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Capítulo 4. El humor de Don Quijote
| Para componer historias y libros de cualquier suerte que sean, es menester un gran juizio y un maduro entendimiento; dezir gracias y escrivir donaires es de grandes ingenios. | |
III, 69, 5-9 |
El humor del Quijote es el aspecto menos
estudiado de la obra. Aunque unos cervantistas han mantenido con firmeza
que los primeros lectores la percibieron como una obra cómica, y que
tal era el deseo de Cervantes,1 ha habido
poca discusión sobre lo que es o pretendía ser
gracioso.2 Este olvido se explica sólo
parcialmente por el hecho de que Don Quijote se ennoblece a medida que el
libro avanza. Sus causas son numerosas.
Una es que aunque se examinan muchos temas
en Don Quijote, el humor no figura entre ellos. Con frecuencia se
nos dice que se hace o dice algo gracioso, y los personajes ríen,
pero aparte de calificar el pasaje humorístico de locura, necedad,
disparate, o algún término similar, apenas hay análisis
o discusión del humor en la obra. Hay tres explicaciones posibles
de esta omisión. En primer lugar, es difícil hablar sobre el
humor en presencia de los personajes a cuyas expensas se produce, y uno de
estos personajes casi siempre está presente. En segundo, la creación
de humor no era un tema importante ni polémico. Era la capa de
azúcar o (en otra metáfora de la Siglo de Oro) el cebo usado
para pescar al lector. Lo que podía o debía causar risa no
era tan importante para Cervantes como los valores morales o la instrucción
literaria que quería ofrecer a sus lectores. Finalmente, los personajes
serios que discuten cuestiones importanteslos que no forman parte del
vulgoraramente son los que se ríen de Don Quijote (ni de Sancho).
Le tratan con respeto, consideran que sus disparates son concertados (II,
376, 12-13), producto de un boníssimo
entendimiento,3 y distinguen entre sus
prudentes palabras y sus disparatadas
acciones.4
La falta de consideraciones sobre el humor
en el libroel que nos anime a reír pero no a meditar sobre nuestra
risaes sin duda una razón por la que los especialistas han eludido
el tema del humor de Don Quijote. Otra razón es el prejuicio
entre los eruditos contra el humor, que ni es moderno ni está limitado
a los estudios hispánicos. (Se remonta a las figuras del payaso y
del bufón, de baja condición social, y quizás a la
pérdida, antes de la Edad Media, de las observaciones de Aristóteles
sobre la comedia.) El humor, como señalan los estudiosos, es un tema
difícil, y se considera poco
provechoso.5 Los eruditos inevitablemente
prefieren tratar de cuestiones serias.
Un factor todavía más significativo
que influye en el estudio del humor de Don Quijote es el cambio cultural.
Los libros de humor, incluso todo tipo de humor verbal publicado, son cosa
del pasado. Hoy se compra un libro para informarse, conmoverse, animarse
o entretenerse, pero no para reír. No hace falta. En la actualidad
el humor abunda. El periódico nos lo trae a la puerta todos los
días. La televisión y las películas están llenas
de humor, y parece que lo tratan mejor que las cuestiones
seriasquizás porque son medios visuales. Los libros
humorísticos que se publican hoy son recopilaciones de material publicado
en otros medios; el autor de novelas cómicas, el P. G. Wodehouse,
Evelyn Waugh, Jerome K. Jerome o Álvaro de Laiglesia ha
desaparecido.
El cambio cultural, sin embargo, ha afectado
incluso la percepción del humor de una obra. El humor es especialmente
propenso a debilitarse con el paso del tiempo. Está unido, quizás
inevitablemente, a las circunstancias en que se creó, y cuanto más
sofisticado es, también es más efímero. El humor superficial
de la farsa es más o menos universal, así pues la escena nocturna
en la posada (capítulo 16 de la Primera Parte) todavía se la
considera divertida. Pero para comprender el humor que surge de lo que es
incongruente y ridículo hay que saber lo que sería congruente
y sensato.6 Si hay que explicar estas cosas,
no se entiende el chiste y se pierde gran parte del humor.
El mejor humor es, por tanto, perecedero, y
es tan difícil para el especialista estudiarlo a varios siglos de
distancia como para el lector apreciarlo. Sin embargo, si Don Quijote
fue considerado durante mucho tiempo un libro cómico, si frecuentemente
nos dice que contiene burlas y que Don Quijote y Sancho hacen reír
a la gente hasta que revientan,7 su humor
es un tema de estudio necesario.
En el capítulo anterior dije que el
humor de Tirante lo blanc había sido en parte el modelo del
de Don Quijote, y señalé que los pasajes comentados
sugieren que Cervantes creía que el humor surge del contraste entre
lo que ocurre y lo que el lector piensa que sería lo adecuado. Sin
embargo, Cervantes no habría considerado a Tirant como modelo
fiable porque su humor, en su opinión, no era intencionado. Además,
Cervantes se preocupaba menos por lo que se había hecho que por lo
que podía o debía hacerse; en otras palabras, le interesaba
la teoría, el arte cómico (Persiles, II,
19, 10). No se había escrito mucho sobre el humor, pero un teórico
abarcó lo suficiente para incluirlo. La Philosophía antigua
poética de López Pinciano no sólo proporciona un
tratamiento sistemático, sino que es el único estudio del tema
que es probable que Cervantes conociera.8
Además, el tratamiento del médico vallisoletano refuerza lo
que Cervantes pudo haber tomado de Tirant.
La risa, explica López Pinciano, se
encuentra en dos cosas: obras y palabras (III, 33 y 43), en las
cuales se encuentra alguna fealdad y torpeza (III, 43); lo
ridículo está en lo feo (III, 33). Cervantes encarna
esta teoría creando dos personajes físicamente poco atractivos
y sin gracia, y hace que uno de ellos, Don Quijote, sea el representante
de las acciones cómicas, y el otro, Sancho, el representante de las
palabras cómicas. Aquél, cifra de todos los caballeros
andantes,9 hace cosas divertidas porque está
loco, y éste, cifra de los
escuderos,10 dice cosas graciosas porque
es simple.11 La división no está
bien definida, pues en ocasiones ambos dicen cosas graciosas y hacen cosas
disparatadas, y Don Quijote se vuelve menos loco y Sancho más
juicioso.12 Pero esta distinción entre
los dos, el uno hombre de acción, y el otro hombre de palabras, es
frecuente en el texto. Así es la locura del amo y la simplicidad
del criado (II, 56, 11-12; también III, 53, 21-23), las
locuras de don Quixote...[y] las sandezes de Sancho (IV, 65, 3-4),
las locuras del señor [y] las necedades del criado (III,
53, 30-31), embista don Quixote, y hable Sancho Pança
(III, 74, 32-75, 1), y en una descripción del libro en su conjunto,
las hazañas de don Quixote y donaires de
Sancho.13
Según López Pinciano, es
difícil definir el humor; la risa es risa (III, 32), y
sus causas son numerosas (III, 32 y 33). La división entre obras
y palabras es en realidad sólo la forma en que están
divididas las más cosas del mundo (III, 33). Sin embargo,
finalmente concluye que lo principal de lo ridículo...consiste
en palabras (III, 45), y eso bien puede ser un motivo por el que el
humor verbal, y el papel de Sancho, son cada vez más importantes en
Don Quijote: muchas gracias no se pueden dezir con pocas
palabras (III, 374, 21-22) es el comentario del duque sobre la locuacidad
de Sancho. La evolución de Sancho también se explica por la
importancia que López Pinciano concede a los simples, puesto que son
unos personajes que suelen más deleytar que quantos salen a
las comedias (III, 59). Es la persona más apta para la
comedia de todas las demás (III, 60), pues con semejante personaje
puede incluirse todo tipo de discurso ridículo.
Podríamos continuar con este análisis
de los comentarios de López Pinciano sobre el humor, señalando
la presencia en Don Quijote de ejemplos de los tipos de humor que
menciona, como las etimologías,14
preguntas y respuestas,15 y
suspiros.16 Pero creo se puede llegar a una
conclusión: Don Quijote refleja el pensamiento de López
Pinciano sobre el humor. El origen de su humor es, por tanto, lo
feo, y esto require el conocimiento de lo atractivo para su
entendimiento.17
Más que analizar el humor de Don
Quijote en términos de recursos específicos como donaires
y disparates, intentaré explicar los cambios culturales y literarios
desde la época de Cervantes, y presentar Don Quijote como Cervantes
quería que se viera: un libro de caballerías burlesco. Desde
esta perspectiva podemos entender que los joviales dijeran vengan más
quixotadas (III, 74, 32), que Felipe III comentara, al oír a
alguien riendo ruidosamente, aquel estudiante, o está fuera
de sí, o lee la historia de Don
Quijote18 y que Tomás Tamayo
de Vargas describiera a Cervantes como el autor más festivo de
España.19 Me centraré en el
protagonista Don Quijote porque es más problemático, dando
menos importancia al humor de Sancho, que ha sido más
estudiado.20
El protagonista de un libro de caballerías
era siempre joven, apuesto y fuerte. Don Quijote es viejo y feo (I, 50, 1-3;
II, 150, 15-16); monta un caballo que no sólo es viejo sino que
parecía de leño (II, 290,
6).21 Su casco, medio hecho de cartón
(I, 53, 29-30), está sujeto por cintas, y tiene que beber con una
paja cuando el nudo no puede
deshacerse.22 Más que de ser hábil
con la espada, se precia de saber hacer jaulas y palillos de
dientes.23 En lugar de un rey o un emperador,
un ventero le arma caballero, y una
prostituta,24 no una virgen, le ciñe
la espada.
Alonso Quijano cree neciamente que basta escoger
nombres nuevos para él y su caballo, su dama y sus amigos para convertirse
en caballero25 o
pastor.26 Sin embargo, el nombre que escoge,
Don Quijote de la Mancha, es poco digno. El título de don,
que no le corresponde, es pretencioso,27
y Quijote utiliza un sufijo despreciativo y
cómico.28 La parte final de su nombre,
sin embargo, es la más cómica.
Los caballeros andantes literarios eran de
reinos extranjeros, cercanos (Inglaterra, Gales), o exóticos (Tracia,
Hircania). Viajaban por pintorescas partes del mundo, como China, África
del norte y Asia. A menudo visitaban países como Inglaterra y Grecia
que durante lar go tiempo se asociaron con la literatura caballeresca. Como
se ha dicho en el capítulo 2, Cervantes consideraba que España
era un escenario muy apropiado para un libro de caballerías, pero
Don Quijote es de una de las regiones menos atractivas, y viaja por ella:
la árida y poco poblada llanura de La Mancha, que da origen a su nombre.
La Mancha es un chiste constante en Don Quijote; de ahí
las referencias a sus anales (I, 60, 3), archivos
(I, 32, 13; II, 402, 5) e ingenios (I, 126, 13), que se reúnen
en la academia ridículamente denominada de la
Argamasilla,29 lugar de la
Mancha (II, 402, 15-16). Don Quijote es famoso no sólo
en España, pero en toda la Mancha (II, 54, 22), y Dulcinea debe
de ser la más bella criatura del orbe, y aun de toda la
Mancha (III, 398, 7-9; véase también III, 159, 10-14).
Una mancha era, naturalmente, algo que un caballero debía evitar a
toda costa.
Los caballeros andantes de los libros de
caballerías iban acompañados de respetuosos jóvenes
aspirantes o admiradores de la caballería. Don Quijote escoge, como
muy a propósito para el oficio escuderil de la
cavallería (I, 77, 15-16), un campesino de mediana edad, infeliz
en su matrimonio,30 cómicamente montado
en un asno,31 quien al principio no es más
que un glotón gordo, locuaz, codicioso, estúpido e ignorante.
El concepto que tenía Don Quijote de
la caballería es una deformación de la ya distorsionada
caballería andante de los libros de caballerías. Las hazañas
son un paso hacia un fin amoroso; quiere ser útil, pero especialmente
a las mujeres; la caballería, en resumen, significa para él
servir a las damas.32 Este parecer, que es
ahora el estereotipo de la caballería, ha llegado a la cultura moderna
por medio de Don Quijote.33 Ningún
tratado de caballeríano existen tratados de caballería
andanterespalda esta
interpretación,34 ni tampoco refleja
adecuadamente los libros de caballerías
españoles.35
Las mujeres que más quiere servir, y
por quienes quiere ser servido, son doncellas (vírgenes). Don Quijote
está fascinado por la lascivia de algunos libros de caballerías
que, especialmente los de su favorito
Silva,36 están llenos de doncellas
que desvisten al caballero (IV, 68, 16-31), lo bañan desnudo (II,
372, 25-26) y se entregan a él rendida[s] a todo su talante
y voluntad (II, 316, 21-22; también II, 389, 25-26). (El
canónigo criticó la ligereza de las mujeres como un ejemplo
de la falta de verosimilitud de los libros de caballerías [II, 342,
4-7], y ya he citadopág. 94el pasaje en que los ataca
por ser en los amores, lascivo[s].) Don Quijote introduce en
el romance de Lanzarote, que para él es una historia lasciva (I, 167,
28-168, 8) y una de sus favoritas, una referencia gratuita a las doncellas
que sirven al caballero,37 y en su
descripción de la Edad de Oro, el elemento más importante es
que las doncellas andavan...por donde quiera (I, 149, 12-14).
Cuando realmente cree, de todo en todo, que es un caballero andante
(III, 377, 11-15) es cuando las doncellas le sirven en el palacio
ducal.38 Es la realización de sus
sueños, que sólo había podido satisfacer imaginando
que unas rameras eran doncellas (I, 61, 25-30). En su fantasía sobre
la vida de caballero que cuenta a Sancho, el centro de atención está
en la hija del rey, una doncella (I, 291, 2); en la historia que cuenta al
canónigo las únicas personas que encuentra el caballero son
doncellas, que le reciben, le sirven y se sientan junto a él. Y todas
son hermosas (II, 370, 22-373, 24). No es extraño que Don Quijote
parezca irritarse por su compromiso con Dulcinea que él mismo se ha
impuesto.39
Podría decirse en defensa de Don Quijote
que mientras su autor favorito es el lascivo Silva, su caballero favorito
y guía de su conducta es el relativamente casto
Amadís.40 Sin embargo, demuestra
todavía más el mal uso que hace de los libros de caballerías
al no tener en cuenta que, aunque tarde, Amadís se
casaEsplandián es su hijo legítimo (I, 96,
25)y renegando del matrimonio como
fin.41 Pronto olvida la profecía burlesca
del barbero, que Don Quijote y Dulcinea se casarán y tendrán
hijos (II, 327, 14-27).
Don Quijote parodia aún más el
amor de los libros de caballerías porque no utiliza ningún
criterio en su servicio a las mujeres. No le importa a qué clase de
mujer sirve; el caballero, según Don Quijote, debe servir a todas
las mujeres, qualesquiera que sean (I, 349,
18).42 Ni tampoco es necesario que las mujeres
le pidan ayuda, como hacen Micomicona y la condesa Trifaldi. Impondrá
su ayuda a quienes no la necesitan, como la princesa del
capítulo 8 de la Primera Parte; después de impedir que los
cabreros sigan a Marcela, que no quiere saber nada de los hombres, la sigue
él.43
Don Quijote también desfigura los libros
de caballerías cuando dice que era forçoso para
un caballero tener a una dama;44 para que
nos demos cuenta de su error, en el mismo libro se lo
señala.45 Es verdad que todos los
protagonistas, y la mayoría de los caballeros secundarios,
amaron a una o más damas. Sin embargo, si estaban enamorados, amaban
a una dama de su misma clase social. Alonso Quijano escoge a una campesina,
y piensa para ella un nombre tan ridículo como el suyo, que
no desdixesse mucho del suyo (I, 56, 23); Dulcinea del Toboso
es la pareja apropiada para Don Quijote de la
Mancha.46 Aunque se nos diga al principio
que Aldonza es de muy buen parecer (I, 56, 17-18), pronto nos
enteramos de que tiene una voz fuerte y de que huele y se porta como un hombre
(I, 363, 13-15 y 20-25; II, 66, 8). Probablemente Sancho escoge a una soez
labradora como
Dulcinea,47 quien resulta que
también huele y se porta como un hombre (III, 138, 19-24; III, 139,
26-27), debido a cierto parecido.48
Don Quijote esboza dos cosas solas
que incitan a amar más que otras, que son la mucha hermosura
y la buena fama (I, 366, 14-15). La mujer que elige para idealizarla
no sólo carece de lo primero, sino que también carece, mucho
más desastrosamente, de la otra atracción femenina. La virtud
de Aldonza Lorenzo, cuyo nombre ya es
vulgar,49 es frecuentemente puesta en duda.
El Caballero del Febo, en su soneto introductorio (I, 46, 10), pone al lector
en buen camino cuando dice que sólo por Don Quijote podría
decirse que Dulcinea es casta. Sancho, que nos recuerda que suelen
andar los amores y los no buenos desseos por los campos como por las
ciudades (IV, 342, 1-3),50 está
entusiasmado por la nada melindrosa
Aldonza,51 quien se burla de
todos,52 y le gustaría ir a verla
enseguida, pues no la ha visto desde hace tiempo (I, 364, 3-4); este entusiasmo
bien puede tener algo que ver con los celos de su mujer, de los que se
queja.53 No tenemos que creer a Don Quijote
cuando dice que los padres de Aldonza la han educado, como a Marcela (I,
160, 3-4), con recato y encerramiento (I, 363, 4-6); Sancho nos
dice que aparece en la parte más visible del pueblo, el campanario,
y difunde sus deseos a más de media legua de distancia (I, 363,
20-25).
El propio Don Quijote confirma los fallos de
Aldonza en este aspecto básico. Compara el amor que siente por ella
con el de una alegre viuda por un hombre soez, baxo e idiota
(I, 365, 3-25; adaptado). Alaba ridículamente, junto con las parte
visibles de su cuerpo, sus partes
íntimas.54 Dice que para él
es suficiente pensar que es honesta (I, 366, 7-9), y está dispuesto
a jurar que está hoy como la madre que la
parió.55 Sus apreciaciones no
borran el impacto que produce su comparación con las dos mujeres que,
para los españoles del Siglo de Oro, eran, después de Eva,
las peores de todos los tiempos: Helena, cuyo adulterio provocó la
destrucción de Troya, y La Cava, por cuyo comportamiento sexual los
moros ganaron España.56 De esta forma
El Toboso será famoso por Dulcinea (III, 404, 18-25).
Don Juan hace a Don Quijote la pregunta más
ofensiva que se puede hacer a un enamorado: si su dama estaba
parida,57 preñada
o en su entereza (IV, 250, 26-27). Sin embargo, no podemos dejar
este comentario con la explicación que Don Juan ha leído el
libro de Avellaneda. Sancho nos dice que Aldonza tiene
çagales (I, 363, 22). No son sus empleados (serían
de su padre, si eso es que lo eran), y las connotaciones pastoriles de la
palabra zagales confirman que son sus amantes. En la España
del Siglo de Oro, sólo una clase de mujer tenía varios amantes;
de aquí la sorpresa de Sancho al saber que Dulcinea, Emperatriz
de la Mancha (I, 84, 5-6), es en realidad Aldonza. La mujer que Don
Quijote ha elegido para adorar, de quien él un tiempo anduvo
enamorado (I, 56, 18), que Sancho conoce bien (I, 363, 13), pero a
quien Don Quijote nunca ha hablado,58 es,
en términos de Avellaneda, una ..., incluso una
grandíssima ... (I, 47,
5).59
Aunque crea que todas las mujeres solteras
sienten interés por él, y el rechazarlas parece
satisfacerle mucho, en realidad los demás contactos de Don Quijote
con mujeres no tienen más éxito. La primera mujer que toca
su mano (II, 285, 28-29) lo deja maniatado (II, 286, 6-9); otra canta su
caspa en verso (IV, 75, 16). Incluso a Maritornes, tan repulsiva que haría
vomitar a cualquiera que no fuera mulero (I, 212, 20-21), Don Quijote tiene
que cogerla y no soltarla. No es nada sorprendente, pues, que la honestidad
sea su principal virtud (IV, 69, 5-7), ni que él sea el más
casto enamorado...que de muchos años a esta parte se vio (I,
38, 20-22); al cabo de mis años, reflexiona para sí,
nunca he tropeçado (IV, 114, 4-5). Convierte su incapacidad
en una virtud con una nueva distorsión, que ha llegado a la cultura
inglesa procedente de Don Quijote: que su amor, necesariamente casto,
es platónico.60
Hay muchas otra formas en que Don Quijote embrolla
y parodia y a los caballeros andantes literarios y sus seguidores. Siguiendo
insensatamente lo que ha leído en sus libros, ilustra una de las
características de la caballería literaria que Cervantes más
desaprobaba: sólo luchará con los que él cree que
también son caballeros, de acuerdo con lo que incluso él llama
las leyes del maldito
duelo.61 Se ridiculiza su
clasificación de los caballeros como un grupo
aparte.62 El ataque es clarísimo cuando
no quiere ayudar a alguien que ha sido atacado por gente escuderil
(II, 299, 6), el ventero Juan Palomeque (capítulo 44 de la Primera
Parte).
Los protagonistas de los libros de
caballerías, sin embargo, consideraban el combate como último
recurso. Amadís, modelo de Don Quijote, era tardo en airarse
y presto en deponer la ira (III, 48, 18-19). El combate ineludible
tenía unos fines similares a los que Don Quijote esboza en el discurso
sobre las armas y las letras (II, 198, 8-11) y en el pronunciado a los
rebuznadores (III, 346, 26-347, 8): restablecer las reinas a sus tronos,
ayudar a los reyes a rechazar a los enemigos, eliminar las amenazas al orden
público. Los soberanos que necesitaban ayuda a menudo pedían
los servicios de los caballeros.
A finales del siglo XVI España, y
especialmente Castilla, era tierra...pacífica (I, 166,
29-30).63 El cautivo, el propio Cervantes,
y Fernando de Saavedra, el gallardo español en la obra que inicia
las Ocho comedias, emprenden, muy adecuadamente, actividades caballerescas
de importancia nacional fuera de la península. Don Quijote, sin embargo,
nunca considera una empresa semejante.64
Al quedarse en España, debe buscar ocasiones de combate, y forzar
inocentes a luchar. Deseoso de meter las manos hasta los codos en esto
que llaman aventuras (I, 119, 18-20), ataca ejércitos de ovejas,
molesta a mercaderes pacíficos, y libera a criminales, a resultas
de lo cual tiene que huir de la Santa Hermandad (I, 316, 15-318,
2). En su loco afán de gloria también ataca a molinos de viento,
cueros de vino y títeres. Sus simulacros de actividades caballerescas
no son inocentes: deja a un personaje con una pierna rota (I, 253, 21), a
otro herido (I, 311, 19), y a un arriero con su cabeza en quatro
pedaços (I, 72, 24-26; adaptado). Andrés ruega a Don
Quijote que no le complique su vida con más ayuda (II, 77, 25-32).
Los caballeros literarios no tenían
miedo. Don Quijote se asusta por el ruido de maquinaria accionada por agua
(I, 275, 28-30), y el texto sugiere que no sólo teme a la Santa Hermandad,
sino que miente acerca de su temor (I, 316, 23-317, 15). El narrador lo llama
cobarde cuando no ayuda a Juan Palomeque (II, 299, 13). Deja a Sancho en
peligro cuando huye de los rebuznadores (III, 349, 11-17; III, 350, 7-11).
Los caballeros (III, 229, 20-25), e incluso
los cabreros (I, 154, 9-14) sabían hacer medicinas con sustancias
corrientes. La del cabrero es eficaz (I, 164, 2-4), pero el remedio que prepara
Don Quijote le hace vomitar y produce diarrea a Sancho (I, 222, 23-224,
11).
Como el cautivo, los caballeros andantes eran
humildes y no buscaban la gloria, más bien la evitaban. Como los soldados,
la conseguían con sus numerosas hazañas. Don Quijote quiere
que su fama sea eterna,65 quiere conseguirla
rápida y fácilmente,66 y le
gusta alardear.67 Mientras los caballeros
a menudo ocultaban su identidad,68 Don Quijote
anuncia la suya a los que no la piden;69
el narrador nos especifica que era
vanaglorioso.70
Los caballeros se alojaban en castillos. Don
Quijote duerme en ventas, y no paga. Roba la bacía de un barbero,
se la pone en la cabeza y afirma que es un yelmo famoso. Deja que Sancho
se apropie de la silla del barbero.
Es en este momento cuando Don Quijote proclama
su honradez (I, 287, 15-21), una reivindicación en conflicto tanto
con sus acciones como con sus palabras. Se esperaba que un caballero se adhiriera
a unas normas morales tan altas, que no podía mentir nunca (las
órdenes de cavallería...nos mandan que no digamos mentira
alguna, I, 360, 5-7); incluso la palabra mentís
significaba un desafío a duelo.71
Los normas de conducta de Don Quijote, sin embargo, no son tan altas. En
el primer capítulo se nos dice que sobre todos [los caballeros
andantes literarios] estava bien con Reinaldos de Montalván, y más
quando le veía salir de su castillo, y robar quantos topava
(I, 52, 27-30). Un poco más tarde dice que él es este
caballero francés deshonroso (I, 107, 16-17), más
ladrón...que Caco (I, 98, 25), amigo de ladrones y gente
perdida (III, 49, 30-31).72 Don Quijote
desfigura el propósito de la caballería cuando la entiende
como medio para adquirir bienes
materiales.73 Los caballeros andantes
recompensaban a sus escuderos con territorio obtenido por herencia, y muy
en segundo lugar por matrimonio;74 la lucha
por afán de lucro es la antítesis de la
caballería.75
El entusiasmo de Don Quijote por los criminales
es, pues, una ridícula deformación de los principios de la
caballería. Además de los galeotes, con quienes hace amistad,
encuentra un alma gemela en Roque Guinart, un ladrón conocido (IV,
272, 27), buscado por el virrey.76 Con él,
prendido de su caballeresca nueva manera de
vida77 e impresionado por la fama de
Roque (IV, 260, 6-8) y por sus buenas y concertadas razones y
buen discurso (IV, 269, 7 y 10), Don Quijote se olvida de su
propio principio, que cada uno es hijo de sus
obras.78 Las obras de Roque no concuerdan
con sus palabras; además de robar, mata ante los ojos de Don Quijote
(IV, 273, 3), y no se contenta con vengarse, sino que quiere vengar a los
demás.79 Don Quijote podría
estar con él trescientos años (IV, 274, 7-9).
Los argumentos y explicaciones sofistas de
Don Quijote son otra fuente de humor, así como de admiración.
Presenta la naturaleza de la bacía del barbero como si fuera una
cuestión de gustos: esso que a ti te parece bazía de
barbero me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá
otra cosa (I, 356, 6-8). Si está en una jaula en un carro de
bueyes, y no podía ser un encantamiento, podría ser que
con el tiempo se huviessen mudado [los encantamientos] de unos en otros
(II, 358, 21-23). Creyendo que está cuerdo, dice que es mucho más
virtuoso, la fineza de mi negocio, actuar locamente sin causa:
bolverse loco un cavallero andante con causa, ni grado ni gracias;
el toque está desatinar sin ocasión (I, 354, 9-12). Y
así lo encontramos cabeza abajo, con sus ropas cayendo,
descubriendo [en las palabras honestas de Cervantes] cosas, que, por
no verlas otra vez, bolvió Sancho la rienda a Rozinante (I,
372, 11-13).
¿No son esas las [más]
estrañas locuras que buenamente imaginarse pueden (I, 210, 31-32),
las mayores que pueden imaginarse (III, 128, 10)? ¿No son
suficientes para dar gusto general a todo el mundo (IV, 273,
26-27; también IV, 22, 17-18)? ¿No es, con su casco de cartón,
bebiendo con una paja, la más graciosa y estraña figura
que se pudiera pensar (I, 63, 30-31)? Cervantes creía que
podía abrirse el libro al azar y siempre encontrar algo cómico
(I, 130, 7-9).
No sólo es Don Quijote un héroe
burlesco, su historia es un libro burlesco. Los sabios autores ficticios
de los libros de caballerías españoles eran hombres juiciosos,
cristianos o simpatizantes con la cristiandad. Los manuscritos se habían
conservado cuidadosa y honorablemente.80
La historia de Don Quijote es contada por un perro de autor (I, 133, 4-5;
también III, 67, 25), un moro, hecho que le entristece cuando lo sabe,
pues de los moros no se podía esperar verdad alguna; porque
todos son embelecadores, falsarios y quimeristas (III, 60, 28-61, 1).
Este moro es un narrador incompetente, que constantemente da detalles
innecesarios.81 Su historia se vende como
papel viejo (I, 129, 26-27). Otros textos acerca de Don Quijote se
descubren en una caja de plomo, no de oro (II, 401, 21).
Don Quijote teme que su historiador morisco
incluya alguna indecencia que perjudique la honestidad
de su señora Dulcinea (III, 61, 2-5). Ya hemos visto como se
trataba a Aldonza/Dulcinea, pero hay muchos más elementos ofensivos.
En la historia de Don Quijote hay abundantes referencias al cuerpo, de larga
tradición en el humor.82 En Don
Quijote la gente huele,83 igual que los
animales.84 Tienen
chinches.85
Orinan86 y
defecan.87 Las mujeres tienen la
menstruación, o más bien, no la tienen las mujeres encantadas
(III, 294, 6-10), de la misma manera que los encantados no hacen sus necesidades
(III, 296, 13-14). Las mujeres solteras que no son honestas quedan
embarazadas,88 resultado lógico de
la lujuria que no vencen ni los
animales89 ni algunos personajes menos
refinados.90 El asno de Sancho suspira per
anum, lo que su dueño y Don Quijote interpretan como un buen
augurio.91 ¿He de añadir que
la inclusión de tal material en un libro de caballerías, en
cuyo noble mundo nunca se encuentra, es muy cómica?
El personaje perfilado es el protagonista burlesco
de una obra burlesca, y no presta atención al lado positivo de Don
Quijote. Pone de relieve a Don Quijote tal como es en la Primera Parte, que
he citado más frecuentemente que la Segunda Parte.
El Don Quijote del siglo XVII, y el
del propio Cervantes, era principalmente la Primera Parte. Los lectores
de aquella época tuvieron una experiencia que nosotros no podemos
tener: estuvieron diez años con sólo la Primera Parte, no
identificada como tal y dividida en cuatro partes, sugiriendo que era una
obra completa, más que parte de una más amplia. Estos primeros
lectores no sabían que habría una continuación, pues
la promesa al final de la Primera Parte de que habría una era convencional
y significaba poco.
En los diez años que separaron la
publicación de la Primera y Segunda Parte, Don Quijote había
entrado a formar parte de la cultura
española.92 Había inspirado
el Caballero puntual de Salas Barbadillo y el Entremés de
los romances,93 así como la
continuación de Avellaneda, y Guillén de Castro había
escrito una adaptación teatral.94
Tanto Don Quijote como Sancho se habían representado en festivales
populares. Los lectores llegaban a la Segunda Parte con una orientación
hacia la Primera Parte, y en especial al principio de la Primera Parte, de
la que nosotros carecemos.95 No esperaban
ni deseaban un cambio en los personajes, concepto literario con el que estaban
poco familiarizados.
Puede que fuera eso lo que Cervantes quería;
es Cide Hamete, alabando a Alá, quien quiere que los lectores olviden
la Primera Parte (III, 110, 5-15). Las palabras de Sansón, nunca
segundas partes fueron buenas y de las cosas de don Quixote bastan
las escritas (es decir, en la Primera Parte; III, 74, 27-29), parecen
mucho las opiniones de Cervantes. Ataca continuamente las
innumerables e infinitas continuaciones de
Amadís,96 y tampoco dio su
aprobación a la continuación de Belianís (Partes
III-IV).97 En el escrutinio de la
librería, además de atacar las obras de Feliciano de
Silva, continuador de Amadís, el cura también condena
la Diana segunda98 y las continuaciones
de Ariosto.99 En el Parnaso (45, 32-46,
4) se ataca una continuación de Lofrasso. Al final de la Primera Parte
Cervantes prometió a sus lectores que, si era bien recibida,
escribiría no una continuación, sino otras
obras,100 y trata con humor la posibilidad
de escribir una continuación de la Primera Parte. Ya he mencionado
la continuación de La Galatea que nunca concluyó, y
al parecer nunca escribió la segunda parte del Coloquio de los
perros, prometida en el texto (III, 152, 3-9).
Aparte de la queja que hay al principio del
capítulo 44, porque no podían incluirse novelas sueltas
ni pegadizas en la Segunda Parte, limitación que encontraba
molesta,101 y la aparente convicción
de que un puntualíssimo escudriñador de los
átomos (IV, 140, 7-8) se había encargado de que no se
encontraran incoherencias, no hay pruebas de que Cervantes considerara la
Segunda Parte muy distinta de la Primera Parte, y, mucho menos, superior.
Cervantes nos dice en los prólogos de las Novelas ejemplares
y de la Segunda Parte de Don Quijote (escritos, naturalmente, durante
y después de la composición de la Segunda Parte, respectivamente)
que lo que tenemos en la Segunda Parte es don Quixote dilatado.
En el prólogo de la Segunda Parte añade que la segunda parte
está cortada del mismo artífice y del mesmo paño
que la primera (III, 31, 26-28). Apoyan estas afirmaciones diversas
voces que observan que Don Quijote y Sancho, tal como aparecen en la Segunda
Parte, son los mismos que en la Primera
Parte.102
La respuesta de los lectores de
Cervantescomo se ve por la historia de la publicaciónsugiere
que consideraban la Segunda Parte inferior. Hubo ocho ediciones de la Primera
Parte anteriores a la publicación de la Segunda Parte, pero sólo
cuatro de la Segunda Parte sin la Primera. Robles, el editor oficial,
publicó tres ediciones de la Primera Parte, pero sólo una de
la Segunda, y no publicó nunca una edición de las dos partes
juntas. En el inventario que se hizo al fallecer Robles, ocho años
más tarde, aparecieron muchos ejemplares sin vender de esta única
edición de la Segunda Parte.103 Lo
mismo podría decirse del Quijote que del Guzmán de
Alfarache: la publicación de la Segunda Parte anuló o redujo
drásticamente el interés por el libro, del que no hubo ediciones
desde 1617 a 1637.
Por supuesto, el interés por las obras
de Cervantes se diluyó por la publicación casi simultánea
del Parnaso, las Comedias, o incluso más por el
Persiles, que, aunque transitorio, fue un gran éxito, y
especialmente por las Novelas ejemplares, la obra de Cervantes que
en la España del siglo XVII fue más popular que Don
Quijote.104 Pero quizás la
reacción de los lectores era simplemente que la Segunda Parte no les
gustaba tanto como la Primera; querían más humor, querían
ver embestir (III, 74, 32) a Don Quijote, y en la Segunda Parte
lo hace menos.
La Segunda Parte no es tan divertida como la
Primera. Desde el principio hasta la llegada al castillo de los duques, tiene
muchas características de la Primera Parte. Todavía se trata
la veracidad de la literatura
caballeresca,105 y todavía se encuentran
los motivos y arcaísmos caballerescos, tan comunes en la Primera
Parte.106 Don Quijote continúa con
sus acciones disparatadas, atacando títeres, entrando en una cueva
llena de murciélagos, buscando a Dulcinea y suponiendo, sin el menor
fundamento, que el mundo le ofrece aventuras a cada paso. Un barco en la
orilla del Ebro derechamente y sin poder ser otra cosa en contrario,
me está llamando y combidando a que entre en él...porque éste
es estilo de los libros de las historias cavallerescas (III, 359, 2-8;
compárese con III, 45, 28-46, 7). Don Quijote con suero bajándole
por la cara, preguntándose si su cerebro se está fundiendo
(III, 210, 11-16), es el ridículo Don Quijote que conocemos de la
Primera Parte.107
Naturalmente, Don Quijote al final de la Segunda
Parte es pocas veces divertido. De modo significativo, en los pasajes que
hablan de la Segunda Parte de Avellaneda, hay la queja que Sancho aparezca
no nada gracioso (IV, 250, 6; IV, 382, 9-383, 5), pero la
distorsión de la que don Quijote se lamenta es que se le describía
ya desenamorado de Dulcinea del Toboso (IV, 248, 6-7). Don Quijote
en estos capítulos finales es desde luego más el más
valiente y el más enamorado y el más comedido [señor]
que tiene el mundo108 que [e]l
más gracioso loco que hay en él (IV, 321, 28-29). Hace
pocas cosas; sus aventuras son tan poco geniales (o en términos de
Cervantes, faltos de invención) como ser atropellado por toros (IV,
239, 30-241, 16) y después por cerdos (IV, 346, 24-347, 27), de las
que nadie se ríe. Ahora su castidad es consecuencia no de incapacidad
sino de la virtud,109 y su cuerpo pero no
su espíritu es derrotado por el Caballero de la Blanca Luna (IV, 318,
6-12). Don Quijote, en vez de causar
admiración,110 se admira de lo que
los demás hacen,111 Nos dicen que
todavía es loco y divertido,112 pero
no es ni lo uno ni lo otro.
No es sólo la perspectiva de Don Quijote
la que se derrumba en estos capítulos finales. Sancho, habiendo aprendido
humildad al ser gobernador de su isla, quiere ser de nuevo gobernador (IV,
290, 28-29), mandar y ser obedecido (IV, 298, 13-14), y habiendo superado
anteriormente su codicia,113 le interesa
de nuevo el dinero (IV, 372, 23-28; IV, 375, 3-8). Aunque Sancho ha llegado
a poseer una gran sabiduría natural, estamos de nuevo ante el Sancho
original, cuya sabiduría proviene de lo que le han
enseñado.114
Los duques, cuando proyectan una nueva burla,
son censurados por Cide Hamete (IV, 363, 25-29), quien se ha transformado
de moro mentiroso en paladín de Don Quijote y flor de los
historiadores (IV, 276, 25). Sansón se ha portado de forma
censurable en toda la Segunda Parte, burlándose del protagonista,
de su ama de llaves, de Sancho, y compartiendo con Roque Guinart un reprobable
deseo de venganza (III, 192, 26-28). Muestra una falta de aprecio por Don
Quijote cuando lo llama, en un epitafio, el espantajo y el coco del
mundo (IV, 404, 29-30). Sin embargo, pretende estar lleno de buenos
pensamientos y movido por la lástima a ayudar a
Don Quijote a recobrar su cordura (IV, 320, 23; IV, 321, 22), que, sin embargo,
de alguna forma ya no es deseable (IV, 321, 26-32; IV, 399, 4-10). Roque
Guinart es un asesino proscrito, pero rehúsa tomar dinero para sí
mismo (IV, 271, 20-26), y lleva a cabo el deber más importante de
un líder: proporciona justicia a sus
hombres.115 Finalmente, tenemos en el
último capítulo un ataque gravísimo a los libros de
caballerías, que sorprende y desconcierta al lector, pues no habían
sido criticados en cuarenta capítulos.
La confusión de la sección final
de la Segunda Parte tiene una explicación obvia. Cervantes estaba
sorprendido y dolido por la continuación de Avellaneda y su ataque
contra él en el prólogo. Se refiere repetidamente al libro
de Avellaneda en los últimos
capítulos,116 dándole,
irónicamente, una vitalidad que nunca hubiera tenido sin los ataques
cervantinos. En estos capítulos parece que los principales
propósitos de Cervantes fueron defender su concepción de Don
Quijote y Sancho e insistir, en contra de cierta evidencia, en que Avellaneda
no los representaba como él lo había hecho. También
quería poner al descubierto que Avellaneda era un historiador falso
e impedir que escribiera más. Estos factores, junto con una gran prisa
por completar y publicar su continuación y desplazar la de Avellaneda,
explican suficientemente su confusión.
¿Y la sección central de la Segunda
Parte, la visita al castillo de los duques? Ésta es la sección
más larga de la Segunda Parte y de toda la obra, con las mejores
aventuras que en esta grande historia se contienen (III, 420, 19-21).
En ella Don Quijote y Sancho todavía son cómicos, aunque menos;
los lectores nos preguntamos si es conveniente reírse de ellos.
El que todos los personajes menos uno se rían
del protagonista, y que éste (el eclesiástico) se presente
en términos tan negativos, es una clara prueba de que la intención
de Cervantes era que riéramos en estos episodios. No hay ironía
en la declaración que estas burlas que llevassen vislumbres
y apariencias de aventuras (III, 421, 10-11), que dieron que
reír a los duques, no sólo aquel tiempo, sino el de toda su
vida (IV, 45, 32-46, 2), son las mejores aventuras del libro. Sin embargo
son mejores sólo en el sentido que están más
elaboradas.117 Ciertamente no son las más
divertidas.
Su humor no está tan logrado por dos
motivos. El primero es que no es creado por sus víctimas, y los fallos
propios son mucho más divertidos que cualquier cosa que alguien pueda
hacernos. Es divertido que una persona haga algo ridículo, pero es
más divertido que alguien sea ridículo sin que se dé
cuenta. Cuando hay un autor de la burla la víctima no es ridícula,
sino ridiculizada. En términos de Cervantes, se han separado la
admiración y la risa. Los duques y sus empleados consiguen aquélla;
Don Quijote queda sólo para provocar la risa como blanco de sus
bromas.
Los incidentes más divertidos en el
palacio de los duques son los que provocan Don Quijote y Sancho. Entre ellos
están las sorprendentes interpretaciones erróneas de las aventuras
creadas para ellos: el que Don Quijote no se diera cuenta que no era un honor
que le lavaran la barba, que las damas barbudas, una de las cuales utiliza
un final de palabra masculino (IV, 8, 22-24), son en realidad hombres, que
el caballo que se mueve tan suavemente que parece que no se mueva, no se
mueve (IV, 39, 1-4; IV, 70, 5-7) y la absurda descripción que hace
Sancho de lo que había visto montando Clavileño (IV, 43, 6-45,
26). También incluyen la conducta de Sancho que molesta a su amo:
su impropia preocupación por su asno y la historia que narra, ambas
en el capítulo 31.
Un segundo motivo por el que estos episodios
no son tan humorísticos como Cervantes creyó que serían
es que la corrección exige que la víctima del humor de algún
modo se lo merezca.118 En la Primera Parte,
el orgullo y los errores de Don Quijote, y la codicia de Sancho, hacen que
sus infortunios y apuros sean consecuencias
satisfactorias.119 Pero aquí es distinto.
Sancho es menos codicioso, más modesto y más prudente. Don
Quijote ya no causa daño a los demás, y, si no es humilde,
por lo menos no es tan ridículamente vanidoso. Los duques son, de
diversas maneras, unos personajes menos admirables que él. Viven a
costa de dinero prestado y de trampas (IV, 119, 29-30). Por este motivo pedir
al duque que desempeñe el deber más importante de un gobernante,
el de hacer justicia,120 es pedir
peras al olmo (IV, 169, 3-4); la justicia que el duque afirma administrar
(IV, 170, 4-8) claramente es de burlas. El duque es vanidoso (III, 425, 12-16),
y le gusta el poder (IV, 48, 17-20), lo cual indica su imperfección
moral. Su mujer es presumida y vengadora;
121 confunde a Sancho acerca de la
realidad.122 Como el diablo (Coloquio
de los perros, III, 214, 22-23), hablan con razones torzidas
y de muchos sentidos.123 Por lo tanto
su diversión a costa de Don Quijote y Sancho es censurable. Son ellos
quienes reciben su merecido; nos agrada leer que Sancho, cuando
es gobernador, frustra sus intenciones humorísticas, y que, contrariamente
a sus deseos, Don Quijote y Tosilos no llegan a hazerse
pedaços (IV, 217, 9;
adaptado).124
Pero otro tanto puede decirse de ellos: si
no administran sus tierras, tampoco Don Quijote cuida de la
suya;125 si hablan con razones
torzidas, también lo hacen otros personajes, narradores y el
mismo Cervantes.126 Los duques tratan a
Don Quijote y a Sancho con gran cortesía. Don Quijote pasa con ellos
sus días más agradables, y Sancho recibe su
ínsula y como consecuencia gana algo mucho más
precioso, conocimiento de sí mismo. Los duques tienen cuidado de que
Don Quijote no se dé cuenta de que es objeto de sus burlas (III, 396,
17-21). Sus burlas son correctas, sin dolor o daño a
terceros.127 Cuidan de no dañar a
Don Quijote (IV, 210, 16-19; IV, 211, 29-212, 4), y lo sienten cuando una
burla termina mal, un mal
suceso.128 Cuando Don Quijote los
deja está bien alimentado, descansado y más rico que cuando
llegó,129 y en posesión de
un método imaginario para deshacer el imaginario encantamiento de
Dulcinea. Incluso Teresa ha recibido valiosos regalos, y lo que valora más,
prestigio en su pueblo. ¿Cómo podemos decir que esta gente, que
no son admirables ni mucho menos, no han actuado inocente o incluso
positivamente?
Lo que tenemos aquí es ambigüedad,
que no era ninguna virtud en la época de Cervantes. Si centramos nuestra
atención en la complicada estructura de las aventuras creadas por
los duques, y dejamos a un lado la cuestión de si Don Quijote merece
ser ridiculizadoes decir, si interpretamos los episodios
superficialmenteno hay ningún problema; ésas son las
mejores aventuras del libro, y deberíamos reír. Pero en el
fondo son, en el mejor de casos, inquietantes, y pueden ser muy
perturbadoras.
Esta ambigüedad se remonta a mucho antes
de la visita a los duques. Como han señalado Mandel y otros antes
que él, Don Quijote es en todo el libro un personaje más
interesante, más sabio y más digno, que la gente cuerda con
la que se relaciona.130 Incluso en la Primera
Parte, Don Quijote es moralmente superior a los que se divierten con él,
como Maritornes y la hija del
ventero.131 Cuando otros personajes describen
la realidadla bacía y la sillacon mentiras, y se produce
una riña, parece que Don Quijote tiene razón cuando para la
lucha, valiéndose de persuasión y buenas razones
(II, 301, 7-8), y explica que el diablo ha hecho que la venta parezca el
campo de Agramante.132 Aunque el contexto
sea de burla, su amor gana en nobleza cuando señala que hay muchos
precedentes de su dama imaginaria, y que su creencia o fe en Dulcinea es
la consideración más importante (I, 365, 26-366, 28). El resultado
de la combinación de su orgullo y egoísmo (II, 282, 28-283,
20) con su inclinación por la idea de todo lo provechoso, honesto
y deleitable que ay en el mundo (II, 282,
26-28),133 es igualmente ambiguo. Su
ambigüedad se ve incluso en la primera salida, ya en los capítulos
2 y 3, cuando inspira temor al ventero y a los arrieros (I, 62, 15-17; I,
73, 25-27), y logra ganarse el respeto y el tratamiento apropiado de las
rameras de la venta (I, 75, 5-30).
En la primera mitad de la Segunda Parte, mientras
el texto nos dice que Don Quijote era un loco de atar (III, 132,
9), también nos dice que era extremadamente prudente, más que
ningún otro personaje; según Sancho y la sobrina de Don Quijote,
sabía no sólo tomar [un] púlpito en las manos,
sino dos en cada dedo y andarse por essas plaças a qué quieres,
boca (III, 276, 20-23; III, 94, 9-12; I, 245, 10-12). Le mueven nobles
principios, por los cuales está dispuesto a sacrificarseal contrario
de, por ejemplo, Diego de Miranda: en resumen, quiere hazer bien a
todos y mal a ninguno (III, 391, 3-4).
En la Segunda Parte, Don Quijote tiene éxitos
en su misión caballeresca. Ayuda a un personaje que realmente lo necesita,
Basilio (III, 271, 13-272, 24). Derrota a Sansón Carrasco, y es más
feliz estando loco que Sansón cuando está cuerdo (III, 192,
7-9). Aunque le tengan que recordar su obligación de ayudar a las
mujeres que lo merezcan, sin su intervención la hija de Doña
Rodríguez no habría tenido perspectivas de matrimonio, de lo
cual tanto ella como su madre están contentíssimas,
y Tosilos también está satisfecho (IV, 217, 15-18).
Sin embargo, un episodio de la primera
sección de la Segunda Parte presenta la ambigüedad del protagonista
muy claramente porque apenas tiene conexiones con otros episodios. Se trata
de la relativamente poco estudiada aventura del
león,134 que fue tan importante para
Don Quijote que cambió lo que llamaría su nombre
apelativo135 del despectivo Cavallero
de la Triste Figura136 a Cavallero
de los Leones. Sancho, quien ha expuesto coherentemente las fantasías
caballerescas de Don Quijote, describe a su señor desafiando a los
leones como no...loco, sino atrevido (III, 213, 13-14). Como
lo hace en toda la Segunda Parte, Don Quijote se encomienda correctamente
primero a Dios, y después a su
dama;137 el narrador nos cuenta, sin
ironía, que tenía maravilloso denuedo y coraçón
valiente (III, 216, 28-29).138 Por
esta aventura el rey oirá hablar de Don Quijote (III, 220, 30-32).
El razonamiento de Don Quijote nunca es más inteligente: es correcto
que los encantadores no puedan quitar esfuerzo y ánimo
(III, 220, 26-27). El paralelismo que establece con el torero (III, 222,
7-10) es válido, y su argumento de que la temeridad es preferible,
y más fácil de remediar, que la cobardía (III, 223,
19-224, 3), está, en palabras de Diego de Miranda, nivelado
con el fiel de la misma razón (III, 224, 6-7), y le lleva más
tarde a comentar que las palabras de Don Quijote borran y deshazen
sus hechos (III, 227, 22-23).
El análisis que hace el leonero del
resultado (que el león tenía la oportunidad de luchar, pero
la rechazó, dando a Don Quijote la victoria) es improvisado (III,
218, 28-219, 5). Sin embargo, ha ocurrido algo significativo, o más
precisamente, ha dejado de ocurrir. Los leones son los más grandes
que se han llevado a España (III, 212, 9-15). Además, están
hambrientos, su cuidador les debe dar comida pronto (III, 212, 17-20), y
teme que le ataquen sus mulas (III, 214, 9-14). Sin embargo, el león
macho, cuyos ojos son feroces (III, 218, 7), no sólo se niega a atacar
y a comerse a Don Quijote, sino que ni siquiera sale de su jaula. Y un animal
es incapaz de los engaños que los hombres nos infligimos.
El texto no explica qué ha ocurrido,
pero podemos suponer con seguridad que hay una explicación, puesto
que las cosas no ocurren por casualidad: no ay fortuna en el mundo,
ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean, vienen acaso,
sino por particular providencia de los cielos (IV, 328,
26-29).139 La explicación de Don
Quijote seguramente sería que el resultado de su desafío al
león era la voluntad de Dios, ¿y cómo podemos no estar
de acuerdo?
Sin embargo, el episodio todavía molesta.
Cide Hamete nunca parece más distante que en su alabanza de Don Quijote,
hiperbólica pero despectiva (III, 217, 3-21). El problema está
en el dato citado anteriormente, la descripción que hace el narrador
del resultado de lo que llama la jamás vista locura de
Don Quijote. El león, irónicamente calificado de
generoso y más comedido que arrogante, no
haziendo caso de niñerías ni de bravatas...bolvió las
espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quixote (III,
218, 13-19). Esto es incompatible con la conducta del mismo Don Quijote,
y con los comentarios que hacen los personajes sobre él.
Quisiera solucionar el principal problema
interpretativo de Don Quijote y conciliar la orientación textual
hacia la risa con las cualidades positivas y los verdaderos logros del
protagonista.140 En verdad que no
te he [de] dar este contento (III, 27, 8-9). Creo que no puede hacerse.
La intención del autor es que los lectores se rían de Don Quijote
en todo el libro, excepto en el último capítulo. Sin embargo,
antes del final, incluso mucho antes, va convirtiéndose en un personaje
más digno, menos loco, más virtuoso, y menos gracioso. Hasta
cierto punto se ha sacrificado el humor para dar provecho, como se discute
en el capítulo siguiente. Sin embargo, en conjunto, no puedo encontrar
ningún plan que rija la irregular evolución de Don Quijote,
o pruebas de que Cervantes se preocupara por las contradicciones en el texto
que publicó o incluso, en muchos casos, que fuera consciente de
ello.
Es posible, sin embargo, explicar en términos
generales los orígenes del problema. Es difícil mantener un
personaje negativo, y más aún a un protagonista negativo, y
la dificultad es mayor cuanto más largo es el libro; los autores,
especialmente uno tan preocupado por la caridad como
Cervantes,141 llegan naturalmente a sentir
simpatía por sus personajes, quererlos o por lo menos
entenderlos. Don Quijote, además, no era un personaje
cualquiera; era uno que guardaba extraordinarios paralelismos con el autor,
uno que, más que ningún otro personaje de La Galatea
o el Persiles encarnaba las fantasías de Cervantes.
Había, naturalmente, diferencias
fundamentales entre ellos: Don Quijote era soltero y Cervantes estaba casado,
Don Quijote era un terrateniente rural y Cervantes un burócrata viajero,
pero esencialmente urbano, Cervantes era un patriota
cristiano142 y Don Quijote veía la
caballería como una ayuda a
particulares,143 Cervantes era al mismo
tiempo autor y lector mientras que Don Quijote nunca se guió por sus
fantasías de autor, y Cervantes era cuerdo mientras Don Quijote era
loco. Sin embargo, los paralelos sorprenden. Los dos eran discretos e ingeniosos,
no eran jóvenes,144 habían
leído mucho y conocían una gran variedad de
temas.145 Ambos eran hidalgos de medios
modestos;146 ambos eran de Castilla la
Nueva.147 Ambos montaban
rocines148 y ninguno de los dos tenía
todos los dientes.149 Ambos tenían
bigotes grandes y nariz corva; Cervantes tenía
un rostro aguileño y Don Quijote una nariz
aguileña (III, 175, 25-26; Novelas ejemplares, prólogo,
I, 20, 18-23).
Ambos estaban favorablemente dispuestos a la
vida de armas, y cada uno se veía a sí mismo más
valiente que estudiante (I, 383, 14). Viajaban por España, y
creían que eran líderes
incomprendidos,150 y se alababan a sí
mismos y a la humildad
simultáneamente.151 Cada uno se
consideraba artífice de su
ventura,152 pero había aprendido
paciencia en las adversidades;153 ambos
recibían dinero de la nobleza. Fueron amenazados con la excomunión
(capítulo 1, nota 40). Sabían un poco de italiano y podían
citar a Ariosto;154 tenían nociones
de árabe.155 Eran aficionados al
teatro,156 que, creían, tenía
que mejorar.157 Ambos vivían con
mujeres, pero no con su esposa, en sus respectivas casas (en Valladolid,
en el caso de Cervantes). Tenían opiniones firmes sobre muy distintos
temas, y tenían valores
parecidos.158 Ambos, naturalmente,
conocían bien los libros de caballerías.
Lo que sigue no está bien documentado,
pero son, sin ironía, conjeturas verosímiles. Tanto Cervantes
como Don Quijote creían en la importancia de la
honestidad.159 A ambos les gustaba el
silencio,160 y cada uno creía que
era cortés y amigo de dar gusto a todos (III, 198, 22).
Ambos simpatizaban con el sacerdocio,161
y admiraban la vida ascética.162
Ambos creían que Amadís de Gaula era el mejor libro
de caballerías, y que Belianís de Grecia tenía
muchas partes buenas;163 en el capítulo
1 propuse que Cervantes pensaba, igual que Alonso Quijano, escribir una
continuación de su última obra. Ambos eran algo
curioso[s], fatigados por sus desseos de saber cosas nuevas
(III, 306, 15-16); a los dos, sin embargo, les costaba
dormir.164 Ambos tenían una
memoria...grande (III, 259, 10), y ambos aprendían acerca
de sí mismos y acerca del mundo, observando y meditando sus observaciones.
Ambos padecían algo de melancolía y disfrutaban con la literatura
que la hacía desaparecer; ambos tenían gran afición
por los libros, y tenían una
biblioteca.165 Ambos disfrutaban con la
naturaleza, pero no tenían ningún interés por la
agricultura. Puede que ambos hubieran tenido una enfermedad
renal;166 ambos consideraban a los niños
una carga. Ambos preferían viajar a quedarse en casa, y tenían
más contacto con los caballos y los mulos que con perros y gatos;
ambos preferían el campo a la ciudad. Ambos querían ayudar
a su país, y deseaban autoridad para poder poner sus ideas en
práctica;167 ambos sentían
nostalgia por tiempos pasados.168 Ambos
admiraban la caballería (aunque la entendían de forma distinta),
y creían que su resurgimiento era
deseable.169 Ambos eran cristianos
nuevos.170 Los dos creían
que eran excelentes, y deseaban la fama, pero tenían dudas, fomentadas
por la indiferencia o la hostilidad de la sociedad. Por eso, se sorprendieron
por el éxito de la Primera Parte, y estaban más confiados al
principio de la Segunda Parte.
Algunos de estos paralelismos pueden ser
accidentales o sin importancia, pero no todos. Llegamos a la conclusión
que Don Quijote, más que ningún otro personaje, refleja al
autor.171 Si dejamos a un lado sus acciones
locas y destructivas, que se concentran en la Primera Parte, Don Quijote
es un personaje totalmente admirable. Sólo tendríamos que
añadir algunos calificativos a su autodescripción de
valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés,
atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos (II, 374, 2-4), y
cuestionar si todas estas características pueden atribuirse a su
reencarnación en un caballero andante, como
cree.172 El verlo de esta forma explica
en gran parte el aumento de su talla y sus ingeniosos razonamientos. Está
loco, pero también es inteligentísimo.
Hay un precedente fascinante, en una obra de
la que ya hemos hablado mucho, de un personaje que representa, hasta cierto
punto, el autor, pero está equivocado, confuso y descaminado. Esta
figura es El Pinciano, uno de los tres participantes en los diálogos
de la Philosophía antigua poética, de El
Pinciano.173 El Pinciano es el personaje
que necesita que sus vecinos más eruditos, Fadrique y Hugo, le iluminen;
es el que pregunta y los otros responden. Ha oído hablar de
Aristóteles y Cicerón, pero no los entiende (III, 33); tiene
algunos conocimientos, pero no los suficientes (III, 79); está confuso
(III, 98); no entiende (III, 103); saca conclusiones ridículas de
sus ingenuas interpretaciones de
Aristóteles.174 Sin embargo, a pesar
de eso, es el que hace preguntas inteligentes, es el buen observador que
va directamente a los puntos débiles de los argumentos de sus
interlocutores, con el ejemplo que les cuesta explicar. Su semejanza con
Don Quijote es manifiesta.
En verdad, mientras que en la Primera Parte
la sabiduría de Don Quijote es fuente de sorpresas (II, 62, 15-21;
II, 361, 17-23), en la Segunda Parte sus dos facetas son tema de comentarios
explícitos. Muy al principio (III, 40, 9-44, 24) se cuenta la historia
del hombre de la casa de los locos de Sevilla, que creía que estaba
cuerdo, que hablaba y escribía con gran sensatez, pero al cabo
disparava con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualavan a sus
primeras discreciones; lo mismo puede decirse de Don Quijote. La
descripción del personaje secundario más sabio de la Segunda
Parte, el Caballero del Verde Gabán, es bien conocida: Don Quijote
era un cuerdo loco y un loco que tirava a cuerdo (III, 221, 15-16),
opinión repetida por su hijo (un entreverado loco, lleno de
lúzidos intervalos, III, 231, 22-23) y el narrador (las
entremetidas razones de don Quixote, ya discretas y ya disparatadas,
III, 237, 19-21). Por los primeros consejos de Don Quijote a Sancho, cualquiera
lo consideraría una persona muy cuerda y mejor intencionada,
pero en los segundos mostró tener gran donaire, y puso su
discreción y su locura en un levantado punto; a cada paso
desacreditavan sus obras su juizio, y su juizio sus obras, sintetiza
el narrador (IV, 55, 4-15). Los que lo encontraron en la venta quedaron
admirados de sus disparates, como del elegante modo con que los contava.
Aquí le tenían por discreto, y allí se les deslizava
por mentecato, sin saber determinarse qué grado le darían entre
las discreción y la locura (IV, 251, 11-16).
El texto ofrece una explicación: el
vínculo entre el humor y la inteligencia. Cervantes lo indica en primer
lugar con Dorotea, quien es a la vez discreta y de gran
donaire (II, 50, 5-6); sigue inmediatamente con la primera alusión
a su propio genio cómico (II, 62, 5-13), y con la revelación
de la discreción de Sancho.175 En
la Segunda Parte, sin embargo, este aspecto se repite en diversas ocasiones.
Las gracias y los donaires, señor don Quixote, como vuessa merced
bien sabe, no assientan sobre ingenios torpes, dice la
duquesa.176 No puede aver gracia donde
no ay discreción, añade Cide Hamete (IV, 65, 31-32).
El mismo Don Quijote dice que para ser bobo se debe ser excepcionalmente
discreto (III, 69, 9-11). Sus locuras de la Primera Parte se convierten en
discretas locuras en la Segunda
Parte.177
Un motivo todavía más importante
para la creación de la faceta extremadamente buena de Don Quijote
era provocar la risa y la admiración con su contraste con la faceta
extremadamente loca. En términos de Cervantes, es el contexto positivo
de un personaje admirable y agradable lo que hace destacar la palabra o la
acción que produce humor; como dice López Pinciano, no es
exactamente lo feo lo que es divertido, sino alguna
fealdad.
Podemos llegar a esta conclusión por
el trato semejante que se da a Sancho. Si Don Quijote es un cuerdo loco,
Sancho es un tonto discreto.178 En el mismo
discurso, Don Quijote dice que Sancho duda de todo y créelo
todono podría pedirse una declaración más
explícita de una caracterización contradictoriay que
es uno de los más graciosos escuderos que jamás sirvió
a cavallero andante; el pensar si es simple o agudo causa no
pequeño contento (III, 404, 27-405, 1). La duquesa relaciona
los aspectos positivos de Sancho, el humor y la inteligencia: de que
Sancho el bueno sea gracioso lo estimo yo en mucho, porque es señal
que es discreto (III, 374, 12-14).
En el texto se presenta el contraste de la
personalidad de ambos en términos muy similares, por lo que podemos
llegar a la conclusión que las facetas opuestas de los dos personajes
tienen la misma función. Sancho se despeña del monte
de su simplicidad al profundo de su ignorancia (III, 154, 27-28; adaptado),
y Don Quijote se despeña de la alta cumbre de su locura hasta
el profundo abismo de su simplicidad (III, 37, 18-20; adaptado).
Parece que los forxaron a los dos en una mesma
turquessa.179
Lo que tenemos que sacar en claro de todo eso
es que Don Quijote es un personaje sumamente positivo, no sólo el
más delicado entendimiento que avía en toda la Mancha
(I, 92, 9-10), sino también un hombre de acción culto y sensato,
el personaje más positivo que Cervantes podía crear, un personaje
muy parecido a él mismo. Al mismo tiempo, el texto nos dice muchas
veces y después nos recuerda que nos lo ha
dicho,180 en el tema de la caballería
está loco, increíblemente loco, rematadamente loco
(IV, 322, 3), el mayor loco del mundo (III, 227, 21), una
combinación que asombra a los que encuentra. Es precisamente porque
un hombre tan admirable tenía el más extraño
pensamiento que jamás dio loco en el
mundo,181 que expresaba con locuras
que llegaron...al término y raya de las mayores que pueden
imaginarse (III, 128, 9-10), que iba a ser el más
gracioso...hombre del mundo (IV, 273, 14-15).
Algunos lectores, naturalmente, encontraron
a Sancho más gracioso (III, 65, 29-31; III, 394, 26-30), por cuyo
motivo se amplió su papel. Al principio de este capítulo se
mencionó una posible explicación: que las palabras, que pueden
ser más variadas que las acciones, son intrínsecamente más
graciosas. Pero me gustaría sugerir una explicación más:
que Sancho también es más gracioso porque sus dos facetas
contrastan más dramáticamente; es más contradictorio
y menos coherente.
En Don Quijote existe cierta coherencia, por
más contradictoria que sea su personalidad. Es coherente en su
visión de sí mismo como caballero andante, sometido a ciertas
reglas, amando a su dama, intentando ser útil, y cerrando los ojos
ante el conflicto entre el mundo fantástico de sus libros y el mundo
real en el que vive. Coherentemente basa su vida y su filosofía en
lo que ha leído, y, como ya se ha dicho, está loco hasta el
último capítulo, aunque su locura va disminuyendo lenta y
sutilmente.
Sancho, sin embargo, es mucho menos coherente,
pues Cervantes pretendía que fuera más gracioso. Podemos concluir
por la manera cómo Sancho es tratado que Cervantes prefirió
el humor a la coherencia en la caracterización. Lo modifica
fácilmente, mucho más que Don Quijote, haciéndolo juicioso
o estúpido, entendido o ignorante, según como le convenga para
el humor. Descrito en la misma forma superlativa que su amo, es uno
de los más solenes mentecatos de nuestros siglos (III, 108,
4-5). Sancho no ha leído nunca un libro de caballerías (I,
138, 9-11); desconoce la caballería (I, 232, 22-23), tanto que cree
que hay arzobispos andantes (I, 382, 23-27) y que un soberano puede vender
a sus súbditos (II, 41, 19-31). Sin embargo, de repente habla con
su amo utilizando un bello lenguaje caballeresco (I, 136, 17-23; I, 262,
29-263, 31), con una campesina a la que llama Dulcinea (III, 136, 6-15),
y con la duquesa (III, 370, 1-15).182 Sabe
citar romances a Doña Rodríguez de Grijalba y a Don
Quijote,183 contar historias muy adecuadas
(III, 386, 1-14) y rivaliza con Don Quijote en comparaciones (III, 153, 32-154,
5), pero utiliza proverbios a troche moche (IV, 58, 12), aunque
alguna vez los usa genialmente.184 De hecho,
sólo los emplea excesivamente o mal con los personajes que los encuentran
graciosos (la duquesa)185 o fastidiosos
(Don Quijote).
Al contrario que otra gente de su
pueblo,186 Sancho sabe en la Primera Parte
que una ínsula está rodeada de
agua.187 Es más gracioso, sin embargo,
si la ínsula que en realidad gobierna está en tierra
firme, y así en la Segunda Parte ignora este elemental hecho
geográfico (IV, 196, 6-16); del mismo modo, utiliza con seguridad
la expresión Santiago, y cierra España (III, 76,
22), pero más tarde desconoce cómicamente su significado (IV,
230, 1-7). Sancho servirá a Don Quijote fiel y legalmente
(III, 107, 25), pero seis capítulos más adelante encontramos
que sus servicios durarán sólo hasta que lleguen a
Zaragoza,188 y entonces nos enteramos que
le servirá hasta la muerte (III, 412, 27-29). Es prevaricador
del buen lenguaje (III, 244, 15), pero puede aparecer con la brillante
acuñación de vaziyelmo (II, 304, 4). Tanto Don
Quijote como el narrador lo describen como
tonto.189 En su pueblo todos lo ven como
un porro,190 y él se aplica estos
términos a sí mismo (IV, 389, 21-22; III, 416, 29), añadiendo
que tiene un ruin ingenio (III, 416, 22). Ni ve las intenciones
de las ridículas ceremonias (IV, 78, 30) de Barataria
ni se da cuenta de que Pedro Recio de Agüero se burla de él (IV,
97, 4-100, 14). Sin embargo es lo suficientemente listo para darse cuenta
de que el suicidio de Basilio es falso (III, 270, 10-11), para observar el
divertido error en el discurso del diablo (III, 428, 17-20), y para hacer
preguntas inteligentes, aunque burlonas del primo (III, 279, 23-280, 30).
Aunque sea analfabeto (I, 138, 10-11, y en muchas frases posteriores), sabe
tanto que parece que haya estudiado,191
y tiene conocimientos de la composición de libros (III, 75, 10-14)
y del teatro (III, 149, 2-11) a los que nunca hubiera podido acceder en su
lugar, pero es tan ignorante que cree que si fuera noble, sería adecuado
que su propio barbero le siguiera en público (I, 297, 24-27), y no
sabe identificar como galeras los bultos con pies
que se mueven en el mar (IV, 276, 10-11). Pone de manifiesto la hiperbólica
retórica de Don Quijote cuando, casi a la perfección, repite
sus palabras después de la identificación de los batanes (I,
276, 19-27), pero pronto nos dice que tiene tan mala memoria que a menudo
olvida su nombre (I, 367, 14-16), y nos reímos de él cuando
destroza la carta de Don Quijote para Dulcinea (I, 380, 24-381, 14); su
buena memoria, no deja de señalarnos el narrador, causó
no poco gusto al cura y al barbero (I, 381, 15-16). Es lo
suficientemente estúpido para partir para El Toboso para encontrar
a Dulcinea allí, aunque que se haya acabado de enterar que es en realidad
Aldonza Lorenzo, de su mismo pueblo (I, 377, 16-17). Al principio de la Segunda
Parte es lo suficientemente listo para darse cuenta de que buscarla allí
es una pérdida de tiempo, e inventar su encantamiento. No obstante,
es lo bastante estúpido para que la duquesa le convenza de que el
encantamiento que él mismo ha inventado es real, y acceder a darse
3.300 golpes para darle fin.
Gracioso, desde luego. Coherente, no mucho.
Naturalmente, hay cierta coherencia en Sancho. A lo largo de todo el libro
le interesa la comida, desea el bienestar físico, y nos divierte con
sus palabras. Sin embargo Cervantes nos muestra que prefiere el humor a la
coherencia del personaje poniendo en boca de los personajes palabras que
nunca dirían, si quisiera que fueran coherentes. Don Quijote, que
cree que Dulcinea es la mujer más maravillosa que se haya creado,
nunca la compararía con Helena y La Cava. Sancho, que
no tiene ninguna razón para enojar a su amo y teme su cólera
(I, 285, 3), debería saber que no se debe comparar sus
pensamientos con el estiércol (III, 154, 12-14) o inventar detalles
tan ofensivos sobre Dulcinea (II, 64, 11-67, 32; III, 111, 20-112, 5). Doña
Rodríguez, la dueña de honor de la duquesa (IV,
112, 23-25), es llamada veneranda por Don Quijote (III, 380,
32) y reverenda por el
narrador.192 Sin embargo, Cervantes no
sólo la presenta sorprendente y cómicamente
ignorante,193 sino que pone en su boca la
línea más obscena de todo el
romancero,194 le hace discutir su falta
de virginidad (III, 454, 5-8), y comparar lo que cubre su cuerpo con lo que
cubre un muladar.195
1 Russell y
Close, en sus artículos y en el libro citado en la introducción,
nota 3. Son predecesores E. M. Wilson, Cervantes and English Literature
of the Seventeenth Century, Bulletin hispanique, 50 (1948),
27-52; A. A. Parker, Don Quixote and the Relativity of Truth,
Dublin Review, Vol. 220, N1 441 (otoño, 1947), 28-37, revisado
y traducido con el título El concepto de la verdad en el
Quijote, Revista de filología española,
32 (1948), 287-305, y Fielding and the Structure of Don
Quixote, Bulletin of Hispanic Studies, 33 (1956), 1-16;
e incluso Fitzmaurice-Kelly (véase la introducción de su
edición de la traducción de Thomas Shelton [1896; reimpr. New
York: AMS, 1967).
2 Tres estudios de
Close, eclipsados por su libro, tratan indirectamente de problemas del humor:
Sancho Panza: Wise Fool, Modern Language Review, 68 (1973),
344-357, Don Quixote's Love for Dulcinea: A Study of Cervantine
Irony, Bulletin of Hispanic Studies, 50 (1973), 237-255, y
Don Quixote's Sophistry and Wisdom, Bulletin of Hispanic
Studies, 55 (1978), 103-114. También debería mencionarse
su Cervantes' Arte nuevo de hazer fábulas cómicas
en este tiempo, Cervantes, 2 [1982], 3-22, que trata
básicamente de la teoría de la ficción y sólo
incidentalmente del humor, y Characterization and Dialogue in Cervantes's
Comedias en prosa, Modern Language Review, 76 [1981],
338-356; también Jean Canavaggio, Las figuras del donaire de
Cervantes, en Risa y sociedad en el teatro español del Siglo
de Oro (Paris: CNRS, 1980), págs. 51-64.
Hay un capítulo sobre el humor verbal
en El Quijote como obra de arte del lenguaje de Helmut
Hatzfeld, anejo 83 de la Revista de filología española,
20 edición (Madrid: CSIC, 1966), págs. 153-176, y un estudio
de George K. Zucker, La prevaricación idiomática: un
recurso cómico en el Quijote, Thesaurus,28 (1973),
515-525, y algunos comentarios sobre el humor verbal en Laura J. Gorfkle,
Discovering the Comic in Don Quixote, North Carolina Studies
in the Romance Languages and Literatures, 243 (Chapel Hill: U.N.C. Department
of Romance Languages, 1993). Adrienne Laskier Martín relaciona el
humor con la locura y la paradoja en Cervantes and the Burlesque Sonnet
(Berkeley: University of California Press, 1991), págs. 66-80 (libro
reseñado por Emilie L. Bergmann en Cervantes,11.2 [1991], 105-107).
No he visto la tesis de Anne Marie Bodensieck, The Linguistic Comic
in Cervantes' Don Quixote de la Mancha, Wisconsin, 1928, ni
la de Ames Haven Corley, A Study in the Word-Play in Cervantes' Don
Quixote, Yale, 1914. Sin embargo, no se ha intentado hacer con
Don Quijoteun estudio similar al de Teresa Aveleyra Arroyo de Anda
en El humorismo de Cervantes en sus obras menores (México,
1962) (también El humorismo de Cervantes, Anuario de
letras, 3 [1962], 128-162), o al de Amelia Agostini de del Río
en El teatro cómico de Cervantes, Boletín de
la Real Academia Española, 44 (1964), 223-307, 475-539 y 45 (1965),
65-116. Más adelante se usará el artículo de D. van
Maelsaeke, The Paradox of Humour: A Comparative Study of Don
Quixote, Theoria [¿Natal, África del Sur?],
28 (1967), 24-42, por su información sobre el romanticismo alemán
y Cervantes, pero no es un estudio sobre el humor; el de Roy Johnson, The
Humor of Don Quixote, Romanic Review, 54 (1963), 161-170,
es un tratado sobre el carácter o temperamento del protagonista.
3 II, 361, 20-21.
Sansón Carrasco, en las raras ocasiones en que es amable con Don Quijote
(pág. 129, infra), dice que tiene un boníssimo
juizio (IV, 321, 23-24).
4 Lo que hablava
era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hazía, disparatado,
temerario y tonto (III, 221, 22-24).
5 George McFadden,
Discovering the Comic (Princeton: Princeton University Press, 1972),
pág. 3; C. F. de la Vega, El secreto del humor (Buenos Aires:
Nova, 1967), pág. 15 y passim; etc. Sobre el humor, como ha
dicho Santiago Vilas, nadie parece ponerse de acuerdo con nadie
(Hacia un concepto del humor, págs. 15-97 de su El
humor y la novela española contemporánea [Madrid: Guadarrama,
1968], en la pág. 35). Para un análisis de las nociones tempranas
sobre el humor, véase Patricia Keith-Spiegel, Early Conceptions
of Humor: Varieties and Issues, en Jeffrey H. Goldstein y Paul E. McGhee,
eds., The Psychology of Humor. Theoretical Perspectives and Empirical
Issues(New York y London: Academic Press, 1972), págs. 4-39. Entre
los tratamientos modernos, me han sido útiles Mathematics and
Humor de John Allen Paulos (Chicago: University of Chicago Press, 1980),
y Bohdan Dziemidok, The Comical. A Philosophical Analysis, trad. de
Marek Janiak (Dordrecht: Kluwer, 1993).
6 En términos
de López Pinciano, para saber lo que es feo hay que conocer lo que
es bello.
7 I, 75, 7-9; I, 276,
6-15; II, 391, 20; III, 380, 18-21; IV, 11, 26-27.
8 ElLibro de la
melancolía de Andrés Velázquez (Sevilla, 1585),
que Cervantes pudo haber conocido, define el humor en términos distintos
a los de Cervantes (la risa es producida por la admiración, más
bien que opuesta a ella), y no explica cómo producirla. Hay solamente
otra discusión sobre la creación del humor que es fácil
que Cervantes conociera, que es la que se encuentra en el libro segundo del
Cortesano de Castiglione, pero es una discusión acerca de
cómo conseguir el humor en discursos y acciones, más que en
obras escritas. No he encontrado ninguna prueba de que Cervantes se inspirara
en él ni siquiera para el humor verbal de Don Quijote. Margherita
Morreale no menciona a Cervantes en su estudio de la influencia del
Cortesano en España, Cortegiano faceto y
Burlas cortesanas. Expresiones italianas y españolas para
el análisis y descripción de la risa, Boletín
de la Real Academia Española, 35 (1955), 57-83.
9 Bien puedes
preciarte que en servir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la caterva
de cavalleros que han tratado las armas en el mundo (IV, 11, 4-7);
en él [don Quijote] se encierra y cifra todo el valor del andante
cavallería (IV, 299, 11-12).
Don Quijote simboliza todos los caballeros
andantes. Como dice Sansón Carrasco, después de haber derrotado
a Don Quijote, en sólo este vencimiento hago cuenta que he vencido
todos los cavalleros del mundo (III, 174, 28-30). Véanse
también los pasajes citados en la primera nota del capítulo
1.
10 En quien
[Sancho], a mi parecer, te doy cifradas todas las gracias escuderiles que
en la caterva de los libros vanos de cavallerías están
esparzidas (I, 38, 28-30).
11 Se ha propuesto
que los personajes, que tienen ocupaciones tan diversas, con pocas repeticiones
(un cura, un canónigo, un eclesiástico, un bandido, un duque,
etc.), representan a distintos tipos. Doña Rodríguez era un
exemplo de dueña (IV, 28, 28), y Dulcinea, según
Don Quijote, era sustento de la hermosura, nata de los donaires y,
finalmente, sugeto sobre quien puede assentar bien toda alabança,
por ipérbole que sea (IV, 393, 10-13); en ella se vienen
a hazer verdaderos todos los impossibles y quiméricos atributos de
belleza que los poetas dan a sus damas (I, 174, 1-3).
12 Así Don
Quijote [dize] grandes disparates (III, 49, 21-22); andavan
mezcladas sus palabras y sus acciones [de Sancho] con assomos discretos,
y tontos (IV, 154, 11-13). La gradual aproximación de Don Quijote
y Sancho es bien conocida; más adelante en este mismo capítulo
se estudian sus similitudes. En el texto se señala la influencia de
la locura, discreción y cortesía de Don Quijote en Sancho (I,
382, 7-12; III, 154, 8-20; III, 408, 27-32; III, 455, 25-31), aunque el texto
también señala que Sancho nunca fue tan loco como su amo (II,
325, 17-22; II, 326, 31-327, 2), ni tan bien hablado (III, 409, 1).
13 Novelas
ejemplares, prólogo, 23, 19-20; así deberíamos entender
las hazañas y donaires de don Quixote y de su escudero
(III, 110, 11-13). Cuando Sancho está solo, como gobernador, entonces
encontramos referencias a sus palabras y acciones (IV, 210,
10).
14 III, 46. Las
etimologías equivocadas, de las cuales Ptolomeo es el
mejor ejemplo (III, 362, 5-10), son puestas en boca de Sancho. Varios de
sus errores lingüísticos consisten en grotescos intentos de reducir
una palabra a lo que cree que son sus componentes originales.
15 III, 60-62. En
boca de Sancho, quien pretende ser experto en preguntas y respuestas (III,
280, 20-25) se ponen preguntas que producen risa por su contraste con un
contexto inadecuado. Entre éstas se encuentran, por ejemplo, sus preguntas
acerca del fabricante del puñal de Montesinos (III, 288, 30-289, 5),
si los ermitaños tienen pollos (III, 305, 11-12), y si los soldados
gritan Santiago y cierra Españaporque España está
abierta (IV, 230, 1-6).
16 III, 38-40.
Véase Donald McGrady, The Sospiros of Sancho's Donkey,
Modern Language Notes, 88 (1973), 335-337. Se encuentran otras alusiones
a los suspiros en la anécdota del perro hinchado (III, 29, 16-20),
y en IV, 71, 1-2.
17 Son ejemplos de
contrastes involuntariamente humorísticos en las comedias un
viejo valiente y un moço cobarde, un lacayo rectórico, un paje
consejero, un rey ganapán y una princesa fregona (II, 349,
15-17).
18 Mayáns
fue el primero en incluir este comentario en los estudios cervantinos
(Vida, pág. 54). No se ha podido identificar su fuente;
Fitzmaurice-Kelly, Reseña documentada,pág. 132, nota
366, indica que no se encuentra en Dichos y hechos del Sr. Rey D. Felipe
III de Baltasar Porreño, que a veces se dice que ha sido la fuente
de Mayáns.
19 La frase de Tamayo,
ingenio, aunque lego, el más festivo de España,
se suele citar incompleta. Se halla en Américo Castro, El pensamiento
de Cervantes, pág. 121, nota 131. El libro de Tamayo, la Junta
de libros, la mayor que España ha visto en su lengua (Biblioteca
Nacional, MSS 9752-9753), está todavía inédito. La
descripción de Cervantes como ingenio lego se halla en
Viaje del Parnaso, 88, 23.
20 Además
del artículo de Close citado en la nota 2, supra, hay los de
Amado Alonso, Las prevaricaciones idiomáticas de Sancho,
Nueva revista de filología hispánica, 2 (1948), 1-20;
Charles Vincent Aubrun, Sancho Panza, paysan pour de rire, paysan pour
de vrai, Revista canadiense de estudios hispánicos, 1
(1976), 16-29; Monique Joly, Ainsi parlait Sancho Pança,
Les langues néo-latines, 69 (1975), 3-37; y otros estudios,
que pueden encontrarse en la bibliografía de Flores, Sancho
Panza, págs. 163-165.
21 Tengo un
asno que vale dos vezes más que el cavallo de mi amo (III, 165,
10-11).
22 I, 65, 22-27.
Eso era materia de grande risa (I, 65, 17).
23 III, 97, 27-98,
2. Don Clavijo, seductor de Antonomasia, sabe hacer jaulas para pájaros,
una de las gracias que son suficientes para derribar una montaña,
no que una delicada donzella (IV, 13, 1-6).
24 En el capítulo
3 de la Primera Parte. La buena señora (I, 75, 12) es
identificada como prostituta en I, 60, 16 y I, 61, 29-30.
25 La importancia
que el protagonista atribuye a los nombres es exagerada; escoge el de Rocinante
entre muchos nombres que formó, borró y quitó,
añadió, deshizo y tornó a hazer en su memoria e
imaginación (I, 54, 29-32). Para escoger su propio nombre
tardó otros ocho días (I, 55, 7).
26 IV, 392, 11-12,
donde dice que la selección de nombres pastoriles es lo más
principal de aquel negocio.
27 III, 56, 15-20.
Es irónico que el título don se haya introducido
en la lengua inglesa como substantivo (cuando no lo es en español)
en gran parte debido a la influencia de Don Quijote, cuyo protagonista
es frecuentemente llamado el don por escritores que sólo
conocen la obra en inglés.
28 Como señala
Leo Spitzer (Linguistic Perspectivism in the [sic] Don
Quijote, en Linguistics and Literary History [Princeton:
Princeton University Press, 1948], págs. 41-85, en la pág.
49; Perspectivismo lingüístico en El Quijote,
en Lingüística y historia literaria, traducción
de José Pérez Riesco, 20 edición [Madrid: Gredos, 1961],
págs. 135-187, en la pág. 148), Don Quijote cree que su nombre
es una honorable derivación de Lanzarote, pero en realidad es poco
digno; ‑ote se usa como rima humorística en el poema
de Don Quijote, I, 376, 3-28. Para una discusión más amplia
de este episodio, véase Luis Murillo, Lanzarote y Don
Quijote, en Folio. Papers on Foreign Languages and
Literatures, 10. Studies in the Literature of Spain. Sixteenth and
Seventeenth Centuries, ed. Michael J. Ruggerio (Brockport, New York:
Department of Foreign Languages, State University of New York at Brockport,
1977), págs. 55-68, que menciona estudios anteriores y menos extensos
sobre este tema.
29 Argamasa
es mortero. Cervantes usó este término en comparaciones para
representar dureza: más duro que si fuera hecho de argamassa
(I, 147, 6-7), más dura que un pedaço de argamasa
(La ilustre fregona, II, 310, 25-26).
30 El matrimonio
de Sancho con Teresa es muy infeliz: súfrala el mesmo
Satanás, dice en III, 277, 15, después de comentar que
su mujer no es muy mala, pero no es muy buena. Estos comentarios
vienen inmediatamente después del discurso de Don Quijote sobre el
matrimonio, que provoca una respuesta entusiástica por parte de Sancho.
Aunque no está expresado en el texto, puede deducirse cierta
conexión entre la reacción de Sancho y el comentario final
de Don Quijote, si la [mujer] traes mala, en trabajo te pondrá
el emendarla.... Yo no digo que sea impossible, pero téngolo por
dificultoso (III, 276, 10-13). Ni Don Quijote (III, 356, 14; IV, 52,
18-27) ni Sancho (I, 113, 10-15; II, 399, 25) sienten gran respeto por Teresa,
que no quiere que Sancho sea un hombre en su propia casa (III, 107, 14-16).
Si su hija Sanchica ha resultado bien, ha sido en opinión de Sancho,
a pesar de su madre (III, 165, 29-30).
Generalmente no está muy contento cuando
vuelve a casa (III, 80, 18-19), y Teresa tiene motivos para temer que la
olvidará (III, 82, 21): a Sancho le resulta fácil olvidar a
su mujer cuando trabaja (IV, 369, 32-370, 1). Se da a entender que Teresa
no es bella (III, 275, 15-16, y muchas afirmaciones parecidas). En realidad,
no sólo es fuerte, tiessa, nerbuda y avellanada (IV, 142,
30-31), sino gorda (IV, 340, 3), por cuya razón Sancho sugiere el
despectivo nombre pastoril de Teresona (IV, 340, 2). A pesar de que pretende
tener castos desseos y que desea evitar casas agenas
(IV, 340, 5-7), está totalmente dispuesto a dar a Altisidora lo que
Don Quijote no quiere (IV, 370, 26-27), y declara caballerosamente que desea
servir a la duquesa (III, 408, 17-26).
Teresa dice cosas feas cuando se le
antoja (III, 277, 13-14); afirma que su corazón estaba triste
durante la ausencia de su marido, pero lo que le hace feliz son cosas materiales,
y da gracias a Dios de que el asno, acerca del cual pregunta primero, ha
regresado en mejores condiciones que su esposo (II, 398, 28-399, 14). Las
momentáneas apariciones de Teresa en la Segunda Parte, en su
correspondencia (capítulo 52), durante la visita del paje (capítulo
50), y en el apócrifo capítulo 5 (III, 83, 29; III, 88, 28)
confirman la descripción que hace Sancho de ella: codiciosa, así
como testaruda (III, 107, 7-12) y vanidosa. Satisfacerla bien
podía ser uno de los motivos por los que Sancho se fue de casa con
la promesa de que sería gobernador (véase III, 73, 27-30),
y, por lo tanto, rico (II, 41, 19-31; III, 447, 1-3; IV, 372, 25-27; quizás
IV, 195, 21-23).
31
Asnalmente (I, 111, 13-14).
32 I, 349, 15-18;
II, 389, 26-390, 6; III, 105, 28-106, 1; III, 199, 7-10; III, 451, 3-7; III,
452, 12-16; parodiado en I, 129, 2-13, con palabras que son repetidas en
el discurso de la Edad de Oro. (Nótense asimismo las burlescas actividades
del ventero, I, 68, 25-28.) Se encuentran afirmaciones algo más precisas
acerca de los deberes de un caballero andante en III, 39, 1-24; III, 45,
11-14; III, 237, 7-10; IV, 169, 22-25; y IV, 204, 21-23 (parodiado en II,
396, 30-31).
33 De la misma manera,
el refrán inglés actual chivalry is dead (la
caballería está muerta), que quiere decir que ya no se
sirve a las mujeres, refleja una postura ahora olvidada: que en Don
Quijote Cervantes había atacado y destruido no sólo un
tipo de literatura caballeresca, sino la caballería misma (véase
Close, Romantic Approach, capítulo 3).
34 La conexión
creada por Hearnshaw (Chivalry and its Place in History, págs.
8-9) entre el comienzo de las Cruzadas en el Concilio de Clermont y el servicio
a las mujeres raya en lo excéntrico; compárese el tratamiento
de Federico Duncalf, The Councils of Piacenza and Clermont, en
A History of the Crusades, ed. Kenneth M. Setton, I, 20 edición
(Madison: University de Wisconsin Press, 1969), 220-252.
En el tratado medieval sobre la caballería
más famoso, el Libro del orden de caballeríade Lulio,
la función de la orden de caballería era proporcionar
la fuerza necesaria para mantener las leyes de Dios y del hombre (Painter,
French Chivalry, pág. 79). El Doctrinal de los cavalleros
de Alonso de Cartagena (Burgos: Friedrich Biel, 1487; disponible en microfilme
en la serie Iberian and Latin American Books before 1701 [antes
Hispanic Culture Series], 317) empieza con Dios y con las leyes,
y en Tirant lo blanc, que incluye muchas consideraciones teóricas
sobre la caballería, se dice que se fundó para que la
justicia fuese tornada en su honra y prosperidad, y para que Dios
[fuese] amado, conocido y honrado (capítulo 32). La protección
de las mujeres formaba parte de estos propósitos más amplios.
Sobre la deformación de don Quijote de los principios de la
caballería, véase ahora Robert W. Felkel, El trastorno
de la caballería en Don Quijote: El héroe cervantino
a la luz de los tratados de caballería catalanes, Anales
cervantinos 30 (1992), 99-127.
35 Incluso en los
libros de caballerías españoles, la caballería no significa
servir a las mujeres; estos libros se centraban en los hombres, como he
señalado en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age,
págs. 70-71, y en Cervantes y Tasso vueltos a examinar.
Diego Clemencín, que adoptó como propio el parecer de Don Quijote
(véase su introducción, págs. 990b-991a de la edición
citada), tiene que escoger y seleccionar, y tomar citas fuera de contexto,
para respaldar la postura de Don Quijote (nota 9 de Clemencín a I,
11). Como se trata de un punto importante, explicaré cómo
Clemencín ha distorsionado los datos. Empieza con una cita de Feliciano
de Silva, el autor más licencioso de estos libros y el favorito de
Don Quijote, pero esta cita según la cual los caballeros deberían
defender a dueñas y doncellas, proviene de parte interesada,
no de un narrador imparcial (como erróneamente dije en una ocasión).
Su cita de Tirant aparece solamente después de un juramento
de servicio al rey (como Clemencín sólo da la referencia del
capítulo italiano, puede ser útil observar que se encuentra
en el capítulo 59 del original).
Clemencín también cita como pruebas
las reglas de los Caballeros de la Banda, incluidas en Doctrinal de los
cavalleros de Alonso de Cartagena. (He usado la edición de Burgos:
Friedrich Biel, 1487, disponible en microfilme en la serie Iberian and
Latin American Books before 1701, antes Hispanic Culture Series,
rollo 317; una edición científica la ofrece Isabel García
Díaz, La Orden de la Banda, Archivum Historicum Societatis
Iesu, 60 [1991], 29-89, quien comenta otras ediciones modernas en su
pág. 61. La tesis de licenciatura de García Díaz, La
Orden de la Banda en la política de Alfonso XI, Departamento
de Historia Medieval, Universidad de Murcia, 1983, está citada por
Rogelio García Mateo, S. J., Orígenes del
más ignaciano, pág. 122, nota 16.) Sin embargo,
Clemencín no observa que estas reglas ocupan sólo una pequeña
parte de la obra, en la que se da mucha más importancia a la amistad
masculina (fols. R5v -8v ). Es cierto que un caballero
de esta organización tenía que hacer tres cosas: guardar
lealtat a su señor, amar verdaderamente a quien oviere
de amar, espeçialmente a aquella en quien pusiere su
entinçion y amar a sy mismo e preçiarse e tenerse
para algo (fols. 79 Q7v -Q8r ). Pero parece que
el segundo de estos deberes está dirigido al matrimonio (véase
86 fol. R3v ); en la ceremonia de investidura, lo que el caballero
tenía que jurar era que en toda la vuestra vida que seades en
seruiçio del rey e que seades sienpre vasallo del rey o de alguno
de sus fijos, y que amedes a los caualleros de la Vanda
(fol. 82 R1r ). La frase que cita Clemencín, que
el cavallero dela vanda deue ayudar alas dueñas e donzellas fijas
dalgo, no es más importante que las instrucciones que los caballeros
no jueguen a los dados, coman manjares suizos o no vistan de
forma poco apropiada (fol. Q8v 80-81).Es cierto que un
caballero de esta organización tenía que hacer tres cosas:
guardar lealtad a su señor, amar verdaderamente
a quien oviese de amar espeçialmente aquel en quien posiere su
entinçión y amar a sí mesmo e preçiarse
e tenerse por algo (fols. Q7v -8r). Pero parece
que el segundo de estos deberes está dirigido al matrimonio (véase
fol. R3v); en la ceremonia de investidura, lo que el caballero
tenía que jurar era que en toda vuestra vida que seades en
serviçio del rrey o de alguno de sus fijos, y que amedes
a los cavalleros de la vanda (fol. R1r). La frase que cita
Clemencín, que el cavallero dela vanda deue ayudar alas dueñas
e donzellas fijas dalgo, no es más importante que las instrucciones
que los caballeros no jueguen a los dados, coman manjares suizos
o no vistan de forma poco apropiada (fol. Q8v). Está muy
lejos del amor caballeresco de Don Quijote.
Dos de los otros ejemplos de Clemencín
provienen de obras italianas, Morgante y Leandro el bel (sobre
éste, véase Thomas, págs. 229-234). Y tiene dos citas
de la última continuación de Belianís de Grecia,
y yo puedo añadir una afirmación del prólogo del licencioso
Francisco Delgado a la edición de Amadís publicada en
Venecia en 1533 (este pasaje es reproducido por Adolfo de Castro, Varias
obras inéditas de Cervantes [Madrid, 1874], págs. 436-437);
es dudoso aunque no imposible que Cervantes conociera este texto.
Ésta es una pobre cosecha de un conjunto
tan inmenso de obras como son los libros de caballerías castellanos,
en los que hay amplia confirmación de una afirmación tal como
desaforados disparates hecha por el canónigo (véase
la nota de Clemencín del capítulo 47 de la Primera Parte).
36 Romances of
Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 82-84. En I, 50, 22-24
se revela que Silva es el autor favorito de Alonso Quijano. Creo que la lascivia
de las obras de Silva es dejada de lado en Don Quijote para evitar
que atraiga a los lectores a ellas. Cervantes dice, en cambio, que son imposibles
de entender.
37 I, 64, 8; Conchita
Herdman Marianella estudia este cambio en Dueñas and
Doncellas: A Study of the Doña Rodríguez
Episode in Don Quixote, University of North Carolina Studies
in Romance Languages and Literatures, 209 (Chapel Hill: University of North
Carolina, 1979), págs. 74-76. Sobre el empleo de romances en Don
Quijote, véase Luis Murillo, Lanzarote and Don
Quijote, y mi El romance visto por Cervantes.
38 III, 376, 30-377,
3; III, 380, 8-14; III, 382, 2-8.
39 I, 213, 5-8; se
olvida de él en I, 294, 25-295, 29 y II, 55, 29-30.
40 Aun cuando Don
Quijote dice que Amadís era grande amparador de las donzellas
(III, 93, 23), hace la siguiente pregunta retórica:
¿Quién es más honesto...que el famoso Amadís
de Gaula? (III, 46, 13-15), y le utiliza, mucho más tarde, como
modelo para protegerse de ocasiones que le moviessen o forçassen
a perder el honesto decoro que a su señora Dulcinea guardava
(IV, 70, 26-30). También se menciona que Amadís servía
de modelo para Don Quijote en I, 55, 12-21; I, 351, 22-353, 30; I, 374, 15-375,
10; y II, 376, 5-11.
41 III, 275, 29-31,
aunque véanse los pasajes citados en la nota 39. Es teniendo
a raya los ímpetus de los naturales movimientos (III, 61, 8-10),
pon[iendo] una muralla en medio de mis desseos y de mi honestidad
(IV, 68, 26-27).
42 Naturalmente eso
no es verdad. Compárese, por ejemplo, con la actitud del Caballero
del Febo; véase el capítulo 52 de la Primera Parte del Espejo
de príncipes y caballeros.
43 Marcela es estudiada
en el capítulo siguiente.
44 III, 390, 30-32;
también I, 55, 26-28 y I, 172, 14-24.
45 Galaor, hermano
de Amadís, nunca tuvo dama señalada a quien pudiesse
encomendarse, y con todo esto no fue tenido en menos (I, 172, 28-30).
Diego Clemencín, comentando este pasaje, pudo encontrar sólo
una regla de los Caballeros de la Banda (nota 35, supra) en apoyo
de la afirmación de Don Quijote, pero de nuevo ha citado mal incluso
estas reglas. Lo que el texto dice es que ningún cavallero de
la banda estuuiese en la corte sin servir a alguna dama (cursiva
mía); ya se ha señalado que el matrimonio, según estas
reglas, es una consecuencia probable.
46 El Toboso,
un lugar de la Mancha (I, 173, 29-30). Del Toboso es resaltado
en el mismo poema que utiliza ‑ote como rima humorística
(nota 28, supra), una añadidura que no
causó poca risa (I, 376, 31-32).
En tiempos de Cervantes, la mayor parte
de la población [de El Toboso] era de moriscos, y...no había
nobles, caballeros ni hidalgos, según un informe de 1576 (citado
por Diego Clemencín, nota 38 del capítulo 32 de la Segunda
Parte). Pero según dos investigadores recientes, El Toboso no tenía
mayor proporción de moriscos que otra comarca: Bernard Loupias, En
marge d'un recensement des morisques de la Ville de El Toboso (1594),
Bulletin hispanique, 78 (1976), 74-96, y Annie Molinié, El
Toboso: Mythe et réalité, en Iberica I. Cahiers
ibériques et ibéro-américains de l'Université
de Paris-Sorbonne, ed. Haïm Vidal Séphiha (Paris: Conseil
Scientifique de l'U.E.R. d'Études Ibériques et
Latino-américaines, ¿1991?), págs. 203-215. No he podido
ver la tesis inédita de Maria Ghazali, El Toboso (1554-1664),
citada en el Anuario áureo III, Criticón, 57
(1993), 91.
47 IV, 251, 2;
también III, 132, 23; III, 133, 10 y 17; III, 176, 29.
48 La familia de
Aldonza, los Corchuelos, son labradores; véase I, 363, 14-15 y 22-23;
I, 364, 5-7; II, 64, 11-66, 19; e incluso I, 130, 16-19.
49 Howard Mancing,
The Comic Function of Chivalric Names in Don Quijote,
pág. 223; Augustin Redondo, Del personaje de Aldonza Lorenzo
al de Dulcinea del Toboso: Algunos aspectos de la invención
cervantina, Anales cervantinos, 21 (1983 [1984]), 9-22, en las
págs. 11-12. Una Aldonza de Minjaca aparece en El juez de los
divorcios.
50 En su contexto,
la declaración de Elicio implica lo mismo: ay en la rústica
vida nuestra tantos resbaladeros y trabajos, como se encierran en la cortesana
vuestra (La Galatea, II, 34, 24-26).
51 I, 364, 3-4.
Melindre era una forma de conducta, la afectada y demasiada
delicadeza (Diccionario de autoridades), que se asociaba a una
actitud distante. Marcela es melindrosa (I, 161, 14-15); la muerte, sin embargo,
no lo es (III, 262, 6-7), ni lo es Galaor, el inconstante hermano de Amadís
(I, 51, 30-31). La hija de Juan Palomeque no entiende por qué las
damas de los caballeros son melindrosas en lugar de favorecer a sus pretendientes
(II, 82, 17-23).
52 I, 363, 27-28.
Esta palabra tiene un sentido sexual: véase Don Quijote, I,
305, 27-30; IV, 119, 22 y 28; IV, 217, 2; La gitanilla, I, 54,
25-28; La señora Cornelia, III, 126, 24-28; el Cancionero
de obras de burlas; El burlador de Sevilla; Comedia llamada Serafina,
ed. Glen F. Dille (Carbondale and Edwardsville: Southern Illinois University
Press, 1979), pág. 58, línea 1697; Comedia Florinea,
ed. Marcelino Menéndez Pelayo en Orígenes de la novela,
Nueva biblioteca de autores españoles, 1, 7, 14 y 21 (Madrid:
Bailly-Baillière, 1905-1915), III, 200b. La conexión entre
el sentido sexual y los estudiados en el capítulo anterior es que
una mujer crédula podía ser seducida (burlada) si se
le daba una falsa (de burlas) promesa de matrimonio.
53 III, 277, 13-15;
III, 321, 9-11. Sancho, como Maritornes y la hija de Juan Palomeque (II,
81, 24-82, 23), gust[a] mucho destas cosas de amores (I, 321,
20), y su apoyo al matrimonio de Clavijo y Antonomasia, que está
embarazada (IV, 17, 22-26), da a entender que aprueba su indulgencia sexual.
El propio Don Quijote sugiere que Sancho es mujeriego: No te muestres,
aunque por ventura lo seaslo cual yo no creo, codicioso, mugeriego
ni glotón (IV, 160, 24-26); aunque Don Quijote diga que no lo
cree, Sancho ha demostrado ya que es codicioso y glotón, lo que Don
Quijote tampoco cree. Lo que recalca es que Sancho no debe mostrarlo; como
dice en otra parte, menos mal haze el hipócrita que se finge
bueno que el público pecador (III, 305, 23-25; véase
también III, 276, 5-8 y IV, 284, 26-29).
54 I, 174, 8-12.
Acerca del conocimiento que tenía de sus partes íntimas,
véase la nota 58, infra.
55 Es decir, que
era tan virgen como su madre, I, 374, 10-11; confirmado en I, 129, 9-14:
donzella huvo en los passados tiempos que...se fue tan entera a la
sepultura como la madre que la avía parido. La forma vulgar
pero maestra, rara vez vista por escrito, es usada por Sancho (II, 180, 22),
y por un capellán en Rinconete y Cortadillo (I, 236, 3):
la puta que (me) parió (la mala puta que los
parió, El retablo de las maravillas, Comedias y entremeses,
IV, 122, 10). El colérico Don Quijote usa la muy hideputa puta
que os parió (II, 390, 27).
56 La
Cavasignificaba en árabe mujer mala (II, 252, 8-14);
es decir, puta (agradezco al orientalista Julio Cortés el que me lo
haya confirmado). Aun cuando Rodrigo, el rey cristiano, según Mariana
(I, 179) le hizo fuerza, otras fuentes mantienen que La Cava
no era, ni mucho menos, inocente. La conocida balada En Ceuta está
Don Julián la culpa a ella más que a Rodrigo, y en la
caballeresca Crónica sarracina de Pedro del Corral se observa
que si ella quisiera dar bozes, que bien fuera oída de la reina,
mas callóse con lo que el rey quiso fazer (ed. Ramón
Menéndez Pidal, Floresta de leyendas heroicas españolas.
Rodrigo, el último godo, I, 219).
En contraste con Homero, en cuyas obras la
conducta de Helena es ambigua (Kenneth John Atchity, Homer's
Iliad: The Shield of Memory [Carbondale and Edwardsville:
Southern Illinois University Press, 1978], págs. 22-29), en la
tradición clásica posterior y en la medieval Helena no está
exenta de culpa por la destrucción de Troya; véase The Trojan
War. The Chronicles of Dictys of Crete and Dares the Phrygian, traducido
por M. Frazer, Jr. (Bloomington: Indiana University Press, 1966), págs.
28 y 141. En La antigua, memorable y sangrienta destruición de
Troya.... A imitación de Dares, troyano, y Dictis, cretense griego
de Joaquín Romero de Cepeda (Toledo: Pero López de Haro, 1583),
pág. 90, Helena, aunque estaba casada con Menelao, oyendo dezir
de la gran hermosura y majestad del infante Paris vino...al templo de Venus
por velle, adonde Paris se enamoró della, y ella dél, y finalmente
la llevó consigo, y se casó con ella, por cuya causa suscedió
después la miserable destruición de Troya, que esta historia
trata (fol. 90r-v); más tarde hace la declaración
oficial que desea quedarse con Paris antes que volver a Grecia (fol.
94v). La versión de Juan de Mena de la Ilias latina,
La Ylíada en romance, impresa en 1519, es aún más
pintoresca. Helena, con grandes lloros, dice lo siguiente a su
amante Paris: ¿Veniste, Paris, llama de mis amores, sobrepujado
y vencido de las armas de mi marido, el antiguo? La qual pelea de los muros
yo vi, et avergonçéme averlo visto como te oviesse derribado
el violente Menelao, ensuziando et trayendo por el ýlico polvo las
tus crines y cabellos. Allí temí yo, mezquina, que la dórica
espada de Menelao apartasse los nuestros dulces besos; entonces todo el color
fuyera de la mi cara, la voluntad a mí dexada, et la mi sangre
desamparó los mis miembros (ed. Martín de Riquer [Barcelona:
Selecciones Bibliófilas, 1949], págs. 95 y 97). Poco más
o menos lo mismo puede encontrarse en la Crónica troyana;
véase el Libro tercero, capítulos 13-14 (fol. 32r-v
de la edición de Jacome Cromberger, Sevilla, 1552, disponible en
microfilme en la serie Iberian and Latin American Books before 1701,
antes Hispanic Culture Series, rollo 65).
57 Incluso la mujer
del Lazarillo, en el Tratado Séptimo, se molesta mucho por la
acusación de que había parido tres veces.
¿Qué les había pasado a los niños? ¿Los mataron
o abandonaron? Eso es lo que da a entender el hecho de que no estén
allí, lo cual es motivo de murmuración.)
58 I, 362, 31-363,
4; III, 124, 26-28; también I, 56, 17-20. En el primero de estos pasajes
Don Quijote dice que la ha visto cuatro veces, pero sólo una vez ella
se dio cuenta de que la estaba mirando; por lo visto, la última, poniendo
fin a esta actividad. En el segundo pasaje afirma que nunca la ha visto.
Creo que es más probable que el primero sea el correcto, porque el
segundo está combinado con la falsaobviamente
falsaafirmación de Don Quijote que ha hablado de esto con Sancho
mil vezes.
No es halagador considerar cómo Aldonza
no se dio cuenta de que Alonso Quijano la estaba mirando. La interpretación
más lógica es que la estaba espiando; ella creía que
nadie la estaba mirando, o creía que estaba en un lugar donde no
había nadie. Si detuvo a Don Quijote (véase también
I, 59, 14-17), no quería que la observaran.
59 La palabra que
falta, que Cervantes evita usar, es puta. No significaba
necesariamente, y en el caso de Aldonza ciertamente no significaba, una mujer
que cobraba sus amores, sin más bien la muger ruin que se da
a muchos (Diccionario de autoridades); Covarrubias da la
ramera o ruin muger.
60 No soy de
los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes
(III, 390, 32-391, 1; también I, 362, 27-29; repetido por Sansón
en III, 62, 30-31).
La identificación del amor platónico
con el amor casto arranca aquí, en las palabras de Don Quijote. Otis
Green, que ha estudiado el amor en la España renacentista, ha
señalado que el amor de Don Quijote, que no va a estenderse
a más que a un honesto mirar (I, 362, 29-30), sin que
se estiendan más sus pensamientos que a servilla (II, 72, 12-13),
no es el amor platónico sino el amor cortés medieval (véase
Spain and the Western Tradition, I [Madison: University of Wisconsin
Press, 1963; 20 edición, 1968], pág. 186, nota 96 y pág.
194; véase también José Filguera Valverde, Don
Quijote y el amor trovadoresco, Revista de filología
española, 32 [1948], 493-519).
Los conocimientos que tenía Cervantes
sobre el amor platónico probablemente procedían de las
Anotaciones a Garcilaso de Herrera (Garcilaso de la Vega y sus
comentaristas, pág. 239), donde, por supuesto, el amor no sexual
es el más elevado de los tres tipos de amor platónico, pero
no se identifica con el amor platónico. Sin embargo, evidentemente
Cervantes leyó a más de un autor sobre este tema (véase
Geoffrey Stagg, Plagiarism in La Galatea, Filologia
romanza, 6 [1959], 255-276), y la naturaleza del amor era, entonces como
ahora, objeto de considerable debate e incluso de confusión. Se
atribuían a Platón pareceres diversos (aunque no el de Don
Quijote). Ficino acuñó el término; para su
interpretación, véase Jerome Schwartz, Aspects of Androgyny
in the Renaissance, en Human Sexuality in the Middle Ages and
Renaissance, ed. Douglas Radcliff-Umstead, University of Pittsburgh
Publications on the Middle Ages and the Renaissance, 4 (Pittsburgh: Center
for Medieval and Renaissance Studies, 1978), págs. 121-131, y Edgar
Wind, Pagan Mysteries in the Renaissance, edición revisada
y ampliada (New York: W. W. Norton, 1968), en especial el capítulo
4; también puede ser útil el capítulo 6 de Baldesar
Castiglione de J. R. Woodhouse (Edinburgh: Edinburgh University Press,
1978). Para los autores del siglo XVI que escribieron sobre el amor y que
Cervantes empleó, Bembo, Mario Equicola, y León Hebreo, véase
el estudio algo anticuado de Nesca A. Robb, Neoplatonism of the Italian
Renaissance(London: Allen & Unwin, 1935), capítulo 6; para
ver una tentativa del siglo XX de entender el punto de vista de Platón
sobre el amor, véase Hans Kelsen, Die platonische Liebe,
Imago, 19 (1933), 34-98 y 225-255; traducido por George B. Wilbur,
Platonic Love, American Imago, 3 (1942), 3-110; véase
también el comentario de C. S. Lewis, The Allegory of Love
(1936; reimpreso en New York: Oxford University Press, 1958), pág.
5. Sin embargo, se recomienda especialmente al lector interesado por este
tema la bella traducción que hizo el Inca Garcilaso de una obra que
merece la pena ser estudiada, los Diálogos de amor de León
Hebreo (ed. P. Carmelo Sáenz de Santa María, S. I., en Obras
completas del Inca Garcilaso de la Vega, Biblioteca de autores
españoles, 132-135 [Madrid: Atlas, 1965], I).
Una cuestión algo distinta pero
también importante es el punto de vista de Cervantes acerca del amor
casto. Hay indicios de que, como ideal teórico, prefería la
castidad al amor físico y al matrimonio. Lo sugiere, por ejemplo,
la prudencia de un personaje tan juicioso como Preciosa: si la
virginidad se ha de inclinar, ha de ser a este santo yugo, que entonces
no sería perderla, sino emplearla en ferias que felizes ganancias
prometen (La gitanilla, I, 57, 7-10). El pretendido amor
platónico de Tomás por Constanza, limpio y no
vulgar, que no se estiende a más que a servir y
a procurar que ella me quiera, pagándome con honesta voluntad lo que
a la mía, también honesta, se deve (La ilustre
fregona, II, 301, 11-302, 7), no excluye el matrimonio como consecuencia,
aunque sólo el matrimonio de su amigo Carriazo, menos refinado, produce
descendencia (II, 352, 23-26). Afirmaciones en La Galatea y cerca
del final de Persiles declaran, como era de suponer, que el supremo
placer en esta vida viene de la unión de las almas. (Como sea
hazaña de tanta dificultad reduzir una voluntad agena a que sea una
propria con la mía, y juntar dos differentes almas en tan dissoluble
ñ checkedñudo [sic] y estrecheza que de las dos sean uno los
pensamientos y una todas las obras, no es mucho que, por conseguir tan alta
empresa, se padezca más que por otra cosa alguna, pues, después
de conseguida, satisfaze y alegra sobre todas las que en esta vida se
dessean [La Galatea, II, 68, 8-17]; ha gozarse dos almas
que son una...no ay contentos con que igualarse [Persiles, II,
204, 10-12].)
Se deduce, considerando el decepcionante resultado
de su matrimonio, en sentido emocional y reproductivo, un rechazo tardío
de la sexualidad por Cervantes. (Véase, con algunas reservas, W.
Rozenblat, ¿Por qué escribió Cervantes El juez
de los divorcios?, Anales cervantinos, 12 [1973], 129-135.)
Sin embargo, por lo menos en la época de la composición de
La Galatea y de su matrimonio, Cervantes creía que dado nuestro
estado de perdición y nuestras breves vidas (véase La
Galatea, II, 61, 20-62, 17), Dios había destinado que el amor
por una mujer condujera al matrimonio, unión sexual y reproducción;
no llegar al matrimonio y permanecer célibe sería un error.
La jerarquía de amores de Herrera debería comparase con la
de Tirsi (La Galatea, II, 61, 1-18), donde encontramos el amor deleitable
tratado mucho más amablemente (como también en Parnaso,
60, 25-27). El rechazo de la sexualidad, y la aceptación del papel
asexual que la sociedad y la iglesia destinaron al anciano, deben haberle
sido dolorosos y reticentes. (Véase, por ejemplo, la emoción
que hay en el rechazo de Don Quijote a las doncellas de la duquesa, y la
amenaza que él cree que representan [IV, 68, 16-31], o las objeciones
a ciertos versos, como en IV, 13, 27-14, 8. Como se ha citado en la nota
41, supra, el deseo sexual es un natural movimiento.)
61 III, 393, 27-28;
también I, 200, 32-201, 13; I, 231, 22-23; III, 92, 1-8; III, 348,
11-12.
62 I, 78, 22-81,
17; I, 124, 1-3; I, 119, 20-28; III, 392, 31-394, 9. En una ocasión
se ofrece ridículamente a ayudar a Sancho con vozes y advertimientos
saludables, si quiere, de forma poco caballeresca, vengarse de quien
no fuere armado cavallero (III, 150, 25-31), y después del
manteamiento declaró que si no fuera por su encantamiento,
yo te hiziera vengado...aunque en ello supiera contravenir a las leyes
de la cavallería, que, como ya muchas vezes te he dicho, no consienten
que cavallero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuere en defensa de
su propria vida y persona, en caso de urgente y gran necessidad (I,
231, 19-27). Antes de ser armado por el ventero, Don Quijote
sólo luchará con los que cree que no son caballeros (I, 73,
15-24).
63 Cervantes
constantemente describe la España rural pacífica y satisfecha;
lo único que perturba la paz son los bandidos catalanes, y, en la
costa, los corsarios moros.
64 Su alusión
a la posibilidad de emplear caballeros andantes para derrotar a los turcos
(III, 39, 1-24) es una recomendación al rey, no un plan personal.
Es evidentemente una parodia, como lo es su idea, inmediatamente después
de su derrota ante el Caballero de la Blanca Luna, de que podría rescatar
a Gaspar Gregorio de Argelia (IV, 313, 12-29).
65 I, 53, 14-15;
I, 351, 4-5; II, 200, 3-32; II, 337, 6-17; III, 116, 18-117, 14; III, 390,
9-14; III, 400, 2-7; IV, 339, 5-8.
66 En sólo
un día, el día que ve los rebaños, Don Quijote espera
hazer obras que queden escritas en el libro de la fama por todos los
venideros siglos (I, 234, 12-14). Quiere ser famoso con una
hazaña, que pueda hacer con comodidad, evitando
el peligro y las locuras de daño (I, 351,
4-11; I, 353, 5 y 29). Ahorrar caminos y trabajos para llegar a la
inaccesible cumbre del templo de la fama, seguir la
estrechíssima [senda] de la andante cavallería, bastante para
hazerle emperador en daca las pajas (III, 236d, 27-237, 2); con sólo
dos dedos de ventura, está en potencia propinqua [el cavallero
andante] de ser el mayor señor del mundo (IV, 18, 11-13).
67 Bien te
puedes llamar dichosa sobre quantas oy viven en la tierra...pues te cupo
en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente
y tan nombrado cavallero como lo es y será don Quixote de la Mancha.
El qual, como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de
cavallería, y oy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que formó
la sinrazón y cometió la crueldad (I, 82, 25-83, 2; otros
pasajes jactanciosos: II, 191, 16-17; II, 285, 26-286, 4; y III, 390, 28-30).
Don Quijote en la Primera Parte se siente muy frustrado porque el mundo no
valora suficientemente sus hazañas, y no puede descansar
y disfrutar la fama que cree que se merece.
68 Como hace Gaiferos,
III, 330, 18-26. Don Quijote, aunque se da cuenta de que es necesario mantener
el anonimato (I, 64, 12-17), sólo sabe asumirlo una vez, en un discurso
muy caballeresco: III, 176, 9-13.
69 I, 64, 10-17;
I, 81, 11-15; I, 123, 10-14; III, 199, 18; IV, 235, 6-9.
70 III, 190, 4. Acerca
de la vanagloria, que Diego de Miranda evita (III, 202, 1-5), véase
el Coloquio de los perros, III, 170, 26-171, 7.
71 Se refleja aquí
la costumbre medieval de utilizar el duelo, parodiado en el combate con Tosilos,
como medio para determinar cuál de las dos partes en conflicto dice
la verdad; se suponía que Dios ayudaba al combatiente que lo más
lo merecía (véase IV, 213, 31-32). Las mentiras son en Don
Quijote frecuente motivo de desafío: I, 79, 9-14; I, 124, 5-6;
I, 317, 1-5; I, 345, 11-17; I, 349,y 30-32; II, 49, 27-29; II, 302, 4; II,
305, 9-12; II, 310, 4; III, 175, 9-11; IV, 248, 12-13; véase también
Rinconete y Cortadillo, I, 296, 4-8, La casa de los celos,
I, 160, 13 y I, 162, 17, y sobre la costumbre, The
Mentita, capítulo 4 (págs. 55-72) de Frederick
Robertson Bryson, The Point of Honor in Sixteenth-Century Italy: An Aspect
of the Life of the Gentleman (New York: Publications of the Institute
of French Studies [of] Columbia University, 1935). La oposición de
Don Quijote a las mentiras es indicada en III, 297, 4; III, 302, 19-23; III,
383, 24-25; y IV, 18, 5-6; ya hemos visto, sin embargo (pág. 119),
que en la Primera Parte se sugiere que mentía.
72 Reinaldos de
Montalbán era, como Bernardo del Carpio, adversario de Orlando, pero
era el adversario malo mientras que Bernardo era el virtuoso (véase
I, 107, 13-19). Reinaldos se encuentra en diversas obras que tratan de la
materia de Francia, entre ellas los poemas de Boyardo y Ariosto, el Espejo
de caballerías, y La Trapesonda, también llamado
el Libro de Don Renaldos. En este libro acaba reformándose;
en el Espejo de caballerías, I, capítulo 46, Reinaldos
explica que sólo robaba a los que no eran cristianos, para alimentar
a su ejército.
73 I, 110, 23-25;
I, 111, 16-19; I, 112, 27-30; I, 287, 20-21; II, 374, 1-9 y 17-18; IV, 18,
11-13. De la misma manera que quería alcanzar rápidamente la
fama, Don Quijote también espera que las riquezas le lleguen con toda
prontitud: en quítame allá essas pajas (I, 110,
24); antes de seis días (I, 112, 27); en pocos
días (II, 374, 9); presto (II, 374, 17).
74 Es por medio del
matrimonio que el caballero en una de las fantasías de Don Quijote
llega a ser rey, y recompensa a su escudero (I, 294, 2-4). Don Quijote,
naturalmente, no sigue este método.
75 Don Quijote de
hecho confirma esto: Nunca yo acostumbro...despojar a los que venço,
ni es uso de cavallería quitarles los cavallos y dexarlos a pie
(I, 287, 15-17).
76 IV, 274, 19-20.
Sobre Roque, véase la bibliografía en el capítulo 3,
notas 27 y 85. Aunque Roque Guinart aparezca en La cueva de Salamanca
menos avaricioso que sus hombres (Comedias y entremeses, IV, 129,
26-32), en Don Quijote no se trata muy positivamente su liberalidad
(IV, 271, 20-23; IV, 272, 2-3).
77 IV, 268, 17. Los
libros de caballerías también presentaban un nuevo modo
de vida (supra, pág. 26).
78 I, 80, 27; III,
401, 23; de forma parecida, III, 222, 3-4. Este punto de vista es expresado
por otros en II, 339, 32, y Persiles, I, 33, 30-31. También
se manifiesta la prioridad de las obras sobre las palabras en III, 325, 29-30;
IV, 289, 3-12; y La gitanilla, I, 56, 18-19.
79 IV, 269, 1-2;
por eso, como Don Quijote, está dispuesto a ayudar a la descaminada
Claudia Jerónima, cuya desgracia autoinflingida demuestra el error
de la venganza, que Cervantes ataca frecuentemente (I, 286, 18-20, aunque
compárese 25-29; II, 218, 4-5; III, 150, 32-151, 2; III, 347, 11-27;
Coloquio de los perros, III, 241, 10-13). Don Quijote también
está dispuesto a vengarse en otras ocasiones (I, 195, 5-8; I, 231,
18-21; I, 254, 18-21), que asocia con la conducta de Reinaldos de Montalbán
(I, 107, 16-22), y se niega a vengar el rucio sólo porque los ofensores
no son caballeros (III, 150, 25-31).
80 Como se habían
conservado las obras de Homero y debía hacerse con Palmerín
de Inglaterra (I, 100, 3-7). Véase Romances of Chivalry in
the Spanish Golden Age, págs. 84 y 124-129.
81 Véase la
nota 80 del capítulo 3.
82 Véase
Scatology in Continental Satirical Writings from Aristophanes to
Rabelais, capítulo 1 de Swift and Scatological Satire
de Jae Num Lee (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1971).
83 I, 212, 8-10;
I, 273, 1-2; II, 66, 8-19; III, 139, 26.
84 I, 194, 19; II,
290, 3-7; III, 178, 1.
85 III, 363, 20-22.
86 IV, 69, 10-13;
IV, 174, 22-23; véase también I, 305, 18-19.
87 I, 224, 1-5; I,
271, 23-273, 2; II, 357, 7-22.
88 IV, 16, 1; IV,
176, 12; lo que implica IV, 250, 25-26.
89 I, 194, 17-18;
II, 290, 1-8; véase III, 197, 20-22.
90 I, 209, 6-14;
IV, 86, 1-2.
91 III, 110, 21-27.
Véanse el artículo de McGrady citado en la nota 16 de este
capítulo.
92 Para estudios
de la temprana influencia de Don Quijote en España, véase
el artículo de Alberto Navarro González, El ingenioso
Don Quijote en la España del siglo XVII, Anales
cervantinos, 6 (1957), 1-48, reimpreso en su libro El Quijote
español del siglo XVII (Madrid: Rialp, 1964), págs. 255-321,
la tesis de Quilter, y Risa a carcajadas de Russell. Este
último consiste, en un grado considerable, en una refutación
de la tesis de Navarro, que en la España del siglo XVII se consideraba
que Don Quijote era algo más que una figura ridícula; véase
también la reseña que Juan Bautista Avalle-Arce ha escrito
sobre el libro de Navarro en Hispanic Review, 36 (1968), 66-68. (En
una larga nota, Navarro ha respondido a los críticos de este
artículo; se encuentra en El elemento didáctico en El
Persiles [sic] de Cervantes, Actas del I Simposio de literatura
española, ed. Alberto Navarro González [Salamanca: Ediciones
Universidad de Salamanca, 1981], págs. 279-307, en la pág.
280, nota 1.)
93 Luis Murillo,
aprovechando datos del estudio de Asensio sobre el género, ha establecido
que contrariamente a lo que creyó Menéndez Pidal, el
Entremés es posterior a Don Quijote, Primera Parte
(Cervantes y el Entremés de los romances, en Actas
del VIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas
[Madrid: Istmo, 1986], II, 353-357). Entre los defensores anteriores de esta
misma postura encontramos a Schevill y Bonilla (en su edición, I,
415-418), Rodríguez Marín (Apéndice IX de su nueva
edición crítica), Cotarelo (citado por Rodríguez
Marín), y Astrana (VI, 478-497).
94 John G. Weiger
ha mantenido que Don Quijote de la Mancha y El curioso
impertinente de Castro son posteriores a 1615 (Guillén de
Castro: apostilla cronológica, Segismundo, 14 [1980],
103-120).
Las dos novelas intercaladas de la Primera
Parte también habían sido adaptadas al teatro por Massinger,
Field, y Shakespeare y Fletcher (véase Edwin B. Knowles, Cervantes
and English Literature, en Cervantes Across the Centuries, ed.
Ángel Flores y M. J. Benardete [New York: Dryden Press, 1947], págs.
267-293, en la pág. 268). Se ha llegado a la conclusión de
que el perdido Cardenio de Shakespeare y Fletcher, representado dos
veces en la corte inglesa en 1613, pervive en una adaptación del siglo
XVIII, The Double Falsehood, del editor de Shakespeare Lewis Theobald;
véase el artículo de John Freehafer, Cardenio,
by Shakespeare and Fletcher, Publications of the Modern Language
Association, 84 (1969), 501-513. Sin ni siquiera mencionar el artículo
de Freehafer, hay una nueva propuesta según la cual el texto es una
falsificación: Harriet C. Frazier, A Babble of Ancestral Voices.
Shakespeare, Cervantes, and Theobald (The Hague: Mouton, 1974); véase
la reseña de Freehafer (la única que he podido encontrar),
en The Scribblerian, 8 (1975), 51. Brean S. Hammond también
apoya la teoría de que el texto de Shakespeare y Fletcher pervive
en la adaptación de Theobald, en Theobald's Double
Falsehood: An Agreeable Cheat?, Notes and Queries,
229 (1984), 2-3, y la acepta Charles David Ley en la introducción
a su traducción de la obra, identificada en la portada como la
Historia de Cardenio de Shakespeare y Fletcher (Madrid: José
Esteban, 1987). Kenneth Muir ha anunciado un artículo sobre
Cervantes, Cardenio and Shakespeare para Bulletin
of Hispanic Studies (1923-1993): Essays in Memory of E. Allison Peers
(Liverpool: Liverpool University Press, en prensa), y la comunicación
de Tomás PabónWashington COllege, Md., Cardenio en Cervantes,
Shakespeare y Fletcher, está en prensa en las Actas del Segundo
Congreso Napoli, 4-9 de abril de 1994, Internacional de la
Asociación de Cervantistas.
95 Avellanedathe
personality of Sancho, his wife Mari Gutiérrez, DUlcinea
as putatoma su concepto de la obra de Cervantes sobre todo del principio
de la obra. Las primeras adaptaciones se basaron en los primeros capítulos:
el Entremés de los romances, el entremés de Francisco
de Ávila, basado esencialmente en los capítulos 2 y 3 (María
Francisca Vilches de Frutos, Don Quijote y el Entremés
famoso de los invencibles hechos de Don Quijote de la Mancha, de Francisco
de Ávila: dos experimentos del paso de la novela al entremés
a través de la parodia, Criticón, 30 [1985], 183-200),
y, al parecer, Pascual del Rábano (Ricardo Senabre, Una
temprana parodia delQuijote. Don Pascual del Rábano,
en Estudios sobre literatura y arte dedicados al profesor Emilio Orozco
Díaz, recogidos y publicados por A. Gallego Morell, Andrés
Soria y Nicolás Marín [Granada: Universidad de Granada, 1979],
III, 349-361). Cuando Salas Barbadillo, en su Estafeta del Dios Momo,
describe un hidalgo rural, cazando de día y leyendo libros de
caballerías por la noche, con una familia que consiste en un
mozo, un rocín, dos galgos, sólo refleja el principio
de Don Quijote(ed. Rodríguez, pág. 36-37). La queja
de los lectores acerca de los infinitos palos que Don Quijote
recibió en la Primera Parte (III, 64, 8-13) debe de referirse a los
palos que le dieron en los capítulos 4 y 15 de la Primera Parte (I,
86, 16-27; I, 195, 20-32; I, 199, 12-13).
Debido a este proceso, la primera aventura
de Don Quijote y Sancho, la de los molinos de viento, aunque ni siquiera
típica de la Primera Parte, se convirtió en el símbolo
visual del libro. (Acerca de la tendencia de considerar el principio de una
obra como representativo del conjunto, véanse los comentarios de Howard
Mancing en A Note on the Formation of Character Image in the Classical
Spanish Novel, Philological Quarterly, 54 [1975], 528-531, quien
observa que Don Quijote...es un clásico ejemplo de un
libro que se empieza frecuentemente pero pocas veces se termina [pág.
531, nota 9]. E. C. Riley es de otra opinión sobre la fama del episodio
de los molinos de viento: véase Don Quixote: from Text
to Icon, en A Celebration of Cervantes on the Fourth Centenary of
La Galatea, 1585-1985. Selected Papers, ed. John J. Allen,
Elias Rivers y Harry Sieber, Cervantes, special issue [1988], 103-115,
en las págs. 112-115.)
96 I, 96, 24-97;
I, 168, 13-14; II, 362, 4; II, 368, 32; II, 404, 13-15; III, 39, 16-17; III,
394, 13-14; IV, 398, 25-27; quizás también IV, 10, 28-29.
97 Véase el
capítulo 1, nota 114. Fue el loco Don Quijote quien alabava
en su autor aquel acabar su libro con la promessa de aquella inacabable
aventura (I, 51, 14-16).
98 LaDiana
enamorada de Gil Polo naturalmente es muy alabada (I, 103, 9-10), pero
no es una segunda parte, ni tampoco fue publicada, como lo fue la
Diana segunda, junto con la Diana de Montemayor (véase
Orígenes de la novela, I, 226).
99
ElRoncesvalles y el Bernardo del Carpio citados en I, 99, 20-24.
Se considera que estos poemas son continuaciones de Ariosto (Menéndez
Pelayo, Orígenes de la novela, I, 226).
100 II, 402, 10-12;
véase también I, 33, 3-5.
101 IV, 64,
10-19; IV, 65, 11. Las palabras de Ercilla en el prólogo de la Segunda
Parte de La araucana muestran un evidente paralelismo: Por haber
prometido de proseguir esta historia no con poca dificultad y pesadumbre
la he continuado; y aunque esta Segunda Parte de la Araucana no muestre el
trabajo que me cuesta, todavía quien la leyere podrá considerar
el que se habrá pasado en escribir dos libros de materia tan áspera
y de poca variedad, pues desde el principio hasta el fin no contiene sino
una misma cosa, y haber de caminar siempre por el rigor de una verdad y camino
tan desierto y estéril, paréceme que no habrá gusto
que no se canse de seguirme. Así temeroso desto, quisiera mil veces
mezclar algunas cosas diferentes; pero acordé de no mudar estilo
(ed. Marcos A. Morínigo e Isaías Lerner [Madrid: Castalia,
1979], II, 9).
102 III, 61, 21-31;
III, 107, 28-108, 7; III, 221, 16-20; III, 371, 3-13; III, 387, 13-16; IV,
235, 12-20; IV, 251, 31-252, 5; IV, 260, 21-26; IV, 276, 20-25.
103 Jean Michel
Laspéras, El fondo de librería de Francisco de Robles,
editor de Cervantes, Cuadernos bibliográficos, 38 (1979),
107-138, en la pág. 136, especifica correctamente 366 ejemplares
(Laspéras está equivocado cuando afirma en la pág. 137
que Robles tenía en existencia 145 ejemplares de las ediciones de
1605 de la Primera Parte y 146 ejemplares de la edición de 1608; el
inventario especifica sólo 142 o 145 ejemplares, según dos
cuentas distintas [fol. 1344r; fol. 1375r], de una
edición sin especificar, seguramente la de 1608.) Es posible,
naturalmente, que la única edición de la Segunda Parte fuera
mayor que las de la Primera Parte, como sugieren Philippe Berger y François
Lopez (en unas consideraciones que siguen a Don Quichotte et
son public de Maxime Chevalier, en Livre et lecture en Espagne et
en France sous l'ancien régime [Paris: A.D.P.F., 1981], págs.
119-123, las consideraciones en págs. 124-125, y esta observación
en la pág. 124). Sin embargo, hoy existen menos ejemplares de la primera
edición de la Segunda Parte, y se supone que la impresión de
la Segunda Parte tenía la misma tirada. Laspéras sugiere
(pág. 138) que estas circunstancias pueden explicar por qué
Robles no publicó el Persiles.
104 El comentario
de Márquez Torres, sutilmente analizado por Jean Canavaggio (El
licenciado Márquez Torres y su aprobación a la Segunda Parte
del Quijote: las lecturas cervantinas de unos caballeros franceses,
en Studies in Honor of Bruce W. Wardropper, ed. Dian Fox, Harry Sieber
y Robert ter Horst [Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1989], págs.
33-39), sin duda se refiere a la reacción en España, donde
hubo más ediciones de las Novelas ejemplares. En el extranjero,
en cambio, su obra más popular fue Don Quijote. Los datos se
encuentran en Palau, o en las tablas de Franco Meregalli, Profilo storico
della critica cervantina nel Settecento, en Rappresentazione artistica
e rappresentazione scientifica nel Secolo dei lumi, ed. Vittore Branca
([Firenze]: Sansoni, 1970), págs. 187-210.
105 Véase
mi artículo El romance visto por Cervantes, págs.
75-77, para una explicación en estos términos del episodio
del retablo de Maese Pedro.
106 Véase
Howard Mancing, The Chivalric World of Don Quijote,
págs. 130-132. Sobre el lenguaje caballeresco de Don Quijote, en
véase Bernard Darbord, Los caracteres lingüísticos
del discurso de don Quijote, caballero andante, en Actas del coloquio
cervantino. Würzburg, 1983, ed. Theodor Berchem y Hugo Laitenberger,
Spanische Forschungen der Görresgesellschaft, zweite reihe, 23
(Münster: Aschendorffsche, 1987), págs. 21-26.
107 He sugerido
en El rucio de Sancho que este punto (es decir, inmediatamente
antes de la llegada al palacio de los duques) divide los capítulos
que fueron escritos poco después de la publicación de la Primera
Parte y los escritos años más tarde. Nicolás Marín
apoya esta tesis, Camino y destino aragonés de Don Quijote,
Anales cervantinos, 17 (1978), 54-66; también Cervantes
frente a Avellaneda: La duquesa y Barbara, en Cervantes. Su obra
y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, ed. Manuel
Criado de Val (Madrid: Edi-6, 1981), págs. 831-835; y
Reconocimiento y expiación. Don Juan, Don Jerónimo, Don
Álvaro, Don Quijote, en Estudios sobre literatura y arte
dedicados al profesor Emilio Orozco Díaz, recogidos y publicados
por A. Gallego Morell, Andrés Soria y Nicolás Marín
(Granada: Universidad de Granada, 1979), II, 323-342. Geoffrey Stagg proporciona
una prueba más al señalar (en La Galatea y Las
dos doncellas, pág. 125) que hay seis referencias a la
destinación Zaragoza en los capítulos 4-26, y a partir de
allí ninguna hasta el capítulo 52.
108 IV, 235, 13-15;
de modo parecido, IV, 252, 3-4; y IV, 382, 23-30. Sin embargo, Roque Guinart
se da cuenta de que la enfermedad de don Quixote tocava más
en locura que en valentía (IV, 260, 19-21)
109 En el capítulo
final Don Quijote dice que fueron sus costumbres las que le dieron
el renombre de Bueno (IV, 398, 24-25; también se alaban
sus costumbres en II, 401, 30-31). Encontramos una explicación
probable en III, 207, 13-15: si el poeta fuere casto en sus costumbres,
lo será también en sus versos.
110 Don Quijote
causa admiración en estos capítulos finales sólo por
contraste con Avellaneda (IV, 251, 12; IV, 253, 27), y debido a su
estraña figura, a la que se presta menos atención
que a la sabiduría de Sancho (IV, 332, 23-25). Sin embargo, Sancho
aún puede causar admiración (IV, 369, 7).
111 IV, 269, 6;
IV, 274, 8; IV, 283, 8; IV, 284, 2; IV, 288, 16; IV, 293, 27-28; IV, 305,
8; IV, 311, 10.
112 IV, 260, 19-21;
IV, 284, 26-285, 2; IV, 321, 26-322, 8; IV, 322, 22-27. El narrador llama
nueva locura a la idea de Don Quijote de pasar su año
de reclusión como pastor (IV, 392, 19), seguramente reflejando la
opinión de los demás personajes. Debemos observar, sin embargo,
que el narrador está en un error; la idea de Don Quijote de ser pastor
no es una nueva locura, puesto que adoptaría esta vida
sabiendo muy bien que sólo era una forma agradable de pasar cierto
tiempo.
La vida que se describía en los libros
de pastores era evidentemente de considerable interés para Cervantes,
a juzgar por los distintos personajes que imitan esos libros. De la misma
manera que la Novela de Rinconete y Cortadillo y la inconclusa
historia de Eugenio y Leandra ofrecían material potencial para una
continuación de la Primera Parte, en el plan pastoril de Don Quijote
hay el fantasma de una nueva continuación. En ella Cervantes pudiera
atacar el error de basar la vida en la literatura pastoril, llamada por Berganza
no verdad alguna (Coloquio de los perros, III, 166,
15), y por el narrador en Don Quijotemás...encarecimiento
de poetas que verdades (I, 389, 9-10); el propio Don Quijote hace poco
más o menos el mismo comentario (I, 365, 25-366, 7). (Para una
explicación más amplia véase Javier Herrero,
Arcadia's Inferno: Cervantes' Attack on Pastoral, Bulletin
of Hispanic Studies, 65 [1978], 289-299.)
113 III, 365, 29-357,
6; IV, 184, 16-17; IV, 195, 24-28; IV, 196, 23-25.
114 Muy
filósofo estás, Sancho...muy a lo discreto hablas; no sé
quién te lo enseña, es el comentario de Don Quijote cuando
Sancho dice he oído dezir que esta que llaman por aí
Fortuna es una muger borracha y antojadiza y, sobre todo, ciega (IV,
328, 18-25). Compárese con la defensa que hace Sancho de su propia
sabiduría en III, 280, 18-25.
115 IV, 267, 14-15.
Acerca de los deberes de un gobernador, véase la nota 120,
infra.
116 IV, 247, 17-253,
31; IV, 276, 20-25; IV, 297, 1-17; IV, 366, 11-25; IV, 381, 15-385, 26; IV,
403, 1-12; IV, 404, 7-11; IV, 405, 1-406, 3. La discusión de las
personalidades de Don Quijote y Sancho en el capítulo 58 de la Segunda
Parte (IV, 235, 12-32) da a entender que Cervantes conocía el libro
de Avellaneda. En el capítulo 30 se refiere a la posibilidad de que
Sancho hubiera sido troca[do] en la estampa (III, 371, 11-13).
Sugiere, aunque ciertamente no prueba, que Cervantes, aunque no lo hubiera
visto, sabía algo del libro que estaba a punto de ser publicado, y
por esta razón reanudó la composición de la Segunda
Parte de Don Quijote, que había dejado a un lado hacía
algún tiempo. (La discusión en el capítulo 14 entre
Don Quijote y Sansón Carrasco disfrazado como el Caballero del Bosque
acerca de si el Caballero había derrotado a Don Quijote o a otro
que le pareciesse, probablemente no se refería a Avellaneda.)
Para una información más detallada, véanse las referencias
en la nota 107, supra.
117 Véase
III, 444, 12-14 y IV, 39, 11-14. De igual forma, el gobierno de Sancho iba
a ser elaborado, con muchos actores e instrucciones, para hacerlo más
parecido a un hecho real.
118 Una excepción
sería el humor que el payaso u otro cómico profesional producen
a su propia costa. Precisamente porque el público sabe que es una
diversión artificial por la que ha pagado dinero, no se viola el sentido
del decoro.
119 Estudiado por
John J. Allen, Don Quixote: Hero or Fool? A Study in Narrative Technique
[Part I] (Gainesville: University of Florida Press, 1969). Sobre el libro
de Allen véase la reseña de Ruth El Saffar, Modern Language
Notes, 85 (1970), 269-273.
120 El canónigo,
aconsejando a Sancho acerca de lo que es gobernar (II, 374, 28-375, 15),
sólo menciona el deber de hacer justicia. La parte sensata del consejo
que le da Don Quijote (IV, 51, 4-54, 25) es una explicación acerca
de cómo hay que administrar la justicia, que es lo que Sancho cuenta
que hizo cuando era gobernador (he...sentenciado pleitos, IV,
207, 32). Don Quijote había dicho, mucho antes, que los caballeros
andantes, ministros de Dios en la tierra, eran braços
por quien se executa en ella su justicia (I, 169, 31-170, 10).
121 IV, 140, 28-141,
8. Su empleada Altisidora es incluida en esta condena.
122 III, 415, 23-416,
13. La duquesa, naturalmente, no es el primer personaje que juega con la
realidad para engañar a otro personaje; el mismo Sancho engañó
a Don Quijote (I, 265, 7-11; III, 132, 4-133, 2). Sin embargo, en un caso
Sancho lo hace por un motivo caritativo, el impedir que Don Quijote
[tiente] a Dios acometiendo tan desaforado hecho (I, 263, 7-8),
es decir, atacando a lo que se descubre que son batanes. En el segundo miente
porque Don Quijote le ha pedido algo imposible, encontrar a Dulcinea. La
mentira del cura y del barbero acerca de la desaparición de la biblioteca
de Don Quijote fue uno de los remedios...para el mal de su amigo
(I, 108, 1-2), y ellos y Dorotea se valieron de un engaño sólo
para persuadir a Don Quijote de que abandonara Sierra Morena (I, 384, 4-29).
Los engaños de Sansón, aunque emprendidos con un entusiasmo
realmente sospechoso, son para ayudar a Don Quijote (III, 190, 17-191, 14).
La disputa del yelmo y de la albarda, aunque no tuviera otro propósito
que el de divertir, fue iniciada por el propio Don Quijote, y no puede compararse
con el engaño de la duquesa a un simple, inventando encantadores y
distorsionando la realidad.
123 Por ejemplo,
todo quanto vuestra merced dize va con pie de plomo (III, 402,
2-3); el buen Sancho, pensando ser el engañador, es el
engañado, y no ay poner más duda en esta verdad que en las
cosas que nunca vimos (III, 416, 1-4); Sancho amigo, la ínsula
que yo os he prometido no es movible ni fugitiva; raízes tiene tan
hondas echadas en los abismos de la tierra, que no la arrancarán ni
mudarán de donde está a tres tirones.... Siempre que
bolviéredes hallaréis vuestra ínsula donde la
dexáis (IV, 33, 11-27).
124 El que el duque
encarcelara a Tosilos da a entender que él y su mujer estaban entre
los más que están tristes y
melancólicos por el resultado (IV, 217, 8-10). Hazerse
pedaços, sin embargo, no significaba hacerse daño, puesto
que el duque cuidadosamente dio instrucciones, citadas en el párrafo
siguiente, para cualquier castigo físico. El uso que hace Andrés
de esta expresión (II, 77, 27), su uso en El celoso
extremeño (II, 198, 28), así como la definición
del Diccionario de autoridades (estar hecho pedazos es
estar muy cansado o fatigado), lo apoyan.
125 I, 50, 16-17.
Nos lo recuerda el desagradable eclesiástico en III, 388, 3, y el
castellano en Barcelona; IV, 284, 31-32.
126 Vemos que Cervantes
emplea el mismo lenguaje en primera persona, entre otros lugares, en el
prólogo de la Segunda Parte: Quisieras tú que lo [Avellaneda]
diera del asno, del mentecato y del atrevido; pero no me passa por el
pensamiento (III, 27, 12-14); del tal [Lope] adoro el ingenio,
admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa (III,
28, 18-20). Un lenguaje similar es puesto en boca de Sancho cuando habla
con la duquesa: Sansón Carrasco...es persona bachillerada por
Salamanca; y los tales no pueden mentir, si no es quando se les antoja y
les viene muy a cuento (III, 417, 30-418, 2). También encontramos
al narrador haciendo afirmaciones que evidentemente son falsas: Verdad
es que la gallardía del cuerpo [de Maritornes] suplía las
demás faltas (I, 205, 19-20); en el mismo tono, Sancho llama
el bálsamo de su patrón aquel benditíssimo
brevaje (I, 286, 1).
127 No son
burlas las que duelen, ni ay passatiempos que valgan si son con daño
de tercero (IV, 279, 10-12; del mismo modo, Coloquio de los
perros, III, 196, 3). Así es exactamente como termina la aventura
de Clavileño: sin daño de barras (IV, 42, 15).
Se manda dar los 3.300 golpes de Sancho (un número imposiblemente
grande; véase III, 46, 3 y IV, 24, 8), que van a sacaros un
poco de sangre (III, 441, 27-28), previendo que no se darán, y
naturalmente sólo los reciben los árboles. El
daño puede entenderse como daño del alma
[o] del cuerpo (Novelas ejemplares, I, 22, 19); crear burlas
no es daño.
128 IV, 95, 2-5.
Esta burla tenía que haber sido más risueña que
dañosa (IV, 90, 32).
129 IV, 219, 16-22.
Incluso se le da este regalo de la mejor manera, anónimamente; en
los términos de Diego de Miranda, sin hazer alarde de las buenas
obras (III, 202, 1-2).
130 The Concept
of the Norm in Don Quixote, pág. 161.
131 Como lo hacen
en el capítulo 43 de la Primera Parte. Sin embargo, Maritornes es
un personaje que duplica, en miniatura, la evolución de Don Quijote.
Cuando aparece por primera vez, su fealdad es extrema hasta el punto de ser
burlesca (I, 205, 16-23; I, 211, 32-212, 23). Es una puta (I, 209, 6-11;
I, 214, 13), cuyas noblesintenciones se malgastan (I, 209, 11-18).
Sin embargo, poco después ayuda a alguien necesitado, demostrando
unas sombras y lexos de christiana (I, 229, 16-21); más
tarde aboga por Don Quijote (I, 386, 11-15). Parece que el adjetivo
buena que se le aplica (I, 209, 11; I, 386, 11) cambia de
irónico a sincero.
132 II, 311, 14-312,
2. El narrador confirma la función del diablo, II, 313, 12-18.
133 Según
Tirsi, hay tres variedades del amor: provechoso, honesto y deleitable (La
Galatea, II, 61, 1-18). En el Parnaso, 60, 25-26, es la poesía
la que es la cifra do se apura lo provechoso, honesto y
deleitable.
134 Edith Rogers
proporciona un resumen de los comentarios anteriores sobre este episodio
en Don Quijote and the Peaceable Lion, Hispania, 68 (1985),
9-14. Miguel Garci-Gómez ha reunido numerosos precedentes literarios
en La tradición del león reverente: glosas para los episodios
en Mio Cid, Palmerín de Oliva, Don Quijote y otros,
Kentucky Romance Quarterly, 19 (1972), 255-284; también hay
que tener en cuenta el tratamiento de los leones en la Historia natural
de Plinio el Viejo (VII, 17-21), que Cervantes conocía por la
traducción parcial de Jerónimo de Huerta de 1599 (véase
Persiles, I, 117, 12-13, y la nota de los editores), y el martirio
de los primeros cristianos echados a los leones. Hay otro encuentro con un
león apacible en Trato de Argel (V, 81, 17-83, 32).
135 I, 256, 29-30;
III, 239, 1-2.
136 Véase
Russell, Risa a carcajadas, págs. 418-419, acerca del
significado original de este nombre.
137 También
lo hace antes de la batalla con Tosilos (IV, 212, 32-213, 2), antes, con
el Caballero de la Blanca Luna (IV, 317, 16-19), y antes de entrar en batalla
con el Caballero de los Espejos, dice que ganará si Dios, si
mi señora y mi braço me valen (III, 183, 7-8).
138 Anticipado en
el propio comentario de Don Quijote a su sobrina, que el caballero andante
tiene que enfrentarse a peligros increíbles con gentil continente
y con intrépido coraçón (III, 92, 17-18).
139 No se
mueve la hoja sin la voluntad de Dios (Rinconete y Cortadillo,
I, 316, 30-31); no acaso, como parecía, sino con particular
providencia del cielo, se avían todos juntado en lugar donde menos
ninguno pensava (II, 174, 5-8). Del mismo modo, por una de dos
causas vienen los que parecen males a las gentes: a los malos, por castigo,
y a los buenos, por mejora (Persiles, I, 309, 16-18).
140 Naturalmente,
el mismo problema existe con Sancho. Si me centro en Don Quijote es porque
se ha estudiado mucho más a Sancho, y porque el problema de la actitud
adecuada con respecto a Don Quijote es más fundamental.
141 Bruno Damiani,
Caridad en Don Quijote, Anales cervantinos, 18
(1979-1980), 67-85. Miguel de Cervantes es tan tolerante e indulgente
con las debilidades del individuo como Quevedo sancionador, es el resumen
de George A. Shipley (Lazarillo de Tormes Was Not a Hardworking,
Clean-Living Water Carrier, en Hispanic Studies in Honor of Alan
D. Deyermond. A North American Tribute, ed. John S. Miletich [Madison:
Hispanic Seminary of Medieval Studies, 1986], págs. 247-255, en la
pág. 251).
142 Puede deducirse
que Cervantes era un patriota cristiano por su orgullo por haber participado
en la batalla de Lepanto (III, 27, 19-28, 5), por su posterior trabajo para
el rey como comisario y recaudador y por las declaraciones que hicieron sobre
él muchos testigos cuando solicitó un cargo a la corona. Para
éstas, Pedro Torres Lanzas, ed., Información de Miguel
de Cervantes de lo que ha servido a S.M. y de lo que ha hecho estando captivo
en Argel..., Revista de archivos, bibliotecas y museos, 30
época, 12 (1905), 345-397. Esta edición, en opinión
de Astrana Marín incorrectamente leída, mal puntuada
y peor dispuesta tipográficamente y con muchos errores
de impresión III, 105, nota 1), fue reimpresa (sin confesarlo)
en Madrid, Ed. El Árbol, 1981. Una parte del documento, transcrita
de nuevo por Mario Gómez Moriana y con evidentes errores de
impresión, fue publicada como Curriculum Vitae Miguel de Cervantes
Saavedra en el tomo Autobiography in Early Modern Spain, ed.
Nicholas Spadaccini and Jenaro Taléns (Minneapolis: Prisma Institute,
1988), págs. 249-264.
No hay nada que estimule más el patriotismo
que el estar ausente de la patria (véanse los comentarios de Ricote,
IV, 193, 12-27), y más aún si la residencia en el extranjero
es una cárcel. El encarcelamiento fue la experiencia central de la
vida de Cervantes (véase mi ¿Por qué volvió
Cervantes de Argel?, Actas del Primer Congreso Internacional de
la Asociación de Cervantistas, en prensa, y bibliografía
citada allí.)
143 Don Quijote
relaciona la caballería y los intereses nacionales sólo una
vez, en un discurso muy burlesco (III, 36, 29-39, 32); no hace caso de la
sugerencia de Sancho de que encuentre a un soberano a quien servir (I, 289,
7-27).
144 Don Quixote
no tuv[o] privilegio del cielo para detener el curso de la suya [vida]
(IV, 396, 7-9); en el prólogo de la Segunda Parte, como si huviera
sido en mi mano aver detenido el tiempo que no passasse por mí
(III, 27, 17-19). En 1597, cuando estaba encarcelado en la Cárcel
Real de Sevilla y estaba engendrando Don Quijote (véase
el capítulo 1, nota 91), la edad de Cervantes habría sido la
misma que la de Don Quijote: fris[ando]...con los cinquenta
años (I, 50, 1-2).
145 Sancho dice
acerca de su amo que para todo tiene abilidad (I, 383, 16-17).
Estaba admirado de lo que sabía, pareciéndole que no
devía de aver historia en el mundo, ni sucesso que no lo tuviesse
cifrado en la uña y clavado en la memoria (IV, 228, 23-27;
también III, 276, 23-27). El mismo Don Quijote dice que de todo
sabían y han de saber los cavalleros andantes (I, 245, 13-14);
[la caballería andante] es una ciencia...que encierra en sí
todas o las más ciencias del mundo (III, 229, 12-230, 17). Estas
afirmaciones de Don Quijote acerca de los amplios conocimientos que necesitaban
los caballeros andantes son muy similares a la declaración de Cide
Hamete que tiene habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar
del universo todo (IV, 65, 12-13), la afirmación del canónigo
acerca de la variedad de conocimientos que el autor de un libro de
caballerías puede mostrar por él (II, 343, 23-345, 7, especialmente
344, 13-17), la comparación que establece Don Quijote entre la
poesía y una donzella...a quien tienen cuidado de enriquezer,
pulir y adornar...todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas,
y todas se han de autorizar con ella (III, 205, 25-31; también
El licenciado Vidriera, II, 92, 26-29 y Parnaso, 57, 19-60,
3), y lo que dice Cenotia acerca de los conocimientos de magas y encantadoras
(Persiles, I, 216, 15-26). En primera persona, Cervantes dijo en el
prólogo de la Primera Parte que era poltrón y perezoso
de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé dezir sin
ellos (I, 32, 17-19).
146 Acerca de Cervantes,
véase Rodríguez Marín, Nuevos documentos
cervantinos, en sus Estudios cervantinos, pág. 333;
obsérvese que un testigo llamó al padre de Cervantes hidalgo
de solar conocido (pág. 228), el mismo término que Cervantes
utiliza para sí mismo en I, 295, 3.
147 Madrid, en cambio,
era lingüística y socialmente parte de Castilla la Vieja. Véase
mi Cervantes' Consonants, Cervantes, 10.2 (1990 [1991]),
3-14.
148 Persiles,
I, lviii, 2. Esta afirmación de Cervantes sobre su caballo, después
de la publicación de Don Quijote, es especialmente significativa.
149 I, 246, 16-20;
Novelas ejemplares, I, 20, 24.
150 Véase
el capítulo 2, nota 32.
151 No hay
ocasión en que Cervantes no se elogie, bien que excusándose
por salir de los límites de su natural modestia; tantas veces ocurre
esto que no es posible verla nunca ni creer en ella(Nicolás
Marín, Belardo furioso. Una carta de Lope mal leída,
Anales cervantinos, 12 [1973], 3-37, en la pág. 21). Son ejemplos
la dedicatoria y el prólogo de las Novelas ejemplares (I, 21,
19-32; I, 25, 14-17), el prólogo de la Segunda Parte de Don
Quijote (III, 28, 24-26), el prólogo de las Ocho comedias y
ocho entremeses (I, 5, 3-5), y la Adjunta al Parnaso (124, 16-17).
Cervantes también se alaba en boca de otros, cuya alabanza puede entonces
rechazar (Persiles, I, lviii, 11-22; también Adjunta al
Parnaso, 121, 17-19), así como en boca de sus personajes (II,
62, 5-13; III, 61, 29-62, 2). Don Quijote también se alaba frecuentemente
a sí mismo (pág. 120, supra), utiliza casi los mismos
términos que Cervantes (I, 208, 12-17; III, 199, 20-21); otros personajes
de Cervantes también lo hacen (La señora Cornelia,
III, 86, 28-31 y III, 95, 26-29; El casamiento engañoso,
III, 136, 19-21).
152 IV, 328, 29-329;
Parnaso, 56, 24.
153 Prólogo
de las Novelas ejemplares, I, 21, 10-11; Don Quijote, III,
62, 27-28; IV, 252, 16-20.
154 I, 98, 32-99,
3; II, 406, 7; IV, 294, 17-19. Don Quijote también cita a Ariosto
en español (III, 50, 29-30), el mismo pasaje que Cervantes citó
en italiano al final de la Primera Parte.
155 Cervantes:
caracteres que conocí ser arávigos (I, 129, 31-32).
Don Quijote: Cide...en arábigo quiere dezir
señor (III, 58, 27-28); eso no era de dominio público,
como lo es hoy entre los hispanistas. Pueden encontrarse más ejemplos
en Josep M. Sola-Solé, El árabe y los arabismos en
Cervantes, en Estudios literarios de hispanistas norteamericanos
dedicados a Helmut Hatzfeld con motivo de su 80 aniversario, ed. Josep
M. Sola-Solé, Alessandro Crisafulli y Bruno Damiani (Barcelona: Hispam,
1974), págs. 209-222, reimpreso en Sobre árabes, judíos
y marranos y su impacto en la lengua y literatura españolas de
Sola-Solé (Barcelona: Puvill, 1983), págs. 87-103. Tienen que
hacerse dos adiciones a la discusión de Sola-Solé: Cervantes
sabía cómo debía empezar un libro en árabe, alabando
a Alá (capítulo 8 de la Segunda Parte), y, como el turco en
aquella época se escribía con el mismo alfabeto y no se
distinguía tanto del árabe como hoy, véase el artículo
de Samir Rizk y Rafael Osuna, An Obscene Expression in Cervantes,
Thesaurus, 26 (1971), 620-622.
156 III, 147, 1-3;
prólogo de las Ocho comedias; Adjunta al Parnaso, 124, 13-16.
157 Capítulo
48 de la Primera Parte; III, 332, 19-24.
158 Para dar sólo
un ejemplo evidente, la cita de Terencio que pronuncia Don Quijote,
más bien parece el soldado muerto en la batalla que vivo y salvo
en la huida (III, 310, 14-15), y que también se encuentra en
Persiles, II, 207, 12-13, es casi la misma afirmación atribuida
a Cervantes en el informe de su servicio naval: no hacía lo
que debía, metiéndose so cubierta, sino que mejor hera morir
como buen soldado, en servicio de dios y del rrei
(Informaciónsupra, nota 142, pág.
348).
159 El carácter
honesto de Cervantes es mencionado varias veces en el documento citado en
la nota 142.
160 Sobre este tema
véase Alan Trueblood, El silencio en el Quijote,
Nueva revista de filología hispánica,12 (1958), 160-180
y 13 (1959), 98-100.
161 El amigo de
Cervantes en el prólogo de la Primera Parte le advierte que no predique
(I, 37, 11-12). Ya se han citado los comentarios de Sancho y de la sobrina
de Don Quijote sobre sus aptitudes como predicador (pág. 134). En
Trato de Argel, Sayavedra tiene tendencias de predicador (Comedias
y entremeses, V, 21, 1-3).
162 Para Don Quijote,
véase pág. 93. El caso de Cervantes es más complicado;
su aprecio por las comodidades de la vida italiana, y las numerosas referencias
entusiásticas a la comida y al vino en sus obras (especialmente en
El licenciado Vidriera, II, 78, 32-79, 18; quizás
también en Persiles, I, lix, 5-7), muestran su afición
a los placeres corporales. No obstante, también parece claro que su
ideal era ascético: no sólo el religioso sino también
el soldado, con quien simpatizaba y se identificaba, tenía que soportar
incomodidades sin quejarse. Es difícil no atribuir a Cervantes el
punto de vista del protagonista de su única obra religiosa, fray
Cristóbal de la Cruz: Es bestia la carne nuestra, / y, si rienda
se le da, / tan desbocada se muestra, / que nadie la bolverá / de
la siniestra a la diestra... / La luxuria está en el vino, / y a la
crápula y regalo / todo vicio le es vezino (El rufián
dichoso, Comedias y entremeses, II, 54, 31-55, 12).
163 Véase
la nota 40 de este capítulo y la nota 8 del capítulo 1.
164 Al principio
Alonso Quijano padecía de insomnio, y al final un largo sueño
precede su vuelta a la cordura. (Aunque el estudio de Green ha sido criticado
por Deborah Kong, A Study of the Medical Theory of the Humours and
its Application to selected Spanish Literature of the Golden Age [tesis,
Edinburgh, 1980], según Riley, Don Quixote [London:
Allen & Unwin, 1986], págs. 48-49, y por Chester S. Halka,
Don Quijote in the Light of Huarte's Examen de ingenios;
A Reexamination, Anales cervantinos, 19 [1981], 3-13, fue Green,
en El ingenioso hidalgo, el que señaló primero
la importancia del sueño en la obra. Véase también el
artículo de Daniel L. Heiple, Renaissance Medical Psychology
in Don Quijote, Ideologies & Literature, 9 [1979],
65-72.) Suele trasnochar durante todo el libro: cuando lee sus libros, en
las ventas, en su segunda salida (I, 111, 24-25), durante aventuras tales
como la del cuerpo muerto y los batanes; el que los amantes desdichados no
duerman se ajusta a su predisposición (I, 118, 25-31; I, 163, 1-5;
I, 164, 8-10; III, 243, 1-7). Cuando está dormido se despierta
fácilmente (por ejemplo, en IV, 344, 8-16; en cierto sentido, el episodio
de los cueros de vino en el capítulo 35 de la Primera Parte). Se levanta
temprano (I, 57, 11-20; III, 250, 4-10), puesto que es un gran
madrugador (I, 50, 3-4). Su único sueño verdaderamente
satisfactorio o profundo, interrumpido a gran pesar suyo, es el de la cueva
de Montesinos.
Se llega a la conclusión de que Cervantes
tenía dificultades para dormir por su aprecio por el buen
sueño. En sus obras califica al sueño, como al amor,
de dulce. Para pasajes de Cervantes en alabanza del sueño
véase mi Las Semanas del jardín, págs.
107-108.
165 Don Quijote
tenía más de trescientos libros, que son el regalo de
mi alma y el entretenimiento de mi vida (I, 343, 28-29). Sobre Cervantes,
véase mi artículo ¿Tenía Cervantes una
biblioteca?
166 III, 226, 26-27.
El alcahuete de los galeotes también tenía un mal de
orina (I, 305, 19); Cañizares, el viejo celoso,
padecía de la hijada, la piedra y tenía
que orinar frecuentemente (El viejo celoso, Comedias y entremeses,
IV, 146, 19-24); y el vejete de El juez de los divorcios
también padecía de la hijada (Comedias y
entremeses, IV, 7, 7).
Cervantes describió su enfermedad como
idropesía, (Persiles, I, lviii, 31), exceso de
líquidos en el cuerpo, que parece que Cervantes había relacionado
con una sed excesiva (además del pasaje citado, véase Don
Quijote, III, 262, 15-16). Autoridades médicas modernas (Gómez
Ocaña, Historia clínica de Cervantes [Madrid, 1899],
citado por Ramón León Máinez, págs. 566-567,
y José Riquelme Salazar, Consideraciones médicas sobre la
obra cervantina [Madrid, 1947], citado por Alberto Sánchez,
Estado actual de los estudios biográficos, Suma
cervantina, págs. 3-24, en las págs. 22-23), aunque no
están de acuerdo sobre la causa de la muerte de Cervantes, coinciden
en que Cervantes no murió de una enfermedad renal. Sin embargo, teniendo
en cuenta la medicina de su época, cuando se creía que una
de las causas propuestas por estas autoridades, diabetes, era una enfermedad
del riñón, es probable que Cervantes creyeraque ésta
era su enfermedad; durante mucho tiempo se ha asociado la hidropesía
con un ataque de riñón, de lo que puede ser un síntoma.
Cervantes escribió un soneto para un libro de urología, el
Tratado nuevamente impresso de todas las enfermedades de los riñones,
vexiga y carnosidades de la verga y orinade Francisco Díaz (Madrid,
1588), que apoya esta sugerencia. (El soneto está reproducido en
Poesías sueltas [Comedias y entremeses, VI], 49.)
167 Véase,
por ejemplo, la defensa que hace Don Quijote (III, 229, 14-17) de la habilidad
del caballero andante para administrar justicia, que, como se ha dicho
anteriormente, era según la teoría política de Cervantes
el principal deber de un dirigente. En el capítulo siguiente se discuten
los cambios que eran convenientes en aquella sociedad.
168 Muchas veces
se afirma en las obras de Cervantes que los tiempos pasados eran mejores,
cuando los héroes eran heroicos y supuestamente reinaba la virtud;
sin embargo, a menudo se descarta erróneamente este tema como un topos
literario. Véase Castro, El pensamiento de Cervantes, págs.
173-181, y Harry Levin, The Myth of the Golden Age in the Renaissance
(Bloomington: Indiana University Press, 1969), especialmente el capítulo
6.
169 Don Quijote
lo dice explícitamente (I, 261, 17-32; III, 45, 4-47, 5; III, 199,
4; III, 230, 25-231, 11); he deducido la opinión de Cervantes por
la forma en que trata el tema de la caballería, es decir, por las
pruebas que ya he presentado en este libro.
170 Cristianos
nuevos, también llamados despectivamente conversos, eran
personas que se habían convertido al cristianismo o cuyos antepasados
eran conversos. La mayoría eran descendientes de judíos, quienes,
cuando se enfrentaron en 1492 al decreto de expulsión, escogieron
la conversión antes que el exilio. Víctimas en el siglo
dieciséis de una discriminación cada vez más severa,
a menudo negaban su ascendencia.
Desde el final de la Guerra Civil Española
en 1939, y en parte en respuesta al catolicismo en cuyos términos
los vencedores definían la cultura española, ha habido un
movimiento, iniciado y dirigido por Américo Castro, para mostrar el
error de esta imagen católica de España. (Para sus orígenes
inmediatamente después de la guerra civil, véase Vicente
Lloréns, Los años de Princeton, en Estudios
sobre la obra de Américo Castro, ed. Pedro Laín Entralgo
[Madrid: Taurus, 1971], págs. 285-302. Se encuentra algún
precedente en la revista literaria de la guerra civil, Hora de
España; véase Kessel Schwartz, The Past as Prologue
in Hora de España, Romance Notes, 10 [1968], 15-19.)
Además de afirmar que las culturas judía e islámica
de la edad media española fueron esenciales para la formación
de la nación española, Castro y otros han mantenido que figuras
muy ilustres de la cultura española del siglo XVI (Fernando de Rojas,
Luis Vives, Bartolomé de Las Casas, Santa Teresa, Feliciano de Silva,
Jorge de Montemayor, Fray Luis de León, Alonso de Ercilla, Mateo
Alemán, etc.) eran cristianos nuevos, con antepasados judíos.
A. David Kossoff ha mantenido recientemente que de cinco probabilidades
había cuatro de que un escritor de aquel período perteneciente
a la clase media (y la mayoría de los escritores eran de la clase
media) tuviera ese origen (Fuentes de El perro del hortelano
y una teoría de la España del Siglo de Oro, en Estudios
sobre literatura y arte dedicados al profesor Emilio Orozco Díaz,
recogidos y publicados por A. Gallego Morell, Andrés Soria y Nicolás
Marín [Granada: Universidad de Granada, 1979], II, 209-213). Además,
pocas personas tenían sangre totalmente pura, las leyes
de pureza de sangre se aplicaban discriminatoriamente, y las
documentaciones fraudulentas estaban muy extendidas.
Como el catolicismo militante español
es básico en su identidad histórica, esta línea de estudio
es delicada, y ha provocado polémicas acaloradas e incluso difamatorias
(véase A. A. Sicroff, En torno a las ideas de Américo
Castro, en Actas del Quinto Congreso Internacional de Hispanistas
[Bordeaux: Instituto de estudios Ibéricos e Iberoamericanos de la
Universidad de Bordeaux III, 1977], I, 105-119). El hecho de que haya sido
presentada polémicamente desde el principio ha conducido a una
desafortunada polarización de las opiniones. (No conozco una
introducción mejor que el libro de José Luis
Gómez-Martínez, Américo Castro y el origen de los
españoles: Historia de una polémica [Madrid: Gredos, 1975],
que incluye una bibliografía de 23 páginas.) Sobre el tema
de los conversos las pruebas no son siempre claras ni bien tratadas (aunque
a veces son totalmente claras y tratadas con rigor). Incluso cuando es así,
se cuestiona la importancia de tal ascendencia.
Datos sobre la familia de Cervantes, además
del trato poco halagador a los cristianos viejos en La elección
de los alcaldes de Daganzo, El retablo de las maravillas y El juez
de los divorcios, sugiere que formaba parte de este grupo. Su padre y
su bisabuelo eran cirujanos, y él mismo, en vida posterior, era recaudador
de impuestos, dos de los numerosos oficios que los judíos ejercían
en la Edad Media, y sus descendientes en el Siglo de Oro. Una hermana suya
era carmelita descalza (capítulo 1, nota 40), orden constituida
principalmente por cristianos nuevos. Cervantes se sentía marginado
y mal remunerado; el análisis de Hermida Balado, págs. 158-159,
lo confirma. Sus escritos evidencian que se tomó en serio el Catolicismo,
tan en serio como para tener opiniones distintas de las que tenían
las autoridades religiosas españolas de su época (capítulo
1, nota 40). Eso es más típico de los cristianos nuevos que
de los viejos. (Para una discusión más amplia, véase
Antonio Domínguez Ortíz, Los judeoconversos en España
y América [Madrid: Istmo, 1971], págs. 213-214; no sé
lo que Domínguez quiere decir por el tono despreciativo en que
[Cervantes] habla de los judíos, ni la identidad de los escritores
no especificados con que Domínguez lo compara. Nicolás Kanellos
niega el antisemitismo de Cervantes en The Anti-Semitism of Cervantes'
Los baños de Argel y La gran sultana: A Reappraisal,
Bulletin of the Comediantes, 27 [1975], 48-52; en La casa de los
celos, se llama a los judíos el pueblo que de Dios fue
amigo [I, 198, 26].)
No hay pruebas directas de que Cervantes tuviera
la intención de presentar a Don Quijote como cristiano nuevo. Lo que
llama la atención, sin embargo, es cuán enérgicamente
Sancho es presentado como cristiano viejo. Primero es una conclusión
del narrador (I, 274, 25-28), después Sancho dice tres veces
christiano viejo soy (I, 296, 26; II, 339, 29-30; III, 67, 8-9),
y que tiene quatro dedos de enjundia de christiano viejo (III,
78, 14-16; adaptado). Añade que es enemigo mortal...de los
judíos (III, 114, 7) y que si Cide Hamete ha dado a entender
que no es cristiano viejo, nos avían de oír los sordos
(III, 67, 9-10). Aparentemente es un labrador de los que siempre blasonan
de christianos viejos, tal como son descritos y atacados en El
licenciado Vidriera (II, 90, 4-10) y en los entremeses que se acaban
de mencionar. Don Quijote nunca hace esta afirmación acerca de sí
mismono puede esperarse que proclame soy un cristiano
nuevosino más bien critica a Sancho por ser, aunque un
cristiano viejo, un mal cristiano (I, 286, 18-20; compárese II, 218,
4-5), que no teme a Dios (III, 262, 32-263, 2). La respuesta de Sancho a
esta acusación es que él es como cada hijo de vezino.
171 A veces se considera
a Diego de Miranda el personaje representativo del autor, por su hostilidad
a los libros de caballerías (III, 201, 20-21) y por el parecido de
su descripción física (III, 198, 7-10) con la que Cervantes
da de sí mismo en el prólogo de las Novelas ejemplares
(I, 20, 18-21, 2). Sin embargo, como se acaba de señalar (pág.
137), Don Quijote también tiene algunos rasgos físicos parecidos
(III, 175, 23-27), y tiene mucho más en común con Cervantes
que Miranda. Miranda, un labrador rico (III, 201, 11-12; III, 226,
12-13)Cervantes no lo era, no hace nada; no tiene, o no demuestra,
patriotismo, ni ideas, ni ningún interés por el debate. Es
difícil imaginar a Cervantes divirtiéndose, como Miranda, con
la caza y la pesca (III, 201, 14-15). Miranda no comparte el entusiasmo de
Cervantes por la literatura. Sólo tiene una reducida biblioteca de
seis docenas de libros, limitados a historia y devoción, mientras
que la de Cervantes tenía que ser más grande y variada (véase
mi ¿Tenía Cervantes una biblioteca?, ya citado).
También tenía un hijo, mientras que Cervantes no tenía
ninguno.
Sancho, que muestra buen natural y
discreción (III, 262, 24-25), también refleja al autor,
aunque no tanto. Cervantes, igual que Sancho, apreciaba la comida, comida
con libertad (véase I, 146, 12-18), el vino y el descanso (nota 162,
supra). A Cervantes también le gustaban los refranes, y los
usaba cuando escribía en primera persona: debaxo de mi manto
al Rey mato (I, 30, 10-11); castíguele su pecado, con
su pan se lo coma y allá se lo haya (III, 27, 14-15). La brusca
salida de Sancho de casa de Don Quijote, con desmayo de
estómago, para volver con una respuesta a las preguntas de
Sansón acerca del robo del asno y la pérdida de cien escudos,
tiene resonancias de su creador (III, 71, 12-21). Pero los paralelismos son
menores.
172 Ésta
es la respuesta de Don Quijote a la relación, dada por el canónigo,
de beneficios intelectuales que obtendría si leyera libros de historia
(II, 363, 29-32).
173 Sanford Shepard,
El Pinciano y las teorías literarias del Siglo de Oro, 20
edición (Madrid: Gredos, 1970), pág. 27, señala que
la Philosophía antigua poética, para su autor, era una
obra de literatura, así como un tratado sobre poesía. Según
Shepard, en el sistema clasificatorio del propio Pinciano, es un ejemplo
de poesía dramática.
174
Forcione,Cervantes, Aristotle, and the Persiles, pág.
84.
175 Éste
es también el primer contraste de sus dos facetas: primero
¡O, qué necio y qué simple eres!, y después
¡Válate el diablo por villano...y qué de discreciones
dizes a las veces! (II, 72, 6 y 23-25).
176 III, 374, 14-16.
Don Quijote usa una imagen muy parecida: sobre el cimiento de la necedad
no assienta ningún discreto edificio (IV, 62, 12-13).
177 IV, 55, 15;
IV, 273, 24-25; IV, 392, 23-24; III, 31, 32.
178 III, 405, 1-3;
IV, 85, 1-3; IV, 154, 13; IV, 362, 21; IV, 369, 7-9.
179 III, 53, 29-30;
se dice lo mismo de Auristela y Periandro (la naturaleza
avía...formado en una misma turquessa a él y a Auristela,
II, 244, 27-29). En varios puntos de la Segunda Parte se presenta a Don Quijote
y Sancho como equivalentes: III, 108, 6-7; III, 367, 21-24; IV, 363, 10-11
y 29. De la misma forma que Don Quijote podía predicar (supra,
pág. 134), también podría Sancho: Dígote,
Sancho, que, así como tienes buen natural y discreción, pudieras
tomar un púlpito en la mano y irte por esse mundo predicando
lindezas (III, 262, 24-27).
180 II, 62, 15-21;
II, 361, 17-23; III, 108, 6-7; III, 221, 12-22; III, 229, 1-231, 15; IV,
55, 6-15; IV, 321, 23-25.
181 I, 53, 4-5.
Se aplican los mismos superlativos, el más gracioso disparate
y tema que dio loco en el mundo, al loco sevillano que hinchó
un perro (III, 29, 10-12).
182 Véanse
además los pasajes citados en la nota 87 del capítulo 3. La
repentina decisión de Sancho de esconder al cura y al barbero el
lugar y la suerte dónde y cómo su amo quedava (I, 378,
13-19) es también, al parecer, una conducta caballeresca sorprendente
para él.
183 III, 378, 10-17;
IV, 257, 29-31. Es verdad que en la España del Siglo de Oro la gente
corriente conocía los romances, pero este hecho no explica el uso
que Sancho hace de ellos. Más que cantarlos por placer, como el labrador
de El Toboso (III, 125, 24-27), los cita para aclarar algunos puntos en sus
discusiones, exactamente como hace Don Quijote (I, 167, 28-168, 8), Maese
Pedro (III, 334, 28-32) y el narrador (III, 156, 7-10).
184 Al buen
callar llaman Sancho (IV, 61, 13-14). Aunque la forma original de este
proverbio debe de haber sido santo, el cambio, con el juego de
palabras, a Sancho está bien documentado antes de Cervantes,
y puede considerarse que es la forma que conocía. Además de
los ejemplos citados por Schevill-Bonilla y Rodríguez Marín,
se encuentra en Los refranes que recopiló Ýñigo
López de Mendoça y en el Libro de refranes de Pedro
Valles (he utilizado las ediciones de Valladolid: Francisco Fernández
de Córdoba, 1541 y Zaragoza: Juana Millán, 1549, respectivamente).
Ticknor, quien considera que la forma con Sancho es la original,
cita las últimas recopilaciones de Garay y Hernán Núñez
(History of Spanish Literatureel pasaje, de su discusión
del Buscapié, no figura en la traducción
española, sexta edición norteamericana [Boston: Houghton,
Mifflin, 1891], III, 504).
185 El señor
governador Sancho a cada paso los dize [refranes]; y aunque muchos no vienen
a propósito, todavía dan gusto, y mi señora la duquessa
y el duque los celebran mucho (IV, 151, 7-11).
186 Ni la mujer
de Sancho (II, 399, 23-24) ni la sobrina de Don Quijote (III, 52, 23-25)
entiende la arcaica palabra ínsula.
187 I, 278, 19-20;
II, 396, 29-30; y véase I, 141, 24-32.
188 III, 171, 32-172,
2; véase también III, 368, 17-19.
189 Don Quijote:
III, 426, 15; IV, 35, 19; IV, 238, 19. El narrador: III, 111, 6; III, 368,
15; IV, 123, 8; IV, 363, 29. También le llaman frecuentemente simple
y necio (para ejemplos, véase el apéndice 4 del Sancho
Panza de Flores).
190 IV, 172, 22-24;
véase también III, 89, 6.
191 II, 72, 24-25;
IV, 328, 23-25; también II, 357, 16-18 y III, 280, 18-19.
192 III, 377, 19;
IV, 111, 11-12. Sus tocas son reverendíssimas
(IV, 115, 18-19).
193 La
tenían por boba y de buena pasta (IV, 168, 6-7), confirmado
en la descripción del narrador, la sandez y dessemboltura de
doña Rodríguez, y de su mal andante hija (IV, 171,
14-16).
194 Ya me
comen, ya me comen / por do más pecado avía (III, 414,
8-9).
195 III, 454, 23-26.
Un muladar era el lugar o sitio donde se echa el estiércol o
basura que sale de las casas (Diccionario de
autoridades).