Soleado
Revista de literatura y cultura

 
ISSN 1554-4575

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Volumen 2
(Otoño 2005)

 

 

Verdad: Cuando Poncio reconoció lo que perdió

Era temprano, y el gobernador, pensativo, se hallaba andando por la terraza gozando del cálido sol del día en su túnica de dormir. Sus pensamientos agotados ya no podían resolver el asunto. Estaba ya al borde de la desesperación. Ansiosamente anhelaba el regreso de Claudia. Sólo ella podía asistirle y darle alguna semejanza de paz. Su reconocida perspicacia y rapidez mental eran sólo el recuerdo de una lúcida carrera militar. Una profunda muchedumbre de dudas confusas le atormentaban la conciencia. Todavía padecía de insomnio y de horribles pesadillas. Ocasionalmente la angustia era incesante. ¿Pero qué me pasa? ¿Por qué? ¡Apolo, ayúdame! Gritaba en sus sueños. Su sirviente, en cuanto le vio, enseguida se allegó a atenderle.

    -¡Buenos días Señor Gobernador! ¡Qué linda mañana hace hoy!
    - Espero que la pasara mejor anoche.
    - Sí, contestó Poncio, a pesar de que estaba profundamente triste y desesperado. “Soy romano, tengo que ser fuerte,” pensó a sí mismo. Pero algunas palabras se le escaparon de la mente y llegaron a su lengua:
    - Hasta esta mañana, respondió él.

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Jesús Escobedo
méxico

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