Soleado
Revista de literatura y cultura

 
ISSN 1554-4575

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Volumen 2
(Otoño 2005)

 

 

Al llegar la hora del almuerzo, los hijos uniformados y Alejandro de traje y corbata se sientan a la mesa que los invita con los olores de ravioles de ricota con salsa boloñesa.

-     ¡Mamá! ¡Estos ravioles están deliciosos! Muchas gracias. Necesitaba una consentidita después del terrible día que tuve.- Se levanta la quinceañera para darle un beso, repleto de salsa, en la mejilla de su guardián del alma.

-     Contame después María.- le respondio con una sonrisa agrandada de emoción por la mirada de esperanza.

-     No. María, hija, vos contame. Yo sí tengo interés de saber a vos qué te aflige.- El tono de mandato puso peso de autoridad sobre todo el comedor.

Después de un silencio de incertidumbre el perforante tono cambia todo.

-    Contame pues.­

-    Pero Papá, vos no sabés cómo ve una mujer a un hombre y cómo se siente al respecto. Es imposible saber lo que vale y siente el sexo opuesto. Yo sólo quiero un oído atento para desahogarme.­

-    Y ¿pensás vos que hablando con tu madre se va a solucionar todo? Si ella ha tenido siempre una vida buena, protegida y llena de amor y respeto de toda la sociedad. Ella ¿cómo va a saber de los golpes de la vida? ¿O de un corazón roto o de un amor no recíproco? Me tiene a mí. Ha sido bendecida. ¿Qué más puede pedir ella de la vida?­

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