Soleado
Revista de literatura y cultura

 
ISSN 1554-4575

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Volumen 2
(Otoño 2005)

 

 

Avatares

Mirando el paisaje pintado por Jausel Valdés me acuerdo del accidente que tuvo quien me lo regaló. Fui el primero en telefonearle trás saber de su caída, y me confesó que no había sido casual lo de su derrumbamiento.

    -¡No me refiero a ningún cubiche, chico! -, exclamó sintiendo la sorpresa que me había llevado.

    -¡Déjate! No veas mal donde no lo hay. Las apariencias engañan, mi amigo… - dije, temiendo un próximo conflicto por lo menos verbal con los demócratas del otro lado del charco.

    - Ellos piensan que ya me aplatané, y quisieron darme el golpe de gracia, compay. Pues yo les voy a fregar, con sus fulas y sus guanajadas. -

    - Estás muy nervioso, - dije, intentando que se tranquilizara.

    - Esa maldosa que fregó el piso con mucha cera para que yo resbalase, era una jinetera colgada de algún mango yanqui con pasta. Ésos de la Yuma…-

Me quedé pensativo; callado, con el teléfono en la mano… Casi era un atentado eso que con tanta seguridad afirmaba, de que la chica que se encargaba de la limpieza del local, habría preparado una trampa para que mi compadre patinara como si la tarima fuera una pista de hielo.

Quizá, como él decía, un neoyorquino con dinero, había metido en la cabeza de la muchacha patrañas políticas o ideas más o menos universales, y ella hubiera decidido combatir con lo que tuviera a mano, bien sea un estropajo y una fregona, o una granada y un fusil.

No tenía pruebas concluyentes. Medité antes de decir alguna tontería:

    -¡Pero si caíste al poner tú mal el pie! - descubrí.

Ahora el otro interlocutor era el que había enmudecido.

Estaba furioso porque creía que por la caída se había mostrado débil a los demás. Más nunca será así, si luego te vuelves a levantar.

Se le oía reír, mientras repetía:

    -Avatares de la vida, son avatares de la vida… -

próximo cuento>

 

 

 

Pilar Ana
Tolosana Artola

españa

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