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Capítulo 6. Don Quijote, un clásico. La insuficiencia de la interpretación cervantina
| No hay cosa más gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero andante, buscador de aventuras. Bien es verdad que las más que se hallan no salen tan a gusto como el hombre querría, porque de ciento que se encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas.... Pero, con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos, atravesando montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas a toda discreción, sin pagar ofrecido sea al diablo el maravedí. | |
II, 400, 6-19 |
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| Como cristiano que soy católico, no lo creo; pero la esperiencia me muestra lo contrario. | |
Persiles, I, 60, 17-19 |
En los capítulos anteriores he reconstruido
la idea que Cervantes tenía de Don Quijote y quería
que sus lectores también tuvieran: un libro de caballerías
burlesco, que exponía los fallos de las obras anteriores de este
género con ejemplos y discusiones, y proporcionaba a los lectores
información y consejos que podían beneficiarles. Cervantes
esperaba que los lectores de Don Quijote, a consecuencia de su lectura,
escogieran libros mejores y leyeran con espíritu más crítico.
Consecuentemente llevarían vidas más virtuosas, especialmente
al observar las reglas divinas en sus relaciones con el sexo opuesto, y
serían más patrióticos. Me gustaría explicar,
para acabar, que la opinión de Cervantes acerca de su libro es en
la actualidad poco importante, y, ya que se trata de un clásico, por
qué tiene que ser así.
Sin embargo, es preciso aclarar que no intento
predecir el futuro, sino simplemente explicar el pasado y el presente. En
concreto, no intento formular una teoría general sobre lo
clásicoque por sí mismo es un concepto
inestable1 según el cual puede
confirmarse la grandeza de Don Quijote. Tomo su posición de
clásico como punto de partida, y lo acepto así porque muchos
lectores, de distintos países y épocas, han dicho que es una
gran obra. Creo que Don Quijote se leerá mientras haya lectores
y libros, pero no intentaré predecir por qué razones y de qué
forma.
Para empezar, el valor de Don Quijote
sólo está mínimamente relacionado con el provecho que
Cervantes deliberadamente le confirió. Como he dicho en el capítulo
1, la creencia que un autor puede y debe incluir verdades morales ha desaparecido
de la corriente principal de la literatura occidental. La ética, la
filosofía y la religión se han separado de ella. El autor de
literatura puede mostrarnos, pero ya no le es permitidodecirnos
cómo hemos de vivir.
La validez del provecho de Don Quijote
está también restringida a su propia época. Algunas
afirmaciones del libro, como la libertad es uno de los más preciosos
dones que a los hombres dieron los cielos (IV, 224, 11-13), parecen
tener una validez universal, pero muchas no, y en conjunto se basan en una
visión católica del mundo que pocos lectores posteriores han
compartido. Muchas afirmaciones son ofensivas, según los valores actuales:
hombre de bien, si es que este título se puede dar al que es
pobre (I, 110, 15-16; del mismo modo, III, 275, 9-10), todo el
honor de las mugeres consiste en la opinión buena que dellas se
tiene, la muger es un animal imperfecto (II, 103, 26-27
y 30-31), y otros comentarios
misóginos.2 Pocos aceptarían
el apoyo total de Cervantes al matrimonio cristiano o su creencia de que
la religión es el motivo más aceptable de combate (III, 346,
27-30). Aunque puede que alguna recomendación ocasional aún
tenga su valor,3 ya no nos sirven sus consejos
a los dirigentes. La demostración que hace Cervantes de la capacidad
gubernativa de un simple bienintencionadoy nunca nos explica cómo
se conoce a éstesólo puede aceptarse si se toma como
postulado la asistencia divina.
La instrucción literaria que Don
Quijote contiene, aunque sea importantísima para el especialista
que quiera entender a Cervantes y sus obras, tampoco tiene validez en la
actualidad. Los comentarios literarios tienen interés sólo
mientras lo tenga la literatura que se examina. La mayoría de los
libros e incluso de los géneros mencionados en Don Quijote
sólo interesan hoy al historiador literario, y algunos sólo
al cervantista.
En general, los problemas literarios que Cervantes
enfoca enDon Quijote todavía existen. Aunque suele negarse,
es evidente que los libros, el cine y la televisión influyen
en la conducta, y eso exige una responsabilidad tanto a los consumidores
como a los creadores. Todavía hay que distinguir entre la verdad y
la mentira en obras supuestamente informativas. Pero las formas que toman
estas cuestiones en Don Quijote son arcaicas, y oscuras para el lector
corriente. Los libros de caballerías no constituyen un peligro, pues
sólo perviven en la sombra de Don
Quijote.4 Se ha aceptado la historia fingida
como un tipo de literatura y se le ha dado un nuevo nombre, novela; su verdad
se distingue de la verdad histórica, y su apariencia de hechos
históricos no engaña a nadie. La censura que Cervantes propone
(II, 352, 21-353, 20) es repulsiva para nosotros, puesto que, con razón,
somos reacios a emitir juicios sobre lo que debería y no debería
publicarse, y mucho más a confiar estos juicios a otros. También
relacionamos la libertad que tanto alababa Cervantes con la desaparición
de la censura.
La creencia de Cervantes en las reglas, principios
eternos según los cuales se escribe y valora la literatura, también
es arcaica para nosotros. En parte eso es consecuencia de nuestra visión
distinta del hombre; hemos perdido la fe en la perfectibilidad humana que
reflejan los principios fijos. También es debido a que somos más
tolerantes con las opiniones distintas a las nuestras; personas sensatas
nunca han estado de acuerdo sobre qué es o qué debería
ser la buena literatura. El éxito literario, ya sea inmediato o a
la larga, no es previsible.5 Los principios
estéticos que pueden deducirse de la historia literaria son tan generales
que resultan inútiles. Además, queremos creatividad en cualquier
arte, incluido el literario, y la creatividad es inevitablemente más
rebelde e irrespetuosa que obediente a los principios.
Por ende, el provecho de Don Quijote,
tal como lo entendía Cervantes, no tiene mucha importancia hoy en
día.6 Tampoco la tiene el humor del
libro. No es porque ya no necesitemos humor. Nuestros tiempos son, si no
más, ciertamente no menos calamitosos (I, 129, 1; I, 280,
4) que los suyos, y el humor es una forma efectiva de aliviar la tensión
resultante. Sin embargo, ya he sugerido que no necesitamos acudir a un libro
del siglo XVII para encontrar humor, puesto que nos rodea. Y aunque la
mayoría de los lectores encuentran pasajes que les hacen reír,
una parte importante del humor sólo pueden descubrirlo los expertos,
y es posible que otra parte haya desaparecido para siempre.
Además, el libro en conjunto no es tan
gracioso como Cervantes quería que fuera; en ocasiones tenemos buenas
razones para sentirnos incómodos con nuestra risa, o para no reír,
no importa lo que los narradores o los personajes hagan o digan. El humor
que contiene puede ser primitivo y crudo. Algunos pasajes no son más
que payasadas: Don Quijote destruye la propiedad, Sancho es sacudido en una
manta, y ambos reciben golpes y pedradas.
Es, por tanto, correcto considerar que el punto
de vista de Cervantes acerca de su obra es incompleto e inexacto. De hecho,
eso ha sido una gran suerte: si Don Quijote fuera lo que Cervantes
quería que fuera, y nada más, hubiera gustado, como máximo,
a sus primeros lectores, y hoy interesaría sólo a los historiadores
de la literatura. Un clásico, para sobrevivir la prueba del
tiempo, debe gustar a muchas generaciones de lectores. Nadie puede
saber lo que futuros lectores querrán de los libros, y por tanto el
éxito de un autor a largo plazo siempre es accidental. Un clásico
inevitablemente diferirá de lo que quiso hacer su autor. Como una
forma indirecta de contestar la pregunta ¿Qué es, pues,
Don Quijote?, intentaré identificar los verdaderos motivos
por los que ha llegado a ser un clásico.
Un motivo por el cual el libro ha interesado
a sucesivas generaciones de lectores, y que no ha sido suficientemente valorado,
es sin duda el dominio que Cervantes tenía del lenguaje. Debido a
ello, Don Quijote es uno de los libros más citados, y ha tenido
una gran influencia en el español
culto.7 Su vocabulario amplio y pintoresco,
su uso de estructuras sintácticas variadas e igualmente pintorescas,
los distintos y opuestos niveles de lenguaje que se encuentran en el libro,
el humor verbal, contribuyen en gran manera a que esta obra sea una continua
delicia y a involucrarnos en las vidas y los problemas de los personajes.
Aunque las ideas lingüísticas y
la influencia de Cervantes todavía tienen que estudiarse en profundidad,
en sus obras hay muchas muestras de su interés por la
lengua8 y de un concienzudo empleo de las
palabras.9 Sin embargo, tener interés
por la lengua y conocerla no es lo mismo que usarla con maestría.
No hay otras explicaciones de su habilidad más que las generales de
inteligencia, esmero y práctica. Éste es uno de sus dones.
A Cervantes le hubiera encantado que
encontráramos su estilo ejemplar y atractivo. Sin embargo, aunque
élcomo lectores posterioreshabrían considerado
que el estilo era secundario con respecto al contenido de Don Quijote,
ni él ni sus contemporáneos habrían percibido otros
motivos que voy a sugerir como virtudes, incluso podrían haberlos
considerado defectos.
Una razón del éxito de Don
Quijote que no habría sido una virtud significativa en tiempos
de Cervantes es que lo que describe es precisamente esta época y su
país. Aunque la teoría de la novela estaba entonces en un estado
demasiado embrionario para incluir este principio, un autor que describe
el mundo que mejor conoce tiene cierto carácter que falta en la novela
basada en la fantasía o en la investigación. Los detalles,
la nota inesperada que nos convence de que el autor estaba realmente
allí aparecen con naturalidad o no
aparecen.10
El gusto moderno prefiere el mundo real; de
aquí el gradual aumento de las obras que no son de ficción,
en detrimento de la literatura, y el declive de la poesía. Se aplican
los mismos valores en la selección de los clásicos: actualmente
se prefiere Petronio a Heliodoro, Lazarillo a La Diana. Por
el contrario, los lectores del siglo XVII se interesaban menos que lectores
posteriores, y mucho menos que los lectores modernos, por el mundo real;
cualquier examen de las publicaciones de la Edad de Oro revela que se
prefería la fantasía a la realidad, la poesía a la novela,
Dios a la ciencia.
Cuando los lectores desean una representación
exacta del mundo, se prefieren obras en las que el autor describe su propio
mundo. Éste es un factor significativo en las variaciones de la
estimación de las obras literarias y en la canonización de
algunas de ellas como clásicas; cuando la época de un autor
se hace más lejana, el valor literario de una descripción exacta
de estos tiempossu poder de entretenernos e informarnos, de alejarnos
de nuestras propias circunstanciasaumenta. Después de todo,
la única época y lugar que un autor del pasado puede conocer
mejor que nosotros son su propia época y lugar. Con el progreso de
la ciencia nosotros podemos conocer mejor los países y las épocas
alejadas del autor, con claras consecuencias estéticas. Para citar
un ejemplo referente a Cervantes, hoy conocemos mucho mejor la historia medieval
española, y una novela que tratara de este período, por
verosímil que fuera en su época, hoy sería mucho menos
convincente. Pero nunca podremos mejorar la descripción que hizo Cervantes
de su propio mundo.
Además, quiso centrar su atención
y describir precisamente aquella parte de su mundo que hoy es menos accesible:
la gente común y su medio, las carreteras de Castilla la Nueva, las
ventas. Puede que haya sido, como se ha especulado a menudo, porque sentía
admiración y simpatía por ellos y creía que eran un
tema adecuado para la literatura, que los lectores podrían aprender
mucho de ellos. Aunque no desconocida, fue una actitud innovadora y poco
corriente en su día, cuando la literatura, incluida una gran parte
que está totalmente olvidada, se centraba mayoritariamente en la nobleza.
Ya que ahora se acepta que la virtud no se hereda y que los accidentes del
nacimiento no convierten necesariamente a las personas en temas apropiados
para la literatura, el retrato convencional de una clase alta feliz y virtuosa
ya no atrae. Pero raramente podemos conocer bien a la gente corriente de
siglos anteriores, y su retrato literario es a la vez interesante y valioso;
sus vidas llenas de problemas están más próximas a las
nuestras.
El mundo descrito en la novela es también
muy detallado, una ventaja más en la ficción realista. Don
Quijote es un libro muy largo y denso. No importa cuántas veces
se lea, es imposible conocerlo por completo; todo lector serio cree que nunca
se termina su estudio. Don Quijotecubre un amplio territorio, trata
de una forma u otra de el universo todo (IV, 65, 13), y tiene
un gran número de personajes distintos. Sin embargo, esta variedad
se ofrece dentro de un marco tranquilizador y cómodo.
Este marco es, naturalmente, Don Quijote y
Sancho, sus viajes y sus aventuras. Una razón adicional del éxito
de Don Quijote es que a pesar de su realismo y su atención
al mundo de Cervantes, es una obra con un contenido esencialmente humano.
Don Quijote nos presenta gente, más que España, literatura,
ideas o aventuras. La novela consiste en gran parte en conversación,
sabrosa conversación (III, 448, 22), y los lectores modernos
coinciden en que las secciones en que no hay conversación son las
menos satisfactorias, las aventuras más monótonas y el humor
más superficial.11 En el libro vemos
a dos personas influyéndose mutuamente, y su relación es la
más compleja que haya existido. Su relación cambia, de la de
superior e inferior, de líder y seguidor, a dos compañeros
que son inseparables, puesto que no sólo aprenden uno de otro, sino
que se necesitan y complementan. No es ninguna distorsión hablar de
su amor.12 El libro sin los dos es
inconcebible.
La singularidad y la importancia de la
relación amorosa pero no sexual entre los dos protagonistas, reflejada
en el buen amor de sus monturas (I, 288, 20-24; III, 155, 15-156,
7), no ha sido suficientemente reconocida. No hay ninguna otra obra, hasta
que puede detectarse la influencia de Cervantes en la novela, que presente
nada parecido. Cervantes, el autor de los dos
amigos,13 probablemente habría
dicho que la sexualidad, que nos ha sido impuesta como resultado de nuestro
pecado original, nos atormenta con su transitoriedad y enemista a los
hombres,14 incluso en el mejor de los casos
interfiere en lo que es realmente importante en las relaciones interpersonales.
En términos modernos, la sexualidad es lo más difícil
de tratar en la literatura; lo que se puede tratar mejor es la parte no corporal
de las relaciones humanas.
Don Quijote es, pues, un libro que se
centra en las personas, y lo hace con cariño. Estos personajes no
sólo tienen emociones que todos compartimos, parecen reales.
Probablemente, como han propuesto varios eruditos, Cervantes se propuso crear
una ilusión de realidad incorporando en su libro comentarios sobre
otros libros, la Primera Parte entre ellos, e intercalando en su narración
otras narraciones, algunas claramente ficticias (la Novela del curioso
impertinente) y otras verdaderas (la verdadera
historia de Cardenio, II, 30, 5).15
Sin embargo, la verosimilitud de sus personajes no deriva de estas
técnicas. Puede atribuirse parcialmente a sus detalladas descripciones
y a la gran cantidad de información que se nos da en un libro muy
largo.
Más importante es hasta qué punto
Don Quijote y Sancho se parecen a nosotros. Igual que nosotros, tienen ambiciones
y problemas. También son imperfectos; Cervantes los dotó de
defectos, debido a su intención burlesca y a su deseo de verosimilitud.
Don Quijote y Sancho tienen dos lados; sus innegables virtudes son
contrarrestadas por graves defectos. Además, cometen errores, se sienten
incomprendidos, y pierden su ecuanimidad, enfadándose y discutiendo.
Ninguno de los dos se entiende a sí mismo o al otro completamente.
La ilusión de realidad que el libro
y sus personajes proporcionan también es resultado de las sorpresas
que el libro constantemente nos presenta. La acción no puede predecirse,
y los presagios son escasos.16 El que Sancho
decida manear el caballo de Don Quijote o inventar el encantamiento de Dulcinea,
que no concluya la historia que cuenta en el capítulo 20 de la Primera
Parte, que su amo decida visitar la cueva de Montesinos o ir a Barcelona
en lugar de ir a Zaragoza, todo eso, y mucho más, es inesperado. Con
sus constantes sorpresas el libro también es como la vida
misma.17
Otra nota realista e innovadora del libro,
aunque desagradable, es su retrato de la condición humana. En contraste
con los libros de caballerías, cuyos héroes eran jóvenes,
los protagonistas de Don Quijoteno lo son. Aunque la muerte se presente
abiertamente ya al final, precedida por la derrota física ante un
hombre más joven, subyace en gran parte del libro. Las discusiones
sobre la fama, especialmente la
póstuma,18 la hostilidad de Cervantes,
ligeramente encubierta, hacia algunos aspectos del catolicismo
contemporáneo (capítulo 1, nota 40), sus deseos de veracidad
en la literatura religiosa,19 y el lenguaje
de la dedicatoria y el prólogo de
Persiles,20 todo sugiere que la
convencional promesa de una vida después de la muerte no le proporcionaba
mucho consuelo. En las obras de Cervantes, el pensar es frecuentemente asociado
con la desdicha;21 los sueños, como
dice Don Quijote después de salir de la cueva de Montesinos, pueden
ser mucho más agradables que la
realidad,22 y la locura también (I,
354, 21-27).23
Quizás éste sea uno de los motivos
por los que las reacciones de los lectores han sido tan diversas. Los lectores
mayores, que tienen más influencia y que determinan la fama definitiva
de un autor, han reaccionado a un aspecto que para los más jóvenes
es algo más distante. Como el mismo Cervantes ha dicho acerca de su
obra, los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres
la entienden y los viejos la celebran (III, 68,
7-9).24 No obstante, no es ésta la
única explicación de la diversidad de interpretaciones.
Como he sugerido, en algunos aspectos importantes
el mundo ficticio de Don Quijote se parece al mundo real, y aunque
sea el mundo de una España desaparecida, es aún de interés
para muchos lectores, y tiene mucho en común con el mundo que habitamos
todos nosotros. Es inevitable que tal obra sea objeto de interpretaciones
contradictorias. No se está de acuerdo sobre Don Quijote como
no se está de acuerdo sobre la vida. El Don Quijote que sufre
alucinaciones debe permanecer en casa, y si no vuelve por voluntad propia,
se le debe llevar a la fuerza, tal como se hace en el capítulo 46
de la Primera Parte. Pero el que el relativamente cuerdo Don Quijote de la
Segunda Parte haga bien en continuar su misión depende de valores
acerca de los cuales ni hay ni por el momento puede haber consenso, por mucho
que se desee alcanzarlo. Don Quijote, a semejanza del mundo, es un
gran rompecabezas literario, atractivo para los lectores modernos, a los
que, como he dicho en el capítulo 1, les gusta descifrar
un libro. Sin embargo, es un rompecabezas que no tiene solución.
Se han clasificado los intérpretes de
Don Quijotesegún la postura que adoptan frente al protagonista.
Mandel ha creado las etiquetas duro y blando,
términos que incitan a dar preferencia al primero. Simplificando
excesivamente y convirtiendo en monolíticas interpetaciones que nunca
lo han sido, agrupa bajo la primera etiqueta a todos los que consideran Don
Quijote loco, desencaminado, y ridículo, y bajo la segunda, los que
lo toman por un héroe admirable; la postura blanda se
ha identificado, con excesiva simplicidad y por lo general despectivamente,
con los románticos.25 Aunque a menudo
las discusiones sobre los tipos de interpretación de Don Quijote
van acompañadas de condenas a una interpretación, es difícil
estar de acuerdo. Podría creerse que los primeros lectores, cuyas
interpretaciones eran principalmente, aunque no exclusivamente,
duras,26 habrían sido
los mejores intérpretes. Su visión del mundo estaba más
próxima a la del autor que la de los lectores posteriores. Estos primeros
lectores no tenían que enfrentarse a la historia de las interpretaciones
del Quijote, notable pero confusa; los lectores españoles
también tenían en común con Cervantes la lengua y la
cultura. Sin embargo, los primeros lectores, como se ha dicho en el
capítulo 4, centraron su atención esencialmente en la Primera
Parte.
Los lectores posteriores, aunque parten con
la desventaja de su distanciamiento de los tiempos y de la cultura de Cervantes,
la han compensado de sobra con un mayor esfuerzo. A diferencia de los primeros
lectores, no solamente lo han leído sino que lo han releído,
tomando notas, investigando las alusiones y el lenguaje; muchos de ellos,
incluidos naturalmente los traductores, han leído el libro en castellano.
Se han beneficiado de los progresos en el análisis literario y en
la historia literaria, y son lectores más atentos y
competentes.27 Incluso valores éticos
más elevados han afectado la interpretación del libro: si debe
escogerse entre reírse de alguien o compadecerse de él,
debería preferirse la segunda
postura.28
Los lectores posteriores, en contraste con
los primeros, han profundizado en todo el libro, y se supone que el final
de un libro representa el propósito final del autor y su efecto, la
impresión que debería dejar en el lector. Finalmente, Don
Quijote casi nos grita que las cosas pueden no ser lo que parecen, que
deberíamos mirar bajo la superficie, y que no siempre se dice la verdad.
Incluso si Cervantes no lo queríay creo que no lo
queríano debe culparse a nadie por usar esta información
en la interpretación del libro.
Eso implica que la interpretación
blanda no es una mayor distorsión que la dura,
probablemente incluso menor. En el texto hay muchas pruebas de ello: la
sabiduría de Don Quijote, su conocimiento de sí mismo, que
es cada vez mayor, sus admirables ideales, su noble espíritu, su
abnegación y su aislamiento moral. Sin embargo, las pruebas no son
del todo claras; si simplemente se tratara de una interpretación
errónea y otra correcta, no habría controversia. En algunos
episodios Don Quijote no es más que un payaso. En otros, la
intención del autor es que nos riamos de él, pero que también
lo respetemos. La conclusión combina su completa reforma con la
afirmación de que el propósito del libro era atacar los libros
de caballerías. Su evolución es tosca, irregular e incompleta,
con dos pasos hacia delante y uno atrás, todo lo cual sugiere que
esto ocurrió a pesar de, más que a causa de, el deseo del
autor.
Don Quijote es, por ende, una paradoja,
llena de contradicciones lógicas. Don Quijote es un loco inteligente,
el más loco y el más inteligente de todos los hombres. Sancho
es un simple prudente, excepcionalmente prudente y excepcionalmente simple;
cree en todo y duda de todo, según su señor. Son iguales, pero
también opuestos.29 Don Quijote es
un héroe, es ridículo, y es ambas cosas simultáneamente.
Es y no es una imagen del autor. Su amada es al mismo tiempo la puta Aldonza
y la incorpórea Dulcinea. Cide Hamete, incompetente y poco fiable,
es la flor de los historiadores, unido con Don Quijote y Cervantes, solos
y para en uno.30
La historia de Don Quijote es a la vez fingida
y verdadera. Nos dice clara e inequívocamente que su propósito
es atacar los libros de caballerías, nos informa ampliamente de sus
defectos, pero las descripciones de sus atractivos (I, 290, 1-294, 10; II,
343, 23-345, 8; II, 370, 22-374, 5) son mucho más seductoras y apasionadas
que la presentación de estos defectos. Además, nos alejamos
cada vez más de este tema y finalmente, excepto en el último
capítulo, lo dejamos por completo. Puede interpretarse utilizando
parte de los datos, pero no hay forma de alcanzar un todo coherente. La
vigorizante y frustrante búsqueda de una única
interpretación, de un orden que pueda imponerse en este universo ficticio,
es quijotesca e imposible.31 Un universo
contradictorio y paradójico, que no puede interpretarse, es el colmo
del realismo.
Hasta cierto punto la naturaleza paradójica
de Don Quijote fue creada
deliberadamente.32 Se incluyen manifiestamente
dos paradojas: la autobiografía de Ginés de Pasamonte, inconclusa
porque su vida no se ha acabado,33 y el problema
que se le presenta a Sancho en el capítulo 51 de la Segunda Parte,
en el que un hombre, que debe morir si jura en falso, jura que
morirá.34 (La forma como Sancho aplica
el consejo de Don Quijote es significativa: opta por la misericordia.) Un
capítulo (el 5 de la Segunda Parte) es calificado de
apócrifo y las palabras de un personaje de
imposibles.35 Personajes ficticios
hablan de libros (la Primera Parte de Cervantes y la Segunda Parte de Avellaneda)
en los que ellos son los personajes, como si fueran historias
verdaderas.36 Don Quijote, negándose
a entrar en Zaragoza, proporciona pruebas con las que demostrar la
mentira del libro de Avellaneda (IV, 253, 10-12; IV, 255, 6-10;
IV, 383, 16-23). Estos mecanismos son puras
paradojas.37
Los temas de este libro y de otros escritos
de Cervantes se formulan repetidamente en términos de o...o,
y a menudo son llevados al extremo. Siguiendo la tradición
académica, Cervantes conceptualizaba los temas polarizándolos,
pon[iéndo]las en disputa, como dice en el prólogo
de la Primera Parte.38 Una afirmación
es o verdad o mentira, sin un estado intermedio. Existe la honestidad y la
inmoralidad, el Cristianismo y el Islam, las armas y las letras, la pobreza
y la riqueza, la Edad de Oro y nuestros detestables siglos. Los
libros o son abundantes o escasos,39 y los
libros de caballerías, aborrecidos y alabados
al mismo tiempo (I, 38, 6), son leídos por los grandes y los
chicos, los pobres y los ricos, los letrados e ignorantes, los plebeyos y
cavalleros (II, 370, 8-10; adaptado). Los hombres son amigos o enemigos
(III, 60, 14), las mujeres buenas o malas (III, 276, 8-10). El amor mira
con unos antojos que hazen parecer oro al cobre, a la pobreza riqueza y a
las lagañas perlas (III, 243,
30-32).40 Un sabio amigo habría de
engrandecer [las cavallerías de Don Quijote] sobre las más
señaladas de cavallero andante; uno que fuera enemigo
aniquilarlas y ponerlas debaxo de las más viles que de algún
vil escudero se huviesen escrito (III, 60, 14-20). Incluso el
Persiles ha de ser, o el más malo, o el mejor [libro]
que en nuestra lengua se haya compuesto (III, 34, 13-14).
Hay cierto espíritu juguetón
en eso, un deleite en los poderes de la mente, y la creación de paradojas
era un tipo reconocido de entretenimiento
mental.41 Pero, en una nueva contradicción,
también hay seriedad; los contrariosverdadero y falso, caliente
y frío, claro y oscuro, pasado y futuro, bueno y maloson
fundamentales para el lenguaje y para la filosofía. Las personas no
son ni totalmente buenas ni totalmente malas: en las obras de Cervantes
encontramos muchas veces su fascinación y su perplejidad por los
criminales (galeotes, Roque Guinart, gitanos, la compañía de
Monipodio), que a pesar de sus pecados poseen imaginación y
virtud.42 Tácita pero omnipresente,
tenemos la fundamental división de las personas en varones y hembras,
siempre paradójicamente buscando, pero sólo momentáneamente
alcanzando, su unión en un solo animal del que míticamente
descienden.43 No hay que profundizar demasiado
en la doctrina cristiana, y ni mucho menos tanto como suponemos lo hizo
Cervantes, para que se nos presenten serias paradojas: libre albedrío
y presciencia divina, supeditación de la razón a la fe, el
hecho de que Cristo, nacido de una virgen, sea a la vez Dios y hombre, el
que Dios sea una y tres personas al mismo tiempo, y sobre todo que seamos
a la vez cuerpo y alma, animales y
espirituales.44 Cervantes seguramente se
explicaba el que la gente tergiversara la verdad y escribiera historias falsas
por la clásica paradoja cristiana de la existencia del
mal.45
Armonizar estas contradiccionesentre
otras cosas, casar al varón y a la hembraes prerrogativa divina;
Él es la armonía de los opuestos y la resolución de
paradojas.46 Sin embargo, el autor es un
dios para sus personajes; según el canónigo, debería
facilit[ar] los imposibles (II, 342,
23-24).47 Así Cervantes intentó
crear personajes con una doble faceta. A veces, sin duda, lo hace
deliberadamente; nos habla de las de Don Quijote y Sancho. Otros personajes,
sin embargo, también la tienen: Maritornes y Roque Guinart, el duque
y la duquesa, de hecho la mayoría de los personajes no religiosos
del libro. No obstante, las combinaciones de opuestos, que a veces parecen
tan accidentales como hechas a propósito, forman conjuntos que causan
perplejidad. Cervantes, queriendo facilitar imposibles, nos ha dejado con
una paradoja, un imposible.
Debemos aceptar que Cervantes se dio cuenta,
al término de la Segunda Parte, que el libro que había terminado
apresuradamente no respondía totalmente a sus intenciones. Contrariamente
a sus expectativas, vio que Don Quijote, al aprender, también evolucionaba
y se volvía más humilde, y era imposible no admirarlo.
Contrariamente a lo que también esperaba, no era posible combinar
la admiración por Don Quijote con la burla. En 1614-1615, cuando
escribía los últimos capítulos de la Segunda Parte y
atacaba a Avellaneda, Cervantes no creyó que fuera tan necesario atacar
los libros de caballerías, que su Primera Parte ya había debilitado
(IV, 406, 11-14). Debía de haber sabido por lo menos que no los
había tratado en esta parte del texto; el ataque en el último
capítulo es tan fuerte que cae por su propio peso.
Sin embargo, eso no significa que Cervantes,
que fue uno de los escritores más profundamente
morales,48 se habría sentido
satisfecho de que su obra haya generado un problema interpretativo del que
se ha dicho que no tiene precedente en la historia de la
literatura.49 Sabía qué
interpretación quería que los lectores le dieran y nos la dice;
cuando en el texto se mencionan distintas interpretaciones, es con un
ademán de molestia (III, 56, 30-57, 5; también I, 366, 26-28).
Cervantes no quería que sus personajes evolucionaran, y mucho menos
hasta el extremo en que lo hacen enDon Quijote. El resto de sus obras,
en las que los personajes aprenden pero no evolucionan, confirman esta
afirmación. ¿Cómo fue, pues, que escribió un libro
tan distinto del que se propuso?
Afortunadamente Cervantes no abordó
Don Quijote con la intención de escribir una gran obra. Tenía
solamente un plan muy vago y escribía, en términos de Unamuno
vivíparamente: seleccionaba las características
de los personajes, la acción e incluso el impulso de la obra durante
su composición.50 La composición
del libro, además, fue intermitente, y los períodos de actividad
creadora se extendieron durante muchos años; como se ha dicho en los
capítulos 1 y 4, Cervantes con toda seguridad engendró
y probablemente empezó la Primera Parte en la década de 1590,
y la Segunda Parte en 1605, pero ninguna fue completada hasta poco antes
de su publicación.51 Durante esos
años Cervantes continuó leyendo y reflexionando, cambiando
de parecer en cuestiones importantes: el papel del caballero andante, por
ejemplo, que cambia de superfluo y obsoleto entrometido a imprescindible
y sufrido soldado, adquiriendo connotaciones santas e incluso
mesiánicas.52 Los puntos de vista
que, como éste, evolucionan son la razón fundamental de muchas
de las contradicciones de la
obra.53
La larga e intermitente composición
de Don Quijote se agravó por la falta de cuidado, patente,
por ejemplo, en la inconclusa historia de Eugenio y Leandra, en suspenso
al final de la Primera Parte,54 y en la
utilización de material escrito
anteriormente.55 Más grave es que
Cervantes no releyera el libro ni lo copiara antes de su publicación,
aunque sí debió de releer el material escrito previamente,
por lo menos en parte.56 Parece que la
revisión sólo consistió en añadir, suprimir y
reordenar torpemente algunas páginas.
Los errores de la obra derivan inevitablemente
de la falta de una segunda lectura y de revisión. Los más
conocidos, como se indica al principio de la Segunda Parte (III, 70, 30-73,
22), donde se atribuyen poco convincentemente a los impresores (III, 341,
1-4), son las contradicciones que derivan de la supresión del robo
y de la recuperación del asno de Sancho y del cambio de sitio del
episodio de Grisóstomo y Marcela. El hecho de que se intentara corregirlos
por pasajes que por vocabulario, estilo y contenido sólo puede ser
la mano de Cervantes confirma que son
errores.57 Y el que las correcciones estén
equivocadas, y el que en la Segunda Parte se comenten los errores dejados
a pesar de las correcciones que se intentó hacer, confirman la falta
de cuidado.58 También se indica al
principio de la Segunda Parte que no hay más referencias a los cien
escudos que Sancho encontró en la maleta de Cardenio, irónicamente
llamado uno de los puntos sustanciales que faltan en la obra
(III, 71, 4-10).
s nombres de los personajes, siendo los más conocidos los de
Sancho59 y su mujer. Aunque Cervantes juega
con el verdadero nombre de Don Quijote, sugiriendo que las distintas formas
que se encuentran en la obra son intencionadas (I, 50, 4-11), esta
conclusión es insostenible. En el primer capítulo, nos dice
que queda dicho que tomaron ocasión loa autores
desta tan verdadera historia que, sin duda, se devía de llamar Quijada,
y no Quesada, como otros quisieron dezir (I, 55, 8-12); no se había
dicho nada de eso. Poco después encontramos que devía
de llamar...Quijana, cambiado a Quijada en la segunda
edición (I, 89, 19-20; Quejana también se cambia a
Quijana, I, 50, 9). Hacia el final de la Primera Parte afirma
que desciende de Gutierre Quijada por línea recta de
varón (II, 367, 3-4). Al final de la Segunda Parte su nombre,
sin ninguna explicación, se convierte en Quijano con el
renombre de el Bueno, que antes no se había
mencionado ni siquiera como una posibilidad.
No vuelve a hablarse del mozo de campo
y plaza mencionado en el primer
capítulo.60 Habiendo llegado a la
venta, poco antes de anochezer (III, 306, 23), los viajeros llegan
allí una segunda vez, a tiempo que anochezía (III,
311, 14-15);61 en otra ocasión Sancho
no podía dormir (I, 210, 19-22), pero inmediatamente después
aún dormía (I, 214, 10). El bachiller Alonso
López, víctima del ataque en la aventura del cuerpo muerto,
deja la escena (se fue, I, 256, 15), después habla de
nuevo y se va una segunda vez (I, 257, 29-258, 15). Inmediatamente después
de anunciar que Sancho estaría ausente de la historia hasta su regreso
a Sierra Morena (I, 372, 16), el narrador decide contar lo que le avino
a Sancho Panza (I, 377, 14-15). Diego de Miranda pasa su vida con su
mujer, sus amigos, y su hijos (III, 201, 14), pero después
resulta que sólo tiene un hijo.
Nos dice que Sansón Carrasco buscó
al cura para discutir con él un plan para ayudar a Don Quijote (III,
101, 3-5); sin ninguna explicación, resulta que lo había discutido
con el cura y con el barbero (III, 108, 28-29; III, 190, 17-21). El plan
consistía en derrotar a Don Quijote y hacerle quedar en casa durante
dos años, o hasta tanto que por él le fuese mandado otra
cosa (III, 191, 4-7), pero cuando se pone en práctica sólo
se le manda que se quede en casa durante un año, o hasta el
tiempo que por mí le fuere mandado (IV, 318, 16-17; IV, 315,
5-12; IV, 321, 4-6). Sansón aparece por primera vez en los capítulos
12-14 de la Segunda Parte como el Caballero del Bosque, antes llamado Caballero
de la Selva, cuando se describe su vestimenta se transforma, sin ningún
tipo de comentario, en el Caballero de los Espejos.
Durante el gobierno de Sancho, como acaba de
mencionarse (nota 56), se nos dice que una decisión futura de Sancho
es pasada; mientras Sancho siendo gobernador hizo
ordenanzas que hasta hoy se observan y que le valieron
el adjetivo grande (IV, 165, 30-166, 30), cuenta al duque y a
la duquesa que no hizo ninguna (IV, 208, 19-22). Mientras que en la primera
frase de la Segunda Parte se nos dice que es la tercera salida de don
Quijote (III, 35, 5-6), al final nos encontramos con que Don Quijote
estaba imposibilitado de hazer tercera jornada y salida nueva; que
para hazer burla de tantas como hizieron tantos andantes cavalleros, bastan
las dos que él hizo (IV, 405, 29-406, 1). No hay otra
explicación que el no haber releído, revisado y pulido la
obra.62
Es verdad que Cervantes, en general, no parece
que haya revisado cuidadosamente,63 y que
también se han encontrado errores en otras obras suyas. Sin embargo,
se mantiene la distinción de Don Quijote al respecto. No sabemos
de ninguna otra obra (exceptuando, naturalmente, las Novelas ejemplares)
en la que incorporara material escrito previamente. Los errores que se encuentran
en Don Quijote son más numerosos y más
graves.64 Es la única obra de la que
se sabe que sus errores fueron comentados por sus contemporáneos;
los errores de sus demás obras se conocen por los estudios de cervantistas
actuales.65
Ningún autor con ambiciones literarias
publicaría hoy un libro sin revisarlo. Debemos recordar cuánto
ha progresado la escritura desde los tiempos de Cervantes. Los materiales
para escribir no solamente son mucho más baratos, sino que son mejores,
por lo que la lectura y la escritura son más rápidas. Revisar
un texto extenso, escrito a mano, requería mucho
tiempo,66 y hacer una copia en limpio
todavía más. Ninguna de las dos cosas era posible mientras
Cervantes se apresuraba a terminar la Segunda Parte, después de la
publicación de la continuación de Avellaneda. Parece que Cervantes,
antes de examinar la obra de Avellaneda, no tenía a su propio Don
Quijote en gran estima, y ciertamente no esperaba que se le
consideraría su obra más importante. Al fin y al cabo, era
un libro escrito para el vulgo.67
Cervantes no podía perder mucho tiempo
releyendo y puliendo Don Quijote, algo que no era esencial. Tenía
57 años cuando se publicó la Primera Parte, y su empleo limitaba
el tiempo que podía dedicar a escribir. Aunque más tarde
recibió el apoyo de mecenas, para entonces su salud era
delicada.68 Tenía mucho por escribir:
el Persiles, el Parnaso, la mayoría de las Novelas
ejemplares, gran parte de las Semanas del jardín y algo
de la Segunda Parte de La Galatea; estaba también terminando
el Bernardoy publicando su colección de obras de teatro.
Ha existido una resistencia natural a aceptar
que una gran obra no esté pulida, y algunos errores de Don
Quijote se han atribuido a motivos que no concuerdan con lo que sabemos
de Cervantes por sus otras obras, y que son poco probables en un escritor
de la Edad de Oro. Sin embargo, en la forma de Cervantes de redactar Don
Quijotecon improvisaciones, sin una planificación cuidadosa
ni revisiónestá la esencia de la grandeza del
libro.69 Un Don Quijote pulido y
coherente, en el que todo tuviera una explicación y que reflejara
la intención del autor, habría sido mucho menos
interesante.70 No nos desconcertaría,
es decir, no nos cautivaría intelectual y emocionalmente, y le
faltaría gran parte de su encanto. Debido a que el libro fue escrito
con improvisación, y no tenía más continuidad que la
que la memoria de Cervantes podía proporcionar, y también debido
a que no fue revisado, su inconsciente, que es lo que crea las obras
maestras,71 no estaba sometido a la habitual
censura de la mente consciente. Toda su mente se incorpora al texto mucho
más que en el resto de sus obras literarias. Aunque su intención
era escribir un libro cuyos dos personajes principales fueran objeto de risa,
se nota que llegó a sentirse muy incómodo con este propósito.
Percibimos su creciente simpatía por Don Quijote y Sancho, su envidia
y su parcial identificación emocional con ellos, sus propias reflexiones
acerca de los problemas con que se encontraban y sobre los que discutían,
su propio regocijo y finalmente desespero, para el cual Dios ofrecía
la única salida. La complejidad de la obra, que, aunque no es infinita,
excede a la resolución de nuestros instrumentos críticos,
también refleja su mente.72 No es
sorprendente que esté llena de contradicciones y sea un gran enigma,
puesto que cada persona lo es.
¡Y qué mente se revela en el libro!
Cervantes luchó con problemas fundamentales; el que no los resolviera
es más una indicación de la sinceridad de su esfuerzo que
señal de fracaso. En el ejercicio de dos profesiones había
viajado mucho; conocía no sólo gran parte de su país,
sino también Italia, Argel y posiblemente también
Flandes.73 Había participado en la
importante batalla de Lepanto, en la cual perdió el uso de la mano
izquierda; había conocido el cautiverio en otra cultura, una fuga
frustrada, el rescate y la libertad. También leía ávidamente,
siendo ésta su principal diversión. El que lee mucho
y anda mucho, vee mucho y sabe mucho (III, 321, 16-17; también
Persiles, I, 194, 23-24). Pocos escritores de literatura creativa
han tenido tantas experiencias o han leído tanto como él.
A pesar de sus lecturas y de sus experiencias,
Cervantes, como sus personajes, se parece a nosotros en algunos aspectos
fundamentales. Él, también, tiene ambiciones y problemas, y
sus defectos nos atraen más que repelen, permitiéndonos no
sentirnos amenazados por su genio porque, en una forma trivial, somos
superiores.74 Aunque el tono subyacente es
optimistaque no es poca virtudse pone alegre y triste, frustrado
y exultante, recuerda y olvida. Está seguro de algunas cosas, confuso
acerca de otras, y se pregunta qué sentido puede tener todo. Era
especialmente confuso para él el que el mundo no se ajustara a
descripciones culturalmente aceptadas. La virtud no estaba en correlación
con la posición social. Una persona que merecía riquezas (él
mismo) no las recibía,75 y los que
las obtenían con trampas no eran siempre castigados. Sus obras escritas
según las reglas literarias fracasaban, y tuvo éxito un libro
que consideraba mucho menos importante. Dios debía de tener un plan
que daba sentido a todo eso, pero Cervantes no lo descubriría nunca.
En la medida en que Cervantes no escribió
el libro que se propuso escribir, no tenía sosiego, y las contradicciones
de Don Quijoteen cierta medida reflejan las que su autor vivía.
Naturalmente el texto no lo pone,76 pero
es la conclusión lógica por lo que escribió y por la
información biográfica que tenemos. Las relaciones de Cervantes
con las mujeres eran difíciles, y el indisoluble sacramento del matrimonio
no le trajo la felicidad. No pudo resolver el conflicto entre sus
responsabilidades y su deseo de vivir una vida que estas obligaciones no
le permitían. Estaba dividido entre el respeto a la
autoridadliteraria, política y religiosay sus sentimientos
y compromisos. Disfrutaba con la literatura que por las normas de aquella
época era defectuosa y perniciosa, y esta discrepancia le
desconcertaba.
La buena literatura atraía
a Cervantes intelectualmente, pero los libros de caballerías y la
fantasía que presentaban, despertaban sus emociones. El éxito
de Don Quijote puede atribuirse en parte a los elementos tomados de
estos libros, que ofrecían, como hace Don Quijote, largos viajes,
agradable compañía, diversidad de personajes y una sucesión
de aventuras. La vida caballeresca de Don Quijote, una vez ha aprendido a
no provocar las represalias del mundo, es muy agradable; aunque muchos de
sus logros existan sólo en su imaginación, algunos son reales,
y consigue sus objetivos en mucho mayor grado que si se hubiera quedado en
casa, un hidalgo sosegado (I, 89, 21) cuidando de su hacienda.
Viajar sin responsabilidades, ser útil y solicitado, vivir aventuras
emocionantes y alcanzar la fama por sus esfuerzos, tener buenos amigos y
no estar nunca solo a menos de que se quiera, no tener que ganarse la vida,
ser recibido como invitado de honor por una clase social más elevada,
ser solicitado por el sexo opuesto, conocer siempre el gozo de estar enamorado,
estar seguro de las propias creencias y ponerlas en la práctica, ser
el tema de un libro y gozar de eterna fama, ¿no es ésta la vida
que todos quisiéramos tener? ¿Vale tanto, realmente, ser
cuerdo?
1 Véase
Italo Calvino, Por qué leer los clásicos, trad. A.
Bernárdez (Barcelona: Tusquets, 1992), reseñado por Fernando
Lázaro Carreter, ABC cultural, 18 diciembre 1992, pág.
7.
2 Además de
presentar a las mujeres más próximas a los protagonistas (el
ama y la sobrina de Don Quijote, la mujer de Sancho) de forma poco halagadora,
de la hipotética naturaleza de la única mujer buena
que no se presenta incidentalmente (Camila) y de la aparente falta de
interés por la reproducción humana, se encuentran en Don
Quijote y en las demás obras de Cervantes varias observaciones
misóginas. Es natural condición de mugeres...desdeñar
a quien las quiere y amar a quien las aborrece (I, 268, 22-25); la
natural inclinación de las mugeres...por la mayor parte suele ser
desatinada y mal compuesta (II, 385, 28-30; de la misma forma, La
guarda cuidadosa, IV, 79, 2-3); entre el sí y el no de la
muger no me atrevería a poner una punta de alfiler, porque no
cabría (III, 243, 24-26; del mismo modo, II, 377, 14 y La
guarda cuidadosa, IV, 63, 11-12); la naturaleza de la mujer
es fácil y arrojadiza para todo aquello que es de su gusto
(El amante liberal, I, 177, 8-10); y, en el Persiles (I,
239, 10-11), las mujeres somos naturalmente vengativas. La
opinión de Cervantes acerca de las casadas también es negativa.
Presenta de forma favorable el dominio del hombre sobre la mujer en la sociedad
gitana, en la cual los hombres son verdugos de las mujeres
adúlteras, medida necesaria para infundir la honestidad femenina,
y las abandonan libremente cuando han envejecido para tomar otras al
gusto de sus años (La gitanilla, I, 78, 4-24). La
naturaleza de las mujeres es perversa: opinión fue de no sé
qué sabio que no avía en el mundo sino una sola muger buena
(III, 275, 25-27); en La entretenida, la muger ha de ser buena,
/ y parecerlo, que es más (III, 8, 15-16).
Desgraciadamente, estas afirmaciones indican
una misoginia más típica que excepcional en el contexto de
su época; los prejuicios que tenía Cervantes eran corrientes.
Santo Tomás...declaró que la mujer era sólo un
ser ocasional e incompleto, una especie de hombre imperfecto.
El hombre es superior a la mujer, como Cristo es superior al hombre.
La mujer está forzosamente destinada a vivir bajo la influencia del
hombre, y no tiene ninguna autoridad de su señor. Sin lugar
a dudas estamos ante un caso de misoginia. Aunque no todos los antiguos
tenían estas opiniones. (Theo Lang, The Difference between
a Man and a Woman [New York: John Day, 1971], pág. 362.) El siguiente
comentario es del Libro del orden de caballería de Lulio
(traducción de F. Sureda Blanes, Colección austral, 889 [Madrid:
Espasa-Calpe, 1949], pág. 23: El varón, en cuanto tiene
más buen sentido y es más inteligente que las hembras,
también puede ser mejor que las mujeres. Porque si no fuese tan poderoso
para ser bueno como la mujer, seguiríase que bondad y fuerza de naturaleza
serían contrarias a bondad de ánimo y buenas obras. Por donde,
así como el hombre por su naturaleza, se halla en mejor disposición
de tener noble valor y ser más bueno que la hembra; del mismo modo
se halla también mejor preparado que la hembra para hacerse malo.
Y esto es precisamente para que, por su mayor nobleza y valor, tenga mayor
mérito, siendo bueno, que la mujer.
3 Hallen en
ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más
justicia, que las informaciones del rico (IV, 53, 6-8); de los
vasallos leales es dezir la verdad a sus señores en su ser y figura
propia, sin que la adulación la acreciente, o otro vano respeto la
disminuya (III, 55, 22-26). La validez de esta última
afirmación desgraciadamente se demostró, en pruebas la
versión original de este libro, con el desastre del transbordador
espacial Challenger. El hecho de que no se transmitiera información
negativa a los superiores contribuyó al accidente (New York
Times, 27 de febrero de 1987, Sección D, pág. 27 y 28 de
febrero, Sección D, págs. 1 y 4).
4 El entusiasmo de
unos cuantos autores modernos por algunos de ellos no cambia esta
afirmación; este entusiasmo no les ha llevado en ningún caso
más allá de los libros alabados por Cervantes.
5 Es fácil
citar ejemplos de autores cuyas obras se han valorado incorrectamente. Booth
Tarkington es el clásico caso vergonzoso; a principios de este siglo
se le llamó un genio [que había] dominado totalmente
el arte de escribir (Robert Cortes Holliday, Booth Tarkington
[Garden City: Doubleday, Page, 1918], pág. 207), pero hoy ha sido
olvidado por el público y sólo es recordado por los eruditos
como ejemplo precisamente de esta cuestión. En los estudios
hispánicos, los últimos poemas de Góngora, que hoy se
aceptan como brillantes, se consideraban una especie de logogrifos
[que]...no se entendían (Ticknor, Historia de la literatura
española, III, 207). En general las obras conservadoras, que aceptan
la autoridad y los valores literarios y sociales, tienden a ser sobrevalorados
cuando aparecen por primera vez, y las obras vanguardistas infravaloradas,
pero sin el respaldo de una percepción retrospectiva es difícil
distinguir lo innovador y fructífero de lo mediocre. Existe el mismo
problema en otros campos. Muchos inventos importantes, por ejemplo, fueron
primero rechazados por poco prácticos y faltos de potencial comercial,
pero la mayoría de los inventos que no han tenido éxito de
hecho son poco prácticos.
6 El fracaso de Cervantes
para resolver las cuestiones epistemológicas tratadas en el capítulo
5 tampoco tiene importancia. La cuestión del soñar
es insoluble, y la amenaza de los magos ha desaparecido con el progreso de
la ciencia. Los únicos problemas actuales vagamente relacionados son
el trato adecuado y la responsabilidad social de los enfermos mentales, y
el valor de la experiencia sensorial inducida o aumentada artificialmente.
7 Véase F.
Courtney Tarr, Recent Trends in Cervantes Studies. An Attempt at Survey
and Prognosis, Romanic Review, 31 (1940), 16-28, en la pág.
17.
8 El primer
escalón de las ciencias...es el de las lenguas (III, 206, 27-29).
En el prólogo de La Galatea encontramos una alabanza de la
riqueza de la lengua castellana, de la que el autor se dio cuenta al estudiar
la poesía (I, xlviii, 1-15), y que podía mejorarse
con el agradable y precioso tesoro de la eloquencia de los libros
de caballerías bien escritos (II, 353, 15-16). El argot de los ladrones
es usado por los galeotes y en Rinconete y Cortadillo; el
vizcaíno deforma sintácticamente el castellano (I, 123, 28-30
y 124, 5-10; también en El vizcaíno fingido); en La
gitanilla se señala con tolerancia la pronunciación de
los gitanos (I, 41, 25-26), se alaba el buen uso de la lengua, que se asocia
con la discreción y no con el origen geográfico en III, 244,
17-245, 4. En la Historia del cautivo se encuentra un sorprendente
conocimiento del proceso de traducción (II, 224, 30-225, 14);
también se comentan traducciones en el escrutinio de la librería
y en la visita a la imprenta de Barcelona (véase Terracini, Una
frangia). Palabras pintorescas, poco corrientes, arcaicas, y extranjeras
son usadas de forma destacada y por distintos personajes y narradores; es
evidente que interesaban a Cervantes. Se menciona explícitamente que
Don Quijote imita el lenguaje caballeresco (I, 59, 22), y los errores
lingüísticos de Sancho y Vivaldo son una fuente de humor. Hay
indicios de comprensión de la arbitrariedad de la lengua. Para más
referencias a la lengua en las obras de Cervantes, véase Aubrey F.
G. Bell, Cervantes (Norman: University of Oklahoma Press, 1947),
pág. 22.
9 A la llana,
con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra
oración y período sonoro y festivo; ...dando a entender vuestros
conceptos, sin intrincarlos y escurecerlos (I, 37, 25-30), extraordinaria
declaración de ideales lingüísticos y estilísticos.
Es repetida por el licenciado Corchuelo: pícome algún
tanto de dezir mi razón con palabras claras, llanas y significantes
(III, 245, 5-7).
10 Sea o no una
técnica empleada conscientemente, encontramos en Don Quijote
detalles sin explicar, que apoyan la creencia de que son reales y que fueron
transcritos. Por ejemplo, nunca se nos dice por qué a Pasamonte se
le llamaba Ginesillo de Parapilla (I, 307, 10-31), ni se explican
las manchas que se hizieron en la venta (I, 309, 20-21), con
las que Pasamonte amenaza al comisario; no sabemos a qué se refiere
Ricote cuando dice a Sancho que ya sabes que sé yo que las
[necesidades] tienes muchas (IV, 195, 23; he cambiado la puntuación).
El sueño de la hija del ventero Palomeque (I, 207, 1-6) parece que
sólo puede explicarse como la incorporación a la novela de
un sueño real.
11 Se incluirían
aventuras tales como la de los rebaños o la de los molinos, que tiene
fama sólo porque es la primera aventura de la pareja, y se representa
gráficamente tan fácil y llamativamente. También se
incluiría la estancia de Sancho en la sima, que es poco humorística
y relativamente poco interesante (II Parte, capítulo 55).
12 Apenas se
huvo partido Sancho, quando don Quijote sintió su soledad, y si le
fuera posible revocarle la comisión y quitarle el gobierno, lo
hiziera (IV, 67, 28-31); yo no le trocaría con otro escudero,
aunque me diesen de añadidura una ciudad (III, 405, 4-5). No
sabe hazer mal en nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna; un
niño le hará entender que es de noche en la mitad del día,
y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no
me amaño a dexarle por más disparates que haga (III,
168, 15-20); si yo fuera discreto, días ha que avía de
aver dexado a mi amo. Pero ésta fue mi suerte y ésta mi mal
andanza; no puedo más, seguirle tengo, somos de un mismo lugar, he
comido su pan, quiérole bien, es agradecido, diome sus pollinos, y,
sobre todo, yo soy fiel, y así es imposible que nos pueda apartar
otro suceso que el de la pala y azadón (III, 412, 21-29).
13 Para una
discusión, véase mi trabajo Las Semanas del
jardín, pág. 90-91.
14 Como lo hace con
Roldán y Reinaldos, en La casa de los celos.
15 Véase sobre
este tema E. C. Riley, Episodio, novela y aventura en Don
Quijote, Anales cervantinos, 5 (1955-1956), 209-230; Bruce
Wardropper, The Pertinence of El curioso impertinente,
Publications of the Modern Language Association, 72 (1957), 587-600;
George Haley, The Narrator in Don Quijote: Maese Pedro's Puppet
Show, Modern Language Notes, 80 (1965), 145-165; E. C. Riley,
Three Versions of Don Quixote, Modern Language
Review, 68 (1973), 807-819; y especialmente John J. Allen, Hero or
Fool? [Part I]. Riley, Episodio, proporciona la
bibliografía anterior.
16 Por ejemplo,
autores ay que dizen que la primera aventura que le avino fue la del
puerto Lápice (I, 59, 30-32); el bachiller fue luego a
buscar el cura, a comunicar con él lo que se dirá a su
tiempo (III, 101, 3-5); esperava entretener el tiempo hasta que
llegase el día de las justas de Zaragoza, que fue el de su derecha
derrota (III, 236, 2-4). El gobierno de Sancho es anticipado en su
afirmación yo he tomado el pulso a mí mismo, y me hallo
con salud para regir reinos y governar ínsulas (III, 78, 4-6),
y más fueron los sospiros y rebuznos del ruzio que los relinchos
del rozín, de donde colegió Sancho que su ventura avía
de sobrepujar y ponerse encima de la de su señor (III, 110,
26-29); el infeliz desenlace puede preverse en tan bien, y aun quizá
mejor, me sabrá el pan desgovernado que siendo governador. Y
¿sé yo, por ventura, si en esos goviernos me tiene aparejada
el diablo alguna zancadilla donde tropiece y caiga y me haga las muelas?
(III, 77, 15-20), y sólo le oyeron dezir que cuando tropezava
o caía, se holgara no haver salido de casa (III, 111, 2-4).
El presagio incluso se olvida: al tiempo
de su fin y muerte dizen que se retrató della [su descripción
de lo que ocurrió en la cueva de Montesinos] (III, 303, 2-3);
naturalmente Alonso Quijano no hace tal cosa.
17 Cuando puede
predecirse, la acción es menos interesante. Cuando Sancho cae en una
sima sabemos que será rescatado; sabemos que Don Quijote no vencerá
a los molinos de viento; sabemos que Dorotea se reconciliará con Fernando.
Estos episodios y otros similares contrastan con las sorpresas que contienen
episodios favoritos como el encuentro con los batanes y la bajada a la cueva
de Montesinos.
18 Para referencias,
véase el capítulo 4, nota 65.
19 II, 350, 13-20;
IV, 166, 17-21; El rufián dichoso, II, 66, 2; II, 69, 23-24;
II, 70, 15-16; II, 89, 8-9; y II, 95, 10. Tales milagros y visiones eran
pruebas de la existencia y naturaleza de Dios.
20 Estas famosas
citas (todas de Persiles, I, lv-lix) lo indican todo menos confianza
en la vida eterna y aceptación serena de una muerte que se aproxima:
el tiempo es breve...el deseo que tengo de vivir...me volviese a dar
la vida.... Si a dicha, por ventura mía, me diese el cielo vida....
Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos
ganas de dezilla, y yo mayor gana de escuchalla.... Tiempo vendrá,
quizá, donde, anudando este roto hilo.... Yo me voy muriendo,
y deseando veros presto contentos en la otra vida. Debe observarse
que Cervantes señala la voluntad de los cielos y el
cielo como los que rigen su destino; únicamente se menciona
a Dios con relación a lo que se deja atrás (guarde Dios
a vuesa excelencia; a Dios, gracias; a Dios, donaires; a Dios,
regozijados amigos).
21 Unos cuantos ejemplos:
se encaminó hazia su pueblo, bien pensativo de oír los
disparates que don Quijote dezía (I, 90, 2-4); pensativo
a demás quedó don Quijote, esperando al bachiller Carrasco
(III, 60, 5-6); [Basilio] siempre anda pensativo y triste (III,
243, 1-2); seis días estuvo don Quijote en el lecho [después
de su derrota], marrido, triste, pensativo y mal acondicionado, yendo y viniendo
con la imaginación en el desdichado suceso de su vencimiento
(IV, 322, 28-31). Significativamente, según un conocido refrán
la ociosidad es la madre de todos los vicios (Coloquio de los
perros, III, 167, 31), y del pensamiento (Coloquio de los
perros, III, 181, 9-10).
22 Me
avéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que
ningún humano ha visto ni pasado. En efecto: aora acabo de conocer
que todos los contentos desta vida pasan como sombra y sueño, o se
marchitan como la flor del campo.... Las palabras...dezía como
si con dolor inmenso las sacara de las entrañas (III, 284, 25-285,
7).
23 En mi opinión,
tenemos aquí la fundamental distinción entre novela y romance,
sobre la que recientemente se ha vertido tanta tinta. El romance es teísta;
el triunfo final de la bondad está asegurado; el mundo tiene sentido;
todos pueden alcanzar la vida eterna en el cielo. La novela es atea; su mundo
puede tener sentido, pero también puede ser espantosamente carente
de sentido; el mal, al igual que el bien, puede triunfar; no hay inmortalidad.
24 Todo muchacho
sano se deleita con las aventuras de Don Quijote con el franco regocijo
de la juventud, pero así no se descubre a Cervantes (W. J.
Entwistle, citado por Russell, Risa a carcajadas, pág.
412).
25 Mientras que algunos,
como los Schlegel, se aplicaban a sí mismos el calificativo
romántico con orgullo, cuando se aplica a los demás
es más a menudo un término despectivo. Uno de los primeros
ejemplos: como siempre se entiende el calificativo
romántico en el sentido de negar razón lógica
a todo aquello a lo que se aplica, su defensor será alistado con los
héroes de los cuales Don Quijote es comandante en jefe desde tiempo
inmemorial (John Foster, On the Application of the Epithet
Romantic [1805], citado por George Whalley,
England/Romantic-Romanticism, en Romantic and its Cognates,
págs. 157-262, en la pág. 187). Para más comentarios
acerca de los románticos, véase el Apéndice.
26 Incluso entre
los primeros lectores de la Primera Parte, algunos encontraron al protagonista
loco, pero gracioso; otros, valiente, pero desgraciado;
otros, cortés, pero impertinente (III, 57, 1-3). En la
afirmación del prólogo citada al principio del capítulo
1, el anónimo amigo de Cervantes califica su descripción del
libro como invectiva contra los libros de cavallerías
con la frase si bien caigo en la cuenta, que podría dar
a entender que incluso entonces había dudas acerca de qué clase
de libro es Don Quijote.
Se encuentran con bastante asiduidad comentarios
favorables a Don Quijote o críticas por lo menos moderadas. El primer
escritor italiano que menciona la obra de Cervantes presenta a Don Quijote
muy favorablemente (Tassoni, en una obra de teatro de 1615; véase
Quilter, pág. 273). El traductor alemán Christian Thomasius
consideró a Don Quijote en 1683 símbolo de un idealismo
confuso...[que], en asuntos que no están relacionados con su
obsesión particular, tiene opiniones muy razonables (Lienhard
Bergel, Cervantes in Germany, en Cervantes Across the
Centuries, ed. Ángel Flores y M. J. Benardete [New York: Dryden
Press, 1947], págs. 305-342, en la pág. 308); en el extracto
del prólogo de esta traducción reproducido por Rius (III, 190-191),
encontramos que sería injusticia si sólo se la considerase
como una obra meramente chistosa. Dos escritores alemanes del siglo
XVIII también tienen interpretaciones notablemente blandas.
Bodmer, en lugar de condenar a Don Quijote por sacrificar sus habilidades
racionales a sus inclinaciones irracionales y por supeditar su razón
a sus sentimientos, ...proclama...que la imaginación y los
sentimientos tienen su propia lógica y tienen igual valor que
la razón. Por una imitación a Cervantes de Johann Karl
Wezel, podemos concluir que Wezel comprendía a Don Quijote y estaba
de su lado; hace que su protagonista sufra y sea aniquilado por el
choque entre lo ideal y la realidad (Bergel, págs. 312-313).
En Inglaterra, Lennox, Steele, Smollett, Windham
y Fielding vieron a Don Quijote como algo más que un loco (Susan Staves,
Don Quixote in Eighteenth-Century England, Comparative
Literature, 24 [1972], 193-215). John Bowle, aunque consideró
el libro una composición de ingenio, genio y humor (A
Letter to Dr. Percy, pág. 47), fue al parecer el primero que le
aplicó el término ironía:
¡Qué poco a la altura de las circunstancias debe de estar
Wilmot (aparentemente un seudónimo) al traducir Don Quijote,
pues atribuye irrisorios diálogos y ocurrencias al divino
original, en lugar de (lo cual por todas partes se encuentra) grave y seria
ironía, que el autor con un arte especial ha hecho vehículo
de moralidad y de útil instrucción para la conducta humana!
(De una carta a Thomas Percy, 31 de marzo de 1774, publicada en Bowle y Percy,
Cervantine Correspondence, ed. Daniel Eisenberg, Exeter Hispanic Texts,
40 [Exeter: University of Exeter, 1987], pág. 34. Bowles alude a un
prospecto que anuncia la publicación en fascículos de la
traducción de Wilmot, prospecto que reproduje, de su ejemplar, en
Journal of Hispanic Philology, 9 [1985 (1986)], 184-185.)
Samuel Johnson, que se oponía
enérgicamente a los prerrománticos (por ejemplo, Macpherson;
decir que no tenía inclinaciones románticas es quedarse
corto, dice Knowles, Cervantes and English Literature,
pág. 281), hace un comentario favorable acerca de la universalidad
de Don Quijote, y usa por primera vez el término
lástima en relación con él (Knowles, pág.
281; también citado por Close, Romantic Approach, pág.
12, y John J. Allen, Hero or Fool? [Part I], págs. 4-5, que
tiene citas parecidas de otros autores ingleses del siglo XVIII). Johnson
también leyó libros de caballerías españoles:
Felixmarte de Hircania, Palmerín de Inglaterra y
Belianís de Grecia (Thomas, págs. 224-225), de lo que
se concluye que Johnson percibió que Cervantes atacaba solamente la
mala literatura caballeresca, no toda.
27 Aparentemente
se reservaba la lectura y el estudio atento para la poesía; la
ficción en prosa no se leía con atención. Los lectores
de las Novelas ejemplares, exceptuando los autores de las aprobaciones,
no mencionan la ejemplaridad de la obra. (Véanse los ejemplos recogidos
por Adolfo Bonilla y San Martín, ¿Qué pensaron de
Cervantes sus contemporáneos?, en Cervantes y su obra
[Madrid: Francisco Beltrán, 1916], págs. 165-184, en las
págs. 170-171; la descripción de las Novelas como
atalayas de la vida humana por Bartolomé de Góngora
en El corregidor sagaz, citado por Amezúa, Cervantes,
creador, I, 619, es según Lohmann, editor moderno de Góngora,
una lectura equivocada; compárese la fuente de Amezúa,
Bartolomé José Gallardo, Ensayo de una biblioteca de libros
raros y curiosos [Madrid, 1863-1869], IV, columna 1208, con la edición
de Lohmann, pág. 136.) El rechazo de Avellaneda, en su prólogo,
es apoyada por la siguiente sorprendente afirmación de Jerónimo
de Barrionuevo, descrito como un contemporáneo culto:
la novela dePreciosa la Gitanilla, tan alabada[,] de Cervantes,
con quien sólo trata de divertir al lector (citado por Maxime
Chevalier, Lectura y lectores en la España de los siglos XVI y
XVII[Madrid: Turner, 1976], pág. 51).
El caso mejor documentado de una
interpretación del Siglo de Oro de una obra en prosa que no sea de
Cervantes es el del Lazarillo de Tormes. Aparentemente ningún
lector contemporáneo consideró la obra como algo más
que una obra de burlas. La mayoría vieron a Lazarillo
como el mozo del ciego, y nada más; pasaron por alto el anticlericalismo
de la obra (Chevalier, Lectura y lectores, págs. 180-192).
28 Véase
Dureza de las costumbres de antaño, Apéndice XX
de la nueva edición crítica de Rodríguez
Marín (IX, 268-275), para una visión de los valores que han
cambiado desde la época de Cervantes.
29 En el capítulo
4 se ha señalado que se presentan como personajes similares. Pero
que son de carácter opuesto es aún más evidente, y a
menudo se señala de forma explícita (para citas textuales
véase Flores, Sancho Panza, Apéndice 11). He compilado
la siguiente lista de maneras en que se oponen, en tiempos distintos
(pues los pares son contradictorios). Se marcan con asterisco los casos en
los que se sabe o puede deducirse que Cervantes tenía en mayor estima
a uno del par.
DON QUIJOTE |
SANCHO |
|
| *hidalgo | plebeyo | |
| *caballero | escudero | |
| *monta a caballo | monta un asno | |
| seco de carnes, enjuto de rostro; las piernas eran muy largas y flacas (I, 50, 3; II, 150, 15-16; III, 175, 23-25) | la barriga grande, el talle corto (I, 132, 6-7) | |
| *líder | seguidor | |
| *acciones | palabras | |
| *valiente | cobarde | |
| *quiere la fama | quiere dinero | |
| *generoso | codicioso | |
| *quiere mejorar su país | si fuera rey, vendería a sus súbditos (II, 41, 20-25) | |
| *no tiene nada de vellaco (III, 168, 14) | tengo mis ciertos asomos de vellaco (III, 113, 32-114, 1) | |
| *memoria...grande (III, 259, 10) | memoria...tan mala, que muchas vezes se me olvida cómo me llamo (I, 367, 14-16) | |
| *la Iglesia, a quien respeto y adoro como católico y fiel christiano que soy (I, 258, 5-6) | siempre creo, firme y verdaderamente, en...todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia Católica Romana (III, 114, 4-6) | |
| *no es anti-semita | enemigo mortal...de los judíos (III, 114, 7) | |
| duerme con dificultad (las ociosas plumas...jamás dieron gusto a don Quijote, IV, 363, 32-364, 2) | *duerme con facilidad (naciste para dormir, I, 266, 3; IV, 348, 9) | |
| militarista | *pacifista | |
| poco práctico | *práctico | |
| fantasía, alucinaciones | *realidad | |
| temerario | *prudente | |
| vanidoso | *modesto | |
| indiferente a su caballo | amigo de su asno (I, 496; III, 419, 4-6; III, 423, 24-30; IV, 201, 7-14) | |
| *discreto | necio | |
| *esmerado en el lenguaje | prevaricador del buen lenguaje (III, 244, 15) | |
| *culto | analfabeto | |
| erudición | sabiduría natural | |
| conoce historias | conoce refranes | |
| *propenso a perdonar | recuerda las ofensas | |
| *idealista | cínico | |
| *ascético | sensual | |
| *espíritu | cuerpo | |
| *célibe | adúltero | |
| soltero | casado | |
| sin hijos | dos hijos | |
| *amor | lujuria | |
| *verdad | mentiras | |
| fe | lógica | |
| *cristiano nuevo | cristiano viejo | |
| *admirable | risible |
30 Solos
los dos somos para en uno (IV, 405, 15-16). Se describe el matrimonio
con palabras casi idénticas: Quiteria y Camacho eran ambos para
en uno (III, 239, 28); Dios dixo: ...Serán dos en
una carne misma (II, 107, 11-13); queden [estos niños]
para en uno, como lo manda la santa iglesia nuestra madre
(Persiles, II, 82, 30-32).
31 Muchos cervantistas
deben de tener un sentimiento muy parecido al expresado por el matemático
en el Coloquio de los perros: Veinte y dos años
ha que ando tras hallar el punto fixo, y aquí lo dexo y allí
lo tomo, y pareciéndome que ya lo he hallado, y que no se me puede
escapar en ninguna manera, quando no me cato, me hallo tan lexos dél,
que me admiro (III, 244, 10-15).
32 Sobre la paradoja
en Don Quijote, véase el artículo de Presberg
(capítulo 5, nota 29) y Martín, Burlesque Sonnets,
págs. 78-80.
33 Considerando el
aspecto religioso de la paradoja, que se discutirá dentro de poco,
esto puede ser una alusión a Moisés, quien según la
tradición judeo-cristiana bíblica escribió el relato
de su propia muerte que se encuentra en el Deuteronomio.
34 Ésta es
la clásica paradoja de Epiménedes (Hofstadter, pág.
17). Joseph Jones ha estudiado los caminos por los que podía haber
llegado a Cervantes en The Liar Paradox in Don Quijote II,
51, Hispanic Review, 54 (1986), 183-193.
35 Capítulo
analizado por Rafael Lapesa, Comentario al capítulo 5 de la
Segunda Parte delQuijote, en Actas del Tercer Coloquio
Internacional de la Asociación de Cervantistas (Barcelona: Anthropos,
en coedición con el Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid, 1993),
págs. 11-21.
36 Como ha señalado
Dian Fox, el libro acerca de Don Quijote y Sancho que se discute al principio
de la Segunda Parte difiere significativamente de la Primera Parte de Cervantes
(The Apocryphal Part One of Don Quijote, Modern Language
Notes, 100 [1985], 406-416).
37 Son ejemplos de
confusión de niveles o de recursión, que Hofstadter discute
y relaciona con la existencia humana en su último capítulo.
38 Véase Otis
Green, Western Tradition, I, capítulo 1.
39 Siquiera
no aya emprentas en el mundo, y siquiera se impriman contra mí más
libros que tienen letras las coplas de Mingo Rebulgo (III, 31, 6-9).
Ya se ha dicho que los libros de caballerías, en opinión de
Cervantes, eran sobreabundantes, y que los libros que ofrecían un
entretenimiento saludable, escasos.
40 Dulcinea fue
transformada de princesa en labradora, de hermosa en fea, de ángel
en diablo, de olorosa en pestífera, de bien hablada en rústica,
de reposada en brincadora, de luz en tinieblas, y, finalmente, de Dulcinea
del Toboso en una villana de Sayago (III, 399, 16-21). Del mismo modo,
Isabela, la española inglesa, quedó tan fea que, como
hasta allí avía parecido un milagro de hermosura, entonces
parecía un monstruo de fealdad (La española
inglesa, II, 47, 20-22).
41 Erasmo, en su
carta preliminar a Tomás Moro, explica que su Moriae Encomion
tenía este propósito (traducción de Clarence H. Miller
[New Haven: Yale University Press, 1979], pág. 1) y cita precedentes
clásicos de este planteamiento (págs. 3, 12).
La introducción general a este tema
que se recomienda es Paradoxia Epidemica: The Renaissance Tradition of
Paradox de Rosalie L. Colie (Princeton: Princeton University Press, 1966).
Desgraciadamente, No he mencionado a Don Quijote, aunque fue una
omisión difícil; este caballero, como Falstaff, hubiera necesitado
demasiado espacio en un libro ya atestado de personajes famosos. Además,
el sr. Kaiser [autor de Praisers of Folly] ha prometido una
ampliación de su estudio de la paradoja para tratar de Don
Quijote (pág. xi). La ampliación de Kaiser no ha
aparecido. (Colie ha publicado posteriormente el artículo Literary
Paradox en el Dictionary of History of Ideas, ed. Philip P.
Wiener, III [New York: Charles Scribner's, 1973], 76-81.)
Vale la pena mencionar cuatro paradojas
españolas que conozco (es decir, obras que defienden posturas
aparentemente sin sentido; el equivalente moderno sería, por ejemplo,
la defensa de las bombas atómicas), tres de las cuales están
en el mismo manuscrito de la Biblioteca Capitular y Colombina en que se encuentra
La tía fingida. Dos de ellas están inéditas:
son la Paradoja en loor de las bubas [es decir, el mal
francés, la sífilis], y que es razón que todos
las procuren y estimen, y la Paradoja en loor de la nariz muy
grande (Gallardo, Ensayo, I, 1247-1249; con títulos
ligeramente distintos, Astrana, V, 399). La tercera, Paradoja. Trata que
no solamente no es cosa mala, dañosa ni vergonzosa ser un hombre cornudo
mas que los cuernos son buenos y provechosos, es de Cetina, y fue publicada,
censurado casi la mitad de su contenido, en el Ensayo de Gallardo.
Fue publicada íntegramente en la edición de las Obras
de Cetina hecha por Joaquín Hazañas y la Rúa (1895;
reimpresión, Sepan cuántos, 320, México: Porrúa,
1977), II, 207-239, y este texto ha sido reproducido (Madrid: El Árbol,
1981). Finalmente, hay la Paradoja a la pobreza de Luis Barahona
de Soto, publicada por Francisco Rodríguez Marín, Luis Barahona
de Soto (Madrid: Real Academia Española, 1903), págs. 731-740.
42 Los que
fundamentalmente son dignos de admiración tampoco están libres
de defectos: Julio César, animosísimo, prudentísimo
y valentísimo capitán, fue notado de ambicioso y algún
tanto no limpio, ni en sus vestidos ni en sus costumbres. Alexandro, a quien
sus hazañas le alcanzaron el renombre de Magno, dicen dél que
tuvo sus ciertos puntos de borracho. De Hércules, el de los muchos
trabajos, se cuenta que fue lascivo y muelle. De don Galaor, hermano de
Amadís de Gaula, se murmura que fue más que demasiadamente
rixoso, y de su hermano, que fue llorón (III, 57, 10-21). Don
Quijote, para no afrontar sus propios errores, atribuye estas críticas
a la calumnia y la malicia (III, 57, 8-10 y 21-23).
43 Debe ser
verdad lo que decían: / que el hombre y la mujer primero fueron /
nacidos juntamente, y que tenían / un cuerpo, al cual los dioses
dividieron; / después que siendo medios pretendían / buscarse,
y a los que dicha haber pudieron / su medio, si con él viven pegados,
/ se gozan como bien afortunados, / y los que no, perpetuamente acuden /
buscando su mitad por sosegarse (Barahona de Soto, Las lágrimas
de Angélica, ed. Lara Garrido, pág. 381).
Frecuentemente se emplean las contradictorias
imágenes poéticas de amor/sufrimiento: amar es vivir
muriendo (IV, 242, 29), y Eugenio dice acerca de Leandra que todos
la deshonran y todos la adoran (II, 386, 29-30). Dulcinea es para Don
Quijote día de mi noche, gloria de mi pena (I, 357, 26-27)
y cuando las tinajas de casa de Diego de Miranda le recuerdan a ella, son,
citando versos de Garcilaso, dulces prendas, por mi mal halladas
(III, 225, 14). Aunque Don Quijote no tiene salud, la manda a Dulcinea (I,
367, 25-26), y aunque no tiene libertad, la da a su caballo (I, 358, 12).
También se cita la conocida metáfora
de la mujer como la dulce mi enemiga (I, 173, 25-26; IV, 13,
23; del mismo modo I, 368, 4) (esta línea es estudiada por Edward
M. Wilson and Arthur L.-F. Askins, History of a Refrain: De la
dulce mi enemiga, Modern Language Notes, 85 [1970], 138-156);
a continuación en el texto hay un cuarteto sobre el placer del
morir. Poemas de este tipo cantados encantan, y escritos
suspenden (IV, 14, 14). Para más ejemplos véase mi Las
Semanas del jardín, pág. 90, nota 119.
44 Cristo, en la
Biblia, con frecuencia habla con paradojas: es alfa y omega; los últimos
serán los primeros; los mansos heredarán la tierra; etc. En
el Coloquio de los perros: para entrar a servir a Dios,
el más pobre es más rico, el más humilde de mejor
linage (III, 170, 15-17).
45 Véase Green,
Western Tradition, I, 3-9, para una discusión un poco distinta
de las paradojas de la cristiandad. Yves Denis las trata ampliamente en G.
K. Chesterton: Paradoxe et catholicisme (Paris: Les Belles Lettres, 1978;
agradezco a Bruno Damiani esta referencia).
46 Esta creencia
cristiana tradicional se encuentra en las obras de Cervantes: el bien
y el mal distan tan poco el uno del otro, que son como dos líneas
concurrentes, que, aunque parten de apartados y diferentes principios, acaban
en un punto (Persiles, II, 277, 4-7). En Dios se incluyen el
pasado y el futuro: para El no ay pasado ni porvenir, que todo es
presente (III, 323, 8-9). De igual modo Dios causa los sucesivos estados
contrarios que se encuentran en la naturaleza: la noche al día,
y el calor al frío,/ la flor al fruto van en seguimiento,/ formando
de contrarios igual tela (La Galatea, II, 110, 22-24).
47 Con quánta
facilidad discurre el ingenio de un poeta y se arroja a romper por mil
imposibles (Persiles, II, 18, 17-20). Esto es también
lo que el caballero andante debería hacer, según Don Quijote:
éntrase en los más intricados laberintos, acometa a cada
paso lo imposible (III, 223, 4-5).
48
Riley,Teoría, pág. 158.
49 John J. Allen,
Hero or Fool? [Part I], pág. 3.
50 Como Unamuno explica
en su ensayo A lo que salga (Almas de jóvenes,
Colección austral, 499, 40 edición [Madrid: Espasa-Calpe, 1968],
págs. 81-97, en las págs. 83-84), el escritor ovíparo
hace un esquema, plano o minuta de su obra, y trabaja luego sobre él;
es decir, pone un huevo y lo empolla, mientras que un escritor
vivíparo gesta la idea de su obra en su mente, y después
empieza por la primera línea, y, sin volver atrás, ni
rehacer ya lo hecho, lo escribe todo en definitiva hasta la línea
última. La inspiración cervantina de la formulación
de Unamuno es evidente.
51 Capítulo
1, nota 91; capítulo 4, nota 107.
52 La cuestión
religiosa en la caballería andante de Don Quijote aparece por primera
vez con la vela de las armas; es una parodia, como lo son sus exageradas
pretensiones de selección divina (I, 109, 15-21; I, 261, 17-32; I,
264, 20-23; III, 39, 20-24), y la temprana referencia a su santa vida
y milagros (I, 128, 28). Sin embargo, la evolución de los caballeros
andantes empieza con la conversación con Vivaldo, en la que se les
llama ministros de Dios en la tierra (I, 168, 19-170, 23).
Además de este episodio y del discurso sobre las armas y las letras,
véase I, 245, 2-4; III, 211, 25-27; III, 222, 7-223, 13; IV, 204,
18-205, 9; y la reconstrucción del parecer de Cervantes sobre la
caballería cristiana en el capítulo 2 de este libro.
53 Las investigaciones
de Cervantes sobre la caballería, tratadas en el capítulo 1,
deben de haber coincidido con la redacción de la Primera Parte.
También es probable que conociera, mientras estaba escribiendo la
Primera Parte, la Philosophía antigua poética de López
Pinciano, cuya influencia puede verse hacia la conclusión. Otra obra
que Cervantes probablemente no conocía al empezar la Primera Parte,
pero que bien pudo haber leído antes de concluir la Segunda Parte,
es la del erasmista Jerónimo de Mondragón, Censura de la
locura humana y excelencias della (Lérida, 1598; estudiada por
Ronald Surtz, Nueva revista de filología hispánica,
25 [1976], 352-363). Su visión favorable de la locura es incompatible
con el principio de Don Quijote, pero su frase bíblica con
que acaba, stultorum infinitus est numerus, es citada
intencionadamente en III, 70, 28. Sin embargo, es discutible si Cervantes
conocía este libro (véase Marcel Bataillon, Un problema
de influencia de Erasmo en España: el Elogio de la locura,
en su Erasmo y el erasmismo[Barcelona: Crítica, 1977], págs.
327-346).
La evolución de los puntos de vista
de Cervantes en su carrera de escritor merece un estudio más detallado.
54 Véase II,
382, 2-4. Como ha señalado Clemencín al hacer anotaciones al
capítulo (nota 11 de I, 51) hay deficiencias evidentes en la historia
de Leandra acerca de sus tres días con Vicente de la Rosa, como ya
sospechaban los que la oían (II, 385, 10-11). Probablemente lo que
rompería la aparente tranquilidad del estado de estas cuestiones ,
y confirmaría la opinión de Eugenio acerca del poco
discurso de las mujeres (II, 387, 24), es su gravidez.
55 La
Canción desesperada, la Novela del curioso
impertinente y probablemente la Historia del cautivo.
El episodio de Sancho, gobernador, que
no fue incluido tal como se había escrito originalmente (no
le traduxo su intérprete como él [Cide Hamete] le avía
escrito [IV, 64, 7-8]), también puede ser un ejemplo. La
conclusión del capítulo 51 de la Segunda Parte parece un final,
con una rápida acumulación de detalles, que son el resultado
de la acción que le ha precedido, y un enlace entre el tiempo de la
historia y el presente (hasta hoy). Es similar a los finales
del Persilesy de todas las Novelas ejemplares que Ruth El Saffar
data como posteriores a 1606 y sólo de ellas: La gitanilla
(mientras los siglos duraren), El amante liberal
(aún hasta hoy), La española inglesa
(aún hoy), La fuerza de la sangre (ahora
viven), La espiñola inglesa (aún
hoy), La fuerza de la sangre (ahora viven),
La ilustre fregona (aún vive...hoy), Las
dos doncellas (hasta hoy), y La señora
Cornelia (siempre). Cuando recordamos que el gobierno de
Sancho se introduce con la queja de que no podían incluirse novelas
sueltas ni pegadizas, todo eso nos lleva a sugerir que el episodio
existía independientemente de Don Quijote, y que fue incorporado de
una forma distinta a la de los cuentos de la Primera Parte.
56 En IV, 82, 1,
sin embargo, se llama pasada a un episodio futuro. Aunque el
final del capítulo 51 de la Segunda Parte comenta las ordenanzas
tocantes al buen govierno de la que él imaginava ser ínsula
(IV, 166, 1-2), Sancho dice en su relato al duque y a la duquesa aunque
pensava hazer algunas ordenanzas provechosas, no hize ninguna (IV,
208, 19-21), todo lo cual implica que el episodio acerca de Sancho gobernador
no había sido releído completa y cuidadosamente.
57 La revisión
apresurada de Cervantes ha permitido la reconstrucción de los estados
anteriores de la obra, como, por ejemplo, el que se acaba de discutir acerca
del episodio de Sancho gobernador. Sobre el robo del rucio y el cambio de
lugar del episodio de Grisóstomo y Marcela, véase Geoffrey
Stagg, Revision in Don Quixote, Part I, en Hispanic
Studies in Honour of I. González Llubera (Oxford: Dolphin, 1959),
págs 349-366; para una teoría de los motivos de esta
revisión, véase mi Cervantes, Lope y Avellaneda,
pág. 139.
Puede atribuirse al impresor un error ocasional:
¿Quiere vuestra merced quemar más [en lugar de
mis] libros? (II, 83, 17-18); por el texto, el ventero
no sabe si el cura ha quemado alguno.
58 Véase el
artículo de Stagg citado en la nota 57, y mi El rucio de
Sancho, en el cual sostenía que las enmiendas de la segunda
edición de Cuesta fueron escritas por Cervantes. (Aunque las pruebas
son más escasas, puesto que las correcciones son menores, no puede
descartarse que Cervantes fuera el autor de nuevas correcciones en la tercera
edición de Cuesta.)
59 Sancho
Zancas...que con estos dos sobre nombres [Panza y Zancas] le llama algunas
vezes la historia (I, 132, 5-10).
60 Sobre este personaje,
véase el artículo de José Ramón Fernández
de Cano, La destrucción del personaje en la obra cervantina:
Andanzas y desventura del malogrado mozo de campo y plaza, Actas
del coloquio La construcción de personajes en la obra de Cervantes,
Cervantes, 15.1 (1995), en prensa.
61 Ese error fue
señalado por Rafael Osuna, ¿Dos finales en un capítulo
(II, 24) del Quijote?, Romance Notes, 13 (1971),
318-321.
62 Hay muchos otros
ejemplos. Habiendo quemado quantos libros avía...en toda la
casa (I, 107, 26-27), uno de los remedios que el cura y el barbero
dieron por entonces, para el mal de su amigo, fue que le murasen y tapiasen
el aposento de los libros, porque quando se levantase no los hallase
(I, 108, 1-5). Si el héroe ha estado ausente dos días
en su primera salida, el ama dirá que son tres; ...si eran ocho los
cabreros que dan hospitalidad a don Quijote, luego serán seis; si
Ginés de Pasamonte no se lleva la espada del héroe, más
tarde éste nos declarará lo contrario.... Todo esto sin salirnos
de la primera parte ni entrar en detalles sobre el confuso tiempo
novelístico de los sucesos de la venta.(Rafael Osuna, Dos
olvidos de Cervantes: El rucio de Sancho y el bagaje de Bartolomé,
Hispanófila, 36 [Mayo, 1969], 7-9, en la pág. 7.)
Además de la sorprendente revelación
del verdadero nombre de Don Quijote y de la indignada exclamación
por el uso que hace Avellaneda del nombre Mari Gutiérrez, hay en la
Segunda Parte numerosas referencias erróneas al contenido de la Primera
Parte; son demasiado variadas para ser atribuidas sólo a una intencionada
mala memoria de los personajes. Ya se ha mencionado en el capítulo
4 la afirmación de Don Quijote que había dicho a Sancho mil
vezes que no había visto nunca a Dulcinea (III, 124, 26-28),
cuando en realidad dijo a Sancho que la había visto cuatro veces (I,
362, 31-363, 4). (Quizás lo que significa es que Don Quijote ha separado
mentalmente su idealizada Dulcinea, que nunca ha visto, de Aldonza Lorenzo
[véase I, 365, 23-366, 28]; sin embargo, incluso si eso es correcto,
no se explica claramente [véase I, 363, 4-6].) El narrador nos dice
que Don Quijote ha llamado a Ginés de Pasamonte Ginesillo de
Parapilla (III, 340, 27-29); aunque el nombre es recordado con exactitud,
fue en realidad un guarda el que lo usó (I, 307, 8-31). Don Quijote
habló del matrimonio dos veces en la Primera Parte (I, 294, 25-295,
29 y II, 55, 29-30), pero en la Segunda Parte dice (III, 275, 29-31) que
nunca ha pensado en ello.
Sancho dice erróneamente a Diego de
Miranda que Rozinante jamás...ha hecho vileza alguna, y una
vez que se desmandó ha hazerla, la lastamos mi señor y yo con
las setenas (III, 197, 26-29); en realidad fueron los gallegos los
que lo hicieron (compárese I, 194, 16-196, 5). Probablemente no es
la poca memoria de Sancho, sino la de Cervantes, la responsable de su duda
en la frase yo he oído dezir, y creo que a mi señor mismo,
si mal no me acuerdo, que en los estremos de cobarde y de temerario está
el medio de la valentía (III, 76, 23-26; Don Quijote no había
hecho nunca tal afirmación, aunque posteriormente la hace).
Para más comentarios, puede verse José
Manuel Martín Morán, Los descuidos de Cervantes en la
venta de Palomeque, en Actas del Tercer Coloquio Internacional de
la Asociación de Cervantistas(Barcelona: Anthropos, en coedición
con el Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid, 1993), chapter 6págs.
403-430.
63 En la única
carta literaria de Cervantes que se conserva, la dirigida a Antonio de Eraso,
dice, hablando de La Galatea, en estando algo crecida [La
Galatea] irá a besar los pies a vuestra excelencia (Astrana,
VI, 510); eso no parece indicar que preveía revisarla.
64 Luis Rosales
indicó que eran más numerosos: Cervantes y la libertad,
20 edición, corregida (Madrid: Cultura Hispánica, Instituto
de Cooperación Iberoamericana, 1965). I, 31, nota 21.
65 Joaquín
Díaz Ferruz, Vacilaciones y contradicciones en la Historia
de Timbrio y Silerio. Aspectos sobre la composición de La
Galatea, de Miguel de Cervantes, Glosa, 1 (1990) 119-34;
Rafael Osuna, Dos olvidos, ya citado (nota 62); Osuna,
Vacilaciones y olvidos de Cervantes en el Persiles,
Anales cervantinos, 11 (1972), 69-85; Stephen Harrison, The
Composition of Persiles y Sigismunda, tesis, Universidad de
Toronto, 1979, resumen en Dissertation Abstracts International, 39
(1979), 4305A: Harrison ha relacionado varias contradicciones que se
encuentran en la obra con una revisión apresurada e incompleta
(Stagg, The Refracted Image: Porras and Cervantes,
Cervantes, 4 (1984), 139-153 [hay una hoja de erratas], en la pág.
146). Manteniendo la tesis de que los aparentes errores no lo son, Aden W.
Hayes ha estudiado Narrative Errors in Rinconete
y Cortadillo, Bulletin of Hispanic Studies, 58 (1981),
13-20. Osuna, Dos olvidos, pág. 7, dice que en otras
novelas suyas no faltan tampoco estos descuidos.
66 Las obras
impresas se miran despacio (III, 69, 26).
67 Tampoco leyó
las pruebas del libro. La corrección de pruebas, aunque quizás
no fuera tan común como hoy, era algo bien conocido, y por supuesto
no se negaba al autor. El corrector oficial se encargaba principalmente de
comprobar que el texto impreso fuera el mismo que el que había obtenido
una licencia.
Según un corrector oficial, Juan
Vázquez del Mármol, de un impresor se esperaba tener
buen corrector que corrija las probas a gusto del autor, a de
sacar dos o tres probas las que se concertaren si el autor quisiere
corregirlas (Condiciones que se pueden poner cuando se da a imprimir
un libro [Madrid: El Crotalón, 1983], probablemente es más
accesible en Ensayo, IV, 937 de Gallardo y en la Bibliografía
madrileña, III, 498-499 de Pérez Pastor). Alejo Venegas
se excusó por su apresurada corrección de las pruebas de la
primera edición de sus Diferencias de libros, y eliminó
cuidadosamente todas las erratas en la segunda edición (véase
mi introducción, pág. 46). Agustín G. de Amezúa
y Mayo, Cómo se hacía un libro en nuestro Siglo de Oro
(1946; recogido en sus Opúsculos histórico-literarios
[Madrid: CSIC, 1951], I, 331-373), cita el caso de Vasco Díaz Tanco,
que en 1552 rogó a sus lectores que excusaran las
incorrecciones...perdonando al autor muy ocupado, al componedor no
culpado y al corrector descuidado (pág. 354). Jaime Moll indica
que el amigo de Lope, Baltasar Elisio de Medinilla, corrigió las pruebas
de su Jerusalén conquistada (Problemas bibliográficos
del libro del Siglo de Oro, Boletín de la Real Academia
Española, 59 [1979], 49-107, en las páginas 80-81). Alberto
Blecua, Manual de crítica textual (Madrid: Castalia, 1983),
pág. 173, menciona los casos de Boscán y otros, y la tesis
principal de Trevor J. Dadson, El autor, la imprenta y la corrección
de pruebas en el siglo XVII, El crotalón, 1 (1984), 1053-68,
es que el autor intervenía más a menudo de lo que generalmente
se cree. (Como una prueba más de la intervención del autor
en el proceso de impresión, podemos citar el caso de las Obras
trágicas y líricas del Capitán Cristóbal de
Virués [Madrid, 1609], donde encontramos en el fol. 8v
que la ortografía que lleva este libro se puso a persuasión
del autor del, y no como en la imprenta se usa. Mariana también
se mostró particularmente interesado por la impresión de sus
obras, especificando en el contrato de su reedición de su Historia
general[reproducido en Cirot, Mariana historien, págs.
183-185], entre otras cosas, que el impresor no podía alterar la
ortografía.)
68 Ya en el prólogo
de las Novelas ejemplares, parece que hace alusión a su enfermedad
(si la vida no me dexa, I, 23, 15), a la que se refiere claramente
en el prólogo del Persiles; en el prólogo de la Primera
Parte de Don Quijote, dice sentirse anciano (con todos mis
años a cuestas, I, 31, 9-10). Acerca del empleo que Cervantes
tenía en Valladolid, del apoyo que tenía de mecenas, y del
estado de su economía en general, véase mi
¿Tenía Cervantes una biblioteca?
69 Cuando los errores
y las incoherencias de un libro se consideran positivos (lunares,
en términos de Cervantes), surge un interesante problema editorial.
¿Debe seguirse la supuesta intención del autor y eliminarlos?
Mientras que en cierto sentido tenemos libertad para hacer lo más
apropiado a nuestros propósitos, no es ético mantener errores
que el autor con toda seguridad querría eliminar y que pueden corregirse
fácilmente.
Un error importante, la inclusión del
robo del asno en el capítulo 23 de la Primera Parte, ha sido corregido
(trasladándolo al capítulo 25) por John J. Allen en su
edición (Madrid: Cátedra, 1977), y este cambio fue aprobado
por E. C. Riley en su reseña (Bulletin of Hispanic Studies,
57 [1980], 346-349). Yo aprobaría también la corrección
de títulos de capítulos erróneos (capítulos 10,
29, 30 y 43 de la Primera Parte). Quien esté interesado en estos errores
puede encontrarlos en los facsímiles y en las ediciones que los han
incluido durante 350 años. Puede satisfacerse el deseo de imaginar
a Cervantes como un escritor imperfecto con otros errores, como el de los
diversos nombres dados a la mujer de Sancho, que no pueden suprimirse tan
fácilmente.
70 La otra obra de
Cervantes en la que la intención expuesta sólo coincide en
parte con lo que realmente publicólas Novelas
ejemplarestiene un interés sólo inferior al de Don
Quijote para los lectores y especialistas de hoy. De las novelas, las
más interesantes son precisamente aquellas cuya ejemplaridad es más
problemática, como Rinconete y Cortadillo y el Coloquio
de los perros.
71 Véase Anton
Ehrenzweig, The Hidden Order of Art. A Study in the Psychology of Artistic
Imagination (Berkeley: University of California Press, 1967), para una
formulación contemporánea de esta visión de la
creatividad.
72 Propondría
que este bello símil de Carroll Johnson se aplicara al ser viviente
más complejo: El Quijote es un maravilloso organismo
vivo. Hacer un corte en cualquier parte, tomar una muestra de tejido y
examinarlo, es asombrarse por la complejidad de su estructura, el intrincamiento
de capilares y de ganglios entrelazados, funcionando en una desconcertante
compleja armonía, enviando mensajes, proporcionado alimento, actuando
y reaccionando, palpitando con vida. (Organic Unity in Unlikely
Places: Don Quijote I, 39-41", Cervantes, 2 [1982], 133-154,
en la pág. 133.)
73 Véase John
J. Allen, Autobiografía y ficción: el relato del
Capitán cautivo (Don Quijote, I, 39-41), Anales
cervantinos, 15 (1976), 149-155, y Más sobre autobiografía
y ficción en el Quijote, Anales cervantinos, 16
(1977), 253-254 (anticipado en la introducción de su edición,
I, 10-16).
74 Ejemplos obvios
de una ambición y un problema: su deseo de escribir el mejor libro
de entretenimiento escrito en español (III, 34, 9-18); Avellaneda.
La exagerada reacción de Cervantes contra Avellaneda, su juicio equivocado
acerca del valor de Persiles y aún más su exageración
de su habilidad como escritor de obras teatrales, son elementos clave que
aumentan el sentido de humanidad y atractivo que vemos en él. (Que
Cervantes tenía una idea exagerada del valor de sus comedias ha sido
una de las pocas constantes en los estudios que se han hecho sobre él.
Por importantes que puedan ser en teoría, como obras de teatro sus
comedias no son muy buenas, prueba de lo cual es las pocas veces que se
representan, y varias de ellas nunca se han representado. Pueden encontrarse
pruebas del parecer de Cervantes acerca de sus comedias en el discurso del
canónigo, en el prólogo de las Ocho comedias, y en el
documento citado en el capítulo 2, nota 23.)
75 Véase III,
31, 9-22, en que se describen las recompensas que finalmente tuvo como resultado
de su virtud y en términos (por sola su bondad) que sugieren
que fueron mandadas por Dios.
76 Es adecuado, sin
embargo, recordar la utilización por parte de Cervantes de las famosas
palabras de San Agustín en sus Confesiones: Están
nuestras almas siempre en continuo movimiento, y no pueden parar ni sosegar
sino en su centro, que es Dios, para quien fueron criadas
(Persiles, II, 5, 10-13; también La Galatea, II, 64,
4-8).