palabras del cura Pero Pérez en el capítulo 6 de la Primera Parte. De tal manera me gusta su riquísimo lenguaje, sus observaciones y su manera de plantear los problemas que leería cualquiera de sus obras.


¿Importa la edición en la cual leo? Existen muchísimas ediciones del Quijote, tantas como para marear al lector o comprador.


El texto. No hay grandes diferencias textuales entre las varias ediciones del Quijote: ninguna es perfecta y ninguna es desastrosa. Algunas veces se nota una errata, pero pocas. Y las erratas son menos importantes que las enmiendas gratuitas y tácitas de los editores. En cuanto a las diferencias de bulto, como el variado tratamiento del robo del rucio de Sancho, presente en la segunda edición legítima pero falto en la primera, no hay una solución perfecta. Las ediciones caras pueden desvariar tanto o más que las humildes.
     Ahora bien, para quien insista en tener un texto fidedigno para su estudio o para las citas, aun el acudir a uno de los varios facsímiles no es una solución perfecta. Los facsímiles también defieren entre sí, reflejando diferentes momentos de la impresión de la edición primitiva. La única edición que comenta estas particularidades, la única que hace constar, sin excepción, todas las correcciones introducidas por los editores, sigue siendo la agotadísima colaboración entre un profesor de Berkeley y otro de Madrid: Rudolph Schevill y Adolfo Bonilla y San Martín (Madrid, 1928-41). Es una obra urgentemente necesitada de reimpresión.
     Estos problemas son mucho más serios tratando de la Primera Parte que de la Segunda de la obra.


Ediciones sin notas.
Mucha gente ha leído y lee todavía Don Quijote en ediciones sin notas. Éstas son las más económicas y pueden resultar satisfactorias, aunque conllevan una pérdida de alguna parte del significado. (¿Sabes qué es una bacía, que lleva un barbero en la cabeza en el capítulo 21 de la Primera Parte?) Sin embargo, es innegable que hay muchas notas que estorban más que ayudan al lector no especialista. No creo, por ejemplo, que los errores de Cervantes y las inconsistencias de texto, algunos de los cuales están comentados en todas las ediciones anotadas, sean importantes para el lector corriente. El léxico del Quijote ha sido bien estudiado; cualquier diccionario que no excluya el español clásico será una herramienta adecuada.


Ediciones anotadas.
Desde el primer cervantista, el benemérito inglés John Bowle, se ha creído necesario ofrecer al lector unas notas explicativas de las alusiones en el libro, muchas de las cuales se refieren a libros, personas o temas olvidados. Hay mayor diversidad entre las ediciones anotadas que entre las no anotadas. La que considero más indicada para los lectores de este manual es poco accesible en España: la de Celina S. de Cortázar e Isaías Lerner, con un extenso prólogo de Marcos Morínigo, 2ª ed. (Buenos Aires: Huemul, 1983). También son recomendables las ediciones de Martín de Riquer (Planeta, varias impresiones) y Ángel Basanta (Plaza y Janés, 1985). Ésta ofrece, a un precio módico, el más extenso de los ensayos preliminares, una buena bibliografía mínima, buenas notas, glosario, repertorio de nombres propios y temas de trabajo. Con todo, sigo echando de menos dos características de la antigua edición de Riquer, la conocidísima de la Editorial Juventud, infinitas veces reimpresa: sus titulillos descriptivos y un índice. Son menos útiles y numerosas las notas de las ediciones de John J. Allen (Cátedra, 1977) y Juan Bautista Avalle-Arce (Alhambra, 1979), y las notas de la edición de Luis Murillo (Castalia, 1978) son inmanejables sin acceso a ediciones anteriores.
     Para una edición de consulta, o una compra cara, recomiendo la “nueva edición crítica” de Rodríguez Marín (Madrid: Atlas, 1947-49). Cuidadosamente corregida, acompañada de índices de las notas y dos tomos de apostillas, jamás he encontrado ninguna errata en ella. Las notas de esta edición son mucho más extensas y modernas que las de la edición del mismo editor en la difundida serie “Clásicos castellanos”. Otra posibilidad es la de Vicente Gaos (Madrid: Gredos, 1987), aunque no es, ni por mucho, tan exhaustiva ni al día como su lujoso formato sugiere. Ha sido agudamente criticada por Avalle-Arce en el número de enero, 1988, de Ínsula. Para quien tiene acceso a una buena biblioteca, todavía conserva su interés y utilidad la gran edición anotada de Diego Clemencín (1833-39), reimpresa en 1966, con índices parciales de las notas, por Editorial Castilla.
     He mencionado algunas ediciones con índices de las notas y una edición, la vieja de Riquer, con índice de la obra misma. Los índices más extensos son los que acompañan la edición de Gaos, que ocupan 140 páginas. También son útiles los índices que a partir de 1965 se hallan en la edición mejicana de la serie “Sepan cuántos” (Editorial Porrúa).


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


Bases para el entendimiento de Don Quijote


     Aunque le hubiera encantado saber que alcanzaría la fama perpetua de Homero o Virgilio, Cervantes escribía para lectores de su tiempo y no para nosotros. Su novela supone unos puntos de vista, unas bases culturales que ya no recibimos en la niñez. Por ejemplo, el lector para quien Cervantes escribía leía libros de caballerías, o al menos conocía cómo eran. Estos libros han muerto, debido en parte significativa al mismo Cervantes. Que yo sepa, no ha habido desde hace más de dos siglos nadie que haya leído ningún libro de caballerías español con anterioridad a su conocimiento del Quijote. Por ello, este aspecto del Quijote suele entenderse mal.
     El libro mismo nos dice con la máxima claridad su propósito: acabar con la “máquina mal fundada” de los libros de caballerías. Los contemporáneos de Cervantes no sentían ninguna vacilación en tomar estas repetidas afirmaciones al pie de la letra. Pero debido a la evolución social y literaria desde el siglo XVII, a ciertas contradicciones dentro de la obra y también al tropel de criticastros que rodea cualquier obra maestra, ha surgido una tremenda controversia sobre la interpretación del Quijote.
     Por decirlo con otras palabras, Don Quijote es una obra que ahora precisa de unos datos externos para su interpretación. Estos datos los obtenemos en primer lugar del estudio de los libros de caballerías, que son el punto de partida del Quijote y la lectura favorita de su protagonista. También se hallan en otras obras literarias y culturales, en documentos y en especial en las otras obras de Cervantes, por lo general menos susceptibles de interpretaciones conflictivas.


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


Orígenes del Quijote


Cervantes y la literatura. Cervantes merece el título de primer historiador de la literatura española, en aquel momento la más desarollada literatura de Europa. Repasa la poesía en La Galatea y el Viaje del Parnaso; comenta la evolución del teatro español en el prólogo a sus Ocho comedias; discute el teatro y más el nuevo y español género de la novela en la Primera Parte del Quijote; se presenta como innovador en el prólogo a las Novelas ejemplares. Ningún documento anterior, como las “cartas-proemio” del Marqués de Santillana y de Boscán, tiene tan anchas miras o tanta conciencia histórica.
     Para Cervantes, la literatura (en la cual incluiría, si viviera hoy, el cine y la televisión) es importantísima. Nos divierte, y al hombre le hacen falta legítimas y sanas diversiones: “no es posible que esté siempre el arco armado”, afirma. Más importante, la literatura nos enseña cómo vivir, y sus enseñanzas son más sentidas y profundas que las de un tratado. La lectura nos cambia. Importa, entonces, leer correctamente, leer o ver en el escenario o la pantalla obras que nos transformen de un modo positivo. Comparten la responsabilidad el lector, el autor y los editores y productores teatrales. En el caso de lectores torpes, que no saben distinguir entre literatura buena y mala, la responsabilidad autorial y editorial es doble.


Literatura verdadera y mentirosa. La literatura buena es verdadera, y la verdad es santa, según principio del predilecto de Cervantes entre los padres de la Iglesia, San Agustín. El término “verdadero” tiene dos significados. En su sentido más estricto, lo verdadero es lo histórico, y el autor verdadero es, entonces, el historiador. Cervantes tenía mucho respeto para la historia, y tiene que haberla leído extensamente. Por boca del canónigo de Toledo, uno de sus más sabios personajes, recomienda la lectura histórica a los lectores del Quijote.
     Pero la historia tiene un defecto. Para ser verdadera, tiene que contar las imperfecciones así como las virtudes. La historia puede facilitar muy malos ejemplos. También, hay menos libertad para el historiador que para el novelista, y menos rendimiento en cuanto al prestigio o fama.
     La literatura de creación, empero, ofrece perspectivas más anchas. Igual que el pintor, una comparación que Cervantes hace a menudo, el autor de literatura imaginativa puede crear sus mundos según su voluntad. Aunque el tema de su cuadro o novela sea ficticio, todavía puede ser verdadero. Se aproxima a la verdad por ser verosímil, o en término más familiar hoy día, realista. La obra más realista, entonces, es la más verdadera, y por ello la más sana. También puede ser verdadera en el sentido de presentar una verdad moral.


La corrupción literaria de que Cervantes se veía rodeado. Según Cervantes, la literatura de su época estaba corrompida. Que fuera mala estéticamente, desproporcionada y mal escrita, era lo de menos. Era mentirosa, y no sólo en el sentido de no ser histórica. También lo era porque contenía absurdos que jamás pudieron haber sido. Era falsa además por su inmoralidad, pintando, por ejemplo, una exagerada lascivia femenina y una sexualidad libre de embarazos y enfermedades. Para el colmo, esta literatura mentirosa, que pudiera haber sido honra de la nación, afirmaba descaradamente su veracidad, engañando activamente a los lectores. Aunque no era el único tipo—otro sería la comedia—el más difundido e influyente de esta literatura corrompida lo constituían los libros de caballerías, lectura predilecta del ignorante vulgo. Ésta era la literatura que mejor se pagaba, y no faltaban autores dispuestos a escribir lo que el gran público pedía y no lo que unos pocos ingeniosos habrían estimado.


Don Quijote, un ataque a los libros de caballerías. Desde el prólogo hasta la última página, Don Quijote se describe como un ataque orientado a “derribar la máquina mal fundada de los libros de caballerías”. El tema aparece al principio y fin de las dos partes. Sería difícil encontrar a un autor y obra que más claramente declararan su propósito.
     Hay, por cierto, unas alabanzas de los libros de caballerías en Don Quijote, pero hay de tener en cuenta quien los alaba. Es según el loco don Quijote que los libros de caballerías son verdaderos y educativos, y según las mujerzuelas de la venta, que son gustosos. El problema mayor no es reconciliar un ataque con los elogios contenidos en la obra, sino con el hondo conocimiento que Cervantes tenía de estos libros tan abominables en su propia opinión. Recordemos que mientras el Persiles se dirige al iniciado, Don Quijote fue escrito para el vulgo, una enorme clase intelectual, inferior en sabiduría a la a que pertenecía su autor. Para esta gente, los libros de caballerías son peligrosísimos, pues presentan gustosas relaciones sexuales sin enseñar sus riesgos. Entre sus desastrosas consecuencias figuran mujeres y niños abandonados.
     Los contados sabios y discretos que los leen durante horas ociosas, los toman por lo que son: una ficción sencilla pero entretenida, sin grandes pretensiones. Aunque no exentos de riesgo aun para ellos (muéstralo el caso de don Quijote mismo), proporcionan “algún contento”, en palabras del canónigo de Toledo, el experto cuerdo. Pueden divertir, y una cierta pérdida de tiempo es estimulante y saludable. No hay, entonces, problema en aceptar lo que el conocimiento detallado de dichos libros sugiere: en algún momento de su vida Cervantes mismo fue un estusiasta de ellos. Había leído varios, y el Amadís más de una vez.
     Ya que estos libros representan el tema declarado de Don Quijote, la lectura favorita de su protagonista y durante alguna época lectura frecuente de su autor, merecen nuestra examinación.


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


Los libros de caballerías


Una precisión terminológica. [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Portada de una edición antigua de Amadís de Gaula, con grabado]] El barbarismo “libros de caballería”, no documentado antes de la segunda mitad del siglo XVIII, ha llegado a tener tal autoridad que incluso existe una antología así titulada (que, por más señas, no contiene ningún extracto de un libro de caballerías tal como los entendían Cervantes y sus contemporáneos). Cervantes, Lope, Juan de Valdés, Santa Teresa, Gracián y todos los numerosos autores del Siglo de Oro que hacen referencia a dichos libros, sin excepción alguna, siempre se refieren a los “libros de caballerías”. Tampoco llaman a ningún texto una “novela de caballería”, “de caballerías” o “caballeresca”, pues carecían del término “novela” en el sentido en que lo usamos actualmente. Si nos resulta necesario para fines taxonímicos, podemos aplicar el término “novela” a obras del Siglo de Oro, caballerescas u otras. Tal etiqueta, por válida que sea según la terminología actual, no la usó ni Cervantes ni ningún contemporáneo suyo.
     Dicho sea de paso, Cervantes tampoco dispuso del término “romance” en el sentido inglés que comienza a emplearse en castellano: una novela primitiva. Los libros de caballerías sí pertenecen a la moderna categoría de “romance”, pero para Cervantes no existió esta categoría. Los términos genéricos de que disponía eran contados: novela, historia, libro y varias subdivisiones de la amplia categoría de poesía.


¿Cuáles eran los libros de caballerías de que Don Quijote trata? Las inexactitudes de los manuales y antologías, en cuanto a materia caballeresca, son extraordinarias, y llegan incluso a verdaderos despistes. Desde el siglo XIX la presentación de estos libros ha sido manipulada para fines regionalistas o políticoculturales.
     Ello sorprende más porque el texto del Quijote está completamente claro. En él Cervantes nombra a muchos libros: Amadís de Gaula, el anónimo libro predilecto de don Quijote, su continuación las Sergas [hechos] de Esplandián. Las obras de Feliciano de Silva (Lisuarte de Grecia, Florisel de Niquea, Rogel de Grecia, Silves de la Selva), su autor favorito. También Palmerín de Oliva (en la primera edición, de Olivia); Palmerín de Inglaterra, el único libro de caballerías portugués mencionado por Cervantes; Platir, de la misma familia. El caballero del Febo, autor de un soneto preliminar a don Quijote, cuya historia se llama el Espejo de príncipes y caballeros. También se mencionan Belianís de Grecia, [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Portada de Belianís de Grecia]] Cirongilio de Tracia, Felixmarte de Hircania, Olivante de Laura, Tablante de Ricamonte, y Tirante el blanco, y hay alusiones a otros libros cuyos títulos no aparecen. Los títulos, como se ve, suelen contener el nombre y la patria del protagonista.
     Estos libros mencionados forman un conjunto consistente. Casi todos son castellanos y escritos en el siglo dieciséis. Las ediciones conocidas se fechan entre 1508 y 1602, aunque sabemos que la edición de Amadís de 1508 no fue la primera. La única edición posterior al Quijote, el Espejo de príncipes de 1617, parece ser una réplica. Con la única excepción de Tablante de Ricamonte, son obras muy extensas, del tamaño, muy aproximadamente, del Quijote mismo. Aunque el género puede calificarse como neoartúrico, un derivado hispánico de los textos tocantes al ficticio rey inglés Arturo y su corte, ninguna de las obras tiene vínculo directo con la tradición artúrica. Por último, Cervantes no menciona ninguna obra de Chrétien de Troyes, poeta caballeresco francés, de quien difícilmente tendría noticia. Los autores de los libros castellanos nombrados arriba tampoco podían conocer sus obras, y el influjo de Chrétien sobre ellos, si innegable, es remoto e indirecto.
     No sobreviven muchos ejemplares de los largos libros de caballerías castellanos. O se deshicieron por el continuo uso o fueron desechados como sin valor. Hay las suficientes ediciones modernas como para tener una idea de su contenido; al final daremos unas orientaciones bibliográficas. Pero muchos no han sido editados desde sus ediciones originales, las cuales son rarísimas, incluso algunas de ejemplares únicos.
     No ha nacido nadie desde Cervantes que haya leído todos estos libros. Quien lo hiciera tendría que vivir sin otras diversiones y estudios. Dedicarse a recrear las lecturas de un lector constante de hace cuatro siglos, despreciando la literatura moderna, es algo que el propio Cervantes sería el primero en desaconsejar.
     Ya que son extensos y poco accesibles, pero al mismo tiempo primordiales para el correcto entendimiento del Quijote, los examinaremos con cierto detalle.


Los libros de caballerías, dos veces mentirosos. Los libros de caballerías españoles contienen biografías de héroes de siglos anteriores. De sangre real, por peripecias diversas viven separados de sus padres desde la niñez. Haciéndose armar caballeros, andan por el mundo (son caballeros andantes), y encuentran aventuras. Su campo es preferiblemente lugares exóticos de la Europa oriental y Asia (Tracia, Hircania, Trapisonda), aunque hay también aventuras inglesas y norafricanas. Raramente aparece un tema o figura española. Pueden o no tener un escudero, pero suelen viajar con amigos. Al caballero andante le gusta la floresta y la vida libre, pero aborrece la soledad.
     Las aventuras pueden propiciarse por el socorro a gentes necesitadas urgentemente de su ayuda: reyes y reinas cuyos reinos han sido invadidos, rebeldes que amenazan el orden público en partes remotas, mujeres burladas, personas cautivadas que precisan el brazo del caballero para ponerse en libertad. Algunas veces el caballero tiene que luchar con fieras o visiones diabólicas elaboradas por malvados.
     Los caballeros andantes propagan con sus armas la religión cristiana. Muchas veces tienen un sabio o mago como mecenas (no como enemigo, según uno entendería por Don Quijote). Participan en torneos y ganan atención femenina. No es rara la vicisitud de un personaje preso muchos años por encantamiento. Al final, llegan a conocer su verdadera identidad, a casarse y a ser coronados. Entonces tienen que quedarse en la corte para desempeñar sus responsabilidades, pero engendran hijos que repiten el ciclo.
     Lo malo es que estos héroes de siglos anteriores son falsos. Jamás existieron ni Amadís, ni Palmerín, ni Cirongilio. Sus hechos, sus reinos, sus problemas políticos, sus historiadores, cronistas y traductores son completamente fabulosos. En la periferia del género, lo poco histórico que contienen algunas obras, como la batalla de Roncesvalles, ha sido tratado con una tremenda libertad novelesca, abandonando la verdad histórica con el más alegre y ofensivo descaro.
     Agravando su falsedad, se presentan los libros de caballerías no como obras ficticias, como novelas, sino como obras completamente históricas. Éste es el sentido del término “libro” del “libro de caballerías”: el lector típico esperaría que un libro de caballerías fuera tan informativo como lo eran un Libro de cocina, el Libro de las meditaciones de San Agustín o el Libro del arte de las comadres o madrinas, de un médico del siglo XVI. Los libros de caballerías se presentan como traducciones recientes del griego u otra lengua extranjera. Los autores se deshacen en buscar recursos para engañar al lector en este aspecto. Aparecen fingidos historiadores y cronistas. Narran los autores sus ficticios descubrimientos de los manuscritos enterrados. Escriben prólogos en nombre del supuesto traductor. No son históricos, pero proclaman serlo a voces.
     No puedo recomendar la lectura de estos libros de caballerías sino al que quiere reconstruir el contexto intelectual y espiritual del siglo XVI. Contienen palacios fabulosos, magia y encantamientos, viajes, rencuentros, batallas y torneos. A veces divierten y hay alguna que otra escena interesante, pero como sugiere el canónigo de Toledo en el capítulo I, 47 del Quijote, la diversión es pasajera. Hay poca erudición en ellos, poco pensamiento, poco o ningún verismo en sus viajes, maravillas rutinariamente extraordinarias (palacios con piedras preciosas en los muros, por ejemplo). También hay pocas escenas o citas que permanezcan indelebles en la memoria. Es más provechoso y divertido leer las variopintas obras de Cervantes que leer libros de caballerías. Cervantes diría lo mismo. Ahora bien, la reconstrucción del paisaje intelectual y espiritual del siglo XVI es un proyecto importante muy lejos de estar acabado, y bien puede justificar exploraciones caballerescas.


Una paréntesis: Feliciano de Silva; Tirante el blanco. Hay un autor y un libro que no encajan bien con esta condena. El autor es Feliciano de Silva, el más prolífico autor de libros de caballerías. Silva es el autor predilecto de don Quijote, y el más condenado en la obra. Para evitar que leamos sus obras Cervantes las calificó (en Don Quijote I, 1) de imposibles de leer e ideales para perder el juicio. No son nada ilegibles y creo que Cervantes las describió de esta manera para evitar el contacto del lector con unas obras eróticas. (Condenar unas obras por eróticas sería simplemente atraer los lectores a ellas.) Espero una futura rehabilitación de este autor, el más interesante de todos los autores de libros de caballerías.
     Cervantes, quien manejaba exclusivamente la traducción castellana, no pudo saber que Tirante el blanco fuera valenciano ni del siglo XV, pues estos datos faltan en la traducción. Juzgándolo según las mismas normas que aplica a los libros castellanos del siglo XVI, lo califica en el capítulo I, 6 de disparatado. Con todo, se ufana de poseer este viejo y olvidado texto, en su edición única de 1511, que en mi reconstrucción de su biblioteca figura como la joya principal de ella. Lo celebra como una obra cómica, sea sin propósito de serla, en un mundo que carecía de dichas obras: “por su estilo, es el mejor libro del mundo”. [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Portada de la traducción castellana de Tirante el blanco (1511)]] Como obra humorística, contiene “un tesoro de contento y una mina de pasatiempos”, y sirvió de modelo para el humor del Quijote. Ha sido, más que cualquier otro de los libros, elogiado por sus lectores modernos.


Lectores de los libros de caballerías. Estos libros eran extensos y caros. Al principio del siglo XVI, eran lectura de la nobleza y de la clase media alta. Inspiraban a Loyola y a Santa Teresa, como también a varios exploradores y conquistadores del Nuevo Mundo.
     Durante el reinado de Carlos V (1521-1555), los libros de caballerías disfrutaban del apoyo real. El entusiasmo del rey, entusiasta de espectáculos y vida caballerescos, llevó nada menos que a la composición de una continuación de Belianís de Grecia, y se ha visto una inspiración de su abdicación y retiro al Monasterio de Yuste en las Sergas de Esplandián. Siguiendo el modelo real, los cortesanos y la alta nobleza castellana también leían los libros de caballerías. Excepción importante es el príncipe Felipe II, nada proclive a las lecturas entretenidas.
     Los leían porque ofrecían una distracción a la monotonía de sus vidas, presentando una visión liberadora de huida, de escape de las presiones de la soledad. Eran libros de viajes imaginarios, emprendidos a solas o con amigos escogidos. En un mundo sin películas ni televisión, entonces, ofrecían una oportunidad de conocer otros paisajes y maravillas. Poco importaba si las maravillas eran verdaderas o no, había tantas recién descubiertas, y tanto exotismo asociado con Granada, Turquía y América, que se daba por sentado que existían maravillas desconocidas en otras partes del mundo. Lo que no provocaban dichos libros era el oficio de pensar. La vida es una aventura tras otra; con tiempo y paciencia se logra siempre la victoria; el bien triunfa y abundan los cuerpos hermosos y su gozoso retozar.
     Aquellos que carecían de medios para adquirir un libro de caballerías, y no tenían acceso a la lectura de uno de ellos, estaban abastecidos de romances caballerescos. Al principio de Don Quijote y en el retablo de Maese Pedro vemos cómo dichos romances también son nocivos. Pero durante el reinado de Felipe II, perdido el mecenazgo real y bajados de precio los libros de caballerías, en circulación ejemplares de ocasión o de alquiler, llegaron a las clases más modestas. Es verosímil, entonces, que en Don Quijote todas las clases sociales lean libros de caballerías.


Oposición a los libros de caballerías. Cervantes no era, con mucho, el primero en oponerse a dichos libros. Al contrario, fueron objeto de una serie ininterrumpida de ataques a través del siglo XVI. Los escritores moralistas y los padres de familia pedían insistentemente su prohibición. Señalaban sobre todo su sensualidad y su presentación favorable de las relaciones sexuales prematrimoniales. Recurso frecuente de los libros de caballerías que sacaba de quicio a dichos padres y curas era el matrimonio secreto: el juramento ante Dios de los interesados, como máximo una criada por testigo, seguido del goce carnal. Tal posiblemente desastrosa burla de la autoridad patriarcal y eclesiástica era intolerable.
     Cervantes también se oponía a la sexualidad desenfrenada de algunos de dichos libros, que eran, junto con Celestina, los más lascivos del mercado y a veces hasta calificables de literatura erótica. Ya mencioné su original medida de describir las obras del autor más licencioso, Feliciano de Silva, para que no se leyeran, como ininteligibles. Cervantes no compartía la oposición teórica de la Iglesia a la sexualidad, ni concebía la virginidad como un estado superior. Todo lo contrario. Pero se preocupaba ante el problema real de las mujeres y niños desamparados. ¿Qué haría la mujer casada en secreto si su secreto marido desapareciera, o negara la existencia del vínculo? ¿Cómo podría reclamar? También Cervantes estaba preocupado con el problema del matrimonio rápida y malamente contraído, en una época sin divorcio.
     Hasta aquí Cervantes y los escritores moralistas estaban de acuerdo. Pero Cervantes añade otra crítica: los libros de caballerías, y la caballería andante que celebran, eran antinacionales. Ninguno de ellos se ubica en territorio español. Ninguno celebra una hazaña o un héroe españoles, y con sus mentiras hacían que la verdadera caballería española, las auténticas hazañas y héroes, se menospreciaran. Glorificaban mendaz y exageradamente las glorias de extranjeros inexistentes, dando preferencia a los franceses. (La “Gaula” de Amadís se entendía como “Francia”.) Las falsas hazañas de los franceses, de las cuales también hay muchas en el Orlando furioso, ofendían enormemente a Cervantes.


Medidas fracasadas de control de los libros de caballerías. La exportación de los libros de caballerías a América, para evitar el “contagio” de los supuestamente puros indígenas, se prohibía desde 1531, aunque los registros de barcos constatan que llegaban cajas enteras de este contrabando. En España, a pesar de las peticiones de las cortes, jamás se prohibieron completamente.
     Pero con el retiro de Carlos V en 1555, los libros de caballerías perdieron su promotor y protector en la corte. Durante el reinado de su hijo, el asceta Felipe II, hubo una serie de medidas para controlar y desestimular la circulación de los libros. En la nueva capital, Madrid, ningún editor se atrevía a lanzar una edición de un libro de caballerías. Las nuevas obras tenían que publicarse fuera de Castilla, y dentro de ella sólo se reimprimían textos ya editados. Aun entonces se excluían las obras del rijoso Feliciano de Silva, y hubo unos extensos períodos secos, sin edición alguna, que tienen que reflejar actitudes oficiales. Estas medidas no gozaron del éxito deseado, y concedieron a los libros de caballerías la imantada atracción de lo prohibido.
     Una segunda medida era la publicación de lectura sustitutiva. Ésta incluía varias obras históricas o semihistóricas, como las Guerras civiles de Granada de Pérez de Hita y la Mexicana de Gabriel Lasso de la Vega, o las crónicas de Juan Segundo y del Gran Capitán. El Libro del passo honroso de Fray Juan de Pineda fue un auténtico, aunque libresco, incidente caballeresco. Por extraño que parezca hoy, De los nombres de Cristo de Fray Luis de León y La conversión de la Magdalena de Malón de Chaide se escribieron para los lectores de libros de caballerías. También había libros de caballerías a lo divino, en los cuales historias bíblicas o alegorías religiosas se contaron en forma caballeresca.
     Estos libros gustaron poco a los lectores de los libros de caballerías, y tampoco consiguieron erradicar el interés hacia los mismos. Con la inauguración del menos severo Felipe III en 1598, apareció, en la corte por más señas, el primer nuevo libro de caballerías en Castilla desde el reinado de Carlos V. Se trata de Policisne de Boecia (1602), un libro sin gran interés intrínseco, pero que muestra el renovado interés en dichos libros en el momento de componer Don Quijote. Lo confirman los comentarios de la vida cortesana: los libros de caballerías volvían a ser muy populares. Nuevamente libres de restricciones, cabía la posibilidad de un renacimiento de su antiguo fulgor.


El primer intento cervantino: el “famoso Bernardo”. Cervantes fue un escritor de pluma fácil, un experimentador literario que ensayaba muchos géneros. Si los libros de caballerías existentes eran deficientes—glorificando falsos héroes extranjeros, lascivos varios de ellos—¿por qué no escribir él mismo un libro ejemplar? Para el experto canónigo de Toledo, el género ofrece un gran potencial desaprovechado. El canónigo sabe cómo remediar el género, según describe detalladamente en los capítulos 47 y 48 de la Primera Parte.
     Los libros de caballerías, dice el canónigo, ofrecían materia “para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma, describiendo naufragios, tormentas, rencuentros y batallas, pintando un capitán valeroso con todas las partes que para ser tal se requieren...; allí una hermosísima dama, honesta, discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente y comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores. Ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de estado, y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. Puede mostrar...todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un varón ilustre, ahora poniéndolas en uno solo, ahora dividiéndolas en muchos.”
     Parece un plan de trabajo, y en efecto el canónigo tiene escritas más de cien hojas. No faltaban en España héroes verdaderos que celebrar, continúa el canónigo, cuyos hechos son tan auténticos como valerosos. Fernán González, el Cid, el “gran capitán” Gonzalo Fernández de Córdoba, Garcilaso: están en cada lado y en todas las épocas. Como escribió el cortesano Luis Zapata, un autor a quien Cervantes leyó cuidadosamente, “una higa para todos los golpes que fingen de Amadís y los fieros hechos de los gigantes, si hubiese en España quien los de los españoles celebrase”.
     Afortunadamente, a Cervantes le gustaba discutir sus proyectos. Los comentaba en sus prólogos y dedicatorias, y todas sus comentarios son fidedignos, según los datos disponibles. La obra descrita por el canónigo puede con confianza identificarse con uno de ellos, nombrado en la dedicatoria del Persiles. Se trata del “famoso Bernardo”, del cual no le quedaban en el alma, dice, sino “ciertas reliquias y asomos”.
     Bernardo del Carpio, de quien la obra habrá tratado, fue para el Siglo de Oro el arquetipo del héroe hispano. (El Cid le reemplazaría en el siglo XIX, tras el descubrimiento de su Cantar.) Según la historiografía contemporánea, fue el sobrio Bernardo, vasallo del rey leonés Alfonso II El Casto, quien comenzó la Reconquista. Inmune a los encantos femeninos, que enloquecerían al inferior héroe francés Roldán, pudo mostrar que los cristianos hispánicos sabían defenderse. No había necesidad de pedir ayuda a Francia, como en efecto hizo el histórico rey Alfonso II. Habrá estado al frente de las tropas españolas durante la importante (aunque legendaria) batalla de Clavijo, en la que apareció Santiago Matamoros en un caballo blanco. Por último, hubiera matado al altivo Roldán en Roncesvalles. Desde entonces, según los historiadores del tiempo de Cervantes, se fechaba el descubrimiento de los supuestos restos de Santiago en Galicia, y la fundación de los “caballeros de Santiago”. Ésta fue una orden militar medieval que existía en época de Cervantes, aunque ya era meramente honorífica.
     El Bernardo hubiera sido, así un libro de caballerías nacional, basado en la verdad histórica y respetándola celosamente. Los escuetos datos que ofrecieron los historiadores sobre Bernardo del Carpio todavía dejaron ancho campo para que el autor hiciera gala de sus conocimientos y capacidades.


El abandono del Bernardo. Cervantes no acabó su Bernardo, según sus propias palabras. El canónigo, cuyo proyecto también quedó truncado, ofrece una explicación: gustaría a unos pocos iniciados, pero no al numeroso vulgo. Desconfiaba Cervantes del juicio de éste, vistas sus nada exigentes reacciones a la—en teoría—deficiente comedia de Lope. Es decir, un libro de caballerías histórico y bien escrito sería un éxito crítico, pero también un fracaso en la acogida del gran público a quien realmente se dirigía.
     Hay otra posible explicación que no se encuentra en los textos de Cervantes, pero que los datos externos sugieren. El abandono de su libro de caballerías genuino sobre Bernardo del Carpio puede bien responder al progreso historiográfico, del cual, al parecer, Cervantes estaba muy al tanto. Fue precisamente en aquel momento cuando los historiadores españoles comenzaron a darse cuenta de que no había existido Bernardo, que él era tan mítico como Amadís. Poca mejora representaría en lo verídico un libro dedicado a las caballerías imaginarias de este héroe apócrifo.


Don Quijote, la medida cierta. Don Quijote representa un nuevo intento de Cervantes de atacar los libros de caballerías. (El “Entremés de los romances”, supuesto modelo para Don Quijote, es posterior a él.) Los lectores urgían de instrucción para poder entender los que se publicaban, para distinguir entre las obras históricas y las que, o abierta o sutilmente, presentaban fantasías. Incluso el concepto de ficción, de obras “mentirosas” que se recibían como tales, para mero entretenimiento, sin querer engañar a nadie, precisaba de explicación.
     Los ignorantes lectores de los libros de caballerías no leerían una discusión de los defectos del género, ni lectura alternativa, histórica o religiosa. Para atraerlos, habría que escribir el libro de su gusto, un libro de caballerías. Aunque nosotros podemos calificar a Don Quijote de “primera novela moderna”, y tenemos completo derecho a hacerlo, para Cervantes y sus primeros lectores no existía esta noción genérica en el sentido en que usamos el término. Para ellos Don Quijote es, genéricamente, un libro de caballerías que sigue en muchos aspectos su patrón. Es la historia de un caballero andante, quien anda por el mundo en busca de aventuras, cuya historia la escribe un sabio. Ahora bien, todo esto es una burla, y Don Quijote es un libro de caballerías burlesco.


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


Don Quijote, I, un libro de caballerías burlesco


     La Primera Parte de Don Quijote es una burla, es decir un ataque en clave de humor, dirigido a los libros de caballerías. Cervantes los ridiculizó para que sus lectores dejaran de leerlos, o al menos de creerlos. Muy posiblemente Cervantes pensaba que la destrucción de los libros de caballerías mentirosos permitiría la publicación de libros de caballerías verdaderos, entre ellos su Bernardo o una historia caballeresca de don Juan de Austria, brillante héroe de la batalla de Lepanto.
     El Don Quijote, I, que el editor Francisco de Robles publicó en 1605 [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Portada de la primera edición de Don Quijote]] se burla de las convenciones de los libros de caballerías, mostrando como el mundo que pintan es caduco, cuando no falso completamente.
     En los libros de caballerías españoles, el protagonista es un joven y hermoso hijo de rey. Su abolengo y las circunstancias de su nacimiento se describen cuidadosa y detalladamente. En cambio, Don Quijote—sólo al final identificado como Alonso Quijano—es un hombre sin historia, un hijo de nadie. Una antítesis de héroe, es feo y viejo, con armas herrumbrosas y un flaco rocín por montura. Mientras los héroes de los libros de caballerías son oriundos de Gaula, Grecia, Tracia, Hircania y otros reinos más remotos y misteriosos, don Quijote es del lugar menos digno que Cervantes podía imaginar: la árida llanura de La Mancha. “La Mancha” es una broma constante en el libro, de allí las varias referencias a sus inexistentes archivos, reinas y emperatrices. Un caballero auténtico debería evitar manchas a toda costa.
     Como distracción a la monotonía de su vida lugareña, don Quijote ha reunido una excelente biblioteca. Se aficiona a los libros de caballerías, y ha pensado seriamente en escribir una continuación de Belianís de Grecia. Su lectura le atrae tanto que vende tierras para costearlos. Trasnocha en su lectura, y por falta de sueño se le seca el cerebro y pierde el juicio, llegando a creer verdaderas todas las mentiras contadas en sus libros caballerescos. Rematada su locura, “vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciéndose todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama” (I, 1). De esta locura arranca todo el libro. El manchego pierde el contacto con la realidad y cree que sucedió todo lo que pintan los libros. Para remediar los males de su país, y no menos para conseguir la inmortalidad de los famosos caballeros, decide resucitar la “ya casi muerta” caballería andante.
     Como preparación, don Quijote se esfuerza en escoger su nombre, el de su caballo y el de su dama. Es cómica su exagerada meditación sobre el tema. Más lo es todavía su selección de una dama. Porque la caballería le obliga a tener dama, según su loca distorsión de ella, escoge como señora de sus pensamientos a la puta del lugar, Aldonza Lorenzo, rebautizada como Dulcinea con el vulgar sobrenombre de “Toboso”. Es, otra vez, lo más divertido que Cervantes pudo imaginar. Don Quijote, un viejo impotente sin interés en casarse, no conoce a ninguna otra mujer disponible.


La primera salida.     Proveído con exagerado cuidado de nombre, dama, caballo y armas, don Quijote, como el típico héroe de los libros de caballerías, sale de casa a escondidas, de madrugada (I, 2). Busca aventuras que le darán, rápidamente, una fama eterna y merecedora de recordarse en un libro. Llega a una venta y cree que es un castillo. Es materia de grande risa, según dice el texto, verle comer, pues no puede quitarse la celada, tiene que beber por una caña, y no puede comer nada si otro no le pone el alimento en la boca. Pide ser armado caballero, y el ventero socarrón le inviste como tal en una ceremonia de chirigota en la que una ramera le ciñe la espada (I, 3). Al día siguiente encuentra al pastorcico Andrés, a quien su amo pega (I, 4). Don Quijote intenta ayudar al aparentemente menesteroso joven, pero no toma en cuenta, a pesar de la observación de Andrés, que el amo no es caballero y miente sobre sus futuras acciones. Cuando Andrés vuelve a aparecer más adelante (I, 31), suplica a don Quijote que no le ayude otra vez, pues su intervención sólo le ocasionó más palizas.
     Don Quijote también intenta poner en la práctica lo aprendido de sus libros cuando encuentra unos mercaderes. Les prohíbe el paso si no confiesan, sin verla, la belleza de su señora Dulcinea. Tras unas palabras burlonas de los mercaderes y un ataque del colérico protagonista, éste acaba maltrecho y rodando por el suelo (I, 4).
     Un vecino lleva a don Quijote a su lugar. Allí se cura y se provee, según consejo del ventero, de dinero. Sus amigos el cura y el barbero, espantados ante el efecto que tuvieron en él sus malsanos aunque amados libros de caballerías, saquean su biblioteca y hacen una hoguera con el contenido caballeresco de ella. Salvan de la quema unos pocos libros, como Amadís de Gaula y Tirante el blanco (I, 6).


Sancho Panza. [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Don Quijote y Sancho. Grabado de Gustavo Doré. O foto de las estatuas de la Plaza de España, u otra interpretación gráfica moderna]] Las posibilidades del monólogo le resultaron limitadas a Cervantes, y don Quijote se busca un escudero, es decir un asistente y compañero. En vez del joven aprendiz de caballero, tal como aparecía en los libros de caballerías, recluta como escudero a un labrador gordo, glotón, bebedor, lascivo y motivado por el eventual lucro de las aventuras. Ignorante y crédulo al principio, espera enriquecerse rápidamente por su servicio a don Quijote. Éste le promete, con término arcaizante, una ínsula (isla) para gobernar. Sancho sería el peor de los gobernadores, pues se le ocurre, como a Colón, vender a sus súbditos. Con dinero Sancho podrá satisfacer a su mujer, de quien gozosamente se separa.
     Sancho no está loco y no participa en las alucinaciones de su amo. Le explica que no se alojan en un castillo (I, 15), que los molinos de viento no son gigantes (I, 8) y que los rebaños de ovejas no son ejércitos de soldados (I, 18).


Cide Hamete. Al final del capítulo I, 8, Cervantes se burla de un defecto estructural de los libros de caballerías. Dichos libros solían acabar inconclusos, sin completar la acción ni resolver los problemas creados en sus mundos. Al contrario, finalizaban bruscamente en medio de una escena, para cuyo desenlace el lector tendría que esperar y adquirir la continuación. El recurso, admirable desde un punto de vista comercial e imitado incluso en numerosos cortometrajes de las primeras décadas del cine, revelaba mejor que nada que los autores perseguían fundamentalmente el lucro, postergando para un lugar segundón el arte. Es, naturalmente, lo contrario de lo que debe hacer el artista genuino.
     Cervantes lleva este recurso a un extremo ridículo. Según la voz de “Cervantes” que oímos en la obra, sus fuentes acabaron en medio de un combate entre don Quijote y un vizcaíno. El tomo que hoy conocemos como la Primera Parte de Don Quijote estaba dividido en cuatro partes. La primitiva “Primera Parte” (los primeros ocho capítulos) se acaba repentinamente, permaneciendo don Quijote y un vizcaíno con las espadas en alto, preparados para descargar tremendos golpes. Continuando la burla, Cervantes finge haber encontrado la continuación en un lugar insólito.
     Los supuestos manuscritos de las historias de Belianís de Grecia, Cirongilio de Tracia y otros héroes del género fingían haber sido recuperados en Asia o en el este de Europa, donde habían sido cuidadosa y honradamente conservados. La continuación de la historia de don Quijote la encuentra “Cervantes” a la venta como papel viejo en el mercado de Toledo (I, 9). Además, la continuación es creación de un historiador arabigoespañol, Cide Hamete Benengeli. Su obra está necesitada de traductor, hecho evidentemente incompatible con los libros contemporáneos que poseía don Quijote, como en el mismo texto se señala. El lector percibirá que un libro puede engañar, y se nota en sus propias contradicciones internas. Es una lección sumamente valiosa.
     El historiador arábigo añadido, y la intervención de un traductor cuya fidelidad no sabemos, nos separan más de los hechos de don Quijote. El libro mismo sugiere que Cide Hamete, por ser arábigo, habrá sido enemigo de un héroe cristiano como don Quijote, y pudo haber manipulado su historia. El texto comunica que tanto Cide Hamete como el traductor comentan o alteran la obra. El recurso que se explica al lector ingenuo es, entonces, el narrador informal o infidente. No todo lo que refieren los libros es cierto, al contrario de lo que cree un ignorante ventero en el capítulo I, 32. Los textos pueden manipularse. Hay que ser un lector inteligente. Con nuestra razón podemos distinguir entre lo verosímil y lo imposible, como el mismo Cide Hamete nos recordará más adelante.


Aventuras de la Primera Parte. Continuamos con una serie de aventuras que no vamos a adelantar, dejando que las saborees. Don Quijote sigue portándose como si viviera en el mundo descrito en sus amados libros, con los consiguientes palos y pedradas. Tan a menudo usa un lenguaje arcaico, entre otras cosas sustituyendo una f inicial por una h (fermosura), que algunos de los que encuentra no le entienden. Pasa la noche en una venta, y piensa que la Maritornes, meretriz feísima, es una hermosa princesa enamorada de él (I, 16). Unos rebaños de ovejas los toma por ejércitos de caballeros famosos (I, 18). Unos espantosos ruidos de la noche se revelan producidos por batanes, máquinas movidas por agua (I, 20). Se topa con unos galeotes, criminales condenados a remar en las galeras del rey, y tras oír sus pintorescas confesiones pone a dichos “menesterosos” en libertad, pidiendo que lleven su cadena como testimonio a su dama Dulcinea del Toboso, cosa que los galeotes se niegan a hacer (I, 22). Tiene que esconderse de la justicia en la Sierra Morena.


Don Quijote, rescatado y enjaulado. Desde la Sierra Morena don Quijote envía a Sancho Panza con una carta en lenguaje arcaico para Dulcinea (I, 25). [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Carta de don Quijote a Dulcinea (capítulo I, 25)]] Éste encuentra al cura y barbero de su lugar, que buscan a don Quijote para llevarle a su casa y curarle de su manía. Se valen de una estratagema caballeresca: se viste primero el cura, después el barbero de doncella, para pedir a don Quijote el don de acompañarles adonde le llevaren (I, 26-27).
     Encuentran a una Dorotea, quien se encarga del papel de doncella (I, 29), y el grupo lleva a don Quijote otra vez a la venta. Duerme mientras los demás escuchan la lectura de la “Novela del curioso impertinente” (I, 33-35), aunque despierta brevemente para atacar unos cueros llenos de vino. Hacen mofa de él las sinvergüenzas hembras de la venta (I, 43).
     Hace tiempo don Quijote había robado una bacía a un barbero, afirmando que es el dorado yelmo mágico de Mambrino, héroe caballeresco italiano (I, 21). La identidad del objeto (si es bacía o yelmo) ha sido tema de discusiones entre don Quijote y Sancho. El barbaro ahora aparece y reclama su bacía. Varios personajes se divierten insistiendo burlonamente que es yelmo, dando origen a una escaramuza que para don Quijote en uno de sus momentos más poderosos e iluminados (I, 45).
     Para asegurarse contra su posible huida, sus amigos le encierran dentro de una jaula. La colocan encima de un carro de bueyes, y salen para el pueblo. En el camino encuentran al Canónigo de Toledo ya mencionado, con quien don Quijote mantiene una larga discusión sobre los libros de caballerías, la comedia y la historia (I, 47-50). Cuando le dejan salir para hacer su necesidad, ataca a unos disciplinantes que llevan una imagen de la virgen María a una ermita (I, 52). Llegan a la aldea y acuestan a don Quijote en su cama.


Materia intercalada: Grisóstomo y Marcela, El curioso impertinente, Cardenio y Dorotea, El capitán cautivo, Andrés y Doña Clara. Las andanzas de don Quijote y Sancho que acabo de resumir no llenan, con mucho, las páginas de la Primera Parte de la obra, que incluye también una variedad de cuentos extensos. Una tarde, mientras don Quijote duerme, la “Novela del curioso impertinente” es leída en voz alta a los presentes en una venta (I, 33-35). Se trata de la historia de dos íntimos amigos, uno de los cuales se casa. Aunque éste tiene una mujer buena y fiel, quiere la prueba de su fidelidad, y pide a su amigo que intente seducirla. El amigo primero se resiste pero ante la insistencia de su amigo accede, con consecuencias desastrosas para todos.
     Otros cuentos los desgranan sus propios protagonistas. Cardenio, un loco que don Quijote y Sancho encuentran en la Sierra Morena, está desesperado pensando que su querida Luscinda se ha casado con Fernando, aunque no es así. También aparece Dorotea, seducida y abandonada por Fernando, a quien busca. Los problemas de Dorotea y Cardenio demuestran otros efectos negativos de los libros de caballerías (de los que son lectores). Estos problemas se resolverán con la unión de Cardenio con Luscinda, y Fernando con Dorotea (I, 24, 27-29, 36).
     No acaban allí estas historias incorporadas en la obra. Don Quijote y Sancho encuentran unos cabreros que acuden al entierro de Grisóstomo, un rico que se metió de pastor por amor de la bella y esquiva Marcela (I, 12-14). Aparece un capitán recién salido de cautiverio en Argel, acompañado de una mora cristiana quien le ayudó a huir (I, 37, 39-42). Un joven se ha escapado de casa de su padre rico y se hace mozo de mulas, por amor de la menos noble Clara (I, 43-45). Los rivales Eugenio y Anselmo pretenden por mujer a la hermosa Leandra, quien se dejó llevar por el galán Vicente de la Rosa (I, 51).


Importancia de estos materiales. Desde la publicación de Don Quijote en 1605 se ha discutido la inclusión de estos materiales ajenos a don Quijote y Sancho, algunos sin duda de factura anterior. La crítica más reciente los ve como relacionados. La “Novela del curioso impertinente”, una obra de ficción contenida en otra, sirve para aumentar la ilusión de realismo de Don Quijote. Don Quijote, Sancho y los demás personajes nos parecen más reales que los de la novelita que se lee.
     Todas estas novelas y cuentos comparten un tema común, nada alejado de los problemas de don Quijote: la correcta relación entre hombre y mujer. Hombre y mujer deben quererse; la mujer suelta y hermosa es un peligro, llevando tras sí, quiera o no, a los jóvenes. Es necesario tener mucho cuidado al tomar esposo, y la mujer y sus eventuales hijos necesitan la protección legal del casamiento antes de entregarse. No se desespere en el amor, pues el amante que porfíe, siendo su fin razonable, tendrá éxito. El hombre debe confiar en la mujer buena.


Don Quijote y las mujeres. Estas lecciones, dirigidas a los lectores de los libros de caballerías que Cervantes quería captar y educar, son especialmente necesarias dadas las malas enseñanzas de dichos libros. El mismo don Quijote se interesa por los libros de caballerías, algunos con matices eróticos, en parte porque le falta una relación íntima con una mujer. Las teme y las rechaza, y no tiene interés en casarse y sentar cabeza. Prefiere su fantasía de una mujer perfecta aunque inexistente. Los libros de caballerías le agudizan esta fantasía.
     Sancho no está nada contento con su gorda esposa Teresa, estimándola necia, celosa y avarienta. Si así no fuera, no tendría tanto interés en pasear con don Quijote, ni sentiría el gran entusiasmo que demuestra por Aldonza Lorenzo.


El tema de la realidad y el encantamiento. Sancho pronto se da cuenta de la locura de su amo. El positivismo del buen Sancho está basado en las experiencias de su cuerpo. El dolor en las espaldas, los malos efectos que le producen una medicina preparada por don Quijote, ser echado al aire en una manta como un perro, le convencen de que la visión caballeresca del mundo que le relata su amo no corresponde a la realidad.
     Para protegerse y para proteger a su amo de futuros daños, Sancho explica a don Quijote que percibe el mundo erróneamente. Es pedir peras al olmo, es decir, es inútil. Don Quijote echa mano del encantamiento, de mano de un mago enemigo, para explicar sus contratiempos. El encantador, de quien hay constancia en la Biblia (Exodo, 7) como también en los libros de caballerías, podía hacer que una cosa pareciera otra. Las demostraciones de Sancho están cada vez mejor razonadas, y en su desarrollo parece haber algo de investigación filosófica cervantina. [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Razonamiento de Sancho (capítulo I, 47)]] Si tienes funciones corporales, explica Sancho a don Quijote, no puedes estar encantado. Pero la locura de don Quijote resiste a estos argumentos. “Yo sé y tengo para mí que voy encantado”, dice. No hay, en efecto, manera de hacer consciente a un loco de su locura. No hay manera de convencer a don Quijote de que la bacía de barbero no sea un yelmo mágico.
     Consecuencia de su fracaso es que Sancho, otra vez para protegerse y para proteger a su amo, comienza a desobedecerle y a intervenir en la historia. Ata las patas del caballo (I, 20), o inventa libre y ridículamente descripciones de su imposible visita a Dulcinea (I, 30-31). Esta invención llega a su clímax en la Segunda Parte cuando Sancho explica a don Quijote que una aldeana maloliente es Dulcinea encantada (II, 10). Si Sancho no puede convencer a don Quijote de lo que ve, tampoco tiene don Quijote recurso cuando Sancho se vale de piadosas mentiras.


Éxito de la Primera Parte. La Primera Parte de Don Quijote no se presentó ni fue conocida como tal; fue publicada como una obra completa. La promesa de una continuación con que acabó era mera declaración formal y apenas significaba nada. Nadie, ni el propio Cervantes, sabía si se escribiría una continuación, ni se pensaba mucho en esta posibilidad. Su división en cuatro partes, desgraciadamente suprimida en varias ediciones modernas, apoyaba esta impresión de obra completa. Durante diez años, referirse a Don Quijote era referirse a la Primera Parte.
     La obra que Francisco de Robles publicó en 1605 tuvo un éxito que le sorprendió tanto como al autor. Era, durante unos meses, el libro de que se hablaba en la corte. Lo leyó el mismísimo rey. Fueron impresas cinco ediciones en 1605, y hasta se pirateaba: no fue el mayor éxito editorial hasta entonces, como se afirma algunas veces, pero sí un éxito innegable y real, muy superior a la modesta recepción de La Galatea. Pronto se traducía al inglés, italiano y francés. Cervantes podía estar satisfecho. Se decidiría a escribir una continuación.


Lo que Cervantes recibió de su libro. Circula el romántico mito de que Cervantes fue mal pagado por Don Quijote. No se conserva la venta por parte del autor Cervantes de su derecho a publicar el texto, el “privilegio” del rey, pero la industria del libro en el Siglo de Oro ha sido bien estudiada, y nos han llegado las ventas de los privilegios de La Galatea y las Novelas ejemplares. Cervantes habría recibido unos 1.500 reales: en poder adquisitivo muy aproximadamente unos 500.000 pesetas de 1992. También, esta cantidad se pagó antes de la venta de ningún ejemplar: el riesgo era totalmente del editor Robles, quien, restringido legalmente en el precio por el que podía vender el libro, también tenía que pagar la composición manual del libro y una carísima factura de papel. Tratándose de un autor poco conocido y sin ningún gran éxito anterior, es un pago razonable y típico, aunque Cervantes, según costumbre de los autores de la época, repetidas veces se presentaba como mal compensado y necesitado.
     Su supone también que Cervantes recibió algún dinero del Duque de Béjar, a quien está dedicada la Primera Parte. Los mecenas o nobles a quienes se dedicaron libros solían gratificar a los autores por esta honra. Aunque Cervantes no volvió a dedicarle ningún libro futuro, se refiere al Duque como generoso, lo cual confirman contemporáneos suyos.
     Aparte del aspecto económico, el éxito de la Primera Parte de Don Quijote le ayudó en su carrera como escritor. Cuando acabó sus Novelas ejemplares las pudo publicar inmediatamente, y le fue posible también mejorar de mecenas.


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


Don Quijote, II: Cervantes triunfante y herido


Se discute la Primera Parte. Al principio de la Segunda Parte encontramos la técnica más genial de todo el libro: la discusión entre los personajes del éxito de la Primera Parte y de los comentarios sobre él. De golpe Cervantes reforzó la ficción de la Primera Parte de ser genuina, pues sólo personajes históricos podrían discutir una obra que trataba de ellos. Los personajes de una novela, para quienes el autor es dios, no pueden tener conciencia de ser sujetos de ella. Al incorporar la Primera Parte dentro de la Segunda, Cervantes avanza el concepto “novela” rompiendo con lo que había sido un principio narrativo.
     En estos primeros capítulos vemos a los personajes (y tras ellos a Cervantes) ufanos y satisfechos. La Primera Parte ha sido un gran éxito, reeditada incluso fuera de Castilla. Cervantes ha querido ser lo que ya es: un autor popular, y don Quijote siempre ha querido ser tema de un libro. Es de suponer que la decisión de continuar Don Quijote refleja este inesperado éxito.


Cervantes toma en cuenta los comentarios hechos a la Primera Parte. La Primera Parte no sólo fue un éxito, fue comentada por muchas personas, y Cervantes repasa estos comentarios. En la Segunda Parte responde de varias maneras a ellos. Sancho gustó mucho, a algunos más que don Quijote, y por ende su papel en la Segunda Parte es mucho mayor. Había quien creyó que Sancho era demasiado crédulo en creer en la ínsula prometida por su señor. Para hacer que esta crítica sea infundada, Sancho recibirá una ínsula. Las “novelas sueltas y pegadizas” de la Primera Parte desaparecen, sustituyéndolas episodios novelescos basados en los mismos don Quijote y Sancho, y haciendo de las novelas otro libro. Por último, había quien, leyendo la Primera Parte, se divertía buscando errores pequeños en el texto; esta persona probablemente fue su rival Lope de Vega. Un “puntualísimo escudriñador de los átomos” se esfuerza en eliminar todas las incongruencias que pudieran manchar la Segunda.


La relación entre Don Quijote y Sancho se enriquece. Sancho ya ve que su amo ha merecido ser tema de un libro, que le incluye a él también y ha dado gusto. Sancho queda muy impresionado. Aunque todavía está preocupado ante la locura de su señor, su fin lucrativo está ahora menos pronunciado.
     Don Quijote y Sancho, unidos al principio por interés, comienzan a quererse. Aunque no tienen completa confianza entre sí, son conscientes de formar una pareja. El afecto entre los dos llega en la Segunda Parte al amor, aunque sin asomo de sexualidad. Cuando se separan se entristecen. Son inseparables hasta la muerte.


Don Quijote pierde su locura y Sancho su necedad. Don Quijote y Sancho llegan no sólo a quererse sino también a parecerse. Don Quijote paulatinamente ve las cosas como son, deja de destruir, cobra dignidad y se impone a las personas que le rodean por su personalidad, idealismo, sabiduría y dotes retóricas. Sancho, quien comenzó como un campesino codicioso y estúpido (“de muy poca sal en la mollera”), muestra disponer de una sabiduría popular y a veces de un hedonismo sensato. En la Primera Parte comenzaron estas evoluciones, pero se agudizan en la Segunda. Don Quijote llega a cobrar matices religiosos, santos y hasta mesiánicos. Su amor para Dulcinea deja de ser ridículo para convertirse en espiritual. Con todo, continúan como figuras ambiguas y contradictorias—don Quijote el loco cuerdo, Sancho el tonto sabio—hasta el final del libro.


El encantamiento de Dulcinea. Para dar buen comienzo a su nueva salida, don Quijote decide visitar el Toboso para recibir la bendición de Dulcinea. Cuando no pueden encontrar su supuesto palacio, Sancho se vale de una de las estratagemas de su amo para salir del paso. Inventa que una maloliente villana de Sayago, montada en burra, es Dulcinea encantada (II, 10). Este “descubrimiento” es motivo de gran pesar para don Quijote, y su deseo de desencantar a Dulcinea se hace tema central de la Segunda Parte.


La victoria sobre Sansón Carrasco. En la Segunda Parte hay un importante personaje nuevo: Sansón Carrasco, recién bachiller por Salamanca. El estudiar en escuela o universidad no es ninguna distinción para Cervantes, quien siempre prefiere la autoeducación y el aprendizaje de la lectura, de los campesinos y de la naturaleza.
     Cervantes, creativo con los nombres, da el nombre de Sansón a un hombre pequeño. Sansón es muy socarrón, y tiene cierta simpatía por el estilo de vida de don Quijote. Antes de salir los dos, deseoso Sancho de un salario regular, Sansón se burla de él declarándose dispuesto a ser el escudero de don Quijote (II, 7).
     Arrepentido Sancho, idos los dos en su viaje, Sansón se disfraza como el Caballero de los Espejos. Sigue a don Quijote y le desafía, con el propósito de vencerle y obligarle a volver al pueblo. Pero en la batalla, don Quijote sale victorioso. Sansón, distraído por su caballo y su lanza, no ofrece resistencia alguna ante un golpe de don Quijote que le deja postrado en el suelo (II, 12-15).


La aventura de los leones; el Caballero del Verde Gabán. Pronto encuentran en el camino a un carro de leones, destinados al jardín de fieras del rey. Don Quijote, quien naturalmente toma el encuentro como una aventura, obliga al leonero a abrir la jaula y desafía al león macho. El león se revuelve, bosteza, le enseña las partes traseras, y vuelve a echarse. Esta negativa del león a medirse en un “desafío” don Quijote la interpreta como una victoria, y tal proceder de parte de un león hambriento es inexplicable si no entra la voluntad divina. El protagonista, quien en la Primera Parte tenía el apodo caballeresco de Caballero de la Triste Figura, ahora declara ser el Caballero de los Leones (II, 17).
     Testigo de este episodio es Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán. Admirado de los concertados disparates de don Quijote, les lleva a él y a Sancho a su casa para comer (II, 18). Se quedan cuatro días. Diego, un hombre rico y felizmente casado, es un ejemplo de cómo debería vivir un noble como don Quijote. Es caritativo, devoto, enemigo de la hipocresía y la presunción. Los libros de caballerías no han pasado por sus puertas. Con todo, tiene una vida aburrida y se desinteresa completamente del bien de su país.
     Diego tiene un hijo poeta, dos de cuyos raros poemas se leen. Don Quijote absurdamente le declara el mejor poeta del mundo.


La cueva de Montesinos. Don Quijote decide visitar un monumento caballeresco local. Se trata de la cueva llamada de Montesinos, en La Mancha, el origen de cuyo vínculo con el héroe francés del romancero no se conoce. Baja con soga y cuando le sacan, está durmiendo. Al despertar, y quejándose del abandono a una dulcísima visión, cuenta una historia de su encuentro en la cueva con Montesinos y Durandarte. Éstos, típicos héroes caballerescos encantados, le esperan “luengos siglos ha”. Evidentemente, la fantasía de don Quijote se hace realidad en su sueño. También figura en él Dulcinea encantada y menesterosa (II, 22-23).
     Los acontecimientos y conversaciones narrados por don Quijote ocuparían muchas más de las pocas horas que ha estado en la cueva, y la contradicción es tema de discusión. Él mismo cree que su gustosa visita a la cueva ha durado tres días y tres noches. Pero el lector, a quien Cide Hamete llama prudente y pide juicio (II, 24), tiene los materiales para entender el episodio. Cervantes nos demuestra la subjetividad del tiempo y el placer del sueño. También vemos que, igual que no se puede convencer al loco de su locura, es igualmente dificultoso que el sujeto distinga entre sueño y vigilia.


Otras aventuras y temas de conversación. Hay, en esta primera sección de la Segunda Parte, otras aventuras y discusiones. En las fiestas de la boda del rico Camacho, el pobre Basilio, a quien don Quijote defiende con éxito, se vale de una estratagema para justamente separar de Camacho a su querida Quiteria (II, 19-22). La enemistad entre dos pueblos se satiriza en el episodio pacifista de los rebuznadores, cuya prolongada contienda no tiene, realmente, un fundamento (II, 25 y 27). El titiritero Maese Pedro representa El retablo de la libertad de Melisendra, sacada de romances y crónicas francesas, mentirosos todos ellos. El efecto de esta falsa historia caballeresca en don Quijote es el mismo que le ocasionaron los libros de caballerías. Reaparece su locura, interrumpe la representación y destruye varios títeres (II, 26).


El tema religioso. Sancho y don Quijote tienen tiempo al principio de la Segunda Parte de conversar de muchos temas. Uno de los más importantes alcanza su máximo desarrollo en esta sección: la religión. Don Quijote, según Sancho, habla con tanta elocuencia y sentido que podría ser predicador (II, 22).
     Don Quijote, como sin duda el mismo Cervantes, no está conforme con la vida monástica. Los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra, dijo don Quijote, pero los soldados y caballeros ponemos en la práctica lo que ellos piden (I, 13). Aun más acerba y sutilmente, Sancho sugiere que alcanzará la inmortalidad más rápidamente como frailecito que como valiente caballero (II, 8). Los santos que más se comentan en Don Quijote son caballeros (II, 58). Dada la delicadeza del tema—las órdenes monásticas eran ricas e influyentes—estas palabras son muy atrevidas.
     Sancho se proclama “enemigo mortal de los judíos” y cristiano viejo; don Quijote ninguno de los dos, y es forzoso concluir que él también era, como su autor, de la clase de los cristianos nuevos, los descendientes de judíos.


El abandono de la Segunda Parte. Los primeros capítulos de la Segunda Parte se escribieron pocas semanas después de la publicación de la Primera Parte en 1605, cuando Cervantes sentía al máximo su triunfo. Lo demuestra la discusión en los capítulos II, 3 y 4 de un error de la primera edición de la Primera Parte: el robo del Rucio, el burro de Sancho. En la primera edición, publicada en enero de 1605, el Rucio desaparece y reaparece sin explicación, ya que los pasajes describiendo su robo y recuperación habían sido suprimidos sin salvar la incongruencia. En la segunda edición legítima (intervinieron dos piratas en Lisboa) este error está corregido. Esta segunda edición se publicó en mayo de 1605, y es inevitable la conclusión de que los capítulos de la Segunda Parte en los cuales se discute el error se escribieron entre enero y mayo de 1605.
     La composición de la Segunda Parte continuó por algún período que desconocemos. Sin embargo, la obra no se publicó hasta 1615 [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Portada de la segunda parte de Don Quijote]], y hay muchos comentarios hacia el final sobre un libro publicado en 1614. Entonces existe algún momento en que Cervantes abandonó la obra para retomarla, años después.
     Este momento fue poco antes de llegar al capítulo II, 30, con que una nueva y diferente sección comienza. Se ve la costura entre las dos secciones de la Segunda Parte en el rapidísimo traslado de La Mancha a Aragón. También es un dato la Aventura del Barco Encantado (II, 29), la única aventura de la Segunda Parte que se basa en deformación de la realidad visible y que algunos críticos han pensado que es un episodio ya escrito, que quedó fuera de la Primera Parte.
     Los motivos por el abandono temporal de la Segunda Parte no nos son conocidos con seguridad. Me parecen verosímiles los siguientes. Cervantes abandonó la Segunda Parte porque se dio cuenta de que con la Primera Parte consiguió en gran parte su fin: los libros de caballerías, ridiculizados, se leían mucho menos, sin duda motivo de mucho contento suyo. También parece haberla dejado porque la exploración epistemológica contenida en ella—anticipo de la de Descartes—no lleva sino a callejones sin salida. No hay manera de estar seguro de no ser un loco, un soñador o un borracho. Dada la existencia del encantamiento, tampoco hay manera de saber si la apariencia del mundo ha sido alterada. Es imposible conocer con seguridad los pensamientos o sensaciones que experimenta otra persona. Una actitud de desesperación ante el tema se halla al final de la Aventura del Barco Encantado.
     El motivo de retomarla está más claro. Un competidor escribió otra Segunda Parte, apropriándose de don Quijote y Sancho y alterándolos de manera que le ofendió a Cervantes, a quien también ataca. Para proteger a sus personajes, entonces, tiene que acabar y publicar rápidamente su propia continuación. Una de las primeras alusiones a la posibilidad de existir otros don Quijote y Sancho está precisamente en el capítulo II, 30, en el encuentro con la duquesa.


La visita a los duques. En el capítulo II, 30 comienza la sección más larga del libro, la visita a unos duques aragoneses, que dura hasta el capítulo II, 57. Casi desaparece el tema de los libros de caballerías, como también el lenguaje caballeresco arcaico de don Quijote.
     En esta sección se encuentran las aventuras más complejas de todo el libro. El duque y sus empleados montan complicados espectáculos para burlarse de don Quijote. En el más importante, un sirviente se disfraza de Merlín, y en un desfile campestre anuncia la manera de desencantar a Dulcinea. Su desencanto se producirá cuando Sancho se dé, voluntariamente, tres mil trescientos azotes en “ambas sus valientes posaderas” (II, 35). Las disputas entre don Quijote y Sancho sobre estos azotes, desavenencias creadas por los duques para su diversión, constituyen un tema constante en los últimos capítulos.
     Los duques son figuras moralmente ambiguas. Tratan a don Quijote y Sancho como quieren ser tratados, como un gran caballero y su escudero. Intentan que las aventuras que provocan no les causen daño físico y que las víctimas de las manipulaciones no se den cuenta de ellas. Pero no son buenos nobles. Viven de trampas, según nos informa su criada Doña Rodríguez (II, 48), y los dos son presumidos. Don Quijote nunca se siente completamente a gusto con ellos, y es un alivio para él continuar finalmente su viaje.
     Las burlas complicadas creadas por los duques no satisfacen al lector, ni con mucho, tanto como las situaciones creadas por el propio don Quijote y Sancho. Los incidentes más cómicos durante la estancia en el palacio ducal son los originados por la vanidad de los protagonistas. La fantasía de Sancho de haber visto, desde el espacio, un hombre del tamaño de una avellana posado encima de un mundo del tamaño de un grano de mostaza, es ridícula y propicia la risa como no lo consigue ninguna de las aventuras preparadas por el duque (II, 41). Incluso nos alegramos de ver al duque burlado cuando su lacayo Tosilos no sigue sus instrucciones y no pelea con don Quijote, declarándose vencido sin batalla y deseoso de casarse con la mujer que supuestamente había abandonado (II, 56).


Sancho gobernador. La aventura más larga e importante de la visita a la casa de los duques es la entrega a Sancho de lo que ha deseado desde el principio, una ínsula para gobernar (II, 32, 44, 45, 47, 49, 51 y 53). Comienza como una burla de Sancho, tan ignorante como para no darse cuenta de que su isla Barataria debe estar rodeada de agua. El duque escribe a empleados suyos en Barataria, quien le preparan una serie de vejaciones: el médico gubernamental, por ejemplo, le cuida su alimentación con tanto esmero que Sancho no puede comer nada.
     Pero Sancho muestra pronto su buen natural y frustra los intentos de los burladores. Hace buenas leyes y toma decisiones justas, mereciendo de sus insulanos, a la conclusión, el título del “Gran Gobernador Sancho Panza”. Dios ilumina al simple que tiene buena voluntad, tanto en el gobierno como en otras cosas.
     Los insulanos fingen una invasión, durante la cual Sancho permanece en el suelo, inmovilizado entre dos escudos, con tropas pasando encima de él. O por darse cuenta de la burla, o por cansarse de las duras responsabilidades del gobernador concienzudo, abandona su ínsula y vuelve al castillo de los duques y a su amo don Quijote. Ha aprendido algo de sí mismo y de sus límites: que no nació para gobernador. Es el cénit de Sancho.
     El episodio de Sancho gobernador ofrece a Cervantes y a don Quijote la oportunidad de comunicar a los lectores sus ideas sobre gobierno y gobernadores (II, 42). Ello es bien necesario porque, según Sancho, han llegado a ser gobernadores más de dos asnos. Es importante que el gobernador sepa leer y escribir. Pero la buena voluntad resulta más necesaria que la pericia, según la teoría política de Cervantes. En términos modernos, la pericia puede comprarse, pero no la motivación de hacer el bien.
     Según un comentario confuso de Cide Hamete al principio del capítulo II, 44, y el cierre típicamente cervantino a final del capítulo II, 51, estimo probable que el episodio de Sancho gobernador existió como novela separada antes de incorporarse a la Segunda Parte.


Avellaneda y la conclusión del libro. De nuevo en el camino, don Quijote encuentra en una venta a unos viajeros que leen una historia de don Quijote, escrito por “un tal de Avellaneda” (II, 59). Se trata de un libro misterioso publicado en 1614, que proclama ser la Segunda Parte de Don Quijote. [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Portada del Quijote de Avellaneda]] Hemos sabido recientemente que el autor ocultado tras la firma “Alonso Fernández de Avellaneda” fue Jerónimo de Pasamonte, cuyo padrino fue Lope. (De Lope es la autoría del feo prólogo del libro, muy ofensivo a Cervantes.) Jerónimo de Pasamonte inspiró el personaje Ginés de Pasamonte, grandísimo bellaco y criminal liberado de su condena por don Quijote en la Primera Parte, y reaparecido como el titiritero Maese Pedro en la Segunda. Los dos Pasamontes escribieron autobiografías. El personaje Ginés estaba seguro de sobrepasar al Lazarillo de Tormes (libro que menciona) con la suya.
     Cervantes se sintió herido y fastidiado por la continuación de “Avellaneda”. En este libro, no sin mérito, Avellaneda presenta otras aventuras de “don Quijote” y “Sancho”. Cervantes muestra tener ahora un afecto y un sentido de posesión hacia sus personajes y sus personalidades. Que Avellaneda haya convertido a don Quijote en el Caballero Desenamorado y a Sancho en un glotón grosero le ofende enormemente.
     Cervantes se refiere al libro de Avellaneda repetidas veces en los últimos capítulos de su propia continuación. Irónicamente, concede al libro de Avellaneda una vida y difusión en la actualidad de que nunca hubiera gozado si no fuera por los comentarios cervantinos. Cervantes llega al extremo de hacer aparecer en su propio libro un personaje de Avellaneda, Álvaro Tarfe, quien firma un documento declarando que los verdaderos don Quijote y Sancho son los cervantinos (II, 72). En el sueño de un personaje, el libro de Avellaneda sirve a los diablos del infierno como pelota (II, 71).
     Hemos de agradecer a Avellaneda que haya ofendido tanto a Cervantes que le obligó a acabar su propia y legítima Segunda Parte.


Barcelona. Muerte de don Quijote. La Primera Parte concluye mencionando un viaje de don Quijote a Zaragoza, y Avellaneda le lleva a esta ciudad. El héroe en la Segunda Parte de Cervantes, hasta su contacto con la obra de Avellaneda, también viaja a Zaragoza. Pero cuando el don Quijote de Cervantes se entera del libro de Avellaneda, decide no poner pie en Zaragoza, para desautorizar con más fuerza el “mentiroso” libro de Avellaneda. Otra vez Cervantes rompe las anteriores leyes de la novela, haciendo que don Quijote se porte como un hombre de carne y hueso, en vez de como lo haría un personaje de ficción.
     Rodeando a Zaragoza, don Quijote se dirige a Barcelona, ciudad muy elogiada en la obra. En el camino conoce al histórico bandolero Roque Guinart, un ladrón pintoresco cuya manera de vivir fascina a don Quijote (II, 60). En Barcelona le alcanza por segunda vez Sansón Carrasco, esta vez disfrazado del Caballero de la Blanca Luna. Le vence y le obliga a volver a su aldea por el plazo de un año (II, 64). En el camino de vuelta, apresurado para acabar el libro, se desarrolla unas de las aventuras menos elaboradas y pensadas: en la “cerdosa aventura” una manada de puercos pasan por encima de don Quijote y Sancho (II, 68). Impedido por haber entregado su palabra al Caballero de la Blanca Luna de abandonar sus gestas y los caminos durante un año, discute con Sancho y con sus otros amigos la posibilidad de pasar el plazo convertidos en pastores (II, 67 y 73). Pasa otra vez por el castillo de los duques (II, 69-70).
     De regreso en su aldea, recupera su cordura y le conocemos, por primera vez, como Alonso Quijano el Bueno. Se arrepiente de su afición a los libros de caballerías, y muere (II, 74). Para evitar que un plagiario resucite a don Quijote—un peligro real, pues es lo que pasó en la continuación de Feliciano de Silva de Celestina—subraya el texto que está en la fosa, tan largo como es, imposibilitado de movimiento que permita nueva salida y jornada, abandonado para siempre de la vida.


Éxito de la Segunda Parte. Conforme a lo que habrá sido la expectativa de Cervantes, poco partidario de continuaciones, la primera reacción a la Segunda Parte fue mucho más moderada que la que tuvo la Primera. Hubo ocho ediciones de la Primera Parte antes de publicar la Segunda, pero sólo cuatro ediciones sueltas de la Segunda. Robles, poseedor del privilegio castellano, publicó tres ediciones de la Primera Parte, pero sólo una de la Segunda, y nunca publicó las dos juntas. Lo mismo pasó con Don Quijote que con Guzmán de Alfarache: la publicación de la Segunda Parte casi mató el interés en el libro, del cual no se hizo edición entre 1617 y 1637.
     Doscientos años más tarde, según discutiremos en el capítulo siguiente, comenzó a valorarse la Segunda Parte por encima de la Primera. Para mí, la Segunda Parte contiene los episodios que más me gustan (los primeros treinta capítulos), pero también los que me gustan menos (la vuelta a su aldea tras la derrota).


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


Don Quijote, obra eterna


     Durante cuatro siglos Don Quijote ha sido una obra aplaudida y celebrada, aunque por razones muy variadas. Sería difícil hallar otro libro apreciado por motivos tan diferentes.


Los primeros lectores: una obra alegre y provechosa. Los primeros lectores encontraron Don Quijote, sobre todo la Primera Parte, divertidísimo. Los puntos de vista y acciones absurdos, locos o necios de don Quijote y Sancho propiciaban solaz y carcajadas. También fue valorado el libro por su ataque frontal a los libros de caballerías. Los cultos, en general, odiaban dichos libros y elogiaron a Cervantes por el visible estrago que hizo en ellos, y porque ofrecía a los lectores más sana y provechosa lectura.
     Algunos lectores, contrariando a un lugar común de la crítica cervantina reciente, percibieron algo del contenido didáctico y filosófico del libro. Entre las reacciones a la Primera Parte, dijo Sansón Carrasco, “los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran”.
     Gustaron, también, mucho las novelas intercaladas. El curioso impertinente fue el primer texto cervantino traducido a otra lengua (al francés en 1608). Cardenio fue tema de una comedia perdida de Shakespeare.


El siglo dieciocho: una obra clásica. En el siglo dieciocho, en Inglaterra y después en Alemania, comenzó una revalorización de Don Quijote. En 1737 apareció en Londres la primera edición lujosa del Quijote, acompañada de la primera biografía de Cervantes, encargada al erudito valenciano Gregorio Mayáns y Siscar.
     El hispanista inglés John Bowle publicó en 1781 la primera edición anotada del Quijote; también fue la primera edición con índice y numeración de líneas. Bowle llamó a Don Quijote “una obra clásica”, y con esto quería decir que Cervantes había logrado su gran deseo de ser recordado a la altura de Homero y Virgilio. Pero igual que los poemas de Homero, Virgilio y otros autores clásicos, Don Quijote precisaba de notas para su pleno entendimiento. ¿Dónde está Puerto Lápice, lugar en el que don Quijote tuvo una de sus primeras aventuras? ¿La cueva de Montesinos? ¿Las lagunas de Ruidera, que visita poco antes de la cueva? Estos datos, que ahora están a la disposición de todos, Bowle los sacó de libros de geografía.
     Bowle también fue el primero en acometer la tarea de comentar los libros de la biblioteca de don Quijote, y leyó todos aquellos que pudo encontrar. También fue el primero en cotejar ejemplares, y en descubrir que Francisco de Robles publicó dos ediciones en 1605 (un dato hasta entonces desconocido). Inasequible al desaliento, dedicó muchos años de su vida a la preparación de su edición, que tuvo que publicar por su cuenta y riesgo y por suscripción entre sus amigos. Su edición ha sido de valor inestimable para los posteriores editores de Don Quijote. Nunca ha sido reeditada y es una rareza bibliográfica, bien merecedora de una nueva impresión.
     Don Quijote suele considerarse como la primera novela moderna, aunque hubo algún influjo perecedero de la novela picaresca. También en el siglo dieciocho, los autores ingleses siguieron abierta y declaradamente a Cervantes en la forma, y dieron origen a la novela moderna. Don Quijote fue considerado por Fielding, Smollett, Sterne y muchos escritores menores como el arquetipo para la nueva ficción realista y crítica que escribían. Basaban sus personajes en el de don Quijote e imitaron aventuras suyas. En unas pocas décadas, la novela reemplazaría a la poesía como el género literario dominante en Europa, y se aprovecharían no sólo de los episodios y personajes de la obra, sino de su técnica del narrador infidente.


Los románticos y el siglo diecinueve: el mejor libro jamás escrito. A finales del siglo dieciocho, unos escritores alemanes comenzaron a apreciar a Cervantes por su filosofía y su actitud hacia el mundo. Se designaron “románticos”, voz con la cual llamaron la atención a su interés en los “Romane” (novelas). El experto en ellos, su maestro y guía de ficción medieval, fue Cervantes. Don Quijote, que ellos veían como una obra medieval, y por ello elogiable, fue considerado el mejor libro escrito jamás, la más romántica y novelística de las novelas.
     Los románticos, sin negar la cara cómica de la obra ni su función original de arma esgrimida contra los libros de caballerías, apreciaron la novela de Cervantes por otros aspectos. Simpatizaban y se identificaban con el idealista don Quijote, rechazado por una sociedad indiferente y corrupta que no quiere entenderle. También admiraban Don Quijote por factores estrictamente literarios.
     Fueron los románticos alemanes quienes por primera vez defendieron la superioridad de la Segunda Parte respecto a la Primera. La Segunda Parte es mucho mejor organizada, con un hilo central (el supuesto encantamiento de Dulcinea), y llega a una verdadera conclusión con la muerte de don Quijote. No incorpora novelas ajenas. Es conceptualmente más rica, pues incorpora la Primera Parte como un libro histórico, aumentando la paradoja del libro. Don Quijote está menos loco, y el afecto creciente entre los dos hombres se plasma más reconocido por los dos. En los primeros capítulos, hay una alegría y optimismo que contagian al lector.


Renacimiento de la literatura caballeresca. Un renovado interés en la literatura caballeresca española, cien por ciento un reflejo del influjo de Cervantes, se nota en el siglo XVIII. El primer coleccionista moderno de los libros de caballerías fue el influyente erudito inglés Thomas Percy, grandísimo aficionado de Cervantes, de cuya “Biblioteca Quijotesca” disponía Bowle. En Francia se desenterró a Tirante el blanco, publicándose una traducción acompañada del primer estudio de la obra.
     En Inglaterra, a principios del siglo XIX, continuó la resurrección de libros caballerescos elogiados por Cervantes. Si antes se reeditó Tirante el blanco, ahora se sigue con Amadís de Gaula y Palmerín de Inglaterra, los otros dos libros elogiados por el cura durante el registro de la biblioteca de don Quijote. Se hicieron nuevas ediciones y traducciones de estas novelas. Consecuencia directa e inmediata fue el redescubrimiento de la literatura artúrica, que había estado sumergida durante los siglos diecisiete y dieciocho en un olvido casi total. Hay otras obras medievales, como los Niebelungenlied, cuyo exhumación refleja la influencia cervantina. Se proyecta asimismo, en realidad poderosa de este influjo, el origen de los estudios medievales literarios en Europa.
     Estaba profundamente influido por Cervantes y Amadís el novelista más popular del mundo en el temprano siglo diecinueve: Sir Walter Scott. Scott fue el autor predilecto de Manuel Milá y Fontanals, fundador de los estudios medievales en España. Sus novelas caballerescas dieron lugar a una moda caballeresca en el hablar, vestir y divertirse que penetró en el sector menos ilustrado de la clase privilegiada en los países anglosajones. Los torneos se pusieron de moda. Quedan restos de esta caballerosidad en los Estados Unidos.
     Se entusiasmaban estos novelistas y eruditos de hace dos siglos por la Edad Media porque la creyeron una etapa superior. En la Edad Media los hombres tenían ideales y se sacrificaban por ellos; reconocían la primacía del amor entre hombre y mujer; menospreciaban el dinero y el comercio; era la edad de oro de la caballería. Falta añadir que tal visión de la Edad Media, que no fue dorada en sentido alguno, es una completa distorsión de los hechos reales. La han producido manipulaciones de historiadores supuestamente serios y fantasías vendidas como historias por novelistas. Creer en ella es una forma de primitivismo. La sobrevaloración de la Edad Media ha dado lugar a militarismo, primero en los Estados Unidos, después en Inglaterra y Alemania.


Popularidad de Don Quijote entre los novelistas decimonónicos. El siglo diecinueve fue el siglo de la novela. Decir que Don Quijote está en el centro de la novela es decir que está en el centro de la literatura del siglo pasado. Apenas hubo novelista que no hubiera leído a Cervantes. La lista de los influidos por él, muchos de los cuales declararon abiertamente su deuda o escribieron también crítica cervantina, es interminable. Dickens, Melville, Mark Twain, Goethe, Dostoievski, Turgueniev, Galdós, Flaubert, Stendhal, y muchos otros leyeron Don Quijote con cuidado. Sus novelas típicamente presentan un protagonista viajero, enajenado de la sociedad que le rodea y moralmente superior a ella.
     En el siglo XIX los estudios cervantinos, nacidos en el siglo anterior, se establecieron firmemente. Martín Fernández de Navarrete publicó en 1819 la primera biografía documentada, y José María Asensio y después Cristóbal Pérez Pastor repasaron sistemáticamente los protocolos notariales en busca de nuevos datos. Diego Clemencín publicó (1833-39) su gran edición comentada de Don Quijote. Se aprovechó un adelanto técnico para reproducir en facsímil las primeras ediciones de las dos partes de Don Quijote y se hicieron ediciones de sus Obras completas. Apareció la primera revista dedicada a Cervantes, la Crónica de los cervantistas (1871-79), y se publicó la primera Bibliografía crítica de Cervantes, de Leopoldo Rius (1895-1904). Triste reflejo de la nueva importancia de Cervantes fue el comienzo de las supercherías cervantinas, la más famosa de las cuales fue el “descubrimiento” fraudulento de un comentario sobre Don Quijote, el Buscapié. Causó sensación a raíz de su publicación, pero al cabo de pocos años se supo que fue escrito por Adolfo de Castro.
     El aprecio a Cervantes en España, sin duda reflejando su posición periférica en vida, había ida algo a la zaga de su popularidad en otros países. En el siglo XVIII, Feijoo ni le menciona entre las excelencias de España. Pero en la segunda mitad del siglo XIX, Cervantes llegó plenamente a la posición de héroe nacional e incluso objeto de culto. Fue la época de los monumentos a Cervantes, entre ellos el de la Plaza de España en Madrid. Pero también fue época de mucha crítica esotérica y alguna necia, de fetichismo, de imitaciones cervantinas, del “sentido oculto” del Quijote y de anagramas forzados que declararon el supuesto secreto de la obra.


El siglo actual: Cervantes el pensador y disidente. Continúan hasta la actualidad las imitaciones cervantinas, algunas mucho más valiosas que otras. Más importante, en el siglo XX hemos visto el nacimiento del cervantismo universitario, los cursos monográficos, las revistas no perecederas y los congresos cervantinos. La investigación sobre Cervantes y sus obras es cada vez más viva. Pero ha habido una reorientación fundamental, en este siglo, en el enfoque.
     Tomás Tamayo de Vargas calificó a Cervantes en el siglo XVII de escritor cómico—es decir, de poca importancia—e inculto. (Su juicio célebre, muchas veces citado parcialmente: “ingenio, aunque lego, el más festivo de España”.) En los siglos posteriores fue frecuente menospreciar la cultura de Cervantes, y de etiquetarle como monárquico y católico. Cuesta arriba, los cervantistas han tenido que demostrar que Cervantes leía muchísimo, que era uno de los hombres intelectualmente mejor formados de su época. En 1905, tercer centenario del Quijote y año de continuas conmemoraciones (en 1805 no hubo ninguna), el polígrafo Marcelino Menéndez Pelayo pronunció el discurso que Martín de Riquer califica de “piedra angular del cervantismo”. En “Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del Quijote”, el ensayo más veces reimpreso sobre Cervantes, Menéndez Pelayo le presentó como un hombre cultísimo.
     Todavía faltaba un filólogo, un experto en la historia de la lengua, para dar a Cervantes la lectura que merecía. Esta figura se halló en la persona de Américo Castro, filólogo, estudiante de Menéndez Pidal y diplomático republicano. En 1925 se publicó su Pensamiento de Cervantes, el libro más importante sobre Cervantes de todos los tiempos. Castro, leyendo las líneas y las entrelíneas, vio a Cervantes no como un contrarreformista, entusiasta del aislamiento intelectual de España, sino lo contrario: un pensador y un reformador inhibido solamente por la censura y las autoridades. Según Castro (en resumen de Alonso Zamora Vicente), Cervantes pone en discusión en el Quijote—y con juicios muy duros—ese sentimiento de la honra que molestaba, que perjudicaba la convivencia entre españoles, porque afirma solemnemente que Dios no hace acepción de personas, que todos somos iguales ante su sabiduría y su misericordia, y que las procesiones y otros signos externos de religiosidad no son más que eso, exterioridades, y el llevar a Dios en el corazón vale más que las señales externas.
     El hispanista francés Marcel Bataillon siguió la pauta de Castro en 1937 con su magistral Erasme et l'Espagne, traducido al español en 1950. (Se publicó la traducción en México; durante el período franquista tanto el libro de Castro como el de Bataillon fueron proscritos, y materia de contrabando.) Bataillon estudia la suerte del reformismo de Erasmo en España, abrumador al principio del siglo XVI pero suprimido, por amenazador de las autoridades existentes, en unas pocas décadas. Bataillon dedica su último capítulo a Cervantes, último representante del erasmismo español, su canto de cisne. Cervantes, como Erasmo, se opone a la vida monástica, al concepto de autoridad religiosa, y aún más a los oficios y a la pompa. El religioso bien tratado en las obras de Cervantes es el cura, quien trabaja en la viña del Señor, aliviando el sufrimiento espiritual de sus feligreses.
     Adviértase que el contacto directo de Cervantes con las obras de Erasmo, prohibidas todas ellas en España en la segunda mitad del siglo XVI, no consta. El contacto indirecto, por su maestro López de Hoyos, o por la Censura de la locura humana y excelencias della de Jerónimo de Mondragón (1598), está seguro.
     Después de la Guerra Civil, y en parte como una consecuencia de ella, refugiado en los Estados Unidos donde fue profesor y dejó una escuela de discípulos, Castro vio algo que no percibió antes, y por considerarlo mal orientado no permitió que su Pensamiento de Cervantes se reimprimiera durante casi 50 años. Se trata de la condición de converso o cristiano nuevo de Cervantes: que sus antecedentes habían sido judíos. Lógicamente tal condición, una vergüenza en la época y motivo de descriminación cada vez más severa, no consta en ningún documento, pero se percibe de los oficios de él y sus padres y abuelos, de su posición marginal en la sociedad y de sus opiniones expresadas cautelosamente en Don Quijote y otras obras. Conociendo a su autor como converso, Don Quijote es aún más una obra de crítica. El idealista, asceta, lector, pensador y patriota don Quijote representa al cristiano nuevo, el anafalbeto, ignorante, comilón y lascivo Sancho al cristiano viejo. En la unión de los dos, se encarna España.
     Por la influencia de Castro y Bataillon, pocos ven ya a Cervantes como un ejemplar y heroico defensor de la sociedad de su tiempo (posición, sin embargo, muy frecuente en los estudios publicados en la España de Franco). En palabras del actual director de la revista Cervantes, Michael McGaha, Don Quijote es “el libro más subversivo que se haya escrito jamás”. Enseña a pensar, a sacar las propias conclusiones, a desconfiar de las palabras y a meditar con espíritu crítico hasta lo que uno tiene delante de los ojos.


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


El valor del Quijote


     Nuestro aprecio de Don Quijote es diferente del de Cervantes. Los libros de caballerías no representan ningún peligro hoy, pues viven casi exclusivamente como apostillas a Don Quijote, como materiales para entenderlo mejor. Ningún lector moderno lee a Amadís de Gaula antes de leer a Cervantes.
     El “provecho” que Cervantes incorporó a la obra también es de un interés reducido. Hay juicios que parecen eternos, como “la libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos” (II, 58), pero muchos otros no lo son. Su visión religiosa del mundo y del matrimonio ya es arcaica, y hay juicios ofensivos, como “la mujer es animal imperfecto” (I, 33).
     Muchos de los principios literarios presentados en Don Quijote son también imperecederos. Los mismos problemas continúan. Los libros, incluidas las novelas, tienen influjo en nuestras vidas, y el autor y lector comparten la responsabilidad de la lectura positiva. Son numerosos los reportajes populares o televisivos que engañan a los lectores o espectadores, ofreciendo como ciertos los datos que el espectador quiere y está dispuesto a pagar. La pornografía presenta una visión de la mujer como ser promiscuo que no corresponde sino con la imaginación de sus muchos consumidores. Pero la forma que estos principios toman en Don Quijote—se presentan en el contexto de discusiones de libros hoy olvidados—sólo es accesible a los eruditos.
     También el humor de la obra, tan apreciado por los primeros lectores, tiene una importancia reducida hoy. En contraste con el mundo de Cervantes, hoy abundan las obras de humor. Mucho del humor del Quijote ha perdido su fuerza y hasta su sentido, con el olvido del contexto cultural. También, es forzoso confesarlo, hay humor muy primitivo en Don Quijote, simples bufonadas.
     Por consiguiente, los entusiastas de siglos posteriores encuentran en Don Quijote algo diferente de lo que puso en él Cervantes. Incluso estos lectores, algunos de los cuales leen la obra varias veces, toman apuntes y escriben guías para nuevos lectores, ven y aprecian cosas que no percibió el primer público, cuya lectura fue más superficial. El libro que merece el status de “un clásico” tiene que gustar a lectores de diferentes épocas, y será siempre algo diferente de lo que su autor quería. Vamos a explicar algunos de los motivos de su popularidad permanente.


La riqueza lingüística.     Cervantes es uno de los autores lingüísticamente más brillantes que hayan escrito en castellano. La variedad del lenguaje usado en Don Quijote es impresionante. Oímos el habla no sólo de nobles, como era costumbre en los libros de caballerías y otras ficciones primitivas, sino de campesinos, criminales, barberos y prostitutas, cada uno con su léxico. Un vizcaíno malpara el castellano; don Quijote usa un estilo arcaizante. Cervantes, reivindicador del castellano sobre el latín, es consciente de la historia de las palabras y de la presunción lingüística. [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: El estilo de Cervantes, según Marcel Bataillon, Erasmo y España, 2ª ed. (México: Fondo de Cultura Económica, 1966), pp. 780-781]]
     Ya en el siglo dieciocho, el editor Bowle recomendó la lectura del original, cuyos matices lingüísticos son intraducibles. El deseo de percibir al máximo glorioso la joya lingüística que es Don Quijote ha motivado a muchos lectores extranjeros, como Freud, a aprender el castellano. Para el que lo sepa ya, su lectura y estudio mejorarán el nivel de expresión en la lengua. No se da cuenta, por lo general, del grado en que Don Quijote, extractos del cual lee todo español en la escuela, ha influido en el castellano moderno. Por citar una manera, muchas expresiones—creer a pies juntillas, andar con pies de plomo—y refranes—quien canta sus males espanta, a quien madruga Dios le ayuda—se conocen hoy principalmente porque los usó Cervantes. “La lengua de Cervantes se ha erigido en norma, siendo utilizada sólo por él”, ha escrito Zamora Vicente.


Una descripción de una España desaparecida. En vez de las fantasías de los libros de caballerías, novelas pastoriles u otros tipos de ficción anteriores, Cervantes describe el mundo en que vivía. Al hacer tal, se anticipó a su tiempo. Hay pocos autores hasta que lo hizo él que nos pinten con todo detalle el mundo que les tocó vivir. El autor que lo hace, sin embargo, deja una obra más duradera. Con el progreso de la historia sabemos más de la Edad Media española que él, por lo cual su Bernardo hubiera envejecido mucho, pero ninguno de nosotros puede saber tanto sobre la España del Siglo de Oro como Cervantes.
     Aun más, escogió para sujeto la España de su tiempo que nos es menos accesible: la popular, la humilde. Hay muchas descripciones del Madrid de entonces y su vida cortesana aparece infinitamente en la comedia de su tiempo. Las ventas, los viajeros, la vida de lugar son mucho menos frecuentemente tema de obra literaria. El gusto cervantino por el pueblo, el tomarlo como tema novelable, es uno de los aspectos más modernos de su obra.


La verisimilitud de don Quijote y Sancho y la relación entre ellos. Don Quijote, más que España, literatura, ideas o aventuras, nos presenta principalmente personas. La obra se compone en gran medida de sabrosa conversación, y los trozos sin conversación son hoy los menos interesantes.
     Tanto don Quijote como Sancho aprenden y evolucionan. Su desarrollo, que nos parece normal y deseable en una obra de ficción, es uno de los aspectos de don Quijote más innovadores y atractivos para lectores modernos. Parece que hasta cierto punto, este crecimiento “moral” de los personajes ocurrió sin propósito de Cervantes de fomentarlo. Los lectores de su tiempo no esperaron sino personajes fijos, lo cual contribuye a explicar su entendimiento parcial de la obra. Pero para nosotros, corresponde con nuestra visión de la inestable personalidad humana, y nos interesa.
     Igual que nosotros, Sancho y don Quijote tienen emociones y defectos. Aprenden, olvidan, son egoístas, idealistas y soñadores. Cada uno tiene una visión de sí mismo diferente de la de su compañero y también de la del lector. Su relación intelectual y emocional es tan compleja como se haya presentado en la literatura nunca. Su amistad no tiene antecedente. Ni precio.


La sabiduría de Cervantes mismo. A través del prisma de Don Quijote tenemos contacto con uno de los hombres más sabios de todos los tiempos. Cervantes había leído muchísimo; era su principal diversión. Había viajado extensamente dentro y fuera del país. Participó en la gran batalla de Lepanto, en la cual perdió el uso de una mano; sufrió cinco años de cautiverio en otra cultura, aprendiendo “paciencia en las adversidades”. Pocos autores de novelas han leído o viajado tanto como él. Es por ello que declara su capacidad para tratar del “universo todo” (II, 44). Aparecen en Don Quijote hartos recuerdos de sus viajes y de sus lecturas.
     También nos damos cuenta, a veces a pesar nuestro, que hay juicios de Cervantes que son aplicables a nuestras propias vidas. Ya hemos citado el notable elogio de Don Quijote de la libertad y la simplicidad de vida al principio del capítulo II, 58. El gusto cervantino para el silencio, expresado numerosas veces en la obra, nos atrae. Es todavía cierto que, según explica otra vez don Quijote, las promesas de enamorados son ligeras de prometer y muy pesadas de cumplir (II, 52) y que el matrimonio “está muy a peligro de errarse, y es menester gran tiento y particular favor del cielo para acertarle” (II, 19). Pero con todo, “quiere hacer uno un viaje largo, y si es prudente, antes de ponerse en camino busca alguna compañía segura y apacible con quien acompañarse; pues ¿por qué no hará lo mismo el que ha de caminar toda la vida, hasta el paradero de la muerte, y más si la compañía le ha de acompañar en la cama, en la mesa y en todas partes, como es la de la mujer con su marido?” (II, 19).
     Los que conocen bien el texto del Quijote se encuentran citándolo y aplicándolo constantemente. Thomas Lathrop, director de la editorial Juan de la Cuesta y asesor técnico de la revista Cervantes durante sus primeros nueve años, dice que se divide su vida en dos etapas: antes de conocer a Cervantes, y después.
     Aunque fue un gran hombre, la figura de Cervantes nos atrae aun más porque vemos con nuestros ojos que se equivoca, que comete errores como cualquier hijo de vecino. Cervantes no volvió a leer la Primera Parte antes de publicarla, pues no pensó que tendría lectores sabios o críticos. Por consiguiente la obra contiene muchos pequeños errores—la desaparición y reaparición del burro de Sancho, los varios nombres de su esposa, la confusa cronología, y otros—que muestran que Cervantes tuvo una memoria tan falible como los demás.


Don Quijote nos atrae por ser un libro de caballerías depurado. Don Quijote está libre de los defectos que Cervantes vio en los libros de caballerías. No es lascivo, no tiene encantamientos, no presenta aventuras increíbles ni “fabulosos disparates”. Su estilo no es duro, no tiene increíbles hazañas, ni huye de la verosimilitud e imitación. Todo lo contrario.
     Libre de estas tachas, pueden relevarse, en Don Quijote, los atractivos de los libros de caballerías de que es un notable descendiente y heredero. Igual que ellos, ofrece al lector una fantasía bonita y descansada. La vida de don Quijote, en cuanto deja de provocar al mundo a represalias físicas, es muy gozosa. Viaja en compañía grata, conoce mundo y gente, vive sin responsabilidades. Está seguro de sí mismo. Aunque sea de un sueño, está enamorado. Gana fama—inclusa figura en un libro—y es conocido por todo el país. En la Segunda Parte, es tratado por nobles como su huésped de honor. La vida de don Quijote es mucho más rica por haber salido de su casa y aldea que lo sería si Alonso Quijano se hubiera quedado, como Diego de Miranda, cuidando de su hacienda. A muchos de nosotros nos gustaría una vida tan plena y libre como la suya.


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


La paradoja del Quijote


     Una paradoja es una contradicción lógica, una imposibilidad que existe o una pregunta sin respuesta. Un ejemplo puro es la frase “miento”. Si quien la dice miente, no está mintiendo, pero si no miente, dice verdad y lo hace.
     Durante el renacimiento estaban de moda las paradojas literarias, que constituían un minigénero y una diversión. Se escribieron elogios de cosas aparentemente indignas: las pulgas, los cuernos (símbolo de infidelidad de la esposa, tema de un elogio paradójico de Gutierre de Cetina), las enfermedades venéreas, la nariz grande, la locura (el libro de Mondragón ya citado) y la estupidez, elogiada por Erasmo en un libro (el mal traducido de título Elogio de la locura) que no existió en castellano hasta mucho después de Cervantes. También hay muchas en el cristianismo: Dios es uno y tres al mismo tiempo; Cristo, hijo suyo, y nacido de virgen, es alfa y omega; Dios es omnisciente pero gozamos de libre albedrío.
     Cervantes, consciente de la paradoja renacentista, incluye en Don Quijote varios tipos. Hay un capítulo descrito como “apócrifo” (II, 5), en el cual Sancho habla con una sabiduría de que no dispone, hecho notado en el capítulo mismo. Durante el gobierno de Sancho, se le plantea la clásica paradoja del mentiroso (II, 51). Los personajes de la novela discuten el libro en que figuran, y se espantan ante la capacidad del narrador de incluir cosas que dijeron a solas. El prólogo a la Primera Parte, el más original de la literatura española, tiene como tema la escritura de un prólogo.
     El libro en su totalidad, insusceptible de interpretación cabal, también es una paradoja, y la son también sus personajes. Es fingido y verdadero a la vez. Don Quijote es el cuerdo loco, payaso y santo, el necio Sancho un gran gobernador. Nos reímos de ellos al mismo tiempo que les admiramos.
     Los libros de caballerías, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más, según comunica el prólogo de la obra, son al mismo tiempo deleitosos y detestables. Don Quijote acabó con ellos, como también la continuación de “Avellaneda”, pero a mayor plazo los dio vida. Los errores de la obra contribuyen a su encanto. Cervantes no la consideró su obra mayor, y las causas de su posición de clásico le sorprenderían mucho. Sus personajes evolucionan a pesar suyo. Quería escribir una obra sencilla, pero nos dejó, acaso, la más compleja escrita jamás.
     Porque es paradójico, lógicamente contradictorio, Don Quijote es el colmo del realismo. Se parece al paradójico microcosmos—el hombre—y también al cosmos. Somos virtuosos pecadores, pacifistas y violentos, racionales pero animales. No nos entendemos. El universo no tiene principio ni fin. Lleno de bien y de mal, carece de otro sentido que el que le damos. Nacemos para morir.


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


Guía bibliográfica


     La bibliografía cervantina es, naturalmente, inmensa. Hay algo en Cervantes que molesta a los lectores y les anima a escribir sobre él y sus obras.


Aviso general. Si dispones de tiempo y ganas de conocer mejor a Cervantes, lee más de sus obras. Si has leído Don Quijote completo, o todo lo que te interese en el momento, pasa a las Novelas ejemplares. Arriba sugerí las que suelen gustar más al lector de hoy: “Rinconete y Cortadillo”, “La gitanilla”, “El celoso extremeño” y el “Coloquio de los perros”. Como la lectura siguiente, sugiero La Numancia y los entremeses.
     Desgraciadamente, vergonzosamente, no existe en el mercado una buena edición de las Obras completas de Cervantes (y menos un texto electrónico, herramienta básica de trabajo que existe para muchos otros autores en otras lenguas). La Aguilar, que carece de notas, sólo es mínimamente aceptable; su única distinción es la de ofrecer un Censo de nombres citados (autores, personajes, nombres geográficos). Mejor y más económico es comprar ediciones sueltas de cada una de las obras.


Ediciones. Arriba comenté las ediciones de Don Quijote. Para recapitular brevemente, la mejor edición para lectura normal, la bonaerense de Celina S. de Cortázar y Isaías Lerner, está poco disponible en España. Más accesibles, y también recomendables son las de Riquer (Planeta) y Ángel Basanta (Plaza y Janés).
     La edición de las Novelas ejemplares que recomiendo es la de Harry Sieber (Cátedra, 1980), y tras ella la de Juan Bautista Avalle-Arce (Castalia, 1982). Aunque no dan una visión de la colección en su conjunto, hay varias ediciones parciales, siendo acaso la más útil la de Rodríguez Marín en “Clásicos castellanos” de Espasa-Calpe (1914).
     De La Galatea, la única edición moderna es la de Juan Bautista Avalle-Arce en la serie Clásicos castellanos (nueva edición, 1987). Del Persiles, de que se acaba de publicar una nueva traducción al inglés, hay una edición de Avalle-Arce publicada por Castalia (1969).
     Del Teatro la única edición nueva y completa es la de Florencio Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas (Barcelona: Planeta, 1987). Hay una buena edición, con meditada introducción, de Jean Canavaggio de Los baños de Argel (Madrid: Taurus, 1983), y otra de Robert Marrast de La Numancia (Salamanca: Anaya, 1970). Eugenio Asensio (Castalia, 1970) y Jean Canavaggio (Taurus, 1981) han editado los Entremeses.
     Para el Viaje del Parnaso y Poesías sueltas hay una nueva edición de Elías Rivers en Clásicos castellanos (1991). El fragmento de las Semanas del jardín está publicado, con un facsímil del único manuscrito literario autógrafo de Cervantes, en mi Las “Semanas del jardín” de Cervantes (Salamanca: Diputación de Salamanca, 1988), reseñado muy favorablemente por Francisco López Estrada en Ínsula, diciembre de 1989, y Antonio Cruz Casado, Angélica, 2, 1992, 239-248. Sobre otros escritos posible o probablemente suyos, mi “Repaso crítico de las atribuciones cervantinas”, en Estudios cervantinos (Barcelona: Sirmio, 1991), pp. 83-103.


Colecciones de estudios. Se han publicado recientemente varias colecciones de estudios sobre Cervantes, originales o reimpresos. Mencionamos aquí los que tratan de las obras de Cervantes en general; los que tratan de una obra se citan con la obra.
     La barcelonesa Anthropos está en primer lugar con tres publicaciones: el número doble 98-99 y el suplemento 17 (1989) contienen una variedad de estudios, algunos publicados parcialmente, unas presentaciones sobre el estado de los estudios cervantinos en la actualidad, una antología de textos críticos sobre Cervantes y una sección bibliográfica, incluyendo una lista del contenido de los primeros ocho tomos de la revista Cervantes. El Suplemento 16 (1989) está dedicado a las opiniones de los escritores del 27 sobre Cervantes; se destaca su interés en el Cervantes poeta. El número 538 de Ínsula, de octubre de 1991, se dedica totalmente a Cervantes, e igual el amplio número 2, preparado por Monique Joly, del tomo 38 de la prestigiosa mejicana Nueva revista de filología hispánica. También Lecciones cervantinas, coordinadas por Aurora Egido (Zaragoza: Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1985), y mis Estudios cervantinos, ya citados. Los anteriores están total o casi totalmente en castellano. En inglés, Ruth El Saffar elaboró Critical Essays on Cervantes (Boston: G.K. Hall, 1986), y Harold Bloom Cervantes (Nueva York: Chelsea House, 1987). Principalmente en inglés: Studies on “Don Quijote” and Other Cervantine Works, ed. Donald Bleznick (York, South Carolina: Spanish Literature Publications Company, 1984), y On Cervantes: Essays for L. A. Murillo, ed. James Parr (Newark, Delaware, Juan de la Cuesta, 1991).
     Téngase muy en cuenta que, más que con otro tema, estas colecciones contienen estudios más recomendables que otros, y varios combinan trabajos nuevos con otros más viejos y algunos de interés exclusivamente histórico. En el caso de Cervantes, más que en el de otro autor, figuras distinguidas y famosas mantienen posiciones completamente incompatibles, cuando no contradictorias. Es consecuencia, sin duda, de la complejidad de Don Quijote.
     Son útiles las Actas de los—cada vez más numerosos—congresos y coloquios cervantinos. Anthropos ha publicado las Actas de los dos primeros Coloquios internacionales de la Asociación de Cervantistas (1990, 1991), y están en prensa varias otras. Otros coloquios y congresos son Cervantes and the Renaissance (Easton, Pennsylvania, ahora Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1980); Studies in the Spanish Golden Age: Cervantes and Lope de Vega (Miami: Universal, 1978), Cervantes. Su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes (Madrid: Edi-6, 1981); Actas del coloquio cervantino, Würzburg 1983 (Münster: Aschendorfische, 1987). El tomo 11 de la revista Crítica hispánica es monográfico sobre Cervantes, incluyendo ponencias presentadas en el I Congreso Asiático sobre Cervantes.
     Aparecen regularmente en las revistas Cervantes y Anales cervantinos, y en revistas generales, muchísimos artículos valiosos.


Bibliografía. Un punto de partida se halla en la Suma cervantina de J. B. Avalle-Arce y E. C. Riley (Londres: Támesis, 1971), que dedica un capítulo a cada obra y varios generales, cada uno con su bibliografía. Al día en cuanto a libros solamente (excluye artículos), pero cargado de títulos poco útiles es la “Aproximación a la bibliografía básica cervantina” en el Suplemento 17 de la revista Anthropos (1989), pp. 275-283. El tercer tomo de la edición de Luis Murillo del Quijote (Castalia) se dedica a una buena y bien organizada bibliografía sobre Don Quijote, y las otras ediciones de las obras de Cervantes suelen incluir alguna bibliografía. Dana Drake ha publicado en libros muy diversos varias bibliografías cervantinas: Don Quijote (1894-1970): A Selective Annotated Bibliography, tomo 1, Chapel Hill, 1974; tomo 2, Miami, 1978; tomo 3 (Don Quijote in World Literature), Nueva York, 1980; tomo 4, en colaboración con Frederick Viña, extendido hasta 1979, Lincoln, Nebraska, 1984. Dana B. Drake y Dominick L. Finello, An Analytical and Bibliographical Guide to Criticism on “Don Quijote” (1790-1893) (Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1987), con introducción histórica. Sobre las Novelas ejemplares, Dana B. Drake, Cervantes' “Novelas ejemplares”: A Selective Annotated Bibliography, 2ª ed. (Nueva York: Garland, 1981).
     La revista Anales cervantinos publica anualmente una razonada aunque incompleta sección bibliográfica. La otra revista cervantina, la norteamericana Cervantes, publica reseñas agudas, aunque la mayoría en inglés. (El inglés es muy útil al estudioso de Cervantes, pues ha sido y sigue activísimo el cervantismo angloamericano.) La sección bibliográfica de la Revista de literatura tiene la gran ventaja de incluir las reseñas, a veces utilísimas, de los libros. Espero que el Índice español de humanidades logre un pleno desarrollo y circulación.
     Para los datos más recientes y artículos en revistas no fichadas en España, la bibliografía de la norteamericana Modern Language Association, y el Arts and Humanities Citation Index y Current Contents/Arts & Humanities.


Biografía. Hace pocos años se ha publicado una buena biografía en un tomo: Cervantes, de Jean Canavaggio (Madrid: Espasa-Calpe, 1986; reseña mía en Cervantes, 12.1, 1992, 119-124). Para un tratamiento más extenso y documentado, no hay otra fuente que la biografía en siete tomos de Luis Astrana Marín, Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra (Madrid, 1948-58). El libro de Astrana carece de índice; se publicó en microfilme un buen índice por Phyllis S. Emerson, Index of Astrana Marín's “Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra”, with a Chronology of Cervantes' Life (Lexington, Kentucky, Erasmus Press, 1978). Espero que dentro de poco este índice indispensable se publique en España, en forma de libro.
     La investigación biográfica no ha estado muy de moda en los últimos años. Estudios parciales son Juan Bautista Avalle-Arce, “La captura de Cervantes”, Boletín de la Real Academia Española, 48, 1968, 237-280; sobre su situación económica, “¿Tenía Cervantes una biblioteca?” en mis Estudios cervantinos, pp. 11-36; mi reconstrucción de su biblioteca en Studia in Honorem prof. Martín de Riquer, II (Barcelona: Quaderns Crema, 1987), 271-328; y sobre su cautiverio, mi “¿Por qué volvió Cervantes de Argel”, en prensa en las Actas del Primer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona, Anthropos. Martín de Riquer ha estudiado Cervantes en Barcelona (Barcelona: Sirmio, 1989). Parecen en algún sentido respuestas a este libro, Juan Antonio Cabezas, Cervantes en Madrid. Vida y muerte (Madrid: Avapiés, 1990), y J. M. Caballero Bonald, Sevilla en tiempo de Cervantes (Barcelona: Planeta, 1991), que no he podido ver antes de escribir estas líneas.


Pensamiento y contexto ideológico de Cervantes. El estudio clásico es El pensamiento de Cervantes de Américo Castro, nueva edición ampliada (Barcelona: Noguer, 1972). Julio Rodríguez-Puértolas ofrece un análisis muy útil de la evolución del pensamiento cervantino de Castro en “Américo Castro y Cervantes”, Estudios sobre la obra de Américo Castro (Madrid: Taurus, 1971), pp. 365-399, y Alonso Zamora Vicente analiza sus ideas en el mismo tomo en “Sobre la tarea cervantina de Américo Castro”, pp. 413-441 y le recuerda como su profesor de materia cervantina en “Américo Castro y Cervantes”, Homenaje a Américo Castro (Madrid: Universidad Complutense, 1987), pp. 213-220. Sobre el erasmismo y con un capítulo sobre Cervantes como último erasmista español, Marcel Bataillon, Erasmo y España, 2ª ed. (México: Fondo de Cultura Económica, 1966), y José Luis Abellán, El erasmismo español (Madrid: Espasa-Calpe, 1982).
     Aspectos parciales los estudian Luis Rosales, Cervantes y la libertad (Madrid: Sociedad de Estudios y Publicaciones, 1960); Edward C. Riley, Teoría de la novela en Cervantes, 3ª ed. (Madrid: Taurus, 1981); Ruth El Saffar, Beyond Fiction. The Recovery of the Feminine in the Novels of Cervantes (Berkeley: University of California Press, 1984). Sobre las ideas históricas de Cervantes, basadas naturalmente en las fuentes entonces disponibles, mis estudios “El Bernardo de Cervantes fue su libro de caballerías”, Anales cervantinos, 21, 1983, 103-117 (revisado en inglés como el Capítulo II de A Study of “Don Quixote”, Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1987), y “¿Por qué volvió Cervantes de Argel?”, ya citado. Ha sido incluido en muchas colecciones el clásico ensayo de Menéndez Pelayo, “Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del Quijote”, Revista de archivos, bibliotecas y museos, 12, 1905, 309-339.


Libros de caballerías. El texto más accesible e influyente, y un lógico punto de partida, es Amadís de Gaula, y su edición más recomendable la de Juan Manuel Cacho Blecua (Madrid: Cátedra, 1987-88). Martín de Riquer ha editado para Clásicos castellanos (1974) la traducción castellana de Tirante el blanco que leyó Cervantes; hay varias ediciones del original catalán. Las sergas de Esplandián está disponible en el tomo 40 de la Biblioteca de Autores Españoles; el Espejo de príncipes y caballeros o Caballero del Febo en los tomos 193-198 de la serie Clásicos castellanos de Editorial Espasa-Calpe. Palmerín de Inglaterra ha sido publicado por la editorial madrileña Miraguano, 1979-81, acompañado de un estrafalario prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Los demás libros de caballerías mencionados por Cervantes o han sido publicados en ediciones de corta tirada—Palmerín de Olivia, en Pisa—, o han sido editados en tesis doctorales distribuidas en microfilme o microficha—Platir, Cirongilio de Tracia, y obras parecidas (Primaleón, Cristalián de España, Polismán de Nápoles, y Lidamarte de Armenia). Varios libros de caballerías, entre ellos Felixmarte de Hircania, Lepolemo, el importantísimo Belianís de Grecia, y hasta las obras de Feliciano de Silva, el autor predilecto de don Quijote, no tienen ediciones disponibles. Quedan todavía, esperando al aventurero literario, libros de caballerías que apenas ha leído nadie y que duermen el sueño del olvido desde el siglo XVI.
     Hay una buena antología preparada por José Amezcua: Libros de caballerías hispánicos (Madrid: Alcalá, 1973). Publiqué una bibliografía del género, The Castilian Romances of Chivalry in the Sixteenth Century: A Bibliography (Londres: Grant and Cutler, 1979); con la ayuda de María Carmen Marín Pina, un suplemento está muy avanzado.
     El estudio clásico sobre los libros de caballerías es el de Sir Henry Thomas, Spanish and Portuguese Romances of Chivalry (Cambridge: University Press, 1920; disponible en facsímil de Kraus Reprint Co., Nueva York), que inexplicablemente tardó 32 años en traducirse al castellano (Madrid: CSIC, 1952). Espero que no pase lo mismo con mi propio libro, Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, prologado por Martín de Riquer (Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1982), que contiene una introducción de 88 páginas a una colección de mis artículos sobre ellos. En cuanto a su circulación en el siglo XVI, la reacción que provocaron, y la visión cervantina sobre éstos, los dos primeros capítulos de mi A Study of “Don Quixote”. Sobre Amadís de Gaula, Juan Bautista Avalle-Arce, “Amadís de Gaula”: el primitivo y el de Montalvo (México: Fondo de Cultura Económica, 1990); Juan Manuel Cacho Blecua, Amadís: heroísmo mítico cortesano (Madrid: CUPSA, 1979). Estudia un libro de la biblioteca de don Quijote, Sylvia Roubaud, “Cervantes y el Caballero de la Cruz”, Nueva revista de filología hispánica, 38, 1990, 525-566.


Interpretación de Don Quijote. El primer intento de una lectura completa de Don Quijote, documentada en el contexto literario e histórico de Cervantes y valiéndose del material que proporcionan sus otras obras, es mi libro ya citado, A Study of “Don Quixote” (Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1987), que, revisado por mí y traducido por Isabel Verdaguer, apareció como La interpretación cervantina del “Quijote” (Madrid: Compañía Literaria, 1995). Un clásico antecedente, cuyo perfil de la “sanchificación” de don Quijote y de la “quijotización” de Sancho ha sido influyente, es Salvador de Madariaga, Guía del lector del “Quijote”, ensayo psicológico (Madrid: Espasa-Calpe, 1926, con numerosas reediciones), y otro menos conocido es Richard L. Predmore, El mundo del “Quijote” (Madrid: Ínsula, 1958).
     El problema interpretativo central es el conflicto entre el don Quijote admirable y el risible. Un intento concienzudo e influyente de hallar la resolución en el texto es John J. Allen, Don Quijote, Hero or Fool? A Study in Narrative Technique (Gainesville: University of Florida Press, 1969). Aún más influyente es un ensayo de Leo Spitzer, “Perspectivismo lingüístico en el Quijote”, en su Lingüística e historia literaria (Madrid: Gredos, 1955), pp. 135-187. Dio origen a una escuela “perspectivista” de interpretación, que mantiene que Cervantes subrayaba la relatividad de las cosas.
     Sobre aspectos parciales se destacan: Carroll B. Johnson, Madness and Lust: A Psychoanalytical Approach to “Don Quixote” (Berkeley: University of California Press, 1983), y Helena Percas de Ponseti, Cervantes the Writer and the Painter of “Don Quijote” (Columbia: University of Missouri Press, 1988). Es imposible ofrecer aquí una guía de los artículos, numerosísimos, que examinan episodios o temas parciales del Quijote. Nada más mencionaremos unos que tratan de la relevancia de la “material intercalada” de la Primera Parte: Javier Herrero, “Sierra Morena as Labyrinth: From Wildness to Christian Knighthood”, Forum for Modern Language Studies, 17, 1981, 55-67; Bruce Wardropper, “The Pertinence of ‘El curioso impertinente’”, PMLA, 72, 1957, 587-600; y Alban Forcione, “Marcela and Grisóstomo and the Consummation of La Galatea”, en On Cervantes: Essays for L. A. Murillo, ya citado, pp. 47-62.
     Recientemente cervantistas distinguidos han publicado una serie de libros de divulgación sobre Don Quijote: P. E. Russell, Cervantes (Oxford: Oxford University Press, 1985); L. A. Murillo, A Critical Introduction to “Don Quixote” (Nueva York: Lang, 1988); Martín de Riquer, Nueva aproximación al “Quijote” (Barcelona: Teide, 1989); Carroll B. Johnson, “Don Quixote”: The Quest for Modern Fiction (Boston: Twayne, 1990); E. C. Riley, Introducción al “Quijote” (Barcelona: Crítica, 1990); A.J. Close, Don Quijote (Cambridge: Cambridge University Press, 1990).
     Colección de estudios: El “Quijote” de Cervantes, preparado por George Haley (Madrid: Taurus, 1980).


Guías del maestro. Richard Bjornson coordinó la preparación de un libro único, Approaches to Teaching Cervantes' “Don Quixote” (New York: Modern Language Association, 1984), que repasa materiales y presenta varios enfoques críticos y sugerencias para diversos niveles de estudiantes. David T. Gies coordinó la preparación de una breve guía para maestros que enseñan Don Quijote a estudiantes norteamericanos de bachillerato: Performance Guides to Spanish Texts. “Don Quijote de la Mancha” (Charlottesville: Department of Spanish, Italian, and Portuguese, University of Virginia, 1987).


Influjo del Quijote. No existe una visión de conjunto. Sobre el nacimiento del cervantismo en el trabajo de Bowle y su amigo Percy, véase la introducción y bibliografía a mi edición de sus cartas, Cervantine Correspondence of Thomas Percy and John Bowle (Exeter: Exeter Hispanic Texts, University of Exeter, 1987). Sobre el influjo de Don Quijote en la novela, John J. Allen, “Don Quijote and the Origins of the Novel”, en Cervantes and the Renaissance (citado arriba), pp. 125-140. Sobre el romanticismo, todavía conserva su utilidad la vieja monografía de J.J. Bertrand, Cervantes et le romantisme allemand (París: Librairie Félix Alcan, 1914).
     The Romantic Approach to “Don Quixote” de Anthony Close (Cambridge: University Press, 1978), ha sido uno de los libros más controvertidos de los últimos años. Es hostil a los románticos, y señala los errores de la que ve como su (única) interpretación de Don Quijote, que negaba el humor de la obra. Aunque imbuido de un extraño nacionalismo crítico (de los posibles errores de los románticos ingleses habla muy poco), y nada libre de distorsiones, como he explicado en mi A Study of “Don Quixote”, se trata de un libro apasionado, bien documentado y útil.
     Eric J. Ziolkowski estudia bien una veta de influencia religiosa en The Sanctification of Don Quixote. From Hidalgo to Priest (University Park: Pennsylvania State University Press, 1991). E. C. Riley estudia “Freud y Cervantes”, Ínsula, octubre de 1991, pp. 34-35.


Avellaneda. Hay una edición de Martín de Riquer en Clásicos castellanos (1972). El estudio clásico es de Stephen Gilman, Cervantes y Avellaneda: estudio de una imitación (México: Colegio de México, 1951). Sobre la respuesta de Cervantes a Avellaneda, A. A. Sicroff, “La segunda muerte de don Quijote como respuesta de Cervantes a Avellaneda”, Nueva revista de filología hispánica, 24, 1975, 267-291; Thomas A. Lathrop, “Avellaneda y Cervantes: el nombre de don Quijote”, Journal of Hispanic Philology, 10, 1986, 203-209, y mi “Cervantes, Lope y Avellaneda”, en mis Estudios cervantinos, pp. 119-141. La identificación de Avellaneda con Pasamonte, propuesta pasajeramente por Riquer, desarrollada en el artículo que acabo de citar, fue tema de un libro de Riquer que resuelve el misterio de Avellaneda: Cervantes, Passamonte y Avellaneda (Barcelona: Sirmio, 1988).


Otras obras de Cervantes. No hay otra visión general que la Suma cervantina ya citada, que proporciona un ensayo, a veces parcial, sobre cada obra. Las ediciones suelen contener introducciones, unas breves o superficiales, otras largas y meditadas.
     Sobre La Galatea, no hay estudio monográfico desde el de Francisco López Estrada, “La Galatea” de Cervantes: Estudio crítico (La Laguna: Universidad, 1948). Me ha sido útil el librito de Michele Ricciardelli, Originalidad de “La Galatea” en la novela pastoril española (Montevideo: Instituto de Estudios Superiores, 1966). Para el contexto de la obra, Juan Bautista Avalle-Arce, La novela pastoril española, 2ª ed. (Madrid: Istmo, 1974). Para conmemorar el cuarto centenario (1985) de la publicación de La Galatea se celebraron dos coloquios, publicados como A Celebration of Cervantes on the Fourth Centenary of “La Galatea”, 1585-1985. Selected Papers, un número especial de la revista Cervantes (1988), y Cervantes and the Pastoral (Cleveland: Penn State University—Behrend College y Cleveland State University, 1986). También apareció el tomo colectivo La Galatea de Cervantes: Cuatrocientos años después (Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1985), que incluye una bibliografía sobre la obra. Sobre la relación entre La Galatea y el episodio de Grisóstomo y Marcela en Don Quijote, el artículo de Alban Forcione ya citado.
     Sobre las Novelas ejemplares: Ruth El Saffar, Novel to Romance: A Study of Cervantes's “Novelas ejemplares” (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1974), intenta explicar el sentido de la colección en su totalidad. Más reciente es Julio Rodríguez-Luis, Novedad y ejemplo de las “Novelas” de Cervantes (Madrid: José Porrúa Turanzas, 1980-84); conserva su utilidad el viejo estudio de Agustín González de Amezúa y Mayo, Cervantes, creador de la novela corta (Madrid: CSIC, 1956-58). Alban Forcione estudia determinadas novelas: Cervantes and the Humanist Vision: A Study of Four “Exemplary Novels” (Princeton: Princeton University Press, 1982) (las estudiadas son “El celoso extremeño”, “La gitanilla”, “El licenciado Vidriera” y “La fuerza de la sangre”); Cervantes and the Mystery of Lawlessness: A Study of “El casamiento engañoso y El coloquio de los perros” (Princeton: Princeton University Press, 1984). Colecciones de estudios: Lenguaje, ideología y organización textual en las “Novelas ejemplares” (Madrid: Universidad Complutense y Le Mirail: Univ. Toulouse, 1983); Cervantes's “Exemplary Novels” and the Adventure of Writing, ed. Michael Nerlich y Nicholas Spadaccini (Minneapolis: Prisma Institute, 1989).
     Sobre el Persiles, comenzando con el más reciente, los estudios importantes son: Diana de Armas Wilson, Allegories of Love. Cervantes's “Persiles and Sigismunda” (Princeton: Princeton University Press, 1991); Ruth El Saffar, un capítulo en Beyond Fiction pp. 127-169; Alban Forcione, Cervantes' Christian Romance: A Study of “Persiles y Sigismunda”, Princeton: Princeton University Press, 1972); Tilbert Stegmann, Cervantes' Musterroman “Persiles”: Epentheorie und Romanpraxis um 1600 (Hamburg: Hartmut Lüdke, 1971); Forcione, Cervantes, Aristotle, and the “Persiles” (Princeton: Princeton University Press, 1970); Rafael Osuna, “El olvido del Persiles”, Boletín de la Real Academia Española, 48, 1968, 55-75.
     El Teatro ha merecido varios exámenes nuevos, otra vez comenzando con el más reciente: Edward H. Friedman, The Unifying Concept: Approaches to the Structure of Cervantes' “Comedias” (York, South Carolina: Spanish Literature Publications Co., 1981); William Stapp Moody, El teatro de Cervantes (Madrid: Universidad Complutense, 1981); Jean Canavaggio, Cervantès dramaturge: Un théâtre à naître (París: Presses Universitaires de France, 1977).
     Sobre el Viaje del Parnaso, Jean Canavaggio, “La dimensión autobiográfica del Viaje del Parnaso”, Cervantes, 1, 1981, 29-41; Ellen Lokos, The Solitary Journey. Cervantes' Voyage to Parnassus (Nueva York: Lang, 1991).


[Cabeza]     [Índice]      [Pie]


Ilustraciones verbales

  1. Retrato verbal de Cervantes, del prólogo de las Novelas ejemplares. No existe una representación gráfica auténtica.

    Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata, aunque no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies.

  2. Carta de don Quijote a Dulcinea (capítulo I, 25).

    Soberana y alta señora:

    El herido de punta de ausencia, y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que además de ser fuerte es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo. Si gustares de socorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo.

         Tuyo hasta la muerte,

    El Caballero de la Triste Figura

  3. Razonamiento de Sancho (capítulo I, 47).

    Ahora señores, quiéranme bien o quiéranme mal por lo que dijere, el caso de ello es que así va encantado mi señor don Quijote como mi madre; él tiene su entero juicio, él come y bebe y hace sus necesidades como los demás hombres, y como las hacía ayer antes que lo enjaulasen. Siendo esto así, ¿cómo quieren hacerme a mí entender que va encantado? Pues yo he oído decir a muchas personas que los encantados ni comen, ni duermen, ni hablan y mi amo, si no le van a la mano, hablará más que treinta procuradores.

  4. El estilo de Cervantes, según Marcel Bataillon, Erasmo y España, 2ª ed. (México: Fondo de Cultura Económica, 1966), pp. 780-781.

    El estilo de nuestro narrador es una amalgama personalísima de elegancia florida a la manera de Boccaccio, de irónico despego a la manera de Ariosto, de sobriedad aguda según la mejor tradición castellana. Por este aspecto de su genio se muestra también heredero de las lecciones del humanismo erasmizante. Cervantes gusta del pinchazo que desinfla los discursos llenos de viento. Es éste un gusto tan vivo en él, que se lo comunica paradójicamente a Don Quijote, soñador y orador incorregible.


[Cabeza]  [Índice]   [Pie]


Daniel Eisenberg : <Daniel.Eisenberg@bigfoot.com>
Works of Daniel Eisenberg http://users.ipfw.edu/jehle/deisenbe/index.htm
URL: http://users.ipfw.edu/jehle/deisenbe/cervaydq/cervaydq.htm