Soleado
Revista de literatura y cultura

 
ISSN 1554-4575

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Volumen 2
(Otoño 2005)

 

 

Poncio interrumpió y firmemente ordenó a su siervo:

    -¡Dionisio! Sin rodeos, ¡la verdad!

Dionisio, nuevamente, serio, asombrado, y con temor a su vida, pero con una tierna y placentera mirada, replicó deliberadamente y con todo respeto:

    -Tú . . . lo has dicho.

Entonces Pilato, como si se repitiera la historia, cuando oyó estas palabras, se atemorizó más que nunca. Sin decir cosa alguna, con un gesto de palabras indecibles, miró a su siervo. Ambos sonrieron. Dionisio, alegre, pensó, “¡al fin!”

Poncio salió a la terraza y bajó por las escaleras, rumbo a la playa. Le extrañó a Dionisio que Poncio no haubiera dicho nada anteriormente de ir a la playa, o que hubiera ordenado preparativo alguno. “¿Ira sólo a caminar?", se preguntó.

Tristemente, no volvieron a ver al gran gobernador, ni hallaron su cuerpo - sólo vieron la huella de sus pasos en la arena al recoger sus sandalias y su túnica de dormir. Antes de salir, Dionisio oró y lloró. Pues, ¿cuántas veces no le había intimado la verdad?

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