Julie Niles
Estados Unidos  
La confesión

–Gracias Padre. Vaya con Dios– María le dijo al padre Tomás al fin de su confesión. Como cada sábado desde hace cinco años, María otra vez había asistido a la confesión y le había dicho al padre que en su corazón sentía amor romántico por un sacerdote.

Cada vez que el padre Tomás oía la confesión se dijo, Ah, María te amo también, eres bella y si yo no fuera sacerdote, escaparíamos juntos y viviríamos una vida maravillosa en el palacio de mis bisabuelos cerca de Barcelona. Se construyó el siglo pasado, con jardines de flores, frutas y árboles. Gozaríamos la puesta del sol desde el balcón, con un vino y las canciones de los pájaros. Y siempre le sonreía a María cuando la veía en la iglesia. Ella pensaba –A mí me cae bien el padre Tomás, pero a veces me mira de una manera extraña.

Un sábado María no llegó a la confesión, algo muy raro en ella. Al sacerdote le entró pánico porque esperaba oír la voz de la mujer de sus sueños, la luz en su vida de servicio a la Iglesia y la comunidad. Después de todas las confesiones, él le llamó a María por teléfono –María, soy el padre Tomás, espero que todo esté bien con usted. Usted no vino a la iglesia hoy como siempre. ¿Está bien?

Ah, Padre, no, no estoy bien. Mi madre está en el hospital. Ella estará bien, gracias a Dios. Los médicos le hicieron una operación de corazón. Pero ella se pondrá bien. Sólo es que me molesta mucho cuando un ángel como mi mamá necesita sufrir. Voy a visitarla cada día y por eso no fui.

 

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