Cervantes y Don Quijote, por Daniel Eisenberg. Copyright © 1993 Montesinos, S.A.


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Cervantes y Don Quijote


Daniel Eisenberg



     El autor reconoce y agradece la ayuda de Margarita Merino en la corrección de su castellano.


Para mi compañera Elena


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Nota preliminar:
El texto en rojo indica correcciones al texto impreso.

Las ilustraciones publicadas en el libro no siempre siguieron mis indicaciones. Incluso cuando se siguieron, eran de mala calidad. Dejo en este texto, entre [[paréntesis rectas]], las sugerencias de ilustraciones presentes en el manuscrito entregado a la editorial.

ÍNDICE


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Preliminar

     Querido lector, tienes una oportunidad que te envidio, la de leer Don Quijote por primera vez, o si lo has leído fragmentaria o superficialmente, de ahondar y completar tu conocimiento de él. Te esperan los coloquios más sabrosos, las más disparatadas aventuras, una de las amistades más hondas y algunas de las más sabias reflexiones que se hayan escrito jamás en el papel. El libro ha sido la lectura preferida de muchos hombres de relieve: entre ellos un rey (Felipe III), un presidente de España (Manuel Azaña) y un filósofo (Unamuno). Y eso sin contar los numerosos e ilustres extranjeros para quienes ha sido libro de cabecera y lectura diaria durante años. A varios de ellos ha movido a aprender el castellano.
     Por el conducto de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, comenzarás a conocer a uno de los hombres más sabios de todos los tiempos. Aunque sin formación universitaria, o acaso debido a este mismo hecho, Cervantes gozaba de una vasta cultura. Había seguido el naciente teatro español desde la juventud. Leía constantemente, y es el primer autor que tiene un sentido de la literatura española en toda su riqueza, el primero en percibir la importancia y valor del surgimiento del nuevo género, la novela. Observador curioso, conversador infatigable, Cervantes conocía todas las clases sociales y todos los ambientes de su tiempo, desde la cárcel de Sevilla hasta la casa real. Conocía, también, el campo y el pueblo tanto como la ciudad. Por la ventana de Don Quijote verás, entonces, una vivísima España desaparecida, mucho mejor que en cualquier película.
     Cervantes no es un autor fácil, pues su lengua es de hace cuatro siglos. Supone de sus lectores unos conocimientos y actitudes que sólo recuperan y mantienen vivos los eruditos. Pero con todo eso es un autor que todos pueden leer, y de quien todos pueden aprender, entre otras cosas a mejorar su lenguaje.
     Cuando hayas leído a Cervantes, habrás entrado como adulto, como ciudadano de pleno derecho, en la cultura hispánica. Bienvenido.


El género gramatical. Me refiero al lector empleando el masculino como genérico totalizador y entendiendo siempre incluidas en él a las mujeres. En otra parte he protestado contra el sexismo de la lengua española y sugerí cómo, en teoría, se podría reformar. Actualmente no hay otro remedio sino decir siempre querido/a lector(a), amigo o amiga, tipográfica y estilísticamente feo.


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¿Quién fue Cervantes?


     Hay autores cuyas vidas son tan anodinas que nadie se interesaría por ellas a no ser por sus escritos. Lo que vivieron y lo que escribieron siguen cauces distintos. Es, por ejemplo, el caso de Calderón. En cambio, hay autores cuyas vidas nos brindan testimonios apasionantes. La de Cervantes es interesantísima y muy relacionada con sus obras. Él mismo sin duda la consideraba novelesca, mucho más apasionada e intensa que las fingidas historias de los libros de caballerías. Las fuentes para conocerla son unos documentos, que en su mayoría tratan de su servicio a la corona como militar, comisario y recaudador de impuestos. Leídos—o escudriñados—con conocimiento de las prácticas comerciales, brotan a veces conclusiones jugosas de las secas líneas. Aparte de estos documentos, que iluminan bien sólo ciertas etapas y actividades de su biografía, tenemos que sacar conclusiones de la autopresentación de Cervantes en sus prólogos y dedicatorias, y de sus obras. Un aviso previo: como era el caso de muchos escritores y artistas, Cervantes solía cargar las tintas describiendo su mala posición económica, para animar al mecenas a una donación más generosa.


Biografía. Cervantes nació en 1547 en la joven ciudad universitaria de Alcalá de Henares, la ciudad castellana más intelectual del siglo XVI. Sus antecedentes, por sus oficios y por la falta de datos sobre su madre, tienen que haber formado parte del grupo llamado, sin caridad, “cristianos nuevos”. (No hay término para referirse a este grupo que no sea despectivo.) Esta gente descendía de judíos españoles, un grupo culto y trabajador forzosa o sinceramente convertido al catolicismo durante los siglos XIV y XV. Muchos de ellos, gente marginada social si no económicamente, en sinceridad y actividad religiosa sobrepasaban a los más seguros cristianos viejos. Víctimas de leyes cada vez más discriminatorias, que los excluían de las universidades, de los altos cargos y de las colonias americanas, recurrían a menudo a documentación fraudulenta para establecer su llamada “limpieza de sangre”. Se dedicaban a la medicina, profesión típica de los judíos, y a los oficios despreciados por los hidalgos: los oficios manuales como la sastrería, zapatería o orfebrería, la administración pública y particular, la banca.
     El padre de Cervantes fue cirujano, oficio sanitario algo inferior al de médico. Tuvo altibajos económicos, y mudó su familia de una ciudad a otra, según consta en los pocos documentos de esta etapa. Abandonó la ciudad humanista de Alcalá, entonces, cuando Miguel era joven. Por ello su influjo es tenue, pero también innegable. Luis Astrana Marín, en su biografía de Cervantes, ofrece un buena descripción de la Alcalá donde Miguel pasó sus primeros años: [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Escena universitaria o callejera de Alcalá de Henares]]

Ved aquí una oficina singular del pensamiento, una vasta forja del espíritu. Se hablan todas las lenguas, las clásicas, las orientales y las vivas. Se examinan todos los problemas científicos, todos los misterios teológicos, todas las conquistas del método experimental. Allí está el códice, la esfera y la retorta, la espátula, el compás y el tetragrama. Las torres mismas son otra rama de la Universidad. La ciencia y el arte viven allí felices, y la muerte parece una amenaza irreal. La propia vejez respira juventud entre la juventud, y una y otra entonan un himno triunfal a la vida. Allí se corona a los vates: Arias Montano recibe el laurel en 1551, y las enseñanzas de Cipriano de la Huerga despiertan en Fray Luis de León la levadura oriental de sus antepasados. Las riberas de Henares se pueblan de ninfas y de pastores. Mateo Alemán sólo aquí será optimista. Por ello, sólo aquí podía nacer el regocijo de las musas.


     El primer dato para conocer directamente la personalidad de Miguel es de 1569. En una colección de elegías reunida por Juan López de Hoyos, director del “Estudio de Madrid”, aparece Miguel como autor de cuatro poemas. Más significativo, encontramos que López de Hoyos le califica de “caro y amado discípulo”. Es de suponer, entonces, que fue un estudiante sobresaliente, el predilecto del maestro. Por el erasmista López de Hoyos disfrutara de otro contacto con la tradición humanística española que Felipe II pronto destruiría. Los seguidores de Erasmo de Roterdam, quien tuvo más influjo en España que en cualquier otro país—incluido el suyo—estimaron una religiosidad interna y personal y despreciaron las ceremonias religiosas y la vida monástica. Cervantes evidentemente recibió estas enseñanzas.
     Pronto encontramos a Cervantes desterrado por una riña cuyos detalles no sabemos. Sirve en Italia al cardenal Acquaviva. Entra en la marina, y según nos cuenta él mismo, participó en la batalla de Lepanto, una gran victoria de los galeones cristianos sobre los turcos. Por un arcabuzazo perdió el uso de la mano izquierda. Cervantes era, desde entonces, un minusválido. Su mano destrozada era muy visible y sin duda objeto de constantes comentarios y explicaciones.
     Durante el viaje de vuelta a España, Cervantes fue aprisionado por piratas argelinos. Entonces comienzan sus cinco años de cautiverio en Argel, una estancia que le marcaría hasta los tuétanos y que constituye, en opinión de Alonso Zamora Vicente y Juan Goytisolo, el eje de su vida. En lugar de ser vendido como esclavo, suerte de los cautivos pobres, fue retenido en espera de un rescate elevado e imposible de reunir para su familia. Según informaciones que sugieren pero no aclaran unas enormes lagunas, Cervantes organizó varios intentos de huida, fracasados todos ellos. Increíblemente, no recibió ningún castigo, y se hizo amigo de sus cautivadores. Cinco años después pudo volver a España gracias a los esfuerzos de su familia y de un fraile trinitario, Juan Gil. Entre sus actividades en el cautiverio figuraba la composición literaria.
     Llevaría siempre consigo un anhelo de libertad y una honda repugnancia hacia la crueldad de los administradores musulmanes. Otra vez en España, cuyo suelo no había pisado desde hacía más de diez años, Cervantes buscaba un empleo seguro al mismo tiempo que se dedicaba a la composición literaria. Sin éxito, intentó conseguir un puesto administrativo en las Indias. Consta cierta resonancia y lucro como autor de comedias: vendió “veinte o treinta” de ellas, que fueron representadas en los teatros de Madrid. Con pocas excepciones, estas comedias se han perdido. También Cervantes pudo vender la Primera Parte de su Galatea, publicada en 1585. Era la más filosófica de todas las llamadas “novelas pastoriles”, y es a ella a la que Cervantes expresa más veces el deseo de volver. Esta primera etapa de composición literaria se cierra con lo que Cervantes llama “el alzamiento de Lope con la monarquía cómica”. La aparición del fecundo Lope, quien más que Cervantes escribía para el gusto del público, significaba que las comedias de éste no se vendían.
     Hacia 1584 nace el único vástago de Cervantes: su hija Isabel, a quien después protegería económicamente. Pero los datos del amorío con la madre de su hija, Ana Franca de Rojas, nos faltan. El mismo año de 1584 Cervantes se casa con Catalina de Palacios, mujer mucho más joven y económicamente mejor acomodada que él, de la pequeña ciudad toledana de Esquivias. Aunque no lo sabemos directamente, el matrimonio, sin descendencia, parece haber sido infeliz, y Cervantes nunca se refiere a su esposa. Entonces consigue unos encargos administrativos: procurador de la Armada y recaudador de impuestos atrasados en el reino de Granada. Los dos eran trabajos regularmente pagados, aunque sin prestigio y conllevando la necesidad de enfrentarse con gente que no quería recibir, por sobrados motivos pecuniarios, ni a procuradores ni a recaudadores.
     Pero estos cargos aparentemente ingratos tenían la que sería para Cervantes una ventaja fundamental: la oportunidad de viajar por Andalucía. Dejando a su mujer bien respaldada materialmente, la abandona y se marcha de la casa marital. Es entonces cuando Cervantes, como después don Quijote, va de pueblo en pueblo. Trasnocha en ventas pobres, pero tiene algo que estima mucho: “la santa libertad”. Sus diversiones son la conversación y la lectura. Durante este período sucedió su famoso encarcelamiento en la cárcel real de Sevilla, aludido en el prólogo a la Primera Parte de Don Quijote.
     Las actividades posteriores de Cervantes nos son menos conocidas. Cuando la corte se traslada a Valladolid, a principios del siglo XVII, Cervantes se establece allí también, acompañado no de su mujer sino de su hermana y de otras parientes, costurera de nobles una de ellas. Parece que tuvo algún empleo administrativo particular. Fue entonces cuando acabó y publicó la Primera Parte de Don Quijote. Aunque la cronología de su desarrollo no está del todo clara, cuando la remata, aprovechando materiales ya escritos, se publica enseguida. Contrario a lo que se cree, Cervantes no tuvo dificultad en publicar sus libros acabados, aunque no con las recompensas elevadas que quisiera haber percibido.
     Con la Primera Parte del Quijote en la calle, Cervantes ganó la primera entrega de la fama que siempre anhelaba, si bien como autor “festivo”, es decir cómico. En la última década de su vida, cuando tenía más de 58 años, consiguió el apoyo económico del Conde de Lemos que le permitió dedicarse completamente a la escritura. Acaba en unos pocos años las Novelas ejemplares, obra que le saca de la poco prestigiosa categoría de autor humorístico y le concede el aplauso general. Entonces se le califica, por primera vez, de “honra y lustre de nuestra nación, admiración y envidia de las extrañas”. Comienza a tener admiradores y seguidores, entre ellos Tirso y Góngora. Entonces, también, le es posible publicar una colección de sus comedias y entremeses que en la portada declara, en desafío, “nunca representados”. En sus últimos años, enfermo y amargado por el infructuoso intento de conseguir un cargo en Nápoles, escribe constantemente. Con la colaboración activa de su antiguo rival Lope, aparece un ataque de mal gusto en la forma de la continuación de “Avellaneda” del Quijote, y se siente obligado a detenerse para acabar rápidamente su propia continuación, paralizada años atrás. Publica el Viaje del Parnaso, un poema de crítica literaria. Acaba apresuradamente la que considera su obra maestra, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, cuatro días antes de morir, y que publica, póstuma, su viuda. Aparte de las comedias de cuyos manuscritos no disponía porque las había vendido, se habían publicado todas sus obras acabadas. Con pocas excepciones, los manuscritos de sus obras editadas y de las inacabadas se perdieron.


¿Qué tipo de hombre fue Cervantes? [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Retrato verbal de Cervantes, del prólogo de las Novelas ejemplares. No existe una representación gráfica auténtica.]] Honrado, desde luego. Lo demuestran tanto el cuidado que tuvo para proteger a su hija natural y a su mujer, como los avales que consiguió para poder trabajar con dinero de la corona. También es notable su sentido de la responsabilidad del escritor a estimular al lector a vivir y obrar bien.
     Cervantes también era hablador, buen bebedor, asiduo de tabernas y jugador de naipes. Como don Quijote, estaba más a gusto entre gente humilde que en palacio. El pueblo llano le parecía por lo general más sensato, inteligente y honrado que la cortesana aristocracia, cuya ignorancia—cuando no corrupción—le era insoportable. Entre la gente sencilla Cervantes encontraba, a veces, verdaderos filósofos, personajes peculiares con quienes conversar y de quienes aprender con alegría.
     Era la conversación, entonces, un medio de satisfacer su curiosidad insaciable, sus ganas de conocer y entender. Era sin duda un hombre de amistades. Entre ellas se cuentan su maestro poético Pedro Laínez, los poetas Cristóbal de Mesa, Pedro de Padilla, Luis Barahona de Soto, Francisco de Figueroa, López Maldonado, Juan de Jáuregui, Vicente Espinel, y Francisco de Figueroa. Ya mayor, como hemos dicho, tuvo admiradores y hasta seguidores. También sabemos que fue amigo de Tomás Gutiérrez, dueño de una lujosa casa de huéspedes en Sevilla. Las burlas burdas de sus rivales Lope de Vega y “Avellaneda”, de quien trataremos más adelante, le hirieron mucho. No tenemos noticia, sin embargo, de ninguna amistad suya de toda la vida, ninguna que sepamos haya sido íntima. Tampoco tenemos noticia de una amistad femenina, y sus relaciones emocionales con su mujer y con Ana Franca, la madre de su hija, parecen haber sido parcas. Era un hombre rodeado de compañeros, pero al mismo tiempo solitario y callado, sin este “verdadero amigo”, de toda la vida, tan apreciado en sus obras.
     Otro medio de satisfacer su curiosidad era el viajar. Cervantes viajó mucho, y conocía Italia, Portugal, el imperio otomano, Barcelona y Andalucía. Quería viajar más: a las Indias, por ejemplo, y quería volver a Italia. Lo que no podía viajar lo reemplazaba con la lectura. Ésta tiene que haber sido su diversión favorita durante muchos años, según los muchísimos libros, entre ellos libros de historia, geografía, ciencias y matemáticas, que muestra haber conocido. Era uno de los hombres de más ancha formación que había en la España de su tiempo. En sus propias palabras: “quien anda mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho”.
     Saber mucho, en un mundo en que la libertad de prensa no existiría hasta siglos después, era carga a veces dura. Siendo la sociedad española de su tiempo más opresora de los intelectuales que de los criminales, comunicar un punto de vista disidente sin rodeos llevaría a uno directamente a los grilletes, cuando no a la hoguera. Pero las opiniones políticas y religiosas de Cervantes, nacidas de sus experiencias más que de la lectura, salen fácilmente de sus obras.
     Quería una sociedad racional y por ello justa, y la que le tocó vivir visiblemente distaba mucho de serla. Todas las almas son creadas iguales, recuerda el equitativo Cervantes, y cada uno es hijo de sus obras. Las obras de la corrupta aristocracia, cuando hacían otra cosa que entretenerse, no correspondían con su posición en la sociedad. Más honradez y menos hipocresía se podía encontrar entre los muleros, pícaros y prostitutas: hasta los criminales tenían honra. Más justicia había entre los moros. Resultado de la venalidad de la aristocracia, nobleza y realeza es que su país, tan rico, iba a la ruina.
     Como cualquier pensador de su tiempo, Cervantes disentía de varias posiciones oficiales de la iglesia. La abundancia de conventos y monasterios, ricos muchos de ellos, le parecía escandalosa. El culto a los falsos santos y milagros, el mal cumplimiento de los votos religiosos, las luchas entre facciones cristianas y la falta de unidad contra su “enemigo común”, los turcos, le desagradaban mucho. En un sentido más íntimo, se encontraba confuso ante la contradicción entre lo que le decían sus observaciones y razón, y las creencias a que le obligaba la fe. Estaba, entonces, perplejo ante el gran problema religioso: la existencia del mal.
     Por último, parte del deseo de Cervantes de vivir, en todos los sentidos, era el de sobrevivir a la muerte. La perspectiva tradicional de una vida eterna en el cielo no parece haberle satisfecho. Para permanecer vivo en la tierra el mejor remedio es la literatura. Las obras literarias, pues son independientes de una forma física, resisten el paso del tiempo mejor que los palacios, los monumentos, las láminas de bronce o piedra. De los griegos desapareció su pintura completamente, junto con la mayor parte de su escultura y sus monumentos. Sus creadores están olvidados, o no son sino nombres, completa e irreparablemente separados de sus creaciones. También los historiadores, los científicos, hasta los filósofos son conocidos de pocos.
     Pero el griego a quien conoce todavía toda persona culta es Homero. Ser autor de literatura ofrece la mejor defensa contra el olvido. ¿Quién tiene mayor fama, pregunta un teórico leído por Cervantes (Sánchez de Lima): Aquiles y Héctor por lo que hicieron, u Homero y Virgilio por lo que escribieron? Por eso figurar en un libro—reproducirse en muchos ejemplares—debe haber sido para Cervantes, como para su héroe don Quijote, motivo de una enorme satisfacción. Participar en la literatura europea más avanzada de su época, la española, poder contribuir a ella, era causa de orgullo tanto personal como patriótico. Le hubiera emocionado gravemente a Cervantes saber que sus obras están en la cumbre de la literatura española, que han sido traducidas a todos los lenguajes escritos del mundo y que hoy en día, después de casi cuatro siglos, se leen, se celebran y se estudian con más interés que nunca.


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Cervantes, autor prolífico


     Durante los siglos XVIII, XIX y parte del XX Cervantes fue visto casi exclusivamente como autor de Don Quijote. Tal concepción no era desde luego la suya propia, ni la de sus contemporáneos. Cervantes fue uno de los escritores más fecundos e innovadores de su tiempo, y sus escritos abarcan todos los géneros, La crítica cervantina ha ido recuperando, una por una, sus otras obras, entendiendo sus temas y su estructura.


Las Novelas ejemplares. [[POSIBLES ILUSTRACIONES: Portadas de otras obras de Cervantes]] Recomendamos al lector que quiera conocer otras obras de Cervantes esta colección de doce muy diversas novelitas. (Novela, neologismo recién introducido del italiano, quería decir “cuento”.) Son, después del Quijote, su obra más paradójica y ambigua, características no sin relación a su popularidad. En el prólogo a la colección, Cervantes afirma que cada una de sus novelas, y la colección en conjunto, son ejemplares. No sólo no contienen nada que pudiera despistar al lector, incluso al más ingenuo, sino que contienen “ejemplos”, moralejas provechosas. Dicha postura debe haber agradado mucho a sus lectores contemporáneos, que hicieron un éxito de la colección. Desgraciadamente Cervantes no se molestó en exponer claramente dichos ejemplos, tema de continuas polémicas entre los cervantistas, algunos de los cuales niegan que Cervantes los formulara. La crítica ma reciente ve recomendado en la colección, como manera de vida, un camino intermedio entre la rebelión inútil contra la suerte o los dados de la vida de uno, y una resignación pasiva y abúlica. Los protagonistas cervantinos que se ejercitan en buscar una resolución de sus variados problemas, la encuentran.
     Como primeras lecturas en la colección, recomendamos las siguientes “novelas”. “Rinconete y Cortadillo” cuenta la historia de dos jóvenes que se integran en el inframundo sevillano. En “La gitanilla”, un joven adopta la vida gitana por amor de una hermosa e inteligente cantaora y bailarina, quien se reúne con sus verdaderos padres al final. “El celoso extremeño”, viejo y rico, encierra a su joven mujer entre cuatro paredes, impidiéndole todo contacto con otros varones, e incluso con animales machos. Un joven intenta penetrar esta cárcel, valiéndose de la música.
     La más innovadora de todas es el “Coloquio de los perros”, en el cual un perro, dotado una noche con el don maravilloso del habla, cuenta su vida azarosa, mezclada con observaciones acerbas de la sociedad, a un perro amigo. Esta novela, leída en castellano por Freud, contribuyó a la gestación de su teoría psicoanalítica.


La Galatea; el Persiles. Además del Quijote, Cervantes es también autor de dos novelas en el sentido actual del término: obras extensas de ficción en prosa. En 1585 publicó La Galatea, su primer libro, donde usó el recurso popular de los pastores para tratar problemas amorosos. Incluye una extensa defensa del papel benéfico, saludable y necesario del amor, y en el “Canto de Calíope”, su primer trabajo de crítica literaria.
     Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia septentrional, una novela en la terminología actual, Cervantes la concibió como un poema épico en prosa. En él sigue el modelo del recién descubierto Historia etiópica de Teágenes y Cariclea de Heliodoro, una ficción griega en prosa que participa de la la complicada estructura de los poemas épicos de Homero. Cervantes concibió el Persiles como su obra maestra: “según la opinión de mis amigos, ha de llegar al extremo de bondad posible”, lo comenta en una carta dedicatoria. En contraste con Don Quijote, escrito para todos y en especial para el amplio vulgo que leía los libros de caballerías, el Persiles era una obra para los eruditos. La obra vuelve al tema del amor: una pareja, fingiendo ser hermanos, vive una prolongada serie de peripecias hasta llegar a Roma, donde besan los pies del pontífice y se casan.


Cervantes poeta. Según la autodescripción de Cervantes en el Viaje del Parnaso, siempre quería ser poeta, gracia que no le concedió el cielo. Suponen los cervantistas que por el término “poeta” Cervantes quería decir versificador, aunque en otra ocasión también afirma, contradictoriamente, que la poesía puede escribirse en prosa.
     Se han perdido muchos poemas de Cervantes, entre ellos muchos romances. La mitad de lo que sobrevive son poesías sueltas de circunstancias, poemas preliminares de los libros de sus amigos, por ejemplo. Otros poemas gozaron de cierta fama: su soneto atrevido y burlón al túmulo de Felipe II, lo consideró la “honra principal” de sus escritos.
     Escribió un poema extenso, el Viaje del Parnaso. Se trata de un libro de viajes imaginario. En él todos los poetas importantes de la época viajan en un barco hecho de versos (la chusma romances, las jarcias seguidillas, etc.), al Monte Parnaso para visitar a Apolo. Dicha forma permite a Cervantes una cantidad de observaciones, favorables y desfavorables, sobre sus contemporáneos.
     La supuesta “Epístola a Mateo Vázquez”, que se halla en colecciones de sus versos, es un pastiche.


Cervantes dramaturgo. Cervantes fue desde joven un notable aficionado al teatro, y el drama fue una de sus preocupaciones durante toda su carrera literaria. En la década de los 80, tuvo éxito como autor de comedias. Vendió y aparecieron en las tablas, nos dice, unas “veinte o treinta”, y nos ofrece una lista: “La batalla naval”, que habrá tratado de Lepanto, “La confusa”, y varias otras. Casi todas ellas se han perdido, aunque por buena suerte ha sobrevivido La Numancia, su obra más influyente después de Don Quijote, en la cual presenta la heroica nacionalidad española como no sólo anterior a la “conquista” musulmana (que en el Siglo de Oro caía de su peso), sino incluso prerromana.
     Según Cervantes, Lope se impuso como el autor predilecto de los corrales. Desde aquella temprana fecha las comedias de Cervantes, más difíciles para el auditorio, no se compraban. Pero las guardaba en una arca, y cuando consiguió fama como novelista, pudo por fin publicar ocho de ellas. Durante los últimos veinte años estas comedias, varias increíblemente sin estrenar hasta la fecha, han encontrado cada vez más atención crítica. Hallamos en ellas los mismos temas que en el Quijote.
     En contraste con el rechazo a veces total hacia las comedias cervantinas en la primera mitad del siglo XX, siempre encontraban más favor sus Entremeses, publicados con las ocho comedias. Son dramas breves, cómicos y críticos, en que sobresalen los tipos populares.


Obras perdidas o no firmadas de Cervantes. No acaba aquí el corpus literario de Cervantes. Discutía sus proyectos literarios en sus prólogos y dedicatorias, y menciona tres que escribía pero que no llegó a acabar. Primero, habló tres veces de una continuación de La Galatea, aunque no nos dice cuán adelantada la tenía. Sí nos dice que tenía casi acabados los dos otros. El primero es el “famoso Bernardo”, que discutiremos adelante como su libro de caballerías, y también su Semanas del jardín. De esta obra creo haber identificado una parte. También consta que escribió, por encargo, un reportaje de las fiestas celebradas en el nacimiento del hijo de Felipe III, que puede identificarse con un reportaje anónimo publicado en 1605. Parece probable que éste no sea el único caso sobreviviente de redacción cervantina a sueldo.


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Don Quijote


Dos palabras para el maestro. Hace poco tiempo me afirmó un profesor de instituto que no se podía enseñar el Quijote a los jóvenes. No lo entienden, me dijo, y explicado no les interesa. Tal aserción me entristeció. Don Quijote es, para mí, la más dulce de las materias.
     Presentado como una vieja novela con un viejo protagonista, atacando un género muerto, y encasillado como un “clásico” al cual se ha de apreciar guste o no, evidentemente no va a captar el interés del joven. Pero se puede hacer que el libro responda a cualquier interés del alumno.
     Esto supone que el alumno se interesa en algo. Para el que no confiesa ningún interés en nada la terapia es invitarle a tomar dos vasos de vino. Supone también que el joven está dispuesto a leer. Intento enseñar a mis estudiantes que la literatura escrita es y seguirá siendo más abierta, honrada, revolucionaria, inquieta y erótica que lo que nuestra sociedad permite que aparezca en una pantalla. Si quieren leer, por ejemplo, atrocidades y violencia, las encontrarán mucho más exquisitas, mucho más sangrientas, mucho más morbosas y espeluznantes en la página escrita que en el cine.
     Las películas actuales de acción son las fantasías caballerescas de hoy, y el fútbol un torneo. El motociclista, el astronauta aventurero, el policía y también el criminal heroico, descienden de don Quijote por línea recta de varón. El poeta—nato y no hecho, según Cervantes—es su sobrino.
     Don Quijote es viejo, pero su temperamento es el de un joven. No es un padre de familia, sino un solitario enajenado, rodeado de mujeres que no le entienden. Sale de su casa en busca de una vida diferente. Va a viajar y a ver su país, y a escuchar a todos los que tienen algo que contar. Don Quijote enseña también que el que tiene ideales, y está dispuesto a sufrir y si es necesario incluso a morir por estos ideales, puede obligar a la sociedad a una respuesta. El país y el mundo padecen muchos males, y se necesitan tanto ideas como manos de obra para resolverlos. Lo que falta en el gobierno es buena voluntad.
     En Don Quijote vemos también que las mujeres no tienen que quedarse en casa. Igual que los hombres, desean escaparse del control de sus padres y descubrir el mundo con sus propios ojos. Quieren y pueden decidir sus propias vidas. El peligro particular de las mujeres, que no ha desaparecido en absoluto, es el embarazo. Las promesas de enamorados, nos recuerda Cervantes, son fáciles de dar y muy pesadas de cumplir.


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Cómo leer Don Quijote

 
    Don Quijote es un libro escrito lentamente, con pluma y tintero, y sus palabras han sido cuidadosamente escogidas y meditadas. Recomiendo una lectura también lenta, dejando tiempo para saborear y reflexionar sobre lo leído. Si puedes, léelo, o haz que te lo lean, en voz alta.


¿Tengo que leer el libro entero? No por cierto, incluso no lo recomiendo para un primer encuentro. Puedes leer trozos, capítulos sueltos, capítulos seguidos, episodios, o toda la obra según tu criterio. Puedes tomarlo y dejarlo, y saltar lo que no te guste. Estás en tu casa, donde eres señor o señora della, como dijo el mismo Cervantes en su prólogo. El libro es de ti, no tú de él.
     Confieso, y no me parece escandaloso, que hay partes de Don Quijote que me gustan más que otras. También, el libro arranca lentamente. Cuando me puse a leer la obra por primera vez, a los 14 años, comencé por el principio, llegué hasta los molinos de viento, y encontrándolo pesado, devolví el libro a la biblioteca y no volví a tocarlo en cuatro años.


Selecciones recomendadas. Los episodios que recomiendo para el que lee Don Quijote por primera vez, son: desde la aparición de Sancho en la novela, en el capítulo I, 7, hasta la entrada del par en la Sierra Morena, en el capítulo I, 23. En la Segunda Parte, desde el principio hasta el encuentro con los duques, en el capítulo II, 30. Si hay más tiempo, pueden añadirse, en la Primera Parte, la primera salida de don Quijote (1-5), la “Novela del curioso impertinente” (33-36) y las últimas aventuras de don Quijote en la venta (segunda mitad del 43-47). En la Segunda Parte, el gobierno de Sancho (45, 47, 49-51, 53). Y si el tiempo es realmente limitado, para una introducción brevísima, el encuentro con Maritornes en la venta (I, 16), y la Cueva de Montesinos (II, 23).
     Ahora bien, estas selecciones son algo irrepresentativas, como sería cualquier selección, por fragmentaria o subjetiva. No se puede decir que uno conoce la obra bien, sin haberla leído en su totalidad. Tampoco se puede ser cervantista sin leer sus obras completas.
     Cuanto más estudio a Cervantes, más me interesan y mejor entiendo todas sus páginas. Es un autor inagotable, sus obras—y Don Quijote en particular—son un “tesoro de contento y una mina de pasatiempos”, en palabras del cura Pero Pérez en el capítulo 6 de la Primera Parte. De tal manera me gusta su riquísimo lenguaje, sus observaciones y su manera de plantear los problemas que leería cualquiera de sus obras.


¿Importa la edición en la cual leo? Existen muchísimas ediciones del Quijote, tantas como para marear al lector o comprador.


El texto. No hay grandes diferencias textuales entre las varias ediciones del Quijote: ninguna es perfecta y ninguna es desastrosa. Algunas veces se nota una errata, pero pocas. Y las erratas son menos importantes que las enmiendas gratuitas y tácitas de los editores. En cuanto a las diferencias de bulto, como el variado tratamiento del robo del rucio de Sancho, presente en la segunda edición legítima pero falto en la primera, no hay una solución perfecta. Las ediciones caras pueden desvariar tanto o más que las humildes.
     Ahora bien, para quien insista en tener un texto fidedigno para su estudio o para las citas, aun el acudir a uno de los varios facsímiles no es una solución perfecta. Los facsímiles también defieren entre sí, reflejando diferentes momentos de la impresión de la edición primitiva. La única edición que comenta estas particularidades, la única que hace constar, sin excepción, todas las correcciones introducidas por los editores, sigue siendo la agotadísima colaboración entre un profesor de Berkeley y otro de Madrid: Rudolph Schevill y Adolfo Bonilla y San Martín (Madrid, 1928-41). Es una obra urgentemente necesitada de reimpresión.
     Estos problemas son mucho más serios tratando de la Primera Parte que de la Segunda de la obra.


Ediciones sin notas.
Mucha gente ha leído y lee todavía Don Quijote en ediciones sin notas. Éstas son las más económicas y pueden resultar satisfactorias, aunque conllevan una pérdida de alguna parte del significado. (¿Sabes qué es una bacía, que lleva un barbero en la cabeza en el capítulo 21 de la Primera Parte?) Sin embargo, es innegable que hay muchas notas que estorban más que ayudan al lector no especialista. No creo, por ejemplo, que los errores de Cervantes y las inconsistencias de texto, algunos de los cuales están comentados en todas las ediciones anotadas, sean importantes para el lector corriente. El léxico del Quijote ha sido bien estudiado; cualquier diccionario que no excluya el español clásico será una herramienta adecuada.


Ediciones anotadas.
Desde el primer cervantista, el benemérito inglés John Bowle, se ha creído necesario ofrecer al lector unas notas explicativas de las alusiones en el libro, muchas de las cuales se refieren a libros, personas o temas olvidados. Hay mayor diversidad entre las ediciones anotadas que entre las no anotadas. La que considero más indicada para los lectores de este manual es poco accesible en España: la de Celina S. de Cortázar e Isaías Lerner, con un extenso prólogo de Marcos Morínigo, 2ª ed. (Buenos Aires: Huemul, 1983). También son recomendables las ediciones de Martín de Riquer (Planeta, varias impresiones) y Ángel Basanta (Plaza y Janés, 1985). Ésta ofrece, a un precio módico, el más extenso de los ensayos preliminares, una buena bibliografía mínima, buenas notas, glosario, repertorio de nombres propios y temas de trabajo. Con todo, sigo echando de menos dos características de la antigua edición de Riquer, la conocidísima de la Editorial Juventud, infinitas veces reimpresa: sus titulillos descriptivos y un índice. Son menos útiles y numerosas las notas de las ediciones de John J. Allen (Cátedra, 1977) y Juan Bautista Avalle-Arce (Alhambra, 1979), y las notas de la edición de Luis Murillo (Castalia, 1978) son inmanejables sin acceso a ediciones anteriores.
     Para una edición de consulta, o una compra cara, recomiendo la “nueva edición crítica” de Rodríguez Marín (Madrid: Atlas, 1947-49). Cuidadosamente corregida, acompañada de índices de las notas y dos tomos de apostillas, jamás he encontrado ninguna errata en ella. Las notas de esta edición son mucho más extensas y modernas que las de la edición del mismo editor en la difundida serie “Clásicos castellanos”. Otra posibilidad es la de Vicente Gaos (Madrid: Gredos, 1987), aunque no es, ni por mucho, tan exhaustiva ni al día como su lujoso formato sugiere. Ha sido agudamente criticada por Avalle-Arce en el número de enero, 1988, de Ínsula. Para quien tiene acceso a una buena biblioteca, todavía conserva su interés y utilidad la gran edición anotada de Diego Clemencín (1833-39), reimpresa en 1966, con índices parciales de las notas, por Editorial Castilla.
     He mencionado algunas ediciones con índices de las notas y una edición, la vieja de Riquer, con índice de la obra misma. Los índices más extensos son los que acompañan la edición de Gaos, que ocupan 140 páginas. También son útiles los índices que a partir de 1965 se hallan en la edición mejicana de la serie “Sepan cuántos” (Editorial Porrúa).


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Bases para el entendimiento de Don Quijote


     Aunque le hubiera encantado saber que alcanzaría la fama perpetua de Homero o Virgilio, Cervantes escribía para lectores de su tiempo y no para nosotros. Su novela supone unos puntos de vista, unas bases culturales que ya no recibimos en la niñez. Por ejemplo, el lector para quien Cervantes escribía leía libros de caballerías, o al menos conocía cómo eran. Estos libros han muerto, debido en parte significativa al mismo Cervantes. Que yo sepa, no ha habido desde hace más de dos siglos nadie que haya leído ningún libro de caballerías español con anterioridad a su conocimiento del Quijote. Por ello, este aspecto del Quijote suele entenderse mal.
     El libro mismo nos dice con la máxima claridad su propósito: acabar con la “máquina mal fundada” de los libros de caballerías. Los contemporáneos de Cervantes no sentían ninguna vacilación en tomar estas repetidas afirmaciones al pie de la letra. Pero debido a la evolución social y literaria desde el siglo XVII, a ciertas contradicciones dentro de la obra y también al tropel de criticastros que rodea cualquier obra maestra, ha surgido una tremenda controversia sobre la interpretación del Quijote.
     Por decirlo con otras palabras, Don Quijote es una obra que ahora precisa de unos datos externos para su interpretación. Estos datos los obtenemos en primer lugar del estudio de los libros de caballerías, que son el punto de partida del Quijote y la lectura favorita de su protagonista. También se hallan en otras obras literarias y culturales, en documentos y en especial en las otras obras de Cervantes, por lo general menos susceptibles de interpretaciones conflictivas.


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Orígenes del Quijote


Cervantes y la literatura. Cervantes merece el título de primer historiador de la literatura española, en aquel momento la más desarollada literatura de Europa. Repasa la poesía en La Galatea y el Viaje del Parnaso; comenta la evolución del teatro español en el prólogo a sus Ocho comedias; discute el teatro y más el nuevo y español género de la novela en la Primera Parte del Quijote; se presenta como innovador en el prólogo a las Novelas ejemplares. Ningún documento anterior, como las “cartas-proemio” del Marqués de Santillana y de Boscán, tiene tan anchas miras o tanta conciencia histórica.
     Para Cervantes, la literatura (en la cual incluiría, si viviera hoy, el cine y la televisión) es importantísima. Nos divierte, y al hombre le hacen falta legítimas y sanas diversiones: “no es posible que esté siempre el arco armado”, afirma. Más importante, la literatura nos enseña cómo vivir, y sus enseñanzas son más sentidas y profundas que las de un tratado. La lectura nos cambia. Importa, entonces, leer correctamente, leer o ver en el escenario o la pantalla obras que nos transformen de un modo positivo. Comparten la responsabilidad el lector, el autor y los editores y productores teatrales. En el caso de lectores torpes, que no saben distinguir entre literatura buena y mala, la responsabilidad autorial y editorial es doble.


Literatura verdadera y mentirosa. La literatura buena es verdadera, y la verdad es santa, según principio del predilecto de Cervantes entre los padres de la Iglesia, San Agustín. El término “verdadero” tiene dos significados. En su sentido más estricto, lo verdadero es lo histórico, y el autor verdadero es, entonces, el historiador. Cervantes tenía mucho respeto para la historia, y tiene que haberla leído extensamente. Por boca del canónigo de Toledo, uno de sus más sabios personajes, recomienda la lectura histórica a los lectores del Quijote.
     Pero la historia tiene un defecto. Para ser verdadera, tiene que contar las imperfecciones así como las virtudes. La historia puede facilitar muy malos ejemplos. También, hay menos libertad para el historiador que para el novelista, y menos rendimiento en cuanto al prestigio o fama.
     La literatura de creación, empero, ofrece perspectivas más anchas. Igual que el pintor, una comparación que Cervantes hace a menudo, el autor de literatura imaginativa puede crear sus mundos según su voluntad. Aunque el tema de su cuadro o novela sea ficticio, todavía puede ser verdadero. Se aproxima a la verdad por ser verosímil, o en término más familiar hoy día, realista. La obra más realista, entonces, es la más verdadera, y por ello la más sana. También puede ser verdadera en el sentido de presentar una verdad moral.


La corrupción literaria de que Cervantes se veía rodeado. Según Cervantes, la literatura de su época estaba corrompida. Que fuera mala estéticamente, desproporcionada y mal escrita, era lo de menos. Era mentirosa, y no sólo en el sentido de no ser histórica. También lo era porque contenía absurdos que jamás pudieron haber sido. Era falsa además por su inmoralidad, pintando, por ejemplo, una exagerada lascivia femenina y una sexualidad libre de embarazos y enfermedades. Para el colmo, esta literatura mentirosa, que pudiera haber sido honra de la nación, afirmaba descaradamente su veracidad, engañando activamente a los lectores. Aunque no era el único tipo—otro sería la comedia—el más difundido e influyente de esta literatura corrompida lo constituían los libros de caballerías, lectura predilecta del ignorante vulgo. Ésta era la literatura que mejor se pagaba, y no faltaban autores dispuestos a escribir lo que el gran público pedía y no lo que unos pocos ingeniosos habrían estimado.


Don Quijote, un ataque a los libros de caballerías. Desde el prólogo hasta la última página, Don Quijote se describe como un ataque orientado a “derribar la máquina mal fundada de los libros de caballerías”. El tema aparece al principio y fin de las dos partes. Sería difícil encontrar a un autor y obra que más claramente declararan su propósito.
     Hay, por cierto, unas alabanzas de los libros de caballerías en Don Quijote, pero hay de tener en cuenta quien los alaba. Es según el loco don Quijote que los libros de caballerías son verdaderos y educativos, y según las mujerzuelas de la venta, que son gustosos. El problema mayor no es reconciliar un ataque con los elogios contenidos en la obra, sino con el hondo conocimiento que Cervantes tenía de estos libros tan abominables en su propia opinión. Recordemos que mientras el Persiles se dirige al iniciado, Don Quijote fue escrito para el vulgo, una enorme clase intelectual, inferior en sabiduría a la a que pertenecía su autor. Para esta gente, los libros de caballerías son peligrosísimos, pues presentan gustosas relaciones sexuales sin enseñar sus riesgos. Entre sus desastrosas consecuencias figuran mujeres y niños abandonados.
     Los contados sabios y discretos que los leen durante horas ociosas, los toman por lo que son: una ficción sencilla pero entretenida, sin grandes pretensiones. Aunque no exentos de riesgo aun para ellos (muéstralo el caso de don Quijote mismo), proporcionan “algún contento”, en palabras del canónigo de Toledo, el experto cuerdo. Pueden divertir, y una cierta pérdida de tiempo es estimulante y saludable. No hay, entonces, problema en aceptar lo que el conocimiento detallado de dichos libros sugiere: en algún momento de su vida Cervantes mismo fue un estusiasta de ellos. Había leído varios, y el Amadís más de una vez.
     Ya que estos libros representan el tema declarado de Don Quijote, la lectura favorita de su protagonista y durante alguna época lectura frecuente de su autor, merecen nuestra examinación.


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Los libros de caballerías


Una precisión terminológica. [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Portada de una edición antigua de Amadís de Gaula, con grabado]] El barbarismo “libros de caballería”, no documentado antes de la segunda mitad del siglo XVIII, ha llegado a tener tal autoridad que incluso existe una antología así titulada (que, por más señas, no contiene ningún extracto de un libro de caballerías tal como los entendían Cervantes y sus contemporáneos). Cervantes, Lope, Juan de Valdés, Santa Teresa, Gracián y todos los numerosos autores del Siglo de Oro que hacen referencia a dichos libros, sin excepción alguna, siempre se refieren a los “libros de caballerías”. Tampoco llaman a ningún texto una “novela de caballería”, “de caballerías” o “caballeresca”, pues carecían del término “novela” en el sentido en que lo usamos actualmente. Si nos resulta necesario para fines taxonímicos, podemos aplicar el término “novela” a obras del Siglo de Oro, caballerescas u otras. Tal etiqueta, por válida que sea según la terminología actual, no la usó ni Cervantes ni ningún contemporáneo suyo.
     Dicho sea de paso, Cervantes tampoco dispuso del término “romance” en el sentido inglés que comienza a emplearse en castellano: una novela primitiva. Los libros de caballerías sí pertenecen a la moderna categoría de “romance”, pero para Cervantes no existió esta categoría. Los términos genéricos de que disponía eran contados: novela, historia, libro y varias subdivisiones de la amplia categoría de poesía.


¿Cuáles eran los libros de caballerías de que Don Quijote trata? Las inexactitudes de los manuales y antologías, en cuanto a materia caballeresca, son extraordinarias, y llegan incluso a verdaderos despistes. Desde el siglo XIX la presentación de estos libros ha sido manipulada para fines regionalistas o políticoculturales.
     Ello sorprende más porque el texto del Quijote está completamente claro. En él Cervantes nombra a muchos libros: Amadís de Gaula, el anónimo libro predilecto de don Quijote, su continuación las Sergas [hechos] de Esplandián. Las obras de Feliciano de Silva (Lisuarte de Grecia, Florisel de Niquea, Rogel de Grecia, Silves de la Selva), su autor favorito. También Palmerín de Oliva (en la primera edición, de Olivia); Palmerín de Inglaterra, el único libro de caballerías portugués mencionado por Cervantes; Platir, de la misma familia. El caballero del Febo, autor de un soneto preliminar a don Quijote, cuya historia se llama el Espejo de príncipes y caballeros. También se mencionan Belianís de Grecia, [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Portada de Belianís de Grecia]] Cirongilio de Tracia, Felixmarte de Hircania, Olivante de Laura, Tablante de Ricamonte, y Tirante el blanco, y hay alusiones a otros libros cuyos títulos no aparecen. Los títulos, como se ve, suelen contener el nombre y la patria del protagonista.
     Estos libros mencionados forman un conjunto consistente. Casi todos son castellanos y escritos en el siglo dieciséis. Las ediciones conocidas se fechan entre 1508 y 1602, aunque sabemos que la edición de Amadís de 1508 no fue la primera. La única edición posterior al Quijote, el Espejo de príncipes de 1617, parece ser una réplica. Con la única excepción de Tablante de Ricamonte, son obras muy extensas, del tamaño, muy aproximadamente, del Quijote mismo. Aunque el género puede calificarse como neoartúrico, un derivado hispánico de los textos tocantes al ficticio rey inglés Arturo y su corte, ninguna de las obras tiene vínculo directo con la tradición artúrica. Por último, Cervantes no menciona ninguna obra de Chrétien de Troyes, poeta caballeresco francés, de quien difícilmente tendría noticia. Los autores de los libros castellanos nombrados arriba tampoco podían conocer sus obras, y el influjo de Chrétien sobre ellos, si innegable, es remoto e indirecto.
     No sobreviven muchos ejemplares de los largos libros de caballerías castellanos. O se deshicieron por el continuo uso o fueron desechados como sin valor. Hay las suficientes ediciones modernas como para tener una idea de su contenido; al final daremos unas orientaciones bibliográficas. Pero muchos no han sido editados desde sus ediciones originales, las cuales son rarísimas, incluso algunas de ejemplares únicos.
     No ha nacido nadie desde Cervantes que haya leído todos estos libros. Quien lo hiciera tendría que vivir sin otras diversiones y estudios. Dedicarse a recrear las lecturas de un lector constante de hace cuatro siglos, despreciando la literatura moderna, es algo que el propio Cervantes sería el primero en desaconsejar.
     Ya que son extensos y poco accesibles, pero al mismo tiempo primordiales para el correcto entendimiento del Quijote, los examinaremos con cierto detalle.


Los libros de caballerías, dos veces mentirosos. Los libros de caballerías españoles contienen biografías de héroes de siglos anteriores. De sangre real, por peripecias diversas viven separados de sus padres desde la niñez. Haciéndose armar caballeros, andan por el mundo (son caballeros andantes), y encuentran aventuras. Su campo es preferiblemente lugares exóticos de la Europa oriental y Asia (Tracia, Hircania, Trapisonda), aunque hay también aventuras inglesas y norafricanas. Raramente aparece un tema o figura española. Pueden o no tener un escudero, pero suelen viajar con amigos. Al caballero andante le gusta la floresta y la vida libre, pero aborrece la soledad.
     Las aventuras pueden propiciarse por el socorro a gentes necesitadas urgentemente de su ayuda: reyes y reinas cuyos reinos han sido invadidos, rebeldes que amenazan el orden público en partes remotas, mujeres burladas, personas cautivadas que precisan el brazo del caballero para ponerse en libertad. Algunas veces el caballero tiene que luchar con fieras o visiones diabólicas elaboradas por malvados.
     Los caballeros andantes propagan con sus armas la religión cristiana. Muchas veces tienen un sabio o mago como mecenas (no como enemigo, según uno entendería por Don Quijote). Participan en torneos y ganan atención femenina. No es rara la vicisitud de un personaje preso muchos años por encantamiento. Al final, llegan a conocer su verdadera identidad, a casarse y a ser coronados. Entonces tienen que quedarse en la corte para desempeñar sus responsabilidades, pero engendran hijos que repiten el ciclo.
     Lo malo es que estos héroes de siglos anteriores son falsos. Jamás existieron ni Amadís, ni Palmerín, ni Cirongilio. Sus hechos, sus reinos, sus problemas políticos, sus historiadores, cronistas y traductores son completamente fabulosos. En la periferia del género, lo poco histórico que contienen algunas obras, como la batalla de Roncesvalles, ha sido tratado con una tremenda libertad novelesca, abandonando la verdad histórica con el más alegre y ofensivo descaro.
     Agravando su falsedad, se presentan los libros de caballerías no como obras ficticias, como novelas, sino como obras completamente históricas. Éste es el sentido del término “libro” del “libro de caballerías”: el lector típico esperaría que un libro de caballerías fuera tan informativo como lo eran un Libro de cocina, el Libro de las meditaciones de San Agustín o el Libro del arte de las comadres o madrinas, de un médico del siglo XVI. Los libros de caballerías se presentan como traducciones recientes del griego u otra lengua extranjera. Los autores se deshacen en buscar recursos para engañar al lector en este aspecto. Aparecen fingidos historiadores y cronistas. Narran los autores sus ficticios descubrimientos de los manuscritos enterrados. Escriben prólogos en nombre del supuesto traductor. No son históricos, pero proclaman serlo a voces.
     No puedo recomendar la lectura de estos libros de caballerías sino al que quiere reconstruir el contexto intelectual y espiritual del siglo XVI. Contienen palacios fabulosos, magia y encantamientos, viajes, rencuentros, batallas y torneos. A veces divierten y hay alguna que otra escena interesante, pero como sugiere el canónigo de Toledo en el capítulo I, 47 del Quijote, la diversión es pasajera. Hay poca erudición en ellos, poco pensamiento, poco o ningún verismo en sus viajes, maravillas rutinariamente extraordinarias (palacios con piedras preciosas en los muros, por ejemplo). También hay pocas escenas o citas que permanezcan indelebles en la memoria. Es más provechoso y divertido leer las variopintas obras de Cervantes que leer libros de caballerías. Cervantes diría lo mismo. Ahora bien, la reconstrucción del paisaje intelectual y espiritual del siglo XVI es un proyecto importante muy lejos de estar acabado, y bien puede justificar exploraciones caballerescas.


Una paréntesis: Feliciano de Silva; Tirante el blanco. Hay un autor y un libro que no encajan bien con esta condena. El autor es Feliciano de Silva, el más prolífico autor de libros de caballerías. Silva es el autor predilecto de don Quijote, y el más condenado en la obra. Para evitar que leamos sus obras Cervantes las calificó (en Don Quijote I, 1) de imposibles de leer e ideales para perder el juicio. No son nada ilegibles y creo que Cervantes las describió de esta manera para evitar el contacto del lector con unas obras eróticas. (Condenar unas obras por eróticas sería simplemente atraer los lectores a ellas.) Espero una futura rehabilitación de este autor, el más interesante de todos los autores de libros de caballerías.
     Cervantes, quien manejaba exclusivamente la traducción castellana, no pudo saber que Tirante el blanco fuera valenciano ni del siglo XV, pues estos datos faltan en la traducción. Juzgándolo según las mismas normas que aplica a los libros castellanos del siglo XVI, lo califica en el capítulo I, 6 de disparatado. Con todo, se ufana de poseer este viejo y olvidado texto, en su edición única de 1511, que en mi reconstrucción de su biblioteca figura como la joya principal de ella. Lo celebra como una obra cómica, sea sin propósito de serla, en un mundo que carecía de dichas obras: “por su estilo, es el mejor libro del mundo”. [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Portada de la traducción castellana de Tirante el blanco (1511)]] Como obra humorística, contiene “un tesoro de contento y una mina de pasatiempos”, y sirvió de modelo para el humor del Quijote. Ha sido, más que cualquier otro de los libros, elogiado por sus lectores modernos.


Lectores de los libros de caballerías. Estos libros eran extensos y caros. Al principio del siglo XVI, eran lectura de la nobleza y de la clase media alta. Inspiraban a Loyola y a Santa Teresa, como también a varios exploradores y conquistadores del Nuevo Mundo.
     Durante el reinado de Carlos V (1521-1555), los libros de caballerías disfrutaban del apoyo real. El entusiasmo del rey, entusiasta de espectáculos y vida caballerescos, llevó nada menos que a la composición de una continuación de Belianís de Grecia, y se ha visto una inspiración de su abdicación y retiro al Monasterio de Yuste en las Sergas de Esplandián. Siguiendo el modelo real, los cortesanos y la alta nobleza castellana también leían los libros de caballerías. Excepción importante es el príncipe Felipe II, nada proclive a las lecturas entretenidas.
     Los leían porque ofrecían una distracción a la monotonía de sus vidas, presentando una visión liberadora de huida, de escape de las presiones de la soledad. Eran libros de viajes imaginarios, emprendidos a solas o con amigos escogidos. En un mundo sin películas ni televisión, entonces, ofrecían una oportunidad de conocer otros paisajes y maravillas. Poco importaba si las maravillas eran verdaderas o no, había tantas recién descubiertas, y tanto exotismo asociado con Granada, Turquía y América, que se daba por sentado que existían maravillas desconocidas en otras partes del mundo. Lo que no provocaban dichos libros era el oficio de pensar. La vida es una aventura tras otra; con tiempo y paciencia se logra siempre la victoria; el bien triunfa y abundan los cuerpos hermosos y su gozoso retozar.
     Aquellos que carecían de medios para adquirir un libro de caballerías, y no tenían acceso a la lectura de uno de ellos, estaban abastecidos de romances caballerescos. Al principio de Don Quijote y en el retablo de Maese Pedro vemos cómo dichos romances también son nocivos. Pero durante el reinado de Felipe II, perdido el mecenazgo real y bajados de precio los libros de caballerías, en circulación ejemplares de ocasión o de alquiler, llegaron a las clases más modestas. Es verosímil, entonces, que en Don Quijote todas las clases sociales lean libros de caballerías.


Oposición a los libros de caballerías. Cervantes no era, con mucho, el primero en oponerse a dichos libros. Al contrario, fueron objeto de una serie ininterrumpida de ataques a través del siglo XVI. Los escritores moralistas y los padres de familia pedían insistentemente su prohibición. Señalaban sobre todo su sensualidad y su presentación favorable de las relaciones sexuales prematrimoniales. Recurso frecuente de los libros de caballerías que sacaba de quicio a dichos padres y curas era el matrimonio secreto: el juramento ante Dios de los interesados, como máximo una criada por testigo, seguido del goce carnal. Tal posiblemente desastrosa burla de la autoridad patriarcal y eclesiástica era intolerable.
     Cervantes también se oponía a la sexualidad desenfrenada de algunos de dichos libros, que eran, junto con Celestina, los más lascivos del mercado y a veces hasta calificables de literatura erótica. Ya mencioné su original medida de describir las obras del autor más licencioso, Feliciano de Silva, para que no se leyeran, como ininteligibles. Cervantes no compartía la oposición teórica de la Iglesia a la sexualidad, ni concebía la virginidad como un estado superior. Todo lo contrario. Pero se preocupaba ante el problema real de las mujeres y niños desamparados. ¿Qué haría la mujer casada en secreto si su secreto marido desapareciera, o negara la existencia del vínculo? ¿Cómo podría reclamar? También Cervantes estaba preocupado con el problema del matrimonio rápida y malamente contraído, en una época sin divorcio.
     Hasta aquí Cervantes y los escritores moralistas estaban de acuerdo. Pero Cervantes añade otra crítica: los libros de caballerías, y la caballería andante que celebran, eran antinacionales. Ninguno de ellos se ubica en territorio español. Ninguno celebra una hazaña o un héroe españoles, y con sus mentiras hacían que la verdadera caballería española, las auténticas hazañas y héroes, se menospreciaran. Glorificaban mendaz y exageradamente las glorias de extranjeros inexistentes, dando preferencia a los franceses. (La “Gaula” de Amadís se entendía como “Francia”.) Las falsas hazañas de los franceses, de las cuales también hay muchas en el Orlando furioso, ofendían enormemente a Cervantes.


Medidas fracasadas de control de los libros de caballerías. La exportación de los libros de caballerías a América, para evitar el “contagio” de los supuestamente puros indígenas, se prohibía desde 1531, aunque los registros de barcos constatan que llegaban cajas enteras de este contrabando. En España, a pesar de las peticiones de las cortes, jamás se prohibieron completamente.
     Pero con el retiro de Carlos V en 1555, los libros de caballerías perdieron su promotor y protector en la corte. Durante el reinado de su hijo, el asceta Felipe II, hubo una serie de medidas para controlar y desestimular la circulación de los libros. En la nueva capital, Madrid, ningún editor se atrevía a lanzar una edición de un libro de caballerías. Las nuevas obras tenían que publicarse fuera de Castilla, y dentro de ella sólo se reimprimían textos ya editados. Aun entonces se excluían las obras del rijoso Feliciano de Silva, y hubo unos extensos períodos secos, sin edición alguna, que tienen que reflejar actitudes oficiales. Estas medidas no gozaron del éxito deseado, y concedieron a los libros de caballerías la imantada atracción de lo prohibido.
     Una segunda medida era la publicación de lectura sustitutiva. Ésta incluía varias obras históricas o semihistóricas, como las Guerras civiles de Granada de Pérez de Hita y la Mexicana de Gabriel Lasso de la Vega, o las crónicas de Juan Segundo y del Gran Capitán. El Libro del passo honroso de Fray Juan de Pineda fue un auténtico, aunque libresco, incidente caballeresco. Por extraño que parezca hoy, De los nombres de Cristo de Fray Luis de León y La conversión de la Magdalena de Malón de Chaide se escribieron para los lectores de libros de caballerías. También había libros de caballerías a lo divino, en los cuales historias bíblicas o alegorías religiosas se contaron en forma caballeresca.
     Estos libros gustaron poco a los lectores de los libros de caballerías, y tampoco consiguieron erradicar el interés hacia los mismos. Con la inauguración del menos severo Felipe III en 1598, apareció, en la corte por más señas, el primer nuevo libro de caballerías en Castilla desde el reinado de Carlos V. Se trata de Policisne de Boecia (1602), un libro sin gran interés intrínseco, pero que muestra el renovado interés en dichos libros en el momento de componer Don Quijote. Lo confirman los comentarios de la vida cortesana: los libros de caballerías volvían a ser muy populares. Nuevamente libres de restricciones, cabía la posibilidad de un renacimiento de su antiguo fulgor.


El primer intento cervantino: el “famoso Bernardo”. Cervantes fue un escritor de pluma fácil, un experimentador literario que ensayaba muchos géneros. Si los libros de caballerías existentes eran deficientes—glorificando falsos héroes extranjeros, lascivos varios de ellos—¿por qué no escribir él mismo un libro ejemplar? Para el experto canónigo de Toledo, el género ofrece un gran potencial desaprovechado. El canónigo sabe cómo remediar el género, según describe detalladamente en los capítulos 47 y 48 de la Primera Parte.
     Los libros de caballerías, dice el canónigo, ofrecían materia “para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma, describiendo naufragios, tormentas, rencuentros y batallas, pintando un capitán valeroso con todas las partes que para ser tal se requieren...; allí una hermosísima dama, honesta, discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente y comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores. Ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de estado, y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. Puede mostrar...todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un varón ilustre, ahora poniéndolas en uno solo, ahora dividiéndolas en muchos.”
     Parece un plan de trabajo, y en efecto el canónigo tiene escritas más de cien hojas. No faltaban en España héroes verdaderos que celebrar, continúa el canónigo, cuyos hechos son tan auténticos como valerosos. Fernán González, el Cid, el “gran capitán” Gonzalo Fernández de Córdoba, Garcilaso: están en cada lado y en todas las épocas. Como escribió el cortesano Luis Zapata, un autor a quien Cervantes leyó cuidadosamente, “una higa para todos los golpes que fingen de Amadís y los fieros hechos de los gigantes, si hubiese en España quien los de los españoles celebrase”.
     Afortunadamente, a Cervantes le gustaba discutir sus proyectos. Los comentaba en sus prólogos y dedicatorias, y todas sus comentarios son fidedignos, según los datos disponibles. La obra descrita por el canónigo puede con confianza identificarse con uno de ellos, nombrado en la dedicatoria del Persiles. Se trata del “famoso Bernardo”, del cual no le quedaban en el alma, dice, sino “ciertas reliquias y asomos”.
     Bernardo del Carpio, de quien la obra habrá tratado, fue para el Siglo de Oro el arquetipo del héroe hispano. (El Cid le reemplazaría en el siglo XIX, tras el descubrimiento de su Cantar.) Según la historiografía contemporánea, fue el sobrio Bernardo, vasallo del rey leonés Alfonso II El Casto, quien comenzó la Reconquista. Inmune a los encantos femeninos, que enloquecerían al inferior héroe francés Roldán, pudo mostrar que los cristianos hispánicos sabían defenderse. No había necesidad de pedir ayuda a Francia, como en efecto hizo el histórico rey Alfonso II. Habrá estado al frente de las tropas españolas durante la importante (aunque legendaria) batalla de Clavijo, en la que apareció Santiago Matamoros en un caballo blanco. Por último, hubiera matado al altivo Roldán en Roncesvalles. Desde entonces, según los historiadores del tiempo de Cervantes, se fechaba el descubrimiento de los supuestos restos de Santiago en Galicia, y la fundación de los “caballeros de Santiago”. Ésta fue una orden militar medieval que existía en época de Cervantes, aunque ya era meramente honorífica.
     El Bernardo hubiera sido, así un libro de caballerías nacional, basado en la verdad histórica y respetándola celosamente. Los escuetos datos que ofrecieron los historiadores sobre Bernardo del Carpio todavía dejaron ancho campo para que el autor hiciera gala de sus conocimientos y capacidades.


El abandono del Bernardo. Cervantes no acabó su Bernardo, según sus propias palabras. El canónigo, cuyo proyecto también quedó truncado, ofrece una explicación: gustaría a unos pocos iniciados, pero no al numeroso vulgo. Desconfiaba Cervantes del juicio de éste, vistas sus nada exigentes reacciones a la—en teoría—deficiente comedia de Lope. Es decir, un libro de caballerías histórico y bien escrito sería un éxito crítico, pero también un fracaso en la acogida del gran público a quien realmente se dirigía.
     Hay otra posible explicación que no se encuentra en los textos de Cervantes, pero que los datos externos sugieren. El abandono de su libro de caballerías genuino sobre Bernardo del Carpio puede bien responder al progreso historiográfico, del cual, al parecer, Cervantes estaba muy al tanto. Fue precisamente en aquel momento cuando los historiadores españoles comenzaron a darse cuenta de que no había existido Bernardo, que él era tan mítico como Amadís. Poca mejora representaría en lo verídico un libro dedicado a las caballerías imaginarias de este héroe apócrifo.


Don Quijote, la medida cierta. Don Quijote representa un nuevo intento de Cervantes de atacar los libros de caballerías. (El “Entremés de los romances”, supuesto modelo para Don Quijote, es posterior a él.) Los lectores urgían de instrucción para poder entender los que se publicaban, para distinguir entre las obras históricas y las que, o abierta o sutilmente, presentaban fantasías. Incluso el concepto de ficción, de obras “mentirosas” que se recibían como tales, para mero entretenimiento, sin querer engañar a nadie, precisaba de explicación.
     Los ignorantes lectores de los libros de caballerías no leerían una discusión de los defectos del género, ni lectura alternativa, histórica o religiosa. Para atraerlos, habría que escribir el libro de su gusto, un libro de caballerías. Aunque nosotros podemos calificar a Don Quijote de “primera novela moderna”, y tenemos completo derecho a hacerlo, para Cervantes y sus primeros lectores no existía esta noción genérica en el sentido en que usamos el término. Para ellos Don Quijote es, genéricamente, un libro de caballerías que sigue en muchos aspectos su patrón. Es la historia de un caballero andante, quien anda por el mundo en busca de aventuras, cuya historia la escribe un sabio. Ahora bien, todo esto es una burla, y Don Quijote es un libro de caballerías burlesco.


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Don Quijote, I, un libro de caballerías burlesco


     La Primera Parte de Don Quijote es una burla, es decir un ataque en clave de humor, dirigido a los libros de caballerías. Cervantes los ridiculizó para que sus lectores dejaran de leerlos, o al menos de creerlos. Muy posiblemente Cervantes pensaba que la destrucción de los libros de caballerías mentirosos permitiría la publicación de libros de caballerías verdaderos, entre ellos su Bernardo o una historia caballeresca de don Juan de Austria, brillante héroe de la batalla de Lepanto.
     El Don Quijote, I, que el editor Francisco de Robles publicó en 1605 [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Portada de la primera edición de Don Quijote]] se burla de las convenciones de los libros de caballerías, mostrando como el mundo que pintan es caduco, cuando no falso completamente.
     En los libros de caballerías españoles, el protagonista es un joven y hermoso hijo de rey. Su abolengo y las circunstancias de su nacimiento se describen cuidadosa y detalladamente. En cambio, Don Quijote—sólo al final identificado como Alonso Quijano—es un hombre sin historia, un hijo de nadie. Una antítesis de héroe, es feo y viejo, con armas herrumbrosas y un flaco rocín por montura. Mientras los héroes de los libros de caballerías son oriundos de Gaula, Grecia, Tracia, Hircania y otros reinos más remotos y misteriosos, don Quijote es del lugar menos digno que Cervantes podía imaginar: la árida llanura de La Mancha. “La Mancha” es una broma constante en el libro, de allí las varias referencias a sus inexistentes archivos, reinas y emperatrices. Un caballero auténtico debería evitar manchas a toda costa.
     Como distracción a la monotonía de su vida lugareña, don Quijote ha reunido una excelente biblioteca. Se aficiona a los libros de caballerías, y ha pensado seriamente en escribir una continuación de Belianís de Grecia. Su lectura le atrae tanto que vende tierras para costearlos. Trasnocha en su lectura, y por falta de sueño se le seca el cerebro y pierde el juicio, llegando a creer verdaderas todas las mentiras contadas en sus libros caballerescos. Rematada su locura, “vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciéndose todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama” (I, 1). De esta locura arranca todo el libro. El manchego pierde el contacto con la realidad y cree que sucedió todo lo que pintan los libros. Para remediar los males de su país, y no menos para conseguir la inmortalidad de los famosos caballeros, decide resucitar la “ya casi muerta” caballería andante.
     Como preparación, don Quijote se esfuerza en escoger su nombre, el de su caballo y el de su dama. Es cómica su exagerada meditación sobre el tema. Más lo es todavía su selección de una dama. Porque la caballería le obliga a tener dama, según su loca distorsión de ella, escoge como señora de sus pensamientos a la puta del lugar, Aldonza Lorenzo, rebautizada como Dulcinea con el vulgar sobrenombre de “Toboso”. Es, otra vez, lo más divertido que Cervantes pudo imaginar. Don Quijote, un viejo impotente sin interés en casarse, no conoce a ninguna otra mujer disponible.


La primera salida.     Proveído con exagerado cuidado de nombre, dama, caballo y armas, don Quijote, como el típico héroe de los libros de caballerías, sale de casa a escondidas, de madrugada (I, 2). Busca aventuras que le darán, rápidamente, una fama eterna y merecedora de recordarse en un libro. Llega a una venta y cree que es un castillo. Es materia de grande risa, según dice el texto, verle comer, pues no puede quitarse la celada, tiene que beber por una caña, y no puede comer nada si otro no le pone el alimento en la boca. Pide ser armado caballero, y el ventero socarrón le inviste como tal en una ceremonia de chirigota en la que una ramera le ciñe la espada (I, 3). Al día siguiente encuentra al pastorcico Andrés, a quien su amo pega (I, 4). Don Quijote intenta ayudar al aparentemente menesteroso joven, pero no toma en cuenta, a pesar de la observación de Andrés, que el amo no es caballero y miente sobre sus futuras acciones. Cuando Andrés vuelve a aparecer más adelante (I, 31), suplica a don Quijote que no le ayude otra vez, pues su intervención sólo le ocasionó más palizas.
     Don Quijote también intenta poner en la práctica lo aprendido de sus libros cuando encuentra unos mercaderes. Les prohíbe el paso si no confiesan, sin verla, la belleza de su señora Dulcinea. Tras unas palabras burlonas de los mercaderes y un ataque del colérico protagonista, éste acaba maltrecho y rodando por el suelo (I, 4).
     Un vecino lleva a don Quijote a su lugar. Allí se cura y se provee, según consejo del ventero, de dinero. Sus amigos el cura y el barbero, espantados ante el efecto que tuvieron en él sus malsanos aunque amados libros de caballerías, saquean su biblioteca y hacen una hoguera con el contenido caballeresco de ella. Salvan de la quema unos pocos libros, como Amadís de Gaula y Tirante el blanco (I, 6).


Sancho Panza. [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Don Quijote y Sancho. Grabado de Gustavo Doré. O foto de las estatuas de la Plaza de España, u otra interpretación gráfica moderna]] Las posibilidades del monólogo le resultaron limitadas a Cervantes, y don Quijote se busca un escudero, es decir un asistente y compañero. En vez del joven aprendiz de caballero, tal como aparecía en los libros de caballerías, recluta como escudero a un labrador gordo, glotón, bebedor, lascivo y motivado por el eventual lucro de las aventuras. Ignorante y crédulo al principio, espera enriquecerse rápidamente por su servicio a don Quijote. Éste le promete, con término arcaizante, una ínsula (isla) para gobernar. Sancho sería el peor de los gobernadores, pues se le ocurre, como a Colón, vender a sus súbditos. Con dinero Sancho podrá satisfacer a su mujer, de quien gozosamente se separa.
     Sancho no está loco y no participa en las alucinaciones de su amo. Le explica que no se alojan en un castillo (I, 15), que los molinos de viento no son gigantes (I, 8) y que los rebaños de ovejas no son ejércitos de soldados (I, 18).


Cide Hamete. Al final del capítulo I, 8, Cervantes se burla de un defecto estructural de los libros de caballerías. Dichos libros solían acabar inconclusos, sin completar la acción ni resolver los problemas creados en sus mundos. Al contrario, finalizaban bruscamente en medio de una escena, para cuyo desenlace el lector tendría que esperar y adquirir la continuación. El recurso, admirable desde un punto de vista comercial e imitado incluso en numerosos cortometrajes de las primeras décadas del cine, revelaba mejor que nada que los autores perseguían fundamentalmente el lucro, postergando para un lugar segundón el arte. Es, naturalmente, lo contrario de lo que debe hacer el artista genuino.
     Cervantes lleva este recurso a un extremo ridículo. Según la voz de “Cervantes” que oímos en la obra, sus fuentes acabaron en medio de un combate entre don Quijote y un vizcaíno. El tomo que hoy conocemos como la Primera Parte de Don Quijote estaba dividido en cuatro partes. La primitiva “Primera Parte” (los primeros ocho capítulos) se acaba repentinamente, permaneciendo don Quijote y un vizcaíno con las espadas en alto, preparados para descargar tremendos golpes. Continuando la burla, Cervantes finge haber encontrado la continuación en un lugar insólito.
     Los supuestos manuscritos de las historias de Belianís de Grecia, Cirongilio de Tracia y otros héroes del género fingían haber sido recuperados en Asia o en el este de Europa, donde habían sido cuidadosa y honradamente conservados. La continuación de la historia de don Quijote la encuentra “Cervantes” a la venta como papel viejo en el mercado de Toledo (I, 9). Además, la continuación es creación de un historiador arabigoespañol, Cide Hamete Benengeli. Su obra está necesitada de traductor, hecho evidentemente incompatible con los libros contemporáneos que poseía don Quijote, como en el mismo texto se señala. El lector percibirá que un libro puede engañar, y se nota en sus propias contradicciones internas. Es una lección sumamente valiosa.
     El historiador arábigo añadido, y la intervención de un traductor cuya fidelidad no sabemos, nos separan más de los hechos de don Quijote. El libro mismo sugiere que Cide Hamete, por ser arábigo, habrá sido enemigo de un héroe cristiano como don Quijote, y pudo haber manipulado su historia. El texto comunica que tanto Cide Hamete como el traductor comentan o alteran la obra. El recurso que se explica al lector ingenuo es, entonces, el narrador informal o infidente. No todo lo que refieren los libros es cierto, al contrario de lo que cree un ignorante ventero en el capítulo I, 32. Los textos pueden manipularse. Hay que ser un lector inteligente. Con nuestra razón podemos distinguir entre lo verosímil y lo imposible, como el mismo Cide Hamete nos recordará más adelante.


Aventuras de la Primera Parte. Continuamos con una serie de aventuras que no vamos a adelantar, dejando que las saborees. Don Quijote sigue portándose como si viviera en el mundo descrito en sus amados libros, con los consiguientes palos y pedradas. Tan a menudo usa un lenguaje arcaico, entre otras cosas sustituyendo una f inicial por una h (fermosura), que algunos de los que encuentra no le entienden. Pasa la noche en una venta, y piensa que la Maritornes, meretriz feísima, es una hermosa princesa enamorada de él (I, 16). Unos rebaños de ovejas los toma por ejércitos de caballeros famosos (I, 18). Unos espantosos ruidos de la noche se revelan producidos por batanes, máquinas movidas por agua (I, 20). Se topa con unos galeotes, criminales condenados a remar en las galeras del rey, y tras oír sus pintorescas confesiones pone a dichos “menesterosos” en libertad, pidiendo que lleven su cadena como testimonio a su dama Dulcinea del Toboso, cosa que los galeotes se niegan a hacer (I, 22). Tiene que esconderse de la justicia en la Sierra Morena.


Don Quijote, rescatado y enjaulado. Desde la Sierra Morena don Quijote envía a Sancho Panza con una carta en lenguaje arcaico para Dulcinea (I, 25). [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Carta de don Quijote a Dulcinea (capítulo I, 25)]] Éste encuentra al cura y barbero de su lugar, que buscan a don Quijote para llevarle a su casa y curarle de su manía. Se valen de una estratagema caballeresca: se viste primero el cura, después el barbero de doncella, para pedir a don Quijote el don de acompañarles adonde le llevaren (I, 26-27).
     Encuentran a una Dorotea, quien se encarga del papel de doncella (I, 29), y el grupo lleva a don Quijote otra vez a la venta. Duerme mientras los demás escuchan la lectura de la “Novela del curioso impertinente” (I, 33-35), aunque despierta brevemente para atacar unos cueros llenos de vino. Hacen mofa de él las sinvergüenzas hembras de la venta (I, 43).
     Hace tiempo don Quijote había robado una bacía a un barbero, afirmando que es el dorado yelmo mágico de Mambrino, héroe caballeresco italiano (I, 21). La identidad del objeto (si es bacía o yelmo) ha sido tema de discusiones entre don Quijote y Sancho. El barbaro ahora aparece y reclama su bacía. Varios personajes se divierten insistiendo burlonamente que es yelmo, dando origen a una escaramuza que para don Quijote en uno de sus momentos más poderosos e iluminados (I, 45).
     Para asegurarse contra su posible huida, sus amigos le encierran dentro de una jaula. La colocan encima de un carro de bueyes, y salen para el pueblo. En el camino encuentran al Canónigo de Toledo ya mencionado, con quien don Quijote mantiene una larga discusión sobre los libros de caballerías, la comedia y la historia (I, 47-50). Cuando le dejan salir para hacer su necesidad, ataca a unos disciplinantes que llevan una imagen de la virgen María a una ermita (I, 52). Llegan a la aldea y acuestan a don Quijote en su cama.


Materia intercalada: Grisóstomo y Marcela, El curioso impertinente, Cardenio y Dorotea, El capitán cautivo, Andrés y Doña Clara. Las andanzas de don Quijote y Sancho que acabo de resumir no llenan, con mucho, las páginas de la Primera Parte de la obra, que incluye también una variedad de cuentos extensos. Una tarde, mientras don Quijote duerme, la “Novela del curioso impertinente” es leída en voz alta a los presentes en una venta (I, 33-35). Se trata de la historia de dos íntimos amigos, uno de los cuales se casa. Aunque éste tiene una mujer buena y fiel, quiere la prueba de su fidelidad, y pide a su amigo que intente seducirla. El amigo primero se resiste pero ante la insistencia de su amigo accede, con consecuencias desastrosas para todos.
     Otros cuentos los desgranan sus propios protagonistas. Cardenio, un loco que don Quijote y Sancho encuentran en la Sierra Morena, está desesperado pensando que su querida Luscinda se ha casado con Fernando, aunque no es así. También aparece Dorotea, seducida y abandonada por Fernando, a quien busca. Los problemas de Dorotea y Cardenio demuestran otros efectos negativos de los libros de caballerías (de los que son lectores). Estos problemas se resolverán con la unión de Cardenio con Luscinda, y Fernando con Dorotea (I, 24, 27-29, 36).
     No acaban allí estas historias incorporadas en la obra. Don Quijote y Sancho encuentran unos cabreros que acuden al entierro de Grisóstomo, un rico que se metió de pastor por amor de la bella y esquiva Marcela (I, 12-14). Aparece un capitán recién salido de cautiverio en Argel, acompañado de una mora cristiana quien le ayudó a huir (I, 37, 39-42). Un joven se ha escapado de casa de su padre rico y se hace mozo de mulas, por amor de la menos noble Clara (I, 43-45). Los rivales Eugenio y Anselmo pretenden por mujer a la hermosa Leandra, quien se dejó llevar por el galán Vicente de la Rosa (I, 51).


Importancia de estos materiales. Desde la publicación de Don Quijote en 1605 se ha discutido la inclusión de estos materiales ajenos a don Quijote y Sancho, algunos sin duda de factura anterior. La crítica más reciente los ve como relacionados. La “Novela del curioso impertinente”, una obra de ficción contenida en otra, sirve para aumentar la ilusión de realismo de Don Quijote. Don Quijote, Sancho y los demás personajes nos parecen más reales que los de la novelita que se lee.
     Todas estas novelas y cuentos comparten un tema común, nada alejado de los problemas de don Quijote: la correcta relación entre hombre y mujer. Hombre y mujer deben quererse; la mujer suelta y hermosa es un peligro, llevando tras sí, quiera o no, a los jóvenes. Es necesario tener mucho cuidado al tomar esposo, y la mujer y sus eventuales hijos necesitan la protección legal del casamiento antes de entregarse. No se desespere en el amor, pues el amante que porfíe, siendo su fin razonable, tendrá éxito. El hombre debe confiar en la mujer buena.


Don Quijote y las mujeres. Estas lecciones, dirigidas a los lectores de los libros de caballerías que Cervantes quería captar y educar, son especialmente necesarias dadas las malas enseñanzas de dichos libros. El mismo don Quijote se interesa por los libros de caballerías, algunos con matices eróticos, en parte porque le falta una relación íntima con una mujer. Las teme y las rechaza, y no tiene interés en casarse y sentar cabeza. Prefiere su fantasía de una mujer perfecta aunque inexistente. Los libros de caballerías le agudizan esta fantasía.
     Sancho no está nada contento con su gorda esposa Teresa, estimándola necia, celosa y avarienta. Si así no fuera, no tendría tanto interés en pasear con don Quijote, ni sentiría el gran entusiasmo que demuestra por Aldonza Lorenzo.


El tema de la realidad y el encantamiento. Sancho pronto se da cuenta de la locura de su amo. El positivismo del buen Sancho está basado en las experiencias de su cuerpo. El dolor en las espaldas, los malos efectos que le producen una medicina preparada por don Quijote, ser echado al aire en una manta como un perro, le convencen de que la visión caballeresca del mundo que le relata su amo no corresponde a la realidad.
     Para protegerse y para proteger a su amo de futuros daños, Sancho explica a don Quijote que percibe el mundo erróneamente. Es pedir peras al olmo, es decir, es inútil. Don Quijote echa mano del encantamiento, de mano de un mago enemigo, para explicar sus contratiempos. El encantador, de quien hay constancia en la Biblia (Exodo, 7) como también en los libros de caballerías, podía hacer que una cosa pareciera otra. Las demostraciones de Sancho están cada vez mejor razonadas, y en su desarrollo parece haber algo de investigación filosófica cervantina. [[POSIBLE ILUSTRACIÓN: Razonamiento de Sancho (capítulo I, 47)]] Si tienes funciones corporales, explica Sancho a don Quijote, no puedes estar encantado. Pero la locura de don Quijote resiste a estos argumentos. “Yo sé y tengo para mí que voy encantado”, dice. No hay, en efecto, manera de hacer consciente a un loco de su locura. No hay manera de convencer a don Quijote de que la bacía de barbero no sea un yelmo mágico.
     Consecuencia de su fracaso es que Sancho, otra vez para protegerse y para proteger a su amo, comienza a desobedecerle y a intervenir en la historia. Ata las patas del caballo (I, 20), o inventa libre y ridículamente descripciones de su imposible visita a Dulcinea (I, 30-31). Esta invención llega a su clímax en la Segunda Parte cuando Sancho explica a don Quijote que una aldeana maloliente es Dulcinea encantada (II, 10). Si Sancho no puede convencer a don Quijote de lo que ve, tampoco tiene don Quijote recurso cuando Sancho se vale de piadosas mentiras.


Éxito de la Primera Parte. La Primera Parte de Don Quijote no se presentó ni fue conocida como tal; fue publicada como una obra completa. La promesa de una continuación con que acabó era mera declaración formal y apenas significaba nada. Nadie, ni el propio Cervantes, sabía si se escribiría una continuación, ni se pensaba mucho en esta posibilidad. Su división en cuatro partes, desgraciadamente suprimida en varias ediciones modernas, apoyaba esta impresión de obra completa. Durante diez años, referirse a Don Quijote era referirse a la Primera Parte.
     La obra que Francisco de Robles publicó en 1605 tuvo un éxito que le sorprendió tanto como al autor. Era, durante unos meses, el libro de que se hablaba en la corte. Lo leyó el mismísimo rey. Fueron impresas cinco ediciones en 1605, y hasta se pirateaba: no fue el mayor éxito editorial hasta entonces, como se afirma algunas veces, pero sí un éxito innegable y real, muy superior a la modesta recepción de La Galatea. Pronto se traducía al inglés, italiano y francés. Cervantes podía estar satisfecho. Se decidiría a escribir una continuación.


Lo que Cervantes recibió de su libro. Circula el romántico mito de que Cervantes fue mal pagado por Don Quijote. No se conserva la venta por parte del autor Cervantes de su derecho a publicar el texto, el “privilegio” del rey, pero la industria del libro en el Siglo de Oro ha sido bien estudiada, y nos han llegado las ventas de los privilegios de La Galatea y las Novelas ejemplares. Cervantes habría recibido unos 1.500 reales: en poder adquisitivo muy aproximadamente unos 500.000 pesetas de 1992. También, esta cantidad se pagó antes de la venta de ningún ejemplar: el riesgo era totalmente del editor Robles, quien, restringido legalmente en el precio por el que podía vender el libro, también tenía que pagar la composición manual del libro y una carísima factura de papel. Tratándose de un autor poco conocido y sin ningún gran éxito anterior, es un pago razonable y típico, aunque Cervantes, según costumbre de los autores de la época, repetidas veces se presentaba como mal compensado y necesitado.
     Su supone también que Cervantes recibió algún dinero del Duque de Béjar, a quien está dedicada la Primera Parte. Los mecenas o nobles a quienes se dedicaron libros solían gratificar a los autores por esta honra. Aunque Cervantes no volvió a dedicarle ningún libro futuro, se refiere al Duque como generoso, lo cual confirman contemporáneos suyos.
     Aparte del aspecto económico, el éxito de la Primera Parte de Don Quijote le ayudó en su carrera