Soleado
Revista de literatura y cultura

 
ISSN 1554-4575

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Volumen 2
(Otoño 2005)

 

 

15 de Abril.

Alberta vino este mediodía para decirme que Xana se había mudado a otra ciudad. De parte suya, sentía no haber tenido tiempo para despedirse. Dije que no importaba, y en el fondo me alegré de que fuera así. Pero al irse Alberta, sentí que la ira volvía a apoderarse de mí. Fui a la cocina, cogí un cuchillo y descuarticé a Olga. Cuando me aplaqué, el estropicio ya no tenía arreglo y la tiré a la basura. No hubo duelo ni entierro; ya había dejado de quererla varias semanas atrás. Lo descubrí la noche que le susurré al oído que la quería, llamándole Xana. Los planes no marchan como yo esperaba: quizá pensé que las personas de plástico me daría menos quebraderos de cabeza que las de carne y hueso. Y Olga ya es la quinta que corre el mismo destino. Me equivoqué, pero para qué engañarse, nadie puede vivir solo eternamente. Tendré que comprarme otra. Una que se llame Xana y agradezca mis desvelos por ella.

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